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Libro N° 14818. El Duque De La Ira. Stone, Mariah.


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Título Original: © Duke of Rath Mariah Stone, 2024

 

Versión Original: © El Duque De La Ira. Mariah Stone

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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EL DUQUE DE LA IRA

Mariah Stone


El Duque De La Ira

Mariah Stone

Cuando un matrimonio de conveniencia se convierte en cualquier cosa menos conveniente para un duque lleno de secretos oscuros, la Bella acabará por domar a la Bestia.

Acechado por un terrible secreto, Dorian, el duque de Rath, se encuentra consumido por la ira y la culpa. El poderoso noble está dispuesto a soportar cualquier tortura con tal de expiar sus pecados, incluso si eso significa casarse con la hermana menor de su víctima, una completa desconocida, para salvar a su familia de la ruina.

Durante el año que la inocente joven debe quedarse a su lado y seguir sus estrictas reglas, Dorian jura no tocarla y protegerla de sus depravados placeres sensuales. Sin embargo, al ver a la señorita Patience Rose caminando hacia el altar con un vestido sencillo y las uñas cortas sucias con tierra, un pequeño rayo de sol alumbra el corazón ennegrecido de Rath.

A pesar de que él es mayor que ella, la casta joven botánica lo vuelve loco con sus conversaciones alegres y sus curvas irresistibles. Poco a poco, Patience comienza a romper todas sus reglas. Dorian la castiga… pero ella lo disfruta.

El amor comienza a sanar el alma de Rath y transformar la gran mansión lúgubre en un hogar acogedor.

Pero hay algo que los mantiene alejados: el abominable secreto que podría acabar por enviarlo al calabozo. Y Patience no deja de usar su deslumbrante ingenio para descubrirlo.

Mariah Stone

El duque de la ira

Los siete lores de los pecados - 1

ePub r1.0

Titivillus 06.06.2025

Título original: Duke of Rath

Mariah Stone, 2024

Traducción al español de Latinoamérica: Carolina García Stroschein

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Índice de contenido

Cubierta

El duque de la ira

Cita

Credo #1

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Epílogo

Sin título

Sobre la autora

«La amaba contra toda razón, contra toda promesa, contra toda paz y esperanza y contra la felicidad y el desencanto que pudiera haber en ello».

—Charles Dickens, Grandes esperanzas

«Pero por todas estas malas acciones soy responsable ante Dios y solo ante Dios».

—Fiódor Dostoyevski, Crimen y castigo

CREDO #1

El credo de los siete duques de los pecados

Uno:

Todos los deseos son

naturales…

sin importar cuán perversos

sean.

1

Rath Hall, marzo de 1814

La sangre caía a gotas sobre el sendero de grava y dejaba un rastro tras Dorian Perrin, el duque de Rath, que caminaba a zancadas como en cualquier día atormentado. Su lobero irlandés, Titan, trotaba a su lado, y los pasos de los dos se oían sobre el silencio que reinaba en la propiedad ancestral. Las siluetas azabaches de los árboles desnudos estiraban las ramas delgadas a través de la neblina como garras al tiempo que el aire frío y húmedo se le colaba por la camisa y le calaba la piel cálida y sudada. Como sabía que se merecía todo el dolor existente, se alegró.

La sangre le manaba de los nudillos desgarrados de la mano izquierda, la derecha estaba enguantada para ocultar las cicatrices. Eran un recordatorio constante del duelo que lo acechaba; una prueba irrefutable del acto más horrible que había cometido. Solo se quitaba el guante para las prácticas de boxeo, como lo había hecho esa misma mañana, y los doce años que había cubierto la piel con un guante no le habían hecho nada bien.

Titan le intentaba lamer la sangre de los nudillos expuestos con la lengua rosada. El duque acariciaba distraído el áspero pelaje grisáceo del animal y le resultaba mullido. Uno de los ojos de Titan era de color blanco opaco, pero el otro era negro y brillante. La bestia le llegaba a la cintura y tenía unos dientes largos y afilados que hacían que los lacayos anduvieran con cautela en su presencia.

Sobre el césped cortado, un mozo de cuadra sostenía a Erebus, el imponente caballo purasangre negro del duque. El semental bufaba y golpeaba las patas sobre el suelo mientras aguardaban. Dorian le apoyó la mano derecha sobre el cuello y sintió la sangre fluir debajo del cuero.

—Dorian, querido —oyó una voz femenina que provenía de sus espaldas y se apresuró a llevarse las manos a la espalda mientras se daba vuelta.

Página 9

Lady Buchanan, la hermana de su difunta madre, se detuvo delante de él. A su lado, se encontraba su hermana, Chastity.

Las paredes lóbregas de Rath Hall emergieron de entre la neblina como telón de fondo. Era una propiedad de tres plantas de piedra desgastada cubierta de musgo y liquen. Unas puntiagudas ventanas de vitral perforaban la fachada, y unas torres flanqueaban la estructura con chapiteles que se disolvían en la neblina.

—Buenos días, tía —la saludó—. Hola, hermana.

Era como si el aire fresco de la mañana le clavara unas agujas en la piel, y, al tener el cabello sudado pegado a la frente, la sentía fría y húmeda. Pero ese dolor no le bastaba para distraer a la bestia que llevaba dentro.

La tía lo estudió con unos ojos grises, que reflejaban amabilidad, inteligencia y, por encima de todo, preocupación.

—¿No vas a desayunar con nosotras? Solo me quedaré un día.

Era una mujer de unos sesenta años que aún prefería vestidos con corsés ceñidos y faldas con muchos pliegues, como lo dictaba la moda de la era previa. Había llegado el día anterior para pasar la noche antes de reanudar el viaje a Londres, donde se prepararía para inaugurar la temporada en algunas semanas. Rath Hall se encontraba a tan solo una hora de Londres, y constituía una ubicación exclusiva que se encontraba lo suficientemente cerca como para disfrutar del campo y de la ciudad en simultáneo.

Titan se sentó al lado de las botas de Dorian y soltó un gimoteo impaciente.

Su hermana Chastity era una mujer de suma inteligencia y estaba felizmente soltera. Tenía veintiocho años y era cuatro años menor que él. Tenía su mismo cabello oscuro y unos profundos ojos celestes que brillaban detrás de unas gafas. A diferencia de la mayoría de las hermanas de un duque, llevaba puesto un sencillo vestido gris y el cabello sujeto en un práctico moño estrecho.

—Asumí que querías desayunar en tu recámara —mintió—. Chastity sabe que todas las mañanas salgo a cabalgar.

Sintió que la sangre le goteaba de las manos y caía sobre el césped detrás de sus pies. Chastity le deslizó la mirada por el cuerpo y se detuvo al divisar las gotas carmesíes antes de seguir el rastro desde el césped hacia el sendero de grava. Se puso pálida.

Página 10

—¡Dorian, estás herido! —exclamó y se le acercó.

Él dio un paso hacia atrás y se dio de bruces con el lateral del caballo, pero su hermana no se detuvo, sino que pasó volando por delante del mozo de cuadra y le sujetó la mano antes de que pudiera hacer nada para impedírselo. Tras soltar un jadeo, observó los cortes ensangrentados que llevaba en los nudillos. Su tía también soltó un jadeo, y Dorian se retorció. Se debería haber vendado las manos. O se debería haber alejado cabalgando más rápido.

—¿Qué has hecho? —le preguntó Chastity.

El duque apretó los dientes antes de responder.

—Se me fue la mano boxeando. No es nada grave. No hay ninguna necesidad de pregonar.

Más temprano esa misma mañana, había pasado varias horas enterrando los puños en el cuero desgastado del saco de boxeo que tenía en la sala de entrenamiento. Cada puñetazo le dolía en los huesos, pero había saboreado el sudor salado sobre el labio superior e inhalado el aroma cobrizo de la sangre con satisfacción. El dolor constante en la mano derecha quedó remplazado por una agonía intensa que se sentía dulce.

Su tía se acercó a las apuradas a su lado con las faldas arremolinadas. —¿Solo me quedo aquí una noche y esto es lo que haces? ¿Molerte a

golpes?

La mano que llevaba enguantada estaba resbaladiza y caliente y le pulsaba del dolor. A Dorian le costaba respirar y llenarse los pulmones de aire.

—No sabía que hacías esto —continuó—. Chastity, ¿tú lo sabías? La sobrina negó con la cabeza.

—Solo sabía que entrenaba por las mañanas, pero qué hacía en concreto… Dorian, ¿por qué no te has vendado las heridas al menos?

El aludido tragó con dificultad. Lo cierto era que quería sentir más dolor y cada gota lo acercaba más a la expiación.

—Estoy bien. —Y apartó la mano de Chastity.

—Iré a buscar el cesto medicinal —anunció resuelta—. Mi antiséptico… Hay que limpiarte estas heridas de inmediato antes de que se infecten.

Una infección… Oh, sí. Las infecciones eran de lo más peligrosas.

Dorian era muy consciente del efecto que tenía su sangre en su hermana.

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Al fin y al cabo, había estado a punto de perderlo una vez y por eso se había interesado tanto en la investigación médica.

Lady Buchanan tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Oh, mírate… Ocultándote de tu familia, castigando tu cuerpo, aislándote de todo. ¿Por qué lo haces?

Dorian la miró a los ojos apretando el mentón. ¿Cómo podía explicarle los demonios que lo acechaban o la culpa que le carcomía el alma?

—Estoy bien así, tía —masculló—. No necesito ni las frivolidades de la sociedad ni tampoco las obligaciones familiares.

La tía negó con la cabeza.

—Mi querido muchacho, deberías estar disfrutando de los placeres de la vida: buscar una esposa que te quiera, comenzar una familia y vivir los años más felices de tu vida.

Dorian se dio media vuelta con los hombros tensos. Las palabras de la tía se le asentaron en la mente. ¿Una esposa? ¿Una familia? ¿Felicidad? Esas cosas le parecían distantes e inalcanzables. ¿Cómo iba a esperar merecer esas bendiciones cuando tenía las manos manchadas de sangre y el corazón poseído por la ira?

—No sabes de qué hablas —masculló con un tono de voz duro.

Chastity apoyó la mirada sobre la mano enguantada.

—¿Apenas puedes escribir con la mano derecha y sigues moliéndola a golpes? ¡Es como si te estuvieras castigando por algo, hermano!

Dorian alzó la cabeza.

—No te metas en mis asuntos, Chastity.

A Chastity se le llenaron los ojos de lágrimas, pero encuadró los hombros. Dorian supo que había sido demasiado duro con ella y que no se lo merecía. La ira se le derritió hasta convertirse en una culpa que lo carcomía.

—No trates a tu hermana de ese modo —le ordenó la tía—. Hablo en serio. Lo que debes hacer es casarte y engendrar un heredero. No solo es tu deber como duque, sino que también te hará bien. El amor te puede sanar, sobrino. Si no lo hace el amor de una esposa, lo hará el amor que sentirás por tu hijo.

Dorian soltó un gruñido.

—No me gruñas —lo regañó—. No eres un león. Y sabes que tengo razón.

—Tía, te juro que…

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—Ya sé que he estado hablando de esto durante varios años, pero ¿quién más lo hará ahora que tus padres han muerto? Bien sabes que tu madre, mi querida hermana, habría dicho lo mismo si siguiera viva. Y tus bebés serán como mis nietos.

Soltó un largo suspiro en el intento consciente de no volver a gruñir. —Tía, ya te he dicho muchas veces que no quiero una esposa. Ni

tampoco quiero tener hijos.

La tía dio un paso hacia adelante con los ojos abiertos y llenos de lágrimas como los de una gatita abandonada. Acto seguido, se inclinó hacia él y le apoyó una mano en el hombro.

—Una nieta o un nieto me harían muy feliz, querido. ¿Quién sabe cuántos años me quedan en la Tierra? Me gustaría pasarlos meciendo a un bebé y jugando con él.

«Maldita sea…».

El único modo de producirle algo era hacerle sentir pena por la mujer que era como una madre para él. Su madre biológica había fallecido cuando tenía doce años, y, antes de eso, no la había visto durante muchos años porque su padre la había alejado para «convertir al futuro duque en todo un hombre y no en un niño mimado débil que se comportara mal». Dorian le debía su humanidad, o lo que le quedaba de ella, a su tía. Era capaz de mover montañas por esas dos mujeres.

—Lo voy a pensar —masculló.

Su tía le obsequió una sonrisa de oreja a oreja.

—Es todo lo que pido. Bueno, ahora te dejamos ejercitar tranquilo. Ve a cabalgar en tu corcel infernal.

—¿Y las manos? —intervino Chastity.

—Se llama Erebus —repuso Dorian algo anonadado ante la debilidad que experimentaba frente a la manipulación emocional de su tía y la irritante alegría que le producía verla feliz—. Y mis manos están bien.

Detestaba la desamparada mirada de angustia que vio en el rostro de su hermana antes de que se volviera hacia su tía y regresaran a la casa. Pero no le importaban sus heridas. Si se moría de una infección, mejor aún. Su tristeza llegaría de una vez por todas a su fin.

Se montó sobre Erebus, y el mozo de cuadra dio un paso hacia atrás. Dorian estaba agradecido de que por fin lo hubieran dejado a solas con su caballo y su perro leal. Tras chasquear la lengua, espoleó a Erebus, y

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salieron volando seguidos de Titan, que movía las patas fuertes a toda velocidad.

Galopó a través del campo neblinoso y sintió el ardor en los muslos al tiempo que se movía sobre la silla de montar y las caderas se sincronizaban con el paso del caballo para absorber los movimientos. Las siluetas oscuras de los árboles torcidos se ceñían en la niebla y se percibían tan viejas y carentes de vida como él mismo se sentía por dentro. Se deleitó con la sensación del viento que lo atravesaba, la velocidad, la libertad y el vuelo salvaje.

La furia le ardía en el interior mientras cabalgaba y buscaba solaz en la intensidad del agotamiento físico. Sin embargo, sin importar cuán lejos o cuán rápido montara, no podía escapar de los pensamientos que residían en su cabeza… los pensamientos que no lo dejaban ni a sol ni a sombra. El recuerdo vívido del día en que su ira lo llevó a quitarle la vida al señor John Rose en un duelo…

Había sospechado que John había saboteado su pistola. Tanto su segundo como el de John le habían asegurado de que no había nada indecoroso. De pronto, había oído la explosión del arma que sostenía en la mano. La ira lo había consumido, se había apoderado de él como una fuerza inconcebible. Habían peleado… La pistola de John se había disparado… Su cuerpo se había desplomado contra del de Dorian… sin vida.

Cuando regresó a Rath Hall y desmontó al lado del estanque que había en la parte trasera del jardín, Dorian tenía las prendas empapadas de sudor. Respiraba entre jadeos que se perdían en el aire frío y neblinoso del día. Titan también estaba agitado y caminaba al borde del estanque olfateando el césped descuidado.

A Dorian le dolían los músculos, eso era exactamente lo que deseaba. Sin embargo, su mente seguía inquieta, acechada por los recuerdos de esa funesta mañana doce años atrás en la que se convirtió en un asesino. A pesar de que era marzo y el agua estaba congelada, se quitó las botas, corrió unos pasos y se metió en las profundidades turbias del estanque.

El choque de temperatura le caló hasta el alma, pero lo recibió de buena gana. El abrazo gélido del estanque lo envolvió en una caricia paralizante que le recorrió las venas. Cada brazada le parecía una batalla contra el puño implacable del pasado. El agua oscura y limosa le nublaba la vista, pero siguió nadando. Con cada instante que pasaba, sentía las

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extremidades más pesadas y el pecho más tenso. ¿Alguna vez lograría escapar de esa oscuridad? ¿Alguna vez lograría ser libre? Tenía el corazón lleno de pena y arrepentimiento.

El agua helada se le pegaba a la piel como una mortaja y le congelaba hasta los huesos mientras nadaba hacia la orilla de barro. Al llegar, se desplomó respirando entre jadeos y con el pecho agitado.

Mientras parpadeaba para quitarse el agua de los ojos, un movimiento en la distancia le llamó la atención. Al girarse, vio a dos jinetes que reconoció de inmediato a pesar de la neblina. Esos duques eran sus aliados más cercanos; compartían secretos y pecados que los unían. Mientras se acercaban, se puso de pie y sintió que el agua le chorreaba del cuerpo hasta formar un charco a sus pies. Al poco tiempo, se detuvieron delante de él.

—Hasta que te encontramos, Dorian —anunció Lucien, el duque de Luhst, mientras desmontaba de su caballo. Tenía un tono de voz entretenido y miraba la silueta empapada de su amigo. Los patrones amarillos del tapado que llevaba puesto tenían una cimera con un elegante ciervo y le acentuaban el cabello dorado—. Veo que sigues con tus andadas, pero ya es suficiente. Hemos venido para llevarte de regreso a Londres. Echamos de menos tu presencia.

Al lado de Lucien se encontraba Constantine Buccleigh, duque de Pryde, que se apresuró a desmontar y se quedó de pie alto y orgulloso. Iba vestido de color índigo, y el lobo de su cimera constituía un testamento de su honor y lealtad feroz. No había cambiado mucho en los últimos doce años; solo se había vuelto más frío y había comenzado a vestir su orgullo como un traje de armadura. Sin embargo, desde esa siniestra mañana, se había vuelto un amigo, el amigo más cercano de Dorian luego de Lucien.

—¿Dónde están los otros cuatro? —les preguntó.

Se refería al resto de la hermandad de los siete lores de los pecados, como se llamaban a sí mismos porque parecían personificar a los siete pecados capitales. En inglés, sus nombres hacían alusión a ellos: Rath, a la ira; Luhst, a la lujuria; Pryde, a la soberbia; Enveigh, a la envidia; Irevrence, a la irreverencia y a la pereza; Eccess, a la gula; y Fortyne, a la avaricia.

—Nos esperan en Elysium, obviamente —repuso Pryde.

Titan soltó unos gemidos juguetones y trotó hacia ellos. La temerosa bestia había desaparecido. Ahora el sabueso del infierno de Dorian movía

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la cola nervuda y les lamía las manos a los duques sin dejar de soltar lloriqueos y gimoteos. Pryde le ofreció una sonrisa ancha y el orgulloso duque quedó reemplazado por un muchacho feliz de jugar con un cachorro. Se arrodilló delante de Titan y le acarició el estómago mientras el perro se echaba de espaldas lleno de dicha.

—Regresemos a la ciudad a aplacar a los demonios que llevamos dentro —propuso Lucien.

Dejaron los caballos en los establos y emprendieron el camino hacia Rath Hall, recorrieron los pasillos anchos y en penumbras llenos de retratos pintados al óleo desde donde los antepasados de Dorian los observaban. Pasaron por delante de las decoraciones de estatuas griegas, aparadores con estatuillas, jarrones y reliquias de todas partes del mundo. Eran los tesoros que su padre se había enorgullecido de adquirir.

Los duques siguieron a Dorian a su recámara, donde el ayuda de cámara, Howe, le arrojó una mirada de soslayo a su mano. Aún tenía la herida en carne viva, aunque había dejado de sangrarle.

—La limpiaré yo —le aseguró Dorian.

Como no dejaba que ni siquiera su ayuda de cámara viera las heridas que llevaba en la mano derecha, avanzó hacia el vestidor a solas, se quitó el guante y sintió todo el dolor lacerante. Se lavó la sangre en el lavabo, se secó la piel y se colocó un guante de cuero limpio en la mano derecha.

Al regresar a la habitación, vio que el mayordomo, Popwell, les estaba sirviendo bebidas a Luhst y Pryde. El sonido de las delicadas copas de cristal y el exquisito aroma a coñac añejo predominaban en la habitación.

—¿Chastity se encuentra en casa? —le preguntó Lucien mirando afuera de la ventana.

Dorian, Chastity y Lucien habían crecido juntos, y Lucien siempre preguntaba por Chastity. Luego de todo lo que habían atravesado juntos, Dorian sabía que podía confiar en Lucien como en un hermano, pero, aun así, Lucien era un libertino, un hombre que podía seducir a cualquier mujer en la que pusiera los ojos.

—Sí, debe estar desayunando con mi tía.

—Lucien, ya sabes que puedes tener a cualquier mujer del mundo, pero ¿lady Chastity Perrin? —lo cuestionó Pryde.

—Ya lo sabe. —Dorian le arrojó una sombría mirada de advertencia a Lucien, que, muy en contra de su naturaleza, se mostró avergonzado.

—Esto debe estar matándote —señaló Pryde.

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—¿Y tu tía? —le preguntó Lucien en el intento obvio de cambiar de tema—. ¿Te volvió a hablar de matrimonio?

Dorian soltó un suspiro; la mención de su tía, le despejó cualquier pensamiento del pasado.

—Sí, no pierde las esperanzas. Haría muchas cosas por hacerla feliz, pero eso va en contra de mis deseos.

Se detuvo y se encontró con las miradas silenciosas y comprensivas de sus amigos. Todos conocían muy bien el peso del deber familiar y las expectativas de la sociedad que iban con el título, así como también la batalla constante de rebelarse contra todo eso.

—Hablando de deseos —repuso Lucien—. He oído que la ciudad se va a llenar de damas jóvenes y encantadoras esta temporada. Quizás una de ellas logre derretir el corazón de hielo de Rath.

Pryde soltó una carcajada ante la broma de Lucien, pero Dorian guardó silencio mientras Howe le pasaba una camisa limpia por la cabeza. No podía quitarse la solicitud de su tía de la cabeza. Deseaba tener la capacidad de hacerla feliz, pero no podía conciliar la idea de tomar una esposa. O de buscar una…

Por todos los cielos, solo se podía imaginar las espantosas noches de acudir a bailes llenos de debutantes desesperadas y sus madres acechándolo. Lo embargó un estremecimiento físico. Howe dejó de cerrarle el cuello de la camiseta y murmuró una disculpa.

—No eres tú, Howe —masculló Dorian—. No hace falta disculparse. —¿Saben a quién vi en la ciudad anoche? —preguntó Pryde, y Dorian

se sintió aliviado con el cambio de tema—. Al señor George Rose. Rose…

Dorian se congeló y los nudillos se le pusieron blancos al aferrarse al borde de la mesa. Sintió como si una mano fría le hubiera abierto el pecho para estrujarle el corazón sin piedad.

—¿Ah, sí? —se obligó a preguntar con la voz tensa.

El ayuda de cámara le cerró el último botón del chaleco ajeno a la tormenta que se había desatado en el interior de su amo.

—Así es —continuó Pryde sin percatarse de la incomodidad de Dorian

—. El pobre sujeto estaba intentando vender lo que pudiera para pagar las deudas cada vez mayores de la familia. Al parecer, la educación de John en Oxford los drenó, y ahora no les queda nada.

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A Dorian se le tensó el mentón en el intento de mantener la compostura. La culpa lo carcomía por dentro como una bestia famélica.

—¿Por qué no les queda nada? —preguntó con los labios resecos. —Bueno —Pryde se aclaró la garganta—, porque todos creen que

John se quitó la vida, y hay muchos rumores acerca de la familia Rose. Ya sabes lo que les pasa a las familias que se encuentran en ese tipo de situación. Sus conocidos, en especial los buenos, dejan de verlos porque temen que los asocien con una familia de mala reputación. Como las seis hijas no se pueden casar, tienen que proveer por ellas y mantener la propiedad con un ingreso cada vez menor. John era la última esperanza que tenían de cambiar su situación financiera, y ahora apenas pueden mantenerse a flote.

—Seis hijas… —repitió Dorian.

Los rostros de sus dos amigos se nublaron, y se le aceleró la mente. —Es de lo más lamentable… —murmuró Luhst sin apartar la mirada

de Dorian.

—Sí. Yo intenté ayudarlos —añadió Pryde—. Le di la tarjeta del duque de Fortyne al señor Rose y tienen una cita hoy.

Dorian miró a Pryde con el ceño fruncido mientras Howe le anudaba el pañuelo en el cuello.

—Ya conocen a Fortyne. Estoy seguro de que le comprará la propiedad por unos centavos y la volverá rentable.

—Bueno —intervino Pryde—, el señor Rose está desesperado por venderla hoy mismo para evitar terminar en la cárcel de los deudores. Cualquier cosa que obtenga es mejor que nada.

¿La prisión de los deudores? ¿Y qué sería de las seis jóvenes y su madre? Sin dinero ni conexiones, ¿acabarían en el asilo de pobres? A Dorian le volvió a doler la mano, las cicatrices, los nervios desgarrados, los nuevos cortes en los nudillos… Una furia se desató en su interior como el estallido de una pistola, seguida del remordimiento que sentía por la vida que había destrozado.

Pero, al parecer, no había destrozado una sola vida, sino ocho más: las de seis hermanas y dos padres. ¿Acaso podía cargar con ocho vidas más en su conciencia? Maldita sea. La expresión de súplica de su tía se le vino a la mente, acompañada del recuerdo de la esperanza y las lágrimas que le asomaron a los ojos al hablar de nietos. Maldita sea. El señor Rose tenía

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seis hijas que no podían casarse y una gran deuda que estaba desesperado por saldar.

—Quizás… haya otro modo —comenzó Dorian, y no pudo creer haberlo dicho en voz alta.

—¿Otro modo? —Pryde arqueó una ceja.

Dorian soltó una maldición en voz alta. La solución se le vino a la mente en un remolino. Debía de estar completamente desquiciado de considerarlo, pero tendría que soportar a una de las hermanas de John durante un año si su familia accedía al trato. Pagaría por las deudas de la familia y, por el bien de su tía, fingiría que era un matrimonio real. Pero no tocaría a la muchacha; jamás reclamaría sus derechos maritales. Cuando al cabo de un año no hubiera ningún niño, dirían que la mujer era infértil y que no se podía hacer nada al respecto. Con algo de suerte, su tía lo dejaría en paz y se concentraría en la siguiente víctima que podría darle algún nieto: Chastity. ¿Había perdido la razón o ese plan tenía sentido?

—Sí —dijo Dorian mirando a sus amigos a los ojos.

Se le aceleró la mente. ¿De verdad estaba considerándolo? Casarse con la hermana de su víctima era atarse a la familia que había lastimado. La duda y la cautela se apoderaron de él. ¿Sería una tontería? ¿Estaba tan desesperado por aliviar ese dolor que le asolaba el alma? Sabía con toda certeza que eso sería lo mejor que podría hacer para expiar sus pecados.

Los nudillos le dolieron tanto que sintió el latido del pulso. Se casaría, pero no lo haría por su propio bien, sino por el honor, por el castigo y por la oportunidad de corregir una mínima parte de todos los males que había causado. Decidido, tomó una profunda bocanada de aire.

—Me casaré con una de las hijas del señor Rose. Y le pagaré las deudas.

—¡Pero si ni siquiera has conocido a ninguna de sus hijas! —exclamó Pryde—. ¿Le vas a proponer matrimonio sin siquiera haber visto a tu prometida? ¿Y cómo decidirás con cuál de las seis te casarás?

—¿Y por qué no? No importa cuál sea. Escogeré a la más joven si está en edad casadera. Es probable que sea la más maleable y la que no tenga ningún enamorado. ¿Cuántos años tiene?

—Dieciocho hasta donde sé —respondió Luhst, que siempre parecía tener toda la información relevante de cualquier mujer soltera de Londres.

—En ese caso, no se hable más.

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—¿Estás seguro, Dorian? —le preguntó Lucien con calma—. Es una decisión monumental. Cambiará el transcurso de tu vida para siempre.

—Ya lo sé —repuso—. Es el único modo de calmar a mi tía y de ayudar a la familia del hombre que maté.

—¡Tienes que reconsiderarlo! —exclamó Pryde—. Hay muchas cosas a tener en cuenta. Piensa en tu reputación. Los Rose han sido el foco del escándalo durante muchos años.

—Gracias a mí —repuso Dorian.

—Pero ¿qué hay de nosotros? ¿De Lucien y de mí? Te hemos ayudado a encubrir ese crimen.

—Jamás los traicionaré. Sin importar nada. Ya lo saben: lealtad hasta la muerte.

—¿Y cómo demonios vas a hacer para mirarla a los ojos? —le preguntó Pryde—. ¿Y si te enamoras de ella o ella se enamora de ti? ¿Has pensado en esa posibilidad? ¿Y qué me dices de acercarte más a la familia de tu víctima?

—No, Constantine. No tendré ningún problema porque ella jamás querrá acercarse a mí. Debo de ser la persona menos fácil de amar en todo el mundo.

Howe lo ayudó a pasar los brazos por las mangas del abrigo negro que tenía el escudo de armas de los Rath: un león en llamas. Mientras Dorian se miraba en el espejo, Howe tomó un cepillo y le quitó unas partículas de polvo de los hombros y del chaleco carmesí.

—Pero… —comenzó Pryde.

Dorian se paró erguido, encuadró los hombros y alzó el mentón. Tenía una mirada severa. Aceptaría ese desafío, por más que lo llevara a su destrucción.

—Tú estabas presente —le dijo—. Ya sabes lo que hice. Debo expiarme. Llévenme a ver al señor Rose.

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—¿Quiénes son? —se oyó que una mujer de la congregación susurraba. Echó una mirada de soslayo por encima del hombro mientras el pastor daba el sermón dominical.

La señorita Patience Rose sintió un escalofrío a pesar de los rayos de sol matutinos que se colaban por las pequeñas ventanas de la iglesia. La congregación entera estaba sentada delante de ella, y había dos bancos vacíos entre los presentes y su familia.

—Son las Rose, tienen mala fama —susurró otra mujer—. El hijo se quitó la vida.

Su madre también debió haberlo oído; la palidez repentina la delataba. Patience le apretó la mano. Sus cinco hermanas se encontraban sentadas en el mismo banco, apiñadas como pepinillos en un frasco, intentando ocupar el menor espacio posible en la iglesia. Ese había sido su sitio habitual durante los últimos doce años.

—Oh… —musitó en respuesta la primera mujer y le arrojó una mirada de curiosidad y preocupación a la familia Rose—. Qué terrible. ¡Qué escándalo!

—Oh, sí —continuó la segunda mujer—. Fue un asunto penoso. El hijo era la última esperanza que tenían de mejorar su fortuna. Ahora el señor Rose se encuentra al borde de la ruina total y ha ido a Londres para vender la propiedad que, de cualquier modo, no vale demasiado.

Su madre movió los dedos nerviosa. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la boca apretada en una línea delgada. Patience le apoyó la cabeza sobre el hombro y le acarició la mano.

Por suerte, la misa terminó a los pocos minutos, y las Rose fueron las primeras en salir disparadas por la puerta. Mientras Patience avanzaba detrás de sus hermanas y su madre, las voces y el roce de las prendas y varios pasos sobre el suelo de piedra resonaron en la iglesia. Su madre se veía más agitada que de costumbre y se cubría una mano enguantada con la otra para ocultar un parche y una costura que Anne, la hermana de

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Patience que era la costurera y bordadora de la familia, había enmendado con habilidad.

Cuando salieron de la iglesia al aire fresco de marzo, Patience soltó un suspiro de alivio y estaba a punto de emprender el camino de tierra que iba a Rose Cottage, donde vivían, cuando, para su sorpresa, su madre le dijo:

—Quedémonos un rato.

Eso no era nada característico de ella, por no mencionar los dedos inquietos o la sonrisa apagada que no le iluminaba los ojos grandes llenos de preocupación.

—¿Estás segura, mamá? —le preguntó.

—Todos van a salir pronto, mamá —le advirtió Anne echando una mirada a las paredes de piedra áspera de la iglesia rodeadas de arbustos y césped bien mantenidos.

Los ojos de la madre se clavaron en las puertas, donde las voces de la congregación se acercaban cada vez más.

—Sí —les aseguró, y dieron un paso hacia el sendero de grava—. Tengo una idea que podría ayudar a papá. Hay que pensar en positivo, ¿no, niñas? Mientras se encuentra en Londres, intentaré hacer mi parte aquí. No puede hacer mal, ¿no?

—Depende —dijo la hermana mayor de Patience, Emily, que tenía veintiocho años.

—Ya veremos —dijo la madre y esbozó una sonrisa tan falsa que Patience se vio obligada a apretar los dientes. Al igual que su madre, todas las hermanas sonrieron.

Poco a poco, todos los miembros de la congregación salieron de la iglesia. Los feligreses más adinerados llevaban puestos sus más finos atuendos de seda y terciopelo y caminaban con una gracia relajada, mientras que los habitantes de la aldea los seguían vestidos con prendas más sencillas. Los arrendatarios y los granjeros llevaban prendas de telas fuertes pero limpias. Los panaderos, sastres y artesanos tenían atuendos prácticos y de mejor calidad.

Mientras pasaban por delante de la familia Rose, interrumpían sus conversaciones de inmediato y avanzaban con cautela. Moviéndose a un lado del camino y echándoles una mirada de reojo, cada miembro de la congregación se aseguró de mantener una distancia de al menos cinco pasos entre ellos y las Rose, como si el aire que las rodeaba estuviera manchado con la sombra del escándalo.

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Al final, lady Justina Fitzroy, la marquesa de Virtoux, salió acompañada de su hijo. Patience jugueteó con el dobladillo del vestido. La marquesa era una mujer hermosa, alta y de hombros anchos; tenía el aire de una reina inalcanzable y orgullosa. Iba vestida con un moderno atuendo de tiro alto con una silueta imperial que era bastante inusual para las mujeres de su edad, que en general preferían los estilos que habían usado cuando eran más jóvenes y tenían cinturas delgadas y las faldas estaban llenas de pliegues. Lady Virtoux era la patrona de la parroquia de Harringer y tenía una propiedad cerca de allí, en donde a veces pasaba el invierno antes de regresar a Londres para la temporada, que comenzaría en breve. Su hijo había heredado el honorable título del vizconde de Mique de su padre. Era un hombre de unos cuarenta años, de buena contextura física y con unos rasgos agudos y atractivos, una nariz recta y un mentón cuadrado. Tenía los ojos verdes y una abundante melena de cabello oscuro y ondulado.

Lady Virtoux miró a Patience, su madre y su hermana con perplejidad y asco. Luego apartó los ojos y se alejó caminando en la dirección opuesta al tiempo que le susurraba algo al vizconde. Patience se mordió el labio y deseó haberse marchado como lo habían hecho cada domingo durante varios años, apresurándose antes de que su presencia acabara por ofender a alguien. Ninguna otra persona allí tenía secretos o escándalos familiares relacionados con su apellido.

A su madre le temblaron las manos que se sujetaba con fuerza. Tomó una profunda bocanada de aire como si se estuviera preparando para algo y comenzó a avanzar hacia la marquesa.

—¡Mamá! —siseó Patience, y Anne alzó la mano como para detenerla. Fue como ver un accidente a punto de ocurrir y no tener el poder de

evitarlo.

—Lady Virtoux —comenzó su madre tras acercarse a la dama y hacer una reverencia—. Lord Mique. —Se inclinó para saludar al caballero.

Los dos la miraron fijo con expresiones de puro horror y dieron un paso hacia atrás.

—Disculpe —se excusó lady Virtoux antes de darse la vuelta y comenzar a alejarse de ella.

—¡Por favor! —exclamó su madre—. No me hubiera acercado a usted si no estuviera realmente desesperada. Solo le pido un momento de su tiempo.

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Patience y sus hermanas intercambiaron miradas. A Anne se le habían llenado los ojos de lágrimas y se le habían sonrosado las mejillas.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Emily en un susurro—. Es evidente que su presencia no es nada grata.

—Contén las lágrimas, Anne —le susurró Beatrice, la segunda hermana mayor—. Contrólate. No necesitamos otra humillación. Sonrían como siempre.

Patience miró horrorizada cómo sus hermanas esbozaban sonrisas que parecían los garabatos de un niño: los ojos reflejaban tristeza, y las bocas delgadas se ensancharon algo torcidas.

En ese momento, salió el pastor de la iglesia, el señor Menon. Era un hombre de unos cincuenta años, con una cabeza redondeada en forma de huevo y un estómago prominente. Sonreía de oreja a oreja, pero al reparar en su madre y lady Virtoux, la sonrisa se le desvaneció. Frunció el ceño, y lady Virtoux soltó un suspiro pesado.

—Supongo que hay que ser virtuoso y caritativo, en especial luego de la misa del domingo. ¿Qué puedo hacer por usted, señora Rose?

Con las manos temblorosas, su madre se humedeció los labios secos y pálidos.

—Gracias, es muy amable, lady Virtoux.

El vizconde de Mique se encontraba de pie con la nariz en alto y se aferraba un pañuelo como si estuviera dispuesto a utilizarlo para evitar un olor hediondo que ninguna de ellas tenía.

—Es acerca de la propiedad de mi marido. Nuestro hogar. Rose Cottage y las cinco granjas que le pertenecen. No lo habría traído a colación, pero la situación es muy grave. Mi marido se encuentra en Londres intentando vender todo para pagar nuestras deudas. La mayoría son con su familia, por supuesto. Es una dama de gran piedad. Por favor, pídale a su marido que retire la orden de arresto hacia el mío.

La orden de arresto, formalmente conocida como capias ad satisfaciendum, era un recurso que utilizaban los acreedores en contra de los deudores en una corte de justicia.

Lady Virtoux frunció el labio superior en una horrorizada expresión de disgusto.

—La corte le ha dado tiempo suficiente al señor Rose para realizar el pago, y ha sido de lo más justa.

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—Sí, sin embargo, si no logra encontrar un comprador o si no reúne el dinero suficiente como para pagar la deuda entera, acabará en la prisión de deudores. Por favor, lady Virtoux, estamos a punto de perder nuestro hogar. Por favor, no nos arrebate al padre de mis hijas… Ya hemos perdido a nuestro hijo…

Para el horror de todos los presentes, que se encontraban parados sobre el césped delante de la iglesia, su madre soltó un sollozo. Como no tenía un pañuelo y era evidente que lord Mique no le iba a ofrecer el suyo, no le quedó más opción que enjugarse las lágrimas con los dedos enguantados.

La mención del suicidio de John hizo que todos los testigos se quedaran congelados en sus sitios. Luego los susurros se expandieron entre la multitud en voces apagadas que conllevaban una mezcla de pena y desdén. Los ojos de todos pasaban de su madre a la elegante dama, ansiosos de ver el drama que se desarrollaba ante ellos. Algunos se dieron vuelta y, con la postura de los hombros y los labios apretados, expresaron su desaprobación.

Anne sujetó con fuerza la mano de Patience.

La expresión de la dama se convirtió en una mueca de desprecio total y miró a su madre con la nariz en alto.

—¿Se atreve a pedirme semejante impertinencia? A pesar de que su desgracia familiar es bien conocida, ¿tiene la audacia de pedirme ayuda? —Tenía la voz cargada de desdén.

El rostro de su madre se puso pálido.

—Por favor, lady Virtoux, se lo suplico… El señor Rose podría morir en la cárcel de deudores, y mis hijas y yo podríamos acabar mendigando limosna en la calle en dos semanas.

—Lo deberían haber pensado antes de pedir dinero prestado a diestra y siniestra —replicó lady Virtoux—. Además, debería conocer su lugar como mujer y no intervenir con los asuntos de los hombres. No se atreva a buscarme nunca más. No deseo estar asociada con semejante desgracia.

Patience dio un paso hacia adelante y colocó una mano sobre el brazo de su madre al tiempo que sostenía la mirada glacial de la dama sin inmutarse. No permitiría que la crueldad de esa mujer destrozara el espíritu de su familia. Encontrarían el modo de superar los obstáculos; eso era lo que sus padres les habían enseñado a todos.

—Por favor, disculpe a mi madre, lady Virtoux —le dijo al tiempo que alejaba a su pobre madre sollozante—. No la volveremos a molestar. Le

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aseguro que nos las arreglaremos.

Se alejaron bajo las miradas pesadas y los susurros y emprendieron el sendero de tierra que conducía a Rose Cottage. Les llevaría al menos una hora llegar a casa a pie, pero el ejercicio sería una buena distracción para que su madre se olvidara de la escena horrible que había tenido lugar, absorbiera la luz del sol y tuviera pensamientos positivos. Y en efecto, durante la caminata, su madre se calmó y hasta logró sonreír como de costumbre. Por su parte, Patience no veía la hora de regresar a sus rosales.

—Mamá —comenzó Patience cuando se le vino una idea a la cabeza a mitad de camino a casa—. ¿Y si usamos pétalos de lavanda y rosas de mi jardín y hacemos bolsitas? Las podemos vender en el mercado y obtener un poco de ingreso para sobrevivir hasta que regrese papá.

—¡Es una idea excelente, tesoro! —dijo la madre—. Al final tus rosas van a servir para algo. ¿Todavía tienes flores secas del año pasado?

—Estoy segura de que sí.

—Yo sé dónde están, hermana —dijo Anne—. Iré a ver.

Anne era la mejor amiga de Patience y no solo porque era la más cercana a ella en edad, las dos tenían un interés secreto por la ciencia. Anne era una matemática, y Patience, una botánica, y no podían compartir su pasión y sus logros con nadie más.

—Pero, Patience —intervino Emily—, ¿quién nos va a comprar algo? La pregunta quedó colgando en el aire y entre las siete mujeres reinó el silencio. Era una buena pregunta, en especial, luego de la escena que

acababan de vivir en la iglesia.

—Quizás alguien nos compre —repuso Patience, aunque sin mucha convicción—. Vale la pena intentarlo.

Al cabo de media hora, mientras Anne buscaba los pétalos de rosas y lavanda, Patience fue al jardín a podar sus rosas híbridas. Se arrodilló delante de un arbusto e inhaló el aire lleno de promesas de la primavera.

Tenía puesto un atuendo verde claro que había visto mejores días, con el dobladillo manchado de barro, y un delantal amarillo que tenía al menos cinco parches. Se valió del dorso de la muñeca para apartarse unos mechones de cabello rubio que se le habían salido de debajo del viejo bonete de paja. Prefería trabajar sin guantes, a pesar de que la tierra le curtía la piel: tenía callos, rasguños y tierra debajo de las uñas que no se podía quitar sin importar lo mucho que se las refregara.

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Como no tenían criados, tanto ella como sus cinco hermanas eran responsables de su propia parte de la casa. La de Patience era la huerta y se extendía ante ella. A pesar de que era demasiado pronto como para cultivar mucho más que guisantes y rábanos, aún tenían unos tubérculos comestibles algo marchitos y algunas patatas del año anterior en el sótano, pero no durarían mucho más.

Permitirse proyectos botánicos como hibridar rosas no era algo práctico. Así que debía darse prisa antes de que su madre o una de sus hermanas, excepto Anne, la descubriera.

Con los dedos, Patience inspeccionó el arbusto en busca de madera seca o ramas enfermas luego del invierno. En general, estaba pelado, en estado inactivo. Sin embargo, unos pequeños capullos de hojas rojas comenzaban a asomar y mostrar los primeros indicios de nuevo crecimiento.

El resto del jardín florecía en sus manos. Le encantaba cuidar de las plantas: ver las zanahorias, los nabos y las coles crecer, combatir plagas con medios naturales, mejorar los fertilizantes e idear maneras de aumentar la producción de los cultivos. Las plantas prosperaban bajo sus cuidados y las sentía responder ante ella. Tanto la huerta de verduras como la de árboles frutales de peras y manzanas se encontraban en perfecto orden y listas para sembrar los principales cultivos, fertilizarlos, cuidarlos y cultivarlos.

A unos seis metros de distancia se hallaba la diminuta Rose Cottage. A diferencia de la huerta, no era para nada perfecta ni tampoco era un sitio en el que se sintiera feliz. Desde hacía muchos años, estaba en proceso de caerse a pedazos. La pintura blanca de los marcos de las ventanas y las persianas se había descascarado hasta el punto de que la mayoría había desaparecido, y las persianas mismas colgaban dobladas. Los ladrillos se desmoronaban, el tejado había cedido en una esquina y había una gotera que permitió que el moho creciera en las paredes y el cielorraso de la casa. Ya los cristales de las ventanas se habían roto hacía mucho tiempo y los habían reemplazado con tablas de madera.

Si John siguiera vivo, habría terminado sus estudios en Oxford, se habría convertido en un abogado en Londres y habría ayudado a su padre no solo con dinero sino también con contactos. A lo mejor, hasta habría podido ayudar a que algunas de sus hermanas lograran un buen matrimonio…

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—¡Patience, por fin te encuentro! —exclamó Anne mientras se acercaba. Los rizos dorados típicos de la familia Rose rebotaban mientras avanzaba hacia ella—. ¡Papá ha regresado de Londres! Te está buscando a grito pelado por todos lados.

—Oh, pero no le has dicho dónde estaba, ¿no? —Patience se estremeció—. No quiero que sepa que estoy con las rosas.

—Siempre la jardinera laboriosa —la provocó Anne mientras se sentaba en el suelo a su lado—. No creo que se trate de las rosas.

—Ha regresado antes de lo planificado —señaló limpiándose la tierra de las manos—. ¿Dijo si logró vender la propiedad? —La pregunta le hizo doler el pecho. Sería difícil marcharse de Rose Cottage; era el único hogar que había tenido en sus dieciocho años de vida. Allí se encontraban sus rosas, sus vegetales y su huerta de árboles frutales.

—No —respondió Anne mientras la ayudaba a incorporarse—. Te está llamando a gritos como si alguien lo persiguiera.

Patience arqueó las cejas.

—¿Y qué querrá conmigo? —Estaba agradecida de ser la más joven y no tener ni expectativas ni ilusiones de un futuro. Podría dedicarse al jardín, estudiar e investigar—. ¿Crees que encontró el modo de mejorar nuestra situación y evitar ir a la prisión de deudores?

Anne se rio con suavidad.

—Eres una eterna optimista, hermana. Patience le ofreció una sonrisa. —Como todos los Rose, ¿no?

El repentino ruido de muchos pasos pesados que resonaban contra el sendero de grava destruyó la atmósfera pacífica del jardín. Patience alzó la mirada, y el corazón se le paralizó al reconocer las voces de sus padres.

—¡Patience! ¡Patience! —la llamó su madre que corría detrás de su padre aferrándose las faldas y buscándola con frenesí—. ¿Dónde estás, niña fantasiosa?

—¡He regresado con novedades que nos cambiarán la vida para siempre! —exclamó su padre, y la voz viajó desde la distancia.

Patience intercambió una mirada anonadada con Anne antes de que las dos se incorporaran. Una mezcla de curiosidad y aprensión se debatía en su interior. Mientras regresaban a toda prisa a la casa, Patience vio a sus cuatro hermanas siguiendo a sus padres.

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Su padre, un hombre de estatura baja, con el cabello ondulado y grisáceo a la altura de los hombros, respiraba agitado. Tenía el rostro redondeado y los ojos celestes saltones e iba vestido con un desgastado abrigo de color beige y unos pantalones a juego.

—¡Allí estás! —Su madre la señaló. También estaba agitada. Era probable que el corsé debajo del vestido le estuviera apretando demasiado el pecho—. ¡Allí está, señor Rose! —exclamó.

—¡Oh, Patience, ven aquí! —exclamó su padre al tiempo que se detenía con la respiración entrecortada y se sujetaba el estómago con el rostro sonrosado del entusiasmo—. Niñas, acérquense.

Las hermanas intercambiaron miradas llenas de inquietud, pero la expresión de alegría en el rostro de su madre les quitó parte de la tensión que llevaban sobre los hombros debido a las circunstancias en las que se encontraban.

—Siempre les he dicho que no perdieran las esperanzas —prosiguió su padre alzando las manos para enfatizar las palabras—. Aún en los momentos más oscuros, como los que hemos atravesado.

—¿Los momentos oscuros que hemos atravesado, papá? —le preguntó Emily—. ¿Acaso has encontrado un comprador?

—¡No, algo mucho mejor!

Posó la mirada de ojos celestes en Patience y le ofreció una sonrisa casi delirante. A Patience eso no le gustó ni un ápice.

—Patience, querida, ¡te vas a casar con un duque! —anunció su padre. El silencio reinó entre la familia anonadada, y Patience sintió como si le hubieran quitado el aire de los pulmones de un puñetazo. Sus hermanas

la observaron perplejas, con expresiones que iban de la conmoción a la envidia pura.

—¿Yo? ¿Con un duque? —logró preguntar con la voz estrangulada. —Sí —respondió su padre con los ojos llenos de orgullo—. El duque

de Rath ha pedido tu mano en matrimonio, y he aceptado. Este casamiento va a salvar a nuestra familia de la destitución.

Patience se llevó la mano embarrada al delantal que le cubría el estómago. El mundo se movió bajo sus pies. Podía oír las palabras, pero no las procesaba. ¿Cómo podía ser que un duque la quisiera de esposa? No había debutado y ningún miembro de la alta sociedad sabía de su existencia.

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—¿Por qué yo? —quiso saber—. ¡Tengo cinco hermanas mayores y mejor dotadas!

Miró a Anne, que le ofreció una sonrisa de apoyo.

—El duque preguntó por la más joven —le explicó su padre—, porque sentía que era menos probable que estuvieras interesada en alguien románticamente o que tuvieras algún pretendiente. El duque parecía muy impresionado con lo que oyó acerca de tu naturaleza agradable y amistosa.

Las palabras de su padre quedaron pendiendo en el aire, y el jardín comenzó a girar a su alrededor. Parpadeó rápido y, cuando estiró la mano para sujetarse algo, el brazo de Anne le dio balance y consuelo. La voz le falló cuando intentó hablar y solo logró preguntar en un susurro:

—¿Con… un duque?

—¡Eso no es justo! —exclamó Beatrice, que tenía veintisiete años—. ¡Emily y yo hemos debutado! ¡Las hermanas mayores deberían casarse antes que las más jóvenes!

—Estoy de acuerdo —dijo Patience—. Quizás el duque quiere ver a Emily pintar… u oír a Beatrice cantar. ¡De seguro cambiaría de parecer!

Clarice, la tercera de las hermanas, soltó un bufido.

—¿No alcanza con haber sufrido la pérdida de nuestro hermano? Patience se estremeció al oír del difunto hermano, y el corazón se le

estrujó con el dolor familiar de la ausencia.

Frances, la cuarta de las hermanas, añadió:

—¿Y ahora tenemos que soportar la humillación de ser rechazadas en matrimonio?

—Queridas —intervino la madre—, no sucumban a sus emociones oscuras. No las criamos para que fueran envidiosas. Recuerden la cesta. Guárdenlo todo allí.

—Muy bien dicho, querida —la felicitó el padre—. De hecho, el duque se mostró de lo más inflexible. Yo estaba tan sorprendido como ustedes, pero quería a la menor… Va a pagar mis deudas luego de la boda para que no vaya a la prisión de deudores, no tendremos que vender la casa y tampoco tendremos que marcharnos. Pero también puso algunas condiciones.

Patience tragó con dificultad. Podía ver a sus rosas secándose, y los guisantes y los rábanos marchitándose sin sus cuidados. Jamás escribiría su tesis. Y la rosa híbrida que aún no había nombrado moriría para siempre. Al igual que sus sueños.

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—Cuando hayas estado casada un año con el duque, nos dará una propiedad y nos brindará un ingreso estable —continuó el padre—. Sin embargo, debes permanecer a su lado, porque de lo contrario, el acuerdo quedará nulo.

Una ola de desesperación la embargó al comprender la magnitud del sacrificio que le estaban pidiendo que hiciera. Sus sueños de continuar su investigación botánica y completar la tesis se le escurrían entre los dedos. Patience no quería nada de eso. No quería casarse con nadie, y mucho menos con un duque. ¿Y si era un anciano lujurioso y cruel en busca de carne joven?

Su madre le apoyó la mano en el hombro y la miró rogándole con los ojos marrones abiertos de par en par.

—Es el deber de una mujer, tesoro —le dijo—. Por esto has nacido mujer: para asegurar una unión ventajosa para ti y para tu familia. Ahora que ya no tenemos más a John entre nosotros, hay muy pocas cosas que nos pueden ayudar. Y esta es una de esas cosas. Es nuestra única oportunidad, tesoro.

Mientras el peso de las expectativas familiares la hundía en su sitio, Patience supo que no podía sucumbir a la tristeza y la oscuridad que llevaba dentro. Siempre había sido una optimista, y ahora más que nunca, debía aferrarse a esa parte de su ser.

—De acuerdo —accedió con lágrimas en los ojos—. Me casaré con el duque de Rath.

Con pesar en el corazón, Patience sucumbió a los gritos de alegría de su madre y las exclamaciones de felicidad de su padre. Sus hermanas seguían peleando, y Anne la miraba preocupada. La vida que conocía había acabado… y ya no había vuelta atrás.

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Tres días después… El día de la boda

Dorian no dejaba de mirar hacia el final del pasillo entre los bancos de la iglesia, pendiente de las puertas de roble que su novia atravesaría en cualquier momento.

Abría y cerraba el puño herido sin cesar para aliviar la presión del guante de cuero contra las cicatrices. El anciano decano de la catedral de San Benito ubicada en la propiedad de Rath le arrojaba miradas de soslayo a la mano.

Ese día, la catedral se veía particularmente hermosa. Había velas encendidas por todos lados, unos pequeños ramos de campanillas de invierno, azafranes y prímulas decoraban las columnas talladas con elaborados patrones, los bancos y el altar que se encontraba detrás del decano estaban cubiertos con una delicada pieza de lino blanco. Además, unos tapices decorados adornaban las paredes. En el aire pendían los aromas a cera de abeja, incienso y los perfumes de los invitados, pero para Dorian ese era el hedor de una prisión.

Los bancos de madera estaban llenos de invitados. Su tía se encontraba sentada al lado de una de sus mejores amigas, la duquesa viuda de Grandhampton, y de Chastity. Su hermana no había podido creer lo que oía al enterarse del repentino compromiso. Detrás de ellas, se encontraba lord Spencer Seaton con su esposa, Joanna, y sus hermanos, Richard y Preston Seaton con sus respectivas esposas. La hermana de Spencer, Calliope, que ahora era una duquesa, había ido con su marido, Nathaniel, el duque de Kelford.

Los susurros se oían en el aire, y Spencer no dejaba de arrojarle miradas de empatía que reflejaban también algo de perplejidad. Al igual que todos, se había quedado anonadado al recibir la invitación a la repentina boda de su amigo que siempre había sido un soltero empedernido.

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Detrás de los Seaton, vio a Pryde, Enveigh, Eccess, Irevrence y Fortyne sentados con diferentes expresiones en el rostro. Pryde lo miraba con el ceño fruncido. Le había estado dando sermones a lo largo de toda la última semana. ¿Qué estaba pensando al casarse con la hermana de la persona que mató? ¿Acaso no pensaba que la verdad acabaría saliendo a la luz? ¿Y qué había de la honestidad? Habían jurado guardar silencio y olvidar lo ocurrido porque el daño ya estaba hecho, y ahora podría ponerlos en peligro de cargos criminales si su novia descubría lo que en realidad había sucedido.

Lucien se había concentrado en la idea de que Dorian podría liberar sus energías oscuras en los brazos de una mujer todas las noches. Por su parte, Eccess había estado eufórico y se había reído ebrio sin dejar de comentar que eso de casarse con una desconocida era una broma de lo más entretenida. A pesar de su naturaleza rebelde, Irevrence había señalado que ese matrimonio no funcionaría. Y Enveigh se había limitado a fulminarlo con la mirada de acero con la cabeza gacha llena de rizos oscuros.

—Estás haciendo algo que el resto de nosotros no tiene las agallas de hacer —le había dicho.

Por último, Fortyne había comentado que estaba cometiendo un error porque si iba a casarse al menos debería haber buscado una esposa con una dote y buenas conexiones. En su opinión, el matrimonio debería ser una transacción lucrativa y no un acto de caridad.

A pesar de los comentarios, todos estaban tan impacientes como Dorian por ver a la novia. El duque de Rath solo sabía que tenía dieciocho años y se llamaba Patience Rose.

La familia de su futura esposa se encontraba al otro lado del pasillo. Cada uno de los integrantes tenía las mejillas sonrosadas, el cabello rubio y los ojos celestes. Y todos se removían entusiasmados en los asientos. Si Patience Rose se parecía a ellos y a John, que había tenido un aspecto físico angelical, de seguro sería muy agradable a la vista.

Por fin, el órgano comenzó a sonar solemne, y las notas hicieron eco contra las paredes. Dorian sintió un estremecimiento de nervios. Algo en su interior se quebró, pero él no era el tipo de persona que huía del peligro. Había salvado de la muerte a Joanna, la esposa de Spencer. A menudo, ganaba peleas de boxeo. ¡Por todos los cielos, si hasta había desafiado al menos a doce caballeros a duelo! Pero, por algún motivo, la idea de ver a la mujer a la que se ataría por siempre le resultaba insoportable. Por eso le

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dio la espalda a la puerta, y sintió el paso del tiempo en los violentos latidos de su corazón. Tenía el pecho demasiado tenso, el estómago hecho un nudo y el pulso acelerado como un tambor de guerra en la mano herida.

Oyó el ruido de las puertas y el susurro de las prendas al tiempo que los invitados se daban la media vuelta para verla e intercambiaban comentarios entusiasmados entre murmullos. La palma izquierda, que llevaba al descubierto, estaba cubierta de sudor y, en un acto muy poco digno de un duque, se la tuvo que secar en los pantalones. Mientras el tiempo se estiraba hasta la eternidad, oyó los pasos ligeros de su novia. «Por todos los cielos, ¿podemos acabar con esto de una vez por todas?».

Ese sería el castigo por su mayor pecado. Ese matrimonio era un pequeño paso hacia la redención de lo más imperdonable. Ya no había marcha atrás. Tenía que enfrentarse a su destino. Tenía que ver a su carcelera, a su verduga vestida de novia. Se dio la vuelta. Posó la mirada sobre ella y… el tiempo se detuvo.

No, en realidad, no se detuvo. Simplemente dejó de existir. Todo se desvaneció, excepto la pequeña silueta rubia, dulce y voluptuosa de grandes ojos celestes y un rostro angelical y perfecto. La luz del sol que se colaba por las ventanas de vitral de la iglesia parecía hacerla brillar con unos sutiles tonos dorados. El cabello parecía una aureola alrededor de su cabeza. Los ojos grandes le brillaban. Tenía unos pómulos altos en el rostro delicado, una hermosa nariz recta, unos suculentos labios del color de una rosa rosada con un pronunciado arco de Cupido. El labio inferior era más grueso que el superior. Tenía unos senos generosos con un pliegue entre ellos que se veía por encima del escote. Tenía los hombros redondeados y era pura curva y suavidad, una mujer llena de vida. Ni siquiera el viejo vestido de muselina que llevaba puesto, y que Dorian suponía que había sido blanco en otra época, pero ahora se había vuelto grisáceo y amarillento, lograba cambiar la exuberante sensación de caer en picada que tenía en el estómago.

Dorian había visto mucha belleza en la vida. Las mujeres glamorosas de la alta sociedad, su elegante casa llena de obras de arte que su padre y otros ancestros habían coleccionado. Había viajado al Mediterráneo, a los Alpes y a Escocia. Todos los meses, frecuentaba a las trabajadoras sexuales más hermosas de Londres en Elysium. Había visto atardeceres y paisajes que lo habían dejado sin aliento, como la magnificencia del mar. Pero con ese rostro angelical, la sonrisa inocente y la mirada de bondad

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genuina, su novia tenía una especie de luz interior: una que no podría ser más diferente a la oscuridad que él llevaba dentro.

Con un estupor que lo aterró lo supo con total certeza: en sus treinta y dos años de vida, jamás había visto nada más hermoso que la señorita Patience Rose. Su novia.

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Patience caminó hacia el altar sin poder sentir el cuerpo.

La nave de la iglesia se extendía ante ella con un precioso suelo de mosaico limpio, y tanto a su derecha como a su izquierda, había bancos llenos de gente que la miraba fijo. Por la luz cegadora, no podía ver a la persona más importante: el hombre que se encontraba de pie esperándola al final del pasillo. El hombre que se adueñaría de ella, le daría órdenes y haría lo que quisiera con ella. Un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. Iba a casarse con un total desconocido que tenía el poder y la riqueza suficientes como para arreglar ese matrimonio sin siquiera haberla visto. ¿Por qué la querría a ella?

A su izquierda, su familia llevaba puestas sus mejores prendas. Su madre y sus hermanas tenían unos bonetes enmendados hasta el hartazgo y decorados con campanillas de invierno. Los abrigos tenían parches visibles y costuras que cerraban agujeros. Como de costumbre, su padre llevaba puesto sus pantalones y su abrigo beige. Se había lavado la melena de cabello blanco enrizado y tanto la frente casi calva como las mejillas sonrosadas le brillaban. Los intensos ojos celestes reflejaban adoración y amor porque su hija se iba a casar con ese duque y los iba a salvar.

De alguna manera, Patience movía los pies, y cada paso que daba era como si se estuviera arrastrando por un pantano. Mientras avanzaba por la majestuosa nave que parecía no tener fin, se sentía pequeña e insignificante bajo los cielorrasos altos y abovedados.

Las personas al otro lado del pasillo eran los invitados del duque. Había damas y caballeros tan hermosos y orgullosos que cada uno podría haber sido un cuadro o una obra de arte. Ninguna de las prendas que vestían tenía agujeros, manchas o parches. Llevaban joyas, artísticas flores de seda y satén, pañuelos y escudos de armas. Estaban sentados con las espaldas erguidas y las manos libres de tierra o callos y olían a perfumes inasequibles. Todos los invitados del duque eran importantes, distinguidos y majestuosos.

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¿Y con ella se iba a casar? ¿Ella, que se había sentado en el último banco de la iglesia cada domingo porque ninguna familia respetada de su aldea quería acercarse a los Rose? ¿Ella, que había compartido la cama con dos hermanas durante toda su vida? ¿Ella, que nunca en su vida había tenido las uñas limpias? Ella, una duquesa… ¡Pero qué disparate!

Un disparate y una pérdida a la vez. Ahora jamás lograría escribir la tesis ni vería los frutos de todos los años de arduo trabajo para desarrollar una rosa híbrida. No sabía mucho acerca de la vida de una duquesa, pero estaba segura de que las duquesas no se pasaban el día arrastradas en la tierra.

Bueno, tendría que hacer lo mejor bajo esas circunstancias. Lo más importante era que su familia se encontraría a salvo. Se suponía que John iba a mejorar la situación de la familia tras graduarse de Oxford y comenzar a ejercer de abogado, pero eso ya nunca sucedería. De modo que ahora era su responsabilidad. Su padre no iría a la prisión de deudores, y ni su madre ni sus hermanas acabarían en el asilo de pobres o en la calle. Valdría la pena sacrificar su proyecto botánico y sus ambiciones científicas.

Lo único que tenía que hacer era reprimir la tristeza que sentía, tragarse las lágrimas y sonreír como lo había hecho siempre desde la muerte de John. Tenía que concentrarse en las cosas buenas y olvidarse de lo que iba a perder.

Debía mirar adelante… a su futuro marido. La pared le bloqueó la luz cegadora y por fin logró ver al hombre que se encontraba de pie al lado del sacerdote. La poca compostura que le quedaba se vaporizó.

Era alto. Se encontraba de pie al lado del altar sobre una plataforma y parecía ceñirse sobre ella como los cielorrasos abovedados de estilo gótico. ¿Cuántos años tenía? Era más grande que ella, pero no tan grande como había temido. Pensó que debía estar cerca de los cuarenta. Al igual que las estatuas entalladas de la iglesia, parecía eterno. El cabello negro azabache hacía que los llamativos ojos celestes como el cielo parecieran más imponentes.

Ya casi había llegado a la plataforma, y no podía despegarle los ojos de encima. Por todos los cielos, era como una estatua griega, con muslos gruesos y musculosos que se tensaban debajo de los pantalones negros. Tenía unas caderas angostas y una cintura delgada; el pecho y los hombros anchos se veían con claridad bajo las capas del inmaculado abrigo negro

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confeccionado a medida. Debajo, llevaba un chaleco rojo y un pañuelo blanco amarrado con elegancia.

Llevaba el cabello peinado hacia atrás, como dictaba la moda, y el rostro angular afeitado a la perfección. Tenía pómulos altos y una pequeña protuberancia en el puente recto de la nariz regia… ¿Se la habría roto? De hecho, reparó en algunas otras imperfecciones. Tenía una pequeña marca en la piel cerca de una de las espesas pestañas negras y una marca blanca a la izquierda del suculento labio inferior. ¿Serían cicatrices? ¿De qué?

La miraba con una intensidad arrasadora y le produjo un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Era como si la pudiera ver a través de la máscara de la sonrisa y captara su temor, su tristeza y su pérdida. Era como si comprendiera lo fuera de lugar que se sentía, como si estuviera flotando en el aire, sin raíces, completamente a la deriva.

Sentía las piernas blandas y temblorosas y el estómago lleno de abejas que no dejaban de zumbar. No podía sentir las manos que sostenían el ramo de campanillas de invierno, aunque por el rabillo del ojo vio que los pétalos blancos temblaban. Se sentía sudada y sonrosada, como si estuviera ardiendo. Cuanto más se acercaba a él, más pequeña se sentía bajo la mirada fría y penetrante de ese hombre imponente. Su marido. La persona que se convertiría, desde ese momento hasta el final de sus días, en la más importante para ella. Le pertenecería a él, sería suya…

Oh, cielos, ¿qué pensaría de ella ese hombre atractivo? Debía de estar mirando la tela amarillenta del vestido con desdén y reparando en cada costura y parche.

Pero, no. ¿Qué había aprendido que era lo mejor que se podía hacer cuando uno sentía temor o incertidumbre? Sonreír. Ver el lado positivo. Y jamás demostrarle a nadie ningún sentimiento oscuro o débil. Así que eso fue justo lo que hizo, estiró bien los labios y no dejó de sonreír mientras lo miraba. Y de pronto, salió volando.

Se tropezó con el borde de la plataforma y vio que el suelo de madera se le acercaba cada vez más al rostro. El impacto del golpe iba a ser devastador. Ya podía anticipar el porrazo, el dolor en la mejilla, el ojo, la nariz y la sien. Qué vergüenza. Lo primero que haría delante de su marido, el duque, y también delante de sus invitados aristocráticos y del pastor sería caerse.

Un jadeo colectivo resonó en la catedral. Pero el golpe nunca llegó. Dejó de sentir que se caía y quedó suspendida en el aire al tiempo que dos

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manos fuertes la sujetaban de los hombros. Era como si un ángel guardián hubiera venido a rescatarla con una fuerza superior de la que ella era capaz. Se sintió cálida, segura y protegida. Y sin aliento. El roce le produjo unos maravillosos cosquilleos, como pequeñas burbujas explosivas, en todo el cuerpo. Al siguiente instante, la fuerza la jaló hacia arriba. La soltó y se volvió a encontrar sola y vacía, con el corazón acelerado en el pecho y la mirada clavada en los ojos gélidos del duque.

El pastor se aclaró la garganta, y todas las voces se callaron en la iglesia. El órgano también dejó de sonar.

—¿Puedo comenzar, milord? —preguntó el pastor.

—Sí —repuso el duque de Rath.

Oh, esa voz… Era profunda y aterciopelada, mantecosa y suave.

El resto de la ceremonia transcurrió rápido, como en un abrir y cerrar de ojos. El pastor los bendijo y recitó una plegaria. Acto seguido, el duque la aceptó por esposa y, muy a su pesar, ella lo aceptó a él.

Cuando llegó el momento de ponerle el anillo en el dedo, a Patience le tembló la mano fría y sudada al estirarla hacia él. Cuando se la tomó entre las suyas, notó algo extraño… tenía la mano derecha enguantada. Era un grueso guante de cuero negro que iba a tono con el resto de las prendas y su cabello. El material era suave, a excepción de las partes desgastadas por el uso.

¿Por qué llevaba puesto un guante? ¿Tendría la mano herida? Debía tratarse de eso. A lo mejor había tenido un accidente mientras cabalgaba y estaba sanando.

Con la mano izquierda, que llevaba al descubierto, le colocó la sortija de oro en el cuarto dedo, que según decían, estaba conectado con el corazón. El roce de sus dedos cálidos y secos le produjo un estremecimiento en el cuerpo. Sintió los dedos largos, la mano grande y masculina, algo bronceada por el sol, con algunas costras en los nudillos… ¿Se habría golpeado con algo hacía poco? ¿Cómo tendría la otra mano si esa estaba al descubierto?

Tras firmar el registro civil de la catedral, la ceremonia llegó a su fin. Bajo los vítores y murmullos de los invitados, recorrieron el pasillo sin siquiera rozarse y se subieron al carruaje que los aguardaba afuera. Varios de los presentes los bañaron en pétalos.

Sin embargo, Patience no sentía ni un ápice de alegría en el corazón.

Ese era el día más difícil de su vida para mantener pensamientos positivos.

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Su padre estaría a salvo. Sus hermanas y su madre estarían a salvo. Pero… ¿estaría ella también a salvo?

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Sentía el carruaje bambolearse en los pies mientras avanzaban por el encantador paisaje campestre con colinas y setos verdes bajo el cielo del mismo color que los ojos de su marido.

El aire estaba fresco, pero Patience se sentía sin aliento porque estaba a solas con el duque. Debía ser la primera vez en la vida que se encontraba a solas con un hombre adulto que no era su padre o su hermano. Definitivamente era la primera vez que se sentaba en un carruaje tirado por cuatro caballos, un cochero y lacayo de pie en la parte trasera. Y también era la primera vez que se montaba en un vehículo con cortinas de seda negras y rojas y bordadas con unos leones dorados en llamas.

El costo de las exquisitas cortinas de material sedoso que cubrían las paredes del carruaje debía superar al de todos los atuendos de sus hermanas combinados. Por todos los cielos, le podría haber pedido a Anne que le confeccionara un atuendo de baile con esa tela.

Afuera de la ventana, podía ver unas esponjosas nubes blancas que pasaban por el cielo, varios campesinos que trabajaban en los campos y algunas arboledas, arbustos y sotobosque que decoraban el paisaje. Todo le pertenecía a él. Y ahora a ella también.

Acarició la arruga del vestido con los antiguos guantes de encaje y tomó consciencia de que tenía todo el cuerpo cubierto de sudor y de que las tiras del bonete se le clavaban debajo del mentón. Atractivo e intimidante, su marido estaba sentado enfrente de ella, con los ojos de un color celeste tan oscuro ahora que parecían océanos interminables bajo las alargadas cejas gruesas que tenía elegantemente arqueadas. Patience lo podía oler por encima de los intensos aromas del cuero, la madera y las telas limpias: captó notas de bergamota, pimienta y almizcle. Por todos los cielos, si hasta parecía un león. Tenía los ojos juntos, los pómulos altos y la nariz que parecía ancha y larga sin dejar de ser majestuosa y atractiva. El mentón afilado y pronunciado se le tensaba bajo la piel suave y los labios suculentos de la boca ancha se le habían aplanado en una línea

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delgada. Tenía los hombros tensos bajo el fino abrigo, y aferraba las manos grandes a los bordes del asiento con tanta fuerza, que el cuero del guante que le cubría la mano derecha estaba estirado hasta el límite. Las pupilas dilatadas se le movían de izquierda a derecha mientras observaba la vegetación que dejaban atrás. Respiraba tan agitado, que las solapas del chaleco carmesí le subían y bajaban con cada bocanada.

Sin lugar a dudas, no se veía nada contento. ¿O sería que estaba igual de incómodo que ella por haberse casado con una desconocida? La necesidad de suavizar la situación y alivianar el ambiente, de hacerlo sentir en paz le rozó el estómago. Eso era lo que mejor hacía.

Pero ¿qué se le preguntaba a un marido cuando no se sabía nada de él? ¿Podía preguntarle por qué se encontraba tan irritado? ¿Qué había desayunado ese día? ¿Cuál era su color favorito? ¿Qué le gustaba leer? ¿O podía hacer una broma? Por todos los cielos, ojalá se le ocurriera una buena broma…

Pero nada. Lo único que podía pensar era en lo grande que era en el espacio reducido del carruaje… y eso no era nada inteligente de señalar. En especial cuando el carruaje era más grande que la despensa de Rose Cottage.

El silencio se prolongó entre ellos como algo denso y pareció adquirir una nota aguda. Patience no sabía dónde poner las piernas para no rozar las de él. Pero le resultó imposible evitarlo. Como el duque tenía las musculosas piernas largas estiradas y le rodeaban las rodillas, Patience tuvo que concentrarse para no clavar la mirada en las líneas de músculos que se tensaban contra la tela. Al poco tiempo, él se cruzó de brazos por encima del pecho y, a través de las capas de prendas, pudo ver las ondas que se le formaban.

Poco después, decidió que no podía guardar silencio ni un solo instante más. «¡Ay, por todos los cielos, solo di algo positivo!», se ordenó antes de abrir la boca.

—Supongo que debo felicitarlo —dijo con la voz ronca.

El duque le dirigió la mirada aguda, que se sintió como una bofetada. Era un león frío que observaba a su presa. Era una mirada penetrante que le estudiaba el rostro y la hacía sentir desnuda y vulnerable por más que estuviera completamente vestida y hasta llevara guantes, un bonete y un abrigo largo.

—¿Felicitarme por qué? —le preguntó con sequedad.

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Oh, esa voz… A pesar de que estaba cargada de irritación, le pareció el tono más masculino que había oído en toda la vida.

—Por nuestras nupcias.

—No creo que sea costumbre felicitarnos mutuamente.

La respuesta la hizo reír.

—Puede que no.

El silencio volvió a reinar en el carruaje, y Patience acarició el tapizado del asiento con los dedos enguantados. Sintió que un hilo dentro del guante se enganchaba contra un clavo e intentó jalar de la mano para liberarla, pero no lo logró. No podía imaginarse sintiéndose más vulnerable.

El duque volvió a mirar hacia el exterior. El borde del mentón se le movía tan rápido, que Patience pensó que podría haber alguna criatura intentando escapar de su boca. Sintió el pecho oprimido y estrecho en el condenado corsé y no dejó de tomar profundas bocanadas de aire en el intento de calmarse. Santo cielo, ¿cuánto podría durar el trayecto de la iglesia de la aldea hasta Rath Hall?

Alguien tenía que decir algo. Lo que fuera. Sin duda alguna, esa era la situación más tensa e incómoda que había soportado y no la aguantaba ni un instante más. La incomodidad pendía en el aire como un olor acre que quería hacer desaparecer a como diera lugar.

—¿Qué desayunó hoy? —le preguntó, y el duque la miró confundido. No le vio ni una sonrisa, ni un intento de sonreír, pero al menos la

tensión del mentón que lo hacía parecer tan enfadado se desvaneció. La boca se le relajó al tiempo que los ojos se le aclaraban hasta adoptar el mismo tono del cielo antes del atardecer. Al tomar nota de esos cambios, algo se suavizó en el interior de Patience.

—Una tostada —repuso perplejo—. Y café.

Café… La mente se le aceleró y recordó la planta botánica Coffea arabica. Provenía de las regiones del este de África y tenía unas bayas coloradas que se podían tostar. A mucha gente le encantaba la bebida que se hacía con ellas. La planta crecía en zonas montañosas subtropicales y proliferaba en temperaturas cálidas y atmósferas húmedas. Patience se moría de ganas de ver una planta de café y estudiarla. Sin embargo, las duquesas no hablaban de esas cosas.

—Nunca probé café —dijo. De hecho, como ni siquiera tenían dinero para comprar verdadero té, bebían infusiones con menta, lavanda, rosa

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mosqueta y otras hierbas y plantas que sembraba Patience o que cultivaba de los bosques—. ¿Sabe bien?

El duque no le quitó la mirada penetrante de encima.

—Sí.

—¿Qué sabor tiene?

—Es intenso. Se puede decir que es algo amargo, pero en el buen sentido. Y algo tostado.

—Oh. ¿Y es cierto que uno se siente vivo y lleno de energía luego de beberlo?

En respuesta, asintió.

—Sí, supongo que sí.

Patience se rio.

—¿Sabía que, según una leyenda, el café se descubrió cuando unas cabras comieron unas bayas de la planta y comenzaron a correr por doquier como si las hubiera poseído un demonio?

—No, no lo sabía.

—Y las plantas de café son muy hermosas. Bueno, al menos por lo que

vi en las ilustraciones botánicas. Son hermosas y tienen hojas brillantes, flores blancas y bayas rojas.

El duque entrecerró los ojos. —¿Ilustraciones botánicas?

—Sí, mi hermano trajo un libro de ilustraciones botánicas la única vez que nos visitó de Oxford.

A su marido se le transformó el rostro, pero Patience no supo qué había dicho de malo. De mostrarse sorprendido e interesado, se puso pálido como si acabara de ver a un fantasma. Y en un instante, todo volvió a cambiar. Se le formaron unas arrugas entre las cejas, se le oscurecieron los ojos con pupilas negras grandes y los iris del color de un océano tormentoso.

—Señora, quizás sea mejor que nos haga un favor y no hable más por el resto del viaje.

Patience abrió y cerró la boca. ¿Qué podría haberlo alterado tanto? Su madre tenía razón. No debería haber estado tan interesada en la botánica. Él era un duque. Sin dudas desaprobaba su interés científico. Por todos los cielos, estaba arruinando el matrimonio a los pocos minutos de que hubiera concluido la ceremonia.

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Quizás debería regresar al tema del desayuno y evitar hablar de plantas, sin importar lo mucho que disfrutara pensar en el aspecto de la planta de café, o en el sistema de raíces que tenía y en cómo lograr que produjera flores y luego bayas.

—¿Le gusta la mermelada de fresa? —le preguntó.

«¡No pienses en fresas!». Crecían bien en terrenos con buen drenaje y suelo margoso y se cultivaban al final de la primavera o al comienzo del verano, en especial si habían recibido mucho sol.

El duque la fulminó con la mirada.

—Le pedí que no hablara.

—Pensé que la mermelada de fresa era un tema de conversación seguro. ¿Le gusta la mermelada de fresa?

El duque se aclaró la garganta.

—Sí, no me desagrada.

Las preservas eran un tema de conversación seguro.

—A mí tampoco. ¿Y la de frambuesa?

La nueva pregunta lo hizo pellizcarse el puente de la nariz.

—Por favor, se lo ruego. No hace falta que llene el silencio con preguntas acerca de mi preferencia de mermeladas.

—Disculpe. Eh… ¿Le gustaría preguntarme algo?

—No.

Patience parpadeó.

—Oh. ¿Así es cómo funcionan los matrimonios ducales? ¿Nadie habla con nadie?

—Eso es precisamente lo que quisiera.

—Pues, debo admitir que jamás he sido buena para guardar silencio. Mi madre siempre ha dicho que nací bajo una estrella parlanchina — continuó con una sonrisa llena de esperanza.

El duque volvió a posar la mirada gélida e implacable en ella.

—Y yo he nacido bajo una estrella que aprecia la paz y la tranquilidad.

—Pero sin dudas tiene que haber algo de lo que le guste conversar. ¿Quizás de temas relacionados con la política? ¿O a lo mejor le apasionan los caballos? A los hombres les suelen gustar los caballos… Al menos, eso es lo que he leído.

Los ojos registraron una emoción ilegible.

—¿Lo que ha leído? —repitió.

Oh, era mejor cuando no decía nada.

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—Sí, no conozco a muchos hombres. O a mucha gente, mejor dicho.

La mayoría de lo que sé me lo han contado mis padres o lo he leído.

El duque la volvió a examinar con tanta intensidad que hizo que se le sonrojaran las mejillas. Por todos los cielos, el hombre era de lo más sofisticado y tenía mucha experiencia en el mundo. Por un momento, le produjo envidia. Patience supo lo que debía de estar pensando de ella: que era joven, inocente y protegida. ¿Por qué tenía que ser la esposa de un hombre tan seguro de sí mismo? De seguro, un hombre como él necesitaba a una persona fuerte a su lado. Debía de ser muy tranquilizador saber exactamente lo que uno quería decir y no intentar complacer a nadie jamás.

—¿No tenías amigos en el campo? De seguro las hijas de algún pastor local se apiadaron de ti y te ofrecieron su compañía.

La vergüenza la arrasó como una ola caliente.

—Sí, el pastor, su esposa y sus hijas han sido los únicos vecinos que nos han hecho compañía. Pero solo por obligación y no por interés genuino. Aun así, era agradable hablar con personas que no fueran mis padres o mis hermanas.

El duque tenía una expresión de estupor y una especie de intensa culpa que le hundía los hombros y le oscurecía la mirada. Con las venas del cuello hinchadas, apartó la mirada. Era como si fuera un león furioso que caminaba al borde de un acantilado, aunque nunca había visto a uno vivo. Debería dejarlo en paz. Pero no podía dejar de provocar al predador.

La mano enguantada se le volvió a retorcer, y el cuero se estiró por encima de los nudillos. Como si Patience tuviera razón, el rostro del duque registró una efímera expresión de dolor.

—¿Puedo preguntar qué le pasó a su mano? —continuó—. He visto el guante.

Durante un instante, fue como si fuera a ablandarse y la postura se le relajó. Pero al cabo de unos segundos, el cuerpo se le volvió a tensar y, cuando habló, la voz le salió más fría que los vientos hibernales de Siberia.

—Señorita Rose, ¿acaso tiene la intensión de atormentarme con preguntas? ¿Es su capacidad intelectual tan reducida que le cuesta comprender mi solicitud explícita de silencio?

Patience se retorció avergonzada como si la hubiera azotado y sintió algo similar a la ira. No había sido más que cordial y había hecho sus mejores intentos de mejorar una situación incómoda, pero él le había

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pagado con desdén por su bondad. Cuando por fin logró responder, la voz sonó tranquila, pero conllevaba una nota de acero que se sorprendió a ella misma.

—Solo intentaba hacer que el viaje fuera menos… opresivo. Pero estoy aprendiendo que no es nada fácil.

Tras la respuesta, le pareció ver un dejo de arrepentimiento en los ojos del duque. Pero se desvaneció al poco tiempo de aparecer y quedó reemplazado por la fachada gélida.

Pasaron el resto del viaje sumidos en un silencio pesado e incómodo que se sintió como si una tercera entidad se encontrara dentro del carruaje. Patience permaneció sentada con las manos cruzadas en el regazo y la mente llena de preguntas.

Su padre le había dicho que el duque se quería casar rápido y que la había escogido porque buscaba a alguien abierto, y eso era lo que intentaba ser: agradable y sociable. Pero si tanto quería que lo dejaran en paz, ¿para qué se había casado? Podría haber escogido a una dama de mejor cuna que ella, que supiera cómo ser una duquesa y estuviera dispuesta a ser lo que él necesitara. El apellido de Patience estaba manchado por el escándalo. No sabía de nada que no estuviera relacionado con la jardinería, sus rosas y cómo mantener la cabeza en alto y ser positiva.

De modo que decidió que eso sería justamente lo que haría: sonreiría y se mantendría positiva. Sin embargo, a través de la determinación, un pensamiento horrible se le vino a la mente. El duque era frío y quizás cruel a juzgar por las manchas de sangre que tenía en los nudillos de la mano. Solo Dios sabía lo que ocultaba debajo del guante… A él ella no le importaba en lo más mínimo. No quería ni hablarle ni encontrarse en su presencia.

Seguía siendo un desconocido que tenía un plan para ella… de eso, no tenía ninguna duda. A juzgar por su comportamiento distante y sus palabras frías, ese plan podría ser atroz. Y Patience se encontraba completamente a su merced.

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Patience se encontraba de pie al lado de su marido, una noción que le resultaba de lo más extraña, en la sala de baile de Rath Hall y hacía el mejor intento de recordar los nombres de los invitados que le presentaban. Uno a uno, todos se acercaban a ella y al duque para felicitarlos.

Conoció a la tía del duque, lady Eleanor Buchanan, una mujer agradable con ojos que reflejaban amabilidad. Patience se preguntó si el susurro que había oído durante la ceremonia, una voz que exclamaba: «¡Me gusta!», habría provenido de ella. La hermana del duque, lady Chastity, tenía los mismos tonos de piel y cabello que su hermano, pero con encantadores rasgos femeninos, y sus modales eran fríos y distantes como los de su hermano. Era su nueva hermana…

A continuación, conoció a dos caballeros con el título de lord Seaton y a sus esposas, a dos duquesas de Grandhampton, una de las cuales era una anciana viuda y la otra, una hermosa dama joven. Le presentaron al duque de Grandhampton, seguidos del duque de Kelford y su esposa y sus tres hermanas, una de las cuales parecía tener más o menos su edad. Las otras dos eran unas gemelas encantadoras unos años más jóvenes que Patience.

Todos eran impresionantes, hermosos y amables en extremo. Y la situación la dejaba perpleja cada vez que intentaba imaginar cómo podría encajar en esa sala majestuosa con paneles de color azul oscuro que cubrían las paredes, molduras detalladas en el cielorraso y candelabros llenos de cristales. Unas pesadas cortinas de terciopelo de un profundo tono borgoña flanqueaban las largas ventanas arqueadas, y estaban apenas recogidas como para dejar entrar la luz del sol. Había unos impresionantes muebles de caoba oscura, intrincadamente tallados y con tapicería roja. Y el aire estaba lleno de exquisitos aromas de perfume, champán y comida decadente.

A Patience le resultó extraño ver a varios lacayos y a un mayordomo elegante recorrer la habitación sirviéndoles bebidas a los invitados porque durante la mayor parte de su vida, su familia no pudo permitirse ni un solo

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sirviente. Sintió el impulso de unirse a ellos, tomar una de las bandejas que llevaban y comenzar a ofrecerles refrescos a los invitados. Habían tenido un ama de llaves y una cocinera antes de que John se marchara a Oxford, pero tuvieron que despedirlas después de gastar todo el dinero en la matrícula de John.

Patience continuó asintiendo con la cabeza con cortesía y sonriéndoles con toda la calidez que le emanaba del corazón a las amables personas que parecían darle la bienvenida a su nueva vida y no mencionaban que casi se había caído durante la ceremonia. Por fortuna, tampoco mostraban ningún indicio de haber notado el mal estado de su vestido ni que no tenía idea de qué temas de conversación abordar con ellos. Seguía haciéndoles preguntas sobre sí mismos solo para que nadie sospechara cuán fuera de lugar que se sentía. Y, desde que se apeó del carruaje, no había intercambiado ni una sola palabra con su marido.

—Por fin tengo la oportunidad de presentarme —dijo un atractivo hombre alto con el cabello dorado y los ojos violetas. Tenía un abrigo entallado, un chaleco de color amarillo claro y un anillo de oro grabado con un ciervo. Se inclinó ante ella y la recorrió con una mirada de apreciación masculina—. Dorian, ¿no le vas a presentar a tu padrino de bodas y mejor amigo a tu esposa?

Dorian… Su marido se llamaba Dorian. El pastor lo había dicho durante la ceremonia, pero había tenido la cabeza tan nublada, que solo ahora lo registraba. Qué nombre más hermoso y oscuro… como él.

Mientras Patience alzaba la mirada a su marido, vio que se le tensaban los músculos del mentón y que fulminaba a su supuesto mejor amigo con la mirada. Patience sintió una ola de inquietud.

—Duquesa, permítame presentarle a Lucien, el duque de Luhst.

—Es un placer —murmuró Luhst al tiempo que le ofrecía la mano y se volvía a inclinar.

¿Qué debía hacer?

—La mano, duquesa —la ayudó Lucien con una sonrisa suave y un destello astuto en los ojos.

¿Quería besarle la mano? ¿Acaso estaba permitido eso? ¡Ni siquiera su marido le había besado la mano! Le echó un vistazo a Rath, que apenas lograba contener la ira en el rostro.

—Lucien… —gruñó su marido como un perro enfadado.

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—Oh, vamos, duquesa —murmuró Luhst como un demonio—, no querrá rechazarme de este modo. Es un mero gesto de respeto y aprecio de un hombre a una mujer de alta clase.

Patience sintió todos los ojos sobre ella. No tenía idea de esas cosas, pero su marido la estaba asustando. Con brusquedad, apoyó la mano sobre la de Luhst, que inclinó la cabeza aún más y le rozó la piel con los labios.

Patience se encendió en llamas. Así era como se sentía, todo el cuerpo arrasado por una intensa ola de vergüenza. Cuando el duque de Luhst le soltó la mano, quiso desaparecer.

—¿Ve? No es nada aterrador —le aseguró con una sonrisa taimada. —¡Eres despreciable! —le ladró el duque de Rath a Luhst, y todas las

cabezas se volvieron hacia él—. Has seducido hasta a la última mujer de Londres, ¿y ahora intentas seducir a mi esposa?

Estaba haciendo un escándalo, y Patience no entendía por qué. Notó la furia que se apoderó de él: tenía los puños apretados, el pecho se le inflaba y desinflaba rápido y los músculos del cuello se le tensaban bajo la piel roja.

¿Acaso iba a arrojarse sobre su mejor amigo porque le había besado la mano? ¡No, de seguro, eso no tenía nada que ver con ella!

—Por favor, discúlpenme —masculló—. Me urge respirar aire fresco. Mientras se alejaba a toda prisa de la escena tensa en la sala de baile,

navegó entre los pasillos desconocidos de Rath Hall con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Pasó por una entrada arqueada y entró en una galería alargada y decorada elegantemente. Las paredes estaban adornadas con retratos de los ancestros del duque con fondos oscuros y casi negros. El pulido suelo de mármol resonaba bajo sus tacones, y el sol de la tarde se colaba por los ventanales altos de vitrales emplomados y proyectaba sombras de los complejos patrones sobre las alfombras afelpadas.

Al final de la galería, Patience llegó a un par de puertas de estilo francés y, tras abrirlas, salió a una terraza de piedra y cerró los ojos mientras tomaba una profunda bocanada de aire fresco. Inhaló el aroma de la vegetación en descomposición y la naturaleza. Respirar aire fresco siempre la tranquilizaba.

Sin embargo, cuando abrió los ojos, se percató de lo que se extendía ante ella, a unos pasos más abajo de la terraza: un jardín. Abarcaba todo lo

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que veía, aunque no veía mucho por la cantidad de arbustos, sotobosque, césped y árboles muertos y secos.

La extensión descuidada se extendía salvaje e indómita ante sus ojos. Lo que en alguna época debió de ser un campo prolijo, ahora era una colección enredada de maleza y césped, con hojas que se estiraban hacia el cielo como lanzas desafiantes. Varios dientes de león con flores amarillas se mecían en el viento y decoraban la vegetación.

Le pareció distinguir lo que debieron de ser canteros de flores en un embrollo de follaje. Vio rosales viejos y disecados en el caos de arbustos espinosos y zarzales que habían trepado por doquier y serpenteado por el suelo como dedos avaros. Los árboles, antiguos y torcidos, se mecían sobre el jardín como bestias congeladas en el tiempo. Debido a la edad y la falta de cuidados, las ramas caían hacia el suelo y proyectaban una sombra que se tragaba toda la luz.

Patience caminó por lo que en otra época debió de haber sido un sendero, pero ahora casi había desaparecido entre tanta maleza. No pudo contener un jadeo de perplejidad. Qué sitio más grande, y tan solitario y abandonado. Era un gran contraste con el resto de la casa, que era refinada y lujosa.

Anhelaba tanto tocar y examinar los rosales que le cosquillearon los dedos. Caminó por el jardín y acarició las hojas y los tallos con delicadeza. Sintió profunda alegría al ver los dientes de león, las ortigas y los tusilagos. Con algo de trabajo y planificación, ese jardín podría ser hermoso. Sería su paraíso personal. Por dentro, lo podía ver en toda su gloria.

Debió de haber andado varios minutos antes de dar vuelta en una esquina y detenerse en seco al ver un invernadero. «¡Un invernadero!». Solo había leído acerca de los invernaderos en un libro. ¡Le habían parecido un mito! Sabía que eran de lo más costosos y muy difíciles de construir, pero también eran un refugio para las plantas.

Frente a ella se extendía una edificación rectangular con un cielorraso abovedado lo suficientemente alto como para albergar árboles en su interior. La estructura de hierro, que en otra época había estado pintada de negro azabache, llevaba las marcas del tiempo, y la pintura resistente al óxido se descascaraba y dejaba entrever el desgastado material que asomaba a la superficie. A juzgar por el estado de abandono de la estructura, nadie había entrado allí en mucho tiempo. La mugre y la tierra

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cubrían los ventanales de vidrio y era difícil ver algo en el interior, pero Patience divisó las siluetas de la vegetación seca y las ramas retorcidas que se apretaban contra las ventanas cerradas.

Oh, ¿qué plantas habrían cultivado allí? Se le había despertado la curiosidad y, por primera vez en cuatro días, sintió un dejo de felicidad, de alegría pura que le hacía cantar el corazón. ¿Sería que el duque le permitiría usar ese espacio?

Se acercó a la edificación y apoyó una mano sobre la puerta de vidrio, que estaba cubierta con una capa de tierra tan gruesa que apenas se veía qué había en el interior. ¿Le molestaría al duque que pusiera en orden y restaurara ese invernadero? ¿Podría usarlo para llevar a cabo experimentos botánicos? Oh, ¿y si podía conseguir plantas exóticas que eran difíciles de cultivar en ese clima… como tomates, limones, naranjas, higos y quizás una Coffea arabica?

Mientras Patience estiraba la mano para abrir la puerta del invernadero, dudó. Un arbusto grueso oscurecía una parte de la vista y revelaba unas esquirlas de cristal roto. Frunció el ceño y reparó en el vidrio a la derecha de la puerta, que estaba destrozado y yacía en el suelo, mezclado con la tierra y oculto por el arbusto. Parecía como si se hubiera roto desde el interior. Pero ¿cómo? ¿Qué habría pasado? Otro misterio que añadirle a esa casa y a su nuevo marido.

—Alto —dijo una voz fría y aterciopelada a sus espaldas, y sintió una ola de terror.

Se dio media vuelta. Entre los árboles y arbustos descuidados, se encontraba el duque de Rath. Se veía impresionante, tan hermoso que rompía el corazón, un lord oscuro entre vegetación muerta y maleza desenfrenada.

—Eh… —Se aferró a la falda del vestido. De pronto, sintió que había entrado en el espacio privado de alguien sin su permiso.

—¿Qué hace aquí? —le preguntó.

En la distancia, se dio cuenta de que eso era lo primero que le preguntaba. Y sonaba como una acusación. Sintió que necesitaba justificarse.

—¿No debería estar aquí? —le preguntó alisándose el vestido.

El duque posó la mirada en el invernadero a sus espaldas y una mirada de sosiego le atravesó el rostro.

—No.

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—¿Por qué no? —le preguntó mientras se alejaba unos pasos del invernadero para acercarse a él—. Esto es un simple jardín que necesita atención.

El mentón se le torció mientras seguía cada uno de sus pasos.

—Porque lo digo yo.

Patience se detuvo a unos pasos de él. Se veía tan furioso como lo había estado en la sala de baile. Pero en ese momento, no la asustó porque parecía… perdido.

Era su amo y su marido, como su madre le había enseñado, y estaba en todo su derecho de darle órdenes a su antojo. Pero no podía aceptar la premisa de esa explicación. ¿Porque él lo decía? No. Patience tenía más preguntas.

—¿Cuál es el motivo de esa ese no? —le preguntó. La pregunta le hizo adoptar una expresión de sorpresa. —¿El motivo?

—Si bien no caben dudas de que no es no, el razonamiento de que usted lo dice no tiene muchos fundamentos. Ni tampoco justifica nada. Y, para ser sincera, no es propio de un adulto.

De a poco, fue avanzando hacia ella con una tormenta formándose detrás de los ojos. El labio superior se le curvó hacia arriba y estaba a punto de mostrarle los dientes.

A Patience le dio un vuelco el estómago del temor. «¡Retráctate! ¡Retráctate! ¡Retráctate!».

De repente, se dio cuenta de que se estaba alejando de él. Era mucho más grande y alto que ella, y tenía que estirar el cuello para mirarlo. ¡Por todos los cielos! ¡Oh, y con esos músculos podría partirla en dos si así lo deseaba!

—¿Me ha tildado de niño?

—No —repuso sin dejar de retroceder por el sendero de grava. Con las manos, buscó algo grande y resistente que colocar entre ella y ese duque que avanzaba a paso furioso—. Simplemente requiero más explicación que un simple «Porque yo lo digo».

Oh, no, había empeorado las cosas. Ahora podía ver los dientes blancos al tiempo que los labios se le aplastaban y curvaban hacia adentro.

—¿Cree que es lista al discutir conmigo y hacerme preguntas imprudentes? Esas indagaciones son peligrosas y no la hacen comportar como una adulta, mi dulce primor. Ha entrado en un mundo desconocido.

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Aquí no habrá nadie a quien abrirle su corazón. Nadie con quien llorar. Se ha casado con un duque. Debe aprender a calmarse y pensar en lo que dice y pregunta. Debería sentir cualquier cosa, pero jamás debería sentirse a salvo.

Cada acusación era una explosión en el pecho. Era inocente, joven y estaba desesperada por complacer. Todo eso era cierto. ¿Cómo podía verla con tanta facilidad? Debía ser porque era mucho más grande que ella y tenía mucha más experiencia. Jamás en la vida había estado en presencia de un hombre tan confiado, poderoso e inteligente. No sabía qué hacer. ¿Debería guardar silencio o seguir hablando? ¿Y si razonaba con él? Debía ver que su comportamiento no tenía ningún fundamento lógico.

—Pero ¿no es seguro con tantas decenas de lacayos en la propiedad? —Las palabras se le escaparon de la boca mientras seguía retrocediendo y él avanzaba hacia ella con los puños cerrados—. De seguro no se tiene que preocupar de que sea una mujer caminando sola en el exterior. A menos que haya osos escondidos entre la vegetación, cosa que dudo mucho considerando que a los osos no les gusta la compañía de los seres humanos y no quedan muchos en las Islas Británicas. Con lo cual, considero que también se puede ignorar la posibilidad de los osos y, por ende, me encuentro completamente a salvo aquí. ¿O será que le preocupa que utilice el jardín para huir u ocultarme entre los arbustos espinosos y trepar por la pared? Le aseguro que no me interesa huir porque el contrato con mi padre estipula que pagará todas las deudas de mi familia y salvará a mi padre de la prisión de deudores y a mi familia de acabar en la calle. Así que no huiré. Y este jardín necesita muchos cuidados… cosa que me gustaría hacer. De hecho, me encantaría. Veo un imponente castaño aquí. Y un encantador fresno por allí. Y con tan solo podar algunas ramas, quitar los arbustos secos y colocar setos frescos podría ingresar mucha luz y generar nueva vida.

Se volvió hacia el invernadero y soltó un suspiro.

—Y aquí… —prosiguió con la voz llena de admiración—. Oh, cielos… por favor, permítame restaurar este invernadero a su gloria original.

Cuando lo miró, tenía los labios apretados en una mueca feroz. La mano cubierta por el guante se abría y cerraba tensa.

—¡Tiene prohibido poner un solo dedo sobre el jardín! —le rugió y la dejó tan perpleja, que dio otro paso hacia atrás. Si continuaba

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retrocediendo, acabaría apretada contra los paneles de cristal—. ¡Y ni se atreva a acercarse al invernadero!

—Pero, milord…

—De hecho —continuó gruñendo mientras recorría un semicírculo alrededor de ella como si estuviera a punto de devorarla—, tendrá que seguir algunas reglas. ¿Entiende?

Patience sintió que se le tensaban los hombros y el cuello se le hundía en el cuerpo, pero asintió.

—Número uno: tendrá su propia parte de la casa, y yo tendré la mía.

No podrá acercarse a ninguna de mis recámaras.

Patience tragó con dificultad sin dejar de parpadear. ¿Qué habría provocado esa furia?

—No la quiero merodeando en mi parte de la casa. ¡Solo podrá venir cuando la invite! Número dos: no tendrá ningún deber marital. No espere que la busque ni se aparezca en mi cama para tentarme.

¿Deberes maritales? ¿Tentarlo? Oh, cielos, ¿tan repulsiva le parecía? ¡Debía de ser por el vestido!

—¿Por qué? —le preguntó con la voz temblorosa como si la hubiera lastimado.

Pero no estaba herida. ¿Por qué iba a dolerle la actitud desagradable de alguien que ni siquiera la conocía? El duque la miró con tal intensidad, que Patience sintió que podría haber quemado el césped seco.

—No actúe como si no estuviera aliviada. Estará ocupada con sus deberes de duquesa. Debe cumplir con ciertas obligaciones y organizar entretenimientos que he descuidado durante mucho tiempo. También habrá obligaciones sociales y eventos a los que acudir entre la alta sociedad de Londres.

Ella se humedeció los labios secos y dio un paso hacia él, que se encogió y se apartó.

—Comprendo.

—Si no puede seguir esas reglas, me veré obligado a castigarla.

¿Castigarla? Patience parpadeó con las mejillas sonrosadas.

—¿Cómo me castigará? —le preguntó.

El duque masculló algo inaudible por lo bajo que bien podría haber sido una maldición.

—No quiere descubrirlo, duquesa —le respondió con un nuevo gruñido.

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Duquesa… era como si le estuviera hablando a otra persona. «Sonríe. A pesar de todo, debes ver el lado positivo. Aún no te ha echado. No debe echarte. Debes complacerlo y cumplir sus reglas para que tu familia se encuentre a salvo y bien cuidada».

—Haré lo mejor que pueda para cumplir con sus reglas, milord —le dijo y le sonrió—. Pero debo preguntarle algo. ¿Por qué se casó conmigo?

La pregunta hizo que se le desvaneciera el color del rostro y le apartara la mirada nervioso mientras se le tensaba el mentón.

—¿Cómo ha dicho?

Patience arqueó las cejas. ¿Sería que sus ojos la engañaban? El duque aterrador se veía vacilante… acorralado…

—Bueno —continuó mientras se acercaba a él sintiéndose valiente—, desde que mi padre regresó de Londres con la noticia del compromiso estuve anonadada. Usted jamás me conoció. No conocía a mi familia. No tengo dote y está dispuesto a pagar las deudas de mi padre. Solo soy la simple hija de un pequeño terrateniente sin título alguno y con el nombre mancillado por el escándalo. ¿Por qué me escogió a mí y no a una joven respetable que proviniera de una familia de la nobleza?

El duque encuadró los hombros y se recompuso. Entrecerró los ojos, bajó las cejas y curvó los labios en una mueca que le dejó los dientes al descubierto. Patience sintió una ola de temor en el estómago y el momento de triunfo se evaporó.

—Regla número tres: ¡No me haga preguntas! —gruñó.

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—Bienvenidos, caballeros. —Thorne Blackmore, el dueño del club clandestino para caballeros más exclusivo de todo Londres, abrió los brazos.

Dorian y los otros seis duques ingresaron en la edificación de ladrillo de tres plantas que se ubicaba en las entrañas de Whitechapel. La propiedad estaba muy bien mantenida y tenía unas caballerizas grandes en la parte posterior rodeada de edificaciones domésticas que permitían las operaciones de Elysium y cualquier otro negocio turbio en el que se involucrara Thorne Blackmore para adquirir más riqueza. La entrada estaba marcada con un semicírculo de seis triángulos agudos que parecían rayos de sol localizados encima de la puerta y eran un símbolo que todos los miembros conocían.

La gran habitación en penumbras les dio la bienvenida. Dorian inhaló los aromas a licor y tabaco costosos, perfumes exóticos y café. Las paredes oscuras de color verde azulado que lo rodeaban tenían exquisitas obras de arte de lo más sensuales. Un cuarteto de cuerdas tocaba «Stabat Mater» de Pergolesi, y una pareja de fabulosos cantantes de ópera cantaban con la melodía lenta y emotiva de fondo; las voces interactuaban con tanta habilidad, que las notas agudas le perforaron el corazón a Dorian. No se podía negar que Thorne Blackmore sabía cómo complacer a sus clientes.

—Buenas noches, señor Blackmore —lo saludó Dorian mientras entraba y pasaba la mirada por la habitación.

Había varias mesas con sillas en las que los miembros podían comer, beber y apostar, pero en ese momento se encontraban vacías. La pantera que se encontraba en la jaula en el extremo opuesto de la habitación, estaba recostada boca abajo y alzó la cabeza para observar a Dorian y sus amigos al tiempo que una serpiente pitón se deslizaba con lentitud por las ramas de la marula que se encontraba detrás de una pared de cristal.

—He oído que debo felicitarlo —dijo Blackmore.

A Dorian se le tensó el mentón.

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—Gracias. Su hermana acudió a la boda con lord Richard.

Thorne estiró la cabeza, y los ojos fríos y oscuros se ablandaron un instante ante la mención de Jane.

—Estoy seguro de que lo pasó muy bien.

Dorian asintió con la cabeza.

—Espero que sí.

El silencio pendió en el aire cargado de una pregunta tácita: ¿Qué hacía Dorian allí en su noche de bodas y por qué no estaba con su esposa? Pero a Blackmore le pagaban muy bien para mantener la boca cerrada y satisfacer los deseos más secretos y profundos de los duques.

—Lamento haber cancelado la reserva hace unos días —se disculpó Dorian—. Tenía asuntos urgentes que atender.

Había tenido que encontrarse con el señor George Rose en Londres para arreglar muchas cosas para la boda, incluida la obtención de una licencia especial.

—Por supuesto —dijo Thorne Blackmore—. Espero que entienda que la tarifa es irreversible y acepte el pago adicional por la reserva a último minuto para esta noche. He tenido que cerrar el club para el resto de mis clientes.

—Claro que sí —intervino Fortyne al tiempo que comenzaba a quitarse el abrigo violeta para colgarlo en el respaldo de la silla—. Ponga todo en mi cuenta. Esta noche exuberante es mi regalo de bodas para uno de mis mejores amigos. Al parecer, a Rath le urge su… —se aclaró la garganta— distracción de siempre.

Blackmore arqueó una ceja oscura y estiró la cabeza.

Pryde apretó los puños.

—Es evidente que el novio abandonó a la novia a las pocas horas de intercambiar los votos y que este matrimonio es un error. —Clavó los ojos castaños en Dorian en un gesto acusador—. No es más que el comienzo de un desastre total. Y ya sabes por qué.

La bestia dentro de Dorian azotó como un látigo feroz y en llamas contra la piel desnuda.

—No sabes nada, Constantine.

Dorian estaba furioso consigo mismo. Y también con la señorita Rose, su duquesa, por hacer las preguntas indicadas, por no temerle y por no mantener la distancia. Esa noche había ido a Elysium porque la deseaba.

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La verdad era que desde el momento en que le posó la mirada encima en la iglesia, se había quedado embelesado con ella. Y eso lo aterraba. Jamás había sentido nada similar en toda la vida: una mezcla de sorpresa y admiración de que ella hubiera entrado en su vida solitaria y miserable. La deseaba y no podía negarlo. Pero era tan inocente, tan pura y tan joven… tenía una sonrisa que le derretía la profundidad congelada del corazón.

Debía calmar la bestia que rugía en su interior y a la que nada le gustaba más que destruir todo lo hermoso: jarrones, cuadros y obras de arte. Si la llevaba a la cama, acabaría destruyéndola también. Y no podía hacerle eso a un ser tan hermoso e inocente como su esposa. Necesitaba a alguien que supiera lo que estaba haciendo. Alguien que supiera lo que necesitaba. Lilith.

—Esto no acabará bien —aseguró Pryde, parado al lado del hombro derecho de Dorian—. ¡Es «su» hermana!

—¡Todo va a ir bien! —exclamó Lucien, que se detuvo al lado de Dorian y le apretó el hombro con toda la fuerza de su mano—. Es muy hermosa, amigo. Has hecho lo adecuado. Bueno, todavía no. En realidad, lo «adecuado» te aguarda de regreso en Rath Hall.

—Cierren el pico los dos. ¡Me están volviendo loco! —rugió Dorian y se alejó a toda prisa de ambos—. ¿Dónde está Lilith, señor Blackmore?

Blackmore los había estado observando con una expresión de entretenimiento y asintió con la cabeza.

—Todas las damas vienen en camino, caballeros.

Tras el anuncio, las damas entraron. Lilith era una mujer alta y esbelta de casi treinta años y tenía una melena de brillante cabello negro. Los grandes y oscuros ojos gatunos eran los de una verdadera seductora y se posaron sobre él. Llevaba puesto un vestido carmesí corto que dejaba muy poco liberado a la imaginación. Al ver que se había pintado los labios de color rojo, Dorian se preguntó si se habría vestido así para él, para combinar con sus colores.

El resto de las trabajadoras sexuales la siguieron. Había mujeres rubias, morenas y pelirrojas. Delgadas y voluptuosas, altas y bajas, y de todo tipo de origen. Todas eran hermosas. El mismo Blackmore las había seleccionado con cautela y las protegía con ferocidad.

Las damas circularon por la sala al tanto de sus deberes y qué prefería cada duque. Lucien quería a tres damas esa noche. Por su parte, Pryde, en cada oportunidad, se encontraba con la misma dama, aunque siempre se

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ocultaban en una habitación privada, y Dorian no sabía qué hacía allí. Pero, a decir verdad, no le hubiera sorprendido descubrir que Constantine se limitara a hablar con ella y contarle sus más profundos secretos e inseguridades más privadas. El duque de Enveigh se estiró a lo largo del diván aterciopelado, y su chaleco de seda verde destelló bajo el abrigo oscuro que llevaba bordado el emblema familiar con una serpiente. Los ojos grises le brillaron mientras observaba a un hombre desvestir lentamente a la cortesana que se sonrojaba al tiempo que le deslizaba el atuendo por los hombros. El duque de Eccess arrojó la cabeza hacia atrás en éxtasis. El abrigo de color caoba adornado con el jabalí de su linaje yacía desparramado en el suelo. Las mujeres envueltas en sedas de color carmesí y dorado bañaban sus abundantes curvas con los chocolates más exquisitos de París y los tintes refinados de las sedas contrastaban con el cabello de color miel del duque. Todas le enredaban los dedos en el cabello mientras él comía de sus cuerpos, y los ojos de color café le destellaban traviesos. Al ver que otras cortesanas conducían a Irevrence y Fortyne a unas recámaras alejadas, Dorian supo que el resto de sus amigos también se retiraría pronto.

Lilith tenía la mirada clavada en él y comenzó a avanzar a su encuentro. Dorian la ayudó a reducir la distancia, pero en lugar de sentir una ola de deseo como cada vez que la veía, no pudo dejar de ver unos rizos dorados y unos inocentes ojos celestes agrandados debajo de unas pestañas alargadas y rizadas, en lugar de los de la mujer que se encontraba frente a él y que destellaban pecaminosos. Mientras que Lilith era alta y esbelta, de repente, Dorian anheló unos senos exuberantes y unas curvas voluptuosas.

—Milord —le murmuró seductora al oído y le apoyó la mano delgada y perfecta sobre el pecho—. Me preguntaba dónde se había metido la semana pasada.

Tenía las manos limpias y suaves, con uñas cortas en forma de óvalos mantenidas a la perfección. Había reparado en lo desgastadas, rasguñadas y enrojecidas que tenía las manos su esposa. También había notado unos rastros de tierra debajo de las uñas a pesar de haberse frotado las manos con vigor. Lilith era casi tan alta como él y se le acercó al oído para susurrarle con una voz baja y gutural que sonaba a sexo:

—Sígame.

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Le tomó la mano y lo condujo a la recámara en la que solía aceptar visitas. Para Dorian, cada paso que dio se sintió mal, pero la bestia buscaba alivio y necesitaba ser saciada. No se podía imaginar atravesar doce meses de someterse a la tentación constante de su esposa sin experimentar la satisfacción sexual.

Tras atravesar unas puertas macizas de madera de nogal, lo condujo por un pasillo con varias puertas a ambos lados. Una de ellas estaba abierta, y Dorian vio al duque de Irevrence vestido completamente de blanco y reclinado sobre una cama con sábanas de seda como un ángel caído en medio de la tentación. Con el cabello rubio ceniza sujeto en la nuca, Irevrence miraba con lascivia a las cortesanas moverse a su alrededor dispuestas a complacerlo y a satisfacer cualquier capricho que se le cruzara por la mente volátil.

Y allí, en la recámara más opulenta de Elysium, era donde el duque de Fortyne se había puesto un abrigo de un exquisito tono violeta y jugaba a un juego de suerte y seducción. Fortyne siempre requería a la cortesana más exclusiva. Dorian no estaba seguro de qué hacía, pero no tenía ninguna duda de que siempre ganaba. Al igual que en los negocios.

Dorian y Lilith llegaron a una recámara grande y lujosa con unas pesadas cortinas brocadas que cubrían las ventanas por completo. En el extremo más alejado, había una exquisita cama entallada con sábanas de seda decoradas con patrones de rosas y una manta de visón blanco. También había unos candelabros dorados encendidos en cada esquina de la habitación, una pequeña mesa redonda para dos personas con vino y refrescos frente al hogar, en el que bailaban unas llamas anaranjadas.

Sobre un aparador, había una caja con algunos instrumentos de placer que a Dorian le gustaba utilizar con Lilith: cuerdas, mordazas, unas delgadas esposas de plata, vendas, látigos y otros objetos más. Él mismo los había llevado y solo él los podía utilizar. La habitación estaba preparada para compartir su placer con una compañera cómplice. Y, a pesar de eso, el dolor en su pecho era un recordatorio constante de su esposa.

Lilith se desvistió y se quedó de pie desnuda delante de él. Dorian la recorrió con la mirada esperando excitarse para que la bestia que llevaba dentro soltara un rugido voraz. Sin embargo, no ocurrió nada. Ni siquiera se excitó con el recuerdo de todas las ocasiones en las que la había recostado bajo su cuerpo apretándole la garganta con una mano mientras la

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embestía como un animal sin importarle su placer o su comodidad, limitándose a oír los azotes rítmicos y desenfrenados de su carne contra la de ella.

A ella le encantaba. Siempre llegaba a la cima antes de que él. Lilith podía aceptar toda su brutalidad y su salvajismo. Él y Lilith… encajaban. Eran iguales. Pero su esposa, por otra parte, era todo lo que él no era: liviana, inocente, abierta, joven, crédula, protegida, curiosa y tenía el corazón bien abierto. Era todo lo que anhelaba, y todo lo que jamás podría tener.

Lilith se le acercó y lo besó con los labios suaves, delicados y expertos. Dorian inhaló su aroma. De seguro comenzaría a desearla de inmediato. Ahora la bestia se despertaría, soltaría un rugido y la arrojaría sobre la cama. Le daría unas nalgadas sobre el trasero firme… y le sentiría la excitación contra la palma. Pero se imaginaría el trasero suntuoso de su esposa.

Como no podía besar a Lilith, aguardó a que hiciera algo. La cortesana le envolvió los brazos alrededor del cuello y apretó el cuerpo desnudo contra sus prendas. Dorian pudo sentir su calidez, rozar su piel sedosa e inhalar su aroma familiar: una mezcla de flores y almizcle que en otra época le había encendido las venas en fuego. Pero ahora, mientras las manos habilidosas lo desvestían, se encontró anhelando la fragancia delicada de rosas que acompañaba la piel de su esposa. El roce de Lilith en el pasado le había resultado electrizante, pero ahora se sentía vacío en comparación con los roces suaves de las yemas de los dedos de su esposa contra su mano cuando le colocó el anillo.

Envolvió los brazos alrededor de Lilith y se la acercó. Mientras sentía las manos recorrerle el cuerpo, Dorian volvió a pensar en su esposa. No era únicamente su belleza lo que lo cautivaba; era su espíritu inocente, su curiosidad y su valentía al no ocultarse de él ni siquiera cuando estaba más que enfadado y se veía aterrador. Y era también el modo en que intentaba atravesar su fachada.

«¡Olvídate de la señorita Rose! ¡Olvídate de la señorita Rose!». Aunque ya no era la señorita Rose. Era la duquesa de Rath. Era suya

para tomar y complacer. Suya para llevar a la cama. Para besar. Para darle nalgadas y placer.

—¿Sucede algo, milord? —le preguntó Lilith mientras se apartaba y lo observaba con los ojos entrecerrados.

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Dorian la soltó y dio un paso hacia atrás. La bestia se despertó y rugió enfadada por privarla de su placer. Se dio cuenta de que no podía hacerlo. Para bien o para mal, le había hecho una promesa a una mujer delante de Dios, y simplemente no podía tocar a ninguna otra.

—No puedo —masculló, y se dio la vuelta para salir de la habitación de Lilith a grandes zancadas. El corazón le latía desbocado y tenía la mente acelerada.

Nunca antes se había alejado del placer ni se había privado la satisfacción de sus deseos más oscuros. Mientras recorría los pasillos tenues de Elysium, sintió un ardor insatisfecho que le pulsaba en el cuerpo. Al salir al frío aire de la noche, se prometió que se mantendría fuerte sin importar lo difícil que le resultara. Cabalgaría más rápido. Nadaría durante más tiempo. Contrataría a un compañero de boxeo. Haría lo que fuera necesario para aliviar la tensión que crecía en su interior como el vapor de un caldero.

Solo debía mantener el autocontrol. Y dejar de imaginarse a su dulce esposa virginal gimiendo de placer mientras la embestía…

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—¡Bonjour, milady! —exclamó la voz de una mujer con un marcado acento francés a la mañana siguiente. Patience saltó de la cama y se llevó los bordes de la manta hasta el mentón.

Parpadeó en la penumbra de la habitación al divisar la silueta femenina que entró en la recámara y avanzaba hacia las ventanas. Recordó que era la dama de compañía francesa que había ido a ayudarla a desvestirse la noche anterior.

—Bonjour, mademoiselle Antoinette —respondió Patience.

Era una mujer pequeña con rasgos delicados, llevaba el cabello castaño al último grito de la moda francesa y tenía unos cálidos ojos marrones. Cuando mademoiselle Antoinette jaló de las cortinas pesadas para abrirlas y permitir el ingreso de la luz, Patience entrecerró los ojos.

—Avez-vous bien dormi? —le preguntó la dama de compañía, que ya avanzaba energéticamente hacia la siguiente ventana—. Il ne faisait pas trop froid? Je me demande comment vous aimeriez être habillée aujourd’hui?

A pesar del francés limitado de Patience, se las ingenió para comprender que la mujer le había preguntado si había dormido bien, si no había pasado demasiado frío y cómo le gustaría vestirse ese día.

El día anterior, luego de que los invitados de la boda se hubieran marchado, el ama de llaves, la señora Knight, le había presentado a los criados, pero Patience había estado tan abrumada que todos los rostros y los nombres se le acabaron mezclando. Y cuando mademoiselle Antoinette había ido a ayudarla a desvestirse más tarde esa misma noche, Patience la había echado por vergüenza a que la dama de compañía de una duquesa viera el pobre estado en el que se encontraban sus prendas.

—Las cosas podrían ir mejor —repuso Patience mientras se obligaba a reír.

Aún se sentía cansada, tenía el cuerpo pesado y doloroso por el insomnio. En Rose Cottage, solía dormir en la misma cama que Anne y

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Frances. En Rath Hall, su cama se sentía enorme y fría.

—Oh, disculpe —prosiguió mademoiselle Antoinette con un marcado acento francés mientras se dirigía hacia la puerta—. ¿Prefiere hablar en inglés?

Mademoiselle Antoinette abrió la puerta para recoger algo, y una pequeña brisa se coló en la habitación. Patience sintió unas notas de almizcle, bergamota y pimienta en el aire… Su marido. Los pezones se le endurecieron como si hubieran adquirido voluntad propia. De seguro se debía a la brisa y no a que estuviera pensando en él.

—De hecho, sí —repuso Patience—. Me temo que mi francés es muy limitado.

—Oh —se lamentó mademoiselle Antoinette al tiempo que regresaba a la habitación con una gran jarra de agua hirviendo. Se aproximó al lavamanos, que tenía una ornamentada jofaina vacía y un espejo—. Claro. Si así lo desea… La mayoría de las damas para las que trabajé preferían que les hablara en francés.

Mientras vertía el agua caliente en la jofaina, Patience se humedeció los labios nerviosa. Se sentía extraño que alguien le preparara el agua para asearse. Por lo general, en casa, Emily era quien ponía el caldero en el fuego, y ella misma, quien llevaba las jarras de agua caliente arriba para las tres habitaciones y las vertía en las jofainas. Ahora sentía las manos vacías y tenía el estómago anudado de culpa e incomodidad. ¿Qué iba a hacer consigo misma?

—Bueno, lo aprendí de niña. Cuando mi madre tenía más tiempo y podía enseñarles a mis hermanas mayores, Emily y Beatrice. Aún debo retener algo en la memoria. Luego de eso, alguien leía en voz alta el único libro en francés que había en la casa durante las noches, cuando nos sentábamos juntos después de cenar.

Mademoiselle Antoinette asintió con la cabeza y le sonrió.

—Bien sur! Como usted prefiera, milady. ¿Le gustaría asearse ahora? Sin quitarse la camisola, Patience se lavó. No podía dejar de sentirse

inquieta de que hubiera una desconocida tan cerca de ella en un momento tan íntimo.

Mientras se secaba el rostro con la tela más suave que había tocado en su vida, miró a la dama de compañía con impotencia.

—Voulez-vous vous asseoir ici? —le preguntó mientras señalaba la silla ovalada cerca de un tocador que tenía un espejo grande.

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—Oh —soltó Patience—. Claro.

Tomó asiento mientras la dama de compañía no dejaba de conversar y gesticular mientras cambiaba de francés a inglés y se interrumpía sin cesar para disculparse en inglés. Le peinó el cabello, y Patience sintió como si unas agujas se le clavaran en la piel. Una desconocida, una criada, la estaba atendiendo, cuando durante toda su vida el único roce que había sentido había sido el de sus hermanas o el de sus padres.

Masculló algo en respuesta a las sugerencias de tocado y accesorios para el día de mademoiselle Antoinette y se sentó durante lo que le pareció una hora mientras la criada confeccionaba el moño más elegante que había visto en la nuca y le dejaba unos rizos delicados alrededor del rostro. Por último, adornó el tocado con unas horquillas enjoyadas y una exquisita redecilla de hilo dorado.

Era el tocado más hermoso que había tenido en toda su vida. La sensación de estar completamente fuera de elemento era como caminar sobre suelo movedizo. No podría haberse sentido más fuera de lugar.

Sin perder el tiempo, la criada extrajo tres vestidos para que Patience escogiera uno.

—Celle-ci —dijo—, el vestido de muselina azul pastel es liviano e ideal para una caminata matutina, si es lo que desea hacer. El color le resalta los ojos, ¿non? Este atuendo lavanda es elegante y práctico al mismo tiempo. Y el vestido de lino verde claro es fresco y le resaltará la piel joven. Cést très chic, está muy de moda en París esta temporada. Todas las damas están usando este color.

Patience los estudió. No tenían costuras, ni agujeros; estaban inmaculados. Recién confeccionados. Todos los vestidos que había tenido habían sido de sus hermanas antes de que los heredara.

—¿De dónde han salido?

—Oh, je pense que madame Eleanor Buchanan quería darle estos vestidos como regalo de bodas. Los han diseñado con gran ingenio para adaptarse a la mayoría de las siluetas considerando que no tenían sus medidas específicas, pero los ajustaré cuando se los pruebe.

Oh, la tía de Dorian… Qué gesto más considerado y práctico de su parte. Debió de haber previsto que Patience no tendría ningún atuendo digno de una duquesa.

—Alors, ¿cuál prefiere, milady?

—Creo… que el azul.

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Mademoiselle Antoinette asintió con la cabeza y volvió a guardar los otros vestidos en el ropero.

—¡Oh, oui, una opción segura! Et vous savez, en el último baile en Tuileries, todos estaban deslumbrantes con estos colores. Les robes étaient absolument magnifiques!

A Patience le estaba costando entenderla. Su conocimiento de francés estaba llegando a su límite.

—Estoy segura de que todos se veían encantadores.

Mademoiselle Antoinette le hizo un gesto para que subiera los brazos y, cuando lo hizo, le quitó la camisola por la cabeza.

—¡Oh, y los sombreros! ¡Llevaban plumas que casi rozaban el cielo! Vous devez voir ça. Debe probárselos alguna vez. ¡Imagínese una pluma sobresaliendo de un bonete como si fuera un ave en pleno vuelo!

Patience no se imaginaba nada más extraño que tener una pluma gigante como un pájaro en el sombrero, en especial cuando se encontraba desnuda delante de una mujer que había conocido el día anterior. Quería cubrirse mientras la dama de compañía, que parecía completamente ajena a su timidez, buscaba una camisola limpia.

—Las… las plumas… suenan de lo más extravagante —masculló. Cuando estuvo a punto de ponerle la nueva camisola por la cabeza,

Patience la detuvo y se cubrió los senos con un brazo al tiempo que estiraba la mano.

—Por favor, me puedo vestir sola.

Mademoiselle Antoinette se rio.

—S’il vous plaît, milady. Estoy aquí para esto. Por favor, estire los brazos.

Como Patience no tenía ni el coraje ni la energía para contradecirla, se limitó a obedecerla.

—¡Oh, y los cotilleos, mon Dieu! —continuó como si no le importara más nada en el mundo—. ¿Ha oído acerca de la señorita Beige y lord Smist? Scandaleux!

Al menos ya tenía puesta la camisola, que era suave y blanca como la nieve y olía a lavanda y jabón. Acto seguido, la dama de compañía le pasó un corsé por la cabeza y se lo bajó hasta la cintura. Patience negó con la cabeza.

—No, no he oído…

Mademoiselle Antoinette hizo un ademán.

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—Oh, mejor así. Es mejor mantenerse al margen de esas cosas, ¿ n’est-ce pas?

Mientras le amarraba el corsé y le ponía el vestido por encima de todo, no dejó de parlotear acerca de los cotilleos y los eventos de la alta sociedad de Londres, y Patience se quedó de pie tensa preguntándose cómo era posible que su vida se hubiera convertido en eso.

En varias ocasiones estuvo a punto de abrir la boca para decirle que lo haría ella misma, pero acabó dándose por vencida ante lo inevitable porque la criada le volvería a decir que era su trabajo vestirla. Era una de las experiencias más incómodas que había vivido. ¡Una criada la estaba vistiendo como si fuera una muñeca!

Como los cotilleos no le podían importar menos, la mente se concentró en sus rosas. ¿Cómo habrían sobrevivido sus rosales al viaje? Había desenterrado los mejores, y había empacado algo de tierra y el sistema de raíces en unas bolsas de arpillera para transportarlos hasta su nueva residencia junto con las escasas bolsas de prendas y sus diarios botánicos. Ahora debían encontrarse en alguna de las edificaciones de la propiedad, y el duque ni siquiera le permitía usar el jardín. ¿Qué sería de sus plantas?

—Voilà! —exclamó mademoiselle Antoinette y se apartó de Patience para examinarla.

En ese momento, Patience se miró en el espejo por primera vez y no se reconoció. Jamás en su vida se había puesto un atuendo tan hermoso como ese ni había llevado un tocado tan sofisticado. Así era como debería haberse visto el día anterior, para la boda con el duque. Esa Patience, la que llevaba un vestido que le hacía brillar los ojos y destellar el cabello como si fueran hilos de oro, parecía pertenecer a la nave derecha de la iglesia, en la que se habían sentado los invitados de su marido, los duques y las duquesas, las sofisticadas damas y los refinados caballeros. Pero por dentro no podía sentirse más fuera de lugar.

Patience jamás se había sentido tan sola en la vida como se sintió en Rath Hall desde su llegada. Confinada en su parte de la casa para seguir la primera regla de su marido, había examinado hasta la última esquina de sus habitaciones, que consistían en su recámara, un vestidor adyacente, dos recámaras para invitados, una sala de estar y una sala más pequeña para escribir su correspondencia, dibujar, bordar, leer o tocar el piano.

La zona combinada era al menos tres veces más grande que Rose Cottage. Patience había compartido esa casa diminuta con otras siete

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personas, y ahora se encontraba completamente sola en la inmensidad de ese espacio.

Todo se veía inmaculado, limpio y exótico. Había antigüedades y reliquias familiares que decoraban las repisas de las chimeneas, los aparadores y las paredes. Patience tenía miedo de dar un paso en falso y acabar por golpear algo y hacerlo añicos.

Rose Cottage siempre estaba llena de cháchara constante, risas y la actividad ajetreada de su familia. En contraste, el silencio que reinaba Rath Hall le resultaba espeluznante y solo quedaba acentuado por el tictac de algún reloj o por sus propios pasos que resonaban en los pasillos alargados y las habitaciones vacías.

Su familia se había marchado el día de la boda, al igual que la tía y la hermana del duque, Chastity, que se habían mudado a la casa de Londres de Rath para darles algo de privacidad a los recién casados. Pero lo cierto era que no tenían que haberse marchado. Esos recién casados no estaban pasando ni un solo instante juntos como para necesitar algo de privacidad.

Patience no había hablado con su marido desde el día de la boda, pero, aun así, podía sentir su presencia en cada detalle. Se encontraba en las oscuras paredes de piedra, en los exquisitos muebles antiguos, en los retratos de sus ancestros y en las invaluables obras de arte. Incluso se encontraba en el estilo femenino de sus recámaras, señalando en silencio lo mucho que no pertenecía allí.

Su habitación era una prisión lujosa con cielorrasos altos y muebles antiguos y pesados. El aire allí no se movía, y contenía unas notas débiles de lavanda y pulidor de madera. Contra una pared, había una enorme cama con dosel cubierta con sábanas sedosas. El hogar se imponía alto y frío. Sin dudas, podía pedirle a la señora Knight que le enviara a una de las criadas para que lo encendiera, pero no se atrevía. ¿Cómo podía darle órdenes a alguien?

Por las mañanas, Patience se paraba delante de la ventana y contenía el aliento mientras observaba al duque luchar con su entrenador. Ver su cuerpo duro y su torso desnudo moverse era la mejor parte del día. Desde la ventana, llegaba a ver las ondas de los músculos de su pecho y espalda bajo la piel destellante. Los golpes de sus brazos fuertes eran rápidos e inesperados, y la poderosa gracia de sus movimientos, obvia. Al igual que Ares, el dios de la guerra, no se contenía, no temía y seguía moviéndose y concentrándose en cada paso y movimiento. De vez en cuando, se

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masajeaba la mano enguantada; aún debía dolerle. Pero jamás se quitaba el guante.

Pero no era solo su físico lo que la atraía. Mientras se movía con una gracia letal, Patience sentía algo parecido al anhelo. No solo deseaba que la acariciara, sino que también quería sentir la comodidad con la que habitaba ese mundo. Era el amo allí, poderoso y directo, y ella era una prisionera, atrapada por una obligación hacia su familia y abrumada por una vida que apenas comprendía.

El vacío de la cama, el silencio de las habitaciones, el constante recordatorio de que estaba sola… era demasiado y, a la vez, no le bastaba. De solo verlo tan vibrante y vivo, se intensificaba el anhelo que sentía. Quería ser parte de su mundo, compartir su fuerza, sentirse tan libre y confiada como él. Pero lo único que podía hacer era observarlo y desear todo eso mientras algo en su interior iba mostrando cada vez más interés por el hombre frío que parecía tan fuera de su alcance.

Al acabar, el duque se colocaba la camiseta contra el torso sudado, se montaba a lomos del semental negro gigante e intimidante y, con un lobero irlandés pisándole los talones, galopaba como si lo llevara el mismo diablo. Al cabo de un tiempo, lo veía meterse en el estanque que había cerca de la casa y se quedaba bajo el agua durante varios instantes antes de emerger empapado y exhausto y regresar andando a la casa.

Patience se encontraba en la sala de estar, mirando afuera de la ventana, cuando entró el ama de llaves. La señora Knight era una mujer de casi sesenta años, con una silueta delgada, un rostro alargado y estrecho y el cabello grisáceo, que llevaba en un moño prolijo en la nuca.

Comenzó a hacerle preguntas, y Patience se quedó de pie con la boca abierta mientras la señora Knight aguardaba respuestas. Como no tenía la idea cuál era la diferencia entre una salsa velouté y una salsa holandesa ni cuál prefería su marido, se limitó a sonreír.

¿Preferiría canard à l’orange o tournedos Rossini para la cena? Y a la hora de escoger una sopa, ¿se inclinaría hacia una bouillabaisse o una potage à la reine? Y para el menú de la semana siguiente, ¿le gustaría incluir el plato favorito del duque? ¿El plato favorito? Por todos los cielos, Patience no sabía nada acerca de lo que le gustaba. Solo sabía lo que no le gustaba: ella. O tenerla cerca de él o del jardín.

Llena de anhelo, volvió a mirar hacia el exterior.

—Lo que le parezca mejor, señora Knight.

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En respuesta casi imperceptible, la mujer apretó los labios. Patience abrió la boca para preguntar cuál era el plato favorito del duque, pero la cerró de inmediato. A lo mejor era algo que una esposa debía saber a los cinco días de la boda, y formular la pregunta acabaría por demostrarle a la señora Knight lo poco apta que era para el papel de duquesa.

—¿Le gustaría adquirir nuevas prendas, milady? —sugirió la señora Knight al tiempo que le recorría el vestido azul, que había vuelto a usar tras volver a comenzar el ciclo de los tres vestidos que tenía—. Me tomé la libertad de pedirle a la modista de lady Buchanan que viniera a tomarle las medidas mañana. ¿Le gustaría?

Patience se sonrojó. Hasta el ama de llaves sabía mejor que ella lo que debería haber hecho. Le sonrió para escudarse de los prejuicios de la mujer.

—Eh, claro. Gracias por ser tan considerada, señora Knight.

La señora Knight se sobresaltó como si algo inesperado la hubiera golpeado. ¿Sería que no estaba acostumbrada a recibir cumplidos?

—De nada, milady.

Patience le sonrió nuevamente.

—Oh, y mi cama es muy suave y la han hecho de manera exquisita todas las mañanas.

El único problema era que Patience no podía dormir en esa cama enorme porque se sentía sola y pequeña. En casa, siempre había ruidos, alguien hablando, riendo, cantando, limpiando o andando sobre tablones sueltos. Pero en Rath Hall, era tan tranquilo por la noche que comenzó a imaginar ruidos. Arañazos en esquinas oscuras, pasos distantes y pesados, un golpe suave y desparejo contra los ventanales… Yacía tensa, con el alma en vilo y la piel de gallina a pesar de las sábanas suaves y limpias con olor a lavanda y jabón.

Sin embargo, eso no era culpa de la señora Knight, que en ese momento estiró el cuello y las pequeñas arrugas alrededor de los ojos se fruncieron más.

—Me alegra oír eso.

Tras sentir que su relación con la señora Knight comenzaba a mejorar, Patience se sintió más valiente.

—El jardín… —soltó sin poder contener la consternación—. Me duele verlo tan abandonado. Y tengo unos rosales que traje de casa…

Cualquier indicio de simpatía desapareció del rostro del ama de llaves.

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—El jardín está estrictamente prohibido, milady.

—Pero ¿por qué?

La señora Knight frunció la boca.

—No me corresponde a mí hablar de eso. Tendrá que preguntárselo al duque.

—Oh —repuso Patience, y la mención de su marido le borró la sonrisa del rostro—. Por supuesto. ¿Cenará conmigo esta noche?

—No, me temo que desea cenar a solas.

Entonces ¿así serían las cosas durante todo el año? ¿Tendrían vidas separadas y jamás se verían ni hablarían? ¿Cuál era el punto de eso? ¿Y qué había de ella? Sus rosales se secarían y morirían como el jardín de Rath Hall, y seguiría vagando por habitaciones vacías intentando decidir entre canard à l’orange y canard farci, o lo que sea que fueran esos platos hasta acabar marchitándose y muriendo.

—¿Le puedo hacer una pregunta…? ¿Sabe por qué siempre tiene puesto el guante? —le preguntó.

La mirada de la señora Knight se suavizó y estiró la cabeza con sigilo. —Me temo que no me corresponde decírselo. ¿Continuamos? — insistió—. Necesito su decisión en cuanto a cambios en el personal, la redecoración de la recámara de invitados y la reorganización de los

retratos familiares. Un artista vendrá el mes que viene para pintarla.

Al día siguiente, como bien le había informado la señora Knight, la modista, la señora Newman, llegó con un enjambre de costureras y varias muestras de telas y lazos. Por primera vez, Patience no se sintió sola en su parte de la casa.

—Milady, ¿qué le parece esta seda para un vestido de baile? —le preguntó la modista con los ojos llenos de expectativas.

—Hummm, es encantador —murmuró Patience acariciando la tela con indecisión—. Lo necesitaré en siete días… La tía de mi marido nos ha invitado a una velada en su hogar de Londres. Pero… No estoy segura…

—¿Y esta decoración le agrada? —le preguntó una de las costureras mientras sostenía un hermoso dibujo de un vestido con una elaborada cascada de flores de seda y tafetán en uno de los hombros.

—Quizás… —comenzó Patience. Lo único que podía pensar era en lo mucho que echaba de menos sus flores en Rose Cottage. Cuando el clima se tornara más cálido, sus plantas iban a florecer en abundancia. Y ella se encontraría en Rath Hall, mirando por la ventana a un jardín muerto.

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—Tiene que escoger, milady. Al fin y al cabo, diferentes ocasiones requieren distintos atuendos —le recordó la modista con un tono instructivo e impaciente.

—Me gustaría tener algo simple —confesó Patience, anhelando la familiaridad de los vestidos que su madre le había dado, el calor de su familia, la seguridad de tener una pluma y un papel en las manos y el sonido reconfortante de las tijeras para podar el jardín.

—¿Simple, milady? —La modista se veía escandalizada—. Su guardarropa debe reflejar su posición social.

Patience asintió con la cabeza y la resignación se asentó sobre ella como las pesadas telas que le exhibían. Sus pensamientos se enfocaron en la vida que había dejado atrás, en la que las complejidades eran mucho menores y la felicidad parecía al alcance de las manos. Allí, en las sombras de todo el esplendor de Rath Hall, se sentía más una espectadora que una duquesa mientras se paseaba en atuendos sofisticados y soñaba con la luz del sol y las rosas entre tanta melancolía.

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A Dorian se le tensó el pecho al ver a Patience descender por las escaleras y no le pudo quitar los ojos de encima. El tiempo pareció ralentizarse, y el mundo a su alrededor se desvaneció. Lo único que quedó fue la imagen de su esposa ante él.

El vestido simple de color gris que le había ocultado su verdadero resplandor había desaparecido. En su lugar, Patience llevaba un increíble atuendo de seda de color rojo que le resaltaba las curvas y le acentuaba los rasgos delicados. El color le brindaba un aspecto juvenil y saludable. La cintura alta y el cuello bajo atraían la mirada al amplio pecho, que le encendía el deseo de solo verlo. Las mangas abullonadas del vestido estaban decoradas con cristales que destellaban bajo la luz de las velas.

Tenía los rizos dorados perfectamente peinados, con algunos mechones enmarcándole el rostro y una delicada rosa rosada decorándole el moño. Una cola de caballo enrizada le caía por encima del hombro, y se preguntó cómo se sentiría envuelta en su mano.

Mientras se movía, la tela sedosa de la falda le fluía como una cascada alrededor de las piernas. Unos guantes largos y seductores le cubrían los brazos, y Dorian clavó la mirada en la atractiva piel que estaba descubierta entre el borde del guante y el dobladillo de la manga.

Y su rostro… Por todos los cielos, podría recorrer toda la Tierra y no encontraría a una mujer más hermosa. Los ojos grandes y expresivos destellaban al fijarse en los de él, y las pestañas alargadas le proyectaban unas sombras delicadas sobre las mejillas sonrosadas. Le sonrió con timidez, pero con mucha alegría, esperanza y entusiasmo.

Dorian no estaba únicamente boquiabierto. Estaba en el infierno. La había evitado con éxito durante los doce días que siguieron a la boda, aunque se había percatado de su presencia en Rath Hall, como si la pudiera sentir con su piel. La oía caminar; oía su voz a través de las paredes; y hasta podía olerla si había estado en alguna habitación. Esa criatura hermosa con los ojos llenos de inocencia, labios sensuales y cuerpo

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voluptuoso era una invasora. Se apoderó de sus pensamientos: no había pasado ni un solo minuto en el que no hubiera pensado en ella. Y no solo en ella, sino también en John. Sin saberlo, era su carcelera.

¿Cómo diablos debía ir a la velada de su tía con ella cuando se veía de ese modo? Cualquier hombre la desearía tanto como él mismo la deseaba. Se había estado preguntando si su incapacidad de acostarse con Lilith había sido algún indicio de un problema de largo plazo. Pero al ver a Patience supo sin lugar a dudas que no tenía ningún problema físico… además de la incomodidad en los pantalones.

«Di algo», se dijo.

—Buenas noches. —Se aclaró la garganta al tiempo que Patience se detenía a su lado, tan pequeña y tentadora que anheló tocarla—. Duquesa.

—¿Le gusta mi vestido? —le preguntó—. ¿Estará contento de presentarme ante la alta sociedad? ¿Lo complazco?

Por todos los cielos, ¿acaso quería complacerlo? Se arrepintió de haberla evitado durante las últimas semanas, pero supo que había sido necesario. De solo oír esas palabras de su seductora boca rosada le hervía la sangre.

Asintió con la cabeza sin lograr despegarle los ojos de los labios.

—Sí —repuso con la voz ronca—. Me complace mucho.

La mente se le puso en blanco. Debía de ser por los labios. Ese tipo de labios no tenía ningún derecho de existir en el mundo: suaves y redondeados, con un arco de Cupido que encajaba a la perfección en la pequeña pendiente del labio inferior. ¿Cómo se sentiría esa boca contra su lengua? ¿Sabría a fresas, como se lo imaginaba? ¿O a cerezas? ¿O a rosas, la fragancia que siempre la seguía? ¿Suspiraría si le recorriera los labios con los suyos?

Al siguiente instante, la envolvió en sus brazos y se la apretó contra el pecho para cubrirle la boca con la suya. Tuvo que agacharse para llegar a su rostro de lo pequeña que era.

«Son suaves». Sus labios eran lo más suave que existía. Al besarla sintió un dulce néctar que le encendió el cuerpo en llamas. Le deslizó la lengua en lo más profundo de la boca, y ella lo recibió con timidez. La deseaba; la bestia en su interior estaba encolerizada contra todos sus sentidos. Tenía que hacer un gran esfuerzo para no arrancarle el delicado atuendo de seda y encaje y que los cristales de las mangas no salieran rodando por el suelo mientras la tomaba como tanto deseaba.

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La oyó gemir contra su boca y la sintió suavizarse contra su cuerpo. El aroma a rosas le invadió los sentidos y fue como un elixir estimulante en el torrente sanguíneo. Ya no se sentía como un hombre. Se sentía como el fuego mismo. Y ella era su combustible, su aire, sus brasas y su calor. Cielos, tenía que tomarla. Era su esposa. Ese podría ser un verdadero matrimonio. Además, sentía que lo deseaba tanto como él a ella. Podría permitirle entrar en su vida, hablar con ella, cenar con ella, conocerla… Quería hacerlo.

Pero ¿qué diablos estaba haciendo? Dio un paso hacia atrás y la soltó. Solo había deseado un sorbo de su inocencia, de su pureza. Como un

bálsamo para el alma hastiada, solo le bastaba estar cerca de ella y oír su voz, incluso sus preguntas inocentes, para que algo en su interior se aliviara.

Al igual que él, Patience tenía la respiración agitada, y los deliciosos hemisferios de los senos le subían y bajaban en el pecho. Estaba sonrosada y tenía los labios rojos por los besos, y a Dorian le gustó verla de ese modo. Tenía los ojos agrandados y oscurecidos y lo miraban llenos de preguntas. Estaba temblando. Y, en la distancia, se dio cuenta de que él también.

—Le suplico que me diga qué ha sido eso —le dijo.

—Tu beso —le respondió.

—Mi primer beso… —murmuró acariciándose los labios con los dedos.

Dorian quería que todo lo que le hiciera fuera su primera vez experimentándolo. Quería ser el único hombre en su vida.

—Qué bueno.

Quería corromperla. Quería compartirle toda su perversión, beber de su inocencia y enseñarle todo acerca del cuerpo humano y el placer. Pero no podía.

—Vamos, duquesa —le dijo poniendo una distancia muy necesaria entre los dos—. Mi tía debe estar esperándonos.

Mientras salían y se subían al carruaje, todo su ser seguía conmocionado por el beso y el poder del deseo que lo consumía. Maldita sea. En ese instante comprendió una simple verdad: jamás le iba a bastar un beso. No le importarían las consecuencias.

Mientras avanzaban por el bosque de camino hacia Londres, Patience parecía pequeña e inocente, acurrucada en la esquina opuesta a él del

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carruaje. Dorian anheló sentarse a su lado y tomarla en sus brazos. Maldita sea. No debería hacerlo. Ya le había ofrecido seguridades, riqueza y comodidades. No podía ni debía entregarle su empatía ni su corazón a la hermana de su víctima. Sería como engañarla. Pero, a pesar de toda lógica…

—¿Qué sucede? ¿Tiene frío? —le preguntó desabrochándose el abrigo. —Un poco… —repuso mientras lo observaba desvestirse con los ojos

grandes oscureciéndose mientras le recorría los brazos con la mirada.

La observó pasarse el abrigo por los hombros y deseó que se tratara de sus brazos. Patience acercó el rostro a la tela. ¿Acaso acababa de inhalar su aroma? Una ola de satisfacción le recorrió las venas al ver que su abrigo la cubría y la protegía. El emblema de la familia Rath, un león rojo en llamas, era como un mensaje al mundo entero de que ella le pertenecía.

—Más que nada estoy… nerviosa —le confesó.

—¿Nerviosa? —repitió tan perplejo que hizo a un lado las formalidades—. ¿Tú?

—¡Sí, yo! Jamás he acudido a una velada en Mayfair… ¡Jamás he acudido a ninguna velada! ¿Qué digo? ¿Cómo me comporto? ¿Qué cosas puedo preguntar…? ¿Y si digo algo que lo avergüenza?

—¿A mí?

Como se había criado en el campo, comprendía que estuviera nerviosa de ser presentada ante la alta sociedad por primera vez. Lo que lo sorprendió fue que incluso en ese momento estuviera preocupada de hacerlo quedar mal. La había subestimado. No solo a ella, sino también al efecto que tenía sobre él.

—Sí, a usted —repuso—. Usted se crio en este mundo. Todos lo miran con admiración. Es un duque grandioso, adinerado y poderoso. Pero yo, por otro lado, sé lo que es que todos te miren con desprecio. Y no quiero que le pase eso por estar asociado conmigo.

Algo en su corazón se derritió. La necesidad de tomarla en sus brazos le ciñó el pecho.

—Pero, primor —le dijo al tiempo que se sentaba en el asiento al lado de ella—. No me puede importar menos lo que piensen los otros de mí. Sin embargo, si alguien se atreve a mirarte con desprecio, conocerá el poder de mi ira.

El pecho se le quebró al ver la sonrisa radiante que le iluminó el rostro. Era la sonrisa capaz de derretir el hielo y que ya conocía muy bien a pesar

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de que no la conocía hacía mucho tiempo.

—Supongo que su temperamento tiene su lado positivo —señaló con un suspiro de alivio—. Tiene mucha seguridad. Ojalá yo tuviera más seguridad.

¿Admiraba su seguridad? Si tan solo supiera… Dorian deseaba poder experimentar el mundo como lo hacía ella, como si fuera un sitio sencillo y maravilloso. Deseaba tener su naturaleza inquisitiva y sentir la misma curiosidad hacia los otros. Deseaba poseer sus ganas de conectar con otra gente y su entusiasmo. Pero lo único que esperaba era que todos lo dejaran en paz.

—No pienses en la seguridad —murmuró.

Por todos los cielos, si tan solo lo oyeran intentando tranquilizarla. ¿En qué momento se había convertido en un hombre tan protector? A pesar del estupor de ese pensamiento, se vio incapaz de dejarla tan angustiada y deseó levantarle el ánimo.

—No necesitas seguridad para sobrevivir al día. Yo te daré la seguridad. Si tuviera un ápice de tu encanto natural y autenticidad, no tendría la necesidad de asustar a la gente.

La sonrisa que le ofreció iluminó el carruaje oscuro como el sol.

—A mí no me asusta —le murmuró con los ojos destellando mientras lo observaba.

«¡Que me lleve el demonio!».

Una hora más tarde, llegaron a Mayfair, y su tía los observó con un aire de entusiasmo.

—¡Querida! —exclamó mirando a Patience y sosteniendo las manos de su esposa entre las suyas—. ¡Te has transformado!

Patience le ofreció una sonrisa intensa, y a Dorian se le hinchó el corazón al ver el rostro de su tía lleno de alegría. Era la única persona que le había demostrado algo de compasión y bondad a él y a Chastity luego de que su padre echara a su madre, y deseó haberse casado antes con tal de haberla hecho así de feliz. Pero, de inmediato, sintió un aguijonazo de culpa al recordar que solo sería por un año y su tía no tendría ninguno de los nietos que tanto deseaba.

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—¡Nunca en la vida podría haber soñado con atuendos tan hermosos!

—le aseguró Patience—. ¡Los que me regaló eran magníficos!

—Ha sido un placer —le aseguró lady Buchanan al tiempo que le soltaba las manos y le arrojaba una mirada astuta a Dorian—. ¡De más está decir que te has superado con este atuendo de baile! ¿No estás de acuerdo en que tu esposa se ve maravillosa, querido?

Patience se volvió a mirarlo con los ojos grandes destellando esperanzados. Al parecer, el pecho dejó de moverse mientras contenía el aliento. Dorian asintió y se hundió en la profundidad azulada de su mirada.

—Sí, muy hermosa. —Acto seguido, le tomó una mano y se la pasó por el brazo flexionado.

Durante unos instantes, se quedaron de pie mirándose a los ojos, y Dorian volvió a sentir el deseo de acercársela más para besarla. Su tía interrumpió sus pensamientos perversos al acercarse al oído para susurrarle:

—Has escogido muy bien, querido. ¡Mis nietos serán hermosos! Te imploro que te asegures de que el matrimonio siga su rumbo sin ningún inconveniente.

El estómago le dio un vuelco. Si su tía supiera que ese matrimonio había estado condenado aún antes de comenzar…

—Patience… ¿te puedo llamar Patience? Sé que debo llamarte milady, pero creí que no te importaría que no lo haga. Y tú debes llamarme tía, no lady Buchanan.

Patience asintió con la cabeza.

—¡Me parece una idea maravillosa! Definitivamente lo preferiría. —Excelente. Ahora, dime, Patience, ¿cómo te ha estado tratando

Dorian? —le preguntó mientras le desenredaba la mano del brazo de Dorian y se la envolvía en su propio codo para conducirla hacia una mesa con un cuenco de ponche y algunas copas.

Dorian las siguió lo suficientemente cerca como para oírlas.

—Muy bien —repuso Patience al tiempo que le echaba un vistazo a Dorian—. Tienes un sobrino maravilloso.

—Oh, ya lo sé —le aseguró la tía y le ofreció una sonrisa de felicidad a su sobrino—. Si parece gruñón o comienza a gruñir, no te lo tomes en serio. Por dentro, es un muchacho de lo más dulce.

Quiso gruñir al oír eso, pero se contuvo. Mientras su tía los conducía a la sala de baile y les presentaba a diferentes miembros importantes de la

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alta sociedad, en lo único que pudo pensar fue en cómo podría proteger a su hermosa esposa de las miradas predatorias de otros hombres.

Su mujer era de lo más inocente, y sin dudas la iban a aplastar. Algunos iban a querer reírse a costa de ella, porque provenía de una familia sencilla de la nobleza. Y quizás estarían al tanto del escándalo que rodeaba su apellido. Otros, predadores como él mismo, querrían usar su inocencia para seducirla.

Dorian podía sentir que se sobresaltaba mientras circulaban por la sala de baile atestada con al menos dos o tres docenas de invitados. Todos le arrojaban miradas llenas de curiosidad a su esposa. Algunos la juzgaban, pero tal y como había predicho, muchos hombres la observaban con admiración y aprecio. Al poco tiempo, oyeron susurros a todo alrededor.

Su tía se detuvo delante de un grupo de personas, orgullosa de tener a Patience a su lado. Un gran círculo de nuevos conocidos los rodeó, y Patience se convirtió en el centro de atención de todo el mundo.

Lord Bentley, un caballero que debía de tener la edad de su tía, le dijo:

—Milady, se conduce con mucha naturalidad. Debe aprender rápido. Sin dudas, es una habilidad de lo más útil para una duquesa que ha trepado tan alto en la sociedad.

Dorian se puso tenso y abrió la boca para proteger a su esposa. Pero Patience lo dejó atónito cuando no se echó hacia atrás, ni se acobardó, ni tampoco masculló una respuesta amable. Por el contrario, soltó una carcajada llena de luz y le ofreció a lord Bentley una sonrisa radiante, una que parecía iluminar toda la habitación.

—Tiene toda la razón, lord Bentley, ha sido toda una experiencia. Precisamente el otro día, me encontré en un dilema. Verá, estaba tan acostumbrada a hacer las cosas sola, que me olvidé por completo del ejército de criados que tengo a mi disposición. ¡Me pasé una buena media hora buscando por todos lados una escoba para barrer algo que se me cayó en la recámara, pero de pronto recordé que me podía limitar a llamar a una criada!

La miró anonadado mientras las damas y los caballeros que se encontraban de pie en el círculo que los rodeaba se reían. Dorian sintió que se le aliviaba la tensión en el pecho. Patience no tenía que preocuparse por tener confianza en sí misma; no solo era intrépida con él con las preguntas y las solicitudes que le hacía. Ella simplemente era… como era. Y Dorian

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no podía apartarle la mirada de encima mientras continuaba el relato con una sonrisa encantadora:

—Y en otra oportunidad, casi le di un arrebato a mi dama de compañía. Como mi hermana Anne no se encontraba presente, comencé a enmendar un pequeño agujero en una media, ¡y a mi dama de compañía casi le da un infarto! Insistió en que semejantes tareas estaban por debajo de una duquesa y me quitó la prenda ofendida. Me dejó pensando en las costumbres misteriosas de la aristocracia.

Mientras todos a su alrededor volvían a reír, Dorian se pudo imaginar el estupor de la dama de compañía francesa que le había pedido a la señora Knight que contratara. Eso hizo que una sensación de entretenimiento se le esparciera por el pecho como un rayo de sol. Tenía la mano cerca del brazo de Patience. Podía sentir las descargas de energía que lo embargaban como pequeños relámpagos de placer.

Durante la conversación, la duquesa viuda de Grandhampton se había acercado al grupo acompañada de lady Hazel Fitzgerald, la mayor de las hermanas menores del duque de Kelford. La joven se veía muy nerviosa. Dorian había saludado a la anciana en silencio, porque conocía a su nieto, Spencer Seaton, muy bien. La duquesa viuda era una de las amigas más cercanas de su tía, y las mujeres se saludaron con cariño. A los setenta años, la duquesa tenía unos atractivos ojos celestes y el cabello gris perfectamente arreglado.

—Debo decir que es de lo más refrescante tener una perspectiva nueva y conocer a una duquesa con una naturaleza tan centrada.

Dorian estaba de acuerdo. Al igual que su tía y todo el mundo a su alrededor, estaba encantado con su esposa. Tenía un conflicto interno, se sentía orgulloso de esa mujer que era su duquesa, pero a la vez, quería tenerla para sí mismo y no permitir que los predadores de la alta sociedad intentaran atenuar su luz o alejarla de él. ¿Quién iba a decir que una muchacha tan joven e inocente iba a ser la esposa y compañera perfecta para él? ¿Quién iba a decir que le iba a encantar tanto?

Mientras su tía conducía a Patience hacia otro grupo, y su esposa seguía encandilando a todos, Dorian vio a Spencer con Joanna y se excusó para ir a hablar con su viejo amigo y su esposa.

Luego, Lucien y Constantine lo encontraron. ¿Alguna vez podría confiar en ellos con Patience del modo en que hacía poco Spencer había confiado en él para proteger a Joanna? Lord Spencer Seaton había

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regresado a Londres el año anterior, tras haber sido reclutado por la fuerza y enviado a la guerra. Como todos lo habían dado por muerto, había perdido el título de duque y todo lo demás. Tras regresar, le había costado mucho adaptarse, y la señorita Joanna Digby lo había devuelto a la vida mientras se enfrentaban a un enemigo en común. Spencer le había pedido a Dorian que la cuidara, y Dorian la había defendido contra el hombre poderoso que intentaba matarlos.

Antes de que pudiera seguir preguntándose lo mismo durante más tiempo, sus amigos lo hicieron a un lado y lo condujeron a la habitación adyacente al salón de baile, que se encontraba vacía.

—¿Cómo te encuentras luego de Elysium? —le preguntó Lucien—. Te marchaste temprano. ¿Te sentías bien?

—Sí. Yo… Eh… —Miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie lo oía—. No utilicé los servicios de Lilith.

Sus amigos intercambiaron miradas.

—¿Y por qué no? —le preguntó Lucien.

Pryde soltó un suspiro y sus ojos avellana reflejaron comprensión. —Porque en el fondo, es un hombre leal. Tiene una esposa y no puede

traicionar su honor con otra mujer.

Dorian sintió que se le tensaba el mentón y asintió. Pryde comprendía los asuntos de honor como nadie más y negó con la cabeza.

—Te advertí que estabas caminando sobre una línea peligrosa, amigo.

Te advertí que esta unión sería un desastre.

—¿Cuál es el problema con que se quiera acostar con su esposa? — preguntó Lucien—. Mírenla. Si fuera mía, jamás saldría de su cama.

Una ola de celos lo hizo apretar los dientes. Los tres se volvieron a mirar a Patience a través de la puerta abierta. La joven se encontraba a unos seis metros de distancia, destellaba, se reía como una campana y hacía que todos los que la rodeaban se rieran también. En el siguiente instante, su mirada se posó en él, y Dorian sintió la misma euforia que lo había invadido cuando la besó.

—Haré de cuenta que no acabas de mencionar a mi esposa y tu cama en la misma oración —repuso con los dientes apretados mientras se volvía hacia Lucien—. La próxima vez que sugieras algo similar, serás un hombre muerto.

Pryde se mordió el labio inferior y alzó el mentón.

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—Rath, tan solo escúchate. Estás perdiendo los estribos con tu mejor amigo. Te niegas a acostarte con nadie que no sea tu esposa. Es evidente que la deseas.

Dorian apretó el mentón con tanta fuerza que creyó que se le quebraría.

—Tiene razón —acordó Lucien.

—Debes pensar en lo que vas a hacer —insistió Pryde—. Quieres tener intimidad con tu esposa, pero es evidente que no le puedes contar todo. No se trata solo de ti. Nosotros dos también estamos involucrados. Te ayudamos a encubrirlo. Orquestamos el suicidio. Le mentimos a todo el mundo durante doce años.

Lucien soltó un suspiro.

—Lo siento. Solo te estaba molestando, amigo. Jamás haría nada para seducir a tu esposa.

Dorian asintió con la cabeza.

—Sí, ya lo sé. No puedo mirarla sin recordar el incidente en Oxford con su hermano.

—Milord —oyeron una voz femenina casi estrangulada… una voz que reconoció muy bien.

Cuando se dio vuelta, vio a Patience en el umbral.

—¿Cuál es el incidente que tuvo que ver con mi hermano? —le preguntó.

Dorian se quedó congelado, y el corazón se le hundió como una piedra. Por todos los cielos, ¿cómo se las había ingeniado para acercarse tanto si la acababa de ver conversando con un grupo de personas a unos seis metros de distancia? Patience tenía los ojos abiertos de par en par, y la luz que había visto en ellos antes se había desvanecido. La conexión destellante entre ellos dos también había desaparecido.

Pero ¿qué había estado pensando? ¿Haberla besado… sentirse orgulloso de ella… imaginarse una vida que jamás tendría? Esa era la vida que tendría. Se limitaría a guardar su horrible secreto, a ser miserable y estar solo.

En el intento de responderle, buscó las palabras indicadas, pero lo único que logró decir con la voz estrangulada fue:

—Patience, yo…

—¿Lo conoció? —le preguntó.

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El corazón le latió acelerado en el pecho, al tiempo que la vergüenza y el temor amenazaban con ahogar a la razón. Las paredes comenzaron a avanzar contra él, el secreto que tanto había protegido corría peligro de ser relevado como una herida abierta. No podía soportarlo, en especial tras haberse permitido creer, aunque solo hubiera sido por un instante efímero, que podría haber algo real entre ellos.

—¡Ya es suficiente! —rugió, y su voz resonó por la recámara al tiempo que golpeaba el puño contra una mesa cercana. Un jarrón sofisticado se cayó al suelo y se hizo añicos. Los trozos de porcelana volaron por toda la habitación. Las conversaciones de la gente en el salón de baile se acallaron. Varias personas se acercaron al umbral a observarlo.

—Dorian… —intervino Lucien con un tono calmo cargado de advertencia—. Has ido demasiado lejos.

—Milord, por favor… —susurró Patience, dando un paso incierto hacia él con los ojos bien abiertos reflejando una mezcla de temor y preocupación.

Un lacayo se apresuró a limpiar los trozos del jarrón roto. —¡Manténgase al margen! —le advirtió Dorian a Patience, sin poder

controlar la furia que lo invadía—. ¡No entiende las fuerzas que hay en juego aquí, ni el peligro en el que se pone al buscar respuestas!

Patience dudó con el ceño fruncido.

—Pero ¿por qué? ¿Qué es lo que he preguntado?

—¡No permitiré que una joven inocente y protegida que no sabe nada del mundo real me cuestione!

Al tiempo que las palabras salían de sus labios, Dorian pudo ver el daño que le causaron a su esposa, que se puso pálida como si la hubiera azotado. Y, en ese momento, supo que el pequeño destello de felicidad que se había permitido experimentar ese día había desaparecido.

—De acuerdo, milord —repuso en un susurro, con la voz quebrada del dolor—. Si en realidad se siente de ese modo, no lo molestaré más.

Tras arrojarle una última mirada llena de angustia, Patience giró sobre los talones y se marchó de la habitación. Lo dejó con las damas y caballeros que lo observaban en medio de los escombros de toda su furia.

—Pryde, nunca habías tenido tanta razón. Ella y yo somos las dos personas más inadecuadas para estar juntas.

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Patience se abrazó las rodillas bajo las sábanas de seda y se cubrió el rostro. La habitación estaba oscura, las siluetas de los muebles tallados con exquisitez y las sombras detrás de los cuadros que cubrían las paredes parecían centinelas silenciosos que la protegían en su desolación.

Algo arañó la ventana y la hizo estremecer. ¿Sería la rama del fresno? La noche detrás de las cortinas y las ventanas cerradas estaba tranquila, pero se sentía amenazadora. Se estremeció mientras aguzaba el oído, pero solo oyó el viento que rozaba las ramas y el césped.

Patience parpadeó con los ojos pesados. Sentía como si estuvieran llenos de arena, y el cuerpo le dolía y se sentía cálido, como si tuviera fiebre. Desde la noche de bodas, no había podido dormir bien y había yacido despierta durante gran parte de cada noche. Echaba de menos la calidez de sus hermanas, el sonido de sus respiraciones, el ronquido ocasional y el modo en que el colchón se hundía cuando se movían. Las sábanas de Rose Cottage eran ásperas y tenían agujeros, la lana de oveja de los colchones se aglomeraba en pequeños montículos en varios sitios. Pero se sentía familiar.

Allí… se acostaba en un colchón acogedor cubierto con sábanas de seda, en una habitación espaciosa y hermosa llena de muebles exquisitos. No había nadie que roncara ni que la pateara dormida y, aun así, no podía conciliar el sueño ni dejar de sentirse miserable.

No había zanahorias que lavar, ni orugas que apartar de las hojas de las coles, ni nidos de avispas contra los que luchar. Todos los días podía comer carne que se le derretía en la lengua y pescado tan fresco que aún olía al océano con salsas que tenían nombres que parecían mitos y sabían celestiales. Tenía criados que se apresuraban a satisfacer cualquier necesidad con tan solo una palabra. Llevaba vestidos hermosos que eran el sueño de cualquier niña y tenía una dama de compañía que sabía cómo hacerla ver como una diosa. Podía darse varios baños al día. Y, a pesar de todo, jamás se había sentido tan sola y abandonada como ahora. Todo lo

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que tenía le parecía falso, como una jaula de oro en donde los ojos le ardían del insomnio y sentía el cuerpo tan exhausto que le parecía estar muriéndose lentamente.

«Pero tu familia estará libre de deudas y tu padre no acabará en la prisión de deudores». Eso era lo que se decía cada noche al realizar el ritual especial de su familia en el que ponían todas las emociones malas en una cesta. A pesar de que la hacía sentir un poco mejor, no podía dormir. Si tuviera un cuerpo cálido a su lado que la ayudara a sentir menos sola… ¡Aunque fuera un gato!

Un año. Ese era el trato. Al cabo de un año, la enviaría a otra propiedad, donde quizás podría por fin dedicarse a la jardinería y a su trabajo botánico. Quizás podría invitar a Anne a vivir con ella, si su madre se las podía ingeniar sin su hermana. Una vez que el duque les otorgara una propiedad que les generara ingresos, sus padres podrían contratar a uno o dos criados, y sus hermanas no tendrían que hacer todas las tareas del hogar.

Ella y Anne pasarían sus días dedicándose a la ciencia sin nadie que las observara. Anne podría escribir otro tratado matemático. El primero que había escrito se había publicado de manera inesperada considerando que nunca antes se había publicado el trabajo de una mujer. Su pobre hermana tenía un corazón herido que no sanaba. Hacía cuatro años, le había contado en confidencia que Justin, el actual conde de Chans, le había propuesto matrimonio para luego abandonarla. A los ojos de Patience, el conde no había sido más que otro hombre jugando con los sentimientos de una mujer.

Pero no servía para nada obsesionarse con eso. De momento, lo único que necesitaba saber era si de verdad Rath había pagado las deudas de su padre. Si toda esa soledad y aislamiento que sentía no eran en vano.

El día anterior, en la velada de lady Buchanan, el duque había perdido los estribos con ella, la había llamado inocente y tonta. Patience se sonrojó de vergüenza al recordar los rostros anonadados de los invitados. Sin embargo… ¿qué era exactamente lo que había hecho mal? Él había mencionado un incidente con su hermano en Oxford. Al principio, creyó que se trataba del suicidio de John. Pero el tono de voz de Dorian, así como también la expresión de temor y devastación en su rostro, la llevaron a dudarlo.

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¿Y pensaba en eso cada vez que la miraba? No era de sorprender que la hubiera encerrado en su propia parte de la casa y la evitara como a una plaga, pero Patience no pudo evitar retorcerse de dolor. Entonces ¿por qué se había casado con ella? El hombre era un enigma. Adinerado, poderoso, enfadado, herido y dañado. Ese era su marido.

Deseaba conocer todos sus secretos, esa misteriosa conexión entre él, John… y, al parecer… ella. Sabía que, a pesar del cansancio, a pesar de que los párpados le pesaban, no descansaría más esa noche. Quizás tener la certeza de que las deudas de su padre se habían pagado la ayudaría a dormir. Eso era algo que su marido le podía decir. Tenía que decírselo.

Pasó las piernas por el borde del colchón y se colocó las pantuflas. Dorian le había dicho que tenía prohibido ir a su parte de la casa, pero, a decir verdad, ¿qué haría? Un escalofrío la recorrió entera al ponerse el salto de cama. La respuesta a su pregunta era: muchas cosas. Había muchas cosas que podía hacer. Con esos brazos gigantes y musculosos, la fuerza pura de los golpes que le había visto asestar cada mañana, los muslos imponentes y el pecho tan duro que parecía de piedra… Le podía hacer muchas cosas si así lo deseaba. Y no había nada que pudiera hacer en respuesta. A pesar de eso, no podía quedarse allí sentada y ocultarse. Cualquier cosa era mejor que esa soledad.

Determinada, encendió una vela, la colocó en un candelabro y recorrió el pasillo. Sabía dónde se encontraban sus recámaras: la señora Knight se las había mostrado para que supiera qué parte de la casa evitar.

Recorrió el pasillo de su habitación y pasó por delante del rellano de la enorme escalera céntrica que dividía la casa en dos partes. Con el corazón latiéndole acelerado, cruzó la frontera invisible que separaba el territorio del duque del de ella.

Una tabla de madera crujió bajo sus pies como anunciándole a toda la casa que estaba haciendo algo prohibido. Se quedó petrificada y pudo oír su propia respiración y el pulso acelerado de su corazón.

Aguzó el oído atenta a cualquier sonido que anunciara que alguien se acercaba para detenerla: alguna especie de guardia, como el ayuda de cámara del duque, o un lacayo o, incluso, la señora Knight. Alguien que le bloqueara el camino y le preguntara qué asuntos la llevaban allí.

Pero no vino nadie. Los pasillos estaban oscuros, con la noche negra y sin luna solo podía ver con la luz que proyectaba su vela. Tragó con

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dificultad intentando eliminar la sequedad de la boca. Con los pies pesados, siguió adentrándose en territorio prohibido.

Suponía que la habitación del duque debía de ser la que espejaba la suya. Se adentró caminando en el pasillo y reparó en los cuadros que colgaban allí: eran escenas marítimas, vistas del mar, retratos masculinos de sus ancestros y batallas; mientras que en su ala los cuadros eran más femeninos: flores, retratos de mujeres, colinas onduladas y jardines exuberantes. Sintió la mirada de reproche de los ancestros del duque. ¿Cómo se atrevía a desobedecer la regla de su marido?

Pero estaba tan sola que la desesperación la había llevado a anhelar cualquier compañía humana, incluida la del hombre al que tanto temía. El duque la intimidaba con su aspecto divino y ese comportamiento de alguien que sabía y guardaba todos los secretos del mundo mientras que ella era demasiado joven y no sabía nada de nada.

Se detuvo delante de la que supuso sería la puerta de su recámara, tomó una profunda bocanada de aire y sintió que nada volvería a ser igual luego de abrir esa puerta. Luego giró el pomo y entró.

Un gruñido y unos ladridos le estallaron en los oídos al tiempo que una bola de pelos áspera que apestaba a perro le saltó encima, la dejó sin aliento y la empujó contra la pared. La vela se le cayó al suelo y se hizo la oscuridad. En la escasa luz que se colaba por los tres ventanales de la habitación, vio el rechinamiento de unos enormes dientes al tiempo que el perro seguía ladrando y la ensordecía aún más. El terror se apoderó de ella como nunca antes, y Patience soltó un grito.

Así sería cómo moriría. Había entrado en territorio prohibido, y ese sería su castigo. Una bestia infernal le iba a arrancar la garganta. Unas gotas de saliva le cayeron en el rostro y el cuerpo, y el aliento del perro le produjo arcadas.

—¡Titan, sentado! —ladró una poderosa voz masculina.

En un instante, estaba a punto de convertirse en la cena de esa bestia y, al siguiente, la soltó y retrocedió para sentarse a los pies del dueño de esa recámara: un duque muy alto y musculoso que se encontraba de lo más enfadado.

—¿Qué diablos hace aquí? —le preguntó con un rugido. Sin aguardar una respuesta, tomó la vela que se le había caído y avanzó hacia un aparador.

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Patience estaba temblando, el temor espinoso la seguía recorriendo entera como en olas gélidas mientras lo observaba intentar encender la vela. Dorian frotó la piedra y el acero con cierta torpeza; sin dudas el guante le dificultaba los movimientos. Las chispas morían antes de encender la yesca.

Patience se mordió el labio y sintió un aguijonazo de lástima por él en el corazón. ¿Qué ocultaba bajo ese grueso guante de cuero que llevaba puesto incluso a esa hora? ¿Acaso dormía con el guante puesto o se había apresurado a ponérselo antes de salir de la cama?

En el tercer intento, una chispa salió volando y aterrizó en la yesca, que se encendió de a poco. Patience se quedó congelada mientras la yesca comenzaba a arder. Con un soplo cuidadoso, Dorian le dio vida a la pequeña flama para luego acercarle un delgado trozo de madera, encenderlo y llevarlo a la mecha de la vela.

Mientras alzaba la vela frente a él, la luz dorada le iluminó el musculoso pecho desnudo y duro, que podía ver a través de la apertura del salto de cama de color carmesí oscuro. ¿Acaso no se ponía una túnica para dormir? Patience se regañó por el pensamiento. Qué cosa más extraña de preguntarse cuando un lobero irlandés casi se la había devorado viva.

Clavó la mirada en Titan. Jamás le habían presentado al perro, pero lo había visto al lado de Dorian todas las mañanas desde su ventana. ¿Cómo era posible que esa criatura que se había comportado como una bestia infernal hacía tan solo unos instantes se había convertido en un cachorro feliz sentado y moviendo la cola mientras miraba a su amo con una sonrisa de satisfacción en el rostro? «Sí, te he protegido. Soy un buen perro», decía el rostro feroz y dientudo de Titan.

Patience enderezó los hombros y miró el rostro soñoliento de su marido lleno de furia.

—¿Qué hace aquí? —le volvió a preguntar con más calma en esta ocasión, pero pronunciando cada sílaba—. Le he prohibido venir aquí.

Patience alzó el mentón y recurrió al poder de los pensamientos positivos y de una sonrisa. No le dio lugar al temor ni a las emociones negativas. Se encontraba bien.

—Disculpe la conmoción —le dijo, y Dorian arqueó una ceja.

—¿Se disculpa? —Negó con la cabeza. Su voz sonaba irritada—. ¡Dígame el motivo de su presencia aquí antes de que la envíe de regreso a su habitación!

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—¡Quizás si no me hubiera restringido hasta el punto de que siento como si viviera en una prisión, no hubiera tenido la necesidad de irrumpir en su recámara! —exclamó.

La explosión le hizo arquear las dos cejas.

—¿En una prisión?

—Sí, en una prisión.

—Tiene todo lo que podría querer.

—Todo no. —Se cruzó de brazos a la altura del pecho sintiendo que ahora tenía su atención. Se adentró más en la recámara y observó todo—. Primero, me gustaría saber si en efecto pagó las deudas de mi padre.

Esa recámara era un reflejo de la suya, excepto que predominaban los colores azules oscuros con notas en rojo. Las sábanas en la cama eran de color carmesí, mientras que las cortinas en la ventana, azul marino con unas delgadas líneas rojas. El espacio masculino le sentaba bien. Había viejas espadas y escudos e incluso una maza que colgaban de una pared.

Oh, por todos los cielos, ¿acaso usaría esas armas para castigarla? —Sí, pagué la deuda de su padre, señora —le respondió—. La pagué

el mismo día de nuestra boda.

Una ola de alivio la embargó.

—Qué bueno. Al menos sé que mi familia no acabará en la calle y que mi padre no irá a la prisión de deudores.

Entrecerró los ojos para mirarla.

—¿Algo más?

—Gracias —le dijo y le sonrió.

Por un instante efímero, pareció desarmado, pero luego tragó saliva y la volvió a mirar con el ceño fruncido.

—Además de eso, me veo obligada a demandar dormir en su cama — prosiguió.

El mentón casi se le cayó al suelo al oírla. Parpadeó varias veces. Durante unos segundos, pareció un niño despreocupado y sorprendido, quizás hasta maravillado. En ese momento parecía muy joven, a pesar del mechón de cabello blanco que tenía en una patilla.

—¿Cómo ha dicho? —le preguntó.

—No puedo dormir. No he podido dormir desde que llegué aquí. —¿Por qué no?

—Porque durante toda mi vida he dormido con mis hermanas. Al parecer, no puedo dormir sola.

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Dorian se humedeció el labio inferior y se lo mordió.

—Y, además, me gustaría que cene conmigo —prosiguió—. He estado muy sola.

—¿Cenar? —ladró con los ojos bien abiertos.

—Sí —respondió y le sonrió a pesar de que le acababa de rugir y de que lo veía enfadado—. Cenar. Eso es lo que hacen las familias. Comparten cenas.

—No somos una familia —gruñó.

—Evidentemente, no —masculló—. ¡Me siento de lo más sola aquí! No tengo amigos ni nadie con quien hablar. No tengo permitido marcharme de mi parte de la casa. ¡Tampoco puedo tener contacto con mi propio marido! ¡Y ni siquiera me permite ir al jardín! He traído algunas de mis rosas de casa, y ahora se están muriendo día a día en las caballerizas. Siguen empacadas cuando deberían haber sido trasplantadas en tierra nueva y estar creciendo en su nuevo hogar.

Con delicadeza, el duque apoyó la vela en el aparador y se quedó tan inquietantemente tranquilo que un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Muy despacio, paso a paso, avanzó hacia ella sin quitarle la mirada de color zafiro oscuro de encima.

A lo mejor, había cometido un error al final de cuentas. Un error mucho más grande que irrumpir en la recámara de un hombre que tenía una bestia que lo protegía y estaba dispuesta a devorar hasta a la esposa de su amo. El duque parecía mucho más letal que cualquier sabueso del infierno, más grande y peligrosamente enigmático, con secretos que lo acechaban por detrás de los ojos… secretos que estaba segura de que no le gustarían en lo más mínimo. Avanzó hacia ella hasta que se detuvo tan cerca que pudo olerle el aroma limpio y masculino de la piel. Una sensación cálida le nació en el fondo del estómago, y anheló tenerlo aún más cerca.

—Mi dulce primor —murmuró con una suerte de trueno distante en la voz—. No estás en posición alguna de hacer demandas. Me has desobedecido. Has roto las reglas. Te advertí que habría consecuencias. No me dejas otra alternativa que castigarte.

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—¿Castigarme? —preguntó en un susurro y, por todos los cielos, oírlo de sus labios le supo tan delicioso que anheló borrárselo de un beso.

Dorian clavó la mirada en su esposa, que se veía tan frágil y hermosa a la luz de las velas, con unas curvas que se anunciaban a través del salto de cama y la camisola para dormir. Jamás en la vida se habría imaginado que se despertaría con los ladridos desaforados de su perro ante la presencia de una intrusa… que resultó ser una criatura de curvas, mechones dorados, una tez perfecta, unos ojos bien abiertos y llenos de inocencia y unos labios rosados… Labios cuyo sabor no lograría olvidar mientras le quedara un aliento de vida.

Pero ¿esa preciosura le acababa de decir que no era feliz? Jamás se había detenido a considerar que a lo mejor no era feliz. ¿Acaso cualquiera que proviniera de un origen más humilde no estaría agradecido por tener un hogar en el que no tuviera que preocuparse por la comida y un sitio donde se sintiera a salvo y protegido? Él había rescatado a su familia, les había hecho un favor y, por consiguiente, no solo había mejorado su posición social y su fortuna, sino también la de sus hermanas.

No se había imaginado que en realidad la había hecho sentir menos feliz; en base a lo que le acababa de decir, se sentía de lo más miserable. ¡Y ni siquiera podía dormir! ¿Y por qué le había hablado del jardín? ¿Por qué era tan importante para ella ir a ese sitio tan macabro que tanto había contemplado reducir a cenizas?

Mientras la observaba, notó las bolsas oscuras que se le habían formado debajo de los ojos y que el sonrojo que había tenido en la velada era mucho menos visible.

—Sí —respondió al sentir su cuerpo voluptuoso contra el suyo e inhaló su aroma a rosas que tanto lo provocaba.

Tener a una mujer allí era una experiencia nueva y rara. Jamás había llevado a ninguna amante a la casa de campo. Las únicas mujeres que

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entraban en su recámara eran las criadas y la señora Knight. Y ahora, su esposa.

Tragó con dificultad al imaginársela doblada sobre la rodilla, con el trasero al descubierto y la carne firme tornándose rosada bajo sus azotes que la hacían retorcerse de placer. Luego, se imaginó que la tomaba como castigo y la embestía sin piedad hasta arrancarle gemidos y hacerla rogar que le diera más.

Abrumado por el intenso deseo que le provocaba esa joven diosa de la belleza y la luz, casi se le escapó un gemido. No podía recordar jamás haber deseado a alguien tanto como la deseaba a ella. Sin embargo, sabía que no podía imponerle sus deseos. ¿O estaría equivocado?

¿Qué podría hacer que fuera un castigo para ella si ya se sentía sola e infeliz? ¿Si no tenía nada que disfrutara allí? Si estaba afectada hasta el punto de no poder conciliar el sueño. ¿Qué podría hacer para disciplinarla más que… ser él mismo con ella?

¿Y si, por algún milagro, sus modales bruscos no la quebraban? ¿Y si, por el contrario, florecía? Una irritante voz similar a la de Lucien le susurró más preguntas en la mente. ¿Y si se abría? ¿Y si se sentía satisfecha?

No, qué locura, eso no era posible. Solo acabaría lastimándola y asustándola. Pero quizás así lo dejaría en paz. Decidió que dejaría que lo decidiera ella. Jamás le interpondría sus placeres a ella ni a ninguna otra mujer.

—Pero puedes escoger —murmuró conteniéndose físicamente de no alzar la mano izquierda para acariciarle el hombro con los nudillos—. Puedes escoger el castigo. La primera opción es organizar mi biblioteca — le dijo y se maravilló al notar un leve temblor en sus pestañas.

Le pareció que esa sería la opción más fácil y la que, sin dudas, escogería. Organizar la biblioteca no era un castigo, sino un poco de trabajo. Definitivamente era mejor que la segunda opción.

—La segunda opción son unas nalgadas.

Tras oírlo, soltó un jadeo y se sonrojó tanto que el miembro se le estremeció.

—¿Me quiere dar unas nalgadas?

—Sí.

Patience tragó con dificultad, las pestañas le temblaron, y la punta de la lengua rosada le humedeció el labio inferior.

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—¿Y me va a doler?

Dorian parpadeó.

—¿Me lo preguntas en serio?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque jamás me han dado nalgadas. Necesito saber si me va a doler.

Por todos los cielos, ¿qué había hecho? ¿Y si disfrutaba de sus gustos tan particulares? ¿Acaso había abierto la caja de Pandora?

—Puede que sí. ¿Te gustaría que te doliera?

Era tan inocente… ¿Cómo podía corromperla con sus placeres tan oscuros?

—No —le respondió y lo sorprendió apoyándole la mano en el pecho y dejando que el pulgar le acariciara la piel.

Dorian tomó una profunda bocanada de aire al experimentar el delicioso cosquilleo que le producían sus caricias.

—No, no me gustaría que me doliera —continuó—. Pero entonces no sería un castigo, ¿no es cierto?

Dorian tragó con dificultad. Tenía que enseñarle una lección. Tenía que demostrarle el hombre horrible que era en realidad para que no quisiera encontrarse en presencia de él, ni en su cama, ni en ningún sitio remotamente cercano a él. Tenía que verlo como era para que lo dejara en paz y no le resultara un recordatorio constante del pecado que había cometido hacía muchos años. Tenía que asustarla por su propio bien.

—Exacto. Entonces, ¿escoges la biblioteca? —le preguntó.

—No —repuso—. No escojo la biblioteca. —Tragó despacio al tiempo que un rubor intenso le cubría las mejillas—. Escojo las nalgadas, milord.

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Patience no podía creer lo que había escogido. Santo cielo ¿qué le pasaba?

No le molestaba la idea de organizar la biblioteca; de hecho, eso no parecía ser un castigo en lo absoluto. Para ella, sonaba como una aventura, una oportunidad de descubrir libros nuevos y, a lo mejor, desenterrar algunos tesoros de botánica.

No, creía que se estaba volviendo loca de la soledad. ¿Acaso anhelaba tanto el contacto humano que estaba dispuesta a permitir que le diera unas nalgadas? ¿O se debía al hecho de que no podía apartar los ojos de ese poderoso hombre malherido, tan perturbado con secretos acechándolo detrás de los ojos, que estaba abierta a aceptar lo que fuera que le ofreciera? Como el beso antes de la velada. Ese beso había sido mágico.

—Pero tengo mis propias condiciones —le dijo con la cabeza en alto

—. Si recibo las nalgadas, me dejará dormir en su cama esta noche. El duque alzó la cabeza.

—¿Cómo has dicho?

—He venido en busca de una noche de sueño, y eso es lo que tendré. —No permito que nadie duerma en mi cama —le informó—. Nadie

jamás ha dormido en mi cama.

Tras oírlo, frunció el ceño.

—¿Nadie?

—No, nadie. Ni siquiera Titan puede dormir en mi cama.

Patience encuadró los hombros.

—Pues, qué pena, milord. Ya me ha quitado la libertad, mi vida y a mi familia. Demando que al menos me devuelva el sueño.

Estaba como un animal acorralado. Era algo muy curioso de ver… ¿Se sentía acorralado… por ella? ¿Él, que tenía todo el poder?

—No me parece que sea una buena solución.

—Podemos intentarlo. Si no funciona, no pasa nada. Supongo que estaré condenada a sufrir de insomnio por el resto de mis días. Pero tiene

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que intentarlo.

Dorian frunció el ceño al tiempo que apretaba los puños.

—¿Y bien? —lo presionó—. ¿Qué dice?

Dorian tragó saliva.

—Pero jamás regresarás aquí. Esa es la lección. Debes aprender a obedecer.

—Está bien. Me mantendré alejada de aquí luego de esta noche, si aún es lo que desea. Pero si lo reconsidera y decide que le gustaría que regrese a su habitación, debe dejarme dormir aquí.

Guardó silencio un instante y la examinó con los ojos oscuros como dos destellantes trozos de ónix.

—Está bien, primor, estamos de acuerdo. —Soltó una carcajada llena de desprecio—. Pero es probable que eso nunca llegue a ocurrir. Luego de esta noche, no vas a querer tener que ver nada conmigo. Huirás de esta habitación como si te llevara un demonio.

—Ya lo veremos.

Dorian se sentó en el borde del colchón y separó las piernas. Las solapas del salto de cama carmesí se abrieron y dejaron al descubierto sus poderosos muslos bien torneados, las rodillas fuertes y las pantorrillas esculpidas y musculosas cubiertas por una suave mata de vello oscuro. A Patience la embargó una ola cálida y excitante. Era la primera vez en la vida que veía las piernas desnudas de un hombre.

—Ven aquí, duquesa —le dijo con suavidad y le sostuvo la mirada como una caricia física sobre la piel.

Patience lo obedeció sin titubear y sin siquiera sentir la alfombra debajo de los pies.

La ola cálida se empezó a convertir en un dolor en el estómago. Tenía el sexo caliente e hinchado. ¿Qué le estaba pasando? Se sintió pesada y maleable, como si estuviera hecha de cera cálida y él fuera la llama que le daba calor. Se acercó a él como si tuviera piernas de algodón.

—¿No se va a quitar el guante? —le preguntó.

Su mirada reflejó pura tortura.

—No.

—¿No se lo quita nunca?

—No hables de mi mano ni de mi guante.

Patience se humedeció los labios. Ahora tenía otra cosa más que no debía hacer. Pero ¿tenía razón al suponer que le dolía?

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—¿Le gusta hacerle esto a muchas mujeres? —le preguntó, y experimentó un aguijonazo de dolor en el corazón al comprender que deseaba que le respondiera que no.

—No —le dijo—. No se lo he hecho a ninguna mujer desde que me casé contigo.

Ella asintió con la cabeza y pareció haber recuperado la confianza.

—No sé qué hacer —le confesó—. Tiene que decírmelo.

—Ven aquí. —Le ofreció la mano.

Era la mano izquierda, la que tenía unos dedos largos y hermosos y no la que llevaba cubierta con el guante y descansaba sobre su regazo. Patience se preguntó con cuál le daría las nalgadas, y otra agradable ola cálida la recorrió entera al imaginarse esa mano fuerte y descubierta sobre su cuerpo.

—Debe haber algo mal en mí —le dijo Patience al tomar la mano cálida y seca. Era tan grande que le envolvió la suya, pequeña y fría.

—¿Por qué? —ronroneó mientras se la acercaba.

Lo único que atinaba a oír era el latido acelerado de su corazón en los oídos y su voz aterciopelada.

—Debería tener miedo, ¿no? —le preguntó.

—¿Y no lo tienes?

—Bueno, sí y no… Confío en usted.

—Oh… —soltó, y algo cambió de repente en su rostro, como si estuviera anonadado y no supiera qué hacer con esa información.

A decir verdad, ella también estaba sorprendida. No se habían soltado las manos, y el calor que le infundía la palma del duque le brindaba consuelo y calma. Lo mejor que podía hacer era aferrarse a su mano y hablarle de sus sentimientos.

—Mis padres nunca me castigaron —le explicó—. Nunca castigaron a nadie. Mucho menos a John… —Se arrepintió de mencionar a su hermano en cuanto terminó de decir el nombre. ¿Acababa de arruinar la frágil confianza y la débil conexión que habían forjado?

Patience recordaba a John con cariño. Había tenido seis años cuando le llevó el libro de botánica de Oxford que cambiaría su vida para siempre y definiría su pasión. Su hermano era una persona a la que le encantaba divertirse y tenía sentido de humor. Patience recordaba que cuando él se encontraba presente, había risas, aunque no todas sus hermanas se unían.

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Pero los ojos de Dorian solo se oscurecieron y destellaron llenos de interés.

—¿Alguna vez has hecho algo que no tenías permitido hacer? —le preguntó—. ¿Algo por lo que debían castigarte?

—Sí. —Se rio—. Trabajaba en mis rosas en secreto mientras debía estar desmalezando la huerta. Ni mi madre ni mi padre lo saben.

Mientras creían que pasaba varias horas cuidando de los cultivos de nabos y zanahorias, Patience esbozaba, fertilizaba rosas artificialmente, experimentaba con injertos de árboles frutales, registraba sus observaciones e intercambiaba correspondencia con dos miembros de la organización Linnean Society de Londres: el señor Jay Essop y el presidente de la organización, sir James Edward Smith.

—Mmm, qué desobediente —murmuró con satisfacción antes de acercársela más.

La ayudó a recostarse sobre su regazo y a apoyar los codos sobre la cama. Patience clavó la mirada en el sedoso cobertor y sintió que las mejillas y el cuello se le encendían de la vergüenza. Sintió que le subía el salto de cama y la camisola y el aire fresco le besaba primero los tobillos, luego las pantorrillas y, por último, las nalgas, que ahora sentía tan ardientes como su propio rostro.

El duque tomó una profunda bocanada de aire y soltó un extraño gruñido gutural. ¿Sería un buen indicio? La embargó una mezcla de temor y regocijo. Era como si estuviera de pie al borde de un acantilado, frente a un mar tumultuoso por primera vez, sabiendo que saltar podría ser de lo más excitante y, al mismo tiempo, potencialmente letal. Como Dorian soltó el aire y guardó silencio absoluto, Patience no supo si haría algo o permanecería inmóvil.

—Por todos los cielos —murmuró—. Eres lo más hermoso que he visto.

—No puede ser —refutó—. ¡Me está mirando de atrás!

No lo podía creer. ¿Cómo podía ser que un hombre como él considerara que una muchacha del campo como ella, que jamás había asistido a un baile ni había terminado sus estudios con una institutriz, o, mejor dicho, ni siquiera había tenido una institutriz, fuera lo más hermoso que hubiera visto? De seguro se equivocaba.

Pero de repente sintió su mano sobre la piel: la estaba tocando con la mano izquierda. La caricia fue suave como la de una pluma, pero la hizo

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estremecer como si la hubiera quemado. Una miríada de sensaciones la embargó al tiempo que el duque comenzaba a rozarle y masajearle el trasero mientras murmuraba cosas que jamás había creído que un hombre le iba a susurrar. «Hermoso». «Suave». «Dulce».

Hasta el momento, todo había sido de lo más agradable y le había despertado una sensación ardiente y cálida en el centro de su ser que se iba tensando con un deseo que crecía en ella. Se retorció pidiéndole más, anhelando sentir sus dedos y sus manos en todas partes. Y cuando se le escapó un gemido, lo oyó soltar una maldición por lo bajo.

—Si sigues haciendo esos sonidos, no podré resistirme.

—¿Resistir qué? —le preguntó.

—Lo que he querido hacer desde el momento en que te vi en esa iglesia.

—¿Y qué es?

Dorian soltó un gruñido y le dio una palmada en el trasero que la hizo soltar un gimoteo del intenso ardor que le produjo. Casi fue doloroso, pero también se sintió exquisito y placentero. Era algo que jamás había experimentado. El sexo se le tensó más.

—¿Quieres más, duquesa? —le preguntó.

—Eh… —Tragó con dificultad e intentó comprender lo que acababa de ocurrir.

Por un lado, alguien acababa de golpearla. Solo sus hermanas la habían golpeado cuando eran niñas y no sabían que eso estaba mal. Pero, por otro lado, no se sintió como un acto violento, sino como una especie de juego, como si se hubiera convertido en el centro de toda su atención. Y le había producido tanto placer, que no podía decir qué le estaba pasando. Antes de responder, tragó con dificultad.

—Sí, quiero más.

Se rio y le asestó otra nalgada, aunque en esta ocasión un poco más fuerte. Le ardió más, como la bofetada del agua cuando saltaba a un estanque, pero fue de lo más excitante. Le produjo unas hermosas sensaciones intensas en el sexo.

—Más —le pidió.

Dorian adoptó un ritmo de nalgadas suaves con la mano que le desató una cascada de sensaciones, entre ardor y dolor, calidez y delicia, exquisitez y dulzura. Patience no se pudo contener. Arqueó la espalda

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como una gata y le ofreció el trasero para sentir su mano más rápido. Para sentir su piel.

La necesidad de experimentar más de esas intensas sensaciones le estaba poniendo los nervios de punta. Había sonreído durante toda su vida, se había puesto una máscara y le había dado la espalda al desasosiego de emociones similares a la tristeza, el enfado y la confusión. Pero ahora se sentía como una gata y gimió. En respuesta, lo oyó soltar una nueva maldición antes de azotarla con un poco más de fuerza.

En breve, estuvo jadeando, completamente abrumada por esa exquisita combinación de éxtasis y calidez que le embriagaba los sentidos. Cada ardor leve iba seguido de un calor profundo que se le extendía por la pelvis.

Ahora no podía darle la espalda a la oscuridad. La oscuridad había ido por ella. Y, para su sorpresa, no quería huir. Esas nalgadas, el contacto de su piel contra la de ella, el ardor y las pulsaciones eran como haber abierto una ventana que daba a la noche para tomar una profunda bocanada de aire fresco y húmedo.

Se encontraba en un paraíso intenso. Subía a algún sitio que desconocía y acababa hundiéndose más y más en su propio cuerpo. Y deseaba más. Mucho más.

También notó algo muy largo y duro que se le apretaba contra el vientre. Y, cuanto más se retorcía sobre las rodillas del duque, esa cosa que se le clavaba encima parecía retorcerse y crecer más. Al poco tiempo, lo oyó gemir, gruñir y maldecir por lo bajo.

—¿Te ha bastado, primor? —le preguntó casi sin aliento, y Patience le respondió en silencio negando con la cabeza—. En ese caso, puede que necesites otro castigo.

Cuando le apartó la mano, Patience soltó un sonido de protesta, pero de inmediato sintió los dedos entre las piernas, acercándose a su sexo para cubrirlo con la mano.

Patience soltó un jadeo y se retorció al tiempo que otro tipo de placer la invadía. El sexo se le tensó con una necesidad que no comprendió, y algo húmedo y escurridizo le salió del cuerpo.

—¡Oh, cielos! —susurró al tiempo que enterraba el rostro entre las manos—. ¡Lo siento!

Dorian se rio con suavidad.

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—No te preocupes, dulce primor, es normal. Significa que me deseas. ¿No?

Tras decir eso, le deslizó los dedos entre los pliegues y, con sus caricias, la hizo retorcerse y desearlo más.

—Eres muy estrecha —ronroneó mientras le introducía un dedo en el cuerpo. A Patience también le pareció que era muy estrecha y que Dorian no tenía espacio para moverse, pero le encantó la sensación de tenerlo dentro de ese modo—. Y cálida y aterciopelada —murmuró mientras seguía jugando con sus pliegues.

Al poco tiempo, Patience no se pudo contener más y comenzó a rogarle. «Por favor…». «No se detenga…». «Quiero más».

Dorian no se detuvo. Con los dedos, encontró un punto interesante de su cuerpo, un sitio en el centro de sus pliegues, y Patience se sobresaltó ante el inesperado placer intenso que le produjo.

Su esposo la acarició allí, jugó con ese botón, se lo frotó, se lo rozó y se lo masajeó. Al parecer, cuanto más gemía y se estremecía, más repetía lo que tanto le gustaba.

Y cuando Dorian se inclinó para morderle el trasero, algo increíble le ocurrió en el cuerpo y llegó a una cima que la dejó sin aliento. Se quedó quieta, sin saber qué estaba ocurriendo ni dejar de sentir latidos en las nalgas y un éxtasis que la consumía entera. Se quedó allí, experimentando esa hermosa tensión en toda la pelvis. Al cabo de unos instantes, se deshizo, sin poder contener los gritos de dicha ni los temblores incontrolables que le embargaron todo su ser mientras su esposo le seguía acariciando ese punto hermoso del cuerpo para brindarle hasta la última gota de placer.

Mientras se estremecía en sus brazos, Dorian le acarició la espalda y el trasero como si fuera una gata. Cuando se calmó, se sintió pesada y satisfecha. La piel del trasero le cosquilleaba, y Dorian la tomó en sus brazos como si no pesara nada para acostarse juntos en la cama. Acto seguido, los cubrió a los dos con la manta, y Patience se sintió maravillosamente suave y cálida entre esos brazos con músculos que parecían duros como piedras. La curva entre su pecho y su hombro le pareció el sitio perfecto para apoyar la cabeza.

Patience cerró los ojos y soltó un largo gemido de satisfacción. La presencia cálida y solida de su marido que la abrazaba la hizo relajar y sentir la alegría dulce que la embargó. No tenía dudas de que esa noche iba

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a dormir. Mientras se encontrara entre sus brazos, no oiría ruidos, ni arañazos, ni los crujidos de los tablones de madera.

—¿Te duele mucho, dulce primor? —le preguntó en un susurro, y el aliento cálido le produjo un cosquilleo en la frente.

—No —respondió—. Puedes volver a castigarme de ese modo.

En esa experiencia, se había liberado algo que era mucho más que físico. Dorian había satisfecho una necesidad que Patience ni siquiera sabía que tenía.

Dorian inhaló abruptamente.

—El único problema es que me gustaría ser mucho más duro contigo, primor.

¿Mucho más duro? A pesar de la fuerza letal de los golpes que le había visto dar durante sus entrenamientos de boxeo, no se lo podía imaginar siendo duro con ella. Pero, como si fuera masoquista, algo en su interior se retorció de deseo al oír esas palabras. Al día siguiente le volvería a preguntar por su hermano… o en otra ocasión. Y entonces la volvería a castigar.

—Ya lo veremos —murmuró mientras movía la cabeza en busca de una posición más cómoda.

—Mañana puedes plantar tus rosas en el jardín —le murmuró antes de depositarle un beso en la coronilla—. Ahora duerme.

Y, en efecto, durmió.

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Dorian se detuvo frente a la ventana abierta con los ojos fijos en la silueta delicada que se encontraba en el jardín. Patience estaba arrodillada al lado de un rosal marchitado y separaba las ramas enredadas con los dedos delgados. La luz del sol le iluminaba el cabello dorado, que llevaba recogido debajo de un bonete blanco. Ese día se había puesto un vestido sencillo, uno de los que había traído de su casa, y estaba trabajando sin guantes.

Cuando le había colocado el anillo, había notado lo áspera y callosa que era la piel de sus manos. Había asumido que se debía a que no había tenido una vida fácil. Ahora que sabía la verdadera razón, se sentía aún más intrigado.

A su lado, había varios sacos de arpillera que debían estar llenos de tierra y de los que sobresalían los rosales que debió haber traído de la casa de su familia. Por un instante, se preguntó dónde los habían guardado hasta ese momento y si habían sobrevivido o si el hecho de haberlos desplantado y puesto en bolsas de arpillera sin ningún cuidado habría acabado por matarlos. No le debería haber prohibido trabajar en el jardín. Si los rosales le habían importado hasta el punto de llegar a desafiar a sus padres, era evidente, que eran importantes para ella.

Desde allí, podía oírla tararear algo con un tono de voz alto que sonaba como unas campanas. Era tan encantadora que se le estrujó el corazón.

«Oh, ¿a dónde vas?» «Al mercado de Scarborough» La ajedrea, la salvia, el romero y el tomillo; «Saluda de mi parte a una muchacha que vive allí, En algún momento, fue un gran amor mío».

Nunca le habían gustado las canciones populares, prefería a Bach, Mozart y la ópera italiana. Sin embargo, cerró los ojos y dejó que la voz le calara en la psiquis. Podría oírla cantar lo que fuera durante horas. Su voz

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dulce, su rostro sereno, el modo en que cuidaba de los rosales con tanta precaución y devoción lo conmovió por dentro.

Recordó la noche anterior, la sensación de su piel contra la de él, el sonido de sus suspiros contra su oído. El corazón se le aceleró y se quedó sin aliento. Un cosquilleo cálido lo embargó y se le asentó en la entrepierna. Los músculos se le tensaron en preparación para una proximidad que ya no ocurriría. Aunque ahora, era mucho más que simple lujuria lo que lo conmovía.

La había sostenido en los brazos mientras dormía y había sentido su aliento profundo y parejo producirle un cosquilleo contra la piel. La había protegido como si fuera una dulce criatura etérea, efímera y voluble; como si fuera muy afortunado por tener a semejante ser entre sus brazos. Su presencia lo calmaba, le aplacaba la ira y también los demonios internos. Una sensación similar a la paz se le asentó en el cuerpo, acompañada de la extraña noción de encontrarse en el sitio exacto donde debía estar y sin necesidad alguna de huir.

Al divisar la pasión y la ternura que se había negado durante tanto tiempo, se le abrió una grieta en las paredes. Sin embargo, por más que se hubiera deleitado con el placer de sus reacciones la noche anterior, una pequeña voz le había susurrado que era demasiado bueno para ser cierto.

Ella era el castigo que le había enviado Dios. El fruto prohibido de la felicidad, tan cerca que podía inhalar su aroma exótico. Pero se encontraba completamente fuera del alcance.

El recuerdo de esa horrible noche en Oxford hacía doce años fue como una bofetada, como una explosión de fuego. La mano malherida le dolió y le picó confinada en el guante de cuero.

Dorian, que entonces tenía veinte años, había recibido noticias de la muerte de su padre y se había marchado de la taberna para estudiantes The Bear, desesperado por respirar aire fresco. Tenía que aliviar esa extraña mezcla de ira y pérdida que nunca antes había sentido. «Lamento informarle que el día 3 de octubre, su padre, el gran y honorable, el noble lord Frederick Louis, duque de Rath, ha fallecido…», las palabras que había leído en la carta del abogado le habían retumbado en la cabeza como un martillo golpeando el hierro. «Como es el heredero de su padre, recibirá su título…».

Los pasos de Lucien habían resonado a cierta distancia de él, mientras que Dorian salía por la puerta trasera para dirigirse a las caballerizas. El

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aire fresco se había mezclado con el hedor a estiércol de cerdo. A pesar del barro que le manchaba los zapatos, Dorian había apreciado el frío gélido y la oscuridad que lo habían envuelto, un contraste absoluto con el calor y los ruidos de risas y brindis que inundaban la taberna.

Sin embargo, no había sido una noche silenciosa. A la izquierda, unos sonidos angustiantes interrumpieron la paz. Eran los sollozos acallados de una mujer y los gruñidos roncos de un hombre. —Por favor, no… —suplicaba la mujer.

—Cierra el pico. Te va a gustar —insistía el hombre.

Con el corazón acelerado, Dorian se había dado vuelta y se había quedado congelado. Bajo la luz débil de una lámpara de gas, la espalda de un hombre se ceñía sobre una silueta atrapada encima de una pila de heno. Unos destellos blancos bajo la lámpara le dejaron ver la falda de una mujer y unas piernas femeninas que pateaban el aire a ambos lados del hombre. Se estaban rebatiendo, y el hombre usaba un brazo para sostenerla en su sitio mientras que con el otro intentaba abrirse los pantalones.

—Has estado rogándolo toda la noche —gruñó el hombre.

A Dorian no le llevó más que unos segundos comprender lo que estaba ocurriendo. Por lo general, necesitaba un ejército de enemigos para aplacar la ira y el dolor. Pero no tenía un ejército. Se encontraba solo. Con la furia recorriéndolo como un incendio fuera de control, se lanzó contra el hombre para sujetarlo de la chaqueta y apartarlo de la mujer.

El hombre se dio media vuelta y se liberó de él. Conmocionado, Dorian reconoció al hombre. Era el señor John Rose, metiéndose la camisa dentro de los pantalones.

Desesperada, la muchacha se bajó las faldas y el delantal, se acomodó el cabello dentro del bonete y huyó corriendo con el rostro sonrojado y los ojos abiertos de par en par y llenos de lágrimas. Era la criada, la hija del dueño de la taberna. Se llamaba Chloe… o Catherine… Tenía un nombre que comenzaba con C. ¡Christine!

El señor John Rose, un caballero joven de cabello rubio enrizado, intensos ojos celestes, pómulos altos y unos suculentos labios rojos lo miraba fijo. Una expresión vil le retorcía los rasgos angelicales, que en ese momento parecían más fuera de lugar que manchas de pintura en una obra de arte.

Dorian no conocía bien al hombre. Solo se trataba de alguien que había intentado hablar con él en varias oportunidades esa misma noche. Parecía

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ser uno de esos jóvenes desesperados por conocer a alguien importante para progresar en la vida.

—Lord Perrin… —comenzó el señor Rose sin ningún indicio de arrepentimiento—. Le sugiero que se olvide de haber visto algo.

Lucien por fin había llegado al lado de Dorian y respiraba entre jadeos.

Al mirar a su amigo y al señor Rose, negó con la cabeza.

—Por favor, no me digas que habrá otro duelo —masculló al detenerse al lado de Dorian—. ¡No lo desafíes a un duelo, pedazo de tonto! ¡La chica no es nadie para ti! Aséstale un buen puñetazo en el rostro y déjalo ir.

—¿Acaso las criadas no se merecen que se proteja su honor? —gruñó Dorian al tiempo que la furia que sentía dentro le aplastaba las entrañas como una marejada ciclónica. No se trataba solo del honor de la muchacha

—. ¿Quién la va a defender?

Necesitaba alguien con quien luchar y algo que destruir. Y un hombre

atractivo como el señor John Rose le bastaba.

—Dorian… —Allí estaba, el tono de advertencia que había oído de Lucien un millón de veces.

«Dorian…» había oído a los ocho años antes de tomar un bate de críquet y destrozar los jarrones coloniales favoritos de su padre porque había matado a su cordero, Bramble.

«Dorian…» había oído antes de reventarse los puños golpeando la pared una y otra vez cuando su padre envió a su madre a vivir lejos: la encerró en una propiedad en el norte porque era demasiado permisiva con Dorian y estaba deshaciendo los efectos de la educación espartana de su padre.

«Dorian…» había oído antes de tomar la espada de esgrima y cortar en franjas el retrato favorito de su padre, que le había encargado a sir Thomas Lawrence, un artista famoso. Eso había ocurrido luego de que su padre rompiera el microscopio de Chastity y le prohibiera pensar en estudiar anotomía o leer libros de medicina porque su único deber era convertirse en una dama perfecta, un miembro de la alta sociedad que aprende modales y las formas sutiles de conducir una conversación en sociedad.

—Bastardo —gruñó Dorian sin despegar la mirada del rostro arrogante de John Rose. No le vio ningún indicio de arrepentimiento en los ojos.

—¿Por qué? ¿Acaso lo privé de hacerlo con ella? —le preguntó Rose

—. Disculpe. Debería habérmelo dicho.

—La estaba asaltando —gruñó Dorian—. ¡Quiero venganza!

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—¿Qué ocurre aquí? —preguntó otra voz y alguien más apareció en las caballerizas.

Dorian notó que se trataba de sir Bertram, que estudiaba botánica y a menudo se lo veía con el señor Rose.

El rostro de John Rose registró sorpresa.

—¿Un duelo? ¿Por una criada? No he ofendido su honor… —Frunció el ceño confundido—. ¿O sí?

—Ha ofendido el honor de la muchacha —gruñó—. Y como no tiene a nadie que la defienda, lo haré yo.

John Rose negó con la cabeza.

—Señor, debo decir que su reputación es cierta. Nadie ha desafiado más duelos que usted en la historia de Oxford.

—Cierre el pico —escupió Dorian—. ¿Acepta?

—¿Qué está pasando? —preguntó el duque de Pryde, que entró por la puerta con una expresión perpleja y se detuvo al lado de sir Bertram.

Dorian conocía a Pryde, porque todos los hijos de aristócratas se conocían, pero jamás le había agradado demasiado. Le parecía un hombre distante, presumido y rígido. Pero quizás simplemente le recordaba a su padre. A su padre le hubiera encantado Pryde; hubiera sido el hijo perfecto.

—Al parecer, me han desafiado a un duelo —repuso Rose—. Y ni siquiera he ofendido al hombre en cuestión.

—Por favor, Perrin —intervino Bertram—, deje ir el asunto. Ya ha desafiado a cinco personas a duelo en lo que va del otoño.

—¿Lord Perrin? —le preguntó Pryde—. ¿Es cierto?

—Ha ofendido el honor de una mujer que no tiene ningún modo de defenderse. Tengo que defender su honor.

Pryde se estremeció y recorrió a Rose con la mirada. En ese momento, no se veía tan desarreglado; ya se había guardado la camisa en los pantalones, tenía el abrigo sobre los hombros y un tinte rosado en las mejillas.

—El señor Rose no es un hombre indecoroso —aseguró Pryde—. No atacaría a una mujer. Debe estar equivocado, lord Perrin.

—¿Acepta mi desafío o será un cobarde y se deshonrará aún más? —le preguntó Dorian con los dientes apretados.

El señor Rose se puso pálido, pero alzó la cabeza y asintió.

—Acepto.

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—Seré su padrino —se ofreció Pryde.

Lucien soltó un suspiró y negó con la cabeza.

—Y yo, el tuyo, Dorian.

—Al romper el alba en Shotover Park —continuó Dorian—. Puede escoger el arma.

La mañana llegaría, pero el señor John Rose jamás llegaría a sentir el calor del sol sobre la piel.

Con el recuerdo causándole pesar en el pecho, Dorian observó a la hermana del señor John Rose, su esposa, perdida en su trabajo y tarareando con suavidad.

Se preguntó qué habría ocurrido si John hubiera sobrevivido. ¿Les habría hecho daño a más mujeres? ¿Habría salvado a su familia, como tanto habían esperado? En mejores circunstancias, ¿acaso la señorita Patience Rose estaría casada con otro hombre a esas alturas?

El temor y los celos le llenaron el corazón. No le cabían dudas de que la mayoría de los hombres habría sido mejor partido para ella que él. Al fin de cuentas, la mayoría de los hombres no era el asesino de su hermano.

La mano derecha le dolió más y más bajo el calor del guante. Necesitaba volver al médico. Sin embargo, le diría lo mismo de siempre: tenía que quitarse el guante y dejar que la piel le respirara. La piel se le estaba sofocando, roja e inflamada, irritada y dolorida.

Pero no podía quitárselo. No podía mostrarle al mundo la evidencia física de esa mañana. La gente le haría preguntas. Todos hablarían de eso. Al igual que su pecado, la mano debía permanecer encubierta.

Patience ya había comenzado a penetrar en sus defensas con cada sonrisa dulce y caricia tierna, con su habilidad para ser una duquesa excelente. Se había colado por entre sus barreras, y eso lo aterraba de un modo que ningún duelo lo había llegado a aterrar.

A Dorian se le tensó el mentón y se le aceleró el corazón al verla enderezarse y quitarse la tierra de las manos. Sabía que debía darse la vuelta y ponerle fin a ese encaprichamiento infantil antes de que lo consumiera por completo.

Tendría que acudir a eventos sociales en Londres: bailes, veladas y cenas.

Pero mientras pensaba en eso, Patience alzó la mirada y sus ojos celestes se fijaron en él a través del ventanal. Entonces supo que ya no pertenecía más a sí mismo y nunca más lo haría.

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Pero tenía que guardar su oscuro secreto. Sin importar lo que le costara a su alma y a su corazón.

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La siguiente noche, Patience regresó a su recámara, y pudo jurar que intentó objetar su presencia, alarmado por el deseo en el cuerpo de sentirla contra él y de lo mucho que anhelaba tenerla bajo la misma manta en la misma cama.

Sin embargo, Patience no le prestó atención, y Titan no ayudó en lo más mínimo. A juzgar por el olor a carne cruda y el ruido de unos huesos golpeándose entre sí que provenía del otro lado de la puerta, supuso que su esposa también había encontrado el modo de conquistar el corazón de su leal perro.

Ignorando las protestas débiles de Dorian, se introdujo en la cama a su lado, y acomodó su pequeño cuerpo cálido, voluptuoso y suave. Y mientras la veía suspirar y derretirse contra él, no soportó la idea de echarla. El aroma a rosas le embargaba los sentidos, al igual que la piel aterciopelada y el cabello del color del sol… ¿Quién podría resistirse? Aunque lo que terminó por deshacerlo fue el trasero mullido apretado contra su entrepierna.

Mientras se calmaba y se quedaba dormida al lado de él, Dorian se fue excitando. El miembro se le encendió y se le endureció contra su cuerpo, que se encontraba tan cerca y estaba tan prohibido. Prohibido por sus propias reglas. Que lo condenaran a él y esas estúpidas reglas.

La primera noche, Patience había dormido mientras que él se había limitado a yacer despierto observando su rostro sereno, duro como una piedra tras haberla hecho acabar, y no había buscado su propio placer. La tortura de sentir su cuerpo contra el suyo lo hacía gruñir de impotencia.

La segunda noche, estaba más inquieta, y al cabo de media hora, seguía retorciéndose en sus brazos y contra su cuerpo. Por consiguiente, la erección dura como el hierro se le incrustó contra las suaves curvas.

—¿Qué es eso? —le preguntó inocente—. ¿Qué es esa cosa dura?

¿Tiene un palo?

Dorian soltó el aliento muy despacio.

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—No es un palo, primor.

—¿Y qué es, entonces? —le preguntó sin aliento.

Que Dios lo perdonara, pero ¿estaría tan empapada en la entrepierna como cuando la había azotado?

Su ingenuidad lo hizo endurecer aún más, y el miembro se apretó contra el almohadón de sus nalgas como si fuera el epicentro de todo su ser. ¿Qué no daría por embestirla contra el trasero cubierto por la camisola con tal de sentir placer y aliviar toda la tensión?

Por no mencionar hundirse en ella… en su calidez estrecha que nadie había tocado jamás… Era completa y absolutamente suya. Pero no podía hacerlo. Nadie más que él mismo había establecido esa regla. ¿Cuán débil sería si la rompía?

—Algo que no debería preocuparte —le respondió.

—Pero…

—Duerme, duquesa —le murmuró a un centímetro del oído, y el cabello sedoso le produjo un cosquilleo en los labios—. Si quieres regresar a mi cama mañana, debes dormir ahora.

En la tercera noche, sucumbió. Como siempre, Patience se acostó apretando la espalda contra su torso, y el miembro endurecido se le clavó en el centro de todos sus deseos: su trasero. Dorian la envolvió en sus brazos e inhaló el dulce aroma a rosas mientras ella respiraba relajada.

Pero de pronto, se dio vuelta como un pez fuera del agua y lo miró fijo. El rostro le quedó prácticamente pegado al de él. Dorian contuvo el aliento. Los pulmones no le funcionaban. Tenía los senos de su esposa apretados contra el pecho y una de sus piernas encima de la cadera.

—Date vuelta —le ordenó con la voz estrangulada y rasposa.

—Yo… eh… me preguntaba si llegar a sentir cierto… placer… o liberación… va en contra de sus reglas. Como cuando me dio las nalgadas. ¿Siempre me tiene que azotar para que pueda sentir eso?

Apretó los dientes e intentó reprimir un gruñido. Que Dios le diera las fuerzas para no arrojarse encima de ella.

—No, no hace falta que te dé nalgadas para… eso.

—Oh, es que…

La voz se le fue apagando, y Dorian tragó con dificultad y se le retorció el miembro. En ese momento, supo con absoluta certeza de que ella sería su perdición. Una criatura inocente y dulce como ella era lo que podía destruirlo por completo. Y jamás se enteraría.

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—¿Qué? —le preguntó.

—Me siento muy inquieta… Y estoy tan húmeda como ese día… en esa zona. Y quiero…

A Dorian se le tensó tanto el mentón que creyó que se le quebrarían los huesos. Como si tuviera voluntad propia, la mano le recorrió la curva de la cadera.

—¿Qué quieres, primor?

Patience le enterró los dedos en el cabello.

—¿Por qué tiene este mechón de cabello blanco? No puede ser tan grande… de seguro no es más grande de lo que hubiera sido John hoy, ¿no?

La pregunta lo hizo tragar con dificultad y cerrar los ojos.

—Mi vida no ha sido fácil. No tengo ningún control sobre el color de mi cabello. Es la única explicación que puedo darte.

Abrió los ojos y la miró fijo. Sus manos le hacían caricias suaves en el cabello, y no pudo evitar derretirse en ella. Le recorrió el vientre con la mano y la hizo contener el aliento y echar la cabeza hacia atrás para mirarlo con una dulce agonía.

—¿Esto es lo que quieres? —le preguntó.

Debería detenerse. Era una tortura. Eso lo estaba llevando en una dirección que había jurado evitar.

—Sí —le respondió moviendo las caderas en olas hacia él—. Sí. —¿Dónde las quieres? —le preguntó bien consciente de dónde

disfrutaría sus caricias.

Patience se mordió el labio inferior, y prácticamente le arrancó un gruñido.

—Allí —le respondió y, para su sorpresa, le tomó la mano y la guio por el estómago hasta detenerse en la entrepierna.

La podía sentir a través de la tela de la camisola. Estaba cálida… empapada… La muy pícara estaba excitada, lista para él… para sus caricias. Si Dios había querido castigarlo, lo había logrado.

—¿Está bien que quiera que me alivie esta tensión? —le preguntó—.

La vez pasada fue maravilloso.

Por todos los cielos, por más que él tuviera que sufrir, no hacía falta que ella también lo hiciera. Era inocente. Hasta cierto punto, era su deber hacerla feliz… aliviarle la tensión… y abstenerse sin importar lo mucho que le doliera o la deseara el miembro. Jamás la tendría.

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—Está bien —le murmuró al tiempo que le arrastraba la mano por la pierna y se la deslizaba por debajo de la camisola para acariciarle la piel desnuda—. Te aliviaré la tensión, primor.

Debía de encontrarse completamente bajo su hechizo porque no estaba pensando con claridad. De haberlo hecho, se habría detenido. Eso iba en contra de todo lo que había querido que fuera ese matrimonio. Una coexistencia sin sexo ni intimidad con el único objetivo de ayudarla a ella y a su familia… y de encontrar la redención.

Pero lo que había encontrado su mano eran los pliegues cálidos y húmedos de su entrepierna. La oyó soltar un jadeo ante la primera caricia y la sintió arquearse hacia él. Dorian se perdió en su expresión de placer y comenzó a provocarla. Mientras jugaba con sus pliegues y le acariciaba el capullo duro, su propio deseo lo hizo mover las caderas hacia ella.

Se perdió en esa tortura. No dejaba de oírla gemir y observarla contener el aliento mientras se aferraba a él y no dejaba de frotarle y acariciarle el clítoris. Su excitación le empapó la mano.

Por todos los cielos, cómo deseaba hundirse en su interior, pensó mientras Patience movía las caderas contra su mano en busca de satisfacer su propio deseo. Pero eso era lo único que jamás haría. No se permitiría la gratificación de tenerla.

Pudo sentir el momento exacto en el que se deshizo en sus manos. Jamás olvidaría esos dulces gritos de placer, ni el modo en que los dedos se le clavaron en los bíceps o su aliento le acarició el cuello.

Mientras se acurrucaba en sus brazos y le apoyaba el rostro en el corazón, tanto su aliento como su cabello le produjeron un cosquilleo en la piel. Dorian seguía inquieto, adolorido y casi a punto de explotar de deseo por ella. Ella se encontraba en sus brazos… y para siempre fuera de su alcance.

Entonces tuvo la certeza absoluta de que, ella era, en efecto, su castigo. Porque jamás dejaría de querer darle placer. Y jamás dejaría de desear a su propia esposa. No obstante, jamás podría tenerla. Porque cuando descubriera la verdad de lo que había hecho, jamás querría volver a encontrarse en la misma habitación que él.

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—Su jardín tiene muchísimo potencial —soltó Patience mientras el carruaje repiqueteaba—. ¿Solía tener un buen jardinero?

Dorian se veía increíblemente atractivo con el abrigo negro hecho a medida y el chaleco carmesí con el escudo de armas de los leones de Rath. El duque apartó la mirada de la pequeña aldea que estaban atravesando de camino a Londres para mirarla. Una tempestad se arremolinaba en lo más profundo de esos ojos, tenía el severo rostro iluminado por el atardecer que se colaba por la ventana, y el mechón blanco del cabello le brillaba bajo la luz fogosa del sol. Era impresionante.

¡Durante los últimos tres dichosos días, había estado haciendo su trabajo botánico! Había encontrado un sitio perfecto, había quitado los arbustos viejos y secos y trasplantado sus rosales allí. En el transcurso de las dos semanas que habían pasado huérfanos en las caballerizas de Rath Hall, al lado de la edificación de la lavandería, había ido a verlos y regarlos a menudo, que era lo único que podía hacer.

Al igual que ella, los rosales estaban sufriendo de la conmoción de haber sido desarraigados, transportados y trasplantados en un nuevo entorno. Y el único que había podido devolverle el sueño y hacerla sentir en casa había sido él. El hombre lleno de secretos. El hombre que le había dado nalgadas y luego le había brindado la experiencia más increíble de toda su vida. El hombre que anhelaba conocer a alma abierta. Su marido. El hombre que la mirada con el ceño fruncido y una expresión feroz.

—Sí, el anterior duque de Rath tenía un buen jardinero.

—¿Su padre?

La pregunta lo hizo parpadear con las pestañas alargadas. Luego se le oscureció la mirada.

—Sí.

—Qué bien. Estoy segura de que, si el jardinero hubiera podido seguir trabajando, el jardín se encontraría en excelente estado. La mayoría de las plantas parecen estar bien, aunque un poco crecidas y descuidadas. Pero

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entiendo por qué murieron sus rosas. No es por el descuido que sufrieron durante… ¿una década más o menos?

—Doce años —la corrigió Dorian.

¿Doce años? Patience frunció el ceño. Hacía doce años había fallecido John. ¿Se trataría de una casualidad o sería otra señal de la conexión entre su marido y su hermano?

Hacía dos días, le había preguntado a la señora Knight si sabía algo acerca de un señor John Rose que podría haber sido un amigo o un conocido del duque. El ama de llaves le había respondido con un tono severo informándole que no era asunto suyo hablar de los contactos sociales de su empleador. A la vez, había añadido que lo mejor era preguntarle a su marido o a sus amigos y familiares. La respuesta la había hecho sonrojar de vergüenza porque no se le había ocurrido a ella misma. Esa noche quizás le podría preguntar a lady Buchanan o a alguno de los amigos de Dorian, si acudían a la velada.

—Bueno, el motivo por el que la mayor parte del jardín se ha secado y las plantas se han muerto es por una enfermedad. Vi señales de moho, plagas y óxido. Las rosas de Damasco son muy susceptibles a todo eso. Así que supongo que, sin un jardinero que pudiera combatir las enfermedades o remover las plantas más afectadas, tuvieron que luchar por sus vidas o morir. Algunas plantas no han logrado sobrevivir sin cuidados.

Dorian se frotó la mano enguantada y, cuando Patience posó la mirada en ella, la ocultó detrás de la espalda.

—El antiguo jardinero falleció al poco tiempo de la muerte de mi padre —le explicó—. Y jamás me molesté en contratar a nadie más.

—¿Por qué no?

La pregunta le costó una mirada llena de furia. ¿Sería que la ignoraría o le ladraría alguna orden para que no le hiciera más preguntas? Una cosa era segura: la sorprendió que le respondiera con tristeza:

—Porque nunca me gustó ese jardín.

A Patience se le formó una sonrisa en los labios.

—Pues, le parecerá mucho más hermoso cuando haya terminado de trabajar en él.

—No —le dijo—. Permíteme ser muy claro: solo puedes plantar tus rosas. No puedes tocar más nada.

Patience frunció el ceño.

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—Oh, qué pena. Podría ser muy hermoso. Y el invernadero… — añadió con tono de soñadora.

Una sensación cálida la embargó al imaginarse la gloria que podría adquirir ese invernadero. Podría ser un sitio donde coleccionar plantas tropicales, estudiar sus patrones, aprender a ayudarlas a proliferar y fortalecerlas, esbozarlas, pintarlas y documentarlas. Quizás hasta podría lograr hacerlas florecer y dar semillas. Y podría encontrar plantas que tuvieras usos medicinales prácticos.

Dorian frunció el ceño aún más.

—No quiero que lo toques. Esa es la regla. Te permití plantar los rosales, pero solo porque te veías muy miserable.

—Por supuesto.

La observó en silencio y se le suavizó la mirada.

—Nunca tuve la intensión de hacerte sentir tan triste —admitió.

—Oh —repuso a falta de palabras.

Entonces le sonrió y, para su sorpresa, vio el asomo de una sonrisa en los labios de su marido. Pero se desvaneció tan rápido, que culpó a su imaginación.

—Bueno, estoy mucho menos triste desde que fui a su recámara hace tres noches —le aseguró.

Dorian asintió con la cabeza.

—Me alegra.

Se aclaró la garganta y descruzó las piernas, que se veían muy firmes y musculosas en el par de pantalones beige que llevaba puesto. Luego las volvió a cruzar.

—¿Qué podría hacerte más feliz aún? Ella lo estudió parpadeando. —¿Acaso intenta…?

—Tengo mis reglas. Pero me gustaría saber cómo aliviar tus inquietudes en mi… es decir, en tu nuevo hogar.

Con eso supo que seguía estando sola. Dormía bien en sus brazos y se sentía mejor, pero pasaba los días sola. Su familia la había dejado de manera abrupta luego de la boda…

—Si pudiera volver a ver a mi familia una sola vez… —susurró—. Para asegurarme de que les va mejor. De que nuestro matrimonio… este sacrificio… ha dado frutos y se encuentran bien. Dorian asintió con la cabeza sin dudarlo.

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—Le escribiré a tu padre para invitar a tu familia por una semana. ¿Te gustaría?

Toda la tensión que había tenido en el pecho se le desvaneció, y los labios esbozaron una sonrisa.

—¿Si me gustaría? ¡Oh, eso sería absolutamente maravilloso!

En ese instante, el carruaje redujo la velocidad, lo que anunció la llegada al destino. La mansión de Mayfair era hermosa e imponente. Como si tuviera alas, Patience pasó el brazo por el de su marido y subió los escalones que conducían a la entrada principal. Al poco tiempo, entraron en el salón de baile acompañados por un mayordomo muy riguroso.

Patience estaba tan cegada por los cristales destellantes de los candelabros, los diamantes que decoraban los cuellos y las prendas de las hermosas damas y los distinguidos caballeros que tuvo que entrecerrar los ojos. Un contraste absoluto entre todo ese resplandor y lo que sentía: los nuevos cortes y rasguños que se había hecho con los rosales le picaban tanto bajo los guantes de seda, que quiso quitárselos.

Ese era su primer baile en la alta sociedad londinense, y no podía sentirse más fuera de lugar mientras ingresaba en el gran salón lleno de espejos alineados contra las paredes grises azuladas y los cientos de velas que ardían en los candelabros ornamentados. La velada de lady Buchanan de hacía unos días había sido acogedora y familiar en comparación con el gran salón de baile y el alto número de invitados que llevaban vestidos y tocados a la moda.

Patience sospechaba que, si no se aferraba al codo de su esposo, podría caerse. El corsé bien amarrado no la ayudaba. Mademoiselle Antoinette se había lucido y superado al vestirla con un atuendo de color azul pastel exquisitamente bordado y con una delicada capa de tul. La criada también había hecho una obra de arte con su cabello, y le había añadido rosas de tela en varios tonos de celeste, desde el pálido de un glaciar hasta el intenso color del cielo que tanto se asemejaba al de los ojos de su marido. Los esfuerzos habían dado sus frutos. Al mirarse en el espejo antes de salir de la habitación, Patience no se había reconocido. La intensa mirada de Dorian, que parecía quemarle la piel, lo confirmaba. Su brazo se sentía sólido bajo su mano, su presencia feroz le resultaba reconfortante frente a todos esos desconocidos.

—¿Lo he complacido la primera noche? —le preguntó.

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Los músculos del antebrazo se le tensaron debajo de la palma. —Disculpa, ¿qué has dicho?

—¿Lo he complacido? —repitió—. Cuando me dio las nalgadas… —¿Por qué me lo preguntas ahora? Estamos rodeados de gente. —Quiero saber. Es una pregunta sencilla. ¿Sí o no?

Dorian gruñó y caminó hacia adelante arrastrándola con él. Patience tenía el corazón acelerado en el pecho. Muchos pares de ojos los siguieron, pero en lugar de encogerse, Patience encuadró los hombros. El pobre Dorian se veía de lo más abatido. A pesar de la fachada cascarrabias, sus ojos reflejaban un dolor que lo acechaba.

—Solo he sido infeliz en Rath Hall durante los últimos dieciocho días —le dijo Patience—. Ese es el tiempo que llevamos casados. Pero usted parece como si hubiera sido infeliz toda la vida. Por favor, respóndame si lo he complacido.

Inhaló profundo, y el brazo se le endureció como una piedra.

—Muy bien —continuó—. Si no me quiere responder, lo haré yo. Usted me complació esa noche —le declaró con un tono bajo para que nadie los oyera—. ¿Lo he complacido… esa noche y anoche?

Cuando estiró el cuello para mirarlo, pareció estarse ahogando.

—Sí —logró responder.

Patience sintió que los labios se le estiraban para formar una sonrisa ancha y completamente genuina. El corazón se le llenó de alegría.

—Qué bueno —dijo—. Me gustaría complacerlo más. Me gustaría darle placer como me lo da usted.

Negó con la cabeza y le acercó la boca al oído.

—No, no te gustaría, primor. —El aliento cálido le produjo un cosquilleo en el borde de la oreja—. Sin importar lo mucho que lo desee.

Antes de que pudiera hacerle más preguntas al respecto, la tía se acercó a ellos. Lady Buchanan llevaba puesto un despampanante vestido rojo con una cintura delgada y una peluca blanca alta con un increíble ornamento de plumas y joyas.

—¡Oh, por fin los encuentro! —Se le iluminó el rostro—. Cielos, Patience, te ves aún más hermosa hoy, si es que eso es posible.

Patience le devolvió la sonrisa.

—¿Cómo se encuentra, tía? ¡Usted también se ve hermosa!

—Dorian, querido, ¿nos puedes servir un poco de ponche? —le pidió lady Buchanan.

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—Por supuesto, tía —respondió Dorian. Habían llegado a un aparador en el que había un cuenco gigante y algunas copas. Sirvió ponche en una copa y se lo entregó. Olía a manzanas y naranjas, y Patience se dio cuenta de que tenía mucha sed—. ¿Cómo se encuentra Chastity? No está aquí, ¿no?

—No, claro que no —repuso lady Buchanan soltando la mano de Patience y dándose la vuelta para observar a los invitados—. Ya la conoces. Debe estar leyendo el fascinante último número de la revista de medicina que le acaban de entregar. Pronto regresará a Rath Hall, tras haberles dado suficiente tiempo a solas a los recién casados para que se conozcan.

—Por supuesto. —Dorian se rio entre dientes mientras servía otra copa y se la ofrecía a Patience. Cuando tomó la bebida, sus miradas se encontraron y sus dedos se rozaron, y pudo sentir una descarga de placer a través de los guantes—. Chastity no acude a bailes, ni veladas, ni cenas, ni a ningún evento social.

Patience se rio.

—En este momento, por encantadora que sea esta noche, envidio ese privilegio.

Dorian soltó un suspiro.

—Yo también.

Patience lo miró sorprendida. Era tan poderoso, adinerado y confiado… No pensaba que fuera alguien que intentara evitar a la sociedad.

—Oh, ya basta —los interrumpió la tía, que había bebido un sorbo de ponche y dejado la copa en la mesa—. Debemos presentar a mi querida sobrina nueva ante la sociedad de Londres. Ninguno de los dos tiene el privilegio de ocultarse de las obligaciones sociales. Pronto, querida Patience, tendrás que organizar bailes, veladas y cenas para los miembros de la alta sociedad, así como también eventos de caridad. Y todo eso es para mantener el poder y las conexiones de tu marido y de la familia Perrin. Acudir a veladas y bailes es solo el primer paso, pero te ayudaré en todo lo que quieras. —Tras asegurarle eso, se dio la vuelta—. Oh, marqués de Huntingham —lo llamó.

El hombre se acercó y le hizo una reverencia. Al reconocer a Dorian, hizo otra.

—Rath —lo saludó con una expresión fría en el rostro.

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A Patience le pareció un hombre de casi treinta años, alto y atractivo, con pómulos altos, ojos grandes de color café, mentón cuadrado y una melena de cabello castaño oscuro. Pero bajo su expresión de amabilidad, se ocultaba un semblante lleno de arrogancia. Dorian lo saludó con frialdad.

—Y esta es mi nueva sobrina, la duquesa de Rath —anunció orgullosa lady Buchanan.

El marqués asintió con la cabeza y los ojos oscuros la recorrieron con una mirada evaluadora.

—Es un placer conocerlo, milord —le dijo Patience.

Cuando la mirada del marqués se posó un instante en su pecho, se le pusieron los nervios de punta. Solo quería que un hombre la mirara de ese modo… el hombre que se encontraba a su lado.

Al igual que el duque de Luhst, el marqués le estiró la mano para tomarle la suya.

—El placer es mío.

Patience lo dudó. No quería colocar la mano sobre la del marqués, pero la alternativa era avergonzar a Dorian o a lady Buchanan con sus malos modales. A regañadientes, colocó la mano sobre la de él para que le depositara un beso en los nudillos. El marqués le sostuvo la mano más tiempo del que le pareció necesario, y prácticamente se la tuvo que apartar a la fuerza.

—¿En qué ocupa el tiempo por estos días, Huntingham? —le preguntó Dorian, cuya irritación era más que visible.

—Oí que estaba buscando una esposa —añadió lady Buchanan.

El marqués asintió con la cabeza.

—Así es. Aunque esta temporada es bastante aburrida. Bueno, al menos hasta que conocí a la nueva duquesa. Debo confesar que, si pudiera encontrar una esposa tan hermosa como la suya, sería el hombre más feliz sobre la tierra, lord Rath.

—Me temo que no será posible —gruñó Dorian con un tono más fuerte de lo que estaba socialmente aceptado. Varias cabezas se volvieron a mirarlos—. Ella no está disponible.

El marqués dio un paso hacia atrás y miró los puños cerrados de Dorian.

—Por supuesto, Rath. Solo intentaba ser amistoso. Bienvenida a Londres, milady —añadió antes de darse la vuelta y desaparecer entre la

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multitud.

—¡Dorian! —lo reprochó lady Buchanan—. ¿Dónde están tus modales?

Patience parpadeó. El tono de voz de su marido la había tomado por sorpresa. ¿De verdad le temía al encanto del marqués o a que se encontrara atraída hacia otro hombre? La idea de que pudiera estar preocupado por algo como eso le produjo una ola cálida en todo el cuerpo.

Cada gesto y cada mirada proyectaban una autoridad silenciosa que la hacían sentir a salvo y querida. En presencia de su marido, se sentía protegida de las crueldades del mundo. Su protección feroz la envolvía como una promesa tácita. No podía evitar admirar el modo en que la defendía y cómo su fuerza le demostraba que jamás se encontraba realmente sola. Anhelaba decirle y demostrarle que no podría haber nadie más para ella. Para bien o para mal, él era suyo, y ella, suya.

A lo largo de la velada, lady Buchanan le presentó a más personas. Lady Whitemouth, que había querido saber más acerca de la familia de Patience y su posición social y se había quedado escandalizada al enterarse de que su padre era un simple terrateniente en el norte.

Mientras le presentaban a más damas y caballeros, Patience sintió como si estuviera bailando de una persona a la siguiente. Lo único que tenía que hacer era sonreírles y preguntarles lo que pensaban, opinaban y conocían. A todos les gustaba hablar de sí mismos, y pronto sintió como si hubiera entablado muchas amistades nuevas.

Dorian les siguió ladrando a los hombres que le hacían algún cumplido. Ese tipo de comportamiento acabó por espantar a varios caballeros, que preferían retirarse a lidiar con su temperamento. Patience se preguntó si los hombres le temían al poder y dinero que tenía Dorian, a la idea de perder una importante conexión con la familia Perrin o, simplemente, a él.

Al poco tiempo, alguien le pidió a lady Buchanan que se acercara a otra esquina de la habitación mientras algunas parejas se reunían en el centro para comenzar a bailar.

Una hermosa mujer de casi treinta años y con un refulgente cabello castaño, se acercó a Dorian con movimientos llenos de gracia. Patience miró la escena sorprendida preguntándose cómo alguna vez podría igualar tanta elegancia. Se movía con el aplomo de toda una duquesa: con la espalda erguida y la cabeza en alto. Tenía unos rasgos preciosos: los ojos

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de color café y unos pómulos altos en un rostro perfectamente esculpido. Tenía una tez suave y radiante que le daba a su complexión el aspecto de la seda más pura. Sin embargo, fue la intensa mirada reservada que le dirigió a Dorian lo que más la cautivó porque dejaba entrever un mundo privado compartido solo entre ellos dos. «Como los que dos personas comparten en una recámara», le dijo una voz afilada.

—Lady Hargrave —la saludó Dorian.

—Milord —le devolvió el saludo con una sonrisa perezosa y la voz aterciopelada.

Llevaba puesto un vestido elegante que no necesitaba ser revelador para mostrar que tenía una silueta hermosa, con una cintura delgada, unos senos exuberantes y unas preciosas caderas femeninas. Era más alta que Patience, aunque la mayoría de las mujeres lo eran, y mucho más adecuada para Dorian que ella.

—Qué maravilloso verlo —añadió la mujer. Se detuvo muy cerca de Dorian, mucho más cerca de lo que a Patience le hubiera gustado—. Ya no suele honrarnos con su presencia en los eventos sociales de Londres — señaló—. Su ausencia se ha hecho notar.

Patience iba a explotar. Por primera vez, entendió a Dorian cuando ladraba y explotaba sin razón delante de otros caballeros porque, en ese momento, se sentía exactamente igual. Caliente e irritable por dentro, como si fuera un caldero tapado a punto de explotar y arrojar ira ardiente encima de lady Hargrave. Pero no, ella no era así. Sus padres le habían enseñado que tenía que ofrecerle su elegancia a la gente. Y, a lo mejor, esa mujer no era la amante de Dorian. Quizás ese era simplemente su modo de ser. Podría ser una mujer de lo más amable y gentil y una excelente amiga. ¿Qué sabía Patience acerca del pasado de su esposo, de la sociedad londinense, la política y las relaciones que tenía que tener la gente para tener éxito y progresar en base a sus intereses?

—Permítame presentarle a mi esposa —le dijo Dorian—, la duquesa de Rath.

Los ojos de la mujer se posaron sobre Patience carentes de sorpresa. De seguro, había leído las noticias de la boda en los periódicos. A lo mejor, los leía a menudo por si se enteraba algo acerca de Dorian.

—Oh, qué maravilloso conocerla, milady —dijo lady Hargrave. Sin embargo, no parecía creer que fuera para nada maravilloso. Por el contrario, parecía bastante irritada.

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—Igualmente —dijo Patience con su sonrisa radiante, la que usaba como armadura y no era una debilidad—. Veo que conoce a mi marido.

La mujer le ofreció una sonrisa astuta.

—Somos viejos amigos.

Patience asintió amable.

—¿Y su marido también lo conoce?

Lady Hargrave la miró como un padre dirigiéndose a una niña ingenua.

—Sí. Son muy buenos amigos.

Patience sintió como si una piedra se le hubiera hundido en el vientre. ¿Cómo podían compararse sus encantos simples con la sofisticación de lady Hargrave? No, no se afligiría por eso. Tenía que guardar la calma y no avergonzarse ni avergonzar a Dorian.

—Bueno, en ese caso deben venir a Rath Hall a cenar.

—Por supuesto —accedió lady Hargrave con un entusiasmo bastante forzado.

La conversación continuó unos instantes más, pero Patience no se molestó en hacer hablar a esa mujer como había hecho con otros invitados. Nada de lo que pudiera decir lograría conquistar a lady Hargrave ni hacerla desistir de seducir a su marido. Aceptó con tristeza que no podía conservar algo que no le pertenecía. Si Dorian quería encontrar satisfacción en otro sitio, lo haría.

Al mirar a la derecha, vio al duque de Pryde hablando con otro invitado a unos pocos pasos de distancia. Le pareció que acababa de llegar y que aún no había tenido la oportunidad de saludarlos. Patience quería hablar con él. Dorian se había negado a hablar del incidente que había ocurrido en Oxford y había involucrado a su hermano. Pero podría preguntarle a Pryde, y a lo mejor él se lo contaría.

Se excusó ante Dorian y lady Hargrave por mucho que le doliera dejarlos a solas. Sabía que tenía que confiar en su marido. De lo contrario, ese matrimonio estaba condenado. Dorian la observó anonadado mientras se alejaba, pero no la siguió. De seguro quería hablar con lady Hargrave en privado.

Mientras Patience avanzaba entre las damas y caballeros e inhalaba los embriagantes perfumes, Pryde la vio acercándose y le asintió con la cabeza al tiempo que le ofrecía una sonrisa amable. Le presentó al caballero con el que estaba conversando, y hablaron durante unos minutos hasta que, por fortuna, alguien distrajo al caballero.

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—Señor, ¿puedo hablar con usted en privado? —le preguntó mirando alrededor para asegurarse de que nadie los hubiera oído.

—Dudo que a Dorian le agrade eso —le respondió Pryde sin mirarla.

Tenía razón. Eso no se podía negar.

—Por favor, no llevará demasiado tiempo. Se trata de Dorian.

Pryde asintió con la cabeza.

—De acuerdo. —Se apresuró a conducirla a una esquina tranquila donde había poca gente alrededor—. ¿En qué la puedo ayudar?

—Entiendo que no debe aprobar nuestro matrimonio —comenzó Patience—, y tiene razón. No me merezco el nombre de Rath. No nací en una familia aristocrática. Carezco de educación, preparación y modales. Pero tengo la intención de ser una esposa digna de él. Sé que él es mucho más que todas esas explosiones de ira.

Pryde quedó anonadado durante varios instantes mientras la miraba fijo. Por fin, repuso:

—Debo admitir que no esperaba oírla decir eso.

—Oh, supongo que también he sorprendido a Dorian en varias ocasiones. —Sonrió y descubrió que la mirada del duque de Pryde se ablandaba un poco.

—No es a usted en particular a quien desapruebo —le aseguró Pryde con un tono de voz más suave.

—Y entonces, ¿de qué se trata? —le preguntó.

—Me temo que no puedo responderle eso.

—¿Es algo relacionado con mi hermano? —le preguntó, y supo que estaba en lo cierto por el modo en que el duque se quedó sin habla y tan indefenso, que los ojos de color café se le ablandaron y abrieron de par en par—. ¿Se trata del incidente que ocurrió en Oxford del que usted, Dorian y Luhst estaban hablando hace unos días?

El duque ocultó cualquier expresión del rostro y apartó la mirada.

—Su hermano estaba angustiado.

—¿Angustiado? —le preguntó con el ceño fruncido—. Nunca en mi vida lo vi angustiado. ¿Qué era lo que lo tenía así?

—No lo sé, duquesa. Mire, es difícil aceptar que alguien se haya quitado la vida, pero cuanto antes lo acepte, mejor será.

—Entonces, ¿el incidente de Oxford está relacionado con el suicidio? —le preguntó sin dejarse disuadir—. ¿Qué relación tiene mi marido con eso?

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Pryde soltó un suspiro.

—No me lo debería preguntar a mí, sino a Dorian. Y precisamente porque me agrada como persona, me siento obligado a decirle que le informaré a Dorian de estas preguntas. Le di mi palabra a su marido, y no es nada personal contra usted.

Patience enderezó los hombros.

—Por supuesto. Debe hacer lo que sea necesario. Le agradezco por su tiempo, milord.

Tras decir eso se marchó y comenzó a avanzar entre la multitud. Estaba preocupada por la reacción de Rath ante sus preguntas. ¿Querría volver a castigarla? ¿Haría algo peor en esta ocasión? ¿Algo que realmente no le gustaría? Oh, cielos, no le quitaría las rosas, ¿no?

A pesar de las consecuencias, no podía detenerse hasta no develar la verdad.

Si Pryde y Dorian no le querían contar nada, aún había una persona a la que le podía preguntar… aunque su marido se pusiera furioso.

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16

A los siete días, llegó la familia de Patience.

Mientras Dorian y Patience aguardaban de pie en la entrada de Rath Hall para saludar a los Rose, los miembros de la familia comenzaron a apearse del carruaje que había enviado a recogerlos. Eran una familia numerosa, alegre y ruidosa. Todos tenían las mejillas sonrosadas y el cabello enrizado.

Lo cierto era que Dorian no quería ver a los Rose más de lo estrictamente necesario. Pryde había tenido razón. Ahora no solo tenía que lidiar con la hermana de la víctima de su crimen, sino también con toda su familia. No había considerado la posibilidad de que existieran familias en las que todos los miembros se quisieran y anhelaran ser parte de la vida de los otros.

A pesar de todo, cualquier inquietud y pesar desapareció al ver a Patience. Todo su rostro se había transformado, y le produjo algo cálido en el corazón similar a una explosión de fuegos artificiales. Se le ocurrió algo extraño: ¿eso sería la felicidad?

Patience echó a correr a los brazos de sus padres y abrazó a cada una de sus hermanas. El abrazo más largo fue con una mujer joven, apenas más alta que ella y más delgada. Se trataba de Anne, su hermana favorita, de la que tanto le había hablado.

Ver a Patience destellar y florecer a diario gracias a que dormía bien y pasaba tiempo en el jardín, le producía una interesante sensación cálida, como si algo moviera unas pequeñas alas en el centro de su pecho… ¿Sería eso la felicidad? Debía serlo. Para ser feliz, solo tenía que hacerla feliz a ella. Qué noción más extraña. Tenía treinta y dos años y acababa de tener esa epifanía. ¿Acaso había hecho feliz a tan pocas personas en su vida como para nunca haber hecho esa relación hasta ahora?

Durante las últimas siete noches, Patience había seguido acudiendo a su cama. Dorian estaba feliz de complacerla: le abría los brazos y le acomodaba la cabeza en el pecho. Sentirla suspirar y derretirse contra él,

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saber que confiaba en él y encontraba la paz que necesitaba para descansar en sus brazos le daba mucho placer. Sin embargo, debido al secreto que ocultaba, jamás podría hacerla realmente feliz. Si Patience supiera lo que había hecho, jamás lo perdonaría.

El primer día con la familia se pasó entre paseos y, para su turbación, conversaciones. Caminaron por el jardín, y Dorian observó unos pequeños capullos en las rosas de Patience. Luego llevó al señor Rose a cabalgar, pero este se movía como un pez fuera del agua y le rogó que se detuvieran a los pocos minutos de partir.

Durante el resto de la jornada, la familia se comportó como si fuera su salvador. Le aseguraron que por fin podían dormir mejor por las noches y que el señor Rose tenía varias ideas para mejorar la propiedad y tener el dinero suficiente para contratar a algunos criados el año siguiente.

Tanto la señora Rose como las hermanas de Patience se sonrojaban inmensamente cada vez que un lacayo les ofrecía una taza de té o les abría una puerta. Ninguna dejaba de parlotear acerca de lo hermosa que era Rath Hall, lo afortunada que era Patience y lo agradecidas que estaban de que Dorian fuera parte de la familia.

Dorian no pudo dejar de rechinar los dientes. Todo le parecía una tortura. No debería haberlos invitado. No se merecía ni su amor, ni su gratitud, ni tampoco su admiración. Si supieran lo que le había hecho a su amado hijo, jamás querrían tener nada que ver con él. Al final, llegó la hora de la cena y se vio obligado a sentarse a la mesa con todos.

El gran salón estaba listo para recibir a los invitados de honor: un majestuoso candelabro de cristal colgaba del ornamentado cielorraso encima de la alargada mesa entallada, y los espejos con marcos dorados reflejaban la titilante luz de muchas velas. En el aire pendían los aromas deliciosos a carnes asadas, verduras y salsas cremosas, que se mezclaban con las esencias florales de los centros de mesa.

Los lacayos vestidos con libreas de color carmesí se movían silenciosos por la habitación para servir el vino y presentar cada plato con una precisión practicada mientras Popwell los supervisaba.

Dorian echó un vistazo al extremo opuesto de la mesa, donde se encontraba sentada Patience. Se veía hermosa con un destellante vestido de cena rosa pálido y una sonrisa tan intensa que iluminaba toda la habitación. Era la primera vez que compartía una comida con su esposa, y estaba sorprendido de lo mucho que le agradaba hacerlo. Por lo general,

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sus cenas eran tranquilas y solitarias, pero ahora se oían los sonidos metálicos de los tenedores y las cucharas, la conversación mal orquestada, las carcajadas fuertes, las interrupciones y los debates. Se sintió como si fuera parte de una familia.

Se preguntó cómo había sido para Patience crecer con el señor Rose como padre. Si Dorian hubiera nacido en la familia Rose, ¿se habría convertido en un niño malcriado y arrogante como John, o habría sido como era, pero más dócil de tratar? El señor Rose no habría matado a la mascota de su hijo, ni hubiera enviado a la señora Rose lejos para criar un heredero digno. El señor Rose no lo hubiera hecho entrenar a diario ni hubiera avergonzado a sus hijas por demostrar interés en la ciencia. Tampoco hubiera encerrado a Dorian en un invernadero para que pasara hambre y sed hasta que por fin se escapara con cortes tan profundos en los brazos que casi perdía la vida por la pérdida de sangre. Sin embargo, nada de eso importaba ya. Todo estaba en el pasado. Le era difícil imaginar tener una familia tan unida en la que todos sabían todo acerca de cada miembro y se querían mucho.

Luego de la cena, se sentaron en la sala de estar a beber oporto.

—Si hay algo que desearía —comenzó la señora Rose al tiempo que le daba una palmadita en la mano a Patience— es que tu hermano estuviera aquí para verte feliz. Hubiera estado muy orgulloso de ti.

Patience le sonrió con cariño.

—Estoy segura de que sí. Yo también desearía que John estuviera vivo, mamá.

—Él también estaría casado a estas alturas —añadió el señor Rose—. Estoy seguro de eso. Era un muchacho tan atractivo… ¿No cree, lord Rath?

Todos los ojos se posaron en Dorian, que se quedó petrificado, con la copa de camino a la boca. El único sonido que se oía era el de los carbones que crepitaban en el hogar.

—¿Conoció a John, milord? —le preguntó Patience.

Le había ordenado que no le hiciera preguntas, pero al interrogarlo delante de su familia, lo había acorralado. La bestia en su interior rugió. Sabía que explotaría y no podría controlarse. Maldita sea.

—Sí, por supuesto que el duque lo conoció, Patience —le respondió el señor Rose—. Tanto él como el duque de Pryde. Cuando John me escribía, hablaba de todos sus amigos. Estaba muy orgulloso de que hubiera

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entablado amistad con miembros de la alta sociedad. ¿Acaso no es ese el motivo por el que pidió la mano de Patience en matrimonio, lord Rath? ¿Porque conocía a John?

Dorian sintió que los hombros y el mentón se le tensaban. ¿Cómo diablos saldría de esa situación?

—Hummm —masculló.

—¿Usted también quedó devastado con las noticias de su muerte? —le preguntó la señora Rose con lágrimas en los ojos—. Oh, cielos, claro que sí. Se encontraba allí cuando ocurrió, ¿no? Fue en octubre, cuando las clases ya habían comenzado.

—Sigo sin comprender qué lo llevó a quitarse la vida —comentó el señor Rose con pesar y los ojos llenos de lágrimas.

Dorian estaba en el infierno. Se sentía tan pesado como una piedra, tenía calor y estaba sudado. Su mente regresó a esa mañana en Shotover Park.

El bosque alrededor de Oxford estaba en calma bajo la tenue luz del amanecer. Dorian tenía la respiración agitada y su aliento se disolvía en la lluvia delgada que parecía una pesada neblina a su alrededor.

Tanto los árboles negros como las sombras entre la neblina eran como grietas que daban a un mundo oscuro. Los graznidos de los cuervos ocultos eran lo único que interrumpían el silencio. El agua fría se coló en los zapatos de Dorian debido al césped empapado.

Pryde llevaba puesto su abrigo índigo y una inmaculada camisa blanca y sostenía una caja con dos pistolas de duelo.

—Aquí están las pistolas, caballeros.

Dorian se sonrojó de ira. Fulminó con la mirada al señor John Rose, su oponente, que se encontraba de pie delante de él, al lado izquierdo de Pryde. La furia le circulaba por el cuerpo como olas de fuego. Anhelaba guerra, destrucción y enemigos con los que acabar. Cualquier cosa con tal de aliviar la energía devastadora que pulsaba por su cuerpo como el coro de los tambores de batalla.

—Caballero es una palabra muy generosa para el señor Rose —soltó Dorian con los dientes apretados.

—Dorian… —Lucien lanzó la advertencia cansado.

El señor Rose arqueó una ceja rubia y se cruzó de brazos. Dorian pudo ver las costuras raídas de su abrigo, así como también la tela desgastada. A lo mejor, había sido del padre de John; quizás se lo había dado con amor y

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bendiciones para ir a la Universidad de Oxford y construir una vida. Quizás su madre lo había enmendado con delicadeza, lo mejor que pudo, para que se viera bien entre los hijos de los aristócratas. ¿Habrían aprobado el comportamiento de su hijo la noche anterior? ¿Habrían creído que su adorado hijo sería capaz de hacerle daño a una mujer?

Era evidente que ese encanto manipulador había surtido efecto en

Pryde, que no creía que Dorian hubiera visto el rostro angelical del señor

Rose atacando a una muchacha en la taberna.

—¿Puedes inspeccionar las armas, Luhst? —le pidió Pryde—. Luego, haré lo mismo, para garantizar la precisión y la justicia del duelo. A continuación, las cargaremos.

Como de seguro el señor Rose no poseía pistolas, Pryde debió haberle ofrecido las suyas para el duelo. Las armas destellaban bajo la luz temprana del día y eran exquisitas. Lucien las inspeccionó y miró los dos cañones.

A Dorian le latía la cabeza, los mismos pensamientos le acechaban la mente desde la noche anterior. Su padre había muerto. Muerto. ¡Maldita sea! Debería sentirse aliviado. Por fin, ese déspota, el hombre responsable por todas las cosas malas que le habían ocurrido en la vida, no podía hacerle más daño. Ni a él, ni tampoco a Chastity. Pero lo único que sentía era ira.

Lucien asintió con la cabeza y apoyó las pistolas en la caja. Cuando una rama se quebró a unos pocos metros de distancia, entre unos arbustos, los cuatro hombres se volvieron en esa dirección. En el hueco entre los árboles sin hojas, a Dorian le pareció ver un destello blanco.

Lucien lo miró preocupado.

—Maldita sea —masculló—. Nadie puede enterarse del duelo.

Pryde dejó la caja con las pistolas sobre el tocón de un árbol, y se apresuró hacia los arbustos avanzando entre el césped húmedo con Lucien a sus espaldas. Dorian dio unos pasos en esa dirección, pero se detuvo porque no quería dejar al señor Rose a solas con las armas.

Al cabo de varios minutos, Lucien y Pryde regresaron para informarles que no habían visto a nadie. Dorian se sintió aliviado y se volvió hacia el señor Rose…

Por el rabillo del ojo llegó a divisar un movimiento. El señor Rose se había agachado cerca de las pistolas y se estaba enderezando. Su rostro

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registró la expresión efímera de alguien que había sido descubierto haciendo algo que no debía.

—¿Qué ha hecho? —le preguntó Dorian.

El señor Rose parpadeó rápido y dio un paso hacia atrás.

—Le aseguro que no he hecho nada, señor.

Dorian avanzó hacia él.

—Manipuló las pistolas, ¿no?

—Pero ¿qué sucede? —preguntó Pryde, al tiempo que se acercaba con Lucien a ellos.

—¡El señor Rose manipuló las pistolas! —exclamó Dorian.

Pryde registró una expresión avergonzada y frunció el ceño. Se pasó una mano por el espeso cabello castaño.

—El señor Rose no haría algo tan deshonroso, ¿no es cierto, señor Rose?

Sin embargo, la voz de Pryde tenía una nota de duda.

—Jamás —repuso John—. Simplemente quería admirar el trabajo, que es de lo más exquisito. Jamás he visto armas tan hermosas en toda mi vida.

—Bueno, gracias —le dijo Pryde—. Pero… El señor Rose bajó la mirada arrepentido.

—No me debería haber acercado a las armas. Si lo desea, nos podemos encontrar aquí mañana por la mañana con las armas de su elección, duque.

—¡Todavía no soy el duque! —rugió Dorian—. Aún no me han otorgado el título oficialmente. Maldita sea. Quiero acabar con esto de una vez.

Lo cierto era que necesitaba ese alivio, esa distracción de violencia, tras haber aprendido de la muerte de su padre.

—Inspeccionaremos las armas con mucho detenimiento —dijo Lucien.

—Por supuesto —acordó Pryde.

Sin perder tiempo, los padrinos del duelo inspeccionaron cada una de las pistolas, examinaron los cañones y comprobaron todos los mecanismos. Dorian los observó con la mirada de un halcón, listo para escudriñar cualquier indicio de juego sucio. Al final, Pryde asintió con la cabeza.

—Todo parece estar en orden.

Cargaron las pistolas con cautela, llenando la boca de cada arma con pólvora. Pryde le entregó una al señor Rose, que se había puesto pálido y había perdido la expresión angelical del rostro. Lucien le entregó la otra a

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Dorian, que la sujetó con firmeza, al tiempo que aumentaba la ira que le latía en el pecho.

Los contrincantes tomaron sus puestos y se pararon espalda contra espalda.

—Yo contaré —dijo Pryde con un tono solemne—. Veinte pasos. Uno… dos… tres…

Dorian y Rose avanzaron al tiempo que unas nubes les salían de la boca gracias al aire frío de la mañana. Al terminar de contar los veinte pasos, Pryde gritó:

—¡Disparen!

Dorian se dio la vuelta y alzó la pistola con una ola de adrenalina recorriéndole las venas. El señor Rose se quedó de pie mirándolo con el brazo extendido y el rostro blanco de temor.

Dorian disparó. Un sonido detonante resonó en el aire. Un dolor agonizante le explotó en la mano. La pistola se quebró, y el metal y la madera le desgarraron la carne. Soltó un aullido y se sujetó la mano herida al tiempo que la sangre se le escurría entre los dedos. Los oídos le resonaban.

A través del humo, vio a John congelado. El bastardo lo había saboteado. La furia le quitó cualquier pensamiento claro de la mente. Ignorando la mano mutilada, se lanzó contra Rose.

—¡Dorian! —exclamó Lucien, pero en esta ocasión no le prestó atención. No podía sentir el dolor, solo sentía la calidez alrededor de la mano, la furia abrasadora en todo el cuerpo y la necesidad imperiosa de destruir a ese hombre.

—¡Detente! —exclamó Pryde—. ¡Alto!

Por más que lo hubiera intentado, no hubiera podido hacerlo. Su padre estaba muerto. Se encontraba libre, pero jamás sería libre. Y tenía a un hombre sin honor delante de él apuntándole una pistola con la mano temblorosa y retrocediendo acobardado. Rose debería disparar y acabar con eso de una vez. Porque Dorian se había convertido en la personificación de la furia: se había transformado en alguien imparable, riguroso y frío.

Dorian llegó hasta él. No recordaba lo que había hecho. Sabía que había utilizado los puños. Recordaba la sangre que le manchó el rostro y las prendas a John. Y luego oyó el disparo de un arma que, de algún modo, sostenían los dos. Sin embargo, el dedo de Dorian se encontraba en el

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gatillo… Con el pecho agitado y la agonía recorriéndole la mano herida, Dorian clavó la mirada en el cuerpo sin vida de John Rose. Seguía furioso.

Acababa de matar a un hombre. Había tomado una vida. Tras docenas de duelos, esa era la primera vez que asesinaba a alguien. Dejó caer la pistola al suelo con un golpe seco. Lucien y Pryde se acercaron corriendo y se detuvieron a ambos lados de él. Intercambiaron miradas. Todos sabían que pasara lo que pasase, sus vidas jamás volverían a ser las mismas.

—Tenías razón, saboteó la pistola… —murmuró Pryde conmocionado sin poder quitar la mirada de los restos del arma de Dorian—. Hay una piedra en el cañón… ¿Cómo es posible que no la haya visto? Debió haber encontrado el tamaño preciso para que no se moviera… y debió introducirla justo antes de que las cargáramos.

Lucien soltó un suspiro y negó con la cabeza.

—¿Cómo vamos a ocultar esto?

Ahora, doce años después, Dorian se encontraba frente a la familia en luto por John. Eran los corazones que había roto debido a su furia, porque no había podido contenerse de atacar al hombre que le había lastimado la mano.

Había asesinado a un hombre, y esas eran las consecuencias: no solo John había perdido la vida, sino que había arruinado las vidas de esas personas. Las hermanas de John podrían haber estado todas casadas. Su hermana mayor debía de tener treinta años y ahora era demasiado grande como para forjar un buen matrimonio.

Miró a Patience a los ojos. Su esposa lo observaba con interés y mucha atención. Algo sospechaba. Al igual que todos los demás.

—Sin dudas, estaba tan triste como nosotros, ¿no? —le volvió a preguntar la señora Rose.

Dorian apretó el mentón.

—No conocía para nada al señor Rose.

—Bueno, él escribió diciendo que lo conocía —le aseguró el señor Rose—. Lo recuerdo muy bien… aún tengo la carta…

Sin poder contenerse un instante más, Dorian se incorporó de un salto con el pecho agitado y la furia apenas a raya. Eso tenía que acabar. Todas las interrogaciones y la tortura a su consciencia… ¿No había hecho suficiente por ellos? ¿No bastaba que se hubiera casado con Patience, que les estuviera dando dinero y hasta les prometiera un ingreso?

—¡Ya basta! —rugió—. Se los suplico.

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Todos se estremecieron.

—Milord… —susurró la señora Rose—. ¿Qué hemos dicho?

—En realidad, ustedes son quienes no conocían a John —gruñó Dorian

—. ¡No hablen de él como si hubiera sido un santo!

—Oh, estoy de acuerdo, ya es suficiente —coincidió la señora Rose

con una risa tensa—. Tiene razón, milord, por supuesto que John no era ningún santo. Tenía sus defectos, pero todos lo perdonábamos porque era nuestro único hijo, nuestro precioso niño, nuestra esperanza por una vida mejor.

Dorian miró alrededor de la habitación. Todas las hermanas lo miraban conmocionadas, y el señor Rose tenía el ceño fruncido.

—Por favor, discúlpenos, lord Rath —le dijo—. Queríamos mucho a nuestro John, y usted es una conexión a él, una parte de su vida de la que desearíamos haber sabido más.

—Por favor —prosiguió la señora Rose—. No arruinemos un día tan hermoso. Enseñémosle al duque nuestra encantadora costumbre familiar.

—¡Oh, sí! —exclamó el señor Rose al tiempo que esbozaba una ancha sonrisa como la que solía esbozar Patience a menudo—. Vengan, niñas. ¿Y si jugamos a la cesta?

—¡Sí! —exclamaron varias de las hermanas en coro, y la mayoría tenían sonrisas radiantes en el rostro.

A Dorian le resultó algo perturbador de ver, pero también le ayudó a comprender de dónde había adquirido ese extraño hábito su esposa.

—¡Iré a buscar la cesta! —se ofreció Anne al tiempo que salía a toda prisa de la habitación.

Dorian había querido llamarla para recordarle que uno de los lacayos que estaban atentos a cualquier necesidad en la habitación podía ir a buscarla, pero, como la joven ya había desaparecido, se reclinó contra la silla y deseó que esa velada llegara a su fin y que la familia se marchara pronto. No porque no le agradara, sino todo lo contrario.

Los Rose eran un recordatorio constante del peor pecado que había cometido y le preocupaba volver a perder los estribos. Sentía como si sus nervios fueran las cuerdas de un violín, y la presencia de la familia de John no ayudaba en lo más mínimo, en especial cuando se la pasaban halagándolo y hasta le perdonaban el comportamiento hostil e inapropiado.

Al poco tiempo, Anne regresó con una sencilla cesta cuadrada: una que Dorian se imaginaba que se podría utilizar para recolectar hongos o fresas,

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aunque jamás había hecho nada semejante.

Se aclaró la garganta y observó a Anne entregarle la cesta a su madre. —Primero, formamos un círculo —le explicó la señora Rose a Dorian

—. Luego, cada uno dice lo que ha experimentado: algo bueno que nos haya pasado, algo que hayamos aprendido y si sentimos algo malo, lo decimos rápido, guardamos esa mala emoción aquí y nos olvidamos de ella. Fingimos que no existe. La encerramos, y jamás nos vuelve a molestar.

Le ofreció una sonrisa que no le iluminó los ojos. Dorian se preguntó cuánto de lo que decía la mujer era cierto. Su vida no era más que furia, frustración, pesar, culpa y duda. Lo único que quería era volverse insensible. A lo mejor esa cesta lo ayudaría. Pero ¿funcionaría?

En esa nueva ocasión, comprendió más acerca de cómo había crecido Patience: su alegría, que a veces se sentía forzada, y sus intentos de sonreír y poner una expresión valiente y feliz. Se preguntó si habría hecho ese ritual allí todas las noches desde que había llegado. Y si se encontraba tan infeliz que había encerrado todos esos pensamientos tristes en una cesta mental, ¿qué le habría quedado? Nada.

—Hoy he aprendido mucho acerca de mi nuevo yerno —comenzó la señora Rose—. Es un gran anfitrión, trata muy bien a mi hija y tiene una casa de lo más majestuosa. Estaba cansada del viaje, así que lo pondré aquí. —Con un ademán, hizo de cuenta que capturaba esas palabras en la mano y las metía en la cesta para luego cerrar la tapa y ponerle un cerrojo invisible—. También me puso triste hablar de John, y más triste aún la fuerte reacción del duque, así que añadiré esas dos experiencias aquí. — Volvió a hacer el ademán para encerrar las emociones y les ofreció una sonrisa ancha de alivio—. ¡Ya está! Ahora ha sido un día maravilloso y perfecto.

El resto de la familia sonrió en señal de aprobación, y la señora Rose le entregó la cesta a su hija mayor, que se encontraba sentada a su lado. La señora Rose se veía más feliz y serena, y Dorian se preguntó si ese extraño método funcionaría de verdad. ¿Podía encerrar a su demonio enfurecido y el asesinato de John Rose y así vivir feliz para siempre?

La mayoría de las hermanas dijo que estaban cansadas y sorprendidas por la reacción de Dorian, pero añadieron que lo perdonaban y comprendían que estaba atravesando tiempos complicados y seguramente él también estaba cansado. Algunas confesaron que sentían envidia de

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Patience, que se sonrojó al oírlo y les asintió con la cabeza. Otras tenían conflictos entre ellas y se pidieron perdón.

A Dorian se le aceleró la mente. ¿Cómo era posible que los miembros de una familia fueran tan abiertos y vulnerables entre ellos? ¿Y que compartieran sus emociones de ese modo?

La reacción de su padre habría sido encerrarlos a todos en el invernadero hasta que aprendieran a ser más fuertes. Según su padre, Dorian había sido demasiado sensible. Las emociones eran para los afeminados, no para un duque digno de su linaje. No podía demostrar ninguna debilidad en la Cámara de los Lores ni cuando seguía un interés, ya fuera un complot para conseguir mejores tierras y más influencia con el rey o la reina o una jugada para hacer alianzas con otros duques. Su padre le había asegurado que era por su propio bien. Un día, Dorian se lo agradecería. Sin embargo, se había equivocado.

Uno a uno, los Rose encerraron sus temores, cansancio, vergüenza, envidia y furia en la cesta… y todos parecieron más aliviados con las espaldas erguidas y anchas sonrisas en los rostros.

Cuando llegó el momento de que Patience hablara, lo miró a los ojos. —Hoy estuve muy feliz de ver a mi familia —comenzó, y Dorian supo

que le estaba hablando directamente a él. Una sonrisa genuina le cruzó el rostro y lo hizo derretirse—. Me di cuenta de que hoy ha cambiado mi perspectiva. Durante las primeras dos semanas que pasé aquí, deseaba poder marcharme. No me gustaba estar aquí. —Se llevó la mano a la boca como si estuviera juntando esas palabras para guardarlas en la cesta—. Pero hoy, han pasado más de tres semanas desde que me casé con este hombre. Sé que, aunque aún tengo un poco de miedo en Rath Hall, tengo menos miedo con cada momento que pasa y, aunque pudiera, no escogería marcharme.

¿Había querido marcharse? El corazón se le hundió de la desesperación; no se había dado cuenta de lo mucho que detestaba esa idea. Aunque al comprender que ya no deseaba marcharse, se llenó de alivio.

Todos soltaron suspiros y expresiones de sorpresa y pena. Patience le entregó la cesta a Dorian, que la tomó con gran temor.

—Eh… —comenzó clavando la mirada en la cesta—. No creo que pueda…

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—Oh, tonterías, milord —le dijo la señora Rose sonriéndole con bondad—. Solo diga una cosa que le gustaría encerrar y una cosa por la que se sienta agradecido. Sé que a los aristócratas no les gusta hablar de sus emociones, pero ahora somos familia. ¡Lo hará sentir mejor, ya lo verá!

Dorian se aclaró la garganta. ¡Por todos los cielos! ¿Qué iba a decir? Tenía que encerrar a todo su ser en la cesta. No tenía ninguna emoción positiva… Al menos, no la había tenido hasta que no vio a Patience abrazar a su familia.

—De verdad no sé… —Se incorporó para devolverle la cesta a la señora Rose, pero esta negó con la cabeza obstinada.

—Inténtelo —le insistió—. Estamos aquí para escuchar.

Esa era la familia que siempre había deseado tener y jamás había tenido. Qué tontería.

—Me gustaría encerrar la ira —dijo y, no sin cierta torpeza, se apresuró a hacer el ademán de quitarse algo de la boca y guardarlo en la cesta. Detestaba eso. ¿Qué bien iba a hacerle decir eso? No se sentía menos enfadado en lo más mínimo. Sin embargo, esas personas no tenían que enterarse de eso.

—Y ahora ¿por qué se siente agradecido? —le preguntó la señora Rose.

Con eso no tuvo ningún problema. Su mirada se posó en su hermosa esposa, en los rizos dorados y el precioso rostro lleno de vida. En los labios suculentos que rogaban ser besados.

—Por Patience —se limitó a decir, y volvió a experimentar esa sensación ligera y cálida en el centro del pecho. Era la sensación que había decidido llamar felicidad—. Estoy agradecido por Patience.

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Tres días después, Patience saludó a su familia con la mano. Dorian y ella se encontraban de pie frente a su hogar, y una sensación semiamarga le ceñía el pecho.

Haber contado con su presencia allí le había levantado el ánimo. Dorian también pareció disfrutar de su compañía, a pesar de su conducta gruñona y de cascarrabias. Eso había bastado para subirle el ánimo aún más.

Sin embargo, el día anterior las cosas habían cambiado. Dorian se había marchado para encontrarse con los seis duques que eran sus amigos y había regresado aún más irritado. La noche anterior, no le había permitido dormir en sus brazos, y, como la había dejado ansiosa y preocupada, se había metido en la cama de Anne. A pesar de que logró conciliar el sueño, no había descansado tanto como cuando dormía al lado de Dorian. Nunca en su vida había dormido tan bien como cuando se encontraba en sus brazos.

Esa mañana, había estado mirando el plato y la taza de café con el ceño fruncido. El duque de Pryde debió de haberle informado acerca de sus preguntas.

A pesar de que Dorian aseguraba que no había conocido a John en Oxford, Patience tenía la certeza de que algo lo conectaba con su hermano. De lo contrario, ¿por qué John hubiera mencionado a su esposo en las cartas que le había enviado a su padre? ¿Qué otro motivo tendrían Dorian, Luhst y Pryde para hablar de un incidente que había involucrado a su hermano? ¿Por qué Dorian habría pagado las deudas de su familia y se habría casado con ella si no tenía ninguna relación con John?

Su vida estaba ensombrecida por el misterio de la muerte de su hermano, y sus emociones de pena, temor y confusión se encontraban sofocadas e ignoradas. No comprendía por qué Dorian se ponía tan furioso cuando hablaba de él. Quizás no todas sus hermanas compartían los mismos sentimientos; ellas habían sido más grandes cuando John había

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muerto y lo recordaban mejor, pero los pocos recuerdos que ella tenía de su hermano eran hermosos. John la había defendido de un grupo de niños más grandes que la habían molestado, le había enseñado a arrojar piedras en un estanque cerca de la casa y le había dado una porción de tarta de frutas a hurtadillas en Navidad.

Estaba segura de que Dorian también lo había conocido, a pesar de que asegurara lo contrario. Pero eso no explicaba por qué perdía los estribos, evitaba hablar de su hermano y se retorcía con una combinación extraña de emociones que no lograba descifrar. ¿Qué misterioso incidente recordaría cada vez que la miraba?

Mientras Patience seguía a Dorian al interior de la casa, clavó la mirada en su espalda ancha y su postura malhumorada. Aún a través de las capas de prendas y del abrigo hecho a medida que le remarcaba los hombros anchos, pudo ver cómo los músculos se le movían con sutileza con cada movimiento.

Al fin y al cabo, John se había suicidado; Dorian no había tenido nada que ver con eso. Pero algo había ocurrido, y era algo lo suficientemente significativo como para que lo acechara aún doce años después. Y estaba viviendo con ese hombre, atada a él por el resto de su existencia. No quería que hubiera ningún secreto entre ellos, y lo que había ocurrido con John impedía que él la dejara entrar en su vida. Tenía que develar la verdad si quería acercarse más a su marido.

Entraron en la sala de estar de exquisitas paredes de paneles verdes decoradas con delicadas hojas doradas que brillaban a la luz del sol que se colaba por los ventanales. Unas pesadas cortinas aterciopeladas de un tono esmeralda enmarcaban los ventanales y se encontraban entreabiertas para que la calidez del sol de la tarde iluminara toda la habitación. El suelo estaba cubierto por una mullida alfombra ornamentada con tonos verdes, dorados y borgoña.

Dorian se volvió hacia ella.

—Le has hecho preguntas a Pryde —arrojó acusador.

Patience pudo ver la tormenta que se le comenzaba a formar detrás de los ojos, con unas nubes que se movían por encima de un mar tumultuoso.

—Sí —repuso con el mentón en alto—. Veo que tu amigo es un hombre de palabra.

Dorian se rio entre dientes y negó la cabeza.

—No tienes ni idea.

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—Quizás sí.

—¡No hagas más preguntas acerca de John! —le ladró—. Te he dicho que no lo hicieras. En este punto no cederé. Te concedí las rosas. Te dejé venir a mi cama. ¡Pero no cederé en esto!

Ella lo observó y se rio al tiempo que la ira le empezaba a crecer en el pecho.

—Era mi hermano, milord —le dijo—. ¿No cree que tengo el derecho de saber?

—No. Soy tu marido y te digo que no hay nada que saber.

Ella soltó un bufido e intentó luchar contra la ira, pero sin mucho éxito. Hizo su mejor esfuerzo por recordar la cesta. Dorian debía de tener sus motivos para ser como era: un hombre herido, dañado y miserable. Pero era muy difícil recordar eso cuando se comportaba de ese modo.

—¡Mi marido! No ha sido mi marido como se debe. Me mantiene a distancia, aun cuando me permite dormir en su cama.

Él negó con la cabeza y comenzó a recorrer la habitación como un león furioso.

—Eso es por tu propio bien.

—¿Qué quiere decir? ¿Por qué sería por mi propio bien? —le preguntó juntando las manos.

—Por tu propio bien significa que estarás más segura y serás más feliz estando alejada de mí —le ladró—. ¿Todavía no lo has aprendido?

—No —le respondió—. No lo he aprendido. Quiero comprenderlo mejor, quiero comprender mejor a mi hermano. Sé que es un buen hombre a pesar de su ira y a pesar de lo mal que piense de sí mismo. Nada me hará cambiar de parecer.

—Entonces debes ser más tonta de lo que creí que eras.

Las palabras le dolieron como el golpe de un látigo. ¿Tonta? Una parte de ella le dijo que luchara, que le gritara algo o le arrojara algo. Pero ella no era así. Ni gritaba ni arrojaba cosas. Por el contrario, tenía empatía. Y de seguro no era tonta. Tanto sir Smith como el señor Essop le habían hecho cumplidos por sus estudios de botánica, por sus ideas, su manera de ejecutarlas, su paciencia, sus habilidades de observación e, incluso, de ilustración. A lo mejor no había vivido tanto como él, pero que la tildara de tonta era de lo más injusto.

Dorian la miró furioso, y luego los ojos se le suavizaron un poco.

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—¡Y no me mires así! —le gritó al detenerse—. Toma la maldita cesta y arroja todo el dolor y el pesar allí como lo has hecho toda la vida. Eso te hará sentir mejor, ¿no? Esboza una sonrisa falsa y finge que no he dicho nada.

«Debe tener buenas intenciones», se aseguró Patience. No quería lastimarla con sus palabras. Patience sintió el impulso de hacer algo con las manos. Por eso, avanzó hacia la costura que había comenzado el día anterior y se sentó en la silla para reanudar la labor. Luchó contra las lágrimas, pero se le nubló la visión. El pecho y la garganta le dolían de los espasmos.

Intentó sonreír, pero le salió triste y las comisuras de los labios se le curvaron hacia abajo en lugar de hacia arriba. Oh, cielos, tenía muchas ganas de llorar. De dejarse ir y sollozar, de hundirse en esa emoción triste y mala. Pero eso no era algo que hacía. Ella miraba el lado positivo. ¿Por qué se sentía agradecida ese día?

Tomó la aguja, pero las manos le temblaban tanto que cuando perforó la tela, sintió un pinchazo doloroso que le hizo soltar un grito antes de llevarse el dedo a la boca. El bordado de un girasol se manchó de sangre.

No, no, no. Iba a romper en llanto en cualquier instante, ¿no?

—¡Oh, pero qué bien! —masculló Dorian al tiempo que se le acercaba —. Ni siquiera puedes con una aguja.

Patience lo fulminó con la mirada y, quizás por primera vez, no logró contener sus fuertes palabras.

—¡Y usted no puede con una esposa, señor! —le gritó—. ¿Por qué no me puede compartir un simple recuerdo de mi hermano? ¿Qué es tan horrible de lo que ocurrió en Oxford que no deja de negarlo y de huir como un cobarde?

—¿Cómo un cobarde? —rugió con el rostro carmesí.

—Es una buena persona. Se enfada, pero es una buena persona. Puede ser mejor aún. Si tan solo se abriera un poco y me dejara entrar…

—¿Una buena persona? —escupió.

Eso no iba nada bien. De hecho, iba muy mal. Jamás lo había visto de ese modo.

Con tres grandes zancadas, Dorian atravesó la habitación hacia la cornisa y tomó un hermoso jarrón de porcelana con unas campanillas de invierno recién recogidas. Tenía los ojos saltones y la boca retorcida en una mueca feroz que le dejaba los dientes al descubierto. Tomó el objeto y

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lo arrojó contra el enorme espejo que había encima de la cornisa. Tanto el espejo como el jarrón se hicieron añicos.

Patience se estremeció. ¡Se iba a matar! Los trozos de cristal y porcelana cayeron por la habitación como una tormenta. Se vieron muchos destellos de luz mientras el espejo se rompía en miles de trozos afilados que le caían encima. Siguiendo un instinto, Patience se cubrió, pero al siguiente instante, se puso de pie y salió disparada hacia él.

Dorian se encontraba de pie entre los trozos de vidrio y le daba la espalda. Tenía la respiración agitada, pero no se movía. Cuando al fin se volvió hacia ella, Patience soltó un jadeo horrorizada. Tenía varios cortes superficiales en el rostro, que parecían formar un mapa de líneas delgadas. De uno más largo manaba sangre que le empapaba el lateral del rostro, desde la sien hasta el mentón. Un pequeño trozo de cristal seguía incrustado en el fondo del corte.

—¡Dorian! —exclamó sin poder contener las notas enfadadas y aterradas en la voz y, por primera vez no quiso retractarse ni disculparse

—. ¡Te podrías haber matado! —En el medio del temor, lo había llamado por su nombre de pila y había dejado a un lado las formalidades.

—Aléjate, Patience —le ordenó—. No quiero que te lastimes.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre, y a Patience le gustó cómo sonaba su nombre en sus labios, aún en esas horribles circunstancias.

Sin embargo, no le hizo caso. Por el contrario, caminó entre la destrucción y los trozos de cristal y porcelana destellaban sobre los muebles, clavados en los tapizados de las sillas y también en el diván. Varios trozos crujían bajo sus pisadas mientras avanzaba hacia él.

—No, aléjate —le repitió.

Unos pasos se acercaron apresurados por el pasillo y, al cabo de pocos segundos, la señora Knight y varios lacayos irrumpieron en la habitación.

—Milady, por favor, aléjese —le dijo la señora Knight, que solo demostró inquietud en una mirada efímera de terror antes de avanzar con paso determinado hacia Dorian sujetándose las faldas del vestido.

—No —respondió Patience sorprendida de la determinación que resonó en su voz, y varias cabezas se volvieron a mirarla. A lo mejor había usado un tono muy severo—. No —volvió a decir con más suavidad—. No me alejaré de mi marido. Venga, milord. Voy a examinarle los cortes.

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Señora Knight, por favor llame a un médico. Estoy segura de que el duque tiene uno, ¿no?

—Por supuesto —dijo la señora Knight tras una breve pausa y le arrojó una mirada interrogadora a Dorian—. La caja medicinal del duque se encuentra aquí.

Para sorpresa de Patience, el ama de llaves se acercó a uno de los gabinetes de un aparador y extrajo una caja de madera para entregársela a Patience.

—Tenemos una en cada habitación de la casa —le explicó la señora Knight.

Patience sostuvo la caja en una mano y tomó a Dorian del codo con la otra como si fuera un niño.

—Venga, milord.

Quería volver a llamarlo Dorian, porque él la había llamado por su nombre de pila, pero no se atrevió.

—No te preocupes por mí —masculló el duque—. No hay ninguna necesidad de llamar al médico, señora Knight. Me encuentro bien y puedo tratar mis propias heridas como lo he hecho la mayor parte de mi vida.

¿La mayor parte de su vida? Oh, cielos. Patience recordó el invernadero con los cristales rotos y se imaginó a un pequeño Dorian intentando suturarse las heridas.

—¿Hay una caja en cada habitación? —Patience miró a la señora Knight, que se encontraba al lado de los lacayos con una expresión neutra en el rostro, pero con los ojos llenos de preocupación.

—Me temo que el señor es propenso a… los accidentes.

A los accidentes que resultaban de los ataques de ira. ¿Siempre se había curado las heridas él solo? ¿Acaso no dejaba que nadie lo tocara? ¿Habría lastimado a alguien en medio de un ataque de ira? La idea le produjo un escalofrío en la columna vertebral. ¿Acaso los criados o su hermana corrían peligro estando en su presencia? ¿Y ella?

Patience recordó que se había sentido muy a salvo en sus brazos, aún luego de que le enseñara lo placentero que podía ser que la castigara con unas nalgadas. No podía negar que era un acto de lo más salvaje, pero el modo en que le había azotado el trasero había sido tierno, y en ninguno de los golpes había sentido ningún indicio de violencia. Por el contrario, había sentido el deseo de complacerla. De provocarle placer y no dolor.

—De acuerdo —continuó Patience—. Vamos. Lo voy a examinar.

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—Eso será lo mejor, milord —acordó la señora Knight, aunque no miró a Patience a los ojos luego de que Dorian abriera la boca para protestar—. Me aseguraré de que reparen la sala de estar lo antes posible.

Dorian miró los miles de trozos que cubrían los muebles y el suelo y asintió con la cabeza.

Luego subieron las escaleras y se dirigieron a la habitación de Dorian. En silencio, Patience tomó una jofaina y la llenó con agua de una vasija que había al lado antes de acercarse a él.

Había aprendido acerca de los cuidados básicos de las heridas observando a su madre sanar a su hermano, a sus hermanas y a ella cuando alguien se lastimaba. Como no tenían dinero para llamar a un médico, quedaba en sus propias manos atender las heridas y sanar las enfermedades.

Dorian se sentó en la cama y se apoyó contra las almohadas. Patience colocó la vasija sobre la mesa de noche y abrió la caja. Adentro había varios instrumentos: pinzas, una aguja enhebrada, hilo de sutura, vendas limpias, algunos ungüentos y varios frascos con medicina para limpiar heridas.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —le preguntó—. Lo puedo hacer solo. La señora Knight y el ama de llaves de Londres, la señora MacAllister, solo me ayudan en los peores casos. Aunque las dos poseen conocimientos de primeros auxilios, suelo hacerlo solo.

Patience lo miró y se le volvió a formar un nudo en el estómago al ver el hermoso rostro de su marido tan lastimado. Era su culpa. Había perdido los estribos por su culpa.

—Claro que estoy segura. Se podría haber lastimado mucho más —le dijo mientras tomaba las pinzas.

—No me importa eso. Te podría haber lastimado a ti —le dijo—. Y no habría podido soportarlo.

Patience le extrajo un trozo de cristal de la piel con cuidado. Dorian ni se inmutó. El cristal era diminuto y salió ensangrentado. Un hilo de sangre le manó de la herida cuando lo extrajo, pero por fortuna no fue grande.

—Me encontraba lo bastante lejos —le aseguró con suavidad—. Tuve miedo por usted.

El rostro de Dorian perdió cualquier expresión al tiempo que la miraba. —¿Por mí?

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—Por supuesto. —Humedeció un trapo limpio en el agua y se sentó en el borde de la cama a su lado. Con delicadeza, le fue limpiando las manchas de sangre de la frente.

—Has dicho que tenías miedo —señaló y se rio—. Esa es una emoción mala. ¿No te gustaría encerrarla?

—Sí, lo haré —le aseguró mientras descendía con el trapo para limpiarle la nariz. Era muy consciente de los ojos celestes como el cielo bien abiertos y llenos de vulnerabilidad fijos en ella. Se veía completamente indefenso—. Pero debería saber el efecto que tienen sus arrebatos en otras personas.

Dorian tragó con dificultad.

—Tengo mis sospechas.

—Y entonces, ¿por qué reacciona de ese modo? ¿No es un hombre de buena cuna? ¿No se supone que es frío y mantiene la compostura y jamás demuestra ninguna emoción?

Limpió el trapo en agua y humedeció una parte que aún no había utilizado para limpiar el corte más grande. Dorian soltó un bufido cuando sintió el trapo en la herida.

—Sí, se supone que sí —se limitó a responderle.

—Le ruego que me diga qué lo tiene así.

La sangre le seguía manando del corte, aunque ahora en menor cantidad. Patience no creía que necesitara puntos, pero era posible que le quedara una cicatriz. Otra cicatriz más.

—Muchas cosas me tienen así —murmuró—. Y no espero que lo entiendas.

—Pero me gustaría entenderlo —le susurró, y la mano se le congeló al lado del rostro.

Se miraron a los ojos. La ira había desaparecido, y Dorian tenía las defensas bajas. Patience lo podía ver tal y como era, con todo el dolor y la desesperación que le desgarraban el alma.

—Me gustaría mucho entenderlo —repitió.

—Yo… —comenzó, pero se detuvo—. No valgo la pena, Patience.

—¿De qué habla? —le preguntó con una risita—. Claro que sí.

Dorian negó con la cabeza.

—No.

Para su sorpresa, su marido redujo los pocos centímetros que separaban sus rostros y la besó con suavidad. El sabor de sus labios y el

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roce de su cuerpo contra el de ella le aliviaron un dolor que no sabía que tenía. Patience gimió contra su rostro antes de separar los labios para dejarlo entrar. Dorian le acarició la lengua con la suya, y ella lo imitó. El beso se volvió más urgente y apasionado. Una ola cálida la embargó, y todo su cuerpo latió anhelando sus caricias. Anhelándolo a él. Sin embargo, Dorian se apartó y le dirigió una mirada entre salvaje y voluble. Estaba jadeando casi tanto como ella.

—Gracias, dulce primor —le dijo con la voz ronca—. No te puedes imaginar lo agradecido que estoy. Tus roces… —Se aclaró la garganta—. En ocasiones me pregunto qué habré hecho en esta vida para merecer que alguien tan maravilloso como tú me trate tan bien.

Patience parpadeó. ¿Alguien tan maravilloso como ella? ¿De verdad pensaba eso?

Le sonrió y, en esta ocasión, no hubo nada forzado ni falso en la sonrisa.

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A la mañana siguiente, Dorian tomó una profunda bocanada de aire que olía a tierra húmeda mientras el carruaje en el que viajaba con Patience avanzaba por la campiña de camino a visitar a los arrendatarios. Los árboles tenían nuevas hojas, y tanto las prímulas como los narcisos decoraban los setos verdes. Los cantos de los pájaros se oían en el aire.

No recordaba la última vez que se había detenido a observar el paisaje primaveral y lo había disfrutado; al lado de Patience, todo se sentía hermoso y lleno de vida. Ni siquiera el leve dolor de los cortes lo molestaba.

Las puntas de los delicados dedos de Patience recorrieron el capullo de una campanilla que le había obsequiado antes de subirse al carruaje. «¡Qué flor más afortunada!».

—Esta será una tarea que realmente disfrutaré como duquesa —le dijo Patience con una sonrisa tierna mientras miraba el paisaje rural con una expresión soñadora en el rostro—. Visitar a los arrendatarios, hablar con ellos y ayudarlos.

Dorian recordó la primera regla que había roto y lo bien que había aceptado el castigo. Sentir su trasero desnudo y su humedad debajo de la palma había sido un placer insuperable… hasta entonces. Verla tan encantada era incluso mejor.

—En eso podemos estar de acuerdo —le dijo—. Mi padre jamás se molestaba con sus deberes hacia los arrendatarios. De joven, siempre me pareció una pena. Cuando me convertí en duque, hice lo mejor que pude para asegurarme de que el administrador estuviera a cargo de los arreglos necesarios, de resolver problemas y brindar ayuda cuando los arrendatarios lo necesitaran. Pero han pasado varios meses desde la última vez que los visité. Debería haberlos visitado antes, como lo hubiera hecho cualquier buen propietario.

Patience le ofreció una sonrisa intensa, y Dorian sintió el impulso de devolverle la sonrisa. Nadie le había dado ganas de sonreír desde…

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Cielos, no recordaba desde cuándo. Ella era la única que lo hacía querer sonreír.

—Bueno, ahora me tiene a mí para ayudarlo —le dijo—. ¿Suele celebrar los Mayos?

—No.

—¡Deberíamos celebrarlo! ¿Cree que lo disfrutarían?

—Seguro que sí.

—¡Excelente! —Los ojos le destellaron entusiasmados—. Con el clima más cálido y las flores silvestres en floración será la oportunidad perfecta para hacer guirnaldas. Podemos organizar juegos al aire libre y… ¡Oh! ¿No sería genial contar con un mayo? ¡A los niños les van a encantar los lazos!

Dorian observó la luz del sol que le acariciaba las trenzas doradas. Su esposa tenía un espíritu de lo más generoso y siempre estaba dispuesta a darles alegría a los demás.

«Me gustaría complacerlo más». Una sensación cálida se le expandió en el pecho y le quebró la capa de hielo que le cubría el corazón. Le daría diez fiestas de los Mayos con tal de verla sonreír de ese modo.

—Sí —le respondió—. Un mayo, lazos y niños.

Sin embargo, el temor se le asentó en el corazón. Los recuerdos de su padre lo invadieron como un maremoto. Recordó la mueca de desdén en sus labios mientras reprendía a un arrendatario que no tenía dinero suficiente para pagar la renta y el sonido del látigo contra la espalda de un mozo de cuadra y apretó los dientes.

Su padre había querido que Dorian fuera un duque hecho a su imagen, pero él se había negado a permitir que su padre ganara. A pesar de eso, la ira que moraba en su interior a diario, era la creación de su padre.

El carruaje se detuvo delante de una cabaña en ruinas al borde de la propiedad. Una mujer mayor con el curtido rostro lleno de arrugas salió a saludarlos acompañada de dos niños que debían de tener seis y ocho años. Los ojos se le arrugaron al reconocerlos.

—Milord —lo saludó con una reverencia—. Qué sorpresa más agradable.

—Señora Batten —la saludó Dorian mientras ayudaba a Patience a apearse del vehículo—. Le presento a mi esposa, la duquesa de Rath.

La familia Batten siempre había tenido un rebaño de ovejas, y Bramble había sido el cordero de una de sus ovejas.

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La anciana observó a Patience con una expresión cálida en el rostro y volvió a hacer una reverencia con una mueca de dolor.

—Bienvenida, milady —le dijo.

Patience se acercó a la anciana y le ofreció una cesta con tartas de moras recién horneadas con las costras doradas.

—Es para usted, de la cocina del duque.

La señora Batten aceptó la cesta con los ojos destellando. Luego le echó un vistazo a Dorian y le sonrió.

—Que Dios lo bendiga, milord. Es un hombre mucho más bondadoso de lo que fue su padre. Somos muy afortunados de tenerlo.

Dorian esbozó una sonrisa rígida mientras sentía náuseas por dentro. «Si tan solo supiera de la sangre que me mancha las manos. De la vida que he tomado y la familia que he destrozado». Apretó los puños detrás de la espalda hasta que los nudillos se le tornaron tan blancos que le dolieron.

Mientras Patience se arrodillaba para saludar a los niños que no dejaban de reírse, la señora Batten se acercó a Dorian para decirle:

—Cuide bien a su duquesa, ¿de acuerdo? Fue un niño de lo más encantador y puede ser un marido muy bondadoso y no un salvaje, como lo fue su padre. —Lo miró fijo y llena de determinación.

Dorian tragó con dificultad la bilis que se le había subido por la garganta.

—Eh… —logró decir con la voz ronca.

—¿Sabe lo que hizo? —le preguntó la señora Batten a Patience—. De niño, descubrió que yo sembraba hierbas medicinales y las utilizaba para hacer medicamentos. Menos de una semana después de la muerte de su padre, me trajo libros sobre hierbas del Mediterráneo, Francia y hasta Constantinopla junto con varias bolsas llenas de semillas de hierbas exóticas que había comprado en un boticario en Londres.

Dorian sintió que se ruborizaba.

—Era lo menos que podía hacer.

La señora Batten se acercó más a Patience.

—La corteza de quina ayudó a uno de mis nietos cuando tenía fiebre.

Es muy posible que su marido le haya salvado la vida.

Al ver la expresión de ternura y respeto en el rostro de Patience, Dorian se estremeció aún más por dentro. Dios sabía que no se merecía nada de eso.

—Yo le debía mucho más que eso —le aseguró con la voz ronca.

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—No me debía nada —lo contradijo la señora Batten con una sonrisa suave—. Usted rescató a ese pobre cordero. Lo que hizo el duque anterior no fue su culpa. No le guardo ningún rencor y espero que haya logrado perdonarse también.

Tras despedirse, se subieron al carruaje que comenzó a avanzar entre repiqueteos, y Dorian no pudo quitarse las palabras de la anciana de la cabeza. A diferencia de hacía media hora, Patience, que se encontraba sentada a su lado sin decir nada, tenía el ceño fruncido. El silencio se prolongó entre ellos tenso como la cuerda de un arco.

—¿Va todo bien? —preguntó Dorian al final.

Patience titubeaba mientras se retorcía los dedos enguantados en el regazo.

—La señora Batten mencionó que… Dijo que estaba contenta de que tuviera un marido amable. A diferencia de su padre. —Lo escudriñó con los ojos cerúleos—. ¿Qué quiso decir?

Dorian contuvo el aliento al tiempo que los recuerdos de la ira estruendosa de su padre y los sollozos amortiguados de su hermana lo invadían. Se aferró al asiento del carruaje, y el cuero crujió debajo de sus dedos.

—Mi padre era un hombre muy duro —comenzó—. No le agradaba ningún indicio de debilidad o ninguna muestra de emoción. Quería moldearme para que me convirtiera en un duque frío e insensible. —Tensó el mentón—. Era cruel conmigo y con Chastity, e hice lo mejor que pude para protegerla, pero… —Se le cerró la garganta y negó con la cabeza—. Disculpa, no quiero hablar más de esto.

Patience le apoyó una mano sobre el brazo, y su roce lo tranquilizó a través de las capas de tela.

—Debió haber sido duro para usted —murmuró.

Dorian la miró fijo. Su compasión le derretía el corazón. Deseaba compartir más con ella, contarle todo. Pero no podía hacerlo.

Con delicadeza, le sujetó la pequeña mano entre las de él y sintió una ola feroz de protección, un anhelo desesperado de protegerla de cualquier dolor. Podía sentir su piel delicada con la mano izquierda. Encerrada en el guante de cuero, la mano derecha le cosquilleaba anhelando sentirla. Patience se encontraba frente a él, cuando él ocultaba sus secretos más horrorosos y dolorosos bajo una gruesa prenda de cuero. Ojalá pudiera

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borrar las heridas de su pasado, ojalá pudiera amarla y protegerla como se lo merecía…

—¿Qué le pasó al cordero de la señora Batten? —le preguntó Patience con suavidad—. Si es que desea hablar de eso.

Su respuesta de siempre, cerrarse, enfadarse antes de abrirse y volverse vulnerable, hizo que se le tensara la garganta. Pero la ternura que vio en los ojos celestes de su esposa, lo ayudó a atravesar esa dolorosa guardia.

—Los Batten han tenido ovejas en su granja durante muchas generaciones —comenzó—. Mi madre había desaparecido de mi vida porque mi padre la había enviado a una propiedad remota y le había prohibido cualquier contacto conmigo. La echaba de menos y le temía mucho a mi padre. No sabía lo que estaba sintiendo, no entendía todo el dolor y las heridas en mi alma.

—Debió haber estado sufriendo la pérdida de su madre —le dijo Patience, y la verdad de sus palabras lo golpeó con una claridad devastadora—. Ella se marchó, pero usted necesitaba alguien a quien querer y alguien que lo quisiera. Alguien que lo protegiera y que estuviera de su lado.

Era como si pudiera ver a través de su alma, como si pudiera poner en palabras los sentimientos que lo habían gobernado durante muchos años y explicar cosas que él no podía. ¿Podría explicar el momento en que desafió a su hermano a un duelo? ¿O el momento en que su dedo había encontrado el gatillo y lo había apretado?

—Supongo que tienes razón —le dijo al tiempo que se le tensaba el puño—. Un día encontré al cordero de una de sus ovejas. De algún modo, se había escapado y se había caído en una zanja en el bosque. Lo llevé a casa, a mi habitación y lo nombré Bramble. Lo cuidé hasta que se recuperó, y luego fui a ver a la señora Batten para devolvérselo, pero al verme las lágrimas en los ojos, me dijo que podía quedármelo. Ya has visto lo amable que es. Yo quería quedarme con Bramble más que nada en el mundo. Por primera vez desde que mi madre se había marchado, cuando sostenía al cordero, me sentía mejor. Y, aunque era joven, sabía que perder a un animal tenía un gran impacto para arrendatarios como los Batten, así que le ofrecí un jarrón de Rath Hall como pago, pero ella lo rechazó y me dijo que me podía quedar con el cordero siempre y cuando lo mantuviera sano y salvo.

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A Patience se le llenaron los ojos de lágrimas. Le apretó la mano izquierda y le sonrió.

—La señora Batten tiene un buen corazón.

Dorian asintió con la cabeza.

—Por desgracia, mi padre se enteró de mi mascota. En realidad, no iba a poder ocultar a Bramble en mi habitación para siempre. Supongo que nuestra anterior ama de llaves se cansó de tener que enviar a las criadas a limpiar el estiércol de las alfombras Aubusson de mi recámara. Mi padre se puso furioso. Un futuro duque criando un cordero como una mascota era de lo más ridículo.

—¿Y qué ocurrió?

—Lo mató. Cogió mi espada de esgrima y…

La garganta se le volvió a cerrar, pero al ver el rostro pálido de Patience, decidió guardarse los detalles más horripilantes de la escena y del día en que vio a su padre quitarle otra cosa que tanto quería.

—Oh, no… —Patience negó con la cabeza con los ojos llenos de lágrimas—. Lo siento mucho.

Dorian asintió con la cabeza.

—¿Por eso siente toda esa furia…? —le preguntó—. Supongo que se habrá sentido de lo más desamparado.

Dorian volvió a asentir. ¿Cómo era posible que lo viera con tanta claridad? Una vez más explicaba con palabras la explosión de emociones que lo habían gobernado durante toda la vida. ¿Sería que el ejercicio de la cesta le había enseñado esa habilidad o simplemente tendría un corazón intuitivo una bondad inconmensurable? Tanto Lucien como Chastity habían sido testigos de lo que había ocurrido con Bramble, pero jamás le había dicho a ninguno de los dos cómo se había sentido.

Era extraño, pero era como si ponerles nombre a las emociones les quitara poder, como si se las estuviera quitando del cuerpo y pudiera reclamar su fortaleza. Una vez más, se preguntó qué le estaba haciendo esa mujer. ¿Lo estaría sanando cuando lo único que había hecho él había sido lastimarla a ella… y también a su familia?

—Sí —repuso—. Tienes razón, me sentí desamparado y lo único que podía hacer era atacar. Destruir antes de que me destruyeran. Para vengarme, corté el retrato favorito de mi padre.

Mientras hablaba, se fue perdiendo en los ojos de Patience. Nadie jamás lo había mirado como lo estaba mirando ella en ese momento. Se

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sintió comprendido, aceptado y valorado. Sin embargo, ¿lograría comprender todas las cosas malas que había hecho… incluyendo lo que le había hecho a John? Lo cierto era que no se la merecía.

—Lucien y Chastity lo vieron todo —le dijo.

—¿Por eso tiene un vínculo tan profundo con Lucien? —le preguntó. —Sí. Él pasaba varios meses en Rath Hall cuando éramos niños. Me

atrevo a decir que sus padres han sido tan venenosos con él como mi padre lo ha sido conmigo y con Chastity.

—¿Y cómo se hizo amigo de los otros? Son la famosa hermandad de los siete duques…

Una sonrisa le asomó a los labios al pensar en su hermandad.

—No te lo puedo contar todo. Pero, por sobre todas las cosas, guardamos nuestros secretos. Lo que te puedo contar es que Pryde se convirtió en mi amigo luego de Oxford. Enveigh… Pryde estaba en deuda con él, y Enveigh se encontraba en una situación engorrosa por la esposa de otro hombre. Pryde y yo lo ayudamos para salvarlo de un duelo y de un escándalo.

—Los hombres y los códigos de honor —dijo Patience con una nota de humor—. ¿Y el resto? ¿Qué me puede contar sin traicionar sus secretos?

—Lucien conocía a Eccess de Elysium. Baste decir que a los dos les gusta excederse en sus celebraciones. En una ocasión, Eccess condujo un carruaje muy borracho y tuvo un accidente bastante serio. Lo habría dejado en la ruina total, pero Lucien nos pidió que lo ayudáramos. A Irevrence le gusta hacer malas bromas y no le importan las consecuencias. Tras hacer una broma acerca de un oficial de alto rango delante de la compañía equivocada, si no lo hubiéramos ayudado, hubiera terminado en la prisión. Y Fortyne tiene un buen ojo para los negocios, pero no siempre se detiene a considerar la legalidad de ciertos emprendimientos. Casi lo atraparon, pero para entonces ya éramos seis más, y cada uno ayudaba valiéndose de sus propias fortalezas.

—Tiene un vínculo fuerte con todos ellos —señaló.

—Sabíamos que teníamos algo especial. Siete hombres dañados cada uno a su manera… Era para siempre. Nadie entendería hasta qué punto se han depravado nuestras almas. Dentro de nuestro grupo, está permitido todo. No hay prejuicios. Pero además de eso, comenzamos a ayudarnos con inversiones, negocios y protegiendo los intereses de todos frente a cualquier amenaza. Así es cómo nacieron los «siete lores de los pecados».

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A Patience le destellaron los ojos llenos de curiosidad.

—¡Vaya grupo! —exclamó.

—Son como los hermanos que jamás tuve —continuó—. En especial Lucien. Puede que no siempre estemos todos de acuerdo, pero sé que jamás nos traicionaremos entre nosotros. Nuestra lealtad es más profunda que cualquier conflicto personal o diferencia de interés. Si algo me llegara a ocurrir, sé que todos protegerían y cuidarían de Chastity… y, por supuesto, ahora también de ti.

El carruaje se volvió a detener, y Dorian apartó las manos de las de ella. Habían llegado al hogar del señor Cohen, a quien Dorian había ayudado a reparar una cerca hacía un mes. El anciano aguardaba afuera con el rostro arrugado iluminándose al reconocerlo.

Luego de que Patience le obsequiara la cesta con tartas, los invitó a pasar. Mientras bebían un té casi sin sabor en unas tazas astilladas, el hombre se volvió hacia Patience con los ojos llenos de lágrimas.

—No le puedo estar más agradecido, milady. Tras la muerte de mi Mary el invierno pasado, hay más cosas para hacer y menos manos. Mi hija tiene el plato lleno con su bebé. Es un ángel, milady.

Patience agachó la cabeza y las mejillas se le tiñeron de color.

—No es solo de mi parte. También es de parte del duque. Y es lo menos que podemos hacer, señor Cohen.

Cohen se volvió hacia Dorian, que tenía los dedos tensos mientras sostenía la taza de té.

—Estamos muy agradecidos de contar con un duque tan solícito. Tras la crueldad de su padre… es un bendecido cambio. Y le vuelvo a agradecer por haberme ayudado a reparar la cerca hace unas semanas. No podría haberlo hecho solo.

Patience le ofreció una sonrisa intensa a Dorian con los ojos destellando de orgullo y afecto. Pero Dorian apenas logró curvar los labios en el intento de devolverle la sonrisa porque sintió náuseas en el vientre. Si supieran el tipo de hombre que era en realidad, los pecados que había cometido… se retorcerían horrorizados y asqueados. No se merecía ni su gratitud ni su admiración. Y, definitivamente no se merecía toda la atención y el cariño de Patience. Tarde o temprano, iba a descubrir la verdad… y entonces la perdería para siempre.

Afuera de la cabaña, Patience conversó acerca del festival para celebrar el primero de mayo con el señor Cohen, mientras paseaban

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tomados del brazo sobre el sendero bajo el sol.

—¡Oh, era una gran alegría celebrarlo! Cuando tenía seis años, mi familia aún participaba de ese tipo de eventos. Recuerdo el mayo, los bailes, las flores… Mis hermanas y yo girábamos alrededor del mayo. Creo que debe ser el recuerdo más feliz de mi infancia. ¡No veo la hora de experimentar la misma alegría aquí!

Dorian observó el rostro animado de su esposa y, cuando reparó en el modo en que los ojos le destellaban entusiasmados, algo se le retorció en el pecho. Toda esa devoción y esa alegría… le recordaban a todo lo que le había robado cuando asesinó a su hermano. El peso de la culpa lo oprimió.

Quería sentirse tan liviano y despreocupado como ella. Podía sentir los destellos de luz en el paisaje que los rodeaba, en las flores que asomaban entre el césped y en el cielo celeste. Y podía sentirlo en el brillo de sus ojos celestes cada vez que le sonreía.

Se le ocurrió una idea descabellada. Una idea imposible, pero muy seductora. ¿Y si se lo contaba? ¿Y si se enteraba? En ese momento, Dorian se permitió guardar esperanzas de que, aunque solo fuera por un instante efímero, quizás…, todavía le quedaba una oportunidad de redimirse. Una oportunidad de conquistar a las sombras que lo acechaban.

—… y me parece que quizás podríamos colocar una tienda de campaña especial para los juegos de los niños —continuó conversando Patience, ajena a la agitación interna de Dorian—. ¿Qué le parece?

Pero en lo más profundo de su corazón, sabía la verdad. Patience jamás lo aceptaría si descubría lo que había ocurrido. Y Dorian no tenía el valor suficiente como para arriesgarse a perderla.

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Al día siguiente, Patience se arrodilló al lado de las rosas y examinó el progreso con cautela. Tomó una profunda bocanada de aire húmedo e inhaló las fragancias a tierra y vegetación crecida que tanto anhelaba controlar. Desde el día anterior, se le había subido el ánimo. Había sido uno de los mejores días que había tenido desde la boda.

Había visto un lado de Dorian que jamás había esperado. Era un hombre bondadoso; herido, pero bondadoso. A pesar de que seguía preocupada por los cortes que se había hecho al romper el espejo, estaban sanando, y el corazón se le llenó del dolor que había visto en su mirada cuando le habló acerca de su padre. La conexión entre los dos había crecido aún más y era como una cuerda fuerte e invisible.

Patience observó el enredo de maleza y césped, los dientes de león y los zarzales y se imaginó el césped con hermosos arbustos en floración. El jardín estaba como su marido: abandonado, desatendido e indómito. Deseó podar los antiguos árboles retorcidos que tenían ramas que parecían doseles y ocultaban la luz del sol, quitar los que estaban secos o enfermos para usarlos como leña y plantar nuevos árboles. También quería colocar nueva grava sobre los senderos que apenas se veían entre la vegetación y darles forma.

Dorian estaba en todos lados: la rodeaba siempre y lo inhalaba en el aire fresco de abril lleno de insectos que zumbaban bajo la luz del sol, como si fuera esas criaturas invisibles que se movían entre la vegetación. Al igual que su marido, el jardín era oscuro y quizás podría parecer hostil a primera vista, pero si uno lo cuidaba y le permitía proliferar, podría descubrir que estaba lleno de vida.

En el extremo más alejado se encontraba el invernadero. Patience soñaba con que un día Dorian le permitiera utilizarlo. Podría limpiar los ventanales, reemplazar los paneles rotos y extraer toda la vegetación muerta y en descomposición para plantar especies exóticas. Oh, le daría

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tanta alegría verlas crecer, cuidarlas, hacer observaciones y, quizás, algún descubrimiento. A lo mejor algún día, pensó con una sonrisa.

A pesar de que el cielo de su matrimonio se iba despejando, aún quedaba una nube oscura y amenazante: la extraña conexión que tenía su marido con su difunto hermano. El «incidente de Oxford» del que se negaba a hablar. El hecho de que siempre llevaba la mano oculta en el guante. Esos eran secretos que anhelaba develar.

El día anterior, Dorian se había abierto con ella, y se sentía más cercana a él. Patience tenía más esperanzas que nunca antes de llegar a ser feliz con su marido. Con el tiempo, quizás hasta se sentiría lo bastante cómodo con ella como para bajar toda la guardia y contarle todo lo que sabía de John. De lo contrario, tendría que hacer todo lo que pudiera para descubrir la verdad para que no existiera una barrera entre sus corazones por siempre.

Entre toda la vegetación agreste, el único sitio que mostraba indicios de nueva vida era donde había plantado los rosales hacía dos semanas. Las plantas parecían estar adaptándose bien al nuevo entorno. Patience veía unas diminutas hojas verdes y cada vez más capullos rojos hinchados. Examinó los rosales con detenimiento en busca de algún indicio de enfermedad: algún capullo marchito o alguna hoja arrugada. También buscó arañuelas, pulgones o cualquier otra peste, pero solo encontró una mariquita y una abeja, dos insectos que le hacían bien a las plantas.

Buscó su cuaderno y pasó los dedos por la superficie blanda de cuero. En el interior, las páginas estaban llenas de notas meticulosas y de esbozos detallados que resumían años de trabajo y observación. Al menos no tenía que ocultar ni las notas ni las plantas allí, ni tampoco reportarle a nadie por qué pasaba tanto tiempo mirando rosales en lugar de plantar verduras.

Mientras pasaba las páginas para encontrar una en blanco en la que registrar el progreso de las rosas y la ausencia de enfermedades o pestes, una sombra cayó sobre el papel. Cuando Patience alzó la mirada y se cubrió los ojos del sol, se encontró cara a cara con Chastity.

La hermana de Dorian llevaba puesto un vestido de seda de color gris oscuro que era sencillo a pesar de lo costosa que era la exquisita tela. Tenía los ojos parecidos a los de su hermano, del mismo tono celeste que el cielo, y brillaban llenos de bondad detrás de unas gafas. Llevaba el cabello sujeto en un simple moño y sin ningún rizo o mechón que le colgara, ni tampoco ningún accesorio que le resaltara la belleza. Como a

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Patience la vestía a diario mademoiselle Antoinette con una dedicación feroz por la moda, no pudo evitar sentir una punzada de celos.

—Buenos días, duquesa —la saludó Chastity con una voz fría y medida a pesar de la curiosidad que le destellaba en los ojos—. ¿Dorian le permitió plantar esos rosales?

Patience se puso de pie y se sacudió la tierra de las faldas.

—Oh, lady Chastity, bienvenida. Sí, ¿se lo puede imaginar? ¿Se va a mudar de vuelta?

—Sí, si no es un inconveniente. ¿Les he dado tiempo suficiente a usted y a Dorian para que se conozcan luego de la boda?

—¡Por supuesto! —le aseguró Patience casi sin aliento—. No fue mi intención echarla de su propia casa. No tenía que haberse marchado.

—Creo que es la costumbre —le dijo Chastity con timidez.

Bajó la mirada a las pequeñas hojas de los rosales, que constituían un contraste absoluto con el resto del jardín oscuro y descuidado.

—Dorian no ha permitido que nadie tocara el jardín desde que se convirtió en duque hace doce años —le dijo Chastity con una arruga en el entrecejo—. ¿Cómo se las ingenió para convencerlo?

Patience se rio entre dientes.

—En el fondo, es un hombre bondadoso.

Chastity la observó con una expresión anonadada en los ojos inteligentes, pero Patience decidió no elaborar en lo que había hecho falta para que Dorian accediera a eso… ni mencionar sus nalgas desnudas, la mano de su marido y, oh, cielos…

—¿Le interesan las rosas? —le preguntó Chastity.

—Sí, me encantan. Las rosas han sido mi proyecto durante los últimos seis años. He estado intentando crear una nueva variedad de rosas que sea hermosa y resistente a las enfermedades. He traído estas plantas de mi casa.

Chastity arqueó las cejas.

—¿Es una botanista?

—Supongo que sí —repuso con una sonrisa tímida.

—¡Maravilloso! Jamás había esperado tener una hermana que compartiera mi interés por las ciencias. Cuénteme más. —A Chastity se le iluminaron los ojos del entusiasmo, y una sonrisa genuina le iluminó el rostro. Era la primera vez que Patience la veía sonreír.

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Eso le levantó el ánimo. Como su marido era un gran enigma, anhelaba tener una verdadera amiga, una como Anne. Chastity era su nueva hermana. Al igual que Dorian, parecía distante, fría y apartada, pero a lo mejor también tenía un buen corazón.

—Bueno… —dijo Patience entusiasmada y sintiéndose liviana—. Comencé seleccionando dos variedades de rosas: la rosa de Castilla, conocida por su tolerancia climática y su resistencia a las enfermedades y la rosa de Damasco, premiada por la belleza de sus flores aromáticas. He decidido fertilizarlas artificialmente.

Chastity juntó las manos.

—¿Fertilizarlas artificialmente? ¿Cómo se le ocurrió esa idea? Patience le sonrió, complacida de hablar de su técnica innovadora. —Me inspiró un libro que trajo mi hermano de Oxford. Trajo varios

libros para refrescar nuestra reducida biblioteca, y en uno de ellos, hablaban del proceso de reproducción de las plantas. Desde que lo leí, me pregunté qué sucedería si combinaba dos variedades de rosas polinizándolas antes de que se polinizaran entre ellas. Me pregunté si, al igual que los animales, las plantas que surgieran de la fertilización compartirían rasgos combinados de las plantas progenitoras. No era más que una teoría, pero quería experimentar y ver qué ocurría.

—Qué intrigante —murmuró Chastity con los ojos iluminados—. Lo único que sabemos es que las plantas se reproducen por polinización y que las abejas y otros insectos contribuyen con el proceso. Supongo que una persona podría hacerlo por su propia cuenta, aunque no se conocerían los resultados. ¡Qué enfoque más novedoso!

—Sí, es posible, pero tuve que conducir varios experimentos para lograrlo. Descubrí que tenía que hacer frío, como en invierno, para que las plantas lograran germinar y crecer. No todas germinaron, pero estas sí. — Con orgullo, señaló las rosas—. Florecieron hace dos años por primera vez.

—Es extraordinario —comentó Chastity—. ¿Y ha estado registrando el desarrollo de las plantas híbridas?

—Sí —le respondió con el rostro iluminado de orgullo—. Las he estado monitoreando desde el comienzo. Los resultados han sido excepcionales. Han demostrado mayor resistencia a las enfermedades que los padres, y las flores son deslumbrantes.

Chastity se acercó para estudiar con cautela los datos.

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—Es un trabajo impresionante, lady Patience. El nivel de detalle de sus observaciones, el enfoque innovador… es brillante.

Patience disfrutó mucho el halago y la embargó un sentimiento de validación.

—Gracias, lady Chastity. Eso significa mucho. Debo decir que hasta mi hermana Anne se aburría cuando le hablaba del tema, pero ella es una matemática. Si le hablan de ecuaciones, el número pi o la teoría de números, se ilumina. Es la primera vez que hablo con alguien que comparta mi entusiasmo.

Chastity se rio entre dientes.

—La entiendo perfectamente. Cuando hablo con Dorian acerca de mis experimentos médicos, obtengo una reacción similar.

Un sentimiento de pasión compartida las unía, y Patience sintió una inmensa alegría en el estómago. ¿Experimentos médicos? ¡Qué fascinante! Acababa de abrir la boca para preguntarle por el tema, pero la expresión de Chastity se tornó seria.

—Puede que me equivoque, lady Patience, pero no mencionó un grupo de control. ¿Ha estado tomando notas del desarrollo de las rosas de Castilla y Damasco originales con la misma meticulosidad que con las híbridas?

A Patience se le desvaneció la sonrisa del rostro y le dio un vuelco el estómago.

—Tengo… algunos datos, pero no he sido demasiado sistemática. Estaba tan concentrada con las híbridas que…

La voz se le fue apagando al comprender la gravedad de su error. Sin un grupo de control, ¿cómo podría estar segura de haber mejorado la resistencia a las enfermedades con la fertilización artificial y que no se debía a una variación natural?

Chastity soltó un suspiro lleno de bondad.

—Es un descuido de lo más comprensible en una botanista principiante. Pero para que los hallazgos sean significativos, necesita la base de comparación. Sin ella, sus conclusiones podrían deberse a una mera coincidencia.

Patience asintió con la cabeza y sintió una acalorada ola de vergüenza que la invadía. Había estado tan entusiasmada por el éxito del proceso de hibridación que había descuidado un aspecto fundamental del estudio científico.

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Mientras Chastity continuaba hablando, Patience sintió el peso de su falla. El jardín pareció nublarse ante sus ojos, y las rosas que habían sido brillantes ahora constituían un recordatorio que se burlaba de su error. ¿Qué esperaba publicar? Toda la comunidad científica se iba a reír de ella, en especial por ser una mujer y demasiado joven.

Se castigó mentalmente por sentirse de ese modo. ¡Necesitaba pensamientos positivos! Lo bueno era que aún no había enviado su trabajo de investigación. Quizás no debería hacerlo. Como Chastity le acababa de decir, era una botanista principiante.

—Gracias, lady Chastity —le dijo Patience intentando contener el dolor de la desilusión que amenazaba con derramarse en forma de lágrimas—. Es muy culta.

Los ojos celestes de Chastity reflejaron tristeza detrás de las gafas. —Debo haberla desilusionado. Lo siento mucho. No me es fácil hacer

amigas, pero aprecio mucho a las compañeras científicas. No somos muchas en el ámbito. ¿Le gustaría pasear un rato?

—Claro —accedió Patience, y las dos comenzaron a caminar hacia Rath Hall. Y Patience sintió la calidez del sol en el rostro.

—¿Le costó mucho aprender todo? —le preguntó Chastity.

Patience le sonrió.

—Sí. No ha sido nada fácil, aunque estoy segura de que, si hubiéramos tenido dinero para comprar comida y pagarle a una cocinera que la preparara, a mis padres no les hubiera molestado que cultivara rosas, leyera libros y tomara apuntes. Pero, en cambio, tenía que cultivar lo que comíamos, y mis hermanas lo cocinaban.

Chastity asintió con la cabeza pensativa.

—No deberíamos tomar por sentada nuestra posición. Espero que tenga la libertad de dedicarse a las rosas ahora.

Patience le volvió a sonreír.

—Su hermano me apoya mucho.

—Sí. A mí también me apoyó mucho.

Patience frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Mi difunto padre no aprobaba mi interés por la ciencia.

Patience contuvo el aliento. Eso debía de ser lo que Dorian había comenzado a contarle en el carruaje cuando visitaron a los arrendatarios.

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Le había contado algo acerca de su hermana y su padre, pero luego se había interrumpido.

Chastity continuó.

—Quemó mis libros, me prohibió acceder a la biblioteca y hasta me quitó el papel y la tinta durante un tiempo. Me dio apodos de lo más viles. Nadie en mi vida me ha herido tanto como lo ha hecho mi padre. Mi hermano luchó por mi derecho a estudiar ciencia.

La mirada de Chastity se posó en el invernadero, y el rostro se le tornó sombrío. Además, se le formó una expresión acechada similar a la de su hermano. A Patience se le ciñó el pecho de empatía y se le llenó el corazón de ternura por Dorian. Esa era otra faceta de su marido. Era un hombre que protegía el derecho de su hermana a estudiar lo que quisiera.

Ojalá le hablara acerca de John… Había un misterioso hilo invisible que la conectaba con su marido a través de su hermano, y quería saber por qué.

—Lamento mucho oírlo, lady Chastity. Mis padres jamás quemaron mis libros de botánica ni me privaron de mis cuadernos o mi tinta. Sin embargo, me decían que debía pasar el tiempo trabajando en la huerta y no con las rosas. Durante muchos años, tuve que realizar mi investigación en secreto. Por fortuna, no podían ver lo que hacía desde la casa porque mis propios rosales me ocultaban de la vista.

Chastity le sonrió con tristeza al tiempo que llegaron a la entrada de la casa.

—Supongo que tenemos más cosas en común de lo que habíamos creído.

Patience le devolvió la sonrisa y no logró guardar la desilusión y la tristeza en la cesta. ¿Por qué no estaba funcionando? Lo había hecho sola todas las noches y, la mayoría de las veces, la había hecho sentir mejor… Excepto… ¿Y si no era posible huir de esas emociones? Jamás había sentido nada como lo que sentía por Dorian. De modo que… ¿quizás no debería encerrarlas?

En ese momento tuvo una idea. ¿Podía preguntarle a Chastity o tenían una amistad demasiado nueva como para preguntarle por lo único que la había molestado desde la velada de lady Buchanan, cuando oyó a Dorian hablar con Luhst y Pryde acerca de John?

—¿Por casualidad sabe algo acerca de la conexión de Dorian con mi hermano, el señor John Rose? —le preguntó entonces.

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Chastity frunció el ceño y entrecerró los ojos al tiempo que la miraba. —No, lo siento. Jamás he oído hablar del señor John Rose. ¿Se

encontraba presente en la boda? Disculpe si lo he olvidado.

Patience sintió la desilusión como una piedra que se le hundía en el estómago.

—No se ha olvidado. Mi hermano falleció hace doce años, y creí que a lo mejor nuestros hermanos se habían conocido.

Lo cierto es que hubiera compartido sus inquietudes con Chastity. Si fueran hermanas de verdad, le hubiera contado cada una de sus preocupaciones y le hubiera pedido cualquier información que tuviera, cualquier pista que pudiera ayudarla a discernir el secreto y acercarse más a su marido.

—Oh, lo siento mucho, Patience —le dijo Chastity mordiéndose el labio y dejando a un lado las formalidades—. No lo sabía.

—Por favor, no se disculpe —le pidió Patience con una sonrisa. Se sintió un poco aliviada de que Chastity no estuviera al tanto del suicidio y que su opinión acerca de ella y su familia no estuviera destrozada—. No ha hecho nada mal. Es solo que… siempre me sorprendió que su hermano decidiera casarse conmigo sin siquiera haberme conocido.

—A mí también me sorprendió el repentino anuncio de la boda. Durante toda la vida se ha resistido a la insistencia de nuestra tía en que encuentre una esposa y continúe con la dinastía de los Rath. Y de la noche a la mañana anunció que se casaría. Todo ocurrió muy pronto.

—¿Sabe por qué fue tan repentino? —le preguntó con las manos temblorosas mientras caminaban.

—Por lo que he oído, quería ayudar a su padre. Disculpe, pero ¿acaso el señor Rose no se encontraba en graves aprietos?

—Sí —repuso Patience con el estómago lleno de desilusión ante la falta de información—. Así es.

—Quizás mi hermano sea la mejor persona para responder sus preguntas —le sugirió—. Ojalá pudiera ayudar, pero me temo que no sé nada.

Patience asintió y le ofreció otra sonrisa. No era la culpa de lady Chastity, pero la garganta se le cerró y le costó mucho continuar conversando alegremente con la hermana del duque. Pero, como de costumbre, se las ingenió para aferrarse a su brillante sonrisa.

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—¡Ven aquí, chico! —le susurró Patience a Titan, que alzó la cabeza y se puso de pie mientras cerraba la puerta de la recámara de Dorian intentando hacer el menor ruido posible.

El cuerpo alto y peludo de Titan se divisaba en la oscuridad de la habitación. No se podía imaginar qué ocurriría si cada vez que iba allí, Titan le saltaba encima como lo había hecho la primera noche.

Patience había logrado conquistar a la bestia llevándole bocadillos y sobras de la cocina todas las noches que visitaba a Dorian. En esta ocasión, tenía un gran trozo de pechuga de pollo hervida que ella misma había ido a buscar a la cocina. Se la podría haber pedido a una criada o a la señora Knight, pero no se sentía bien pidiéndole a los criados que realizaran tareas que ella misma podía hacer sin ningún inconveniente.

Le acarició la cabeza con pelaje áspero mientras el animal comía satisfecho. Por todos los cielos, no le hubiera gustado ser ese trozo de pollo en la mandíbula gigante del perro. Mientras comía, movía la cola gigante de un lado al otro y la golpeaba contra el suelo con las orejas bajas. Tenía los dos ojos clavados en ella, el negro y el blanco, y la observaba con adoración pura sin dejar de masticar.

—Oh —susurró con una sonrisa—. Yo también te quiero, Titan. — Abrió la puerta para dejarlo salir de la recámara—. Sé un buen chico y cuídanos a tu amo y a mí desde el pasillo.

Cuando Titan salió de la habitación, Patience le dio otro bocadillo que se había guardado estratégicamente para ese momento y le acarició la cabeza a través del hueco entre la puerta y el marco antes de cerrarla.

Acto seguido, Patience soltó un suspiro largo y se volvió hacia la cama de Dorian. Gracias a la luz de la luna que se colaba por los ventanales y alumbraba el espacio enorme, lo vio recostado de espaldas, con un brazo por encima de la cabeza y apoyado en la almohada. Se veía muy sereno. Como no tenía el ceño fruncido, se veía muy atractivo y mucho más joven, a pesar del mechón de cabello blanco en la sien.

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Para no despertarlo, avanzó en puntas de pie hacia su marido. La conversación que había compartido más temprano con Chastity la había dejado con el ánimo caído. Al principio, había sentido que podrían llegar a ser grandes amigas, incluso hasta hermanas, como lo eran ella y Anne. Pero la crítica a su método la había hecho sentir incomprendida y desalentada. ¿Cómo pudo haber sido tan tonta y no haber registrado meticulosamente el progreso de las rosas originales? Chastity era más grande que ella y tenía más experiencia en los círculos científicos. Sin dudas, sabía mejor lo que había que hacer.

Patience jamás había necesitado sentir los cálidos brazos fuertes y tranquilizadores de Dorian envolviéndola como los necesitaba esa noche. Se metió debajo de la sábana cálida y se deleitó con el calor corporal de su marido. Como siempre, se acomodó a lo largo de su cuerpo y apoyó la cabeza en la curva entre el hombro y el pecho duro.

Olía exquisito. Como una pecadora, acercó la nariz a la piel tersa e inhaló su aroma varias veces. Nadie podía enterarse de eso jamás. Si pudiera, se envolvería en su aroma y lo usaría como una chalina para mantenerse abrigada en los días tristes y fríos. La esencia de su marido le derretía algo en el interior y le hacía pensar en partes de su cuerpo desnudas frotándose contra partes del cuerpo de él desnudas. Era muy placentero.

Patience movió la cabeza buscando el mejor sitio y soltó un suspiro al encontrarlo. A Dorian le subía y baja el pecho mientras respiraba profundamente dormido, y Patience logró, por fin, cerrar los ojos. Se sentía mucho mejor. No pensó en su fracaso a lo largo de los últimos seis años.

Estaba a punto de quedarse dormida cuando notó algo inquietante. Unos sonidos amortiguados y llenos de angustia interrumpieron el silencio. El pecho de Dorian se aceleró, y Patience alzó la cabeza.

—No… —masculló su marido con los ojos aún cerrados—. ¡No! — repitió.

—¿Dorian? —lo llamó en un susurro.

El rostro iluminado por la luz de la luna reflejaba angustia, y se le comenzó a formar una arruga en la frente.

—¡No, suélteme!

Patience se sentó en la cama y sintió una ola de temor que la puso alerta.

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—No, padre… —Dorian se removió sacudiendo la cabeza de un lado a otro—. ¡Déjeme salir! ¡Por favor!

Estaba llorando y tenía el rostro distorsionado con una mueca horrible. Chastity le había contado que Dorian la había protegido de su padre. Dorian, su esposo lastimado y lleno de dolor… Patience estaba desesperada por ayudarlo a despertar de ese sueño doloroso.

—¡Déjeme salir, por favor! —Dorian no dejaba de rebatirse.

¿De dónde quería salir? Patience lo envolvió en sus brazos.

—Te encuentras a salvo, Dorian —le dijo con suavidad, acariciándole el rostro humedecido—. Todo está bien.

Dorian se aferró a ella como si fuera su única salvación. Patience le depositó un beso en la frente humedecida, y Dorian abrió los ojos y se quedó perplejo mirándola sin dejar de parpadear confundido.

—Patience —murmuró al tiempo que se secaba el rostro con las dos manos.

A pesar de que Patience tenía el cuerpo tenso y conmocionado, una parte de su mente comprendió que acababa de llamarlo por su nombre de pila por segunda vez. Se había sentido muy bien pronunciarlo. Tan bien como oír su nombre de los labios de él.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó a pesar de la docena de otras preguntas que se le venían a la mente—. ¿Has tenido una pesadilla?

Dorian se sentó en la cama y se apoyó contra las almohadas.

—Estoy bien. Yo… ¿Qué ocurrió? —le preguntó mirándola con cautela.

—Estabas teniendo una pesadilla. Le pedías a gritos a tu padre que te dejara salir.

Patience vio el momento exacto en el que bajaban las defensas como una compuerta que le prohibía el acceso.

—Maldita sea —soltó por lo bajo—. Por eso no quería que durmieras en mi cama, ni que compartieras mi recámara, ni que te acercaras a mí. Jamás debería haberte dejado entrar.

Todo lo que le había contado acerca de su madre, de Bramble y la cercanía que compartían… La conexión cada vez más fuerte… Patience sintió como si se estuviera deshaciendo de todo. Las palabras le dolieron, y se le formaron unas lágrimas en los ojos. Asintió con la cabeza derrotada. Algunas veces, sentía como si pudiera ver más de él, algunos destellos del hombre que había detrás del temor, del dolor y de todas las defensas, pero

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otras, sentía como si jamás lograría llegar a él, ayudarlo a sanar o espantar los fantasmas que lo acechaban.

—No haré ninguna pregunta —le dijo, pero eso no significaba que no intentaría averiguar más. Por el momento, por el bien de su marido, no lo forzaría a hablar—. Pero no quiero dejarte solo en este estado.

Mientras Dorian la observaba, Patience vio cómo se le movía la nuez de Adán. Al final, asintió con la cabeza, y se volvió a acurrucar entre sus brazos. Su cuerpo traidor se sintió como en casa envuelta en sus brazos fuertes y apretada contra su pecho duro.

—Si tienes más pesadillas, dámelas a mí —le murmuró contra la deliciosa piel mientras se acomodaban en la cama—. No tendré miedo.

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Al día siguiente, Dorian se detuvo ante el umbral de una habitación que no había pisado en doce años.

Las siluetas de los muebles cubiertos con sábanas blancas se veían a través de la luz que se colaba por entre las angostas hendiduras entre las cortinas pesadas. Mientras las manos delicadas de Patience tomaban el borde de una cortina, una ola de pánico lo invadió. El corazón se le aceleró ante la idea de que la luz iluminara el espacio. Era fácil ocultar el dolor de la pérdida de su madre en la oscuridad. La luz iba a exponer todo, y algo similar al terror lo rasguñó por dentro.

—¿Qué era esta habitación? —le preguntó Patience.

Dorian se adentró en la sala. Para su sorpresa, el suelo no se abrió bajo sus pies.

—Era la sala de estar de mi madre —le respondió.

«Ella no debería tocar nada aquí», le rugió la bestia en el interior. Nadie debería tocar nada que le hubiera pertenecido a su madre. Sin embargo, esa era la única sala de la planta baja que ofrecía una buena vista a sus preciosas rosas. Como un tonto, esa mañana había soltado que a lo mejor le gustaría verla.

—¿De verdad? —le preguntó al tiempo que se volvía hacia él con los ojos bien abiertos y llenos de comprensión.

Por todos los cielos, ¿qué le estaba haciendo esa mujer? La furia le relamió el pecho como un león. ¿Cómo se atrevía a entrar en esa sala y tocar algo? ¿Cómo se atrevía a hacer cambios en su casa… y en él?

—Sí —repuso sorprendido ante la paz con que la respuesta le salió de la boca.

Una a una, iba bajando sus defensas y rompiendo cada una de sus reglas por el placer de ver la intensa sonrisa y los ojos destellantes de su esposa.

—Y no ha estado aquí desde…

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—Desde el día en que le pedí a la señora Knight que cerrara esta sala. Fue el día del funeral de mi padre hace doce años. Acababa de regresar de Oxford.

Hacía doce años… Ese número otra vez. También habían transcurrido doce años desde la muerte de John, y logró ver la importancia de la fecha destellar en los ojos de su esposa.

La habitación que en una época había estado llena de todas las risas y la luz que su padre tanto había desaprobado se había vuelto un calabozo para el dolor y la ira de Dorian. El día que regresó a casa hacía doce años, solo supo que jamás volvería a ver el jardín ni volvería a entrar en esa habitación. Por eso había ordenado que cubrieran los muebles, cerraran las cortinas y le pusieran llave a la puerta. Hasta ese día.

Patience abrió un poco la cortina y echó un vistazo hacia el exterior. El rostro se le iluminó de entusiasmo, y Dorian supo que la vista de los rosales era espectacular desde allí. Se volvió hacia él pidiéndole permiso con la mirada.

—¿Está seguro de que no le molestará que utilice esta sala?

Dorian apenas se percató de que asintió con la cabeza en respuesta. Había algo en ella, una fuerza serena y una comprensión bondadosa que lo hacía querer confiar en ella y mostrarle partes de sí mismo que había ocultado durante mucho tiempo.

Patience tomó una profunda bocana de aire y abrió bien las cortinas. La habitación se inundó de luz al tiempo que soltaba un jadeo maravillada y observaba el jardín y la habitación. Algo en el interior de Dorian cambió, como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies.

Varias partículas de polvo bailaban bajo los rayos de sol. Dorian parpadeó para acostumbrarse a la luminosidad. Era como si le hubieran quitado un peso de los hombros y la oscuridad que lo había rodeado durante tanto tiempo se disipara ante el resplandor de Patience.

—¡Esta habitación es de lo más hermosa!

Mientras caminaba alrededor de la sala con paredes de paneles pintadas de un delicado tono lavanda pastel, recorrió los muebles y las estanterías con los dedos, y Dorian se dio cuenta de que jamás habría entrado allí sin ella. Patience era como una bocanada de aire fresco, como un rayo de sol en la penumbra de su existencia.

Patience abrió las cortinas de la siguiente ventana y miró hacia el jardín.

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—Me encanta esta habitación, milord —le dijo en un susurro. Dorian anhelaba que lo volviera a llamar por su nombre de pila, pero no le dijo nada—. Gracias por enseñármela. Tenía razón, de aquí las rosas se ven estupendamente. He estado trabajando en ellas desde que era pequeña.

Dorian se acercó para detenerse a su lado.

—Cuéntame más —le pidió con suavidad.

Patience alzó la mirada hacia él y se rio. Era tan hermosa, que apenas podía respirar.

—¿Está seguro de que quiere oír acerca de esquejes, suelo, fertilización artificial y esas cosas?

—Nada me gustaría más.

Bajo la luz del sol de la habitación recién abierta, Patience le habló de las largas horas que había pasado experimentando con las rosas y cuidándolas y también de la alegría que sentía al observarlas crecer y proliferar. Como un tonto, le había prohibido utilizar el jardín. De haber sabido el día de la boda que había llevado plantas y lo importantes que eran para ella, le hubiera permitido plantarlas de inmediato. Recordó la mirada de fascinación en su rostro al ver el jardín por primera vez, y la expresión devastada cuando le dijo que ni siquiera debía pisarlo. Y recordó la mirada llena de anhelo con la que siempre miraba el invernadero.

Cuando terminó de hablar, Patience alzó la mirada hacia él con los ojos destellando llenos de esperanza y las mejillas algo sonrosadas.

—He estado trabajando en una tesis para publicar mis hallazgos —le dijo con la voz algo temblorosa—. Es un secreto. Anne y Chastity saben de mi investigación, pero nadie sabe acerca de la tesis… excepto los botánicos con los que he intercambiado correspondencia.

El pecho se le tensó.

—Está a salvo conmigo.

—Supongo que sí. Usted es excelente a la hora de guardar secretos. Dorian tragó con dificultad pensando que el comentario había sido una

crítica, pero Patience le ofreció una sonrisa dulce.

—Lo cierto es que no hay demasiados estudios acerca de la fertilización artificial. Y no hay demasiadas rosas que sean tan hermosas y resistentes a las enfermedades como lo son las mías. Creo que, si publico mi tesis, más botánicos y hasta incluso los granjeros podrán utilizar esta técnica deliberadamente y creo que podría ayudar con una gran variedad de plantas y cultivos. Pero… solo soy una mujer de dieciocho años que

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jamás ha tenido una institutriz ni ha ido a la universidad. Tengo mucho miedo de enviarlo porque no sé si sea lo suficientemente bueno.

Dorian le tomó la mano entre las suyas para infundirle coraje.

—Sí que lo es —le dijo con convicción—. Eres muy inteligente. ¿Cómo aprendiste acerca de botánica? No me imagino que tu padre pudiera costear muchos libros.

—No, no podía. Y como nuestra familia no era una buena conexión en la comunidad local, la única biblioteca a la que tenía acceso era a la del párroco, el señor Menon. Cuando acabé con el libro que me había llevado John, el párroco me prestó varios libros de botánica. También me prestó libros de la marquesa de Virtoux y otros feligreses adinerados. —Se detuvo para reírse—. Si tan solo supieran la persona escandalosa que ha leído sus libros…

Era una mujer determinada… pero ya sabía eso de ella. Era determinada, inteligente y tenaz. Dorian estaba impresionado con ella.

—¿Creaste una nueva rosa híbrida por tu propia cuenta y comenzaste cuando tan solo tenías doce años? Debes publicar tu trabajo para que otras personas lo lean. Te ayudaré. ¿Qué necesitas?

Patience parecía estar sin habla, y los ojos se le abrieron de la sorpresa.

—Milord…

—Llámame Dorian —le pidió.

Al igual que la noche anterior, cuando oyó su voz suave llamarlo por su nombre y alejarlo de esa horrible pesadilla, no se sintió enfadado, ni tuvo el impulso de golpear algo o explotar de rabia. Simplemente quiso que siempre lo llamara por su nombre.

Patience se lanzó contra él y le pasó los brazos por el cuello. Su aroma floral lo envolvió. Dorian quedó sorprendido, pero la abrazó y enterró el rostro en el sedoso cabello dorado. Sintió un agradable cosquilleo en la piel y se olvidó por completo de los delgados cortes que tenía en el rostro.

—Puedes usar el jardín y el invernadero —le murmuró antes de poder contenerse—. Son tuyos. Úsalos para tu investigación, para tus experimentos o simplemente para tu placer. Que sea un lugar de desarrollo y descubrimientos, como lo son tus rosales.

«Pero ¿qué haces, tonto?», le gritó una voz en la cabeza. «Primero le diste tu cama, luego una parte del jardín, hoy la sala de tu madre y ahora… ¿todo?». «Porque ya se adueñó de mi corazón», alegó otra voz. «Estupendo. ¿Y ahora le vas a contar lo que ocurrió con John?».

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El último pensamiento lo hizo estremecer y, con pesar, se apartó de sus brazos imaginándose el rostro de su esposa lleno de dolor y furia y los ojos llenos de sufrimiento. No lo pudo soportar. Prefería que se le rompiera el corazón mil veces antes de romperle el de ella una sola.

Quizás estaba siendo egoísta también, porque en lo único que podía pensar era en que jamás le volvería a pasar los brazos por el cuello de esa manera. Jamás le volvería a ofrecer esa sonrisa brillante que era la personificación del sol.

Patience abrió los ojos y los labios sorprendida.

—¿De verdad? —le susurró con la voz llena de asombro.

Dorian asintió con la cabeza y el corazón se le hinchó de amor puro y absoluto por esa mujer que le había devuelto la luz a su vida.

De pie bajo la cálida luz del sol, Dorian comprendió que algo había cambiado de manera irrevocable en su interior. Patience había abierto las cortinas y había permitido el ingreso de la luz. Y, al hacerlo, le había dejado entrever la felicidad que podría compartir con ella. Pero eso solo podría ocurrir si lograba guardar su secreto para siempre.

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—Me has permitido usar el jardín y el invernadero —dijo Patience con suavidad—. ¿Puedo preguntar qué ocurrió allí? ¿Por qué ha quedado tan abandonado? ¿Por qué no me has dejado acercarme?

Dorian miró el invernadero con el cielorraso triangular que se veía entre las copas de los árboles, y los ventanales tan cubiertos de mugre y musgo que apenas se veía algo en el interior. La bestia angustiada que llevaba dentro comenzó a inquietarse, y tuvo que cerrar los puños para contenerla de atacarla. Aunque ahora había una parte nueva de él que, para su propia sorpresa, quería contarle la historia. Jamás se lo había contado a nadie. Lucien y Chastity sabían lo que había ocurrido allí porque los dos habían estado presentes para verlo. Pero ella no y, como Patience acababa de contarle todo acerca de la investigación que quería publicar, él quería abrirse también.

—Tenía diez años —comenzó—. Era un niño. Y cuando mi padre echó a mi madre de aquí, me rebelé contra él.

El pecho se le ciñó y miró el jardín. Los puños se le tensaron mientras luchaba contra los recuerdos dolorosos. Sintió el peso de los ojos celestes de Patience y se perdió en la simpatía y la comprensión que reflejaban.

—Mi papá me enseñó a luchar. Todas las mañanas en ese mismo jardín —señaló la maleza crecida que lo cubría casi todo—, hacía que un maestro de esgrima se enfrentara a mí con verdaderas espadas. Había despedido a tres maestros anteriores porque se habían negado a entrenar a un muchacho de diez años con armas de acero. Preferían las espadas de madera para entrenar a alguien de esa edad tan joven. Pero al señor Beaumont no le importaba blandir una espada real contra mí. No creo que tuviera empatía alguna, tal como mi padre. Jamás me lastimó. Era un verdadero maestro y tenía la destreza necesaria para realizar movimientos controlados sin lastimar a su oponente.

Se aclaró la garganta.

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—Chastity tenía seis años y estaba tan triste por la repentina pérdida de nuestra madre como yo. Fue un castigo. Yo no podía dejar de sentir un montón de emociones ni de llorar porque mi padre había matado a mi cordero. Un cordero no era una mascota digna de un futuro duque. Si hubiera decidido adoptar un perro de caza, hubiera sido diferente. Y Chastity no era mucho mejor, ya de pequeña leía libros acerca de la clasificación de especies, microscopía y mecánica clásica en lugar de aprender a tocar el piano, bordar o bailar. Un día, mi padre perdió los estribos y le gritó, y ella se limitó a decirle que hubiera preferido irse con nuestra madre, que creía que era muy inteligente para su edad y le daba libros de ciencia porque creía que ese era el único modo de desafiar su desarrollo mental.

Dorian se volvió a aclarar la garganta y miró a Patience a los ojos. Se preguntó si habría experimentado algo similar con su inteligencia asombrosa y su talento botánico. Se preguntó si John habría intentado defenderla o si la habría menospreciado como lo había hecho su padre con Chastity.

—Mi padre se enfureció y la abofeteó, y yo no me pude quedar sin hacer nada. Por eso, tomé una espada y me interpuse entre él y Chastity gritándole a mi padre que se apartara y que no volviera a tocarla. Chastity no dejaba de llorar mientras se apretaba una mano contra la mejilla, y yo

vi todo rojo por primera vez. Mi padre se rio y le ordenó al maestro de esgrima que se enfrentara a mí en un duelo. Como mi padre siempre se había negado a luchar sus propias batallas y enviaba a los criados a que lo hicieran por él, el maestro de esgrima se limitó a desarmarme. Sin perder tiempo, mi padre me arrojó en el invernadero y cerró la puerta con llave. Era verano y hacía mucho calor. El aire estaba húmedo, apenas había ventilación y el sol calentaba todo por los ventanales… Me oculté debajo de unas palmeras. Me brindaron sombra, pero al poco tiempo comencé a tener sed y hambre. Pasé dos días encerrado, bebiendo el agua lodosa del interior que se usaba para aumentar la humedad. Me enfermé y vomité. Me avergüenza admitir que estaba tan desesperado por beber y por comer y me sentía tan mal que comencé a golpear los paneles de vidrio y a pedir a gritos que me dejaran salir. Al tercer día, vi a Chastity acercarse a mí con Lucien pisándole los talones. Anunciaban a los cuatro vientos que me iban a liberar, pero mi padre los alcanzó y le advirtió a Chastity que si daba otro paso hacia el invernadero la iba a azotar con un látigo.

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La bestia le gritó que no dijera más nada, pero al mirar a Patience, que tenía los ojos más tristes del mundo, los ojos de alguien que lo comprendía, supo que lo aceptaba de cualquier modo.

—Y fue ese temor lo que terminó de convertir la poca energía que me quedaba en ira. El temor de que mi padre volviera a lastimar a Chastity. Por eso, tomé una de las piedras y la arrojé contra los paneles de cristal. Tenía que llegar a ella antes de que mi padre pudiera tomar el látigo. El cristal se hizo añicos y volaron trozos por todos lados, como con el espejo el otro día. Tuve que atravesar el hueco para llegar a Chastity. Estaba muy enfurecido con mi padre y temía mucho por ella. Creo que el temor es mi perdición. Siento temor y tengo que atacar enfurecido, con puños o con palabras. Y, en ocasiones, con armas también. Porque si no actúo, siento temor. Me siento solo. Y soy tan poco digno que no soporto el dolor.

—Oh, Dorian —susurró Patience.

Estiró la mano y le tomó el puño herido entre las suyas, que eran tan pequeñas y tiernas que casi lo dejaron sin aliento.

—Eres de lo más digno —le susurró—. Puede que seas la persona más digna que conozco. La más digna y las más herida.

Dorian se quedó sin aliento. Podía oír y comprender las palabras, pero no le llegaron al corazón; no podía aceptarlas como ciertas. Sin embargo, de solo oírlas de una persona tan brillante, encantadora y bondadosa como ella se le derritió algo en el pecho.

—No me di cuenta de lo mucho que me había lastimado. Tenía cortes en la mano y debí de haberme cortado una vena en la muñeca. No lo sé. Al atravesar el ventanal roto, me hice muchos cortes en el rostro, los hombros y el resto del cuerpo. Chastity y Lucien gritaron. Empujé a mi padre para alejarlo de mi hermana, y el abrigo hecho a medida se le manchó con la sangre de mis puños.

Dorian no sabía cómo hablaba con tanta calma del asunto cuando los recuerdos le latían en la cabeza como un tambor.

—¡Oh, no, Dorian! —exclamó Patience y, cuando la miró, vio las lágrimas que le caían por las mejillas. Lloraba por él.

—Primor, no te merezco —le susurró con la voz casi quebrada.

Acto seguido, le tomó el rostro entre las manos y le enjugó las lágrimas con los pulgares. Y, como no dejó de llorar y más lágrimas le cayeron por las mejillas sonrosadas, se las besó una a una y saboreó la sal.

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—No llores —le rogó—. Estoy vivo y me encuentro bien. Perdí la consciencia, pero el maestro de esgrima sabía cómo detener la sangre. Supongo que era parte de su profesión. Mi padre llamó a un médico que me atendió como debía. Uno de los cortes se infectó y me dio fiebre, pero lo superé, ¿ves? Estoy bien.

—Gracias a Dios —le dijo con la voz ronca, y Dorian no pudo evitar sentirse sorprendido. ¿Cómo podía ser que alguien le agradeciera a Dios que siguiera vivo? Si supiera lo que le había hecho a su hermano, rezaría porque estuviera muerto.

—Estoy tan feliz de que hayas sobrevivido —le dijo acercándose la mano al rostro.

Luego bajó la mirada al puño cubierto por el guante, y Dorian tragó con dificultad. Durante las últimas dos semanas había comenzado a notar que el enrojecimiento comenzaba a expandirse y el dolor se intensificaba a un punto casi insoportable. Lo mejor sería quitarse el guante. Pero no podía hacerlo.

—¿Qué pasó con esta mano? —le preguntó mientras la tomaba entre las suyas. Dorian apenas logró respirar. Para su asombro, Patience le depositó besos sobre el cuero.

Cielos, esos labios. Tenía la mente hecha un caos total donde reinaban las emociones más confusas: los ecos del temor, la ira y la culpa… el amor… y, que lo llevara el diablo, el deseo que le despertaba en todo el cuerpo con esos suculentos labios rosados.

Dorian abrió la boca como para decir algo. «Desafié a tu hermano a un duelo, y él acabó saboteando mi pistola para que me explotara en la mano. El acto deshonroso me enfureció tanto que lo ataqué… y se disparó el arma. Tu hermano no se suicidó, Patience. Fui yo. Le quité la vida. Soy el culpable de toda la miseria que atravesó tu familia».

Se imaginó el dolor en sus ojos, la desilusión, el modo en que le soltaría la mano asqueada y jamás volvería a mirarlo siquiera. Jamás lo consideraría digno. La perdería. Sin embargo, podía tenerla por el resto de la vida. Le pertenecía por ley. Lo único que debía hacer era guardar silencio y ocultar el monstruo que era en realidad. Ocultar que era un asesino.

—Un accidente —le respondió en un susurro y no pudo apartar la mirada de los labios aterciopelados que le recorrían la muñeca por encima del guante.

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Pero, como un verdadero canalla, pensando todo lo que le pasaba por la mente y con todas las emociones confusas que se agitaban en su interior a la vez, se fue excitando un poco más con cada beso que le daba.

—Entiendo. —Le soltó la mano y le pasó los brazos por el cuello para mirarlo a los ojos—. Espero que ahora te sientas mejor.

Tras decir eso, lo besó como una habilidosa seductora.

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Patience sintió el roce áspero de la barba incipiente de Dorian mientras lo besaba y le produjo un cosquilleo en todo el cuerpo.

No quería incomodarlo con las costras de los cortes y sopesó la posibilidad de que la apartara con suavidad, en cambio, la envolvió en sus brazos y la apretó contra su cuerpo. El pecho duro le subía y bajaba al mismo ritmo que el de ella. Profundizaron el beso, enredaron las lenguas, y a Patience le dio vueltas la cabeza por el intenso sabor dulce de Dorian.

Con la boca, le depositó besos ardientes en el cuello y fue bajando hasta que los labios le acariciaron las cimas de los pechos que sobresalían del vestido. Era como si le provocara destellos de energía en la piel, y sintió los senos cálidos y pesados, como si estuvieran demasiado apretados en la prenda. Enterró las manos en el cabello oscuro que le pareció increíblemente sedoso al tiempo que le apoyaba los labios en la piel.

Era como una criatura que se retorcía con un anhelo extraño y dulce que solo él podría calmar. Patience soltó un gemido y ladeó la cabeza hacia atrás cuando le apoyó una mano sobre un seno y le acarició un pezón con el pulgar. A través de la tela de las prendas, el capullo se le endureció con un dolor exquisito. Se estremeció, y Dorian soltó una maldición.

—Por todos los cielos, duquesa… —murmuró—. Si te estremeces así cuando te toco a través de las prendas, ¿cómo te retorcerás cuando…? — De repente se detuvo y guardó silencio. Le respiró contra el cuello y la abrazó. Patience sintió algo duro y cálido entre las piernas que se le apretaba contra el vientre y supo que era el mismo bulto misterioso que había sentido en otra oportunidad.

—¿Cuando qué? —le preguntó a través de jadeos desesperados, y el cuerpo aún deleitado con el placer que le acababa de brindar.

—Nada —masculló y la soltó para su desilusión.

—Pero ¿no estoy rompiendo la segunda regla? —le preguntó—. ¿No era algo acerca de que no habría ningún deber marital? ¿No deberías… eh… castigarme? —le preguntó con la piel ardiendo.

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Dorian exhaló y le clavó la mirada oscura. Luego tragó con dificultad. —No has realizado ningún deber marital, primor. Al menos, no de

momento.

—Oh… —Patience tragó con dificultad.

Por todos los cielos, ¿cómo podía lograr que volviera a castigarla? ¿Cómo podía convencerlo de que la volviera a tocar como lo había hecho cuando le dio las nalgadas… y la otra noche, cuando hizo que todo el cuerpo se le estremeciera? Se preguntó si podría hacerle sentir las mismas sensaciones que le provocaba a ella.

—Y exactamente ¿qué son los deberes maritales? —le preguntó. Dorian cerró los ojos y respiró profundo. Tenía el brazo apretado

contra la pared a sus espaldas, y cerró el puño alrededor de la cortina. —Qué me lleve el diablo, mujer. Eres la mayor tentación a la que he

tenido que resistirme.

Patience se mordió el labio inferior. ¿Estaría cerca de lograrlo?

—¿Por qué?

Dorian abrió los ojos. Estaban oscuros y la penetraban tanto que se sintió anclada en su sitio.

—Porque jamás he querido romper mis propias reglas como deseo hacerlo ahora.

—Oh… —murmuró y una sonrisa de satisfacción le iluminó el rostro —. ¿Entonces quieres que lleve a cabo los deberes maritales?

Su mirada se intensificó y se le dilataron las fosas nasales al tiempo que se le aceleraba la respiración.

—No hay nada que desee más.

—Bueno… Y en ese caso, ¿por qué no me dejas hacerlo?

Una expresión dolorosa le cruzó el rostro.

—Estoy pendiendo de un hilo… Créeme que me controlo por tu propio bien.

—Ni siquiera sé qué son los deberes maritales —le respondió—. ¿Cómo podría saber qué es lo que no debo hacer? ¿No crees que deberías… enseñármelo?

—No sabes lo que me pides —gruñó con la voz ronca—. No soy un amante dulce.

—Y yo no soy una flor delicada —le aseguró—. Si eso es lo que crees, te equivocas.

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Ya no era la niña ingenua que había llegado a esa casa. Aún no era alguien como él, decidida y segura de lo que quería. Quizás todavía no era una verdadera duquesa, pero sabía que lo deseaba y que quería ese matrimonio.

Dorian le pasó los nudillos contra la mejilla, y la expresión dolorosa se le intensificó.

—No me caben dudas de que eres una rosa.

Ella le sonrió.

—¿Es un cumplido, milord?

—Inspiras las cosas más sorprendentes en mí, primor. Sacas ramas que creí que se habían secado y roto hace mucho tiempo.

—No están muertas —le aseguró tomándole el rostro entre las manos, y el pulgar calloso le acarició el pómulo alto—. Aún las veo. Déjame revivirlas. Tengo fama de ser buena con las plantas.

Dorian soltó un gruñido, pero se quedó inmóvil, con el mentón tenso de dolor. Solo debía insistirle un poco más. Un poco más y acabaría cediendo. Patience no sabía qué debía hacer, pero creyó que a lo mejor tendría algo que ver con la región de los senos porque había parecido disfrutar besárselos y acariciárselos hacía unos instantes. Sin interrumpir el contacto visual, se bajó el cuello del vestido despacio para dejar al descubierto más parte de los senos.

—Te aseguro que sin importar cuáles sean esos deberes maritales prohibidos… los deseo tanto como tú.

Solo le bastó mostrarle uno o dos centímetros de piel. Dorian bajó la mirada a los senos y se estremeció. Patience vio cómo toda la resolución se le quebraba como una rama.

—Al diablo con las reglas —rugió y al siguiente instante estaba sobre ella.

Le apoyó los labios sobre los suyos mientras la envolvía en sus brazos y la apretaba contra su cuerpo como un lazo irrompible. La besó como si hubiera estado famélico toda su vida, con roces profundos y voraces, con labios que la acariciaban, la frotaban y la dejaban sin aliento. Patience le respondió con el mismo entusiasmo y respirando entre jadeos. Todos los pensamientos se le evaporaron, y solo le quedó una necesidad dolorosa en todo el cuerpo, la de encontrarse apretada firmemente contra él y sentir sus dedos, sus manos, sus muslos, su estómago, su pecho, y, oh, por Dios, sus labios encima…

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No supo si fue ella quien alzó una pierna para pasársela por las caderas, ni tampoco tuvo certeza si se había aferrado al abrigo de él con las dos manos como si quisiera treparse sobre él.

—¿Estás segura? —le preguntó en un susurro contra los labios.

—Sí, pero puede que me tengas que decir qué debo hacer —le respondió casi sin aliento—. Cómo ser una buena esposa y cómo complacerte.

Antes de que acabara de hablar, Dorian la recogió en sus brazos y comenzó a avanzar por la habitación. La sábana que cubría el sofá salió volando como un fantasma por la habitación, y la depositó sobre los almohadones suaves para ceñirse sobre ella.

—Lo primero que debes hacer —comenzó— es ceder a las sensaciones de tu cuerpo. Todo lo que sientes y todo lo que quieres hacer es natural.

La besó con suavidad y pasión, y los labios y la lengua se sintieron lascivos y maravillosos sobre ella.

—¿Te gusta esto? —le preguntó contra la boca y le besó el mentón.

Con la mano le recorrió el cuerpo hasta reducirla a cera cálida y maleable.

—Sí —gimió ronroneando como una gata—. ¡Oh, cielos, sí!

Todo lo que quería hacer era natural… Siempre había sido buena alumna. Imitando los movimientos de él, le pasó las manos por el abrigo, el chaleco y la camiseta, anhelando sentir el pecho desnudo y el estómago con las yemas de los dedos.

—¿Esto se siente bien? —le preguntó—. Quiero complacerte.

Enséñame a hacerlo.

—¿Aún me quieres complacer? ¿A pesar de todas las cosas feas que acabas de aprender acerca de mí?

—Sí, más de lo que te imaginas.

Algo peligroso destelló en lo más profundo de sus ojos, un hambre voraz que le produjo un estremecimiento en la columna vertebral. Con un gruñido, le capturó la boca para sellársela con un beso que la dejó jadeante y adolorida. Los labios le dejaron un rastro de fuego por la garganta, y los dedos comenzaron a deshacerle los botones del corsé para dejar al descubierto las cremosas cimas de los senos.

—Qué delicia —soltó al tiempo que la lengua le saboreaba la piel. Las manos y la boca le recorrieron los contornos del cuerpo y le

encendieron todas las terminaciones nerviosas. La hizo retorcer y estremecer, y el cuerpo de Dorian fue lo único que logró mantenerla en su

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sitio. Sintió que le subía la falda del vestido y la túnica. Y cuando los dedos le rozaron el calor húmedo de la entrepierna, soltó un gemido y arqueó la espalda contra el sofá.

Dorian hizo movimientos expertos con los dedos y la obligó a arquearse más. Patience soltó un gemido y obedeció.

—Eso es, primor —le ronroneó—. Ríndete al placer. Este es tu clítoris.

—Le frotó un punto sensible.

El clítoris… Siguió frotándoselo y provocándola hasta que acabó temblando y al borde de un precipicio.

—Dorian, por favor… —gimió clavando las uñas en el tapiz del sofá.

Dorian se rio.

—Sí, primor. El clítoris es un punto maravilloso. —El dedo se dirigió a su entrada—. Pero tu cuerpo es capaz de mucho más.

Con los dedos, le separó los pliegues y le introdujo la punta de uno hasta sentirla relajar. Estaba apretando algo en su interior, y Patience sentía la presión cada vez más intensa. Quería sentirlo más adentro.

—¿De qué es capaz? —le preguntó.

—De alojarme en tu interior. Tu placer será aún mayor… En combinación con el clítoris y este hermoso punto… Te puedo hacer sentir muy bien, primor. Tu cuerpo está diseñado para sentirse bien.

—¿Y está diseñado para tener tus dedos dentro? —le preguntó—. Me gustó mucho lo que me hiciste la otra vez.

—No solo mis dedos, primor. Pero hay una parte de tu cuerpo que detiene la penetración porque eres virgen. Puede que la primera vez te duela. Puede que haya sangre o no. Cada mujer es diferente. Sin embargo, es probable que sientas un poco de dolor la primera vez, pero después se sentirá muy bien. Me aseguraré de eso.

Cuando le volvió a rozar el clítoris con el pulgar, la volvió a provocar y dejó de sentir la presión.

—Si en algún momento quieres que me detenga, solo tienes que decírmelo y lo haré. ¿De acuerdo?

¿Detenerse? Eso era lo último que quería que hiciera en ese instante, pero era bueno saber que tenía la opción.

—Sí —murmuró abriendo las piernas—. ¿Se sentirá tan bien como lo que me haces con el pulgar y la boca?

Dorian asintió en respuesta y cerró los ojos como si estuviera atravesando un fuerte dolor. Luego se puso de pie y comenzó a desvestirse.

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Patience sintió que el sexo se le tensaba aún más al verlo abrir los botones del abrigo.

Sin apartarle los ojos de encima en ningún momento, con la mirada oscura e intensa sobre ella, dejó caer el abrigo negro al suelo. Patience abrió los ojos al ver el bulto enorme que tenía entre las piernas, con una forma que se veía claramente a través de los pantalones. Un estremecimiento de temor la recorrió entera.

Dorian se desabrochó los botones del chaleco y quedó de pie con los pantalones y la camisa blanca. Los músculos de los hombros anchos se le tensaron bajo la tela. Jaló de la camisa para sacársela de los pantalones y luego se la quitó por la cabeza.

—Santo cielo… —masculló Patience sin aliento.

Era tan hermoso que bien podría haber sido una estatua griega entallada: con hombros anchos, el contorno duro de los bíceps y un pecho bien definido. No era corpulento, sino alto y esbelto, con suaves ondulaciones en el vientre que conducían a unas caderas estrechas que parecían formar un triángulo perfecto y apuntaban hacia abajo… hacia el misterioso bulto.

—¿Te gusta lo que ves, duquesa? —le preguntó ronroneando.

—Sí… eh… sí, me gusta mucho.

Dorian bajó la mirada a los muslos entreabiertos.

—A mí también.

Patience se rio, pero la sonrisa se le desvaneció del rostro cuando su marido se bajó los pantalones y se quitó las botas. De repente vio qué era el bulto. Era su miembro: largo y grueso… y parecía enorme. Y la apuntaba a ella. Tenía el tamaño de un candelabro gigante.

—Esto irá en tu interior, primor —le dijo sujetándose el órgano impactante—. Si quieres.

Patience se había quedado sin habla y se limitó a abrir y cerrar la boca. Si la punta de un dedo le provocaba una presión fuerte, ¿cómo le podría llegar a caber eso? A pesar de la pregunta, una extraña sensación cálida la embargó. Que él la tomara de ese modo, que estuvieran conectados cuerpo con cuerpo y alma con alma…

—¿Esos son los deberes maritales? —le preguntó.

—Sí, primor.

—¿Y me va a entrar?

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—Sí, y te va a encantar, te lo prometo. Si no te gusta, me detendré. Y que Dios me ayude.

Patience tragó con dificultad y asintió con la cabeza.

—Es que es tan grande que no sé cómo podría… no dolerme.

Dorian se acercó y se estiró a su lado en el sofá. Era tan alto que no podía estirarse por completo, pero se apretó contra ella, que lo sintió cálido, duro y agradable.

La besó y le tomó la mano entre las de ella para apoyársela sobre el pecho desnudo. Patience le acarició la piel aterciopelada bajo la suave mata de vello oscuro. Lo estaba tocando por primera vez, y la piel se le encendió con una hermosa energía cosquilleante. Tenía un hombre alto y desnudo acostado a su lado, y su cuerpo le infundía tanto calor que parecía un horno en persona. Vio las cicatrices de su cuerpo, quizás de las lecciones de esgrima o de su infancia trágica. Solo le quedaba puesto el guante derecho. Patience le recorrió los músculos duros con la mano.

—Me encanta acariciarte —le susurró—. Eres sólido, grande y hermoso.

Dorian se rio.

—¿Hermoso?

—Sí.

—Tú eres hermosa, primor. Lo más hermoso que he visto en la vida. A Patience se le cerró la garganta al oír el cumplido, y cuando Dorian

le guio los dedos debajo de los rizos suaves y se los cerró alrededor del miembro… soltó un jadeo. Por todos los cielos, era cálido y duro, pero a la vez aterciopelado.

—¿Qué hago? —le preguntó.

—Acaríciame —le dijo con la voz ronca antes de tragar con dificultad. Patience le recorrió todo el miembro con las yemas de los dedos. A Dorian se le escapó un gemido de la garganta que le hizo eco en el vientre y produjo que se le tensara el sexo. Dorian le apoyó la palma contra el

miembro.

—Así, primor —le dijo—. Arriba y abajo.

—¿Así? —le preguntó mientras lo acariciaba como le había pedido. Como recompensa, vio que echaba la cabeza hacia atrás y tomaba una

profunda bocanada de aire.

—Sí, así. Que Dios me ayude…

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Siguió acariciándolo, mordiéndose el labio y observando cómo se le tensaban las venas del cuello cuando aceleraba el ritmo.

—Así es cómo me voy a mover dentro de ti —le explicó mientras la observaba con los ojos entornados.

—¿Y se sentirá bien para ti?

—Se sentirá muy bien. No espero que se sienta mejor con nadie más en todo el mundo, primor.

Quería complacerlo. La idea del dolor de tener su órgano en el interior le produjo temor. Pero ¿qué sabía ella? No tenía ni idea de qué eran los deberes maritales ni de cómo cumplir con ellos. Era evidente que él tenía mucha más experiencia. Deseaba que las jóvenes ingenuas como ella pudieran estar mejor preparadas e informadas acerca de esas cosas.

Dorian se estremeció cuando lo apretó con un poco más de fuerza, y de repente se dio la vuelta y se colocó sobre ella. Sentir su peso le produjo placer. Le sujetó las manos y se las acomodó encima de la cabeza antes de besarla. Fue un beso profundo y lento, lleno de un hambre contenido. Fue tanto una promesa como un voto.

Le besó el cuerpo y la masajeó mientras se movía hacia abajo y luego… la sorprendió cuando le rozó no solo los dedos sino también la boca contra el sexo. ¡Oh, cielos! Soltó un jadeo ante la ola de placer aterciopelado que se le expandió por el cuerpo.

—¡Oh, cielos! —exclamó cuando comenzó a succionar y lamer el centro de placer—. ¡Oh, milord!

Estaba ardiendo e hinchada, y no le llevó demasiado tiempo alcanzar la cima que había conocido la primera vez, cuando le había dado las nalgadas, o la segunda vez cuando le había aliviado la tensión en la cama. Pero antes de que pudiera alcanzarla, Dorian se apartó, se ciñó sobre ella y le separó las piernas. Patience quería sentirlo en su interior.

Le acarició el sexo con el miembro, como lo había hecho con los dedos y la lengua, y casi se deshizo con las sensaciones que le recorrieron el cuerpo. Se encontraba húmeda y cálida cuando se deslizó con facilidad por su entrada. Con cada caricia le daba más placer, y Patience se preguntó si podría ser que se hubiera equivocado acerca del dolor. Le acercó el miembro a los pliegues y la miró.

—Si en cualquier momento quieres que me detenga, lo haré.

Patience asintió con la cabeza, y él comenzó a penetrarla. Patience separó más las piernas para recibirlo y sintió la intensa presión que la

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estiraba. Luego experimentó algo parecido a un pellizco, algo se rompió, y Dorian quedó enterrado en su interior. Cuando Patience soltó un grito de dolor, él se detuvo y la abrazó sin dejar de jadear contra ella.

—Lo siento, primor —le murmuró con los ojos oscurecidos destellando llenos de preocupación y ternura—. ¿Te encuentras bien?

Estaba completamente llena. Jamás había creído que le cabría, pero lo albergó entero y la estaba estirando hasta un punto imposible. Sin embargo, disfrutó cada momento de placer. Sentía un ardor y un cosquilleo, pero, como anhelaba más, asintió con la cabeza.

Con un cuidado infinito, Dorian la embistió con suavidad. Patience soltó un jadeo al experimentar una punzada abrupta y le enterró los dedos en los hombros. Dorian se quedó quieto e intentó recuperar el aliento contra su cuello. Luego le depositó besos tiernos por el rostro y comenzó a moverse, se retiró despacio antes de volver a hundirse en su interior. La sensación de incomodidad pronto se transformó en un dolor de placer que la llevó a alzar las caderas y embestirlo.

—Eso es, primor. Busca tu placer con mi cuerpo —la alentó Dorian—.

Quiero sentir cómo te deshaces en mis brazos.

Las palabras le desataron un incendio en la sangre. Varios gemidos lascivos se le escaparon de los labios mientras se movía con él en busca de la dicha que solo él sabía darle. Dorian deslizó una mano entre los cuerpos para buscarle el clítoris. Le dibujó círculos deliciosos que le brindaron un placer infinito. Comprendió que, para su sorpresa se encontraba llena de él, pero también rodeada de él.

Era suya. Completamente suya. El orgasmo la arrasó como nada que hubiera experimentado antes. Soltó un grito y se estremeció cuando el clímax la arrastró por el borde del éxtasis. Con un gemido alto, Dorian la siguió, y Patience sintió que el cuerpo se le estremecía con una sensación pulsante que fue seguida de una inundación cálida. Por un buen rato, se abrazaron mientras los corazones les latían desbocados al unísono y respiraban el mismo aire.

—Tengo que recurrir a todo el control que poseo para no darte la vuelta y volver a tomarte como tanto deseo —le confesó Dorian con la voz ronca. El miembro casi endurecido seguía enterrado en ella—. Te tomaría fuerte y duro, y te penetraría tan hondo que me sentirías por varios días.

Dorian soltó un gruñido posesivo y se volvió a apoderar de su boca. Patience jamás se había sentido tan adorada, deseada e increíblemente

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viva. Ahora era otra persona. Era más fuerte, brillaba aún más que antes y tenía esperanzas para ellos. En sus brazos, encontró la compleción y decidió que pasaría la eternidad intentando brindarle lo mismo.

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24

Alguien llamó a la puerta. Dorian alzó la cabeza, reacio a apartarse del paraíso dulce y suave del cuerpo de su esposa, que se removió debajo de él para apretarle los brazos contra el cuello y acercarse más a él.

Dorian inhaló su aroma dulce. Se encontraba en el edén. Esa podría ser su vida. Su hermosa mujer entregándose a él con cariño y deseo, sentimientos de felicidad y amor recorriéndole las venas al verla… Su futuro con ella podría ser intenso y acogedor. Incluso maravilloso.

La persona que se encontraba al otro lado de la puerta volvió a llamar. Fue como si la realidad por fin hubiera ido a buscarlo. La puerta se abrió y, antes de que pudiera reaccionar, la señora Knight entró. Al reparar en el cuerpo de Dorian que cubría a Patience y divisar las piernas de su esposa envueltas en su trasero desnudo, el rostro de la perfecta ama de llaves reflejó una expresión de estupor temporal que le quitó la expresión neutra que solía llevar. Luego, clavó la mirada en la ventana.

Patience se rio contra el cuello de Dorian, y el aliento cálido le produjo un cosquilleo.

—Milady, milord —comenzó la señora Knight—. Me preguntaba si debería enviar a los lacayos a quitar las sábanas y a las criadas a limpiar la habitación luego de todos estos años… Era una sala tan hermosa cuando la duquesa aún vivía… Pero quizás sea mejor hacerlo más tarde.

Tras todos esos años… Dorian sintió un escalofrío. En todos esos años su madre no había estado allí. Recordó cómo la había visto en esa habitación: hermosa, con el cabello oscuro, bebiendo té y mirando hacia el jardín a través de esa misma ventana con una expresión llena de ansiedad.

Por todos los cielos, tarde o temprano, haría que Patience también se viera así. Porque una bestia furiosa vivía en su interior. Hacía unos instantes se había deshecho en sus brazos, y ya estaba rompiendo todas las reglas que había establecido para los dos. Sintió que el control de las emociones se aflojaba a su alrededor. ¿Podría controlar a la bestia y no lastimarla como su padre había lastimado a su madre? ¿Y qué había del

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terrible secreto que sin dudas acabaría rompiéndole el corazón? La amaba.

No quería que jamás saliera de su vista.

—Sí, eso sería mejor, señora Knight —repuso.

Dorian no podía sentirse el cuerpo.

El ama de llaves asintió con la cabeza y se retiró de la habitación. A regañadientes, Dorian se apartó de Patience.

Tenía que asegurarse de que no volvería a deshacerse, ni a romper cosas alrededor de ella por temor a ponerla en peligro… No le importaban sus propias heridas, pero no podría vivir consigo mismo si le hacía daño a Patience.

Su esposa se enderezó en el sofá y lo miró con los ojos entrecerrados mientras se bajaba las faldas por las piernas. Dorian se puso la camisa y se la metió en los pantalones.

—Oh, qué pena por la señora Knight —dijo Patience con una risita. Se veía tan satisfecha y contenta como una gata con un cuenco de leche.

Dorian no le respondió. Detestaba hacer eso, pero tenía que alejarse de ella antes de lastimarla. Había sido un tonto al dejarse llevar de ese modo. Al enamorarse de su esposa.

Por todos los cielos, estaba enamorado. Por primera vez en su vida y a los treinta y dos años, amaba a una mujer. Y, para empeorar las cosas, era la última mujer en el mundo a la que debería amar. La hermana del hombre que había asesinado.

A Patience se le desvaneció la sonrisa al verle la cara. Eso era lo que quería Dorian.

—Estoy seguro de que no es nada que no haya visto antes —le dijo bruscamente.

A Patience se le agrandaron los ojos.

—¿Con…? Oh…

La mirada de dolor que le atravesó el rostro le rompió el corazón en un millón de pedazos. Quería calmarla, asegurarle de que no hablaba de él. Pero si alguna vez llegaba a descubrir la verdad, eso sería mucho peor. Por eso, no la corrigió. Nunca tenía mujeres allí, y jamás se había acostado con ninguna de las criadas.

—Debo marcharme —anunció con el estómago retorcido.

Tuvo que obligar a las piernas a alejarse de ella porque lo que más deseaba en el mundo era acurrucarla en sus brazos y quedarse con ella para siempre en esa habitación iluminada por el sol.

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Anhelaba preguntarle si todavía sentía alguna molestia o si le había hecho demasiado daño. Quería asegurarle que ese pequeño malestar desaparecería en unos días y que seguiría dándole placer por el resto de sus vidas. Pero se abstuvo de hacer nada. En lugar de eso, con el temor persiguiéndolo, salió de la sala de estar al pasillo oscuro y echó a correr. Estaba aterrado.

Amaba a una mujer, y ella le había respondido. Ella también podría amarlo. Tenía la verdadera felicidad al alcance de las manos por primera vez en la vida… y tarde o temprano la haría añicos. Acabaría lastimándola como nadie más lo había hecho. Estaba seguro de eso.

De repente, sintió el impulso de golpear algo. De destrozar algo… antes de destrozar el corazón del amor de su vida.

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25

Patience estaba sentada al escritorio de palisandro con una pluma en la mano y tomaba notas en su diario botánico.

Tenía la mente dividida. Una parte estaba concentrada en transcribir los datos acerca del grupo de control de las rosas y anotar el progreso de enfermedades como manchas negras y oídio. Luego de que lady Chastity señaló que le faltaba esa información, Patience había revisado sus diarios y se había dado cuenta de que en realidad tenía datos suficientes para representar el grupo de control. La otra mitad de la mente no dejaba de pensar en Dorian.

Habían pasado solo dos días desde el mejor día de su vida. Dorian había compartido la parte más profunda de él con ella y se habían fundido en un solo ser, como marido y mujer. Ella le había hablado de sus rosas, y él la había alentado a terminar de escribir la tesis. El hecho de que su marido creyera en ella la había hecho brillar.

Dorian era la primera persona en su vida que la apoyaba de ese modo. Ni siquiera Anne le había sugerido que escribiera una tesis y la enviara a instituciones académicas. Lady Chastity había encontrado un defecto en su investigación, aunque, a decir verdad, le había resultado de lo más útil. Pero Dorian le había dicho que debía hacerlo. Y luego la había hecho suya, verdadera e irrevocablemente suya. Cuando se conectaron del modo más profundo que dos personas podían conectarse, había confiado en él. Y había explotado de felicidad.

En ese momento de dicha, envuelta en sus brazos fuertes, supo con total certeza que lo amaba. Y por eso le dolió aún más que al siguiente instante se apartara de ella y se tornara frío como el hielo.

Desde entonces, las dos noches siguientes, Patience había dormido en su cama, y, por lo tanto, no había podido conciliar el sueño. Los ojos le ardían por la falta de descanso. La señora Knight le había dicho que Dorian estaba pasando un tiempo en una pequeña cabaña que tenía en la aldea de Rathford.

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La mano se le congeló sosteniendo la pluma por encima del diario. ¿Habría hecho algo mal? ¿No era suficiente como para retener sus afectos? Las lágrimas le picaban en los ojos y apoyó la pluma con las manos temblorosas. Ojalá pudiera develar el secreto de su esposo. Ojalá pudiera entenderlo y asegurarle que nada de lo que pudiera hacer la alejaría de su lado… Que estaba lista para compartir su carga. Que lo comprendería sin importar de qué se tratara. Fuera lo que fuese que conectara a Dorian y a John, ella lo comprendería como nadie más. Ya no le cabían dudas de que develar de qué se trataba el incidente de Oxford era fundamental para su felicidad matrimonial.

Ojalá pudiera progresar con Dorian… Ojalá dejara de huir de ella, de hacerla a un lado… El primer impulso de Patience fue evitar la tristeza, el arrepentimiento y la ira. Las emociones malas pertenecían en la cesta, ¿no?

La alegría que solía verter en ese tipo de situaciones se sintió como una máscara frágil. Y, para su sorpresa, no sintió que fuera a ayudar con Dorian ni tampoco que la fuera a ayudar a sentirse mejor. Entonces, ¿debería permitirse sentir esas emociones?

El sonido de unos pasos que se acercaban la distrajo de la melancolía. El pulso se le aceleró y se sentó erguida. Se atrevió a guardar esperanzas de que fuera Dorian buscándola. A lo mejor había ido a tomarla entre sus brazos y erradicar todas las dudas que la acechaban.

Sin embargo, no fue el duque quien apareció en el umbral. A Patience se le hundió el corazón al ver a lady Chastity entrar en la sala, y una ola de desilusión la embargó. A pesar de eso, se apresuró a sonreír.

—Milady —la saludó Chastity con una reverencia—. Espero no interrumpirla.

—No, para nada —le aseguró. Como la última vez, se había puesto un práctico vestido oscuro confeccionado con una exquisita tela y diseño. Mademoiselle Antoinette de seguro se lo hubiera botado a la basura si se hubiera puesto algo tan sencillo—. Por favor, llámeme Patience. Ahora somos hermanas.

Chastity alzó la cabeza, y los ojos se le tornaron más cálidos detrás de las gafas.

—Sí, tienes razón. En ese caso, me puedes llamar Chastity. Jamás he tenido una hermana, estoy encantada.

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La sonrisa de Patience se agrandó aún más, y no hubo nada de falso en ella. Chastity parecía rígida y estricta, y Patience se preguntó si eso podría deberse a la timidez y carencia de confianza social. Sin importar cuál fuera el motivo de su tensión, Chastity era una mujer de lo más inteligente, y Patience quería ser amiga de una compañera científica.

—Disculpa si me entrometo, pero ¿te encuentras bien? —le preguntó Chastity.

Oh, lo cierto era que echaba de menos a Anne. Y a Dorian también. Y que una persona tan bondadosa le preguntara si se encontraba bien le levantó el ánimo. Patience asintió con la cabeza y volvió a esbozar una sonrisa forzada.

—Me encuentro perfectamente bien, gracias. Estaba trabajando en mi tesis. Luego de tu sugerencia, encontré algunas notas que había tomado a lo largo de los años en las que había registrado el crecimiento, la calidad del florecimiento, las pestes y las enfermedades tanto de la rosa de Castilla como de la de Damasco. Creo que basta para representar el grupo de control. Casi he terminado.

—Qué buena noticia. —Chastity se acercó al escritorio con los ojos destellando de curiosidad—. ¿Me permites leer?

Patience asintió con la cabeza y le ofreció el diario mientras tragaba un nudo que se le había formado en la garganta.

—Por supuesto.

Chastity leyó las páginas con atención y el ceño fruncido de la concentración. Al cabo de varios instantes, alzó la mirada con una sonrisa.

—Es una investigación excelente. Ahora tu tesis tiene una base científica mucho más sólida.

Patience sintió que se ruborizaba ante el cumplido, que carecía de falsedad alguna.

—¡Gracias! No fue nada fácil oír que mi tesis podría no ser lo suficientemente buena tras todos esos años de trabajo… Pero tenías razón, y ese comentario era justo lo que necesitaba.

—Me alegro. —Los ojos de Chastity brillaron llenos de entusiasmo—. Somos más fuertes juntas, ¿no?

Patience tenía el corazón roto y, de repente, no tuvo más ganas de fingir. Con Anne, se hubiera permitido llorar uno o dos minutos porque a veces no había otra forma de quitarse la tristeza… y también le hubiera

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contado todo. Los ojos se le comenzaron a nublar, y un sollozo se le escapó de la garganta antes de romper en llanto.

—Patience… —masculló Chastity, visiblemente conmocionada—. ¿Qué…? ¿Qué dije? Solo quería decir que las mujeres deberíamos trabajar juntas… Eh…

Patience se cubrió el rostro con las manos y lloró al tiempo que asentía con la cabeza.

—No… No eres tú…

Chastity arrastró una silla para sentarse a su lado. Algo incómoda, le pasó los brazos por los hombros.

—Oh, Patience… No sé… qué decir… Por favor, intenta calmarte. Pero, en lugar de calmarse, Patience se volvió hacia su nueva hermana

y casi se deshizo en sus brazos. Chastity la apretó contra su cuerpo y le dio unas palmadas algo tensa.

—Eh… bueno… bueno… —dijo—. Yo… Nunca hubiera dicho nada acerca de los grupos de control si hubiera sabido que ibas a llorar de este modo. Solo quería ayudar…

—Lo sé. No se trata de los grupos de control.

—Y entonces, ¿de qué se trata?

—¡Del desgraciado de tu hermano!

¿Ya había pasado un minuto? No se sentía nada mejor. Ya debería haber superado las lágrimas y encontrarse lista para hacer el ejercicio de la cesta.

—¿De Dorian? ¿Y ahora qué hizo?

—Me abandonó…

—¿Te abandonó? —repitió Chastity indignada y la envolvió más fuerte en sus brazos—. No, ¿cómo podría abandonarte?

—Bueno, no para siempre… O no lo sé. Quizás sí, para siempre. En un momento fue tan amable y generoso… Y luego de que me entregué a él con la esperanza de que fuéramos felices, se puso de pie y se marchó. ¡Y no lo he visto en dos días!

Chastity chasqueó la lengua en un gesto de lo más inapropiado para la hermana de un duque, pero Patience se sintió mucho mejor. Anne también hubiera chasqueado la lengua. Chastity le frotó el hombro.

—¡Qué acto más poco digno de un caballero! Patience sonrió y alzó la mirada hacia ella. —¿Esa es tu forma de decir «¡Qué canalla!»?

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—Sí, sin ninguna duda —repuso al tiempo que le ofrecía un pañuelo. Mientras Patience se secaba las lágrimas y se sonaba la nariz, se dio

cuenta de que se sentía mejor y que los ojos de Chastity reflejaban gran compasión.

—Lamento oír que mi hermano te ponga tan triste. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudar?

Patience soltó un profundo suspiro y se deshizo de la ira y la tristeza que le quedaba. Era una pregunta excelente. No solo porque Chastity podría ayudar, pero también porque Patience podría ayudarse a sí misma. Podría hacer algo. Seguir indagando en el misterio que le ocultaba su marido. El misterio que se interponía entre ellos y la felicidad.

—Quizás… —comenzó dubitativa—. No sabías si Dorian conoció a mi hermano, pero por casualidad, ¿sabes algo acerca del incidente de Oxford?

Chastity frunció el ceño pensativa.

—¿El incidente de Oxford? Disculpa, ¿hablas de algún concepto social que desconozco? Porque eso no sería de sorprender.

—Oh, no, creo que se trata de algo que ocurrió en Oxford y que involucra a nuestros hermanos. Ocurrió hace doce años.

—Oh —repuso Chastity. El rostro sereno, que solía mostrarse compuesto e imparcial, registró indicios de temor y tristeza—. Sí. Recuerdo que hace doce años, Dorian regresó de Oxford para el funeral de nuestro padre. Y se encontraba… eh… en mal estado.

—¿A qué te refieres? —le preguntó.

—Bueno… estaba devastado. Consternado más allá de la razón. —¿Más allá de la razón? —repitió Patience y posó la mirada en el

techo del invernadero que se veía desde el ventanal—. ¿Estás segura? Su padre había muerto. Supongo que cabe estar consternado en esas circunstancias.

—Sí. —Chastity jugueteó con el asa de una taza de té—. Tienes razón.

Pero podría jurar que algo más lo acechaba. Debía tratarse de la mano.

—¿La mano? —repitió Patience y sintió un escalofrío.

—Sí. Había tenido alguna suerte de accidente, y se había quemado la mano.

Patience tragó con dificultad.

—¿Y sabes qué pasó con exactitud?

—No lo quería decir.

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—¿Ni siquiera a ti?

Chastity soltó un bufido.

—Soy la última persona a la que le contaría algo desagradable o

estresante. Siempre me ha protegido. Sé que me quiere, pero a veces me

gustaría que me diera más crédito.

Patience asintió con la cabeza.

—Te entiendo.

—Pero ¿sabes quién podría saber algo acerca del incidente?

—¿Quién?

—Lucien. Estoy segura de que Lucien conoce todos los secretos de Dorian. Han sido mejores amigos desde que eran niños.

Patience se incorporó de un salto y el pecho se le llenó de esperanza. —Sí, tenía ganas de preguntarle, pero no había tenido la oportunidad

de hacerlo. ¿Sabes dónde vive, hermana?

Chastity también se incorporó.

—Sí, por supuesto.

—¿Me podrías llevar a su casa?

Chastity asintió con la cabeza, y los ojos le destellaron llenos de entusiasmo.

—Claro. Terminaremos tu tesis más tarde. Te ayudaré.

Al cabo de una hora y media, el carruaje se detuvo frente a una gran mansión de tres plantas en Mayfair, construida con inmaculadas piedras de Bath. Patience y Chastity atravesaron las imponentes puertas de hierro negras y subieron los anchos escalones de mármol que conducían a la maciza puerta doble. La madera de cerezo destellaba a la luz del día, y el llamador de latón estaba pulido a la perfección. El mayordomo abrió la puerta. Para alivio de Patience, les dijo que el duque se encontraba en casa y les pidió que aguardaran.

El vestíbulo de entrada era majestuoso, con mosaicos de mármol blancos y negros bajo los pasos resonantes de las dos damas. Unas estatuas del panteón griego exquisitamente talladas en mármol flanqueaban los pedestales de granito pulido. Entre ellas, colgaban los retratos orgullosos e imponentes de los ancestros del duque. El aire se sentía frío, el aroma a flores frescas del jarrón que se encontraba sobre el aparador de caoba se mezclaba con el de cera de abeja y aguarrás.

Al cabo de pocos minutos, el duque se apresuró a bajar los escalones cubiertos por una alfombra roja. Se veía tan atractivo como siempre, con el

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cabello rubio bien acicalado y los ojos de color violeta que contrastaban con el tono amarillo del chaleco de seda.

—Milady. —Le hizo una reverencia ceremonial—. Lady Chastity. — También se inclinó para saludarla—. Qué sorpresa más agradable — añadió sin despegar la mirada de Chastity—. Por favor, pasen. —Con un ademán, señaló hacia las puertas donde se encontraba el mayordomo.

Patience y Chastity entraron en una hermosa sala de estar con ventanales altos y cortinas aterciopeladas. Bajo el sol había un piano. Un hogar de piedra gris con rejillas negras dominaba la pared larga. De las paredes de paneles amarillo pastel colgaban unos cuadros al óleo. En el centro de la sala, había un sofá del mismo tono oscuro de las cortinas flanqueado por dos sillas a juego. La habitación olía a tabaco y sándalo. Patience podía oír los cantos de los pájaros que se colaban por las ventanas cerradas del pequeño parque que había en el exterior.

—Por favor, tráenos té —le instruyó Lucien al mayordomo, que asintió con la cabeza antes de retirarse—. Bueno —dijo volviéndose hacia ellas y sonriéndoles con tanta intensidad que Patience no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Se ve bien —lo elogió Chastity mientras tomaba asiento en la silla frente al sofá—. ¿Acaso no cometió ningún acto de libertinaje anoche?

Patience se sentó en la otra silla, al lado de Chastity, y Lucien le sonrió con un destello especial en los ojos. Acto seguido, se inclinó contra el costado del sofá, y el contorno de las alargadas piernas musculosas se dejaron ver a través de la tela de los pantalones oscuros, que se le estiraron por encima de los muslos.

—Se equivoca —le aseguró—. Puede que haya perdido a su hermano tras el matrimonio y con eso haya perdido a un gran compañero de libertinaje, pero aún me quedan cinco amigos dispuestos a acompañarme. Y usted también se ve bien, como siempre —le dijo con gallardía.

Chastity arqueó una ceja. Patience se preguntó si estaba siendo testigo de un intercambio entre dos personas que se conocían demasiado bien, como hermanos, o si estaban coqueteando.

—Me alegra mucho su visita —les aseguró Lucien cuando el mayordomo regresó con una bandeja que contenía una tetera, tazas, una jarra con leche y unas galletas.

—He venido porque quería preguntarle acerca del incidente de Oxford en el que mi hermano se encontró involucrado —soltó Patience.

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Lucien alzó la taza de té que le acababa de servir el mayordomo.

—Oh.

Patience y Chastity también tomaron sus tazas. Lucien estaba sentado en el sofá frente a ellas y se reclinó sobre el asiento para cruzar las piernas. Bebió un sorbo largo de té mientras observaba al mayordomo hacer una reverencia y cerrar la puerta a sus espaldas.

—Me temía que vendría a indagar sobre eso —confesó Lucien—.

Pryde me ha dicho que le había preguntado a él.

—Sí —admitió Patience—. Pero no estoy más cerca de develar la verdad. ¿Me puede ayudar a comprender? No parece estar tan molesto como lord Pryde por el tema del honor.

Lucien se rio y colocó la taza de té sobre el plato.

—Es una excelente observación, duquesa. Sin embargo, no tengo planes de traicionar la confianza de mi mejor amigo. —Posó la mirada sobre Chastity, y a Patience le pareció ver anhelo en sus ojos—. Jamás.

El estómago se le retorció de desilusión.

—Supongo que no debería haber esperado otra cosa.

—Pero nos puede decir algo —intervino Chastity—. Dorian no solo es el marido de Patience, también es mi hermano. Si estuviera en mi lugar, usted también querría saber la verdad, ¿no?

Lucien soltó un suspiro y las miró pensativo.

—No puedo decir demasiado. Sé que usted también estaba consternada, Chastity, porque de lo contrario no hubiera notado el estado de su salud en esa época. Lo enfadado que estaba antes de la muerte de su padre, la cantidad de duelos en los que participó, y el hecho de que no le importara qué pudiera ocurrirle a su cuerpo. O lo dañado que estaba cuando regresó a casa para el funeral. Usted es una mujer inteligente, Chastity, y usted también, duquesa. Sin embargo, no les puedo contar más nada. —Se volvió hacia Patience—. Le sugiero que deje de indagar, aunque sé que es difícil. Él jamás le contará nada. Solo acabará arruinando cualquier oportunidad de ser feliz con él, por pequeña que sea. Lamentablemente, tendré que informarle acerca de su visita.

Patience negó la cabeza frustrada.

—Ojalá su lealtad fuera hacia la verdad y no hacia su hermandad.

Lucien se reclinó contra el sofá y soltó un suspiro.

—Eso es imposible. Siempre nos protegeremos entre nosotros, hasta la muerte. Es algo que les debemos a nuestros padres. A todos nosotros nos

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hizo falta una verdadera familia. Y así fue cómo los siete acabamos encontrándonos.

Patience y Chastity intercambiaron una mirada.

—Muy bien —dijo Patience, colocando la taza de té sobre la mesa e incorporándose—. Supongo que tendré que conformarme sabiendo que mi marido tiene seis amigos leales que lo apoyan a pesar de todo.

Chastity también se puso de pie. Lucien las siguió.

—Lamento no haber podido ayudarla más, duquesa.

Mientras Chastity seguía a Patience hacia la puerta, la mirada de Luhst no se despegó de la espalda de Chastity, y a Patience le pareció oírlo murmurar:

—Qué dulce es el fruto que jamás se puede probar.

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Dorian atravesó el pasillo a grandes zancadas para dirigirse hacia las puertas traseras de Rath Hall. Se había mantenido alejado de Patience durante tres días, y su cordura pendía de un hilo. Por fin había regresado a casa… ¿a eso?

—Dorian… —en la voz de Lucien se oyó una advertencia—. Por todos los cielos, no hagas nada de lo que te vayas a…

—¡Cierra el pico, Lucien! —rugió Dorian por encima del hombro—. ¡Mantente al margen!

A pesar de la orden, Lucien se apresuró a seguir a su mejor amigo. ¡Patience había acudido a Lucien! ¡Y le había pedido ayuda a Chastity!

¿Acaso Chastity también se enteraría de que su hermano era un asesino? Un temor y un dolor mucho peor de lo que jamás había sentido le partieron el corazón en dos. Si Patience no le había prometido que dejaría de indagar, ¿por qué se sentía traicionado de que hubiera acudido a Lucien?

Ese secreto la destruiría y destruiría la felicidad que habían compartido. Aunque su demonio le recordó que no había mucho que destruir. La había estado evitando como un cobarde durante tres días desde que le quitó la virginidad, por más que lo hubiera matado pensar en las noches de insomnio que debió haber pasado. «Debe creer que la usaste para tu propio placer. Debe estar muy confundida».

Eso no importaba. Recorrió la longitud del pasillo en cuestión de segundos y abrió las puertas traseras con tanta fuerza que se estrellaron contra las paredes del exterior con un gran estrépito y por poco se salieron de las bisagras.

La vio trabajando en el jardín con la espalda encorvada mientras usaba una pala. Llevaba puesto un sencillo bonete de paja para protegerse del sol y se había arremangado el vestido hasta los codos. Como de costumbre, no se había puesto guantes y de seguro que le iban a salir ampollas en las manos más tarde. Al oír la conmoción, Patience alzó la mirada, y el rostro dejó de reflejar una profunda satisfacción con el trabajo para mostrarse

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alerta. Los lacayos y jardineros que también habían estado trabajando en el jardín alzaron la mirada.

A Dorian no le importó. Tampoco se detuvo a observar que tras solo unos pocos días el jardín que tanto había detestado había cambiado notablemente. Sin la vegetación crecida que cubría todo, la luz del sol inundaba el espacio y lo transformaba en un sitio cálido y soleado. En la esquina más alejada del jardín había una pila de ramas secas y el grueso tronco de un árbol enfermo. Se oían los sonidos de una sierra y varias hachas, y las ramas retorcidas del árbol oscuro temblaban.

—Duquesa —siseó al detenerse frente a ella y tomó nota de lo pálida que se veía. ¿Se debía a que no había logrado dormir durante su ausencia? La culpa lo perforó como la sierra al árbol.

—Has regresado —dijo, y Dorian oyó un anhelo en su voz que le produjo un agradable estremecimiento.

Había dormido en la cabaña al otro lado de la propiedad porque había decidido ver a los arrendatarios de allí. Por lo general, su demonio lo habría conducido a Elysium para tomar a Lilith o a la tumba, boxeando o haciendo esgrima. Pero la visita que había realizado con Patience a los Batten y al señor Cohen y los otros arrendatarios que vivían cerca le había recordado que podía ser de utilidad. Por eso, había pasado los últimos tres días canalizando la furia y el dolor, arreglando techos, puertas, gallineros y haciendo listas de otras reparaciones que escapaban a sus habilidades para buscar a alguien que las pudiera realizar. Fue un trabajo de lo más satisfactorio. Pero no se lo podía decir. Al menos no en ese momento. Le urgía detenerla.

—¡Dorian! —lo volvió a llamar Lucien avanzando a zancadas hasta detenerse a su lado. Patience desvió la mirada hacia Lucien, pero de inmediato se volvió a concentrar en él—. No me hagas arrepentir de habértelo contado. —Luego se volvió hacia Patience para añadir—: Lo siento.

Ella asintió llena de gracia y esbozó una sonrisa que no le iluminó los ojos.

—No se preocupe. ¿En qué lo puedo ayudar, milord? —le preguntó a Dorian.

La formalidad de la pregunta lo golpeó como una bofetada. A su alrededor, los lacayos y los jardineros reanudaron sus tareas y guardaron silencio absoluto. Una atmósfera tensa reinaba en el jardín.

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—Debes detenerte, Patience —le gruñó Dorian en el tono más bajo que pudo.

La furia lo tenía listo para perder los estribos, y no podía tomar suficiente aire. Patience intentaba tomar bocanadas de aire cortas y superficiales, y los óvalos de los senos se le movían acelerados, pero el estómago, que sin dudas se encontraba restringido con un corsé, no. Era un cálido día de primavera, y una capa de sudor le cubría la frente. A Dorian no le agradaba en lo más mínimo que se viera tan pálida.

—¿Has dormido algo? —le preguntó mucho más preocupado por su bienestar que enfadado.

—No —repuso—. No desde que te marchaste.

Dorian soltó una maldición por lo bajo y sintió que las manos se le cerraban en un puño.

—Será mejor que me marche —dijo Lucien, y la grava comenzó a crujir debajo de sus pies cuando se alejó lentamente—. Iré a ver si lady Chastity tiene un minuto para beber el té. Dorian, compórtate.

Dorian ni siquiera le dirigió la mirada a su amigo mientras lo oía retirarse hacia la casa. Apenas se pudo contener de arrancarle la pala de la mano a su esposa y obligarla a que descansara. Se arrepentía de haberla dejado. Se arrepentía de que no pudiera dormir sin él. Lo cierto era que él tampoco había logrado dormir demasiado sin ella.

—Deberías salir del sol —le dijo más malhumorado de lo que le habría gustado—. Y deberías dejar de indagar acerca de lo que ocurrió en Oxford. No te puedo contar lo que quieres saber, Patience.

—¿No puedes o no quieres? —le preguntó.

Hasta la voz le sonaba débil. A Dorian no le gustó que respirara tan rápido. Parecía estar casi sin aliento.

—No quiero —repuso.

—Has sido muy reservado —prosiguió y, por primera vez oyó notas de ira en la voz de su esposa—. Me has estado evitando —continuó alzando la voz—. Estás ocultando algo acerca de mi hermano. No me dejas más alternativa.

—Tienes una alternativa. Puedes dejar de hacer preguntas y confiar en

mí.

Se bufó.

—¿Confiar en ti? ¡Creí que podía confiar en ti, pero luego me dejaste sola tras la experiencia más increíble de mi vida! ¡Me hiciste sentir aislada

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cuando creí que habíamos conectado más profundo de lo que jamás había conectado con nadie! —La voz le flaqueó, se meció un poco y los párpados se le cerraron—. ¿Cómo puedo confiar…?

En Dorian se disparó una alarma similar a un cuerno de guerra. Patience se tambaleó hacia un lado con un movimiento inestable y se tropezó contra el tocón de un árbol caído. Comenzó a caerse sin decir absolutamente nada, sin siquiera extender los brazos para frenar la caída. Estaba a punto de golpearse contra el suelo… Y a Dorian lo único que le importó fue impedir que cayera. Se lanzó hacia adelante y la tomó en sus brazos antes de que se diera de bruces contra la tierra. Dorian se cayó de rodillas, y Patience soltó un grito de dolor. La acunó en sus brazos y la observó parpadear con lentitud mientras alzaba la mirada hacia él. El temor por ella le produjo un estremecimiento en todo el cuerpo. Se sentía entumecido y, a la vez, lleno de adrenalina. Oyó unos gritos preocupados y vio a los lacayos y los jardineros acercarse para formar un círculo alrededor de ellos. Dorian la alzó en brazos y se puso de pie.

—Ve a buscar a la señora Knight —le ladró a uno de los lacayos—. Que lleve agua a mi recámara. Busca a Popwell y que alguien vaya a traer al médico.

—Sí, milord —repuso el lacayo.

—Mi tobillo… —susurró.

Dorian bajó la mirada al tobillo. Tenía sangre bajándole por el zapato. Mientras la llevaba a la casa, sintió como si tuviera en sus brazos al ser

más precioso de todo el mundo y casi acababa de perderlo. Tuvo que enterrar a la bestia enfurecida en lo más profundo de su ser. Por ella, haría cualquier cosa. O, mejor dicho, casi cualquier cosa, porque no podía contarle acerca del duelo.

Se sorprendió a sí mismo de lo calmado que podía estar mientras una parte de su ser estaba furiosa con ella y otra, tan aterrada que tenía frío.

—¿Has bebido algo hoy? —le preguntó agradecido por el aire fresco del interior de la casa.

—Una taza de té —le respondió—. Con el desayuno.

—Son casi las cinco de la tarde —gruñó—. Debes haber perdido muchos líquidos trabajando todo el día al rayo del sol.

—Y con el corsé —añadió—. Es mi culpa. Permití que mademoiselle Antoinette me lo ciñera mucho. Dijo que las duquesas los usan así. Le

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debería haber dicho que hoy no era una duquesa, sino una simple jardinera.

—Sí —acordó Dorian comenzando a subir las escaleras.

Tenerla acunada en los brazos se sentía lo más correcto del mundo. Tras recostarla sobre la cama, la señora Knight se apresuró a entrar en la habitación con una bandeja que contenía una jarra de agua, una tetera y algunas galletas. A pesar de la expresión compuesta y fría del ama de llaves, Dorian vio indicios de preocupación.

—Aquí tiene, milady —le dijo a Patience.

Dorian ya había buscado la caja medicinal. Por primera vez en su vida, la iba a utilizar para curar a otra persona. Mientras la señora Knight vertía agua y añadía azúcar, Dorian examinó el corte en el tobillo. Por fortuna, no era profundo y ya se le habían formado algunos coágulos alrededor. Se sintió aliviado. No iba a permitir que le ocurriera más nada.

Chastity le había hablado acerca de un experimento médico que se trataba de limpiar las heridas para evitar que se infectaran. Le había asegurado que todas las heridas debían de limpiarse con bebidas alcohólicas o, de no ser posible, con agua y jabón o vinagre. También le había dicho que era importante hervir el agua antes de tratar las heridas. Chastity siempre había insistido en guardar una botella pequeña de alguna bebida alcohólica en las cajas médicas. Como su hermana le había enseñado, vertió una pequeña cantidad de alcohol sobre un trapo limpio.

Patience bebió unos sorbos de agua y dejó el vaso sobre la mesa de noche.

—Esto va a arder —le advirtió.

—Oh.

Con la mano derecha le sujetó el tobillo en su sitio y, con la izquierda, le frotó el trapo por el corte. Patience soltó un grito. De verla herida, el estómago le dio un vuelco. Y, para empeorar las cosas, era su culpa. Si se hubiera quedado, habría dormido en su cama y no habría estado tan cansada.

—Lo siento, primor —le dijo.

El corte era largo y se extendía desde el hueso en la coyuntura del pie y el tobillo hasta la mitad del tobillo. Por fortuna, no parecía profundo.

—¿Puedo hacer algo más? —le preguntó la señora Knight.

—Me puedes desatar el corsé —le pidió Patience al tiempo que se quitaba el bonete.

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—Lo haré yo —le informó Dorian en un tono más malhumorado de lo que le habría gustado. Pero no soportaba pensar en que otra persona la tocara. Saber que su dama de compañía la ayudaba a vestirse y desvestirse era una cosa; presenciarlo, otra. Admitía que era posesivo de su parte, pero quería ser el único que viera a su esposa en momentos como ese.

—Por supuesto, milord —le dijo la señora Knight—. ¿Le puedo pedir a la cocinera que prepare sopa de pollo para la duquesa? Quizás esté hablando fuera de lugar, pero mi madre siempre decía que la sopa de pollo todo lo curaba.

—Eso sería maravilloso —le dijo Patience—. Gracias.

Mientras la señora Knight se retiraba de la habitación, Dorian tomó una venda limpia y fresca para envolvérsela en el tobillo.

—¿Y ahora me puedes quitar el corsé? —le pidió Patience—. Por favor. Tenías razón. No pude respirar en todo el día con esa cosa puesta y trabajando en el jardín, y debería haber bebido más agua. Fue un día sorpresivamente caluroso.

—De acuerdo.

La ayudó a sentarse sobre la cama. Cuando le dio la espalda, le desató los lazos del vestido. Fue un acto simple y no vio demasiada piel, pero de solo tocarla, a través de la tela, se le endureció el miembro. Mientras le abría el corsé, la resolución de distanciarse de ella se le evaporó.

—Dormirás aquí esta noche —le informó.

Patience se volvió hacia él, y los ojos celestes le destellaron al clavarse en los de él. La sonrisa que le asomó a los labios le provocó un aguijonazo de alegría en el corazón.

—Sí —repuso ante su orden, y el pecho se le llenó de luz y calidez, como un globo aerostático.

De repente, algo extraño le sucedió en el rostro. Fue como si algo le jalara de las comisuras de los labios. Patience posó toda su atención en su boca, y se le expandió la sonrisa. Con delicadeza, le acarició los labios con las yemas de los dedos y una expresión similar a la del asombro que se podría sentir al ver a un animal exótico de cerca.

—Estás sonriendo —susurró—. Cielos, estás sonriendo, Dorian. Y eres tan hermoso cuando sonríes.

Ella había logrado eso. Había abierto las cortinas dentro de su pecho para permitir que la luz del sol se colara directo hasta su corazón oscuro.

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Era un tonto. No podía mantenerse alejado de ella sin importar lo mucho que lo intentara. Esa mujer parecía ser su salvación. Pero un día se convertiría también en su perdición.

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Patience se acurrucó contra el pecho duro de su marido y oyó el latido acelerado de su corazón. La habitación estaba en penumbras, el colchón y las sábanas eran suaves, y Dorian estaba caliente como una caldera.

Había regresado. ¡Y había sonreído! Era la sonrisa más hermosa y preciosa que había visto en su vida. Era como si hubiera roto el caparazón duro del duque de Rath, y, a través de esa grieta, hubiera podido echarle un vistazo al Dorian que había existido antes del invernadero, antes de que su padre enviara a su madre a vivir lejos, antes de que tuviera que proteger a Chastity, y antes del guante. Lo amaba.

Se obligó a deshacerse de los pensamientos que la habían acechado desde que había hablado con Lucien. Dorian había participado de varios duelos en Oxford, pero ¿sería que eso guardaba alguna conexión con John? ¿Sería que John se había deshonrado de algún modo y acabó quitándose la vida para no soportar la vergüenza? ¿Sería que la muerte de John tenía alguna relación con Dorian o todos esos eran incidentes aislados…? Ese no era el momento de preguntárselo. No quería romper la paz entre ellos. Acababa de recuperarlo.

Apretó la nariz contra la piel desnuda de su marido e inhaló una profunda bocanada de su aroma: una mezcla embriagante de almizcle, bergamota y algo picante parecido a la pimienta. Esa fragancia siempre tenía el mismo efecto sobre ella: hacía que se le endurecieran los pezones y anhelara sentir sus caricias… le producía un cosquilleo en la piel y le encendía el cuerpo.

—Los deberes maritales fueron de lo más agradables —le murmuró al tiempo que le depositaba un beso sobre la piel suave y cálida y sentía que los músculos se le tensaban bajo su peso y el corazón se le aceleraba. Dorian le pasó un brazo por la cintura y se la acercó aún más.

—Patience… —gruñó—. Tienes que descansar.

La voz gruñona era tan agradable que le resonó en los oídos.

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—He descansado toda la tarde y toda la noche —le aseguró al tiempo que le pasaba la mano por el torso desnudo. Le depositó otro beso aterciopelado en el lateral, entre dos costillas—. He bebido y he comido. El médico ha venido a verme para cambiar las vendas del tobillo. Chastity demandó que limpiaran todos los instrumentos. La cocinera nos envió la cena y me diste de comer como si fuera una niña.

Se sentía valiente y empoderada y podía notar cómo su marido se paralizaba debajo de ella al tiempo que el corazón se le aceleraba más que nunca. Era el efecto que tenía sobre él, ¿no? Tenía el poder de lograr que el corazón de ese atractivo hombre fuerte y poderoso latiera de ese modo con una simple caricia… y un beso… ¿Qué más podría hacerle?

—Está bien —se rio entre dientes—. Si tanto te preocupa mi tobillo, dime algo: ¿hay algún modo de que lleve a cabo mis deberes maritales sin involucrar demasiado al tobillo?

Dorian soltó un gruñido y, con un movimiento rápido, la recostó de espaldas y le sujetó los brazos por encima de la cabeza. Patience se sintió extendida para él, toda suya, con cada centímetro de su piel a su entera disposición. Dorian se ciñó sobre ella con una expresión amenazadora en el rostro que se veía aún en las penumbras de la habitación. Los ojos celestes parecían unas piscinas nocturnas que la miraban con intensidad.

—Para alguien que carece de experiencia, eres buena para poner a un hombre de rodillas.

Patience se mordió el labio para reprimir una sonrisa de satisfacción. —¿Estás segura de que no te duele el tobillo? —Muy segura.

—Dios sabe que debería mantenerme alejado de ti —le dijo—. Debería dejarte en paz. Pero es lo más difícil que he tenido que hacer en toda mi vida. Y simplemente no puedo. Así que no lo haré.

Bajó su delicioso peso sobre ella y la aplastó contra el colchón.

—Tendré cuidado —le susurró contra los labios.

Patience estaba a punto de protestar, de decirle que no quería que tuviera cuidado… que no necesitaba que lo tuviera tampoco. Pero, cuando Dorian le cubrió los labios con la boca y la besó, todos los pensamientos se le evaporaron de la cabeza. Las deliciosas caricias de sus labios y los juegos de su lengua la hicieron retorcer impaciente. Sentía la piel cálida y tan sensible que era consciente de cada arruga de la camisola y del modo en que la tela le rozaba los pezones.

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Con el brazo derecho le sujetó las manos por encima de la cabeza y con la mano izquierda le comenzó a acariciar las piernas y los muslos por debajo de la camisola. Fue subiendo de a poco hasta llegar a los senos y tomárselos entre las manos. Se sentían más pesados, y experimentó un dulce dolor en los pezones cuando se los acarició y pellizcó.

Se arqueó contra él, y la estimulación simultánea de sus caricias y sus besos hicieron que la cabeza le diera vueltas. Tenía el miembro endurecido apretado contra el vientre a través de los pantalones, y abrió las piernas para envolvérselas por las caderas. Mientras se movía para acercarle el miembro al sexo, le soltó un masculino gruñido de placer e impaciencia contra la boca.

—No… —logró decir al apartarse de sus labios. —¿Cómo? —le preguntó parpadeando—. ¿Te lastimé? —No, no tengas cuidado —le dijo.

Cuando la miró a los ojos, Patience tomó consciencia de cómo le subía y bajaba la nuez de Adán.

—No sabes lo que me pides —le dijo.

Patience le tomó el rostro entre las manos y le acarició el mechón de cabello blanco para peinárselo hacia atrás.

—Me gustaría saberlo. Te estoy pidiendo que me muestres lo que de verdad quieres.

Un estremecimiento visible le recorrió el cuerpo y la recorrió con la mirada de pies a cabeza como si estuviera apreciando un tesoro nuevo e inesperado que había anhelado en secreto durante toda la vida. Cuando terminó, soltó el aliento y cerró los ojos durante unos instantes.

—Vas a ser mi perdición, primor —le murmuró al tiempo que abría los ojos—. Eres un regalo… Un regalo que jamás voy a merecer.

Las palabras le produjeron un escalofrío. ¿Ella? ¿Un regalo? De seguro no lo decía en serio. Si no había hecho nada… Dorian le interrumpió el hilo de pensamientos con un nuevo beso voraz y luego se apartó.

—Si en algún momento quieres que me detenga, solo tienes que decirlo y lo haré. Prométemelo, amor.

Patience asintió con la cabeza al tiempo que se le inflaba el pecho al inhalar nerviosa.

—Te lo prometo.

Dorian no dejó pasar ni un segundo más sin besarla, y toda la caballerosidad se desvaneció para dar paso a besos voraces y caricias

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posesivas con la lengua que le resonaron hasta lo más profundo del sexo. Le quitó la camisola por la cabeza, y se quedó desnuda debajo de él,

sintiendo como si la piel se le extendiera hasta las fronteras del cuerpo de su marido y cada corriente de aire.

Dorian se quitó los pantalones y se arrodilló sobre ella. Se encontraba completamente desnudo, excepto por el guante que llevaba en la mano derecha. Patience se quedó sin aliento al verlo ceñirse sobre ella bajo la luz de la luna que alumbraba las colinas y valles aterciopelados de los músculos marcados que le cubrían el torso, la cintura y las caderas angostas, las ondas de músculos que tenía en el vientre, los muslos gruesos y musculosos… Y el hermoso miembro, largo y grueso, rodeado por una mata de vello oscuro y rizado. Al verlo, el sexo se le tensó de anticipación al recordar el intenso placer que le había dado la última vez. La recorrió con la mirada y le encendió la piel.

—Eres lo más hermoso que vi en toda mi vida —le murmuró deteniendo la mirada en los senos, la cintura y las caderas—. Y serás lo más hermoso hasta el día en que me muera.

Mientras Patience intentaba creer lo que le había dicho, Dorian descendió sobre ella y le apoyó el glorioso cuerpo desnudo contra el suyo. Pudo sentir cada vello, cada costilla y cada marca… así como también la única prenda que los seguía separando: un suave guante de cuero frío contra la piel.

—¿Te puedes quitar el guante? —le preguntó—. Me gustaría verte desnudo… como me ves tú.

Dorian se tensó, y toda la intensidad desapareció para dar paso a una expresión de temor. Patience se arrepintió de habérselo pedido.

—No —respondió—. Jamás me verás la mano.

Patience anheló volver a experimentar la cercanía, la intimidad que acababan de compartir, y que Dorian se olvidara de lo que fuera que ocultaba debajo del guante.

—De acuerdo —le dijo—. Solo quería sentirme más cerca de ti.

—Ya lo estás, primor —le aseguró en un murmullo—. Estás más cerca de lo que nadie ha estado jamás. ¿Podrá ser suficiente?

Patience asintió con la cabeza. Dorian la besó con fervor y voracidad al tiempo que las manos reanudaban su gloriosa tortura. Y Patience se deleitó con cada instante.

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Dorian le estaba explorando el cuerpo, aprendiendo en qué puntos le gustaba una caricia más firme y en cuáles prefería un roce delicado. Hasta que pudiera tocar su cuerpo como si fuera un instrumento musical, Patience se limitaría a gemir, sollozar y retorcerse de placer, intentando olvidar el dolor ligero que sentía en el tobillo.

Dorian se volvió a incorporar como un dios con una mirada tan intensa que la hizo arder.

—Patience —le dijo con un tono tan autoritario que le produjo un escalofrío en la columna vertebral—. Abre las piernas.

Como una buena niña obediente, separó las piernas y le dejó ver el sexo húmedo que latía lleno de deseo. Dorian bajó la cabeza, y Patience le vio los anchos tendones del cuello y el pulso en las venas.

Cuando cerró la mano alrededor de la erección, Patience se mordió el labio. Luego se acomodó entre sus piernas y la penetró con un movimiento rápido. No le produjo dolor. La llenó por completo, la estiró hasta el límite, y Patience lo recibió entero en su interior. De haber sido posible, le habría gustado tenerlo enterrado aún más profundo.

Dorian le clavó su intensa mirada oscura en los ojos. Como un rey a la conquista de nuevos territorios, su mirada le dijo que sería suya y que nada se interpondría entre ellos. Luego comenzó a moverse y embestirla rápido e inexorablemente.

Patience arqueó la espalda ante el placer intenso que la embargaba mientras la embestía y le rozaba un punto hermoso en el interior. Cada roce de los cuerpos le decía a quién pertenecía: a él.

Dorian movió las caderas y le produjo una descarga de placer que la hizo gemir. Con los dedos, se aferró a la sábana y cerró el puño. «Oh, por todos los cielos…».

Era una experiencia intensa y poderosa que le abarcaba todo el cuerpo. Dorian demandó sumisión completa, y lo único que pudo hacer fue ceder. El choque del cuerpo de Dorian contra el suyo, el modo en que su miembro se adueñaba de su sexo y las arremetidas firmes la fueron elevando cada vez más.

De pronto, la elevó incluso más cuando sintió que le apoyaba la mano enguantada en la garganta y la cerraba. No la apretó, pero la sensación del cuerpo frío contra la piel cálida la llevó a abrir los ojos llenos de sorpresa. Lo único que atinó a ver fue que toda la atención de él se encontraba sobre ella. Luego registró el intenso deseo interminable en los ojos oscurecidos

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de su marido. Era extraño, pero podía sentir un peligro inminente con la mano apretándole la garganta. Sabía que podía decir algo y pedirle que se detuviera. Pero no quería eso. Solo deseaba que se quitara el guante, sin importar lo que ocultaba, para poder sentir su piel contra la suya.

En ese momento, él tenía control absoluto sobre ella. En ese momento, ella se sometía por completo a él. Patience era consciente de cada centímetro de su cuerpo, de cada terminación nerviosa ardiente y llena de deseo. Entreabrió los labios para soltar un jadeo suave. Tenía la respiración agitada y el corazón le latía desbocado en el pecho. El dolor entre los muslos se le intensificó hasta convertirse en una necesidad latente que demandaba ser satisfecha.

—Eso es, primor —le murmuró Dorian—. Siente la intensidad. ¿Qué quiere que hagas tu cuerpo?

Quería que se soltara. Que cediera y sintiera todo eso. En el momento en que lo hizo, experimentó un orgasmo intenso. Los muslos se le tensaron alrededor de él. La pelvis pareció radiar éxtasis. Dorian gruñó y la embistió a un ritmo brutal. Al llegar a la cima, se corcoveó durante varios segundos antes de colapsar sobre ella.

Ambos intentaron recuperar el aliento mientras respiraban al unísono.

Como un único ser.

Excepto por la mano enguantada. La pista prohibida para resolver el misterio que yacía entre ellos… y que, según él, jamás se resolvería.

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—Patience, no —gruñó Dorian tres días más tarde cuando la vio pasar por delante de la puerta de su estudio con el bonete que usaba para trabajar en el jardín, apresurada y libre de la carga del corsé. Los senos le rebotaban libres mientras se movía y salía de su vista.

Titan, que yacía a sus pies mientras escribía, alzó la cabeza y movió la cola al verla. Dorian se incorporó tan abruptamente que se le cayó la pluma, pero no le importó que pudiera dejar una mancha de tinta sobre la carta que había estado escribiendo. Echando humo, la siguió y notó la caja de madera que cargaba en las manos. Titan trotó detrás de su amo. Cuando Dorian la alcanzó, vio que la caja estaba llena de bulbos marrones.

Titan soltó un llorisqueo alegre y saltó alrededor de Patience moviendo la cola de un lado a otro. Como tenía las dos manos ocupadas con la caja y no podía acariciarlo, Patience le arrojó un beso en el aire.

—¡Patience, el tobillo! —exclamó—. ¡No te has recuperado aún!

¡Hace tres días casi te desmayaste!

Patience le obsequió su característica sonrisa radiante.

—Y tú me has hecho sentir mucho mejor. ¿Quién iba a saber que tenías un lado tan cuidadoso?

—¡Maldita sea! —gruñó—. Hoy hace más calor que el otro día.

—Ya le pedí a la señora Knight que me traiga mucha agua. No tienes nada de qué preocuparte. Además, no me puse el corsé que no hace otra cosa que apretarme.

—Ya me di cuenta. ¿Qué estabas pensando al salir así, sin corsé, cuando cualquier hombre te puede ver…?

Esos hermosos senos suaves y generosos le pertenecían exclusivamente a él.

—Los lacayos y los jardineros tienen el día libre —anunció con un tono alegre mientras salían por la puerta trasera hacia el jardín, y se detuvo a tomar una profunda bocanada de aire y cerró los ojos—. Qué día más perfecto para trabajar en el jardín. —Lo recorrió de pies a cabeza con

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detenimiento antes de entregarle la caja—. ¿Qué te parece si hoy me ayudas y proteges mis senos libres de corsé de cualquiera que intente espiarlos? Ya sea una abeja… un pájaro… o una oruga sin escrúpulos.

Dorian tragó con dificultad y observó el jardín, que no se parecía en nada al estado en el que se había encontrado cuando Patience llegó.

Habían pasado los últimos tres días en los brazos del otro, y Dorian no le había permitido dar ni un solo paso afuera de la recámara. La cuidó, le cambió el vendaje del tobillo todos los días y le pidió a Chastity que inspeccionara el corte y aprobara el efecto positivo del antiséptico. La hermana de Dorian tomó notas en sus diarios. No habían hablado ni de Lucien ni de la insistencia con la que Patience seguía escarbando, a pesar de que cada vez que pensaba en ello, se le congelaba la sangre.

Patience no le había prometido que dejaría de investigar, y una sensación de impotencia lo hacía querer explotar, golpear algo o destruirlo. Sin embargo, no lo hizo. Porque ella era más importante, su felicidad era más importante.

Le hizo el amor todas las noches, libre de cualquier precaución que hubiera tomado en el pasado. Y era feliz de verla deshacerse en sus brazos mientras ella disfrutaba, casi tanto como él, el modo brusco con el que a él le gustaba hacerla suya. Quizás eso había ayudado a calmar la furia que llevaba dentro. Quizás era ella. Era más fuerte que la bestia de ira que residía en su interior. Pero el día del juicio final llegaría, no tenía dudas al respecto, sin importar lo feliz que fuera en ese momento, sin importar lo mucho que estuviera apartándose de su furia. Aunque durante los últimos tres días, había sonreído más a menudo de lo que lo había hecho en sus treinta y dos años de vida. Por eso, mandó al diablo a la bestia furiosa que llevaba dentro.

El jardín que tanto dolor le había causado, que le había retorcido el alma, se veía irreconocible. Ella lo había transformado. Y, para su sorpresa, le gustaba la idea de ayudarla a cuidarlo. Y de mantener un ojo sobre ella y asegurarse de que bebiera suficiente agua y no pasara mucho tiempo al sol.

Su boca esbozó una sonrisa que no intentó ocultar, y el pecho se le llenó de una sensación agradable y ligera.

—De acuerdo —repuso al tiempo que tomaba la caja de madera en sus manos—. Me gustaría ayudarte.

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La sonrisa radiante que le obsequió su esposa bastó para cegarlo. Y a Dorian le encantó.

Cuando llegaron a una parte de la tierra que ya habían rastrillado rodeada de unas piedras grises, Patience miró los bulbos que Dorian llevaba en la caja.

—¿Te molestaría ayudarme a plantar estos jacintos? —le preguntó con los ojos destellando entusiasmados—. Sé que no es la mejor fecha para plantarlos, pero no me podía resistir a los encantadores colores y fragancias que tienen. Tenemos que hacer agujeros de unos quince centímetros de profundidad y plantarlos con quince centímetros de distancia entre ellos. Es una especie de experimento, puede que no florezcan hasta la próxima temporada, pero podemos esperar que al menos nos den algunas flores, y la próxima primavera serán mucho más hermosas.

Dorian dejó la caja en el suelo y se arremangó la camisa.

—Dime dónde quieres comenzar.

Patience se arrodilló y le demostró cómo usar una pala de jardinería para cavar un agujero, colocar el bulbo con cuidado y cubrirlo con tierra. Dorian la observó con detenimiento y luego tomó un bulbo de la caja y se arrodilló para probar su mano con la jardinería.

Mientras trabajaba la tierra con la pala, se maravilló ante las sensaciones tan desconocidas que experimentó: la tierra fría y húmeda bajo los dedos de la mano izquierda, el aroma térreo que le llenó los pulmones y la satisfactoria resistencia de la tierra mientras cavaba. Jamás había imaginado que el trabajo manual tan simple pudiera ser tan gratificante, pero con Patience a su lado, disfrutó incluso aún más la tarea.

Y no se dejó distraer en ningún instante por otro tipo de bulbo… dos hermosos bulbos algo más grandes y deliciosos que colgaban y rebotaban con soltura dentro del vestido de su esposa mientras trabajaba a su lado.

Experimentó una suavidad y una tensión dulce en el pecho. Al pensar que se trataba de la felicidad, sonrió. Sentía el sol en la piel, la tierra bajo las uñas y a la mujer que amaba a su lado. Esa tenía que ser la felicidad absoluta. Jamás se imaginó que iría a sentir esa emoción en el jardín que había sido la fuente de tanta miseria. Y todo se debía a ella.

Entre los dos, fueron trabajando sobre la zanja y plantando los bulbos en una hilera con gran cuidado y precisión. Tras cubrir un bulbo con tierra, Dorian se sentó sobre los talones y miró el trabajo que habían completado

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con gran satisfacción. El lecho no se veía diferente a antes, pero en cuestión de semanas, los bulbos comenzarían a florecer y crecer, y los brotes verdes perforarían la tierra para abrirse en un glorioso despliegue de colores.

Mientras trabajaban, Titan trotaba a su lado investigando todo lo que hacían. Olfateó lleno de curiosidad la tierra recién excavada, y la nariz húmeda dejó huellas sobre la tierra. Patience se rio y le apartó el hocico con suavidad.

—¡No, Titan, estos bulbos no son para que los desentierres!

Titan ladeó la cabeza como si estuviera considerando esas palabras, y luego se desplomó a su lado, feliz de observarlos trabajar con esos ojos que radiaban gran inteligencia.

—No veo la hora de que florezcan —dijo Dorian al pararse y volverse hacia Patience con una gran sonrisa—. Pensar que hemos hecho esto para traer una gran belleza al mundo es un sentimiento maravilloso, ¿no?

Le volvió a sonreír y le pasó los brazos sucios alrededor del cuello. Lo besó con delicadeza, con apenas una nota de pasión, pero él ya ardía de deseo.

—Me encanta que entiendas lo que siento cuando trabajo con plantas —le murmuró—. Hoy… ahora… este es mi día favorito. Me he dicho lo mismo varias veces en las últimas semanas, pero cada día sobrepasa al anterior.

A Dorian se le cerró la garganta y la envolvió en sus brazos para acercársela más a él.

—Pienso exactamente lo mismo.

Se besaron bajo el sol, rodeados de la hermosa vida que florecía en el nuevo jardín, que seguía bastante estéril, pero lleno de felicidad. Cuando se separaron por temor a necesitar regresar a la casa a toda prisa para saciar el deseo que solo crecía entre ellos, Patience miró varios instrumentos de jardinería apoyados sobre una pared de ladrillo a medio construir.

—¿Te molestaría ayudarme a cavar la siguiente zanja?

—Para nada. —Dorian tomó el rastrillo, y Patience soltó una carcajada tras otra.

—Pero ¿qué tenemos aquí? El infame libertino de Londres recolectando hojas de nuestro humilde jardín. ¡Cómo han caído los poderosos! —Patience lo provocó con los ojos destellando de alegría.

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Dorian le sonrió y miró la herramienta que sostenía en la mano.

—Solo por ti, primor.

Mientras trabajaban, Titan detectó una ardilla rayada que recorría la pared de ladrillo a toda prisa. Tras soltar un ladrido entusiasmado, salió disparado a perseguir al diminuto animal al tiempo que sus grandes garras intentaban navegar por la superficie angosta con torpeza. La ardilla, ágil y rápida, lo evadió con facilidad y se detuvo en la cima de la pared para regañar al perro gigante. Titan movía la cola y respiraba entre jadeos como si el canturreo de la ardilla fuera parte de un emocionante juego. Dorian y Patience intercambiaron miradas entretenidas y se rieron.

Dorian no recordaba cuándo había sido la última vez que había bromeado, pero quería que Patience siguiera riéndose. Producía un sonido glorioso que le resonaba en el pecho como una campana.

—¿Cómo están tus rosas, Patience? —le preguntó.

—Están creciendo bien, sin enfermedades.

—En algún sitio oí que hablarles a las plantas las ayuda a crecer —le dijo—. ¿Crees que ayudaría si les recito algunos sonetos de Shakespeare?

Dorian dejó de trabajar para romper en carcajadas. —Dorian, ¿estás intentando hacer una broma, cariño?

Dorian se enderezó y se apoyó contra el rastrillo para disfrutar el hermoso rostro de su esposa mientras se reía.

—Sí.

La misma risa contagiosa le floreció en el pecho, y se rio mientras se estudiaba las manos llenas de tierra.

—Mira, primor, puede que no sea capaz de plantar ni una flor, pero todo parece indicar que tengo talento para germinar tierra debajo de las uñas.

Patience se rio con más fuerza. Tras secarse los ojos con la manga, logró decir:

—Ya basta. Me encantan tus intentos, pero verte intentar hacer bromas es más gracioso que las bromas mismas.

Le sonrió. Por todos los cielos, ¿cuándo había sido la última vez que había hecho reír a alguien? Debía haber tenido seis años. Su padre se encontraba lejos, y él estaba bailando delante de Chastity y su madre y haciendo muecas graciosas. Había sido un alivio que su padre se marchara de la propiedad unos días, y los tres se habían sentido libres.

Se le vino a la mente otra idea lastimosa para hacerla reír.

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—Tienes razón, primor. Antes creía que mi único talento era instruir a mi ayudante de cámara para que me hiciera el nudo perfecto en el pañuelo. Pero ahora he descubierto una nueva habilidad: ponerme en ridículo delante de ti.

Patience se rio y se acercó a él para darle un beso suave en la mejilla. —No. Te a… —Se detuvo abruptamente, y a Dorian se le desvaneció

del rostro cualquier indicio de humor.

¿Lo amaba? El suelo se movió bajo sus pies.

Patience echó un vistazo por encima del hombro para ver el estanque en el que su marido nadaba todas las mañanas. Luego lo volvió a mirar con una chispa de picardía en los ojos.

—¿Y si le quitamos toda la tierra de las uñas ducales, milord?

Dorian sonrió. Hacía un día muy caluroso. Le había permitido usar el jardín, el invernadero… ¿por qué no le permitiría usar el estanque en el que solía nadar para entumecerse? Aunque, a decir verdad, ya no había mucho de lo que quisiera entumecerse.

—Es una excelente sugerencia, milady —le dijo riendo antes de alzarla en brazos.

Detrás de ellos, Titan ladraba. Mientras Dorian corría hacia el estanque con Patience en los brazos, el animal los siguió trotando. Gracias a las patas largas, no tuvo ninguna dificultad para seguirles el paso. Cuando llegaron al agua, Titan no dudó en lanzarse tras ellos, salpicando tanta agua que terminó de empaparlos. El perro nadó alrededor de la pareja sin sumergir la cabeza en el agua, y usando la cola de timón. Por momentos, se acercaba a Patience y la rozaba con la nariz para asegurarse de que estuviera a salvo y contenta. Patience estiró la mano para acariciarle el pelaje húmedo, y Dorian se maravilló ante la lealtad de acero y el amor que expresaba el animal hacia sus amos.

Dorian y Patience se besaron, y Patience le envolvió las piernas en la cintura y se aferró a él mientras su marido nadaba llevándola de pasajera. Mientras el agua destellaba por los reflejos del sol, Dorian se sintió ligero. Jamás había estado tan seguro de que la amaba como en ese momento. Pero también sabía con total certeza de que lo arruinaría todo. Y eso lo asustaba.

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A la noche siguiente, Patience llamó a la puerta del estudio de Dorian. La llama de la vela que llevaba en la mano bailó con su aliento. Era tarde y Rath Hall estaba tranquilo, ahora que todos los criados se habían retirado por el día.

—Adelante —oyó la voz al otro lado de la puerta de caoba pulida y entró. El corazón se le había subido a la garganta.

El estudio estaba oscuro, a excepción de los candelabros sobre el hogar y el escritorio, que le alumbraban el rostro serio. Patience sintió un cosquilleo en el estómago al verlo estudiar un documento con la mano enguantada apoyada sobre el mentón y sumido en sus pensamientos.

—¿Vienes a la cama? —le preguntó, y alzo el rostro sobresaltado, sorprendido y… ¿asustado?

—Patience… —murmuró al tiempo que tomaba el papel que había estado leyendo y lo metía bajo una pila de libros—. Creí que era la señora Knight.

Patience frunció el ceño. ¿Acaso le acababa de ocultar algo? Se acercó a él. El aroma de su estudio era una extensión de él: bergamota, pimienta y una nota almizcleña como a cuero. La fragancia la hizo pensar en la dicha pura, en la piel deslizándose contra la piel y en labios rozándose.

—No, soy yo. Todos los criados se han retirado.

—Oh. —Se humedeció los labios.

Patience alzó la cabeza.

—He venido a verte para llevarte a la cama. Debes descansar antes de la estadía larga en Londres y todos los asuntos que tienes que atender…

Dorian se veía tan solitario sentado en la habitación oscura con tan solo unas pocas velas iluminando su reino: los libros, las pilas de papeles, las plumas, los tinteros y los retratos de los duques anteriores que lo observaban con miradas llenas de prejuicio.

—¿Estás segura de que no quieres venir conmigo? —le preguntó—. ¿Vas a poder dormir sola?

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Patience soltó un suspiro y asintió con la cabeza.

—Lo intentaré. No quiero dejar el jardín porque todavía quedan las últimas semanas de la primavera para desmalezar y plantar semillas.

Dorian asintió con la cabeza.

—Y yo tengo asuntos que he estado posponiendo durante mucho tiempo.

—¿Hay algo que te preocupa? —le preguntó—. ¿Algo en Londres? La mirada se le oscureció y se frotó la mano bajo el guante de cuero.

Patience colocó la vela al lado del aparador y se apoyó contra la superficie. —Ven a la cama conmigo —le pidió—. Te marchas mañana y te

echaré de menos.

Dorian le ofreció la mano al tiempo que se le suavizaba la mirada. Patience le apoyó la mano sobre la suya para sentirle la piel, que le produjo un cosquilleo en las venas.

—Te equivocas —le dijo mientras la acercaba más a él—. Seré yo quien te eche de menos, primor.

Separó los muslos y la colocó entre ellos apoyándole el trasero contra el borde del escritorio. Con las manos, le recorrió los muslos hacia la cintura. Patience estaba vestida para irse a dormir, y el cabello le caía libremente sobre los hombros. Mientras le abría el cinturón del vestido, los dos lados se abrieron para dejar la camisa al descubierto. Se estremeció y arqueó la espalda mientras comenzaba a besarle el estómago y le despertaba el cuerpo. Su cuerpo respondía a sus caricias con un deseo doloroso.

—¿Has venido a llevarme a la cama? —le preguntó rozándole la piel con los labios a través de la camisola—. ¿O a seducirme en mi estudio?

Cuando le subió la camisola y le dejó al descubierto las piernas, Patience echó la cabeza hacia atrás. Antes de que pudiera responderle, reparó en un retrato en particular y se quedó petrificada. Por todos los cielos… el hombre era muy parecido a Dorian… Excepto que llevaba puesta una peluca blanca y tenía unos rasgos más duros y angulosos. También era más robusto y tenía un estómago más prominente. Se enderezó.

—¿Ese es tu padre?

Dorian miró el retrato.

—Sí.

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Patience estudió a su esposo y notó la mirada acechada mientras observaba el retrato. Luego de unos instantes, Dorian la miró a los ojos.

—No permitas que nos interrumpa —le murmuró mientras buscaba sus labios con una expresión determinada—. Tú espantas la oscuridad con la que él ha ensombrecido toda mi vida.

Las palabras hicieron que le diera un vuelco el corazón.

—Y tú eres la fortaleza que nunca creí que tendría —le respondió.

Bajó la mirada al guante. Su cuerpo lo deseaba y su espíritu también. Sin embargo, los destellos de la felicidad que podrían llegar a compartir por el resto de sus vidas eran solo eso: destellos. Sueños. Y, mientras existieran secretos entre ellos, así sería su felicidad.

Patience le tomó el rostro entre las manos.

—¿Cómo sería confiar en ti como confío en Anne? ¿Cómo sería saber que puedes entender todo lo que siento y pienso? ¿Y que me puedas contar todo lo que te pasa por la mente? —Le sujetó la mano enguantada y le miró el rostro cubierto por una expresión acechada—. ¿Cómo sería que me cuentes lo que ocultas aquí? ¿Y lo que sea que no me puedes contar acerca de Oxford?

Dorian se quedó petrificado, completamente aterrado. Patience anhelaba decirle que lo amaba. Que comprendería su secreto, sin importar cuál fuera. Que lo aceptaría.

Dorian se puso de pie para apartarse de su lado y rodeó el escritorio.

—Olvídate de eso.

Patience se incorporó de un salto.

—Aguarda… Dorian. —Estiró la mano hacia él con tanta prisa, que golpeó la pila de libros y papeles que se encontraba en el borde del escritorio y se cayó al suelo. Los papeles salieron volando. Patience se arrodilló al lado de él para ayudarlo a recoger todo. Fue juntando los libros y los colocó sobre el escritorio.

Cuando se volvió a agachar para recoger una hoja de papel vieja con los bordes arrugados y tinta añeja y borrosa por el paso del tiempo, no registró nada a primera vista. Casi la volvió a dejar sobre el escritorio, pero de repente leyó la fecha: «8 de octubre de 1802». Y luego, el lugar: «Oxford».

Se quedó petrificada sosteniendo el papel con la mano temblorosa. Como Dorian seguía recogiendo libros y cartas, regresó la mirada a la carta escrita con letra desconocida y, por momentos, poco clara.

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«Quemaduras graves…» logró leer. «Fragmentos metálicos en los tendones… podrían proceder de un gran estallido, como un arma de fuego o una bomba… es posible que jamás recupere el control total de los dedos… es posible que pierda la mano… Costo del servicio: £10. Doctor Long, Oxford».

Patience se sintió conmocionada, como si alguien le hubiera lacerado la piel con una hoja. Lentamente alzó la mirada para verlo.

—¿Eso es lo que ocultas debajo del guante? —le preguntó con la voz temblorosa—. ¿Cortes… y quemaduras…? —Las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Chastity había hablado de quemaduras, pero eso… era mucho peor de lo que había imaginado. La severidad de la herida, la insinuación de violencia… Todo le decantó de repente.

Dorian se quedó petrificado, con una mueca de terrible temor en el hermoso rostro. Parecía un animal acorralado.

—¿De qué? —le preguntó.

Dorian tragó con dificultad.

—De un accidente. Ya te lo he dicho.

Patience se puso de pie y se acercó a él. Era evidente que estaba nervioso. Quizás estaba reviviendo el trauma de lo que había ocurrido.

—Sí, me lo dijiste, pero aquí se habla de una bomba o un arma de fuego.

—Patience… —le dijo alejándose de ella—. Ya basta.

Actuaba como si fuera a lastimarlo.

—Jamás te haría daño, Dorian —le dijo con la voz temblorosa y estirando la mano para devolverle el recibo del doctor—. ¿No lo sabes?

Dorian casi se lo arrancó de las manos.

—Olvídate del asunto —masculló—. Por favor. No son más que fantasmas del pasado.

Eran fantasmas que seguían acechándolo. Y no solo a él, sino también a su matrimonio, y a su alma.

«El doctor Long de Oxford…». A Patience se le vino una idea a la cabeza. Su marido pasaría al menos cinco días en Londres, y eso le daría tiempo suficiente para ir a hacer indagaciones en Oxford. Ahora que contaba con un plan de acción, asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Disculpa si indagué sobre algo que no estás preparado para compartir. Pero te repito que, cuando lo estés, quiero verte entero: lo bueno, lo malo y lo que sea que ocultas debajo del guante.

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A los dos días, los pasos de Patience resonaron con suavidad por las calles de adoquín antiguo y desgastado de Oxford. El aire fresco cargaba el aroma de abril: una mezcla de tierra húmeda y una fragancia leve a las flores de los plantines de narcisos que habían plantado en maceteros a lo largo del camino. Se envolvió el chal por los hombros, y la brisa fría le despeinó unos mechones de cabello debajo del bonete.

Echó un vistazo por encima del hombro. Un lacayo las había acompañado tanto a ella como a mademoiselle Antoinette a Oxford, y se preguntó si a lo mejor debería haber ido acompañada ese día. Les había dicho a los dos que se encontraría con sir James Edward Smith, un prestigioso botánico, lo que había sido una mentira total.

También había enviado a un lacayo de Rath Hall a decirle a Dorian que iría a Oxford a encontrarse con sir Smith. Se preguntó cuán traicionado se sentiría si descubría el verdadero motivo de la excursión. Como si fuera poco, sir Smith no vivía en Oxford, y Patience se sentía como una farsante. Pero también se había visto obligada a ir allí a develar lo que pudiera acerca del secreto que acechaba su matrimonio.

Mientras caminaba, los sonidos amortiguados de la ciudad la fueron envolviendo: el distante casco de los caballos, las conversaciones suaves de los habitantes de la zona y las carcajadas ocasionales de los estudiantes. Pasó por delante de chapiteles altos y fachadas majestuosas cubiertas por helechos. La luz se colaba entre los árboles en floración y proyectaba sombras sobre el sendero. Por un momento, casi logró sentir la presencia de su hermano, John, en la risa y las pisadas que la rodeaban.

Allí era donde las vidas de Dorian, Luhst, Pryde y John se habían mezclado en un incidente que habían mantenido en secreto durante doce años. Un incidente que había involucrado la visita a un médico: el doctor Long. Y eso era lo más interesante de todo.

La niña que había sido cuando se casó con Dorian ni habría soñado con desafiar la voluntad de su marido y encontrar el modo de continuar la

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investigación. Porque habría tenido mucho miedo de disgustarlo. Y de ensombrecer la paz que compartían. Pero también habría tenido mucho miedo de enfrentar el pasado oscuro de su propia familia.

Siempre se había preguntado qué habría llevado a John a quitarse la vida cuando había sido un hombre de lo más encantador y entusiasta que nunca parecía dejar de sonreír. Sin embargo, contemplar esos pensamientos oscuros no era lo que hacían los Rose. No iba de la mano con el ejercicio de guardar las emociones negativas en la cesta. Pero allí estaba para enfrentarlas con valentía. No había hecho el ejercicio de la cesta desde que encontró el recibo del médico hacía dos días. Y, para su sorpresa, sentía que era lo correcto.

Patience se detuvo delante de una casa en el centro de Oxford. El consultorio del doctor Long se encontraba en la primera planta. Allí le informaron que el médico había muerto hacía cinco años y que ahora esa era la oficina de un abogado. Una ola de impotencia la embargó.

Había ido a Oxford para hablar con el médico que había tratado las quemaduras y los cortes de Dorian el mismo día que había muerto su hermano, para preguntarle si creía que podría haber alguna conexión entre los dos eventos. Pero ahora jamás lo descubriría.

En la planta baja, se encontraba una taberna para estudiantes con un letrero de madera que tenía un oso sobre un fondo rojo y se mecía en el viento. Leyó el nombre del establecimiento: The Bear. Le resultaba familiar. Recordó que John lo había mencionado. Como una niña de seis años, se había preguntado si habría un oso de verdad en el interior.

La puerta se encontraba arrimada, como si la estuviera invitando al mundo que su hermano había conocido. Era temprano por la tarde, y no oyó ningún sonido que le diera vida a las historias de ebriedad y desenfreno que había descrito su hermano. De niña, también se había preguntado si semejante multitud de gente podría haber molestado a un oso de verdad… Si es que había uno allí.

Unas agujas se le clavaron contra la piel mientras miraba la taberna con ventanas de vitral oscurecido. Tenían marcos y vigas de madera y revoque blanco para rellenar los huecos entre los travesaños. Patience se preguntó si ese habría sido uno de los últimos sitios que había visitado John en su vida. Y si Dorian también habría frecuentado ese establecimiento.

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Una mujer de unos treinta años salió de la taberna para sacudir unos trapos húmedos. Iba vestida como criada, con una cofia grisácea y un delantal a juego. Tenía un hermoso cabello rojizo bajo la cofia y un rostro cansado y lleno de arrugas para alguien tan joven.

Patience dio un paso hacia atrás para que el viento no le arrojara las migas y la tierra encima, y la mujer se detuvo para observarla.

—Oh, disculpe, milady —le dijo con una expresión genuina de arrepentimiento—. Creí que estaba caminando. Como las damas no vienen por aquí, no creí que estaba esperando…

—Oh… —dijo Patience, sintiéndose fuera de lugar de que una desconocida la tratara de milady. Ya debería estar acostumbrada, pero…

—No, de todos modos, no puedo entrar —se disculpó con una sonrisa

—. Solo estaba pensando en mi hermano.

—¿Su hermano? —le preguntó la mujer—. ¿Estudia aquí?

—En el pasado. Hace mucho tiempo. Y solía hablar mucho de esta taberna.

—Oh, ya entiendo. La mayoría de los estudiantes vienen aquí a beber un poco y meterse en algunos problemas.

Patience se rio.

—Algunos problemas. Sin dudas, eso era lo que buscaba John. —¿John? —le preguntó la mujer con el ceño fruncido como intentando

recordar—. Quizás lo conozco, aunque sea de hace mucho tiempo. He trabajado aquí toda mi vida. Mi padre era el dueño de esta taberna, y siempre he trabajado de criada. Ahora soy la dueña. Nunca me casé.

Patience le sonrió con tristeza y negó con la cabeza.

—Lo dudo. Sucedió hace doce años.

La mujer asintió con la cabeza.

—Me llamo Christine. ¿Y usted?

—Soy lady… —Se aclaró la garganta—. Disculpe, aún no me acostumbro a mi nuevo título. Soy la duquesa de Rath.

—Oh, milady. —Christine hizo una reverencia—. Hemos tenido a algunos duques y otros miembros de la alta sociedad aquí, pero jamás a una duquesa. Hace doce años… Sí, en esa época ya trabajaba aquí. ¿Dónde se encuentra su hermano ahora? ¿Es un abogado? A eso se dedica la mayoría de los jóvenes luego de graduarse. ¿O quizás es un vicario?

A Patience le dolió el pecho.

—Habría sido un abogado, pero murió hace doce años.

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El rostro de Christine se transformó y registró una sombra de alerta. —¿Cómo se llamaba su hermano?

—No creo que lo haya conocido. Deben haber pasado muchos estudiantes por aquí a lo largo de los años. Se llamaba John Rose.

La mujer se puso pálida. Se quedó parada en silencio absoluto y pareció una estatua humana.

—¿El señor John Rose? —preguntó por fin con la voz apenas un susurro.

Patience se acercó un paso por temor a que Christine se cayera. —Sí. ¿Lo conoció?

La mujer seguía sujetando el trapo húmedo, que se movía con la brisa ligera que soplaba por la calle.

—Oh, sí que lo conocí. ¿Y usted es… la duquesa de Rath? ¿Por qué me suena tanto ese apellido?

Patience sintió que todos los sentidos se le tensaban y afilaban al mismo tiempo. Era como si se hubiera formado una grieta en su propia existencia. Y aún le quedaba escuchar más. ¿Sería que las siguientes palabras de Christine le desgarrarían la vida? Tragó con dificultad y se armó de coraje.

—¿Y también conoció a mi marido? —le preguntó con la voz ronca de la tensión que sentía en la garganta.

Christine dio unos pasos hacia ella y se apretó el trapo húmedo contra el pecho. Tenía los ojos abiertos como platos y como cegados.

—Sí —le respondió mirando a Patience con los ojos celestes debajo de las pestañas rojizas—. John se parecía a usted… Era hermoso. Tenía rizos dorados y ojos celestes. El rostro de un ángel.

Patience se humedeció los labios nerviosa. Podría encontrarse más cerca de la verdad que nunca antes.

—Sí, todos los Rose nos parecemos.

Christine apartó la mirada distante y fuera de foco, como si pudiera ver a través de ella y ver algo perturbador a sus espaldas. Patience se estremeció.

—John me atacó —le dijo—. Sé que no debería hablar mal de los muertos, pero…

¿John la había atacado? Patience negó la cabeza incrédula. Todo su mundo se estaba haciendo añicos en esa calle de Oxford con narcisos en floración y geranios que colgaban de las ventanas de las edificaciones bajo

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el cielo despejado. No. Era como si estuviera oyendo de una persona completamente diferente. El John que conocía le había enseñado a bailar, la había ayudado a treparse a un árbol para rescatar a un gatito y le había llevado un ramo de flores silvestres cada vez que regresaba de una caminata.

—Me quiso tomar por la fuerza —continuó la mujer temblando—, pero lord Perrin nos encontró y me protegió de John. Lo apartó de mí y me salvó de la vergüenza…

Lord Perrin… ¡Dorian! Dorian había sido lord Perrin mientras su padre aún vivía. ¿Su marido había protegido a una criada… de John? ¿Y John había atacado a Christine? No, de seguro no… ¿Podía creerle a esa mujer que acababa de conocer? ¿Una desconocida? Por extraño que pareciera, le creía. La mirada de Christine estaba tan llena de temor, desesperación e impotencia que no podría estar mintiendo.

Pero ¿qué significaba eso? ¿Sería ese el incidente de Oxford que Dorian le había ocultado? ¿Podría haberse equivocado en cuanto a John? ¿Cabía la posibilidad de que John fuera un hombre terrible y que Dorian simplemente no quisiera destruir la opinión que tenía de su hermano…? A pesar de la confusión y la tristeza que sentía por los actos que había cometido John, el pecho se le llenó de calidez. Dorian había sufrido a manos de su padre, pero era honorable y amable. Había rescatado a una mujer en peligro y también había rescatado a su familia de la ruina financiera. Ese era el hombre al que conocía y adoraba.

De repente, Christine posó la mirada en algo detrás de Patience y abrió los ojos aún más.

—Oh, no —susurró, y el trapo se le escurrió entre los dedos. Durante un instante, consideró recogerlo, pero luego giró sobre los talones y se apresuró a sumergirse en las penumbras de la taberna.

—¡Christine! —la llamó Patience al tiempo que recogía el trapo húmedo.

Estaba determinada a seguir a la criada a pesar de que las reglas de la sociedad le prohibieran a una dama de alta alcurnia poner un pie en ese tipo de establecimiento sin una chaperona.

—Patience.

Reconocería esa voz entre cientos, miles, millones de otras. Era la única voz que hacía que todo el ser le resonara como un diapasón y

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estuviera en posición firme de la felicidad de estar viva. La voz de su marido.

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Patience giró lento para mirarlo.

Dorian acababa de verla hablando con la criada a la que había rescatado de John Rose hacía varios años y no podía moverse. Por primera vez en su vida, la bestia se sentía indefensa. Estaba enfurecida, escupía y arrojaba cosas como el demonio horrible que era. Pero Dorian estaba entumecido.

Se dio cuenta de que quizás una parte de él quería que Patience descubriera la verdad, aunque la mayor parte de él se reusaba. «¡Detén a la criada! ¡Qué cierre el pico!», rugía su ira. Al oír que Christine le preguntaba a Patience el nombre de su hermano, pensó que quizás no lo recordaría. Quizás, pensó mientras se le rompía el corazón, su esposa había conocido a esa mujer por casualidad.

Mientras estaba en Londres, Patience le había enviado un lacayo con una nota en la que le informaba que iría a Oxford para encontrarse con sir James Edward Smith, uno de los botánicos con los que intercambiaba correspondencia. La idea de que Patience fuera a Oxford le hizo sentir un vuelco en el estómago, en especial ahora que ella había visto el recibo del médico que le trató las quemaduras.

Sin embargo, quería creerle, quería creer que de verdad se iba a encontrar con sir Smith. Patience no le habría mentido de ese modo. No era así. De seguro, había pasado por delante de la taberna The Bear por casualidad en el momento exacto en que Christine salía.

Tenía la extraña sensación de encontrarse en el teatro o en la ópera y ser un espectador observando la tragedia de su vida desarrollarse delante sus ojos. Había matado a un hombre terrible, un violador, un canalla sin honor que había saboteado la pistola de su oponente. Y, al igual que en una tragedia griega o romana o en una ópera italiana, el destino lo obligaba a intentar redimirse casándose con la hermana de su víctima… Por todos los cielos, sentía como si se estuviera observando desde la distancia mientras miraba a su esposa con la boca abierta en una calle de Oxford. Sabía que

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estaba a punto de caer en la ruina. No había religión alguna en todo el mundo que pudiera dejarlo impune.

—Patience —la llamó luego de que Christine huyera.

Estaba atrapado entre dos versiones de sí mismo. La primera era el hombre que había sido antes de que se le destruyera la vida: el demonio que llevaba dentro, el tirano movido por la ira que perdía los estribos cuando lo abrumaban los sentimientos de amor, pérdida y dolor. El segundo era el hombre que se había convertido luego de casarse: el que había aprendido a amar, el que realmente conocía a Patience y quería arrodillarse a sus pies para dejar su alma al descubierto.

Se encontraba de pie en el punto exacto en el que todo había ocurrido: donde había leído la condenada carta en la que le informaban acerca de la muerte de su padre, donde había sido testigo del ataque del señor Rose a Christine y donde lo había desafiado a un duelo. En ese sitio, la mejor versión de él, la que el amor de Patience había cultivado, podría prevalecer. Solo debía derrotar al demonio que lo urgía a actuar enfurecido y a destruir todo a su paso. Sin embargo, no era ese hombre.

Al ver la expresión de culpa en el rostro de su esposa, algo se desencadenó en su interior. En un instante, como con un chasquido de los dedos, su lado oscuro ganó la batalla. El fuego en su interior cobró vida con un rugido.

—Dorian —comenzó con suavidad mientras se acercaba a él, y él se retiraba.

—Mentiste —escupió antes de poder contenerse.

—Yo… —comenzó, pero su rostro la traicionó—. Lo siento.

Que lo llevara el demonio. ¿Por qué no negaba todo? La disculpa lo desarmó y le quitó las últimas defensas.

—Maldita sea, Patience. Tenía asuntos que atender en la Cámara de los Lores, pero como un tonto te echaba de menos. No soportaba pasar algunos días lejos de ti y te seguí.

Además, estaba preocupado de que descubriera la verdad durante su visita a Oxford y lo detestara…

—Oh, Dorian… —murmuró con una expresión culpable.

Le mostró el libro que tenía en la mano: Flora Londinensis de William Curtis, y Patience lo miró con anhelo. Tenía esbozos de rosas. Dorian había estado seguro de que le encantaría.

—Oh, no… —murmuró.

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—Lo encontré esta mañana en Londres y creí que te gustaría identificar la flora local. En lo único que podía pensar era en dártelo — susurró—. Como no me podía mantener alejado de ti, cancelé mis planes y vine a Oxford de inmediato. Luego mademoiselle Antoinette me dijo que te encontrabas en una reunión con sir Smith en el centro, y aquí me tienes.

—Dorian…

—Quería llevarte al jardín botánico que siempre soñaste visitar, el que le pertenece al conde de Chans, que es un buen amigo de Pryde. También esperaba pasar unos días a solas contigo en Briarstone Park, mi propiedad cerca de Oxford. No la visito muy a menudo, pero tiene colinas, arroyos y una casa que mantiene el personal. Me imaginé que te podría complacer. Quizás te gustaría vivir allí cuando nuestro año juntos llegue a su fin. —La idea de que Patience pudiera escoger vivir alejada de él al final del año lo desgarró por dentro, pero honraría su palabra y el contrato que habían firmado, por más que significara morir de soledad sin ella.

Patience se quedó petrificada. El viento jugó con unos mechones de cabello rubio debajo del delicado bonete decorado con lo que parecía un pájaro y unas plumas de pavo real. Se veía tan mal como una palmera en medio de una tormenta de nieve.

—Lo siento —repitió—. Te mentí.

—Maldita sea. Patience, he venido a traerte todas las cosas que siempre has deseado, pero me has engañado.

Patience asintió con la cabeza y las mejillas sonrosadas.

—Sí, pero al fin también descubrí la verdad.

Dorian se quedó petrificado. Se veía tan rígido como una tabla de madera.

—¿De verdad?

No podía respirar; sentía como si tuviera los pulmones llenos de agua. La miró en busca de alguna señal de ira, dolor o asco, pero sus grandes ojos celestes solo reflejaban arrepentimiento y culpa. Tenía la delicada boca rosada con el exquisito arco de Cupido entreabierta y con una expresión de sorpresa.

—Y entonces, ¿por qué te disculpas? ¿No estás horrorizada? —le preguntó con cautela.

—Estoy horrorizada con John —repuso ruborizándose más—. Lamento haber sospechado que ocultabas algo siniestro cuando solo

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intentabas protegerme a mí y a mi familia del hecho de que mi hermano se había forzado sobre una mujer.

Dorian se quedó de pie parpadeando. Esa era la oportunidad de corregirla y decirle toda la verdad. No obstante, la boca se reusaba a moverse.

—Ese fue el incidente de Oxford —continuó al tiempo que se acercaba un paso más a él con los ojos destellando y una sonrisa dulce en los labios.

No… ¡No! No podía verlo como un héroe, como si lo adorara y lo amara. Tenía que decir algo. Tenía que contradecirla.

—Pero la protegiste a Christine. No tenías nada que ocultarme, Dorian. Todo este tiempo has intentado proteger el recuerdo que tengo de John. Debió de haberse suicidado porque lo encontraron cometiendo un acto deshonroso.

¿Cómo había llegado a esa conclusión? Dorian tragó con dificultad, incapaz de encontrar las palabras para contradecirla, para decirle lo poco que valía. No era ningún héroe. Por el contrario, era el villano que le había quitado la vida a su hermano. A pesar de eso, se le vino a la mente un pensamiento cobarde: si le dejaba creer eso, todo se resolvería…

Patience le sujetó la mano enguantada, y se retorció de dolor.

—Ahora nos podemos olvidar del asunto —le susurró—. Se ha terminado. No quedan más secretos entre nosotros. Por favor, llévame a la propiedad cerca de Oxford, muéstrame el libro y dime cuándo vamos a visitar los jardines botánicos que acabas de mencionar.

Dorian tragó el nudo que se le había formado en la garganta. —¿No investigarás más?

—No, ya descubrí todo lo que quería saber. Me he casado con un hombre maravilloso y honesto, y no podría ser más feliz.

A Dorian se le partió el corazón. Jamás podría ser el hombre que su esposa creía que era.

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Dorian se sentó en una silla en la recámara de la posada en la que se estaba alojando Patience. Un decantador de coñac destellaba bajo la luz de las velas en la mesa que tenía al lado. Con movimientos lentos, hizo girar el líquido ambarino en la copa que sostenía entre los dedos.

Observó como Patience caminaba por la habitación mientras se preparaba para acostarse. Luego de que mademoiselle Antoinette la ayudara a desvestirse y a bañarse, se encontraban a solas. Patience se estaba cepillando el largo cabello dorado mientras tarareaba una canción y de vez en cuando lo veía a los ojos y le sonreía.

No se la merecía. Le tenía mucha estima, en especial tras haber oído las palabras de Christine ese mismo día. Pero lo cierto era que merecía ser castigado.

A pesar de que el problema de que su esposa pudiera enterarse de que había asesinado a su hermano parecía estar resuelto, Dorian no podía olvidarlo y disfrutar de su vida juntos porque jamás se había sentido peor.

—Patience —la llamó.

Oír su nombre de los labios de su marido le bastó para que se detuviera. Con los ojos celestes abiertos de par en par, ingenuos y puros, lo miró. Los labios rosados se le entreabrieron mientras contenía el aliento. El deseo le circulaba por las venas mientras la recorría con la mirada. Dorian se puso de pie y se quitó la camiseta y los pantalones. El aire frío de la habitación le acarició la piel e hizo que se le pusiera la piel de gallina.

—Desvístete para mí —le ordenó con la voz ronca—. Despacio. Patience se mordió el labio inferior al tiempo que se desataba el

cinturón del salto de cama. Las manos pequeñas le temblaban mientras deshacía los lazos sobre el pecho. La delgada tela blanca de la camisola se le deslizó por los hombros suaves y dejó al descubierto las seductoras curvas de los senos coronados con tiernos pezones. La prenda cayó aún más y se quedó atrapada en las caderas antes de caer casi flotando al suelo.

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Dorian no logró llenarse los pulmones de aire. Patience era la perfección personificada con las piernas preciosas y esa femineidad aterciopelada. Avanzó hasta ella y estiró la mano callosa para sostener el peso de un cálido seno y rozarle el pezón con el pulgar. Patience soltó un jadeo y se arqueó por el roce de sus manos.

Dorian se la acercó hasta aplastar las curvas suaves de su cuerpo contra las planicies duras de su pecho. Con una mano, le sujetó el cabello en un puño, y con la que llevaba enguantada, le recorrió la parte baja de la espalda. Ladeó la cabeza y se adueñó de su boca en un beso abrasador y voraz.

Al sentir cómo Patience se derritió contra él, maleable y sensible, algo se volvió a fracturar en su interior. Le estaba suavizando cualquier resolución y le hacía creer, aunque solo fuera por un instante, que era digno de su amor y su afecto… que era capaz de una profunda conexión. Algo que había anhelado como al aire mismo, pero que también temía.

Profundizó el beso mostrándole con la lengua el hambre voraz que tenía de ella. Era más que simple lujuria. Más que un placer pasajero o una satisfacción carnal. En su abrazo ingenuo, en su respuesta dulce, encontró… un hogar. Aceptación, amor y todo lo que le faltaba en la vida.

Aun así, no se la merecía. Le tomó el rostro entre las manos y dio un paso hacia atrás para mirarla a los ojos al tiempo que le acariciaba los labios hinchados por los besos con el pulgar.

—Mi querida Patience… —La voz se le quebró al pronunciar su nombre—. ¿Qué me haces?

La miró con el corazón lleno de emociones que no se atrevía a nombrar. Los ojos de su esposa estaban oscurecidos de deseo y también destellaban con una vulnerabilidad tierna que lo dejó sin aliento. Despacio, casi con timidez, le recorrió el pecho con las yemas de los dedos y dibujó un mapa del contorno de su carne.

—Déjame amarte… entero —le pidió en un susurro—. Déjame mostrarte lo que siento.

Las palabras lo hicieron estremecer, y todas sus reservas colapsaron. «Entero…». Dorian soltó un gruñido y le atrapó la mano para llevársela a los labios para darle un beso en la palma.

—Tómame, primor. Soy todo tuyo.

Patience lo empujó sobre la cama. Cayó de espaldas sobre el colchón y la observó avanzar a paso lento hacia él, provocándolo con el cuerpo

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pequeño y voluptuoso hasta endurecerle el miembro. Las caderas redondeadas tenían unos hoyuelos preciosos, la cintura delgada y el vientre plano, los senos pesados y los capullos rosados… Iba a tomar el control, y a Dorian se le disparó una alarma por dentro. Nunca en su vida había querido ceder el control. Era aterrador. Sin dudas, el temor le encendería la furia interior. Sin embargo… con ella se sentía a salvo.

—Muéstrame qué necesitas —le murmuró—. Toma la iniciativa, primor.

A Patience se le agrandaron los ojos. El pecho de Dorian se infló mientras tomaba una profunda bocanada de aire. Patience se montó a horcajadas de él, y la humedad cálida de su ser se le apretó contra la erección. Dorian le apoyó las manos en la cintura, pero ella le sujetó la mano enguantada entre las suyas.

—Esto es lo que necesito —le dijo con suavidad—. Muéstrame, Dorian. Déjame entrar.

El corazón le latía tan desbocado contra el pecho que temía que le fuera a romper los huesos. El pánico le paralizó las extremidades, le congeló el aliento y lo puso más rígido que una estatua.

—Nadie la ha visto en doce años, excepto mi médico —le dijo en un murmullo—. Es horrible de ver, primor.

—Ya me conoces. Las cosas horribles de ver no lograrán disuadirme. Dorian tenía el estómago revuelto, una reacción normal que

experimentaba cuando se sentía indefenso, y la cercanía fue creciendo como un maremoto. La bestia en su interior quería lanzarse contra ella para apartársela, gritarle y escapar antes de que viera lo horrible que era y lo poco que la merecía. Antes de que viera la manifestación física de la muerte de su hermano: la herida en su cuerpo que hacía juego con la de su alma. Antes de que, por algún milagro, terminara de conectar los puntos y lo dejara. Porque en ese momento, lo que más temía era que Patience lo abandonara. Aunque a su vez, una parte de él quería mostrarle la mano y permitir que otro ser humano en su vida conociera su dolor. Ceder el control y simplemente ser… él mismo.

No dijo nada, pero asintió con la cabeza al tiempo que el pecho se le tensaba como si le hubieran colocado una losa de granito encima. Patience le quitó el guante despacio, y la piel sensible le dolió, irritada y desesperada por aire. Había llevado el guante durante doce años y solo se lo había quitado cuando estaba a solas. Tuvo el impulso de apartar la mano

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y gritarle por atreverse a quitárselo, pero no lo hizo. Observó el rostro de su esposa anticipándose a la expresión de repugnancia y al momento en que se pondría de pie de un salto para alejarse de él y nunca más volver a mirarlo de la misma manera.

Sin embargo, tras arrojar el guante al suelo, le miró la mano con ternura y empatía. Con suavidad, le tomó la mano entre las suyas, y el roce frío de los dedos suaves se sintió como un bálsamo sanador. No sabía lo mucho que había deseado que alguien lo tocara allí, que alguien amara y aceptara la parte más fea de él.

Patience lo volvió a sorprender cuando se inclinó hacia adelante y le depositó un beso suave en la piel. Dorian se estremeció y sintió un cosquilleo en la mano. Su piel era como la corteza de un viejo árbol torcido: desnudo en algunas partes y con cicatrices gruesas en otras. El enrojecimiento en la piel era peor que antes, al igual que el dolor que se obligaba a ignorar y al que ya se había acostumbrado.

—¿Qué pasó? —le preguntó—. ¿Me lo cuentas?

¿Qué podía contarle? Se detestaba por seguir ocultándole cosas, pero al menos podía decirle parte de la verdad.

—Una pistola se disparó en mi mano —le dijo.

Patience asintió con la cabeza.

—¿Ocurrió el mismo día de la muerte de John? ¿Es por eso que el recibo del médico tiene la misma fecha?

—Sí.

Patience lo miró sin dejar de acariciarle la mano con suavidad y esperó a que siguiera hablando, pero Dorian no dijo más nada. Al final, asintió con la cabeza y le sonrió con ternura.

—Gracias por compartir esto conmigo —le dijo—. Lamento mucho lo que te ocurrió. Fue un horrible accidente.

Las caricias aterciopeladas de su esposa le produjeron un estremecimiento en todo el cuerpo. Su aceptación y ternura lo estaban deshaciendo capa a capa y dejando al descubierto toda su alma. Con los dedos temblorosos, Patience le colocó las manos sobre el cabezal al tiempo que le pedía permiso con la mirada. Dorian asintió con la cabeza y se rindió por completo a ella.

Patience tomó un cinturón que estaba sobre la mesa de noche y le sujetó las muñecas al cabezal con movimientos lentos pero determinados. A Dorian se le aceleró el corazón, con el cuerpo y el alma expuestos ante

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ella. Patience le dio besos suaves en el mentón, el cuello y el pecho, y cada caricia le resultó sanadora.

Mientras se colocaba sobre él, Dorian bebió las curvas generosas de los senos, las ondulaciones de las caderas y la evidencia destellante de su excitación. Patience frotó el sexo contra el miembro duro hasta hacerle pensar que podría llegar a perder la razón de deseo.

Le sonrió con un brillo travieso en la mirada y comenzó a acomodarse sobre él. Cuando Dorian sintió el calor estrecho que lo rodeaba y lo envolvía como un guante, los dos gimieron a la vez. Patience comenzó a mover las caderas a un ritmo sensual que lo hizo ver las estrellas. Él se rebatió contra los lazos desesperado por tocarla y abrazarla, pero ella le colocó las manos en el pecho y lo mantuvo debajo de su cuerpo.

Así era como debía haberse sentido ella: amarrada e indefensa, pero llena de confianza en él. Al igual que él en ella.

—Déjame amarte —le susurró—. Déjame demostrarte todo lo que significas para mí.

Amarlo… Si tan solo supiera que no se merecía ni una gota de ese amor, pero que pasaría el resto de la vida intentando merecérsela y satisfaciendo cualquier necesidad que tuviera. Ella era lo único que importaba. Quizás eso era lo que Dios había querido para él, una retorcida vuelta del destino.

Patience lo montó moviendo las caderas mientras los pechos le rebotaban y arrojó la cabeza hacia atrás extasiada.

—Eso es —la instó Dorian con la voz ronca—. Toma lo que necesites.

Date placer.

Era toda suya. Tanto su placer, como su alegría y su felicidad le pertenecían. Dorian se entregó a ella por completo. Con las muñecas amarradas y la mano herida a su total disposición, se sentía desnudo y vulnerable. Pero, de alguna manera, eso lo sanaba.

Cada movimiento de las caderas lo llevaba más cerca de la cima, y el cuerpo se le comenzó a tensar listo para acabar. Sin embargo, fue el amor, la devoción pura y la aceptación que vio en la mirada de Patience lo que acabó por deshacerlo. Mientras la oía gritar su nombre y sentía sus paredes internas retorcerse alrededor de su miembro, Dorian se dejó llevar y se entregó a la dicha que le produjo. Se deshizo debajo de ella, y su semilla le llegó a lo más profundo del vientre. El corazón le quedó expuesto en el medio del resplandor.

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Patience dejó caer su cuerpo cálido y suave sobre su pecho. Dorian quería abrazarla, tomarla en sus brazos y jamás dejarla ir. Como si le hubiera leído la mente, le desató las muñecas y se llevó sus manos a los labios para darle un beso suave.

—Te amo, Dorian —le susurró contra la piel—. Me haces muy feliz. Dorian se la acercó aún más y enterró el rostro en su cabello mientras

luchaba contra las emociones que amenazaban con abrumarlo. En sus brazos halló aceptación, redención y un amor que jamás creyó posible.

La amaba, pero tenía las palabras atoradas en la garganta. ¿Qué punto tenía decírselo si ella amaba una ilusión de él mientras que él amaba a la persona que era en realidad? ¿Se atrevía a guardar esperanzas por un futuro feliz?

De alguna manera, supo que eso jamás sucedería a menos que pudiera alumbrar las sombras de su pasado. Solo al hacerlo podría ahuyentarlas. Pero así, también podría acabar ahuyentándola a ella.

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—¡Ay, no lo puedo creer! —exclamó lady Buchanan dos semanas después mientras miraba el jardín de Rath Hall boquiabierta—. El jardín nunca se vio mejor.

Patience intercambió una mirada entretenida con Dorian, que le sonrió. Unas mariposas alegres le bailaban en el estómago, como lo habían hecho todos los días durante las últimas dos semanas. Cada mañana, ella y Dorian se despertaban con la luz neblinosa del amanecer y las extremidades envueltas y cada noche era una nebulosa de pasión y placer en la que sus cuerpos se unían una y otra vez.

—Hace dos meses, ni yo me lo hubiera creído —dijo Chastity, que se encontraba al lado de Patience mientras el mayordomo y algunos lacayos llevaban el té a la terraza que daba al jardín.

Lady Buchanan miró a Dorian, y las cejas se le subieron hasta el tocado elaborado que era más apropiado para la corte de Luis XVI que para la terraza con vista al jardín.

—¿Estás… sonriendo, Dorian? —le preguntó su tía al tiempo que esbozaba una sonrisa.

Dorian se aclaró la garganta, y la sonrisa se le borró del rostro al tiempo que fruncía el ceño.

—Eh… No.

Los ojos de lady Buchanan destellaron de alegría.

—¡Has estado sonriendo! Por todos los cielos, no he visto una sonrisa en tu rostro desde que… ¡Oh, vaya, desde que tu desdichado padre alejó a mi querida hermana de aquí!

Chastity asintió con la cabeza.

—Sí, últimamente ha estado sonriendo.

Patience sintió el corazón repleto de amor, y a la vez una corriente de inquietud circulaba por su ser. Nunca había sido tan feliz como en las últimas dos semanas. Amaba a su marido, y él le mostraba señales de amor

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también, pero nunca había dicho las palabras. Lo único que ensombrecía su felicidad era que seguía su horrible rutina matutina con incluso más vigor que antes, hasta el punto de quedar exhausto, y ella no tenía idea de por qué lo hacía… Las sombras en lo más profundo de los ojos celestes de Dorian se habían oscurecido. ¿Acaso no había resuelto el gran misterio que los había mantenido alejados?

Le había llevado mucho tiempo hacerse a la idea de que el hermano que había conocido de niña no era el hombre que había creído. Con cautela, le había escrito una carta a su madre para preguntarle si John había sido un hombre caprichoso, maligno o egoísta. Sin embargo, la respuesta de su madre había sido tan positiva como siempre, pero había admitido que su hermano había tenido varias facetas y que había creído que tenía derecho a obtener lo que deseara por ser el hijo mayor y el único hombre. Por ser el heredero de su padre. Además, su madre había añadido que, en ocasiones, había ido demasiado lejos, aunque siempre se había disculpado y había intentado arreglar las cosas.

Patience no recordaba esas facetas. No era de sorprender ya que ella era la más joven de la familia y sus recuerdos infantiles debían de estar influenciados por la inocencia y la simplicidad de la juventud, ajenos a las complejidades del hombre en el que se había convertido.

—Bueno, querida, no me equivoqué contigo —confesó lady Buchanan apretándole la mano a Patience.

Patience le ofreció una sonrisa.

—Su sobrino me hace muy feliz —le confesó, y a Dorian se le derritieron los ojos al mirarla.

El té estaba listo, y tomaron sus asientos alrededor de una mesa redonda. Patience sirvió la infusión mientras una brisa suave acarreaba los aromas de las flores que prosperaban en el jardín. En el transcurso de las últimas semanas, el jardín se había vuelto más exuberante y hermoso. Todo su trabajo y el de Dorian, que la había ayudado en más de una ocasión, así como también el de los lacayos y los jardineros, había rendido sus frutos. La vida florecía donde hasta hacía muy poco solo había reinado el deterioro.

A Patience le encantaba. Le encantaba no tener que ocultar su interés por la botánica, poder sentarse en un banco y disfrutar de ver sus plantas crecer. Podía pasear con Dorian por los angostos senderos serpenteantes de grava blanca que la vegetación perenne flanqueaba.

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A la izquierda, las rosas proliferaban. Patience veía las hojas brillantes y los capullos que comenzaban a florecer al lado de la imponente milenrama amarilla. Los pastos altos emplumados se mecían con suavidad en el viento, y Patience disfrutó verlos al lado de las rosas y la milenrama. Un roble, un fresno y un castaño habían reemplazado a los árboles enfermos, y sus ramas verdes también se mecían con el viento. Más adelante, a la derecha, unas plantas de lavanda atraían a varias abejas que zumbaban a todo su alrededor. En medio de las lavandas, crecían las flores amarillas de hinojo, que no solo eran hermosas, sino que también tenían muchos usos. Más allá del camino de piedra y los arbustos de color lavanda y amarillo dorado, se veía un destello azulado de las violetas, que añadían una nueva gama de colores. Y el invernadero… Aún no estaba terminado. Patience había encargado algunas plantas y estaba esperando que se las entregaran. Pero la edificación estaba limpia y reparada. Tenía humedad, ventanas que se abrían para permitir la circulación y un horno en funcionamiento para ofrecer calor en el invierno. Ella había logrado todo eso. Tanto su trabajo como su pasión importaban. Ella importaba.

Lady Buchanan bebió un sorbo de té y bajó la taza para ofrecerles una sonrisa de lo más astuta.

—Bueno, el jardín ha dado sus frutos. Es evidente que aquí abunda la fertilidad.

A Patience se le desvaneció la sonrisa cuando la mirada de la tía se posó sobre su vientre.

—Es una buena señal —prosiguió lady Buchanan.

Patience sintió a Dorian tan rígido que se quedó mortificada. Apretó la mano contra la tela del vestido. Un bebé… Dorian no quería un niño… ¿o sí? Se volvió hacia su esposo y vio la mirada acechada que tenía mientras se concentraba en un punto en el espacio con una expresión aterrada.

—Oh, unos nietos… —añadió lady Buchanan con un tono soñador. Chastity soltó un suspiro y mordió una galleta para masticarla con

delicadeza.

—En realidad, la tía se refiere a sobrina nietas y sobrino nietos. Ella fue lo más cercano a una madre que tuvimos tras la muerte de nuestro padre. Antes no tenía permitido visitarnos, pero tanto Dorian como yo intercambiamos correspondencia con ella en secreto. La tía logró enviarnos algunas cartas de nuestra madre antes de que muriera.

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Patience asintió con la cabeza, sorprendida de ver otra capa de esa familia rota. Anhelaba abrazarlos a los tres y hacerles sentir el amor que había recibido de sus padres. Sin embargo, ahora estaban todos juntos, y no podía sentirse más aceptada y apreciada en presencia de ellos.

—Disculpen —los interrumpió Popwell con una bandeja en la mano

—. Ha llegado una carta para la duquesa.

Patience tomó el sobre que tenía su nombre escrito con elegante

caligrafía. Con los dedos trémulos, rompió el sello y abrió la carta para escanear el contenido con la mirada. Luego, la leyó en voz alta con la voz algo temblorosa:

Para la duquesa de Rath,

Rath Hall

Estimada duquesa:

Es un placer informarle que su tesis «La creación de una rosa inglesa híbrida» ha sido aceptada para publicación en la revista trimestral de la Sociedad Linneana de Londres. Su trabajo demuestra un conocimiento excepcional y un gran rigor científico, y creemos que constituirá una contribución importante al campo de estudio.

La invitamos a asistir a la velada que tendrá lugar en nuestra sede central en la Burlington House de Londres el 8 de mayo, donde discutiremos su tesis entre nuestros estimados miembros. Sería un honor que acudiera para presentar sus hallazgos ante la comunidad.

Su obediente y humilde servidor,

Sir James Edward Smith

Presidente de la Sociedad Linneana de Londres

Patience alzó la mirada y se concentró en Dorian, que tenía los ojos bien abiertos y destellando llenos de orgullo y felicidad.

El estómago le dio un vuelco de alegría ante esas noticias tan maravillosas… Pero al imaginarse una sala llena de hombres educados que la oían presentar su trabajo, solo pudo divisar todos los ceños fruncidos. ¿Cómo se atrevía una mujer, cuyo único objetivo debería ser bordar una rosa perfecta, a crear una nueva especie híbrida con un método que nadie había considerado antes? De seguro la mirarían llenos de prejuicios y la destruirían con sus preguntas…

—Tienes que ir, Patience —le dijo Dorian—. Has trabajado mucho por esto.

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Era como si le hubiera leído la mente. Abrió y cerró la boca. Quería decir que así, que debería ir. ¿Acaso el hecho de que hubieran aceptado su tesis no demostraba que su mente era digna de reconocimiento, que no tenía que encogerse para encajar en el molde sofocante que la sociedad había creado para las mujeres? Sin embargo, era una niña de dieciocho años que jamás había ido a la universidad y que había ocultado su verdadera pasión durante muchos años. ¿No debería ocultarla ahora también?

—¡Oh, querida! —exclamó lady Buchanan—. ¡Sí, tienes que ir!

—Lo veo en tus ojos, Patience —intervino Chastity al tiempo que le apretaba la mano debajo de la mesa—. Ve por las dos. De hecho… iré contigo.

—¡Yo también! —declaró lady Buchanan—. Tengo una cena en la casa de la marquesa de Virtoux, pero prefiero ir a ver los rostros de esos dinosaurios mientras les refriegas tu trabajo en las narices.

Dorian se sentó más erguido, con una expresión indescifrable.

—Debes ir, primor —le murmuró tomándole la mano y besándosela—.

Y yo me aseguraré de que te den el respeto que te mereces.

El ronroneo de su voz aterciopelada la llenó de determinación. Quizás se debía a él, al aspecto positivo de su ira, pero sintió el vigor de su propio enfado retorcerse en el vientre. Encuadró los hombros. En el pasado, se habría acobardado y ocultado por temor a un conflicto. Pero había cambiado y ya no tenía miedo.

—Tienen razón —determinó—. Y eso es motivo suficiente para ir y demostrarles que el intelecto de una mujer es una fuerza a tener en cuenta. —Alzó el mentón determinada—. No permitiré que me intimide el prejuicio de nadie.

Dorian le ofreció una sonrisa.

—Esa es mi valiente Patience. Tienes razón. Iremos a Londres. Y los veremos temblar delante de ti.

—¡Salud! —brindó lady Buchanan, y los cuatro chocaron las tazas de

té.

Patience se llenó de orgullo al tiempo que Dorian la abrazaba. Se hundió en sus brazos y se perdió en su forma de creer en ella. Entonces deseó que pudiera confiar en ella y contarle acerca de los demonios que todavía lo acechaban…

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Al día siguiente, Dorian golpeó la bolsa de boxeo en un gimnasio de Londres con una fuerza furiosa. El sonido de cada golpe le producía gran satisfacción. Tenía los músculos tensos, el pecho descubierto lleno de sudor y la mente consumida por el caos de emociones que se agitaban en su interior.

—Te ves preocupado —señaló Luhst apoyándose contra la pared con una expresión fría de entretenimiento—. No me digas que tu duquesa te echó de su cama.

Dorian soltó un gruñido sin interrumpir el ritmo del ejercicio.

—Cierra el pico, Lucien.

Lucien sonrió. Eccess bebía de una botella y asestaba puñetazos contra otro saco de boxeo.

—Si te echó de la cama, no puedo decir que la culpo. Con ese ceño fruncido, asustarías hasta a las mujeres más determinadas.

Dorian lo fulminó con la mirada y siguió golpeando la bolsa con una intensidad implacable. Irevrence se rio entre dientes desde su puesto en un banco cercano.

—Quizás haya perdido el tacto. El matrimonio lo ha ablandado en más de una forma.

Los otros duques soltaron carcajadas ante la broma cruda. Dorian se detuvo con el pecho agitado y le dirigió una mirada de acero a Irevrence.

—Te aseguro, Sylvester, que mi tacto es más fuerte que nunca. Y no hay nada blando en mí.

Pryde, que estaba boxeando con Enveigh, soltó un bufido y se volvió para dirigirle una mirada pícara.

—¿Ah, sí? —le preguntó—. Y entonces, ¿qué haces aquí, descargando las frustraciones contra una bolsa de cuero en lugar de estar satisfaciendo a tu esposa?

Dorian apretó los dientes. Jamás había creído que caería en esa trampa, pero amaba a Patience. Y por primera vez en la vida, divisaba un destello

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de verdadera felicidad. Podía sentirlo tan cerca, que casi lo tenía al alcance de las manos. Sin embargo, también se encontraba más lejos que antes porque estaba viviendo una mentira. Estaba enamorado de su esposa, pero ella amaba una versión falsa de él. No amaba al hombre que era en realidad. Solo había una manera de escapar.

—Me siento obligado a contarle la verdad acerca de la muerte de su hermano —soltó.

Los golpes y gruñidos de los hombres que practicaban boxeo cesaron, y solo se oyeron los puñetazos que arrojaba Dorian contra la bolsa. Al siguiente instante, él también se detuvo para mirar las expresiones conmocionadas de sus amigos.

Pryde negó con la cabeza, y el cabello castaño y humedecido se le pegó a la frente mientras clavaba los ojos del mismo color en Dorian.

—Te lo dije. No deberías haberte casado con ella.

—Vas a poner en riesgo el futuro de todos nosotros —soltó Lucien al tiempo que daba un paso hacia adelante. Dorian no se acordaba cuándo había sido la última vez que lo había visto tan serio—. ¡Te ayudamos a encubrirlo!

—Ya lo sé —le dijo con un tono lleno de dudas—. Pero no dejo de pensar en eso. En la honestidad.

El siguiente puñetazo, hizo que el saco saliera volando. En lo único que podía pensar mientras intensificaba sus rutinas matutinas era en la honestidad. Estaba desgarrado entre el deseo de mantener todo en el mismo estado y continuar mintiéndole a la mujer que amaba… Y la necesidad de confesarle todo.

El momento en que se había abierto a ella y le había mostrado la mano antes de dejarla tomar el control del acto de amor… había sido uno de los mejores de su vida. ¿Cómo se sentiría si no tuviera que fingir más y pudiera contarle todo, compartir con ella lo que de verdad le había ocurrido a su hermano? Aliviado, aceptado y en paz. Cielos, cómo anhelaba eso.

Eccess se tambaleó con las mejillas sonrosadas del exceso de indulgencia.

—¿Honestidad? ¡Qué tontería! Guárdatela para el púlpito. Un hombre debe tener sus secretos.

Como la tentación de soltar toda su ira contra sus amigos fue aumentando con cada comentario que le hacían, Dorian volvió a golpear el

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saco de boxeo. Enveigh soltó un suspiro y, con una mirada distante, dijo:

—Todos cargamos nuestras cruces, Dorian. Es mejor que algunas verdades queden enterradas para que no puedan envenenar la felicidad que logramos encontrar.

Las palabras quedaron pendiendo pesadas en el aire mientras cada hombre reflexionaba sobre sus propios pecados y defectos. Para Dorian, el peso del pasado era una carga física.

Se alejó de la bolsa de boxeo con el pecho agitado. El temor de perder a Patience se mezclaba con la culpa que le carcomía el alma. ¿Cómo podría florecer su amor si estaba plantado sobre una base de engaños?

A pesar de todo, la idea de ver la luz apagarse en su mirada, de verla retorcerse de revulsión y horror, era un destino mucho más terrible de lo que podía soportar. Por eso, se volvió hacia sus compañeros con una expresión adusta y llena de determinación.

—No preciso de sus consejos en este asunto. Pero recuerden mis palabras, caballeros. Nuestros pecados tienen una forma de encontrarnos, sin importar cuán profundo los enterremos.

Tras decir eso, salió de la habitación y dejó allí un silencio inquieto acompañado por los ecos de su corazón afligido.

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Una semana más tarde, Patience entró en el gran salón de Burlington House en Mayfair. Tenía la mano pasada por el codo flexionado de Dorian y se quedó sin aliento como si estuviera en llamas. Chastity caminaba al lado de ella, y lady Buchanan iba al lado de Dorian. Patience no podía sentir el suelo bajo sus pies y apreciaba contar con el apoyo del brazo fuerte de su marido.

Delante de sus ojos se extendía una habitación iluminada con velas y reflejos que destellaban tanto en los marcos cubiertos en oro como en los espejos. Los cielorrasos altos estaban decorados con murales detallados y candelabros que proyectaban una luz cálida sobre la multitud. Había al menos cincuenta hombres presentes, y solo un par de mujeres. Algunos científicos eran mayores, caballeros de aspecto distinguido, con el cabello grisáceo y barbas acicaladas, mientras que otros eran más jóvenes y tenían expresiones voraces y ojos llenos de entusiasmo.

—Estoy muy orgullosa de ti, querida —le murmuró lady Buchanan—. Dios sabe que este tipo de reconocimiento para una mujer era imposible cuando era joven.

Patience soltó el aire temblorosa.

—Creo que estoy soñando. Su apoyo significa mucho para mí. Dorian, Chastity y tú, tía, son mi nueva familia.

Chastity le apretó la mano.

—Te mereces todo, hermana.

Dorian se inclinó para murmurarle al oído:

—Disfrútalo, mi dulce primor.

El maestro de ceremonias anunció su llegada:

—El duque y la duquesa de Rath. Lady Buchanan. Lady Chastity Perrin.

Un hombre de unos cincuenta años con una peluca empolvada blanca se apresuró a presentarse ante ellos y hacer una reverencia ante Dorian, y luego otra ante Patience, Chastity y lady Buchanan.

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La multitud de hombres prorrumpió en una ola de aplausos, y Patience sintió como si estuviera volando. Recibir tanto reconocimiento y aprecio de la sociedad que en muy pocas ocasiones había aceptado contribuciones de mujeres y que no tenía ningún miembro femenino… y encima a su edad… era difícil de creer que eso estuviera ocurriendo realmente. Una sensación cálida le embargó el pecho al comprender que la veían, la respetaban y la apreciaban.

¿De verdad era su vida? Su marido era el hombre que amaba. Su pasión en la vida, su trabajo, estaba recibiendo el reconocimiento de verdaderos científicos. ¿Sería que en cualquier instante acabaría despertándose de nuevo en Rose Cottage?

—¡Sea muy bienvenida, duquesa! —exclamó el maestro de ceremonias—. ¡Y lord Rath, lady Buchanan y lady Chastity también! Soy sir James Edward Smith, a su servicio. —Miró a Patience con gran entusiasmo con los ojos grises—. Creo que he tenido el honor de intercambiar correspondencia con usted, milady.

—Es un placer conocerlo —le dijo Patience sin aliento, ofreciéndole una gran sonrisa a sir Smith—. Es un gran honor que hayan aceptado mi tesis y me hayan invitado a esta velada.

—¡Estamos ansiosos por debatir su trabajo! —le aseguró sir Smith—.

Por favor, pasen.

Mientras los cuatro se adentraban más en la habitación, Dorian se acercó para susurrarle:

—No podría estar más orgulloso de ti, primor.

Lo que Patience sentía en el pecho se tornó más cálido.

—Pellízcame, Dorian —le susurró—. No puedo creer que todo esto sea real.

—Pero lo es. —Le apretó la mano, y con ese consuelo pudo volver a sentir el suelo bajo los pies.

Sir Smith le presentó a varios científicos, incluido el señor Jay Essop, con quien también había intercambiado correspondencia.

—Y este es sir Bertram —continuó sir Smith, al tiempo que asentía con la cabeza hacia otro hombre de unos treinta años, con el rostro sonrosado y la mirada clavada en Patience y Dorian con un extraño ardor

—. Sir Bertram estaba muy ansioso de conocerla porque conocía a su hermano… ¿No es así, sir Bertram?

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Patience sintió un escalofrío. ¿Por qué la miraba de ese modo, como si quisiera decirle algo? Por todos los cielos, ¿sería que estaba al tanto del incidente en el que John atacó a una criada o algún otro pecado que pudiera haber cometido?

Dorian se quedó rígido a su lado. Se frotó la mano enguantada con tanta fuerza, que Patience quiso apoyarle la mano encima para tranquilizarlo. Pero no podía hacer eso en público.

—Así es. Antes era la señorita Patience Rose, ¿no?

—Sí —repuso.

A Dorian se le aceleró la respiración. Patience vio que las mejillas se le sonrosaban. Oh, por todos los cielos, ¿estaría a punto de dar rienda suelta a su ira? Patience tuvo un mal presagio que sintió en la boca del estómago. No sabía qué estaba ocurriendo, pero tenía que alejar a su esposo de sir Bertram.

—El señor Essop me ha hablado de sus cartas. Yo fui quien le regaló el libro de ilustraciones botánicas a John hace muchos años.

—¿Ah, sí? —Patience se rio nerviosa—. En ese caso, de cierta manera, usted fue quien me inspiró a estudiar botánica.

Sir Bertram soltó una risita entre dientes y se sonrojó aún más. —Quizás, pero luego de lo que le pasó a John, jamás me imaginé que

usted, de todas las mujeres, iba a ser la duquesa de Rath.

¿Y eso qué significaba? Su mirada oscura y embriagada se llenó de odio al posarse sobre Dorian, que lo observaba con los dientes al descubierto. A Patience se le aceleró el corazón en el pecho. Algo iba terriblemente mal. Chastity y lady Buchanan intercambiaron miradas anonadadas.

—Ya basta —gruñó Dorian.

Sir Smith y el señor Essop se miraron incómodos.

—Es hora de hablar acerca de su tesis, milady —intervino sir Smith al tiempo que hacía un gesto hacia el hogar, donde se veía un espacio vacío.

Anonadada y con el pulso acelerado, Patience lo siguió hasta detenerse delante de todos para tener un debate científico. Se sujetó las manos temblorosas con fuerza. Sin importar qué hubiera querido decir sir Bertram, en ese momento no podía pensar en eso. Mientras Dorian se retiraba a las sombras de la habitación, miró a Chastity a los ojos y vio que le sonreía y asentía con la cabeza para infundirle valor. Acto seguido, paseó la mirada por los hombres que la rodeaban y que no solo

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experimentaban con las rosas de sus jardines como si fuera un pasatiempo, sino que se ganaban la vida desarrollando investigaciones botánicas y hortícolas y trabajando en universidades o jardines botánicos. «Limítate a pensar en tus rosas».

—Sus descubrimientos van a revolucionar la manera en que se cultivan las especies, milady —remarcó el doctor Bellamy, un reconocido botánico

—. Es un trabajo maravilloso para cualquiera y, en especial, para una mujer. Debe sentirse inmensamente orgullosa.

—Qué amable, señor —repuso Patience al tiempo que inclinaba la cabeza con modestia a pesar de la sonrisa radiante que le iluminó el rostro —. Me siento agradecida de que mis humildes estudios puedan ayudarnos a aprender más de alguna manera. La botánica es mi mayor pasión.

Mientras Patience continuaba recibiendo admiración y halagos de los colegas, se obligó a reprimir todas las preguntas acerca de John que se le venían a la mente.

Un hombre con unos mechones de cabello grisáceo y una mirada bondosa llena de admiración dio un paso hacia adelante.

—Milady, su investigación acerca de la fertilización artificial de las rosas para producir una nueva especie híbrida es impresionante —le dijo con la voz llena de curiosidad—. Supongo que hasta el momento no habíamos considerado que otras criaturas además de las abejas eran capaces de lograr eso. ¿Podría explicar qué rasgos específicos de cada planta padre ha heredado la híbrida?

Eso era algo que podía hacer. Conocía su método mejor que nadie. —Por supuesto. A partir de mis observaciones y estudios, parece que

ciertas características de las plantas progenitoras tienen más probabilidades de manifestarse en las plantas híbridas bajo ciertas condiciones específicas. Leí la teoría de la evolución de Lamarck, pero él habla mayormente de animales, y yo la apliqué a las plantas. En particular, a la rosa de Castilla y a la de Damasco.

Otro botánico, un hombre más joven, exclamó:

—¡Fascinante! ¿Cómo se aseguró de que la fertilización artificial fuera exitosa?

Patience asintió con la cabeza al tiempo que se le extendía la sonrisa. —Valiéndome de un meticuloso método manual. Me di cuenta de que

se polinizarían entre ellas si no les quitaba los estambres, de modo que los extraje antes de que se abriera cada flor.

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Mientras los botánicos continuaban haciéndole preguntas, lady Buchanan y lady Chastity se encontraban a unos pocos pasos de distancia, con los ojos encendidos de orgullo y apoyo.

Intentó olvidarse acerca del incidente con el sir Bertram, pero no dejaba de posar la mirada en Dorian. ¿Por qué tenía una sensación tan mala? Como si se hubiera perdido un detalle importante. ¿Por qué sir Bertram había sido tan condescendiente con Dorian? ¿Y por qué Dorian había reaccionado con tanto nerviosismo? Patience pudo sentir la ansiedad y la ira que apenas había logrado contener.

Su marido se quedó en el extremo opuesto de la habitación con los ojos fijos en ella. Tenía el cuerpo alto y de hombros anchos tenso, y una máscara taciturna en el atractivo rostro. Esa noche volvió a ver la misma sombra que había divisado a lo largo de las últimas tres semanas. Los otros invitados le dieron su espacio, intimidados por su presencia formidable. Patience experimentó una conmoción de sentimientos en su interior al verlo a los ojos: sintió afecto, preocupación y curiosidad por los pensamientos que se ocultaban tras esos ojos oscuros.

Con la cabeza en alto, Patience se dio la vuelta para aceptar los elogios de los botánicos mientras intentaba recuperar su alegría genuina. Esa noche se trataba de ella y no podía permitir que unas dudas la arruinaran.

Mientras continuaban las preguntas, se fue relajando cada vez más. Estaba en todo su derecho estar allí. Se merecía todo lo que le estaba ocurriendo. Era consciente de que no se encontraría allí sin la crítica constructiva de Chastity o el apoyo de Dorian. Pero no debería sentirse tímida o culpable de que pudiera tratarse de un error porque no lo era. Se lo había ganado con su arduo trabajo y su dedicación.

Dorian no le apartó la mirada del rostro, pero al detectar un movimiento en el grupo de personas entre el que se encontraba, Patience desvió la mirada para ver a sir Bertram avanzar hacia él. Siguió respondiendo las preguntas de los científicos y concentrándose en su trabajo, aunque en el estómago sentía con total certeza que algo malo estaba a punto de desencadenarse.

En el medio de una respuesta, tomó consciencia de las voces que se habían alzado. Dejó de hablar al ver que Dorian se veía iracundo, tenía el mentón tenso y los ojos destellando mientras miraba a sir Bertram, que le apuntaba un dedo acusador.

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—Hay que tener agallas para venir aquí, Rath —escupió el hombre arrastrando las palabras—. Y encima después de lo que le hizo al pobre John Rose.

Patience se llevó la mano al cuello y sintió que se mareaba. Varios de los presentes intercambiaron murmullos perplejos. Chastity le apretó la mano al tiempo que lady Buchanan se detenía al otro lado de ella.

La sensación de que algo peor estaba a punto de ocurrir se intensificó como una tormenta. Era como si se encontrara a unos segundos de un desastre y no pudiera hacer nada para evitarlo, tan solo quedarse de pie y observar lo peor que se podía imaginar.

—Sir Bertram, cálmese —le ordenó Dorian—. El hecho de que nos hayamos conocido en Oxford no le da ningún derecho a hablarme de este modo.

—¿Y qué va a hacer? ¿Desafiarme a un duelo como hace con cualquiera que lo enfurezca? ¿Asesinarme?

La multitud soltó un jadeo. Los ojos de Dorian destellaron furiosos. Y Patience tuvo una epifanía que la hizo estremecer: Dorian era capaz de matar.

Sir Smith se acercó a toda prisa a sir Bertram y le rogó que saliera a tomar aire fresco, pero el hombre estaba ebrio y se limitó a hacer un ademán para descartar la idea.

—Supongo que si no puede ganar de forma limpia —masculló Bertram —, siempre puede orquestar astutamente otro suicidio, ¿no?

A Patience le dio un vuelco el corazón y se quedó sin aliento. La sala pareció ladearse a su alrededor mientras las piezas comenzaban a caer en su sitio con una claridad que le provocó náuseas.

John había asaltado a Christine, y Dorian la había protegido. El misterioso incidente de Oxford, el tratamiento que había recibido Dorian en la mano por una herida de pistola el mismo día de la muerte de John, los ojos llenos de culpa de Dorian… Tenía la verdad al alcance de los dedos, pero su mente se negaba a mirarla de cerca y a colocar la última pieza para resolver el rompecabezas.

—Ha ido demasiado lejos —gruñó Dorian con la voz baja y peligrosa —. Demando satisfacción. ¿Quién será su padrino?

Los presentes intercambiaron murmullos de inquietud. Patience tenía la sensación de comenzar a caerse por un abismo.

Sir Bertram soltó un bufido.

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—¡Qué sorpresa! Que Dios no permita que alguien diga la verdad acerca del grandioso duque de Rath.

Patience soltó la mano de Chastity y avanzó entre la multitud sintiendo como si se estuviera viendo desde arriba. Se detuvo al lado de Dorian. Con la voz temblorosa, le preguntó:

—Dorian, ¿de qué habla? ¿Qué quiere decir acerca de John?

Dorian se dio la vuelta para observarla con una expresión que era una mezcla de ira y angustia.

—Patience, aquí no.

—Nunca es el sitio ni el momento indicado, Dorian. Nunca me puedes contar lo que en verdad sucedió en Oxford. Nunca me puedes explicar… —dijo al tiempo que las lágrimas le nublaban la vista—. Que tú… que mi hermano… Oh, cielos.

Comprender lo que debió haber sucedido le dolió como una bofetada. Dorian era un hombre temperamental que había solido desafiar a muchos hombres a duelo. Pero eso había cesado luego de Oxford. O, mejor dicho, luego del incidente en Oxford que había involucrado a John.

Las piezas del rompecabezas comenzaron a unirse en su mente, y en esta ocasión no pudo apartar la mirada de la imagen que se le formó: John asaltó a Christine, y Dorian lo detuvo. A Dorian se le quemó la mano y tuvieron que extraerle trozos de metal… causados por la explosión de una pistola. El mismo día que John había muerto… por el disparo de un arma. «Siempre puede orquestar astutamente otro suicidio…».

Se le congeló la sangre y se le puso la piel de gallina al comprender la verdad. Dorian no era el héroe que se había alejado luego de proteger a Christine, sino que había desafiado a John a un duelo. Había matado a su hermano y lo había hecho parecer un suicidio.

Se llevó una mano a la boca para contener un sollozo. En el pasillo se oyeron los susurros de los presentes, y varios ojos se concentraron en la escena que tenía lugar. Dorian la llamó con la voz llena de aplomo:

—Patience, por favor, no lo entiendes. Nunca quise que ocurriera nada de esto.

Patience se apartó de su alcance con el corazón hecho añicos.

—No… No.

—¿Qué sucede, querida? —le preguntó lady Buchanan que se encontraba detrás de ella y le temblaba la voz.

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—¿Qué ocurre, hermana? —le preguntó Chastity al llegar a su lado tras avanzar a paso lento entre la multitud.

Patience se sujetó las faldas y salió corriendo de la sala con el rostro empapado en lágrimas. Al atravesar las puertas, el frío aire de la noche la golpeó como una muralla e intentó llenarse los pulmones de aire con desesperación.

Oyó unos pasos pesados y apresurados a sus espaldas y sintió una mano que le sujetaba el codo y la hacía girar. El patio de Burlington House estaba desértico, excepto por varios carruajes que se veían gracias a las luces titilantes de las lámparas de gas que colgaban de ellos.

Era Dorian. Tenía la mirada acechada. Parecía encogido en sí mismo, como un animal acorralado.

—Patience… Yo… Por favor, no huyas. Quería ahorrarte el dolor… Patience apartó el brazo al tiempo que nuevas lágrimas se le escapaban

de los ojos y le bajaban por las mejillas.

—¡Nunca más te atrevas a tocarme! —exclamó—. Lo mataste, ¿no es cierto? ¿Te enfrentaste a él en duelo, lo mataste e hiciste que pareciera un suicidio?

Dorian cerró fuerte los ojos como si estuviera esperando una bofetada y dejó que la cabeza le colgara entre los hombros.

—Sí.

—¡Y me mentiste! Me dejaste creer que eras un hombre de honor… ¡Eres un monstruo! —gritó y lo empujó—. ¡Eres un bastardo y un egoísta! No pudiste controlar tu ira, ¿no? Por eso John ha muerto.

—Sí.

—Y luego te casaste conmigo. Me tocaste con tus manos. Oh, cielos… Oh, cielos… ¡Me hiciste enamorar de ti! ¡Del asesino de mi hermano!

Un abismo en forma de herida profunda y sangrante se le estaba abriendo en el pecho. Dorian alzó la cabeza para mirarla con una intensidad dolorosa.

—Has mentido durante muchos años —gruñó—. Y me has mentido desde el día en que nos casamos. ¡No deberías haberte casado conmigo! Pero ¿qué es esto? ¿Me has usado para qué? ¿Para sentirte mejor? ¿Para expiarte haciendo caridad con mi familia por la vida que nos has arrebatado?

Dorian tenía la respiración tan acelerada que Patience creyó que podría tener una apoplejía. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Para su sorpresa,

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se arrodilló delante de ella, le sujetó las caderas y le apretó la cabeza contra el vientre.

—Lo siento —murmuró—. No me dejes. Por favor, perdóname. Primor…

—¿Que te perdone? —escupió.

Una furia y un dolor de los que jamás se creyó capaz de sentir se mezclaron en su pecho como fuego y aceite. Esa ira debía ser similar a la que su marido había sentido durante toda su vida.

—Tenías razón, Dorian —le dijo dando un paso hacia atrás—. Tu padre creó un monstruo. ¡Pero lo que él te hizo a ti no justifica lo que le has hecho a John! ¡O a mi familia! ¡Podrías haberte expiado de eso infinitamente a esta altura! Le quitaste la vida a un hombre… ¡la de mi hermano! Y luego nos mentiste. ¿Entiendes todo el tiempo que mis padres se han preguntado por qué se había suicidado?

Dorian no dijo nada. Las lágrimas le caían de los ojos mientras la miraba arrodillado, con la cabeza baja, como si estuviera listo para recibir el golpe final de la hoja de un verdugo. Patience tenía el corazón hecho añicos. Dorian estiró un brazo, pero ella se apartó de su alcance.

—No intentes buscarme —le dijo—. No me escribas ni me busques. No me hables. En lo que a mí respecta, ya no eres mi marido, y yo tampoco soy tu esposa. Sé que la ley no nos permitirá separarnos, pero en el resto de los aspectos, no te pertenezco. Ojalá nunca te hubiera conocido.

Se dio media vuelta y echó a correr hacia el carruaje. A sus espaldas, Dorian la llamó angustiado, y su nombre resonó en la oscuridad, pero Patience no soportó la idea de mirar hacia atrás. El peso de la verdad la destruyó y ahogó todo lo demás.

No había nada más oculto ni nada más que fingir. Solo le quedaba la

verdad dolorosa y escueta, y la larga carretera que tenía por delante para

buscar su camino entre la oscuridad.

Se había casado con un asesino.

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Patience se había marchado.

Dorian tenía los puños cerrados y sentía que le temblaba el pecho de las convulsiones mientras se encontraba ante el umbral de la recámara de su esposa. Era la primera vez que iba allí. Podía oler su aroma… a rosas. En el escritorio tenía papeles desparramados. Unas plantas en macetas le brindaban un encanto personal al caos organizado de la habitación.

Sentía su ausencia como un agujero gigante en el alma. La había tenido. Ese ser maravilloso que era Patience había sido suyo y había huido de él. Lo había llamado monstruo y tenía razón. Aún podía ver el gran dolor en sus ojos en el momento en que su mente conectó todos los puntos. En el momento en que comprendió lo que había hecho.

—Qué tonto soy —le dijo a la habitación en la que su esposa no había podido dormir sola.

El estómago le ardía y no podía detener el temblor de las manos. Sentía como si cada músculo del cuerpo estuviera tan duro como la madera. La necesidad de golpear algo, de destruir, lo embargaba como un veneno.

No se atrevía a entrar en la habitación. Unas lágrimas de ira le asomaron a los ojos. Debería haber ido a ella todas las noches que había escogido estar a su lado. Debería haber ido a ella y asegurarse de que durmiera, de que durmiera lo más profundo que pudiera. Debería haberla hecho sentir segura y amada. Porque la amaba más que a la vida misma. Y jamás se lo había dicho siquiera.

La tensión que tenía en el pecho fue en aumento hasta que creyó que le explotaría el torso. Sin poder mirar un instante más la habitación vacía, atravesó el pasillo y regresó a su recámara. Su hermana se había quedado con su tía en Londres. Excepto por los criados, se encontraba completamente a solas.

Tomó el jarrón más hermoso que encontró y lo arrojó al suelo. Varias esquirlas se desparramaron alrededor de sus zapatos y otras se le clavaron

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en los pantalones. Una le voló hacia el rostro. Pero eso no lo hizo sentir para nada mejor.

Pryde tenía razón. Ese matrimonio había estado condenado a terminar en un desastre. No se la merecía. No se merecía ser amado ni ser feliz. Era un asesino. Un monstruo mentiroso. Se merecía que lo castigaran de ese modo. Se merecía haber tocado la divinidad por unas semanas milagrosas para que se la arrebataran de las manos con crueldad.

Apoyó las manos en el borde de la mesa de noche y la levantó en el aire para arrojarla al otro extremo de la habitación. El estruendo le resonó en los oídos, y el ruido de la madera al romperse le produjo algo de satisfacción, pero no bastó para calmarle el dolor. «Más…», pedía la bestia en su interior. «¡Más!».

Dio dos pasos hacia la silla que había al lado del escritorio, la alzó y la arrojó por el ventanal. Los paneles de madera y cristal se hicieron añicos. Sintió punzadas de dolor por las esquirlas que le cortaron el rostro y las orejas, mientras que otras se le quedaron atoradas en el cabello y en los pliegues del pañuelo, la camiseta y el chaleco confeccionado a medida.

El sonido de la madera rompiéndose en algún punto del exterior le resultó muy agradable. «¡Por todos los cielos! ¿Y si alguien hubiera estado caminando por allí?», pensó en el medio de la furia. Se acercó a toda prisa a la ventana y, por fortuna, no vio a nadie caminando debajo, solo divisó las astillas y los restos de la silla. Quería que todo su mundo se convirtiera en astillas. Quería reducir esa casa a cenizas. Porque eso es lo que sería su vida sin Patience: un infierno.

Al cabo de una semana, Rath Hall parecía un campo de batalla. Dorian había roto todos los jarrones y tazas, y había desgarrado hasta el último cuadro. Había destruido espejos, sofás y mesas. Estaba cubierto de vendas, pero solo para tratar los peores cortes. Tenía los nudillos con vidrios incrustados y cubiertos de sangre. Había destrozado todo lo que había en la casa, excepto las cosas que Patience había tocado, mencionado o admirado, o aquellas en las que había dormido. Incluso dormía algunos minutos acurrucado en el sofá donde le había quitado la virginidad con las cortinas cerradas, inmerso en la oscuridad.

«Podría obligarla a regresar», le susurró una voz egoísta y patética. «Rompió los términos de nuestro matrimonio y me abandonó antes de que el año llegara a su fin».

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La señora Knight le había dicho que había regresado a la casa de sus padres. Podría ir a buscarla y amenazarla con no cumplir su parte del acuerdo. Si no regresaba con él, no les daría la propiedad ni el ingreso que les había prometido a sus padres. Pero no. Ya le había quitado muchas cosas. No le quitaría la libertad de escoger. Tenía todo el derecho a dejarlo. Lo debería haber hecho hacía mucho tiempo.

Dorian no soportaba mirar el jardín. Y las rosas, que estaban en plena floración, se veían más hermosas con cada día que transcurría. Resilientes y preciosas, con pétalos rosados que dolorosamente le remitían a los labios de Patience, al color de sus pezones y a su dulce sexo.

Lucien y el resto de los duques fueron a visitarlo y se quedaron horrorizados al ver el estado en el que se encontraba. Intentaron convencerlo de ir a Elysium. Quizás podría encontrar algo de solaz en los brazos de Lilith. O, si no quería acostarse con ella, bebiendo y jugando a las cartas podría distraerse. En respuesta, les arrojó una silla.

La señora Knight y los lacayos observaban todo con sus máscaras de frialdad. Nadie dijo ni una sola palabra. Los criados limpiaban y acomodaban el desastre que Dorian iba dejando en cada habitación. Un carpintero fue a tomar las medidas para confeccionar una nueva ventana para su recámara.

Las únicas dos habitaciones de la casa que aún tenían los muebles eran la recámara de Patience y la sala de estar de su madre. No se había bañado, no recordaba si había comido y, si bebía algo, era coñac.

En ese momento, se encontraba acostado en el sofá y el cuerpo cubierto de cortes y magullones le dolía tanto por dentro como por fuera. Sin molestarse en llamar a la puerta, la señora Knight entró en la sala de estar y dejó una bandeja con pan, mantequilla y café sobre la mesa. A Dorian le ardieron los ojos cuando la mujer se acercó a los ventanales y abrió las cortinas sin ninguna piedad.

Al igual que el día en que Patience lo había cambiado para siempre, la luz del sol se coló en la habitación, y Dorian tuvo que cubrirse el rostro con las dos manos.

—Si me perdona la impertinencia, quizás le haga bien salir a caminar —sugirió el ama de llaves.

Dorian clavó la mirada en las rosas al otro lado de la ventana. Se veían vibrantes, gloriosas y resilientes. Constituían el triunfo de Patience. Y su debilidad.

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Cielos, ¿qué no daría por recuperarla? Patience regresaría por las rosas,

¿no? Pero de seguro no por él. De ninguna manera regresaría por el

asesino de su hermano.

—No —repuso.

La cabeza se le iba a partir.

—No quedan más muebles ni cosas que romper en la casa, milord — señaló la señora Knight—. Quizás pueda ir a cabalgar en Erebus. Hace más de una semana que nadie lo saca a cabalgar.

No se podía imaginar permitirse ningún placer. Tenía que ser castigado por lo que había hecho, y tanto cabalgar como nadar o estar al aire libre le daría placer.

—Largo —gruñó—. Llévate la comida y trae más coñac.

La señora Knight se quedó petrificada con los ojos llenos de preocupación.

—Milord, quizás esté fuera de lugar, pero…

—Sí. —Se incorporó de un salto. No se merecía la preocupación de nadie, y mucho menos la de esa mujer que lo había estado cuidando no solo a él, sino también a su familia durante muchos años—. Largo.

—Pero…

—¡No lo voy a repetir! —rugió detestándose por alzarle la voz. La pobre mujer no se merecía eso, pero no sabía qué otra cosa hacer para que se marchara—. ¡Si dices algo más, te despido!

A la señora Knight se le nublaron los ojos de dolor. Recogió la bandeja y se marchó. Cuando Dorian se acercó al ventanal para volver a cerrar las cortinas, miró el jardín. Y reparó en el invernadero.

Por todos los diablos, quería verlo arder. Quería cortar los árboles nuevos con un hacha y ver los pétalos de las rosas volar en el viento. Era lo último que le recordaba a ella… a su dolor… y a los maravillosos días que le había regalado. Solo necesitaba un hacha, aceite, una vela y un yesquero.

Encontró un yesquero y una vela en la repisa del hogar de la sala de estar. Solo le faltaba el hacha y el aceite. Podría usar aceite para lámparas o aceite de ballena. Caminó por el pasillo donde los lacayos se quedaron inmóviles al ver a Dorian, y sospechó que quizás habían estado escuchando a través de la puerta.

Abrió la puerta que daba a la zona de servicio de la casa y vio a varios criados sentados alrededor de una mesa conversando con tonos bajos y

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tristes. La señora Knight también se encontraba ahí, al igual que la cocinera y las ayudantes de cocina, el mayordomo y los lacayos. Todos se incorporaron de un salto con los ojos abiertos de par en par al verlo.

—Milord —comenzó la señora Knight—. ¿Acaso no funciona la campana para llamarnos? ¿Lo puedo ayudar?

—Sí —ladró al tiempo que le temblaba la mano que sostenía el yesquero—. Quiero un hacha y una lata de aceite. No, cinco latas.

Los criados intercambiaron miradas perplejas.

—¿Le puedo preguntar para qué, milord? —intervino Popwell con cautela.

—No. ¿Voy a tener que buscar todo yo mismo?

—Milord, es evidente que no está pensando con claridad —dijo la señora Knight con un tono de súplica. El ama de llaves jamás suplicaba nada. Era la imagen perfecta de un ama de llaves, en especial a la hora de ignorar sus locuras.

—Estás caminando en terreno peligroso —le gruñó—. ¿Alguien me va a ayudar o no? De una manera u otra, encontraré todo.

—Muy bien, milord —dijo el mayordomo ocultando su expresión de preocupación bajo la máscara de criado respetuoso—. Lo tenemos en el patio. Por favor, sígame.

El mayordomo le entregó un hacha y una lata de aceite de ballena que olía apestoso. Dorian inspeccionó todo y emprendió el camino hacia el jardín, con las entrañas ardiendo con un frenesí de locos.

Se detuvo en la entrada del jardín y sintió las miradas preocupadas de los criados. Se dio la vuelta para mirarlos por encima del hombro. Al menos treinta criados se encontraban formados en una línea en el exterior y lo miraban fijo. Los lacayos sin dudas se encontraban listos para apagar cualquier incendio que pudiera comenzar.

Dorian volvió a mirar el jardín. No solo era el fruto del arduo trabajo de Patience, sino también de muchos de esos lacayos. Cada piedra que habían colocado con cariño y cuidado, cada árbol que habían plantado y las rosas… Esas condenadas rosas hermosas. Unas lágrimas de ira le ardieron en los ojos como ácido, y el pecho le explotó como si se lo hubieran encendido en llamas.

No, no podía hacerle eso al jardín, sin importar lo mucho que quisiera lastimarse o lastimarla a ella. Pero podía destruir el sitio que lo había convertido en el monstruo que era. El lugar que había usado su padre para

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obligar a que su hijo se convirtiera en un arma de ira. El mismo que lo había convertido en un asesino.

—¡Regresen a la casa! —les gritó a los criados—. No quiero que intenten salvarme o acercarse a mí bajo ninguna circunstancia. ¿Entienden?

Ninguno de los criados se movió.

—¡De lo contrario los despediré! ¡No es una broma!

Despacio, se fueron dando la vuelta uno a uno y desaparecieron dentro de la casa.

Dorian avanzó por el hermoso sendero serpenteante y oyó las piedras que crujían bajo sus pisadas. Las abejas volaban de un árbol a otro y entre las flores. No tocaría nada allí. Solo destruiría el invernadero como había querido hacerlo hacía muchos años. Luego se sentiría mejor. Más sano. Quizás luego de destruirlo comenzaría a sanar y a sentirse como un hombre normal. Un hombre que no explotaba de ira ni golpeaba las paredes o arrojaba muebles. Un hombre que no les gritaba a las personas que se preocupaban por él. Un hombre que no mataba.

«Doce años…», pensó mientras se detenía ante las puertas del invernadero. No había estado allí dentro en doce años. Ni siquiera se había atrevido a entrar mientras Patience lo restauraba. El sitio le seguía resultando insoportable. Tragó con dificultad y las manos le dolieron al recordar los cortes y la sangre… así como también la indiferencia fría de su padre.

El invernadero aún se encontraba intacto, con paneles de cristal limpios y transparentes sostenidos con marcos de hierro recién pintado. En el interior se veían plantas. Varias gotas de condensación se apretaban contra el cristal y proyectaban destellos juguetones gracias a la luz del sol.

Alzó el pestillo de hierro y abrió la puerta. Luego entró. La puerta se cerró a sus espaldas con más fuerza de la que había esperado, y oyó el sonido suave del metal encajando con otra pieza de metal.

El corazón se le aceleró al inhalar el mismo aroma que hacía muchos años: rocío y vegetación, agua y tierra mojada. También podía sentir el aire húmedo en los labios. El pasillo central del invernadero se extendía ante él, flanqueado por árboles cítricos, palmeras, helechos e higueras. Las hojas de cada planta rozaban las de otras en el cielorraso y creaban un túnel con el follaje.

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Al igual que en el pasado, se sintió pequeño, insignificante e indefenso. El único modo de lidiar con sus emociones profundas y su naturaleza apasionada era a través de la ira. Y eso era exactamente lo que deseaba su padre. La ira era aceptable, pero las lágrimas, la ternura y la risa, no. Era lo que su padre le había enseñado. Para ser un hombre y un duque poderoso y exitoso, la única emoción que podía permitirse era la ira. Al diablo con él, pensó Dorian mientras arrojaba aceite de ballena sobre un limonero, un ficus y una palmera. ¿Quería un hijo fuerte? Lo tendría.

Volcó aceite sobre los helechos y unas flores cuyo nombre desconocía a su izquierda. Estaba temblando. En realidad, no estaba seguro de que eso fuera a funcionar considerando la humedad del aire y todo el follaje. Frotó la piedra contra el acero del yesquero y, cuando logró generar una chispa, la usó para encender la vela.

A continuación, acercó la llama a las plantas que destellaban con aceite. El aceite comenzó a arder, y el fuego se expandió hacia las hebras secas de la palmera. De a poco, las llamas comenzaron a oscurecerse y consumir las partes verdes del césped y las plantas. Un humo negro se elevó de la palmera y las plantas. El hedor a humo era acre y fuerte y le produjo un cosquilleo en la garganta.

Luego arrojó la vela encendida al otro lado del invernadero. Esa parte fue más difícil de encender porque no tenía tantas plantas secas, pero el aceite ayudó. Los helechos tenían algunos extremos secos que se encendieron rápido antes de que las llamas comenzaran a consumir las delgadas hojas.

Dorian comenzó a toser. El humo se escapaba de a poco por entre unos paneles abiertos para la ventilación, pero en su gran mayoría quedaba atrapado en el invernadero. A pesar del aire húmedo, el fuego iba ganando. Era un incendio húmedo con mucho humo.

Observó el fuego que ardía mientras esperaba que el dolor se le apagara y que la ira y el resentimiento en contra del tirano que había dictado toda su vida muriera. Aguardó a sentir la sanación. Pero eso no ocurrió.

En lugar de eso, se le llenaron los pulmones de humo, y en poco tiempo tuvo dificultades para ver. Los ojos le ardieron y comenzó a tener fuertes ataques de tos seca y mientras el fuego seguía consumiendo cada vez más plantas a lo largo del pasillo. Empezó a sentir calor y a sudar.

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Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Estaba persiguiendo a un fantasma de su pasado? ¿Estaba intentando matarse? No quería morir. Quería que la parte iracunda de él muriera, la parte que lo había metido en tantos problemas, para así poder ser digno de la persona que más le importaba: su esposa. Amaba a Patience. Quería vivir por ella y ser digno de ella.

Tenía que salir de allí. Se apresuró hacia la puerta y la empujo, pero no cedió. A Dorian se le empezó a quedar la mente en blanco. Era como cuando era un niño y se sintió igual de indefenso, pequeño, pecador e indigno que en aquel entonces. Empujó con el hombro y de pronto comprendió que el sonido metálico que había oído antes había sido el pestillo regresando a su sitio.

Una ola de pánico hizo que se le acelerara aún más el corazón. Siguió empujando, pero no ocurrió nada. Maldita sea, había dejado el hacha afuera; la veía destellando contra la pared del exterior, al otro lado del cristal.

Con un nuevo ataque de tos, miró alrededor. No tenía escapatoria. Con lo único que contaba era con la lata de aceite de ballena, que ahora se encontraba consumida por las llamas. A lo mejor, en la esquina más remota del invernadero, que aún no ardía, podría encontrar alguna planta en maceta para arrojar contra los paneles de vidrio y romperlos. Pero para eso, tendría que atravesar la pared de fuego que se alzaba de la lata de aceite y las plantas que se habían caído sobre el sendero.

Se sintió debilitado. La cabeza y los ojos le dolían. Apenas podía respirar. Se movió hacia la pared de llamas con la esperanza de poder atravesarla, pero se tambaleó. Por todos los cielos, se iba a caer sobre las llamas. Se iba a morir.

Tras tambalearse, se cayó al suelo. El pánico se apoderó de él al tiempo que le ardía el pecho y lo embargaba un nuevo ataque de tos. Tenía la mente cada vez más entumecida.

Esos serían sus últimos instantes. Podía sentir la muerte presente, la sensación del tiempo ralentizándose y estirándose como el cristal derretido. Sin embargo, no tuvo miedo. Si esos eran sus últimos momentos de vida, los pasaría bien. Se iría sintiendo amor y pensando en la única persona que le importaba: Patience…

El amor por ella lo llenó por completo. Podía sentir su roce dulce y ver la chispa de luz en sus ojos y los labios que se estiraban en la sonrisa que había sido su sol personal. Le debería haber dicho lo mucho que la amaba.

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Ya no tenía ninguna necesidad de sentir ira, ni arrojar cosas por la ventana o desafiar a nadie a un duelo. Qué pérdida de tiempo.

Mientras todo comenzaba a desvanecerse, le pareció inhalar una bocanada de aire fresco y sentir que alguien lo sujetaba.

—Pero ¡qué tonto! ¿Qué diablos has hecho?

«Lucien». Era la voz de Lucien. Dorian abrió los ojos y vio el cielo celeste y unas encantadoras nubes blancas. Luego reparó en la columna de humo gris y negro que se alzaba hacia el cielo. El invernadero era una nebulosa de humo. Los lacayos y las criadas estaban formados en una línea y se pasaban baldes de agua para arrojar a la edificación.

Dorian notó que alguien lo sostenía, pero no se trataba de Lucien, porque su amigo se ceñía sobre él con el rostro desformado por la furia y la preocupación.

—¿Y si Chastity hubiera estado aquí? —le preguntó—. ¿Siquiera te has detenido a pensar en tu hermana o en tu pobre tía? ¿O en Patience, por el amor de Dios?

A Dorian le dolía tanto la garganta que sentía como si la tuviera en llamas. Lucien tenía razón. No había pensado ni en su hermana ni en su tía.

—Fui un idiota de lo más egoísta —confesó.

—Sí —le dijo la voz que provenía de encima.

Alzó la mirada para ver a Spencer Seaton frunciendo las cejas oscuras del rostro anguloso. Dorian estaba apretado contra Spencer, que se encontraba agachado y lo sostenía sentado.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Dorian con la voz ronca como la arena contra el cristal.

—Yo le pedí que viniera —le respondió Lucien.

Dorian no estaba acostumbrado a ver a Lucien tan serio. Y tampoco estaba acostumbrado a verlo aterrado o yendo de un extremo al otro, como hacía en ese momento.

—Era evidente que no querías saber nada de mí ni de los otros cinco. Lord Seaton es el único amigo que tienes que está… bueno…

—Felizmente casado —dijo Spencer riéndose—. ¿Pero que también se comportó como un idiota egoísta y casi pierde todo lo que le importaba para lograr la venganza?

—Bueno… —Lucien hizo varios ademanes—. Sí, eso.

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—Una vez salvaste a la mujer que amo —le dijo Spencer mirándolo. Dorian se sintió feliz de verlo. Y, aunque jamás lo diría en voz alta, estaba de acuerdo con Lucien. No podía escuchar a ninguno de sus seis amigos porque todos eran… algo depravados. Algunos eran incluso mucho peor que él. Pero Spencer no. Spencer había logrado reconstruir su vida.

Dorian se sintió más erguido. La señora Knight apareció de la nada y le entregó un vaso de agua.

—Es uno de los pocos objetos de cristal que quedan en la casa — señaló.

Dorian bebió el agua sin protestar y disfrutó de la sensación fría y reconfortante que le aportaba a su carne sofocada.

—Explícame qué estabas pensando —le pidió Spencer mientras se movía a sus espaldas para sentarse sobre las piedras blancas.

—No estaba pensando —confesó Dorian—. Bueno, solo pensé una cosa: quería destruir el invernadero. Mi ira comenzó allí.

Lucien se quedó de pie con los brazos cruzados sobre el pecho. —Cuando era niño, su padre lo encerró allí por varios días. Al final

logró salir atravesando los paneles de cristal, pero se cortó las muñecas y perdió mucha sangre en el proceso.

—Por todos los cielos —soltó Spencer.

Con la garganta rasposa, Dorian respiró a través de la ira. Miró alrededor. Estaba muy contento de no haber destruido el jardín de Patience. O el invernadero, que aún seguía intacto, a pesar de que las plantas se habían quemado. Le compraría plantas nuevas. Le compraría una jungla entera de plantas si eso era lo que deseaba. Sin embargo, no esperaba que lo perdonara.

—Yo… —se interrumpió para toser—. Fui un tonto.

—No puedes seguir así —le dijo Spencer con suavidad—. Te lo dice otro tonto. Tú y yo… nos parecemos. A mí también me consumían la furia y los pensamientos de venganza contra el hombre que había ordenado que me reclutaran por la fuerza. Yo también perdí a la mujer que amaba al escoger la venganza y la destrucción por sobre el amor que sentía por ella. Y tú estabas allí. Solo cuando me rendí y decidí cambiar mi forma de ser para convertirme en un hombre mejor, para abandonar mi ira, mi orgullo y mi destrucción para siempre, logré ser lo suficientemente bueno para ella. Y logré ser feliz.

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Dorian lo miró fijo. Claro que recordaba haber estado allí cuando Spencer luchó contra su enemigo y logró su objetivo. Pero luego lo abandonó por completo por Joanna, la mujer que amaba. Había sido testigo de cómo Spencer se había deshecho para terminar salvado por el amor, y sabía que ahora era un hombre feliz.

—Tienes razón —le dijo—. Sé que debo ser mejor para ella. Pero… no me la merezco. Y jamás la voy a merecer. Yo… —tragó con dificultad y se acercó a Spencer—. Asesiné a su hermano en un duelo.

Lo cierto era que esa no era toda la verdad, pero era una confesión muy dramática y ese no era el mejor momento para explicarle a su amigo lo que había sucedido con lujo de detalles.

El rostro de Spencer reflejó conmoción. Luego asintió con la cabeza y miró a Lucien, que había arqueado las cejas y adoptado una expresión que decía: «Ya lo sé, la situación es mala». Luego clavó la mirada en la distancia.

—Pero ¿la amas?

—Sí —repuso Dorian con la voz ronca—. La amo más que a nada. Debería haber pasado preciosos momentos con ella, debió haberle

dicho lo mucho que la amaba y haberla hecho sonreír más. Debió haberla hecho la mujer más feliz de estar viva. Debería haberle confesado la verdad acerca de John. Debería haber bajado las defensas y haberse rendido a ella. Qué tonto parecía todo ahora que había estado a punto de morir.

Había estado luchando contra sí mismo, contra el amor que sentía por ella. Había estado huyendo de ella cuando debería haber estado corriendo hacia ella. Su amor le había mostrado que podía ser mejor.

—Tienes que decidir si tu amor es más fuerte que tu ira —le dijo Spencer.

Dorian clavó la mirada en el invernadero, del que ahora solo emanaba una débil nube de humo oscuro. Los lacayos y las criadas estaban descansando al lado de la casa y se secaban las frentes. Dorian se preguntó por qué su bestia no estaba enfurecida, por qué no quería tomar el hacha y destruir el resto del invernadero.

Quizás sí había muerto de alguna manera en el invernadero. Ya no sentía temor, ni culpa ni ninguna necesidad de controlar a los otros o de protegerse a través de la ira. Y, en lugar de furia, lo que sentía en el pecho era… amor. Un amor amplio, profundo, abarcador, tolerante e indulgente.

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Un amor que le dio la fortaleza de la aceptación y la redención, así como también el poder de arrodillarse y pedirle perdón a la familia de John.

Luego tendría que entregarse a las autoridades. Era un asesino. Y, por más que fuera un duque, tenía que recibir el castigo por lo que había hecho y aceptar la responsabilidad para enfrentarse a las consecuencias de sus actos. Aunque la pena por asesinato fuera la horca. Incluso para un duque.

Se volvió hacia Lucien.

—No diré nada acerca de ti o de Pryde.

El rostro de Lucien se puso pálido, pero asintió solemne.

Dorian se puso de pie.

—¿Dónde está mi ayuda de cámara? Tengo que prepararme para un viaje.

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El viento soplaba en el jardín y jugaba con las faldas de Patience a la altura de los tobillos mientras trabajaba agachada entre los rosales. Varias espinas se le clavaban en las manos a través de los guantes delgados mientras podaba las hojas enfermas con cautela. Las tijeras de podar le temblaban levemente. El cielo estaba cubierto de nubes grises encima de su cabeza y prometía una tormenta.

Patience echó un vistazo a los capullos de la rosa de Damasco que comenzaban a sucumbir ante el ataque incesante de la mancha negra, una enfermedad micótica común que debilitaba a las rosas antes de que pudieran florecer.

Qué casualidad que sus rosas reflejaran el estado de su propio corazón. El hombre que amaba, el hombre que había despertado sentimientos de los que jamás se había creído capaz, era el mismo hombre que había asesinado a su hermano. Y, al igual que la rosa de Damasco, no poseía la fortaleza de la resistente rosa de Castilla. Ni tampoco tenía a Dorian.

Unas lágrimas cálidas le asomaron a los ojos y un sollozo estrangulado se le escapó de la garganta. Apretó los ojos para cerrarlos deseando no derramar ninguna lágrima.

Su familia se había angustiado mucho al verla regresar. Todos sabían que había roto la condición de Dorian de permanecer a su lado por un año. Las cosas por fin habían comenzado a mejorar para ellos: las deudas estaban saldadas y parte del escaso ingreso de su padre iba destinado a comprar los alimentos que Patience ya no podía cultivar allí. Sin embargo, la mayor mejoría vendría al cabo de un año, de modo que todavía no podían costearse contratar algunos criados o hacer grandes reparaciones en Rose Cottage, que era evidente que las necesitaba. Aun así, el estado de ánimo de todos había mejorado notablemente.

Patience se preguntó qué ocurriría ahora con Dorian. ¿Castigaría a su familia por su desobediencia?

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Incluso en ese momento, de solo pensar en la manera en que la había castigado, sentía un estremecimiento de deseo. A pesar del dolor que sentía por la traición y a pesar de que le había roto el corazón, aún lo deseaba. Aún lo amaba.

—¿Patience?

La delicada voz de Anne le interrumpió los pensamientos. Su hermana se acercó con los rizos dorados agitados al viento y los bondadosos ojos grises azulados llenos de preocupación. Al igual que el día en que su padre había llegado con la noticia del compromiso de Patience, Anne se arrodilló a su lado sobre la tierra húmeda. Le apoyó una mano en el hombro para infundirle consuelo.

—Hay cosas que no cambian jamás —dijo riéndose—. Hasta siendo una duquesa, sigues cuidando de tus rosas.

Patience se rio entre dientes mientras cortaba otra hoja enferma. —¿Has estado trabajando en otro tratado matemático? —le preguntó. —Claro —repuso Anne—. Ahora que la deuda de papá ha

desaparecido, tengo más tiempo y paz mental.

Patience le sonrió con tristeza.

—Alégrate, querida —le dijo Anne—. ¿Recuerdas la cesta? ¿Y el cerrojo?

Patience frunció el ceño. Hacía varias semanas que no hacía el ejercicio de la cesta. Cada día que había pasado con Dorian, había sentido cada vez menos la necesidad de darle la espalda a la tristeza, la desesperanza y el temor. Y había comenzado a prestarle atención a lo que esos sentimientos querían decirle.

—No quiero hacerlo —le respondió.

Anne arqueó las cejas.

—¿No? ¿De qué hablas? Siempre eras la primera en sugerirlo.

—Hace muchas semanas que no lo hago.

Anne asintió con la cabeza.

—Por eso has regresado tan triste.

Patience sintió ira en el vientre. Su primer instinto fue enterrarla, como lo había hecho toda la vida. Pero vivir con Dorian le había enseñado a no hacerlo. Tampoco la ignoró ni le dio la espalda o la encerró en una cesta. Estaba enfadada y tenía todo el derecho del mundo a estarlo.

—No —susurró con la voz rasposa—. No es por eso que regresé triste.

Regresé triste y enfadada porque el hombre al que amo me traicionó.

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Anne tragó con dificultad y miró alrededor.

—Patience, querida, ¿estás segura de que quieres decir todo esto en voz alta?

Pero a su alrededor solo había árboles y arbustos que se mecían violentos en el viento, así como también hojas y ramas que volaban en el aire. Tanto su madre, como su padre y sus hermanas se encontraban adentro. Quizás ella y Anne también deberían regresar a la casa.

—Estoy muy segura —dijo con más fortaleza de la que jamás oyó en su propia voz—. Me mintió. Me permitió creer que era un hombre de honor mientras me ocultaba el peor secreto imaginable. Me dejó creer lo que quise creer. ¿Cómo pudo tratarme así cuando le entregué mi corazón? Me siento como una tonta de haber sido tan ingenua y haber confiado en él.

Patience sintió que el mango de las tijeras de poder se le clavaba contra las palmas.

No le había contado a nadie de la familia la verdad acerca de la muerte de John. Como una tonta, seguía sintiendo lealtad hacia Dorian y no sabía si podía contarle a su familia que su cuñado y su yerno, el hombre que los había salvado de las deudas, había asesinado a John.

—Oh, querida —le dijo Anne mientras le quitaba las tijeras de podar de la mano con cautela y la apoyaba a sus espaldas, lo más lejos posible de su hermana—. No es tu culpa.

Patience negó la cabeza categóricamente, y una ola de ira le subió por el pecho.

—Debería haberlo visto. Podía sentir la oscuridad en él, la ira y el cinismo que apenas lograba contener. Sin embargo, lo hice a un lado y escogí ver solo lo bueno, solo lo que quería creer. —Miró a Anne como implorándole respuestas con desesperación—. ¿Fue un error amarlo a pesar de todas las señales? ¿Eso significa que soy mala por añorar sus caricias, por más que deteste lo que ha hecho?

—Oh, Patience. —Anne la envolvió en sus brazos mientras los sollozos se apoderaban de ella—. No está mal haber amado y haber visto lo mejor de alguien. Nunca te disculpes por los deseos de tu corazón. Quizás deberías hacer el ejercicio de la…

—¡Te quiero mucho, hermana, pero, por favor, deja de hablar de la cesta! —exclamó antes de apartarse—. Y tú también deberías dejar de usar la cesta, querida. Permítete sentir dolor e ira y hablar de eso. Mantenerlo

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encerrado dentro te envenenará. —Tomó una profunda bocanada de aire y miró a su hermana a los ojos llenos de compasión.

—Has cambiado —señaló Anne mirándola—. Antes lo sospechaba, pero ya no me quedan dudas al respecto. Ahora eres… una verdadera duquesa.

Patience se rio y volvió el rostro hacia el viento para que le secara las lágrimas.

—He pasado mucho tiempo intentando ser la hija perfecta. Ponerme la máscara de una niña inocente que no estaba al tanto de las crueldades de la vida me hacía sentir a salvo. Pero ahora que veo que la verdadera fortaleza yace en reconocer las sombras que habitan en mí y en los demás. No puedo volver a ser la joven que era.

Se puso de pie y miró el jardín embestido por el viento con una nueva mirada. Las nubes tormentosas en el horizonte ya no le parecían amenazadoras. Al igual que como les quitaba hojas muertas a los rosales, podía deshacerse de viejas prácticas y creencias que no le permitían crecer y volcar toda su energía en volverse más fuerte y más vibrante. Podía dejar ir el pasado y volver a emerger.

Patience encuadró los hombros llena de determinación. Quizás se había enamorado de un hombre que guardaba secretos horribles, pero no permitiría que la arrastrara a la oscuridad y la desesperanza. Por el contrario, encontraría la fuerza para confrontarlo y afrontar las verdades incómodas que habían salido a la luz desde que apareció en su vida. Se había convertido en una científica reconocida, una duquesa por derecho propio, y no temía enfrentarse a las realidades de la vida y la muerte, del dolor y la alegría. La niña ingenua que jugueteaba con las rosas había desaparecido. En su lugar, se encontraba una mujer con la armadura de la sabiduría y la resiliencia, dispuesta a luchar por su propia felicidad.

—Tengo que hablar con él —declaró, volviéndose hacia Anne con una chispa en los ojos—. No estoy lista para perdonarlo, pero voy a oír su explicación y juzgar qué tipo de hombre es en realidad. Y no me ocultaré más de mi dolor o de mi ira. Es hora de tomar el control sobre mi vida.

Anne le sonrió y se puso de pie para unirse a ella. Le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja en un gesto fraternal.

—Allí está la mujer fuerte e implacable que siempre supe que residía en ti. Vas a atravesar esta tormenta y salir más radiante que nunca.

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Patience asintió con la cabeza, el fantasma de una sonrisa le asomó a los labios al ver el jardín barrido por el viento. Pasó el brazo por el codo de Anne, y regresaron a paso resuelto a la casa, con el viento soplando a sus espaldas e impulsándola hacia un futuro incierto e intransigente. La antigua Patience se había marchado, se encontraba enterrada en el jardín junto con los fantasmas del pasado. Y en sus zapatos caminaba una duquesa dispuesta a luchar por su propia felicidad.

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Cuando el carruaje se detuvo abruptamente frente a Rose Cottage, Dorian se apeó.

Se detuvo a observar la casa donde había crecido Patience. Y donde también había crecido John. El corazón se le ciñó. Era una edificación pequeña, vieja y muy deteriorada. Deseó no solo haber pagado las deudas del señor Rose, sino también haberle entregado dinero para que pudiera llevar a cabo las reparaciones que claramente eran necesarias.

El jardín detrás de la casa era grande, y se imaginó a Patience trabajando allí durante varias horas al día, como lo había hecho en Rath Hall. Varias malezas crecían por doquier, los tallos de las hiedras se envolvían alrededor de un árbol, y las hojas de algunas plantas presentaban agujeros grandes, como si se las hubieran comido las babosas. Conociendo a Patience, Dorian estaba seguro de que eso no habría ocurrido si hubiera estado viviendo allí durante los últimos meses. Y, a pesar de que había regresado hacía varios días, el estado del jardín le sugería que se encontraba demasiado deprimida o cansada como para cuidarlo. Y era su culpa.

Tragó con dificultad y se volvió hacia el carruaje para tomar una carpeta de cuero en la que llevaba papeles importantes. Se la acomodó debajo de un brazo y avanzó por el sendero de piedra hacia la casa.

Había llegado el momento de pagar por sus pecados y de expiarse. De rendirse y tomar responsabilidad. Llamó a la puerta, y el sonido hueco hizo eco con el vacío de su corazón.

La puerta se abrió con un chirrido, y vio a Patience delante de él con el cabello dorado enmarcándole el rostro lleno de preocupación y tristeza. Aun así, era una divina visión femenina que le perforaba el alma ennegrecida.

Verla era como beber agua pura tras pasar años de sequía. Se detuvo a observar sus rasgos en busca de alguna señal de aflicción. Se encontraba más pálida y delgada, y tenía unos círculos oscuros debajo de los ojos. A

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Dorian no le gustó ni un ápice verla así. Tenía puesto uno de los vestidos que le habían confeccionado en Rath Hall. Era del mismo color de las lilas y tenía unos bordados delicados de hojas púrpuras y rosas blancas, que le quedaban muy bien con su tez y le realzaban su sonrojo natural.

—Milord —lo saludó en un murmullo.

—Ya sé que me pediste que no te buscara —le dijo sin poder apartarle la mirada—. No te quitaré demasiado tiempo. Y te prometo que no he venido para llevarte de regreso. —Señaló la carpeta de cuero—. Tengo que hablar de esto contigo… de mi testamento… y luego iré a Londres.

Patience frunció el ceño y abrió los ojos preocupada.

—¿Tu testamento?

—Sí, si me permites pasar y conversar unos instantes contigo y tu familia, se los explicaré todo.

Patience asintió con la cabeza.

—Por favor, entra.

Dorian la siguió al interior y notó los muebles sencillos con rayas, rasgaduras y signos de desgaste. Las paredes tenían huecos en el enlucido, y los tapices bordados que colgaban de ellas se veían amarillentos y estaban apolillados. Unas manchas amarillas cubrían el cielorraso, resultado de una gotera en el techo. Todo constituía un contraste absoluto con la grandeza opulenta de Rath Hall.

Patience lo condujo a la sala de estar, que parecía más un despacho donde se bordaban prendas, se colgaba la lavandería y se hacían preservas. En el aire pendía una nota a vinagre. Cuando se volvió a mirarlo, Dorian sintió el peso de sus pecados en los hombros.

En algún punto al final del pasillo, quizás en la cocina, se oían varias voces femeninas que conversaban y se reían. Supuso que la señora Rose y sus hijas se encontraban allí, preparando la cena o cocinando algo a juzgar por el ruido de los cubiertos y los platos.

Dorian no pudo evitar pensar que Patience ya no pertenecía allí, y se quedó más satisfecho con los contenidos de la carpeta de cuero.

—¿Tu padre está en casa? —le preguntó—. ¿Y tu madre y tus hermanas?

Patience se encontraba de pie lejos de él, como una desconocida, y luchó contra el impulso de estirar el brazo y jalarla para que se acercara más.

—Sí —le respondió distante.

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Cuando lo dejó, la oscuridad se lo había tragado. Pero no podía depender de que ella siempre lo llevara de regreso a la luz. Tenía que hallar el camino solo. Y ese era el comienzo.

—A juzgar por los sonidos alegres, ¿puedo asumir que no les has contado nada acerca de John?

Patience asintió con la cabeza.

—Sí.

Dorian supuso que no lo haría. Aún esperaba que, en lo más profundo de su ser, Patience sintiera lealtad hacia él. Pero, la realidad era que jamás se la había ganado.

—¿Pueden recibirme?

Patience le estudió el rostro unos instantes antes de asentir con la cabeza y marcharse de la habitación. Cuando regresó con toda la familia, los Rose soltaron un jadeo y lo saludaron con mucha alegría que no se merecía. La pequeña sala de estar quedó abarrotada.

—¿Qué lo trae por aquí, milord? —le preguntó el señor Rose con una sonrisa ancha—. ¿Ha venido a llevarse a nuestra Patience?

Dorian jugueteó con la carpeta que sostenía en las manos. Era una sensación de lo más liberadora comprender que la ira ya no tenía ningún poder sobre él. La rendición y la aceptación constituían las cosas más difíciles y más fáciles que había tenido que hacer en la vida.

—Me temo que no, señor. He venido a hacer una confesión, tanto para ti, Patience, como para tu querida familia. El pasado es muy pesado, y no puedo seguir permitiendo que ensombrezca nuestra… conexión. —La voz se le apagó con la última palabra. No tenía ningún derecho a guardar esperanzas, pero, aun así, las tenía. Sin embargo, no importaba. Cuando regresara a Londres, no le quedaría esperanza alguna.

—¿De qué habla? —preguntó la señora Rose al tiempo que ella y sus hijas tomaban asiento en el sofá y las sillas vacías. Patience permaneció de pie. ¿Estaría nerviosa?

—Por favor, milord, cuente su verdad —le dijo.

A Dorian le dolió la mano quemada bajo el guante. Abrió y cerró el puño y se lo masajeó con la mano sana. Por fin había ido al médico, que le había tratado la piel con bálsamos. Dorian se había estado quitando el guante cuando se encontraba a solas o cuando se acostaba a dormir, y el dolor y la hinchazón estaban mejorando mucho.

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Había decidido confesarlo todo y estaba listo para hacerlo, pero las palabras que estaba por pronunciar le quemaban la garganta como ácido. Tomó una profunda bocanada de aire para obligarse a calmar el temblor que le recorría el cuerpo. Cuando las palabras por fin le salieron, no se echó atrás ni se ocultó. Tenía que enfrentarse a la situación. Miró a cada uno de los integrantes de la familia a los ojos. Se merecía tener que mirar a los ojos a esas personas, a quienes les había robado un hijo y un hermano, y recibir toda su ira y su dolor. Luego dejó caer el hacha.

—Yo fui quien acabó con la vida de John.

En la habitación reinó el silencio, y Patience tomó una profunda bocanada de aire.

—¿Qué… John? —preguntó la señora Rose confundida mientras miraba a la familia en busca de alguna pista.

—Su hijo, señora Rose —repuso con suavidad, y los ojos de la mujer se abrieron como platos—. Estaba con él en Oxford. Una noche fui testigo de cómo cometía una ofensa grave contra una joven e intervine para defender su honor. En el calor del momento, lo desafié a duelo. Sir Bertram fue testigo del desafío, y por eso estaba tan sorprendido de que me hubiera casado contigo, Patience.

El señor Rose se incorporó de un salto con el rostro pálido al principio y luego colorado como una remolacha.

—¿Mi John? ¿Dice que cometió una ofensa contra una mujer? Él jamás…

—Claro que no… —intervino la madre de Patience.

—Madre, padre —dijo Beatrice, la segunda hermana mayor según recordaba Dorian—. Sabían que John no era pura bondad y honor. Todos lo sabíamos, ¿no, hermanas?

Todas sus hermanas intercambiaron miradas avergonzadas.

—Sí —respondió Emily, la mayor—. Yo fui la que mejor lo conoció. Y podía ser… bastante cruel y vengativo por las cosas más insignificantes. Si no le daba lo que me pedía, me rompía una muñeca… y también rompió tu botella de coñac francés y le echó la culpa a Beatrice, padre.

—No… —murmuró la señora Rose—. No lo hacía a propósito… —Ustedes no querían ver sus imperfecciones —señaló Clarice, que era

la tercera hermana.

—¿Quizás las guardaban en la cesta? —sugirió Patience.

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Los ojos de Anne destellaron con lágrimas sin derramar, y sus rasgos de porcelana se convirtieron en una máscara de emociones conflictuadas.

—Yo… sospechaba de la crueldad de John, aunque no recuerdo que me haya hecho nada. Pero confirmarlo ahora… —Tomó una profunda bocanada de aire y la silueta delgada le tembló.

En la sala reinó el silencio mientras la señora y el señor Rose clavaban la mirada en la alfombra apolillada.

—¿Y qué pasó durante el duelo, milord? —preguntó Patience con suavidad.

—Mientras nuestros padrinos y yo estábamos distraídos, me di cuenta de que John le hizo algo a mi pistola —prosiguió—. Estaba seguro de eso. Pero su padrino nos aseguró que el señor Rose era un hombre de honor, y luego los dos padrinos inspeccionaron las armas y no encontraron nada fuera de lugar. Sin embargo, cuando disparé… me explotó en la mano.

Despacio se quitó el guante. Hizo una mueca de dolor al sentir el guante rozar la carne quemada. Lo abrasó una ola de calor. Aunque le había permitido a Patience verle la mano, mostrársela a otras personas era diferente. No obstante, tenía que soportar todo el dolor y la incomodidad y aceptar su castigo. Por eso estiró la mano para que todos vieran las cicatrices de quemaduras que habitaban en ese mundo inhóspito. Se aclaró la garganta al tiempo que los recuerdos de esa mañana se aferraban a él.

—La ira se apoderó de todo mi ser. De haber sido una persona normal, un hombre balanceado o alguien con la habilidad que tiene usted, señor Rose, de darle la espalda a las emociones más sombrías, su hijo aún seguiría vivo.

La señora Rose soltó el aliento temblorosa con los ojos llenos de lágrimas.

—No quiero saber. Por favor, basta. No deberíamos hablar de esto.

Patience lo observaba con la expresión estoica de una reina.

—Yo quiero saber acerca de los últimos minutos de vida de mi hermano. Y ustedes también tienen que saberlo. ¿Qué pasó, milord?

Dorian tragó con dificultad. Tenía que soportar el horror y el dolor que veía en sus ojos para terminar de contarles todo, para informarles qué había en la carpeta y marcharse. Les debía eso.

—Avancé hacia él poseído por la ira. No sabía lo que estaba haciendo. Veía todo rojo. Lo ataqué. Peleamos. Él tenía la pistola cargada en las manos y se disparó con mi dedo apretando el gatillo. Murió en mis brazos.

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En la habitación se hizo el silencio, y luego se oyó un sollozo al tiempo que la señora Rose se volvía hacia Anne para enterrar el rostro en el hombro de su hija. El cuerpo se le estremecía. El señor Rose se quedó de pie estoicamente, con la respiración agitada y la boca en una mueca mientras intentaba ocultar el dolor sin demasiado éxito.

—Y luego lo hizo parecer como un suicidio —concluyó el señor Rose.

Dorian asintió con la cabeza.

—Fui un cobarde. Un cobarde enfadado y detestable. Lo hice parecer un suicidio… y luego me marché a Rath Hall.

Patience frunció el ceño.

—¿Para el funeral de tu padre? —le preguntó—. Chastity mencionó que habías regresado con una mano herida y que no eras tú mismo…

—Justo antes de presenciar el asalto de John a la tabernera, recibí una carta en la que me informaban de la muerte de mi padre —le dijo.

Patience contuvo el aliento.

—No es de sorprender que reaccionaras de ese modo. No era de esperar que fueras tú mismo tras recibir esa carta… Debió de haberte conmocionado. Era tu padre… por más monstruo que fuera.

¿Cómo podía hacer eso? Le estaba contando cómo había asesinado a su hermano, y encontraba la manera de sentir compasión hacia él.

El señor Rose perdió la batalla de contener las emociones, y el rostro se le retorció de ira mientras señalaba a Dorian con un dedo.

—¡Asesinó a mi hijo! No me importa lo que haya hecho. ¡No tenía ningún derecho a hacer justicia por mano propia!

Dorian se encogió al oír la acusación, y el peso de la culpa le hundió los hombros. Era la simple verdad: no tenía ningún derecho a ser el juez, el jurado y el verdugo. Y, a pesar de eso, lo había sido.

La señora Rose fulminó a Dorian con los ojos rojos e hinchados de llorar y lo miró llena de dolor y furia.

—¿Cómo se atreve a venir a nuestro hogar y contarnos esto ahora? Luego de todos estos años, ¿por fin tiene la decencia de confesarlo? Me ha robado a mi hijo, ¿y ahora espera que lo comprendamos?

Cada palabra se sentía como una daga al corazón. Podía sentir el dolor y la ira que radiaban de la señora Rose, y supo que no había disculpa alguna que pudiera borrar el daño que había causado.

Emily se incorporó de un salto con los puños cerrados a ambos lados.

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—¿Asesinó a nuestro hermano y tuvo la audacia de casarse con nuestra hermana? ¿Acaso esto era alguna suerte de juego enfermizo para usted?

Beatrice, que solía ser la más racional de las hermanas según Patience, tampoco pudo contener la ira.

—¡Sabía que John tenía sus imperfecciones, pero era nuestro hermano! ¡No tenía ningún derecho a acabar con su vida, sin importar lo que hubiera hecho!

Tanto el rostro de Clarice como el de Frances estaban sonrojados de furia. Clarice añadió:

—Confiamos en usted, milord. Lo aceptamos en nuestra familia y, durante todo este tiempo, nos ha ocultado la verdad acerca de la muerte de nuestro hermano.

Anne miró a Dorian con una mezcla de incredulidad y traición al tiempo que unas lágrimas le recorrían las mejillas.

—¡Lo admiraba, milord! Creí que era un hombre de honor. ¡Pero ahora veo que no es más que un mentiroso y un asesino!

La acusación se sintió como un golpe físico. La culpa era abrumadora y amenazaba con aplastarlo bajo el peso.

Patience se paró en el medio de la habitación con una expresión desamparada en el rostro.

—Por favor, intentemos recuperar la calma. Sé que es un mucho para procesar, pero tenemos que intentar comprender…

El señor Rose la interrumpió con la voz temblando de furia. —¿Comprender? ¿Qué es lo que tenemos que comprender, Patience?

¡Este hombre asesinó a tu hermano y luego se casó contigo! ¿Cómo puedes defenderlo?

La señora Rose tenía la voz ronca de llorar y se volvió hacia Patience. —¡Y tú! ¿Hace cuánto sabes todo esto? ¿Cómo has podido guardar

semejante secreto de tu propia familia?

En la habitación reinó el caos mientras los Rose no dejaban de arrojar acusaciones e insultos a Dorian y a Patience. El aire estaba cargado de tensión y emociones crudas mientras todos los años de dolor y traición salían a la superficie en un torrente de palabras furiosas. Nadie pudo guardar sus emociones negativas en una cesta y fingir que se encontraba bien. Parecía como si todo lo que habían estado reprimiendo durante más de una década hubiera estallado de repente.

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Dorian se quedó parado en silencio en el medio de la sala con la cabeza gacha y aceptó la furia de toda la familia. Sabía que se merecía su enfado y su odio. Había tomado la vida de su hijo y su hermano, y no había explicación o justificación alguna que pudiera borrar ese hecho.

Al cabo de varios minutos, los gritos de dolor y enfado se fueron calmando, y Dorian abrió la carpeta de cuero.

—No me merezco su perdón. Y no me atrevo a pedirlo. Lo único que quería era decirles la verdad. Y me gustaría que supieran que daría lo que fuera, lo daría todo, por regresar y detenerme en ese momento. Para tomar el control de mi ira y mostrar compasión, como lo hacen todos ustedes. Haría lo que fuera por mantener a su hijo vivo, señor y señora Rose.

Parte del enfado se desvaneció del rostro del señor Rose, y se limitó a asentir con la cabeza solemne.

—Yo… eh… aprecio mucho esas palabras, milord.

Dorian soltó el aliento esperando que el hombre hiciera algo, pero se limitó a mirarlo con gran tristeza y unas lágrimas en los ojos.

—Señor, si le gustaría golpearme, no me defenderé —le aseguró.

El señor Rose soltó el aliento despacio y lo miró durante un instante prolongado. Dorian se quedó parado esperando la reacción del hombre y deseando que le asestara un puñetazo.

—No es necesario, milord —le dijo al fin el señor Rose—. No tengo ningún deseo de golpearlo.

Dorian asintió y negó con la cabeza. No se merecía a esas personas. No se merecía a Patience. Pero no dejaría de intentarlo. Extrajo un documento que habían redactado sus abogados el día anterior.

—Este es mi testamento. Patience, vas a recibir todo lo que me pertenece, y en caso de encontrarte embarazada… en caso de que haya un heredero, recibirá mi título. Si llegara a tratarse de una heredera, tendrá una dote y una herencia cuantiosa, que nadie podrá tocar excepto ella misma cuando tenga edad para casarse.

—Dorian… —comenzó Patience, pero no la dejó continuar. Tenía que acabar con eso y marcharse para enfrentarse a su destino.

—Sin embargo, si me quitan el título en las siguientes semanas o meses, este documento… —alzó un papel—, transfiere todo a tu nombre, Patience, excepto Rath Hall, que está ligada al título. El estado no puede tocar el resto de mi herencia ni quitártelo, aunque no seas más la duquesa.

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Todos abrieron la boca para hacerles preguntas, pero Patience dio un paso hacia él con el rostro lleno de preocupación. No obstante, aún no había terminado. Alzó un tercer documento, que apoyó sobre la mesa del té, en el espacio pequeño entre las pilas de libros y un montón de prendas.

—Y este documento es para usted, señor Rose. Aquí lo libero de la cláusula matrimonial que requiere que Patience pase un año conmigo. A partir de hoy, recibirá una propiedad y un ingreso de dos mil libras, que creo que alcanzará para reparar la casa y ayudar a reparar las propiedades de los arrendatarios. A su vez, le brindará un buen ingreso y constituirá una buena dote para sus hijas, en el evento de que se quieran casar. El dinero jamás les devolverá a John, pero espero que les dé algo de alivio en estas circunstancias.

Le entregó la carpeta de cuero a Patience, que lo observaba con la boca abierta. Dorian la miró a los ojos ignorando las miradas anonadadas de su familia al tiempo que la habitación se sumía en un silencio absoluto. Estudió sus rasgos por última vez. Intentó grabarse en la memoria la suavidad de sus labios rosados, la curva delicada de sus pómulos y el modo en que el cabello dorado le enmarcaba el hermoso rostro como si fuera un halo. Los ojos celestes que por lo general brillaban cálidos y seductores, reflejaban una mezcla de dolor, confusión y amor. Era una imagen que se le quedaría grabada en la memoria para siempre, un recordatorio agridulce de todo lo que había perdido.

—Adiós, luz de mi vida —le dijo con suavidad—. Te amaré hasta mi último aliento.

A Patience le temblaron las cejas y los ojos se le llenaron de lágrimas. Se meció hacia él, pero no dio ningún paso para moverse. Dorian saludó con la cabeza a los Rose y salió de la habitación, recorrió el pasillo y atravesó la puerta para salir al exterior.

El sol ya se estaba poniendo y pintaba el cielo de tonos anaranjados y rosados. Parecía como si la belleza del mundo se estuviera burlando del modo en que su vida se desmoronaba. Avanzó a largas zancadas hacia el carruaje con la vista nublada por las lágrimas que intentaba contener.

Se subió al carruaje y comenzó a alejarse de la casa oyendo los cascos de los caballos. Cerró los ojos y se apoyó contra el asiento. Tenía la mente acelerada del dolor y las acusaciones que los Rose le habían hecho. Su vida se había terminado. Tenía el corazón hecho añicos. Dios sabía que se había ganado cada pizca de dolor.

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Y junto con la culpa, comenzó a sentir una bendita sensación de paz. Ya no había angustia ni ira que lo atormentara. Ni tampoco más demonios de los que huir. Porque por fin había obrado bien. Partiría de este mundo sintiéndose en paz y teniendo una consciencia limpia. Sabía que iría al infierno, pero al menos pasaría los últimos días, semanas o meses de vida en paz.

Se miró las manos y se dio cuenta de que se había olvidado de colocarse el guante y tenía la mano herida al descubierto. Sin embargo, ya no sentía el ímpetu de ocultarla. Por el contrario, le producía mucho alivio sentir el aire en la parte herida del cuerpo.

Ahora todo estaba al descubierto. No le cabían dudas de que iba a morir, pero sintió el alma más liviana.

—¡Dorian, aguarda! —gritó una voz clara y fuerte. Era una voz amada y familiar.

Se quedó petrificado un instante y apenas se atrevió a respirar. Luego se dio vuelta y miró por la ventana para ver a Patience, que corría detrás del carruaje.

Con el corazón latiendo desbocado, golpeó la pared del carruaje para indicarle al cochero que se detuviera. Ni bien el carruaje dejó de moverse, se apeó.

—¿A dónde vas? —le preguntó deteniéndose delante de él y respirando entre jadeos.

—A Londres —le dijo con la voz ronca—. Me voy a entregar a las autoridades.

El rostro de Patience registró perplejidad.

—Pero… te van a colgar.

Dorian asintió.

—Aceptaré el castigo que sea justo.

Patience negó con la cabeza.

—Por eso has traído el testamento… y todos los documentos…

—Sí, todos mis asuntos están en orden. Estarás protegida y a salvo y serás libre de hacer lo que desees por el resto de tu vida. Solo… —Se tuvo de detener para tomar una profunda bocanada de aire antes de continuar—. Por favor, no te cases con nadie a quien no ames. No renuncies a tu libertad por nadie más.

Jadeó.

—No, eso es ridículo. Mis padres no van a presentar cargos.

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—Deberían. Me lo merezco.

Dorian se volvió para regresar al carruaje, pero Patience lo detuvo. —Jamás presentaré cargos. Y mis padres tampoco lo harán. Estoy

segura de que ya te han perdonado.

¿Ya lo habían perdonado?

—¿Cómo podrían perdonarme? —le preguntó.

Antes de responderle, tragó con dificultad y le apoyó la mano en la mejilla.

—Sé que yo te he perdonado.

El corazón se le abrió de par en par, se desplegó como una rosa ante los primeros rayos del sol primaveral, y las palabras fueron como un bálsamo para su alma. Se acercó a ella y disfrutó de la sensación de su palma cálida contra la mejilla, la caricia tierna que parecía un sustento en el medio de una tempestad de emociones.

—Patience —susurró su nombre con la voz llena de anhelo—. No me merezco tu perdón. No te merezco.

Patience negó con la cabeza. Los ojos le brillaban llenos de lágrimas sin derramar.

—Pero lo tienes, Dorian. Tienes mi perdón, mi amor, mi todo. No soporto la idea de perderte.

Dorian cerró los ojos, y una lágrima se le escapó y le rodó por la mejilla.

—Soy un hombre roto, Patience. Soy un asesino. ¿Cómo podrías quererme sabiendo que tengo las manos manchadas de sangre?

Con el pulgar, le secó la lágrima con un gesto increíblemente suave. —Porque veo al hombre debajo de las cicatrices, veo el alma hermosa

a la que han golpeado, pero no han logrado destruir. Eres mucho más que tu peor error. Eres el hombre que amo, el hombre al que escojo. Ahora y siempre.

A Dorian se le escapó un suspiro mientras permitía que el peso de sus palabras le calara hasta los huesos. Luego estiró las manos para tomarle el rostro y buscó en su mirada algún indicio de duda, pero no vio nada más que un amor tan feroz y puro que lo dejó sin aliento.

—No sé qué he hecho para merecerte —murmuró apoyando la frente contra la de ella—. Pero te juro que me pasaré el resto de mis días haciéndote feliz.

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Patience sonrió. Era la sonrisa que siempre le inundaba el corazón con la calidez del sol.

—Ya lo haces, mi amor. Me haces muy feliz.

Acto seguido, lo besó con los labios suaves e insistentes. Dorian se rindió a ella y volcó todo el amor y la gratitud que sentía por ella en ese beso, en el modo en que movía la boca sobre la de ella, la mordisqueaba con los dientes y la rozaba con la lengua.

Cuando al final se separaron, sonrosados y sin aliento, supo que jamás la dejaría ir. Ella era su salvación, la luz que lo guiaba, el faro que le alumbraba el camino alejándolo de la oscuridad y llevándolo a un futuro más radiante de lo que jamás se había atrevido a soñar. Y en ese momento, supo que había llegado a casa.

Patience le apretó la mano con los ojos destellando llenos de felicidad y amor.

—Te amo, Dorian.

Dorian sintió los últimos vestigios de su viejo ser amargado desvanecerse. Con Patience a su lado, podía hacer cualquier cosa y ser lo que fuera. Ella era su redención, su salvación, su todo.

—Soy yo quien te ama, primor —le aseguró en un murmullo—. Me pasaré el resto de mis días demostrándote lo digno que soy del regalo precioso que eres.

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Dos semanas después…

Patience subió a toda prisa las escaleras de la torrecilla redonda de Chastity en el ala este de Rath Hall, con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Hacía tan solo un instante, había oído una explosión fuerte que provenía de la torre y temía por la seguridad de su cuñada.

Tras abrir la puerta de par en par, se detuvo. El suelo estaba cubierto de trozos de cristal, y una delgada nube de humo pendía en el aire. Chastity se encontraba en el medio de la sala con el cabello enmarañado y el rostro manchado de hollín.

—¡Chastity! ¿Te encuentras bien? —Patience se apresuró a su lado en busca de cualquier indicio de alguna herida.

Chastity tosió e hizo un ademán para liberarse del humo.

—Me encuentro bien, hermana. Solo he tenido un pequeño accidente con mi último experimento.

Patience miró alrededor del laboratorio lleno de luz y reparó en los daños. Las mesas largas delante de las ventanas emplomadas con paneles en forma de triángulos estaban cubiertas de trozos de vasos de precipitación, matraces y tubos de ensayo. El aire olía a alcohol quemado.

Las dos mujeres abrieron las ventanas para dejar salir el humo y los gases, y luego se dirigieron a la habitación de al lado para distenderse en el espacio acogedor lleno de estanterías y sillas cómodas. Las mismas ventanas con formas de triángulo permitían el ingreso de mucha luz natural para leer. Patience jaló de la cuerda de campana para que les llevaran el té mientras Chastity tomaba asiento en una silla. Patience no pudo evitar notar que las manos le temblaban.

—¿Qué ocurrió? —le preguntó, ayudándola a sentarse en una silla cercana.

Chastity soltó un suspiro.

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—Estaba destilando vino con óxido de calcio para intentar incrementar la concentración de etanol. Pero debo haber agregado demasiado óxido de calcio y los vapores se encendieron.

Patience sacudió la cabeza al tiempo que la embargaba una ola de alivio.

—Por fortuna, no te has lastimado.

Chastity asintió, pero no dijo nada.

—¿Estás segura de que no quieres recostarte, Chastity? —le preguntó con suavidad—. ¿Quieres que llamemos al médico?

Chastity negó con la cabeza con una mirada llena de determinación. —Estoy bien, hermana. Simplemente es frustrante, ¿sabes? Estoy muy

cerca de un descubrimiento, pero es como si el mundo estuviera en mi contra.

Patience le apretó la mano.

—Te entiendo a la perfección. No es fácil ser una mujer interesada en la ciencia. Pero no estás sola, Chastity. Nos tenemos la una a la otra.

La señora Knight llamó a la puerta y les llevó una bandeja con una tetera, tazas y una bandeja llena de galletas. Cuando se retiró, Chastity sirvió el té con la tetera temblándole en una mano, y el té se derramó sobre el platillo.

—Oh, disculpa —le dijo Chastity mientras tomaba un trapo de lino blanco para limpiar las gotas marrones—. Nunca había recibido visitas aquí. La señora Knight y las criadas no cuentan. Y me temo que mis habilidades sociales son mi cualidad más débil.

Patience le sonrió con amabilidad.

—Por favor, hermana, no te preocupes. No soy una visita. Somos familia.

Chastity asintió con la cabeza, los grandes ojos celestes y hermosos detrás de las gafas le destellaban.

—Sí. Nunca pensé que iba a tener una hermana científica.

—Y yo tampoco —repuso con una sonrisa radiante. Luego tomó la taza para beber un sorbo de té.

—¿Quieres una galleta? —le preguntó Chastity al tiempo que tomaba un plato con galletas de canela. Patience se tragó las náuseas.

—Oh, no, gracias. Esas me revuelven el estómago.

—Oh, cierto… —Con cautela, alejó el plato de Patience hasta que quedó vulnerable en el borde de la mesa—. Disculpa, hermana. No era mi

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intención ponerte incómoda. En especial, en el estado en que te encuentras.

Patience negó la cabeza y bebió más té.

—No te preocupes, no podías saber que esas galletas me daban náuseas. Y, si lo deseas, siempre puedes aprender a desarrollar tus habilidades sociales. Aunque yo diría que tienes cualidades mucho más importantes. Como una mente brillante que muchos envidiarían.

Chastity tomó su taza y bebió.

—Pero la mayoría de las damas y los caballeros valoran más la belleza sobre el intelecto, ¿no?

Patience ladeó la cabeza.

—Pues, yo escogería el intelecto siempre. Espero que mi hijo sea tan inteligente como tú.

La expresión de Chastity, que por lo general se veía seria, se iluminó con una sonrisa que le asomó a los labios.

—Gracias, hermana. Espero que el bebé sea la mezcla perfecta de ti y de Dorian: hermoso, fuerte y con una inteligencia feroz. —Antes de que Patience pudiera responder, prosiguió—. Los cambios en el cuerpo femenino durante el embarazo son de lo más fascinantes. Espero que me permitas documentar el progreso de tu embarazo.

Patience volcó un poco de té al reírse. Sus habilidades sociales parecían estar flaqueando.

—¡Oh, querida, por supuesto! ¿Estás investigando acerca del embarazo?

—No —repuso Chastity—. Pero no suelo estar alrededor de mujeres embarazadas, en especial de aquellas que me permitan hacerles preguntas en ocasiones. Nunca se sabe qué podría observar o qué uso le podría dar a esos datos en el futuro. ¿No sería útil saber cómo ayudar a las mujeres embarazadas que experimentan náuseas, por ejemplo?

Patience le sonrió.

—Sí. Y ya que estamos hablando del asunto, permíteme llamar a la primera reunión del club de las señoritas con microscopios. —Hacía unos pocos días, habían decidido crear un club para ellas y cualquier mujer que quisiera estudiar ciencia y darse apoyo en una sociedad donde tenían que luchar arduamente para hacerse oír.

Chastity sonrió y enderezó la espalda.

—¡Sí!

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—¿En qué estás trabajando? —le preguntó Patience—. ¿Puedo ayudar?

—Tengo una teoría acerca de que la infección, que también se conoce como «septicemia» o «sepsis», ocurre cuando las heridas no se tratan con instrumentos higienizados o manos limpias. Creo que algunas impurezas entran en ellas y que son tan pequeñas que no podemos verlas. Estoy trabajando en un desinfectante con la esperanza de que mate cualquier impureza que pueda entrar en una herida.

—¡Qué fascinante! —exclamó mientras colocaba la taza sobre la mesa

—. ¡Eso es lo que guardas en las cajas medicinales de Dorian! Debes necesitar gente sobre la que probar tus soluciones.

—Bueno, sí —confesó y soltó un suspiro—. Así es. Pero no tengo ningún paciente aquí.

—Claro que no. Pero entonces ¿cómo experimentas y aprendes? Chastity apretó los labios.

—Este es un club secreto, ¿no? Nada de lo que digamos aquí se puede compartir con nadie.

—Claro que no, a menos que sea algo en puntual que tenemos permitido contar.

—¿Aunque creas que sea por mi propio bien que se lo informes por ejemplo a… mi hermano?

Patience frunció el ceño.

—Santo cielo, ¿de qué hablas, por el amor de Dios?

—Debes prometerme que no le dirás nada a Dorian. Eso es lo que intentaba pedirte.

—No le diré nada.

—¿Aunque creas que sea peligroso?

—No le diré anda, aunque crea que sea peligroso. Chastity pareció relajarse un poco.

—De acuerdo. ¿Recuerdas a Jane, lady Seaton? —Claro. Es la esposa de lord Richard Seaton.

—Sí, bueno, ella… ¿Sabías que su hermanastro es Thorne Blackmore? Patience frunció el ceño.

—¿El dueño de Elysium? Chastity se rio entre dientes. —Sí. ¿Dorian te habló de él?

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—Sí, me habló acerca de los encuentros mensuales a los que solía acudir con Lucien y el resto de los duques.

Chastity se humedeció el labio inferior al oír la mención de Lucien y arqueó una ceja enfadada.

—Sí, hablo del mismo Thorne. Pues, cuando le conté a Jane acerca de mi proyecto, me hizo una sugerencia de lo más interesante.

—¿Ah, sí? —le preguntó Patience.

—El señor Blackmore tiene un asociado… o, mejor dicho, un amigo cercano. Así como los siete duques son allegados, el señor Blackmore es amigo de ese hombre. Se llama Brace Sterling, y es un médico en Whitechapel… Bueno, no tiene una licencia oficial, pero pasó unos años en Oxford, aunque no llegó a graduarse. Tiene una clínica gratuita y un hospital para los habitantes de Whitechapel.

Patience parpadeó, al tiempo que la mente comenzaba a conectar toda la información.

—Oh. ¿Y tú…?

—Soy voluntaria. Ningún hospital oficial de Londres quería reconocer mi trabajo, ni mi investigación, ni tampoco apoyar mis observaciones médicas —continuó con la voz casi quebrada, pero la espalda erguida.

Quizás Chastity no conocía los refinados modales de la alta sociedad, pero era la hermana de un duque hasta la médula: orgullosa y estoica. Patience negó con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque soy una mujer —repuso—. Te juro, Patience, que sería la persona más feliz si pudiera tener cualquier otra pasión digna de una mujer, como bordar, pintar o tocar algún instrumento musical. Si hubiera nacido con un órgano masculino, habrían aceptado mi investigación con los brazos abiertos y me habrían dado financiamiento. Me habría ganado el respeto de todos. Pero lo único que tengo es rechazo y miradas llenas de pena. Como si tener puesta una falda significara que no tengo el cerebro o el coraje de realizar investigación médica y ayudar a la gente.

Patience soltó un suspiro.

—Detesto que sea así para ti. Por eso hemos creado nuestro club. Y por eso es secreto.

—Y por eso tuve que ir a preguntarle al señor Sterling si consideraría aplicar mis métodos en ciertos pacientes y permitirme observarlos mientras los trataba como una enfermera.

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Patience asintió con la cabeza.

—¿Y accedió a eso?

—Fue el único que accedió. Supongo que, en el bajo mundo de Londres, no aplican ni las reglas ni los estándares sociales de la alta sociedad. En los suburbios, las mujeres pueden dedicarse a la ciencia y tener su propio negocio. Y los bastardos pueden ser reyes.

Patience soltó un suspiro y no pudo contener una carcajada. —Los bastardos reyes y las mujeres científicas. ¡Qué equipo!

Chastity se rio y contagió a Patience. Se rieron tanto que derramaron el té, pero no les importó.

—Si necesita una botánica, estaré feliz de ayudarlo —le dijo Patience secándose las lágrimas de la risa—. Pero ¿estás realmente a salvo en Whitechapel?

—Sí —repuso Chastity, aunque de repente dudó—. Bueno, además de estar a solas con un hombre soltero… y de moverme entre ladrones y criminales…

Patience abrió los ojos de par en par.

—¡Cielos! ¿Estás segura…?

—Es la zona del hermano de Jane. Thorne Blackmore es el rey de Whitechapel. Allí no ocurre nada sin que él lo sepa. Estoy totalmente a salvo.

—¿Y el señor Sterling es un caballero?

Chastity se sonrojó.

—Ay, por favor. No hay ningún riesgo de que un hombre intente algo conmigo. Ningún hombre ve a una mujer en mí, ni tampoco a alguien que pueda interesarle.

Patience parpadeó.

—Disculpa que sea tan directa, pero eso es una tontería.

Chastity se rio con amargura.

—No, pero tampoco me interesa el matrimonio.

—¿De verdad? —le preguntó Patience—. ¿Nunca te atrajo nadie?

Para la sorpresa de Patience, Chastity se sonrojó aún más.

—Bueno… no diría eso.

Patience sonrió.

—¡Lo sabía! ¿Quién?

Más roja que un tomate, Chastity soltó un bufido. Era de lo más fascinante ver a esa mujer inteligente, segura de sí misma y astuta

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sonrosarse como una niña.

—Bueno… eh…

—Ya sabes que no se lo contaré a nadie. ¡Eres mi hermana y mi amiga, y miembro del club de las señoritas con microscopios!

Chastity se bajó la mirada a las manos.

—Eh…

—Anda, Chastity, se siente bien compartir. ¿Alguna vez has hablado del tema con alguien?

—No, supongo que no tiene nada de malo. Además, está en el pasado y nunca será posible que ocurra nada. Aunque tampoco deseo que eso ocurra.

—Bueno, nunca digas nunca… ¿Quién es?

Chastity soltó un suspiro y bajó la taza de té determinada.

—Es… Era… Lucien.

Patience arqueó las cejas.

—¿Lucien? Supongo que no debería estar sorprendida. Es evidente que le agradas, pero no me había dado cuenta de que él te agradaba a ti también.

—Te equivocas. No le agrado ni le agradé jamás. Como prácticamente crecimos juntos, en mis años de adolescencia, creí que lo amaba como una tonta. Éramos tan cercanos que pensé que a lo mejor él también me amaba… Pero no hay nada como ver al chico que te gusta besando a una criada para quitarte esas nociones tontas de la cabeza.

—Y Dorian lo hubiera matado —dijo Patience asintiendo con la cabeza—. No hay ningún hombre en toda Inglaterra que haya tenido más amoríos que el duque de Luhst.

Chastity asintió con la cabeza.

—Precisamente. No podríamos ser más distintos. Él se dedica a la pasión, y yo a la ciencia. Así que ni ocurrirá nada con Lucien, ni tampoco me casaré. Y nunca quiero tener hijos. Como ves, es bastante liberador pensar que no soy atractiva para los hombres. De verdad.

Patience negó con la cabeza.

—¡No puedo ni imaginar por qué una mujer hermosa e inteligente creería eso de sí misma! Eres un diamante de primera agua. Cualquier hombre sería afortunado de tener aunque solo sea una gota de tu atención. Pero… los dos van a estar presentes en la fiesta de un mes que dará el duque de Pryde. ¿Crees que estarás bien?

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Chastity se mofó.

—Claro que sí. Es más bien un inconveniente para mi investigación. —Se aclaró la garganta y adoptó una máscara severa—. Por cierto, apreciaría que leas las notas de mis hallazgos hasta el momento y me des tu opinión. —Señaló la pila de papeles escritos a mano que yacía sobre la mesa de té.

Patience aceptó de buena gana y le pidió a Chastity su opinión acerca de su próximo proyecto de hibridación, así como también de sus desafíos y oportunidades.

Como las dos mujeres pasaron la siguiente hora hablando de sus proyectos y planificando el club con muchas ansías, se olvidaron por completo del pequeño accidente que había tenido Chastity. Estaban en plena conversación y riendo como niñas pequeñas cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó Chastity intentando sofocar la risa. —Dorian —dijo una voz que sonó amortiguada—. ¿Está todo bien

allí? Oí un ruido fuerte hace rato y hay un olor raro en el pasillo. Patience y Chastity intercambiaron miradas llenas de complicidad. —Está todo bien, hermano —le aseguró Chastity—. Solo fue un

accidente insignificante en el laboratorio. Nada de qué preocuparse. —¿Estás segura? —La voz de Dorian sonaba preocupada—. Podría

entrar y ayudarte a limpiar.

—¡No! —exclamaron las dos mujeres al unísono y se deshicieron en una nueva ola de carcajadas.

—Tenemos la situación bajo control, Dorian —le aseguró Patience cuando logró controlar la risa—. Estamos discutiendo asuntos de mujeres. Te veremos a la hora de la cena.

Oyeron una pausa seguida de un suspiro de resignación al otro lado de la puerta.

—No es nada propio de una dama echar a su marido de este modo.

Patience sintió que una sonrisa le asomaba a los labios.

—En ese caso, ¿quizás el marido tenga que disciplinar a esa esposa tan maleducada… más tarde?

—Me temo que habrá que tomar ciertas medidas —repuso, y a Patience se le encendió la piel.

Chastity frunció el ceño.

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—¡No fue maleducada, Dorian! No te atrevas a hacerle daño a tu esposa embarazada.

Patience sintió que se sonrojaba y se volvió hacia Chastity. —Ay, no, querida, solo estábamos bromeando, ¿no, Dorian?

—Por supuesto —dijo, aunque la voz amortiguada cargó una nota de diversión—. Hermana, ya sabes que no… Eh… de acuerdo. Las dejaré a solas.

Mientras los pasos de Dorian se alejaban por el pasillo, Patience y Chastity se sonrieron con los corazones livianos ante la promesa de una nueva aventura. A lo mejor, el mundo no siempre iba a comprender ni apreciar su pasión por la ciencia, pero juntas, podrían enfrentarse a cualquier desafío que se les presentara porque eran las señoritas con microscopios, y nada podría interponerse en su camino al conocimiento y los descubrimientos.

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EPÍLOGO

Cuatro meses después…

Dorian inhaló una profunda bocanada de aire húmedo y cálido y no se estremeció. Los puños no se le cerraron, y el estómago tampoco le ardió de deseos de destruirlo todo. Se encontraba en el invernadero con el amor de su vida, el sol le iluminaba el rostro a través de las hojas de una palmera que casi había llegado al cielorraso de cristal.

La puerta estaba cerrada. Estaba rodeado de naranjos, limoneros e higueras, así como también de arbustos de hibiscos y otras plantas, pero en lugar de sentirse atrapado, como en el pasado, se sentía en paz y rodeado de amor. Con los brazos, envolvió los hombros de Patience. Su esposa le pasó el brazo por la cintura y le apoyó la cabeza contra el hombro mientras caminaban por el pasillo.

—¿Estás bien, mi amor? —le preguntó Patience—. ¿No se te retuercen las manos con ganas de reducir algo a cenizas?

Dorian se rio y le dio un beso en la coronilla.

—No —le aseguró—. Ya no tengo ninguna necesidad de eso porque te tengo a ti.

Patience también se rio.

—Y tienes a alguien que te va a necesitar mucho en unos tres meses. Dorian apoyó la mano sobre el vientre hinchado y sintió una corriente

de luz solar en todo el cuerpo. Un pequeño pie o un codo se acercó a la palma y le robó una sonrisa. Patience soltó un jadeo, y los dos se rieron mientras Dorian nadaba en la belleza de los ojos celestes de su esposa.

—¡Es la primera vez que el bebé patea! —exclamó Patience y se llevó la mano a la boca—. ¡Ay… qué sentimiento más extraño y maravilloso!

Dorian suspiró y le dio un beso en los labios.

—Estoy de acuerdo.

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Salieron del invernadero. La puerta se abrió y cerró con facilidad, porque le habían quitado el pestillo para que nadie volviera a temer quedarse atrapado dentro.

Caminaron hacia el jardín que Patience había transformado del mismo modo en que le había permitido a él hallar la fortaleza para transformarse en un hombre digno del amor de su hermosa esposa. La mujer que amaba con cada fibra de su ser.

Dorian se rio mientras caminaban por el sendero de piedras blancas. Las flores proliferaban y florecían a su alrededor, y el aire olía a rosas, vegetación y naturaleza. Las abejas zumbaban por doquier, y unas mariposas volaban con sus alas coloridas. Varios árboles frutales, un fresno, un castaño y un roble que Patience había plantado crecían más y más con el correr de los días. Dorian miró alrededor, tomó una profunda bocanada de aire y permitió que el cuerpo absorbiera la belleza y se relajara.

No había hecho su rutina matutina de autocastigo durante varios meses, y el cuerpo comenzaba a recuperarse. Había recuperado algo de peso, las costras de las manos le habían sanado y, aunque todavía llevaba cicatrices, la piel tenía un aspecto más saludable. Aún cabalgaba con Erebus mientras Titan lo seguía trotando a su lado, pero solo lo hacía por placer. Había dejado de agotar al animal y a sí mismo. Pero quería mantener la fuerza física y los músculos tonificados… En especial considerando la gran destreza sexual que necesitaba para satisfacer no solo sus apetitos, sino también los de su esposa. Seguía practicando boxeo, pero iba a Londres a practicar con Spencer, que necesitaba un compañero paciente. Dorian disfrutaba ver a su amigo más a menudo, sobre todo ahora que tenían más cosas en común.

—Ven, sentémonos al lado de las rosas —le sugirió a su esposa. Condujo a Patience hacia una pradera en el corazón del jardín donde

las rosas preciosas florecían y los pétalos rosados contrastaban con el oscuro follaje.

—Me encanta sentarme aquí —le confesó—. Es mi sitio favorito del jardín.

Patience le ofreció una sonrisa radiante.

—¿De verdad, milord? —le preguntó con gran alegría.

Se sentó en el banco y se la acomodó sobre el regazo, apoyando una mano estratégicamente debajo de su generoso trasero. Patience se rio.

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—Dorian…

—No hay nadie aquí, primor —le susurró con el miembro despertándose ante la sensación de sus muslos acariciándolo y palpando la carne redondeada bajo la palma. Tenía los senos al lado de la boca y, ahora que estaba embarazada, habían crecido y se veían más seductores que nunca bajo el escote del vestido rojo que se había puesto ese día. Se acercó más a los dos orbes, abrió la boca y lamió uno con la lengua antes de dirigirse al otro. Cuando Patience se estremeció, sonrió.

A lo mejor no era necesario que siguiera castigándose ni provocándose dolor en el cuerpo, ni tampoco tenía la necesidad de destruir, explotar o romper cosas. Pero necesitaba a Patience. Siempre la iba a necesitar. Necesitaba sus senos, su trasero y su sexo. Pero, por sobre todas las cosas, necesitaba su corazón. Patience era radiante como el sol, colorida como el jardín que había creado, alegre como la primavera y resiliente como toda una reina.

—Te amo, Patience —le murmuró mientras alzaba la mirada a su rostro en busca de sus ojos—. Soy tuyo. En cuerpo y alma.

—Y yo, tuya —le susurró con los ojos serios—. Te amo —le dijo y lo besó.

Por todos los cielos, cómo le gustaba que lo besara y tomara la iniciativa. A Dorian, que había querido el control de todos los aspectos de su vida, le parecía que hacer el amor con ella era más satisfactorio cuando ella decidía cómo lo hacían, o dónde o con cuánta intensidad. A veces le encantaba sentir que no era más que un recipiente del que ella obtenía su placer. Verla deshacerse, estremecida y temblorosa, y oírla murmurar palabras lujuriosas con esa boca angelical se había vuelto uno de sus mayores placeres.

Mientras se besaban, sonrió. Patience se echó hacia atrás y le recorrió los labios con el pulgar.

—Esta es mi vista favorita en todo el mundo —le confesó—. Tu sonrisa. ¿Hay algo en particular que te haga sonreír?

—Estaba pensando en lo mucho que hemos vivido —repuso—. Cuando te conocí, eras tímida, obediente, ingenua y de lo más inocente. Pero ahora eres muy fuerte. Eres toda una duquesa. La reina de tu propio reino. Y estoy muy orgulloso de ti. La oscuridad no te asusta. Has dejado de huir de ella para darte la vuelta y enfrentarla.

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—Pero sí que me asustaba. Me asustaba que me consumiera entera. Pero tú eras la oscuridad, y me enamoré de ti. Me has enseñado que puedo enfrentarme a ella. Me has enseñado que, al enfrentarme a ella, se podía convertir en mi fortaleza.

Dorian se rio.

—Y tú me has enseñado que yo me puedo volver hacia la luz. Siempre he querido tener el control. Quería controlar mi ira… y a mi bestia. Me entrenaba hasta el agotamiento y me castigaba. —La besó—. Pero quise cambiar por ti. Porque me enamoré de ti y sabía que no era digno de ti. No me merecía tu amor, y no solo por mi ira, sino también por haber matado a John. Lo más extraño de todo era que el único modo de convertirme en el hombre que necesitabas que fuera no era manteniendo el control, sino rindiéndome.

Patience le acarició los pómulos con los nudillos y le produjo un estremecimiento. Esa condenada mujer podía convertir un gesto inocente y suave en algo sensual y traer a superficie el deseo que sentía por ella.

—Seré la madre más orgullosa para tu hijo, Dorian —le aseguró con suavidad—, porque sea niño o niña, tendrá el padre más maravilloso del mundo.

Dorian sintió que el corazón se le hinchaba de amor, como una esponja al llenarse de agua y aumentar de tamaño. No había límites para el amor que sentía por su esposa y por el que sentiría por ese hijo.

—No sé si pueda ser un buen padre —le dijo—. Dios sabe que no he tenido un buen ejemplo.

—Y justamente por eso lo serás —le dijo tomándole el rostro entre las manos—. Porque eres diferente a él en todos los aspectos.

Dorian experimentó un dolor desconocido en el pecho. A lo mejor era pena por la familia que deseó haber tenido o por la infancia arruinada que había tenido.

—Tienes razón, primor —le dijo y le dio besos en el cuello—. Me aseguraré de que mi hijo o mi hija tenga todo. Pero, por sobre todas las cosas, me aseguraré de que tenga a su madre. Si te tiene a ti, tendrá todo lo que jamás podría necesitar.

—Y a ti, mi amor —le susurró besándole los labios—. A los dos. La oscuridad y la luz. Tú piensas que soy la blanda, pero estoy segura de que el niño te tendrá comiendo de la palma de su mano.

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Dorian la envolvió en sus brazos y la abrazó con fuerza. La vida que llevaba dentro era una parte de él y una parte de ella, y sería una persona maravillosa a la que los dos querrían y adorarían por el resto de sus vidas.

—Tienes razón. Nunca haría nada, excepto intentar hacerlo feliz. A ti también. Nunca dejaré de intentar hacerte feliz.

—Oh, mi amor —le susurró—. Ya lo has hecho. Solo tenías que ser tú mismo.

Mientras se besaban bajo la luz del sol, al lado de las rosas que eran tan fuertes como hermosas, supo que Patience no se equivocaba. Ella era su centro, su amor, su aliento y su primavera. Era su reina. Y lo único que tenía que hacer para hacerlo feliz era ser tal y como era.

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SIN TÍTULO

Epílogo adicional

Un año y medio después…

El sol cálido proyectaba un brillo dorado sobre los jardines inmaculados de Rath Hall, y la brisa suave transportaba el aroma de las rosas en plena floración. Las risas y las conversaciones llenaban el aire mientras Dorian estudiaba el alegre encuentro que tenía lugar delante de sus ojos.

Sobre el césped habían desplegado unas mesas elegantes cubiertas con manteles de lino blanco que se mecían con suavidad por el viento. Sobre cada mesa, había jarrones de cristal con flores vibrantes que habían extraído del jardín de Patience: rosas delicadas de color rosado, alegres narcisos amarillos y lavandas aromáticas. En el aire pendían los exquisitos aromas a bollitos recién horneados, sándwiches y pasteles dulces de frambuesa todos presentados artísticamente sobre bandejas de plata de varios niveles.

Varios lacayos en librea paseaban entre los invitados cargando bandejas con champán burbujeante y limonada refrescante. El tintineo de las copas se mezclaba con las notas suaves del cuarteto de cuerdas, ubicado debajo de un sauce. Las ramas caían en cascada y se mecían con la brisa y proyectaban patrones movedizos de luces y sombras sobre los músicos.

En la distancia, la majestuosa fachada de Rath Hall se erguía orgullosa con murallas de piedra que en el pasado habían tenido un aspecto

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desgastado ahora destellaban bajo la luz del sol. Las ventanas también resplandecían con un brillo cálido y acogedor.

Cerca del borde del césped, el estanque sereno centellaba al tiempo que la superficie del agua se movía en ondas. La mente de Dorian se trasladó a las perezosas tardes de verano que había pasado nadando allí con Patience y soltando carcajadas que resonaban por el agua mientras se salpicaban y jugaban, perdidos en la alegría de disfrutar la compañía del otro.

Y allí, entre el follaje frondoso, se encontraba el invernadero, que ya no era un espectro amenazante del pasado de Dorian, sino un símbolo de crecimiento y renovación. Los paneles brillaban bajo el sol y protegían las plantas exóticas que proliferaban bajo los cuidados de Patience.

El pequeño Edward sacudía las piernas regordetas. El rostro angelical reflejaba profunda maravilla mientras estiraba las manos hacia los rosales vibrantes. Patience se arrodilló a su lado con el rostro radiante para acercarle las manos diminutas a las plantas. Tenía puesto un vestido de color celeste pastel. Los rizos dorados estaban iluminados por el sol y parecían formar un halo alrededor de sus delicados rasgos mientras miraba a su hijo con gran adoración.

Edward se tambaleó y las piernas le cedieron. La tía de Dorian, lady Buchanan, estiró las manos e intentó atrapar al niño. Pero antes de que se cayera, una bestia grande y peluda apareció a su lado: Titan, el leal lobero irlandés de Dorian. El animal gigante frotó la nariz húmeda contra las mejillas suaves del niño. Edward se rio y enterró las manos diminutas en el pelaje áspero de Titan al tiempo que el perro le daba lengüetazos en el rostro con un afecto desenfrenado. Patience se rio con el rostro lleno de amor al ver la alegría de su hijo.

—¿No les parece extraordinario? —preguntó lord Spencer Seaton mientras bebía un vaso de limonada fresca. Los ojos le destellaban llenos de cariño mientras observaba al niño explorar el jardín—. Ya está caminando.

—Sí —acordó Joanna, la esposa embarazada de siete meses de Spencer, mientras se frotaba el vientre. Le ofreció una sonrisa a Patience, y las dos madres se entendieron en silencio—. Dentro de poco estará correteando detrás de sus primos.

Calliope, la hermana de Spencer, se había puesto un vestido verde esmeralda que la hacía ver de lo más encantadora y le sonrió con dulzura a

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su marido, el duque de Kelford al tiempo que le sostenía la mano.

—Me atrevo a decir que tendremos las manos llenas cuando él y el pequeño Ethan tengan la edad suficiente como para andar conspirando juntos.

Dorian sonrió al observar los pasos determinados de su hijo. Ethan Fitzgerald, el hijo de dos años de Calliope y Nathaniel, caminaba arrullando.

El jardín que en el pasado había sido un sitio lúgubre, explotaba de vida y colores y espejaba la transformación que el amor de Patience y la alegría de su hijo le habían dado a la existencia desolada de Dorian. Se maravilló ante la fortaleza y la resiliencia de su esposa, que había soportado las tormentas de su pasado y había salido aún más luminosa que antes.

—¡Ay, qué alegría! —exclamó su tía, y la voz interrumpió los pensamientos melancólicos de Dorian. La tía aplaudió con los ojos humedecidos de la alegría—. Edward se dirige hacia las rosas. Sin dudas, heredó el cariño de su madre por la botánica.

La duquesa viuda de Grandhampton, la abuela de su querido amigo, asintió con la cabeza en señal de aprobación. Su compostura majestuosa se suavizó mientras miraba la fascinación que mostraba el joven heredero hacia las rosas.

—Es una señal de buen augurio, querida. Cuando crezca, el niño apreciará la belleza y la resiliencia de la naturaleza, al igual que la dulce Patience. ¿Estás contenta, querida amiga?

La boca de lady Buchanan formó una sonrisa tan tierna que a Dorian se le derritió el corazón.

—Muy contenta, querida amiga. Tengo un nieto… —repuso con un tono soñador.

Dorian no pudo contener una sonrisa e intercambió una mirada alegre con Patience. Recordó el día lúgubre en que su tía y su hermana prácticamente lo acorralaron para pedirle que buscara una esposa y engendrara bebés. El corazón frío se le había retorcido. No obstante, las dos mujeres habían estado en lo cierto. Esa había sido la mejor decisión que había tomado.

Chastity sonrió mientras miraba a su sobrino con ojos soñadores. Dorian sabía que su hermana no quería tener hijos porque su pasión por la ciencia ocupaba gran parte de sus días. Sin embargo, mientras observaba a

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Edward explorar los alrededores con tanta inocencia, un destello melancólico le atravesó el rostro. Quizás con el tiempo el amor que la rodeaba la haría cambiar de parecer.

Dorian regresó la mirada a su esposa, y reparó en su rostro alegre y orgulloso mientras alzaba a Edward en sus brazos y le daba muchos besos en las mejillas sonrosadas. El niño se rio mientras levantaba las manos para acariciarle el rostro. En ese momento, Dorian sintió que el peso del pasado se desvanecía y quedaba reemplazado por una abrumadora sensación de amor y gratitud por la familia que había construido.

Dorian avanzó a grandes zancadas por el césped y envolvió a su esposa y su hijo en sus brazos para acercárselos al corazón. Inhaló el aroma dulce del cabello de su esposa, mezclado con la fragancia delicada de las rosas que cuidaba con tanto amor. Patience lo abrazó con los ojos destellando profunda devoción.

—Te amor —le murmuró Dorian con la voz cargada de emoción—.

Los amo a los dos. Más de lo que jamás creí posible.

Patience ladeó la cabeza y le dio un beso tierno.

—Y nosotros te amamos a ti, Dorian. Por siempre jamás.

Mientras el sol comenzaba a ocultarse y proyectaba una luz cálida y dorada sobre los invitados, Dorian sintió paz en el alma. En esos días le era fácil experimentar paz. Y había sido fácil desde el día en expuso su alma y le confesó sus pecados a los Rose y a Patience.

Las risas de su hijo, el amor de su esposa y el apoyo de sus amigos y de su familia se habían convertido en la luz que guiaba su vida. Se había convertido en la persona que siempre había estado destinada a ser.

Sin importar qué desafíos pudiera tener por delante, los enfrentaría con fortaleza y amor por aquellos que se encontraban a su lado. Gracias a Patience, había encontrado la redención y la felicidad que una vez había creído imposible.

A Patience se le llenó el corazón de alegría al ver a Dorian acunar a su hijo con los rasgos duros suavizados. Le resultaba hermoso ver a su marido, que una vez se había visto acechado por la ira, radiando amor puro e inalterado por su hijo. Su familia y sus amigos conversaban y reían mirando a los otros niños felices, y se encendió de alegría y

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agradecimiento por la familia que tenía. A menudo, se maravillaba de la transformación que había visto en Dorian y de cómo se habían desmoronado ladrillo a ladrillo las paredes que protegían su corazón hasta que emergió el hombre devoto y adorable que siempre había sabido que era.

Mientras se alejaban de la reunión, Patience miró a Dorian a los ojos y leyó en ellos una invitación silenciosa. La intensidad de su mirada desde el otro lado del césped le produjo un escalofrío en la columna vertebral. Era una mirada que conocía muy bien y que siempre le encendía una llama en su interior.

Tras dejar a Edward a salvo en los brazos de su tía abuela jugando con el colgante de diamantes que llevaba en el cuello, Patience condujo a Dorian al invernadero. Al entrar, inhalaron el aroma intenso a flores exóticas y tierra húmeda. Las hojas se mecieron con suavidad con la corriente que se coló por la puerta y la misma brisa acarreó las voces de los invitados.

—Tengo un dolor —le murmuró Patience al tiempo que alzaba los dedos para desabrochar los botones del chaleco de Dorian. La exquisita tela aterciopelada le produjo un cosquilleo de anticipación en el torrente sanguíneo—. Y el único que lo puede aliviar eres tú.

A Dorian se le oscurecieron los ojos de deseo y la profundidad tormentosa de su mirada ardió con tanta intensidad que la dejó sin aliento. Le apoyó las manos en la cintura y se la acercó hasta hacerle sentir todo el calor de su cuerpo a través del vestido. Las manos ásperas, callosas por los años que había pasado cabalgando y boxeando, le produjeron una fricción deliciosa contra la seda del vestido y le encendió chispas de placer allí donde la rozó.

—Me tientas más allá de la razón, primor —gruñó Dorian con la voz baja y ronca haciéndole eco en el cuerpo.

Sus labios se encontraron en un beso apasionado, y el cuerpo de Patience se fundió contra las planicies duras del pecho de Dorian, que sabía a coñac y menta. Su sabor le embriagaba los sentidos y la hacía anhelar más. Le enterró las manos en el cabello oscuro, y los mechones sedosos se le escurrieron entre los dedos mientras se lo acercaba más, desesperada por eliminar cualquier distancia que pudiera quedar entre los dos.

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Mientras las manos de Dorian le encendían un fuego en el interior al recorrer las curvas de su cuerpo con mucho apremio, Patience pensó en el camino que habían recorrido juntos y se maravilló. Eran dos almas acechadas por el dolor y la pérdida que habían logrado unirse en un baile de sanación y esperanza. Aún recordaba la angustia que habían reflejado los ojos de su esposo cuando le confesó todos sus pecados, y el peso de la culpa que casi había logrado aplastarle el espíritu. Pero gracias al poder del perdón y la devoción inquebrantable, habían resurgido más fuertes, y su amor se había convertido en un faro en la oscuridad.

Con cada caricia y susurro, Dorian fue encendiéndole un rastro de fuego con los labios por el cuello. Patience sintió su aliento cálido contra su piel sonrosada. Se arqueó contra sus manos y gimió cuando se detuvo en las cimas de sus senos para provocarla a través de la delgada tela del vestido.

Rodeada por la belleza exuberante del invernadero y perdida en la dulce agonía de la pasión, Patience sintió una profunda sensación de completitud. Las heridas del pasado, que una vez habían sido crudas y dolorosas, se habían sanado con el bálsamo de su amor, y ahora solo quedaban las cicatrices que servían de recordatorio de los obstáculos que habían atravesado juntos.

Mientras las caricias de Dorian la llevaban a nuevas cimas de éxtasis, Patience se aferró a él, su ancla en plena tempestad de sensaciones. Y cuando al fin se recostaron enredados y exhaustos, rodeados de camelias, jazmines e hibiscos en floración, se deleitó en la sensación de sentirse realmente en casa.

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MARIAH STONE, escritora de novelas románticas de viajes en el tiempo.

Cuando no está escribiendo historias sobre mujeres fuertes y modernas que viajan a los tiempos de atractivos vikingos, highlanders y piratas, se la pasa correteando a su hijo o disfruta noches románticas con su marido en el Mar del Norte. Mariah habla seis idiomas, ama la serie Forastera, adora el sushi y la comida tailandesa, y dirige un grupo de escritores local.



FIN

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