© Libro N° 14812. El Último Invitado A La Boda. Rekulak, Jason. Emancipación. Febrero 14 de 2026
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EL
ÚLTIMO INVITADO A LA BODA
Jason Rekulak
El Último Invitado A La Boda
Jason Rekulak
Frank Szatowski se queda atónito cuando su hija Maggie lo llama por primera vez en tres años. Pero se sorprende aún más cuando le explica el motivo: quiere invitarlo a su boda, que se celebrará en una finca de Nuevo Hampshire. Una mansión tan lujosa como aislada.
Al parecer, Maggie va a casarse con Aidan Gardner, el hijo de un magnate multimillonario de la tecnología. Sintiéndose fuera de lugar, Frank se concentra en reconectar con Maggie y conocer a su nueva familia. Pero la tarea no es nada fácil: Aidan siempre responde con evasivas, Maggie nunca tiene tiempo para él y los lugareños revelan una inquietante hostilidad hacia los Gardner.
Al parecer, se debe a algo relacionado con una joven desaparecida en extrañas circunstancias…
A medida que se acerca la boda, Frank se va enredando en una maraña de secretos y mentiras mientras intenta proteger a su hija de una decisión que podría poner en peligro todo lo que ama.
Jason Rekulak
El Último Invitado A La Boda
ePub r1.0
Titivillus 01.02.2026
Título original: The Last One at the Wedding
Jason Rekulak, 2024
Traducción: Miguel Sanz Jiménez
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Para los grandes profesores de todo el mundo, sobre todo, para Ed Logue, John Balaban, Charlotte Holmes, Robert C. S. Downs, Shelby Hearon, T. R. Smith y Charles Cantalupo.
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Mi móvil se encendió y mostró las palabras «Llamada desconocida», que solían implicar alguna clase de fraude, pero imagino que tenía ganas de hablar, porque lo cogí:
—¿Diga?
—¿Papá?
Me levanté tan rápido que me di en las rodillas con la mesa de la cocina y derramé el café sobre el beicon y los huevos.
—¿Maggie? ¿Eres tú?
Contestó, pero no distinguí las palabras. Su voz era débil. La llamada siseaba y crepitaba, como si se fuera a cortar en cualquier momento.
—Espera, cielo. Casi no te oigo.
La cocina es la peor zona de la casa para hablar por teléfono. Nunca tienes más de una o dos barras de cobertura. Me llevé el móvil al salón y me tropecé con la madera que había estado cortando, lijando y enderezando. Era un proyectito de carpintería para matar el tiempo de noche, que se acabaría convirtiendo en una mesita de centro. Pero nunca conseguía motivarme para terminarla, así que había tornillos y serrín por toda la alfombra.
Crucé el desorden a la pata coja y corrí por el pasillo hasta llegar a la habitación donde Maggie dormía de niña. Tenía una ventana diminuta que daba al jardín trasero y al antiguo ferrocarril del condado de Lackawanna, y, cuando me apoyé en el cristal, conseguí tres barras de cobertura.
—¿Maggie? ¿Así mejor?
—¿Hola? —Seguía sonando como si estuviera a un millón de kilómetros. Como si llamara desde el extranjero. O desde una cabaña en
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las profundidades de un bosque remoto. O desde el maletero de un coche abandonado y enterrado al fondo de un garaje subterráneo—. Papá, ¿me oyes?
—¿Estás bien?
—¿Papá? ¿Hola? ¿Me oyes?
Me pegué el móvil a la oreja y grité que sí, ¡sí la oía!
—¿Dónde estás? ¿Necesitas ayuda?
Y se cortó la llamada.
«Llamada finalizada».
Nuestra primera conversación en tres años y no había durado ni un minuto.
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Pero tenía su número. Por fin, al fin tenía una forma de contactar con ella. Pulsé «Rellamar» y resultó que la línea estaba ocupada. Volví a intentarlo dos, tres y cuatro veces: ocupada, ocupada y ocupada. Porque me estaba llamando a mí. Me había alterado tanto que me temblaban las manos. Me obligué a dejar de llamarla y esperé a que sonara el móvil. Me senté a los pies de la cama y miré impaciente la habitación de mi hija.
Todas sus cosas antiguas seguían allí. Nunca tenía invitados en casa, nunca tenía motivos para deshacerme de ellas. Todos los pósteres del instituto seguían pegados a la pared: One Direction, los Jonas Brothers y un perezoso de sonrisa bobalicona que colgaba de un árbol. Había una estantería grande con trofeos deportivos y una gran cesta de mimbre llena de peluches. Casi siempre dejaba la puerta cerrada e intentaba ignorar la existencia de la habitación, pero de vez en cuando (más de lo que quisiera admitir) entraba, me sentaba en el puf y me ponía a recordar cuando todos estábamos aquí y nos portábamos como una familia. Me acordaba de cómo Colleen y yo nos apretábamos para entrar en la camita individual, Maggie se colocaba entre nosotros dos y nos reíamos como unos tontos al leer Buenas noches, Gorila.
Me volvió a vibrar el móvil.
La misma «Llamada desconocida».
—¿Papá? ¿Así mejor?
Oía su voz con claridad. Podría haber estado sentada justo a mi lado, con su pijama de El rey león y lista para irse a dormir.
—Maggie, ¿estás bien?
—Sí, papá. Todo va bien.
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—¿Dónde estás?
—Estoy en casa. O sea, en mi piso. En Boston. Y todo va bien.
Esperé a que continuara, pero no dijo nada. Quizá no sabía por dónde empezar. Ni yo tampoco, la verdad. ¿Cuántas veces me había imaginado ese momento? ¿Cuántas veces había ensayado esa conversación mientras estaba en la ducha? Por fin sucedía y lo único que se me ocurrió soltar fue:
—¿Has recibido mis tarjetas?
Porque no paraba de enviarle tarjetas a mi hija: tarjetas de cumpleaños, tarjetas de Halloween y tarjetas porque sí. Siempre con diez o veinte dólares de regalo y un mensajito.
—Sí, las he recibido —dijo—. Llevaba tiempo queriendo llamarte, la verdad.
—Lo siento mucho, Maggie. Todo este asunto… —No quiero hablar del tema.
—Vale. Bien. —Me sentí como en una de esas negociaciones con rehenes de por medio de Rescate 911. Mi prioridad número uno era que Maggie no colgara, que siguiera hablando, así que pasé a un tema menos espinoso—: ¿Sigues en Capaciti?
—Sí, acabo de celebrar mi tercer aniversario.
Maggie estaba orgullosa de narices de ese trabajo. Capaciti la contrató más o menos cuando empezaron nuestros problemas, y mucho antes de que nadie hubiera oído hablar de la empresa. Por aquel entonces, era una de las miles de empresas emergentes de Cambridge que prometían cambiar el mundo con una nueva tecnología de alto secreto. Ahora contaban con ochocientos empleados en tres continentes y acababan de emitir un anuncio durante la Super Bowl con George Clooney y Matt Damon. Yo leía todo lo que encontraba sobre la empresa, siempre intentaba atisbar el nombre de mi hija para al menos vislumbrar un poco de su vida y su carrera.
—Los nuevos Chevrolet me parecen asombrosos —le dije—. En cuanto bajen los precios…
Me cortó a mitad de la frase:
—Papá, tengo una noticia. Me voy a casar.
No hizo una pausa para dejarme asimilar la información. Empezó a contarme los detalles, como si no se los pudiera callar más. Su prometido se llamaba Aidan. Tenía veintiséis años. Su familia iba a celebrar el
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banquete en su casa de Nuevo Hampshire. Y me pasé todo el rato dándole vueltas al primer bombazo.
¿Se iba a casar?
—… Y a pesar de todo lo que ha pasado —continuó Maggie—, quiero que vengas, de verdad.
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Me llamo Frank Szatowski y tengo cincuenta y dos años. Me he pasado la mayor parte de mi vida adulta conduciendo un camión de paquetería para United Parcel Service. ¿Sabes esas grandes furgonetas marrones que dan vueltas por el barrio y van llenas de compritas por internet? UPS las llama «camiones de paquetería», aunque técnicamente son furgonetas de reparto grandes. Empecé a conducir de joven, nada más salir del ejército, y hace poco me incluyeron en el Círculo de Honor, un grupo de élite de conductores de UPS que han trabajado veinticinco años sin tener ni un accidente.
Me gano la vida bien y siempre me ha gustado el trabajo, incluso aunque cada vez sea más y más duro. Cuando empecé, a finales de los noventa, la mayoría de los paquetes aún eran cajas. Quizá lo más pesado con lo que cargabas era un ordenador Gateway. Hoy en día, ni de broma. Durante un turno cualquiera, transportamos futones, archivadores metálicos, árboles de Navidad artificiales, pantallas planas y hasta mesas de ping-pong. Incluso neumáticos de coche, por el amor de Dios; son lo peor. ¿Sabes que puedes comprar neumáticos de coche por internet? Los mandan en paquetes de cuatro, los atan y los meten en cajas de cartón, así que ni siquiera podemos llevar rodando a los muy condenados.
Aun así, si hacía bastantes horas extras, solía poder sacar unos cien mil al año. Había pagado el jeep, a la hipoteca le quedaba poco y no le debía un solo centavo a Visa ni a MasterCard. Me faltaban tres años para conseguir una pensión decente y la cobertura sanitaria completa. No estaba mal para un tipo que nunca fue a la universidad, ¿no? Hasta que falleció
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mi mujer y empezaron todos mis problemas con Maggie, solía decir que me habían bendecido. Me sentía el cabrón más afortunado del planeta.
Así que escucha lo que pasó:
—La boda es dentro de tres meses —me aclaró Maggie—. El veintitrés de julio. Sé que te aviso muy tarde, pero…
—Allí estaré —prometí, y se me quebró la voz porque me puse a llorar
—. Por supuesto, allí estaré.
—Vale, bien. Porque vamos a enviar las invitaciones mañana y…
Quería llamarte antes.
Y entonces la conversación acabó con un balbuceo, como si esperase que yo dijera algo, pero me había quedado demasiado mudo como para contestar. Cerré el puño y me golpeé el esternón, tres puñetazos fuertes para no ponerme a berrear. «Vamos, Frankie. ¡Espabila! ¡No te portes como un bebé!».
—¿Papá? ¿Sigues allí?
—Háblame de Aidan —sugerí—. Mi futuro yerno. ¿Dónde lo conociste?
—En una fiesta de disfraces, en Halloween. Yo fui de Pam, ¿la de The Office? Y Aidan fue de Jim. Así que, en cuanto llegó, todo el mundo quiso que nos juntásemos. Empezamos a interpretar escenas de la serie y clavó la imitación.
Me costaba concentrarme en la anécdota porque estaba ocupado echando cuentas.
—¿Os conocisteis el Halloween pasado? ¿Hace seis meses?
—Pero parece que lo conozco desde siempre. A veces hablamos y me lee la mente, te lo juro. Como si tuviéramos una conexión telepática. ¿Mamá y tú os sentíais así?
—Sí, supongo. ¿Nada más conocernos?
Pero luego envejecimos, maduramos y nos dimos cuenta de que solo eran los indicios de un enamoramiento de juventud. No me molesté en comentárselo a Maggie. Me encantaba oír la felicidad en la voz de mi hija, la dulce música de la esperanza y el optimismo.
—¿A qué se dedica Aidan?
—Es pintor.
—¿Es del sindicato?
—No, no pinta casas. Es artista.
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Me había decidido a sonar comprensivo, pero hay que admitir que me había lanzado la pelota con efecto.
—¿Es artista y vive de ello?
—Bueno, tiene un par de cosas en unas galerías, pero ahora mismo se está haciendo un nombre. Se labra una reputación. Así funciona. Además, da clase en MassArt.
—¿Y cuánto le pagan?
—¿Perdón?
—¿Cuánto gana?
—No te lo voy a decir.
No entendía por qué no, pero oí que respiraba hondo y se enfadaba, así que decidí no presionarla. Quizá Maggie tenía razón. Quizá el sueldo de su futuro marido artista no era asunto mío. Además, aún tenía muchas más preguntas:
—¿Primera vez que se casa?
—Sí.
—¿Hijos?
—Ningún hijo y ninguna deuda, no te preocupes.
—¿Y qué tal con su madre?
—La adoro. Ahora tiene problemas de salud. Muchas migrañas, pero ha empezado a probar un medicamento nuevo y le va muy bien.
—¿Y su padre?
—Es fantástico. Maravilloso.
—¿A qué se dedica?
Maggie dudó.
—Esa parte es un poquito complicada.
—¿Cómo que es complicada?
—No es complicada. Más bien es un tema del que no quiero hablar ahora.
¿Qué diablos significaba eso?
—Es una pregunta sencilla, Maggie. ¿Cómo se gana la vida?
—La noticia es que me voy a casar y quiero que vengas a la boda. El veintitrés de julio en Nuevo Hampshire.
—Pero ¿no me puedes decir a qué se dedica su padre?
—Sí, pero te surgirán más preguntas y me tengo que ir. Me voy a probar el vestido a las diez y la modista está loca de remate. Como llegue un minuto tarde, me obligará a concertar otra cita.
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Quedaba claro que quería colgar, pero no me resistí a volver a intentarlo:
—¿El padre de Aidan está en la cárcel?
—No, no es nada malo.
—¿Es famoso? ¿Es actor?
—No es actor.
—Pero ¿es famoso?
—Ya te he dicho que no quiero hablar del tema.
—Dime cómo se llama, Maggie. Lo buscaré en Google.
La llamada pareció cortarse un momento, como si nos hubiéramos quedado sin cobertura o quizá Maggie la hubiese silenciado para hablar con alguien. Y luego volvió.
—Creo que deberíamos quedar para cenar y hablarlo. Aidan, tú y yo. ¿Podrías venir a Boston?
Por supuesto que podría ir a Boston. Podría ir en coche hasta el Polo Norte si era lo que quería Maggie. Propuso el sábado por la tarde, a las siete, y me dio el nombre de un pub irlandés de la calle Fleet, cerca de la antigua Casa de Estado. Luego insistió en que tenía que colgar e ir a probarse el vestido.
—Te veré el fin de semana. Tengo muchas ganas.
—Yo también —dije, pero no pude colgar sin intentar de nuevo pedirle perdón—: Y escucha, Maggie, te pido perdón por todo, ¿vale? Me he sentido fatal los últimos años. Sé que metí la pata. Debería haberlo gestionado mejor y ojalá…
Y entonces me interrumpió un clic suave.
Ya había colgado.
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Mi mujer murió de un aneurisma cerebral, una de esas bombas de relojería. Colleen trabajaba en Michaels, la tienda de manualidades. Una vez, estaba ayudando a una profesora del colegio a buscar pegamento para la purpurina y, de repente, se cayó al suelo, inconsciente. Murió en la ambulancia, de camino al hospital Holy Redeemer. A los treinta y seis años. Una tragedia en muchos sentidos, cuando piensas en todas las cosas horribles que te voy a contar. Porque mi mujer veía venir a un mentiroso desde bien lejos. Se habría dado cuenta de que se avecinaban problemas mucho antes que yo.
Maggie solo tenía diez años cuando su madre falleció. Justo a las puertas de la pubertad y de la madurez femenina, casi la peor edad para perder a una madre. Recuerdo haber deseado que el aneurisma me hubiese dado a mí en vez de a Colleen, porque mi mujer no habría tenido problemas para criar a Maggie y mi pensión del sindicato de transportistas las habría ayudado. Sin embargo, me las tuve que apañar con el apoyo de mi hermana, Tammy. Vivía a diez kilómetros y me ayudaba muchísimo; siempre llevaba a Maggie a las citas médicas, a ver al dentista, a probarse las lentillas, a la consulta del ginecólogo, a las revisiones del dermatólogo y a un millón de cosas para que yo pudiera pagar las facturas y poner un plato de comida en la mesa. Fue una época estresante de mi vida y no me cuesta admitir que cometí un huevo de errores. Sabes que has metido la pata hasta el fondo cuando tu única hija te deja de hablar, cuando te castiga con el silencio durante tres años enteros. Pero hablaré luego de todo ese asunto. Antes de que te cuente la historia del anterior supuesto novio de
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Maggie, te quiero hablar de su prometido nuevo y de por qué sospeché de él al instante.
Un día después de que me diera la gran sorpresa, Maggie me llamó para cambiar de plan:
—Creemos que deberías venir a nuestro piso. Cenaremos aquí.
No había mencionado que Aidan y ella ya vivían juntos, pero tampoco me sorprendió demasiado. En Boston, los alquileres costaban un dineral y era probable que Aidan se ahorrase una fortuna al haber ganado una compañera de piso. Además, Maggie siempre había odiado su antiguo piso. Era un estudio diminuto y húmedo ubicado en el sótano de una casa victoriana de piedra rojiza, y estaba infestado de pececillos de plata, unos insectos largos y peludos que parecían cejas gigantes. Caían a la bañera de Maggie cada vez que se duchaba y tenía que bailar claqué para rodear esos cuerpos hinchados que se ahogaban en el agua. Mi hija afirmaba que se pasaba todos los fines de semana en la oficina de Capaciti solo para alejarse del piso frío y húmedo. Seguro que se entusiasmó al finiquitar el contrato de alquiler y mudarse con Aidan.
Pero me empeciné en vernos en un restaurante.
—Es una ocasión especial. No quiero que cocines.
—No voy a cocinar nada.
—¿Va a cocinar Aidan?
—Nos encargaremos de todo, papá. Tú ven y ya está.
Creí entender lo que pasaba. Supuse que, con un bodorrio en el horizonte, los críos vigilaban el saldo de sus cuentas y recortaban gastos. Ya había buscado en Google «¿Cuánto les pagan a los profesores de Artes Plásticas?», y deja que te diga que no es gran cosa. El sueldo medio eran cuarenta mil dólares y, en una ciudad como Boston, con eso no llegas muy lejos. Con cuarenta mil dólares apenas te da para pagarte un par de latas de alubias estofadas.
Le aseguré a Maggie que quería pagar por la cena al completo en un restaurante de su elección.
—Chino, italiano… Lo que quieras. Vamos a tirar la casa por la ventana.
Pero insistió en que fuera a su piso.
—Está justo al lado de la ruta 93, junto al puente Zakim.
—¿Vivís al lado de un puente?
—No está al lado, literalmente, pero se ve por la ventana.
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—¿Y es un barrio seguro? ¿No le pasará nada a mi jeep?
—No, papá. Aidan lleva tres años viviendo aquí y nunca ha tenido ningún problema.
Daba la impresión de que mis preguntas le parecían tontas, pero seamos sinceros: hoy en día, es imposible encender la radio y no oír hablar de otro homicidio, de otro coche que roban a punta de pistola o de tiroteos al azar. Y «justo al lado de la ruta 93» no parecía el mejor de los barrios. Esa carretera estaba hasta arriba de tráfico todo el día y nadie con un poco de dinero elegiría vivir por allí.
Aun así, me tragué mis preocupaciones y le pedí a Maggie que me enviara la dirección al móvil. Tenía la mente abierta. Estaba dispuesto a quedar con mi hija donde fuera.
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Aparte de los cuatro años que estuve en el ejército de los Estados Unidos, me he pasado toda la vida en Stroudsburg (Pensilvania), un pueblo pequeño de seis mil habitantes en las montañas Pocono. Los turistas nos conocen porque se puede esquiar, nadar, montar a caballo y hay kilómetros y kilómetros de caminos por donde hacer senderismo, además de que el centro del pueblo es bonito y cuenta con restaurantes y tiendas. En invierno, lo decoramos todo con lucecitas y parece una película navideña de Lifetime. En marzo se celebra el desfile anual del Día de san Patricio con camiones de bomberos, gaitas y la banda del instituto. Y en julio tenemos Stroudfest, que es un gigantesco festival de música al aire libre, con grupos que tocan en directo y bailes por las calles. No pretendo sugerir que seamos un destino turístico de primera clase (sé que Wolfgang Puck no tiene pensado abrir un restaurante por aquí), pero Stroudsburg es limpio y asequible, además de que los colegios son bastante buenos. Siempre hablan de todos esos pueblos pequeños que se arruinan, pero nosotros nos las apañamos.
Boston quedaba lejos de mi casa y partí temprano, nervioso por ponerme en marcha. En medio de Connecticut, empecé a ver vallas publicitarias del nuevo Chrysler Reactor y de la batería Miracle, que es el producto que hizo famosa a Capaciti. Tenía la mejor autonomía de todos los vehículos eléctricos que se vendían en Estados Unidos: superaba los mil trescientos kilómetros con una sola carga, incluso con la música alta y el aire acondicionado a toda potencia. En todas las vallas publicitarias se leía el mismo eslogan («El futuro de la conducción es limpio») y me estremecía un poco de orgullo al pasar junto a ellas, porque Maggie
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trabajaba en el departamento de marketing y yo quería creer que mi hija había contribuido a esos anuncios, o al menos conocía a las personas responsables de ellos. Todos esos anuncios caros y gigantes que millones de conductores veían cada día, y mi hija había participado en ellos. Deseé que su madre viviera para verlo.
Poco después de las dos, paré en Worcester, como a una hora al oeste de Boston, para buscar un hotel barato. Había un Super 8 junto a la carretera, se anunciaban habitaciones disponibles por sesenta y nueve dólares y el encargado estuvo encantado de dejar que me registrara antes de tiempo, así que no me molesté en mirar más. La habitación pecaba de cutre, con marcas de humedad en el techo y quemaduras de cigarrillos en los muebles, pero el colchón era firme y el baño estaba limpio, de modo que me pareció un dinero bien gastado.
De camino a la ciudad, paré en un Sam’s Club para comprar unas flores. Siempre tenían unos ramilletes bonitos junto a las cajas. Y, cuando entré en la tienda, tuve que comprar galletas de chocolate de Pepperidge Farm porque siempre fueron las favoritas de Maggie. Y dos extintores pequeños, porque estaban rebajados a diez dólares y nunca vienen mal.
¿Los regalos eran un pelín excesivos? Quizá, pero aún me acordaba de cómo era ser joven y dar los primeros pasos, y pensé que Maggie y Aidan agradecerían la ayuda.
Antes de las seis había llegado al río Charles y me había visto atrapado en el tráfico de Boston. Fue un avance lento y doloroso hasta el puente Zakim, pero el tráfico mejoró tras cruzar al otro lado. Tomé la primera salida y luego seguí el río durante casi dos kilómetros hasta que la carretera terminó ante una torre enorme de acero y cristal: el edificio Beacon Plaza. El GPS decía que había llegado a mi destino, pero no dudé de que se equivocaba. Se parecía al rascacielos de La jungla de cristal. Apunté con los faros a un cartel donde figuraban todos los inquilinos principales: Accenture, Liberty Mutual, el banco Santander y un puñado de nombres que sonaban a bufetes de abogados. Era sábado por la noche, así que no había luz en la mayoría de las plantas. Pero vi a una mujer a través de las ventanas del vestíbulo, de modo que dejé el jeep en una zona de carga y descarga y entré a pedir indicaciones.
Me dio la sensación de entrar en una catedral, un vasto espacio cavernoso, hecho de cristal y piedra pulida. Me imaginé que, a diario, cientos de trabajadores pasaban por ese vestíbulo de camino a la oficina.
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Pero allí solo me acompañaba una joven solitaria en el centro del vestíbulo, de pie junto a un mostrador alto que parecía un altar.
—¿El señor Szatowski? —preguntó.
Era increíble.
—¿Por qué sabe cómo me llamo?
—Margaret nos dijo que vendría. Necesito echarle un vistazo a su documento de identidad. Bastará con el carné de conducir.
Era rubia, menuda y guapísima, y llevaba un cuidado traje azul. Busqué la cartera, una billetera de cuero desgastado por las costuras, a punto de caerse a pedazos.
—¿Es un edificio de viviendas?
—Es mixto. Comercial, en buena medida, pero todas las plantas superiores, donde viven Aidan y Margaret, son residenciales.
Le tendí mi carné de conducir de Pensilvania y Olivia (le vi la credencial al acercarme) lo cogió con pompa. Como si acabara de darle el pergamino original de la Declaración de Independencia.
—Gracias, señor Szatowski. Tiene el ascensor D a la derecha. Le llevará a los pisos superiores.
—He dejado el coche en la zona de carga y descarga —expliqué—. ¿Pasa…?
A mi izquierda apareció un joven, como si hubiera salido de la nada. —Me encargaré de su vehículo, señor Szatowski. Hay un garaje debajo
del edificio.
No sabía qué era más increíble: que todas las personas del vestíbulo supieran cómo me llamaba o que pronunciasen mi apellido de forma impecable. Si tienes sangre polaca, sabrás que la s es muda y se pronuncia «Zatóuski». Pero el común de los mortales intenta pronunciar la s. Me llaman señor «Sizatúski» o cosas peores. Cuesta creer cómo lo destrozan de muchas formas distintas.
Me tendió la mano para pedirme las llaves, pero me había dejado todos los regalos en el jeep, así que salí con él para recogerlos. El joven me dio una tarjeta de papel con su número de teléfono y me indicó que lo llamase cuando me fuera a marchar, para que tuviera mi coche a punto. Me saqué un dólar de la cartera e intenté dárselo, pero se apartó como si mi dinero fuese radiactivo.
—No es molestia, descuide. Disfrute de la velada.
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Volví al vestíbulo y Olivia me recibió con otra sonrisa enternecedora. No sabía qué hacía esa mujer detrás de un mostrador de recepción el sábado por la noche. Podría haber sido animadora de la NFL o modelo de Victorias Secret.
—Disfrute de la velada.
—Gracias.
Subí al ascensor D, una caja negra y estrecha de paredes lisas y metálicas. Era la primera vez que entraba en un ascensor sin botones; como no había ningún panel de control, no supe ponerlo en marcha. Entonces las puertas se deslizaron, se cerraron y el ascensor comenzó a funcionar, al parecer, por voluntad propia. Encima de las puertas, parpadeó una pantalla pequeña y fue marcando los números de los pisos por los que pasábamos: 2, 3, 5, 10, 20, 30, Al, A2, A3… Luego, el ascensor frenó hasta detenerse, la puerta se abrió y allí estaba Maggie, ante el sol del atardecer. Llevaba un jersey negro de cuello vuelto y pantalones negros, sostenía una copa de tallo largo con vino blanco y estaba en la cima del mundo.
—¡Papá!
¿Era un espejismo? Había esperado llegar a un pasillo de puertas numeradas y macetas con plantas. En vez de eso, me había teletransportado al salón de una persona, que era brillante, contaba con unos muebles fastuosos y unas gigantescas paredes de cristal, a través de las cuales se veía el perfil de la ciudad. Me desorientaba, me resultaba mareante y un poquitín falso, como si hubiera llegado al plato de un programa de televisión.
—¿Dónde está el piso?
Se rio.
—Ya estamos en el piso.
—¿Vives aquí?
—Desde febrero. Después de que nos prometiéramos, Aidan me invitó a mudarme con él. —La puerta del ascensor se empezó a cerrar y ella la detuvo con la mano—. Vamos, papá. Pasa.
Con cuidado, di un paso adelante, desorientado y sin estar del todo seguro de que el suelo fuese a aguantar mi peso. Casi no reconocí a mi hija. De pequeña, Maggie era lo que solían llamar un marimacho. Prefería los petos, las camisetas deportivas y las camisas de franela de mi armario, que se anudaba a la cintura para que no revolotearan mucho. Pero luego,
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en el instituto, se pasó al extremo contrario y optó por las faldas femeninas, los vestidos de verano de estampados florales y las alocadas prendas que descubría en las tiendas de segunda mano. Ahora había adoptado otro look nuevo, uno propio de la Ivy League de Cambridge: elegante y chic, urbano y sofisticado. Se había dejado el pelo largo, le llegaba a la mitad de la espalda y tenía más cuerpo y más capas, como si se hubiera gastado un buen dinero en él. Y tenía una luz en los ojos que yo no había vuelto a ver desde que era pequeña. Parecía una princesa Disney, lista para ponerse a cantar. O, por decirlo simple y llanamente, mi hija parecía enamorada hasta la médula.
—Maggie, estás estupenda.
Desestimó el cumplido.
—Ah, venga ya.
—¡Lo digo en serio! ¿Qué te has hecho?
—Es cosa de la luz del piso. En este edificio, todo el mundo parece un supermodelo. Ven a que te dé un abrazo.
Me rodeó la cintura con los brazos y apretó la cara contra mi pecho. Me puse tan contento que creí que iba a romper a llorar, porque mi niña solía abrazarme todos los días. Cuando tenía seis años, jugábamos a un juego llamado «El monstruo de los abrazos». Maggie gateaba por la alfombra, gruñía y rugía y me mordía los tobillos, y la única forma de volver a convertirla en una niñita era darle un abrazo monstruoso y levantarla en volandas, mientras agitaba los brazos y las piernas. Era probable que me hubiese pasado diez años sin pensar en el juego, pero el recuerdo salió burbujeando de la nada.
—Me alegro de que estés aquí —dijo, hablándome con suavidad al hombro—. Gracias por venir.
Y noté cómo volvía a quedarme sin palabras. Me preocupó que, si decía algo, la voz se me quebrase y empezase a berrear como un bebé. Así que me aparté y le di la bolsa de los regalos. Pareció confusa al ver los extintores, pero quedó claro que las flores le encantaron.
—Son preciosas —dijo—. Vamos a ponerlas en un jarrón con agua. Nunca había entrado en un piso por un ascensor, así que necesité un
momento para orientarme y ubicarme. El «salón» era solo una de las partes del extenso piso abierto que abarcaba el rincón de la torre. Las paredes exteriores eran todas de cristal y ofrecían una vista panorámica de la ciudad. Y las paredes interiores estaban llenas de caras: hombres y
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mujeres de distintas edades, todos fotografiados en blanco y negro y con la vista clavada en el espectador. A ninguna de esas personas las confundirían jamás con una supermodelo, porque tenían demasiados defectos en las caras: arrugas, manchas, párpados caídos, dientes torcidos, pelo ralo y barbillas puntiagudas. Es decir, parecían gente normal y corriente, del tipo que ves que va a hacer la compra o a coger el autobús después del trabajo.
—Son de Aidan —dijo Maggie, orgullosa.
Me fijé y me di cuenta de que cada fotografía era, en realidad, un cuadro que una mano experta había pintado en blanco y negro y con tonos plateados y grises.
—Ha vendido un par, pero estos son sus favoritos y por eso nos los quedamos. ¿Qué te parecen?
Me parecían un poco siniestros, para ser sincero. Todas esas caras te miraban fijamente con el semblante frío, como si las hubieran fotografiado en contra de su voluntad. Pero bueno, si un par de caras siniestras pagaban el alquiler de un ático lujoso, seguro que podría aprender a vivir con ellas.
—Son increíbles, Maggie. Tiene mucho talento.
Maggie me guio y doblamos una esquina, atravesamos un comedor formal y llegamos a una moderna cocina de chef con dos fregaderos, encimeras de mármol, electrodomésticos de acero inoxidable y un montón de pantallitas diminutas. Ante los fogones había una mujer baja y de pelo oscuro. Removía el contenido de una cacerola, pero interrumpió la tarea para darme la bienvenida.
—Hola, señor Szatowski. Soy Lucía.
—Por favor, llámame Frank. Encantado de conocerte.
—Lucía es una cocinera asombrosa —dijo Maggie—. He aprendido muchísimo solo con verla.
A Lucía no le costó sonrojarse (era bastante joven) y no me quedó claro si guardaba algún parentesco con la familia.
—¿Eres la hermana de Aidan?
Se sonrojó todavía más, como si le hubiera dicho un cumplido. —Ah, no. Solo tengo el placer de cocinar para vosotros esta noche. Maggie me explicó que Lucía se había formado en Cariño, uno de los
pocos restaurantes de Boston que habían recibido una prestigiosa estrella Michelin, y que acababa de empezar su carrera de chef privada, de modo que cocinaba para los invitados en la intimidad de sus propios hogares. Y
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entonces por fin entendí que Aidan había contratado a esa mujer para que nos preparase la cena.
—¿Qué quieres de beber? Tenemos cerveza, vino, cócteles, agua con gas…
—Lo que mejor te venga —le dije.
Lucía me sonrió impaciente, sin estar segura de qué hacer, y caí en la cuenta de que se lo estaba poniendo difícil.
—¿Qué tal una cerveza? —sugirió Maggie.
—Perfecto —asentí.
Lucía nos animó a que nos pusiéramos cómodos, dijo que se ocuparía de las flores y nos llevaría la cerveza enseguida. Maggie me condujo al salón y propuso que esperásemos a Aidan fuera, en la terraza.
—Está en un atasco, pero no tardará en llegar a casa.
Una de las ventanas grandes que daba al perfil de la ciudad era una puerta y, con un ligero toque de la mano de Maggie, se deslizó a un lado y descubrió una abertura por la que pasamos. Al igual que el piso, la terraza abarcaba la esquina del edificio y contaba con toda clase de tumbonas, sofás, mesas y fogones de jardín. Pero, por supuesto, los ojos se me fueron a las vistas. Nunca había contemplado la ciudad desde las alturas y era espectacular. Era una forma completamente nueva de ver Boston, así debía de ver Dios Fenway Park, Faneuil Hall y los barcos de tres mástiles atracados en el puerto. Veía todo ante mí, como si fuera una maqueta.
—Joder, Maggie —dije—. No me dijiste que Aidan era… —Me callé justo antes de pronunciar la palabra «rico». No quería sacar conclusiones precipitadas—. ¿Cuánto pagáis de alquiler?
—Aidan cree que alquilar es tirar el dinero. Compró el ático en calidad de inversión inmobiliaria.
—¿Y cómo hace una inversión inmobiliaria un profesor de Artes Plásticas de veintiséis años?
—Bueno, mira, por eso quería que hablásemos en persona. Aidan se apellida Gardner. Su padre es Errol Gardner. ¿Sabes quién es?
Me había pasado los últimos tres años leyendo todo lo que pudiera encontrar sobre Capaciti, así que por supuesto que lo sabía todo sobre Errol Gardner. Era el responsable de la batería Miracle, el consejero delegado de la empresa y el «jefe de los milagros». Solo el año pasado, le habían dedicado sendos reportajes en el Wall Street Journal y el Washington Post, incluso el presidente Biden lo había invitado a visitar la
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Casa Blanca. Quizá no fuera tan famoso como Jeff Bezos o Elon Musk, pero para cualquier seguidor de la industria automovilística estadounidense Errol Gardner era un pez gordo.
—¿Te vas a casar con el hijo de Errol Gardner?
—Te va a caer fenomenal. Tiene los pies en la tierra.
—¿Errol o su hijo?
Se rio.
—¡Los dos! Los dos son geniales.
Me agarré a la barandilla para no perder el equilibrio. Hasta ese momento, había creído entender con claridad el futuro de Maggie. Me imaginaba que se enfrentaría a la tradición de escalar peldaños en la escalera empresarial mientras hacía malabares con la escuela infantil, cuidar a los niños, los deberes, compartir coche para ir al trabajo, las clases de baile, los entrenamientos deportivos y el sinfín de facturas y más facturas. Intuí que ayudaría a Maggie y a Aidan todo lo que pudiera, les enviaría cien pavos extra de vez en cuando, solo para echarles una mano. Pero ahí estaba yo, a cuarenta pisos sobre el río Charles, y veía el futuro desde una perspectiva nueva. Me sentí como si estuviera en Marte, a cien millones de kilómetros de mi casa.
—Es increíble, Maggie. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
Señaló el perfil de la ciudad, sus cientos de rascacielos, a los miles de personas y todas las lucecitas parpadeantes.
—Cuesta describirlo por teléfono. Tienes que verlo tú mismo.
Me acordé de su piso anterior: el estudio frío y húmedo, en un sótano y con la bañera llena de pececillos de plata.
—Es un buen cambio, mucho mejor que el cuchitril de la calle Talmadge.
Lo dije de broma, pero la afirmación la incomodó.
—No era un cuchitril. Solo un poquito pequeño.
—Lo odiabas —le recordé—. Decías que era la celda de una cárcel. —Era un poco dramática —replicó, y se encogió de hombros—. No
estaba tan mal.
Lucía me trajo un vaso helado, de una pinta y hasta arriba de cerveza, y luego desapareció con la misma rapidez con que había venido. Maggie alzó el vino blanco para brindar.
—Por los nuevos comienzos —dijo.
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Entrechocamos las copas, bebimos y no pude aguantarme más las ganas de pedir perdón.
—Me alegro mucho de que me llamaras, Maggie. Todos esos problemas que tuvimos… Quiero que sepas que me culpo de todo.
Movió la mano para interrumpirme.
—Papá, te lo voy a poner fácil. Vamos a hacer borrón y cuenta nueva, ¿vale? Los dos cometimos errores, pero no quiero pasarme la noche peleándonos por lo que pasó.
—Intento disculparme.
—Y acepto tus disculpas. No hace faltar seguir dándole vueltas. Todo se ha arreglado.
A mí no me parecía arreglado, para nada. Creía que estaría bien hablar de lo que ocurrió y ponerlo todo sobre la mesa, pero Maggie quería charlar sobre el futuro.
—Prefiero hablarte de la boda. ¿Podemos hablar de eso? ¿Te parece bien?
Pues claro que me parecía bien. Tenía ganas de oír todos los detalles. Maggie dijo que los Gardner insistían en pagarlo todo porque querían
celebrar el banquete en su «campamento de verano» de Nuevo Hampshire, y a la lista de invitados le faltaba poco para llegar a las trescientas personas. La madre de Aidan había contratado a una organizadora de bodas para que se encargara de la logística, pero le había cedido a Maggie todas las decisiones creativas: las invitaciones, los asientos de los invitados, los manteles y los centros de las mesas…, había mil decisiones pequeñas que requerían que Maggie les prestara atención y mi hija se sentía más abrumada que nunca.
—¿Hay algo que pueda hacer?
Sonrió como si agradeciera el ofrecimiento, pero no fuese nada práctico.
—No, la verdad. Solo tienes que ir a la boda. —Debió de haber visto a su prometido por las ventanas, porque se inclinó hacia mí y bajó la voz—: Aquí viene. Le pone nervioso conocerte, así que sé amable, ¿vale?
—Pues claro que seré amable…
—Y no digas nada de los moratones. Acaban de atracarlo, pero no quiere hablar del tema.
—¿Que lo acaban de atracar?
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No hubo tiempo de que me explicara nada porque se abrió la puerta de cristal y Aidan Gardner salió y se nos unió. Lo primero que pensé fue que parecía demasiado joven para vivir en un ático tan bonito. Aidan tenía el pecho y los hombros anchos de un adulto, pero en el rostro aún se le veían ciertos rasgos propios de un adolescente. Su pelo era una melena castaña y enredada que probablemente se peinaba con los dedos. Llevaba ropa informal, pero parecía cara: una americana azul y, debajo, un jersey de cuello de pico. El atuendo predilecto de los grupos de música masculinos que había en las paredes de la habitación de mi hija.
Desde luego, era guapo, si pasabas por alto que tenía el ojo izquierdo morado.
—¡Por fin! —dijo Maggie, y saludó a su prometido con un abrazo y un beso—. Llevamos siglos esperándote.
Aidan y yo nos dimos la mano. El apretón de manos fue duro como una roca. Si el chaval estaba nervioso, yo no lo noté, para nada.
—Encantado de conocerlo, señor Szatowski.
—Llámame Frank, por favor.
—Perdón por llegar tarde. Hubo un accidente en la autopista y… De hecho, aún se ve. —Aidan señaló el otro lado de la ciudad, a la línea de una carretera, y vimos una hilera breve de luces de freno rojas que parpadeaban—. Me acabo de abrir camino por ese caos.
—No te preocupes, Aidan. Estaba disfrutando de las vistas. Son asombrosas.
—Podemos cenar aquí fuera, si quieres. —Aidan se giró hacia Maggie
—. A menos que creas que hará frío.
A Maggie le encantó la idea, así que Aidan se dio la vuelta, llamó a la
ventana de cristal y le hizo un gesto a Lucía. Ella vino corriendo. —¿Sí?
—Vamos a cenar aquí —dijo Aidan.
—Por supuesto.
—Y tomaré un Manhattan con Old Forester y vermú seco. —Me señaló—. Frank, ¿quieres otra cerveza?
Con tanta emoción, resulta que ya me había terminado la primera.
—Claro, pero iré a por ella si es más fácil.
—Lucía te la traerá. Vamos a sentarnos.
Fuimos a una mesa para cuatro personas, al borde de la terraza. Al tomar asiento, le eché otro vistazo a la cara. Aidan tenía un corte en el que
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no había reparado antes, justo donde le nacía el pelo, y advirtió que me había dado cuenta.
—Lo siento —dijo, y se señaló los moratones—. Sé que estoy hecho un desastre.
Maggie le puso una mano compasiva en el brazo.
—No pasa nada, cariño. No hace falta que hablemos de ello.
—Es la primera vez que veo a tu padre y tengo pinta de haber salido de una pelea carcelaria. Sí, tenemos que hablar de ello.
—Solo si no te incomoda —le respondí—. Maggie me ha dicho que te atracaron, ¿no?
Aidan explicó que en una galería de Chicago exhibían cinco cuadros suyos y la noche de la fiesta de inauguración se quedó hasta muy tarde. Era más de medianoche cuando se marchó al hotel y acabó en una calle oscura e inhóspita. Tres hombres cruzaron la calle y se le acercaron, uno de ellos llevaba una pistola. Le pidieron la cartera y Aidan se la dio en el acto, sin mediar palabra. Después, uno de los tres tipos le pegó porque sí, le tiró a la acera y los demás empezaron a darle patadas.
—¡Qué horror, Aidan! Lo siento mucho.
Lucía apareció con la bebida y Aidan hizo una pausa para darle un buen trago al Manhattan. El alcohol pareció calmarle los nervios.
—Pudo haber sido mucho peor, porque, mientras estaba en la acera y me intentaba proteger la cabeza, oí que venía un coche. Un taxista. Vio lo que pasaba, empezó a tocar el claxon y los tipos se marcharon corriendo.
—¿Los ha arrestado la poli?
Pareció avergonzarse.
—No llamé a la policía. Sé que debería haberlos llamado, pero era tardísimo y mi vuelo salía temprano. Solo quería irme a casa.
—¿Y cómo cogiste el avión a casa sin la cartera?
—Ah, tenía el pasaporte en el hotel. Y usé el móvil para todo lo demás. Gracias a Dios por Apple Pay.
Maggie le cogió la mano, se la puso en el regazo y se volvió hacia mí. —Y ahora que ya conoces la historia, vamos a hablar de otra cosa,
¿vale? ¿De algo un poco menos triste?
Me alegré de cambiar de tema. Elogié los cuadros de Aidan y le pregunté dónde hallaba la inspiración. Describió a los sujetos como «personajes» que veía mientras andaba por la ciudad de Boston: profesores de colegio, conductores de Uber, camareros, porteros, enfermeras y
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cajeras. Afirmó tener una memoria extraordinaria para las caras. Explicó que un minuto de observación cuidadosa le bastaba para «guardarse» un rostro en la mente y que después se pasaba días transfiriendo sus rasgos al lienzo.
—Son increíbles, Aidan.
Levantó el vaso en señal de agradecimiento.
—Gracias.
—Lo digo en serio. Son tan buenos que podrían ser fotografías. Frunció los labios y sonrió mientras Maggie cambió de postura,
incómoda.
—Papá, eso no es ningún cumplido.
—Pues claro que sí.
—De hecho, es de las cosas que más le molestan a Aidan. Odia cuando la gente dice que sus cuadros parecen fotografías.
—Pero ¡si es verdad!
—No, no es verdad. Jamás podrías sacar esas imágenes con una cámara. Ponte en el lugar de Aidan y piensa en el cumplido. ¿Por qué malgastar tantas horas pintando cuando podría hacer una foto con el iPhone para obtener la misma imagen?
—No pasa nada —le dijo Aidan.
Intenté enmendar el error:
—Tan solo me refería a que son muy realistas, Aidan. Es como si hubieras capturado las almas de todas esas personas.
—Te lo agradezco, Frank. Y no me ofendo. Lo entiendo, en serio. Aidan se acabó lo que le quedaba del Manhattan y llamó a Lucía por la
ventana para pedirle otro. Después del segundo cóctel, pareció un poco más relajado, aunque me sorprendió un poco cuando pidió un tercero. No sabía si la idea de tener que cenar conmigo le ponía nervioso o le molestaba.
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A las siete, Lucía empezó a sacar muchos platitos de comida y los colocó en el centro para que los demás nos sirviésemos. Había tantos que perdí la cuenta. Maggie y Aidan estaban probando una dieta vegana, así que no había nada de carne en la mesa, solo champiñones, berenjenas, calabaza asada, zanahorias y más cosas, todas cocinadas de maneras que nunca había probado. Cuesta creer que te pueda saciar un platazo de verduras, pero tras el sexto o el séptimo la comida se me salía por las orejas.
—Lucía, eres maga —le dije—. Si cocinases para mí todas las noches, me haría vegano en un santiamén.
—Gracias, Frank —contestó, y se volvió a sonrojar—. No olvides guardar sitio para el postre.
Durante la cena, mi hija fue la que más habló. Me enseñó el anillo de compromiso, un enorme diamante con forma de pera y engarzado en un círculo de oro vistoso, y me explicó que era una reliquia familiar y que había pertenecido a la abuela de Aidan. Y se emocionó muchísimo al hablar del banquete de boda. Sería «rústico» y «rural», con muchas flores silvestres y actividades al aire libre. De vez en cuando le echaba un vistazo a Aidan para ver cómo reaccionaba, pero parecía contento de dejar que hablase su prometida. Quedaba claro que Maggie iba al volante y él se limitaba a ser el copiloto. Supongo que muchos jóvenes se sienten igual ante sus bodas, pero yo quería que participase en la conversación.
—¿Y qué hay de la luna de miel? —pregunté—. ¿Os vais de viaje? —Aún no lo hemos decidido —respondió Aidan—. ¿Qué nos
sugieres?
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Le dije que a Colleen y a mí siempre nos habían gustado mucho los cruceros Carnival. De recién casados, hicimos un viaje de seis noches a las Bahamas y toda la tripulación nos trató como si fuéramos VIP. Intenté describirle todas las atracciones increíbles con las que contaba (los toboganes de agua, los masajes en pareja y las funciones teatrales dignas de Broadway), pero debí de haberme pasado demasiado tiempo parloteando porque reparé en que Maggie había dejado de escucharme. Miraba un mensaje en el Apple Watch. El estúpido cacharro se había pasado toda la cena sonando y pitando.
—Lo siento —dijo, y se levantó con brusquedad—. Tengo que hacer una llamada. Pasa algo en el trabajo.
—Son las ocho y media —contesté—. ¿Quién sigue trabajando a las ocho y media?
—Capaciti siempre está en marcha —comentó Aidan, y me di cuenta de que citaba el eslogan de la empresa, del anuncio de la Super Bowl—. Adelante, Margaret. No te preocupes por nosotros. Tu padre y yo pasaremos el rato.
—Cinco minutos —prometió, y luego le dio un beso rápido en la frente antes de entrar escopetada en el piso.
Aidan se acabó lo que le quedaba del Manhattan y luego, con un gesto, le pidió otro a Lucía. El cuarto ya, si no me equivocaba.
—¿Siempre es así? —le pregunté.
—Solo siete días a la semana —dijo, y se encogió de hombros de buena gana, como si ya hubiera aceptado los hábitos laborales de Maggie.
Y entonces la conversación acabó entre balbuceos. Probé suerte con un par de temas educados para que Aidan se animara a hablar. Le pregunté por su familia y por sus clases en MassArt, pero sus respuestas fueron breves y superficiales; pareció alegrase de sentarse en silencio y beberse el cóctel. Recuerdo que me sentí decepcionado cuando no me preguntó nada. Había esperado que tal vez quisiera conocerme un poco o, al menos, preguntar por la infancia de Maggie.
En vez de eso, nos limitamos a mirar la silueta de la ciudad en silencio hasta que Maggie volvió a la terraza con otra copa de vino.
—Es la última interrupción, lo prometo.
Aidan le preguntó si todo iba bien y ella se hundió en la silla.
—Todo irá bien.
—Quizá deberías darle la buena noticia a tu padre.
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Le apareció un rápido destello de pánico en los ojos y luego negó con la cabeza, con ganas.
—En demasiado pronto.
—Pero es tu padre…
—Lo sé, pero acordamos no decir nada.
Para entonces ya me había hecho una idea bastante clara de cuál podría ser la buena noticia de Maggie. Siempre que un hombre y una mujer, que llevan seis meses saliendo, van corriendo al altar, suele haber un solo motivo. Me puse la mano en el corazón, prometí que no se lo diría a nadie y luego me incliné adelante para que Maggie me susurrara la noticia.
—¿Cuál es el secreto?
Respiró hondo.
—Bueno, Capaciti va a abrir una división nueva dedicada al sector aeroespacial… y yo voy a formar parte del equipo.
—No vas a formar parte del equipo sin más —repuso Aidan—. Es un gran ascenso. Tendrá su propio equipo y todo.
Debí de parecer desconcertado, porque Maggie empezó a explicarme lo que significaba. Dijo que el mayor obstáculo para que los viajes aéreos fueran cien por cien eléctricos era lo mucho que pesaban las baterías de litio tradicionales. El verdadero milagro de la batería Miracle no era su increíble capacidad, sino que no pesaba casi nada. El plan era empezar con aviones pequeños que transportaban mercancías antes de expandirse a las principales aerolíneas y a los aviones de pasajeros.
—Y esto te va a encantar —me dijo—: ya estamos hablando con UPS. El mes pasado nos reunimos con Armando Castado y dijo que contásemos con él.
Madre del amor hermoso. Para una noche llena de sorpresas, esa se llevó la palma. Armando Castado empezó a trabajar en UPS en 1990, de mozo de almacén y de conductor de camión de paquetería, y acabó ascendiendo hasta convertirse en el consejero delegado. Nunca había conocido a nadie que lo hubiera visto en persona.
—¿Dices que has hablado con Armando Castado? ¿Estuvisteis juntos en la misma sala?
—Sí, y le dije que eras uno de los conductores del Círculo de Honor. Le impresionó mucho. Dijo que se acordaría de tu nombre. —Chasqueó los dedos—. ¿Sabes qué? ¡Nos hicimos una foto!
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Cogió el móvil y toqueteó la pantalla hasta que invocó la imagen y me la enseñó. Y sí, ahí estaba mi hija con Armando Castado y una docena de ejecutivos sonrientes.
—Es increíble, Maggie. —De repente, me subió todo el alcohol y me noté un poco agobiado—. Ni siquiera sé qué decir.
—Di que te alegras por mí —dijo—. Porque estoy contentísima, papá.
Y me alegro mucho de que vayas a venir a la boda.
Rodeó la mesa caminando para venir a mi lado, me dio un abrazo y no lo pude evitar, quizá se me escapase otro par de lágrimas. Aidan miró cortésmente a otro lado mientras yo me frotaba los ojos, y después Lucía trajo el café y, por supuesto, era el mejor café que había probado jamás.
Y la noche habría terminado por todo lo alto si no me hubiera parado, de camino a la puerta, para ir al baño. Lucía estaba en el cuarto de baño, así que Maggie me condujo por un pasillo corto al baño principal, al cual se accedía tanto por el pasillo como por el dormitorio contiguo.
—Te guardaré las sobras en un táper —me ofreció—. Nos vemos en la cocina.
El baño era tan grande que resultaba ridículo, más propio de una McMansión de Real Housewives. Tenía dos lavabos, un plato de ducha enorme y una bañera tamaño LeBron James. Usé el inodoro y luego fui a uno de los lavabos para lavarme las manos. Había todo tipo de productos cosméticos y de belleza extendidos por la repisa. Arcilla restauradora azteca. Pasta de dientes con sabor a carbón. Hilo dental de fibra de bambú. Me pasé un par de minutos examinando todo e intenté descifrar por qué pagarían más por la espuma de afeitar italiana de Acqua di Parma que por la clásica Barbasol, pero concluí que una parte importante de la nueva vida de Maggie me iba a resultar rara y desconocida, como el cepillo de dientes eléctrico y supermoderno que se cargaba al borde del lavabo con un cable USB.
Había acabado de husmear y estaba listo para irme cuando reparé en que el inodoro no dejaba de sonar. Esperé otro minuto a que el agua dejara de correr y supuse que ya había arreglado bastantes inodoros en la vida como para saber que pasaba algo. O bien la junta se había podrido y había que cambiarla o bien (y con suerte) solo había que bajar el flotador, porque eso era una reparación sencilla. Quité la tapa de porcelana, la puse a un lado y me di cuenta de que el problema era la válvula de entrada, ese manguito diminuto que conecta con el rebosadero. Se había soltado por
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algún motivo, así que la coloqué en su sitio y les ahorré a los chicos los cien dólares de la visita del fontanero.
Luego me dispuse a colocar la tapa y fue entonces cuando me fijé en una bolsa de plástico negro que había en la parte inferior, sujeta con muchas tiras de cinta americana. Era la misma clase de bolsa de plástico que encuentras en el cubo de la basura de la comida, la habían recortado y ajustado para formar un saquito. La toqué con el dedo y noté una cosa dura en el interior, del mismo tamaño y dimensiones que mi talonario.
Y entonces llamaron a la puerta, con fuerza e insistencia.
—¿Papá? —me preguntó Maggie—. ¿Va todo bien?
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El domingo por la mañana volví en coche a Pensilvania y me topé con el correo del sábado esperándome en el porche. Lo más destacable era un sobre pequeño, de color crema y con mi nombre y dirección escritas a mano, con una elegante caligrafía negra. Dentro del sobre había una tarjeta con el siguiente mensaje:
Errol y Catherine Gardner
le invitan con alegría a la boda
de su hijo, Aidan Gardner,
con Margaret Szatowski,
hija de Frank y Colleen Szatowski.
Sábado 23 de julio a las 15:00
La cala del Águila pescadora,
Carretera Estatal 1
Hopps Ferry (Nuevo Hampshire).
Tras el enlace, habrá un banquete
Apenas había acabado de leer la invitación cuando me sonó el móvil.
Era mi hermana, Tammy, y trinaba en voz cantarina y desafinada:
—We’re gooooo-ing to the chapel, and she’s gonnnnna get mar-ar-id[1]. ¡Es increíble, Frankie! ¡Estarás emocionadísimo!
—¿Te ha llegado la invitación?
—Sí, y me acaba de llamar Maggie. Dice que los dos habéis hecho las paces y que por fin volvéis a dirigiros la palabra.
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Tammy quería que le contara todo sobre la cena de Boston, pero no supe por dónde empezar. No dejaba de darle vueltas a la bolsa negra escondida en la cisterna del inodoro de Aidan. No podría haber echado un vistazo dentro de la bolsita sin haberla destrozado, así que me había limitado a dejarlo todo en su sitio, a colocar la tapa de porcelana en el retrete y a darme prisa en marcharme.
Pero me había pasado casi todo el viaje de vuelta a casa obsesionado con la bolsa y sus contenidos. Supuse que tenía que ser dinero. Me parece de sentido común tener a mano un poco de dinero en efectivo, para estar preparado por si hay una emergencia, pero ¿por qué demonios guardaría Aidan el dinero en la cisterna del inodoro? Era muchísimo más fácil esconder el dinero en un libro. O en un bote de harina. O en el bolsillo de una americana antigua que nunca te pones. La cisterna del retrete no tenía ningún sentido, a menos que intentase ocultárselo a Maggie, porque, a poco que conocieras a mi hija, sabías que nunca iba a abrir la cisterna del inodoro y a meter los dedos ahí.
—Bueno, ¿cuál es el veredicto? —preguntó Tammy—. ¿Nos cae bien este chico?
—Claro, Tam. No tiene mala pinta.
Se rio.
—Frankie, una pizza congelada de ShopRite «no tiene mala pinta». ¡Es el futuro marido de Maggie!
—La llama Margaret.
—Le gusta que la llamen Margaret. Suena más profesional. Trabaja en un sector con mucha presencia masculina.
—Me ha costado mucho ver de qué va Aidan. Ha sido educado, pero ha estado muy callado. No estoy seguro de haber conocido al verdadero Aidan.
—Quizá sí. Quizá el verdadero Aidan es educado pero muy callado. Te podría haber ido mucho peor, Frankie. Es mucho mejor que el Dr. Móvil, desde luego.
El Dr. Móvil (alias Oliver Dingham) era un tema espinoso para mi hermana y para mí porque seguíamos sin ponernos de acuerdo en lo que esa relación había significado para Maggie.
—No se iba a casar con Oliver Dingham, ni de broma.
—¡Exacto! Más motivos para apreciar a Aidan. Seguro que le ponía nervioso conocerte, nada más. Tienes un físico que intimida mucho y el
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pobre chaval se quiere casar con tu hija. Ponte en su lugar.
—No me tenía miedo, Tammy. Más bien no…, no le interesaba nada.
Intenté hablarle de la madre de Maggie y le importó un bledo.
—O quizá lo has malinterpretado —replicó.
Tammy se casó a los diecinueve años, se divorció a los veintiuno y nunca ha tenido hijos propios, pero se ha pasado la última década recibiendo a niños de acogida, así que se considera una experta en psicología paternofilial. Ninguno de los críos le ha durado más de un par de años y, desde luego, nunca ha hecho de madre para una mujer de veinticinco años, pero mi hermana cree tener derecho a darme consejos que no le he pedido.
—Frankie, te voy a decir una cosa. Siempre has sido duro con los novios de Maggie. Desde que era adolescente, desde que empezó a salir con chicos. Nunca ha habido nadie lo bastante bueno para tu hijita, pero no sé cómo vamos a encontrar a nadie mejor que este tipo. Es guapo, es inteligente, es un artista y posee ochenta mil acciones de Capaciti.
—¿Te lo ha dicho Maggie?
—Lo he leído en internet. Me he dedicado a buscar en Google a toda la familia. Pregúntame lo que quieras saber de Errol Gardner.
—Se va a casar con Aidan Gardner.
—De tal palo, tal astilla. Y Errol Gardner cuida de toda la familia. Cuida de todas sus hermanas, además de diez sobrinas y sobrinos. Institutos privados, ropa elegante y vacaciones en el Caribe. ¡Estos críos son como las Kardashian!
—No deberías espiarlos.
—Están todos en TikTok.
—Me da igual lo que digas. Como te pillen, va a ser muy vergonzoso. —Por favor, Frankie. Tengo tantos alias que jamás me atraparán. Solo compruebo que nuestra niña esté protegida. Por ejemplo, ¿sabes si va a
firmar un acuerdo prematrimonial?
Tuve que admitir que esa pregunta se me había pasado por la cabeza, sin duda, pero no había logrado reunir el valor de sacar el tema.
—No lo sé.
—Bueno, pues yo sí, porque se lo he preguntado.
—¿Y?
—Sigo una regla sencilla para vivir, hermanito: si no preguntas, no sacas nada. Así que, cuando me llamó Maggie, puse las cartas sobre la
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mesa. Le dije: «Cielo, seguro que Aidan es un tío genial, pero tienes que proteger tus intereses. ¿Vas a firmar una especie de acuerdo prematrimonial?».
—¿Y?
Tammy hizo una pausa dramática. A mi hermana no había nada que le gustara más que un cotilleo bien explosivo y prometedor. Se pasaba horas saboreándolo, desgranando cada detalle y examinándolo desde varios puntos de vista, como un perro que está toda la noche mordisqueando un muslo de pavo.
—¿No quieres adivinarlo?
—Imagino que no van a firmar nada y por eso estás tan emocionada. Tammy imitó el estruendo de un zumbido, como si yo acabara de
perder en un concurso de la tele.
—¡Falso! Sí han firmado un acuerdo prematrimonial, pero es el mejor tipo de acuerdo que hay. En caso de divorcio, sin importar las circunstancias, se reparten todos sus bienes al cincuenta por ciento.
—Eso es imposible, Tammy. —No sabía cuánto valían ochenta mil acciones de Capaciti, pero su valor tenía que ser estratosférico—. ¿Y por qué él iba a aceptar firmarlo?
—¡Porque está enamorado! ¡Hasta la médula! ¡Está coladito por ella! Hablaba como si fuera una noticia maravillosa y fantástica, pero a mí
no me hacía ninguna gracia. Le recordé que solo llevaban seis meses saliendo.
—¿Por qué tienen tanta prisa por casarse?
—Frankie, ¡cierra la boca! Como si ningún padre de todos los tiempos hubiera hecho esa pregunta. Se casa a la edad perfecta, con el chico perfecto ¡y ni siquiera tienes que pagar la boda! ¿Sabes cuántos padres matarían por estar en tu lugar?
Poco después de la llamada, Tammy me envió un largo correo electrónico con las pruebas que demostraban sus afirmaciones: enlaces a toda clase de páginas web de tecnología, artículos de periódicos, publicaciones en redes sociales y vídeos de YouTube. Leí bastante sobre los Gardner como para escribir la historia de la familia. Catherine Gardner (Riggins de soltera) nació en Houston y era nieta de un destacado petrolero de Texas. Se había criado en el meticuloso mundo de los cotillones y los bailes de presentación en sociedad y luego había ido a Wellesley College a estudiar Historia del Arte. Allí se enamoró de Errol Garner (y de Nueva
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Inglaterra) y, desde entonces, ha sido una reputada bostoniana que ha repartido su herencia entre diversas causas filantrópicas. Figuraba en las juntas de una docena de organizaciones benéficas y sin ánimo de lucro, de todo, desde el hospital infantil de Boston al acuario de Nueva Inglaterra.
Errol Gardner nació y se crio en «la ciudad obrera de Lowell (Massachusetts)» (según su biografía de la página web de Capaciti) y pasó dos años en Harvard antes de dejar los estudios en 1987 para lanzar Apollo, uno de los primeros proveedores de internet. Toda la financiación inicial provenía de su joven mujer y, siete años después, AOL compró la empresa por una suma no revelada, que se rumoreaba que ascendía a los cien millones de dólares. Desde entonces, Errol se había dedicado a trastear con las nuevas tecnologías, con todo, de páginas de venta en línea a dispositivos médicos. Por supuesto, Capaciti era lo más exitoso, con diferencia, y Errol era el consejero delegado y el mayor accionista de la empresa.
Era imposible leer todo eso y no sentirse intimidado. Quedaba claro que Errol y Catherine eran personas listas y exitosas, y me preocupaba que me tildaran de gorrón porque no iba a pagar nada del banquete. No podía permitirme dar una fiesta para trescientas personas, ni de broma, pero me fui convenciendo más y más de que tenía que hacer algo, tan solo para ir a la boda con el orgullo intacto.
De modo que, al día siguiente, llamé a Maggie y le pedí el número de teléfono de Errol Gardner. De inmediato, se mostró suspicaz.
—¿Por qué quieres su número?
—Quiero presentarme, ya que te vas a casar con su hijo. ¿No te parece razonable?
—Sí, pero…
—Y quiero aportar algo a la boda. Creo que debería pagar el alcohol. Tammy no era la única que hacía pesquisas en internet. Me había
puesto a mirar páginas web de bodas y todas avisaban de que el alcohol era lo más caro de los banquetes de boda. Encontré una calculadora en línea que me dejó poner el número de invitados (trescientos) y me dio un presupuesto estimado, entre cinco mil seiscientos y ocho mil dólares. Fue como si me dieran una patada en los huevos, pero llevaba mucho tiempo sin irme de vacaciones, así que me lo podía permitir. Sabía que los ocho mil dólares merecerían la pena para poder ir a la boda de mi hija con la
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cabeza bien alta. «Eh, mirad. Frank Szatowski invita a las copas, así que vamos a darle un buen aplauso».
—Papá, no puedes pagar el alcohol.
—Tendré que pagar algo. Lo tradicional es que el padre de la novia lo pague todo.
—Ya no estamos en el siglo XIX. Errol Gardner no aceptará ni un centavo tuyo.
—¿Por qué no?
—Porque está al tanto de tu situación financiera.
—¿A qué te refieres?
—No te pongas sensible. Sabe que, cuando era pequeña, no teníamos dinero.
—Pero ¡si te llevé a Disney World!
—Ya, vale…
—Nos alojamos en los hoteles de Disney, Maggie. ¿Sabes lo que cuesta desayunar con esos personajes?
—Papá…
—Y te pagué la universidad. No debes ni un centavo de deuda estudiantil. ¿Por qué le dijiste que no tenía dinero?
—Porque el dinero es relativo, papá. En comparación con Errol Gardner, no tienes dinero. A eso me refería.
—Pues sí tengo dinero y me quiero gastar un poco en la boda. Y ahora quisiera el número de teléfono de este señor, por favor.
—Bueno, verás, esa es otra cuestión. A Errol Gardner no lo puedes llamar por teléfono sin más. El tipo siempre está ocupado. Hasta sus ayudantes tienen ayudantes. Y esta semana está de viaje. Está en Yokohama. Se va a reunir con Isuzu.
Noté que, como no la interrumpiese, me daría otro millar de explicaciones de por qué llamar a Errol Gardner era sencillamente imposible.
—Maggie, solo le voy a robar diez minutos porque su hijo se va a casar con mi hija. Como no me des su número, voy a llamar a Capaciti para explicarles el problema y pedirles que me pongan con él.
La alternativa pareció horrorizarla y prometió conseguir que Errol me llamara dentro de cuarenta y ocho horas. Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en la oscuridad del salón; me bebía una Coors Light y veía cómo los Phillies perdían contra los Diamond-backs cuando me sonó el
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móvil. Era un número privado. Errol Gardner se disculpó por las horas, llamaba desde un aeropuerto de Osaka. Luego debió de oír el ruido de la televisión de fondo, porque me preguntó si lanzaba Zac Gallen. Le dije que sí, pero que no le hacía ningún bien al equipo. Resultó que a Errol le gustaba el béisbol, así que tuvimos algo en común de inmediato y me sentí más cómodo.
Se deshizo en halagos a «Margaret». La describió como lista, segura de sí misma y una «verdadera estrella emergente» de Capaciti.
—No paro de decirle a Aidan que le ha tocado la lotería. Esta chica es de las que no hay. Seguro que tuviste un montón de chicos llamando a la puerta durante el instituto.
—Los peores ni siquiera llamaban —le dije—. Se presentaban con sus coches y le mandaban un mensaje para que saliera.
Errol rio.
—¡Ah! ¡Cuánto lo habría odiado, Frank! ¡Habrá sido muy duro para ti! Supuse que debía devolverle todos los halagos y decir algo amable de mi futuro yerno, así que dije que Aidan era un artista talentoso con un gran
futuro por delante. Su padre se rio.
—Ha elegido una forma cruel de ganarse la vida, deja que te lo diga. A ver, ¿quiénes son los cinco pintores más importantes que hay en activo en Estados Unidos? Joder, dime uno solo.
Le confesé que no era la persona indicada a quien preguntar y que llevaba sin ir a un museo desde el instituto.
—Pues a eso me refiero, Frank. Si lees el New York Times, verás cientos de artículos sobre inteligencia artificial, terapia genética, nanotecnología y todas esas grandes innovaciones que cambian el mundo. Pintar cuadros no es una de ellas. Odio decirlo, pero ¡no le importan a nadie! Es un esfuerzo inútil, pero Aidan dice que es la pasión de su vida. ¿Y qué voy a hacer yo?
Creí que Errol era demasiado duro con su hijo. Le comenté que Aidan era valiente por labrarse su propio camino, por perseguir una carrera profesional lejos de la sombra de su padre.
—Mira, lo más duro de tener hijos, Frank, es que al final llegan a una edad en que ya no los puedes controlar. Van a tomar droga, a robar bancos o a pintar unos retratos raros y no podemos hacer una mierda al respecto. O los aceptamos tal y como son o perdemos el contacto, ¿verdad?
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Me pregunté cuánto le habría contado Maggie de los tres años que habíamos pasado sin hablarnos. No sabía si Errol sacaba el tema con tacto o si me había vuelto paranoico.
—¿Cómo está la señora Gardner? Maggie me habló de unos problemas de salud.
—Casi siempre está bien, pero hay un par de veces al mes que le dan unas migrañas espantosas. Es como si la hubiera atropellado un camión. Lo único que puede hacer es tumbarse en una habitación a oscuras y esperar a que se le pase. Pero la próxima semana vamos a ver a una especialista nueva del Mount Sinai y creo que lo va a superar antes del bodorrio.
En total, la llamada duró quince minutos, pero bastaron para darme una buena impresión de ese tipo. Errol era listo, divertido, de lo más generoso y no tenía pelos en la lengua. Cuando nos pusimos a hablar de la boda, me animó a invitar a todas las personas que quisiera. Dijo que en la cala del Águila pescadora (así se llamaba su campamento de Nuevo Hampshire) se podían hospedar unos cien invitados y que en los alrededores había moteles para todos los demás. Me pareció el momento perfecto para sacar a colación mi propuesta: le dije que era muy generoso por encargarse de la boda, pero insistí en pagar una parte.
—Quisiera pagar la barra libre.
—Ah, no, no, no, Frank. No te voy a dejar. Mi familia está llena de alcohólicos. Mis hermanas te dejarán en bancarrota.
—Quiero pagarlo, Errol. La cerveza, el vino, los tés helados Long Island y todo lo que quieran tus hermanas.
—Es demasiado dinero…
—Insisto…
—No, en absoluto…
—Por favor…
—Jamás…
Nos pasamos un par de minutos mareando la perdiz, dos hombres de mediana edad que se jugaban el orgullo y la dignidad. Errol sostenía que «no había forma de prever» cuánto alcohol haría falta, así que le hablé de la calculadora que había encontrado en internet. Me ofrecí a enviarle los ocho mil dólares para empezar y a pagar lo restante después de la boda. Al final, acordamos «ocho mil dólares, pero ni un centavo más» y, a la mañana siguiente, le envié un cheque a su despacho de Cambridge. Era un
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dineral, llevaba años sin gastarme tanto dinero y noté un escalofrío de orgullo al firmar el cheque. Sabía que era un dinero bien gastado. Me pareció una buena inversión en el futuro de mi hija.
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Las semanas pasaron deprisa. Aunque Maggie y los Gardner se encargaran de organizar todo, aún tenía muchas cosas en mi lista de tareas pendientes. Subí al ático y saqué mi viejo esmoquin. La última vez que me lo puse fue el día de mi boda, hacía unos veintiocho años. Ya no me valía, pero me lo pasé bien poniéndomelo y rebuscando en todos los bolsillos. Encontré una servilleta de aperitivo, manchada del pintalabios de Colleen, y me la guardé en la cartera para que me diera buena suerte.
Fui a Men’s Warehouse y alquilé un esmoquin de verano de color gris claro, con un chaleco y una pajarita a juego. El vendedor era un chaval joven y nervioso con el pelo rosa y piercings en las cejas. Estaba claro que trabajaba a comisión, así que lo escuché parlotear y dejé que me vendiera un surtido de nueve accesorios de lujo que incluía los zapatos, los gemelos y un pañuelo de bolsillo. Mi hijita se iba a casar y yo estaba de buen humor con el mundo entero.
Me puse a trabajar en el brindis para el banquete, que era mi única responsabilidad real para el fin de semana. Todas las páginas web de bodas decían que el discurso ideal debía durar noventa segundos. «Abre el corazón al hablar —me aconsejaban— y el discurso se escribirá por sí solo». De modo que intenté abrir el corazón al escribir y acabé con dieciocho páginas de notas. Había muchísimas cosas que quería decir y era incapaz de hallar una forma de comprimirlas todas en noventa segundos. Cada vez que me sentaba y me ponía a trabajar, el condenado discurso se alargaba más.
Mientras tanto, intenté proponerle planes a mi futuro yerno, con la esperanza de llegar a conocerlo un poco mejor. Quise comprar entradas
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para un partido de los Red Sox, pero Maggie me advirtió que a Aidan no le iban mucho los deportes, así que sugerí ir al museo de Bellas Artes de Boston.
—Me puedes hacer una visita guiada y enseñarme tus cuadros favoritos.
Aidan pareció agradecer la invitación, pero nunca conseguimos acordar una fecha. Cada vez que le proponía un fin de semana, me salía con un problema o una excusa y, tras el tercer o el cuarto intento, me di cuenta de que no quería ir. Intenté no tomármelo como algo personal. Aidan ya tenía un padrazo y no necesitaba otro. Y, dada la disparidad de nuestros contextos, supuse que era improbable que fuésemos a ser amigos.
Pero Maggie tampoco sacó tiempo para mí y eso sí me molestó. Ahora que nos volvíamos a hablar, me moría de ganas de recuperar el tiempo perdido. La llamaba de vez en cuando solo para ponernos al día, pero casi siempre me saltaba el buzón de voz. En las pocas ocasiones en que sí contestaba al teléfono, nuestras conversaciones apenas duraban un instante. Entre organizar la boda y todas las responsabilidades del trabajo nuevo en Capaciti, decía que se sentía abrumada.
—Pero pasaremos un montón de tiempo juntos en Nuevo Hampshire —me prometió—. Vas a venir el jueves, ¿no?
Ese era el plan. Aunque la ceremonia no empezaba hasta el sábado por la tarde, a la familia y a los amigos más cercanos nos invitaron a ir a la cala del Águila pescadora el jueves para disfrutar de tres días de comida, diversión y actividades a la orilla del lago. Maggie parecía tener ganas de enseñarme todo lo que ofrecía el campamento.
—¡Hasta podemos montar en canoa! —dijo—. Será igual que cuando íbamos de acampada con las scouts.
Le dije que tenía buena pinta y luego me inventé una excusa para colgar y que ella pudiera volver al trabajo. Para entonces, estábamos a mediados de julio y sabía que no faltaba mucho tiempo para verla. Me prometí que no la molestaría más hasta la boda… y estuve a punto de conseguirlo.
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La tarde antes de partir a Nuevo Hampshire, fui a Supercuts para que Vicky me cortara el pelo. Siempre lo llevaba bastante corto, así que nunca había mucho que cortar, pero Vicky trabajaba con cuidado y era meticulosa, de modo que solíamos tener bastante tiempo para charlar.
Ella y yo teníamos la misma edad, más o menos, pero te juro que la mujer no aparentaba superar los cuarenta años ni por un solo día. Tenía el pelo largo y oscuro, unos cálidos ojos marrones y una sonrisa que iluminaba la peluquería. Vicky siempre tenía un libro de la biblioteca en su puesto de trabajo y le encantaba hablar de lo que estuviera leyendo. Sus favoritos eran los romances históricos, así que te lo podía contar todo sobre los Tudor, los vikingos y la reina Cleopatra. La mayoría de esos libros tenían ochocientas páginas, pero cada vez que la veía tenía uno nuevo.
Vicky se había casado dos veces, se había divorciado dos veces y había decorado el espejo de su puesto de trabajo con fotos de dos niños sonrientes. Todd, el niño, la llenaba de orgullo y alegría. Vivía en Brooklyn con su marido y escribía para el Wall Street Journal. Janet, su hija, fue quien le rompió el corazón. Janet había muerto hacía un par de años de una sobredosis, pero seguía en el espejo junto a su hermano, posaba con motivo de Halloween, del baile de graduación y de la mañana de Navidad, porque era una parte importante de la vida de Vicky y siempre lo sería.
Durante los últimos meses, le había hablado a Vicky de mi distanciamiento de Maggie, de la reconciliación por sorpresa y de la boda inminente. Se le daba muy bien escuchar. No juzgaba a los demás y
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siempre hacía preguntas inteligentes y consideradas. Y, para serte sincero, se me había pasado por la cabeza invitar a Vicky a la boda… Hasta que me recordé a mí mismo que nunca la había visto fuera de la peluquería, así que la idea me resultaba un poco ridícula.
Esa tarde, le dedicó mucho más tiempo a mi pelo, porque sabía que iba a partir rumbo a Nuevo Hampshire por la mañana y dijo que quería dejarme hecho un pincel. Al acabar de cortarme el pelo, se acercó al vaporizador para coger una toalla caliente, me la colocó en la nuca y me faltó poco para derretirme. Se suponía que Vicky debía cobrarme un dólar más por ese servicio, pero nunca me lo pedía y, a veces, me preguntaba si eso significaba algo.
Le sonrió a mi reflejo del espejo.
—Tienes buen aspecto, Frank. Te lo vas a pasar en grande en la boda y me alegro muchísimo por ti.
Odié tener que levantarme de la silla, pero sabía que había clientes esperando, así que la seguí a la caja registradora para pagar la cuenta. Me solía cobrar dieciocho dólares e intenté darle los habituales veinticinco, pero se negó a cogerlos.
—Invita la casa.
—Ah, venga ya…
—Es mi regalo de boda. ¡Enhorabuena!
Puse los billetes en el mostrador y Vicky se limitó a empujarlos hacia mi mano. Era un gesto de lo más dulce. Volví a darle las gracias y salí al aparcamiento del centro comercial al aire libre. En el local de al lado había un restaurante Chipotle y dos adolescentes montaban en monopatín. Eran dos chicas con gorros de lana y camisas de franela, y hacían trucos en el bordillo. Me quedé mirándolas un momento, pensando, y luego volví a entrar.
El siguiente cliente de Vicky ya se había sentado. Era un crío pelirrojo de unos siete u ocho años, se había subido a un asiento elevador para niños y llevaba una capa de ovnis y platillos volantes. En el espejo, Vicky vio que me acercaba y se dio la vuelta, sorprendida.
—¿Qué se te ha olvidado?
—¿Quieres venir conmigo?
—¿Adónde?
—A Nuevo Hampshire.
—¿Mañana?
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—Lo siento, Vicky. Sé que es precipitado. Quise preguntártelo antes, pero no quería que te sintieras obligada.
—¿Y me lo dices ahora?
—Los Gardner tienen un casoplón y seguro que te dan una habitación para ti sola. Maggie dice que les sobra el espacio. Y creo que te van a caer bien, seguro que leen como locos.
El pequeñajo con la capa de la peluquería observó la reacción de Vicky en el espejo, de repente le interesó mucho ver qué me contestaba. Ella abrió el cajón de los juguetes y le puso un dinosaurio de plástico en las manos.
—Oye, Frank, sé que la boda es importante para ti. Y me siento halagadísima de que me invites, pero me toca trabajar…
—Ya…
—Y el fin de semana estamos hasta arriba de trabajo… —Claro, claro, claro…
—No puedo dejar tiradas a las demás.
—Por supuesto que no. Debería habértelo preguntado antes. Siento ser tan raro.
—No eres raro. Me alegro de que me invites y te juro, Frank, que es probable que aceptara si librara el fin de semana. —Se lo pensó un momento y añadió—: Y si tuviera el vestido adecuado. Y los zapatos. Y el regalo para los novios…
—Lo entiendo.
—Pero, mira, cuando vuelvas, saldremos a comer. Me podrás enseñar las fotos, porque quiero que me lo cuentes todo. —Vicky cogió la bandeja de las tarjetas de visita y me puso una en la mano—. Aquí tienes mi número, ¿vale?
Ya tenía cinco tarjetas de visita en casa, pegadas al frigorífico con imanes, pero aun así cogí la nueva. Prometí llamarla y dijo que me estaría esperando.
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Esa tarde, llegué al camino de acceso a casa sobre las ocho. Antes de entrar, me detuve junto al buzón y saqué la basura habitual: la propaganda de ShopRite, una invitación para unirme a la Asociación Estadounidense de Personas Jubiladas y las súplicas de dinero de una panoplia de ONG. Pero, cuando entré y dejé el correo en la encimera de la cocina, me fijé en un sobre grande que no tenía remitente. Parecía que habían escrito mi nombre y mi dirección con una antigua máquina de escribir manual y con la cinta desgastada. No había nada por lo que identificar al remitente, solo un sello con la bandera estadounidense y un matasellos de Hopps Ferry, en Nuevo Hampshire.
Abrí el frigorífico, cogí un botellín de Coors Light y me senté para abrir el sobre. En el interior había una hoja de papel con una fotografía de trece por dieciocho impresa en el centro. Me refiero a impresa en casa, con uno de esos cartuchos de tinta baratos que te dan gratis cuando te compras un ordenador nuevo. Los colores se veían apagados y desteñidos, pero la imagen quedaba clara. Eran un hombre y una mujer, ambos eran jóvenes y estaban delante de un lago. Por poco no reconocí a mi futuro yerno, porque Aidan tenía siete kilos más en la foto y lucía una sonrisa relajada y tranquila que nunca había exhibido durante la cena. Daba la impresión de que el fotógrafo lo había retratado mientras contaba una anécdota graciosa. La mujer no me sonaba de nada. Era joven, de la edad de Maggie, y llevaba unos shorts vaqueros y ajustados, y un top negro con bastante escote. Se reía de algo que quedaba fuera de plano y se inclinaba hacia Aidan, que le rodeaba la cintura con el brazo y le ponía una mano en la
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cadera. En la parte inferior de la página habían garabateado un mensaje a mano: «¿¿¿DÓNDE ESTÁ DAWN TAGGART???».
Y ya está. Cuatro palabras escritas con un rotulador negro. Rebusqué en el sobre y lo aplané bien con los dedos para comprobar si contenía alguna otra cosa.
No.
Abrí el botellín de cerveza, bebí un buen trago y examiné la fotografía. Hasta ese momento, tal vez habría tenido mis pequeñas reservas hacia Aidan. No me había creído la mierda de explicación del ojo morado y no me gustaban los secretos que escondía en la cisterna del inodoro, pero había sido fácil darle el beneficio de la duda. Había depositado toda mi buena fe en el juicio de mi hija. Maggie era una mujer lista, madura y responsable que no necesitaba que yo cuestionara sus decisiones.
Pero ahora…
«¿¿¿DÓNDE ESTÁ DAWN TAGGART???».
Intuí que Dawn Taggart era la chica con curvas que se reía en la fotografía, pero ¿qué pintaba Aidan a su lado?
¿Y quién me había enviado la foto?
Cogí el móvil y llamé a mi hija. Lo habitual era que me saltara el buzón de voz cuando la llamaba, pero esa noche, por lo que fuera, contestó al teléfono.
—Hola, papá. ¿Qué pasa?
—¿Cómo estás, Maggie?
—Bueno, faltan tres días para boda —dijo en un tono un tanto enervado, como si yo fuera tonto—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, pero me acaba de llegar por correo una carta rara. No es una carta, la verdad. Me han mandado una foto.
—¿Qué clase de foto?
—Es una fotografía de Aidan. Sale al lado de una chica. Delante de un lago. Y debajo han escrito «¿Dónde está Dawn Taggart?».
Se hizo el silencio, un silencio tan largo que empecé a creer que la llamada se había cortado.
—¿Maggie? ¿Sigues ahí?
—¿Qué más pone?
—Nada más. «¿Dónde está Dawn Taggart?». No sé quién es el remitente, pero el matasellos es de Hopps Ferry.
Maggie suspiró.
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—Increíble.
—¿Quién es Dawn Taggart?
—Papá, necesito que me hagas un favor. Necesito que cojas la carta y el sobre, que lo cojas todo y lo metas en una bolsa de plástico. En una bolsa con cierre deslizante. Y tráela mañana a Nuevo Hampshire. ¿Me haces el favor?
—¿Por qué?
Respiró hondo.
—Vale, mira. Debería habértelo contado antes porque es probable que lo oigas en la boda y parece importante, pero no es nada importante, ¿vale? Porque Aidan no está implicado. No tuvo nada que ver.
Me obligué a quedarme callado. Es una táctica que aprendí de mi mujer, Colleen: decía que, si querías que los niños te contaran las cosas, no podías interrumpirlos con un montón de preguntas. Tenías que cerrar el pico y dejar que hablaran.
—El año pasado, Aidan salió con una chica que desapareció. Se llama Dawn Taggart. En noviembre, se fue a hacer senderismo y nunca volvió. Nadie sabe adónde se fue.
Maggie dijo que no había muchos más detalles. Dawn llevaba toda la vida viviendo en Hopps Ferry y tenía veintitrés años en el momento en que desapareció. Los agentes de policía hallaron su coche en el aparcamiento de un parque estatal de Nuevo Hampshire, al lado de los baños públicos y del punto de partida del sendero. Las fuertes lluvias habían empapado la capa superior de la tierra y habían entorpecido el trabajo de los equipos de búsqueda y rescate. Nadie fue capaz de determinar si Dawn se había adentrado en el bosque para hacer senderismo o si se había subido a otro vehículo y se había marchado sin más.
—¿Y qué pinta Aidan en todo esto?
—Nada, a eso me refiero. La policía lo descartó de inmediato. El día que Dawn desapareció, Aidan estaba a trescientos kilómetros de allí, en Boston. Pero la madre de Dawn lo culpa a él.
—¿Por qué?
—¡Porque está loca de remate! Casi no conocía a la chica.
—Acabas de decir que salieron juntos.
—¡Solo una vez! Solo tuvieron una cita. No fue nada serio.
Miré la fotografía en la mesa. Aidan le rodeaba la cintura con el brazo a Dawn y le ponía la mano en la cadera. Parecían cómodos, como unos
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novios que han dejado atrás los torpes preliminares del comienzo del cortejo.
—Bueno, ¿y quién me la ha enviado?
—La madre de Dawn, probablemente. Se dedica a acosar a los Gardner y ahora te toca a ti. Por eso tienes que traerla mañana. Es una prueba que los Gardner les pueden dar a los abogados.
—¿Hay abogados de por medio?
—Pues claro, papá. Todo esto no es más que una estratagema para sacar dinero. La madre de Dawn quiere que los Gardner le paguen para que los deje en paz.
—¿Eso ha dicho? ¿De verdad les ha pedido dinero?
—Aún no, pero los abogados dicen que es el último paso. Créeme, papá, si vieras a esa mujer, lo entenderías. Está borracha todo el tiempo y va todo el día en bata. Y lleva un maquillaje espantoso y naranja, parece una tortita. Como la gente que sale en Dr. Phil.
—¿Quién?
—¿El reality show? ¿Con todos esos locos que se pelean en el plato? Esa mujer encajaría sin problema. Vive en el bosque, en una caravana.
Lo de Maggie tiene gracia: creo que a veces se olvida de que yo mismo me crie en una caravana, que muchos de mis amigos se criaron en caravanas y que nuestros padres no se parecían en nada a los locos que salen en los reality shows. La mayoría de nuestros vecinos eran personas decentes y trabajadoras que vivían con humildad y pagaban las facturas a tiempo.
—El caso es que lo único que le importa es el dinero —concluyó Maggie—. Así que tienes que traer la foto y dársela a Errol, ¿de acuerdo?
—Claro —asentí. No le hice demasiadas preguntas porque quería sonar comprensivo. Si la gente tomaba partido, no quería acabar en el bando equivocado—. ¿Y qué tal lo lleva Aidan?
—Para él, es difícil. Toda la familia se siente fatal. Hasta han contratado a su propio detective privado para buscar a Dawn y zanjar el asunto. Pero ¿sabes qué? El detective cree que Dawn se marchó adrede, para huir de su madre. Dice que, todos los años, seiscientas mil personas desaparecen en los Estados Unidos y muchas no quieren que las encuentren. Cree que es probable que Dawn sea camarera en Las Vegas o en Cayo Hueso. Estará a un millón de kilómetros de casa, pero sana y salva.
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Hablaba con una seguridad tremenda, como si fuera la versión definitiva de los hechos: una hipótesis que debería tomar por hechos. Pero aún me acordaba de cómo era ser joven y estar enamorado, de cómo la pasión me cegaba ante los peores defectos de mi mujer. Por ejemplo, siempre alardeaba de la destreza de Colleen para terminar las frases que yo había empezado, pero, después de casarnos, me daba la impresión de que Colleen no dejaba de interrumpirme. De modo que me preocupaba que Maggie tal vez no fuera objetiva al hablar de su prometido, pero no quería contradecirla, por supuesto, así que me callé las preocupaciones.
Después de hablar por teléfono, fui al ordenador, abrí Google y busqué «Dawn Taggart» y «Nuevo Hampshire». Encontré un artículo breve de un diario llamado Hopps Ferry Messenger, que hablaba de la desaparición más o menos igual que la había descrito Maggie. Habían dado con el Toyota Corolla de Dawn en el aparcamiento de un bosque estatal, pero su paradero seguía siendo desconocido. El artículo del periódico no mencionaba a Aidan Gardner, ni tampoco hablaban de él en ninguna otra página web, por lo que pude ver.
Guardé la fotografía y el sobre en una bolsa con cierre deslizante, según las instrucciones de mi hija. Luego me llevé la bolsa al dormitorio y la eché a la maleta. Estaba tan emocionado por el viaje que ya había guardado casi todo en ella. Les había sacado brillo a los zapatos Oxford negros, había metido el esmoquin en un portatrajes y hasta me había comprado un bañador nuevo porque Maggie dijo que el lago tenía playa. Me emocionaba ir a Nuevo Hampshire y conocer a mi nueva familia política. Me emocionaba acompañar a mi hija al altar, brindar con champán y bailar con la novia. Quería celebrar su matrimonio y desearles a los recién casados que vivieran felices y comieran perdices. Así que me obligué a aceptar la explicación de Maggie sobre el asunto de Dawn Taggart e ignoré la voz queda de mi cabeza que me decía que algo iba mal.
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Había puesto la alarma a las cinco de la mañana del jueves y me desperté a oscuras a las tres y media. Desde que Maggie y yo nos peleamos, había tenido problemas para dormir y, siempre que me pasaba la noche en vela, mis pensamientos daban paso a las preocupaciones y empezaba a catalogar todas las formas en que le he fallado a mi hija. A veces me pregunto si a otros padres también les ocurre. ¿Nunca te has pasado la noche dando vueltas de un lado a otro y reviviendo tus peores meteduras de pata como padre? Porque yo tendré unas doscientas.
Como la vez que fuimos en coche al parque de atracciones Busch Gardens por el séptimo cumpleaños de Maggie y se dejó al señor Panda Preciosín en un área de servicio. Llevábamos dos horas en la autopista cuando se dio cuenta de que lo había perdido, así que dar la vuelta le habría sumado cuatro horas más al viaje. Mi mujer y mi hija me suplicaron que volviera y todos acabamos compitiendo por ver quién gritaba más. No iba a echar a perder un día entero por un peluche de seis dólares. Le prometí a Maggie que le compraría un panda nuevo (¡uno más grande!) cuando llegásemos a Busch Gardens. Creí que se olvidaría del peluche en cuanto viera las gigantescas montañas rusas. En cambio, se pasó todo el fin de semana muerta de preocupación y convencida de que el señor Panda Preciosín había acabado en un cubo de basura, de que se asfixiaba bajo las servilletas grasientas y los envoltorios de hamburguesas manchados de kétchup. Mi hija apenas me habló durante el resto del fin de semana y el viaje fue un desastre. No creo que nunca me perdonara por el incidente y desde luego, yo nunca me lo perdoné.
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Pero, por cada anécdota espantosa como la del señor Panda Preciosín, te podría contar una docena de anécdotas en las sí hice algo bien Ayudé a Maggie a pintar su habitación cinco veces, porque siempre andaba descubriendo colores frescos y estéticas rompedoras. Le enseñe a tapar las ventanas con cinta de carrocero, a usar el rodillo y a evitar que la pintura goteara en las molduras. Le enseñé lo fundamental sobre defensa personal y me cercioré de que entendiera el poder devastador de darle una patada en las pelotas a un hombre. Y, como me ganaba la vida conduciendo, no dudes que ayudé a Maggie a sacarse el carné de conducir. Bordó el examen a la primera y la señora de Tráfico bromeó con que Maggie estaba lista para trabajar en UPS.
Intenté concentrarme en esos recuerdos felices y pensé que me ayudarían a conciliar el sueño. Aunque no lo creas, hubo una vez que Maggie sí confiaba en mí, cuando no le incomodaba compartir conmigo sus esperanzas, sueños y hasta secretos. Te pondré un ejemplo perfecto. Una vez, en noveno, Maggie parecía estar con el ánimo por los suelos. Se pasó enfurruñada toda la cena y, después de recoger la mesa, se fue a su habitación, cerró la puerta y puso a todo volumen unas canciones de Lana Del Rey sobre la muerte, morirse y las rupturas. Le pregunté si le pasaba algo y no soltó prenda. Así que, a la mañana siguiente, la llevé a Waffle House para sonsacarle algo.
Desayunar en Waffle House era nuestra pequeña traición. Mi mujer, Colleen, había trabajado allí y todas las camareras veteranas aún se acordaban de ella, así que siempre me trataban de lujo y todas mimaban a Maggie. Le rellenaban la bebida gratis, le daban ceras de colores extra y le traían casi todo lo que quisiera.
Esa mañana pedimos lo de siempre: un café caliente y una frittata para mí, y tortitas con fresas y nata montada para Maggie. Ninguno de los dos dijo gran cosa hasta que no nos trajeron la comida y, entonces, empecé a interrogarla.
—¿Qué tal el instituto?
—Bien.
—¿Te va bien en clase?
—Sí.
—¿Alguien se mete contigo?
—Nop.
—Porque te noto un poco rara.
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Se encogió de hombros.
—¿Seguro que nadie se mete contigo?
—Tú sí —dijo—. Deja de atosigarme, por favor.
Bueno, no lo había visto venir. Levanté las manos como si me rindiera y dejé de interrogarla, pero el silencio abrupto pareció entristecerla más.
—Todo va bien, papá. Relájate. —Se inclinó sobre la mesa y me susurró—: Es por la regla.
Hasta ese momento, no sabía que ya le había venido la regla. —¿Cuándo te vino la primera regla? —No sé. ¿En Navidad?
Era increíble. Habían pasado casi cuatro meses desde Navidad y había estado los dos últimos años preparándome para la ocasión. Hasta le había comprado un libro ilustrado que explicaba por qué le salía todo eso del cuerpo.
—¿Por qué no me lo has dicho?
Me hizo una seña para que bajara la voz.
—No quería darle mucha importancia.
—Pero ¡si es importantísimo! ¿Se lo has dicho a la tía Tammy? —Solo a mis amigas.
—¿Y las herramientas? ¿Dónde las has conseguido?
—Fui a CVS como una persona normal. Todas mis amigas la tienen, así que supe qué hacer.
Fue un momento típico de Maggie. Con los años, había visto cómo se volvía más y más independiente y ya salía del atolladero sin que la ayudáramos mi hermana y yo. Me quedé sorprendido, pero también orgullosísimo.
—Deberías dejar que te pague las herramientas —le dije—. No te las compres con la paga. Dime cuánto cuestan.
—Vale, pero tienes de dejar de llamarlas «herramientas». Son compresas.
—Te llevaré a Walmart —le prometí—. Vamos a comprar la caja de compresas más grande que haya.
Después de comer, llamé a la camarera y pedí la cuenta. Maggie me observó mientras calculaba la propina y contaba el dinero. Cuanto mayor se hacía, era mucho más consciente del precio de las cosas. Quizá comprarse sus propias compresas hubiera tenido algo que ver con eso.
—¿El veinticinco por ciento no es demasiado?
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—Sí, pero tu madre siempre daba esa propina. Decía que las camareras se lo merecían. Yo me quejaba y decía que tiraba el dinero.
—¿Y por qué sigues dando tanta propina?
Me encogí de hombros.
—Por si acaso nos está mirando. Creo que eso la haría feliz. —La señalé con el bolígrafo—. Y tú, con tu notición, seguro que la harías feliz. Estaría orgullosísima de ti, Maggie.
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Le dije a mi hermana que quería salir pronto y accedió a estar lista a las seis de la mañana. Tammy vivía en una urbanización de pisos llamada la Reserva, en Saddle Brook Crossing. Los pisos eran tranquilos, estaban limpios y llenos de personas que se ganaban la vida trabajando y se iban a dormir a horas decentes. Tenía un dúplex de dos habitaciones al que se entraba por la planta baja, justo al lado del aparcamiento.
Llamé al timbre y me abrió la puerta una niñita que llevaba una camiseta y unos pantalones cortos. Tendría unos nueve o diez años y llevaba el pelo rapado, como si acabara de completar el entrenamiento básico de Fort Jackson.
—Hola, señor Frank.
A muchos de los niños de acogida de mi hermana les cuesta pronunciar mi apellido, así que Tammy les dice que me llamen señor Frank, pero estaba seguro de que nunca había visto a esa chiquilla. Tenía un aspecto raro, la cara redonda y plana y los ojos demasiado separados, como si le hubieran aplastado los rasgos con un rodillo.
—¿Quién eres?
—Abigail Grimm, con dos emes. —Descorrió el pestillo de la mosquitera y la abrió de un empujón—. La señorita Tammy dice que es mejor que pase. Dice que aún no está lista.
El piso de mi hermana recuerda a una tienda de Hallmark abarrotada de cosas. Siempre enciende velas que huelen a vainilla o a las especias del pastel de calabaza, y tiene las paredes decoradas con un montón de citas enmarcadas: «Eres especial», «Cuando estás aquí, estás en casa» o «Siempre hay sitio en mi mesa». Son frases monas para ayudar a los niños
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de acogida a sentir que forman parte de una familia Pero se suponía que Tammy no iba a acoger a ninguno en todo el verano, había despejado la agenda con vistas a la boda de Maggie.
Abigail se repantigó en el sofá y volvió a concentrarse en la televisión. Veía el canal de las noticias locales de Allentown. A sus pies había una maleta negra y pequeña, idéntica a la mía. Era de mi mujer, pero se la había dado a mi hermana después de que Colleen falleciera. Y, al parecer, Tammy se la había dado a Abigail Grimm.
—¿Esperas a alguien? —le pregunté.
—¿Cómo dice?
—¿Van a venir a buscarte? ¿A llevarte a otra casa de acogida?
Se rascó el lateral de la cabeza, como un personaje perplejo de una tira cómica.
—La señorita Tammy no ha dicho nada de eso. Ha dicho que lo esperábamos a usted.
La niña no paró de rascarse el cuero cabelludo y de examinarse las yemas de los dedos, como si buscara restos de algo. Atravesé el salón y voceé por las escaleras para que se me oyera en el piso de arriba:
—¡Eh, señorita Tammy! ¿Puede bajar, por favor?
El techo tembló por unos pasos pesados. Sonaba como si mi hermana estuviera reordenando los muebles.
—Necesito cinco minutos —me respondió—. ¿Por qué has venido tan pronto?
—No es pronto.
—Sí, lo es.
—Tammy, te dije que quería salir a las seis, pero me tomé mi tiempo porque sabía que irías tarde. Son las seis y cuarto y aún no estás lista.
En el sofá, Abigail sonrió y me enseñó una boca llena de dientes retorcidos y amarillos.
—Tómate un café —contestó Tammy—. Está en la cocina.
No quería café. Teníamos un viaje de quinientos kilómetros por delante y no quería parar un montón de veces para ir al baño, así que me senté en el sofá y vi las noticias locales con Abigail Grimm. Se había quemado una casa de Allentown y dos hermanos habían muerto al inhalar humo. El presentador de las noticias explicó que cada día morían nueve estadounidenses en incendios accidentales. Entrevistaba a la única superviviente, una mujer de mediana edad que se tapaba con una manta
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térmica. La pobre mujer tenía la cara llena de hollín, cenizas y polvo, como si acabara de salir a rastras de los escombros, y le temblaba la voz.
—Es el peor día de mi vida —musitó sin dejar de temblar ni de sollozar—. Un día horroroso.
Miré a mi alrededor en busca del mando a distancia y descubrí que Abigail lo tenía en la mano.
—¿Puedes apagarla?
—¿Por qué?
—Porque es espantoso. No quiero verlo.
La mujer de la televisión se giró para mirar a cámara y me miró a los ojos, impotente.
—De hoy en adelante —dijo—, nada volverá a ser igual.
Abigail apagó la televisión, la pantalla se quedó negra y luego la chiquilla me miró expectante, como si fuera mi responsabilidad entretenerla. Pero yo me contentaba con quedarme sentado y esperar.
—Señor Frank, ¿quiere hacer pipí?
—No, gracias.
—Es más divertido si dice que sí.
—¿Qué?
—Es un chiste. Es más divertido si dice que sí.
—¿Sí?
Abigail negó con la cabeza, como si yo siguiera sin enterarme.
—Hay que volver a empezar, ¿vale? Atento: señor Frank, ¿quiere hacer pipí?
—Sí.
—¡Tres, coma, uno, cuatro, uno, cinco, nueve! —Rompió a reír antes de contar el chiste entero. Se tumbó en el sofá, se abrazó las rodillas y tembló de júbilo—. ¿Quiere más pi o así vale?
Llamé a voces a mi hermana, que seguía en el piso de arriba:
—¡Tammy! ¿Quieres hacer el favor de bajar?
—Me he aprendido de memoria las primeras treinta cifras de pi — explicó Abigail—, pero el chiste es más gracioso si solo dices cinco. Se lo voy a contar a Maggie cuando lleguemos a Nuevo Hampshire.
—¿Cómo?
—La señorita Tammy dice que Maggie tiene mucho sentido de humor. La maleta de mi hermana bajó las escaleras dando volteretas, rebotó por los escalones hasta que se estampó contra una pared y, después,
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Tammy bajó corriendo a por ella.
—¡Cuidado! —gritó, un poquito tarde.
Era baja, tenía forma de pera y el pelo moreno y rizado. Era, con diferencia, la persona más amable y maja que había conocido. Tammy trabajaba de auxiliar de enfermería a domicilio para una larga lista de pacientes ancianos y enfermos. Les preparaba la comida, les cambiaba la ropa, los mantenía avispados, les ponía a prueba la memoria, les ejercitaba los músculos cansados y les limpiaba cuando se lo hacían encima. Era un trabajo duro. Durísimo. Yo no aguantaría ni una semana en él, ni tú tampoco. Y, sinceramente, no sé cuánto tiempo aguantaría Tammy. Desde que cumplió los cincuenta, había parecido más y más cansada, como si el trabajo al fin le pasara factura.
Pero esa mañana Tammy era todo sonrisas y alegría.
—¡Buenos días, hermanito!
Llevaba una blusa azul con una mariposa blanca estampada, pantalones cargo de color beis y unas zapatillas Keds blancas e impolutas. Todo era ropa nueva que se había comprado para ese fin de semana. Siempre le había acomplejado su aspecto, así que no olvidé decirle que estaba estupenda.
—Gracias, Frankie. Bueno, ¿ya has conocido a Abigail? ¿Y te has enterado de la gran noticia? ¡Se viene con nosotros!
—Deberíamos hablar del tema. Es bastante tarde para invitar a más gente.
—Te lo habría dicho antes, pero acaba de llegar. ¡Y encima los del Departamento de Seguridad Nacional me la trajeron sin maleta! Sin cazadora y sin zapatillas, solo con la ropa que lleva puesta. Así que anoche nos pasamos tres horas comprando en Walmart… —La interrumpió un pitido suave de la cocina—. ¡Ah! Serán las magdalenas.
—¿Qué magdalenas?
—Nos he preparado el desayuno. Ven, échame una mano.
La seguí a la cocina. Tammy se puso un par de manoplas gigantes antes de meter las manos en el horno. Había preparado unas magdalenas perfectas: crujientes y doradas por arriba, y salpicadas de arándanos gordos y jugosos. Tammy pinchó una con un palillo y sonrió cuando lo sacó limpio.
—Estas pequeñajas están listas —declaró—. ¿Quieres una o dos?
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Ignoré la pregunta y cerré la puerta corrediza que separaba la cocina del salón.
—Escúchame, Tammy. No puedes llevar a esa niña a la boda.
—No tengo elección, Frankie. A Hortensia no le quedaba otra y me lo pidió. Tenía a una familia lista para acogerla, pero la dejaron tirada en el último momento.
—¿Por qué?
—Porque la gente es imbécil, Frankie. A Abigail no le pasa nada. Tan solo es una chiquilla dulce que lo ha pasado mal.
Mi hermana dice lo mismo de todos los niños de acogida que entran por la puerta, hasta de los peores casos. Como Emmalou, la cría que se cagó en mi bañera porque le daban miedo los «váteres de hombres». O Michael Jackson (en serio, los padres eran unos genios y le pusieron a su hijo Michael Jackson), un niño de sexto al que no se le podía dejar solo con objetos punzantes. Una noche descubrió las chinchetas de Tammy y tuvimos que llamar a una ambulancia. El caso es que Tammy nunca trae a casa a Annie la huerfanita para que venga cantando «el sol brillará mañana». Se especializa en acoger de urgencia a niños durante temporadas breves, lo que significa que muchos de los críos huyen de situaciones de lo más peligrosas. Son hijos de drogadictos, delincuentes, supremacistas blancos y cosas peores. Muchos se criaron en la pobreza y una cantidad alarmante ha sufrido abusos sexuales. Aun así, Tammy siempre asegura que no le pasa nada a ninguno.
Y entendía a lo que se refería, pero también has de entender mi punto de vista, ¿vale? La boda era importantísima para mí y no quería que el gran corazón tontorrón de Tammy la arruinase.
—Por favor, sé sincera conmigo —le pedí—. ¿Por qué no la ha acogido la otra familia?
—Tiene un poquitín de pediculosis. —Me quedé mirando a mi hermana hasta que me aclaró qué significaba—: Tiene piojos.
—¡Joder, Tammy!
—Ya le han dado el tratamiento.
—Me da igual. ¡Se trata de mi familia política!
—Las liendres ya se le han secado del todo. Si le salen más, las veré enseguida y les echaré mayonesa.
Me apreté los dos lados de la cabeza con las manos para que no me explotase.
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—Tammy, por favor, ¿has oído lo que dices? No vamos a llevar mayonesa a la boda. Es imposible.
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? No tengo elección. Ya la he acogido. Así que o me la llevo o no voy a la boda, y no pienso perderme la boda. Maggie es mi sobrina. También es de mi familia.
Noté un destello de inspiración, y se me ocurrió una escapatoria desesperada y de última hora:
—Pero la boda es en Nuevo Hampshire —le recordé—. ¿No es ilegal sacar del estado a los niños de acogida?
—Sí, lo suele ser, pero Hortensia nos ha dado un permiso especial. Lo ha firmado su jefe. Mientras regresemos el domingo, todos harán la vista gorda.
—Pero, si algo va mal, no volverás a acoger a ningún niño. Perderás el certificado. Me parece increíble que estés dispuesta a correr el riesgo.
Envolvió una magdalena en un trozo de papel de cocina y me la puso en la mano.
—Si supieras por lo que ha pasado Abigail, lo entenderías. La pobre criatura las ha pasado canutas…
Alcé las manos para interrumpirla.
—No quiero saberlo. Vamos tarde.
—Pues seré breve, Frankie. Estuve a tu lado cuando Colleen falleció, ¿te acuerdas? Te ayudé con Maggie durante todo el instituto. Mientras estabas ocupado ganando dinero, llevé a la niña a todos los sitios que hizo falta. Y cuando os peleasteis, nunca te lo eché en cara. Nunca te abandoné. Y ahora necesito que me hagas un favor, importante para mí. ¿Me puedes hacer el favor?
Me sentí como un capullo integral por haberla obligado a que me lo pidiese. Por supuesto que podía hacerle el favor. Después de todos los modos en que me había ayudado, me pasaría el resto de vida saldando la deuda que tenía con ella.
—De acuerdo, Tammy. Lo siento. Anoche no dormí mucho.
—Ya lo veo. Pareces muy cansado. —Luego abrió el frigorífico y me pasó un tarro de mayonesa—. Mételo en mi maleta, ¿vale?
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Teníamos todos los ingredientes para un viaje por carretera perfecto: cielos azules y despejados, nubles blancas y esponjosas, tres carriles de tráfico fluido y un jeep Wrangler recién revisado y con el depósito lleno de gasolina. Tammy era una buena compañera de viaje, sabía cómo leer un mapa, elegía emisoras de radio que sabía que yo soportaría y había preparado una neverita con refrescos, algo de picoteo, barritas de energía, Tylenol, caramelos, clínex, toallitas y todo lo que nos pudiera hacer falta.
El problema era doña Charlatana, en el asiento trasero. En general, mi hermana acogía a dos clases distintas de niños. La primera nunca decía ni una palabra. Gracias a una combinación de mala suerte, malos padres y varios tipos de traumas, habían aprendido a cerrar la boca y solo hablaban cuando les dirigías la palabra. No te hacían ninguna pregunta ni te ofrecían información, como si temieran que la menor sílaba errónea fuese a propiciar un desastre.
Quedaba claro que Abigail pertenecía a la segunda categoría. Eran críos que no se callaban ni debajo del agua. Siempre hablaban siempre te contaban cosas y siempre intentaban ganarse tu atención y cariño. Esos niños parecían más felices que los callados, pero Tammy me advirtió que las apariencias engañan. Afirmaba que los niños parlanchines estaban igual de traumatizados y a veces incluso más. Tan solo se les daba mejor esconder el dolor.
Abigail tenía mil preguntas sobre Maggie y Aidan: ¿Cuántos años tenían? ¿Dónde se conocieron? ¿Cuándo supieron que estaban destinados a pasar juntos el resto de la vida? Tras una hora de preguntas y respuestas, suspiré largo y tendido e intenté sugerir que ya estaba bien, pero la niña no
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se calló: ¿A cuántas personas habían invitado? ¿Qué tipo de tarta nos iban a dar? ¿Habría música en directo en el banquete? Comprobaba las respuestas en un libro enorme que llevaba en el regazo: La guía completa del protocolo nupcial de lady Evelyn. Mi hermana había encontrado un ejemplar de segunda mano por un dólar en un mercadillo de la biblioteca y había animado a Abigail a que se lo estudiara para que supiera cómo comportarse en la boda. La novia de la cubierta parecía sacada de 1965, el libro tenía las páginas quebradizas y amarillentas y apestaba a leche agria.
—¿Va a acompañar a Maggie al altar?
—Sí.
—Tiene que ponerse a su izquierda, señor Frank. Si va a la derecha de la novia, da mala suerte.
Miré de reojo a mi hermana.
—¿Es verdad?
Se encogió de hombros.
—Si lo dice lady Evelyn…
Abigail se inclinó sobre el libro con un lápiz afilado y subrayó un fragmento clave.
—Debería leerse el capítulo siete. Hay una lista de cosas que los padres deben y no deben hacer. ¿Le digo una cosa de la lista?
—No, gracias.
Hice ademán de subir la radio, pero Tammy me dio un manotazo —A mí sí me apetece —declaró—. Seguro que hay buenos consejos. —Dígale a su hija lo guapa que está —leyó Abigail—. No critique a su
futuro yerno. Intente concentrarse en sus cualidades positivas.
—Estoy en ello —afirmé, pero Tammy soltó un «mmm», como si no lo tuviera muy claro.
—Mantenga una conversación amistosa e inteligente con su nueva familia política. No hable de temas polémicos, como los padecimientos de los negritos.
—¡Joder, Tammy! ¿De qué año es ese libro?
—Cielo, esa palabra ya no se dice. Es ofensiva. —Después, Tammy pasó a explicar que, aun así, el consejo era certero—: Es mejor hablar de temas tranquilos, como de recetas y del horóscopo.
—Esto no lo entiendo —dijo Abigail—. Si la familia de la novia se encarga de la boda, ¿por qué vamos a Nuevo Hampshire? ¿Por qué no viene a vernos la familia de Aidan?
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—Maggie lo prefiere así —dijo Tammy—. Ha organizado la boda sin nuestra ayuda.
—¿Por qué?
—Es una larga historia, cielo. El resumen es que los Gardner lo pagan todo.
Miré a Abigail por el espejo retrovisor.
—Yo pago el alcohol —le comenté—. Cuesta ocho mil dólares —¿Ocho mil? ¿En serio?
—¿A que es mucho dinero? El alcohol es lo más caro de la boda pero yo me encargo.
—Debe de ser rico, señor Frank.
Tammy bufó.
—No es rico.
—Tampoco me va mal.
—Mira, cielo —dijo Tammy—, Aidan es rico. Y el padre de Aidan es superrico. Pero el señor Frank y yo solo somos de clase media.
—¿Como por la mitad?
—Exacto. Hay gente que tiene más y gente que tiene menos. Nosotros estamos justo en el medio.
—Quiero ser superrica —declaró Abigail—. ¿Cómo se hizo superrico el padre de Aidan?
—Se esforzó mucho en el colegio —dijo Tammy—. Sacó buenas notas en Ciencias y Matemáticas, luego fue a Harvard y después montó su propia empresa.
—Con el dinero de su mujer —añadí.
—¿Y eso qué más da, Frankie? ¿Por qué lo dices?
—Porque es verdad. Todos actúan como si fuera un milmillonario increíble, pero la verdad es que se sirvió del dinero de su mujer para empezar. Su familia es rica de la leche. Su abuelo construyó plataformas petrolíferas.
—Vale, Frankie, tienes razón. Como la mayoría de los matrimonios, Errol y Catherine compartieron el dinero y luego Errol lo invirtió y ganó más dinero.
—¿Cuánto? —preguntó Abigail.
—Montones y montones —dijo Tammy—. Tienen más que todas las personas que conoces juntas. Pero a lo que voy es a que, si te esfuerzas
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mucho, puedes tener lo mismo que ellos. No hagas el ganso en el colegio, como Frankie y yo.
Dios, me estaba poniendo de los nervios.
—Yo no me dediqué a hacer el ganso en el colegio, Tammy. ¿A qué viene eso?
—Me refería a que tampoco ibas a ir a Harvard.
—¿Y yo sí puedo ir a Harvard? —preguntó Abigail.
—¡Sí! A eso voy. Todo lo que necesitas es esforzarte. —Tammy rebuscó en la neverita, sacó una bolsa de galletas Goldfish y se la pasó a Abigail—. Y no te olvides de venir a visitarme cuando seas rica y famosa. Acuérdate de que cuidé de ti. Y luego llévame a dar una vuelta en tu limusina extralarga, ¿vale?
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Maggie nos había indicado que llegásemos a las doce y media para comer, pero no entramos en Nuevo Hampshire hasta las once, así que sabía que tenía que darme prisa. Seguimos por la autopista interestatal 93, atravesamos la región de los lagos y luego salimos a una carretera más pequeña, de dos carriles. La carretera atravesaba unas zonas boscosas, grandes y preciosas (kilómetros de pinos blancos, arces rojos y falsos abetos) y, cada diez minutos o así, aparecía un pueblo. Gasolineras, bares deportivos, tiendas de vapers, comercios de pesca y tenderetes que vendían sus productos junto a la carretera. La mayoría de los habitantes tenían pilas de leña en los jardines delanteros, las vendían de acuerdo con el honorable sistema de cinco dólares por un montoncito.
El GPS no tardó en decir que nos faltaban tres cuartos de hora para llegar a nuestro destino. Estaba cansado de conducir y listo para estirar las piernas, pero también nervioso por llegar a la cala del Águila pescadora y agradecido por los muchos kilómetros que aún faltaban. Pasamos junto a una furgoneta averiada en el arcén. Tenía el capó abierto y salía un humo blanco, pero no había ni rastro del conductor ni de los pasajeros, como si los viajeros se hubieran volatilizado sin más. Me recordó a la mujer que había visto esa mañana en las noticias, la señora tapada con la manta térmica que había perdido todo en un incendio.
Tammy me puso la mano en el brazo.
—No te pongas nervioso.
—No estoy nervioso.
—Te estás rompiendo las uñas, Frankie. Solo lo haces cuando te pones nervioso.
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Vale, quizá estaba un pelín nervioso. Durante los últimos dos meses, la idea de conocer a Errol, a Catherine y a sus trescientos amigos era un concepto abstracto, pero estaba a punto de suceder y no me sentía preparado.
—Esta mañana salió un incendio en las noticias —le conté—. La casa de una mujer se había quemado hasta los cimientos. Ella estaba encima de un montón de escombros y decía unas cosas espantosas. —«Es el peor día de mi vida». «Un día horroroso». «De hoy en adelante, nada volverá a ser igual»—. Y, por cómo miraba a la cámara, era como si me hablase a mí. Como un mal augurio.
—Son los nervios preboda —respondió Tammy—, y son de lo más normales. A mí también me pasa, Frankie. Nunca he ido a un campamento de verano. No tengo ni idea de dónde nos tocará dormir. Y estoy segura de que toda esta humedad no le va a sentar bien a mi pelo, pero tenemos que ir y ser nosotros mismos. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
Mi mayor temor era hacer o decir una cosa de la que Maggie se avergonzara, una cosa que echase a perder su fin de semana especial y acabara con la oportunidad de que nos reconciliásemos. Me preocupaba no encajar y no causarles una buena impresión a sus amigos y su familia nueva. Me preocupaba llevar a una niña de acogida con los dientes amarillos y piojos en la cabeza.
Pero entonces miré el espejo retrovisor y vi que Abigail esperaba a que le diera una explicación.
—No quiero hablar más del tema.
—Te irá bien —aseguró Tammy—. A todo el mundo le cae bien el padre de la novia. Es automático: te conviertes en un VIP y no tienes que hacer nada. Limítate a sonreírle a tu hija y a derramar un par de lagrimitas.
Justo antes de las doce y media, coronamos una colina grande desde donde se veía el campo a nuestro alrededor. Las montañas Blancas estaban en el horizonte y había un lago de color azul brillante, salpicado de veleros, kayaks y canoas. Después, un cartel de madera nos dio la bienvenida al pueblo histórico de Hopps Ferry fundado en 1903. Pasamos junto a una oficina de correos, una barbería y varios locales comerciales vacíos con los escaparates sucios. «Se traspasa». «Se alquila». «Ya disponible». Al contrario que los pueblos anteriores, este había vivido tiempos mejores.
Tammy bajó la ventanilla para echar un vistazo.
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—¿Podemos parar para ir al baño? —Nos faltan diez minutos para llegar.
—Por eso quiero parar. No quiero plantarme en su casa e ir corriendo al baño. Es vergonzoso.
Pero todas las tiendas parecían vacías. Pasamos junto a un parque de bomberos que anunciaba una cena de alubias y jamón el miércoles por la noche («Veteranos gratis, los demás a seis dólares») y a un taller de motores fueraborda, y por fin llegamos a un restaurante junto a la carretera, que tenía el porche lleno de mecedoras y dameros. Era como un restaurante Cracker Barrel, pero auténtico. Se llamaba Mom and Dad’s y el cartel prometía cerveza fría y sándwiches recién hechos. Paré en el aparcamiento abarrotado y apagué el motor
—Vuelvo enseguida —dijo Tammy, y Abigail se levantó de un salto del asiento trasero y la siguió.
Observé cómo las dos cruzaban el aparcamiento y luego salí a estirar las piernas. Me acerqué al porche cubierto, pero reparé en que había un hombre en una de las mecedoras y me lo pensé mejor. Estaba más nervioso que nunca, me faltaban diez minutos para conocer a mi nueva familia política y no tenía ganas de charlar con desconocidos.
Así que me dirigí al tablón de anuncios que había en el borde del aparcamiento, que rezaba «Anuncios de la comunidad» y estaba lleno de cartelitos. Había anuncios de mercadillos de segunda mano, de coches usados, de canguros que ofertaban sus servicios, de gangas en cartuchos de tinta recargables, de muebles para bebés y de masajes a domicilio. Y, debajo del todo, había un anuncio sobre una mujer que había desaparecido y se llamaba Dawn Taggart. De veintitrés años, uno sesenta y dos, cuarenta y ocho kilos, pelo castaño y ojos marrones. La última vez que la vieron fue el tres de noviembre. Ofrecían una recompensa de trescientos dólares por cualquier detalle relativo a su desaparición. La mitad inferior del anuncio se había desprendido y arrugado con la brisa. La aplané para ver mejor la fotografía, un primer plano de la cara de Dawn. Parecía orgullosa, guapa y desafiante. La clase de chica que es una luchadora.
Oí unos pasos que se me acercaban y me di la vuelta. El hombre del porche bajaba por las escaleras. Tenía mi edad, cincuenta o cincuenta y cinco años, llevaba pantalones vaqueros y una camiseta negra con la bandera estadounidense estampada. En la mano llevaba una lata grande de
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Coors Light, que estaba abierta y tenía una pegatina naranja que rezaba «Pagada».
—¿La ha visto?
Negué con la cabeza.
—No soy de por aquí.
—Ya lo sé, por su matrícula, pero parece que la ha reconocido.
—No, nunca la había visto. —Lo cual era verdad, técnicamente, pues nunca había visto a Dawn Taggart en carne y hueso—. ¿Usted la conocía?
—Es mi sobrina.
—Lo siento, es horroroso.
—Es un fallo de la justicia, eso es lo que es. —Parecía listo para explicármelo, pero se calló y me tendió la mano—. Soy Brody Taggart.
—Frank.
—¿Qué te trae a Hopps Ferry?
Le dije que iba a una reunión familiar. Tenía la incómoda sensación de que decirle la verdad tal vez no fuera una buena idea.
—¿Con su mujer y su hijo?
—En realidad, es mi hermana. Y la niña que ha acogido.
Brody hizo una pausa para sopesar la información, como si no le cuadrara.
—Me da que hoy en día se ven todo tipo de mujeres. Pero Dawn, ¿mi sobrina? Llevaba el pelo largo. Era la típica chica estadounidense, muy femenina. Nunca desperdiciaba la ocasión de arreglarse, aunque fuera solo para ir al Burger King.
Brody soltó la lata de cerveza y comenzó a reordenar los anuncios del tablón. Arrancó los anuncios antiguos del picnic y del lavacoches benéfico de la iglesia y luego, con las manos temblorosas, puso el de Dawn en el centro del tablón, donde no le pasaría desapercibido a nadie, y le clavó chinchetas en las cuatro esquinas. Estaba claro que estaba ebrio y no eran ni las doce y media.
—Cuando este país funcionaba como Dios manda —prosiguió—, podías solucionar este tema en una tarde. Cogías a tus amigos, llamabas a unas cuantas puertas y averiguabas la verdad bastante rápido. Pero hoy en día no puedes contar con nadie. Hay demasiado dinero en juego. Abogados, polis y mercenarios. Todos quieren un pedazo del pastel. ¿Sabes lo que te digo? Hoy en día, si tienes suficiente pasta, te sales con la tuya. Puedes coger a una chica inocente y preciosa y… —Chasqueó los
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dedos y luego me enseñó la palma vacía, como un mago cuando hace desaparecer una moneda—. ¡Puf! Ha desaparecido.
La puerta del restaurante se abrió con un ligero tintineo y salieron mi hermana y Abigail. No me vieron hasta que bajaron las escaleras y, después, Tammy se giró hacia mí mientras agitaba un periódico, emocionada.
—¡Dios mío, Frankie! ¡Es increíble! Mira lo que he encontrado ahí dentro. Les he dicho quién era y a qué hemos venido ¡y me lo han dado gratis!
Me enseñó un pequeño periódico local, de dieciséis páginas finas en blanco y negro. El Hopps Ferry Messenger. Y, justo en primera plana, salía la fotografía del compromiso de Maggie con mi futuro yerno. El titular rezaba «Aidan Gardner se casa con Margaret Szatowski».
—Nuestra hijita —proclamó Tammy—. Hablan de ella como si fuera Meghan Markle. ¿A que es increíble? Y también sale tu nombre, Frankie, ¡mira!
—Ya lo leeré luego, Tammy. Deberíamos irnos.
Intenté guiarla hacia el jeep, pero ya era demasiado tarde. Brody se plantó delante de mí, se me acercó tanto que le vi la caspa del pelo y los vasos sanguíneos, rojos y serpenteantes, de los ojos inyectados en sangre.
—Esperad, quietos. ¿Conocéis a los Gardner?
—Nunca nos hemos visto.
—¡Frankie, por favor! ¡No seas modesto! —dijo Tammy—. ¡Prácticamente somos familia! —Alzó el periódico para que Brody lo viera por sí mismo y consiguió que se concentrara en una línea del tercer párrafo—. Escucha: «La novia es la hija de Frank Szatowski, veterano del ejército estadounidense y empleado de United Parcel Service desde hace veintiséis años».
Brody se giró hacia mí, incrédulo.
—¿Dejas que tu hija se case con Aidan Gardner? ¿Te has vuelto loco, joder?
A Abigail se le cortó la respiración. Era imposible que fuera la primera vez que oía una palabrota; creo que se asustó porque el hombre sonaba desatado. Le toqué el hombro con la mano y le indiqué a la niña, con delicadeza, que se pusiera detrás de mí.
—¿No sabes nada de esta familia? ¿Sabes de cuántas mierdas malvadas son responsables?
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Tammy estaba de lo más desconcertada.
—¿Hacéis el favor de decirme qué diablos pasa? ¿Quién eres tú? ¿Y qué derecho tienes a decir estas cosas horribles?
Brody arrancó del tablón el anuncio de la persona desaparecida y se lo puso a Tammy delante de las narices.
—Es mi sobrina. Se quedó embarazada de Aidan Gardner y él la mató.
—¿Embarazada? —repitió Tammy.
La puerta del restaurante se abrió y salió al porche un hombretón barbudo con un mandil blanco y grasiento.
—¡Déjalos en paz, Brody! Deja que se marchen.
—Es un país libre —le contestó Brody—. Diré lo que me dé la real gana.
El hombre bajó por las escaleras y comenzó a desatarse el mandil. —No. En mi aparcamiento, no. Quiero que te largues y no te lo voy a
volver a pedir, ¿me entiendes?
Brody retrocedió por la gravilla mientras levantaba las manos como si dijera «Eh, tranquilo. Cálmate». Se marchaba caminando, pero se negaba a cerrar el pico:
—No tenéis ni idea de dónde os habéis metido. Os creéis que Aidan es don Maravillas. Todos se comportan como si fuera el príncipe Encantador, pero tenéis que creerme: es el príncipe de las putas Tinieblas.
—Ya vale, Brody…
—Mira el anuncio —le soltó a Tammy—. Mira la cara de mi sobrina. Fue al campamento a pedirle ayuda a Aidan, un poquito de ayuda económica, y fue la última vez que la vimos. La mató…
—No… —murmuró Tammy.
—… Y enterró el cadáver en el campamento. Está allí, en esa finca. Te lo aseguro.
—Cierra el pico, Brody. ¡Cállate ya!
—¿Qué te dice el instinto? —exclamó Brody—. En el fondo, sabes que al chaval le pasa algo. Algo va mal. Se le ve la culpa en los ojos…
Le interrumpió el chirrido de unos frenos y Brody se volvió justo a tiempo de ver la calandra de un coche patrulla que se dirigía hacia él. Con las prisas por marcharse, se había metido en la carretera sin darse cuenta. Entre las nubes de humo gris, el parachoques delantero se detuvo a unos centímetros de las rodillas de Brody. Se rio como un maníaco como si acabase de suceder una especie de milagro estrambótico.
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—¿Ves, Frank? ¿Ves lo rápido que han venido? ¿En menos de un minuto? ¿Cuándo has visto que llegue la policía en menos de un minuto?
Un agente de uniforme abrió la portezuela y bajó del coche.
—¿Qué problema hay? ¿Por qué se ha metido en el tráfico de la carretera?
Brody no dejó de alejarse hasta que llegó al otro lado de la carretera, a una arboleda de pinos, amplia y extensa.
—Os lo advierto: no tenéis ni idea de dónde os habéis metido.
El policía avanzó hacia él y Brody por fin nos dio la espalda, entró cojeando en el bosque y bajó a una especie de valle hasta que dejamos de verlo. Para entonces, ya se había congregado un puñado de vehículos detrás del coche patrulla, a la espera de que los dejaran pasar. El agente nos hizo un gesto de disculpa antes de volver al coche y marcharse.
Tammy seguía sin dejar de mirar el bosque, como si esperase que Brody emergiera y continuase con su diatriba.
—¿A qué ha venido eso?
—Siento que tuvieran que oír todo eso —se lamentó el hombre del delantal—. Brody es el tonto del pueblo.
—¿Adónde va?
—Vive en el valle, con su hermana. Tiene una caravana junto al arroyo Alpine.
Tammy aún no había soltado el anuncio de la persona desaparecida. Yo no le había hablado de la fotografía que me habían enviado por correo ni de mi conversación con Maggie.
—¿Quién es Dawn Taggart? —preguntó.
—La sobrina de Brody. Yo la conocía un poco. Buena chica. Muy dulce. En noviembre se fue a hacer senderismo y no volvió nunca. Encontraron su coche a treinta kilómetros al sur, en un bosque estatal. Ha sido horrible para la familia. Una tragedia absoluta. Me dan pena, de verdad, pero echarle la culpa de la desgracia a Aidan no está bien. Nadie en su sano juicio cree que tuviera nada que ver.
—¡Pues claro que no! —declaró Tammy.
—Le diré cuál es el problema. En el pueblo tenemos un par de manzanas podridas a las que les gusta echarles la culpa de todo a los Gardner. ¿Demasiado tráfico? Culpa de los Gardner. ¿Demasiada lluvia? ¿Poca lluvia? ¿Se te cae el pelo? ¿Tienes mapaches en los cubos de la basura? Todo es culpa de los Gardner. Tienen dinero, así que deben de ser
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los responsables, ¿no? —El hombre negó con la cabeza, como si la naturaleza humana lo dejase exhausto—. Mientras tanto, no se les reconocen todas las cosas buenas que han traído a la comunidad, como el nuevo centro de mayores. Y la pista de hielo. Construyeron una biblioteca nueva en el colegio de primaria. Les podría dar una lista bien larga de los sitios y las personas a las que han ayudado, a mí incluido. Para mí, la cala del Águila pescadora es lo mejor que le ha pasado al pueblo.
—Bueno, estamos de acuerdo —respondió Tammy, y luego se percató de que Abigail se apoyaba en ella y se le aferraba al brazo. Estaba claro que a la niña la había alterado todo lo que acababa de ver—. Cielo, escúchame. Quiero que olvides todo lo que ha dicho ese hombre malo, ¿vale?
—¿Por qué?
—Porque está loco. No está en su sano juicio. Aidan es una persona muy pero que muy dulce y no le haría daño a nadie.
Abigail no parecía convencida. Miró el anuncio que Tammy tenía en la mano, la foto de Dawn Taggart.
—¿Y qué le ha pasado… a la chica que desapareció?
Sorprendida, Tammy miró el anuncio, como si hubiera olvidado que lo tenía en la mano. Lo arrugó y lo hizo una bola, como para sugerir que no merecía la pena pensar en ello.
—No lo sé, cielo. Lo único de lo que estoy segura es de que Aidan no tuvo nada que ver.
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Dejamos el pueblo en el espejo retrovisor y seguimos por la carretera durante otro par de kilómetros. Volvimos al bosque y avanzamos bajo las densas copas de los árboles que nos tapaban el sol. Después, el GPS nos ordenó girar con brusquedad a la derecha y tomar una carretera de un solo carril. No había ningún nombre, cartel ni nada que nos indicase que viajábamos en la dirección correcta, pero el ordenador de a bordo insistió en que íbamos bien y me indicó:
—Siga la vía desconocida durante uno con trece kilómetros.
—Se habrá equivocado —dije, pero Tammy me animó a continuar. Bajamos por una larga colina pronunciada y nos adentramos más y
más en la naturaleza. El asfalto estaba moteado de grietas, hoyos y baches. Cada uno de ellos le pasaba factura a la suspensión del coche y yo pisaba el freno, reduje la velocidad a treinta kilómetros por hora. Había una roca gigante en mitad del camino, más o menos del tamaño de una pelota de baloncesto, y aguardaba a destruirme el eje delantero. Viré para esquivarla y uno de los neumáticos estuvo a punto de hundirse en un cráter.
—Nos hemos equivocado de camino —decidí—. ¿Cómo van a vivir los Gardner por semejante carretera?
—Te voy a contar una cosa sobre los ricos —me explicó Tammy—: no todos son como Elvis Presley y se compran mansiones en el centro para que la gente las admire. La gente rica de verdad esconde el dinero. No quieren que sepas cuánta pasta tienen. Y, desde luego, no quieren que los mires. Así que cuesta un montón dar con sus casas. Créeme, veo mucho el canal HGTV.
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El ordenador de a bordo contaba la distancia que quedaba para nuestro destino (doscientos cincuenta metros, doscientos metros, ciento cincuenta metros) y seguía sin haber ninguna casa o edificio a la vista. Solo había un extenso bosque, oscuro y húmedo hasta donde me alcanzaba la vista. Frené hasta detenerme y el navegador dijo:
—Ha llegado a su destino.
Me entró la risa, porque estaba claro que estábamos perdidísimos.
—Te lo dije, Tammy. Sabía que deberíamos haber dado media vuelta.
Ahora vamos a llegar tarde a comer.
Torcí el volante para cambiar de sentido en tres tiempos y Abigail le dio un toquecito a la ventanilla.
—Por allí —dijo—. ¿No lo ve?
Dios, era facilísimo pasarlo por alto: una abertura pequeña entre los pinos y una estrecha lengua de grava, que serpenteaba y se adentraba más en el bosque. Podría haber pasado por la carretera de acceso de una central energética, salvo por el conjunto de globos dorados, la única pista de que aún íbamos por el buen camino.
—¡Bingo! —exclamó Tammy—. ¡Bien visto, Abigail!
El camino de grava era incluso más accidentado y desnivelado que la carretera que habíamos dejado atrás. Los árboles y los arbustos habían crecido demasiado y las brillantes hojas verdes nos rozaban las ventanillas al pasar. Pero, de vez en cuando, había otro grupito de globos dorados que nos animaba a seguir adelante. Me pregunté cómo era posible circular por ese camino de acceso en invierno, cuando era probable que quedase sepultado bajo capas de hielo y nieve.
Y luego la carretera se ensanchó, los árboles desaparecieron y acabamos cruzando un gran prado del tamaño de un campo de fútbol. Había hileras e hileras de placas solares a ambos lados de la carretera, unos rectángulos negros y brillantes que apuntaban al cielo. Al otro lado del prado, llegamos a una pequeña garita de madera con una barrera, como la que sueles ver a la entrada de un parque estatal. Un hombretón alto con la barba cana y frondosa salió de la garita; llevaba una tableta y nos indicó que nos acercásemos. Tenía mi edad, más o menos, e iba con una gorra de marinero azul y un jersey de punto de ochos y de color crema, como si hubiera acabado de volver de una travesía marítima.
—Bienvenido a la cala del Águila pescadora, señor Szatowski.
Me reí sin poder evitarlo. Era igual que en el piso de Aidan.
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—¿Cómo sabe cómo me llamo?
—Es mi trabajo. Soy Hugo, el encargado de la finca. —Tenía un curioso acento cantarín, que subía y bajaba al pronunciar cada sílaba. ¿Sueco? ¿Suizo? No tenía ni idea—. ¿Han tenido un buen viaje?
—No ha estado mal —dije.
—¡Ay, Hugo! ¡Ha sido maravilloso! —exclamó Tammy, que se inclinó sobre mi regazo y gritó para que la oyera—: ¡Qué mañana más estupenda!
—Me alegro de que sea así, señorita Szatowski. —Llevaba una radio pequeña en la oreja derecha. Imaginé que era un audífono o quizá una especie de pinganillo. Hugo metió la mano en el vehículo y pegó un cuadradito de papel azul en el parabrisas—. Es su permiso de aparcamiento. Si lo deja puesto, nos será de gran ayuda.
—¿Nos hace falta un permiso de aparcamiento?
—Es para saber que es miembro de la familia. Van a venir muchos invitados y habrá muchos coches que aparcar.
Había otros dos hombres dentro de la garita, unos tipos esbeltos y musculosos con camisas y pantalones negros. Uno tenía un tatuaje que rezaba «semper fi» en el brazo, pero incluso sin él lo habría identificado como a un exmilitar. Cuando maduras en el ejército, adoptas un aspecto característico y, en el caso de los tipos que luego trabajan en los cuerpos y fuerzas de seguridad o en el sector privado, tal aspecto nunca desaparece del todo.
Mientras tanto, Hugo continuaba con el discurso de bienvenida a la cala del Águila pescadora:
—Bien, ¿les han hablado de la diferencia horaria? Tendrán que adelantar los relojes quince minutos. Lo llamamos la hora de Gardner, porque a Errol Gardner le gusta llevarle quince minutos de ventaja a la competencia.
Creí que lo decía de broma, pero me mostró su reloj de pulsera y, sin duda, decía que eran las doce y cincuenta y tres.
—No es nada, se lo prometo. Se acostumbrarán enseguida ¡y lo mejor es que no hay jet lag!
Tammy se moría de ganas de ponerse manos a la obra. Preguntó cómo trucar el reloj del iPhone y Hugo estuvo encantado de rodear el coche, ponerse a su lado y enseñárselo. Luego me tendió la mano y se ofreció a cambiarme la hora del móvil.
—Dejaré el mío como está —le dije.
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Hugo me advirtió de que cometía un error.
—Mucha gente lo intenta y suma los minutos mentalmente. Pero, tarde o temprano, a todos se les olvida. ¡¿Y no querrá llegar tarde a la boda de Margaret?!
—No voy a llegar tarde —le aseguré—. Le prometo que no va a pasar. Abigail se inclinó desde el asiento trasero y se retorció al pasar entre Tammy y yo. Llevaba un reloj de pulsera, barato y de Minnie Mouse, que
parecía salido de una máquina de chicles.
—¿Me ayudan con el mío?
—No hace falta que le cambies la hora —le respondí— si no quieres.
—Sí que quiero —afirmó.
—Pues claro que sí —dijo Tammy—. Quieres encajar este fin de semana y sentir que formas parte de la familia. —Trasteó con la ruedecita del reloj de Abigail y adelantó el minutero—. El señor Frank quiere vivir en el pasado.
—Es la hora del este de los Estados Unidos —observé—. Estoy bastante seguro de que es la misma que tiene el presidente.
—Pero no estamos en la Casa Blanca. Estamos en la boda de Maggie.
Y deja ya de ser un aguafiestas.
Pues vale. Llevaba un reloj digital, un Timex que Colleen me había regalado por nuestro quinto aniversario de boda, y trasteé con los botones hasta que marcó las doce y cincuenta y tres.
—¿Todos contentos?
—Va a ser un fin de semana maravilloso —prometió Hugo, y luego me pasó un mapa de papel que representaba toda la finca junto al lago, con sus cabañas y servicios—. Bien, Margaret y Aidan les esperan en la cabaña del Águila pescadora. Sigan por esta carretera, hasta llegar al final. Pero, antes de que se marchen, necesito los documentos de intimidad.
—¿Los qué de intimidad?
—Son solo unos sencillos documentos de exención de responsabilidad que dicen que la información privilegiada que encuentren en la finca se tratará con confidencialidad. Ya saben, para que no roben los secretos del señor Gardner y monten su propia empresa de baterías. —Hugo se rio de su propia broma y luego me pasó el iPad por la ventanilla abierta—. Firme con el dedo en la casilla.
—Hemos venido a la boda —dije.
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—Lo entiendo, señor Szatowski. Es una mera formalidad. Todo el mundo firma un documento de intimidad.
Miré el iPad y vi los farragosos tecnicismos legales de la página uno de cincuenta y seis, iguales que los términos y condiciones de las operadoras de telefonía móvil y las pólizas de los seguros de salud. Hice scroll y todo el texto me resultó incomprensible: «Las cláusulas de confidencialidad de este acuerdo sobrevivirán a la finalización de este acuerdo y la obligación del señor Frank Szatowski de no difundir la información confidencial seguirá vigente en perpetuidad o hasta que Fountainhead 7 SL notifique por escrito al señor Frank Szatowski de que queda desvinculado de este acuerdo, lo que ocurra primero…».
—¿Qué es Fountainhead 7? —le pregunté.
—¡Ah, por el amor de Dios! Dame el iPad —soltó Tammy y, de un tirón, me quitó el dispositivo de las manos y plantó el dedo en la pantalla
—. ¿También tiene que firmar Abigail, mi niña de acogida? —No, solo los adultos —aclaró Hugo.
—¿Y puedo firmar por mi hermano, por darnos prisa? Llegamos tarde
a comer.
—Lo siento mucho. Tiene que firmar él mismo.
—Me gustaría saber qué es lo que firmo —repliqué. De niño, mi padre me dijo que nunca firmara ningún documento que no entendiera, pero hoy en día era imposible vivir con esa máxima. No conseguías la televisión por cable ni una mísera tarjeta de descuentos del supermercado sin antes aceptar miles de términos y condiciones—. Nunca he ido a una boda con un… ¿Cómo dice que se llama?
—Documento de intimidad —repitió Hugo. —¿Y por qué tiene cincuenta y seis páginas?
—No sé. Para serle sincero, no creo que nadie lo haya leído nunca. Por el espejo retrovisor, vislumbré un Tesla plateado que frenaba
detrás de mí. Ignoré a los recién llegados y me concentré en la pantalla: «Las partes acceden a que cualquier infracción o conato de infracción de este acuerdo por parte del señor Frank Szatowski conlleva que Fountainhead 7 SL o los miembros de la familia Gardner recurran a una orden judicial, además de a cualquier otro remedio disponible, ya sea legal o equitativo, en cualquier tribunal de jurisdicción competente». ¿Qué demonios significaba todo eso? Me costaba concentrarme con Tammy
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chillándome al oído. Ya se había puesto a hablar por teléfono con Maggie.
La llamó para quejarse.
—Sí, tesoro, acabamos de llegar. Estamos en la garita esa, pero el problema es tu padre. Es un cabezota y no cede con el documento de intimidad. No, el documento de intimidad, el del iPad. ¡Exacto! ¡Ya lo sé, ya! Eso le he dicho. Pues habla con él, a ti te hará caso.
Me pegó el móvil a la oreja.
—No pasa nada, papá —me aseguró Maggie.
—Lo estoy hojeando. Si tu tía se calla un momento, quizá pueda acabarlo.
—Por favor, no montes un numerito. El documento ni siquiera es por
ti.
—Y entonces, ¿por qué tengo que firmarlo?
—Lo firma todo el mundo. Como no lo firmes, no te van a dejar pasar. —Maggie, soy tu padre. ¿Dices que Errol Gardner no me va a dejar ir
a la boda de mi propia hija si no firmo este contrato?
—¡Que no es un contrato!
—Son cincuenta y seis páginas escritas por abogados y nadie sabe decirme qué significan. Quiero preguntarle las dudas a alguien, nada más.
—¿En serio? ¿Así quieres empezar el fin de semana? ¿Hablando con el equipo de abogados de Capaciti? ¿Te puedes portar como una persona normal, por favor?
En el espejo retrovisor, vislumbré un Audi negro que paraba detrás del Tesla. Hugo les pidió disculpas con un gesto a los dos coches, una súplica silenciosa de que tuvieran un poquito más de paciencia. Lo intenté leer lo más rápido que pude: «El acuerdo es vinculante para mí, mis herederos, albaceas, cesionarios y los herederos y cesionarios que designen la empresa, sus sucesores y procuradores», pero solo era la cuarta página de las cincuenta y seis y me di cuenta de que nunca lo iba a leer todo, así que me limité a garabatear mi firma y marcar el cuadradito que decía «Acepto».
Tammy suspiró aliviada y le dijo a Maggie que todo iba bien.
—Se acabó, cielo. Nos vemos enseguida.
Hugo cogió el iPad, se cercioró de que todo estaba correcto y sonrió. —Muy bien. Continúe por este camino. Lo llamamos la calle
Principal. Pasará al lado de unas cabañas pequeñas, pero siga hasta llegar a la más grande.
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—¿Y cómo voy a saber cuál es la más grande?
—Creo que lo sabrá. Disfruten de la boda.
La barrera subió y me marché sin darle las gracias, un gesto que mi hermana interpretó como una falta de respeto.
—No hay por qué ser borde, Frankie. Solo hacía su trabajo.
—No deberíamos haber firmado. No tienes ni idea de qué condiciones acabamos de aceptar.
—Maggie dice que no es por nosotros.
—¿Y por qué lo hemos firmado?
Levantó las manos, el gesto universal de «No quiero seguir hablando del tema».
Al avanzar, vi a otros dos guardias vestidos de negro. Estaban en las profundidades del bosque y caminaban junto a lo que parecía una verja metálica de tres metros de altura. Parecía sacada de Parque Jurásico y diseñada para impedir que los dinosaurios se escaparan. Solo distinguí una parte de la valla, pero parecía recorrer todo el bosque en ambos sentidos.
Mientras tanto, Tammy desplegó el mapa para inspeccionarlo. Era igual que esos mapas con dibujitos que te dan en los parques de atracciones. Todos los edificios estaban numerados y en la esquina inferior había una leyenda para ayudarte a identificarlos. Cinco cabañas daban al lago y había nueve tierras adentro, además de una sala de juegos, un spa y centro de relajación, un embarcadero con su cobertizo y unos cuantos edificios más pequeños etiquetados como «Personal». Cada construcción tenía el nombre de un pájaro distinto, desde los búngalos diminutos de una sola habitación, por ejemplo, el Colibrí y la Curruca, hasta los grandes edificios de dos plantas, como el Halcón, el Águila calva y el Ibis.
Tammy leyó en voz alta la historia que contaban en la parte trasera del mapa:
—«En 1953, la iglesia luterana compró un terreno de ciento veinte hectáreas junto al lago Wyndham para crear la cala del Águila pescadora, un campamento cristiano que funcionó durante más de treinta años antes de que llegaran tiempos difíciles y lo cerrasen en 1988. El campamento estuvo inactivo más de una década hasta que Errol Gardner lo compró en 1999. Junto a su mujer, Catherine, y a su hijo, Aidan, reconvirtió la cala del Águila pescadora en un santuario para los pensadores, líderes, artistas y emprendedores más innovadores del mundo. Os invitamos a recorrer nuestros diez kilómetros de senderos en busca de una buena idea. A
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relajaros y recargar las pilas en nuestras cabañas espaciosas y bien equipadas. Y a remar, rumbo a la inspiración futura, a orillas del lago Wyndham». ¡Ah, Abigail! ¿No te parece increíble?
La criatura había pegado las manos y la cara a la ventanilla y contemplaba con fascinación los primeros edificios que vislumbramos. Los Gardner habrían demolido las cabañas originales, porque todas esas casas de madera parecían contemporáneas, con ventanales grandes y caros adornos hechos a mano. Al lado de la puerta delantera de cada una había un cartel de madera que representaba al animal que daba nombre a las cabañas: Martín pescador, Colimbo, Pájaro carpintero y Frailecillo.
—¿Y cuál es su casa? —preguntó Abigail.
—Todas —dijo Tammy—. Todas las que ves son suyas. Y toda esta gente trabaja para ellos.
Dondequiera que mirásemos, había trabajadores limpiando las ventanas, sacudiendo las alfombras, podando las ramas, pintando las verjas y barriendo las hojas secas de los porches. Pasamos junto una mujer con un vestido azul de personal de limpieza que empujaba un cesto con ruedas, el cual iba hasta arriba de sábanas blancas. Y luego vimos a tres hombres empapados en sudor, que se arrodillaban a un lado de la carretera y echaban mantillo en un parterre. Todos llevaban polos verdes a juego con unos pantalones beis claros.
—Hay que joderse —mascullé.
—¿Qué pasa?
—Míralos. Y mírame a mí.
Tammy se dio cuenta de que yo también llevaba un polo verde y un pantalón beis claro.
—Bueno, seguro que les vendrá bien la ayuda, Frank. Igual te apetece parar el coche.
Abigail se rio con tantas ganas que estornudó y me manchó la ventanilla de una buena niebla acuosa. Pero, antes de que me pudiera quejar, tomamos la curva que trazaba la calle Principal y vimos la cabaña del Águila pescadora. El estilo me recordaba al hotel Old Faithful del parque nacional de Yellowstone. Era una fortaleza de tres pisos de madera, cristal y piedra de cantera. Tenía unas terrazas amplias y una balaustrada larga, hecha a mano con madera nudosa.
La carretera terminaba en una rotonda a la entrada de la cabaña y, al frenar, vi que Aidan iba a cogerle la mano a mi hija. Maggie iba vestida
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igual que la orientadora de un campamento. Llevaba una camiseta rosa, pantalones cortos beis y unas zapatillas Converse diminutas. Me dio un abrazo en cuanto salí del jeep.
—Me alegro mucho de que hayáis venido —dijo—. ¡Nos lo vamos a pasar genial este fin de semana!
Aidan llevaba una sudadera y unos pantalones anchos y manchados de gotitas de pintura. Le dije que parecía que había estado trabajando duro y sonrió, aunque no me explicó nada más. La boda no era hasta el domingo, pero ya se lo veía tenso y de los nervios.
—¡Qué sitio más bonito! —exclamó Tammy—. Parece el jardín del Edén. —Respiró hondo y se llenó los pulmones del olor embriagador a pino natural—. En casa no tenemos este aire. ¡Está limpísimo!
Abigail seguía en la parte trasera del jeep, estaba claro que no sabía cómo iba a encajar allí ni si debería salir y venir con nosotros. Tammy la saludó por la ventanilla y le indicó con un gesto que abriera la portezuela.
—Te presento a Abigail —explicó—. Se va a quedar conmigo un par de días ¡y es la primera vez que va a una boda!
Mi hermana debía de haber informado a todo el mundo con antelación, porque Maggie saludó a Abigail con un buen abrazo y me dieron escalofríos cuando sus cabezas se tocaron. Quería advertir a mi hija de que no se acercase mucho.
—Menos mal que has venido —dijo Maggie—. Tenemos un problemón, Abigail, y eres la única que nos puede ayudar.
La chiquilla parpadeó.
—¿Yo?
—Se suponía que la prima de Aidan iba a ser la niña de las flores, pero tiene faringitis y no puede venir. Pero tenéis la misma talla y seguro que te vale su vestido. Si aceptas la tarea, nos harás un gran favor.
Abigail abrió la boca de par en par y mostró los colmillitos afilados. —¿Quiere que acompañe a la novia?
—Te prometo que es superfácil —afirmó Maggie—. Lo único que tienes que hacer es…
—¡Salir antes que la novia y esparcir pétalos de flores por el camino!
—exclamó—. ¡Ya lo sé! ¡Tengo un libro entero sobre el tema!
—¿Eso es un sí?
Abigail miró de reojo a Tammy para pedirle permiso y mi hermana levantó el pulgar.
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—¡Sí! Lo haré genial. ¡Voy a por las instrucciones!
Se metió en el jeep a buscar el libro y me acerqué más a mi hija
—No tienes por qué hacerlo, Maggie. Sé que intentas ser amable, pero es tu día especial. No deberías jugártela.
—No me la juego —repuso Maggie—. Quiero tener un geste amable con ella.
Aidan no dijo nada. No sabía si la idea le incomodaba o si era la presencia de nuestra familia lo que le importunaba.
—Abigail está en el programa de acogida —le expliqué para dejar las cosas claras—. No tenía ni idea de que iba a venir. Tammy me la encasquetó esta mañana.
—Me lo ha dicho Maggie. No pasa nada.
Pero parecía que sí le pasaba algo. Parecía irritado, como si fuéramos una tarea molesta y le hubieran mandado encargarse de ella. Abigail salió del jeep con el libro de protocolo y pasó las páginas hasta que dio con el capítulo sobre las niñas de las flores. A Maggie le encantó ponerse a repasarlo con ella mientras los demás nos quedábamos allí plantados y las mirábamos. Después, por el camino pavimentado vino zumbando un carrito de golf, que parecía un rover lunar de una película antigua de ciencia ficción.
En el asiento delantero iban dos hombres y Aidan nos explicó que venían a por nuestras maletas.
—Ah, no hace falta —respondí, pero era demasiado tarde.
Un hombre sacaba el equipaje del maletero mientras el otro tapaba el asiento del conductor con una mortaja de plástico para no manchar el interior del coche con su cuerpo.
—Señor Szatowski, ¿me deja las llaves, por favor?
La idea de darles las llaves no me hacía gracia, pero todos se comportaban como si fuera lo más normal del mundo. Y, tras el incidente con el documento de intimidad, no quería armar otro escándalo.
—¿Y cómo me vais a devolver el coche?
Los hombres se rieron como si les hubiera gastado una broma. Supuse que ya me lo dirían luego.
Después de que se marcharan, imaginé que entraríamos directamente a la cabaña del Águila pescadora para conocer al señor y a la señora Gardner. En vez de eso, Aidan nos condujo por un camino empedrado que rodeaba un lateral del edificio.
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—Tomaremos la ruta turística para ir a vuestra cabaña. La comida os estará esperando allí.
Pregunté si sus padres nos iban a acompañar y Maggie dijo que no. Explicó que Errol estaba hablando por Zoom con la junta directiva de Capaciti porque estaban a punto de publicar el informe de beneficios del segundo trimestre, pero no mencionó a Catherine Gardner, así que le pregunté a Aidan:
—¿Y tu madre? ¿Cómo se encuentra?
—No muy bien —admitió.
—El estrés le juega una mala pasada —comentó Maggie—, y le agrava todos los síntomas habituales: los mareos, el dolor de cuello, el dolor de espalda…
No sabía gran cosa sobre las migrañas, pero mi hermana asintió con la cabeza como si fuera lo típico.
—Mira, Maggie: si trescientas personas fueran a venir a mi casa a la boda de mi hijo, el estrés me dejaría tiesa. ¡Sería una inútil total!
—Se encontrará mejor para la cena —dijo Aidan—. Le hace mucha ilusión conocerte, Frank.
Avanzó brincando y aligeré el paso para seguirle el ritmo y ponerme a su lado. Después de nuestra primera cena incómoda y los tres meses de quedadas fallidas, estaba listo para empezar de cero. No esperaba convertirme en un segundo padre para el chaval, pero sí que me considerase un aliado, una persona de confianza que estaría de su parte y lo apoyaría.
—¿Y tú qué tal estás, Aidan? —le pregunté—. ¿Nervioso?
—Estoy bien —contestó en un tono que sugería que no estaba bien, pero que tampoco quería hablar de ello—. Gracias por preguntar.
Todas las ventanas del lateral de la cabaña tenían las cortinas corridas de manera que ocultaran lo que sucediese en el interior. Atravesamos una pequeña arboleda de pinos y oí el zumbido lejano de un motor fueraborda; olí la hierba recién cortada y el agradable aroma a tierra y a agua dulce. Después, el sendero dejaba atrás los árboles y allí estaba el lago Wyndham en todo su esplendor, esas vistas majestuosas que solo había contemplado en las postales.
—¡Dios mío! —exclamó Tammy—. ¡Mirad!
Estábamos en lo alto de un prado amplio y cuidado al milímetro. La suave hierba descendía por una colina poco pronunciada hasta terminar en
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una playa arenosa, un embarcadero con forma de L y un cobertizo. Y luego estaba el lago como tal, veintiséis kilómetros cuadrados de agua azul, salpicada de kayaks y veleros coloridos. La vista la remataban las tres montañas verdes en el horizonte y el cielo, lleno de nubes como el algodón.
—Aquí es donde Aidan me pidió matrimonio —nos contó Maggie—. El día de San Valentín, así que el lago seguía congelado. Había nieve por todas partes. Era un paisaje invernal de ensueño, majestuoso y precioso. Creía que íbamos a salir a andar con raquetas de nieve, pero de repente se arrodilló y sacó el anillo.
—¡Qué romántico! —chilló Tammy—. No se me ocurre ningún sitio más perfecto para pedir matrimonio.
Aidan sonrió con los labios fruncidos y me di cuenta de que era la misma playa que había visto en la fotografía: la misma playa donde había posado en la instantánea con Dawn Taggart.
—Y el sábado, después de la ceremonia, daremos el banquete aquí — continuó Maggie—. A nuestros fotógrafos les encanta porque la luz crepuscular es increíble.
Había grandes zonas boscosas a los dos lados del prado, unos densos bosques de Nueva Inglaterra donde se entrecruzaban los caminos empedrados y los senderos de tierra, aún más pequeños. Maggie nos advirtió que era fácil desorientarse en el bosque, sobre todo de noche. Le enseñé el mapa que nos había dado Hugo y pareció escéptica.
—No te va a ser de ayuda después de medianoche, cuando no veas ni tu propia mano delante de la cara. Os aconsejo que siempre llevéis el móvil encima para tener una linterna.
Sin que mi hermana le diese permiso, Abigail se fue corriendo a la playa y todos la seguimos. La arena era suave, blanca y fina. Aidan decía que la habían importado desde Waikiki, pero no supe si era una broma y no insistí en que me lo aclarase. En ese momento, no había nadie nadando ni tomando el sol, pero había dos docenas de tumbonas vacías y sombrillas que sugerían que esperaban a más invitados.
Abigail se detuvo junto a una pequeña flota de kayaks, canoas y veleros.
—Señor Frank, ¿quiere montar en canoa?
—Acabamos de llegar —le recordé.
—Quizá después de comer —propuso Tammy.
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Por la playa discurría otro sendero empedrado, que recorría la orilla, pasaba por el cobertizo del embarcadero y rodeaba el lago. Tras caminar un rato, llegamos a una casa de campo, de dos pisos y hecha de acero, cristal y piedra. Tenía unos ventanales que daban al lago y un porche amplio que rodeaba la casa.
—Es la cabaña Mirlo —proclamó Maggie—. Creo que es la más mona del campamento y quiero que vosotros os alojéis en ella.
Aidan explicó que no hacían falta llaves para ninguna de las cerraduras de la finca, sino que nos serviríamos de la tecnología Bluetooth para acceder a la cabaña. Tammy y yo le dimos los móviles a Aidan para que nos descargara e instalase la aplicación pertinente. El wifi del campamento iba a la velocidad del rayo y el proceso no duró nada.
—Os voy a añadir a la cuenta familiar —nos explicó—, así podréis acceder a todos los edificios principales. Acercaos a la puerta, a ver qué pasa.
Al subir por los peldaños del porche delantero, la puerta hizo clic y se abrió hacia dentro, como si funcionara con un muelle. Entré en una sala grande con suelos de pino, paredes de madera y una chimenea de piedra que se alzaba en el salón abierto de dos plantas. La cabaña contaba con una decoración rústica (astas de alce, remos retro de madera y mapas de los alrededores), además de sillas y sofás como para una docena de huéspedes.
—¿Cuántas personas se van a alojar aquí?
—Solo vosotros tres. —Aidan señaló la terraza superior, a un par de puertas que había allí—. El equipaje os debería estar esperando en las habitaciones. La tuya es la suite principal, pero la habitación de Tammy es casi idéntica. Creo que os van a gustar mucho.
Mi hermana y Abigail entraron después de mí y Tammy se lleve una mano al corazón.
—¡Caramba, menudo sitio! Abigail, ¿habías visto algo igual? La niña trazó un círculo y fingió que se desmayaba en el suelo —¿En serio? ¿Esta es nuestra habitación de motel?
—Adelante, podéis usar todo lo que hay en la cabaña —dije Maggie
—. Y, si necesitáis algo y no lo encontráis, coged el teléfono y pulsad el cero. Os lo traerán corriendo.
Estaba seguro de que la cabaña contaba con todo lo que quisiéramos. Había armarios hasta arriba de mantas, almohadas, toallas, botiquines de
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primeros auxilios, insecticidas, linternas y escarpines deportivos. Además de una gigantesca televisión de pantalla plana con dos barras de sonido, una gran mesa redonda para jugar a las cartas y toda una estantería llena de juegos de mesa: La Ratonera, Serpientes y escaleras, el parchís y el Tabú.
Pero mi alegría fue efímera porque Aidan anunció que se marchaba. —Ha venido Glen —le explicó a Maggie, y le enseñó un mensaje en el
móvil—. Será mejor que vaya a echarle una mano.
—Por supuesto. —Le dio un besito rápido en la mejilla—. Dile hola de mi parte, os veremos en la cena.
Aidan nos animó a deshacer las maletas, relajarnos y pasarlo bien y luego se fue, sin más. En total, llevábamos dieciocho minutos en el campamento.
—¿Adónde va? —pregunté.
—Se conocen de la universidad —aclaró Maggie, como si eso lo explicara todo, como si no acabara de pasarme quinientos ochenta kilómetros al volante para comer con mi futuro yerno.
Tammy debió de notarme el enfado en la voz, porque cambió de tema:
—¿Huele a rollitos de canela o es cosa de mi imaginación?
—Ven, que te los enseño —dijo Maggie.
Nos guio por el comedor hasta una cocina de lo más moderna En la encimera nos esperaba una ingente cantidad de comida: cestas de pan recién horneado, fuentes de sándwiches en miniatura, una bandeja entera de fruta recién cortada y una montaña de dulces, galletas y trocitos de brownie. Había bastantes provisiones como para que los tres aguantásemos todo el fin de semana, pero Maggie se limitó a definir el vasto bufé como el «almuerzo».
—Me imaginé que querríais comer algo rápido —dijo—. ¿Os parece bien?
Tammy se rio.
—Maggie, ¿estás de coña? ¡Es más de lo que comemos por Acción de Gracias!
Abigail pidió permiso para empezar y luego cogió una bandeja y se puso a llenarla de hamburguesas de pollo y minisándwiches de beicon, lechuga y tomate, y hasta se echó tres cucharadas enormes de ensalada de patata.
—Tranquila —le dije—. La comida no se va a ir a ninguna parte.
—Tiene hambre —replicó Tammy—. Y yo también.
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A continuación, me pasó un plato y cogió otro para ella.
—Adelante, a comer —nos alentó Maggie—. Dejaré que os pongáis cómodos y me pasaré por aquí dentro de un par de horas.
Era increíble.
—¿Un par de horas?
—Papá, tengo que hacer cosas de la boda.
—Creía que íbamos a comer juntos.
—No, dije que vosotros ibais a comer. Comí antes de que llegarais porque me quedan un millón de cosas por hacer.
Puse el plato en la encimera.
—Pues deja que te ayude, peque. Ponme a trabajar. ¿Qué hay que hacer?
Negó con la cabeza, como si yo no lograra comprender la magnitud titánica de organizar una boda.
—Papá, este fin de semana vienen trescientas personas. Sesenta son vegetarianas, veintiséis son veganas y once no comen gluten. En el campamento se van a alojar cien invitados. Los otros doscientos se hospedan en hoteles y necesito tres buenos autocares para que la gente vaya y venga. —El tono de la voz le subió más y más porque no hacía pausas para respirar—. Sin embargo, la única empresa de autobuses en doscientos kilómetros a la redonda me acaba de cancelar el contrato sin motivo aparente. Sin disculparse y sin dar ninguna explicación. Solo han dicho: «Lo sentimos, señorita, no vamos a poder». A menos que conozcas a tres conductores de autobús, no creo que puedas ayudarme.
De hecho, sí conocía a tres conductores de autobús (es un segundo empleo popular entre los conductores de UPS que se cansan de transportar cajas), pero ninguno tenía su propio vehículo y, desde luego, no llevaban la clase de autocar de lujo que era probable que quisieran los Gardner.
—¡Ay, cielo! ¡Qué horror! —exclamó Tammy—. ¿Has llamado a la Organización de los Consumidores? Se encarga de investigar a estas empresas. Tienen que rendir cuentas.
Con paciencia, Maggie asintió con la cabeza y esperó a que mi hermana acabara de sugerirle cosas.
—Es una gran idea, tía Tammy, pero ya tengo un plan. Solo necesito ponerme manos a la obra. Si queréis ayudarme, quedaos aquí, deshaced las maletas y relajaos.
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Me di cuenta de que estaba rendida. Sabía que organizar una boda era un palizón y no quería añadir nada más a la creciente lista de preocupaciones de mi hija. De modo que intenté mostrarme afable, pero Maggie pudo verme la decepción en el rostro.
—Oye, papá, intentaré volver antes de las tres y luego os haré el tour del campamento, ¿vale? ¿Qué os parece?
—A mí me parece genial —declaró Tammy, que entrelazó su brazo con el mío y me apartó de mi hija—. Ve a encargarte de tus asuntos, Maggie. Estaremos bien. ¡No te preocupes!
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Abigail comió demasiado y vomitó. Lo vi venir desde bien lejos. Debía de ser la primera vez que comía en un bufé, pues parecía creer que la obligaban a comerse todo.
—¡Eh, Monstruo de las Galletas! ¡Tómatelo con calma! —le solté, y mi hermana se enfadó conmigo.
—No le llames eso, Frankie.
—¿Por qué no? ¡Mírala!
De hecho, Abigail tenía migas de galletas en la parte delantera de la camiseta y se estaba comiendo una macedonia más rápido de lo que podía tragar. Tenía los carrillos llenos de uvas verdes a las que aún no les había hincado el diente y no dejaba de meterse más comida en la boca.
—Ha tenido problemas de pobreza alimentaria.
—Te vas a ahogar, Abigail. Ve más despacio.
—No la controles. No es cosa tuya.
—Parece un hámster. No quiero que coma así delante de los Gardner.
—Ya me ocuparé yo. Tú cómete lo tuyo. Todo irá bien.
Después, Abigail se fue escopetada al baño, se desplomó delante del inodoro y echó la pota. Cogí un puñado de tomates cherry y me metí uno en la boca.
—¡Qué sorpresa! —comenté—. Quién se lo iba a imaginar.
Tammy frunció el ceño.
—Me prometiste que te portarías bien con ella y actúas como un capullo. No sé por qué te pones tan irascible, pero para ya.
Se fue a ayudar a Abigail y me dejó a solas para que acabara de comer. Sabía que tenía razón: me comportaba como un capullo. Y no sabía por
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qué estaba tan irascible. Quizá era por la falta de sueño, o quizá sabía desde el principio que algo pasaba en el campamento.
Sí, la comida fue un desastre, pero nos animamos muchísimo después de subir a la otra planta para deshacer las maletas. ¡Madre de Dios, mi suite principal era enorme! Me podía poner a correr en círculos allí dentro para hacer ejercido. Tenía una cama king size. Mi propio cuarto de baño privado. Otra gigantesca pantalla plana con Netflix, Hulu, Amazon, Apple y de todo. Y una terracita solo para mí, de modo que podía salir a sentarme con una cerveza y ver cómo el sol se ponía en el lago Wyndham.
Tammy estaba en la habitación de al lado, en una suite idéntica a la mía, y Abigail se alojaba al fondo del pasillo, en un cuartito para niños, de ambientación náutica. Había peces de colores nadando por todo el papel pintado y unas literas diminutas que habían decorado para que parecieran veleros. A Abigail le costó creerse que pudiera elegir entre la litera de arriba o la de abajo; creo que pensaba que iba a dormir en el suelo.
No tardé ni un minuto en deshacer la maleta y luego me cambié de ropa para dejar de parecer el jardinero. En la suite había un escritorio pequeño que daba a la ventana y me habían dejado un calendario de actividades:
FIN DE SEMANA DE LA BODA DE MARGARET Y AIDAN
Jueves 21 de julio
12:00 - 17:00. Deshacer las maletas, descansar, relajarse ¡y explorar!
17:00. Cócteles de bienvenida (césped principal)
18:00. Cena (césped principal)
20:00. Sándwiches de nubes asadas en la fogata (playa)
Viernes 22 de julio
11:00. Caminata en grupo hasta la punta del Cormorán
12:00. Almuerzo en la punta del Cormorán
16:00. Ensayo (teatro Globe)
18:00. Cena de ensayo (césped principal)
20:00. Concurso de karaoke (playa)
Sábado 23 de julio
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11:00. Brunch al aire libre (césped principal)
15:00. Boda (teatro Globe)
16:00. Cócteles posboda (césped principal)
17:00 - ¿¿¿??? Cena, baile ¡y más baile! (césped principal)
El horario me animaba a «descansar, relajarme y explorar», pero estaba demasiado nervioso como para echarme la siesta o tumbarme en una mecedora, y tampoco me sentía cómodo deambulando a solas por el campamento. Conocer en persona a Errol y Catherine Gardner me ponía nervioso y supongo que quería que Maggie estuviera presente en el primer encuentro.
Así que me senté al pequeño escritorio y me puse a trabajar en el brindis. Ya lo había reducido a dos páginas y me había pasado las últimas semanas reescribiéndolo una y otra vez. Probaba suerte con una línea, la tachaba y luego repetía el mismo sentimiento con otras palabras: «Maggie, estoy muy orgulloso de la mujer en la que te has convertido». Y: «Maggie, siempre has sido una persona amable, dulce y generosa». Y: «Si la madre de Maggie nos ve desde el cielo, sé que le encanta lo que ve».
Intentaba abrirme al hablar, pero, cada vez que leía las palabras en voz alta, me parecían cutres, cursis y falsas. Y cuanto más las revisaba, más empeoraba todo el texto. Acabé deseando conocer a un escritor profesional que me pudiera aconsejar y por eso pensé en Vicky. No era escritora profesional, pero su hijo sí, y ella leía más libros que nadie a quien hubiera conocido.
Llamé a la peluquería y la recepcionista le pasó el teléfono.
—¿Frank? ¿Estás bien? —me preguntó.
—Sí, perdón por molestarte. Te quería pedir un favor.
Le expliqué mi problema con el brindis y le pedí que lo leyera y me diera unas indicaciones. Y, por supuesto, me ofrecí a pagarle lo que ella considerase justo.
—¡No hace falta que me pagues nada! Será un placer. —Me propuso que le enviara el brindis en un mensaje de texto y me prometió contestarme por la mañana—. Seguro que es mejor de lo que crees. A todo el mundo le da vergüenza lo que escribe.
Le supliqué que no me mintiera. Le recordé que, dentro de cuarenta y ocho horas, tenía que plantarme delante de trescientas personas y leerlo en
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voz alta.
—Sí da pena, quiero que seas sincera.
—Si da pena, te prometo que lo mejoraremos. Envíamelo y te llamaré mañana. —Sonaba distraída; me explicó que una niña la esperaba en la silla y calificó a la cría de «bomba a punto de estallar»—. Como no acabe con ella dentro de cinco minutos, va a explotar.
De modo que le di de nuevo las gracias y dejé que volviera al trabajo. Luego escribí el brindis completo en un solo mensaje de texto y se lo envié. Después me sentí muchísimo mejor, porque sabía que podía contar con que Vicky lo arreglase. Pero no me quedó mucho tiempo para sentirme satisfecho porque, de repente, Abigail se puso a chillar.
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Los estridentes chillidos de terror me levantaron de la silla de un brinco. Sonaba como si la estuvieran atacando. Abrí la puerta y Tammy ya había salido de su habitación. Los dos juntos corrimos por el pasillo en busca de Abigail. Tenía la puerta cerrada, pero la oímos al otro lado. Gritaba como si hubiera pisado un cepo para osos. Entramos y la hallamos en una esquina; tenía los ojos como platos y señalaba furiosa una pared vacía.
—Abby, ¿qué pasa? —le preguntó Tammy—. ¿Qué ocurre?
Estaba demasiado histérica como para contestar. Se limitó a seguir señalando y apuntando con el dedo tembloroso a una aberración innombrable e invisible. Tammy se acercó con cuidado, con las dos manos arriba para demostrarle que no le iba a hacer daño.
—No pasa nada, tranquila. Estás a salvo. Nadie te va a hacer daño.
Respira, cielo, respira.
Abigail pegó la cara a la moqueta, como si intentase meter la cabeza en el suelo. No había quien la consolara. Daba puñetazos y pataleaba y empecé a pensar que quizá tuviera problemas mucho más graves que la «pobreza alimentaria». Quizá tuviera un buen trastorno de la conducta. Quizá le diese una rabieta en la boda y se pusiese a lanzar los pétalos de las flores a los rostros horrorizados de los padres de Aidan
Pero mientras miraba su habitación, desesperado, me di cuenta de que la pared vacía no estaba vacía del todo. Había una puerta de un armario empotrado, que estaba un poco entreabierta. Me acerqué a investigar y Abigail aulló como un hervidor a punto de explotar.
—¡No, señor Frank! ¡No!
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—¡No pasa nada, cielo! Estamos aquí —dijo Tammy, que abrazaba a Abigail y le acariciaba el pelo con la palma de la mano—. ¿Qué pasa? ¿Qué has visto?
Negó con la cabeza y no contestó, como si nombrar lo que había descubierto le fuera a dar más poder.
—¡Ah, por el amor de Dios!
Abrí la puerta de par en par y me topé con un armario de cedro vacío. No había nada, salvo una repisa en lo alto, un perchero de madera y un par de perchas de alambre. Al asomarme, se encendió una luz en el techo y reveló un montoncito peludo en la repisa.
Mi primera impresión fue que era una peluca. Una maraña larga de pelo castaño oscuro y rizado. Luego me acerqué más a mirar y reparé en que temblaba, como si tuviera un pulso muy débil.
—¿Qué ocurre? —me preguntó Tammy—. Frankie, ¿qué has visto? Cogí un perchero y me serví de un extremo para darle un toque a la
peluca. De ella salió un murgaño, luego otro y, de repente, docenas de murgaños. Me di cuenta de que no era una peluca; era un nido, cientos de murgaños amontonados al resguardo y con la calidez del armario a oscuras. Huían de un posible ataque y se desperdigaban por las paredes. Uno bien gordo me cayó en la mano y chillé, no pude evitarlo. Me puse a darme tortas para intentar quitármelo de encima.
—¡Cierre la puerta!
La cerré de un portazo, luego miré abajo y vi una rendija de un centímetro y medio en el suelo. De un tirón, cogí una de las sábanas de la cama y la usé para tapar la abertura.
—Son arañas —dije—. Murgaños.
—Los murgaños no son arañas —objetó Tammy—. Son otra clase de animales.
Le contesté que me daba igual: para mí, sí un bicho tiene ocho patas y se parece a una araña, es una araña.
—Habrán puesto huevos.
Al mencionar los huevos, Abigail se puso a berrear y le supliqué que hiciera el favor de dejar de chillar.
—Ya te han puesto huevos en el pelo, así que no exageres.
Se tumbó de lado, se abrazó las rodillas y se hizo un ovillo mientras mi hermana fruncía el ceño.
—Así no la ayudas.
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—Lo siento, pero no puedo pensar mientras chilla. ¿Se te ocurre alguna forma de conseguir que se calle, por favor?
Con la mano, Tammy le trazó unos círculos delicados en la espalda a Abigail para intentar tranquilizarla.
—Vamos a llamar a los Gardner y a explicarles cuál es el problema.
Seguro que podemos cambiar de cabaña.
—No, va a ser que no.
—¿Por qué no?
—Porque me parece patético. ¿Qué clase de hombre llama a Errol Gardner y se queja de las arañas del armario?
—Es una plaga grave, Frankie. Creo que tienen que llamar al exterminador.
—Esos tíos son unos sacacuartos. Te cobran trescientos dólares por echar un montón de veneno, pero lo único que necesito es un buen zapato.
Tammy y Abigail esperaron fuera, en el porche delantero, mientras yo hacía el trabajo sucio con un zapato Oxford, de cuero y de marca Florsheim, la mitad del par que me había comprado para acompañar a Maggie al altar. No quería que las arañas se escaparan, así que me encerré en el armario y empecé a aplastarlas. Era una tarea brutal y desagradable. Había cientos de arañas y de sus cuerpos espachurrados emanaba un olor asqueroso, como el que sale al reventarte una pústula. Pero cumplí la misión, me dieron arcadas a causa de esa peste insoportable hasta que murió la última de ellas. Luego bajé a por un cuenco de agua caliente y una bayeta y me dispuse a limpiar las paredes y el techo de cedro y a recoger todas las patas rotas y los restos machacados. ¡Vaya con lo de «deshacer las maletas, descansar, relajarse y explorar»!
Al terminar, salí a la parte delantera de la cabaña y le dije a Tammy que todo estaba despejado. Luego nos pasamos diez minutos enteros convenciendo a Abigail de que era seguro volver dentro. No le cabía ninguna duda de que se me habían escapado unas cuantas arañas y dijo que prefería pasarse el fin de semana durmiendo en el porche. Le recordé que la mayoría de los bichos vivían ahí fuera, que el bosque estaba lleno de escarabajos, garrapatas, avispas y ciempiés, pero lo único que conseguí fue que se pusiera otra vez a llorar.
—No pienso volver ahí dentro —sollozó Abigail—. No puedo, señorita Tammy. Por favor, no me obligue. Porfi, porfi, porfi, porfi, porfi…
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Así que dije que vale, caso cerrado y que la niña durmiera en el porche. Había unas sillas Adirondack bien buenas y solo tendríamos que taparla con un montón de mantas, o marcar el cero en el teléfono de la cabaña para pedir un saco de dormir. Pero mi hermana dijo que se le había ocurrido una idea mejor y me pidió que entrara.
—Quiero hablar contigo un momento.
Fuimos a la cocina y Tammy usó la maquinita de Nescafé para prepararnos unos cafés. Al mío le echó leche y dos azucarillos porque sabe que lo tomo así. Luego colocó la tacita delante de mí y me soltó el bombazo:
—Creo que deberías cambiarle la habitación a Abigail.
—Ni de coña. Olvídalo.
—No es más que el sitio donde vas a dormir. Nos vamos a pasar fuera casi todo el fin de semana.
—Vale, pues cámbiale tú la habitación.
—No se la puedo cambiar, Frankie. Ya sabes que me dan miedo los bichos.
—Ya no hay bichos. —Aún llevaba en la mano el zapato Florsheim y le enseñé la suela—. Acabó de matar miles de bichos. Me he puesto en plan John Wick.
—Vale, pero es imposible que los hayas matado a todos. Hay más arañas en la habitación, estoy segura. Y si obligamos a Abigail a dormir ahí, se pasará la mitad de la noche en vela y chillando. No vamos a pegar ojo.
Me sorprendí y me exasperé al darme cuenta de que Tammy tenía razón: debía elegir entre pasarme la noche sin pegar ojo en mi suite lujosa o unas buenas ocho horas de sueño en una litera infantil.
—¡Por eso no quería que viniera! ¡Te dije que nos daría problemas! — Señalé el piso de arriba—. Es mejor que todas las habitaciones de hotel que he visto en la vida y no debería quedarme sin ella.
—A mí no me eches la culpa, Frankie. Yo quería llamar a los Gardner y pedir otra cabaña, pero tú dijiste que te encargarías del problema tú solito. Y lo único que has conseguido ha sido que esas arañas se escondan en sus agujeros. ¿Cómo va a ser culpa mía?
En el porche, Abigail no dejaba de ir y venir delante de la ventana mientras se rascaba la cabeza con furia, con las dos manos.
—Por favor, Tammy. Quiere dormir a la intemperie.
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—Frankie, la pobre criatura se ha pasado todo marzo y abril durmiendo a la intemperie. Su madre y ella vivían detrás de un Taco Bell. No voy a permitir que eso vuelva a pasar, ni de broma. Quiero que duerma en una cama como Dios manda, con sábanas limpias y una almohada, igual que los Gardner, tú y yo, ¿me entiendes?
Lo único que entendía era que ya había perdido la discusión (otra vez), así que tiré la puñetera taza a la puñetera pila y subí las escaleras para cambiar mis cosas de sitio.
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En mi habitación nueva no había ningún sitio donde sentarse, aparte del diminuto «rincón de cuentacuentos» que contaba con cojines mullidos y coloridos libros ilustrados. Deshice la maleta lo más rápido que pude y luego bajé a la cocina y me senté a solas junto al bufé. Tanta inactividad me estaba volviendo loco. Quería salir a caminar y ver todo el campamento. Quería ir a nadar, a hacer senderismo y a montar en canoa. Y, sobre todo, quería conocer a mi futura familia política.
Creo que ese era el verdadero motivo por el que estaba tan irascible. Era increíble que Errol y Catherine aún no hubiesen venido a darnos la bienvenida. Me enfadaba que a Aidan le hubiera faltado tiempo para irse corriendo a pasar el rato con su amigote de la universidad. Y luego Maggie se fue zumbando al pueblo y ni siquiera me dejó acompañarla. Intenté recordarme a mí mismo que estaba ocupadísima y que, a veces, la mejor forma de ayudar a una persona es quitarse del medio. Pero tenía la incómoda sensación de que no éramos bienvenidos, de que solo nos habían invitado porque se sentían obligados.
A las tres salí a esperar a mi hija. Abigail estaba sentada en una mecedora del porche y se inclinaba sobre un damero para jugar una partida contra sí misma.
—Gracias por cambiarme la habitación, señor Frank.
—No hay de qué.
Le dio un toquecito al damero.
—¿Quiere jugar?
—No puedo. Maggie está al caer.
—¿Adónde van?
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—Me quiere enseñar el campamento.
—¿Puedo ir?
—Bueno, no va a ser muy interesante. Solo vamos a ver las cabañas y, ya sabes, a hablar de la historia de este sitio.
Se puso en pie.
—No pasa nada.
—Bueno, y también que Maggie quiere estar un ratito a solas conmigo, porque no nos vemos mucho.
Abigail se limitó a mirarme fijamente, sin captar el mensaje, y me di cuenta de que tenía que dejárselo claro.
—Será mejor que te quedes aquí.
Volvió a dejarse caer en la silla.
—Vale.
—¿Qué hace Tammy?
—Se está dando un baño de burbujas. No había burbujas en el baño, pero llamó al cero con el teléfono de la casa y una señora se las trajo enseguida. De tres aromas distintos.
—Ve a decirle que te aburres.
—No me aburro. Solo quería acompañarlos.
Abigail volvió a concentrarse en la partida y se comió dos damas negras con una roja. Miré a mi alrededor en busca de Maggie, con la esperanza de que apareciera y me rescatara de la conversación incómoda, pero no había ni rastro de ella. Así que me quedé allí plantado y observé cómo Abigail jugaba contra un contrincante imaginario hasta que me
empezó a sonar el móvil. Miré la pantalla, decía «Maggie » y lo cogí de inmediato.
—Hola, ¿dónde andas?
—Perdón, aún sigo en el pueblo.
—¿Qué pasa?
—De todo —dijo, antes de soltarme la lista de los desastres más recientes: la florista se había equivocado con los arreglos para las mesas, el cámara había dado positivo en COVID y Maggie seguía sin solucionar el tema de los autocares. Todos los problemas parecían multiplicarse.
—¿Y qué pasa con la organizadora de bodas? ¿No se supone que ella se encarga de estas cosas?
—Es un trabajo en equipo, papá. Hacemos lo que podemos. Debería volver a tiempo de cenar, ¿vale?
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«¿A tiempo de cenar?».
—¿Te refieres a las seis?
—Oye, papá, no te hago falta para ver el campamento. Coge el mapa. Sal a explorar. Conoce gente nueva. Hay un sitio para jugar a lanzar herraduras, una sala de juegos y un millón de actividades distintas.
Me habló como si fuera un crío de vacaciones de verano, sin amigos y sin nada que hacer. No parecía entender que había ido a Nuevo Hampshire para pasar tiempo con la familia, no para jugar a lanzar herraduras con un puñado de desconocidos. Pero le notaba la exasperación en la voz y no quería empeorar las cosas, así que me limité a decir:
—Vale, hasta luego.
Y colgué.
Abigail seguía encorvada sobre el damero y fingía que no nos había estado escuchando, pero yo había tenido cuidado de no decir nada que le revelase mi cambio de planes.
—Me marcho —le anuncié.
—¿Dónde está Maggie?
—He quedado con ella en la cabaña grande.
Me levantó el pulgar y, de repente, me sentí tontísimo por mentirle a una niña de diez años, pero supongo que no quería que nadie supiera que me habían dado plantón.
—Hasta luego, señor Frank —se despidió Abigail, y se acabó la conversación.
Desde nuestra cabaña había varios senderos distintos que conducían al bosque, pero me limité a volver por donde habíamos venido y seguí la orilla del lago Wyndham durante un par de minutos, hasta que regresé a la playa. Todas las tumbonas seguían vacías y no había ningún bañista en el agua, pero en el césped principal, cerca de la cabaña del Águila pescadora, había unos hombres y mujeres con uniformes blancos que transportaban unas mesas rodando por la hierba y cargaban con montones de sillas plegables. Parecía que preparaban el banquete, aunque solo estábamos a jueves. Vi a un carpintero con una sudadera de Dartmouth que usaba una pistola de clavos en una estructura de madera. Construía una plataforma grande, una especie de escenario elevado, y le pregunté si necesitaba ayuda. Supongo que aún buscaba una forma de echar una mano. Me miró de reojo y me preguntó:
—¿Trabajas aquí?
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Le expliqué que era el padre de Maggie y que había venido a la boda y, de inmediato, se irguió y soltó la pistola de clavos.
—No se preocupe, señor Szatowski. Debería relajarse y disfrutar del campamento.
¿Por qué todo el mundo me decía que me relajara y disfrutara del campamento?
—Me sorprende que lo montéis todo tan pronto —observé—. ¿Y si llueve antes del sábado?
—No es para la boda. —Señaló las grandes mesas redondas, tapadas con manteles blancos y rodeadas de sillas plegables—. Todo esto es para esta noche.
Hasta ese instante, había esperado que la cena del jueves consistiría en una comida íntima con mi familia y los Gardner, pero los camareros del catering estaban colocando vasos y cubertería para docenas de personas. Tal vez no se tratase de la boda como tal, pero era mucho más extravagante que ninguna boda que hubiera visto jamás.
El carpintero se puso de nuevo manos a la obra y disparó una larga hilera de clavos a la plataforma. Mientras estaba allí plantado y sopesaba qué hacer, Aidan salió de la parte trasera de la cabaña. Lo acompañaba una mujer de pelo largo y rojizo. Lo saludé y lo llamé por su nombre, pero, con la pistola de clavos a toda pastilla, no me oyó. La mujer y él tomaron un sendero estrecho que desaparecía entre los árboles. Me di prisa en cruzar el césped, serpenteé entre las mesas y los camareros e intenté alcanzarlos. Para cuando llegué al principio del sendero, ya se habían esfumado.
Como todo el mundo insistía en animarme a explorar el campamento, decidí seguir por ese camino. En el bosque hacía más frío, había menos luz y, sorpresa, más silencio. Los sonidos del campamento se disiparon y no tardé en no oír nada más que el ruido de las cigarras y el ocasional canto de los pájaros. De vez en cuando le echaba un vistazo al mapa de papel e intentaba orientarme, pero ese sendero no figuraba. Estaba al oeste de la cabaña del Águila pescadora, en una gran zona boscosa que llamaban la «arboleda de la Imaginación», y el sendero me conducía al extremo más lejano de la finca. Comencé a entender que era imposible que el mapa estuviera a escala, que la arboleda debería de ser mucho más grande de lo que parecía y la habían empequeñecido para que todo cupiera en una sola página.
O quizá me había perdido.
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Una de las cosas más útiles que aprendí durante los cuatro años que pasé en el ejército de los Estados Unidos es el concepto de la consciencia situacional. La idea es que siempre evalúes el entorno y te centres en las amenazas, los riesgos y las señales de altercados recientes. Era una actitud de lo más útil para un chaval asustadizo de diecinueve años que patrullaba los pueblos iraquíes durante la guerra del Golfo de 1991, y me ha costado perder la costumbre. Hoy en día, soy incapaz de entrar en un restaurante sin fijarme en las salidas de emergencia. Tras pasar un rato recorriendo el sendero, me paré, me di la vuelta y no vi ni un solo ser vivo. No tenía motivos para ponerme nervioso en una zona boscosa, despejada y con buena visibilidad en todas direcciones, pero tenía la inquietante sensación de que me iban a emboscar a la vuelta de la esquina y de que me había metido en una especie de trampa.
El camino me condujo a una cuesta empinada y bastante descuidada y, después, vislumbré un edificio a lo lejos. Se parecía a un cobertizo antiguo y no tenía nada que ver con los edificios modernos del campamento. Contaba con un revestimiento de madera desgastada, unas ventanas polvorientas y un tejado gris, moteado de musgo esponjoso. Comprobé el mapa para orientarme, pero el edificio no figuraba en él. Me acerqué a un lateral, una pared plana y uniforme, salvo por dos respiraderos oxidados y una sola ventana de guillotina. Habían corrido las cortinas, pero la ventana estaba abierta y pude oír las voces del interior.
Una era la voz de Aidan, pero la otra persona (la mujer) era la que casi siempre hablaba. No distinguía todas las palabras, solo el tono general de la conversación. Estaba enfadada y Aidan la apaciguaba, o al menos lo intentaba.
—No es justo.
—Lo sé.
—No es justo para mí.
—Ya lo sé. Lo entiendo.
—No digas que lo entiendes, Aidan, porque si lo entendieras de verdad, si de verdad estuvieras de acuerdo conmigo, no lo harías.
Dijo algo que no distinguí y me acerqué aún más, pisé con cuidado las hojas secas hasta ponerme justo al lado de la ventana.
Y entonces Aidan dijo:
—¿Y qué quieres que haga?
—Di la verdad.
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—Aparte de eso.
—Te ayudaré. Aún me importas. Lo podemos hacer juntos… —No, no y no. No vamos a hacer nada. Ya no estamos juntos.
Y entonces dijo algo que tampoco entendí. La mujer estaba enfadada, pero el tono de Aidan era firme, terco e inmutable. Miré a mi alrededor, temeroso de que me pillasen escuchando a escondidas, pero, por lo que vi, en el bosque solo estábamos nosotros tres. Fui caminado de lado a la parte trasera de la cabaña, hasta una ventana más grande donde se oían mejor las voces.
—… no lo has tenido todo en cuenta.
—Quizá debería hablar con Margaret.
—No hables con Margaret.
—Creo que…
—No te acerques a Margaret, hostias.
—Joder, Aidan…
—Que no se entere de esta conversación. Como le digas una sola palabra…
El resto de la frase lo dijo en voz baja.
—¿Me estás amenazando?
—No, tan solo…
—¿Estás seguro? Porque ha sonado a una amenaza.
—Relájate, ¿vale? Ven.
La ventana trasera la tapaban unas cortinas amarillas y descoloridas que no llegaban hasta el alféizar. Apreté la cara contra la ventana y entorné los ojos para mirar por la rendija entre las cortinas y el alféizar. Vi una sala desordenada y poco iluminada. Había unos lienzos apoyados en las paredes, en montones de seis o siete. Había una mesa de trabajo llena de pinturas y herramientas y un caballete de madera grande. Aidan me daba la espalda y la mujer lo abrazaba. Tenía la edad de mi hija, era pelirroja y alta, con el pelo largo y la tez pecosa. De inmediato, nos miramos a los ojos. Tensó los hombros y se quitó de encima las manos de Aidan.
—Hay alguien ahí —murmuró.
Yo estaba de espaldas al sol y me di cuenta de que había proyectado una sombra en las cortinas. Aidan se dio la vuelta y yo me aparté de la ventana de un salto. Se acercó caminando y miró fuera.
—¿Frank? ¿Qué haces aquí?
Le dije lo primero que se me pasó por la cabeza:
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—Explorar el campamento. —Luego le enseñé el mapa de papel, con la esperanza de que mi excusa resultase creíble—. Parece que me he perdido.
—No te has perdido. Es mi estudio. Ve a la parte delantera y te lo enseño.
Aidan me esperaba en la puerta cuando llegué a la entrada.
—Has descubierto mi secretito. He intentado pintar en la cabaña, pero es imposible. Hay demasiadas distracciones. El personal no para de ir y venir, aunque este sitio es perfecto. Es el último edificio que aún queda del campamento original. Es supertranquilo y no figura en ninguno de los mapas. La mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe.
Lo seguí y entré. Olía a humedad y a productos químicos: aguarrás y aceite de linaza. Había cuadros por todas partes, un montón de caras atormentadas en blanco y negro, como las del ático. Pero muchas parecían incompletas o abandonadas y los lienzos solo mostraban fragmentos de las caras: una boca abierta. Un largo cuello esbelto. Una sola oreja, medio tapada por unos mechones de pelo. Esos fragmentos de rostros me resultaron incluso más perturbadores que los retratos completos.
La pelirroja se apoyaba en la mesa de trabajo de Aidan. Llevaba una blusa de color crema, una falda verde y larga y unas sandalias de cuero marrón. Toda la ropa y la bisutería parecían caseras y un tanto primitivas, como si viniera de un mercado renacentista.
—Frank, te presento a Gwendolyn —dijo Aidan, y me di cuenta de que antes no lo había oído bien. Se había ido corriendo a ver a Gwen, no a Glen—. Fuimos juntos a la facultad de Bellas Artes. Ahora es profesora, como yo.
A Gwendolyn pareció divertirle la comparación.
—A Aidan le encanta que la gente parezca importante. Doy clase en una escuela infantil los martes. Pintamos con los dedos y hacemos figuritas con palos de polos. El resto de la semana, soy repartidora de DoorDash.
—No hay por qué avergonzarse —le respondí—. Yo llevo veintiséis años en UPS.
—¿Eres repartidor?
—Es un trabajo duro, pero te aseguro que pagan mejor que en DoorDash. —Pareció interesarse de verdad, así que alardeé un poquito de los derechos del sindicato: el plan de pensiones, el seguro médico y los
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beneficios de ser transportista—. Además, ahora mismo se mueren de ganas de contratar más mujeres, por el MeToo y eso. Según donde estés, puede ser una gran oportunidad.
—¿Sabes? Igual le echo un vistazo —dijo—. ¿De qué os conocéis? —Frank es el padre de Margaret —explicó Aidan.
Y fue como si hubiera pulsado un interruptor. De repente, Gwen se mostró más amargada.
—Espera, ¿eres el padre de Margaret?
—Sí, Frank Szatowski.
—Pues imagino que pronto colgarás el uniforme marrón, ¿no? ¿Ya has entregado el último paquete?
No era la primera persona que me gastaba una broma de ese estilo. Muchos de mis amigos del trabajo habían hecho comentarios similares, como si esperasen que Maggie fuera a ganar un dineral que me permitiese mudarme a Cayo Hueso, ir de vacaciones a Hawái y vivir una vida ociosa con todos mis nuevos familiares, los Gardner. Pero no tenía ninguna intención de sacarle ni un solo centavo a mi hija. Siempre he creído que las fortunas familiares deben viajar en una sola dirección: abajo, de padre a hija, y no al revés.
—Estoy bastante contento con mi vida —repuse—. No voy a cambiar nada.
No se esforzó en ocultar el escepticismo, ni tampoco el desdén repentino e inexplicable que sentía por mí.
—¿Y Aidan te va a llamar papá? ¿O crees que seguiréis usando los nombres de pila?
—No lo hemos hablado. —Me volví hacia Aidan—. Pero ya que Gwen ha sacado el tema, las dos opciones me valen. Lo que te resulte más cómodo.
—Ya lo sé, Frank, y gracias. Gwen intenta provocarnos. Así es ella.
Resopló a modo de respuesta.
—Claro, Aidan. Decir la verdad es de lo más provocador. Soy una bala perdida. —Luego se me acercó más y entornó los ojos para mirarme el reloj de pulsera—. Una cosa, Frank. ¿Qué hora tienes?
—Las tres y media.
Miró con ironía a Aidan, como si le hubiera demostrado algo.
—Vale, me voy a tirar por un puente, pero encantada de conocerte, Frank. Seguro que pasáis un fin de semana asombroso. Dale recuerdos a
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Margaret.
Luego salió por la puerta y se adentró en el bosque. Quizá me lo imaginé, pero me pareció que contoneaba las caderas, como si supiera que la observábamos.
—Lo siento, Frank —se disculpó Aidan.
—¿He dicho algo que la ofendiera?
—No ha sido cosa tuya. Se pone rara por el dinero.
Me explicó que Gwendolyn perdió a sus padres a los siete años y la crío su abuela, una migrante irlandesa que trabajaba limpiando casas. Gwendolyn se las había apañado para ir a la Universidad Steinhardt de Nueva York con una beca completa, donde Aidan y ella se habían hecho amigos, contra todo pronóstico. Fueron amigos íntimos y confidentes durante cuatro años y luego se separaron después de graduarse. Aidan se mudó al ático de Boston y Gwendolyn volvió a Lawrence, en Massachusetts, con su abuela de ochenta y un años. Porque el mundo no era justo, dijo Aidan, y era casi imposible ganarse la vida como artista visual.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
—Nada. Se pone rara siempre que viene aquí. Critica mucho el campamento y odia Capaciti. Es probable que fuera un error invitarla, pero éramos buenos amigos.
Quería preguntarle por la conversación que había oído, pero no había manera de conseguirlo sin admitir que los había estado escuchando a escondidas.
«No es justo».
«Di la verdad».
«Quizá debería hablar con Margaret».
Me recordé a mí mismo que no había oído toda la conversación, así que podrían haber estado hablando de cualquier cosa. Y aun así…
«¿Me estás amenazando?».
Aidan esperaba a que le dijera algo. Esperaba para ver mi próximo movimiento en ese juego raro al que jugábamos, pero yo necesitaba tiempo para procesar todo lo que había descubierto. Le eché un vistazo al estudio y reparé en una escalera metálica de caracol en el rincón más alejado, que descendía por un agujero del suelo.
—¿Adónde va?
—Al refugio nuclear.
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—¿En serio?
Asintió con la cabeza.
—Construyeron el campamento en 1954, en pleno Terror Rojo. Por aquel entonces, el Gobierno subvencionaba los refugios nucleares y todo el mundo los construía. —Lo interrumpió un pitido procedente de su bolsillo. Aidan se sacó el móvil y miró la pantalla—. Es mi padre. Será mejor que lo coja.
Se alejó de mí para buscar una pizca de intimidad y observé la escalera de caracol. Los peldaños estrechos de rejillas metálicas rodeaban un poste de acero negro antes de desaparecer en la oscuridad. Era como mirar un pozo.
—Sí, de hecho, estoy con él… Estamos en el estudio. —Aidan escuchó
un momento antes de girarse hacia mí—. Papá pregunta si tienes tiempo
de tomar una copa.
—Por supuesto.
Aidan dijo que iríamos enseguida y luego colgó. Al salir del estudio, cerró la puerta y noté que contaba con otra cerradura Bluetooth. Aidan dijo que su padre nos esperaba en la cabaña del Águila pescadora y le pedí que me llevara allí, pero se dirigió hacia el lago.
—Otra cosa, Frank: Margaret mencionó que te mandaron algo por correo. ¿Una especie de fotografía?
—Exacto. Está en la maleta.
Me dedicó una sonrisa forzada y se disculpó por cortarme el rollo. —¿Crees que la podríamos coger de camino? Mi padre tiene muchas
ganas de verla.
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Errol Gardner se parecía a los hombres que salen en los anuncios de viagra de la tele: era alto y bronceado, tenía los hombros anchos y una buena mata de pelo ondulado y entrecano. Sabía, por lo que había indagado, que tenía cincuenta y siete años. Había leído que su rutina matutina consistía en una hora de correr en la cinta, cincuenta flexiones, cien abdominales y un batido de medio kilo de pasto de trigo. Y sabía que llevaba variantes del mismo conjunto característico casi todos los días: una americana marrón, una camisa blanca de cuello abotonado y vaqueros azules. Cuando GQ le preguntó por su estilo personal, Errol dijo que era «elegante para las salas de juntas de Boston, resistente para los empleados de las fábricas y apto para tomar unas copas después del trabajo».
—¡Frank Szatowski! —Pronunció mi apellido como si fuera el remate de un chiste, como si sonara gracioso de por sí—. Me alegre mucho de conocerte por fin. ¿Qué tal el viaje?
—Pan comido.
—Bien, bien, bien. Así nos gusta. ¿Y tu cabaña? ¿Es cómoda? —Se volvió hacia su hijo—. ¿Dónde los has puesto?
—En el Mirlo —dijo Aidan, y Errol asintió con la cabeza en señal de aprobación.
—Gran elección. Unas vistas fabulosas. Es increíble que por fin hayas venido, Frank. Llevo meses esperando el momento. ¡Pasa, por favor!
La cabaña del Águila pescadora era enorme y Aidan me condujo deprisa a la segunda planta, así que no tuve ocasión de echar un vistazo. El despacho de Errol Gardner contaba con molduras y vigas de madera natural; parecía que lo habían tallado de un árbol gigantesco. El escritorio
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era más grande que una típica mesa de comedor y el acabado de caoba contaba con todo tipo de adornos incrustados: pájaros, árboles, flores y animales del bosque. Al lado del escritorio había un pedestal a juego donde se exponía un estrecho cilindro metálico, más o menos del tamaño de un termo pequeño. Errol lo llamó la célula de combustible ultracompacta.
—El milagro de la batería Miracle —explicó—. Adelante, cógela si quieres.
Yo llevaba en las manos una botella de bourbon Blanton’s Single Barrel, que le regalé a Errol.
—Leí tu entrevista en New England Living. Dijiste que era tu favorito.
Aceptó la botella con una sonrisa magnífica.
—¡Ah, Frank! ¡Odié esa entrevista! La periodista se equivocó en todo… ¡salvo en lo del bourbon! ¡Es lo único sincero que escribió sobre mí! —Miró a lo lejos, por encima de mi hombro—. ¿Lo has probado, Gerry?
Me di cuenta de que allí no estábamos solo los tres. Había un cuarto hombre cerca de la ventana, sentado en el borde del sofá. Llevaba un pulcro traje gris y una pajarita granate. —No he tenido el gusto —dijo.
—Mi mejor amigo, Gerry Levinson —indicó Errol.
El hombre se puso en pie y cruzó el despacho para darme la bienvenida. Gerry era de una generación anterior a la de Errol Gardner, lo bastante mayor como para ser el abuelo de Aidan. Las arrugas le surcaban la cara y cojeaba un poco al andar, pero me estrechó la mano con una fuerza sorprendente.
—Es una maravilla conocerte, Frank. Margaret nos ha hablado mucho de ti.
Errol abrió un armario de la pared y descubrió una especie de minibar oculto. Descorchó la botella de Blantons y sirvió el bourbon en cuatro vasos de cristal. Luego sugirió que brindásemos por los novios y todos entrechocamos los vasos. El whisky era excelente Con un solo sorbo noté que se me pasaban los nervios. Todo el día había estado nervioso por conocer a los Gardner, desde que salí de casa a las seis de la mañana. Pero, después de que nos presentasen, noté que me relajaba. Bebí otro trago y Errol se rio.
—Es bueno, ¿eh?
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—Increíble —asentí—. No exagerabas.
Los cuatro nos reunimos alrededor de una mesita de centro con nuestras copas y Errol empezó a alabar a Maggie. Dijo que era lista, ambiciosa y trabajadora, un «talento de los que no hay», y afirmé que Aidan tenía suerte de haberla encontrado.
—Tu mujer y tú la criasteis de maravilla. Lo único que me da pena este fin de semana es que la señora Szatowski no pueda acompañarnos.
Esa observación me conmovió. Me pareció muy amable que la tuviera en cuenta.
—A Colleen le habría encantado el campamento. Le gustaba mucho hacer actividades al aire libre. Le encantaba la naturaleza. De jóvenes, solíamos ir a hacer senderismo. A las montañas Pocono, las Catskill y los lagos Finger, pero nunca fuimos a ningún sitio tan bonito como este.
Cuando me ponía a hablar de Colleen, me costaba callarme. Les conté que fuimos compañeros de clase en primaria y amigos en secundaria, pero no nos enamoramos hasta después de que me alistara en el ejército. Me pasé seis meses en Oriente Medio, más o menos en la época de la operación Tormenta del Desierto, y Colleen me escribía dos veces a la semana. Me enviaba cartas largas y detalladas (fue justo antes de que se popularizase el uso del correo electrónico) y me contaba todo lo que pasaba en casa. De modo que cuando el videoclub Blockbuster local cerró, cuando pillaron al párroco de la iglesia por malversar fondos o cuando una de nuestras amigas comunes se quedó embarazada, la arrestaron o lo que fuera, Colleen me escribía y me ponía al día. Todavía conservo todas las cartas que me envió. Si te han mandado a la guerra, sabrás lo importantes que son estos mensajes de casa. Y, durante seis meses, sus cartas se fueron volviendo más y más personales. Insistía en que todos los demás tíos de Stroudsburg eran idiotas, en que yo era el único con media neurona y en que le enfadaba que me hubiera marchado. Me suplicó que tuviera mucho cuidado, que me anduviera con ojo y que regresara a casa sano y salvo. Y, para cuando salí del ejército, ya estaba colado por ella.
El whisky debió de desinhibirme, porque no había querido contarles todo aquello. Les pedí perdón por hablar demasiado.
—Aquí me tenéis, dándole a la sin hueso, y ni siquiera te he preguntado por tu mujer. ¿Cómo está Catherine?
Errol perdió la compostura perfecta, como si yo hubiera encontrado una rendija en su armadura.
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—Lamento decirte que no nos acompañará esta noche. Lleva convaleciente desde el martes, así que esperamos que mañana pase al posdromo.
Por mi expresión, debió de deducir que no tenía ni idea de a qué se refería, así que procedió a explicármelo. Dijo que a las migrañas de Catherine las seguía una «fase de posdromo», también conocida como resaca de migraña, que podía durar hasta veinticuatro horas. La resaca solía dejarla grogui y débil, pero estaba decidida a sobreponerse y a unirse a Errol para acompañar a su hijo hasta el altar.
—Lo siento mucho —musité—. No sabía que la afección era tan grave.
Le recordé a Errol que, cuando hablamos en mayo, me dio a entender que Catherine se estaba recuperando bien.
—Supongo que eso demuestra, la profundidad de mi ignorancia, Frank. Las migrañas son una enfermedad espantosa, un dolor brutal y debilitante, y ninguno de los mejores médicos de Boston tiene ni puñetera idea de cómo tratarlas. Hemos visto a una docena de especialistas y nos han recomendado una docena de tratamientos distintos, pero, a las dos y media de hoy, mi mujer sigue en la cama con las cortinas echadas y es incapaz de moverse.
El tema parecía demasiado doloroso como para que Aidan hablara. En lugar de participar en la conversación, se limitó a sujetar el vaso con las dos manos y a mirar fijamente el whisky. Sentado al lado de su padre, parecía más pequeño de lo que recordaba, unos cinco centímetros más bajo y varios kilos más delgado.
Gerry fue quien rompió el silencio:
—La FDA tiene un medicamento nuevo y prometedor…
—Y será el sexto medicamento nuevo y prometedor que Catherine haya probado —atajó Errol—. Llegados a este punto, ya no me fío de las empresas farmacéuticas. Estoy listo para costearme mi propio laboratorio e investigar en mis propios tratamientos. Imagino que no me puede ir peor que al resto del sector.
—Hay formas de conseguirlo —le prometió Gerry—, pero lo primero es que hay una boda que celebrar. Un motivo para sentirse bien. Vamos a mirar el lado bueno, ¿vale?
Errol asintió con amabilidad, brindó por el lado bueno de las cosas y todos volvimos a entrechocar los vasos.
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—¿Catherine está aquí? —pregunté—. ¿En la cabaña?
Aidan asintió con la cabeza.
—Arriba. En la tercera planta.
—¿Os parecería bien si paso a saludarla rápidamente? Solo para presentarme.
A Gerry se le ensombreció el rostro y Errol negó con la cabeza.
—Se moriría de vergüenza, Frank. Le da muchísima vergüenza el aspecto que tiene. La pobre está exhausta. Organizar la boda ha sido demasiado para ella. Y luego está el estrés añadido de la tontería de Dawn Taggart, todo el acoso verbal y emocional. Ha estado agobiadísima.
El nombre de Dawn Taggart conllevó otra pausa abrupta en la conversación y di gracias por tener un vaso de bourbon. Tras un silencio incómodo, Gerry carraspeó y continuó en voz queda y suave:
—Margaret nos dijo que te mandaron una cosa por correo.
Quisiéramos echarle un vistazo, si te parece bien.
Rebusqué en el bolsillo de la americana y hallé la bolsa de plástico con el sobre. Se la di a Gerry y la examinó con cuidado. Observó el sobre a través del plástico, como si buscara pistas.
—El matasellos es del diecisiete de julio —dijo—. De aquí mismo, Hopps Ferry.
—Esta gente no es nada discreta —comentó Errol—. Ábrelo quiero verla.
Gerry extrajo de su maletín un par de guantes de látex y los estiró con cuidado para ponérselos en los dedos larguiruchos. Luego sacó la hoja de papel y la desplegó en la mesa para que todos la vieran. Aidan le echó un vistazo a la foto y, de inmediato, se levantó de la silla de un brinco.
—¡Es falsa! Nunca la traje aquí.
—Pues claro que es falsa —dijo Errol.
Gerry asintió con la cabeza.
—La madre de Dawn habrá encontrado una foto de Aidan en internet y luego habrá añadido a su hija con Photoshop.
A continuación, los tres me miraron para ver si había llegado a la misma conclusión.
—No tengo ni idea de Photoshop —admití—, pero a mí me parece bastante real.
—De eso se trata —explicó Gerry—. Se supone que ha de parecer real, Frank. En las manos adecuadas, ese programa puede ser muy potente.
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Pero, cuando has visto un montón de imágenes trucadas, como yo, empiezas a reconocer las señales de la manipulación digital. Ningún tribunal admitiría esta imagen en calidad de prueba. —Con el dedo, me indicó que me fijara en la arena de la playa a los pies de Dawn—. Esta sombra, por ejemplo. No es nada natural.
Errol se mostró de acuerdo.
—Y mira el contorno del pelo de Dawn. ¿Ves que parece recortado y pixelado? Es un cortapega malo.
Me acerqué tanto que estuve a punto de tocar el papel con la nariz, pero fui incapaz de ver ningún contorno recortado. Parecía una foto de lo más normal.
Gerry se llevó la foto y la volvió a meter en la bolsa de plástico como para zanjar el asunto, pero Errol pareció intuir que yo no estaba satisfecho.
—Frank, seguro que tienes muchas dudas, así que vamos a poner las cartas sobre la mesa. ¿Cuánto te ha contado Margaret?
—No mucho, solo que Aidan no estaba involucrado.
Errol se rio.
—Bueno, no nos podemos fiar de su palabra sin más, ¿no? ¡Es una joven enamorada! Su sesgo no es imparcial. Tienes que oír todos los detalles para decidir por ti mismo. —Luego miró a Aidan y lo animó a que continuase.
—Bien, vale —dijo Aidan, y tragó saliva con dificultad. Ya se había acabado el segundo bourbon y parecía que podría venirle bien un tercer vaso, pero daba la impresión de que Errol ponía la botella fuera de su alcance. Noté que a Aidan no le hacía ninguna gracia contarme la historia. Parecía un crío al que llevan a rastras delante de la clase y no está listo para hacer una presentación oral—. Lo primero que has de entender es que ya no voy nunca al pueblo, porque todo el mundo conoce a mi padre, todos saben quiénes somos y los desconocidos se me acercan y me dicen que deberíamos invertir en su pizzería. O se ponen a discutir conmigo sobre los coches eléctricos. Quieren que nos peleemos por la política o por las subvenciones fiscales, como si yo mismo hubiese inventado la batería Miracle. Así que, siempre que vengo a la cala del Águila pescadora, tomo las carreteras secundarias para evitar pasar por el pueblo.
Un viernes por la mañana (hacía casi un año, en julio del año anterior), Aidan iba por una carretera secundaria y se le pinchó una rueda. El neumático de repuesto que llevaba en el maletero también estaba
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desinflado, así que acabó atrapado en un bosque sin cobertura. No había ninguna casa cerca, nada más que árboles, y Aidan se planteaba tener que caminar mucho hasta el pueblo cuando un Toyota Corolla paró detrás de él. Dawn Taggart bajó del coche y le preguntó si necesitaba ayuda. Acababa de terminar el turno en Dollar General y aún llevaba el chaleco de dependienta con la credencial. Aidan le explicó que no tenía rueda de repuesto y Dawn sugirió que probasen con la suya para ver si valía. Entonces, Aidan se vio obligado a admitir que no sabía cómo cambiar una rueda, así que Dawn sacó su gato y su llave de cruceta, se arrodilló en la gravilla y le enseñó a cambiarla.
—Cuando terminó, intenté darle un poco de dinero. Llevaba ochenta pavos en la cartera, pero los rechazó. Dijo que solo tenía que devolverle la rueda de repuesto e invitarla a cenar. Y, como había sido bastante amable y se había parado a ayudarme, no pude negarme
La noche siguiente, Aidan quedó con Dawn en Millies Bar and Grill, el único restaurante como Dios manda de un condado lleno de pizzerías y sitios de comida rápida.
—Por supuesto, el restaurante estaba lleno de entrometidos. Todos los tíos me fulminaban con la mirada, como si hubiera ido a robarles a sus mujeres. Estoy bastante seguro de que me iban a seguir al aparcamiento para darme de hostias. Pero lo peor de la cena fue Dawn Taggart. O sea, no me malinterpretéis: es una mujer muy atractiva. Guapísima. Y espero que esté bien, dondequiera que esté Pero no conectamos en nada. No teníamos nada en común. De lo único de lo que hablaba era de TikTok. De a quién seguía, de quién la seguía a ella y de quién creía que me iba a gustar a mí. De hecho sacó el móvil durante la cena e insistió en enseñarme a sus favoritos. Pero fue amable, se paró y me cambió la rueda, así que fingí que me interesaba. Luego pagué la cuenta, la llevé a su casa y te lo juro Frank, fue la última vez que la vi. Cuatro meses antes de que desapareciera.
Todo eso sonaba de lo más razonable si estaba dispuesto a pasar por alto la pregunta más obvia:
—Si eso es lo que pasó, ¿por qué su familia te echa la culpa?
Aidan levantó las manos para sugerir que era una duda pertinente. En ese momento, Errol no tuvo ningún reparo en retomar la palabra:
—Gerry tiene un par de teorías al respecto —dijo—. Aparte de ser mi mejor amigo, es el abogado de la familia. Uno de los mejores letrados de Nueva Inglaterra. Y cree que sabe lo que buscan.
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—Dinero, en resumen —explicó Gerry—. Creemos que nos amenazarán con denunciarnos por lo civil. ¿Te acuerdas del juicio de O. J. Simpson?
Asentí con la cabeza, porque todas las personas de mi generación se acordaban del juicio de O. J. Simpson. El juzgado de lo penal lo declaró inocente del asesinato de Nicole Brown y Ronald Goldman, así que nunca fue a la cárcel. Pero las familias de las víctimas lo denunciaron por lo civil, donde no se requerían tantas pruebas, y les acabaron indemnizando con treinta y tres millones de dólares.
—Los abogados de los Taggart nos amenazarán con llevar el caso a un juzgado local —continuó Gerry—, con un jurado que tenga prejuicios contra las familias ricas que no son del pueblo. En este condado, es bastante sencillo encontrar a doce personas con un poco de resentimiento de clase, así que el abogado hará el papeleo y esperará que le contestemos con un acuerdo, para que la historia no salga en la prensa. En resumen, les pagamos para que nos dejen en paz. ¿Cien mil dólares? ¿Quizá doscientos cincuenta mil?
—Ni un puto centavo —espetó Errol—. Pagarles es admitir la culpabilidad y mi hijo no ha hecho nada. Prefiero ir a juicio.
—No vamos a ir a juicio —dijo Gerry con suavidad—. No se lo pueden permitir y el caso es demasiado débil.
—No es débil, Gerry. ¡No hay caso! El fin de semana que Dawn desapareció, ¡Aidan estaba en Boston! ¡A trescientos kilómetros! ¡Y con Margaret!
No estaba seguro de haber oído bien la última parte.
—¿Has dicho con Margaret?
—Estábamos en su piso —explicó Aidan—. En el estudio de la calle Talmadge. ¿Has ido allí?
Pues claro que había ido. La ayudé a mudarse allí. Era el estudie del sótano de la casa victoriana de piedra rojiza, el piso con los pececillos de plata. El sitio que Maggie no soportaba. Me acordé de que me preocupaba que no fuese un lugar seguro para que una joven viviese sola, porque Maggie tenía que dar diez pasos por un callejón oscuro y estrecho para llegar a la puerta del sótano, pero mi hija decía que los riesgos y la incomodidad merecían la pena con tal de tener una dirección pija en el barrio de Back Bay.
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—Margaret me invitó a cenar allí el viernes por la noche. El dos de noviembre, la noche antes de que desapareciera Dawn Taggart Nos preparó la cena, vimos una peli y luego… —Aidan se trabó con las palabras al explicar de la mejor forma posible lo que sucedió a continuación—. Fue un fin de semana largo.
—Aidan, vocaliza —lo amonestó Errol—. Cuando te pones a la evasiva, suenas culpable.
Gerry coincidió.
—Frank tiene que oír la verdad. Todos somos adultos.
Aidan entrelazó los dedos, flexionó las manos y lo volvió a intentar:
—Cuando nos despertamos el sábado por la mañana, Margaret no tenía que ir a ningún sitio. Y yo tampoco, así que, ya sabes, pasamos el rato juntos.
—¿En su piso?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta el domingo.
—¿Os pasasteis todo el fin de semana en su piso?
—Sí.
—Tiene treinta metros cuadrados, Aidan. Allí no aguantaría ni un perro. ¿Y qué hicisteis todo el fin de semana?
Supe la respuesta en cuanto formulé la pregunta y el rostro sonrojado de Aidan confirmó mis sospechas.
—El amor de juventud —comentó Errol con melancolía—. Cuando conoces a la persona adecuada, es como si el resto del mundo desapareciera.
Gerry asintió con la cabeza.
—Todos hemos pasado por ello.
Deseé que se callaran, porque necesitaba un momento para procesar lo que oía.
—Entonces, el día que Dawn desapareció, ¿te lo pasaste en el piso de Maggie?
—Sí.
—¿Todo el día? ¿No saliste?
—Exacto.
—¿Y no te vio nadie?
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—No, no queríamos compañía —explicó Aidan—. Estábamos contentos de estar los dos solos. Nosotros dos solos, por eso Margaret me cree. Porque estuvo conmigo todo el tiempo.
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Salimos del despacho de Errol y fuimos al césped, donde ya había comenzado la cena. Había casi cien invitados y todas las mesas estaban llenas, así que los camareros del catering se abrían paso para llevar más mesas altas y sillas. Un trío de jazz tocaba «It Had to Be You» y te juro que fui incapaz de imaginar cómo habían conseguido transportar un piano de cola por el césped sin destrozar la hierba. La mesa del bufé medía un kilómetro y contaba con una zona donde trinchar las costillas asadas, pasteles recién hechos de cangrejo de Nueva Inglaterra, mazorcas de maíz enormes e incontables ensaladas y guarniciones. Además, había tres barras distintas donde pedir un cóctel para que nadie tuviera que esperar apenas a que le pusieran una copa. Deambulé hasta llegar a la más cercana y me sorprendió reconocer al camarero.
—Señor Szatowski, ¿qué quiere tomar esta noche? —me preguntó. Era el hombre del restaurante del pueblo, el que nos había rescatado de
Brody Taggart. Había cambiado el mandil sucio por una pulcra camisa blanca de cuello abotonado, un chaleco negro y una pajarita. Le pedí una Coors Light y me ofreció una Smuttynose rubia.
—Casi, casi —le dije.
Al servirme la cerveza en un vaso de pinta, me animó a acompañarla con los pasteles de cangrejo, la especialidad de su mujer.
—Mi hermana y ella tienen una empresa de catering. Se encargan de toda la boda.
—¿Trabaja mucho por aquí?
—En verano, me paso aquí todo el tiempo. Los Gardner siempre dan muchas fiestas, pero esta boda es otro nivel. Hemos cocinado suficiente
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comida como para alimentar a un ejército.
Le di las gracias por la cerveza y luego me sumergí en la muchedumbre para buscar a mi hija. Tenía que hablar con Maggie enseguida. Necesitaba saber si la historia de Aidan era verdad. De ser cierta, ¿por qué no me lo había dicho?
Maggie siempre había comparado el piso de la calle Talmadge con la celda de una mazmorra. Decía que era oscuro, húmedo y claustrofóbico, un lugar donde dormir mientras se buscaba la vida. Cuando la empresa ofrecía al personal la posibilidad de teletrabajar, Maggie se negaba. Iba a la oficina hasta los fines de semana o se escapaba al parque Boston Common con la manta de picnic y el portátil y trabajaba al aire libre. A cualquiera que hubiese oído cómo se quejaba del piso le costaría mucho creerse la historia de Aidan.
La gente era más joven de lo que había esperado (casi todos eran veinteañeros o treintañeros) e imaginé que la mayoría trabajaban en Capaciti. Varias personas llevaban forros polares con cremallera y el logo de la batería Miracle, y vi a una mujer con una camiseta de tirantes que tenía el esquema de un circuito eléctrico tatuado en el bíceps. En el césped no había nadie que reconociese y, desde luego, ninguna de las amigas de Maggie del pueblo. Pero, tras pasar un rato buscándola, por fin oí que me llamaba:
—¡Papá! ¡Eh, papá!
Me di la vuelta y vi que Maggie corría hacia mí. Iba descalza por la hierba, lucía un vestido de verano amarillo y vaporoso y llevaba las sandalias en la mano.
—¡Aquí estás! ¡Te he buscado por todas partes! —Me explicó que acababa de volver del pueblo, donde había conseguido encontrar otra empresa de autocares que se encargase del transporte—. Ya estoy lista para celebrarlo. ¿Me acompañas a la barra?
—¿Podemos hablar de una cosa?
—Hablaremos en la fila. Necesito una copa de vino, en serio.
—Es personal, Maggie. No creo que nadie más deba oír la conversación.
Me señaló una mesa alta al borde del césped. No era lo que se dice íntimo (seguíamos a plena vista de todos los asistentes a la fiesta), pero tendría que valer. Cuando llegamos a la mesa, Maggie le dio la espalda a la muchedumbre para que nadie le viera el rostro de fastidio.
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—¿Qué pasa? ¿Qué es tan urgente?
—Me acabo de tomar una copa con Errol y Aidan. Y con su abogado, Gerry Levinson. Ha sido una conversación rarísima.
—¿Por qué?
—Hemos hablado de Dawn Taggart, ¿la chica que desapareció? —Sí, papá. Sé quién es.
—Ya. Bueno, el fin de semana que desapareció, Aidan dice que estaba en tu piso. El de la calle Talmadge. La mazmorra.
Maggie esperó a que continuara.
—¿Y?
—No me lo habías contado.
—¿Que no te había contado el qué?
—Cuando hablamos de Dawn Taggart, dijiste que Aidan estaba a trescientos kilómetros, en Boston. Nunca dijiste nada de que estuviera a trescientos kilómetros, en Boston y contigo.
Maggie se encogió de hombros, como si yo no dejara de darle vueltas a un detalle trivial e insignificante.
—Lo siento. Creí haberlo mencionado. —Pues no lo mencionaste, en absoluto. —¿Y qué? ¿Qué más da?
Me obligué a no parecer enfadado, porque veía que los demás invitados nos miraban de reojo. Todos miraban a la novia y a su padre, que compartían un momento hermoso antes del bodorrio.
—¡Toda su coartada depende de ti!
—Joder, papá. ¿Estamos en Ley y orden? ¿Por qué hablas como si fueras el fiscal?
—Aidan dice que se pasó todo el sábado en tu piso. Dice que no lo vio nadie, salvo tú.
—Exacto.
—¡Pero si odiabas ese piso, Maggie! Decías que era oscuro y penoso y que no aguantabas estar allí.
—La mayoría de los fines de semana era cierto.
—¿Y qué tuvo de especial ese fin de semana?
Abrió la boca para contestar y pareció quedarse sin palabras.
—Papá, es una pregunta personalísima. No creo que quieras oír la respuesta. O sea, ¿quieres que sea explícita?
—Solo quiero una historia que tenga sentido.
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Mira, no era ingenuo. Me acordaba de cómo es tener veinticinco años. No tenía ningún problema en creerme que Maggie y Aidan se habían pasado todo el fin de semana en una buena habitación de hotel, pidiendo cosas al servicio de habitaciones y revolcándose en una cama king size. Y hasta me podía tragar que se habían pasado el fin de semana en el lujoso ático de Aidan, comiendo los platos de Lucía en la terraza y a remojo en la bañera tamaño LeBron James.
Pero los hoteles buenos y los edificios con áticos lujosos cuentan con cámaras de seguridad y la mierda del piso de Maggie, no. Si uno de los agentes de policía de Hopps Ferry hubiera viajado a Boston a ver el piso en persona, creo que le habría costado muchísimo creerse esa historia.
—No sé por qué le das tantas vueltas —se quejó Maggie—. Aidan no le hizo nada a Dawn Taggart. Tiene un alma preciosa. Un alma delicada. Lo conozco, confío en él y no me cabe ninguna duda de nada.
Pero eso me confundió aún más.
—¿Dices que no te cabe ninguna duda de nada porque tiene un alma preciosa y delicada o porque estaba en tu piso cuando Dawn desapareció?
—¿Y qué más da?
—¡No tiene nada que ver!
—Papá, haz el favor de tranquilizarte. No sé cuántas veces puede responder a la misma pregunta. Conocí a Aidan en Halloween, en una fiesta de disfraces. La siguiente noche salimos a cenar. Y al día siguiente lo invité a mi piso. Vino el viernes, se marchó el domingo y pasamos un fin de semana maravilloso juntos. Es el hombre más dulce, amable y compasivo que jamás he conocido, y ojalá te alegrases por mí. ¿Por qué no te alegras?
—Porque estoy preocupado, Maggie. Me preocupa que quizá lo quieras tanto que no veas el problema con claridad.
—Créeme, papá, veo bien el problema.
Mi hija podía ser muy terca. Cuando adoptaba cierto punto de vista, era difícil hacerle cambiar de parecer. Siempre me había parecido una de sus cualidades más admirables, pero justo ahora me estaba sacando de quicio.
—Maggie, escúchame. Esta tarde paramos en un restaurante del pueblo, Tammy, Abigail y yo, y conocimos al tío de Dawn. Un tal Brody Taggart. Y está convencido de que Aidan le hizo algo. Cree que el cadáver sigue aquí, en el campamento de verano.
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Se rio como si le hubiese contado un chiste.
—Te voy a hacer una pregunta, papá. Cuando hablaste con Brody Taggart, ¿estaba ebrio?
—Sí, pero…
—¿Y por qué confías en un borracho en vez de en tu propia hija?
Me había pillado, pero aún no había acabado. Le hablé de la conversación que había oído entre Aidan y Gwendolyn, su amiga de la facultad de Bellas Artes.
—Y no pude oírlo todo, pero la estaba amenazando, Maggie. Le dijo que no se te acercase, con palabrotas y todo.
Se volvió a reír.
—Es porque no me cae bien. No le cae bien a nadie de la familia.
Gwen solo ha venido porque a Aidan le da pena.
—Guardan secretos, Maggie. Hay algo que no sabes y creo que tiene que ver con Dawn Taggart.
—¡Por Dios, papá! ¡Ya vale con Dawn Taggart! ¿Te vas a pasar todo el fin de semana hablando de ella?
—Creo que deberías hablar con Gwendolyn, a ver qué sabe.
—Esa mujer es un desastre. No tiene amigos, así que se mete en los asuntos de los demás. Siempre está dando la lata a Aidan por el dinero. Odia Capaciti, odia a su padre y, por tanto, también me odia a mí.
—¿Por qué odia Capaciti?
—Cree que usamos demasiado cobalto. ¿O el cobalto inadecuado? No tengo ni idea. Lo sacamos de una región diminuta de África donde las condiciones de trabajo no son ideales, es verdad. Cuando tu trabajo consiste en cavar túneles en la tierra, no siempre cuentas con ventilación y un buen plan de pensiones. Pero ¿sabes qué? La misma clase de cobalto es la que usan para fabricar el móvil de Gwendolyn, su ordenador portátil, su lector de ebooks y su cepillo de dientes eléctrico y ecológico, así que ¿por qué se pelea con nosotros?
De nuevo, parecía que había conseguido poner histérica a mi hija y el último arrebato debía de haberse oído por todo el césped, porque la gente se giró para mirarnos. Pero, antes de que pudiera contestar, Errol Gardner vino caminando con una sonrisa y una copa de vino blanco.
—Es para ti, Margaret. Sé que has tenido un día largo. Imaginé que te vendría bien.
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—¡Sí, por Dios! —exclamó, cogió la copa con las dos manos y se la bebió como si se muriese de sed—. ¡Gracias, Errol!
Él me dio unas palmaditas amistosas en el hombro.
—¿Qué tal estás, Frank? ¿Has probado los pasteles de cangrejo? —Aún no.
—Fenomenal. No te olvides de probarlos antes de que se acaben. ¿Y te importa si nos hacemos una foto rápida los dos padres? —Me di cuenta de que lo seguía, a una distancia prudencial, una mujer con una cámara grande—. Han venido los de la revista Boston.
De hecho, tardaron un buen rato en hacernos la foto rápida porque la fotógrafa nos indicó que adoptáramos una serie de poses y encuadres distintos, y luego me preguntó cómo me llamaba, dónde vivía y a qué me dedicaba. Dije que trabajaba en UPS y Maggie se inmiscuyó en la conversación:
—Conduce para UPS —dijo—. Lleva veintiséis años sin tener ni un solo accidente. Casi dos millones de kilómetros sin un arañazo.
La fotógrafa lo anotó todo en la libreta.
—Estos detalles les van a encantar a los lectores. Gracias por contármelos.
Cuando acabó la sesión de fotos, Errol me preguntó si podía llevarse a mi hija un momento.
—Ha venido Patricio, de General Motors, con su mujer, Jenna. ¿Se los puedo presentar? —Me pidió disculpas con la mirada—. A Margaret le viene genial conocer a esta gente.
No esperó a que le diera permiso. Maggie me dijo que fuera a disfrutar del bufé y que ya me buscaría después de saludar.
—Claro —asentí—. Ve a saludar a la gente. Estaré bien.
—Buen chico —dijo Errol, y luego le puso la mano en la zona lumbar a Maggie, la guio a través de la muchedumbre y la alejó más y más de mí.
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—¡Señor Frank! ¡Señor Frank!
Abigail gritaba a pleno pulmón. Me di la vuelta y vi que esperaba al final de la fila del bufé, daba saltitos y sacudía los bracitos sin atisbo alguno de vergüenza. Por algún motivo, llevaba un mono azul y peludo, un disfraz elaborado con una cremallera en el medio. Tenía una capucha con orejas azules y puntiagudas y ojos saltones que se movían. Parecía un monstruo de Barrio Sésamo. Me acerqué corriendo y le dije que hiciera el favor de dejar de gritar.
—¿Qué te has puesto?
—¡Soy Stitch!
—¿Qué es Stitch?
—El de la peli.
Tammy vino caminando con una piña colada enorme y helada.
—De Lilo y Stitch, Frankie. Es una peli de dibujos.
Abigail se puso la capucha para que pudiera contemplar el disfraz en todo su esplendor.
—Me lo compró la señorita Tammy. ¡Es un pijama!
—¿Y por qué te lo pones ahora? ¿Acaso ves que alguien más se haya puesto el pijama?
—Ay, Frankie, es adorable. Pon la voz, Abby. Di algo en el idioma alienígena raro.
Abigail frunció el rostro y luego se puso a cantar un galimatías en voz chillona. Era un falsete bien agudo, como si se hubiese llenado los pulmones de helio. Mi hermana se partió de risa, derramó la piña colada de la copa y atrajo más miradas. Pero, como había prometido no
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enfadarme con Abigail, me limité a sonreír con educación y luego conduje a la niña a la fila del bufé.
—Que no se repita lo que pasó en la comida, ¿vale? Sírvete poco a poco. Contente. Siempre puedes volver a por más comida.
No oyó ni una palabra. Para empezar, fue a por los panecillos y cogió tres. Los acompañó de una cucharada enorme de puré de patata y de dos minimazorcas de maíz.
—¿Ves? Ya estás otra vez. Coges demasiado. Ya no te queda sitio en el plato.
Miré a Tammy para que me apoyase, pero hablaba con la mujer que iba detrás de nosotros. Hablaban del ingrediente secreto para hacer unos buenos macarrones con queso («el pan rallado»). Abigail se hizo con unas pinzas y empezó a toquetear la bandeja de la piccata de pollo en busca de la pechuga perfecta.
—Señor Frank, ¿tienen hueso?
—Te has quedado sin sitio. Ya volverás a por ellas.
—¿Y si se acaban?
—No se van a acabar.
—¿Cómo lo sabe?
Lo sabía porque nadie en su sano juicio elegiría una pechuga de pollo antes que las costillas asadas o el pastel recién hecho de cangrejo de Nueva Inglaterra que tenía intención de comerme.
—No te pares.
En vez de hacerme caso, usó las pinzas para coger una pechuga enorme y manchó toda la mesa de salsa de limón y alcaparras. Intentó ponerla encima del puré de parata, pero, de inmediato, se le cayó por un lado del plato. No fui lo bastante rápido como para cogerla y la pechuga de pollo acabó en la hierba, entre mis zapatos.
—¡¿Ves?! ¿No te acabo de decir…? Tammy me puso una mano en el hombro. —Tranquilo, Frankie.
—Le dije que iba a pasar eso.
Habíamos conseguido que la fila del bufé se detuviese y le mandé a Abigail que recogiera la pechuga. Miró la hierba y negó con la cabeza. En voz suavísima, dijo:
—Ya no la quiero.
—Da igual. Recógela.
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Abigail se apartó del pollo, como si de repente le diera miedo.
—No puedo —susurró—. No quiero tocarla.
Todas las personas de la fila nos escrutaban, de modo que tuve que agacharme y recogerla yo. Me la puse en el plato porque no podía desperdiciarla, no con tanta gente mirándonos.
—No te pares —le dije a Abigail—. Vamos a buscar una mesa. Esto es ridículo.
—Espera —insistió mi hermana, y luego cogió los dos últimos pasteles de cangrejo, uno para ella y otro para Abigail—. Para que coma proteínas.
Tammy me explicó que nos había reservado unos asientos y nos guio por el césped. Supuse que íbamos a cenar con Maggie o con Aidan y sus padres, pero las únicas personas que nos esperaban en la mesa eran Gerry Levinson y una mujer con un vestido rojo y sin mangas. Era joven, quizá incluso más joven que Maggie, y muy atractiva. Tenía un cuerpazo y mostraba un escote generoso.
Gerry se levantó despacio y nos dio la bienvenida a la mesa.
—Hola de nuevo, Frank. Te presento a mi mujer, Sierra.
Creí que era el principio de un chiste, pero Sierra me tendió la mano y le vi muchos diamantes centelleantes en el dedo anular.
—Encantada de conocerte —dijo con un acento meloso que parecía salido de Lo que el viento se llevó—. Estarás muy emocionado por Maggie.
No supe qué responder. ¿Qué le dices a una mujer preciosa en la flor de la vida que se encadena a un abogado anciano y encogido cuya piel parece queso fundido? Formaban una pareja antinatural, una mutación rara de la biología humana.
—¿También eres abogada?
—¿Yo? —Se rio—. No, yo no hago nada.
—Eres escritora —objetó Gerry—. No te hagas de menos, Sierra.
Estás escribiendo un libro infantil.
—Soy escritora —aceptó, y se encogió de hombros—. Estoy escribiendo un libro infantil.
—Estáis ante la próxima J. K. Rowling —explicó Gerry—. Les hemos enseñado las primeras cinco páginas a mis nietos y les han encantado. Se mueren de ganas de leer la próxima entrega.
—¡Un estudio de mercado! —exclamó Tammy—. ¡Qué inteligente, Gerry! No me extraña que seas tan buen abogado.
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Al parecer, mi hermana ya se había presentado a Gerry y a Sierra y había aceptado su relación sin rechistar, porque le faltó tiempo para sentarse y ponerse a parlotear. Les preguntó por la cala del Águila pescadora, por Capaciti y por el papel que desempeñaba cada persona en la empresa mientras yo me obligaba a acabarme la cena, es decir, a comerme la piccata de polio que ni siquiera había querido coger. Bajo ningún concepto iba a tirar a la basura una pechuga de pollo en perfectas condiciones. Tenía unas motas verdes por encima y no supe distinguir si se trataban de trozos de cebolleta, de cebollino o de césped recién cortado. Me llevé la comida a la boca con el tenedor y traté de no pensar en ello.
El trío de jazz tocó un clásico tras otro: «Moon River», «Come Fly with Me» y «The Girl from Ipanema». Gerry me contó unos chistes de abogados de mal gusto y a Tammy y Sierra todos les hicieron gracia. Mientras el sol se ponía en el lago Wyndham y se escondía detrás de las montañas, vi cómo Maggie circulaba por la fiesta, iba de mesa en mesa y les daba la bienvenida a los invitados. Era una anfitriona nata y quedaba claro que todos la admiraban.
Pero no había ni rastro de Aidan. Ni tampoco había rastro de Gwendolyn. Quizá fuera una coincidencia, pero lo dudaba.
Al final, vino una camarera y encendió las velas del centro de la mesa, de modo que vi a un murgaño pertrechado junto a mi vaso de agua. Lo aplasté antes de que Abigail reparase en él. Se había traído a la cena el libro de protocolo nupcial, apoyaba la cara en la mesa y releía sus páginas favoritas con un solo ojo.
—Siempre es agradable ver leer a una niña —observó Gerry, y Tammy le aseguró que Abigail siempre había sido una buena rata de biblioteca y que absorbía los conocimientos como una esponja.
—Mira, fíjate —dijo Tammy—. Eh, Abby, ¿cuáles son los cinco ríos más largos de Europa?
Abigail contestó sin levantar la cabeza:
—El Volga, el Danubio, el Ural, el Dniéper y el Don.
Gerry comprobó la respuesta en el móvil y alzó la pantalla en señal de asombro.
—¡Tócate las narices!
—Pónselo más difícil —propuso Sierra—. ¿Y los ríos de Asia?
A Abigail le faltó tiempo para responder:
—El Yangtsé, el Amarillo, el Mekong, el Lena y el Irtish.
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—Es más rápida que mi altavoz con Alexa —aseveró Tammy, orgullosa—. ¡Le tengo dicho que vaya a Jeopardy! para ganar dinero. Se sabe todas las capitales estatales, todos los presidentes estadounidenses y todas las películas de animación de Disney desde Blancanieves y los siete enanitos.
—¡Es extraordinario! —dijo Gerry—. Quizá deberías trabajar para Errol Gardner, Abigail. ¿Qué te parece? ¿Te apetece unirte al equipo de Capaciti después de que acabes la universidad?
Ella se limitó a pasar la página del libro y a encogerse de hombros.
—No sé. Quizá. Ya veremos.
Y, por primera vez en todo el día, me sentí agradecido de que Abigail hubiera venido con nosotros. Me dieron ganas de inclinarme sobre la mesa y darle un beso en la cabecita llena de bichos.
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Todos seguíamos sentados cuando Hugo, el hombre de la entrada, se acercó deprisa a Gerry con una tableta.
—Lo siento, perdón por la interrupción —se excusó.
Gerry tardó un momento en leer la pantalla y luego escribió una respuesta rápida.
—Gracias, señor Levinson —dijo Hugo—. Disfruten de la velada.
Se adentró corriendo en la noche y Tammy lo siguió con la mirada, completamente embelesada.
—¡Qué hombre más guapo! —exclamó—. ¡Y qué acento más hipnótico! ¿Es de Transilvania?
—Neerlandés —explicó Gerry—; aunque, de hecho, Hugo se crio en la República Democrática del Congo, después de que el país se independizara de Bélgica. Ha desempeñado un papel crucial en los negocios que tenemos aquí. Está medio jubilado y se pasa todo el año en la cala del Águila pescadora. Cuida de la finca, pero casi siempre está de relax. Por aquí, los inviernos son de lo más tranquilos.
—Y que lo digas —convino Sierra, alargando todas las sílabas como si temiera comerse una. Se había repantigado en la silla y, distraída, jugueteaba con su pelo largo y se esforzaba en emborracharse Me pregunté cuánto tiempo llevaba casada, si su padre había ido a la boda y si hubo algún adulto responsable que hubiese contribuido a su educación.
El trío de jazz pasó de tocar «All of Me» a «The Way You Look Tonight» y Gerry invitó a su mujer a unirse a las parejas que bailaban un lento en el césped.
Tammy los miró con ternura.
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—¡Qué dulces son!
—Estarás de coña. ¿No te parece mal? ¿Crees que hacen una buena pareja? ¿No dices que eres feminista?
Tammy suspiró.
—Dije esa palabra una vez en el instituto y desde entonces no has dejado de darme la tabarra. —Luego cogió un vaso de agua. Salvo por el hielo, estaba vacío, así que se metió los cubitos en la boca y los trituró con los dientes—. Para mí, el amor es ciego. Parecen felices.
—Estás majara. Ella acaba de terminar el instituto y el tipo es más viejo que el conde Drácula. Es asqueroso. Si fuera su padre, me moriría de la vergüenza.
La discusión aburrió a Abigail. Se repantigó en la silla y se caló la capucha azul y peluda hasta que se tapó los ojos y la nariz. Susurró: «Mip, mip, mip, mip, mip» sin motivo aparente. Me alegré de que Gerry y Sierra no estuvieran allí para oírlo.
Un camarero pasó volando a mi lado y me ofreció otra cerveza, pero le pedí agua. Ya había bebido bastante alcohol y no me estaba ayudando a tranquilizarme. Todo lo sucedido ese día me había puesto de los nervios. La conversación con Brody Taggart. El demencial documento de intimidad de cincuenta y seis páginas. La plaga de arañas de mi habitación. La forma tan rara en que conocí a Gwendolyn. Y luego la conversación en el despacho de Errol, con tanto insistirme en que, obviamente, la foto de Dawn y Aidan era obra del Photoshop. Deseé haberme guardado una copia, ojalá la tuviese aún para poder enseñársela a un experto y pedir una segunda opinión.
Mientras tanto, por todo el césped, Maggie iba de mesa en mesa y les daba la bienvenida en persona a todos los invitados, pero aún no había ni rastro de su prometido.
—¿Dónde está Aidan?
—No lo sé. No lo he visto en toda la noche.
—¿Y no te parece raro?
—Tienes que dejar de ponerte paranoico —me regañó Tammy—. Te comportas como si fuera el Dr. Móvil, pero mira a tu alrededor, hermanito. Abre los ojos. La situación no tiene nada que ver.
Abigail despegó los ojos del libro y sonrió.
—¿Quién es el Dr. Móvil?
—El último novio de Maggie —dijo Tammy.
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—No, no y no. No lo llames novio.
—En realidad se llamaba Oliver.
—Pero no era su novio.
Tammy se encogió de hombros.
—Pues yo creo que sí.
—¿Cuánto tiempo fueron novios? —preguntó Abigail.
—¡Nunca jamás! El tío era un rarito, un pervertido y un puto degenerado integral.
Tal vez me puse a gritar un poco, porque Tammy le tapó las orejas a Abigail con las palmas de las manos y la protegió de mi arrebato.
—Tranquilízate, Frankie —dijo.
—¿Y sabes qué más me molesta? ¿Dónde están los amigos de Maggie?
Tammy señaló el césped.
—Ellos son sus amigos.
—Me refiero a los de verdad. Las amigas del colegio. Las chicas de Stroudsburg. —Traté de hacer memoria y de acordarme de sus nombres, pero era difícil porque Maggie había llevado a muy pocas a que me conocieran. Afirmaba que le daba vergüenza lo mal que yo limpiaba y siempre anhelaba que nos mudásemos a una casa más bonita o a un bloque mejor—. ¿Y qué hay de la chica que vivía en la esquina? ¿La chica india que ceceaba?
—Priya Hattikudur —dijo Tammy—. Creo que se distanciaron después del instituto, Frankie, pero es normal. La gente desarrolla intereses distintos. Priya tiene una inmobiliaria con sus padres.
Entendía que Maggie hubiese decidido seguir otro camino y viviese en un mundo diferente, pero creía que el propósito de las bodas era reunir a todas las personas de tu pasado para que la gente pudiera celebrar tu futuro.
—En vez de quejarte por las personas que faltan, quizá deberías ir a conocer a las que sí han venido —sugirió Tammy.
Me señaló una mesa llena de hombres y mujeres jóvenes y me explicó que eran los padrinos de Aidan y las damas de honor de Maggie. Fui a presentarme y me arrepentí de la decisión casi de inmediato. Las sillas estaban tan llenas que no había donde sentarse y me tuve que quedar de pie, merodeando mientras todos se me iban presentando. Tenían nombres exóticos tipo Bacchus, Mathilde y Tarquin, y no oí los demás porque la
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música estaba demasiado alta. Hablaban de bañarse desnudos más tarde y todas las mujeres querían que las acompañase el camarero, porque afirmaban que era clavadito a Jeremy Allen White. Escuchar cómo parloteaban era como entrar en el cine cuando la peli ha empezado hace media hora, pues mencionaban a personas que no conocía y cosas de las que nunca había oído hablar: Slack, Chloé, Charli, Banksy, BeReal, Bad Bunny, los NPC y A24. Te juro que nunca me había sentido tan viejo.
La mujer que tenía más cerca se llamaba Khalani. Estaba bronceada, era guapa y tenía un tatuaje de una estrella de mar y el pelo largo, rubio y trenzado. Debió de notar mi incomodidad, porque me animó a acercarme más y luego se metió la mano en el bolso y sacó una caja de caramelos Altoid. Abrió la tapa, descubrió dos docenas de ositos de gominola y me animó a elegir uno.
—Llevan THC con un comodín extra.
—¿Qué es eso del comodín?
Khalani se sacudió las trenzas y se rio.
—¡Ay, Frank! ¡Qué gracioso eres! Si lo supieras, no sería un comodín.
Elige uno y disfruta.
Le dije que no, gracias, y se encogió de hombros antes de escoger un osito naranja y pasarle la caja a la persona que tenía al lado. Observé cómo la caja de ositos de gominola rulaba por la mesa y todos actuaban como si nada, como si fuera una cesta de pan de ajo en Olive Garden. Hubo quien cogió uno y otras personas le pasaron la cesta al siguiente. Nunca me había sentido cómodo con la droga, así que miré la cabaña del Águila pescadora solo para tener un sitio que mirar. En una de las ventanas de la tercera planta vislumbré la silueta de una persona que estaba entre dos cortinas y miraba el césped. Como estaba de espaldas a la luz, no distinguí sus rasgos, pero el tamaño y el porte indicaban que era una mujer alta, delgada y con el pelo recogido en un moño.
Khalani me vio con los ojos fijos en la cabaña y luego sonrió hacia la ventana y saludó con la mano.
—Es Catherine Gardner.
—¿Cómo lo sabes?
—No queda otra. Esa es su habitación.
—¿Has ido?
Asintió con la cabeza.
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—Hace un par de años. Era todo un referente para muchas de nosotras.
Es una pena que no se encuentre bien.
Siguió saludándola y le hizo señas a Catherine para que bajara y se uniese a la fiesta, pero la silueta de la ventana no se inmutó. Estaba tan rígida que podría haber sido un maniquí.
Le expliqué que aún no la había conocido y Khalani se volvió hacia mí, atónita.
—Pero ¡si la boda es dentro de dos días! ¿Estás de coña? —Me puso una mano en el hombro y, con delicadeza, me empujó hacia la cabaña—. Ve a presentarte ahora mismo. Tercera planta, al final de la escalera.
—Errol dijo que estaba echando una cabezada.
—Pues ya no. ¡Mírala! Está bien despierta y se muere de ganas de hablar contigo.
Ya había visto lo suficiente de la cabaña como para saber que podría llegar hasta la tercera planta, pero, aun así, dudé y tuve miedo de hacer algo inadecuado.
—Esperaré a que Maggie nos presente.
—Está ocupadísima. Confía en mí, Frank. Catherine es un encanto y le hará ilusión conocerte. ¡No seas tímido!
Supongo que no hacía falta que me lo dijera dos veces. Sabía que no conseguiría relajarme hasta que conociera a Catherine Gardner y me presentase como Dios manda. De modo que paré en la mesa de los postres, puse un pequeño surtido de galletas en un plato y fui andando a la cabaña del Águila pescadora. Volví sobre mis pasos de la tarde, atravesé las gigantescas puertas delanteras y entré en la casa. En el vestíbulo tenía lugar un frenesí entre bambalinas, con un montón de camareros del catering que llevaban cajas con ruedas y bandejas al camión frigorífico que habían aparcado fuera, así que nadie se dio cuenta de que yo entraba y subía por la gran escalera de caracol.
Me detuve en el rellano donde había conocido a Errol Gardner y luego seguí hasta la tercera planta, donde avancé por un pasillo corto y a oscuras. Pasé la mano por las paredes, en busca de un interruptor, hasta que los sensores de movimiento se percataron de mi presencia y unas luces del techo parpadearon.
Pasé junto a un baño, una especie de armario y un par de habitaciones de invitados, también a oscuras, antes de llegar a la última puerta. Imaginé que era la suite principal, así que me armé de valor y llamé a la puerta.
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—¿Hola? ¿Catherine?
No contestó nadie. Sabía que era probable que hubiera varias habitaciones dentro de la suite y que Catherine podría estar en cualquiera. Era probable que no me hubiese oído. Probé suerte con el pomo de la puerta, pero no se movía. Había un sensor de Bluetooth encima de la cerradura y me acordé de lo que me había prometido Aidan: había dicho que había añadido mi móvil a la cuenta familiar para que tuviera acceso a todos los edificios principales. Pero, tras acercar el móvil al sensor, la puerta siguió sin abrirse.
Volví a llamar con más fuerza y esa vez obtuve una respuesta, el ruido de algo al moverse. El crujido suave de unos pasos.
—Soy Frank Szatowski, ¿el padre de Maggie? Esperaba poder presentarme, si le apetece tener visita.
Más silencio. Empezaba a pensar que hablaba solo, pero, justo antes de dar media vuelta y marcharme, oí el chirrido quedo de la tarima, como si hubiera alguien al otro lado de la puerta y me observase por la mirilla.
—No te va a contestar.
Me di la vuelta y vi a una joven con una larga falda verde y unas sandalias de cuero marrón. La amiga de Aidan de la facultad de Bellas Artes, Gwendolyn.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó.
No sé por qué me sentí culpable. Hubiera sido fácil preguntarle lo mismo a ella. En cambio, le dije la verdad:
—He venido a ver a la madre de Aidan. Quería presentarme y ver si se encontraba mejor.
La respuesta le pareció divertida. Me sonrió de una forma un tanto burlona.
—No se encuentra mejor. Y, desde luego, no va a abrir la puerta.
—¿Cómo lo sabes?
—Pregúntaselo a tu yerno.
Se dio la vuelta, se marchó por el pasillo y la seguí.
—Espera un momento, ¿de qué hablas?
—Voy a ser sincera contigo, Frank. Cuando te conocí esta tarde, creí que sabías dónde te habías metido. Pero, al parecer, no es así. Porque si aún no has conocido a Catherine Gardner, no sabes nada.
—Dime. ¿Qué he de saber?
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No me contestó y continuó bajando las escaleras. La seguí por el rellano de la segunda planta y por el vestíbulo lleno de camareros ajetreados.
—Vamos, Gwendolyn. Dime algo.
Me dedicó un gesto severo y me quedó claro que significaba «Aquí no», así que la seguí rumbo a la noche y dejamos atrás el camión frigorífico y el camino de acceso. Se adentró en la oscuridad y se dirigió hacia un grupo de pinos altos. Luego se puso de lado, se metió por un hueco y la seguí a su pequeña arboleda privada. Casi se había desvanecido en la noche, salvo por una llamita naranja que le iluminó la cara al encenderse un cigarrillo.
—Esta tarde os seguí a Aidan y a ti —le confesé—. Os escuché fuera del estudio, pero no pude oír todos los detalles. ¿Por qué te amenazó?
—No quiere que Margaret sepa lo que yo sé.
—¿Y qué sabes?
Negó con la cabeza y sonrió con tristeza, como si dijera: «Buen intento, pero va a ser que no».
—Mi consejo es que te largues pitando con tu hija. Convéncela de que cancele la boda antes de que haya más heridos, porque aquí pasa algo horroroso. Lo notas, ¿verdad? ¿No lo sientes?
—¿Tiene que ver con Dawn Taggart? Gwendolyn le dio una buena calada al cigarrillo.
—Dawn Taggart es la menor de tus preocupaciones. Todo esto es mucho peor que Dawn Taggart.
Era críptica de narices y me dieron ganas de zarandearla.
—Dime la verdad.
—Nunca me creerías. Se te ve en la cara, Frank. Pareces una buena persona, de corazón. No estás listo para oír la verdad.
Le quité el cigarrillo de los labios, lo tiré al suelo y lo apagué con el zapato.
—Escúchame, Gwendolyn: no soy tan bueno como crees. Me pasé seis meses en Oriente Medio nada más acabar el instituto, durante una época de la que ya nadie parece acordarse, la guerra de Golfo. Y créeme: vi cosas que ni te imaginas. ¿Por qué no me cuentas ese secreto tan temible?
A Gwendolyn le iluminó la cara un fuerte resplandor blanco, el estrecho haz de una linterna frontal que cortaba la noche como un láser. Dos guardias vestidos de negro caminaban por el bosque, recorrían un
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sendero mientras hacían la ronda nocturna. Nerviosa, Gwendolyn los miró de soslayo y luego bajó la voz:
—Mañana a las once hay una caminata en grupo. La gente irá andando a la punta del Cormorán. Di que no te encuentras bien. Iré a buscarte y te lo contaré todo, pero, hasta entonces, no digas nada. No le hables a nadie de esta conversación.
Los guardias se nos acercaban caminando y Gwendolyn se escabulló sin mediar palabra. Uno de los hombres me apunto a los ojos con la linterna.
—¡Señor Szatowski! —Reconocí la voz de Hugo—. Parece que se ha perdido. ¿Va todo bien?
Con su comportamiento alegre y acento cantarín, podría haber pasado por un profesor de escuela infantil que se dirige a una clase llena de niños.
—Estoy bien. Fui a dar a un paseo.
Sin duda, me había visto hablar con alguien, pero no me preguntó de quién se trataba. Se contentó con animarme a volver a la fiesta para que no me perdiera los sándwiches de nubes en la playa.
—Han encendido una hoguera y todos los jóvenes se lo están pasando en grande. Debería darse prisa e ir antes de que se les acaben las nubes.
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De vuelta al césped, el trío de jazz se había marchado y, no sé cómo, se habían llevado el piano de cola. La música electrónica y dance salía a todo volumen de un altavoz portátil. El aparato no era mucho más grande que una pelota de softball, pero inundaba la noche de un sonido grave, incesante y atronador que me reverberaba por el cuerpo. Los invitados gritaban para que los oyeran por encima de las melodías en bucle. Regresé a la mesa, pero Tammy y Abigail se habían ido. Las había sustituido un puñado de jóvenes que no conocía; bebían chupitos y estampaban los vasos vacíos en la mesa. Miré la tercera planta de la cabaña del Águila pescadora, pero la silueta de la ventana había desaparecido.
Me costaba reconocer a la gente a oscuras. De noche no veo igual de bien que antes. Rodeé las mesas y examiné todas las formas distintas, recorrí la multitud en busca de la silueta familiar de Maggie. Pasé al lado de dos hombres que se estaban enrollando en una silla; uno se había sentado a horcajadas en la cintura del otro y parecía que intentaban devorarse el uno al otro. Las patas de la silla temblaban bajo su peso y se doblaban, a punto de romperse. En otra zona del césped, tres mujeres se habían puesto a jugar a las herraduras, aunque ni siquiera se veía el arenero donde tenían que lanzarlas. Se limitaban a tirar las herraduras a la negrura de la noche y a escuchar el ruido metálico.
Entonces noté una mano en el hombro, me di la vuelta y vi a mi hermana.
Llevaba a Abigail en brazos y la criatura se moría de sueño. —Aquí estás —dijo Tammy—. ¿Dónde demonios estabas? —Buscaba a Maggie.
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—Pues se acaba de ir, Frankie. Vino a la mesa mientras andabas por ahí. Charlamos largo y tendido y fue agradable, pero se cansó de esperarte.
—¿Y qué hay de Aidan? ¿Lo habéis visto?
—Aún no, pero tengo que sacar a Abigail de aquí. Le duele el estómago y, además, la fiesta se está volviendo un poco distópica.
Me pareció una buena idea. Se espera que los padres de acogida de Pensilvania cuiden de los niños en entornos seguros, sin nada de droga, alcohol ni promiscuidad, así que Tammy no estaba cumpliendo con su deber en varios sentidos. Si las fotografías de la fiesta se filtraban y las veía el Departamento de Seguridad Nacional, no volvería a acoger a ningún crío.
Abigail se frotó la cara en el hombro de Tammy y luego abrió los ojos y me dedicó una sonrisa somnolienta.
—Siento haber tirado el pollo, señor Frank.
Le dije que no se preocupara. La chiquilla parecía exhausta y sabía que había sido un día largo para todos. Dije que iría a la cabaña enseguida y observé cómo mi hermana se adentraba en la noche con Abigail.
Entonces, una herradura de acero me pasó silbando junto a la cara, a escasos centímetros de la nariz, y una joven fue corriendo a por ella.
—¡Perdón!
Bajé andando al lago y, como me prometió Hugo, había una hoguera enorme en la playa. Dos tíos descamisados echaban más y más leña al fuego para que las llamas crecieran sin cesar. Creí que eran unos irresponsables. Soplaba una leve brisa que venía del lago y sabía que el riesgo de que las ascuas llegaran al bosque era real; bastaría con una sola chispa para quemar unas hojas secas. Me acordé de las noticias matutinas, de los nueve estadounidenses que mueren todos los días en incendios accidentales.
Y entonces una joven con una bata blanca pasó andando entre la hoguera y yo. Se desabrochó el cinturón, se quitó la bata y dejó que cayera a la arena. Iba completamente desnuda; tenía una espalda esbelta y unas piernas largas y musculosas. Se adentró en el agua con confianza y avanzó hasta que le llegó a la cintura. Luego se zambulló y desapareció bajo la superficie. Había más gente en el lago y vitorearon cuando la joven entró; eran un coro de cabezas sin cuerpo, todas sonreían y flotaban entre las olas ondulantes.
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Y, cuando miré la playa, reconocí otra media docena de siluetas con diversos niveles de desnudez. Las jóvenes se quitaban los sujetadores, la ropa interior y los tangas. Vi a Maggie entre ellas, con una bata blanca y el cinturón bien abrochado.
—¡Papá! ¿Dónde estabas?
—Buscándote. ¿Qué haces aquí?
—Vamos a nadar, en cuanto te vayas. —Me guiñó un ojo—. Sería un poco incómodo que te quedases.
Le dije que era una idea espantosa.
—Hay personas que se han drogado. THC con un comodín extra.
Se rio.
—Solo son microdosis.
—¿Y eso qué significa?
—Es de lo más seguro. Psilocibina de uso comercial y ketamina Las fabrican en los laboratorios, como las vitaminas.
—¿Y Aidan las toma?
—Ojalá las tomara. No le vendrían mal.
—¿Está aquí? ¿En el agua?
—No, ni de coña.
—¿Te vas a bañar desnuda sin él?
—Confía en mí, papá. Esto no le va.
Me cogió de la mano, me condujo al césped y, por el rabillo del ojo, vi cómo caían calzoncillos, se abrían batas y unas largas piernas desnudas pasaban corriendo a nuestro lado.
—¿Dónde has estado toda la noche? Te estaba esperando para hablar.
—Lo sé y lo siento, pero vamos a hacer un trato. Vuelve a la cabaña. Duerme bien y te prometo que mañana quedaremos a primera hora, a las ocho y media. Iremos a montar en canoa por la mañana. Igual que antes, ¿vale?
Me tendió la mano y se la estreché.
—Trato hecho —accedí—, pero prométeme que tendrás cuidado en el agua, ¿vale?
—Buenas noches, papá. Descansa un poco. Te quiero.
—Y yo a ti, Maggie.
Me dejó en el césped, volvió a la playa y no me di la vuelta pan mirar. Ir a la cabaña también me parecía una buena idea. Estaba cansado de tanto conducir y del día largo, listo para dormir toda la noche en una litera de
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tamaño infantil. Pero, al caminar por el césped, me topé con un par de sillas Adirondack donde Errol Gardney Gerry Levinson se habían sentado, mirando a la playa, para beber se unos vasos de bourbon. Me reconocieron y levantaron los vasos para saludarme.
—¡Ahí estás! —dijo Errol.
—¡El padre de la novia! —dijo Gerry.
Sierra estaba de pie, detrás de la silla de su marido, y le masajeaba con cuidado los hombros y el cuello.
—¿Qué tal la cena, Frank?
—Muy bien.
Gerry me guiñó un ojo.
—¿Te apetece un baño esta noche y unirte a las tropas de la juventud? —No, le estaba dando las buenas noches a Maggie. Casi no la he visto
desde que llegué.
Errol se acabó el bourbon y luego dejó el vaso vacío en la hierba. —¿Sabes qué? Tengo una duda, Frank. ¿Cuánto tiempo hace que
falleció Colleen?
—Quince años, más o menos.
—Me he dado cuenta de que este fin de semana has venido sin acompañante. ¿Hemos de suponer que no sales con nadie?
—Ahora mismo, no.
—¿Crees que te volverás a casar?
Por supuesto que, muchas veces, había pensado en volver a casarme. Sabía que era probable que fuese más feliz si me casaba, y Colleen solía bromear con que nunca tendría problemas para encontrar una segunda esposa porque siempre andaba llamando a la puerta de las mujeres y entregándoles cosas que querían.
Y sí, supongo que Vicky me hacía tilín desde hacía un año, más o menos, pero quería arreglar las cosas con Maggie antes de intentar nada. Quería cerciorarme de que nuestra relación paternofilial era sólida antes de plantearle la idea de una madrastra.
No me sentía cómodo hablando de esas cosas, así que me encogí de hombros y dije:
—Casarse es un compromiso muy importante.
—Ah, no digo que te cases —replicó Errol—. Solo me preguntaba si te apetece un poco de compañía este fin de semana.
—Las bodas son geniales para conocer mujeres —intervino Sierra.
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—Es verdad —reconoció Gerry—. En cuanto oyen el Canon de Pachelbel, es como si se volvieran locas. Se van a la cama con el primero que pillan.
Sierra le golpeó en el hombro para protestar, pero su marido insistió en que así eran las cosas.
—Me refiero a que me encantaría presentarte a alguien, nada más — dijo Errol—. Si me das unos parámetros básicos, como el color de pelo, el tipo de cuerpo y una horquilla de edad, seguro que te encuentro a alguien. Y luego podrás relajarte un poco. ¿Sabes lo que te digo?
Creí saber lo que me decía, pero me costaba creer que hablase en serio. —Te lo agradezco, Errol, pero quiero estar disponible para Maggie
este fin de semana.
—¡Ella está bien, Frank! Tiene veinticinco años. Tu hija es una mujer adulta e independiente. Creo que has de pensar menos en ella y más en ti.
Quizá tuviese razón, en cierto sentido, pero no me gustaba el tono de esos comentarios ni lo más mínimo. No me gusta que me digan cómo ser padre.
—¿Sabes qué, Errol? Te quería preguntar una cosa. ¿Dónde está tu hijo esta noche?
—No sé. Andará por ahí.
—No, no es verdad. No he vuelto a ver a Aidan desde que salimos de tu despacho. Se supone que todos estos amigos han venido a celebrar la boda. Hay unos pasteles de cangrejo increíbles, cócteles y una hoguera, pero no veo que Aidan disfrute de nada de ello. ¿Dónde diablos está?
—Aidan tiene veintiséis años. No soy su niñera.
—Quizá deberías serlo. ¿No te parece raro que estés aquí, Maggie esté aquí y yo también esté aquí, pero Aidan no haya aparecido en toda la noche?
—No sé, Frank. ¿Qué insinúas?
No sabía qué estaba insinuándole, pero me acordaba de todas las advertencias de Brody aquella mañana:
«¿Qué te dice el instinto?».
«Sabes que algo va mal».
«Es el príncipe de las putas Tinieblas».
Gerry carraspeó y luego habló en voz queda y suave:
—Frank, creo que tengo la respuesta a tu pregunta. Hace un rato, esta noche, vi que Aidan iba a la cabaña. Me dijo que iba a la planta de arriba
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para hacerle compañía a su madre. No se encuentra lo bastante bien como para venir a la cena, pero Aidan no quería que se sintiese excluida, así que le llevó unos platos de comida y se ha pasado toda la noche con ella.
Sierra abrió la boca de par en par y se puso una mano en el pecho —¡Oh, es lo más dulce que he oído nunca! Has criado a un caballero,
Errol Gardner.
—Aidan cuida de su madre —subrayó Errol—. Haría lo que fuera por ella.
Decidí que todo eso parecía probable. Aidan podría haber estado en la habitación de Catherine cuando llamé, quizá fue la persona que había oído que se movía al otro lado de la puerta. Y quizá Catherine le había dicho que no quería tener visita. Quizá le había pedido que pasara de mí.
—Lo siento, Errol —me disculpé—. No quería insinuar nada. Llevo despierto desde las tres y media y creo que necesito dormir un poco.
Se levantó y me estrechó la mano.
—No pasa nada, Frank. Es un fin de semana importante y llene de emociones fuertes. Sobre todo para nosotros, los padres.
—Mañana va a ser un día maravilloso —nos aseguró Gerry—. El tiempo parece perfecto para una caminata y luego nos lo pasaremos bien en el lago.
Les di las buenas noches y crucé el césped. Me dirigí hacia los árboles y tomé un sendero que me llevase a la cabaña. Justo antes de adentrarme en el bosque, miré por última vez la cabaña del Águila pescadora… y me percaté de que la silueta había vuelto a la ventana de la tercera planta. Aunque solo vi el contorno de la silueta, tuve la certeza de que me observaba. La saludé con la mano, igual que Khalani. Y, para mi sorpresa, levantó la mano derecha y me devolvió el saludo. Luego se apartó de la ventana y apagó la luz.
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Me desperté al notar una caricia delicada en la mejilla. Me recordaba al pelo largo y castaño de mi mujer, que me hacía cosquillas en la cara cuando se daba la vuelta en la cama. Debía de estar soñando con ella otra vez. Después, el cosquilleo me subió por la nariz con ocho patas larguiruchas, me reincorporé en la oscuridad y me di una bofetada a ciegas.
Busqué a tientas la mesita de noche y encendí la lámpara. Eran las cuatro y diez, según la hora de Gardner. Estaba tumbado en la diminuta litera inferior y había otras tres arañas justo sobre mí, que colgaban del colchón de arriba. Cogí un pañuelo de la caja de la mesita y las aplasté. Luego miré por la habitación y hallé más arañas en las paredes, en el techo y en las cortinas. Debieron de salir mientras dormía. Tuve que recorrer la habitación y aplastarlas todas para sentirme cómodo al apagar la luz.
Y en ese momento supe que sería imposible volver a quedarme dormido. Había demasiadas preocupaciones que se me pasaban por la cabeza: el tío de Dawn en el aparcamiento del restaurante Mom and Dad’s, que me preguntaba si había perdido el puto juicio. La historia poco probable de Maggie y Aidan acerca del piso del sótano de la calle Talmadge. La foto falsa de Dawn Taggart en la playa de la cala del Águila pescadora. Y la promesa de Gwendolyn de venir a buscarme por la mañana para contarme todos los secretos. ¿Qué me iba a decir?
Y, cuando acabé de darles vueltas a todas esas preocupaciones nuevas, revisité las clásicas, todos mis peores fracasos como padre. Todas las noches que obligué a Maggie a no levantarse de la mesa hasta que se acabase la comida del plato; todas las veces que la castigué por sacar
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malas notas, por llegar tarde a casa y por las tareas que no terminaba. Di más y más vueltas y deambulé por ese laberinto de remordimientos, en busca de los recuerdos de días más felices que me permitiesen relajarme y dormirme. Intenté concentrarme en los buenos tiempos, los cumpleaños, las mañanas de Navidad y el brunch en Waffle House, pero mi mente no dejó de escarbar en todos mis mayores fracasos, como la vez que amenacé con llamar a la policía y delatar a mi propia hija.
Maggie tendría diecisiete años cuando sucedió, porque acababa de empezar a trabajar a media jornada en Dunkin Donuts, donde servía café caliente y pasteles de crema de Boston. Había ahorrado un poco de dinero y quería comprarse una cazadora de «ante vegano» de trescientos cincuenta dólares en una de esas tiendas turbias de internet que venden todo por Instagram, así que necesitaba que le prestase la tarjeta de crédito. Le dije que trescientos cincuenta dólares era un precio ridículo para una cazadora que no te protegía del frío e intenté explicarle que «ante vegano» era una mierda de marketing para no decir «cuero falso». Le advertí que todas las influencers glamurosas de las redes sociales vendían una vida de fantasía que ninguna persona normal se podía permitir, pero mis quejas cayeron en saco roto. Maggie recordó que ella misma había ganado el dinero y que (según lo que habíamos acordado en nuestra familia) tenía derecho a gastárselo en lo que quisiera. Luego me puso un montón de billetes arrugados en la mano y me llevó a rastras al ordenador familiar.
Usé mi tarjeta de crédito para pedir la cazadora, de talla media y con envío estándard y gratuito por UPS. Una semana después, Maggie recibió un correo electrónico que decía que habían entregado la cazadora, pero, cuando salió de casa a recogerla, no había ni rastro del paquete. Esa noche, cuando volví a casa después de trabajar, Maggie me explicó el problema y se preguntó en voz alta si el conductor no habría llevado la cazadora a la dirección equivocada. Pero conocía a nuestro repartidor en persona. John Speedy González tenía quince años de experiencia y los dos trabajábamos en el mismo centro de paquetería. No iba a llevar ninguna caja con el apellido “Szatowski” a la casa equivocada. Speedy nos trataba como si fuéramos VIP y siempre nos dejaba los paquetes en el porche, a salvo de la lluvia y del viento. Le dije a Maggie que la explicación más probable era que le hubiesen robado el paquete.
Los piratas de los porches son un verdadero problema en mi profesión y se los ve merodear por los barrios residenciales de todo el país. Son una
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extensa red de ladrones y estafadores que persiguen a las furgonetas de reparto y roban las cajas después de que las entreguemos. Varias veces al mes sospecho que me siguen, y entonces me suelo parar, me echo a un lado y hago una foto de la calle detrás de mí para cerciorarme de sacar en ella al coche y al conductor. Eso suele bastar para disuadirlos. Por desgracia, los piratas se parecen mucho a las cucarachas. Por cada uno que ves, suele haber otros tres o cuatro rondando a la vuelta de la esquina, sin que los veas.
A Maggie le entristeció tanto la noticia que casi rompió a llorar, pero le aseguré que no todo estaba perdido. Escribí un correo electrónico a la tienda, dije que trabajaba en United Parcel Service y les expliqué el problema. Al contestarme, me mandaron un código de regalo válido por otra cazadora, sin coste alguno, y esa vez fue Maggie quien hizo el pedido. Tres días después, llegó a casa otra cazadora de ante vegano y Maggie aguardaba en el escalón del porche para recibirla. Me dio la impresión de que la cazadora parecía hecha de materiales baratos y no serviría de mucho en una nevada, pero a Maggie le gustaba ese estilo y se la ponía todo el tiempo.
Bien, la historia debería haber terminado ahí, pero unas semanas después paré en Sam’s Club a recoger unas semillas de césped y me topé con una de las amigas de mi hija, Priya Hattikudur, una chica que vivía en la misma calle. Priya me caía bien y creía que era una buena influencia para Maggie. Sus padres eran agentes inmobiliarios y veía sus caras sonrientes en los bancos y las marquesinas de autobús de todo el condado de Monroe. Parecían gente trabajadora e inteligente, con mucho sentido común.
De modo que me sorprendió un poco ver que Priya llevaba la misma cazadora de ante vegano que mi hija tenía, la que costaba un ojo de la cara. Y, cuando le pregunté por ella, dijo que se la había vendido Maggie.
—Le mandaron dos por error —me explicó—. Iba a subir la que le sobraba a Depop, pero me la vendió a mí por ochenta pavos.
Me cuesta contarte lo mal que me sentí en ese momento. Si alguna vez te han decepcionado tus hijos (si te han decepcionado de verdad, grave y profundamente), quizá te hagas una idea de a qué me refiero. Estaba tan alterado que me marché de la tienda sin comprar las semillas de césped. Tuve que salir al aparcamiento y sentarme en el jeep para poner en orden mis pensamientos. Y, de la frustración, me puse a darle puñetazos al
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asiento vacío del copiloto, lo golpeé una y otra vez hasta que me dolió el puño.
Esa noche, durante la cena, le hablé a Maggie de mi conversación con Priya. De inmediato, me lo confesó todo y me pidió perdón por haber mentido, pero lo hizo con una sonrisa pícara, como si fuera Ferris Bueller cuando lo pillan haciendo novillos.
—Has robado una cazadora —dije—. Eres una ladrona.
—No soy una ladrona de verdad —protestó—. Tampoco me he llevado la cazadora de la tienda.
—¡Sí! ¡Es exactamente lo mismo!
Maggie contraatacó con todas las excusas habidas y por haber. La tienda formaba parte de una gigantesca empresa multinacional, así que ni se enterarían de la pérdida. La cazadora era tan cara que resultaba ridículo, así que Maggie se merecía sacar dos por el precio de una. Y la habían fabricado en Malasia, probablemente con mano de obra esclava, de modo que estafar a la empresa era, en realidad, una especie de acto político. Maggie insistió en que todas sus amigas recurrían a la misma clase de trucos, que en el mundo de las compras por internet era un comportamiento de lo más aceptable.
—Has usado mi tarjeta de crédito —le recordé—. Me has hecho cómplice del delito. Hablamos de fraude postal. ¿Se te ha olvidado para quién trabajo? ¿Cómo pongo un plato de comida en la mesa?
Mi hermana había venido a cenar, así que, por supuesto, Tammy nos tuvo que interrumpir y aportar su granito de arena. Me recordó que nadie más sabía la verdad sobre lo sucedido, así que no hacía falta que perdiese los estribos. Y supongo que fue entonces cuando los perdí, porque amenacé con denunciar a mi hija a la policía. Maggie se limitó a reírse, porque sabía que no iba en serio.
—Vamos a ser sensatos —dijo Tammy, antes de proponer que Maggie devolviera la cazadora y zanjásemos la cuestión.
Pero no conseguimos averiguar cómo devolverla, no había manera de conseguir una etiqueta de devolución sin que nos hicieran un reembolso automático, así que al final obligué a Maggie a donar la cazadora a Goodwill. Se pasó un mes enfadada conmigo y, por rencor, se negó a ponerse ningún otro abrigo el resto del invierno. Cuando había ventisca, salía solo con una sudadera con capucha, como si yo no le hubiera dado
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elección. Y me dio igual, porque por aquel entonces aún contaba con el valor de mis convicciones.
Pero hoy en día ya no estoy tan seguro. Mi guerra fría de tres años con Maggie me obligó a repasar con atención todos mis errores de padre. Sabía que la había alejado de mí gracias a una serie de errores de todo tipo y ahora tenía que andarme con ojo si quería que nuestra relación sobreviviese. De modo que traté de relajarme y me dije que todo saldría bien. Estaba claro que Brody Taggart iba borracho. Y Gwendolyn parecía envidiar la buena suerte de mi hija, nada más. No se podía confiar en ninguno de los dos.
Me pasé un buen rato tumbado en la cama y no me volví a dormir.
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A las siete y media me levanté, hice la cama y luego me duché, me vestí y bajé a la cocina. En la encimera me esperaba una bandeja caliente de dulces recién horneados para desayunar: magdalenas, bagels, bollitos, rollitos de canela y un montón de pasteles con formas raras que no supe nombrar, además de cuencos de avena y yogur y un tanque de café caliente. Estaba claro que habían entrado en la cabaña para preparar el festín, pero habían cumplido con la tarea en un silencio absoluto.
Me serví un café, me llené un plato de hidratos de carbono y luego saqué todo al porche delantero. Mi hermana estaba sentada en una mecedora, llevaba un albornoz y unas pantuflas de la cala del Águila pescadora. Observaba cómo se disipaba la niebla del lago y tenía una taza de manzanilla caliente en el regazo.
—¡Buenos días, hermanito! ¿Qué tal has dormido?
No le vi sentido a quejarme, así que me limité a dejarme caer en la silla vacía que había a su lado.
—Bien, ¿y tú?
—Es la vez que mejor he descansado en treinta años. He dormido como Rip van Winkle. Habrá sido el aire fresco ¿o los sonidos del lago? Las olas al lamer la orilla. ¡Qué relajante! Ni siquiera he encendido el altavoz de ruido blanco.
Estaba de muy buen humor. Según dijo Tammy, en la vida se había despertado y había visto que le habían preparado un desayuno delicioso. Mientras saboreaba cada bocado de un cruasán de chocolate, me habló de su conversación con Errol Gardner, a quien había conocido durante la cena, la noche anterior.
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—Te seré sincera, Frankie. Me intimidaba un poco conocerlo. Como es tan rico, creí que igual era un sieso, pero ¿sabes qué? El tipo se nos acercó a la mesa y me trajo una copa de vino blanco y un Shirley Temple para Abby. Debimos de pasar media hora hablando. Es un ser humano auténtico y compasivo. ¿Sabes qué? Hasta prometió enseñar a Abigail a hacer esquí acuático. En la fiesta hay trescientas personas que han ido a la Ivy League y Errol Gardner saca tiempo para ayudar a una niña de acogida. Para mí, eso significa mucho, ¿sabes lo que te digo?
Dejé la taza de café en una mesita y coincidí en que Errol era muy generoso.
—Anoche, se ofreció a buscarme compañía.
—¿Qué clase de compañía?
—Compañía femenina.
Mi hermana se puso contenta.
—Seguro que conoce a viudas simpáticas.
—O a prostitutas, una de dos.
Casi se ahogó con la manzanilla.
—¡Frankie, por favor! ¿De verdad dijo la palabra «prostituta»?
—Dijo «acompañante», pero podía elegir la edad, el color de pelo y el tipo de cuerpo, como si pidiera a la carta. Fue rarísimo. Y, todo el rato, Gerry estuvo sentado a nuestro lado con su mujer de dieciocho años. ¡A saber cómo se conocieron esos dos!
—Errol solo quiere saber cuál es tu tipo. Se lo puedo decir por ti. Creo que sé lo que buscas.
—No, Tammy. No hables con Errol por mí. No quiero una acompañante para el fin de semana. Quiero pasar tiempo con Maggie, Aidan y la familia de Aidan. Nada más.
Lo dejó estar y pasé un buen rato disfrutando del increíble paisaje. El lago se extendía ante nosotros, plácido y tranquilo en la quietud de primera hora de la mañana. Vi cómo volaba un águila pescadora. Se lanzó en picado al agua, recorrió la superficie con las garras y, un instante después, alzó el vuelo con su presa, un pez. Luego me concentré en el desayuno (un cruasán caliente y recién horneado, unas quiches diminutas y redondas de beicon y champiñones y un cuenco de arándanos de Maine con leche dulce y fresca) y noté que me ponía de buen humor con cada bocado. Todo sabía fantástico y el café era sublime. Mi hermana se estremeció y suspiró de alegría y dicha, sobrecogida por la belleza de la naturaleza.
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Después, la mosquitera se abrió con un chirrido y salió Abigail. Llevaba puesto el pijama azul de alienígena y se rascaba un lado de la cabeza.
—¡Buenos días, bichito! —exclamó Tammy, y la criatura se limitó a gruñir—. ¿Qué tal has dormido?
Abigail arrugó el rostro como si estuviera estreñida.
—Me pica todo, señorita Tammy.
—¿De verdad? ¿Más que ayer?
—Ajá.
—Vale, cielo. Hazme un favor. Entra y ve a por una toalla. Y trae la mayonesa del frigorífico. Y una espátula de plástico, como las que se usan para el glaseado de las tartas, ¿sabes a qué me refiero?
Abigail asintió con la cabeza, desapareció al entrar en la cabaña y fulminé con la mirada a mi hermana. Desdeñó mi preocupación.
—Será que tiene el cuero cabelludo seco. No te preocupes por nosotras. Vete a observar pájaros o algo así.
Había unos prismáticos en el porche delantero, para que los huéspedes se sentasen en las mecedoras y se maravillasen con las magníficas aves acuáticas, pero la llegada de Abigail lo estropeó todo. Se retorció, pataleó y gruñó mientras Tammy le echaba mayonesa en el cuero cabelludo y todos los pájaros se marcharon volando en busca de paz y tranquilidad. Olía fatal, a pies sudados y apestosos con calcetines de poliéster. Cogí el tarro para mirar la fecha de caducidad.
—Tammy, caducó en noviembre.
Se encogió de hombros.
—Si los piojos se mueren de salmonela, por mí bien. —Al acabar, le tapó el cuello a Abigail con una toalla de baño para que la mayonesa no le goteara en el pijama—. Los bichitos aguantan la respiración durante una hora, así que no te lo quites hasta las nueve y media.
Y, al decir eso, me di cuenta de que era tarde y me puse en pie.
—Me tengo que ir. He quedado con Maggie para montar en canoa.
Abigail abrió los ojos de par en par.
—¿Puedo ir?
Tammy se encogió de hombros.
—Claro, ¿por qué no?
—No, no y no —le dije—. Quédate aquí y cómete el desayuno.
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—Frankie, tiene muchas ganas de montar en canoa —me explicó Tammy—. Ayer se pasó todo el día pidiéndonoslo.
Le prometí a Abigail que iríamos por la tarde si teníamos tiempo. Parecía decepcionada, igual que mi hermana, pero entiendes mi punto de vista, ¿no? Ya dormía en una cama para bebés y me comía las pechugas de pollo que se caían a la hierba, así que me negué a sacrificar lo más importante, que era pasar tiempo de calidad con mi hija. No quería que Abigail se interpusiera entre nosotros y atufase toda la canoa.
—Pues llévala tú —le sugerí a Tammy—. Hay una docena de canoas y están ahí para quien las quiera.
—¡No tengo ni idea de montar en canoa! Me moriría de miedo.
—Da igual —murmuró Abigail—. Me quedaré aquí y me leeré el libro.
Entró en la cabaña arrastrando los pies y mi hermana me lanzó una mirada de profunda decepción, pero me negué a sentirme culpable. Tomé el sendero y seguí la orilla del lago hasta que volví a la playa. Estaba sucia y había restos de la juerga de la noche previa: toallas olvidadas, vasos de cristal vacíos, la parte inferior de un bikini de color amarillo chillón y un montón de sándwiches de nubes tirados y repletos de hormiguitas negras. El desorden no parecía encajar en la cala del Águila pescadora, pero había un trío de jardineros que peinaba el césped y recogía la basura con unas largas pinzas metálicas.
Vi a Maggie cerca de la orilla; llevaba una camiseta de una carrera benéfica de cinco kilómetros y unos pantalones cortos beis. Sujetaba dos tazas térmicas llenas de café y me dio una.
—Con leche y dos azucarillos —me indicó, y ese gesto sencillo me emocionó, me enterneció que se acordase de cómo me gustaba el café y dedicara un poco de tiempo a pensar en mí. No sabía cómo iba a montar en la canoa con el café caliente, por supuesto, pero Maggie me explicó que las canoas modernas tienen portavasos, igual que todo lo demás.
Cogimos una canoa y le dimos la vuelta, solo para descubrir que estaba llena de murgaños. Usé un remo para espantarlos y luego, los dos juntos, empujamos la proa de la barca hasta llegar al lago.
—Yo te guío —me propuso Maggie—, sé adonde vamos.
Cogí el remo y el café y me coloqué en el asiento delantero. Mi hija siguió empujando y después se metió en el asiento trasero, con elegancia y sin mojarse ni con una sola gota de agua. Me explicó que íbamos a la
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punta del Cormorán, una loma rocosa a un kilómetro y medio al oeste de la cala.
—Después de comer, iremos allí andando, pero he pensado que te gustaría verla desde el agua.
Aún me acordaba de las instrucciones de Gwendolyn: me había dicho que no fuera con todos los demás al acantilado.
—¿Vais Aidan y tú?
—Sí, va todo el mundo.
—¿Hasta la madre de Aidan?
Ojalá hubiera podido ver cómo reaccionaba Maggie, pero miraba en la dirección opuesta.
—Pues no, papá. Es obvio que Catherine no puede ir. No está en condiciones de ir de caminata.
—¿Qué tal se encuentra esta mañana?
—No sé. Me alojo en el Colibrí, al otro lado del campamento. No he vuelto a entrar en su cabaña desde ayer.
—¿Y se va a pasar sola todo el día? No me parece bien. Es tu suegra. Nos habíamos alejado unos cien metros de la orilla cuando Maggie
viró con el remo y dimos un giro de noventa grados. Luego continuamos remando, de modo que seguimos la orilla.
—A Catherine no le importa. Hay una enfermera en la cabaña que cuida de ella. Le hace compañía y comprueba que no le falta de nada.
Tuve la tentación de preguntarle por qué la enfermera no contestó cuando llamé a la puerta la noche anterior, pero decidí no contarle la historia. Sabía que Maggie se enfadaría.
—Yo no tengo ningún problema en quedarme en casa y comer con Catherine —le dije—. Si se encuentra mejor y está en condiciones de tener visita, puedo quedar con ella y animarla un poco.
—Papá, eres muy amable, pero sé cómo es Catherine y sé que querrá que te vayas de caminata. No le sentará bien que te quedes encerrado con ella en la cabaña. No le gusta ser una carga para la gente.
Me acordé de las palabras de Gwendolyn de la noche anterior: «Si aún no has conocido a Catherine Gardner, no sabes nada».
Pero ¿cuánto sabía mi hija?
¿Y por qué me salía con evasivas?
—Me sorprende que no haya venido Abigail —añadió Maggie—. Me dijo que quería montar en canoa. Se podría haber sentado en el medio.
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—Vuelve a tener piojos. Tammy les ha echado mayonesa.
—¿En serio? No es más que un remedio de viejas. La mayonesa no va a solucionar nada.
—Pues tu tía pone la mano en el fuego por ese remedio.
—La niña necesita que la vea un médico. Cuando volvamos al campamento, llamaré a la clínica del pueblo. Seguro que pueden mandar a alguien.
—No, Maggie. Ya andas liada con un millón de cosas. Casi no te he visto desde que llegué. No necesitas más responsabilidades.
—Papá, ¿por qué gritas?
No me di cuenta de que gritaba. Bajé la voz e intenté explicarme en un tono tranquilo y comedido:
—Este fin de semana es para la familia, Maggie. Cuando nos vayamos a casa el domingo, Abigail volverá con su madre o con algún otro padre de acogida y nunca volveremos a verla. Dentro de treinta años, mirarás las fotos de tu boda y ni siquiera te acordarás de cómo se llama. Dirás: «¿Quién demonios es esta niña? ¿Y qué hace en mi boda?».
Se rio.
—Tal vez tengas razón, pero voy a llamar a la clínica. Mandarán a alguien enseguida.
Ya nunca se habla de que los médicos vayan a domicilio, pero imaginé que, si pertenecías a la familia Gardner, podías coger el teléfono y pedir lo que quisieras. Podías especificar la edad, el color de pelo y el tipo de cuerpo y, por arte de magia, invocar a una acompañante, igual que cuando el genio sale de la lámpara.
Seguimos remando y Maggie disfrutó de hacer de guía turística. Me dijo que me fijase en varios puntos de interés que había alrededor del lago, como un faro pequeño e inactivo y una finca que había sido propiedad de Jimmy Stewart. Noté que se enorgullecía del campamento y se emocionaba al presumir de él, que ya sentía que ese sitio le pertenecía.
La punta del Cormorán era un acantilado gris y rocoso que sobresalía de la orilla. Aparte de ser la zona que más se elevaba sobre el agua, no tenía nada llamativo. Un par de madrugadores iban andando por la cima, se apoyaban en la barandilla de seguridad y se hacían selfis con los móviles. Maggie explicó que la cima del acantilado quedaba a cincuenta minutos a pie de la cabaña del Águila pescadora y era la caminata perfecta
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para abrir el apetito. Los camareros nos estarían esperando con la comida y la bebida cuando llegásemos.
Y entonces me di cuenta de que Maggie le daba media vuelta a la canoa, como si se hubiera acabado la excursión matutina y fuese la hora de volver. No llevábamos en el agua ni veinte minutos y aún me quedaban muchas cosas que preguntarle. Habíamos perdido el tiempo hablando de Abigail y de los familiares de Jimmy Stewart.
—Oye, Maggie. ¿Cómo te encuentras?
—Me encuentro genial.
—Digo por la boda.
—Ya sé a qué te refieres.
—¿Estás nerviosa?
—Para nada. Estoy emocionada.
—¿Qué tal está Aidan? ¿Está nervioso?
—Aidan está bien.
—Anoche no lo vi.
—Yo tampoco.
Creía que me lo iba a explicar, pero se limitó a seguir remando.
—Gerry dijo que estaba arriba, con su madre.
—Tiene sentido.
—Pero ¿no lo sabes? ¿No lo has visto?
—Se aloja en la cabaña grande. No lo he vuelto a ver desde la cena. Lo dijo todo sin andarse con rodeos, pero no me entraba en la cabeza. —Entonces, ¿anoche fuiste a bañarte desnuda con todos tus amigos y
no volviste a verlo? ¿Ni siquiera os disteis las buenas noches? Se rio.
—Papá, no somos como mamá y tú. Aidan y yo no somos siameses. Somos personas muy independientes. Tenemos intereses y amigos distintos. Y Aidan es introvertido. Es artista. Necesita mucho tiempo para descansar. Si tratas de agobiarlo, le sentará mal.
Noté que remaba más rápido, daba paladas con más fuerza, como si de repente se diera prisa en llevarnos a tierra firme.
—No quiero agobiarlo, Maggie. Solo me gustaría hablar con el chaval y entender qué le gusta.
—¡Ayer os pasasteis una hora hablando! Errol dice que estuvisteis bebiendo bourbon todos juntos. ¿Eso no cuenta?
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—Estuvimos con su padre y con el abogado de la familia porque les llevé la fotografía de Aidan y Dawn Taggart. Dijeron que la habían hecho con Photoshop.
—Será verdad —convino—. Aidan nunca la trajo aquí.
Volví a desear haberme quedado con una copia.
—A mí me parecía bastante real.
—Pues eso mismo —me explicó Maggie—. Se supone que ha de parecer real, pero hoy en día no te puedes fiar de lo que ves.
A lo lejos, vi cómo aparecía el lateral del cobertizo del embarcadero de los Gardner. Casi habíamos vuelto al campamento y no quería que la excursión acabase en un tono amargo. Dejamos atrás unas cabañas que había junto a la orilla y reconocí la parte delantera del Mirlo. Tammy nos saludó desde la mecedora del porche y los dos le devolvimos el saludo. No había ni rastro de Abigail.
Después de un par de minutos, nos acercamos al muelle con forma de L. Vimos la cabaña del Águila pescadora y el césped principal estaba lleno de gente, parecía que todos los invitados habían salido a darnos la bienvenida. O quizá los había despertado la alarma de incendios, porque muchos aún llevaban el pijama, las pantuflas y los albornoces de la cala del Águila pescadora, como si hubieran tenido que salir deprisa. Le pregunté a Maggie si había una especie de desayuno en grupo y dijo:
—No, no. ¡Qué raro! Algo va mal.
Errol Gardner y Gerry Levinson estaban en la playa y debatían con Hugo. Dos de los guardias de seguridad se habían metido en el lago hasta las rodillas y venían hacia nosotros. Hugo vio la canoa y luego apuntó al cobertizo con los dos brazos.
—¡Fuera de la cala, por favor! ¡Vayan al muelle!
El sol había salido por detrás de la cabaña del Águila pescadora y tuve que entornar los ojos y mirar a través de los dedos para orientarme, no sabía qué pasaba. Maggie viró con el remo, dimos un giro de ciento ochenta grados y luego una nube tapó el sol, lo que me permitió ver la orilla con claridad. El agua ya les llegaba a la cintura a los dos hombres, que avanzaban hacia un objeto grande que flotaba justo en la superficie. Lo miré con fijeza hasta que cobró forma y enfoqué todas las partes: las piernas desnudas y esbeltas, la bata blanca y abierta, el pelo largo y rojizo.
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Maggie se acercó corriendo a Errol y Gerry mientras yo me daba prisa en amarrar la canoa. Después, no tardé en ir con ellos. Ninguno de los guardias se quejó de mi llegada, tal vez porque estaban concentrados en un problema mayor: la mujer muerta del lago y cómo traerla a la orilla.
La bata se le había abierto por la cintura y se había expandido por el agua, recordaba a la silueta con alas blancas de un ángel. Los guardias usaban unos remos para pinchar el cuerpo y acercarlo a la orilla a empujones. Los invitados del césped guardaban una distancia prudencial, pero noté que Khalani había sacado el iPhone para grabar el suceso. Gerry también se dio cuenta y mandó a un guardia a hablar con ella.
—Ve a recordarle a esa idiota que ha firmado un acuerdo de confidencialidad. Y dile que les recuerde a sus amigos que todos lo han firmado. Como vea una sola pizca de esto en TikTok, iré a por ella.
Hugo se arrodilló en la arena, se puso un par de guantes finos y, con cuidado, colocó a la mujer bocarriba. Ya había reconocido el pelo largo y rojizo, pero no estaba preparado para la impresión de verle la cara a Gwendolyn. Aún tenía los ojos abiertos y los labios se le habían oscurecido y estaban entreabiertos; en general, parecía sorprendida. Le salía agua de la boca y le corría por un lado de la cara, como si fuera un recipiente que rebosa.
—No tiene ningún sentido —murmuró Maggie—. Mi padre y yo estuvimos aquí a las ocho y media. La playa estaba vacía.
—Estaba debajo del muelle —explicó Errol—. Los paisajistas vinieron a limpiar la playa y uno la vio.
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Hugo le puso un dedo en el cuello a Gwendolyn para tomarle el pulso. Me pareció una medida de lo más innecesaria, pero quizá lo hizo porque en el césped había mucha gente que nos miraba. Se volvió hacia otro de sus hombres y le dijo:
—Trae unas mantas. ¡Rápido, rápido, rápido! —Luego le recolocó la bata e intentó respetar el poco pudor que le quedaba—. Tenemos que hablar con los demás invitados. A ver qué averiguamos antes de que llegue la policía. A lo mejor alguien la vio anoche.
—Yo la vi anoche —le contó Maggie—. Serían las once… No, de hecho, las once y media. —Hugo la animó a seguir hablando—. Unos cuantos nos íbamos de la playa y volvíamos a las cabañas, pero Gwendolyn se dirigía al agua. Y estaba sola. Llevaba la misma bata que ahora. Le dije que llegaba demasiado tarde, que todos habían acabado de bañarse, pero no me oyó o no le importó. No se detuvo.
—¿Parecía ebria?
—No tengo ni idea. Nunca ha sido muy amable conmigo, así que no me esforcé en hablar con ella. Pero Aidan dice que se ha metido un montón de drogas, así que no sería… —Fue bajando la voz hasta dejar de hablar, como si no encontrara la palabra adecuada.
—No sería impropio de ella, ¿no? —apostilló Errol.
—Exacto —asintió Maggie.
Para ser justos, me sentí obligado a aclarar que mucha gente se drogó la noche anterior. Le recordé a Maggie los ositos de gominola de Khalani y el TCH con el comodín extra, pero me contestó como si yo no supiera de qué hablaba.
—No me refiero a las microdosis, papá. Gwendolyn tomaba droga de la calle. Cosas duras e ilegales.
Un guardia vino corriendo con una manta y le ayudé a tapar el cadáver de Gwendolyn. Justo antes de cubrirle la cara con la manta, reparé en dos marcas rojas a un lado del cuello. Cada una tenía el tamaño de una moneda de veinticinco centavos.
—¿Y eso qué es?
Hugo levantó una mano para que todo el mundo se estuviera quieto. Luego se arrodilló, se inclinó para ver el cuerpo y se acercó tanto a la cara de Gwendolyn que creía que intentaba besarla. En vez de eso, de repente se puso en pie y se sacudió las manos.
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—Se hizo las heridas con algo del lago, como una roca o la punta de una rama. —La señaló con el índice para hacer una demostración (clac, clac, clac) y luego nos indicó con un gesto que acabásemos de tapar el cadáver—. Llamaremos a la policía, por supuesto, y vendrán con el forense. —Mientras tanto, les dijo a sus hombres que dispersaran a la muchedumbre, porque le preocupaba que los mirones pusieran de los nervios a la policía—. Y, claro, si veis a Aidan, contádselo.
—Yo —dijo Maggie—. Yo lo haré. Se pondrá triste y quiero estar con
él.
Quería advertirla y decirle que tuviera cuidado. Tenía la corazonada de que Aidan ya sabía qué le había pasado a Gwendolyn.
—Te acompañaré —me ofrecí, pero Maggie negó con la cabeza con firmeza y me volvió a dejar claro que no necesitaba mi ayuda.
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—Creo que todos estaremos de acuerdo en que era problemática.
La noticia de la muerte de Gwendolyn debía de haber volado, porque, cuando me reencontré con Tammy, ya tenía una opinión tajante al respecto.
—La vi anoche en la fila del bufé y mi primera impresión fue «Esta chica es drogadicta». Tenía esa mirada vidriosa y malnutrida que tienen todos. Además, casi no cogió nada. Solo unas judías verdes, una mazorca de maíz y un poco de arroz. ¿Y eso qué te indica?
—¿Que era vegetariana?
—Que era problemática, Frankie. Con una P mayúscula que rima con la D de droga.
Me encontré a Tammy y a Abigail a la sombra de Big Ben, el árbol más grande y antiguo de la finca, que plantó (si te creías lo que decía la placa) Benjamín Buder, un héroe de guerra del ejército de la Unión, en 1853. Había dos columpios de madera que colgaban de la rama más baja, pero Abigail había pasado de ellos y había trepado por el árbol. Estaba bien alta y metía la mano en un agujero, sin mirar. Le dije que quizá viviese un animal dentro del árbol y estuviese a punto de morderle los dedos, pero no me hizo caso y metió la mano todavía más al fondo.
—No creo que Gwendolyn fuera drogadicta —objeté—. Anoche hablé con ella. Parecía bien sobria.
—A esa gente se le da de perlas ocultarlo, Frankie. Confía en mí. Muchos de los padres biológicos con los que trato son drogadictos y se les da genial que no se les note. Pero, si conoces las señales, lo notas
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enseguida. —Suspiró—. Espero que no afecte a la boda. ¿Crees que la pospondrán?
—¡Qué remedio! Ha venido la policía. Van a entrevistar a todas las personas del campamento. Empañará todo el fin de semana.
Me golpearon en la nuca y me di la vuelta para ver que la zapatilla de Abigail me colgaba al lado de la cara. Había vuelto a la rama más baja y se había quedado atascada.
—Señor Frank, necesito ayuda.
Al extender al máximo los dos brazos, solo le llegué a las rodillas.
—Tienes que saltar.
Negó con la cabeza.
—No puedo.
—Te cogeré.
—No, no, no…
—Mueve el culo y baja de la rama. No te preocupes, Abigail. Te prometo que te cogeré. No voy a dejar que te caigas.
Le temblaba el labio inferior, como si fuera a llorar. Ya estábamos otra vez, igual que con el berrinche de las arañas.
—Creo que deberíamos pedir una escalera —murmuró Tammy—.
Puedo llamar al cero con el teléfono de la cabaña.
Me di la vuelta para mirarla.
—No nos hace falta una escalera, Tammy. Yo me encargo. Solo hace falta que salte.
Alarmada, mi hermana abrió los ojos de par en par y los treinta kilos de Abigail me cayeron en los hombros. Me arrodillé, planté las palmas de las manos en la tierra y oí un ruido espantoso en las vértebras inferiores, como si un músculo se me hubiese partido por la mitad.
—¡Abigail! —dijo Tammy.
Cerré los ojos, apreté los dientes y susurré una retahíla de groserías. Abigail rodó para quitárseme de encima, se levantó y le enseñó a Tammy un arañazo rojo y fino en la muñeca.
—Quema —susurró.
Tammy la cogió en brazos.
—Te vas a poner bien, bichito. Tengo cortisona en el bolso. Vamos a la cabaña a curarte. —Por fin se dio cuenta de que yo no me movía—. ¿Estás bien, Frankie?
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Dije que sí porque quería que se marcharan. Al rodar para tumbarme de costado, el dolor se volvió un poco más soportable, pero era imposible ponerse en pie.
En mi profesión, no hay nada más peligroso que una lesión de espalda. Te puedes quedar tuerto y, aun así, puedes seguir al volante; y conozco a conductores que se las han apañado con la artritis, el dolor de rodillas y el síndrome del túnel carpiano, pero no hay manera de que cargues con una televisión de pantalla plana si tienes la espalda reventada. Me aterraba que Abigail me hubiese incapacitado para trabajar y que me obligasen a darme de baja por discapacidad, cosa que era lo peor que me imaginaba.
Pero, después de descansar un poco en la hierba, logré sentarme y, despacio, me obligué a ponerme en pie. De haber sido otro fin de semana, me habría ido derecho a la cama con dos pastillas de Tylenol y una compresa fría. En vez de eso, volví cojeando a la cabaña del Águila pescadora para buscar a mi hija y ver cómo se había tomado su prometido la noticia.
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En la playa había tres técnicos de emergencias sanitarias y media docena de agentes de policía que trabajaban codo con codo con los miembros del equipo de seguridad de la cala del Águila pescadora. Los observé desde lejos, me quedé a la sombra de los árboles y vi cómo trabajaban. Aparte de sacar muchas fotografías, nadie parecía hacer gran cosa. Había una camilla en la arena, en paralelo al cadáver de Gwendolyn, y uno de los técnicos parecía sopesar la mejor manera de subirlo en ella.
Errol Gardner salió por la puerta trasera de la cabaña y se me acercó.
Llevaba una taza térmica de café y me ofreció darme otra, pero la rechacé.
—¿Cómo está Aidan? —pregunté.
—Ah, está bien. Creo que todo esto era inevitable. Dice que siempre le preocupaba lo mal que iba a acabar Gwendolyn.
—No creo que fuera una sobredosis —opiné—. Hablé con ella anoche.
Estaba sobria.
—Lo sé, Frank. Lo dijiste antes. Habrá que esperar a ver qué dice el forense, pero hasta la semana que viene no tendrán el informe.
Vi que Gerry y Hugo andaban con los técnicos sanitarios y los agentes de policía. Hablaban relajados y como si nada; podrían haber estado charlando sobre los Red Sox.
—Es una pena por la boda —dije—. ¿Has hablado con nuestros hijos de posponerla?
—Nadie va a posponer nada. Los dos quieren seguir adelante, y yo también. Y tú deberías apoyarnos. En cuando se marchen los sanitarios, continuaremos con la caminata. Todos iremos a la punta del Cormorán. —
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Pareció advertir mi postura dolorida—. Aunque no creo que te apetezca salir a andar, Frank. Se te ve agarrotado.
Le conté cómo me había hecho daño en la espalda e hizo una mueca de dolor por simpatía. Errol mencionó que en la clínica del campamento había una manta eléctrica y prometió enviarla a mi cabaña. Pero, antes de nada, me explicó que tenía que hablar con la policía e incitarlos a que se dieran prisa.
Observé cómo bajaba a la playa y se acercaba a la policía como Pedro por su casa. No oí la conversación, pero los agentes parecían disculparse por tardar tanto tiempo.
«Por supuesto, señor Gardner».
«Acabaremos enseguida».
«Y le prometemos que no le molestaremos más».
Aún había unos cuantos invitados rondando por la parte trasera de la cabaña, pero nadie se molestó en interrogarlos. El panorama de la playa se parecía más a una pausa para tomar café que a una investigación policíaca de verdad. Seguía sin dar crédito a lo que veía cuando me sonó el móvil porque había recibido un mensaje. Era de Vicky y me contestaba al mensaje de la tarde anterior:
Frank, he leído tu brindis y creo que lo has bordado. Lo has escrito con calidez y sinceridad, y no cambiaría ni una sola palabra. Te aseguro que a la gente le va a encantar. Sobre todo, a Maggie. ¡¡Misión cumplida!! Vicky
Solía trabajar desde mediodía hasta que cerraban y solo eran las diez y media, así que supe que era bastante probable que la pillara en casa. Me metí entre los árboles, en busca de un poco de intimidad, y la llamé al móvil.
—¡Hola, Frank! ¡Te acabo de escribir!
—Lo sé. Ya lo he leído.
—¿Va todo bien?
—No, la verdad es que no. Perdón por seguir molestándote… —¿Qué pasa?
Miré el césped principal a través de los árboles. Los sanitarios habían levantado la camilla del suelo y se llevaban el cadáver de Gwendolyn por
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el césped, rumbo a la cabaña del Águila pescadora.
—Anoche murió una mujer.
—Ay, no.
—Se llevan el cadáver y luego todos vamos de picnic. Excepto la madre de Aidan, porque no quiere salir de su habitación. Anoche se perdió el baño en pelotas y las microdosis. ¿Y te he mencionado que todos los relojes van quince minutos adelantados?
Oí que Vicky se sentaba en una silla y abría una lata, supuse que de Coca-Cola Light.
—Frank, ve más despacio. Creo que deberías empezar por el principio.
Explícame qué pasó ayer por la tarde. Cuéntame qué ocurre.
Volví más atrás en el tiempo, hasta el miércoles por la noche, justo después de que me cortase el pelo, cuando volví a casa y hallé la foto de Aidan Gardner y Dawn Taggart en el buzón. Le hablé a Vicky de Hugo y de los documentos de intimidad, de la misteriosa enfermedad de Catherine, de Gerry Levinson y de su mujer, de una juventud absurda, y de la promesa de Gwendolyn de contármelo todo, solo unas horas antes de que apareciese muerta.
—Me siento como si estuviera en La dimensión desconocida. Mire donde mire, veo todo tipo de locuras, pero la gente no deja de decir que es de lo más normal. Estoy más perdido que un pulpo en un garaje.
—¿Y qué hay de Tammy? ¿Ella qué opina?
—Se ha caído por la madriguera de conejo. Se ha bebido una jarra entera de Kool-Aid de locatis y ya no hay quien hable con ella.
—Entonces tienes que confiar en tu instinto. ¿Qué te dice?
Me sentí fatal al verbalizar mis sospechas, pero las palabras sonaron ciertas en cuanto me salieron por la boca:
—Creo que Aidan les ha hecho algo a las chicas: a Dawn Taggart y a Gwendolyn. Creo que mi hija está demasiado enamorada como para darse cuenta de lo que pasa. Y creo que Errol Gardner le resuelve la papeleta a su hijo, porque es lo que hacen los padres ricos.
—No solo los ricos —me corrigió Vicky.
—¿A qué te refieres?
—Hablo por experiencia, Frank. Cuando mi hija, Janet, se empezó a meter en problemas, me inventé mil excusas para ella. «Ah, no tiene ningún problema con la droga. Solo está probando. Explora su lado más
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salvaje». No quería ver la verdad y, para cuando admití que tenía un problema, ya era demasiado tarde.
Me sentí fatal por obligarla a revivir todos esos recuerdos espantosos. Más de una vez me había contado que perder a Janet era lo peor que le había pasado jamás.
—Lo siento, Vicky.
—No pasa nada, Frank. Te voy a contar una cosa que aprendí por las malas: todos los padres son narradores no fiables. Creemos que conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, pero es imposible ser objetivos con ellos. Hasta para un visionario como Errol Gardner. Tu yerno se parece a Sam Bankman-Fried.
—¿A quién?
—El chaval de las criptomonedas. ¿No lees las noticias? —No leo nada sobre criptomonedas. Son una gilipollez.
—Bueno, exacto, pero Sam Bankman-Fried ganó una fortuna con ellas. Les robó miles de millones a sus clientes. El juez lo condenó a veinticinco años de prisión, pero lo peor fueron sus padres. Los dos son profesores de la facultad de Derecho de Stanford. Conocen la legislación financiera como nadie, pero insistieron en que su hijo era inocente. Afirmaron que nunca hizo nada malo porque eran incapaces de verlo con claridad. Es una ceguera deliberada, Frank, y a mí me pasó justo lo mismo con Janet.
Se ofreció a llamar a su hijo, el que trabajaba para el Wall Street Journal, pero no quise hacer ni decir nada que pudiese dar pie a una investigación.
—No quieren llamar la atención.
—¿Te das cuenta de lo mal que suena eso?
Oí a la gente detrás de mí, en el sendero. Venían de las cabañas del este.
—Me tengo que ir, Vicky.
—¿Qué vas a hacer?
—Tengo una idea, pero no estoy seguro de si va a funcionar.
—Ten cuidado, Frank. Como sigas husmeando, te puedes meter en un buen lío.
—Ya estoy en un buen lío —le recordé—. Mañana, a las tres, Maggie se va a casar con este tío.
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Volví a la cabaña Mirlo y me encontré en el porche a Tammy y a Abigail, que ultimaban los detalles para la caminata. A mi hermana nunca le habían gustado mucho las actividades al aire libre, pero se había entregado a la causa. Llevaba una camiseta vieja de un concierto de Dolly Parton, unos pantalones pesqueros y unos zuecos Dansko grises, el calzado oficial de las auxiliares de enfermería a domicilio de todo el mundo. Abigail se había quitado el pijama azul de Stitch y por fin se había vestido como una niña normal, pero había hecho una chapuza al ponerse la crema solar y tenía pegotes de óxido de zinc por toda la cara. Me dio la bienvenida con una gran sonrisa dentada.
—¿Va a venir, señor Frank? Maggie dice que, si subimos a la cima, se ve todo hasta Maine.
Le dije que no había dormido bien, que me iba a quedar en casa y a descansar un poco, pero Tammy no pareció creérselo.
—El muerto al hoyo y el vivo al bollo, Frankie. El accidente ha sido espantoso, pero Errol dice que todos tenemos que seguir adelante.
—Pues sigue adelante —le respondí—. Yo necesito un respiro.
Entré en la cabaña y vi por la ventana cómo Tammy y Abigail se marchaban a reunirse con los demás. Luego fui a la cocina y me obligué a comer una manzana, un plátano y un par de lonchas de queso. Sabía que pasaría fuera un par de horas y no quería que el hambre me distrajera. Tampoco quería que me viera nadie de los que iban de caminata, así que esperé otros diez minutos antes de salir de la cabaña.
En vez de tomar la ajetreada calle Principal y pasar por la cabaña del Águila pescadora, seguí el camino del lago hasta la playa y, al llegar, vi
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que el personal abría las sombrillas y colocaba las tumbonas. Todos los agentes de policía y los técnicos de emergencias sanitarias se habían marchado y había un surco grande en la arena, por donde habían arrastrado el cadáver de Gwendolyn en la orilla.
Crucé la playa y continué por la orilla del lago, pasé junto a más cabañas y un spa pequeño, donde se animaba a los huéspedes a apuntarse a un masaje de piedras calientes y a una pedicura preboda. Luego torcí hacia el bosque, caminé durante un rato hasta que llegué a la entrada del campamento, la garita pequeña de madera donde habíamos firmado los documentos de intimidad. Dos guardias de seguridad bebían de unas cantimploras deportivas y mantenían una conversación animada, pero se callaron al oír que me acercaba.
Y el mismísimo Hugo salió de la garita.
—¡Se ha equivocado de camino, señor Szatowski! ¡La punta del Cormorán está en la dirección contraria!
—Tengo que ir al pueblo. ¿Y mi coche?
—Ah, Oscar le llevará. ¿Dónde quiere ir?
—Conduciré yo.
—¿Necesita algo?
—Un par de cosas. Tylenol y demás.
Me sonrió y me mostró los dientes más blancos que jamás había visto. —Hay Tylenol en la clínica. Le enviaré un frasco a la cabaña y le
ahorraré el viaje.
—Bueno, aún me falta lo demás.
Me animó a seguir hablando. Me explicó que al campamento llegaban paquetes durante todo el día y que me podía conseguir lo que quisiera en menos de una hora.
—Pilas, un cargador para el portátil, más ropa, objetos personales… —Lo único que quiero es mi jeep —le dije—. ¿Cuánto tiempo tengo
que esperar al jeep?
Nada de lo que dije logró que el entusiasmo alegre de Hugo menguase. —Solo un par de minutos. —Se agachó dentro de la garita y habló por radio, susurró unas instrucciones que no distinguí. Luego volvió y me anunció que el jeep estaba de camino—. ¿Quiere esperar en la garita? Tal
vez esté más cómodo a la sombra.
—No, estoy bien.
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Le pregunté a Hugo si la policía seguía en el campamento y me explicó que habían trabajado rápido para molestar lo mínimo a la familia.
—La droga es el azote de los pueblos. La policía ha visto bastantes sobredosis como para reconocer los indicios de una.
Miré a mi alrededor y vi que los demás guardias se habían ido caminando al bosque y seguían la linde y la valla de tres metros. Los señalé.
—¿La valla rodea toda la finca?
Hugo asintió con la cabeza.
—Sé que no es muy estética, pero el campamento es muy goloso en temporada baja. Está lleno de ordenadores, utensilios de cocina, sábanas, toallas… Hay ladrones que roban cualquier cosa. Y yo solo soy una persona. No puedo estar en todas partes a la vez.
—Entonces, ¿andas por aquí en noviembre?
—Estoy aquí todo el año, señor Szatowski. La cala del Águila pescadora es mi hogar. Tengo una cabañita, el Trepador azul, a unos cien metros en el bosque.
—¿Y estás tú solo? ¿Todo el invierno?
—Ah, no. Ni de broma. Me paso el día llamando a fontaneros, pintores, paisajistas, jardineros, quitanieves y de todo. Con tantos edificios, siempre hay algo que reparar. Pero tengo todo a punto para cuando el matrimonio Gardner lo necesite. Les encanta venir en temporada baja, sobre todo cuando las hojas empiezan a cambiar de color.
—¿Y Aidan? ¿Viene de visita en temporada baja?
A Hugo le vaciló la sonrisa un momento, como si sopesase la pregunta que subyacía en la pregunta.
—Casi nunca. Aidan está ocupadísimo con sus cuadros y las clases en Boston. No tiene tiempo de relajarse y disfrutar de la buena vida. —Luego recuperó la sonrisa—. Pero quizá cambie después de la boda. Su hija parece muy feliz aquí.
Oí el jeep antes de verlo, cómo los neumáticos aplastaban la gravilla según avanzaba con pesadez por el camino de acceso. Hugo me preguntó si necesitaba indicaciones, pero le dije que me las apañaría. El joven que iba al volante me sonaba de esa mañana en la playa. Era el que se había servido del remo de la canoa para pinchar y empujar el cadáver de Gwendolyn hasta llevarlo a la orilla. Echó el freno de mano y no apagó el motor.
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—Que tenga un buen viaje.
Al marcharme de la entrada, miré a Hugo por el espejo retrovisor.
Cogía el móvil y se lo llevaba a la oreja.
Seguí el sinuoso camino de grava hasta la larga carretera de acceso, que estaba llena de baches, y luego torcí a la carretera que me condujo al pueblo. De nuevo, el aparcamiento del restaurante Mom and Dad’s estaba casi lleno. ¡Dichosos los ojos! Así podría dejar allí el jeep sin llamar la atención. No había ni rastro de Brody Taggart (ni de nadie más) en el porche, pero no pasaba nada porque sabía que vivía cerca, en una caravana a orillas del arroyo Alpine, o eso me habían dicho. Esperé a que no viniera nadie por la carretera, la crucé deprisa y me adentré en el bosque.
No había ningún sendero obvio que seguir, así que me contenté con pisotear los helechos y las ramas caídas y esquivé las zarzas. Tras andar un poco, oí el ruido lejano del disparo de un fusil. Había señales negras y amarillas de «PROHIBIDO CAZAR» grapadas a unos árboles, pero el sol se había comido el color, las grapas se habían oxidado y no estaba seguro de si la legislación antigua seguía en vigor.
Y luego me vi descendiendo por una pendiente inclinada y resbaladiza. Caí de árbol en árbol, me choqué con los troncos para mantener el equilibrio y no dejé de agravar el dolor leve y punzante de las lumbares. Por enésima vez, maldije a Abigail en silencio por haber saltado del árbol y habérseme caído en los hombros. Sabía que tendría que concertar una cita con el quiropráctico en cuanto volviera a Stroudsburg.
Al fondo del valle, me detuve a orillas de un arroyo raudo y caudaloso, que sospeché que era el Alpine. Había un sendero estrecho al lado y huellas en ambos sentidos, así que no tuve claro hacia dónde ir. Pero, al quedarme allí e intentar decidirme, oí el ladrido de un perro al oeste y salí de dudas. El perro sería de alguien y quizá esa persona fuera Brody Taggart.
Recorrí la longitud de un campo de fútbol americano, lo justo para que me entrasen dudas y me preguntara si debería haber ido en dirección contraria, y entonces vislumbré la parte trasera de una casita. Por lo que me había dicho Maggie, me había esperado una especie de casa prefabricada, una de esas estrechas cajas metálicas con todos los muebles atornillados. Pero era una casa modular bastante grande, una casa móvil de más de dos unidades, con revestimiento de aluminio de color amarillo chillón y unas molduras blancas en las ventanas. La casa se alzaba más de
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medio metro del suelo sobre unos cimientos de hormigón y habían construido un porche fuerte y robusto en la parte delantera, que habían equipado con plantas de interior, carillones de viento y una bandera estadounidense. Había tres vehículos aparcados en el camino de grava: una quitanieves tapada con una lona negra y mohosa, un Chevrolet Blazer plateado y un Toyota Corolla destartalado. Y, nada más ver el Corolla, supe que estaba en el lugar indicado.
Subí los escalones del porche y oí que el perro ladraba otra vez. Estaba dentro de la casa y rugía, lanzaba mordiscos y se tiraba contra la puerta, hecho una furia. Me pareció ver el destello de un movimiento por el ventanal, pero me lo tapaban unas cortinas de encaje y no estuve seguro. El perro no paraba de ladrar y me pregunté si había cometido un error al ir allí. El encuentro me ponía nervioso porque aún recordaba cómo había descrito mi hija a la madre de Dawn: «Está todo el tiempo borracha y va todo el día en bata. Y lleva un maquillaje espantoso y naranja, parece una tortita».
Me disponía a llamar a la puerta cuando oí un clic suave. Si has pasado una temporada en una zona de guerra, te aseguro que te acostumbras al sonido característico de un botón de fuego selectivo al pasar del «seguro» a «semiautomático» o «ráfaga». Me moví muy despacio, levanté las manos y me volví hacia el ruido. Brody Taggart empuñaba un AR-15, el equivalente civil del fusil M16 que yo había llevado en Irak. Le había colocado una mirilla especial y un visor láser, y me apuntaba al pecho.
—Voy a contar hasta tres —dijo—. Y luego voy a disparar a quien siga en mi porche.
No le obligué a contar. Retrocedí por los peldaños, dejé atrás los coches y volví al final del camino de acceso a la casa. Fue entonces cuando me detuve y me di la vuelta.
—Nos conocimos ayer en el restaurante —le recordé—. Me hablaste de Dawn, ¿no te acuerdas?
—Uno —exclamó.
—Ya no estoy en el porche. ¿Por qué sigues contando?
—He cambiado de idea. No te pares.
—Anoche murió una chica. En la cala del Águila pescadora. Dicen que se ahogó en el lago y que fue una sobredosis de droga, pero creo que mienten.
—No es problema mío —soltó—. Dos.
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Levanté las manos y le supliqué que me escuchase.
—¿Está tu hermana, la madre de Dawn? ¿Podría hablar con ella, por favor?
La puerta delantera se abrió hacia dentro y vi a una mujer grande que llevaba una camisa de franela de hombre y unos vaqueros azules. Le dijo algo a su hermano que no oí y él bajó el arma. Una perrita cocker spaniel peluda, de color marrón y blanco, salió escopetada a por mí, dio vueltas alrededor de mis piernas y me saltó a las rodillas. Me agaché para que me olisqueara la mano y, de inmediato, la perra se tumbó de espaldas, me enseñó la barriga y me pidió mimos.
—Se llama Bongo —voceó la mujer—, y yo soy Linda Taggart, la madre de Dawn.
—Frank Szatowski. Mi hija se va a casar con Aidan Gardner.
—Ah, ya lo sé, Frank. Fui yo la que te mandó la foto.
Me dijo que subiera al porche y me invitó a sentarme en una de las mecedoras. Para mi alivio, parecía muy sobria y, si llevaba maquillaje, era tan sutil que no lo noté. Linda dijo que volvería enseguida, que iba a por algo de beber. Luego le lanzó una mirada fulminante a su hermano y le dijo que guardase el arma, porque China aún no nos iba a invadir. Brody la miró como para decirle que esa era una cuestión debatible y entró con ella en la casa, a regañadientes.
Subí al porche, me senté y Bongo se colocó a mis pies, bien contenta. Le acaricié el lomo y miré todas las plantas distintas. Tal vez habría dos docenas: glicinas, helechos comunes y unas cuantas que reconocía, pero no sabía cómo se llamaban. Linda debía de tener buena mano para las plantas, porque todas estaban bien lustrosas.
Su hermano y ella volvieron con tres vasos de té helado y un cuenco grande de cristal con galletitas de animales.
—Doy clase en segundo —aclaró, y se encogió de hombros—. Ojalá te pudiera ofrecer otra cosa, pero nunca me imaginé que fueras a visitarnos.
Bebí un sorbo de té helado. Era casero y refrescante, y me sentó fenomenal después de la breve caminata por el bosque.
—Soy yo el que debería pedirte perdón —dije—. Siento plantarme aquí de esta manera. Tengo miedo y no sé qué hacer.
—Háblanos de la chica. ¿Qué ha pasado?
Sabía que era probable que estuviera incumpliendo los términos del acuerdo de confidencialidad (o «documento de intimidad», según lo había
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descrito Hugo), pero se lo conté todo. Comencé por cuando me presentaron a Gwendolyn el jueves por la tarde y acabé con el hallazgo del cadáver, seguido por la certeza inmediata de que había muerto de una sobredosis de droga, a pesar de las magulladuras que le había visto en el cuello.
—Así se las gastan los Gardner —me explicó Linda—. Creo que pueden convertir cada afirmación en un hecho con solo decirla en voz alta. La realidad es lo que ellos digan. Si quieren que sean las ocho en punto, dicen que son las ocho en punto y esperan que tú te pongas el reloj en hora. ¡Y lo más demencial es que a la gente le encanta hacerles caso!
—La hora de Gardner —asentí.
—Exacto. Diría que es una conspiración, pero ni siquiera esconden sus actos. Se limitan a mentir y esperan que les sigas el juego.
—Aidan dicen que tu foto es falsa —le conté—. Dijo que nunca invitó a Dawn a la cala del Águila pescadora.
—Aidan es un puñetero mentiroso —espetó Brody—. Tengo ganas de arrancarle la cabeza y cagarme en su cuello.
Se había inclinado para seguir la conversación, buscaba la ocasión de participar y supuse que no se pudo aguantar más. Linda lo mandó callar y le dijo que así no ayudaba.
—A mí sí me ayuda porque me lo imagino —repuso Brody—. Me imagino un montón de cosas distintas. Por ejemplo, que le arranco las gónadas de un tiro y se las doy de comer a Bongo.
Al mencionar su nombre, la perrita se levantó, pero Brody negó con la cabeza y le dijo que tuviese paciencia, que debía esperar un poquito más.
—Háblame de Dawn —le pedí—. Para empezar, ¿cómo conoció a Aidan?
Lo primero que me explicó Linda Taggart era que todas las jóvenes de Hopps Ferry conocían a Aidan Gardner. Dijo que era lo más parecido a un príncipe de la realeza que había en el pueblo: joven, educado, guapo y más rico de lo que nadie imaginaba.
—Los lunes por la noche veíamos The Bachelory Dawn bromeaba con que ninguno de los solteros de la tele le llegaba a Aidan a la altura del betún. ¡Y ni siquiera lo conocía! Pero, si te has criado aquí, era una especie de leyenda.
Linda me explicó que se conocieron de casualidad en julio del año anterior. Dawn hacía malabares con dos trabajos a media jornada: limpiaba
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habitaciones en un Hampton Inn y era reponedora en Dollar General, a una media hora de allí, hacia el lago Winnipesaukee. Una tarde, volvía conduciendo del trabajo cuando se topó con Aidan y su coche en el arcén porque se le había pinchado una rueda. No tenía una de repuesto, así que Dawn se ofreció a prestarle la que llevaba en el maletero. Y, cuando quedó claro que Aidan no sabía usar el gato, Dawn se arrodilló en la carretera y cambió el neumático en un pispás.
—Y, al acabar, Aidan le ofreció dinero, como si fuera una propina. Pero mi hija le dijo que no. Dijo que debería invitarla a una copa de vino. A un pinot gris, bueno y seco. —Linda se rio al recordarlo—. Y te juro que, hasta ese momento, mi hija no había probado el pinot gris en la vida. Solo lo conocía por TikTok.
Al volver a casa, Dawn se sentía eufórica tras el encuentro y no tardó en quedar con Aidan a menudo. Era un novio generoso y la colmaba de regalos caros: un ordenador portátil y un escáner, un abrigo de Patagonia y una pulsera de Tiffany. Artículos de lujo y de electrónica que la camarera de piso de un motel jamás se podría permitir.
—Supongo que muchas madres se habrían emocionado —dijo Linda —, pero a mí nunca me hizo gracia.
—¿Por qué no?
—Nunca me pareció una relación sana. No tenían vida social. No hacían nada con más gente. Nunca se lo presentó a sus amigas ni tampoco iban a los restaurantes ni al cine porque a Aidan no le gustaba que «los lugareños» lo mirasen.
—O sea, nosotros —me explicó Brody—, como si su alteza real nos impresionase un huevo y nos fuéramos a quedar boquiabiertos.
—Te pondré otro ejemplo —continuó Linda—. Todos los años hago una barbacoa por el cumpleaños de Dawn. Nada sofisticado: nos juntamos unos cuantos en el jardín, pero Dawn no quiso invitar a Aidan. Dijo que le daba mucha vergüenza enseñarle nuestra casa.
Y le dije: «Cielo, si te quiere, le encantará el sitio de donde eres porque tu hogar siempre forma parte de ti». Pero luego me enteré de la verdad — dijo y, en ese momento, se le quebró la voz un poquito—. Y la verdad es que creo que se avergonzaba de mí.
Esa sensación me resultaba un poco familiar. Incluso antes de que Maggie fuera a la universidad, noté cómo se apartaba de mí, se distanciaba de las normas de la familia. Empezó a criticar el modo en que yo
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pronunciaba ciertas palabras, como «tortilla» y «mahonesa». Y se reía de mi reloj de pulsera Timex y de mis vaqueros azules de Kirkland, que me había comprado cuando estaban de rebajas en los pasillos de un outlet. Me dije que se trataba de un comportamiento sano de adolescente, que toda generación necesita anhelar algo nuevo, pero sus comentarios me siguieron resultando hirientes.
—Aidan dice que solo tuvieron una cita —le conté—. Jura que fueron a cenar y se acabó.
Linda negó con la cabeza.
—¿Y cómo explica la foto? Le dije a mi hija que, si no invitaba al chico a casa para que yo lo conociera, al menos me enseñase una foto. Así que fue al ordenador, miró sus álbumes e imprimió la que te envié. Está más claro que el agua que están en el lago Wyndham. Justo en la playa de los Gardner.
—Aidan dice que la has hecho con Photoshop.
Brody se rio.
—Ya empiezan a manipular la realidad. Mira dónde estás, Frank. ¿Te crees que sabemos usar el Photoshop?
—Dawn se pasó todo el verano saliendo con Aidan —insistió Linda—. Y luego, como a mediados de septiembre, la cosa se fue apagando. Dijo que Aidan estaba demasiado ocupado con las clases. Cada vez le costaba más escaparse a la cala del Águila pescadora. Y, por mí, pues hasta nunca. Creí que había cortado con él, pero lo vio una última vez, el tres de noviembre. Y fue el día que desapareció.
Linda me siguió contando que fue un sábado por la mañana y Dawn se levantó temprano. Fue corriendo a la tienda porque (según afirmaba) necesitaba champú. Tardó menos de una hora en volver, pero no llegó a ducharse y Linda oyó cómo lloraba en su habitación. Intentó llamar a la puerta, le pidió a Dawn que abriera y hablase con ella, pero Dawn hablaba por teléfono. Linda solo oyó una parte de la conversación: «Aidan, tengo que verte —dijo Dawn—. No, la semana que viene no y mañana tampoco. Ven aquí y habla conmigo ahora. Es urgente».
Transcurrieron otras dos horas hasta que Dawn por fin salió de la habitación. Linda intentó sonsacarle la verdad, pero no tenía ganas de hablar. Dijo que iba a comprarse unas botas de invierno.
—Y conocía a mi hija, Frank. Sabía que me mentía, igual que todos los padres saben cuándo les mienten sus hijos. Ojalá no hubiese dejado que
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saliera. Ojalá la hubiese obligado a decirme la verdad. Si se lo hubiera impedido…
Brody le puso una mano en la rodilla.
—No sigas por ahí —le recomendó—. Limítate a contarle lo que pasó luego. Lo que viste en el móvil.
Linda respiró hondo.
—Vale, supongo que tengo que explicártelo. El caso es que siempre le he pagado a Dawn el contrato del móvil, desde que estaba en el instituto. Cogí la costumbre y no me importaba. Intentaba ayudarla un poco. Una factura menos de la que preocuparse, ya sabes. Además, me gustaba saber dónde andaba. Siempre que volvía tarde, desbloqueaba el móvil, miraba el mapa y ahí estaba, un punto azul y parpadeante.
Sabía exactamente de qué hablaba. Maggie y yo solíamos compartir el contrato del móvil y, en el instituto, comprobaba la ubicación de mi hija y siempre me cercioraba de que llegase puntual a clase y no se metiera en líos.
—Bueno, cuando Dawn se fue de casa, estuve bastante segura de adonde iba, pero abrí el mapa para comprobarlo. Observé el punto azul y parpadeante, vi cómo iba por la carretera a la cala del Águila pescadora. Vi que Aidan había accedido a venir a verla. Y entonces me sentí culpable por espiarla. Sabía que debía meterme en mis asuntos, así que guardé el móvil y me dediqué a mis tareas. Le di un repaso a la casa y vacié todas las papeleras. Y, cuando estaba en la habitación de Dawn, vacié su papelera y descubrí una cosa.
Se levantó de la silla despacio, se puso en pie y me indicó que entrase con ella. Los tres recorrimos un pasillo corto y luego nos apretujamos en una habitación diminuta. La puerta no se abría del todo porque chocaba con la cama. Parecía un sitio impersonal, de paredes blancas como el marfil y cortinas blancas. Pero, al mirar con atención el rincón, vi los restos del color anterior, unas motitas fucsias que casi habían tapado con la pintura. Fui reparando en los demás restos de una adolescente: las Polaroid de las amigas adolescentes, una medalla de un campeonato de voleibol del instituto y una postal de un oso polar que sonreía como un bobalicón.
Linda me señaló una papelera junto a la cama.
—Miré ahí y esto es lo que encontré. —Era la caja de un test rápido de embarazo de Walgreens, que prometía un diagnóstico temprano con el noventa y nueve por ciento de precisión—. Solo la caja, sin el test, así que
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supuse que Dawn se lo había llevado para enseñárselo a Aidan. Me entraron ganas de mandarle un mensaje y decirle que viniera a casa. Quería que supiera que no tenía que suplicarle a Aidan que la ayudase. La ayudaríamos con todo lo que hiciera falta. Pero el punto azul decía que ya estaba en la cala del Águila pescadora, así que imaginé que era demasiado tarde. Tendría que esperar y ver qué pasaba.
El mero hecho de estar en la antigua habitación de su hija pareció abrumarla, y supongo que me sentí un poco identificado con esa sensación. Se sentó en el borde de la cama de Dawn y me hizo una seña para que me colocase a su lado. Brody se quedó en la puerta, como un centinela, y Bongo trazó un círculo antes de acomodarse en la alfombra. Linda me resumió con rapidez el siguiente capítulo de la historia: Dawn no volvió a casa el sábado por la noche y, cuando Linda comprobó el mapa para saber dónde andaba su hija, el punto azul había desaparecido. «UBICACIÓN DESCONOCIDA». El pánico no cundió de inmediato. Dijo que no era la primera vez que Dawn pasaba la noche fuera y tampoco era la primera vez que el móvil se le quedaba sin batería. Se imaginó que quizá fuera una buena noticia, tal vez los chavales estuvieran hablando y arreglando las cosas. Linda se fue a dormir y confió en que todo saliera bien, pero a la mañana siguiente la despertó una molesta llamada del encargado del Hampton Inn para quejarse de que Dawn llegaba tarde a trabajar, ¿no sabía nadie dónde estaba?
Linda llamó a las amigas de Dawn, pero ninguna la había visto en todo el fin de semana. Y tampoco tenían el número de teléfono de Aidan. Pero una de ellas sabía que la cala del Águila pescadora tenía un teléfono fijo, un número corriente para los paquetes y demás. Linda intentó llamar y un hombre con acento neerlandés le cogió el teléfono. Dijo que se había pasado el fin de semana trabajando y que el campamento estaba vacío. Dijo que todos los Gardner estaban en Boston y que no habían recibido ninguna visita. En vez de expresar simpatía o preocupación, se limitó a recomendar a Linda que llamase a emergencias.
La policía encontró el Toyota Corolla de Dawn en un bosque estatal, a treinta kilómetros al sur de la cala del Águila pescadora, en un aparcamiento de donde partía una ruta popular. Llevaron un par de perros y recorrieron la montaña. Nunca dieron con Dawn, pero sí encontraron su sudadera, una pequeña, gris y con capucha que se había puesto al salir de
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casa. De modo que, cuando Linda insistió en que su hija desapareció en la cala del Águila pescadora, nadie la tomó en serio.
—El jefe de policía vino a hablar conmigo y le conté todo, igual que a ti. Le enseñé la caja del test de embarazo y le hablé del puntito azul. Y luego hice la mayor tontería del mundo.
—¿El qué? —le pregunté.
—Le di mi móvil, por si contaba como prueba. Dijo que quizá mi móvil demostrase que Dawn había ido a la cala del Águila pescadora. Dijo que quizá el rastro siguiese guardado en los chips de memoria y que podían recuperarlo. Y quise creerlo con desesperación, así que se lo di. — Linda negó con la cabeza—. Una semana después, me lo devolvió. Dijo que nadie consiguió sacar nada en claro, pero creo que sí encontraron algo y lo borraron.
—Que no se te olvide que muchos de estos polis trabajan a media jornada para los Gardner —apuntó Brody—. Cuando no están de servicio, hacen de guardias de seguridad privada por sesenta pavos la hora. Son un montón de razones para hacer la vista gorda.
—Pero habrán hablado con Aidan —contesté—. ¿La policía no lo interrogó?
—Claro, lo interrogaron. Afirmó que no había visto a Dawn en todo el verano y nadie pudo demostrar lo contrario. El día que desapareció dice que estaba en Boston con tu hija. Y, nueve meses después, se van a casar. ¿No te parece demasiada coincidencia?
Reconocí que era un poco desconcertante y Linda me advirtió que Maggie corría un grave peligro.
—Si le pasa algo, no te va a ayudar nadie del pueblo.
—¿Y qué hay de las cámaras de seguridad? Las he visto por todo el campamento. ¿La policía no pidió ver las grabaciones?
—Ah, claro, los Gardner cooperaron mucho. Les dieron todos los vídeos del fin de semana, con las marcas de la hora y la fecha. Pero me da que, si una persona inventa la batería Miracle, es probable que sea capaz de falsificar la marca de la fecha, ¿no crees?
Coincidí en que hoy en día parecía posible falsificar casi todo. He visto un vídeo de YouTube en el que habla Joe Biden y la voz de Donald Trump le sale por la boca. Antes podías confiar en lo que veías y oías, pero últimamente cada vez cuesta más creerse nada.
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Linda debió de verme la incertidumbre en los ojos, porque se reafirmó en su testimonio.
—Sé que mi hija fue al campamento. Cambiaron de sitio el coche y la sudadera, pero estoy convencida de que ella aún sigue allí.
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Cuando salí de la caravana, Brody se percató de que cojeaba (aún me dolía la zona lumbar y me impedía caminar bien) y me recomendó que siguiese la carretera de acceso hasta llegar a la principal.
—No te ofendas —me dijo—, pero no tienes pinta de estar en condiciones de salir trepando de la hondonada.
Seguí su recomendación. El camino fue largo, di un buen rodeo y no volví al restaurante Mom and Dad’s hasta casi las dos. Salía marcha atrás de la plaza de aparcamiento cuando se abrió la puerta del restaurante y salió mi amigo el camarero. Reconoció el jeep, luego entornó los ojos para verme a través del parabrisas y me saludó con desconcierto. Le devolví el saludo y di gracias por haberme puesto en marcha, pues así no tendría que pararme y explicarle por qué había aparcado allí.
Al volver a la cala del Águila pescadora había media docena de coches esperando a entrar en el campamento, una larga fila de invitados nuevos que venían a la boda. El equipo de seguridad les daba el alto a todos los vehículos para comprobar los documentos de identidad y recopilar autógrafos, así que me conciencié de que iba a tener que esperar un buen rato. Entonces Hugo me reconoció, se me acercó al trote e insistió en que me bajase del jeep.
—Margaret ha preguntado por usted. Es un fin de semana importante para ella y debería acompañar a su hija en vez de esperar a que mi equipo haga su trabajo.
Ya me había abierto la puerta, así que no me pude negar.
—Gracias, Hugo. Te lo agradezco.
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—No es nada, señor Szatowski. ¿Ha encontrado lo que necesitaba en el pueblo?
Me di cuenta de que había vuelto con las manos vacías, no llevaba ninguna bolsa y, por el modo en que Hugo sonrió, creo que sabía que me había pillado con las manos en la masa.
—He encontrado más de lo que esperaba —le dije—. ¿Hay noticias de la chica?
—¿Qué chica?
Me pareció increíble que me lo tuviera que preguntar.
—La muerta. Gwendolyn.
—Ah, no. No creo que sepamos nada más hasta la semana que viene. —Luego bajó la voz—. Pero, como usted es de la familia, le contaré los detalles confidenciales. La policía ha encontrado xilacina en su maleta. Quizá el nombre no le suene, pero es una droga deleznable. Mucho más peligrosa que la heroína e incluso que el fentanilo. Una especie de tranquilizante para animales que usan los granjeros. Pero, por el bien de la joven, el señor Gardner quiere que ese detalle sea confidencial.
Le di las llaves y seguí la calle Principal hasta adentrarme en el campamento. Ahora que llegaba el grueso de los invitados, la cala del Águila pescadora vibraba con mucha más energía. Los jardineros y las limpiadoras habían desparecido y lo único que quedaba era el fruto de su trabajo: los árboles y las flores de los parterres rebosantes de colores, los caminos bien barridos y las cabañas como los chorros del oro. Había invitados por todas partes: sacaban el equipaje de los coches, se tumbaban en las hamacas, jugaban al frisbi, abrazaban a sus amigos y les chocaban los cinco para saludarlos. Parecía que ya era la hora del cóctel, porque todos llevaban una copa de vino o un vaso de plástico. Nadie parecía ser consciente de que una mujer había muerto allí mismo, de que habían encontrado un cadáver con dos magulladuras curiosas y de que aún tenían que investigar lo sucedido.
Pasaba junto a una cabaña que llamaban el Pájaro carpintero cuando una joven bajó los escalones a saltos y me saludó con la mano.
—¡Señor Szatowski! ¡Soy Minh! ¡De Babson College! —Abrió los brazos de par en par y me enseñó la sudadera de la universidad—. ¿No se acuerda de mí?
Por supuesto que me acordaba de ella. Minh y Maggie compartieron habitación los cuatro años de universidad. Un ordenador las había
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emparejado al azar, pero se hicieron amigas íntimas y se unieron a la misma hermandad. Siempre me había parecido una chica dulce y una amiga leal, y me resultó emocionante poder reencontrarme por fin con una persona del pasado de Maggie. Me saludó con un abrazo y le di las gracias por venir.
—Bueno, si cree que me iba a perder la boda, no se acuerda muy bien de mí. ¡Este sitio es enorme! ¡Es increíble!
Me explicó que ella también se acababa de casar hacía poco y llamó a su nuevo marido, Brian. Si me hubieras dicho que aún estaba en el instituto, te habría creído. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa pícara, y se lo veía loco por su nueva mujer. Me di cuenta de que le cogió la mano y pareció un acto reflejo. Llevaban casados poco más de un año, pero aún parecían y hablaban igual que unos tortolitos embobados de luna de miel.
—Tiene gracia, señor Szatowski. Justo le hablaba a Brian de Babson College y de todos esos administrativos asquerosos que querían echarle la culpa a Maggie. Se portaron fatal con ella, ¿no se acuerda? Pero tengo una premonición. Después de este fin de semana, seguro que todos esos decanos y vicerrectores irán a llamar su puerta y a pedirle donaciones. ¡Y espero que Maggie los mande a hacer puñetas!
Se rio de sus propias palabras, pero a mí me costaba encontrarle la gracia al asunto. Le dije que no me gustaba pensar en ello.
—Bueno, le prometo que en Babson ya se han olvidado. El departamento de Recaudación de Fondos tiene memoria de pez. Maggie saldrá en la portada de la revista de exalumnos antes de que cumpla los treinta, se lo aseguro.
Uno de los mayores remordimientos de mi vida era haber enviado a Maggie a la universidad en otro estado. No olvides que me alisté en el ejército estadounidense nada más salir del instituto, así que, cuando a Maggie le tocó solicitar plaza en la universidad, los dos íbamos a ciegas. Quería que mí hija fuese a Penn State para que estuviera cerca por si había una emergencia, pero Maggie me rebatió que los graduados de esa universidad no eran nada del otro mundo. Dijo que tenía que ir a una universidad más prestigiosa para contar con una ventaja competitiva y no tardó en definir Babson como una de las «canteras» de Amazon, Google, Microsoft, Bank of America y más empresas de la lista Fortune 500. La matrícula costaba un riñón, pero me la podía permitir y quería que mi hija contase con todas las ventajas que el dinero podía pagar.
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Tenía unas notas fantásticas, todo sobresalientes, y se metió de cabeza en la hermandad más popular entre las estudiantes de Empresariales, lo que le dio acceso a una vasta red de contactos profesionales. Los problemas empezaron a mitad del último curso, cuando una hermana llamada Jessica Sweeney se metió en un lío por vender las respuestas de los exámenes. La junta de Integridad Académica se reunió con ella y, en vez de asumir la responsabilidad como una adulta madura, decidió echarle toda la culpa a Maggie. Afirmó que Maggie era la verdadera mente maestra de la operación y que ella solo la ayudaba. La mayoría de las hermanas hicieron piña con Maggie, pero dos insistieron en que Jessica decía la verdad y el resto del semestre fue una guerra civil abierta, un ir y venir de acusaciones. Maggie me llamaba llorando todas las noches. Nunca la había oído tan asustada, desesperada y aterrorizada… Y yo estaba a tres estados de allí y no podía hacer nada. Le supliqué que hablase con una psicóloga y contraté a una abogada para que la ayudase a solucionarlo todo. Al final, a mi hija la absolvieron de todos los cargos y Jessica cayó en desgracia y dejó la carrera. Pero la experiencia le arruinó la universidad a Maggie y se negó a asistir a la ceremonia de graduación.
—Siento que pasara por todo eso —comentó Minh—, pero ¿sabe qué? Creo que la experiencia la fortaleció más. Seguro que ya nadie se mete con ella.
Yo no estaba tan seguro. De hecho, tras haber oído la versión de Linda Taggart, estaba más seguro que nunca de que se la estaban jugando a Maggie y de que iba a necesitar mi ayuda para arreglar las cosas. Les dije a Minh y a Brian que los vería en la cena y luego fui a la cabaña del Águila pescadora a buscar a mi hija.
Los camareros del catering ya estaban manos a la obra en el césped principal y montaban el doble de mesas y de sillas de las que habían puesto la noche anterior. Y la playa estaba llena de gente que tomaba el sol: jóvenes atractivos con la piel bronceada que se despatarraban en las tumbonas, hacían scroll en los móviles y bebían piñas coladas. Había más en el agua: nadaban, remaban en las tablas de paddleboard y montaban en kayak. Me acerqué lo suficiente para cerciorarme de que Maggie no estaba allí y luego recorrí el camino que rodeaba el lago hasta volver a mi cabaña.
—¡Ahí estás! —exclamó Tammy—. ¿Dónde demonios te habías metido?
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Abigail y ella bebían té helado en el porche. Se habían quemado con el sol y tenían las caras un tanto rosas, como si se hubieran pasado fuera toda la tarde.
—He tenido que ir a la farmacia.
—¿Por qué? —me preguntó Tammy.
—Da igual. ¿Qué me he perdido?
Según mi hermana, habían disfrutado de una tarde maravillosa. Primero fueron todos de marcha a la punta del Cormorán, donde las vistas eran «gloriosas» y la comida, «exquisita» (Tammy dijo que fue «la mejor ensalada de patata que había probado nunca» y dio un beso al aire como un chef). Después, el mismísimo Errol Gardner las llevó por el lago en su lancha motora para que Abigail aprendiese a hacer esquí acuático.
—También vino Maggie y nos lo pasamos de cine.
Abigail no parecía muy entusiasmada.
—Yo quería montar en canoa —me explicó—, pero Errol dijo que el esquí acuático era más divertido, así que hicimos eso.
—Y aún no te he contado lo mejor —continuó Tammy—. Al volver del lago, Errol dijo que tenía una cosita para mí. —Bajó la voz—. Una especie de regalo de boda, por haber desempeñado un papel importante en criar a Maggie. —Y solo entonces noté que mi hermana tenía en el regazo un legajo bien grueso. Estaba metido en un archivador de color azul marino con letras de pan de oro, como si fuera de un banco—. Son mil acciones de Capaciti. Con mi propia cuenta de accionista que Gerry me ha abierto. Me va a hacer la transferencia el lunes, cuando regresemos a Stroudsburg. ¿No es lo más generoso que has visto nunca?
La última vez que lo consulté, cada una de las acciones de Capaciti valía doscientos sesenta y dos dólares. El regalo era más dinero que lo que mi hermana había ganado en los últimos cinco años.
—Y yo no te he dicho nada —susurró Tammy en voz baja—, pero estoy bastante segura de que también hay un regalo para ti.
No hubo tiempo de que me explicase nada más, porque Maggie salió de la cabaña con un vaso de limonada.
—¡Papá! ¿Dónde estabas?
—Me alegro de verte. ¿Puedo hablar contigo?
—¿Y ahora qué pasa?
—En privado —dije—. Lo siento, Maggie. Odio volver a pedírtelo, pero es importantísimo.
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La petición pareció exasperarla, pero me siguió por el camino del lago. Quería alejarme más, para cerciorarme de que Tammy y Abigail no nos oían, pero Maggie insistió en que ya estaba bien.
—Estamos a kilómetros de la civilización —declaró—. ¿Cuál es ese tema tan urgente y superprivado del que tenemos que hablar?
—Lo que voy a decirte no te va a gustar, pero tienes que prometerme que vas a escuchar con atención, ¿vale?
Exhaló y luego sonrió para demostrarme que no se cerraba en banda a nada.
—Sí, papá. Tienes toda mi atención. ¿Qué pasa?
—Esta tarde he ido al pueblo. A ver a la familia de Dawn.
Abrió la boca para contestarme, pero no dijo nada. La noticia la había dejado sin palabras.
—Quería oír su versión de la historia. Me dijiste que estaban locos, pero no lo creo. Creo que dicen la verdad.
Se acercó más al lago para poner más distancia entre nosotros dos.
Parecía lista para saltar al agua y ponerse a nadar.
—Por favor, dime que estás de coña, papá. Por favor, no me digas que has ido a verlos el día antes de mi boda.
—Creo que deberías oír la versión de Linda. No estaba borracha y no está loca. Aquí ha pasado una desgracia.
Todas mis palabras parecían herirla. Hacía aspavientos con las manos, como si intentase escudarse de mis chorradas.
—Papá, de haber sabido lo que ibas a hacer, no te habría invitado. Has conseguido que desee no haberte llamado nunca. ¿Por qué no puedes disfrutar de un buen fin de semana?
Le resumí a Maggie lo que Linda Taggart me había contado: cómo había seguido el viaje de su hija hasta la cala del Águila pescadora, gracias a la aplicación de GPS del móvil, y que la vio en el campamento hasta que el punto azul desapareció.
—¿Cómo lo explicas, Maggie?
—¡La explicación es que miente! ¡Se lo ha inventado!
—No, Maggie, creo que mientes tú.
Me miró boquiabierta, como si le hubiera dado una bofetada, pero ya no había vuelta atrás.
—Creo que quieres mucho a Aidan y quieres protegerlo, así que mentiste a la policía y dijiste que se pasó el fin de semana en tu piso. Y
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quizá todo el mundo te crea, pero yo soy tu padre y las cazo al vuelo.
Nunca me he creído la historia. Escondes algo.
—¡Qué alegría, papá! Gracias por decírmelo, pero tengo que preguntarte una cosa: ¿qué secreto crees que escondo? ¿Que Aidan es un asesino en serie? ¿Que mata mujeres en la cala del Águila pescadora? Dios mío, ¿también ha matado a Gwendolyn? ¿Eso es lo que crees? ¿Que me he enamorado de Jeffrey Dahmer?
—No lo sé, Maggie. No sé qué creer.
—¡Lo decía con sarcasmo! —me chilló—. ¡No es Jeffrey Dahmer! ¿Qué cojones te pasa?
Me esforcé en no levantar la voz porque no quería gritar tanto como ella, no quería vocear.
—Maggie, estarás de acuerdo en que aquí pasa algo rarísimo. Anoche murió una mujer y tus compañeros del trabajo andan haciendo castillos de arena donde apareció el cadáver.
—La policía ha encontrado droga en su maleta. Xilacina o algo así. —Sí, ya me he enterado, pero otra cosa: ¿has visto a Catherine
Gardner? ¿Aún sigue encerrada en su habitación?
—¡Está enferma! ¿Cuántas veces te lo tengo que repetir?
—¿Y qué pasa con Aidan? ¿Dónde está? ¡Llevo veinticuatro horas sin verlo!
—Ya estamos…
—Creo que deberías tomarte un descanso, Maggie. Cerciorarte de que quieres seguir adelante.
—Ahora mismo hay doscientas personas en el campamento. Y mañana vienen otras cien. Ya no hay vuelta atrás.
—Pues claro que sí. Hasta mañana, hay tiempo. Aún tienes tiempo. Piensa en todos los interrogantes: Gwendolyn, su madre, la foto de Dawn Taggart…
Y, de repente, Maggie pareció acordarse de una cosa y se le destensó el cuerpo. Se relajó y rompió a reír. Y fui lo bastante bobo como para creer que quizá, tal vez, por fin había conseguido que entrase en razón.
—¿De qué te ríes?
—Me acabo de dar cuenta —dijo Maggie—. Te has pasado fuera toda la tarde, así que no sabes lo de la foto. La que te enviaron por correo. Ojalá la tuviera aquí.
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Resultó que yo llevaba una copia en el bolsillo. Le había pedido a Linda Taggart que me la imprimiese antes de marcharme y se sirvió del ordenador de la habitación de Dawn para hacerme una copia. Me saqué la hoja de papel del bolsillo trasero y la desplegué.
—Gerry la escaneó y la envió al bufete para que la analizasen sus becarios. Tienen un programa especial que usan para calcular la longitud de las sombras y demás, pero ni siquiera les ha hecho falta. Uno de los becarios vio el gazapo enseguida.
Maggie señaló la foto de Aidan, que parecía haber engordado siete kilos y sonreía con una alegría que nunca le había visto en persona. No entendía qué se suponía que tenía que ver.
—Las manos —dijo Maggie—. Mírale las manos.
El brazo izquierdo no se veía raro. Le colgaba a un lado y la mano izquierda parecía normal. Con el derecho le rodeaba la cintura a Dawn y le apoyaba la mano derecha en la cadera. Seguía sin ver el problema, así que Maggie me lo tuvo que indicar.
—Mírale el pulgar —dijo—. ¿No lo ves? Y por fin me di cuenta de a qué se refería. Tenía el pulgar derecho en el lado contrario.
En la fotografía que Linda Taggart me había dado, Aidan Gardner era un hombre con dos manos izquierdas.
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Ensayamos la ceremonia en el Globe, un antiguo teatro al aire libre que había formado parte del campamento de verano original. Estaba en las profundidades del bosque y lo tapaban los árboles altos. Era un cráter profundo, con anillos de bancos de madera y un escenario en el centro. Daba la sensación de ser un lugar sagrado, una especie de santuario secreto del bosque, y habría sido tranquilo y silencioso de no haber tantísima gente por allí. Yo me había imaginado que el ensayo sería una ocasión privada para los novios y la familia, pero habían venido a vernos varias docenas de invitados y muchos llevaban copas de vino o platitos de comida, como si fuera el siguiente capítulo de los espectáculos del fin de semana. Me decepcionó que nadie los echase de allí.
En la base del escenario había cuatro mujeres con vestidos negros, violines y violas. Afinaban los instrumentos y colocaban las partituras con una eficiencia silenciosa y bien ensayada. Observaba cómo se preparaban cuando se me acercó un joven con el pelo ensortijado y me dio un abrazo.
—¡Hola, papá! ¡Encantado de conocerte! ¿Estás listo? Soy R. J. y voy a oficiar la ceremonia.
Llevaba pantalones chinos, zapatillas y una camiseta amarilla con un anuncio de carretes Kodak.
—¿Vas a oficiar la ceremonia? ¿Eres párroco?
—¡A veces me lo parece! Pero no, trabajo en recursos humanos, con Errol y Margaret.
Me explicó que hacía sus pinitos con los monólogos y daba clases de improvisación los sábados por la tarde, así que estaba acostumbrado a ganarse al público. Había pagado una tasa de sesenta y cinco dólares en
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una página web para que lo ordenasen sacerdote, con el único propósito de oficiar la ceremonia de Margaret y Aidan.
—Hazme un favor —me pidió—, ¿me señalas al novio? Quiero decirle hola antes de empezar.
Aidan se había sentado en un banco con otros tres hombres (sus padrinos, según averiguaría luego, que eran compañeros de MassArt) y parecía un poquito enfermo, casi febril. Tenía la cara pálida y sudada, y le había salido una especie de sarpullido en la frente, unos cuantos puntitos rojos. R. J. chocó los dos puños con él para saludarlo.
—¡Eh, macho! —exclamó—. ¿Qué tal estás, colega?
Errol vino con Gerry, Sierra y un aluvión de disculpas por la ausencia de su mujer. Le dijo a todo el mundo que Catherine seguía sin encontrarse bien, pero afirmó tener la certeza de que estaría «lista para la marcha» y la gran ceremonia el sábado por la tarde. Mientras tanto, Tammy apareció con Abigail para practicar sus tareas de niña de las flores. En vez de sentarse con nosotros y esperar con paciencia a que empezase el ensayo, Abigail se puso a seguir a Maggie por todo el Globe, como si fuera su sombra, y se presentó como «la prima de la novia».
—No es verdad —le dije a Tammy—. Ojalá dejara de decirlo.
—Es adorable, Frankie. A la gente le encanta.
—Va y viene como una bolita de pinball. ¿Cuánto té helado le has dado?
Tammy frunció el ceño.
—Hay una cosa que debes entender sobre Abigail. Es producto de un hogar desestructurado. Todas las personas que conoce vienen de un hogar desestructurado. Aparte de en los dibujos animados de Disney, creo que no ha visto ningún matrimonio decente. Pero, este fin de semana, por fin conoce a dos personas que se quieren de verdad. Va a ver el compromiso definitivo, cómo se hacen la mayor promesa que se le puede hacer a nadie. «Amarnos y respetarnos hasta que la muerte nos separe». Eres un viejo escéptico y estás tan hastiado de todo que ya se te ha olvidado el verdadero significado de esas palabras, pero todo es nuevo para Abigail, así que claro que se emociona. Y si te sacaras el palo del culo un momento y mirases este sitio tan precioso, también te emocionarías.
Esperé a que acabase de despotricar y dije:
—Bueno, no creo que Aidan parezca muy emocionado. Creo que parece que su amiga acaba de morir y todo el mundo finge que no ha
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pasado nada grave.
—Son los nervios. Aún me acuerdo de tu cena de ensayo y fuiste un novio bien inquieto.
Y luego se dio la vuelta y se presentó a la mujer que tenía al otro lado, porque se había vuelto a hartar de hablar conmigo.
Me dije que tenía que tranquilizarme y relajarme. La foto falsa demostraba que la historia de Linda Taggart era una sarta de mentiras. Dawn nunca había ido a la cala del Águila pescadora. Y quizá Gwendolyn sí murió de una sobredosis. Había un montón de drogas circulando por la fiesta. Quizá Aidan estaba afligido de verdad por la muerte inesperada de su amiga, pero quería demasiado a mi hija como para posponer la boda. Todas esas ideas me parecían de lo más racionales y verosímiles, así que tomé la decisión consciente de dejar de preocuparme y empezar a pasármelo bien.
A las cuatro y cuarto comenzó el ensayo. R. J. se puso en el centro del escenario, cogió un libro grande y de tapa dura que parecía ser una biblia y nos guio durante la ceremonia. Abigail subió primero y fingió esparcir pétalos de flores al andar. Después les tocó a los tres pares de damas de honor y padrinos, seguidos por Aidan y Errol Gardner. Y luego me tocó a mí ensayar que acompañaba a Maggie.
Había estado fría conmigo desde que nos marchamos del lago, ya que me había demostrado que la foto era falsa, sin duda. Me había preguntado «qué clase de padre» se ponía de parte de una desconocida absoluta antes que de su propia hija y tuve que admitir que me sentí mal por no haberme fiado de su instinto. Le sugerí que nos cogiéramos del brazo, como había visto que los padres y las hijas hacían en otras bodas, pero Maggie dijo que reservásemos el contacto físico para el día siguiente. Luego recorrió el pasillo con energía, medio paso por delante de mí, y oí las risitas de los espectadores mientras me esforzaba en seguirle el ritmo.
En el escenario, me di cuenta de que la biblia de R. J. era de atrezo. Se trataba de un tomo de Harry Potter al que le habían quitado la sobrecubierta.
—Y ahora os pregunto: «¿Quién entrega a la mujer que ha de casarse?». Y entonces entras tú, Frank, y dices: «Se entrega ella misma con la bendición de su padre». Luego le das un abrazo a tu preciosa hija, le estrechas la mano al novio y ya has terminado. Te sientas, te relajas y disfrutas del resto del espectáculo.
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Me uní con Tammy y Abigail en la primera fila y mi hermana me dio una palmadita en la rodilla para felicitarme por el trabajo bien hecho.
—Que no se te olvide sonreír mañana —me aconsejó—. Ahí arriba tenías cara de haber visto un fantasma.
R.J. se dio prisa en acabar con el resto del ensayo. Les aseguró a Maggie y a Aidan que no les daría la brasa con «las movidas de Dios» y luego se preguntó en voz alta si, dadas las circunstancias, unos pocos chistes sobre Capaciti serían adecuados. Todos miraron a Errol a la espera de que se pronunciase y él se encogió de hombros.
—No te pases —advirtió—. Es su boda, no una reunión de accionistas. La mayoría de los participantes parecían demasiado nerviosos y cohibidos como para ensayar en serio los papeles que desempeñaban. La única excepción era mi hermana, a quien le habían encargado leer un fragmento breve de la Biblia. Pidió permiso para practicar en el escenario,
para comprobar que se la oía bien.
—Por supuesto —dijo R. J., que hizo un ademán dramático para invitarla a subir—. El escenario es todo suyo, madame.
Tammy se había impreso el fragmento en papel con un tamaño de letra gigante para poder leerlo sin tener que ponerse las gafas.
—Es un fragmento de la primera Carta a los Corintios de san Pablo — dijo—. ¿Todos me oís bien? ¿Se me oye alto y claro?
Levanté el pulgar para decirle que sí y procedió a recitar el fragmento completo:
—El amor es paciente y bondadoso; no es envidioso ni jactancioso, no se envanece; no hace nada impropio; no es egoísta ni se irrita; no es rencoroso; no se alegra de la injusticia, sino que se une a la alegría de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás dejará de existir[2].
Tammy concluyó la cita con una sonrisa y un pequeño suspiro de alivio y, por un instante, se hizo un silencio absoluto en el Globe, como si el poder de sus palabras consiguiera que todos los demás discursos pareciesen frívolos.
R. J. miró a Maggie y le notó algo en la cara que no le gustó.
—¿Da demasiada grima? ¿Probamos una cosa, no sé, más contemporánea?
Y, por un momento, me preocupó que Maggie coincidiese con él, pero luego dejó de pensar en lo que fuera que le molestase, cogió las manos de
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Aidan y lo miró a los ojos con decisión.
—No, no, no ha dado nada de grima. Ha sido perfecto.
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La temática de la cena de ensayo era «La noche de la langosta» y cada comensal contaba con unas toallitas para limpiarse las manos, una servilleta de cuadros rojos y blancos, un obsequio de unas pinzas para comer langosta y un babero personalizado que rezaba «BODA DE
MARGARET Y AIDAN: ¡UNA CELEBRACIÓN DE TENAZAS!».
Nos habían asignado un sitio a cada uno y me alegró que me tocase en la mesa con Tammy, Maggie, Aidan, Errol y Abigail. Había otra silla reservada para Catherine Gardner, por si acaso se encontraba lo bastante bien como para venir a cenar, pero para entonces yo ya no esperaba conocerla jamás.
Aidan se sentó entre Maggie y Abigail y, desde el otro lado de la mesa, le dije:
—Siento lo de Gwendolyn.
—Gracias, Frank.
—¿Habéis hablado con su familia?
—El bufete de Gerry lo está investigando. A Gwen la crio una abuela que ya falleció, así que no saben a quién llamar.
Maggie se inclinó hacia delante.
—Papá, ¿no te acuerdas de que es la cena de ensayo? ¿Te puedes concentrar? ¿Todo el mundo va a tomar langosta?
Tammy levantó la mano.
—¡Sí, por favor!
Abigail se mostró más reacia.
—Me dan miedo.
Aidan la animó a que probase una.
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—Las mejores langostas del mundo son de Nueva Inglaterra. Es la mejor oportunidad de probarlas.
Y, cuando los camareros nos trajeron la comida (una langosta entera por persona, unos crustáceos extragrandes con unas pinzas enormes que les colgaban de los platos), Aidan tuvo la paciencia de enseñar a Abigail a romper el caparazón y sacar la carne tierna del interior. Le habló en un tono delicado que a mí me era desconocido. Oí cómo le preguntaba con paciencia por su interés por la geografía mundial, cuáles eran sus montañas, sus ríos y sus volcanes favoritos. Era la vez que más tiempo oía hablar a Aidan en todo el fin de semana, excepto cuando estuvo con Gwendolyn, supongo. Parecía feliz de prestarle atención a la chiquilla e ignorar a los demás comensales… y a las demás personas del banquete.
La ambientación de la cena era country e informal. Había un grupo de country con banjos y tablas de lavar, que tocaban canciones tontorronas que hablaban de las ranas toro, de los rayos de sol y de enamorarse a la luz de la luna de cosecha. Los camareros iban y venían con jarras de cerveza, pero nadie se puso demasiado piripi; parecía que la gente había aprendido la lección después de la tragedia de la noche anterior. De vez en cuando, algún ganso empezaba a tocar la copa de vino con el tenedor, los demás se le unían y el sonido cobraba más y más fuerza hasta que Maggie y Aidan se besaban. Abigail se ponía en pie y aplaudía cada vez. Le resultaba increíble que fuese una tradición de verdad, pues decía que no salía en su libro protocolo nupcial.
Había un micrófono y un escenario para la gente que quería dedicarles un brindis a los novios, y Errol me preguntó si pensaba decir algo. Le contesté que me guardaba mis palabras para la boda del día siguiente y su discurso fue brevísimo. Les dio las gracias a todos por venir. Mencionó la ausencia de su mujer y sus continuos problemas de salud, pero prometió que la íbamos a ver por la mañana. Y luego levantó la copa para brindar por los novios:
—Margaret es una mujer lista, trabajadora y preciosa, y estoy muy agradecido de que Aidan y ella se hayan conocido. Os quiero muchísimo a los dos.
Cuando acabó, la gente se puso en pie y le dedicó unos aplausos atronadores, como si acabara de pronunciar el discurso de «Tengo un sueño». Mi hermana cogió una servilleta de cuadros rojos y blancos para secarse los ojos.
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—Siempre lloro en las bodas —le decía a todo el mundo.
Aidan aplaudió con educación y luego se sacó el móvil del bolsillo para leer un mensaje que le acababan de mandar. Frunció el ceño al mirar la pantalla antes de poner el dispositivo bocabajo, al lado del plato. Después, se inclinó hacia Abigail y le preguntó si había ido al Gran Cañón, si sabía que era tan profundo que cabían cuatro edificios Empire State, uno encima de otro.
Hubo un montón de brindis. A tenor del discurso de Errol, parecía que todos los trabajadores de Capaciti querían subir al escenario y contar una anécdota acerca de cómo Maggie les había cambiado la vida. Y luego subió R. J. y se pasó diez minutos animando a la gente, se rio con cordialidad de todos los matrimonios que había en el público («O sea, ¿de qué van las suegras?»). Me costó mucho concentrarme en todo eso. No dejaba de pensar en la fotografía misteriosa de Aidan con Dawn Taggart. Entendía que Maggie tenía razón, me quedaba claro que habían manipulado la foto y era obvio que era falsa. Pero, tras conocer a Linda y a Brody, me costaba creer que fueran capaces de hacer eso.
Lo cual me llevaba a Dawn Taggart. En su habitación había un ordenador que parecía caro. Era posible que ella misma hubiese trucado la foto con Photoshop, pero ¿por qué?
¿Por qué iba a inventarse una relación con Aidan?
En el escenario, Gerry y Sierra brindaban al unísono por los novios y les contaban los secretos de su matrimonio exitoso. Y entonces miré de soslayo a mi futuro yerno, que seguía sentado en silencio y se frotaba las manos en el regazo. Me di cuenta de que pensaba en otra cosa, no estaba escuchando ni una palabra del discurso.
Y a su lado yacía la llave que me desbloquearía las respuestas a todas mis preguntas.
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Tras ponerse el sol, se nos acercó una camarera y encendió las velas que había en el centro de la mesa. Nos habíamos cambiado de sitio para charlar con otras personas. Errol estaba al lado de Abigail y le explicaba cómo funcionaba la batería Miracle mientras Tammy hablaba con Maggie y Aidan de la luna de miel en España. Planeaban pasar dos semanas en el norte, para evitar las abrasadoras temperaturas estivales. Aidan había dejado el móvil bocabajo en la mesa y me acerqué lo justo para taparlo con la servilleta de cuadros rojos y blancos. Luego miré a mi alrededor para comprobar que nadie me observaba y, con destreza, deslicé el móvil por la mesa y me lo eché al regazo.
Me disculpé por tener que ir al baño y luego rodeé la cabaña del Águila pescadora hasta llegar a la entrada principal. Dentro del vestíbulo había una larga fila de mujeres que aguardaban a pasar a empolvarse la nariz. Unas pocas sonrieron al verme llegar y les devolví la sonrisa antes de subir por las escaleras. Me imagino que creyeron que tenía todo el derecho del mundo a andar por allí, en calidad de huésped de mi futura familia política. Fui a la tercera planta y volví al pasillo donde Gwendolyn se había topado conmigo. «Si aún no has conocido a Catherine Gardner — me había advertido—, no sabes nada».
Me acerqué andando a la puerta de la suite principal y llamé. —¿Señora Gardner? ¿Hola?
No contestó nadie. Puse el móvil de Aidan en el panel del sensor negro y la puerta se abrió con un clic suave. La empujé y descubrí un pasillo corto y oscuro. A lo lejos se veían destellos azules y blancos y se oían los
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tenues vítores y aplausos del público en un plato. Detrás de mí, la puerta se cerró y oí cómo se echaba el pestillo electrónico.
Di un paso adelante y hundí el pie en una cosa suave. Era tela, una especie de blusa. Había ropa por todo el suelo: vestidos, jerséis, faldas y pantalones, las suficientes prendas como para más de una docena de mujeres. Caminé con cuidado por el desorden.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Al continuar por el pasillo, noté el olor: un aroma agrio y punzante que me recordó a la parte trasera del camión de la basura. Llegué al final del pasillo y me hallé en una habitación vacía. Estaba tan a oscuras que no veía casi nada. Habían corrido todas las cortinas y la única luz provenía de un gran televisor de pantalla plana donde se veía Family Feud.
—Les hemos pedido a cien estadounidenses que nombren un alimento que les recuerde al cuerpo humano.
Un concursante apretó el pulsador, dijo «¡Un plátano!» y el público enloqueció, se puso a vitorearlo, a aplaudirlo y a dar pisotones mientras el presentador fingía quedarse patidifuso, como si no lo hubiese visto venir.
Había ropa de mujer por todas partes, esparcida por el suelo y sobre casi todos los muebles. Parecía que las prendas eran nuevas y nunca se las había puesto nadie, la mayoría aún tenía la etiqueta y unas cuantas aún estaban metidas en bolsas de plástico selladas. Había tanta ropa amontonada en el sofá que estuve a punto de pasar por alto a la persona sentada en el medio. Llevaba el mismo albornoz blanco que todos los invitados tenían en las cabañas, pero el suyo estaba salpicado de manchas marrones y amarillas y no se lo había abrochado del todo.
Había visto fotografías de Catherine Gardner en internet. Era una mujer elegante y vestida a la moda que figuraba en la junta del museo de Bellas Artes de Boston… y esa persona apenas se le asemejaba. Estaba tan delgada, casi esquelética, que era preocupante, y parecía que la había maquillado una niña. En las mejillas tenía un pegote carnoso que no encajaba con el color de las orejas ni del cuello, y unas sombras rosas que recordaban a una infección bacteriana le rodeaban los ojos. Miraba la televisión con expresión ausente, sin pinta de entender ni una sola palabra.
El presentador del concurso saludó con alegría a los miembros de la familia y luego le repitió la pregunta de la encuesta a una anciana:
—Que nombren un alimento que les recuerde al cuerpo humano.
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—¡Berenjena! —chilló, y el público la vitoreó mientras el presentador se bamboleaba, atónito, y daba tumbos como si le hubieran pegado un puñetazo en la cara.
Catherine Gardner seguía sin reaccionar. Tuve que interponerme entre ella y la pantalla para que por fin reparase en mi presencia.
—¿Dónde está Aidan? —preguntó en voz queda.
Casi no la oí con la ovación del público del plato.
—Está abajo, señora Gardner.
—¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?
—Me llamo Frank Szatowski.
—No debería estar aquí. Voy a llamar a mi hijo.
Hurgó entre los montones de ropa y rebuscó el móvil debajo de las prendas.
—Mi hija se va a casar con Aidan mañana —le dije—. Soy el padre de Margaret.
Dejó de buscar el móvil, estiró el brazo hacia una lámpara de mesa y la encendió para verme mejor.
—Por supuesto. Ya veo que os parecéis. Pero ¡vaya modales tengo! De repente, se levantó del sofá de un empujón y se tambaleó al intentar
ponerse en pie. Se le abrió el albornoz y se le vio todo el cuerpo desnudo y frágil. De un manotazo, quitó la ropa del sofá y me hizo un sitio.
—¿No te sientas?
Me obligué a sostenerle la mirada.
—¿Necesitas ayuda con el albornoz?
Catherine bajó la mirada y luego se rio del descuido, como si le acabase de decir que se le habían desatado los cordones. Se cerró la bata y se anudó el cinturón con torpeza.
—Creerás que soy una anfitriona horrorosa. Voy a bajar la televisión. —Cogió el mando para bajar el volumen, pero no parecía comprender que lo sujetaba al revés. Me ofrecí a ayudarla y bajé el volumen al mínimo—. ¡Qué amable eres, Frank! Siéntate, por favor, y te daré algo de beber. No me sentiré cómoda hasta que dejes que te invite.
Me senté en el borde del sofá y trajo dos vasos y una botella de Tanqueray. Con manos temblorosas, llenó los vasos de ginebra. Nada de hielo ni de lima; los vasos estaban hasta arriba de alcohol puro e incoloro. Luego se sentó a mi lado, levantó el vaso y se derramó una buena parte del alcohol por la mano, por la muñeca y por un lado.
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—Por Margaret —dijo—. Una joven maravillosa.
Un pitido agudo le interrumpió el brindis. Me di cuenta de que el sonido provenía del móvil de Aidan, que emitía una especie de alarma de sirena para que el dueño lo recuperase. Sin duda, se había dado cuenta de que lo había perdido e intentaba encontrarlo. Pulsé todos los botones del dispositivo hasta que por fin dejó de hacer ruido.
—Espero que me perdones el desorden —prosiguió Catherine, y señaló los montones de ropa enredada a nuestros pies—. Es imposible comprar nada en medio de la naturaleza, así que compro toda la ropa por internet, pero las tallas son un lío. Es un proceso interminable de prueba y error. Lo único que quiero es estar guapa el gran día.
En cuestión de un minuto, más o menos, había salido de su estupor y se había convertido en una anfitriona dicharachera y animada. Se sentó ante mí, al otro lado de la mesita de centro, y me cogió las dos manos, como si tuviera miedo de que me marchase.
—Siento haberme pasado todo el fin de semana escondida. Los médicos dicen que tengo que reservar las fuerzas, pero ya que estás aquí, ¿te puedo ayudar en algo?
—Me encantaría preguntarte unas cosas sobre mi yerno, si te parece bien. La boda es mañana y sigo sin conocerlo bien.
Al mencionar a su hijo, Catherine resplandeció.
—Es mi tema favorito. Me puedes preguntar lo que quieras. Soy un libro abierto.
—Quiero hablar de los rumores. Y de Dawn Taggart.
Me soltó las manos y se hundió en la silla.
—Bueno, es comprensible. Sé lo que su familia dice de él, pero te aseguro que nunca le tocó ni un pelo. Es muy delicado. Muy sensible. Y será un marido leal y fiel. No hay nada de lo que tengas que preocuparte.
—Esta tarde he visto a Linda Taggart.
—Esa mujer es imbécil.
—Quizá tengas tazón sobre Aidan, pero no creo que Linda Taggart sea imbécil. Creo que se confunde, nada más.
—¿Y eso?
—Linda Taggart tenía la costumbre de espiar a su hija. Le vigilaba la ubicación del móvil, así que supo que Dawn venía aquí, a la cala del Águila pescadora. Es un hecho. Dawn Taggart salía con alguien del campamento. Y, al volver a casa con todo tipo de joyería y de regalos
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caros, tuvo que explicarle a su madre de dónde lo sacaba todo, así que le dijo que salía con Aidan Gardner. Hasta trucó una foto con Photoshop para que se los viera juntos. Dawn se inventó una relación porque le daba demasiada vergüenza decirle la verdad a su madre.
—¿La verdad?
—Que Dawn tenía una aventura con un hombre casado.
Catherine sonrió y asintió con la cabeza, igual que un profesor al animar a un alumno que progresa adecuadamente.
—Muy bien, Frank —comentó—. Debes de ser una persona muy perspicaz.
—Necesito saber la verdad. ¿Errol le hizo algo a Dawn Taggart? —¿Mi marido? Ah, no. Errol no le haría daño ni a una mosca. Al
menos no con sus propias manos. Y ahora, si no te importa, me voy a tomar una segunda copa. —No me había enterado de que se había acabado la primera. Con las manos temblorosas, levantó la botella y se rellenó el vaso antes de continuar—: Mi marido tiene unas ideas de lo más anticuadas sobre los hombres y las mujeres. Se las reserva, porque hoy en día hay que tener mucho cuidado. Con internet y demás. Pero, si te tomas un par de copas con él, te contará sus teorías. Errol cree que los hombres son incapaces de ser monógamos. Cree que los hombres (en especial los ricos y poderosos) tienen el instinto evolutivo de aparearse con todas las mujeres con las que puedan. Insiste en que les pasa a todos los titanes de la industria. A Jeff Bezos, a Bill Gates, a todas las estrellas de cine, a los quarterbacks de la NFL y, por supuesto, a todos los políticos. —Catherine se encogió de hombros—. ¿Crees que tiene razón, Frank?
Le dije que no. Estaba seguro de que había bastantes hombres ricos y poderosos que no engañaban a sus esposas, pero, cuando me presionó para que le pusiera un ejemplo, no se me ocurrió ni uno. ¿Quizá Tom Hanks? ¿Jimmy Cárter? ¿El señor Rogers?
—Bueno, si mi marido tuviese dos dedos de frente, recurriría a un servicio de acompañantes. Es lo que hacen todos sus amigos. Así fue como Gerry, nuestro abogado, conoció a su mujer de veintiún años. Esas empresas envían mujeres preciosas a todos los rincones del mundo, hasta aquí, a Hopps Ferry. Pero mi marido odia pagar por eso. Le gusta la emoción de la seducción. Necesita que se parezca a una conquista. Cuanto más ilícito y prohibido, mejor. Ha habido docenas de mujeres, Frank. Quizá centenares. No tengo ni idea. He perdido la cuenta de cuántas veces
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me han hecho pruebas de enfermedades venéreas… mediante los procedimientos más humillantes que te imagines. —Cogió, del borde de la mesa, un cuenco medio vacío de cereales, que eran una masa de copos marrones y empapados y flotaban en la superficie de un par de centímetros de leche tibia—. Perdón por comer, pero me has pillado cenando. ¿Qué te decía?
—Cómo tu marido conoció a Dawn Taggart.
—Bien, mira, es una historia interesante. Una noche, el verano pasado, Dawn vino a la cala del Águila pescadora en busca de Aidan. Mi hijo ya la había llevado a cenar porque lo había ayudado a cambiar la rueda. Pero Aidan ya había tenido bastante con una cita. No quería volver a ver a esa cabeza hueca. Mi marido, en cambio, se alegró de darle la bienvenida al campamento a una jovencita guapa y le hizo un tour. Aidan y yo estábamos en Boston y no teníamos ni idea de lo que pasaba. —Sorbió otra cucharada de cereales y me miré el regazo para no tener que ver cómo comía—. Y supongo que le gustaba tenerla cerca, porque venía a visitarlo siempre que Errol tenía todo el campamento para él solo. Era la clásica situación de un viejo con pasta que conoce a una trepa. Dawn venía con lencería de encaje y él la mandaba a casa con portátiles y pulseras de Tiffany.
Catherine levantó un dedo para indicarme que esperase un momento y le salió de los labios un chorrito de líquido marrón, le cayó por la barbilla y goteó en el cuenco de leche. Fue visto y no visto, y luego me escudriñó el rostro para intentar decidir si me había dado cuenta. De no haber reaccionado, creo que quizá hubiese continuado con la historia, pero el olor a vómito me dejó tieso en el sofá y Catherine me pidió perdón.
—¿Estás bien? —le pregunté—. ¿Necesitas algo?
—Estoy bien. A veces me pasa.
Después, le brotó de la boca más pringue marrón y se puso el cuenco debajo de la barbilla para recogerlo todo. Movió el dedo para indicarme que estaba bien, que solo necesitaba un momento. Cuando terminaron de darle arcadas y carraspeó, colocó el cuenco de vómito lechoso en el extremo de la mesa para que no se interpusiera entre nosotros.
—¿Seguro que estás bien?
—No seas condescendiente conmigo, Frank. He dicho que estoy bien. Bueno, el problema con Dawn fue que mi marido se acabó cansando de ella. Encontró un nuevo sabor del mes y decidió darle calabazas a la
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cabeza hueca. Y entonces soltó el bombazo. ¿A que no adivinas quién estaba embarazada? ¿Y quién quería una pensión de manutención? Se habrá sentido como si le hubiera tocado el premio gordo. Llamó a Aidan y se lo contó a él primero. Le dijo que quería hablar conmigo, en vez de con mi marido. Afirmó que solo otra madre entendería el problema con claridad y lo solucionaría.
Errol estaba de viaje de negocios en Singapur, así que Aidan y Catherine no pudieron consultárselo. Fueron en coche de Boston a la cala del Águila pescadora la mañana del tres de noviembre y llegaron al campamento justo antes de mediodía. Era sábado, durante la temporada baja, así que Hugo era la única persona que trabajaba en la finca y supieron que podían contar con su discreción.
—Odiaba la mera idea de acoger a esta chica en mi casa, pero me la traje al despacho de Errol y me enseñó el test de embarazo. Y luego nos detalló la lista de exigencias, como si fuera Navidad y pudiese pedir todo lo que quisiera. Dinero para el alquiler porque el bebé necesitaba un sitio donde vivir. Dinero para las facturas, para la ropa y para la compra. Gasolina para el coche. Una cuenta de ahorros para la universidad. Y luego se puso a echar cuentas y me soltó el total: cuarenta y cinco mil al año. ¡Casi me muero! La chica no tenía ni idea de economía, no sabía cuánto valíamos Errol y yo. El año pasado, ¡doné uno coma cuatro millones a un acuario! ¡Para una exposición de medusas! Tengo cuarenta y cinco mil en la chatarra del fondo del monedero. Pero la chica era tan altiva e irrespetuosa que me negué por cuestión de principios. Le dije que no doy limosnas a las furcias. —Le temblaba la voz y cada detalle nuevo parecía hacerle daño, como si le despedazase el corazón—. Supongo que fue entonces cuando las cosas se desmadraron.
El móvil de Aidan sonaba (notaba cómo me vibraba en el bolsillo), pero apremié a Catherine para que continuase.
—Dawn empezó a enumerar las cosas que a mi marido le gustaba hacerle. Cosas nauseabundas y desagradables, y mi hijo adulto estaba sentado justo a mi lado. Fue de lo más soez e inapropiado y le pedí que parase, pero siguió hablando. Había decidido hacerme más y más daño hasta que aceptara pagarle. Y al final no pude aguantarlo más. Cogí lo primero que encontré, esa celulita de combustible que Errol tiene cerca del escritorio y parece una botella de agua, y la aticé en la cabeza.
—¿La atizó en la cabeza?
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Catherine asintió.
—Solo fueron un par de golpecitos para recordarle con quién hablaba. —Fingió darle martillazos a un clavo—. Pum, pum, pum. «Cierra el pico, zorra estúpida».
Llamaron con fuerza a la puerta de la habitación. En el pasillo gritaban el nombre de Catherine, pero le metí prisa para que acabara de contarme la historia.
—Bueno, pues ese es el final, más o menos. Aidan me quitó la célula de combustible y, por supuesto, la cabeza hueca ni se enteró de lo que le había pasado. Tenía sangre en el pelo, le caía por la cara y, claro, se enfadó. Aidan la siguió e intentó que se tranquilizase, pero, como él llevaba la célula de combustible en la mano, cundió el pánico. Fue corriendo a las escaleras y luego fue todo «Ay, cuidado» y pam, pam y pam hasta bajar por todos los peldaños. —Catherine se encogió de hombros, como para sugerir que esa clase de cosas pasan todo el tiempo
—. Al fin y al cabo, fue víctima de su propia torpeza. Yo no soy culpable de lo que ocurrió, desde luego.
No tenía tan claro que un jurado lo viese igual que ella, pero oí que desatornillaban la puerta para abrirla y me di cuenta de que solo había tiempo para una pregunta más.
—¿Y mi hija no sabe nada? Catherine se rio.
—¡Ay, Frank! ¡No has entendido nada de la historia! ¿O tal vez no te la he contado bien? ¿No te he contado la parte sobre Margaret?
—¡No! ¿A qué te refieres?
No llegué a averiguarlo. Hugo entró corriendo en la habitación y lo siguieron Aidan y una mujer de mediana edad con un pijama de enfermera.
—Señor Szatowski, no debería estar aquí —observó él—. Ya le dijimos que la señora Gardner no se encuentra bien.
Lo ignoré y no le quité el ojo de encima a Catherine. —Contéstame, por favor. ¿Cuál es la parte sobre Maggie?
—Bendita sea tu hija. —La enfermera ya le había remangado el albornoz, le puso una inyección y, en cuestión de segundos, Catherine empezó a parpadear y dijo—: ¿Qué haríamos sin ella?
Y perdió el conocimiento. La enfermera la atendió con una eficacia fruto de la experiencia mientras Hugo me echaba al pasillo y Aidan nos
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seguía.
—La señora Gardner está muy enferma —declaró Hugo.
—Sí, ya veo que las migrañas le han pasado factura. O quizá ha sufrido una crisis nerviosa.
—Más motivos todavía para ignorar lo que acaba de oír —aseguró Hugo—. Está muy frágil. Sus recuerdos son engañosos.
—Aún se acuerda de cuando Dawn Taggart se cayó por las escaleras y se rompió la crisma. ¿Eso es engañoso?
Aidan hizo amago de contestarme, pero Hugo lo interrumpió:
—No tenemos ni idea de qué le pasó a Dawn Taggart. Ya le hemos dado el vídeo de las cámaras de seguridad a la policía y no hay nada que indique que viniera a la cala del Águila pescadora. Su desaparición es una tragedia espantosa y rezamos por su familia y por toda la comunidad, nos acordamos de ellos. Bien, debo saber si no le incomoda esa explicación, señor Szatowski. Y, cuando me conteste, necesito que resulte muy convincente.
—La respuesta depende de Maggie. —Me volví para mirar a su prometido—. Es obvio que miente para protegerte, pero ¿sabe la verdad? ¿Le has contado lo que pasó?
Aidan asintió con la cabeza.
—Margaret lo sabe todo. Deberíamos haber sido más sinceros contigo, pero le preocupaba que no fueras a entenderlo.
Y no lo entendía, porque los detalles nuevos hacían que toda la relación pareciese una farsa.
—Dijo que te conoció en Halloween. En una fiesta de disfraces. Y luego, tres días después, ¿aceptó mentir a la policía por ti? ¿Y eso cómo es posible?
—Ya basta de preguntas —intervino Hugo—. Vamos a buscar al señor Gardner y hablaremos todos juntos.
—Ve tú a por el señor Gardner —le respondió Aidan—. Yo voy a arreglar las cosas con Frank. Podríamos habernos ahorrado un montón de problemas si hubiésemos sido sinceros con él desde el principio.
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Aidan no dijo ni pío hasta que no salimos de la cabaña del Águila pescadora. Me condujo por el camino de acceso hasta llegar a la arboleda tupida de pinos donde había visto a Gwendolyn la noche anterior y, entonces, por fin habló:
—¿Me has robado el móvil?
Se lo devolví.
—Lo siento, Aidan. Tenía que saber la verdad, pero me da que no le he sacado toda la verdad.
—Corres menos peligro si no sabes nada más. Fui sincero con Gwendolyn… Se lo conté todo… Y mira lo que le hicieron.
—¿De quién hablas?
—Deja de hacer preguntas, por favor. Hay muchas formas distintas de tener un accidente en la cala del Águila pescadora y Hugo ya te tiene en el punto de mira.
—No le tengo miedo.
—Pues deberías. —Aidan miró alrededor, nervioso, para asegurarse de que no había nadie merodeando por allí—. Dirigió las minas de cobalto de la República Democrática del Congo hasta que los de Amnistía Internacional dieron con él. Mi padre lo sacó del país en un avión privado de Capaciti. Lo acusaban de todo tipo de delitos: trata de personas, explotación infantil, «accidentes» laborales… Hablo de verdaderos crímenes contra la humanidad. Lleva dos años escondiéndose aquí y sigo sin saber cómo se llama en realidad. Solo sé que es muy peligroso y leal a mi padre. Y ahora no te quita el ojo de encima. Te aconsejo que olvides lo que has oído, vuelvas a la fiesta y actúes con normalidad.
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—Tu madre necesita ayuda, Aidan. Si no le buscáis ayuda, y hablo de ayuda profesional en una clínica de verdad, va a beber hasta matarse.
—Es demasiado tarde, Frank. Siempre ha sido alcohólica. No le quedaba otra con mi padre. Pero la visita de Dawn Taggart la sacó de quicio. Desencadenó una crisis nerviosa. No es la clase de cosa de la que pueda hablar con un psicólogo, a menos que quiera ir a la cárcel.
—Ha dicho que Maggie está implicada.
—Te lo prometo, Frank: tu hija no corre ningún peligro y va a conseguir justo lo que quiere. Pero nunca te contará la verdad sobre la boda porque no cree que vayas a soportarla.
—¿Y eso qué significa? ¿Qué podría ser peor que los asesinatos de Dawn y Gwendolyn?
Y pareció que tenía muchas ganas de contármelo, pero, en vez de eso, se abrió paso entre los árboles y salió al camino de acceso, de modo que lo vieron todos los invitados de la boda que había fuera de la cabaña del Águila pescadora. Un trío de mujeres jóvenes lo reconoció y se acercó deprisa.
—¡Es la hora del karaoke! —exclamaron al unísono, se arremolinaron alrededor del novio e insistieron en que volviese a la fiesta con todo el mundo.
—¡Vamos, Frank! —me animó—. Es la hora del karaoke. Vamos a la fiesta.
No lo seguí y sus admiradoras no mostraron ningún interés en convencerme. Aidan las acompañó por el lateral de la cabaña con la expresión resignada de un hombre a quien conducen ante un pelotón de fusilamiento. Sabía que la única forma de avanzar era enfrentarme a Maggie con toda la información nueva y exigirle la verdad, pero esa conversación nunca iba a suceder en el césped principal, no a plena vista de Errol, Gerry y todos los demás.
Por suerte, aún llevaba el mapa de la cala del Águila pescadora doblado en el bolsillo y me acordé de que mi hija se alojaba en el Colibrí, «al otro lado del campamento» y lejos de las emociones fuertes de la cabaña del Águila pescadora y del césped principal. Decidí ir allí y esperar a que ella se marchase a su cabaña; no pensaba largarme hasta que no me lo confesara todo.
Seguí un sendero que atravesaba el bosque y, de inmediato, me tropecé con una raíz. A esas horas de la noche, casi no se veía el brillo de la luna
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entre los árboles. Saqué el móvil, encendí la linterna y la usé para ver por dónde iba. El sendero bajaba a un valle y pasé junto a un par de cabañas, el Grajo y la Grulla. En ninguna de las dos había luz, tal vez porque sus inquilinos seguían en la fiesta.
Y luego caminé durante un buen rato sin ver nada. Era otra prueba de que el mapa de la cala del Águila pescadora no lo habían dibujado a escala, porque la cabaña del Colibrí no aparecía por ninguna parte. El silencio y la oscuridad casi absoluta me ayudaban a concentrarme. Lo único en lo que tenía que pensar era en mi siguiente paso y me notaba muy consciente del entorno. De nuevo, se me reactivó la vieja costumbre de la consciencia situacional. De nuevo, tuve la sensación incómoda de que iba directo a una trampa, de que algo espantoso me esperaba a la vuelta de la esquina.
O quizá algo espantoso acechaba detrás de mí. Crujió una rama y me di la vuelta, tracé un círculo y apunté a la oscuridad con la tenue linterna del móvil. No vi a nadie, pero sí innumerables sitios donde se podía esconder una persona.
—¿Aidan? —lo llamé—. ¿Me has seguido?
No obtuve ninguna respuesta. Me giré y seguí andando. Al final, vislumbré tres cuadrados brillantes en el horizonte, que eran las ventanitas de una cabaña y la luz suave del interior. Por fin había llegado al Colibrí. Subí por los escalones del porche e intenté abrir la puerta. Estaba cerrada, pero, al acercar el móvil al sensor, se descorrió el cerrojo y la puerta se abrió hacia dentro.
Entré en una cabaña que era mucho más pequeña que la mía. Apenas había sitio para un sofá, una mesa de comedor pequeña y una cocinita diminuta. Casi al instante, noté que no estaba solo. La puerta de la habitación trasera estaba entreabierta y oí movimiento al otro lado. Metí la mano en el fregadero para coger una botella de vino vacía, la sujeté por el cuello, la blandí como si fuera una porra y luego abrí la puerta de un empujón.
Maggie yacía en una cama, se estiraba sobre las sábanas de franela, arqueaba un poco la espalda y se había subido el vestido hasta la cintura. Miraba el techo, pero tenía los ojos cerrados, se mordía el labio inferior, respiraba rápido y se agarraba al borde del colchón. Y sobre ella se agazapaba un monstruo pálido y carnoso, que le hundía la cara entre los muslos. No me di cuenta de que había soltado la botella hasta que no se
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cayó al suelo y se hizo añicos. Errol Gardner se volvió hacia mí, con los ojos como platos y los labios húmedos, y yo me abalancé sobre él, lo empujé de la cama y lo tiré al suelo. Me senté a horcajadas en su torso velludo y desnudo antes de que se pudiera escabullir. Maggie chilló y Errol sacudió la barriga fofa y sudorosa para intentar que yo me quitase de encima, pero la ventaja era mía. Lo tenía inmovilizado. Le estampé la palma de la mano en la cara y luego le apreté el cuello con las manos y le clavé los pulgares.
Maggie seguía chillando, pero solo hacía ruido. Me agarró el hombro, tiró y noté una punzada aguda en la zona lumbar. Fue justo la distracción que Errol necesitó para atizarme. Me dio un tortazo chapucero a un lado de la cabeza y me dejó sordo del oído izquierdo. Me noté conmocionado, como si fuera a vomitar. Los brazos se me quedaron flácidos. Miré la ventana de la habitación y vi el reflejo de la puerta abierta. Vi que Hugo entraba corriendo en la habitación y levantaba una porra negra por encima de la cabeza.
Y, justo antes de que todo se oscureciese, me di cuenta de que mi hija había dejado de chillar. Estaba de cara a la puerta, había visto cómo Hugo entraba corriendo y ni siquiera había intentado avisarme.
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La luz matutina iluminó la ventana. Entorné los ojos, me quité del sol y me eché la manta por encima de los hombros. Había un murgaño agazapado en la almohada, a unos centímetros de mi cara, y le di un manotazo. Otra araña me observaba desde uno de los postes de la cama, pero la dejé en paz. Ya me encargaría de ella luego. Solo quería dormir.
Pero entonces me acordé.
Me reincorporé, saqué las piernas de la cama y sentí un dolor repentino y punzante que me ardía en la nuca. Madre del amor hermoso. Notaba el cerebro agujereado. Cerré los ojos, apreté los dientes e intenté ubicarme. Estaba en mi cabaña. En la habitación infantil del rincón de cuentacuentos y del papel pintado con peces de colores vivos. En la litera inferior, aunque no me acordaba de haber ido allí.
Lo último que recordaba de la noche pasada era forcejear en el suelo con un Errol Gardner desnudo y sudado. Me acordaba de haberle dado un tortazo con la mano abierta.
«Un sueño», me dije.
«Una pesadilla horrorosa y alimentada por la ansiedad».
Excepto que tenía los nudillos reventados. Me dolía la zona lumbar. Y llevaba la misma ropa que la noche anterior.
Me toqué el cuero cabelludo y noté un chichón sensible y palpitante. Tenía una costra de sangre seca en el pelo. Y, antes de que siquiera entendiese lo que pasaba, vomité. Conseguí llegar al baño, pero no al váter, y vomité por todo el lavabo.
Me agarré al toallero para no caerme e intenté organizar mis pensamientos. «El amor es paciente y bondadoso». «Es el príncipe de las
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putas Tinieblas». «Ya empiezan a manipular la realidad». «Dawn Taggart es la menor de tus preocupaciones». «Tu hija va a conseguir justo lo que quiere». El dolor dentro del cráneo era insoportable. Era como si me hubiesen cortado un trozo del cerebro y la herida abierta y sensible se hubiese quedado al aire.
Di la luz y quité las arañas del espejo para ver mi reflejo. Tenía la camisa manchada de polvo y de sangre. Me faltaban dos botones. Me parecía a un extra de una peli de zombis, uno de esos hombres de negocios que van a la oficina y se contagian del virus. Abrí el grifo, me eché agua fría en la cara y me enjuagué la boca. Había unos pocos artículos de baño colocados en la repisa (un cepillo de dientes, desodorante y un frasco de colonia), pero no me molesté en usarlos. Solo me importaban dos cosas: recoger a Maggie y largarnos de la cala del Águila pescadora.
La pantalla de mi Timex decía que eran las once y cincuenta y tres, pero, por supuesto, era la hora de Gardner. Toqueteé los botoncitos y puse las once y treinta y ocho, la hora del este de los Estados Unidos. Se acabaron las gilipolleces. Luego fui al armario a por la maleta. En cuanto la luz se activó por el movimiento, docenas y docenas de arañas corretearon por las paredes, pues mi aparición repentina las había espantado. Cogí la maleta y cerré la puerta. Me daban igual. Cinco minutos más y me habría marchado.
Resultó que llevaba el móvil en el bolsillo y solo me quedaba el ocho por ciento de la batería. Y tenía una notificación nueva: era un mensaje de voz que Vicky me dejó a las diez cincuenta y dos de la mañana. Le di al play y lo escuché:
—Anoche no supe nada de ti, así que espero que todo vaya bien. Quería contarte que he hablado con mi hijo, Todd. ¿El del periódico? No te preocupes, Frank, no le he dicho nada. Solo le he preguntado si había oído algo sospechoso de los Gardner, porque muchas veces a los periodistas les dan el soplo de una historia, pero no tienen bastantes fuentes como para publicarla. Y me da la sensación de que quizá sea el caso, porque Todd guardó silencio y dijo que no me podía contar nada, que es su forma de decirme que sí pasa algo. Y deberías tener cuidado. Llámame cuando oigas el mensaje. Te lo explicaré mejor por teléfono.
Pero no hacía falta que me lo explicase mejor. No necesitaba los consejos de Vicky ni de nadie. Puse la maleta en la litera inferior y abrí la
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cremallera, justo cuando Tammy apareció en la puerta de la habitación.
Llamó con suavidad antes de abrirla.
—Oye, Frankie, quería ver cómo estás y comprobar que… ¡Madre mía, menuda cara tienes! ¡Y la camisa!
—Haz las maletas. Nos vamos.
—¿De qué hablas? —Sonrió intranquila, como si esperase que continuase hablando y rematase el chiste—. ¿Qué pasa?
—No lo sé, Tammy. No tengo ni idea de qué pasa, pero sé que esta boda es de coña. Maggie ha cometido un error gravísimo y hay que sacarla de aquí.
—Frankie, Frankie, tranquilízate. —Tammy se me acercó más y me puso una mano en el brazo con delicadeza—. Maggie está bien, ¿vale? La acabo de ver. Hemos desayunado juntas. Abigail, Maggie y yo. Hemos desayunado tortitas con fresas y Maggie está perfectamente. La boda es hoy, ¿no te acuerdas? Se va a casar con Aidan Gardner.
—Sé qué día es. ¿Por qué me hablas como si fuera un crío?
—Porque pareces confundido. Anoche estaba aquí cuando te trajeron a casa. Maggie dijo que te habías pasado con la bebida. Dijo que te caíste y te hiciste una herida en la cabeza.
—¿Y la creíste?
—¡Pues claro!
—¿Crees que me pasé con la bebida? ¿Que me desmayé? ¿En la cena de ensayo de mi propia hija? ¿A ti te suena a algo que haya hecho antes?
—Pues no, Frankie, pero, si te soy sincera, has estado rarísimo estos días. Creo que padeces muchísimo estrés. ¿Qué crees que pasó anoche?
No se lo quería contar. Una parte de mí esperaba que, si me callaba lo que había descubierto, no sería verdad. Pero sabía que no iba a llegar muy lejos sin la ayuda de mi hermana. Me senté en la litera inferior y la invité a que se sentase a mi lado, porque sabía que tardaría un rato en contar la historia.
—Anoche, durante la cena, entré en la cabaña del Águila pescadora y conocí a Catherine Gardner. No está mala, Tammy. No tiene migraña. Ha sufrido una especie de crisis nerviosa. Se pasa todo el tiempo borracha como una cuba y por eso no la hemos visto nunca. Y ella es quien mató a Dawn Taggart.
Tammy se inclinó para apartarse de mí, como si de pronto temiera que le fuese a contagiar algo.
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—Vale, para.
—Le reventó el cráneo con una batería de coche. Y Aidan estaba allí cuando pasó. Lo vio todo.
—Para, para, para. No quiero saberlo.
—Tammy, no me escuchas. Te digo que Catherine Gardner asesinó a una mujer embarazada. Aquí mismo, en el campamento. Y Aidan la ayudó a encubrirlo.
—Te escucho alto y claro. Y te digo que no son nuestros trapos sucios.
Todas las familias tienen secretos. Vamos a meternos en nuestros asuntos.
Miré a mi hermana, incrédulo. Era una mujer que había dedicado toda la vida a ayudar a los demás, a docenas de niños de acogida y a incontables ancianos. Nunca le había faltado tiempo para plantarles cara a las injusticias, pero me daba la sensación de hablar con otra persona. Y aún no le había contado lo peor:
—Después de hablar con Catherine, fui a la cabaña de Maggie. En las profundidades del bosque. Y me la encontré en la cama con Errol Gardner. —Escudriñé el rostro de mi hermana en busca de una reacción, pero no le cambió la cara—. ¿Entiendes lo que te acabo de contar? Se estaba acostando con su futuro suegro. La noche antes de la boda. Lo tiré al suelo y empecé a pegarle, y luego Hugo me dio un porrazo en la cabeza y es lo último que recuerdo.
Mi hermana se pasó un buen rato sin decir nada. Supuse que la historia la dejó abrumada y le costaba encontrarle sentido. Pero, cuando por fin habló, me sorprendió:
—Entiendo que te enfades.
Parpadeé.
—¿Que entiendes que me enfade?
—Creo que todo lo que dices es verdad. Y comprendo por qué te molesta. A mí también me molesta. Ojalá Maggie hubiera tomado otro camino, pero estamos hablando de Maggie. No me dirás que te sorprende.
—Pues sí, me sorprende.
—Vamos, Frankie. Te ayudé a criarla y la quiero tanto como tú, pero sé sincero contigo. Tiene un historial.
—¿Qué historial?
—Uno de manipular a la gente. Usa a las personas para conseguir lo que quiere. Todo el tema de las chicas de la hermandad. Y lo del Dr. Móvil. Piensa en el motivo por el que Maggie te dejó de hablar.
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—Me dejó de hablar porque la decepcioné. Me pidió ayuda y le di la espalda.
—No, Frankie, eso no fue lo que pasó. Te ha manipulado para que lo veas así, porque te repito que se le da muy bien manipular a la gente. Sobre todo a ti. Por lo que recuerdo, intentaste hacer lo correcto.
Fui incapaz de procesar lo que decía. Las cosas iban demasiado rápido y yo solo quería que todo se acabara.
—Tenemos que ayudarla.
—No necesita ayuda. No estamos en Venganza y tú no eres Liam Neeson. No tienes que rescatar a Maggie. Sabe perfectamente lo que hace. Creo que no entiende qué camino ha elegido, pero su decisión queda clara. Es lo que quiere. Creo que seríamos mucho más felices si lo aceptásemos.
—Asesinaron a Dawn Taggart. Gwendolyn lo descubrió y también la mataron. Hugo la drogó, la ahogó en el lago y tiró el cadáver como si fuera la basura.
—Pero Maggie no les hizo nada. Y sabes que los Gardner se van a salir con la suya. Esta gente siempre se va de rositas. Llaman a sus abogados y engañan al sistema.
—Entonces, ¿vas a fingir que no ha pasado nada? ¿Crees que podrás? —Frankie, sé que puedo. Porque estoy cansada, ¿vale? —Se dio
cuenta de lo desconcertado que estaba, así que intentó reformular la respuesta—: Nuestras circunstancias son muy distintas, hermanito. Dentro de tres años, te vas a jubilar con una pensión, un seguro médico y la libertad de hacer lo que quieras. ¿Y yo? No hay pensión para mí. Si la boda se va al traste, si Errol me quita las mil acciones, solo me quedan cuarenta mil dólares en un plan de pensiones y lo que le consiga sacar a la seguridad social. A este ritmo, nunca dejaré de trabajar. Estaré poniendo sondas con lubricante y curando escaras hasta que tenga noventa años. Y ya no quiero vivir así. —Señaló la ventana y el campamento—. En especial después de haber visto todo esto. Todo es precioso.
—Cuidaré de ti, Tammy. No voy a permitir que acabes en la miseria. —No quiero chupar del bote. No quiero pedirte dinero cada vez que
tenga que cambiarle los neumáticos al coche. Me quiero quedar con las mil acciones y tener una jubilación tranquila.
Noté cómo crecía otra ola de dolor, apreté los dientes, me agarré al borde del colchón y me preparé para lo peor. Mi hermana mayor siempre había cuidado de mí, siempre me había apoyado y nunca me la había
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jugado, pero era accionista de Capaciti y ya no la reconocía. Se recolocó la riñonera, abrió la cremallera del bolsillo diminuto y sacó un frasco pequeño de Advil. Lo agitó, sacó dos pastillitas marrones y me las puso en la mano con delicadeza.
—Te diré lo que voy a hacer. Voy a buscar a Maggie y a pedirle que venga para que habléis. Pero, antes de que venga, necesito que te duches. Estás hecho un cristo y hueles que apestas. Ve a lavarte. Y, ya que estás, quiero que hagas memoria de por qué Maggie y tú dejasteis de hablar. Sé sincero contigo, porque todo este asunto me resulta muy familiar, Frankie. Me recuerda mucho a lo de hace tres años y no quiero ver que cometes los mismos errores. Confía en que Maggie está lista para tomar decisiones adultas con consecuencias adultas y tendrás una relación de verdad con ella. O sigue peleándote con ella y menospreciando sus decisiones y desperdiciarás la oportunidad de seguir juntos en el futuro. Y, como me importas, te sugiero que elijas lo primero. —Me dio una palmadita en la rodilla, luego se miró el reloj y vio que casi era mediodía—. Y acelera, porque solo te quedan tres horas.
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Me di una larga ducha con agua caliente y me limpié la sangre del pelo mientras sopesaba el consejo de mi hermana. Intentaba entender cómo había metido la pata hasta el fondo, cómo había criado a una persona capaz de tomar unas decisiones tan desastrosas. No tenía ganas de revisitar el pasado reciente, pero Tammy parecía creer que podría extraer un par de lecciones y quizá tuviese razón.
Después de que Maggie acabase la universidad, yo esperaba que volviese a casa y buscase trabajo en Allentown o Reading, pero insistió en que las mejores oportunidades laborales estaban en Boston. Necesitaba un lugar donde vivir, así que firmé con ella el contrato de alquiler del estudio del sótano y acepté pagarle el alquiler el primer año, hasta que se valiese por sí misma. Sabía que era cuestión de tiempo que se dieran cuenta del talento que tenía y le pagasen un sueldo decente.
Mientras tanto, trabajó treinta horas a la semana en el Dr. Móvil, uno de esos tugurios de mala muerte donde te arreglan el cristal roto de las pantallas de los dispositivos electrónicos. Solo fui una vez a la «tienda» y mi primera impresión no fue positiva. Era una sala destartalada y rancia con mala iluminación artificial. La moqueta estaba desgastada. Las ventanas estaban sucias. En cierto sentido, se podía decir que la tienda era un reflejo del propietario. Oliver Dingham tenía cuarenta y seis años, la piel pálida y con manchas y se peinaba con una cortinilla cutre. Casi todos los días llevaba un chándal de nailon, aunque costaba imaginárselo corriendo en la pista de atletismo o haciendo cualquier otro deporte. Había heredado el negocio de su padre y no mostraba ningún interés en que creciese. Aparte del trabajo, se autodenominaba un FAL (fan adulto de
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Lego) y tenía el piso de dos habitaciones lleno de complejas maquetas de tres mil piezas que recreaban el castillo de Hogwarts y el Halcón Milenario. Y si te da la impresión de que soy demasiado crítico con el pobre hombre, es solo porque estaba claro que se había encaprichado de su nueva empleada de veintiún años.
—No es verdad —insistió Maggie después de que le expusiese mis miedos.
Le dije que no quería ver lo más obvio de la situación. Oliver era un incel de mediana edad que se estaba quedando calvo y llevaba años sin tener una cita. Maggie era una joven brillante y preciosa. Y los dos pasaban juntos treinta horas a la semana en una sala diminuta donde no entraba casi nadie. Ya puestos, podrían haber sido náufragos en una isla desierta. Le supliqué que dimitiese y se buscase otro empleo en un restaurante, en una bolera o donde fuera que estuviese con otras personas jóvenes.
—No deberías pasarte toda la semana encerrada con ese tío. Estás desperdiciando los mejores años de tu vida.
Pero mis preocupaciones cayeron en saco roto. Maggie afirmó que cualquier trabajo en el mundo de la tecnología le vendría bien para el currículo y me indicó que Oliver le pagaba veintidós dólares por hora, muy por encima del sueldo mínimo, lo cual, para mí, era otra bandera roja. Insistió en que Oliver nunca se le insinuaba, pero yo sabía que solo era cuestión de tiempo. Empecé a consultar las ofertas de empleo por el bien de mi hija, en busca de un trabajo cualquiera que la alejase del Dr. Móvil. Le envié un montón de ofertas, pero nunca se inscribió en ellas y supongo que fue entonces cuando nuestra relación empezó a deteriorarse. Me dijo que era un entrometido supercrítico. Yo la llamé vaga y dispersa. ¿Te sorprende que dejara de llamarme a casa? ¿O que cada vez hablásemos con menos frecuencia? Cuando me anunció que iba a pasar Acción de Gracias y Navidad en Massachusetts, para celebrarlas con los amigos, me llevé un disgusto.
Después, una mañana de febrero, me desperté al oír que un coche paraba en el camino de acceso a mi casa. Aún era temprano y estaba oscuro, eran poco más de las cinco y media. El vehículo llegó hasta el final del camino, rodeó mi casa y luego oí que abrían y cerraban con cuidado una de las portezuelas del coche, como si el conductor se esmerase en no
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molestar a nadie. Salí de la cama de un brinco, bajé las escaleras y llegué a la cocina justo a tiempo de ver cómo mi hija abría la puerta trasera.
—¡Sorpresa! —me dijo—. Espero no haberte despertado.
Llevaba unos vaqueros rotos, una sudadera verde y sucia y unas Nike hechas polvo, y parecía exhausta. Le di la bienvenida con un abrazo y pensé que el pelo le olía a humo de tabaco, pero decidí dejarlo estar. Me explicó que echaba mucho de menos su casa, así que se había pasado la noche conduciendo para visitarme… y se moría de ganas de ducharse y dormir un poco. Le preparé unos huevos revueltos mientras se aseaba y se ponía ropa limpia. Y, mientras dormía, le eché un vistazo a su coche, comprobé el nivel del aceite y los demás líquidos, revisé la presión de los neumáticos y aspiré las migas de las alfombrillas del suelo.
Luego, esa mañana se puso a nevar, así que nos pasamos todo el día en casa. Tammy vino con dos de sus niños de acogida y los cinco preparamos un tanque de caldo de pollo y rebanadas de pan recién horneado. Cuando todo quedó cubierto de nieve, Maggie salió con los críos a hacer ángeles en la nieve y a construir un iglú mientras Tammy y yo los veíamos por las ventanas heladas y nos tomábamos unas tazas de chocolate caliente. Después de cenar, pusimos unos CD de Bill y Joel y les enseñamos a los niños de acogida a jugar a las cartas, a Euchre y a Aw Shucks, y fue un día perfecto de cabo a rabo.
El domingo por la mañana, Maggie parecía distinta. Al salir de su habitación, la vi alterada. Había oído que hablaba por teléfono y mantenía una conversación tensa, pero me aguanté las ganas de escuchar a escondidas. Le pregunté sí todo iba bien y dijo que sí. Fuimos a Waffle House a tomar el brunch y las camareras la recibieron como si fuese la reina del baile. Me pedí mi frittata habitual y Maggie, las tortitas con fresas, pero apenas tocó la comida. Parecía morirse de ganas de volver a Boston. Traté de hablar del tiempo y le pregunté cómo iba la búsqueda de trabajo, pero sin presionarla mucho. Parecía frustrada por no avanzar nada y no quise que se sintiese peor por mi culpa.
Esa mañana volvimos a casa antes de las once y recogió las cosas para marcharse. Me acuerdo de que la acompañé al coche, que se había quedado aparcado en el patio trasero todo el fin de semana.
—Ah, oye —me dijo al abrir la portezuela del conductor—. ¿Te puedo pedir un favor?
—Por supuesto, hija. Tú dirás.
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—Si te preguntan a qué hora llegué, ¿puedes decir que no estás seguro?
Maggie se montó en el Honda chiquitito y bajó la ventanilla para oír la respuesta, como si me acabara de pedir que le regase las plantas o le prestase veinte dólares.
—Llegaste el sábado por mañana.
—Claro, y te pido que no seas tan específico. Di que te fuiste a la cama el viernes por la noche y no me oíste llegar, porque tengo mi propia llave. Y cuando te despertaste el sábado por la mañana, estaba dormida en mi cama.
—Pero no dormías en la cama. Estabas despierta, en el camino de acceso.
Me respondió con un largo suspiro de desesperación, como si yo no me enterase de nada.
—No hace falta que mientas. Vale con que finjas que no me viste llegar en coche.
—Eso es mentir. Eso no es lo que pasó.
—Es casi lo que pasó. Si no te despertases la hostia de pronto, creerías que es la verdad porque me habrías visto en la cama y te habría dicho que pasé aquí toda la noche.
Se me empezó a acelerar el pulso. Tenía mala pinta, sabía que eso no era nada bueno.
—Maggie, haz el favor de salir del coche. Entra en casa para que lo hablemos.
En vez de eso, arrancó el motor.
—Me tengo que ir.
—Te ayudaré, pero tengo que preguntarte un par de cosas.
—¿Y eso? ¿Qué ha sido de don Ninguna Pregunta?
Había sido mi regla durante el instituto, cuando Maggie empezó a ir de fiesta y a salir hasta tarde. Le dije que, si necesitaba que la llevase a casa o que la ayudase con lo que fuera, me podía llamar a cualquier hora y saldría corriendo a buscarla, sin hacerle ninguna pregunta.
—Lo necesito ahora mismo —me dijo—. Necesito a don Ninguna Pregunta. Por favor, no compliques más las cosas, ¿vale?
Ya salía marcha atrás del camino de acceso mientras me lo suplicaba por última vez. Iba un poquito rápido y me rozó el contenedor de la basura
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antes de subirse al bordillo y dar un volantazo para enfilar la calle. Luego metió la marcha y se marchó escopetada.
Entré andando en casa y empecé a ensayar la historia. No entendía lo que pasaba, pero sabía que me iban a llamar y quería estar listo: «El viernes por la noche me fui pronto a la cama y no oí llegar a Maggie. Cuando me desperté el sábado por la mañana, me la encontré dormida en su cama».
Esa noche cené las sobras del caldo de pollo. Solía estar más rico el segundo día, pero esa vez no fue así. Tras acabar de fregar los platos, saqué la basura y llevé la bolsa al camino de acceso. Al levantar la tapa del contenedor, me di cuenta de que dentro había otra bolsa. Era de cuarenta litros y estaba casi vacía, pero supe quién la había metido allí. La saqué, me la llevé a la intimidad del patio trasero y luego, con paciencia, desaté el nudo de la bolsa. Dentro estaban los vaqueros rotos de Maggie y la sudadera verde y sucia. Y sus calcetines, las zapatillas, el sujetador y las bragas, además de un par de guantes de jardinería baratos y una sencilla gorra de béisbol de color azul marino. Volví a meterlo todo en la bolsa, la eché al contenedor y luego lo arrastré hasta el bordillo para que lo vaciaran la próxima mañana. Fue una espera larga y casi no pegué ojo hasta el amanecer, cuando oí el gruñido grave de los camiones de la basura que pasaban por mi calle. Se llevaron todas las pruebas, pero ninguna de mis preocupaciones.
Pasaron los días, las semanas y un mes entero y casi me permití relajarme. Parecía que Maggie tenía razón: todo iba bien. No me llamó nadie para preguntarme nada, había visto problemas que no existían. Le envié un par de mensajes informales a mi hija y le pregunté qué tal le iba. Sus respuestas fueron breves pero amistosas. Me dijo que había dejado de trabajar para el Dr. Móvil y había encontrado un trabajo nuevo de camarera. Mientras tanto, se dedicaba a enviar montones de currículos y esperaba encontrar algo mejor. Todo eran señales de un futuro más brillante.
Y entonces Maggie recibió la oferta de Capaciti. Me llamó para darme la buena noticia y nos pasamos casi una hora celebrándolo. Era su primer trabajo de lo suyo, en una oficina completamente nueva del centro de Cambridge, con un sueldo modesto de novata más los complementos de productividad, el seguro médico Blue Cross y un montón de beneficios de la empresa. Los trabajadores de Capaciti entraban gratis al museo de
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Bellas Artes y al acuario de Nueva Inglaterra. Tenían un diez por ciento de descuento en todo lo que comprasen en Hertz, Avis, Southwest Airlines y un centenar más de compañías que me leyó de una lista interminable. Y me acuerdo de que me sentí orgullosísimo de ella. Sabía que era difícil asomar la cabeza cuando no tienes ningún contacto personal y Maggie había estado a la altura. Hasta el momento, había habido unos pocos baches en el camino, pero por fin lo había logrado. Tenía un gran futuro por delante y le envié un gran ramo de flores con una tarjeta: «¡Enhorabuena! ¡Lo has conseguido!».
Unas tres semanas después, volví a casa del trabajo y me encontré un Chevrolet Impala blanco aparcado delante de casa. Al llegar, el conductor abrió la portezuela y me saludó. Era un hombre negro con camisa y corbata, y en él había algo que me recordaba a mi padre. No era tanto por su edad (solo era media generación mayor que yo) como por su actitud en general. Tenía esa especie de andares ociosos que les veo a muchos de los tipos mayores que eligen seguir trabajando después de la edad de jubilación. Ya cuentan con la pensión, así que no hay ninguna presión, pero disfrutan demasiado como para dejarlo.
—¿El señor Szatowski? —Iba por el camino de acceso a mi casa—. Soy Leonard Summers. Trabajo para el jefe de bomberos estatal de Massachusetts. ¿Le puedo preguntar un par de cosas?
—¿Ha habido un incendio?
—Sí, uno bien grande. ¿Margaret no se lo ha mencionado?
—¿Ella está bien?
Asintió con la cabeza, dijo que mi hija estaba sana y salva y luego me repitió la pregunta:
—¿No le ha hablado de ningún incendio?
—Hace tiempo que no hablo con ella. Acaba de empezar un trabajo nuevo.
—Sí, me he enterado. —Se metió la mano en el bolsillo, sacó una libreta diminuta y la abrió—. En un sitio que se llama Capaciti, ¿no? ¿Se escribe con dos íes?
Hasta ese momento, había albergado la esperanza de que Leonard Summers se hubiese equivocado, de que hubiese venido a la casa equivocada en busca de la Margaret Szatowski errónea, pero era evidente que no.
—Así es —le confirmé—. Ce, i, te, i.
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—Jolín, a mi madre la hubiera sacado de quicio —comentó con una sonrisa—. Daba clase en segundo en Roxbury y era una obsesa de la ortografía. Siempre se quejaba de los Froot Loops y del Kool-Aid por convertir a sus alumnos en unos borregos. Y hoy en día es mucho peor. Lyft, Chickfil-A y Capaciti con dos íes. Menos mal que no sigue viva para verlo, ¿sabe?
Hablaba como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y yo me limité a sonreír con cortesía, a aguantar la anécdota y a preguntarme por qué me había venido a ver ese hombre.
Mi vecina de al lado abrió la puerta principal y salió con la excusa de mirar el buzón, pero estaba claro que solo quería cotillear. Leonard Summers le dedicó un saludo amistoso y le dijo:
—¡Buenas tardes!
Le sugerí que hablásemos dentro.
Fuimos a la cocina y me ofrecí a preparar café. Dijo que nunca bebía café después de comer porque no dormía por culpa de la cafeína, pero que le valía con un vaso de agua. De modo que nos serví sendos vasos de agua y me senté con él a la mesa de la cocina.
—Le quiero preguntar por el trabajo anterior de Maggie —me explicó
—. La semana pasada, arresté a un hombre que se llama Oliver Dingham. ¿Lo conoce?
—Sí, lo vi una vez. —¿Y eso cuándo fue?
—Hará un par de meses. Fui a Boston a visitar a mi hija y me enseñó dónde trabajaba.
—Entonces, ¿ha estado en la tienda? ¿El Dr. Móvil? —Muy poco tiempo, pero sí, he estado.
—Bien, bien, bien. Así ahorro tiempo. Hace un par de meses, la noche del viernes siete de febrero, Oliver Dingham quemó el edificio y lo destruyó por completo. —Sacó un portátil de la cartera y lo abrió para enseñarme las fotos de los escombros. Del edificio solo quedaba una pila humeante de cascotes y acero retorcido—. Bueno, hace mucho tiempo que me dedico a esto y he conocido pirómanos patéticos, pero el señor Dingham es, de lejos, el peor. El muy bobo cometió casi todos los errores posibles. Por ejemplo, en la mayoría de los incendios se puede encontrar un solo foco: un calefactor o una colilla. Pero en el incendio del Dr. Móvil había tres focos distintos y separados. Tres banderas rojas gigantes que
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anunciaban a las claras que aquello no era un accidente, ¿me sigue? Y, además, hallamos restos de acetona por todo el interior, lo cual no tiene ningún sentido. Si fuese un salón de manicura, vale, esperaría encontrar acetona, tolueno, formaldehído y un montón de productos químicos inflamables, pero no en una tienda donde reparan móviles. No hay ningún motivo para que tuviese tanto acelerador líquido ahí metido. Otro banderón rojo.
Hizo una pausa para beber un sorbito de agua y, tal vez, para darme ocasión de hablar, pero me froté las palmas de las manos sudorosas en los pantalones y esperé a que continuase.
—Así que fui a ver al señor Dingham a su casa para preguntarle por qué tenía acetona en la tienda y fue el interrogatorio más breve de toda mi carrera. En menos de cinco minutos, el tipo se derrumbó como un castillo de naipes. Se puso a llorar, a pedir perdón y a cantar La traviata. Así que lo arrestamos y lo acusamos de un delito de primer grado por provocar un incendio y también de homicidio.
—¿De homicidio?
—Eso es lo peor de la historia. Uno de los primeros en acudir al edificio fue un bombero, DeShawn Wilson. De treinta y nueve años. El suelo cedió y DeShawn cayó al sótano. La mitad del edificio se le vino encima. —Hizo una pausa para enseñarme una fotografía del héroe difunto: DeShawn posaba con el casco de bombero y el uniforme, y lo acompañaban una joven y un bebé—. Son la viuda, Kim, y su hijo, DeShawn Júnior. ¿Está seguro de que su hija no le ha hablado del tema?
—Ha estado ocupadísima. Por el trabajo nuevo. No ha tenido mucho tiempo de llamarme.
Asintió y luego anotó algo en la libreta.
—Bueno, seguro que usted también está ocupado, así que iré al grano. El viernes van a condenar al señor Dingham y he estado ayudando a los fiscales. Queremos que el juez cuente con toda la información relevante. Y, cuanto más conozco al señor Dingham, menos entiendo el móvil. ¿Por qué quemó la tienda? Dice que lo hizo por el dinero, pero cuando le pregunté por qué quería el dinero y en qué se lo pensaba gastar, no me supo contestar. No tenía ni idea. ¿No le parece raro?
Me llevé el vaso a los labios, tragué un poco de agua e intenté que pareciese que me lo pensaba.
—Quizá tenía problemas económicos.
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—¡Eso mismo pensé yo! Así que lo investigué, señor Szatowski. ¿Y sabe qué? ¡Resulta que a la tiendecita mugrienta le iba bien! Cuando le cobras a la gente sesenta pavos por un trocito de cristal, sacas unos buenos beneficios. Además, el tipo no tiene ninguna deuda. Ningún familiar enfermo ni una familia extensa. Y tampoco tiene mucha ambición, que fue lo más sorprendente. Los incendios intencionados dan mucho trabajo. Te pegas un palizón. Y me dio la sensación de que el señor Dingham nunca había se había esmerado en nada de nada. Parecía satisfecho con pasar el rato en la tienda, montar esos Lego de locos y ver una cantidad abrumadora de pornografía en internet. Todo eso me llevó a plantearme si, quizá, el señor Dingham tenía una cómplice. —Hizo una pausa para beber un poco de agua y luego me preguntó—: ¿Sabía que le pagaba a Margaret veintidós dólares por hora?
—Creo que la valoraba mucho.
—Ah, estoy de acuerdo. Creo que valoraba muchísimo a Margaret. He leído un par de centenares de mensajes de texto y está claro que eran íntimos.
No me gustaba lo que insinuaba.
—El tipo tenía cuarenta y seis años. Si le gustaba mi hija, estoy seguro de que no era recíproco.
—Tengo unas imágenes que sugieren lo contrario. Las encontré en su móvil. Creo que las llaman «fotografías boudoir». No son la clase de imágenes que le mandas al jefe. —Amagó con darle la vuelta al ordenador para enseñármelas, pero levanté la mano y le indiqué que no quería verlas
—. En fin, fui a ver a su hija esta semana. Le pregunté por el incendio y me dijo que ese fin de semana estuvo en casa. Vino a visitarlo a usted ya… —Comprobó las notas—. A usted y a la tía Tammy. ¿Le suena?
—Sí, mucho. El sábado nevó y Tammy vino con los niños de acogida. Maggie jugó con ellos en el patio trasero.
Sonrió cuando la llamé Maggie y garabateó algo en la libreta. A continuación, colocó un calendario de papel chiquitito en la mesa, entre nosotros dos. Se veían todas las semanas y los meses del año y señaló el primer fin de semana de febrero.
—¿Este es el sábado del que me habla? ¿El siete de febrero? —Sí, eso creo.
—Me ayudará más si está seguro. ¿Me dice, con absoluta certeza, que Maggie estuvo en esta casa el sábado siete de febrero?
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—Sí, estoy completamente seguro.
—¿Y a qué hora llegó?
Repetí la pregunta, palabra por palabra:
—¿Y a qué hora llegó?
Leonard Summers se permitió sonreír un poco. Supongo que, en ese momento, supo que me había pillado.
—Correcto, señor Szatowski. Dijo que nevó el sábado por la tarde y su hermana Tammy vino con los niños de acogida, así que le pido que haga un poco más de memoria. ¿A qué hora vino Maggie a casa?
—No me acuerdo.
—Bueno, es importantísimo que se acuerde. Es la razón por la que he venido conduciendo hasta aquí para hablar con usted. —Se recostó en la silla, se bebió el agua y luego le echó un vistazo a la cocina—. Tómese su tiempo y haga memoria.
—Lo siento —le respondí—. Me he quedado en blanco. No tengo ni idea.
Asintió con la cabeza, como si fuese justo la respuesta que esperaba. —Sé que le pongo en un aprieto. Hablamos de su hija. Es hija única,
¿verdad? Le diré lo que voy a hacer. Antes de que repita la pregunta, voy a tener un detalle de padre a padre y le voy a enseñar todas mis cartas. Creo que el incendio fue idea de Maggie. Creo que leyó por ahí que el ochenta por ciento de los incendios nunca se esclarecen y decidió que era un buen pronóstico. Así que convenció a Oliver de quemar la tienda y repartirse el dinero del seguro.
—¿Eso dice él?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Y qué pruebas tiene?
—No muchas, si le soy sincero, pero sí encontramos dos pares de huellas en la parcela que hay detrás del edificio. Un número cuarenta y cuatro de hombre y un número treinta y siete de mujer. En los dos pares de huellas había rastros de acetona. ¿Sabe qué pie calza su hija, señor Szatowski?
—Hace mucho que no le compro zapatos.
—Calza un treinta y siete.
—Igual que muchas mujeres.
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—Cierto, pero Oliver Dingham no conoce a muchas mujeres. No conoce a ninguna mujer. He rebuscado en su móvil, he visto todos sus contactos y fotos. Llevaba una existencia bastante solitaria antes de que apareciese su hija. Desde luego, no conocía a nadie que le mandase fotos boudoir.
Una parte de mí sabía que decía la verdad, pero no conseguía admitirlo.
—No sé nada de las fotos, pero Maggie no es una delincuente.
—Ah, creo que todos somos delincuentes, en cierto sentido. Hay todo un espectro de comportamientos ilegales e inmorales. —Trazó un arco en el aire para ilustrar la metáfora—. En un extremo, están los Jeffrey Dahmer y los Ted Bundy. Y, en el otro, los millones de ciudadanos honestos y morales que sonríen al pasarse quince kilómetros del límite de velocidad porque saben que nunca les van a poner una multa. Y todos nos ubicamos en distintos puntos del espectro, ¿no cree? Seguro que Maggie está en el medio, más o menos.
—¡Nunca se ha metido en líos!
—Bueno, lo dudo mucho. ¿No la pillaron hurtando de niña?
—Todos los críos roban en tiendas.
—Pero también se metía en peleas. Eso no es habitual en las chicas.
Negué con la cabeza.
—No. Nunca se metió en peleas.
—Supongo que no se habrá enterado, pero hay vídeos en internet, si bucea en el pasado. A los críos les encanta compartir estas cosas. Suben una pelea a YouTube y, diez años después, se les olvida, pero internet nunca se olvida de nada. Maggie tenía muy mal genio en el instituto, ¿no cree?
—Perdió a su madre. Fueron unos años duros.
—Por supuesto que sí, señor Szatowski. Y le acompaño en el sentimiento. Pero la universidad también fue dura para Maggie, ¿no? ¿Con todo el tema de la hermandad y de vender las respuestas de los exámenes?
—Ella no tuvo nada que ver.
—Claro, claro, culparon de todo a la otra chica. La que dejó la carrera, Jessica Sweeney. ¿Sabe que la llamé el otro día para que me contase su versión de la historia? Ahora vive en Arizona, en casa de sus padres. Intenta rehacer su vida. Me dijo que su hija es «una sociópata narcisista». No conocía el término, así que tuve que ir a casa a consultarlo. Es la clase
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de persona que no siente empatía ni culpa. No tiene amigos íntimos, solo un montón de conocidos superficiales. Gente a la que puede manipular para conseguir lo que quiera.
Le recordé que absolvieron a Maggie de todos los cargos, así que ¿por qué iba a hacerle caso a la pirada de Jessica Sweeney?
—Porque su versión encaja con el patrón, señor Szatowski. Veo un patrón que continúa, se agrava y acelera. Si no le paramos los pies, si no le proporcionamos a Maggie la ayuda que necesita, ¿adónde va a llegar?
Le recordé que tenía un trabajo nuevo, que tenía un gran futuro por delante.
—Tal vez —asintió Leonard Summers—. O tal vez siga tomando malas decisiones. Creo que el riesgo de que eso pase es grave. Una vez, oí que un médico decía que el cerebro humano no se acaba de desarrollar hasta los veinticinco años, lo cual significa que aún hay tiempo si le proporcionamos la ayuda que necesita. Como siga así, no sé cómo va a acabar.
—Ya va por el buen camino —le contesté—. Le espera un futuro brillante.
Suspiró, como si hubiese llegado a la conclusión de que nunca me iba a convencer.
—No he venido a discutir sobre el futuro de Maggie —dijo, y le volvió a dar un toquecito al calendario de papel que había en la mesa de la cocina
—. Le pregunto a qué hora llegó a casa el sábado siete de febrero. Y le animo a que responda a la pregunta con muchísimo cuidado.
Después de que se marchara, me serví una copa para que me dejasen de temblar las manos. Luego fui al ordenador y busqué información sobre DeShawn Wilson. En YouTube había un fragmento del canal WCVB, una de las cadenas de noticias locales de Boston, y se titulaba «Bombero y padre de Watertown muere tras luchar contra las llamas: “Una pérdida trágica”». Su mujer, Kim, había ido corriendo al lugar del accidente y el presentador la entrevistaba delante de los escombros humeantes. Se tapaba con una manta térmica gris, acunaba a su hijo y lloraba a lágrima viva.
—Es un día horroroso —dijo, y tuve que quitar el vídeo, fui incapaz de verlo.
Luego llamé a mi hija y le hablé de la visita. —Se acabó, Maggie. Lo sabe todo.
—¿De qué hablas?
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—Del incendio. Del Dr. Móvil.
—Papá, no tuve nada que ver con el incendio. Pasé el fin de semana en tu casa, ¿no te acuerdas? —Hablaba como si hubiese una tercera persona desconocida en la llamada y escuchase la conversación. ¿Quién sabe? Quizá sí.
—Tienes que decir la verdad, Maggie.
—Es la verdad.
—Te voy a ayudar. Contrataré a otro abogado.
—No necesito un abogado. No he hecho nada.
—Escúchame, Maggie. Me ha preguntado por el siete de febrero. Me ha preguntado a qué hora viniste a casa.
—¿Y?
Respiré hondo, como si me preparase para bucear.
—Le he dicho que llegaste el sábado por la mañana. Justo antes del amanecer. Sobre las cinco y media.
—¿Has mentido?
—No he mentido.
—Llegué el viernes, papá. Casi a medianoche.
—No, Maggie.
—Ya te habías dormido, así que entré por la puerta trasera y me fui a la cama.
—Ya vale, Maggie. Es hora de que vengas a casa.
—¡Vete a la mierda!
—¡Maggie!
—¿Por qué iba a ir a casa? ¿Por qué?
—Para que te ayude.
—¡Así no me ayudas! Te pedí una cosa. ¡Una cosa!
—Vamos a solucionar las cosas…
—No. Jamás. No quiero volver a verte nunca.
—Maggie, vamos…
—¡No te metas en mi vida! ¿Me entiendes?
Después de que me colgara, fui al piso de Tammy, le conté lo que había pasado e intenté que contactase con Maggie por mí, pero fue en vano. Nos resignamos ante el hecho de que la iban a detener y a acusar de homicidio y de provocar un incendio. En vez de eso, se dedicó a viajar en avión con sus compañeros de la empresa a congresos de negocios de una semana en Cabo San Lucas, con cinco noches de lujo en un resort Four
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Seasons. Nunca recibí ninguna explicación oficial, pero, por lo que entendí (según las transcripciones del juicio), Oliver Dingham se negó a decir que Maggie era su cómplice y lo había planeado con él. Insistió en que actuó solo y se negó a admitir que Maggie había estado en la escena del crimen, de modo que las pruebas de la fiscalía eran meramente circunstanciales. Y, dado que Oliver era el único beneficiario de la indemnización del seguro, el estado estuvo encantado de enjuiciarlo y zanjar el tema. Lo condenaron a cumplir diez años de cárcel en una prisión de seguridad media, pero solo aguantó seis meses antes de morir en una «disputa entre reclusos».
Durante los años siguientes, he llegado a comprender el punto de vista de Maggie. En calidad de padres, siempre decimos que haríamos cualquier cosa por nuestros hijos, pero ¿es verdad? En la CNN dieron una noticia sobre una madre de cuarenta años que saltó de la cubierta de un crucero para evitar que su hija se ahogase. Yo solo tenía que haber contado una mentirijilla y, en vez de eso, había estado a punto de mandar a Maggie a la cárcel.
Mientras Maggie rehacía el resto de su vida (y me demostraba que era capaz de ganarse la vida de forma honesta y exitosa, con un trabajo de verdad en una empresa de verdad), me fui sintiendo peor por mi decisión. Deseaba poder viajar al pasado y darle una respuesta distinta a Leonard Summers. Habría sido facilísimo hacerse el loco, decir que me había ido pronto a la cama y nunca había oído llegar a Maggie.
Y volvía a enfrentarme al mismo dilema.
¿Podría ponerme de parte de mi hija mientras se disponía a cometer el error más grave de su vida?
¿O decidiría marcharme, a sabiendas de que jamás volvería a verla?
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Después de ducharme, me puse ropa limpia y bajé al salón. Abigail se había puesto de pie en una silla, llevaba un vestido de encaje de color marfil y estiraba los brazos por encima de la cabeza mientras Tammy y Maggie le retocaban el dobladillo y las mangas.
—¿Los puedo bajar ya? —les preguntó.
—Espera cinco segundos —dijo Tammy—. Ya casi está.
—¡Estoy cansada!
—Ya lo sé, cielo. Aguanta…
—¡Lista! —exclamó Maggie—. Descansa.
Abigail bajó los brazos y exhaló de alivio cuando bajé al final de las escaleras.
—Llegas justo a tiempo —anunció Tammy—. ¿Qué te parece nuestra niñita de las flores? ¿Verdad que le queda de maravilla?
Y tuve que admitir que el aspecto de Abigail me pilló por sorpresa. Por poco no la reconocí. Llevaba una corona de margaritas que le tapaba los trasquilones del pelo rapado y el vestido centelleaba y refulgía cuando se movía.
—Es precioso —le dije—. Pareces una princesa.
Se sonrojó.
—¡Ay, señor Frank! ¡Ya vale!
Maggie dejó la cesta de costura y vino corriendo a mi lado.
—¿Cómo te encuentras, papá? ¿Te duele la cabeza? —Me limité a mirarla con fijeza. Supuse que iba a fingir que la noche anterior no había pasado nada raro. La realidad era lo que ella quisiera que fuera—.
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¿Quieres un café? Aún queda mucha comida del desayuno en la cocina. Cruasanes, macedonia, un poco de quiche…
—Maggie, quiero hablar un rato. ¿Te parece bien?
—Por supuesto —dijo Tammy—. ¡Hoy es un día importante para los dos! Un día importante y de emociones importantes. —Nos echó a empujones del salón y nos sacó por la puerta delantera—. Id a charlar fuera mientras acabo con Abby. Y luego me tendrá que ayudar a mí a entrar en el vestido. Seamos sinceros, ¡me va a llevar mucho más tiempo!
Seguí a mi hija desde la cabaña hasta el bosque. Recorrimos un sendero durante un buen rato sin mediar palabra. Fue como aquella primera llamada inesperada de mayo, cuando me dio el notición. Estaba claro que teníamos que hablar, pero ninguno de los dos sabía por dónde empezar.
—Te voy a contestar a las preguntas —me dijo al fin—. Y te prometo que te diré la verdad, pero tienes que prometer que me vas a escuchar. Debes prestarme atención.
—¿Te chantajea?
—¿Quién? ¿Errol? ¡No! Por supuesto que no. Todo lo que viste anoche era consensuado.
Me parecía imposible. ¿Tal vez «consensuado» no significaba lo que yo creía?
—Llevamos un tiempo saliendo juntos.
—¿Cuánto?
—Casi un año.
—No lo entiendo. ¿Cómo «sales» con un hombre casado de cincuenta y siete años? ¿Y eso qué significa? ¿Cómo demonios…?
—Papá, te lo voy a explicar todo, pero me tienes que escuchar. No me juzgues, no me critiques y no me vengas con moralinas. Limítate a escucharme. ¿Crees que podrás?
Apreté los dientes, asentí con la cabeza y me comenzó a contar la historia. Dijo que, durante el primer año en Capaciti, Errol Gardner casi no le dirigió la palabra. Era la clase de consejero delegado que rara vez se fija ni ve a todas las ayudantes jóvenes que trabajan horas extras para él, o eso creía.
Un día, recibió una invitación para ir a comer con él. Errol lo calificó de una nueva iniciativa de la empresa, un intento de propiciar unas mentorías entre los ejecutivos veteranos y los trabajadores novatos.
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Maggie dijo que era la excusa para ligar menos convincente que había oído jamás, pero se sintió halagada de que se interesase por ella. Dijo que había una docena de mujeres a las que podría haber invitado y todas habrían aceptado ir a comer con él en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que sucedió a continuación consistió, según mi hija, en una serie de encuentros cada vez más íntimos, todos bajo el pretexto del desarrollo profesional. Sesiones de compartir ideas, cenas después del trabajo y copas de madrugada en los congresos de negocios. Una semana en Chicago, en la feria del automóvil. Viajes a Munich, a Singapur y a Sidney en el avión privado de Capaciti.
—La discreción era importantísima —me explicó Maggie—. Nunca estábamos juntos en Boston ni en Cambridge. Solo al salir del estado y, mejor todavía, del país. Y sé que estas historias siempre parecen zafias y vulgares, pero te prometo que no es una situación a lo Harvey Weinstein. Es una relación real, cimentada en el respeto. Vamos a museos, leemos los mismos libros, nos gustan las mismas charlas TED…
La tuve que interrumpir:
—¿No sabes que no eres la única? Catherine dice que lleva años engañándola. Con docenas de mujeres. Para él, eres el último sabor del mes. ¡Eres la nueva Dawn Taggart!
—A eso voy —dijo—. Me has prometido que me ibas a escuchar, ¿ya no te acuerdas?
Habíamos llegado al claro de Big Ben, el árbol alto con los dos columpios de madera. Allí no había nadie, así que mi hija se sentó en uno y yo, en el otro. Maggie prosiguió con la historia:
—Cuando llevábamos un par de meses saliendo, Errol me invitó a venir a la cala del Águila pescadora. Este sitio es importantísimo para él. Todas sus mejores ideas se le han ocurrido aquí. Las mayores innovaciones nacieron en este lago. Era el primer fin de semana de noviembre y me prometió que el follaje sería precioso. Salimos de Boston el sábado por la mañana y, cuando entramos en Nuevo Hampshire, me enseñó las carreteras secundarias que le gustaba recorrer. Era capaz de rodear Hopps Ferry sin llamar la atención. Pero, al llegar al campamento, Errol se dio cuenta de que algo iba mal. El primer indicio fue la garita vacía. Hugo, el encargado de la finca, no estaba en su puesto. Errol entró en el campamento y, al llegar a la cabaña del Águila pescadora, vio que
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había otros dos coches aparcados en el camino de acceso. Un BMW negro de su mujer y un Toyota Corolla plateado que era de Dawn Taggart.
—En cuanto vi los coches, supe que algo no iba bien. Errol se puso más blanco que un fantasma. Dio la vuelta a la rotonda y empezó a poner excusas, decía que tendríamos que volver en otra ocasión. Pero era demasiado tarde. Catherine oyó el coche y abrió la puerta delantera. Estaba con Aidan y los dos tenían un aspecto horroroso. Intuí que era por mi culpa. Creí que nos habían pillado con las manos en la masa, pero miré detrás de ellos y vi a una tercera persona al otro lado de la puerta. Estaba tirada al final de la escalera y tenía el cuello roto. Si hubiésemos llegado diez minutos antes, podríamos haberlo evitado todo.
Hugo ya se había puesto a trabajar dentro de la cabaña, evaluaba la situación y planificaba la mejor forma de actuar. Maggie me explicó que tenía experiencia en esa clase de situaciones, gracias a su trabajo en la República Democrática del Congo. Les aseguró a los Gardner que todo iba a salir bien, que podía conseguir que la chica y el coche desaparecieran. Pero Errol sabía que Linda Taggart iba a denunciar la desaparición de su hija y que le diría a la policía que Aidan era el sospechoso principal. Su hijo necesitaba una coartada de una tercera persona, una ajena a la familia que estuviese dispuesta a testificar que estaba bien lejos de la cala del Águila pescadora. Así que Maggie levantó la mano y se presentó voluntaria.
—Volvimos a mi piso antes de las cuatro de la tarde y nos pasamos la mitad de la noche en vela, hablando. Aidan se sentía fatal por lo que había pasado. Creía que todos íbamos a ir a la cárcel, pero Hugo nos prometió que la policía local no iba a indagar mucho, y tenía razón. El pueblo tiene mucho que perder si cierran la cala del Águila pescadora. Seguro que Errol podría ir a Hopps Ferry, dispararle a una persona a plena luz del día y todo el mundo haría la vista gorda.
Mientras Maggie y Aidan se instalaron en el piso del sótano, Errol y Catherine fueron al museo de Bellas Artes de Boston; había varios amigos de la junta que recordaban haber pasado toda la tarde con ellos. Y, mientras tanto, Hugo limpiaba el campamento y se llevaba el cadáver a una ubicación desconocida.
—Esperó hasta que anocheciese y luego fue al bosque estatal en el Toyota de Dawn. Esparció la ropa por el sendero para confundir a la
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policía —se rio Maggie—. Es facilísimo correr un tupido velo si tienes bastantes recursos. Por eso las cárceles están llenas de gente pobre.
Fui incapaz de creerme la frivolidad de su voz. Casi parecía alardear, orgullosa del papel que había jugado en encubrirlo todo.
—Hubo que actuar un poco, pero cada vez se me da mejor. —Luego le cambió el semblante, abrió los ojos de par en par y se agarró el pecho con las manos, como si fuese Cenicienta al encontrarse con el hada madrina. Y, en voz cantarina, me citó una conversación que ya habíamos tenido—: A veces hablamos y me lee la mente, te lo juro. Como si tuviéramos una conexión telepática. ¿Mamá y tú os sentíais así?
Di un paso atrás, como si me hubieran abofeteado, y se rio de mi reacción.
—¡Venga ya, papá! ¿Acaso había hablado así de alguna otra persona? —Creía que te habías enamorado. Me alegré por ti.
—Nunca dije que lo quisiera. Supusiste que lo quería porque la boda me tiene emocionada, pero el matrimonio es una mera transacción de negocios. Aparecemos en público en calidad de marido y mujer, pero no hay ningún compromiso íntimo. Aidan se puede acostar con quien quiera. Con Gwendolyn no, por desgracia. Es una lástima. Creo que siempre le gustó, pero es rico y guapo. Ya encontrará a otra persona. —Parecía ajena a la crueldad y a la frialdad de sus palabras.
—A Gwendolyn la han asesinado —le recordé—. Y ahora eres cómplice de asesinato.
Maggie negó con la cabeza.
—No mucho más que Tammy o tú, ni que nadie del campamento. No sé qué le han hecho. No he visto que nadie le tocase ni un pelo.
—¿Y si Aidan cambia de parecer? —le pregunté—. Se ha pasado todo el fin de semana con pinta de estar destrozado. ¿Y si acude a la policía y confiesa?
—Eso no va a pasar. Quiere demasiado a su madre. No quiere ver cómo la mandan a la cárcel. No tiene alternativa.
—¿Y tú? ¿Qué sacas de todo esto?
—Bueno, no soy Dawn Taggart, eso seguro. No me vale con cuarenta y cinco mil al año. Insistí en un acuerdo prematrimonial blindado. En un intervalo de entre seis y doce meses, Aidan y yo vamos a anunciar que nos separamos y a pedir el divorcio. Nos vamos a repartir todos nuestros bienes al cincuenta por ciento, incluidos su ático y sus ochenta mil
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acciones de Capaciti. Cuando pase eso, te prometo que no tendrás que volver a trabajar un solo día en la vida. Les puedes hacer la peineta a los de UPS y mandarlos a la mierda.
—Me gusta UPS, Maggie. Gracias a UPS, llevo veintiséis años poniendo comida en la mesa.
—Pues vale, papá, lo que tú digas. Mátate a trabajar si te hace feliz.
Solo te digo que tienes una alternativa.
—Y mientras tanto, ¿te vas a seguir acostando con Errol Gardner?
¿Mientras estás casada con su hijo?
—No te pido que lo apruebes —me recordó—. Te pido que respetes mis decisiones.
Desde los columpios veíamos parte del lago Wyndham, había docenas de veleros de colores que surcaban las aguas. Todas esas familias felices que pasaban el rato juntas: padres, abuelos, tíos… La belleza del entorno no me encajaba con estas desagradables confesiones.
—Maggie, tenemos que irnos.
—No me voy a ninguna parte.
—No lo soporto. Es una perversión del matrimonio. Lo opuesto a todo en lo que creíamos tu madre y yo. Te prohibimos que te cases.
Se rio con unas carcajadas desagradables, un ladrido breve y hostil. —Ah, ¿me lo prohibís? ¿Dónde estamos? ¿En una novela de Jane
Austen?
—Vámonos de aquí. Deja el trabajo en Capaciti y ven a casa. Quédate conmigo hasta que te recuperes y te prometo que no le diré ni mu a nadie. Si no, si sigues adelante con la boda y te casas con Aidan Gardner, iré directo a la policía, a la policía de verdad, no a hablar con los de la Loca academia de policía del pueblo, y se lo contaré todo.
Maggie miró alrededor, para asegurarse de que no merodeaba nadie por allí, y luego bajó la voz:
—Papá, haz el favor de no amenazarme de esa manera. Sé que no lo dices en serio, pero te podría oír quien no debe y sacar conclusiones falsas.
—Sí lo digo en serio. No pienso quedarme aquí a ver lo que haces. —No tienes elección. Tienen tu jeep. Tienen las llaves. Y Hugo sabe lo
que pasó anoche. No te vas a marchar del campamento sin que él lo permita. Y, aunque lo consiguieses, ¿adonde irías? No tienes ninguna prueba. Errol y Catherine han donado millones de dólares a centenares de
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organizaciones benéficas y tú no eres más que un tío de UPS. No te va a creer nadie.
Apostillé que Linda y Brody Taggart me ayudarían y corroborarían mi versión.
—Claro, una profesora de segundo curso y un conserje borracho. Y, mientras tanto, Gerry y su equipo se pondrán manos a la obra y acabarán contigo. Te harán trizas. Te quedarás sin trabajo, sin casa y sin reputación. Ya he visto lo que les han hecho a otras personas, papá, y es brutal.
—Tendremos que correr el riesgo. No te puedes fiar de esta gente. ¿Y si te la juegan? ¿Y si te dejan tirada y te culpan de todo?
Maggie estaba segura de que eso no iba a pasar.
—Hemos pasado mucho tiempo organizando la boda y he grabado horas y horas de conversaciones. Errol, Catherine, Aidan y yo, incluso Gerry. Si lo intentasen, me los cargaría a todos.
Menuda revelación.
—Maggie, si has grabado las conversaciones, tienes todo el poder del mundo. Se las puedes dar al FBI. Serás su testigo principal.
Me sostuvo la mirada, como si yo no me enterase.
—Si acudo al FBI, no saco nada. Le he dedicado un año entero a esta familia. Me quedan dos horas para conseguir la independencia económica de por vida. ¿Y me sugieres que lo deje?
—Te suplico que lo dejes.
—Te voy a decir una cosa, papá, y te va a doler, pero tienes que oírla. No voy a volver nunca a Stroudsburg. Es demasiado pequeño. Es demasiado cutre. Y la gente es demasiado triste. No tienes ni idea de lo que te pierdes. El mundo en el que vivimos es…, es mucho más grande y asombroso de lo que creéis. Es como si… ¿Cómo te lo explico? Ni siquiera sabes lo que desconoces. —Negó con la cabeza—. No voy a volver nunca. Prefiero pegarme un tiro en la cabeza.
Oí pasos, nos dimos la vuelta y vimos que Sierra Levinson paseaba por el sendero; llevaba un sombrero de paja de ala ancha y un vestido ajustado y de estampados florales.
—Perdón por interrumpir el momento entre padre e hija, pero quería decirle a Margaret que han llegado las peluqueras para peinar a todo el mundo. Pueden empezar por otras personas, pero creemos que tal vez quieras ser la primera.
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—Gracias, Sierra —contestó Maggie—. Voy dentro de cinco minutos. Diles que me esperen, ¿vale?
—Por supuesto, no hay prisa —dijo, y luego me tocó el hombro con una mano juguetona—. ¡No te pongas tan nervioso, Frank! ¡Hoy lo vas a bordar!
Antes de hablar, Maggie esperó a que Sierra descendiera por el sendero.
—Sé que no estás contento, pero si me quieres tanto como dices, respetarás mi decisión. Ponte el esmoquin, acompáñame al altar y di algo dulce durante el banquete. Es lo único que te pido. Te has pasado los últimos tres años diciendo que harías cualquier cosa por mí. Bueno, esto es lo que necesito. Hoy. Ahora mismo. ¿Me vas a apoyar o no?
Y, cuando me lo preguntó así, no me quedó elección.
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Volví a mi habitación y descubrí que me habían cambiado de sitio la maleta. Daba la impresión de que había pasado una camarera de piso a limpiar la leonera. Todo el vómito del baño había desaparecido y me habían hecho la cama (la litera decorada como un velero), hasta habían reemplazado las sábanas y las mantas. Me habían doblado toda la ropa y la habían guardado en la cómoda. Y debía de haber venido alguien a espantar a los murgaños, porque no vi ninguno. Incluso habían desparecido del armario de cedro.
Abrí el portatrajes y saqué con cuidado las piezas del esmoquin. Era un traje precioso, hecho a mano en Italia, y constaba de una chaqueta gris perla, un chaleco a juego y unos pantalones lisos. La camisa blanca de sarga, impecablemente planchada, se notaba fresca al tacto y tuve cuidado al pasar las tachuelas de ónice negro por los ojales. El surtido de accesorios incluía una pajarita con clip, pero, durante las semanas previas a la boda, me había pasado muchas horas delante del espejo del baño para practicar y dominar el arte de las pajaritas. Sabía cómo atarme una pajarita de verdad en noventa segundos exactos. No estaba seguro de si en la boda notarían la diferencia, pero me sentía mejor al saber que me la había anudado como Dios manda.
Me estaba abrochando los gemelos en las mangas de la camisa cuando me vibró el móvil porque me llamaban: SUPERCUTS.
—Hola, Vicky.
—Frank, ¿va todo bien?
—Sí, sí, perdón. Todo va bien.
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—Me tenías preocupadísima. Creía que me ibas a llamar anoche. ¿Qué ha sido de la chica?
—Encontraron droga en su cabaña. Xilacina o algo así. —Las palabras se me adhirieron a la garganta como si tuvieran pegamento, pero conseguí escupirlas a la fuerza—. Parecía que tenía muchos problemas.
—¿Y Dawn Taggart? ¿Qué hay de ella?
—Es un gran malentendido, Vicky. —Me odié a mí mismo por mentir, pero no había ninguna manera de admitir la verdad—. Creo que lo que pasa es que no estoy acostumbrado a esta clase de gente, porque Stroudsburg es un pueblo pequeño. He malinterpretado un montón de cosas, pero todo va mejor. Ya se ha solucionado.
Debió de notarme algo en la voz que no le gustó.
—¿Estás seguro? Mi hijo pareció preocuparse bastante por ti, Frank. No quiso entrar en detalles. Se puso a citar el código ético periodístico o lo que fuera, pero parecía que esos problemas le ponían muy tenso.
Le aseguré a Vicky que no pasaba nada, que todo iba bien, y luego añadí que la ceremonia iba a empezar dentro de una hora.
—Así que tengo que acabar de vestirme.
—Vale, no te molesto más —contestó, pero luego, en vez de colgar, se quedó a la espera—. ¿Estás seguro de que todo va bien?
—Estoy bien. Te llamaré cuando llegue a casa.
—Vale. ¡Buena suerte con el brindis!
Claro, el brindis. Después de colgar, abrí el cajón del escritorio y saqué la hoja de papel pautado amarillo con el borrador final. «Sé que su madre nos ve desde el cielo y sé que le complace lo que ve». Y por fin me di cuenta de por qué me había costado tanto escribir el brindis, de por qué el discurso siempre me había parecido tan falso y artificial. Supongo que, en el fondo, jamás me creí ni una sola palabra.
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A las dos, los miembros de la comitiva nupcial acudimos a la playa del lago Wyndham para la sesión de fotos. Supuse que sería un acto pequeño e íntimo, pero, al igual que sucedió con el ensayo, por allí había docenas de invitados que disfrutaban del espectáculo previo a la boda. Incluso había un camarero preparando cócteles cerca de la cabaña del Águila pescadora. Era el hombre del restaurante Mom and Dad’s, el mismo que había afirmado que había que agradecer a los Gardner todas las cosas buenas que habían traído al pueblo. Había una fila larga de invitados que querían una copa.
Mientras tanto, Maggie y las damas de honor salieron al embarcadero y posaron delante del lago. Un equipo de fotógrafos les hacía fotos y el cámara tomaba planos panorámicos. Una mujer con gafas de ojo de gato y un sujetapapeles les daba instrucciones a gritos:
—¡En plan tímidas! ¡En plan modestas! ¡Vale, ahora en plan coquetas! ¡En plan sexis! ¡Vamos, chicas, dadle caña! ¡A ver esos ojos de dormitorio!
Dicen que no hay nada igual que ver a tu hija con el vestido de novia durante el gran día. Es el hito definitivo de la paternidad, un momento muy emotivo para todos los padres. Pero, cuando miré a Maggie, no sentí nada. El vestido de gala, de encaje, costaba quince mil dólares, según decían. Era obra de un diseñador famoso de París, pero me pareció ligero y frágil, como los disfraces rebajados de las tiendas de Halloween.
Arrastré una silla Adirondack a la sombra de los árboles y me senté a contemplar la sesión de fotos. Más y más invitados deambulaban por el césped. Los hombres lucían trajes de verano de tonos neutrales de azul o
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de gris claro, mientras que las mujeres eran un poco más llamativas y llevaban vestidos de colores vivos. Me pregunté si los trabajadores de Capaciti estarían al tanto del secreto de mi hija. Seguro que corrían rumores. Siempre que una joven recién graduada de la universidad empieza a acompañar al jefe en los viajes internacionales de negocios, se desatan los cotilleos y la especulación. Pero todas las personas que había conocido parecían convencidas de que Maggie tenía un talento extraordinario, de que era de lo que no había y se había ganado un puesto en la gerencia. Supongo que es fácil conseguir que la gente se crea cualquier cosa cuando sus nóminas dependen de ello.
De la muchedumbre emergió un trío y se me acercó. Errol Gardner empujaba una silla de ruedas en la que iba su mujer y los acompañaba un hombre que me resultaba familiar, sin saber bien por qué.
Errol llevaba un esmoquin negro y unas gafas de sol oscuras que ayudaban a ocultar el moratón que yo le había hecho en la cara, y Catherine apenas se parecía a la mujer que había conocido la noche anterior. El maquillaje era sutil y preciso, y tenía el pelo limpio y peinado con tacto. Llevaba un vestido elegante de lentejuelas, pendientes de perlas y un collar de diamantes centelleantes. Sobre todo, iba hasta arriba de medicamentos. Tenía las manos entrelazadas en el regazo y miraba embobada el césped, parecía abrumada ante tanto movimiento y actividad.
Errol actuó como si nos presentase por primera vez.
—Catherine, te presento a Frank, el padre de Margaret. Tiene muchas ganas de conocerte.
Creí verle una chispa en los ojos, como si me reconociese, una pequeña señal de que se acordaba de la conversación que habíamos tenido la víspera, pero se limitó a disculparse por no haber salido antes.
—La medicación no me funciona muy bien —comentó con una voz que era poco más que un susurro—. Me temo que me ha dejado exhausta.
—Los médicos le han mandado que guarde reposo —explicó Errol—, pero se niega a hacerles caso. Dice que no se va a perder la ceremonia, de ninguna manera.
Estaba a punto de sugerir que nos dejásemos de memeces cuando la tercera persona habló y reconocí su voz al instante:
—Me alegro de que hayas tomado esa decisión, Catherine. Ninguna madre debería perderse la boda de su hijo.
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El hombre era de mi edad, calvo y con una cara que sabía que me sonaba, pero lo veía en otro contexto y era incapaz de ubicarlo.
—Frank, quiero presentarte a un buen amigo mío —dijo Errol—. Es Armando Castado. Creo que trabajáis juntos.
La madre que lo parió. De repente me vi estrechándole la mano al consejero delegado de United Parcel Service.
—Es un verdadero placer conocerte, Frank. Enhorabuena.
—Gracias, señor Castado.
—Armando, por favor.
—Vale. Bien. Armando. —Me pilló tan desprevenido que conseguí olvidarme de los sucesos de las últimas setenta y dos horas y concentrarme en el presente más inmediato—. ¿Qué haces aquí?
—Los Gardner me han invitado. Y Margaret, por supuesto. Hemos pasado los últimos meses trabajando juntos, así que fue bastante emocionante que me invitasen. Y cuando me enteré de que el padre de la novia era un compañero de UPS, no me lo hubiera perdido por nada del mundo. Del Círculo de Honor, ¿no?
—¡Sí! Veintiséis años.
Armando dedicó un momento a explicarles el Círculo de Honor a Errol y a Catherine. Dijo que solo una pequeña fracción de los conductores de UPS conseguían formar parte de él porque era casi imposible pasar veinticinco años sin hacerle ni un solo arañazo al vehículo.
—Se requieren una habilidad extraordinaria, disciplina e inteligencia, día a día y kilómetro a kilómetro. La mayoría de la gente es incapaz de lograrlo.
—Sé que yo no podría —aseguró Errol—. La semana pasada, abollé el parachoques en el aeropuerto.
Catherine sonrió intranquila y se miró las manos. No creí que fuese capaz de seguir el hilo de la conversación, para nada. Vino un camarero con una bandeja de copas de champán y nos preguntó si nos interesaba celebrar la boda antes de tiempo. Armando cogió copas para todos y nos las pasó.
—Vamos a brindar por el padre de la novia —propuso—. Y no lo olvides, Frank: no pierdes una hija, sino que ganas un hijo. ¡Enhorabuena!
—¡Chinchín! —brindó Errol.
Luego le puso la copa en los labios a su mujer. El champán le goteó en el pecho y en el regazo, pero todos fingimos no haberlo visto. Supuse que
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me había resignado. Me di cuenta de que, si ignoraba todo lo que había descubierto durante las últimas veinticuatro horas, la boda sería de ensueño. El cielo estaba despejado, el sol brillaba y mi hija y las damas de honor estaban preciosas. Mi nueva familia política nos había acogido con amabilidad a Tammy y a mí, y el consejero delegado de mi empresa se deshacía en halagos. Lo único que tenía que hacer era relajarme, beberme el delicioso champán y repetir todos los viejos clichés: no podíamos haber pedido un día mejor. El matrimonio era duro, pero merecía la pena. Envejece conmigo, lo mejor aún está por llegar.
Se nos acercó corriendo un fotógrafo e interrumpió la conversación:
—Necesitamos a todos los miembros de la familia en el embarcadero,
por favor. A la madre y a los dos padres. ¡Que todo el mundo sonría! —Ya hablaremos en la cena —me prometió Armando—. Buena suerte
con la ceremonia, Frank. Va a ver maravillosa.
Fui con mi familia política a la playa, donde esperaban todos los padrinos, las damas de honor y Maggie. Aidan llegaba tarde, así que los fotógrafos hicieron las fotos en las que no lo necesitaban: nos sacaron fotos a Maggie y a mí; a Maggie, a Tammy y a mí; y, por supuesto, a Errol Gardner y a mí, con Maggie en el medio.
—¡Sonríe más, Frank! —dijo el fotógrafo, que no paraba de disparar —. ¡Con cara de felicidad! ¡Ah, así estáis perfectos! ¡Qué maravilla!
En cuanto terminamos, le pedí al camarero una segunda copa de champán. Me di cuenta de que, si quería aguantar toda la ceremonia, necesitaba hacerle la competencia a Catherine Gardner.
Sobre las dos y media, Errol se plantó ante los padrinos y les preguntó por qué cojones Aidan tardaba tanto. Nadie tenía una respuesta satisfactoria. Todos habían probado a mandarle un mensaje a Aidan con el móvil, pero les respondió y les aseguró que estaba de camino.
La mujer del sujetapapeles nos prometió que todo iría bien y dijo que sería sencillo sacar las fotografías que faltaban después de la ceremonia.
—Es normal que los novios se confundan —nos explicó—. Seguro que Aidan ha ido directo al Globe y se pregunta dónde estamos.
Me pareció improbable, pero el tiempo corría y coincidimos en que teníamos que continuar con la ceremonia. Acompañé a la muchedumbre por el césped y observé que Abigail «desfilaba» delante de la novia, le abría camino a mi hija para que la siguiese. Tammy se puso a mi lado.
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—Estás guapísimo, hermanito. Me alegro de que por fin disfrutes de las cosas.
—Creo que el novio no va a venir.
—Por supuesto que sí. No seas gafe.
—Se ha ido, Tammy. —Noté que me quitaba un peso de encima al verbalizar la idea, como si fuese una carga aplastante de la que me hubiesen librado—. Creo que ha entrado en razón y se ha ido echando leches.
—Ah, ¿crees que se ha ido por la puerta principal? ¿La que vigilan Hugo y todo su equipo de SWAT? Ni de coña, Frankie. —Uno de los fotógrafos pasó a nuestro lado, iba sacando espontáneas y mi hermana no dejó de sonreír con alegría—. Nos estará esperando en el Globe.
Pero se equivocaba. Cuando llegamos al teatro al aire libre, no había ni rastro de Aidan y la ceremonia tenía que empezar dentro de veinte minutos. Todo el mundo se puso a escribirle y él no contestó a nadie. Errol mandó a Gerry a mirar en la cabaña del Águila pescadora y Hugo llamó por radio a su equipo y les ordenó que peinaran toda la finca. Me sorprendió que nadie sugiriese ir al estudio de Aidan, el lugar adonde siempre acudía para escapar del caos de la cala del Águila pescadora.
«Has descubierto mi secretito —me había dicho—. La mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe».
Sin decirle nada a nadie, me adentré en el bosque para ir a echar un vistazo en el estudio. Aún me acordaba del camino por el que había ido hacía dos días, cuando seguí a Aidan y a Gwendolyn hasta el límite de la finca. Tras pasar un rato andando, miré la hora y me di más prisa. Eran casi las tres menos cuarto y me di cuenta de que, si mi corazonada no era cierta y Aidan no estaba en el estudio, no volvería a tiempo al Globe. Me perdería la ocasión de acompañar a mi hija al altar.
Cuando por fin llegué a la cabaña, la puerta estaba abierta. Entré. No había ni rastro de Aidan, pero no me sentí solo. Los rostros en blanco y negro me observaban con esos semblantes extraños y atormentados. Me detuve en la escalera de caracol y miré por el agujero del suelo. En el fondo se veía una luz tenue.
—¿Aidan? ¿Eres tú?
—No bajes, Frank.
—Te busca todo el mundo. Gerry, Hugo, los fotógrafos… —¡Qué les jodan!
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No supe qué decirle. Di una vuelta, le eché un vistazo al estudio y contemplé los cuadros en los que trabajaba. Reconocí a una de las modelos. Era Gwendolyn. Entornaba un poco los ojos, miraba al espectador con una sonrisa tímida y un tanto coqueta.
—Voy a bajar, Aidan.
—No, por favor. —Le temblaba la voz, como si hiciera un esfuerzo físico—. Vete y no le digas a nadie que estoy aquí.
—Aidan, solo quiero decirte una cosa, ¿vale? No tienes que seguir adelante con la boda. Sé que has mentido a la policía para proteger a tu madre. Es respetable, cualquier persona entendería por qué lo has hecho. Pero Maggie también ha mentido. Los dos sois culpables de lo mismo. Si cancelas la boda, no te podrá hacer nada. Será impotente.
—Si crees que es impotente, no la conoces bien.
—Créeme, la conozco mejor que nadie. He pasado mucho tiempo sin querer ver la verdad.
Uno de los principios obvios de la consciencia situacional es que nunca vas a querer entrar en un sótano oscuro que solo cuenta con una salida. Pero sabía que no iba a convencer a Aidan de nada hasta que no hablásemos cara a cara, así que ignoré mi instinto y bajé por la escalera. Los peldaños eran cortos y estrechos, y me tuve que agarrar a la barra de acero y retorcer el cuerpo de forma nada natural para llegar al fondo. Llegué a una especie de vestíbulo pequeño y angosto con una puerta redonda y metálica, como la entrada a la cámara acorazada de un banco.
Justo enfrente había un túnel revestido de altas estanterías metálicas, que seguían llenas de provisiones después de tantos años. Había grandes latas oxidadas de tomates cocidos, crema de maíz, alubias con cerdo, atún y macedonia Del Monte. Había unas cajas de cartón mohoso que rezaban «GALLETAS, SUPERVIVENCIA, PARA TODO TIPO DE USOS», unos barriles
enormes etiquetados como «AGUA POTABLE» y un montón de productos del hogar retro, de la década de los cincuenta: papel higiénico Charmin, detergente Ajax, jabón Ivory y pilas Eveready, además de una biblioteca pequeña con novelas de bolsillo, manuales de instrucciones y varias enciclopedias. Todo el refugio despedía un olor rancio pero agradable, como una librería de segunda mano.
Al fondo, el túnel se ensanchaba y formaba una especie de salón con un sofá, una mesa de comedor con sillas y cuatro pares de literas militares. Aidan presidía la mesa y llevaba un esmoquin negro, como para darme la
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bienvenida a una cena formal. Ante él, en la mesa había un estuche metálico abierto que contenía un revólver Colt negro. Al fin y al cabo, había que proteger el refugio nuclear de las amenazas externas, y los albañiles lo habían preparado para lo peor.
—No te acerques más, Frank. No deberías haber bajado.
—Habla conmigo, Aidan. ¿En qué piensas?
Se negaba a mirarme. Miré de reojo la pistola, pero no veía si estaba cargada. Después de llevar sesenta años en un sótano húmedo y rancio, no sabía si el arma podría dispararse en condiciones ni si las balas seguían funcionando. Y no quería averiguarlo.
—Eres la única persona del campamento en la que confío —le dije—.
Si te pasa algo, no creo que esté a salvo.
—Estarás bien, Frank. Pasé por tu cabaña hace un ratito. Te he dejado un regalo en la maleta.
—¿Qué clase de regalo?
—Ya lo verás. Valdrá para protegerte. No te preocupes.
Le noté una especie de tristeza resignada en la voz, como si no tuviera ninguna intención de salir nunca del sótano.
—Aidan, escúchame: tengo una amiga que tiene un amigo que trabaja en el Wall Street Journal. Me da que ya investigan a tu familia. Seguro que conocen gente que te puede ayudar.
—Frank, si hablo con el Wall Street Journal; tu hija se va a meter en un buen lío.
—Ella no me preocupa. Ahora mismo, solo me preocupáis tú y la pistola de la mesa. ¿Me haces el favor de cerrar el estuche?
Negó con la cabeza; seguía reacio a mirarme a los ojos. Tenía la cara roja. Quedaba claro que había estado llorando.
—Se me ocurre una idea, Aidan. Ahora mismo, todo el mundo te espera en el Globe. Vamos a aprovechar la ocasión para salir de aquí.
—¿A qué te refieres?
—A salir de la cala del Águila pescadora. Y a no volver nunca.
Se rio.
—Como si fuera tan fácil. Seguro que han alertado a Hugo. Nunca nos dejará pasar.
—¿Y qué hay de la valla? ¿Hay una zona que esté rota? ¿Un sitio por donde pasar?
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—No que yo haya visto. Podríamos ir a mirar, pero los de seguridad siempre vigilan el perímetro.
—¿Y qué me dices del lago?
—¿Te quieres dar un baño?
—Podemos coger la lancha de tu padre. Cuando estemos en el agua, no podrán detenernos. Hay demasiados testigos. Todos esos veleros. Cruzaremos el lago, iremos a un pueblo y llamaré a los Taggart.
—Esa gente me odia. No nos van a ayudar.
—Sí, si empiezas a decir la verdad. Tus padres les han arruinado la vida. Se merecen saber lo que pasó.
Notaba que estaba de acuerdo conmigo, pero también veía que se moría de miedo.
—Mira, Aidan, si no lo haces por ti mismo ni tampoco por los Taggart, ¿y si lo haces por Gwendolyn? Le gustabas. Le importabas. Quería que les plantaras cara. Y mira lo que le han hecho. Sé que te sentirás fatal por ello.
Seguía sin mirarme, pero asintió y supe que le había tocado la fibra. —Si siguiese viva, querría que guardases la pistola y subieras
conmigo.
—Tienes razón. Eso querría ella.
—Pero nos tenemos que ir ya, antes de que la gente se empiece a marchar del Globe. —Ya eran las tres y diez, tendríamos que correr si queríamos lograrlo. Llamaríamos mucho la atención con el esmoquin y los zapatos Oxford negros, pero quizá lo consiguiésemos con un poco de ventaja—. ¿Estás listo?
Aidan se lo pensó un momento antes de contestar.
—Le dije a Gwen que el matrimonio era una pantomima. Le dije que solo iba a durar un año. Y, mientras tanto, tenía carta blanca para salir con otras personas. Pero se negó a seguirme el juego. Era demasiado fiel a sus principios. Dijo que no quería saber nada de mí, no a menos que renegase de todo el dinero y dijera la verdad.
Después, Aidan se puso en pie y se estiró la chaqueta, como si por fin se hubiera decidido. Cerró el estuche de la pistola, le echó la llave y lo colocó en una de las baldas superiores.
—Conozco un atajo que podemos tomar —dijo—. Hay un sendero que atraviesa el bosque y nos llevará al cobertizo del embarcadero.
—Vamos, deprisa —le respondí.
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Subí la escalera de caracol detrás de Aidan y cruzamos el estudio, pero, al llegar a la puerta, oí pasos fuera, en el porche, y me di cuenta de que lo había calculado mal.
Sí, eran las tres y diez, pero en el mundo de los Gardner ya eran las tres y veinticinco. Habían tenido tiempo de sobra para ponerse a buscarnos. Aidan abrió la puerta y no solo se topó con su padre y con Gerry Levinson, sino también con Hugo.
—¡Aidan! ¿Qué haces aquí? —Su padre estaba furioso—. ¡Nos esperan trescientas personas!
Su hijo dio media vuelta y bajó las escaleras corriendo. Me lancé a detenerlo, pero no fui lo bastante rápido. Lo llamé por su nombre, pero siguió descendiendo por el agujero.
Errol lo pagó conmigo.
—¿Y tú qué haces aquí? ¿Por qué no estás en el Globe?
Pasé de él. Fui corriendo hasta el principio de las escaleras y grité al sótano:
—¡Aidan! Espera, por favor…
Y entonces todos lo oímos: un solo petardazo, que hizo eco y que amplificaron las duras paredes de hormigón del sótano, y supe que la boda se había cancelado.
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En menos de una hora, los camareros del catering se pusieron a amontonar las sillas y a recoger todas las mesas. Sacudieron las trescientas servilletas de tela que habían doblado con tanto esmero, recogieron la cubertería y ordenaron los utensilios en bandejas de plástico. Apilaron en carros portaplatos los platos llanos, los hondos y los del pan y metieron los manteles en unos contenedores para lavarlos y plancharlos. Animaron a los invitados a llevarse a casa los centros de mesa para no echar a perder las flores y la indirecta quedó clara: por favor, marchaos cuanto antes para que nuestra familia pueda guardar el luto en la intimidad.
«Un accidente espantoso» era el término que empleaban los invitados que se me acercaban para darme el pésame. Supongo que era lo más educado que podían decir: vamos a fingir que Aidan se metió en un refugio nuclear para limpiar una pistola clásica justo en el momento en que tenía que pronunciar los votos matrimoniales. Pero, en cuanto los invitados me dieron la espalda, vi cómo se reunían para compartir impresiones. Era un secreto a voces que Aidan había pasado años en terapia, que siempre había sido distante y un poco solitario. Tenía el «carácter de un artista». Los sujetos de sus cuadros siempre parecían atormentados. Y, por supuesto, acababa de perder a una amiga querida que había fallecido de una sobredosis. Estaba claro que había sufrido e interiorizado un gran dolor. Y era facilísimo pasar por alto las señales de advertencia…
Los autocares de lujo transportaron a los invitados que se hospedaban en hoteles al pueblo y, antes de las cuatro y media, las cabañas ya se iban vaciando. Aún llevaba puesto el esmoquin, me senté en un banco de la calle Principal y contemplé cómo los invitados llevaban las maletas con
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ruedas a sus vehículos. Siempre que fuese posible, evitaban mirarme a los ojos. Nadie sabía qué decir. Era una de esas situaciones horrorosas donde las palabras no son adecuadas.
Una de las pocas personas que sí intentó hablar conmigo fue Armando Casado. Se sentó a mi lado en el banco, me dio una tarjeta de visita con su número de teléfono personal y me animó a llamarlo.
—Siempre que necesites que alguien te escuche, espero que te pongas en contacto conmigo. Estaré esperando tu llamada, Frank.
No tenía intención alguna de hablar del incidente con nadie (y con Armando Castado, ni de broma), pero le agradecí que tuviera el detalle.
—Gracias.
—Margaret lo superará —me prometió—. Con tu cariño y apoyo, tu hija se pondrá bien.
Yo no estaba tan seguro. No había vuelto a ver a Maggie desde que dejé a todos en el Globe, pero había oído que estaba en la cabaña, guardaba el luto con los padres de Aidan y no fui capaz de acompañarlos.
Justo después del disparo, Hugo nos recomendó quedarnos allí arriba mientras bajaba a indagar por la escalera de caracol. Dijo que lo más cauto era que fuera solo. Errol y Gerry estuvieron encantados de hacerle caso, pero yo lo seguí. No pasa ni un día sin que me arrepienta. Nunca olvidaré lo que encontramos en el sótano. Aidan yacía despatarrado en el suelo y la mayor parte de su cabeza goteaba por la pared. Y, aun así, el resto del cuerpo seguía vivo. Aún se movía. Cogí el móvil para llamar a emergencias, pero Hugo me lo quitó de un manotazo.
—No seas tonto.
Fui a por el móvil y me empujó contra la pared, luego me atizó en la zona lumbar con el canto de la mano. Fue como si me disparase con un táser. Me habría caído si Hugo no hubiese estado justo detrás de mí. Me retorció el brazo, me empujó contra la pared y me obligó a soportar el horrendo resuello de los últimos estertores de Aidan. Luego me susurró con calma que solo tardaría un momento y me pareció el más largo de mi vida. Hasta hoy, a veces oigo que un desconocido cualquiera carraspea en un bar o en un restaurante y, de repente, vuelvo al sótano, me aprietan la cara contra la fría pared de bloques de hormigón, me inmovilizan y no puedo hacer nada.
Cuando por fin dejó de respirar, Hugo me soltó y me caí al suelo.
Indicó a Errol y a Gerry que ya podían bajar, pero ninguno se dio prisa.
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Supongo que ya sabían qué iban a ver y solo se asomaron un poco al refugio para ahorrarse la peor parte. Errol no mostró remordimiento alguno. Parecía un hombre que se topa con un incordio, como si hubiese venido y hubiera visto que se le había inundado el sótano. Se limitó a volverse hacia su abogado y a preguntarle:
—¿Y ahora qué?
Gerry se lo pensó un momento y luego trazó un plan:
—Hugo tendrá que llamar a emergencias para que la llamada figure en el registro oficial. Y, tras el suceso de ayer, creo que la policía se sorprenderá al tener noticias nuestras tan pronto. Pero hoy, por suerte, contamos con una historia mucho más sencilla: Aidan llegaba tarde a la boda, los cuatro vinimos a buscarlo y nos lo encontramos así. No tenemos ni idea de por qué. Aún estamos conmocionados. —Gerry nos miró a Errol, a Hugo y a mí—. ¿Estamos de acuerdo en que es lo que ha pasado?
Errol asintió con la cabeza, Hugo dijo «Por supuesto» y yo pregunté:
—¿Qué alternativa hay?
—No te sigo, Frank.
—Pregunto que qué pasa si no estoy de acuerdo. ¿Vendrá la policía y encontrará mi cadáver al lado de Aidan? ¿O desapareceré como Dawn Taggart? ¿Cuándo va a terminar?
Gerry ignoró las preguntas. Pareció desdeñarlas por lo absurdas que eran.
—Ahora mismo, nos esperan trescientas personas en el Globe. Iré allí y les explicaré que ha habido un accidente espantoso. Se lo contaré a Margaret y a Catherine, si está lo bastante lúcida como para oír la noticia. Después de que Hugo llame a la policía, empezaré a pedir a los invitados que se marchen. Mientras tanto, vosotros dos tenéis que llegar a un acuerdo. Tenéis diez minutos para dejaros de mierdas.
Lo seguimos por las escaleras y salimos del sótano. Hugo y Gerry abandonaron el estudio, pero me detuve para entretenerme con los cuadros de Aidan y Errol se quedó conmigo. En ese instante, no se me ocurría ninguna forma mejor de homenajear la vida de Aidan que pararme a contemplar su arte. Todas las caras en blanco y negro de gente normal, todas las enfermeras, los profesores, los cocineros y los conductores de autobús. Con sus arrugas, manchas e imperfecciones no se parecían en nada a los invitados a la boda en la cala del Águila pescadora, y me pregunté si esa era la cuestión.
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—No sé cómo te aguantas a ti mismo —le dije a Errol—. Tu hijo era un buen hombre. Y con mucho talento. Y ha muerto. Por tu culpa.
Se encogió de hombros, como si nada, y me dejó claro que mis palabras no le habían afectado.
—La verdad es un poquito más complicada, Frank. ¿Quieres que te la cuente o prefieres juzgarme sin conocer todos los hechos?
Era increíble que fuera a intentar justificar sus actos y, aun así, fue exactamente lo que hizo:
—Hará unos quince años, tuve la oportunidad de invertir en una empresa emergente que se llamaba Atavus Genetics. La empresa no sobrevivió, se la comió 23andMe porque era, en resumen, la misma idea: escupes en un vaso, se lo envías al laboratorio y te mandan todos los secretos de tu ADN. El consejero delegado me dio un montón de muestras para compartirlas con mis amigos y, por impulso, decidí probar una con mi hijo. Por aquel entonces tendría unos diez años y me daba curiosidad ver qué había heredado de mí. Y la respuesta resultó ser nada, lo cual podría haber pillado a muchos por sorpresa, pero a mí no. Siempre lo sospeché, la verdad. El chaval no se me parecía en nada. Y nuestros caracteres tampoco tenían nada que ver. Siempre era muy tímido, cauto y temeroso. Fue todo un alivio saber que no era mío. Decidí dejarlo con Catherine y dedicarme al trabajo.
—¿Le dijeron la verdad a Aidan?
—No lo sé. Desde luego, yo no.
—Entonces, ¿le diste de lado, pero nunca le explicaste el porqué? ¿Te parece justo para Aidan?
—Nunca le negué el apoyo financiero. No pagaba el alquiler del ático con los cuadros, créeme.
—Le debías mucho más. Deberías haberte portado como su padre o haberle dicho la verdad en vez de abandonarlo para que se preguntase por qué lo odiabas.
Errol ya me había dejado de escuchar.
—No vas a conseguir que me sienta culpable, Frank. Yo no soy el causante de este desastre. No le reventé la cabeza a Dawn Taggart, pero tu hija sí está muy implicada… Así que, si te preocupa su bienestar, te sugiero que sigas las recomendaciones de mi abogado. A Gerry se le da muy bien su trabajo y velará por el bien de tu familia si se lo permites.
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Sabía que tenía razón, sabía que seguiría sin salir de la hora de Gardner un poco más y tendría que aceptar su versión oficial de los hechos. Pero también sabía que el vínculo de Maggie con la familia se había roto. La boda se había cancelado y era una mujer libre. Podía ir adonde quisiera y hacer lo que le placiese, marcharse de la cala del Águila pescadora y no volver nunca.
Que era justo lo que yo planeaba.
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Dos agentes de policía escucharon mi versión de los hechos y me tomaron declaración, pero ninguno me preguntó gran cosa. Parecieron tener ganas de confirmar que mis recuerdos coincidían con las declaraciones de Errol y de Gerry y, después, me dejaron marchar. Toda la conversación duró menos de quince minutos.
Para cuando tomé el camino de vuelta a mi cabaña, el césped estaba vacío y los camareros del catering no habían dejado ni rastro del banquete. Había desaparecido, como si nada del fin de semana hubiese sucedido. La puerta del Mirlo estaba cerrada y tuve que usar el móvil para entrar. Llamé a Tammy y a Abigail, pero, para mi sorpresa, la cabaña estaba vacía.
Subí a mi habitación, me quité el traje y, con cuidado, guardé las tres piezas en el portatrajes. Luego me puse unos pantalones chinos, una camiseta y un forro polar ligero porque sabía que me iba a pasar la noche conduciendo y quería estar cómodo. La maleta estaba en la litera inferior y abrí la cremallera. Dentro del compartimento principal había un sobre viejo, de papel manila, que contenía diez billetes de cien dólares. Caí en la cuenta de que tenía que ser el regalo que Aidan había mencionado, pero no le vi ningún sentido. Me prometió que el regalo me iba a proteger, pero ¿qué clase de protección iba a comprar con mil dólares?
Examiné el sobre en busca de indicaciones secretas o de alguna otra pista, pero no conseguí encontrar nada. El dinero olía rancio, como una librería de segunda mano, y ninguno de los billetes se había emitido después de 1953, así que sospeché que habrían estado guardados en el refugio nuclear. Quizá Aidan era tan ingenuo en lo relativo al dinero que creía que los mil dólares iban a suponer una diferencia para un mindundi
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trabajador como yo. Al pensarlo, me enfadé y tuve la tentación de dejar el sobre en la cabaña, pero, en el último momento, volví a echarlo a la maleta y lo tapé con toda la ropa sucia.
Antes de las cuatro y media, ya iba a la cabaña del Águila pescadora con la maleta. Entré por la cocina, donde media docena de agentes de policía se había congregado en torno a un bufé de guarniciones y ensaladas, parte de la comida del banquete que los del catering habían dejado allí. Gerry animaba a los agentes a llevarse las bandejas a casa para dárselas a sus amigos y familiares, y así no tirarlas a la basura. Pero, cuando llegué, dejaron de hablar de golpe y miraron a otro lado, como si les diera vergüenza beneficiarse de mi desgracia.
Encontré a Maggie y a Tammy escondidas en el salón, con las puertas cerradas y las cortinas echadas. Al igual que la policía, le pusieron fin a la conversación en cuanto llegué. Maggie ocupaba casi todo el sofá con el vestido de encaje, blanco y ondulado. Tenía unos pañuelos en la mano y una caja de Kleenex al lado, pero el maquillaje seguía intacto. Tenía las mejillas secas.
—La policía dice que nos podemos ir ya —expliqué—. Podéis despediros si queréis. Esperaré fuera.
—¿Te quieres ir? —preguntó Tammy.
—Se acabó. Se ha ido todo el mundo.
—Los invitados se han ido. Somos parte de la familia. Es una de esas ocasiones en las que hacemos piña y nos apoyamos unos a otros.
—Yo no apoyo nada de esto, Tammy. Han muerto tres personas y ella es la única razón por la que me callo la boca. —Señalé a Maggie porque era incapaz de llamar a mi hija por su nombre—. Esperaré veinte minutos a que hagas la maleta, pero luego me voy, me da igual si no estás lista.
Tammy entendió que lo decía en serio y se levantó, pero Maggie no se movió.
—Aquí ya no queda nada para ti —le dije—. Se acabó. Sin matrimonio no hay acuerdo prematrimonial que valga. No vas a sacar nada.
El rostro de Maggie indicaba que ese tema todavía era debatible.
—Es un cambio de planes, sin duda —dijo—, pero aún tengo que hablar con Errol de muchas cosas. Tammy y tú deberíais iros, yo voy a quedarme un poquito más.
Me preocupaba que, si dejaba a Maggie en la cala del Águila pescadora, nunca podría escapar. Se quedaría atada a la familia Gardner
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para siempre, pero estaba demasiado cansado como para seguir peleando. Me repetía más que el ajo. Llevaba todo el día sin comer nada y me dolía muchísimo la espalda. Quería tumbarme, cerrar los ojos y dormir.
En vez de eso, tenía que pasarme seis horas al volante para volver al mundo desesperado, triste y pequeño que mi hija solía llamar hogar.
Maggie nos abrazó a los dos y prometió llamar el día siguiente para tenernos informados. Luego dijo que iba a subir a cambiarse.
—Mandé arreglar tres veces el vestido, pero sigue sin quedarme bien. Se recogió la cola, salió al vestíbulo y vimos cómo subía por las
escaleras hasta que desapareció.
—Bueno —dijo Tammy en voz queda—. Iré a por mis cosas.
—No te olvides de las acciones.
Dio un respingo, como si la hubiese abofeteado, y deseé poder retirar mis palabras.
—Sabes que me siento fatal —respondió—. No hace falta que empeores las cosas.
—Lo siento, Tammy. No debería haberlo dicho.
¿Estaba enfadado porque mi hermana había aceptado las acciones y había sugerido alegremente que hiciésemos la vista gorda? Sí, pero ¿habría hecho yo lo mismo de haber vivido la misma situación económica? Casi seguro que sí. Tammy se había pasado toda la vida solucionándole la papeleta a otras personas, nunca la habían valorado, apreciado ni pagado como se merecía. Cinco años de sueldo era un dineral que te cambiaba la vida y no la iba a juzgar por aceptarlo.
—Creí que a Aidan le parecía bien el apaño —musitó—. ¡Creí que el plan era idea suya! Si hubiera tenido la menor idea de que iba a…, a…
La rodeé con el brazo para que no se sintiese obligada a acabar la frase.
—Nadie te culpa, Tammy. El campamento te está volviendo loca. Todo este dinero… consigue que la gente diga y se crea locuras. Tenemos que irnos pitando. ¿Dónde está Abigail?
—En la cabaña.
Le expliqué que acababa de volver de la cabaña. —Allí no estaba. ¿Cuándo la viste por última vez?
—En el Globe, cuando nos dijeron lo que había pasado. Le dije a Abby que se fuese a la cabaña y vine aquí con Maggie.
—¿Y esa fue la última vez que la viste?
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—He perdido la noción del tiempo. Estaba abrumada.
—Ve a hacer la maleta —le pedí—. Voy a buscarla.
La busqué por todo el campamento. Miré en la playa, en el embarcadero y en el cobertizo. Y luego fui andando al Big Ben, el árbol al que Abigail había trepado, desde donde me había saltado a los hombros y me había hecho daño en la espalda.
Al final, desesperado, fui al lugar donde la habían visto por última vez: el Globe, donde nos habíamos reunido para celebrar la boda. Habían quitado los adornos florales y todos los bancos estaban vacíos, salvo por una sola persona en la última fila. El último invitado de la boda era una niñita con una corona de margaritas que se le había torcido. En el regazo tenía una cesta diminuta de pétalos de flores. Miraba el escenario y parecía aguardar a algo, como si albergase la esperanza de que la ceremonia aún pudiese empezar.
Me senté a su lado.
—Hola, Abigail.
—Hola —graznó con esa vocecita, y me di cuenta de que lloraba. Pues claro que lloraba. Le habían prometido una boda de cuento de
hadas. La habían invitado a presenciar la mayor promesa que se le puede hacer a nadie, una extraordinaria declaración de amor, fe y compromiso. Y Aidan estaba muerto, todo el mundo se había ido y el lunes Abigail se tendría que marchar del piso de Tammy e irse a vivir con una cuidadora desconocida y misteriosa que quizá no le prestase atención.
Sabía que traerla había sido un error.
—Nos vamos a ir ya —le expliqué. Abigail se frotó el ojo con un nudillo y asintió con la cabeza—. Digo que nos tenemos que poner en marcha.
Al oír eso, lloró con más fuerza. Avergonzada, se tapó la cara con las manos y se apartó de mí.
—Lo siento mucho, señor Frank, yo…
Tenía la cara llena de lágrimas y de mocos, y no entendí qué más decía. Me quité el forro y usé el borreguito suave del interior para secarle las mejillas con delicadeza. Se inclinó adelante, se sonó la nariz en el tejido y luego me pidió perdón. Le dije que no pasaba nada.
—Desahógate —la animé.
Se sonó la nariz otro par de veces, respiró hondo y por fin paró. —¿Tammy te ha contado lo que ha pasado?
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—Dijo que hubo un accidente.
Asentí porque, desde luego, era lo único que tenía que saber.
—Siento lo que ha pasado, Abigail.
—Me siento fatal. —Se retorció como si tuviera un calambre en el estómago y rechinó los dientes—. Ay, me duele mucho.
Los demás invitados ya seguían con sus vidas. Se iban a casa, volvían a la realidad, y ahí estaba la única persona de la cala del Águila pescadora que compartía todo mi dolor y mi pena, que incluso se sentía peor que yo.
—A mí también me duele —le confesé—. Siento que te hayamos hecho pasar por esto, Abigail.
Le puse la mano en la rodilla y se derritió a mi lado. Nos pasamos un buen rato allí sentados, sin hablar. De vez en cuando, notaba que me vibraba el móvil. Me llegaban un montón de mensajes de mi hermana, que nos buscaba por todas partes, pero no me molesté en leerlos. Noté que Abigail necesitaba que alguien le prestase toda la atención y, en ese momento, yo era esa persona.
No recuerdo cuánto tiempo pasamos ahí sentados, pero, después de un rato, noté que se ponía el sol. No tardaría en anochecer. Creí que Abigail quizá se hubiese quedado dormida, pero se movió cuando carraspeé.
—Tenemos que irnos. Nos encontraremos mejor si nos marchamos. —¿En serio?
—Estoy seguro. Te sentirás un poquitín mejor mañana por la mañana.
Y un poquitín mejor el día siguiente. Ahora hay que ser fuertes.
Abigail asintió y me puso el forro polar en el regazo. Estaba manchado de mocos y de secreciones varias, así que le di la vuelta y me lo até a la cintura. Me puse en pie y la niña se negó a moverse.
—Vamos —le dije—. Nos tenemos que ir.
Levantó los brazos y me pidió que la llevase. No creía que mi espalda fuese a aguantar, pero accedí a intentarlo. Le di la manita mientras se subía al banco. Luego la levanté por la cintura y la cogí en brazos. Me sorprendió descubrir que no pesaba casi nada. Con la mano libre, recogí la cesta de pétalos de flores y nos marchamos por el sendero que iba a la cabaña del Águila pescadora. Abigail me pasó un brazo por los hombros y, con la otra mano se rascó un lado de la cabeza.
—¿Todavía te pica?
Asintió.
—Creía que Maggie había llamado al médico.
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—Dijo que lo iba a llamar.
—Pero ¿no vino nadie?
Abigail negó con la cabeza. Luego se la rascó un poco más antes de apoyármela en el hombro y los dos juntos volvimos andando al campamento.
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Al día siguiente por la tarde, fui en coche al Men’s Warehouse de Stroudsburg para devolver el esmoquin. El chaval del pelo rosa y los piercings en las cejas (el mismo que me había vendido el surtido de accesorios caros) estaba detrás de la caja.
—¡Hola! ¡Bienvenido! ¿Cómo ha ido todo?
Mascullé algo cordial y me largué de allí. La respuesta a su pregunta era que aún no tenía ni idea. Me había pasado la noche anterior al volante para regresar de Nuevo Hampshire con Tammy y Abigail. Las dejé en su casa sobre medianoche y llegué a mi propia cama antes de las doce y media, exhausto pero demasiado tenso como para dormir. Seguía esperando a que me sonase el móvil con más detalles de Maggie, una explicación de qué iba a pasar a continuación. A pesar de su certeza, no podía parar de preocuparme por ella. Debí de quedarme roque en algún momento, pero a la mañana siguiente me desperté temprano y, de inmediato, cogí el móvil: no tenía ningún mensaje.
Intenté dedicarme a varias tareas para estar ocupado. Fui a la habitación de cuando Maggie era pequeña, le quité las sábanas a la cama y las metí en la lavadora. Sé que dijo que no iba a volver a casa nunca, pero quería estar listo por si cambiaba de idea. Tras devolver el esmoquin, fui a ShopRite y llené el carrito de la compra de su comida favorita. Y no dejé de mirar el móvil para comprobar que no tenía ninguna llamada perdida. No me llamó nadie hasta última hora de la tarde, y el estómago me dio un vuelco cuando comprobé el identificador de la llamada: era Vicky y me llamaba desde Supercuts. No quería cogerlo, pero sabía que la conversación era inevitable.
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—Perdón por molestar, Frank. Espero no interrumpir nada.
Dijo que se había enterado de lo que había pasado y llamaba para darme el pésame. Al parecer, el suceso había salido en todas las noticias y lo había visto en Facebook. Supongo que siempre que el hijo de un rico, un magnate de la tecnología, muere en un accidente relacionado con un arma de fuego poco antes de su boda puedes contar con que los algoritmos y los influencers difundirán la noticia.
—¿Cómo lo lleva Maggie?
No sabía cómo contestar la pregunta. No quería mentir a Vicky, pero tampoco podía decirle la verdad.
—Está muy confundida.
—Por supuesto. Es probable que esté en shock.
—Ojalá pudiese ayudarla. No sé qué hacer.
Vicky me preguntó cuándo iba a volver a Pensilvania y le expliqué que ya estaba en casa, que llevaba todo el día allí.
—¡Ay, Frank! ¿Por qué no me lo has dicho? ¿Quieres que nos veamos esta noche? ¿Para cenar y hablarlo?
—No creo.
—Te invito. Tengo comida en la cocina. Te puedo preparar algo.
Dios, era lo que más me apetecía. Me moría de ganas de contarle lo que había pasado, pero, claro, nunca le podría decir la verdad a nadie. Sobre todo a ella.
—Ahora mismo no soy la alegría de la huerta.
—Entiendo que no quieras hablar del tema. Lo respeto, Frank. Has vivido una experiencia de lo más traumática, pero creo que te vendría bien un poco de apoyo emocional. Ya sabes, en términos psicológicos.
Y supe que, como no colgase, accedería a hablar con ella, iría corriendo a su casa y se lo contaría todo. Así que subrayé que no era una psicóloga profesional.
—¿Y eso a qué viene?
—Creo que no deberías darme consejos. No tienes formación. No eres más que la persona que me corta el pelo.
Y sé que fue hiriente. Lo noté en cómo reaccionó (o más bien en cómo no reaccionó) y en el silencio sepulcral que se hizo.
—Soy más que la persona que te corta el pelo, Frank. Habría ido a la boda si me lo hubieses pedido antes. Si no hubieses esperado hasta el último momento. No es culpa mía que tuviese que trabajar.
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—Me tengo que ir, Vicky. Lo siento.
Colgué y fui al frigorífico, donde había pegado con imanes todas sus tarjetas de visita. Las quité y las tiré a la basura para no tener la tentación de volver a llamarla. No necesitaría un corte de pelo hasta dentro de un mes, por lo menos, y supe que tendría que ir a otro Supercuts, al que estaba a dos pueblos de allí, en Mount Pocono.
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Una hora después, más o menos, mi jefe de UPS me llamó para darme el pésame. Me recordó que tenía acumulados un montón de días de baja por enfermedad, sin suspensión de sueldo, y me animó a gastarlos para poder ayudar a mi hija durante el duelo. Le aseguré que Maggie estaba con sus amigos y que lo mejor para mí era volver al trabajo. Le prometí presentarme a primera hora de la mañana y hacer la ruta habitual de los lunes.
Bueno, si hubiese prestado atención a lo que pasaba en el resto del mundo, quizá me hubiese enterado de la ola de calor que pronosticaban. Los alcaldes de Nueva York y de Filadelfia ya habían declarado el estado de alarma y animaban a los ciudadanos a quedarse en casa, beber mucha agua y cuidar de los vecinos ancianos. Para prepararme de cara a ese tipo de turnos, suelo echar a una nevera Igloo unas compresas frías, rodajas de sandía y un par de naranjas de ombligo, pero el lunes por la mañana me fui de casa con el típico bocadillo de jamón y queso, una manzana y un termo lleno de agua.
La primera vez que me percaté de que no era un día normal fue cuando llegué al centro de paquetería y vi que los encargados repartían sombreros, mangas de compresión fría y botellas de agua mineral Poland Spring. La mayoría de los vehículos de UPS no tienen aire acondicionado, así que nos recordaron que nos lo tomásemos con calma y descansásemos a menudo. El tipo que me carga los paquetes en la furgoneta es un chaval coreano que se llama Jun y, mientras yo daba una vuelta por la nave, me recomendó que tuviese cuidado.
—Hoy tienes un montón de comida para perros, Frank.
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En la jerga del trabajo, «comida para perros» significa cosas de lo más pesadas y con formas irregulares que la gente compra por internet: colchones, cajas de papel de impresora, muebles por piezas y (¡sorpresa!) sacos gigantes de comida para perros. Le di las gracias a Jun por avisarme y un poco más de propina, porque cargar toda esa comida para perros también es un trabajo duro para él.
Me marché del centro de paquetería a las ocho y media y, antes de las nueve, ya estaba empapado en sudor. Fuera de la furgoneta, la humedad era agobiante y, dentro de la caja metálica y sin ventanas que se calentaba más y más a medida que salía el sol, era insoportable. Cada vez que iba a la parte trasera a por un paquete, se me disparaba el pulso, el sudor me corría por la frente y me picaba en los ojos. Y Jun tenía razón: las cosas que tenía que repartir incluían un montón de puñetera comida para perros. Había nueve clientes que habían comprado unidades de aire acondicionado para ponerlas en las ventanas y soportar la ola de calor, y tuve que cargar con esas cajas enormes por los largos caminos de acceso de las urbanizaciones residenciales. Mi espalda no lo llevaba mal, pero después del tercer o del cuarto aire acondicionado noté calambres en las manos y en los brazos, un síntoma delator de un golpe de calor. Así que paré en McDonald’s, descansé en el comedor con aire acondicionado y me bebí un buen Hi-C de naranja. Me tomé un respiro para regular la temperatura corporal. Ni siquiera eran las once de la mañana y aún me quedaban otros ciento treinta y nueve paquetes que repartir.
Había albergado la esperanza de que el trabajo me impidiese pensar en Maggie, pero no podía dejar de preocuparme por ella. ¿Aún estaba en la cala del Águila pescadora? Y ahora que Aidan había muerto, ¿dónde iba a vivir? A Catherine Gardner le había faltado tiempo para decirme la verdad, pero ¿y si le confesaba los pecados a otra persona que no fuese de la familia? Tammy afirmaba que los delincuentes ricos siempre se van de rositas, pero le podía nombrar una docena de ejemplos recientes que demostraban lo contrario: Jeffrey Epstein, Harvey Weinstein o Bill Cosby. Los Gardner nos habrían parecido invencibles, pero no tenía tan claro que lo fueran. Pasé por una intersección de cuatro sentidos y el ordenador de a bordo pitó para advertirme que me había saltado la salida y me indicó una ruta alternativa. Fue un desliz minúsculo que le sumó seis minutos a la jornada laboral.
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Antes de las doce y media volví a notar calambres en los brazos y el corazón me latió como un motor en punto muerto. Sabía que debía parar a refrescarme, pero no había ningún sitio donde aparcar. Iba por una carretera de dos carriles que atravesaba un bosque estatal y había hondonadas poco profundas a ambos lados de la calzada. Había recorrido esa ruta miles de veces, pero aquel día el bosque me resultaba raro y extraño, como si el parabrisas hiciera de filtro y saturase todos los colores. No me di cuenta en el momento, pero es probable que fuese el instante en que empecé a perder el conocimiento.
Y entonces, a lo lejos, vi un coche aparcado a un lado de la carretera, con las luces de emergencia encendidas. Era un Honda Civic de color rojo intenso. El arcén no era muy grande, así que casi todo el vehículo ocupaba mi carril. Junto a la parte trasera del coche se había arrodillado una mujer, que usaba el gato para levantar de la calzada la rueda trasera izquierda. Allí cerca esperaba un hombre, que sujetaba una rueda de repuesto, y mi cerebro achicharrado los identificó como Dawn Taggart y Aidan Gardner. (¿No fue así justo como se conocieron? ¿Cuando cambiaron una rueda a un lado de la carretera?). Reduje la velocidad y cambié de carril para rodearlos. Estiré el cuello para intentar verles las caras y la furgoneta se me salió de la calzada.
La rueda delantera izquierda se salió del asfalto, se metió en la hierba de la hondonada y la tierra blanda cedió de inmediato. El volante se torció solo, perdí el control y la furgoneta cayó de lado. Todo el parabrisas giró en el sentido de las agujas del reloj, como si el mundo diera vueltas a mi alrededor. Después, el cristal explotó y levanté las manos para protegerme la cara. El cinturón de seguridad se me hundió en la clavícula y me sujetó al asiento. Cerré los puños y me preparé para el impacto, mientras todos los paquetes salían volando de los estantes y daban vueltas por la furgoneta como los calcetines en la secadora.
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Me desperté en una cama de hospital con un brazo roto, la nariz rota, tres costillas partidas y los síntomas de un golpe de calor moderado, pero, por suerte, nadie más había resultado herido. Los que salieron peor parados del accidente fueron el vehículo y mi récord de veintiséis años de conducir sin un solo rasguño. Vino a verme un delegado sindical, que me prometió que no corría ningún riesgo de perder el trabajo. Luego vino un abogado trajeado de la empresa, que pareció mucho más ambivalente. Le pregunté por mi futuro en la compañía y se limitó a decir:
—Bueno, estamos a la espera de la investigación.
Ese mismo día me visitó una reportera del periódico local de Scranton. Escribía un reportaje sobre las alarmantes condiciones laborales de los conductores y repartidores. Su teoría era que los gerentes de UPS eran los responsables del accidente y que la falta de aire acondicionado en la furgoneta estuvo a punto de matarme, pero le dije que se equivocaba. Insistí en que me habían formado bien para trabajar en condiciones adversas, que la causa del accidente fue un descuido mío y que no iba a empezar a echarles la culpa a los demás de mis estúpidos errores.
Los médicos me tuvieron tres noches en el hospital Holy Redeemer y mucha gente vino a verme. Conductores, mozos de almacén y más personas del centro de paquetería, pero también Tammy (que me trajo un móvil y un cargador) y hasta dos de mis clientes favoritos, que se habían enterado del accidente por las noticias locales. Pero pasaron dos días sin que supiera nada de Maggie. Creí que igual venía volando a casa para verme, pero se limitó a llamarme desde Boston, donde ayudaba a los Gardner a organizar una ceremonia en recuerdo de Aidan. Dijo que sería
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pequeña, solo para los familiares más cercanos, y que no había ningún motivo para que fuésemos ni Tammy ni yo. Y tal vez fue cosa de los analgésicos, pero le dije que estaba bien.
—Son solo un par de arañazos. Nada de lo que preocuparse.
Al día siguiente, volví a casa con el brazo derecho en cabestrillo y una pesada escayola y, por primera vez en veintiséis años, resultó que no tenía que hacer nada de nada. Por la mañana intenté ver la televisión, pero ¡por los clavos de Cristo! ¿Qué le ha pasado a la programación de las mañanas? Cuando era pequeño, daban comedias de situación tontas y EL precio justo. Ahora son maratones interminables de La doctora Lee: directa al grano y de La isla de las tentaciones. Las noticias de la televisión por cable eran aún peores, con todos los patriotas que odiaban California y todos los progresistas que odiaban Florida y todo el mundo que odiaba el congreso. Todos esos programas me sacaban de mis casillas, así que apagué la tele, convencido de que el mundo se había vuelto loco y se había ido al traste.
No volví a saber nada de Armando Castado, pero sospecho que metió mano en la investigación de mi accidente y le dio prioridad. Después de que revisaran al completo los múltiples sensores del vehículo, los ordenadores y las cámaras de a bordo, el comité votó mandarme «de baja con sueldo hasta la jubilación». Significaba que iba a seguir cobrando el sueldo base durante los siguientes tres años hasta que me pudiese jubilar, pero jamás volvería a conducir para UPS. Cuando me dieron la noticia, me faltó poco para llorar. Me había pasado los últimos veintiséis años fantaseando con mi último día de trabajo, pero nunca imaginé que acabaría así: en una sala de reuniones sin ventanas de la segunda planta, con media docena de abogados, ejecutivos y delegados sindicales sentados en las sillas de respaldo duro, mientras yo firmaba un sinfín de documentos de exención y de renuncia.
Después de lo que pasó, ya no tenía ningún motivo para levantarme de la cama por las mañanas. No tenía ninguna razón para hacer nada, así que me sumí en un abismo bastante oscuro. Dejé de contestar a los mensajes y a las llamadas. Dejé de limpiar la casa y empecé a pasar demasiado tiempo mirando el estúpido móvil. Malgasté tardes enteras al obsesionarme con el accidente, reviví los pormenores uno a uno e intenté identificar el momento exacto en que había perdido el control. Me acordé de haber pensado que el hombre del arcén era clavadito a Aidan Gardner y de haber
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tenido ganas de parar y hacerle un par de preguntas: ¿Sabía si mi hija estaba bien? ¿Y por qué diablos me había dado mil dólares? Aún tenía el sobre con los billetes de cien dólares guardado en la cómoda, porque me sentía demasiado culpable como para ingresarlos en la cuenta bancaria.
A finales de agosto, a las nueve y media de la mañana de un martes, mi hermana me despertó con una llamada inesperada. Le habían ofrecido trabajar cuidando a un paciente con alzhéimer en Pocono Pines y necesitaba que cuidase a Abigail durante un par de días.
—¿Un par de días?
—Es solo hasta que empiece el colegio. Me pagan cincuenta dólares por hora y no me puedo negar, no con ese dineral de por medio.
No había vuelto a ver a Abigail desde que nos marchamos de la cala del Águila pescadora y lo último que sabía era que se había ido a vivir con su madre biológica. Tendrían algún problema porque, una semana después, Abigail se mudó a un huerto de Kutztown, una de esas granjas familiares en las que seis u ocho niños de acogida duermen en literas y echan una mano después del colegio. Tampoco debió de funcionar, porque Abigail había vuelto al piso de mi hermana.
—No puedo, Tammy.
—¿Por qué no? ¿Qué vas a hacer hoy?
La respuesta era nada, pero estaba demasiado grogui como para que se me ocurriese una excusa decente.
—Aún llevo la escayola. ¿Cómo la voy a cuidar con el brazo roto? —No tienes que llevarla en brazos. No es una cría. —No puedo. Lo siento.
Me colgó, así que creí que habíamos zanjado el asunto y me volví a dormir. Veinte minutos después, oí que Tammy abría la puerta delantera y, cuando entré en el salón dando tumbos, Abigail estaba ahí de pie con un estuche y una revista de sudokus. Llevaba zapatillas, pantalones cortos y una mochila, como si hubiese venido a un campamento de verano.
—Hola, señor Frank.
—¿Dónde está Tammy?
—Se acaba de ir. Dijo que volverá a las siete y media.
—¿Hoy a las siete y media?
—Eso creo. Perdón.
Abigail parecía distinta. Ya no tenía piojos y le había crecido el pelo, que eran unas greñas rebeldes a medio camino entre el pelo rapado y una
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melena por encima de los hombros. Se quitó la mochila, pero se detuvo justo antes de dejarla en el suelo, como si no estuviese segura de dónde ponerla ni de adónde iba a ir ella.
—Ponte en el sofá —le dije—. Yo me pido la butaca reclinable.
Hizo ademán de sentarse y se tropezó con una tabla de madera, una pieza de la mesita de centro casera que aún no había acabado de montar. Le pedí perdón por el desorden y descorrí las cortinas para que entrase más luz. Lo único que conseguí fue empeorarlo todo. Había dejado de limpiar la casa, así que había manchitas de café y de comida china por todos los muebles. Le di el mando de la televisión a Abigail y le dije que podíamos ver lo que quisiera.
—O puedes salir a jugar, pero no vayas a las vías del tren.
Dio un paseo para explorar el barrio, volvió veinte minutos después y afirmó que por allí no había nadie. Antes veías montones de chavales por la manzana, montaban en motos de cross o hacían el ganso, pero supongo que ahora están metidos en casa todo el día, viendo cosas en internet. Abigail encendió la televisión y nos pasamos el día viendo documentales de tiburones en el canal Discovery: horas de entrevistas exclusivas a biólogos marinos y a supervivientes de ataques de tiburones. A veces, Abigail se entretenía con el libro de pasatiempos y, cuando se aburrió, le di un rollo de papel de cocina para que dibujase. Cuando tuvo hambre, le di dinero para que fuese a la gasolinera Exxon Mobil a por un perrito caliente y un pretzel, porque no tenía ganas de cocinar nada.
El día siguiente fue más de lo mismo, pero en algún momento de la tarde me quedé dormido en la butaca reclinable y, cuando abrí los ojos, Abigail había desaparecido. En la pantalla de la televisión salía un tiburón que atravesaba una nube rojiza en el agua, en busca de su siguiente presa. Me pregunté si Abigail había ido a la gasolinera a por otro perrito caliente. La encontré en la habitación de Maggie; rebuscaba en la cómoda de mi hija e inspeccionaba todas sus cosas en silencio. La contemplé desde la puerta mientras toqueteaba todos los trofeos deportivos antiguos y luego hurgaba en un cajón de jerséis doblados con cuidado. Después se arrodilló junto a una cesta de mimbre que estaba llena de peluches y sacó el osito personalizado que Maggie había diseñado hacía unos quince años, cuando fuimos al centro comercial de King of Prussia, cerca de Filadelfia.
—Si lo quieres, quédatelo —le dije.
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Abigail no se había dado cuenta de que la miraba. Se sobresaltó tanto que casi se le cayó de las manos.
—¿De verdad?
—Quédate lo que quieras de la cesta. Da igual. Maggie no va a volver nunca.
No supe que era verdad hasta que lo dije en voz alta. En el mes que había pasado desde la boda, mi hija había viajado por trabajo por todo el mundo (a Singapur, a Londres y a Los Ángeles), pero nada la trajo por Stroudsburg, ni siquiera el accidente que me partió las costillas y me mandó al hospital.
Abrí el armario y le señalé todos los vestidos coloridos de las perchas.
—Coge lo que quieras. No te cortes.
Abigail no mostró ningún interés por la ropa, pero llevó la cesta de mimbre a rastras al salón y comenzó a examinar el contenido: Bob Esponja, Jorge el Curioso y montones y montones de Beanie Babies. Se maravilló al sacar cada peluche antes de colocarlo en el sofá. En la televisión aún daban la Semana de los Tiburones, pero la apagué y vi cómo Abigail jugaba. No había vuelto a verla tan emocionada desde que estuvimos en la cala del Águila pescadora. De repente, noté la necesidad acuciante de escapar del tufo de la casa y dejar todo allí. Me puse en pie y cogí las llaves del jeep.
—Vamos —le dije.
—¿Adónde vamos?
—No sé. Adonde sea.
Esa primera tarde solo dimos vueltas por el barrio. La llevé a la zona de la carretera donde me di el trompazo con la furgoneta de UPS y le enseñé cómo me había salido de la carretera. Y luego pasamos por St. Luke’s, la iglesia donde Colleen y yo nos casamos, y por Silvios, el restaurante italiano donde celebramos el banquete de la boda. No esperaba que le interesase a Abigail, pero tenía un montón de preguntas: ¿A cuántas personas invitamos? ¿Cuál fue la primera canción que bailamos juntos? ¿Y qué era la comida italiana? La última pregunta me dejó tieso. ¿Cómo puedes llegar a los diez años sin haber probado la comida italiana? Así que entramos y le expliqué el problema a la camarera. Estuvo encantada de sacarnos unos platitos de muestra con las especialidades de la casa: ñoquis, bruschetta, risotto, lasaña, pollo a la parmesana y grelos. Comimos hasta que estuvimos llenos y luego Abigail dijo que nunca había probado el
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tiramisú ni tampoco el gelato, así que también los tuvimos que pedir. Me puse contento solo de verla tan feliz. Te lo juro por Dios, me pareció lo único importante que había conseguido en todo el verano.
De modo que, al día siguiente, volvimos a las andadas. Hicimos una lista larga de todas las cosas que Abigail no había probado y luego nos pasamos el resto del verano probándolas. Fuimos a la cueva de los Cristales y a la fábrica de chocolates Hershey. Cenamos en Shady Maple, el bufé libre más grande de Estados Unidos, y en Shogun Palace, uno de esos restaurantes japoneses donde te lo cocinan todo delante de las narices. Hasta fuimos a Filadelfia para que pudiera ir a un partido de la liga de béisbol por primera vez. Viajamos mucho, pero me sentó bien volver a la carretera y conducir con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen.
Quería dedicar el último día de las vacaciones de verano a una actividad muy especial, así que llevé a Abigail a Casey’s Canoes, en la cuenca del Delaware. Llevaba sin ir desde que Maggie era pequeña, pero el sitio era justo como lo recordaba. Alquilaban embarcaciones y te subían río arriba, incluso vendían almuerzos en bolsas marrones con sándwiches, manzanas y tetrabriks de zumo. En menos de una hora, Abigail y yo nos montamos en un gran autobús escolar amarillo, lleno de adolescentes revoltosos. Como aún llevaba el brazo en cabestrillo, todos me miraban como si me hubiese vuelto loco. El conductor del autobús me preguntó cómo pensaba bajar por el río y le expliqué que Abigail se iba a encargar de todo.
El río Delaware es largo y ancho y, durante casi todo el año, fluye muy despacio. Si buscas acción y rápidos, te vas a llevar una decepción de campeonato. Pero si eres una niña de diez años que hace pinitos, es el sitio perfecto para aprender. Después de media hora de instrucciones básicas, Abigail remaba con seguridad y rodeaba las rocas y los cimientos de los puentes. Para almorzar, encontramos una islita llena de familias y paramos allí a comernos los sándwiches. Hallé un buen sitio a la sombra de un sauce llorón mientras Abigail chapoteaba con unos chiquillos. Y, para mi sorpresa, me di cuenta de que deseaba que el verano no tuviera que terminarse.
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Pero el verano sí terminó, así que Tammy me prometió que me había librado y ya no necesitaba que cuidase de la niña. Aun así, le seguí echando una mano, solo para facilitarle las cosas a mi hermana. Si Abigail tenía que ir al club de matemáticas después del colegio, me encargaba de que no llegase tarde. La llevé al médico para comprobar que tenía todas las vacunas al día. Encontré un buen dentista que le tratase las numerosas caries y nos recomendó un ortodoncista, que le miró la boca y se quedó atónito, como si le acabasen de mostrar el mayor desafío técnico de su carrera.
—Le va a hacer falta un buen aparato —sentenció.
Y luego me pasé una semana hablando por teléfono con el programa Medicaid de Pensilvania y les supliqué que pagasen los gastos. No dejaron de presionarme para que fuese a un ortodoncista más barato, pero quería que hiciesen un buen trabajo, así que yo mismo acabé pagando la mayoría de las facturas. No iba a permitir que un chapuzas le destrozase la boca.
En octubre, los tres habíamos adoptado una buena rutina diaria. Una tarde, mi hermana tuvo un imprevisto en el trabajo y me preguntó si podía ir a buscar a Abigail al colegio, así que la recogí con el jeep y la llevé al piso de Tammy. Preparé tacos para cenar mientras Abigail se tiraba en el suelo del salón y se ponía a hacer los deberes. Después de fregar los platos, vimos un poco de Netflix (uno de esos programas de cocina donde unos idiotas intentan hacer bizcochos con resultados desastrosos) y luego la mandé a la cama. La dejé leer media hora y luego pasé por la habitación y le dije:
—Apaga la luz.
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—¿Cinco minutos más? —me preguntó—. ¿Por favor?
Leía una novela fantástica de Los gatos guerreros y juró que le quedaban diez páginas para terminarla.
—Cinco minutos —acepté—, pero más te vale haberte dormido cuando Tammy llegue a casa o me voy a enterar de lo que vale un peine.
Abigail levantó el pulgar y volvió a concentrarse en el libro. Cuando me di la vuelta para marcharme, me fijé en un mapa que había pegado en la pared, justo encima de la cómoda.
Hacía poco que le había dado por decorarlo todo y empapeló la habitación de laberintos, crucigramas, sudokus, pósteres de las películas de Disney y anuncios satinados que había recortado de revistas. El mapa estaba medio escondido entre el caos. Era un mapita topográfico del lago Wyndham, en concreto de más o menos tres kilómetros cuadrados delante de la cala del Águila pescadora, con unas líneas onduladas y unos números que precisaban la elevación del terreno y la profundidad de las aguas.
—Abigail, ¿qué es eso?
—El campamento de verano.
—¿De dónde lo has sacado?
—Me lo dio Aidan.
—¿Cuándo?
Se encogió de hombros.
—Cuando volvimos de Nuevo Hampshire, lo encontré en la maleta. En el bolsillo lateral. Como Aidan sabía que me gusta la geografía, creo que quería que lo tuviese yo.
Me fijé mejor en el mapa. Parecía una fotocopia de un mapa mucho más grande, esa clase de herramienta de navegación que usan los pescadores y los marineros. Habían esbozado a lápiz más detalles: el cobertizo del embarcadero, la cabaña del Águila pescadora y el embarcadero con forma de L. Pero la adición más destacable era una X roja y brillante en la zona más profunda del agua, un cráter de contorno irregular y de cincuenta y dos metros de profundidad.
—¿Y cómo sabes que es de Aidan?
—Hay una nota por detrás —dijo Abigail—. Despéguelo de la pared si la quiere leer.
Con cuidado, quité el mapa de la pared y le di la vuelta para leer el mensaje: «Algún día te podría ser de ayuda. No tengas miedo de usarlo. Aidan».
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Abigail notó que estaba confuso por la cara que puse y me explicó su teoría:
—Creo que es un mapa del tesoro.
—¿En serio?
—Algún día voy a volver a la cala del Águila pescadora para buscar la X. Me compraré un traje de buzo y veré qué hay allí abajo. Debería venir conmigo.
—¿No se lo has enseñado a nadie? ¿Lo ha visto Tammy?
Abigail negó con la cabeza.
—Dice que no tenemos que hablar de la cala del Águila pescadora. Dice que, como el Departamento de Seguridad Nacional se entere de lo que pasó allí, nos meteremos en un buen lío.
Me dieron ganas de vomitar. Sabía que tenía que elegir las siguientes palabras con mucho cuidado.
—Escúchame, Abigail. Creo que te dieron el mapa por error. No creo que Aidan quisiera que lo tuvieses tú. —Le cambió el rostro, parecía sospechar algo y me di prisa en explicárselo—: Creo que Aidan quería darte dinero. Creo que te quería dar mil dólares.
Se pensó que le tomaba el pelo.
—¡Qué gracioso, señor Frank!
—No, lo digo en serio. —Desarrollé mi teoría. Le dije que Aidan me había dejado mil dólares porque no se había dado cuenta de que Abigail y yo nos habíamos cambiado las habitaciones—. Tú estabas en la suite principal y yo, en la habitación de los niños. Así que me metió el dinero en la maleta y luego puso el mapa en la tuya.
—¡Qué locura! ¿Me toma el pelo? ¿Mil dólares? —Para entonces, había dejado el libro a un lado y se había puesto en pie en el colchón. Iba en pijama—. ¿Todavía los tiene?
—Sí, no me he gastado ni un centavo.
—¿Y me los quiere cambiar?
No creo que se imaginase que iba a decir que sí, pero acepté que era lo más justo. Llevaba ochenta y cuatro dólares en la cartera, se los di y le prometí ingresar lo demás en una cuenta de ahorros. Le dije que intentaría conseguirle una cartilla, si aún las fabricaban, para que pudiese estar al día de cuánto dinero tenía y ver cómo iba aumentando con lo que ingresase en el futuro. Abigail desplegó los billetes, sonrió y los ojos casi se le salieron de las órbitas, igual que a los ganadores de la lotería en el anuncio de
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Mega Millions. Casi no pude coger el mapa porque me habían empezado a temblar las manos.
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—Quémalo —dijo Tammy.
Era tarde, de noche, cuando Abigail ya se había quedado dormida y mi hermana volvió del trabajo. Nos sentamos a la mesa de la cocina con dos tazas de descafeinado y el mapa desplegado entre ambos. Las curvas de nivel onduladas parecían titilar y vibrar si pasaba demasiado tiempo mirándolas, como si el documento fuese radiactivo.
—No te lo puedes quedar, Frankie. Es demasiado peligroso. O lo quemas o se lo das al FBI. Y sé que no se lo vas a dar al FBI.
Me acordé de Linda y de Brody Taggart en su hogar cuco junto al arroyo Alpine. Me gustaba decirme a mí mismo que la muerte de Aidan había ayudado a la familia a pasar página, pero odiaba que nunca hubiesen tenido la ocasión de recuperar el cadáver de su hija y enterrarlo en condiciones. Si le daba muchas vueltas al tema, acababa hecho polvo. Tenía que parar y recordarme que el bienestar de Maggie era mi prioridad.
En cuanto llegué a casa, salí al patio trasero y vacié una bolsa de briquetas de carbón en la barbacoa japonesa. Las empapé de líquido inflamable, encendí una cerilla y esperé a que las brasas estuviesen bien calientes antes de sacarme el mapa del bolsillo. Quería cerciorarme de que no quedaba ni rastro de él, de que ningún investigador forense podría encontrar un solo pedacito en la parrilla. Y justo antes de que le prendiese fuego al documento, me pregunté si iba a desperdiciar la oportunidad.
Era la última ocasión de demostrarle a mi hija lo mucho que confiaba en ella. De demostrarle cuánto había aprendido de los errores del pasado. Si alguien iba a necesitar una buena baza contra los Gardner, esa persona era Maggie, no yo. Doblé el mapa, me lo guardé en el bolsillo y luego tapé
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la barbacoa. Para entonces, casi eran las once, pero aun así probé suerte y llamé a Maggie. Estaba en el ático de la torre Beacon. Me explicó que seguía viviendo allí y que los Gardner la habían animado a quedarse todo el tiempo que quisiera.
—¿Qué pasa? —me preguntó. Sonaba alegre y animada, como si fuésemos la clase de padre e hija que hablan todos los días y quizá necesitara pasarme a que me prestase un poco de azúcar.
Le dije que tenía que contarle una cosa y que tenía que quedar entre nosotros. Una cosa que no le podía decir a Errol, ni a Gerry ni a nadie más.
—¿Confío en que quedará entre nosotros dos?
—¿De qué hablas?
—Primero tienes que prometérmelo, por favor.
—Vale, te lo prometo. ¿Qué ocurre?
—¿Te acuerdas de Abigail, la niña de acogida de Tammy?
—¿La de los piojos? Claro.
—Encontró una cosa en la maleta. Justo antes de que Aidan muriese, le dejó un mapa del lago Wyndham. Y en el mapa hay una X que señala una zona del agua. Creo que es…
—Espera, espera, espera. —De repente, la conversación le interesó muchísimo—. Rebobina. ¿Cómo es que Abigail tiene un mapa del lago Wyndham?
De modo que se lo tuve que explicar todo: cómo Aidan, sin darse cuenta, le había metido el mapa en la maleta a Abigail en vez de a mí.
—Intentaba darme algo con lo que protegerme, para que tuviera una buena baza que jugar contra los Gardner.
—¿Y estaba ahí colgado, en la habitación de Abigail? ¿A la vista de todo el mundo?
—No pasa nada, Maggie. Es nueva y aún no tiene muchos amigos. —¿Y qué hay de los trabajadores sociales? ¿No van al piso para ver
qué tal está?
—Créeme, soy la única persona que sabe lo que significa. Lo iba a quemar para deshacerme de él, pero entonces se me ocurrió que quizá deberías tenerlo tú. Por si te hace falta. Si quieres venir a casa, te lo doy.
—Bueno, tengo muchas ganas de verlo, pero el miércoles viajo a Madrid y estaré fuera diez días.
No quería pasarme diez días con el mapa, así que le sugerí que a lo mejor lo quemaba.
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—¿Y si vienes a Boston? —me propuso—. ¿Tienes planes mañana? Podemos quedar aquí. Comprobaré si Lucía está libre y nos puede preparar algo. Te gustó cómo cocinaba, ¿no te acuerdas?
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Había metido un poco de ropa y un cepillo de dientes en un bolso de viaje, pero no me molesté en buscar un hotel. No tenía claro si me iba a hacer falta. Me acordaba de que el ático contaba con una habitación de invitados y esperaba que Maggie me invitase a quedarme allí. Quizá nos pasásemos toda la noche en vela, hablando. Quizá encontrásemos un Waffle House por la mañana y fuésemos a desayunar tortitas.
Pero esos pensamientos eran una bobada. Ahora me doy cuenta. Los padres no sabemos parar a la hora de autoengañarnos.
El martes por la tarde, crucé el puente Zakim y seguí la carretera que ya conocía hasta la torre Beacon. Esa vez dejé el jeep en el vasto aparcamiento de empleados y luego crucé la calle para entrar en el vestíbulo. De nuevo, la guapa de Olivia trabajaba en la recepción y me dio la bienvenida con una sonrisa cálida.
—¡Qué alegría volver a verle, señor Szatowski! —exclamó—. ¿Qué tal el viaje?
—Bastante bien, Olivia. Gracias. ¿Quieres que te enseñe el carné de conducir?
—Ah, no. No hace falta. El ascensor D está justo detrás de usted.
Disfrute de la velada.
Entré en la conocida caja negra y metálica sin botones y, de nuevo, el ascensor pareció moverse por voluntad propia. La pequeña pantalla digital parpadeó, cobró vida y fue marcando los números de los pisos por los que pasábamos: 2, 3, 5, 10, 20, 30, Al, A2 y A3. Por fin se abrieron las puertas, volví al ático y Maggie me esperaba… Iba hecha un pincel, llevaba un vestido resplandeciente sin mangas y pendientes de diamante.
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—¡Papá! ¡Has venido!
Tenía el pelo más largo y era un par de tonos más oscuro de lo que recordaba; debía de habérselo teñido después de la boda. Llevaba unos tacones altos y de aguja, de modo que me llegaba a la cara. Me saludó con un abrazo delicado y tuvo mucho cuidado de no espachurrarme el cabestrillo. Me acerqué más a ella y le dije que ya se me había curado el brazo. El médico me iba a quitar la escayola a finales de la semana, así que me podía abrazar sin miedo a romperme nada.
Habían redecorado el ático. Contaba con la misma disposición y los ventanales por los que se veía el perfil de la ciudad, pero todos los muebles eran nuevos y los cuadros en blanco y negro habían desaparecido. Los habían reemplazado un par de réplicas, de buen gusto, de cuadros del museo de Bellas Artes de Boston: veleros, flores en jarrones y cosas por el estilo.
—¿Nada de caras?
Se rio.
—¡Gracias a Dios! Siempre me ponían los pelos de punta. —Le dio un escalofrío al recordar los cuadros—. No veas qué alegría cuando los guardé en un trastero.
Me di cuenta de que no iba vestido para la ocasión. Llevaba un jersey y unos pantalones vaqueros porque la escayola abultada no me permitía muchas más opciones, pero Maggie parecía lista para ir a los Oscar.
—No sabía que íbamos a salir —le dije—. Me dijiste que íbamos a cenar aquí.
—Sí. Vas bien. Los demás están en la terraza.
La seguí por el salón y me invadió el desasosiego al ver que Errol Gardner y Gerry Levinson nos esperaban fuera, apoyados en la barandilla con sendos vasos de bourbon. Maggie abrió la puerta corrediza y me saludaron con unas sonrisas falsas.
—¡Frank Szatowski! —proclamó Errol—. ¿Qué tal el brazo, amigo? Hemos oído que te pegaste un buen castañazo.
Pasé de él y me giré hacia mi hija.
—¿Qué pintan ellos aquí?
—Es cosa de todos, papá. Creo que lo mejor es que trabajemos juntos, que seamos transparentes y lo hablemos.
Me di cuenta de que Hugo también estaba allí, en la otra punta de la terraza. Fingía que no me había visto llegar. Observaba el perfil de la
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ciudad impávido, con un semblante neutral.
Y, en uno de los sofás, Sierra se había tumbado bocabajo. Tenía los ojos cerrados y roncaba un poco. Se había quitado los tacones a patadas y se le había subido el vestido, de modo que se le veía parte del tanga.
—¿Qué le ha pasado? —pregunté.
—Demasiados cócteles —explicó Gerry, que sonrió con afecto, cogió una manta, la sacudió y le tapó el cuerpo a su mujer con cuidado—. Cuando solo pesas cuarenta y cinco kilos, tienes que tomártelo con calma.
No me aguanté las ganas de volverme hacia Errol y preguntarle por su mujer:
—¿Cómo está Catherine? ¿También va a venir?
Pareció decepcionado, como si le hubiese gastado una broma de mal gusto.
—Ha tenido un año difícil, Frank. Ha perdido a su hijo único.
—Pero, en vez de quedarte en casa para hacerle compañía, has venido a verme. ¡Qué halagador!
Porque todo me daba igual o, como dirían los trabajadores jóvenes de Capaciti, no me importaba una puta mierda. A Errol no pareció molestarle el comentario sarcástico, pero Hugo se tensó, como si aguardase una señal para tirarme por la terraza.
—Frank, he venido a mostrarte cuánto te aprecio. La información que has encontrado es valiosísima para muchas personas y sé que podrías haber tomado otra decisión.
—Lo he traído por Maggie, no por ti ni por nadie más. El único motivo por el que estoy aquí es ella.
La puerta corrediza de cristal se abrió y salió Lucía, que llevaba el uniforme blanco de chef. Me pareció verle una chispa de compasión en los ojos. Me imaginé que habría oído sin querer un montón de conversaciones mientras hacía su trabajo invisible en la cocina; era probable que cargase con montones de secretos feos y desagradables. Quizá siempre había sabido que la boda era una farsa y que mi hija me había mentido desde el principio, porque parecía entender cuánto me dolía estar allí.
—Me alegro de volver a verte, Frank. ¿Qué quieres beber? Tenemos cerveza, cócteles o lo que tú quieras.
En el sofá, Sierra de puso de lado, la manta se cayó al suelo, se quedó con el culo al aire y toda la ciudad le pudo ver el tanga. Lucía se mantuvo serena y fingió no haberse dado cuenta.
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—Gracias, Lucía, pero no voy a tardar nada. He venido a saludar y me marcharé en un periquete.
Maggie se quejó un poquito, con cortesía:
—Papá, ¿estás seguro? Ha preparado su famoso pato asado. Tarda setenta y dos horas en cocinarlo y es extraordinario.
Dije que sentía mucho no probarlo e insistí en que tenía que volver a Stroudsburg.
—Otra vez será —me prometió Lucía, y creo que supo la verdad antes que yo: nunca iba a volver al ático y nunca iba a volver a probar su comida.
Esperé a que entrase y cerrase la puerta para sacar el mapa y dárselo a mi hija.
—Aidan dijo que era para protegerme. Creo que intentaba darme una baza que poder jugar, pero no pienso hacer nada, Maggie. Solo te deseo lo mejor, así que quédatelo.
—Gracias, papá. Te lo agradezco.
Mi hija examinó el mapa antes de dárselo a Errol y a Gerry, quienes llamaron a Hugo con un gesto para que se acercase a echar un vistazo. Ninguno tuvo miedo de tocarlo con las manos desnudas y no tardé nada en entender por qué, pues Errol llevó el mapa al fogón de jardín y lo arrojó a las llamas. Tardó un momento en quemarse y, con un destello, el fuego lo devoró y redujo el papel a cenizas. En el sofá, Sierra se puso bocarriba y susurró, con suavidad y aún dormida:
—No, no, no…
Errol entrelazó las manos como para sugerir que el problema se había solucionado.
—Frank, ¿seguro que no quieres tomar nada? El tráfico es de locos.
Será mejor que te quedes y te tomes una cerveza.
No quería quedarme más de lo necesario y tampoco me quería despedir de Maggie delante de todos esos gilipollas, pero no me había dado elección.
—Hace tres años, me pediste ayuda y te fallé. Siempre me he sentido fatal por ello. Espero habértelo compensado, Maggie. Solo quiero lo mejor para ti. —Se me pasaron un millón de pensamientos por la cabeza, muchísimas más cosas que le quería decir, pero me di cuenta de que solo había tiempo de hacer un último apunte—: Si te cansas de todo esto, si no
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quieres seguir aquí, siempre puedes venir a casa. Siempre que necesites un lugar donde quedarte, te estaré esperando.
—Ya lo sé, papá. Gracias. Ven que te dé un abrazo.
Dio un paso adelante y me rodeó con los brazos. Esperé que no fuese la última vez que la veía, pero me di cuenta de que tal vez sí fuese así.
Y no le veía ningún sentido. Dentro de ella estaba la niña que adoraba leer Buenas noches, Gorila. Una niña a la que le encantaba jugar al monstruo de los abrazos, una niña a la que le encantaban las tortitas con fresas y un extra de nata montada. Una chiquilla dulce que correteaba entre los aspersores del césped y se reía en los calurosos días de verano. No sabía qué le había pasado a esa niña. No sabía cuándo me había equivocado ni cómo había metido la pata, pero sabía que siempre la iba a querer, a pesar de todo lo que sucediese después. Me aparté porque noté que empezaba a llorar y no iba a dejar que Errol me viese así. «Vamos, Frankie. Compórtate». Le dije adiós y mi voz apenas fue un susurro:
—Te quiero, Maggie. Pórtate bien, ¿vale?
—Vale, papá. Buen viaje.
Luego me di la vuelta, me dirigí a la puerta de la terraza y oí que Gerry carraspeaba.
—Otra cosa, Frank —dijo, y se sacó un cuaderno pequeño del bolsillo —. ¿Dónde está la niña?
La pregunta se quedó suspendida en el aire. Aún estaba mudo de la emoción y no la entendía.
—¿Qué niña?
—Abigail Grimm. La niña que encontró el mapa.
—Está con mi hermana.
Hugo le acercó la tableta a Gerry y le enseñó la pantalla.
—¿Y tu hermana vive en el piso uno cero seis de la calle Conover, número dieciocho?
—Sí, pero ¿qué más da?
Gerry le quitó importancia a la pregunta y sacudió la mano.
—Era por comprobarlo.
—¿Comprobarlo para qué?
Miré a Errol y a Maggie. Ninguno quería responderme.
—¿Qué pasa?
En ese momento, Gerry por fin habló:
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—Según tenemos entendido, Aidan le dio el mapa a Abigail. Es posible que se equivocase, como sospechas, o quizá fuese adrede. Quizá quería que lo tuviese Abigail. Quizá le dio más información. La verdad es que no lo sabemos y es un problema.
—Solo tiene diez años —les recordé.
—Y es muy avispada para tener diez años —declaró Gerry—. Tiene buena memoria y se acuerda de todos los detalles. Tu hermana cree que debería ir a Jeopardy!
—Los niños son como esponjas —asintió Errol—. Es probable que oyese todo tipo de rumores ese fin de semana.
Maggie apostilló que Abigail incluso había conocido a Brody Taggart en cuanto llegamos a Nuevo Hampshire.
—Brody os dijo que Aidan mató a Dawn Taggart y escondió el cadáver en el campamento. Y luego, tres días después, Aidan le da a Abigail un mapa del campamento con una X. Antes o después, acabará sumando dos y dos.
—¿Y qué va a hacer? Está en quinto. Duerme con peluches.
Errol habló en un tono tranquilo y monocorde que sugería que todo iba a ir bien:
—Solo intentamos anticiparnos al problema, Frank. El caso es que eres de la familia y confiamos en ti. Sabemos que quieres lo mejor para Margaret. Y por eso mismo confiamos en Tammy, pero la niña es un cabo suelto. Una variable desconocida. Al final, encajará las piezas del puzle. Y un día, cuando sea una vagabunda adulta y esté embarazada y enganchada a la droga, quizá intente vender la información. Así que ahora nos enfrentamos a la cuestión de cómo impedir que pase eso.
Mientras Errol me lo explicaba, reparé en que Hugo escribía un mensaje en el móvil.
—¿Qué haces?
Me ignoró hasta que acabó de escribir el mensaje y lo envió.
—No se preocupe, señor Szatowski. Ya ha hecho lo más importante, que era avisarnos del problema. Nos encargaremos de todo lo demás.
En el sofá, Sierra se despertó de la siesta, se reincorporó y frunció los labios. Parecía que se había tragado un bicho por accidente.
—Perdón —murmuró antes de mirarse las piernas y taparse con el vestido para estar más presentable.
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—No hace falta que pidas perdón —la tranquilizó Gerry—. Tienes sueño, no pasa nada.
Sierra se metió dos dedos en la boca y, con cuidado, se sacó un pelo largo y lo examinó con los ojos vidriosos.
—No es mío, ni de coña.
Después, se acercó dando tumbos al borde de la terraza, tiró el pelo por encima de la barandilla y observó cómo se lo llevaba el viento. Aquello no pareció llamarle la atención a nadie, como si ese comportamiento fuese de lo más normal.
—Maggie, necesito que me traduzcas la conversación. ¿De qué estamos hablando?
Me dijo que no había nada que traducir.
—Creo que entiendes de maravilla la conversación.
—¿Y a ti te parece bien?
—No me hace gracia. Nadie quiere que pase, pero entiendo por qué tiene que pasar.
Y supongo que fue entonces cuando supe que la había perdido por completo. Hasta ese momento, había estado dispuesto a racionalizarlo casi todo, pero ¿y eso? Era monstruoso, una salvajada, inmoral y malévolo…
—Mira el lado bueno, así nos sentiremos mejor —continuó Gerry—. La semana que viene, la fundación Capaciti Cares hará una donación generosa a varias organizaciones benéficas que ayudan a los niños de acogida, a nombre de Abigail. Con ese dinero se subvencionarán veinticinco becas para que las jóvenes más desfavorecidas vayan a la universidad. Eso son veinticinco Abigails que conseguirán una oportunidad de salir de la pobreza, rumbo a un futuro prometedor.
En algún momento, dejé de escuchar. Me intenté imaginar cómo podría ocurrir. Todas las semanas, Abigail volvía del colegio andando y pasaba por varios cruces concurridos. Había muchas oportunidades de que la atropellasen y se dieran a la fuga.
O quizá sucediera en el piso. Un intento de allanamiento de morada que se torcía, un incendio accidental en casa o un fallo de la tostadora.
O quizá desaparecería sin más. Quizá la policía se iba encontrar la sudadera de Abigail en el campo, detrás del piso de Tammy.
—¿Papá? —Maggie me chasqueó los dedos delante de la cara—. ¿Has oído lo que acaba de decir Gerry? ¿Lo de las becas?
—¿Y cuándo va a pasar?
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Gerry me prometió que no había nada de lo que preocuparse.
—Para cuando llegues a casa, todo habrá acabado.
Hablaba con la confianza de un abogado experimentado que le garantiza a su cliente que todo va a ir bien. El plan ya se había puesto en marcha. Lo habían decidido todo antes de que yo llegase. Me aguanté las ganas de coger el móvil y llamar a Tammy, de llamar a la policía o a quien fuese.
Errol se me acercó más, entrelazó los dedos y me escudriñó el rostro. —Frank, ¿estás bien? ¿Hay algo de lo que quieras hablar?
Me obligué a imitar su comportamiento. Sabía que no tenía que perder la calma, sino reaccionar de un modo que él entendiese. De repente, deseé haberle pedido una copa a Lucía, solo para poder tener un vaso en la mano, un objeto de atrezo para desviar la atención y que no me mirasen a la cara.
—No quería que viniese a la boda —le expliqué—. Todo fue idea de Tammy. Le dije que era un error.
—Me acuerdo —dijo Errol—. Por lo que recuerdo, no parecía que te hiciese ninguna gracia.
—Exacto. Para empezar, no debió haber venido, así que no me importa cómo solucionéis el problema.
Errol se relajó.
—Bien, Frank. Eres muy comprensivo.
—Pero, si quieres que me ponga de tu parte, voy a necesitar cinco mil acciones.
Por un instante, me preocupó que no le hubiese pedido lo suficiente, que la cifra que le había dado fuese demasiado baja y no resultase convincente, pero Gerry empezó a poner pegas, dijo que no estaba en condiciones de exigirles nada y me di cuenta de que había dado en el clavo.
—A mi hermana le regalaste mil acciones solo por ir a la boda —le recordé—. Y os he traído el mapa por voluntad propia. Me iba a marchar sin nada, pero si queréis que os apoye con lo último, si queréis que viva con ello, necesito cinco mil acciones. En una cuenta de accionista. Antes de pasado mañana. —Me volví hacia Maggie para acabar de explicar mis motivos—. Ya sabes lo mucho que le va a afectar a tu tía Tammy. Se va a quedar hecha polvo.
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—Estará bien, papá. Hay un montón de críos esperando a ocupar el lugar de Abigail.
—No, Maggie. No volverán a darle un niño de acogida. Le quitarán la licencia y ella nunca se lo perdonará. Y tendré que enfrentarme a las consecuencias. Ya lo sabes. Diles que es lo justo.
Me hija me mostró un leve indicio de sonrisa y luego le noté una cosa en el semblante que hacía muchísimo tiempo que no veía: respeto. Por primera vez en años, por fin la había impresionado.
—Creo que es justo —afirmó—, pero no es mi decisión.
—Pues claro que no, joder —espetó Gerry.
—Yo me encargo —le dijo Errol—. Cinco mil acciones son mucho dinero, Frank.
Me volvió a mirar a los ojos, intentó estimar lo convencido que estaba y le sostuve la mirada. Ni siquiera parpadeé. Ahora o nunca, era el momento de la verdad y lo que jugaba a mi favor era que Errol Gardner nunca se había molestado en conocerme.
Así que podía fingir ser otra persona.
Al final, cogió el bourbon y se encogió de hombros.
—No te puedo hacer una transferencia de tantas acciones de un día para otro. Hay que tomar ciertas precauciones para no llamar la atención, pero danos setenta y dos horas y serán tuyas. ¿Te parece bien?
En otras palabras, me creyó. Pues claro que me creyó. Para los hombres como Errol Gardner, mi respuesta fue de lo más racional. Tal y como veían el mundo, todas las relaciones eran transacciones y, cuando tenías un as en la manga, lo natural era exprimir al máximo la ventaja. La cooperación era cosa de bobos. La compasión era de lerdos.
—Me vale con setenta y dos horas —dije.
Sonrió.
—Bueno, me da que esta cena me va a salir más cara de lo que pensaba. ¿Seguro que no quieres quedarte y cenar con nosotros?
Comenté que me esperaba un largo viaje de vuelta Stroudsburg y que tenía muchas cosas de las que encargarme al llegar.
—Pero voy al baño antes de marcharme.
Maggie se ofreció a indicarme el camino, pero le dije que me acordaba de cómo se iba. Los dejé en la terraza, crucé el salón, recorrí el pasillo corto, dejé atrás el cuarto de baño y los armarios y llegué al baño principal. La puerta estaba entreabierta, pasé y la cerré. Debían de haberse duchado
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hacía poco tiempo, porque había restos de condensación en el espejo y en los azulejos.
De inmediato, saqué el móvil y llamé a mi hermana.
—Hola, Frankie. ¿Qué…?
—Tammy, escucha: Abigail corre peligro.
—¿Qué?
—Sácala del piso. Ya. Id a un hotel y no le digáis a nadie adonde vais. ¿Me entiendes?
—¡No! ¡Para nada! ¿Por qué iba a…?
—El mapa, Tammy. Saben que ha visto el mapa. Les preocupa que hable. Ahora mismo, van a tu piso.
Mi hermana llamó a Abigail, le dijo que bajase y se pusiera las zapatillas.
—Nos tenemos que ir, cielín. —De repente, oí el trajín de la cocina mientras cogía la cartera, las llaves y el abrigo—. Todo es culpa mía — dijo en voz baja—. Tenías razón, Frankie. Debería haberte hecho caso. ¿Qué va a pasar?
—Vete —le insistí—. Te llamaré en cuanto pueda.
Tenía más preguntas, pero no había tiempo de explicaciones. Colgué y luego cogí la tapa de la cisterna del inodoro. Con solo una mano, fue una chapuza incómoda. Me ayudé con la parte delantera de la pierna para que no se me escurriese la tapa y, con cuidado, me arrodillé y la puse en las baldosas del suelo. La bolsa de plástico negro seguía pegada con cinta americana a la parte inferior y abrí el botiquín en busca de un objeto afilado. Esperaba encontrar unas tijeras y me tuve que conformar con unas pinzas puntiagudas. Arañé el plástico hasta rasgarlo y luego lo abrí con el dedo. Dentro había una estrecha caja metálica, con la forma y el tamaño de un talonario. Una de esas cosas que la gente usa para hacer copias de seguridad de sus ordenadores.
La primera noche que estuve en el ático, había sospechado que Aidan le ocultaba un secreto a mi hija, pero ella me lo había confesado el día de la boda. Maggie dijo que había grabado horas de conversaciones con los Gardner: «Errol, Catherine, Aidan y yo, incluso Gerry. Si lo intentasen, me los cargaría a todos». Durante todo ese tiempo, la persona que escondía secretos en el ático era Maggie. Y no pensaba irme sin ellos.
Me guardé la caja en el bolsillo y luego me volví a concentrar en la tapa de porcelana. Tuve la tentación de arrancar el resto del plástico y la
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cinta americana para que no quedase ni rastro, pero era una tarea difícil y chapucera que hacer con una sola mano y no me quedaba tiempo. Tenía que darme prisa. Levanté la tapa con la mano buena y, con las prisas por levantarme, noté cómo la porcelana húmeda se me escurría entre los dedos.
Cayó al suelo y se hizo añicos.
Me quedé petrificado, demasiado asustado como para moverme, y esperé a que los pasos vinieran deprisa por el pasillo: los sonidos de Maggie, de Hugo o de quien fuese que corriese a ver qué se había roto. Todos lo habrían oído, sin duda.
A menos que siguieran fuera, en la terraza, rodeados por los ruidos de la ciudad. Tras unos instantes de silencio, logré pensar que quizá no me fuera a pasar nada.
Siempre que me marchase de inmediato.
Era imposible limpiar el desastre. Era demasiado, había demasiados fragmentos y esquirlas de porcelana, además de un polvillo blanco por todo el suelo. Me limité a abrir la puerta del baño y vi que Sierra estaba en el pasillo y se frotaba el ojo con un nudillo.
—¿Tienes solución única?
—¿Perdón?
—Para las lentillas. Están sequísimas.
Abrí el botiquín e intenté que mirase las baldas, pero ya se había fijado en la cisterna y en el desastre del suelo.
—¿Qué ha pasado?
Encontré un bote de lágrimas artificiales Bausch & Lomb y se lo puse en la mano.
—Prueba con esto. Cerraré la puerta para darte intimidad.
Volví al salón y descubrí que una Maggie sonriente me esperaba en la puerta de la terraza.
—¿Todo listo?
—Eso creo.
Errol y Gerry entraron en el ático y Maggie llamó al ascensor. Los cuatro charlamos con incomodidad sobre el tráfico de la última hora de la tarde y Errol apuntó que aún me podía ahorrar el atasco si me marchaba pronto. Intenté oír algún movimiento en el hueco del ascensor, los sonidos de los motores, de los engranajes o de las poleas, pero no oí nada. Volví a
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llamar al ascensor, aunque el botón ya estaba encendido, y sonreí a mi hija.
—¿Dónde está mi mujer? —preguntó Gerry.
—En el baño. Las lentillas le están dando guerra.
Como si la hubiese invocado, Sierra emergió del pasillo oscuro, se tambaleó sobre los taconazos y apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio.
—Ahí está —dijo Errol.
En las profundidades, el ascensor por fin comenzó a subir y unos suaves sonidos mecánicos reverberaron por el hueco.
—Las lentillas me están matando —se quejó Sierra—. Creo que voy a echar una cabezada.
—Ve a la habitación de invitados —le propuso Maggie—. La cama está hecha.
Sierra asintió con la cabeza.
—Me parece una buena idea. Gracias. —Se dio la vuelta para marcharse, lista para ir por el pasillo a la parte trasera del ático, y añadió un último apunte—: Ah, tu padre te ha roto el inodoro.
Maggie, Errol y Gerry se volvieron para observarme y me reí e intenté sugerir que era otra de las ocurrencias raras de Sierra.
—Pues sí que le hace falta echar una cabezada.
Sierra debía de estar más despejada de lo que yo creía, porque entornó los ojos y frunció el ceño.
—Va en serio, Margaret. No me eches la culpa del estropicio porque yo no he sido. Ha sido él. ¿No le ves el polvo en la ropa?
Maggie me miró los pantalones. En las rodillas tenía un polvo blanco que parecía azúcar glas.
—¿Papá? ¿De qué habla? —El ascensor seguía chirriando, daba sacudidas, gruñía y las puertas aún no se abrían—. ¿Qué le has hecho al inodoro?
Incluso después de todo lo que había pasado, era incapaz de mentir a mi hija. A Errol y a Gerry, sin problema, pero no a Maggie. Lo más importante que les podemos dar a nuestros hijos es la verdad. Debió de vérmela en los ojos, porque se dio la vuelta y salió corriendo por el pasillo a indagar.
—¡Vamos, Maggie! —la llamé—. ¡Me voy!
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Pero las puertas del ascensor seguían sin abrirse. Errol apuntó que siempre había mucho jaleo sobre las cinco, porque es cuando los trabajadores de las plantas inferiores se empiezan a marchar a casa.
—El aparcamiento será un sindiós.
—Si es que consigo bajar —bromeé mientras Sierra me fulminaba con la mirada desde el otro extremo del salón. Se había sentado en el sofá y esperaba a que Maggie volviese. Estaba convencida de que le echaría la culpa a ella.
Las puertas del ascensor por fin se abrieron con un pitido delicado, justo cuando Maggie me llamó desde las profundidades del ático.
—¡Papá! ¡Espera! ¡Para!
Fingí no oírla.
—Buenas noches, caballeros.
—¡No dejéis que se vaya!
Y no sé de dónde salió ni cómo fue tan rápido, pero, de repente, Hugo se interpuso entre las puertas y yo.
—Su hija lo llama, señor Szatowski. ¿No la oye?
Maggie entró corriendo en el salón. Tenía los ojos desorbitados a causa del pánico.
—Devuélvemelo.
Errol estaba confuso.
—¿Que te devuelva el qué?
Me di cuenta de que la había puesto entre la espada y la pared. No podía pedirme las grabaciones sin admitir que existían, sin admitir que había grabado en secreto a Errol y a Gerry sin que ellos lo supiesen.
—Me ha quitado una cosa. Un disco duro con información personal. —Me miró la cintura y me notó el contorno de la caja metálica en los pantalones—. Y lo lleva en el bolsillo.
—Y te ha roto el inodoro —cacareó Sierra—. ¡Os lo he dicho! Pero no me habéis hecho caso porque nadie me toma en serio. —Echó atrás la cabeza y cerró los ojos—. Que os jodan.
Hugo dejó de sujetar las puertas del ascensor y el corazón me dio un vuelco cuando se cerraron.
—Coja el siguiente, señor Szatowski —dijo—. Vacíese los bolsillos, por favor.
Me di cuenta de que las habilidades de consciencia situacional que tanto me había costado aprender me habían fallado y había dejado que me
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atrapasen como a un tonto. Tenía a Gerry a la izquierda, a Errol y a Maggie a la derecha y Hugo estaba delante de mí, a la espera de que hiciese lo que me indicaba. Se había sacado del abrigo una pistola negra y pequeña, pero sujetaba el arma a un lado, como si nada, solo para informarme de su presencia. Era un gesto innecesario, en mi opinión. Sabía que podía conmigo sin un arma. Aún me acordaba de cómo me había inmovilizado contra la pared del refugio nuclear y me había obligado a escuchar los últimos estertores de Aidan. Metí la mano en el bolsillo y saqué el disco duro.
—¡Es ese! —dijo Maggie.
Hizo ademán de cogerlo, pero Hugo le mandó dar un paso atrás. —Quiero que se lo dé al señor Gardner, y muy despacio —me mandó
—. Luego cogeremos un ordenador y todos juntos veremos qué hay en el disco duro.
Pero fui incapaz de dárselo. Sabía que esa caja de metal diminuta era mi única esperanza de proteger a Abigail. Siempre que poseyera sus secretos, no se atreverían a ir a por ella. Hugo alzó el arma, me encañonó y me animó a que siguiera sus indicaciones.
—No seas imbécil —me dijo Errol—. Da igual lo que pienses, no eres lo bastante listo como…
Lo interrumpió un grito. Lucía había salido de la cocina con una bandeja enorme de pato asado, pero, al ver la pistola, había chillado. La fuente hizo un ruido ensordecedor al caer al suelo y le di un puñetazo a Hugo con el brazo derecho. Le estampé la escayola abultada en la cara y le aplasté la nariz como si fuese una fresa madura. Soltó la pistola y se alejó dando tumbos, se llevó las manos a la cara y la sangre le brotó entre los dedos. Dudé lo justo para intercambiar una mirada con Lucía y te juro que la mujer era plenamente consciente de lo que hacía: sacrificaba su exquisito plato, que había tardado setenta y dos horas en preparar, para darme una oportunidad.
Eché a correr por el pasillo y dejé atrás las puertas de los armarios, el cuarto de baño y el principal. Sabía bastante de protocolos de incendios como para estar seguro de que el ático debía de contar con una segunda salida y, como no había ninguna en la cocina ni en el salón, tenía que ser la puerta al final del pasillo, la que tenía la barra antipánico metálica en el centro. Me lancé a por ella y salí a lo alto de unas escaleras de hormigón. En la pared habían escrito con una plantilla «A3», al lado de una sencilla
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alarma de incendios con forma de T. Tiré de la palanca y la alarma sonó al instante, un bocinazo atronador en una caja de resonancia de hormigón. Bajé corriendo hasta la alarma de A2 y también tiré de la palanca.
Para cuando llegué a la cuadragésima planta, los trabajadores del edificio salían a las escaleras, se ponían los abrigos y se quejaban de otro inútil simulacro de incendios. Me abrí paso a empujones e intenté bajar lo más rápido que pudiese. Me sentía más seguro a cada paso. Ya no estábamos en la cala del Águila pescadora. Habíamos vuelto al mundo real, donde los actos tenían consecuencias, y no creía que un fugitivo internacional como Hugo fuese a empezar a disparar a ciegas en una escalera llena de gente.
Salimos al vestíbulo, que estaba hasta las trancas de trabajadores e inquilinos descontentos. En el mostrador, la pobre Olivia se veía rodeada de rostros iracundos y teléfonos que no paraban de sonar. Por las paredes de cristal que daban al exterior, vi que venían un camión de bomberos y dos coches de policía, con las luces y las sirenas encendidas. Tenía salpicaduras de sangre fresca en la escayola y en el jersey. De repente, fui consciente de un dolor palpitante y persistente en el antebrazo derecho y me pregunté si me lo habría vuelto a romper.
Me abrí paso a empellones por el vestíbulo y, al salir, me topé con una muchedumbre aún más numerosa de gente que esperaba en la plaza, unos doscientos o trescientos empleados que formaban grupitos en busca de calor y de conversación. Había personas que miraban las últimas plantas en busca de indicios de humo o de fuego, y muchas más miraban embobadas los móviles. Tres bomberos con abrigos de color amarillo brillante pasaron corriendo a mi lado y pisotearon con las botas las escaleras de la plaza. Un segundo camión de bomberos entró en el aparcamiento, las luces centelleaban, la sirena repicaba y, en medio del escándalo, creí oír que Maggie me llamaba.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!
Quizá me lo imaginé. No me quedó claro. No me atreví a darme la vuelta para comprobarlo. Las sirenas sonaron con más fuerza, la gente se tapó las orejas con las manos y se amontonó cerca del edificio para huir del ruido ensordecedor.
—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!
Caminé en sentido contrario a la muchedumbre, la única persona que se acercaba a las sirenas, hasta que se me embotaron los oídos y dejé de oír
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su voz.
«No te des la vuelta, Frankie».
«Sigue andando y no mires atrás».
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Supercuts cerraba a las nueve y no llegué a Stroudsburg hasta las diez y cuarto. La aguja del depósito de gasolina indicaba que estaba vacío y el motor estaba en las últimas, pero tenía demasiado miedo como para detenerme y repostar. Sabía que no había tiempo que perder. Entré en el aparcamiento del centro comercial al aire libre, dejé el jeep en una zona de carga y descarga y pasé corriendo junto a las chicas que montaban en monopatín delante de Chipotle. Había media docena de adolescentes haciendo piruetas en La rampa para las sillas de ruedas. Le habían dado la vuelta al cartel de la puerta de Supercuts y decía «CERRADO», pero, gracias a Dios, vi a Vicky por el escaparate. Llevaba una escoba y barría el pelo. Había echado la llave, así que toqué el cristal con los nudillos para llamarla. Sin levantar la vista, soltó:
—Ya hemos cerrado.
Toqué con más fuerza.
—Vicky, soy Frank.
Se detuvo una fracción de segundo y luego siguió barriendo. Fingió que no significaba nada para ella.
—Tendrás que volver por la mañana. Hay peluqueros que empiezan el turno a las siete y media.
—Vicky, por favor. Tengo que hablar contigo.
—Bueno, ¿de qué será? Solo soy la persona que te corta el pelo.
—No lo dije en serio. Perdón por haberlo dicho. ¿Me abres la puerta, por favor?
—Los clientes no pueden entrar en la peluquería después de cerrar. La política de la empresa no lo permite.
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Se puso a ordenar las revistas de moda de la mesa de la zona de recepción y colocó con cuidado los últimos números de Vogue, de Elle y de InStyle para los clientes del próximo día. Vicky llevaba un jersey negro con una calabaza naranja y unas letras que rezaban «¡BU!». La peluquería estaba preparada para Halloween, con recortables de papel de calaveras, murciélagos y el monstruo de Frankenstein.
—Maggie ha hecho una cosa horrorosa, Vicky. No te lo quería contar porque me da vergüenza. No te quería mentir, así que te he estado evitando. Y ahora me he metido en un lío y necesito que me ayudes. Ni siquiera puedo ir a casa. Allí no estoy seguro. Por favor, ¿me abres la puerta?
Con tanto gritar, había llamado la atención de las chicas del monopatín. Habían dejado de hacer ollies y de darle la vuelta al monopatín y se habían puesto a escuchar la conversación. Una chica con una barrita metálica en la nariz me ofreció su móvil y me aconsejó que llamase a emergencias. Lo rechacé con un educado «No, gracias». Aún no necesitaba a la policía. Ya había llamado a mi hermana desde la carretera, me había confirmado que Abigail y ella estaban a salvo en una habitación del Hampton Inn y esperaban a que les dijese qué hacer a continuación.
—Por favor, Vicky. —Levanté el disco duro para que lo viese—. Quiero enseñarte una cosa, ¿vale? En el ordenador. Y cuando lo oigas, creo que entenderás por qué he estado tan raro estos días. Es la respuesta a todas tus preguntas.
Había conseguido captar su interés. Vicky era una persona inteligente y curiosa. Una vez me había dicho que en todas sus novelas históricas favoritas había algún secreto o misterio. Vino con un gigantesco manojo de llaves, quitó el cerrojo y abrió la puerta lo justo para que me pudiese deslizar al interior. Luego echó la llave, bajó las persianas del escaparate y giró las lamas para que no se viera nada.
—El ordenador tiene diez años —me advirtió—. La semana pasada se quedó colgado y perdimos todas las citas de octubre, así que no esperes ningún milagro.
Nos pusimos detrás del mostrador donde despachaban a los clientes y se pagaban los cortes de pelo. Vicky encontró un cable USB conectado a la parte trasera del ordenador y enchufó el disco duro. En el monitor se abrió una ventanita, que nos alertó de la presencia de un dispositivo nuevo y nos pidió que esperásemos. Un relojito de arena diminuto dio vueltas y más
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vueltas. Vicky me miró y se dio cuenta de que olía que apestaba. Estaba empapado en sudor tras volver conduciendo a casa como un loco y zigzaguear entre el tráfico a ciento treinta kilómetros por hora. Estaba cansado, gravemente deshidratado y tenía unas salpicaduras diminutas de sangre en el jersey.
—Cielos, Frank. ¿Qué te ha pasado?
Me di cuenta de que Vicky se fijaba en mi pelo. Le dije que había empezado a ir a otro Supercuts, el de Mount Pocono, y que mi nuevo peluquero era un tal Rooster que había aprendido a cortar el pelo en la cárcel.
—¡Vaya capas! Para eso mejor córtatelo tú mismo —me soltó—. Ponte un tazón en la cabeza y recórtate las puntas.
En la pantalla se abrió una carpeta con archivos y vi que el disco duro contenía un par de docenas de ficheros. Ninguno tenía un nombre coherente, eran un galimatías de letras, números, fechas y horas, pero Vicky pareció identificar un patrón.
—¿Cuál buscas?
—No sé.
Hizo doble clic en el primero y se abrió un reproductor de audio. El archivo duraba ocho minutos y siete segundos y, en cuanto se empezó a reproducir, reconocí las voces de la conversación:
AIDAN: ¿De cuánto tiempo estamos hablando?
MAGGIE: De dos años.
AIDAN: ¿DOS años?
GERRY: Debería bastar con doce meses.
AIDAN: Es demasiado tiempo.
ERROL: ¿Qué propones?
AIDAN: Treinta días, como una boda de Las Vegas.
MAGGIE: Nadie se lo va a creer si son treinta días.
AIDAN: Bueno, no voy a aguantar un año entero. Lo siento. Prefiero ir a la cárcel.
GERRY: No serás el único que vaya. Tu decisión tiene consecuencias para muchas personas.
ERROL: Hijo, no es lo que tú crees. Maggie y yo nos pasaremos casi todo el año de viaje. Una o dos veces al mes se os verá juntos en
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público. Por lo demás, serás libre.
AIDAN: De hecho, estaré casado. Casado con tu novia, papá. ¿Soy el único al que le parece retorcido de cojones?
—Espera, espera. Un momento. —Vicky estiró el brazo y pausó el audio—. ¿Quién se va a casar con la novia de su padre? ¿Es Aidan?
—Sí.
—¿Y quién es la novia?
Dudé lo bastante como para que Vicky sumase dos más dos y se le quedasen los ojos como platos. Luego hizo clic en el siguiente archivo, pues tenía ganas de oír otra conversación:
MAGGIE: … Y luego llamé a mi padre.
ERROL: ¿Y bien?
MAGGIE: Fue bien. Se alegró de tener noticias mías. Y dijo que vendrá a la boda.
ERROL: Bien. La gente esperará que vaya.
MAGGIE: Pero quiere venir a Boston el viernes. A conocer a su futuro yerno. Y Aidan no da su brazo a torcer.
ERROL: ¿Por qué?
MAGGIE: Dice que ya tiene planes.
ERROL: ¿Qué clase de planes?
MAGGIE: No lo sé. Se lo he intentado poner fácil. Le he dicho que será en el ático y que contrataré a Lucía para que cocine. Dos o tres horas, como mucho, pero no deja de tocarme los huevos. ERROL: Dile que es fundamental.
MAGGIE: Dice que es más de lo que acordamos.
ERROL: Ven, cariño. Todo saldrá bien. Mandaré a Hugo a hablar con él.
MAGGIE: ¿Y qué le va a decir Hugo?
ERROL: No te preocupes. Sigue adelante con el plan y organiza la cena.
Te garantizo que Aidan irá.
La grabación duraba mucho más, pero me desconcentré. Me empecé a acordar de la primera vez que visité el ático, me acordé de que Aidan llegó
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tarde y de lo triste que lo vi durante la cena. De que pareció reacio a hablar conmigo.
Y de cuando Maggie me indicó que no le preguntase por los moratones.
Vicky pulsó la barra espaciadora del teclado para pausar la conversación. Había guardado silencio, pero no aguantaba más.
—Ayúdame, Frank. Necesito un poco de contexto. ¿De qué habla esta gente?
—Te lo contaré todo —le prometí—, pero antes que nada hay que llamar a tu hijo.
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Siete meses después, Abigail debutó sobre las tablas en el musical del colegio, La bella y la bestia. Hacía de cuchara (o más bien de una criada del castillo a la que habían convertido en cuchara por arte de magia). Solo cantaba una canción y salía diez minutos, pero se había pasado ensayando varias semanas, como si fuera la protagonista. A las siete del día del estreno, subió el telón y yo me hallaba entre bambalinas con un par de padres que se ofrecieron a manejar la pesada tramoya. Me sorprendió notarme nervioso. Quería que la función saliese perfecta, la verdad. Después de una larga semana de ensayos, me había aprendido de memoria las letras de todas las canciones y me ponía a silbar las melodías siempre que me paraba en un semáforo rojo:
—¡Qué festín! ¡Qué festín! ¡Un banquete de postín!
Vicky y Tammy estaban en la tercera fila y le habían reservado un asiento a la madre biológica de Abigail, pero nadie se sorprendió cuando la pobre mujer no apareció. Sé que suena fatal, pero había dejado de culparla hacía mucho tiempo. Vicky nos ha concienciado a todos de los poderes destructivos de la adicción y he aprendido lo difícil que es que una persona se recupere del todo. No está claro si Abigail y su madre tendrán mucho futuro juntas. Pero, después de todo lo que Tammy y yo hemos sacrificado por la chiquilla, no íbamos a permitir que volviese al sistema, de ninguna manera, así que mi hermana solicitó la adopción el año pasado y firmó todos los papeles el día de Nochevieja.
Quise firmar los papeles con ella, pero en Pensilvania no dejaban que dos hermanos compartiesen la custodia, así que, en términos legales, tuve que conformarme con ser «el tío Frank». Pero hacía el esfuerzo de ver a
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Abigail todos los días. Me encargué de cuidarla después del colegio y los fines de semana, para que mi hermana pudiese descansar de vez en cuando. Y cuando la profesora de teatro de Abigail necesitó voluntarios con espaldas fuertes para ayudar con los decorados, fui la primera persona que levantó la mano.
El estreno fue un éxito rotundo. Al final del espectáculo, todo el público se puso en pie para ovacionar al reparto y pidieron que todo el personal saliese a hacer una reverencia. Yo estaba ocupado porque arrastraba un tronco gigante de papel maché al bastidor para que ningún niño se tropezase con él, así que me perdí la ovación final. Pero luego me encontré a Abigail entre bambalinas y salimos juntos al aparcamiento del colegio, donde los profesores y los padres habían preparado una merendola.
Era la primera noche cálida del año y todos los críos gozaban de las temperaturas primaverales, corrían por el asfalto sin abrigos y sin guantes, hasta arriba de azúcar gracias a todas las galletas caseras, los cupcakes y los brownies. Había mucha cola para coger un cono de helado artesanal, pero Abigail y yo decidimos esperar y, para matar el rato, me contó los chistes que había aprendido en el club de matemáticas. No te pongas a hablar con el número pi porque será interminable. La mejor manera de no pasar frío en el congelador es ponerse en un rincón, porque siempre está a noventa grados. Y nunca le digas a nadie que está en la media, porque puede que vaya a la moda. Ni siquiera entendí el último chiste, así que Abigail tuvo que parar y explicármelo.
En cuanto consiguió el helado, cometió el error de salir corriendo y una gran bola de pepitas de chocolate se le escurrió del cono y cayó al asfalto con un sonido asqueroso. Le cogí el cucurucho vacío y le dije:
—Toma el mío. Cámbiamelo.
Abigail se negó. Dijo que no era justo.
—Vamos, te lo quiero cambiar —le dije—. Además, el cucurucho es lo que más me gusta.
Tardé un poco más en engatusarla, pero conseguí que me lo cambiase y luego recorrió el aparcamiento con mi helado, con cuidado, y se fue con sus amigos.
Vicky vio lo que pasó y se me acercó.
—¿El cucurucho es lo que más te gusta? ¿En serio?
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Me encogí de hombros y le enseñé que el cono de Abigail no estaba vacío del todo, aún quedaba un poco de helado de pepitas de chocolate en el fondo.
—Con eso me basta —le aseguré—. Es justo lo que necesito.
Pasamos un buen rato hablando con los demás padres y viendo cómo se divertían los niños. Después de que Abigail se acabara el helado, se sumó a las demás cucharas y tenedores y deleitaron a la multitud con un bis de «¡Qué festín!». Entrelazaron los brazos, levantaron las piernas como las Rockettes y se desgañitaron al cantar la letra sin un ápice de vergüenza.
Poco antes de que acabase el banquete, se me acercó el director del colegio, el único hombre que había acudido a la función con traje y corbata. Sabía que no les caía bien a muchos padres (hay personas que no paran de sacarles defectos a los profesores, al temario, a las instalaciones y hasta a la calidad del almuerzo del comedor), pero a mí me parecía que no hacía un mal trabajo.
—Quiero darle las gracias por haberse ofrecido voluntario esta noche —me dijo—. Usted es el padre de Abigail, ¿no?
Había aprendido que es importante dejarles las cosas claras a los administrativos del colegio, por si acaso hay una emergencia médica.
—En realidad soy su tío.
—¿No es usted Frank Szatowski?
—Sí, pero Tammy Szatowski es mi hermana. No estamos casados. — Tammy estaba al otro lado del patio, charlaba con un grupito de madres y se la señalé al director—. Adoptó a Abigail el año pasado.
Pareció avergonzado y se disculpó por el malentendido. Noté que estaba acostumbrado a tratar con padres que eran mucho más sensibles e insistí en que no pasaba nada.
—A Abigail le encanta el colegio. Todos los profesores han sido fantásticos.
No me quedó claro si el director había oído el cumplido. Parecía que le seguía dando vueltas al error.
—¿Le puedo enseñar una cosa? —me preguntó—. ¿Tiene un momento?
Vicky y yo lo seguimos por el aparcamiento, entramos en el colegio, subimos por las escaleras y fuimos a un pasillo a oscuras, que estaba lleno de aulas. Nos detuvimos ante un tablón de anuncios lleno de fotografías y redacciones breves sobre gente famosa. Decían «Beyoncé, la cantautora
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número uno», «Jalen Hurts, el quarterback número uno» y «Shin Lin, el mago número uno». El director nos explicó que el alumnado de quinto escribía biografías de sus héroes y heroínas, hombres y mujeres que nos inspiran a soñar a lo grande. Luego me señaló una foto mía en una canoa y una redacción que se titulaba «Frank Szatowski, el padre número uno».
—Por eso me había confundido —aclaró.
No llevaba las gafas de cerca, así que tuve que entornar los ojos para leer el texto: «Os cuento unos datos curiosos sobre mi padre: Fue soldado en el ejército de los Estados Unidos. Luchó en la guerra del Golfo. Trabajó para UPS y recorrió más de UN MILLÓN DE KILÓMETROS para repartir las cosas que necesitáis. Se le da bien montar en canoa, preparar queso fundido y espantar a los bichos de mi habitación. Y se le da bien cuidarme».
—Si a Abigail le confunde el parentesco que tienen, podemos concertar una reunión con la orientadora. Se le da muy bien gestionar las conversaciones delicadas. ¿Quiere hablar con ella?
No contesté porque tenía miedo de que se me quebrase la voz. Intenté decirle por señas que me había atragantado con un trocito de cono y, por suerte, Vicky acudió al rescate.
—Frank no tiene ningún problema —intervino—. Él mismo hablará con Abigail y lo solucionará todo.
El director parecía aliviado (había evitado otra crisis) y dijo que tenía que volver a la fiesta, pero nos animó a que nos quedásemos un rato y leyésemos toda la redacción.
—Es una de las mejores. Sacó un diez.
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El centro penitenciario federal Corbettsville es una prisión de mínima seguridad cerca de Binghamton (Nueva York), a un par de horas en coche de mi casa. Es un centro nuevo, de hace menos de cinco años, que diseñaron para los delincuentes no violentos. En vez de celdas con barrotes, las reclusas comparten espacios que se parecen a las habitaciones de las residencias universitarias. Todo el mundo tiene ventanas con vistas al exterior. Hay varios trabajos donde pagan sesenta centavos por hora, además de clases semanales de jardinería, repostería, cosmética, economía, diseño web y escritura creativa. No es igual de bonito que el centro penitenciario Alderson de Virginia Occidental (alias Campamento Cupcake, famoso porque Martha Stewart pasó cinco meses allí tras mentir a los inspectores federales), pero dicen que es más limpio y seguro que casi todas las demás prisiones federales de Estados Unidos, un hecho que me ayuda a dormir por las noches.
Las horas de visita empezaban a las ocho y media, pero antes de las siete ya estaba parado en una larga hilera de coches que había fuera de las puertas, porque en los foros de internet recomendaban ir pronto. Al entrar, les enseñé el carné de conducir a un par de funcionarios de prisiones y un precioso labrador negro vino trotando a olisquear el jeep en busca de drogas. Saludé en tono amistoso al perro y un funcionario me regañó de inmediato.
—No distraiga al animal —me dijo—. Está trabajando.
Dentro de la prisión, volví a esperar en fila. Un funcionario me inspeccionó la ropa y decidió que cumplía con las recomendaciones de indumentaria adecuada (nada de sombreros, camisetas ofensivas ni, sobre
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todo, nada naranja, el color que lucían las reclusas). Luego pasé por un arco de seguridad y levanté las manos por encima de la cabeza para que me cacheasen. Me sorprendió lo profesional que era el personal. Las películas y las series de televisión me habían preparado para lo peor, pero los funcionarios siempre fueron educados, me trataron de usted y me dieron las gracias. Me pregunté si reconocían mi nombre o si estaban al tanto de los detalles del caso de mi hija y me daban un trato preferente. Pero, por lo que vi, trataban a todo el mundo con la misma cortesía.
Tras esperar durante casi una hora, por fin llegué a un mostrador donde ponía «registro». Les entregué el carné de conducir y el formulario de visitas a un par de funcionarios que había sentados detrás de una ventanilla de plexiglás. Los dos eran de mi edad y exhibían la compenetración tranquila y familiar propia de una pareja que lleva muchos años casada o de dos empleados que han pasado muchísimo tiempo haciendo el mismo trabajo. El hombre introdujo mis datos en el ordenador mientras su compañera comparaba la foto del carné con mi cara en la vida real. Debió de reparar en mi fecha de nacimiento, porque sonrió y dijo:
—Feliz cumpleaños.
—Gracias.
Esperaba que, tras hacer ese comentario, continuase con una broma mordaz, pero lo dijo de corazón. Actuó como si visitar una prisión el día de tu cumpleaños fuese lo más normal del mundo…, y supongo que lo era para muchos de los padres que esperaban en la fila conmigo. Me sentía como si hubiese vuelto a la cala del Águila pescadora, en otro mundo raro lleno de costumbres y de comportamientos sociales desconocidos.
El hombre pulsó las teclas, luego suspiró y negó con la cabeza. —Lo siento, señor Szatowski, pero no veo su nombre en la lista. Estaba preparado para ese momento. Sabía que la mayoría de las
prisiones de Estados Unidos pedían a las reclusas que hiciesen una lista de personas preautorizadas para ir los días de visita: familiares, amigos, abogados y miembros del clero. No puedes plantarte ahí sin más y visitar a la reclusa que tú quieras, que era justo lo que intentaba hacer.
—He cumplimentado los formularios de internet —le dije.
—Así es, veo la autorización de seguridad. Pero Margaret tiene que ponerlo en la lista para que sepamos que quiere que la visite. —Se encogió de hombros para sugerirme que no se podía hacer nada más—. Tiene que
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solucionarlo con ella y volver. Las visitas son los lunes, los miércoles y los sábados, de ocho y media a tres.
Empujó el carné de conducir por el mostrador para devolvérmelo, pero me negué a cogerlo. Había leído bastantes hilos de Reddit sobre el centro penitenciario federal de Corbettsville como para saber que a los funcionarios se los consideraba «decentes» y «flexibles», incluso había «ocasiones en las que te tratan como si fueses un ser humano de verdad».
—Siento la confusión. Es la primera vez que vengo.
—Las reglas están en la página web.
—Y me he despertado a las cuatro y media para evitar el tráfico. He venido en coche desde Stroudsburg.
—Dígale a Margaret que tiene que ir al despacho del alcaide y añadir su nombre a la lista. Y le garantizo que la próxima vez no tendrá ningún problema.
Miró por encima de mi hombro a la siguiente persona de la fila, pero lo intenté una última vez:
—Lo entiendo, pero llevo esperando desde las siete. ¿No hay nada que se pueda hacer hoy?
—No.
—¿No puede llamar a su habitación y decirle que estoy aquí?
—Las reclusas no tienen teléfonos. Lo siento, pero si no sale en la lista, no sale en la lista.
Su compañera parecía dispuesta a rebatírselo. Abrió la boca como si estuviese a punto de proponer una solución, así que me concentré en ella.
—No hay más familiares que la visiten, soy el único. ¿No me puede ayudar de ninguna manera?
Se miró el reloj de pulsera. Era un Timex digital, casi idéntico al mío. —A estas horas, todas las mujeres están en el patio, para el ejercicio
matutino. A ver si la encuentro.
Luego se levantó de un empujón y le dijo a su compañero que me llevase a una mesa.
Él negó con la cabeza (parecía divertirle lo dispuesta que estaba su compañera a hacer más que lo mínimo que le requería su puesto de trabajo) y empezó a leerme las instrucciones:
—Vaya directo a la mesa dieciocho y siéntese. No intente sentarse en ninguna otra mesa. No les hable ni les haga ningún gesto a las demás reclusas ni a las visitas. Si necesita ir al baño, levante la mano y pídaselo
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al guardia. Si quiere comprar un producto de las máquinas expendedoras, levante la mano y pídaselo al guardia. Se le permite darle un abrazo respetuoso a la reclusa al principio y al final de la visita, pero no se permite más contacto físico. ¿Entiende todas las reglas que le acabo de describir?
—Sí.
—La puerta está a mano derecha. Que tenga un buen día.
Pasé a la sala de visitas, que era de colores alegres y vivos y tenía unos ventanales por los que entraba mucha luz natural. Me recordó a la cafetería del hospital Holy Redeemer. Había máquinas expendedoras donde se podía comprar de todo: refrescos, café, patatas fritas e incluso sándwiches fríos. Crucé la sala hasta la mesa número dieciocho y miré de reojo a las demás visitas para intentar discernir las diversas relaciones que se veían allí: reclusa y cónyuge, reclusa e hijo, reclusa y abogado.
—Solo quedan siete meses, cariño —oí que decía una mujer—. Dentro de siete meses, se habrá acabado y estarás en casa con los tuyos.
En otras zonas de la sala había un bebé llorando y una cantidad sorprendente de personas había agachado la cabeza para rezar juntas en inglés, en español y en lenguas que no reconocí.
Me senté en la mesa dieciocho. Había una televisión grande donde se veía el programa Today; le habían quitado el volumen y habían activado los subtítulos. Al Roker entrevistaba a un veterano de la Segunda Guerra Mundial que se había hecho famoso en la última etapa de su vida al convertirse en una celebridad de TikTok que compartía su sabiduría vital:
—No creo que haya que moldear a los niños —decía—. Creo que son personas a la espera de desarrollarse.
Había unos cuantos relojes digitales en la sala para que las visitas no perdiesen la noción del tiempo, pero ninguno estaba sincronizado. Uno decía que eran las diez y cinco; otro, las diez y seis; y un tercero, las diez y tres. Pero, según el programa Today, en realidad eran las diez y diecinueve.
Mientras esperaba, el programa hizo una pausa publicitaria y vi un anuncio en el que Chris Pratt y Aubrey Plaza promocionaban el reactor Chrysler con la nueva y mejorada batería Miracle Infinity. A pesar de toda la polémica del último año, Capaciti iba camino de conseguir otro año de récord de ventas. A los clientes no parecía importarles que el FBI hubiese organizado cuatro redadas simultáneas en la cala del Águila pescadora, el
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ático de la torre Beacon, la casa de los Gardner en Cambridge y el centro de investigación de Capaciti. Un equipo de agentes especiales había arrestado a Errol, a Catherine, a Gerry y a Maggie, y, por supuesto, mi hija era la única que cumplía condena: de tres a cinco años por conspirar contra la justicia y por ser cómplice después de que se hubiese cometido el crimen. Catherine Gardner estaba «en tratamiento» en una clínica de rehabilitación a orillas del mar de West Palm Beach, mientras que Errol y Gerry seguían libres gracias a los millones de dólares que habían pagado de fianza, a que habían presentado una apelación tras otra y a que se habían valido de todos y cada uno de los vacíos legales con los que cuenta el 0,001% de la población. No esperaba que fuesen a recibir su merecido, pero sí me reconfortaba saber que habían recuperado el cadáver de Dawn Taggart del fondo del lago Wyndham para que su madre y su tío por fin le pudiesen dar sepultura. Y lo mejor era que arrestaron a Hugo sin demora y lo extraditaron a Kinsasa, la capital de la República Democrática del Congo, donde esperaba a que lo juzgasen por montones de violaciones de los derechos humanos. Mucha gente especulaba con que iba a ser el primer preso congoleño condenado a muerte desde 2007, pero yo intentaba no dejarme llevar por la emoción.
Al final, la mujer del control vino a buscarme a la sala de visitas. Tenía el semblante sombrío; parecía un cirujano que sale de urgencias para dar una mala noticia.
—He visto a Margaret en el patio donde hacen ejercicio y le he dicho que usted la esperaba, pero ha decidido que no va a venir a verlo.
Me sentí mal por haberla puesto en un brete. Me levanté y le dije:
—Gracias por intentarlo.
—Lo que sí puede hacer es mandarle una carta —me propuso—.
Cuéntele cómo se siente por escrito. Dígale que quiere apoyarla.
Intentaba ayudarme y se lo agradecí, así que no le mencioné todas las cartas que le había enviado durante los últimos meses, ni las tarjetas de cumpleaños, de Navidad y las que le envié porque sí. Siempre incluía un mensaje personal, pero nada de dinero en efectivo porque la prisión no dejaba enviar dinero por correo.
—He conocido a muchos padres en su situación —continuó la mujer —, así que no se sienta solo al marcharse, ¿vale? Porque no es el único.
Salí del edificio y caminé al sol. Aún era temprano, una preciosa mañana despejada, y de pronto tenía todo el día libre. Vicky había
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organizado una cena especial para esa noche y había invitado a un par de amigos míos de UPS. Tammy y Abigail también irían, y después de cenar seguro que jugaríamos a las películas, a Pictionary o a otro juego de mesa, porque así era como siempre celebrábamos los cumpleaños juntos. Sabía que tenía suerte de contar con tantas personas maravillosas en mi vida, pero también sabía que, en algún momento, recorrería la mesa del comedor con la mirada y me acordaría de la persona que faltaba.
Atravesé el aparcamiento, abrí la puerta del jeep y miré la prisión por última vez. Era un edificio imponente de hormigón, con tres pisos de celdas. Un ventanal de una escalera te permitía vislumbrar el interior de las instalaciones. Veía a docenas de reclusas con los monos naranjas. Subían por las escaleras y avanzaban en orden, en fila india. Y me di cuenta de un detalle peculiar: casi todas las mujeres se daban la vuelta para mirar el exterior, para echarle un vistazo rápido al mundo que había más allá de los muros. Todas eran de edades y razas distintas, pero compartían el mismo impulso. La mayoría miraba el horizonte (hacia la ruta 81, en la lejanía), pero, de vez en cuando, una reclusa me miraba a los ojos para comprobar si era alguien que ella conocía.
—Oiga, perdone. —Una funcionara de prisiones se dirigía hacia mí. Era una mujer joven, de la edad de mi hija, y llevaba una camisa azul, una corbata y una gorra negras—. ¿Su visita ya ha terminado?
—Sí.
—Pues necesito que salga del aparcamiento. A las once viene otro grupo de visitantes y les harán falta las plazas de aparcamiento para que puedan pasar a ver a sus seres queridos.
Mi reloj de pulsera decía que solo eran las diez y treinta y dos, pero era evidente que a ella le iban la ley y el orden. Me gustó que se tomara su tiempo para explicarme las reglas. Era dura pero justa. La habían educado bien. Me disculpé, abrí la portezuela del jeep y subí.
Luego miré por la ventanilla. Las reclusas seguían desfilando. Imaginé que todas volvían a las celdas después de la sesión de ejercicio matutino. Había contado unas cuarenta mujeres y solo había un centenar, más o menos, en todo el centro. Salí del jeep y llamé a la guardia.
—¿Perdone? Oiga, ¿le puedo pedir un favor?
Se paró y se dio la vuelta.
—¿Me puedo quedar cinco minutos más?
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AGRADECIMIENTOS
Quisiera dar las gracias a todas las personas que me ayudaron a organizar la boda, sobre todo a Rick Chillot, Mike Russell, Doogie Horner, Grace Warrington, Jill Warrington, Steve Hockensmith, Ian Doescher, Kelly Chancey, Patrick Caulfield, Dave Murray, Grady Hendrix y Michael Koryta.
En ninguna boda pueden faltar las flores, y los ramos atroces de este libro son cortesía de Alweina Design y Will Staehle. Will también diseñó la cubierta, siniestra y maravillosa, de la edición norteamericana.
Cuando necesité con desesperación un lugar tranquilo donde escribir, David Borgenicht me dio la llave de su edificio de oficinas y se negó a aceptar ni un centavo de alquiler. No podría haber terminado este libro sin su amabilidad y generosidad.
Mi repartidor de UPS, Ian, dedicó un rato, a pesar de su apretada agenda, a responder todas mis preguntas con alegría, y espero que me perdone las licencias creativas que me he tomado.
Siempre que la boda me abrumaba, mi editor, Zack Wagman, era la voz de la tranquilidad y la confianza. Le agradezco su entusiasmo, sus ánimos y sus muchas e inteligentes sugerencias editoriales. También le doy las gracias al resto del personal de Flatiron/Macmillan, sobre todo a Cat Kenney, Marlena Bittner, Katherine Turro, Maxine Charles, Megan Lynch, Bob Miller, Keith Hayes, Nancy Trypuc, Malati Chavali, Steve Wagner, Brad Wood, Michelle McMillan, Morgan Mitchell y a todas las personas talentosas que trabajan entre bambalinas en producción, ventas y logística. Y a todo el equipo de Sphere/Little, Brown de Reino Unido, sobre todo a la editora ayudante, Tilda Key, que señaló muchas formas sutiles e ingeniosos de mejorar la historia.
Me siento muy afortunado de que Doug Stewart sea mi agente literario. No me imagino contar con un aliado más culto e incansable que trabaje por mí. Gracias también a sus ayudantes, Tyler Monson y Maria
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Bell, y a Szilvia Molnar, Amanda Price y Caspian Dennos por difundir mis historias por todo el mundo. Y a Rich Green, quien es probable que esté corriendo otro maratón en vez de leyendo estos agradecimientos.
Para terminar, un brindis nupcial y especial por mi mujer desde hace veinticuatro años, Julie Scott. Y por nuestros maravillosos hijos, Sam y Anna. Y por mis padres, mi hermano y toda mi familia al completo. Todos me apoyaron para que escribiese este libro, pero (por suerte) ¡no me he inspirado en ninguno de ellos!
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JASON REKULAK nació en Nueva Jersey, Estados Unidos, y en la actualidad reside en Filadelfia. Ha sido durante muchos años editor del sello independiente Quirk Books. En 2017 publicó su primera novela, La fortaleza imposible, y en 2022 obtuvo un gran éxito de crítica y ventas con Figuras ocultas, traducida a una veintena de idiomas.
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Notas
[1] Versión del estribillo de «Chapel of Love», canción de The Dixie Cups de 1964. (Todas las notas al texto son del traductor). <<
[2] La cita bíblica corresponde a la versión Reina Valera, que se ha consultado para las referencias de la novela por ser una de las traducciones bíblicas de mayor difusión en el mundo protestante de habla hispana. <<
FIN

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