© Libro N° 14414. Las Mujeres De César. Saga Roma Vol 4. McCullough, Colleen. Emancipación. Octubre 25 de 2025
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LAS MUJERES DE CÉSAR
Colleen McCullough
Las Mujeres De César
Saga Roma Vol 4
Colleen McCullough
Las mujeres de César es el retrato de la ascensión de Cayo Julio César hasta los lugares más prominentes de su mundo, y comienza con su regreso a Roma en el año 68 a. J.C. Durante los diez años que se verá confinado en Roma, César, además de dominar el foro, conquista a las mujeres más nobles de Roma. Pero utiliza el amor como otra arma más de las que dispone en su arsenal político para alcanzar su última y única meta: ser el más grande de todos los primeros hombres de Roma. ¿Héroe o canalla? Éste es un dilema que incluso hoy sigue siendo tema de debate, prueba de que la figura de César ha fascinado a generación tras generación. En Las mujeres de César Colleen McCullough descubre al hombre que se esconde tras la leyenda, y nos ofrece con gran maestría todos los datos y pormenores para que el lector decida por sí mismo.
Colleen McCullough
Las mujeres de César
Saga Roma Vol 4
eBook v1.5
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Título original: Caesar's women
Colleen McCullough, 1996.
Traducción: Sofía Coca y Roger Vázquez de Parga
Ilustraciones: Colleen McCullough
ISBN: 84-08-02397-7
Editor original: Batera (v1.0)
ePub base v2.0
Para Selwa Anthony Dennis,
sabia, bruja, cariñosa y maravillosa
Primera parte
DESDE JUNIO DEL 68 A. J.C.
HASTA MARZO DEL 66 A. J.C.
—Bruto, no me gusta el aspecto de tu piel. Ven aquí, a la luz, por favor.
El muchacho de quince años no dio muestras de haber oído nada, se limitó a permanecer encorvado sobre una única cuartilla de papel con la pluma roja, cuya tinta hacía mucho tiempo que se había secado, dispuesta en el aire.
—Ven aquí inmediatamente, Bruto —le repitió su madre plácidarnente. Él la conocía bien, así que bajó la pluma; aunque no le tuviera un miedo mortal a su madre, no tenía ganas de alentar el descontento en ella. Se podía ignorar la primera llamada sin peligro alguno, pero la segunda significaba que esperaba que se le obedeciera, incluso tratándose de él. Bruto se levantó y se acercó a Servilia, que se encontraba de pie junto a una ventana cuyos postigos estaban abiertos de par en par, porque Roma se estaba abrasando
bajo una temprana ola de calor impropia de aquella época del año.
Aunque Servilia era de baja estatura y Bruto últimamente había empezado a crecer hasta lo que ella esperaba que fuera una estatura considerable, la cabeza del muchacho no sobresalía excesivamente de la de su madre; ésta levantó una mano, lo sujetó por la barbilla y comenzó a examinar de cerca varios granos rojos e irritados que le abultaban la piel a su hijo alrededor de la boca. Luego lo soltó y cambió la mano —de sitio para apartarle de la frente unos rizos oscuros y sueltos. ¡Más erupciones!
—¡Cómo me gustaría que llevases siempre el pelo corto! —comentó tirándole de un mechón que amenazaba con taparle la visión al muchacho lo suficientemente fuerte como para que a éste se le humedecieran los ojos.
—Mamá, el pelo corto no es propio de intelectuales —protestó.
—El pelo corto es práctico. No se cae sobre la cara y además no irrita la piel. Oh, Bruto, en qué martirio te estás convirtiendo para mí!
—Mamá, si lo que querías era un guerrero con la cabeza rapada, deberías haber tenido más hijos con Silano en lugar de un par de chicas.
—Un hijo se puede mantener, pero con dos hay que estirar el dinero más de lo que da de sí. Por otro lado, si le hubiera dado un varón a Silano, tú no serías su heredero, además de ser el heredero de tu padre. —Se acercó a paso majestuoso al escritorio donde él había estado trabajando y se puso a revolver con dedos impacientes los rollos de papel que había encima—. ¡Mira qué desorden! No es de extrañar que tengas los hombros caídos y la espalda hundida. Sal al Campo de Marte con Casio y con los otros muchachos de la escuela, no pierdas el tiempo intentando condensar toda la obra de Tucídides en una hoja de papel.
—Resulta que soy yo quien escribe los mejores compendios de toda Roma —afirmó su hijo en tono altanero.
Servilia lo miró con ironía.
—Tucídides no era muy prolífico con las palabras —dijo—, aunque tuviera que escribir muchos libros para relatar el conflicto entre Atenas y Esparta. ¿Qué ventaja hay en destruir su hermoso griego para que los romanos perezosos puedan obtener un árido resumen y luego se feliciten a sí mismos por saberlo todo acerca de la guerra del Peloponeso?
—La literatura se está haciendo demasiado vasta para que un hombre cualquiera la abarque toda sin recurrir a resúmenes —insistió Bruto.
—Se te está estropeando la piel —repitió Servilia volviendo así a lo que en realidad le interesaba.
—Eso es bastante corriente en los muchachos de mi edad.
—Pero no entra en los planes que tengo para ti.
—¡Y que los dioses ayuden a cualquier hombre o cosa que no entre en los planes que tú tienes para mí! —gritó Bruto, enfadado de repente.
—¡Vístete, vamos a salir! —fue lo único que contestó ella; y salió de la habitación.
Cuando entró en el atrio de la espaciosa casa de Silano, Bruto vestía la toga de orla púrpura propia de la infancia, porque oficialmente no se
convertiría en hombre hasta diciembre, cuando llegara la fiesta de Juventas. Su madre ya estaba esperándolo y lo observó con ojo crítico mientras se acercaba a ella.
Sí, decididamente tenía los hombros caídos y la espalda hundida. ¡Con el niño tan guapo que había sido de pequeño! Encantador hasta el pasado enero, cuando ella le había encargado a Antenor, el mejor escultor retratista de toda Italia, un busto de Bruto. Pero ahora la pubertad se estaba haciendo notar de una forma más agresiva, y la temprana belleza de su hijo se iba desvaneciendo incluso a los parciales ojos de Servilia. Bruto seguía teniendo los ojos grandes, oscuros y soñadores, con párpados interesantes y pesados, pero la nariz no se le estaba convirtiendo en el imponente edificio romano que ella esperaba, sino que permanecía obstinadamente corta y con la punta bulbosa, como la de ella. Y la piel, que antes había tenido aquel exquisito color aceitunado, suave y sin defectos, ahora llenaba de temores a Servilia. ¿Y si su hijo fuera uno de aquellos horribles desafortunados a los que se le formaban unas pústulas tan nocivas que les quedaban cicatrices? ¡Era demasiado joven! Tener quince años significaba una infección prolongada. ¡Granos! Qué asqueroso y vulgar. Bueno, al día siguiente mismo haríá consultas entre los médicos y herbolarios… y le gustase a Bruto o no, iba a ir al Campo de Marte cada día para hacer ejercicio como es debido y formarse en las habilidades marciales que necesitaría cuando cumpliera diecisiete años y tuviera que alistarse en las legiones romanas. Como contubernalis, claro está, no como un simple soldado raso; sería cadete bajo el mando personal de algún comandante consular que lo llamaría por su nombre. La cuna y posición de su hijo le aseguraban ese puesto.
—¿Adónde vamos? —le preguntó Bruto todavía irritado porque ella lo había arrancado a la fuerza de su tarea de compendiar a Tucídides.
—A casa de Aurelia.
De no haber tenido la mente concentrada en el problema de cómo condensar semejante mina de información en una sola frase —y de haber sido el día algo más clemente—, su corazón habría saltado de gozo; pero en cambio gruñó: ¡no me hagas ir a los barrios bajos hoy!
—Sí.
—¡Está tan lejos! ¡Y es una zona tan tétrica!
—Puede que sea una zona tétrica, hijo mío, pero la señora está muy bien relacionada. Todo el mundo se habrá reunido allí. —Hizo una pausa y lo miró de reojo, astutamente—. Todo el mundo, Bruto, todo el mundo.
A lo cual su hijo no respondió ni palabra.
Con dos esclavos que le facilitaban el avance, Servilia bajó con esfuerzo los escalones de los Fabricantes de Anillos y se metió en el estruendo infernal del Foro Romano, donde a todo el mundo le encantaba reunirse, escuchar, mirar, pasear y codearse con los poderosos. Ni el Senado ni ninguna de las Asambleas tenía previsto reunirse aquel día, y las cortes disfrutaban de unas breves vacaciones, pero no obstante algunos poderosos iban y venían por allí, y se les distinguía fácilmente por los fasces, oscilantes haces de varillas atados con correas rojas, que sus lictores portaban a la altura del hombro para proclamar su imperio.
—¡Esta cuesta es muy pronunciada, mamá! ¿No puedes ir más despacio? —jadeaba Bruto mientras su madre marchaba Clivus Orbius arriba, al final del Foro; el muchacho sudaba profusamente.
—Si hicieras más ejercicio no te quejarías —dijo Servilia sin impresionarse.
Hedores nauseabundos y putrefactos asaltaron las fosas nasales de Bruto a medida que los altos edificios de viviendas de Subura se hacinaban apretados entre sí y cerraban el paso a la luz el sol; las paredes desconchadas rezumaban limo, las acequias de las aceras llevaban regueros oscuros y espesos hacia el interior de las rejillas y las diminutas cavernas sin iluminación que eran las tiendas pasaban incontables. Por lo menos la sombra húmeda y malsana hacía que la temperatura resultase algo más fresca, pero aquélla era una parte de Roma de la que el joven Bruto de buena gana hubiera prescindido, por mucho que allí estuviera «todo el mundo».
Por fin llegaron a la parte exterior de una puerta bastante presentable de roble curado, bien tallada en forma de paneles y con un brillante y pulido llamador orichalcum en forma de cabeza de león con las fauces abiertas.
Uno de los esclavos de Servilia golpeó con él vigorosamente la puerta, que se abrió de inmediato. Tras ella, de pie, se encontraba un anciano griego manumitido, más bien rollizo, que les hizo una profunda reverencia mientras les franqueaba la entrada.
Era una reunión de mujeres, desde luego; si Bruto hubiera sido lo bastante mayor como para ponerse la toga blanca sin adornos, la toga virilis, y ya hubiera estado iniciado en las filas de los hombres, no se le habría permitido acompañar a su madre. Aquella idea le provocaba pánico a Bruto. ¡Mamá debía tener éxito en su petición, él tenía que seguir viendo a su querido amor después de diciembre, cuando alcanzara la categoría de hombre adulto! Pero sin traicionar en absoluto ese sentimiento, Bruto abandonó las faldas de Servilia en el mismo momento en que empezaron los saludos efusivos, y se escabulló hacia un rincón tranquilo de aquella habitación llena de chillidos, procurando hacer todo lo posible por mezclarse con la decoración, carente de pretensiones.
—¡Ave, Bruto! —dijo una voz ligera aunque ronca.
Este volvió la cabeza, miró hacia abajo y sintió que el pecho se le hundía.
—Ave, Julia.
—Ven, siéntate conmigo —le exigió la hija de la casa al tiempo que lo conducía hasta un par de sillas pequeñas que había justo en el rincón. Se instaló en una de ellas mientras Bruto se agachaba con dificultad para acomodarse en la otra.
Sólo ocho años… ¿cómo era posible que fuese ya tan hermosa?, se preguntaba el deslumbrado Bruto, que la conocía bien porque su madre era una gran amiga de la abuela de la niña. Blanca como el hielo y la nieve, con la barbilla puntiaguda, los pómulos bien formados, los labios débilmente rosados y tan deliciosos como una fresa, y unos ojos azules muy abiertos que miraban con gentil viveza todo lo que abarcaban; si Bruto había ahondado en la poesía del amor era a causa de aquella niña a quien había amado durante… ¡oh, durante varios años! Y sin haber comprendido en realidad que aquello era amor hasta hacía poco tiempo, cuando Julia había vuelto la mirada hacia él con una sonrisa tan dulce que el descubrimiento de
aquella comprensión había sido para Bruto algo semejante al sobresalto que provoca el estallido de un trueno.
Aquella misma noche Bruto había acudido a su madre y la había informado de que deseaba casarse con Julia cuando ésta creciera lo suficiente.
Servilia lo había mirado fijamente, atónita.
—¡Si no es más que una niña, mi querido Bruto! Tendrás que esperar nueve o diez años.
—Se prometerá en matrimonio mucho antes de que sea lo suficientemente mayor para casarse —le había respondido Bruto haciendo evidente su angustia—. ¡Por favor, mamá, en cuanto su padre regrese a casa pídele la mano de Julia en matrimonio!
—Es muy posible que cambies de opinión.
—¡Nunca, nunca!
—Su dote es mínima.
—Pero su cuna es todo lo que podrías desear en mi esposa.
—Cierto. —Aquellos ojos negros que podían adoptar una expresión tan dura reposaron en el rostro de su hijo no exentos de comprensión; Servilia apreciaba la fuerza de aquel argumento. De manera que estuvo dándole vueltas mentalmente durante unos instantes, y luego asintió—. Muy bien, Bruto, la próxima vez que su padre venga a Roma, se lo pediré. No necesitas una esposa rica, pero es esencial que su cuna esté a la altura de la tuya, y una Julia sería ideal. Especialmente esta Julia, patricia por ambas partes.
Y así lo habían dejado, en espera de que el padre de Julia regresara de la Hispania Ulterior, donde desempeñaba el cargo de cuestor. Y a pesar de que era la inferior de las magistraturas importantes, no era de extrañar que Servilia supiera que el padre de Julia había desempeñado el cargo extremadamente bien. Lo que sí resultaba extraño era que ella nunca lo hubiera conocido en persona, considerando lo poco numeroso que era el grupo de verdaderos aristócratas de Roma. Ella era una; él, otro. Pero, según los rumores femeninos, aquel hombre era una especie de marginado entre los de su clase, demasiado ocupado para hacer la vida social que la
mayoría de sus iguales cultivaban cuando se encontraban en Roma. Habría sido más fácil solicitar la mano de su hija en nombre de Bruto si ella ya lo conociese, aunque albergaba pocas dudas de cuál iba a ser la respuesta. Bruto era muy buen partido, incluso ante los ojos de un Julio.
El salón de recepción de Aurelia no podía compararse a un atrio palatino, pero era lo bastante grande como para albergar cómodamente a la docena aproximadamente de mujeres que lo habían invadido. Los postigos abiertos daban a lo que comúnmente se consideraba un bonito jardín, gracias a Cayo Matio, el inquilino del otro apartamento de la planta baja; él había hallado la manera de que las rosas pudieran florecer en la sombra; había conseguido que las parras escalasen los doce pisos de paredes con celosías y balcones, había podado los arbustos de boj hasta formar esferas perfectas y había instalado un habilidoso sistema de alimentación basado en la fuerza de gravedad hasta el estanque de mármol, lo que permitía que un encabritado delfin de dos colas escupiera agua por aquella espantosa boca suya.
Las paredes del salón de recepción estaban bien conservadas y pintadas con el color rojo de moda; el suelo de terrazo barato se había bruñido hasta adquirir un atractivo brillo de color rosa rojizo, y el techo se había pintado simulando un cielo de mediodía con nubes algodonosas, aunque no podía presumir de ornamentos caros. No era la residencia de uno de los poderosos, pero sí adecuada para un senador de rango inferior, suponía Bruto mientras lo observaba todo sentado junto a Julia, que a su vez miraba a las mujeres; Julia lo sorprendió, así que Bruto también dirigió la mirada hacia las mujeres.
Su madre había tomado asiento junto a Aurelia en un canapé, desde donde podía exhibirse a sus anchas a pesar de que a su anfitriona, aunque había alcanzado ya los cincuenta y cinco años, se la consideraba una de las mayores bellezas de Roma. La figura de Aurelia era elegantemente esbelta y le favorecía permanecer en reposo, porque entonces no se le notaba que cuando se movía lo hacía con demasiada viveza como para resultar grácil.
Ni un asomo de canas le enturbiaba el cabello de color castaño, y tenía la piel lisa y lechosa. Era ella quien le había recomendado a Servilia una escuela para Bruto, porque era la principal confidente de la madre de éste.
A causa de ese pensamiento la mente de Bruto dio un salto hasta la escuela, una digresión típica para una mente que tenía tendencia a la divagación. Su madre no deseaba enviar a Bruto a la escuela, pues temía que su hijo se viera expuesto a niños de rango y salud inferiores, y estaba preocupada asimismo porque la naturaleza estudiosa de Bruto fuera motivo de risas. Mejor que Bruto tuviera su propio tutor en casa. Pero entonces el padrastro de Bruto había insistido en que aquel único hijo varón necesitaba el estímulo y la competencia de una escuela.
«Un poco de sana actividad y unos compañeros de juegos corrientes», así era como lo había expresado Silano, no precisamente celoso de que Bruto ocupase el lugar predilecto en el corazón de Servilia, sino más bien preocupado porque cuando Bruto madurase por lo menos debería haber aprendido a asociarse con diferentes tipos de personas. Naturalmente, la escuela que Aurelia recomendó era una muy exclusiva, pero los pedagogos de todas las escuelas en general tenían una manera de pensar inquietantemente independiente que los llevaba a aceptar chicos brillantes aunque sus medios familiares fueran menos selectos que el de un Marco Junio Bruto, por no hablar ya de dos o tres chicas brillantes.
Teniendo a Servilia por madre, era inevitable que Bruto odiase la escuela, aunque Cayo Casio Longino, el compañero de estudios que más merecía la aprobación de Servilia, procedía de una familia tan buena como un Junio Bruto. Este, sin embargó, toleraba a Casio sólo porque haciéndolo mantenía a su madre contenta. ¿Qué tenía él en común con un muchacho ruidoso y turbulento como Casio, enamorado de la guerra, de la lucha, de todas aquellas hazañas que entrañan gran atrevimiento? Sólo el hecho de haberse convertido rápidamente en el favorito del maestro había logrado reconciliar a Bruto con la espantosa prueba que había sido la escuela. Eso y compañeros como Casio.
Desgraciadamente la persona a la que más anhelaba Bruto llamar amigo era a su tío Catón; pero Servilia se negaba a oír siquiera que su hijo quisiese
establecer ninguna clase de intimidad con su despreciado hermanastro. El tío Catón, ella nunca se cansaba de recordárselo a su hijo, descendía de un campesino tusculano y una esclava celtíbera, mientras que en Bruto se unían dos linajes separados de exaltada antigüedad, uno el de Lucio Junio Bruto, el fundador de la República —que había depuesto al último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio—, y el otro el de Cayo Servilio Ahala —que había matado a Melio cuando éste había intentado proclamarse a sí mismo rey de Roma unas décadas después de estar instalada la nueva República—. Por ello, un Junio Bruto, que por parte de madre era además un patricio Servilio, no podía en modo alguno relacionarse con basura advenediza como el tío Catón.
—¡Pero tu madre se casó con el padre de tío Catón y tuvo con él dos hijos, la tía Porcia y el tío Catón! —había protestado Bruto en una ocasión.
—¡Y por eso cayó en desgracia para siempre! —dijo con desprecio Servilia— ¡Yo no reconozco esa unión ni a su progenie… y tampoco lo harás tú, hijo mío!
Fin de la discusión. Y fin de cualquier esperanza de que se le permitiera ver al tío Catón con más frecuencia de lo que la decencia familiar aconsejaba. ¡Qué tipo tan maravilloso era el tío Catón! Un verdadero estoico, enamorado de las antiguas costumbres austeras de Roma, a quien le repugnaba el boato y la ostentación, rápido en criticar las pretensiones de grandeza de Pompeyo el Grande, otro advenedizo que, tristemente, carecía de los antepasados adecuados. Pompeyo, que había asesinado al padre de Bruto y había dejado viuda a su madre, había capacitado a un peso ligero como el enfermizo Silano para que se metiera en la cama con ella y engendrara dos niñas con la cabeza en forma de burbuja que Bruto llamaba hermanas a regañadientes… —¿En qué piensas, Bruto? —le preguntó Julia sonriente.
—Oh, en nada importante —le respondió él distraídamente.
—Eso es una evasiva. ¡Dime la verdad!
—Estaba pensando en la persona tan estupenda que es mi tío Catón.
Julia arrugó la amplia frente.
—¿Tu tío Catón?
—Tú no lo conoces porque todavía no es lo bastante mayor para estar en el Senado. En realidad está tan cerca de mi edad como de la de mi madre.
—¿Es aquel que no permitió que los tribunos de la plebe derribaran una columna que obstruía el paso dentro de la basílica Porcia?
—¡Ése es mi tío Catón! —exclamó Bruto con orgullo.
Julia se encogió de hombros.
—Mi padre dice que eso fue una estupidez por su parte. Si hubieran derribado la columna, los tribunos de la plebe habrían tenido una sede más cómoda.
—Tío Catón tenía razón. Catón el Censor puso allí la columna cuando construyó la primera basílica de Roma, y ése es el lugar que le corresponde de acuerdo con la mos maiorum. Catón el Censor permitió que los tribunos de la plebe utilizaran el edificio como sede porque comprendió la difícil situación en que se encontraban; porque ellos son magistrados elegidos únicamente por la plebe, no representan a todo el pueblo y no pueden utilizar un templo como sede. Pero no les regaló el edificio, sólo les permitió el uso de una parte de él. Entonces parecieron estar bastante agradecidos por ello. Ahora quieren cambiar la construcción que costeó Catón el Censor. El tío Catón no tolera la mutilación de un lugar tan señalado que lleva el nombre de su bisabuelo.
Puesto que Julia era por naturaleza pacífica y no le gustaba discutir, volvió a sonreír, le puso una mano en el brazo a Bruto y le dio un cariñoso apretón. Bruto era un niño muy mimado, muy estirado y pagado de sí mismo; y a pesar de que lo conocía desde hacía bastante tiempo, sentía — aunque no sabía bien por qué— mucha pena por él. ¿Sería, quizás, porque la madre de Bruto era una persona tan… retorcida?
—Bueno, eso ocurrió antes de que mi tía Julia y mi madre murieran, así que yo diría que ya nadie derribará la columna —dijo ella.
—¿Esperáis que tu padre llegue pronto a casa? —le preguntó Bruto virando mentalmente hacia el matrimonio.
—Cualquier día de éstos. —Julia se removió llena de contento—. ¡Oh, cómo lo echo de menos!
—Dicen que está resolviendo problemas en la Galia Cisalpina, en la parte más lejana del río Po —comentó Bruto haciéndose así eco, aunque de forma inconsciente, del tema que se estaba convirtiendo en animado motivo de debate entre el grupo de mujeres que rodeaba a Aurelia y Servilia.
—¿Por qué habría César de hacer eso? —estaba preguntando Aurelia al tiempo que arrugaba las oscuras y rectas cejas. Aquellos famosos ojos de color morado miraban con enojo—. ¡Verdaderamente, hay veces en que Roma y los nobles romanos me dan asco! ¿Por qué tienen que señalar siempre a mi hijo para hacerle víctima de las críticas y el cotilleo político?
—Porque es demasiado alto, demasiado guapo, demasiado arrogante y tiene demasiado éxito con las mujeres —dijo Terencia, la mujer de Cicerón, tan directa como avinagrada—. Y además —añadió ella, que estaba casada con un famoso poeta y orador—, habla muy bien y escribe con mucho estilo.
—¡Esas cualidades son innatas, ninguna de ellas merece las calumnias de algunos a los que podría mencionar por el nombre!
—dijo bruscamente Aurelia.
—¿Te refieres a Lúculo? —preguntó Mucia Tercia, la mujer de Pompeyo.
—No, por lo menos a él no se le puede culpar de eso —dijo Terencia—. Supongo que el rey Tigranes y Armenia le han quitado de la cabeza cualquier cosa que tenga que ver con Roma, excepto esos caballeros que se dedican a recoger impuestos en las provincias y que nunca tienen bastante.
—A quien te refieres es a Bíbulo, que ahora está de regreso en Roma — dijo una majestuosa figura que estaba sentada en la mejor silla. Sólo ella, en medio de aquel grupo vestido de vivos colores, iba ataviada de blanco de la cabeza a los pies, con vestiduras tan amplias y largas que ocultaban cualquier encanto femenino que hubiera podido poseer. Sobre la regia cabeza se alzaba una corona hecha de siete trenzas superpuestas de lana virgen; el tenue velo que le pendía flotó al darse ella la vuelta para mirar a las dos mujeres que se encontraban en el sofá. Perpenia, jefa de las vírgenes vestales, soltó un bufido al reprimir la risa—. ¡Oh, pobre Bíbulo! Nunca puede esconder la desnudez de su animosidad.
—Todo lo cual nos lleva de nuevo a lo que yo he dicho anteriormente, Aurelia —intervino de nuevo Terencia—. Si tu alto y atractivo hijo se gana enemigos en tipos pequeñajos como Bíbulo, no tiene que culpar a nadie más que a sí mismo de que lo calumnien. Es el colmo del disparate hacer quedar como un tonto a un hombre delante de sus iguales poniéndole de mote la Pulga. Bíbulo se ha convertido en su enemigo de por vida.
—¡Qué ridiculez! Eso pasó hace diez años, cuando ambos no eran más que unos muchachos jóvenes —dijo Aurelia.
—Venga ya, tú sabes perfectamente lo sensibles que son los hombres pequeños para los rumores que se basan en su tamaño —apuntó Terencia-Tú perteneces a una antigua familia de políticos, Aurelia. En política la imagen pública de un hombre lo es todo. Tu hijo ofendió la imagen pública de Bíbulo. La gente todavía lo llama la Pulga. Nunca perdonará ni olvidará.
—Por no hablar de que Bíbulo tiene un público ávido de sus calumnias en seres como Catón —intervino Servilia ásperamente.
—Qué es lo que va diciendo Bíbulo exactamente? —preguntó Aurelia con los labios apretados…
—Oh, que en lugar de regresar directamente de Hispania a Roma, tu hijo ha preferido fomentar la rebelión entre aquellas personas de la Galia Cisalpina que no poseen la ciudadanía romana —le respondió Terencia.
—¡Eso es una completa tontería! —dijo Servilia.
—¿Y por qué es una tontería, señora? —preguntó una profunda voz de hombre.
La sala quedó paralizada hasta que la pequeña Julia salió alborozada de su rincón y saltó por los aires para caer encima del recién llegado.
—¡Tata! ¡oh, tata!
César levantó a la niña del suelo, la besó en los labios y en las mejillas, la abrazó y le alisó con ternura el cabello escarchado.
—¿Cómo está mi niña? —preguntó sonriéndole sólo a ella.
Pero lo único que Julia lograba decir, mientras escondía la cabeza en el hombro de su padre, era:
—¡Oh, tata!
—¿Por qué crees que es una tontería, señora? —repitió César al tiempo que se colocaba a la niña cómodamente en el antebrazo derecho; ahora que contemplaba a Servilia la sonrisa de aquel hombre había desaparecido incluso de los ojos, que miraban a los de ella reconociendo, en cierto modo, su sexo, aunque sin concederle al hecho mayor importancia.
—César, ésta es Servilia, esposa de Décimo Junio Silano —dijo Aurelia, al parecer sin sentirse en absoluto ofendida por el hecho de que su hijo todavía no hubiera encontrado el momento oportuno para saludarla.
—¿Por qué, Servilia? —volvió a preguntar César inclinando la cabeza al pronunciar el nombre.
Ella mantuvo un tono de voz tranquilo e igual, y midió sus palabras como un joyero mide el oro.
—No hay lógica en un rumor así. ¿Por qué ibas a molestarte tú en fomentar la rebelión en la Galia Cisalpina? Si te dirigieras a aquellos que no poseen la ciudadanía romana y les prometieras que trabajarías en su nombre para conseguirles el derecho al voto, ello no sería más que una conducta muy adecuada para un noble romano que aspira al consulado. Estarías, sencillamente, reclutando clientes, cosa que es apropiada y admirable para alguien que quiere ascender en la escala política. Yo estuve casada con un hombre que de hecho fomentó la rebelión en la Galia Cisalpina, así que creo encontrarme en posición de saber lo desesperada que es esa alternativa. Lépido y mi marido Bruto juzgaron intolerable vivir en la Roma de Sila. La carrera de ambos había fracasado, mientras que la tuya no está haciendo más que empezar. Ergo, ¿qué podrías esperar fomentando la rebelión donde fuera?
—Muy cierto —dijo él con un indicio de ironía asomándole lentamente a los ojos, que a Servilia le habían parecido un poco fríos hasta ese momento.
—Verdaderamente cierto —respondió Servilia—. Hasta la fecha, tu carrera, al menos por lo que yo sé, me sugiere que, si bien es cierto que fuiste a hacer una gira por la Galia Cisalpina para hablar con aquellos que no son ciudadanos, lo que hacías en realidad era ganar clientes.
César inclinó la cabeza hacia atrás y se echó a reír, con un magnífico aspecto; y él sabía muy bien, pensó Servilia, que tenía un aspecto magnífico. Aquel hombre no haría nada sin haber calculado antes el efecto que ello produciría en los presentes, aunque el instinto que le decía aquello a Servilia no era más que eso, un instinto; César no dejó traslucir ni un solo vestigio de aquel cálculo.
—Es cierto que he estado reuniendo clientes.
—Pues ahí lo tienes —dijo Servilia al tiempo que le aparecía un asomo de sonrisa en la comisura izquierda de su pequeña y reservada boca—. Nadie puede reprocharte eso, César. —Tras lo cual añadió solemnemente y en el más condescendiente de los tonos—: No te preocupes, yo misma me encargaré de que se ponga en circulación la versión correcta del incidente.
Pero aquello era ir demasiado lejos. César no estaba dispuesto a dejarse tratar condescendientemente por una Servilia, perteneciera o no a la rama patricia del clan; apartó la mirada de la mujer con un parpadeo de desprecio y luego, de entre todas las demás que allí había, que escuchaban embelesadas la conversación, la posó en Mucia Tercia. César dejó a la pequeña Julia en el suelo y le cogió afectuosamente las dos manos a Mucia Tercia.
—¿Cómo estás, esposa de Pompeyo? —le preguntó.
Ella pareció azorada y murmuró algo inaudible. Acto seguido César pasó a Cornelia Sila, que era hija de Sila y prima hermana de César. Una a una fue recorriendo todo el grupo, a todas las conocía salvo a Servilia. Y ésta contemplaba el avance de aquel hombre con gran admiración, una vez que había logrado superar el susto que se había llevado cuando él la interrumpió. Incluso Perpenia sucumbió al encanto, y en cuanto a Terencia… ¡aquella formidable matrona estaba decididamente embobada! Luego sólo quedaba su madre, a la cual César se acercó en último lugar.
—Tienes buen aspecto, mater.
—Estoy bien. Y tú pareces curado —le dijo ella con aquella voz suya secamente prosaica y profunda.
Un comentario que, de alguna manera, hirió a César, pensó Servilia con un sobresalto. ¡Ajá! ¡Por aquí hay corrientes subterráneas!
—Estoy completamente curado —dijo él con calma al tiempo que se sentaba en el sofá junto a su madre, pero en el extremo más alejado de Servilia—. ¿Obedece esta fiesta a algún motivo concreto? —le preguntó.
—Es nuestra asociación. Nos reunimos cada quince días en casa de alguien. Hoy me toca a mí.
Ante lo cual César se levantó y se excusó diciendo que estaba sucio a causa del viaje, aunque Servilia pensó que nunca había visto a un viajero tan inmaculado. Pero antes de que pudiera abandonar la habitación, Julia se acercó a él llevando a Bruto cogido de la mano.
—Tata, éste es mi amigo Marco Junio Bruto.
La sonrisa y el saludo fueron amplios; Bruto estaba claramente impresionado —como sin duda era natural que estuviera, pensó Servilia todavía dolida.
—¿Tu hijo? —le preguntó César a Servilia por encima del hombro.
—Sí.
—Y tienes alguno de Silano?
—No, sólo dos hijas.
Una de las cejas de César salió disparada hacia arriba; sonrió. Luego se marchó de allí.
Y en cierto modo la fiesta después de aquello fue… si no un sufrimiento, sí algo bastante más insípido. Terminó mucho antes de la hora de la cena, y Servilia deliberadamente fue la última en marcharse.
—Tengo cierto asunto que deseo comentar con César —le dijo a Aurelia cuando ya estaban a la puerta, mientras Bruto, situado detrás de ella, no dejaba de dirigirle miradas de cordero a Julia—. No estaría bien visto que yo viniera junto con sus clientes, así que me preguntaba si podrías arreglarlo para que lo viese en privado. Cuanto antes mejor.
—Desde luego —dijo Aurelia—. Te mandaré recado.
No hubo preguntas por parte de Aurelia, ni muestras de curiosidad. Aquélla era una mujer que se ocupaba estrictamente de sus propios asuntos, pensó la madre de Bruto con cierta gratitud; y se marchó.
¿Se alegraba de estar en casa? Había permanecido ausente durante más de quince meses. No era la primera vez, ni tampoco la ausencia más prolongada, pero en esta ocasión había sido oficial, y eso suponía cierta diferencia. Porque como el gobernador Antistio Veto no se había llevado con él un legado a la Hispania Ulterior, César había sido el segundo romano más importante en la provincia: sesiones jurídicás, finanzas, administración. Una vida solitaria, galopando de un extremo al otro de la Hispania Ulterior siempre de cabeza; sin tiempo para hacer auténticas amistades con otros romanos. Típico quizás que el único hombre al que le había tomado afecto no fuera romano; típico también que Antistio Veto, el gobernador, no le hubiera tomado afecto a su segundo en el mando, aunque congeniaban bastante bien y compartían alguna conversación de vez en cuando, más bien de negocios, durante la cena, siempre que casualmente se encontrasen en la misma ciudad. Si el hecho de ser un patricio de los Julios Césares llevaba implícito algún inconveniente, era que hasta la fecha todos sus superiores habían sido excesivamente conscientes de lo mucho más grande y más augusta que era la estirpe de César comparada con la de ellos. Para un romano de cualquier clase, tener unos antepasados ilustres era algo mucho más importante que cualquier otra cosa. Y César siempre les recordaba a sus superiores al propio Sila. El linaje, la evidente brillantez y eficiencia, la impresionante apariencia física, los ojos helados…
Así que, ¿se alegraba de estar en casa? César observó detenidamente el cuidadoso orden de su despacho: las superficies sin polvo, cada rollo de papel en su cubo o en su casilla, el elaborado dibujo de hojas y flores de la marquetería de su escritorio, al que sólo un tintero de cuerno de carnero y un bote de ardilla lleno de plumas ocultaban en parte.
Por lo menos la entrada inicial en su hogar había sido más animada de lo que se esperaba. Cuando Eutico le había abierto la puerta y le había dejado a la vista una escena de mujeres en plena conversación, su primer impulso había sido echar a correr, pero luego había caído en la cuenta de que aquél era un excelente comienzo; el vacío del hogar sin su querida
Cinnilla permanecería eternamente, ni que decir tiene. Antes o después la pequeña Julia sacaría ese tema, pero no en aquellos primeros momentos, no hasta que los ojos de él se hubieran acostumbrado a la ausencia de Cinnilla y no se llenasen de lágrimas. Apenas recordaba aquel apartamento sin ella, sin la mujer que había vivido parte de su infancia y de su edad de hombre adulto como su hermana, antes de tener edad suficiente para convertirse en su esposa. Una amada señora es lo que había sido, que ahora se hallaba convertida en cenizas en una tumba fría y oscura.
Su madre entró, compuesta y distante como siempre.
—¿Quién ha estado difundiendo rumores sobre mi visita a la Galia Cisalpina? —le preguntó César al tiempo que acercaba otra silla a la suya para que se sentase su madre.
—Bíbulo.
—Ya comprendo. —Se sentó y suspiró—. Bueno, era de esperar, supongo. No se puede insultar a una pulga como Bíbulo del modo como yo lo hice sin que uno se convierta en su enemigo para el resto de sus días. ¡Cómo me desagrada ese hombre!
—Lo mismo que tú continúas desagradándole a él.
—Hay veinte cuestores, y tuve suerte. El sorteo hizo que me tocara un destino lejos de Bíbulo. Pero él es casi dos años mayor que yo, lo que significa que siempre estaremos juntos en el cargo mientras ascendemos en el cursus honorum.
—De modo que tienes intención de aprovechar la dispensa de Sila para los patricios y presentarte al cargo de curul dos años antes de lo que les está permitido a los plebeyos como Bíbulo —dijo Aurelia dándolo como seguro.
—Sería tonto si no lo hiciera, y yo no lo soy, mater —dijo César—. Si me presento a las elecciones de pretor a los treinta y siete, habré estado en el Senado durante dieciséis o diecisiete años, sin contar los pasados de flamen Dialis. Eso es un tiempo de espera más que suficiente para cualquier hombre.
—Pero todavía faltan seis años. Y mientras tanto, ¿qué?
César se removió inquieto.
—¡0h, ya siento que las paredes de Roma me aprisionan, aunque sólo las haya franqueado hace unas horas! Cualquier día me marcharé a vivir al extranjero.
—Seguro que aquí habrá casos judiciales de sobra. Eres un abogado famoso, a la altura de Cicerón y Hortensio. Te ofrecerán algunos casos jugosos.
—Pero dentro de Roma, siempre dentro de Roma. Hispania —continuó diciendo César al tiempo que se inclinaba hacia adelante con impaciencia— fue una revelación para mí. Antistio Veto resultó ser un gobernador apático que se sentía feliz de darme todo el trabajo que yo estuviera dispuesto a aceptar, a pesar de mi baja posición. Así que fui yo quien llevó a cabo todas las sesiones jurídicas por la provincia y quien manejó los fondos del gobernador.
—Pues este último deber debe de haber sido una dura prueba para ti — comentó secamente su madre—. El dinero no te fascina.
—Aunque parezca extraño, esta vez sí me ha fascinado, pues se trataba del dinero de Roma. Tomé clases de contabilidad de un tipo de lo más extraordinario, un banquero gaditano de origen púnico llamado Lucio Cornelio Balbo el Mayor. Tiene un sobrino casi de su misma edad, Balbo el Menor, que es su socio. Trabajaron mucho para Pompeyo Magnus cuando éste estaba en Hispania, y ahora parece que poseen la mayor parte de Gades. Lo que Balbo el Mayor no sepa de banca y de otros asuntos fiscales no tiene mayor importancia. Ni que decir tiene que el erario público estaba en la ruina. Pero gracias a Balbo el Mayor lo puse espléndidamente en orden. Me caía bien, mater. —César se encogió de hombros; parecía triste — En realidad ha sido el único amigo verdadero que he hecho allí.
—La amistad va en ambas direcciones —dijo Aurelia—. Tú conoces más individuos que todos los demás nobles de Roma juntos, pero no permites que se te acerque ningún romano de tu misma clase. Por eso es por lo que los pocos amigos verdaderos que haces son siempre extranjeros o romanos de clases inferiores.
César sonrió.
—¡Tonterías! Me llevo mejor con los extranjeros porque crecí en tu bloque de apartamentos rodeado de judíos, de sirios, de galos, de griegos y sólo los dioses saben de qué más.
—Echame a mí la culpa —dijo Aurelia secamente.
César prefirió ignorar aquel comentario.
—Marco Craso es amigo mío, y no puedes decir de él más que es un romano tan noble como yo.
Aurelia le preguntó con viveza:
—¿Has hecho algo de dinero en Hispania?
—Un poco aquí y un poco allá gracias a Balbo. Desgraciadamente, la provincia era pacífica, para variar, así que no había bonitas guerras fronterizas que librar contra los lusitanos. Si las hubiese habido, sospecho que de todos modos Antistio Veto las habría llevado a cabo en persona. Pero descansa tranquila, mater. Mis ahorros piráticos están intactos, tengo suficiente para aspirar a las magistraturas superiores.
—Incluso a edil curul? —le preguntó ella en tono de presentimiento. —Puesto que soy un patricio y por ello no puedo hacerme una
reputación como tribuno de la plebe, no tengo mucho donde elegir —dijo César.
Cogió una de las plumas del bote para colocarla en el escritorio; él no acostumbraba a juguetear con nada, pero a veces necesitaba tener algo que mirar que no fueran los ojos de su madre. Resultaba extraño. Se le había olvidado lo desconcertante que su madre podía llegar a ser.
—Incluso con tus ahorros piráticos en reserva, César, ser edil curul resulta terriblemente ruinoso. ¡Te conozco!.No te contentarás con ofrecer unos juegos moderadamente buenos. Insistirás en ofrecer los mejores juegos que se puedan recordar.
—Probablemente. Ya me preocuparé de eso cuando llegue el momento, dentro de tres o cuatro años —dijo César tranquilamente—. Mientras tanto pienso presentarme a las elecciones del mes que viene para el puesto de curator de la vía Apia. Ningún Claudio quiere el empleo.
—¡Otra empresa ruinosa! El tesoro te concederá un sestercio por cada cien millas, y tú te gastarás por lo menos cien denarios en cada milla. César
se había cansado de aquella conversación; su madre estaba empezando, como ocurría siempre que intercambiaban más de unas cuantas frases, a machacar sobre el asunto del dinero y sobre la falta de interés que él mostraba por el mismo.
—Las cosas no cambian nunca, ¿sabes? —dijo levantando del escritorio la pluma y volviéndola a dejar en el tintero—. Se me había olvidado. Mientras estaba ausente había empezado a pensar en ti como todo hombre sueña que debe ser su madre. Pero he aquí la realidad. Un sermón perpetuo sobre mi tendencia a la extravagancia. ¡Déjalo ya, mater! Lo que a ti te parece importante no lo es para mí.
Aurelia apretó los labios, pero permaneció en silencio durante unos instantes; luego, mientras se ponía en pie, dijo:
—Servilia desea tener una entrevista privada contigo lo antes posible.
—¿Para qué? —Sin duda te lo dirá cuando la veas.
—¿Tú lo sabes?
—Yo no le hago preguntas a nadie salvo a ti, César. De ese modo no me dicen mentiras.
—Entonces, ¿a mí me exoneras de mentir?
—Naturalmente.
César había empezado a levantarse, pero se hundió de nuevo en la silla y sacó otra pluma del bote al tiempo que fruncía el entrecejo.
—Esa mujer es bastante interesante. —Echó la cabeza hacia un lado—. Sus observaciones sobre el rumor de Bíbulo fueron asombrosamente exactas.
—Por si no lo recuerdas, hace varios años que te dije que era la mujer más astuta, políticamente hablando, de todas las que conozco. Pero lo que te expliqué no te impresionó lo suficiente como para que desearas conocerla.
—Bueno, pues ahora ya la conozco. Y estoy realmente impresionado… aunque no por su arrogancia. En realidad presumió de favorecerme a mí.
Algo en la voz de César hizo que Aurelia detuviera el avance hacia la puerta; dio media vuelta y miró fijamente a su hijo.
—Silano no es tu enemigo —le dijo con altivez.
Eso le provocó una carcajada a César, pero la risa se le apagó rápidamente.
—¡A veces se me antoja alguna mujer que no es la esposa de un enemigo, mater! Y me parece que ésta se me antoja sólo a medias. Ciertamente, tengo que averiguar qué quiere. ¿Quién sabe? Puedc que lo que quiera sea yo.
—Con Servilia es imposible saberlo. Es una mujer enigmática.
—En cierto modo me recuerda a Cinnilla.
—No te dejes engañar por los sentimientos románticos, César. No hay parecido alguno entre Servilia y tu difunta esposa. —Se le empañaron los ojos—. Cinnilla era la muchacha más dulce que he conocido en mi vida. A los treinta y seis años, Servilia no es ninguna niña, y está muy lejos de ser dulce. En realidad, yo diría que es tan dura y fría como una losa de mármol.
—¿No te cae bien?
—Me cae muy bien. Pero como lo que es. —Esta vez Aurelia llegó a la puerta sin girarse—. La cena estará lista en seguida. ¿Vas a comer aquí?
El rostro de César se suavizó.
—Cómo voy a darle una desilusión a Julia yendo a ninguna parte hoy? —Se puso a pensar en otra cosa y añadió—: Un muchacho raro, ese Bruto. Como aceite en la superficie, pero sospecho que en algún lugar en su interior hay una clase de hierro muy especial. Julia se comportó como si él fuera de su propiedad. Nunca habría imaginado que le atrajera ese muchacho.
—Dudo que sea así. Pero son buenos amigos. —Esta vez fue la cara de ella la que se suavizó—. Tu hija es extraordinariamente buena. En eso se parece a su madre. No hay nadie más de quien pueda haber heredado esa característica.
Como a Servilia le resultaba imposible caminar despacio, volvió a casa a su acostumbrado paso vivo, con Bruto a su lado esforzándose por mantener el paso, aunque sin proferir ninguna queja; ya había pasado la
hora de más calor, y él estaba de nuevo inmerso en el desventurado Tucídides. Julia quedaba olvidada de momento. Y también tío Catón.
Normalmente Servilia le habría dirigido la palabra a su hijo de vez en cuando, pero aquel día, para el caso que le hizo, tanto habría dado que no estuviera con ella. La mente de Servilia estaba ocupada en Cayo Julio César. Parecía que mil gusanos le hubiesen hormigueado por la boca en el momento en que lo había visto, dejándola atónita, impresionada, incapaz de moverse. ¿Cómo era posible que no lo hubiera visto antes? La pequeñez del círculo en que se movían debía haber garantizado que se encontrasen en alguna ocasión. ¡Pero jamás le había puesto los ojos encima! Oh, oír hablar de él… ¿qué mujer romana noble no había óído hablar de él? En la mayoría de los casos, cuando oían la descripción de César, salían corriendo en busca de cualquier estratagema que pudiera hacer que se lo presentasen, pero Servilia no era de esa clase de mujeres. Sencillamente, lo había desechado como a otro Memmio o a otro Catilina, como a alguien que fulminaba a las mujeres con una sonrisa y sacaba provecho de ello. Una mirada a César le habría bastado para saber que aquel hombre en modo alguno era como Memmio o como Catilina. Oh, él fulminaba con la sonrisa y se aprovechaba de ello —¡no cabía la menor duda al respecto!—, pero en él había mucho más. Remoto, distante, inalcanzable. Ahora comprendía mejor por qué a las mujeres a las que concedía una breve relación después se consumían, lloraban y se desesperaban. Les daba algo que para él no tenía valor, pero nunca se entregaba él mismo.
Como poseía la cualidad de la objetividad, Servilia pasó luego a analizar la reacción que había tenido ante él. ¿Por qué él precisamente, por qué durante treinta y seis años ningún hombre había significado para ella más que seguridad, condición social? Desde luego, tenía predilección por los hombres rubios. A Bruto no lo había elegido ella; la primera vez que lo vio fue el día de la boda. El hecho de que fuera un hombre muy moreno había causado una desilusión tan grande para ella como resultó ser luego el resto de su persona. Silano, un hombre rubio y sorprendentemente guapo, sí había sido elección de ella. Elección que seguía satisfaciéndola a nivel visual, aunque en todos los demás aspectos también se había llevado una
triste desilusión. No era un hombre fuerte y sano, ni de intelecto, ni tenía agallas. ¡No era raro que no hubiera podido engendrar ningún hijo varón en ella! Servilia creía de todo corazón que el sexo de su prole dependía enteramente de ella, y la primera noche que pasó en brazos de Silano la había llevado a tomar la resolución de que Bruto continuaría siendo su único hijo varón. De ese modo lo que ya era una fortuna muy considerable se vería aumentada por la también muy considerable fortuna de Silano.
¡Lástima que estuviera fuera de su influencia asegurar una tercera y mucho mayor fortuna para Bruto! Servilia se olvidó de César porque su hijo se había metido por medio y empezó a recrearse en aquellos quince mil talentos de oro que su abuelo Cepión el Cónsul había logrado robar de un convoy en la Galia narbonesa hacía unos treinta y siete años. Más oro del que poseía el Tesoro Romano había pasado a poder de Servilio Cepión, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de ser oro en lingotes. En cambio había sido convenido en propiedades de todas clases: ciudades industriales en la Galia Cisalpina, vastos campos de trigo en Sicilia y en la provincia de África, edificios de apartamentos de un extremo a otro de la península Itálica y asociaciones comanditarias en empresas arriesgadas de negocios que el rango senatorial prohibía. Cuando murió Cepión el Cónsul todo pasó al padre de Servilia, y cuando éste murió en la guerra italiana pasó al hermano de ella, el tercero que llevó el nombre de Quinto Servilio Cepión en vida de ella. ¡Oh, sí, todo había pasado a su hermano Cepión! Su tío Druso había hecho todo lo necesario para asegurarse de que él heredase, aunque el tío Druso sabía toda la verdad. ¿Y cuál era la verdad? Que el hermano de Servilia, Cepión, era sólo su hermanastro: en realidad era el primer hijo que su madre le había dado a aquel advenedizo, Catón Saloniano, aunque todavía estaba casada con el padre de Servilia. El cual se encontró con un cuco en el nido de Servilio Cepión, un cuco de largo cuello, alto, pelirrojo y con una nariz que proclamaba a los cuatro vientos por toda Roma de quién era hijo. Ahora que Cepión era un hombre de treinta años, sus verdaderos orígenes eran ya conocidos por todos los personajes ilustres de Roma. ¡Qué risa! ¡Y qué justicia! El Oro de Tolosa había pasado finalmente a un cuco que había en el nido de Servilio Cepión.
Bruto hizo una mueca de dolor al salir bruscamente de su ensimismamiento; su madre había rechinado los dientes mientras iba caminando a paso largo, un sonido espantoso que hacía que todo el que lo oía palideciera y saliera huyendo. Pero Bruto no podía huir. Lo único que podía hacer era confiar en que su madre rechinase los dientes por algún motivo que no tuviera nada que ver con él. Lo mismo esperaban los esclavos que la precedían, que se dirigían miradas aterrorizadas mientras el corazón les latía con fuerza y el sudor les manaba en abundancia.
De todo ello ni siquiera se percató Servilia, cuyas piernas fuertes y robustas se abrían y se cerraban como las tijeras podadoras de Atropos al avanzar enfurecida. ¡Cepión era un miserable! Bueno, ahora ya era tarde para que heredara Bruto. Cepión se había casado con la hija del abogado Hortensio, que pertenecía a una de las familias plebeyas más antiguas e ilustres de Roma, y Hortensia estaba saludablemente embarazada de su primer hijo. Habría muchos hijos más; la fortuna de Cepión era tan extensa que ni una docena de hijos podría hacerle mella. En cuanto al propio Cepión, estaba tan en forma y tan fuerte como lo estaban todos los de la casta de los Catones, descendientes de aquel ridículo y escandaloso matrimonio en segundas nupcias que Catón el Censor había contraído, ya cercano a los ochenta años, con la hija de su esclavo Salonio. Eso había sucedido hacía cien años, y Roma en aquella época se había tronchado de risa para luego ir perdonando a aquel repugnante viejo libertino y admitir a su prole descendiente de esclavos en las filas de las Familias Famosas. Desde luego, cabía la posibilidad de que Cepión muriera en un accidente, como le había ocurrido a su padre biológico, Catón Saloniano. Otra vez se oyó el sonido de los dientes de Servilia. ¡Vana esperanza! Cepión había sobrevivido a varias guerras sin un rasguño, aunque era un hombre valiente. No, adiós al Oro de Tolosa. Bruto nunca heredaría las cosas que se habían podido adquirir con ese oro. ¡Y eso no era justo! Por lo menos Bruto era un auténtico Servilio Cepión por parte de madre. ¡Oh, si Bruto pudiera heredar aquella tercera fortuna, seria más rico que Pompeyo Magnus y Marco Craso juntos!
A escasos pies de distancia de la puerta de Silano, ambos esclavos se precipitaron hacia la misma, la aporrearon y se esfumaron en el momento en que entraron atropelladamente en la casa. Así que cuando se les franqueó la entrada a Servilia y a su hijo, el atrio estaba desierto; el personal de la casa ya sabía que Servilia había rechinado los dientes. Por ello no recibió aviso acerca de quién la aguardaba en la sala de estar y entró allí de modo fulminante y rumiando malhumorada la mala suerte de Bruto en aquella cuestión del Oro de Tolosa. Los ultrajados ojos de Servilia cayeron nada menos que sobre su hermanastro, Marco Porcio Catón, el queridísimo tío de Bruto.
Había adoptado un nuevo engreimiento, y le había dado por no llevar túnica debajo de la toga porque en los primeros tiempos de la República nadie la había llevado. Y, si los ojos de Servilia hubieran estado menos llenos de odio hacia él, quizás habría tenido que reconocer que aquella sorprendente y extraordinaria moda —de cuya adopción Catón no podía convencer a nadie— le favorecía. A los veinticinco años de edad estaba en la cima de la salud y de la buena forma física; había vivido dura y precariamente como soldado raso durante la guerra contra Espartaco y no comía nada sabroso ni bebía otra cosa que no fuese agua. Aunque el cabello corto y ondulado tenía un tono castaño rojizo y los ojos eran grandes y de color gris claro, tenía la piel suave y bronceada, así que lograba un aspecto maravilloso al dejar al descubierto todo el lado derecho del tronco, desde el hombro a la cadera. Hombre magro, duro y agradablemente lampiño, había desarrollado bien los músculos pectorales, tenía un vientre plano y un brazo derecho que exhibía vigorosas protuberancias en los lugares apropiados. La cabeza, que coronaba un larguísimo cuello, tenía una hermosa forma y la boca era turbadoramente encantadora. En realidad, de no haber sido por aquella asombrosa nariz, podría haber rivalizado con César, Memmio o Catilina en la espectacular apostura. Pero la nariz reducía todo lo demás a pura insignificancia, ya que era enorme, delgada, afilada y curvada. Una nariz con vida propia, decía la gente, reverenciada hasta convertirse en culto.
—Ya estaba a punto de marcharme —anunció Catón en voz alta y ronca, nada musical.
—Lástima que no lo hayas hecho —dijo Servilia entre dientes, sin hacerlos rechinar, aunque tenía ganas de hacerlo.
—¿Dónde está Marco Junio? Me han dicho que te lo has llevado contigo.
—¡Bruto! ¡Llámalo Bruto, como todo el mundo! —dijo Servilia alzando la voz.
—No apruebo el cambio que esta última década ha traído a nuestros nombres —dijo Catón en voz todavía más alta—. Un hombre puede tener uno, dos o incluso tres apodos, pero la tradición exige que se le llame por su primer nombre y el nombre de su familia solamente, no por un apodo.
—¡Bueno, pues yo por mi parte me alegro profundamente del cambio, Catón! Y en cuanto a Bruto, no está disponible para ti. —Crees que me daré por vencido —continuó diciendo Catón, cuya voz había adquirido ahora aquel habitual tono tan apropiado para echar bravatas—, pero no será así, Servilia. Mientras viva, nunca me daré por vencido en nada. Tu hijo es mi sobrino carnal, y no hay ningún hombre en su mundo. Te guste o no, pienso cumplir mis deberes con él.
—Su padrastro es el paterfamilias, no tú.
Catón se echó a reír, un relincho estridente.
—¡Décimo Junio es un pobre bobo vomitón no más apropiado que un pato moribundo para encargarse de supervisar la educación de tu hijo!
Aunque Catón tenía pocos puntos débiles en su enormemente grueso pellejo, Servilia sabía dánde estaba cada uno de ellos. Emilia Lépida, por ejemplo. ¡Cuánto la había amado Catón cuando éste tenía dieciocho años! Tan chiflado como un griego por un jovencito. Pero lo único que había hecho Emilia Lépida era utilizar a Catón para hacer que Metelo Escipión viniera arrastrándose.
—He visto a Emilia Lépida en casa de Aurelia esta tarde. ¡Qué guapa está! Una verdadera esposa y madre. Dice que está más enamorada de Metelo Escipión que nunca —dijo Servilia sin que viniera a cuento.
El dardo hizo blanco con toda claridad; Catón palideció.
—Me utilizó como cebo para recuperarlo a él —dijo con amargura—.
Una típica mujer: taimada, engañosa, sin principios.
—¿Es eso lo que piensas de tu propia esposa? —le preguntó Servilia con una gran sonrisa.
—Atilia es mi esposa. Si Emilia Lépida hubiera honrado su promesa y se hubiera casado conmigo, pronto se habría dado cuenta de que yo no le consiento artimañas a ninguna mujer. Atilia hace lo que se le dice y lleva una vida ejemplar. No estoy dispuesto a permitir conducta alguna que no raye la perfeccián.
—¡Pobre Atilia! ¿Ordenarías que la matasen si notaras que le huele a vino el aliento? Las Doce Tablas te permiten hacer eso, y tú eres un ardiente defensor de las leyes antiguas.
—Soy un ardiente defensor de las costumbres antiguas, las costumbres y las tradiciones de la mos maiorum de Roma —dijo Catón con irritación al tiempo que los agujeros de la nariz se le hinchaban hasta parecer ampollas a ambos lados de la misma—. Mi hijo, mi hija, ella y yo comemos los alimentos que Atilia en persona ha visto preparar, vivimos en habitaciones que ella personalmente ha visto arreglar, y llevamos ropa que ella misma ha hilado, ha tejido y ha cosido.
—¿Es por eso por lo que vas tan desnudo? ¡Qué esclava debe de ser del trabajo!
—Atilia lleva una vida ejemplar —repitió Catón—. No tolero que se encomiende la educación de los hijos a siervos y niñeras, así que ella es responsable por completo de una niña de tres años y de un niño de uno. Atilia está siempre ocupada.
—Lo que digo, es una esclava del trabajo. Tú puedes pagar suficientes criados, Catón, y ella lo sabe. Pero en cambio te cierras la bolsa y la conviertes en una esclava. No te lo agradecerá. —Los espesos párpados blancos se levantaron y la irónica mirada negra de Servilia recorrió a Catón de pies a cabeza—. Un día de éstos, Catón, puede que llegues a casa temprano y descubras que ella busca un poco de solaz extramarital. ¿Quién podría culparla? ¡Qué guapo estarías luciendo cuernos en la cabeza!
Pero aquel dardo no dio en el blanco; Catón se limitó a adoptar un aire de suficiencia.
—Oh, ni hablar de eso —dijo confiado—. Incluso en estos tiempos exagerados que corren puede que yo no sobrepase el precio tope que pagaba mi abuelo por un esclavo, pero te aseguro que elijo gente que me teme. Soy escrupulosamente justo… ¡Ningún sirviente que valga su sal sufre bajo mi cuidado…! Pero cada uno de los esclavos me pertenece, y lo sabe.
—Una organización doméstica idílica —comentó Servilia sonriendo—. Tengo que acordarme de decirle a Emilia Lépida lo que se está perdiendo. —Le volvió la espalda a Catón, con aspecto de estar aburrida—. ¡Márchate ya, Catón! Sólo conseguirás a Bruto por encima de mi cadáver. Puede que no compartamos el mismo padre, ¡y le doy gracias a los dioses por ello!, pero sí que compartimos la misma clase de firmeza. Y yo, Catón, soy mucho más inteligente que tú. —Se las arregló para producir un sonido que recordaba el ronroneo de un gato—. En realidad soy mucho más inteligente, con diferencia, que cualquiera de mis hermanastros.
Este tercer dardo perforó a Catón hasta la médula. Se puso rígido y apretó sus hermosas manos hasta cerrar los puños.
—Puedo tolerar tu malicia cuando va dirigida a mí, Servilia, ¡pero no cuando el blanco es Cepión! —rugió Catón—. ¡Esa es una infamia inmerecida! ¡Cepión es tu hermano legítimo, no el mío! ¡Oh, ojalá fuera mi hermano legítimo! ¡Lo quiero más que a nadie en el mundo! ¡Pero no permitirá esa calumnia, especialmente cuando viene de ti!
—Mírate al espejo, Catón. Toda Roma sabe la verdad.
—Nuestra madre tenía algo de sangre Rutilia: ¡Cepión heredó su color de esa parte de la familia!
—¡Tonterías! Los Rutilios son rubios como la arena, como poco, y carecen por completo de la nariz de un Catón Saloniano.
—Servilia bufó despreciativamente—. Gusto por gusto, Catón. Desde el momento en que naciste, Cepión se entregó a ti. Sois guisantes de la misma vaina, y habéis seguido tan juntos y mezclados como el puré de guisantes toda la vida. No os separáis, nunca discutís… ¡Cepión es tu hermano legítimo, no mío!
Catón se levantó.
—Eres una mujer malvada, Servilia.
Esta bostezó ostentosamente.
—Sencillamente, has perdido la batalla, Catón. Adiós y buen viaje. Catón arrojó la última palabra tras de sí cuando salía de la habitación. —¡Al final ganaré! ¡Yo siempre gano!
—¡Sólo ganarás sobre mi cadáver, Catón! Pero tú habrás muerto antes que yo.
Después de lo cual Servilia tuvo que vérselas con otro de los hombres de su vida: su marido, Décimo Junio Silano, a quien Catón había definido muy acertadamente como un bobo vomitón. Fuera el que fuese el problema de sus intestinos, lo cierto era que tenía tendencia a vomitar, y era indiscutiblemente un hombre tímido, resignado y más bien falto de carácter. Todas sus cualidades, pensó Servilia para sus adentros mientras lo observaba durante la cena, están encima del mostrador. No es más que una cara bonita, no hay nada detrás. Sin embargo, obviamente aquello no se podía decir de otra cara bonita, la que pertenecía a Cayo Julio César. «César… estoy encantada con él, me fascina. Durante un momento, allí, pensé que yo también lo estaba fascinando a él, pero luego permití que la lengua me traicionase y le ofendí. ¿Por qué olvidé que era un Julio? Ni siquiera una patricia Servilia como yo presume de arreglarle la vida o los asuntos a un Julio…»
Las dos niñas de Silano que ella había engendrado estaban presentes en la cena, atormentando a Bruto como siempre —no le tenían ninguna consideración—. Junia era un poco más pequeña que la Julia de César, siete años, y Junilla tenía casi seis. Las dos tenían un color castaño medio y eran atractivas en extremo. ¡No había que temer que desagradaran a sus maridos! La belleza y la abultada dote eran una combinación irresistible. Sin embargo, ya estaban formalmente prometidas en matrimonio con los herederos de dos grandes casas. Sólo Bruto seguía sin compromiso, aunque ya había dejado muy claro cuál era su elección. La pequeña Julia. Qué raro era Bruto. ¡Enamorarse de una niña! Aunque Servilia no solía confesárselo a sí misma, aquella tarde se encontraba en un estado de ánimo predispuesto
a la verdad, y reconocía que a veces Bruto era un misterio para ella. ¿Por qué, por ejemplo, se empeñaba en ser un intelectual? Si no llegaba a conocer por sí mismo aquel cenagal tan peculiar, su carrera pública no prosperaría. A no ser que, como a César, les acompañara también la fama de valientes soldados, o que tuvieran, como Cicerón, una tremenda reputación en los tribunales, a los intelectuales generalmente se les despreciaba. Bruto no era vigoroso, ni rápido, ni amante de salir de casa, como César o Cicerón. Quizás fuera bueno que se convirtiera en yerno de César. Quizás se le contagiara parte de esa energía mágica y de aquel encanto, tenía que contagiársele por fuerza.
Al día siguiente César le envió un mensaje en el que decía que le complacería verla en privado en los aposentos que poseía en el bajo Vicus Patricii, en el segundo piso del edificio de apartamentos situado entre el taller de tinte de Fabricio y los baños suburanos. A la cuarta hora del día por la mañana, un tal Lucio Decumio estaría esperándola en el pasaje situado en la planta baja para conducirla arriba.
Aunque a Antistio Veto se le había prorrogado el período como gobernador de la Hispania Ulterior, a César no se le había concedido el honor de permanecer allí con él; César no se había molestado en asegurarse un destino personal, sino que había preferido correr el riesgo de que le tocase por sorteo cualquier provincia. En cierto aspecto le habría gustado permanecer en la Hispania Ulterior, pero el puesto de cuestor no era demasiado importante para, apoyándose en él, formarse una reputación en el Foro. César era consciente de que los próximos años de su vida tendría que pasarlos, en la mayor medida posible, en Roma; Roma debía ver su rostro constantemente, Roma debía oír su voz constantemente.
Porque César se había ganado la corona cívica por su destacado valor a la edad de veinte años, había sido admitido en el Senado diez años antes de la edad acostumbrada, treinta años, y se le había permitido hablar dentro de aquella cámara desde el principio, en lugar de permanecer bajo la ley del silencio hasta que fuera elegido magistrado de rango superior al de cuestor.
No es que hubiera abusado de aquel extraordinario privilegio, César era demasiado inteligente como para convertirse en un pelma añadiéndose a la lista, ya demasiado larga, de oradores. No necesitaba utilizar la oratoria como medio para llamar la atención, pues llevaba en su persona un recordatorio visible de su posición casi única. La ley de Sila estipulaba que siempre que apareciera en los actos públicos debía llevar puesta en la cabeza la corona cívica de hojas de roble. Y todo el mundo, en el momento en que él apareciese, estaba obligado a levantarse y a aplaudirle, incluso los más venerables cónsules y censores. Ello lo situaba en un lugar aparte y por encima de los demás, dos estados que le gustaban mucho. Quizás otros pudieran cultivar tantos amigos íntimos cuantos fueran capaces, pero César prefería caminar solo. Oh, un hombre debía tener multitud de clientes, tenía que ser conocido como un patrono de tremenda distinción. Pero subir hasta la cima —¡y él estaba decidido a hacerlo!— a costa de crear ataduras con alguna camarilla no formaba parte de los planes de César. Las camarillas siempre controlaban a sus miembros.
Ahí, por ejemplo, estaban los boni, los «hombres buenos». De las muchas facciones del Senado, eran ellos los que tenían la mayor fuerza política. A menudo dominaban las elecciones, proveían el personal para los tribunales superiores y gritaban más fuerte en las Asambleas. ¡Pero los boni en realidad no representaban nada! Lo más que podía decirse de ellos era que lo único que tenían en común entre sí era un arraigado desagrado por todo lo que significase cambio. Mientras que César sí era partidario del cambio. ¡Había tantas cosas que pedían a gritos un cambio, un arreglo, una abolición! Desde luego, si el servicio en la Hispania Ulterior le había enseñado algo a César era que el cambio tenía que llegar. La corrupción y la rapacidad gubernamental acabarían con el Imperio a no ser que se frenase a los responsables; y aquél era sólo uno de los muchos cambios que César deseaba ver y llevar a cabo él mismo. Cualquier aspecto de Roma que se considerase necesitaba desesperadamente atención, regulación. Pero los boni se oponían tradicional y obstinadamente al menor cambio, por pequeño que fuese. No así las personas como César. Y por eso César no era
popular entre ellos; aquellas narices exquisitamente sensibles habían olfateado hacía mucho tiempo el radical que había en César.
En realidad existía sólo un camino seguro para ir hacia donde César se dirigía: el camino del mando militar. Pero antes de que pudiera llegar legalmente a general de uno de los ejércitos de Roma, tendría que ascender por lo menos a pretor, y para asegurarse de que lo eligieran como uno de esos ocho hombres que supervisan los tribunales y el sistema de justicia, hacía falta pasar los siguientes seis años en la ciudad. Solicitando el voto, haciendo propaganda electoral, luchando por adaptarse a la caótica escena política, procurando que su persona se mantuviese en primer plano, acumulando influencia, poder, clientes, el apoyo de caballeros pertenecientes a la esfera del comercio, de seguidores de todas clases. Tal como él era y únicamente por sí mismo, no como miembro de los boni o de cualquier otro grupo, que insistían en que sus miembros pensaran todos igual, o mejor, que no se molestasen en pensar en absoluto.
Aunque la ambición de César iba mucho más allá de ser el líder de su propia facción; quería convertirse en una institución llamada el Primer Hombre de Roma. Primus inter pares, el primero entre iguales, el que reunía lo bueno de todos los hombres. Quería convertirse en el que poseyera mayor auctoritas, mayor dignitas; el Primer Hombre de Roma era la influencia personificada. Cualquier cosa que dijera se escuchaba, y nadie podía derribarlo porque no era ni rey ni dictador; sustentaba su posición en el más puro poder personal, era lo que era por sí mismo, no a través de ningún cargo, y no tenía un ejército a sus espaldas. El viejo Cayo Mario lo había hecho al estilo antiguo al conquistar a los germanos, porque no poseía antepasados para decirles a los hombres que merecía ser el Primer Hombre de Roma. Sila sí tenía antepasados, pero no se ganó el título porque hizo de sí mismo un dictador. Simplemente era Sila, gran aristócrata, autócrata, ganador de la impresionante corona de hierba, general invicto. Una leyenda militar incubada en la arena política, eso era el Primer Hombre de Roma.
Por eso el hombre que fuera el Primer Hombre de Roma no podía pertenecer a ninguna facción; tenía que constituir una facción él mismo, estar en primera posición en el Foro Romano no como secuaz de nadie, sino
como el más temible aliado. En la Roma de aquel tiempo ser un patricio lo hacía más fácil, y César lo era. Sus remotos antepasados habían sido miembros del Senado cuando éste no consistía más que en un simple centenar de hombres que aconsejaban al rey de Roma Antes de que Roma existiera siquiera, sus antepasados habían sido reyes a su vez de Alba Longa, en el monte Albano. Y antes de eso su treinta y nueve veces bisabuela había sido la propia diosa Venus; ella era la madre de Eneas, rey de Dardania, el que había navegado hasta la Italia latina y había fundado un nuevo reino en lo que un día sería la sede del dominio de Roma. El hecho de provenir de tan brillante árbol genealógico predisponía a la gente a considerar que un hombre debía ser líder de su facción; a los romanos les gustaban los hombres con antepasados ilustres, y cuanto más augustos fueran esos antepasados, más posibilidades tenía un hombre de crear su propia facción.
Así era como César comprendía que tenía que obrar desde entonces hasta el momento de ostentar el cargo de cónsul, para el que todavía le quedaban nueve años. Tenía que predisponer a los hombres a considerarlo digno de convertirse en el Primer Hombre de Roma. Lo cual no significaba conciliar a sus iguales, sino dominar a aquellos que no eran sus iguales. Sus iguales lo temerían y lo odiarían, como ocurría con todos los que aspiraban a ser el Primer Hombre de Roma. Sus iguales lucharían contra su ambición con uñas y dientes, sin detenerse ante nada con tal de hacerlo caer antes de que fuera demasiado poderoso. Por eso odiaron a Pompeyo el Grande, que se imaginaba a sí mismo el actual Primer Hombre de Roma. Bueno, no duraría. Ese título le pertenecía a César y nada, animado o inanimado, le impediría obtenerlo. Y lo sabía porque se conocía a sí mismo.
Al día siguiente a su llegada a Roma, fue gratificante descubrir que, al amanecer, un pequeño y ordenado grupo de clientes habían acudido a presentarle sus respetos; la sala de recepción estaba llena de ellos, y a Eutico, el mayordomo, se le había puesto radiante aquel grueso rostro suyo al verlos. También resplandecía de contento el viejo Lucio Decumio,
animado y anguloso como un grillo, que daba saltitos ansiosos de un pie a otro cuando César salió de sus aposentos privados.
Un beso en la boca para Lucio Decumio, una muestra de respeto reverencial para muchos que presenciaron el encuentro.
—Te he echado de menos más que a nadie después de Julia, papá —le confesó César al tiempo que envolvía a Lucio Decumio en un enorme abrazo.
—¡Roma tampoco es lo mismo cuando tú no estás, Pavo! —fue la respuesta de aquél, que utilizó el antiguo mote de Pavo Real que él mismo le había puesto a César cuando éste empezaba a dar sus primeros pasos.
—Parece que no envejezcas, papá.
Eso era cierto. Nadie sabía realmente qué edad tenía Lucio Decumio, aunque debía de estar más cerca de los setenta que de los sesenta. Probablemente viviría eternamente. Pertenecía a la cuarta clase solamente y a la tribu urbana Suburana, nunca sería lo bastante importante para tener un voto que contase en ninguna Asamblea, pero Lucio Decumio era un hombre de gran influencia y poder en ciertos círculos. Era el custodio del colegio de encrucijada que tenía su sede en la ínsula de Aurelia, y todos los hombres que vivían en aquel vecindario, por muy alta que fuera la clase a la que pertenecieran, se veían obligados a presentarle sus respetos, por lo menos de vez en cuando, en el interior de lo que era tanto una taberna como un lugar de reuniones religiosas. Como custodio de su colegio, Lucio Decumio poseía autoridad; también había logrado acumular considerables riquezas debido a sus muchas actividades inicuas, y no era adverso a prestar dinero a un interés muy razonable a aquellos que pudieran ser útiles para los fines de Lucio Decumio… o a los fines de su patrono, César. César, a quien él amaba más que a cualquiera de sus dos fornidos hijos; César, con quien había compartido algunas de sus dudosas aventuras de muchacho, César, César…
—Tengo tus habitaciones de calle abajo completamente preparadas — dijo el viejo esbozando una amplia sonrisa—. Cama nueva… todo muy bonito.
Se le iluminaron los ojos, más bien helados y de color azul pálido; César volvió a sonreír y le hizo un guiño.
—La probaré antes de dar mi veredicto personal sobre eso, papá. Lo cual me recuerda… ¿querrías llevarle mi mensaje a la esposa de Décimo Junio Silano?
Lucio Decumio frunció el entrecejo.
—¿A Servilia? —Veo que la señora es famosa. —No podría ser de otra forma. Es una mujer muy dura con sus esclavos. —Cómo sabes eso? Supongo que sus esclavos frecuentan un colegio de encrucijada en el Palatino.
—¡Pero corre la voz, corre la voz! Es capaz de ordenar la crucifixión cuando cree que alguno de sus esclavos necesita una lección. Hace que se lleve a cabo en el jardín, delante de todos los demás. Fíjate, primero los hace azotar, para que no duren mucho después de ser atados a la cruz.
—Eso es muy considerado por su parte —dijo César.
Y se puso a dictar el mensaje para Servilia. No cometió el error de pensar que Lucio Decumio estaba intentando advertirle para que no se enredara con ella, o que tuviera la presunción de criticar su gusto; Lucio Decumio simplemente estaba cumpliendo con su deber de pasarle información relevante.
La comida le importaba poco a César —no era un gourmet, y tampoco, desde luego, seguidor de Epicuro—, así que pasó de cliente en cliente sin dejar de masticar con aire ausente un panecillo crujiente y recién hecho del panadero que había más abajo, en la calle de Aurelia, y bebiendo agua de una taza. Sabedor de la generosidad de César, su mayordomo ya había pasado unas bandejas repletas de los mismos panecillos, había servido vino a aquellos que lo preferían al agua sola, y había ofrecido pequeños tazones de aceite o miel para mojar el pan. ¡Qué espléndido era ver que la clientela de César aumentaba!
Algunos habían ido por la sencilla razón de mostrarle a César que estaban a sus órdenes, pero otros se habían acercado hasta allí con un propósito concreto: pedirle una recomendación. para un empleo que necesitaban, un puesto en alguna vacante del Tesoro o de los Archivos para
algún hijo con los debidos estudios, o consultarle qué le parecía esta oferta que había recibido alguno por su hija, o aquella otra por un pedazo de tierra. Unos cuantos habían ido a pedirle dinero, y a éstos también se les complació con dispuesta alegría, como si la bolsa de César fuera tan abundante como la de Marco Craso, cuando en realidad era extremadamente poco abundante.
La mayoría de los clientes se marcharon una vez que hubieron intercambiado las cortesías de rigor y se hubo conversado un poco. Los que se quedaron necesitaban algunos renglones escritos por César, y aguardaron mientras éste, sentado a su escritorio, dispensaba los papeles. El resultado de todo ello fue que, antes de que se marchase el último visitante, habían transcurrido más de cuatro horas de aquella larga mañana de primavera; el resto del día le pertenecía a César. Los clientes no se habían ido lejos, desde luego; cuando salió de su apartamento una hora después, tras haber despachado lo más apremiante de su correspondencia, se unieron a él para darle escolta adonde quiera que sus asuntos pudieran llevarle. ¡Un hombre con clientes tenía que exhibirlos en público!
Desgraciadamente nadie significativo se hallaba presente en el Foro Romano cuando César y su séquito llegaron al pie del Argilium y pasaron entre la basílica Emilia y las gradas de la Curia Hostilia. Y allí estaba el centro absoluto de todo el mundo romano: el Foro Romano inferior, un espacio pródigamente salpicado de objetos de reverencia o utilidad y antigüedades. Habían pasado unos quince meses desde la última vez que César lo había visto. No es que hubiera cambiado. Nunca cambiaba.
El Foso de los Comicios bostezaba delante del espacio engañosamente pequeño, unas gradas circulares de anchos peldaños, que conducían, muy por debajo del nivel del suelo, a la estructura en la que se reunían ambas Asambleas, la Plebeya y la Popular. Cuando estaba lleno por completo podía albergar unos tres mil hombres. Junto al muro trasero, de cara a la parte lateral de los peldaños de la Curia Hostilia, estaban los rostra, desde los cuales los políticos se dirigían a la multitud apiñada debajo, en la hondonada. Y allí estaba la propia Curia Hostilia, venerablemente antigua, hogar del Senado a través de los siglos desde que lo construyera el rey Tulo
Hostilio, demasiado pequeño para el alistamiento mayor que había hecho Sila, con aspecto deteriorado y sucio a pesar del maravilloso mural lateral. El estanque de Curtio, los árboles sagrados, Escipión el Africano en lo alto de su elevada columna, los rostra de naves capturadas montados en otras columnas, estatuas a porrillo sobre imponentes plintos con miradas furiosas como el viejo Apio Claudio el Ciego, o con un aspecto sereno y presumido como el astuto y brillante viejo Escauro, príncipe del Senado. Las losas de la vía Sacra estaban más gastadas que el pavimento travertino que las rodeaba —Sila había reemplazado el pavimento, pero la mos maiorum prohibía que se realizara cualquier mejora en la carretera—. En el extremo más alejado de aquel espacio abierto, apretadas por dos o tres tribunales, se alzaban las dos basílicas poco elegantes, la Optimia y la Sempronia, con el glorioso templo de Cástor y Pólux a la izquierda. Realmente era un misterio cómo podían celebrarse reuniones, procesos judiciales y asambleas entre tanto impedimento, pero se celebraban: siempre había sido así y siempre lo sería.
Al norte se alzaba la mole del Capitolio, con una joroba más alta que su gemela, una absoluta confusión de templos con pilares pintados en llamativos colores, frontones, estatuas doradas, todo sobre tejados anaranjados. El nuevo hogar de Júpiter Optimo Máximo —el viejo se había destruido en un incendio varios años antes— estaba todavía en construcción, advirtió César, que frunció el entrecejo al verlo; decididamente, Catulo era un custodio de las obras bastante lento, nunca tenía prisa. Pero el enorme Tabulario de Sila ya estaba completamente terminado, y ocupaba toda la falda frontal y central del monte con soportales y galerías destinados a albergar todos los archivos de Roma, las leyes y las cuentas. Y al pie del Capitolio había otras instalaciones públicas: el templo de la Concordia, y junto a él el pequeño Senáculo antiguo, en el que las delegaciones extranjeras eran recibidas por el Senado. En la esquina del fondo, más allá del Senáculo, separando el Vicus Iugaris del Clivus Capitolinus, estaba el lugar hacia donde se dirigía César. Este era el templo de Saturno, muy antiguo, grande y sobriamente dórica excepto por los colores chillones que embadurnaban sus paredes y pilares de madera, hogar
de una antigua estatua del dios que había que mantener llena de aceite y envuelta en tela para que no se desintegrase. También —y más relacionado con el propósito de César— era la sede del Tesoro de Roma.
El templo propiamente dicho estaba montado sobre un podio de veinte peldaños de altura, una infraestructura de piedra dentro de la cual se abría un laberinto de pasillos y salas. Parte del mismo se usaba de almacén para las leyes una vez que habían sido labradas en piedra o bronce, pues la constitución en gran parte escrita de Roma exigía que todas las leyes fueran depositadas allí; pero el tiempo y la plétora de tablillas ahora exigía que cada nueva ley fuera metida rápidamente por una entrada y sacada por otra para ser almacenada en otro lugar.
La mayor parte de aquel espacio pertenecía al Tesoro. Aquí, en salas fuertes situadas tras grandes puertas de hierro, yacía la tangible riqueza de Roma en forma de lingotes de oro y plata, cuyo valor ascendía a muchos miles de talentos. Allí, en unos despachos sombríos iluminados por parpadeantes lámparas de aceite y con rejas en lo alto de los muros exteriores, trabajaba el núcleo de los funcionarios que llevaban los libros de cuentas públicas de Roma, desde aquellos de importancia suficiente como para ostentar el título de tribuni aerarii hasta los humildes contables y los aún más humildes esclavos públicos que barrían los polvorientos suelos, pero que solían ingeniárselas para pasar por alto las telarañas que festoneaban las paredes.
El crecimiento de las provincias y de los beneficios de Roma había hecho que el templo de Saturno se quedase pequeño para su propósito fiscal hacía ya mucho tiempo, pero los romanos eran muy poco dados a abandonar una sede una vez que el lugar se hubiera destinado a alguna empresa gubernamental, de manera que Saturno seguía allí, indeciso, como depositario del Tesoro. Otros tesoros menores de dinero acuñado y oro en barras estaban relegados a otras bóvedas bajo templos distintos; las cuentas que pertenecían a los años anteriores al corriente habían sido destinadas al Tabulario de Sila y, en consecuencia, los oficiales del Tesoro y sus subalternos habían proliferado. Otro anatema romano, los funcionarios, pero el Tesoro era, al fin y al cabo, el Tesoro; el dinero público tenía que ser
sembrado, cultivado y cosechado como es debido, aunque aquello significase unas cantidades aborreciblemente grandes de empleados públicos.
Mientras la comitiva de César se quedaba rezagada para mirarlo todo con ojos brillantes y llenos de orgullo, éste subió lentamente hasta la gran puerta que estaba tallada en el muro lateral del podio de Saturno. César iba ataviado con una inmaculada toga blanca y en el hombro derecho de la túnica llevaba la ancha franja púrpura de senador; portaba una guirnalda de hojas de roble alrededor de la cabeza porque tenía que llevar su corona cívica en todas las ocasiones en que actuase en público. Mientras que otro hombre quizás le hubiese hecho una seña a un criado para que golpease la puerta con el llamador, César lo hizo él mismo, y luego aguardó hasta que la puerta se abrió con cautela y una cabeza apareció por la rendija.
—Cayo Julio César, cuestor de la provincia de Hispania Ulterior bajo el gobierno de Cayo Antistio Veto, desea presentar las cuentas de su provincia, como exige la ley y la costumbre —dijo César con voz serena.
Le fue franqueada la entrada y la puerta se cerró tras él; todos los clientes permanecieron fuera, al aire fresco.
—Tengo entendido que llegaste ayer, ¿es cierto? —le preguntó Marco Vibio, el jefe del Tesoro, cuando condujeron a César hasta su tenebroso despacho.
—Sí.
—Estas cosas no corren ninguna prisa, ya lo sabes.
—Por lo que a mí respecta, sí tengo prisa. Mi deber como cuestor no termina hasta que haya presentado las cuentas.
Vibio parpadeó.
—¡Pues entonces preséntalas, no faltaría más!
César sacó del interior del pliegue de la toga siete rollos, cada uno de ellos sellado dos veces, una de ellas con el anillo de César y otra con el de Antitio Veto. Cuando Vibio se disponía a romper los sellos del primer rollo, César le detuvo.
—¿Qué ocurre, Cayo Julio?
—No hay testigos presentes.
Vibio volvió a parpadear.
—Oh, bueno, no solemos preocuparnos mucho por pequeñeces de ese tipo —dijo desenfadadamente; y cogió el rollo con una sonrisa irónica en los labios.
César alargó una mano y sujetó la muñeca de Vibio.
—Pues te sugiero que empieces a preocuparte por pequeñeces como ésta —le dijo en tono agradable—. Estas son las cuentas oficiales de mi misión como cuestor en Hispania Ulterior, y solicito que haya testigos durante toda mi presentación. Si no es el momento adecuado para que sé presenten los testigos, entonces dime qué hora resulta conveniente y volveré.
El ambiente cambió dentro de la habitación, se hizo más escarchado. — Desde luego, Cayo Julio.
Pero los primeros cuatro testigos no fueron del agrado de César y sólo después de haber examinado a doce hallaron cuatro que sí fueron de su gusto. Luego procedió a la entrevista con una rapidez e inteligencia que hizo jadear a Marco Vibio, porque no estaba acostumbrado a que los cuestores entendieran de contabilidad, ni a que tuvieran una memoria tan buena que los capacitase para ir recitando relaciones enteras de fechas sin consultar ningún material escrito. Cuando César hubo terminado, Vibio estaba sudando.
—Tengo que decir con toda sinceridad que rara vez, si es que ha ocurrido en alguna ocasión con anterioridad, he visto a un cuestor que presentase tan bien todas sus cuentas —confesó Vibio; y se limpió la frente
—. Todo está en orden, Cayo Julio. De hecho, la Hispania Ulterior debería concederte un voto de agradecimiento por poner en orden tal embrollo.
Esto lo dijo con una sonrisa conciliadora; Vibio estaba empezando a comprender que aquel individuo altivo tenía intención de llegar a cónsul, así que le pareció oportuno lisonjearle.
—Si todo está en orden, me darás un documento oficial que así lo exprese. Ante testigos.
—Estaba a punto de hacerlo. —¡Excelente!
—¿Y cuándo llegará el dinero? —le preguntó Vibio cuando acompañaba a la salida a su incómodo visitante.
César se encogió de hombros.
—Eso no está bajo el control de mi provincia. Supongo que el gobernador esperará para traer todo el dinero consigo al final de su mandato.
Un matiz de amargura asomó al rostro de Vibio.
—¿No es eso normal? —preguntó retóricamente—. Lo que debería ser de Roma este año permanecerá en manos de Antitio Veto el tiempo suficiente como para que lo emplee en inversiones a su nombre y saque beneficio de ello.
—Eso es completamente legal, y no me corresponde a mí criticarlo — dijo César con suavidad, entornando los ojos al salir a la brillante luz del sol del Foro.
—¡Ave, Cayo Julio! —se despidió súbitamente Vibio; y cerró la puerta. Durante la hora que había durado la entrevista, el Foro inferior se había
llenado bastante, y la gente corría de un lado a otro para terminar sus tareas antes de que se hiciera demasiado tarde y llegase la hora de la cena. Y entre las caras nuevas, observó César suspirando interiormente, estaba la que pertenecía a Marco Calpurnio Bíbulo, a quien él en otro tiempo levantara del suelo sin esfuerzo para colocarlo encima de un elevado armario delante de seis de sus iguales. Luego le puso el mote de Pulga. ¡Y no sin motivo! Cuando aún no habían hecho más que echarse una mirada el uno al otro, ya se detestaban; y eso ocurría de vez en cuando. Bíbulo lo había insultado de tal manera que la ofensa requería reparación fisica, seguro de que su diminuto tamaño le impediría a César pegarle. Había dado a entender que César había obtenido una magnífica flota del viejo rey Nicomedes de Bitinia prostituyéndose al propio rey. En otras circunstancias César quizás no hubiera dejado libre su mal genio, pero ello había ocurrido justo después de que el general Lúculo había dado a entender lo mismo. Y dos veces era ya demasiado; de manera que Bíbulo fue a parar a lo alto del armario, y el acto estuvo acompañado de unas cuantas palabras ofensivas. Y eso había sido el comienzo de casi un año viviendo en los mismos aposentos que
Bíbulo mientras Roma, representada en la persona de Lúculo, le demostraba a la ciudad lesbia de Mitilene que no podía desafiar a su soberano. Las filas se habían dividido. Bíbulo era un enemigo.
No había cambiado en los diez años que habían transcurrido desde entonces, pensó César al aproximarse el nuevo grupo con Bíbulo a la cabeza. La otra rama de la Famosa Familia Calpurnio, apellidada Piso, estaba llena de algunos de los individuos más altos de Roma; pero la rama apellidada Bíbulo —que significaba esponjoso, en el sentido de que se empapaban de vino— era físicamente lo contrario. Ningún miembro de la nobleza romana habría tenido dificultad para decidir a qué rama de la Famosa Familia pertenecía Bíbulo. No era solamente pequeño, era diminuto, y tenía la tez tan clara que parecía desteñida; tenía pómulos salientes, el pelo incoloro, las cejas invisibles y los ojos de color gris plateado. No es que fuera poco atractivo, es que daba miedo.
Clientes aparte, Bíbulo no estaba solo; iba caminando al lado de un hombre que no llevaba túnica debajo de la toga. El joven Catón, a juzgar por el color de la tez y por la nariz. Bueno, aquella amistad tenía sentido. Bíbulo estaba casado con una Domicia que era prima carnal del cuñado de Catón, Lucio Domicio Ahenobarbo. Era raro que todas las personas detestables se juntasen, incluso uniéndose por el lazo del matrimonio. Y como Bíbulo era miembro de los boni, sin duda eso significaba que Catón también lo era.
—¿En busca de un poco de sombra, Bíbulo? —le preguntó César dulcemente cuando se encontraron al tiempo que paseaba la mirada desde su viejo enemigo hasta su muy alto compañero, que gracias a la posición del sol y del grupo, realmente lanzaba su sombra sobre Bíbulo.
—Catón puede darnos sombra de sobra a todos nosotros —respondió Bíbulo con frialdad.
—La nariz servirá de ayuda a ese respecto —comentó César.
Catón se dio unas palmaditas cariñosas en su rasgo más prominente, nada ofendido, pero tampoco divertido; su sentido del humor no captaba el ingenio.
—Así nadie confundirá nunca mis estatuas con las de otros —le contestó.
—Eso es cierto. —César miró a Bíbulo—. ¿Has pensado en presentarte a algún cargo este año? —le preguntó.
—¡Yo no!
—¿Y tú, Marco Catón?
—A tribuno militar —repuso Catón tensamente.
—Lo harás bien. He oído decir que tienes una gran colección de condecoraciones como soldado en el ejército de Publícola en la guera contra Espartaco.
—¡Es cierto, las tiene! —intervino bruscamente Bíbulo—. ¡No todos en el ejército de Publícola eran cobardes!
César alzó las rubias cejas.
—Yo no he dicho eso.
—No hacía falta que lo dijeras. Tú elegiste a Craso para que luchara en su campaña.
—No tuve elección en ese tema, como tampoco la tendrá Marco Catón cuando sea elegido tribuno militar. Como magistrados militares, vamos donde Rómulo nos envía.
Y en ese punto la conversación tocó fondo, y hubiera terminado de no ser por la llegada de otro par de hombres que congeniaban mucho mejor con César: Apio Claudio Pulcher y Marco Tulio Cicerón.
—Vas un poco desnudo, ¿no te parece, Catón? —dijo alegremente Cicerón.
Bíbulo ya tenía bastante, por lo que se marchó de allí en compañía de Catón.
—Extraordinario —dijo César mirando cómo se alejaba Catón—. ¿Por qué no lleva túnica?
—Dice que forma parte de la mos maiorum, e intenta convencernos a todos para que volvamos a las viejas costumbres —dijo Apio Claudio, un miembro típico de su familia, pues era un hombre moreno, de talla mediana y considerablemente guapo. Le palmeó a Cicerón el diafragma y sonrió—.
Está muy bien para tipos como César y él, pero no creo que dejar al descubierto tu pellejo impresione a un jurado —le dijo a Cicerón.
—Todo eso no es más que pura afectación —dijo éste—. Ya se le pasará con el tiempo. —Aquellos ojos oscuros, inmensamente inteligentes, descansaron en César y se pusieron a bailotear—. Fíjate, todavía me acuerdo de cuando tus excentricidades relativas a la vestimenta disgustaron a algunos miembros de los boni, César. ¿Te acuerdas de aquellas orlas púrpuras que solías llevar en las mangas largas?
César se echó a reír.
—En aquella época estaba aburrido y me pareció que lo más seguro era que aquello irritase a Catulo.
—¡Y así fue, así fue! Como líder de los boni, Catulo se cree el guardián de las costumbres y tradiciones de Roma.
—Hablando de Catulo, ¿cuándo piensa terminar el templo de Júpiter Óptimo Máximo? No veo ningún avance. había sentado en el senado.
—Oh, el templo fue dedicado hace un año —le dijo Cicerón—. En cuanto a cuándo podrá usarse, ¿quién sabe? Sila dejó a ese tipo en verdaderas dificultades económicas en lo que respecta a la obra, ya sabes. La mayor parte del dinero tiene que ponerlo de su propio bolsillo.
—Puede permitírselo; estaba cómodamnte asentado en Roma haciendo dinero a costa de Cinna y Carbón mientras Sila estaba en el exilio. Darle a Catulo la tarea de reconstruir el templo de Júpiter Optimo Máximo fue la venganza de Sila.
—¡Ah, sí! Las venganzas de Sila siguen siendo famosas, aunque lleve muerto diez años.
—Era el Primer Hombre de Roma —dijo César.
—Y ahora tenemos a Pompeyo Magnus reclamando ese título —dijo Apio Claudio poniendo en evidencia su desprecio.
—Me alegro de que estés otra vez en Roma, César. Hortensio está envejeciendo, no ha vuelto a ser el mismo desde que le vencí en el caso Verres, así que me vendrá bien un poco de competencia en los tribunales.
—¿Envejeciendo a los cuarenta y siete años? —preguntó César.
—Lleva una vida regalada —dijo Apio Claudio.
—Lo mismo que todos en ese círculo.
—Yo no diría que Lúculo viva regaladamente de momento.
—Es cierto, no hace mucho que volviste del servicio con él en el Este —dijo César; se dispuso a marcharse y le hizo una inclinación de cabeza a su séquito.
—Y me alegro de estar fuera de ello —dijo Apio Claudio con emoción. Soltó una risita—. ¡Sin embargo, le envié a Lúculo un sustituto!
—¿Un sustituto?
—Mi hermano, Publio Clodio.
—¡0h, eso le complacerá! —dijo César riéndose también.
Y así César se marchó del Foro algo más cómodo con el pensamiento de que los próximos años debería pasarlos en Roma. No iba a ser fácil, y eso le complacía. Catulo, Bíbulo y el resto de los boni se asegurarían de que él lo pasara mal. Pero también había amigos; Apio Claudio no estaba ligado a una facción, y siempre estaría a favor de un colega patricio.
Pero, ¿y Cicerón? Desde que con su brillantez e innovación había enviado a Cayo Verres al exilio permanente, todo el mundo conocía a Cicerón, que tenía que abrirse camino bajo la gran desventaja de no tener antepasados dignos de mención. Un homo novus. Un hombre nuevo. El primero de su respetable familia rural que se había sentado en el Senado. Procedía del mismo distrito de Mario, y era pariente suyo; pero algún fallo de su carácter le había cegado ante el hecho de que, fuera del Senado, la mayor parte de Roma seguía rindiendo culto a la memoria de Cayo Mario. Así que Cicerón renunció a sacar partido de ese parentesco, evitó por completo toda mención de sus orígenes en Arpinum y pasaba sus días tratando de hacer creer que era un romano de los romanos. Incluso tenía máscaras de cera de muchos antepasados en su atrio, pero pertenecían a la familia de su esposa Terencia; como Cayo Mario, también él había contraído matrimonio entre la más alta nobleza, y contaba con las relaciones de Terencia para abrirse camino hacia el consulado.
La mejor manera de describirle era como trepador social, algo que su pariente Cayo Mario no había sido nunca. Mario se había casado con la hermana mayor del padre de César, la querida Julia, tía de César, y por los mismos motivos Cicerón se había casado con su fea esposa Terencia. Aunque para Mario el consulado nada más había sido el camino para asegurarse el mando militar, mientras que Cicerón veía en el consulado en sí la cima de sus ambiciones. Mario había querido ser el Primer Hombre de Roma. Cicerón sólo quería pertenecer por derecho a la más alta nobleza de la tierra. ¡Oh, lo conseguiría! En los tribunales de justicia no tenía igual, lo que significaba que había acumulado un formidable grupo de villanos agradecidos que ejercían una influencia colosal en el Senado. Por no mencionar que era el mejor orador de toda Roma, cosa que significaba que estaba muy solicitado por otros hombres de enorme influencia para que hablase en nombre de ellos.
Como no era un esnob, César estaba contento de aceptar a Cicerón por sus propios méritos, y esperaba convencerlo para que entrase a formar parte de su facción. El problema estribaba en que Cicerón era un vacilante incurable; aquella mente inmensa veía tantos rasgos potenciales que al final probablemente dejaba que su timidez tomase las decisiones por él. Y para un hombre como César, que nunca había permitido que el miedo dominara sus instintos, la timidez era el peor de todos los amos. Tener a Cicerón de su parte le haría más fácil la vida política a César. Pero, ¿vería Cicerón las ventajas que esa fidelidad le comportaría? Eso era algo que sólo podrían decirlo los dioses.
Además Cicerón era un hombre pobre, y César tampoco tenía el dinero necesario para comprarlo. La única fuente de ingresos del abogado, aparte de las tierras de su familia en Arpinum, era su esposa; Terencia era extremadamente acaudalada. Por desgracia ella controlaba sus propias finanzas y no cedía ante el gusto de Cicerón por las obras de arte y las villas en el campo. ¡Oh, el dinero! Allanaba tantos obstáculos, especialmente para un hombre que deseaba convertirse en el Primer Hombre de Roma. He ahí a Pompeyo el Grande, que, amo de indecibles riquezas, podía permitirse comprar adictos… Mientras que César, con todo su ilustre árbol
genealógico, no tenía dinero suficiente para comprar adictos ni votos. A ese respecto, Cicerón y él eran iguales. Dinero. Si había algo que podía derrotarle, pensó César, era la falta de dinero.
A la mañana siguiente César despidió a sus clientes después del ritual del amanecer y bajó solo por el Vicus Patricii hasta las habitaciones que había alquilado en una elevada ínsula situada entre el taller de tintes de Fabricio y los baños suburanos. Aquél se había convertido en su refugio a su regreso de la guerra contra Espartaco, cuando la presencia viviente de su madre, su esposa y su hija dentro del propio hogar se había hecho a veces tan abrumadoramente femenina que le había resultado intolerable. Todo el mundo en Roma estaba acostumbrado al ruido, incluso aquellos que moraban en casas espaciosas sobre el Palatino y las Carinae: los esclavos gritaban, cantaban, reían y disputaban mientras realizaban sus tareas, y los bebés lloraban, los niños pequeños chillaban y las mujeres cotorreaban incesantemente cuando no estaban entrometiéndose para dar la lata o quejarse. Una situación tan normal que apenas afectaba a la mayoría de los hombres que estaban a la cabeza de una casa. Pero en ese aspecto César se irritaba, porque en él residía un auténtico gusto por la soledad y no tenía paciencia para lo que consideraba trivialidades. Siendo como era un verdadero romano, no había intentado reorganizar su entorno doméstico prohibiendo el ruido y las intrusiones femeninas, sino que, en lugar de eso, decidió evitarlas proporcionándose un refugio para sí mismo. Le gustaban los objetos hermosos, de modo que las tres habitaciones que tenía alquiladas en el segundo piso de aquella ínsula se contradecían con el lugar donde estaban situadas.
Su único amigo de verdad, Marco Licinio Craso, era un incurable comprador de fincas y propiedades, y por una vez había sucumbido a un impulso generoso y le había vendido a César a un precio muy barato el suficiente suelo de mosaico para las dos habitaciones que César usaba para él. Cuando Craso había comprado la casa de Marco Livio Druso, había despreciado la antigüedad del suelo; pero el gusto de César era infalible, él
sabia que hacía cincuenta años que no se fabricaba nada tan bueno. Asimismo, Craso se había mostrado complacido por poder emplear el apartamento de César como entrenamiento para las cuadrillas de esclavos sin cualificar que él —muy provechosamente— formaba en oficios tan apreciados y costosos como el enyesado de las paredes, el vaciado de molduras y pilastras con ornamentos dorados y la pintura de frescos. Así, cuando César entró en aquel apartamento dejó escapar un suspiro de pura satisfacción al contemplar las perfecciones del despacho, el recibidor y el dormitorio. ¡Bien, bien! Lucio Decumio había seguido sus instrucciones al pie de la letra y había dispuesto los muebles nuevos exactamente donde César los quería. Los había encontrado en Hispania Ulterior y los había enviado por barco a Roma por adelantado: una mesa muy brillante tallada en mármol rojizo con patas de león, un canapé dorado cubierto por tapicería púrpura también de Tiria y dos sillas espléndidas. Allí, observó no sin cierta diversión, estaba la cama nueva de la que había hablado Lucio Decumio, una estructura espaciosa de ébano y oro con una colcha púrpura también de Tiria. ¿Quién habría podido imaginar, viendo a Lucio Decumio, que su gusto pudiera igualarse al de César?
El propietario de aquel establecimiento no se molestó en inspeccionar la tercera habitación, que era en realidad una parte de la terraza que bordeaba el patio de luces interior. Cada extremo de la misma había sido vallado para ganar intimidad con respecto a los vecinos, y el patio de luces, a su vez, tenía gruesas persianas que dejaban entrar el aire, pero que impedían a las miradas curiosas cualquier vista del interior. Allí estaban localizados los servicios, desde un baño de bronce del tamaño de un hombre hasta una cisterna que almacenaba agua y un orinal. No había instalaciones para cocinar, y César no tenía ningún criado que viviera en el apartamento. De la limpieza se ocupaban los sirvientes de Aurelia, a quienes Eutico enviaba regularmente para vaciar el agua del baño y mantener llena la cisterna, el orinal pulcro, la ropa lavada, los suelos barridos y todo lo demás limpio de polvo.
Lucio Decumio ya se encontraba allí, encaramado al canapé; tenía las piernas colgando lejos del tritón de exquisitos colores dibujado en el suelo,
y la mirada fija en el rollo que sostenía entre las manos.
—¿Qué, asegurándote de que cuadren las cuentas del colegio para la auditoría del pretor urbano? —le preguntó César al cerrar la puerta.
—Algo parecido —contestó Lucio Decumio al tiempo que dejaba que el rollo rodase produciendo un chasquido al soltarlo. César se acercó al reloj de agua para consultar la hora.
—Según esta pequeña bestia, ya es hora de que bajes, papá. Quizás ella no sea puntual, sobre todo si Silano no es amante de los cronómetros, pero a mí no se me antoja que la señora sea una persona que ignore el paso del tiempo.
—A mí no me necesitarás aquí, Pavo, así que la acompañaré hasta la puerta y me iré a casa —dijo Lucio Decumio; y salió de allí presuroso.
César se sentó ante el escritorio para escribir una carta a la reina Oradalis de Bitinia, pero no había hecho más que poner el papel delante cuando se abrió la puerta y entró Servilia. Las estimaciones de César eran ciertas: aquélla no era señora que ignorase el tiempo. Se levantó y dio la vuelta al escritorio para saludarla, intrigado al ver que ella le tendía una mano como haría un hombre. El se la estrechó exactamente con la cortés presión que huesos tan pequeños exigían, pero de la misma forma que si le hubiera estrechado la mano a un hombre. Había una silla dispuesta ante el escritorio, aunque antes de que Servilia llegase César no sabía bien si llevar a cabo aquella entrevista con el escritorio de por medio o instalados más acogedoramente en una proximidad más íntima.
Su madre estaba en lo cierto: Servilia no era fácil de predecir. Así que la acompañó a la silla situada al otro lado de la mesa y volvió a ocupar la suya. Con las manos juntas, aunque no apretadas, puestas ante sí sobre el escritorio, la miró con aire solemne. Se conservaba muy bien si realmente se acercaba a los treinta y siete años de edad, decidió César, e iba vestida de forma elegante con una túnica bermellón, cuyo color se parecía peligrosamente a la llama de la toga de una prostituta, aunque a pesar de ello lograba parecer intachablemente respetable. ¡Sí, era lista! Llevaba el cabello, espeso y tan negro como los reflejos, que eran más azules que rojos, peinado hacia atrás y separado por una raya en el centro, lo que hacía
que ambas partes se reunieran con un mechón separado que le cubría la parte superior de cada oreja, y luego todo el conjunto iba atado en un moño justo en el nacimiento del cuello. Algo poco corriente, pero también muy respetable. La boca pequeña y en cierto modo fruncida, una hermosa piel tersa y blanca, los ojos negros de pesados párpados bordeados de largas pestañas rizadas, unas cejas que sospechó que ella se depilaba muchísimo y —lo más interesante de todo— una ligera flaccidez en los músculos de la mejilla derecha que también había observado en el hijo de aquella mujer, Bruto.
Ya era hora de romper el silencio, puesto que parecía que Servilia no pensaba hacerlo.
—¿Cómo puedo ayudarte, domina? —le preguntó César en un tono muy formal.
—Décimo Silano es nuestro paterfamilias, Cayo Julio, pero hay ciertas cosas que atañen a los asuntos de mi difunto primer marido, Marco Junio Bruto, que prefiero tratar personalmente. Mi actual marido no goza de buena salud, así que intento ahorrarle cargas. Es importante que no malinterpretes mis acciones, que a simple vista pueden parecer usurpación de deberes que entran más en la esfera del paterfamilias —le informó ella aún con mayor formalidad.
La expresión de interés distante que César había mantenido en el rostro desde el momento en que se sentó, no cambió; sólo se recostó un poco más en la silla.
—No las mal interpretaré —dijo.
Sería imposible decir si la mujer se relajó al oír aquello, porque desde que había hecho su entrada en las habitaciones de César, en ningún momento había dado la impresión de no estar relajada. Pero sí que apareció un matiz más seguro en la cautela de Servilia; miró a César francamente.
—Anteayer conociste a mi hijo, Marco Junio Bruto —dijo.
—Un chico agradable.
—Sí, eso mismo creo yo.
—Aunque técnicamente un niño.
—Sí, todavía lo será durante unos meses. Este asunto le concierne a él, e insiste en que no puede esperar. —Una débil sonrisa le iluminó la comisura izquierda de la boca, que, cuando se veía hablar a Servilia, parecía más móvil que la comisura derecha—. La juventud es impetuosa.
—A mí no me pareció impetuoso —dijo César.
—No lo es en la mayoría de las cosas.
—¿De manera que he de suponer que tu recado es para comunicarme algo que el joven Marco Junio Bruto quiere?
—Eso es.
—Bien —dijo César exhalando profundamente—, una vez establecido el protocolo de rigor, quizás me digas qué quiere.
—Desea desposar a tu hija Julia.
¡Un autodominio magistral!, aplaudió Servilia incapaz de detectar ninguna reacción en los ojos de César, ni en el rostro ni en el cuerpo.
—Sólo tiene ocho años —dijo César.
—Y él todavía no es oficialmente un hombre. Sin embargo, lo desea.
—Puede que cambie de idea.
—Eso le dije yo. Pero me asegura que no lo hará. Y acabó por convencerme de su sinceridad.
—No estoy seguro de querer prometer a Julia en matrimonio todavía. —Por qué no? Mis dos hijas ya están comprometidas, y son más
pequeñas que Julia.
—La dote de Julia es muy pequeña.
—Eso no es nuevo para mí, Cayo Julio. Sin embargo la fortuna de mi hijo es grande. No necesita una esposa adinerada. Su padre lo dejó bien provisto, y además es el heredero de Silano.
—Tú todavía podrías tener un hijo de Silano.
—Es posible.
—Pero no probable, ¿verdad?
—Silano engendra hijas.
César volvió a inclinarse hacia adelante, con apariencia distante todavía. —Dime qué motivos habría yo de tener para acceder al emparejamiento,
Servilia. Ésta alzó las cejas.
—¡Yo diría que el asunto es evidente por sí mismo! ¿Cómo podría Julia buscar un marido que tuviese mejor posición? Por mi parte, Bruto es un patricio Servilio, por parte de su padre se remonta a Lucio Junio Bruto, el fundador de la República. Todo esto ya lo sabes. Su fortuna es espléndida, su carrera política con toda certeza lo llevará al consulado, y puede que hasta acabe siendo censor ahora que se ha restaurado esa magistratura. Está emparentado con los Rutilios, así como con los Servilios Cepiones y los Livios Drusos. Además hay amicitia a través de la devoción del abuelo de Bruto hacia tu tío por matrimonio, Cayo Mario. Ya me doy cuenta de que tú estás muy emparentado con la familia de Sila, pero ni mi familia ni la de mi marido tuvieron ningún problema con él. Tu propia dicotomía entre Mario y Sila es más pronunciada de lo que pueda afirmar ningún Bruto.
—¡Oh, argumentas como un abogado! —comentó César apreciativamente; y por fin sonrió.
—Me lo tomaré como un cumplido.
—Deberías hacerlo. César se levantó, dio la vuelta al escritorio y le tendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿No voy a recibir respuesta, Cayo Julio?
—Tendrás respuesta, pero no hoy.
—¿Cuándo, entonces? —preguntó Servilia mientras caminaba hacia la puerta.
Un débil pero seductor perfume emanaba de ella, que caminaba delante de César; éste estaba a punto de decirle que le daría la respuesta después de las elecciones, cuando de pronto se fijó en algo que le fascinó y que hizo que deseara verla de nuevo antes de tal fecha. Aunque Servilia iba irreprochablemente cubierta, como su clase y condición exigían, la parte de atrás de la túnica se había torcido ligeramente dejando al descubierto la piel del cuello y la columna vertebral hasta la mitad de los omóplatos. Y allí, como un fino trazo de pluma, una línea central de vello negro le bajaba desde la cabeza para desaparecer en las profundidades de la ropa. Tenía un aspecto sedoso más que áspero y estaba plano encima de la piel, pero no se encontraba colocado como debía porque la persona que le había secado la espalda a Servilia después del baño no había tenido suficiente cuidado de
alisárselo debidamente formando una cresta a lo largo de las bien almohadilladas vértebras de la espina dorsal. ¡Cómo pedía a gritos esa pequeña atención!
—Vuelve mañana, si te va bien —le dijo César al tiempo que pasaba delante de ella para abrirle la puerta. Ningún sirviente esperaba en el diminuto rellano de la escalera, así que César la acompañó hasta el vestíbulo. Pero cuando se disponía a seguirla al exterior, ella le detuvo.
—Gracias, Cayo Julio; con que me hayas acompañado hasta aquí es suficiente.
—¿Estás segura? Este no es precisamente el mejor vecindario.
—Tengo escolta: Hasta mañana, entonces.
César volvió a subir la escalera hasta las últimas ráfagas flotantes de aquel sutil perfume y tuvo la sensación de que de algún modo la habitación estaba más vacía que nunca. Servilia… ella era profunda, y cada una de las capas de su ser era de una dureza diferente: hierro, mármol, basalto y diamante. No era nada simpática. Ni femenina tampoco, a pesar de aquellos grandes y bien formados pechos. Podría resultar desastroso volverle la espalda, porque César la imaginaba con dos rostros, como Jano, uno para ver adónde iba y otro para ver quién la seguía. Un completo monstruo. No era extraño que todos dijeran que Silano estaba cada vez más enfermo. Ningún paterfamilias intercedería por Bruto; no hacía falta que ella se lo hubiese explicado. Estaba muy claro que Servilia se ocupaba de sus propios asuntos, incluido su hijo, dijera lo que dijese la ley. De manera que, ¿sería idea de ella lo del compromiso con Julia, o de verdad partiría de Bruto? Aurelia quizás lo supiera. Iría a casa y se lo preguntaría. Y a casa fue, todavía pensando en Servilia y en cómo sería regular y disciplinar aquella tenue línea de vello negro que le bajaba por la espalda.
—¡Mater! —la llamó irrumpiendo en su despacho—. ¡Necesito hacerte una consulta urgente, así que deja lo que estés haciendo y ven a mi estudio!
Aurelia dejó la pluma y miró a César llena de asombro.
—Es día de rentas —dijo.
—No me importa si es el día de pago del trimestre.
Y ya había desaparecido antes de pronunciar esa frase tan breve, dejando que Aurelia abandonase sus cuentas profundamente impresionada. ¡Aquello no era propio de César! ¿Qué le pasaría?
—Bueno, ¿de qué se trata? —preguntó entrando a largos pasos en el tablinum de él; lo encontró de pie, con las manos detrás de la espalda y balanceándose sobre los pies, desde el talón a la punta de los dedos y viceversa. La toga se encontraba hecha un montón en el suelo, así que Aurelia se agachó para recogerla y la arrojó dentro del comedor antes de cerrar la puerta. Durante un momento César actuó como si ella no hubiera entrado todavía; luego empezó. La miró fugazmente con una mezcla de diversión y… ¿euforia?, antes de avanzar hacia ella para ayudarla a sentarse en la silla que su madre siempre utilizaba.
—Mi querido César, ¿es que no puedes estarte quieto, aunque no te sientes? Pareces un gato callejero en celo.
Aquello a él se le antojó gracioso en extremo y se puso a rugir de risa. —¡Es que probablemente me sienta como un gato callejero en celo!
El día de rentas desapareció; Aurelia comprendió con quién acababa de entrevistarse César.
—¡Oh! ¡Servilia!
—Servilia —repitió él; y se sentó, recuperándose de pronto de aquel efervescente estado de exaltación.
—Estás enamorado, ¿verdad? —le preguntó la madre friamente.
César reflexionó y luego negó con la cabeza.
—Lo dudo. Lujurioso, quizás, aunque ni siquiera de eso estoy seguro.
Creo que me desagrada.
—Un comienzo prometedor. Estás aburrido.
—Cierto. Verdaderamente aburrido de todas esas mujeres que me contemplan con adoración y se tumban en el suelo para que me limpie los pies en ellas.
—Servilia no hará eso, César.
—Ya lo sé, ya lo sé.
—¿Para qué quería verte? ¿Para empezar una aventura?
—Oh, no hemos avanzado nada en nuestra relación a ese respecto, mater. En realidad no tengo ni idea de si mi lujuria es correspondida. Bien podría no serlo, porque en mí sólo empezó realmente cuando ella me dio la espalda para marcharse.
—Mi curiosidad crece por momentos. ¿Qué quería?
—Adivina —dijo César sonriendo.
—¡No juegues conmigo!
—¿No quieres adivinar?
—Haré algo más que negarme a adivinar, César, si no dejas de comportarte como un niño de diez años, me marcharé.
—No, no, quédate ahí, mater, me portaré bien. Pero es una sensación tan buena la de verse enfrentado a un desafío, un poco de terra incognita.
—Sí, eso lo comprendo —dijo ella; y sonrió—. Cuéntame.
—Vino a verme en nombre de su hijo para pedirme que consienta en un compromiso de matrimonio entre el joven Bruto y mi hija Julia.
Aquello, evidentemente, la cogió por sorpresa; Aurelia parpadeó varias veces.
—¡Qué extraordinario!
—La cosa es, mater, ¿de quién es la idea? ¿Suya o de Bruto?
Aurelia echó la cabeza hacia un lado y se quedó pensando. Por fin asintió y dijo:
—De Bruto, diría yo. Cuando la queridísima nieta de una no es más que una niña, una no se espera que ocurran cosas así, pero pensándolo bien ha habido ciertas muestras de ello. Él, desde luego, tiene tendencia a mirarla con ojos de cordero degollado.
—Hoy estás llena de notables metáforas animales, mater! Desde gatos callejeros a corderos.
—Deja de hacerte el chistoso aunque la madre del muchacho te inspire lujuria. El futuro de Julia es demasiado importante. César se puso serio al instante.
—Sí, desde luego. Considerada con toda crudeza, es una oferta maravillosa, incluso para una Julia.
—Estoy de acuerdo, especialmente en este momento, antes de que tu carrera política esté cerca de su cenit. Un compromiso de matrimonio con un Junio Bruto, cuya madre es de la familia de los Servilios Cepiones, te reportaría un apoyo inmenso entre los boni, César. Todos los Junios, los Servilios, tanto patricios como plebeyos, Hortensio, algunos de los Domicios, muchos de los Cecilios Metelos… incluso Catulo tendría que pararse a pensar.
—Tentador —dijo César.
—Muy tentador si las intenciones del muchacho son serias.
—Su madre me asegura que lo son.
—Yo también lo creo. No me parece que sea de los que cambian según sopla el viento. Bruto es un chico sobrio y cauto.
—¿Le gustaría eso a Julia? —preguntó César frunciendo el entrecejo.
Aurelia alzó las cejas.
—Ésa es una pregunta extraña viniendo de ti. Tú eres su padre, su destino marital está totalmente en tus manos, y nunca me has dado ningún motivo para suponer que considerarías la posibilidad de permitirle que se casara por amor. Ella es demasiado importante, es tu única hija. Además, Julia hará lo que se le diga. Yo la he educado para que comprenda que las cosas como el matrimonio no son para que ella las decida.
—Pero me gustaría que a ella le agradase la idea.
—Tú no eres muy dado a dejarte llevar por el sentimentalismo, César. ¿Es que a ti, personalmente, no te gusta mucho el muchacho? —le preguntó Aurelia astutamente.
César suspiró.
—En parte, quizás. Oh, no me desagrada tanto como su madre, pero parecía un perro triste.
—¡Metáforas animales!
Aquello hizo reír a César, pero no duró mucho.
—Es una niñita tan dulce y tan vivaz. Su madre y yo fuimos muy felices y me gustaría que ella también lo fuera en su matrimonio.
—Los perros tristes son buenos maridos —dijo Aurelia.
—Tú estás a favor del emparejamiento.
—Lo estoy. Si dejamos pasar esta ocasión, puede que no se presente otra en el camino de Julia ni la mitad de buena. Las hermanas de Bruto se han comprometido con el joven Lépido y el hijo mayor de Vatia Isáurico, así que ahí van dos parejas muy convenientes y solicitadas que ya han desaparecido. ¿Se la entregarías mejor a un Claudio Pulcher o a un Cecilio Metelo? ¿O al hijo de Pompeyo Magnus?
César se estremeció e hizo una mueca de desagrado.
—Tienes toda la razón, mater. ¡Siempre es mejor un perro triste que un lobo rapaz o un perro sarnoso de mala raza! Yo más bien albergaba la esperanza de emparejar a Julia con uno de los hijos de Craso.
Aurelia dejó escapar un bufido.
—Craso es un buen amigo para ti, César, pero sabes perfectamente que no permitiría que ninguno de sus hijos se casara con una chica que no poseyese una dote digna de mención.
—Otra vez estás en lo cierto, mater. Como siempre. —César se dio unos golpes con las palmas de las manos en las rodillas, señal de que ya había tomado una determinación—. ¡Que sea Marco Junio Bruto, pues! ¿Quién sabe? A lo mejor resulta ser un muchacho irresistiblemente atractivo, como Paris, una vez que haya superado la etapa de los granos.
—Ojalá no tuvieras esa tendencia a la frivolidad, César! —le dijo su madre al tiempo que se levantaba para volver a los libros—. Ello será un estorbo para tu carrera en el Foro, igual que le ocurre a Cicerón de vez en cuando. Ese pobre muchacho nunca será atractivo. Ni gallardo.
—En ese caso —comentó César con completa seriedad—, el muchacho tiene suerte. La gente nunca se fía de los individuos que son demasiado apuestos.
—Si las mujeres pudiéramos votar —le comentó Aurelia con una sonrisa maliciosa—, eso no tardaría en cambiar. Cada Memmio sería rey de Roma.
—Por no decir cada César, ¿no? Gracias, mater, pero prefiero las cosas como son.
Cuando regresó a casa, Servilia no les mencionó la entrevista con César ni a Bruto ni a Silano. Ni tampoco les dijo que a la mañana siguiente iba a volver a verlo. En la mayoría de los hogares la noticia se habría filtrado entre los sirvientes, pero no en los dominios de Servilia. Los dos griegos que empleaba como escolta personal siempre que salía a la calle eran antiguos criados que llevaban muchos años en la familia y la conocían lo suficientemente bien como para no ir con cotilleos, ni siquiera entre sus compatriotas. La historia de la niñera que Servilia había hecho azotar y crucificar por dejar caer a Bruto cuando era un bebé la había acompañado desde la casa de Bruto a la de Silano, y nadie había cometido el error de considerar a Silano lo bastante fuerte como para enfrentarse al temperamento de su mujer ni a su mal genio. Desde entonces no había tenido lugar ninguna otra crucifixión, pero había castigado con azotes las suficientes veces como para asegurarse la obediencia instantánea y que las lenguas permanecieran quietas. Tampoco era aquélla una casa donde a los esclavos se les manumitiese, donde pudieran llevar puesto el gorro de la libertad o llamarse hombres y mujeres libres. Una vez que uno era vendido y pasaba a ser propiedad de Servilia, era ya un esclavo para siempre. Así, cuando los dos griegos la acompañaron al pie del Vicus Patricii a la mañana siguiente, no hicieron el menor intento por ver qué había en el interior del edificio, ni soñaron siquiera con subir sigilosamente la escalera un poco más tarde para ponerse a escuchar detrás de la puerta o para mirar por el ojo de la cerradura. No es que sospechasen que Servilia tenía un enredo con algún hombre; se la conocía lo suficiente como para estar por encima de cualquier reproche a ese respecto. Era una esnob, y generalmente se daba por sentado en todo su mundo, desde iguales a sirvientes, que ella se consideraría superior al mismísimo Júpiter Óptimo Máximo.
Y quizás habría sido así de habérsele acercado el gran dios, pero una relación amorosa con Cayo Julio César ciertamente se le hacía de lo más atractivo, pensaba Servilia mientras subía la escalera sola; encontró significativo que aquella mañana aquel peculiar y más bien ruidoso
hombrecillo del día anterior no se hallase a la vista aquella mañana. La convicción de que algo más que un compromiso matrimonial saldría de aquella entrevista con César no se le había pasado por la cabeza hasta que, al acompañarla éste a la puerta el día anterior, Servilia notó en él un cambio lo bastante palpable como para desencadenar la esperanza… no, la emoción.
Desde luego, toda Roma sabía que a César le fastidiaba una cosa en las mujeres, y era que no fuesen escrupulosamente limpias. Así que se había bañado con extremo cuidado y había reducido su perfume a un rastro incapaz de disfrazar los olores naturales; por suerte no sudaba más que de forma muy moderada, y nunca se ponía una túnica más de una vez entre lavado y lavado. El día anterior llevaba una de color bermellón; hoy había elegido una ámbar intenso, y se había puesto unos pendientes y un collar de cuentas del mismo color. Ahora estoy preparada para que me seduzcan, pensó; y llamó a la puerta. Le abrió César en persona; la acompañó a la silla y se sentó detrás del escritorio exactamente igual que el día anterior. Pero no la miró como la había mirado la víspera; ahora los ojos no parecían distantes ni fríos. Había en ellos algo que Servilia nunca había visto en los ojos de un hombre, una chispa de intimidad y posesión que le decía que no iba a ponerle obstáculos, pero que no hacía que lo desechase por impúdico o crudo. ¿Por qué le pareció a Servilia que dicha chispa la honraba y la distinguía entre todas las demás mujeres?
—¿Qué has decidido, Cayo Julio? —le preguntó.
—Aceptar el ofrecimiento del joven Bruto.
Aquello complació a Servilia; sonrió ampliamente por primera vez desde que él la conocía y reveló definitivamente que tenía la comisura derecha de la boca menos fuerte que la izquierda.
—¡Excelente! —dijo; y dejó escapar un suspiro a través de una sonrisa pequeña y tímida.
—Tu hijo significa mucho para ti.
—Lo es todo para mí —repuso ella simplemente.
Había una hoja de papel encima del escritorio; César la miró fugazmente y dijo:
—He redactado un pacto legal como es debido para el compromiso matrimonial de tu hijo y mi hija —dijo—, pero si lo prefieres podemos dejar el asunto en un terreno más informal durante una temporada, por lo menos hasta que Bruto lleve algún tiempo como hombre adulto. Podría cambiar de opinión.
—No lo hará, y yo tampoco —contestó Servilia—. Concluyamos el trato aquí y ahora.
—Si es eso lo que deseas. Pero debo advertirte que una vez que un pacto está firmado, ambas partes y sus guardianes están sujetos legalmente y se les puede llevar a pleito por rompimiento de promesa, y también se les puede obligar a satisfacer una compensación igual a la cantidad a que ascienda la dote.
—¿Cuál es la dote de Julia? —preguntó Servilia.
—La he fijado por escrito en cien talentos.
Aquello provocó en ella un grito ahogado.
—Tú no tienes cien talentos para dárselos de dote, César!
—En este momento no, pero Julia no alcanzará la edad de contraer matrimonio hasta que yo sea cónsul, porque no tengo intención de permitir que se case antes de que haya cumplido los dieciocho años. Y cuando llegue ese día, tendré los cien talentos para su dote.
—Creo que sí, en efecto —dijo Servilia—. Sin embargo, eso significa que si mi hijo cambia de idea yo me quedaré cien talentos más pobre.
—¿Ya no estás tan segura de su constancia? —le preguntó César con una sonrisa.
—Exactamente igual de segura que antes —repuso Servilia—.
Concluyamos el trato.
—¿Tienes poder legal para firmar en nombre de Bruto, Servilia? No me ha pasado por alto que ayer dijiste que Silano es el paterfamilias del muchacho.
Servilia se humedeció los labios.
—Yo soy la custodia legal de Bruto, César, no Silano. Ayer me preocupaba que pensases mal de mí por acudir a ti en persona en lugar de enviar a mi marido. Vivimos en casa de Silano, de la cual él es, sin duda, el
paterfamilias. Pero mi tío Mamerco fue el albacea testamentario de mi difunto marido y de mi grandísima dote. Antes de que me casase con Silano, el tío Mamerco y yo pusimos en orden mis asuntos, lo cual incluía las propiedades de mi difunto marido. Silano aceptó de buena gana que yo retuviera el control de lo que es mío y actuase como custodia de Bruto. El acuerdo ha funcionado bien, y Silano no se entromete.
—¿Nunca? —le preguntó César con ojos chispeantes.
—Bueno, sólo en una ocasión —confesó Servilia—. Insistió en que yo debía enviar a Bruto a la escuela en lugar de retenerlo en casa con un preceptor. Comprendí la fuerza de sus argumentos y accedí a intentarlo. Con gran sorpresa por mi parte, la escuela resultó ser algo bueno para Bruto. El muchacho tiene una tendencia natural hacia lo que él llama la intelectualidad, y si hubiera tenido a su propio pedagogo dentro de casa esa tendencia se habría visto reforzada.
—Sí, un pedagogo particular tiende a hacer eso —comentó César con seriedad—. Bruto todavía va a la escuela, naturalmente.
—Hasta finales de año. Después irá al Foro y a un grammaticus, bajo el cuidado del tío Mamerco.
—Una elección muy acertada y un espléndido futuro. Mamerco es también pariente mío. ¿Cabría la posibilidad de que me permitieras participar en la educación retórica de Bruto? Al fin y al cabo, estoy destinado a ser su padre político —dijo César al tiempo que se ponía en pie.
—Me encantaría —dijo Servilia, consciente de una inmensa e inquietante decepción. ¡No iba a ocurrir nada! ¡Su instinto se había equivocado terrible, espantosa, horriblemente!
César dio la vuelta a la mesa hasta situarse detrás de la silla de Servilia; ésta creyó que lo hacía con intención de ayudarla a marcharse, pero de algún modo las piernas se negaron a responderle; se vio obligada a permanecer sentada como una estatua; se sentía realmente mal.
—¿Sabes —oyó decir a César con una voz completamente diferente y gutural— que tienes una deliciosa crestita de vello que te baja por la espina dorsal hasta donde alcanzo a ver? Pero me doy cuenta de que nadie la cuida
como es debido, está arrugada y desordenada tanto hacia un lado como hacia el otro. Ayer pensé que era una lástima.
César comenzó a acariciarle la nuca justo debajo del gran moño que formaba el cabello de Servilia, y ésta primero pensó que la estaba tocando con la punta de los dedos, unos dedos lisos y lánguidos. Pero César tenía la cabeza inmediatamente detrás de la suya; rodeó a Servilia con ambas manos y le cogió los pechos. El aliento de él le refrescaba el cuello como un soplo de brisa sobre la piel húmeda, y entonces comprendió lo que César estaba haciendo. Le estaba lamiendo aquel crecimiento de vello superfluo que ella tanto odiaba y que su madre había despreciado y ridiculizado hasta el día en que murió. Lo lamió primero por un lado y luego por el otro, siempre en dirección hacia la cresta de la columna vertebral, avanzando lentamente hacia abajo, cada vez más hacia abajo. Y lo único que Servilia pudo hacer fue quedarse sentada presa de sensaciones que ni siquiera había imaginado que existieran, quemada y empapada en una tormenta de emociones.
Aunque había estado casada durante dieciocho años con dos hombres muy diferentes, en toda su vida jamás había tenido ocasión de conocer nada parecido a aquella fiera y penetrante explosión de los sentidos que surgía hacia afuera partiendo del foco de la lengua de César y que se sumergía en ella para invadirle los pechos, el vientre y el alma. En cierto momento logró ponerse en pie, no para ayudarle a desatar el ceñidor que la rodeaba por debajo de los pechos, ni para desprender de sus hombros las capas de ropa que llevaba puestas y que acabaron cayendo al suelo —eso lo hizo él sin ninguna ayuda—, sino exclusivamente para permanecer de pie mientras él seguía con la lengua la línea de vello hasta que ésta disminuía y se hacía invisible allí donde empezaba la hendidura entre las nalgas.
Si él sacase un cuchillo y me lo hundiese en el corazón hasta la empuñadura, pensó Servilia, no sería capaz de moverme ni un centímetro para impedírselo. Ni siquiera querría impedírselo. Nada importaba salvo la gratificación que sentía de una parte de sí misma, que ella nunca había soñado siquiera que poseyera. La ropa de César, toga y túnica, permanecieron en su sitio hasta que él llegó al final del viaje con la lengua, y entonces Servilia notó que César daba un paso atrás para separarse de
ella, pero no pudo volverse y situarse frente a él porque si soltaba el respaldo de la silla, se caería al suelo.
—Oh, así está mejor —le oyó decir—. Así es como debe estar siempre.
Perfecto.
Volvió a acercarse a ella y la obligó a darse la vuelta, tirándole de los brazos para que le rodeara por la cintura, y Servilia sintió por fin el contacto de la piel de aquel hombre; levantó el rostro para recibir el beso que él no le había dado todavía. Peró en lugar de eso, César la cogió en brazos y la condujo hasta el dormitorio, donde la colocó sin esfuerzo sobre las sábanas que ya había dejado abiertas de antemano. Servilia tenía los ojos cerrados, lo único que podía sentir era la presencia de él moviéndose por encima de ella y a su lado, pero los abrió cuando César le puso la nariz en el ombligo e inhaló profundamente.
—Dulce —comentó; y luego fue bajando hasta el mons Veneris—.
Rollizo, dulce y jugoso —dijo riéndose.
¿Cómo era posible que se riera? Pero sí, se reía; después, cuando Servilia abrió los ojos de par en par al ver la erección de César, éste la atrajo hacia sí y la besó por fin en la boca. No como Bruto, que le metía la lengua hasta adentro y con tantas humedades que llegaba a revolverla; tampoco como Silano, cuyos besos eran reverentes hasta el punto que resultaban castos. Aquello era perfecto, algo con que deleitarse, a lo cual unirse, haciéndolo durar. Una mano le acariciaba la espalda desde las nalgas hasta los hombros; los dedos de la otra exploraban con suavidad entre los labios de la vulva, lo que la hacía temblar y estremecerse. ¡Oh, qué lujo! ¡La gloria absoluta de no preocuparse por qué impresión estaba produciendo, de no importar si era demasiado echada hacia adelante o demasiado retraída! A Servilia le daba lo mismo lo que pudiera pensar César de ella. Aquello era para ella. Así que se subió encima de él y le agarró la erección con ambas manos para conducirla a su interior; luego se sentó encima y comenzó a mover las caderas hasta que se puso a gritar de éxtasis, tan traspasada y paralizada como un animal atravesado por la lanza de un cazador. Finalmente cayó hacia adelante contra el pecho de aquel hombre, tan lacia y acabada como aquel animal muerto. Pero César no había acabado con ella.
El acto sexual continuó durante lo que parecieron horas, aunque Servilia no supo en qué momento alcanzó él su propio orgasmo, o si hubo muchos o sólo uno, porque César no produjo sonido alguno y permaneció en erección hasta que de repente se detuvo.
—Realmente es grandísimo —comentó ella levantando el pene y dejándolo caer sobre el vientre de César.
—Sí, y está muy pegajoso —dijo éste; y se incorporó con agilidad y desapareció de la habitación.
Cuando regresó, Servilia ya había recuperado la vista lo suficiente para observar que él era lampiño como la estatua de un dios, y que estaba formado con tanto cuidado como un Apolo de Praxíteles.
—Qué hermoso eres —le dijo mirándolo fijamente.
—Piénsalo si no puedes evitarlo, pero no lo digas —fue la respuesta de César.
—¿Cómo puedo gustarte si tú no tienes vello?
—Porque eres dulce, rolliza y jugosa, y esa línea de vello negro que te baja por la espalda me fascina. —Se sentó al borde de la cama y le dirigió una sonrisa que hizo que el corazón le latiera a Servilia con más fuerza—. Y además, tú has disfrutado. Eso, por lo que a mí concierne, es la mitad de la diversión.
—¿Es ya hora de irse? —le preguntó Servilia, sensible al hecho de que él no parecía tener intención de volver a tumbarse.
—Sí, es hora de irse. —Se echó a reír—. Me pregunto si técnicamente esto se cuenta como un incesto. Nuestros hijos están comprometidos en matrimonio.
Pero ella carecía del sentido de lo absurdo que tenía César, y frunció el entrecejo.
—¡Pues claro que no!
—Era broma, Servilia, era una broma —le dijo él suavemente; se levantó—. Espero que la ropa que llevabas puesta no se arrugue. Todavía sigue en el suelo de la otra habitación.
Mientras Servilia se vestía, César empezó a llenar el baño con agua de la cisterna; metía un cubo de cuero en ella y la vertía incansablemente en el
baño. No se detuvo cuando ella se acercó para mirar.
—¿Cuándo podremos volver a vemos? —le preguntó Servilia.
—No con demasiada frecuencia, si no dejará de gustarnos; y preferiría que no fuese así —respondió César sin dejar de echar agua en el baño.
Aunque Servilia no era consciente de ello, ésta era una de las pruebas a las que César sometía a sus amantes; si la receptora del acto sexual empezaba a derramar lágrimas o a expresar grandes protestas para demostrar cuánto le importaba él, el interés de César decaía.
—Estoy de acuerdo contigo —dijo ella.
El cubo se detuvo a mitad de la trayectoria; César la observó impresionado.
—¿De verdad?
—Absolutamente —dijo Servilia asegurándose de que tenía los pendientes de ámbar bien enganchados en su sitio—. ¿Tienes otras mujeres?
—De momento no, pero eso puede cambiar cualquier día. Ésta era la segunda prueba, más rigurosa que la primera.
—Sí, es verdad que tienes una fama que has de mantener; lo comprendo.
—¿Lo dices de veras?
—Claro.
—Aunque el sentido del humor de Servilia era rudimentario, sonrió un poco y añadió—: Ahora comprendo lo que todas las mujeres dicen de ti, ya ves. Voy a estar tiesa y escocida durante días.
—Entonces veámonos de nuevo el día después de las elecciones de la Asamblea Popular. Me presento para el cargo de curator de la vía Apia.
—Y mi hermano Cepión para el de cuestor. Mi marido, naturalmente, se presentará antes de eso para el cargo de pretor en las centurias.
—Y tu otro hermano, Catón, sin duda saldrá elegido tribuno militar. Servilia arrugó la cara, endureció la boca y los ojos se le volvieron de
piedra.
—Catón no es mi hermano, es mi hermanastro —puntualizó.
—Pues eso dicen también de Cepión. La misma yegua, el mismo semental.
Servilia tomó aliento y miró a César con compostura.
—Soy consciente de lo que dicen, y creo que es cierto. Pero Cepión lleva mi mismo apellido y, por lo tanto, lo reconozco como hermano.
—Muy sensato por tu parte —dijo César. Y continuó trabajando con el cubo; Servilia, tras asegurarse de que su aspecto era aceptable, aunque no tan impecable como unas horas antes, se marchó.
César se metió en el baño con rostro pensativo. Aquélla era una mujer fuera de lo corriente. ¡Un tormento sobre seductoras plumas de vello negro! Qué cosa más tonta para causarle a él su caída. Caída hacia abajo, como el vello. Un buen juego de palabras, aunque accidental. Ahora que se habían convertido en amantes, no estaba muy seguro de que ella le resultase más simpática, aunque César sabía que tampoco estaba dispuesto a despedirla. Además, ella era una rareza en otros aspectos, aparte de en su carácter. Las mujeres de la clase a la que pertenecía Servilia que sabían comportarse entre las sábanas sin inhibición eran tan escasas como los cobardes en un ejército de Craso. Incluso su querida Cinnilla había conservado el recato y el decoro. Bien, así era como se las educaba, pobrecillas. Y, como César había caído en la costumbre de ser honrado consigo mismo, tuvo que admitir que no haría nada por tratar de que Julia fuera educada de otro modo. Oh, también había marranas entre las mujeres de su clase, ya lo creo, mujeres que eran tan famosas por sus artimañas sexuales como cualquier puta, desde la difunta gran Colubra hasta la ya entrada en años Precia. Pero cuando a César le apetecía una juerga sexual desinhibida, prefería procurársela entre las honradas, francas, prácticas y decentes mujeres de Subura. Hasta el día que había conocido a Servilia en ese terreno. ¿Quién iba a imaginarlo? Y además, ella no iría por ahí cotilleando sobre su aventura amorosa.
Se volvió del otro lado dentro del baño y alcanzó la piedra pómez; era inútil usar una strigilis con el agua fría, un hombre tenía que sudar para poder frotarse.
—Y ahora, ¿qué parte de todo esto le cuento yo a mi madre? —le preguntó al gris pedacito de piedra pómez—. ¡Qué extraño! Ella es tan distante que normalmente no me resulta difícil hablar con ella de mujeres. Pero creo que llevaré puesta la toga de color púrpura oscuro de censor cuando mencione a Servilia.
Las elecciones se celebraron puntualmente aquel año, primero las de las centurias, para elegir cónsules y pretores, luego toda la gama de patricios y plebeyos en la Asamblea Popular para escoger a los magistrados menores, y finalmente las tribus en la Asamblea Plebeya, que restringía sus actividades a la elección de los ediles plebeyos y los tribunos de la plebe. Aunque según el calendario era el mes de quintilis, y por ello debía de haber sido el punto álgido del verano, las estaciones se iban quedando rezagadas porque Metelo Pío, pontífice máximo, se había mostrado reacio durante varios años a insertar aquellos veinte días extra en el mes de febrero cada dos años. Quizás no fuera tan sorprendente, pues, que Cneo Pompeyo Magnus — Pompeyo el Grande— se viera movido a visitar Roma para contemplar el oportuno proceso de la ley electoral en la Asamblea Plebeya, ya que el tiempo era primaveral y apacible.
A pesar de que se tenía a sí mismo por el Primer Hombre de Roma, Pompeyo detestaba la ciudad y prefería vivir en sus propiedades situadas en el norte de Picenum. Allí era prácticamente un rey; en Roma, sin embargo, sabía que la mayor parte del Senado lo odiaba más incluso de lo que él odiaba a Roma. Entre los caballeros que dirigían el mundo de los negocios de Roma, Pompeyo era extremadamente popular y tenía muchos adeptos, pero ese hecho no podía aliviar la sensible y vulnerable imagen de sí mismo cuando ciertos miembros del grupo senatorial de los boni y de otras camarillas aristócratas dejaban claro que no lo tenían por otra cosa que por un advenedizo presuntuoso, un intruso no romano.
Su árbol genealógico era mediocre, pero en modo alguno inexistente, porque su abuelo había sido miembro del Senado y había entrado por su matrimonio en una familia impecablemente romana, los Lucilios, y su padre
había sido el famoso Pompeyo Estrabón, cónsul, general victorioso de la guerra italiana, protector de los elementos conservadores en el Senado cuando Roma había estado amenazada por Mario y Cinna. Pero Mario y Cinna habían ganado, y Pompeyo Estrabón murió a causa de una enfermedad en el campamento situado a las afueras de la ciudad. Los habitantes del Quirinal y el Viminal culparon a Pompeyo Estrabón de la epidemia de fiebre entérica que había hecho estragos en la sitiada Roma y arrastraron su cuerpo desnudo por las calles atado a un asno. Para el joven Pompeyo fue un ultraje que nunca había perdonado. Su oportunidad se había presentado cuando Sila volvió del exilio e invadió la península Itálica; con sólo veintidós años, Pompeyo había reclutado tres legiones de veteranos de su padre muerto y las había hecho marchar para reunirse con Sila en Campania.
Consciente de que Pompeyo le había hecho chantaje obligándole a asumir un mando conjunto, el habilidoso Sila lo había utilizado para alguna de sus empresas más dudosas que lo llevarían hacia la dictadura que luego ostentó. Incluso después de retirarse y morir, Sila cuidó de esta espiga ambiciosa y presuntuosa al introducir una ley que permitía que le fuera encomendado el mando de los ejércitos de Roma a un hombre que no perteneciese al Senado. Porque Pompeyo le había tomado antipatía al Senado y se negó a pertenecer a él. Luego habían seguido seis años de la guerra de Pompeyo contra el rebelde Quinto Sertorio en Hispania, durante los cuales Pompeyo se vio obligado a revalidar su capacidad militar; había ido a Hispania completamente confiado de que aplastaría en seguida a Sertorio, pero se encontró frente a uno de los mejores generales de la historia de Roma. Al final resultó que, sencillamente, cansó a Sertorio hasta rendirlo.
Así que el Pompeyo que regresó a Italia era una persona muy cambiada: taimado, sin escrúpulos, empeñado en demostrar al Senado —que lo había mantenido escandalosamente escaso de dinero y de refuerzos en Hispania —, al cual él no pertenecía, que podía refregarle la cara en el polvo. Y Pompeyo había procedido a hacerlo con la connivencia de otros dos hombres: Marco Craso, victorioso contra Espartaco, y nada menos que
César. Con un César de veintinueve años tirando de los hilos, Pompeyo y Craso utilizaron la existencia de sus dos ejércitos para obligar al Senado a permitirles que se presentaran como candidatos al consulado. Ningún hombre había sido elegido nunca para la más importante de todas las magistraturas sin haber sido como mínimo miembro del Senado, pero Pompeyo se convirtió en cónsul senior y Craso en su colega. Así, este extraordinario hombre de Picenum, a pesar de ser excesivamente joven para el cargo, alcanzó su objetivo por la vía más anticonstitucional, aunque había sido César, seis años más joven que él, quien le había enseñado cómo hacerlo.
Para aumentar aún más la desgracia del Senado, el consulado conjunto de Pompeyo el Grande y Marco Craso había sido un triunfo, un año de fiestas, circos, alegría y prosperidad. Y cuando acabó, ambos hombres declinaron aceptar el mando de provincias; en lugar de ello se retiraron a la vida privada. La única ley importante que ellos habían puesto en vigor restituía plenos poderes a los tribunos de la plebe, a quienes la legislación de Sila había dejado prácticamente en la impotencia. Ahora Pompeyo estaba en la ciudad para ver a los tribunos de la plebe que saldrían elegidos para el año siguiente, y eso intrigaba a César, que se los encontró a él y a su multitud de clientes en la esquina de la vía Sacra y el Clivus Orbius, justo a la entrada del Foro inferior.
—No esperaba verte en Roma —le dijo César cuando se juntaron ambos grupos de clientes. Observó a Pompeyo abiertamente de la cabeza a los pies y sonrió—. Tienes buen aspecto, y muy saludable, además —le comentó—. Veo que aún conservas el tipo en la edad madura.
—¿Edad madura? —le preguntó Pompeyo indignado—. ¡Que yo haya sido cónsul no significa que esté chocho! ¡No cumpliré los treinta y ocho hasta finales de setiembre!
—Mientras que yo —dijo César con aire presumido— acabo de cumplir los treinta y dos hace muy poco; y a esa edad, Pompeyo Magnus, tú tampoco eras cónsul.
—Oh, me tomas el pelo —dijo Pompeyo calmándose—. Eres como Cicerón, seguirías bromeando aunque te llevaran a la hoguera.
—Ojalá fuera yo tan ingenioso como Cicerón. Pero no me has contestado a la seria pregunta que te he hecho, Magnus. ¿Qué haces en Roma si no tienes mejor motivo que ver cómo eligen a los tribunos de la plebe? No diría que tengas necesidad de emplear tribunos de la plebe en estos tiempos.
—Un hombre siempre necesita un tribuno de la plebe o dos, César. —¿Ah, sí? ¿Qué te traes entre manos, Magnus?
Aquellos vivos ojos azules se abrieron completamente y le dirigieron una mirada candorosa a César.
—No me traigo nada entre manos, César.
—¡Oh, mira! —gritó César señalando hacia el cielo—. ¿Lo has visto, Magnus?
—¿Si he visto qué? —le preguntó Pompeyo al tiempo que se esforzaba por examinar las nubes.
—Ese cerdo rosa que vuela como un águila.
—No me crees.
—Exacto, no te creo. ¿Por qué no desembuchas? Yo no soy tu enemigo, como bien sabes. En realidad te he sido de enorme ayuda en el pasado, y no hay razón para que no deba seguir sirviéndote de ayuda en tu carrera en el futuro. No soy mal orador, eso tienes que reconocerlo.
—Pues… —empezó a decir Pompeyo; pero luego guardó silencio. —¿Pues qué?
Pompeyo se detuvo, echó una mirada hacia la multitud de clientes que tenía detrás, que venían siguiéndolo, movió la cabeza y se desvió un poco para apoyarse en una de las bonitas columnas de mármol que soportaban la arcada de la cámara principal de la basílica Emilia. César comprendió que aquél era el modo que tenía Pompeyo de evitar que le oyesen a escondidas, así que se colocó al lado del Gran Hombre para escuchar lo que decía mientras la horda de clientes permanecía, con los ojos brillantes y muertos de curiosidad, demasiado lejos como para poder oír una palabra.
—¿Y si alguno sabe leer los labios? —preguntó César.
—¡Vuelves a estar de broma!
—No exactamente. Pero no estaría de más que les diéramos la espalda y fingiéramos que estamos orinando en el corredor central de la basílica Emilia.
Aquello fue demasiado; Pompeyo hasta lloró de risa. Sin embargo, cuando se calmó, César observó que se volvía lo suficientemente de espaldas a sus clientes como para quedar de perfil a ellos y que movía los labios de manera tan furtiva como un vendedor de pornografía en el Foro.
—De hecho —cuchicheó Pompeyo—, tengo un buen individuo entre los candidatos de este año.
—¿Aulo Gabinio?
—¿Cómo lo has adivinado?
—Es natural de Picenum, y formaba parte de tu personal privado en Hispania. Además es un buen amigo mío. Fuimos juntos tribunos militares de categoría junior en el asedio de Mitilene. —El rostro de César adquirió un matiz irónico—: A Gabinio tampoco le caía simpático Bíbulo, y con los años no se ha hecho precisamente simpatizante de los boni, que digamos.
—Gabinio es un individuo excelente, uno de los mejores que conozco —le aseguró Pompeyo.
—Y extraordinariamente capaz.
—Eso también.
—¿Qué va a legislar él para ti? ¿Despojará del mando a Lúculo y te lo entregará en bandeja de oro?
—¡No, no! —respondió bruscamente Pompeyo—. ¡Es demasiado pronto para eso! Primero necesito una breve campaña para calentar los músculos.
—Los piratas —aseveró César al instante.
—¡Acertaste otra vez! De los piratas se trata.
César dobló la rodilla derecha para plegar la pierna contra la columna que tenía a su lado y puso cara de que entre ellos no estuviera teniendo lugar otra cosa que una agradable charla acerca de los viejos tiempos.
—Te aplaudo, Magnus. Eso no sólo es muy inteligente, sino también muy necesario.
—¿No te impresiona Metelo Pequeña Cabra de Creta?
—Ese hombre es un tonto testarudo, y venal por añadidura. No parecía cuñado de Verres para nada… y en más de un aspecto. Con tres excelentes legiones apenas consiguió ganar una batalla en tierra contra veinticuatro mil cretenses desorganizados y sin instrucción militar a los que conducían hombres que eran marineros más que soldados.
—Terrible —dijo Pompeyo moviendo la cabeza con aire lúgubre—. Y yo te pregunto, César, ¿de qué sirve librar batallas en tierra cuando los piratas operan en el mar? Está muy bien decir que lo que hace falta erradicar son sus bases en tierra, pero a menos que se les capture en el mar no se podrá destruir su medio de vida: sus barcos. El arte de la guerra naval moderna no es como en Troya, no se les puede quemar los barcos cuando están varados en la orilla. Mientras la mayor parte de los piratas le mantienen a uno a raya lejos, el resto forma tripulaciones de reducido número de miembros y se lleva la flota a otra parte.
—Sí —dijo César moviendo la cabeza afirmativamente—, todo el mundo ha cometido el mismo error hasta el momento, desde ambos Antonios hasta Vatia Isáurico. Quemar aldeas y saquear pueblos. Para esa tarea hace falta un hombre con verdadero talento para la organización.
—¡Exactamente! —gritó Pompeyo—. ¡Y yo soy ese hombre, te lo prometo! Si mi voluntaria inercia del último par de años no ha servido para otra cosa, por lo menos me ha proporcionado tiempo para pensar. En Hispania me limité a bajar los cuernos y cargué ciegamente para entrar en batalla. Lo que debería haber hecho es idear el modo de ganar la guerra antes de sacar un pie de Mutina. Tendría que haberlo investigado todo de antemano, no sólo el modo de abrir una ruta nueva a través de los Alpes, de ese modo habría sabido cuántas legiones necesitaba, cuántos hombres a caballo, cuánto dinero en mis arcas de guerra… y habría aprendido a entender a mi enemigo. Quinto Sertorio era un hombre que tenía una táctica brillante. Pero, César, las guerras no se ganan sólo a base de táctica. ¡La estrategia es la clave!
—¿Así que has estado haciendo los deberes acerca de ese asunto de los piratas, Magnus?
—Desde luego que sí. Y de forma exhaustiva. He estudiado todos y cada uno de los aspectos, desde el mayor hasta el más pequeño. Mapas, espías, barcos, dinero, hombres. Sé muy bien cómo llevar a cabo el trabajo —dijo Pompeyo mostrando una clase de confianza diferente de la que tenía antes.
Hispania había sido la última campaña del Muchacho Carnicero. En el futuro ya no sería carnicero en ningún aspecto. Así César contempló con gran interés la elección de los diez tribunos de la plebe. Aulo Gabinio sería con toda certeza uno de los elegidos, y desde luego quedó muy arriba en las votaciones, lo cual significaba que sería presidente del nuevo Colegio de los Tribunos de la plebe que entraría en ejercicio el día décimo del próximo mes de diciembre. Como los tribunos de la plebe promulgaban la mayoría de las leyes nuevas, y tradicionalmente eran los únicos legisladores a los que les gustaba ver cambios, todas las facciones poderosas del Senado necesitaban «poseer» por lo menos un tribuno de la plebe. Incluso los boni, que utilizaban a sus hombres para bloquear cualquier legislación nueva; el arma más poderosa de que disponían los tribunos de la plebe era el veto, que podían ejercer contra sus compañeros, contra todos los demás magistrados e incluso contra el Senado. Eso significaba que los tribunos de la plebe que pertenecieran a los boni no se encargaban de promulgar nuevas leyes, sino de vetarlas. Y, desde luego, los boni habían logrado que eligieran a tres de sus hombres: Glóbulo, Trebelio y Otón. Ninguno de ellos era brillante, pero claro, un tribuno de la plebe que perteneciera a los boni no necesitaba ser brillante, sino simplemente ser capaz de articular la palabra «¡Vetol».
Pompeyo tenía dos hombres excelentes en el nuevo colegio para perseguir sus fines. Aulo Gabinio quizás careciera, relativamente, de antepasados y fuera un hombre pobre, pero llegaría lejos; César lo sabía ya desde la época dei asedio de Mitilene. Naturalmente, el otro hombre de Pompeyo también era de Picenum: un tal Cayo Cornelio, que no era patricio nada más que por ser miembro de la venerable gens Cornelia. Quizás no estuviera tan atado a Pompeyo como lo estaba Gabinio, pero ciertamente no vetaría ningún plebiscito que Gabinio pudiera proponerle a la plebe.
Aunque todo esto era interesante para César, el único hombre elegido que le preocupaba no estaba atado ni a los boni ni a Pompeyo el Grande. Se trataba de Caro Papirio Carbón, un hombre radical con un hacha propia que blandir.
Desde hacía algún tiempo se le oía decir en el Foro que pensaba acusar al tío de César, Marco Aurelio Cotta, por retención ilegal del botín capturado en Heraclea durante la campaña de Marco Cotta en Bitinia contra el rey Mitrídates, viejo enemigo de Roma. Marco Cotta había regresado triunfal hacia el final de aquel consulado conjunto de Pompeyo y Craso, y entonces nadie había puesto en tela de juicio su integridad. Pero ahora Carbón estaba muy atareado removiendo viejas aguas, y como tribuno de la completamente restaurada plebe estaría investido de poder suficiente especialmente convocado al efecto. Como César amaba y admiraba a su tío Marco, la elección de Carbón le producía gran preocupación.
Contada la última baldosa a modo de papeleta, los diez hombres victoriosos se pusieron de pie en los rostra para agradecer las aclamaciones; luego César dio media vuelta y regresó a su casa caminando despacio. Estaba cansado: demasiado poco sueño, demasiada Servilia. No habían vuelto a verse hasta el día después de las elecciones en la Asamblea Popular, hacía unos seis días, y, como era de esperar, ambos tenían algo que celebrar. A César lo habían elegido conservador de la vía Apia. «Qué demonios te ha entrado para asumir ese trabajo? —le había preguntado en tono exigente Apio Claudio Pulcher, atónito—. Es la carretera de mi antepasado, pero yo no soy tan tonto. Te arruinarás en un año.» El presunto hermano de Servilia, Cepión, había salido elegido como uno de los veinte cuestores. La suerte le había proporcionado un destino dentro de Roma en calidad de cuestor urbano, lo cual significaba que no tendría que servir en una provincia. Así que se habían reunido con un estado de ánimo lleno de satisfacción y anhelo mutuo, y el día que pasaron juntos en la cama les había resultado tan placentero que ninguno de los dos estuvo dispuesto a posponer otro día como aquél. Se veían a diario para darse un festín de labios, lenguas y piel, y cada vez encontraban algo nuevo que hacer, algo diferente que explorar.
Hasta aquel día, en que las nuevas elecciones habían hecho imposible un encuentro. Y quizás tampoco encontrarían otra ocasión hasta las calendas de setiembre, porque Silano iba a llevarse a Servilia, a Bruto y a las niñas a la costa de Cumae, donde tenía una villa en la que pasaban las vacaciones. Silano también había tenido éxito en las elecciones de aquel año; era pretor urbano para el año siguiente. Aquella importantísima magistratura elevaría también el perfil público de Servilia; entre otras cosas, ella confiaba en que su casa fuera elegida para los ritos exclusivos de mujeres de Bona Dea, en los que las más ilustres matronas de Roma ponían a la buena diosa a dormir para el invierno. Y también era ya hora de que él le comunicara a Julia que había concertado un matrimonio para ella. La ceremonia oficial de compromiso matrimonial no tendría lugar hasta que Bruto vistiese la toga virilis, pero las formalidades legales estaban hechas, de manera que el destino de Julia estaba sellado. Por qué había pospuesto aquella tarea cuando tal no había sido nunca su costumbre, era una pregunta que le bullía en el fondo de la mente; le había pedido a Aurelia que le comunicase la noticia a Julia, pero ella, muy rigurosa en cuanto al protocolo doméstico, se había negado a hacerlo. El era el paterfamilias; él debía hacerlo. ¡Mujeres! ¿Por qué tendría que haber tantas mujeres en su vida, y por qué creía él que el futuro le reservaba todavía más? Por no decir más problemas por causa de ellas.
Julia había estado jugando con Matia, la hija de su querido amigo Cayo Matio, que ocupaba el otro apartamento de la planta baja de la ínsula de Aurelia. Sin embargo volvió a casa antes de la cena con tiempo suficiente como para que César no encontrase ya excusa para posponerlo y no decírselo a la niña, que bailaba por el jardín interior como una joven ninfa, con las vestiduras flotando en el aire alrededor de su figura inmadura entre una bruma de azul lavanda. Aurelia siempre la vestía con ropas de color azul o verdes pálidos y suaves, y tenía razón al hacerlo. Qué hermosa va a ser, pensó César al contemplarla; quizás no igualase a Aurelia en la pureza de huesos griega, pero ella poseía esa mágica cualidad de las Julias que Aurelia, tan pragmática, tan sensata y tan propia de los Cotta, no tenía. Siempre decían que las Julias hacían felices a sus hombres, y él así lo creía
cada vez que veía a su hija. El adagio no era infalible; su tía más joven — que había sido la primera esposa de Sila— se había suicidado después de. una larga aventura con el jarro de vino, y su prima Julia Antonia iba por su segundo y horrible marido entre unos ataques de depresión e histeria cada vez más fuertes. Pero Roma continuaba diciéndolo, y él no pensaba contradecirlo; todo noble con riqueza suficiente para no necesitar una esposa rica pensaba primero en una Julia. Cuando Julia vio a su padre apoyado en el alféizar de la ventana del comedor, se le iluminó el rostro; fue volando hacia él, trepó por la pared y saltó por la ventana hasta los brazos de su padre en grácil ejercicio.
—¿Cómo está mi niña? —le preguntó César llevándola en brazos hasta uno de los tres canapés del comedor y haciéndola sentar a su lado.
—He tenido un día maravilloso, tata. ¿Han sido elegidos todos los hombres adecuados como tribunos de la plebe?
Los ángulos externos de los ojos de César se plegaron en abanicos de arrugas al sonreír; aunque tenía la piel por naturaleza muy pálida, los muchos años de vida al aire libre en foros, tribunales y campos de entrenamiento militar le habían oscurecido la superficie expuesta a la luz, peno no las profundidades de aquellas arrugas de los ojos, que permanecían muy blancas. Aquel contraste fascinaba a Julia, a quien como más le gustaba su padre era cuando no sonreía y entornaba los ojos, pues de este modo mostraba aquellos abanicos de rayas blancas como pinturas de guerra en un bárbaro. Así que se puso de rodillas y le besó primero un abanico y luego el otro, mientras él inclinaba la cabeza hacia los labios de la niña y se derretía por dentro como no le había sucedido nunca con ninguna otra hembra, ni siquiera con Cinnilla.
—Tú sabes muy bien que las personas adecuadas nunca son elegidas tribunos de la plebe —le contestó César una vez acabado todo aquel ritual
— El nuevo colegio es la acostumbrada mezcla de buenos, malos, indiferentes, siniestros e intrigantes. Pero creo que serán más activos que el grupo de este año, así que el Foro estará muy ajetreado alrededor de año nuevo.
Julia estaba, desde luego, muy versada en asuntos políticos, ya que tanto su padre como su abuela procedían de grandes familias políticas; pero vivir en Subura significaba que sus compañeras de juegos —incluso Matia, la vecina de abajo— no eran del mismo tipo, sino que tenían escaso interés por las maquinaciones y permutas del Senado, por las Asambleas y los tribunales. Por ese motivo Aurelia la había enviado a la escuela de Marco Antonio Gnifón cuando cumplió seis años; Gnifón había sido el tutor privado de César, pero cuando César vistió las laena y apex del flamen Dialis a la llegada de la edad viril oficial, Gnifón se había puesto de nuevo a dirigir una escuela cuya clientela era noble. Julia había resultado ser una pupila muy brillante y aplicada, con el mismo amor a la literatura que poseía su padre, aunque en matemáticas y geografia su habilidad era menos acentuada. Tampoco tenía la pasmosa memoria de César. Una buena cosa, habían concluido, sabiamente, todos los que la amaban; las chicas despiertas e inteligentes eran excelentes, pero las chicas intelectuales y brillantes no eran más que un obstáculo, incluso para ellas mismas.
—¿Por qué estamos aquí dentro, tata? —le preguntó la niña un poco desconcertada.
—Tengo que darte una noticia y me gustaría hacerlo en un lugar tranquilo —le dijo César, que, una vez que había tomado la decisión de comunicársela, ya no se sentía perdido sobre cómo hacerlo.
—¿Una buena noticia?
—Pues no lo sé bien, Julia. Eso espero, pero yo no vivo dentro de tu piel. Quizás no sea una noticia demasiado buena, pero creo que cuando te acostumbres a ella no la encontrarás intolerable.
Como Julia era despierta e inteligente, aunque no hubiera nacido para erudita, lo comprendió de inmediato.
—Me has buscado un marido —dijo.
—Sí. ¿Te complace?
—Mucho, tata. Junia está prometida en matrimonio y se comporta como un déspota con todas las que no lo estamos. ¿Quién es?
—El hermano de Junia, Marco Junio Bruto. —César la estaba mirando a los ojos, así que captó el veloz destello propio de un animal herido antes de
que ella volviera la cabeza y mirara directamente hacia adelante. Se le hizo un nudo en la garganta y tragó saliva—. ¿No te complace? —le preguntó César con el corazón destrozado.
—Es una sorpresa, eso es todo —dijo la nieta de Aurelia, a quien desde que abandonara la cuna le habían enseñado a aceptar cualquier suerte que el destino le deparase en la vida, desde maridos hasta los muy reales peligros que lleva implícita la maternidad. Volvió la cabeza, ahora con los ojos azules abiertos y sonrientes—. Estoy muy complacida. Bruto es agradable.
—¿Estás segura?
—¡Oh, tata, claro que estoy segura! —dijo con tanta sinceridad que la voz le tembló—. De verdad, tata, es una buena noticia. Bruto me querrá y me cuidará, estoy segura. A César se le alivió el peso que sentía en el corazón; suspiró, sonrió, le cogió la manita a Julia y se la besó ligeramente antes de envolverla en un abrazo. No se le pasó por la cabeza preguntarle si ella podría aprender a amar a Bruto, porque el amor no era una emoción de la que César disfrutase, ni siquiera el amor que había experimentado por Cinnilla y por su exquisito duende. Sentir amor lo hacía vulnerable, y eso era algo que César odiaba. Luego Julia se bajó del canapé y desapareció de la vista; César oyó cómo la niña llamaba a su abuela mientras corría hacia el despacho de Aurelia.
—¡Avia, avia, voy a casarme con mi amigo Bruto! ¿No es espléndido?
¿No es una buena noticia?
Poco después César oyó el largo gemido que anunciaba un ataque de llanto. Se quedó escuchando llorar a su hija como si se le hubiera roto el corazón, pero no sabía si de gozo o de pena. Salió a la sala de recepción al tiempo que Aurelia acompañaba a la niña al cubículo donde dormía; Julia llevaba el rostro enterrado en el costado de Aurelia. La madre de César parecía imperturbable.
—¡Ojalá —dijo dirigiéndose a él— las criaturas hembras rieran cuando son felices! Pero en cambio la mitad de ellas lloran. Incluida Julia.
La Fortuna, ciertamente, continuaba favoreciendo a Cneo Pompeyo Magnus, reflexionó César a primeros de diciembre, sonriendo para sí mismo. El Gran Hombre había señalado su deseo de erradicar la amenaza pirata, y la fortuna, obediente, convino en gratificarle cuando la cosecha de grano de Sicilia llegó a Ostia, el puerto de Roma situado en la desembocadura del río Tíber. Allí los barcos de carga de gran calado descargaban su preciosa mercancía en barcazas para que el grano hiciese el último tramo del viaje Tíber arriba hasta los silos del propio puerto de Roma. Allí la seguridad era absoluta, por fin estaba en casa. Varios cientos de barcos convergieron en Ostia para descubrir que ninguna barcaza los estaba esperando; el cuestor de Ostia había preparado las cosas tan redomadamente mal que había permitido que las barcazas realizasen un viaje extra río arriba a Tuder y Ocriculum, donde la cosecha del valle del Tíber exigía el transporte río abajo hasta Roma.
Así que mientras los capitanes de barco y los magnates del grano estaban que echaban humo y el desventurado cuestor corría en círculos cada vez más pequeños, el Senado, airado, le enviaba al único cónsul, Quinto Marcio Rex, para que rectificase las cosas de inmediato. Había sido un año desgraciado para Marcio Rex, cuyo colega en el consulado había muerto poco después de asumir el cargo. El Senado había nombrado un cónsul suplente para que ocupase la vacante, pero éste también murió, y tan pronto que ni siquiera había tenido tiempo de poner el trasero en la silla curul. Una apresurada consulta de los Libros Sagrados puso de manifiesto que no debían tomarse más medidas, lo cual dejó a Marcio Rex gobernando en solitario. Aquello había echado a perder los planes que tenía para pasar durante el consulado a su provincia, Cilicia, que se le había otorgado cuando las hordas de cabilderos, caballeros de negocios, habían logrado que se la quitasen a Lúculo.
Ahora, justo cuando Marcio Rex esperaba poder partir por fin para Cilicia, se presentaba aquel caos del grano en Ostia. Rojo de ira, sacó a dos pretores de los tribunales de Roma y los envió con toda urgencia a Ostia
para arreglar las cosas, cada uno de ellos precedido de seis lictores de túnica roja que portaban las hachas en sus fasces. Lucio Belieno y Marco Sextilio avanzaron majestuosamente hacia Ostia desde Roma.
Y precisamente en aquel mismo momento una flota pirata de más de cien airosas galeras de guerra avanzaba, a su vez sobre Ostia desde el mar Toscano. Cuando llegaron los pretores se encontraron media ciudad en llamas y a los piratas obligando a las tripulaciones de los barcos cargados de grano a remar en sus naves otra vez con rumbo a las rutas marítimas. La audacia de aquel ataque —¿quién iba a soñar siquiera que los piratas invadieran un lugar sito a tan escasa distancia de la poderosa Roma?— había cogido por sorpresa a todo el mundo. Las únicas tropas cercanas eran las que estaban en Capua, la milicia de Ostia se encontraba demasiado ocupada apagando los incendios en tierra para pensar siquiera en ofrecer resistencia, y nadie había tenido el mínimo sentido común para enviar un mensaje urgente a Roma a fin de pedir ayuda. Ninguno de los dos pretores era hombre decidido, así que ambos quedaron en pie atónitos y desorientados en medio de la vorágine de los muelles.
Y allí los descubrió un grupo de piratas, los hizo prisioneros a ellos y a sus lictores, los hicieron subir a todos a bordo de una galera y se hicieron alegremente a la mar en pos de la flota de grano, que ya se iba perdiendo de vista. ¡Aquella captura de dos pretores —uno de ellos nada menos que tío del gran noble patricio Catilina— junto con sus lictores y fasces significaba por lo menos doscientos talentos de rescate! El efecto que el ataque produjo en Roma fue tan predecible como inevitable: los precios del grano se elevaron de inmediato; multitudes de furiosos comerciantes, molineros, panaderos y consumidores se dirigieron al Foro inferior para manifestarse contra la incompetencia gubernamental, y el Senado se retiró a deliberar con las puertas de la Curia cerradas para que nadie del exterior pudiera oír cuán lúgubre iba a ser, con seguridad, el debate que tendría lugar allí dentro.
Cuando Quinto Marcio Rex hubo llamado sin resultado varias veces para que alguien tomase la palabra, se levantó finalmente —al parecer con enorme reticencia— el tribuno de la plebe electo Aulo Gabinio, que bajo aquella luz tenue y filtrada, pensó César, parecía todavía más galo. Aquél
era siempre el mismo problema con todos los hombres naturales de Picenum: que el galo que llevaban dentro se notaba más que la parte romana. Incluido Pompeyo. No era tanto por el peio rojo o dorado que muchos de ellos lucían, ni por los ojos azules o verdes; muchos romanos impecablemente romanos eran muy rubios. Incluido César. El fallo estaba en la estructura ósea picentina. Rostros redondos, barbillas partidas con hoyuelo, narices cortas —la de Pompeyo era incluso respingona—, labios más bien finos. Eran galos, no romanos. Ello les ponía en desventaja, pues anunciaban a los cuatro vientos que por mucho que clamasen diciendo que procedían de emigrantes sabinos, la verdad era que descendían de galos que se habían asentado en Picenum hacía más de trescientos años. La reacción entre la mayoría de los senadores, que estaban sentados en taburetes plegables, fue palpable cuando Gabinio el Galo se puso en pie: desagrado, desaprobación, taciturnidad.
En circunstancias normales le habría tocado más tarde el turno para hablar, pues estaba muy abajo en la jerarquía. En aquellos momentos le pasaban por delante catorce magistrados titulares, catorce magistrados electos y unos veinte consulares, si es que estaban todos presentes, naturalmente. Pero como de costumbre no estaban todos. Sin embargo, que un magistrado tribunicio abriera el debate era algo casi sin precedentes.
—Este no ha sido un buen año, ¿verdad? —preguntó Aulo Gabinio a la cámara después de cumplir con las formalidades de saludar a aquellos que se encontraban por encima y por debajo de él en la jerarquía social—. Durante los últimos seis años hemos intentado hacer la guerra sólo contra los piratas de Creta, aunque los piratas que acaban de saquear Ostia y de capturar la flota de grano, por no mencionar que han secuestrado a dos pretores y las insignias propias de su cargo, no proceden de ningún lugar tan lejano como Creta, ¿no es cierto? No, surcan las aguas del Mare Nostrum desde las bases que tienen en Sicilia, en Liguria, en Cerdeña y en Córcega. Están guiados sin duda por Megadates y Farnaces, quienes durante años han disfrutado de un delicioso pacto con varios gobernadores de Sicilia, como con el exiliado Cayo Verres; según el cual pueden ir donde les plazca dentro de las aguas y puertos de Sicilia. Supongo que reunieron a sus aliados y
siguieron a la flota que transportaba el grano durante todo el viaje desde Lilibeo. Quizás en principio tuvieran intención de atacarla en alta mar, pero luego alguna persona emprendedora que tienen en nómina en Ostia los avisó de que no había barcazas allí, y de que era probable que no las hubiera en un plazo de ocho o nueve días. Bien, ¿por qué inclinarse por capturar sólo una parte de la flota de grano atacándola en alta mar? ¡Mejor hacer el trabajo mientras se encuentra parada, intacta y cargada a tope en el puerto de Ostia! ¡Quiero decir que el mundo entero sabe que Roma no tiene legiones en su propia patria, en el territorio del Lacio! ¿Qué iba a poder detenerlos en Ostia? ¿Y qué los detuvo realmente en Ostia? La respuesta es muy breve y simple: ¡nada!
Aquella última palabra la pronunció como un bramido; todo el mundo se sobresaltó, pero nadie replicó. Gabinio miró a su alrededor y pensó que ojalá Pompeyo estuviera allí para oírle. Era una verdadera lástima que no estuviera. Sin embargo, ¡a Pompeyo le encantaría la carta que Gabinio pensaba mandarle aquella noche!
—Hay que hacer algo —continuó diciendo Gabinio—, y con ello no me refiero al fracaso habitual tan exquisitamente personificado por la campaña que nuestro jefe Pequeña Cabra continúa librando todavía en Creta— Primero apenas consigue derrotar a esa chusma cretense en una batalla en tierra, luego le pone sitio a Cidonia, que acaba por capitular… ¡pero deja que el gran almirante pirata Panares siga libre! De modo que caen un par de ciudades más, luego pone sitio a Cnosos, dentro de cuyas murallas permanece oculto el gran almirante pirata Lastenes. Cuando la caída de Cnosos parece inevitable, Lastenes destruye todos los tesoros que no puede llevarse consigo y escapa. Una eficiente operación de asedio, ¿verdad? Pero, ¿cuál de estos desastres le causa aún más pena a nuestro jefe Pequeña Cabra? ¿La huida de Lastenes o la pérdida del tesoro? ¡Vaya, pues la pérdida del tesoro, naturalmente! Lastenes no es más que un pirata, y los piratas no se hacen chantaje unos a otros. ¡Los piratas esperan ser crucificados como esclavos que fueron en otro tiempo! —Gabinio, el galo de Picenum, hizo una pausa, sonriendo salvajemente como sólo un galo
sabe hacerlo. Respiró profundamente y luego añadió—: ¡Hay que hacer algo!
Y se sentó. Nadie habló. Nadie se movió. Quinto Marcio Rex suspiró. —Nadie tiene nada que decir? —Paseó la mirada de una grada a otra a
ambos lados de la Cámara y no descansó en ninguna parte hasta que se encontró con el rostro de César, que reflejaba una mirada irónica. Pero, ¿por qué miraría César de aquel modo?—. Cayo Julio César, a ti te capturaron los piratas en una ocasión y te las arreglaste para salir lo mejor posible del trance. ¿No tienes nada que decir? —le preguntó Marcio Rex.
César se levantó de su asiento en la segunda grada.
—Sólo una cosa, Quinto Marcio —dijo—. Hay que hacer algo.
Y se sentó. El único cónsul del año alzó ambas manos al aire como gesto de derrota y levantó la sesión.
—¿Cuándo vas a dar el golpe? —le preguntó César a Gabinio mientras salían juntos de la Curia Hostilia.
—Todavía no —repuso alegremente Gabinio—. Primero tengo que hacer otras cosas, y también Cayo Cornelio. Sé que es tradicional empezar el año como tribuno de la plebe con las cosas más importantes primero, pero considero que eso es una mala táctica. Dejemos que nuestros estimados cónsules electos Cayo Pisón y Manio Acilio Glabrio se calienten primero el trasero en la silla curul. Quiero que crean que Cornelio y yo hemos agotado nuestro repertorio antes de que yo intente siquiera reabrir el tema de hoy.
—En enero o febrero, entonces.
—Desde luego, no antes de enero —dijo Gabinio.
—Así que Magnus está completamente dispuesto a encargarse de los piratas.
—Hasta sus últimas consecuencias. Puedo asegurarte, César, que en Roma nunca se habrá visto nada semejante.
—Entonces que venga pronto enero. —César hizo una pausa y volvió la cabeza para mirar irónicamente a Gabinio—. Magnus nunca conseguirá que Cayo Pisón se ponga de su parte, está demasiado unido a Catulo y a los
boni, pero Glabrio es más prometedor. No ha olvidado nunca lo que le hizo Sila.
—¿Cuando le obligó a divorciarse de Emilia Escaura?
—Eso es. Él es el cónsul de menor categoría del año próximo, pero siempre resulta útil tener por lo menos a uno de los cónsules por esclavo.
Gabinio soltó una risita.
—Pompeyo tiene algo pensado para nuestro querido Glabrio.
—Bien. Si puedes dividir a los cónsules del año, Gabinio, podrás avanzar más y mucho más de prisa.
César y Servilia continuaron viéndose cuando ella regresó de Cumae a finales de octubre, y mantuvieron la relación absortos el uno en el otro, igual que antes. Aunque Aurelia intentaba captar algo de vez cuando, César reducía al mínimo sus informaciones sobre los avances de aquella aventura, y no le proporcionaba a su madre indicaciones sobre el grado de seriedad del asunto, ni de su intensidad. Todavía le resultaba antipática Servilia, pero eso no afectaba a su relación porque no necesitaban sentir simpatía el uno por el otro. O quizás, pensó él, el hecho de que ella le gustase le habría quitado algo vital a todo ello.
—¿Te caigo bien? —le preguntó César a Servilia el día antes de que los nuevos tribunos de la plebe asumieran el cargo.
Ella le dio primero un pecho y luego el otro, y demoró la respuesta hasta que ambos pezones se le pusieron erectos y notó que el calor empezaba a bajarle por el vientre.
—A mí no me cae bien nadie —dijo luego, subiéndose encima de él—.
Odio o amo.
—¿Y es una postura cómoda?
Como Servilia carecía de sentido del humor, no interpretó que la pregunta se refiriese a la postura en que se hallaban, sino que fue directa a su verdadero significado.
—Bastante más cómoda que profesar simpatía, diría yo. He observado que cuando las personas se tienen simpatía son incapaces de actuar como debieran. Por ejemplo, posponen decirse cuatro verdades por miedo, al parecer, a que éstas causen heridas. El amor y el odio permiten decirse las cuatro verdades.
—¿Te gustaría oír una verdad? —le preguntó César sonriendo al tiempo que se quedaba absolutamente quieto; eso distrajo a Servilia; cuando la sangre le ardía necesitaba que César se moviera dentro de ella. —¿Por qué no te callas y continúas con lo nuestro, César?
—Porque quiero decirte una verdad.
—iBueno, pues entonces dila! —le espetó ella bruscamente mientras se amasaba los pechos ella misma, ya que él no lo hacía—. ¡Oh, cuánto te
gusta atormentar!
—A ti te gusta mucho más estar encima que estar debajo, o de lado, o de cualquier otro modo —dijo él.
—Sí, eso es verdad, me gusta. ¿Ya estás contento? ¿Podemos continuar?
—Todavía no. ¿Por qué lo que más te gusta estar es encima?
—Pues porque estoy encima, naturalmente —repuso Servilia sin comprender.
—¡Ajá! —dijo César; y la obligó a darse la vuelta—. Ahora soy yo quien está encima.
—Ojalá no lo estuvieras.
—Me alegra gratificarte, Servilia, pero no cuando ello significa que también gratifique tu sentido de poder.
—¿Qué otra salida tengo para gratificar mi sensación de poder? —le preguntó ella retorciéndose—. ¡Así resultas demasiado grande y demasiado pesado para mí!
—Tienes toda la razón en lo que se refiere a la comodidad —dijo César aprisionándola debajo de él—. No tenerle simpatía a alguien significa que uno no se siente tentado a ceder.
—Cruel —dijo ella con ojos vidriosos.
—El amor y el odio son crueles. Sólo el cariño es bondadoso.
Pero Servilia, que no le tenía simpatía a nadie, poseía su propio método de venganza; arañó a César con las bien cuidadas uñas desde la nalga izquierda hasta el hombro y dibujó con la sangre cuatro líneas paralelas. Aunque se arrepintió de haberlo hecho, porque César la cogió por ambas muñecas, se las retorció, la obligó a estar tumbada debajo de él durante lo que pareció una eternidad y luego la penetró violentamente cada vez más adentro, cada vez con más fuerza; al final ella se puso a gritar y a llorar, no sabía si de sufrimiento o de éxtasis, y durante algún tiempo estuvo segura de que el amor que sentía por él se había convertido en odio.
Lo peor de aquel encuentro no ocurrió hasta que César regresó a su casa. Aquellas cuatro rayas de color carmesí le escocían mucho, y cuando se quitó la túnica vio que seguía sangrando. Los cortes y arañazos que, en ocasiones, había sufrido en el campo de batalla le habían enseñado que
tenía que pedirle a alguien que le lavase y le curase el daño, de lo contrario corría el riesgo de que se le infectase. Si Burgundo se hubiera encontrado en Roma habría sido fácil, pero por aquel entonces éste estaba viviendo, junto con Cardixa y los ocho hijos de ambos, en la villa que César tenía en Bovillae; se encargaba de cuidar de los caballos y de las ovejas que Cèsar criaba. Lucio Decumio no le serviría; no era lo bastante limpio. Y Eutico le iría con el cotilleo a su amigo, a los amigos de su amigo y a la mitad de los miembros del colegio de encrucijada. Así pues, tendría que ser su madre. Esta lo miró y dijo:
—¡Oh, dioses inmortales!
—Ojalá yo fuera uno de ellos, entonces no me dolería.
Y Aurelia salió para buscar dos palanganas, una medio llena de agua y la otra medio llena de vino fortalecido, aunque agrio, junto con unas bolas de lino egipcio limpio.
—Es mejor el lino que la lana; la lana deja pelusa en el fondo de las heridas —dijo ella empezando por el vino fuerte. Los toques que daba Aurelia no eran suaves, pero sí lo bastante concienzudos como para que a César le brotaran las lágrimas; éste estaba tumbado sobre el vientre, cubierto lo mínimo que dictaba el sentido de la decencia, y soportó los cuidados de su madre sin emitir ni un quejido. Cuando Aurelia acabase con ellas, no habría nada capaz de infectar las heridas, se consolaba César. Podría matar a un hombre de gangrena.
—¿Servilia? —le preguntó Aurelia cuando terminó, satisfecha, por fin, de haber puesto suficiente vino en los arañazos como para acobardar a cualquier cosa infecciosa que pudiera estar al acecho allí, y empezando de nuevo con el agua.
—Servilia.
—¿Qué clase de relación es ésta? —preguntó Aurelia con aire exigente.
—No es precisamente cómoda.
Y César tembló de la risa al decirlo.
—Eso ya lo veo. Podría acabar asesinándote.
—Confío en conservar el suficiente sentido de la alerta como para evitarlo.
—Aburrido no estás.
—Desde luego, aburrido no estoy, mater.
—No creo que esta relación sea saludable —se pronunció por fin Aurelia mientras le secaba el agua a César con unos toquecitos suaves—. Quizás lo más prudente sería ponerle fin, César. Su hijo está prometido en matrimonio con tu hija, lo que significa que los dos tendréis que conservar el decoro durante los años venideros. Por favor, César, acaba con ello.
—Pondré fin a este asunto cuando esté preparado para hacerlo, no antes. —¡No, no te levantes aún! —le indicó bruscamente Aurelia—. Deja que primero se seque bien, y luego ponte una túnica limpia. —Se apartó de él y empezó a buscar en el arcón de ropa hasta que encontró una prenda que satisfizo su olfato—. Es evidente que Cardixa no está aquí, la chica encargada de lavar la ropa no hace su trabajo como debiera. Tendré que llamarle la atención mañana por la mañana. —Volvió a la cama y dejó la túnica al lado de César—. No saldrá nada bueno de esa relación, no es
saludable.
A lo cual César no respondió. Cuando bajó las piernas de la cama y metió los brazos en la túnica, su madre ya no se encontraba allí. Y eso, se dijo él, era de agradecer.
El décimo día de noviembre los nuevos tribunos de la plebe tomaron posesión del cargo, pero no era Aulo Gabinio el que dominaba la tribuna. Ese privilegio le pertenecíá a Lucio Roscio Otón, miembro de los boni, quien le dijo a una clamorosa multitud de caballeros importantes que ya era hora, y muy cumplida, de que se restituyeran las antiguas filas del teatro para uso exclusivo de los tribunos. Hasta la dictadura de Sila únicamente ellos habían disfrutado de las catorce filas de asientos que quedaban justo detrás de las dos primeras, que todavía estaban reservadas para los senadores. Pero Sila, que odiaba a los caballeros de cualquier clase, les había quitado ese privilegio, junto con la vida, propiedades y fortunas en metálico de otros mil seiscientos caballeros. La medida de Otón tuvo tanta
aceptación que se llevó a cabo inmediatamente, sin que César, que miraba desde las escaleras del Senado, se sorprendiese en absoluto.
Los boni eran realmente brillantes en lo que se refiere al tráfico de influencias con los caballeros, ése era uno de los pilares de su continuo éxito. La siguiente reunión de la Asamblea Plebeya le interesaba a César mucho más que el panal ecuestre de Otón: Aulo Gabinio y Cayo Cornelio, los hombres de Pompeyo, tomaron posesión en ella. El primer asunto que iban a tratar era un intento de reducir los cónsules del año siguiente de dos a uno, y el modo como Gabinio lo llevó a cabo fue deliciosamente inteligente. Le pidió a la plebe que concediera al cónsul junior, Glabrio, el gobierno de una nueva provincia en el Este que habría de llamarse Bitinia-Ponto, y a continuación solicitó a la plebe que enviase a Glabrio a gobernarla un día después de jurar el cargo. Aquello dejaría a Cayo Pisón a solas para ocuparse de Roma y de Italia. El odio hacia Lúculo predispuso a los caballeros, que eran los que dominaban la plebe, en favor de ese proyecto de ley, porque ello despojaba de poder a Lúculo… y también le despojaba de las cuatro legiones que le quedaban. Lúculo, que todavía tenía la misión de luchar contra los reyes Mitrídates y Tigranes, no poseía ahora más que un título vacío.
Los sentimientos de César ante aquello eran ambivalentes. Personalmente detestaba a Lúculo, que era tan rigorista en lo referente a la forma correcta de hacer las cosas que deliberadamente elegía la incompetencia en los demás si la alternativa a ello era ignorar el protocolo apropiado. Pero el hecho seguía siendo que se había negado a conceder a los caballeros de Roma libertad para esquilmar a los pueblos autóctonos de las provincias. Cosa que era, naturalmente, el motivo por el cual los caballeros lo odiaban de forma tan apasionada y por el que se mostraban a favor de cualquier ley que pusiera en desventaja a Lúculo. Una lástima, pensó César suspirando para sus adentros. La parte de su persona que anhelaba mejores condiciones para los pueblos autóctonos de las provincias de Roma deseaba que Lúculo sobreviviera, mientras que la monumental herida que Lúculo había infligido a su dignitas al dar a entender que él se había prostituido al rey Nicomedes exigía que Lúculo cayera.
Cayo Cornelio no se hallaba tan ligado a Pompeyo como lo estaba Gabinio; era uno de esos tribunos de la plebe que se daban de vez en cuando que creían de verdad en la posibilidad de poner remedio a algunos de los males más acusados de Roma, y eso a César le gustaba… Por eso César se encontró deseoso, aunque no dijera nada, de que Cornelio no se diera por vencido una vez que su primen y pequeña reforma fuese derrotada. Lo que Cayo Cornelio le había pedido a la plebe era que prohibiese que las comunidades extranjeras recibieran dinero prestado de los usureros romanos. Los motivos que tenía para ello eran sensatos y patrióticos. Aunque los prestamistas no eran funcionarios romanos, sí que empleaban funcionarios romanos para cobrar cuando las deudas se convertían en delito. Y el resultado era que muchos extranjeros pensaban que el propio Estado estaba metido en aquel negocio de prestar dinero. El prestigio de Roma resultaba dañado por ello. Pero, desde luego, las comunidades extranjeras crédulas o desesperadas constituían una valiosa fuente de ingresos para los caballeros; así pues, no era de extrañar que Cornelio fracasase, pensó César con tristeza.
La segunda medida que propuso Cayo Cornelio también estuvo a punto de fracasar, y le enseñó a César que aquel individuo picentino era capaz de mantener los compromisos, cosa que no era frecuente entre los de su casta. Cornelio tenía intención de acabar con el poder del Senado para emitir decretos que eximieran a un individuo del cumplimiento de alguna ley. Naturalmente, sólo aquellos que eran muy ricos o que pertenecían a la aristocracia eran capaces de procurarse una exención, normalmente concedida cuando el portavoz del Senado celebraba una reunión convocada al efecto y se aseguraba de que a tal sesión asistieran las personas convenientes. Siempre celoso guardián de sus prerrogativas, el Senado se opuso a Cornelio con tanta violencia que éste comprendió que iba a perder. Así que enmendó el proyecto de ley de modo que permitía que el Senado conservase el poder de exención… pero con la condición de que sólo pudiese hacer uso de dicho poder cuando estuviera presente un quórum de doscientos senadores para emitir el decreto. Y el proyecto se aprobó.
Pero ahora el interés de César por Cayo Cornelio iba aumentando a pasos agigantados. A continuación fueron los pretores los que atrajeron la atención de César. Desde la dictadura de Sila los deberes de los mismos estaban restringidos al derecho, tanto civil como penal. Y la ley decía que cuando un pretor entraba en funciones tenía que publicar sus edicta, las normas y disposiciones según las cuales administraría personalmente justicia. El problema era que la ley no especificaba que los pretores tuvieran que atenerse a sus edicta, y en el momento en que un amigo necesitaba un favor o hubiera por medio algo de dinero que ganar, los edicta se ignoraban. Cornelio se limitó a pedir a la plebe que terminara de una vez con aquella laguna legal y obligase a los pretores a ser consecuentes con sus edicta tal como habían sido publicados. En esta ocasión la plebe comprendió con tanta claridad como César que aquella medida tenía sentido, y votó a favor de la ley.
Desgraciadamente, lo único que César podía hacer era votar. A ningún patricio se le permitía participar en los asuntos de la plebe, por eso no podía ponerse en pie en el Foso de los Comicios, ni votar en la Asamblea Plebeya, ni hablar en ella, ni formar parte en un proceso judicial que se celebrase en la misma. Ni tampoco presentarse a las elecciones como candidato a tribuno de la plebe. Así que César se limitó a permanecer con sus colegas patricios en las gradas de la Curia Hostilia, que era lo máximo que se le permitía acercarse a la plebe reunida en sesión. Las actividades de Cornelio presentaban un intrigante parecido con la forma de hacer de Pompeyo, de quien César nunca hubiese pensado que tuviera el más mínimo interés por enderezar entuertos. Pero, al fin y al cabo, quizás lo tuviera, dado que la tenaz persistencia de Cayo Cornelio se refería a gestiones que en modo alguno afectaban a los planes de Pompeyo.
Sin embargo, César dedujo que lo más probable era que Pompeyo estuviera utilizando a Cornelio para echar arena a los ojos de hombres como Catulo y Hortensio, líderes de los boni. Porque los boni se oponían de forma muy obstinada a los mandos militares especiales, y Pompeyo andaba una vez más tras la concesión de un mando especial. La mano del Gran Hombre se hizo más evidente en la siguiente propuesta de Cornelio. Cayo
Pisón, destinado a gobernar él solo ahora que Glabrio se iba al Este, era un hombre colérico, mediocre y vengativo que pertenecía por completo a Catulo y a los boni. Era evidente que protestaría a voz en grito contra la concesión de cualquier mando militar para Pompeyo hasta que el techo de la Cámara del Senado temblase, con Catulo, Hortensio, Bíbulo y el resto de la jauría aullando detrás de él. Como poseía pocos atractivos aparte de su nombre, Calpurnio Pisón, y de su linaje eminentemente respetable, Pisón había tenido que recurrir a fuertes sobornos para asegurarse la elección. Ahora Cornelio proponía una nueva ley contra los sobornos; Pisón y los boni notaron un viento frío que les soplaba en la nuca, en particular cuando la plebe dejó lo suficienteniente claro que tenía intenciones de aprobar el proyecto de ley. Desde luego, cualquier tribuno de la plebe perteneciente a los boni podía interponer el veto, pero Otón, Trebelio y Globulo no estaban seguros de su propia influencia para ejercer el veto. En cambio los boni se movieron poderosamente para manipular a la plebe —y a Cornelio— y convencerlos de que accedieran a que el propio Cayo Pisón fuera quien redactase la nueva ley contra los sobornos. Lo cual, pensó César dejando escapar un suspiro, daría como resultado una ley que no pondría en peligro a nadie, y menos aún a Cayo Pisón. Al pobre Cornelio le habían hecho una buena jugarreta.
Cuando tomó la palabra Aulo Gabinio, no pronunció ni una sola frase sobre los piratas ni sobre la concesión de un mando especial para Pompeyo el Grande. Prefirió concentrarse en asuntos de poca importancia, porque era un hombre mucho más sutil y mucho más inteligente que Cornelio. Y, desde luego, menos altruista. El pequeño plebiscito, cuya aprobación logró, que prohibía que los enviados extranjeros en Roma recibieran dinero prestado en dicha ciudad, era evidentemente una versión menos drástica que la medida de Cornelio de prohibir el préstamo de dinero a las comunidades extranjeras. Pero, ¿qué se proponía Gabinio cuando consiguió que se legislase la obligación del Senado de no ocuparse de otra cosa más que de las delegaciones extranjeras durante el mes de febrero? Cuando César lo comprendió se echó a reír interiormente, en silencio. ¡Qué inteligente era Pompeyo! ¡Cuánto había cambiado el Gran Hombre desde que entró en el
Senado como cónsul llevando en la mano el manual de conducta de Varrón para no cometer errores embarazosos! Porque esta particular lex Gabinia sirvió para que César comprendiese que Pompeyo planeaba ser cónsul por segunda vez, y que estaba asegurando su dominio antes de que ese segundo año llegase. Nadie conseguiría más votos, así que él sería el cónsul senior. Eso significaba que tendría las fasces —y la autoridad— en enero. En febrero le tocaría el turno al otro cónsul, y en marzo las fasces volverían otra vez al cónsul senior. En abril irían al cónsul junior. Pero si en febrero el Senado tenía obligación de ocuparse exclusivamente de los asuntos extranjeros, entonces el cónsul junior no tendría ocasión de hacer notar su presencia hasta abril. ¡Brillante!
En medio de toda esta agradable turbulencia, otro tribuno de la plebe entró a formar parte de la vida de César de un modo mucho menos agradable. Este hombre era Cayo Papirio Carbón, quien presentó un proyecto de ley a la Asamblea Plebeya en el que solicitaba que se acusase al tío materno de César, Marco Aurelio Cotta, del cargo de robo de los despojos de la ciudad bitinia de Heraclea. Desgraciadamente el colega de Marco Cotta en el consulado aquel año no había sido otro que Lúculo, y era bien sabido que los dos eran amigos. El odio de Lúculo hacia los caballeros hacía que predispusiera a la plebe contra cualquier amigo o aliado suyo, por eso la plebe permitió que Carbón se saliera con la suya. El querido tío de César tendría que someterse a juicio por extorsión, pero no ante el tribunal especial que Sila había establecido para personas que gozaban de una posición social excelente, sino que el jurado de Marco Cotta estaría compuesto por varios miles de hombres que ansiaban hacer caer a Lúculo y a sus compinches.
—¡No había nada que robar! —le dijo Marco Cotta a César—. Mitrídates había utilizado Heraclea como base durante meses y luego el lugar fue asediado durante varios meses más; cuando entré allí, César, la ciudad estaba tan desnuda como una rata recién nacida. ¡Cosa que era sabido de todos! ¿Qué crees que dejaron allí trescientos soldados y
marineros pertenecientes a Mitrídates? ¡Ellos se encargaron de saquear Heraclea de forma mucho más concienzuda a como Cayo Verres saqueó Sicilia!
—A mí no tienes que explicarme que eres inocente, tío —dijo César con aire lúgubre—. No puedo defenderte porque es un juicio de la plebe y yo soy patricio.
—Eso ya lo sé. Pero lo hará Cicerón.
—No lo hará, tío. ¿No has oído nada?
—¿Oír qué?
—Cicerón está abrumado por el dolor. Primero murió su primo Lucio, y luego, hace pocos días, ha muerto su padre. Por no hablar de que Terencia tiene una clase de dolencia reumática que en esta época del año empeora en Roma. ¡Y ella es quien dirige todo el cotarro! Cicerón se ha marchado a Arpinum.
—Entonces tendrán que ser Hortensio, mi hermano Lucio y Marco Craso —dijo Cotta.
—No será tan efectivo, pero bastará, tío.
—Lo dudo; de veras que lo dudo. La plebe quiere mi pellejo.
—Bueno, cualquiera que públicamente sea amigo del pobre Lúculo es un blanco para los caballeros. Marco Cotta miró irónicamente a su sobrino.
—¿El pobre Lúculo? —le preguntó—. ¡El no es amigo tuyo!
—Cierto —dijo César—. Sin embargo, tío Marco, no puedo evitar dar mi aprobación a sus arreglos financieros en el Este. Sila le mostró el camino, pero Lúculo llegó aún más lejos. En lugar de permitir que los caballeros publicani sangrasen las provincias de Roma en el Este hasta dejarlas secas, Lúculo se ha asegurado de que los impuestos y tributos de Roma no sólo sean justos, sino además populares entre las comunidades autóctonas. Antiguamente, cuando se les permitía a los publicani que estrujasen sin piedad, quizás se consiguieran mayores beneficios para los caballeros, pero significaba también mucha animosidad contra Roma. Yo aborrezco a ese hombre, sí. Lúculo no sólo me insultó de un modo imperdonable, sino que además me negó la buena reputación militar que me merecía. Pero como administrador es soberbio, y lo siento por él.
—Es una lástima que vosotros dos no os llevaseis bien, César. En muchos aspectos sois como gemelos.
Sobresaltado, César miró fijamente al hermanastro de su madre. La mayoría de las veces no veía demasiado parecido de familia entre Aurelia y ninguno de sus tres hermanastros. ¡Pero aquel seco comentario de Marco Cotta era propio de Aurelia! Su madre estaba también allí, en los grandes ojos grises que tiraban a púrpura de Marco Cotta. Cuando el tío Marco se convertía en mater era el momento de marcharse. Además, tenía que acudir a una cita con Servilia. Pero eso también resultó ser un asunto desgraciado. Si Servilia llegaba primero, siempre la encontraba desnuda en la cama, esperándole. Pero aquel día estaba sentada en el despacho y llevaba puesta hasta la última capa de ropa.
—Quiero hablar contigo de un asunto —le dijo a César.
—¿Problemas? —le preguntó éste al tiempo que se sentaba frente a Servilia.
—Del tipo más elemental; y, pensándolo bien, inevitable. Estoy embarazada.
Ninguna emoción identificable asomó a los tranquilos ojos de César, que dijo:
—Comprendo. —Miró a Servilia con perspicacia—. ¿Y eso es una dificultad?
—En muchos aspectos. —Se humedeció los labios, una señal de nerviosismo desacostumbrada en ella—. ¿A ti qué te parece?
César se encogió de hombros.
—Estás casada, Servilia. Eso convierte el problema en cosa tuya, ¿no? —Sí. ¿Y si es un varón? Tú no tienes ningún hijo. —¿Estás segura de que es mío? —inquirió él rápidamente.
—De eso no cabe la menor duda —repuso Servilia poniendo énfasis en las palabras—. Hace más de dos años que no duermo en la misma cama que Silano.
—En ese caso el problema sigue siendo tuyo. Tendré que correr el riesgo de que sea un varón, porque yo no podría reconocerlo como hijo mío a menos que tú te divorciases de Silano y te casases conmigo antes de que
naciera. Una vez que haya nacido dentro del matrimonio de Silano, el hijo es suyo.
—¿Estarías dispuesto a correr ese riesgo? —le preguntó Servilia.
César no titubeó.
—No. Mi intuición dice que es una niña.
—No lo sé. Nunca pensé que esto ocurriera, así que no me concentré en hacer que fuera niño o niña. Tendrá que aceptar el sexo que le toque en suerte.
Si su propia conducta era indiferente, también lo era la de ella, admitió César con cierta admiración. Era una señora que tenía un gran dominio de sí misma.
—En ese caso, Servilia, creo que lo mejor que puedes hacer es meterle prisa a Silano para que se suba a tu cama lo antes posible. ¿Ayer, supongo? Servilia movió lentamente la cabeza de un lado a otro, una negativa absoluta.
—Me temo que eso quede fuera de toda discusión —dijo—. Silano no goza de buena salud. Si dejamos de dormir juntos no fue por culpa mía, eso te lo aseguro. Silano es incapaz de mantener una erección, y eso lo llena de desconsuelo.
Ante aquella noticia César reaccionó: el aliento le salió siseando entre los dientes.
—De modo que nuestro secreto pronto ya no será un secreto-le comentó.
Servilia, cosa que fue muy meritoria para ella, no se enfadó por la actitud de César ni lo condenó por egoísta ni a causa de su desinterés por la difícil situación en que ella se veía. En muchos aspectos eran iguales, y quizás ése fuera el motivo por el que César no podía sentirse emocionalmente atado a ella: dos personas cuyas cabezas prevalecían siempre sobre sus corazones… y sobre sus pasiones.
—No necesariamente —le dijo ella esbozando una sonrisa—. Hoy veré a Silano cuando él regrese a casa del Foro. Es posible que consiga convencerle para que guarde el secreto.
—Sí, eso sería lo mejor, sobre todo si tenemos en cuenta el compromiso matrimonial de nuestros hijos. No me importa cargar con la responsabilidad de mis propios actos, pero no me siento nada cómodo con la idea de hacerles daño a Julia o a Bruto. Eso suponiendo que el resultado de nuestra aventura se convierta en un cotilleo general. —Se inclinó hacia adelante para cogerle la mano a Servilia, se la besó y sonrió mirando a la mujer a los ojos—. Lo nuestro no es una aventura corriente, ¿verdad?
—No —repuso Servilia—, cualquier cosa menos corriente. —Volvió a humedecerse los labios—. Mi estado todavía no es muy avanzado, así que podemos continuar hasta mayo o junio. Si quieres, claro.
—Oh, sí —dijo César—. Claro que quiero, Servilia.
—Me temo que después no podremos volver a vernos durante siete u ocho meses.
—Lo echaré de menos. Y a ti también. Esta vez fue ella quien le cogió la mano, aunque no se la besó, sino que se limitó a sostenérsela y a sonreír.
—Querría que me hicieras un favor durante ese tiempo, César. —¿Cuál?
—Seducir a Atilia, la esposa de Catón.
César estalló en carcajadas.
—Quieres que me mantenga ocupado con una mujer que no tiene ninguna oportunidad de suplantarte, ¿no es así? Muy inteligente de tu parte —Es cierto, soy inteligente. ¡Compláceme, por favor! ¡Seduce a Atilia! Con el entrecejo fruncido, César le estuvo dando vueltas mentalmente a
aquella idea.
—Catón no es un blanco que merezca la pena, Servilia. ¿Cuántos años tiene, veintiséis? Estoy de acuerdo en que en el futuro podría convertirse en una espina que se me clavara en un costado, pero prefiero esperar a que lo sea.
—¡Hazlo por mí, César, por mí! ¡Por favor!
—¿Tanto lo odias?
—Lo suficiente como para desear verlo hecho pedacitos —le confesó Servilia hablando entre dientes—. Catón no se merece una carrera política.
—El hecho de que yo seduzca a Atilia no impedirá que eso suceda, como tú bien sabes. Sin embargo… si tanto significa para ti… ¡de acuerdo!
—¡Oh, maravilloso! ¡Muchas gracias! —dijo ella resollando de contento; luego pensó en otra cosa—. ¿Por qué no has seducido nunca a Domicia, la esposa de Bíbulo? Ella le debe, desde luego, el placer de ponerle los cuemos, y él ya es un enemigo peligroso. Además Domicia es prima del marido de mi hermanastra Porcia, y eso también le haría daño a Catón.
—Supongo que en parte se debe al pájaro de presa que hay en mí. Sólo el hecho de pensar en seducir a Domicia me excita tanto que siempre estoy posponiendo el hecho en sí.
—Catón es mucho más importante para mí —dijo Servilia.
De pájaro de presa, nada, pensó ella para sus adentros mientras regresaba al Palatino. Aunque quizás él se vea como un águila, concluyó Servilia, pero la conducta que mantiene con la esposa de Bíbulo es, sencillamente, felina. El embarazo y los hijos formaban parte de la vida; y, con la excepción de Bruto, todo ello no era más que algo que había que soportar con un mínimo de incomodidad. Bruto había sido sólo de ella; era ella quien lo había alimentado, quien le había cambiado los pañales, quien lo había bañado, quien había jugado con él y quien lo había entretenido. Pero la actitud hacia sus dos hijas había sido muy diferente. Una vez que las hubo parido, las había puesto en manos de nodrizas y más o menos se había olvidado de ellas hasta que crecieron lo suficiente para necesitar una vigilancia más de acuerdo con las costumbres romanas. A esto se aplicó con mucho interés y ningún amor. Cuando cada una de ellas cumplió los seis años, las envió a la escuela de Marco Antonio Gnifón porque Aurelia se la había recomendado como muy apropiada para niñas, y no había tenido motivos para lamentar aquella decisión.
Ahora, siete años después, iba a tener un hijo fruto del amor, fruto de una pasión que gobernaba su vida. Lo que ella sentía por Cayo Julio César no era ajeno a su naturaleza, que, al ser intensa y poderosa, resultaba muy apropiada para un gran amor; no, su principal desventaja procedía de César y de la naturaleza de éste, que ella interpretaba correctamente como un
carácter muy poco dispuesto a dejarse dominar por las emociones que pudieran surgir de cualquier tipo de relaciones personales. Aquella temprana e instintiva premonición la había salvado de incurrir en los errores que era corriente que las mujeres cometieran, desde poner a prueba los sentimientos de César, hasta esperar fidelidad y demostraciones abiertas de interés por otra cosa que no fuera lo que sucedía entre ellos en aquel discreto apartamento suburano.
Así que aquella tarde no había ido a verle llena de emoción y dispuesta a contarle la noticia con la esperanza de provocar en él gozo alguno o de añadir algún sentimiento de posesión de él; y había hecho bien predisponiéndose para no tener esperanzas. César no estaba ni complacido ni contrariado; como le había dicho, aquello era asunto de ella, no tenía nada que ver con él. ¿Había acariciado ella la esperanza, aunque fuese en el fondo, de que César quisiera reclamar aquel hijo? Creía que no, no se dirigía a su casa consciente de estar decepcionada o deprimida. Como César no tenía esposa, sólo una unión habría necesitado el trámite legal del divorcio: la de Silano y ella. Pero había que ver cómo Roma había condenado a Sila por divorciarse de Elia. No es que a Sila le hubiera importado, una vez que la joven esposa de Escauro había quedado libre — tras la muerte de su marido— para casarse con él. Y a César tampoco le habrían importado los rumores. Pero César tenía un sentido del honor del que Sila carecía. Oh, no era un sentido del honor particularmente estricto, estaba demasiado rodeado de lo que él pensaba de sí mismo y de lo que quería ser. César se había establecido su propio modelo de conducta que abarcaba todos los aspectos de la vida. No sobornaba a los jurados, no practicaba la extorsión en su provincia, no era un hipócrita.
Y todo ello era, ni más ni menos, la evidencia de que lo haría todo del modo más difícil; no recurriría a las técnicas diseñadas para hacer más fácil el progreso político. La confianza que César tenía en sí mismo era indestructible, y nunca dudaba ni por un momento de su capacidad para llegar hasta donde se proponía. Pero, ¿reclamar este hijo como suyo y pedirle a ella que se divorciase de Silano para poder casarse antes de que naciera el niño? No, eso ni siquiera se le pasaría por la cabeza a César. Y
Servilia sabía exactamente por qué. Por la única razón de que ello demostraría a sus iguales en el Foro que estaba a merced de un inferior: una mujer. Servilia deseaba desesperadamente casarse con él, desde luego, aunque no para que César reconociera la paternidad del hijo que estaba en camino. Quería casarse con él porque lo amaba con el alma tanto como con el cuerpo, porque Servilia reconocía en César a uno de los grandes romanos, a un marido digno que nunca defraudaría las esperanzas sobre actuaciones militares y políticas puestas en él, a un marido cuyo linaje y dignitas no podían hacer otra cosa que reforzar los de ella. El era un Publio Cornelio Escipión el Africano, un Cayo Servilio Ahala, un Quinto Fabio Máximo el Contemporizador, un Lucio Emilio Paulo. Perteneciente a la auténtica aristocracia patricia —la quintaesencia de un romano—, César poseía un intelecto, una energía, una decisión y una fuerza inmensos. Un marido ideal para una mujer de la familia de los Servilios Cepiones. Un padrastro ideal para su amado Bruto.
Cuando Servilia llegó a casa no faltaba mucho para la hora de la cena, y Décimo Julio Silano, según le informó el mayordomo, se encontraba en el despacho. Se preguntó qué le ocurriría a su marido al tiempo que entraba en la habitación, donde lo encontró escribiendo una carta. A pesar de tener cuarenta años de edad, Silano parecía más cerca de los cincuenta; arrugas causadas por el sufrimiento físico le bajaban a ambos lados de la nariz, y el cabello, prematuramente gris, entonaba con la piel grisácea. Aunque se esforzaba por quedar bien como pretor urbano, las exigencias del cargo estaban minando su ya frágil vitalidad. La dolencia que padecía era lo bastante misteriosa como para haber derrotado la capacidad de diagnóstico de todos los médicos de Roma, aunque la opinión médica general era que el avance del mal resultaba demasiado lento para sugerir que existiera un peligro inminente; nadie había hallado ningún tumor palpable, ni el hígado se le había agrandado. Al cabo de dos años podría presentarse como candidato al consulado, pero Servilia ya sabía que su marido no tendría la vitalidad suficiente como para montar una campaña que lo condujese al éxito.
—¿Cómo te encuentras hoy? —le preguntó ella al tiempo que se sentaba en la silla que había delante del escritorio.
Silano había levantado la vista y le había sonreído al verla entrar, y ahora dejó la pluma sobre la mesa con cierto placer. Su amor hacia Servilia había ido en aumento a lo largo de casi diez años de matrimonio, pero su incapacidad para ser un verdadero marido para su esposa, en todos los aspectos, lo corroía más que la enfermedad. Consciente de sus innatos defectos de carácter, creyó que Servilia se volvería contra él y le llenaría de reproches y críticas después del nacimiento de Junilla, cuando la enfermedad empezó a agravarse; pero ella nunca había actuado así, ni siquiera después de que el dolor y el ardor de estómago que le invadían durante la noche le obligaron a trasladarse a otro cubículo para dormir. Cuando, en medio de la vergüenza de la impotencia, todo intento de hacer el amor concluía en fracaso, a Silano le pareció más amable y menos mortificante evitarle a su esposa su presencia fisica; aunque él se habría contentado con abrazos y besos, Servilia no era acogedora en el acto del amor, y tampoco era propensa al juego amoroso. Así que respondió a la pregunta de Servilia con toda sinceridad y dijo:
—Ni peor ni mejor que lo que es normal.
—Esposo, quiero hablar contigo —le dijo ella.
—Claro, Servilia.
—Estoy embarazada y tú tienes buenas razones para saber que la criatura no es tuya.
El color de Silano cambió del gris al blanco, y luego se tambaleó. Servilia se levantó de un salto de la silla y se acercó a la consola donde siempre había dos jarros y unas copas, sirvió vino sin aguar en una de ellas y sujetó a su marido mientras éste bebía presa de ligeras náuseas.
—¡Oh, Servilia! —exclamó cuando el estimulante le hizo efecto.
—Si te sirve de consuelo —le dijo Servilia que había vuelto a sentarse en la silla—, este hecho no tiene nada que ver con tu enfermedad o tus discapacidades. Aunque fueras tan viril como Príapo, yo habría caído igualmente en los brazos de ese hombre.
Silano notó cómo las lágrimas se le agolpaban en los ojos y le rodaban cada vez con más rapidez por las mejillas.
—¡Usa el pañuelo, Silano! —le indicó bruscamente Servilia.
Sacó el pañuelo y se enjugó las lágrimas.
—¿Quién es? —consiguió preguntar Silano.
—Todo a su debido tiempo. Primero hecesito saber qué piensas hacer con respecto a mi situación. El padre de la criatura no se casará conmigo. Hacerlo iría en menoscabo de su dignitas, y eso para él es más importante de lo que yo podría serlo nunca. No lo culpo por ello, lo comprendo.
—¿Cómo puedes ser tan racional? —le preguntó él maravillado.
—No le veo ninguna utilidad a ser de otra manera! ¿Preferirías que hubiera entrado aquí gritando, llorando y convirtiendo en comidilla de todos lo que sólo es asunto nuestro?
—Supongo que no —respondió Silano cansado. Suspiró y se guardó el pañuelo—. No, claro que no. Pero eso habría demostrado que eras humana. Si hay algo en ti que me preocupa, Servilia, es tu falta de humanidad, tu incapacidad para comprender la fragilidad. Perforas como un taladro aplicado al armazón de tu vida con la habilidad y el empuje de un artesano profesional.
—Esa es una metáfora muy confusa —dijo Servilia.
—Bueno, eso es lo que siempre he notado en ti… y quizás lo que envidiaba de ti, porque yo no lo tengo. Lo admiro enormemente. Pero no es cómodo y obstaculiza la piedad.
—No malgastes conmigo tu piedad, Silano. Todavía no has respondido a mi pregunta. ¿Qué piensas hacer sobre mi situación?
Silano se puso en pie y se sostuvo agarrándose al respaldo de la silla hasta que estuvo seguro de que las piernas lo mantendrían en pie. Luego se puso a pasear arriba y abajo por la habitación durante unos instantes antes de mirar a Servilia. ¡Tan tranquila, tan compuesta, tan poco afectada por el desastre!
—Puesto que no piensas casarte con ese hombre, creo que lo mejor que puedo hacer es volver a trasladarme a nuestro dormitorio durante el tiempo suficiente para hacer que el origen del niño parezca obra mía —dijo al
tiempo que regresaba a la silla. Oh, ¿por qué no podía Servilia darle al menos la satisfacción de verla relajada, aliviada o contenta? ¡No, Servilia, no! Se limitó a mantener exactamente el mismo aspecto, incluso la mirada.
—Eso es bastante sensato, Silano —comentó ella—. Es lo que yo habría hecho en tu situación, pero una nunca sabe cómo va a ver un hombre aquello que le afecta al orgullo.
—Es evidente que me afecta, Servilia, pero prefiero que mi orgullo permanezca intacto, por lo menos a los ojos de nuestro mundo. ¿Nadie lo sabe?
—Lo sabe él, pero no aireará la verdad.
—¿Tu estado es muy avanzado?
—No. Si tú y yo volvemos a dormir juntos, dudo que nadie sea capaz de adivinar por la fecha del nacimiento de la criatura que es de otra persona.
—Bueno, debes de haberte comportado con bastante discreción, porque no he oído ningún comentario, y siempre hay gente de sobra para echar a rodar ese tipo de rumores y hacerlos llegar hasta el cornudo del marido.
—No habrá ningún rumor.
—¿Quién es él? —volvió a preguntar Silano.
—Cayo Julio César, naturalmente. Yo no habría puesto en peligro mi reputación con nadie inferior a él.
—No, claro, eso no lo habrías hecho. El origen de ese hombre es tan grandioso como, según se dice, lo son sus atributos procreadores —dijo amargamente Silano—. ¿Estás enamorada de él?
—Oh, sí.
—Puedo comprender por qué, a pesar de que ese hombre me desagrada mucho. Las mujeres tienden a ponerse en ridículo por él.
—Yo no me he puesto en ridículo —le aseguró llanamente Servilia. —Eso es cierto. ¿Y piensas volver a verlo? —Sí. Nunca dejaré de verlo.
—Algún día se sabrá, Servilia.
—Probablemente, pero a ninguno de los dos nos conviene que lo nuestro se haga público, así que intentaremos evitarlo.
—Por lo cual supongo que yo debería mostrarme agradecido. Con un poco de suerte, estaré muerto antes de que eso ocurra.
—Yo no te deseo la muerte, marido.
Silano se echó a reír, pero no había diversión en aquella risa.
—Cosa por la que también debería estarte agradecido! No me extrañaría que acelerases mi muerte si creyeras que ello podría servir a tus fines.
—No sirve a mis fines.
—Eso lo comprendo. —La respiración se le había vuelto entrecortada
—. ¡Oh, dioses, Servilia, vuestros hijos están formalmente comprometidos mediante contrato para casarse! ¿Cómo es posible que confíes en mantener el asunto en secreto?
—No entiendo por qué Bruto y Julia han de ponernos en peligro, Silano. No nos vemos cuando ellos están cerca.
—Ni cuando hay nadie cerca, eso es obvio. Suerte que los sirvientes te tienen miedo.
—Naturalmente.
Silano apoyó la cabeza entre las manos.
—Ahora me gustaría estar solo, Servilia. Esta se levantó inmediatamente.
—La cena estará preparada en seguida. —Hoy no voy a cenar.
—Pues tendrías que comer —dijo ella cuando ya iba camino de la puerta—. No he pasado por alto que el dolor se te alivia durante unas horas después de comer, sobre todo cuando comes bien.
—¡Hoy no! ¡Y ahora vete, Servilia, vete!
Servilia se marchó, muy satisfecha por el resultado de aquella entrevista y en mejores relaciones con Silano de lo que había esperado estar.
La Asamblea Plebeya declaró a Marco Aurelio Cotta culpable de desfalco, le impuso una multa superior a la cantidad que alcanzaba su fortuna y le prohibió fuego y agua a menos de cuatrocientas millas de Roma.
—Lo cual me niega Atenas —le comentó él a Lucio, su hermano menor, y a César—, pero la idea de Masilla me revuelve. Así que creo que me iré a Esmirna, a reunirme con tío Publio Rutilio.
—Mejor compañía que Verres —le indicó Lucio Cotta, horrorizado por el veredicto.
—He oído decir que la plebe va a votar a Carbón insignia consular como prueba de su estima —dijo César curvando los labios.
—¿Incluso con lictores y fasces? —inquirió Marco Cotta ahogando un grito.
—Confieso que no nos vendría mal un segundo cónsul ahora que Glabrio se ha ido a gobernar su nueva provincia conjunta, tío Marco; pero aunque la plebe sea capaz de dispensar togas con bordes púrpura y sillas curules, ¡es algo nuevo para mí que pueda otorgar imperium! —dijo César bruscamente, todavía temblando de ira—. ¡Todo esto sucede por culpa de los publicani asiáticos!
—Déjalo estar, César —dijo Marco Cotta—. Los tiempos cambian, es así de simple. A esto se le podría llamar la última revancha del castigo de Sila a la ordo equester. Por suerte para mí, todos reconocimos lo que podía ocurrir y transferí la titularidad de mis tierras y mi dinero a Lucio, aquí presente.
—Los ingresos te seguirán hasta Esmirna —le aseguró Lucio Cotta—. Aunque hayan sido los caballeros los que te han causado la ruina, había algunos elementos en el Senado que también pusieron su óbolo. Exculpo de ello a Catulo, a Cayo Pisón y al resto de ese núcleo, pero Publio Sila, su secuaz Autronio y toda esa pandilla fueron una valiosa ayuda para las acusaciones de Carbón. Y también Catilina. No lo olvidaré nunca.
—Ni yo —dijo César. Intentó sonreír—. Ya sabes que te quiero muchísimo, Marco, pero ni siquiera por ti estoy dispuesto a hacer que Publio Sila se convierta en un cornudo si para ello tengo que seducir a la bruja de la hermana de Pompeyo.
Aquello provocó una carcajada, y el nuevo consuelo que resultó de que los tres hombres se imaginasen que quizás Publio Sila ya estuviera cosechando una pequeña retribución al verse obligado a vivir con la
hermana de Pompeyo, una mujer que no era joven ni atractiva, aunque sí demasiado aficionada al jarro de vino.
Aulo Gabinio por fin dio el golpe hacia finales de febrero. Sólo él sabía lo difícil que había sido estar sentado mano sobre mano y engañar a Roma para que pensase que él, el presidente del Colegio de los Tribunos de la plebe, no era, al fin y al cabo, más que un peso ligero. Aunque vivía bajo el odio que suponía ser un hombre de Picenum —y la criatura de Pompeyo—, Gabinio no era precisamente un hombre nuevo. Su padre y su tío se habían sentado en el Senado antes que él, y además en los Gabinios había sangre romana respetable de sobra. Tenía la ambición de desprenderse del yugo de Pompeyo y actuar por cuenta propia, aunque el sentido común le decía que nunca sería lo bastante poderoso para encabezar su propia facción. Mejor dicho, Pompeyo el Grande no era lo bastante grande. Gabinio anhelaba aliarse con un hombre más romano, porque había muchas cosas de Picenum y de los picentinos que lo exasperaban, sobre todo la actitud que tenían hacia Roma. Pompeyo era más importante que Roma, y Gabinio encontraba eso muy difícil de aceptar. ¡Oh, era natural! En Picenum Pompeyo era un rey, y en Roma ejercía una inmensa influencia política. La mayoría de los hombres que eran de un lugar concreto se sentían orgullosos de apoyar a un paisano que había establecido su dominio sobre personas a las que generalmente se consideraba mejores.
Ese Aulo Gabinio, de tez clara y agradable apariencia, no estaba satisfecho con la idea de que tener a Pompeyo por amo fuese algo que no podía contar a nadie más que a Cayo Julio César. César y él se habían conocido en el asedio de Mitilene y se habían caído bien de inmediato. Gabinio había estado observando fascinado cómo el joven César, que tenía aproximadamente su misma edad, demostraba tener una clase de capacidad y una fuerza que hacían que él se considerase un privilegiado por ser amigo de un hombre que algún día tendría una importancia inmensa. Otros hombres tenían el mismo aspecto, la misma estatura, el físico, el encanto, incluso los antepasados; pero César tenía mucho más. Poseer un intelecto
como el suyo, y a pesar de ello ser el más valiente de los valientes, ya era distinción suficiente, porque los hombres que son extraordinariamente inteligentes suelen ver demasiados riesgos en el valor. Era como si César pudiera cerrar la puerta y dejar fuera cualquier cosa que amenazase la empresa del momento. Siempre hallaba la manera exacta y más adecuada de utilizar sólo aquellas cualidades que había en él que le capacitaban para concluir aquella empresa con el máximo efecto. Y tenía un poder que Pompeyo nunca tendría, algo que emanaba de él y que doblaba todo hasta darle la forma que deseaba. Hacía las cosas al precio que fuese, no le tenía miedo a nada en absoluto. Y aunque en los años que habían transcurrido desde Mitilene no se habían visto con demasiada frecuencia, César continuaba hechizando a Gabinio. Y éste decidió que cuando llegase el día en que César dirigiera su propia facción, Aulo Gabinio sería uno de sus más incondicionales seguidores.
Sin embargo no sabía cómo iba a conseguir zafarse de sus obligaciones como cliente de Pompeyo. Este era su patrono, por ello Gabinio tenía que trabajar para él como debería hacerlo cualquier cliente como es debido. Todo lo cual significaba que una vez que decidió dar el golpe lo hizo con la intención de impresionar más al relativamente joven y oscuro César que a Cneo Pompeyo Magnus, el Primer Hombre de Roma. Su patrón. No se molestó en ir primero al Senado; desde que se habían réstituido por completo los poderes de los tribunos de la plebe, eso no era preceptivo. Lo mejor era atacar al Senado sin previo aviso e informar primero a la jlebe, y además en un día en que nadie pudiera sospechar que fueran a producirse cambios sísmicos. Sólo había unos quinientos hombres desperdigados aquí y allá alrededor del Foso de los Comicios cuando Gabinio subió a la tribuna para hablar. Estos constituían la plebe profesional, ese núcleo de hombres que nunca se perdía una reunión y era capaz de recitar de memoria discursos memorables enteros, por no hablar de detallados y notables plebiscitos que se remontaban en el pasado por lo menos una generación. Las gradas de la Cámara del Senado no estaban tampoco muy pobladas de gente; sólo se hallaban en ellas César, algunos de los clientes senatoriales de
Pompeyo, incluidos Lucio Afranio y Marco Petreyo, y Marco Tulio Cicerón.
—¡Si alguna vez hubiéramos necesitado que nos recordasen cuán grave es para Roma el problema de los piratas, el saqueo de Ostia y la captura de nuestro primer envío de grano siciliano, hace sólo tres meses debería haber supuesto un gigantesco estímulo! —le dijo Gabinio a la plebe… y a los observadores situados en las gradas de la Curia Hostilia—. ¿Y qué hemos hecho para limpiar el Mare Nostrum de esta nociva plaga? —preguntó con un bramido—. ¿Qué hemos hecho para salvaguardar el abastecimiento de grano, para asegurar que los ciudadanos de Roma no padezcan hambrunas o no tengan que pagar por el pan más de lo que pueden permitirse, siendo como es el pan un alimento de primera necesidad? ¿Qué hemos hecho para proteger a nuestros comerciantes y a sus bajeles? ¿Qué hemos hecho para impedir que secuestren a nuestras hijas, que rapten a nuestros pretores? Muy poco, miembros de la plebe. ¡Muy poco!
Cicerón se acercó a César y le tocó un brazo.
—Estoy intrigado —le dijo—, pero no sorprendido. ¿Sabes adónde quiere ir a parar, César?
—Oh, sí.
Y Gabinio continuó hablando, disfrutando muchísimo al hacerlo.
—Lo poquísimo que hemos hecho desde que Antonio el Orador intentó llevar a cabo una purga de piratas hace más de cuarenta años tuvo sus inicios como consecuencia del reinado de nuestro dictador, cuando su leal aliado y colega Publio Servilio Vatia fue a gobernar Cilicia con órdenes de barrer a los piratas. Tenía pleno imperium de procónsul, y autoridad para reunir flotas de todas las ciudades y estados afectados por los piratas, incluidas Chipre y Rodas. Empezó en Licia, y se las vio con Zenicetes. ¡Le costó tres años derrotar a un solo pirata! Y ese pirata tenía la base en Licia, no entre las rocas y los riscos de Panfilia y Cilicia, donde se encuentran los peores piratas. El resto del tiempo que pasó en el palacio del gobernador en Tarso lo dedicó a hacer una hermosa guerrita contra una tribu de campesinos de tierra adentro, unos destripaterrones panfilios, los isauros. Cuando los derrotó y tomó cautivas a sus dos patéticas aldeas, nuestro
precioso Senado le dijo que añadiera un nombre extra a Publio Servilio Vatia… Isáurico. ¡Por favor! Bien, Vatia no resulta muy inspirador, ¿no es cierto? ¡Llamarse de sobrenombre «rodillas juntas»! ¿Se le puede reprochar a ese pobre tipo que quisiera pasar de ser un Publio de la rama plebeya de los Servilios que tiene las Rodillas Juntas, a Publio Servilio Rodillas Juntas el Conquistador de los Isauros? ¡Debéis reconocer que Isáurico le añade un matiz de lustre más a un nombre de otro modo deslustrado!
Para ilustrar este punto de la argumentación, Gabinio se alzó la toga para mostrar sus bien torneadas piernas desde medio muslo hacia abajo, y se puso a caminar dando unos pasitos adelante y atrás por la tribuna con las rodillas juntas y los pies muy separados; el público respondió riéndose y vitoreándolo.
—El siguiente capítulo de esta saga —continuó diciendo Gabinio— sucedió en la isla de Creta y alrededores. Por el único motivo de que a su padre el Orador, ¡un hombre mucho mejor y más capaz que aún no había logrado hacer el trabajo!, el Senado y el pueblo de Roma le habían encomendado eliminar la piratería en el Mare Nostrum, Marco Antonio hijo se apropió de la misma misión hace unos siete años, aunque esta vez sólo el Senado se la encomendó, gracias a las nuevas normas de nuestro dictador. El primer año de su campaña Antonio orinó vino sin diluir en todos los mares al oeste del Mare Nostrum y reclamó para sí una victoria o dos, pero nunca presentó pruebas tangibles de ello, como despojos o restos de naves. Luego, hinchando las velas a base de eructos y pedos, Antonio se fue de parranda camino de Grecia. Una vez allí salió, lleno de resolución, durante dos años a luchar contra los almirantes piratas de Creta, con las desastrosas consecuencias que todos conocemos. ¡Lastenes y Panares le dieron, sencillamente, una paliza! Y al final, al destrozado hombre de tiza, ¡porque eso es lo que significa también Cretico!, no le quedó más remedio que quitarse la vida para no dar la cara ante el Senado de Roma, que le había encomendado la misión. «Después vino otro hombre de brillante apodo, ese Quinto Cecilio Metelo, que es nieto de Macedónico e hijo de Macho Cabrío: Metelo Cabrito. ¡Sin embargo, por lo visto ese Metelo Cabrito aspira a ser otro Cretico! Pero, ¿resultará que Cretico significa el
conquistador de los cretenses o el hombre de tiza? ¿Qué os parece a vosotros, colegas plebeyos?
—iHombre de tiza! ¡Hombre de tiza! —Fue la respuesta.
Gabinio terminó en tono informal.
—Y todo eso, queridos amigos, nos lleva al presente. ¡A la debacle de Ostia, al estancamiento de Creta, a la inviolabilidad de cualquier refugio pirata desde Gades, en Hispania, hasta Gaza, en Palestina! ¡No se ha hecho nada! ¡Nada!
Como se le había descolocado un poco la toga al demostrar cómo camina un hombre que tiene las rodillas juntas, Gabinio hizo una pausa para colocársela debidamente.
—¿Qué sugieres que hagamos, Gabinio? —le gritó Cicerón desde las gradas del Senado.
—¡Vaya! ¡Hola, Marco Cicerón! —le saludó alegremente Gabinio—. ¡Y también saludo a César! El mejor par de oradores de Roma están escuchando los humildes parloteos de un hombre de Picenum. Me siento muy honrado, especialmente porque estáis ahí arriba casi solos. ¿No está Catulo, ni Cayo Pisón, ni Hortensio, ni Metelo Pío, el pontífice máximo?
—Sigue a lo tuyo, hombre —le pidió Cicerón, que estaba de muy buen humor.
—Gracias, eso es lo que voy a hacer. Me has preguntado qué podemos hacer. La respuesta es muy simple, miembros de la plebe. Buscamos a un hombre que ya haya sido cónsul, para que no quepa la menor duda acerca de cuál es su posición constitucional. Un hombre cuya carrera militar no se haya abierto camino luchando desde los primeros bancos del Senado, como la de algunos a quienes yo podría nombrar. Buscamos a ese hombre. Y cuando digo buscamos, colegas plebeyos, me refiero a nosotros, los miembros de esta Asamblea. ¡No al Senado! El Senado ya lo ha probado todo, desde rodillas que se juntan al caminar hasta sustancias cretáceas, y todo sin éxito alguno, así que yo digo que el Senado debe abrogar su poder en este asunto, que nos afecta a todos. Repito, buscamos a un hombre que sea un consular de habilidad militar demostrada. Y luego nosotros le encomendaremos la misión de limpiar el Mare Nostrum de toda clase de
piratería, desde las Columnas de Hércules hasta la desembocadura del Nilo, y de limpiar también el mar Euxino. Nosotros le daremos a ese hombre un plazo de tres años para que lo haga, y en esos tres años tendrá que haber terminado el trabajo… porque si no lo hace, miembros de la plebe… ¡si no lo hace, nosotros lo acusaremos, lo juzgaremos y lo desterraremos de Roma para siempre!
Algunos de los boni habían acudido corriendo, desde dondequiera que sus negocios los tuvieran ocupados, llamados por clientes que habían enviado al Foro para seguir de cerca cualquier reunión de la Asamblea, incluso la menos sospechosa. Se estaba corriendo la voz de que Aulo Gabinio había comenzado a hablar de un mando militar contra los piratas, y los boni —por no hablar de otras muchas facciones— sabían que aquello significaba que Gabinio iba a pedirle a a plebe que le concediera ese mando a Pompeyo. Y no estaban dispuestos a consentir que ocurriese una cosa así. ¡De ninguna manera Pompeyo podía volver a recibir otro mando especial! ¡Nunca! Ello le permitiría creer que era mejor y más grande que sus iguales.
Con la libertad de mirar a su alrededor que Gabinio no tenía, César se fijó en que Bíbulo descendía hasta el fondo del Foso con Catón, Ahenobarbo y el joven Bruto detrás de él. Un interesante cuarteto. Servilia no se sentiría complacida si se enteraba de que su hijo se asociaba con Catón. Pero era evidente que Bruto comprendía este hecho; parecía un furtivo, como si le persiguieran. Quizás debido a eso no daba la impresión de estar escuchando lo que Gabinio decía, aunque Bíbulo, Catón y Ahenobarbo reflejaban con toda claridad la ira en sus rostros.
Gabinio seguía con lo suyo.
—Ese hombre necesita tener absoluta autonomía. No debe estar sometido a ninguna restricción por parte del Senado ni del pueblo una vez que comience. Eso, naturalmente, significa que le dotaremos de un imperio ilimitado… ¡pero no sólo en el mar! Su poder debe extenderse hasta cincuenta millas tierra adentro en todas las costas, y dentro de esa franja de tierra sus poderes tienen que ser superiores al imperio de cualquier gobernador provincial afectado. Deben concedérsele por lo menos quince legados de categoría propretoriana y la libertad de elegirlos y desplegarlos
él mismo, sin que nadie le ponga obstáculos. Si hace falta se le facilitará todo el contenido del Tesoro, y debe otorgársele igualmente el poder de reclutar todo lo que necesite, desde dinero hasta barcos y milicia local, en cada uno de los lugares que entren dentro del alcance de su imperium. Debe disponer de tantos barcos, flotas y flotillas como exija, y tantos soldados de Roma como pida.
Al llegar a dicho punto Gabinio se fijó en los recién llegados y dio un enorme y teatral respingo de sorpresa. Miró hacia abajo, a los ojos de Bíbulo, y luego sonrió con deleite. Ni Catulo ni Hortensio habían llegado, pero con Bíbulo, uno de los herederos de éstos, era suficiente.
—iSi concedemos este mando especial contra los piratas a un solo hombre, miembros de la plebe —continuó diciendo Gabinio a gritos—, entonces puede que veamos el final de la piratería! Pero si permitimos que ciertos elementos del Senado nos achanten o nos lo impidan, entonces nosotros, y no ningún otro cuerpo de hombres romanos, seremos, por nuestro fracaso a la hora de actuar, los responsables directos de los desastres que ocurran. ¡Librémonos de la piratería de una vez por todas! Ya es hora de que prescindamos de las medidas a medias y de los compromisos, y de que dejemos de dar coba a la supuesta importancia de familias e individuos que insisten en que el derecho de proteger a Roma les pertenece sólo a ellos. ¡Ha llegado el momento de acabar con esta actitud pasiva de no hacer nada! ¡Hay que empezar a hacer bien las cosas!
—¿No vas a decirlo, Gabinio? —le gritó Bíbulo desde el fondo del Foso.
Gabinio puso cara de inocente.
—¿Decir qué, Bíbulo?
—¡El nombre, el nombre, el nombre!
—No tengo ningún nombre, Bíbulo, sólo una solución.
—¡Tonterías! —resonó la voz ronca y estrepitosa de Catón—. ¡Eso es una absoluta tontería, Gabinio! ¡Claro que tienes un nombre, vaya si lo tienes! ¡El nombre de tu jefe, ese advenedizo picentino cuyo principal placer es destruir todas las tradiciones y costumbres de Roma! ¡Tú no estás
ahí arriba diciendo todo eso por puro patriotismo, sino que estás sirviendo los intereses de tu jefe, Cneo Pompeyo Magnus!
—¡Un nombre! ¡Catón ha pronunciado un nombre! —gritó Gabinio con aspecto de estar rebosante de júbilo—. ¡Marco Porcio Catón ha propuesto un nombre! —Gabinio se inclinó hacia adelante, dobló las rodillas, bajó la cabeza todo lo que pudo acercándola a Catón y añadió con mucha suavidad —: ¿No te han elegido tribuno militar por este año, Catón? ¿No te ha tocado en el sorteo ir a prestar servicio con Marco Rubrio en Macedonia? ¿Y no ha partido ya Marco Rubrio hacia su provincia? ¿No crees que deberías estar fastidiando en compañía de Rubrio en Macedonia en lugar de ser un fastidio aquí, en Roma? ¡Pero gracias por habemos propuesto un nombre! Yo no tenía ni idea de qué hombre podía ser el más adecuado hasta que tú has sugerido a Cneo Pompeyo Magnus.
Dicho lo cual levantó la sesión antes de que pudiera llegar ninguno de los tribunos de la plebe de los boni.
Bíbulo dio media vuelta con un breve tirón de cabeza en dirección a los otros tres; tenía los labios apretados y los ojos glaciales. Cuando llegó a la superficie de la parte inferior del Foro sacó una mano y agarró a Bruto por el antebrazo.
—Tú vas a llevar un mensaje de mi parte, joven —le dijo—, y luego vete a tu casa. Busca a Quinto Lutacio Catulo, a Quinto Hortensio y a Cayo Pisón el cónsul. Diles que se dirijan a mi casa cuanto antes.
Poco después los tres importantes líderes de los boni estaban sentados en el despacho de Bíbulo. Catón se encontraba allí todavía, pero Ahenobarbo se había marchado; Bíbulo consideraba que era demasiada carga intelectual para una reunión en la que también estuviera Cayo Pisón, que ya era bastante espeso de por sí sin necesidad de refuerzos.
—Todo ha sido demasiado discreto, y Pompeyo Magnus ha estado muy callado —dijo Quinto Lutacio Catulo, un hombre delgado de color arenoso cuya estirpe César se hacía menos evidente en él que la parte Domicio Ahenobarbo de su madre. Catulo César, el padre de Catulo, había sido un hombre más importante que éste; se había opuesto a un enemigo de mayor envergadura, Cayo Mario, y había perecido durante la espantosa matanza
que Mario había infligido a Roma al comienzo de su infame séptimo consulado. El hijo había quedado atrapado en una posición delicada al preferir quedarse en Roma durante los años del exilio de Sila, porque él nunca había confiado en que realmente Sila venciera a Cinna y a Carbón. Así que cuando Sila se convirtió en dictador, Catulo tuvo que moverse con gran cautela hasta que logró convencer al dictador de su lealtad. Fue Sila quien le había nombrado cónsul junto con Lépido, que se rebeló contra aquél, otra oportunidad desgraciada para Catulo. Aunque él, Catulo, había sido el vencedor de Lépido, fue Pompeyo quien consiguió el trabajo luchando contra Sertorio en Hispania, una empresa mucho más importante. En cierto modo ese tipo de cosas se habían convertido en la pauta de la vida de Catulo: no estar nunca en primera fila a fin de no sobresalir del modo en que lo había hecho su padre.
Amargado y ya bien entrado en la cincuentena, escuchó el relato de Bíbulo sin tener la menor idea de cómo enfrentarse a lo que Gabinio proponía, aparte de la técnica tradicional de unir al Senado para oponerse a cualquier mando especial.
Mucho más joven y movido por una mayor reserva de odio hacia los tipos guapos que sobresaldrían por encima de todos los demás, Bíbulo comprendía que demasiados senadores se inclinarían en favor del nombramiento de Pompeyo si la tarea que se le iba a encomendar era tan vital para Roma como lo era la erradicación de los piratas.
—No funcionará —le dijo a Catulo.
—¡Tiene que funcionar! —gritó Catulo al tiempo que daba una palmada
—. ¡No podemos permitir que ese patán picentino que es Pompeyo y todos sus secuaces dirijan Roma como si fuera una dependencia de Picenum! ¿Acaso Picenum es algo más que un estado periférico italiano lleno de presuntos romanos que en realidad descienden de galos? Mirad a Pompeyo Magnus… ¡es un galo! Mirad a Gabinio… ¡es un galo! Y sin embargo, ¿se espera que nosotros, los auténticos romanos, nos rebajemos ante Pompeyo Magnus? ¿Que lo elevemos a una posición aún más prestigiosa de lo que los auténticos romanos podemos tolerar? ¡Magnus! ¿Cómo es posible que
un patricio romano como Sila permitiese que Pompeyo tomara un nombre que significa grande?
—¡Estoy de acuerdo! —dijo con fiereza Cayo Pisón—. ¡Es intolerable! Hortensio suspiró.
—Sila lo necesitaba, y se habría prostituido a Mitrídates o a Tigranes si ésa hubiera sido la única manera de volver del exilio para gobernar en Roma —dijo encogiéndose de hombros. —De nada sirve despotricar contra Sila —dijo Bíbulo—. Tenemos que conservar la cabeza sobre los hombros, de lo contrario perderemos esta batalla. Gabinio tiene las circunstancias de su parte. Y la realidad sigue siendo, Quinto Catulo, que el Senado no ha solucionado lo de los piratas, y no creo que el buen Metelo tenga éxito en Creta. El saqueo de Ostia era sólo la excusa que Gabinio necesitaba para proponer esta solución.
—¿Estás diciendo que no lograremos impedir que Pompeyo consiga el mando que Gabinio sugiere? —le preguntó Catón.
—Sí, eso es.
—Pompeyo no puede vencer contra los piratas —dijo Cayo Pisón esbozando una agria sonrisa.
—Exactamente —dijo Bíbulo—. Puede ser que tengamos que contemplar cómo la plebe le otorga ese mando especial; pero luego nos quedaremos tranquilamente recostados en el asiento y haremos caer a Pompeyo de una vez por todas en cuanto fracase.
—No —intervino Hortensio—. Hay un modo de impedir que Pompeyo consiga el encargo. Proponer otro nombre que la plebe preferirá al de Pompeyo.
Se hizo un breve silencio que fue roto por el brusco sonido de la mano de Bíbulo al aporrear el escritorio.
—¡Marco Licinio Craso! —dijo a gritos—. ¡Brillante, Hortensio, muy brillante! Es tan bueno como Pompeyo y tiene un apoyo colosal entre los caballeros de la plebe. A ellos lo único que les importa es no perder dinero, y los piratas les hacen perder millones y millones cada año. Nadie en Roma olvidará nunca cómo manejó Craso la campaña contra Espartaco. Ese
hombre es un genio para la organización, tan imparable como una avalancha y tan despiadado como el viejo rey Mitrídates.
—No me gusta ese hombre ni lo que representa, pero es cierto que tiene la sangre que hace falta —dijo Cayo Pisón complacido—. Y sus posibilidades no son menores que las de Pompeyo.
—Muy bien, pues. Pidámosle a Craso que se ofrezca voluntario para el mando especial contra los piratas —indicó Hortensio con satisfacción—. ¿Quién irá a proponérselo?
—Lo haré yo —dijo Catulo. Miró seriamente a Pisón—. Mientras tanto, cónsul, te sugiero que tus funcionarios convoquen una sesión del Senado mañana al amanecer. Gabinio no ha convocado otra reunión de la plebe, así que nosotros sacaremos a colación el asunto en la Cámara y aseguraremos un consultum que le indique a la plebe que nombre a Craso.
Pero otra cosa se interpuso antes, como había de descubrir Catulo cuando localizó a Craso en su casa unas horas más tarde.
César había abandonado apresuradamente las gradas del Senado y se había ido directamente desde el Foro a las oficinas de Craso, que estaban situadas en una ínsula detrás del Macellum Cuppedenis, un mercado de flores y especias que el Estado se había visto obligado a subastar unos años antes, por lo que habían pasado a ser propiedad privada; había sido la única manera de poder sostener las campañas de Sila en el Este contra Mitrídates. Craso, que en aquella época era un hombre joven, no disponía de dinero para comprarlo; durante las proscripciones de Sila tuvo lugar otra subasta, y entonces Craso ya se hallaba en posición de pujar fuertemente. Así que ahora poseía una gran cantidad de selectas propiedades detrás del borde oriental del Foro, entre las que se contaban una docena de almacenes donde los mercaderes almacenaban sus preciosos granos de pimienta, nardo, incienso, canela, bálsamos, perfumes y demás productos aromáticos.
Craso era un hombre corpulento, más alto de lo que aparentaba a causa de su anchura, y no tenía ni un gramo de grasa. El cuello, los hombros y el tronco eran de constitución robusta, y eso, combinado con cierta placidez
que emanaba de su rostro, había hecho que todos cuantos le conocían le vieran un cierto parecido con un buey; un buey que daba cornadas. Se había casado con la viuda de sus dos hermanos mayores, una señora sabina de muy buena familia llamada Axia a la que todo el mundo conocía como Tertula, porque se había casado con tres hermanos; Craso tenía dos prometedores hijos, aunque el mayor, Publio, era en realidad hijo de su hermano Publio y de Tertula. Al joven Publio le faltaban diez años para llegar al Senado, mientras que el hijo de Craso, Marco, era algunos años más joven. Nadie podía ponerle peros a Craso como hombre de familia; hacía ostentación de su amor, y su devoción familiar era famosa. Pero la familia no era su verdadera pasión. Marco Licinio Craso tenía una sola pasión: el dinero. Algunos decían de él que era el hombre más rico de Roma, aunque César pensó, mientras subía las lúgubres y estrechas escaleras que llevaban a su guarida, situada en el quinto piso de la ínsula, que no era para tanto. La fortuna de los Servilios Cepiones era infinitamente mayor, así como también lo era la fortuna del hombre que motivaba la visita que iba a hacerle a Craso, Pompeyo el Grande.
Que hubiera preferido subir cinco tramos de escaleras en lugar de ocupar un local más cómodo en una planta más baja era típico de Craso, quien conocía las rentas muy bien. Cuanto más alto fuera el piso más bajo era el alquiler. ¿Por qué desperdiciar unos cuantos miles de sestercios utilizando él mismo uno de los rentables pisos inferiores que podía alquilar? Además, subir escaleras era un buen ejercicio. Y a Craso tampoco le importaban las apariencias; se sentaba ante un escritorio situado en un rincón de aquella habitación, que era un continuo torbellino, para tener a todos sus empleados de mayor categoría ante sus ojos, y no le importaba en absoluto que le empujasen con el codo o que hablasen a voz en grito.
—¡Es hora de tomar un poco de aire fresco! —gritó César al tiempo que hacía un movimiento con la cabeza para indicar la puerta que quedaba detrás de él.
Craso se levantó inmediatamente para seguir a César escaleras abajo y salir a otra clase diferente de torbellino, el del Macellum Cuppedenis.
César y Craso eran buenos amigos, lo habían sido desde que César sirviera con Craso en la guerra contra Espartaco. A muchos les resultaba extraña aquella peculiar amistad, porque las diferencias que había entre ellos cegaban a los observadores con respecto a las similitudes existentes, mucho mayores. Bajo aquellas dós contrastadas fachadas existía la misma clase de acero, cosa que ellos comprendían muy bien, aunque el mundo no.
Ninguno de los dos hacía lo que habría hecho la mayoría de los hombres, por ejemplo, acercarse a un famoso establecimiento de comidas y comprar sabrosa carne de cerdo con especias envuelta en un hojaldre deliciosamente ligero hecho a base de cubrir la pasta de harina con manteca fría, doblarla y enrollarla para luego ponerle más manteca, y repetir así el proceso muchas veces. César, como de costumbre, no tenía hambre, y Craso consideraba un despilfarro comer en ningún sitio que no fuera su propia casa. En lugar de ello encontraron una pared para apoyarse entre una concurrida escuela de niños de ambos sexos que recibían lecciones al aire libre y un puesto de granos de pimienta.
—Muy bien, ahora estamos a salvo de oídos curiosos —dijo Craso al tiempo que se rascaba el cuero cabelludo, que se había hecho de pronto visible después de que durante el año que había pasado como cónsul de Pompeyo se le cayera la mayor parte del pelo, hecho que Craso atribuía a la preocupación de tener que ganar mil talentos extra para reponer lo que se había gastado en asegurarse de que acabaría siendo el cónsul con mejor reputación entre el pueblo. Ni siquiera se le pasaba por la cabeza que lo más probable era que la calvicie se debiera a su edad, pues aquel año cumpliría cincuenta. Para él era algo irrelevante. Marco Craso le echaba la culpa de todo a las preocupaciones por el dinero.
—Pronostico que esta tarde recibirás una visita nada menos que de nuestro querido Quinto Lutacio Catulo —dijo César con los ojos fijos en una adorable niñita morena que asistía a aquella clase improvisada.
—¿Ah, sí? —repuso Craso con la mirada fija en el exorbitante precio que estaba escrito con tiza en una tabla apoyada contra un tarro de cerámica vidriada de pimienta de Taprobane—. ¿Qué flota en el aire, César?
—Deberías haber abandonado tus libros de cuentas y haber venido a la reunión de la Asamblea Plebeya que se ha celebrado hoy —le dijo César.
—¿Ha sido interesante?
—Fascinante, aunque no inesperada, al menos para mí. Tuve una pequeña conversación con Magnus el año pasado, así que ya estaba preparado. Dudo que nadie más lo estuviera, salvo Afranio y Petreyo, quienes me acompañaban en las gradas de la Curia Hostilia. Me atrevería a decir que pensaron que alguien podía oler de qué parte soplaba el viento si se quedaban en el Foso de los Comicios. Cicerón también me acompañaba, pero a él le movía sólo la curiosidad. Tiene un olfato maravilloso para presentir a qué reuniones merece la pena asistir.
Como no era tonto, políticamente hablando, Craso apartó la mirada de los carísimos granos de pimienta y la fijó en César.
—¡Vaya! ¿Qué pretende conseguir nuestro amigo Magnus?
—Gabinio le propuso a la plebe que legislase conceder un imperium ilimitado, y todo lo demás también absolutamente ilimitado, a un solo hombre. Naturalmente, no nombró a ese hombre. El objeto de todo ello es acabar con los piratas —dijo César, que sonrió cuando vio cómo una niña le estampaba la pizarra encerada en la cabeza al niño que tenía a su lado.
—Un trabajo ideal para Magnus —dijo Craso.
—Desde luego. Por cierto, tengo entendido que ha estado haciendo los deberes durante más de dos años. No obstante, esa misión no gozará de popularidad en el Senado, ¿no crees?
—No entre Catulo y sus muchachos.
—Ni entre la mayoría de los miembros del Senado, pronostico yo. Nunca le perdonarán a Magnus que les obligase a legitimar su deseo de ser cónsul.
—Yo tampoco —dijo Craso con aire lúgubre. Tomó aire—. Así que tú crees que Catulo me pedirá que me presente yo para ese trabajo en oposición a Pompeyo.
—Estoy seguro.
—Tentador —dijo Craso, cuya atención se vio atraída hacia la escuela porque el niño estaba llorando y el pedagogo intentaba evitar una riña
general entre sus pupilos.
—Pues no te sientas tentado de aceptar, Marco —le dijo César con suavidad.
—¿Por qué no?
—No saldría bien, Marco. Créeme, no saldría bien. Si Magnus está tan preparado como creo que está, permite que le den a él el trabajo. Tus negocios sufren los efectos de la piratería tanto como cualquier otro negocio. Si eres inteligente te quedarás en Roma y recogerás los beneficios que supone el hecho de que las vías marítimas estén libres de piratas. Ya conoces a Magnus. Hará el trabajo, y lo hará bien. Pero todos los demás estarán esperando a ver qué pasa. Puedes sacar partido de este escepticismo, aunque dure muchos meses, pues ello te permitirá estar preparado para cuando lleguen los buenos tiempos, que seguro que vendrán —dijo César.
Aquél era, como bien sabía César, el argumento más convincente que se podía esgrimir ante Craso.
Este asintió y se incorporó.
—Me has convencido —dijo; y miró fugazmente al sol—. Es hora de trabajar un poco más en mis libros de contabilidad antes de que me vaya a casa a recibir a Catulo.
Los dos hombres se abrieron paso despreocupadamente entre el caos que había caído sobre la escuela, y César, al pasar junto a la niña, le dedicó una sonrisa cómplice a la causante de todo ello.
—¡Adiós, Servilia! —le dijo.
Craso, que estaba a punto de marcharse en la otra dirección, pareció sobresaltado.
—¿La conoces? —le preguntó—. ¿Es una Servilia?
—No, no la conozco —respondió César desde cierta distancia, ya a quince pies—. Pero me recuerda vivamente a la futura suegra de Julia.
Y así fue como, cuando Pisón el cónsul convocó al Senado al amanecer del día siguiente, las lumbreras principales de aquel colectivo no habían
podido encontrar un rival digno de proponer para que se opusiera a Pompeyo; la entrevista de Catulo con Craso había fracasado.
La noticia que flotaba en el aire se había ido corriendo desde las gradas posteriores, de unas a otras, y la oposición se había endurecido desde todos los frentes, con gran deleite por parte de los boni. El fallecimiento de Sila era demasiado reciente para que la mayor parte de aquellos hombres hubiesen olvidado cómo había tenido al Senado sometido a chantaje, a pesar de sus favores; y Pompeyo había sido su mascota, su ejecutor. Pompeyo había matado a demasiados senadores de entre los seguidores de Cinna y Carbón, también había matado a Bruto y había obligado al Senado a consentir que él fuese elegido cónsul sin haber sido siquiera senador. Y este último crimen era el más imperdonable de todos. Los censores Lentulo Clodiano y Publícola todavía ejercían gran influencia en favor de Pompeyo, pero sus empleados más poderosos, Filipo y Cetego, ya no estaban; uno se había retirado y llevaba una vida voluptuosa y el otro había cumplido con los trámites de la muerte.
No era pues tan sorprendente que cuando aquella mañana entraron en la Curia Hostilia con las togas de censores de color púrpura puestas, Lentulo Clodiano y Publícola decidieran, tras mirar tantas caras serias, que aquel día no hablarían en favor de Pompeyo el Grande. Ni tampoco lo haría Curión, otro empleado de Pompeyo. En cuanto a Afranio y el viejo Petreyo, sus habilidades retóricas eran tan limitadas que tenían órdenes estrictas de no intentarlo siquiera. Craso se encontraba ausente.
—¿No va a venir Pompeyo a Roma? —le preguntó César a Gabinio cuando se percató de que Pompeyo no estaba allí.
—Ya está en camino —le respondió Gabinio—, pero no comparecerá hasta que su nombre se mencione en la plebe. Ya sabes cómo odia al Senado.
Una vez que se efectuaron los augurios y que Metelo Pío, el pontífice máximo, hubo dirigido las plegarias, Pisón —que ostentaba las fasces durante febrero porque Glabrio se había marchado hacia el Este— dio comienzo a la reunión.
—En primer lugar, me doy cuenta —dijo desde la silla curul que ocupaba, situada sobre la elevada plataforma que quedaba al fondo de la cámara— de que la reunión de hoy no está, según estipula la legislación reciente de Aulo Gabinio, tribuno de la plebe, relacionada con los asuntos que han de tratarse en febrero. Ahora bien, puesto que concierne a un mando extranjero, sí que lo está. Todo lo cual viene al caso. ¡Nada en esa lex Gabinia puede impedir que la reunión de este cuerpo trate asuntos urgentes de cualquier tipo durante el mes de febrero! —Se puso en pie; era un Calpurnio Pisón típico, pues era alto, muy moreno y poseía unas cejas muy pobladas—. Este mismo tribuno de la plebe, Aulo Gabinio, de Picenum —señaló con un gesto de la mano la parte posterior de la cabeza de Gabinio, que se encontraba más abajo que él en el extremo de la izquierda del banco tribunicio—, ayer, sin notificárselo primero a este cuerpo, convocó la Asamblea de la plebe y les dijo a sus miembros, o a los pocos que se encontraban presentes, qué había que hacer para librarnos de la piratería. ¡Sin consultarnos, sin consultar a nadie! ¡Dijo que pusiésemos imperio ilimitado, dinero y fuerzas en el regazo de un solo hombre! No mencionó ningún nombre. Pero, ¿quién de nosotros puede dudar de que sólo había un nombre dentro de esa cabeza picentina suya? Este Aulo Gabinio y su compañero picentino, Cayo Cornelio, el tribuno de la plebe que no pertenece a ninguna familia distinguida, a pesar de su nomen, ya nos han ocasionado a nosotros, los que hemos heredado Roma como responsabilidad nuestra, más problemas de los necesarios desde que entraron en posesión de sus cargos. Yo, por ejemplo, me he visto obligado a redactar una contralegislación contra los sobornos que tienen lugar en las elecciones curules. Yo, por ejemplo, he sido astutamente privado de un colega en el consulado de este año. Yo, por ejemplo, he sido acusado de innumerables crímenes relacionados con los sobornos electorales.
»Todos los aquí presentes hoy sois conscientes de la gravedad de esta nueva lex Gabinia propuesta ahora, y también sois conscientes de hasta qué punto infringe cualquier aspecto de la mos maiorum. Pero no es deber mío abrir este debate, sólo conducirlo. De modo que, como es demasiado pronto
en el año como para que ningún magistrado electo se halle presente, procederé a llamar primero a los pretores de este año y pediré un portavoz.
Como el orden del debate ya había sido establecido, ningún pretor se ofreció voluntario, y tampoco ningún edil, ni curul ni plebeyo; Cayo Pisón pasó a las filas de los consulares, situados a ambos lados de la Cámara. Eso significaba que la más poderosa pieza de artillería oratoria dispararía primero: Quinto Hortensio.
—Honorable cónsul, censores, magistrados, consulares y senadores — empezó a decir—. ¡Es hora de que acabemos de una vez para siempre con las llamadas misiones militares especiales! Todos sabemos por qué el dictador Sila incorporó esa cláusula en su enmienda a la constitución: para poder utilizar los servicios de un hombre que no pertenecía a este augusto y venerable cuerpo; un caballero de Picenum que tuvo la presunción de reclutar y acaudillar tropas al servicio de Sila cuando contaba poco más de veinte años, y que, una vez que hubo probado la dulzura de la descarada inconstitucionalidad, continuó adhiriéndose a ella… ¡aunque se negó a adherirse al Senado! Cuando Lépido se sublevó, él ocupó la Galia Cisalpina, y tuvo incluso la temeridad de ordenar la ejecución de un miembro de una de las mejores y más antiguas familias de Roma:
Marco Junio Bruto, cuya traición, si es que realmente puede considerarse como tal, la determinó este cuerpo al incluir a Bruto en el decreto que ponía a Lépido fuera de la ley. ¡Un decreto que no le daba a Pompeyo el derecho de hacer que un secuaz le cercenase la cabeza a Bruto en el mercado de Regium Lepidum! ¡Ni de incinerar la cabeza y el cuerpo, y luego enviar las cenizas desenfadadamente a Roma con una nota breve y semianalfabeta de explicación!
»Después de lo cual, Pompeyo mantuvo sus preciadas legiones picentinas en Módena hasta que obligó al Senado a que le encomendara a él, ¡que no era senador ni magistrado!, la misión de ir a Hispania con imperium proconsular, gobernar la parte de la provincia más cercana en nombre del Senado y hacer la guerra contra Quinto Sertorio. Cuando durante todo el tiempo, padres conscriptos, teníamos en la provincia ulterior un hombre eminente de adecuada familia y circunstancias, el buen Quinto
Cecilio Metelo, pontífice máximo, que ya combatía contra Sertorio. ¡Un hombre que, añado, hizo más por derrotar a Sertorio de lo que nunca hiciera este extraordinario y no senatorial Pompeyo! ¡Aunque fuese Pompeyo quien se llevó la gloria, quien recogió los laureles!
Hortensio, que era un hombre guapo de imponente presencia, se dio la vuelta despacio describiendo un círculo; dio la impresión de que miraba a cada uno de los presentes a los ojos, un truco que ya había utilizado con anterioridad y que había causado efecto en los tribunales de justicia durante más de veinte años.
—Y luego, ¿qué hace este don nadie picentino, Pompeyo, cuando regresa a nuestro amado país? ¡Contra lo estipulado en la constitución, trae a su ejército a través del Rubicón y entra en Italia, donde lo asienta y procede a chantajeamos para que permitamos que se presente a cónsul! No tuvimos otra elección. Pompeyo se convirtió en cónsul. ¡Y aun hoy, padres conscriptos, me niego con todas las fibras de mi ser a otorgarle ese abominable nombre de Magnus que él mismo se concedió! ¡Porque él no es grande! ¡Es un forúnculo, un carbúnculo, una pútrida llaga infectada en el maltratado pellejo de Roma!
»¿Cómo se atreve Pompeyo a dar por supuesto que puede volver a chantajear a este cuerpo de nuevo? ¿Cómo osa poner en esto a su secuaz Gabinio, ese lameculos? Imperio ilimitado, fuerzas ilimitadas y dinero ilimitado. ¡Por favor! ¡Cuando durante todo este tiempo el Senado tiene un comandante muy capaz en Creta que está haciendo un excelente trabajo! Repito, ¡un excelente trabajo! ¡Excelente, excelente! —El estilo asiánico de la oratoria de Hortensio estaba ahora en pleno apogeo, y la Cámara se había instalado cómodamente, sobre todo porque estaba de acuerdo con cada palabra que él decía, para escuchar a uno de sus mejores oradores de todos los tiempos—. Yo os digo, colegas miembros de esta Cámara, que nunca consentiré en que se otorgue ese mando. ¡No importa el nombre que quiera dársele! ¡Sólo en nuestra época ha tenido Roma que recurrir al imperium ilimitado, al mando sin límites! ¡Son anticonstitucionales, desmedidos e inaceptables! ¡Nosotros limpiaremos el mar Nuestro de piratas, pero lo haremos al estilo romano, no al estilo picentino!
En este punto Bíbulo empezó a vitorear y a mover rítmicamente los pies, y toda la Cámara se unió a él. Hortensio se sentó, sonrojado a causa de la dulce victoria.
Aulo Gabinio había estado escuchando impasible; al final se encogió de hombros y levantó las manos.
—¡El estilo romano ha degenerado hasta un punto tal de ineficacia que quizás fuera mejor llamarlo el estilo pisidiano! —dijo con voz fuerte cuando los vítores se apagaron—. Si Picenum es lo que necesita este trabajo, entonces tiene que ser Picenum. Porque, ¿qué es Picenum, si no es Roma? ¡Trazas fronteras geográficas, Quinto Hortensio, que no existen!
—¡Cierra la boca, cierra la boca, cierra la boca! —gritó Pisón al tiempo que se ponía en pie de un salto y bajaba del estrado curul para enfrentarse al banco tribunicio que quedaba debajo—. ¿Te atreves a hablar sobre Roma, tú, un galo que ha salido de un nido de galos? ¿Te atreves a poner en el mismo montón a la Galia y a Roma? ¡Ojo, pues, Gabinio el galo, no vayas a sufrir la misma suerte que Rómulo y no regreses nunca de tu expedición de caza!
—¡Una amenaza! —gritó Gabinio poniéndose en pie de un brinco—. ¿Lo habéis oído, padres conscriptos? ¡Me amenaza con matarme, porque eso fue lo que le ocurrió a Rómulo! ¡Fue asesinado por hombres que no eran dignos ni de atarle las botas, que le acechaban en las marismas de la Cabra del Campo de Marte!
Estalló un griterío infernal, pero Pisón y Catulo lograron acallarlo, pues no querían que la Cámara se disolviese antes de tener oportunidad de decir lo que tenían que decir. Gabinio había vuelto a encaramarse en su asiento, situado al flnal del banco donde se sentaban los tribunos de la plebe, y estuvo contemplándolo todo con ojos brillantes mientras el cónsul y el consular consumían sus turnos en un intento de apaciguar, con chasquidos de la lengua, y convencer a los hombres de que volvieran a poner el trasero sobre los taburetes.
Y luego, cuando más o menos reinaba de nuevo la tranquilidad y Pisón estaba a punto de preguntarle a Catulo su opinión, Cayo Julio César se puso en pie. Como llevaba puesta su corona cívica, y por ello se le podía
equiparar a cualquier consular a la hora de hacer uso de la palabra, Pisón, que le tenía antipatía, le echó una sucia mirada que lo invitaba a sentarse de nuevo. César permaneció de pie, por lo que Pisón se puso furioso.
—¡Déjalo hablar, Pisón! —gritó Gabinio—. ¡Está en su derecho! Aunque no ejercía su privilegio oratorio en la Cámara muy a menudo,
César era reconocido como el único rival auténtico de Cicerón; el estilo asiánico de Hortensio había dejado de gozar de favor desde la llegada del estilo ateniense de Cicerón, más sencillo pero más poderoso, y César también prefería ser ático. Si había una cosa que todos los miembros del Senado tenían en común, era que eran expertos en la apreciación de la oratoria. Aunque esperaban a Catulo, todos optaron por César.
—Como ni Lucio Belieno ni Marco Sextilio han vuelto todavía a nuestro seno, creo que hoy soy el único miembro presente en esta Cámara que ha sido capturado alguna vez por piratas —dijo con aquella voz alta y absolutamente clara que adoptaba para los discursos en público—. Ello me convierte, por decirlo así, en un experto en el tema, si la pericia puede derivar de la experiencia de primera mano. A mí no me resultó una prueba edificante, y mi aversión empezó en el momento en que vi aquellas dos galeras de guerra perfectamente equipadas avanzando hacia mi pobre y lento bajel mercante. Porque, padres conscriptos, fuí informado por el capitán de mi barco de que intentar ofrecer resistencia armada con toda seguridad daría como resultado muertes, cosa que sería inútil. Y yo, Cayo Julio César, tuve que rendir mi persona a un vulgar individuo llamado Polígono, que había estado sometiendo a pillaje a los mercaderes en aguas lidias, carias y licias durante más de veinte años.
»Aprendí mucho durante los cuarenta días que permanecí prisionero de Polígono —continuó diciendo César en tono más desenfadado—. Aprendí que hay un baremo de rescate ya prefijado para todos los prisioneros que son demasiado valiosos para que se les envíe a los mercados de esclavos o para quedar encadenados al servicio de esos piratas en sus propias guaridas. Para un simple ciudadano romano significa la esclavitud. Un simple ciudadano romano no vale doscientos sestercios, que es el precio más bajo que podría reportar en los mercados de esclavos. Para un centurión romano
o un romano situado en la mitad de la jerarquía de los publicani, el rescate es medio talento. Para un caballero romano en lo alto de la escala, o publicano, el precio es un talento. Para un noble romano de alta familia que no sea miembro del Senado, el precio es de dos talentos. Para un senador romano pedarius, el rescate es de diez talentos. Para un senador romano que tenga la categoría de magistratura junior, cuestor, edil o tribuno de la plebe, el rescate es de veinte talentos. Para un senador romano que ha ostentado el cargo de pretor o cónsul, el rescate es de cincuenta talentos. Cuando son capturados al completo con lictores y fasces, como en el caso de nuestros dos últimos pretores, el precio se eleva a cien talentos cada uno, como hemos sabido hace sólo unos días. Los censores y los cónsules notables reportan cien talentos. Aunque no estoy seguro de qué valor le darían los piratas a cónsules como nuestro querido Cayo Pisón, aquí presente… ¿un talento, quizás? Yo no pagaría más por él, os lo aseguro. Pero claro, ¡yo no soy un pirata, aunque a veces me hago preguntas acerca de Cayo Pisón a ese respecto!
»Se espera que uno durante el cautiverio —continuó César del mismo modo informal— palidezca de miedo y se ponga a suplicar por su vida. Algo que estas julianas rodillas mías no están acostumbradas a hacer… y no hicieron. Yo pasaba el tiempo reconociendo el terreno, calculando la posible resistencia ante un ataque, investigando qué partes estaban protegidas, mirando los alrededores. También empleé el tiempo en aseguranne de que cuando se pagara mi rescate, que era de cincuenta talentos, yo regresaría, tomaría el lugar, enviaría a las mujeres y a los niños a los mercados de esclavos y crucificaría a los hombres. Consideraron que aquello era una broma maravillosa. Me aseguraron que yo no podría encontrarlos nunca. Pero sí que los encontré, padres conscriptos, y tomé el lugar, y envié a las mujeres y a los niños a los mercados de esclavos, y también crucifiqué a los hombres. Podría haber traído conmigo a mi regreso los rostra de cuatro barcos piratas para adornar las tribunas, pero como utilicé a los rodios para la expedición, se los llevaron ellos para colocarlos encima de una columna en Rodas, junto al nuevo templo de Afrodita que contribuí a construir con mi parte del botín.
»Ahora bien, Polígono era sólo uno entre cientos de piratas de ese extremo del Mare Nostrum, y ni siquiera se trataba de un pirata importante, si es que hay que clasificarlos en categorías. Fijaos, Polígono había tenido una época tan lucrativa trabajando él solo con cuatro galeras, que no vio la utilidad de aunar fuerzas con otros piratas para formar una pequeña armada bajo el mando de un almirante competente como Lastenes o Panares… o Farnaces o Megadates, para acercarse un poco más a casa. Polígono se contentaba con pagar quinientos denarios a un espía en Mileto o en Priene a cambio de información sobre los barcos que merecía la pena abordar. ¡Y qué diligentes eran sus espías! Ningún botín importante les pasaba inadvertido. En el tesoro que tenía había muchas joyas hechas en Egipto, lo cual indica que atacaba naves entre Pelusio y Pafos también. Así que su red de espías debía de haber sido enorme. Y pagaba sólo la información que le reportaba una buena presa, naturalmente, no les pagaba de modo rutinario. Si uno mantiene a los hombres en la escasez y con la nariz afilada, al final, aparte de más barato, es también más efectivo.
»No obstante, aunque son nocivos y suponen una gran molestia, los piratas como Polígono son un asunto de escasa importancia comparados con las flotas piratas comandadas por almirantes piratas. Éstas no necesitan esperar a que pase un barco solitario, o barcos en convoyes desarmados. Estas pueden atacar flotas de barcos de transporte llenos de grano escoltados por galeras soberbiamente armadas. Y luego proceden a vender a intermediarios romanos aquello que desde un principio era de Roma, aquello que ya se había comprado y pagado. No es de extrañar que las barrigas romanas se encuentren vacías, y que la mitad de ese vacío sea producido por la falta de grano y la otra mitad porque el poco grano que hay se venda a tres o cuatro veces su precio, a pesar de la lista de precios que han llevado a cabo los ediles.
César hizo una pausa, pero nadie quiso intervenir, ni siquiera Pisón, cuyo rostro estaba enrojecido por el insulto que le habían lanzado como quien no quiere la cosa.
—No necesito insistir en un punto porque no le veo ninguna utilidad — continuó diciendo César sin alterarse—. Ha habido gobernadores
provinciales nombrados por este cuerpo que se han confabulado con los piratas para proporcionarles instalaciones portuarias, comida e incluso vinos de solera en determinadas franjas de la costa que de otro modo habrían estado cerradas a la ocupación de los piratas. Todo ello salió a la luz pública durante el juicio de Cayo Verres, y aquellos de vosotros que os encontráis hoy aquí sentados y que, o bien os dedicasteis a esta práctica, o bien permitisteis que otros se dedicasen a ella, sabéis bien quiénes sois. Y si el destino de mi pobre tío Marco Aurelio Cotta ha de tener algún sentido, que os sirva de ejemplo de que el paso del tiempo no es garantía de que no se os vaya a pedir cuentas de los crímenes cometidos, reales o imaginarios.»Ni tampoco pienso insistir en otro punto tan obvio que es muy viejo y está ya muy gastado. A saber, que hasta ahora Roma, ¡y al decir Roma me refiero tanto al Senado como al pueblo!, ni siquiera ha tocado el problema de la piratería, y mucho menos ha empezado a combatirlo. No hay manera alguna de que un hombre en un insignificante lugar, ya sea ese punto Creta, las Baleares o Licia, pueda tener esperanza de poner fin a las actividades de los piratas. Atacan en un lugar, y luego lo único que ocurre es que los piratas cogen sus bártulos y se van navegando a otra parte. ¿Acaso ha logrado Metelo en Creta cortarle realmente la cabeza a algún pirata? Lastenes y Panares no son más que dos de las cabezas que posee esa monstruosa hidra, y las otras todavía permanecen sobre sus hombros y siguen navegando por los mares que rodean Creta.
»¡Lo que hace falta no es sólo la voluntad de triunfar, no es sólo el deseo de triunfar, no es sólo la ambición de triunfar! —gritó César subiendo el tono de la voz—. Lo que hace falta es un esfuerzo supremo en todos los lugares de una vez, una operación dirigida por una sola mano, una sola mente, una sola voluntad. Y mano, mente y voluntad han de pertenecer a un hombre cuya destreza en la organización sea también conocida y esté tan sometida a prueba que nosotros, el Senado y el pueblo de Roma, podamos confiarle a él la tarea con la seguridad de que por una vez nuestro dinero, nuestros hombres y nuestro material no sean desperdiciados. —Tomó aliento—. Aulo Gabinio ha sugerido un hombre. Un hombre que es consular y cuya carrera indica que puede hacer el trabajo como hay que hacerlo.
¡Pero yo lo haré mejor todavía que Aulo Gabinio, y sí nombraré a ese hombre! ¡Propongo que este cuerpo otorgue mando contra los piratas con imperium ilimitado en todos los aspectos a Cneo Pompeyo Magnus!
—¡Tres hurras para César! —gritó Gabinio saltando encima del banco tribunicio con las dos manos puestas por encima de la cabeza—. ¡Yo también digo lo mismo! ¡Otorgad el mando en esta guerra contra la piratería a nuestro general más notable, a Cneo Pompeyo Magnus!
Toda la atención, con Pisón al frente, se volvió de César a Gabinio; Pisón saltó del estrado curul, agarró salvajemente a Gabinio y tiró de él hacia abajo. Pero el cuerpo de Pisón le sirvió a Gabinio de protección, así que se agachó, esquivó un puñetazo que se le acercaba con fuerza, se remangó la toga alrededor de los muslos por segunda vez en dos días y se precipitó hacia las puertas con medio Senado persiguiéndole.
César se abrió camino entre los taburetes volcados hacia donde estaba sentado Cicerón, pensativo y con la barbilla apoyada en la palma de una mano; puso en pie el taburete volcado que había junto a Cicerón y se sentó a su lado.
—Magistral —le dijo Cicerón.
—Ha sido muy amable por parte de Gabinio desviar las iras de mi cabeza hacia la suya —le indicó César mientras suspiraba y estiraba las piernas.
—Es más difícil lincharte a ti. Tienen una barrera levantada en el interior de la cabeza porque eres un patricio juliano. Y en cuanto a Gabinio, él es, ¿cómo lo expresó Hortensio?, un secuaz lameculos. A lo que hay que añadir, aunque se sobreentiende que es picentino y pompeyano, por lo cual se le puede linchar impunemente. Además él estaba más cerca de Pisón que tú, y no se ha ganado eso —añadió Cicerón señalando la corona de hojas de roble que llevaba César—. Creo que quizás haya muchas ocasiones en que media Roma quiera lincharte a ti, César, pero sería un grupo interesante el que lo consiguiera. Y, desde luego, no estaría dirigido por gente de la calaña de Pisón.
Los ruidos de gritos y de violencia del exterior fueron subiendo de tono; a continuación Pisón volvió a entrar en la cámara con varios miembros de
los profesionales de la plebe detrás de él. Catulo, que entró a continuación, se escondió detrás de una de las puertas abiertas, y Hortensio detrás de la otra. Pisón cayó en manos de los atacantes, que volvieron a arrastrarlo, con la cabeza sangrando, al exterior.
—Vaya, parece que va en serio —observó Cicerón con un frío interés—.
Quizás linchen a Pisón.
—Espero que así sea —dijo César sin inmutarse.
Cicerón soltó una risita.
—Bueno, si tú no te mueves para ayudar, no veo por qué habría de hacerlo yo.
—Oh, Gabinio los convencerá para que no lo hagan, y así quedará de maravilla. Además, esto está más tranquilo aquí arriba.
—Precisamente ése es el motivo por el que trasladé aquí mi esqueleto. —¿Deduzco que estás a favor de que Magnus obtenga ese mando
gigantesco? —inquirió César.
—Decididamente sí. Es un buen hombre, aunque no pertenezca a los boni. Nadie más tiene esperanza; de poder hacerlo, me refiero.
—La hay, para que lo sepas. Pero a mí no me darían el trabajo de todos modos, y yo creo que en realidad Magnus puede hacerlo.
—¡Vanidoso! —gritó Cicerón atónito. —Hay una diferencia entre verdad y vanidad. —¿Pero tú la conoces? —Desde luego.
Guardaron silencio durante un rato; luego, al tiempo que el ruido exterior empezaba a apagarse, ambos hombres se levantaron, descendieron hasta el suelo de la cámara y salieron resueltamente al pórtico.
Allí se veía claramente que la victoria había sido para los pompeyanos;
Pisón estaba sangrando sentado en un escalón; lo atendía Catulo, pero de
Quinto Hortensio no había ni señal.
—¡Tú! —gritó Catulo con rencor cuando César pasó a su lado—. ¡Qué traidor eres para los de tu clase, César! Justo como te dije hace años, cuando viniste a rogarme que te dejara servir en mi ejército contra Lépido.
No has cambiado y nunca cambiarás. ¡Siempre de parte de esos demagogos mal nacidos que están decididos a destruir la supremacía del Senado!
—Con la edad que tienes, Catulo, me imaginaba que ya podrías haberte dado cuenta de que sois vosotros, los tipos ultraconservadores con la boca fruncida como el ano de un gato, quienes haréis eso —le dijo César sin apasionamiento—. Yo creo en Roma y en el Senado. Pero tú no le haces ningún bien oponiéndote a unos cambios que tu propia incompetencia han hecho necesarios.
—¡Yo defenderé a Roma y al Senado de Pompeyo y de los de su calaña hasta el día que muera!
—Cosa que, viéndote, es posible que no esté tan lejos.
Cicerón, que se había acercado a oír lo que Gabinio estaba diciendo subido a la tribuna, volvió al pie de las gradas.
—¡Otra reunión de la plebe pasado mañana! —anunció a gritos al tiempo que agitaba la mano para decir adiós.
—He ahí a otro que nos destruirá —dijo Catulo curvando los labios con desprecio—. ¡Un advenedizo Hombre Nuevo con el don de la palabra y una cabeza demasiado grande para entrar por esas puertas!
Cuando la Asamblea Plebeya se reunió, Pompeyo estaba en la tribuna al lado de Gabinio, que ahora propuso su lex Gabinia de piratis persequendis con un nombre ya decidido: Cneo Pompeyo Magnus. A juzgar por las aclamaciones quedó claro que era del agrado de todos. Aunque era un orador mediocre, Pompeyo tenía en su persona algo más valioso, que era un físico lozano, abierto, honrado y cautivador, desde los grandes ojos azules hasta la amplia y franca sonrisa. Y esa cualidad, reflexionó César, que estaba observando y escuchando desde los escalones del Senado, él no la tenía. Aunque tampoco la codiciaba. Era el estilo de Pompeyo, pero el suyo funcionaba igual de bien con la gente.
La oposición de aquel día a la lex Gabinia de piratis persequendis iba a ser más formal, aunque probablemente no menos violenta; los tres tribunos de la plebe conservadores estaban en la tribuna, muy visibles, Trebelio de
pie un poco más adelante que Roscio Otón y Glóbulo, para dejar bien claro que el líder era él.
Pero antes de que Gabinio entrase en los detalles de su proyecto de ley, invitó a hablar a Pompeyo, y ninguno de los miembros del núcleo irreductible de Senado, desde Trebelio o Catulo hasta Pisón, intentó impedírselo; la multitud estaba de su parte. Estuvo todo muy bien hecho. Pompeyo comenzó afirmando enérgicamente que él había puestb sus armas al servicio de Roma desde su más temprana juventud, y que ya estaba muy cansado de que se le llamara para servir a Roma una vez más otorgándole otro de aquellos mandos especiales. Continuó enumerando todas sus campañas —tenía más campañas que años, dijo al tiempo que dejaba escapar un suspiro melancólico—, y luego explicó que los celos y el odio aumentaban cada vez que volvía a hacerlo, cada vez que salvaba a Roma. ¡Oh, él no quería que hubiese más celos, más odio! Sólo deseaba que lo dejasen ser un hombre de familia, un hacendado del campo, un caballero particular. Y les suplicó a Gabinio y a la multitud, con ambas manos extendidas, que buscasen a otro.
Naturalmente nadie se tomó aquello en serio, aunque, desde luego, todos aprobaron de corazón la modestia de Pompeyo. Lucio Trebelio solicitó permiso a Gabinio, el presidente del colegio, para hablar, pero éste se lo negó. Cuando, a pesar de todo, lo volvió a intentar, la multitud ahogó sus palabras con abucheos, gritos de protesta y silbidos. Así que cuando Gabinio continuó adelante con el procedimiento, Lucio Trebelio sacó la única arma de la que Gabinio no podía hacer caso omiso.
—¡Interpongo mi veto contra la lex Gabinia de piratis persequendis! — gritó en tono enérgico.
Se hizo el silencio.
—Retira el veto, Trebelio —le pidió Gabinio. —No pienso hacerlo. ¡Veto la ley de tu jefe! —No me obligues a tomar medidas, Trebelio.
—¿Qué medidas puedes tomar, Gabinio, aparte de arrojarme desde le roca Tarpeya? Y eso no puede cambiar mi veto. Estaré muerto, pero no se aprobará esta ley tuya —dijo Trebelio.
Aquélla era la verdadera prueba de fuerza, porque ya habían pasado los tiempos en que las reuniones podían degenerar en violencia con impunidad para el hombre que convocaba la reunión, los tiempos en que una airada plebe podía intimidar físicamente a los tribunos para que retirasen el veto mientras el hombre que presidía la plebe se mantenía como un inocente espectador. Gabinio sabía que si estallaba un disturbio durante aquella reunión formal de la plebe, él tendría que rendir cuentas ante la ley. Por ello resolvió el problema de una manera constitucional que nadie podría censurar.
—Puedo pedir a esta Asamblea que legisle tu abandono del cargo, Trebelio —le advirtió Gabinio—. ¡Retira el veto!
—Me niego a retirar el veto, Aulo Gabinio.
Había treinta y cinco tribus de ciudadanos romanos. Todos los procedimientos de voto en las asambleas se realizaban a través de las tribus, lo que significaba que al final de la votación de varios miles de hombres, sólo se registraban treinta y cinco votos reales. En las elecciones todas las tribus votaban simultáneamente, pero cuando se trataba de aprobar leyes las tribus votaban una después de otra, y lo que ahora pretendía Gabinio era una ley para deponer a Lucio Trebelio. Por ello Gabinio llamó a las treinta y cinco tribus a votar sucesivamente, y una tras otra votaron que había que deponer a Trebelio. La mayoría la constituían dieciocho votos, así que eso era todo lo que necesitaba Gabinio. En solemne silencio y perfecto orden, la votación se llevó a cabo inexorablemente: Suburana, Sergia, Palatina, Ouirina, Horacia, Aniense, Menenia, Oufentina, Maecia, Pompetina, Estelatina, Clustumina, Tromentina, Voltinia, Papiria, Fabia… La tribu que votaba en decimoséptimo lugar era Cornelia, y el voto fue el mismo. Deponer a Lucio Trebelio.
—¿Ves, Lucio Trebelio? —preguntó Gabinio volviéndose hacia su colega con una gran sonrisa—. Diecisiete tribus seguidas han votado contra ti. ¿Llamo a los hombres de Camilia para que hagan dieciocho y con ello se llegue a la mayoría, o estás dispuesto a retirar tu veto?
Trebelio se pasó la lengua por los labios, miró desesperadamente a Catulo, a Hortensio, a Pisón, y luego al remoto y distante pontífice máximo,
Metelo Pío, que debía haber hecho honor al hecho de pertenecer a los boni, pero que desde su regreso de Hispania cuatro años antes había cambiado: ahora era un hombre callado, un hombre resignado. Sin embargo, fue a él a quien Trebelio dirigió su apelación.
—Pontífice máximo, ¿qué debo hacer? —le preguntó a gritos.
—La plebe ha puesto de manifiesto cuáles son sus deseos en ese asunto, Lucio Trebelio —le dijo Metelo con voz clara y potente, sin la menor vacilación—. Retira el veto. La plebe te ha mandado que retires el veto.
—Retiro el veto —dijo Trebelio; se dio la vuelta sobre los talones y se retiró a la parte de atrás de la plataforma de la tribuna.
Pero, una vez resumido el proyecto de ley, Gabinio ya no parecía tener prisa porque se aprobara. Le pidió a Catulo que hablase, y luego a Hortensio.
—Un muchacho listo, ¿eh? —dijo Cicerón, un poco molesto de que nadie le pidiera a él que hablase—. ¡Escucha a Hortensio! ¡Anteayer, en el Senado, dijo que moriría antes de que se aprobase ningún otro mando especial más con imperio ilimitado! Hoy sigue en contra de los mandos especiales con imperio ilimitado, pero si Roma insiste en crear este animal, entonces que sea Pompeyo, a ningún otro debería ponérsele la cuerda en la mano. Eso nos dice ciertamente de qué lado sopla el viento en el Foro, ¿no?
Y así era en realidad. Pompeyo concluyó la reunión derramando unas cuantas lágrimas y anunciando que si Roma insistía, entonces a él no le quedaba más remedio que echar sobre sus hombros aquella nueva carga, a pesar del agotamiento letal que produciría. Después de lo cual Gabinio levantó la sesión, de momento sin haberse recogido la votación. Sin embargo, el tribuno de la plebe Roscio Otón tuvo la última palabra. Enojado, frustrado, deseando matar a toda la plebe, se adelantó hasta el borde de la tribuna y levantó el puño derecho; luego, muy lentamente, extendió el dedo medicus en toda su longitud y lo movió en el aire.
—¡Métetelo por el culo, plebel —dijo riendo Cicerón, pues apreciaba aquel gesto inútil.
—Así que estás contento de concederle a la plebe un día para meditar el voto, ¿eh? —le preguntó a Gabinio cuando el colegio bajó de la tribuna.
—Lo haré todo exactamente como deba hacérse.
—¿Cuántos proyectos de ley?
Uno general, luego otro que le concede el mando a Cneo Pompeyo, y un tercero para detallar las condiciones de su mando.
Cicerón cogió por el brazo a Gabinio y echó a andar.
—Me ha encantado ese trocito del final del discurso de Catulo. ¿A ti no? Ya sabes, cuando Catulo le preguntó a la plebe qué ocurriría si Pompeyo resultaba muerto. En ese caso, ¿a quién pondría la plebe en su lugar?
Gabinio se dobló de la risa.
—Y todos gritaron a la vez: «¡A ti, Catulo! ¡A ti y a nadie más que a ti!» —¡Pobre Catulo! Veterano de una derrota en una batalla de una hora
librada a la sombra del Quirinal.
—Pero lo ha comprendido.
—Lo han jodido —dijo Cicerón—. Ése es el problema que tiene ser un núcleo irreductible. Que uno contiene el orificio posterior fundamental.
Al final Pompeyo consiguió más de lo que Gabinio había pedido: su imperio fue maius en el mar y abarcaba hasta cincuenta millas tierra adentro desde todas las costas, lo que significaba que su autoridad superaba la de todos los gobernadores provinciales y la de aquellos que tenían mandos especiales, como Metelo Pequeña Cabra en Creta y Lúculo en su guerra contra los dos reyes. Nadie podía contradecirle si no había una revocación de la ley en la Asamblea Plebeya. Dispondría de quinientos barcos a expensas de Roma y de todos aquellos que necesitase en cualquier ciudad o estado costeros; contaría con una tropa de ciento veinte mil hombres y de todos los que considerase necesario reclutar de las provincias; dispondría también de cinco mil soldados de caballería; tendría veinticuatro legados de categoría pretoriana, todos ellos elegidos por él, y dos cuestores; se le entregarían de inmediato ciento cuarenta y cuatro millones de sestercios procedentes del Tesoro, y más cuando lo necesitase. En resumen, la plebe le otorgaba un mando como nunca se había visto otro igual.
Pero, para hacerle justicia, Pompeyo no malgastó el tiempo sacando pecho y refregándole la victoria por la cara a personas como Catulo y Pisón; estaba demasiado ansioso por empezar lo que había planeado hasta el último detalle. Y, por si necesitaba más pruebas de la confianza del pueblo en su capacidad para acabar con la piratería en alta mar de una vez para siempre, podía observar con orgullo el hecho de que el día en que las leges Gabiniae fueron aprobadas, el precio del grano bajó en Roma.
Aunque algunos se extrañaron de ello, Pompeyo no eligió a sus dos antiguos lugartenientes de Hispania, Afranio y Petreyo, para formar parte de sus legados. En cambio trató de suavizar los temores de los boni eligiendo hombres irreprochables como Sisenna y Varrón, dos de los Manlios Torcuatos, Lentulo Marcelino y Metelo Nepote, el más joven de los dos hermanastros de su esposa Mucia Tercia. No obstante, fue a sus dóciles censores, Publícola y Lentulo Clodiano, a quienes dio los mandos más importantes; a Publícola el del mar Toscano, y a Lentulo Clodiano el del mar Adriático. Italia reposó entre ellos, segura y a salvo.
Dividió el mar Medio en trece regiones, a cada una de las cuales destinó a un comandante y a un segundo, naves, tropas y dinero. Y esta vez no habría insubordinaciones ni asunción de iniciativa por parte de ninguno de sus legados.
—No puede ocurrir lo mismo que en Arausio —aseguró gravemente en la tienda de mando, en una reunión con los legados antes de que la gran empresa diera comienzo—. Si a uno de vosotros se le ocurre siquiera tirarse un pedo en una dirección que previamente no haya establecido yo en persona como la dirección correcta para tirarse pedos, le cortaré las pelotas y lo enviaré a los mercados de eunucos de Alejandría —dijo; y lo decía en serio—. Mi imperio es maius, y eso significa que puedo hacer lo que me plazca. Desde el primero hasta el último de vosotros recibirá órdenes escritas tan detalladas y completas que ni siquiera tendréis que decidir por vosotros mismos qué cenaréis pasado mañana. Vosotros haréis lo que se os diga. Si alguno no está dispuesto a obedecer, que hable ahora. De lo contrario cantará como una soprano en la corte del rey Ptolomeo. ¿Entendido?
—Puede que no sea elegante en la fraseología o en las metáforas —le dijo Varrón a Sisenna, su colega literatus—, pero no se le puede negar que tiene una manera maravillosa para convencer a la gente de que lo que dice va en serio.
—No puedo dejar de imaginarme a un todopoderoso aristócrata como Lentulo Marcelino echando las amígdalas al trinar para deleite del rey Ptolomeo, el flautista de Alejandría —dijo Sisenna con una expresión soñadora en el rostro, y ambos se echaron a reír.
Aunque la campaña no era cosa de risa. Se desarroiló con asombrosa rapidez y absoluta eficiencia exactamente del modo como Pompeyo la había planeado, y ni uno solo de sus legados osó hacer otra cosa que lo que dictaban las órdenes escritas que tenían. Si la campaña llevada a cabo en Africa por Pompeyo para Sila había asombrado a todos por su rapidez y eficacia, esta otra campaña oscureció a aquélla para siempre.
Empezó en el extremo oeste del mar Medio, y utilizó las naves, las tropas y —sobre todo— los legados para aplicar a las aguas un barrido naval y militar. Barrer, barrer, siempre barriendo un confuso e impotente montón de piratas bajo la escoba; cada vez que un destacamento pirata huía en busca de refugio en la costa africana, gálica, hispánica o ligur, no lo hallaba en absoluto, porque dondequiera que fuese había un legado esperándolo. Como gobernador de ambas Galias, el cónsul Pisón emitió la orden de que ninguna de las dos provincias a su cargo había de proporcionar ayuda de ninguna clase a Pompeyo, por lo que el delegado de Pompeyo en aquella zona, Pomponio, se vio obligado a luchar para conseguir resultados. Pero Pisón también mordió el polvo cuando Gabinio le amenazó con legislar su cese de las provincias que le correspondían si no desistía en su actitud. Como las deudas que tenía iban en aumento con espantosa rapidez, Pisón necesitaba las Galias para recuperarse de sus pérdidas, así que desistió.
El propio Pompeyo siguió el barrido de oeste a este, programando su visita a Roma justo en el centro del trayecto para coincidir con las acciones de Gabinio contra Pisón, y parecía más magnífico que nunca cuando públicamente convenció a Gabinio para que no se mostrara tan canalla.
—¡0h, qué farsante! —exclamó César mientras se lo contaba a su madre, aunque sin ánimo de crítica.
A Aurelia, sin embargo, no le interesaban los manejos que se producían en el Foro.
—Tengo que hablar contigo, César —le indicó mientras se instalaba cómodamente en una silla en el tablinum de su hijo.
La jovialidad de César desapareció; dejó escapar un suspiro.
—¿Sobre qué?
—Sobre Servilia.
—No hay nada que decir, mater.
—¿Le has hecho algún comentario a Craso sobre Servilia? —le preguntó su madre.
César frunció el entrecejo.
—¿A Craso? No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué vino ayer Tertula a verme para ver si pescaba algo? —Aurelia soltó una carcajada—. ¡No hay mejor pescadora en Roma que Tertula! Le viene de su ascendencia sabina, supongo. Las colinas no son terreno de pesca para nadie excepto para los verdaderos expertos con la caña.
—Te juro que no le he comentado nada, mater.
—Bueno, pues Craso tiene una vaga sospecha, y se la ha comunicado a su esposa. Supongo que sigues prefiriendo mantener el asunto de Servilia en secreto, ¿no es así? ¿Tienes intención de reanudar la relación cuando haya nacido la criatura?
—Sí, ésa es mi intención.
—Entonces, César, te sugiero que le eches un poco de tierra en los ojos a Craso. No me preocupa ese hombre, ni tampoco su esposa sabina, pero los rumores siempre empiezan en alguna parte, y esto es un comienzo.
César frunció todavía más el entrecejo.
—¡0h, qué fastidio, los rumores! A mí particularmente no me preocupa la parte que me toca en esto, mater, pero no tengo queja alguna contra el pobre Silano, y sería mucho mejor que nuestros hijos permanecieran ignorantes de la situación. No creo que la paternidad del niño se pueda
poner en duda, puesto que tanto Silano como yo somos rubios, y en cambio Servilia es muy morena. Resulte como resulte la criatura, si no se parece a su madre, el niño tanto podrá ser de Silano como mío.
—Cierto. Estoy de acuerdo contigo, César. ¡Aunque de veras desearía que hubieras elegido a otra que no fuera Servilia!
—Ya lo he hecho, ahora que a ella su estado le impide estar disponible. —¿Te refieres a la esposa de Catón? César lanzó un gruñido.
—¡La esposa de Catón! Es demasiado aburrida.
—A la fuerza tiene que serlo para poder sobrevivir en aquella casa.
Las manos de César descansaron sobre el escritorio que tenía delante; se puso serio de pronto.
—Muy bien, mater. ¿Qué sugieres?
—Creo que deberías volver a casarte.
—No quiero volver a casarme.
—¡Ya lo sé! Pero es el mejor modo de arrojar un poco de tierra a los ojos de todos. Si, como parece, es probable que el rumor empiece a circular, lo mejor es crear un nuevo rumor que lo eclipse.
—Muy bien, volveré a casarme.
—¿Tienes alguna mujer en particular con la que te apetezca casarte? —Ninguna, mater. Soy arcilla en tus manos.
Aquello complació a Aurelia de inmediato; suspiró llena de satisfacción.
—¡Estupendo! —Dime a quién has elegido.
—A Pompeya Sila.
—¡Dioses, no! —gritó César espantado—. ¡Cualquier mujer menos ésa! —Tonterías. Pompeya Sila es ideal.
—Pompeya Sila tiene la cabeza tan vacía que podría usarse como cubilete de dados —murmuró César entre dientes—. Por no hablar de que es onerosa, holgazana y monumentalmente tonta.
—Una esposa ideal —afirmó Aurelia—. Tus escarceos amorosos no le preocuparán, es demasiado estúpida para poder sumar dos y dos, y tiene una fortuna propia lo suficientemente adecuada para todas sus necesidades. Además es sobrina segunda tuya al ser hija de Cornelia Sila y nieta de Sila,
y los Pompeyos Rufos son una rama más respetable de esa familia picentina que la rama a la que pertenece Magnus. Tampoco está en la primera juventud… no sería una novia inexperta para ti.
—Yo tampoco estaría dispuesto a tomar una que lo fuera —dijo César con aire lúgubre—. ¿Tiene hijos?
—No, aunque su matrimonio con Cayo Servilio Vatia duró tres años. Fíjate, no creo que Cayo Vatia gozara de buena salud. Su padre, el hermano mayor de Vatia Isáurico, por si hace falta que te lo recuerde, murió demasiado joven para entrar en el Senado, y prácticamente lo único que la Roma política obtuvo del hijo fue darle un consulado. Que muriera antes de poder asumir el cargo era típico de su carrera. Pero ello significa que Pompeya es viuda, y por lo tanto más respetable que una mujer divorciada.
Aurelia comprendió que César estaba pensándolo, por lo que permaneció sentada y no blandió más argumentos; ya había lanzado la idea, y César podía manejarla por sí solo.
—¿Cuántos años tiene Pompeya Sila? —le preguntó César con voz pausada.
—Veintidós, creo.
—¿Y Mamerco y Cornelia Sila lo aprobarían? Por no hablar de Quinto Pompeyo Rufo, su hermanastro, y Quinto Pompeyo Rufo, su hermano.
—Mamerco y Cornelia Sila me preguntaron si te interesaría casarte con ella, así es como se me ocurrió a mí la idea —le confesó Aurelia—. En cuanto a sus hermanos, el verdadero es demasiado joven para que se le consulte seriamentc, y el hermanastro lo único que teme es que Mamerco se la coloque a él en su casa en lugar de pernútir que Cornelia Sila le de cobijo.
César se echó a reír con una risa irónica.
—¡Veo que la familia entera está confabulada contra mí! —Se puso serio—. De todos modos, mater, no creo que un ave joven tan exótica como Pompeya Sila consintiera en vivir en un apartamento de la planta baja justo en medio de Subura. Podría resultar una dolorosa prueba para ti. Cinnilla era tanto tu hija como tu nuera, ella nunca te habría disputado el derecho de
gobernar este particular gallinero aunque hubiera vivido cien años. Mientras que una hija de Cornelia Sila quizás tenga visiones de grandeza.
—No te preocupes por mí, César —dijo Aurelia poniéndose en pie muy satisfecha; él también estaba a punto de hacerlo—. Pompeya Sila hará lo que se le diga, y se aguantará tanto conmigo como con este apartamento.
Así fue como Cayo Julio César tomó su segunda esposa, que era nieta de Sila. La boda fue tranquila, a ella sólo asistió la familia próxima, y tuvo lugar en la domus de Mamerco, en el Palatino, entre escenas de gran regocijo, en particular por parte del hermanastro de la novia, que se veía ahora liberado de la horrorosa perspectiva de tener que darle cobijo.
Pompeya era muy hermosa, toda Roma lo decía, y César —que no era precisamente un novio ardiente— decidió que Roma tenía razón. Su nueva esposa tenía el pelo rojizo oscuro y los ojos de un color verde luminoso, una especie de compromiso de reproducción entre el rojo dorado de la familia de Sila y el rojo zanahoria de los Pompeyos Rufos, supuso César; la cara tenía la forma oval clásica y poseía unos huesos bien estructurados, buena figura y una estatura considerable. Pero ni la más mínima luz de inteligencia brillaba en aquellas órbitas de color hierba, y los planos del rostro eran tan lisos que parecían de mármol muy pulido. Vacío. Casa para alquilar, pensaba César mientras la llevaba en brazos entre una regocijada pandilla de invitados desde el Palatino hasta el apartamento de su madre, en Subura, fingiendo que la tarea le resultaba mucho más ligera de lo que era en realidad. Nada le obligaba a llevarla en brazos todo el trayecto, sólo tenía que hacerlo para traspasar el umbral del nuevo hogar de la mujer, pero César era una persona que siempre se empeñaba en demostrar que era mejor que el resto de la gente que le rodeaba, y ello se extendía a las hazañas de fuerza que su delgadez parecía contradecir.
Ciertamente ello impresionó a Pompeya, que iba riéndose como una chiquilla, arrullando y arrojando puñados de pétalos de rosa ante los pies de César. Pero el acoplamiento nupcial fue una hazaña de fuerza menor que la del paseo nupcial; Pompeya pertenecía a esa escuela de mujeres que creían que lo único que tenían que hacer era tenderse de espaldas, abrir las piernas y dejar que las cosas ocurrieran. Oh, sí que hubo cierto placer en los
preciosos pechos y en aquel delicioso techo de paja que era el vello púbico color rojo oscuro —¡una auténtica novedad!—, pero Pompeya no era jugosa. Ni siquiera agradecida, y eso, pensó César, colocaba por delante de ella incluso a la pobre Atilia, aunque ésta fuera una criatura gris de pecho plano que estaba muy apagada a causa de los cinco años de matrimonio con el joven y pesado Catón. —¿Te apetece un tallo de apio? —le preguntó César a Pompeya al tiempo que se incorporaba en la cama y se apoyaba en un codo para mirarla.
La mujer parpadeó y al hacerlo las pestañas ridículamente largas y oscuras le aletearon.
—¿Un tallo de apio? —preguntó distraídamente.
—Para masticarlo mientras yo trabajo —dijo César—. Así tendrías en qué entretenerte, y yo oiría cómo cruje.
Pompeya soltó una risita tonta porque cierto joven encapuchado le había dicho en una ocasión que era el sonido más delicioso, igual que el agua cantarina que pasa por encima de piedras preciosas en el lecho de un arroyuelo.
—¡0h, qué tonto eres! —dijo.
Y César se dejó caer otra vez, pero no encima de ella. —Tienes toda la razón —dijo—. Soy verdaderamente tonto. Y por la mañana le comentó a su madre: —No esperes verme mucho por aquí, mater.
—Oh, vaya —dijo Aurelia plácidamente—. ¿Tan mal te ha ido? —¡Antes prefiero masturbarme! —dijo César lleno de rabia; y se
marchó antes de que su madre lo pusiera como un trapo por aquella vulgaridad.
César comenzaba a darse cuenta ahora que encargarse del cuidado de la vía Apia exigía desembolsos de dinero mucho mayores de lo que había imaginado, a pesar de la advertencia de su madre. La gran carretera que comunicaba Roma con Brundisium estaba pidiendo a gritos amorosos cuidados, pues nunca se había mantenido adecuadamente. Aunque tenía que
sufrir el fuerte pisoteo de innumerables ejércitos y las ruedas de incontables caravanas de transporte, era tan vieja que se daba por hecho que había de ser así; más allá de Capua se encontraba especialmente mal.
Los cuestores encargados del Tesoro aquel año se mostraban sorprendentemente comprensivos, aunque uno de ellos era el joven Cepión, cuya relación con Catón y los boni había hecho que César pensara que tendría que luchar incesantemente para conseguir fondos. Los fondos estaban a su disposición, pero, sencillamente, siempre eran insuficientes. Así que cuando el coste de la construcción de puentes o de la reparación de calzadas sobrepasaba la asignación de fondos públicos, César se veía obligado a contribuir con su propio dinero. En eso no había nada de extraordinario; Roma siempre esperaba donaciones privadas.
El trabajo, desde luego, le atraía enormemente, así que lo supervisaba en persona y realizaba toda la labor de ingeniería. Después de casarse con Pompeya apenas visitaba Roma. Seguía, naturalmente, el progreso de Pompeyo en aquella fabulosa campaña contra los piratas, y tenía que reconocer que a duras penas habría podido mejorarlo él mismo. Llegó hasta el punto de aplaudir la clemencia de Pompeyo cuando la guerra se desarrolló a lo largo de la costa de Cilicia y Pompeyo se ocupó de los miles de cautivos volviendo a instalarlos en ciudades desiertas lejos del mar. Desde luego, todo lo estaba haciendo del modo apropiado, e incluso se había asegurado de que su amigo y amanuense Varrón fuera condecorado con una corona naval por supervisar el reparto del botín de modo que ningún legado pudiera coger más que aquello a lo que tenía derecho, y el resto sirviera para engrosar considerablemente el Tesoro. Había tomado la fortaleza de Coracesium, situada en una cumbre, de la mejor manera posible, mediante sobornos llevados a cabo desde el interior, y cuando dicha plaza cayó, ningún pirata de los que quedaron con vida podía engañarse a sí mismo creyendo que Roma no era dueña ahora de lo que ya se había convertido en el Mare Nostrum, el Mar Nuestro. La campaña se había extendido hacia el interior del Euxino, y también allí Pompeyo se lo llevó todo por delante. Megadates y Farneces, su hermano gemelo con aspecto de
lagarto, habían sido ejecutados; el abastecimiento de grano a Roma estaba ahora organizado y garantizado en el futuro.
Sólo en el tema de Creta había fracasado, y eso fue debido a Metelo Pequeña Cabra, quien testarudamente se negó a honrar el imperium superior de Pompeyo y desairó a su legado Lucio Octavio cuando llegó para suavizar las cosas; se decía también que había sido la causa del fatal ataque de apoplejía de Lucio Cornelio Sisenna. Aunque Pompeyo hubiera podido deponerlo, eso habría supuesto entrar en guerra con él, como dejó bien claro Metelo. Así que al final Pompeyo hizo lo más sensato, le dejó Creta a Metelo y por ello acordó tácitamente compartir una diminuta parte de la gloria con el inflexible nieto de Metelo Macedónico. Porque aquella campaña contra los piratas era, como le había dicho Pompeyo a César, un simple calentamiento, una manera de estirar los músculos a fin de prepararlos para tareas más importantes.
Así Pompeyo no tenía intención de volver a Roma; permaneció en la provincia de Asia durante el invierno y se dedicó a apaciguarla, reconciliándola con una nueva ola de recaudadores de impuestos que sus propios censores habían hecho posible. Desde luego Pompeyo no tenía necesidad de volver a Roma, prefería estar en otra parte; tenía a otro leal tribuno de la plebe para sustituir al saliente Aulo Gabinio; de hecho tenía dos. Uno de ellos, Cayo Memmio, era hijo de su hermana y del primer marido de ésta, aquel Cayo Memmio que había perecido en Hispania mientras servía a las órdenes de Pompeyo contra Sertorio. El otro, Cayo Manilio, era el más capaz de los dos, y se le había asignado la tarea más difícil de todas: conseguir para Pompeyo el mando contra el rey Mitrídates y el rey Tigranes. Era, en opinión de César, que consideró prudente permanecer en Roma durante los meses de diciembre y enero, una tarea más fácil que la que Gabinio había tenido que afrontar; sencillamente porque Pompeyo había vencido decisivamente la oposición senatorial contra él al derrotar por completo a los piratas en el breve espacio de un verano; y con un coste mínimo teniendo en cuenta lo que habría podido costar la campaña; y demasiado rápido como para necesitar concesiones de terrenos para las tropas, primas para las ciudades y estados que habían cooperado en
él, y compensaciones por las flotas prestadas. Al final de aquel año, Roma estaba dispuesta a darle a Pompeyo cualquier cosa que quisiera.
En contraste, Lucio Licinio Lúculo había soportado un año atroz en el campo de batalla, pues había sufrido derrotas, motines y desastres. Todo lo cual lo situaba a él y a sus agentes en Roma en una posición que en manera alguna podía contrarrestar las pretensiones y argumentos de Manilio de que Bitinia, Pontus y Cilicia le fueran entregadas a Pompeyo, inmediatamente, y de que Lúculo fuera despojado por completo del mando y se le ordenase volver a Roma con deshonra. Glabrio perdería el control sobre Bitinia y Pontus, pero ello no podría estorbar el nombramiento de Pompeyo, puesto que Glabrio, actuando de forma avariciosa, se había apresurado a marcharse para gobernar su provincia en cuanto empezó a ejercer el consulado, con lo que no le hizo ningún servicio a Pisón. Y tampoco Quinto Marcio Rex, el gobernador de Sicilia, había obtenido logros notables. El Este era el blanco para Pompeyo el Grande.
No es que Catulo y Hortensio no lo intentasen. Libraron una batalla oratoria en el Senado y en los Comicios, oponiéndose todavía a aquellos mandos extraordinarios que lo abarcaban todo. Manilio iba a proponer que se le concediera a Pompeyo imperium maius otra vez, lo cual lo colocaría por encima de cualquier gobernador, y también quería proponer que se incluyera una cláusula que permitiría a Pompeyo hacer la guerra y la paz sin necesidad de preguntar o consultar ni al Senado ni al pueblo. No obstante, aquel año César no habló sólo en apoyo de Pompeyo. Como ahora era pretor en el Tribunal de Extorsión, Cicerón tronó en la Cámara y en los Comicios; y lo mismo hicieron los censores Publícola y Lentulo Clodiano, y Cato Escribonio Curión, y —¡un auténtico triunfo!— los consulares Cayo Casio Longino y… ¡nada menos que el propio Publio Servilio Vatia Isáurico en persona! ¿Cómo podían resistirse el Senado o el pueblo? Pompeyo obtuvo el mando y fue capaz de derramar una lágrima o dos cuando recibió la noticia mientras recorría Cilicia. ¡Oh, qué enorme peso el de aquellas despiadadas misiones especiales! ¡Oh, cómo deseaba volver a casa, a una vida de paz y tranquilidad! ¡Oh, qué agotamiento!
Servilia dio a luz a su tercera hija a primeros de setiembre, una niña pequeñita de cabello rubio cuyos ojos prometían permanecer azules. Como Junia y Junilla eran mucho mayores, y por lo tanto acostumbradas ya a sus nombres, esta Junia se llamaría Tercia, que significaba tercera y tenía un sonido agradable. El embarazo había transcurrido lentamente de un modo terrible desde que César decidiera no verla a mediados de mayo, cosa que se vio agravada por el hecho de que cuando más pesada se encontraba era cuando el tiempo resultaba más caluroso, y a Silano no le pareció prudente abandonar Roma para irse a la costa a causa del estado de gestación en que ella se hallaba y a su edad. Silano había continuado mostrándose bueno y considerado. Nadie que los observase habría podido sospechar que las cosas no andaban bien entre ellos. Sólo Servilia detectó una expresión nueva en la mirada de su marido, una mirada en parte herida y en parte triste, pero como la compasión no formaba parte de su naturaleza, Servilia no le concedió más importancia que cualquier otro hecho de la vida y no suavizó su actitud hacia él.
Como sabía que las habladurías le harían llegar a César la noticia del nacimiento de su hija, Servilia no intentó ponerse en contacto con él. Un asunto difícil de todos modos, empeorado ahora por la nueva esposa de César. ¡Qué impresión le había causado aquello! Parecía que de pronto una bola de fuego hubiera salido de la nada desde un cielo despejado para aplastarla, para matarla, para reducirla a cenizas. Los celos la corroían noche y día, porque ella, naturalmente, conocía a la joven señora. Nada de inteligencia, ninguna profundidad… ¡pero tan hermosa con aquel cabello rojo y aquellos ojos verdes tan vivos! Además nieta de Sila, muy rica y con todas las relaciones convenientes y un pie en cada bando del Senado. ¡Qué inteligente por parte de César gratificar los sentidos al tiempo que fortalecía su posición política! Porque al no tener manera de comprobar el estado de ánimo de su amado, Servilia supuso automáticamente que aquél era un matrimonio por amor. ¡Bueno, pues que se pudriera! ¿Cómo podría vivir
ella sin César? ¿Cómo podría vivir sabiendo que alguna otra mujer significaba más que ella misma para César? ¿Cómo podría seguir viviendo?
Bruto, naturalmente, veía a Julia con regularidad. A los dieciséis años y convertido ya oficialmente en hombre, a Bruto le revolvía la idea del embarazo de su madre. El, un hombre, tenía una madre que todavía… que todavía… ¡Oh, dioses, qué vergüenza! ¡ Qué humillación!
Pero Julia veía las cosas de un modo diferente, y así se lo dijo a Bruto. —Qué bonito para ella y Silano —le había dicho la niña de nueve años
sonriendo con ternura—. No debes enfadarte con ella, Bruto, de verdad. ¿Qué pasaría si después de haber estado casados durante veinte años o así nosotros tuviéramos un hijo más? ¿Comprenderías tú el enojo de tu hijo mayor?
Bruto tenía la piel peor de lo que la había tenido un año atrás: siempre en estado de erupción, llagas amarillas y granos rojos, úlceras que picaban o quemaban, que necesitaban rascarse, comprimirse o arrancarse. El odio hacia sí mismo había avivado el odio hacia la condición en que se hallaba su madre, y ahora le era dificil guardárselo ante aquella pregunta razonable y caritativa. Puso mala cara y gruñó, pero luego repuso de mala gana:
—Comprendería su enojo, sí, porque yo lo siento ahora. Pero también comprendo lo que quieres decir.
—Pues eso no está mal, para empezar —dijo la pequeña sabia—. Servilia ya no es lo que se dice una niña, avia me lo explicó y me dijo que necesitaría mucha ayuda y comprensión.
—Lo intentaré por ti, Julia —dijo Bruto.
Y se fue a casa dispuesto a intentarlo.
Todo lo cual se redujo a la insignificancia cuando a Servilia se le presentó la oportunidad menos de dos semanas después de haber dado a luz a Tercia. Su hermano Cepión fue a visitarla con interesantes noticias.
Como era uno de los cuestores urbanos, a principios de aquel año lo habían destinado a la reserva para ayudar a Pompeyo en su campaña contra los piratas, pero nunca había pensado que necesitaran que saliera de Roma.
—¡Pero me han mandado llamar, Servilia! —le comunicó a gritos con la felicidad asomándole en los ojos y en la sonrisa—. Cneo Pompeyo quiere
que se le envíen dinero e informes a Pérgamo, y es a mí a quien corresponde hacer el viaje. ¿No es maravilloso? Podré atravesar por Macedonia y así visitaré a mi hermano Catón. ¡Lo echo muchísimo de menos!
—Me alegro por ti —dijo Servilia con apatía, sin que le interesase lo más mínimo la pasión que Cepión sentía por Catón, ya que había formado parte de la vida de todos ellos durante veintisiete años.
—Pompeyo no me espera hasta diciembre, así que si me pongo en camino inmediatamente puedo pasar bastante tiempo con Catón antes de continuar el viaje —siguió diciendo Cepión, todavía en aquel estado de ánimo de felicidad por lo que le aguardaba—. El tiempo se mantendrá sin cambios hasta que me marche de Macedonia, y podré continuar por carretera. —Se estremeció—. ¡Odio el mar!
—Últimamente libre de piratas, según he oído decir.
—Gracias, pero prefiero la tierra firme.
Luego Cepión quiso conocer a la pequeña Tercia; le dijo ternezas e hizo chasquidos con la lengua, movido tanto por el auténtico cariño como por obligación, y comparó a la hija de su hermana con su propia criatura, una niña tambien.
—Una carita preciosa —dijo cuando se disponía a marcharse—. Unos huesos realmente muy distinguidos. Me pregunto de dónde los habrá sacado.
«Oh —pensó Servilia—. ¡Y yo aquí engañándome a mí misma y diciéndome que soy la única que ve el parecido con César!» Sin embargo, aunque su sangre era la de los Porcio Catón, Cepión carecía de malicia, de manera que aquel comentario había sido del todo inocente.
La mente le cambió de ese pensamiento a otro que era su continuación habitual, la actitud indigna y manifiesta de Cepión para heredar los frutos del Oro de Tolosa, seguida de un ardiente resentimiento al pensar que su propio hijo, Bruto, no pudiera heredar nada. Cepión, el cuco en el nido de su familia. El hermano de padre y madre de Catón, no de ella.
Hacía meses que Servilia era incapaz de concentrarse en nada que no fuera la perfidia de César al casarse con aquella joven boba y deliciosa,
pero aquellas reflexiones sobre el destino del Oro de Tolosa fluían ahora hacia un horizonte completamente diferente que no estaba nublado por las emociones que le producía César. Porque miró por la ventana abierta y vio que Sinón bajaba haciendo ágiles piruetas por la galería situada en el lado más alejado del jardín peristilo. A Servilia le encantaba aquel esclavo, aunque aquel sentimiento no era casual. Había pertenecido a su marido, pero poco después de casarse, ella le había pedido dulcemente a Silano que le traspasase la propiedad de Sinón. Una vez cumplimentada la escritura de traspaso, Servilia había llamado a su presencia a Sinón y le había informado de su cambio de situación; pensaba que el esclavo se horrorizaría, aunque albergaba esperanzas de que no fuese así. Y no se había horrorizado, sino que había recibido la noticia con júbilo, por lo que ella, desde entonces, lo amaba.
—Hace falta que cada cual se conozca a sí mismo —había comentado él descaradamente.
—Si es así, Sinón, has de tener presente que yo soy tu superior, yo tengo el poder.
—Comprendo —contestó él esbozando una sonrisa satisfecha—. Eso está bien, ¿sabes? Mientras Décimo Junio era mi dueño siempre existía la tentación de llevar las cosas demasiado lejos, y eso bien hubiera podido dar como resultado mi perdición. Contigo por dueña, nunca se me olvidará mirar dónde piso. ¡Muy bien, muy bien! Pero recuerda, domina, que soy tuyo para lo que ordenes.
Y en efecto, Servilia le había dado algunas órdenes de vez en cuando. Catón, ella lo sabía desde la infancia, no le temía absolutamente a nada excepto a las arañas grandes y peludas, que lo dejaban sumido en un pánico que lo hacía hablar de forma ininteligible. De modo que a Sinón se le permitía de vez en cuando salir de ronda por los alrededores de Roma en busca de arañas grandes y peludas, y se le pagaba extraordinariamente bien por introducirlas en casa de Catón, en la cama, en el canapé o en los cajones del escritorio. Y además ni una sola vez lo habían descubierto haciéndolo. La hermana de padre y madre de Catón, Porcia, que estaba casada con Lucio Domicio Ahenobarbo tenía un horror permanente a los escarabajos
gordos, por lo que Sinón los cazaba y los introducía en aquella casa. A veces Servilia le daba instrucciones para que descargase miles de gusanos, pulgas, moscas, grillos o cucarachas en alguna de las dos residencias, y enviaba notas anónimas que contenían maldiciones con gusanos o pulgas o la maldición que viniera al caso. Esas actividades habían mantenido entretenida a Servilia, pero desde que César había entrado en su vida habían dejado de ser necesarias, y Sinón había dispuesto de todo el tiempo sólo para él. No se mataba a trabajar excepto para procurar aquellas plagas de insectos, pues el manto de la señora Servilia lo envolvía.
—¡Sinón! —le llamó ella.
Sinón se detuvo, se dio la vuelta, se acercó dando saltos por la galería y dobló la esquina hacia el cuarto de estar de Servilia. Era un tipo bastante guapo, tenía cierta gracia y despreocupación que lo hacían agradable a aquellos que no le conocían bien; Silano, por ejemplo, seguía teniendo muy buen concepto de él, y también Bruto. De complexión ligera, era una persona morena, de piel oscura, ojos y pelo castaño claro, y orejas, barbilla y dedos puntiagudos. No era de extrañar que muchos de los sirvientes hicieran la señal para protegerse del mal de ojo cuando aparecía Sinón. Tenía cierto aire de sátiro.
—¿Domina? —preguntó al tiempo que saltaba por el alféizar de la ventana.
—Cierra la puerta, Sinón, y luego cierra también las contraventanas. — ¡Oh, qué bien! ¡Trabajo! —dijo él obedeciendo.
—Siéntate. Sinón se sentó y se quedó mirándola con una mezcla de curiosidad y descaro. ¿Arañas? ¿Cucarachas? ¿Acaso su dueña ascendería y se graduaría en serpientes?
—¿Qué te parecería tu libertad, Sinón, acompañada de una abultada bolsa de oro? —le preguntó Servilia.
Eso no se lo esperaba. Durante un momento el sátiro se desvaneció para dejar al descubierto otro aspecto casi humano y menos atractivo que había debajo, cierto ser salido de una pesadilla infantil. Luego eso también desapareció, y Sinón se limitó a permanecer alerta y a mostrar interés.
—Me gustaría muchísimo, domina.
—¿Tienes idea de lo que yo te pediría que hicieras para poder ganarte esa recompensa?
—Un asesinato por lo menos —respondió él sin vacilar.
—Así es —dijo Servilia—. ¿Te resulta tentador?
Sinón se encogió de hombros.
—¿A quién en mi posición no le resultaría tentador? —Hace falta valor para cometer un asesinato. —Soy consciente de eso. Pero yo tengo valor.
—Tú eres griego, y los griegos no tenéis sentido del honor. Con ello quiero decir que no cumplís lo pactado.
—Yo cumpliría, domina, si lo único que tuviera que hacer fuera asesinar y luego pudiera desaparecer con una bolsa de oro bien repleta.
Servilia estaba reclinada en un canapé, y no cambió de postura lo más mínimo durante toda la conversación. Pero, una vez que hubo obtenido la respuesta de él, se incorporó; los ojos se le habían puesto absolutamente fríos y tranquilos.
—No puedo confiar en ti porque no me fío de nadie —le dijo—, pero éste no es un asesinato que haya que cometer en Roma, ni siquiera en Italia. Tendrá que cometerse en algún lugar entre Tesalónica y el Helesponto, un lugar ideal desde el que se pueda desaparecer. Pero hay maneras de mantenerte en mi poder, Sinón, no lo olvides. Una es pagarte parte de tu recompensa ahora y enviarte el resto a un destino en la provincia de Asia.
—Sí, domina. Pero, ¿cómo sé yo que mantendrás tu parte del trato? — preguntó Sinón con cautela.
A Servilia se le ensancharon los orificios nasales a causa de una inconsciente altivez.
—Soy una patricia Servilio Cepión —dijo.
—Aprecio eso en lo que vale.
—Es la única garantía que necesitas de que yo mantendré mi parte del trato.
—¿Qué tengo que hacer?
—Antes de nada tienes que procurarte un veneno de la mejor clase. Con eso me refiero a un veneno que no falle, a un veneno que no despierte
sospechas.
—Puedo hacerlo.
—Mi hermano Quinto Servilio Cepión parte para el Este dentro de un día o dos —le dijo Servilia con voz tranquila—. Le preguntaré si puedes acompañarle, porque tengo asuntos de los que quiero que te encargues en la provincia de Asia. Accederá a llevarte con él, desde luego. No existe razón alguna por la que pudiera decir que no. El será portador de pagarés y cuentas para Cneo Pompeyo Magnus en Pérgamo, y no llevará dinero en efectivo que pueda tentarte. Porque es imprescindible, Sinón, que hagas lo que te pido y luego te marches sin trastocar ni la más mínima cosa. Su hermano Catón es tribuno de los soldados en Macedonia, y es un tipo muy diferente: suspicaz, duro y despiadado cuando se le ofende. Sin duda su hermano Catón irá al Este para ocuparse de las exequias de mi hermano Cepión, forma parte de su carácter hacerlo así. Y cuando llegue Catón, Sinón, no debe existir la menor sospecha de que otra cosa que no sea la enfermedad se ha cobrado la vida de mi hermano Quinto Servilio Cepión.
—Comprendo —dijo Sinón sin mover un músculo.
—¿Sí?
—Por completo, domina.
—Dispones del día de mañana para encontrar lo que te hace falta. ¿Podrás hacerlo?
—Podré hacerlo.
—Bien. Entonces ahora echa a correr hasta la casa de mi hermano Quinto Servilio Cepión, a la vuelta de la esquina, y pídele que venga a verme hoy sin falta por una cuestión que me corre cierta prisa —le dijo Servilia.
Sinón se fue. Servilia se recostó de espaldas en el canapé, cerró los ojos y sonrió.
Y así continuaba cuando Cepión regresó poco después; las casas de ambos se encontraban muy cerca una de la otra.
—¿Qué sucede, Servilia? —le preguntó Cepión, preocupado—. Tu sirviente parecía muy apremiante.
—¡Oh, vaya, espero que no te haya asustado! —repuso Servilia bruscamente.
—No, no, te lo aseguro.
—¿No te habrá caído mal por eso?
Cepión parpadeó.
—¿Por qué iba a ser así?
—No tengo ni idea —dijo Servilia al tiempo que comenzaba a dar palmaditas en el borde del canapé—. Siéntate hermano. Tengo que pedirte un favor y asegurarme de que hagas una cosa.
—¿De qué favor se trata?
—Sinón es mi criado de confianza, y tengo un asunto que quiero que me resuelva en Pérgamo. Debería haber pensado en ello cuando estuviste aquí antes, pero no me acordé, así que te pido disculpas por haberte hecho volver. ¿Te importaría que Sinón viajase en tu expedición?
—¡Claro que no! —repuso Cepión con sinceridad.
—Oh, espléndido —ronroneó Servilia.
—¿Y qué es lo que se supone que he de hacer?
—Testamento —dijo Servilia.
Cepión se echó a reír.
—¿Y eso es todo? ¿Qué romano sensato no les deja un testamento a las vestales desde el momento en que se convierte oficialmente en hombre?
—Pero el tuyo, ¿está actualizado? Tienes esposa y una hija pequeña, pero no hay ningún heredero en tu propia casa.
Cepión suspiró.
—La próxima vez, Servilia, la próxima vez. Hortensia se llevó una decepción al tener primero una niña, que, por cierto, es un encanto, pero afortunadamente mi mujer no tuvo problemas en el parto. Tendremos hijos varones.
—De modo que le has dejado todo a Catón en el testamento —dijo Servilia dándolo por sentado.
El horror se reflejó en aquel rostro, tan parecido al de Catón.
—¿A Catón? —preguntó Cepión con voz aguda—. ¡No puedo dejar la fortuna de los Servilio Cepión a un Porcio Catón, por mucho que lo ame!
¡No, no, Servilia! Se la he dejado a Bruto porque sé que a él no le importará ser adoptado como un Servilio Copión y no pondrá ningún impedimento a la hora de asumir el nombre. Pero, ¿Catón? —Se echó a reír—. ¿Puedes imaginarte a nuestro hermano pequeño consintiendo en llevar otro nombre que no sea el suyo?
—No, no puedo —dijo Servilia; y se echó a reír también. Luego los ojos se le llenaron de lágrimas y los labios comenzaron a temblarle—. ¡Qué conversación tan morbosa! Sin embargo, era necesario que yo hablase de esto contigo. Nunca se sabe.
—No obstante, Catón es mi albacea —dijo Cepión mientras se disponía a marcharse de la habitación por segunda vez en el transcurso de una hora
—. El se asegurará de que Hortensia y la pequeña Servilia de los Cepiones hereden todo aquello que la lex Voconia me permite dejarles en herencia, y se asegurará asimismo de que a Bruto se le dote debidamente.
—¡Qué tema tan ridículo! —dijo Servilia levantándose para acompañar a su hermano hasta la puerta y sorprendiéndole con un beso—. Gracias por permitir que Sinón vaya contigo, y gracias también por disipar todos mis temores. Temores vanos, ya lo sé. ¡Seguro que regresarás!
Servilia cerró la puerta una vez que él hubo salido y permaneció de pie unos instantes, sintiéndose tan débil que incluso se tambaleó. ¡Ella tenía razón! ¡Bruto era el heredero de Cepión porque Catón nunca consentiría en ser adoptado en un clan patricio como el Servilio Cepión! Ya ni siquiera la deserción de César le resultaba tan dolorosa como unas horas antes.
Tener a Marco Porcio Catón a su servicio, aunque sus obligaciones técnicamente se redujeran a las legiones de los cónsules, era un sufrimiento que el gobernador de Macedonia nunca se hubiese imaginado hasta que le sucedió. Si aquel joven hubiera sido un nombramiento personal, habría ido de vuelta a casa por mucho que su padrino hubiera sido el mismísimo Júpiter Óptimo Máximo; pero como el pueblo lo había nombrado por mediación de la Asamblea Popular, no había nada que el gobernador Marco Rubrio pudiera hacer salvo sufrir la continua presencia de Catón.
Pero, ¿cómo podía vérselas con un joven que no dejaba de hurgar y fisgonear, que hacía preguntas incesantemente, que quería saber por qué esto iba allí, por qué aquello valía más en los libros que en el mercado, por qué Fulanito reclamaba una exención de impuestos? Catón nunca paraba de preguntar por qué. Si se le recordaba con tacto que sus preguntas e inquietudes no tenían nada que ver con las legiones de los cónsules, Catón respondía simplementc que todo lo de Macedonia pertenecía a Roma, y Roma, tal como la había personificado Rómulo, lo había elegido a él como uno de sus magistrados. Ergo, todo lo de Macedonia era asunto suyo tanto desde el punto de vista legal como desde el punto de vista moral y ético.
El gobernador Marco Rubrio no era el único que tenía esta opinión. Sus legados y tribunos militares —electos o no—, sus escribas, sus guardianes, alguaciles y publicani, sus amantes y esclavos, todos detestaban a Marco Porcio Catón. Este era un maníaco del trabajo, y ni siquiera podían librarse de él enviándolo a algún puesto avanzado de la provincia, porque al cabo de dos o tres días, a lo sumo, regresaba, y con el trabajo bien hecho.
Gran parte de la conversación de Catón —si es que una arenga a voz en grito podía llamarse conversación— giraba en torno a su bisabuelo, Catón el Censor, cuya frugalidad y anticuadas maneras él estimaba inmensamente. Y puesto que Catón era Catón, él se esforzaba por emular al Censor en todos los aspectos salvo en uno. Iba caminando a todas partes en lugar de ir a caballo, comía sobriamente y no bebía otra cosa que no fuese agua, su forma de vivir no era mejor que la de un soldado raso y sólo tenía un esclavo para atender a sus necesidades.
Entonces, ¿cuál era esa única transgresión de los principios de su bisabuelo? Catón el Censor aborrecía Grecia, a los griegos y a las cosas griegas, mientras que el joven Catón los admiraba, y no guardaba en secreto esa admiración. Eso le causó considerables burlas por parte de aquellos que tenían que soportar su presencia en la Macedonia griega, todos los cuales se morían de ganas de perforarle aquella piel increíblemente gruesa. Pero ninguna de esas burlas hicieron mella en el integumento de Catón; cuando alguien le tomaba el pelo diciéndole que había traicionado los preceptos de su bisabuelo al asumir la forma de pensar de los griegos, esa persona se
encontraba con que se le ignoraba y se le consideraba poco importante. Ah, y lo que Catón sí consideraba importante era lo que más sacaba de quicio a sus superiores, iguales e inferiores: la vida regalada, lo llamaba él, y tan fácil era que criticara la evidencia de una vida regalada en el gobernador como en un centurión. Como él moraba en una casa de ladrillos de adobe de dos habitaciones en las afueras de Tesalónica y la compartía con su querido amigo Tito Munacio Rufo, un colega tribuno de los soldados, nadie podía decir que el propio Catón llevase una vida regalada.
Había llegado a Tesalónica en el mes de marzo, y a finales de mayo el gobernador ya había llegado a la conclusión de que si no se desembarazaba de Catón de alguna manera, allí se cometería un asesinato. Las quejas, procedentes de publicani, de cobradores de impuestos, de mercaderes de grano, de contables, de centuriones, de legionarios, de legados y de diversas mujeres a las que Catón había acusado de impudicia, no dejaban de apilarse encima del escritorio del gobernador.
«¡Hasta tuvo el descaro de decirme que él se había mantenido casto hasta que se casó! —le dijo muy sofocada una señora a Rubrio; se trataba de una amiga íntima—. ¡Marco, se enfrentó a mí en el ágora delante de mil griegos que sonreían con ironía y me puso como un trapo hablándome de cuál era la conducta apropiada de las mujeres romanas que viven en una provincia! ¡Líbrate de él, o te juro que pagaré a alguien para que lo asesine!»
Afortunadamente para Catón, fue poco después aquel mismo día cuando casualmente le hizo un comentario a Marco Rubrio acerca de la presencia en Pérgamo de un tal Atenodoro Cordilión.
—iCómo me encantaría oírle! —ladró Catón—. Normalmente se mueve por Antioquía y Alejandría; esta gira que está realizando ahora no es habitual.
—Bien —dijo Rubrio, con la lengua viajando detrás de una brillante idea—. ¿Por qué no te tomas un par de meses libres y vas a Pérgamo a oírle?
—¡Yo no podría hacer eso! —dijo Catón impresionado—. Mis obligaciones están aquí.
—Todo tribuno militar tiene derecho a una licencia, mi querido Marco Catón, y nadie se la merece más que tú. ¡Ve, hazlo! Insisto en que lo hagas. Y llévate también a Munacio Rufo contigo.
Así que Catón se marchó acompañado de Munacio Rufo. El contingente romano de Tesalónica casi se volvió loco de júbilo, porque Munacio Rufo veneraba a Catón como a un héroe, tanto que lo imitaba constantemente. Pero justo dos meses después de partir ya se encontraba de regreso en Tesalónica, y Rubrio pensó que era el único romano que había conocido en toda su vida que se tomara tan al pie de la letra una sugerencia para pasar algún tiempo ausente. Y Catón se trajo consigo nada menos que a Atenodoro Cordilión, filósofo estoico de cierto renombre, dispuesto a representar el papel de Panecio para el Escipión Emiliano de Catón. Como era un estoico, no se esperaba ni deseaba el tipo de lujos que Escipión Emiliano había extendido en Panecio… cosa que tampoco estaba mal. El único cambio que hizo en el modo de vida de Catón fue que él, Munacio Rufo y Catón alquilaron una casa de adobe de tres habitaciones en lugar de una con dos, y que había tres esclavos en lugar de dos. ¿Qué era lo que había impulsado a aquel eminente filósofo a vivir con Catón? Simplemente que había visto en él a alguien que un día tendría una enorme importancia, y mantenerse cerca de Catón le serviría para asegurarse de que su propio nombre se recordase. De no haber sido por Escipión Emiliano, ¿quién habría recordado nunca el nombre de Panecio?
El elemento romano de Tesalónica se había puesto a protestar poderosamente cuando Catón regresó de Pérgamo, y Rubrio demostró que él no estaba dispuesto a sufrir a Catón: aseguró que tenía asuntos urgentes en Atenas y partió hacia allí apresuradamente. ¡Ningún consuelo para los que dejaba atrás! Pero entonces llegó Quinto Servilio Cepión que iba en camino hacia Pérgamo al servicio de Pompeyo, y Catón, de tan contento como se puso el ver a su querido hermano, se olvidó por completo de los recaudadores de impuestos y de la vida regalada.
El lazo entre ellos había surgido poco después del nacimiento de Catón, época en la que Cepión sólo tenía tres años. Ailing, la madre de ambos, que habría de morir al cabo de dos meses, puso al bebé Catón en las dispuestas
manos del pequeñajo Cepión. Nada salvo el deber los había separado desde entonces, aunque incluso en el deber habrían flaqueado a medida que iban creciendo de no haber sido porque a su tío Druso lo mataron a puñaladas en la casa que todos compartían; cuando eso ocurrió, Cepión tenía seis años y Catón apenas tres. Aquella dura y espantosa prueba había forjado la unión en medio de fuegos de horror y tragedia tan intensos que después perduró todavía más fortalecida. La infancia de ambos había sido solitaria, desgarrada por la guerra, sin cariño, sin humor. No quedaba ningún pariente próximo, los tutores que tenían eran fríos y las dos mayores de los seis niños, Servilia y Servililla, detestaban a los dos más pequeños, Catón y su hermana Porcia.
¡Y no es que la batalla entre mayores y menores resultara siempre favorable a las dos Servilias! Puede que Catón fuera el más pequeño, pero también era el que más gritaba y el que menos miedo tenía de los seis.
Cuando al niño Catón le preguntaban «¿Tú a quién quieres?», él contestaba: “Quiero a mi hermano.» Y si le presionaban para que abundase en aquella afirmación y dijese a quién quería más, su respuesta era siempre la misma: «Quiero a mi hermano.»
En realidad nunca había amado a nadie más excepto a la hija del tío Mamerco, Emilia Lépida, una horrible experiencia; y si el amor hacia Emilia Lépida le había enseñado algo a Catón, fue a detestar y a desconfiar de las mujeres, actitud que ya venía fomentada por una infancia pasada al lado de Servilia.
Mientras que lo que sentía por Cepión era algo que formaba parte de su ser, completamente recíproco, un sentimiento de corazón, una cuestión de carne y sangre. Aunque él nunca admitiría, ni siquiera ante sí mismo, que Cepión era más que hermanastro suyo. No hay nadie tan ciego como aquellos que no quieren ver, ni nadie más ciego que Catón cuando quería estar ciego.
Viajaron a todas partes, lo vieron todo, y por esta vez Catón era el experto. Y si Sinón, aquel humilde hombrecillo liberado que viajaba en la comitiva de Cepión por encargo de Servilia, se vio tentado alguna vez de tomarse a la ligera la advertencia que le había hecho Servilia acerca de
Catón, una mirada a éste le hizo comprender por completo por qué ella había considerado digno de mención a Catón, por qué lo había considerado como un peligro para el verdadero encargo que tenía Sinón. No es que a Catón le llamase la atención Sinón; un miembro de la nobleza romana no se molestaba con presentaciones a inferiores. Sinón miraba desde la parte de atrás de una muchedumbre de servidores y subordinados, y se guardaba muy bien de hacer cualquier cosa que tuviese como consecuencia que Catón se fijase en él.
Pero todas las cosas buenas deben llegar a un final, así que a primeros de diciembre los hermanos se separaron y Cepión continuó viaje por la vía Egnacia acompañado de su séquito. Catón lloró sin avergonzarse de ello. Y también Cepión, a quien se le hizo aún más difícil porque a Catón se le ocurrió ir caminando detrás de ellos durante muchas millas sin dejar de agitar la mano, llorando, gritándole a Cepión que tuviera cuidado, que tuviera cuidado, que tuviera cuidado…
Quizás fuese que tenía un presentimiento de inminente peligro para
Cepión; lo cierto es que cuando, un mes más tarde, recibió la nota de
Cepión, su contenido no le sorprendió como hubiera debido sorprenderle.
Mi queridísimo hermano:
He caído enfermo en Aenus, y temo por mi vida. Sea cual sea el problema, y ninguno de los médicos de aquí parecen saber cuál es, empeoro de día en día.
Por fávor, querido Catón, te ruego que vengas a Aenus y me acompañes en mis últimas horas. Me encuentro muy solo, y aquí nadie puede consolarme como me consolaría tu presencia. No encontraré una mano más querida que la tuya a la que coger mientras emito mi último aliento. Ven, te lo ruego, y hazlo pronto. Intentaré esperar hasta que llegues.
Tengo el testamento en orden bajo la custodia de las vestales y, tal como habíamos hablado, el joven Bruto será mi heredero. Tú eres el albacea, y a ti te he dejado, como tú estipulaste, exclusivamente la suma de diez talentos. Ven pronto.
Cuando se le informó de que Catón necesitaba inmediatamente un permiso de urgencia, el gobernador Marco Rubio no le puso ningún obstáculo. El único consejo que le dio fue que viajase por carretera, pues las tormentas de finales del otoño azotaban la costa de Tracia y ya se había tenido noticia de varios naufragios. Pero Catón no quiso hacerle caso; por carretera el viaje duraría cuando menos diez días por muy de prisa que galopase, mientras que los vientos que soplaban del noroeste llenarían las velas de un barco y le infundirían velocidad, tanta que se podía albergar la esperanza de llegar a Aenus en tres o cuatro días. Y, una vez que hubo encontrado un capitán de barco lo bastante audaz como para acceder a llevarlo —a cambio de unos buenos honorarios— desde Tesalónica a Aenus, el febril y frenético Catón embarcó. Atenodoro Cordilión y Munacio Rufo también fueron con él, cada uno de ellos acompañado de un esclavo solamente.
La travesía fue una pesadilla de olas enormes, mástiles rotos y velas destrozadas. Sin embargo, el capitán había llevado consigo mástiles de repuesto, y también velas; el pequeño barco surcaba y se balanceaba al avanzar por el mar, a flote e impulsado, según les parecía a Atenodoro Cordilión y a Munacio Rufo, de algún modo enigmático por la mente y la voluntad de Catón. Quien, una vez que llegaron al puerto de Aenus al cuarto día, ni siquiera esperó a que el barco atracase. Saltó de éste a pocos pies del muelle y echó a correr como un loco en medio de una lluvia torrencial. Sólo se detuvo en una ocasión para preguntarle a un atónito y desabrigado buhonero dónde estaba la casa del ethnarch, porque él sabía que Cepión estaría allí.
Irrumpió en la casa y en la habitación donde yacía su hermano una hora demasiado tarde para que Cepión aún se diera cuenta de que Catón le sostenía la mano. Quinto Servilio Cepión estaba muerto.
Mientras el agua le chorreaba en el suelo a su alrededor, Catón se detuvo junto a la cama y se quedó mirando hacia aquel que había sido el centro y el solaz de su vida entera, una figura inmóvil y espantosa desprovista de color, de vigor y de fuerza. Le habían cerrado los ojos y
sobre los párpados, a modo de peso, le habían puesto monedas; y el canto curvo de una moneda de plata le sobresalía entre los labios. Otra persona le había proporcionado a Cepión el precio de la travesía en barca para cruzar la laguna Estigia, convencido de que Catón no vendría.
Catón abrió la boca y produjo un sonido que aterró a todos los que lo oyeron; no era un lamento, ni un alarido, ni un chirrido, sino una extraña mezcla de las tres cosas, animal, salvaje, espantoso. Todos los que se encontraban presentes en la habitación se echaron hacia atrás instintivamente y se pusieron a temblar al tiempo que Catón se arrojaba en la cama, sobre Cepión ya muerto, y cubría de besos aquel rostro soñador, llenaba de caricias el cuerpo sin vida mientras las lágrimas se derramaban hasta que de la nariz y de la boca parecieron correr también ríos, sin que aquellos espantosos ruidos dejaran de brotar violentamente de él una y otra vez. Y el paroxismo de dolor continuó sin interrupción mientras Catón lloraba la muerte de la única persona en el mundo que lo significaba todo para él, que había sido su consuelo en una horrible infancia, áncora y roca a la que sujetarse en su juventud y en su edad madura. Cepión había sido quien le había obligado a apartar sus ojos de niño de tres años del tío Druso, que sangraba y chillaba en el suelo, quien había acogido aquellos ojos en la calidez de su propio cuerpo y había asumido la carga de aquellas espantosas horas sobre sus hombros de niño de seis años; Cepión había sido quien escuchaba pacientemente mientras el zopenco de su hermano pequeño aprendía los hechos de la vida del modo más difícil, a base de repetir sin cesar; Cepión había sido quien razonaba, le mimaba y le consolaba durante el insoportable período que siguió al abandono de Emilia Lépida, y quien le convenció para que volviera a vivir otra vez; Cepión había sido quien lo llevó consigo en su primera campaña, quien le enseñó a ser un soldado valiente y sin temor, quien se mostró radiante de alegría cuando él recibió armillae y phalerae por su valor en un territorio que solía ser más famoso por la cobardía, porque ellos habían pertenecido al ejército de Clodiano y Publícola, que había sido derrotado tres veces por Espartaco; Cepión siempre había estado con él.
Y ahora Cepión ya no estaba. Cepión había muerto solo y sin amigos, sin nadie que le sujetara la mano. La culpa y el remordimiento volvieron a Catón completamente loco en la misma habitación donde Cepión yacía muerto. Cuando unas personas trataron de llevárselo, él se resistió. Cuando intentaron convencerle con palabras para que se fuera, se limitó a aullar. Durante casi dos días se negó a moverse del lugar donde yacía, cubriendo a Cepión, y lo peor de todo era que nadie —¡nadie!— podía empezar siquiera a comprender el terror de aquella pérdida, la soledad que provocaría en su vida para siempre. Cepión se había ido, y con él se habían ido también el amor, la cordura, la seguridad.
Pero por fin Atenodoro Cordilión consiguió abrirse paso a través de la locura con palabras concernientes a las actitudes de los estoicos, a la conducta que le correspondía a alguien que, como Catón, profesaba el estoicismo. Catón, todavía ataviado con una tosca túnica y una laena maloliente, sin afeitar, con la cara sucia e incrustada con los restos secos de tantos ríos de dolor, se levantó y se fue a organizar el funeral de su hermano. Pensaba utilizar los diez talentos que Cepión le había dejado en ese funeral, y por mucho que intentó gastárselo todo en los sepultureros locales y en los mercaderes de especias, todo lo que pudo conseguir ascendió a un talento; se gastó otro talento en una caja de oro adornada con joyas para depositar las cenizas de Cepión, y los otros ocho en una estatua de Cepión que había de erigirse en el ágora de Aenus.
—Pero no intentes reproducir con exactitud el color de su piel, de su pelo ni de sus ojos —dijo Catón con la misma voz dura y ronca, más ronca incluso a causa de los sonidos que su garganta había estado produciendo—, y tampoco quiero que esta estatua se parezca a un hombre vivo. Quiero que todo el que la vea sepa que Cepión está muerto. La harás en mármol de Taso de color gris sólido y la pulirás hasta que mi hermano resplandezca bajo la luz de la luna. Él es una sombra, y quiero que su estatua parezca una sombra.
El funeral fue el más impresionante que aquella pequeña colonia griega al este de la desembocadura del Hebrus había visto nunca; en él participaron todas las plañideras profesionales, y se quemaron sobre la pira
de Cepión todas las varitas de especias aromáticas que había en Aenus. Cuando acabaron las exequias, el propio Catón recogió las cenizas y las colocó en la exquisita cajita, de la que nunca se separó a partir de aquel día hasta que llegó a Roma un año después y se la entregó, como era su deber, a la viuda de Cepión.
Escribió a tío Mamerco en Roma dándole instrucciones para actuar tanto como fuera necesario en el testamento de Cepión antes de que él mismo regresase, y se sorprendió mucho al enterarse de que no necesitaba escribir a Rubrio, que estaba en Tesalónica. El ethnarch, actuando correctamente, le había notificado a Rubrio la muerte de Cepión el mismo día que ocurrió, y Rubrio había visto en ello su oportunidad. Así que con la carta de condolencia que le envió a Catón llegaron todas las pertenencias de Catón y de Munacio Rufo. «Vuestro año de servicio ya está tocando a su fin, muchachos —decía la perfecta caligrafía del escriba del gobernador—. Y yo no osaría pediros a ninguno de los dos que regresarais aquí cuando el tiempo se ha hecho tan inclemente y todo el pueblo de los besos se ha ido a casa, al Danubio, para pasar el invienlo! Tomaos unas largas vacaciones en el Este y recuperaos del modo adecuado, de la mejor manera.»
—Eso haré —dijo Catón con la caja entre las manos—. Viajaremos hacia el Este, no hacia el Oeste.
Pero Catón había cambiado, cosa que tanto Atenodoro Cordilión como Tito Munacio Rufo comprobaron, ambos con tristeza. Catón siempre había sido un faro en funcionamiento, un rayo de luz fuerte y firme que giraba sin parar. Ahora la luz se había apagado. La cara era la misma, el cuerpo cuidado y musculoso no estaba más encorvado o desmadejado que en otro tiempo. Pero ahora aquella voz que amedrentaba tenía una falta de tono que era algo absolutamente nuevo, y Catón no se excitaba, ni se estusiasmaba, ni se indignaba, ni se enfadaba. Y lo peor de todo, la pasión se había desvanecido.
Sólo Catón sabía lo fuerte que había necesitado ser para seguir viviendo. Sólo él mismo sabía la determinación que había tomado, que nunca jamás volvería a estar expuesto a aquella tortura, a aquella
devastación. Amar era perder para siempre. Por ello amar era un anatema.
Catón no volvería a amar nunca. Nunca.
Y mientras aquella destartalada banda formada por tres hombres libres y tres servidores esclavos avanzaban lentamente a pie por la vía Egnacia hacia el Helesponto, un liberto llamado Sinón se apoyaba en el pasamano de un pulcro barquito que lo llevaba por el Egeo, empujado por un viento invernal vivo pero constante, con destino a Atenas. Allí tomaría pasaje hacia Pérgamo, donde encontraría el resto de la bolsa de oro. De ese último hecho no tenía ninguna duda. Aquella mujer, la gran señora patricia Servilia, era demasiado astuta para no pagarle. Durante un mornento a Sinón se le pasó por la cabeza la idea del chantaje, pero luego se echó a reír, se encogió de hombros y arrojó un dracma de expiación en la viva estela espumosa como ofrenda a Poseidón. ¡Llévame a salvo, padre de las profundidades! No sólo soy libre, sino también rico. La leona está tranquila en Roma. Y yo no la despertaré para conseguir más dinero. En cambio, procuraré aumentar lo que ya es legalmente mío.
La leona de Roma se enteró de la muerte de su hermano por el tío Mamerco, que fue a visitarla en cuanto recibió la carta de Catón. Servilia derramó lágrimas, pero no demasiadas; nadie mejor que tío Mamerco sabía cómo se sentía ella. Las instrucciones que Servilia había dado a sus banqueros en Pérgamo se habían enviado poco después de partir Cepión, pues ella había decidido correr el riesgo antes de que se consumase el hecho. Sabia Servilia. Ningún contable ni banquero curioso se preguntaría por qué después de la muerte de Cepión su hermana enviaba una gran suma de dinero a un liberto llamado Sinón, que lo recogería en Pérgamo.
Y aquel mismo día, más tarde, Bruto le dijo a Julia:
—He de cambiarme el nombre, ¿no es sorprendente?
—¿Has sido adoptado en el testamento de alguien? —le preguntó ella, sabedora del modo habitual en el que el nombre de un hombre cambiaba.
—Mi tío Cepión ha muerto en Aenus, y yo soy su heredero. —Los tristes ojos castaños de Bruto parpadearon para borrar unas lágrimas—. Era
un hombre agradable, a mí me gustaba. Supongo que más que nada era porque tío Catón lo adoraba. El pobre tío Catón llegó junto a él una hora demasiado tarde. Ahora tío Catón dice que no va a volver a casa en mucho tiempo. Lo echaré de menos.
—Ya lo echas de menos —le dijo Julia al tiempo que sonreía y le apretaba una mano a Bruto. Éste sonrió y le devolvió el apretón. No había necesidad de preocuparse por la conducta de Bruto hacia su prometida; era tan circunspecta como cualquier abuela encargada de vigilarlos pudiera desear. Aurelia había dejado de actuar como carabiná inmediatamente después de firmanse el contrato. Bruto hacía honor a su madre y a su padrastro.
Julia, que no hacía mucho tiempo que había cumplido los diez años — su cumpleaños era en enero—, se alegraba profundamente de que Bruto hiciera honor a su madre y a su padrastro. Cuando César le había dicho cuál iba a ser su destino marital, ella se había quedado aterrada, porque, aunque se compadecía de Bruto, era consciente de que, por mucho tiempo que ella estuviera tratándole, eso no haría que la compasión se convirtiera en cariño, en esa clase de cariño que mantiene unidos a los matrimonios. Lo mejor que podía decir de él era que era simpático. Lo peor, que Bruto resultaba bastante aburrido. Aunque su edad imposibilitaba cualquier sueño romántico, Julia, como la mayoría de las niñas de su misma posición social, estaba muy en armonía con lo que habría de ser su vida de adulta, y por ello tenía grandes conocimientos del matrimonio. Le había resultado difícil ir a la escuela de Gnifón y contarles a sus compañeros que estaba prometida, aunque ella siempre había pensado que le produciría gran satisfacción estar en la misma situación que sus compañeras Junia y Junilla, que de momento eran las únicas niñas que había allí que estuvieran prometidas en matrimonio. Pero el Vatia Isáurico de Junia era un tipo delicioso, y el Lépido de Junilla resultaba deslumbrantemente atractivo. Mientras que ella, ¿qué podía decir de Bruto? Ninguna de sus dos hermanastras podía soportarlo… por lo menos esa impresión daba oyéndolas hablar de él en la escuela. Al igual que Julia, lo tenían por un pelmazo pomposo. ¡Y ahora se
iba a casar con él! ¡Oh, sus amigos le tomarían el pelo sin piedad! Y se compadecerían de ella.
«¡Pobre Julia!», había dicho Junia echándose a reír alegremente.
Sin embargo, de nada servía tomarse a mal su destino. Tenía que casarse con Bruto, y ya está.
—¿Has oído la noticia, tata? —le preguntó a su padre cuando éste llegó a casa poco después de la hora de la cena.
Ahora que Pompeya vivía allí, la situación era horrible. César nunca dormía en casa, y rara vez comía con ellas; sólo iba de paso. Por eso, el hecho de tener noticias que quizás lo hicieran detenerse para cruzar una palabra o dos era maravilloso; Julia cogió al vuelo la oportunidad.
—¿Noticia? —preguntó César con aire ausente.
—Adivina quién ha venido a verme hoy —dijo ella jubilosa.
Los ojos de su padre lanzaron destellos.
—¿Bruto? —¡Vuelve a adivinar!
—¿Júpiter Óptimo Máximo?
—¡Tonto! Júpiter no es una persona, sólo una idea.
—Entonces, ¿quién? —le preguntó César, que ya empezaba a removerse inquieto; Pompeya estaba en casa; podía oírla moverse en el tablinum, del que ahora ella se había apropiado porque César ya nunca trabajaba allí.
—¡Oh, tata, por favor, quédate un poco más!
Los grandes ojos azules estaban tensos debido a la ansiedad; el corazón y la conciencia de César le afligieron. Pobre niña, ella era la que más sufría a causa de Pompeya, porque no veía mucho a tata.
César suspiró, levantó a la niña en brazos y la llevó hasta una silla; se sentó y puso a Julia sobre sus rodillas.
—¡Te estás haciendo muy alta! —dijo, un poco sorprendido.
—Eso espero.
Julia comenzó a besarle los abanicos blancos que eran los párpados. —¿Quién ha venido a verte hoy? —le preguntó César quedándose muy
quieto.
—Quinto Servilio Cepión.
César giró bruscamente la cabeza de un tirón.
—¿Quién?
—Quinto Servilio Cepión.
—¡Pero si está ejerciendo de cuestor con Cneo Pompeyo!
—No, ya no.
—Julia, el único miembro de esa familia que queda vivo no se encuentra en Roma —le dijo César.
—Me temo que el hombre al que te refieres ya no está vivo —le indicó Julia con suavidad—. Murió en Aenus en enero. Pero hay un nuevo Quinto Servilio Cepión, porque se le nombra en el testamento, y será adoptado formalmente muy pronto.
César ahogó una exclamación. —¿Bruto?
—Sí, Bruto. Dice que a partir de ahora se le conocerá como Quinto Servilio Cepión Bruto en lugar de como Cepión Juniano. El nombre de Bruto es más importante que el de Junio.
—¡Por Júpiter!
—Tata, estás muy impresionado. ¿Por qué?
César se llevó la mano a la cabeza y se dio una bofetada en broma en la mejilla.
—Bien, cómo ibas tú a saberlo: —Luego se echó a reír—. ¡Julia, te casarás con el hombre más rico de Roma! Si Bruto es el heredero de Cepión, entonces esta tercera fortuna que añade a su herencia hace palidecer a las otras dos como cosas insignificantes. Serás más rica que una reina.
—Bruto no me ha dicho nada de eso.
—En realidad es probable que no lo sepa. Tu prometido no es precisamente un joven curioso —dijo César.
—Yo creo que le gusta el dinero.
—¿Acaso no le gusta a todo el mundo? —le preguntó César con un deje de amargura. Se puso en pie y dejó en el sillón a Julia—. En seguida vuelvo —le dijo.
Y salió precipitadamente por la puerta, pasó al comedor y luego, según supuso Julia, entró en su despacho.
A continuación llegó Pompeya con aspecto indignado y miró ofendida a Julia.
—¿Qué pasa? —le preguntó Julia a su madrastra, con la cual de hecho se llevaba bastante bien. Pompeya le servía de entrenamiento para saber tratar a Bruto, aunque a Bruto lo absolvía de la estupidez de Pompeya.
—¡Me ha echado! —dijo Pompeya.
—Será sólo un momento, estoy segura.
Y, desde luego, sólo fue un momento. César se sentó y le escribió una nota a Servilia, a quien no había visto desde mayo del año anterior. Naturalmente, tenía intención de sacar tiempo para verla de nuevo antes de aquel momento —estaban ya en marzo—, pero le había faltado tiempo, pues estaba ocupado friendo otros varios pescados. Qué sorprendente. ¡El joven Bruto resultaba finalmente heredero del Oro de Tolosa!
Decididamente, era hora de mostrarse simpático con la madre del muchacho. Aquél era un compromiso matrimonial que no podía romperse por ningún motivo.
Segunda parte
DESDE MARZO DEL 73 A. J.C.
HASTA QUINTILIS DEL 65 A. J.C.
El problema con Publio Clodio no era la falta de buena cuna, inteligencia, capacidad, o dinero, sino la falta de orientación, tanto en el sentido de adónde quería ir como en el sentido de que no tenía una firme guía por parte de sus mayores. El instinto le decía que había nacido para ser diferente, pero aquel pensamiento no era una novedad en alguien que provenía de los Claudios patricios. Si de algún clan romano podía decirse que estaba lleno de individualistas, ése era el de los Claudios patricios. Extraño, teniendo en cuenta que de todas las Familias Famosas patricias, la Claudia era la más joven, al haber aparecido casi en la misma época en que el rey Tarquinio el Soberbio fue depuesto por Lucio Junio Bruto y comenzó la era de la República. Desde luego, los Claudios eran sabinos, y los sabinos eran fieros, orgullosos, independientes, indómitos y guerreros; por fuerza tenían que serlo, porque procedían de los Apeninos, al norte y al este del Lacio romano, una zona cruelmente montañosa cuyas bolsas de bondad eran pocas y alejadas unas de otras.
El padre de Clodio había sido aquel Apio Claudio Pulcher que nunca logró recuperar la fortuna de su familia después de que su sobrino, el censor Filipo, lo arrojó del Senado y le confiscó todas las propiedades como castigo por su testaruda lealtad al exiliado Sila. Su madre, la impresionantemente noble Cecilia Metela Baleárica, había muerto al darlo a luz a él, el sexto hijo en seis años: tres varones y tres hembras. Las vicisitudes de la guerra y el hecho de que siempre se encontrase en los lugares y en los momentos inoportunos habían hecho que Apio Claudio senior nunca estuviera en casa, y eso a su vez había hecho que el hermano mayor de Clodio, Apio Claudio junior, fuera normalmente la única voz de
autoridad que había a mano. Aunque los cinco hermanos que tenía a su cargo eran todos turbulentos, tercos y llenos de cierto afán de causar estragos, el pequeño Publio era el peor de todos. De haber probado una muestra de disciplina, que era inexistente, quizás Publio habría estado menos sujeto a los caprichos que dominaron su infancia; pero como los cinco hermanos mayores lo mimaban de un modo atroz, él hacía exactamente lo que le venía en gana, y a muy temprana edad estaba ya convencido de que de todos los Claudios que habían existido, él era el único diferente.
Aproximadamente en el tiempo en que su padre murió en Macedonia, le dijo al hermano mayor, Apio, que en el futuro él escribiría su nombre a la manera popular, Clodio, y que no utilizaría el cognomen de la familia, que era Pulcher. Pulcher significaba hermoso, y era cierto que la mayoría de los Claudio Pulcher eran apuestos y hermosos; el poseedor original del apodo, sin embargo, lo había recibido porque su aspecto era singularmente opuesto a lo hermoso. «¡Qué hermosura!», decía de él la gente. Y con Pulcher se quedó.
Naturalmente, a Publio Clodio se le había permitido popularizar la nueva ortografía de su nombre; ya se había sentado el precedente con sus tres hermanas, la mayor de las cuales era conocida por Claudia la mediana por Clodia y la mas joven por Clodilla. El hermano mayor, Apio, sentía tanta adoración por sus hermanos que nunca podía resistirse a concederle a ninguno de ellos cualquier cosa que quisieran. Por ejemplo, si el adolescente Publio Clodio quería dormir con Clodia y Clodilla porque tenía pesadillas, ¿por qué no permitírselo? ¡Pobrecillos, sin padre y sin madre! Apio, el hermano mayor, se compadecía de ellos. Hecho del cual el hermano pequeño, Publio Clodio, era muy consciente, y del que se aprovechaba sin piedad.
Aproximadamente en la época en que Publio Clodio vistió la toga virilis y se hizo hombre oficialmente, el hermano mayor Apio había reparado con brillantez la ruinosa fortuna familiar al casarse con la solterona señora Servilia Cnea; ella había cuidado a otros seis huérfanos nobles, los pertenecientes a las casas de la familia de los Servilio Cepión, Livio Druso
y Porcio Catón. La dote que poseía era tan inmensa como su falta de belleza. Pero tenían en común el cuidado de huérfanos, y ella resultó ser muy conveniente para el sentimental hermano mayor, Apio, que con presteza se enamoró de su esposa de treinta y dos años —él tenía veintiuno —, se asentó en una vida de enamorado contento y engendró hijos a una media de uno por año, reviviendo así la tradición de los Claudios.
El hermano mayor, Apio, también había conseguido colocar extremadamente bien a sus tres hermanas sin dote; Claudia fue destinada a Quinto Marcio Rex, que pronto sería cónsul; Clodia, a su primo carnal, Quinto Cecilio Metelo Celer —que era también hermanastro de la esposa de Pompeyo, Mucia Tercia—; y Clodilla, al gran Lúculo, que le triplicaba la edad. Tres hombres enormemente acaudalados y prestigiosos, dos de los cuales tenían edad suficiente para haber cimentado el poder familiar; y luego estaba Celer; que no necesitaba hacerlo porque era el nieto mayor de Metelo Baleárico, y nieto del distinguido Craso el Orador. Todo lo cual había tenido particularmente buenos resultados para el joven Publio Clodio, pues Rex no había logrado engendrar un hijo varón en Claudia, ni siquiera al cabo de varios años de matrimonio; por ello Publio Clodio esperaba convertirse en el heredero de Rex. A la edad de dieciséis años Publio Clodio se esforzó por ganarse el tirocinium fori y llevar a cabo el aprendizaje de abogado y político aspirante en el Foro Romano; luego pasó un año en las plazas de armas de Capua jugando a los soldados, y regresó a la vida del Foro a los dieciocho años. Como se sentía pletórico y lleno de vida, y era consciente de que las muchachas lo encontraban extremadamente atractivo, Clodio buscó una conquista femenina que encajase con la idea que tenía de sí mismo como alguien especial, idea que iba en aumento a pasos agigantados. Así concibió una pasión por Fabia, que era una virgen vestal. Poner los ojos en una vestal era algo que estaba muy mal visto, y ésa era precisamente la clase de aventura que Clodio quería. En la castidad de cada vestal residía la suerte de Roma; la mayoría de los hombres retrocedían horrorizados ante la idea de seducir a una vestal. Pero Publio Clodio no.
Nadie pedía ni esperaba que las vírgenes vestales llevaran una vida de clausura. Se les permitía salir a fiestas siempre y cuando el pontífice
máximo y la vestal jefe dieran su aprobación al lugar de reunión y a la compañía, y asistían a todos los banquetes sacerdotales como iguales a los sacerdotes y augures. Se les permitía tener visitantes masculinos en las partes públicas de la domus publica, la casa propiedad del Estado que ellas compartían con el pontífice máximo, aunque se requería la presencia de alguien que hiciese de carabina. Las vestales tampoco eran pobres precisamente. Era una gran cosa para una familia tener en sus filas a una vestal, así que aquellas familias que no necesitaban a las muchachas para cimentar alianzas mediante el matrimonio las entregaban al Estado como vestales. La mayoría llegaba con excelentes dotes; pero si no disponían de dinero, el propio Estado se hacía cargo de la dote.
Fabia, que también contaba dieciocho años de edad, era hermosa, de carácter dulce, alegre y sólo un poco estúpida. El blanco perfecto para Publio Clodio, a quien le entusiasmaba hacer travesuras de las que hacen que la gente se ponga muy rígida con ofendida desaprobación. ¡Cortejar a una vestal era una enorme travesura! No es que Clodio tuviera intención de desflorar de hecho a Fabia, porque eso tendría repercusiones legales en las que estaba en juego su propio y muy querido pellejo. En realidad lo único que quería era ver a Fabia consumiéndose de amor y deseo hacia él.
El problema empezó cuando descubrió que tenía un rival por el afecto de Fabia: Lucio Sergio Catilina. Alto, moreno, apuesto, gallardo, encantador… y peligroso. Los encantos de Clodio eran considerables, pero no alcanzaban el mismo nivel que los de Catilina; por una parte carecía de aquella estatura y aquel físico imponentes, y tampoco irradiaba un poder amenazador. Oh, sí, Catilina era un rival formidable. Corrían muchos rumores sobre su persona, rumores nunca probados, rumores atractivos y malignos. Todo el mundo sabía que había hecho su fortuna durante las proscripciones de Sila, condenando no sólo a su cuñado —que fue ejecutado—, sino también a su hermano —que fue desterrado—. Se decía que había asesinado a su esposa de aquel tiempo, aunque si lo había hecho, nadie intentó nunca hacerle responsable del crimen. Y, lo peor de todo, se decía que había asesinado a su propio hijo cuando su actual esposa, la bella y acaudalada Orestila, se negaba a casarse con un hombre que ya tenía un
hijo. Que el hijo de Catilina había muerto y que luego Catilina se había casado con Orestila era algo que todos sabían. Pero, ¿había asesinado él al pobre muchacho? Nadie podía decirlo con certeza. La falta de confirmación, sin embargo, no impedía que hubiera muchas especulaciones.
Probablemente había motivos parecidos detrás del asedio a Fabia por parte de Catilina y de Clodio. A ambos hombres les gustaba hacer maldades, retorcerle la remilgada nariz a Roma, provocar el furor. Pero en el hombre de mundo de treinta y cuatro años que era Catilina y el inexperto Clodio, de dieciocho, radicaba el éxito del uno y el fracaso del otro. No es que Catilina le hubiera puesto asedio al himen de Fabia; aquella reverenciada membrana permanecía intacta, y por tanto Fabia continuaba siendo técnicamente casta. Sin embargo, la pobre muchacha se había enamorado locamente de Catilina, y le había entregado todo lo demás. Al fin y al cabo, ¿qué había de malo en unos cuantos besos, en descubrirse los pechos para recibir unos cuantos besos más, incluso en la aplicación de un dedo o de la lengua en sus deliciosamente sensibles partes pudendas? Mientras Catilina le susurraba al oído, a ella le parecía que aquello era algo bastante inocente, y el éxtasis resultante una cosa que ella guardaría como un tesoro durante todo el tiempo que había de servir como vestal, e incluso después.
La vestal jefe era Perpenia, que por desgracia no era una rectora estricta. Y además el pontífice máximo, Metelo Pío, no residía en Roma, ya que se dedicaba a hacer la guerra contra Sertorio en Hispania. La segunda vestal en importancia era Fonteya, después de ella iba Licinia, de veintiocho años, luego Fabia, de dieciocho, seguida de Arruntia y Popilia, ambas de diecisiete. Perpenia y Fonteya eran casi de la misma edad, alrededor de los treinta y dos, y estaban deseando retirarse en los próximos cinco años. Por ello lo más importante que las dos vestales mayores tenían en mente era el retiro, el descenso del valor del sestercio y la consiguiente preocupación por si lo que habían sido sabrosas fortunas les servirían de consuelo en la vejez; ninguna de las dos mujeres consideraba la posibilidad de casarse después de cumplirse su servicio como vestales, aunque el matrimonio no le estaba
prohibido a ninguna mujer que hubiese sido vestal, sólo se consideraba que traía mala suerte.
Y ahí fue donde entró en escena Licinia. Era, de las seis, la tercera en edad, la mejor situada económicamente y, aunque estaba emparentada más de cerca con Licinio Murena que con Marco Licinio Craso, el gran plutócrata, no obstante éste era primo y amigo suyo. Licinia lo llamaba para que fuera a verla a fin de consultarle las cuestiones financieras, y las tres vestales más veteranas se pasaban muchas horas en su compañía hablando con él de negocios, de inversiones y padres descuidados en lo referente a dotes que les asegurasen unas ganancias más provechosas.
Mientras Catilina se divertía practicando juegos amorosos con Fabia delante de las narices de Clodio, éste también lo intentaba. Al principio Fabia no comprendía qué se proponía el joven, porque comparado con la suave pericia de Catilina, las aproximaciones de Clodio eran torpemente inexpertas. Y luego, cuando Clodio la atacó con murmuradas ternezas y le llenó el rostro de besitos, ella cometió el error de echarse a reír ante aquella situación tan absurda, y lo despidió mientras el sonido de su risa le resonaba a Clodio en los oídos. Aquél no era el modo adecuado de tratar a Publio Clodio, que estaba acostumbrado a conseguir siempre lo que quería, y del que nunca, en toda su vida, nadie se había reído. Tan enorme fue el insulto a la imagen que Clodio tenía de sí mismo que tomó la determinación de vengarse inmediatamente.
Eligió un método muy romano de venganza: el pleito. Pero no el tipo de pleito relativamente inofensivo que Catón, por ejemplo, había elegido cuando Emilia Lépida le dio calabazas a los dieciocho años. Catón había alegado rotura de promesa. Publio Clodio interpuso acusaciones de impureza, y para una comunidad que en conjunto aborrecía la pena de muerte para los crímenes, incluso contra el Senado, aquél era un crimen que todavía llevaba consigo una automática pena de muerte.
No se contentó con vengarse de Fabia. Además de presentar cargos de impureza contra Fabia —con Catilina—, también los presentó contra Licinia —con Marco Craso— y Arruntia y Popilia —las dos con Catilina—. Se establecieron dos tribunales, uno para juzgar a las vestales, con el propio
Clodio como acusador de las mismas, y otro para juzgar a los amantes, en el que el amigo de Clodio, Plocio —que también había popularizado su nombre, de Plaucio a Plocio—, acusaba a Catilina y a Marco Craso.
Todos los acusados fueron absueltos, pero los juicios causaron gran revuelo, y el siempre presente sentido del humor romano se regocijó muchísimo cuando Craso salió libre simplemente porque declaró que él no había ido tras la virtud de Licinia, sino más bien tras su pequeña y coquetona propiedad en los suburbios. ¿Creíble? El jurado, desde luego, lo consideró así.
Clodio se esforzó todo lo que pudo para conseguir que se declarase culpables a las mujeres, pero se enfrentaba a un abogado defensor particularmente capaz y culto, Marco Pupio Pisón, al cual le ayudaba un pasmoso séquito de abogados jóvenes. La juventud y la falta de pruebas consistentes por parte de Clodio lo derrotaron, en particular después de que una larga lista de exaltadísimas matronas de Roma testificaron que las tres vestales acusadas eran virgo intacta. Para aumentar aún más las aflicciones de Clodio, tanto el juez como el jurado la habían tomado con él; el engreimiento de que hacía gala y su feroz agresividad, poco corrientes en un hombre tan joven, hicieron que todos tomaran partido en contra. Se esperaba que los acusadores jóvenes fueran brillantes, pero también humildes, y la palabra «humilde» no figuraba en el vocabulario de Clodio.
«Abandona toda actividad como acusador —fue el consejo de Cicerón, quien se lo dio con buena intención, cuando todo había terminado. Cicerón, desde luego, se encontraba formando parte del equipo encabezado por Pupio Pisón, porque Fabia era hermanastra de su esposa—. Tu malicia y tus prejuicios resultan demasiado evidentes. Carecen de la objetividad necesaria para una carrera exitosa como acusador.»
Cicerón no se granjeó las simpatías de Clodio con aquel comentario, pero Cicerón era un pez muy pequeño. Clodio rabiaba por hacérselas pagar a Catilina, tanto porque lo había vencido en lo referente a Fabia como porque había logrado eludir la pena de muerte.
Para empeorar más las cosas, una vez que acabaron los juicios, las personas de las que cabía esperar que ayudasen a Clodio le hicieron el
vacío. Además tuvo que soportar una bronca de su hermano mayor, Apio, que estaba muy irritado y avergonzado.
«Se considera que ha sido por puro despecho, pequeño Publio —le dijo el hermano mayor, Apio—, y yo no puedo hacer cambiar de opinión a la gente. Tienes que comprender que hoy en día la gente retrocede horrorizada ante la idea de cuál va a ser el destino de una vestal a la que se considere culpable. ¿Enterrarla viva con una jarra de agua y un pan? ¿Y el destino de los amantes? ¿Atarlos a una estaca en forma de horquilla y azotarlos hasta morir? ¡Es espantoso, sencillamente espantoso! Para lograr que se declarase culpable a alguno de ellos habrían hecho falta un buen montón de pruebas irrefutables. ¡Y tú no has podido presentar prácticamente ninguna! Esas cuatro vestales están emparentadas todas ellas con poderosas familias con las que tú acabas de enemistarte para siempre. No puedo ayudarte, Publio, pero sí que puedo ayudarme a mí mismo marchándome de Roma durante unos cuantos años. Me marcho al Este con Lúculo. Y te sugiero que tú hagas lo mismo.»
Pero Clodio no estaba dispuesto a permitir en modo alguno que nadie decidiese el futuro rumbo de su vida, ni siquiera su hermano mayor, Apio. Así que sonrió con desprecio, le volvió la espalda y se sentenció a sí mismo por ello a pasar cuatro años deambulando por aquella ciudad que lo despreciaba sin piedad, mientras su hermano Apio llevaba a cabo hazañas en el Este que le demostraban a toda Roma que él, en lo concerniente a cometer maldades, era un verdadero Claudio. Pero como sus maldades contribuyeron en gran parte al desconcierto del rey Tigranes, Roma las admiraba —y lo admiraba a él— enormemente.
Ante la imposibilidad de convencer a nadie de que era capaz de acusar a delincuentes y rechazado por los delincuentes que necesitaban defensor, Publio Clodio lo pasó espantosamente mal. En otros el desprecio quizás hubiera hecho que realizasen un examen de conciencia que diera algún fruto positivo en lo concerniente a dominar el carácter, pero en Clodio sirvió para que se debilitase. Ello le privó de poder adquirir experiencia en el Foro y lo dejó confinado a la compañía de un pequeño grupo de nobles jóvenes comúnmente rechazados como casos perdidos. Durante cuatro años Clodio
no hizo más que beber en tabernas de mala muerte, seducir a muchachas de todas las esferas sociales, jugar a los dados y compartir sus insatisfacciones con otros jóvenes que, como él, támbién guardaban rencor a la Roma noble.
Al final fue el aburrimiento lo que lo empujó a hacer algo constructivo, porque en realidad Clodio no tenía temperamento para contentarse con una ronda diaria sin ningún propósito. Como se consideraba diferente, sabía que tenía que sobresalir en algo. De lo contrario moriría igual que estaba viviendo, olvidado y despreciado. Y aquello, sencillamente, no era bastante bueno para él. No era lo bastante grandioso. Para Publio Clodio el único destino aceptable era acabar siendo llamado el Primer Hombre de Roma, aunque no sabía cómo iba a conseguirlo. Sólo que un día se despertó con dolor de cabeza a causa de la resaca y con la bolsa vacía a fuerza de perder jugando a los dados, y decidió que el grado de aburrimiento era demasiado alto como para seguir aguantándolo ni un segundo más. Lo que necesitaba era acción, y se marcharía adonde fuera para encontrarla. Se iría al Este y se uniría al personal privado de su cuñado Lucio Licinio Lúculo. ¡Oh, pero no para ganarse una reputación de soldado brillante y valiente! Los esfuerzos militares no atraían a Clodio lo más mínimo. Pero una vez que formase parte del personal de Lúculo, ¿quién sabe qué oportunidades se le presentarían? Su hermano mayor, Apio, no se había ganado la admiración de Roma haciendo de soldado, sino causándole a Tigranes tantos problemas en Antioquía que el rey de reyes había lamentado aquella decisión suya de querer poner a Apio Claudio Puicher en su lugar y tenerlo esperando varios meses para concederle una audiencia.
Y Publio Clodio se fue hacia el Este no mucho antes de que su hermano mayor, Apio, tuviera pensado regresar; era a principios del año inmediatamente posterior al consulado conjunto de Pompeyo y Craso. El mismo año que César partió para llevar a cabo su labor de cuestor en la Hispania Ulterior.
Tras elegir cuidadosamente una ruta que evitara que se encontrase cara a cara con su hermano mayor, Apio, Clodio llegó al Helesponto y descubrió
que Lúculo se estaba ocupando de pacificar el Ponto, el recién conquistado reino del rey Mitrídates. Después de cruzar el angosto estrecho y llegar a Asia, emprendió la travesía del país en pos del cuñado Lúculo, a quien Clodio conocía: un aristócrata urbano y puntilloso con auténtico talento para el entretenimiento, una inmensa riqueza, que sin duda ahora estaba aumentando rápidamente, y un legendario amor a la buena comida, al buen vino y a la buena compañía. ¡Exactamente la clase de superior que a Clodio le apetecía! Hacer campaña en el séquito personal de Lúculo con toda seguridad tenía que ser un asunto de lujo.
Encontró a Lúculo en Amisus, una magnífica ciudad a orillas del mar Euxino, en el corazón del Ponto. Amisus había sufrido asedio y había salido de él destrozada; ahora Lúculo estaba muy ocupado intentando reparar los daños y poner a bien a sus habitantes con el gobierno de Roma en vez de con el gobierno de Mitrídates.
Cuando Publio Clodio se presentó en el umbral de la puerta, Lúculo le cogió la cartera de cartas oficiales —todas las cuales Clodio había abierto por la fuerza y había estado leyendo con júbilo—, y luego procedió a olvidarse de la existencia de Clodio. El único tiempo que Lúculo le dedicó a su cuñado pequeño fue el que tardó en darle la indicación de que se pusiese a disposición del legado Sornacio; luego regresó a aquello que ocupaba la mayor parte de sus pensamientos: la próxima invasión que iba a llevar a cabo en Armenia, el reino de Tigranes.
Furioso por esta descortés despedida, Clodio se apresuró a marcharse, pero no para ir a ponerse a disposición de nadie, y mucho menos de alguien como Sornacio. Y así, mientras Lúculo ponía en marcha su pequeño ejército, Clodio se dedicó a explorar los caminos apartados y los callejones de Amisus. La lengua griega que hablaba era, desde luego, bastante fluida, así que no encontró impedimentos para hacer amistad con aquellos que encontraba en su deambular, y conoció a muchos que se sentían intrigados por aquel individuo tan poco corriente, tan igualitario y tan extrañamente antirromano como Clodio pretendía ser.
También recogió mucha información acerca de una parte de Lúculo que desconocía por completo: su ejército y las campañas que había llevado a
cabo hasta la fecha.
El rey Mitrídates había huido dos años antes a la corte de su yerno Tigranes, cuando se vio incapaz de combatir contra la falta de escrúpulos romana en la guerra y sintió la vergüenza de aquel cuarto de millón de curtidos soldados que había perdido en el Cáucaso en una inútil expedición de castigo contra los salvajes albanos que habían atacado Colchis. Veinte meses le había costado a Mitrídates convencer a Tigranes de que lo recibiera, y todavía tardó más en convencerlo de que lo ayudase a recuperar sus tierras perdidas del Ponto, Capadocia, Armenia Parva y Galacia.
Naturalmente Lúculo tenía sus espías, y sabía perfectamente bien que ambos reyes se habían reconciliado. Pero en lugar de esperar a que invadieran el Ponto, Lúculo había decidido pasar a la ofensiva e invadir la propia Armenia, para así asestar un golpe a Tigranes e impedir que ayudase a Mitrídates. En un principio su intención había sido no dejar ninguna clase de guarnición en el Ponto, pues confiaba en que Roma y la influencia romana mantendrían el Ponto tranquilo. Pero acababa de perder el cargo de gobernador de la provincia de Asia, y ahora se había enterado, por las cartas que le había llevado Publio Clodio, de que la enemistad que había hecho surgir en los pechos de la ordo equester, allá en Roma, iba creciendo a pasos agigantados. Cuando las cartas le comunicaron no sólo que el nuevo gobernador de la provincia de Asia era un tal Dolabela, sino que además ese Dolabela tenía que «supervisar» también Bitinia, Lúculo comprendió muchas cosas. Estaba claro que los caballeros romanos y sus senadores domesticados preferían la incompetencia al éxito en la guerra. ¡Publio Clodio, concluyó severamente Lúculo, no era un presagio de buena suerte!
Los nueve comisarios enviados desde Roma antes de que su poder allí disminuyese estaban dispersos por todo el Ponto y Capadocia, incluido el hombre que Lúculo quería más en el mundo ahora que Sila estaba muerto: su hermano menor, Varrón Lúculo. Pero los comisarios no poseían tropas, y por el tono de las cartas que había traído Publio Clodio, daba la impresión de que no durarían mucho en el empleo. Por ello Lúculo decidió que no tenía otra elección que dejar dos de sus cuatro legiones en el Ponto como guarnición por si Mitrídates intentaba recuperar su reino sin ayuda de
Tigranes. El legado que más estimaba estaba reparando los estragos causados en la isla de Delos, y aunque sabía que Sornacio era un buen hombre, Lúculo no estaba seguro de que sus capacidades militares fueran suficientes como para dejarlo sin alguien más a su lado. El otro legado senior, Marco Fabio Adriano, tendría que quedarse también en el Ponto.
Después de haber decidido que dos de sus legiones debían permanecer en el Ponto, Lúculo también teníá claro cuáles habían de ser esas dos legiones… lo que no era una perspectiva halagadora. Las legiones pertenecientes a la provincia de Cilicia se quedarían en el Ponto. Eso le dejaba a él solo en marcha hacia el Sur con las dos legiones de fimbrianos. ¡Unas tropas maravillosas! Las aborrecía por completo. Llevaban ya en el Este dieciséis años, y estaban sentenciadas a no volver nunca a Roma ni a la península Itálica porque tenían tal historial de amotinamientos y asesinatos que el Senado se negaba a permitirles que regresaran a casa. Siempre a punto de estallar, eran hombres muy peligrosos; pero Lúculo, que los había utilizado de vez en cuando a lo largo de varios años, había conseguido manejarlos azotándolos sin piedad durante las campañas y concediéndoles todos los caprichos sensuales durante los descansos invernales. De manera que le servían con bastante buena disposición, e incluso le admiraban a regañadientes. Aunque preferían denominarse a sí mismos como las tropas de su primer jefe, Fimbria, y de ahí el nombre de fimbrianos. A Lúculo aquello no le parecía nada mal. ¿Es que acaso él deseaba que se les conociera por el nombre de licinianos o luculianos? Decididamente no.
Clodio se había enamorado hasta tal punto de Amisus que decidió quedarse en el Ponto con los legados Sornacio y Fabio Adriano; ir de campaña había perdido todo atractivo para Clodio en el momento en que Lúculo planeó una marcha de mil millas.
Pero debía ser así. Las órdenes que tenía eran que acompañase a Lúculo formando parte de su séquito personal. ¡Oh bueno, pensó Clodio, por lo menos viviré con relativo lujo! Luego descubrió la idea que tenía Lúculo acerca de lo que eran las comodidades en campaña. A saber, que no existía
ninguna. El epicúreo sibarita que Clodio había conocido en Roma y Amisus había desaparecido por completo; durante la marcha al frente de los fimbrianos Lúculo no disfrutaba de mayores ventajas que cualquier soldado raso, y si no las disfrutaba él tampoco iba a hacerlo ningún miembro de su personal privado. Iban caminando, no a caballo; los fimbrianos caminaban, no iban a caballo. Comían gachas y pan duro; los fimbrianos comían gachas y pan duro. Dormían en el suelo con una laena para cubrirse y un poco de tierra amontonada a modo de almohada; los fimbrianos dormían en el suelo con una laena para cubrirse y tierra amontonada a modo de almohada. Se bañaban en arroyos bordeados de hielo o, si lo preferían, apestaban; los fimbrianos se bañaban en arroyos bordeados de hielo o, si lo preferían, apestaban. Lo que era bueno para los fimbrianos era bueno para Lúculo.
Pero no para Publio Clodio, quien a no muchos días de distancia de Amisus se aprovechó de su parentesco con Lúculo y presentó una amarga queja.
Los ojos de color gris pálido del general lo miraron inexpresivos de arriba abajo, unos ojos tan fríos como el paisaje en deshielo que el ejército atravesaba en aquellos momentos.
—Si quieres comodidades, Clodio, vete a casa —le recomendó.
—No quiero irme a casa, sólo deseo algunas comodidades! —dijo Clodio.
—Una cosa o la otra. Conmigo nunca tendrás las dos a la vez —le dijo su cuñado; y le volvió la espalda con desprecio.
Aquélla fue la última conversación que Clodio mantuvo con él. Ni tampoco la austera y pequeña banda de legados y tribunos militares que rodeaban al general alentaron aquella clase de compañía de la que ahora Clodio no podía prescindir. La amistad, el vino, las mujeres y las travesuras; eran las cosas por las que Clodio suspiraba mientras los días pasaban para él tan lentos como si fueran años y el paisaje continuaba tan inhóspito y árido como Lúculo.
Se detuvieron brevemente en Eusebia Mazaca, donde Ariobarzanes Filoromaios, el rey, dotó al convoy de las provisiones que pudo y le deseó a Lúculo buena suerte. Luego continuaron y se adentraron en un paisaje roto
por abismos y desfiladeros de todos los colores del arco iris, sobre todo del extremo más cálido del espectro, una masa caída de torres de toba y pedruscos en precario equilibrio sobre frágiles cuellos de roca. Rodear aquellos desfiladeros hizo que la longitud de la marcha casi se duplicase, pero Lúculo continuó avanzando lenta y trabajosamente, pues insistía en que su ejército cubriese un mínimo de treinta millas al día. Aquello significaba que tenían que marchar de sol a sol, que montaban el campamento cuando ya estaba cayendo la noche y lo levantaban cuando aún no había aparecido el día. Y cada noche había que montar un campamento como es debido, excavado y fortificado contra… ¿quién? ¿QUIEN? Clodio tenía ganas de hacerle la pregunta a gritos al pálido cielo que flotaba por encima de ellos a una altura mayor que aquella a la que cualquier cielo tiene derecho. Y esa pregunta iba seguida de un ¿POR QUE? formulado a gritos más fuertes que los truenos de aquellas interminables tormentas primaverales.
Por fin llegaron al Éufrates, en Tomisa, y al acercarse a él se encontraron con que sus misteriosas aguas, de un azul lechoso, estaban convertidas en una furiosa masa de nieves derretidas. Clodio dejó escapar un suspiro de alivio. ¡Ahora no había elección! El general tendría que descansar mientras esperaba que el río descendiese de nivel. Pero, ¿lo hizo así? No. En el mismo momento en que el ejército se detenía, el Éufrates empezó a calmarse y a correr con más lentitud, empezó a convertirse en una vía de agua manejable y navegable. Lúculo y los fimbrianos lo cruzaron en barca hasta Sophene, y en cuanto que hubo pasado el último hombre, el río volvió a convertirse en un torrente espumoso.
—Tengo suerte —dijo Lúculo complacido—. Es un buen augurio. Ahora la ruta atravesaba un paisaje ligeramente más amable, en el que
las montañas eran algo más bajas, había buenos pastos, los espárragos silvestres cubrían las laderas y los árboles crecían en pequeños bosquecillos donde bolsas de humedad proporcionaban subsistencia a sus raíces. Pero, ¿qué significaba todo aquello para Lúculo? ¡La orden de que en un terreno fácil como aquél y con espárragos para poder mascar el ejército debía avanzar más de prisa! Clodio, acostumbrado a ir andando a todas partes,
siempre se había considerado en tan buena forma y tan ágil como cualquier romano. Pero ahí estaba Lúculo, con casi cincuenta años, que era capaz de caminar hasta dejar agotado al Publio Clodio de veintidós.
Cruzaron el Tigris, empresa que pareció de poca importancia después de haber cruzado el Éufrates, porque no era tan ancho ni tan veloz como éste; luego, después de haber marchado y haber recorrido más de mil millas en dos meses, el ejército de Lúculo divisó Tigranocerta.
Treinta años antes no existía. El rey Tigranes la había mandado construir para satisfacer sus sueños de gloria y poder; era una espléndida ciudad de piedra con altas murallas, ciudadelas, torres, plazas y patios, jardines colgantes, exquisitos azulejos vidriados de colores verde mar, amarillo fuerte y rojo vivo, inmensas estatuas de toros alados, leones, reyes de rizadas barbas bajo altas tiaras. El emplazamiento había sido elegido teniendo todo en cuenta, tanto que dispusiera de una fácil defensa como que hubiera fuentes internas de agua, e incluso un cercano afluente del Tigris se llevaba el contenido de los extensos alcantarillados que Tigranes había construido a la manera de Pérgamo. Naciones enteras habían caído para financiar la construcción de la ciudad; la riqueza resultaba evidente incluso a lo lejos, cuando los fimbrianos pasaron sobre un promontorio y la vieron: Tigranocerta. Extensa, elevada, hermosa. Porque el rey de reyes, como anhelaba un reino helenizado, había empezado a construirla al estilo griego, pero todos aquellos años de influencia parta de su infancia y juventud resultaban demasiado fuertes; cuando la perfección dórica y jónica palidecían, añadía los vidriados azulejos de colores chillones, los toros alados, los soberanos monolíticos. Luego, todavía insatisfecho con todos aquellos edificios griegos de escasa altura, añadió los jardines colgantes, las torres cuadradas de piedra, los pilones y la fuerza de su educación parta.
Nadie en veinticinco años había osado llevarle al rey Tigranes malas noticias; nadie quería que le cortasen la cabeza o las manos, y ésa era habitualmente la reacción del rey para el portador de malas noticias. Alguien, no obstante, tenía que informarle de que un ejército romano se aproximaba rápidamente procedente de las montañas del Oeste. De manera comprensible, los efectivos militares —comandados por un hijo de Tigranes
llamado príncipe Mitrabarzanes— decidieron enviar un oficial inexperto con aquella sorprendentemente mala noticia. El rey de reyes se dejó llevar por el pánico… pero no antes de hacer colgar al mensajero. Luego huyó con tanta prisa que dejó atrás a la reina Cleopatra junto con las demás esposas, las concubinas, los hijos, los tesoros y una guarnición bajo el mando de Mitrabarzanes. Los avisos salieron desde las costas del mar Hircanio hasta las costas del mar Medio, es decir, a todos los lugares donde gobernaba Tigranes, para que le enviasen tropas, cataphracti, o beduinos del desierto si no podían encontrar otros soldados. Porque nunca se le había pasado por la cabeza a Tigranes que Roma, tan asediada, pudiera invadir Armenia para llamar a las puertas de su recién estrenada capital.
Mientras su padre vagaba escondido en las montañas entre Tigranocerta y el lago Thospitis, Mitrabarzanes guiaba las tropas de que disponía para salir al encuentro de los invasores romanos, ayudado por algunas cercanas tribus de beduinos. Lúculo los derrotó con facilidad y se situó ante Tigranocerta para asediarla, aunque su ejército era demasiado pequeño, con mucho, para poder abarcar la longitud completa de las murallas; se concentró en las puertas y en las patrullas vigilantes. Como además era muy eficiente, muy poco tráfico consiguió pasar desde el interior de las murallas al exterior, y nada en absoluto en sentido contrario. No era, de eso estaba seguro, que Tigranocerta no pudiera aguantar un largo asedio; con lo que él contaba era con la falta de disposición de Tigranocerta para aguantar un largo asedio. El primer paso era derrotar al rey de reyes en un campo de batalla. Y ello le llevaría a un segundo paso, la rendición de Tigranocerta, un lugar lleno de gente que no le tenía ningún amor —aunque sí un gran terror— a Tigranes. Este había poblado esta nueva capital con gente del norte de Armenia y de la antigua capital de Artaxata, con griegos importados en contra de su voluntad desde Siria, Capadocia y Cilicia oriental; era parte vital del programa de helenización que Tigranes estaba decidido a imponer a sus pueblos, de raza meda. Ser griego en cultura y en idioma era ser civilizado. Ser meda en cultura y analfabeto en griego era algo inferior, primitivo. La solución de Tigranes fue secuestrar griegos.
Aunque los dos grandes reyes se habían reconciliado, Mitrídates era demasiado cauteloso como para estar al lado de Tigranes; en cambio, se encontraba con un ejército de apenas diez mil hombres al norte y al oeste del lugar donde Tigranes había huido; no tenía una elevada opinión de Tigranes en cuanto a militar. Con Mitrídates se encontraba el mejor de sus generales, su primo Taxiles, y cuando se enteraron de que Lúculo había asediado Tigranocerta y de que Tigranes estaba reuniendo una inmensa fuerza para romper el cerco, Mitrídates envió a su primo Taxiles a ver al rey de reyes.
«¡No ataques a los romanos!», fue el mensaje de Mitrídates.
Tigranes se inclinó por hacer caso de este consejo a pesar de haber reunido ciento veinte mil soldados de infantería procedentes de lugares tan alejados como Siria y el Cáucaso, y veinticinco mil de los muy temidos soldados de caballería conocidos como cataphracti, caballos y hombres ataviados de la cabeza a los pies con malla de cadena. Se encontraba a más de cincuenta millas de su capital en un recóndito y acogedor valle, pero tenía que moverse. La mayoría de las provisiones de que disponía se guardaban en los graneros y almacenes de Tigranocerta, así que sabía que tenía que establecer contacto con la ciudad si quería que sus numerosos efectivos comieran, y eso, razonó, no tenía que ser demasiado difícil si era cierto que, tal como le habían informado sus espías, el ejército romano no tenía fuerzas suficientes para abarcar todo el perímetro de un lugar tan grandioso como Tigranocerta.
Sin embargo, no se había creído los informes que decían que el ejército romano era diminuto. Hasta que él mismo subió a caballo a la cima de una alta colina situada detrás de la capital y pudo ver por sí mismo de qué tamaño era el mosquito que tenía la suficiente desfachatez de picarle a él.
«Demasiado grande para ser una embajada, pero demasiado pequeño para ser un ejército», fue como lo expresó Tigranes; y dio órdenes de atacar.
Pero los inmensos ejércitos orientales no eran entidades que un Mario o un Sila hubieran deseado tener ni por un momento, ni siquiera en el caso de que alguna vez se les hubiera ofrecido tamaña grandeza militar. Las fuerzas militares debían ser pequeñas, flexibles y con capacidad de maniobra:
fáciles de abastecer, fáciles de controlar, fáciles de desplegar. Lúculo disponía de dos legiones de soldados soberbios, si bien de mala fama, que conocían la táctica militar de Lúculo tan bien como él mismo, más un contingente de dos mil setecientos soldados de caballería procedentes de Galacia que llevaban con él varios años.
El asedio no se había llevado a cabo sin pérdidas por parte de los romanos, pérdidas causadas principalmente por un misterioso fuego de Zoroastro que poseía el rey Tigranes. Los griegos lo llamaban nafta, y procedía de una fortaleza persa que se encontraba situada en algún punto al sudoeste del mar Hircanio. Pequeños grumos luminosos de aquel fuego coleaban en las alturas y acababan aterrizando sobre las torres de asedio, y algunos pedazos volaban por el aire en llamas produciendo un gran estruendo y salpicaban al aterrizar, lanzando hacia arriba llamaradas tan calientes y tan incandescentes que nada podía apagarlas, ni tampoco apagar los incendios que producían, que se extendían por todas partes. Quemaban y mutilaban; pero lo peor de todo era que aterrorizaban. Nadie había experimentado nada igual antes.
Así que cuando Tigranes hizo avanzar sus fuerzas para atacar al mosquito, no comprendía qué diferencia podía suponer el estado de humor del mosquito. Cada uno de los romanos de aquel ejército estaba harto de una dieta monótona, de estar sin mujeres, de los cataphracti, que avanzaban produciendo un ruido sordo sobre sus enormes caballos de Nesea para acosar a las patrullas de búsqueda de Armenia en general y de Tigranocerta en particular. Desde Lúculo hasta los fimbrianos, pasando por los soldados de caballería galacianos, todos ansiaban entrar en combate, y se animaron a sí mismos con gritos roncos cuando los exploradores informaron de que el rey Tigranes se encontraba por fin a la vista.
Lúculo le prometió a Marte Invicto un sacrificio especial y se aprestó para la pelea al alba del sexto día del octubre romano. Abandonadas las líneas de asedio, el general ocupó una colina que se interponía entre el gigante armenio que avanzaba y la ciudad, e hizo sus disposiciones. Aunque no podía saber que Mitrídates había enviado a Taxiles para advertirle al rey de reyes que no entablara combate con los romanos, Lúculo sabía
exactamente cómo tentar a Tigranes para hacerle entrar en batalla: había que poner muy juntas todas sus tropas y aparentar que estaban aterrorizados por el tamaño del gigante armenio. Puesto que todos los reyes orientales estaban convencidos de que la fuerza de un ejército se basaba en el número, seguro que Tigranes atacaría.
Y Tigranes atacó. Lo que se desarrolló a continuación fue una debacle. Nadie en el bando armenio, ni siquiera Taxiles, parecía comprender la utilidad del terreno elevado, y tampoco, por lo que vio claramente Lúculo a medida que la enfurecida hueste corría colina arriba, nadie en la cadena de mando armenia había pensado en desarrollar alguna táctica o estrategia. El monstruo estaba desbocado; no era necesario nada más.
Tomándose su tiempo para ello, Lúculo ideó un castigo temible desde la cima de su colina, preocupado sólo porque las montañas de muertos no fueran a acabar por acorralarlo y frustraran así una victoria segura. Pero cuando puso a la caballería galaciana a despejar las líneas entre los armenios caídos, los fimbrianos se desplegaron hacia fuera y hacia abajo como guadañas en un campo de trigo. El frente armenio se desintegró, empujando a miles de sirios y caucásicos, soldados de a pie, hacia las filas de los enmallados cataphracti hasta que caballos y jinetes cayeron, aplastándose unos a otros. Más huestes armenias murieron de ese modo que los que los enloquecidos fimbrianos hubieran podido matar en relación a su número.
Lúculo, en el informe que envió al Senado de Roma, dijo: «Más de cien mil armenios muertos, y los romanos sólo hemos tenido cinco bajas.»
El rey Tigranes huyó por segunda vez; y estaba tan seguto de que sería capturado que le entregó la tiara y la diadema a uno de sus hijos para que las guardase, exhortando al principito para que galopase más rápido que él, pues era más joven y más ligero. Pero el joven le confió la tiara y la diadema a un esclavo de aspecto oscuro, con el resultado de que los símbolos de soberanía armenios pasaron a propiedad de Lúculo dos días después.
Los griegos, obligados por la fuerza a vivir en Tigranocerta, les abrieron las puertas de la ciudad; estaban tan llenos de júbilo que incluso llevaron a
Lúculo a hombros. Las privaciones eran cosa del pasado; los fimbrianos se zambulleron con igual júbilo en suaves brazos y blandas camas, comieron y bebieron, frecuentaron putas y saquearon la ciudad. El botín fue pasmoso. Ochocientos talentos de oro y plata, treinta millones de medimni de trigo, indecibles tesoros y obras de arte.
¡Y el general se convirtió en humano! Fascinado, Publio Clodio vio emerger al Lúculo que había conocido en Roma del hombre de carácter duro y fríamente despiadado de los últimos meses. Los manuscritos se apilaron para su deleite junto con niñas exquisitas que él retuvo para su propio placer, ya que nunca se sentía más feliz que cuando podía iniciar sexualmente a las niñas que justo estaban floreciendo a la pubertad. ¡Niñas medas, no griegas! El botín se repartió, en una ceremonia que tuvo lugar en el mercado, con ecuanimidad luculana: cada uno de los quince mil hombres recibió por lo menos treinta mil sestercios en dinero, aunque naturalmente no se les pagaría hasta que el botín se hubiera convertido en dinero romano contante y sonante. El trigo reportó doce mil talentos; el astuto Lúculo se lo vendió en bruto al rey Fraates, de los partos.
Publio Clodio no estaba dispuesto ni mucho menos a perdonarle a Lúculo aquellos meses de caminatas y vida dura, ni siquiera cuando su propia participación en el botín ascendió a cien mil sestercios. En algún lugar entre Eusebia Mazaca y la travesía ante Tomisa, añadió el nombre de su cuñado a la lista que tenía de aquellos que habían de pagar por ofenderle: Catilina, Cicerón, el pequeño pez, Fabia, y ahora Lúculo. Después de haber visto el oro y la plata amontonados en las cámaras —en realidad después de haber ayudado a contarlos—, Clodio se concentró al principio en averiguar cómo Lúculo se las había arreglado para engañar a todos cuando se dividió el botín. ¿Sólo treinta mil para cada legionario, para cada soldado de caballería? ¡Ridículo! Hasta que su ábaco le dijo que ochocientos talentos divididos entre quince mil hombres daban solamente trece mil sestercios para cada uno; entonces, ¿de dónde habían salido los restantes diecisiete mil? De la venta del trigo, repuso el general lacónicamente cuando Clodio acudió ante él para que se lo aclarase.
Aquel desperdiciado ejercicio de aritmética sirvió, no obstante, para darle una idea a Clodio. Si había imaginado que Lúculo estaba engañando a sus hombres, ¿qué pensarían éstos si alguien sembrase la semilla del descontento? Hasta que Tigranocerta fue ocupada, Clodio no había tenido ocasión de cultivar la amistad de nadie excepto del pequeño y reservado grupo de legados y tribunos que rodeaban al general. Lúculo era muy estricto en cuanto al protocolo, no aprobaba la confraternización entre los soldados rasos y su personal. Pero ahora que llegaba el invierno, aquel nuevo Lúculo estaba dispuesto a conceder a aquellos que le servían que lo pasaran mejor que nunca, pues la rigidez había cesado. Oh, quedaba trabajo que hacer; por ejemplo, Lúculo ordenó que reunieran a todos los actores y bailarinas y los obligó a actuar para su ejército. Una fiesta circense lejos de la patria para unos hombres que nunca volverían a sus casas. Entretenimientos había de sobra. Y también vino.
El jefe de los fimbrianos era un centurión primus pilus que encabezaba la más veterana de las dos legiones fimbrianas. Se llamaba Marco Silio, y, como el resto, había marchado con Flaco y Fimbria hacia el Este a través de Macedonia diecisiete años antes, cuando no era más que un legionario del montón demasiado joven aún para afeitarse. Cuando Fimbria ganó la lucha por la supremacía, Marco Silio había aplaudido el asesinato de Flaco en Bizancio. Había cruzado hasta Asia, había luchado contra el rey Mitrídates, se había puesto a las órdenes de Sila cuando Fimbria cayó del poder y se suicidó, y luego había luchado para Sila, para Murena y para Lúculo. Había ido con los demás a sitiar Mitilene, época en la cual su rango ya era de pilus prior, muy arriba en la tortuosa gradación de los centuriones. Un año había venido después de otro; las luchas se habían sucedido unas a otras. Todos ellos no eran más que jóvenes imberbes cuando salieron de la península Itálica, porque Italia en aquel entonces se había quedado sin soldados veteranos; habían pasado bajo las águilas la mitad de los años de su vida, y se les había denegado una petición tras otra para licenciarse honorablemente. Marco Silio, su líder, era un hombre amargado de cuarenta y cuatro años que lo único que quería era volver a casa.
A Clodio no le había sido necesario verificar esta información; hasta los legados tan agrios como Sextilio hablaban de vez en cuando, y solían hacerlo acerca de Silio o del centurión primus pilus de la otra legión fimbriana, llamado Lucio Cornificio, que no pertenecía a la prometedora familia que llevaba ese nombre.
Ni tampoco fue difícil encontrar la guarida de Silio dentro de Tigranocerta; Cornificio y él habían requisado un palacio secundario que había pertenecido a uno de los hijos de Tigranes, y se habían trasladado allí con algunas mujeres muy deleitables y esclavos suficientes para servir a una cohorte.
Publio Clodio, miembro patricio de un clan augusto, fue de visita, e igual que los griegos ante Troya, llevó presentes. ¡Oh, no del tamaño de caballos de madera! Clodio llevó una bolsita de setas que Lúculo —a quien le gustaba experimentar con tales sustancias— le había dado y una tinaja del mejor vino tan grande que fueron necesarios tres sirvientes para manejarla.
Lo recibieron con recelo. Ambos centuriones sabían bien quién era, qué relación tenía con Liculo y cómo se había portado durante la marcha, en el sitio de la ciudad y en el transcurso de la batalla. Todo lo cual no les impresionaba en absoluto, como tampoco les impresionaba la persona de Clodio, porque era un hombre de talla corriente y con un físico demasiado mediocre para sobresalir en medio de la multitud. Lo que sí admiraban en él era el descaro: entró caminando como si fuera el dueño del lugar, se arrellanó en un gran cojín cubierto con un tapiz entre los divanes donde los dos hombres se encontraban abrazados a las mujeres de turno, sacó la bolsa de setas y se puso a contarles, parlanchín, lo que iba a ocurrir cuando comieran de aquel raro alimento.
—¡Es una sustancia asombrosa! —les dijo mientras alzaba y bajaba rápidamente las cejas en un gesto cómico—. Tomad un poco, pero masticad muy despacio y no esperéis que ocurra nada hasta al cabo de un buen rato.
Silio no hizo ademán de aceptar aquella invitación y advirtió que Clodio tampoco se puso a mascar una de aquellas setas de sombrerito, ni despacio ni de ninguna otra manera.
—¿Qué quieres? —le preguntó bruscamente Silio.
—Hablar —repuso Clodio; y sonrió por primera vez.
Aquello siempre resultaba una buena impresión para aquellos que no habían visto nunca sonreír a Clodio; transformaba lo que de lo contrario no era más que un rostro tenso y ansioso en algo súbitamente tan agradable, tan atractivo, que hacía que las sonrisas brotaran a su alrededor. Y así ocurrió en el momento que Clodio esbozó su sonrisa: que la sonrisa apareció en los labios de Silio, en los de Cornificio y en los de ambas mujeres.
Pero a un fimbriano no se le ganaba tan rápidamente. Clodio era el enemigo, un enemigo incluso más importante que cualquier armenio, cualquier sirio o cualquier caucásico. Así que cuando su sonrisa se apagó, Silio mantuvo la mente clara, permaneció con actitud escéptica acerca de los motivos que Clodio tenía para ir a visitarlos.
Todo lo cual Clodio ya medio se lo esperaba, de modo que entraba dentro de sus planes. Ya había observado durante aquellos cuatro humillantes años en que había estado perdiendo el tiempo en Roma que a cualquier persona de alta cuna se le consideraba con extrema suspicacia por aquellos que se encontraban por debajo de él, y que, en conjunto, todos aquellos que estaban por debajo de él no eran capaces de hallar ningún motivo razonable por el cual una persona de alta cuna hubiera de querer vivir como los pobres. Sin timón, condenado al ostracismo por sus iguales y desesperado por hacer algo, Clodio se empeñó en alejar la desconfianza de sus inferiores. La sensación de victoria cuando tenía éxito resultaba acogedora, pero además había encontrado auténtico placer en la compañía de inferiores; le gustaba estar mejor educado y ser más inteligente que cualquiera de los que se encontraban en una habitación, pues ello le proporcionaba una ventaja que nunca había tenido entre sus iguales. Se sentía como un gigante. Y transmitía el mensaje a sus inferiores de que él era un tipo de alta cuna al que realmente le importaban y le atraían la gente y las circunstancias más simples. Aprendió a colarse entre ellos y a sentirse como en casa. Estaba encantado con aquella nueva clase de adulación.
La técnica que utilizaba consistía en hablar. Sin usar nunca palabras solemnes, sin hacer nunca alusiones accidentales a oscuros poetas o dramaturgos griegos, sin ninguna indicación de que la compañía, la bebida o el lugar donde se encontrara no le complacieran plenamente. Y mientras hablaba emborrachaba a la audiencia con vino y hacia ver que él también lo consumía en grandes cantidades, aunque se cercioraba de que al final él fuera el hombre más sobrio de la habitación. Pero no lo aparentaba; era experto en derrumbarse debajo de la mesa, en caerse del taburete, en salir precipitadamente de la habitación para vomitar. La primera vez que se trabajaba a una víctima, las personas que había alrededor conservaban cierto escepticismo, pero volvía a la carga una vez, y otra, y otra, hasta que al final incluso el más receloso de los presentes tenía que admitir que Publio Clodio era un tipo realmente maravilloso, alguien corriente que había tenido la desgracia de nacer en el ambiente equivocado. Después de haber entablado confianza, Clodio descubrió que podía manipular a todos a su gusto con tal de que nunca dejase entrever sus verdaderas ideas y sentimientos. Los humildes a los que camelaba, eso pronto lo tuvo claro, no eran más que paletos urbanos, incultos, ignorantes, iletrados… que ansiaban desesperadamente que aquellos que eran mejores que ellos los estimasen, que ansiaban encontrar su aprobación. Estaban esperando a que les dieran forma.
Marco Silio y Lucio Cornificio no eran en nada diferentes de cualquier elemento de taberna de humildes romanos urbanos, aunque se hubieran marchado de Italia a los diecisiete años. Eran duros, crueles y despiadados. Pero a Publio Clodio los dos centuriones le parecían tan maleables como la arcilla en manos de un maestro escultor. Juego fácil. Fácil…
Una vez que Silio y Cornificio se confesaron a sí mismos que les gustaba, que les divertía, entonces Clodio empezó a enterarse de la opinión de ellos, a preguntarles su parecer acerca de esto y aquello… eligiendo siempre temas que ellos conocieran, materias en las que pudieran sentirse autoridades. Y después les hizo ver que los admiraba; que admiraba su rudeza, su resistencia para el trabajo, que consistía en hacer de soldados y, por lo tanto, de importancia primordial para Roma. Finalmente se convirtió
en su igual además de en su amigo, otro más de los muchachos, una luz en la oscuridad; era uno de ellos; pero como uno de nosotros, él estaba en posición de, ante cualquier situación apremiante, llamar la atención de ellos, los que estaban en el Senado y en los Comicios, en el Palatino y en las Carinae. ¡Oh, él era joven, sí, no era más que un muchacho! Pero los muchachos crecían, y cuando cumpliera los treinta, Publio Clodio entraría por las sagradas puertas del Senado; ascendería en el cursus honorum con tanta naturalidad como el agua que fluye sobre mármol pulido. Al fin y al cabo él era un Claudio, miembro de un clan que nunca había eludido el consulado a través de muchas generaciones. Uno de ellos, pero también uno de nosotros.
No fue hasta la quinta visita que les hizo cuando Clodio sacó a colación el tema del botín y del reparto que Lúculo había hecho del mismo.
—iMiserable tacaño! —dijo Clodio con palabras borrosas.
—¿Quién? —le preguntó Silio aguzando los oídos.
—Mi estimado cuñado Lúculo, que engatusa a los soldados como vosotros con una miseria. ¡Treinta mil sestercios a cada uno cuando había ocho mil talentos en Tigranocerta!
—¿Que nos engatusó? —preguntó Comificio, atónito—. ¡Él siempre ha dicho que prefiere repartir el botín en el campo de batalla que después de una vuelta triunfal, porque así el Tesoro no puede engañarnos!
—Eso es lo que pretende haceros creer —dijo Clodio manteniendo la copa de vino inclinada, como si estuviera borracho—. ¿Sabéis hacer cuentas?
—¿Cuentas?
—Ya sabes, sumar, restar, multiplicar y dividir.
—Oh, un poco de todo —dijo Silio, que no quería parecer poco instruido.
—Bueno, una de las ventajas de tener un pedagogo particular cuando eres joven es que tienes que hacer una cuenta tras otra una y otra vez. ¡Y te azotan si no lo haces! —dijo Clodio dejando escapar una risita tonta—. Así que me he sentado a hacer unas cuantas cuentas, como multiplicar talentos por buenos sestercios romanos, y luego los he dividido entre quince mil. ¡Y
puedo decirte, Marco Silio, que los hombres de tus dos legiones deberían haber recibido diez veces treinta mil sestercios cada uno! ¡Ese arrogante y altivo mentula de cuñado mío salió haciéndose el generoso y procedió a meterle el puño por el culo a todos y cada uno de los fimbrianos!
—Clodio golpeó el puño derecho contra la palma de la mano izquierda
—. ¿Habéis oído eso? ¡Pues eso no es nada comparado con el modo como Lúculo os ha metido el puño a vosotros por el culo!
Ellos lo creyeron no sólo porque querían creerle, sino porque además Clodio hablaba con total autoridad; luego procedió a hacer desfilar una serie de cifras una tras otra con la misma rapidez con que parpadeaba, una letanía de desfalcos de Lúculo desde que había llegado al Este seis años antes para tomar el mando de los fimbrianos. ¿Cómo iba a equivocarse alguien que sabía tanto? ¿Y qué sacaba con mentir? Silio y Cornificio le creyeron.
Lo demás resultó fácil. Mientras los fimbrianos pasaban el invierno de jarana en Tigranocerta, Publio Clodio les iba susurrando al oído a los centuriones, y los centuriones les susurraban al oído a los soldados, y los soldados les susurraban al oído a los galacianos. Algunos de los hombres habían dejado a sus mujeres en Amisus, y cuando las dos legiones cilicias, bajo el mando de Sornacio y Fabio Adriano, partieron de Amisus hacia Zela, las mujeres los siguieron como hacen siempre las mujeres de los soldados. Apenas había alguno que supiera escribir, y sin embargo se corrió la voz durante todo el camino desde Tigranocerta hasta el Ponto de que Lúculo había engañado constantemente al ejército en el reparto del botín. Tampoco nadie se molestó en comprobar la aritmética de Clodio. Era preferible creer que les habían engañado cuando la recompensa por creerlo era diez veces lo que Lúculo decía que habían de obtener. ¡Además, Clodio era tan listo! ¡Era incapaz de cometer un error aritmético o estadístico! ¡Lo que Clodio decía seguro que era cierto! Muy inteligente, Clodio. Había aprendido el secreto de la demagogia: decirle a la gente lo que más desea oír, y no decirles nunca lo que no quieren oír.
Mientras tanto Lúculo no había estado ocioso, a pesar de las incursiones entre manuscritos y chicas menores. Había hecho rápidos viajes a Siria y había enviado de regreso a sus hogares a todos los griegos desplazados. El imperio meridional de Tigranes se estaba desintegrando, y Lúculo tenía intención de asegurar que Roma heredase. Porque había un tercer rey en el Este que representaba una amenaza para Roma, el rey Fraates de los partos. Sila había llevado a cabo un tratado con el padre de Fraates por el que se concedía a Roma todo lo que quedaba al oeste del Éufrates, y todo lo que quedaba al este del Éufrates pertenecía al reino de los partos.
Cuando Lúculo les vendió a los partos los treinta millones de medimni de trigo que había encontrado en Tigranocerta, lo había hecho para impedir que con ese trigo se llenasen las barrigas de los armenios. Pero al tiempo que barcaza tras barcaza bajaba veloz por el Tigris hacia Mesopotamia y el reino de los partos, el rey Fraates le envió un mensaje en que solicitaba un nuevo tratado con Roma que delimitara las mismas fronteras: todo lo que quedaba al oeste del Éufrates que fuera de Roma, y todo lo que quedaba al este que perteneciera al rey Fraates. Luego Lúculo se enteró de que Fraates estaba negociando también con el refugiado Tigranes, el cual le prometía devolverle aquellos setenta valles situados en Atropatena, en Media, a cambio de que le proporcionase ayuda parta contra Roma. Aquellos reyes orientales eran enrevesados, y no había que fiarse de ellos; eran poseedores de valores orientales, y los valores orientales fluctuaban como la arena.
Y en este punto unas visiones de riqueza que sobrepasaban cualquier sueño romano asaltaron de pronto la mente de Lúculo. ¡Imagina qué se encontrara en Seleucia, sobre el Tigris, en Ctesifón, en Babilonia, en Susa! ¡Si dos legiones romanas y menos de tres mil soldados de caballería galacios prácticamente podían eliminar a un enorme ejército armenio, ¡cuatro legiones romanas y la caballería galacia podrían conquistar todo el territorio de Mesopotamia hasta el mar Eritreo! ¿Qué resistencia podían ofrecer los partos que Tigranes no hubiera utilizado ya? Desde los cataphracti hasta el fuego de Zoroastro, el ejército de Lúculo había sabido
vérselas con todo. Lo único que necesitaba hacer él era traer a las dos legiones cilicias desde el Ponto.
Lúculo tomó la decisión en cuestión de momentos. En primavera invadiría Mesopotamia y aplastaría el reino de los partos. ¡Qué susto se llevarían los caballeros de la ordo equester y sus partidarios del Senado! Lucio Licinio Lúculo les daría una lección. Y se la daría al mundo entero.
Envió mensajeros a Somacio, que se encontraba en Zela: «Trae a las legiones cilicias a Tigranocerta inmediatamente. Marchamos hacia Babilonia y Elymais. Seremos inmortales. Haremos que todo el Este quede bajo el dominio de Roma y eliminaremos al último de sus enemigos.»
Naturalmente, Publio Clodio tuvo noticia de todos aquellos planes cuando visitó el ala del palacio principal donde Lúculo había establecido su residencia. En realidad Lúculo últimamente estaba mejor dispuesto hacia su joven cuñado, porque Clodio se había quitado de su camino y no había intentado hacer maldades entre los tribunos militares jóvenes, una costumbre que había adquirido durante la marcha desde el Ponto el año anterior.
—Yo haré más rica a Roma de lo que lo haya sido nunca —dijo contento Lúculo, cuya larga cara por fin se había suavizado—. Marco Craso parlotea continuamente sobre la riqueza que se conseguiría por la toma de Egipto, pero el reino de los partos hace que Egipto parezca un país pobre. Desde el Indo hasta el Éufrates, el rey Fraates exige tributos. Pero cuando yo haya terminado de una vez para siempre con Fraates, todos esos tributos fluirán hacia nuestra querida Roma. ¡Tendremos que construir un edificio del Tesoro nuevo para poder guardarlos!
Clodio se apresuró a ver a Silio y a Cornificio.
—¿Qué os parece la idea? —les preguntó Clodio elegantemente. A los dos centuriones les gustaba muy poco, como dejó claro Silio en nombre de los dos.
—Tú no conoces las llanuras —le dijo a Clodio—, ¡pero nosotros sí! Hemos estado en todas partes. ¿Una campaña en verano bajando por todo el Tigris hasta Elymais? ¿Con el calor y la humedad que hace en esas fechas?
Los partos están acostumbrados a esas condiciones climatológicas, pero nosotros moriremos.
Hasta entonces Clodio había tenido la mente puesta en el saqueo y ni siquiera había pensado en el clima. Sin embargo, ahora no tuvo más remedio que hacerlo. ¿Una marcha bajo el azote del sol, el estorbo del sudor y con Lúculo al mando? ¡Peor que todo lo que había soportado antes!
—Muy bien —dijo con viveza—. Entonces será mejor que nos aseguremos de que esa campaña nunca se lleve a cabo.
—¡Las legiones cilicias! —apuntó Silio al instante—. Sin ellas no podemos marchar para adentramos en un país tan llano como una tabla. Y Lúculo lo sabe. Cuatro legiones para formar un cuadrado defensivo perfecto.
—Ya ha mandado llamar a Sornacio —intervino Clodio frunciendo el entrecejo.
—El mensajero viajará raudo como el viento, pero Sornacio no tendrá el ejército reunido y en disposición de marcha antes de un mes —dijo Cornificio confiado—. Está solo en Zela, Fabio Adriano salió hacia Pérgamo.
—¿Cómo sabes tú eso? —le preguntó Clodio con curiosidad. —Tenemos nuestras fuentes —dijo Silio sonriendo—. Lo que tenemos
que hacer es enviar a Zela a alguno de los nuestros.
—¿Para hacer qué?
—Para decirles a los cilicios que se queden donde están. Cuando se enteren de adónde se dirige el ejército, se declararán en huelga y se negarán a moverse. Si estuviera allí Lúculo lograría hacer que se moviesen, pero Sornacio no tiene el empuje ni el sentido común necesarios para manejar un motín.
Clodio fingió estar horrorizado.
—¿Motín? —graznó.
—En realidad no se trata de un motín en toda regla —dijo Silio en tono tranquilizador—. Esos tipos estarán contentos de luchar por Roma… siempre que sea en el Ponto. Así que, ¿cómo podría clasificarse eso de motín en toda regla?
—Cierto —dijo Clodio aparentando alivio. Y preguntó—: ¿A quién podéis enviar a Zela?
—A mi propio ordenanza —dijo Cornificio al tiempo que se ponía en pie—. No hay tiempo que perder, haré que se ponga en camino ahora mismo.
Lo cual dejó solos a Clodio y a Silio.
—Nos has sido de grandísima ayuda —dijo Silio con gratitud—. Nos alegramos de veras de conocerte, Publio Clodio.
—No tanto como yo me alegro de conocerte a ti, Marco Siio.
—Conocí a otro joven patricio muy bien en cierta ocasión —dijo Silio mientras con aire pensativo le daba vueltas entre las manos al vaso dorado.
—¿Sí? —preguntó Clodio realmente interesado; uno nunca sabía adónde conducían aquellas conversaciones, qué podría surgir que le resultara provechoso a Clodio—. ¿Quién? ¿Cuándo?
—En Mitilene, hace unos once o doce años. —Silio escupió en el suelo de mármol—. ¡Otra campaña de Lúculo! Parece que nunca puedo yerme libre de él. Nos reunieron a los dos en la misma cohorte, a todos los tipos que Lúculo decidió que resultábamos demasiado peligrosos para ser de fiar… todavía nos acordábamos mucho de Fimbria por entonces. Así que Lúculo decidió ponernos de arqueros bajo el mando de ese niño bonito. Se llamaba Cayo Julio César y creo que sólo tenía veinte años.
—¿César? —Clodio se incorporó, alerta—. Lo conozco; bueno, he oído hablar de él. De todos modos, Lúculo lo odia.
—Entonces también lo odiaba. Por eso lo puso con los arqueros. Pero no resultó lo que él pensaba. ¡Dicen que era frío! Era como el hielo. ¿Y luchar? ¡Por Júpiter, vaya si sabía luchar! Nunca paraba de pensar, eso es lo que lo hacía tan bueno. Me salvó la vida en aquélla batalla, por no mencionar la de todos los demás. Pero lo mío fue personal. Todavía no sé cómo logró hacerlo. Pensé que yo iba a ser pasto de las llamas, Publio Clodio.
—Ganó una corona cívica —apuntó Clodio—. Por eso lo recuerdo tan bien. No hay demasiados abogados que aparezcan ante un tribunal llevando una corona de hojas de roble en la cabeza. Y es sobrino de Sila.
—Y sobrino de Cayo Mario —dijo Silio—. Nos lo dijo al comienzo de la batalla.
—Eso es, una de sus tías se casó con Mario y la otra se casó con Sila. —
Clodio parecía complacido—. Bueno, en cierto modo es primo mío, así que
eso lo explica todo.
—¿Explica qué?
—¡Su valentía y que te cayera bien!
—Ya lo creo que me caía bien. Sentí mucho que regresara a Roma con Termo y los soldados asiáticos.
—Y los pobres fimbrianos tuvieron que quedarse atrás, como siempre —dijo suavemente Clodio—. ¡Bueno, alégrate! ¡Yo voy a escribir a todo el mundo que conozco en Roma para hacer que levanten ese decreto senatorial!
—Tú, Publio Clodio —le dijo Silio con los ojos llenos de lágrimas— eres el Amigo de los Soldados. No lo olvidaremos.
Clodio pareció emocionado.
—¿El Amigo de los Soldados? ¿Es así como me llamáis?
—Así es como te llamamos.
—Yo tampoco lo olvidaré, Marco Silio.
A mediados de marzo un mensajero aterido y exhausto llegó del Ponto para informar a Lúculo de que las legiones cilicias se habían negado a moverse de Zela. Sornacio y Fabio Adriano habían hecho todo lo que se les había ocurrido, pero los cilicios no quisieron moverse, ni siquiera cuando el gobernador Dolabela les envió una seria advertencia. Y ésa no era la única noticia inquietante de Zela. De algún modo, escribía Sornacio, la tropa de las dos legiones cilicias había sido inducida a creer que Lúculo les había engañado con respecto a la justa parte que les correspondía de todo el botín que se había repartido desde el momento en que Lúculo regresara al Este hacía seis años. Sin duda, la perspectiva del calor a lo largo del Tigris era la verdadera causa del motín, pero el mito de que Lúculo era un tramposo y un mentiroso no había servido precisamente de ayuda.
La ventana ante la cual se hallaba sentado Lúculo daba a una panorámica de la ciudad, en dirección a Mesopotamia; Lúculo miraba fijamente, aunque sin ver, hacia el lejano horizonte de montañas bajas y trató de hacerse a la idea de que lo que había llegado a ser un sueño posible y tangible se hubiera disuelto. ¡Qué tontos, qué idiotas! ¿Él, un Licinio Lúculo, iba a escamotear dinero en aquellas cuentas de poca monta a los hombres que estaban bajo su mando? ¿Él, un Licinio Lúculo, iba a rebajarse al nivel de aquellos avariciosos publicani que se enriquecían rápidamente en Roma? ¿Quién había hecho tal cosa? ¿Y por qué no habían sido capaces de ver por sí mismos que no era cierto? Unos cuantos cálculos sencillos, eso era lo único que habría hecho falta.
Su sueño de conquistar el reino de los partos había terminado. Llevar a menos de cuatro legiones por un terreno completamente llano sería un suicidio, y Lúculo no era un suicida. Suspiró, se puso en pie y fue a buscar a Sextilio y a Fanio, los legados de más categoría que se hallaban con él en Tigranocerta.
—Y entonces, ¿qué vas a hacer? —le preguntó Sextilio atónito.
—Haré todo lo que esté en mi mano con las fuerzas de que dispongo — dijo Lúculo con una frialdad cada vez más acentuada—. Iré hacia el norte en persecución de Tigranes y Mitrídates. Los obligaré a que se retiren por delante de mí, los acorralaré en Artaxata y los haré pedazos.
—No es la mejor época del año para ir tan lejos hacia el norte —dijo Lucio Fanio con aspecto preocupado—. No podremos partir hasta… oh, hasta sextilis, según el calendario. Luego sólo dispondremos de cuatro meses. Dicen que todo el terreno está por encima de los cinco mil pies, y la estación propicia para los cultivos dura escasamente el verano. Tampoco podremos llevar con nosotros demasiadas provisiones; y creo que el terreno de montaña es roca sólida. Pero tú, claro, seguro que quieres ir hacia el oeste del lago Thospitis.
—No, pienso ir al este del lago Thospitis —respondió Lúculo, que ya se había encerrado por completo en su concha—. Si el único tiempo de que disponemos son cuatro meses, no podemos permitirnos un rodeo de doscientas millas sólo porque la marcha sea en cierto modo más fácil.
Sus legados parecían disgustados, pero ninguno se atrevió a discutir.
Acostumbrados desde hacía mucho a aquella helada expresión del rostro de
Lúculo, no creían que ningún argumento fuera a disuadirlo.
—Y mientras tanto, ¿qué harás? —le preguntó Fanio.
—Dejar aquí a los fimbrianos revolcándose en la buena vida —dijo Lúculo con un tono de desprecio—. ¡Bastante les complacerá ya la noticia!
Así fue como a primeros del mes sextilis el ejército de Lúculo por fin partió de Tigranocerta, pero no para marchar hacia el Sur, con el calor. Esta nueva dirección —como supo Clodio a través de Silio y Cornificio— no complacía precisamente a los fimbrianos, quienes hubieran preferido holgazanear en Tigranocerta fingiendo estar de servicio en la guarnición. Pero por lo menos el clima sería soportable. ¡Y en toda Asia no había montaña capaz de acobardar a un fimbriano! Ellos las habían escalado todas, afirmaba Silio complacido. Y aparte de esto, cuatro meses significaban una bonita y breve campaña. Cuando llegara el invierno estarían de regreso en la acogedora Tigranocerta.
Lúculo en persona abría la marcha sumido en un silencio pétreo, porque se había enterado durante una visita a Antioquía que lo habían destituido del cargo de gobernador de Cilicia; iban a poner la provincia en manos de Quinto Marcio Rex, el cónsul senior de aquel año, y Rex estaba ansioso por partir hacia el Este durante su consulado. ¡Con tres legiones recién formadas que lo acompañaban!, según oyó el ultrajado Lúculo. ¡Y sin embargo él, Lúculo, no consiguió sacarle a Roma ni una sola legión cuando su propia vida dependía de ello!
—Por lo que a mí respecta, muy bien —dijo Publio Clodio con presunción—. Rex también es mi cuñado, no lo olvides. Yo soy como un gato: ¡siempre aterrizo de pie! Si no me quieres a tu lado, Lúculo, iré a reunirme con Rex en Tarso.
—¡No te apresures! —repuso Lúculo con un gruñido—. Lo que no te he dicho todavía es que Rex no puede salir hacia el Este tan pronto como había
planeado. El cónsul junior murió, y luego murió también el cónsul suplente; Rex no puede moverse de Roma hasta que acabe su consulado.
—¡Oh, vaya! —dijo Clodio.
Y acto seguido se marchó.
Una vez que dio comienzo la marcha a Clodio se le hizo imposible buscar a Silo o a Cornificio sin que ello se hiciese evidente; durante aquella etapa inicial decidió mantenerse discretamente entre los tribunos militares sin decir ni hacer nada. Tenía la impresión de que cuando pasase un poco de tiempo se le presentaría la oportunidad, porque los huesos decían que a Lúculo se le había acabado la suerte. Y él no era el único que pensaba así; los tribunos, e incluso los legados, estaban empezando a cuchichear acerca de la mala suerte de Lúculo.
Los guías le habían aconsejado a éste que marchase siguiendo hacia arriba el curso del Canirites, el afluente del Tigris que corría junto a Tigranocerta y subía por el macizo, al sudeste del lago Thospitis. Pero todos los guías eran árabes de las tierras bajas; por mucho que Lúculo había buscado no había encontrado a nadie en la región de Tigranocerta que procediera del macizo situado al sudeste del lago Thospitis. Lo cual le habría dicho algunas cosas acerca del país en el que se estaba aventurando, pero no fue así porque su espíritu estaba tan dolorido a causa del fracaso de las legiones cilicias que ya no era capaz de ser objetivo. Sin embargo, sí que tuvo la mente lo suficientemente fría como para enviar por delante a algunos de sus jinetes galacios. Estos regresaron para informarle de que el Canirites tenía un curso corto que acababa en una auténtica muralla de montañas que ningún ejército podría cruzar, ni siquiera a pie.
—Vimos a un pastor nómada —le dijo el jefe de la patrulla—, y nos sugirió que nos dirigiéramos hacia el Lico, el próximo gran afluente del Tigris por el sur. Tiene el curso largo y corre tortuoso entre la pared de montañas misma. Dice que su nacimiento es más apacible, que seríamos capaces de cruzar en algún punto hasta la tierra más baja que rodea el lago Thospitis; y una vez allí, nos ha explicado, será más fácil avanzar.
Lúculo frunció horriblemente el entrecejo por el retraso que ello suponía y expulsó a los árabes con cajas destempladas. Cuando pidió ver al
pastor con la idea de convertirlo en guía, los galacios le informaron con tristeza de que el muy granuja había desaparecido junto con sus ovejas y no podían encontrarlo.
—Muy bien, nos pondremos en marcha hacia el Lico —dijo el general.
—Hemos perdido dieciocho días —apuntó Sextilio tímidamente.
—Ya lo tengo en cuenta. Y así, después de haber hallado el Lico, los fimbrianos y la caballería comenzaron a seguir el curso del río y se adentraron en un terreno cada vez más elevado a través de un valle que iba estrechándose a cada paso. Ninguno de ellos había estado con Pompeyo cuando éste abrió una nucva ruta al atravesar los Alpes occidentales, pero si alguno hubiera estado, habría podido contarles a los demás que la senda de Pompeyo era cosa de niños comparado con esto. Y el ejército continuó trepando, esforzándose por abrirse camino entre grandes rocas arrojadas por el río, que ahora se había convertido en un rugiente torrente imposible de vadear y que se hacía cada vez más estrecho, más profundo, más agreste.
Doblaron un recodo y emergieron a una loma cubierta en su mayor parte de hierba que se extendía como si fuera un parque; no era exactamente una cuenca, pero por lo menos el lugar ofrecía un poco de pasto para los caballos, que estaban delgados y hambrientos. Pero ello no consiguió alegrarlos, porque el extremo más distante —que era aparentemente la línea divisoria de la cuenca— era algo aterrador. Y Lúculo no estaba dispuesto a permitirles que se quedaran allí más de tres días; llevaban más de un mes de camino, y en realidad se encontraban a muy poca distancia de Tigranocerta, hacia el norte.
La montaña que les quedaba a la derecha cuando empezaron a avanzar por aquella espantosa tierra virgen era un gigante de dieciséis mil pies, y ellos estaban a diez mil pies de altura en la ladera de la misma; jadeaban bajo el peso de los petates, se preguntaban por qué les dolía la cabeza, por qué daba la impresión de que no conseguirían nunca llegar a llenar el pecho de aquel precioso aire. La única salida era un nuevo y pequeño torrente, y las paredes de la montaña se alzaban a ambos lados del mismo tan abruptas que ni la nieve podía encontrar allí asidero alguno. A veces les costaba un día entero sortear sólo una milla escasa, gateando a duras penas sobre las
rocas, agarrándose al borde de la hirviente catarata que iban siguiendo, tratando con desesperación de no precipitarse al vacío y golpearse hasta quedar convertidos en picadillo.
Nadie veía la belleza; la marcha era demasiado espantosa. Y no parecía hacerse menos espantosa a medida que los días transcurrían con lentitud y la catarata parecía no calmarse nunca, sólo se ensanchaba y se hacía más profunda. Por la noche. hacía un frío glacial, aunque ya estaban en pleno verano, y durante el día, los enormes muros de montaña que los cercaban no les permitían sentir el sol. No podía haber nada peor.
Hasta que vieron la nieve manchada de sangre, justo cuando el desfiladero que habían ido recorriendo empezaba a ensancharse ligeramente y los caballos lograban mordisquear un poco de hierba. Ahora menos verticales, aunque casi igual de altas, las montañas contenían sabanas y ríos de nieve en sus hendiduras. Nieve que tenía exactamente el mismo color rosa parduzco producido por la sangre que la nieve de un campo de batalla después de terminar la matanza.
Clodio se precipitó hacia el lugar donde se hallaba Cornificio, cuya legión precedía a la de veteranos que mandaba Silio.
—¿Qué significa eso? —le preguntó Clodio aterrado.
—Significa que vamos hacia una muerte cierta —le contestó Cornificio. —¿Lo habías visto alguna vez antes?
—¿Cómo iba a haberlo visto antes si está aquí como un mal presagio para todos nosotros?
—¡Tenemos que dar la vuelta! —dijo Clodio estremeciéndose.
—Ya es demasiado tarde —le indicó Cornificio.
De manera que continuaron con gran esfuerzo, aunque ahora con un poco más de facilidad porque el río había logrado excavar dos márgenes y la altura iba disminuyendo. Pero Lúculo anunció que se encontraban demasiado al este, así que el ejército, todavía mirando fijamente la nieve manchada de sangre que los rodeaba en las cimas, empezó a escalar una vez más. En ninguna parte habían hallado signos de vida, aunque todos tenían órdenes de capturar a cualquier nómada que se pudieran encontrar. ¿Cómo podría nadie vivir mirando la nieve ensangrentada?
Dos veces escalaron hasta diez y once mil pies, dos veces cayeron dando traspiés, pero el segundo desfiladero resultó más acogedor, porque la nieve manchada de sangre desapareció y se convirtió en una hermosa y corriente nieve blanca, y en lo alto del segundo desfiladero miraron a lo lejos y vieron el lago Thospitis soñando exquisitamente azul al sol.
Con las rodillas débiles, el ejército descendió hasta lo que parecían los Campos Elíseos, aunque la altitud continuaba siendo de cinco mil pies y no había el menor rastro de cosechas, porque nadie quería arar un suelo que permanecía helado hasta el verano y volvía a helarse con el primer soplo del viento otoñal. Tampoco había árboles, pero crecía la hierba; los caballos engordaron, aunque no los hombres, y por lo menos volvía a encontrarse espárragos silvestres.
Lúculo aceleró el avance, pues era consciente de que en dos meses no había logrado avanzar más de sesenta millas hacia el norte de Tigranocerta. Sin embargo, lo peor había pasado; ahora podían marchar con más rapidez. Al bordear el lago halló un pequeño poblado de nómadas que habían sembrado grano, y cogió hasta la última espiga para aumentar las mermadas provisiones. Unas cuantas millas más adelante encontró más grano, y lo cogió también junto con todas las ovejas que el ejército pudo encontrar. Ahora el aire ya no parecía tan tenue; no porque no lo fuera, sino porque todos se habían acostumbrado a la altura. El río que corría al salir de entre otras elevadas cumbres del norte y desembocaba en el lago era bastante ancho y plácido, además seguía la misma dirección que Lúculo tenía pensado tomar. Los aldeanos, que hablaban un meda distorsionado, le habían dicho por medio del intérprete, un cautivo medo, que sólo quedaba una cordillera más de montañas entre el lugar en que se hallaban y el valle del río Araxes. ¡El valle donde se extendía la ciudad de Artaxata! ¿Eran unas montañas malas?, había preguntado Lúculo. No tan malas como aquellas de donde había surgido aquel extraño ejército, había sido la respuesta.
Luego, cuando los fimbrianos abandonaban el valle del río para subir hacia tierras altas bastante onduladas, mucho más contentos a causa del terreno que ahora pisaban, una tropa de cataphracti avanzó hacia ellos.
Como los fimbrianos tenían ganas de una buena pelea, arrollaron a aquellos macizos hombres y caballos cubiertos de malla y sembraron la confusión sin necesidad de la ayuda de los galacios. Después les tocó el turno a los galacios, que se las vieron hábilmente con una segunda tropa de cataphracti. Y se quedaron vigilando a la espera de que llegasen más.
Pero no llegaron más. Y después de un día de marcha comprendieron por qué. El terreno era completamente llano, pero hasta donde alcanzaba la vista, en todas direcciones, en realidad lo que veían era un nuevo obstáculo, algo tan raro y horroroso que se preguntaron a qué dioses habrían ofendido para que los maldijeran con semejante pesadilla. Y de nuevo aparecieron las manchas de sangre, aunque esta vez no se encontraban solamente sobre la nieve, sino que embadurnaban todo el paisaje.
Lo que veían eran rocas con bordes afilados como navajas de afeitar de diez a cincuenta pies de altura, volcadas inexorablemente sin interrupción unas encima de otras, unas contra otras, inclinadas hacia todas partes sin razón, lógica ni pauta alguna en la distribución.
Silio y Cornificio solicitaron una entrevista con el general.
—No podemos atravesar esas rocas —dijo Silio llanamente.
—Este ejército puede atravesar lo que sea, eso ya está demostrado — respondió Lúculo, muy enojado por la protesta.
—No hay ningún sendero —apuntó Silio.
—Entonces haremos uno —dijo Lúculo.
—No, no podremos hacerlo en esas rocas —intervino Cornifieio—. Lo sé porque he hecho que unos cuantos hombres lo intenten. No sé de qué están hechas esas rocas, pero sin duda se trata de algo más duro que nuestras dolabrae.
—Entonces nos limitaremos a trepar por ellas —dijo Lúculo.
No estaba dispuesto a ceder. El tercer mes iba tocando a su fin; tenía que llegar a Artaxata. Así que el pequeño ejército entró en el campo de lava fracturada por un mar interior en alguna remota época del pasado. Y se estremecieron de miedo porque «aquellas rocas» estaban manchadas de liquen color rojo sangre. Era un trabajo dolorosamente lento, parecían hormigas que cruzaran penosamente una llanura de pucheros rotos. Sólo
que los hombres no eran hormigas; «aquellas rocas» cortaban, magullaban y castigaban con crueldad. Y tampoco había ningún camino alrededor, porque en cualquier dirección lo único que se alzaba en el horizonte eran más montañas nevadas, a veces más cerca, otras veces más lejos, siempre acorralándolos en aquel terrible afán.
Clodio había decidido en algún punto al norte del lago Thospitis que, no importaba lo que Lúculo dijera o hiciese, él iba a viajar con Silio. Y cuando —enterado por Sextilio de que Clodio había desertado para confraternizar con un centurión— el general le ordenó que volviese a la cabeza de la marcha, Clodio se negó.
—Dile a mi cuñado —le comunicó al tribuno que enviaron a buscarlo— que estoy contento donde me encuentro. Si me quiere a la cabeza, tendrá que ponerme grilletes.
Respuesta que Lúculo estimó más prudente ignorar. En verdad su personal se alegraba de librarse del quejumbroso y problemático Clodio. De momento no existía ninguna sospecha de que Clodio hubiera tenido parte en el motín de las legiones cilicias, y como los fimbrianos habían limitado su protesta acerca de «aquellas rocas» a una queja oficial transmitida por sus centuriones al mando, no existía sospecha de que fueran a rebelarse.
Quizás nunca hubiera existido un motín por parte de los fimbrianos de no haber sido por el monte Ararat. Durante cincuenta millas el ejército se vio obligado a sufrir el campo de lava fragmentada, luego salió a la hierba de nucvo. ¡Qué dicha! Sólo que de Este a Oeste les bloqueaba el paso una montaña, como nadie había visto nunca otra igual, amenazadoramente elevada. Dieciocho mil pies de nieve sólida, la montaña más terrible y hermosa del mundo, con otro cono, más pequeño pero no menos horripilante, en su costado oriental.
Los fimbrianos dejaron en el suelo los escudos y las lanzas y se quedaron mirando; y lloraron.
Esta vez fue Clodio quien encabezó la delegación ante el general, y no tenía intención de dejarse amilanar.
—Nos negamos rotundamente a dar un paso más —dijo mientras Silio y Cornificio asentían con la cabeza detrás de él.
Cuando Lúculo vio entrar a Bogitaro en la tienda se supo derrotado, pues Bogitaro era el jefe de sus jinetes galacios, un hombre cuya lealtad no podía cuestionar.
—¿Tú eres de la misma opinión, Bogitaro? —le preguntó Lúculo.
—Lo soy, Lucio Licinio. Mis caballos no pueden cruzar una montaña así, y menos después de haber pasado por las rocas. Tienen las patas llenas de magulladuras hasta los corvejones, pierden las herraduras con tanta rapidez que mis herreros no dan abasto, y me estoy quedando sin acero. Por no hablar de que no hemos tenido carbón vegetal desde que salimos de Tigranocerta. Así que tampoco nos queda carbón. Nosotros te seguiríamos a Hades, Lucio Licinio, pero no te seguiremos a esa montaña —dijo Bogitaro.
—Gracias, Bogitaro —dijo Lúculo—. Puedes marcharte. Y vosotros, fimbrianos, podéis marcharos también. Quiero hablar a solas con Publio Clodio.
—¿Significa eso que nos volvemos atrás? —preguntó Silio con recelo. —Atrás no, Marco Silio, a no ser que quieras más rocas. Giraremos
hacia el Oeste en dirección al Arsanias, y encontraremos grano.
Bogitaro ya se había ido; ahora los dos centuriones fimbrianos lo siguieron, de modo que Lúculo se quedó a solas con Clodio…
—¿Hasta qué punto tienes tú que ver con todo esto? —le preguntó Lúculo.
Con los ojos brillantes y jubiloso, Clodio miró al general de arriba abajo con desprecio. ¡Qué aspecto de estar agotado tenía! Ahora no resultaba difícil creer que tuviera cincuenta años. Y la mirada había perdido algo, cierta fijeza fría que le había hecho vencer todas las dificultades. Lo que Clodio veía era un poso de cansancio, y detrás de ello la certidumbre de una derrota.
—¿Que qué he tenido que ver con todo esto? —preguntó; luego se echó a reír—. ¡Mi querido Lúculo, yo soy el responsable! ¿Crees que alguno de esos tipos tiene tanta visión de futuro? ¿O descaro? Todo es obra mía, y de nadie más.
—Y lo de las legiones cilicias… —dijo Lúculo lentamente.
—Eso también es obra mía. —Clodio rebotó arriba y abajo sobre los dedos de los pies—. Después de esto ya no me querrás a tu lado, así que me marcharé. Cuando llegue a Tarso, mi cuñado Rex ya se encontrará allí.
—Tú no vas a ninguna parte como no sea a compartir el rancho con tus secuaces fimbrianos —le dijo Lúculo mientras sonreía severamente—. Yo soy tu jefe y estoy en posesión del imperium proconsular para luchar contra Mitrídates y Tigranes. No te concedo licencia para marcharte, y sin ella no puedes hacerlo. Te quedarás conmigo hasta que verte me haga vomitar.
No era aquélla la respuesta que Clodio quería, ni tampoco la que se esperaba. Le lanzó a Lúculo una mirada furiosa y salió de allí precipitadamente.
Los vientos y las nieves comenzaron cuando Lúculo giró hacia el Oeste, pues la temporada de hacer campañas guerreras había terminado. Lúculo había empleado el plazo de tiempo de que disponía en llegar hasta Ararat, a no más de doscientas millas de Tigranocerta. Cuando llegó al curso del Arsanias, el mayor de los afluentes septentrionales del Éufrates, se encontró con que ya se había cosechado el grano y que el populacho se había dispersado en la huida y había ido a ocultarse en sus casas trogloditas excavadas en la roca de toba llevándose hasta el último fragmento de cualquier tipo de alimento. Puede que Lúculo hubiera sido derrotado por sus propias tropas, pero la adversidad era algo que había llegado a conocer muy bien, y no pensaba detenerse de ninguna manera allí, donde Mitrídates y Tigranes podían encontrarle con toda facilidad cuando llegase la primavera.
Se encaminó hacia Tigranocerta, donde había provisiones y amigos; pero si los fimbrianos pensaban invernar allí, pronto se vieron desilusionados. La ciudad estaba tranquila y parecía satisfecha bajo el hombre que él había puesto para que la gobernase, Lucio Fanio. Después de proveerse de grano y otros alimentos, Lúculo marchó para poner sitio a la ciudad de Nisibis, situada junto al río Mygdonius y enclavada en un país más seco y más llano.
Nisibis cayó una negra y lluviosa noche de noviembre; se consiguió un buen botín y abundancia de bienes. Extáticos, los Fimbrianos se instalaron allí dispuestos a pasar un invierno delicioso en el límite de las nieves perpetuas, y empezaron a considerar a Clodio como una mascota, como un amuleto de la buena suerte. Y cuando se presentó Lucio Fanio menos de un mes después para informar a su comandante de que Tigranocerta estaba una vez más en manos del rey Tigranes, los fimbrianos adornaron con hiedra a Clodio y lo llevaron en hombros por el mercado de Nisibis, atribuyéndole a él su buena fortuna; allí estaban a salvo, y se había evitado el asedio de Tigranocerta.
En abril, cuando el invierno tocaba a su fin y la perspectiva de una nueva campaña contra Tigranes le servía en cierto modo de consuelo, Lúculo se enteró de que había sido despojado de todo excepto de un pequeño título, el de comandante en la guerra contra los dos reyes. Los caballeros se habían servido de la Asamblea Plebeya para quitarle las últimas provincias que estaban a su cargo, Bitinia y el Ponto, y luego le habían privado de las cuatro legiones. Los fimbrianos por fin iban a regresar a casa, y Manio Acilio Glabrio, el nuevo gobernador de Bitinia y el Ponto, sería quien tuvicra las tropas cilicias. El comandante en la guerra contra los dos reyes no tenía ejército con que continuar la lucha. Lo único que le quedaba era su imperium.
Por lo cual Lúculo resolvió mantener en secreto a los fimbrianos la noticia de su licencia definitiva. Aquello que no supieran no podía molestarles. Pero, naturalmente, los fimbrianos ya estaban al corriente de que eran libres de marcharse a casa; Clodio había interceptado las misivas oficiales y había revelado su contenido antes de que llegasen a Lúculo. Inmediatamente detrás de la carta procedente de Roma llegaron cartas desde el Ponto informándole de que el rey Mitrídates había invadido el territorio romano. Después de todo, Glabrio no heredaría las legiones cilicias; habían sido aniquiladas en Zela.
Cuando salieron las órdenes para marchar hacia el Ponto, Clodio fue a ver a Lúculo.
—El ejército se niega a moverse de Nisibis —anunció.
—El ejército marchará hacia el Ponto, Publio Clodio, para rescatar a aquellos compatriotas suyos que aún queden con vida —le aseguró Lúculo.
—¡Ah, pero ya no es tu ejército, ya no tiene que recibir órdenes tuyas! —graznó jubiloso Clodio—. Los fimbrianos han terminado su servicio bajo las águilas, son libres de irse a su casa en cuanto dispongas los documentos de licenciamiento. Cosa que harás aquí, en Nisibis. Así no podrás engañarlos cuando se reparta el botín de esta ciudad.
En ese momento, Lúculo lo comprendió todo. Lanzó un soplido, enseñó los dientes y avanzó hacia Clodio con el asesinato reflejado en los ojos. Clodio se agachó detrás de una mesa y se cercioró de que estaba más cerca de la puerta que Lúculo.
—¡No me pongas un dedo encima! —le advirtió a gritos—. ¡Si me tocas, te lincharán!
Lúculo se detuvo.
—¿Tanto te quieren? —preguntó sin poder creer que incluso unos ignorantes como Silio y el resto de los centuriones fimbrianos pudieran ser tan crédulos.
—Me quieren hasta la muerte; yo soy el Amigo de los Soldados.
—Tú no eres más que una puta, Clodio; te venderías a la escoria de la peor especie que hay en este mundo si eso supusiera que te amaran —le dijo Lúculo mostrando abiertamente el desprecio que sentía por él.
Clodio nunca llegó a comprender por qué se le ocurrió precisamente en aquel momento y en medio de tanta ira. Pero le vino de pronto a la cabeza y lo dijo lleno de júbilo, por despecho.
—¿Crees que yo soy una puta? ¡Pero no una puta tan grande como tu esposa, Lúculo! ¡Mi querida hermanita Clodilla, a quien quiero tanto como te odio a ti! Pero ella sí que es una puta, Lúculo. A lo mejor por eso la quiero tan desesperadamente. Creías que habías sido el primero en poseerla cuando con sólo quince años se casó contigo, ¿verdad? ¡Lúculo el pederasta, el desflorador de niñitas y niñitos! Creíste que habías llegado a Clodilla el primero, ¿eh? ¡Bueno, pues no! —chilló Clodio, tan exaltado que la espuma se le agolpó en las comisuras de los labios.
Lúculo se había puesto blanco.
—¿Qué quieres decir? —preguntó en un susurro.
—¡Quiero decir que yo la tuve primero, grande y poderoso Lucio Licinio Lúculo! ¡Yo la tuve primero, mucho antes que tú! También fui el primero en tener a Clodia. ¡Solíamos dormir juntos, pero hacíamos algo más que dormir! ¡Jugábamos mucho, Lúculo, y el juego se fue haciendo más grande a medida que yo crecía! ¡Las tuve a las dos, las tuve cientos de veces, metía los dedos dentro de ellas y luego también les metía otra cosa! ¡Las chupaba, las mordisqueaba, hacía con ellas cosas que ni siquiera te imaginas! ¿Y quieres saber una cosa? —preguntó riéndose—. ¡Clodilla te tiene por un pobre sustituto de su hermanito!
Había una silla al lado de la mesa que separaba a Clodio del marido de Clodilla; Lúculo de pronto pareció perder toda la vida que había en él y se desplomó sobre la silla, contra ella. Se oía perfectamente que se ahogaba.
—Te despido, ya no estás a mi servicio, Amigo de los Soldados, porque ha llegado la hora de vomitar. ¡Te maldigo! ¡Vete a Cilicia con Rex!
Después de una despedida bañada en lágrimas de Silio y Cornificio, Clodio se marchó. Desde luego los centuriones fimbrianos cargaron a su amigo de regalos, algunos muy preciosos, todos útiles. Se marchó al trote a lomos de un exquisito y pequeño caballo, con un séquito de sirvientes sobre monturas igual de buenas y con varias docenas de mulas que transportaban el botín. Creyendo que iba a avanzar en una dirección poco peligrosa, rechazó la oferta de una escolta que le hizo Silio.
Todo fue bien hasta que cruzó el Éufrates en Zeugma, pues su destino era Cilicia Pedia y luego Tarso. Pero entre las fértiles llanuras del río de Cilicia Pedia y él se alzaban las montañas Amano, una cordillera costera insignificante después de los macizos que Clodio había cruzado recientemente sufriendo grandes penalidades; no les dio importancia, las consideró dignas de desdén. Hasta que una pandilla de bandoleros árabes le asaltó cuando bajaba por un barranco seco y le robaron todos los regalos, las bolsas de dinero y los maravillosos corceles. Clodio acabó su viaje solo y a lomos de una mula, aunque los árabes —que lo encontraron
terriblemente divertido— le habían dejado unas cuantas monedas, las suficientcs para que pudiese acabar el viaje hasta Tarso.
¡Y allí se encontró con que su cuñado Rcx no había llegado todavía! Clodio ocupó varios de los aposentos del palacio del gobernador y se sentó a revisar su lista de personas a las que odiaba: Catilina, Cicerón, Fabia, Lúculo… y ahora los árabes. Los árabes también se las pagarían.
Estaban a finales de quintilis cuando Quinto Marcio Rex y sus tres legiones nuevas llegaron a Tarso. Había viajado con Glabrio hasta el Helesponto, y luego había elegido marchar a través de Anatolia en lugar de navegar cerca de la costa, tristemente famosa por los piratas. En Licaonia, según le contó a un ávido Clodio, había recibido una súplica de ayuda nada menos que de Lúculo, que había logrado mover a los fimbrianos cuando ya había partido el Amigo de los Soldados, y había puesto dirección al Ponto. En Talaura, ya bien adelante en su trayecto, a Lúculo le había atacado un yerno de Tigranes llamado Mitrídates, de modo que se enteró de que los dos reyes avanzaban hacia él rápidamente.
—¿Y quieres creer que tuvo la temeridad de enviarme a mí un mensaje pidiendo ayuda? —preguntó Rex.
—Es tu cuñado también —dijo Clodio con malicia.
—Es persona non grata en Roma, así que me negué, naturalmente. También le había pedido ayuda a Glabrio, creo, pero imagino que por ese lado también recibió una negativa por respuesta. Lo último que he oído es que iba de retirada y que tenía intención de regresar a Nisibis.
—Pues nunca llegó allí —le comunicó Clodio, que estaba mejor informado sobre el final de la marcha de Lúculo que de los acontecimientos de Talaura—. Cuando llegó al cruce de Samosata, los fimbrianos se le plantaron. Lo último que he oído decir en Tarso es que ahora se dirige a Capadocia, y que desde allí tiene pensado ir a Pérgamo.
Naturalmente, Clodio se había enterado al leer la correspondencia de Lúculo de que Pompeyo el Grande había recibido un imperium ilimitado para limpiar de piratas el mar Medio, así que dejó el tema de Lúculo y abordó el de Pompeyo.
—¿Y qué tienes que hacer tú para ayudar al detestable Pompeyo Magnus a barrer a los piratas? —preguntó.
Quinto Marcio Rex arrugó la nariz.
—Nada, por lo visto. Las aguas cilicias están bajo el mando de nuestro mutuo cuñado el hermano de Celer, tu primo Nepote, que apenas tiene edad suficiente para estar en el Senado. Yo he de ocuparme de mi provincia y quitarme del medio.
—¡Tate! —exclamó Clodio con voz ahogada, pues veía más travesuras.
—Como lo oyes —dijo Rex muy estirado.
—Yo no he visto a Nepote en Tarso. —Ya lo verás. A su debido tiempo. Las flotas están dispuestas para él. Al parecer Cilicia es el último destino de la campaña de Pompeyo.
—En ese caso —dijo Clodio—, creo que deberíamos hacer un trabajito en aguas de Cilicia antes de que Nepote llegue allí, ¿no te parece?
—¿Cómo? —preguntó el marido de Claudia, que conocía a Clodio pero aún vivía en la ignorancia de la habilidad que éste tenía para causar estragos. Cualquier defecto que viera en Clodio no le parecía importante, pues lo consideraba una locura de juventud.
—Yo podría sacar una pequeña flota y hacer la guerra contra los piratas en tu nombre —dijo Clodio.
—Pues… —¡Oh, venga! — No veo ningún mal en ello —aceptó Rex, no sin cierta duda.
—¡Déjame, por favor!
—Bueno, está bien. iPero no molestes a nadie más que a los piratas! — No lo haré; te prometo que no lo haré —le aseguró Clodio, que estaba viendo mentalmente suficiente botín pirata como para sustituir el que había perdido a manos de aquellos miserables bandoleros árabes en el Amano.
En el plazo de ocho días, el almirante Clodio se hizó a la mar al frente de, más que una flota, una flotilla de unas diez naves birremes bien tripuladas y debidamente equipadas que ni Rex ni Clodio pensaron que Metelo Nepote echaría en falta cuando se presentase en Tarso.
Lo que Clodio no tuvo en cuenta fue el hecho de que la escoba de Pompeyo había estado barriendo de un modo tan enérgico que las aguas de Chipre y Cilicia Tracheia —que eran el escabroso extremo occidental de aquella provincia donde tantos piratas tenían su base en tierra firme— estaban plagadas de flotas piratas allí refugiadas de un tamaño mucho mayor que diez birremes. No llevaba en la mar ni cinco días cuando apareció a la vista una de aquellas flotas; rodeó la flotilla de Clodio y la capturó, junto con Publio Clodio, cuya carrera de almirante había sido corta.
Y se lo llevaron a toda prisa hasta una base en Chipre, que no estaba muy lejos de Pafos, la capital y la sede del regente, aquel Ptolomeo conocido como el Chipriota. Naturalmente Clodio había oído contar la historia de César y los piratas, y en su momento le había parecido brillante. ¡Bien, si César podía hacer una cosa así, también podía Publio Clodio! Empezó por informar a sus captores con voz autoritaria de que su rescate había de establecerse en diez talentos y no en los dos talentos que la tradición y las escalas de los piratas decían que era el rescate apropiado para un joven noble como Clodio. Y los piratas, que sabían más sobre la historia de César de lo que sabía Clodio, accedieron solemnemente a pedir un rescate de diez talentos.
—¿Y quién pagará mi rescate? —les preguntó Clodio con gran solemnidad.
—En estas aguas, Ptolomeo el Chipriota —fue la respuesta.
Intentó representar el papel de César por toda la base pirata, pero le faltaba la impresionante presencia fisica de éste; sus vocingleras fanfarronadas y amenazas resultaban en cierto modo ridículas, y aunque sabía que los captores de César también se habían reído, Clodio era lo bastante agudo como para adivinar que aquella pandilla se negaba en redondo a creerle a pesar de la venganza que César se había tomado después de su cautiverio. Así que decidió abandonar aquella táctica y en su lugar empezó a hacer lo que nadie hacía mejor que él: se puso a trabajar para ganarse a los humildes creando problemas entre ellos. Y sin duda habría tenido éxito… de no haber sido porque los caciques piratas, los diez
que había, se enteraron de lo que estaba sucediendo. La reacción fue encerrarlo en una celda y dejarlo allí sin más público que las ratas que intentaban robarle el pan y el agua.
Lo habían capturado a principios de sextilis, y acabó en aquella celda dieciséis días después, donde vivió con sus compañeras las ratas durante tres meses. Cuando por fin lo soltaron fue porque la escoba de Pompeyo era algo tan inminente que el asentamiento pirata no tuvo otra alternativa que desmantelarse. Y él también se enteró de que Ptolomeo el Chipriota, al oír qué rescate consideraba Clodio que era digno de él, se había echado a reír alegremente y había enviado sólo dos talentos, que era lo único, dijo Ptolomeo el Chipriota, que valía en realidad Publio Clodio. Y lo único que estaba dispuesto a pagar.
En circunstancias normales los piratas habrían matado a Clodio, pero Pompeyo y Metelo Nepote estaban demasiado cerca como para arriesgarse a recibir una sentencia de muerte: se había corrido la voz de que la captura no significaba la crucifixión automática, que Pompeyo prefería ser clemente. Así que a Publio Clodio simplemente se le abandonó cuando la flota y su horda de parásitos partieron. Varios días después pasó por allí barriendo una de las flotas de Metelo Nepote; rescató a Publio Clodio y lo devolvió a Tarso y a Quinto Marcio Rex.
Lo primero que hizo después de haber tomado un baño y una buena comida fue repasar la lista de personas a las que odiaba: Catilina, Cicerón, Fabia, Lúculo, los árabes… y ahora Ptolomeo el Chipriota. Antes o después todos acabarían mordiendo el polvo… no importaba cuándo, ni cuánto tiempo tuvien que esperar. La venganza era una perspectiva tan deliciosa que el momento de llevarla a cabo apenas tenía importancia. Lo único importante para Clodio era que ocurriese. Y ocurriría.
Encontró a Quinto Marcio Rex de muy mal humor, pero no a causa del fracaso que él, Clodio, había cosechado. Para Rex el fracaso era algo que consideraba propio. Pompeyo y Metelo Nepote lo habían eclipsado por completo, le habían requisado las flotas de que disponía y le habían dejado en Tarso sumido por completo en la ociosidad. Ahora, más que pasar la
escoba, estaban llevando a cabo una operación de limpieza; la guerra contra los piratas había terminado y las ganancias se habían ido a otra parte.
—Tengo entendido que después de una solemne gira por la provincia de Asia va a venir a Cilicia a «visitar los puestos», según lo ha expresado él — le dijo lleno de rabia Rex a Clodio.
—¿Quién, Pompeyo o Metelo Nepote? —le preguntó Clodio. —¡Pompeyo, naturalmente! ¡Y como su imperium sobrepasa al mío
incluso en mi propia provincia, tendré que seguirlo por todas partes con una esponja en una mano y un orinal en la otra!
—Vaya perspectiva —dijo Clodio fríamente.
—¡Una perspectiva que no puedo aceptar! —gruñó Rex—. Por eso Pompeyo no me encontrará en Cilicia. Ahora que Tigranes es incapaz de retener en su poder ninguna plaza al sudoeste del Éufrates, voy a invadir Siria. A Lúculo se le antojó poner una marioneta en el trono de Siria: ¡Se hace llamar Antíoco Asiático! Bien, ya veremos lo que hay. Siria pertenece a los dominios del gobernador de Cilicia, así que la convertiré en mi dominio.
—¿Puedo acompañarte? —le preguntó Clodio con avidez.
—No veo por qué no. —El gobernador sonrió—. Al fin y al cabo, Apio Claudio sembró el furor mientras se perdía el tiempo en Antioquía esperando a que Tigranes le concediera audiencia. Imagino que la llegada de su hermano pequeño será muy bien recibida.
Hasta que Quinto Marcio Rex llegó a Antioquía, Clodio no empezó a ver que tenía a mano una venganza.
«Invasión» era el término que había empleado Rex, pero pelea no hubo ninguna; la marioneta de Lúculo, Antíoco Asiático, huyó y dejó que Rex — que significa rey— nombrase a su propio rey e instalase en el trono a un tal Filipo. Siria estaba hecha un torbellino, y en parte era debido a que Lúculo había soltado a muchos miles de griegos, todos los cuales habían vuelto a casa en bandadas. Pero algunos llegaban a casa y se encontraban con que sus negocios y sus hogares habían sido tomados por los árabes a quienes
Tigranes había hecho salir del desierto, y a quienes había legado las vacantes dejadas por los griegos a los que había secuestrado al helenizar su Armenia meda. A Rex le importaba poco quién fuera el dueño de las cosas en Antioquía, en Zeugma, en Samosata, en Damasco. Pero a su cuñado Clodio llegó a importarle enormemente. ¡Arabes, él odiaba a los árabes!
Y Clodio se puso manos a la obra, por una parte susurrándole a Rex al oído cosas acerca de las perfidias de los árabes, que habían usurpado los puestos de trabajo de los griegos y sus casas, y por otra parte visitando hasta el último de los descontentos y desposeídos griegos influyentes que consiguió encontrar. Ni un solo árabe debería permanecer en la civilizada Siria. ¡Que vuelvan al desierto y a las rutas de comercio del desierto, que es el lugar que les corresponde!
Fue una campaña que dio muchos frutos. Pronto empezaron a aparecer árabes asesinados en las cunetas desde Antioquía a Damasco, o flotando en el Éufrates con los ropajes de vivos colores ondeando a su alrededor. Cuando una delegación de árabes acudió a ver al rey en Antioquía, éste los desairó secamente; la campaña de Clodio había sido un éxito.
—Echadle la culpa al rey Tigranes —les dijo el rey—. Siria ha estado habitada por griegos en todas sus zonas fértiles y colonizadas durante seiscientos años. Antes de eso, la población era fenicia. Vosotros sois esquenitas procedentes del este del Éufrates, no pertenecéis a las costas del Mare Nostrum. El rey Tigranes se ha marchado para siempre. En el futuro Siria quedará bajo el dominio de Roma.
—Ya lo sabemos —dijo el líder de la delegación, un joven árabe esquenita que se hacía llamar Abgaro; el fallo fue que no comprendió que aquél era el título hereditario del rey esquenita—. Lo único que solicitamos es que el nuevo amo de Siria nos conceda lo que, con el tiempo, ha llegado a ser nuestro. No pedimos que nos enviasen aquí, ni que nos pusieran a cobrar peaje a lo largo del Éufrates, o nos llevaran a habitar Damasco. A nosotros también nos han desarraigado de nuestra tierra, y el nuestro fue un destino más cruel que el de los griegos.
Quinto Marcio Rex adoptó una expresión altanera.
—No veo por qué.
—Gran gobernador, los griegos fueron de una situación de bonanza a otra. Se les honró y se les pagó bien en Tigranocerta, en Nisibis, en Amida, en Singara, en todas partes. Pero nosotros veníamos de una tierra tan dura y árida, tan invadida por la arena y tan estéril, que la única manera que teníamos de no pasar frío por la noche era entre los cuerpos de nuestras ovejas o ante el humeante fuego de una hoguera de estiércol seco. Y todo eso ocurrió hace veinte años. Ahora hemos visto crecer la hierba, hemos consumido buen pan de trigo cada día, hemos bebido agua clara, nos hemos bañado en el lujo, hemos dormido en camas y hemos aprendido a hablar griego. Devolvernos al desierto es una crueldad innecesaria. En Siria hay suficiente prosperidad para que la disfrutemos todos nosotros! Deja que nos quedemos, es lo único que pedimos. Y haz saber a los griegos que nos persiguen que tú, gran gobernador, no consentirás esa barbaridad indigna de cualquier hombre que se llame a sí mismo griego —le dijo Abgaro con sencilla dignidad.
—En realidad yo no puedo hacer nada para ayudaros —repuso Rex impasible—. No voy a dar órdenes de que os transporten a todos al desierto, pero pienso mantener la paz en Siria. Os sugiero que busquéis a los griegos más revoltosos y que os sentéis a parlamentar con ellos. Abgaro y sus compañeros delegados siguieron aquel consejo en parte, aunque el propio Abgaro nunca olvidó la doblez de Roma, la connivencia de Roma ante el asesinato de su pueblo. En lugar de buscar a los cabecillas griegos, los árabes esquenitas antes de nada se organizaron en grupos bien protegidos y se pusieron a la tarea de descubrir el origen de aquel creciente descontento entre los griegos. Porque se sospechaba que el verdadero culpable no era griego, sino romano.
Después de conocer el nombre, Publio Clodio, averiguaron que aquel joven era cuñado del gobernador, que procedía de una de las más augustas y antiguas familias romanas, y que era primo por matrimonio del vencedor de los piratas, Cneo Pompeyo Magnus. Por ello no podían matarlo. Mantener algo en secreto era posible en las tierras áridas del desierto, pero no en Antioquía; alguien olfatearía el complot y lo comunicaría.
—No lo mataremos —dijo Abgaro—. Pero le daremos una severa lección.
Posteriores investigaciones revelaron que Publio Clodio era un noble romano verdaderamente extraño. Resultó que vivía en una casa corriente en los barrios pobres de Antioquía, y frecuentaba el tipo de lugares que los nobles romanos solían evitar. Pero eso, naturalmente, lo hacía accesible. Abgaro atacó.
Atado, amordazado y con los ojos vendados, a Publio Clodio se le condujo hasta una habitación sin ventanas, sin murales, adornos ni diferencia alguna con el resto del medio millón de habitaciones como aquélla que había en Antioquía. Tampoco se le permitió a Clodio ver más que un atisbo cuando le quitaron la venda de los ojos y la mordaza, porque le metieron la cabeza en un saco que le sujetaron alrededor de la garganta. Paredes desnudas y manos morenas, eso fue lo único que consiguió vislumbrar Clodio antes de quedar sumido en la más completa oscuridad; podía distinguir algunas sombras vagas que se movían a través del tosco tejido del saco, pero nada más.
El corazón le latía con más rapidez que el de un pájaro; sudaba a chorros; la respiración se le hizo entrecortada, superficial y jadeante. Nunca en toda su vida había estado Clodio tan aterrorizado, tan seguro de que iba a morir. Pero, ¿a manos de quién? ¿Qué había hecho él?
Oyó una voz que le habló en griego con un acento que ahora reconocía como árabe; entonces Clodio supo que verdaderamente iba a morir.
—Publio Clodio, de la gran familia de los Claudios Pulcher —dijo la voz—. Nos gustaría muchísimo matarte, pero nos damos cuenta de que ello no es posible. A menos, claro está, que cuando te liberemos busques venganza por lo que te hagamos aquí esta noche. Si, a pesar de todo, buscas venganza, comprenderemos que no tenemos nada que perder por el hecho de matarte, y te juro por todos nuestros dioses que te mataremos. Sé prudente, pues, y márchate de Siria en cuanto te liberemos. Márchate de Siria y no regreses nunca mientras vivas.
—¿Qué… me… qué me vais a hacer? —logró decir Clodio, sabedor de que como poco lo torturarían y lo azotarían.
—Bueno, Publio Clodio —repuso la voz con un inconfundible deje de guasa— pues vamos a convertirte en un árabe.
Unas manos le levantaron el borde de la túnica —Clodio no llevaba toga en Antioquía; ello le proporcionaba un estilo demasiado incómodo— y le quitaron el taparrabos que los romanos solían llevar cuando salían a la calle vestidos solamente con la túnica. Clodio luchó, sin comprender, pero muchas manos lo levantaron y lo pusieron sobre una superficie plana y dura y le sujetaron las piernas, los brazos y los pies.
—No te resistas, Publio Clodio —dijo la voz, que aún sonaba divertida
—. No es frecuente que nuestro sacerdote tenga algo tan grande sobre lo que trabajar, así que la operación resultará bastante fácil. Pero si te mueves, a lo mejor corta más de lo que tiene intención.
De nuevo más manos le tiraban del pene, se lo estiraban… ¿qué estaba ocurriendo? Primero Clodio pensó en la castración, se orinó y defecó, todo en medio de francas carcajadas procedentes del otro lado del saco que le privaba de la visión; después de lo cual se quedó completamente inmóvil, chilló, gritó, balbuceó, suplicó, aulló. ¿Dónde se encontraría que no tenían necesidad de amordazarlo?
No lo castraron, aunque lo que le hicieron, algo en la punta del pene, fue horriblemente doloroso.
—¡Ya está! —dijo la voz—. ¡Qué buen chico eres, Publio Clodio! Ya eres uno de nosotros para siempre. Se te curará bien si no mojas donde no debes durante unos días.
Y volvieron a colocarle el taparrabos encima de los excrementos, y también le pusieron la túnica, y luego Clodio no supo nada más, nunca recordó si sus captores lo habían golpeado haciéndole perder el conocimiento o si se había desmayado.
Se despertó en su propia casa, en su propia cama, con dolor de cabeza y algo que le dolía tanto entre las piernas que fue el dolor lo que notó primero, antes de recordar siquiera lo que le había sucedido. Saltó de la cama, ahogó un grito de terror al pensar que quizás no le quedase nada, se puso las manos en el pene y lo palpó para ver cuánto le quedaba. Al parecer estaba entero, sólo que algo raro brillaba con un color púrpura en medio de
algunos regueros de sangre reseca. Algo que sólo veía cuando tenía el pene erecto. Ni siquiera entonces comprendió lo que era realmente, porque aunque había oído hablar de ello, no sabía de otros pueblos, aparte de los judíos y de los egipcios, de quienes se dijera que lo hacían. Poco a poco fue cayendo en la cuenta, y cuando lo comprendió del todo Publio Clodio se echó a llorar. Los árabes también lo hacían, porque lo habían convertido en uno de ellos. Lo habían circuncidado, le habían cortado el prepucio.
Publio Clodio partió en el siguiente barco que encontró disponible en dirección a Tarso, y pudo navegar tranquilamente en unas aguas al fin libres de piratas gracias a Pompeyo el Grande. En Tarso cogió un barco que se dirigía a Rodas, y en Rodas otro que iba a Atenas. Para entonces ya se había curado tan bien que sólo se acordaba de lo que le habían hecho los árabes cuando se sostenía el pene para orinar. Era otoño, pero venció las galernas que soplaban en el mar Egeo, y desembarcó en Atenas. Desde allí fue a caballo hasta Patrás, y de allí cruzó a Tarento y se enfrentó al hecho de que estaba casi en casa. El, un romano circuncidado.
El viaje por la vía Apia fue el peor tramo del trayecto, porque él comprendió lo inteligentes que habían sido los árabes al darle su merecido. Durante todo el tiempo que viviera, no podría permitir que nadie le viera el pene; si alguien se lo veía, pronto se correría la voz y él se convertiría en el hazmerreír, un objeto tan ridículo y motivo de regocijo que nunca sería capaz de defenderse a pesar de toda su caradura. En lo de orinar y defecar podría arreglárselas; sólo tendría que aprender a controlarse hasta que disfrutase de total intimidad. Pero, ¿y el solaz sexual? Aquello era cosa del pasado. Nunca podría retozar en brazos de ninguna mujer a menos que la comprase, pero sin conocerla, la utilizase a oscuras y la despidiera sin luz.
A primeros de febrero llegó a casa, que era la casa que su hermano mayor, Apio Claudio, poseía en el Palatino gracias al dinero de su esposa. Cuando entró, su hermano prorrumpió en lágrimas al verlo, pues Clodio parecía muy envejecido y cansado; el más pequeño de la familia había crecido, y estaba claro que no había sido sin dolor. Naturalmente Clodio
también lloró, así que pasó algún rato antes de dar rienda suelta de forma desordenada a su relato de desventuras y penurias. Después de pasar tres años en el Este, volvía más pobre que cuando se marchó; para llegar a casa había tenido que pedirle dinero prestado a Quinto Marcio Rex, quien no se había mostrado complacido ni con aquella deserción inexplicable y apresurada ni con la insolvencia de Clodio.
—¡Todo lo que tenía! —se decía Claudio—. Doscientos mil en metálico, joyas, vajilla de oro, caballos que hubiera podido vender en Roma por quinientos cada uno… ¡Todo desaparecido! ¡Robado por un hatajo de árabes asquerosos y malolientes!
Su hermano le dio unas palmaditas en el hombro, atónito por aquel gran botín. ¡A él no le había ido ni la mitad de bien cuando estuvo con Lúculo! Pero, naturalmente, no tenía noticia de la relación de Clodio con los centuriones fimbrianos, ni de que así había sido como Clodio había adquirido la mayor parte de sus ganancias. El estaba ahora en el Senado, completamente complacido con su vida, tanto en el terreno doméstico como en el político. Durante el período de tiempo que había pasado como cuestor en Brundisium y Tarentum había sido elogiado oficialmente, un gran comienzo para lo que él esperaba que fuera una gran carrera. Y además tenía una noticia muy importante para Publio Clodio, que le comunicó en cuanto se hubo apaciguado la emoción del encuentro.
—No hay necesidad de que te preocupes por estar sin un céntimo, mi queridísimo hermano —le dijo cariñosamente Apio Claudio—. ¡Nunca volverás a estar sin dinero!
—¿No? ¿Qué quieres decir? —le preguntó Clodio perplejo.
—Me han ofrecido un matrimonio para ti… ¡Y qué matrimonio! Nunca había soñado una cosa así, no habría mirado en esa dirección sin que Apolo se me apareciera en sueños… y Apolo no se me apareció. ¡Pequeño Publio, es maravilloso! ¡Increíble!
Al ver que Clodio se ponía blanco al recibir aquella maravillosa noticia, Apio Claudio atribuyó la reacción a la impresión de felicidad, no al tenor.
—¿Quién es? —logró decir Clodio—. ¿Por qué yo?
—¡Fulvia! —anunció entusiasmado Apio—. ¡Fulvia! Heredera de los Gracos y de los Fulvios; hija de Sempronia, hija única de Cayo Graco; bisnieta de Cornelia, la madre de los Gracos; emparentada con los Emilios, los Cornelios Escipiones…
—¿Fulvia? ¿La conozco? —preguntó Clodio con expresión estupefacta. —Bueno, puede que no te hayas fijado en ella, pero ella sí se ha fijado en ti —le dijo Apio Claudio—. Fue cuando acusaste en juicio a las vestales.
Ella no podía tener más de diez años; ahora tiene dieciocho.
—¡Oh, dioses! Sempronia y Fulvio Bambalión son la pareja cuyo linaje se remonta más atrás de toda Roma —dijo Clodio deslumbrado—. Pueden elegir a quien quieran. ¿Por qué a mí?
—Lo comprenderás mejor cuando conozcas a Fulvia —le explicó Apio Claudio esbozando una sonrisa—. ¡Ella es una digna nieta de Cayo Graco! Ni todas las legiones de Roma podrían obligar a Fulvia a hacer algo que no quiera hacer. Pero fue ella quien te eligió a ti personalmente.
—¿Y quién heredará el dinero? —le preguntó Clodio, que empezaba a recuperarse… y empezaba a pensar que podría lograr que aquella divina ciruela le cayera en aquel circuncidado regazo suyo.
—Fulvia lo hereda todo. La fortuna es mayor que la de Marco Craso. —Pero la lex Voconia… ¡Ella no puede heredar! ¡Claro que puede, mi
querido Publio! —dijo Apio Claudio—. Cornelia, la madre de los Gracos, se procuró una exención senatorial de la lex Voconia para Sempronia, y Sempronia y Fulvio Bambalión consiguieron otra para Fulvia. ¿Por qué crees que Cayo Cornelio, el tribuno de la plebe, trató con tanto ahínco de despojar al Senado del derecho de otorgar exenciones personales de las leyes? Una de las mayores quejas que tenía era contra Sempronia y Fulvio Bambalión por pedirle al Senado que permitiera que Fulvia heredara.
—¿Lo hizo? ¿Quién? —preguntó Clodio, cada vez más perplejo. —¡0h, es verdad! Tú te encontrabas en el Este cuando eso ocurrió, y
estabas demasiado ocupado para prestar atención a lo que ocurría en Roma —le dijo Apio Claudio al tiempo que esbozaba una amplia y fatua sonrisa
—. Ocurrió hace dos años.
—De manera que Fulvia lo hereda todo… —repitió lentamente Claudio.
—Fulvia lo hereda todo. Y tú, queridísimo hermanito, vas a heredar a Fulvia.
Pero, ¿iba él a heredar a Fulvia? A la mañana siguiente, después de peinarse el cabello y de vestirse con esmerado cuidado de modo que los pliegues de la toga quedasen colgando correctamente, Publio Clodio se puso en camino hacia la casa de Sempronia y de su marido, que era el último miembro de aquel clan de Fulvios que había apoyado con tanto ardor a Cayo Sempronio Graco. No era, descubrió Clodio mientras un mayordomo entrado en años lo conducía al atrio, una casa especialmente bonita, ni grande, ni cara, ni se encontraba en la mejor parte de las Carinae. El templo de Telo —una destartalada construcción que se estaba convirtiendo en ruinas por falta de cuidados— la privaba de la vista más allá del Palus Ceroliae, hacia el monte Aventino, y las ínsulas del Esquilmo se alzaban a menos de dos calles de distancia.
El mayordomo le había informado de que Marco Fulvio Bambalión se encontraba indispuesto; lo recibiría la señora Sempronia. Buen conocedor del adagio de que todas las mujeres se parecen a sus madres, Clodio sintió que se le hundía el corazón cuando vio por primera vez a la ilustre y elusiva Sempronia. Una Cornelia típica, rolliza y sencilla. Nacida no mucho antes de que Cayo Sempronío Graco se quitara la vida, era la única hija superviviente de toda aquella desafortunada familia; había sido entregada como deuda de honor al único hijo superviviente de los aliados Fulvios de Cayo Graco, porque ellos lo habían perdido todo como consecuencia de aquella inútil revolución. Se habían casado durante el cuarto de los consulados de Cayo Mario, y mientras Fulvio —que había preferido adoptar un nuevo cognomen, Bambalión— se esforzaba por hacer una nueva fortuna, su mujer se dedicó a volverse invisible. Lo hizo tan bien que ni siquiera la diosa de los nacimientos, Juno Lucina, había sido capaz de encontrarla, pues era estéril. Luego, a la edad de treinta y nueve años, asistió a las fiestas lupercales y tuvo la suerte de ser golpeada por un pedazo de piel de cabra desollada mientras uno de los sacerdotes danzaba y corría
desnudo por la ciudad. Esta cura para la infertilidad nunca fallaba, y tampoco falló en el caso de Sempronia. Nueve meses después dio a luz a su única hija, Fulvia.
—Bien venido seas, Publio Clodio —le dijo al tiempo que le señalaba una silla.
—Señora Sempronia, es un gran honor —dijo Clodio haciendo gala de sus mejores modales.
—Supongo que Apio Claudio te ha informado ya —le indicó ella mientras lo estudiaba con la mirada, pero con un rostro exento de cualquier impresión.
—Sí.
—¿Y te interesa casarte con mi hija?
—Es más de lo que nunca hubiera esperado.
—¿El dinero o la alianza?
—Ambas cosas —dijo Clodio, pues comprendió que el disimulo era inútil; Sempronia sabía mejor que nadie que él nunca había tenido ocasión de ver a su hija.
Sempronia asintió sin ofenderse.
—No es precisamente el matrimonio que yo habría elegido para ella, y Marco Fulvio tampoco está rebosante de gozo. —Dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros—. Sin embargo, no en vano Fulvia es nieta de Cayo Graco. En mí nunca moraron partes del espíritu y del fuego de los Gracos. Mi marido tampoco heredó el espíritu y el fuego de los Fulvios. Lo cual debió de enojar a los dioses. Fulvia se llevó una parte de nosotros dos. No sé por qué se ha encaprichado contigo, Publio Clodio, pero así es, y hace ya de ello ocho años. Entonces empezó su determinación de casarse contigo y con nadie más, y nunca ha disminuido. Ni Marco Fulvio ni yo podemos con ella, es demasiado fuerte para nosotros. Si la quieres, tuya es.
—¡Claro que me querrá! —dijo una voz joven desde la puerta abierta que daba al jardín peristilo.
Y entró Fulvia; no andaba, sino que corría. Así era su carácter, una precipitación loca hacia lo que deseaba, sin tomarse tiempo para meditar.
Clodio observó, sorprendido, que Sempronia se levantaba inmediatamente y se marchaba. ¿Sin carabina? ¿Hasta qué punto era decidida Fulvia?
Clodio se había quedado sin habla; estaba demasiado ocupado mirando. ¡Fulvia era bella! Tenía los ojos de color azul oscuro, el pelo castaño claro extrañamente veteado, la boca bien formada, la nariz aguileña, perfecta, casi la misma estatura que él y una figura completamente voluptuosa. Diferente, poco común, como ninguna de las Familias Famosas de Roma. ¿De dónde procedía? El conocía la historia de Sempronia en las lupercales, desde luego, y ahora creía que Fulvia era una aparición.
—Bueno, ¿qué tienes que decir? —le preguntó exigente aquella extraordinaria criatura mientras se sentaba en el mismo lugar donde antes había estado su madre.
—Sólo que me has dejado sin aliento.
A ella le gustó aquello, y sonrió enseñando unos hermosos dientes, grandes, blancos y feroces.
—Eso está bien.
—¿Por qué yo, Fulvia? —le preguntó Clodio, ahora con la mente fija en la principal dificultad, la circuncisión.
—Tú no eres una persona ortodoxa —repuso ella-y yo tampoco. Tú sientes. Yo también. A ti te importan las cosas como le importaban a mi abuelo, Cayo Graco. ¡Y yo venero a mis antepasados! Y cuando te vi ante el tribunal luchando contra dificultades insalvables, mientras Pupio Pisón, Cicerón y los demás se burlaban de ti, sentí deseos de matar a todos los que querían hacerte picadillo. Confieso que yo sólo tenía diez años, pero comprendí que había encontrado a mi propio Cayo Graco.
Clodio nunca se había considerado a sí mismo a la altura de ninguno de los dos hermanos Gracos, pero ahora Fulvia había plantado una semilla intrigante. ¿Y si él se embarcara en esa clase de carrera, un demagogo aristócrata en defensa de las reivindicaciones de los no privilegiados? ¿No se enlazaba eso de un modo precioso con lo que había venido haciendo hasta la fecha? ¡Y qué fácil sería para él, que poseía un talento para llevarse bien con los humildes que ninguno de los dos Gracos había poseído!
—Por ti lo intentaré —dijo Clodio; y le dirigió una sonrisa deliciosa.
A Fulvia se le cortó la respiración y jadeó de forma audible. Pero lo que dijo fue extraño:
—Soy una persona muy celosa, Publio Clodio, y eso no me convertirá en una esposa de trato fácil. Si tan sólo te atreves a mirar a otra mujer, te sacaré los ojos.
—No podría mirar a otra mujer —dijo él sobriamente, cambiando de la comedia a la tragedia con más rapidez que un actor para cambiarse de máscara—. En realidad, Fulvia, es posible que cuando conozcas mi secreto seas tú la que no quieras mirarme a mí.
Aquello no la consternó lo más mínimo; en cambio pareció quedar fascinada; se inclinó hacia adelante.
—¿Tu secreto? —Mi secreto. Y es un secreto. No te pediré que me jures guardarlo porque sólo hay dos clases de mujeres. Las que lo jurarían pero luego lo contarían alegremente, y las que guardarían un secreto sin jurarlo. ¿Tú de qué clase eres, Fulvia?
—Depende —dijo ésta esbozando una ligera sonrisa—. Creo que pertenezco a las dos clases. Así que no juraré nada. Pero soy leal, Publio Clodio. Si tu secreto no te empequeñece ante mis ojos, lo guardaré. Eres la pareja que yo he elegido, y yo soy leal. Moriría por ti.
—¡No mueras por mí, Fulvia, vive para mí! —le gritó Clodio, que se estaba enamorando con mayor rapidez con que la pelota de corcho de un niño cae por una catarata.
—¡Dímelo! —le pidió ella pronunciando las palabras con furia. —Mientras estaba en Siria con mi cuñado Rex —empezó a decir Clodio
—, me raptó un grupo de árabes esquenitas. ¿Sabes qué son?
—No.
—Son una raza procedente del desierto de Asia, y habían usurpado muchos de los puestos y las propiedades que los griegos de Siria poseían antes de que Tigranes transportase a los griegos hasta Armenia. Cuando Tigranes cayó, los griegos regresaron y se encontraron con que ya no tenían nada. Los árabes esquenitas lo controlaban todo. Y a mí me pareció que
aquello era terrible, así que me puse a trabajar para que los griegos fueran restituidos en su lugar y los árabes esquenitas regresaran al desierto.
—Naturalmente —dijo Fulvia haciendo un gesto de asentimiento—.
Eso forma parte de tu naturaleza, la lucha en favor de los desposeídos.
—Pero mi recompensa fue que aquella gente del desierto me raptó y me sometió a algo que ningún romano puede tolerar; a algo tan desgraciado y ridículo que si llegase a saberse, yo nunca podría volver a vivir en Roma — dijo amargamente Clodio.
Toda clase de cosas se sucedieron rápidamente por aquella intensa mirada azul oscuro mientras Fulvia pasaba revista a las alternativas.
—¿Y qué te hicieron? —preguntó ella finalmente, perpleja por completo—. No se trataría de violación, sodomía ni brutalidad. Esas cosas se comprenderían y se perdonarían.
—¿Qué sabes tú de sodomía y brutalidad?
Fulvia adoptó un aire presumido.
—Yo lo sé todo, Publio Clodio.
—Bien, pues no fue nada de eso. Me circuncidaron.
—¿Qué has dicho que te hicieron?
—Veo que, a fin de cuentas, no lo sabes todo. —Esa palabra, por lo menos, no. ¿Qué significa? —Me cortaron el prepucio.
—¿El qué? —volvió a preguntar ella desvelando nuevas capas de ignorancia.
Clodio suspiró.
—Sería mejor para las vírgenes romanas que las pinturas de las paredes no se concentrasen en Príapo —dijo—. Los hombres no están en erección todo el tiempo.
—¡Eso ya lo sé!
—Pero lo que parece que no sabes es que cuando los hombres no están en erección, el bulbo que hay al final del pene se halla cubierto por una membrana que se llama prepucio —le explicó Clodio, cuya frente se estaba perlando de sudor—. Algunos pueblos tienen la costumbre de cortarlo, dejando así al descubierto de forma permanente el bulbo del final del pene.
Eso se llama circuncisión. Los judíos y los egipcios lo hacen, y, por lo visto, los árabes también. Y eso es lo que me hicieron. ¡Me marcaron como a un marginado, como a un no romano!
El rostro de Fulvia parecía un cielo hirviendo, cambiando, dando vueltas.
—¡Oh, mi pobre Clodio! —dijo casi a gritos. Sacó la lengua y se humedeció los labios—. ¡Déjame verlo! —le pidió.
Sólo la idea de hacerlo le produjo a Clodio espasmos y agitaciones; se percató entonces de que la circuncisión no produce impotencia, destino al que una permanente languidez desde que estaba en Antioquía parecía haberlo destinado. También descubrió que en ciertos aspectos era un mojigato.
—¡No, decididamente no puedes verlo! —dijo bruscamente.
Pero Fulvia se había arrodillado delante de la silla de él y tenía las manos muy ocupadas en apartarle los pliegues de la toga y en empujar la túnica. Levantó la mirada hacia Clodio con una mezcla de malicia, deleite y desilusión; luego indicó con un gesto de la mano una lámpara de bronce que representaba un enorme, imposible Príapo, con la mecha abultada por la erección.
—Te pareces a ése —dijo Fulvia con una risita—. ¡Quiero vértelo para abajo, no levantado!
Clodio se levantó de la silla de un salto y se arregló la ropa, con los ojos, llenos de pánico, fijos en la puerta por si Sempronia volvía. Pero no regresó, ni al parecer hubo nadie que presenciara cómo la hija de la casa inspeccionaba lo que había de convertirse en sus bienes.
—Para vérmelo en su estado de reposo, tendrás que casarte conmigo — le dijo Clodio.
—¡0h, mi querido Publio Clodio, pues claro que me casaré contigo! — le gritó ella al tiempo que se ponía en pie—. Tu secreto está a salvo conmigo. Si realmente es algo tan deshonroso, nunca podrás mirar a otra mujer, ¿verdad?
—Soy todo tuyo —le dijo Publio Clodio recurriendo en seguida a las lágrimas—. ¡Te adoro, Fulvia! ¡Venero el suelo que pisas! Clodio y Fulvia
se casaron a finales de quintilis, después de las últimas elecciones. Estas habían estado repletas de sorpresas, empezando por la solicitud de Catilina de presentarse in absentia como candidato para el consulado del siguiente año. Pero aunque se retrasó el regreso de Catilina de su provincia, otros hombres procedentes de Africa habían hecho asunto suyo estar en Roma antes de las elecciones. Parecía evidente que el cargo de Catilina como gobernador de Africa se distinguía sólo por la corrupción, y los recaudadores africanos —de impuestos y de otras cosas— que habían acudido a Roma no guardaban en secreto sus intenciones de hacer que juzgaran a Catilina en el momento en que llegase a casa bajo la acusación de extorsión. Así que el cónsul supervisor de las elecciones curules, Volcacio Tulo, había decidido prudentemente rechazar la candidatura in absentia de Catilina, basándose para ello en que éste estaba bajo la sombra de un procesamiento.
Luego estalló un escándalo peor. A los candidatos triunfantes para los consulados del año siguiente, Publio Sila y su querido amigo Publio Autronio, se les halló culpables de soborno masivo. La lex Calpurnia de Cayo Pisón podía ser un barco que hacía agua en lo referente a sobornos, pero las pruebas contra Publio Sila y Autronio eran tan contundentes que ni siquiera aquella legislación tan poco correcta podía salvarlos. De ahí que la pareja estuviera muy bien dispuesta a declararse culpables y ofreciera llegar a un trato con los cónsules existentes y con los nuevos cónsules electos, Lucio Cotta y Lucio Manlio Torcuato. El resultado de esta astuta jugada fue que se retiraron los cargos a cambio del pago de fuertes multas y de que los dos hombres jurasen que ninguno de ellos se presentaría nunca más como candidato a un cargo público; el que se salieran con la suya fue posible gracias a la ley de sobornos de Cayo Pisón, que contemplaba soluciones como aquélla. Lucio Cotta, que quería que los llevaran a juicio, se puso lívido cuando sus tres colegas votaron que aquellos sinvergüenzas pudieran conservar tanto la soberanía como la residencia, así como también la mayor parte de sus muy inmensas fortunas.
Todo lo cual, en realidad, no le concernía a Clodio, cuyo objetivo era, igual que ocho años antes, Catilina. Con la mente convertida en un revoltijo
de sueños de venganza, Clodio se impuso sobre los demandantes africanos para ejercer de fiscal en el procesamiento de Catilina. ¡Maravilloso, maravilloso! ¡El justo castigo de Catilina estaba al alcance de su mano justo cuando él, Clodio, acababa de casarse con la muchacha más excitante del mundo! Todas las recompensas le llegaban juntas, y encima Fulvia resultó ser una ardiente partidaria y ayudante, en absoluto la modosa mujercita que se queda en casa que otros hombres que no fueran Clodio quizás hubiesen preferido.
Al principio Clodio trabajó frenéticamente para reunir pruebas y testigos, pero el caso de Catilina era uno de esos asuntos enloquecedores donde nada sucede lo suficientemente de prisa, desde encontrar las pruebas hasta localizar a los testigos. Un viaje a Utica o Hadrumtum duraba dos meses, y la tarea requería muchos viajes a África como aquél. Clodio se ponía nervioso y se sulfuraba, pero entonces Fulvia le decía:
«Piensa un poco, querido Publio. ¿Por qué no seguir arrastrando el caso eternamente? Si no está concluido antes del próximo quintilis, entonces a Catilina no se le permitirá, durante dos años seguidos, presentarse al consulado, ¿no es cierto?»
Clodio en seguida vio claro el objetivo de aquel consejo, y aminoró el paso hasta hacerlo semejante al de un caracol africano. Se aseguraría de que Catilina fuera hallado culpable, pero eso no ocurriría hasta al cabo de muchos meses. ¡Brillante!
Entonce tuvo tiempo para pensar en Lúculo, cuya carrera estaba terminando en un desastre. Mediante la lex Manilia, Pompeyo había heredado el mando de Lúculo contra Mitrídates y Tigranes, y había procedido a ejercer sus derechos. Lúculo y él se habían reunido en Danala, una remota fortaleza galacia, y se habían peleado tan violentamente que Pompeyo —que hasta entonces había sido reacio a aplastar a Lúculo bajo el peso de su imperium maius— emitió formalmente un decreto por el que cualquier acción de Lúculo quedaba fuera de la ley, y luego lo desterró de Asia. Pompeyo volvió a reclutar a los fimbrianos; aunque eran libres de volver por fin a casa, después de todo los fimbrianos no podían enfrentarse
a una importante confusión como aquélla. El hecho de servir en las legiones de Pompeyo el Grande era algo que les sonaba bien.
Desterrado en circunstancias terriblemente humillantes, Lúculo volvió a Roma de inmediato y se sentó en el Campo de Marte para aguardar el triunfo que estaba seguro que le concedería el Senado. Pero su sobrino Cayo Memmio, tribuno de la plebe, le dijo a la Cámara que si intentaba concederle a Lúculo un triunfo, se las arreglaría para que se aprobasen en la Asamblea Plebeya las leyes oportunas para negarle a Lúculo cualquier triunfo; el Senado, dijo Memmio, no tenía derecho constitucional para conceder tales beneficios. Catulo, Hortensio y el resto de los boni lucharon contra Memmio con uñas y dientes, pero no consiguieron reunir el apoyo suficiente para contrarrestarle; la mayor parte del Senado era de la opinión de que su derecho a otorgar triunfos era más importante que Lúculo, así que, ¿por qué preocuparse por Lúculo y empujar a Memmio a sentar un precedente no deseado?
Lúculo se negó a ceder. Cada día que se reunía el Senado él hacía petición de triunfo. Su querido hermano, Varrón Lúculo, también tenía problemas con Memmio, que intentaba condenarle como culpable de desfalcos ocurridos muchos años antes. De todo lo cual podía deducirse sin temor a equivocarse que Pompeyo se había convertido en un enemigo desagradable de los Lúculos… y de los boni. Cuando Lúculo y él se habían reunido en Danala, Lúculo le había acusado de entrometerse para quedarse con todo el mérito por una campaña que en realidad había ganado él, Lúculo. Un insulto mortal para Pompeyo. En cuanto a los boni, todavía estaban obstinadamente en contra de aquellos mandos especiales para el Gran Hombre.
Cualquiera podía haber esperado que la esposa de Lúculo, Clodilla, fuera a visitar a éste a su lujosa villa en la colina Pincia, cerca del pomerium, pero no lo hizo. A los veinticinco años, ahora era toda una mujer de mundo; tenía la fortuna de Lúculo a su disposición y nadie, excepto su hermano mayor, Apio, supervisaba sus actividades. Tenía muchos amantes, por lo que su reputación no era precisamente respetable.
Dos meses después del regreso de Lúculo, Publio Clodio y Fulvia fueron a visitarla, aunque no con la intención de llevar a cabo una reconciliación. En cambio Clodio le explicó a su hermana pequeña — mientras Fulvia escuchaba con avidez— lo que él le había dicho a Lúculo en Nisibis: que Clodia, Clodilla y él habían hecho algo más que limitarse a dormir juntos. A Clodilla le pareció que aquello era una buena broma.
—¿Quieres que él vuelva? —le preguntó Clodio.
—¿Quién, Lúculo? —Los ojos grandes y oscuros de Clodilla se abrieron mucho y lanzaron destellos—. ¡No, no quiero que vuelva! ¡Es un viejo, ya era viejo cuando se casó conmigo hace diez años… y yo tenía que atiborrarle de mosca hispánica para conseguir que se le empinase!
—Entonces, ¿por qué no vas a verle a la colina Pincia y le dices que quieres divorciarte de él? —Clodio puso cara de bueno—. Si te apetece un poco de venganza, podrías confirmarle lo que yo le dije en Nisibis, aunque a lo mejor decide hacer público el asunto, cosa que podría resultar difícil para ti. Estoy dispuesto a aceptar la parte que me toque del ultraje, y Clodia también. Pero si tú no estás dispuesta, los dos lo comprenderemos.
—¿Dispuesta? —chilló Clodilla—. ¡Me encantaría que difundiera la historia! Lo único que tenemos que hacer es negarlo en medio de muchas lágrimas y de protestas de inocencia. La gente no sabrá qué creer. Todo el mundo se da cuenta de cómo están las cosas ahora entre Lúculo y tú. Los que están de su parte creerán la versión de los hechos que de Lúculo. Los que estén de nuestra parte, como nuestro hermano Apio, nos creerán terriblemente injuriados. Y la mayoría no sabrá a qué carta quedarse.
—Sé tú la primera en pedir el divorcio —le recomendó Clodio— Así, aunque él también se divorcie de ti, no podrá despojarte de una buena parte de su riqueza. No tienes dote en la que apoyarte.
—Qué inteligente eres —ronroneó Clodilla. —Siempre podrías volver a casarte —intervino Fulvia.
La morena y hechicera cara de su cuñada se contrajo y se volvió malévola.
—iYo no! —gruñó—. ¡Un marido ya ha sido demasiado! ¡Muchas gracias, pero quiero manejar mi propio destino! Ha sido un gozo tener a
Lúculo en el Este, y he ahorrado a escondidas para el futuro una jugosa fortuna a sus expensas. Aunque, desde luego, me resulta atractiva la idea de ser la primera en pedir el divorcio. Apio puede negociar un acuerdo que me de lo suficiente para el resto de mi vida.
Fulvia soltó una risita de júbilo. —¡Eso sembrará la discordia en Roma!
Y, desde luego, sembró la discordia en Roma. Aunque Clodilla se divorció de Lúculo, éste luego se divorció públicamente de ella haciendo que uno de sus clientes importantes leyera su proclamación desde la tribuna. Los motivos que tenía, dijo, no eran solamente que Clodilla hubiera cometido adulterio con muchos hombres durante su ausencia; también había mantenido relaciones incestuosas con su hermano Publio Clodio y con su hermana Clodia.
Como era natural, la mayoría de la gente quería creerlo, sobre todo porque resultaba deliciosamente espantoso, pero también porque los Claudios/Clodios Pulcher eran una pandilla de extravagantes, brillantes, impredecibles y excéntricos. ¡Lo habían sido durante generaciones! Patricios, no había más que decir.
El pobre Apio Claudio se lo tomó muy mal, pero tenía suficiente sentido común como para ponerse belicoso por ello; su mejor defensa consistió en acechar por el Foro con cara de que lo último de lo que quería hablar en el mundo era de incesto, y la gente cogía la indirecta. Rex había permanecido en el Este como uno de los legados senior de Pompeyo, pero Claudia, su esposa, adoptó la misma actitud que su hermano mayor, Apio. El mediano de los tres hermanos varones, Cayo Claudio, era bastante mediocre desde el punto de vista intelectual para ser un Claudio, y por ello no era considerado un blanco que valiera la pena por los chistosos del Foro. Por suerte el marido de Clodia, Celer, también se encontraba ausente, pues estaba destinado en el Este, como lo estaba su hermano, Nepote; ellos se habrían sentido más violentos y les habrían hecho algunas preguntas difíciles de contestar. Tal como fueron las cosas, los tres culpados iban por ahí con cara de inocentes e indignados, y se revolcaban de risa por el suelo cuando no había ningún extraño presente. ¡Qué magnífico escándalo!
No obstante, fue Cicerón quien tuvo la última palabra.
—El incesto es un juego al que puede jugar toda la familia-sentenció con aire grave ante una gran multitud de asiduos del Foro. Clodio había de lamentar aquella imprudencia suya cuando por fin llegó el juicio de Catilina, porque muchos miembros del jurado lo miraron con recelo y permitieron que sus dudas influyeran en el veredicto. Fue una dúra y amarga batalla que Clodio, por su parte, libró con valentía; había seguido muy en serio el consejo de Cicerón acerca de la desnudez de sus prejuicios y su malicia, y llevó a cabo la acusación con habilidad. Que él perdiera y Catilina fuera absuelto no podía atribuirse siquiera a algún soborno, y él había aprendido lo suficiente como para no dar a entender que había habido soborno cuando triunfó el veredicto de ABSOLVO. Llegó a la conclusión de que era justo lo que había caído en suerte, en parte también debido a la calidad de la defensa, que había sido formidable.
—Lo has hecho muy bien, Clodio —le dijo César después—. No ha sido culpa tuya que hayas perdido. Incluso los tribuni aerarii de aquel jurado eran tan conservadores que hacían que Catulo pareciera un radical. —Se encogió de hombros—. Era imposible que vencieras con Torcuato al frente de la defensa, sobre todo después del rumor que ha corrido de que Catilina había planeado asesinarlo el pasado día de año nuevo. Defender a Catilina ha sido el modo de decir de Torcuato que había decidido no hacer caso de ese rumor, y el jurado estaba impresionado. Aun así, tú lo has hecho muy bien. Has presentado el caso de forma impecable.
A Publio Clodio más bien le caía simpático César, pues reconocía en él otro espíritu inquieto, y envidiaba aquel control de sí mismo del que Clodio carecía. Cuando llegó el veredicto había sentido tentaciones de ponerse a chillar, a aullar y a llorar. Pero entonces sus ojos se posaron en César y en Cicerón, que estaban de pie juntos, mirando, y algo que vio en el rostro de aquellos hombres le conminó a callarse. Obtendría su venganza, pero no aquel día. Comportarse como un mal perdedor no podía beneficiar a nadie excepto a Catilina.
—Por lo menos ya es demasiado tarde para que se presente como candidato al consulado —le dijo Clodio a César dejando escapar un suspiro
—, y eso, en parte, ya es una victoria.
—Sí, tendrá que esperar otro año.
Subieron por la vía Sacra hacia la posada que había en la esquina del Clivus Orbius, con la imponente fachada del arco de Fabio Alobrógico, que atravesaba la vía Sacra, llenándoles la vista. César iba de camino a su casa y Clodio se dirigía a la posada en sí, donde se alojaban sus clientes de Africa.
—Conocí a un amigo tuyo en Tigranocerta —le comentó Clodio. —Oh, dioses. ¿Quién podría ser?
—Un centurión llamado Marco Silio. —¿Silio? ¿Silio de Mitilene? ¿Un fimbriano? —El mismo. Te admira mucho.
—La admiración es mutua. Es un buen hombre. Por lo menos ahora ya puede volver a casa.
—Por lo visto no, César. Hace poco he recibido una carta de él escrita desde Galacia. Los fimbrianos han decidido alistarse con Pompeyo.
—Ya me extrañaba a mí. Esos viejos soldados lloraban mucho por volver al hogar, pero cuando se presenta una buena campaña, el hogar, en cierto modo, pierde todo su encanto. —César extendió la mano y esbozó una sonrisa—. Ave, Publio Clodio. Tengo intención de seguir tu carrera con interés.
Clodio se quedó algún rato a la puerta de la posada, mirando fijamente al vacío. Cuando por fin entró, parecía el prefecto de su escuela, erguido, revestido de honor, incorruptible.
Tercera parte
DE ENERO DEL 65 A. J.C.
HASTA OUINTILIS DEL 63 A. J.C.
Marco Licinio Craso ahora era tan rico que habían optado por llamarle por un segundo cognomen, Dives, que significaba fabulosamente rico. Y cuando junto con Quinto Lutacio Catulo fue elegido censor, no faltaba nada en su carrera excepto una campaña militar grande y gloriosa. Oh, él había derrotado a Espartaco y se había ganado una ovación por ello, pero seis meses en el campo contra un gladiador cuyo ejército estaba lleno de esclavos más bien le quitaron lustre a la victoria. El andaba detrás de algo más bien en la línea de Pompeyo el Grande, el salvador de su país, esa clase de campaña y esa clase de reputación. ¡Duele que a uno lo eclipse un advenedizo!
Tampoco es que Catulo fuera un colega amigable en el cargo de censor, por motivos que se le escapaban al desconcertado Craso.
Ningún Licinio Craso había sido nunca tildado de demagogo ni de ningún otro tipo de político radical, de manera que ¿de qué diantres hablaba Catulo?
—Es tu dinero —le dijo César, a quien Craso le había dirigido esta displicente pregunta—. Catulo forma parte de los boni, no aprueba que los senadores lleven a cabo actividades comerciales. Le encantaría verse a sí mismo formando tándem con otro censor y estar ambos muy atareados investigándote. Pero como tú eres su colega, no puede hacer eso, ¿verdad?
—¡Perdería el tiempo si lo intentase! —dijo Craso con indignación—. ¡Yo no hago nada que no hagan al menos la mitad de los senadores! Gano dinero porque poseo propiedades, cosa que entra dentro de la competencia de todo Senado y de cualquier senador. Confieso que tengo participaciones en unas cuantas compañías, pero no estoy en ningún consejo de dirección,
no tengo voto para decidir cómo ha de llevar sus asuntos una compañía. Simplemente aporto capital. ¡Eso es una conducta intachable!
—Ya me doy cuenta de todo eso —le dijo César con paciencia—, y también se da cuenta nuestro querido Catulo. Deja que te lo repita: es tu dinero. He ahí al viejo Catulo esforzándose sin parar para pagar la reconstrucción del templo de Júpiter Óptimo Máximo, y no consigue incrementar la fortuna de la familia porque cada sestercio que le sobra tiene que invertirlo en Júpiter Optimo Máximo. Y mientras tanto tú no dejas de ganar dinero. Está celoso.
—¡Entonces que se guarde los celos para los hombres que se lo merecen! —gruñó Craso sin calmarse en absoluto.
Desde que abandonó el consulado que había compartido con Pompeyo el Grande, Craso se había embarcado en una nueva clase de negocio, uno en el que había sido pionero cuarenta años antes Servilio Cepión. A saber, la fabricación de armas y equipamientos para las legiones romanas en una serie de municipios al norte del río Po, en la Galia Cisalpina. Fue su buen amigo Lucio Calpurnio Pisón, que hacía acopio de armamento para Roma durante la guerra italiana, quien había llamado la atención de Craso sobre aquello. Lucio Pisón había reconocido el potencial encerrado en aquella nueva industria, y la había adoptado con tanto entusiasmo que logró hacer una gran cantidad de dinero. Había, desde luego, lazos que le unían a la Galia Cisalpina, pues su madre había sido una Calvencia que procedía de allí. Y cuando Lucio Pisón murió, su hijo, otro Lucio Pisón, continuó dedicándose a aquella actividad y cultivando la cálida amistad de Craso, quien finalmente se había convencido de las ventajas de tener ciudades enteras dedicadas a la fabricación de cota de malla, espadas, jabalinas, cascos y dagas; y además era correcto desde el punto de vista senatorial.
Como censor, Craso ahora se hallaba en posición de ayudar a su amigo Lucio Pisón así como al joven Quinto Servilio Cepión Bruto, el heredero de las fábricas que los Serviliós Cepiones tenían en Feltria, Cardianum y Bellunum. Hacía tanto tiempo que la Galia Cisalpina del otro lado del Po pertenecía a Roma que sus ciudadanos, muchos de ellos galos, pero muchos más de linaje mezclado debido a los matrimonios entre distintos pueblos,
habían llegado a albergar un gran resentimiento porque aún se les seguía negando la ciudadanía. Hacía sólo tres años que había habido levantamientos, acallados después de la visita de César a su regreso de Hispania. Y Craso comprendió con toda claridad cuál era su deber una vez que se vio convertido en censor y se hizo cargo de los archivos de ciudadanos romanos: ayudaría a sus amigos Lucio Pisón y Cepión Bruto y se haría con una enorme clientela concediendo plena ciudadanía romana a todo el mundo que habitaba el extremo más lejano del Po, en la Galia Cisalpina. Todos los habitantes al sur del Po tenían plena ciudadanía. ¡No parecía justo denegársela a personas de la misma sangre sólo porque estuvieran al lado equivocado de un río!
Pero cuando anunció su intención de conceder el derecho al voto a toda la Galia Cisalpina, su colega censor, Catulo, pareció volverse loco. ¡No, no, no! ¡Nunca, nunca, nunca! ¡La ciudadanía romana era para los romanos, y los galos no eran romanos! Ya había demasiados galos que se llamaban a sí mismos romanos, como Pompeyo el Grande y sus secuaces picentinos.
—El mismo viejo argumento de siempre —dijo César con repugnancia
—. La ciudadanía romana debe ser para los romanos solamente. ¿Por qué no pueden entender esos boni idiotas que todos los pueblos de Italia, estén donde estén, son romanos? ¿Que la propia Roma es en realidad Italia?
—Estoy de acuerdo contigo —dijo Craso—, pero Catulo no. El otro plan de Craso tampoco cayó en gracia.
Quería anexionar Egipto, aunque ello supusiera ir a la guerra… con él en persona a la cabeza del ejército, naturalmente. En el tema de Egipto, Craso se había convertido en una autoridad tal que resultaba enciclopédico. Y cada uno de los hechos que aprendía sólo servía para confirmar lo que siempre había sospechado: que Egipto era la nación más rica del mundo.
—¡lmagínatelo! —le dijo a César, con el rostro, por una vez, exento de aquel aspecto bovino e impasible—. ¡El faraón lo posee todo! No existe el feudo franco en Egipto: todo se le arrienda al faraón, que cobra las rentas. ¡Todos los productos de Egipto le pertenecen por entero, desde el grano hasta el oro, pasando por las joyas, las especias y el marfil! Sólo el lino está excluido. Este pertenece a los sacerdotes nativos egipcios, pero aun así el
faraón se lleva un tercio. Sus ingresos privados son por lo menos de seis mil talentos al año, y los ingresos procedentes del país otros seis mil talentos. Más los extras procedentes de Chipre.
—He oído decir que los Ptolomeos se han comportado de un modo tan inepto que se han gastado hasta el último dracma que poseía Egipto — apuntó César, sin ningún otro motivo más que acosar al toro Craso.
Y el toro Craso, desde luego, resopló, pero con desprecio más que con enojo.
—¡Tonterías! ¡Eso sólo son tonterías! Ni el más inepto de los Ptolomeos podría gastarse ni una décima parte de lo que recauda. Los ingresos que reciben procedentes del país sirven para mantener el país; pagan al ejército de burócratas, a los soldados, a los marineros, a la policía, a los sacerdotes, incluso pagan los palacios. No han estado en guerra durante años excepto entre ellos, y en esos casos el dinero siempre es para el vencedor, no sale de Egipto. Los ingresos privados los guarda, y ni siquiera se molesta en convertir los tesoros —el oro, la plata, los rubíes, el marfil, los zafiros, las turquesas y el lapislázuli— en dinero en metálico, se los guarda todos también. Excepto lo que les da a los artesanos y a los artífices para que lo conviertan en muebles o en joyas.
—¿Y qué me dices del robo del sarcófago dorado de Alejandro el Grande? —preguntó César con provocación—. El primer Ptolomeo, llamado Alejandro, se había arruinado hasta tal punto que lo cogió, lo fundió, lo convirtió en monedas de oro y lo sustituyó por el actual sarcófago de cristal de roca.
—jQue te crees tú eso! —dijo Craso con desprecio—. ¡Hay que ver, vaya cuentos! Ptolomeo estuvo en Alejandría unos cinco días en total antes de huir. ¿Y quieres decir que en el espacio de cinco días se llevó un objeto de oro macizo que pesaba por lo menos cuatro mil talentos, lo cortó en pedazos lo suficientemente pequeños para que cupieran en el horno de un orfebre, derritió todos esos pedacitos en tantos hornos como hicieran falta y luego acuñó aquello en lo que habría ascendido a muchos millones de monedas? ¡No hubiera podido hacerlo ni en un año! Y no sólo eso. Pero, ¿dónde está tu sentido común, César? Un sarcófago de cristal de roca del
tamaño suficiente para contener un cuerpo humano (¡Sí, sí, soy consciente de que Alejandro el Grande era un tipo muy pequeño!) costaría doce veces lo que costaría un sarcófago de oro macizo. Y llevaría años darle forma una vez que se hubiera encontrado un pedazo de cristal lo suficientemente grande. La lógica dice que alguien encontró ese pedazo lo bastante grande, y por pura coincidencia la sustitución se llevó a cabo mientras Ptolomeo Alejandro se encontraba allí. Los sacerdotes del Sema querían que la gente viera realmente a Alejandro el Grande.
—¡Bueno! —dijo César.
—No, no, lo conservaron perfectamente. Creo que en la actualidad está tan hermoso como lo fue en vida —dijo Craso completamente arrebatado.
—Dejando a un lado el discutible tema de hasta qué punto está bien conservado Alejandro el Grande, Marco, cuando el río suena agua lleva. Uno está oyendo continuamente cuentos a lo largo de los siglos sobre un Ptolomeo u otro que tiene que salir huyendo sin camisa, sin un par de sestercios que llevarse en el bolsillo. No puede haber en modo alguno tanto dinero y tantos tesoros como tú dices que hay.
—Ajá! —dijo triunfalmente Craso—. Los cuentos se basan en una premisa falsa, César. Lo que la gente no alcanza a comprender es que los tesoros ptolomeicos y la riqueza del país no se guardan en Alejandría. Alejandría es un injerto artificial en el auténtico árbol egipcio. Los sacerdotes de Menfis son los guardianes del tesoro egipcio, que está localizado allí. Y cuando un Ptolomeo —o una Cleopatra— necesita salir huyendo, no se dirigen delta abajo hacia Menfis, se hacen a la mar en el puerto Ciboto de Alejandría y se dirigen a Chipre, a Siria o a Cos. Por eso no pueden poner la mano encima más que a los fondos que haya en Alejandría.
César adoptó una expresión tremendamente solemne, suspiró, se recostó en la silla y puso las manos detrás de la cabeza.
—Mi querido Craso, me has convencido —dijo.
Sólo entonces Craso se calmó lo suficiente para captar el brillo irónico que había en los ojos de César y prorrumpió en carcajadas.
—¡Malvado! ¡Me has estado tomando el pelo!
—Estoy de acuerdo contigo en lo que se refiere a Egipto en todos los aspectos —dijo César—. El único problema es que tú nunca lograrás convencer a Catulo para que se embarque en esa aventura. Y él tampoco convenció a Catulo, mientras que Catulo sí que convenció al Senado de lo contrario. El resultado fue que al cabo de tres meses en el cargo y mucho antes de que pudieran revisar la lista de la ordo equester, y no digamos ya hacer un censo de la población, el consulado de Catulo y Craso llegó a su fin. Craso dimitió públicamente, y tenía muchas cosas que decir de Catulo, ninguna de ellas halagadora. En realidad, aquél había sido un plazo tan breve que el Senado decidió hacer que se eligieran nuevos censores el año siguiente.
César se portó como debía portarse un buen amigo y habló en la Cámara en favor de las dos propuestas de Craso: la concesión del derecho al voto a los galos del otro lado del Po y la anexión de Egipto. Pero su principal interés aquel año estaba en otra parte: había sido elegido como uno de los dos ediles curules, lo cual significaba que ahora le estaba permitido sentarse en la silla curul de marfil, y andaba por todas partes precedido de dos lictores que portaban las fasces. Ello había ocurrido «en su año», señal de que estaba tan arriba en el cursus honorum de las magistraturas públicas como le correspondía estar. Desgraciadamente su colega —que obtuvo muchos menos votos— era Marco Calpurnio Bíbulo.
Tenían ideas muy diferentes sobre en qué consistía el cargo de edil curul, y eso en todos los aspectos del trabajo. Junto con los dos ediles plebeyos, eran los responsables del mantenimiento general de la ciudad de Roma: el cuidado de las calles, plazas, jardines, mercados y tráfico, de los edificios públicos, de la ley y el orden, del abastecimiento de agua, incluidas las fuentes y los estanques, de los registros públicos de terrenos, de las ordenanzas de los edificios, del alcantarillado y las cloacas, de las estatuas que se hallaban en lugares públicos, y de los templos. Las obligaciones se llevaban a la práctica por los cuatro juntos, o bien se asignaban amigablemente a uno o a más de ellos.
Los pesos y médidas cayeron en el lote de los ediles curules, que tenían su sede en el templo de Cástor y Pólux, de localización muy céntrica en la franja vestal del Foro inferior; el juego de pesos y medidas estándar se guardaba bajo el podio de dicho templo, al que todos se referían siempre como «el de Cástor», y a Pólux se le dejaba completamente de lado. Los ediles plebeyos tenían su sede mucho más lejos, en el bello templo de Ceres, al pie del monte Aventino, y quizás debido a eso parecían prestar menos atención a los deberes referentes al cuidado del centro público y político de Roma.
Un deber que compartían los cuatro era el más oneroso de todos: el abastecimiento de grano en todos sus aspectos, desde el momento en que se descargaba de las barcazas hasta que desaparecía en el saco de un ciudadano autorizado para llevárselo a su casa. También eran responsables de la compra del grano, de pagarlo, de llevar la cuenta a su llegada y de recaudar el dinero necesario para ello. Llevaban el control de los ciudadanos autorizados a comprar el grano estatal a bajo precio, lo cual significaba que tenían una copia del censo de ciudadanos romanos. Emitían los vales desde su puesto en el pórtico de Metelo, en el Campo de Marte, pero el grano de por sí se almacenaba en enormes silos alineados en los precipicios del Aventino, a lo largo del Vicus de la puerta Trigémina del puerto de Roma.
Los dos ediles plebeyos de aquel año no suponían competencia alguna para los ediles curules, y de los dos, era el hermano más joven de Cicerón, Quinto, el edil senior.
—Lo cual significa que no hay que esperar de ellos juegos distinguidos —le dijo César a Bíbulo dejando escapar un suspiro—. Parece que tampoco van a hacer mucho por la ciudad.
Bíbulo miró a su colega con agrio desagrado.
—Tú puedes desengañarte a ti mismo también sobre las grandes pretensiones de los ediles curules, César. Estoy dispuesto a contribuir para que se celebren juegos buenos, pero no grandes juegos. No pienso gastarme más en eso de lo que te gastes tú. Y tampoco tengo intención de emprender ningún estudio de las cloacas, ni de hacer que se inspeccionen los conductos
en todas las ramificaciones del abastecimiento de agua, ni pienso darle una nueva capa de pintura al templo de Cástor, ni pasarme la vida recorriendo a toda prisa los mercados para comprobar cada balanza.
—Entonces, ¿qué piensas hacer? —le preguntó César levantando el labio superior.
—Pienso hacer lo que sea necesario, y nada más.
—¿Y no crees que comprobar las balanzas sea necesario?
—No.
—Bien —dijo César al tiempo que esbozaba una desagradable sonrisa —, a mí me parece muy apropiado que estemos situados en el templo de Cástor. Si tú quieres ser Pólux, adelante. Pero no te olvides del destino que tuvo él: no se le ha recordado y nunca se ha hablado de él.
Aquello no fue un buen comienzo. Sin embargo, César, siempre demasiado ocupado y demasiado bien organizado para molestarse en preocuparse por aquellos que afirmaban no estar dispuestos a cooperar, comenzó a ocuparse de sus deberes como si fuera el único edil de Roma. Tenía la ventaja de poseer una excelente red de gente que le informaba de las transgresiones, porque reclutó como informadores a Lucio Decumio y a sus hermanos del colegio de encrucijada, y cargó contra los mercaderes que engañaban en el peso o se quedaban cortos al medir, contra los constructores que infringían las lindes o empleaban materiales de mala calidad, contra los caseros que habían estafado a las compañías de agua al insertar tuberías de conducción de calibre mayor al que la ley permitía desde los conductos principales hasta sus propiedades. Multaba sin piedad, y lo hacía sustanciosamente. Nadie escapó de él, ni siquiera su amigo Marco Craso.
—Estás empezando a fastidiarme —le dijo Craso de mal humor a principios de febrero—. ¡Hasta ahora me has costado una fortuna! ¡Demasiado poco cemento en la mezcla de algunos edificios… y eso no invade terreno público, digas tú lo que digas! ¿Cincuenta mil sestercios de multa sólo porque instalé desagües hasta las alcantarillas y puse letrinas privadas en mis pisos nuevos de las Carinae? ¡Eso son dos talentos, César!
—Tú viola la ley y yo te cogeré por ello —le contestó César sin la más mínima contrición—. Necesito hasta el último sestercio que pueda meter en el cofre de las multas, y no pienso hacer excepciones con mis amigos.
—Si continúas así, no te quedarán amigos.
—Con eso me estás diciendo, Marco, que sólo eres amigo para lo bueno —dijo César de forma un poco injusta.
—¡No, no es así! ¡Pero si lo que pretendes es conseguir dinero para financiar unos juegos espectaculares, pídelo prestado, no esperes que todos los negociantes de Roma paguen la factura de tus excentricidades públicas! —le gritó Craso irritado—. Yo te prestaré el dinero y no te cobraré intereses.
—Gracias, pero no —repuso César con firmeza—. Si hiciera eso, sería yo el que se convertiría en un amigo sólo para lo bueno. Si tengo que pedir dinero prestado, actuaré como es debido: acudiré a un prestamista y se lo pediré.
—No puedes, formas parte del Senado.
—Puedo hacerlo, forme o no parte del Senado. Si me expulsan del Senado por pedir dinero prestado a usureros, Craso, de la noche a lamañana les sucederá otro tanto a cincuenta de sus miembros —dijo César. Los ojos le brillaban—. Pero hay algo que puedes hacer por mí.
—¿Qué?
—Ponme en contacto con algún mercader de perlas discreto que esté dispuesto a conseguir las perlas más hermosas que haya visto nunca por mucho menos de lo que sacará vendiéndolas.
—¡0h, oh! ¡No recuerdo que declarases ninguna perla cuando contabilizaste el botín de los piratas!
—No lo hice, y tampoco declaré los quinientos talentos que me quedé. Lo que quiere decir que pongo mi destino en tus manos, Marco. Lo único que tienes que hacer es llevar mi nombre a los tribunales y estoy acabado.
—Yo nunca haré eso, César… si dejas de ponerme multas —dijo hábilmente Craso.
—Entonces será mejor que vayas al praetor urbanus en este mismo momento y le des mi nombre —dijo César riéndose—. ¡Porque de ese
modo no vas a comprarme!
—Sólo eso te quedaste, quinientos talentos y unas perlas?
—Eso es todo.
—¡No te comprendo!
—Eso es cierto, nadie me comprende —dijo César mientras se disponía a marcharse—. Pero tú búscame a ese mercader de perlas, sé un buen muchacho. Lo haría yo mismo… si supiera por dónde empezar. Puedes quedarte con una perla, como comisión.
—¡Oh, guárdate tus perlas! —le indicó Craso en un tono de disgusto.
César sí se guardó una perla, una que tenía la forma de una enorme fresa y el mismo color de las fresas, aunque por qué lo hizo no lo sabía bien, pues lo más probable habría sido que por ella hubiera obtenido el doble de los quinientos talentos que le dieron por todas las demás. Sólo lo hizo por instinto, y decidió quedársela cuando el ávido comprador ya la había visto.
—Podría conseguir por ella al menos seis o siete millones de sestercios —le dijo el hombre con tristeza.
—No —dijo César mientras tiraba la perla arriba y abajo con la mano —, creo que me la voy a quedar. La fortuna me dice que me conviene.
Aun siendo como era un gastador manirroto, César también era capaz de hacer cuentas, y cuando a finales de febrero las hubo hecho, se le hundió el corazón. El cofre de edil probablemente daría un total de quinientos talentos; Bíbulo había indicado que contribuiría con cien talentos para los primeros juegos, los ludí megalenses de abril, y doscientos talentos para los juegos importantes, los ludí romani de setiembre; y César tenía cerca de mil talentos de su propio dinero, cosa que representaba todo lo que poseía en el mundo aparte de sus preciosas tierras, de las cuales no estaba dispuesto a desprenderse. Eso era lo que le mantenía en el Senado.
De acuerdo con sus cálculos, los ludi megalenses costarían setecientos talentos, y los ludí romani mil talentos. Mil setecientos en total, que era aproximadamente lo que tenía. El problema era que tenía intención de hacer más que celebrar dos lotes de juegos; cada edil curul tenía que organizar los
juegos, la distinción que un hombre podía ganarse radicaba en la magnificencia de los mismos. César quería organizar unos juegos funerarios en el Foro en memoria de su padre, y esperaba gastarse en ellos quinientos talentos. Tendría que pedir prestado, y luego ofender a todos los que le habían votado al continuar poniendo multas para llenar sus arcas de edil. ¡Y eso no era prudente! Marco Craso se lo había consentido únicamente porque, a pesar de su tacañería y de su arraigada convicción de que un hombre debe ayudar a sus amigos aun a expensas del Estado, él verdaderamente amaba a César.
—Tú puedes disponer de lo que tengo, Pavo —le dijo Lucio Decumio, que estaba delante mirando cómo César hacía números.
Aunque parecía cansado y un poco desanimado, César esbozó una especial sonrisa, dedicada a aquel extraño anciano que era una parte tan importante de su vida.
—¡Venga, papá! Con lo que tú tienes no podríamos ni alquilar un par de gladiadores.
—Tengo cerca de doscientos talentos.
César lanzó un silbido.
—¡Ya veo que me he equivocado de profesión! ¿Eso es lo que has ahorrado durante todos estos años que has dedicado a garantizarles paz y protección a los residentes de la parte exterior de la vía Sacra y del Vicus Fabricii?
—Es una buena suma —dijo Lucio Decumio con cara humilde.
—Consérvalo, papá, no me lo des a mí.
—Entonces, ¿de dónde vas a sacar el resto?
—Lo pediré prestado con el aval de lo que consiga como propretor en una buena provincia. Le he escrito a Balbo, a Gades, y ha accedido a darme cartas de referencias para las personas apropiadas aquí en Roma.
—ENo puede prestártelo él?
—No, él es mi amigo. No puedo pedirles a mis amigos que me presten dinero, papá.
—¡0h, qué raro eres! —dijo Lucio Decumio moviendo a ambos lados la canosa cabeza—. Para eso precisamente es para lo que están los amigos.
—Para mí no, papá. Si ocurre algo y no puedo devolver el dinero, prefiero debérselo a desconocidos. No podría soportar la idea de que mis estupideces dejasen sin dinero a mis amigos.
—Si tú no puedes devolverlo, Pavo, yo diría que Roma está acabada. Aliviado en parte de sus preocupaciones, César dejó escapar un soplido. —En eso estoy de acuerdo, papá. Lo devolveré, no temas. De manera
que ¿de qué me preocupo? —continuó diciendo animado—. ¡Pediré prestado cuanto haga falta para ser el mayor edil curul que Roma haya conocido!
Y César así lo hizo, aunque a finales del año estaba endeudado en mil talentos en lugar de los quinientos que había calculado. Craso le ayudó dedicándose a susurrar al oído de los serviciales prestamistas que César tenía un gran futuro, así que no debían cargarle con intereses abusivos, y Balbo también colaboró al ponerlo en contacto con hombres que estaban dispuestos a ser discretos y a no mostrarse demasiado usureros. El diez por ciento de interés simple, que era el índice de interés legal. La única dificultad era que tenía que empezar a devolver el préstamo en el plazo de un año, pues de otro modo el interés pasaría de simple a compuesto; y estaría pagando intereses sobre los intereses que debiera al mismo tiempo que sobre el capital que le habían prestado.
Los ludi megalenses eran los primeros juegos del año y los más solemnes desde el punto de vista religioso, quizás porque anunciaban la llegada de la primavera —en aquellos años en que el calendario coincidía con las estaciones-y tenían su origen en la segunda guerra que Roma había librado contra Cartago. Cuando Aníbal recorrió Italia de arriba abajo. Fue entonces cuando el culto de Magna Mater, la gran Madre Tierra asiática, se introdujo en Roma, y se erigió en el Palatino un templo orientado directamente hacia el Vallis Murcia, en el cual se extendía el Circo Máximo. En muchos aspectos era un culto inapropiado para la conservadora Roma; los romanos aborrecían a los eunucos, los ritos flagelatorios, y todo lo que se consideraba un barbarismo religioso. No obstante, el hecho se había
llevado a cabo en el momento en que Claudia, la virgen vestal, tiró milagrosamente de la barcaza que transportaba la piedra del ombligo de Magna Mater y consiguió llevarla río Tíber arriba, y ahora Roma tenía que sufrir las consecuencias y contemplar cómo unos sacerdotes castrados que sangraban por las heridas que ellos mismos se habían infligido recorrían, el cuarto día de abril, todo aquel camino sin dejar de gritar y de pregonar su paso por las calles al son de trompetas, mientras remolcaban la efigie de la Gran Madre y suplicaban limosnas a todos aquellos que acudían a mirar aquella presentación de los juegos.
Los juegos propiamente dichos eran más típicamente romanos, y duraban seis días, desde el cuarto hasta el décimo día de abril. El primer día se hacía la procesión, luego se celebraba una ceremonia en el templo de Magna Mater y, finalmente, algunos actos en el Circo Máximo. Los cuatro días siguientes se dedicaban a representaciones teatrales en distintas construcciones provisionales de madera que se instalaban con ese fin, mientras que el último día tenía lugar la procesión de los dioses desde el Capitolio hasta el circo, y muchas horas de carreras de carros en el circo.
Como edil curul senior, era César quien oficiaba en los actos del primer día y quien le ofrecía a la Gran Madre un sacrificio extrañamente incruento, considerando que Kubaba Cibeles era una señora sedienta de sangre; la ofrenda era un plato de hierbas.
Algunos los llamaban los juegos patricios, porque la primera noche las familias patricias se agasajaban unas a otras y en sus listas de invitados figuraban patricios exclusivamente. Siempre se consideraba un buen augurio para el patriciado que el edil curul que hacía el sacrificio fuera patricio, como lo era César. Bíbulo, desde luego, era plebeyo, y el día de la inauguración se sintió completamente ignorado; César había llenado de patricios los asientos especiales en las enormes y anchas gradas del templo, haciendo honor en particular a los Claudios Pulcher, tan íntimamente conectados con la presencia de Magna Mater en Roma.
Aunque aquel primer día los ediles celebrantes y la comitiva oficial no descendían al Circo Máximo, sino que más bien miraban desde los escalones del templo de Magna Mater, César había preferido poner un
espectáculo brillante en el circo en lugar de tratar de entretener a la multitud que había seguido la sangrienta procesión de la diosa con la acostumbrada ración de peleas de boxeo y carreras pedestres. El tiempo de que se disponía no hacía imposibles las carreras de carros. César había instalado un sistema de conducción del agua desde el Tíber y había canalizado el agua, que atravesaba el Forum Boarium y creaba así un río dentro del circo, con la spina haciendo el papel de isla del Tíber y separando esta astuta corriente de agua. Mientras la extensa multitud lanzaba exclamaciones de admiración, César representó la proeza de fuerza de la vestal Claudia. Esta llevó a rastras la barcaza desde el extremo del Forum Boarium, donde el últirno día instalarían las puertas de salida para las carreras de carros, dio una vuelta completa a la spina y luego la dejó descansando en el extremo de la puerta de Capena del estadio. La barcaza relucía engalanada con adornos dorados y tenía velas ondeantes bordadas de color púrpura; todos los sacerdotes eunucos iban reunidos en la cubierta alrededor de una bola negra y lustrosa que representaba la piedra ombligo, mientras en lo alto de la popa se alzaba la estatua de Magna Mater en una carroza tirada por un par de leones de apariencia absolutamente realista. César no utilizó un forzudo vestido de vestal para representar a Claudia, sino que usó una esbelta y hermosa mujer del tipo de Claudia, y disimuló la presencia de los hombres que tiraban de la barcaza sumergiéndolos en el agua hasta la cintura, con los hombros agachados y metidos bajo un falso casco de nave dorado que los ocultaba a la vista.
La multitud se fue a sus casas extasiada después de aquel espectáculo de tres horas. César se quedó allí, rodeado de patricios encantados, y aceptó los obsequiosos cumplidos que le dedicaron tanto por el buen gusto que había demostrado como por su imaginación. Bíbulo captó la indirecta y se marchó, muy ofendido porque nadie le había hecho caso.
Nada menos que diez teatros de madera habían sido levantados desde el Campo de Marte hasta la puerta de Capena, el mayor de los cuales tenía capacidad para diez mil personas y el más pequeño para quinientas. Y en lugar de contentarse con que parecieran lo que realmente eran, provisionales, César había insistido en que se pintaran, se decoraran y se
dorasen. Farsas y mimos se pusieron en escena en los teatros mayores, Terencio, Plauto y Ennio en los medianos, y Sófocles y Esquilo en el auditorio más pequeño, que tenía un aspecto muy griego; se tuvieron en cuenta todos y cada uno de los gustos teatrales. Desde primera hora de la mañana hasta casi el crepúsculo, los diez teatros dieron representaciones durante los cuatro días, todo un festín. Y fue literalmente un festín, pues César sirvió refrigerios gratis en los entreactos.
El último día la procesión se reunió en el Capitolio y dirigió sus pasos a través del Foro Romano y la vía Triunfal hasta el Circo Máximo; desfilaron estatuas doradas de algunos dioses, como Marte y Apolo… y Cástor y Pólux. Como fue César quien había pagado para que las dorasen, a nadie le extrañó que Pólux fuera de un tamaño mucho menor que su gemelo Cástor. ¡Qué risa!
Aunque se suponía que los juegos eran financiados con dinero público y lo que todos los espectadores preferían eran las carreras de carros, el hecho era que nunca había dinero del Estado para los entretenimientos propiamente dichos. Ello no había detenido a César, quien organizó más carreras de carros el último día de los ludi megalenses de lo que Roma había visto nunca. Era su deber como edil curul senior dar la salida a las carreras, en cada una de las cuales intervenían cuatro carros: uno rojo, otro azul, otro verde y otro blanco. La primera era de cuadrigas, carros tirados por cuatro caballos, pero otras carreras eran de carros tirados por dos caballos, o de dos o tres caballos dispuestos uno detrás de otro; César organizó incluso carreras de caballos desuncidos, que fueron montados sin ensillar por postillones.
La longitud de cada carrera era de cinco millas, distancia que se conseguía dando siete vueltas alrededor de la división central de la spina, un promontorio estrecho y alto adornado con muchas estatuas que exhibía siete delfines en uno de los extremos, y en el otro siete huevos dorados colocados en lo alto de grandes cálices; a medida que acababa cada una de las vueltas se tiraba del morro de un delfín y la cola se alzaba, y se quitaba un huevo dorado de un cáliz. Si las doce horas del día y las doce horas de la noche eran de igual longitud, entonces cada carrera tardaba en su recorrido
un cuarto de hora, lo que significaba que el ritmo era veloz y furioso, un galope enloquecido. Cuando se producían vuelcos solían ocurrir al dar la vuelta a las metae, donde cada conductor, con las riendas enrolladas con muchas vueltas a la cintura y una daga metida entre las mismas para poder liberarse si chocaba, luchaba con destreza y valor por mantenerse en el lado interior, de manera que así el recorrido fuera más corto.
La multitud quedó encantada aquel día, pues en lugar de largos descansos después de cada carrera, César las hizo sucederse una detrás de otra sin apenas interrupción; los corredores de apuestas se apresuraban entre los excitados espectadores para recoger las apuestas en un continuo frenesí, pues no daban abasto. Ni un solo sitio en las gradas estaba vacío, y las mujeres se sentaban en las rodillas de sus maridos para ganar espacio. No se permitía la entrada a los niños, a los esclavos ni a los esclavos libertos, pero las mujeres se sentaban con los hombres. En los juegos de César más de doscientos mil romanos libres se apretujaron en el Circo Máximo, mientras que otros cuantos miles más los contemplaron desde puntos estrátégidos en lo alto del Palatino y el Aventino.
—Son los mejores juegos que Roma ha visto nunca —le dijo Craso a César al final del sexto día—. Qué proeza de ingeniería hacer eso con el Tíber, y luego quitarlo todo y tener el terreno seco de nuevo para las carreras de carros.
—Estos juegos no han sido nada —repuso César con una sonrisa—, y tampoco ha sido particularmente difícil utilizar un Tíber crecido a causa de las lluvias. Espera hasta que veas los ludi romani de setiembre. Lúculo quedaría desolado si cruzase el pomerium para verlos.
Pero entre los ludi megalenses y los ludi romani hizo otra cosa tan insólita y espectacular que Roma habló de ello durante años. Cuando la ciudad se ahogaba debido a la gran cantidad de ciudadanos rurales que habían acudido de vacaciones a la ciudad para presenciar los grandes juegos a principios de setiembre, César celebró unos juegos funerarios en memoria de su padre, y utilizó todo el Foro Romano para ello. Desde luego hacía calor y el cielo estaba claro, así que cubrió toda la zona con una carpa de lona de color púrpura y, amarrando sus bordes a edificios que sirvieran de
soporte, sujetó aquella estructura de tejido macizo con grandes postes y cuerdas. Un ejercicio de ingeniería en el que se deleitó, tanto mientras lo ideaba como mientras lo supervisaba en persona.
Pero cuando empezó toda aquella increíble construcción, se corrió con fuerza el rumor de que César pensaba exhibir mil parejas de gladiadores, e inmediatamente Catulo convocó una sesión del Senado.
—¿Qué es lo que estás planeando, César? —le exigió Catulo ante toda la Cámara, llena a rebosar—. Siempre he sabido que intentas socavar la República, pero… ¿utilizar mil parejas de gladiadores cuando no hay legiones que defiendan nuestra amada ciudad? ¡Esto no es abrir un túnel en secreto para minar los cimientos de Roma, esto es usar un ariete!
—Bueno —dijo César con voz lenta mientras se ponía en pie en su estrado curul—, es cierto que poseo un poderoso ariete, y también es cierto que he excavado numerosos túneles en secreto, pero siempre lo uno con lo otro. —Se separó la túnica del pecho, tiró del escote y metió por allí la cabeza para hablar por el hueco así producido; luego gritó—: ¿No es cierto eso, oh, ariete? —Dejó caer la mano, la túnica volvió a quedar plana y César levantó la vista con la más dulce de las sonrisas—. Dice que es verdad.
Craso emitió un sonido intermedio entre un maullido y un aullido, pero antes de que su risa pudiera cobrar fuerza el bramido de regocijo de Cicerón se le adelantó; la Cámara se disolvió en medio de una galerna de carcajadas que dejó a Catulo sin habla y con el rostro de color púrpura.
Después de lo cual César procedió a exhibir el número que siempre había tenido intención de exhibir, trescientas veinte parejas de gladiadores con hermosos atuendos plateados.
Pero antes de que los juegos funerarios propiamente dichos estuvieran en marcha, otra sensación ultrajó a Catulo y a sus colegas… Cuando amaneció, y visto desde las casas situadas al borde del Germalo, el Foro parecía el mar de color vino tinto suavemente ondulado de Homero; aquellos que llegaron los primeros para conseguir los mejores sitios descubrieron que al Foro Romano se le había añadido algo más que una carpa. Durante la noche César había devuelto a sus pedestales o a sus
plintos todas las estatuas de Cayo Mario, y había puesto los trofeos de guerra de Cayo Mario otra vez dentro del templo al Honor y la Virtud que él había construido en el Capitolio. Pero, ¿qué podían hacer al respecto los archiconservadores senadores? La respuesta era simple: nada. Roma nunca había olvidado —ni había aprendido a dejar de amar— al magnífico Cayo Mario. De todo lo que César hizo durante el memorable año en que fue edil curul, la restauración de Cayo Maño se consideró el acto más importante.
Naturalmente César no desaprovechó aquella oportunidad para recordar a todos los electores quién y qué era él; en todas las pequeñas pistas de arena donde alguno de los trescientos veinte pares de gladiadores se enfrentaban —al fondo del Foso de los Comicios, en el espacio que quedaba entre los tribunales, cerca del templo de Vesta, delante del pórtico Margaritaria, en la Velia—, hizo que se proclamase el linaje de su padre, recorriendo todo el árbol genealógico hasta llegar a Venus y a Rómulo.
Dos días después de eso, César —y Bíbulo— pusieron en escena los ludi romani, que en esta ocasión duraban doce días. El desfile desde el Capitolio, atravesando el Foro Romano hasta el Circo Máximo, duró tres horas. Los principales magistrados del Senado lo encabezaban, con bandas de jóvenes sobre hermosas monturas detrás de ellos; luego seguían todos los carros qué habían de tomar parte en las carreras y los atletas que iban a competir; varios cientos de bailarines, mácaras y músicos; enanos disfrazados de sátiros y faunos; todas las prostitutas de Roma ataviadas con sus togas color fuego; esclavos que portaban cientos de espléndidas urnas o jarrones de plata u oro; grupos de falsos guerreros que vestían túnicas de color escarlata con cinturones de bronce llevaban en la cabeza cascos con penachos y blandían espadas y lanzas; animales para los sacrificios; y luego, en el último y más honroso lugar, los doce dioses mayores junto con muchos otros dioses y héroes montados en literas abiertas pintadas de oro y púrpura, con dibujos muy realistas, y aviados todos ellos con exquisitas ropas.
César había decorado por completo el Circo Máximo y lo había hecho mejor todavía que en cualquiera del resto de los espectáculos utilizando millones de flores frescas. Como los romanos adoraban las flores, el
numerosísimo público quedó embelesado casi hasta el punto de llegar al desvanecimiento, ahogados por el perfume de las rosas, las violetas, las cepas, los alhelíes. Sirvió refrigerios gratis y pensó en toda clase de novedades, desde funámbulos hasta personas que vomitaban fuego, pasando por contorsionistas, unas mujeres ligeras de ropa que parecían capaces casi de volverse del revés.
Cada día se veía en los juegos algo nuevo y diferente, y las carreras de carros eran soberbias.
Le decía Bíbulo a todo aquel que se acordaba de él lo suficiente como para comentar las cosas:
«Me dijo que yo sería Pólux y él Cástor. ¡Y hay que ver cuánta razón tenía! Bien hubiera podido ahorrarme mis preciosos trescientos talentos; sólo han servido para verter comida y vino en doscientas mil gargantas ávidas, mientras él es quien se ha llevado el mérito de todo lo demás.»
Le dijo Cicerón a César:
«En general me desagradan los juegos, pero tengo que confesar que los tuyos han sido realmente espléndidos. Celebrar los juegos más lujosos de la historia es bastante loable en un aspecto, pero lo que a mí de verdad me ha gustado de tus juegos es que no han sido nada vulgares.»
Dijo Tito Pomponio Ático, caballero plutócrata, a Marco Licinio Craso, senador plutócrata:
«Ha sido brillante. Le ha proporcionado beneficios a todo el mundo. ¡Vaya año para los floricultores y para los mayoristas! Votarán a César durante el resto de su carrera política. Por no hablar de los panaderos, de los molineros… ¡oh, realmente muy, muy, inteligente!»
Y el joven Cepión Bruto le dijo a Julia:
«El tío Catón está realmente disgustado. Desde luego, es un gran amigo de Bíbulo. Pero, ¿por qué tiene siempre tu padre que causar tanta sensación?»
Catón aborrecía a César.
Cuando por fin había regresado a Roma, en la época en que César asumió el cargo de edil curul, ejecutó el testamento de su hermano Cepión. Aquello requirió que fuera a ver a Servilia y a Bruto, que con casi dieciocho años de edad estaba ya muy encauzado en su carrera en el Foro, aunque aún no se había ocupado de ningún caso ante los tribunales.
—Me desagrada el hecho de que ahora seas patricio, Quinto Servilio — dijo Catón, muy puntilloso en lo referente a utilizar el nombre correcto—, pero como yo no estaba dispuesto a ser otro que un Porcio Catón, supongo que debo dar mi aprobación. —Se inclinó hacia adelante bruscamente—. ¿Qué haces en el Foro? Deberías estar en el campo de batalla formando parte del ejército de alguien, como de tu amigo Cayo Casio.
—Bruto ha recibido una exención —dijo Servilia con altivez, poniendo énfasis en el nombre.
—Nadie debería estar exento a menos que sea un lisiado.
—Tiene el pecho débil —dijo Servilia.
—El pecho le mejoraría en seguida si saliera a cumplir con su deber legal, que es servir en las legiones. Y también le mejoraría la piel.
—Bruto irá cuando yo considere que se encuentra lo suficientemente bien de salud.
—¿Es que él no tiene lengua? —preguntó Catón en tono exigente; no de un modo tan fiero como el que habría empleado antes de partir para el Este, aunque aún seguía siendo agresivo—. ¿No puede hablar por sí mismo? Estás haciendo una persona débil de este muchacho, Servilia, y eso no es romano.
Todo lo cual escuchaba Bruto punto en boca, y sometido a un grave dilema. Por una parte estaba deseando ver cómo su madre perdía aquella — o cualquier otra— batalla, pero por otra parte le horrorizaba el servicio militar. Casio se había ido muy contento mientras Bruto desarrollaba una tos que iba empeorando cada vez más. Le dolía verse disminuido a los ojos de su tío Catón, pero éste no toleraba la debilidad o la fragilidad de ningún tipo; además el tío Catón, ganador de muchas condecoraciones al valor en el campo de batalla, nunca comprendería a la gente que no se emocionase cuando levantaba una espada. Así que ahora empezó a toser con un sonido
espeso y seco que le empezaba en la base del pecho y reverberaba durante todo el camino hasta la garganta. Eso, naturalmente, le produjo una copiosa flema, lo cual le permitió mirar enloquecido primero a su madre y luego a su tío, murmurar una excusa y marcharse.
—¿Ves lo que has hecho? —le recriminó Servilia a Catón enseñando los dientes.
—Le hace falta ejercicio y un poco de vida al aire libre. También sospecho que eres tú quien le estás haciendo de curandera para el problema que tiene en la piel. Presenta un aspecto espantoso.
—¡Bruto no es responsabilidad tuya! —Según las condiciones del testamento de Cepión, puedes tener la absoluta certeza de que sí lo es.
—El tío Mamerco ya lo ha hablado todo con él, no te necesita para nada. En realidad, Catón, nadie te necesita. ¿Por qué no vas y te tiras al Tíber?
—Todos me necesitan, eso está claro. Cuando me marché al Este tu chico estaba empezando a ir al Campo de Marte, y durante una temporada dio la impresión de que, en efecto, quizás pudiera aprender a ser un hombre. Y ahora me encuentro con que es un perrito faldero de mamá! Y además, ¿cómo has podido prometerlo en matrimonio con una muchacha sin dote digna de mención, con otra malvada patricia? ¿Qué clase de hijos esmirriádos van a tener?
—Lo que espero es que tengan hijos como el padre de Julia e hijas como yo —le dijo Servilia con un tono de voz helado—. Di lo que quieras de los patricios y de —la vieja aristocracia, Catón, pero en el padre de Julia puedes ver todo lo que debería ser un romano, desde soldado a orador pasando por político. Bruto quiso ese emparejamiento; en realidad no fue idea mía, pero ojalá se me hubiera ocurrido a mí. ¡La sangre de Julia es tan buena como la de él… y eso es mucho más importante que la dote! Sin embargo te diré, para tu información, que su padre me ha garantizado una dote de cien talentos. Y Bruto no necesita una chica con una gran dote, ahora que es el heredero de Cepión.
—Si está dispuesto a esperar varios años por una esposa, bien podía haber aguardado unos años más y casarse con mi Porcia —dijo Catón—. Yo
habría aplaudido esa alianza de todo corazón! El dinero de mi querido Cepión habría ido a parar a los hijos de ambas partes de la familia.
—¡Oh, ya comprendo! —dijo Servilia con desdén—. La verdad se acaba descubriendo, ¿eh, Catón? No cambiarías tu nombre para conseguir el dinero de Cepión, pero… ¡qué plan tan brillante conseguirlo a través de la parte femenina! ¿Casarse mi hijo con la descendiente de un esclavo? ¡Por encima de mi cadáver!
—Todavía podría ocurrir —le sugirió Catón en un tono complaciente. —¡Si eso ocurriera, le daría a la chica brasas candentes para cenar! —
Servilia se puso tensa, pues comprendía que ya no manejaba tan bien a Catón como tntes; éste éstaba más frío, más despegado, y resultaba más difícil de enredar. Sacó su aguijón más desagradable—. Dejando aparte el hecho de que tú, el descendiente de un esclavo, eres el padre de Porcia, también hay que pensar en su madre. Y puedo asegurarte que yo nunca permitiría que mi hijo se casase con la hija de una mujer que no puede esperar a que su marido regrese a casa!
En los viejos tiempos él la habría atacado violentamente de palabra, habría gritado y la habría acosado. Aquel día se puso rígido y no dijo nada durante un rato.
—Creo que una afirmación como ésa necesita una aclaración —dijo Catón al fin.
—Me alegraré de complacerte. Atilia se ha comportado como una niña muy traviesa.
—¡Oh, Servilia, tú eres uno de los mejores ejemplos por los que Roma necesita unas cuantas leyes en los libros que obliguen a las personas a sujetar la lengua!
Servilia sonrió dulcemente.
—Pregunta a cualquiera de tus amigos si dudas de mí. Pregúntale a Bíbulo, a Favonio o a Ahenobarbo, ellos han estado aquí para presenciar esos amores ilícitos. No es ningún secreto.
Catón hizo un gesto hacia adentro con la boca, hasta hacer desaparecer los labios.
—¿Quién ha sido? —preguntó.
—Pues quién va a ser! ¡Ese romano entre los romanos, naturalmente! César. Y no me preguntes a qué César me refiero… ya sabes qué César es el que tiene esa reputación. El futuro suegro de mi querido Bruto.
Catón se puso en pie sin pronunciar una palabra.
Se dirigió inmediatamente a su modesta casa, que se encontraba en una calleja situada en un lugar sin vistas del centro del Palatino, en la cual había instalado a su amigo filósofo, Atenodoro Cordilión, antes incluso de acordarse de saludar a su esposa y a sus hijos en la única habitación para invitados.
La reflexión confirmó la malicia de Servilia. Atilia estaba diferente. Por una parte, de vez en cuando sonreía y se tomaba la libertad de hablar antes de que le hablasen; por otra parte, los pechos se le habían llenado, y de un modo peculiar que a él le revolvía. Aunque habían transcurrido tres días desde que Catón llegara a Roma, éste no había ido al dormitorio de Atilia —él prefería ocupar solo el cubículo de dormir principal— para calmar lo que incluso su venerado bisabuelo Catón el Censor había considerado una necesidad natural, no sólo permisible entre marido y mujer —o esclava y amo—, sino en realidad una necesidad digna de admiración.
Oh, ¿qué querido dios bueno y benevolente se lo había impedido? Mira que si se hubiera introducido en lo que legalmente era propiedad suya sin saber que se había convertido en la propiedad ilegal de otro… Catón se estremeció, tuvo que esforzarse por aplacar el creciente asco que sentía. César. Cayo Julio César, el peor de toda aquella pandilla de podridos y degenerados. ¿Qué demonios habría visto en Atilia, a quien Catón había escogido precisamente porque era el polo absolutamente opuesto a la redonda, morena y adorable Emilia Lépida? Catón reconocía que era un poco lento intelectualmente pues desde la infancia le habían inculcado esa idea a fuerza de repetirle que lo era, pero no tuvo que ir muy lejos a buscar el motivo que había movido a César. Incluso a pesar de ser patricio, aquel hombre iba a ser demagogo, otro Cayo Mario. ¿A cuántas esposas de los tradicionalistas incondicionales habría seducido? Los rumores eran abundantes. Y allí estaba él, Marco Porcio Catón, todavía sin edad suficiente para formar parte del Senado, pero obviamente ya considerado
por César como un notable enemigo. ¡Eso era bueno! Pues ello decía que él, Marco Porcio Catón, tenía la energía y la voluntad necesarias para ser una gran fuerza en el Foro y en el Senado. ¡César le había puesto los cuernos a él! Ni por un momento se le ocurrió que Servilia fuera la causa, porque no tenía ni idea de que ella y César mantuvieran una relación íntima.
Bien, quizás Atilia hubiera dejado que César se le metiera en la cama y entre las piernas, pcro a Catón no lo había admitido en la cama después de aquello. Lo que la muerte de Cepión había puesto en marcha, la traición de Atilia lo había hecho terminar. ¡No querer a nadie! Nunca, nunca encariñarse con nadie. Encariñarse significaba incesante dolor.
No le hizo preguntas a Atilia. Se limitó a llamar al mayordomo a su despacho y a darle instrucciones para que empaquetara las cosas de ella y la echase de allí inmediatamente, que se la devolviese a su hennano. Unas cuantas palabras garabateadas en un papel y el hecho estaba consumado. Atilia quedaba repudiada y él no tendría que devolver ni un sestercio de la dote de una adúltera. Mientras esperaba en el despacho oyó la voz de ella a lo lejos, un quejido, un sollozo, un grito frenético llamando a sus hijos, y durante todo el tiempo la voz del mayordomo alzándose por encima de la de ella, el nido de los esclavos tropezándose ünos con otros al cumplir las órdenes del amo. Finalmente se oyó abrirse la puerta principal, y luego cerrarse. Después de lo cual el mayordomo llamó a la puerta.
—La señora Atilia se ha ido, domine.
—Envíame aquí a mis hijos.
Estos entraron poco después, desconcertados por el alboroto pero sin saber qué había ocurrido. No podía negarse que ambos eran suyos, ni siquiera ahora que la duda lo corroía. Porcia tenía seis años, era alta, delgada y angulosa, con el mismo pelo castaño que él pero en una versión más abundante y rizada, con los mismos ojos grises y separados que tenía él, con el mismo cuello largo, aunque la nariz era algo más pequeña. Catón Junior era dos años menor, un niño flaco que siempre le recordaba cómo habia sido él mismo en aquellos días en que aquel marso advenedizo, Silón, lo había sostenido colgado de la ventana y lo había amenazado con dejarlo caer sobre afiladas rocas; sólo que Catón Junior era tímido en vez de
valiente y tenía tendencia a llorar con facilidad. Y, ay, ya estaba claro que la lista de los dos era Porcia, la pequeña oradora y filósofa. Dones inútiles en una niña.
—Hijos, me he divorciado de vuestra madre por infidelidad —les dijo Catón en tono normal con su acostumbrada voz ronca carente de toda expresión— Ha sido impura y ha demostrado no ser una adecuada esposa ni madre. He prohibido su entrada en esta casa, y no permitiré que ninguno de vosotros vuelva a verla.
El niñito apenas comprendió aquellas palabras adultas, sólo que algo horrible acababa de suceder, y que su madre era el centro de todo ello. Los grandes ojos se le llenaron de lágrimas; el labio le temblaba. No se puso a dar alaridos simplemente porque su hermana le dio de pronto un apretón en el brazo, que era la señal para decirle que debía controlarse. Y ella, aquella pequeña estoica que habría muerto con tal de complacer a su padre, se mantuvo erguida y con aspecto indómito, sin lágrimas ni temblores de los labios.
—Mamá se ha ido al exilio —dijo.
—Esa es una manera de expresarlo tan buena como cualquier otra. —¿Sigue siendo ciudadana? —preguntó Porcia con una voz muy
parecida.a la de su padre, sin ritmo ni melodía.
—No puedo privarla de eso, Porcia, y tampoco querría hacerlo. De lo que la he privado es de toda participación en nuestras vidas, porque no merece tomar parte en ellas. Tumadre es una mala mujer, una marrana, una puta, una ramera, una adúltera. Ha estado acostándose con un hombre llamado Cayo Julio César, y eso es todo lo que representa ser un patricio: ser corrupto, inmoral, anticuado —¿De verdad no volveremos a ver a mamá? —No mientras viváis bajo mi techo.
El propósito que había detrás de aquellas palabras adultas por fin hizo mella; el pequeño Catón Junior, de cuatro años, empezó a llorar desconsoladamente.
—¡Yo quiero a mi mamá! ¡Yo quiero a mi mamá! ¡Yo quiero a mi mamá!
—Creía que Zenón no prohibía el amor, solamente las acciones malas —dijo la hija—. ¿No es una buena acción amar a todo lo que es bueno? Tú eres bueno, pater. Yo debo amarte, Zenón dice que eso es una acción buena.
¿Cómo responder a aquello?
—Pues entonces modera tus sentimientos con cierto distancia— miento, y nunca dejes que el amor te gobierne —le indicó Catón—. No debes dejarte gobernar por nada que envilezca la mente, y las emociones lo hacen.
Cuando los niños se fueron, Catón salió de la habitación. En el pórtico, no lejos, se encontraba Atenodoro Cordilión con una jarra de vino, buenos libros y todavía mejor conversación. Desde aquel día en adelante, el vino, los libros y la conversación tendrían que llenar todos los huecos.
¡Ah, pero a Catón le costó caro enfrentarse con el brillante y festejado edil curul mientras éste se ocupaba de sus deberes tan asombrosamente bien, y con tanta aptitud!
—Se porta como si fuera el rey de Roma —le comentó Catón a Bíbulo. —Pues yo opino que se cree que es el rey de Roma al ir por ahí repartiendo grano y espectáculos circenses. Todo a lo grande, desde esas maneras fáciles que adopta con la gente corriente hasta su arrogancia en el
Senado.
—Es mi enemigo reconocido.
—Es el enemigo de todo hombre que quiera la adecuada mos maiorum, que ningún hombre sobresalga un ápice por encima de sus iguales —dijo Bíbulo—. ¡Lucharé contra él hasta que me muera!
—Es otro Cayo Mario —dijo Catón.
Pero Bíbulo pareció despreciativo.
—¿Mario? ¡No, Catón, no! Cayo Mario sabía que no podría ser nunca rey de Roma, no era más que un hacendado de Arpinum, como su igualmente bucólico primo Cicerón. César no es ningún Mario, créeme. César es otro Sila, y eso es mucho peor. —Las lágrimas no son una acción correcta cuando se derraman por motivos que no las merecen —le dijo el padre—. Te comportarás como un verdadero estoico y dejarás ese llanto tan poco varonil. No puedes tener a tu madre, y se acabó. Porcia, llévatelo de
aquí. La próxima vez que lo vea, confio en ver a un hombre, no a un bebé mocoso y llorón.
—Yo haré que lo comprenda —dijo Porcia mirando a su padre con
ciega adoración—. Mientras estemos contigo, pater, todo está bien. Es a ti a
quien amamos más, no a mamá.
Catón se quedó petrificado.
—¡No améis nunca a nadie! —gritó—. ¡Nunca, nunca améis! ¡Un estoico no ama! ¡Un estoico no necesita que le amen!
En julio de aquel año Marco Porcio Catón fue elegido cuestor, y le tocó en suerte ser el senior de los tres cuestores urbanos; sus dos colegas eran el gran aristócrata plebeyo Marco Claudio Marcelo y un tal Lolio, un miembro de aquella familia picentina que Pompeyo el Grande estaba introduciendo felizmente en el meollo de la influencia romana del Senado y los Comicios.
Con algunos meses por delante antes de asumir el cargo de hecho, y antes de que le estuviera permitido asistir a las sesiones del Senado, Catón dedicó sus días a estudiar comercio y derecho mercantil; contrató a un tenedor de libros del Tesoro jubilado para que le enseñase cómo los tribuni aerarii que estaban al frente de aquel terreno realizaban la contabilidad, y se estudió laboriosamente todo aquello que no le entraba de un modo natural hasta que supo tanto acerca de las finanzas del Senado como sabía César, sin dar se cuenta de que lo que a él le costaba tanto esfuerzo, su enemigo reconocido lo había comprendido casi al instante.
Los cuestores se tomaban su obligación a la ligera y nunca se molestaban preocupándose demasiado con una vigilancia auténtica de lo que ocurría en el Tesoro; la parte importante del trabajo para el cuestor urbano corriente era la coordinación con el Senado, que debatía y luego delegaba adónde debía destinarse el dinero del Estado. Era práctica aceptada echar una mirada por encima a los libros que los funcionarios del Tesoro les dejaban ver de vez en cuando y aceptar las cifras del Tesoro cuando el Senado estudiaba las finanzas de Roma. Los cuestores también les procuraban favores a sus parientes y amigos, siempre que esas personas
estuviesen en deuda con el Estado, haciendo la vista gorda ante el caso conbreto u ordenando que los nombres en cuestión se borrasen de los archivos oficiales. En resumen, los cuestores con destino en Roma se limitaban a permitir que el personal fijo del Tesoro se ocupara de sus asuntos e hiciera su trabajo. Y, ciertamente, ni el personal fijo del Tesoro ni Marcelo ni Lolio, los otros dos cuestores urbanos, tenían la más remota idea de que las cosas iban a cambiar radicalmente.
Catón no tenía intención de comportarse con laxitud. Pensaba ser más concienzudo dentro del Tesoro que Pompeyo el Grande en el Mare Nostrum. Al alba del quinto día de diciembre, el día que iba a tomar posesión del cargo, allí estaba Catón llamando a la pucrta lateral del sótano del templo de Saturno, nada complacido al enterarse de que el sol tenía que estar bien alto antes de que nadie acudiese allí a trabajar.
—La jornada de trabajo empieza al amanecer —le indicó Catón al jefe del Tesoro, Marco Vibio, cuando este personaje llegó sin aliento después de que un preocupado empleado le había enviado aviso con urgencia.
—No hay ninguna norma a tal efecto —repuso suavemente Marco Vibio
—. Nosotros trabajamos dentro de un horario que establecemos nosotros mismos, y es un horario flexible.
—¡Tonterías! —dijo Catón con desprecio—. Yo soy el guardián electo de estos locales, y pienso encargarme de que el Senado y el pueblo de Roma le saquen jugo hasta el último sestercio del dinero de los impuestos. ¡Esos impuestos sirven para pagarte a ti y al resto de las personas que trabajan aquí, no lo olvides!
No fue un buen comienzo. A partir de entonces las cosas fueron empeorando cada vez más para Marco Vibio. Se le había echado encima un fanático. Cuando en el pasado, en algunas raras ocasiones, se había encontrado maldecido por algún cuestor protestón, Marco Vibio había procedido a poner al tipo en cuestión en su lugar ocultándole todo el conocimiento especializado del trabajo; como no tenían conocimientos del Tesoro, los cuestores sólo podían hacer lo que se les permitía hacer. Desgraciadamente, aquello no detuvo a Catón, quien demostró que conocía
tanto acerca del funcionamiento del Tesoro como el propio Marco Vibio. ¡Y posiblemente más!
Catón había llevado consigo varios esclavos y se había ocupado de que se les entrenase en distintos aspectos de las actividades del Tesoro, y cada día se presentaba allí al alba con su pequeño séquito para sacar completamente de sus casillas a Vibio y a sus subalternos. ¿Qué era esto? ¿Qué era aquello? ¿Dónde estaba esto y lo otro? ¿Cuándo habían ocurrido tal cosa y tal otra? ¿Cómo es que ocurría cualquier cosa? Y así sucesivamente. Catón era persistente hasta el punto de resultar insultante, era imposible sacárselo de encima con respuestas convincentes y resultaba insensible a la ironía, al sarcasmo, a los improperios a la adulación, a las excusas y a los síncopes.
«Me siento como si todas las furias me estuvieran acosando más duramente de lo que nunca acosaron a Orestes! —decía jadeante Marco Vibio al cabo de dos meses de sufrir aquello, cuando hizo acopio de valor para buscar solaz y ayuda en su patrón, Catulo—. No me importa lo que tengas que hacer para que Catón se calle y se mande mudar. ¡Sólo quiero que lo hagas! He sido tu cliente leal y devoto durante más de veinte años, soy tribunus aerarius de primera clase, y ahora me encuentro con que tanto mi cordura como mi puesto están en peligro. ¡Líbrame de Catón!»
El primer intento fracasó de un modo miserable. Catulo le propuso a la Cámara que se le encomendase a Catón una tarea especial, la comprobación de las cuentas del ejército, ya que era tan brillante verificando cuentas. Pero Catón se mantuvo firme en sus trece y recomendó los nombres de cuatro hombres a los que podía emplearse temporalmente en un trabajo que a ningún cuestor electo debería solicitársele que hiciera. Gracias, él seguiría haciendo aquello para lo que estaba allí.
Después Catulo pensó en tácticas más astutas, ninguna de las cuales dio resultado. Mientras tanto, la escoba que barría hasta el último rincón del Tesoro no se cansaba ni se desgastaba nunca. En marzo empezaron a rodar cabezas. Primero uno, luego dos, luego tres, cuatro y cinco funcionarios del Tesoro se encontraron con que Catón había puesto fin a sus ocupaciones y les había vaciado los escritorios. Y en abril dejó caer el hacha; Catón
despidió a Marco Vibio y añadió el insulto al daño producido al hacer que lo procesaran por fraude.
Limpiamente atrapado en aquella trampa, a Catulo no le quedó otro remedio que defender en persona a Vibio ante el tribunal. Con sólo un día de airear las pruebas, Catulo tuvo bastante para saber que iba a perder el caso. Era hora de apelar al sentido de la oportunidad de Catón, a los preceptos clásicos del sistema que existía entre cliente y patrón.
—Mi querido Catón, debes detenerte —le dijo Catulo cuando el tribunal levantó la sesión por aquel día—. Ya sé que el pobre Vibio no ha sido tan cuidadoso como quizás debería haberlo sido. ¡Pero es uno de nosotros! Despide a todos los empleados y tenedores de libros que quieras, pero deja al pobre Vibio en su empleo, por favor! Te doy mi solemne palabra como consular y antiguo censor de que de ahora en adelante Vibio tendrá una conducta impecable. ¡Pero detén este horrible procesamiento! ¡Déjale algo a ese hombre!
Todo esto lo había dicho con suavidad, pero Catón sólo tenía un volumen de voz, y era hablar a voz en grito. Voceó la respuesta en aquel acostumbrado tono estentóreo suyo, lo que detuvo cualquier movimiento a su alrededor. Todos los rostros se volvieron; todas las orejas se aguzaron para escuchar.
—¡Quinto Lutacio, deberías avergonzarte de ti mismo! —chilló Catón
—. ¿Cómo podrías ser tan ciego para tu propia dignitas como para tener la frescura de recordarme que eres consular y antiguo censor, y luego intentar engatusarme para que no cumpla con el deber que he jurado? Bien, permite que te diga que me sentiré avergonzado si me veo obligado a llamar a los alguaciles de la corte para que te echen por intentar interferir en el curso de la justicia romana. ¡Porque eso es precisamente lo que estás haciendo, interferir en la justicia romana!
Tras lo cual se marchó con paso majestuoso, dejando a Catulo plantado, desprovisto de habla y tan perplejo que, cuando el caso se reanudó al día siguiente, ni siquiera apareció para ejercer la defensa. En cambio trató de exculparse de su deber de patrón convenciendo al jurado para que emitiera un veredicto de ABSOLVO aunque Catón lograse presentar más pruebas
condenatorias de las que presentara en su día Cicerón para hallar culpable a Verres. No recurriría al soborno; hablar era más barato y más ético. Uno de los miembros del jurado era Marco Lolio, el colega de Catón en el cargo de cuestor, quien accedió a votar en favor del perdón. Se encontraba, sin embargo, extremadamente enfermo, de manera que Catulo hizo que lo llevasen al juicio en una litera. Cuando se emitió el veredicto, fue ABSOLVO. El voto de Lolio había empatado al jurado, y un empate en la votación del jurado significaba el perdón.
¿Derrotó aquello a Catón? No, en absoluto. Cuando Vibio apareció en el Tesoro se encontró con que Catón le bloqueaba el paso. Y Catón no consintió en devolverle su empleo. Al final incluso Catulo, a quien habían llamado para que presidiera la desagradable escena pública que se había montado a la puerta del Tesoro, tuvo que darse por vencido. Vibio había perdido su puesto, y así se iba a quedar. Luego Catón se negó a pagarle a Vibio el salario que se le debía.
—¡Tienes que pagarle! —le gritó Catulo.
—¡No tengo por qüé hacerlo! —gritó a su vez Catón—. Ha estafado al Estado, le debe al Estado mucho más que su sueldo. Deja que eso ayude a compensar a Roma.
—¿Por qué, por qué, por qué? —le exigió Catulo—. ¡Vibio ha sido absuelto!
—¡Yo no estoy dispuesto a aceptar el voto de un hombre enfermo! — voceó Catón—. Lolio no se hallaba en sus cabales a causa de la fiebre.
Y así hubo que dejarlo. Absolutamente seguros de que Catón perdería, los supervivientes del Tesoro habían estado planeando toda clase de celebraciones. Pero cuando Catulo tuvo que llevarse de allí a Vibio sumido en llanto, los supervivientes del Tesoro captaron finalmente la indirecta. Como por arte de magia todas las cuentas y todos los libros cuadraron perfectamente; a los deudores se les obligó a rectificar años de pagos no efectuados, y a los acreedores de repente se les reembolsaron sumas acumuladas durante años. Marcelo, Lolio, Catulo y el resto del Senado también captaron la indirecta. La gran guerra del Tesoro había terminado, y sólo un hombre quedaba en pie: Marco Porcio Catón, a quien toda Roma
alababa, asombrada de que el gobierno de Roma hubiera sacado a la luz por fin a un hombre tan incorruptible que no se le podía comprar. Catón se había hecho famoso.
—¡Lo que no comprendo es lo que Catón se propone hacer con su vida! —le dijo un conmocionado Catulo a su muy amado cuñado Hortensio—. ¿Cree realmente que puede conseguir votos siendo completamente incorruptible? Eso quizás de resultado en las elecciones tribales, pero si continúa como ha empezado nunca ganará una elección en las Centurias. Nadie de la primera clase lo votará.
Hortensio se inclinó por contemporizar.
—Comprendo que te ha puesto en una situación comprometida, Quinto, pero debo decir que más bienio admiro. Aunque tienes razón. Nunca ganará las elecciones a cónsul en las Centurias. ¡Imagínate la clase de pasión que hace falta para producir la integridad que posee Catón!
no eres más que un diletante caprichoso con más dinero que sentido común! —gruñó Catulo, que había acabado por perder los estribos.
Después de haber ganado la gran guerra del Tesoro, Marco Porcio Catón emprendió la búsqueda de nuevos campos a los que dedicar sus esfuerzos, y los encontró cuando se puso a examinar con detenimiento los archivos financieros que estaban almacenados en el Tabulario de Sila. Quizás fueran antiguos, pero una serie de cuentas, muy bien llevadas, le sugirieron cuál iba a ser el tema de su siguiente guerra. Los archivos especificaban detalladamente a todos aquellos a quienes durante la dictadura de Sila se les había pagado la cantidad de dos talentos por proscribir hombres como traidores al Estado. Por sí mismos no decían nada más de lo que podían expresar las cifras, pero Catón empezó a investigar a cada uná de las personas a las cuales se les habían pagado dos talentos —y a veces varios lotes de dos talentos— con vistas a procesar a todos aquellos que resultase que los habían obtenido mediante la violencia. En aquella época era legal matar a un hombre una vez que estaba proscrito, pero los tiempos de Sila habían pasado, y a Catón le gustaban poquísimo las oportunidades legales
que aquellos odiados y vilipendiados hombres tendrían ante los tribunales actuales… aun cuando los tribunales actuales fueran retoños de Sila.
Era triste que un pequeño cáncer royera la justa virtud de los motivos de Catón, porque en aquel nuevo proyecto veía una buena ocasión de hacerle la vida difícil a Cayo Julio César. Una vez que había terminado su período anual como edil curul, a César se le había encomendado otro trabajo; se le había nombrado iudex del Tribunal de Asesinatos.
A Catón nunca se le ocurrió que César estaría dispuesto a cooperar con un miembro de los boni para juzgar a aquellos que habían recibido dos talentos tras cometer un asesinato para conseguirlos; y aunque se esperaba la acostumbrada táctica obstructiva que los presidentes de los tribunales utilizaban para quitarse de encima el compromiso de tener que juzgar a personas que estimaban que no habían de ser sometidas a juicio, Catón descubrió, muy a su pesar, que César no sólo estaba de acuerdo, sino que además estaba dispuesto incluso a ayudarle.
«Tú mándamelos, que yo los juzgo», le dijo César a Catón alegremente. Pese a que toda Roma había sido un hervidero de rumores cuando Catón se divorció de Atilia y la devolvió a la familia de ésta sin dote, citando para
ello a César como amante de la mujer, no formaba parte del carácter de César sentirse en desventaja en aquellos tratos con Catón. Y tampoco formaba parte del carácter de César tener escrúpulos de conciencia ni sentir lástima por la mala fortuna de Atilia; ella había corrido el riesgo, siempre habría podido negarse a los requerimientos que él le había hecho. De modo que el presidente del Tribunal de Asesinatos y el incorruptible cuestor hicieron bien el trabajo juntos.
Luego Catón abandonó los peces pequeños, los esclavos, los esclavos libertos y los centuriones que habían empleado aquellos dos talentos como base para hacer fortuna, y decidió acusar a Catilina del asesinato de Marco Mario Gratidiano. Esto había ocurrido después de que Sila ganó la batalla de la puerta de las Colinas de Roma, y en aquella época Mario Gratidiano era cuñado de Catilina. Más tarde Catilina heredó sus propiedades.
—Es un mal hombre y voy a cogerlo —le dijo Catón a César—. Si no lo hagQ, el año que viene será cónsul.
—¿Qué crees que haría si llegara a ser cónsul? —le preguntó César lleno de curiosidad—. Estoy de acuerdo en que es un mal hombre, pero…
—Si fuera cónsul se erigiría como otro Sila.
—¿Como dictador? No podría hacerlo.
Aquellos días los ojos de Catón estaban llenos de dolor, pero miraron con seriedad a las órbitas frías y pálidas de César.
—Es un Sergio; lleva en las venas la sangre más antigua de Roma, incluida la tuya, César. Si Sila no hubiera tenido la sangre adecuada, no habría podido tener éxito. Por eso no confío en ninguno de vosotros, los aristócratas. Descendéis de reyes y todos queréis ser reyes.
—Te equivocas, Catón. Por lo menos en lo que a mí respecta. En cuanto a Catilina… Bueno, las actividades que llevó a cabo bajo el dominio de Sila fueron en verdad aberrantes, así que, ¿por qué no intentarlo? Pero creo que no tendrás éxito.
—¡Oh, sí que tendré éxito! —le dijo Catón en un tono de voz muy alto
—. Tengo docenas de testigos que jurarán que Catilina le cortó la cabeza a Gratidiano.
—Sería mejor que pospusieras el juicio hasta justo antes de las elecciones —le recomendó César con firmeza—. Mi tribunal es rápido, yo no pierdo el tiempo. Si lo procesas ahora, el juicio acabará antes de que se cierre el plazo de las solicitudes para presentar— se como candidato a las elecciones curules. Eso significa que Catilina podrá presentarse si sale absuelto. Mientras que si lo procesas más tarde, mi primo Lucio César, que es supervisor, no permitirá nunca que se presente la candidatura de un hombre que se enfrenta a una acusación de asesinato.
—Eso sólo sirve para posponer el día aciago —repuso Catón con testarudez—. Quiero que a Catilina se le destierre de Roma y se le acabe cualquier sueño que tenga de llegar a ser cónsul.
—¡Muy bien entonces! Pero que la responsabilidad caiga sobre tu cabeza —dijo César.
La verdad era que Catón tenía la cabeza un poco revuelta e hinchada a causa de las victorias que había obtenido hasta la fecha. Sumas de dos talentos iban cayendo a chorros en el Tesoro, pues Catón insistía en hacer
cumplir la ley que el cónsul y censor Lentulo Clodiano había decretado unos años antes, la cual requería que ese dinero fuera devuelto aunque se hubiera recaudado pacíficamente. Catón no tenía previsto ningún obstáculo en el caso de Lucio Sergio Catilina. Como cuestor no podía ejercer de acusador él mismo, pero dedicó mucho tiempo en pensar a quién eligiría: a Lucio Luceyo, amigo íntimo de Pompeyo y orador de gran distinción. Aquélla, como bien sabía Catón, era una astuta jugada; proclamaba a los cuatro vientos que el juicio de Catilina no estaba sometido al capricho de los boni, sino que era un asunto que los romanos debían tomarse en serio, ya que uno de los amigos de Pompeyo estaba colaborando con los boni. ¡César también!
Cuando Catilina se enteró de lo que se le avecinaba, apretó los dientes y soltó una maldición. Durante dos elecciones consulares seguidas había visto cómo se le denegaba la oportunidad de presentarse como candidato a causa de un proceso judicial; y de nuevo tenía que someterse a juicio. Ya era hora de ponerle fin a aquello, a aquellas enrevesadas persecuciones que tenían como blanco el corazón del patriciado y que se llevaban a cabo por setas como Catón, aquel descendiente deun esclavo. Durante generaciones los Sergios habían sido excluidos de los cargos más importantes de Roma debido a su pobreza, hecho que había sido igual de cierto con respecto a los Julios Césares hasta que Cayo Mario les permitió ascender de nuevo. Bien, Sila había permitido que los Sergios también ascendieran. ¡Y Lucio Sergio Catilina iba a volver a poner a su clan en la silla de marfil de los cónsules aunque tuviera que echar abajo a toda Roma para conseguirlo! Además tenía como esposa a la bella Aurelia Orestila, mujer muy ambiciosa; la amaba con locura y deseaba complacerla. Y eso significaba convertirse en cónsul.
Cuando comprendió que el juicio se celebraría mucho antes de las elecciones decidió emprender un modo de actuación: esta vez conseguiría que le absolvieran a tiempo de presentarse a cónsul… si es que lograba asegurarse la absolución. Así que fue a ver a Marco Craso e hizo un trato con el plutócrata senatorial. A cambio de que Craso le apoyase durante el juicio, Catilina se comprometía a dar impulso, cuando fuera cónsul, a los
dos proyectos para cuya aprobación Craso ansiaba convencer al Senado y a la Asamblea Popular. Los galos del otro lado del Po obtendrían el derecho al voto, y Egipto sería formalmente anexionado al imperio de Roma como feudo particular de Craso.
Aunque su nombre nunca se barajó como uno de los abogados de Roma sobresalientes por su técnica, brillantez o habilidades oratorias, Craso, no obstante, poseía una formidable reputación en los tribunales a causa de su tesón y su inmensa voluntad para defender incluso al más humilde de sus clientes con el máximo empeño. También se le respetaba y consideraba en los círculos de los caballeros porque gran parte del capital de Craso estaba depositado en toda clase de aventuras mercantiles. Y en aquel tiempo todos los jurados eran tripartitos, su composición constaba de un tercio de senadores, un tercio de caballeros pertenecientes a los Dieciocho y un tercio de caballeros pertenecientes a las Centurias de tribuni aerarii de rango inferior. Por ello podía afirmarse con toda seguridad que Craso tenía una tremenda influencia con, por lo men6s, dos tercios de cualquier jurado, y que aquella influencia se extendía además a aquellos senadores que le debían dinero. Todo lo cual significaba que Craso no necesitaba sobornar a un jurado para asegurarse el veredicto que deseaba; el jurado estaba dispuesto a creer que fuera cual fuese el veredicto que Craso quisiera, ése era el veredicto que había que emitir.
La defensa de Catilina era muy simple. Sí, de hecho era cierto que le había cortado la cabeza a su cuñado, Marco Mario Gratidiano; no podía negar tal acción. Pero en aquella época él había sido uno de los delegados de Sila, y había actuado siguiendo órdenes del mismo. Sila había querido la cabeza de Mario Gratidiano para lanzarla al interior de Preneste con la intención de convencer al joven Mario de que no lograría desafiar con éxito a Sila por más tiempo.
César presidió un tribunal que escuchó pacientemente al fiscal Lucio Luceyo y a su equipo de letrados ayudantes, y en seguida comprendió que aquél era un tribunal que no tenía intención alguna de declarar culpable a Catilina. Y así fue. El veredicto fue ABSOLVO por una gran mayoría, e
incluso después Catón fue incapaz de encontrar pruebas contundentes de que Craso hubiera necesitado recurrir al soborno.
—Ya te lo dije —le comentó César a Catón.
—¡Todavía no ha terminado! —ladró Catón; y salió a grandes zancadas.
Había varios candidatos al consulado cuando se cerraron las propuestas, y el asunto estaba interesante. El perdón de Catilina significaba que se había afirmado en su posición, y había que considerarlo prácticamente como el seguro ganador de uno de los dos puestos. Como había dicho Catón, tenía el linaje. Y además era el mismo hombre encantador y persuasivo que había sido en la época en que cortejaba a la virgen vestal Fabia, de manera que tenía muchos seguidores. Aunque era cierto que entre tales seguidores se encontraban algunos hombres que estaban peligrosamente próximos a la ruina, eso no menguaba su poder. Además, ahora era del dominio público que Marco Craso lo apoyaba, y Marco Craso dominaba a muchísimos de los votantes de la primera clase.
Silano, el marido de Servilia, era otro de los candidatos, aunque su salud no era muy buena; de haberse encontrado sano y fuerte, le habría costado poco reunir los votos suficientes para salir elegido. Pero el sino de Quinto Marcio Rex, condenado a ser cónsul único a causa de las muertes de su colega junior y del sustituto de éste, estaba presente en la mente de todos como un obstáculo. Silano no daba la impresión de durar el año completo, y a nadie le parecía prudente permitir que Catilina llevase las riendas de Roma sin un colega, a pesar de Craso.
Otro candidato con probabilidades era el infame Cayo Antonio Híbrido, a quien César había intentado procesar infructuosamente por la tortura, mutilación y asesinato de muchos ciudadanos griegos durante las guerras griegas de Sila. Híbrido había eludido la justicia, pero la opinión pública de Roma le había obligado a exiliarse voluntariamente en la isla de Cefalonia; el descubrimiento de algunos túmulos funerarios le había producido fabulosas riquezas, así que a su regreso a Roma, al ver que había sido expulsado del Senado, lo que hizo Híbrido fue sencillamente empezar de
nuevo. Primero se hizo tribuno de la plebe a fin de poder entrar de nuevo en el Senado; luego, al año siguiente, logró abrirse camino mediante sobornos hasta obtener el cargo de pretor, apoyado ardientemente por aquel ambicioso y hábil hombre nuevo que era Cicerón, cuyo agradecimiento se había ganado Híbrido. El pobre Cicerón se encontraba en un grave apuro económico ocasionado por su afición a coleccionar estatuas griegas e instalarlas en una plétora de villas campestres; fue Híbrido quien le prestó el dinero para que saliera del apuro. Desde entonces Cicerón siempre habló a su favor, y en el momento que nos ocupa lo estaba haciendo con tanto empeño que cualquiera bien habría podido deducir que Híbrido y él tenían pensado presentarse al consulado formando equipo; Cicerón era quien prestaba respetabilidad a la campaña e Híbrido quien ponía el dinero.
El hombre que habría podido suponer mayor competencia para Catilina era indüdablemente Marco Tulio Cicerón, pero el problema estribaba en que Cicerón no tenía antepasados ilustres; era un horno novus, un hombre nuevo. Brillante, gran orador y con una enorme transparencia legal en su trabajo, había subido con Firmeza en el cursus honomrn, pero gran parte de la primera clase de las Centurias lo tenían por un palurdo presuntuoso, y así lo consideraban también los boni. Los cónsules debían ser hombres de probados orígenes romanos procedentes de familias ilustres. Y aunque todos sabían que Cicerón era un hombre honrado dotado de gran capacidad —y sabían también que Catilina era un hombre en extremo sospechoso—, el sentimiento en Roma era que Catilina se merecía el consulado antes que Cicerón.
Cuando absolvieron a Catilina, Catón celebró una conferencia con Bíbulo y Ahenobarbo, quien había sido cuestor dos años antes; los tres estaban ahora en el Senado, lo cual significaba que estaban ya completamente atrincherados dentro del grupo más conservador, los boni. —¡No podemos permitir que Catilina sea elegido cónsul! —rebuznó Catón
—. Ha seducido al rapaz Marco Craso para que le apoye.
—Estoy de acuerdo —dijo Bíbulo con calma—. Entre ellos dos
causarán estragos en la mos maiorum. El Senado se llenará de galos, y Roma tendrá otra provincia por la que preocuparse.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Ahenobarbo, un joven más famoso por su carácter que por su inteligencia.
—Pediremos una entrevista con Catulo y Hortensio —dijo Bíbulo—, y entre todos encontraremos la manera de quitarle de la cabeza a la primera clase la idea de que Catilina se convierta en cónsul. —Se aclaró la garganta
—. Y además sugiero que nombremos a Catón líder de nuestra delegación. —¡Me niego a ser líder de ninguna clase! —gritó Catón.
—Sí, ya lo sé —dijo Bíbulo armado de paciencia—, pero el hecho sigue
siendo que desde la gran guerra del Tesoro te has convenido en un símbolo para la mayor parte de Roma. Puede que seas el más joven de todos nosotros, pero también eres el más respetado. Catulo y Hortensio se dan perfectamente cuenta de ello. Por ello tú actuarás como nuestro portavoz.
—Deberías serlo tú —dijo Catón con fastidio.
—Los boni están en contra de los hombres que se creen mejores que sus iguales, y yo pertenezco a los boni, Marco. El portavoz será la persona que resulte más conveniente para cada ocasión. Y hoy esa persona eres tú.
—Lo que no acabo de comprender es por qué somos nosotros los que tenemos que pedir audiencia —intervino Ahenobarbo—. Catulo es nuestro líder, es él quien debería convocamos.
—Catulo ya no es el que era —le explicó Bíbulo—. Desde que César lo humilló en la Cámara con aquello del ariete, ha perdido empuje. —La mirada fría y plateada se trasladó ahora a Catón—. Y tú, Marco, no tuviste mucho tacto, humillándolo en público mientras Vibio estaba siendo sometido a juicio por fraude. Lo de César se veía venir, pero un hombre se desanima mucho cuando sus propios adictos acaban por censurarlo.
—¡No debió decir lo que me dijo!
Bíbulo suspiró.
—¡A veces, Catón, eres más un lastre que una ventaja!
La nota que le enviaron a Catulo para pedirle audiencia llevaba el sello de Catón y la había escrito él mismo. Catulo mandó llamar a su cuñado Hortensio —Catulo estaba casado con la hermana de Hortensio, Hortensia, y Hortensio estaba casado con la hermana de Catulo, Lutacia— con un
pequeño resplandor de placer; que Catón le pidiera ayuda era un bálsamo para su orgullo herido.
—Estoy de acuerdo en que no se puede permitir que Catilina sea cónsul —dijo con rigidez—. Su trato con Marco Craso es ahora del dominio público, pues ese hombre no puede resistir la oportunidad de fanfarronear, y a estas alturas está convencido de que no puede perder. He estado pensando mucho en el asunto y he llegado a la conclusión de que deberíamos aprovecharnos del hecho de que Catilina fanfarronee acerca de su alianza con Marco Craso. Hay muchos caballeros que estiman a Craso, pero sólo porque tienen un poder limitado. Me atrevo a predecir que muchísimos caballeros no querrán ver aumentada la influencia de Craso mediante la afluencia de clientes procedentes del otro lado del Po, y tampoco como consecuencia de todo ese dinero egipcio. Sería diferente si creyeran que Craso iba a compartir con ellos Egipto, pero por suerte todos saben que Craso no reparte nunca nada. Aunque técnicamente Egipto pertenecería a Roma, en realidad se convertiría en el reino privado de Marco Licinio Craso, para sus propios intereses.
—El problema es que el resto de los candidatos resulta muy poco atractivo —dijo Quinto Hortensio—. Silano sí que lo sería si fuese un hombre saludable, cosa que evidentemente no es. Apañe de lo cual, rehusó una provincia después de cumplir su período como pretor alegando mala salud, y eso no impresionará a los votantes. Algunos de los candidatos, Minucio Termo, por ejemplo, son realmente casos perdidos.
—Está Antonio Híbrido —comentó Ahenobarbo.
Bíbulo hizo un gesto con los labios.
—Si aceptamos a Híbrido, un hombre malo, pero tan monumentalmente inactivo que no le hará ningún daño al Estado, también tendríamos que aceptar a ese engreído y molesto Cicerón.
Se hizo un lúgubre silencio, que rompió Catulo.
—Entonces lo que hay que decidir es: ¿cuál de esos dos hombres poco gratos nos parece la alternativa preferible? —preguntó lentamente—. ¿Queremos los boni a Catilina con Craso tirando triunfalmente de las
cuerdas, o preferirnos a un fanfarrón de clase baja como Cicerón señoreándonos?
—A Cicerón —repuso Hortensio.
—A Cicerón —dijo Bíbulo.
—A Cicerón —indicó Ahenobarbo.
Y, de muy mala gana, Catón respondió:
—A Cicerón.
—Muy bien —dijo Catulo—, pues que sea Cicerón. ¡Oh, dioses! ¡Me resultará difícil aguantar las náuseas en la Cámara el año que viene! Un hombre nuevo arribista corno cónsul de Roma. ¡Puaf!
—Entonces sugiero que el año que viene comamos frugalmente antes de las reuniones del Senado —comentó Hortensio al tiempo que hacía una mueca.
El grupo se dispersó para ir a trabajar, y durante un mes lo estuvieron haciendo con verdadero ahínco. Se hizo evidente, muy a pesar de Catulo, que Catón, de apenas treinta años, era el que más influencia poseía. La gran guerra del Tesoro y todas aquellas recompensas ofrecidas por acusar a proscritos que se habían devuelto y estaban a salvo en los cofres del Estado habían causado una estupenda impresión en la primera clase, que eran los que más habían sufrido bajo las proscripciones de Sila; Catón era un héroe para la ordo equester, y si Catón decía que había que votar a Cicerón y a Híbrido, ¡pues a esos dos era a quienes todo caballero de clase inferior a los Dieciocho tenía que votar!
El resultado fue que los cónsules electos fueron Marco Tulio Cicerón en el puesto sertior y Cayo Antonio Híbrido como su colega junior. Cicerón estaba jubiloso, sin llegar a comprender realmente que debía su victoria a circunstancias que nada tenían que ver con los méritos, la integridad ni el empuje que tenía. De no haberse presentado Catilina como candidato, Cicerón nunca habría sido elegido en modo alguno. Pero como nadie se lo explicó, se iba contoneando por el Foro Romano y por el Senado embriagado de una felicidad pródigamente salpicada de engreimiento. ¡Oh, qué año! Cónsul in suo anno, orgulloso padre por fin de un hijo varón y con su hija Tulia, de catorce años, formalmente prometida en matrimonio con el
acaudalado y augusto Cayo Calpurnio Pisón Frugi. Incluso Terencia se mostraba agradable con él!
Cuando Lucio Decumio oyó decir que los actuales cónsules, Lucio César y Marcio Fígulo, habían propuesto que se legislase la desaparición de los colegios de encrucijada, se vio sumido en la rabia y el horror, presa del pánico, y corrió inmediatamente a ver a su patrón, César.
—¡Esto no es justo! — le dijo lleno de ira—. ¿Acaso hemos hecho algo malo alguna vez? ¡Nosotros sólo nos ocupamos de nuestros asuntos!
Declaración que colocó a César ante un dilema, porque, como era natural, conocía las circunstancias que habían llevado a la nueva propuesta de ley.
Todo se remontaba al consulado de Cayo Pisón, tres años antes, cuando era tribuno de la plebe Cayo Manilio, un hombre de Pompeyo. Había sido tarea de Aulo Gabinio asegurar que la erradicación de los piratas recayese en Pompeyo; y después Cayo Manilio se había encargado de que Pompeyo consiguiera que se le encomendase el mando para luchar contra los dos reyes. En un aspecto esto último resultaba una tarea más fácil, gracias a la brillante manera en que Pompeyo había manejado a los piratas, pero en otro aspecto era una tarea más difícil, pues aquellos que se oponían a los mandos especiales podían darse cuenta con absoluta claridad de que Pompeyo era un hombre de enorme capacidad que quizás aprovechase aquella nueva misión para erigirse en dictador cuando regresara victorioso del Este. Y con Cayo Pisón como cónsul único, Manilio se enfrentaba a un testarudo e irascible enemigo en el Senado.
A primera vista el proyecto de ley inicial de Manilio parecía inofensivo e irrelevante para los intereses de Pompeyo: simplemente le pidió a la Asamblea Plebeya que distribuyese esclavos manumitidos por las treinta y cinco tribus, en lugar de tenerlos confinados en dos tribus urbanas, la Suburana y la Esquilina. Pero no engañó a nadie. El proyecto de ley de Manilio afectaba directamente a senadores y caballeros importantes, puesto
que ellos eran los principales propietarios de esclavos y los que contaban con gran número de manumitidos entre sus clientelas.
A alguien que no estuviera familiarizado con el modo en que Roma trabajaba podría perdonársele por asumir quela ley de números aseguraría que cualquier medida que alterase la situación de los manumitidos de Roma no supondría en realidad diferencia alguna, porque la definición de pobreza extrema en Roma era la incapacidad de un hombre para poseer un único esclavo… y, desde luego, había pocos que no poseyeran un esclavo. De ahí que, aparentemente, cualquier plebiscito que distribuyera a los esclavos manumitidos por las treinta y cinco tribus debería de tener poco efecto en la cumbre de la sociedad. Pero no era ése el caso.
La inmensa mayoría de los propietarios de esclavos en Roma no tenía más que un esclavo, puede que dos. Pero no eran esclavos varones; eran hembras. Por dos razones: la primera, que el amo podía disfrutar de los favores sexuales de una esclava, y la segunda, que un esclavo era siempre una tentación para la esposa del amo, y la paternidad de los hijos resultaba sospechosa. Al fin y al cabo, ¿qué necesidad tenía un hombre pobre de un esclavo varón? Los trabajos serviles eran domésticos: lavar, acarrear agua, preparar las comidas, ayudar con los hijos, vaciar orinales; y los hombres no los hacían bien. La actitud mental no cambiaba sólo por el hecho de que una persona fuera lo bastante desafortunada como para ser esclava en lugar de libre; a los hombres les gustaba hacer cosas de hombres y despreciaban a las mujeres, a las que les tocaba hacer los trabajos más penosos.
Teóricamente a cada esclavo se le pagaba un peculium además de la manutención; esa pequeña cantidad de dinero se iba guardando para comprar la libertad. Pero en la práctica, la libertad era algo que sólo el amo pudiente podía permitirse otorgar, sobre todo por el hecho de que la manumisión llevaba consigo un impuesto del cinco por ciento. Con el resultado de que a la mayor parte de las esclavas de Roma nunca se las manumitía mientras eran útiles —y, temiendo la destitución más que el trabajo duro y no remunerado, se esforzaban por seguir siendo útiles incluso después de hacerse viejas—. Y tampoco podían permitirse pertenecer a una asociación funeraria que les permitiera pagar un funeral y un entierro
decente después de su muerte. Acababan en los fosos de cal y ni siquiera había una señal en la tumba que dijera que alguna vez habían existido.
Sólo aquellos romanos con ingresos relativamente elevados y varias casas que mantener poseían muchos esclavos. Cuanto más elevada era la posición económica y social de un romano, más sirvientes utilizaba… y más probable era que contase con varones entre esos sirvientes esclavos. En estas esferas la manumisión era cosa corriente, y el período de servicio de un esclavo oscilaba entre diez y quince años, después de los cuales él — porque realmente se trataba de varones— se convertía en esclavo liberto y entraba a formar parte de la clientela de su antiguo amo. Llevaba puesto el gorro de la libertad y se convertía en ciudadano romano; si tenía esposa e hijos adultos, a éstos también se les manumitía.
El voto de los esclavos manumitidos era, no obstante, inútil a menos que —como ocurría de vez en cuando— consiguiera una gran cantidad de dinero y pudiera comprarse la calidad de miembro de una de las treinta y una tribus rurales o lograra estar económicamente cualificado para pertenecer a una clase dentro de las Centurias. Pero la gran mayoría permanecía en las tribus urbanas de Suburana y Esquilina, que eran las dos tribus mayores de Roma, aunque sólo podían emitir dos votos en las Asambleas tribales. Eso significaba que el voto de un esclavo liberto no podía afectar al resultado de la votación en una Asamblea tribal.
El proyecto de ley propuesto por Cayo Manilio, por tanto, tenía una enorme importancia. Si a los libertos de Roma se les distribuía entre las treinta y cinco tribus, podían alterar el resultado de las elecciones tribales y también la legislación, y ello a pesar de que no constituyeran mayoría entre los ciudadanos de Roma. El posible peligro radicaba en el hecho de que los esclavos manumitidos vivían dentro de la ciudad; si pertenecieran a tribus rurales, al votar en dichas tribus podrían superar en número a los auténticos miembros de la tribu rural que se encontrasen presentes en Roma en el momento de la votación. Este problema no existía para las elecciones, que se celebraban en verano, cuando muchas personas del campo se encontraban dentro de Roma, pero sí era un grave peligro en lo referente a la legislación. Se legislaba.en cualquier época del año, pero particularmente
se hacía en diciembre, enero y febrero, ya que durante esos meses se producía la cima legisladora de los nuevos tribunos de la plebe, y coincidía con que los ciudadanos del campo no solían acudir a Roma.
El proyecto de]ey de Manilio acabó en una derrota fulminante. Los esclavos manumitidos permanecieron en aquellas dos gigantescas tribus urbanas. Pero el hecho de que supusiera problemas para hombres como Lucio Decumio radicaba en que Manilio había buscado un apoyo contundente para su proyecto de ley en los esclavos manumitidos de Roma. ¿Y dónde se congregaban los esclavos manumitidos de Roma? En los colegios de encrucijada, pues éstos eran lugares de convivencia tan repletos de esclavos y de esclavos manumitidos como de romanos corrientes de clase humilde. Manilio había ido de un colegio de encrucijada a otro, hablando con los hombres a quienes aquella ley podría beneficiar, convenciéndolos para que fueran al Foro y le apoyasen. Conscientes de que se hallaban en posesión de un voto que carecía de valor, muchos esclavos manumitidos le habían complacido. Pero cuando el Senado y los caballeros importantes pertenecientes a las Dieciocho vieron bajar al Foro aquellas masas de esclavos manumitidos, lo único que se les ocurrió fue que allí podía haber peligro. Cualquier lugar donde los manumitidos se reuniesen había de ser declarado ilegal. Los colegios de encrucijada tenían que desaparecer.
Un colegio de encrucijada era un semillero de actividad espiritual, y había que protegerla contra las fuerzas del mal. Era un lugar donde se congregaban los lares, y los lares eran las miríadas de fantasmas que poblaban el Otro Mundo y que hallaban un foco natural para concentrar sus fuerzas en los colegios de encrucijada. Así, cada uno de ellos tenía su propio altar dedicado a los lares, y una vez al año, más o menos a principios de enero, se celebraban unas fiestas llamadas compitales que estaban dedicadas a aplacar a los lares de los colegios de encrucijada. La noche antes de las compitales todo ciudadano libre que residiera en el barrio que iba a dar a un colegio de encrucijada estaba obligado a colgar un muñeco de lana, y cada esclavo una pelota de lana; en Roma los altares estaban tan sobrecargad.os de muñecos y pelotas que uno de los deberes de los colegios
de encrucijada era instalar cuerdas para contenerlos. Los muñecos tenían cabeza, y todas las personas libres tenían cabezas que los censores contaban; las pelotas no tenían cabeza, porque a los esclavos no se les contaba. No obstante, los esclavos eran una parte importante de las festivicjades. Como en las saturnales, celebraban las fiestas como iguales con los hombres y mujeres libres de Roma, y era deber de los esclavos — despojados de las insignias serviles— realizar la ofrenda de un cerdo bien cebado a los lares. Todo lo cual quedaba bajo la autoridad de los colegios de encrucijadas y del pretor urbano, que era su supervisor.
Así pues, un colegio de encrucijada era una hermandad religiosa. Cada uno tenía un custodio, el vilicus, que se encargaba de que los hombres del barrio se reunieran regularmente en locales gratuitos cercanos a los colegios de encrucijada y al altar de los lares; mantenían limpios el altar y el colegio de encrucijada para que no resultasen atractivós a las fuerzas del mal. Muchas de las intersecciones de las calles de Roma no tenían altar, pues éstos se limitaban únicamente a los cruces más importantes.
Uno de tales colegios de encrucijada estaba situado en la planta baja de la ínsula de Aurelia, y quedaba al cuidado de Lucio Decumio… Hasta que Aurelia lo domesticó después de haberse trasladado ella a vivir eñ la ínsula, Lucio Decumio había dirigido un negocio paralelo extremadamente provechoso, pues les garantizaba protección a los tenderos y a los propietarios de fábricas del barrio; cuando Aurelia se puso a ejercer aquella formidable fuerza suya y le demostró a Lucio Decumio que a ella no se la contradecía, éste solucionó el problema trasladando su negocio de protección a la parte exterior de la vía Sacra y al Vicus Fabricii, donde los colegios locales carecían de tal empresa. Aunque estaba censado en la cuarta clase y pertenecía a la tribu urbana Suburana, Lucio Decumio tenía decididamente una influencia que había que tener en cuenta.
Aliado con sus colegas custodios de otros colegios de encrucijada de Roma, había luchado con éxito contra el intento de Cayo Pisón de cenar estos colegios debido a que Manilio había sacado beneficio de ellos. Cayo Pisón y los boni, por tanto, se habían visto obligados a buscarse una víctima propiciatoria en otra parte, y habían elegido al propio Manilio, que logró
sobrevivir a un juicio en el que lo acusaban de extorsión, pero luego fue declarado culpable de traición, por lo que lo exiliaron de por vida y le confiscaron hasta el último sestercio de su fortuna.
Por desgracia, la amenaza a los colegios de encrucijada no desapareció cuando Cayo Pisón dejó el cargo. Al Senado y a los caballeros de las Dieciocho se les había metido en la cabeza que la existencia de los colegios de encrucijada daba lugar a que hubiera locales exentos de alquiler donde los disidentes políticos podían reunirse y confraternizar bajo excusas religiosas. Y ahora Lucio César y Marcio Fígulo iban a prohibirlos.
Lo cual dio lugar a que Lucio Decumio apareciese, lleno de ira, en las habitaciones de César en el Vicus Patricii:
—No es justo! —repitió.
—Ya lo sé, papá —le dijo César suspirando.
—Entonces, ¿qué vas a hacer tú para impedirlo? —le exigió el anciano. —Intentaré que no se lleve a cabo, papá, eso ni que decir tiene. No obstante, dudo que haya algo que yo pueda hacer. Ya sabía que vendrías a yerme, así que ya he hablado con mi primo Lucio, pero sólo me ha servido para enterarme de que Marcio Fígulo y él están completamente decididos a hacerlo. Con muy pocas excepciones, piensan declarar ilegales todos los
colegios, cofradías y asociaciones de Roma.
—¿Quiénes son la excepción? —ladró Lucio Decumio con la mandíbula apretada.
—Algunas cofradías religiosas, como los judíos, las asociaciones funerarias legítimas, los colegios de funcionarios del Estado, los gremios de comerciantes.
—¡Pero nosotros somos religiosos!
—Según mi primo Lucio César, no sois lo bastante religiosos. Los judíos no beben y cotillean en las sinagogas, y los salios y los lupercos, los hermanos arvales y otros rara vez se reúnen. Los colegios de encrucijada tienen locales donde todos los hombres son muy bien recibidos, incluidos los esclavos y los manumitidos. Y por ahí se dice que es precisamente eso lo que los hace muy peligrosos en potencia.
—¿Y quién cuidará de los lares y de sus altares?
—El pretor urbano y los ediles. —¡Ellos ya están demasiado ocupados!
—Estoy de acuerdo, papá, estoy de acuerdo de todo corazón —le dijo César—. Incluso intenté decirle eso a mi primo, pero no me hizo caso.
—¿No puedes ayudarnos, César? ¿Sinceramente?
—Votaré en contra e intentaré persuadir a tantos como pueda para que hagan lo mismo que yo. Aunque parezca extraño, hay bastantes miembros de los boni que también se oponen a esa ley; los colegios de encrucijada son una tradición muy antigua, por lo que abolirlos es una ofensa a la mos maiorum; Catón grita mucho a ese respecto. Sin embargo, se aprobará, papá.
—Tendremos que cerrar nuestras puertas.
—Oh, no necesariamente —le dijo César sonriendo. —¡Sabía que no me abandonarías! ¿Qué vamos a hacer? —Oficialmente perderás el puesto, pero eso sóJo te supone una
desventaja económica. Te sugiero que instales un bar y llames al lugar taberna, y que trabajes en ella en calidad de propietario.
—No puedo hacer eso, César. El viejo Roscio, que es el vecino de al lado, se quejaría al pretor urbano en un periquete: le hemos comprado el vino a él desde que yo era niño.
—Pues ofrécele a Roscio la concesión del bar. Si cierras el local, papá, a él se le acabará el negocio.
—Podrían hacer eso todos los colegios?
—¿En toda Roma, quieres decir?
—Sí.
—No veo por qué no. Sin embargo, debido a ciertas actividades que no voy a nombrar, el tuyo es un colegio rico. Los cónsules están convencidos de que los colegios se verán obligados a cerrar sus puertas porque tendrán que pagar alquileres de planta baja. Como tendrás que pagarle tú a mi madre, papá. Ella es una mujer de negocios, insistirá en que pagues. Entu caso quizás consigas un poco de descuento, pero… ¿y los otros? —César se encogió de hombros—. Dudo que la cantidad de vino que se consuma sirva para pagar los gastos.
Lucio Decumio se quedó pensando con el entrecejo fruncido.
—Los cónsules están al corriente de cómo nos ganamos la vida en realidad, César?
—Si yo no se lo he dicho, ¡y no se lo he dicho!, no sé quién iba a hacerlo.
—Entonces no hay problema! —dijo alegremente Lucio Decumio—. La mayor parte de nosotros nos dedicamos al mismo negocio de protección. — Resopló lleno de satisfacción—. Y además seguiremos ocupándonos de los colegios de encrucijada. No podemos dejar que los lares se alboroten, ¿verdad? Convocaré una reunión de todos los custodios… jTodavfa les venceremos, Pavo!
—jAsí se habla, papá!
Y allá se fue Lucio Decumio, radiante de contento.
Aquel año el otoño trajo lluvias torrenciales én los Apeninos, y el Tiber inundó su valle a lo largo de doscientas millas. Hacía varias generaciones que la ciudad de Roma no padecía un desastre como aquél. Sólo las siete colinas sobresalían de las aguas: el Foro Romano, Velabrum, el Circo Máximo, el Foro Boarium y el Holitorium, toda la vía Sacra por fuera de las murallas Servias y las fábricas del Vicus Fabricii estaban inundadas. Las alcantarillas rebosaban; los edificios que carecían de cimientos firmes se derrumbaron; las escasamente pobladas cimas del Quirinal, Viminal y Aventino se convirtieron en extensos campos de refugiados; y las enfermedades respiratorias hacían estragos. El increíblemente antiguo puente de madera sobrevivió milagrosamente, quizás porque estaba situado más abajo en el río, mientras que el puente Fabricio, situado entre la isla del Tíber y el circo Flaminio, se derrumbó. Como cuando esto ocurrió el año ya estaba demasiado avanzado para presentarse a tribuno de la plebe para el año siguiente, Lucio Fabricio, que en la actualidad era el miembro prometedor de su familia, anunció que se presentaría al cargo de tribuno de la plebe al año siguiente. El cuidado de los puentes y carreteras que conducían a Roma recaía en los tribunos de la plebe, ¡y Fabricio no estaba
dispuesto a permitir que ningún otro hombre reconstruyera el que era el puente de su familia! Era el puente Fabricio, y puente Fabricio seguiría siendo.
Y César recibió una carta de Cneo Pompeyo Magnus, conquistador del
Este:
Bien, César, qué campaña. Los dos reyes han caído y todo parece marchar bien. No comprendo por qué Lúculo tardó tanto tiempo. Fíjate, él no podía controlar a sus tropas, y sin embargo yo tengo a todos los hombres que sirvieron bajo su mando y nunca se quejan de nada. Marco Silio te manda recuerdos; un buen hombre, por cierto. Qué lugar tan extraño es el Ponto. Ahora comprendo por qué el rey Mitrídates siempre tenía que utilizar mercenarios y gente del norte en su ejército. Hay gente en el Ponto tan primitiva que vive en los árboles. También fabrican cierta clase de licor nauseabundo hecho con ramas de todas clases, aunque no sé cómo logran bebérselo y continuar con vida. Algunos de mis hombres iban de marcha por el bosque en el este del Ponto y se encontraron en el suelo grandes recipientes de dicha sustancia. ¡Ya conoces a los soldados! Se lo engulleron todo y se lo pasaron en grande. Hasta que de repente todos cayeron de bruces, muertos. ¡Aquello los mató!
El botín es increíble. He conquistado todas esas fortalezas, de las que se dice que son inexpugnables, que él construyó por toda Armenia Parva y por el este del Ponto, desde luego. No ha resultado muy difíciL Oh, quizás no sepas de quién te estoy hablando. Me refiero a Mitrídates. Sí, bueno, los tesoros que había logrado amasar llenaban cada una de esas fortalezas — setenta y tantas en total— a rebosar. Me llevará años transportarlo todo a Roma; tengo un ejército de empleados haciendo inventario. Calculo que con ello doblaré lo que hay actualmente en el Tesoro y luego doblaré los ingresos que Roma obtenga de los tributos de ahora en adelante.
Llevé a Mitrídates a la batalla en un lugar del Ponto al que he puesto el nombre de Nicópolis —antes ya le había puesto Pompeyópolis a otra ciudad— y lo derrotamos de forma contundente. Huyó a Sinoria, donde echó mano a seis mil talentos de oro y salió corriendo Éufrates abajo para
ir a reunirse con Ti granes, que tampoco lo estaba pasando muy bien que digamos. Fraates, de los partos, invadió Armenia mientras yo estaba poniendo en orden a Mitríd ates, y asedió Artasata. Ti granes le venció, y los partos se volvieron a su casa. Pero eso acabó con Ti granes. ¡No estaba en condiciones de mantenerme a mí a raya, te lo aseguro! Así que solicitó la paz por su cuenta, y no dejó entrar en Armenia a Mitrídates. Entonces éste se fue hacia el norte, en dirección a Cimmeria. Lo que él no sabía era que yo había estado manteniendo correspondencia con el hijo que él había instalado en Cimmeria como sátrapa, que se llamaba Machares.
Así que dejé que Ti granes se quedara con Armenia, pero como región tributaria de Roma, y me apoderé de todo lo que queda al oeste del Éufrates junto con Sophene y Corduene. Le obligué a pagarme los seis mil talentos de oro que Mitrídates se había llevado, y le pedí doscientos cuarenta sestercios para cada uno de mis hombres.
¿Qué crees, que no me preocupaba Mitrídates? La respuesta es no. Mitrídates tiene bien cumplidos los sesenta años. Bien cumplidos, César. Táctica de Fabio. Dejé que el viejo corriera, ya no me parecía que fuera un peligro para mL Y además yo tenía a Machares. Así que mientras Mitrídates corría, yo marchaba. De lo que le echo la culpa a Varrón, que no tiene en el cuerpo ni un hueso que no sienta curiosidad. Se moría por mojarse los dedos de los pies en el mar Caspio, y yo pensé: «Bueno, ¿por qué no?» Así que allá fuimos, en dirección nordeste.
No hubo mucho botín, pero sí demasiadas serpientes, enormes arañas malignas y escorpiones gigantescos. Resulta curioso ver cómo nuestros hombres son capaces de luchar contra toda clase de enemigos humanos sin inmutarse y luego chillan como mujeres cuando ven bichos que se arrastran por el suelo. Me mandaron una delegación para suplicarme que nos diéramos media vuelta cuando estábamos tan sólo a unas millas del mar Caspio. Y me di la vuelta. No me quedó más remedio que hacerlo. A mí también me hacen chillar los bichos que se arrastran. Ylo mismo le sucede a Varrón, quien por esta vez se quedó muy contento de mantener secos los dedos de los pies.
Probablemente sabrás que Mitrídates está muerto, pero te contaré cómo ocurrió en realidad. Llegó a Panticapaeum, en el Bósforo cimerio, y empezó a reclutar otro ejército. Había tenido la precaución de llevar consigo a muchísimas hijas, y las utilizó como cebo para conseguir la leva de escitas; se las ofreció como esposas a los reyes y a los príncipes escitas.
Tienes que admirar la persistencia del viejo, César. ¿ Sabes lo que pensaba hacer? ¡Reunir un cuarto de millón de hombres y ponerse en marcha para caer sobre Italia y Roma! Iba a rodear la parte de arriba de Euxino y a bajar por las tierras de los roxolanos hasta la desembocadura del Danubio. Luego pensaba marchar Danubio arriba reuniendo a todas las tribus que hay a lo largo del camino e incorporándolas a sus ejércitos: dacios, besos, dardanios, los que quieras. Tengo entendido que Burebistas, de los dacios, se mostró muy entusiasta. ¡Luego iba a cruzar hasta Drave y el río Saya y entrar en Italia por los Alpes Carnicos!
Ah, se me olvidaba decirte que cuando llegó a Panticapaeum obligó a Machares a suicidarse. Son sanguinarios con su propia familia, nunca podré entender eso en los reyes orientales. Mientras él se encontraba muy atareado reuniendo un ejército, Phanagoria —la ciudad que hay al otro lado del Bósforo— se rebeló contra éL El líder de la rebelión era Farnaces, otro de sus hijos. Yo también había estado escribiendo a Farnaces. Mitrídates sofocó la rebelión, desde luego, pero cometió un grave error. Perdonó a Farnaces. Debía de estar quedándose sin hijos. Farnaces le pagó reuniendo un nuevo grupo de revolucionarios y arremetiendo contra la ¡brtaleza de Panticapaeum. Aquello era el fin, y Mitrídates lo sabía. Así que asesinó a cuantas hijas le quedaban, a algunas esposas y concubinas e incluso a unos cuantos hijos que aún eran niños. Y luego se tomó una enorme dosis de veneno. Pero no dio resultado, ya que llevaba tantos años envenenándose a sí mismo de forma deliberada que se había inmunizado. La hazaña la llevó a cabo uno de los galos de su guarda personal. Atravesó al viejo con una espada. Lo enterré yo mismo en Sinope.
Mientras tanto me iba adentrando en Siria con intención de poner orden allí para que Roma pudiera heredar. No más reyes de Siria. Yo, por mi parte, ya estoy cansado de los potentados orientales. Siria se convertirá
en una provincia romana, lo cual resulta mucho más seguro. Me gusta la idea de poner buenas tropas romanas contra el Éufrates: eso daría algo que pensar a los partos. También acabé con las luchas entre los griegos y árabes a los que Tigranes había desplazado. Los árabes son bastante mañosos, creo, así que envié a algunos de ellos de vuelta al desierto. Pero los compensé por ello. Abgaro —tengo entendido que le hizo la vida tan difícil en Antioquía al joven Publio Clodio que éste salió huyendo, aunque no he conseguido averiguar qué fue exactamente lo que Abgaro le hizo— es el rey de los esquenitas; luego yo puse a alguien con el tremendo nombre de Sampsiceramus a cargo de otro grupo, y así sucesivamente. Esta clase de cosas es realmente un trabajo con el que uno disfruta, César; proporciona muchas satisfacciones. Por aquí todo el mundo es muy poco práctico, y riñen y se pelean unos con otros incesantemente. Qué tontería. Es un lugar tan rico que uno diría que bien podían aprender a llevarse bien, pero no. Sin embargo, no puedo quejanne. ¡Eso significa que Cneo Pompeyo, de Picenum, tiene reyes entre su clientela! Me he ganado lo de Magnus, te lo aseguro.
La peor parte de todo resultan ser los judíos. Son un grupo verdaderamente raro. Se mostraron muy razonables hasta que Alexandra, la anciana reina, murió hace un par de años. Pero dejó dos hijos que se pusieron a pelear por la sucesión, cosa complicada además por el hecho de que para ellos la religión es tan importante como el estado. Así que uno de los hijos tiene que ser sumo sacerdote, por lo que tengo entendido. El otro hijo quería ser rey de los judíos, pero el que había de ser sumo sacerdote, Hircano, pensó que sería bonito combinar ambos cargos. Tuvieron una pequeña guerra, e Hircano fue derrotado por su hermano Aristó bulo. Luego viene un príncipe idumeo llamado Antípatro, que va y le cuchichea unas cuantas cosas a Hircano al oído y a continuación lo convence para que se alíe con el rey Aretas de los nabateos. El trato era que Hircano le entregaría doce ciudades a Aretas que estaban gobernadas por los judíos. Entonces le pusieron sitio a Aristóbulo en Jerusalén.
Envié a mi cuestor, el joven Escauro, a resolver el embrollo. Pero debí haber sido más sabio. Él decidió que era Aristóbulo quien tenía razón, y le
ordenó a Aretas que volviera a Nabatea. Entonces Aristóbulo le tendió una emboscada a su hermano en Papyron o en un lugar parecido, y Aretas perdió. Yo llegué a Antioquía y me encontré con que Aristóbulo era el rey de los judíos, y Escauro no sabía qué hacer. Acto seguido me llegan regalos de ambas partes. Deberías ver el regalo que me mandó Aristó bulo; bueno, ya lo verás cuando haga mi entrada triunfal en Roma. Una cosa mágica, César, una cepa de oro puro, con racimos de uvas doradas por todas partes.
De todos modos he ordenado a ambos afectados que se reúnan conmigo en Damasco la próxima primavera. Creo que Damasco tiene un clima estupendo, así que me parece que pasaré allí el invierno y acabaré de resolverel embrollo entre Tigranes y el rey de los partos. Al que me interesa conocer es al idumeo, Antípatro. Parece, por lo que me dicen, que es un tipo listo. Probablemente esté circuncidado. Casi todos los semitas lo están. Una práctica peculiar. Yo le tengo apego a mi prepucio, tanto literalmente como metafóricamente. ¡Mira! Eso me salió bastante bien. Será porque aún tengo conmigo a Varrón, así como a Lenaeus y a Teófanes, de Mitilene. Creo que Lúculo anda pavoneándose por ahí porque se llevó consigo a Italia esa fabulosa fruta llamada cereza, pero cuando yo regrese llevaré toda clase de plantas, incluido esa especie de limón dulce y suculento que encontré en Media: una naranja limón, ¿no te parece raro? Creo que en Italia se dará bien, le conviene el verano seco y florece en invierno.
Bueno, basta de charla. Es hora de que vaya al grano y te diga por qué te escribo. Tú eres un tipo muy sutily listo, César, y no me ha pasado inadvertido que siempre hablas a mi favor en el Senado, y con buen efecto. Nadie más lo hizo en lo referente a los piratas. Creo que pasaré otros dos años en el Este, y supongo que iré a parar a casa por la misma época aproximadamente en que tú estés dejando el cargo de pretor, si es que vas a aprovechar la ley de Sila que pernzite que los patricios se presenten al cargo dos años antes.
Pero yo sigo con mi política de tener por lo menos un tribuno de la plebe en mi grupo romano hasta que yo regrese a Roma. El próximo es Tito Labieno, y sé que tú lo conoces porque los dos estuvisteis entre el personal
privado de Vatia Isáurico en Cilicia hace diez o doce años. Es un hombre muy bueno, procede de Cingulum, justo en el centro de mis tierras. Y listo, además. Me dice que vosotros dos os llevabais bien. Sé que no ostentarás una magistratura, pero quizás puedas echarle una mano de vez en cuando a Tito Labieno. O a lo mejor puede echártela él a ti… considérate con libertad para pedírselo. Ya le he dicho todo esto a él. Al año siguiente, el año que serás pretor, supongo, mi hombre será el hermano más joven de Mucia, Metelo Nepote. Yo debería llegar a casa en cuanto él termine en su cargo, aunque no puedo estar seguro de ello.
Así que lo que me gustaría que hicieras, César, es que estuvieras alerta por mí y por los míos. ¡Tú llegarás lejos, aunque yo no te haya dejado mucho mundo para conquistar! Nunca he olvidado que tú fuiste quien me enseñó a ser cónsul, mientras no se podía molestar al corrupto y viejo Filipo.
Tu amigo de Mitilene, Aulo Gabinio, te manda afectuosos saludos. Bien, será mejor que te lo diga. Haz lo que puedas para ayudarme a conseguir tierras para mis tropas. Es demasiado pronto para que lo intente Labieno, esa tarea pasará a Jepote. Voy a mandarlo a Roma antes de las elecciones del año que viene. Es una lástima que no puedas ser cónsul cuando se libre la lucha por conseguir mis tierras, es un poco pronto para ti. Sin embargo, puede que el problema se arrastre hasta que seas elegido cónsul, y entonces sí que podrás serme de gran ayuda. No va a resultar nada fácil.
César dejó la larga carta y apoyó la barbilla en la mano, pues tenía mucho que pensar. Aunque la encontraba ingenua, le gustaba la prosa escueta de Pompeyo y los informales apartes que hacía; con ello parecía como si Magnus se hallara presente en la habitación de un modo que las pulidas redacciones que Varrón escribía para los despachos senatoriales de Pompeyo nunca conseguían.
La primera vez que vio a Pompeyo aquel día memorable en que éste se había presentado en casa de tía Julia para pedir la mano de Mucia Tercia, César lo había encontrado detestable. Y en ciertos aspectos nunca sentiría afecto por aquel hombre. Sin embargo, los años y el trato habían suavizado
de algún modo su disposición hacia Pompeyo, por el que ahora, pensó César, sentía más simpatía que antipatía. Oh, era deplorable todo lo que aquel hombre tenía de místico y de engreído, y también la patente falta de consideración que le inspiraban los procedimientos legales. Sin embargo estaba dotado, y por lo tanto era tremendamente capaz. Hasta entonces no había metido la pata muy a menudo, y cuanto mayor se hacía, con más firmeza pisaba. Craso lo aborrecía, desde luego, lo cual era una dificultad. Eso dejaba a César en medio de los dos.
Tito Labieno era un hombre cruel y bárbaro. Alto, musculoso, de pelo rizado, nariz aguileña y ojos negros y enérgicos. Se sentía tan cómodo montando a caballo como en su casa. Cuáles eran exactamente los orígenes de su linaje era algo que tenía desconcertados a muchos otros romanos aparte de César; hasta a Pompeyo se le había oído decir que creía que Mormolyce le había arrebatado el bebé recién nacido a la madre y lo había sustituido por uno suyo para que fuera educado como heredero de Tito Labieno. Era interesante que Labieno le hubiera informado a Pompeyo de que César y él se llevaban muy bien en los viejos tiempos. Y era cierto. Como los dos eran jinetes innatos, habían compartido muchas galopadas por el campo que rodeaba a Tarsos y habían tenido interminables conversaciones acerca de la táctica de combate de la caballería. Pero César no llegó a sentir simpatía por él, a pesar de que era innegable que se trataba de un hombre brillante. Labieno era alguien a quien se podía utilizar, pero en quien nunca se podía confiar.
César comprendía perfectamente por qué Pompeyo estaba lo suficientemente preocupado por el destino que esperaba a Labieno como tribuno de la pJebe como para involucrar a César y pedirle que le prestara apoyo; el nuevo colegio era una mezcla particularmente rara de individuos independientes; lo más probable sería que cada uno de ellos se saliera por la tangente, y seguro que pasarfan más tiempo vetándose los unos a los otros que otra cosa. Aunque en un aspecto Pompeyo se había equivocado; si César hubiera estado proyectando una variedad de tribunos de la plebe domesticados, entonces a Labieno lo habría reservado para el año en que Pompeyo empezase a ejercer presión para que se concediesen tierras a los
veteranos. Lo que César sabía de Metelo Nepote indicaba que él también era un Cecilio; no tendría el temple necesario. Para aquella clase de trabajo, un fiero picentino sin atitepasados y sin ningún lugar adonde ir excepto intentar subir era lo que rendía mejores resultados.
Mucia Tercia, viuda del joven Mario, esposa de Pompeyo el Grande y madre de los hijos de éste, dos chicos y una chica. ¿Por qué nunca había encontrado el momento oportuno para acercarse a ella? Quizás porque todavía sentía hacia aquella mujer lo mismo que hacia Domicia, la esposa de Bíbulo: la perspectiva de ponerle los cuernos a Pompeyo le resultaba tan atrayente a César que no hacía más que posponer la hazaña. Domicia —la prima de Ahenobarbo, el cuñado de Catón— era ya un hecho consumado, aunque Bíbulo todavía no se había enterado. ¡Ya se enteraría! ¡Qué divertido! Pero en realidad… ¿deseaba César fastidiar a Pompeyo de una manera que estuviera seguro de que Pompeyo aborreciera particularmente? Quizás necesitase a Pompeyo, de la misma manera que Pompeyo podía necesitarlo a él. Qué lástima. De todas las mujeres que tenía en la lista, la que más le apetecía a César era Mucia Ter— cia. Y que a ella le apetecía él era algo que César ya sabía desde hacía años. Pero… ¿valía la pena? Probablemente no. Consciente de un atisbo de remordimiento, César borró mentalmente a Mucia Tercia de la lista.
Cosa que resultó ser perfectamente oportuna. Cuando el año se acercaba a su final, Labieno regresó de sus propiedades en Picenum y se trasladó a la modestísima casa que acababa de comprar en la parte menos habitada y menos de moda del monte Palatino. Y justo al día siguiente se apresuró a ir a visitar a César lo suficientemente tarde como para que ninguna de las personas que quedasen en el apartamento de Aurelia supusiera que él era cliente de César.
—Pero no hablemos aquí, Tito Labieno —le dijo César; y se lo llevó de nuevo hacia la puerta—. Tengo habitaciones un poco más abajo en esta misma calle.
—Esto es muy bonito —le comentó Labieno cuando ya estaba sentado cómodamente en una confortable silla y tenía un vaso de vino mezclado con agua al lado.
—Considerablemente más tranquilo —dijo César, que estaba sentado en otra silla; pero no se había sentado al otro lado del escritorio, pues no deseaba que aquel hombre tuviera la impresión de que los negocios estaban en el orden del día—. Me interesa saber por qué Pompeyo no te ha reservado para dentro de dos años —continuó diciendo al tiempo que daba un sorbo de agua.
—Porque no esperaba quedarse en el Este tanto tiempo —repuso Labieno—. Hasta que decidió que no podía abandonar Siria antes de resolver la cuestión de los judíos, pensaba realmente que estaría en casa la próxima primavera. ¿No te decía eso en la carta?
De manera que Labieno estaba bien informado acerca de la carta. César sonrió.
—Tú lo conoces por lo menos tan bien como yo, Labieno. Desde luego, me ha pedido que te prestase toda la ayuda que pudiera y también me ha hablado de las dificultades con los judíos. Lo que descuidó mencionar fue que había pensado estar de vuelta en casa antes de lo que decía en la carta que iba a estar.
Aquellos ojos negros relampaguearon, pero no de risa; Labieno tenía poco sentido del humor.
—Bien, eso es, ése es el motivo. Así que en lugar de un brillante ejercicio como tribuno de la plebe, sólo voy a legislar que se permita que Magnus lleve todos los atributos triunfales en los juegos.
—¿Con o sin minim por el rostro?
Aquello sí que provocó una breve carcajada.
—¡Ya conoces a Magnus, César! No llevaría tninim ni siquiera durante la vuelta triunfal propiamente dicha.
César estaba empezando a comprender la situación un poco mejor.
—¿Tú eres cliente de Magnus? —le preguntó César.
—Oh, sí. ¿Qué hombre de Picenum no lo es?
—Sin embargo no fuiste al Este con él.
—Ni siquiera utilizó a Afranio y a Petreyo cuando barrió a los piratas, aunque sí consiguió introducirlos detrás de algunos nombres importantes cuando marchó a la guerra contra los reyes. Y a Lolio Palicano y a Aulo
Gabinio. Fíjate, yo no estaba en el censo senatorial, por lo cual no pude presentarme a cuestor. El único camino para que un hombre pobre entre en el Senado es convertirse en tribuno de la plebe y confiar en conseguir dinero suficiente antes de que sea nombrado el siguiente grupo de censores que lo cualifiquen a uno para quedarse en el Senado —dijo con dureza Labieno.
—Yo siempre había creído que Magnus era muy generoso. ¿No se ha ofrecido a ayudarte?
—Se guarda su generosidad para aquellos que están en situación de hacer grandes cosas para él. Podría decirse que en sus planes originales, yo era una promesa.
—Y no es una promesa muy importante ahora que lo de las insignias triunfales es lo más importante que tiene programado para ti como tribuno de la plebe.
—Exactamente.
César suspiró y estiró las piernas.
—Deduzco que te gustaría dejar detrás de ti un nombre cuando acabe tu año en el cofegio —dijo.
—Pues sí.
—Ha pasado mucho tiempo desde que fuimos juntos tribunos militares bajo las órdenes de Vatia Isáurico, y lamento que en los años transcurridos desde entonces no te haya ido bien. Desgraciadamente mis finanzas no me permiten hacer ni siquiera un pequeño préstamo, y comprendo que no te convengo como patrón. Sin embargo, dentro de cuatro años seré cónsul, lo que significa que dentro de cinco años iré a una provincia. No tengo intención de ser el gobernador dócil de una provincia dócil. Donde quiera que yo vaya, habrá trabajo de sobra para un militar, y necesitaré algunas personas de calidad que trabajen como legados míos, y, en particular, un legado que tenga rango propretoriano en quien yo pueda confiar para que lleve a cabo las campañas, tanto junto a mí como sin mí. Lo que mejor recuerdo de ti es tu sentido militar. Así que haré un pacto contigo aquí y ahora. Primero, que encontraré algo para que hagas mientras seas tribuno de la plebe que hará que se te recuerde. Y segundo, que cuando me vaya como
procónsul a mi provincia, me encargaré de que tú vengas conmigo como jefe de mis legados con rango de propretor —dijo César.
Labieno suspiró.
—Lo que yo recuerdo de ti, César, es tu sentido militar. jQué raro! Mucia me dijo que valía la pena observarte. Me pareció que hablaba de ti con más respeto que cuando habla de Magnus.
—¿Mucia?
La mirada de aquellos ojos negros era muy tranquila.
—Eso es.
—¡Vaya, vaya! ¿Cuántas personas están al corriente? —quiso saber César.
—Ninguna, espero.
—¿No la encierra Pompeyo en su fortaleza mientras está ausente? Antes lo hacía.
—Ella ya no es una niña… si es que alguna vez lo fue —dijo Tito Labieno, cuyos ojos centellearon otra vez—. Le sucede lo que a mí, ha tenido una vida dura. Y uno aprende de la vida, cuando es dura. Encontramos la manera de hacerlo.
—La próxima vez que la veas, dile que su secreto está a salvo conmigo —le confió César sonriendo—. Si Magnus lo descubre, no encontrarás ayuda por esa parte. De manera que, ¿te interesa mi proposición?
—Me interesa muchísimo, ya lo creo.
Cuanto Labieno se marchó, César continuó sentado sin moverse. Mucia Tercia tenía un amante, y no había tenido que aventurarse a salir de Picenum para encontrarlo. ¡Qué elección más extraordinaria! No podían ocurrírsele tres hombres más diferentes entre sí que el joven Mario, Pompeyo Magnus y Tito Labieno. Aquélla era una señora realmente curiosa. ¿Le complacería Labieno más que los otros dos, o sería sencillamente una variación a la que se había visto llevada a causa de la soledad y de la falta de un campo más amplio donde elegir?
Lo que era seguro era que Pompeyo lo descubriría. Los amantes podían engañarse a sí mismos creyendo que nadie lo sabía, pero si el asunto se había llevado a cabo en Picenum, era inevitable que se descubriera. La carta
de Pompeyo no indicaba que todavía hubiese chismorreos, pero era sólo cuestión de tiempo. Y entonces Tito Labieno seguramente perdería todo lo que Pompeyo hubiera podido proporcionarle, aunque estaba claro que las esperanzas que éste tuviera de conseguir el favor de Pompeyo se habían desvanecido. ¿Acaso sus intrigas con Mucia Tercia eran fruto de la desilusión que se había llevado con Pompeyo? Muy posiblemente.
Todo lo cual importaba poco; lo que ocupaba la mente de César era cómo hacer que el año de Labieno como tribuno de la plebe fuera memorable. Difícil, si es que no imposible, en aquel clima reinante de apatía política y magistrados curules poco inspirados. Casi se podía decir que la única cosa capaz de prenderles fuego debajo del trasero a aquellos perezosos era un proyecto de ley de la tierra terriblemente radical que sugiriese que se concediera a los pobres cada último iugerum del ager publicus de Roma, y eso no iba a complacer nada a Pompeyo: éste necesitaba tierras públicas de Roma como regalo para sus tropas.
Cuando los nuevos tribunos de la plebe asumieron sus cargos el décimo día de diciembre, la diversidad entre sus miembros se hizo claramente patente. Cecilio Rufo incluso tuvo la temeridad de proponer que a Publio Sila y Publio Autronio, los antiguos cónsules electos caídos en desgracia, se les permitiera volver a presentarse al consulado en el futuro; que los otros nueve colegas de Cecilio vetasen aquel proyecto de ley no supuso ninguna sorpresa. Tampoco fue una sorpresa que reaccionasen positivamente ante el proyecto de ley de Labieno que concedía a Pompeyo el derecho a llevar insignias triunfales completas en todos los juegos públicos; el proyecto se aprobó abrumadora y rápidamente.
La sorpresa la dio Publio Servilio Rulo cuando dijo que cada último iugerum del ager publicunz, tanto en Italia como en las provincias, se entregara a los indigentes. iSombras de los Gracos! Rulo encendió la hoguera que convirtió a las babosas senatoriales en lobos furiosos.
—Si Rulo tiene éxito, cuando Magnus regrese a casa no quedarán tierras estatales para sus veteranos —le comentó Labieno a César.
—Ah, pero Rulo no ha mencionado ese hecho —repuso César sin alterarse—. Como escogió presentar el proyecto de ley en la Cámara antes
de llevarlo a los Comicios, realmente debería haber hecho mención de los soldados de Magnus.
—No tenía que mehcionarlos. Todo el mundo lo sabe.
—Cierto. Pero si hay algo que todo hombre acaudalado detesta, son los proyectos de ley de tierras. El agerpublicus es sagrado. Demasiadas familias senatoriales de gran influencia lo tienen arrendado y le sacan dinero. Ya es bastaiite malo proponer que se les de parte de esas tierras a las tropas de un general victorioso, pero, ¿exigir que toda ella se le regale a esa chusma? iMaldición! Si Rulo hubiera salido diciendo directamente que lo que Roma ya no posea no podrá dárselo como recompensa a las tropas de Magnus, quizás se habría ganado el apoyo de ciertos sectores muy peculiares. Pero tal como están las cosas, ese proyecto de ley fracasará.
—¿Tú te opondrás? —le preguntó Labieno.
—No, claro que no! Diré que lo apoyo, pero no será así —dijo César, sonriendo—. Si lo apoyo, un montón de senadores no comprometidos saltarán al ruedo para oponerse, aunque sólo sea porque a ellos no les gusta aquello que me gusta a mí. Cicerón es un ejemplo excelente. ¿Cómo llama él ahora a los hombres como Rulo? Popularis… a favor del pueblo en vez de a favor del Senado. Eso más bien se me puede aplicar a mí. Me esforzaré porque se me ponga la etiqueta de popularis.
—Enojarás a Magnus si hablas a favor de eso.
—No cuando lea la carta que voy a mandarle con una copia de mi discurso. Magnus sabe distinguir una oveja de un camero.
Labieno puso mala cara.
—Todo esto va a llevar mucho tiempo, César, pero nada de ello me concierne a mí. ¿Adónde voy yo?
—Tú has logrado que se apruebe tu proyecto de ley para concederle a Magnus las insignias triunfales en los juegos, así que ahora te pondrás a esperar con los brazos cruzados y te quedarás silbando hasta que el alboroto causado por Rulo amaine. Acuérdate de que lo mejor es ser el último hombre que quede en pie.
—Tú tienes alguna idea en la cabeza.
—No —dijo César.
—¡Oh, venga!
César sonrió.
—Descansa tranquilo, Labieno. Ya se me ocurrirá algo. Siempre se me ocurre algo.
Cuando llegó a casa, César buscó a su madre. El diminuto despacho de Aurelia era una habitación que Pompeya nunca invadía; si a ésta no le daba miedo ninguna otra cosa en su suegra, desde luego sí que le asustaba la facilidad de Aurelia pam hacer ágiles sumas de números. Además, había sido una idea inteligente cederle a Pompeya el despacho de César para su uso personal —César tenía su otro apartamento para trabajar—. La tenencia del despacho y del cubículo de dormir principal, que estaba situado detrás del despacho, permitía que Pompeya quedasc fucra de las otras partes, que eran los dominios de Aurelia. Se oía, procedente del despacho, el sonido de risas y charlas femeninas, pero nadie salió de aquella parte para obstaculizar el avance de César.
—¿Quién está con ella? —preguntó éste al tiempo que se sentaba en la silla situada al otro lado del escritorio de Aurelia.
La habitación era tan pequeña que un hombre más robusto que César no habría podido apretarse en el espacio que ocupaba aquella silla, pero la mano de Aurelia se hacía muy evidente en la economía y en la lógica con las cuales se había organizado: los estantes para rollos y papeles se encontraban a altura suficiente para no darse con la cabeza al levantarse de la silla, las bandejas de madera se escalonaban en aquellas partes del escritorio que no necesitaba para trabajar, y los recipientes de cuero para libros se habían relegado a los rincones más remotos de la habitación.
—¿Quién está con ella? —repitió César al ver que su madre no le contestaba.
Aurelia dejó la pluma, levantó la mirada de mala gana, flexionó la mano derecha y suspiró.
—Un grupito muy tonto —repuso.
—Eso no hace falta que me lo digas, la tontería atrae a la tontería. Pero, ¿quiénes son?
—Las dos Clodias. Y Fulvia.
—¡Oh! Espabiladas además de desocupadas. ¿Anda Pompeya metida en amoríos con hombres, madre?
—Desde luego que no. Yo no permito que aquí se entretengan hombres, y cuando ella sale mando a Polixena para que la acompañe. Polixena es una mujer que me pertenece, completamente imposible de sobornar o de camelar. Desde luego, Pompeya también se lleva consigo a su propia chica, que es un poco idiota, pero te aseguro que ellas dos juntas no llegan a igualar a Polixena.
César parecía muy cansado, pensó su madre. El año que había pasado en calidad de presidente del Tribunal de Asesinatos había sido especialmente trabajoso, él lo había desempeñado con toda la meticulosidad y energía por las que ya empezaba a ser famoso. Otros presidentes de tribunales quizás perdieran el tiempo y se tomasen prolongadas vacaciones, pero César no. Naturalmente, Aurelia sabía que su hijo estaba endeudado — y cuánto debía—, pero el tiempo le había enseñado que el dinero era un tema que invariablemente causaba tensiones entre ellos. Así que, a pesar de estar ansiosa por hacerle preguntas sobre cuestiones financieras, se mordió la lengua y consiguió no decir ni una palabra. Era cierto que su hijo no dejaba que la deuda, que ahora iba creciendo rápidamente porque no podía pagar la parte principal, le deprimiese; de forma inexplicable, una parte de él creía realmente que encontraría el dinero en algüna parte; pero Aurelia también sabía que el dinero podía acechar como una sombra gris en el fondo de la más optimista y animada de las mentes. Y de la misma manera estaba segura de que aquella sombra gris yacía en el fondo de la mente de César.
Y éste continuaba involucrado en aquella relación suya con Servilia. Parecía que nada pudiera destruirla. Y además Julia, a la que le faltaba un mes para cumplir trece años, menstruaba regularrnente y cada vez mostraba menos entusiasmo por Bruto. Oh, era cierto que no había nada que provocara que la niña se mostrase grosera, ni siquiera disimuladamente
descortés, pero en lugar de enamorarse cada vez más de Bruto ahora que su feminidad era un hecho, resultaba evidente que su amor se estaba enfriando, y el cariño y la lástima que sintiera de niña habían sido sustituidos ahora por… ¿aburrimiento? Sí, aburrimiento. La única emoción a la que ningún matrimonio podía sobrevivir.
Todos aquéllos eran problemas que corroían a Aurelia, aunque había otros que simplemente la inquietaban. Por ejemplo, aquel apartamento se había quedado demasiado pequeño para un hombre de la posición de César. Sus clientes ya no podían reunirse allí todos a la vez, y la calle en que se encontraba no era demasiado buena para un hombre que sería cónsul senior dentro de cinco años. De este último hecho Aurelia no albergaba ninguna duda. Entre el nombre, el linaje, los modales, el aspecto, el encanto, la naturalidad y la capacidad intelectual, cualquicr elección a la que César se presentase lo colocaría en los primeros puestos en lo referente al número de votos. Tenía enemigos a porrillo, pero ninguno de ellos capaz de destruir el poder que César tenía entre la primera y la segunda clases, cosa que era vital para el éxito en las Centurias. Por no hablar de que entre las clases que eran demasiado bajas para tener importancia en las Centurias, él sobresalía muy por encima de sus iguales. César se movía por entre el proletariado con la misma disposición que entre los consulares. Sin embargo no era posible abordar el tema de trasladarse a una casa adecuada sin que el dinero saliera a colación. Así que, ¿abordaba ella el problema o no? ¿Debía hacerlo o no?
Aurelia respiró profundamente y juntó las manos una sobre otra encima de la mesa, delante de su hijo.
—César, creo que el año que viene vas a presentarte a las elecciones al cargo de pretor —le comentó—, y preveo una muy seria dificultad.
—La calle en que vivimos —repuso él al instante.
Aurelia esbozó una sonrisa irónica. —Hay una cosa de la que no me puedo quejar: de tu sagacidad.
—¿Es esto el preludio de otra discusión acerca de dinero?
—No, no lo es. O quizás fuera mejor decir que confío en que no lo sea. Con los años he logrado ahorrar una bonita cantidad, y podría hipotecar con
facilidad esta ínsula. Entre ambas cosas podría darte lo suficiente para adquirir una buena casa en el Palatino o en las Carinae.
César apretó los labios.
—Eso es muy generoso por tu parte, madre, pem no quiero aceptar dinero de ti, como tampoco quiero aceptarlo de mis amigos. ¿Comprendido?
Era asombroso pensar que Aurelia tuviese ya sesenta y dos años. Ni una sola arruga le estropeaba la piel de la cara ni del cuello, quizás porque había engordado una pizca; en el único lugar en el que se le notaba la edad era en los surcos que se le habían formado a ambos lados de los orificios nasales, arrugas que le llegaban hasta las comisuras de los labios.
—Ya sabía que dirías eso —dijo ella sin perder un ápice de compostura. Luego comentó, como si no viniera a cuento—: He oído que Metelo Pío, el pontífice máximo, está achacoso.
Eso sobresaltó a César.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Por una parte, Clodia. Su marido, Celer, dice que toda la familia está desesperadamente preocupada. Y por otra parte, Emilia Lépida. Metelo Escipión está muy abatido por el estado de salud de su padre. No ha estado bien desde que se le murió la esposa.
—Sí, es cierto que el viejo no acude a ninguna reunión últimamente — dijo César.
—Ni lo hará en el futuro. Cuando te digo que está enfermo, lo que quiero decir en realidad es que se está muriendo.
—Y…? —preguntó César, perplejo por una vez.
—Cuando muera, el colegio de los Pontífices tendrá que nombrar por cooptación a otro pontífice máximo. —Los ojos grandes y brillantes, que eran el rasgo más hermoso de Aurelia, destellaron y se entornaron—. Si te nombrasen a ti pontífice máximo, César, eso resolvería varios de tus problemas más apremiantes. En primer lugar, y es lo más importante de todo, ello les demostraría a tus acreedores que vas a ser cónsul sin lugar a dudas. Y eso significaría que tus acreedores estarían mejor dispuestos a prolongar el pago de tus deudas hasta que termines el año de pretor, si es
necesario. Quiero decir que si te toca en suerte Cerdeña o Africa en el sorteo del destino de los pretores, como gobernador pretor no podrás recuperar tus pérdidas. Si ocurriese así, yo diría que tus acreedores se pondrían verdaderamente nerviosos.
El fantasma de una sonrisa ardió en los ojos de César, pero mantuvo el rostro impasible.
—Admirablemente resumido, madre —dijo.
Aurelia continuó como si él no hubiera hablado.
—En segundo lugar, el cargo de pontífice máximo te proporcionaría una espléndida residencia a expensas del Estado, y es una posición de por vida, la donius publica sería perpetuamente. Está dentro del mismo Foro, es muy grande y resulta muy adecuada. De manera que he empezado a solicitar votos en tu nombre entre las esposas de tus colegas sacerdotes —terminó su madre con voz tan serena y tranquila como siempre.
César suspiró.
—Es un plan admirable, madre, pero tú, igual que me sucede a mí, no puedes llevarlo a cabo. Entre Catulo y Vatia Isáurico, ¡por no hablar de por lo menos la mitad de los demás miembros del colegio!, no tengo la mínima oportunidad. Por una parte, el puesto normalmente recae en alguien que ya haya sido cónsul. Y por otra, todos los elementos más conservadores del Senado adornan este colegio. Yo no soy de su gusto.
—No obstante me pondré a ello —le dijo Aurelia.
Y en ese preciso momento César comprendió cómo podría llevarse a cabo el plan. Echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír con estruendo.
—¡Sí, madre, ponte a ello, no dejes de hacerlo! —dijo al tiempo que se limpiaba las lágrimas de risa—. Yo sé la solución… ¡oh, que lío se va a originar!
—¿Y cuál es esa solución?
—Yo había venido a hablarte de Tito Labieno, que es, como seguramente ya sabrás, el tribuno de la plebe domesticado que Pompeyo tiene este año. Sólo para airear mis pensamientos en voz alta. Eres tan inteligente que me resultas una pared utilísima para hacer rebotar las ideas —dijo César.
Una de las finas cejas de su madre se levantó rápidamente; las comisuras de los labios le temblaban.
—¡Vaya, muchas gracias! ¿Soy mejor pared donde rebotar que Servilia? De nuevo César lloró de tanta risa. Era raro que Aurelia sucumbiese a
las insinuaciones, pero cuando lo hacía era tan ingeniosa como Cicerón. —En serio —dijo César cuando fue capaz de hablar—, ya sé qué
opinión tienes de mi relación con Servilia, pero no te creas que soy estúpido, por favor. Servilia, políticamente, es agua. Además está enamorada de mí. No obstante, no es de mi familia, y ni siquiera me fío por completo de ella. Cuando la uso a ella de pared, me aseguro bien de controlar por completo la pelota.
—Lo que dices me supone un gran alivio —dijo Aurelia—. Así pues, ¿cuál es esa brillante inspiración?
—Cuando Sila anuló la lex Domitia de sacerdotes, fue un paso más de lo que la tradición y la costumbre dictaban al quitar también el cargo de pontífice máximo de la elección tribal hecha por el pueblo. Hasta Sila, el pontífice máximo siempre había sido elegido, nunca había salido por cooptación entre sus colegas sacerdotes. Haré que Labieno legisle que la elección de sacerdotes y augures vuelva al pueblo, a las tribus. Incluido el cargo de pontífice máximo. Al pueblo le encantará la idea.
—Al pueblo le encantará cualquier cosa que sirva para borrar una ley de Sila.
—Precisamente. De manera que lo único que tengo que hacer es conseguir que se me elija pontífice máximo —dijo César al tiempo que se levantaba.
—¡Haz que Tito Labieno promulgue la ley ahora, César. No lo dejes para más tarde! Nadie puede estar seguro de cuánto vivirá Metelo Pío. Se encuentra muy solo sin su Licinia.
César le cogió la mano a su madre y se la llevó a los labios.
—Te lo agradezco, madre. El asunto se acelerará, porque es una ley que puede beneficiar a Pompeyo Magnus. Se muere de ganas de ser sacerdote o augur, pero sabe que nunca será nombrado por cooptación. Mientras que en unas elecciones triunfará rotundamente.
César advirtió que el volumen de las risas y las charlas procedentes del despacho había subido. Cuando entró en la sala que servía para recibir visitas, había pensado en marcharse inmediatamente; pero, movido por un impulso, decidió visitar a su esposa.
Vaya reunión, pensó mientras se quedaba de pie a la puerta del comedor sin que le vieran. Pompeya había vuelto a decorar por completo la habitación, que antes era austera, y ahora estaba excesivamente llena de canapés acolchados con plumón de ganso, una plétora de cojines y colchas de color púrpura, muchos objetos de valor, aunque vulgares, pinturas y estatuas. Lo que antes había sido un cubículo de dormir igualmente austero, observó César mientras lo contemplaba a través de la puerta abierta, ahora ténía el mismo toque de empalagoso mal gusto.
Pompeya estaba recostada en el mejor canapé, aunque no se encontraba sola; Aurelia podía prohibirle que recibiera a hombres, pero no podía impedir que a Pompeya la visitase Quinto Pompeyo Rufo Junior, su hermano de padre y madre. Ahora que tenía algo más de veinte años se había convertido en un joven apuesto y muy alocado, cuya reputación de indeseable iba creciendo día a día. Sin duda, Pompeya había llegado a conocer a algunas señoras del clan Claudio por medio de él, porque Pompeyo Rufo era el mejor amigo nada menos que de Publio Clodio, tres años mayor que él pero no menos alocado.
La prohibición de Aurelia se extendía al propio Clodio, cuya presencia no se permitía, pero sí la de sus dos hermanas más jóvenes, Clodia y Clodilla. Era una lástima, pensó César frí amente, que el carácter indisciplinado de aquellas dos jóvenes matronas estuviera además avivado por un considerable grado de belleza. Clodia, casada con Metelo Celer —el mayor de los dos hermanastros de Mucia Tercia—, era ligeramente más hermosa que su hermana menor, Clodilla, ahora divorciada de Lúculo en medio de un impresionante escándalo. Como todos los Claudios Pulcher eran muy morenas, con unos ojos negros grandes y luminosos, pestañas negras largas y rizadas, profuso cabello negro ondulado y un cutis levemente aceitunado, aunque perfecto. A pesar de que ninguna de las dos
era alta, ambas tenían una excelente figura y buen gusto en el vestir, se movían con gracia y eran bastante cultas, especialmente Clodia, a quien le gustaba la poesía de categoría. Estaban sentadas en un canapé frente a Pompeya y a su hermano; la túnica les caía a ambas desde los radiantes hombros, dejando al descubierto algo más que una insinuación de unos pechos abundantes y deliciosamente bien formados.
Fulvia no era diferente de ellas en el aspecto físico, aunque el color de la tez era más pálido; a César le recordaba el cabello castaño de su madre; los ojos, de un color tirando a púrpura, las cejas y las pestañas oscuras también le recordaban a su madre. Una joven señora dogmática y enérgica, imbuida de un montón de ideas más bien tontas que tenían origen en su apego romántico a los hermanos Graco: su abuelo Cayo y su tío abuelo Tiberio. César sabía que su matrimonio con Publio Clodio no había contado con la aprobación de sus padres, cosa que no había detenido a Fulvia, que estaba decidida a salirse con la suya. Desde la celebración de su matrimonio se había hecho íntima amiga de las hermanas de Clodio, en detrimento de las tres.
No obstante, ninguna de aquellas jóvenes le preocupaba tanto a César como las dos maduras y turbias señoras que ocupaban el tercer canapé: por una parte Sempronia Tuditani, esposa de un Décimo Junio Bruto y madre de otro —extraña elección por parte de Fulvia, ya que los Sempronios Tuditani habían sido enemigos obstinados de ambos Gracos, lo mismo que lo había sido la familia de Décimo Junio Bruto Calaico, abuelo del marido de Sempronia Tuditani—; y por otra Pala, que había sido esposa del censor Filipo y del censor Publícola, y le había dado un hijo varón a cada uno de ellos. Sempronia Tuditani y Pala debían de tener alrededor de cincuenta años, aunque utilizaban todos los artificios conocidos en la industria cosmética para disimular la edad, desde pintarse y empolvarse el cutis hasta utilizar stibium alrededor de los ojos y carmín en las mejillas y en los labios. Y no se contentaban con tener la figura propia de la mediana edad; se mataban de hambre con regularidad para mantenerse delgadas como palos, y vestían vaporosas túnicas transparentes, que a ellas les parecía que les devolvían la juventud mucho tiempo atrás perdida. El resultado de todas
aquellas manipulaciones del proceso de envejecimiento, reflexionó César sonriendo para sus adentros, era tan infructuoso como ridículo. Su propia madre, decidió aquel despiadado mirón, era mucho más atractiva, a pesar de que por lo menos era diez años mayor que ellas. Aurelia, no obstante, no frecuentaba la compañía de hombres, mientras que Sempronia Tuditani y Pala eran putas aristocráticas a las que nunca les faltaban atenciones masculinas, ya que eran famosas por proporcionar, con diferencia, las mejores felaciones de Roma, incluidas las que se podían obtener de profesionales de ambos sexos.
César dedujo que la presencia de aquellas mujeres significaba que Décimo Bruto y el joven Publícola también frecuentaban el trato de Pompeya. De Décimo Bruto quizás no había mucho que decir, aparte de que era joven, estaba aburrido y se mostraba siempre alegre, animoso y dispuesto a hacer las habituales travesuras, desde beber mucho vino e ir con demasiadas mujeres, hasta frecuentar las partidas de dados y los juegos de mesa. Pero el joven Publícola había seducido a su madrastra y había intentado asesinar a su padre el censor, por lo que había sido formalmente relegado a la penuria y al olvido. Nunca se le permitiría entrar en el Senado, pero desde el matrimonio de Publio Clodio con Fulvia, y el consiguiente acceso de Clodio a un dinero casi ilimitado, al joven Publícola empezaba a vérsele de nuevo en círculos selectos.
Fue Clodia quien primero se fijó en César. Se sentó mucho más erguida en el canapé, sacó el pecho y le dedicó una encantadora sonrisa.
César, resulta absolutamente divino verte! —ronroneó.
—Te devuelvo el cumplido, por supuesto.
—¡Vamos, entra! —dijo Clodia dando unas palmaditas en el canapé.
—Me encantaría, pero me disponía a marcharme.
Además aquélla era una habitación llena de problemas, pensó César mientras salía por la puerta principal.
Labieno le llamaba, pero César cayó en la cuenta de que primero tendría que ir a ver a Servilia, que probablemente llevaría ya un buen rato
esperándole en el apartamento que él tenía un poco más abajo en la misma calle. ¡Mujeres! Aquél era un día de mujeres, y en su mayoría las mujeres eran un fastidio. Excepto Aurelia, desde luego. ¡Ella sí que era una mujer! Lástima que no hubiera ninguna otra a la misma altura, pensó César mientras subía la escalera hacia su apartamento.
Servilia le estaba esperando, aunque era demasiado sensata como para reprocharle a César la tardanza y demasiado pragmática para esperar que se disculpase. Si el mundo pertenecía a los hombres —y así era—, resultaba indudable que pertenecía a César más que a ningún otro.
Durante un rato no intercambiaron palabra alguna. Primero vinieron algunos besos lujuriosos y lánguidos; luego una escena en la cama entre suspiros, el uno en los brazos del otro, liberados de la ropa y de todo cuidado. Servilia era tan deliciosa, tan inteligente e ilimitada en sus atenciones, tan inventiva. Y él era tan perfecto, tan receptivo, tan certero y tan poderoso en sus caricias. Así, absolutamente satisfechos el uno con el otro y fascinados por el hecho de que la familiaridad no había dado origen al tedio sino a un placer adicional, César y Servilia se olvidaron de sus respectivos mundos hasta que el nivel del agua del cronómetro bajó, lo que significaba que había transcurrido mucho tiempo.
César no quería hablar de Labieno; de Pompeya sí, de manera que mientras continuaban abrazados sobre la cama comentó:
—Mi mujer tiene extrañas compañías.
El recuerdo de aquellos meses malgastados en unos frenéticos celos todavía no se había desvanecido de la mente de Servilia, así que le encantaba oír cualquier palabra de César que indicase insatisfacción. Oh, tan sólo poco tiempo después del nacimiento de Junia Tercia, César y Servilia se reconciliaron, y ella comprendió que el matrimonio de César era una falsedad. Pero aquella mujer era una lagarta deliciosa, y contaba con la ventaja de estar siempre cerca de César; ninguna mujer de la edad de Servilia podía estar descansada y tranquila cuando su rival era casi veinte años más joven.
—¿Extrañas compañías? —le preguntó mientras le acariciaba suave y voluptuosamente.
—Las Clodias y Fulvia.
—Eso era de esperar, no olvides los círculos en que se mueve el hermano Pompeyo.
—¡Ah, pero hoy había alguien más en el grupo!
—¿Quién?
—Sempronia Tuditani y Pala.
—¡Oh! —Servilia se sentó en la cama, y el deleite de la piel de César se evaporó. Ella frunció el entrecejo, se quedó pensando unos momentos y luego dijo—: En realidad eso no debería haberme sorprendido.
—Ni a mí, sobre todo teniendo en cuenta quiénes son los amigos de Publio Clodio.
—No, no me refería a esa relación, César. Desde luego, ya sabes que mi hermana pequeña, Servililla, ha sido repudiada por Druso Nerón por infidelidad. —Ya lo había oído.
—Lo que tú no sabes es que va a casarse con Lúculo.
César también se sentó en la cama.
—¡Eso es cambiar un zoquete por un imbécil! Ese tipo lleva a cabo toda clase de experimentos con sustancias que distorsionan la realidad, hace ya varios años que lo viene haciendo. Creo que uno de sus esclavos manumitidos se encarga de procurarle toda clase de soporíferos y sustancias que producen el éxtasis: jarabe de amapolas, setas, brebajes hechos con hierbas, bayas, raíces…
—Servililla dice que a ella le gusta el efecto del vino, pero que le desagradan intensamente los efectos secundarios. Y al parecer esas otras sustancias no producen los mismos y dolorosos efectos secundarios. — Servilia se encogió de hombros—. De todos modos, parece que Servililla no se queja. Cree que podrá llegar a disfrutar de todo ese dinero y buen gusto sin un marido que la vigile y le corte las alas.
—Él se divorció de Clodilla por adulterio… e incesto.
—Eso fue obra de Clodio.
—Bueno, le deseo a tu hermana la mejor de las suertes —dijo César—. Lúculo todavía sigue plantado en el Campo de Marte para exigir el triunfo
que el Senado continúa negándole, así que no verá muchas cosas de Roma desde el interior de los muros.
—Pronto conseguirá el triunfo —dijo Servilia con confianza—. Mis espías me dicen que Pompeyo Magnus no quiere verse obligado a compartir el Campo de Marte con su antiguo enemigo cuando vuelva del Este cubierto de gloria. —Soltó un bufido—. ¡Oh, qué farsante! ¡ Cualquiera que tenga un poco de sentido común puede ver que Lúculo fue el que hizo todo el trabajo! Magnus sólo tuvo que cosechar los resultados.
—Estoy de acuerdo, aunque me gusta poco Lúculo. —César le cogió un pecho con la mano—. No es propio de ti divagar, amor mío. ¿Qué tiene esto que ver con los amigos de Pompeya?
—Lo llaman el club Clodio —dijo Servilia estirándose—. Servililla me lo ha contado. Publio Clodio, desde luego, es el presidente. El principal objetivo, y, desde luego, supongo que el único, del club Clodio es asombrar a nuestro mundo. Así es como se entretienen sus miembros. Todos ellos están aburridos, ociosos, tienen aversión al trabajo y poseen demasiado dinero. Beber, ir de putas y jugar son cosas insípidas. Los sustos y los escándalos son el único propósito del club. De ahí esas mujeres disolutas como Sempronia Tuditani y Pala, las alegaciones de incesto y el cultivo de especímenes tan sin igual como el joven Publícola. Entre los miembros varones del club se incluyen algunos hombres muy jóvenes que deberían ser un poco más cautos, como Curión Junior y tu primo Marco Antonio. He oído que uno de sus pasatiempos favoritos es fingir que son amantes. Ahora le tocó el turno a César de soltar un bufido.
—Me hubiera creído casi cualquier cosa sobre Marco Antonio. ¡Pero eso no! ¿Cuántos años tiene ahora, diecinueve o veinte? Pero tiene ya más hijos bastardos diseminados por todos los estratos de la sociedad romana que nadie a quien yo conozca.
—De acuerdo. Pero sembrar Roma de bastardos no resulta lo bastante chocante. Una aventura homosexual, particularmente entre hijos de esos pilares de la clase conservadora, añade cierto lustre a todo ello.
—iDe manera que ésa es la institución a la que pertenece mi esposa! — dijo César dejando escapar un suspiro—. Me pregunto cómo voy a hacer
que se aparte de ella.
Aquélla no era una idea que le gustase a Servilia, que salió apresuradamente de la cama.
—No veo cómo puedas hacerlo, César, sin provocar exactamente la clase de escándalo que Clodio adora. A no ser que la repudies y te divorcies de ella.
Pero aquella sugerencia ofendió el sentido que César tenía de lo que era jugar limpio; negó con énfasis con la cabeza.
—No, no haré eso sólo porque existe la posibilidad de que las amistades ociosas que tiene puedan convertirlo en otra cosa peor; mi madre la vigila muy bien. La pobre muchacha me da pena. No tiene ni un pequeño asomo de inteligencia o de sentido común.
El baño lo llamaba —César había cedido y había instalado una pequeña estufa que proporcionaba agua caliente—; Servilia decidió que era mejor callarse en el tema de Pompeya.
Tito Labieno tuvo que esperar hasta la mañana siguiente, y entonces fue a ver a César a su apartamento.
—Dos cosas —le dijo César mientras se recostaba en la silla. Labieno se puso alerta—. La primera seguro que te proporcionará la aprobación en los círculos de los caballeros, y tendrá buena acogida por parte de Magnus.
—¿Y es?
—Legislar que vuelvan a ser las tribus de los Comicios quienes hagan la elección de sacerdotes y augures.
—Tncluyendo, sin duda —añadió Labieno con cautela—, la elección del pontífice máximo.
—iPor Pólux, sí que eres rápido!
—He oído que es muy probable que Metelo Pío esté en condiciones de recibir un funeral de Estado en cualquier momento.
—Así es. Y es cierto también que tengo capricho por convertirme en pontífice máximo. Sin embargo, no creo que a mis colegas sacerdotes les guste yerme a la cabeza del colegio. Los electores, por el contrario, puede
que no estén de acuerdo con ellos. Por tanto, ¿por qué no darles a los electores la oportunidad de decidir quién será el próximo pontífice máximo?
—Pues sí, ¿por qué no?
Labieno miró atentamente a César. Aquel hombre tenía muchas cosas que le resultaban atractivas. Sin embargo, aquella vena de frivolidad que podía aflorar a la superficie a la menor provocación era, en opinión de Labieno, un fallo. Nunca se sabía en realidad hasta qué punto César hablaba en serio. Aunque en aquellos momentos el rostro de César parecía bastante serio. Y Labieno también sabía, como la mayoría, que las deudas de César eran apabullantes. Ser elegido pontífice máximo le permitiría reforzar su crédito con los usureros. Labieno dijo:
—Imagino que quieres que se apruebe lo antes posible una lex Labiena de sacerdotiis.
—Sí. Si Metelo Pío llegase a morir antes de que se cambie la ley, el pueblo quizás decidiera no cambiarla. Tenemos que ser muy rápidos, Labieno.
—Ampio se alegrará de poder sernos de ayuda. Y también el resto del colegio tribunicio, te lo puedo decir de antemano. Es una ley que está absolutamente de acuerdo con la mos maiorum, y eso es una gran ventaja. —Los oscuros ojos de Labieno se pusieron a lanzar destellos—. ¿Qué otra cosa tienes en mente?
César frunció el entrecejo.
—Nada que haga temblar la tierra, desgraciadamente. Si Magnus volviera a casa todo sería más fácil. La única cosa que se me ocurre para crear revuelo en el Senado es proponer un proyecto de ley que restaure los derechos de los hijos y nietos de los proscritos de Sila. No conseguirás que se apruebe, pero los debates serán ruidosos y habrá una gran asistencia.
Aquella idea, evidentemente, resultaba atractiva; Labieno sonreía ampliamente cuando se puso en pie.
—Me gusta, César. ¡Es una oportunidad para tirarle a Cicerón de esa cola que menea con tanto garbo!
—No es la cola lo que importa en la anatomía de Cicerón —comentó César—. La lengua es el apéndice que hace falta amputarle. Te lo advierto, te convertirá en carne picada. Pero si presentas los dos proyectos de ley a la vez, con ellos desviarás la atención del que realmente quieres que se apruebe, y si te preparas con mucho cuidado quizás hasta puedas conseguir cierto capital político gracias a la lengua de Cicerón.
El Cochinillo estaba muerto. El pontífice máximo Quinto Cecilio Metelo Pío, hijo leal de Metelo el Meneítos y amigo leal del dictador Sila, murió apaciblemente mientras dormía a causa de un padecimiento que fue debilitándole y desafió todo diagnóstico. Lucio Tucio, el médico de Sila, un reconocido lumbrera de la medicina romana, le pidió permiso al hijo adoptivo del Cochinillo para hacer la autopsia.
Pero el hijo adotivo del Cochinillo no era ni tan inteligente ni tan razonable como su padre; Metelo Escipión, hijo biológico de Escipión Nasica y de la mayor de las dos Licinias de Craso el Orador —la más joven de ellas era su madre adoptiva, esposa del Cochinillo—, era famoso sobre todo, por su altivez y sentido de su aristocrática idoneidad.
—¡Nadie va a manipular el cadáver de mi padre! —repuso entre lágrimas sin dejar de apretarle convulsivamente la mano a su esposa—. ¡Irá a las llamas sin mutilar!
El funeral, naturalmente, se llevó a cabo a expensas del Estado, y fue tan distinguido como el difunto objeto del mismo. El elogio corrió a cargo de Quinto Hortensio, quien lo pronunció desde la tribuna una vez que Mamerco, padre de Emilia Lépida, esposa de Metelo Escipión, hubo declinado tal honor. Todo el mundo se hallaba presente, desde Catulo hasta César, desde Cepión Bruto hasta Catón; no fue, sin embargo, un funeral que atrajera a las masas.
Y al día siguiente a aquel en que el Cochinillo fuera entregado a las llamas, Metelo Escipión celebró una reunión con Catulo, Hortensio, Vatia Isáurico, Catón, Cepión Bruto y el cónsul senior, Cicerón.
—He oído el rumor de que César piensa proponerse a sí mismo como candidato a pontífice máximo —dijo el afligido hijo con los ojos enrojecidos, pero ya sin lágrimas.
—Bueno, en realidad eso no es ninguna sorpresa —intervino Cicerón—. Todos sabemos quién tira de los hilos de Labieno en ausencia de Magnus, aunque en este momento no estoy seguro siquiera de que a Magnus le interese quién sea el que tire de los hilos de Labieno. La elección popular para escoger a los sacerdotes y a los augures no puede beneficiar a Magnus, mientras que a César le da la oportunidad que nunca hubiera tenido cuando el Colegio de los Pontífices elegía a su propio pontífice máximo.
—En realidad nunca eligió a su propio pontífice máximo —le dijo Catón a Metelo Pío—. El único pontífice máximo de la historia que no fue elegido, tu padre, fue nombrado personalmente por Sila, no por el colegio.
Catulo tenía otra objcción que hacer en contra de lo que había dicho Cicerón.
—¡Qué ciego puedes estar acerca de nuestro querido y heroico amigo Pompeyo Magnus! —espetó a Cicerón—. ¿ Crees que eso no es una ventaja para Magnus? ¡Venga ya! Magnus suspira por ser sacerdote o augur. Podría conseguir lo que anhela por medio de una elección popular, pero nunca mediante cooptación interna de ninguno de los dos colegios.
—Mi cuñado tiene razón, Cicerón —dijo Hortensio—. La lex Labiena de sacerdotiis le conviene muchísimo a Pompeyo Magnus.
—¡Que se pudra la lex Labiena! —gritó Metelo Escipión.
—No malgastes tus emociones, Quinto Escipión —le dijo Catón con voz ronca y átona—. Estamos aquí para decidir cómo impedir que César presente su candidatura.
Bruto estaba sentado; la mirada le iba de una a otra de aquellas caras enojadas, perplejo al no saber por qué le habían invitado a él a semejante reunión de personas mayores y de categoría. Se imaginaba que ello formaba parte de la guerra sin cuartel que el tío Catón libraba contra Servilia para controlarlo a él, Bruto, una guerra que, a medida que él se iba haciendo mayor, le asustaba y le atraía cada vez más. Desde luego, se le pasó por la cabeza la idea de que quizás, y gracias a su compromiso con la hija de
César, aquellos hombres lo hubieran llamado con intención de hacerle preguntas acerca de César; pero a medida que avanzaba la conversación y nadie recurría a él para pedirle información, se vio obligado finalmente a llegar a la conclusión de que su presencia allí se debía única y exclusivamente a que ello servía para fastidiar a Servilia.
—Podemos asegurar tu elección en el colegio como pontífice ordinario fácilmente —le dijo Catulo a Metelo Escipión—, y convencer a cualquiera que se sienta inclinado a levantarse contra ti de que no lo haga.
—Bueno, supongo que eso ya es algo —dijo Metelo Escipión. —¿Quién piensa presentarse en oposición a César? —preguntó Cicerón,
otro miembro de aquel grupo que no sabía bien por qué lo habían invitado. Suponía que se debía a Hortensio, y que su función quizás fuera la de hallar alguna artimaña que pudiese impedir la candidatura de César. El problema era que él sabía muy bien que no cabía artimaña alguna. La lex Labiena de sacerdotiis no había sido redactada por Labieno, de eso estaba seguro. Su redacción llevaba el sello propio de la habilidad. Era hermética.
—Yo me presentaré en oposición a César —dijo Catulo.
—Yo también —afirmó Vatia Isáurico, que había estado callado hasta aquel momento.
—Entonces, como sólo diecisiete de las treinta y cinco tribus votan en las elecciones religiosas —intervino Cicerón—, tendremos que amañar los sorteos para asegurarnos de que vuestras dos tribus salgan elegidas, pero que no sea elegida la de César. Eso aumentará vuestras posibilidades.
—A mí no me parecen bien los sobornos —dijo Catón—, pero creo que por esta vez no nos queda más remedio que hacerlo así.
—Se dió la vuelta hacia su sobrino—. Quinto Servilio, tú eres con mucho el hombre más rico de todos los que nos encontramos aquí. ¿Estarías dispuesto a poner dinero para una causa tan buena?
A Bruto le brotó de pronto un sudor frío. ¡Así que aquél era el motivo! Se humedeció los labios; le dio la impresión de que estaban dándole caza.
—Tío, me encantaría ayudarte —repuso con voz temblorosa—. ¡Pero no me atrevo! Mi madre controla mi dinero, no yo.
La espléndida nariz de Catón se hizo más estrecha, los orificios nasales se convirtieron en dos ranuras.
—¿A los veinte años de edad, Quinto Servilio? —le preguntó a gritos. Todas las miradas se posaron en él, asombradas; Bruto se encogió en la
silla.
—¡Tío, por favor, intenta comprenderlo! —lloriqueó.
—Oh, ya lo comprendo —dijo Catón lleno de desprecio; y deliberadamente le volvió la espalda—. Parece, pues —añadió dirigiéndose al resto de los presentes—, que tendremos que sacar el dinero para los sobornos de nuestras propias bolsas. —Se encogió de hombros—. Como sabéis, la mía no es muy gruesa. Sin embargo, daré veinte talentos.
—Yo, en realidad, no puedo permitirme aportar nada —dijo Catulo con aire desgraciado—, porque Júpiter Optimo Máximo se me lleva hasta el último sestercio que me sobra. Pero de alguna parte sacaré cincuenta talentos.
—Yo otros cincuenta —ofreció secamente Vatia Isáurico.
—Yo, también cincuenta-dijo Metelo Escipión.
—Y yo, otros cincuenta —añadió Hortensio.
Ahora Cicerón comprendió perfectamente por qué estaba allí, y dijo con voz muy bellamente modulada:
—El estado de penuria de mis finanzas es lo suficientemente bien conocido como para que yo crea que esperáis de mí otra cosa que no sea un violento ataque de discursos contra los electores. Servicio que con muchísimo gusto prestaré.
—Entonces sólo queda decidir cuál de vosotros dos se presentará como oponente de César —concluyó Hortensio con voz tan melodiosa como la de Cicerón.
Pero al llegar a este punto la reunión se atascó; ni Catulo ni Vatia Isáurico estaban dispuestos a ceder en favor del otro, porque cada uno de ellos creía ciegamente que debía ser él el próximo pontífice máximo.
—¡Qué estupidez! —ladró Catón furioso—. Acabaréis por dividir los votos, y eso aumentará las posibilidades de César. Si uno de vosotros se
presenta, es una batalla directa. Si sois dos se convierte en una batalla a tres bandas.
—Yo me presentaré —dijo Catulo con terquedad.
—Y yo también —insistió Vatia Isáurico beligerante.
Al llegar a este punto la reunión se disolvió. Magullado y humillado, Bruto dirigió sus pasos desde la suntuosa morada de Metelo Escipión hacia el apartamento, exento de toda pretensión, de su prometida en Subura. Realmente no había ningún otro sitio adonde quisiera ir, pues tío Catón se había marchado apresuradamente como si su sobrino no existiera, y la idea de irse a casa con su madre y con el pobre Silano no le atraía lo más mínimo. Servilia le sacaría a la fucrza todos los detalles referentes a dónde había estado, qué había hecho, quién estaba allí y qué se proponía el tío Catón; y su padrastro simplemente se quedaría allí sentado como un muñeco de trapo al que le faltase la mitad del relleno.
Su amor por Julia crecía con el paso de los años. No dejaba de maravillarse ante la belleza de la muchacha, su tierna consideración hacia los sentimientos de él, su bondad, su viveza. Y su comprensión. ¡Oh, qué agradecido se sentía por esto último!
Así que fue a Julia a quien le soltó la historia de la reunión en casa de Metelo Escipión, y ella, persona queridísima y muy dulce, le escuchó con lágrimas en los ojos.
—Incluso Metelo Escipión tuvo que sufrir cierto grado de supervisión paterna —le dijo ella cuando Bruto terminó de contárselo—, y los demás son ya demasiado viejos para recordar cómo eran las cosas cuando vivían en casa con el paterfamilias.
—Silano no me preocupa —dijo Bruto, malhumorado, mientras luchaba contra las lágrimas—. ¡Pero le tengo un miedo tan terrible a mi madre! El tío Catón no le teme a nadie, y ése es el problema.
Ninguno de los dos tenía la menor idea de la relación existente entre el padre de Julia y la madre de él, como tampoco tenía ni idea, por supuesto, el tío Catón. Así que Julia no tuvo reparos en comunicarle a Bruto su desagrado por Servilia, y dijo:
—Lo comprendo muy bien, querido Bruto. —Se estremeció y se puso pálida—. Servilia no tiene compasión alguna, ni es consciente de su fuerza y de su poder para dominar. Creo que es lo bastante fuerte como para mellar las tijeras de Átropos.
—Estoy de acuerdo contigo —convino Bruto dejando escapar un suspiro.
Era hora de animarlo, de hacer que se sintiera mejor consigo mismo. Mientras sonreía y alargaba una mano para acariciarle los rizos negros que le llegaban hasta los hombros, Julia dijo:
—Opino que tú la manejas de una forma fantástica, Bruto. Te quitas de su camino y no haces nada que la moleste. Si el tío Catón tuviera que vivir con ella, comprendería mejor tu situación.
—El tío Catón ya vivió con ella —le indicó Bruto con aire lúgubre. —Sí, pero cuando tu madre era una niña —dijo Julia sin dejar de
acariciarle.
El contacto de la muchacha despertó en Bruto el impulso de besarla, pero no lo hizo; se contentó con acariciarle el dorso de la mano cuando Julia se la retiró del cabello. No hacía mucho que Julia había cumplido trece años, y aunque su feminidad se ponía de manifiesto ahora por dos exquisitos y puntiagudos bultos dentro del seno del vestido, Bruto sabía que ella aún no estaba preparada para los besos. Además él estaba imbuido de un sentido del honor que procedía de sus lecturas de escritores latinos conservadores, como Catón el Censor, y era de la opinión de que estaba mal estimular una reacción física en la muchacha, reacción que acabaría por hacerles incómoda la vida a ambos. Aurelia confiaba en ellos y nunca supervisaba sus encuentros, por lo tanto él no podía aprovecharse de aquella confianza.
Desde luego habría sido mejor para ambos si lo hubiera hecho, porque entonces la creciente aversión sexual de Julia hacia él habría salido a la superficie a una edad lo suficientemente temprana como para que la rotura del compromiso fuera un asunto más fácil. Pero como Bruto no la tocaba ni la besaba, Julia no encontraba ninguna excusa razonable para acudir a su padre y suplicarle que la liberase de lo que ya sabía que iba a ser un
matrimonio espantoso, por mucho que se esforzase en ser una esposa obediente.
¡El problema era que Bruto tenía tantísimo dinero! Ya era bastante feo ese asunto cuando se firmó el compromiso, pero era cien veces peor ahora que él había heredado también la fortuna de la familia de su madre. Como todo el mundo en Roma, Julia conocía la historia del Oro de Tolosa, y lo que habían adquirido con ello los Servilios Cepiones. El dinero de Bruto sería de gran ayuda para su padre, César, de eso no cabía duda. Avia decía que era su deber como hija única hacer que la vida de su padre en el Foro fuera más prestigiosa, hacer que aumentase su dignitas. Y sólo había un modo de que una muchacha pudiera hacer eso: tenía que casarse con alguien que tuviese tanto dinero e influencia como fuera posible. Puede que Bruto no fuera la idea que las chicas tenían de la dicha marital, pero en lo referente al dinero y a la influencia no tenía rival. Por eso ella estaba dispuesta a cumplir con su deber y a casarse con un hombre que ella, sencillamente, no deseaba que le hiciera el amor. Tata era más importante.
Y así, cuando César fue de visita más tarde aquel mismo día, Julia se comportó como si Bruto fuera el prometido de sus sueños.
—Estás creciendo —observó César, cuya presencia en el hogar era lo bastante poco frecuente como para darse cuenta de la evolución cada vez que la veía.
—Sólo faltan cinco años —le dijo Julia en tono solemne.
—¿Nada más?
—Sí —afirmó la muchacha dejando escapar un suspiro—, nada más, tata.
César la rodeó con el brazo y la besó en la parte superior de la cabeza, sin ser consciente de que Julia pertenecía a ese tipo de niñas que no pueden soñar con un marido más maravilloso que uno que sea exactamente iguai a su padre: maduro, famoso, guapo, alguien que sea el centro de los acontecimientos.
—¿Alguna noticia? —le preguntó él.
—Ha venido Bruto.
César se echó a reír.
—¡Eso no es ninguna noticia, Julia!
—Quizás lo sea —dijo ella con aire solemne; y le relató lo que le había contado Bruto acerca de la reunión en casa de Metelo Escipián.
—¡Qué descaro el de Catón! —exclamó César cuando ella hubo terminado—. ¡Exigir grandes cantidades de dinero a un muchacho de veinte años!
—Pero, gracias a la madre de Bruto, no consiguieron nada.
—A ti no te cae bien Servilia, ¿verdad?
—Me pongo en el lugar de Bruto, tata. Esa mujer me aterroriza. —¿Por qué, exactamente?
Aclararle aquello a un hombre famoso por su amor a los hechos evidentes se le hacía difícil a Julia.
—Sólo es una especie de sentimiento. Siempre que la veo, pienso en una malvada serpiente negra.
La risa hizo temblar a César.
—¿Has visto tú alguna vez a una malvada serpiente negra, Julia?
—No, pero he visto pinturas de ellas. Y de Medusa. —Cerró los ojos y ocultó el rostro en el hombro de su padre—. ¿A ti te cae bien esa mujer, tata?
A eso César podía responder sinceramente. —No. —Pues entonces, ahí lo tienes —dijo su hija.
—Tienes toda la razón —convino César—. Ahí lo tengo, ya lo creo que
sí.
Naturalmente, Aurelia quedó fascinada cuando César, poco después, le contó la conversación que había tenido con Julia.
—¿No es bonito pensar que ni siquiera la antipatía que existe entre vosotros pueda destruir la ambición de Catulo ni la de Vatia Isáurico? —le preguntó ella sonriendo ligeramente.
—Catón tiene razón, si se presentan los dos sólo conseguirán dividir los votos. Y si algo he aprendido, es que ahora estoy seguro de que amañarán los sorteos. ¡No habrá votantes Fabios en esta elección en concreto!
—Pero las dos tribus de ellos sí votarán.
—Con eso puedo enfrentarme siempre que se presenten ambos. Algunos de sus partidarios naturales verán la fuerza de mis argumentos al afirmar que deberían conservar la imparcialidad no votando a ninguno de los dos.
—¡Oh, qué inteligente!
—La astucia electoral no consiste únicamente en el soborno, aunque ninguno de esos tontos aferrados a la tradición se den cuenta de ello —dijó César pensativo—. El soborno no es un instrumento que yo ose emplear, ni siquiera en el supuesto de que tenga deseos de hacerlo o el dinero necesario para ello. Si soy candidato para una elección, seguro que habrá medio centenar de lobos senatoriales aullando por mi sangre: ningún voto, ni ningún acta ni ningún funcionario quedará sin investigar. Pero hay otras muchas posibilidades distintas al soborno.
—Es una lástima que las diecisiete tribus que voten no sean elegidas hasta justo un momento antes —le dijo Aurelia—. Si se escogieran con unos cuantos días de antelación, podrían traer algunos votantes rurales. El nombre Julio César significa muchísimo más para cualquier votante rural que el de Lutacio Catulo o Servilio Vatia.
—No obstante, madre, algo sí se puede hacer en esa línea. Seguro que tiene que haber por lo menos una tribu urbana; y ahí Lucio Decumio será de incalculable valor. Craso conseguirá el apoyo de su tribu si ésta sale elegida. Y Magnus también. Y tengo influencia en otras tribus, no sólo en la Fabia.
Se hizo un breve silencio durante el cual el rostro de César se puso lúgubre; aunque Aurelia se hubiera sentido tentada de hablar, la visión de aquel cambio en la expresión de su hijo la habría hecho desistir. Ello significaba que César estaba debatiendo para sus adentros si abordar un tema menos apetitoso, y las probabilidades de que eso ocurriera eran mayores si ella lograba pasar lo más inadvertida posible. ¿Y qué tema menos apetitoso podía haber que el del dinero? Así que Aurelia guardó silencio.
—Craso vino a verme esta mañana —dijo César finalmente. Su madre continuó sin decir nada—. Mis acreedores están un poco inquietos. —Ni
una palabra por parte de Aurelia—. Las facturas de mis días como edil curul continúan llegando. Lo que significa que no he logrado devolver nada de lo que tomé prestado. —Los ojos de Aurelia se posaron en la superficie del escritorio—. Es decir, que tengo que pagar intereses de los intereses. Han hablado entre ellos de acusarme ante los censores, y a pesar de que uno de ellos es tío mío, los censores se verían obligados a hacer cumplir lo que dice la ley. Yo acabaría perdiendo mi asiento en el Senado y se venderían todos mis bienes, incluidas mis tierras.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los —No hay pez demasiado gordo para mí y mi tribunal.
—Pues…
—¡Lucio Vetio, escúpelo de una vez!
—Sí que tengo una carta.
—¿De quién?
—De Cayo César.
El jurado se irguió en sus asientos, y los mirones empezaron a rumorear. —De Cayo César. Pero, ¿a quién va dirigida?
—A Catilina. Está escrita por César, de su puño y letra.
Al oír aquello un pequeño grupo de clientes de Catulo que había entre el público empezó a vitorear, pero su júbilo fue ahogado por abucheos, mofas e invectivas. Pasó algún tiempo antes de que los lictores del tribunal pudieran establecer el orden y permitir que Novio Níger continuase con su interrogatorio.
—¿Por qué no nos has dicho antes ni una palabra de todo esto, Lucio Vetio?
—¡Porque tengo miedo, por eso! —dijo bruscamente el informador—. No me gusta la idea de ser responsable de que se incrimine a un pez gordo como César.
—En este tribunal, Lucio Vetio, yo soy el pez gordo, no Cayo César — le aseguró Novio Níger—; y tú has incriminado a Cayo César. No estás en peligro. Por favor, continúa.
—¿Con qué? —inquirió Vetio—. Ya he dicho que tengo una carta.
—Entonces debes presentarla en este tribunal.
—César dirá que es una falsificación.
—Sólo el tribunal puede decidir eso. Presenta la carta.
—Bueno…
En aquel momento todo el que se encontraba en el Foro inferior estaba alrededor del tribunal de Novio Níger o iba corriendo hacia allí; se estaba corriendo la voz de que, como siempre, César estaba en apuros.
—¡Lucio Vetio, te ordeno que presentes la carta! —le dijo Novio Níger con voz irritada; luego continuó diciendo algo extremadamente tonto—: ¿Tú crees que los hombres como Cayo César están por encima del poder de este tribunal por el simple hecho de tener un linaje de mil años de antigüedad y multitudes de clientes? ¡Bueno, pues no! Si Cayo César le escribió una carta a Catilina de su puño y letra, yo lo juzgaré en este tribunal y lo declararé culpable!
—Entonces iré a mi casa a buscarla —le contestó Lucio Vetio convencido.
Mientras Vetio iba a hacer su recado, Novio Níger hizo un descanso. Todo aquel que no estaba hablando excitadamente —mirar a César se estaba convirtiendo en el mejor entretenimiento desde hacía años— corrió a
comprar algo de comer o de beber; al jurado, que estaba cómodamente sentado, le sirvieron criados del tribunal, y Novio Níger se acercó paseando a charlar con el presidente del jurado, tremendamente complacido con aquella idea suya de pagar a cambio de información.
Publio Clodio estaba más ocupado. Atravesó el Foro y se dirigió hacia la Curia Flostilia, donde estaba reunido el Senado, y convenció a quien fuera para que lo dejasen entrar. No fue un asunto difícil para alguien que el año siguiente pasaría por aquellas puertas con pleno derecho.
Nada más entrar se detuvo, pues descubrió que el contralto de Vetio en el tribunal estaba en perfecta armonía con el barítono de Curio en el Senado.
—¡Te aseguro que lo oí de los propios labios de Catilina! —estaba diciéndole Curio a Catón—. ¡Cayo César era la figura central de toda la conspiración, desde el mismísimo principio al fin!
Sentado en el estrado curul —a un lado del cónsul que presidía, Silano, y un poco detrás de él—, César se puso en pie.
—Estás mintiendo, Curio —dijo con mucha calma—. Todos sabemos qué hombres de este reverenciado cuerpo son los que no se detendrían ante nada con tal de verme expulsado para siempre del mismo. ¡Pero, padres conscriptos, me permito deciros que yo nunca formé y nunca habría formado parte de un asunto tan espantosamente chapucero y furtivo! ¡Cualquiera que de crédito a la historia que cuenta este loco patético está más loco que él! ¿Yo, Cayo Julio César, consintiendo en asociarme con un montón de borrachos y cotillas? ¿Yo, tan escrupuloso en el cumplimiento del deber y en la atención a mi propia dignitas, rebajarme a maquinar un complot con hombres de la calaña de Curio, aquí presente? ¿Yo, el pontífice máximo, confabular para entregarle Roma a Catilina? ¿Yo, un Julio, descendiente de los fundadores de Roma, consentir en que Roma sea gobernada por gusanos como Curio y furcias como Fulvia Nobilioris?
Las palabras salían como el estallido de un látigo, y nadie trató de interrumpirle.
—Estoy muy acostumbrado al vilipendio de la política —continuó diciendo, todavía con aquella voz tranquila pero castigadora—, pero no me
voy a quedar de brazos cruzados mirando cómo alguien le paga a gente de la calaña de Curio para que ponga mi nombre en boca de todos en relación con un asunto en el que yo no tomaría parte ni muerto! ¡Porque hay alguien que le está pagando! ¡Y cuando yo averigüe quién es, senadores, serán ellos los que me las paguen a mí! ¡Aquí estáis todos sentados, tan brillantes y maravillosos como una colección de gallinas en un gallinero, escuchando los sórdidos detalles de una presunta conspiración, pero aquí hay también algunas gallinas que conspiran con más malicia para destruirme a mí y a mi buen nombre! ¡Para destruir mi dignitas!
—Tomó aliento—. Sin mi dignidad, yo no soy nada. Y os advierto solemnemente a todos y cada uno de vosotros: ¡no juguéis con mi dignitas! ¡Con tal de defenderla, yo sería capaz de echar abajo esta venerable Cámara alrededor de vuestros oídos! ¡Sería capaz de poner la montaña de Pelión encima de la de Ossa y le robaría el trueno a Zeus para golpearos con él a todos vosotros y daros así muerte! ¡No pongáis a prueba mi paciencia, padres conscriptos, porque os digo ahora que yo no soy Catilina! ¡Si yo conspirase para sacaros de vuestras sillas, seguro que iríais al suelo! —Se dio la vuelta y miró hacia Cicerón—. Marco Tulio Cicerón, ésta es la última vez que voy a hacerte esta pregunta: ¿te proporcioné o no te proporcioné yo ayuda para llegar a descubrir esta conspiración?
Cicerón tragó saliva; la Cámara estaba en absoluto silencio. Nadie había visto ni oído nada semejante a aquel discurso, y nadie quería llamar la atención. Ni siquiera Catón.
—Sí, Cayo Julio, sí que me ayudaste —reconoció Cicerón.
—En ese caso —dijo César con la voz menos acerada ahora—, exijo que esta Cámara se niegue a pagarle a Quinto Curio ni un solo sestercio del dinero que se le había prometido como recompensa. Quinto Curio ha mentido, por lo tanto no se merece ninguna consideración.
Y tal era el miedo que había dentro de cada senador que la Cámara
acordó por unanimidad no pagarle a Quinto Curio ni un sestercio de la
recompensa prometida.
Clodio se adelantó.
—Nobles padres —dijo en voz alta—, suplico vuestro perdón por ser un intruso, pero debo pedirle al noble Cayo Julio que me acompañe al tribunal de Lucio Novio Níger en cuanto pueda hacerlo.
César estaba a punto de sentarse y, en lugar de hacerlo, miró a Silano, que estaba mudo de asombro.
—Cónsul senior, por lo visto me necesitan en otra parte, y sospecho que por un asunto parecido. En cuyo caso, recordad lo que he dicho. ¡Recordad hasta la última palabra! Y ahora os ruego que me excuséis.
—Estás excusado —susurró Silano—, y todos los demás también.
Así que cuando César se marchó de la Curia Hostilia con Clodio trotando a su lado, toda la compañía de senadores fue en pos de ellos en tropel. —Ése ha sido absolutamente el mejor rapapolvo que he oído en mi vida! —dijo Clodio, que jadeaba sin parar—. Debe de haber mierda por todo el suelo de la Cámara del Senado.
—No digas tonterías, Clodio, y cuéntame lo que está pasando en el tribunal de Níger —le conminó César, cortante.
Clodio le complació. César se detuvo.
—¡Lictor Fabio! —dijo llamando al jefe de sus lictores, que les metía prisa a sus cinco compañeros para que se mantuviesen por delante de César en formación.
Los tres pares de hombres se detuvieron y recibieron las órdenes oportunas.
Luego César descendió hacia el tribunal de Novio Níger, haciendo que los mirones se dispersasen en todas direcciones al pasar directamente entre las filas del jurado hasta donde Lucio Vetio se encontraba de pie con una carta en la mano.
—¡Lictores, detened a este hombre!
Con carta y todo, Lucio Vetio fue puesto bajo custodia y lo sacaron a paso de marcha del tribunal de Novio Níger en dirección al tribunal del pretor urbano.
Novio Níger se puso en pie con tanta rapidez que su muy apreciada silla de marfil se volcó.
—¿Qué significa esto? —preguntó con voz chillona.
—¿QUIEN TE CREES QUE ERES? —rugió César. Todo el mundo se echó hacia atrás; el jurado se removió, incómodo, y sintió un estremecimiento—. ¿Quién te crees que eres? —repitió César con más suavidad, pero con una voz que podía oírse desde el medio del Foro—. ¿Cómo te atreves tú, un magistrado con mero rango de edil, a aceptar pruebas en tu tribunal que conciernen a alguien superior a ti en jerarquía? ¿Pruebas, además, de boca de un informador pagado? ¿Quién te crees que eres? Si tú no lo sabes, Novio, te lo diré yo. Tú eres un ignorante de las leyes que no tiene más derecho a presidir un tribunal romano que la puta más sucia que pregona su entrepierna a la puerta del templo de Venus Erucina. ¿No comprendes que no se ha oído nunca que un magistrado de rango inferior actúe de un modo que pudiera tener como resultado el juicio de su superior? ¡Lo que le has dicho, estúpido, a ese pedazo de basura de alcantarilla llamado Vetio se merece un proceso de incapacitación contra ti! ¿Que tú, un mero magistrado edilicio, intentarías que se me declarase culpable a mí, el pretor urbano, en tu tribunal? Valientes palabras, Novio, pero imposibles de cumplir. Si tienes un motivo para creer que un magistrado de rango superior a ti está implicado criminalmente en un proceso que se lleva a cabo en tu tribunal, entonces estás obligado a suspender tu tribunal inmediatamente y a llevar todo el asunto ante los iguales de ese magistrado superior. Y puesto que yo soy el praetor urbanus, tú vas al cónsul que tiene las fasces. Este mes, Lucio Licinio Murena; pero hoy Décimo Junio Silano. La ávida muchedumbre no se perdía palabra mientras Novio Níger permanecía en pie, con el rostro ceniciento, viendo cómo sus esperanzas de llegar a ser cónsul en el futuro se desmoronaban alrededor de sus incrédulos oídos.
—¡Tú vas a llevar todo el asunto ante los iguales de tu superior, Novio —continuó diciendo César—, no te atreverás a continuar con el caso en tu tribunal! ¡No te atraverás a continuar admitiendo pruebas sobre tu superior, sonriendo de oreja a oreja! ¡Tú me has puesto en evidencia ante este colectivo de hombres como si tuvieras derecho a hacerlo! Y no lo tienes. ¿Me oyes? ¡No lo tienes! ¡Qué glorioso precedente sientas! ¿Es esto lo que han de esperar los magistrados superiores de sus inferiores en el futuro?
Novio extendió una mano, suplicante, se humedeció los labios e intentó hablar.
—¡Tace, inepte! —le gritó César—. Lucio Novio Níger, con el fin de recordarte a ti y a todos los demás magistrados de categoría inferior cuál es vuestro lugar en el esquema. de los deberes públicos de Roma, yo, Cayo Julio César, praetor urbanus, te sentencio aquí a un período de ocho días en las celdas de las Lautumiae. Ese tiempo debería ser suficiente para que pienses cuál es el lugar que te corresponde, y para pensar en cómo lograrás convencer al Senado de Roma de que debería permitir que continuases siendo íudex en este tribunal especial. No abandonarás tu celda ni por un momento. No se te permitirá llevar comida de tu casa, ni recibir visitas de tu familia. No se te permitirá tener material de lectura ni de escritura. Y como soy consciente de que ninguna celda en las Lautumiae tiene puerta de ninguna clase, y mucho menos puerta con cerradura, harás lo que te digo. Cuando los lictores no te estén vigilando, media Roma lo estará haciendo. —Les hizo una brusca indicación con la cabeza a los lictores del tribunal—. Llevad a vuestro amo a las Lautumiae, y ponedlo en la celda más incómoda que podáis encontrar. Os quedaréis de guardia hasta que yo envíe lictores a relevaros. Pan y agua, nada más, y nada de luz después de oscurecer.
Luego, sin volver la vista atrás, cruzó hasta el tribunal que correspondía al pretor urbano, donde Lucio Vetio esperaba en lo alto de la plataforma con un lictor a cada lado. César y los cuatro lictores que permanecían con él para asistirle subieron los escalones, seguidos ahora ávidamente por todos los miembros del tribunal de Novio Níger, desde el jurado a los escribas pasando por los acusados. ¡Oh, qué divertido! ¿Qué podía hacer César con Lucio Vetio salvo ponerlo en la celda contigua a la de Novio Níger?
—Lictor —le dijo a Fabio—, desata tus varas. —Y a Vetio, que aún apretaba la carta en la mano—: Lucio Vetio, tú has conspirado contra mí. ¿De quién eres cliente?
La multitud se agitaba y se removía emocionada; estaba asombrada y atemorizada, sin saber si mirar a César mientras se encargaba de Vetio, o a Fabio el lictor, agachado para desmembrar el atijo de varas de abedul atadas con correas de cuero rojo que formaban un dibujo ritual en zigzag.
Delgadas y ligeramente flexibles, las treinta, por las treinta Curias, estaban atadas en el pulcro haz circular, porque habían sido recortadas y torneadas hasta que cada una estuvo tan redonda como el cilindro que formaban todas juntas atadas llamado fasces.
A Vetio se le habían agrandado los ojos; parecía no poder apartarlos de Fabio y las varas.
—¿De quién eres cliente, Vetio? —repitió César cortante.
Vetio respondió atemorizado.
—De Cayo Calpurnio Pisón.
—Gracias, es todo lo que necesito saber. —César se volvió para ponerse de cara a los hombres reunidos debajo de él; las filas delanteras estaban llenas de senadores y de caballeros—. Compañeros romanos —dijo elevando el timbre de su voz—, este hombre que está en mi tribunal ha presentado falso testimonio contra mí en el tribunal de un juez que no tenía derecho a admitir sus pruebas. Vetio es tribunus aerarius, él conoce la ley. Sabe que no ha debido hacerlo, pero estaba hambriento por poner la suma de dos talentos en su cuenta bancaria… más lo que su patrono Cayo Pisón le hubiera prometido además, desde luego. No veo aquí a Cayo Pisón para responder, lo cual es mejor para él. Si estuviera aquí, iría a reunirse con Lucio Novio en las Lautumiae. Tengo derecho como praetor urbanus a ejercer el poder de coercitio sobre este ciudadano romano llamado Lucio Vetio. Y así lo hago. No se le puede azotar con un látigo, pero se le puede pegar con una vara. Lictor, ¿estás dispuesto?
—Sí, praetor urbanus —dijo Fabio, a quien en toda su larga carrera como uno de los diez prefectos del Colegio de los Lictores nunca antes se le había ordenado que desatase las fasces.
—Elige la vara.
Como los hambrientos parásitos roían las varas por muy cuidadas que estuvieran —y dichas varas se encontraban entre los objetos más reverenciados que Roma poseía—, las fasces se retiraban cada cierto tiempo en medio de gran ceremonia para quemarlas ritualmente, y eran sustituidas por haces nuevas. Por eso Fabio no tuvo dificultad en desatar sus varas, ni necesitó elegir entre ellas para encontrar una más fuerte que las demás.
Simplemente cogió la que estaba más próxima a su temblorosa mano y se puso en pie lentamente.
—Sujetadlo y quitadle la toga —les dijo César a otros dos lictores. —¿Dónde? ¿Cuántos? —dijo Fabio en voz baja y con cierto
nerviosismo.
César no le hizo caso. —Como este hombre es ciudadano romano, no rebajaré su posición despojándole de la túnica ni desnudándole la espalda. Lictor, seis golpes en la pantorrilla izquierda y seis golpes en la pantorrilla derecha. —Bajó la voz para imitar el mismo susurro de Fabio— ¡Y dale fuerte o después te tocará a ti recibir, Fabio!
Le arrancó la carta a Vetio, que ahora la sujetaba sin fuerza, y miró brevemente el contenido de la misma; luego se acercó al borde del tribunal y se la enseñó a Silano, que aquel día estaba sustituyendo a Murena —y deseando haber tenido el suficiente sentido común como para haberse quedado él también en cama con un cegador dolor de cabeza.
—Cónsul senior, te entrego esta prueba a ti para que la sometas a cuidadoso examen. La letra no es mía. —César adoptó una expresión de desprecio—. Ni está escrita en mi estilo: ¡es inmensamente inferior! ¡Me recuerda al de Cayo Pisón, que nunca ha sido capaz de hilar cuatro palabras seguidas!
Los azotes se administraron con gritos y brincos por parte de Vetio; el jefe de los lictores, Fabio, le había tenido una enorme simpatía a César desde los días en que le había servido cuando César era edil curul y luego cuando fue juez en el Tribunal de Asesinatos. Creía conocer a César. Pero lo de aquel día había sido una revelación, así que Fabio golpeó con fuerza.
Mientras se llevaba a cabo la paliza, César bajó con paso lento del tribunal y se adentró en la parte de atrás de la multitud, donde estaban, embelesadas, las personas de origen humilde. A todo aquel que llevaba una toga gastada o tejida en casa, hasta llegar a un total de veinte individuos, César le dio un golpecito en el hombro derecho, y luego se llevó consigo al grupo y les mandó esperar junto a la plataforma.
El castigo había terminado; Vetio bailaba y resoplaba a causa de dos clases de dolor, uno el de las magulladuras en las pantorrillas y el otro el de
las magulladuras en su propia estima. Un abundante número de los que habían presenciado aquella humillación lo conocían, y habían estado animando a Fabio con delirio.
—¡Tengo entendido que Lucio Vetio es una especie de aficionado a los muebles! —dijo César a continuación—. Ser apaleado con una vara no deja el recuerdo duradero de haber obrado mal, y Lucio Vetio tiene que recordar el día de hoy durante mucho tiempo. Por lo tanto, ordeno que parte de sus propiedades sean confiscadas. Esos veinte quirites que he tocado en el hombro están autorizados a acompañar a Lucio Vetio de regreso a su casa y a elegir cada uno de ellos un mueble. No se puede tocar ninguna otra cosa: ni esclavos, ni vajilla, ni oro, ni estatuas. Lictores, escoltad a este hombre hasta su casa y encargaos de que mis órdenes se cumplan.
Y allá se fue el quejumbroso y renqueante Vetio bajo vigilancia, seguido de veinte beneficiarios encantados de la vida, que ya iban riéndose alegremente entre ellos y repartiéndose los despojos. ¿A quién le hacía falta una cama, a quién un canapé, a quién una mesa, a quién una silla, quién tenía sitio para poner en su casa un escritorio?
Uno de los veinte hombres volvió hacia atrás cuando César bajaba de su tribunal.
—¿Podemos coger también los colchones de las camas? —le preguntó a gritos.
—¡Una cama de nada sirve sin colchón, eso nadie lo sabe mejor que yo, quirites! —repuso César riéndose—. Los colchones van con las camas y los almohadones van con los canapés, pero no la ropa que los cubre. ¿Entendido?
César se marchó a casa, pero sólo para ocuparse de su persona; había sido un día azaroso, el tiempo había pasado volando y él tenía una cita con Servilia.
Una Servilia en éxtasis era una experiencia agotadora. Lamía y besaba con frenesí, se abría y trataba de abrirlo a él, lo agotaba y luego exigía más.
Aquélla era la mejor y única manera de eliminar la torrencial tensión que le provocaban los días como aquél, pensó César tendido de espaldas mientras la mente se le enfriaba y se sumía en el sueño.
Pero aunque estaba saciada de momento, Servilia no tenía intención de dejar dormir a César. Era un fastidio que él no tuviera vello púbico del cual tirarle; como alternativa, le pellizcó la piel floja del escroto.
—Eso te ha despertado, ¿eh?
—Eres una bárbara, Servilia.
—Quiero hablar.
—Yo quiero dormir.
—¡Luego, luego!
Suspirando, César se volvió de lado y le echó una pierna por encima a ella para mantener la columna vertebral derecha.
—Habla.
—Creo que los has vencido —le dijo Servilia; y después de una pausa, añadió—: Por lo menos de momento.
—De momento ya está bien. Ellos nunca se darán por vencidos.
—Lo harían si no los humillases, si les dejases sitio a ellos también para su dignitas.
—¿Y por qué habría de hacer eso? Ellos no conocen el significado de la palabra dignitas. Si quieren conservar su propia dignitas, que dejen la mía en paz. —Hizo un ruido que era a la vez de desprecio y de exasperación—. Es una cosa detrás de otra, y cuanto más viejos se hacen, más de prisa tengo que correr yo. El genio se me crispa con demasiada facilidad.
—Eso creo. ¿No puedes arreglarlo?
—Ni siquiera sé si quiero hacerlo. Mi madre solía decir que eso y mi falta de paciencia eran mis dos peores defectos. Mi madre era un crítico despiadado, y muy estricta en cuanto a la disciplina. Cuando me fui al Este creí haber vencido ambos defectos. Pero entonces aún no había conocido a Bíbulo y a Catón, aunque sí que me encontré con Bíbulo poco después. Con
él sólo no me las arreglaba mal. Pero aliado con Catón, resulta mil veces más intolerable.
—Catón está pidiendo que lo maten.
—¿Y dejarme a mí sin esos formidables enemigos? ¡Mi querida Servilia, yo no les deseo la muerte ni a Catón ni a Bíbulo! Cuanta más oposición tiene un hombre, mejor le trabaja la mente. A mí me gusta la oposición. No, lo que me preocupa está dentro de mí mismo. Es el mal genio.
—Yo creo que tú tienes una clase de mal genio muy peculiar, César — dijo Servilia acariciándole la pierna—. A la mayoría de los hombres los ciega la rabia, mientras que tú en ese estado parece que pienses con más lucidez. Es una de las razones por las que te amo. Yo soy igual.
—¡Tonterías! —dijo César riéndose—. Tú tienes la sangre fría, Servilia, pero tus emociones son fuertes. Crees que estás haciendo planes con lucidez cuando se provoca tu mal genio, pero esas emociones se interponen en tus proyectos. Un día tramarás, planearás y programarás algo para conseguir un fin u otro y te encontrarás con que, después de haberlo logrado, las consecuencias son desastrosas. El truco está en llegar exactamente hasta donde sea necesario, y ni una fracción ni una pulgada más. Haz que el mundo entero tiemble del miedo que siente por ti, y luego muestra clemencia y justicia. Eso es algo duro de entender para los enemigos de uno.
—Ojalá hubieras sido tú el padre de Bruto.
—Si hubiera sido yo su padre, él no sería Bruto.
—A eso me refiero.
—Déjalo en paz, Servilia. Suéltalo un poco más. Cuando tú apareces, él palpita como un conejo, pero no es del todo un muchacho débil, para que lo sepas. Oh, tampoco es ningún león, pero creo que tiene algo de lobo y algo de zorro. ¿Por qué verlo como un conejo porque en tu presencia se comporte como un conejo?
—Julia ya tiene catorce años —dijo Servilia saliéndose por la tangente. —Cierto. Debo enviarle una nota a Bruto agradeciéndole el regalo que
le ha hecho. A ella le ha encantado, ¿sabes?
Servilia se sentó en la cama atónita.
—¿Un manuscrito de Platón?
—¿Cómo, a ti te parece un regalo inapropiado? —César sonrió y la pellizcó con tanta fuerza como Servilia lo había pellizcado a él antes—. Yo le he regalado unas perlas, y le han gustado mucho. Pero no tanto como el manuscrito de Platón de Bruto.
—¿Celoso?
Eso hizo reír a César con ganas.
—Los celos son una verdadera maldición —dijo de pronto poniéndose serio—. Comen, corroen. No, Servilia, yo soy muchas cosas, pero no soy celoso. Estuve encantado de que a ella le gustase el regalo de Bruto, y a él le estoy muy agradecido. La próxima vez le regalaré yo algo de un filósofo. —Los ojos de César, llenos de malicia, escudriñaron a Servilia—. Además sale mucho más barato que las perlas.
—Bruto fomenta a la vez que cuida de su fortuna.
—Algo excelente en el joven más acaudalado de Roma —concedió César con solemnidad.
Marco Craso regresó a Roma, tras una larga ausencia para supervisar sus diversas empresas de negocios, justo después de aquel memorable día en el Foro; vio a César con nuevos ojos llenos de respeto.
—Aunque no puedo decir que yo lamente haber encontrado una buena excusa para ausentarme cuando Tarquinio me acusó en la Cámara —dijo—. Estoy de acuerdo en que ha sido un interludio interesante el que me he perdido, pero mi táctica es muy diferente de la tuya, César. Tú te tiras al cuello. Yo prefiero marcharme despacito y arar mis surcos como el buey al que siempre han dicho que me parezco.
—Con el heno bien atado en su sitio.
—Naturalmente.
—Bueno, como técnica ciertamente funciona. El que quiera hacerte caer a ti es un tonto, Marco.
—Y también es un buen tonto el que intente hacerte caer a ti, Cayo. — Craso carraspeó—. ¿A cuánto ascienden tus deudas?
César frunció el entrecejo.
—Si hay alguien que lo sepa, aparte de mi madre, ése eres tú. Pero si insistes en oír la cifra en voz alta, aproximadamente dos mil talentos. Es decir, cincuenta millones de sestercios.
—Ya sé que tú sabes que yo sé cuántos sestercios hay en dos mil talentos —dijo Craso con una sonrisa.
—¿Adónde quieres ir a parar, Marco?
—A que vas a necesitar una provincia realmente lucrativa el año que viene, a eso voy. No te permitirán amañar el sorteo, eres un hombre demasiado conflictivo. Por no mencionar que Catón andará revoloteando como un buitre por encima de tu cadáver. —Craso arrugó la frente—. Con toda franqueza, Cayo, no sé cómo te las vas a arreglar por mucho que la suerte te sea favorable en el sorteo de las provincias. ¡Todo está muy pacífico ahora! Magnus ha acobardado al Este, Africa ya no constituye peligro desde… oh, desde Yugurta. Las dos Hispanias están aún sufriendo a causa de Sertorio.
Y los galos tampoco tienen mucho que ofrecer.
—Y Sicilia, Cerdeña y Córcega ni siquiera vale la pena mencionarlas — dijo César haciendo bailar los ojos.
—Por supuesto.
—¿Has oído decir que piensan apremiarme legalmente para que pague mis deudas?
—No. Lo que sí he oído decir es que Catulo, que se encuentra mucho mejor, según dicen, y en breve volverá a dar la lata en el Senado y en los Comicios, está organizando una campaña para prorrogar en sus puestos a todos los gobernadores actuales durante el año próximo, lo que significa que dejará a los pretores de este año sin provincia alguna.
—¡0h, comprendo! —César parecía pensativo—. Sí, yo debí haber tenido en cuenta una jugada así.
—Y podría conseguir que se aprobase.
—Desde luego, aunque lo dudo. Entre mis colegas hay unos cuantos pretores a los que no les sentaría nada bien que les privasen de gobernar una provincia, en particular Filipo, que puede que sea un epicúreo indolente, pero sabe muy bien lo que vale. Por no hablar de mí mismo.
—Estás advertido, eso es todo.
—Lo estoy, y te lo agradezco.
—Lo cual no te libra de tus dificultades, César. No acierto a ver cómo vas a poder empezar a pagar tus deudas porque estés en una provincia.
—Pues yo sí. Mi suerte proveerá, Marco —dijo César tranquilamente
—. Yo quiero la Hispania Ulterior porque fui cuestor allí y la conozco bien. ¡Los lusitanos y los galaicos es lo único que necesito! Décimo Bruto Galaico, ¡con qué facilidad otorgan esos títulos vanos! apenas si tocó los límites del noroeste de Iberia. Y del noroeste de Iberia, por si lo has olvidado aunque no deberías, pues tú has estado en Hispania es de donde procede todo el oro. Salamantica ha sido despojada, pero quedan lugares, como Brigantium, que todavía no han visto un romano. ¡Pero a este romano lo verán, eso te lo prometo!
—Así que te lo juegas todo en el sorteo de las provincias. —Craso movió la cabeza de un lado a otro—. ¡Qué tipo tan raro eres, César! Yo no creo en la suerte. En toda mi vida no le he ofrecido ni un don a la diosa Fortuna. Cada hombre forja su propia suerte.
—Estoy de acuerdo de forma incondicional. Pero también creo que la diosa Fortuna tiene a sus favoritos entre los hombres romanos. Ella amaba a Sila. Y me ama a mí. Algunos hombres, Marco, tienen la suerte que les concede la diosa, aparte de lo que hagan por sí mismos. Pero nadie tiene la suerte de César.
—¿Incluye tu suerte a Servilia? —¿Te ha caído por sorpresa, ¿eh?
—Tú ya lo insinuaste una vez. Pero eso es jugar con una tea ardiendo. —¡Ah, Craso, es maravillosa en la cama!
—¡Bah! —gruñó Craso. Apoyó los pies en una silla cercana y miró con mala cara a César—. Supongo que no cabe esperar otra cosa de un hombre que habla en público con su ariete. Incluso así, tendrás campo para ejercitar
tu ariete en los meses venideros. Te pronostico que personas como Bíbulo, Catón, Cayo Pisón y Catulo se estarán lamiendo las heridas durante mucho tiempo.
—Eso es lo que dice Servilia —convino César con ojos centelleantes.
Publio Vatinio era un marso de Alba Fucentia. Su abuelo había sido un hombre humilde que había tomado la muy sabia decisión de emigrar de las tierras de los marsos mucho antes de que estallase la guerra italiana. Lo cual tuvo como consecuencia que su hijo, que entonces era un hombre joven, no fuese llamado a empuñar las armas contra Roma y, consecuentemente, al concluir las hostilidades pudo solicitar al praetor peregrinus la ciudadanía romana. El abuelo murió y su hijo volvió a Alba Fucentia en posesión de una ciudadanía tan poco importante que apenas valía lo que el papel en el que estaba escrita. Más tarde, cuando Sila se convirtió en dictador, distribuyó a todos esos nuevos ciudadanos entre las treinta y cinco tribus, y Vatinio Senior fue admitido en la tribu Sergia, una de las más antiguas de todas. La fortuna familiar prosperó rápidamente. Lo que había sido un pequeño negocio de comercio se convirtió en un gran latifundio, porque la región marsa alrededor del lago Fucino era rica y productiva, y Roma estaba lo bastante cerca, yendo por la vía Valeria, como para proporcionar un buen mercado para las frutas, verduras y gordos corderos que la propiedad de Vatinio producía. Después de lo cual Vatinio Senior se metió en la producción de uva, y fue lo bastante astuto como para pagar una enorme cantidad por unas cepas que daban un soberbio vino blanco. Cuando Publio Vatinio cumplió los veinte años, las tierras de su padre valían muchos millones de sestercios y no producían otra cosa más que el famoso néctar fucentino.
Publio Vatinio era hijo único, y la Fortuna no parecía favorecerle. De muchacho había sucumbido a la llamada «enfermedad estival», y salió de ella con todos los músculos por debajo de las rodillas de ambas piernas tan deteriorados que el único modo en que podía caminar era apretando con fuerza los muslos y echando la parte inferior de las piernas a cada lado; es
decir, caminando recordaba a un pato. Luego le salieron unos hinchados bultos en el cuello que a veces se convertían en abscesos, se reventaban y le dejaban terribles cicatrices. Por ello no ofrecía un aspecto agradable. Sin embargo, lo que le habíá sido negado en el aspecto físico, le había sido concedido en cambio a su carácter y a su mente. Tenía un carácter verdaderamente delicioso, porque era ingenioso, alegre, y resultaba muy difícil conseguir que se alterase. Tenía una mente tan aguda que ya a muy temprana edad se había percatado de que su mejor defensa era llamar la atención hacia sus repugnantes enfermedades, así que hacía bromas de sí mismo y permitía que los demás las hicieran también.
Como Vatinio Senior era relativamente joven para tener un hijo tan mayor, a Publio Vatinio en realidad no se le necesitaba en casa, y además tampoco podía recorrer las propiedades a grandes zancadas, como hacía su padre. De manera que Vatinio Senior se concentró en preparar a parientes más lejanos para que se ocupasen del negocio y envió a su hijo a Roma para que se convirtiera en un caballero.
Las amplias convulsiones y trastornos que vinieron a continuación como consecuencia de la guerra italiana habían creado una situación de «antes de y después de» que dejó a aquellas familias de nuevos ricos —y eran muy numerosas— sin patrono. Todo senador emprendedor y todo caballero de las Dieciocho estaba buscando clientes, pero los abundantes clientes que podía haber en perspectiva pasaban inadvertidos. Como había ocurrido con la familia de los Vatinios. Pero no fue así una vez que Publio Vatinio, que estaba un poco viejo a los veinticinco años, llegase por fin a Roma. Después de adaptarse y de instalarse en unas habitaciones del Palatino, miró a su alrededor en busca de patrono. Que su elección recayera en César decía mucho acerca de sus inclinaciones y de su inteligencia. Lucio César era de hecho el miembro de más categoría de la rama familiar, pero Publio Vatinio acudió a Cayo porque su infalible olfato le dijo que Cayo iba a ser quien en el futuro tendría auténtica influencia.
Por supuesto, a César le había caído bien al instante, y lo había admitido como cliente de gran valía, lo cual significó que la carrera de Vatinio en el Foro comenzó de la manera más satisfactoria. El siguiente paso era
encontrarle esposa a Publio Vatinio, ya que, como decía el mismo Vatinio: «Las piernas no me funcionan demasiado bien, pero a lo que cuelga entre ellas no le pasa nada malo.»
La elección de César recayó en la hija mayor de su prima Julia Antonia, la única hija hembra, Antonia Crética. Dote no poseía ninguna, pero por su cuna podía garantizarle a su marido prominencia pública y la admisión entre las filas de las Familias Famosas. Por desgracia ella no era una fémina muy atractiva y tampoco era brillante ni inteligente. Su madre siempre se olvidaba de que la chica existía, tan dedicada estaba a sus tres hijos varones, y quizá también el tamaño y el tipo de Antonia Crética provocaban la vergüenza de su madre. Con seis pies de estatura, Antonia Crética tenía unos hombros casi tan anchos como los de sus hermanos más jóvenes, y aunque la naturaleza le dio un tonel a modo de pecho, se le olvidó añadirle los senos. La nariz y el mentón luchaban por encontrarse por encima de la boca, y tenía el cuello tan robusto como el de un gladiador.
¿Acaso le preocupó algo de todo eso al lisiado y diminuto Publio Vatinio? ¡En absoluto! Desposó a Antonia Crética con entusiasmo el año en que César fue edil curul, y a continuación engendró en ella un hijo y una hija. Además amaba a su enorme y fea esposa, y llevaba con perpetuo buen humor las oportunidades que tan estrafalaria unión ofrecía a los chistosos del Foro.
«Estáis todos verdes de envidia —solía decir él riéndose—. ¿Cuántos de vosotros os subís a la cama sabiendo que vais a conquistar la montaña más alta de Italia? jYo os digo que cuando llego a la cima, estoy tan lleno de triunfo como lo está ella conmigo!»
Durante el año del consulado de Cicerón fue elegido cuestor y entró en el Senado. De los veinte candidatos que ganaron él había quedado el último en número de votos, lo cual no resultaba sorprendente dado que carecía de antepasados, y en el sorteo le correspondió el deber de supervisar todos los puertos de Italia excepto Ostia y Brundisium, que tenían sus propios cuestores. Se le envió a Puzol para impedir la exportación ilegal de oro y plata, y había desempeñado su cometido de forma muy respetable. Así, cuando al ex pretor Cayo Cosconio le fue concedida la Hispania Ulterior
para que la gobernase, había solicitado personalmente como legado a Publio Vatinio.
Estaba todavía Publio Vatinio en Roma esperando a que Cosconio partiera para su provincia, cuando Antonia Crética resultó muerta en un espantoso accidente en la vía Valeria. Había llevado a los niños a ver a sus abuelos a Alba Fucentia, y regresaba a Roma cuando el carruaje en el que viajaba se salió de la carretera. Mulas y vehículo rodaron y dieron vueltas de campana por una empinada pendiente rompiéndolo todo.
—Trata de ver el lado bueno, Vatinio —le dijo César, que se sentía impotente ante tan genuino dolor—. Los niños iban en otro carruaje, todavía los tienes a ellos.
—¡Pero no la tengo a ella! —Vatinio lloraba desconsoladamente—. Oh, César, ¿cómo voy a poder vivir?
—Marchándote a Hispania y manteniéndote ocupado —le dijo su patrono—. Es el destino, Vatinio. Yo también me marché a Hispania después de perder a mi amada esposa, y eso fue mi salvación. —Le dio al pobre Vatinio otra copa de vino—. ¿Qué quieres que se haga con los niños? ¿Preferirías que se fueran con sus abuelos a Alba Fucentia, o que se quedasen aquí en Roma?
—Yo preferiría que se quedasen en Roma —dijo Vatinio enjugándose las lágrimas—, pero necesitan un pariente que los cuide, y yo no tengo parientes en Roma.
—Está Julia Antonia, que también es su abuela. No ha sido una buena madre, quizá, pero es muy adecuada para poner a su cuidado a unas criaturas tan pequeñas. Y eso le proporcionaría a ella algo que hacer.
—Lo que tú me aconsejes, entonces.
—Yo creo que es lo mejor… al menos de momento, mientras tú estés en la Hispania Ulterior. Cuando vuelvas a casa, creo que sería conveniente que te casaras otra vez. No, no estoy ofendiendo tu dolor, Vatinio. Nunca reemplazarás a esta esposa, no funciona así. Pero tus hijos necesitan una madre, y sería mejor que forjases otra unión con una nueva esposa y engendrases más hijos. Afortunadamente, tú puedes permitirte tener familia numerosa.
—Tú no has engendrado más hijos con tu segunda esposa.
—Cierto. Sin embargo, yo no estoy enamorado, mientras que tú sí eres dado a ser un marido enamorado. He observado que te gusta la vida hogareña. También tienes la afortunada habilidad de llevarte bien con una mujer que no está a tu altura mentalmente. La mayoría de los hombres son así por naturaleza. Yo no, supongo.
—César le dio unas palmaditas en el hombro a Vatinio—. Vete a Hispania de inmediato, y quédate allí por lo menos hasta el invierno que viene. Pelea en alguna guerrita si puedes… Cosconio no está por la labor, ése es el motivo por el que se lleva un legado. Y averigua cuanto puedas acerca de cómo está la situación en el noroeste.
—Como desees —dijo Vatinio mientras se ponía en pie con un esfuerzo
—. Y, desde luego, tienes razón. Debo casarme de nuevo. ¿Me buscarás tú a alguien?
—Puedes estar seguro de que lo haré.
Llegó una carta de Pompeyo, escrita después de que Metelo Nepote hubiera llegado al redil de Pompeyo.
¡Sigo teniendo problemas con los judíos, César! La última vez que te escribí estaba planeando reunirme con los dos hijos de la reina en Damasco, cosa que hice la primavera pasada. Hircano me impresionó y me pareció más apropiado que Aristóbulo, pero no quise que supieran a cuál de los dos prefería yo hasta que me hubiera ocupado de ese viejo granuja, el rey Aretas de Nabatea. Así que envié a los hermanos de vuelta a Judea bajo órdenes estrictas de mantener la paz hasta que supieran cuál era mi decisión: no quería que el hermano perdedor empezase a intrigar a mis espaldas mientras yo marchaba sobre Petra.
Pero Aristóbulo supuso cuál era la respuesta correcta, que yo pensaba entregarle el lote a Hircano, así que decidió prepararse para la guerra. No es muy listo, pero claro, supongo que todavía no me tenía tomadas las medidas. Pospuse la axpedición contra Petra y marché hacia Jerusalén.
Monté el campamento para rodear por completo la ciudad, que está muy bien fortificada y naturalmente bien situada para la defensa: valles rodeados de precipicios alrededor de la ciudad y otros accidentes del terreno por el estilo.
No bien hubo visto Aristóbulo aquel magnífico ejército de romanos acampado en las colinas que rodean la ciudad, vino corriendo a ofrecerme la rendición. Junto con varios asnos cargados hasta los topes con bolsas llenas de monedas de oro. Muy amable por su parte el ofrecérmelas, le dije, pero, ¿no comprendía que había echado a perder mis planes de campaña y le había costado a Roma una cantidad de dinero mucho mayor que la que contenían sus bolsas? Le expliqué que se lo perdonaría todo si él accedía a pagarme los gastos que supone trasladar tantas legiones hasta Jerusalén. Eso, le dije, haría que yo no tuviera que saquear el lugar para encontrar dinero con que sufragar dichos gastos. Me complació de muy buen grado.
Envié a Aulo Gabinio a recoger el dinero y a ordenar que abrieran las puertas de la ciudad, pero los seguidores de Aristóbulo optaron por resistirse. No quisieron abrirle las puertas a Gabinio e hicieron algunas cosas muy groseras encima de las murallas, un modo como cualquier otro de decir que iban a desafiarme. Yo retuve a Aristóbulo e hice avanzar al ejército. Aquello hizo que la ciudad se rindiera, pero no una parte de ella, donde se alza ese imponente templo, aunque más bien habría que llamarlo fortaleza. Unos cuantos miles de intransigentes se hicieron fuertes allí y se negaron a salir. Es un lugar difícil de tomar, y a mí nunca me ha entusiasmado el asedio. Sin embargo había que darles una lección, y se la di. Resistieron durante tres meses, luego me aburrí y tomé el lugar. Fausto Sila fue el primero en pasar por encima de las murallas; muy bonito en un hijo de Sila, ¿verdad? Buen chico. Pienso casarlo con mi hija cuando volvamos a casa, ella ya tendrá edad suficiente para cuando llegue ese momento. ¡Qué capricho tener al hijo de Sila como yerno! He subido en el mundo de lo lindo.
El templo era un lugar interesante, nada parecido a los nuestros. Ni estatuas ni nada de eso, y parece que te gruña cuando estás dentro. ¡Te digo que me puso los pelos de punta! Lenco y Teófanes —echo de menos
terriblemente a Varrón— querían ir detrás de esa cortina y entrar en lo que ellos llaman el Sancta Sanctorum. También querían entrar Gabinio y algunos otros. Seguro que está lleno de oro, decían. Bueno, lo estuve pensando, César, pero al final dije que no. Nunca puse los pies allí dentro, ni dejé que los pusiera nadie. Pero para entonces ya les había tomado las medidas yo a ellos. Un pueblo realmente muy extraño. Como para nosotros, la religión forma parte del Estado también para ellos, pero son muy diferentes de nosotros en ese aspecto. Yo diría que son fanáticos religiosos, en realidad. Así que di órdenes para que nadie los ofendiera en cuestión de religión, desde los soldados rasos hasta mis legados de más categoría. ¿Por qué remover un avispero cuando lo que yo quiero de una punta a la otra de Siria es paz, orden y reyes clientes obedientes a Roma, sin trastocar las costumbres locales ni las tradiciones? Cada lugar tiene su mos maiorum.
Instauré a Hircano como rey y sumo sacerdote a la vez, e hice prisionero a Aristóbulo. Eso es porque conocí a Antípatro, el príncipe idumeo, en Damasco. Un tipo muy interesante. Hircano no resulta impresionante, pero confío en Antípatro para que lo maneje… en la dirección conveniente para Roma, desde luego. Ah, si, no se me olvidó informarle a Hircano de que él no está ahí por la gracia de su dios, sino por la gracia de Roma; que él no es más la marioneta de Roma y que estará siempre debajo del pulgar del gobernador de Siria. Antípatro me sugirió que le endulzase esa taza de vinagre diciéndole a Hircano que debería canalizar la mayor parte de sus energías en el sumo sacerdocio… ¡Muy inteligente, ese Antípatro! Y me pregunto, ¿sabrá él que yo estoy al corriente de cuanto poder civil ha usurpado sin levantar siquiera un dedo para guerrear?
No dejé Judea exactamente tan grande como era antes de que esos dos hermanos tan tontos atrajesen mi atención hacia ese lugar insignificante. A todos los lugares en los cuales los judíos eran minoría los obligué a formar parte oficialmente de la provincia romana de Siria: Samaria, las ciudades costeras, desde Jope a Gaza, y las ciudades griegas de la Decápolis, todas ellas consiguieron la autonomía y se convirtieron en sirias.
Todavía sigo poniendo orden, pero parece que por fin esto toca a su fin. Espero estar de regreso en casa a finales de este año. Lo cual me lleva al tema de los deplorables acontecimientos del año pasado y principios de éste. En Roma, me refiero. César, no puedo agradecerte bastante la ayuda que le has prestado a Nepote. Tú lo intentaste, pero… ¿por qué tuvimos que permitirle a ese pelma mojigato de Catón que ocupase su cargo? Lo ha echado todo a perder. Y, como sabes, no me queda ni un solo tribuno de la plebe que valga la pena ni para mear encima de éL ¡Ni siquiera puedo encontrar uno para el año que viene!
Me llevo conmigo a casa verdaderas montañas de botín, el Tesoro no tiene sitio ni para empezar a dar cabida a la parte de ese botín que le corresponde a Roma. A las tropas, sólo en primas, les han correspondido dieciséis mil talentos. Por ello me niego rotundamente a hacer lo que siempre he hecho en el pasado, conceder a mis soldados la ocupación de tierras de mi propiedad. Esta vez Roma puede darles las tierras. Ellos se lo merecen, y Roma se lo debe. Así que aunque muera en el intento, me encargaré de que reciban tierras del Estado. Confío en que tú hagas lo que puedas al respecto, y si por casualidad tienes a algún tribuno de la plebe que se incline a pensar como tú, con gusto compartiría lo que costase contratarle. Nepote dice que va a haber una gran pelea a causa de las tierras, y no es que yo no me lo esperase. Hay demasiados hombres poderosos que tienen alquiladas tierras públicas para sus latifundia. Algo que demuestra muy poca vista por parte del Senado.
Por cierto, he oído un rumor y me pregunto si tú también lo habrás oído. Que Mucia está siendo una niña mala. Le pregunté a Nepote, y se subió tanto por las ramas que me pregunté si volvería a bajar alguna vez. Bueno, los hermanos y las hermanas tienden a hacer bando juntos, así que es natural que a él no le gustase mi pregunta. De todos modos, estoy haciendo investigaciones. Si hay algo de verdad en ello, adiós a Mucia. Ha sido una buena esposa y madre, pero no puedo decir que la haya echado mucho de menos desde que me marché.
—Oh, Pompeyo —dijo César dejando la carta—. ¡Estás completamente solo en esta liga!
Frunció el entrecejo, pensando en primer lugar en la última parte de la misiva de Pompeyo. Tito Labieno se había marchado de Roma para regresar a Picenum poco después de dejar el cargo, y era de suponer que habría reanudado su asunto amoroso con Mucia Tercia. Una lástima. ¿Debería quizás escribir a Labieno para advertirle de lo que se le avecinaba? No. Las cartas eran propensas a ser abiertas por quienes no debían, y había algunos maestros consumados en el arte de volver a sellarlas. Si Mucia Tercia y Labieno estaban en peligro, tendrían que arreglárselas solos. Pompeyo el Grande era más importante; César empezaba a ver toda clase de atractivas posibilidades cuando el Gran Hombre regresase a casa con aquellas montañas de botín. No iba a haber tierras disponibles para sus hombres; los soldados se quedarían sin recompensa. Pero en menos de tres años, Cayo Julio César sería cónsul senior, y Publio Vatinio sería su tribuno de la plebe. ¡Qué manera tan excelente de poner al Gran Hombre en deuda con un hombre mucho más grande!
Tanto Servilia como Marco Craso habían estado en lo cierto; después de aquel asombroso día en el Foro, el año de César como pretor urbano se hizo muy pacífico. Uno a uno el resto de los adictos a Catilina fueron juzgados y declarados culpables, aunque Lucio Novio Níger no volvió a ser juez del tribunal especial. Después de un debate el Senado decidió trasladar los juicios al tribunal de Bíbulo, una vez que los cinco primeros hubieron sido sentenciados al exilio y a la confiscación de sus bienes.
Y, como César supo a través de Craso, Cicerón Consiguió una casa nueva. El pez más gordo de todos los catilinarios, que nunca había sido nombrado por ninguno de los informadores, era Publio Sila. No obstante la mayoría de la gente sabía que si Autronio había estado implicado, Publio Sila también. Sobrino del dictador y marido de la hermana de Pompeyo, Publio Sila había heredado enormes riquezas, pero no la perspicacia política
de su tío y, desde luego, tampoco su sentido de la supervivencia. Al contrario que los demás, Publio Sila no había entrado en la conspiración para incrementar su fortuna, sino para complacer a sus amigos y aliviar su perpetuo aburrimiento.
—Le ha pedido a Cicerón que le defienda —le dijo Craso al tiempo que soltaba una risita—, y eso coloca a Cicerón en un espantoso aprieto.
—Sólo si tiene intención de consentir en ello, desde luego —le indicó César.
—Oh, ya ha consentido, Cayo.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Porque el amante de la buena vida de nuestro ex cónsul acaba de venir a verme. De repente tiene dinero para comprarme la casa… o espera tenerlo.
—Ah! ¿Y cuánto pides?
—Cinco millones.
César se recostó en la silla y movió lúgubremente la cabeza a ambos lados.
—¿Sabes, Marco? Siempre me recuerdas a un constructor. Cada vez que construyes una casa para tu esposa y tus hijos juras por todos los dioses que no la venderás. Pero luego se presenta alguien con más dinero que sentido común, te ofrece unas sabrosas ganancias y ¡bang!, esposa e hijos se quedan sin hogar hasta que esté construida la próxima casa.
—Pagué un alto precio por ella —dijo Craso a la defensiva.
—iNi mucho menos cinco millones!
—Pues, sí —dijo Craso, que empezó a animarse—. En realidad Tertula le ha cogido manía a esa casa, así que no se le ha roto el corazón ante la idea de tener que mudarse. Esta vez voy a construírmela en el lado del Circus Maximus que da al Germalus, junto a ese palacio que Hortensio mantiene para albergar sus estanques de peces.
—¿Por qué le ha cogido manía Tertula después de todos estos años? — le preguntó César con escepticismo.
—Pues porque perteneció a Marco Livio Druso.
—Eso ya lo sé. También sé que lo mataron en aquel atrio.
—¡Allí hay algo! —dijo Craso en un susurro. —Y te parece que lo que sea será bienvenido para que atormente a Cicerón y a Terencia, ¿eh? — César se echó a reír—. Ya te dije yo en su momento que era un error poner mármol negro en el interior, quedaban demasiados rincones oscuros. Y sabiendo lo poco que les pagas a tus sirvientes, Marco, apostaría a que alguno de ellos se lo pasa de primera gimiendo y suspirando entre las sombras. También estaría dispuesto a apostar que cuando os mudéis, vuestras presencias malignas os acompañarán… a menos que tú decidas desembolsar sólidos aumentos de sueldos, claro está.
Craso volvió al tema de Cicerón y Publio Sila.
—Parece ser que Publio Sila está dispuesto a «prestarle» a Cicerón la cantidad entera si lo defiende —dijo.
—Y consigue sacarlo libre —añadió César con suavidad.
—¡Oh, lo hará! —Esta vez fue Craso quien se echó a reír, cosa rara en extremo—. ¡Deberías haberle oído! Está ocupado escribiendo la historia de su consulado, nada menos. ¿Te acuerdas de todas aquellas reuniones de setiembre, octubre y noviembre? ¿Cuando Publio Sila se sentaba junto a Catilina para apoyarlo a grandes voces? Pues según Cicerón no era Publio Sila el que estaba allí sentado, ¡era Spinther que llevaba puesta la imago de Publio Sila!
—Espero que estés de broma, Marco.
—Sí y no. ¡Cicerón ahora insiste en que Publio Sila empleó la mayor parte de todos esos nundinae en el cuidado de sus intereses en Pompeya! Y que apenas estuvo aquí, en Roma, ¿sabías tú eso?
—Tienes razón, seguro que era Spinther, que llevaba puesta su imago.
—De todos modos, Cicerón convencerá de eso al jurado.
En ese momento Aurelia asomó la cabeza por la puerta.
—Cuando tengas tiempo, César, me gustaría hablar contigo —le dijo.
Craso se levantó.
—Me voy ya, tengo que ver a algunas personas. Y hablando de casas — dijo mientras César y él se dirigían a la puerta principal—, tengo que decir que la domus publica es el mejor lugar para vivir de toda Roma. Coge de
camino para ir y volver de todas partes. Es agradable dejarse caer por aquí sabiendo que hay una cara amiga y un buen trago de vino.
—¡Tú podrías permitirte comprar todos los tragos de vino que quisieras, viejo tacaño!
—Me estoy haciendo viejo, ¿sabes? —le dijo Craso sin hacer caso del sustantivo «tacaño»—. ¿Cuántos años tienes tú, César? ¿Treinta y siete?
—Este año cumplo treinta y ocho.
—jBrrr! Yo cumpliré cincuenta y cuatro. —Suspiró con melancolía—. ¿Sabes? ¡Yo quería de verdad una campaña antes de jubilarme! Algo para rivalizar con Pompeyo Magnus. —Según él, ya no quedan mundos por conquistar.
—¿Y los partos?
—¿Y Dacia? ¿Y Boiohaemum? ¿Y todas las tierras del Danubio?
—Es ahí donde tú vas a ir, ¿verdad, César?
—Lo he estado pensando, sí.
—Los partos —le recomendó Craso con mucha seguridad al cruzar la puerta—. Hay más oro en esa dirección que en el Norte.
—Todas las razas estiman el oro más que nada —dijo César—, así que de todas ellas se consigue oro.
—Lo necesitarás para pagar tus deudas.
—Sí, así es. Pero el oro no es el principal atractivo, al menos para mí. En ese aspecto Pompeyo Magnus tiene razón. El oro viene, sencillamente, por añadidura. Lo que es más importante es la longitud del alcance de Roma.
La respuesta de Craso fue un gesto de despedida con la mano; se encaminó al Palatino y desapareció.
Nunca servía de nada intentar evitar a Aurelia cuando quería tener una conversación, así que César se fue directamente desde la puerta principal hasta los aposentos de su madre, donde ahora se notaba por todas partes la huella de su mano: nada del atractivo decorado quedaba ya a la vista, pues estaba cubierto de casilleros, rollos, papeles, recipientes para libros y, en un rincón, un telar. Las cuentas del Subura ya no le interesaban; ahora estaba ayudando a las vestales en sus tareas de llevar los archivos.
—¿Qué hay, mater? —le preguntó César, de pie a la puerta.
—Se trata de nuestra nueva virgen —dijo ella al tiempo que le indicaba una silla.
César se sentó dispuesto ahora a escuchar.
—¿Cornelia Merula?
—La misma.
—Sólo tiene siete años, mater. ¿Qué problemas puede causar a esa edad? A menos que sea salvaje, y no me dio esa impresión.
—Hemos puesto a un Catón entre nosotros —le dijo su madre. —¡0h!
—Fabia no puede con ella, ni tampoco ninguna de las otras vestales.
Junia y Quintilia la odian, y están empezando a pellizcarla y a arañarla.
—Trae a Fabia y a Cornelia Merula a mi despacho ahora mismo, por favor.
No muchos momentos después Aurelia acompañó a la jefa de las vestales y a la nueva pequeña vestal al despacho de César, un escenario inmaculado e imponente que resplandecía en apagados tonos de carmesí y púrpura.
Había algo que recordaba a Catón en Cornelia Merula, algo que hizo que a César le viniese a la memoria la primera vez que había visto a Catón, mirando desde la casa de Marco Livio Druso hacia la casa de Ahenobarbo, donde se había alojado Sila. Un niño flacucho y solitario a quien él había saludado con la mano con afecto. Esta niña también era alta y delgada; tenía el mismo colorido que Catón: pelo castaño y ojos grises. Y estaba de pie en la misma postura que adoptaba Catón: las piernas separadas, la barbilla erguida y los puños apretados.
—Mater, Fabia, podéis sentaros —dijo el pontífice máximo de manera muy formal. Luego le hizo un gesto con la mano a la niña—. Tú puedes quedarte aquí de pie —le indicó al tiempo que le señalaba un lugar concreto delante del escritorio—. Y ahora, ¿cuál es el problema, vestal jefe? — preguntó.
—¡Muchísimos, al parecer! —respondió Fabia con aspereza—. Vivimos con demasiado lujo; disponemos de demasiado tiempo libre; nos interesan
más los testamentos que Vesta; no tenemos derecho a beber agua que no se háya traído del pozo de Juturna; no preparamos la mola salsa como se hacía durante los reinados de los reyes; no picamos las partes del caballo de octubre como es debido. ¡Y muchas otras cosas además!
—¿Y cómo sabes tú qué ocurre con las partes del caballo de octubre, pequeño mirlo? —le preguntó amablemente César a la niña, a la que prefirió llamar así y no Merula, que significaba mirlo—. Tú no llevas en el Atrium Vestae suficiente tiempo para haber visto alguna ceremonia de las partes del caballo de octubre.
¡Oh, qué difícil le resultaba no echarse a reír! Las partes del caballo de octubre, que se llevaban a toda prisa primero a las Regia para dejar que algo de sangre gotease sobre el altar y luego al sagrado hogar de Vesta para hacer lo mismo, eran los genitales, la cola y el esfínter anal. Después de la ceremonia todas aquellas partes se troceaban, se picaban, se mezclaban con lo que quedaba de sangre y luego se quemaban; las cenizas se utilizaban durante una fiesta Vestal celebrada en abril, la Parilia.
—Me lo ha dicho mi bisabuela —dijo Cornelia Merula con una voz que prometía ser algún día tan potente como la de Catón.
—¿Y cómo lo sabe ella, si no es una vestal?
—Tú estás en esta casa porque eres un impostor. Eso significa que no tengo que contestarte —dijo el pequeño mirlo.
—¿Quieres que te devuelva a tu bisabuela?
—No puedes hacer eso, ya soy una vestal.
—Puedo hacerlo, y lo haré si no respondes a mis preguntas.
La niña no parecía acobardada lo más mínimo; en cambio, pensó lo que decía con mucho cuidado.
—Sólo puedo ser expulsada de la orden si se me procesa ante un tribunal y se me encuentra culpable.
—¡Vaya un pequeño abogado que tenemos aquí! Pero estás equivocada, Cornelia. La ley es sensata, así que siempre lo tiene todo previsto, por si de vez en cuando resulta enjaulado un mirlo con pavas reales blancas como la nieve. Puedo enviarte a tu casa.
—César se inclinó hacia adelante con una expresión helada en los ojos
—. ¡Por favor, no pongas a prueba mi paciencia, Cornelia! Sólo créeme. A tu bisabuela no le haría gracia que se te declarase no apta y se te devolviera a casa con deshonor.
—No te creo —dijo Cornelia con testarudez. César se puso en pie.
—¡Me creerás cuando yo te lleve a tu casa, cosa que va a suceder en este mismo momento! —Se volvió hacia Fabia, que escuchaba fascinada—. Fabia, recoge sus cosas y luego mándamelas aquí.
Esa era la diferencia entre los siete y los veintisiete años; Cornelia Merula cedió.
—Contestaré tus preguntas, pontífice máximo —dijo ella en actitud heroica y con los ojos brillantes a causa de las lágrimas, pero sin permitir que cayera ninguna.
César estaba deseando apretujarla con besos y abrazos, pero claro, no se podía hacer una cosa así aunque hubiese sido una buena niña y hubiese aprendido a comportarse. Tuviese siete o veintisiete años, era una virgen vestal, y él no podía apretujarla ni darle besos y abrazos.
—Has dicho que estoy aquí porque soy un impostor, Cornelia. ¿Qué has querido decir con eso?
—Mi bisabuela lo dice.
—¿Y todo lo que dice tu bisabuela es verdad? Los ojos grises se abrieron mucho, horrorizados. —¡Sí, naturalmente!
—¿Te dijo tu bisabuela por qué soy un impostor, o fue simplemente una afirmación sin hechos en los que apoyarla? —le preguntó César con el semblante serio.
—Sólo lo dijo.
—Yo no soy ningún impostor, soy el pontífice máximo legalmente elegido.
—Tú eres el flamen Dialis —murmuró Cornelia.
—Fui el flamen Dialis, pero eso fue hace mucho tiempo. Me nombraron para ocupar el lugar de tu bisabuelo. Pero luego se observaron algunas
irregularidades en la ceremonia de inauguración, y todos los sacerdotes y augures decidieron que yo no podía continuar sirviendo en calidad de flamen Dialis.
—¡Tú sigues siendo el flamen Dialis!
—Domine —la corrigió César con suavidad—. Yo soy tu señor, pequeño mirlo, lo que significa que tú debes comportarte con cortesía y llamarme domine.
—Bueno, pues domine.
—Yo ya no soy el flamen Dialis.
—¡Sí que lo eres! Domine.
—¿Por qué? —¡Porque no hay otro flamen Dialis! —dijo Cornelia Merua con aire triunfal.
—Esa fue otra decisión de los Colegios Sacerdotal y Augural, pequeño mirlo. Yo no soy el flamen Dialis, pero se decidió no nombrar a otro hombre para ese puesto hasta después de mi muerte. Sólo para que todo en nuestro contrato con el Gran Dios fuera absolutamente legal.
—Oh.
—Ven aquí, Cornelia.
La niña dio la vuelta al escritorio de mala gana y se quedó de pie justo en el lugar donde César apuntaba con el dedo, a dos pies de la silla de éste.
—Extiende las manos.
Cornelia se encogió y palideció; César comprendió mucho mejor a la bisabuela cuando Cornelia Merula tendió las manos como lo hace un niño para recibir castigo.
César tendió también las manos hacia adelante y cogió las de la niña con firmeza.
—Me parece que ya es hora de que te olvides de que tu bisabuela es la autoridad de tu vida, pequeño mirlo. Tú has desposado la orden de vírgenes vestales de Roma. Has pasado de las manos de tu bisabuela a las mías. Siente su contacto, Cornelia. Siente mis manos.
Ella así lo hizo, con vergüenza y mucha timidez. Qué triste, pensó César; está claro que hasta ahora que ha cumplido los siete años nunca ha sido abrazada ni besada por el paterfamilias, y ahora yo, su nuevo
paterfamilias, estoy sujeto por leyes solemnes y sagradas que me impiden besarla o abrazarla, aunque sea una niña. A veces Roma es un ama cruel.
—Son fuertes mis manos, ¿verdad?
—Sí —dijo la niña en un susurro.
—Y mucho más grandes que las tuyas. —Sí. —¿Sientes que tiemblen o suden? —No, domine.
—Entonces no hay nada más que decir. Tú y tu destino estáis en mis manos, yo soy tu padre ahora. Me ocuparé de ti como un padre, el Gran Dios y Vesta así lo requieren. Pero sobre todo yo te cuidaré porque tú eres una niña. No se te abofeteará ni se te darán zurras, no se te encerrará en armarios oscuros ni se te enviará a la cama sin cenar. Eso no quiere decir que el Atrium Vestae sea un lugar donde no haya castigos, sólo que los castigos se pensarán cuidadosamente y siempre se ajustarán a la falta cometida. Si rompes algo, tendrás que arreglarlo. Si ensucias algo, tendrás que limpiarlo. Pero la única falta para la cual no hay otro castigo más que enviarte a casa como no apta es que te erijas en juez de tus superiores. No te corresponde a ti decir lo que la orden debe beber, ni de donde se obtiene la bebida, ni por qué lado de la taza hay que beber. No te corresponde a ti determinar cuál es exactamente la tradición Vestal ni las costumbres. La mos maiorum no es una cosa estática, no permanece siempre como era durante los reinados de los reyes. Como todo lo demás en este mundo, cambia para adaptarse a los tiempos. Así que nada de críticas, nada de erigirte en juez. ¿Lo has comprendido?
—Sí, domine.
César le soltó las manos, sin haber llegado a acercarse a ella más de aquellos dos pies.
—Puedes irte, Cornelia, pero espera fuera. Quiero hablar con Fabia.
—Gracias, pontífice máximo —dijo Fabia radiante.
—No me des las gracias, vestal jefe, sólo aprende a enfrentarte a estos altos y bajos con sensatez —le recomendó César—. Creo que en el futuro quizás sea más prudente que yo tome parte más activa en la educación de las tres niñas. Clases una vez cada ocho días desde una hora después del amanecer hasta el mediodía. Pongamos el tercer día después del nundinus.
La entrevista había llegado a su fin, estaba claro; Fabia se levantó, hizo una reverencia y se marchó.
—Lo has llevado extraordinariamente bien, César —le indicó Aurelia.
—¡Pobrecita! —Demasiadas zurras.
—Qué horror de vieja debe de ser la bisabuela.
—Algunas personas viven hasta que son demasiado viejas, César.
Espero que yo no.
—Lo importante es, ¿habré conseguido desterrar al Catón que hay en ella?
—Oh, creo que sí. Especialmente si le das clases. Ésa es una idea excelente. Ni Fabia, ni Arruntia, ni Popilia tienen un grano de sentido común, y yo no puedo intervenir demasiado. Yo soy una mujer, no el paterfamilias.
—¡Qué raro, mater! ¡En toda mi vida no he sido nunca paterfamílias para ningún varón!
Aurelia se puso en pie sonriendo.
—De lo cual me alegro mucho, hijo mío. Mira al joven Mario, pobre tipo. Las mujeres que tú tienes a tu cargo te están agradecidas por tu fuerza y autoridad. Si tuvieras un hijo, tendría que vivir bajo tu sombra. Porque la grandeza no se salta sólo una generación, sino usualmente muchas en todas las familias, César. Tú querrías que fuera como tú, y él se desesperaría.
El club de Clodio estaba reunido en la casa, grande y hermosa, que el dinero de Fulvia había comprado para Clodio justo al lado de la costosa ínsula de lujosos apartamentos que representaba la inversión más lucrativa que había hecho él. Todo aquel que era realmente importante estaba presente: las dos Clodias, Fulvia, Pompeya Sila, Sempronia Tuditani, Pala, Décimo Bruto —hijo de Sempronia Tuditani—, Curión, el joven Publícola —hijo de Pala—, Clodio y un afligido Marco Antonio.
—Ojalá fuera yo Cicerón —estaba diciendo con tono lúgubre—, así no tendría necesidad de casarme.
—Eso suena como una incongruencia, Antonio —le dijo Curión sonriendo—. Cicerón está casado, y además con una mujer verdaderamente astuta. —Sí, pero tiene tanta fama de que es capaz de sacar a la gente absuelta en un juicio que incluso hay quien está dispuesto a «prestarle» cinco millones —insistió Antonio—. Si yo pudiera hacer que la gente saliera absuelta en los juicios, tendría mis cinco millones sin necesidad de casarme.
—¡Oh! —dijo Clodio mientras se erguía en su asiento—. ¿Y quién es la afortunada novia, Antonio?
—Mi tío Lucio, que ahora es nuestro paterfamilias porque mi tío Híbrido no quiere tener nada que ver con nosotros, se niega a pagar mis deudas. Las propiedades de mi padrastro pasan, al parecer, por dificultades económicas, y ya no queda nada de lo que tenía mi padre. Así que tendré que casarme con cierta chica horrible, pero que huele a negocio.
—¿Quién? —preguntó Clodio.
—Se llama Fadia.
—¿Fadia? Nunca he oído hablar de ninguna Fadia —dijo Clodilla, una muy satisfecha divorciada en aquellos días—. ¡Cuéntanos más, Antonio, venga!
Antonio encogió aquellos enormes hombros suyos.
—No hay más que decir, en realidad. Nadie ha oído nunca hablar de ella.
—Sacarte a ti información, Antonio, es como exprimir a una piedra para que de sangre —intervino Clodia, la esposa de Celer—. ¿Quién es Fadia?
—Su padre es un mercader asquerosamente rico de Placentia. —¿Quieres decir que es gala? —preguntó Clodio ahogando una
exclamación.
Otro hombre quizá hubiera picado y se hubiese puesto a la defensiva; Marco Antonio se limitó a sonreír.
—Mi tío Lucio jura que no. Dice que es una mujer impecablemente romana. Y supongo que lo dice de verdad. Los Césares son expertos en linajes.
—¡Bueno, sigue! —le animó Curión. —No hay mucho más que contar. El viejo Tito Fadio tiene un hijo y una hija. Quiere que el hijo entre en el Senado, y ha decidido que la mejor manera para hacerlo es encontrarle a la hija un marido noble. Al parecer el hijo es un tipo espantoso, no hay quien lo aguante. Así que me ha tocado a mí. —Antonio le dedicó una sonrisa a Curión y mostró unos dientes sorprendentemente pequeños, pero muy iguales—. Estuvo a punto de tocarte a ti, pero tu padre dijo que antes preferiría prostituir a su hija que dar su consentimiento para que tú te casaras con Fadia.
Curión se desplomó al tiempo que lanzaba un chillido.
—¡Qué ocurrencia! Escribonia es tan fea que sólo le interesaría a Apio Claudio el Ciego.
—¡0h, cierra la boca de una vez, Curión! —le dijo Pompeya—. Todos conocemos a Escribonia, pero ninguno conoce a Fadia. ¿Es bonita, Marco?
—Su dote es muy bonita.
—¿Cuánto? —preguntó Décimo Bruto.
—¡Trescientos talentos es el precio de salida para el nieto de Antonio el Orador!
Curión lanzó un silbido.
—¡Si Fadio se lo pidiese a mi tata otra vez, yo con mucho gusto dormiría con los ojos vendados! ¡Eso es una mitad más de los cinco millones de Cicerón! ¡Incluso te quedará un poco después de haber pagado todas tus deudas!
—¡Yo no soy mi primo Cayo, Curión! —le advirtió Antonio con una risita—. Yo no debo más que medio millón. —Luego se puso serio—. De todos modos, nadie me va a dejar poner las manos sobre el dinero contante y sonante. Mi tío Lucio y Tito Fadio están acordando los términos del matrimonio de tal manera que Fadia conserve el control de su fortuna.
—¡Oh, Marco, eso es espantoso! —gritó Clodia.
—Sí, eso es lo que dije yo después de negarme a casarme con ella en esas condiciones —dijo con aire satisfecho Antonio.
—¿Te has negado? —preguntó Pala, cuyas mejillas fláccidas se movían como las de una ardilla cuando mordisquea nueces. —Sí. —¿Y qué sucedió
luego?
—Acabaron por ceder.
—¿Del todo? —No del todo, pero bastante. Tito Fadio accedió finalmente a pagar todas mis deudas y me concedió además una liquidación de un millón en metálico. Así que me caso dentro de diez días, aunque ninguno de vosotros haya sido invitado a la boda. Mi tío Lucio quiere hacerme parecer puro.
—¡Ningún carota, ningún galo!
Todos se echaron a reír. La reunión prosiguió alegremente durante un rato, aunque no se dijo nada importante. Las únicas criadas que había en la habitación, que pertenecían a Pompeya, estaban muy compuestas detrás del canapé en el que se encontraba tumbada Pompeya junto con Pala. La más joven era su propia doncella, Doris, y la mayor era el valioso perro guardián de Aurelia, Polixena. Todos los miembros del club de Clodio eran conscientes de que Polixena informaría fielmente a Aurelia de todo lo que oyera cuando Pompeya regresara a la domus publica. Esto suponía un fastidio de grandísimas proporciones. De hecho, celebraban muchas reuniones sin Pompeya, bien porque la maldad que tramaban no era para que se la contaran a la madre del pontífice máximo, bien porque alguien iba a proponer una vez más que expulsasen del club a Pompeya. No obstante había un buen motivo por el que se permitía que Pompeya continuase formando parte del club: había ocasiones en que resultaba muy útil saber que un rígido y viejo pilar de la sociedad, que tenía una gran influencia en dicha sociedad, recibía información.
Aquel día Publio Clodio ya no pudo aguantar más.
—¡Pompeya —dijo con voz dura—, esa vieja espía que está detrás de ti es algo abominable! ¡No hay nada que se hable aquí de lo que no acabe enterándose toda Roma, no tenemos nada que ocultar, pero yo me opongo a los espías, y eso significa que tengo que oponerme a ti! ¡Vete a casa y llévate a esa miserable espía contigo!
Aquellos luminosos y asombrosamente verdes ojos se llenaron de lágrimas; a Pompeya le comenzaron a temblar los labios.
—¡Oh, por favor, Publio Clodio! ¡Por favor!
Clodio le volvió la espalda.
—Vete a casa —repitió.
Se hizo un embarazoso silencio mientras Pompeya se bajaba del canapé, se ponía los zapatos y salía de la habitación; Polixena iba detrás con su acostumbrada expresión de madera, y Doris gimoteaba y sorbía por la nariz.
—Eso ha sido una falta de amabilidad, Publio —dijo Clodia cuando se habían ido.
—¡La amabilidad no es una virtud que yo estime! —repuso dodio con brusquedad.
—¡Es la nieta de Sila!
—¡Me da igual, como si es la nieta de Júpiter! ¡Estoy asqueado de tener que aguantar a Polixena!
—Mi primo Cayo no es tonto —intervino Antonio—. No tendrás acceso alguno a su esposa sin que haya alguien como Polixena presente, Clodio.
—¡Eso ya lo sé, Antonio!
—Él mismo tiene bastante experiencia —explicó Antonio esbozando una sonrisa—. Dudo que haya algún truco que él no conozca en lo que se refiere a ponerles los cuernos a los maridos. —Suspiró, contento—. ¡El es el viento del norte, pero adorna nuestra remilgada familia! Ha hecho más conquistas que Apolo.
—¡Yo no quiero ponerle los cuernos a César, sólo quiero librarme de Polixena! —gruñó Clodio.
De repente Clodia se echó a reír con una risita tonta.
—Bueno, ahora que los Ojos y los Oídos de Roma se han marchado de una vez, puedo contaros lo que sucedió en la fiesta de Ático la otra noche.
—Eso debe de haber sido emocionante para ti, Clodia querida —dijo el joven Publícola—. ¡Con tanto protocolo!
—Oh, desde luego, sobre todo con Terencia presente.
—Entonces, ¿qué es lo que lo hace digno de mención? —preguntó Clodio malhumorado, todavía enfadado por lo de Polixena.
Clodia bajó la voz, que se le puso tensa y cargada de trascendencia.
—¡Yo estaba sentada enfrente de Cicerón! —anunció.
—¿Cómo pudiste soportar semejante éxtasis? —le preguntó Sempronia Tuditani.
—¡Querrás decir cómo pudo él soportar semejante éxtasis!
Todas las cabezas se volvieron hacia ella.
—¡No me digas, Clodia! —gritó Fulvia.
—Pues sí —dijo Clodia muy presumida—. Cayó enamorado de mí con tanta fuerza como cae una ínsula en un terremoto.
—¿Delante de Terencia?
—Bueno, ella estaba en otro lugar de la mesa, de cara al lectus imus, así que se encontraba de espaldas a nosotros. Sí, gracias a mi amigo Ático, Cicerón se soltó de la correa.
—¿Qué pasó? —preguntó Curión sin poder contener la risa. —Coqueteé con él desde el principio al fin de la cena, eso es lo que
pasó. Coqueteé de modo escandaloso, ¡Y a él le encantó! Yo también disfruté. Me dijo que no sabía que hubiera una mujer tan instruida en Roma. Eso fue cuando cité textualmente algunos fragmentos de Catulo, ese nuevo poeta. —Se volvió hacia Curión—. ¿Lo has leído? ¡Es glorioso!
Curión se limpió las lágrimas consecuencia de la risa.
—No he oído hablar de él.
—Nuevecitó del todo… y lo publica Ático, naturalmente. Procede de la Galia Cisalpina, más allá del Po. Ático dice que está a punto de venir a Roma… ¡Estoy impaciente por conocerle!
—Volviendo a Cicerón —dijo Clodio, que veía posibilidades para el Foro—. ¿Cómo es en cuestiones amorosas? No creí que tuviera esas inclinaciones, francamente.
—Oh, muy tonto y picaruelo —dijo Clodia con voz aburrida. Se volvió de espaldas y dio patadas al aire—. Todo en él cambia. De pater patriae se convierte en rufián de Plauto. Por eso me resultó tan divertido. Yo no hacía más que pincharle para que cada vez se fuera poniendo más tonto.
—¡Eres una mujer malvada! —le dijo Décimo Bruto.
—Eso es lo que pensó Terencia también.
—¡Ah! ¿Así que ella se dio cuenta?
—Al cabo de un rato se dieron cuenta todos los presentes.
—Clodia arrugó la nariz hacia arriba y puso una cara adorable—. Cuando más rendido caía por mí, más vocinglero y tonto se ponía. Ático estaba casi paralizado de la risa. —Se estremeció de una forma muy teatral
—. Terencia estaba casi paralizada por la rabia. ¡Pobre viejo Cicerón! Por cierto, ¿por qué consideramos que es viejo? Pero repito: ¡pobre viejo Cicerón! No creo que estuvieran a más de un pie de distancia de la puerta de Ático cuando Terencia ya debía de estar royéndole el cuello.
—No iba a roerle otra cosa —apuntó con un ronroneo Sempronia Tuditani.
El aullido de regocijo que se alzó hizo que los sirvientes que estaban en la cocina de Fulvia, en el otro extremo del jardín, sonrieran. ¡Qué casa tan feliz!
De repente la alegría de Clodia cambió de tono; se sentó muy erguida y miró con júbilo a su hermano.
—Publio Clodio, ¿te atreves con una maldad deliciosa que se me ha ocurrido?
—¿Es romano César?
A la mañana siguiente Clodia se presentó ante la puerta principal del pontífice máximo acompañada por varios miembros femeninos del club de Clodio.
—¿Está Pompeya? —le preguntó a Eutico.
—Sí está, domina —dijo el mayordomo haciendo una inclinación de cabeza al franquearles la entrada.
Y el grupo se fue escaleras arriba, mientras Eutico se apresuraba a seguir a sus tareas. No había necesidad de llamar a Polixena; el joven Quinto Pompeyo Rufo estaba ausente de Roma, así que no habría hombres presentes.
Era evidente que Pompeya se había pasado la noche llorando; tenía los ojos hinchados y enrojecidos, y el porte desconsolado. Cuando vio que Clodia y las demás entraban bulliciosas, se puso en pie de un salto.
—¡Oh, Clodia, estaba segura de que no volvería a verte! —le gritó.
—¡Querida, yo no te haría eso nunca! Pero en realidad no puedes culpar a mi hermano, ¿no es cierto? Polixena se lo cuenta todo a Aurelia.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! Y lo siento muchísimo, pero… ¿qué puedo hacer? —Nada, querida, nada. —Clodia tomó asiento como un hermoso pájaro que se posara en una rama y luego sonrió al resto del grupo que había traído consigo: Fulvia, Clodilla, Sempronia Tuditani, Pala y otra mujer a la que Pompeya no reconoció—. Esta es mi prima Claudia, que ha venido del campo de vacaciones —la presentó Clodia, muy solemne.
—Ave, Claudia —dijo Pompeya Sila sonriendo con aquel habitual aspecto distraído suyo mientras pensaba que si Claudia era una palurda, se adaptaba mucho al molde de Pala y Sempronia Tuditani; fuera de donde fuera que procediese allí debían de considerarla verdaderamente espabilada, con todo aquel maquillaje y el pelo decolorado y exuberante. Pompeya trató de mostrarse—. Ya veo el parecido de familia.
—Eso espero —dijo la prima Claudia quitándose aquella fantástica mata de pelo dorado vivo.
Durante un momento dio la impresión de que Pompeya fuera a desmayarse: se quedó boquiabierta y jadeó en busca de aire.
Todo lo cual fue demasiado para Clodia y los demás. Chillaron de tanta la risa.
—¡Sssssh! —las conminó Publio Clodio al tiempo que avanzaba a grandes zancadas y de un modo muy poco femenino hasta la puerta que daba al exterior; al llegar allí echó el pestillo por dentro. Luego volvió hasta el asiento que ocupaba, frunció la boca e hizo aletear las pestañas—. ¡Querida mía, qué apartamento tan divino! —dijo con voz aflautada.
—¡Oh, oh, oh! —chilló Pompeya—. ¡No puedes!
—Puedo, porque aquí estoy —dijo Clodio con su voz normal—. Y tienes razón, Clodia. No está Polixena.
—¡Por favor, por favor, no te quedes aquí! —le dijo Pompeya en un susurro; la cara se le había puesto blanca y tenía las manos encogidas—. ¡Mi suegra!
—¿Qué, también te espía aquí?
—Normalmente no, pero la Bona Dea se celebra pronto, y va a ser aquí.
Se supone que yo la estoy organizando.
—Querrás decir que la está organizando Aurelia, claro —dijo Clodio en un tono de mofa.
—¡Pues sí, claro, lo está haciendo ella! Pero es muy meticulosa en fingir que me consulta a mí, porque yo soy oficialmente la anfitriona, la esposa del pretor en cuya casa se celebra la Bona Dea. ¡Oh, Clodio, por favor, vete! Aurelia ahora entra y sale todo el tiempo, y si encuentra mi puerta cerrada con pestillo irá a quejarse a César.
—¡Mi pobre niñita! _canturreó Clodio envolviendo a Pompeya en un abrazo—. Me iré, te lo prometo.
Se acercó a un espejo de plata magníficamente pulida que había colgado en la pared, y con ayuda de Fulvia se colocó la peluca en su sitio. —No puedo decir que estés guapo, Publio —le dijo su esposa mientras daba los últimos toques a la peluca—, pero pasas por una mujer muy aceptable — añadió con una risita tonta—. ¡Aunque de dudosa profesión!
—Venga, vámonos de aquí —dijo Clodio dirigiéndose a las demás—. Yo sólo quería demostrarle a Clodia que podía hacerse, ¡y puede hacerse!
Soltaron el pestillo de la puerta; las mujeres salieron agrupadas con Clodio en el centro.
Justo a tiempo. Aurelia apareció poco después; tenía las cejas levantadas.
—¿Quiénes eran esas que salían con tanta prisa y alboroto?
—Clodia, Clodilla y unas cuantas amigas más —repuso Pompeya con vaguedad.
—Será mejor que sepas qué clase de leche vamos a servir.
—¿Leche? —preguntó Pompeya atónita.
—¡0h, Pompeya, sinceramente! —Aurelia se quedó de pie mirando a su nuera—. ¿Es que no hay nada más en esa cabeza que chucherías y ropa?
Y al oír esto Pompeya estalló en llanto. Aurelia —aunque con voz apagada— soltó una de sus infrecuentes palabrotas, todas muy suaves, y se marchó de allí a toda prisa para no darle unos cachetes a Pompeya.
Fuera, en la vía Sacra, los cinco artículos auténticos, más Clodio, corrieron calle arriba en lugar de dirigirse calle abajo hacia el Foro inferior; eso era más seguro si no querían encontrarse con cierto varón al que conocían muy bien. Clodio estaba encantado consigo mismo, e iba haciendo cabriolas para llamar la atención de las señoras acomodadas que hacían las compras habitualmente en la zona del pórtico Margaritaria y en el Foro superior. Fue por eso por lo que las mujeres sintieron gran alivio cuando consiguieron llevarlo a casa sin que nadie descubriera su disfraz.
—¡Van a estar días preguntándome quién era esa extraña criatura que iba conmigo esta mañana! —dijo Clodia con ira una vez que le quitaron los arreos y un ya lavado y respetable Publio Clodio se hubo instalado en un canapé.
—¡Fue todo idea tuya! —protestó él.
—¡Sí, pero no tenías por qué hacer de ti mismo un espectáculo público! ¡El trato era que tú irías y volverías bien camuflado, no que irías sonriendo y contorneándote para que todo el mundo se fijase en ti!
—¡Cállate, Clodia, estoy pensando!
—¿En qué?
—En una pequeña cuestión de venganza.
Fulvia se le arrimó amorosamente, notando el cambio de ánimo de su marido. Nadie sabía mejor que su esposa que Clodio lleyaba una lista de víctimas dentro de la cabeza, y nadie estaba más dispuesto a ayudarle que su esposa. Ultimamente la lista había menguado; Catilina ya no existía y los árabes probablemente habían sido borrados del mapa definitivamente. Así que, ¿de quién se trataría?
—¿Quién es? —le preguntó Fulvia al tiempo que le chupaba el lóbulo de la oreja.
—Aurelia —repuso él entre dientes—. Ya va siendo hora de que alguien la ponga en su sitio.
—¿Y cómo piensas hacer eso? —le preguntó Pala.
—De paso fastidiaré un poco a Fabia —dijo Clodio pensativo—; ella también necesita una lección.
—¿Qué te propones, Clodio? —le preguntó Clodilla, que parecía un poco recelosa.
—¡Una maldad! —canturreó él alegremente; agarró a Fulvia y empezó a hacerle cosquillas sin compasión.
Bona Dea era la Diosa Buena, tan antigua como la propia Roma, y por ello no poseía ni rostro ni forma; era numen. Sí que tenía nombre, pero nunca se pronunciaba, pues era demasiado sagrado. Lo que ella significaba para las mujeres romanas ningún hombre podía entenderlo, y tampoco por qué la llamaban buena. Su culto quedaba completamente fuera de la religión oficial del Estado, y aunque el Tesoro sí le concedía un poco de dinero, ella no le respondía a ningún hombre ni a ningún grupo de hombres. Las vírgenes vestales se cuidaban de ella, pues no tenía sacerdotisas propias; las vestales contrataban a las mujeres que cuidaban su jardín medicinal sagrado, y tenían la custodia de las medicinas de la Bona Dea, que eran sólo para las mujeres romanas.
Como no tenía parte alguna en la Roma masculina, el enorme recinto donde se encontraba su templo quedaba fuera del pomerium, en la falda del monte Aventino, justo debajo de un saliente rocoso, el Saxum Sacrum o piedra sagrada, y cerca del depósito de agua del Aventino. Ningún hombre osaba acercarse, ni ningún arbusto de arrayán. Una estatua se alzaba en el interior del santuario, pero no era una efigie de la Bona Dea, sólo algo que se había puesto allí para engañar a las fuerzas del mal generadas por los hombres haciéndoles creer que era ella. Nada era lo que a primera vista parecía en el mundo de Bona Dea, quien amaba a las mujeres y a las serpientes. En su recinto abundaban las serpientes. Los hombres, se decía, eran serpientes. Y poseyendo tantas serpientes como poseía, ¿qué necesidad tenía la Bona Dea de hombres?
Las medicinas por las cuales la Bona Dea era famosa procedían de un jardín que rodeaba por completo el propio templo; allí había arriates de hierbas variadas, y por todas partes se extendía un mar de centeno enfermo que se plantaba cada primero de mayo y se cosechaba bajo la supervisión de
las vestales, quienes cogían sus atizonadas espigas y hacían con ellas el elixir de Bona Dea… mientras miles de serpientes dormitaban o se deslizaban entre los tallos, ignoradas e ignorantes.
El primero de mayo las mujeres de Roma despertaban a su Diosa Buena del sueño invernal de seis meses en medio de flores y festejos que se celebraban dentro y alrededor del templo. Las ciudadanas romanas de toda condición social acudían en bandadas para asistir a los misterios, que empezaban al alba y acababan al crepúsculo. La exquisitamente equilibrada dualidad de la Diosa Buena se manifestaba en el nacimiento y en la muerte del centeno en mayo, en el vino y en la leche. Porque el vino era tabú, pero había que consumirlo en grandes cantidades. Se le llamaba leche y se guardaba en preciosas vasijas de plata llamadas mieleras, otra estratagema más para confundir a los varones. Mujeres cansadas dirigían sus pasos hacia sus casas repletas de leche servida de las mieleras, todavía estremeciéndose a causa del voluptuoso y seco deslizarse de las serpientes y recordando el poderoso oleaje de músculos de las mismas, el beso de una lengua bífida, la tierra abierta para recibir la semilla, una corona de hojas de cepa, el eterno ciclo femenino de nacimiento y muerte. Pero ningún hombre sabía ni quería saber qué ocurría en aquellas celebraciones de la Bona Dea en el primero de mayo.
Luego, a principios de diciembre, Bona Dea volvía a dormir, pero no públicamente, no mientras hubiera sol en el cielo o una mujer romana corriente estuviera ausente de casa. Porque lo que ella soñaba en invierno era su secreto, los ritos estaban abiertos sólo a las mujeres romanas de más alta cuna. Todas las hijas de la diosa podían presenciar su resurrección, pero sólo las hijas de reyes podían contemplar su muerte. La muerte era sagrada. La muerte era santa. La muerte era íntima.
Que aquel año la Bona Dea fuera puesta a descansar en la casa del pontífice máximo era algo inevitable; la elección del lugar para dicha celebración les correspondía a las vestales, que estaban obligadas por el hecho de que dicho lugar había de ser la casa de un cónsul o de un pretor titular. Desde la época de Ahenobarbo, el pontífice máximo, no había habido ocasión de celebrar los ritos en la propia domus publica. Aquel año
sí se presentaba esa ocasión. Se eligió la casa del pretor urbano César, y su esposa, Pompeya Sila, sería la anfitriona oficial. La fecha señalada sería la tercera noche de diciembre, y en dicha noche ningún hombre ni niño varón podía permanecer en la domus publica, incluidos los esclavos.
Naturalmente, César estaba encantado con que su casa hubiera sido la elegida, y contento de poder dormir en sus habitaciones del Vicus Patricii; quizás hubiera preferido utilizar el antiguo apartamento de la ínsula de Aurelia, sólo que ahora estaba ocupado por el príncipe Masintha de Numidia, cliente suyo y perdedor en un juicio a principios de año. ¡Desde luego, aquel mal genio suyo cada vez estallaba con más facilidad en los últimos tiempos! En un momento dado se había irritado tanto por las mentiras que el príncipe Juba estaba contando muy afanado, que Masintha había alargado la mano y había obligado a Juba a ponerse en pie agarrándolo por la barba. Como no era ciudadano romano, Masintha se enfrentaba a los azotes y al estrangulamiento, pero César consiguió sacarlo de allí y lo puso bajo los cuidados de Lucio Decumio; y todavía lo mantenía escondido. Quizás, pensó el pontífice máximo mientras subía paseando colina arriba hacia Subura, precisamente aquélla noche podría probar una de aquellas deliciosamente terrenales mujeres de Subura que el tiempo y la elevación de su posición habían arrebatado del disfrute de César. ¡Sí, qué idea más buena! Primero una cena con Lucio Decumio y luego le enviaría un mensaje a Gavia, a Apronia o a Scaptia…
Era ya noche cerrada, pero por una vez aquella parte de la vía Sacra que serpenteaba por entre el Foro Romano estaba iluminada por antorchas; lo que parecía un interminable desfile de literas y lacayos convergía en las puertas principales de la domus publica procedentes de todas direcciones, y el humeante manto de luz desprendía destellos de las túnicas de maravillosos colores, chispas de las fabulosas joyas, vislumbres de rostros emocionados. Gritos de saludo, risitas, pequeños retazos de conversación flotaban en el aire a medida que las mujeres se apeaban y pasaban al vestíbulo de la domus publica, sacudiéndose las prendas que les arrastraban por el suelo de tan largas como eran, colocándose el pelo, ajustándose un pendiente o un broche. Muchos dolores de cabeza y muchas rabietas habían
tenido lugar mientras se decidía qué ponerse, porque aquélla era la mejor ocasión del año para enseñar a las iguales con cuánto gusto y a la moda sabía una vestirse, y cuán caros eran los tesoros que había en el joyero. ¡Los hombres nunca se fijaban! Las mujeres, siempre.
La lista de invitadas era más larga de lo acostumbrado porque el local era muy espacioso; César había entoldado el jardín peristilo principal para ocultarlo de las miradas curiosas de la vía Nova, lo cual significaba que las mujeres podían congregarse allí, así como en el atrio, en el amplísimo comedor del pontífice máximo, en su sala de recepciones. Las lámparas brillaban con luz trémula por todas partes, las mesas estaban cargadas de los más suntuosos y exquisitos manjares, las mieleras de leche parecían no tener fondo y la leche en sí misma era de soberbia cosecha. Grupos de mujeres músicos estaban sentadas o paseaban tocando caramillos, flautas y liras, pequeños tambores, castañuelas, panderetas, cascabeles plateados; las criadas pasaban constantemente de un grupo a otro de invitadas con bandejas de exquisitos manjares y más leche. Antes de que empezasen los solemnes misterios, el estado de ánimo debía ser el correcto, lo cual significaba que la fiesta tenía que haber sobrepasado la etapa de la comida, la leche y la conversación. Nadie tenía prisa; había que ponerse al día en muchas cosas, pues se reconocían y se saludaban caras que hacía mucho tiempo que no se veían, y las amigas íntimas se apiñaban para intercambiar los últimos cotilleos.
Las serpientes no tomaban parte en los actos de poner a dormir a la Bona Dea; el soporífero que usaba en invierno era el látigo parecido a una serpiente, un objeto maligno que terminaba en un racimo de correas parecido a la Medusa, que se enrollaban alrededor de la carne de una mujer tan amorosamente como cualquier reptil. Pero la flagelación vendría más tarde, cuando el altar de invierno de la Bona Dea se iluminase y se hubiera bebido suficiente leche como para aliviar el dolor, y lo elevase en cambio a una especial clase de éxtasis. Bona Dea era un ama dura.
Aurelia había insistido en que Pompeya se pusiera junto a Fabia a la puerta para cumplir con su obligación de dar la bienvenida a las invitadas, y se alegró profundamente de que las señoras del club de Clodio estuvieran
entre las últimas en llegar. ¡Pero bueno, cómo no iban a ser de las últimas! A unas furcias de mediana edad como Sempronia Tuditani y Pala debía de haberles llevado horas ponerse todas aquellas capas de pintura en la cara… ¡aunque habrían tardado sólo unos instantes en introducir aquellos fibrosos cuerpos suyos en tan poca ropa! Las Clodias, Aurelia tenía que admitirlo, estaban exquisitas: unos vestidos preciosos, exactamente las joyas adecuadas —y no demasiadas—, sólo unos ligeros toques de stibium y carmín. Fulvia, como siempre, iba un poco a su aire, desde la túnica de color fuego hasta varias vueltas de perlas negruzcas; tenía un hijo que contaba ya casi dos años, pero la figura de Fulvia no había sufrido, desde luego.
—¡Sí, sí, ahora puedes irte! —le dijo su suegra a Pompeya cuando Fulvia soltó un chorro de efusivos saludos; y sonrió agriamente para sus adentros cuando la frívola esposa de César se escabulló del brazo de su amiga, charlando feliz.
No mucho después Aurelia decidió que todas habían llegado ya y abandonó el vestíbulo. Su ansiedad por asegurarse de que todo iba bien no la dejaría descansar, así que se movía constantemente de un lugar a otro y de habitación en habitación, con los ojos moviéndose como dardos de acá para allá, contando a las criadas, comprobando el volumen de los alimentos, catalogando a las invitadas y los lugares donde se habían instalado. Incluso en medio de semejante caos, aunque un caos controlado, el ábaco que tenía por mente le advertía de esto y de aquello, y todo encajaba en su sitio. Pero había algo que no hacía más que darle la lata… ¿Qué era? ¿Quién faltaba? ¡Alguien faltaba! Dos mujeres músicos pasaron paseando a su lado; se refrescaban entre pieza y pieza. Llevaban los caramillos sujetos alrededor de la cintura, para tener las manos libres y poder sujetar la leche y los pasteles de miel.
—Chryse, ésta es la mejor Bona Dea que se haya celebrado nunca — dijo la más alta de las dos.
—¿Verdad que sí? —convino la otra, que mascullaba con la boca llena
—. Ojalá todos nuestros contratos fueran la mitad de buenos que éste, Doris.
¡Doris! ¡Doris! ¡Esa era quien faltaba, Doris, la doncella de Pompeya! La última vez que Aurelia la había visto había sido hacía una hora. ¿Dónde estaría? ¿Qué tramaría? ¿Estaría llevando a escondidas leche al personal de la cocina, o habría engullido ella misma tanta leche que andaría durmiendo o vomitando por algún rincón?
Aurelia se fue, sin hacer caso de los saludos e invitaciones para unirse a diversos grupos, y siguió con el olfato un rastro que sólo ella era capaz de seguir.
En el comedor no estaba y tampoco la vio en ninguna parte del peristilo, ni en el atrio ni en el vestíbulo. Lo cual sólo dejaba por registrar la sala de recepción antes de empezar a buscar en otro territorio. El toldo de color azafrán que César había puesto en el peristilo era tal novedad que quizás por eso la mayor parte de las invitadas habían decidido congregarse allí, y las demás se habían instalado cómodamente en el comedor o en el atrio, que daban ambos directamente al jardín. Lo cual significaba que la sala de recepción, enorme y difícil de iluminar a causa de su tamaño, estaba completamente desierta. La domus publica había demostrado una vez más que doscientas visitantes y cien criadas no podían llenarla por completo.
¡Ahá! ¡Allí estaba Doris de pie a la puerta principal de la casa del pontífice máximo franqueándole la entrada a una mujer músico! ¡Pero qué músico! Una estrafalaria criatura ataviada con la más cara seda de Cos con hilos dorados, fabulosas joyas alrededor del cuello y entrelazadas entre un cabello asombrosamente amarillo. En la doblez del brazo llevaba acomodada una soberbia lira de concha de tortuga con incrustaciones de ámbar, cuyas clavijas eran de oro. ¿Acaso Roma poseía una mujer músico capaz de permitirse un vestido, unas joyas o un instrumento como los de aquella mujer? ¡Desde luego que no, pues de lo contrario habría sido famosa!
Y en Doris también había algo raro. La muchacha ponía posturas y sonreía embobada, tapándose la boca con la mano y volviendo los ojos hacia la mujer músico en una agonía de júbilo conspiratono. Sin hacer ningún ruido, Aurelia avanzó muy despacio hacia las dos con la espalda
pegada a la pared, donde las sombras eran más densas. Y cuando oyó hablar al músico con voz de hombre, dio un brinco y atacó.
El intruso era un individuo ligero de mediana estatura, pero tenía la fuerza y la agilidad de un hombre joven. ¡Quitarse de encima a una mujer de avanzada edad como la madre de César no le supondría ninguna dificultad! ¡Aquel viejo cunnus! ¡Eso les enseñaría a ella y a Fabia a atormentarle a él! ¡Pero aquélla no era una mujer anciana! ¡Aquello era Proteo! Por mucho que él se retorcía y daba vueltas, Aurelia seguía colgada de él.
Aurelia tenía la boca abierta y gritaba:
—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Es una profanación! ¡Socorro, socorro! ¡Están profanando los misterios! ¡Socorro, socorro!
Acudieron mujeres corriendo de todas partes, moviéndose automáticamente para obedecer a la madre de César como le había obedecido la gente toda su vida. La lira de la mujer músico cayó al suelo y produjo un sonido discordante; le aprisionaron los dos brazos al músico y lo vencieron simplemente porque eran superiores en número. En ese momento, Aurelia lo soltó y se volvió para quedar de cara a las presentes.
—Esto es un hombre —dijo con dureza.
Ahora ya se habían reunido allí la mayoría de las invitadas, que contemplaron horrorizadas cómo Aurelia le arrancaba la peluca dorada, le rasgaba la tenue y costosa túnica y dejaba al descubierto el peludo pecho de un hombre. Publio Clodio.
Alguien empezó a chillar que aquello era un sacrilegio. Los lamentos, gritos y chillidos fueron subiendo de tono hasta alcanzar tal magnitud que toda la vía Nova se asomó a las ventanas en seguida; las mujeres salieron huyendo en todas direcciones, aullando que los ritos de Bona Dea habían sido contaminados y profanados, mientras las esclavas se iban a sus aposentos a toda prisa, las mujeres músicos se postraban, se arrancaban el cabello y se arañaban el pecho, y las tres vírgenes vestales adultas se pusieron los velos por delante de los asombrados rostros para ocultar el dolor y el terror que sentían de todas las miradas excepto de la mirada de la propia Bona Dea.
Ahora Aurelia le estaba frotando el rostro a Clodio, que reía como un demente, con un pedazo de túnica que, al mancharse de negro, blanco y rojo, se convirtió en un color marrón barro.
—¡Presenciad esto! —rugió Aurelia con una voz que nunca antes había poseído—. ¡Os llamo a todas para que seáis testigos de que esta criatura varón que se atreve a violar los misterios de Bona Dea es Publio Clodio!
Y de pronto se le acabó la diversión. Clodio dejó de carcajearse, miró fijamente aquel pétreo y hermoso rostro que tan cerca estaba del suyo y experimentó un miedo terrible. Volvía a encontrarse en aquella anónima habitación de Antioquía, sólo que esta vez lo que tenía que perder no eran los testículos, sino que lo que estaba en juego era su vida. El sacrilegio seguía siendo punible con la pena de muerte a la antigua usanza, y ni siquiera todo un olimpo compuesto por los mejores abogados que Roma hubiera dado al mundo en toda la historia sería bastante para hacer que saliera absuelto. La luz se hizo en él en un paroxismo de horror: ¡Aurelia era la Bona Dea!
Reunió hasta el último vestigio de fuerza que poseía, se liberó de los brazos que lo aprisionaban y salió huyendo precipitadamente por el pasillo que corría entre las habitaciones del pontífice máximo y el triclinium. Más allá estaba el jardín peristilo privado, y la libertad lo llamaba desde el fondo de un elevado muro de ladrillo. Como un gato se lanzó de un salto hacia la parte superior del mismo, escarbó y arañó para conseguir subirse a él, retorció el cuerpo para seguir a los brazos y cayó por encima del muro al suelo vacío.
—¡Traedme a Pompeya Sila, a Fulvia, a Clodia y a Clodilla!
dijo Aurelia con brusquedad—. ¡Son sospechosas y quiero verlas! —Hizo un rollo con el vestido de tejido dorado y la peluca y se los
entregó a Polixena—. Guárdalos a buen recaudo; son pruebas.
La gigantesca esclava manumitida gala se encontraba de pie, en silencio, en espera de órdenes, y se le pidió que se ocupase de que las señoras se marchasen de la casa con la mayor rapidez que fuera posible. Los ritos no podían continuar, y Roma ahora se hallaba sumida en la más grave crisis religiosa que se pudiese recordar.
—¿Dónde está Fabia?
Apareció Terencia, con una expresión que a Publio Clodio no le habría gustado ver.
—Fabia se está recuperando, pronto estará mejor. ¡Oh, Aurelia, esto ha sido espantoso! ¿Qué podemos hacer?
—Intentaremos reparar el daño, si no por nosotras mismas, por el bien de todas las mujeres romanas. Fabia es la vestal jefe, la Diosa Buena está a su cargo. Ten la bondad de decirle que vaya a los libros y averigüe qué podemos hacer para evitar el desastre. ¿Cómo podemos enterrar a Bona Dea a menos que expiemos este sacrilegio? Y si Bona Dea no es enterrada, no volverá a resucitar en mayo. Las hierbas curativas no brotarán, no nacerán bebés libres de malformaciones, todas las serpientes se marcharán o morirán, la semilla perecerá y perros negros se comerán los cadáveres en las cunetas de esta ciudad maldita.
Esta vez las mujeres presentes no chillaron. Se elevaron gemidos y suspiros que hablaron en susurros a la negrura situada detrás de las columnas y se perdieron allí, en el interior de los rincones, dentro de cada corazón. La ciudad estaba maldita.
Cien manos empujaron a Pompeya, a Fulvia, a Clodia y a Clodilla hasta la parte delantera del numeroso grupo, que ya había disminuido, y allí se quedaron de pie, llorando y mirando a su alrededor llenas de confusión; ninguna de ellas se encontraba cerca cuando se descubrió a Clodio, sólo sabían que la fiesta de la Bona Dea había sido profanada por un hombre.
La madre del pontífice máximo las miró de arriba abajo, tan justa como despiadada. ¿Habían tenido ellas algo que ver en la conspiración? Pero todas tenían los ojos muy abiertos, estaban asustadas, completamente abrumadas. No, decidió Aurelia, ellas no habían tomado parte. Ninguna mujer que estuviera por encima de una tonta esclava griega como Doris consentiría en algo tan monstruoso, tan inconcebible. ¿Y qué le habría prometido Clodio a aquella idiota muchacha esclava de Pompeya a fin de obtener su cooperación?
Doris estaba de pie entre Servilia y Cornelia Sila, llorando con tanta fuerza que le manaba más líquido de la nariz y la boca que de los ojos. A
ella le tocaría el turno dentro de un momento, pero primero las invitadas. —Señoras, todas vosotras excepto las de las cuatro primeras filas, por
favor, salid. Esta casa es impía, vuestra presencia aquí es nefasta. Esperad en la calle vuestros medios de transporte, o marchaos a vuestras casas en grupos. A las de las filas delanteras las necesito para que sean testigos, porque si a esta muchacha no la ponemos a prueba ahora, tendrá que esperar a ser interrogada por hombres, y los hombres se comportan como tontos cuando interrogan a mujeres jóvenes.
Le llegó el turno a Doris.
—¡Límpiate la cara, muchacha! —ladró Aurelia—. ¡Venga, límpiate la cara y guarda la compostura! ¡Si no lo haces, te haré azotar aquí mismo!
La muchacha puso en juego la túnica tejida en casa; obedeció la orden porque la palabra de Aurelia era ley.
—¿Quién te ha metido en esto, Doris?
—¡Él me prometió una bolsa de oro y la libertad, domina!
—¿Publio Clodio?
—Sí.
—¿Fue sólo Publio Clodio, o hubo alguien más implicado?
¿Qué podía decir para que el castigo que se avecinaba fuera más leve? ¿Cómo podía sacarse de encima por lo menos parte de la culpa? Doris pensó con la velocidad y la astucia propias de alguien a quien se ha vendido como esclava después de que los piratas atacaron su aldea de pescadores licios; entonces ella tenía doce años, estaba madura para violarla y era apropiada para venderla. Entre aquel momento y Pompeya Sila había tenido que aguantar a otras dos amas, mayores y más frías que la esposa del pontífice máximo. La vida al servicio de Pompeya había resultado ser los Campos Elíseos, y el pequeño cofre que tenía Doris debajo del catre en su propio dormitorio, situado dentro de los aposentos de Pompeya, estaba lleno de regalos; Pompeya era tan generosa como descuidada. Pero ahora nada le importaba a Doris excepto la perspectiva del látigo. ¡Si le arrancaban la piel, Astianax nunca volvería a mirarla! Cuando los hombres la miraran sentirían un estremecimiento.
—Sólo hubo otra persona, domina —murmuró.
—¡Habla alto para que podamos oírte, muchacha! ¿Quién más está implicado?
—Mi ama, domina. La señora Pompeya Sila.
—¿De qué manera? —le preguntó Aurelia, sin hacer caso del grito ahogado de Pompeya y del enorme murmullo de las presentes.
—Si hay hombres presentes, domina, tú nunca permites que la señora Pompeya esté fuera de la vista de Polixena. Yo tenía que dejar entrar a Publio Clodio y llevarlo arriba, donde podrían estar juntos a solas.
—¡No es cierto! —gimió Pompeya—. ¡Aurelia, juro por todos nuestros dioses que no es cierto! ¡Lo juro por Bona Dea! ¡Lo juro, lo juro, lo juro!
Pero la esclava se aferró obstinadamente a su historia de la cita amorosa; no había manera de hacerla mover de ahí.
Una hora más tarde Aurelia se dio por vencida.
—Las testigos pueden irse a casa. Esposa y hermanas de Publio Clodio, vosotras también podéis iros. Estad preparadas para contestar preguntas mañana, cuando una de nosotras vaya a veros. Éste es un asunto exclusivamente de mujeres; serán mujeres quienes se encarguen de vosotras.
Pompeya Sila se había desplomado en el suelo hacía largo rato, y allí seguía tumbada, sollozando.
—Polixena, llévate a la esposa del pontífice máximo a sus propias habitaciones y no te apartes de su lado ni un instante.
—¡Mamá! —le rogó Pompeya a gritos a Cornelia Sila mientras Polixena la ayudaba a ponerse en pie—. ¡Mamá, ayúdame! ¡Por favor, ayúdame!
Otra cara hermosa, pero pétrea.
—Nadie puede ayudarte salvo Bona Dea. Ahora ve con Polixena, Pompeya.
Cardixa había regresado de cumplir con su deber ante las grandes puertas de bronce; había dejado salir a las llorosas invitadas, cuyas túnicas arrugadas y marchitas les azotaban el cuerpo agitadas por un viento cortante y frío, incapaces de caminar a causa del susto, pero condenadas a esperar largo rato unas literas y escoltas que se habían evaporado, pues estaban
seguros de que no se necesitarían sus servicios hasta el amanecer. Así que se sentaron al borde de la vía Sacra y se acurrucaron juntas para combatir el frío, contemplando, horrorizadas, la ciudad que había sido maldecida.
—Cardixa, encierra a Doris. —¿Qué me va a suceder a mí? —gritó la
muchacha mientras la obligaban a marcharse de allí a paso de marcha—.
Domina, ¿qué me va a pasar a mí?
—Responderás ante Bona Dea.
Las horas de la noche fueron avanzando poco a poco hasta la tenue tristeza del canto del gallo; quedaban Aurelia, Servilia y Cornelia Sila.
—Vamos al despacho de César y sentémonos. Beberemos un poco de vino —una risa triste—, pero no lo llamaremos leche.
El vino, de la provisión que tenía César en una mesa, les ayudó un poco; Aurelia se pasó una temblorosa mano por los ojos, irguió los hombros y miró a Cornelia Sila.
—¿Qué te parece a ti, avia? —preguntó la madre de Pompeya.
—Yo creo que Doris estaba mintiendo.
—Yo también —dijo Servilia.
—Yo siempre he sabido que mi pobre hija era muy estúpida, pero nunca ha sido maliciosa ni destructiva. Sencillamente, no tendría el valor de ayudar a un hombre a violar los ritos de la Bona Dea, de verdad que no.
—Pero no es eso lo que va a pensar Roma —dijo Servilia.
—¡Tienes razón, toda Roma creerá que se han producido citas amorosas durante una ceremonia sacratísima, y comenzarán las murmuraciones! Oh, es una pesadilla! ¡Pobre César, pobre César! ¡Que tenga que pasar esto en su casa, con su esposa! ¡Oh, dioses, qué festín para sus enemigos! —se quejó Aurelia.
—La bestia tiene dos cabezas. El sacrilegio es más aterrador, pero es posible que el escándalo resulte más memorable —intervino Servilia.
—Estoy de acuerdo —dijo Cornelia Sila al tiempo que se estremecía—. ¿Podéis imaginar lo que se estará diciendo en este momento a lo largo de la vía Nova, entre el jaleo que se ha producido y todas las criadas muriéndose de ganas de ir por ahí con el cuento mientras andan por las tabernas a la
caza de los portadores de las literas? Aurelia, ¿cómo podemos demostrarle a la Diosa Buena que la amamos?
—Espero que Fabia y Terencia, ¡qué mujer tan sensata y excelente es Terencia!, estén ocupadas averiguándolo en este momento.
—¿Y César? ¿Lo sabe ya? —quiso saber Servilia, cuya mente nunca dejaba de pensar en él.
—Cardixa ha ido a decírselo. Entre ellos hablan en galo de Arvernia si hay alguien presente.
Cornelia Sila se puso en pie e hizo un gesto con las cejas para indicarle a Servilia que era hora de que se marchasen.
—Aurelia, pareces muy cansada. No hay nada más que podamos hacer. Me voy a casa a acostarme, y espero que tú tengas intención de hacer lo mismo.
Actuando de un modo muy correcto, César no regresó a la domus publica antes del amanecer. En lugar de hacerlo fue primero a la Regia, donde estuvo rezando, ofreció un sacrificio sobre el altar y encendió un fuego en el hogar sagrado. Después se instaló en los dominios oficiales del pontífice máximo, situado justo detrás de la Regia, encendió todas las lámparas, mandó llamar a todos los acólitos de la Regia y se aseguró de que hubiera sillas suficientes para los pontífices que en aquel momento había en Roma. Luego avisó a Aurelia, pues sabía que ella estaría esperando esa llamada.
¡Parecía vieja! ¿Su madre, vieja?
—Oh, mater, cuánto lo lamento —dijo mientras la ayudaba a sentarse en la silla más cómoda.
—No lo sientas por mí, César. Siéntelo por Roma. Es una terrible maldición.
—Roma se arreglará, todos los colegios religiosos se ocuparán de que así sea. Más importante es que tú te recuperes. Sé cuánto significaba para ti celebrar la Bona Dea. ¡Qué asunto tan desgraciado, idiota y estrafalario!
—Una podría esperarse que algún tipo grosero de Subura trepara a una pared por la curiosidad producida por la borrachera. ¡Pero no puedo entenderlo tratándose de Publio Clodio! Oh, sí, ya sé que lo educó ese tonto complaciente de Apio Claudio, que lo adora; y me doy cuenta de que Clodio es un gamberro. Pero, ¿disfrazarse de mujer para violar la celebración de la Bona Dea? ¿Cometer semejante sacrilegio conscientemente? ¡Debe de estar loco!
César se encogió de hombros.
—Quizá lo esté, mater. Es una familia antigua, y se han casado mucho entre ellos. ¡Los Claudios Pulcher tienen sus rarezas, desde luego! Siempre han sido irreverentes: mira el Claudio Pulcher que ahogó los pollos sagrados y luego perdió la batalla de Drepana durante nuestra primera guerra contra Cartago. ¡Por no hablar de cuando puso a su hija vestal en su carro triunfal ilegal! Una pandilla muy rara; brillante, pero inestable. Como es Clodio, creo yo.
—Violar la Bona Dea es peor que violar a una vestal.
—Bueno, según Fabia eso también lo intentó Clodio. Luego, cuando vio que no tenía éxito, acusó a Catilina. —César suspiró y se encogió de hombros—. Desgraciadamente, la locura de Clodio es de esa clase que parece cuerda. No podemos marcarlo con un hierro como maníaco y encerrarlo.
—¿Se le juzgará ante la ley?
—Puesto que tú lo desenmascaraste delante de las esposas y de las hijas de consulares, mater, tendrá que ser juzgado.
—¿Y Pompeya?
—Cardixa me ha dicho que tú la creías inocente de complicidad. —Así es. Y también Servilia y la madre de Pompeya. —Por lo tanto se reduce a la palabra de Pompeya contra la palabra de una esclava… a menos, claro está, que Clodio también la acuse a ella.
—No hará eso —dijo Aurelia con aire lúgubre.
—¿Por qué?
—Porque entonces no tendría otra opción más que admitir que él cometió sacrilegio. Clodio lo negará todo.
—Fuisteis demasiadas las que lo visteis.
—Con la cara cubierta de pintura. Yo la froté y puse al descubierto a Clodio. Pero yo creo que un puñado de los mejores abogados de Roma podría hacer que la mayor parte de los testigos dudasen de lo que vieron con sus propios ojos.
—Lo que estás diciendo es que sería mejor para Roma que Clodio fuera absuelto.
—Oh, sí. La Bona Dea es cosa de mujeres exclusivamente. Ella no les agradecerá a los hombres de Roma que apliquen ningún castigo en su nombre.
—No se puede dejar escapar a Clodio, mater. El sacrilegio es público. —Nunca conseguirá escapar, César. Bona Dea lo encontrará y le dará su merecido cuando ella estime oportuno. —Aurelia se levantó—. Los pontífices llegarán pronto, de manera que me marcho. Cuando me necesites, envía a buscarme.
Catulo y Vatia Isáurico entraron no mucho después; Mamerco lo hizo con tanta rapidez detrás de ellos que César no dijo nada hasta que los tres estuvieron sentados.
—Nunca dejo de asombrarme, pontífice máximo, de la gran cantidad de información que eres capaz de meter en una sola hoja de papel —le dijo Catulo—, y siempre expresado con tanta lógica, tan fácil de asimilar.
—Pero no resulta un placer leerlo —dijo César.
—No, esta vez, eso no.
Otros hombres iban pasando por la puerta: Silano, Acilio Glabrio, Varrón Lúculo, el cónsul para el año próximo, Marco Valerio Mesala Níger, Metelo Escipión y Lucio Claudio, el Rex Sacrorum.
—En estos momentos no hay más en Roma. ¿Estás de acuerdo en que comencemos, Quinto Lutacio? —preguntó César.
—Podemos comenzar, pontífice máximo.
—Ya tenéis un resumen de la crisis en la nota que os he enviado, pero haré que mi madre os cuente exactamente qué ocurrió. Me doy cuenta de que debería hacerlo Fabia, pero en este momento ella y las demás vestales
adultas están buscando en los libros los rituales apropiados para la expiación.
—Aurelia nos resulta muy satisfactoria, pontífice máximo.
Así que Aurelia acudió y contó su historia secamente, sucintamente, con eminente buen sentido y gran serenidad. ¡Qué alivio! De pronto, hombres como Catulo se estaban dando cuenta de que César se parecía a su madre.
—¿Estarías dispuesta a declarar en el tribunal que ese hombre era Publio Clodio? —le preguntó Catulo.
—Sí, pero bajo protesta. Que Bona Dea se encargue de él.
Ellos le dieron las gracias incómodos; César le dijo que podía retirarse. —Rex Sacrorum, solicito en primer lugar tu veredicto —dijo entonces
César.
—Publio Clodio nefas esse.
—¿Quinto Lutacio?
—Nefas esse.
Y así sucesivamente, todos los hombres declararon que Publio Clodio era culpable de sacrilegio.
Aquel día no hubo corrientes subterráneas que brotasen de enemistades o rencores personales. Todos los sacerdotes estuvieron absolutamente de acuerdo, y agradecidos a la mano firme de César. La política exigía enemistad, pero una crisis religiosa no. Eso afectaba a todos por igual, era necesario que hubiera unión.
—Daré instrucciones para que los quince custodios miren inmediatamente los libros proféticos y consulten al Colegio de los Augures para pedirles su opinión —dijo César—. El Senado se reunirá y nos pedirá opinión, y debemos estar preparados.
—Clodio tendrá que ser juzgado —dijo Mesala Níger, a quien se le ponía la carne de gallina sólo de pensar en lo que se había atrevido a hacer Clodio.
—Eso requerirá un decreto de recomendación del Senado y un proyecto de ley especial en la Asamblea Popular. Las mujeres están en contra, pero creo que tienes razón, Níger. Hay que juzgarlo. Sin embargo, lo que queda
de este mes será expiatorio, no retaliatorio, lo cual significa que los cónsules del año próximo heredarán el asunto.
—¿Y qué hay de Pompeya? —preguntó Catulo, pues ningún otro se atrevía a hacerlo.
—Si Clodio no la implica, y parece ser que mi madre piensa que no lo hará, entonces su parte en el sacrilegio se basa solamente en el testimonio de una esclava que a su vez se encuentra implicada en ello —respondió César con voz muy fría—. Eso significa que no se la puede condenar públicamente.
—¿Tú opinas que ella estuvo implicada en el asunto, pontífice máximo? —No, yo no. Ni mi madre, que estaba allí. La esclava está ansiosa por salvar la piel, cosa que es comprensible. Bona Dea exigirá su muerte, de lo cual ella aún no se ha dado cuenta, pero eso no está en nuestras manos. Es asunto de mujeres. —¿Y la esposa y las hermanas de Clodio? —quiso saber Vatia Isáurico. —Mi madre dice que son inocentes. —Tu madre tiene razón —dijo Catulo—. Ninguna mujer romana se atrevería a profanar los misterios de Bona Dea, ni siquiera Fulvia o Clodia. —No obstante, todavía me queda algo por hacer con respecto a Pompeya —dijo César haciéndole una seña a un acólito escriba que sostenía las tablillas—. Toma nota: «A Pompeya Sila, esposa de Cayo Julio César, pontífice máximo de Roma: por la presente te repudio y te devuelvo a casa de tu hermano. No hago
reclamación alguna sobre tu dote.»
Nadie dijo ni una palabra, ni halló el valor para hablar siquiera después de que el lacónico documento le fue presentado a César para que lo firmase.
Luego, cuando el portador de la nota salió para entregarla en la domus publica, Mamerco habló.
—Mi esposa es la madre de Pompeya, pero ella no la admitirá en su casa.
—Ni nadie debería pedirle que lo hiciera —le advirtió César tranquilamente—. Por eso he dispuesto que se la envíe a casa de su hermano mayor, que es su paterfamilias. Está gobernando la provincia de Africa, pero su esposa se encuentra aquí. La quieran en su casa o no, deben aceptarla.
Fue Silano quien por fin formuló la pregunta que todos deseaban hacer.
—César, dices que crees que Pompeya es inocente de toda complicidad.
Entonces, ¿por qué la repudias?
César alzó las rubias cejas; parecía sorprendido por la pregunta. —Porque la esposa de César, como toda la familia de César, debe estar
por encima de toda sospecha —dijo.
Y unos días más tarde, cuando se le hizo la misma pregunta en la Cámara, dio exactamente la misma respuesta.
Fulvia estuvo abofeteando a Publio Clodio a ambos lados de la cara hasta que a él se le partió el labio y comenzó a sangrar por la nariz.
—¡Eres tonto! —gruñía Fulvia a cada bofetada—. ¡Tonto! ¡Tonto!
¡Tonto!
Clodio no trató de luchar contra ella, ni apelar a sus hermanas, que estaban allí mirando con angustiada satisfacción.
—¿Por qué? —le preguntó Clodia cuando Fulvia hubo terminado de abofetearle.
Pasó cierto tiempo antes de que Clodio pudiera responder, y lo hizo cuando dejó de sangrar y las lágrimas dejaron de fluir. Entonces dijo: — Quería hacer sufrir a Aurelia y a Fabia.
—¡Clodio, has destruido Roma! ¡Estamos malditos! —le gritó Fulvia. —Oh, pero, ¿qué os pasa? —gritó él—. Un puñado de mujeres
librándose de su resentimiento contra los hombres. ¿Qué sentido tiene eso? ¡Yo he visto los látigos! ¡Sé lo de las serpientes! ¡No es más que un montón de tonterías!
Pero aquello sólo sirvió para empeorar las cosas; las tres mujeres se lanzaron contra él y volvieron a abofetearle y a darle puñetazos.
—¡Bona Dea no es una bonita estatua griega! —dijo Clodilla entre dientes—. Bona Dea es tan antigua como Roma, es nuestra, es la Diosa Buena. Toda mujer que se encontrase presente en tu profanación y que estuviese embarazada tendrá que tomar la medicina por haber formado parte.
—¡Y eso me incluye a mí! —dijo Fulvia echándose a llorar.
—¡No!
—¡Sí, sí, sí! —gritó Clodia mientras le propinaba un puntapié—. Oh, Clodio, ¿por qué? ¡Debe de haber miles de maneras de vengarte de Aurelia y de Fabia! ¿Por qué cometer sacrilegio? ¡Estás condenado a la perdición!
—¡No lo pensé, me pareció perfecto! —Intentó cogerle la mano a Fulvia—. ¡Por favor, no le hagas daño a nuestro hijo!
—¿Es que no lo entiendes todavía? —le gritó Fulvia apartándose de él
—. ¡Tú eres quien le ha hecho daño a nuestro hijo! ¡Nacería deforme y monstruoso, tengo que tomar la medicina! ¡Clodio, estás maldito!
—¡Sal de aquí! —gritó Clodilla—. ¡Sobre el vientre, como una serpiente!
Clodio se arrastró sobre el vientre y salió de allí como una serpiente.
—Tendrá que celebrarse otra Bona Dea —le dijo Terencia a César cuando Fabia, Aurelia y ella entraron a verle en su despacho—. Los ritos serán los mismos, aunque con la adición de un sacrificio expiatorio. Esa muchacha, Doris, será castigada de cierta manera que ninguna mujer puede revelarle a nadie, ni siquiera al pontífice máximo.
Gracias a todos los dioses por eso, pensó César, que no tuvo ningún problema en imaginarse quién constituiría el sacrificio expiatorio.
—Así pues, ¿necesitáis una ley que convierta uno de los días venideros comiciales en nefastus, y le estáis pidiendo al pontífice máximo que lo solicite en la Asamblea Religiosa de las diecisiete tribus? —Eso es —dijo Fabia pensando que debía hablar ella si no quería que César considerase que ella dependía de dos mujeres que no pertenecían al Colegio Vestal—. Bona Dea debe celebrarse en dies nefasti, y ya no hay ninguno hasta febrero.
—Tenéis razón, la Bona Dea no puede permanecer despierta hasta el mes de febrero. ¿Queréis que lo legisle para el sexto día antes de los idus?
—Eso sería excelente —dijo Terencia suspirando.
—Bona Dea se dormirá contenta —la consoló César—. Lamento que toda mujer que estuviera en la fiesta y que esté embarazada de poco tiempo tendrá que hacer un sacrificio muy especial y duro. No digo más, es un asunto de mujeres. Recordad también que ninguna mujer romana ha sido culpable de sacrilegio. Bona Dea fue profanada por un hombre y por una muchacha no romana.
—Tengo entendido que a Publio Clodio le gusta la venganza, pero a él no le gustará la venganza de Bona Dea —anunció Terencia mientras se levantaba.
Aurelia permaneció sentada, aunque no habló hasta que la puerta se cerró detrás de Terencia y de Fabia.
—He echado a Pompeya a cajas destempladas —le dijo entonces Aurelia.
—Supongo que habrás hecho lo mismo con todas sus pertenencias, ¿verdad?
—De eso se están ocupando en este momento. ¡Pobrecilla! Ha llorado tanto, César. Su cuñada no quiere acogerla, Cornelia Sila se niega… es muy triste.
—Ya lo sé.
—«La esposa de César, como toda la familia de César, debe estar por encima de toda sospecha» —citó textualmente Aurelia.
—Sí.
—A mí no me parece bien castigarla por algo de lo que no sabía nada, César.
—A mí tampoco me parece bien, mater. Sin embargo, no me quedaba otra opción.
—Dudo que tus colegas hubieran puesto objeciones si hubieras elegido mantenerla como tu esposa.
—Probablemente no. Pero era yo quien ponía objeciones.
—Eres un hombre duro.
—Un hombre que no sea duro, mater, es que está dominado por una mujer u otra. Mira Cicerón y Silano.
—Dicen que Silano está debilitándose rápidamente —dijo Aurelia ampliando el tema.
—Lo creo, si tengo que atenerme al Silano que he visto esta mañana. —Puede que tengas motivos para lamentar divorciarte en el mismo
momento en que Servilia enviuda. —El momento de preocuparse por eso será cuando le ponga el anillo nupcial en el dedo.
—En ciertos aspectos sería una unión muy buena —dijo Aurelia, que se moría de ganas de saber qué pensaba César en realidad.
—En ciertos aspectos —convino él sonriendo impenetrable.
—¿No puedes hacer nada por Pompeya, aparte de enviar su dote y sus pertenencias con ella?
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Por ningún motivo válido, excepto que su castigo es inmerecido y ella nunca volverá a encontrar otro marido. ¿Qué hombre querría desposar a una mujer cuyo marido sospeche que ella se confabuló para cometer un sacrilegio?
—Eso es una calumnia por tu parte, mater.
—¡No, César, no lo es! Tú sabes que ella no es culpable, pero al repudiarla no le has indicado eso al resto de Roma.
—Mater, te estás poniendo un poco pesada —le dijo César con suavidad.
Aurelia se puso en pie inmediatamente.
—¿Nada? —preguntó.
—Le buscaré otro marido.
—¿A quién podrías convencer de que se case con ella después de esto? —Me imagino que Publio Vatinio estaría encantado de casarse con ella.
La nieta de Sila es un gran premio para alguien cuyos propios abuelos fueron italianos.
Aurelia le estuvo dando vueltas a la idea y luego asintió con la cabeza. —Ésa es una excelente idea, César —dijo—. Vatinio fue un marido
amantísimo para Antonia Crética, y ella era por lo menos tan estúpida como la pobre Pompeya. ¡Oh, espléndido! Será un marido italiano, no la perderá
de vista. Pompeya estará demasiado ocupada como para que le quede tiempo para el club de Clodio.
—¡Márchate, mater! —dijo César al tiempo que dejaba escapar un suspiro.
La segunda celebración de la Bona Dea transcurrió a pedir de boca, pero la población femenina de Roma tardó mucho en tranquilizarse, y hubo muchas mujeres recién preñadas en toda la ciudad que siguieron el ejemplo de aquellas que se encontraban presentes en la primera ceremonia; las vestales proporcionaron la medicina de centeno hasta que sus provisiones descendieron mucho. El número de bebés varones abandonados en los riscos del monte Testaceo no tenía precedentes, y por primera vez desde que alcanzaba la memoria ninguna pareja estéril los recogió para quedárselos y criarlos; hasta el último de ellos murió abandonado sin que nadie lo quisiera, La ciudad derramó lágrimas y llevó luto hasta el primero de mayo, y la situación se vio empeorada porque las estaciones estaban tan desfasadas con el calendario que las serpientes no despertarían hasta bastante más tarde. Así que, ¿quién sabría si la Buena Diosa había perdonado?
A Publio Clodio, el autor de toda aquella desgracia y pánico, se le marginó, ignoró y escupió. Sólo el tiempo curaría la crisis religiosa, pero la presencia de Publio Clodio era un perpetuo recordatorio, y no hizo lo que hubiera sido sensato, marcharse de la ciudad; Clodio decidió defenderse con cualquier argumento; alegó que era inocente y que nunca había estado allí.
También tardó en perdonarlo Fulvia, aunque lo hizo cuando hubo olvidado el gran sufrimiento que le supuso pasar por el aborto, pero sólo porque comprobó por sí misma que su esposo estaba tan lleno de dolor como ella misma. Entonces, ¿por qué lo había hecho?
—¡No lo pensé, es que no lo pensé! —levantó la cabeza para mirar a Fulvia con ojos enrojecidos e hinchados—. Quiero decir, todo eso no es más que una tonta juerga de viejas: todas se ponen apestosamente borrachas y hacen el amor o se masturban o lo que sea… ¡Es que no lo pensé, Fulvia!
—Clodio, la Bona Dea no es así. ¡Es sagrada! No puedo decirte qué es exactamente, pues si lo hiciera me marchitaría y daría a luz serpientes para el resto de mi vida cada vez que lo hiciera, si es que pudiera hacerlo. ¡Bona Dea es para nosotras! Todos los otros dioses de mujeres lo son también de hombres, Juno Lucina, Juno Sospita y las demás, pero Bona Dea es sólo nuestra. Ella se ocupa de todas esas cosas de las mujeres que los hombres no pueden saber, o no quieren saber. Si no se va a dormir como es debido, tampoco puede despertarse como es debido. ¡Y Roma es algo más que hombres, Clodio! ¡Roma es también sus mujeres!
—Me juzgarán y me declararán culpable, ¿verdad?
—Eso parece, aunque ninguna de nosotras lo quiere así. Eso significa que los hombres se están metiendo donde no los llaman, están usurpando la divinidad de Bona Dea. —Fulvia tiritaba de forma incontrolable—. No es un juicio a manos de los hombres lo que me aterra, Clodio, sino lo que te hará Bona Dea, y eso no puede comprarse con sobornos como se compra a un jurado.
—No hay dinero suficiente en toda Roma para comprar a este jurado.
Pero Fulvia se limitó a sonreír.
—Habrá suficiente dinero cuando llegue el momento. Nosotras, las mujeres, no queremos ese juicio. Quizás si puede evitarse, Bona Dea perdona. Lo que ella no perdonará es que el mundo de los hombres usurpe sus prerrogativas.
Recién llegado después de su período como legado en Hispania, Publio Vatinio se puso a dar saltos de alegría ante la oportunidad de casarse con Pompeya.
—César, te estoy muy agradecido —le dijo sonriendo—. Naturalmente, tú no podías conservarla como esposa tuya, eso lo comprendo. Pero también sé que no me la ofrecerías a mí si creyeses que había tomado parte en el sacrilegio.
—Puede que Roma no sea tan comprensiva, Vatinio. Hay mucha gente que cree que la repudié porque estaba mezclada en el asunto de Clodio.
—A mí Roma no me importa, me importa tu palabra. ¡Mis hijos serán Antonios y Cornelios! Sólo dime cómo puedo pagártelo.
—Eso es bastante fácil, Vatinio —le dijo César—. El año que viene me iré a una provincia, y al año siguiente me presentaré para cónsul. Quiero que te presentes para el tribunato de la plebe en esas mismas elecciones. — Suspiró—. Como Bíbulo se presentará el mismo año que yo, existen grandes posibilidades de que yo lo tenga por colega consular. El único noble que queda de cierta consideración ese año es Filipo, y creo que de momento el epicúreo que hay en él habrá vencido al político. No le ha gustado nada ser pretor. Los hombres que han sido pretores en años anteriores son patéticos. Por ello puede muy bien darse el caso de que yo necesite un buen tribuno de la plebe, si Bíbulo también tiene que ser cónsul. Y tú, Vatinio —terminó alegremente César—, serás un tribuno de la plebe extraordinariamente capaz.
—Un mosquito contra una pulga.
—Lo bueno de las pulgas es que crujen cuando uno las aplasta con la uña dcl pulgar —dijo César satisfecho—. Los mosquitos son criaturas mucho más elusivas.
—Dicen que Pompeyo está a punto de desembarcar en Brundisium.
—Eso dicen, es cierto.
—Y que busca tierras para sus soldados.
—En vano, te predigo yo.
—¿No sería, quizás, mejor que yo me presentase a tribuno de la plebe el año próximo, César? Así podría conseguirle las tierras a Pompeyo, y él estaría en deuda contigo. Los únicos tribunos de la plebe que tiene este año son Aufidio Lurco y Cornelio Cornuto, ninguno de los cuales hará valer su opinión. Se dice que tendrá a Lucio Flavio al año siguiente, pero ése tampoco funcionará.
—Oh, no —dijo César suavemente—, no le hagamos las cosas demasiado fáciles a Pompeyo. Cuanto más tiempo espere, más sincera será su gratitud. Tú eres mi hombre corpus animusque, Vatinio, y yo quiero que nuestro héroe Magnus así lo entienda. Ha pasado mucho tiempo en el Este, ya está acostumbrado a sudar.
Los boni también estaban sudando, aunque ellos tenían un tribuno de la plebe que asumía entonces el cargo mucho más satisfactorio que Aufidio Lurco y Cornelio Cornuto. Se trataba de Quinto Fufio Caleno, que resultó valer más que los otros nueve juntos. Al principio de su año, no obstante, fue difícil apreciar tal cosa, debido a cierto desánimo de los boni. — Tenemos que coger a César como sea —les dijo Cayo Pisón a Bíbulo, Catulo y Catón.
—Será muy difícil, teniendo en cuenta la Bona Dea —dijo Catulo al tiempo que sentía un estremecimiento—. Actuó en todo como debía, y Roma lo sabe. Repudió a Pompeya sin reclamarle la dote, y ese comentario acerca de que la que fuera esposa de César tenía que estar por encima de toda sospecha fue tan acertado que ya ha pasado a formar parte del saber popular en el Foro. ¡Una jugada realmente brillante! Dice que cree que ella es inocente, pero que el protocolo exige que se marche. Si tú tuvieras en casa una esposa, Pisón, o tú, Bíbulo, sabríais que no hay una mujer en toda Roma dispuesta a permitir que se critique a César. Hortensia me marea tanto hablándome de eso como Lutacia marea a Hortensio. Por qué lo hacen, no acabo de comprenderlo, pero las mujeres no quieren que a Clodio se le someta a un juicio público, y todas saben que César está de acuerdo con ellas. Las mujeres son una fuerza infravalorada en el orden de las cosas —terminó lúgubremente Catulo.
—Pronto tendré otra esposa en casa —dijo Bíbulo.
—¿Quién?
—Otra Domicia. Catón me lo ha arreglado.
—Pues más bien parece que se lo estés arreglando tú a César —dijo con burla Cayo Pisón—. Yo que tú seguiría soltero. Y eso es lo que voy a hacer por mi parte.
A lo cual Catón no se dignó hacer ningún comentario, simplemente permaneció sentado con la barbilla apoyada en la mano y aspecto deprimido.
El año no había resultado ser un éxito para Catón, que se había visto obligado a aprender todavía otra lección más por el difícil camino: que agotar demasiado pronto la competencia que se tiene le deja a uno sin
adversarios contra los cuales luchar y lucirse. Una vez que Metelo Nepote se marchó para ir a reunirse con Pompeyo el Grande, el período de Catón como tribuno de la plebe quedó reducido a la insignificancia. La única acción que emprendió después no gozó de popularidad, especialmente entre sus amigos boni más íntimos; cuando la nueva cosecha hizo que los precios del grano se pusieran por las nubes hasta llegar a alturas nunca alcanzadas, Catón legisló que se diera el grano al populacho a diez sestercios el modius… a costa de que el Tesoro pagase mucho más de mil talentos. Y César había votado a favor de aquello en la Cámara, donde Catón, con toda corrección, lo había propuesto primero. César hizo un discurso muy elegante en el que sugería que había habido un enorme cambio de corazón en Catón y le daba las gracias por ser tan previsor. Qué mortificante saber que hombres como César comprendían a la perfección que lo que él había propuesto era una cosa sensata y que se adelantaba a los acontecimientos, mientras que hombres como Cayo Pisón y Ahenobarbo se habían puesto a chillar como cerdos. ¡Incluso lo habían acusado de haberse convertido en un demagogo peor que Saturnino al mimar al proletariado!
—Tendremos que hacer que a César le embarguen por deudas —dijo Bíbulo.
—No podemos hacer eso con honor —dijo Catulo.
—Podemos, si nosotros no tenemos nada que ver en ello.
—¡Sueñas despierto, Bíbulo! —le dijo Cayo Pisón—. La única manera de hacerlo es impedir que los pretores de este año tengan provincias, y cuando intentásemos prorrogar a los gobernadores actuales nos harían callar a gritos.
—Hay otra manera —dijo Bíbulo.
Catón levantó la barbilla de la mano.
—¿Cómo?
—El sorteo para las provincias pretorianas se celebrará el día de año nuevo. He hablado con Fufio Caleno, y con mucho gusto vetará el sorteo basándose en que no puede decidirse nada oficial hasta que el tema del sacrilegio de la Bona Dea esté resuelto. Y, puesto que las mujeres no hacen más que machacar con que no se emprenda ninguna acción, y por lo menos
la mitad del Senado es muy susceptible a las mujeres machaconas, eso significa que Fufio Caleno puede seguir vetando durante meses —añadió Bíbulo muy satisfecho—. Lo único que tenemos que hacer es susurrar al oído de unos cuantos prestamistas que los pretores de este año no llegarán a ir a provincias.
—Tengo que decir una cosa a favor de César —ladró Catón—, y es que él te ha aguzado el ingenio, Bíbulo. En los viejos tiempos no habrías logrado pensar así.
Bíbulo tuvo en la punta de la lengua una grosería para decírsela a Catón, pero no lo hizo; se limitó a sonreír débilmente a Catulo, un poco asqueado.
Catulo reaccionó de un modo más bien extraño.
—Estoy de acuerdo con el plan —dijo—, pero con una condición: que no se lo digamos a Metelo Escipión.
—¿Y por qué no? —preguntó Catón perplejo.
—Porque yo no podría soportar la eterna letanía: ¡destruir a César por aquí, destruir a César por allá, pero nunca llegamos a hacerlo!
—Esta vez no podemos fallar —dijo Bíbulo—. Publio Clodio nunca irá a juicio. —Eso significa que él también sufrirá. Acaba de ser elegido cuestor y nunca entrará en servicio si no se celebra el sorteo —dijo Cayo Pisón.
La guerra en el Senado para juzgar a Publio Clodio estalló justo después del fiasco del día de año nuevo en el templo de Júpiter Óptimo Máximo — muy mejorado por dentro desde el año anterior; Catulo se había tomado en serio la advertencia de César—. Quizás porque el asunto se había detenido, se decidió elegir nuevos censores; se restableció en el cargo a dos conservadores, Cayo Escribonio Curión y Cayo Casio Longino, lo cual prometía una gran cooperación por parte de los censores siempre que los tribunos de la plebe los dejasen en paz, cosa que no era un resultado inevitable estando como estaba en el cargo Fufio Caleno.
El cónsul senior era un Pisón Frugi adoptado en el seno de la rama de Pupio que procedía de la rama Calpurnio de la familia, y era uno de esos
que tenían una esposa machacona. Motivo por el cual se opuso obstinadamente a que se le celebrase juicio alguno a Publio Clodio.
—El culto de la Bona Dea queda fuera de la jurisdicción del Estado — dijo llanamente—, y yo dudo que sea legal hacer algo más de lo que ya se ha hecho: el Colegio de los Pontífices se ha pronunciado y ha dicho que Publio Clodio cometió sacrilegio. Pero su crimen no está en los estatutos. Clodio no ofendió a una virgen vestal, ni intentó manipular a las personas ni a los ritos de ningún dios romano. Nada puede quitarle importancia a la barbaridad que cometió, pero yo soy uno de los que están de acuerdo con las mujeres de la ciudad: que la Bona Dea lo castigue merecidamente y a su manera cuando lo estime oportuno.
Declaración que no le sentó nada bien a su colega junior, Mesala Níger. —¡No descansaré hasta que se juzgue a Publio Clodio! —afirmó; y parecía decirlo en serio—. ¡Si no hay una ley en las tablillas, sugiero que redactemos una! ¡No basta con quejarse tristemente de que un hombre no puede ser juzgado porque nuestras leyes no tienen una casilla donde encaje su crimen! ¡Es muy fácil hacerle sitio a Publio Clodio, y yo propongo que
así lo hagamos ahora!
Solamente Clodio, pensó César con ironía, era capaz de estar sentado en los bancos de atrás con cara de que aquel tema concerniera a todo el mundo menos a él, mientras la discusión iba subiendo de tono y Pisón Frugi estaba a punto de liarse a bofetadas con Mesala Níger.
En medio de lo cual Pompeyo el Grande se aposentó en el Campo de Marte después de licenciar a su ejército, porque el Senado no podía entrar a tratar sobre su triunfo hasta que el problema de la Bona Dea quedase resuelto. Su proyecto de ley para el divorcio lo había precedido en muchos días, aunque nadie había visto a Mucia Tercia. ¡Y el rumor decía que César era el culpable! Por lo cual a César le proporcionó un gran placer asistir a un contio en el Circus Flaminus, un lugar donde sí le estaba permitido hablar a Pompeyo. De una manera muy pobre, como se le oyó decir a Cicerón con aspereza.
A finales de enero Pisón Frugi empezó a echarse atrás cuando los nuevos censores entraron en la refriega y acordaron redactar una ley que
permitiera el procesamiento de Publio Clodio por un nuevo tipo de sacrilegio.
—Eso es una completa farsa —dijo Pisón Frugi—, pero las farsas son muy apreciadas en el corazón de todos los romanos, así que supongo que es apropiada. ¡Todos vosotros sois tontos! Clodio saldrá libre, y eso lo deja en mejor posición que si continúa existiendo bajo una nube de incertidumbre.
Siendo un buen redactor legal, Pisón Frugi preparó en persona el proyecto de ley, que era severo si se consideraba desde el punto de vista de la pena: exilio de por vida y pérdida completa de todas las riquezas; pero también contenía una curiosa cláusula al efecto de que el pretor elegido para presidir el tribunal especial tenía que nombrar él mismo el jurado a dedo, lo cual significaba que el presidente del tribunal tenía el destino de Clodio en sus manos. Un pretor que estuviera a favor de Clodio supondría un jurado complaciente. Un pretor que estuviera a favor de que Clodio fuera declarado culpable, significaría el jurado más duro posible.
Aquello ponía a los boni entre la espada y la pared. Por una parte no querían en absoluto que se juzgase a Clodio, porque en el momento en que el proceso se pusiera en marcha podría hacerse el sorteo de las provincias pretorianas; y por otra parte no querían que Clodio fuera declarado culpable, porque Catulo pensaba que el asunto de la Bona Dea quedaba fuera de la incumbencia de los hombres y del Estado.
—¿Están algo preocupados los acreedores de César? —preguntó Catulo. —Oh, sí —repuso Bíbulo—. Si logramos seguir vetando el proceso contra Clodio hasta marzo, parece que no podrá realizarse el sorteo. Y
entonces ellos actuarán.
—¿Podemos seguir haciéndolo un mes más?
—Fácilmente.
En las calendas de febrero, Décimo Junio Silano despertó de un sopor inquieto vomitando sangre. Habían pasado muchas lunas desde que pusiera la campanilla de bronce al lado de su cama, aunque la utilizaba tan raramente que siempre que lo hacía toda la casa se despertaba.
—Así es como murió Sila —le dijo con cansancio a Servilia.
—No, Silano —le animó ella en tono reconfortante—, esto no es más que una crisis. El estado de salud de Sila era mucho peor. Tú te pondrás bien. ¿Quién sabe? A lo mejor es que tu cuerpo se está purgando solo.
—Mi cuerpo se está desintegrando. Ahora estoy sangrando también por los intestinos, y pronto no me quedará sangre. —Suspiró y trató de sonreír
—. Por lo menos he logrado ser cónsul; mi casa tiene una imago consular más.
Quizás todos aquellos años de matrimonio contaban para algo; aunque no sentía pena, Servilia se conmovió lo suficiente para cogerle la mano a Silano.
—Fuiste un cónsul excelente, Silano.
—Eso creo. No fue un año fácil, pero sobreviví. —Apretó los dedos de ella, cálidos y secos—. Es a ti a quien no he logrado sobrevivir, Servilia.
—Tú ya estabas enfermo antes de que nos casásemos. Silano se quedó callado; las larguísimas pestañas rubias se extendieron sobre sus mejillas. Qué guapo es, pensó su esposa, y cómo me gustó este hombre la primera vez que lo vi. Voy a quedarme viuda por segunda vez.
—¿Está aquí Bruto? —preguntó Silano poco después al tiempo que levantaba los cansados párpados—. Me gustaría hablar con él.
—Y cuando Bruto llegó, Silano miró más allá de la oscura y triste cara del joven, miró a Servilia—. Sal afuera, querida, ve a buscar a las niñas y esperad. Bruto os llamará para que entréis.
¡Qué rabia le dio a Servilia que la hiciera marcharse! Pero se fue, y Silano se cercioró de que ella se había ido antes de volver la cabeza hacia el hijo de Servilia.
—Siéntate a los pies de la cama, Bruto.
Éste obedeció; tenía los ojos negros brillantes por las lágrimas a la parpadeante luz de la lámpara.
—¿Es por mí por quien lloras? —le preguntó Silano. —Sí.
—Llora por ti, hijo mío. Cuando yo no esté ella te será más difícil de manejar.
—No creo que eso sea posible, padre —dijo Bruto reprimiendo un sollozo.
—Se casará con César.
—Oh, sí.
—Quizás eso sea bueno para ella. El es el hombre más fuerte que he conocido.
—Pues habrá guerra entre ellos —dijo Bruto.
—¿Y Julia? ¿Cómo os irá a vosotros dos si ellos se casan? —Más o menos igual que ahora. Nos las arreglamos.
Silano dio un débil tirón de la ropa de la cama y pareció encogerse. —¡Oh, Bruto, me ha llegado la hora! —exclamó—. Tantas cosas que
tenía para decirte, y lo he dejado para cuando ya es demasiado tarde. Pero, ¿no es ésa la historia de mi vida?
Llorando, Bruto salió precipitadamente de la habitación a buscar a su madre y hermanas. Silano logró sonreírles; luego cerró los ojos y murió.
El funeral, aunque no se celebró a expensas del Estado, fue un acontecimiento de gran importancia que no careció de su lado estimulante: el amante de la viuda presidió las exequias del marido y pronunció un magnífico elogio desde la tribuna como si él en su vida hubiera conocido a la viuda, pero en cambio conociera al marido extraordinariamente bien.
—¿Quién ha sido el responsable de que César pronuncie la oración fúnebre? —le preguntó Cicerón a Catulo.
—¿Quién crees tú?
—¡Pero ése es el lugar que le corresponde a Servilia! —¿Acaso a Servilia le corresponde lugar alguno? —Es una lástima que Silano no tuviera hijos. —Yo más bien diría que es una bendición.
Volvían caminando despacio de la tumba de Junio Silano, que se encontraba al sur de la ciudad, junto a la vía Apia.
—Catulo, ¿qué vamos a hacer respecto al sacrilegio de Clodio?
—¿Qué le parece el asunto a tu esposa, Cicerón?
—Está destrozada. Nosotros, los hombres, nunca debimos meter la nariz en eso, pero ya que lo hemos hecho, creo que Publio Clodio debe ser
condenado. —Cicerón hizo un alto—. Debo decirte, Quinto Lutacio, que me encuentro en una situación extraordinariamente difícil y delicada.
Catulo se detuvo.
—¿Tú, Cicerón? ¿Cómo?
—Terencia cree que tengo una aventura amorosa con Clodia.
Durante un momento Catulo no pudo hacer más que quedarse con la boca abierta; luego echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír hasta que algunos de los demás acompañantes del duelo los miraron con curiosidad. Tenían un aspecto completamente ridículo, los dos con la toga negra de luto con la delgada raya color púrpura de caballero en el hombro derecho, vestidos de forma oficial para un entierro; pero uno de ellos aullaba de risa, y el otro estaba de pie, presa evidentemente de una furiosa indignación.
—¿Se puede saber qué te hace tanta gracia? —se arriesgó a preguntar Cicerón.
—¡Tú! ¡Y Terencia! —jadeó Catulo mientras se limpiaba las lágrimas
—. Cicerón, ella no… tú… ¿Clodia? —Te hago saber que Clodia lleva ya algún tiempo mirándome con ojos de cordero —dijo Cicerón muy tieso.
—Esa señora es más difícil de penetrar que Nola —dijo Catulo echando a andar de nuevo—. ¿Por qué te crees que la aguanta Celer? ¡Él sabe cómo se las gasta esa mujer! Hace arrumacos y risitas y agita las pestañas, convierte en un completo tonto a algún pobre hombre, y luego se retira detrás de sus murallas y echa el cerrojo a las puertas. Dile a Terencia que no sea tan tonta. Lo más probable es que Clodia se esté divirtiendo a tu costa.
—¿Por qué no se lo dices tú?
—Gracias, Cicerón, pero no. Haz el trabajo sucio tú mismo. Yo ya tengo bastante con vérmelas con Hortensia, no necesito cruzar espadas con Terencia.
—Ni yo tampoco —dijo Cicerón con tristeza—. Celer me escribió, ¿sabes? Bueno, ¡me ha estado escribiendo desde que se fue a gobernar la Galia Cisalpina!
—¿Y te ha acusado de ser el amante de Clodia? —quiso saber Catulo. —¡No, no! Quiere que yo ayude a Pompeyo a conseguir tierras para sus
hombres. Es muy difícil.
—¡Será si tú te alistas en esa causa, amigo mío! —le dijo Catulo con aire funesto—. ¡Puedo decirte ahora mismo que Pompeyo tendrá que pasar por encima de mi cadáver si quiere conseguir tierras para sus hombres!
—Sabía que dirías eso.
—Entonces, ¿por qué divagas?
Cicerón extendió los brazos e hizo rechinar los dientes.
—¡Yo no tengo por costumbre divagar! Pero, ¿no sabe Celer que toda Roma está hablando de Clodia y de ese nuevo poeta, ese individuo llamado Catulo?
—Bueno —dijo Catulo en tono de consuelo—, si toda Roma está hablando de Clodia y cierto poeta, entonces no se puede tomar muy en serio lo vuestro, ¿no es cierto? Dile eso a Terencia.
—¡Grrr! —gruñó Cicerón; y entonces decidió seguir caminando en silencio.
De forma muy apropiada, Servilia dejó pasar algunos días después de la muerte de Silano antes de enviarle a César una nota en la que le decía que deseaba verse con él… en las habitaciones del Vicus Patricii.
El César que fue a reunirse con ella no era el César de siempre; si el hecho de saber que aquélla, probablemente, sería una confrontación problemática no hubiera sido suficiente para causar ese cambio, el saber que sus acreedores de pronto le estaban apremiando sí habría bastado. Se había corrido la voz por todo el Clivus Argentarius de que aquel año no habría provincias pretorianas, lo que convertía a César, de ser cierto el rumor, en una pérdida irrecuperable para los acreedores. Era cosa de Catulo, Catón, Bíbulo y el resto de los boni, desde luego. A fin de cuentas habían encontrado un modo de negarles las provincias a los pretores, y Fufio Caleno era un tribuno de la plebe muy bueno. Y por si aún quedara algo que pudiese agravar las cosas, la situación económica las empeoraba; cuando alguien tan conservador como Catón veía la necesidad de bajar el precio del grano hasta una miseria, es porque Roma se encontraba en verdaderos apuros económicos. La suerte, ¿qué había sido de repente de la suerte de
César? ¿O era que simplemente la diosa Fortuna lo estaba poniendo a prueba?
Pero por lo visto Servilia no estaba de humor para solucionar la posición en que ella se encontraba; saludó a César completamente vestida y con bastante seriedad; luego se sentó en una silla y pidió vino.
—¿Echas de menos a Silano? —le preguntó él.
—Quizás sí. —Empezó a darle vueltas a la copa entre las manos, una y otra vez—. ¿Piensas algo acerca de la muerte, César?
—Sólo que es algo que ha de llegar. No me preocupa con tal de que sea rápida. Si yo tuviera que sufrir el destino de Silano, me atravesaría con la espada.
—Algunos griegos dicen que hay vida después. —Sí. —¿Tú crees eso? —No en un sentido consciente. La muerte es un sueño eterno, de eso estoy seguro. No nos vamos flotando desprovistos de cuerpo y seguimos siendo nosotros mismos. Pero ninguna sustancia perece, y hay mundos de fuerzas que nosotros no vemos ni comprendemos. Nuestros dioses pertenecen a uno de esos mundos, y son lo suficientemente tangibles como para llevar a cabo contratos y pactos con nosotros. Pero nosotros nunca perteneceremos a ese mundo, ni en la vida ni en la muerte. Nosotros servimos para equilibrarlo. Sin nosotros, el mundo de los dioses no existiría. Así que si los griegos ven algo, eso es lo que deben de ver. Y, ¿quién sabe si los dioses son eternos? ¿Cuánto tiempo dura una fuerza? ¿Se forman más fuerzas nuevas cuando las viejas se apagan? ¿Qué le ocurre a una fuerza cuando ya no está? La eternidad es dormir sin soñar, incluso para los dioses. Eso es lo que yo creo.
—Y sin embargo —dijo Servilia lentamente—, cuando Silano murió algo salió de la habitación. Yo no vi cómo se marchaba, ni lo oí. Pero ocurrió, César. La habitación quedó vacía.
—Supongo que lo que se marchó fue una idea.
—¿Una idea?
—¿No es eso lo que todos nosotros somos, una idea?
—¿Para nosotros mismos o para los demás? —Para todos, aunque no necesariamente la misma idea para nosotros que para los demás.
—Lo único que sé es que tuve esa sensación. Lo que hacía que Silano viviera se marchó.
—Bébete el vino.
Servilia apuró la copa.
—Me siento de una forma muy extraña, pero no del mismo modo que me sentía cuando era niña y tantas personas morían. Ni del mismo modo como me sentí cuando Pompeyo Magnus me envió las cenizas de Bruto desde Mutina.
—Tu niñez fue abominable —le dijo César; se levantó, avanzó hacia Servilia y se situó a su lado—. En cuanto a tu primer marido, tú ni lo amabas ni lo elegiste. Sólo fue el hombre que engendró a tu hijo Bruto.
Servilia levantó el rostro para recibir el beso de él, y nunca antes había sido tan consciente de cómo era el beso de César porque siempre lo había deseado con demasiada avidez como para saborearlo y analizarlo. Una perfecta fusión de los sentidos y el espíritu, pensó ella; y le rodeó el cuello con los brazos. César tenía la piel curtida, un poco tosca, y olía débilmente a cierto fuego de los sacrificios, a cenizas en un hogar oscurecido por el fuego. Ouizá, continuó divagando la mente de Servilia entre caricias y sabor, lo que yo intento es retener conmigo para siempre algo de la fuerza de él, y la única manera como puedo lograrlo es así, con mi cuerpo apretado contra el suyo, con él dentro de mí, los dos apartados durante unos momentos de todo conocimiento de otras cosas, existiendo sólo el uno en el otro…
Ninguno de ellos habló hasta que ambos se hubieron sumido en un pequeño sueño y hubieron despertado de él; y allí estaba de nuevo el mundo, con niños de pecho llorando, las mujeres gritando, los hombres carraspeando y escupiendo, el estruendo de los carros sobre el empedrado de la calle, la fábrica cercana, el débil temblor que era Vulcano en las profundidades subterráneas.
—Nada dura eternamente —dijo Servilia.
—Incluidos nosotros, como yo te decía.
—Pero tenemos nuestros nombres, César. Si nuestros nombres no se olvidan, es una especie de inmortalidad.
—La única que yo aspiro a alcanzar.
Un súbito rencor se apoderó de Servilia; se dio la vuelta y le dio la espalda a César.
—Tú eres un hombre, tienes oportunidad de conseguir eso. Pero, ¿y yo? —¿Tú? —le preguntó César tirando de ella para que se pusiera de frente
a él.
—Esa no era una pregunta filosófica —dijo ella.
—No, no lo era. Servilia se sentó y se abrazó las rodillas; la cresta de vello que le bajaba por la columna vertebral quedaba oculta por una gran cascada de espeso cabello negro.
—¿Cuántos años tienes, Servilia?
—Pronto cumpliré cuarenta y tres.
Era ahora o nunca; César también se sentó.
—¿Quieres volver a casarte? —le preguntó él.
—Oh, sí.
—¿Con quién?
Servilia se volvió hacia César y lo miró fijamente con los ojos muy abiertos.
—¿Con quién va a ser, César?
—Yo no puedo casarme contigo, Servilia.
La impresión que ella sufrió fue perceptible; Servilia se encogió. —¿Por qué?
—Por una parte, están nuestros hijos. No va contra la ley que nosotros nos casemos y que tu hijo se case con mi hija. El grado de parentesco es permisible. Pero sería demasiado embarazoso, y yo no quiero hacerles eso.
—Eso no es más que una evasiva —dijo ella tensamente.
—No, no lo es. Para mí es una razón válida.
—¿Y qué más?
—¿No has oído lo que dije cuando repudié a Pompeya? —le preguntó César—. «La esposa de César, como toda la familia de César, debe estar por encima de toda sospecha.»
—Yo estoy por encima de toda sospecha.
—No, Servilia, no lo estás.
—¡César, eso no es así! Se dice de mí que soy demasiado orgullosa hasta para aliarme con Júpiter Óptimo Máximo.
—Pero no fuiste demasiado orgullosa para aliarte conmigo.
—¡Claro que no!
César se encogió de hombros.
—Pues ahí tienes.
—¿Ahí tengo, ¿qué?
—Que no estás por encima de toda sospecha. Eres una esposa infiel. —¡No lo soy!
—¡Bobadas! Llevas siendo infiel años.
—¡Pero contigo, César, contigo! ¡Nunca antes lo había sido con nadie, y no he vuelto a serlo con nadie más desde que te conozco, ni siquiera con Silano!
—No importa que fuera conmigo —dijo César con indiferencia—. Eres una esposa infiel.
—¡No para ti!
—¿Cómo sé yo que eso es verdad? Le fuiste infiel a Silano. ¿Por qué no vas a serme infiel a mí más adelante? Aquello era una pesadilla; Servilia respiró profundamente y se esforzó por concentrarse en aquellas cosas increíbles que César le estaba diciendo.
—Antes de ti todo hombre era insulsus —dijo ella—. Y después de ti, todo hombre es insulsus.
—No me casaré contigo, Servilia. No estás por encima de toda sospecha, y tampoco libre de reproche.
—Lo que yo siento por ti no puede medirse en términos de si es correcto o incorrecto lo que se hace —dijo ella luchando aún—. Tú eres único. Por ningún otro hombre, ¡ni por ningún dios!, habría yo humillado mi orgullo ni mi buen nombre. ¿Cómo puedes utilizar lo que yo siento por ti en mi contra?
—No estoy utilizando nada en tu contra, Servilia, simplemente te estoy diciendo la verdad. La esposa de César debe estar por encima de toda sospecha.
—¡Yo estoy por encima de toda sospecha!
—No, no lo estás.
—¡Oh, no puedo creerlo! —exclamó ella al tiempo que empezaba a mover la cabeza adelante y atrás, con las manos entrelazadas—. ¡Eres injusto! ¡Injusto!
Estaba claro que la entrevista había terminado; César se levantó de la cama.
—Tú debes verlo de ese modo, naturalmente, pero eso no cambia las cosas, Servilia. La esposa de César debe estar por encima de toda sospecha.
Pasó un rato; Servilia oía a César en el baño, aparentemente en paz con el mundo. Y por fin ella se levantó con esfuerzo de la cama y se vistió.
—¿No te bañas? —preguntó César, sonriéndole de verdad cuando ella entró en la habitación que hacía de baño en la galería.
—Hoy me iré a bañar a mi casa.
—¿Estoy perdonado?
—¿Quieres estarlo?
—Me honra tenerte por amante.
—¡Creo que eso lo dices en serio!
—Así es —le aseguró él con sinceridad.
Servilia irguió los hombros y apretó los labios.
—Lo pensaré, César.
—¡Estupendo!
Con lo cual interpretó Servilia que César daba a entender que sabía que ella volvería.
Gracias a todos los dioses había una larga caminata hasta la casa de Servilia. «¿Cómo se ha atrevido a hacerme esto? ¡Con tanta habilidad, de un modo tan terriblemente civilizado! Como si mis sentimientos no tuvieran ninguna importancia… como si yo, una patricia Servilia Cepión, no importase nada. Ha hecho que yo le pidiera el matrimonio, y luego me lo ha tirado a la cara como el contenido de un orinal. Me ha rechazado como si yo fuera la hija de cualquier rico palurdo de la Galia o de Sicilia. ¡He razonado con él! ¡Le he suplicado! ¡Me he tendido en el suelo y he dejado que se limpiase los pies en mí! ¡Yo, una patricia Servilia Cepión! Todos estos años lo he tenido esclavizado, cuando ninguna otra mujer había
conseguido hacerlo nunca… ¿Cómo iba yo a suponer que iba a rechazarme? Sinceramente, creí que se casaría conmigo. Y él sabía que yo pensaba que se casaría conmigo. ¡Oh, qué placer debe de haber experimentado mientras representábamos esa pequeña farsa! Creí que sabía ser fría, pero no lo soy del modo en que lo es él. ¿Por qué, entonces, lo amo tanto? ¿Por qué en este mismo momento continúo amándole? Insulsus. Eso es lo que me ha hecho. Después de él, todos los demás hombres son completamente insípidos. El ha ganado. Pero yo nunca se lo perdonaré. ¡Nunca!»
Tener a Pompeyo el Grande viviendo en una mansión alquilada por encima del Campo de Marte era un poco como saber que la única barrera entre el león y el Senado era una hoja de papel. Antes o después alguien se cortaría un dedo y el olor de la sangre provocaría que asomara una garra exploratoria. Por ese motivo y no otro se decidió celebrar una contio de la Asamblea Popular en el Circus Flaminius para discutir el formato de Pisón Frugi para el procesamiento de Publio Clodio. Con el propósito de poner en evidencia a Pompeyo, pues Pompeyo no quería tener nada que ver con el escándalo de Clodio, Fufio Caleno, muy decidido, le preguntó qué le parecía la cláusula que indicaba que el propio juez nombrase a dedo a los miembros del jurado. Los boni estaban radiantes. ¡Cualquier cosa que pusiera en apuros a Pompeyo serviría para el propósito de empequeñecer al Gran Hombre!
Pero cuando Pompeyo se adelantó hasta el borde de la plataforma de los oradores, un enorme clamor se alzó de miles de gargantas; aparte de los senadores y unos cuantos caballeros importantes de las Dieciocho, todos habían acudido sólo para ver a Pompeyo el Grande, conquistador del Este. El cual, en el transcurso de las tres horas siguientes, logró aburrir tan concienzudamente a su audiencia que la gente acabó por irse a casa.
—Podría haberlo dicho todo en un cuarto de hora —le cuchicheó Cicerón a Catulo—. El Senado tiene razón, como siempre, y el Senado debe ser apoyado. ¡Eso es lo que ha dicho en realidad! ¡Oh, de qué interminable manera lo ha dicho!
—Es uno de los peores oradores de Roma —dijo Catulo—. ¡Me duelen los pies!
Pero la tortura no había terminado, aunque los senadores podían sentarse ahora; Mesala Níger convocó al Senado a sesión allí mismo cuando Pompeyo terminó.
—Cneo Pompeyo Magnus —dijo Mesala Níger con tonos resonantes—, ¿querrías por favor darle a esta Cámara tu sincera opinión sobre el sacrilegio de Publio Clodio y el proyecto de ley de Marco Pupio Pisón Frugi?
Tan fuerte era el miedo que inspiraba el león que nadie protestó por aquella petición. Pompeyo estaba sentado entre los consulares, al lado de Cicerón, quien tragó saliva con fuerza y se evadió soñando despierto con su nueva casa y su decoración. Esta vez el discurso duró solamente una hora; al final Pompeyo se sentó en la silla con un golpe tan sonoro que fue suficiente para que Cicerón se despertase sobresaltado.
El rostro bronceado se le había puesto de color carmesí por el esfuerzo de intentar recordar las técnicas de la retórica; el Gran Hombre hizo rechinar los dientes.
—¡Oh, creo que he dicho suficiente sobre el tema!
—Desde luego que has dicho suficiente —respondió Cicerón con una dulce sonrisa.
En el momento en que Craso se levantó para hablar, Pompeyo perdió el interés en el asunto y empezó a hacerle preguntas a Cicerón acerca de los principales acontecimientos dignos de comentarse ocurridos en Roma durante su ausencia, pero Craso no había entrado todavía bien en materia cuando Cicerón ya estaba sentado muy derecho y sin prestarle la menor atención a Pompeyo. ¡Qué maravilla! ¡Qué dicha! ¡Craso lo estaba alabando a él, lo estaba poniendo por las nubes! Qué trabajo tan bueno había hecho Cicerón cuando había sido cónsul para acercar mucho más las órdenes; caballeros y senadores debían estar felizmente unidos…
—¿Qué demonios te ha movido a hacer tal cosa? —le preguntó César a Craso mientras ambos caminaban a lo largo del camino de sirga del Tíber
para evitar a los vendedores de verdura del Foro Holitorium, que estaban recogiendo después de un día agitado.
—¿Te refieres a ensalzar las virtudes de Cicerón?
—No me habría importado si no hubieras provocado que se lanzase a esa interminable respuesta acerca de la concordia entre las órdenes. Aunque, desde luego, admito que es un placer escucharle después de Pompeyo.
—Por eso es por lo que lo hice. Me repugna el modo en que todos le hacen reverencias y le dan jabón al odioso Magnus. Si los mira de reojo, se encogen como perros. Y allí estaba Cicerón, sentado al lado de nuestro héroe, completamente decaído. Así que pensé: voy a fastidiar al Gran Hombre.
—Y así lo has hecho. Deduzco que evitaste encontrarte con él en Asia. —Continuamente. —Lo cual puede haber sido el motivo de que se haya
oído decir a algunas personas que Publio y tú os mandasteis mudar a algún lugar al Este para evitar estar en Roma cuando Magnus llegase aquí.
—La gente nunca deja de sorprenderme. Yo estaba en Roma cuando Magnus llegó aquí.
—La gente nunca deja de sorprenderme. ¿Sabías que yo soy el motivo del divorcio de Pompeyo?
—¿Y qué, no lo eres?
—Por una vez soy absolutamente inocente. Hace años que no he estado en Picenum, y hace años también que Mucia Tercia no ha estado en Roma.
—Yo estaba bromeando. Pompeyo te honró con la más amplia de sus sonrisas. —La garganta de Craso produjo un ruido sordo, señal de que estaba a punto de embarcarse en un tema enojoso—. No te va muy bien con esos lobos prestamistas, ¿verdad?
—Los mantengo a raya.
—En los círculos financieros se dice que los pretores de este año nunca irán a provincias gracias a Clodio.
—Sí. Pero no gracias al idiota de Clodio. Gracias a Catón, a Catulo y al resto de la facción de los boni.
—Tú les has agudizado el ingenio.
—No temas, conseguiré mi provincia —le dijo César con serenidad—.
La diosa Fortuna no me ha abandonado todavía.
—Te creo, César. Por eso ahora te voy a decir algo que nunca le he dicho a nadie. Otros hombres tienen que pedírmelo, pero si te encuentras con que no puedes quitarte de encima a tus acreedores antes de que se te presente esa provincia, acude a mí en busca de ayuda, por favor. Si lo hicieras yo estaría apostando mi dinero a un ganador seguro.
—¿Sin cobrarme intereses? ¡Venga, venga, Marco! ¿Cómo iba yo a devolverte el favor si tú eres lo bastante poderoso para obtener tus propios favores sin ayuda?
—De modo que eres demasiado terco para pedírmelo.
—Eso es.
—Me doy cuenta de lo estirado que es el cuello de un Julio. Por eso te lo he ofrecido yo, incluso he dicho «por favor». Otros hombres se ponen de rodillas para pedírmelo a mí. Pero tú antes te atravesarías con la espada, y eso sería una lástima. No volveré a hablarte de ello, pero recuérdalo. No me lo estarás pidiendo, porque yo me he ofrecido y te he pedido por favor que me lo aceptes. Hay una diferencia.
A finales de febrero, Pisón Frugi convocó la Asamblea Popular y puso a votación su proyecto de ley que serviría para procesar a Clodio. Con desastrosas consecuencias. El joven Curión habló desde el suelo del Foso de los Comicios con tal eficacia que toda la concurrencia lo aclamó. Luego se erigieron los puentes de la votación y las pasarelas, pero sólo para que arremetieran contra ellos varias docenas de ardientes jóvenes miembros del club de Clodio guiados por Marco Antonio. Se apoderaron de los puentes y desafiaron a los lictores y a los funcionarios de la Asamblea con tanto valor que aquello amenazaba con convenirse en una batalla campal en toda regla. Fue Catón quien tomó las cosas en sus propias manos: subió a la tribuna e insultó a Pisón Frugi por celebrar una reunión con tal desorden. Hortensio habló en apoyo de Catón; en vista de lo cual el cónsul senior disolvió la Asamblea y, en su lugar, convocó al Senado a sesión.
En el interior de la abarrotada Curia Hostilia —todos los senadores se habían presentado para votar—, Quinto Hortensio propuso una medida de solución intermedia.
—Desde los censores hasta el cónsul junior, para mí está claro que hay un significativo segmento en esta Cámara que está decidido a llevar a toda prisa a Publio Clodio ante un tribunal para que responda por lo que hizo en la celebración de la Bona Dea —dijo Hortensio en el tono más razonable y suave que fue capaz—. Por ello todos aquellos padres conscriptos que no estén a favor de un juicio para Publio Clodio deberían pensarlo de nuevo. Estamos a punto de acabar el segundo mes sin que seamos capaces de llevar adelante los asuntos con normalidad, lo cual es la mejor manera de que el gobierno se nos venga abajo de una forma estrepitosa. Y todo a causa de un simple cuestor y su banda de jóvenes gamberros! ¡No podemos permitir que esto continúe! No hay nada en la ley de nuestro instruido cónsul senior que no pueda adaptarse para que convenga a todos los gustos. De manera que, si esta Cámara me lo permite, me tomaré los próximos días para volver a redactarla en compañía de los dos hombres que más se oponen a la forma que tiene actualmente: nuestro cónsul junior Marco Valerio Mesala Níger y el tribuno de la plebe Quinto Fufio Caleno. La próxima sesión de comicios es el cuarto día antes de las nonas de marzo. Sugiero que Quinto Fufio presente el nuevo proyecto de ley al pueblo como una lex Fufia. Y que esta Cámara acompañe el proyecto de ley con una severa orden para el pueblo: ¡Que se ponga a votación, y sin tonterías!
—¡Yo me opongo! —gritó Pisón Frugi, con el rostro blanco a causa de la ira.
—¡Oh, oh, oh, yo también! —se oyó en forma de agudo alarido procedente de la grada del fondo; y hacia abajo fue rodando Clodio para ir a caer de rodillas en mitad del suelo de la Curia Hostilia, con las manos juntas delante en actitud de súplica, servil y aullante. Tan extraordinaria fue aquella actuación que el Senado entero, que estaba lleno hasta los topes, quedó estupefacto de asombro. ¿Lo estaría haciendo en serio? ¿Estaría actuando? ¿Eran aquellas lágrimas de risa o de pena? Nadie lo sabía.
Mesala Níger, que tenía las fasces durante el mes de febrero, hizo señas a sus lictores.
—Sacad de aquí a esta criatura —dijo tajante.
Sacaron a Publio Clodio en volandas y pataleante y lo depositaron en el pórtico del Senado; lo que le pasó después fue un misterio, pues los lictores le cerraron la puerta en las narices y lo dejaron allí chillando.
—Quinto Hortensio —dijo Mesala Níger—, yo añadiría una cosa a tu propuesta. Que cuando el pueblo se reúna el cuarto día antes de las nonas de marzo para votar, llamemos a la milicia. Ahora quiero celebrar una votación para que se pronuncien los senadores.
Había cuatrocientos quince senadores en la Cámara. Cuatrocientos votaron a favor de la propuesta de Hortensio; entre los quince que votaron en contra se encontraban Pisón Frugi y César.
La Asamblea Popular captó bien la indirecta, y aprobó el proyecto de la lex Fuf¡a, lo que lo convertía en ley, durante una reunión que se distinguió por la calma… y por el número de soldados de la milicia distribuida alrededor del Foro inferior.
—Bien —dijo Cayo Pisón cuando la reunión se disolvía—, entre Hortensio, Fufio Caleno y Mesala Níger, Clodio no habría de tener muchos problemas para salir absuelto.
—Ciertamente, le han quitado todo el hierro al proyecto de ley original —dijo Catulo, no sin satisfacción.
—¿Te fijaste en lo agobiado por la preocupación que parecía estar César? —preguntó Bíbulo.
—Los acreedores lo están apremiando sin compasión —apuntó Catón con júbilo—. Me he enterado por un corredor de bolsa en la basílica Porcia de que los alguaciles aporrean cada día la puerta de la domus publica, y que nuestro pontífice máximo no puede ir a ninguna parte sin que ellos le vayan detrás. ¡Ya lo tenemos!
—De momento sigue siendo un hombre libre —dijo Cayo Pisón, menos optimista.
—Sí, pero ahora tenemos unos censores peor dispuestos hacia César que su tío Lucio Cotta —recordó Bíbulo—. Ellos se dan cuenta de lo que está
pasando, pero no pueden actuar hasta que no tengan pruebas ante la ley. Y eso no ocurrirá hasta que los acreedores de César desfilen hasta el tribunal del pretor urbano y exijan el pago de las deudas. Y eso no puede tardar mucho.
Y no tardó; a menos que las provincias pretorianas salieran a sorteo yse asignasen en los próximos días, César, en las nonas de marzo, vería su carrera arruinada. No le dijo ni una palabra de esto a su madre, y asumía una expresión tan severa siempre que ella se encontraba cerca de él que la pobre Aurelia no se atrevía a decirle nada que no tuviera que ver con las vírgenes vestales, con Julia o con la domus publica. ¡Qué delgado se estaba quedando su hijo! Perdía cada vez más peso, aquellos pómulos angulosos sobresalían afilados como cuchillos y la piel del cuello le colgaba cómo la de un viejo. Día tras día la madre de César iba al recinto de Bona Dea para darle leche de verdad a cualquier serpiente insomne que hubiera por allí, quitaba las malas hierbas del jardín, dejaba ofrendas de huevos en la escalera que llevaba a la puerta del templo cerrado de Bona Dea. ¡Mi hijo no! ¡Por favor, Diosa Buena, mi hijo no! ¡Yo soy tuya, llévame a mí! ¡Bona Dea, Bona Dea, sé buena con mi hijo! ¡Sé buena con mi hijo!
El sorteo se llevó a cabo.
A Publio Clodio le cayó en suerte el destino de cuestor en Lilibeo, al oeste de Sicilia, pero no podía abandonar Roma para hacerse cargo de sus obligaciones en aquel puesto hasta que hubiera sido sometido a juicio.
Al principio parecía que, al fin y al cabo, la suerte de César no le había abandonado. Le tocó como provincia la Hispania Ulterior, lo cual significaba que se le otorgaba imperium proconsular y que no tenía que rendir cuentas ante nadie, excepto ante los cónsules del año.
Con el nuevo gobernador iba su estipendio, la cantidad de dinero que el Tesoro apartaba para los desembolsos que el Estado tuviera que hacer durante aquel año a fin de mantener la provincia: para pagar a las legiones y a los funcionarios civiles, para mantener en buen estado las carreteras, los puentes, los acueductos, el alcantarillado, los edificios y las instalaciones públicas. La suma destinada a Hispania Ulterior ascendía a cinco millones de sestercios, y se le entregaba al gobernador de una sola vez; dicha suma
pasaba a ser de su propiedad personal en cuanto le era pagada. Algunos hombres preferían invertir ese dinero en Roma antes de marcharse a las correspondientes provincias, confiando en poder exprimirle el jugo a la provincia lo suficiente como para que se sostuviera por sí sola mientras el estipendio rendía unas bonitas ganancias en Roma.
En la reunión del Senado en cuyo transcurso se celebró el sorteo, Pisón Frugi, que volvía a tener las fasces, le preguntó a César si pensaba hacer una declaración a la Cámara en relación con los acontecimientos sucedidos la noche de la primera celebración de la Bona Dea.
—Con mucho gusto te complacería, cónsul senior, si tuviera algo que decir. Pero no es así —respondió César con firmeza.
—¡Oh, vamos, Cayo César! —dijo con brusquedad Mesala Níger—. Te están pidiendo muy correctamente que hagas una declaración porque estarás en tu provincia para cuando se juzgue a Publio Clodio. Si algún hombre de los que nos hallamos aquí presentes sabe qué ocurrió, ése eres tú. —Mi querido cónsul senior, acabas de pronunciar la palabra clave: ¡hombre! Yo no me encontraba presente en la celebración de la Bona Dea. Una declaración es una testificación solemne hecha bajo juramento. Por lo tanto, debe contener la verdad. Y la verdad es que yo no sé absolutamente nada.
—Si no sabes nada, ¿por qué repudiaste a tu esposa? Esta vez toda la Cámara le respondió a Mesala Níger.
—«¡La esposa de César, como toda la familia de César, debe estar por encima de toda sospecha!»
El día después de celebrarse el sorteo, los treinta lictores de las Curias se reunieron en su arcaica asamblea y aprobaron las leges Curiae que investían de imperium a cada uno de los nuevos gobernadores.
Y ese mismo día, durante la hora de la tarde que correspondía a la cena, un pequeño grupo de hombres con aspecto importante se presentaron ante el tribunal del praetor urbanus, Lucio Calpurnio Pisón, justo a tiempo de impedirle que se marchase a cenar, cosa en la que ya iba retrasado. Con ellos había un número mayor aún de individuos mucho más desaseados que
se diseminaron alrededor del tribunal y con amabilidad, pero con firmeza, acompañaron a los curiosos hasta un lugar desde donde no pudieran oír lo que se decía en el tribunal. Asegurada de ese modo la intimidad, el portavoz del grupo exigió que los cinco millones de sestercios concedidos a Cayo Julio César fueran incautados en favor de ellos como parte del pago de las deudas.
Este Calpurnio Pisón no estaba cortado del mismo paño que su primo Cayo Pisón; nieto e hijo de dos hombres que habían hecho fortunas colosales a base de procurar armamento a las legiones de Roma, Lucio Pisón era también pariente cercano de César. Su madre y su esposa eran ambas Rutilias, y la abuela de César había sido una Rutilia de la misma familia. Hasta aquel momento el camino de Lucio Pisón no se había cruzado muy a menudo con el de César, pero solían votar en el mismo lado en la Cámara, y se tenían gran simpatía el uno al otro.
Así que Lucio Pisón, que ahora era pretor urbano, puso muy mala cara ante el pequeño grupo de acreedores y pospuso tomar una decisión hasta que hubiera examinado detalladamente cada uno de los papeles que había en el enorme fajo que le presentaban. Una mala cara de Lucio Pisón como la que puso entonces no era algo fácil de afrontar, porque era uno de los hombres más altos y más morenos de los círculos romanos nobles, con enormes y cerdosas cejas negras; y cuando fruncía el entrecejo a la vez que enseñaba los dientes en una mueca parecida a una sonrisa —dientes unos negros, otros de un color amarillo sucio—, la reacción instintiva de cualquiera que lo presenciase era echarse hacia atrás presa del terror, pues el pretor urbano adquiría para todo el mundo el aspecto de algo feroz capaz de devorar hombres.
Naturalmente, los usureros acreedores esperaban que se tomase una decisión allí y en aquel momento, pero aquellos miembros del grupo que habían abierto la boca para protestar, incluso para insistir en que el pretor urbano se diera prisa porque se las estaba viendo con hombres muy influyentes, ahora decidieron no decir nada y volver al cabo de dos días, como el pretor había dispuesto.
Lucio Pisón además de feo era inteligente, así que no cerró su tribunal en el momento en que los afligidos demandantes se marcharon; la cena tendría que esperar. Siguió resolviendo asuntos hasta que el sol se puso y su pequeño grupo de funcionarios empezó a bostezar. A aquella hora ya no quedaba apenas nadie en el Foso inferior, pero había unos cuantos personajes más bien sospechosos que acechaban en el Foso de los Comicios con las narices asomadas por encima de la grada más alta. ¿Serían alguaciles de los prestamistas? Sin lugar a dudas.
Después de una breve conversación con sus seis lictores, Lucio Pisón se marchó vía Sacra arriba en dirección a la Velia, con sus acompañantes avanzando con inusitada rapidez; cuando pasó junto a la domus publica no le echó ni una mirada. Se detuvo enfrente de la entrada del pórtico Margaritaria, se agachó para hacerse algo en el zapato y los seis lictores se arracimaron a su alrededor, al parecer para ayudarle. Luego él se puso en pie y continuó su camino, todavía muy por delante de aquellos personajes sospechosos, que se habían parado cuando vieron que él se detenía.
Lo que ellos no podían ver desde una posición tan rezagada era que ahora la alta figura con la toga bordada de color púrpura iba precedida sólo por cinco lictores; Lucio Pisón había cambiado su toga por la del lictor más alto y se había escabullido dentro del Porticus Margaritaria. Una vez dentro, buscó una salida en la parte que daba a la domus publica y fue a parar al descampado que los tenderos utilizaban como vertedero de basuras. Hizo un rollo con la sencilla toga blanca del lictor y la metió en una caja vacía; escalar el muro del jardín peristilo de César no era tarea apropiada para una toga.
—Espero que tengas un vino decente en ese jarro tan elegante —dijo al entrar pausadamente en el despacho de César ataviado sólo con una túnica.
Pocas personas vieron alguna vez a César asombrado, pero Lucio Pisón si lo vio.
—¿Cómo has entrado? —le preguntó César mientras le servía el vino. —Del mismo modo que salió de aquí Publio Clodio, según el rumor que
corre. —¿Es que vas esquivando maridos airados a tu edad, Pisón? ¡Qué vergüenza!
—No, esquivando a alguaciles de los prestamistas —dijo Pisón bebiendo con avidez.
—¡Ah! —César se sentó—. Sírvete cuanto quieras, Pisón, te has ganado todo el contenido de mi bodega. ¿Qué ha sucedido?
—Hace cuatro horas se presentaron en mi tribunal algunos de tus acreedores, los menos sanos, diría yo, para exigir que yo embargase tu estipendio de gobernador, y puedo decirte que lo hicieron además con mucho secreto. Sus secuaces ahuyentaron de allí a todo el mundo, y procedieron a exponer su caso en completa intimidad. De lo cual deduzco que no deseaban que lo que estaban haciendo llegase a tus oídos… cosa rara, por decir poco. —Pisón se levantó y se sirvió otra copa de vino—. Me tuvieron vigilado durante el resto del día, e incluso me han seguido cuando he salido para marcharme a casa. Así que cambié mi lugar con el más alto de mis lictores y me metí por las tiendas de aquí al lado. Tienen vigilada la domus publica, lo he visto al pasar por delante subiendo la cuesta.
—Entonces me voy por donde tú has venido. Cruzaré el pomerium esta noche y asumiré mi imperium. Una vez que yo tenga imperium nadie puede tocarme.
—Dame autorización para que yo retire tu estipendio mañana a primera hora y te lo llevaré al Campo de Marte. Sería mejor que lo invirtieras aquí, pero, ¿quién sabe qué será lo siguiente que se les ocurra a los boni? Desde luego, están a la que salta con tal de cogerte, César.
—Me doy buena cuenta de ello.
—No creo que puedas pagarles a esos desgraciados algo a cuenta, ¿verdad? —dijo Pisón volviendo a fruncir el entrecejo.
—Iré a ver a Marco Craso cuando salga de aquí esta noche.
—¿Quieres decir que puedes acudir a Marco Craso? —preguntó Lucio Pisón con incredulidad—. Si puedes hacerlo, ¿por qué no lo has hecho hace meses… hace años?
—Es amigo mío, no podía pedírselo.
—Sí, lo comprendo, pero yo no sería tan estirado si se tratase de mí. Pero claro, yo no soy un Julio. Se hace muy duro para un Julio estar en deuda con alguien, ¿no?
—Así es. Sin embargo, él me lo ofreció, y eso me lo pone más fácil. —Pon esa autorización por escrito, César. No puedes llamar para que
me traigan comida aquí, y estoy hambriento. Así que me voy a casa.
Además, Rutilia estará preocupada.
—Si tienes hambre, Pisón, puedo darte algo de comer —le dijo César, que ya se había puesto a escribir—. Mis criados son de toda confianza.
—No, tienes mucho que hacer. César terminó de escribir la carta, la enrolló, la cerró con cera derretida caliente y la selló con el anillo.
—No tienes necesidad de saltar por encima del muro, si quieres puedes hacer una salida más digna. Las vestales están en sus aposentos, puedes salir por la puerta lateral.
—No, no puedo —rehusó Pisón—. He dejado la toga de mi lictor ahí al lado. Puedes ayudarme a subir al muro.
—Estoy en deuda contigo, Lucio —le dijo César cuando entraron en el jardín—. Puedes estar seguro de que no olvidaré esto.
Julia se había acostado, así que César tenía que hacer una dolorosa despedida menos. Sólo con su madre ya lo tenía bastante difícil.
—Debemos estarle agradecidos a Lucio Pisón —dijo ella—. Mi tío Publio Rutilio estaría muy contento, si viviera.
—Así sería. Pobre viejo.
—Tendrás que trabajar mucho en Hispania para poder salir de deudas, César.
—Sé cómo hacerlo, mater, así que no te preocupes. Y mientras tanto, estarás a salvo por si a tipos abominables como Bíbulo les da por intentar aprobar una ley u otra que permita a los acreedores cobrar de los familiares de un hombre. Voy a ver a Marco Craso esta noche.
Aurelia se quedó mirándolo.
—Creí que no lo harías.
—El me lo ha ofrecido.
«¡Oh, Bona Dea, Bona Dea, gracias! Tus serpientes tendrán huevos y leche todo el año», pensó Servilia. Pero en voz alta lo único que dijo fue:
—Entonces es un verdadero amigo.
—Mamerco hará las funciones de pontífice máximo. Vigila a Fabia y asegúrate de que el pequeño mirlo no se convierta en Catón. Burgundo sabe lo que tiene que poner en mi equipaje. Estaré en la villa alquilada de Pompeyo, no le importará tener un poco de compañía ahora que no tiene nada que hacer.
—¿Así que no fuiste tú el que tuvo un lío con Mucia Tercia?
—¡Mater! ¿Cuántas veces he estado yo en Picenum? Busca a un picentino y estarás cerca del objetivo.
—¿Tito Labieno? ¡Oh, dioses!
—¡Qué lista eres! —César le cogió la cara entre las manos y la besó en la boca—. Cuídate, por favor.
Trepó por el muro con más ligereza que Lucio Pisón y que Publio Clodio; Aurelia permaneció de pie durante bastante rato contemplándolo, luego dio media vuelta y entró. Hacía frío.
Frío hacía, pero Marco Licinio Craso estaba exactamente en el lugar donde César pensaba que estaría: en sus oficinas detrás del Macellum Cuppedenis, trabajando diligentemente a la luz de tan pocas lámparas como le permitían sus ojos de cincuenta y cuatro años; llevaba una bufanda alrededor del cuello y un chal echado por los hombros.
—Te mereces cada sestercio que ganas —dijo César al entrar en la amplia habitación con tanto sigilo que Craso dio un salto al oírlo hablar.
—¿Cómo has entrado?
—Exactamente la misma pregunta le he hecho yo a Lucio Pisón hace un rato. El había trepado por el muro de mi peristilo. Yo he forzado la cerradura.
—¿Que Lucio Pisón ha trepado por el muro de tu peristilo?
—Sí, para poder darles esquinazo a los alguaciles que rodean mi casa por todas partes. Todos aquellos acreedores que no me fueron recomendados ni por ti ni por mi amigo gaditano Balbo se han presentado hoy en el tribunal de Pisón y han solicitado que se embargase mi estipendio.
Craso se recostó en la silla y se frotó los ojos.
—Tienes una suerte verdaderamente fenomenal, Cayo. Te corresponde en el sorteo la provincia que querías, y tus acreedores más sospechosos van a presentarle esa demanda precisamente a tu primo. ¿Cuánto quieres?
—Sinceramente, no lo sé.
—¡Tienes que saberlo!
—Esa fue la única pregunta que olvidé hacerle a Pisón.
—¡Vaya, qué típico de ti! Si fueras cualquier otro, te echaría al Tíber pensando que eras la peor apuesta del mundo. Pero en cierto modo noto en mis huesos que tú vas a ser más rico que Pompeyo. No importa desde qué altura caigas, siempre aterrizas de pie.
—Deben de ser más de cinco millones, porque han pedido la cantidad entera del estipendio.
—Veinte millones —dijo Craso al instante.
—Explícate.
—Un cuarto de veinte millones les proporcionaría unas ganancias que merecerían la pena, puesto que tú estás sometido a interés compuesto desde hace por lo menos tres años. Probablemente pediste prestado tres millones en total.
—¡Tú y yo, Marco, nos hemos equivocado de profesión! —le dijo César echándose a reír—. Nosotros tenemos que recorrer medio mundo, hacer ondear nuestras águilas y espadas ante bárbaros salvajes, exprimir a los plutócratas autóctonos con más fuerza que un niño estruja a un cachorrito, hacernos completamente odiosos a las personas que deberían estar prosperando debajo de nosotros, y luego responder ante el pueblo, el Senado y el Tesoro en el momento en que llegamos a casa. Y todo ese tiempo podríamos estar ganando más dinero aquí, en Roma. —Yo gano muchísimo en Roma —dijo Craso.
—Pero tú no prestas dinero con intereses. —¡Yo soy un Licinio Craso! —Precisamente.
—Veo que estás vestido para un viaje. ¿Significa eso que te marchas? —Hasta el Campo de Marte. Una vez que asuma mi imperium mis
acreedores no podrán hacer nada. Pisón cobrará mi estipendio mañana por
la mañana y me lo llevará.
—¿Cuándo verá a tus acreedores de nuevo?
—Pasado mañana a mediodía.
—Muy bien. Yo estaré en el tribunal cuando lleguen los prestamistas. Y no sufras demasiado, César. Muy poco dinero mío se llevarán esos tipos consigo, si es que se llevan algo. Seré fiador de cualquier cantidad que Pisón estipule. Con Craso respaldándote, no les quedará más remedio que esperar.
—Entonces te dejo en paz. Te estoy muy agradecido.
—No le des importancia. Puede que algún día yo te necesite a ti con la misma desesperación. —Craso se levantó, cogió una lámpara y acompañó a César toda la escalera abajo hasta la puerta—. ¿Cómo has podido ver para subir? —le preguntó.
—Siempre hay algo de luz, incluso en la escalera más oscura.
—Pues eso me lo pone más difícil.
—¿Qué?
—Pues, verás —dijo el imperturbable—, yo había pensado erigirte una estatua en un lugar muy público el día que seas elegido cónsul por segunda vez. Iba a encargarle al escultor que hiciera una bestia con parte de león, parte de lobo, parte de anguila, parte de comadreja y parte de ave fénix. Pero entre que aterrizas de pie, que puedes ver en la oscuridad y que vagas como un gato en celo por Roma, tendré que hacer que pinten toda la estatua a rayas, como un tigre.
Como nadie tenía un establo dentro de las murallas Servias, César salió de Roma a pie, aunque no siguió ninguna ruta que a ningún avispado usurero se le ocurriera vigilar. Ascendió por el Vicus Patricii hasta el Vicus Malum Punicum, giró por el Vicus Longus y salió de la ciudad por la puerta Colline. Desde allí atajó por la cima Pincia, donde una colección de animales salvajes divertían a los niños cuando hacía buen tiempo, de modo que llegó a la morada temporal de Pompeyo desde arriba. Esta, desde luego, tenía establos debajo; en lugar de despertar al soldado, se hizo una cama
con paja limpia y se tumbó allí, aunque permaneció completamente despierto hasta que salió el sol.
Cada vez que salía para las provincias tenía que hacerlo de un modo poco ortodoxo, reflexionó con una ligera sonrisa. La última vez había ido a Hispania Ulterior envuelto en una bruma de dolor por la pérdida de tía Julia y de Cinnilla, y esta vez se iba a la Hispania Ulterior como un fugitivo. Un fugitivo con imperium proconsular, nada menos. Ya lo tenía todo planeado en la cabeza: Publio Vatinio había resultado ser un eficiente buscador de información, y Lucio Cornelio Balbo el Viejo lo estaba esperando en Gades.
Balbo se aburría, según le había dicho a César en una carta. Al contrario que Craso, no se sentía realizado ganando dinero sólo como un fin; Balbo ansiaba algún nuevo desafio ahora que él y su sobrino eran los dos hombres más ricos de Hispania. ¡Que se ocupase Balbo el Joven del negocio! Balbo el Viejo era aficionado a estudiar logística militar. Así que César habfa nombrado a Balbo praefectus fabrum, elección que había sorprendido a algunos en el Senado, aunque no a aquellos que conocían a Balbo el Viejo. Aquella persona nombrada era, por lo menos a los ojos de César, mucho más importante que un legado senior —él no había pedido ningún legado —, pues el praefectus fabrum era el ayudante de más confianza de un jefe militar, responsable del material y del abastecimiento del ejército.
Había dos legiones en la provincia ulterior, ambas formadas por veteranos romanos que habían preferido no volver a casa cuando por fin terminó la guerra contra Sertorio. Ahora rondarían los treinta y tantos años de edad, y estaban muy ansiosos de comenzar una buena campaña. Sin embargo, dos legiones no le bastarían en modo alguno; la primera cosa que César tenía intención de hacer cuando llegase a su dominio era alistar una legión completa con las tropas hispánicas auxiliares que habían luchado con Sertorio. Una vez que hubieran visto cómo se las gastaba César, lucharían por él del mismo buen grado que habían luchado por Sertorio. Y entonces sólo sería cosa de adentrarse en territorio inexplorado. Al fin y al cabo, era ridículo pensar que Roma consideraba suya toda la península Ibérica cuando aún no había subyugado una buena tercera parte de la misma. Pero César lo haría.
Cuando César apareció en lo alto de la escalera que bajaba desde los establos, se encontró con que Pompeyo el Grande estaba sentado en la logia admirando el paisaje del otro lado del Tíber, en dirección hacia la colina Vaticana y el Janículo.
—¡Bien, bien! —exclamó Pompeyo al tiempo que se ponía en pie de un salto y le estrechaba la mano al inesperado visitante—. ¿Dando un paseo a caballo?
—No. He salido caminando de la ciudad, y demasiado tarde para molestar despertándote, así que me he hecho una cama de paja. Es posible que tenga que pedirte prestados un par de caballos cuando me vaya, pero sólo hasta que llegue a Ostia. ¿Puedes darme alojamiento por unos días, Magnus?
—Encantado de hacerlo, César.
—Entonces, ¿tú no crees que yo sedujera a Mucia?
—Ya sé quién hizo ese trabajo —le confió Pompeyo con aire lúgubre—. ¡Labieno, el muy ingrato! ¡Que se vaya a paseo! —Le indicó con la mano una cómoda silla a César—. ¿Es por eso por lo que no has venido a verme? ¿O porque no me dijiste más que ave en el Circus Flaminius?
—¡Magnus, yo soy un simple ex pretor! Tú eres el héroe del siglo, uno no puede acercarse más que los consulares, y para eso lo hacen de cuatro en cuatro.
—Sí, pero por lo menos yo puedo hablar contigo, César. Tú eres un verdadero soldado, no un comandante de salón. Cuando llegue el momento, sabrás morir con el rostro cubierto y las botas puestas. La muerte no encontrará en ti nada que dejar al descubierto que no sea hermoso.
—Homero. ¡Qué bien dicho, Magnus!
—He leído mucho en el Este, y le he cogido mucha afición. Fíjate, tenía conmigo a Teófanes, de Mitilene.
—Un gran erudito.
—Sí, eso para mí era más importante que el hecho de que sea más rico que Creso. Me lo llevé a Lesbos conmigo, lo hice ciudadano romano en el ágora de Mitilene delante de todo el pueblo. Luego, en su nombre, liberé a
Mitilene de pagar tributos a Roma. Aquello les cayó muy bien a los lugareños.
—Como debe ser. Creo que Teófanes es pariente cercano de Lucia Balbo, de Gades.
—Sus madres eran hermanas. ¿Conoces a Balbo?
—Muy bien. Nos conocimos cuando yo era cuestor en Hispania Ulterior.
—Me sirvió como explorador cuando estuve luchando contra Sertorio. Yo le concedí a él la ciudadanía y también a su sobrino, pero había tantos a quienes dársela que los repartí entre mis legados para que el Senado no pensase que yo estaba concediéndole la ciudadanía a la mitad de los hispanos. Balbo el Viejo y Balbo el Joven le tocaron a un Cornelio… Léntulo, creo, aunque no al que ahora llaman Spinther. —Se echó a reír gozosamente—. ¡Me encantan los apodos inteligentes! ¡Es curioso que a uno lo apoden por el nombre de un actor famoso por representar papeles secundarios! Eso dice lo que el mundo opina de un hombre, ¿no es así?
—Así es. He nombrado a Balbo el Viejo mi praefectus fabrum.
Los vivos ojos azules de Pompeyo chispearon.
—¡Muy astuto de tu parte!
César miró a Pompeyo de arriba abajo con descaro.
—Pareces estar muy en forma para ser un viejo, Magnus —le dijo con una sonrisa. —Cuarenta y cuatro —dijo Pompeyo mientras se golpeaba el vientre liso, muy complacido.
Desde luego, daba la impresión de estar en muy buena forma. El sol del Este había hecho que casi se le juntasen las pecas unas con otras y había intentado aclararle la mata de pelo de vivo color dorado: tan espeso como siempre, notó César con tristeza.
—Tendrás que darme una relación detallada de todo cuanto ha ocurrido en Roma en mi ausencia.
—Creí que tus oídos se habrían quedado sordos de tanto oír esa clase de noticias. —¿Cómo, crees que yo iba a dejar que me las contasen charlatanes engreídos como Cicerón?
—Creía que erais buenos amigos.
—Un hombre metido en política no tiene verdaderos amigos —le dijo deliberadamente el Gran Hombre—. Cultiva sólo lo que le resulta conveniente.
—Absolutamente cierto —convino César riendo entre dientes—.
Habrás oído por ahí lo que le hice a Cicerón con Rabirio, naturalmente.
—Me alegro de que le clavases el cuchillo. ¡De otro modo estaría parloteando de cómo hacer desaparecer a Catilina es más importante que conquistar el Este! Fíjate, Cicerón tiene sus aspectos útiles. Pero parece que siempre piense que todos los demás tienen el mismo tiempo que él para escribir cartas de mil páginas. Me escribió el año pasado, y logré contestarle con unas cuantas líneas de mi puño y letra. ¿Y qué hace él? ¡Se ofende y me acusa de que lo trato con frialdad! Debería salir a gobernar una provincia, y así aprendería lo que es ser un hombre ocupado. En cambio se tumba cómodamente en su canapé, en Roma, y nos da consejos a los militares sobre cómo llevar nuestros asuntos. Al fin y al cabo, César, ¿qué hizo él? Soltó unos cuantos discursos en el Senado y en el Foro y envió a Marco Petreyo para que aplastase a Catilina.
—Lo has expresado muy sucintamente, Magnus.
—Bueno, ahora que ya han decidido qué hacer con Clodio deberían darme fecha a mí para mi triunfo. Por lo menos esta vez he hecho lo que es inteligente y he licenciado a mi ejército en Brundisium. No pueden decir que estoy en el Campo de Marte intentando hacerles chantaje.
—No cuentes con que te den fecha para tu triunfo.
Pompeyo se irguió en su asiento.
—¿Qué?
—Los boni están trabajando en contra tuya, han estado haciéndolo desde que se enteraron de que volvías a casa. Piensan negártelo todo: la ratificación de los acuerdos que concertaste en el Este, las concesiones de ciudadanía que hiciste, la tierra que pides para tus veteranos; y sospecho que una de las tácticas que emplearán será tenerte fuera del pomerium el mayor tiempo posible. Una vez que puedas ocupar tu asiento en la Cámara estarás en situación de contrarrestar sus jugadas con más efectividad.
Tienen un brillante tribuno de la plebe en la persona de Fufio Caleno, y creo que él está dispuesto a vetar cualquier propuesta que pueda agradarte.
—¡Oh, dioses, no pueden hacer eso! Oh, César, ¿qué es lo que les pasa? Yo he incrementado los tributos de Roma que proceden de las provincias del Este. ¡He convertido dos en cuatro! ¡De ocho mil talentos al año a catorce mil! ¿Y sabes cuál es la parte del botín que se lleva el Tesoro? ¡Veinte mil talentos! ¡Mi desfile triunfal tardará dos días en pasar, ya que el botín que he traído es muy grande y son muchas las campañas que tengo para enseñar sobre espectaculares carrozas! ¡Con este triunfo de Asia habré celebrado triunfos en tres continentes enteros, y nadie ha hecho eso antes! Hay docenas de ciudades que llevan mi nombre o el de mis victorias… ¡ciudades que yo he fundado! ¡Tengo reyes entre mi clientela!
Con los ojos bañados de lágrimas, Pompeyo se inclinó hacia adelante en la silla hasta que las lágrimas le empezaron a caer, incapaz de creer que todo lo que había logrado no se le fuera a reconocer.
—¡No pido que me hagan rey de Roma! —dijo mientras se limpiaba las lágrimas con gesto impaciente—. ¡Lo que pido es una meada de perro en comparación con lo que doy!
—Sí, estoy de acuerdo —convino César—. El problema es que todos saben que ellos no podrían hacerlo, pero odian conceder méritos cuando realmente existen.
—Y además, soy picentino.
—Eso también.
—Entonces, ¿qué es lo que quieren?
—Como poco, Magnus, tus pelotas —dijo César con suavidad.
—Para ponerlas donde ellos no tienen las propias.
—Exactamente.
Aquel hombre no se parecía en nada a Cicerón, pensó César mientras observaba cómo la rubicunda cara de Pompeyo se endurecía y se ponía seria. Aquél era un hombre que podía aplastar a los boni hasta hacerlos papilla de un solo zarpazo. Pero no lo haría. Y no porque le faltaran cojones para hacerlo. Una y otra vez le había demostrado a Roma que él se atrevería… a casi todo. Pero en algún lugar secreto, en un rincón de su
persona, acechaba cierta conciencia, no reconocida por él, de que no era del todo romano. Todas aquellas alianzas con parientes de Sila significaban mucho, como el patente placer con que él alardeaba de ello. No, no se parecía en nada a Cicerón. Pero sí que tenían cosas en común. Y yo, que soy Roma, ¿qué haría yo si los boni me empujasen con tanta fuerza como van a empujar a Pompeyo Magnus? ¿Sería yo Sila o sería Magnus? ¿Qué me detendría a mí? ¿Habría algo que pudiera detenerme?
En los idus de marzo, César por fin partió para Hispania Ulterior. Reducido a unas cuantas palabras y cifras en una sola hoja de papel, Lucio Pisón en persona le llevó su estipendio, y se quedó a continuación haciéndole una alegre visita a Pompeyo, a quien César le hizo comprender con mucho esmero que Lucio Pisón era una persona cuya amistad bien merecía la pena cultivar. El fiel Burgundo, canoso ya, le llevó a César las pocas pertenencias que necesitaba: una buena espada, una buena armadura, buenas botas, un buen equipo para el tiempo lluvioso, buen equipo para la nieve y buen equipo para cabalgar. Dos hijos de su viejo caballo de guerra Toes, cada uno de los cuales tenía dedos de los pies en lugar de cascos sin herradura. Afiladeras, navajas de afeitar, cuchillos, herramientas, un sombrero que le diera sombra como el de Sila, para el sol del Sur de Hispania. No, no mucho, en realidad. En tres cofres de tamaño mediano cabía todo. Habría lujos suficientes en las residencias del gobernador en Castulo y en Gades.
Así pues, con Burgundo, algunos valiosos criados y escribas, Fabio y otros once lictores ataviados con túnicas de color carmesí y portando las hachas en sus fasces, y además con el príncipe Masintha camuflado dentro de una litera, Cayo Julio César navegó desde Ostia en un buque alquilado lo bastante grande como para dar cabida al equipaje, las mulas y los caballos que su séquito necesitaba. Pero esta vez no tendría ningún encuentro con piratas. Pompeyo el Grande los había barrido de los mares.
Pompeyo el Grande… César se apoyó en la barandilla de popa, que quedaba entre los dos enormes remos de timón, y contempló la costa de
Italia que se iba deslizando por el horizonte mientras el espíritu se le elevaba y la mente, poco a poco, iba a parar a su tierra y a su gente. Pompeyo el Grande. El tiempo que había pasado con él había resultado útil y fructífero; su simpatía hacia aquel hombre crecía con los años, de eso no cabía la menor duda. ¿O era Pompeyo el que había crecido?
—No, César, no seas poco generoso. El no se merece que le escatimen nada. No importa cuán mortificante pueda resultar ver a un Pompeyo conquistar a lo ancho y a lo largo, el hecho es que Pompeyo ha conquistado a lo ancho y a lo largo. Dale al hombre lo que se le debe, admite que quizás seas tú quien ha crecido. Pero el problema de crecer es que uno deja atrás lo demás, exactamente igual que la costa de Italia. Por eso pocas personas crecen. Sus raíces topan con lechos de piedra y se quedan como están, satisfechos. Pero debajo de mí no hay nada que yo no pueda apartar a un lado, y por encima de mi se encuentra el infinito. La larga espera ha terminado. Por fin voy a Hispania a mandar legalmente un ejército; pondré mis manos sobre una maquina viviente que, en las manos adecuadas —mis manos—, no puede ser detenida, ni deformada, ni descoyuntada ni desgastada. He anhelado un supremo mando militar desde que me sentaba, de niño, en las rodillas del viejo Cayo Mario y escuchaba hechizado las historias que me contaba un maestro del arte de la guerra. Pero hasta este momento no he comprendido con qué pasión, con qué fiereza he deseado ese mando militar. Pondré mis manos sobre un ejército romano y conquistaré el mundo, porque yo creo en Roma, creo en nuestros dioses. Y creo en mí mismo. Yo soy el alma de un ejército romano. No se me puede detener, ni alabear, ni descoyuntar, ni desgastar.
Sexta parte
DESDE MAYO DEL 60 A. J.C.
HASTA MARZO DEL 58 A. J.C.
A Cayo Julio César, procónsul en Hispania Ulterior, de Cneo Pompeyo Magnus, triumphator; escrito en Roma, en los idus de mayo, durante el consulado de Quinto Cecilio Metelo Celer y Lucio Afranio:
Pues bien, César, entrego la presente a los dioses y a los vientos con la esperanza de que los primeros doten a los segundos de velocidad suficiente para que tengas una oportunidad. Otros te están escribiendo, pero yo soy el único dispuesto a poner el dinero para alquilar el barco más veloz que pueda encontrar sólo parar transportar una carta.
Los boni se encuentran en el poder y nuestra ciudad se está desintegrando. Yo podría vivir con un gobierno dominado por los boni si ese gobierno en realidad hiciera algo, pero un gobierno de los boni se dedica sólo a una finalidad: a no hacer absolutamente nada y a bloquear a cualquier otra facción que quiera cambiar esa situación.
Se las arreglaron para retrasar mi triunfo hasta los dos últimos días de setiembre, y lo hicieron con mucha suavidad, además. ¡Anunciaron que yo había hecho tanto por Roma que me merecía desfilar triunfalmente el día de mi cumpleaños! Así que estuve perdiendo el tiempo en el Campo de Marte durante nueve meses. Aunque el motivo de su actitud me desconcierta, supongo que la principal objeción que tienen en mi contra es que he tenido tantos mandos especiales en mi vida que está definitivamente demostrado que soy un peligro para el Estado. Según ellos me propongo ser rey de Roma. ¡Eso es una absoluta tontería! No obstante, el hecho de que ellos sepan que es una absoluta tontería no les impide decirlo.
Sinceramente, César, no los entiendo. Si alguna vez ha habido un pilar de la clase dirigente, ése es con toda certeza Marco Craso. Es decir, comprendo que a mí, el presunto rey de Roma, me llamen advenedizo picentino y todo lo demás, pero, ¿a Marco Craso? ¿Por qué convertirlo a él en blanco de sus puyas? Él no representa un peligro para los boni; está muy cerca de ser uno de ellos. De excelente cuna, terriblemente rico y además no es ningún demagogo, ciertamente. ¡Craso es inofensivo! Y lo digo yo, un hombre que no le tiene simpatía, que nunca se la tuve y nunca se la tendré. Compartir con él el consulado fue como acostarme en la misma cama que Aníbal, Yugurta y Mitrídates. Lo único que hizo fue trabajar para destruir mi imagen a los ojos del pueblo. A pesar de lo cual, Marco Craso no es ninguna amenaza para el Estado.
De modo que, ¿qué le habrán hecho los boni a Marco Craso para provocarme a mí precisamente a mí entre todos los hombres, para que yo dé la cara por él? Han creado una auténtica crisis, eso es lo que han hecho. Todo empezó cuando los censores hicieron públicos los contratos para recoger los impuestos de mis cuatro provincias orientales. ¡Oh, gran parte de la culpa la tienen los propios publicani! Vieron el enorme botín que yo había traído conmigo del Este, hicieron cuentas y decidieron que el Este era mucho mejor que una mina de oro. De manera que presentaron unas ofertas para dichos contratos que no eran en absoluto realistas. Le prometieron al Tesoro incontables millones, y pensaron que podían hacer eso al mismo tiempo que obtenían sustanciosas ganancias para ellos mismos. Naturalmente, los censores aceptaron las ofertas más elevadas. Es deber suyo hacerlo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Ático y los otros publicani plutócratas se dieran cuenta de que las cantidades que se habían comprometido a pagar al Tesoro no eran factibles. Mis cuatro provincias orientales de ninguna manera podían pagar lo que se les estaba pidiendo que pagasen, por mucho que quisieran exprimirlas los publicani.
Pero a lo que vamos: Ático, Opio y algunos otros acudieron a Marco Craso y le solicitaron que hiciera una petición al Senado para que cancelase los contratos de recaudación de impuestos del Este y luego diese instrucciones a los censores para que sacasen nuevos contratos que
exigieran dos tercios de las sumas inicialmente acordadas. Pues bien, Craso hizo la petición. Ni soñar con que los boni quisieran —¡o pudieran!
— convencer a la Cámara en pleno para decir NO. Pero eso fue lo que pasó. El Senado dio un sonoro NO.
A estas alturas confieso que me produjo risa; fue un gran placer ver a Marco Craso aplastado… ¡oh, qué aplastado estaba! Con todo aquel heno pegado alrededor de los cuernos, y, sin embargo, Craso el buey estaba allí de pie, atónito y derrotado. Pero lugo comprendí qué jugada tan estúpida había sido por parte de los boni, y dejé de reírme. Parece que han decidido que ya va siendo hora de que los caballeros se enteren de una vez para siempre de que el Senado es supremo, de que el Senado gobierna Roma y de que los caballeros no pueden decirle lo que debe hacer. Bien, el Senado puede darse coba a sí mismo diciendo que gobierna Roma, pero tú y yo sabemos que no es así. Si no se les permite a los negociantes de Roma que hagan negocios provechosos, entonces Roma está acabada.
Cuando la Cámara le dijo NO a Marco Craso, los publicani se tomaron la revancha y se negaron a pagarle al Tesoro un solo sestercio. ¡Oh, qué tormenta provocó aquello! Me atrevo a decir que los caballeros esperaban que aquello obligase al Senado a dar instrucciones a los censores para que cancelasen los contratos porque éstos no se estaban respetando… y, naturalmente, cuando se convocaran nuevas ofertas las sumas ofrecidas habrían sido mucho más bajas. Sólo que los boni controlan la Cámara y, en consecuencia, la Cámara no quiere cancelar los contratos. Es un una situación sin salida.
El golpe asestado a la posición de Craso fue colosal, tanto ante la Cámara como entre los caballeros. Él ha sido el portavoz de estos últimos durante tanto tiempo y con tanto éxito que nunca se les pasó por la cabeza ni a los caballeros ni a él que no conseguiría lo que pidiera. En particular siendo como era tan razonable su solicitud de que se redujeran los contratos asiáticos.
¿Ya quién crees que habían logrado reclutar los boni como su principal portavoz en la Cámara? ¡Pues nada menos que a mi ex cuñado, Metelo Celer! Durante años Celer y su hermanito Nepote fueron mis más leales
adictos. Pero desde que repudié a Mucia se han convertido en mis peores enemigos. Sinceramente, César, ¡cualquiera diría que Mucia ha sido la única esposa repudiada en la historia de Roma! Yo tenía todo el derecho a repudiarla, ¿no? Fue una adúltera, se pasó todo el tiempo que yo estuve ausente enredada en un asunto amoroso con Tito Labieno, ¡mi propio cliente! ¿Qué se suponía que tenía que hacer yo? ¿Cerrar los ojos y fingir que no me había enterado sólo porque la madre de Mucia sea también la madre de Celer y de Nepote? Bueno, pues yo no estaba dispuesto a cerrar los ojos. ¡Pero tal como Celer y Nepote han actuado a partir de entonces, cualquiera pensaría que fui yo quien cometió adulterio! ¿Su preciosa hermana repudiada? ¡Oh, dioses, qué insulto tan intolerable!
Desde entonces me han estado causando problemas todo el tiempo. ¡No sé cómo lo han hecho, pero incluso han logrado encontrar otro marido para Mucia de cuna y rango lo suficientemente elevados como para que parezca que fue ella la parte ultrajada! Mi cuestor Escauro, ¿qué te parece? Ella es lo bastante mayor como para ser su madre. Bueno, casi. El tiene treinta y cuatro años y ella cuarenta y siete. Qué pareja. Aunque yo creo que encajan en cuanto a inteligencia, pues ninguno de los dos posee ninguna. Tengo entendido que Labieno quería casarse con ella, pero los hermanos Metelo se ofendieron mucho ante esa idea. Así que se trata de Marco Emilio Escauro, el que me embrolló en todo aquel asunto de los judíos. Corre el rumor de que Mucia está preñada, otra mancha contra mí. Espero que se muera al dar a luz al mocoso.
Tengo una teoría en cuanto al motivo de que los boni se hayan vuelto de repente tan increíblemente obtusos y destructivos. La muerte de Catulo. Cuando éste desapareció, el irreductible núcleo conservador del Senado cayó por completo en las garras de Bíbulo y Catón. ¡Es caprichoso: volver hacia arriba los dedos de los pies y morirte porque no se te pidió que hablases el primero o el segundo entre los consulares en un debate de la Cámara! Pero eso fue lo que hizo Catulo. Dejarle su facción a Bíbulo y a Catón, los cuales no poseen el mismo mérito que Catulo, a saber: la habilidad para distinguir entre la mera negatividad y el suicidio político. También tengo una teoría sobre por qué Bíbulo y Catón se han vuelto
contra Craso. Catulo dejó vacante un puesto de sacerdote, y Lucio Ahenobarbo, el cuñado de Catón, lo quería para sí. Pero Craso llegó primero y lo consiguiá para su hijo Marco. Un insulto mortal para Ahenobarbo, pues no hay ningún Domicio Ahenobarbo en el colegio. Qué insignificancia. Por cierto, ya soy augur. Me hace mucha gracia, te lo aseguro. ¡Pero no me granjeé las simpatías de Catón, ni de Bíbulo ni de Ahenobarbo cuando fui elegido! Era la segunda elección en un breve espacio de tiempo en que Ahenobarbo perdía.
Mis propios asuntos —las tierras para mis veteranos, la ratificación de mis convenios en el Este, etcétera— han fracasado. Me gasté millones en sobornos para poner a Afranio en la silla de cónsul junior… ¡ha sido un dinero desperdiciado, te lo aseguro! Afranio ha resultado ser mejor soldado que político, pero Cicerón va por ahí diciéndole a todo el mundo que es mejor bailarín que político. Y eso porque Afranio se emborrachó de un modo asqueroso en su banquete inaugural del día de año nuevo y estuvo haciendo piruetas por todo el templo de Júpiter Optimo Máximo. Para mí fue una vergüenza, pues todo el mundo sabe que yo le compré el cargo en un intento de controlar a Metelo Celer, el cual, como cónsul senior, le ha pasado por encima a Afranio como si éste no existiera.
Cuando Afranio por fin logró que se debatieran mis asuntos en la Cámara durante el mes de febrero, Celer, Catón y Bíbulo lo echaron todo a perder. Sacaron de su retiro a Lúculo, que está medio imbécil con sus hongos y cosas por el estilo, y lo utilizaron para deshacerse de mí. ¡oh, yo sería capaz de matarlos a todos! Cada día lamento haber hecho lo que debía hacer al licenciar a mi ejército, por no hablar de que les pagué a mis tropas la parte que les correspondía del botín mientras todavía nos encontrábamos en Asia. Por supuesto, eso también está siendo objeto de críticas. Catón afirmó que no entraba dentro de mis atribuciones repartir el botín sin el consentimiento del Tesoro —es decir, del Senado—, y cuando le recordé que yo poseía un imperium maius que me daba el poder suficiente para hacer lo que quisiera en nombre de Roma, dijo que yo había obtenido ese imperium maius de modo ilegal en la Asamblea Plebeya, que no me
había sido otorgado por el pueblo. ¡Un puro disparate, pero la Cámara le aplaudió!
Luego, en marzo, acabó el debate sobre mis asuntos. Catón impulsó una votación en el Senado sobre la propuesta de que no se debatiera asunto alguno hasta que quedase resuelto el problema de la recaudación de impuestos… ¡y los muy idiotas lo votaron! ¡Sabiendo que Catón estaba a la vez bloqueando cualquier solución al problema de la recaudación de impuestos! El resultado es que ya no se ha debatido nada más. En el momento en que Craso saca a colación el problema de la recaudación de impuestos, Catón pone en marcha una maniobra obstruccionista. ¡Y los padres conscriptos están convencidos de que Catón es un fuera de serie! No logro comprenderlo, César, sencillamente no puedo. ¿Qué ha hecho Catón en su vida? Sólo tiene treinta y cuatro años, no ha ocupado ninguna magistratura senior, es un orador chocante y un pedante de primer orden. Pero en algún momento de la trayectoria los padres conscriptos se han convencido de que es completamente incorruptible, y eso lo convierte en una maravilla. ¿Por qué no pueden comprender que la incorruptibilidad es desastrosa cuando está aliada con una mente como la de Catón? En cuanto a Bíbulo, bueno, él también es incorruptible, según ellos. Y los dos no dejan de parlotear diciendo que han prometido ser enemigos implacables de todos aquellos hombres que sobresalgan aunque sea una fracción de pulgada por encima de sus iguales. Un objetivo muy laudable. Sólo que algunos hombres simplemente no pueden evitar sobresalir por encima de sus iguales porque son mejores. Si todos tuviéramos que ser iguales, todos seríamos creados exactamente de la misma manera. Pero no es así, y ése es un hecho que no se puede evitar.
Adonde quiera que yo me dirija, César, me aúlla una manada de enemigos. ¿No comprenden los muy tontos que mi ejército puede que esté licenciado, pero que sus miembros están aquí mismo, en Italia? Lo único que tengo que hacer es dar una patada en el suelo para que broten soldados deseosos de obedecer mis órdenes. Te lo aseguro, siento grandes tentaciones de hacerlo. Yo conquisté el Este, casi doblé los ingresos de
Roma, y lo hice todo como es debido. Así que, ¿por qué están en contra mía?
Pero bueno, basta ya de hablar de mí y de mis problemas. Esta carta en realidad es para advertirte de que tú también vas a verte envuelto en problemas.
Todo empezó con esos estupendos informes que le mandas con regularidad al Senado: una perfecta campaña contra los lusitanos y los galaicos; montones de oro y tesoros; apropiada disposición de los recursos y funciones de la provincia; las minas están produciendo más plata, más plomo y más hierro que durante medio siglo; perdón para las ciudades que Metelo Pío castigó; los boni deben de haberse gastado una fortuna en enviar espías a la Hispania Ulterior para cogerte en alguna falta. Pero no han podido hacerlo y, según los rumores, nunca lo harán. No les ha llegado ni el más pequeño tufillo de extorsión o especulación de ningún tipo en los círculos próximos a ti, sino cubos de cartas de agradecidos residentes de Hispania Ulterior en las que dicen que a los culpables se les castiga y a los inocentes se les exonera. El viejo Mamerco, príncipe del Senado —se está deteriorando gravemente, por cierto—, se levantó en la Cámara y dijo que tu conducta como gobernador había proporcionado un manual de conducta gubernativa, y los boni no pudieron refutar ni una palabra de lo que dijo. ¡Cómo duele eso!
Toda Roma sabe que tú serás cónsul senior. Aunque dejemos aparte el hecho de que tú siempre eres quien saca más votos en las elecciones, tu popularidad está creciendo a pasos agigantados. Marco Craso va por ahí diciéndoles a todos los caballeros de las Dieciocho que cuando tú seas cónsul senior, el asunto de la recaudación de impuestos se arreglará en seguida. De lo cual deduzco que sabe que va a necesitar tus servicios… y también sabe que los tendrá.
Pues bien, yo también necesito tus servicios, César. ¡Mucho más de lo que los necesita Marco Craso! Lo único que está en juego en su caso es su influencia dañada, mientras que yo necesito tierras para mis veteranos y tratados que ratifiquen mis convenios en el Este.
Desde luego, hay muchas probabilidades de que tú ya te encuentres de camino, de regreso a casa —Cicerón, ciertamente, parece creer que así es
— pero a mí me da en la nariz que tú eres como yo, propenso a quedarte hasta el último momento para que todo quede bien atado y cualquier enredo quede aclarado.
Los boni acaban de dar el golpe, César, y han sido extraordinariamente astutos. Todos los candidatos a las elecciones para cónsul tienen que presentar la candidatura como muy tarde antes de las nonas de junio, aunque las elecciones no se celebrarán hasta cinco días antes de los idus de quintilis, como es habitual. Animado por Celer, Cayo Pisón, Bíbulo — que es candidato él mismo, desde luego, pero que se encuentra a salvo dentro de Roma porque es como Cicerón, no quiere irse nunca a gobernar una provincia— y por el resto de los boni, Catón logró que se aprobase un consultum para poner la fecha de cierre de las candidaturas en las nonas de junio. Más de cinco nundinae antes de las elecciones, en vez de las tres nundinae que establecen la costumbre y la tradición.
Alguien debe de haber hecho correr el rumor de que tú viajas como el viento, porque luego han ideado otra estratagema para fustrarte: ésta por si llegas a Roma antes de las nonas de junio. Celer le pidió a la Cámara que fijase una fecha para tu triunfo. Se mostró muy afable, lleno de elogios para el espléndido trabajo que has hecho como gobernador. ¡Después de lo cual sugirió que la fecha de tu desfile triunfal se fijase en los idus de junio! Y a todos les pareció una idea espléndida, así que la moción se aprobó.
De manera, César, que si logras llegar a Roma antes de las nonas de junio, tendrás que solicitar al Senado que te permita presentar tu candidatura a cónsul in absentia. No puedes cruzar el pomerium y entrar en la ciudad para inscribir tu candidatura en persona sin renunciar a tu imperium y, por consiguiente, a tu derecho al triunfo. Añado que Celer tuvo buen cuidado en hacer notar a la Cámara que Cicerón había hecho aprobar una ley que prohibía que los candidatos al consulado presentasen su candidatura in absentia. Un suave recordatorio que yo interpreté como que quería dar a entender que los boni piensan oponerse a tu petición de presentar la candidatura in absentia. ¡Te tienen agarrado por las pelotas,
exactamente como tú dijiste —con toda razón!— que me tienen agarrado a mí. Me pondré a trabajar para convencer a nuestras senatoriales ovejas — por qué se dejan conducir por un simple puñado de hombres que ni siquiera tienen nada de especiales?— para que hagan que se te permita presentar la candidatura in absentia. Y lo mismo harán Craso, Mamerco, el príncipe del Senado, y muchos otros, yo lo sé.
Lo principal es que llegues a Roma antes de las nonas de junio. Oh, dioses, ¿podrás hacerlo aun cuando los vientos lleven a mi barco alquilado hasta Gades en un tiempo mínimo? Lo que espero es que estés ya bien adelantado en tu camino de regreso por la vía Domicia. He enviado un mensajero a tu encuentro para el caso de que sea así, sólo por si andas por ahí perdiendo el tiempo.
¡Tienes que conseguirlo, César! Te necesito desesperadamente, y no me avergüenza decirlo. Tú me has sacado de grandes apuros otras veces, y siempre de un modo acorde con la legalidad. Lo único que puedo decir es que si no estás a mano para ayudarme esta vez, quizás tenga que dar esa patada en el suelo. No quiero hacerlo. Si lo hiciera pasaría a los libros de historia como alguien que no fue mejor que Sila. Mira cómo todo el mundo lo odia a él. Es verdaderamente incómodo ser odiado, aunque a Sila nunca pareció importarle.
La carta de Pompeyo llegó a Gades el vigésimo primer día de mayo, una travesía extraordinariamente rápida. Y casualmente César se encontraba allí para recibirla.
—Hay mil quinientas millas por carretera desde Gades a Roma —le dijo a Lucio Cornelio Balbo el Viejo—, lo que significa que no puedo estar en Roma para las nonas de junio ni aunque consiga una media de cien millas al día. ¡Que se pudran los boni!
—Ningún hombre puede hacer una media de cien millas al día —le dijo el pequeño banquero gaditano con expresión ansiosa.
—Yo puedo hacerlo en un calesín rápido enganchado a cuatro buenas mulas, siempre que pueda cambiar de mulas con la suficiente frecuencia —
dijo César tranquilamente—. No obstante, la carretera no es posible. Tendré que ir a Roma por barco.
—La estación del año no es buena. La carta de Magnus es prueba de ello. Cinco días con el viento soplando a favor.
—¡Ah, Balbo, pero yo tengo suerte!
César, desde luego, tenía suerte, reflexionó Balbo. Por muy mal aspecto que tuvieran las cosas, de alguna manera aquella suerte mágica —y desde luego era mágica— venía a sacarlo de apuros. Aunque parecía fabricársela él mismo a base de fuerza de voluntad. Como si, después de haber tomado una decisión, tuviera poder para obligar a las fuerzas naturales y sobrenaturales a obedecerle. El último año había sido la experiencia más regocijante y más estimulante de toda la vida de Balbo, se había esforzado y había corrido en pos de César desde una punta a la otra de Hispania. ¿A quién se le habría ocurrido pensar alguna vez que César se haría a la mar ante el viento del océano Atlántico en persecución de unos enemigos que estaban convencidos de que ya se encontraban fuera del alcance de Roma? Pero no era así. Los barcos salieron de Olisipo y las legiones se les echaron encima. Luego más travesías hasta la remota Brigantium, tesoros indecibles, un pueblo que por primera vez sentía el viento del cambio, una influencia del mar Mediterráneo que ya no se acabaría nunca. ¿Qué había dicho César? No era el oro, era el alcance de Roma lo que importaba. ¿Qué tenían los de aquella pequeña raza procedente de una pequeña ciudad en la ruta de la sal de Italia? ¿Por qué sería que barrían todo lo que se les ponía por delante? No en forma de ola gigantesca, más bien como una piedra de molino que muele con mucha paciencia todo lo que se le echa sacándole provecho a todo. Los romanos nunca se daban por vencidos.
—¿Y en qué consistirá esta vez la suerte de César?
—Para empezar, un solo myoparo. Dos equipos de los mejores remeros que Gades pueda proporcionar. Nada de equipaje y nada de animales. Como pasajeros sólo tú, Burgundo y yo. Y un fuerte viento del sudoeste —dijo César sonriendo.
—Pues no pides tú nada —dijo Balbo sin responder a la sonrisa. El rara vez sonreía; los banqueros gaditanos de impecable linaje fenicio no eran
propensos a tomarse a la ligera la vida ni las circunstancias. Balbo parecía lo que era, un hombre sutil y plácido de extraordinaria inteligencia y capacidad.
César ya se encontraba a medio camino hacia la puerta.
—Voy a buscar el myoparo adecuado. Tu trabajo consiste en encontrarme un piloto capaz de navegar sin tener tierra a la vista. Nos vamos por la ruta directa: pasando por las Columnas de Hércules, una parada para recoger comida y agua en Nueva Cartago, luego la Balearis Minor. Desde allí pondremos rumbo directo al estrecho entre Sardinia y Corsica. Tenemos que recorrer mil millas de agua, y no podemos esperar que haya la clase de vientos que han empujado la carta de Magnus y nos la han hecho llegar en cinco días. Disponemos de doce días.
—Son algo más de ochenta millas entre la salida y la puesta de sol. Eso no es ninguna pequeñez —dijo Balbo al tiempo que se ponía en pie.
—Pero es posible, siempre que no tengamos vientos en contra. ¡Déjalo en manos de mi suerte y de los dioses, Balbo! Les haré ofrendas magníficas a los lares permarini y a la diosa Fortuna. Ellos me escucharán.
Los dioses escucharon, aunque cómo se las arregló César para apretar todo lo que hizo en cinco horas escasas antes de hacerse a la mar desde Gades era algo más de lo que Balbo era capaz de calcular. El cuestor de César era un joven muy eficiente que se lanzó con enorme entusiasmo a organizar el transporte de las pertenencias del gobernador por la ruta terrestre existente desde Hispania a Roma, la vía Domicia; el botín se había enviado hacía mucho tiempo, acompañado por la única legión que César había elegido para que marchase con él en su desfile triunfal. Con cierta sorpresa por su parte, el Senado había accedido a su petición de triunfo sin un solo murmullo de protesta por parte de los boni, pero aquel misterio quedó completamente explicado en la carta de Pompeyo. No tenían motivo para negarle lo que ellos tenían plena intención de hacer que fuera un asunto catastrófico. Y catastrófico sería. Sus tropas habían de llegar al Campo de Marte para los idus de junio: una irónica trampa, dado que Celer
había asignado ese día para el desfile triunfal. De serle permitido a César que se presentase como candidato a cónsul in absentia y el desfile se llevase adelante, desde luego sería un triunfo verdaderamente pobre. Soldados cansados, ningún tiempo disponible para fabricar carrozas suntuosas y demostraciones militares, el botín metido de cualquier manera en carretas. No era la clase de triunfo que César esperaba. No obstante, el primer problema era llegar a Roma antes de las nonas de junio. ¡Recemos para que haya un fuerte viento del sudoeste!
Y de hecho los vientos soplaron procedentes del sudoeste, pero fueron suaves en lugar de fuertes. Un mar ligero con el viento de popa ayudó a los remeros, igual que ayudó un pequeño empuje de la vela, pero fue un trabajo como para romperse la espalda casi todo el camino. César y Burgundo remaron un turno completo de tres horas cuatro veces cada día, con lo cual, unido a la alegre animosidad de César, se ganaron la simpatía de los remeros profesionales. Las primas merecerían la pena, así que pusieron todos sus hombros en la tarea y remaron mientras Balbo y el piloto se afanaban en llevarles amphorae de agua débilmente condimentadas con un buen vino hispánico a aquellos que lo pedían.
Cuando el piloto condujo el myoparo ante la costa italiana y vieron que allí, delante de ellos, estaba la desembocadura del Tíber, la tripulación se animó a sí misma con voz ronca, luego se emparejaron en cada remo y dirigieron a velocidad forzada al pulcro y pequeño monorreme hacia el puerto de Ostia; la travesía había durado doce días, y se alcanzó el puerto dos horas después del amanecer del tercer día de junio.
Después de dejar que Balbo y Burgundo se encargasen de recompensar al piloto y a los remeros del myoparo, Cesar montó en un buen caballo alquilado y se dirigió a Roma a galope tendido. Su viaje acabaría en el Campo de Marte, pero no así sus esfuerzos penosos; tendría que buscar a alguien que se apresurase a entrar en la ciudad y localizase a Pompeyo, decisión que no agradaría a Craso, de eso César ya se daba cuenta, pero era la decisión correcta. Pompeyo tenía razón. Él necesitaba a César más que Craso. Y además Craso era un viejo amigo de César; se apaciguaría cuando éste le explicase las cosas.
La noticia de que César se encontraba a las puertas de Roma llegó a oídos de Catón y Bíbulo casi al mismo tiempo que a los de Pompeyo, porque los tres se encontraban en la Cámara soportando todavía otra sesión más para debatir el destino de los recaudadores de impuestos en Asia. El mensaje se le entregó a Pompeyo, quien dio un alarido tan fuerte que los amodorrados senadores que estaban en las gradas de atrás casi se cayeron de los taburetes y luego se pusieron en pie de un salto.
—Te ruego que me excuses, Lucio Afranio —le dijo Pompeyo riéndose muy satisfecho ya de camino hacia la salida—. ¡Cayo César está en el Campo de Marte, y yo debo ser el primero en ir a darle la bienvenida en persona!
Lo cual, en cierto modo, dejó tan aplanados a los que quedaban en la reunión, donde la concurrencia era escasa, como un publicanus de Asia. Afranio, que tenía las fasces durante el mes de junio, disolvió la asamblea por aquel día.
—Mañana, una hora después del amanecer —dijo, consciente de que tendría que oír la petición de César para presentar su candidatura in absentia, y consciente también de que el día siguiente era el último antes de las nonas de junio, cuando el oficial electoral (Celer) cerraría la barraca.
—Ya os dije que lo haría —comentó Metelo Escipión—. Es como un pedazo de corcho. Por mucho que se intente hundirle, siempre consigue salir a flote sin apenas mojarse.
—Bueno, siempre ha habido muchas probabilidades de que apareciera —dijo Bíbulo con los labios apretados—. Al fin y al cabo, ni siquiera sabemos cuándo salió de Hispania. Sólo porque hubiéramos oído que tenía planeado permanecer en Gades hasta últimos de mayo, eso no significa que lo hiciera de verdad. Pero no puede saber lo que le espera.
—Lo sabrá en cuanto Pompeyo llegue al Campo de Marte —dijo Catón con dureza—. ¿Por qué crees que el Bailarín ha convocado otra reunión para mañana? César hará la solicitud para presentar su candidatura in absentia, de eso no cabe la menor duda.
—Echo de menos a Catulo —dijo Bíbulo—. En ocasiones como la de mañana era cuando su influencia resultaba extraordinariamente útil. A César le ha ido en Hispania mejor de lo que ninguno de nosotros habíamos pensado, de manera que las ovejas se verán inclinadas a dejar que el muy ingrato se presente in absentia. Pompeyo lo recomendará así encarecidamente, y Craso también. ¡Y Mamerco! ¡Ojalá se hubiera muerto! Catón se limitó a sonreír y adoptó un aire misterioso.
Mientras tanto, en el Campo de Marte Pompeyo no tenía nada por lo que sonreír y ningún misterio que pensar. Encontró a César apoyado en la redondeada pared de mármol de la tumba de Sila, con la brida del caballo colgada de un brazo; por encima de la cabeza se leía aquel famoso epitafio: «NINGUN AMIGO MEJOR, NINGÚN ENEMIGO PEOR.» Igual se podía haber escrito para César que para Sila. O para él mismo, Pompeyo.
—¿Qué demonios haces aquí? —exigió Pompeyo.
—Me pareció que era un lugar tan bueno como cualquier otro para esperar.
—¿No has oído hablar de una villa en Pincia?
—No pienso estarme aquí el tiempo suficiente como para alquilarla. —Hay una posada que no queda lejos de aquí por la vía Lata; iremos
allí. Minicio es un buen hombre, y tienes que poner la cabeza bajo algún techo, César, aunque sólo sea durante unos días.
—Me pareció que era más importante encontrarme contigo antes de pensar en dónde alojarme.
Aquello le derritió el corazón a Pompeyo; él también había desmontado —desde que había vuelto a ocupar su puesto en el Senado tenía un pequeño establo dentro de Roma—, y ahora dio media vuelta y echó a andar despacio por la perfectamente recta y amplia carretera que de hecho era el comienzo de la vía Flaminia.
—Supongo que nueve meses aquí perdiendo el tiempo te habrán proporcionado tiempo de sobra para averiguar dónde están todas las posadas.
—Yo eso lo averigüé antes de ser cónsul.
La posada era un establecimiento bastante cómodo y respetable, y su propietario estaba acostumbrado a ver por allí a famosos militares romanos; saludó a Pompeyo como a un amigo que hiciera mucho tiempo que no veía, e indicó con cierto encanto que se daba cuenta de quién era César. Los acompañaron a un salón privado y cómodo donde dos braseros calentaban el aire, lleno de humo, e inmediatamente les sirvieron agua y vino junto con manjares tales como cordero asado, salchichas, pan reciente, cuya corteza estaba crujiente, y ensalada aliñada con aceite.
—¡Estoy hambriento! —exclamó César sorprendido.
—Pues atibórrate. Te confieso que no me importa ayudarte. Minicio se enorgullece de su comida.
Entre bocado y bocado César logró hacerle a Pompeyo un escueto resumen de su travesía.
—¡Viento del sudoeste en esta época del año! —exclamó el Gran Hombre.
—No, no creo que a aquello se le pudiese llamar un viento noble. Pero bastó para darme un empujón en la dirección correcta. Supongo que los boni no se esperarían verme tan pronto, ¿no?
—Catón y Bíbulo se llevaron un desagradable sobresalto, en efecto. Mientras que otros, como Cicerón, se limitaron a aparentar que daban por sentado que tú ya haría mucho tiempo que te habrías puesto en camino; no obstante, no tenían espías en Hispania Ulterior que los mantuvieran informados de tus intenciones.
—Pompeyo frunció el entrecejo—. ¡Cicerón! ¡Qué hombre tan farsante! ¿Sabes que tuvo la desfachatez de levantarse en la Cámara y referirse al hecho de desterrar a Catilina como una «gloria inmortal»? Cada discurso que pronuncia contiene alguna clase de sermón sobre cómo salvó a la patria.
—He oído que estabas a partir un piñón con él —le dijo César mientras mojaba pan en el aceite de la ensalada.
—A él ya le gustaría. Tiene miedo.
—¿De qué? —César se recostó y dio un suspiro de satisfacción.
—Del cambio de situación de Publio Clodio. El tribuno de la plebe Herenio hizo que la Asamblea Plebeya trasladase a Clodio del patriciado a la plebe. Y ahora Clodio dice que piensa presentarse a tribuno de la plebe y exiliar a Cicerón para siempre por la ejecución de ciudadanos romanos sin haber celebrado previamente un juicio. Es el nuevo propósito que tiene Clodio en la vida. Y Cicerón está blanco de miedo.
—Bueno, comprendo que un hombre como Cicerón le tenga terror a nuestro Clodio. Clodio es una fuerza de la naturaleza. No está loco del todo, pero tampoco está completamente cuerdo. Sin embargo, Herenio se ha equivocado al utilizar a la Asamblea Plebeya. Un patricio sólo puede convertirse en plebeyo por adopción.
Minicio entró y se afanó en recoger los platos, lo que dio lugar a una pausa en la conversación que César agradeció. Era hora de ir al grano.
—¿Todavía está atascado el Senado en el asunto de los recaudadores de impuestos? —preguntó.
—Eternamente, gracias a Catón. Pero en cuanto Celer cierre la barraca electoral voy a enviar a mi tribuno de la plebe Flavio otra vez a la plebe con mi proyecto de ley de las tierras. ¡Mutilado, gracias a ese tonto oficioso de Cicerón! Logró que se quitara del proyecto de ley todo ager publicus anterior al tribunato de Tiberio Graco, y luego dijo que los veteranos de Sila, ¡los mismísimos que se aliaron con Catilina!, debían recibir la confirmación de sus concesiones de terrenos, y que Volaterra y Aretio debían ser autorizados a conservar los terrenos públicos. La mayor parte de la tierra de mis veteranos, por lo tanto, habrá que comprarla, y el dinero tendrá que salir de los tributos incrementados procedentes del Este. Lo cual le dio a mi ex cuñado Nepote una magnífica idea. Sugirió que los aranceles e impuestos portuarios debían eliminarse en toda Italia, y al Senado aquello le pareció maravilloso. Así que consiguió un consultum del Senado y logró que su ley fuera aprobada en la Asamblea Popular.
—¡Inteligente! —comentó César apreciativamente—. Eso significa que los ingresos estatales procedentes de Italia se han quedado reducidos a dos fuentes solamente: el cinco por ciento sobre la manumisión de esclavos y las rentas del ager publicus.
—Me deja bueno a mí, ¿no? El tesoro acabará por no ver ni un solo sestercio extra procedente de mi trabajo, entre la pérdida de los ingresos portuarios, la pérdida del ager publicus cuando se le conceda a mis veteranos y el coste de comprar más tierras.
—¿Sabes, Magnus? —le dijo César con aire irónico—, yo siempre estoy esperando que llegue el día en que esos brillantes tengan en más estima a su propia tierra de origen que a desquitarse con sus enemigos. Todo movimiento político que ellos hacen está dirigido a atacar a otro individuo o encaminado a proteger los privilegios de unos pocos, en lugar de hacerlo por el bien de Roma y de sus dominios. Tú te has esforzado enormemente por ensanchar el alcance de Roma y rellenarle su bolsa pública. Mientras que ellos se esfuerzan poderosamente por ponerte a ti en tu lugar… a expensas de la pobre Roma. Me decías en tu carta que me necesitabas. Y aquí me tienes, a tu servicio.
—¡Minicio! —bramó Pompeyo.
—¿Sí, Cneo Pompeyo? —preguntó el posadero, que apareció con gran prontitud.
—Tráenos material para escribir.
—Sea como sea —dijo César al terminar su breve carta—, yo creo que sería mejor que Marco Craso entregase mi petición para presentar mi candidatura in absentia para el consulado. Le enviaré esta carta con un mensajero.
—¿Por qué no puedo entregar yo tu petición? —le preguntó Pompeyo, molesto de que César prefiriera utilizar a Craso.
—Porque no quiero que los boni se den cuenta de que hemos llegado a ninguna clase de acuerdo —le explicó César con paciencia—. Ya les habrás dejado extrañados al salir precipitadamente de la Cámara anunciando que ibas a verme en el Campo de Marte. No los infravalores, Magnus, por favor. Ellos saben distinguir un rábano de un rubí. El lazo que existe entre nosotros debe mantenerse en secreto durante algún tiempo de ahora en adelante.
—Sí, ya me doy cuenta de eso —dijo Pompeyo un poco más suave—. Es que, sencillamente, no quiero que te comprometas más con Craso que
conmigo. No me importa que le ayudes en lo de los recaudadores de impuestos y las leyes de soborno dirigidas a los caballeros, pero es mucho más importante conseguir tierras para mis soldados y ratificar mis acuerdos en el Este. —Desde luego —dijo César con serenidad—. Envía a Flavio a la plebe, Magnus. Eso echará tierra a los ojos de muchos.
En aquel momento llegaron Balbo y Burgundo. Pompeyo saludó al banquero gaditano con grandes muestras de júbilo, mientras César dedicaba su atención a Burgundo, que parecía muy cansado. Su madre diría que había sido muy desconsiderado al esperar que un hombre tan viejo como Burgundo se esforzase ante un remo doce horas al día durante doce días.
—Me voy —dijo Pompeyo.
César acompañó al Gran Hombre a la puerta de la posada.
—Pasa inadvertido y haz ver que sigues peleando tu propia guerra sin ayuda.
—A Craso no le gustará que me mandases llamar a mí. —Probablemente ni siquiera lo sepa. ¿Estaba en la Cámara?
—No —repuso Pompeyo sonriendo—. Dice que es demasiado nocivo para su salud. Escuchar a Catón le produce dolor de cabeza.
Cuando el Senado se reunió una hora después del amanecer el cuarto día de junio, Marco Craso pidió la palabra. Lucio Afranio le concedió su gracioso consentimiento y aceptó la petición de César de presentar su candidatura al consulado in absentia.
—Es una petición muy razonable que esta Cámara debería aprobar — dijo Craso al final de una concienzuda perorata—. Hasta el último de vosotros sabe muy bien que a César no se le puede achacar la más ligera insinuación de conducta impropia en su provincia, y la conducta impropia fue la causa de la ley de nuestro consular Marco Cicerón. Ahora se trata de un hombre que lo ha hecho todo correctamente, incluso solucionando un engorroso problema que Hispania Ulterior había padecido durante años: Cayo César introdujo la mejor y más justa legislación sobre deudas que yo haya visto nunca, y ni un solo individuo, deudor o acreedor, se ha quejado.
—Seguramente eso no te sorprende a ti, Marco Craso —dijo Bíbulo arrastrando las palabras—. Si hay alguien que sepa cómo vérselas con las deudas, ése es Cayo César. Probablemente debía dinero en Hispania también.
—Entonces bien podría ser que tuvieras que acudir a él en busca de información, Marco Bíbulo —le dijo Craso, como siempre sin alterarse—. Si logras hacer que te elijan cónsul, estarás hasta las cejas de deudas a base de sobornar a tus electores. —Se aclaró la garganta y aguardó una respuesta; al no recibir ninguna, continuó—: Repito, ésta es una solicitud muy razonable que la Cámara debería aprobar.
Afranio llamó a otros oradores consulares a hacer uso de la palabra, y todos indicaron que estaban de acuerdo con Craso. Muy pocos de los pretores titulares de aquel año quisieron añadir nada, hasta que Metelo Nepote se levantó.
—¿Por qué iba esta Cámara a otorgarle favores a un tristemente famoso homosexual? —preguntó—. ¿Es que todos habéis olvidado cómo perdió la virginidad nuestro magnífico Cayo César? ¡Boca abajo sobre un canapé en el palacio del rey Nicomedes, con un pene real metido por el culo! ¡Haced lo que os plazca, padres conscriptos, pero si queréis conceder a un maricón como Cayo César el privilegio de convenirse en cónsul sin enseñar su cara bonita dentro de Roma, no contéis conmigo! ¡Yo no le hago favores especiales a un hombre que tiene el ano bien hurgado!
El silencio era absoluto; nadie se atrevía ni a respirar.
—¡Retira eso, Quinto Nepote! —le dijo Afranio bruscamente.
—¡Vete a tomar por culo, hijo de Aulo! —exclamó Nepote; y salió a grandes zancadas de la Curia Hostilia.
—Escribas, borraréis los comentarios de Quinto Nepote —ordenó Afranio con el rostro enrojecido por los insultos que había recibido él mismo—. No se me ha pasado por alto que los modales y la conducta de algunos miembros del Senado de Roma han sufrido un marcado deterioro durante los años que yo llevo perteneciendo a lo que en otro tiempo era un cuerpo augusto y respetable. Por la presente prohíbo la asistencia de Quinto
Nepote a las reuniones del Senado mientras me corresponda a mí tener las fasces. Y ahora, ¿quién más tiene algo que decir?
—Yo, Lucio Afranio —dijo Catón.
—Pues habla, Marco Porcio Catón.
Catón dio la impresión de tardar una eternidad en acomodarse; se removió, manoseó, se aclaró las vías respiratorias con unos ejercicios de respiración profunda, se alisó el cabello, se colocó la toga y, por fin, abrió la boca para ladrar las palabras.
—Padres conscriptos, el estado de la moral en Roma es una tragedia. Nosotros, los hombres que estamos por encima de todos los demás porque somos miembros del cuerpo gubernamental más importante de Roma, no estamos cumpliendo con nuestro deber de custodios de la moral romana. ¿Cuántos hombres de los aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántas esposas de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántos padres y madres de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? ¿Cuántos hijos o hijas de hombres aquí presentes son culpables de adulterio? Mi bisabuelo el Censor, el mejor hombre que Roma haya dado nunca, sostenía opiniones rotundas acerca de la moralidad, y acerca de todo lo demás. El nunca pagó más de cinco mil sestercios por un esclavo. Nunca robó los afectos de ninguna mujer romana, ni se acostó con ella. Cuando murió su esposa, Licinia, se conformó con los servicios de una esclava, como corresponde a un hombre de setenta y tantos años. Pero cuando su propio hijo y su nuera se quejaron de que la esclava se había hecho la reina de la casa, él puso en su lugar a la chica y volvió a casarse. Pero no quiso elegir una esposa entre sus iguales, porque se consideraba demasiado anciano para ser un marido adecuado para cualquier noble romana. Así que se casó con la hija del liberto Salonio, su esclavo manumitido. Yo desciendo de esa estirpe, y me enorgullece decirlo. Catón el Censor era un hombre moral, un hombre recto, un adorno para este Estado. Le gustaban las tormentas y los truenos porque su esposa se abrazaba a él llena de terror y así podía permitirse a sí mismo abrazarla delante de los sirvientes y de los miembros libres de la casa. Porque, como todos sabemos, un marido romano decente y moral no debería darle gusto a sus sentidos en lugares y a
horas que no son los adecuados para actividades íntimas. Yo he modelado mi propia vida y conducta según el ejemplo de mi bisabuelo, el cual, cuando le llegó la hora de la muerte, prohibió que gastasen grandes sumas en sus exequias. Fue a una pira modesta y sus cenizas se guardaron en una sencilla urna barnizada. Su tumba es aún más sencilla, aunque se encuentra al lado de la vía Apia y siempre está adornada con flores que le lleva algún ciudadano admirador. Pero, ¿y si Catón el Censor tuviera que pasear por las calles de la Roma moderna? ¿Qué verían aquellos claros ojos? ¿Qué oirían aquellos oídos tan perceptivos? ¿Qué pensaría aquel lúcido y formidable intelecto? Me estremece hablar de ello, padres conscriptos, pero me temo que debo hacerlo. No creo que él soportase vivir en este estercolero que llamamos Roma. Las mujeres se sientan en las cunetas tan borrachas que vomitan, Los hombres acechan en los callejones para atracar y asesinar. Niños de ambos sexos se prostituyen a la puerta de Venus Euxina. ¡Incluso he visto a quienes parecían hombres respetables levantarse la túnica y agacharse para defecar en la calle cuando tenían a la vista una letrina pública! La intimidad para las funciones corporales y la modestia en la conducta se consideran algo pasado de moda, ridículo, risible. Catón el Censor lloraría. Luego se iría a casa y se colgaría. ¡Oh, cuántas veces he tenido yo que resistir la tentación de hacer lo mismo!
—¡No, Catón, no resistas ni un momento más esa tentación! —le gritó Craso.
Catón continuó dando la tabarra sin darse cuenta de aquello, por lo visto.
—Roma es un estofado. Pero, ¿qué otra cosa puede esperarse uno cuando los hombres que se sientan en esta Cámara se dedican a saquear a las esposas de otros hombres, o que sólo piensan en la santidad de su carne para abrirse paso por indecibles orificios hacia actos que no se pueden ni mencionar? Catón el Censor lloraría. ¡Y miradme, padres conscriptos! ¿Veis cómo lloro? ¿Cómo puede ser fuerte un estado, cómo puede pensar en gobernar el mundo cuando los hombres que gobiernan ese estado son degenerados, decadentes, llagas asquerosas y rezumantes? ¡Debemos detener todo este interés por irrelevancias ajenas a nosotros, como los
publicani de Asia, y dedicar un año entero a librar de malas hierbas el jardín de Roma! A devolver la decencia a este lugar como nuestra más alta prioridad! ¡A promulgar leyes que hagan imposible que unos hombres violen a otros hombres, que delincuentes patricios fanfarroneen abiertamente de relaciones incestuosas, que los gobernadores de nuestras provincias exploten sexualmente a niños! Las mujeres que cometen adulterio deberían ser ejecutadas, como en los viejos tiempos. Las mujeres que beben vino deberían ser ejecutadas, como en los viejos tiempos. Las mujeres que aparecen en reuniones públicas en el Foro para abuchear y gritar insultos soeces deberían ser ejecutadas… aunque no como en los viejos tiempos, ¡porque en los viejos tiempos ninguna mujer habría osado ni en sueños hacer semejante cosa! ¡Las mujeres llevan en su seno y dan a luz hijos, no sirven para otra cosa! Pero, ¿dónde están las leyes que necesitamos para reforzar una moral como es debido? ¡No existen, padres conscriptos! ¡Y, sin embargo, si Roma ha de sobrevivir, esas leyes deben ser promulgadas!
—Cualquiera diría que les está hablando a los habitantes de la República ideal de Platón, no a hombres que tienen que revolcarse en la mierda de Rómulo —le cuchicheó Cicerón a Pompeyo.
—Va a seguir perorando hasta que se ponga el sol —dijo Pompeyo con aire lúgubre—. ¡Qué sandeces más completas está diciendo! Los hombres somos hombres y las mujeres son mujeres. Empleaban los mismos trucos bajo el mandato de los primeros cónsules que utilizan hoy bajo el mandato de Celer y Afranio.
—Fijaos bien —rugió Catón—. ¡Las actuales condiciones escandalosas son resultado directo de una excesiva exposición a la laxitud oriental! ¡Desde que expandimos nuestro dominio por el Mare Nostrum hasta lugares como Anatolia y Siria, nosotros, los romanos, hemos caído en hábitos asquerosamente sucios importados de esos sumideros de iniquidad! Por cada cereza o cada naranja que hemos traído de allí para incrementar la productividad de nuestra amada tierra, hemos traído diez mil males. Es una mala acción conquistar el mundo, y no tengo reparos en decirlo. Que Roma continúe siendo lo que siempre fue en los viejos tiempos, un lugar moral y
contenido lleno de ciudadanos trabajadores que se ocupaban de sus propios asuntos y no les importaba lo que sucediera en Campania o en Etruria, ¡y no digamos en Anatolia o en Siria! Todo romano era entonces feliz y estaba contento. El cambio vino cuando hombres avarientos y ambiciosos se levantaron por encima del nivel establecido para todos los hombres. ¡Debemos dominar Campania, debemos imponer nuestro gobierno en Etruria, todo italiano debe convertirse en romano! ¡Y todas las carreteras deben conducir a Roma! El gusano empezó a carcomer… lo que era bastante dinero ya no bastaba, y el poder se hizo más embriagador que el vino. ¡Mirad el número de funerales pagados por el Estado que soportamos en estos tiempos! ¿Con qué frecuencia en los viejos tiempos desembolsaba el Estado su precioso dinero para enterrar a hombres que bien podían pagarse sus propios funerales? ¿Con qué frecuencia hace eso el Estado ahora? ¡A veces da la impresión de que soportamos un funeral estatal cada nundinum! Yo fui cuestor urbano, ¡y sé cuánto dinero público se despilfarra en frivolidades como funerales y festines! ¿Por qué ha de contribuir el Estado a pagar banquetes públicos para que el proletariado pueda regalarse con anguilas y ostras y se lleve a su casa las sobras en un saco? ¡Yo os diré por qué! ¡Para que algún hombre ambicioso pueda comprarse el consulado! «¡Oh, grita ese hombre, pero si el proletariado no puede darme votos! ¡Yo soy un patriota romano, a mí simplemente me gusta dar placer a los que no pueden pagarse el placer!» ¡No, el proletariado no puede darles votos! ¡Pero todos los comerciantes que abastecen la comida y la bebida sí que pueden y le dan los votos! ¡Mirad las flores de Cayo César cuando fue edil curul! ¡Por no hablar de que repartió refrigerios suficientes para llenar doscientas mil barrigas que no se lo merecían! ¡Intentad sumar, si sabéis, el número de vendedores de pescado y de flores que le deben a Cayo César su primer voto! Pero es legal, nuestras leyes contra el soborno no pueden tocar a César…
En ese punto Pompeyo se levantó y salió, y a continuación dio comienzo un éxodo masivo de senadores. Cuando el sol se puso sólo quedaban cuatro hombres para escuchar una de las mejores peroratas de
Catón: Bíbulo, Cayo Pisón, Ahenobarbo y el desventurado cónsul que tenía las fasces, Lucio Afranio.
Tanto Pompeyo como Craso le enviaron cartas a César al Campo de Marte, donde éste se alojaba en la posada de Minicio. Se encontraba muy cansado porque —a pesar de su enorme corpulencia y fuerza— ya no era lo bastante joven como para remar varios días seguidos; Burgundo estaba sentado en silencio en un rincón del salón privado de César mirando cómo su amado amo conversaba en voz baja con Balbo, que había preferido hacerle compañía antes que entrar en Roma sin César.
Las cartas llegaron transportadas por el mismo mensajero, y a César le llevó poco tiempo leerlas. César levantó la mirada hacia Balbo.
—Bueno, al parecer no voy a poder presentarme a cónsul in absentía — le dijo con calma—. La Cámara parecía dispuesta a concederme el favor, pero Catón estuvo hablando hasta que se puso el sol e impidió que se votase. Craso viene de camino para verme ahora. Pompeyo no vendrá porque cree que lo están vigilando, y es muy probable que tenga razón.
—¡0h, César! —A Balbo se le empañaron los ojos, pero lo que hubiera dicho después nunca llegó a ser pronunciado; Craso irrumpió en la habitación echando chispas.
—¡El muy mojigato, remilgado y engreído! ¡Detesto a Pompeyo Magnus y desprecio a idiotas como Cicerón, pero a Catón es que lo mataría! ¡Vaya líder que ha heredado ese núcleo irreductible en su persona! ¡Catulo seguiría el ejemplo de su padre y se asfixiaría aspirando exhalaciones de yeso fresco si lo supieral ¿Quién ha dicho que la incorruptibilidad y la honestidad son las virtudes que más importan? Yo prefiero tratar con el usurero más tramposo y más rastrero del mundo antes que mear en la dirección general de Catón! ¡Él es más advenedizo que cualquier Hombre Nuevo que haya pisado la vía Flaminia escarbándose los dientes con una espiga! ¡Mentula! ¡Verpa! ¡Cunnus! ¡Puaf!
Todo aquello lo escuchó César fascinado y con una deleitada sonrisa de oreja a oreja.
—Mi querido Marco, nunca creí que tuviera que decírtelo a ti, pero, ¡cálmate! ¿Por qué sufrir un ataque por causa de alguien como Catón? El no ganará, con toda su muy ensalzada integridad.
—César, ¡él ya ha ganado! Ahora no puedes ser cónsul en el año nuevo, y, ¿qué va a ser de Roma? Si no hay un cónsul lo bastante fuerte para aplastar a babosas como Catón y Bíbulo, ¡yo me desesperaré! ¡No habrá ninguna Roma! ¿Y cómo voy a proteger mi posición con las Dieciocho si tú no eres cónsul senior?
—No pasa nada, Marco, de verdad. Yo seré cónsul senior en el año nuevo, aunque me toque cargar con Bíbulo como colega.
La rabia de Craso se desvaneció; Craso, boquiabierto, miró a César. —¿Quieres decir que estás dispuesto a renunciar a tu desfile triunfal? —
graznó.
—Desde luego que sí. —César se dio la vuelta en su asiento—. Burgundo, ya empieza a ser hora de que vayas a ver a Cardixa y a tus hijos. Ve a la domus publica y quédate allí. Dale a mi madre dos recados: que llegaré a casa mañana por la noche, y que empaquete mi toga candida y me la envíe aquí esta noche. Mañana al amanecer cruzaré el pomerium y entraré en Roma.
—¡César, es un sacrificio demasiado grande! —protestó Craso, al borde de las lágrimas.
—¡Tonterías! ¿Qué sacrificio? Ya habrá otros triunfos para mí: no pienso irme a una provincia pacífica después de mi consulado, te lo aseguro. Ya deberías conocerme, Marco. Y si yo siguiera adelante y desfilase triunfalmente en los idus, ¿qué clase de espectáculo sería? Nada digno de mí. Es muy difícil competir con Magnus, quien tardó dos días en presentar todo el desfile. No, cuando yo triunfe será tomándome el tiempo que haga falta, y será algo nunca visto. Yo soy Cayo Julio César, no Metelo Pequeña Cabra Crético. Roma deberá hablar de mi desfile durante generaciones. Nunca consentiré ser un fracasado.
—¡No me creo lo que oigo! ¿Renunciar a tu triunfo? ¡Cayo, Cayo, ésa es la cima de la gloria de cualquier hombre! ¡Mírame a mí! ¡Durante toda
mi vida el triunfo se me ha escapado, y es lo único que anhelo antes de morir!
—Entonces tendremos que conseguir que tengas tu triunfo. Anímate, Marco, venga. Siéntate y bébete una copa del mejor vino de Minicio, y luego cenemos. He descubierto que remar doce horas al día durante doce días le abre a cualquiera un enorme apetito.
—¡Yo sería capaz de matar a Catón! —dijo Craso; y se sentó.
—Como no hago más que repetir a oídos enormemente sordos, la muerte no es castigo apropiado ni siquiera para Catón. La muerte birla la mejor victoria, pues le ahorra a los enemigos de uno el verse derrotados. A mí me encanta medirme con los Catones y los Bíbulos. Nunca ganarán.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Simple —dijo César sorprendido—. Ellos no desean ganar con tanta pasión como lo deseo yo.
La rabia había desaparecido, pero Craso aún no había logrado adoptar su habitual semblante impasible cuando dijo, con cierta incomodidad;
—Tengo algo menos importante que contarte, pero quizás tú no lo veas igual que yo.
—¿Ah, sí?
Después de lo cual Craso realmente se acobardó.
—Lo dejaremos para más tarde. Hemos estado hablando como si tu amigo ahí presente no existiera.
—¡Oh, dioses! ¡Balbo, perdóname! —exclamó César—. Ven aquí que te presente a un plutócrata mucho más forrado que tú. Lucio Cornelio Balbo el Viejo, éste es Marco Licinio Craso.
»Y ése —pensó César— sí que es un apretón de manos entre iguales donde los haya. No comprendo qué placer les produce ganar dinero, pero entre los dos probablemente podrían comprar y vender toda la península Ibérica. Y qué encantados están de conocerse por fin. No es tan raro que no se hayan conocido antes. Los días de Craso en Hispania habían acabado cuando Balbo aún no era conocido allí. Y éste es el primer viaje de Balbo a Roma, donde tengo muchas esperanzas de que establezca su residencia.»
Los tres hombres celebraron una alegre comida, porque al parecer una vez que el imperturbable Craso se veía catapultado fuera de su imperturbabilidad, le resultaba difícil recuperar ese estado mental. Hasta que no se retiraron los platos y se despabilaron las lámparas no se refirió Craso a la otra noticia que tenía para César. —Tengo que decírtelo, Cayo, pero no te va a gustar —dijo.
—¿Que no me va a gustar qué?
—Nepote pronunció un breve discurso en la Cámara referente a tu solicitud de presentarte in absentia.
—No a mi favor.
—Todo lo contrario.
Craso dejó de hablar.
—¿Qué dijo? ¡Venga, Marco, no puede ser tan malo!
—Peor.
—Entonces será mejor que me lo digas.
—Dijo que no quería otorgarle ningún tipo de favor a un homosexual tristemente famoso como tú. Esa fue la parte amable. Ya conoces a Nepote, muy ácido, desde luego. El resto fue extraordinariamente gráfico y se refería al rey Nicomedes de Bitinia. —Craso se detuvo de nuevo, pero como César no decía nada, se apresuró a seguir—. Afranio ordenó a los escribas que borrasen aquella declaración de las actas, y le prohibió a Nepote asistir a ninguna reunión del Senado mientras él tenga las fasces. Resolvió la situación muy bien, realmente.
Desde luego César no estaba mirando ni a Craso ni a Balbo; la luz era tenue. César no se movió, no había expresión alguna en aquel rostro suyo que pudiera producir alarma. Y, sin embargo, ¿por qué dio la impresión de que la temperatura de la habitación se había hecho de pronto muchísimo más fría?
La pausa no fue lo suficientemente prolongada como para calificarla de silencio antes de que César dijera, en un tono de voz normal:
—Esa fue una tontería por parte de Nepote. Les haría más servicio a los boni en la Cámara que desterrado de ella. Debe asistir a todos los consejos de los boni, y debe ser uña y carne con Bíbulo. He esperado años a que se
removiese ese bulo. Bíbulo levantó gran parte de esa noticia falsa hace casi media vida, pero luego el rumor pareció apagarse. —La sonrisa de César destelló, pero no había diversión en ella—. Amigos míos, os predigo que éstas van a ser unas elecciones muy sucias.
—En la Cámara aquello no sentó bien —le explicó Craso—. Hubiera podido oírse el ruido que produce una polilla al posarse sobre una toga. Nepote debió de darse cuenta de que se había perjudicado a sí mismo más de lo que había logrado perjudicarte a ti, porque cuando Afranio lo conminó a marcharse, Nepote le soltó a él también una grosería, le dijo la vieja pulla de «hijo de Aulo», y salió de la Cámara.
—Me decepciona Nepote, creí que tenía más astucia.
—O quizás esté protegiendo una tendencia suya en ese mismo sentido —dijo ruidosamente Craso—. En su momento resultaba gracioso, pero si recuerdas cómo se comportaba él durante las reuniones de la plebe cuando él era tribuno, siempre movía mucho las pestañas y les tiraba besos a los zoquetes pesados como Termo.
—Todo lo cual está fuera del tema —dijo César poniéndose en pie al mismo tiempo que Craso—. Nepote ha perjudicado mi dignitas. Eso significa que yo tendré que perjudicar a Nepote.
Cuando volvió al salón después de acompañar a Craso a la salida, encontró a Balbo enjugándose las lágrimas.
—¿Afligido por algo tan vulgar como Nepote? —le preguntó.
—Conozco tu orgullo, así que sé cómo te duele.
—Sí —dijo César dejando escapar un suspiro—, me duele, Balbo, pero no lo admitiré ante ningún romano de mi propia clase. Otra cosa sería si fuera cierto, pero no lo es. Y en Roma una acusación de homosexualidad es muy dañina. La dignitas padece.
—Yo creo que Roma se equivoca —dijo Balbo con suavidad.
—En realidad, yo también. Pero eso no tiene importancia. Lo que importa es la mos maiorum, nuestras costumbres y tradiciones de siglos. Por la razón que sea, y no sé cuál es esa razón, la homosexualidad no se aprueba. Nunca se ha aprobado. ¿Por qué crees que hubo tanta resistencia en Roma a las cosas griegas hace dos siglos?
—Pero también debe de existir aquí, en Roma.
—A carretadas, Balbo, y no sólo entre aquellos que no pertenecen al Senado. Catón el Censor lo decía de Escipión el Africano, y de Sila desde luego era cierto. ¡No importa, no importa! ¡Si la vida fuera fácil, qué aburridos estaríamos!
El cónsul senior y oficial electoral, Quinto Cecilio Metelo Celer, había instalado su barraca en el Foro inferior bastante cerca del tribunal del pretor urbano, y allí presidía para tomar en consideración las numerosas solicitudes que le eran presentadas por aquellos que deseaban presentarse a las elecciones de pretores o de cónsules. Sus obligaciones abarcaban también las otras dos tandas de elecciones, que se celebraban más tarde, en el mes de quintilis, lo cual le había proporcionado a Catón excusa para adelantar el cierre de las candidaturas curules. De ese modo, decía Catón, el oficial electoral podía dedicar la atención y la consideración debidas a los candidatos curules antes de tener que entendérselas con el pueblo y la plebe.
El hombre que se presentaba como candidato para cualquier magistratura se ataviaba con la toga candida, una prenda de cegadora blancura lograda a base de blanquearla al sol y de darle un frotado final con yeso. En pos del candidato iban sus clientes y amigos, cuanto más importantes mejor. Aquellos que tenían mala memoria empleaban un nomenclator, cuya obligación consistía en susurrar el nombre de cada uno de los hombres con que se encontraba en el oído permanentemente inclinado del candidato, cosa que resultaba difícil últimamente, pues los nomenclatores habían sido declarados oficialmente ilegales.
El candidato inteligente hacía acopio incluso de la última onza de paciencia y se preparaba para escuchar a cualquicra, a todo aquel que quisiera hablar con él, por muy prolongada o prolijamente que fuera. Si por casualidad se encontraba con una madre y su bebé, le sonreía a la madre y besaba al pequeño; en eso no había votos, desde luego, pero bien podía ser que ella convenciera al marido para que lo votase. El candidato se reía ruidosamente cuando venía al caso, lloraba copiosamente si le contaban
cuentos de infortunio, se ponía solemne y serio cuando se abordaban temas solemnes y serios; pero nunca ponía cara de aburrimiento o de falta de interés, y se cercioraba de no decirle alguna inconveniencia a quien no debía. Estrechaba tantas manos que tenía que meter la mano en agua fría cada noche. Convencía a sus amigos famosos por su oratoria para que se subieran a la tribuna o la plataforma de Cástor y se dirigieran a los asiduos del Foro para hablarles del hombre tan sublime que era él, de qué firme pilar del sistema era él, de cuántas generaciones de imagines llenaban su atrio… y de lo malísimos, reprensibles, deshonestos, corruptos, no patrióticos, viles, sodomizadores, comedores de heces, violadores de niños, incestuosos, bestiales, depravados, amantes de la buena vida, perezosos, glotones y alcohólicos que eran todos sus oponentes. Le prometía todo a todo el mundo, por muy imposible que resultase cumplir tales promesas.
Muchas eran las leyes que Roma había puesto en las tablillas para restringir al candidato: no debía contratar al necesario nomenclator, no podía ofrecer espectáculos de gladiadores, se le prohibía agasajar a la gente, con excepción de sus más íntimos amigos y familiares, no podía hacer regalos y, desde luego, no podía pagar dinero como soborno. De manera que lo que ocurría era que con algunas de las cosas que estaban prohibidas —el nomenclator, por ejemplo— se hacía la vista gorda, y otras, como lo de los gladiadores y los banquetes, habían caído en desuso y el dinero que habrían costado se utilizaba en cambio para sobornos en metálico.
Lo interesante de un romano era que si consentía en ser comprado, comprado quedaba. Lo tenían como un asunto de honor, y a un hombre que no cumpliera después de ser sobornado se le hacía el vacío. Casi nadie que estuviera por debajo del nivel de un caballero de las Dieciocho era impermeable al soborno, cosa que suponía una muy bienvenida pequeña cantidad de dinero que tanto se necesitaba. Los principales beneficiarios eran hombres de la primera clase inferiores al nivel de las Dieciocho Centurias senior, y, en menor medida, los hombres de la segunda clase. La tercera, cuarta y quinta clases no merecían el gasto, pues rara vez se les convocaba a votar en las elecciones centuriadas. Un hombre que tuviera de su parte a todas las Centurias no tenía verdadera necesidad de sobornar a la
segunda clase, tanto peso tenían las Centurias en favor de los votantes de la primera clase, que también eran los más ricos, pues las Centurias estaban clasificadas basándose en los medios económicos.
Más difícil resultaba influir en las elecciones tribales mediante sobornos, pero no imposible. Ningún candidato a edil o a tribuno de la plebe se tomaba la molestia de sobornar a los miembros de las extensas cuatro tribus urbanas; en lugar de ello, dichos candidatos ponían el esfuerzo en las tribus rurales que tenían unos cuantos miembros dentro de Roma en época de elecciones.
La cantidad que cada hombre ofreciera dependía de él. Podían ser mil sestercios a cada uno de dos mil votantes, o cincuenta mil a cada uno de cuarenta votantes con suficiente influencia como para convencer a otros hombres. Los clientes tenían obligación de votar a sus patrones, pero un regalo en dinero en metálico también ayudaba en ese terreno. Un desembolso de dos millones de sestercios en total era la suma que un hombre extraordinariamente rico podía pensar en gastarse; a lo sumo. Algunas elecciones eran igualmente famosas porque los sobornantes eran muy tacaños, y aquellos que esperaban que les sobornasen criticaban dichas elecciones con dureza.
Los sobornos se distribuían en su mayor parte antes del día de las votaciones, aunque la mayoría de los candidatos que habían desembolsado grandes sumas de dinero para sobornar se aseguraban de poner interventores tan cerca como fuera posible de las cestas para comprobar lo que un votante había grabado en su tablilla. Y el peligro radicaba en sobornar a la persona inadecuada; Catón era famoso por reunir a un buen número de hombres para que aceptase sobornos y luego los utilizaba como testigos ante el Tribunal de Sobornos. Aquello no era deshonroso, pues el hombre sobornado votaba desde luego como debía, pero luego no tenía remordimientos para prestar declaración en un procesamiento porque había sido reclutado precisamente para hacer eso antes de haber aceptado el dinero. Por ese motivo la mayorfa de los hombres que eran procesados por soborno electoral habían logrado ser elegidos, desde Publio Sila hasta
Autronio o Murena. No solía juzgarse a los sobornados, sólo juzgaban a los que habían pagado sobornos y salían elegidos.
Normalmente había hasta un total de diez candidatos a cónsules, seis o siete era el número más frecuente, y por lo menos la mitad de ellos procedían de las Familias Famosas. El electorado solía tener un campo donde elegir rico y variado. Pero el año en que César se presentó a cónsul la Fortuna favoreció a Bíbulo y los boni. A la mayoría de los pretores del año de César les habían concedido una prórroga en sus respectivas provincias, así que no estaban en Roma para competir en unas elecciones donde el peso se inclinaba tanto en dirección a un hombre: todo romano al tanto de la política sabía que César no podía perder. Y ese hecho reducía las posibilidades de todos los demás. Sólo otro hombre aparte de César podía convertirse en cónsul, y si acaso sería cónsul junior. César, con toda seguridad, sacaría el máximo número de votos, lo cúal lo convertiría en cónsul senior. Por tanto, muchos hombres que aspiraban a ser cónsules decidieron no presentarse en el año de César. Una derrota siempre era perjudicial.
Por consiguiente, los boni decidieron apostarlo todo a un solo hombre, Marco Calpurnio Bíbulo, e iban por todas partes convenciendo a los candidatos en potencia de familia noble o antigua para que no se presentase compitiendo con Bíbulo. ¡Él tenía que ser cónsul junior! Como cónsul junior estaría en posición de hacerle la vida a César como cónsul senior muy difícil y frustrante.
El resultado fue que sólo hubo cuatro candidatos, sólo dos de los cuales procedían de familias nobles: César y Bíbulo. Los otros dos candidatos eran Hombres Nuevos, y de los dos, sólo uno tenía alguna probabilidad: Lucio Luceyo, un famoso abogado y leal partidario de Pompeyo. Naturalmente Luceyo sobornaría, pues la fortuna de Pompeyo lo respaldaba, así como la considerable fortuna que él mismo poseía. La cantidad de dinero ofrecida en sobornos le daba a Luceyo una oportunidad, pero sólo una oportunidad remota. Bíbulo era un Calpurnio, le respaldaban los boni y sin duda él también recurriría a los sobornos.
César cruzó el pomerium y entró en Roma al romper el alba. Acompañado sólo de Balbo, bajó por la vía Lata a pie hacia la colina de
los Banqueros, entró en la ciudad por la puerta Fontinalis, y bajó al Foro; la prisión Lautumiae le quedaba a la derecha y la basílica Porcia a la izquierda.
Cogió desprevenido, hábilmente, a Metelo Celer, pues el oficial electoral curul estaba sentado en su barraca mirando con embeleso un águila que se encontraba posada en el tejado del templo de Cástor, y no advirtió movimiento alguno procedente de la dirección de la prisión.
—Un auspicio interesante —le dijo César.
Celer se sofocó, se atragantó, barrió todos los papeles, hizo un montón con ellos y se puso en pie de un bote.
—¡Llegas demasiado tarde, ya he cerrado! —exclamó.
—Venga ya, Celer, no creo que te atrevas a ser tan inconstitucional. Estoy aquí para presentar mi candidatura para el consulado antes de las nonas de junio. Hoy tienes abierto, el Senado así lo ha decretado. Cuando llegué a tu presencia, tú estabas sentado dispuesto a trabajar. Por lo tanto, aceptarás mi candidatura. No existe impedimento alguno.
De pronto el Foro inferior se había llenado de bote en bote; todos los clientes de César estaban allí, y era un hombre tan importante, al que Celer conocía, que no se atrevió a cerrar la barraca. Marco Craso avanzó con paso majestuoso hasta César y se colocó junto a su brillante y blanco hombro.
—¿Hay algún problema, César? —gruñó. —Ninguno, que yo sepa. ¿Y bien, Quinto Celer? —No has entregado las cuentas de tu provincia.
—Sí que lo he hecho, Quinto Celer. Llegaron al Tesoro ayer por la mañana, con instrucciones de que fueran revisadas inmediatamente. ¿Quieres que vayamos juntos dando un paseo hasta el templo de Saturno ahora y averigüemos si existe alguna discrepancia?
—Acepto tu candidatura para el consulado —le dijo Celer; y se inclinó hacia adelante—. ¡Eres un tonto! —le gruñó—. Has renunciado a tu desfile
triunfal. ¿Y para qué? ¡Bíbulo te tendrá atado de pies y manos, eso te lo juro! Deberías haber esperado hasta el año que viene.
—Para el año que viene no existiría Roma si a Bíbulo se le dejase campar a sus anchas. No, ésa no es la expresión apropiada, habría que decir si Bíbulo estuviera sin hacer nada y prohibiéndolo todo. Sí, eso lo expresa mejor.
—¡Te lo prohibirá todo aunque tú seas su superior!
—Una pulga quizás lo intente.
César dio media vuelta, le echó un brazo por los hombros a Craso y se adentraron entre una multitud extasiada pero llorosa, tan disgustada por la pérdida del triunfo de César como rebosante de júbilo al verlo aparecer dentro de la ciudad.
Durante un momento Celer contempló aquel recibimiento emocionado y luego les hizo una breve seña a sus ayudantes.
—Esta barraca está cerrada —dijo; y se puso en pie—. ¡Lictores, a la casa de Marco Calpurnio Bíbulo, y daos prisa por una vez!
Como eran las nonas y no estaba fijada ninguna sesión del Senado, Bíbulo se encontraba en casa cuando llegó Celer.
—¿Adivinas quién acaba de declararse candidato? —le preguntó entre dientes mientras irrumpía en el despacho de Bíbulo.
El rostro huesudo y pelado que lo recibió se puso todavía más pálido, algo que cualquiera habría dicho que era imposible.
—¡Bromeas!
—No bromeo —dijo Celer mientras se dejaba caer en una silla y le echaba una mirada de desagrado al ocupante de la silla de las personas importantes, Metelo Escipión. ¿Por qué tenía que estar allí aquel lúgubre mentula?—. César ha cruzado el pomerium y ha renunciado a su imperium.
—¡Pero si tenía que desfilar en triunfo! —Ya os advertí que él ganaría —dijo Metelo Esqipión—. ¿Y sabéis por qué gana siempre? Porque no se detiene a contar el gasto. Él no piensa como nosotros. Ninguno de nosotros habría renunciado a un triunfo teniendo la posibilidad de ser cónsul cualquier otro año.
—Ese hombre está loco —dijo Celer; y frunció el entrecejo.
—Muy loco o muy cuerdo, nunca estoy seguro —dijo Bíbulo, y dio unas palmadas. Cuando apareció un criado le dio órdenes—: Manda a llamar a Marco Catón, Cayo Pisón y Lucio Ahenobarbo.
—¿Un consejo de guerra? —preguntó Metelo Escipión, que suspiraba como si tuviera delante la perspectiva de otra causa perdida.
—¡Sí, sí! ¡Aunque te lo advierto, Escipión, ni una palabra acerca de que César siempre gana! No nos hace falta un profeta fatalista entre nosotros; en lo referente a profetizar la fatalidad tú estás en la liga de Casandra.
—¡De Tiresias, muchas gracias! —dijo Metelo Escipión muy estirado
—. ¡Yo no soy una mujer!
—Bueno, él lo fue durante algún tiempo —dijo Celer con una risita
tonta—. ¡Y ciego también! ¿Has estado viendo copular serpientes últimamente, Escipión?
Cuando César entró en la domus publica era después del mediodía. Todo se había detenido, tanta era la gente que había afluido al Foro para verle, y también había tenido que ocuparse de Balbo; a Balbo había que concederle todas las atenciones distinguidas, y César le había ido presentando a todos los hombres preeminentes con que se encontraron.
Llevó algún tiempo instalar a Balbo en una de las habitaciones para invitados del piso de arriba, y más tiempo todavía saludar a su madre, a su hija y a las vestales. Pero por fin, no mucho antes de la cena, pudo cerrar la puerta del despacho al resto del mundo y quedarse solo para meditar.
El triunfo era cosa del pasado; no perdió mucho tiempo pensando en ello. Muchísimo más importante era decidir qué hacer a continuación… y adivinar qué pensarían hacer a continuación los boni. La veloz partida de Celer del Foro no le había pasado inadvertida, lo cual significaba sin duda que los boni en aquel momento estarían celebrando un consejo de guerra.
Era una gran lástima lo de Celer y Nepote. Ellos habían sido antes unos aliados excelentes. Pero, ¿por qué se habían metido en el problema de convertirse ahora en mortales antagonistas suyos? Pompeyo era el blanco al que ellos apuntaban, y tampoco tenían ninguna prueba verdadera de que
César, una vez que fuera cónsul, pensase convertirse en la marioneta de Pompeyo. Era cierto que César siempre había hablado en favor de Pompeyo en la Cámara, pero nunca habían sido amigos íntimos, ni les unía ningún parentesco de sangre. Pompeyo no le había ofrecido a César ningún cargo como legado suyo mientras estuvo conquistando el Este; no existía ningún estado de atnicitia entre ellos. ¿Se habrían visto obligados los hermanos Metelo a hacer suyos todos los enemigos de los boni como precio por ser admitidos en sus filas? No era muy probable, dada la influencia que poseían los hermanos Metelo. No tenían necesidad de dar coba a los boni. Los boni hubieran acudido a ellos arrastrándose.
Lo más desconcertante de todo era aquel ataque absolutamente difamatorio de Nepote en la Cámara; aquello era indicio de un rencor colosal, de un odio muy personal. ¿Por qué? ¿Lo odiaban ya dos años atrás, cuando habían colaborado con él de un modo tan espléndido? Decididamente no. César no era Pompeyo, no era víctima de la clase de inseguridad que llevaba a Pompeyo a inquietarse por si la gente lo estimaba o lo despreciaba; ahora su sentido común le decía a César que hacía dos años aquel odio no existía. Entonces, ¿por qué se habían vuelto contra él los hermanos Metelo? ¿Por qué? ¿Mucia Tercia? ¡Sí, por todos los dioses, Mucia Tercia! ¿Qué les habría dicho ella a sus hermanos de madre para justificar su forma de obrar en ausencia de Pompeyo? Entregar su noble cuerpo a alguien como Tito Labieno no la habría dejado en buen lugar ante los ojos de los dos Cecilios Metelos más influyentes que quedaban vivos, y sin embargo ellos no sólo la habían perdonado, sino que habían salido en su defensa en contra de Pompeyo. ¿Le había echado ella la culpa a César, a quien conocía desde hacía veintiséis años, cuando ella se casó con el joven Mario? ¿Les habría dicho ella que César había sido su seductor? El rumor tenía que haber salido de alguna parte. ¿Qué mejor fuente que Mucia Tercia?
De manera que los hermanos Metelo eran ahora sus enconados enemigos. Bíbulo, Catón, Cayo Pisón, Ahenobarbo y una multitud de boni menos importantes, como Marco Favonio y Munacio Rufo, harían cualquier cosa menos asesinarlo con tal de hacerlo caer. Lo cual sólo dejaba a
Cicerón. El mundo estaba ampliamente provisto de hombres que nunca podían tomar una decisión, flirteaban con este grupo, halagaban a aquel otro, y acababan por no tener ningún aliado y muy pocos amigos. Así era Cicerón. De qué parte estaría él en aquel momento era algo que cualquiera tendría que adivinar; probablemente ni el propio Cicerón lo sabía. En un momento dado adoraba a su queridísimo Pompeyo, y al momento siguiente odiaba todo lo que Pompeyo era o representaba. ¿Qué oportunidad tenía César, siendo amigo de Craso? Sí, César, abandona toda esperanza acerca de Cicerón…
Lo más sensato era formar una alianza política con Lucio Luceyo. César lo conocía bien porque habían trabajado en muchos juicios juntos, casi siempre con César en el estrado. Abogado brillante, orador espléndido y hombre inteligente que merecía ennoblecerse a sí mismo y ennoblecer a su familia. Luceyo y Pompeyo podían permitirse sobornar, y sin duda sobornarían. Pero, ¿daría resultado? Cuanto más pensaba César en aquello, menos confiado se sentía. ¡Ojalá el Gran Hombre tuviera seguidores en el Senado y en las Dieciocho! El problema era que no los tenía, particularmente en el Senado, un sorprendente estado de cosas que podía atribuirse directamente a su antiguo desprecio por la ley y por la constitución no escrita de Roma. Les había pasado por la nariz al Senado sus propios excrementos con el fin de obligarlos a que le permitieran presentarse a cónsul sin siquiera haber sido senador. Y ellos no lo habían ólvidado, ninguno de los padres conscriptos que hubiera pertenecido al Senado en aquella época lo había olvidado. Había sido en una época no muy lejana, en realidad. Una simple década. Los únicos partidarios senatoriales leales a Pompeyo eran sus paisanos picentinos como Petreyo, Afranio, Gabinio, Lolio, Labieno, Luceyo y Herenio, y ésos, precisamente, no tenían importancia. Entre todos no podían convencer a un senador de los bancos de atrás para que votase de determinada manera a menos que el senador de la parte de atrás fuera picentino. El dinero podía comprar algunos votos, pero la logística de distribuir bastante dinero entre los suficientes votantes derrotaría a Pompeyo y a Luceyo si los boni también decidían sobornar.
Por lo tanto los boni estarían sobornando. Oh, sí, decididamente. Y si Catón daba el visto bueno a los soborno, no habría manera de descubrirlo a menos que el propio César adoptase la táctica de Catón. Cosa que no haría. No por principios, sino simplemente por falta de tiempo y de saber a quién acudir para que actuase como informador. Para Catón aquello era un perfecto arte; llevaba años haciéndolo. Así que prepárate para la lucha, César, vas a tener a Bíbulo por colega junior, te guste o no…
¿Qué más podían hacer? Conseguir que a los cónsules del año siguiente se les negase después el acceso a las provincias. Y bien podía ser que lo lograsen. En aquel momento las dos Galias eran las provincias consulares que se asignaban a los cónsules, debido al malestar que existía en la provincia ulterior entre los alóbroges, los eduos y los secuanos. Las Galias solían trabajarse en tándem, la Galia Cisalpina servía como base de reclutamiento y abastecimiento para la Galia de más allá de los Alpes; un gobernador luchaba y el otro mantenía las fuerzas. A los cónsules del año en curso, Celer y Afranio, se les habían concedido ya las Galias para el año siguiente, y era Celer el que tenía que luchar más allá de los Alpes, y Afranio le respaldaría desde el lado de acá de los Alpes. Qué fácil sería prorrogarlos durante uno o dos años más. La pauta ya se había establecido, pues la mayor parte de los actuales gobernadores de provincias estaban en su segundo o incluso tercer año de permanencia.
Si los alóbroges ya se habían calmado auténticamente —y todos parecían pensar que así era—, entonces la lucha en la Galia Transalpina era un asunto entre tribus, más que una guerra dirigida contra Roma. Hacía más de un año que los eduos se habían quejado amargamente al Senado de que los secuanos y los arvernos estaban construyendo carreteras que se adentraban en territorio eduo; el Senado no les había hecho caso. Ahora les tocaba quejarse a los secuanos. Habían formado una alianza con una tribu germana del otro lado del Rin, los suevos, y le habían dado al rey Ariovisto de los suevos un tercio de sus tierras. Desgraciadamente Ariovisto no había considerado que un tercio fuese suficiente. Quería dos tercios. Luego los helvecios habían empezado a salir de los Alpes en busca de nuevos hogares en el valle del Ródano. Ninguno de estos pueblos le interesaba en realidad a
César, que se alegraba de que Celer tuviera la responsabilidad de arreglar los estropicios que varias tribus guerreras de galos pudieran originar.
César quería la provincia de Afranio, la Galia Cisalpina. El sabía hacia dónde iba: al interior de Nórica, Mesia, Dacia, las tierras de alrededor del río Danubio, todo el trayecto hasta el mar Euxino. Las conquistas que hiciera enlazarían Italia con las conquistas de Pompeyo en Asia, y las fabulosas riquezas de aquel enorme río le pertenecerían a Roma, él le proporcionaría a Roma una ruta terrestre hacia Asia y el Cáucaso. Si el viejo rey Mitrídates había creído que podía hacerlo moviéndose de este a oeste, ¿por qué no iba a hacerlo César avanzando de oeste a este?
Las provincias consulares las seguía asignando el Senado según una ley promulgada por Cayo Graco; esa ley estipulaba que las provincias que habían de concederse a los cónsules del año siguiente debían decidirse antes de que los cónsules hubieran sido elegidos. De ese modo los candidatos para los consulados del próximo año sabían por adelantado a qué provincia irían.
César la consideraba una ley excelente, pues estaba diseñada para impedir que los hombres hiciesen maquinaciones para asegurarse la obtención de la provincia que se les antojase después de haber sido elegidos cónsules y tener poderes consulares. Bajo las actuales circunstancias, lo mejor era saber lo más pronto posible qué provincia sería la suya. Si las cosas no iban como ellos querían —si a los cónsules del año siguiente no se les concedían las provincias, por ejemplo—, entonces la ley de Cayo Graco le permitía por lo menos diecisiete meses para maniobrar, para pensar y planear cómo acabar consiguiendo la provincia que quería. ¡La Galia Cisalpina, él tenía que conseguir la Galia Cisalpina! Resultaba muy interesante que Afranio pudiera resultar ser un obstáculo peor que Metelo Celer. ¿Estaría dispuesto Pompeyo a quitarle a Afranio un premio, a quien se lo había prometido, para dárselo a César si le ayudaba cuando fuese un cónsul senior?
Durante el tiempo que había pasado gobernando la Hispania Ulterior, la manera de pensar de César había cambiado un poco. La experiencia auténtica de gobernar había sido enriquecedora. Y también había
contribuido a ello el hecho de encontrarse ausente de la propia Roma. A aquella distancia encajaban mejor muchas cosas que no había logrado comprender hasta entonces, y otras ideas habían sufrido modificaciones. Pero sus metas no habían cambiado: él nó sólo sería el Primer Hombre de Roma, sino además el más grande de todos los que lo habían sido.
No obstante, ahora veía que aquellas metas eran imposibles de alcanzar a la manera antigua. Hombres como Escipión el Africano y Cayo Mario habían salido de una asombrosa y gigantesca zancada del consulado y se habían metido a ostentar un mando militar de tal magnitud que ello les valió el título, la influencia y la fama duradera. Catón el Censor había hecho pedazos a Escipión el Africano después de que éste se convirtió en el innegable Primer Hombre de Roma, y Mario se había destrozado solo cuando su mente se desgastó gracias a aquellos ataques de apoplejía. Ninguno de aquelbs dos hombres se habían visto obligados a entendérselas con una oposición organizada y sólida como los boni. La presencia de los boni había cambiado la situación de raíz.
César comprendía ahora que no podría llegar a la meta él solo, que necesitaba aliados más poderosos que los hombres de una facción creada por sí mismo para sí mismo. Su facción se iba formando estupendamente, y en ella se contaban hombres como Balbo, Publio Vatinio —cuya riqueza e inteligencia lo hacían inmensamente valioso—, el gran banquero romano Cayo Opio, Lucio Pisón, desde que éste lo había salvado de los prestamistas, Aulo Gabinio, Cayo Octavio, marido de la sobrina de César y un hombre enormemente rico que era pretor además.
Necesitaba a Marco Licinio Craso, por una parte. Qué extraordinario que la suerte hubiera arrojado en sus brazos abiertos a Craso; los contratos de la recaudación de impuestos constituían una novedad que nadie hubiera podido predecir. Si cuando él fuera cónsul senior conseguía resolverle los asuntos a Craso, sabía que en adelante todas las buenas relaciones que tenía aquel hombre serían también suyas.
Pero también necesitaba a Pompeyo el Grande. Necesito a ese hombre, necesito a Pompeyo Magnus. ¿Pero cómo voy a ligarlo a mí cuando le haya conseguido sus tierras y haya hecho que sus convenios en el Este se
ratifiquen? Él ni es un verdadero romano ni agradecido por naturaleza. ¡Como sea, sin quedar yo bajo su dominio, tengo que conservarlo de mi parte!
En ese momento Aurelia invadió su intimidad.
—Llegas justo a tiempo —le dijo César mientras sonreía y se levantaba para ayudarla a sentarse—. Mater, ya sé adónde voy.
—Eso no me sorprende, César. A las estrellas.
—Si no a las estrellas, sí a los confines de la tierra.
Aurelia frunció el entrecejo.
—Sin duda te habrán contado lo que Metelo Nepote dijo en la Cámara, ¿no es así?
—Pues sí. Me lo ha dicho Craso. Y estaba muy trastornado.
—Bueno, tenía que salir a la superficie tarde o temprano. ¿Cómo llevarás ese asunto?
Ahora le tocó a César fruncir el entrecejo.
—No estoy muy seguro. Aunque me alegro de no haber estado allí para oírle… habría podido matarle, lo cual no hubiese sido nada beneficioso para mi carrera. ¿Debería yo, por ejemplo, tirarle besos y trasladar la sospecha de mis hombros a los suyos? Craso cree que Nepote tiene inclinaciones en ese sentido.
—No —dijo Aurelia con firmeza—. Haz caso omiso de lo que dijo e ignóralo a él. Hay más cadáveres femeninos, bueno, metafóricamente hablando, sembrados a tu paso de los que hubo detrás de Adonis. Tú no has intrigado con ningún hombre, ni tus enemigos han sido capaces de sacar del aire ningún nombre de hombre por más que lo han intentado. No pueden conseguir nada mejor que el pobre viejo rey Nicomedes. Sigue siendo la única acusación casi veinticinco años después. El tiempo por sí solo lo va debilitando, César, si lo consideras con frialdad. Me doy cuenta de que tu paciencia se está agotando, pero te ruego que contengas el mal genio cuando salga a colación este tema. No hagas caso, ignóralo, no hagas caso.
—Sí, tienes razón. —César suspiró—. Sila solía decir que para un hombre no había una carretera más difícil que la que lleva al consulado ni lo pasaba nunca tan mal como cuando por fin era cónsul. Pero me temo que yo lo pasaré aún peor.
—¡Eso está bien! Sila sobresalió por encima de los demás, y todavía sobresale.
—A Pompeyo no le gustaría que lo odiasen como algunos hombres odiaron a Sila, pero pensando en ello, mater, yo preferiría que me odiasen antes que hundirme en el olvido. Uno nunca sabe qué le depara el futuro. Lo único que puede hacer es estar preparado para lo peor.
—Y actuar —dijo Aurelia.
—Eso siempre. ¿Está lista la cena? Todavía estoy reponiendo lo que perdí remando.
—En realidad había venido para decirte que la cena estaba preparada. —Aurelia se puso en pie—. Me cae bien ese Balbo. Un estupendo aristócrata, ¿me equivoco?
—Igual que yo, puede seguir su árbol genealógico hasta hace mil años.
Es púnico. Su nombre verdadero es asombroso: Kinahu Hadasht Byblos.
—¿Tres nombres? Sí, es un noble.
Salieron al pasillo y torcieron en dirección a la puerta del comedor.
—¿No hay problemas con las vestales? —le preguntó César.
—Ninguno en absoluto.
—¿Y mi pequeño mirlo?
—Floreciente.
En ese momento Julia apareció procedente de la escalera, y César tuvo la suficiente presencia de ánimo para verla bien. ¡Oh, cuánto había crecido en su ausencia!¡Qué hermosa! ¿O era que la veía con el prejuicio propio de un padre?
Pero no era así. Julia había heredado la estructura ósea de César, que él, a su vez, había heredado de Aurelia. Seguía siendo tan rubia que la piel brillaba transparente, y su rica mata de pelo casi no tenía color, una combinación que le otorgaba una fragilidad exquisita que se reflejaba en unos enormes ojos azules colocados en medio de tenues sombras violeta.
Tan alta como un hombre de estatura media, tenía el cuerpo quizás demasiado delgado y los pechos un poco pequeños para el gusto masculino, pero la distancia ahora le mostraba a su padre que, desde luego, la muchacha tenía su propio encanto y embelesaría a cualquier hombre. ¿La habría deseado yo de no haber sido su progenitor? No estoy seguro de si la habría deseado, pero creo que la habría amado. Es una verdadera Julia, hará felices a los hombres de su vida.
—Cumplirás diecisiete años en enero —le dijo César una vez que hubieron puesto la silla de Julia enfrente de la de él, y la de Aurelia frente a Balbo, quien ocupaba el locus consularis en el canapé—. ¿Cómo está Bruto?
Julia respondió a la pregunta con toda compostura, aunque el rostro, observó César, no se le iluminó al oír mencionar el nombre de su prometido.
—Está bien, tata.
—¿Se está haciendo un nombre en el Foro?
—Más bien en los círculos editoriales. Sus epítomes son muy apreciados. —La muchacha sonrió—. En realidad me parece que lo que más le gusta son los negocios, así que es una pena que tenga rango senatorial.
—¿Teniendo como tenemos el ejemplo de Marco Craso? El Senado no le pondrá limitaciones si es listo.
—Sí, es listo. —Julia respiró profundamente—. Le iría mucho mejor en la vida pública sólo con que su madre lo dejase en paz. La sonrisa de César no contenía ni rastro de enojo.
—Estoy de acuerdo contigo de todo corazón, hija. Yo no hago más que decirle a ella que no lo convierta en un conejo, pero, ay, Servilia es Servilia.
El nombre captó la atención de Aurelia.
—Ya sabía yo que tenía otra cosa que decirte, César. Servilia desea verte.
Pero fue a Bruto a quien vio primero; llegó a la domus publica para visitar a Julia justo cuando los cuatro salían del comedor. Tan avergonzado como siempre, le dio la mano a César con flaccidez y miró a todas partes
menos a los ojos de César, característica que siempre había irritado a éste, pues le parecía algo sospechoso. Aquel espantoso acné tenía aún peor aspecto que antes, aunque a los veintitrés años ya debería haber empezado a desaparecer. Si no hubiera sido tan moreno, quizás la barba corta que se le extendía descuidadamente por las mejillas, el mentón y la mandíbula no le habría dado un aspecto tan infame; no era de extrañar que prefiriera garabatear papeles a la oratoria. De no haber sido por todo aquel dinero y el impecable árbol genealógico que tenía, ¿quién habría podido nunca tomarse en serio a Bruto?
No obstante, era evidente que estaba tan enamorado de Julia como hacía años. Bueno, gentil, fiel, cariñoso. Al posar los ojos en ella se le llenaban de afecto, y le cogía la mano como si se le fuera a romper. ¡No había necesidad de preocuparse de que la virtud de Julia hubiera estado nunca sometida a asedio! Bruto esperaría hasta que estuvieran casados. De hecho, ahora se le ocurría a César que Bruto esperaría hasta que estuvieran casados… es decir, que él no había tenido ningún tipo de experiencia sexual. En cuyo caso el matrimonio le haría mucho bien en todos los sentidos, incluidos la piel y el espíritu. Pobre, pobre Bruto. La Fortuna no había sido buena con él cuando le dio por madre a aquella arpía de Servilia. Reflexión que le llevó a preguntarse cómo se las arreglaría Julia teniendo a Servilia por suegra. ¿Sería la hija de César otra persona sobre la que la arpía clavase uñas y dientes y la acobardase sometiéndola a obediencia perpetua?
César se reunió con su arpía al día siguiente al atardecer en las habitaciones del Vicus Patricii. Cuarenta y cinco años, aunque no los aparentaba. La voluptuosa figura no se había ensanchado, ni los maravillosos pechos se le habían caído; de hecho, tenía un aspecto magnífico.
Se esperaba un frenesí, pero Servilia le ofreció una languidez lenta y erótica que César encontró irresistible, una enredada telaraña de los sentidos que ella tejió formando dibujos tortuosos que lo redujeron a él a un éxtasis indefenso. Al principio de conocerla, César había sido capaz de aguantar
una erección durante horas sin sucumbir al orgasmo, pero Servilia, ahora él lo admitía, lo había vencido por fin. Cuanto más tiempo hacía que la conocía, menos capaz era de resistirse al hechizo sexual de ella. Lo cual significaba que la única defensa que tenía César era ocultarle esos hechos a ella. ¡Nunca le daría información vital a Servilia! Ella roería esa información hasta dejarla seca.
—He oído decir que desde que cruzaste el pomerium y presentaste tu candidatura, los boni te han declarado una guerra total-le dijo Servilia cuando estaban tumbados juntos en el baño.
—No te esperarías otra cosa, ¿verdad?
—No, desde luego que no. Pero la muerte de Catulo ha soltado el freno. Bíbulo y Catón son una combinación terrible en el sentido de que tienen dos ventajas que ahora pueden utilizar sin miedo a la crítica o a la desaprobación: una es la habilidad de racionalizar cualquier acción atroz y convertirla en virtud, y la otra es una total falta de previsión. Catulo era un hombre vil porque tenía una pequeñez de carácter que su padre nunca tuvo; eso le venía de tener por madre a una Domicia. La madre de su padre era una Popilia de mucho mejor cepa. Pero Catulo sí que tenía cierta idea de lo que significa ser un noble romano, y de vez en cuando alcanzaba a ver el resultado de ciertas tácticas de los boni. Así que te lo advierto, César, su muerte es un desastre para ti.
—Magnus también me ha dicho algo así acerca de Catulo. No estoy pidiéndote consejo, Servilia, pero me interesa tu opinión. ¿Qué crees tú que debería hacer yo para contrarrestar a los boni?
—Me parece que ha llegado la hora de que admitas que no puedes ganar sin algunos aliados fuertes, César. Hasta ahora has librado una batalla en solitario. Desde ahora debe ser una batalla librada junto con otras fuerzas. Tu partido se ha quedado demasiado pequeño. Agrándalo.
—¿Con qué? O mejor dicho, ¿con quién?
—Marco Craso te necesita para recuperar su influencia entre los publicani, y Ático no es tan tonto como para adherirse ciegamente a Cicerón. Tiene debilidad por Cicerón, pero mucha mayor debilidad por sus actividades comerciales. No necesita dinero, pero anhela con fuerza tener
poder. Quizás sea una suerte que nunca le haya llamado la atención el hecho de tener poder político, pues de otro modo tú te habrías encontrado con cierta competencia por su parte. Cayo Opio es el banquero más importante de Roma. Tú ya tienes a Balbo, que es el mayor banquero de todos los banqueros, en tu partido. Arréglatelas para convencer a Opio de que se pase a tu campo también. Bruto es tuyo, gracias a Julia.
Servilia estaba tumbada con aquellos hermosísimos pechos flotando suavemente en la superficie del agua; llevaba el abundante pelo negro recogido en rizos sin orden para que no se le mojase, y los grandes ojos negros miraban absolutamente hacia el interior de las capas de su propia mente.
—¿Qué me dices de Pompeyo Magnus? —le preguntó César como de pasada.
Servilia se puso rígida; de pronto sus ojos se clavaron en los de César. —¡No, César, no! ¡Ese carnicero picentino no! El no entiende cómo
funciona Roma, nunca lo ha entendido y nunca lo entenderá. Hay en él una mina de habilidad natural, una fuerza enorme para lo bueno o lo malo. ¡Pero no es romano! Si fuera romano, nunca le habría hecho al Senado lo que le hizo antes de ser cónsul. No tiene una vena sutil, no está convencido por dentro de ser invencible. Pompeyo cree que las normas y las leyes se han hecho para romperlas en su beneficio personal. Sin embargo ansía la aprobación de los demás, y se encuentra desgarrado perpetuamente por deseos conflictivos. Quiere ser el Primer Hombre de Roma para el resto de su vida, pero en realidad no tiene ni idea de cuál es la manera correcta de hacer eso.
—Es cierto que no manejó con mucho acierto su divorcio de Mucia Tercia.
—Eso se lo achaco yo a Mucia Tercia —dijo ella—. No hay que olvidar quién es ella. Hija de Escívola, amada sobrina de Craso el Orador. Sólo un patán picentino como Pompeyo la habría encerrado en una fortaleza a doscientas millas de Roma durante varios años seguidos. Así que cuando le puso los cuernos a Pompeyo lo hizo con un palurdo como Labieno. Mucho mejor habría sido si lo hubiera hecho contigo.
—Eso siempre lo he sabido.
—Y también sus hermanos. Por eso la creyeron.
—¡Ah! Ya me parecía.
—Sin embargo, Escauro le conviene.
—De manera que tú crees que yo debería mantenerme alejado de Pompeyo.
—¡Mil veces, sí! No puede jugar a este juego porque no conoce las reglas.
—Sila lo controló.
—Y él controló a Sila. No olvides eso nunca, César.
—Tienes razón, así fue. Incluso así, Sila lo necesitó.
—Más tonto fue Sila —dijo Servilia con desprecio.
Cuando Lucio Flavio llevó ante la plebe el proyecto de ley de tierras de Pompeyo, toda posibilidad de aprobación acabó de una vez para siempre. Celer estaba allí, en los Comicios, para atormentar y arengar; tan encarnizada fue la confrontación con el pobre Flavio que acabó por invocar su derecho a llevar las cosas sin que le pusieran obstáculos, e hizo conducir a Celer a las Lautumiae. Desde su celda, Celer convocó una reunión del Senado; luego, cuando Flavio atrancó la puerta de su casa con su propio cuerpo, Celer ordenó echar abajo la pared y personalmente supervisó la demolición. Nada le impedía salir de su celda, siendo como era una de las Lautumiae, pero el cónsul senior prefirió demostrarle a Lucio Flavio quién era él llevando sus asuntos de cónsul y de miembro del Senado desde la celda. Frustrado y muy enfadado, Pompeyo no tuvo más remedio que llamar al orden a su tribuno de la plebe. Con el resultado de que Flavio autorizó que pusieran en libertad a Celer, y no asistió a más reuniones de la Asamblea Plebeya. Fue imposible promulgar la ley de tierras.
Mientras tanto, se desarrollaba la campaña electoral para las elecciones curules a ritmo febril, estimulado enormemente el interés público por el regreso de César. De algún modo, cuando César no estaba en Roma todo tendía a ser aburrido, mientras que su presencia garantizaba que habría
revuelo. El joven Curión se subía a la tribuna o a la plataforma del templo de Cástor cada vez que la una o la otra quedaba vacante, y parecía haber decidido sustituir a Metelo Nepote como el crítico más personal de César —Nepote había partido para Hispania Ulterior. El cuento del rey Nicomedes volvió a contarse con mucho embellecimiento chistoso, aunque, según le dijo Cicerón a Pompeyo preso de completa exasperación:
—Es al joven Curión a quien yo llamaría afeminado. Ciertamente fue el cachorro de Catilina, si es que no fue algo más que eso para Catilina.
—Yo creía que pertenecía a Publio Clodio, ¿no? —preguntó Pompeyo, al que siempre le costaba trabajo seguir el hilo de las intrincadas vueltas de las alianzas políticas y sociales.
Cicerón no consiguió reprimir un estremecimiento al oír aquel nombre.
—Él se pertenece en primer lugar a sí mismo —dijo.
—¿Estás haciendo todo lo que puedes para apoyar la candidatura de Luceyo?
—¡Naturalmente! —repuso con altivez Cicerón.
Y así era en efecto, aunque no sin constantes, casuales y embarazosos encuentros durante las ocasiones en que lo acompañaba por el Foro.
Gracias a Terencia, Publio Clodio se había convertido en un enemigo muy rencoroso y peligroso. ¿Por qué las mujeres harían la vida tan dificil? Si ella lo hubiera dejado en paz, Cicerón quizás habría podido evitar declarar contra Clodio cuando por fin se le juzgó por sacrilegio hacía doce meses. Porque Clodio anunció que durante la época de la celebración de la Bona Dea se encontraba en Interamno, y presentó algunos testigos respetables para confirmarlo. Pero Terencia sabía que no era así. —Vino a verte el día de la Bona Dea para decirte que se iba como cuestor al oeste de Sicilia, y quería hacerlo bien —dijo con firmeza—. Era el día de la Bona Dea, ¡yo lo sé! Me dijiste que había venido a pedirte algunos consejos.
—¡Querida mía, estás equivocada! —había logrado decir Cicerón con voz ahogada—. ¡Las provincias ni siquiera se asignaron hasta tres meses después de eso!
—¡Tonterías, Cicerón! Tú sabes tan bien como yo que los sorteos se arreglan. ¡Clodio sabía adónde le iba a tocar ir! Es por esa ramera de
Clodia, ¿verdad? No quieres declarar contra él por causa de ella.
—No quiero declarar porque el instinto me dice que ésta es una bestia durmiente que yo no debería despertar, Terencia. ¡Clodio nunca se ha preocupado mucho por mí desde que ayudé a defender a Fabia hace trece años! Entonces me caía mal. Ahora lo encuentro detestable. Pero tiene edad suficiente para estar en el Senado y es un patricio Claudio. Su hermano mayor, Apio, es un gran amigo mío y de Nigidio Figulo. La amicitia debe conservarse.
—Lo que sucede es que tú tienes una aventura con su hermana Clodia, y por eso te niegas a cumplir con tu deber —le dijo Terencia con aire terco.
—¡Yo no tengo una aventura con Clodia! Ella se está desgraciando a sí misma con ese poeta, Catulo.
—Las mujeres no son como los hombres, marido —dijo Terencia con una lógica espantosa—. No tienen tantas flechas en sus carcajs para disparar. Ellas pueden tenderse de espaldas y aceptar un arsenal entero.
Cicerón cedió y prestó declaración, destruyendo así la coartada de Clodio. Y aunque el dinero de Fulvia compró al jurado —que lo absolvió por treinta y un votos contra veinticinco—, Clodio no había perdonado ni olvidado. Además, cuando Clodio, inmediatamente después, ocupó su asiento en el Senado e intentó hacerse el gracioso a expensas de Cicerón, la lengua revoltosa de Cicerón había cubierto a éste de gloria y a Clodio de ridículo: un nuevo rencor que Clodio albergaba.
Al principio del año en curso el tribuno de la plebe Cayo Herenio —era picentino, así que, ¿estaría actuando según órdenes de Pompeyo?— había empezado a iniciar acciones para que la situación de Clodio cambiase de patricio a plebeyo a través de una ley especial en la Asamblea Plebeya. El marido de Clodia, Metelo Celer, había contemplado aquello con cierta diversión, y no había hecho nada para revocarlo. Ahora se le oía decir a Clodio por todas partes que en el momento en que Celer abriese la barraca para las inscripciones de las elecciones de la plebe, él se presentaría a solicitar que se le permitiera presentarse candidato a tribuno de la plebe. Y que una vez que tuviera el cargo haría procesar a Cicerón por ejecutar a ciudadanos romanos sin juicio. Cicerón estaba aterrorizado, y no se
avergonzó de decírselo a Ático, a quien le rogó que utilizase la influencia que tenía sobre Clodia e hiciera que ésta convenciera a su hermano pequeño para que desistiera. Ático se negó, y se limitó a decirle que nadie podía controlar a Publio Clodio cuando le daba por llevar a cabo una de sus venganzas. Y Cicerón era la persona que había elegido en aquel momento para vengarse.
A pesar de lo cual, los encuentros fortuitos se producían. Si a un candidato a cónsul no le estaba permitido ofrecer espectáculos de gladiadores en su propio nombre y con su propio dinero, no había nada que impidiera que otra persona ofreciera un grandioso espectáculo en el Foro en honor del tata o del avus del candidato, siempre que ese tata o ese avus fuera también antepasado o pariente del que daba el espectáculo. Por lo tanto, nada menos que Metelo Celer, el cónsul senior, iba a celebrar unos juegos de gladiadores en honor de un antepasado común de Bíbulo y de él.
Clodio y Cicerón iban ambos dándole escolta a Luceyo mientras éste avanzaba por el Foro inferior lanzado poderosamente a hacer propaganda electoral, y se encontraron juntos debido a ciertos movimientos de los que iban rodeando a César, que se encontraba a su vez haciéndose propaganda electoral allí cerca. Y como no había más remedio que poner buena cara y comportarse agradablemente el uno con el otro, Cicerón y Clodio se pusieron a ello.
—He oído decir que ofreciste juegos de gladiadores a tu regreso de Sicilia —le dijo Clodio a Cicerón, cuya cara morena más bien encantadora se transfiguró con una gran sonrisa—. ¿Es cierto eso, Marco Tulio?
—Pues sí, así fue, en realidad —dijo animadamente Cicerón.
—¿Y reservaste sitio en los asientos de honor para tus clientes sicilianos?
—Esto… no —dijo Cicerón, que se ruborizó. ¿Cómo explicar que habían sido unos juegos modestísimos, con tan pocos asientos que no eran suficientes ni para sus clientes romanos?
—Bueno, pues yo pienso sentar a mis clientes sicilianos. El único problema es que mi cuñado Celer no coopera.
—¿Y por qué no se lo pides a tu hermana Clodia? Ella debe de tener asientos de sobra a su disposición, seguro. Es la esposa del cónsul.
—¿Clodia? —El hermano de ésta se encabritó; levantó tanto la voz que atrajo la atención de aquellos que estaban cerca y no se encontraban ya escuchando a los dos enemigos declarados que se comportaban con gran simpatía el uno con el otro—. ¿Clodia? ¡No me cedería ni una pulgada!
Cicerón emitió una risita.
—Bueno, ¿y por qué iba Clodia a darte a ti una pulgada cuando, según tengo entendido, tú le das a ella seis de las tuyas de vez en cuando?
¡Oh, buena la había hecho esta vez! ¿Por qué sería aquella lengua suya tan traicionera? Todo el Foro inferior se revolcó de pronto por el suelo en incontrolado paroxismo de carcajadas, César el primero, mientras Clodio se quedó de piedra y Cicerón sucumbía a la delicia de su propia ocurrencia incluso siendo presa de un pánico que le producía diarrea.
—¡Me las pagarás! —le dijo Clodio en un susurro; recogió lo poco que quedaba de su dignidad y se marchó a grandes zancadas, con Fulvia del brazo, cuyo rostro se había convertido en todo un tratado de rabia.
—¡Sí! —chilló ésta—. ¡Esto lo pagarás, Cicerón! ¡Algún día haré una pandereta con tu lengua!
Humillación insoportable para Clodio, que había de descubrir que junio no era su mes de la suerte. Cuando su cuñado Celer abrió la barraca a los candidatos plebeyos y Clodio inscribió su nombre como candidato para el tribunato de la plebe, Celer lo rechazó.
—Tú eres patricio, Publio Clodio.
—¡Yo no soy patricio! —dijo Clodio apretando los puños—. Cayo Herenio consiguió una ley especial en la plebe que me quitaba la condición de patricio.
—Cayo Herenio no conocería la ley ni aunque cayera de bruces sobre ella —le dijo tranquilamente Celer—. ¿Cómo va a poder despojarte la plebe de tu condición de patricio? No es prerrogativa de la plebe decir nada acerca del patriciado. Y ahora márchate, Clodio, me estás haciendo perder el tiempo. Si quieres ser plebeyo, hazlo como es debido: haz que te adopte un plebeyo.
Y Clodio se marchó echando humo. ¡Oh, cómo iba creciendo aquella lista! Ahora Celer ocupaba en ella un lugar preeminente.
Pero la venganza podía esperar. Primero tenía que encontrar a un plebeyo dispuesto a adoptarlo, puesto que ésa era la única manera de hacerlo.
Le pidió a Marco Antonio que fuera su padre, pero lo único que hizo Antonio fue rugir de risa.
—No necesito el millón que tendría que cobrarte por ello, Clodio, no ahora que estoy casado con Fadia y su tata tiene en camino un nieto que es un Antonio.
Curión se ofendió.
—¡Tonterías, Clodio! Si piensas que voy a ir por ahí llamándote hijo mío, ya puedes quitártelo de la cabeza. Yo parecería más tonto de lo que estoy intentando que parezca César.
—¿Y por qué intentas hacer quedar como tonto a César? —le preguntó Clodio, a quien se le había despertado la curiosidad—. A mí me gustaría mucho más que hasta el último miembro del club de Clodio lo apoyase. — Estoy aburrido —dijo brevemente Curión—, y verdaderamente me gustaría verle perder los estribos; dicen que infunde pavor.
Y tampoco Décimo Bruto estuvo dispuesto a complacerle.
—Mi madre me mataría, si es que no me mataba mi padre antes —le dijo—. Lo siento, Clodio.
E incluso Publícola lo rechazó.
—¿Que tú me llames tata? ¡No, Clodio, ni hablar!
Y esto, naturalmente, había sido el motivo por el cual Clodio había preferido pagarle a Herenio parte de la ilimitada provisión de dinero de Fulvia para que solicitase aquella ley en la plebe. No se le había ocurrido que lo adoptasen; era demasiado ridículo.
Entonces Fulvia tuvo una inspiración.
—Deja de buscar ayuda entre tus iguales —le dijo—. Los recuerdos duran mucho en el Foro, y todos ellos lo saben. No van a hacer algo que provoque que después se rían de ellos. Así que busca a algún tonto.
¡Bueno, de ésos había muchísimos a su disposición! Clodio se sentó a pensar y de pronto encontró el rostro ideal flotando delante de sus ojos. ¡Publio Fonteyo! Un hombre que se moría de ganas de entrar en el club de Clodio, pero al que constantemente se rechazaba. Rico sí; que se lo mereciera, no. Tenía diecinueve años, no tenía paterfamilias que se lo impidiera y era tan inteligente como un pedazo de madera.
—¡Oh, Publio Clodio, qué honor! —exclamó Fonteyo cuando se lo propuso Clodio—. ¡Sí, por favor!
—Naturalmente, has de comprender que no puedo reconocerte como mi paterfamilias, lo cual significa que cuando la adopción esté formalizada, tú tendrás que liberarme de tu autoridad. Es muy importante para mí conservar mi propio nombre, compréndelo.
—¡Claro, claro! Haré todo lo que tú quieras.
Y Clodio se fue a ver a César, el pontífice máximo.
—He encontrado a una persona dispuesta a adoptarme para que yo pertenezca a la plebe —anunció sin mayor preámbulo—, así que necesito permiso de los sacerdotes y augures para obtener una lex Curiata. ¿Puedes conseguírmelo?
Aquel hermoso rostro, que quedaba considerablemente más arriba que el de Clodio, no cambió la expresión, suavemente inquisitiva, ni hubo la menor sombra de duda ni de desaprobación en aquellos ojos penetrantes de color pálido rodeados de tonos oscuros. La boca irónica no se inmutó. Y durante un buen rato César no dijo nada. Por fin habló:
—Sí, Publio Clodio, puedo conseguírtelo, pero me temo que no a tiempo para las elecciones de este año.
Clodio se puso blanco.
—¿Por qué no? ¡Si es muy simple! —¿Has olvidado que tu cuñado Celer es augur? Él ya rechazó tu solicitud para presentarte al tribunato.
—Oh.
—No te desanimes, lo conseguirás con el tiempo. El asunto puede esperar hasta que él se vaya a su provincia.
—¡Pero yo quería ser tribuno de la plebe este año!
—Ya lo comprendo. No obstante, no es posible. —César hizo una pausa
—. Pero todo tiene un precio, Clodio —añadió con suavidad. —¿Qué precio? —preguntó Clodio con recelo.
—Convence al joven Curión para que deje de ir por ahí parloteando de
mí.
Clodio le tendió la mano rápidamente.
—¡Hecho! —dijo.
—¡Excelente!
—¿Estás seguro de que no quieres nada más, César?
—Sólo gratitud, Clodio. Yo creo que tú serás un espléndido tribuno de la plebe, porque eres lo bastante rufián como para darte cuenta del poder dentro de la ley.
Y César dio media vuelta con una sonrisa.
Naturalmente, Fulvia estaba esperando por allí cerca.
—No hay nada que hacer hasta que Celer se vaya a su provincia —le dijo Clodio.
Fulvia le rodeó la cintura con los brazos y lo besó con lascivia, lo que provocó que varios transeúntes que pasaban por allí se escandalizaran.
—Tiene razón —dijo—. ¡Me gusta mucho César, Publio Clodio! Siempre me recuerda a un animal salvaje que finge estar domado. ¡Qué buen demagogo sería!
Clodio experimentó un pinchazo de celos.
—¡Olvídate de César, mujer! —dijo con desprecio—. ¿Te acuerdas de mí, el hombre con quien estás casada? ¡Yo soy quien será un gran demagogo!
En las calendas de quintilis, nueve días antes de las elecciones curules, Metelo Celer llamó al Senado a sesión para debatir la asignación de las provincias consulares.
—Marco Calpurnio Bíbulo tiene una declaración que hacer —le dijo a la muy concurrida Cámara—, así que le concederé la palabra.
Rodeado de los boni, Bíbulo se levantó con un aspecto tan majestuoso y noble como su diminuto tamaño le permitía.
—Gracias, cónsul senior. Mis estimados colegas del Senado de Roma, quiero contaros una historia que hace referencia a mi buen amigo el caballero Publio Servilio, el cual no pertenece a la rama patricia de esa gran familia, pero comparte el linaje del noble Publio Servilio Vatia Isáurico. Ahora Publio Servilio tiene el censo de cuatrocientos mil sestercios, pero para estos ingresos se basa completamente en un viñedo más bien pequeño en el Ager Falernus. Un viñedo, padres conscriptos, que es tan famoso por la calidad del vino que produce que Publio. Servilio lo deja reposar durante años antes de vendérselo por un precio fabuloso a compradores de todo el mundo. Se dice que tanto el rey Tigranes como el rey Mitrídates lo compraban, mientras que el rey Fraates de los partos todavía lo compra. Quizás el rey Tigranes también lo siga comprando, dado que Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, tomó sobre su propia autoridad absolver a aquel real personaje de sus transgresiones, ¡en nombre de Roma!, e incluso le permitió conservar el volumen de sus ingresos.
Bíbulo hizo una pausa para mirar a su alrededor. Los senadores estaban muy callados, y ninguno de los de la parte de atrás estaba sesteando. Catulo tenía razón: cuéntales un cuento y todos permanecen despiertos para escuchar igual que los niños escuchan a la niñera. César estaba sentado muy erguido, como siempre, en su asiento, con una expresión en el rostro de estudioso interés, truco que él sabía utilizar mejor que nadie, diciéndoles a los que lo veían que estaba absolutamente aburrido, pero que era demasiado bien educado para demostrarlo.
—Muy bien, tenemos a Publio Servilio, el respetado caballero, en posesión de una viña pequeña pero extraordinariamente valiosa. Ayer completamente cualificado para el censo de cuatrocientos mil sestercios que le corresponde a un caballero completo. Hoy un hombre pobre. Pero, ¿cómo puede ser eso? ¿Cómo puede un hombre perder sus ingresos de forma tan súbita? ¿Estaba endeudado Publio Servilio? No, en absoluto. ¿Se murió? No, nada de eso. ¿Hubo una guerra en Campania de la que nadie nos ha hablado? No, en absoluto. ¿Un incendio, entonces? No, en absoluto. ¿Una
sublevación de esclavos? No, en absoluto. ¿Quizás un trabajador de los viñedos negligente? No, en absoluto.
Ya los tenía interesados a todos, menos a César. Bíbulo sepuso de puntillas y levantó la voz.
—¡Yo puedo deciros cómo mi amigo Publio Servilio perdió sus únicos ingresos, colegas senadores! La respuesta está en un gran rebaño de ganado al que se conducía desde Lucania a… oh, ¿cuál es ese lugar maloliente de la costa adriática al final de la vía Flaminia? ¿Licenum? ¿Ficenum? Pic… Pic… ¡lo tengo en la punta de la lengua! ¡Picenum! Se conducía el ganado desde los extensos terrenos que Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, heredó de los Lucilios, hasta los terrenos aún más extensosque heredó de su padre, el Carnicero, en Picenum. Las reses son criaturas inútiles, realmente, a menos que uno se dedique al negocio de las armas o a hacer zapatos y recipientes para libros para ganarse la vida. ¡Nadie se come el ganado! Nadie bebe su leche ni hace queso con ella, aunque yo creo que los bárbaros del norte, de la Galia y de Germania, hacen con ella una cosa que llaman mantequilla, que untan con la misma generosidad sobre ese pan oscuro y tosco que comen, como sobre los ejes chirriantes de sus carretas. Bueno, no saben de otra cosa mejor, y viven en tierras demasiado frías e inclementes como para nutrir nuestros hermosos olivos. Pero nosotros, en esta cálida y fértil península, cultivamos el olivo así como la vid, los dos mejores dones que los dioses hicieron a los hombres. ¿Por qué habría nadie de necesitar criar ganado en Italia, y mucho menos hacerlo recorrer cientos de millas desde unos pastos a otros? ¡Es algo que sólo un rey de los armamentos o un zapatero remendón harían! ¿Cuál de las dos cosas suponéis que es Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus? ¿Hace la guerra o hace zapatos? Pero claro, a lo mejor hace botas militares y de guerra. ¡Podría ser a la vez rey de los armamentos y zapatero remendón!
Qué fascinante, pensó César sin dejar de mantener aquella expresión de estudioso interés. ¿Irá detrás de mí o irá detrás de Magnus? ¿O está matando dos pájaros de un tiro? ¡Qué desgraciado parece el Gran Hombre! Si pudiera hacerlo sin que se notase, ahora mismo se levantaría y se
marcharía. Pero esto no me suena como una cosa propia de nuestro Bíbulo. ¿Ouién le escribirá últimamente los discursos?
—El enorme rebaño de ganado se metió, sin mirar por dónde andaba, en Campania, atendido por unos cuantos pastores bribones, si es que a los que acompañan ganado se les puede llamar pastores —dijo Bíbulo muy al estilo de un narrador de historias—. Como sabéis, padres conscriptos, cada municipium de Italia tiene sus rutas y senderos especiales reservados para el movimiento de ganado de un lugar a otro. Incluso los bosques tienen pistas bien delimitadas para el ganado: para trasladar a los cerdos hasta las bellotas de los robledales durante el invierno; para trasladar a las ovejas desde los pastos altos hasta los bajos al cambiar las estaciones; y, sobre todo, para trasladar a las bestias al mayor mercado de Italia, los corrales del Vallis Camenarnm, en la parte exterior de las murallas servias de Roma. Estas rutas, senderos y pistas son todos ellos terrenos públicos, y el ganado que circule por ellos no puede adentrarse en terrenos de propiedad privada para destruir hierba de propiedad privada, ni cosechas ni… viñas. —Hizo una pausa muy larga esta vez—. Desgraciadamente —continuó diciendo Bíbulo al tiempo que suspiraba—, los bribones pastores que atendían aquel rebaño no conocían el paradero del sendero apropiado… aunque, añado, ¡siempre tienen esos senderos su buena milla de anchura! El ganado encontró suculentas vides para comer. Sí, mis queridos amigos, esas malvadas e inútiles bestias que pertenecían a Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus, invadieron el precioso viñedo que le pertenecía a Publio Servilio. Lo que no se comieron lo pisotearon hasta enterrarlo. Y, por si no estáis familiarizados con los hábitos y características del ganado, os diré una cosa más al respecto: su saliva mata el follaje, o si no, si las plantas son jóvenes, impide que vuelvan a crecer durante un período de dos años. Pero las vides de Publio Servilio eran muy viejas. De manera que se murieron. Y mi amigo, el caballero Publio Servilio, es ahora un hombre arruinado. Incluso lloró por el rey Fraates de los partos, que nunca más volverá a beber ese noble vino.
Oh, Bíbulo, ¿será posible que quieras ir a parar adonde yo creo que vas?, se preguntó César en silencio, sin cambiar de postura ni de expresión.
—Naturalmente, Publio Servilio se quejó a los hombres que dirigen las amplias propiedades y posesiones de Cneo Pompeyo, equivocadamente llamado Magnus —continuó Bíbulo con un sollozo—, pero sólo para que le dijeran que no había posibilidad de compensarle pagándole por la pérdida del mejor viñedo del mundo. Porque… porque, padres conscriptos, ¡la ruta por la cual ese ganado se estaba transportando había sido supervisada hacía ya tanto tiempo que los linderos habían desaparecido! ¡Los bribones pastores no habían errado, porque no tenían ni idea de dónde se suponía que estaban! Seguramente los linderos no estarían en un viñedo, desde luego. Naturalmente. Pero, ¿cómo podría probarse eso en un juicio o ante el tribunal de] pretor urbano? ¿Conoce alguien, en cada municipium siquiera, dónde están los mapas que muestran las rutas, pistas y senderos reservados para ganado trashumante? ¿Y qué hay del hecho de que hace unos treinta años Roma absorbiera el total de la península Itálica bajo su dominio a cambio de conceder a toda la población la plena ciudadanía? ¿Hace eso que Roma tenga el deber de delinear las rutas, senderos y pistas para ganado de una punta de Italia a la otra? ¡Yo creo que sí!
Catón estaba inclinado hacia adelante como un sabueso atado con una correa, Cayo Pisón había sucumbido a una risa silenciosa, Ahenobarbo estaba gruñendo; y los boni, evidentemente, se preparaban para una victoria.
—Cónsul senior, miembros de esta Cámara, yo soy un hombre pacífico que ha desempeñado lealmente sus deberes militares. No tengo deseo de marcharme en mis mejores años a una provincia para hacer la guerra a unos desventurados bárbaros con el fin de enriquecer mis propias arcas mucho más que las de Roma. Pero soy un patriota. Si el Senado y el pueblo de Roma dicen que debo aceptar obligaciones provinciales cuando acabe mi consulado, ¡porque yo seré cónsul!, entonces obedeceré!. ¡Pero que sean unas obligaciones verdaderamente útiles! ¡Que sean unas obligaciones calladas y modestas! ¡Que sean memorables no por el número de carrozas que se cuenten en el desfile triunfal, sino por una tarea que se necesitaba desesperadamente y ha sido bien hecha por fin! Yo pido que esta Cámara distribuya entre los cónsules del próximo año exactamente un año de
servicio proconsular después, inspeccionando y demarcando debidamente las rutas, senderos y pistas públicas para el ganado trashumante en Italia. Yo no puedo devolverle a Publio Servilio las vides que le han sido asesinadas, ni espero calmar su rabia. Pero sí puedo convenceros a todos vosotros de que hay otros posibles servicios proconsulares además de hacerla guerra en países extranjeros, entonces, en cierto modo, habré llevado a cabo una especie de reparación al daño que se le ha causado a mi amigo Publio Servilio.
Bíbulo se detuvo, pero no se sentó, pues al parecer pensaba añadir algo más.
—Nunca le he pedido mucho a este cuerpo durante mis años como senador. Concededme este único favor y nunca pediré nada más. Tenéis la palabra de un Calpurnio Bíbulo.
El aplauso fue entusiasta y general; César también aplaudió de corazón, pero no la propuesta de Bibulo. El discurso había sido genial. Aquello era mucho más efectivo que rechazarle a él la adjudicación de una provincia por adelantado. Asumir una tarea dolorosa e ingrata voluntariamente y dejar por mezquino a cualquiera que pusiera alguna objeción.
Pompeyo seguía sentado con expresión triste mientras muchos hombres lo miraban y se extrañaban de que un hombre tan rico y poderoso pudiera haber tratado al caballero Publio Servilio de un modo tan atroz; fue Lucio Luceyo quien contestó a Bíbulo con mucha fuerza y en voz muy alta, protestando de algo tan ridículo como que aquella tarea era más propia de agrimensores profesionales contratados por los censores. Hubo otros que hablaron, pero siempre para alabar la propuesta de Bíbulo.
—Cayo Julio César, tú eres el candidato favorito para estas elecciones —le dijo Celer dulcemente—. ¿Tienes algo que añadir antes de que pasemos a la votación?
—Nada en absoluto, Quinto Cecilio —respondió César sonriendo.
Lo cual sirvió más bien para desinflar las velas de los boni. Pero la moción para asignar los senderos y pistas de las tierras de pastos y bosques de Italia a los cónsules del año siguiente fue aprobada por abrumadora
mayoría. Incluso César votó a favor, al parecer perfectamente contento. ¿Qué se proponía? ¿Por qué no había salido de su jaula rugiendo?
—Magnus, no pongas esa cara tan larga —le dijo César a Pompeyo, que había permanecido en la Cámara después del éxodo masivo.
—¡Nadie me ha hablado nunca de ese Publio Servilio! —exclamó Pompeyo—. ¡Espera a que les ponga las manos encima a mis administradores!
—¡Magnus, Magnus, no seas ridículo! ¡No hay ningún Publio Servilio! Bíbulo se lo ha inventado.
Pompeyo se quedó paralizado, con unos ojos tan redondos como su cara.
—¿Que se lo ha inventado? —graznó—. ¡Oh, eso lo aclara todo!
¡Mataré a ese cunnus!
—No harás tal cosa —le dijo César—. Ven conmigo a mi casa dando un paseo y bébete una copa de un vino mejor que el que nunca haya hecho Publio Servilio. Recuérdame que le mande un anuncio al rey Fraates de los partos, ¿quieres? Creo que le encantará el vino que yo hago. Quizás resulte un modo menos cansado de hacer dinero que gobernar las provincias de Roma… o que inspeccionar las rutas para el ganado trashumante.
Aquella actitud jovial sirvió para que a Pompeyo se le levantara el ánimo; se echó a reír, cogió a César por el brazo y empezó a pasear como éste le había indicado.
—Ya era hora de que tuviéramos una charla —le dijo César mientras servía los refrigerios.
—Te confieso que me he preguntado alguna vez cuándo íbamos a reunirnos.
—La domus publica es una residencia suntuosa, Magnus, pero tiene algunas desventajas. Todo el mundo la ve… y ve quién entra y sale. Lo mismo ocurre con tu casa; eres tan famoso que sienipre hay turistas y espías acechando. —Una taimada sonrisa iluminó los ojos de César—. En realidad eres tan famoso que el otro día, cuando yo iba a casa de Marco Craso, me fijé en que hay puestos enteros en los mercados que venden pequeños bustos tuyos. ¿Te pagan una buena comisión? Esos pompeyos en miniatura
se los quitaban de las manos a los vendedores antes de que pudieran sacarlos a la vista.
—¿De veras? —preguntó Pompeyo con ojos chispeantes—. ¡Bueno, bueno! Tendré que verlo. ¡Figúrate! ¿Pequeños bustos míos?
—Pequeños bustos tuyos.
—¿Y quiénes los compraban?
—Principalmente jovencitas —dijo César muy serio—. Oh, también había algunos clientes mayores de ambos sexos, pero en general eran jovencitas.
—¿De un viejo como yo?
—Magnus, tú eres un héroe. La simple mención de tu nombre acelera los latidos de los corazones femeninos. Además —añadió con una sonrisa —, no son grandes obras de arte. Alguien hizo un molde y pare pompeyos de yeso con la misma rapidez que una perra pare cachorros. Tiene un equipo de pintores que dan un brochazo de color en la piel, empapan el pelo de amarillo chillón y luego le encajan dos grandes ojos azules: no queda exactamente como tú eres.
En honor a la verdad, hay que reconocer que Pompeyo también sabía reírse de sí mismo una vez que comprendía que le estaban tomando el pelo sin malicia. Así que se recostó en la silla y se estuvo riendo hasta llorar porque sabía que podía permitírselo. César no mentía nunca. Por lo tanto aquellos bustos se estaban vendiendo. Él era un héroe, y media población femenina adolescente de Roma estaba enamorada de él.
—¿Ves lo que te pierdes por no visitar a Marco Craso?
Aquello hizo que Pompeyo se pusiera serio. Se irguió y puso una cara fúnebre.
—¡No puedo soportar a ese hombre! —¿Quién dice que tenéis que caeros bien? —¿Quién dice que yo tenga que aliarme con él? —Lo digo yo, Magnus.
—¡Ah! —La hermosa copa que César le había dado se movió hacia abajo, y los astutos ojos azules se movieron hacia arriba para mirar a los
ojos de César, más pálidos y menos consoladores—. ¿No podemos hacerlo tú y yo solos?
—Posiblemente, pero no probablemente. Esta ciudad, país, lugar, idea, llámalo como quieras, se está yendo a pique porque está gobernada por una timocracia que se dedica a deprimir los propósitos y ambiciones de cualquier hombre que quiera sobresalir sobre los demás. En algunos aspectos eso es admirable, pero en otros es fatal. Como lo será para Roma a menos que se haga algo. Debería haber lugar para que los hombres sobresalientes hagan lo que hacen mejor, así como para otros muchos hombres que están menos dotados, pero que no obstante tienen algo que ofrecer en lo referente al servicio público. Las mediocridades no pueden gobernar, ése es el problema. Si supieran hacerlo se darían cuenta de que poner toda su fuerza en la clase de ejercicio ridículo que Celer y Bíbulo llevaron a cabo hoy en el Senado no sirve de nada. Aquí me tienes a mí, Magnus, un hombre muy dotado y capaz, privado de la oportunidad de convertir a Roma en más de lo que es. Tengo que convertirme en agrimensor pisoteando arriba y abajo la península para vigilar equipos de hombres mientras utilizan sus gromae para marcar las rutas donde el ganado trashumante puede comer por un lado y cagar por el otro. ¿Y por qué he de convertirme yo en un funcionario de poca categoría y hacer un trabajo que es muy necesario, pero que podría ser hecho, como dijo Luceyo, con mucha más eficiencia por hombres contratados en las barracas de los censores? Porque, Magnus, igual que tú, yo sueño con mayores cosas y sé que tengo la capacidad para llevarlas a cabo.
—Celos. Envidia. —¿Es eso? Quizás en parte sean celos, pero es más complicado que eso. A la gente no le gusta que otros sean a todas luces superiores a ellos, y eso incluye a personas cuya cuna y condición debería hacerles inmunes. ¿Quiénes y qué son Bíbulo y Catón? El uno es un aristócrata a quien la Fortuna hizo demasiado pequeño en todos los sentidos, y el otro es un hipócrita rígido e intolerante que hace procesar a hombres por soborno electoral, pero aprueba ese mismo soborno electoral cuando conviene a sulex agrarias propias necesidades. Ahenobarbo es un oso salvaje, y Cayo Pisón un vacilante totalmente corrupto. Celer está
infinitamente más dotado, pero viene a caer en lo mismo: preferiría canalizar sus energías en intentar hacerte caer a ti estrepitosamente antes que olvidar las diferencias personales y pensar en Roma.
—¿Intentas decir que ellos verdaderamente no son capaces de ver sus insuficiencias? ¿Que ellos realmente se creen a sí mismos tan capaces como nosotros? ¡No pueden ser tan engreídos!
—¿Por qué no? Magnus, un hombre sólo tiene un instrumento para medir la inteligencia: su propia mente. Así que mide a todos por el mayor intelecto que conoce. El suyo propio. Cuando tú barres del Mare Nostrum a los piratas en el breve espacio de un verano, lo único que estás haciendo en realidad es demostrarle a ese hombre que puede hacerse tal cosa. Ergo, él también hubiera podido hacerlo. Pero tú no se lo permitiste. Tú le negaste la oportunidad. Le obligaste a quedarse plantado mirando cómo lo hacías mediante la promulgación de una ley especial. El hecho de que lo único que se hubiera estado haciendo durante años fuera hablar no viene al caso. Tú le demostraste que puede hacerse. Si admite que él no podría hacerlo como lo hiciste tú, entonces se está diciendo a sí mismo que él no vale la pena, que él no serviría. No es puro engreimiento. Es una ceguera interior emparejada con recelos que él no se atreve a reconocer. Yo llamo a ese hombre la venganza de los dioses sobre hombres que son auténticamente superiores.
Pero Pompeyo se estaba poniendo nervioso. Aunque era muy capaz de asimilar conceptos abstractos, no le parecía que todo aquel ejercicio dialéctico fuera útil.
—Todo eso está muy bien, César, pero especular no nos conduce a ninguna parte. ¿Por qué tenemos que meter a Craso en esto?
Una pregunta lógica y práctica. Era una pena que al formularla Pompeyo estuviera rechazando una oferta de lo que hubiera podido convertirse en una amistad profunda y duradera. Lo que César había estado haciendo era tenderle una mano, de un hombre superior a otro. Era una lástima, pues, que Pompeyo no fuera el hombre superior adecuado. El talento y las aficiones que tenía residían en otra parte. El impulso de César se apagó.
—Tenemos que meter a Craso en esto porque ni tú ni yo tenemos la Influencia que tiene él entre las Dieciocho —le explicó César con paciencia —, ni conocemos una milésima parte del número de caballeros de menos categoría que conoce Craso. Sí, tú y yo conocemos a muchos caballeros, unos importantes y otros menos importantes, así que no te molestes en decirlo. ¡Pero no estamos a la altura de Craso! El es una fuerza con la que hay que contar, Magnus. Ya sé que probablemente tú eres mucho más rico que él, pero no conseguiste tu dinero del mismo modo que lo gana él hasta el día de hoy. Es un ser completamente comercial, no puede remediarlo. Todo el mundo le debe a Craso algún favor. ¡Por eso es por lo que lo necesitamos! En el fondo todos los romanos son negociantes. Si no lo son, ¿por qué se levantó Roma para dominar el mundo?
—A causa de sus soldados y de sus generales —dijo Pompeyo al instante… y a la defensiva.
—Sí, eso también. Y ahí es donde entramos tú y yo. No obstante, la guerra es una situación temporal. Las guerras, además, pueden ser más inútiles y más costosas para un país que los malos negocios, por muchos que sean. Piensa en cuánto más rica podría ser Roma hoy si no hubiera ido a librar una serie de guerras civiles durante los últimos treinta años. Hizo falta tu conquista del Este para volver a poner en pie a Roma desde el punto de vista financiero. Pero la conquista ya está hecha. De ahora en adelante se trata de un negocio, como siempre. Tu contribución a Roma en relación al Este ya ha terminado. Mientras que Craso no ha hecho más que empezar. De ahí es de donde le viene su poder. Lo que ganan las conquistas, lo conserva el comercio. Tú ganas imperios para que Craso los conserve y los romanice.
—Muy bien, me has convencido —dijo Pompeyo mientras cogía la copa—. Digamos que nos unimos los tres, que formamos un triunvirato. ¿De qué servirá eso exactamente?
—Ello nos otorgará la influencia necesaria para derrotar a los boi-zi, porque nos proporciona los números que necesitamos para promulgar leyes en las Asambleas. No conseguiremos que el Senado lo apruebe, básicamente es un cuerpo diseñado para que los ultraconservadores lo
dominen. Las Asambleas son las herramientas adecuadas para el cambio. Lo que tienes que entender es que los boni han aprendido mucho desde que Gabinio y Manilio legislaron tus mandós especiales, Magnus. Mira a Manilio. Nunca lograremos traerlo a casa, así que él es el principal ejemplo para los futuros tribunos de la plebe de lo que puede suceder cuando se desafía demasiado a los boni. Celer hizo pedazos a Lucio Flavio, por eso fracasó tu proyecto de ley de tierras: no fue derrotado en una votación, ni siquiera llegó tan lejos. Murió porque Celer os destrozó a ti y a Flavio. Lo intentaste a la antigua usanza. Pero hoy en día no se les puede tirar faroles a los boni. De ahora en adelante, Magnus, la que irnos mejor que si somos dos, simplemente porque tres tienen más fuerza que dos. Todos podemos hacer cosas por los otros dos si estamos unidos, y conmigo como cónsul senior tendremos de nuestro lado al más poderoso legislador que posee la República. No infravalores el poder consular sólo porque normalmente los cónsules no acostumbren a legislar. Yo pienso ser un cónsul que legisle, y tengo un hombre excelente que será mi tribuno de la plebe:
Publio Vatinio.
Con los ojos clavados en el rostro de Pompeyo, César dejó de hablar para considerar el efecto de sus argumentos. Sí, Pompeyo lo estaba asimilando. No era ningún tonto, aunque necesitaba mucho que le amasen.
—Piensa cuánto tiempo Craso y tú habéis estado esforzándoos denodadamente en vano. ¿Ha logrado algo Craso al cabo de casi un año de intentar conseguir que se enmienden los contratos de la recaudación de impuestos en Asia? No. ¿Has conseguido tú, después de un año y medio, que se ratifiquen los convenios que hiciste en el Este o las tierras para tus veteranos? No. Cada uno de vosotros dos habéis intentado con todas vuestras fuerzas y poder individuales mover la montaña de los boni, y cada uno de vosotros ha fallado. Unidos quizás hubierais tenido éxito. Pero Pompeyo Magnus, Marco Craso y Cayo César unidos pueden mover el mundo.
—Admito que tienes razón —dijo Pompeyo malhumorado—. Siempre me ha asombrado con qué claridad lo ves tú todo, incluso en el pasado,
cuando yo creía que Filipo sería el que me conseguiría lo que yo quería. No fue así. Lo hiciste tú. ¿Tú eres político, matemático o mago?
—Mi mejor cualidad es el sentido común —le dijo César riendo.
—Entonces nos acercaremos a Craso.
—No, yo me acercaré a Craso —dijo suavemente César—. Después de la paliza que nos han dado hoy en el Senado a nosotros dos, no será una sorpresa para nadie que ahoguemos nuestras penas juntos en este momento. No se nos conoce como aliados naturales, así que dejemos que todo siga igual. Marco Craso y yo somos amigos desde hace años, parecerá lógico que yo forme una alianza con él. Y tampoco se alarmarán terriblemente los boni ante esa perspectiva. Si somos tres es cuando podremos ganar. Desde ahora hasta el final del año tu participación en nuestro triunvirato, ¡me gusta esa palabra!, es un secreto que sólo conoceremos nosotros tres. Deja que los boni crean que han ganado.
—Espero poder aguantarme el genio cuando tenga que tratar con Craso todo el tiempo.
—Pero si en realidad no tienes que tratar con él casi nada, Magnus. Eso es lo bueno de ser tres. Yo estoy ahí para hacer de intermediario, yo soy el eslabón que hace innecesario que Craso y tú os veáis con demasiada frecuencia. Ya no sois colegas en el consulado, sois privati.
—Muy bien, ya sabemos lo que quiero yo. Sabemos también lo que quiere Craso. Pero, ¿qué es lo que quieres conseguir tú con este triunvirato, César?
—Quiero la Galia Cisalpina e Iliria.
—Afranio sabe desde hoy mismo que tiene una prórroga.
—No tendrá prórroga, Magnus. Eso tiene que quedar entendido.
—Es cliente mío.
—Y hace el papel secundario después de Celer.
Pompeyo frunció el entrecejo.
—¿La Galia Cisalpina e Iliria durante un año?
—Oh, no. Durante cinco años.
Aquellos vivos ojos azules de pronto se pusieron a mirar hacia otra parte; el león que tomaba el sol sintió que ese sol se escondía tras una nube.
—¿Qué te propones?
—Un mando grandioso, Magnus. ¿Me lo reprochas tú?
Lo que Pompeyo sabía de César se iluminó ahora con un nueva forma de apreciación: cierta historia acerca de que había ganado una batalla cerca de Trales hacía años, una corona cívica por valentía, un cuestorado bueno pero pacífico, una brillante campaña en el norte de Iberia recién terminada, pero nada en realidad fuera de lo corriente. ¿Adónde se proponía ir? A la cuenca del Danubio, era de suponer. ¿A Dacia? ¿A Mesia? ¿A las tierras de los roxolanos? Sí, ésa sería una gran campaña, pero no como la conquista del Este. Cneo Pompeyo Magnus había batallado con formidables reyes, no con bárbaros ataviados con pintura de guerra y tatuajes. Cneo Pompeyo Magnus había estado en la marcha a la cabeza de ejércitos desde que contaba veintidós años de edad. ¿Dónde estaba el peligro? No podía haber ninguno.
Un escalofrío erizó el cabello del león; Pompeyo sonrió ampliamente.
—No, César, no te lo reprocho en absoluto. Te deseo suerte.
Cayo Julio César pasó por delante de los puestos que exhibían aquellos toscos bustos de Pompeyo el Grande, entró en el Macellum Cuppedenis y subió los cinco tramos de escaleras estrechas para ver a Marco Craso, que aquel día no había estado en el Senado, pues rara vez se molestaba en asistir. Se sentía herido en el orgullo, su dilema no estaba resuelto. La ruina financiera nunca era algo que había que tener en cuenta, pero allí estaba él con toda su influencia y completamente incapaz de cumplir lo prometido en lo que de hecho era una menudencia. Su posición como la mayor estrella y la más brillante del firmamento de los negocios de Roma estaba en peligro, su reputación en ruinas. Cada día importantes caballeros venían a preguntarle por qué no había logrado que se enmendasen los contratos de la recaudación de impuestos, y cada día tenía que intentar explicar que un pequeño grupo de hombres estaban guiando al Senado de Roma como quien guía a un toro con una anilla atravesada en la nariz. ¡Oh dioses, se suponía que él era ese toro! Y algo más que su dignitas estaba menguando; muchos
de los caballeros sospechaban ahora que él tramaba algo, que estaba atascando deliberadamente las negociaciones de aquellos desgraciados contratos. ¡Y se le estaba cayendo el pelo como a un gato en primavera!
—¡No te acerques a mí! —le gruñó a César.
—¿Y por qué no? —preguntó César sonriendo mientras se sentaba en una esquina del escritorio de Craso.
—Tengo la sarna.
—Estás deprimido. Bueno, anímate, tengo buenas noticias.
—Hay demasiada gente aquí, pero estoy tan cansado que no puedo moverme. —Abrió la boca y soltó un bramido a las numerosas personas que llenaban la habitación—. ¡Venga, marchaos a casa todos! ¡Venga, a casa! ¡Ni siquiera os rebájaré la paga, así que venga, marchaos!
Se marcharon a toda prisa, encantados; Craso los obligaba a todos a trabajar cada minuto mientras hubiera luz de día, y los días iban siendo cada vez más largos, pues se iba acercando el verano, aunque todavía faltaba mucho. Desde luego, cada octavo día tenían fiesta, y también eran fiestas no laborables las Saturnalia, las Compitalia y los juegos mayores, pero no tenían paga. Si no trabajabas, Craso no te pagaba.
—Tú y yo vamos a formar sociedad —le dijo César.
—No servirá de nada —respondió Craso moviendo la cabeza de un lado a otro. —Servirá si somos un triunvirato Aquellos grandes hombros se pusieron tensos, aunque el rostro permaneció impasible.
—¡Con Magnus, no!
—Sí, con Magnus.
—No quiero, y ya está.
—Pues entonces despídete de todo el trabajo de años, Marco. A menos que tú y yo formemos una alianza con Pompeyo Magnus, tu reputación como patrono de la primera clase está completamente destruida.
—¡Tonterías! Una vez que seas cónsul lograrás que se reduzcan los contratos asiáticos.
—Hoy, amigo mío, me han adjudicado la provincia. Bíbulo y yo vamos a inspeccionar, medir y demarcar las rutas del ganado trashumante de Italia. Craso se quedó con la boca abierta.
—¡Eso es peor que no conseguir una provincia! Es como para convertirte en el hazmerreír! ¡Un Julio… y un Calpurnio para ese asunto…! ¿Obligados a realizar el trabajo de funcionarios de poca monta?
—Me he fijado en que has dicho un Calpurnio. Así que tú crees que Bíbudo también lo hará. Pero sí, incluso está dispuesto a disminuir su dignitas sólo para ensuciarme a mí. Fue idea suya, Marco, y, ¿es que no te dice eso cuán seria es la situación? Los boni están dispuestos a tumbarse en el suelo para dejarse matar si ello significa que me matan a mí también. Por no decir a Magnus y a ti. Nosotros sobresalimos mucho en ese campo de amapolas, todo lo de Tarquinio el Soberbio se repite otra vez.
—Entonces tienes razón. Formaremos alianza con Magnus.
Y así de simple fue. No hubo necesidad de ahondar. Sólo hubo que ponerle debajo de la nariz los hechos y se dejó convencer. Incluso parecía que empezaba a ponerse contento acerca del proyectado triunvirato al darse cuenta de que, como tanto Pompeyo como él eran privat, no tendría que hacer ninguna aparición en público de la mano del hombre que más detestaba de toda Roma. Con César actuando de mensajero, las decencias se conservarían y aquella sociedad tripartita daría resultado.
—Será mejor que empiece yo a hacer campaña electoral en favor de Luceyo —dijo Craso cuando César se bajaba de la mesa donde estaba encaramado.
—No te gastes mucho dinero, Marco, ese caballo no galopará. Magnus lleva dos meses pagando fuertes sobornos, pero después de lo de Afranio nadie mirará a sus hombres. Magnus no es un político, no hace los movimientos adecuados en el momento adecuado. Labieno debería haber estado donde él puso a Flavio, y Luceyo debería haber sido su primer intento para asegurarse un cónsul dócil. —César le dio una alegre palmadita a Craso en la calva y se marchó—. Seremos Bíbulo y yo con toda seguridad.
Predicción que las Centurias confirmaron cinco días antes de los idus de quintilis: César arrasó y consiguió el consulado senior, pues tenía a su favor, literalmente, a todas las Centurias; Bíbulo tuvo que esperar mucho más, pues la pugna por el cargo de cónsul junior fue mucho más reñida. Los
pretores fueron decepcionantes para los triunvires, aunque podían dar por seguro el apoyo del sobrino de Saturnino después del juicio de Cayo Rabirio, y nada menos que Quinto Fufio Caleno estaba haciendo propuestas, pues sus deudas empezaban ya a hacer que se viera metido en graves apuros. El nuevo Colegio de los Tribunos de la Plebe era una dificultad, porque Meteio Escipión había decidido presentarse, lo cual daba a los boni nada menos que cuatro aliados incondicionales: Metelo Escipión, Quinto Ancario, Cneo Domicio Calvino y Cayo Fanio. En la parte más brillante, los triunvires contaban definitivamente con Publio Vatinio y Cayo Alfio Flavio. Con dos buenos y fuertes tribunos de la plebe bastaría.
Luego transcurrió la larga y exasperante espera para el año nuevo, cosa empeorada aún más por el hecho de que Pompeyo tenía que mantenerse calladito mientras Bíbulo y Catón andaban por ahí pavoneándose, prometiéndole a todo el que estaba dispuesto a escucharles que César no lograría hacer nada. Su oposición se había hecho cosa del dominio público entre todas las clases de ciudadanos, aunque eran pocos, por debajo de la primera clase, los que comprendían exactamente qué pasaba. Lejanos truenos políticos retumbaban, nada más.
Sin inmutarse al parecer, César asistía a la Cámara todos los días en que había reunión en calidad de cónsul senior electo para dar su opinión acerca de muy pocas cosas; por lo demás, dedicaba su tiempo casi exclusivamente a redactar un nuevo proyecto de ley de tierras para los veteranos de Pompeyo. En noviembre le pareció que ya no había motivo para mantenerlo por más tiempo en secreto: que el núcleo irreductible se preguntase qué relación había entre Pompeyo y él, ya era hora de ejercer una cierta dosis de presión. Así que en diciembre envió a Balbo a ver a Cicerón en relación con el proyecto de ley de tierras. Si informar a Cicerón de lo que estaba tramando César no hacía que la noticia se extendiera a lo largo y a lo ancho, nada lo lograría.
El tío Mamerco murió, una pena personal para César, y dio origen a una vacante en el Colegio de los Pontífices.
—Lo cual puede resultarnos de cierta utilidad —le dijo César a Craso después del funeral—. He oído que Léntulo Spinther quiere ser pontífice desesperadamente.
—¿Y quizás lo logre si está dispuesto a ser un buen chico? —Precisamente. Tiene influencia, será cónsul antes o después, y en
Hispania Citerior no hay gobernador. He oído decir que le escuece no haber conseguido una provincia después de ser pretor, así que quizás nosotros podríamos ayudarle a ir a Hispania Citerior el día de año nuevo. Sobre todo si entonces ya es pontífice.
—¿Y cómo vas a conseguir eso, César? Hay una larga lista de esperanzados.
—Amañando el sorteo, naturalmente. Me sorprende que me lo preguntes. Ahí es donde ser un triunvirato resulta muy conveniente. Cornelia, Fabia, Velina, Clustumina, Teretina: ya tenemos de nuestra parte a cinco tribus sin movernos siquiera de sitio. Desde luego, Spinther tendrá que esperar hasta que sea aprobado el proyecto de ley de tierras antes de poder ir a su provincia, pero no creo que pongas objeciones a eso. El pobre hombre sigue aún representando papeles secundarios, los boni arrugan la nariz con desprecio porque presumen demasiado. No compensa mirar por encima del hombro a hombres que uno quizás pueda llegar a necesitar alguna vez. Pero si los boni han mirado a Spinther por encima del hombro, peor para ellos.
—Ayer vi a Celer en el Foro —dijo Craso al tiempo que resoplaha con satisfacción—, y me pareció que tenía muy mal aspecto.
Aquello provocó la risa de César.
—No es nada físico, Marco. La pequeña Nola, a la que tiene como esposa, le ha abierto de par en par todas las puertas que posee a Catulo, el tipo ese de Verona que es poeta. Quien, por cierto, parece que ahora está coqueteando con los boni. Sé de muy buena tinta que fue él quien inventó el cuento aquel del viñedo de Publio Servilio para Bíbulo. Eso tiene sentido si tenemos en cuenta que Bíbulo está permanentemente fundido con el empedrado de las calles de la ciudad de Roma. Hace falta ser alguien del campo para saberlo todo acerca del ganado y de las vides.
—Así que por fin Clodia se ha enamorado.
—¡Lo bastante en serio como para preocupar a Celer!
—Lo mejor que podría hacer es cesar a Pontino y marcharse pronto a su provincia. Para ser un Hombre Militar, Pontino no se ha defendido muy bien en la Galia Transalpina.
—Por desgracia Celer ama a su esposa, Marco, así que en modo alguno quiere irse a su provincia.
—Son tal para cual —fue el veredicto de Craso.
Si a alguien le pareció significativo que César eligiera pedirle a Pompeyo que actuase como augur suyo durante la vigilia nocturna en el auguraculum del Capitolio antes de que el día de año nuevo amaneciera, no se oyó que nadie lo comentase en público. Desde el crepúsculo hasta que la primera luz perló el cielo oriental, César y Pompeyo, ataviados con túnicas a rayas escarlatas y púrpuras, permanecieron de pie, espalda contra espalda, con los ojos fijos en el cielo. Por suerte para César, el año nuevo iba cuatro meses por delante de la estación del año, lo que significaba que las estrellas fugaces de la constelación de Perseo seguían trazando sus chispas por la bóveda celeste; había muchos presagios y auspicios, incluido el destello de un relámpago procedente de una nube situada a la izquierda. Por derecho, Bíbulo y su augur ayudante deberían haber estado presentes también, pero incluso en eso Bíbulo tuvo buen cuidado en demostrar que no estaba dispuesto a cooperar con César. En lugar de eso, recibió los auspicios en su casa: algo completamente correcto, pero no habitual.
Después de lo cual el cónsul senior y su amigo se dirigieron a sus respectivas casas para ponerse los atavíos propios del día. Por parte de Pompeyo las galas triunfales, que ahora le estaban permitidas en todas las ocasiones festivas y no sólo en los juegos; por parte de César, una toga praetexta recién tejida y blanquísima, cuya orla no era de púrpura de Tiro, sino de la misma clase de púrpura corriente que se había usado en los primeros tiempos de la República, cuando los Julios habían sido tan preeminentes como lo eran ahora de nuevo, quinientos años más tarde. Pompeyo había de ser quien llevase un anillo senatorial de oro, pero el anillo de César había de ser de hierro, como lo había sido el de los Julios en la antigüedad. Llevaba puesta la corona de hojas de roble y la túnica a rayas escarlata y púrpura de pontífice máximo.
No fue ningún placer subir caminando por el Clivus Capitolinus al lado de Bíbulo, que no dejaba de murmurar por lo bajo que César no lograría hacer nada, que aunque él tuviera que morir en el empeño se encargaría de que el consulado de César fuera un mojón más que se caracterizase por la
inactividad y las cosas triviales. Tampoco fue ningún placer sentarse en la silla de marfil con Bíbulo al lado mientras la multitud de senadores y caballeros amigos los saludaban y los alababan. La suerte de César quiso que su inmaculado toro blanco fuera de buen grado al sacrificio, mientras que el toro de Bíbulo cayó torpemente, intentó ponerse de pie y salpicó de sangre la toga del cónsul junior. Un mal presagio.
Después, en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, fue César, como cónsul senior, quien convocó a sesión al Senado, quien fijó las feriae Latinae y quien echó a suertes el reparto de las provincias para los pretores. Quizás no fue ninguna sorpresa que a Léntulo Spinther le tocase la Hispania Citerior.
—Hay algunos otros cambios —dijo el cónsul senior con aquella voz profunda y normal, pues la cella donde se alzaba la estatua de Júpiter Optimo Máximo, de cara al Este, era lo bastante buena acústicamente para que cualquier tipo de voz se oyera con claridad—. Este año volveré a la costumbre que se practicaba al comienzo de la República y ordenaré a mis lictores que me sigan en lugar de precederme durante los meses en que yo no posea las fasces.
Se elevó un murmullo de aprobación, que se transformó en una exclamación ahogada de sorprendida desaprobación cuando Bíbulo dijo con desprecio:
—¡Haz lo que quieras, César, a mí qué me importa! ¡Pero no esperes que yo haga lo mismo!
—¡No lo espero, Marco Calpurnio! —dijo César riéndose y poniendo así en evidencia la descortesía de Bíbulo, que había utilizado su cognotnen.
—¿Alguna cosa más? —le preguntó Bíbulo, quien odiaba no ser un poco más alto.
—Nada que te concierna a ti directamente, Marco Calpurnio. Llevo en esta Cámara mucho tiempo, tanto como senador como al servicio de Júpiter Óptimo Máximo, en cuya casa está reunida esta Cámara en este preciso momento. Como flamen Dialis entré en ella a los dieciséis años, y luego, después de una interrupción de menos de dos años, regresé a ella porque gané la corona cívica. Ahora, a los cuarenta años de edad, soy cónsul
senior. Lo cual me concede un total de más de veintitrés años como miembro del Senado de Roma. —El tono de la voz se le hizo ahora enérgico y formal—. A lo largo de estos veintitrés años, padres conscriptos, he visto algunos cambios para mejor en los procedimientos senatoriales, en particular la costumbre que tenemos ahora de registrar literalmente por escrito nuestras sesiones. No todos nosotros hacemos servir esas actas, pero yo ciertamente sí las utilizo, y lo mismo hacen otros muchos políticos serios. No obstante, esas actas desaparecen en los archivos. También he conocido ocasiones en las cuales dichas actas se parecían muy poco a lo que en realidad se dijo.
Se detuvo para mirar las apretadas filas de rostros; nadie se había tomado la molestia de poner gradas de madera especiales en el templo de Júpiter Optimo Máximo el día de año nuevo, porque aquella reunión siempre era breve y los comentarios se limitaban al cónsul senior.
—Consideremos también al pueblo. La mayoría de nuestras reuniones se celebran con las puertas abiertas de par en par, lo que permite que un pequeño número de personas interesadas se reúnan en el exterior para escucharnos. Lo que ocurre es inevitable. Aquel que mejor oye retransmite lo que ha oído a los que no pueden oír, y a medida que la onda se expande hacia fuera por todo el estanque que es el Foro, la exactitud disminuye. Lo cual es un fastidio para el pueblo, pero también lo es para nosotros.
»Ahora os pido que hagáis dos enmiendas en cuanto a las actas de las reuniones de esta Cámara. La primera se refiere a las dos clases de sesiones, a puertas abiertas y a puertas cerradas. A saber: que los escribas pasen sus anotaciones a papel, que los dos cónsules y todos los pretores, si se encuentran presentes en la reunión de la que se trate, naturalmente, lean con detenimiento el acta escrita y luego la firmen para dar fe de que es correcta. La segunda enmienda se refiere sólo a las sesiones celebradas a puertas abiertas. A saber: que el acta de las reuniones se exponga públicamente en una zona especial para anuncios del Foro Romano que esté resguardada de las inclemencias del tiempo. Fundo mis razones en algo que me preocupa por todos nosotros, no importa en qué lado de la valla faccional o política estemos situados. Es tan necesario para Marco Calpurnio como lo es para
Cayo Julio. Es tan necesario para Marco Porcio como lo es para Cneo Pompeyo.
—En realidad es una idea muy buena, cónsul senior —dijo nada menos que Metelo Celer—. Dudo que yo en el futuro respalde tus leyes, pero ésta la respaldaré, y sugiero que la Cámara considere favorablemente la propuesta del cónsul senior.
Con el resultado de que todos los presentes, excepto Catón y Bíbulo, pasaron a la derecha cuando se puso a votación la propuesta. Poca cosa, sí, pero era lo primero que César proponía, y había tenido éxito.
—Y también tuvo éxito el banquete que vino a continuación —le explicó César a su madre al final de aquel larguísimo día.
Aurelia estaba rebosante de orgullo por él, naturalmente. Todos aquellos años habían valido la pena. Allí estaba él, cuando le faltaban siete meses para cumplir cuarenta y un años, y era cónsul senior del Senado y el pueblo de Roma. La Res Publica. El espectro de las deudas se había desvanecido cuando César regresó a casa de Hispania Ulterior con suficiente dinero en la parte del botín que le correspondía como para llegar a un acuerdo con sus acreedores que lo absolvió de la ruina futura. Aquel querido hombrecito, Balbo, había estado trotando de un despacho a otro armado con cubos de papeles y había negociado hasta conseguir sacar a César de su endeudamiento. Qué extraordinario. A Aurelia no se le hubiera pasado por la cabeza ni por un momento que César no habría de devolver hasta el último sestercio del interés compuesto acumulado durante años, pero Balbo sabía cómo hacer un trato. No quedaba nada para estar en guardia por si a César le daba otro ataque de derroche despilfarrador, pero por lo menos no debía dinero de gastos pertenecientes al pasado. Y, desde luego, tenía unos ingresos respetables procedentes del Estado, además de una casa maravillosa.
Aurelia rara vez se acordaba de su marido, que llevaba muerto veinticinco años. Había sido pretor, pero no había llegado a ser cónsul. Esa corona en la generación del marido de Aurelia había caído sobre su hermano mayor y sobre la otra rama de la familia. ¿Ouién podía haber sabido el peligro que existiría en inclinarse para atarse una bota? Ni la
impresión que producía un mensajero en la puerta poniéndole a ella en las manos un horrible tarrito: las cenizas de su marido. Y ella ni siquiera lo había visto muerto. Pero quizás si él hubiera vivido le habría puesto frenos a César, aunque Aurelia había sido siempre consciente de que su hijo no tenía freno alguno en su carácter. Cayo Julio, amadísimo esposo, nuestro hijo es hoy cónsul senior, y establecerá un hito para los Julios Césares que ningún otro Julio César ha establecido nunca. Y Sila, ¿qué habría pensado Sila? El otro hombre de su vida, aunque nunca se habían acercado a la indiscreción más que por un beso por encima de un cuenco lleno de uvas. ¡Cómo sufrí por él, pobre hombre atormentado! Los echo de menos a los dos. Pero qué buena ha sido la vida conmigo. Dos hijas bien casadas, nietos, y este… este dios que tengo por hijo.
Pero qué solo está. En otro tiempo yo esperaba que Cayo Matio, que ocupaba el otro apartamento de la planta baja de mi ínsula, sería el amigo y confidente que le falta. Pero César llegó demasiado lejos y demasiado de prisa. ¿Siempre hará lo mismo? ¿No hay nadie a quien él pueda acudir como a un igual? Cómo rezo para que algún día encuentre un amigo verdadero. Pero no en una esposa, ay. Nosotras, las mujeres, no tenemos la amplitud de visión ni la experiencia en la vida pública que él necesita en un verdadero amigo. Sin embargo, esa calumnia que han levantado sobre él y el rey Nicomedes ha hecho que no admita en su intimidad a ningún hombre, es demasiado consciente de lo que diría la gente. En todos estos años no ha habido ningún otro rumor. Cualquiera diría que eso es prueba suficiente de que no es cierto lo del rey Nicomedes. Pero en el Foro siempre hay algún Bíbulo. Y mi hijo tiene ahí a Sila como un aviso. ¡No deseo una vejez como la de Sila para César!
Por fin comprendo que nunca se casará con Servilia, él nunca haría una cosa así. Ella sufre, pero tiene a Bruto para pagar con él sus frustraciones. Pobre Bruto. Ojalá Julia lo amase, pero no lo ama. ¿Cómo puede funcionar ese matrimonio?
Aquel pensamiento hizo encajar en su lugar una de las bolas del ábaco que era su mente.
Pero lo único que dijo fue:
—¿Asistió Bíbulo al banquete?
—Oh, sí, allí estaba. Y también Catón, y Cayo Pisón y el resto de los boni. Pero el templo de Júpiter Óptimo Máximo es grande, y se colocaron en canapés lo más alejados de mí que pudieron. El querido amigo de Catón, Marco Favonio, era el centro del grupo; por fin ha logrado ser cuestor. — César soltó una risita—. Cicerón me ha informado de que a Favonio ahora se le conoce en el Foro como el Mono de Catón, un delicioso doble juego de palabras. Pues imita como un mono a Catón en todo lo que puede, incluso en lo de ir desnudo bajo la toga, pero además es tan zoquete que camina igual que un mono. Bonito, ¿verdad?
—Muy acertado, desde luego. ¿Y el mote lo ha acuñado el propio Cicerón?
—Eso me imagino, pero hoy sufría un ataque de modestia, probablemente debido al hecho de que Pompeyo le hizo jurar que se mostraría amable y educado conmigo, y eso es algo que odia después de lo de Rabirio.
—Pareces desconsolado —le dijo Aurelia con cierta ironía. —Realmente preferiría tener a Cicerón de mi parte, pero no veo cómo
pueda ocurrir eso, mater. Así que estoy preparado.
—¿Para qué?
—Para el día en que Cicerón decida unir su pequeña facción a los boni.
—¿Crees que llegará tan lejos? A Pompeyo Magnus no le gustaría nada. —Dudo que llegue a convertirse alguna vez en un ardiente miembro de los boni, a ellos les desagrada su engreimiento tanto como les desagrada el mío. Pero ya conoces a Cicerón. Es un saltamontes con la lengua indisciplinada, si es que tal animal existe. Aquí, allí, en todas partes y durante todo el tiempo, está muy ocupado metiéndose en líos por las cosas que dice. Yo fui testigo de lo que le dijo a Publio Clodio de las seis pulgadas. Terriblemente gracioso, pero a Clodio y a Fulvia no les hizo ninguna gracia.
—¿Cómo te las arreglarás con Cicerón si se convierte en adversario tuyo?
—Bueno, no se lo he dicho a Publio Clodio, pero he conseguido permiso de los colegios sacerdotales para permitir que Clodio se convierta
en plebeyo.
—¿No ha puesto objeciones Celer? Se negó a permitirle a Clodio que se presentase a tribuno de la plebe.
—E hizo lo correcto. Celer es un abogado excelente. Pero en lo que concierne a lasituación de Clodio, a él tanto le da que sea una cosa u otra, ¿por qué iba a importarle? El único objeto de la vena desagradable de Clodio en este momento es Cicerón, que no tiene absolutamente ninguna influencia con Celer ni entre los colegios sacerdotales. No está mal visto que un patricio quiera convertirse en plebeyo. El cargo de tribuno de la plebe tiene atractivo para hombres que tienen una vena de demagogos, como Clodio.
—¿Por qué no le has dicho todavía a Clodio que has obtenido el permiso?
—No sé si se lo diré alguna vez. Es un hombre inestable; No obstante, si tengo que vérmelas con Cicerón, le echaré encima a Clodio. —César bostezó y se estiró—. ¡oh, qué cansado estoy! ¿Está Julia?
—No, está en una fiesta para chicas, y como se celebra en casa de Servilia, le he dicho que podía quedarse a pasar la noche. Las muchachas a esa edad pueden pasarse días enteros hablando y riéndose como bobas.
—Cumple diecisiete en las nonas. ¡Oh, mater, cómo vuela el tiempo! Ya hace diez años que murió su madre.
—Pero no la hemos olvidado —dijo Aurelia.
—No, eso nunca.
Se hizo un silencio pacífico y acogedor. Sin preocupaciones económicas que la absorbiesen, Aurelia era un placer, reflexionó su hijo.
De pronto Aurelia tosió y miró a César con un brillo avaro en los ojos. —César, el otro día tuve la necesidad de ir a la habitación de Julia para
mirar entre su ropa. A los diecisiete años, los regalos de cumpleaños deberían ser de ropa. Tú le puedes regalar joyas: te sugiero pendientes y un collar de oro sin piedras. Pero yo le regalaré ropa. Ya sé que ella debería estar tejiendo la tela y haciéndose la ropa ella misma, yo ya lo hacía a su edad, pero por desgracia a Julia le gusta más leer que tejer. Hace años que
desistí de intentar obligarla a que tejiera, no valía la pena gastar la energía.
Lo que tejía era un desastre.
—¿Qué es lo que me quieres decir, mater? Realmente me importa un comino lo que haga Julia siempre que no esté por debajo de su condición de ser una Julia.
En respuesta, Aurelia se puso en pie.
—Espérame aquí —le dijo; y salió del despacho de César.
Éste la oyó subir la escalera hasta el piso superior y luego no oyó nada; más tarde le llegó el sonido de unos pasos que bajaban de nuevo. Aurelia entró con las dos manos situadas detrás de la espalda. Muy divertido, César intentó que ella perdiera la seriedad mirándola fijamente, pero no tuvo éxito. Luego Aurelia sacó rápidamente las manos de detrás de la espalda y puso algo encima del escritorio.
Fascinado, César se encontró mirando un pequeño busto nada menos que de Pompeyo. Este estaba considerablemente mejor realizado que los que él había visto en los mercados, pero seguía siendo de producción en serie, ya que se trataba de un vaciado de yeso; el parecido era bastante más elocuente, y la pintura había sido aplicada con mucha delicadeza.
—Lo encontré escondido entre la ropa de cuando era pequeña en un baúl que ella probablemente pensaba que nadie miraría. Te confieso que yo no habría mirado allí de no ser porque se me ocurrió que en Subura hay muchas niñas a las que les vendría muy bien usar la ropa que se le ha quedado pequeña a Julia. Siempre le hemos enseñado, para que no se malcríe, que tenía que pasarse con ropa vieja cuando había niñas como Junia que desfilaban con algo nuevo cada día, pero nunca hemos permitido que fuera con la ropa raída. El caso es que se me ocurrió vaciar el baúl y mandar a Cardixa a Subura con el contenido del mismo. Después de encontrarme con eso, lo dejé todo sin tocar.
—¿Cuánto dinero le damos a Julia, mater? —preguntó César mientras cogía el busto de Pompeyo y comenzaba a darle vueltas entre las manos; la sonrisa le había aparecido en una de las comisuras de la boca; estaba pensando en todas aquellas muchachas adolescentes que se apiñaban
alrededor de los puestos de los mercados, suspirando y arrullando acerca de Pompeyo.
—Muy poco, tal y como acordamos tú y yo cuando ella alcanzó la edad de necesitar algo de dinero para sus gastos.
—¿Cuánto crees que le costaría esto, mater?
—Por lo menos cien sestercios.
—Sí, eso diría yo. De manera que ella estuvo ahorrando su precioso dinero para comprar esto.
—¿Y qué deduces tú de todo ello?
FIN

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