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CUENTOS

Y    NOVELAS

César Vallejo

CUENTOS Y NOVELAS



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUENTOS

 

Y    NOVELAS

 

 

CÉSAR VALLEJO

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo de

 

Antonio González Montes



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Universidad de Ciencias y Humanidades

 

Fondo Editorial



 

Colección

 

“César Vallejo: Creación”,

 

dirigida por Balmes Lozano Morillo

 

 

 

  

CUENTOS Y NOVELAS

 

César Vallejo Mendoza

 

©    Asociación Civil Universidad de Ciencias y Humanidades, Fondo Editorial

Av. Universitaria 5175 - Los Olivos, Lima - Perú Teléf.: 528-0948 - Anexo 249 fondoeditorial@uch.edu.pe fondoeditorialuch@yahoo.es

 

Primera edición: Lima, junio 2011

 

Tiraje: 500 ejemplares

 

Corrección, diseño y diagramación: UCH

 

ISBN: 978-612-45813-8-0

 

Depósito legal en la Biblioteca

 

Nacional del Perú Nº: 2011-07743

 

Proyecto de Registro Editorial: 31501170800513

 

Prohibida la reproducción parcial o total

 

sin autorización del autor o de la editorial.



 

Impreso en el Perú / Printed in Peru



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

Se ha tomado como base la edición revisada por Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano, César Vallejo. Narrativa completa, publicada en Lima, en 1999, por la Pontificia Universidad Católica del Perú.

 

No se incluye la novela El Tungsteno por haber sido editada por la UCH como libro independiente. Tampoco se reproduce la nueva versión de Escalas corregida por César Vallejo y publicada por Claude Couffon, El presente volumen Cuentos y novelas de César Vallejo no pretende afiliarse a las obras completas de César Vallejo sino a las publica-ciones que buscan ampliar el contacto con el lector no especializado.



 



 

 

 

 

PRÓLOGO

 

 

 

 

 

I. Etapa Inicial

 

Vallejo se inicia como narrador con dos libros publicados en 1923: Escalas1 y Fabla salvaje2. El primero de ellos es un volumen con dos secciones (“Cuneiformes” y “Coro de vientos”) de narra-ciones breves, que caben, con algunas observaciones, dentro del género del cuento3; y el segundo es una novela también breve, muy al estilo de otras obras que pertenecerían, según Edmundo Bendezú, a la novelística modernista peruana4.

 

Escalas

 

Entre los más notables libros de cuentos que se publicaron desde inicios del siglo XX hasta la aparición de Escalas, podemos citar: Cuentos malévolos (Barcelona, 1904), de Clemente Palma; con ediciones nuevas o reediciones en 1912 y 1913; Dolorosa y desnuda realidad (París, 1914) de Ventura García Calderón; La justicia de Huayna Ccapac (Valencia, ¿1918?) de Augusto Aguirre



 

1

 

2

 

3

 

4



Vallejo, César. Escalas. Lima, Talleres Tipográficos de la Penitenciaria, 1923.

 

Vallejo, César. Fabla salvaje. Prólogo de Pedro Barrantes Castro. Lima, Co-lección La Novela Peruana. Año I, N° 9, 16 de mayo de 1923.

 

Cf. Reyes Tarazona, Roberto. La caza del cuento. Lima, Universidad Ricar-do Palma, 2004.

 

Bendezú, Edmundo. La novela peruana. De Olavide a Bryce. Lima, Edito-rial Lumen, 1992.

 

Morales; El caballero Carmelo, cuentos (Lima, 1919) de Abraham Valdelomar; Cuentos (Lima, 1919) de Lastenia Larriva de Llona; Cuentos andinos; vida y costumbres indígenas (Lima, 1920) de Enrique López Albújar; Los hijos del sol (cuentos incaicos) (Lima, 1921) de Abraham Valdelomar. Y al año siguiente de la aparición de Escalas, Ventura García Calderón dio a conocer La venganza del cóndor (Madrid, 1924).

 

Para realizar un análisis textual completo de Escalas es ne-cesario poner de manifiesto sus nexos temáticos y estilísticos con Trilce (1922). Ambos libros se nutren, en gran parte, de una misma experiencia vital y de una concepción estética semejante. Según Trinidad Barrera “la gestación de Escalas está signada por dos acontecimientos singulares: la muerte de la madre (1918) y el período carcelario (1920-21), dos sucesos que invaden su vida y su obra, marcándolas para siempre y reforzando un sentimiento de orfandad que ya aparecía en Los heraldos negros y que, a par-tir de este momento, dominará dramáticamente el futuro de su poesía”.5

 

“Cuneiformes” (1a. sección)

 

Una lectura de los textos de Escalas nos permite comprobar que, en efecto, los dos acontecimientos mencionados actúan a modo de ejes temáticos que ayudan a descifrar la compleja sig-nificación de la escritura narrativa de Vallejo. La primera sección del libro, “Cuneiformes”, constituida por “seis prosas poéticas”, muestra una vinculación explícita con el periodo carcelario. El narrador escribe desde y sobre la cárcel, y los títulos de cada una de las prosas aluden a las paredes que conforman la celda en la que discurre la vida del preso.

 

 

 

 

5            Barrera, Trinidad. “Escalas melografiadas (sic) o la lucidez vallejiana”. En Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, Nº 454-457, vol. I, pp. 317-328.



 

Trinidad Barrera ha explicado con bastante detalle y acierto el modo en que la estructura espacial de la celda carcelaria ha sido sugerida por los títulos de las “prosas”, incluyendo dentro de esta singular homología, la presencia del recluso que acompaña al narrador y la ventana por la que se comunican con el mundo exterior.

 

Algunos de los temas específicos han sido motivados por la situación de enclaustramiento y de pérdida de libertad en que se encuentra el personaje narrador. Por ejemplo, en “Muro Noroes-te” una pequeña anécdota ocurrida a su compañero de celda le sirve para desarrollar una meditación, con pretensiones filosófi-cas, acerca de la naturaleza última de la justicia y de la imposibi-lidad de que el ser humano puede alcanzarla.

 

“Muro Dobleancho” se nutre de la misma preocupación acerca de la justicia. En este caso el narrador, al referir una histo-ria que le ha contado su compañero de celda, pone en evidencia la incapacidad de los jueces y tribunales para establecer la exactitud de la culpabilidad del recluso, pues mientras la justicia formal y legal ha determinado su condición de ladrón, el narrador lo acu-sa, además, de asesino por su responsabilidad indirecta en un he-cho que concluyó con la muerte de otro ser humano.

 

Las referencias al universo familiar nutren el desarrollo argu-mental de dos textos de “Cuneiformes”. En “Alféizar” la escritura inicia un reconocimiento de la situación de postración en la que se encuentra el propio sujeto productor de la escritura, que llega a creerse muerto. Su compañero de celda, mientras tanto, prepara el austero desayuno que se servirán como cada mañana.

 

La escena misma del desayuno posee la capacidad de hacer recordar la niñez feliz del personaje, en la que éste se ve rodeado por el afecto familiar de sus hermanos y, en especial, de su madre que dispensa cariño y protección al pequeño hijo y aun presagia los momentos difíciles que éste vivirá en el futuro “cuando (…) sea grande y haya muerto su madre”. La evocación concluye con la imagen de “dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas”.

 

“Muro Antártico” muestra, otra vez, la emergencia del yo na-rrativo, dando curso libre a sus deseos eróticos hacia una hermana innominada. La complejidad significativa de este texto obedece a que en él se mezclan el pasado y el presente, el sueño y la vigilia, la pureza y el pecado, según señala Sonia Mattalia6.

 

En efecto, “Muro antártico” desenvuelve el controvertido te-ma del amor incestuoso desde una doble perspectiva. De un lado, el narrador, consciente del carácter pecaminoso de dicho amor, se resiste a aceptarlo; pero, de otro lado, asume de un modo radical y totalizador sus impulsos afectivos y llega a anhelar un máximo de fusión con su hermana:

 

“¡Oh mujer! Deja que nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abracemos en todos los crisoles. Deja que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos unamos en alma y cuerpo. Deja que nos amemos absolutamente, a toda muerte”7.

 

El personaje narrador (símil del Vallejo autor) a través de una alucinada remembranza ubica los orígenes de esta relación incestuosa en los remotos días de la niñez, evocados con particu-lar fruición y entusiasmo.

 

“Muro este” es uno de los textos más herméticos del libro. El enunciador de la prosa esboza “los contornos difusos de un mun-do en el que están ausentes personajes, y en cambio se registra la ocurrencia de una serie de acciones misteriosas y enigmáticas, que no son fáciles de ubicar en ningún nivel de realidad conoci-do”. Además, “asumiendo la existencia de un mundo del cual él depende en términos de vida y muerte, intenta dirigir la manifes-tación de una serie de sucesos, al parecer encaminados a destruir físicamente a aquel enunciador”.8

 



 

 

6

 

 

7



 

Mattalia, Sonia. “Escalas melografiadas (sic): Vallejo y el vanguardismo na-rrativo”, en Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, Nº 454-457, vol. I, pp. 329-343.

Vallejo, César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, F. Moncloa Ediciones, 1970, p. 15.



“Muro occidental” es un texto brevísimo, hermético y que desafía la capacidad de exégesis de cualquier lector. Es tan con-ciso como el famoso relato de Augusto Monterroso, “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, pues solo enuncia: “Aquella barba al nivel de la tercera moldura de plomo”. Es un minitexto que describe un detalle del rostro de un individuo, y según Eduardo Neale-Silva se relaciona con “Muro noroeste” y de esta vinculación extrae su sentido de incertidumbre”.9

 

 

“Coro de vientos” (2a. Sección)

 

La sección “Coro de vientos” agrupa, a su vez, a un conjun-to de textos más extensos que los de “Cuneiformes”. Todos ellos responden mejor al concepto de relato y poseen una estructura narrativa más sólida y variada, a la vez que abordan una diver-sidad de temas, dentro de los cuales se puede constatar un claro predominio de lo fantástico y lo misterioso.

 

El primer relato de esta sección se denomina “Más allá de la vida y la muerte” y ofrece muchos puntos de contacto con textos poéticos y narrativos vallejianos, en tanto se nutre de aquel acon-tecimiento singular que es la muerte de la madre del escritor, ocu-rrida en agosto de 1918, y que causó un gran impacto emocional en Vallejo, perceptible a lo largo de su vida posterior.

 

En relación con “Cuneiformes”, son evidentes las vinculacio-nes entre “Más allá de la vida y la muerte” y “Alféizar”, pues en



 

 

8

 

9



 

González Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma, UNMSM, 2002, p. 155.

 

Neale-Silva, Eduardo. César Vallejo, cuentista. Escrutinio de un múltiple intento de renovación. Barcelona, Salvat Editores, 1987, p. 101.



 

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ambos textos aparece la imagen de la madre, aunque en el se-gundo de los mencionados, el recuerdo es más fugaz y surge a consecuencia de la escena del desayuno en la celda carcelaria. En cambio en “Más allá…” nos encontramos con una imagen más compleja, más fantástica y más simbólica de la madre.

 

El relato nos presenta a un personaje-narrador, cuyo refe-rente es el propio Vallejo, en viaje hacia la ciudad de Santiago, después de “once años de ausencia”. El motivo del viaje es el reen-cuentro con la madre ya difunta y enterrada “bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio”. El recorrido que lleva a cabo el personaje asume una significación más trascen-dental, pues el reencuentro entre la madre y el hijo se produce en una atmósfera irreal e increíble, como la califica el propio narra-dor, en la que la primera no está muerta sino viva y aún llega a afirmar que su propio hijo no está vivo sino muerto.

 

Esta situación paradójica y fantástica es la que justifica la elección del título del relato, pues según el narrador, el suceso que le tocó vivir es “rompedor de las leyes de la vida y la muerte, superador de toda posibilidad, palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y tiempo; nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognosci-bles”.10

 

En realidad, el viaje que realiza el personaje narrador posee un simbolismo trascendentalista, en la medida en que se asemeja al motivo del viaje a los reinos de ultratumba, presente en muchas obras de la literatura occidental. Y este simbolismo se ve reforza-do por el hecho de que el personaje, como bien señala Trinidad Barrera, recorre a caballo “tres estadios o círculos concéntricos:

 

1)   Santiago de Chuco (la casa familiar, la conversación con su hermano, los relámpagos, primera prueba); 2) la posada (la con-

 

 

10        Ibídem.



 

14



 

versación con la anciana, la sangre, la segunda prueba) y el terce-ro y último, en el corazón de la montaña (la hacienda, “mansión solitaria, enclavada en las quiebras más profundas de la selva“ y el encuentro con la madre: “una vez más, …ese timbre bucal.... Me dejó de punta a la Eternidad”).11

 

Cabe recordar que el tema del viaje a la ciudad natal y el con-siguiente reencuentro con la madre (viva, muerta o resurrecta) se desarrolla también en algunos importantes poemas de Trilce, sobre todo “LXI y “LXV”. En el primero, nos encontramos con el mismo personaje que se apea del caballo frente a la casa paterna, que parece estar vacía, pues nadie le abre. En ese contexto surge la evocación de la madre y de los demás integrantes de la nume-rosa familia y aparece, además, una referencia al signo de duelo que se observa sobre la portada y que es, sin duda, un índice de la desaparición de la madre.

 

El poema, de gran intensidad emotiva, concluye con la cons-tatación de que “Todos están durmiendo para siempre”. Esta tris-te comprobación apena no sólo al personaje narrador del texto poético, sino al propio caballo que termina por compenetrarse con el sentimiento de resignación que invade a su amo, ante la puerta de su casa familiar cerrada y solitaria.12

 

El poema “LXV” es tan ambicioso en sus propósitos expresi-vos y simbólicos como el anterior. El yo poético abre el discurso lírico con una enunciación dirigida a la madre, a quien le comu-nica su inminente viaje:

 

“Madre, me voy a Santiago,

 

A mojarme en tu bendición y en tu llanto”.

 

 

 

 

11          Vallejo, César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Va-llejo. Lima, F. Moncloa Ediciones, 1970, p. 27.

12          Cf. “Trilce LXI”, en César Vallejo. Obras Completas. Tomo I. Obra Poética. Edición crítica de Ricardo González Vigil. Lima, BCP, p. 375.



 

15



 

En las primeras estrofas del texto poético, el hijo se dirige a su progenitora como si ella estuviera viva y esperara la llegada del viajero. Las dos últimas estrofas, en cambio, muestran la acepta-ción de la muerte de la madre y, al mismo tiempo, plantean su condición de inmortal (“muerta inmortal”), que es lo que tam-bién propone el relato “Más allá de la vida….”13

 

El tema amoroso, uno de los más importantes en la poesía vallejiana, es objeto de un tratamiento sumamente singular en dos relatos que integran la segunda sección de Escalas. En El Unigénito”, Vallejo nos narra una historia en la que el protago-nista, Marcos Lorenz, ama en silencio a Nérida del Mar, quien ignora totalmente la pasión secreta de Lorenz y se compromete con Walter Wolcot, un pretendiente que carece de la aureola ro-mántica e idealista de Marcos.

 

La historia amorosa se vuelve más patética e increíble en los momentos previos a la proyectada boda de Nérida con Wolcot. Marcos Lorenz abandona su habitual timidez y llega a interrum-pir la inminente ceremonia nupcial mediante la táctica de estam-parle un inesperado beso a Nérida. Este beso fugaz provoca una doble tragedia: muere Marcos y luego la propia Nérida; con lo cual queda frustrada la boda.

 

La secuencia final del relato le otorga una mayor dosis de inverosimilitud a El Unigénito”, pues nos presenta sucesos ocu-rridos varios años después de las dos muertes y que guardan una extraña relación con la historia inicial. Se trata de un encuentro casual entre dos personajes que son los únicos sobrevivientes de la tragedia amorosa.

 

Uno de ellos es el ya conocido Walter Wolcot, quien hallán-dose de paseo por céntricas calles de la ciudad de Lima se tro-pieza con un niño que le alcanza su bastón caído y, a la vez, le

 

 

13          Ibídem, p. 383.



 

16



 

trae a la memoria el recuerdo de Nérida y de Marcos. Pese a sus esfuerzos, Wolcot no logra averiguar nada acerca del misterioso origen del niño y éste se aleja sin haber satisfecho la curiosidad del frustrado esposo de Nérida.

 

En realidad, el niño resulta ser el insólito fruto del beso de Marcos a Nérida, que así como provocó la muerte de ambos per-sonajes, también tuvo la capacidad de engendrar extrañamente al niño, cuyo enigmático origen parece adivinar el sorprendido Wolcot. Todo esto confiere al relato una dosis de mayor fantasía y demuestra la afición de Vallejo, en esta etapa de su trayectoria de narrador, por los temas fantásticos e insólitos.

 

A su vez, Trinidad Barrera, ha señalado que “El unigénito” es “una alegoría religiosa en torno al tema del Hijo de Dios, uni-génito del Padre, en clave de parodia… El amor platónico entre Nérida del Mar y José Matías “engendran” al unigénito, un niño “extrañamente hermoso y melancólico”14.

 

El relato “Mirtho” es ilustrativo de otra de las predilecciones y obsesiones del Vallejo escritor y que se manifiestan en su poesía como en su narrativa. En efecto, el tema del doble o de la doble identidad en la relación amorosa encuentra una realización con-vincente en el mencionado relato.

 

Vallejo resuelve el problema de la verosimilitud de la extraña historia planteando una estructura narrativa en tres secuencias que nos introduce progresivamente en el misterio del personaje Mirtho y de su joven enamorado. En esencia, el misterio consiste en que Mirtho parece poseer una doble personalidad no percep-tible para su enamorado, pero sí para quienes son amigos de la pareja.

 

 

 

 

14          González Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma, UNMSM, 2002, p. 205.



 

17



 

En la primera secuencia nos encontramos de lleno con el lenguaje del joven, quien se autodefine como “orate de amor”. Es-ta condición explica el carácter retórico, altisonante y hasta her-mético de las palabras pronunciadas y que permiten conocer la extraña psicología de este joven integrante de una bohemia cita-dina, que nos recuerda al Vallejo de los años juveniles de Trujillo.

 

Pero el “orate de amor” es el amigo de otro joven que es, en la estructura del cuento, el narrador que nos cuenta, mediante el procedimiento de transcribir el discurso del “orate”, la historia completa de la extraña relación de amor de este relato.

 

En las secuencias segunda y tercera de “Mirtho” se devela el misterio de la identidad del personaje femenino, cuya caracterís-tica reside en ostentar dos personalidades o identidades, una de las cuales se mantiene oculta a su enamorado, pero no a los per-sonajes cercanos a la pareja y que creen descubrir una conducta de infidelidad en el joven, al observar que se pasea, con frecuen-cia, con dos mujeres distintas.

 

El final de la narración es doblemente sorprendente porque permite el descubrimiento de la extraña identidad de Mirtho, pe-ro, a su vez, ésta acusa de infiel a su enamorado y la historia con-cluye poniendo de manifiesto la conflictividad y probable ruptura de la relación amorosa entre estos dos personajes singulares, que ejemplifican el interés de Vallejo por los temas psicológicos que escapan a la normalidad15.

 

Los relatos que hemos examinado nos permiten comprobar que, en efecto, Vallejo gusta de los asuntos fantásticos, misterio-sos y patológicos, referidos a personajes acentuadamente indivi-dualistas y conflictivos.

 

Los otros relatos de “Coro de vientos” muestran similares preferencias a los ya citados. “Liberación” confirma la obsesión

 

15          Cf. González Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Lima, UNMSM, 2002, p. 224.



 

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de Vallejo por el tema de la justicia y en ese sentido es conecta-ble con varias de las prosas de “Cuneiformes”, entre ellas “Muro noroeste” y “Muro dobleancho”. El cuento “Los Caynas” enfoca el problema de las relaciones entre la cordura y la locura; y, desde otra perspectiva, puede ser vinculado con aquellas narraciones en las que se aborda el tema del doble; porque el personaje principal y los secundarios se debaten entre una doble identidad: animal o humana16.

 

El relato “Cera” tiene una estructura narrativa más formal que los demás de la sección a la que pertenece, aunque también en él se percibe una atmósfera de misterio. Un logro fundamen-tal de este texto es que crea un universo diegético en el que son importantes el narrador mismo, los personajes, los ambientes en que ocurren los hechos más significativos y el desenlace de los mismos. En cuanto al narrador, “Cera” nos presenta uno que evo-luciona desde el protagonismo hasta la condición de simple tes-tigo de lo que ocurre en la ficción; los personajes ilustran bien el devenir de la acción: el propio narrador innominado; el poderoso y admirado Chale, hacedor de dados y gran jugador. Y finalmen-te, el personaje desconocido, a quien se le llama “el recién llegado” que destruye al poderoso Chale.17

 

El manuscrito de Couffon

 

Antes de ofrecer nuestra lectura de la primera novela de Vallejo, debemos dar cuenta de una información no tan recien-te (1988 y 1994) acerca de Escalas, el libro que acabamos de co-mentar18. En 1988, Claude Couffon, un estudioso de Vallejo dio a conocer que había llegado a sus manos un ejemplar de la prime-ra edición del volumen de 1923, de propiedad del propio autor,

 

 

16          Cf. Ibídem, p. 214.

 

17          Ibídem, p. 232.

 

18          Ibídem, p. 127.



 

19



 

quien había introducido, de puño y letra, correcciones mayores y menores en casi todos los textos de la obra. El único que se salvó de la poda efectuada por Vallejo, probablemente en 1930, fue “El unigénito”, que no destaca, precisamente, por ser una de las me-jores creaciones narrativas de nuestro escritor.

 

Vallejo hizo, pues, modificaciones de todo calibre a su libro publicado el año de su viaje a Europa y las hizo por la misma época en que preparó una segunda edición de su poemario Trilce, el único volumen que llegó a tener una segunda edición en vida del propio autor. Aunque hizo cambios radicales en Escalas no llegó a publicar una nueva versión. Y con respecto, por ejemplo, a los cambios que introdujo en su relato “Cera”, los estudiosos peruanos Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano afirman lo siguiente: “Corregido desde la óptica realista, Vallejo asesinó su mejor cuento. Es probable que la versión primigenia sea menos perfecta y menos atildada pero, ciertamente, es mucho más per-turbadora y palpitante”.19

 

Años después del anuncio de la aparición del ejemplar de Es-calas revisado y corregido por el propio Vallejo, Claude Couffon editó el libro con una introducción suya, “Escalas melografiadas (sic), un cuerpo vivo” y tres partes: en la primera reproduce la edición de la obra, “tal y como aparece en las diferentes ediciones publicadas hasta ahora”. Luego presenta “la nueva versión estable-cida por Couffon, que consigna los cambios realizados por Valle-jo en el ejemplar que le perteneció y que llegó al crítico francés, a través de terceras manos. Por último, nos ofrece el “facsímil del ejemplar de Vallejo con las correcciones manuscritas hechas por el gran poeta”.20

 

 

19          Vallejo, César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Edición del Rectorado, 1999, p. XXX.

 

20          González Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma, UNMSM, 2002, p. 129.



 

20



 

En la edición que estamos prologando se presenta solo la versión que se ha publicado desde 1923 hasta antes de la apari-ción del citado ejemplar corregido descubierto por Couffon. Para un lector no especializado es suficiente con que conozca los rela-tos tal como Vallejo los concibió para la primera edición del libro. En cambio, los lectores especializados sí están en la obligación de cotejar los dos estados de los textos vallejianos: el de 1923 y el de 1994, año de la publicación cuidada por Couffon.21 Por ello es que algunos volúmenes que dan a conocer la producción narrativa incluyen las dos versiones ya citadas o la última de ellas.22

 

 

Fabla salvaje

 

Pasamos ahora a examinar la primera novela publicada por César Vallejo, Fabla salvaje (1923), que plantea un problema simi-lar al que hemos observado en “Mirtho”. Empero, aunque Fabla se publique en el mismo año que Escalas, se advierte un notorio progreso del narrador en lo que se refiere al uso de sus materiales novelescos y su misma prosa se torna más transparente y fluida23; y ello permite que el lector siga con mayor interés el desarrollo de la singular anécdota.

 

En síntesis, esta novela corta nos relata una extraña histo-ria amorosa protagonizada por una pareja de esposos campesi-nos: Balta y Adelaida, quienes viven en una zona rural serrana,

 

 

 

21          A propósito de ella, algunos filólogos han señalado reparos razonables a la edición del crítico francés. Cf. Vargas Ugarte, Luis. Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, Nº 24, 1994, p. 229-237.

 

22          En este caso están las ediciones de Ricardo González Vigil, Novelas y cuen-tos completos. Lima, Ediciones Copé, 1998. Y la ya citada de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999.

 

23          Zavaleta, C.E. “La prosa artística de Vallejo”, en El gozo de las letras (En-sayos y artículos). Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1997, p. 51.



 

 

21



 

dedicados a las labores agrícolas y mantienen una relación conyu-gal bastante armoniosa y satisfactoria para ambos.

 

La armonía de Balta y Adelaida se ve súbita y definitivamen-te truncada por lo que denominaríamos el fantasma del doble. En efecto, en cierto momento del desarrollo de los acontecimientos se produce la rotura de un espejo en el patio de la casa y, en ese mismo momento, Balta creyó ver reproducida, en la imagen frag-mentada del vidrio, la figura de un hombre que estaría acechán-dolo y provocando la infidelidad de Adelaida.

 

La novela nos muestra el proceso psicológico del personaje en su búsqueda obsesiva de una cara desconocida que sólo exis-te en su imaginación cada vez más obnubilada. Nadie, aparte de Balta, ha visto nunca al invisible fantasma que persigue al cam-pesino y a su esposa; y el drama psicológico de aquél se acentúa cuando Adelaida le comunica que está embarazada.

 

La esquizofrenia de Balta aumenta considerablemente a par-tir de la noticia del advenimiento de un hijo. En vez de producirle una alegría comprensible, dada su condición de recién casado, se deprime más, desatiende sus labores habituales, se entrega a interminables cavilaciones, vaga sin rumbo, se distancia de Ade-laida y cae en un mutismo extremo.

 

La interrogante que plantea el comportamiento anormal del protagonista de Fabla salvaje ha llevado a algunos críticos a for-mular algunas interpretaciones acerca de las razones profundas que explican la conducta excepcional del personaje. En todo caso, pensamos que las diversas explicaciones no son contradictorias entre sí, y, por el contrario, confirman el carácter abierto y polisé-mico que poseen las obras literarias.

 

Alan Sicard señala que “es curioso que, al referirse a Fabla salvaje, ningún crítico haya llamado la atención sobre lo que constituye su verdadero tema que no es la descripción de un caso



 

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patológico sino la escenificación por medio del doble, del drama de la orfandad”.24

 

La interpretación propuesta por Sicard se apoya en algunos datos que la novela ofrece: Balta es huérfano de padre y madre; Adelaida muestra muchos rasgos maternales en su trato con aquél, las obsesiones del protagonista se inician al mismo tiempo que la gravidez de su esposa y el nacimiento del hijo elimina la posibilidad de una relación circunscrita a los dos esposos.

 

A su vez, Edmundo Bendezú considera que “la pérdida de la imagen del yo y su substitución por la imagen del otro en el espe-jo, (es) el eje temático sobre el que gira toda la historia de Fabla salvaje”. Como el mismo autor mencionado lo explicita, su lectu-ra de la novela se nutre de “una formulación teórica propuesta, desde una perspectiva psicoanalítica, por Jacques Lacan sobre la fase del espejo como formadora del yo, en la que la instancia del yo se sitúa desde su origen en un espacio de fabulación como base de toda relación social”.25

 

González Vigil plantea que “Fabla salvaje constituye una tra-gedia (aspecto subrayado por Paoli) en la que la parte salvaje (….)

 

del ser humano y, en general, de la naturaleza (fuerzas oscuras del universo), se apoderan de la mente del protagonista, destruyendo su dicha hogareña”.26

 

Agrega este crítico que tanto en Escalas como en Fabla sal-vaje, Vallejo asume un punto de vista discrepante con respecto a los criterios de la razón aristotélica y cartesiana según los cuales

 

 

24          Sicard, Alain. “El doble en la obra de César Vallejo” en César Vallejo. La es-critura y lo real. Cincuentenario de Vallejo. Madrid, Ediciones de la Torre, 1988, p. 276.

 

25          Bendezú, Edmundo. La novela peruana. Lima, Editorial Lumen, 1992, p. 136.

 

26          González Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de César Vallejo. Lima, Editora Perú, 1992. Tomo 10.



 

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habría que calificar de esquizofrénica la conducta de Balta. Así mismo puntualiza que ni la noción de locura ni la de superstición, mencionadas en diferentes pasajes de la novela, son asumidas co-mo óptica de la narración. “Por el contrario, Fabla salvaje traza una cadena de asunciones del fatum, el cual supone el triunfo de la parte salvaje de Balta”.27

 

En suma, podríamos señalar que esta novela, susceptible de diferentes interpretaciones, es reveladora de ciertas constantes vallejianas, detectables no sólo en la narrativa sino en la poesía. Nos referimos, en primer lugar, a la constatación de que la rela-ción amorosa muestra casi siempre una índole conflictiva y pe-sarosa. Bastaría recordar el tono de varios poemas del libro Los heraldos negros (1918-19) en los que se patentiza esta óptica tan propia de Vallejo (“Nervazón de angustia”, “Medialuz”, “Ausente”, “El poeta a su amada”, “Septiembre”, “Idilio muerto”, etc.)28

 

Lo particular en Fabla salvaje sería que la visión no armó-nica del amor se traduce en la necesidad de inventar un tercer personaje, “el otro”, que justifique el comportamiento conflictivo y apesadumbrado de Balta. Pese a que este personaje nunca es visto directamente, sino a través de la superficie de un espejo o del agua, llega, sin embargo, a provocar la muerte del obsesiona-do esposo29.

 

En segundo lugar, la novela que estamos examinando ofrece al lector la posibilidad de observar la manifestación de un com-plejo no resuelto en la personalidad del escritor y que, también,

 

 

27          González Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de César Vallejo. Lima, editora Perú, 1992. Tomo 10, p. 15.

 

28          Cf. Vallejo, César. Obras Completas. Tomo I. Obra Poética. Edición crítica, prólogo, bibliografía e índices de González Vigil Ricardo. Lima, Biblioteca Clásicos del Perú, Banco de Crédito del Perú, 1991.

 

29          Cf. González Montes, Antonio. “El amor en la narrativa de Vallejo”. En: Vallejo. Su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Lima, Uni-versidad de Lima, 1994. Tomo I, pp. 263-272.



 

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lo encontramos diseminado en algunos poemas de Los heraldos negros, Trilce y de sus poemarios póstumos. Se trata del complejo edípico.

 

En el poema V de Trilce encontramos desarrollados los as-pectos más característicos de este comportamiento afectivo-sexual tan singular. En dicho poema, el yo poético aboga por una relación amorosa inmanente y autónoma, que no desemboque en la procreación de un hijo, pues éste vendría a quebrar la autosu-ficiencia de la pareja e incluso se constituiría en la negación del padre30.

 

Son estos temores los que explican la conducta de Balta, quien, a su vez, es un personaje con muchos rasgos del propio autor de la novela. A propósito del extraño proceder del prota-gonista, recordemos que su obsesión por la presencia del “otro” se inició casi simultáneamente a la noticia de que iba a ser pa-dre.

 

Por ello, Balta, al presentir la llegada de quien lo sustituirá inventa en su imaginación la existencia de aquel “doble”; cuya supuesta presencia le permitirá justificar su actitud negativa ha-cia Adelaida. Agreguemos un detalle. En cuanto a su estructura, Fabla salvaje consta de 8 capítulos y en el último de ellos ocurre, a la vez, el nacimiento del hijo temido y la muerte del padre. El número 8 estaría simbolizando, precisamente, el fin del embarazo y la llegada del niño al noveno mes, acontecimiento que coincide con el deceso (suicidio o asesinato) de Balta.

 

Sicard señala al respecto que “El hijo por venir es ese alguien misterioso que sustituye a Balta en el espejo, sustitución en el sen-tido completo de la palabra, ya que, al nacer el hijo, morirá el

 

 

30          Ballón Aguirre, Enrique: “Una lectura semiológica del poema V de Trilce

 

de César Vallejo”. En: Literatura de la Emancipación y otros ensayos. Edi-ción del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Lima, Uni-versidad Nacional Mayor de San Marcos, 1972, p. 158.



 

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padre. Lo que le revela a Balta el espejo es el nacimiento como muerte, un nacimiento que ratifica su muerte definitiva como hi-jo y su entrada en orfandad.”31

 

En conclusión, Fabla salvaje es una novela valiosa en el con-junto de la producción narrativa inicial de César Vallejo, en tanto expresa a cabalidad las concepciones vitales y estéticas que el es-critor esgrimía por aquellos años.

 

En cuanto a su ubicación en el proceso de la novela peruana contemporánea, agregaríamos dos ideas propuestas por dos crí-ticos peruanos. González Vigil señala que, aunque Fabla salvaje se publica dos meses después de Escalas, es menos vanguardista que ésta; y en el manejo del argumento, de los personajes, del espacio y del tiempo la primera novela corta de Vallejo es muy tradicional, pues sus modelos narrativos proceden del siglo XIX. Esta observación lleva a plantearse el problema de la fecha de composición de las obras que forman parte de la etapa inicial del autor; asunto no resuelto hasta el momento.32

 

Edmundo Bendezú, a su vez, al proponer un nuevo esquema evolutivo de la novela peruana, ubica a Fabla salvaje en la etapa del Modernismo, que vendría a ser cronológicamente posterior al Romanticismo, movimiento que en la concepción de Bendezú domina prácticamente todo el panorama del siglo XIX. El Realis-mo recién se iniciaría en el siglo XX con la obra de Ciro Alegría.

 

Al examinar lo que él denomina las novelas modernistas considera que sus características principales son la perfección formal del estilo, la atracción del misterio y la fascinación con la

 

 

 

31          Sicard, Alain. “El doble en la obra de César Vallejo” en César Vallejo. La es-critura y lo real. Cincuentenario de Vallejo. Madrid, Ediciones de la Torre, 1988, p. 275-284.

 

32          González Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de César Vallejo. Lima, editora Perú, 1992. Tomo 10, p. 8.



 

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ficción, entre otras. Y entre los autores modernistas cita a Enrique Carrillo, Valdelomar, Vallejo, López Albújar y Martín Adán.33

 

 

II. Etapa final (1923- 1938)

 

La etapa final de la producción narrativa de César Vallejo se ubica entre los años de 1923-1938, periodo durante el cual el autor vive en Europa; reside, especialmente, en tres países de gran importancia en el proceso de maduración existencial, intelectual y estética de nuestro máximo escritor (Francia, La Unión Sovié-tica y España).

 

Los quince años europeos de Vallejo son extraordinariamen-te intensos y en ese lapso plasma una producción literaria que ha alcanzado una calidad y una proyección universales. Por ello debemos examinar su obra narrativa específica en relación con el vasto corpus escritural que fue creando en esos años fecundos y difíciles y que abarca una pluralidad de géneros y de modalidades expresivas (periodismo, poesía, teatro, ensayo, narración, etc.).

 

Instalado en el medio europeo, Vallejo no interrumpió su trabajo de escritor, pese a las dificultades materiales, espirituales y económicas que encontró en su nuevo ambiente. El periodismo, en particular, constituyó la actividad que le permitió mantener su vínculo comunicativo con el Perú y le ofreció experiencias y materiales diversos34 para continuar con su trabajo propiamente creativo en el campo de la poesía y en el de la narración.

 

 

33          Cf. Bendezú, Edmundo Prólogo a La novela peruana de Olavide a Bryce. Lima, Editorial Lumen, 1992.

34          Sobre la labor periodística del poeta, léase “Una lanza por Vallejo, chro-niqueur”, de Luis Jaime Cisneros. En: Intensidad y altura de César Vallejo. Edición de González Vigil Ricardo. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1993, p. 17. Consúltese también “La superación del modernismo en las crónicas de César Vallejo” de Eugenio Chang-Ro-dríguez. En: Vallejo. Su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Tomo I. Lima, Universidad de Lima, 1994, p. 345.



 

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En lo que respecta a este último género, ya está comprobado que Vallejo no abandonó prácticamente su labor de renovación y de experimentación en el ámbito de las variedades narrativas que él había cultivado en el Perú (cuento y novela) y aún se dio tiem-po y “maña” para incursionar en la invención de nuevas formas literarias que mezclan lo narrativo con lo poético, lo reflexivo con lo simbólico o lo ejemplarizador.

 

Contra el secreto profesional

 

Los textos que exhiben estas características han sido recopi-lados en un libro que Vallejo llegó a preparar pero que no pudo publicar en vida. Dicho libro es Contra el secreto profesional, edi-tado recién en 1973, con un breve prólogo de Georgette de Vallejo en el que informa acerca de la fecha de composición de la obra citada de 1923 a 1929.35

 

En sentido estricto, Contra el secreto profesional no es un vo-lumen de narraciones, como lo son Escalas o Fabla salvaje. Como señala González Vigil, el libro ofrece un carácter miscelánico por-que en él se han compilado anotaciones, citas, poemas en prosa, “fabulaciones” y “consorcios narrativos plurales”. Debemos al crí-tico chileno Neale-Silva el mérito de haber llamado la atención sobre el carácter narrativo de algunos textos y de haberlos incor-porado al corpus de la narrativa de Vallejo.36

 

Empero, en cuanto a su naturaleza fundamental, Contra el secreto es un libro de pensamiento. “De modo variado, sus textos nos hacen recordar las parábolas evangélicas, las anécdotas con fines simbólicos, las narraciones ejemplarizadoras (fábula clásica o neoclásica, ejemplo medieval), las máximas y los pensamientos

 

 

35          Contra el secreto profesional. Edición de Georgette de Vallejo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973.

 

36          Cf. Neale-Silva, Eduardo. César Vallejo, cuentista. Escrutinio de un múltiple intento de innovación. Barcelona, Salvat Editores, 1987.



 

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que usan recursos narrativos y poéticos; en el centro de ellos, pal-pita un propósito reflexivo, una “moraleja” o una “teoría” esboza-da en rápidos apuntes”37.

 

Hechas estas precisiones, debemos indicar que existe en el libro citado un conjunto de textos de valor narrativo incuestiona-ble y que son por ello, parte significativa de la obra narrativa glo-bal de nuestro escritor. Dichos textos son: “Individuo y sociedad”, “Teoría de la reputación”, “Ruido de pasos de un gran criminal”, “Conflicto entre los ojos y la mirada”, “Magistral demostración de salud pública”, “Lánguidamente su licor” y “Vocación de la muer-te38”.

 

Si comparamos estas narraciones escritas en los primeros años europeos, con lo producido y publicado en Lima en 1923, constataremos que tanto en lo temático, como en lo estructural y en lo expresivo existe una afinidad entre la escritura experimental y vanguardista de las estampas de “Cuneiformes” (Escalas) y las “fabulaciones” y consorcios narrativos plurales” diseminados en las páginas miscelánicas de Contra el secreto.

 

Dichas narraciones, en efecto, presentan una gran libertad formal y escritural, razón por la cual no caben dentro de los már-genes “normales” del cuento tradicional y están al servicio de los fines reflexivos y ejemplarizadores que Vallejo les asigna a aqué-llas39.

 

Examinaremos algunos de los rasgos y caracteres más relevan-tes de los textos narrativos de mayor significación y originalidad.

 

 

37          González Vigil, Ricardo. Prólogo a Contra el secreto profesional, en Obras completas de César Vallejo. Lima, Editora Perú, 1992. Tomo 8, p 155.

 

38          Cf. Vallejo, César. Novelas y Cuentos Completos. Prólogo, edición y notas de Ricardo González Vigil. Lima, Ediciones Copé, 1998, p. 21.

39          Léase el sugestivo enfoque de Miguel Gutiérrez a los textos de este libro, en Vallejo, Narrador. Lima, Fondo Editorial del Pedagógico de San Marcos, 2004.



 

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“Individuo y sociedad” expresa en su propio título su intención reflexiva y su propósito teorizador. En efecto, a partir de la presen-tación de un personaje delincuente, que está siendo juzgado en un Tribunal, el narrador quiere demostrar la existencia de relaciones dialécticas entre el individuo y la sociedad. Esta “fabulación”, ade-más, vuelve a referirse a la figura del “doble” de gran importancia en obras anteriores.

 

Para comprender la significación que asume la presencia del “doble” en este relato, cabe señalar que, por primera vez, dicho su-jeto no es una invención de la mente fabuladora del autor, sino un personaje basado en un ser humano real, que constató en cierta circunstancia la existencia de otro ser humano que era exacta-mente su doble.

 

Este extraño caso fue dado a conocer por Vallejo en una cró-nica periodística publicada en la revista Mundial de Lima, Nº 376 del 26 de agosto de 1927, con el sugestivo título de “Un extraño proceso criminal”. Es lícito suponer que la historia, ocurrida en Francia y publicitada a través de la prensa parisina, le interesó al periodista peruano por dos razones, entre otras. Se trataba de un hombre, Guyot, acusado de haber cometido un delito (asesina-to) y que al ser juzgado en el Tribunal descubrió que uno de sus juzgadores era exactamente igual a él. Esta comprobación pro-dujo en su ánimo un efecto desalentador, y lo llevó a aceptar la sentencia condenatoria con resignación absoluta, pese a haberse mostrado muy altivo y seguro al inicio del proceso, antes de que se encontrara, cara a cara, con su “doble” en calidad de juzgador de su caso.

 

Vallejo utilizó este caso de la vida cotidiana como la mate-ria prima para la elaboración de un relato que guardaba muchas semejanzas temáticas con algunas de sus “estampas” y cuentos de Escalas, en tanto se referían a personajes que se encontraban en manos de la justicia por haber delinquido. (“Muro noroeste”, “Muro dobleancho”, y “Liberación”).



 

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En cuanto a la preocupación por el “doble”, “Individuo y so-ciedad” continúa la línea temática iniciada en “Mirtho” y profun-dizada en Fabla salvaje. La gran diferencia residiría, como hemos indicado, en que los “dobles” de las dos primeras narraciones son más bien invenciones o fantasmas creados en la mente de los per-sonajes; en cambio en la “fabulación” incluida en Contra el secreto profesional, tanto el asesino como su juzgador son criaturas ba-sadas en seres humanos de la realidad y de los que el escritor dio testimonio a través de la crónica periodística ya citada.

 

Nos encontraríamos, pues, ante un caso de intertextualidad, muy frecuente en la escritura vallejiana, mediante la cual se tras-vasa una historia o una anécdota verídica del ámbito de la escri-tura periodística al de la prosa de ficción. También se produce el traslado de un contenido desarrollado en prosa al lenguaje poé-tico versificado.

 

Al observar el método de trabajo textual de Vallejo compro-bamos que ha manejado, con entera libertad, los elementos de la crónica periodística para la elaboración de la prosa narrativa de ”Individuo y sociedad”, aunque se constata, igualmente, que sigue de cerca la redacción periodística, a partir de la secuencia inicial del relato.

 

Dividido en dos partes, el texto narrativo nos cuenta, si-guiendo un orden cronológico lineal, el desarrollo del interroga-torio del acusado, realizado en tres audiencias, durante las cuales se verifica el encuentro de los “dobles” y la condena a muerte al delincuente. La primera parte culmina con un comentario del narrador, alusivo a la solidaridad existente entre el individuo y la sociedad.

 

La segunda parte es sumamente breve y en ella el narrador, quebrando la linealidad cronológica, se refiere al comportamien-to del delincuente antes de su captura (“el asesino siguió viviendo normalmente, a la vista general…”). Estos comentarios están to-mados de la primera parte de la crónica y pretenden demostrar



 

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una afirmación que contrasta y se complementa con el enunciado con que concluye la secuencia primera de “Individuo y sociedad”. Si en ésta se afirmaba el carácter social y solidario de la concien-cia individual, en la frase final del relato se sostiene que “el indi-viduo es libre e independiente de la sociedad”.

 

La presencia de ambos enunciados al final cada una de las secuencias reafirma, justamente, el tono reflexivo y teórico del li-bro, porque los citados enunciados no son sino “pensamientos” o “nociones” mediante los cuales el autor quiere poner de manifies-to la existencia de una lógica, que no es sino la lógica dialéctica: instrumento idóneo para una comprensión e interpretación cabal y plena de la realidad social40.

 

Otro texto importante para entender los propósitos analíti-cos y críticos que animan a la escritura de Contra el secreto pro-fesional es “Teoría de la reputación”, cuyo título solo, como en el caso anterior, enuncia su esencia reflexiva y cognoscitiva, pese a servirse de un anécdota que enriquece el nivel narrativo y simbó-lico de esta prosa literaria, que Vallejo había publicado en forma de crónica periodística, con el título de “Un Atentado contra el Regente Horty”, en la revista Mundial de Lima, Nº 447, 11 de ene-ro de 1929.

 

Nos encontramos frente a un nuevo ejemplo de intertextua-lidad: un texto periodístico, que narra un suceso acaecido en la ciudad de Budapest, en noviembre de 1928, y sirve para la elabo-ración de un relato literario, aunque ya sabemos que esta especie narrativa asume características singulares en el libro que estamos examinando.

 

Si observamos los títulos de ambos textos constataremos que el de la crónica publicada en Mundial puede ser perfectamente el de un cuento o de cualquier otro tipo de narración, incluida la

 

40          Cf. González Vigil, Ricardo. Prólogo a Contra el secreto profesional. Tomo 8. Lima, 1992, p. 155.



 

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novela; en cambio el título de la “fabulación” es más propio de un ensayo, de un tratado teórico o de un sesudo artículo especiali-zado. No es, en todo caso, un título convencional o tradicional.

 

En cuanto al nivel de semejanza, las modificaciones introdu-cidas en “Teoría de la Reputación” son mínimas en relación con “Un atentado contra….”. Sólo se han suprimido algunos pocos

párrafos y ciertas palabras referidas a la nacionalidad de Muchay. En ambos casos, un observador de los sucesos los narra en prime-ra persona y tiene como interlocutor al referido Muchay.

 

La historia, al igual que en “Individuo y sociedad”, es prota-gonizada por un personaje a quien se acusa de haber cometido un delito. En la crónica periodística el narrador nos dice: “Entéreme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito. Me enteré que se perseguía a un obrero acusado de preparar un atentado contra un personaje del gobierno cuyo nombre nadie sabía precisar.” 41

 

En el relato literario, el párrafo anterior se ha reducido a lo siguiente: “Entéreme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que nadie sabía precisar”.42

 

En esta versión la referencia al perseguido se ha tornado más imprecisa y con ello el texto se encamina al desarrollo del tema central que es la importancia del nombre como un elemento defi-nitorio de la identidad del ser humano. El delincuente finalmente capturado por la policía afirma no tener nombre, con lo cual se hace imposible toda tarea de identificación y de señalamiento de la responsabilidad por el delito cometido.

 

 

 

41          Vallejo César. En Desde Europa. Crónicas y artículos (1923-1938). Recopi-lación, prólogo, notas de Jorge Puccinelli. Lima, Ediciones Fuente de Cul-tura Peruana. 1987, p. 319.

 

42          Vallejo César. Contra el secreto profesional. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973. Obras completas. Tomo I, p. 44.



 

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Al poseer un nombre, el individuo se convierte en miem-bro de la sociedad y, en consecuencia, se hace sujeto de deberes y de derechos, pero al carecer de dicha “marca” social se ubica al margen del contexto que lo rodea y se vuelve “libre e inde-pendiente de la sociedad”, tal como se afirma en “Individuo y sociedad”.

 

El enigma del extraño personaje sin nombre se torna más interesante en el diálogo que sostiene el narrador con el geren-te de la taberna “Sztaron”, Ossag Muchay, quien afirma al sor-prendido narrador que él guarda el nombre del delincuente, en calidad de poseedor permanente, pues ni siquiera el perseguido puede saberlo.

 

Muchay posee, en realidad, un pedazo de papel en el cual aparece la firma del personaje sin nombre. Según la “teoría de la reputación”, quien conserva la firma detenta el secreto del nom-bre del firmante. El gerente de la taberna agrega en tono senten-cioso: “–La vida de un hombre, –…–, está revelada toda entera en un solo de sus actos. El nombre de un hombre está también revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es sa-ber su nombre verdadero.” 43

 

A través de la palabra de Muchay, Vallejo realiza una crítica a una situación paradójica, que es producto del grado de alienación a que han llegado las sociedades contemporáneas, en las cuales las personas no valen por sí mismas, sino por el prestigio de su nombre o la garantía de su firma. Ambos elementos adquieren la categoría de mercancías y funcionan como valores de cambio que las personas intercambian, de acuerdo con sus necesidades.44

 

 

43          Vallejo César. Contra el Secreto profesional. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973. Obras completas. Tomo I, p. 46.

44          Muchos años después, José Saramago (Premio Nobel de Literatura 1998) retoma este tema vallejiano en su novela Todos los nombres (1997).



 

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El problema del nombre también ha sido planteado en la poesía vallejiana, pues existen textos en los que el propio nombre del escritor pasa a formar parte del conjunto de expresiones que integran el poema. Así en “Piedra Negra sobre Piedra Blanca”, el poeta habla de sí mismo y menciona su nombre como si se tratara de otra persona: “César Vallejo ha muerto, le pegaban…” (Poemas humanos).45

 

En algunos otros poemas, nuestro escritor vuelve a utilizar su nombre o a plantear el problema que éste implica. Así en “Nó-mina de huesos” el pedido de que se llame a un ser humano “por su nombre” deviene en imposible. En el poema en prosa “Voy a hablar de la esperanza” Vallejo repite su nombre y apellido dos veces “Yo no sufro de este dolor como César Vallejo………. Si no me llamase César Vallejo, también sufriría este mismo dolor…”46

 

Es interesante tomar en cuenta, respecto de la fabulación “Magistral demostración de salud pública” lo que señala un reco-nocido estudioso de la narrativa vallejiana: “El deseo de expresar lo que “pasó en el Hotel Negresco de Suiza” (lugar cosmopolita por excelencia, con personas de todo el orbe) lo lleva a explo-rar los límites expresivos de diversos medios de comunicación (asunto que desvelará a Cortázar en varias de sus narraciones, en especial “Las babas del diablo” y “El perseguidor”, del libro Las armas secretas, de 1959, tres décadas después que Vallejo) hasta descubrir que necesita utilizar palabras de diversos idiomas”.47

 

En suma Contra el secreto profesional es un libro miscelánico y reflexivo, en el que, sin embargo, encontramos textos narrativos originales y valiosos.

 

 

45          Cf. “Piedra negra sobre una piedra blanca”, en Vallejo, César. Obra Poética. Tomo I. Edición de Ricardo González Vigil, Lima, BCP, p. 516.

46          Ibídem, p. 464.

 

47          Vallejo, César. Novelas y Cuentos Completos. Lima, Ediciones Copé, 1998. Prólogo, edición y notas de Ricardo González Vigil, p. 20.



 

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Para abordar los otros libros o textos que forman parte de la producción narrativa de Vallejo, es necesario establecer ciertas precisiones. La principal de ellas alude al hecho de que es difícil establecer una secuencia cronológica inobjetable sobre su corpus narrativo, en la medida en que parte de dicho corpus se publicó en vida del autor y la otra es de publicación póstuma, como es el caso de Contra el secreto profesional que recién vio la luz en 1973.

 

Además no siempre existe una certeza absoluta respecto a la fecha de escritura de una obra o de un texto. Como hemos tenido oportunidad de señalarlo, aunque Fabla salvaje se publicó des-pués de Escalas, nada permite suponer que se escribió después; caben dos posibilidades; o que se hayan elaborado casi simultá-neamente o que Escalas sea posterior en su composición, pero primero en su publicación. Este último libro es más vanguardis-ta y experimental que la primera novela corta de Vallejo y no es aventurado pensar que su escritura, coetánea a la de Trilce, sea bastante más reciente que la de Fabla salvaje, cuyo lenguaje tradi-cional se asemeja más al de Los heraldos negros.

 

Hacia el reino de los Sciris

 

En cuanto a Hacia el reino de los Sciris, la investigación li-teraria ha establecido que siguió un largo proceso de gestación, el cual se remontaría hasta los años anteriores al viaje a Europa. Como sabemos, se editó póstumamente en 1944, en forma in-completa48.

 

Si bien pertenece a la etapa europea de la narrativa vallejiana, hunden sus raíces no en experiencias personales del autor (como El tungsteno) sino en etapas remotas del Imperio Incaico, las que conoció probablemente a través de la lectura de algunas crónicas

 

 

48          Véase datos sobre la historia de la aparición de este texto en: Vallejo, César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Mo-reano. “Prólogo”, p. XXIII y “Esta edición”, p. XLIV.



 

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que reconstruyeron sucesos vinculados a los soberanos del Perú prehispánico.

 

La historia de Hacia el reino de los Sciris, de publicación pós-tuma (1944), no es, pues, menos complicada que la de El tungste-no. Según la “Noticia” incluida en la edición de Novelas y cuentos completos “los originales de esta obra llevan, en su hoja inicial, la siguiente data: “París, 1924-1928”. Georgette de Vallejo declara que vio corregir originales en los años de 1932 y 1933. Y al final del libro se incluye una nota del autor acerca de algunas observa-ciones y cambios que pensaba realizar.

 

Como en el caso de El tungsteno, algunos testimonios permi-ten conjeturar que también Hacia el reino de los Sciris comenzó a gestarse antes del viaje a Europa en 1923. En 1931, el escritor publicó dos textos en La voz de Madrid con los títulos de “Una Crónica Incaica” y “La Danza del Situa”, que no eran, sino, pasajes o avances de la citada novela.

 

Esta misma obra, aún en calidad de inédita, le sirvió a Vallejo como material básico para la elaboración de su tragedia teatral La piedra cansada49. Un proceso semejante de intertexualidad ocu-rrió con El tungsteno, pues esta novela fue utilizada para la com-posición de la farsa teatral Colacho Hermanos.

 

Lo singular de Hacia el reino de los Sciris es que Vallejo in-tenta realizar un texto novelístico que no está basado en su expe-riencia personal, como la mayoría de sus creaciones, sino en la recreación libre e imaginativa de sucesos ambientados en lejanas épocas del Imperio Incaico. Con este tipo de obra literaria, el au-tor se inscribe en una tendencia novelística cultivada por algunos escritores del Romanticismo hispanoamericano del siglo XIX e inclusive por algunos contemporáneos de Vallejo que también gustaban de la evocación del lejano pasado incaico.

 

49          Cf. Hopkins, Eduardo. “Análisis de La piedra cansada de César Vallejo” en Intensidad y altura de César Vallejo. Lima, Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993, p. 265.



 

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En la producción novelística del Romanticismo hispanoame-ricano, que imita de cerca muchos de los modelos del europeo, en-contramos obras que pueden ser consideradas como antecedentes de Hacia el reino de los Sciris. Dichas obras han sido clasificadas por los especialistas como novelas históricas o como novelas in-dianistas y las más valiosas serian las siguientes: Enriquillo de Ma-nuel Jesús Galván; Cumandá de Juan León Mera, etc.50

 

Entre los románticos peruanos, Ricardo Palma mostró un interés por la recreación de sucesos, a la vez, históricos y legen-darios, ambientados en la época del Imperio Incaico. Algunas de sus tradiciones se sitúan en la línea de la evocación idealizada y solemne de hechos acaecidos durante el reinado de Túpac Yu-panqui, y en esa medida se acercan más a la trama de la novela de Vallejo.

 

También el Modernismo promovió un acercamiento a los temas peruanos prehispánicos, y, entre quienes cultivaron la afición por aquello que se relaciona con estas remotas épocas, debemos citar el nombre de Manuel González Prada. Este es-critor, muy admirado por Vallejo, escribió una serie de poemas alusivos al antiguo Perú, y entre esos textos, incluidos en el libro de Baldas peruanas, de publicación póstuma, caben citar dos, que parecen tener una relación cercana con la novela “incaísta” de Vallejo. Se trata de “La Piedra Cansada” y “La esmeralda del Sciri”, cuyos títulos y temática se vinculan con Hacia el reino de los Sciris.

 

Por los años en que Vallejo llevaba adelante el largo proceso de composición de su novela inédita e inconclusa, otros autores, contemporáneos suyos y afines en cuanto a su afecto por lo na-cional y, de manera específica, por lo indígena, seguían la senda

 

 

50          Cf. Varela Jácome, Benito. “Evolución de la novela hispanoamericana del siglo XIX”. En: Historia de la Literatura Hispanoamericana. Tomo II. Iñigo Madrigal, Luis (coordinador). Madrid, Ediciones Cátedra, 1993, p. 91.



 

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de la recreación de acontecimientos novelescos situados en el dis-tante e idealizado Tahuantinsuyo.

 

Nos referimos a Abraham Valdelomar, quien en su libro de cuentos El caballero Carmelo (1918) publicó, junto con sus céle-bres cuentos criollos, yanquis y chinos, un cuento incaico, “Cha-ymanta Huayñuy”. Y su libro póstumo Los hijos del sol (1921) es una colección de leyendas o cuentos incaicos, en los que con el lenguaje elegante y selecto de la prosa postmodernista se relatan sucesos, cuyas fuentes son las crónicas coloniales; pero también existen narraciones que son producto de la gran capacidad ima-ginativa y cuentística de Valdelomar.

 

Augusto Aguirre Morales (1888-1957) también incursionó en la temática incaísta con dos libros, cuyos títulos indican la orientación de los mismos: La justicia de Huayna Cápac (1918) y El pueblo del sol. Este último libro ha recibido comentarios elo-giosos, pues según algunos críticos es producto de la “natural ins-piración” y de la tesonera labor de investigación.

 

A pesar de las naturales diferencias en cuanto a la perspec-tiva adoptada ante el referente narrativo, cabe encontrar ciertos elementos comunes o constantes válidas para los tres autores: “En Valdelomar, Aguirre Morales y Vallejo hallamos el mismo acer-camiento solemne, de tono grandilocuente, a un incario pintado con rasgos épicos y trágicos, rehaciendo leyendas y mitos me-diante un lenguaje impregnado del léxico y la imaginación orna-mental de la prosa del Modernismo. La óptica modernista puede detectarse, a la vez, en el interés concedido a lo fantástico, exótico y misterioso. Nos hallamos ante un incaísmo, llamémoslo así pa-ra diferenciarlo del indigenismo, corriente abocada al retrato del Ande en la época contemporánea”.51

 

 

 

51          González Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla Salvaje, en Obras Completas de César Vallejo. Lima. Editora Perú, 1992. Tomo 10.



 

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Como habíamos indicado, las vicisitudes que vivió esta nove-la inédita de Vallejo son múltiples e ilustrativas de las peripecias personales, intelectuales y políticas experimentadas por el autor durante aquellos agitados años peruanos y europeos. En todo ca-so, la publicación póstuma de Hacia el reino de los Sciris (en for-ma incompleta en 1944 y en su totalidad en 1967) ha permitido conocer esta faceta de la producción narrativa vallejiana que, de otro lado, posee antecedentes en su propia obra poética inicial. Al respecto, habría que recordar la sección “Nostalgias Imperiales” de Los heraldos negros.52

 

Últimos cuentos

 

Un último grupo de cuentos de César Vallejo es el que está integrado por “El niño del carrizo”, “Viaje alrededor del porvenir”, “Los dos soras”, “El vencedor” y “Paco Yunque”. Este último, el más celebre de los relatos del autor, habría sido escrito en 1931, inme-diatamente después de la publicación de El tungsteno, y los cuatro primeros entre los años de 1935 y 1936. Todos han sido editados póstumamente: “Paco Yunque” en 1951 y los demás en 1967.

 

Considerados en conjunto, los relatos guardan algunas rela-ciones entre sí y, también, con el resto de la producción literaria vallejiana. Se puede constatar, por ejemplo, que en “El niño del carrizo”. “El vencedor” y “Paco Yunque” los sucesos son protago-nizados por niños; y en “Los dos soras”, un grupo de niños ad-quieren la categoría de co-protagonistas de la historia, al lado de Juncio y Analquer, “los dos jóvenes salvajes” de la tribu de los soras que llegan un día a la aldea andina de Piquillacta, causando la curiosidad de los pobladores y, en especial, del grupo de niños ya mencionado: con estos comparten una peripecia que concluye con la reclusión de los dos soras en la cárcel.

 

 

52          Vallejo, César. Obra poética. Tomo I. Edición de González Vigil, Ricardo, Lima, BCP, 1991, p. 119.



 

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A su vez, “El niño del carrizo” evoca una anécdota ocurrida en la infancia del personaje narrador y que se desarrolla en un pueblo similar a Santiago de Chuco. El protagonista es, en reali-dad, Miguel, un niño singular y hondamente compenetrado con la naturaleza, cualidad que tiene oportunidad de mostrar, duran-te una expedición “hacia un gran carrizal”, ubicado en “una espe-sura de hojas envainadoras y cortantes, de la que partía un ruido cascajoso y seco”, sitio al que han llegado para extraer “el carrizo utilizado en cada Semana Santa”.

 

Esta caña especial posee el carácter de una verdadera reliquia y su “aroma característico” persiste durante todo un año, sumien-do en “mística unción” a los fieles; y hasta “la fauna vernacular permanecía en éxtasis subconsciente y en las madrigueras chi-rriaban, entre los colmillos alevosos, rabiosas oraciones”.53

 

“El niño del carrizo”, además, participa de algunos elementos temáticos y de ciertos rasgos o constantes de la literatura vallejia-na. En Los Heraldos Negros existen algunos poemas que evocan el ambiente rural santiaguino y la atmósfera de unción religiosa y de festividad popular que se advierte en las líneas iniciales del cuento mencionado.

 

La novela Fabla salvaje tiene en común con el relato, el mis-mo contexto pueblerino, en el que los personajes viajan del pueblo hacia zonas más rurales y entran en contacto con la naturaleza. En determinada secuencia, el niño Miguel, como lo hace Balta Espinar en la citada novela, se tiende a tomar agua de un charco, junto con sus numerosos perros, y en ese instante “las pupilas del mozo y las de sus perros, al beber, se duplicaban y centuplicaban de cristal en cristal, de marco en marco, entre la doble frontera natural de la onda y de los ojos”: Como vemos, la preocupación por el doble es una constante que recorre la escritura vallejiana.

 

 

53          Vallejo César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 386.



 

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Incluso “Los caynas” del libro Escalas muestra una similitud con “El niño del carrizo”, pues en ambos relatos percibimos un proceso de regresión de lo humano hacia lo animal. En el primer cuento, los personajes humanos se creen y actúan como monos, aunque este extraño cambio parece ser fruto de la locura. En el segundo relato, Miguel en contacto con la naturaleza también asume un comportamiento que es más propio de los perros que lo acompañan, y con los cuales lucha de igual a igual. La flexibili-dad corporal de la que hace gala es semejante a la elasticidad del carrizo que va a buscar en el “cañaveral sagrado”.

 

Cabe, así mismo, plantear una suerte de similitud entre “El niño del carrizo” y “Los dos soras”. La semejanza reside en que en ambos relatos los protagonistas abandonan un ambiente y llegan a otro en el que experimentan comportamientos o hechos excep-cionales. Miguel, como miembro de una pequeña expedición, de-ja el campo y da rienda suelta a su exaltación y a su “autonomía montaraz”. Según el narrador “al entrar en los puros dominios de la naturaleza, parecía moverse en un retozo exclusivamente zoológico”.54

 

El niño se fusiona con el mundo natural, se vuelva flexible y elástico, se embriaga “de goce y energía”; comparte con sus perros la misma agua y adopta la posición cuadrumana de éstos, logran-do que sus manos asuman el “rol de nuevos pies”. Este proceso lle-va a Miguel a convertirse en un signo de la continuidad existente entre lo humano y lo natural.

 

“Los dos soras”, que muestra nexos claros con El tungsteno, nos presenta a Juncio y a Analquer, de la tribu de los soras, en trance de abandonar el mundo idílico y armónico de donde pro-ceden e ingresar a una pequeña aldea andina, Piquillacta, mucho

 

 

 

54          Vallejo César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 276.



 

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más integrada a la civilización occidental, pues en ella existen ca-lles, plaza, iglesia, tiendas y otros elementos que constituyen una verdadera novedad para ambos personajes.

 

El narrador nos dice que “Los dos seres palpitaban de jubi-losa curiosidad, como fascinados por el espectáculo de la vida de pueblo, que nunca habían visto”. Empero, la fascinación de los dos jóvenes al descubrir un mundo nuevo no concluirá satisfactoria-mente, pues Juncio y Analquer serán encerrados en la cárcel por haberse reído durante la misa celebrada en la Iglesia, a la que los dos soras ingresaron ganados por la curiosidad y el asombro “an-te aquel espectáculo que, en su alma de salvaje, tocaba los límites de lo maravilloso” 55

 

Solo los niños del pueblo fueron capaces de acercarse y de acompañar a los dos “jóvenes salvajes” y participaron, con ellos, de la insólita aventura en la Iglesia y hasta llegaron a reírse igual que los soras. El sacristán los persiguió con un carrizo, algunos pobla-dores los acusaron de blasfemos y los agredieron físicamente.

 

Este cuento plantea, pues, que el tránsito de la “barbarie” a la civilización” no se produce sin conflictos ni choques culturales. La inocencia de los soras contrasta con los convencionalismos y modos de vida de un pueblo que también ha sufrido y sufre agre-siones e imposiciones de todo tipo, como lo muestra El tungsteno, en relación con los propios soras, los campesinos, los yanaconas, las mujeres indígenas, los niños y todos aquellos que se opongan a la “modernización” y a la “civilización”.56

 

En suma, “Los dos soras”, describe, paso a paso, el asombro de dos personajes que proceden de un mundo casi natural y se

 

 

55          Vallejo César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 287.

 

56          Cf. Vallejo, César. El Tungsteno. Lima, Universidad de Ciencias y Huma-nidades, Fondo Editorial, 2001. Prólogo de Reyes Tarazona, Roberto, pp. 9-35.



 

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incorporan súbitamente a una nueva realidad que los rechaza y los agrede solo por ser “diferentes”.

 

“Viaje alrededor del porvenir” es el único cuento del grupo de los últimos en el que los protagonistas no son infantes sino adultos, aunque, como veremos, la presencia o más bien la au-sencia de niños sí tiene una significación crucial para la pareja de esposos que participan de los sucesos del relato. Un narrador omnisciente, en tercera persona nos introduce, de modo súbito, en la intimidad cotidiana de Arturo y Eva que viven dentro de una hacienda. Él es administrador de la misma y ella es sobrina lejana del patrón, es decir, del hacendado y dueño de las extensas propiedades en cuyos límites habita la pareja.

 

Estos datos indican que el espacio que recrea el escritor en este relato corresponde, grosso modo, al de la costa norteña del Perú, en la cual existieron extensas haciendas azucareras en las que trabajaron “coolies” (trabajadores chinos que fueron traídos desde el Asia) e indígenas que bajaban desde la serranía a trabajar durante la temporada de extracción de la caña de azúcar, uno de los principales cultivos que luego se exportaba.57

 

El relato de Vallejo, de hecho, recrea este contexto y la atmós-fera de verticalidad que reina en este mundo rural en el que el pa-trón es el dueño de la vida y de la suerte de todos los que habitan en sus dominios. Tal situación explica que los protagonistas de la historia estén pasando por una situación de crisis, causada por los caprichos del hacendado, que aunque trata con cierta deferencia a su administrador (por ser el esposo de su parienta lejana), le ha exigido a los esposos que engendren no una hija, como ya lo han hecho, sino un hijo. Y para motivarlos a que logren concebir un niño les ofrece donarles una cantidad apreciable de dinero en cuanto nazca el niño.

 

 

57          Cf. Klaren, Peter. Formación de las haciendas azucareras y orígenes del Apra. Lima. IEP, 1973.



 

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Este reto es el que tiene a Arturo y a Eva sumidos en la pre-ocupación y en el insomnio, pues pasan sus días y sus noches tratando de concebir el varón que les permitirá recibir una res-petable suma para poder mejorar sus condiciones de vida. El na-rrador sigue esta etapa de la vida de los personajes y da cuenta de los esfuerzos que ambos realizan para alcanzar a procrear el niño anhelado. Uno y otra, después de haber realizado la faena amorosa, se ilusionan con la idea de que, por fin, han conseguido “encargar” correctamente el vástago. Todas estas ilusiones acaban mal porque Eva, en efecto, se embaraza, pero al cabo de los meses vuelve a dar a luz una niña. Y así concluye con un desenlace des-favorable para la pareja. El relato tiene un sutil tono de ironía y de crítica al patrón como a los ilusos padres.

 

A su vez, “El vencedor” y “Paco Yunque” son equiparables, porque ambos relatos recrean sucesos vinculados al mundo infan-til y escolar. Existe, además, un contraste en la extracción social de los personajes más importantes. En “Paco Yunque”, Humberto Grieve es el niño rico y poderoso, mientras que Paco Yunque, Pa-co Fariña y los demás son de origen popular. En “El vencedor” la oposición socio-económica está representada por Juncos, el niño pobre y menesteroso, y Cancio, el niño rico, que no llega, empero, a mostrar la soberbia y el poder que ostenta Humberto Grieve.

 

La violencia verbal y, sobre todo, la física se manifiestan en los dos cuentos y envuelven a los protagonistas que son ejecutores o víctimas de aquélla. Sin embargo se perciben diferencias im-portantes en la significación y raíz última de la violencia en uno y otro relato.

 

En “El vencedor”, Juncos, el niño pobre, y Cancio, el rico, se enfrentan a consecuencia de un “incidente de manos en el recreo” y casi toda la narración se concentra en mostrar el desarrollo de la pelea que se resuelve, finalmente, a favor de Juncos, quien a pesar de ser el vencedor se deja ganar por la tristeza y llora, con lo cual el título de la narración resulta irónico.



 

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“Paco Yunque” es una pequeña obra maestra de Vallejo. Sus méritos narrativos e ideológicos deben ser evaluados en función de los principios formulados por Vallejo en El Arte y la Revo-lución, plasmados estéticamente en El tungsteno y perfecciona-dos en el célebre relato que es, además, producto de la aplicación creadora y original de los principios del arte revolucionario a la literatura infantil, a la cual, sin duda, pertenece.

 

También en este difícil terreno, el autor se muestra profun-damente renovador y crítico, pues, asumiendo los rasgos más significativos de aquel tipo de literatura (el carácter didáctico, la sencillez del estilo y el efectismo) plasmó un texto narrativo en el que, al mismo tiempo, cuestiona la idea tradicional, según la cual los finales de los relatos para niños deben ser siempre felices y no entrar en contradicción con los valores y creencias de la ideología dominante.

 

Vallejo lograr forjar un realismo revolucionario. Pero “lo no-table es que la sencillez estilística y el esquematismo de la trama de Paco Yunque no generan una pobreza en el plano de la signi-ficación, sino un mensaje rico en connotaciones problematizado-ras e iluminadoras del tramado social”.58

 

“Paco Yunque”, en efecto, nos ofrece una visión matizada y crítica de una serie de elementos característicos de la sociedad peruana contemporánea. Entre ellos “la existencia de clases so-ciales en conflicto” y el hecho de que las contradicciones intercla-ses se prolonguen y agudicen en el mundo de los niños, que no se libra de ser atravesado por las terribles fisuras del todo social.

 

El cuento citado demuestra, a través de la anécdota ocurrida en el ambiente escolar, que la superestructura ideológica y edu-cativa del Estado peruano se subordina de un modo reprobable

 

 

58          González Vigil, Ricardo. Obras completas de César Vallejo. Lima, Editora Perú, 1992. Tomo 6, p. 59.



 

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a los intereses de los sectores dominantes que controlan y se be-nefician de las riquezas económicas generadas por el trabajo de las masas populares. El pequeño protagonista encarna, convin-centemente, estas y otras dominaciones de las que debe tomar conciencia para superarlas59.

 

La concepción ideológica y estética que sustenta esta nueva manera de encarar y de realizar la obra literaria difiere sustancial-mente de la escritura que Vallejo utilizó en las obras narrativas de su primera época (en especial Escalas y en menor medida, Fabla salvaje). Pero al mismo tiempo hemos visto que ni en la primera ni en la segunda etapa de su trayectoria literaria Vallejo sigue una sola línea creativa, sino que simultáneamente discurre por varios cauces expresivos y comunicativos con el objetivo de cumplir, a cabalidad, su misión como hombre comprometido con la pro-blemática de su tiempo y, a la vez, como artista que recorre las distintas vías creativas con absoluta libertad y total lucidez.

 

En cuanto a “Sabiduría (Capítulo de una novela inédita)”, apareció en la revista Amauta N° 8, Lima, abril de 1927, pp. 17-1860 y, en efecto, pasó a formar parte, aunque con algunos cam-bios, de El tungsteno, novela publicada por Vallejo, en España, en 1931. En este volumen es parte del Capítulo I. Y solo por el hecho de haberse publicado como un avance de un texto mayor se le concede una cierta autonomía en el conjunto de la producción narrativa, con la aclaración de que en orden cronológico se sitúa entre Contra el secreto profesional y El Tungsteno.

 

 

 

59          Cf. Eslava, Jorge. “Paco Yunque y “El vencedor”: la infancia y el colegio recuperados”. En Lienzo N° 15, Lima, junio de 1994, pp. 303-326. Cornejo Polar, Antonio: “Sobre Paco Yunque”. En: Visión del Perú, N° 4, Lima, 1969, pp. 322-324. Homenaje Internacional a César Vallejo. Forgues, Ro-land: “Para una lectura de Paco Yunque”. En La sangre en llamas. Lima, Studium, 1979, pp. 79-87.

 

60          Vallejo, César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999, p. 51.



 

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Un narrador omnisciente, en tercera persona nos ubica an-te una escena que se desarrolla, durante una oscura madrugada, en el interior de una habitación, en la que hay dos personajes. Una señora que ha estado durmiendo y que se levanta para luego acercarse hasta la cama de un enfermo, cuyo apellido, Benites, se enuncia con rapidez, porque él es el centro de interés de lo que conoceremos los lectores.

 

Aunque antes de dedicarse a observar y a seguir lo que siente y piensa Benites, el narrador dedica algunas líneas a registrar el estado de ánimo de la señora mayor que cuida con celo al enfer-mo y mientras lo hace reza con unción a Dios y al Divino Co-razón de Jesús para que cure al enfermo. Luego el narrador se concentra en registrar las alucinaciones que experimenta Benites en el curso de un lapso, durante el cual recorre mentalmente su vida y hace un balance de la misma. Su conclusión es que no se siente satisfecho de lo que ha hecho en su transcurrir temporal.

 

El objetivo principal del narrador omnisciente es realizar, co-mo se aprecia, una caracterización psicológica y social de Benites. Y para ello, primero utiliza la técnica del estilo indirecto libre61, pues se ubica en la mente del personaje y desde allí transmite lo que está sintiendo y pensando el protagonista de “Sabiduría” acerca de su situación particular. Después de habernos mostrado que Benites es temeroso y, a la vez, muy apegado a lo material y que siempre acude al auxilio del Corazón de Jesús cuando está en peligro, el narrador deja que el propio personaje, con sus propias palabras, pensadas o dichas, hable de su vida, sobre todo, a partir del momento en que siente que está próximo a la hora final de su existencia.

 

Ubicado en esa circunstancia crucial intuye que se encuentra en presencia de Dios y se dirige a Jesucristo, le habla con unción,

 

 

61          Vargas Llosa, Mario. Cartas a un novelista. Barcelona, Ariel, 1995, p. 66. También González Montes, Antonio. Estructura del texto novelístico. Lima, Latinoamericana Editores, 1988, p. 26.



 

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expresa sus dudas y sus palabras se vuelven contra su propia per-sona y hace un mea culpa de lo que ha sido: “¡Señor! Yo fui el pecador y tu pobre oveja descarriada. ¡Cuando estuvo en mis ma-nos ser el Adán sin tiempo, sin mediodía, sin tarde, sin noche, sin segundo día! ¡Cuando estuvo en mis manos embridar y sujetar los rumores edénicos para toda la eternidad y salvar lo Cambian-te en lo Absoluto!62

 

Toda esta queja consigo mismo, la insatisfacción contra lo que ha sido su existencia en la tierra desemboca en una sola pre-gunta que todo ser humano puede hacer al término de su periplo vital, para esperar que Alguien le responda y calme su duda exis-tencial. Benites interroga: “¿Qué he podido, pues, hacer, Señor?...

 

Jesús respondió con estas únicas palabras: ¡Ajustarte al sentido de la tierra!”.

 

Con estas palabras concluye el relato abierto que Vallejo pu-blicó como un adelanto de una novela que tenía en preparación y que publicó en 1931: El Tungsteno. Allí reaparece este fragmento y corresponde al personaje que también se llama Benites y re-presenta al intelectual dubitativo, ubicado en medio del fuego de los poderosos (los dueños de la mina) y de la ira de los que son explotados (los obreros). “Sabiduría” es un fragmento de esa lu-cha interior que se libra en la mente de un personaje complejo y problemático, como son la mayor parte de los seres de ficción que Vallejo creó en los cuentos y novelas que hemos recorrido en es-tas páginas, y que confirman que la narrativa de nuestro máximo escritor posee un valor propio y, a la vez, se complementa con la gran poesía y con los otros géneros que cultivó.

 

Antonio González Montes

 

Lima, junio de 2011

 

 

 

 

62          Vallejo, César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999, p. 278.



 

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CUENTOS



 

Y

 

NOVELAS



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escalas

 

[Edición original de 1923]



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Escalas. Se publicó en los Talleres Tipográficos de la Penitenciería de Lima, en 1923, en un tiraje de 200 ejemplares, con 135 páginas y un índice. Según Juan Espejo Asturrizaga, el autor cubrió el costo de esta edición con sus propios recursos y el aporte de Crisólogo Quesada, un amigo suyo. En la portada de esta primera edición se puede leer Escalas melografiadas por César Vallejo (alusión a música y escritura), pero en la carátula interior aparece el nombre del autor en la parte superior, el título Escalas en el centro, y en la parte inferior el nombre de la imprenta, de lo cual se infiere que el título correcto es Escalas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Primero el pensamiento, después la razón.



 

Antenor Orrego



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

CUNEIFORMES



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MURO NOROESTE

 

 

 

 

Penumbra.

 

El único compañero de celda que me queda ya aho-ra, se sienta a yantar, ante el hueco de la ventana lateral de nuestro calabozo, donde, lo mismo que en la ventani-lla enrejada que hay en la mitad superior de la puerta de entrada, se refugia y florece la angustia anaranjada de la tarde.

 

Me vuelvo hacia él:

 

–¿Ya?

 

–Ya. Está usted servido –me responde sonriente.

 

Al mirarle el perfil de toro destacado sobre la plegada hoja lacre de la ventana abierta, tropiezo la mirada con una araña casi aérea, como trabajada en humazo, que emerge en absoluta inmovilidad en la madera, a medio metro de altura del testuz del hombre. El poniente lanza un largo destello bayo sobre la tranquila tejedora, como enfocándola. Ella ha sentido, sin duda, el tibio aliento so-lar, estira algunas de sus extremidades con dormida pe-rezosa lentitud, y, luego, rompe a caminar a intermitentes pasos hacia abajo, hasta detenerse al nivel de la barba del individuo, de modo tal, que, mientras éste mastica, pare-ce que se traga a la bestezuela.



 

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César Vallejo

 

Por fin termina el yantar, y, al propio tiempo, el ani-mal flanquea corriendo hacia los goznes del mismo brazo de puerta, en el preciso momento en que ésta es entor-nada de golpe por el preso. Algo ha ocurrido. Me acerco, vuelvo a abrir la puerta, examino en todo el largo de las bisagras y doyme con el cuerpo de la pobre vagabunda, trizado y convertido en dispersos filamentos.

 

–Ha matado usted una araña –dígole con aparente entusiasmo al hechor.

 

–¿Sí? –me pregunta con indiferencia– Está muy bien:

 

hay aquí un jardín zoológico terrible.

 

Y se pone a pasear, como si nada, a lo largo de la cel-da, extrayéndose de entre los dientes, residuos de comida que escupe en abundancia.

 

¡La justicia! Vuelve esta idea a mi mente.

 

Yo sé que este hombre acaba de victimar a un ser anónimo, pero existente, real. Es el caso del otro, que, sin darse cuenta, puso al inocente camarada de presa del fi-lo homicida. ¿No merecen, pues, ambos ser juzgados por estos hechos? ¿O no es del humano espíritu semejante re-sorte de justicia? ¿Cuándo es entonces el hombre juez del hombre?

 

El hombre que ignora a qué temperatura, con qué suficiencia acaba un algo y empieza otro algo; que ignora desde qué matiz el blanco ya es blanco y hasta dónde; que no sabe ni sabrá jamás qué hora empezamos a vivir, qué hora empezamos a morir, cuándo lloramos, cuándo reímos, dónde el sonido limita con la forma en los la-bios que dicen: yo... no alcanzará, no puede alcanzar a saber hasta qué grado de verdad un hecho calificado de criminal ES criminal. El hombre que ignora a qué hora



 

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Escalas

 

el 1 acaba de ser 1 y empieza a ser 2, que hasta dentro de la exactitud matemática carece de la inconquistable plenitud de la sabiduría ¿cómo podrá nunca alcanzar a fijar el sustantivo momento delincuente de un hecho, a través de una urdimbre de motivos de destino, dentro del gran engranaje de fuerzas que mueven a seres y cosas en frente de cosas y seres?

 

La justicia no es función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente, más adentro de todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones. La justicia ¡oídlo bien, hombres de todas las latitudes! se ejerce en subterránea armonía, al otro lado de los sentidos, de los columpios cerebrales y de los mercados. ¡Aguzad mejor el corazón! La justicia pasa por debajo de toda superficie y detrás de todas las espaldas. Prestad más sutiles oídos a su fatal redoble, y percibiréis su platillo vagoroso y único que, a poderío de amor, se plasma en dos; su platillo vago e incierto, como es incierto y vago el paso del delito mis-mo o de lo que se llama delito por los hombres.

 

La justicia sólo así es infalible: cuando no ve a través de los tintóreos espejuelos de los jueces; cuando no está escrita en los códigos; cuando no ha menester de cárceles ni guardias.

 

La justicia, pues, no se ejerce, no puede ejercerse por los hombres, ni a los ojos de los hombres.

 

Nadie es delincuente nunca. O todos somos delin-cuentes siempre.

 

 

 

■          “Muro noroeste”. Apareció en la revista Claridad, año 1, Nº 1, Lima 1923.



 

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MURO ANTÁRTICO

 

 

 

 

El deseo nos imanta.

 

Ella, a mi lado, en la alcoba, carga y carga el circuito misterioso de mil en mil voltios por segundo. Hay una gota imponderable que corre y se encrespa y arde en to-dos mis vasos, pugnando por salir; que no está en ningu-na parte y vibra, canta, llora y muge en mis cinco sentidos y en mi corazón; y que, por fin, afluye, como corriente eléctrica, a las puntas...

 

De pronto me incorporo, salto sobre la mujer tumba-da, que me franquea dulcemente su calurosa acogida, y luego... una gota tibia que resbala por mi carne, me separa de mi hermana que se queda en el ambiente del sueño del cual despierto sobresaltado.

 

Sofocado, confundido, toriondas las sienes, aguda-mente el corazón me duele.

 

Dos... Tres... ¡Cuáaaaaatroooooo!... Sólo las irritadas voces de los centinelas llegan hasta la tumbal oscuridad del calabozo. Poco después, el reloj de la catedral da las dos de la madrugada.

 

¿Por qué con mi hermana? ¿Por qué con ella, que a esta hora estará seguramente durmiendo en apacible e inocente sosiego? ¿Por qué, pues, precisamente con ella?



 

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Escalas

 

Me revuelvo en el lecho. Rebullen en la sombra pers-pectivas extrañas, borrosos fantasmas; oigo que empieza a llover.

 

¿Por qué con mi hermana? Creo que tengo fiebre.

 

Sufro.

 

Ahora oigo mi propia respiración que choca, su-be y baja rasguñando la almohada. ¿Es mi respiración? Un aliento cartilaginoso de invisible moribundo parece mezclarse a mi aliento, descolgándose acaso de un siste-ma pulmonar de Soles y trasegándose luego sudoroso en las primeras porosidades de la tierra... ¿Y aquel anciano que de súbito deja de clamar? ¿Qué va a hacer? ¡Ah! Di-rígese hacia un franciscano joven que se yergue, hinca-das las rodillas imperiales en el fondo de un crepúsculo, como a los pies de ruinoso altar mayor; va a él, y arranca con airado ademán el manteo de amplio corte cardenali-cio que vestía el sacerdote... Vuelvo la cara. ¡Ah inmenso palpitante cono de sombra, en cuyo lejano vértice nebu-loso resplendece, último lindero, una mujer desnuda en carne viva!...

 

¡Oh mujer! Deja que nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abrasemos en todos los crisoles. Deja que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos una-mos en alma y cuerpo. Deja que nos amemos absoluta-mente, a toda muerte.

 

¡Oh carne de mis carnes y hueso de mis huesos! ¿Te acuerdas de aquellos deseos en botón, de aquellas ansias vendadas de nuestros ocho años? Acuérdate de aquella mañana vernal, de sol y salvajez de sierra, cuando, ha-biendo jugado tanto la noche anterior, y quedándonos



 

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César Vallejo

 

dormidos los dos en un mismo lecho, despertamos abra-zados, y, luego de advertirnos a solas, nos dimos un beso desnudo en todo el cogollo de nuestros labios vírgenes; acuérdate que allí nuestras carnes atrajéronse, restregán-dose duramente y a ciegas; y acuérdate también que am-bos seguimos después siendo buenos y puros con pureza intangible de animales...

 

Uno mismo el cabo de nuestra partida; uno mismo el ecuador alvino de nuestra travesía, tú adelante, yo más tarde. Ambos nos hemos querido ¿no recuerdas? cuan-do aún el minuto no se había hecho vida para nosotros; ambos luego en el mundo hemos venido a reconocernos como dos amantes después de oscura ausencia.

 

¡Oh Soberana! Lava tus pupilas verdaderas del pol-vo de los recodos del camino que las cubre y, cegándolas, tergiversa tus sesgos sustanciales. ¡Y sube más arriba, más arriba todavía! ¡Sé toda la mujer, toda la cuerda! ¡Oh car-ne de mi carne y hueso de mis huesos!... ¡Oh hermana mía, esposa mía, madre mía!...

 

Y me suelto a llorar hasta el alba.

 

–Buenos días, señor alcaide...



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MURO ESTE

 

 

 

 

 

Esperaos. No atino ahora cómo empezar. Esperaos.

 

Ya.

 

Apuntad aquí, donde apoyo la yema del dedo más lar-go de mi zurda. No retrocedáis, no tengáis miedo. Apun-tad no más. ¡Ya!

 

Brrrum...

 

Muy bien. Se baña ahora el proyectil en las aguas de las cuatro bombas que acaban de estallar dentro de mi pe-cho. El rebufo me quema. De pronto la sed aciagamente ensahara mi garganta y me devora las entrañas...

 

Mas he aquí que tres sonidos solos, bombardean a plena soberanía, los dos puertos con muelles de tres hue-secillos que están siempre en un pelo ¡ay! de naufragar. Percibo esos sonidos trágicos y treses, bien distintamente, casi uno por uno.

 

El primero viene desde una rota y errante hebra del vello que decrece en la lengua de la noche.

 

El segundo sonido es un botón; está siempre reve-lándose, siempre en anunciación. Es un heraldo. Circula constantemente por una suave cadera de óvoe, como de



 

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César Vallejo

 

la mano de una cáscara de huevo. Tal siempre está asoma-do, y no puede trasponer el último viento nunca. Pues él está empezando en todo tiempo. Es un sonido de entera humanidad.

 

Y el último. El último vigila a toda precisión, alto-pado al remate de todos los vasos comunicantes. En este último golpe de armonía, la sed desaparece, (ciérrase una de las ventanillas del acecho), cambia de valor en la sen-sación, es lo que no era, hasta alcanzar la llave contraria.

 

Y el proyectil que en la sangre de mi corazón destrozado, cantaba

y hacía palmas,

 

en vano ha forcejeado por darme la muerte.

 

–¿Y bien?

 

–Con ésta son dos veces que firmo, señor escribano. ¿Es por duplicado?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MURO DOBLEANCHO

 

 

 

 

 

Uno de mis compañeros de celda, en esta noche calu-rosa, me cuenta la leyenda de su causa. Termina la abstru-sa narración, se tiende sobre su sórdida tarima y tararea un yaraví.

 

Yo poseo ya la verdad de su conducta.

 

Este hombre es delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase denunciado. Durante su je-rigonza, mi alma le ha seguido, paso a paso, en la manio-bra prohibida. Hemos entrambos festinado días y noches de holgazanería, enjaezada de arrogantes alcoholes, den-taduras carcajeantes, cordajes dolientes de guitarra, nava-jas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío. Hemos disputado con la inerme compañera que llora para que ya no beba el marido y para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ella Dios verá... Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada ma-drugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre los belfos mismos de la prole gemebunda.

 

Yo he sufrido con él también los fugaces llamados a la dignidad y la regeneración; he confrontado las dos caras de la medalla, he dudado y hasta he sentido crujir el ta-lón que insinuaba la media vuelta. Alguna mañana tuvo



 

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pena el tabernario, pensó en ser formal y honrado, salió a buscar trabajo, luego tropezó con el amigo y de nuevo la bilis fue cortada. Al fin la necesidad le hizo robar. Y aho-ra, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.

 

Este hombre es ladrón.

 

Pero es también asesino.

 

Una de aquellas noches de más crepitante embria-guez, ambuló a solas por cruentas encrucijadas del arra-bal, y he aquí que sálele al paso, de modo casual, un viejo camarada obrero que a la sazón torna honestamente de su labor, rumbo al descanso del hogar. Le toma por el brazo, le invita, le obliga a compartir de su aventura, a lo que el probo accede a su pesar.

 

Vadeando hasta diez codos de tierra, de madrugada vuelven a lo largo de negros callejones. El varón sin tacha le arresta al bebedor diptongos de alerta; le endereza por la cintura, le equilibra, le increpa sus heces vergonzantes:

 

–¡Anda! Esto te gusta. Tú ya no tienes remedio.

 

Y de súbito estalla flamígera sentencia que emerge de la sombra:

–¡Aguántate!...

 

Un asalto de anónimos cuchillos. Y errado el blanco del ataque, no va la hoja a rajar la carne del borracho, y al buen trabajador le toca por equívoco la puñalada mortal.

 

Este hombre es, pues, también un asesino. Pero los tribunales, naturalmente, no sospechan, ni sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.

 

En tanto, él sigue ahora de pechos sobre su mosquea-da tarima, tarareando su triste yaraví.



 

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ALFÉIZAR

 

 

 

 

 

Estoy cárdeno. Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado aun más, y que, sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la tez acerbamente.

 

Estoy viejo. Me paso la toalla por la frente, y un raya-do horizontal en resaltas de menudos pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable... Estoy muerto.

 

Mi compañero de celda hase levantado temprano y está preparando el té cargado que solemos tomar cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.

 

Nos sentamos después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas ellas y tan lim-pias, este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel de damasco, todo este aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez santiaguina, aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a la mesa del comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar a la fuerza una de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho



 

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César Vallejo

 

entero ¡había de ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el azúcar de granito en granito...

 

¡Ay!, el pequeño que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se ponía a acariciar-le, alisándole los repulgados golfos frontales:

 

–Pobrecito mi hijo. Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya muerto su madre.

 

Y acababa el primer yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazare-nas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MURO OCCIDENTAL

 

 

 

 

 

Aquella barba al nivel de la tercera

 

moldura de plomo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

II

 

CORO DE VIENTOS



 

 

 

MÁS ALLÁ DE LA VIDA Y LA MUERTE

 

 

 

 

Jarales estadizos de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mucho grano que en él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Es-pera. No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!

 

Por allí mi caballo avanzaba. A los once años de au-sencia, acercábame por fin aquel día a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más en-tero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas riendas asidas, por las orejas atentas del cuadrúpedo y volviendo por el golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi ma-dre que, muerta dos años antes, ya no habría de aguar-dar ahora el retorno del hijo descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas de la tarde limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo comenzaba a agitarme en nos-tálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí, siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.

 

Con ella había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff... También fue en julio, cerca de la fiesta de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repen-tino maguey de un meandro:

 

–Señora... ¡Cuidado!...

 

Y mi pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanza-da ¡ay! del arzón a las piedras del sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me decían qué la había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba ya por mi madre.

 

Pero ahora lloraba más, recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y me hacía más cari-ño y también me daba más bizcochos de bajo de sus al-mohadones y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya sólo la hallaría muer-ta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio.

 

Mi madre había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte recibíla en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían empren-dido viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en remotísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas ardientes y des-conocidas.



 

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Escalas

 

Mi animal resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo, cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya hori-zontal. Y todavía, hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se veía el panteón re-tallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; y yo ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.

 

A la aldea llegué con la noche. Doblé la última esqui-na, y, al entrar a la calle en que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puer-ta. Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio miedo. También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro. Particular revuelo de nervios secó mis lagri-males. Avancé. Saltó del poyo mi hermano mayor, Ángel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía que había venido de la hacienda, por causa de negocios.

 

Aquella noche, luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las habitaciones, corredores y cuadras de la casa; y Ángel, aun cuando hacía visibles esfuerzos para desviar este afán mío por recorrer el amado y vie-jo caserón, parecía también gustar de semejante suplicio de quien va por los dominios alucinantes del pasado más mero de la vida.

 

Por sus pocos días de tránsito en Santiago, Ángel ha-bitaba ahora solo en casa, donde, según él, todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también cómo fueron los días de salud que precedieron a la mor-tal dolencia, y cómo su agonía. ¡Cuántas veces entonces



 

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César Vallejo

 

el abrazo fraterno escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de lloro!

 

–¡Ah, esta despensa, donde le pedía pan a mamá, llo-riqueando de engaños!–. Y abrí una pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.

 

Como en todas las rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada puerta únese casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de franquear, hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda, rellenado y enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él nos sentamos, y allí también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La lumbre de ésta fue a golpear de lleno el rostro de Ángel, que extenuábase de momento en momento, conforme trascurría la noche y reverdecíamos más la herida, hasta parecerme a veces casi transparente. Al advertirle así en tal instante, le acaricié y colmé de ósculos sus barbadas y severas mejillas que volvieron a empaparse de lágrimas.

 

Una centella, de esas que vienen de lejos, ya sin true-no, en época de verano en la sierra, le vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a Ángel. Y ni él ni la linterna, ni el poyo, ni nada estaba allí. Tampoco oí ya nada. Sentíme como ausente de todos los sentidos y reducido tan sólo a pensamiento. Sentíme como en una tumba...

 

Después volví a ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Ángel el semblante como refres-cado, apacible y –quizás me equivocaba– diríase restable-cido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera concebir.



 

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Escalas

 

–Me parece verla todavía –continué sollozando– no sabiendo la pobrecita qué hacer para la dádiva y argu-yéndome: –Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras cuando estás riendo a escondidas. ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como que yo era el último también!

 

Al término de la velada de dolor, Ángel parecióme de nuevo muy quebrantado, y, como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido una desviación en la vista, motivada por el golpe-tazo de luz del meteoro, al encontrar antes en su fisono-mía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no podía haber ocurrido.

 

Aún no asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda, despidiéndome de Ángel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que habían motivado su arribo a Santiago.

 

Finada la primera jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada hallábame reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de pronto, mirándome asustada, preguntóme lastimera:

 

–¿Qué le ha pasado, señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada, Dios mío!...

 

Salté del asiento. Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de pequeñas manchas de sangre rese-ca. Tuve un fuerte calofrío, y quise correr de mí mismo. ¿Sangre? ¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Án-gel que lloraba... Pero... No. No. ¿De dónde era esa san-gre? Comprenderáse el terror y el alarma que anudaron en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella sacudida de mi corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni nunca. Y hoy mismo,



 

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César Vallejo

 

en el cuarto solitario donde escribo está la sangre añeja aquella y mi cara en ella untada y la vieja del tambo y la jornada y mi hermano que llora y a quien no beso y mi madre muerta y...

 

...Al trazar las líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y sudando frío. Tal es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata misteriosa...

 

¡Oh noche de pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre muerta alternó, entre force-jeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de sólo ser vistos, con la de Ángel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!

 

Seguí ruta. Y por fin, tras de una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de montaña, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas fugaces.

 

Desmonté junto al bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos perros ladraron en la calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de cuánto tiempo tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las quiebras más profundas de las selvas!

 

Una voz que llamaba y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta gárrulo de las aves domésticas alborotadas, pareció ser olfateada extrañamente por el fatigado y tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi horizontalmente las orejas hacia de-lante, y, encabritándose, probó a quitarme los frenos de la mano en son de escape. La enorme portada estaba cerra-da. Diríase que toquéla de manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió vibrando muros adentro; y llegó



 

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instante en que, al desplegarse, con medroso restallido, las gigantescas hojas del portón, ese timbre bucal vino a pararse en mis propios veintiséis años totales y me dejó de punta a la Eternidad. Las puertas hiciéronse a ambos lados.

 

¡Meditad brevemente sobre este suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que hace llorar de inarmónicas armo-nías incognocibles!

 

¡Mi madre apareció a recibirme!

 

–¡Hijo mío! –exclamó estupefacta– ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo que veo, Señor de los Cielos?

 

¡Mi madre! Mi madre en alma y cuerpo. ¡Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso que sentí ante su presencia en-tonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de súbito, dos desolados granizos de descrepitud que luego fueron a caer y pesar en mi corazón hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico trueque de destinos, acabase mi madre de nacer y yo viniese, en cambio desde tiempos tan viejos, que me daban una emoción paternal respecto de ella.

 

Sí. Mi madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible? No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía serlo. Y luego, ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?

 

–¡Hijo de mi alma! –rompió a llorar mi madre y co-rrió a estrecharme contra su seno, con ese frenesí y ese



 

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llanto de dicha con que siempre me amparó en todas mis llegadas y mis despedidas.

 

Yo habíame puesto como piedra. La vi echarme sus brazos adorados al cuello, besarme ávidamente y como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus ca-ricias que ya nunca volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego bruscamente el impasible rostro a dos manos, y miróme así, cara a cara, acabándome a pregun-tas. Yo, después de algunos segundos, me puse también a llorar, pero sin cambiar de expresión ni de actitud: mis lágrimas parecían agua pura que vertían dos pupilas de estatua.

 

Por fin enfoqué todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos pasos atrás. E hice entonces comparecer ¡oh Dios mío! a esa maternidad a la que no quería recibir mi corazón y la desconocía y la tenía mie-do; la hice comparecer ante no sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y la di un grito mudo y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del martillo que se acerca y aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer quejido, al ser arrancado del vientre de la madre, y con el que parece indicarla que ahí va vivo por el mundo y darla al mismo tiempo, una guía y una señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y gemí fuera de mí mismo:

 

–¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…

 

Ella incorporóse espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo. Volvió a estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás lloró ni llorará ser vivo alguno.



 

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–Sí –la repetía– Mi madre murió ya. Mi hermano Án-gel también lo sabe.

 

Y aquí las manchas de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente como signos de otro mun-do.

 

–¡Pero, hijo de mi corazón! –susurraba casi sin fuer-zas ella– ¿Tú eres mi hijo muerto y al que yo misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú, tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a mis brazos! Pero ¿qué?... ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame bien! ¡Pálpame, hijo mío! ¿Acaso no lo crees?

 

Contempléla otra vez. Palpé su adorable cabecita en-canecida. Y nada. Yo no creía nada.

 

–Sí, te veo –la respondí– te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible.

 

¡Y me reí con todas mis fuerzas!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          “Más allá de la vida y la muerte”, de la segunda sección Coros de vientos, fue premiado en un concurso organizado por la institu-ción limeña Entre Nous en 1922. Apareció en la revista Variedades, Lima, 17 de junio de ese mismo año.



 

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LIBERACIÓN

 

 

 

 

Ayer estuve en los talleres tipográficos del Panóptico, a corregir unas pruebas de imprenta.

 

El jefe de ellos es un penitenciado, un bueno, como lo son todos los delincuentes del mundo. Joven, inteligen-te, muy cortés, Solís, que así se llama el preso, pronto ha hecho grandes inteligencias conmigo, y hame referido su caso, hame expuesto sus quejas, su dolor.

 

–De los quinientos presos que hay aquí –afirma–, apenas alcanzarán a una tercera parte quienes merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizás tan o más morales que los propios jueces que los condenaron.

 

Arcenan sus ojos el ribete de no sé qué platillo invisi-ble, y de amargura. ¡La eterna injusticia!

 

Viene hacia mí uno de los obreros. Alto, fornido, acércase como alborozado y me dice:

 

–Señor, buenas tardes. Cómo está usted– Y me tiende la mano con viva efusión.

 

No le reconozco. Le pregunto por su nombre.

 

–¿No recuerda usted? Soy Lozano. Usted estuvo en la cárcel de Trujillo cuando yo también estuve en ella. Supe que le absolvió el Tribunal y tuve mucho gusto.



 

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En efecto. Ya le recuerdo. Pobre hombre. Fue conde-nado a nueve años de penitenciaría, por ser uno de los coautores de un homicidio.

 

Cuando se aleja de nosotros el atento, Solís me in-quiere sorprendido:

 

–¡Cómo! ¿También usted las había sufrido? –También –le respondo–; también, amigo mío.

 

Y le refiero, a mi vez, las circunstancias de mi prisión en Trujillo, procesado por incendio, asalto, homicidio frustrado, robo y asonada...

 

El sonríe y de nuevo me pregunta:

 

–Si usted ha estado en Trujillo, debe de haber conoci-do a Jesús Palomino, oriundo de aquel departamento, que purgó aquí doce años de prisión.

 

Hago memoria.

 

–Ahí tiene usted –añade– Aquel hombre era una víc-tima inocente de la mala organización de la justicia.

 

Calla breves instantes, y, después de mirarme a la cara con mirada escrutadora, prorrumpe resueltamente:

 

–Voy a contarle a la ligera lo que a Palomino le suce-dió aquí.

 

La tarde está gris y llueve. Las maquinarias y linotipos cuelgan penosos traquidos metálicos en el aire oscuro y arrecido.

 

Vuelvo los ojos y distingo a lo lejos la cara regordeta de un preso que sonríe bonachonamente entre los aceros negros en movimiento. Es mi peón. El que está compa-ginando mi obra. Sonríe este desgraciado a toda hora.



 

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Diríase que ha perdido el sentimiento verdadero de su infortunio, o que se ha vuelto idiota.

 

Solís tose, y, con acento trabajoso, empieza su relato:

 

–Palomino era un hombre bueno. Sucedió que se vio estafado en forma cínica e insultante por un avezado a ta-les latrocinios, a quien, por ser de la alta sociedad, nunca le castigaron los tribunales. Viéndose conducido, de este modo, a la miseria, y a raíz de un violento altercado entre ambos, sobrevino lo inesperado: un disparo, el muerto, el panóptico. Luego de recluido aquí, el pobre tuvo que sobrellevar tenebrosa pesadilla. Eso era horroroso. Hasta los mismos que le veíamos, hubimos de sufrir su contagio infernal. ¡Qué atrocidad! Más valiera la muerte. Sí, señor. ¡Más valiera la muerte!...

 

El tranquilo narrador quiere llorar. Se nota que revive nítidamente el pasado, pues se le humedecen los ojos, y tiene que callar un instante para no demostrar en la voz que está sollozando en el alma.

 

–Cuando me acuerdo –agrega– no sé cómo pudo Pa-lomino resistir tánto. Porque aquello era un tormento in-descriptible. No sé por qué conducto fue noticiado de que se le tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser alojado en ella. La fa-milia del hombre que él mató, le perseguía de esta manera hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a quince años de penitenciaría y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa: llevaba su sed de venganza aun más abajo. Y ahora se embreñaba en récova por tras de los quicios de los sótanos y entre espora y espora de los líquenes que crecen entre los dedos carceleros, tanteando el resorte más secreto de la prisión; ahora se movía aquí,



 

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con más libertad que antes a la luz del sol para la injusta sentencia, e hincaba las pestañas de infame emboscada en la atmósfera que había de venir a respirar el condenado. Noticiado éste de ello, sufrió, como usted comprenderá, terrible sorpresa; lo supo, y nada pudo desde entonces ya desvanecérselo. Un hombre de bien, como él, temía una muerte así, no por él, claro, sino por ella y por ellos, la inocente prole atravesada de estigma y orfandad. De allí la zozobra de minuto en minuto y el sobresalto a cada trance de su vida cuotidiana. Diez años había pasado así, cuando le vi por primera vez. Despertaba en el ánimo ese atormentado, no ya lástima y compasión, sino un religio-so y casi beatífico trasporte inexplicable. No daba piedad. Llenaba el corazón de algo quizás más suave y tranquilo y dulce casi. Mirándole, yo no sentía impulsos de des-chapar sus hierros, ni de encorecer sus llagas que crecían verdinegras en el fondo de todos sus fondos. Yo no ha-bría hecho nada de esto. Mirando tamaño suplicio, tan sobrehumana actitud de pavor, siempre quise dejarle así, marchar paso a paso, a sobresaltos, a pausas, filo a filo, hacia la encrucijada fatal, hacia la jurada muerte, tanto tiempo ha revelada. No movía Palomino por entonces a socorro. Sólo llenaba el corazón de algo quizás más vago e ideal, más sereno y casi dulce; y era grato, de un agrado misericordioso, dejarle subir su cuesta, dejarle cruzar los pasillos y galerías en penumbra, y entrar y salir por las celdas frías, en su horrendo juego de inestables trapecios, de vuelos de agonía, al acaso, sin punto fijo donde ir a parar. Con su barba roja a vellones y sus verdes ojos de alga polar, el uniforme estropeado, asustadizo, azorado, parecía atisbarlo todo siempre. Un obstinado gesto de desconfianza resbalaba por sus labios de justo pavorido,



 

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por sus cabellos bermejos, por sus sainados pantalones y aun por sus dedos desvalidos, que buscaban en toda la extensión de su capilla de condenado, sin poderlo hallar nunca, un lugar seguro en que apoyarse. ¡Cuántas veces le vi quizás al borde de la muerte! Un día fue aquí, en la imprenta, durante el trabajo. Callado, meditabundo, taci-turno, Palomino hallábase limpiando unas fajas de jebe negro, en un ángulo del taller, y, de cuando en cuando, echaba una mirada recelosa en torno suyo, haciendo girar furtivamente los globos de sus ojos, con el aire visionario de los de una ave nocturna que entreviese fatídicos fan-tasmas. De repente tuvo un brusco movimiento. Uno de los compañeros de labor, en quien yo había sorprendido repetidas ocasiones marcados gestos y extrañas palabras de sutil aversión, talvez inmotivada, hacia Palomino, mi-rábale de hito en hito, desde el lado opuesto de la estan-cia. Tal conducta, cuya intención no podía, desde luego, serle grata a mi amigo, por los antecedentes que dejo ya anotados, le hizo experimentar un brusco movimiento de desasosiego, y agudo escozor destempló todos sus nervios. El gratuito odiador, a su vez, advirtióse sorpren-dido, y, perdida la serenidad, con torpeza y turbación asaz significativas, vertió de un pequeño frasco de vidrio, al-gunas gotas; el color y la densidad de éstas fueron envuel-tas y veladas casi completamente por una alígera voluta de humo que en tal instante venía del lado de los motores. No sé decir dónde fueron a caer esas largas misteriosas lágrimas; pero quien las había vertido siguió agitándose entre los objetos de su trabajo, cada vez con más visible turbación, hasta el punto de no tener posiblemente con-ciencia de lo que hacía. Palomino le observaba estáti-co, sobrecogido de presentimiento, con las pupilas fijas,



 

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pendientes de aquella maniobra que inspirábale intensa espectación y angustiosa zozobra. Luego las manos del trabajador fueron a ensamblar un lingote de plomo entre otras barras dispuestas en la mesa de labor. Entonces Pa-lomino cesa de aguaitarle, y, atónito, abstraído, bajos los ojos, superpone círculos con la fantasía herida de sospe-cha, desembroca afinidades, vuelve a sorprender nudos, a enjaezar intenciones fatales y rematar siniestras escale-ras... Otro día ingresó de la calle una desconocida visita, la cual acercóse al linotipista y le habló largo rato; no se percibían sus palabras entre el ruido de los talleres. Palo-mino saltó, plantóle la vista, analizándole de pies a cabe-za, a hurtadillas, pálido de temor... “¡Palomino! ¡Vea!”...

 

–le consolaba yo–. “Olvide usted eso; creo que no puede ser”. Y él, por toda respuesta, apoyaba las sienes entre am-bas manos, tintas de encierro y desamparo, vencido, sin fuerzas. A los pocos meses de habérseme traído aquí, él era mi mejor amigo, el más leal, el más bueno.

 

Solís se emociona visiblemente y yo también.

 

–¿Tiene usted frío? –me interroga con súbita ternura.

 

Hace rato, sin duda, la estancia está llena de una ne-blina densa que azulea en extraños cendales en torno a las ampolletas de luz roja. Por los altos ventanales vese que sigue lloviendo. Hace mucho frío en verdad.

 

Suenan como entre apretados algodones impreg-nados de limalla de hielo, notas dispersas de un solfeo distante. Es la banda de músicos de la Penitenciaría que ensayan el himno del Perú. Suenan esas notas, y desusada sugestión ejercen ahora en mi espíritu, hasta el punto de casi sentir la letra misma de la canción, engarzada sílaba



 

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por sílaba, o como clavada con gigantescos clavos en cada uno de los sonidos errantes.

 

Las notas se cruzan, se iteran, patalean, chirrían, vuelven a iterarse, destrozan tímidos biseles.

 

–¡Ah, qué suplicio el de aquel hombre! –exclama el preso con creciente lástima. Y continúa narrando entre silencios continuos, durante los cuales sin duda trata de atrapar los tremendos recuerdos:

 

–Era una obsesión indestructible la suya, cimentada sabe Dios por quién, para no caer nunca. Muchos decían: “Está loco Palomino”. ¡Loco! ¿Puede acaso estar loco quien, en circunstancias normales, cuida de su existencia en peligro? ¿Y puede estarlo quien, sufriendo los zarpa-zos del odio, aun con la complicidad misma de la justicia, precave aquel peligro y trata de pararlo con todas sus fuerzas exacerbadas de hombre que lo cree posible todo, por propia experiencia de dolor? ¡Loco! No. ¡Demasiado cuerdo quizá! ¿Quién, con qué formidable persuasión, sobre cuáles incuestionables visos de posibilidad, habíale infundido tal idea? A pesar de haberme expuesto Palomi-no muchas veces los torvos alambres ocultos que, según él, podrían vibrar desde fuera hasta el hilo de su existen-cia, difícil me era ver claramente aquel peligro. “Como usted no conoce a esos malvados”,... refunfuñaba imper-térrito Palomino. Yo, luego de argumentarle cuanto podía, me callaba. “Me escriben de mi casa –díjome otro día– y vuelven a dármelo a entender; puede venir pronto mi indulto, y pagarían cualquier precio por evitar mi salida. Sí. Hoy más que nunca, el peligro está a mi lado, amigo mío...”. Y sus últimas palabras ahogáronle en desgarrado-res sollozos. La verdad es que, ante la constante desespe-



 

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ración de Palomino, llegué a sufrir, a veces, sobre todo en los últimos tiempos, repentinas y profundas crisis de duda, admitiendo la posibilidad de cualquiera alevosía, aun de la más negra para su vida, y llegué hasta a asegu-rárselo, a mi vez, a los demás amigos de la prisión, alegán-doles, probándoles por medio de no sé qué insospechados aportes de peso decisivo, la sensatez con que razonaba Palomino. Más todavía. Hubo ocasiones en que ya no era duda lo que yo sentía, sino seguridad incontrovertible del peligro, y yo mismo salíale al encuentro con nuevas sos-pechas y vehementes advertencias de mi parte, sobre el horror de lo que podía sobrevenir, y esto lo hacía precisa-mente cuando él se hallaba tranquilo, en algún olvido visionario. Diríase, que entonces era en mí en quien se había metido el terror más adentro que en él mismo. Yo le quería mucho, es cierto; yo me interesaba intensamente por su situación, siempre de pie a la cabecera de su espan-to; y de tácito modo le ayudaba a escudriñar los cárabos de su pesadilla; en fin, yo llegué por último, a registrar de hecho los bolsillos y los menores actos de numerosos compañeros y empleados del establecimiento, tanteando el escondido pelo de su tragedia inminente... todo esto es verdad. Pero también usted, por cuanto le refiero, que, a fuerza de interesarme tanto por Palomino, iba convirtién-dome en su propio torturador, en un verdadero verdugo suyo. –“¡Tenga usted cuidado!” –le decía yo con agorera angustia. Palomino daba un salto, y trémulo volvíase a todos lados y quería huir sin saber por dónde. Y ambos dos experimentábamos entonces, acerba, terrible deses-peración, vallados por los muros de piedra, invulnerables, implacables, absolutos, eternos. Palomino, desde luego, no comía casi. Cómo iba a comer. No bebía. No hubiera



 

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respirado. En cada migaja veía latente el veneno mortal. En cada gota de agua. En cada adarme de la atmósfera. Su tenaz escrupulosidad sutilizada hasta la hiperestesia, le hacía padecer los más triviales movimientos ajenos, rela-cionados con los alimentos. Alguien, cierta mañana, comía a su lado, pan del bolsillo. Palomino viole llevarse a los labios el mendrugo, y, tras una enérgica mueca de repulsa, escupió varias veces y fue a enjugarse. “¡Tenga usted siempre cuidado!” –le repetía yo cada día con más frecuencia. Dos, cuatro veces diarias este alerta resonaba entre ambos. Yo me desahogaba, sabiendo que de este modo, Palomino se cuidaría más y alejaríase mejor del peligro. Me parecía, en fin, que cuando yo no le había recordado mucho rato la fatídica inquietud, él podría aca-so olvidarla y entonces ¡ay de él!... ¿Dónde estaba Palomi-no?... Pues, llevado por mi vigilante fraternidad, de un salto llegábame a él, y le susurraba al oído atropellada-mente: “¡Tenga usted cuidado!”... Así me tranquilizaba yo, pues podía estar cierto de que en algunas horas no le sucedería nada a mi amigo. Un día se lo repetí más a menudo que nunca. Palomino oíame, y, luego de la con-moción consiguiente, de seguro me lo agradecía en su pensamiento y en su corazón. Mas, tengo que volver a recordárselo a usted: por este camino traspasaba las lin-des del amor y del bien por Palomino y me convertía en su principal tormento, en su propio verdugo. Yo me daba cuenta de este doble valor de mi conducta. Pero –me decía yo allá en mi conciencia– sea lo que fuere: irrevoca-ble imperativo de mi alma, me ha investido de guardián suyo, de curador de su seguridad, y no volveré atrás por nada. Mi voz de alerta palpitaría siempre al lado suyo, en su noche de zozobra, como un despertador para el escudo



 

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y la defensa. Sí. Yo no volvería atrás, por nada. Una media noche desperté sobresaltado, a consecuencia de haber sentido en mitad del sueño, un vivo espasmo misterioso. Tal una válvula abierta de golpe, que me arrojara en todo el pecho un golpe de agua fresca. Desperté, poseído de gran alegría, de una alada alegría, cual si de pronto me hubiera abandonado un formidable peso agobiador, o hubiera saltado de mi cuello una horca, hecha pedazos. Era una alegría ciega, de no sé por qué; y a tientas despe-rezábase y aleteaba en mi corazón, diáfana, pura. Desper-té bien. Hice conciencia. Cesó mi alegría: había soñado que Palomino era envenenado. A la mañana siguiente, el sueño aquel me tenía sobrecogido, con crecientes palpita-ciones de encrucijada: la muerte–la vida. Sentíame en realidad totalmente embargado por él. Ásperos vientos de enervante fiebre corroíanme el pulso, las sienes, el pecho. Debía yo demostrar aire de enfermo, sin duda, pues harto me pesaban las sienes, la cabeza y velaban mi ánima gra-ves pesares. Por la tarde, a Palomino y a mí tocónos traba-jar juntos en la Imprenta. Como ahora, los aceros negros rebullían, chocaban cual reprochándose, rozábanse y se salvaban a las ganadas, giraban quizás locamente, con más velocidad que nunca. Durante toda la mañana y has-ta la tarde, el sueño aquel acompañóme terco, irreducti-ble. Mas, ignoro por qué, yo no lo rehuía. Lo sentía a mi lado, riendo y llorando alternativamente, enseñándome, sin son ni ton, una de sus manos, la siniestra, negra; blan-ca, bien blanquísima la otra, y ambas entrelazándose siempre con extraño isocronismo, en impecable, aterra-dora encrucijada: ¡la muerte–la vida! ¡la vida–la muerte! Durante todo el día también –y también ignoro por qué– ni una sola vez acudió a mis labios el velador alerta de



 

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antes. Absolutamente. Mi sueño anterior parecía sellar mi boca para no verter tal palabra, con su propia diestra albi-cante y luminosa, de una luminosidad azul, esfumada, sin bordes. De repente, Palomino murmuró a mis oídos, con contenida explosión de lástima e impotencia: –“Tengo sed”. Inmediatamente, empujado por mi solícita herman-dad de siempre para con él, apresté una escudilla de greda rojiza, y en ella fui a traerle a que bebiese. Él agradecióme enternecido, asiéndose del asa de la vasija, como si lo hiciera, a toda firmeza y a entera fe, de mi brazo de amor, y sació su sed hasta que ya no pudo... Y al crepúsculo, cuando esta vida de punzantes cuidados hacíase más insoportable; cuando Palomino habíase agujereado ya toda la cabeza, a punta de zozobras; cuando febril ama-rillez de un amarillo de hueso viejo, alifábale el rostro desorbitado de inquietud; cuando hasta el médico mis-mo declarado había que aquel mártir no tenía nada más que debilidad, motivada por malestar del estómago; cuando estaba ya añicos ese uniforme sainado de excesi-va, cediza agonía; cuando hasta Palomino había esbozado ¡oh armonía secreta de los cielos! a la vera de las arrugas de su propia frente, fugitiva sonrisa alta, que no alcanzó a saltar a las bajas mejillas, ni a la humana tristeza de sus hombros; y cuando, como hoy, llovía y había neblina por los libres espacios inalcanzables, y arreciaba por aquí aba-jo un premioso y hosco augurio sin causa... al crepúsculo, acercóse él y me dijo, a sangrantes astillas de voz: –“¡Solís!... Solís... ¡Ya... ya me mataron!... Solís...”. Al verle ambas manos sosteniéndose el vientre y retorciéndose de dolor, sentí, antes que en el fondo de mi corazón, caerme el golpe, en sensación de fuego devorador y crepitante, dentro de mis propias vísceras integrales. Sus quejas, ape-



 

 

 

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nas articuladas, como no queriendo fuesen percibidas más que por mí solo, soplaban hacia mi interior, como avivadas lenguas de una llama mucho tiempo atrás conte-nida entre los dos, en forma de invisibles comprimidos. ¡De tan seguro modo, con tan viva certidumbre habíamos ambos por igual, esperado aquel desenlace! Mas, luego de sentir como si el áspid hubiérase colado por las venas de mi propio cuerpo, invadióme instantánea, súbita, miste-riosa satisfacción. ¡Misteriosa satisfacción! ¡Sí, señor!...

 

En esto, Solís hizo una mueca de enigmática ofusca-ción, mezclada de tan sorda ebriedad en la mirada, que me hizo bambalear en el asiento, como con una pedrada furibunda.

 

Después, enronquecido, a pulso, a grandes toneladas, agregó misteriosamente:

 

–Y Palomino no amaneció al siguiente día. ¿Había, pues, sido envenenado? ¿Y acaso con el agua que yo le di a beber? ¿O había sido aquello sólo un acceso nervioso suyo y nada más? No lo sé. Sólo dicen que al otro día, mientras yo vime obligado a guardar cama en las prime-ras horas, a causa de los fuertes golpes nerviosos de la víspera; dicen que entonces vino un hijo suyo a noticiar a su padre habérsele concedido el indulto, y ya no le encon-tró. Le había respondido la Dirección del establecimiento: “En efecto. Concedido el indulto para su padre, ha sido puesto en libertad esta mañana”.

 

El narrador tuvo en esto un mal contenido gesto de tormenta que me impulsó a decirle, solícito y consterna-do:

 

–No... No... ¡No vaya usted a llorar!...



 

 

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Y, haciendo súbito paréntesis, volvió Solís a pregun-tarme con honda ternura, como antes:

 

–¿Tiene usted frío?

 

Yo le interrumpo anhelante:

 

–¿Y después?

 

–Y después... nada.

 

Y luego, Solís calló hasta la muerte. Y luego, como co-sa aparte, lleno de amor y amargura a un tiempo, añadió:

 

–Pero Palomino, que ha sido siempre un hombre bueno y mi mejor amigo, el más leal, el más bondadoso; a quien yo quería tanto, por cuya situación me interesa-ba intensamente, a quien le ayudé a escudriñar su futuro amenazado, y por quien llegué hasta registrar de hecho los bolsillos y los actos de los demás; Palomino no ha vuelto más por aquí, ni se acuerda de mí. Es un ingrato. ¡Qué le parece!

 

Se oye de nuevo a la banda de músicos de la Peni-tenciaría tocar el himno del Perú. Ahora ya no solfean. El coro de la canción es tocado por toda la banda y en su integral sinfonía. Suenan las notas de ese himno, y el preso que permanece en silencio, sumido en sus hondas cavilaciones, agita de pronto los párpados en vivo aleteo, y exclama con gesto alucinado:

 

–¡Es el himno el que tocan! ¿Lo oye usted? Es el him-no. ¡Qué claro! Parece hacerse lenguas:

 

Soo–mos–liii–bres...

 

Y al tararear estas notas, sonríe y ríe por fin con ab-surda alegría.



 

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Luego vuelve a la reja inmediata los encandilados ojos, en que está brillando un brillo de lágrimas árdidas. Salta del asiento, y, tendiendo los brazos, exclama con jú-bilo que me estremece hasta los huesos:

 

–¡Hola, Palomino!...

 

La noche ha cuajado.

 

Alguien avanza hacia nosotros, a través de la cerrada verja silente e inmóvil.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL UNIGÉNITO

 

 

 

 

Sí. Conocí al hombre a quien luego aconteció mu-cho acontecimiento. Tánto tuvo, pues, haberme ido en lo sucedido a aquel sujeto, en verdad, siempre digno de curiosidad y holgadas meditaciones, a causa del aire de espantadiza irregularidad de su modo de ser. La ciudad le tenía por loco, idiota o poco menos. A ser franco, diré que yo nunca le tuve en igual concepto. Yerro. Sí le tuve como anormal, pero sólo en virtud de poseer un talento grandeocéano y una auténtica sensibilidad de poeta.

 

Cierta vez hasta almorzamos juntos en el hotel. Otra vez comimos. Y tomamos desayuno otro día. Y así du-rante cuatro o cinco meses seguidos, que vivió solo, por ausencia de los suyos del lugar. Lato humor el de nuestra mesa. Hasta las finas lozas pálidas y los cristales, sonreían con brillo inteligente en su límpida dentadura de turno. Un charlador endemoniado el señor Marcos Lórenz. Yo estaba lindo. A poco le llegué a tener cariño y a extrañarle harto, cuando faltaba al restorán.

 

El señor Lórenz era soltero y no tenía hijo alguno. A la sazón contaba diez años como enamorado de una aris-tocrática dama de la ciudad. Diez años. No sonriáis. Sí. El señor Lórenz amaba a su amada hacía una década. El mismo habíamelo declarado, así como también que ella,



 

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a pesar de no haber estado juntos jamás, lo sabía todo, y quizá, a su vez, le amaba un tanto, pues el señor Ló-renz la escribía su cariño a menudo. Viejo amor flaman-te siempre aquél, vibrando día tras día, desde el mismo traste, desde el mismo sostenido en si bemol, hasta ha-berse ecado en todos los oídos del distrito, donde nadie ignoraba semejante historia neoplatónica, a la que, desde la primera a la última página, exornaba un texto igual, con sólo ligeras variaciones tipográficas y, posiblemente, hasta gramaticales. ¡Viejo amor flamante siempre aquél!

 

–¡Acaso me ama un poco! –repetíase en la mesa el señor Lórenz, ovalando un mordisco episcopal sobre el sabroso choclo de mayo, que deshacíase y lactaba, de pu-ro tierno, entre los cuatro dígitos del tenedor argénteo. Porque, en verdad, mi excelente contertulio no parecía estar muy seguro de lo que sentiría por él la dama de su corazón. Tanto, que, muchas veces, su tranquilidad ante esta incertidumbre, y la longevidad de semejantes relacio-nes estadizas, tornábanme descreído, y hacíanme pensar que todo no podía pasar acaso de un reverendísimo boato de vanidad inofensiva, de parte del señor Lórenz, ya que él era apenas un ciudadano más o menos herbolario, y ella un divino anélido de miel, hecho para volverle agua la boca al más ahíto de los salomones de la tierra. Mas vino prueba en contrario, una mañana en que ingresó el señor Lórenz al restorán. ¿Qué le pasaba al señor Lórenz? ¿Qué cara traía, tan a crespas facciones trabajada?

 

–¿Algún borrón en la tela, amigo mío?

 

–Nada –respondióme en un mugido–. Sólo que acaba de pasar ella, acompañada de un bribón, de quien ya me han noticiado como novio suyo...



 

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–¿Cómo? –aducíle sarcásticamente– ¿Y usted? ¿Y sus diez años de amor?...

 

El señor Lórenz salióme entonces al encuentro, pi-diendo un antipasto de jamón del país y sardinas. Servido éste, añadió regocijado:

 

–Parece estar mejor que el de ayer.

 

Y, como si se vendase una ligera picazón de insecto, voceó:

 

–¡Mozo! ¡Whisky!

 

No obstante lo cual, notificado quedaba yo, con ro-ja cédula de celos, que, verdaderamente, lo que el señor Lórenz sentía por aquella dama, era una pasión a todo cuadrante. No cabía duda. ¡Viejo amor flamante siempre el suyo!

 

Una tarde leí, poco después, en uno de los diarios lo-cales:

 

Enlace concertado.– Ha quedado concertado el en-lace del señor Walter Wolcot, con la señorita Nérida del Mar.

 

¡Pesia! ¡Pobre señor Lórenz! Qué amargas calabazas le florecían. Calabazas decenarias. Aquel divino anélido de miel iba a subjuntivar su áureo nombre aqueo, al rá-pido de trust del bribón de quien ya habían noticiado al señor Lórenz, como prometido de Nérida.

 

Terrible pesar sobrevino a mi amigo, como podrá suponerse, ante el anuncio de aquel matrimonio. Aca-báronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los espumosos benedictines de antes, quizás sólo lloraban



 

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ahora, estancados en las pupilas de este nuevo José Ma-tías, que, desde entonces, parecía estar siempre pronto a verter lágrimas de desesperación. Acabóse el buen humor que arcenara, en jocunda guardilla tornasol, la fraternal efusión de los almuerzos soleados y las florecidas cenas retardadas; pues, aun cuando el apetito por las buenas viandas arreciaba con fuerza mayor en el señor Lórenz, a raíz de su sétima caída romántica, quijarudo Pierrot pun-teaba ahora en su alma herida, ahora que los días y las no-ches le aperreaban con ocasos moscardados de recuerdos, y lunas amarillas de saudad.

 

No volvió el señor Lórenz a decir palabra alguna so-bre Nérida. Caviloso, callado, sólo de vez en tarde, enven-tanaba la taciturnidad del yantar, para estornudar algún versículo del Eclesiastés, entre cuyas cenizas aventaba, con aire confinado de orfandad, su desventura. Ante éste, que podría llamarse, trágico palimpsesto de amor, tenté, en más de una ocasión, escarbar el secreto de sus pensa-res, a fin de ver si en algo podría yo aliviarle. Pero nada. Siempre que resolvíame a interrogarle, sentía al hombre trancarse a piedra y lacre, pecho adentro, para toda pre-gunta o confidencia.

 

Luego, dos mil ciento sesenta y dos horas.

 

Y un domingo, al medio día, la orquesta lanza una torreada marcha nupcial, entre las pilastras de rancias molduras provinciales, y bajo los domos iluminados del templo, cuyo altar mayor resplandece enguirnaldado de albos azahares goteantes de campo y de rocío.

 

Veíase, por la pompa del cortejo, que eran Nérida y el señor Walter Wolcot, quienes, en tales instantes, reci-bían la bendición del Todopoderoso, en matrimonio; y



 

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que, a un tiempo mismo, el destino del muy amado señor Lórenz, calados el lúgubre clac de unto y los guantes ne-gros, asistía al sepelio de diez sarcófagos ingrávidos, en cuyos labrados campos de azabache, habrían, decorados a la usanza etrusca, verdes ramas de miosotis florecido portadas por piérides mútilas y suplicantes; boscajes de rumorosas uvas vivas, bajo el cielo de puras anilinas ana-creónticas; vientos encontrados desnudando árboles de otoño; y montañas de hielos eternos. Dentro de los diez sarcófagos, irían diez relojes difuntos...

 

Y todo era así, en verdad. Los novios eran Nérida y el caballero de la cuádruple V: él, calvete prematuro, san-guinoso tipo congestionado de clubman empedernido que duerme hasta las tres de la tarde; grandes ojos en-gallados verde botella, crónico gesto placentero, como si siempre estuviese celebrando algo; flamante traje de una cuasi mortuoria corrección británica. Ella... visiblemente pálida.

 

¿Y el otro?... ¡Oh espectáculo de impiedad y de he-roísmo! El señor Marcos Lórenz también estaba allí. Le hallé alarmantemente demudado. Él, a su vez, me vio, pero no pareció verme. Le saludé con una venia, y no me hizo caso. Muy cerca de la pareja, erguíase aquel hombre, rígido, petrificado en dantesca laceria.

 

Monseñor, revestido de finísima pelliza de gran tono, mayaba, con voz enronquecida el sagrado latín del sacra-mento. En los incensarios de plata antigua y cadenillas de oro, ardían los granos de resinas místicas. La orquesta por segunda vez doblaba la llave de sol de la partitura; y, sudoroso, el acólito, murmuraba como en sueños, de ca-pítulo en capítulo sus sílabas rituales.



 

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De súbito, la triste desposanda hizo una extraña cosa. En el preciso momento en que el tonsurado la hacía la pregunta de promesa, alzó ella sus ardientes ojos de ám-bar oscuro, inundados en febril humedad, y derecho fue a clavarlos en el otro, en el señor Lórenz. Tal, distraída por entero, no contesta. Algunos del cortejo, notan el ines-perado silencio, y, siguiendo la dirección de la mirada de Nérida, la encontraron posada en el pobre José Matías. Y luego, todo como en la duración del relámpago, el señor Lórenz recibió aquella mirada, quebró bruscamente su ri-gidez tormentosa, de un solo tranco lanzóse hacia Nérida, arrollando a cuantos tropezó a su paso, y, con increíble destreza de ave rapaz, cogióla el rostro estupefacto, y la dio un beso furioso en toda su boca virgen, que entre-abrióse como un surco... Luego, el señor Lórenz cayó pe-sadamente a tierra.

 

Un revuelo de voces y una repentina parálisis en to-dos. Y quienes, en son de airada indignación, acercáronse al yacente besador, al inicuo intruso, oreja en pecho oye-ron a la Muerte fatigada y sudorosa, sentarse a descansar en el corazón ya helado de aquel hombre. ¡Pobre señor Lórenz! Sólo de esta manera, y en sólo este beso fugaz, frotado y encendido por el total de su vida, en la muerte, logró unir su carne a la carne de su amada, que ¡ay! acaso no le había amado nunca en este mundo.

 

El desposorio quedó frustrado. Ciega polvareda in-terpúsose, a gran espesor, entre los que hubieran sido esposos. Nérida también había sufrido en tal instante, seria conmoción nerviosa, y, llevada al lecho de dolor, agravándose fue de segundo en segundo, para morir una hora después de la instantánea muerte del pobre José Matías...



 

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Y hoy, corridos ya algunos años, desde que abando-naran el mundo aquellas dos almas, en esta dorada ma-ñana de enero, un niño fino y bello acaba de detenerse en la esquina de Belén, un niño extrañamente hermoso y melancólico.

 

Pasa un ómnibus del cual bajan varios pasajeros. A uno de ellos, señorón de amplio aire mundano, se le cae el bastón. El niño, tan bello y, sobre todo, tan melancó-lico, gana a recoger la caída caña, enjoyada de oro rojo casi sangre, y se la entrega al dueño que no es otro sino el propio señor Walter Wolcot. Éste advierte el rostro del pequeño, y sin saber por qué, sufre fuerte sobresalto. Va-cila. Tartamudo agradece, por fin, la gentileza anónima, y, con desesperada vehemencia que lagrimea de misteriosa inquietud, pregunta al niño:

 

–¿Cómo te llamas?

 

El infante no responde.

 

–¿Dónde vives?

 

El infante no responde.

 

–¿Cuántos años tienes?

 

El infante no responde nada.

 

–¿Tus padres?...

 

El niño se pone a llorar...

 

Una mosca negra y fatigada viene y trata de posarse en la frente del señor Walter Wolcot, a punto en que és-te se aleja del niño. Muy distante ya, se la espanta varias veces.



 

 

 

 

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LOS CAYNAS

 

 

 

 

Luis Urquizo lanzó una carcajada, y, tragándose to-davía las últimas pólvoras de risa, bebió ávidamente su cerveza. Luego, al poner el cristal vacío sobre el zinc del mostrador, lo quebró, vociferando:

 

–¡Eso no es nada! Yo he cabalgado varias veces sobre el lomo de mi caballo que caminaba con sus cuatro cascos negros invertidos hacia arriba. ¡Oh, mi soberbio alazán! Es el paquidermo más extraordinario de la tierra. Y más que cabalgarlo así, sorprende, maravilla, hace temblar de pavor el espectáculo en seco, simple y puro de líneas y movimientos, que ofrece aquel potro, cuando está para-do, en imposible gravitación hacia la superficie inferior de un plano suspendido en el espacio. Yo no puedo con-templarlo así, sin sentirme alterado y sin dejar de huir de su presencia, despavorido y como acuchillada la garganta. ¡Es brutal! Parece entonces una gigantesca mosca asida a una de esas vigas desnudas que sostienen los techos hu-mildes de los pueblos. ¡Eso es maravilloso! ¡Eso es subli-me! ¡Irracional!

 

Luis Urquizo habla y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos. Trepida; gui-llotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete, depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones



 

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las más anchas sugerencias de su voz, gesticula, iza el bra-zo, ríe; es patético, es ridículo: sugestiona y contagia en locura.

 

Después dijo:

 

–Me marcho–. Y corriendo, saltó el dintel de la taber-na y desapareció rápidamente.

 

–¡Pobre! –exclamaron todos–. Está completamente loco.

 

Urquizo, en verdad, estaba desequilibrado. No cabía duda. Así lo confirmaba el curso posterior de su conduc-ta. Aquel hombre continuó viendo las cosas al revés, tras-trocándolo todo, desviándolo todo, a través de los cinco cristales ahumados de sus sentidos enfermos. Las buenas gentes de Cayna, pueblo de su residencia, hicieron de él, como es natural, blanco de cruel curiosidad y cotidiana distracción de grandes y pequeños.

 

Años más tarde, Urquizo, por falta de cura oportuna, agravóse en forma mortal en su demencia, y llegó al más truculento y edificante diorama del hombre que tiene el triángulo de dos ángulos, que se muerde el codo, que ríe ante el dolor, y llora ante el placer: Urquizo llegó a errar allende las comisuras eternas, a donde corren a agrupar-se, en son de armonía y plenitud, los siete tintes céntricos del alma y del color.

 

Por entonces, yo le encontré una tarde. Desde que le avisté, pocos pasos antes de cruzamos, despertóse en mí desusada piedad hacia aquel desgraciado, que, por lo de-más, era primo mío en no sé qué remota línea de consan-guinidad materna; y, al cederle la vereda, saludándole de paso, tropecéme en uno de los baches de la empedrada



 

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calle, y fui a golpear con el mío un antebrazo del enfermo.

 

Urquizo protestó colérico:

 

–¡Quía! ¿Está usted loco?

 

La exclamación sarcástica del alienado me hizo reír; y más adelante fue ella motivo de constantes cavilacio-nes en que los misterios de la razón se hacían espinas, y empozábanse en el cerrado y tormentoso círculo de una lógica fatal, entre mis sienes. ¿Por qué esa forma de in-ducción para atribuirme la descompaginación de torni-llos y motores que sólo en él había?

 

Este último síntoma, en efecto, traspasaba ya los lí-mites de la alucinación sensorial. Esto era ya más tras-cendental, sin duda, desde que representaba, nada menos que un raciocinio, un atar de cabos profundos, un dato de conciencia. Urquizo debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales; debía de estar perfectamente seguro de ello, y, desde este punto de vista suyo, era yo, por haberle gol-peado sin motivo, el verdadero loco. Urquizo atravesaba por este plano de juicio anormal que se denuncia en casi todos los alienados; plano que, por su desconcertante iro-nía, hiere y escarnece los riñones más cuerdos, hasta qui-tarnos toda rienda mental y barrer con todos los hitos de la vida. Por eso, la zurda exclamación de aquel enfermo clavóse tanto en mi alma y todavía me hurga el corazón.

 

Luis Urquizo pertenecía a una numerosa familia del lugar. Era, por infortunado, muy querido de los suyos, quienes le prestaban toda suerte de cuidados y amorosa asistencia.

 

Un día se me notició una cosa terrible. Todos los pa-rientes de Urquizo, que convivían con él, también estaban locos. Y todavía más. Todos ellos eran víctimas de una



 

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obsesión común, de una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un ridículo fenomenal; se creían monos, y como tales vivían.

 

Mi madre invitóme una noche a ir con ella a saber del estado de los parientes locos. No encontramos en la casa de éstos sino a la madre de Urquizo, quien, cuando llegamos, se entretenía en hojear tranquilamente un car-tapacio de papeluchos, a la luz de la lámpara que pendía en el centro de la sala. Dado el aislamiento y atraso de aquel pueblo, que no poseía instituciones de beneficen-cia, ni régimen de policía, esos pobres enfermos de la sien salían cuando querían a la calle; y así era de verlos a toda hora cruzar por doquiera la población, introducirse a las casas, despertando siempre la risa y la piedad en todos.

 

La madre de los alienados, apenas nos divisó, chilló agudamente, frunció las cejas con fuerza y con cierta fe-rocidad, siguió haciéndolas vibrar de abajo arriba varias veces, arrojó luego con mecánico ademán el pliego que manoseaba; y, acurrucándose sobre la silla, con infantil rapidez de escolar que se enseria ante el maestro, recogió los pies, dobló las rodillas hasta la altura del nacimiento del cuello, y, desde esta forzada actitud, parecida a la de las momias, esperó a que entrásemos a la sala, clavándonos, cabrilleantes, móviles, inexpresivos, selváticos, sus ojos entelarañados que aquella noche suplantaban asombro-samente a los de un mico. Mi madre asióse a mí asustada y trémula, y yo mismo sentíme sobrecogido de espeluz-nante sensación de espanto. La loca parecía furiosa.

 

Pero no. A la brusca claridad de la cercana lámpara, distinguimos que aquella cara extraviada, bajo la corta cabellera que le caía en crinejas asquerosas hasta los ojos,



 

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empezaba luego a fruncirse y moverse sobre el miserable y haraposo tronco, volviéndose a todos lados, como so-licitada por invisibles resortes o por misteriosos ruidos producidos en los ferrados barrotes de un parque. La lo-ca, después, como si prescindiera de nosotros, empezó a rascarse y espulgarse el vientre, los costados, los bra-zos, triturando los fantásticos parásitos con sus dientes amarillos. De breve en breve chillaba largamente, escru-taba en torno suyo y aguaitaba a la puerta, como si no nos advirtiera. Mi madre, trascurridos algunos minutos de espectación y de miedo, hízome señas de retroceder y abandonamos la casa.

 

De esta lúgubre escena hacía veintitrés años cum-plidos, cuando, después de haber vivido separado de los míos durante todo aquel tracto de tiempo, por razón de mis estudios en Lima, tornaba yo una tarde a Cayna, al-dea que, por lo solitaria y lejana era como una isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes agriculto-res, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y casi inaccesibles cordilleras, vivía a menudo largos periodos de olvido y de absoluta incomunicación con las demás ciudades del Perú.

 

Debo llamar la atención hacia la circunstancia asaz inquietante de no haber tenido noticias de mi familia, en los seis últimos años de mi ausencia.

 

Mi casa estaba situada casi a la entrada de la pobla-ción. Un acanelado poniente de mayo, de esos dulces y cogitabundos ponientes del oriente peruano, abríase de brazos sobre la aldea que no sé por qué tenía a esa hora, en su soledad y abandono exteriores, cargado olor a des-ventura, tenaz aire de lástima. Tal una roña de descuido



 

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y destrucción inexplicable rezumaba de todas partes. Ni un solo transeúnte. Y apenas crucé las primeras esquinas, opacáronse mis nervios, golpeados por una súbita impre-sión de ruina; y sin darme cuenta, estuve a punto de llorar.

 

El portón lacre y rústico de la mansión familiar apa-reció abierto de par en par. Descendí de la cabalgadura, y, jadeante de lacerada ternura, torpe de presagiosa emo-ción, halando al sudoroso lento animal, avancé zaguán adentro. Inmediatamente, entre el ruido de los cascos, despertáronse en el interior destemplados gritos gutura-les, como de enfermos que ululasen en medio del delirio y la fatiga.

 

No podré ahora precisar la suerte de pétreas cadenas que, anillándose en mis costados, en mis sienes, en mis muñecas, en mis tobillos, hasta echarme sangre, mordié-ronme con fieras dentelladas, cuando percibí aquella es-pecie de doméstica jauría. La antropoidal imagen de la madre de Urquizo surgió instantáneamente en mi memo-ria, al mismo tiempo que invadíame un presentimiento tan superior a mis fuerzas que casi me valía por una acia-ga certeza de lo que, breves minutos después, había de dar con todo mi ser en la tiniebla.

 

A toda voz llamé casi gimiendo.

 

Nada. Todas las puertas de las habitaciones estaban, como la de la calle, abiertas hasta el tope. Solté la brida de mi caballo, corrí de corredor en corredor, de patio en patio, de aposento en aposento, de silencio en silencio; y nuevos gruñidos detuviéronme por fin, delante de una gradería de argamasa que ascendía al granero más ele-vado y sombrío de la casa. Atisbé. Otra vez se hizo el misterio.



 

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Ninguna seña de vida humana; ni un solo animal do-méstico. Extrañas manos debían de haber alterado, con artimañoso desvío del gusto y de todo sentido de orden y comodidad, la usual distribución de los muebles y de los demás enseres y menaje del hogar.

 

Precipitadamente, guiado por secreta atracción, salté los peldaños de esa escalera; y, al disponerme a trasponer la portezuela del terrado, la advertí franca también. Detú-vome allí inexplicable y calofriante tribulación; dudé por breves segundos, y, favorecido por los destellos últimos del día, avizoré ávidamente hacia adentro.

 

Rabioso hasta causar horror, desnaturalizado hasta la muerte, relampagueó un rostro macilento y montaraz en-tre las sombras de esa cueva. Enristrando todo mi coraje –¡pues que ya lo suponía todo, Dios mío!– me parapeté junto al marco de la puerta y esforcéme en reconocer esa máscara terrible.

 

¡Era el rostro de mi padre!

 

¡Un mono! Sí. Toda la trunca verticalidad y el fácil arresto acrobático; todo el juego de nervios. Toda la pobre carnación facial y la gesticulación; la osamenta entera. Y hasta el pelaje cosquilleante, ¡oh la lana sutilísima con que está tramada la inconsútil membrana de justo, matemáti-co espesor suficiente que el tiempo y la lógica universal ponen, quitan y trasponen entre columna y columna de la vida en marcha!

 

–Khirrrrrr... Khirrrrrr... –silbó trémulamente.

 

Puedo asegurar que por su parte él no me reconocía. Removióse ágilmente, como posicionándose mejor en el antro donde ignoro cuándo habíase refugiado; y, presa de



 

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una inquietud verdaderamente propia de un gorila enjau-lado, ante las gentes que lo observan y lo asedian, saltaba, gruñía, rascaba en la torta y en el estucado del granero va-cío, sin descuidarse de mí ni por un solo momento, presto a la defensa y al ataque.

 

–¡Padre mío! –rompí a suplicarle, impotente y débil para lanzarme a sus brazos.

 

Mi padre entonces depuso bruscamente su aire diabó-lico, desarmó toda su traza indómita y pareció salvar de un solo impulso toda la noche de su pensamiento. Deslizóse en seguida hacia mí, manso, suave, tierno, dulce, transfi-gurado, hombre, como debió de acercarse a mi madre el día en que se estrecharon tanto y tan humanamente, hasta sacar la sangre con que llenaron mi corazón y lo impulsa-ron a latir a compás de mis sienes y mis plantas.

 

Pero cuando yo ya creía haber hecho la luz en él, al conjuro milagroso del clamor filial, se detuvo a pocos pa-sos de mí, como enmendándose allá, en el misterio de su mente enferma. La expresión de su faz barbada y enfla-quecida fue entonces tan desorbitada y lejana, y, sin em-bargo, tan fuerte y de tánta vida interior, que me crispó hasta hacerme doblar la mirada, envolviéndome en una sensación de frío y de completo trastorno de la realidad.

 

Volví, no obstante, a hablarle con toda vehemencia.

 

Sonrió extrañamente.

 

–La estrella... –balbució con sorda fatiga. Y otra vez lanzó agrios chillidos.

 

La angustia y el terror me hicieron sudar glacialmen-te. Exhalé un medroso sollozo, rodé la escalinata sin sen-tido y salí de la casa.



 

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La noche había caído del todo.

 

¡Es que mi padre estaba loco! ¡Es que también él y todos los míos creíanse cuadrumanos, del mismo modo que la familia de Urquizo! Mi casa habíase convertido, pues, en un manicomio. ¡El contagio de los parientes! ¡Sí; la influencia fatal!

 

Pero esto no era todo. Una cosa más atroz y asoladora había acontecido. Un flagelo del destino; una ira de Dios. No sólo en mi hogar estaban locos. Lo estaban el pueblo entero y todos sus alrededores.

 

Una vez fuera de la casa, echéme a caminar sin saber adónde ni con qué fin, padeciendo aquí y allá choques y cataclismos morales tan hondos que antes ni después los ha habido semejantes que abatieran más mi sensibilidad.

 

Las calles tenían aspecto de tapiados caminos. Por doquiera que salíame al paso algún transeúnte, saltaba en él fatalmente una simulación de antropoide, un persona-je mímico. La obsesión zoológica regresiva, cuyo germen primero, brotara tántos años ha en la testa funámbula de Luis Urquizo, habíase propagado en todos y cada uno de los habitantes de Cayna, sin variar absolutamente de naturaleza. A todos aquellos infelices les había dado por la misma idea. Todos habían sido mordidos en la misma curva cerebral.

 

No conservo recuerdo de una noche más preñada de tragedia y bestialidad, en cuyo fondo de cortantes bordes no había más luz que la natural de los astros, ya que en ninguna parte alcancé a ver luz artificial. ¡Hasta el fue-go, obra y signo fundamentales de humanidad, había sido proscrito de allí! Como a través de los dominios de una todavía ignorada especie animal de transición, peregriné



 

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por ese lamentable caos donde no pude dar, por mucho que lo quise y lo busqué, con persona alguna que librado hubiérase de él. Por lo visto, había desaparecido de allí todo indicio de civilidad.

 

Muy poco tiempo después de mi salida, debí de ha-ber tornado a mi casa. Advertíme de pronto en el primer corredor. Ni un ruido. Ni un aliento. Corté la compacta oscuridad que reinaba, crucé el extenso patio y di con el corredor de enfrente. ¿Qué sería de mi padre y de toda mi familia?

 

Alguna serenidad tocó mi ánima transida. Había que buscar a todo trance y sin pérdida de tiempo a mi madre, y verla y saberla sana y salva y acariciarla y oírla que llo-ra de ternura y de gozo al reconocerme, y rehacer, a su presencia, todo el hogar deshecho. Había que buscar de nuevo a mi padre. Quizás, por otro lado, sólo él estaría enfermo. Quizás todos los demás gozarían del pleno ejer-cicio de sus facultades mentales.

 

¡Oh, sí, Dios mío! Engañado habíame, sin duda, al ge-neralizar de tan ligero modo. Ahora caía en cuenta de mi nerviosidad del primer momento y de lo mal dispuesta que había estado mi excitable fantasía para haber levan-tado tan horribles castillos en el aire. Y aun ¿acaso podía estar seguro de la demencia misma de mi padre?

 

Una fresca brisa de esperanza acaricióme hasta las entrañas.

 

Franqueé, disparado de alegría, la primera puerta que alcancé entre la oscuridad, y, al avanzar hacia adentro, sin saber por qué, sentí que vacilaba, al mismo tiempo que, inconcientemente, extraía de uno de los bolsillos una caja de fósforos y prendía fuego.



 

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Escudriñaba la habitación, cuando oí unos pasos que se aproximaban por los corredores. Parecían atro-pellarse.

 

La sangre desapareció del todo de mi cuerpo; pero no tanto que ello me obligase a abandonar la cerilla que acababa de encender.

 

Mi padre, tal como le había visto aquella tarde, apa-reció en el umbral de la puerta, seguido de algunos seres siniestros que chillaban grotescamente. Apagaron de un revuelo la luz que yo portaba, ululando con fatídico mis-terio:

 

–¡Luz! ¡Luz!... ¡Una estrella!

 

Yo me quedé helado y sin palabra.

 

Mas, de modo intempestivo, cobré luego todas mis fuerzas para clamar desesperado:

 

–¡Padre mío! ¡Recuerda que soy tu hijo! ¡Tú no estás enfermo! ¡Tú no puedes estar enfermo! ¡Deja ese gruñido de las selvas! ¡Tú no eres un mono! ¡Tú eres un hombre, oh, padre mío! ¡Todos nosotros somos hombres!

 

E hice lumbre de nuevo.

 

Una carcajada vino a apuñalearme de sesgo a sesgo el corazón. Y mi padre gimió con desgarradora lástima, lleno de una piedad infinita.

 

–¡Pobre! Se cree hombre. Está loco...

 

La oscuridad se hizo otra vez.

 

Y arrebatado por el espanto, me alejé de aquel grupo tenebroso, la cabeza tambaleante.



 

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–¡Pobre! –exclamaron todos– ¡Está completamente loco!...

 

* * *

 

 

–Y aquí me tienen ustedes, loco –agregó tristemente el hombre que nos había hecho tan extraña narración.

 

Acercósele en esto un empleado, uniformado de ama-rillo y de indolencia, y le indicó que le siguiera, al mismo tiempo que nos saludaba, despidiéndose de soslayo:

 

–Buenas tardes. Le llevo ya a su celda. Buenas tardes.

 

Y el loco narrador de aquella historia, perdióse lomo a lomo con su enfermero que le guiaba por entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba amargamente y peleaban dos pájaros en el hombro jadeante de la tarde...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          “Los Caynas”, luego de la edición de 1923, es publicada posterior-mente en La Coruña, España, por la revista Alfar, Nº 39, en abril de 1924.



 

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MIRTHO

 

 

 

 

 

Orate de candor, aposéntome bajo la uña índiga del firmamento y en las 9 uñas restantes de mis manos, sumo, envuelvo y arramblo los dígitos fundamentales, de 1 en fondo, hacia la más alta conciencia de las derechas.

 

Orate de amor, con qué ardentía la amo.

 

Yo la encontré, al viento el velo lila, que iba diciendo a las tiernas lascas de sus sienes: “Hermanitas, no se atra-sen, no se atrasen...”. Alfaban sus senos, dragoneando por la ciudad de barro, con estridor de mandatos y amenazas. Quebróse ¡ay! en la esquina el impávido cuerpo: yo sufrí en todas mis puntas, ante tamaño heroísmo de belleza, ante la inminencia de ver humear sangre estética, ante la muerte mártir de la euritmia de esa carnatura viva, ante la posible falla de un lombar que resiste o de una nerva-dura rebelde que de pronto se apeala y cede a la contraria. ¡Mas he allí la espartana victoria de ese escorzo! Y cuánta sabiduría, en metalla caliente, cernía la forja de aquese desfiladero de nervios, por todas las pasmadas bocas de mi alma. Y luego, sus muslos y sus piernas y sus prisione-ros pies. Y sobre todo, su vientre.

 

Sí. Su vientre, más atrevido que la frente misma; más palpitante que el corazón, corazón él mismo. Cetrería de



 

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halconados futuros, de aquilinos parpadeos sobre la som-bra del misterio. ¡Quién más que él! Adorado criadero de eternidad, tubulado de todas las corrientes historiadas y venideras del pensamiento y del amor. Vientre portado sobre el arco vaginal de toda felicidad, y en el intercolum-nio mismo de las dos piernas, de la vida y la muerte, de la noche y el día, del ser y el no ser. Oh vientre de la mujer, donde Dios tiene su único hipogeo inescrutable, su sola tienda terrenal en que se abriga cuando baja, cuando sube al país del dolor, del placer y de las lágrimas. ¡A Dios sólo se le puede hallar en el vientre de la mujer!...

 

 

* * *

 

 

Tales cosas decía ayer tarde un joven amigo mío, mientras con él discurríamos por el jirón de la Unión. Yo me reía a carcajada limpia. Es claro. El pobre está enamo-rado de una de tantas bellas mujeres que cruzan por la arteria principal de Lima, elegantes y distinguidas, de 5 a 7 de la tarde. Ayer el ocaso ardía urente de verano. Sol, lujo, flirt, encanto sensual por todas partes. Y mi amigo deflagraba romántico y apasionado, hecho un poseído de veras. Sí. Hecho un orate de amor, como él llamábase en-tre orgulloso y combatido. Un orate de amor.

 

Despedíme de él, y, ya a solas, llegué a decirme pa-ra mí: Orate de amor. Bueno. Pero ¿qué quería significar aquello de orate de candor, apóstrofe de ironía con que inició su jerigonza?

 

Anoche vino a mí el mozo.

 

–Escúcheme usted –me dijo, sentándose a mi lado y encendiendo un cigarrillo–. Escúcheme cuanto voy a re-



 

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ferirle ahora mismo, ya que ello es harto extraordinario, para quedar oculto para siempre.

 

Miróme con melancolía que taladraba y, echando luego temerosas y repetidas ojeadas hacia los ventales del aposento, con sigilo y gravedad profunda continuó de es-te modo:

 

–¿Usted conoce a la mujer que amo?

 

–No –le repliqué al punto.

 

–Perfectamente. No la conoce. Pues ríase de cómo la esbocé esta tarde. Nada. Esas frases eran sólo truncos neoramas de la gran equis encantada que es la existencia de tan peregrina criatura.

 

Y armando cinegético, disparado ceño de quien fue-ra a capturar dos invisibles alimañas, saltó los ojos quizás a un metro fuera de las órbitas, hizo rechinar los dientes y hasta las encías contra las encías, flagelóse desde los lóbulos de las orejas desoladas hasta la punta de la nariz con un relámpago morado; clavó frenético ambas manos entre la greña de erizo como para mesársela, y deletreó con voz de visionario que casi me hace estallar en riso-tadas:

 

–Mi amada es 2.

 

–Sigue usted incomprensible. ¿Su amada es 2? ¿Qué quiere decir eso?

 

Mi amigo sacudió la cabeza abatiéndose.

 

–Mirtho, la amada mía, es 2. Usted sonríe. Está bien.

 

Pero ya verá la verdad de esta aseveración.

 

–A Mirtho –agregó– la conocí hace cinco meses en Trujillo, entre una adorable farándula de muchachas y



 

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muchachos compañeros míos de bohemia. Mirtho pul-saba a la sazón catorce setiembres tónicos, una cinta mi-lagrosa de sangre virginal y primavera. La adoro desde entonces. Hasta aquí lo corriente y racional. Mas he allí que, poco tiempo después, el más amado e inteligente de mis amigos díjome de buenas a primeras: “¿Por qué es us-ted tan malo con Mirtho? ¿Por qué, sabiendo cuánto le ama, la deja usted a menudo para cortejar a otra mujer? No sea así nunca con esa pobre chica...”.

 

Tan inesperada como infundada acusación, en vez de suscitar mi protesta e inducirme a reiterar mi fidelidad a Mirtho, toméla, como comprenderá usted, sólo en son de inocente y alado calembour de amistad y nada más, y sonreí para pasmo de mi amigo que, dada su austera y pu-rísima moral en materia de amor, tuvo entonces un suave mohín de reproche hacia mí, arguyéndome que cuanto acababa de decirme tenía toda seriedad. Y, sin embargo, yo nunca había estado con mujer alguna que no fuese Mirtho desde que la conocí. Absolutamente. La queja de mi amigo carecía, pues, de base de realidad; y, si ella no hubiera venido de un espíritu tan fraternal como aquél, habríame dejado sin duda tranquilo y exento de escozor en la conciencia. Pero el cariño casi paternal con que tra-taba aquel amigo inolvidable todos los acontecimientos de mi vida, investía a tan extraño reproche de un toque asaz inquietante y digno de atención, para que él no me lastimase sin saber por qué. Además, por el gran amor que yo sentía hacia Mirtho, dolíame que aquello viniese a perturbar así nuestra dicha.

 

Desde entonces, continuamente aquel amigo repetía-me el consabido reproche, cada [vez] con más acritud. Yo,



 

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a mi vez, reiterábale y pretendía patentizarle por todos los medios posibles mi lealtad para Mirtho. Vanos esfuer-zos. Nada. La acusación marchaba, afirmándose con tal terquedad que empezaba yo a creer a su autor fuera de razón, cuando llegó momento en que todos los demás hermanos de bohemia fueron de uno en uno, formulán-dome idéntica tacha a mi conducta.

 

–Nosotros, todo el mundo –recriminábanme desafo-radamente– te hemos sorprendido infraganti, y con nues-tros propios ojos. Nada tienes que alegar en contrario. Tú no puedes negar la verdad.

 

Y en efecto. Si a cuantos me conocían hubiera yo in-terrogado sobre la verdad de este asunto, todos habrían testificado mis relaciones de amor con la segunda mujer para mí tan desconocida como irreal. Y yo habríame que-dado aun más boquiabierto ante semejante fosfeno co-lectivo, que no otra cosa podía acontecer en el cerebro de mis acusadores.

 

Pero una circunstancia llamaba mi atención, y era que Mirtho nunca me decía nada que diera a entender ni re-motamente que ella supiese de mi supuesta infidelidad. Ni un gesto, ni una espina en su alma, no obstante su carácter vehemente y celoso. De la ciudad entera ¿acaso sólo ella ignoraba mi culpa y ni la presentía a través de las genera-les murmuraciones? Muy más, si, como me lo echaban en cara, diz que yo solía presentarme por doquiera y sin es-crúpulo alguno con la otra. Por todo esto, la ignorancia de parte de Mirtho roíame el corazón al otro lado de la acusa-ción de los demás. En aquella ignorancia, podría asegurar, radicaba de misteriosa manera y por inextricable encade-namiento de motivos, la piedra de toque, y quizás hasta la razón de ser de la imputación que se me hacía.



 

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Mirtho, sin duda alguna, no sabía, pues, nada de la otra. Esto era incuestionable. Malhadada inocencia suya, en último examen, porque ella, no sé por qué medios, vino a dar a la habladuría azotante de los demás, una cierta vida, un calor y ¡vamos! un sabor de intriga tales, que yo no po-día menos que sentirme vacilar arrastrado hasta el filo de una ridícula posición de desconcierto y de absurda atonía.

 

Ocasión llegó en que, habiendo asistido en unión de Mirtho al teatro, nos hallábamos ambos juntos en la sala, cuando en uno de los entreactos, dieron mis ojos con uno de mis amigos. Éste distinguióme a su vez e hízome señas para que saliese a atenderle al foyer. Harto nos amábamos con ese muchacho para que, por inusitada que fuera tal invitación en ese instante, yo no la atendiese. Pedí perdón a Mirtho y salí a verle.

 

–¡Ahora no lo negarás! –exclamó aquel amigo desde lejos–. Allí estás ahora mismo con la otra... ¡Y cuánto se parece a Mirtho!

 

Repliquéle que no, que él no se había fijado. Fue todo inútil.

 

Despedíme riendo y volví al lado de Mirtho, sin ha-ber dado mayor importancia a lo que creí un simple juego de camarada y nada más.

 

Varias veces, posteriormente, estando con ella, tuve, no sin fuertes sobresaltos y alarmas que terminaban es cierto en seguida, repentina impresión de hallarme en efecto ante otra mujer que no era Mirtho. Hubo noche, por ejemplo, en que esta crisis de duda colmóse en álgida desesperación, por haber percibido un inusitado arrebol de serenidad en el desenvolvimiento de las ondas de un silencio suyo, arrebol completamente extraño a todas las



 

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pausas de su voz, y que chilló aquella noche en todo mi corazón. Pero, repito, esas alarmas cedían luego, pensan-do que ellas deberíanse sin duda a la sugestión obsesiva que podían ejercer los demás cerca de mí.

 

He de advertir, por lo que esto pudiera dar luz a este enredo, que por raro que parezca el caso, fuera de la vez en que fui presentado a Mirtho, jamás la vi acompañada de tercera persona, y aun más: cuando solía hallarse con-migo, nunca estuvimos sino los dos únicamente.

 

Así continuaban las cosas, creciente pesadilla que iba a volverme loco, hasta cierta mañana tibia y diáfana en que hallábame en la confitería Marrón, tomando algunos refrescos en compañía de Mirtho. Ante la parva mesa de albo caucho traslucido, estábamos a solas.

 

–Oye –la murmuré lacerado, como quien manotea a ciegas en un precipicio, mientras las flotantes manos su-yas, de un cárdeno espasmódico, subieron a asentar el ca-bello en sus sienes invisibles– ¿Quieres decirme una cosa?

 

Ella sonrió llena de ternura y acaso con cierto frenesí.

 

–¡Oye, Mirtho adorada! –repetíla titubeante.

 

Interrumpióme violentamente y me clavó sus ojos de hembra en celo, arguyéndome:

 

–¿Qué dices? ¿Mirtho? ¿Estás loco? ¿Con cara de quién me ves?

 

Y luego, sin dejarme aducir palabra:

 

–¿Qué Mirtho es ésa? ¡Ah! Conque me eres infiel y amas a otra. Amas a otra mujer que se llama Mirtho. ¡Qué tal! ¡Así pagas mi amor!

 

Y sollozó inconsolable.



 

 

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* * *

 

 

Calló el adolescente relator. Y, al difuso fulgor de la pantalla, parecióme ver animarse a ambos lados del agi-tado mozo, dos idénticas formas fugitivas, elevarse suave-mente por sobre la cabeza del amante, y luego confundirse en el alto ventanal, y alejarse y deshacerse entre un rehillo telescópico de pestañas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CERA

 

 

 

 

 

Aquella noche no pudimos fumar. Todos los ginkés de Lima estaban cerrados. Mi amigo que conducíame por entre los taciturnos dédalos de la conocida mansión ama-rilla de la calle de Hoyos, donde se dan numerosos fuma-deros, despidióse por fin de mí, y, aporcelanadas alma y pituitarias, asaltó el primer eléctrico urbano y esfumóse entre la madrugada.

 

Todavía me sentía un tanto ebrio de los últimos al-coholes. ¡Oh mi bohemia de entonces, broncería esqui-nada siempre de balances impares, enconchada de secos paladares, el círculo de mi cara libertad de hombre a dos aceras de realidad hasta por tres sienes de imposible! Pero perdonadme estos desahogos que tienen aún bélico olor a perdigones fundidos en arrugas.

 

Digo que sentíame todavía ebrio cuando vime ya so-lo, caminando sin rumbo por los barrios asiáticos de la ciudad. Mucho a mucho aclarábase mi espíritu. Luego hice la cuenta de lo que me sucedía. Una inquietud po-só en mi izquierdo pezón. Berbiquí hecho de una hebra de la cabellera negra y brillante de mi novia perdida para siempre, la inquietud picó, revoloteó, se prolongó hacia adentro y traspasóme en todas direcciones. Entonces no



 

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habría podido dormir. Imposible. Sufría el redolor de mi felicidad trunca, cuyos destellos trabajados ahora en fé-rrea tristeza irremediable, asomaban larvados en los más hondos paréntesis de mi alma, como a decirme con mis-teriosa ironía, que mañana, que sí, que cómo no, que otra vez, que bueno.

 

Quise entonces fumar. Necesitaba yo alivio para mi crisis nerviosa. Encaminéme al ginké de Chale, que esta-ba cerca.

 

Con la cautela del caso llegué a la puerta. Paré el oído. Nada. Después de breve espera, dispúseme a retirarme de allí, cuando oí que alguien saltaba de la tarima y camina-ba descalzo y precipitadamente dentro de la habitación. Traté de aguaitar, a fin de saber si había allí algún camara-da. Por la cerradura de la puerta alcancé a distinguir que Chale hacía luz, y sentábase con gran desplazamiento de malhumor delante de la lamparilla de aceite, cuyo verdor patógeno soldóse en mustio semitono a la lámina facial del chino, soflamada de visible iracundia. Nadie más es-taba allí.

 

Dado el aspecto de inexpugnable de Chale, y, según el cual, parecía acabar de despertar de alguna mala pesadilla quizás, consideré importuna mi presencia y resolví mar-charme, cuando el asiático abrió uno de los cajones de la mesa y, capitaneado de alguna voz de mando interior e inexorable, que desenvainóle el cuerpo entero en resuelto avance, extrajo de un lacónico estuche de pulimentado cedro, unos cuerpos blancos entre las uñas lancinantes y asquerosas. Los puso en el borde de la mesa. Eran dos trozos de mármol.



 

 

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La curiosidad tentóme. Dos trozos ¿de mármol eran? Eran de mármol. No sé por qué, desde el primer momen-to, esas piezas, sin haberlas tocado ni visto claramente y de cerca, vinieron al través del espacio, a barajarse entre las yemas de mis dedos, produciéndome la más segura y cierta sensación del mármol.

 

El chino las volvió a coger, angulando en el aire mira-das por demás febriles y de angustioso devaneo, para que ellas no descorrieran ante mí ciertas presunciones sobre la causa de su vigilia. Las cogió y examinólas detenida-mente a la luz. Sí. Dos pedazos de mármol.

 

Luego, sin abandonarlos, acodado en la mesa, des-aguó entre dientes algún monosílabo canalla que alcanzó apenas a ensartarse en el ojo tajado, donde el alma del chino lagrimió de ambición mezclada de impotencia. Ha-la otra vez el mismo cajón y aupado acaso por un viejo tezón que redivivía por centésima vez, toma de allí nume-rosos aceros, y con ellos empieza a labrar sus mármoles de cábala.

 

Ciertas presunciones, dije antes, saltaron ante mí. En efecto. Conocía yo desde dos años atrás a Chale. El mongol era jugador. Y jugador de fama en Lima; perde-dor de millares, ganador de tesoros al decir de las gentes. ¿Qué podía significar pues entonces esa vela tormentosa, ese episodio furibundo de artífice nocturno? ¿Y esos dos fragmentos de piedra? Y luego ¿por qué dos y no uno, tres o más? ¡Eureka! ¡Dos dados! Dos dados en gestación.

 

El chino labraba, labraba desde el vértice mismo de la noche. Su faz, entre tanto, también labraba una infinita sucesión de líneas. Momentos hubo que Chale exaltábase y quería romper aquellos cuerpezuelos que irían a correr



 

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sobre el tapete persiguiéndose entre sí, a las ganadas del azar y la suerte, con el ruido de dos cerrados puños de una misma persona, que se diesen duro el uno al otro, hasta hacer chispas.

 

Por mi parte habíame interesado tánto esta escena, que no pensé ni por mucho en abandonarla. Parecía tratarse de una vieja empresa de paciente y heroico de-sarrollo. Y yo aguzábame la mente, indagando lo que per-seguiría este enfermo de destino. Burilar un par de dados. ¿Y bien?

 

Tánto se afirma sobre maniobras digitales y secretas desviaciones o enmiendas a voluntad en el cubileteo del juego, que, sin duda, díjeme al cabo, algo de esto se pro-pone mi hombre. Esto por lo que tocaba al fin. Pero lo que más me intrigaba, como se comprenderá, era el arte de los medios, en cuya disposición parecía empeñarse Chale a la sazón, esto es la correlación que debía de preestablecerse, entre la clase de dados y las posibilidades dinámicas de las manos. Porque si no fuese necesaria esta concurrencia bilateral de elementos ¿para qué este chino hacía por sí mismo, los dados? Pues cualquier material rodante sería utilizable para el caso. Pero no.

 

Es indudable que los dados deben de estar hechos de cierta materia, bajo este peso, con aquel aristaje, exagona-dos sobre tal o cual impalpable declive para ser despedi-dos por las yemas de los dedos; y luego, estar pulidos con esa otra depresión o casi inmaterial aspereza entre marca y marca de los puntos o entre un ángulo poliédrico y el exergo en blanco de una de las cuatro caras correspon-dientes. Hay, pues, que suscitar la aptitud de la materia aleatoria, para hacer posible su obediencia y docilidad a



 

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las vibraciones humanas, en este punto siempre impro-visadas, y triunfadoras por eso, de la mano, que piensa y calcula aun en lo más oscuro y ciego de estos avatares.

 

Y si no, había que observar al asiático en su procelo-sa jornada creadora, cincel en mano, picando, rayando, partiendo, desmoronando, hurgando las condiciones de armonía y dentaje entre las innacidas proporciones del dado y las propias ignoradas potencias de su voluntad cambiante. A veces, detenida su labor un punto, contem-plaba el mármol y sonreía su rostro de vicioso, melado por la lumbre de la lámpara. Luego con aire tranquilo y amplio, golpeaba, cambiaba de acero, hacía rodar el ju-guete monstruoso ensayándolo, confrontaba planos te-naz, pacientemente, y cavilaba.

 

Pocas semanas después de aquella noche, quienes hu-bo que murmuraban entre atorrantes y demás círculos de la cuerda, cosas estupefacientes e increíbles sobre grandes acontecimientos recientemente habidos en las casas de juego de Lima. De mañana en mañana las leyendas fabu-losas crecían. Una tarde del último invierno, en la puerta del Palais Concert, refería un exótico personaje de bisco-telas chorreantes, a un grupo de mozos, que le oían por todas las orejas:

 

–Chale, para poder ganar esos diez mil soles, no ha jugado limpio. Yo no sé cómo. Pero el chino se maneja una misteriosa, inconstatable prestidigitación sobre el tapete. Eso no se puede negar. Fíjense ustedes –recalcó aquel hombre con gravedad siniestra– que los dados con que juega ese chino, jamás aparecen en las manos de otro jugador que no sea Chale. Hablo sobre datos inequívocos de propia observación. Esos dados tienen, pues, algo. En fin... Yo no sé...



 

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Una noche lanzóme la inquietud al antro donde ju-gaba Chale.

 

Era una casa de juego para los más soberbios duelos del tapete.

 

Había mucha gente en torno de la mesa. La cabes-treada atención de todos hacia el paño ganglionado de montones de billetes, díjome que ésa era noche de gran borrasca. Abriéronme paso algunos conocidos que entu-siastas me echaban a apostar.

 

Allí estaba Chale. Desde la cabecera de la mesa, pre-sidía la sesión, en su impasible y torturante catadura to-dopoderosa: dos correas verticales por cuello, desde los parietales chatos de ralo pelaje, hasta las barras lívidas de las clavículas; boca forjada a la mala en dos jebes tensos de codicia, que no se entreabrían jamás en sonrisa por miedo a desnudarse hasta el hueso; camisa heroica hasta los codos. El latido de la vida saltábale de un pulso al otro, buscando las puertas de las manos para escapar de cuerpo tan miserable. Livor nauseante sobre los pómulos de caza.

 

Podría decirse que allí se había perdido la facultad de hablar. Señas. Adverbios casi inarticulados. Interjec-ciones arrastradas. ¡Oh cuánto quema a veces el resuello branquial de lo que anda muerto, y sin embargo vivo en cada uno de nosotros!

 

Propúseme observar con toda la sutileza y profundi-dad de que era capaz, las más mínimas ondas psicológicas y mecánicas del chino.

 

Rayaba la una de la madrugada.

 

Alguien apostó cinco mil soles a la suerte. El aire chasqueó como agua caliente estocada por la primera



 

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burbuja de la ebullición. Y si quisiera yo ahora precisar cómo eran las caras circunstantes en aquellos segundos de prueba, diría que todas ellas rebasáronse a sí mismas y fueron a ser refregadas y estrujadas con el par de dados entre las propias manos ásperas y fatales de Chale, encen-diéndose y afilándose allí, hasta urgir y querer arrancar una novena arista milagrosa a cada dado, como ansiada sonrisa del destino. Chale deshízose violentamente de los dados, como de un par de brasas que chisporroteasen, y rugió una hienada formidable grosería que trascendió en la sala a carne muerta.

 

Palpéme en mi propio cuerpo como buscándome, y me di cuenta de que allí estaba yo temblando de asombro. ¿Qué había sentido el chino? ¿Por qué arrojó los dados así, como si le hubiesen quemado o cortado las manos? ¿El ánimo de aquellos jugadores todos, como es natural, en contra suya siempre, había, ante tan crestada apuesta, así llegádole a herir de tal manera?

 

Mientras los dados estuvieron abandonados sobre el paño de esmeralda, vinieron a mi memoria los dos trozos de mármol que vi troquelar a Chale en ya lejana noche. Estos dados, que ahora veía, provenían por cierto de las nacientes joyas de entonces, pues he aquí que ellos eran de un mármol albicante y traslúcido en los bordes y de brillo firme casi metálico en los fondos. ¡Bellos cubos de Dios!

 

El chino, luego de corta vacilación, recogió otra vez los dados y siguió su juego, no sin algún temblor conva-leciente en las sienes que quizás sólo yo percibí con harto trabajo.

 

Tiró una vez. Barajó. Volvió a tirar dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho veces. La novena pintó quina y sena.



 

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Todos parecieron descolgarse de una picota y resuci-tar. Todos humanizáronse de nuevo. Por allí se pidió un cigarrillo. Tosieron. Chale pagó dos mil quinientos soles. Yo lancé un suspiró. Luego tragué saliva. Hacía calor.

 

Formuláronse nuevas apuestas y continuó la trágica disputa de la suerte con la suerte.

 

Noté que la pérdida que acababa de tener Chale no le había inmutado absolutamente, circunstancia que venía a echar aun mayor sombra de misterio sobre el motivo de su inusitado rapto de ira anterior que, por lo visto, no po-día atribuirse a claro alguno producido en los millares de su banca. De ninguna manera. De veras, aquel fogonazo nervioso, por incausado, al parecer, socavaba mi espíritu con crecientes cavilaciones sobre posibles inteligencias del chino con corrientes o potencias que danse más allá de los hechos y de la realidad perceptible. ¿Hasta dónde, en efecto, podría Chale parcializar al destino en su favor por medio de una técnica sabia e infalible en el manejo de los dados?

 

En el primer juego que siguió al de los cinco mil so-les, fue de nuevo esta misma cantidad, apuntada esta vez al azar. Varios acompañaron con menores apuestas a las quinientas libras. Y el ambiente de combate fuele ahora aun más enteramente hostil al banquero.

 

Los dados saltaron de la diestra del asiático, juntos, al mismo tiempo, dotados de un impulso igual. Con un instrumento de medida que pudiese registrar en cifras in-nominables las humanas ecuaciones gestadoras de acción más infinitesimales, habríase constatado la simultanei-dad absolutamente matemática con que ambos mármoles fueron despedidos al espacio. Y juraría que, al auscultar



 

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la relación de avance que desarrollábase entre esos dos dados al iniciar su vuelo, lo que hay de más permanente, de más vivo, de más fuerte, de más inmutable y eterno en mi ser, fundidas todas las potencias de la dimensión física, se dio contra sí mismo, y así pude sentir entonces en la verdad del espíritu, la partida material de esos dos vuelos, a un mismo tiempo, unánimes.

 

Chale había arrojado los dados constriñendo toda su escultura hacia una desviación anatómica tan rara y singular, que ello turbó aun más mi ya sugestionada sen-sibilidad. Diríase que en ese momento había el jugador estilizado toda su animalidad, subordinándola a un pen-samiento y un deseo únicos a la sazón en su juego.

 

En efecto. ¿Cómo poder describir semejante movi-miento de sus huesosos flancos, arrimándose uno con-tra otro, por sobre la gritería misma de un silencio de pie suspenso entre los dos guijarros de la marcha; semejante ritmo de los omóplatos transfigurándose, empollándose en truncas alas que, de pronto, crecían y salían fuera, an-te la ceguedad de todos los jugadores que nada de esto percibían y que me dejaban ¡ay! ¡solo ante aquel espec-táculo que me castigaba en todo el corazón!... Y aquella confluencia del hombro derecho, quieta, esperando que la frente del chino acabase de ganar todo el arco que la intuición y el cálculo mental de fuerzas, distancias, obs-táculos, elementos aceleratrices y hasta del máximum de intervención de una segunda potestad humana, tendían, templaban, ajustaban desde el punto más alto de la vi-dente voluntad del hombre hasta los cercos lindantes a la omnipotencia divina... Y esa muñeca pálida, alambreada, neurótica, como de hechicería, casi diafanizada por la luz que parecía portar y trasmitir en vértigo a los dados, que



 

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la esperaban en la cuenca de la mano, saltando, hidrogé-nicos, palpitantes, cálidos, blandos, sumisos, transustan-ciadas talvez, en dos trozos de cera que sólo detendríanse en el punto del extendido paño, secretamente requerido, plasmados por los lados que pluga al jugador... La presen-cia entera de Chale y toda la atmósfera de extraordinaria e ineludible soberanía, que desarrolló en la sala en tal ins-tante, habíanme envuelto también a mí, como átomo en medio del fuego solar de mediodía.

 

Los dados volaron, mejor, corrieron tropezándose entre sí, patinando, saltando isócronos a veces, con el re-hillo punzante de dos tambores que batieran en redoble de piedra la marcha de lo que no podía volver atrás, aun a pesar de Dios mismo, ante las pobres miradas de aquella estancia, solemne y recogida más que iglesia a la hora de alzar la hostia consagrada...

 

Vibrante, grisácea línea trazaba cada dado al rodar. Una de esas líneas empezó a engrosar, fue desdoblándose en manchas unas más blancas que otras; pintó sucesiva-mente 2 puntos negros, luego 5, 4, 2, 3, y plantóse por fin marcando quina. El otro mármol ¡oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador! el otro már-mol ¡oh la partida simultánea de los dados! el otro avan-zó tres dedos más que el anterior, y por parecido proceso de evolución hacia la meta insospechada, fue a presentar también 5 puntos de carbón sobre el tapete. ¡Suerte!

 

El chino, con la serenidad de quien lee un enigma cu-yos términos le fuesen desde mucho antes familiares, hizo ingresar a su banca los cinco mil soles de la apuesta.

 

Alguien dijo a media voz:



 

 

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–¡Es una barbaridad! Siempre las más altas paradas son para Chale. No se puede con él.

 

El chino, repetí para mí, no hay duda, tiene completo dominio sobre los dados que él mismo labrara, y, acaso, todavía más, es dueño y señor de los más indescifrables designios del destino, que le obedecen ciegamente.

 

Los más poderosos jugadores parecieron encolerizar-se y refunfuñar contra Chale, a raíz de la última jugada. La sala entera sacudióse en un espasmo de despecho; y quizá la protesta amordazada de esa masa de seres a los que así golpeaba la invencible sombra del Destino encarnada en la fascinante figura de Chale, estuvo a punto de tradu-cirse en un zarpazo de sangre. Un solo gran infortunio puede más que millares de pequeños triunfos dispersos y los atrae y ata a sus huracanadas entrañas, hasta untarles por fin en su aceite incandescente y funerario. Todos esos hombres debieron sentirse heridos por la última victoria del chino, y, llegado el caso, todos le habrían arrancado la vida a las ganadas. Hasta yo mismo –me aguijonea el remordimiento al recordarlo– hasta yo mismo odié furio-samente a Chale en ese instante.

 

Siguió una apuesta de diez mil soles al azar. Todos temblamos de espectación, de miedo y de una misericor-dia infinita, como si fuésemos a presenciar un heroísmo. La tragedia revolcóse cosquillante a lo largo de las epi-dermis. Las pupilas relincharon casi vertiendo lloro puro. Los rostros alisáronse cárdenos de incertidumbre. Chale lanzó sus dados. Y de este solo cordelazo, apuntaron dos senas en el paño. ¡Suerte!

 

Sentí que alguien se abría paso a mi lado y me apar-taba para adelantarse a la mesa, presionándome, casi



 

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acogotándome en forma brutal y arrolladora, como si una fuerza irresistible y fatal impulsara al intruso para tal conducta. Quienes estuvieron a mi lado sufrieron idénti-co vejamen del desconocido.

 

Y he aquí que el chino, en vez de recoger el dinero ganado, hizo de él desusado olvido, para como movido por resorte, volver inmediatamente la cara hacia el nuevo concurrente. Chale se demudó. Parece que ambos hom-bres chocaron sus miradas, a modo de dos picos que se prueban en el aire.

 

El recién llegado era un hombre alto y de anchura proporcionada y hasta armoniosa; aire enhiesto; gran cráneo sobre la herradura fornida de un maxilar inferior que reposaba recogido y armado de excesiva dentadura para mascar cabezas y troncos enteros; el declive de los carrillos anchábase de arriba abajo. Ojos mínimos, muy metidos, como si reculasen para luego acometer en in-sospechadas embestidas; las niñas sin color, produciendo la impresión de dos cuencas vacías. Tostado cutis; cabello bravo; nariz corva y zahareña; frente tempestuosa. Tipo de pelea y aventura, sorpresivo, preñado de sugerencias embrujadas como boas. Hombre inquietante, mortifi-cante a pesar de su alguna belleza; céntrico. ¿Su raza? No acusaba ninguna. Aquella humanidad peregrina quizá carecía de patria étnica.

 

Tenía innegable traza mundana y hasta de clubman intachable, con su correcto vestir y su distinción, y el desenfado inquerido de sus ademanes.

 

Apenas este personaje tomó una posición junto al ta-pete, todo el gas envenenado de ebriedad y codicia, que



 

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respirábamos en la sala, inclusive el de la última jugada de diez mil soles, la mayor de la noche, despejóse y des-apareció súbitamente. ¿Qué oculto oxígeno traía, pues, aquel hombre? De haberse podido ver el aire entonces, lo habríamos hallado azul, serena y apaciblemente azul. De golpe recobré mi normalidad y la luz de mi concien-cia, entre un hálito fresco de renovación sanguínea y de desahogo. Sentí que me liberaba de algo. Hubo un dulce remanso en la expresión de todos los semblantes. El se-ñorío de Chale y todas su posturas de sortilegio se aca-baron.

 

En cambio, una cosa allí nacía. Una cosa en forma de sensación de curiosidad primero, luego de extrañeza y de espinosa inquietud. Y esa inquietud partía, induda-blemente, de la presentación del nuevo parroquiano. Sí. Pues él –yo lo hubiera afirmado con mi cuello– traía al-gún propósito apabullante, algún designio misterioso.

 

El asiático estaba demudado. Desde que éste advir-tió al desconocido, no volvió a mirarle cara a cara. Por nada. Aseguraría que le tomó miedo y que en él más que en ninguno otro de los presentes, el efecto repulsivo y aborrecible que despertaba ese hombre, fue mucho ma-yor para ser disimulado. Chale le odiaba, le temía. Esa es la palabra: le tenía miedo. Además, nadie había visto jamás a tal caballero en aquella casa de juego. Chale ni siquiera le conocía. Detonaba, pues, también por esto su presencia.

 

El clubman de súbito empezó a respirar con trabajo, como si se asfixiara. Jadeaba mirando fijamente al cabiz-bajo chino que parecía triturado por aquella mirada, mu-tilado, reducida a pobres carbones toda su personalidad



 

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moral, toda su confianza en sí mismo de antes, toda su beligerancia triunfadora siempre del hado. Chale, caria-contecido, como niño cogido en falta, movía los dedos en el hueco de su diestra temblorosa, queriendo derribarlos por impotencia.

 

El corro, poco a poco, llegó a converger todas sus mi-radas en el forastero que aún no había pronunciado pala-bra. Se hizo silencio.

 

Por fin el recién llegado dijo dirigiéndose al chino:

 

–¿Cuánto importa toda tu banca?

 

El interrogado pestañeó haciendo una mueca apoca-líptica y ridícula de desamparo, como si fuese a recibir una bofetada mortal. Y volviendo en sí, balbuceó, sin sa-ber lo que decía:

 

–Allí está todo.

 

La banca importaba más o menos cincuenta mil soles.

 

El hombre equis nombró esta suma, extrajo una can-tidad igual de su cartera y con majestad la colocó en el paño, apostándola al azar, ante el pasmo de los circuns-tantes. El chino se mordió los labios. Y, siempre rehuyen-do el rostro de su nuevo adversario, empezó a barajar los cubos de mármol, sus cubos.

 

Nadie acompañó a tan monstruosa y atrevida apuesta.

 

El apostador único, solitario, sin que nadie, absoluta-mente nadie, menos el chino, pudiese advertirlo, extrajo del bolsillo su revólver, acercólo sigilosamente al cerebro de Chale, y, la mano en el gatillo, erectó el cañón hacia aquel blanco. Nadie, repito, percibió esta espada de Da-



 

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mocles que quedó suspendida sobre la vida del asiático. Muy al contrario. La espada de Damocles viéronla todos suspendida sobre la fortuna del desconocido, puesto que su pérdida estaba descontada. Recordé lo que momentos antes habíase susurrado en la sala:

 

–Siempre las más altas paradas son para Chale. No se puede con él.

 

¿Era su buena suerte? ¿Era su sabiduría? No lo sé. Pero yo era ahora el primero que preveía la victoria del chino.

 

Echó éste los dados. ¡Oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador! De nuevo, y con más óptima elocuencia, repitióse ante mis ojos y ante mi alma, el espectáculo extraordinario, la desviación anatómica, la polarización de toda la voluntad que doma y sojuzga, entraba y dirige los más inextricables designios de la fa-talidad. De nuevo, ante el esfuerzo creador del lanzador de dados, sobrecogido fui de un cataclismo misterioso que rompía toda armonía y razón de ser de los hechos y leyes y enigmas en mi cerebro estupefacto. De nuevo esa partida simultánea de los dados ante iguales términos aleatorios de apuesta. De nuevo abrí los ojos desmesu-rándolos para constatar la suerte que vendría a agraciar al gran banquero.

 

Los mármoles corrieron y corrieron y corrieron.

 

El cañón y el gatillo y la mano esperaban. El de la gran parada no miraba los dados: sólo miraba fija, terrible, im-placablemente a la testa del asiático.

 

Ante aquel desafío, que nadie notaba, de ese revól-ver contra ese par de dados que pintarían el número que



 

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pluga a la invencible sombra del Destino, encarnada en la figura de Chale, cualquiera habría asegurado que yo estaba allí. Pero no. Yo no estaba allí.

 

Los dados detuviéronse. La muerte y el destino tira-ron de todos los pelos.

 

¡Dos ases!

 

El chino se echó a llorar como un niño.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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■          Fabla salvaje. Prólogo de Pedro Barrantes Castro. Lima, Colección La novela Peruana, Año I, Nº 9, 16 de mayo de 1923. Esta novela corta, de 49 páginas y cinco ilustraciones de Raúl Vizcarra, formó parte de una colección que aparecía quincenalmente bajo la dirección de Pedro Barrantes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

 

 

 

 

Balta Espinar levantóse del lecho y, restregándose los adormilados ojos, dirigióse con paso negligente hacia la puerta y cayó al corredor. Acercóse al pilar y descolgó de un clavo el pequeño espejo. Viose en él y tuvo estremeci-miento súbito. El espejo se hizo trizas en el enladrillado pavimento, y en el aire tranquilo de la casa resonó un áspero y ligero ruido de cristal y hojalata.

 

Balta quedóse pálido y temblando. Sobresaltado volvió rápidamente la cara atrás y a todos lados, como si su estremecimiento hubiérase debido a la sorpresa de sentir a alguien agitarse furtivamente en torno suyo. A nadie descubrió. Enclavó luego la mirada largo rato en el tronco del alcanfor del patio, y tenues filamentos de sangre, congestionada por el reciente reposo, bulleron en sus desorbitadas escleróticas y corrieron, en una suer-te de aviso misterioso, hacia ambos ángulos de los ojos asustados. Después miró Balta el espejo roto a sus pies, vaciló un instante y lo recogió. Intento verse de nuevo el rostro, pero de la luna sólo quedaban sujetos al mar-co uno que otro breve fragmento. Por aquestos jirones brillantes, semejantes a parvas y agudísimas lanzas, pasó y repasó la faz de Balta, fraccionándose a saltos, alarga-da la nariz, oblicuada la frente, a retazos los labios, las



 

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César Vallejo

 

orejas disparadas en vuelos inauditos… Recogió algunos pedazos más. En vano. Todo el espejo habíase deshecho en lingotes sutiles y menudos y en polvo hialoideo, y su reconstrucción fue imposible.

 

Cuando tornó al hogar Adelaida, la joven esposa, Balta la dijo, con voz de criatura que ha visto una mala sombra:

 

–¿Sabes? He roto el espejo.

 

Adelaida se demudó.

 

–¿Y cómo lo has roto? ¡Alguna desgracia!

 

–Yo no sé cómo ha sido, de veras…

 

Y Balta se puso rojo de presentimiento.

 

Atardeció. Sentóse él a la mesa para la comida en el corredor. Desde el poyo contemplaba Balta, con su viril dulcedumbre andina, el cielo, un cielo rosado y apaci-ble de julio, que adoselaba con variantes profundas los sembríos de las lejanas quintas de la banda. Por sobre la rasante del huerto emergía la brioza cabeza castaña de “Rayo”, el potro favorito y mimado de Balta. Miróle éste, y el corcel reposó un momento sus grandes pupilas equi-nas en su amo, hasta que una gallina del bardal turbó el grave silencio de la tarde, lanzando un cántico azorado y plañidero.

 

–¡Balta! ¿Has oído? –exclamó sobresaltada Adelaida, desde la cocina.

 

–Sí… Sí he oído. Qué gallina más zonza. Parece que ha sido la “pulucha”.

 

–¡Jesús! ¡Dios me ampare! Qué va a ser de nosotros...



 

 

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Y Adelaida irrumpió en la puerta de la cocina, miran-do ávidamente hacia el lado del gallinero.

 

“Rayo” entonces relinchó medrosamente y paró la oreja.

 

–Es necesario comerla –dijo Balta, poniéndose de pie–. Cuando canta una gallina, mala suerte, mala suer-te… Para que muera mi madre, una mañana, muchos días antes de la desgracia, cantó una gallina vieja, color de ha-bas, que teníamos.

 

–¿Y el espejo, Balta? ¡Ay Señor! Qué va a ser de no-sotros…

 

Adelaida sentóse en el otro poyo, llevó ambas manos al rostro y se echó a sollozar. Silenciosamente lloraba. El marido estuvo meditando y callado algunos minutos.

 

Esposos felices hasta entonces. Muchacho aún, él adoraba tiernamente a su mujercita. Pálido, anguloso, de sana mirada agraria, diríase vegetal, y lapídea expresión en el vivaz continente, alto, fuerte y alegre siempre, Balta pasó su luna de miel lleno de delicias, rebosante de ilu-sión y muy confiado en los años futuros del hogar. Era agricultor. Era un buen campesino, más de la mitad oscu-ro aldeano de las campiñas. Adelaida era una dulce chola, riente, lloradora, dichosa en su reciente curva de esposa, y pura y amorosa para su caro varón.

 

Adelaida, además, era una verdadera mujer de su casa. Con el cantar del gallo se levantaba, casi siempre sin que la sintiera el marido; con suma cautela, callada persignábase, rezaba en voz baja su oración matinal, y a la húmeda luz de la aurora que a cuchilladas penetraba por las rendijas de las ventanas, atravesaba de puntillas



 

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con sus zapatos llanos el largo dormitorio y salía. A la ho-ra en que Balta abandonaba el lecho, ya Adelaida había ido a acarrear agua del chorro de la esquina, en sus dos grandes cántaros, el tiznado y el vidriado, que cabían por uno y medio de los corrientes. ¡Cuántos años tenía Ade-laida aquellos cántaros! Se los regaló su tía abuela ma-terna, doña Magdalena, cuando Adelaida era criatura, en gratitud al cariño y apasionada asistencia con que solía acompañarla día y noche, en su vejez achacosa y solitaria. A su vez, a la donante viejecita habíanle sido comprados y obsequiados por el tío Samuel, el día en que doña Mag-dalena, siendo aún señorita, obtuvo el honor de ingresar a la Sagrada Asociación del Corazón de Jesús del lugar, congregación de gran tono, formada sólo por la gente vi-sible de la aldea.

 

El cántaro que Adelaida nombraba el tiznado no te-nía en verdad nada en sí de excepcional, sino era los años de servicio y su tradición gentilicia. En cambio, el vidria-do tenía un mérito originalísimo y fantástico. Ello es que un día, cuando tales vasijas pertenecían a la abuela aún, Adelaida, que apenas tenía siete años, fue a traer agua de la poza en el vidriado. Bien lo recordaba Adelaida. No podía llevar los dos cántaros, porque era muy pequeña y se habría caído con ellos. La siguió “Picaflor”, la faldera, blanca y sedosa. De repente, ingresado el cántaro al fondo de la oscura compuerta para colmarse, pasaron por allí algunos perros en encelada caravana; “Picaflor” entropó-se a ellos, y alejándose fue hasta perderse en la próxima esquina, a despecho de las llamadas y amonestaciones de Adelaida. Cuando volvió, el animal enardecido acezaba y gruñía. Al acercarse a la niña, pareció irritarse más, empezó a escarbar furiosamente con las patas traseras y



 

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desnudó los finos colmillos y las rojas encías, despidien-do rencor por todas las comisuras y contracciones de su máscara. Ladró, enfureciéndose más y más. Adelaida la llamaba: “¡Picaflor! To… To… ¡Picaflor!”. Y la can ingra-ta jadeaba sofocada, parapetada en una piedra, pronta al mordisco; algunas veces husmeaba agitadamente el suelo, buscando, echando de menos algo, con amoroso ahínco. Después volvía a Adelaida el hocico amenazador, y hasta hubo momentos en que saltaba e hincaba los dientes en el traje. La niña se puso a llorar, asiéndose a unos rocosos y grandes pedruscos y pateando inocentemente a la bestia rabiosa.

 

El torrente seguía resonando en la oscura gruta.

 

De improviso “Picaflor” frunció las ventanillas de la nariz y las hizo latir con creciente alborozo y con no se qué mohín cordial en sus ojillos húmedos, color de bilis muerta. Dejó bruscamente de ladrar, fue acercándose al borde de la compuerta, y he allí que, como llamada por invisible mano, metió toda la cabeza dentro de la sombría profundidad, lamió adentro la vaga figura del vidriado y empezó a mover el rabo con loco regocijo. Volvió de un salto hacia Adelaida y, encabritándose ante ella, dobló las manitos esclavas, como pidiendo perdón, y lamía los des-nudos y tostados brazos de su pequeña ama, con su ciego y jubiloso cariño de animal que reconoce a su dueño…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

 

 

A la hora en que Balta salía de dormir, ya Adelaida había también regado y, con escoba que ella misma hacía de verdes y olorosas hierbasantas traídas a esa hora de la campiña, había barrido, plata, los dos corredores, los dos patios hasta cerca de los primeros rellanos del huerto, la pequeña sala de arriba, el zaguán y la calle correspon-diente a la casa. Se había lavado, y cuando servía el caldo matinal, de rica papaseca, festoneada de tajadas de áureo rocoto perfumado, a su marido plácido, todavía caían al plato humeante algunas gotas de mujer, de sus largas y negras trenzas.

 

Adelaida era una verdadera mujer de su casa. Todo el santo día estaba en sus quehaceres, atareada siempre, enardecida, matriz, colorada, yendo, viniendo y aun me-tiéndose en trabajos de hombre. Un día Balta estuvo en la chacra, lejos. La mujer, agotadas sus faenas, propias de su incumbencia femenina, fue al corral y sacó a “Rayo”. El caballo venía buenamente a la zaga de Adelaida, que lo ató al alcanfor del patio, y trajo seguidamente las tijeras. Se puso a pelarlo. Mientras hacía esto cantaba un yaraví, otro.

 

Tenía una voz dulce y fluvial: esa voz rijosa y sufri-da que entre la boyada es guía en las espadañas yermas,



 

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acicate o admonición apasionada en las siembras; esa voz que cabe los torrentes y bajo los arqueados y sólidos puentes, de maderos y cantos más compactos que már-mol, arrulla a los saurios dentados y sangrientos en sus expediciones lentas y lejanas en los remansos alvinos, y a los moscardones amarillos y negros en sus vagabundeos de peciolo en peciolo; esa voz que enronquece y se hace hojarasca lancinante en la garganta, cuando aquel cabro color de lúcuma, púber ya, de pánico airón cosquillante y aleznada figura de íncubo, sale y se va a hacer daño al ce-badal del vecino, y hay que llamarlo con silbido del más agudo pífano y a piedra de honda, ludiendo así la de lana verde y dorada que tejieran en regalo manos amorosas, y que, por esto, duele de veras estropearla y acabarla. Voz que en las entrañas de la basáltica peña índiga de enfren-te tiene una hermana encantada, eternamente en viaje y eternamente cautiva… Así era la voz de Adelaida.

 

“Rayo” dejábase.

 

–Mañana, señor, va usted a portarse muy bien. Su dueño quiere tirar la prosa. Ya sabe usted. Déjese, déjese. Debe usted presentarse hermoso.

 

El potro se inclinaba, deponiendo ante la dulce voz de la hembra imperiosa las tablas del fornido y gallardo cuello reluciente.

 

Adelaida acabó el trasquilo.

 

–¿Qué estás haciendo?

 

Balta llegó y su mujer se echó a reír, respondiéndole, bajo un halo llameante de casta verecundia:

 

–Nada. Ya está. Ya está terminado.



 

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–Con que sólo para pelar al animal vengo, suspen-diendo y abandonando tanto trabajo que hay allá… ¡Qué tal mujercita!

 

Ella se reía más dulcemente aun, y el marido acarició-la conmovido y lleno de pasión.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III

 

 

 

 

 

Aquel día en que cantó la gallina, Adelaida estuvo gi-miendo hasta la hora en que [se] acostó.

 

Fue una noche triste en el hogar.

 

Balta no pudo dormir. Revolvíase en la cama, sumi-do en sombríos pensamientos. Desde que se casaron era la primera zozobra que turbaba su felicidad. De vez en cuando se oía el gemir entrecortado de Adelaida.

 

A Balta habíale ocurrido una cosa extraña al mirarse en el espejo: había visto cruzar por el cristal una cara des-conocida. El estupor relampagueó en sus nervios, hacién-dole derribar el espejo. Pasados algunos segundos, creyó que alguien habíase asomado por la espalda al cristal, y después de volver la mirada a todos lados en su busca, pensó que debía estar aún trastornado por el sueño, pues acababa de levantarse, y se tranquilizó. Mas, ahora, en medio de la noche, oyendo sollozar desvelada a su mujer, la escena del espejo surgía en su cerebro y le atormentaba misteriosamente. No obstante, creyó de su deber consolar a Adelaida.

 

–No juegues, Adelaida –le dijo–. ¡Llorando porque canta una gallina!... Vaya… ¡No seas chiquilla!



 

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Esto lo dijo haciendo de tripas corazón, pues aguja muy fina jugaba a lo largo de sus tensas venas y cosía ahí un recodo a otro, una papila firme y vibrátil a otra fugiti-va, con dura pita negra que él nunca había visto brotar de los vastos pencales maduros… Era dura esa pita, y le ha-cía doler; y esa aguja erraba vertiginosamente en su san-gre conturbada. Balta quería cogerla y se le escurría de los dedos. Sufría, en verdad. No quería dar importancia al incidente del espejo, y sin embargo, éste le perseguía y le mordía con sorda obstinación.

 

Al otro día Balta lo primero que hizo al salir a la calle fue comprar un espejo. Tenía la fantástica obsesión del día anterior. No se cansaba de mirar en el cristal, pendiente en la columna. En balde. La proyección de su rostro era ahora normal y no la turbó ni la más leve sombra extraña. Sin decirle nada a Adelaida, fue a sentarse en uno de los enormes alcanfores, cortados para vigas, que habían aga-villados en el patio, contra uno de los muros, y estuvo allí ante el espejo, horas enteras. La mañana estaba linda, bajo un cielo sin nubes.

 

Sorprendióle la vieja Antuca, madre de Adelaida, que venía a pedir candela. Díscola suegra esta, media ciega de unas cataratas que cogió hacía muchos años, al pasar una medianoche, a solas, por una calle, en una de cuyas viviendas se velaba a la sazón un cadáver; el aire la hizo daño.

 

–¿No te has ido a la chacra, Balta? Don José dice que el triguito de la pampa ya está para la siega. Dice que el sábado lo vio, cuando volvía de las Salinas…

 

Balta tiró una piedra.



 

 

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–¡Cho!... ¡Chooo! ¡Adelaida! ¡Esa gallina!

 

Las gallinas picoteaban el trigo lavado para almidón que, extendido en grandes cobijas en el patio, se secaba al sol de la mañana.

 

Cuando se fue la vieja, dejó la portada abierta y en-tró un perro negro de la vecindad. Acercóse a Balta que seguía sentado en las vigas color de naranja, y empezó a husmear y a mover su larga cola lanuda, haciendo fies-tas con gazmoñería acrobática y mal disimulada. Balta, que se entretenía lanzando destellos de sol con el espejo por doquiera, puso delante del perro la luna. El vagabun-do can miró mudamente a la superficie azul y sin fondo, oliéndola, y ladró a su estampa con un ladrido lastimero que agonizó en un retorcimiento elástico y agudo como un látigo.

 

Vinieron las cosechas.

 

Balta no volvió a recordar más de cuanto aconteció en el hogar aquella tarde en que la gallina dio su canto, hasta un día de setiembre, en que Adelaida, en la parva de trigo, le dijo de improviso:

 

–Levanta tú esta alforja. Yo ya no puedo con ella.

 

–¿Estás enferma?

 

Adelaida bajó sus ojos dulces de mujer, con un aire inefable de emoción.

 

–¿Y desde cuándo? –repuso él, en voz baja y paterna, empapada de felicidad y lacerada de ternezas y de lágri-mas.

 

Adelaida lloró, y luego se abrazaron padre a madre.



 

 

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Musitó ella tímida y pudorosa:

 

–Según creo, desde julio.

 

Habiendo oído Balta estas graves palabras, y luego de meditar un momento, una nube sombría subió con ferra-do vuelo a su frente. “Desde julio…”, pensó. Y entonces recordó, después de largo tiempo, la visión intempestiva que, como en sueños, tuvo en el espejo, aquella lejana tar-de de julio, y la ruptura del espejo, por el estupor de esa visión. “Extraña coincidencia –se dijo en la parva–, bien extraña…”. Un misterioso y atroz presentimiento sopló en sus venas un largo calofrío.

 

Pasaron las cosechas.

 

Pasó el estío, y llegó el otoño, y, con los días ventosos y ásperos, la época de siembra. Uno que otro día bajaba una lluvia fuerte y brusca, y siempre tempestuosas nubes altas poblaban el espacio.

 

Balta y Adelaida trasladáronse a la chacra.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

 

 

 

 

Ya en la chacra, una tarde Balta, al tornar de su traba-jo, dio de abrevar a sus bueyes en la laguna de enfrente de la cabaña. A su vez, él, sediento y transido de cansancio, fue a la fuente de agua limpia que manaba entre los mato-rrales, arrodillóse y bebió directamente. Se oyó los tragos durante algunos instantes, sumersos los labios. De repen-te, Balta saltó bruscamente y dio dos o tres pasos atrás tambaleándose y golpeando y haciendo cimbrar el tierno tallo de un alcanfor, cuyo follaje hizo estrepitosas y lúgu-bres cosquillas en los árboles de la pradera. Miró a uno y otro lado por descubrir quién había a sus espaldas, sin hallar a nadie; buscó entre los matorrales. Nadie. Volaron en diversas direcciones algunas palomas y pajarillos azo-rados. Un gallinazo, con moroso y aceitado vuelo, pasó de un alcanfor a otro, donde saltó, probó varios ramajes y por fin desapareció con leve y goteante rumor de hojas secas.

 

De nuevo, y después de algunos meses, aconteció a Balta muy parecida cosa a la que le sucedió aquella tarde de julio ante el espejo. Entre el juego de ondas que pro-ducían sus labios al sorber el agua, habían percibido sus ojos una imagen extraña, cuyos trazos fugitivos palpita-ron y diéronse contra las sombras fugaces y móviles de



 

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las hierbas que cubren en brocal el manantial. El chas-quido punteado y ruidoso de sus labios al beber erizó de pavor la visión especular. ¿Quién le seguía así? ¿Quién jugaba con él así, por las espaldas, y luego se escabullía con tal artimaña y tal ligereza? ¿Qué era lo que había visto? La inquietud hincóle en todas su membranas. Era extraordinario. Vaciló. Creyóse en ridículo, burlado. La cabeza le daba vueltas. Era curioso. ¿Quizá su mujercita que jugaba inocente? No. Ella le respetaba mucho para hacer eso. ¡No!

 

Balta era un hombre no inteligente acaso, pero de gran sentido común y muy equilibrado. Había estudiado, bien o mal, sus cinco años de instrucción primaria. Su as-cendencia era toda formada de tribus de fragor, carne de surco, rústicos corazones al ras de la gleba patriarcal. Ha-bía crecido, pues, como un buen animal racional, cuyas sienes situarían linderos, esperanzas y temores a la sola luz de un instinto cabestreado con mayor o menor efica-cia, por ancestrales injertos de raza y de costumbres. Era bárbaro, mas no suspicaz.

 

Desde aquel día en que repitióse, por segunda vez, ante sus ojos perplejos, la imagen extraña en la fuente, Balta iba adquiriendo un aire preocupado. Dábale en qué pensar inmensamente el episodio alucinante. ¿Qué po-día ser todo aquello? Quiso decírselo a Adelaida, pero, temiendo hacer el ridículo ante su mujer, optó por guar-darle reserva del incidente.

 

El domingo próximo fue al pueblo. Dio en la plaza con un viejo amigo suyo, camarada de escuela que fue. No pudo resistir a la tentación de comunicarle sus cuitas. El relato lo hizo riendo, dudando por momentos, otras



 

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veces poblada el ánima de mil sospechas, herida de pue-ril indignación, o torvamente intrigada. El otro se echó a reír a las primeras frases de Balta, y después replicóle con grave acento de convicción:

 

–No es extraño. A mí me sucede a veces cosa muy se-mejante. En ocasiones, y esto me acontece cuando menos lo pienso, cruzan como relámpago por mi mente una luz y un mundo de cosas y personas que yo quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan y se deshacen apenas aparecen. Cuando estuve en Trujillo, un señor a quien re-ferí esto me dijo que eran rasgos de locura y que debía yo cuidarme mucho…

 

Balta no pudo entender nada de esto. El relato de su amigo resultóle muy profundo y complicado.

 

En tanto pasaban las semanas en las siembras.

 

Balta hubo de ir una mañana a los potreros, a lo largo de un calvero en el arbolado, y bordeando una acequia de regadío. Iba solo. De pronto, y sin darse cuenta, baja-ron sus pupilas a la corriente y tuvo que hacerse él a un lado, despavorido. Otra vez asomóse alguien al espejo de las aguas. Prodújose al propio tiempo un rumor fugitivo entre los sauces que erguíanse a la vera del arroyo. Volvió Balta la cara en esa dirección y vio que entre los tupidos ramajes de trepadoras y malvarrosas recobraban las hojas su natural posición que, al parecer, acababa de romper y alterar una fuga atropellada y volátil, como de astuto y bárbaro mamífero asustado, o de ágil y certera brazada de alguien que huye. Balta dio gritos de alerta:

 

–¡Quién va!... ¡Guarda, sinvergüenza!...

 

Y persiguió a su presa, decidido. Mas todo en vano. Vagó en toda la vecindad; escudriño las copas de los



 

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árboles, detrás de las piedras, bajo las compuertas, sin resultado.

 

En la tercera vez que sorprendía aquella presencia aleve y desconocida. Tampoco dio noticias de esta nueva aventura a su mujer, aunque un instante sus cavilaciones atreviéronse –¡con esa maldita libertad del pensamien-to!– a suponer cosas horribles y ofensivas para ella; o quizá, por eso mismo, no la refería nada, y seguía con ri-gurosa discreción la pista de cuanto pudiera sobrevenir a sus sospechas…

 

Con el decurso de los días mostrábase Balta más taciturno y sombrío. Tenía de vez en cuando largos re-cogimientos, en que se ponía abstraído y como sonám-bulo, o solía alejarse de la casa a solas, sin que se supiese a dónde iba ni a qué iba. Cambiaba notablemente de modo de ser aquel cholo. Con su mujer empezó a con-ducirse de muy distinta manera que antes, teniendo para ella inusitados arranques de pasión exaltada y do-lorosa. Un día la dijo:

 

–Oye, ven. Siéntate aquí.

 

Sentáronse ambos en el poyo de la puerta que da al cerco del camino. La dio un beso despavorido, y con an-gustia sin causa suspiró:

 

–Si ya no me quisieras un día, Adelaida…

 

Guardó silencio ella, inclinada. Nunca había sido desconfiado él; ¡jamás la espina más leve de un posible olvido hirió su corazón! Fraternal ternura, fe religiosa y ciega, puro y cándido regazo los había unido siempre.

 

Adelaida penetró al patio, y Balta quedóse solo, en su mismo sitio, sumido en la meditación.



 

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Había tomado una vaga aversión por los espejos. Bal-ta los recordaba con informe y oscuro desagrado. Una noche se soñó en un paraje bastante extraño, llano y mo-nótonamente azulado; veíase solo allí, y poseído de un enorme terror ante su soledad, trataba de huir sin poderlo conseguir. En cualquier sentido que fuese, la superficie aquella continuaba. Era como un espejo inconmensu-rable, infinito, como un océano inmóvil, sin límites. En una claridad deslumbrante, de sol en pleno mediodía, sus náufragas pupilas apenas alcanzaban a encontrar por compañía única su sombra, una turbia sombra intermi-tente, la que moviéndose a compás de su cuerpo, ya apa-recía enorme, ancha, larga; ya se achicaba, ludíase hasta hacerse una hebra impalpable, o ya se escurría totalmente, para volver a pasar a veces tras de sí, como un relámpago negro, jugando de esta suerte un juego de mofa despia-dada que aumentaba su pavor hasta la desesperación… Cuando despertó, a los gritos de su mujer, estaban sus ojos arrasados en lágrimas.

 

–¿Qué has estado soñando? –le preguntó Adelaida, solícita e inquieta–. ¡Te has quejado mucho!...

 

–Ha sido una pesadilla –murmuró él.

 

Y ambos callaron.

 

Lo extraño, como se verá, era que Balta no hacía par-tícipe de nada de estas incidencias a su mujer. Observaba con ella, en este respecto, el más hermético y cerrado si-lencio. Y de este modo desarrollábase en su espíritu, co-mo una inmensa tenia escondida, una raíz nerviosa, cuya savia había ascendido desde la linfa estéril de un aciago cristal… ¿Por qué no la había noticiado todo, desde el primer instante, a su compañera? ¿Por qué, al contrario,



 

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junto a esa hebra torturadora, que no se sabe a dónde ha-bía de ir a ensartarse, encendíase un granate desconoci-do entre los brazos de su amor? ¿Por qué bajaba ese beso tempestuoso y tan cargado? ¿Por qué esa pasión exaltada y dolorosa nacía? La tragedia empezaba, pues, a apolillar, de tal manera, a ocultas, y capa a capa, de la médula para afuera, aquel duro y milenario alcanfor que hace de vi-ga céntrica suspenso de largo en largo, a modo de espina dorsal, en el techo del hogar...

 

Balta empezaba a sentir un recelo, quizá sin motivo, por su mujer, un recelo oscuro e inconsciente, del cual él no se daba cuenta. Ella tampoco se daba cuenta, aun-que notaba que su marido cambiaba en sus relaciones con ella, de modo muy palpable.

 

–Vámonos ya al pueblo –insinuóle Adelaida, a tiem-po en que las faenas triptolémicas tocaban a su fin.

 

–Aún hay mucho que hacer –respondió Balta miste-riosamente.

 

Desde el domingo en que conversó con su amigo en la plaza, no había vuelto al pueblo. Cuantas veces se ofre-ció la necesidad de que lo hiciera por razones domésti-cas, negábase a ello, invocando diversos inconvenientes o pretextando cualquier futileza. Parecía huir del bullicio y buscar más bien la soledad, sin duda ganoso de compren-der a tan menguado perseguidor que, por lo visto, algo intentaba con él, y algo no muy bueno por cierto, ya que así lo asediaba, vigilándole, siguiéndole los pasos, para asegurarse acaso de él, de Balta, o para asestarle quién sa-be con qué golpe... Pero también tenía miedo a la soledad de la casa del pueblo, a la sazón abandonada y desierta, con sus corredores que las gallinas y los conejos habrían



 

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excrementido y llenado de basura. Al pensar en esto, evo-caba, sin poderlo evitar, el pilar donde aún estaría el clavo vacante y viudo del espejo. Un torvo malestar le poseía entonces. La evasiva para ir a la aldea se producía rotunda e indeclinable.

 

Triste y siniestra expresión iba cobrando su semblan-te. En los días de enero, en que caía aguacero o terribles granizadas, y cuando los campos negros y barbechados ya daban la sensación de gruesos paños fúnebres, estruja-dos, doblados en grandes pliegues caprichosos, o desga-rrados y echados al viento, pábulo tormentoso adquirían sus inquietudes. Los chubascos, que duraban algunas ho-ras, hacían numerosas charcas en el patio resquebrajado de la morada. Balta, si no había ido a las melgas, o si, a causa de la lluvia, veíase obligado a suspender el trabajo y a recogerse, permanecía sentado en uno de los poyos del corredor, cruzados los brazos, oyendo absortamente el zumbar de la tempestad y del viento sobre la pajiza techumbre que amenazaba entonces zozobrar. Allí so-lía estarse, hasta que sobreviniera alguna circunstancia que lo reclamase; tal, por ejemplo, para espantar a los puercos que, a causa del eléctrico fluido del aire, hozaban nerviosos el portillo del chiquero, rugiendo y haciendo un ruido ensordecedor. Los golpeaba él con un palo y afianzaba y guarnecía con nuevos cantos la entrada del corral; pero los animales no cedían y seguían rugiendo y empujando con rabia salvaje las piedras de la poterna. “¡Pero qué tienen estos animales del diablo!...”, exclama-ba Balta, poseído de una impresión de cólera y sutil in-quietud de presagio.

 

El ronquido de la tempestad crecía, y como propi-nando largos rebencazos al cuerpo entero del viejo bohío,



 

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despertaba en todo él intermitentes estremecimientos de zozobra y de terror, en que, era el chirrido fácil de una armella suelta, era la caída incierta de una teja deshecha por tenaz humedad; era aquella chorrera verticilar que, siguiendo el sublime juego del aire enrarecido y ahogado, la densidad de la lluvia de la que fugaba el ozono azora-do, y los invisibles sesgos de la luz adolorida, evacuaba, y, acentuando su curva aun más asombrosamente, dis-putaba de súbito otro cauce entre la paja del techo; era el golpe batido y familiar del batán, donde molía Adelaida para la merienda, todo detonaba en los nervios, y una va-ga impresión funesta suscitaba en el ánimo. Tal un cerdo maltón, de rojizo cerdaje y grandes púas dorsales, que recién acababa de dejar la leche, por haberse perdido su madre no se sabe por dónde en las jalcas, se puso a gritar como loco, corriendo de aquí para allá, entre los demás. Balta le dio una pedrada, y el pobrecito bajó la voz, y así, de rato en rato, se estuvo quejando toda la tarde. ¡Oh la medrosa voz animal, cuando graves desdichas nos lle-gan!

 

Balta, sin saber por qué, tuvo miedo afuera y se fue a la cocina. Al cruzar el patio, lleno de charcas, vio temblar borrosa y corrediza una silueta sobre las aguas que dan-zaban bajo la tempestad. Cuando entró a la cocina lo hizo corriendo y como si lo persiguiesen… Adelaida molía en el batán. Empezaron a conversar entusiastamente. Parecía él querer aturdirse, y le habló a su mujer muy de cerca sobre el invierno que recrudecía y sobre otras bagatelas. De nuevo Adelaida le dijo que era tiempo de regresar al pueblo, y otra vez él repitió:

 

–¡Aún hay mucho que hacer!... Nos iremos en fe-brero.



 

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Don José, el viejo alpartidario, y sus dos hijos llegaron completamente mojados. Con ellos vino, todo molido y lloroso, Santiago, el hermanito de Adelaida. De uno de sus pies cubiertos de barro manaba una sangre clara, en que había el inocente carmín espontáneo de las tibias gra-nadas de los temples.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

 

 

 

 

Algunos días después, inopinadamente, Balta se fue al pueblo. Se fue solo y directamente a la casa. Penetró al za-guán. Un revuelo espeso y de fuga reventó adentro. Sobre el tejado de enfrente posáronse varias palomas y tórtolas silvestres, de tornasolados cuellos, y asustadas agitáron-se aguaitando con sus ardientes ojos amarillos, en todas direcciones. Un conejo tordillo y zahareño no supo por dónde meterse; peleó con otro, gordo y rufo, y, gritando, se atunelaron ambos por entre los nidos de las gallinas. Balta se sintió sacudido de un calofrío de inmensa orfan-dad; y, echando de ver las paredes tan pronto entelaraña-das aun más debajo de las soleras; las hendiduras que los pájaros practicaron entre los adobes; las puertas cerradas con candado, el huerto marchito y difunto, sólo salpicado de unas que otras flores tardías de azafrán, recostóse en el umbral de la puerta de la sala, como guareciéndose, y un llanto que él no pudo contener bañó sus mejillas. ¿Por qué, pues, lloraba así? ¿Por qué?...

 

Luego tuvo un acceso de imprevista serenidad. Siguió al dormitorio, lo abrió y penetró a grandes pasos. Volvió a salir, y aclaróse tosiendo el pecho, del que salió enton-ces uno como restallido de madera que corre, tropieza, trota y se arrastra sobre la punta de un clavo inmóvil e



 

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inexorable. Traía el espejo en una mano. Como quien no hace nada, se vio en el cristal un segundo, pero apenas un segundo de tiempo, y, apartándolo, se quedó tieso co-mo si fuera de palo. ¿Qué vio? ¿La imagen desconocida? ¿No vio más que la suya? Miró a todas partes con modo tranquilo y amplio; miró hacia la huerta, imperturbable, seguro, iluminado.

 

Esta vez Balta pareció no sobresaltarse; mejor dicho, pareció sobresaltarse demasiado, mucho, en exceso. En aquel instante insólito, no creyó haber visto a ningún extraño a su espalda, a sus flancos, como en anteriores ocasiones. Era su propia imagen la que él veía ahora, su imagen y no otra. Pero tuvo la sensación inexplicable y absurda de que el diseño de su persona en el cristal operó en ese brevísimo tiempo una serie de vibraciones y movimientos faciales, planos, sombras, caídas de luz, afluencias de ánimo, líneas, avatares térmicos, armonías imprecisas, corrientes internas y sanguíneas y juegos de conciencia tales, que no se habían dado en su ser ori-ginal. ¡Desviación monstruosa, increíble, fenomenal! Desdoblamiento o duplicación extraordinaria y fan-tástica, morbosa acaso, de la sensibilidad salvaje, plena de prístinos poros receptivos de aquel cholo, en quien, aquel día bárbaro de altura y de revelación, la línea hori-zontal que iba desde el punto de intersección de sus dos cejas, desde el vértice del ángulo que forman ambos ojos en la visión, hasta el eje de lo invisible y desconocido, se rajó de largo a largo, y una de esas mitades separándose fue de la otra, por una fuerza enigmática pero real, hasta erguirse perpendicularmente a la anterior, echarse atrás, como si alcanzase la más alta soberanía y adquiriese voz de mando, caer por último a sus espaldas, empalmarse



 

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a la horizontalidad de la otra mitad, y formar con ella, como un radio con otro, un nuevo diámetro de humana sabiduría, sobre el eterno misterio del tiempo y del es-pacio…

 

A su predio tornó Balta esa misma noche. Una vez en su lecho, se sintió acometido de angustioso frenesí, y un insomnio poblado de sombras y de febril alarma goteó toda la noche sobre sus almohadas y sobre su corazón. Por momentos amodorrábase y oscurecía todo su ser, y por momentos cavilaba con gran lucidez. Reflexionaba. En medio del silencio de la noche, desabarquillaba fibra a fibra recuerdos de lugares, fechas, acontecimientos e imágenes, deduciendo relaciones, atando cabos sobre su posición actual en la vida. Acordábase de que él era huér-fano de padre y madre, y que, salvo una hermana que te-nía en una hacienda remota, la única sangre suya estaba toda contenida en él y nada más. Luego pasaba su pensa-miento a su mujer, y por inextricable asociación de ideas, al espejo. Repesaba entonces sus cuitas y sobresaltos por la idea de que alguien le seguía los pasos. Se hacía mil in-terrogaciones sobre si estaba o no seguro de lo del espejo. Quería fijar bien los contornos de la imagen que veía en el cristal. Esforzábase a ello, sin conseguirlo; mas, si lo hu-biera conseguido, se habría tapado los ojos de la imagina-ción y habría tenido horror. Recordó entonces vagamente lo que le dijo el amigo, el domingo, en la plaza: “…co-sas y personas que yo quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan se deshacen apenas aparecen”. Después recordaba otras cosas. Cuando era aún maltón tenía re-uniones nocturnas con numerosos muchachos, entre los que habían algunos pertenecientes a principales familias del pueblo, y otros que volvían ya del Colegio, muy leídos



 

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y cultos. Referíanse entonces, a la recíproca, narraciones fantásticas y sucedidos increíbles. Uno de ellos dijo cierta noche: “A mí me pasó una vez una cosa horrorosa. Hallá-bame tendido, cara arriba, sobre mi cama, a eso de la hora de oración. Meditaba yo a solas, y de improviso advertí que mis pies retirábanse y se alejaban sin fin. Advertíme el cuerpo estirado y crecido gigantescamente, y, lleno de miedo y de espanto, quise pararme; no podía, pues que chocaría con el techo. Empecé a gritar aterrado. Alguien acertó a ir por allí y acudió...” . Balta, confundido y ex-hausto, golpeó la sien contra el lecho y cambió de posi-ción en las almohadas.

 

Su mujer reposaba a su lado, tranquila. La vieja Antu-ca, su suegra, que dormía en la misma pobre habitación, pareció conturbarse; ballbuceó no sé qué palabras incom-prensibles entre sueños, y luego lanzó algunos alaridos, como si le hiciesen doler una herida invisible y profunda. Balta se quedó adormecido.

 

Al día siguiente había en su semblante una sombra aun más ensimismada y más hosca. Vio a su mujer y sus ojos despidieron un resplandor extraño.

 

Temprano se ausentó a solas, sin haber cruzado pala-bra alguna con nadie. ¿Por qué, pues, se iba así? ¿Por qué ese inmotivado recelo para su pobre mujer? Buscaba la soledad Balta, cada día con mayor obstinación.

 

–¿Qué tienes Balta? –llegó a interrogarle Adelaida–. ¿Qué te pasa, que estás así? No quieres que nos vayamos. El invierno me da miedo, Balta. ¡Vámonos, por Dios! ¡Vá-monos! ¿Bueno?...

 

Ella le dijo esto, asióse del brazo viril y recostó la sien suavemente rendida sobre el hombro de su marido.



 

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Hizo él una mueca de fastidio.

 

–Te he dicho que no.

 

Dos lágrimas asomaron azoradas y tímidas a los ojos de ella, al mismo tiempo que la faz taciturna y huraña de Balta tuvo una violenta expresión amenazadora.

 

Adelaida solía ir con su hermanito uno que otro día al pueblo, por ver los animales de la casa. A cada retorno suyo al campo, en el marido subía la opresión interior y subía el recelo para con ella. Ya este recelo, de inconsciente y oscuro que fue en un principio, tornóse consciente y claro ante los ojos de Balta. Esto aconteció un día en que alejóse él de la cabaña sin rumbo, a través de los arados predios, por las planicies de mustias sarracas andinas y por los peñascales encrespados y mudos.

 

Caminó incansablemente. Era de mañana y, aun-que no llovía, el cielo estaba cargado y sin sol. Era una mañana gris, de ésas preñadas de electricidad y de hórri-do presagio que palpitan en todo tiempo sobre las tris-tes rocallosas jalcas peruanas, las que parecen recogerse y apostarse unas a lado de otras, a esperar insospecha-dos acontecimientos en las alturas, ciclópeos y dolorosos alumbramientos de la Naturaleza.

 

Balta iba paso a paso y, luego de haber andado lar-gas horas por las vertientes más elevadas, se detuvo al fin junto a un montículo herboso. Subió a un gran risco, esbelto, pelado y tallado como un formidable monolito. Subió hasta la cúspide. Ahí se sentó, en el mismo bor-de del peñasco. Sus piernas colgaban sobre el abismo. A sus pies, en una espantable profundidad, se distinguía un aprisco abandonado, al nivel de las sementeras sumergi-



 

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das. Ahí se sentó Balta. Contempló con límpida mirada distraída e infantil toda la extensión circundante, hasta los horizontes abruptos y los nevados partidos en las nubes. Inclinóse un poco y escrutó las tierras fragorosas que a sus plantas quedaban como arredradas y sumisas. Amenazó caer lluvia y una ráfaga de chirapa y ventarrón azotó un momento los cerros. Balta tuvo un ligero calo-frío, y la cerrazón mugió y se perdió entre los próximos pajonales.

 

Una calofriante desolación, acerba y tenaz, coaguló-se en las pupilas enfermas del cholo. Permaneció de este modo, embargado en honda meditación, por espacio de algunos minutos. Reflexionaba sobre cosas incoherentes que en azorado revoloteo cruzaban por su mente adolori-da. La imagen de su mujer surgió en su memoria, y sintió entonces por ella un vago fastidio. Pero, ¿por qué? No se lo explicaría él mismo. Si. La tuvo fastidio y una pasión extraña y dolorosa, ese azaroso amor que lo alejaba de ella y le hacía buscar la soledad con irrevocable ahínco. Preguntaba a su propia conciencia: ¿Me ama Adelaida? ¿No quiere ella a otro, quién sabe? A otro... Balta se quedó abstraído y cabizbajo, mirando hacia el abismo escarpa-do. A otro… Balta seguía cavilando. Su pensamiento vo-laba. Unos celos sutiles, como friolentos y acerados picos, sacaron la cabeza y se arrebujaron en sus entrañas, con furtivo y azogado gusaneo montaraz…

 

El silencio de la mañana era absoluto. Balta sacudió la cabeza y empezó a rascar con la uña una salpicadura de barro en su leonado pantalón de cordellate. Pero, inmedia-tamente, cayó de nuevo en el mismo tema: su mujer. “¿No quiere ella a otro, quién sabe?...”. A otro. Su pensamiento,



 

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al llegar a ese punto, se caía, se ahogaba. Tal un remanso que de súbito se quebranta y se rompe en un pendiente. Había hecho desaparecer la mancha de barro de su vesti-do. Púsose de pie, y estuvo así, inmóvil, un instante. El aire empezaba a agitarse con violencia y quiso arrebatarle el amplio sombrero de palma. Lo aseguró bien, y, como si no quisiera alejarse más de allí o estuviese atado a aquel piná-culo, volvió a sentarse en el filo de la roca. Ahora se puso a pensar en la bella y dulce que era Adelaida y en que él era, en cambio, tan poco parecido… Volvió a mirar el acantila-do de la cordillera y se le trastornó la cabeza. Con la velo-cidad del rayo, cruzó por su cerebro la fugitiva idea, sutil, imprecisa, de un ser vivo, real, de carne y hueso, innegable, a cuya existencia pertenecía la imagen del cristal. Alguien es, indudablemente. Alguien debía ser. Balta demudóse y vaciló. Creyó sentir en el aire una presencia material ocul-ta, de una persona que le estaba viendo y oyendo cuanto él hacía y meditaba en aquel instante. Creyó percibir su aliento y, aun más, una palabra suelta, tañida en voz baja, muy bajita, que se escabulló rápidamente. Balta la buscó con las narices y los ojos y los oídos por entre las rugosas depresiones de la peña. Tenía encendidas las mejillas y los ojos inyectados de sospecha y de cólera. El viento volvió a soplar formidable y amenazador. Iba a llover.

 

Sí. Alguien le seguía. Alguien que así esbozaba y de-nunciaba, a su pesar, su presencia, en rumor volandero, en imagen fugaz, en roce taimado, en impune esquina-zo de piel… Balta hizo un agudo mohín de furiosa in-dignación. Estiró el cuello, en ademán de escuchar hacia arriba, perplejo, arrobado, como hacen las aves asustadas, cuando pasa por lo alto un vuelo tempestuoso de águila, cóndor o gallinazo fúnebre. El cielo estaba negro y muy



 

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bajo. Sí. Alguien le seguía. Un bribón desconocido o un amigo bromista. Balta sintióse burlado. “A lo mejor –se dijo– alguien está jugando conmigo…”. Y se indignó más todavía. Acordóse de la tarde de junio, en que por prime-ra vez sorprendió al intruso, con el auxilio del espejo, en el corredor de la casa del pueblo. Recordó también que cierto caballero de la aldea, a quien traicionaba su mujer, sorprendió al traidor precisamente por un juego de es-pejos que una feliz coincidencia puso ante sus ojos. Otra vez pasó su pensamiento a Adelaida. Y pensó: ¿cómo era que ella no se hubiera percibido en ninguna ocasión de la presencia de aquel sabueso? ¡Adelaida ama al otro! ¡Al del espejo! Sí. ¡Oh cruel revelación! ¡Oh tremenda certi-dumbre!...

 

Caía el granizo. Un pastorcillo fue a guarecerse con unas dos ovejas en el redil abandonado, y hacía reven-tar en las costillas del viento su honda. Dio unos gritos melancólicos en el abismo, donde las herbosas quebradas rezumaban ya, y a sus gritos respondió el sereno peñasco majestuoso con el eco cavernoso y de encanto de la in-conciencia inorgánica; eco invisible y opaco y recocido, con que responde la dura piedra soberana a la cruda voz del Hombre; manera de espejo sonoro, en cuyo fondo im-pasible está escondida la simiente misteriosa e inmarchi-ta de inesperadas imágenes y luces imprevistas… Acaso aquí habría hallado también Balta la propia resonancia, retorcida y escabrosa, la desconocida imagen que, ya en el espejo, ya en el manantial o en las corrientes, le acechaba y relampagueaba ante sus ojos estupefactos y salvajes.

 

La tragedia aquel día abandonó la médula del alcan-for milenario, que hace de viga central en el hogar, y, al morder el primer vaso capilar de los círculos internos de



 

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la zona de la madera tropezó de pronto con un viejo pa-rásito miserable que aún sobrevivía a la época sensible del árbol; le quiso despreciar la tragedia, y ya iba a internarse en el fibroso bosque, cuando el aire empezó a agitarse con violencia y quiso arrebatar el amplio sombrero de palma de Balta sobre la roca. La tragedia enmendóse, y a viva fuerza echó a sus lomos al intruso…



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI

 

 

 

 

 

Hasta entonces la mujer del cholo no había percibido nada de este espectáculo misterioso que se operaba sobre ella y su cariño. Su agreste e ingenua sensibilidad apenas había notado sólo el aspecto exterior de cuanto venía de-sarrollándose en torno de ambos. Sabía que Balta no era el mismo de antes para con ella, y, a lo más, que habíase tornado raro y neurasténico. Pero nada más. Ella no sabía el porqué de todo esto. Cuando quería saberlo, a costa de un examen más o menos detenido y hondo, o de una observación asidua y constante sobre su marido, fallaban sus fuerzas de investigación, y todo razonamiento volvía atrás, impotente y pequeño para tamaña empresa. Ade-laida apenas había tenido tiempo para aprender a leer y escribir, y su espíritu hallábase todavía más intacto y en bruto que el de Balta. Por otro lado, sentía por él un reli-gioso respeto, y en general no se habría atrevido a exigirle en ningún momento una confesión, o a arrancarle una punta siquiera del hilo en que los dos estaban enredándo-se de modo irremediable y fatal.

 

Cuando volvió Balta de su largo y solitario peregrina-je por los páramos, agonizaba la tarde y bajaba una gra-nizada furiosa. Las centellas y los truenos sucedíanse en alternativa desordenada y vertiginosa.



 

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Adelaida, que había vuelto ya del pueblo, esperaba a su marido, ansiosa y presa de inconsolable zozobra.

 

–¿Dónde te has ido, por Dios? –exclamó ella, en un apasionado rapto de alegría, saliendo a su encuentro has-ta el patio.

 

Balta entró cogitabundo y sombrío, sin responder, las manos atrás, una sobre otra.

 

Adelaida estaba más pálida y extenuada por la ma-ternidad cuya luz, comprimida en sus entrañas jóvenes, florecería muy pronto a la luz grande del sol. Su dulce melancolía penserosa, en la que una gracia de alba caía y lloraba, dibujábase, cada día más densa y más frágil y temprana, en su gracioso rostro que el viento y la intem-perie requemaban.

 

Inquirióle ella, como si fuese su hijo, asida a un brazo de él:

 

–¿Has estado en la toma?

 

Balta permanecía mudo. Parecía evitar mirarla. Al fin la apartó colérico:

 

–¡Déjame, mujer!

 

Y penetró siniestramente al cuarto.

 

Adelaida, con su abnegación y paciencia de mujer, in-sistió y le siguió.

 

–¡Pero por Dios, Balta! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?

 

Y añadió en un tierno puchero que sangraba:

 

–¿Qué he hecho yo para que así me trate y me bote?...



 

 

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Adelaida, parándose en medio del cuarto que la tem-pestad colmaba de una compacta oscuridad, lanzó un ge-mido:

 

–¡Ay, Dios mío!...

 

El llanto la ahogó. Inclinó su morena cabeza exangüe, y, con desolada amargura, sollozó, sollozó mucho, enju-gándose con el revés de su largo traje plomo, como hacen las dulces mujeres de las sierras dolientes del Perú.

 

–¡Me bota de ese modo!... –susurraba ella, y el dolor inflaba sus senos, los alzaba a gran altura y los dejaba caer y otra vez los levantaba.

 

¡Cómo lloran las mujeres de la sierra! ¡Cómo lloran las mujeres enamoradas, cuando cae el granizo y cuando el amor cae! ¡Cómo toman un pliegue de la franela, des-colorida y desgarrada en el diario quehacer doméstico, y en él recogen las calientes gotas de su dolor, y en él las ven largo rato, las restregan, como probando su pureza, mien-tras percuten los truenos, de tarde, cuando el amor infla sus pezones, que sazonara el polen del dulce, americano capulí; los alza a gran altura y los deja caer y otra vez los levanta!

 

El pequeño Santiago asomó a la puerta del cuarto, estiró el desnudo cuello y escudriñó a hurtadillas hacia adentro. Balta habíase sentado en el borde de la cama, en un rincón, una pierna en flexión sobre un banco, acodado en ella, la mano a la mejilla, mirando al suelo, taciturno, callado.

 

–¡Qué he hecho yo! ¡Me bota! ¡Me bota de ese modo!

 

Murmuraba Adelaida sus lamentos y sus quejas, y, al hacerlo, no se dirigía a su marido. Decía:



 

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–¡Me bota de ese modo!

 

Tal se quejan las mujeres de las sierras, cuando se quejan del hombre a quien aman. Creyérase que entre ambos, cuando el dolor arrecia y arrecian los vientos con-tra los peñascos eternos, hay un tercer corazón invisible, el cual se patentiza entonces ante sus almas y preside sus destinos. A ese corazón se dirigía ella ahora, de pie, entre las tinieblas de la tarde, recogiendo sus lágrimas entre los pliegues de su falda sencilla y estropeada.

 

El patio parecía cubierto de granizo. Un rayo cayó muy cerca y su relámpago abrasó de violáceo fuego la es-tancia.

 

Santiago observaba, extrañado. Niño, con sus ocho años, él no se daba cuenta de aquel infortunio. Supo sí que adentro se lloraba, y que se callaba más adentro aun. Su corazón empezó a encogerse y tuvo ganas de llorar. Viendo padecer a su hermana, le dolió el alma. ¿Quién la hacía padecer? ¿Qué la habían quitado? ¿Qué cosa se le negaba? ¡Dénsela! ¡No sean malos! ¡Devuélvanle sus cosas! ¿No las encuentran? ¡Búsquenselas! ¡No la hagan llorar!... Santiago sintió que se le anudaba la garganta y se echó a llorar en silencio. No se atrevía a más. Sabía de ma-nera oscura, que en ese momento su hermana debería de sentirse esclava de indoblegable yugo, el cual, al mismo tiempo que la golpeaba, no la dejaba huir. Pensaba él: de-bería correr Adelaida. Un instante accionó con uno de los brazos de varias maneras, tratando de llamar la atención de Adelaida. Levantaba el brazo estirándolo cuanto po-día, lo ponía en cruz, lo hacía rehilete, agitaba los dedos con impaciencia, atenaceado por un vehemente y álgido



 

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anhelo de que ella volviese los ojos a él, sin que su mari-do se vaya a dar cuenta, eso sí. ¡Tonta! Cómo se fijara en él, siquiera un segundo. Danzaba de aguda impaciencia. Empezó a hacer señas:

 

–¡Escápate! –daba a entender con sus ademanes de consejo–. No seas zonza. Escápate de puntillas, apenas él se descuide. Sí. Sí puedes. De puntillas... Escápate... No hay más que un paso al corredor... Si fuese más lejos...

 

Pero, de un salto... ¡salvada! Apúrate nomás. Nadie te está viendo... Pronto...

 

Pero así son las cosas. Adelaida no se fijó en su her-manito. ¡Pobre hermana! Si se hubiese dado cuenta de cuanto le advirtió Santiago... Pero así son las cosas. Ella, desgraciadamente, no lo vio.

 

–¡Yo no sé qué le pasa! –seguía sollozando Adelaida–. ¡Hace ya tiempo que está así conmigo!

 

Otra vez morían sus palabras en apasionado lloro.

 

Santiago, de pronto, secó sus lágrimas con el dorso de la leñosa muñeca y con el extremo de manga desgarra-da. No habiendo sido advertido aún por Balta, se irguió ahora en un perfecto ademán adulto y tosió. No podía so-portar. Acercóse ruidosamente más al quicio. Dijo, como quien no sabe nada de lo que ocurre:

 

–¿Qué haces, Adelaida? ¿Buscas tu rueca? Yo no la he visto desde el otro día…

 

Nadie hizo caso al arrapiezo.

 

–¿No ha llegado todavía don Balta? ¡Pobrecito! Si lo habrá agarrado el aguacero…



 

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Como Adelaida no le respondiese y tratase más bien de ocultarle el rostro entre los pliegues de su traje, San-tiago volvió a toser con mayor energía y estuvo limpián-dose los pies de barro en la madera de la puerta, tratando de hacer notar su presencia por Balta. Arrojaba entonces sobre el pavimento del cuarto una sombra larga y gigan-tesca, mucho más grande que la de un hombre. La noche descendía muy negra.

 

Santiago iba engallándose y creciendo en rabia. Aho-ra sabía, de manera oscura también, que cualquiera que fuese aquel yugo, para él vago y desconocido, que oprimía y ligaba así a su hermana, había que echarlo abajo. Un nervioso coraje, de niño que se sugestiona en contra de un fantasma o en contra de una fuerza misteriosa y su-perior, le hizo parapetarse en el umbral, trémulo de una íntima fruición fraternal. Temblaba. Se puso a rayar con la uña el maguey del quicio. ¿Qué cosa? ¿A su hermana? ¿Qué cosa? ¿Quién? ¿Quién?...

 

Después se sentó en el poyo, siempre atisbando hacia adentro. Poco a poco el silencio se hizo completo en la casa. Santiago se quedó dormido.

 

Al despertar, se asustó. ¿Dónde estarían ellos? Llamó.

 

Nada. Había una oscuridad espeluznante.

 

–Me han dejado –se dijo en voz alta–. ¡Adelaaaida!...

 

Paró el oído y sólo a intervalos oía, por el lado de la zahurda, el gruñido de algún cerdo maltratado por los otros. No se movió de su sitio Santiago. Estaba con el cuerpo helado. Empezó a poseerle un terror infinito. Re-cordaba a su hermana bañada en lágrimas, a su marido colérico, estúpido... ¿Cómo se quedó dormido? El frío,



 

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el reposo mortuorio de la noche, la soledad de la casa, la inquietante ausencia de la hermanita querida... Hacía esfuerzos para no soltar el llanto, pues que si lloraba ex-perimentaría más miedo y su desesperación ya no tendría límites.

 

Hizo un esfuerzo de valor y tentó la puerta del cuarto. La halló abierta de par en par. Volvió a llamar. ¡No le con-testó ni el más leve rumor o seña de vida!

 

–Adelaaaaida… Adelaidiiiiiitaaa…

 

Un calofrío glacial recorría su epidermis, de cabeza a pies. Un ruido producido muy cerca de él le hizo dar un salto. Fue un terrón que cayó de la tapia. Santiago se ba-ñó de un sudor frío. Empezaban a distinguir sus pupilas, aguzadas por la desesperación, aquí y allá, sombras, bul-tos que se agitaban y poblaban en cerrada muchedumbre los corredores y el patio. Hasta el cielo aparecía completa-mente negro. Pronto empezaría a llover.

 

Le pareció que a veces deslizábanse a lo largo del mu-ro que daba al cerco del camino, rozándolo y producien-do un rumor atropellado de trajes y ponchos inmensos, cortejos intermitentes y misteriosos. ¿No habría quizá ve-nido del pueblo su madre?

 

Sonaron unos pasos lentos y duros. Santiago se vol-vió a todos lados, tratando de escrutar las tinieblas frías y mudas, y musitó, sin saber lo que decía, presa de indes-criptible sensación de pavor:

 

–¡Quién!... ¿Qué cosa?...

 

Los pasos se aclararon. Era un jumento errabundo y abandonado, sin duda, a campo libre.



 

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Santiago sentóse, tranquilizado, otra vez en el poyo. A poco rato dormía el pequeño un sueño sobresaltado y doloroso.

 

Sobre el techo graznó toda la noche un búho. Hasta hubo dos de tales avechuchos. Pelearon entre ambos mu-chas veces, en enigmática disputa. Uno de ellos se fue y no volvió.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII

 

 

 

 

 

Obsesionado Balta por los celos, aquella noche inju-rió a su mujer, la acuchilló a denuestos, y, poseído del más sincero y recóndito dolor, la decía:

 

–Está bien. Está bien. ¡Pero tú has muerto ya para mí!

 

Adelaida intentó en un principio persuadirle de que sus cargos eran infundados.

 

El marido, exacerbado, gruñía sus imprecaciones en alta voz, acusando, hachándola a miradas, llorando, sangrando a pedazos. ¡Qué la había hecho él! ¡Por qué le pagaba así! En la vida él no amó a nadie, sino a ella sola. No fue jamás un mal hombre, un vicioso, un hol-gazán. No. Fuera de su hermana, tantos años ausente, sólo Adelaida. ¡Sólo Adelaida en el mundo! ¿Quién la obligó para irse con él? Al formular esta pregunta, Balta empleaba un timbre de adoración infinita por su mujer. Asomaban en esa interrogación elástica, cérica, de una sublime trascendencia dramática, perdones, piedades, misericordias supremas. ¿Quién la obligó para seguirle? No. No le había amado jamás. ¡Adelaida mala! ¡Adelai-da! ¿Por qué, mejor, no quisiste al otro desde un princi-pio, antes que a él? Imaginándose Balta lejos y extraño a ella en el mundo y por toda la vida, la amaba con una



 

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ternura aun más grande y más pura. La amaba enton-ces mucho. Ahora mismo que la veía sufrir acudiría a consolarla y tranquilizarla y a prestarla refugio y am-paro. Sí. La ampararía. ¿Por qué se la hacía sufrir? ¡Tan buena! ¡Pobrecita! La ampararía. Y consternado en sus fibras más delicadas y sensibles y diáfanas, Balta lloraba y tenía la impresión perfecta y real de estarla procuran-do un bálsamo, de estarla haciendo el bien. Mas, luego, salvaba todo este orbe de hipótesis sentimentales, volvía a su dolor actual y lloraba y se le astillaba el alma a pe-dazos, a grandes pedazos.

 

Adelaida fue acercándose a él.

 

–¡Oye, Balta, por Dios!

 

–¡Déjame! ¡Déjame!

 

Ella arrodillóse prosternada ante el marido, y se puso a gemir con desgarradora lástima de amor, inclinado el moreno rostro atribulado, vencida, suave, humilde, naza-rena, dulce, aromada de dolor, diluida ella entera y en el varón absorbida, en un místico espasmo femenino.

 

–Déjame.

 

Y Balta agregaba, llorando, a su vez:

 

–¡Tú has muerto ya para mí!

 

Aquella misma noche la llevó al pueblo. A través de los desfiladeros y las abras cenagosas, cortando las nieblas y la oscuridad, se fueron.

 

Ya en la casa del pueblo, Balta la hizo vestir de luto riguroso, y él hizo igual cosa. Obedecía ella, llora y llora. Una luz fría y anaranjada de esperma iluminaba y tocaba de aciaga pesadumbre los blancos muros repellados, los



 

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objetos, el ladrillamen de la estancia. Fuera quedaba la noche negra y desierta.

 

Cuando hubo acabado ella de vestirse de negro, la tragedia también acababa de volver a las internas capas de madera de la viga del hogar; volvía de arañar a deshora unos restos olvidados de corteza de aquel alcanfor secu-lar; vagó por tales incisiones y, siempre con el viejo pará-sito miserable a cuestas, tornó y ocupó su lugar, destino en mano, dale y dale.

 

Tras una noche llena de implacables suplicios mora-les para ambos, Balta, irritados los nervios por la vigilia y los pesares, transido, cárdeno de incurable desventura, con el amanecer, volvió al campo, abandonando a Adelai-da en la morada de la aldea. Ella permanecía dormida y enlutada sobre el lecho.

 

Llegó Balta a la cabaña y la volvió a abandonar, para ir a errar allende los páramos. Sin darse cuenta, advirtió-se de pronto en el mismo montículo herboso que está al pie de la cresta calva, esbelta y tallada, donde la maña-na anterior estuvo sentado, las piernas colgando sobre el abismo.

 

Hacía buen tiempo ahora. Un sol caluroso y dora-do esparcía su flama sobre los nacientes brotes de los terrosos sembríos, y el cielo despejábase de momento en momento. El rocío brillaba entre las primeras briznas y cuando Balta subió a la cima, revolaban a su alrededor algunas ledras que se le pegaron de los follajes del trán-sito, y tenía empapado el pantalón hasta más arriba de la rodilla. Aquella ropa encharcada empezó a despedir un vaho tibio e inocente.



 

 

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Balta, sentado en el filo de la roca, miraba todo esto como en una pintura. De su cerebro dispersábanse tume-factas y veladas figuras de pesadilla, bocetos alucinantes y dolorosos. Contempló largamente el campo, el límpi-do cielo turquí, y experimentó un leve airecillo de gracia consoladora y un basto candor vegetal. Abríase su pecho en un gran desahogo, y se sintió en paz y en olvido de todo, penetrado de un infinito espasmo de santidad pri-mitiva.

 

Sentóse aún más al borde del elevado risco. El cielo quedó limpio y puro hasta los últimos confines. De súbi-to, alguien rozó por la espalda a Balta, hizo éste un brusco movimiento pavorido hacia adelante y su caída fue ins-tantánea, horrorosa, espeluznante, hacia el abismo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

 

 

 

 

Por la tarde de aquel mismo día, en la casa de la aldea, Adelaida, ignorante aún del espantoso fin de su marido, yacía en el lecho, descarnada y llorando.

 

Doña Antuca, sentada en el umbral del dormitorio, velaba el sueño del nieto, que acababa de nacer esa ma-ñana. El niño, de vez en vez, sobresaltábase sin causa y berreaba dolorosamente.

 

Un cirio que ardía ante el ara empezó a chorrearse; su pabilo giraba a pausas y en círculo, chisporroteando, y, cuando la mano trémula de la abuela fue a despavesarlo y a arreglarlo, hallólo mirando largamente a la puerta que permanecía entornada al corredor. Llorando salía por allí la triste lumbre religiosa, hincábase a duras penas en los ríos pañales del poniente y ganaba por fin hacia lo lejos.

 

Era el mes de marzo y empezó a llover.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hacia el Reino

 

de los Sciris



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Hacia el reino de los sciris. Manuscrito mecanografiado que se encuentra en la Biblioteca Nacional del Perú. Tal original no lleva las notas finales del autor que reproduce Georgette de Vallejo en la edición de 1967.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

EL OTRO IMPERIALISMO

 

 

 

 

 

Este rumor lo producía el ejército del príncipe here-dero, al entrar a la ciudad, de regreso de su expedición conquistadora a Quito. De las terrazas de Sajsahuamán se veía el desfile de las huestes, a su entrada a la Intipampa, por el ancho camino de la sierra.

 

A la cabeza venía Huayna Cápac, cuya figura aún adolescente –pues era su primera campaña militar–, apa-recía curtida por las intemperies, los calores y fríos del norte. El ejército, mermado por el hielo en el heroico sitio de los chachapoyas, cruzaba las primeras rúas del Cuzco, a paso lento, que marcaban los tambores de guerra. Las armas del imperio venían precedidas, a un tiro de hon-da, por los expertos rumanchas. Flameaba luego el Iris, recamado sobre un pendón de lana y plumas, dardeado por los rayos solares y rematado en un suntupáucar, con-sistente en un airón de oro. Iban angulosos héroes, trian-gulados de arrugas, sujeta al hombro la compacta masa de queschuar, mellada y ojosa por los golpes contrarios; honderos enflaquecidos y mustios; consumidos y curvos flecheros de añascas raídas, embrazado el tercio de fle-chas de metálica punta emponzoñada, el arco de bejuco



 

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en descanso al omoplato; lanceros de brazos enormes y colgantes, las celadas de guayacán deshechas en colgajos; hacheros desprovistos de la cuña, cojeando dolorosamen-te... Al medio iba el apusquepay, un viejo de enorme men-tón y ojos serenos, con su turbante amarillo, ceñido por un ruinoso burelete de plumas.

 

El ejército entraba a la ciudad, decaído, inválido. Sola-mente algunos generales, oficiales de la nobleza o vete-ranos, sonreían al pasar por las calles. Mas, en general, los expedicionarios y hasta el propio príncipe heredero, venían poseídos de honda pesadumbre.

 

Al desaparecer los últimos soldados en el fondo de la ciudad, los obreros de la fortaleza los vieron, embarga-dos de extraña indiferencia. No sonó un aplauso, ni un grito de entusiasmo. Las mujeres y los niños, asomados a las puertas, contemplaban fríamente a los guerreros. Al-gunas mujeres atravesaron la calzada y dieron a beber al pariente que volvía, unos tragos de chicha o llevaron a su boca un poco de cancha y ocas dulces. Mudos estaban los heraldos. En lugar del hailli de victoria, llenaba las bocas un turbio silencio. Cuando el ejército cruzó delante del templo de las escogidas, en el Hanai-Cuzco, una anciana se puso a llorar.

 

A lo lejos, vibraron las trompas bélicas, al penetrar el ejército a la Plaza de la Alegría. Eran apagados aullidos de unos clarines hechos de cráneos de perros, cazados a los enemigos. A la dentadura de estos cráneos venían atadas sonoras sartas de dientes de monos del norte, de modo que, al agitarse el aire y jugar en el bárbaro instrumento, se oía un chillido calofriante y famélico... Al oírlos ahora, la ciudad se arrebujó en lástima y silencio.



 

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Túpac Yupanqui, al saber la aproximación de Huayna Cápac, le esperó en el patio de cobre del palacio, rodeado de la corte. Tenía el rostro contraído por la ira. El príncipe heredero avanzó hasta el pie del trono imperial, la frente descubierta e inclinada; hizo un movimiento de vasallaje y obediencia y, en actitud sumisa y prosternada, dio cuen-ta de la expedición.

 

–Padre –dijo–, la conquista de los huacrachucos que-da consolidada. Vienen conmigo quinientos mitimaes y he dejado a las orillas del Marañón cincuenta hijos del sol. Heroico ha sido el arrojo de los quechuas, para obte-ner la rendición de aquella provincia, cuya juventud se ha defendido fieramente, y si no fuese por el consejo de sus ancianos, a los que logré reducir por medio de beneficios y otros actos generosos, el sometimiento de los huacra-chucos habría fracasado...

 

El Inca permaneció indiferente. Las miradas se vol-vieron a él, ávidas de ver el efecto que producían las pala-bras del heredero, cuyo arribo al Cuzco era inesperado. No lo habían hecho aguardar las vigentes disposiciones del Inca, no lo poco favorables que hasta entonces fue-ron los resultados de la expedición. Las hogueras en los montes, los chasquis, nada había anunciado tan súbito retorno.

 

–...Después de muchas jornadas a través de las selvas –continuó Huayna Cápac–, ataqué a los chachapoyas en sus propias murallas y fortines. La resistencia fue mayor aun que la de los huacrachucos. Durante tres lunas asedié a la ciudad. Allí perdí el grueso del ejército. Mis hacheros murieron batiendo las selvas que a los naturales servían de trincheras y defensas invulnerables. Allí también ca-yeron muchos veteranos del Maule y Atacama. Redoblé



 

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el ataque. Buscando otro lado menos inexpugnable, as-cendimos, dando la vuelta, de noche, hacia las punas de Chirma-Cassa...

 

Al llegar a este punto, Huayna Cápac dio un tono de tragedia a sus palabras. La corte se dispuso a oír con toda atención. Solamente Túpac Yupanqui seguía en su gesto displicente, cual si de antemano supiese cuanto el herede-ro tenía que decir.

 

–...En aquella región mortífera –añadió el príncipe–, toda estrategia fue imposible, sino al precio de una gran abnegación. En territorios desconocidos y acosados por una naturaleza hostil, resolví afrontar los caminos más rectos, así fuesen los de mayor audacia y sacrificio. Así lo hice. Ello costó trescientos guerreros del Sol, que que-daron helados por el frío, en vísperas de nuestro último y definitivo encuentro con el enemigo. La batalla en tales condiciones fue imposible. Nos retiramos y, en vista de haber sido el ejército mermado casi por entero, decidí, después de un consejo de guerra, volver al Cuzco…

 

Dijo Huayna Cápac y se arrodilló ante su padre. El semblante del Inca se demudó y, en un arranque de cóle-ra, rasgó sus vestiduras, en presencia de la corte amedren-tada, diciendo:

 

–Los hijos del Sol se han visto rechazados primero en las montañas del Beni, de donde volvieron a Mojos sólo mil guerreros de los diez mil que se embarcaron en balsas preparadas en dos años. Después, al iniciarse la conquista de los chirihuanas, tuvieron miedo a los salvajes y antro-pófagos. Más tarde, repasaron el Maule, cediendo a los feroces promoncaes. Y hoy, el hijo del Inca, el príncipe heredero, en su primera campaña militar, hace una retira-



 

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da vergonzosa e interrumpe así la conquista de los sciris... Pues bien: no más conquistas. ¡Y a las labores de la paz!

 

Túpac Yupanqui abandonó su silla de oro y penetró a sus aposentos, seguido de Raucaschuqui. Los demás es-tuvieron indecisos de la conducta que les tocaba seguir, a raíz del enojo del Inca. El heredero cubrió su cabeza de jaguar y echando, con ademán de rabia y de dolor, la capa a uno de los hombros, se dirigió al pórtico y desapareció, seguido de dos jóvenes huaracas, sus ayudantes en cam-paña.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

EL ADIVINO

 

 

 

 

 

El día en que, según los cálculos de los llacta-cama-yocs, debería terminar la cacería, se tomó las disposicio-nes necesarias a fin de que el Emperador presenciase, por expreso deseo suyo, la maniobra final del chacu.

 

Sesenta mil quechuas habían sido desplazados en to-do el territorio, para la caza. Actuaban en la región del Cuzco cinco mil, los mismos que, hacía tres semanas, sa-lieron a los montes y quebradas, portando centenares de lazos, armas diversas, alcos de caza, abundantes víveres. La estacada esperaba ya en la llanura de Vilcamayo, al sur del palacio de Colcapata. Era un semicírculo inmenso, cuyos extremos abríanse mirando a las montañas, en un claro que medía medio tiro de honda. Aquella mañana, se vio a algunas mujeres atando a los cordeles los colgajos pintados y fantásticos, que debían servir para apriscar. A los arrabales de la ciudad llegaron, al amanecer, algunos guanacos fugitivos, saltando cercas y tapias.

 

La ciudad engalanóse de fiesta. Humeaban los hoga-res, donde se alistaban provisiones de comida, chicha y coca para el pueblo. Mujeres en pollerón, desnudos los brazos, chorreando agua de las trenzas, descalzas o con



 

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ligeros llanques de cabuya, entraban y salían de las casas, portando al hombro o a dos manos botijas de chicha de jora. O portaban enormes ollas, colmadas de patasca ca-liente, tazones sin asa, de gran boca, de los que rebosaba el mote de maíz para los niños; rosadas cumbas entisadas de rastrojo de Puno, llenas de masato; torres de mates y potos de calabaza, de mayor a menor tatuados con pun-zones caldeados, amarillo pálido, tabaco, molle, azafrán, lúcuma madura, naranja del norte, arcilla de Nazca. Se había dado muerte a centenares de llamas, para carne del festín y en los corredores y patios pendían de los cordeles tasajos enteros y charqui, salados y penetrados de pimien-ta y ají. Se molía en los batanes el rocoto de los templos, la quinua y el olluco. Detrás de las casas, las tahonas cre-pitaban abrasadas, cociendo budines de papa, tortas de camote y bollos de picadillo, cuyo olor, denso y poroso, impregnada el aire de una molicie enervante.

 

Túpac Yupanqui, desde el momento en que decidió abandonar las armas de conquista, trocándolas por el ara-do y el telar, venía mostrándose, más que nunca, bonda-doso y sencillo. Ora salía a ver las faenas agrícolas, ora visitaba las forjas rechinantes y encendidas de los orífices y fundidores, donde las láminas y lingotes de metal ge-mían al asaltar la línea tersa de una efigie sagrada o el ángulo agudo de una barreta espléndida; ora, al cruzar las afueras de la capital, se asomaba a una choza y tomaba una hebra de las madejas para alfombras y tapices, cu-yos hilos secábanse en las rasantes de las pircas, goteando alegres tintes de campeche, molle, quinua amarga y tayo; ora hacía llamar a un amauta y le formulaba largas inte-rrogaciones sobre hechos fenecidos de otros incas, sobre los movimientos del tiempo, sobre el próximo novilunio,



 

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sobre los linderos, la distancia, los vientos, la natalidad, la vida y la muerte... Túpac Yupanqui hallábase entregado por entero a una vida profunda y tutelar, serena y cons-tructiva, que le revestía de una especie de santidad apaci-ble y sonriente.

 

Los nobles secundaban al Inca en su entusiasmo por la paz y el trabajo, aunque, en el fondo, lamentasen es-ta nueva política del Emperador, en nombre del espíritu guerrero de la raza y, sobre todo, por propia conveniencia de clase, ya que las expediciones de conquista redunda-ban, a la larga, en aumento de preeminencias y riquezas cortesanas.

 

Aquella mañana se hablaba en los corredores del pa-lacio, en animados corrillos. Un joven antun-apu mur-muraba contristado, ante unos curacas.

 

–Todo esto está muy bien. Mas no hallo oposición en-tre el chacu y la batalla. Sabéis que los hijos del Sol tienen una misión divina sobre la tierra: la de extender sin fin la religión del Inti y sus frutos benéficos. El Inca está en error. Una gran calamidad se avecina...

 

Los curacas asentían. Uno de ellos, cuidando de no ser oído, decía:

 

–Una gran calamidad se avecina. He soñado un alco gigantesco y negro, de ojos de fuego y piel enteramente limpia de pelo, que en una parva inmensa del Raymi, de-voraba una era de quinua. Soñé que el alco misterioso iba zaceado por millares de quechuas, los que, al verle mascar el grano, lanzaban dolorosos gemidos.

 

Unas infantas se acercaban. El guerrero y los curacas, llamados por un esclavo, fueron a unirse a otros grupos.



 

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Por una puerta pequeña, en cuyos quicios había ado-sados dos frisos en granito, plateados al fuego que re-presentaban, el uno, el sacrificio de un niño y el otro, el nacimiento de Maita Cápac, aparecieron dos ñustas, de radiante belleza una de ellas y de una triste fealdad la otra. Venían tomadas del brazo, a paso reposado, inclinadas. Las princesas volvieron a desaparecer por el lado de los recintos destinados al príncipe heredero, en el preciso momento en que acaecía un hecho imprevisto, que dejó paralizados a todos:

 

Un adivino, a quien nadie conocía, penetró al palacio por el pórtico que daba a la Plaza de la Alegría, lanzando voces desgarradoras y agitando a dos manos un cayado de punta lancinante. Con el cabello largo y desgreñado, las facciones descompuestas por el terror, envuelto en un rebozo de púrpura en jirones, corriendo y saltando, cual si pisase en millares de clavos candentes, buscaba con ojos desorbitados por el ansia y la desesperación no se sabe qué cosas tremendas e inauditas, en los muros, en los monolitos cubiertos de oro, en las soleras de los techos, en las estatuas y pilastras, en el aire mismo. Levantaba el cayado y lo hincaba en las rosetas y aristas de las paredes. Como si persiguiese insectos o arañas, se inclinaba y se ponía en cuclillas para buscar, con la punta de su vara o con el dedo, en el pavimento y en las junturas de las pieles y tapices. Gruñía y lloraba con infinita desolación.

 

La corte presenciaba esta escena, estupefacta. Le deja-ron circular por donde le llevaba su locura. Clamaba, rugía y se quejaba en palabras ininteligibles. Después se revolcó en el suelo y se desprendió de sus harapos. Entonces se le cogió por la fuerza. Se le intimidó. Pero le abandonaron en seguida, como si su cuerpo quemase, cuando dijo:



 

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–¡Soy el adivino! ¡Todas las patas de la araña dan ha-cia adentro! ¡Calamidad! ¡Calamidad!

 

Le llevaron a presencia del Inca, quien, percatado del aire profético del quechua, ordenó en tono de vaga in-quietud:

 

–Que hable. Dejadle.

 

Y el aterr[or]izado quechua, en quien ardía la pavesa desconocida, la mecha intermitente de los astros, habló, abatiéndose a pausas, en una especie de sublime agonía:

 

–¡Veo quipus enredados, como anonadadas serpien-tes!... Uno de los cordones va creciendo y anudándose a los tabernáculos del Coricancha; es rojo como un arrollo de sangre. También se anuda a los malaquis y a las momias de los emperadores... Veo a un extranjero, de faz barbada y blanca, saquear las reliquias sagradas del Rímac y del Titikaka... Veo al yllapa cruzar un cielo nuevo y deshacer-se en tres cosas distintas, enlazadas por un compás idénti-co en sus cursos... ¡Se pierden! Ya no puedo mirarlas. Oh terrible ceguera la mía. Veo un ejército innumerable, en el que los guerreros, inclusive el jefe, tienen la misma talla, de tal modo que todos parecen jefes o todos simples sol-dados... Vienen otros ejércitos y se traba entre ellos una lucha, en la que no se vierte una sola gota de sangre ni una lágrima. Más que combate, parece un juego amable e inocente... Unas nubes pestilentes rezuman de las grietas de la tierra y sofocan y enervan a los combatientes, ha-ciéndoles perder el ritmo de la lucha y trocando el orden y armonía de ella, en sudor y fatiga y desazón. ¡Ah cala-midad!... ¡Oigo cómo crecen los caminos, serpenteando entre cubiles, dólmenes y nidos!...



 

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El adivino fue sacado. Tenía un enorme cráneo, acha-tado por la parte superior, en un plano perfectamente horizontal, desde la altura del nacimiento del pelo en la frente, hasta el mismo colodrillo de la cabeza. Si no fuese por los huesos intactos y el cuero cabelludo de todo el cráneo, creeríase en un corte a machete. En cambio, la anchura del rostro alcanzaba un diámetro excesivo, se-mejando la imagen que producen los espejos convexos.

 

Una vez en la Plaza de la Alegría, el monstruo dio síntomas de tranquilidad. Poco a poco recuperaba el es-tado normal de su conciencia y volvía de su mundo pro-digioso, aludiendo y significando cosas y circunstancias de la realidad. A las preguntas que le formulaban, dio res-puestas cada vez más en razón. Al fin, al llegar al asilo de enfermos, sus palabras y acciones se entonaron de nexo y sentido.

 

–¿Cómo te llamas? –se le interrogó.

 

–Ticu

 

–¿De qué ayllo eres?

 

–De los collahuatas.

 

–Ya se ve que eres chuco. ¿Dónde vives?

 

–En los arrabales de Hurin-Cuzco, cerca del palacio de Yucay…

 

–¿Para quién vaticinas?

 

El chuco estaba sudando frío. Se enjugó la frente y una lividez mortal cubrió su gran cara. En el patio del asilo, de vastos y elevados muros, le hicieron sentar en un po-yo derruido. Le rodeaban los guardias y la enfermera más antigua del asilo, una dulce vieja aymará, vestida de lliclla negra. Ticu daba señales de suma postración. Su voz se



 

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hacía hueca y débil, apagándose. Aunque toda demostra-ción de trastorno cerebral había cesado, inspiraba miedo su cráneo modelado, su rostro irregular, la expresión feno-menal y desnaturalizada de su conjunto. Singularmente, sus ojos daban miedo, esos ojos hundidos, simples, des-membrados, bajo aquella frente sin techo y sin alero, sa-cada a espetaperros al aire racional. Le miraban de lejos, frunciendo la nariz, como si estuviesen ante un cadáver que empieza a descomponerse. Volvieron a preguntarle:

 

–¿Para quién vaticinas?

 

Se encajonó aun más la frente, al través, de una a otra sien. El chuco estiró los brazos y las piernas, como un en-fermo en su lecho y no respondió.

 

–¡Oye! ¿Para quién vaticinas? ¿O sólo por puro gusto te untas el cuerpo con sabandijas vivas?...

 

–¡Déjale! –dijo la viejecita, lastimada de piedad en su corazón–. Déjale. No le atormentes. Ya no puede más.

 

Ticu la observó de pies a cabeza y volvió los ojos al estanque, rodeado de molles florecidos, que azulaba en el patio, en la mañana clara. Quedóse así inmóvil un ins-tante, perfilado sobre el blanco estucado del muro. En las comisuras de sus labios prognaticios se habían detenido espumarajos, resecos por la fiebre. Por allí se entreveía, clavados en la mandibula inferior, un par de incisivos re-torcidos y amarillos, por toda dentadura.

 

–¡Eres un sicofante! –le dijeron.

 

Toda la cordura humana asomó a las pupilas del monstruo, de un golpe. Su rostro se reorganizó, despe-jándose e iluminándose. Su nariz adquirió el ademán de levantarse, sus belfos presentaron gesto y hasta sus orejas



 

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se asomaron a ver mejor el resto de la máscara. Miró el chuco, de uno en uno, a los guardias y a la vieja. Les miró a la cara, a los vestidos, a los pies, a la tierra en que pisa-ban. Sonrió y con acento sereno:

 

–¡Déjenme! Yo no soy adivino. Díganle al Emperador que yo soy un quechua igual a los demás. Pídanle que me deje ir a mi choza. Yo no he hecho nada, en buena cuen-ta. Se hace mal en tenerme por extraviado. Mi cabeza no tiene que ver nada. ¿No andan tantos collahuatas por los dominios del Inti? Antes bien, las tablillas me dieron el ser simple, sencillo, obediente. Yo soy un simple quechua, que riega los oasis y grutas de recreo de Yucay. ¡Oh padre Viracocha, Señor de los Incas, luz del Imperio! ¡Que me dejen ir a mi choza, donde me aguarda mi lampilla para abrir las acequias de regadío, entre los árboles sagrados!...

 

La vieja seguía mirando al suelo, compungida. Ticu se afanaba por convencerles del estado realmente normal en que se sentía. Pero era en vano. Los guardias, a una voz, clamaron:

 

–¡Eres un sicofante! Has calumniado a la nobleza. ¡Maldito del Sol! ¡Gusano pestilente! ¡Carcoma del Orá-culo Sagrado!

 

Un niño, triste y pobre, vino corriendo. Era un hijo de Ticu. Saltó a sus rodillas y le echó los bracitos al cuello, besándole. Ticu le miró extrañamente, y, desprendiendo la espina que sujetaba la manta a sus hombros, probó su punta, como la de un cuchillo, en la palma de su mano, tomó al pequeño por el mentón y le hundió la espina en uno de los ojos, hasta hacerla desaparecer…

 

Se oyó un grito desgarrador de la criatura.



 

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III

 

LA PAZ DE TÚPAC YUPANQUI

 

 

 

 

Numerosos cuerpos del ejército fueron disueltos. Sus hombres pasaron a las labores del cultivo, a la termina-ción de los caminos de la capital a la fronteriza Tumbes y a Coquimbo, la rebelde, y a las obras de fortificación y embellecimiento del Cuzco, Chanchán, Cajamarca y Huánuco. De los tambos esparcidos en el territorio, em-pezaron a llegar regimientos enteros, los mismos que eran desarmados y enviados a los minerales de Anta y del Collao y a los trabajos de reedificación del Aclla-Huasi de la capital, templo que había sufrido serios daños a causa de un reciente temblor.

 

El desarme aportaba miles de brazos a todas las ac-tividades del reino. Las artes en metal, arcilla, piedra y tejidos recibieron nuevo impulso. De la fragua y del buril salían múltiples órdenes de fuentes, orones para el culto, estatuas de animales, plantas y pastores, grabados primo-rosos, alfileres, vajillas con serpientes y pájaros en relie-ve, que al ser usadas, despedían silbidos sorprendentes. En madera de chonta y guayacán ingresaron al palacio del Inca bellos vasos y garrafas, tallados a filigrana, con dibujos en colores indelebles, referentes a episodios de batallas entre los ejércitos del Tahuantinsuyo y las tribus



 

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occidentales y a algunas escenas que recordaban las fies-tas de la coronación de Túpac Yupanqui. En el monasterio de las escogidas se tejió en pocos días una preciosa faja en lana de alpaca, para el Soberano. En la faja aparecían bordados, en oro y en vívidos tintes vegetales, todos los animales del Imperio, cada especie dentro de su clima y ambiente propios. Asombrosa era la sutileza de los hi-lados y su disposición, según los colores y matices, des-concertaba la habilidad y acierto con que se sucedían las sombras y luces anatómicas en las pieles y plumajes. La retina sufría extrañas desviaciones a la vista de la faja ma-ravillosa, en el deseo de ordenar las partes, precisando las formas de los animales o buscando la imagen panorámica de la fauna. La faja, mirada a cierta distancia –cuando iba ceñida a la cintura del Inca, por ejemplo–, no ofrecía nada de extraordinario, fuera de la suntuosidad y brillo de sus tinturas; pero, vista de cerca, daba una sensación deslum-brante y casi angustiosa. Había quienes no alcanzaban a captar, de manera precisa, su contenido artístico y no fal-taban otros que, observando la labor bajo un exceso de sol, no podían distinguir ni un solo animal. Ya se alejase el objeto de los ojos o se le acercase, sin salir del ángulo normal de la visión, el observador acababa por ser como cegado y no veía nada.

 

–No veo –decían muchos– animales, ni cielos, ni te-rrenos ni nada…

 

Un auqui de la corte imperial, a quien acaba el Sobe-rano de dar por esposa una hermosa infanta, hija del Inca en linaje yunga, al escrutar la faja, buscando sorprender todos sus detalles y pormenores, fascinado, se volvió cie-go. Conmovida la corte, atribuyóse al rutilante objeto un sentido embrujado y sentimental, llegándose a murmurar



 

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que una vestal, enamorada del príncipe, al saber el no-viazgo con la infanta, imaginó la faja fatal, en venganza de su amor.

 

En el palacio de Chanchán se dio principio a la re-facción del gran corredor que conducía del aposento de los arabescos en colores hacia el fondo del edificio, donde había cincuenta estancias, retiradas y secretas, a las que nadie más que el rumay-pachaca penetraba, una vez por año, a raíz de las reparticiones del señorío. Estas habita-ciones, secretas y recónditas, poseían, desde la época de los chimús, una aureola misteriosa y de encantamiento. Sus muros lindaban con el cementerio de la ciudad, el cual se levantaba a pocas varas del mar, llegando las olas, a veces, hasta salpicar los cimientos funerarios. Y fue so-bre uno de los muros de aquel corredor –vasto pasadizo hacia tan tristes estancias– donde se empezó a labrar un bajorrelieve inaudito y calofriante. Nadie preguntó al ar-tista que lo concibió, la causa y sentido de ese friso.

 

El relieve representaba un esqueleto tañendo una quena, hecha de un collar de cráneos humanos redu-cidos. Bullían en torno danzantes de ambos sexos y de todas las edades. Aunque la figura del músico macabro estaba ya terminada, parecía aún un boceto, pues tenía un no sé qué de cosa perpetuamente en borrador, en fin, de una eterna gestación de líneas. Los talladores estaban a la sazón esculpiendo, a la zaga de esta primera parte del friso, la segunda sección del bajorrelieve, que representa-ba un coro de plañideras. Uno de los artistas cincelaba el rebozo de una de las lloradoras; otro labraba un pie des-calzo levantado hacia atrás, al dar el paso; aquél desleía una angustia excesiva en unos labios; éste delineaba una lágrima, cayendo a la altura de un cuello cetrino y joven,



 

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y cual luchaba, hacía algunos días, por atenuar la cavilosa vibración de unas pestañas... Los talladores trabajaban ar-dorosamente. Uno de ellos exclamó sorprendido, a mitad o al final de su labor:

 

–¡Oro!... ¿De dónde sale oro en esta piedra?

 

A un golpe de cincel, una chispa de oro apareció en la palma de una mano del relieve. Meditó el artista un momento sin decidirse a limar el aspa del metal sagra-do. Contempló desde diversos puntos de vista la mano, la palpó varias veces y con sumo cuidado, poniendo el alma en las yemas de los dedos. Volvió a meditar largamente y una sonrisa inefable iluminó su rostro: la mano estaba perfecta. ¡Ni una línea más ni un átomo menos!

 

Túpac Yupanqui, en su anhelo de paz y trabajo, pres-tó también atención a la cría, a la caza, a la pesca. Se orga-nizó nuevos rebaños. Invadían los bosques, jalcas, lagos, ríos y mares, tropeles cinegéticos, en pos de la pluma de-licada, del canto jamás oído, de las pintadas pieles, de las garras brillantes, de las finas cornamentas, de las esca-mas diamantinas, de los bruñidos colmillos, de las perlas silenciosas, de los encelados mugidos. El Soberano orde-nó preparar para la fiesta del Raymi un gran chacu en el reino, operación que no se efectuaba hacía seis años. El chacu regional del Cuzco debería ser presenciado por el propio Inca y se llevaría a cabo en la llanura que queda al pie del palacio de Colcapata, en el valle de Vilcamayo.

 

Transcurridas algunas lunas de la retirada de Huay-na Cápac, el Tahuantinsuyo se vio convertido en una inmensa colmena. Fuera de unos cuantos regimientos acantonados en las fronteras y una que otra provincia insurrecta, todos los súbditos del reino, originarios y



 

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mitimaes, se entregaron a la exclusiva obra de acrecentar la riqueza del imperio. La política incaica despojóse de golpe de su carácter proselitista y guerrero. Los pueblos trabajaban sin descanso, dando fin a las obras empeza-das, extendiendo el radio de otras, iniciando nuevas.

 

No es que Túpac Yupanqui repudiase la vida de las armas y de las conquistas. Durante su reinado, no había hecho otra cosa sino guerrear siempre. Su padre, Pacha-cútec, le dejó mucho por hacer. Todos los señoríos es-parcidos en el norte, desde el de los chancas hasta el de Tumbes, cuyo régulo aún permanecía en rehenes en el Cuzco, acababan de ser sometidos por Túpac Yupanqui. Largos años de sangre y ambición. Expediciones heroicas, sin precedente en la dinastía, primero sobre los nazcas poderosos, tan hábiles artífices como animosos defenso-res de su libertad y luego sobre el dominio de los chimús, orgullosos rivales de los Incas. Esta última ofensiva duró ocho años, con peripecias de todo género y con encarni-zadas batallas de bajas incontables. El solo asedio y asal-to a la inexpugnable fortaleza de Paramonga, al iniciar la invasión, costó cinco mil quechuas. El mismo Túpac Yu-panqui dirigió la estrategia, siendo herido de un flechazo en el brazo. Después, fue la toma de la populosa, brillan-te y soberbia Chanchán, capital de los chimús. Victorias y hazañas que ningún antecesor suyo había realizado. Allí estaba la historia, los quipus elocuentes y veraces, los relatos y testimonios de sus generales, de los solda-dos y del pueblo, las odas de los aravicus, los himnos triunfales, las danzas de guerra, los trofeos, los relieves y monumentos que moran en los tambos y diversos tea-tros de los hechos... Túpac Yupanqui era, pues, un em-perador guerrero. Mas ahora ansiaba un remanso a las



 

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fragosas jornadas, un remanso que él, ciertamente, igno-raba cuánto tiempo duraría. Ansiaba paz y trabajo. Que obrase el pensamiento en su estambre sutil y tranquilo y que la tierra produjese el tallo que da sombra y frescura, la semilla que nutre y prolifica, la flor que se abre para los tabernáculos, para las cunas y las tumbas. Ansiaba trabajo y paz. Que la alegría exhalase la risa fecunda y confortante; que se serenase el cielo sobre las frentes de gañanes y pastores; que el marido besase a su mujer, y que los ardientes crepúsculos del reino vertiesen mansa luz sobre los sacerdotes, tormentosas figuras de cráneos ovalados y larga barba... El Inca ansiaba ahora el amor, la meditación, el germen, el reposo, las grandes ideas, las imágenes eternas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

UN ACCIDENTE DE TRABAJO

 

 

 

 

 

Paseaba una tarde Túpac Yupanqui, en compañía de Mama Ocllo y rodeado de su séquito, por las colinas de la ciudad sagrada, visitando los trabajos de reconstrucción de la fortaleza de Sajsahuamán. Veinte mil súbditos ha-bían salido a los trabajos aquel día. Operaban a la sazón sobre la segunda torre, que estaba ya para quedar termi-nada. El Inca avanzó hasta el lugar de la labor y, obser-vando a la bullente multitud, volvió los ojos hacia uno de los mitas:

 

–¿De dónde es la piedra de la puerta?

 

El quechua se arrodilló:

 

–¡Padre! Es de Pisuc.

 

El cortejo imperial se estremeció ante este nombre de la cantera oriental.

 

Venía del otro lado un rumor sordo y convulso de vo-ces y exclamaciones. Hormigueaba allí la muchedumbre, en torno a una piedra gigantesca, que debía ser levantada para base de la tercera y última torre de la fortaleza. La piedra viajaba, hacía seis años, desde las márgenes del Uru-bamba. Mucho tiempo hacía que, a mitad del camino, se



 

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cansó, y ya no quiso avanzar. La habían agitado, golpeán-dola. La llamaron a grandes gritos, empujándola de todos lados. La piedra siguió inmóvil, sorda a toda llamada y es-tímulo. Pasaron los días, las lunas y los años. Fueron por ella gran número de hombres. Las aguas llovedizas remo-vieron las tierras donde yacía, arrastrándolas consigo y la piedra seguía fija, inconmovible. De lejos, los pastores, al buscar sus ganados, la solían mirar, al caer la tarde, con medrosa piedad, como a las piedras de las tumbas. Los buitres y los búhos asentáronse en ella por las noches y los graznidos y los trinos arrullaban su sueño. Pero los hom-bres fueron un día de nuevo por ella y lograron entonces despertarla. La traían ahora e iban a levantarla sobre la terraza de Sajsahuamán.

 

El Inca dijo pensativo:

 

–Es la piedra cansada. También de Pisuc.

 

El roquedal de Pisuc estaba al otro lado del Urubam-ba, muchos tiros de honda más allá de la margen. Según las tradiciones, desde allí fueron traídos gran parte de los bloques de la fortaleza, aun muchos de los primeros ba-samentos. Bloques enteros y hermosos, montañas de una sola pieza, basaltos de grano apropiado para los grandes dentajes como para las aglutinaciones sutiles y de simple acercamiento. Los arquitectos prefirieron los bloques de Pisuc a cualesquiera otros y, si todas las murallas, torres y subterráneos no estaban construidos de ese material, ello obedecía a la imposibilidad de trasladarlo a través de las aguas caudalosas. Una circunstancia singular rodeaba a las piedras de Pisuc de catadura tétrica: desde que saltaban de la cantera, hasta que quedaban enclavadas en el lugar a que se las destinaba, dejaban tras de sí el exterminio de



 

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muchas vidas, la desgracia de otras, siempre una brecha de sangre y lágrimas. En esta aureola lúgubre de Pisuc me-ditaba el Inca, cuando vino a él un auqui:

 

–¡Padre! ¿Querrías ver cómo queda la puerta de la se-gunda torre? Acaban de dejarla terminada.

 

Advertida de que los soberanos volvían, la multitud se arrodilló en silencio. Los maestros canteros daban órdenes acaloradamente y los mitas se esforzaban en cumplirlas con rapidez y habilidad. Un juego de sogas recorría algunos agujeros de la parte superior del muro y desparecía hacia arriba y abajo, para aparecer de nue-vo, en gruesos cabos, en las manos de los trabajadores. De todas partes, salía un estruendo angustioso de golpes de piedra, restallidos de sogas, pasos apresurados, ace-zar de pechos. Cuando el monolito de la puerta empezó a ser levantado, la muchedumbre se sumió en un gran silencio, no oyéndose más que el ruido de los lazos, al ludirse en los agujeros de los muros y uno que otro bufi-do de energía. Túpac Yupanqui y Mama Ocllo dieron unos pasos atrás, para observar mejor. Era asombroso el modo como iba subiendo la piedra cuyo peso y tamaño, a medida que ganaba la altura, parecía ir perfilándose mejor y cobrando tal importancia en el mecanismo, que producía una impresión de vago terror. Una interrup-ción imprevista paralizó de repente el mecanismo de brazos y cordajes. Acercáronse algunos personajes de la comitiva imperial. Uno de ellos estiró la mano y a duras penas alcanzó a tocar con las yemas de los dedos el blo-que suspendido. Hincó en él las uñas y se volvió hacia los demás:

 

–¡Los basaltos de Pisuc son los más bellos del reino!



 

 

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De improviso se vio una cosa espeluznante. Resta-llaron los cabos en las encallecidas manos y en distintos puntos del ciclópeo artefacto. Sonaron terribles exclama-ciones de alarma. Cayeron de los sobacos de la puerta fi-nísimos guijarros y el gigantesco cuerpo rocoso se abatió como un rayo. Retembló espantosamente la muralla en-tera. Hondo silencio siguió a la caída de la piedra, cual si ésta se quedase allí muerta para siempre...

 

A Mama Ocllo la tenía el Inca en brazos, desfallecida de horror. Algunas sipacoyas y doncellas de la corte lan-zaban quejidos y voces de socorro. De dentro de la torre venían gritos ahogados:

 

–Aquí está. ¿Y mi hermano?

 

Preguntas había que no obtenían respuesta.

 

–No lo he visto. No lo he visto...

 

–¡Sangre! ¡Sangre!

 

Un gran alarido colectivo, largo, interminable, llenó el espacio y fue a resonar en la ciudad y en los flancos del cerro Huanacaure.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

BIZANCIO, LONGITUD OCCIDENTAL

 

 

 

 

 

Runto Caska era pariente del Inca. Joven de notable belleza varonil, muy inclinado a la música y a las armas, gozaba de extraordinario ascendiente respecto del Empe-rador. Túpac Yupanqui tomaba raras veces camino en los negocios del Estado, sin haber consultado antes al noble pariente. El Consejo de los Ancianos viose a menudo sus-tituido en sus funciones consultivas por Runto Caska.

 

Pero el ascendiente de Runto Caska se apoyaba en su calidad de artista, más bien que en calidad de pariente del Inca.

 

La antara de Runto Caska consistía en una serie de finos tubos de oro pulido, con dibujos del mismo metal, cerrados por un extremo y colocados uno al lado de otro, por orden de tamaño y espesor, hasta rematar en el más pequeño, que no medía arriba más de una pulgada de lon-gitud, por un diámetro apenas mensurable. Los sujetaba y unía una doble redecilla de tendones pertenecientes a gigantes collas, derrotados y muertos en sangriento com-bate, del que participara Runto Caska durante la primera expedición de conquista que siguió a sus diez y seis años. Entre las dos redecillas corría, al centro, un juego de cor-



 

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dones verdes y rojos, de lana de alpaca, los mismos que, al llegar a los tubos extremos de ambos lados, se hacían nudos y acababan en cuatro grandes borlas. Al ser tañi-do este triángulo sonoro, pendía del cuello del artista por medio de un trenzado de plata en filigrana, y, cuando no era usado, permanecía en un estuche de piel de rana, em-butido por dentro con órnamo, datura sanguínea y otras yerbas vilcas, de las que solían usar los adivinos aterrados.

 

De regreso de la Intipampa, Runto Caska penetró en sus estancias, sombrío y meditabundo. El artista cru-zó una pequeña galería de roca desnuda y desbastada a buril, fría y a la sazón desierta, dirigiéndose luego hacia una sala interior, en cuyo centro ardía un pebetero, con-sistente en una concha de tortuga, que despedía grato ca-lor y voluptuoso aroma de coca y cáscara de plátano. El músico sentóse en un banco de cobre, tapizado de pieles de jaguar. Allí permaneció cavilando, la mirada fija en el plafón. El artista sufría. Kusikayar no había asistido a la fiesta del huaraco y su ausencia le colmaba de zozobra. La amaba. Desde el día en que Kusikayar ingresó a la pu-bertad y su ingreso fue festejado, según el uso quechua, en la humilde choza de la entonces obscura y pobre niña de pueblo, Runto Caska, que había presenciado la qui-puchica, la amaba con todo el ardor de su mocedad. Por insinuación del músico, el Inca la había hecho ñusta, en mérito a su don para las danzas sagradas.

 

Extraña belleza la de Kusikayar. Nadie sabía, en ver-dad, el origen de su linaje, el cual se perdía en las som-bras de su inferior civil en el reino. Unos decían que sus ascendientes procedían de un país oriental, de más allá de Pacarectambu, la morada que amanece, el lugar de las cua-tro dimensiones. Otros narraban que la cuna de la joven



 

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radicaba en los desiertos australes, áridos y salados, cuya última linde, aguda y saliente, era de forma de una pata y por eso llamaban a los suyos patagones. Ésta era la versión más general, a causa de atribuir a tal origen el símbolo de los pies milagrosos de Kusikayar. Pero no faltaban quienes, particularmente entre los sacerdotes, referían haber veni-do esa familia, en tiempos muy antiguos, de un imperio remoto, situado hacia la linde donde la luz tiene su lecho misterioso. Ananquizque, el joven villac, decía:

 

–Desde allá vino ese linaje. A esa casta no la trajeron las armas. Por sí misma, llegó una tarde a la ciudad y, se-gún cuentan viejos caracteres en las hojas de los plátanos, ello aconteció cierta vez en que el coyllur fue visto de día en el cielo, a la hora en que las columnas de estío carecían de sombra bajo la luz solar.

 

La figura de Kusikayar llegó a adquirir gran relieve en los ritos religiosos. Su danza llegó a constituir una liturgia especial en las fiestas del Sol. Durante la fiesta del Situa, al empezar las lluvias y cuando prevalecían las enferme-dades, Kusikayar danzaba en las puertas del Coricancha, al compás de las músicas hieráticas. En las evoluciones de su cuerpo escrutaban los taciturnos sacerdotes el incier-to porvenir y la mortalidad del año. El pueblo adoraba y temía a Kusikayar, como a una aclla entre las vírgenes del Sol.

 

Y fue en la última fiesta del Situa, que a Runto Caska aconteciera un acontecimiento muy vago y sutil, el mis-mo que vino a interponerse entre él y Kusikayar, como un fantasma misterioso.

 

En la mañana de aquel día del Situa, en contra de los cálculos astronómicos registrados en el Kalasasaya, el



 

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aire se enrareció de repente y todo quedó obscuro, como si la noche cayese. El yllapa cruzó el espacio y siguió un horrísono sacudimiento de tierra. Cayeron algunos mu-ros y techumbres. Un anciano quedó muerto en medio de la calle. Lloraban las madres y en sus brazos gemían los niños, arañando los senos maternales. Muchas espo-sas encinta, dieron a luz violentamente, criaturas dormi-das para siempre. En el Hurin-Cuzco salió una doncella enloquecida y se arrojó al río Huatanay. El terror de los quechuas no tuvo límites. Salían todos de sus viviendas a las plazas, ululando de miedo y clamando al yllapa, pa-ra que cesase en su cólera. La ciudad se conmovió en un inmenso espasmo de pavor. Hombres y mujeres, niños y ancianos, la comunidad entera estuvo reunida en la Plaza de la Alegría, delante de las puertas del Coricancha. Los sacerdotes, con las caras afiladas por el terror, y los amau-tas, llenos de majestad, predicaron la calma. Un villac dijo, tocado de visiones:

 

–El yllapa está enfadado. Es a causa de no haberse lle-vado a cabo la conquista de los tucumanes. Así lo dice el oráculo. Dejad vuestros hogares y luego de ahuyentar el mal de las sementeras, volved aquí, a escuchar el vaticinio de la danza del Situa.

 

A los campos salió la muchedumbre. Entre ella iban algunos alcos asustados, husmeando las rocas y las her-bosas sendas, rascando el suelo y aullando lastimera-mente. Iba cada piruc a la cabeza de los suyos y toda la multitud oraba y gemía. Unos, para aplacar la cólera del yllapa, dejaban en los montículos y otras elevaciones taleguitas de coca y granos de maíz. Otros bebían un trago de los arroyos o arrojaban unas gotas de chicha, dando papirotes al aire. Cuando arribaron a los trojes,



 

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los golpearon, dando voces de alerta y apostrofando al mal para que se alejara.

 

De retorno a la ciudad sagrada, sobrevino la calma. Agolpados a las puertas del Coricancha, esperaron oír de boca de los adivinos las palabras del porvenir, halladas en los pies de Kusikayar.

 

La aclla salió, rodeada de los sacerdotes y revestida de una túnica fina y transparente. Su corta cabellera estaba suelta y no llevaba brazalete, vincha ni otro adorno, fuera de sus largos pendientes de princesa.

 

El Inca estaba allí, bajo su solio de oro, rodeado de la corte. Un silencio profundo se hizo. La muchedumbre inclinó la frente. Entonces se alzó la música sagrada, lenta y a grandes jirones y la aclla tuvo un acceso de exaltación. Se entonó el ytu litúrgico y hablaron los sacerdotes a la multitud:

 

–El yllapa cesará en su enojo. La conquista de los tucumanes se llevará a cabo. Mañana partirá la prime-ra expedición, compuesta de quinientos honderos. Los muertos del año serán pocos. Podéis retiraros a vuestras viviendas. Orad siempre y que los holocaustos den sus frutos...

 

Oídas las palabras del oráculo, la muchedumbre se dispersó. Algunos grupos se encaminaron a los templos y a las huacas y ofrecieron a Viracocha, en acción de gra-cias, objetos de plata y cobre, piedrecillas pintadas, pu-ñados de tierra, huesos de cuyes y chuño de papa. Otros llevaron aromas y hojas de coca, que hicieron arder al pie de las pilastras sagradas.

 

Todo esto recordaba Runto Caska, al volver de la fiesta del huaraca. Recordaba también que, a partir de



 

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aquella danza del Situa, la ñusta manifestaba por él un miedo extraño y observaba reservas misteriosas, aun en las horas más tiernas y apasionadas. El artista la interrogó y Kusikayar respondía de modo incomprensible. Runto Caska sufría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Un fragmento de “Bizancio, longitud horizontal” fue publicado con algunas variantes como “La danza del situa”, en La Voz de Madrid el 17 de junio de 1931.



 

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VI

 

EN LA INTIPAMPA

 

 

 

 

Un día, durante las fiestas del huaraca, realizábase en la Intipampa una de las postreras ceremonias para armar caballeros a ochocientos jóvenes del imperio, cuya pre-paración militar había terminado. En torno del Empera-dor, veíase rebullir a centenares de nobles. Allí estaba el magistrado, de gesto tranquilo, donde latía el signo de la justicia; el amauta, severo y pensativo, cruzada la amplia túnica verde a uno de los hombros; el general, de recta mirada, con su penacho septicolor y sus sandalias de pla-ta, que conocieran fragosas y occiduas regiones; los tristes aravicus, de azules vestiduras, con hilados de áloe en for-ma de rutilantes insectos del norte; el ermitaño taciturno, venido de las paccarinas lejanas; los rumay-pachaccas, aún tostado el rostro por el reciente viaje desde el tur-bulento Pongoa o desde el lago Titikaka, a cuyas orillas crecen los maíces del Inti, de granos milagrosos... Tenía el Inca a su derecha al Supremo Villac, vestido de blanca lana esquilada a las alpacas del Hatum.

 

Las callisapas, que debían tomar parte en las épicas pruebas de la Intipampa, aparecieron ataviadas de los lujosos trajes correspondientes a su estirpe y portaban primorosas jarras de vidriada greda, llenas de la chicha



 

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litúrgica. Venían por el lado de la ciudad, escoltadas de una centuria de infantes, cuyas picas y arcos chispeaban bajo el sol.

 

La muchedumbre lanzó un aullido de alegría, que tar-dó largo tiempo en apagarse. Una anciana lloraba, soste-niendo en brazos un haz de frescas siemprevivas. Y una joven decía entre lágrimas:

 

–¡Anoche, cuando los donceles dormían al pie de las murallas de Sajsahuamán, una mala serpiente le ha heri-do...!

 

La joven extrajo de entre sus senos una garra de ja-guar, labrada y pulida en forma de medialuna, la puso en la palma de la mano y la llevó con gran unción a los la-bios, descubriéndose.

 

Una de las ñustas, Hiray, portaba una jarra de suave arcilla, extraída del Chimú. Unos jóvenes mitimaes, ve-nidos de aquellas tierras, obsequiaron tan bella vasija a Hiray, la más hermosa ñusta del Tahuantinsuyo. Porque Hiray poseía, en verdad, una belleza sin par en el reino. Debido a este don había sido elevada, de un natural hu-milde, al rango de doncella de estirpe solar.

 

¡La jarra de Hiray! ¡Qué barro tan delicado y al pro-pio tiempo tan espantoso! Representaba un cuervo en actitud de volar, el cuello enarcado. La recta negrura del oblicuo pájaro se evidenciaba agudamente, al contrastar con la radiante juventud y la gracia núbil de Hiray. El aciago plumaje y la cabeza chata y funeraria producían un extraño calofrío. Hiray le tenía en brazos.

 

La fila de paladines se aproximaba, en la justa de carrera. Cuando sus trajes amarillos empezaron a ser dis-tinguidos a distancia, las callisapas cantaron. A una voz



 

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cantaban una aria antigua, en cuya melodía el amor y la gloria vibraban dulcemente. Cantaban por las sombras de los héroes antiguos, por los dólmenes inmóviles de Accora, por las momias que, en flexión agazapada de aves nocturnas, meditan en las hornacinas sagradas y en los sillares de pórfido de las chulpas silenciosas. Cantaban por las batallas ganadas y por los huesos sembrados en las rutas sin fin de las conquistas. Algunas princesas eleva-ban su voz a gran altura. Otras se estremecían al compás del canto heroico, con sus hombros erectos, sus gargantas redondas y sus vientres cerrados y nuevos, de forma de corazón, donde estaba enarbolado el gran telón que da a la eternidad. Pero [había] quienes dejaban de cantar un momento y sus lenguas eran entonces fáciles para aque-llos silencios, en tanto las bocas de sus vasos alegóricos aparecían abiertas, en un rictus de tácita revelación.

 

Cuando cesó el canto y su eco resonaba aún en las cuencas de las jarras, los jóvenes y las mozas del pueblo inclinaron el rostro.

 

El Inca armó caballeros a los vencedores, a los sones triunfales del hailli, coreado por el pueblo. Los héroes calzaron las ojotas de lana, ciñendo el huara, en señal de virilidad y las madres coronaron sus sienes de verdes siemprevivas.

 

En medio del entusiasmo de la multitud, la jarra de Hiray se hizo trizas. Poseída de presentimiento, la ñusta se puso a llorar.

 

 

 

■          “En la Intipampa”, es publicado en La Voz de Madrid el 22 de mayo de 1931, con el título “Una crónica incaica”, con algunas variantes realizadas por el autor.



 

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VII

 

LA CÓLERA DIVINA

 

 

 

 

 

A la mañana siguiente, Runto Caska despertó muy tem-prano. Su mirada era reposada y denunciaba un bienestar profundo.

 

El día anterior estuvo preocupado por la escena del adivino, pero terminó por hallar tan vacío, absurdo y ri-dículo aquel incidente, que lo olvidó y no le dio mayor importancia. Mas he aquí que ahora, en forma inopina-da, empezaba a sentirse, ante su recuerdo, atenaceado por numerosos y encontrados pensamientos. Esto era extra-ño. El pliego de pronósticos se presentaba ahora con cier-to colorido y con tal vida, que le empezó a inquietar, sin poder evitarlo. La ruina del Imperio, quipus de púrpura, el yllapa deshecho, las reliquias sagradas en manos ex-tranjeras, un hombre coronado de espinas... Runto Caska hizo un movimiento al azar. Un sutil presentimiento hirió en este momento a Runto Caska. Apartó las almohadas y saltó del lecho. El corazón empezaba a decirle que en las visiones del adivino gusaneaba talvez un porvenir nebu-loso y lleno de amenazas.

 

Al ingresar a los recintos del Inca, el artista mostraba el rostro enardecido, las pupilas encendidas. Avanzaba al



 

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azar a lo largo de las galerías. La imagen del adivino iba en su pensamiento, revestida de un halo deslumbrante, que le fascinaba enteramente. Saldría cierto cuanto ha-bía presagiado. Podría sobrevenir el día... Runto Caska se dio cuenta de que todos los agüeros del collahuata eran nefastos. Viracocha preparaba horribles castigos. La cóle-ra sagrada sobrepasaría a cuantas registraban los anales. Por su imaginación desfilaban las visiones de sangre, las devastaciones, los templos y palacios reducidos a polvo, los sembríos talados, los andenes derrumbados, secos los estanques y los ríos, las vidas difuntas. Runto Caska em-pujó una ligera puerta de mimbre, guarnecida de hilados de metal. Cruzó con aire resuelto una cámara, donde sos-tenían animada conversación tres amautas y desapareció por la puerta del fondo.

 

Túpac Yupanqui sonrió, tendiéndole la mano, que Runto Caska se prosternó a besar. Entonces, como po-cas veces, sintió el Inca la noble influencia del espíritu del artista, al que amaba por sobre los demás grandes del Ta-huantinsuyo.

 

–¡Noble Runto Caska! Eres un tesoro del Sol. ¿Qué te trae? ¿Qué puedo yo darte? Habla, inteligente amigo.

 

El artista observó el indulgente y sencillo modo con que era recibido por el Emperador, cosa que le confir-maba, una vez más, la estima en que le tenía el Sobera-no. Además, Runto Caska sabía que Túpac Yupanqui no desechaba los consejos, así fuesen del más humilde de sus siervos. El Inca experimentaba un especial goce en oírlos. A menudo, llegaba a solicitar opinión a la rústica viejecita del arroyo, al pastor simple y triste, al efímero chasqui, a la doncella del tambo. Les escuchaba y solía



 

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responderles con gran dulzura, que hacía llorar de ter-nura a los amautas:

 

–Así será, mama.

 

–Muy bien, taita.

 

Runto Caska dijo con suma gravedad, palabra a pala-bra, inclinado en señal de adoración:

 

–¡Señor! Has oído ayer al adivino. Su voz me ha pene-trado el corazón y hallo en ella una amenaza cierta para vos y para el reino. Ha presagiado la ruina del imperio. Sus visiones son fatídicas para los hijos del Inti...

 

El Inca sonreía con gesto paternal. Runto Caska dio a su acento una inflexión patética, nacida de su corazón atormentado:

 

–Padre augusto, ilustre hijo de Manco: la voz del adi-vino será cumplida. Los aullidos del chuco envuelven la certeza de un futuro lamentable. ¡Ordena, hijo de la luz, que se [me] corte la lengua y sea yo enterrado vivo, si ye-rro ahora al rogarte que aplaques la cólera del Inti! El pa-dre del imperio está irritado. Aplaca, Señor, a Viracocha. Desagravia al Inti o el augurio va a cumplirse...

 

–Sigue –dijo el Emperador, poniéndose pensativo.

 

–La ira de Viracocha es a causa del abandono que has hecho de la guerra y las conquistas. El Padre resplande-ciente ve reducidos sus altares y a la raza de Manco su-mida en la paz, que pudre músculos, socava cimientos y anuncia la corrupción y la ruina. Aplaca, señor, a Viraco-cha, empuñando de nuevo los estandartes de guerra. De vos, ilustre hijo de Manco, depende la vida del Tahuan-tinsuyo...



 

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El Inca mostróse recogido y silencioso. Los alegatos generosos y ardientes de Runto Caska le impresionaron y atraían su atención con desusado interés. Tenía la mi-rada puesta en un mismo punto del pavimento y mucho tiempo estuvo embargado por la meditación. Después di-jo con voz trasformada:

 

–Runto Caska. Eres un caro hijo del reino. Mi padre, el Sol, virtió abundante luz en tu cerebro, para que la pu-sieses al servicio de su pueblo. Amas a tu Emperador, al que prestaste siempre el auxilio de tu consejo y entusias-mo. Dime, noble artista: ¿no es acaso frágil fruto de tu imaginación, herida de temor, cuanto acabas de hablar-me?

 

–¡Poderoso Túpac! Bien sabes que jamás el vano mie-do halló presa en mi pecho y que voz de consejo que salió de mis labios, animada fue siempre de madura y serena reflexión. ¡Señor! ¡Aquí están todos mis huesos, para que de ellos se haga una hoguera, a cuyo fulgor podáis ver si el error ha graznado en mis palabras!

 

Un profundo y grave silencio se produjo, durante el cual Runto Caska permaneció inclinado. El Inca se pu-so de pie y dio algunos pasos sin pronunciar palabra. De la próxima galería llegaban trinos de pájaros exóticos, en sus finas jaulas de plata. Una hermosa doncella de Hua-ylas, del dulce color del banano, de abundosa cabellera y vincha de esmeraldas, hacía arder, en un ángulo de la estancia, un sahumerio del que salía un cálido perfume de ánades de Chincha.

 

Transcurrieron muchos soles después del diálogo en-tre el Inca y Runto Caska, hasta el día en que el Empera-dor hizo venir a su presencia al artista y le dijo:



 

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–Runto Caska: he pesado tu consejo generoso y vigi-lante, en el que arde tu noble amor al imperio. Si los gra-ves augurios del adivino envuelven certeza para el futuro, yo aplacaré a mi irritado padre. Su cólera sagrada cesará. Ordenaré reanudar las expediciones de guerra y las con-quistas del norte y así evitaré la ruina de mi raza. Todo depende de mi mano. Mi cetro dará una señal y los hijos del Sol acudirán a las armas, con el mismo heroísmo de mis recientes hazañas de la costa. Mas, antes he consulta-do la opinión de otros vasallos, tan sabios y prudentes co-mo vos: el príncipe heredero, el animoso Raujaschuqui, el veterano Quilaco, el amauta Huanca Auqui y mi leal her-mano, el Villac Uno. El Consejo de los Ancianos no vale para mí lo que vuestro docto y experimentado parecer. Domina la opinión, que también es la mía, de que antes de tomar decisión sobre tan importante asunto, se lleve a cabo un solemne holocausto en honor y desagravio de Vi-racocha, precedido de ayuno de tres días. El mismo Villac Uno buscará en las entrañas de las víctimas, la clave del futuro y se sacrificará cuantas llamas fuesen necesarias, hasta dar con la entraña del porvenir. ¿Encuentras acer-tada esta decisión?

 

Runto Caska asintió.

 

Y una semana después de las fiestas del Inti Raymi, se efectuó el ayuno riguroso en todas las comarcas del reino y los sacerdotes designaron las llamas y sus crías, que de-bían servir al holocausto. La víspera del sacrificio, se vio a Runto Caska cruzar delante de la fuente de piedra de la Plaza de la Alegría, acompañado de Kusikayar y de la infanta Rahua, prometida de Huayna Cápac.

 

El crepúsculo arrancaba de los muros de oro del Cori-cancha un reflejo amarillo y melancólico. La plaza estaba



 

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César Vallejo

 

desierta. De cuando en cuando, se veía algún mita retar-dado, un guardia, una mujer con un cántaro de agua o un pastor arreando su ganado a la Intipampa. El hielo del ray-mi daba al aire una punzante aspereza. Runto Caska, aga-zapándose en su manto bordado de finos líquenes de Jauja, apresuró el paso.

 

–Cien llamas y sus crías –dijo Rahua– ya están esco-gidas, en las dehesas y huertos del Hurin-Cuzco.

 

–El Inca está contento –murmuró Kusikayar–. ¿Y tú, Runto Caska? ¿Qué opinas y auguras del sacrificio?

 

Runto Caska puso una mirada de fe en Kusikayar:

 

–¡La raza del Sol es inmortal!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII

 

LA GUERRA VERTICAL

 

 

 

 

Al día siguiente tuvo lugar el holocausto.

 

En medio de la muchedumbre ávida y conmovida, el Villac Uno, asistido del sacerdocio entero y en presencia de Túpac Yupanqui y su corte, realizó el solemne sacrifi-cio. El pontífice buscó en las entrañas de la primera llama el secreto porvenir y el examen arrojaba compactas nubes de incertidumbre. Volviéndose al solio imperial, el Villac Uno agitó la diestra ensangrentada, trazando un signo en el aire y dijo con acento fatídico:

 

–Todo está incierto.

 

Siguió a la voz hierática un clamor lacerado de la mul-titud. El Inca permanecía tranquilo, con el santurpaucar en la izquierda mano. El pueblo, a cada palabra del Villac Uno, dirigía sus miradas hacia el Inca, solicitando la últi-ma señal de los destinos.

 

De algunos puntos de la plaza emergía uno que otro murmullo aislado: una rogativa, un sollozo ahogado, el lloro de un niño. Imperaba un silencio trágico y reco-gido. Los quechuas seguían los detalles del sacrificio, esforzándose en observar cuanto pasaba en el altar: los retorcimientos de agonía de la llama y el modo como



 

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César Vallejo

 

quedaba al morir; los servicios litúrgicos alrededor de ella; el cambio de las lancetas de oro, de los lazos de púr-pura y de los blancos lienzos; las caras de los sacerdotes, sus gestos, el movimiento de sus labios y de sus ojos. Si el Villac Uno ejecutaba un ademán importante, la mu-chedumbre palidecía en espera del oráculo.

 

El Villac volvió a decir, más abatido: –El porvenir está cerrado enteramente. Más tarde, reanimado: –¡Viracocha sonríe a su raza!

 

El efecto de estas palabras fue un aullido de alegría, el mismo que redoblóse, cuando el sacerdote, levantando ambas manos al cielo, lanzó este grito de triunfo:

 

–¡Viracocha protege a Túpac Yupanqui!

 

Mas, de repente, sucedió algo inesperado y espan-toso. En el instante en que el Villac Uno abría las entra-ñas de la última llama, el animal, ya herido, se incorporó instantáneamente y, con una rapidez que a todos dejó pasmados, saltó del tabernáculo sagrado y desapareció. El pontífice sólo tuvo fuerzas para volverse al Soberano y al pueblo y decir, agitando los brazos ensangrentados:

 

–¡Desgracia! ¡Desgracia! La víctima resucita, escapa del altar y desaparece...

 

Túpac Yupanqui, al oír estas palabras, se puso de pie y dijo:

 

–Mi padre, el Sol, está irritado y amenaza la ruina de su pueblo, a causa de que he depuesto las armas, trun-cando las conquistas y limitando el desarrollo de su raza



 

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Hacia el Reino de los Sciris

 

y de su culto. ¡Yo aplacaré su cólera divina volviendo a las guerras y conquistas y le erigiré, en el límite máximo y remoto de los nuevos señoríos que someta a mi cetro, un templo tan espléndido y rico como el propio Cori-cancha!

 

Dijo el Inca y, a las pocas horas, Huayna Cápac, al mando de un ejército de tres mil soldados, partía de la Intipampa, por el gran camino del norte, rumbo a la con-quista de Quito.

 

Al son de los tambores, cuyos parches de pieles de salvajes domados, percutían en un solo fragor, rompían la marcha, cien mitimaes chancas, cuya fidelidad al In-ca habíase tornado un ejercicio de amor verdaderamen-te religioso. Los comandaba Raujaschuqui, el guerrero más bravo del reino, luciendo el turbante amarillo de guaranga-camayoc. Iba éste precedido de un formidable soldado collasuyo, de fiero aire rapaz, que hacía flamear a barlovento la bandera fantástica del Iris. Luego, seguía un regimiento de honderos. Y luego otras banderas y trompetas de estridencias heridas, llenas de calofríos he-roicos. Y luego otros y otros batallones. A retaguardia, cerrando la marcha, iba el veterano insigne y venerable, el gran Quilaco, portando en brazos un bello cóndor jo-ven, libre de toda traba, que escrutaba en silencio el ho-rizonte.

 

Pasaban los expedicionarios ante la multitud, que los aplaudía y vivaba hasta romperse las bocas. Resonó el hai-lli triunfal en las lenguas de las esposas, en las gargantas de las hermanas, en los labios de las hijas, en los pechos de las madres. Tropeles infantiles recorrían las cercas del camino, al lado de los héroes o, asaltando los monolitos



 

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César Vallejo

 

de los arrabales vecinos y encaramándose en las torres y pedrones de Sajsahuamán, gritaban, ebrios de una emo-ción desconocida, sus adioses a los guerreros en marcha. Algunos niños de pecho extendían las manecitas al paso de tal o cual soldado, en quien reconocían el labio que han besado o el brazo en que han dormido dulcemente.

 

El príncipe heredero, consumados sus últimos man-datos, abandonó el centro de la Intipampa y, seguido de los huaracas nobles, de marcial hermosura varonil y bri-llantes vestiduras, se dirigió hacia un lado de la expla-nada, donde la familia imperial se había estacionado a presenciar la partida de los ejércitos. La muchedumbre abría camino a Huayna Cápac, prosternándose y vocean-do conmovida de entusiasmo:

 

–¡Hijo de Túpac Yaya!

 

–¡Sol que amanece!

 

–¡Alma nueva del reino!

 

–¡Mozo poderoso!

 

–¡Mozo poderoso!

 

Huayna Cápac vestía una capa de campaña, entrete-jida de leve hilado de oro, sencillas ojotas de plumas de torcaz y un casco de bruñida plata, sin más adorno que la borla amarilla de heredero. Su diestra sujetaba la par-tesana viril, ganada en sus jornadas de doncel. Al cruzar entre la multitud, aparecía resplandeciente de orgullo y ambición. Nunca, como en ese día pudo intuirse en aquel mozo, de maciza y gallarda traza de dominio, al más grande monarca del Sol. No se sabe qué cambio se ha-bía operado del capitán derruido y vacilante, que un día entrara al Cuzco, en vergonzosa retirada, a este soberbio



 

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Hacia el Reino de los Sciris

 

guerrero, alegre y animoso que, atadas a sus vastos maxi-lares todas las disyuntivas de la empresa, impartía ahora órdenes, con premura y ardor de iluminado, consultaba a sus generales, resolvía cálculos y datos estratégicos y, en general, daba la impresión de una fe inquebrantable en su destino. A los himnos de aliento de los quechuas, cente-lleaban sus pupilas de jaguar.

 

Acercóse a la familia imperial, pues debía despedirse de su hermana y prometida, la tierna infanta Rahua, que, acompañada de Mama Ocllo, Kusikayar, Runto Caska, el Villac Uno y numerosos grupos de la corte, le esperaba en finas y magníficas literas, sostenidas al hombro por soras de tallas armoniosas y pareadas. Rahua le vio venir y, sin saber por qué, le dolió el corazón. No supo contenerse y se puso a llorar.

 

–¡Adiós, hermana mía! –le dijo Huayna Cápac, emo-cionado.

 

–Adiós, hermano –sollozó la infanta con el rostro oculto entre las manos.

 

Huayna Cápac regresó al centro de la Intipampa, en el preciso instante en que un heraldo llegaba a él. Venía del palacio del Inca. Arrodillóse y le entregó una hebra del llauto imperial, que el heredero examinó detenidamen-te. El hilo sagrado tenía un nudo grande y dos pequeños. Huayna Cápac tuvo un gesto de felicidad y, descubrién-dose, besó el rojo filamento con el que su padre le ordena-ba partir sin más espera. Lanzó una mirada significativa sobre su pueblo, que no cesaba de aclamarle, cambió al-gunos diálogos con los jefes que le rodeaban y partió, son-riendo y escrutando el espacio infinito.



 

 

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César Vallejo

 

Un reguero de frescas flores y olorosas yerbas, cubría la calzada. Las exclamaciones y gritos de entusiasmo cre-cieron, formando un estruendo que ahogaba las músicas de guerra.

 

Pocos momentos después, el ejército del Sol perdía-se a lo lejos, en el gran camino de la costa. Una nube de polvo le seguía y el viento de la tarde traía, de cuando en cuando, los sangrientos clamores de los sonoros cuernos, cada vez más agudos y lejanos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          “La guerra vertical”. Ricardo Silva-Santisteban refiere que Vallejo envió una parte del capítulo a José Eulogio Garrido en junio de 1923, probablemente durante su travesía en barco por las costas de Ecuador (Guayaquil).



 

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Hacia el Reino de los Sciris

 

 

NOTA

 

 

Al final del conjunto de cuartillas que conforman Hacia el reino de los Sciris aparecen las siguientes notas de puño y letra de Vallejo:

 

1.        Cambiar el título, aludiendo al contenido. Suprimir la presencia de Runto Caska. El cuarto debe versar solamente sobre Lleray, su jarro y su ruptura, y el lloro de la ñusta por el mal presagio.

 

2.        Cambiar el título, haciendo alusión a la relación que hay entre la cólera de los dioses (Illapa), el dolor del pueblo y el envenenamien-to de los corazones amantes por esa cólera divina y por ese dolor social.

 

3.        Se puede sostener la unidad de todos los capítulos. Pero entonces hay que corregir palabras trop1 exageradas. Hay entonces que de-cir desde el primer capítulo que Lleray está enamorada de Runto Caska y éste lo ignora. De otro modo, sin la unidad novelística, suprimir el tercer capítulo del libro.

 

4.        Cambiar el título. Cambiar el nombre de Lleray por el de Kiray. C’est tout2.

 

5.        Suprimirlo.

 

6.        Ca va3. Cambiar el título.

 

7.        Reemplazar a Runto Caska por otro y cambiar el título.

 

8.        Este capítulo debe ir a otro sitio que no siga al anterior. El título puede ser: “La paz incaica”, u otro. Independizar este capítulo del 7.

 

9.        Cambiar el título.

 

10.     Suprimirlo totalmente.

 

11.     Cambiar el título. En lugar de Runto Caska otro, el guerrero del capítulo 7.

 

12.     Cambiar el título.

 

 

-           En general hay que cambiar los títulos, refiriéndolos al contenido de cada capítulo, independientemente de los demás capítulos.

 

-           Corregir palabras demasiado fuertes y apocalípticas. Revisar el fin de cada cuento.



 

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César Vallejo

 

1          trop, en francés en el texto. Significa: demasiado.

 

2          C’est tout, idem. Significa: Esto es todo, nada más.

 

3          Ca va, idem. Significa: Está bien. Conforme. Correcto.

 

 

[Nota de Georgette de Vallejo aparecida en: César Vallejo, Novelas y cuentos completos. Lima, Francisco Moncloa Editores, T.I 1970, p. 148].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[Relatos de]

 

Contra el Secreto

 

Profesional



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Contra el secreto profesional. Edición de Georgette de Vallejo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973. Es un conjunto de textos cortos sobre diferentes temas. Carlos Meneses en 1979 incluyó algunos relatos de este libro en su edición de Cuentos completos de César Vallejo, los cuales siguen apareciendo en las colecciones posteriores.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDIVIDUO Y SOCIEDAD

 

 

 

 

 

Cuando se inició el interrogatorio, el asesino dio su primera respuesta, dirigiendo una larga mirada sobre los miembros del Tribunal. Uno de éstos, el sustituto Milad, ofrecía un parecido asombroso con el acusado. La misma edad, el mismo ojo derecho mutilado, el corte y color del bigote, la línea y espesor del busto, la forma de la cabeza, el peinado. Un doble absolutamente idéntico. El asesino vio a su doble y algo debió acontecer en su conciencia. Hizo girar extrañamente su ojo izquierdo y muerto, ex-trajo su pañuelo y enjugó el sudor de sus duras mejillas. La primera pregunta de fondo, formulada por el presi-dente del Tribunal, decía:

 

−A usted le gustaban las mujeres y, además de Malou, tuvo usted a su doméstica, a su cuñada y dos queridas más...

 

El acusado comprendió el alcance procesal de esta pregunta. Confuso, fue a clavar su único ojo bueno en el sustituto Milad, su doble, y dijo:

 

−Me gustaban las mujeres, como gustan a todos los hombres...

El asesino parecía sentir un nudo en la garganta. La presencia de su doble empezaba a causar en él un visi-ble aunque misterioso malestar, un gran miedo acaso...



 

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César Vallejo

 

Siempre que se le formulaba una pregunta grave y tre-menda, miraba con su único ojo a su doble y respondía cada vez más vencido. La presencia de Milad le hacía un daño creciente, influyendo funestamente en la marcha de su espíritu y del juicio. Al final de la primera audien-cia, sacó su pañuelo y se puso a llorar.

 

En la tarde de la segunda audiencia, se ha mostrado aun más abatido. Ayer, día de la sentencia, el asesino era, antes de la condena, un guiñapo de hombre, un deshecho, un culpable irremediablemente perdido. Casi no ha ha-blado ya. Al leerse el veredicto de muerte, estuvo hundido en su banco, la cabeza sumersa entre las manos, insensi-ble, frío, como una piedra. Cuando en medio del alboroto y los murmullos de la multitud consternada, le sacaron los guardias, sólo miraba fijamente a la cara de Milad, su doble, el sustituto.

 

A tal punto es social y solidaria la conciencia individual.

 

Sin mostrar el menor signo de temor, ni siquiera dis-frazarse, el asesino siguió viviendo normalmente, a la vista general. Lejos de esconderse, como lo habría hecho cualquier matador ramplón, anduvo por todas partes. La policía no pudo encontrarle, precisamente porque él no se escondió. Pascal ha tenido razón, cuando ha dicho: “Tú no me buscarías, si no me hubieras ya encontrado”.

 

A tal punto el individuo es libre e independiente de la sociedad.

 

 

 

■          “Individuo y sociedad”. Este relato fue extraído de una versión anterior titulada “Un extraño proceso criminal”, texto que se publicó en la revista Mundial Nº 376, Lima, 26 de agosto de 1927, pp. 13-14 (3 columnas).



 

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TEORÍA DE LA REPUTACIÓN

 

 

 

 

 

He estado en la famosa taberna Sztaron de la calle de Seipel, de Budapest, taberna, según se murmura, de pro-piedad de una secreta firma bolchevique y cuyo gerente, Ossag Muchay, es tan cortés con la clientela. Muchay ha estado conmigo un gran rato, conversando y bebiendo absintio de Viena, esa distilación religiosa y armada, co-lor de convólvulo, que extraen de una extraña gramínea salvaje, llamada dístilo dormido. La taberna, esta tarde, se ha visto visitada por muy contados parroquianos, que entraban, estirando los miembros, bebían malvadamente ante el mostrador y se iban con gran perfección. Dos mu-chachas jugaban en un rincón de la planta baja, un juego dulce de hierro, con pequeñas tortugas de capa y cintas de colores. A la entrada de la misma sala, platicábamos el buen Muchay y yo. Hablábamos de las supersticiones del Asia Menor, de las salobres ciencias de aprehensión de las hechicerías.

 

Me despedí de Muchay y abandoné la taberna. Avan-cé hasta la esquina y tomé la calle de Praga, que apareció invadida de gente. La multitud observaba por sobre los te-jados las maniobras de la policía. Enteréme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que nadie sabía precisar. Un



 

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César Vallejo

 

grupo de gendarmes salió de una de las torres de la igle-sia de Ravulk, conduciendo preso a un hombre. Al des-cender el prisionero las gradas del atrio, pude verle entre la muchedumbre, trajeado de una pelliza en losanges, los ojos enormes, perrazo de gran estimación, que acabase de morder a una reina.

 

Hasta el comisariado fui detrás de esta gente. El co-misario interrogó al preso, en tono de legal indignación:

 

−¿Quién es usted? ¿Cuál es su nombre? −Yo no tengo nombre, señor −dijo el preso.

Se ha averiguado en Loeben, aldea donde vivía el aherrojado, por su nombre, sin conseguirlo. Nadie da razón de nada que se relacione con sus antecedentes de familia. En sus bolsillos tampoco se ha sorprendido pa-pel alguno. Lo único que está probado es que residía en Loeben, porque todo el mundo le ha visto allí a diario, caminar por las calles, sentarse en los garitos, leer perió-dicos, conversar con los transeúntes. Pero nadie conoce su nombre. ¿Desde cuándo vivía en Loeben? Se ignora, por otro lado, si es húngaro o extranjero.

 

He vuelto a la taberna de Ossag Muchay y le he referi-do el caso en todos sus detalles y aun dándole la filiación minuciosa del preso. Muchay me ha dicho:

 

−Ese individuo carece, en verdad, de nombre. Soy yo quien guarda su nombre. ¿Quiere usted conocerlo?

 

Me tomó por el brazo, subimos al segundo piso y me condujo a un escritorio. Allí extrajo de un diminuto estu-che de acero un retazo de papel, donde aparecía, en trazos gruesos y resueltos, pero tan enredados que era imposi-



 

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Contra el Secreto Profesional

 

ble descifrarlos, una firma delineada con tinta verde rana, de la que usan los campesinos de Hungría. Argumenté a Muchay:

 

−¿Se puede acaso tomar el nombre de una persona y esconderle en un estuche, como una simple sortija o un billete?...

 

−Ni más ni menos −me respondió el tabernero.

 

−¿Y qué explicación tiene todo esto? ¿Cuál es, en re-sumen, ese nombre?

 

−Usted ni nadie puede saberlo, pues este nombre es ahora de mi exclusiva posesión. Puede usted conocerlo, mas no saberlo...

 

−¿Se burla usted de mí, señor Muchay?

 

−De ninguna manera. Aquel hombre perdió su nom-bre y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya saber-lo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma que usted está viendo aquí.

 

−Pero si él la trazó, le será fácil trazar otra y otras.

 

−No. El nombre no es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una sola de las firmas, entre todas.

 

Sus inesperadas sutilezas de billar empezaron a hacer-me palos. Muchay, en cambio, hablaba sin vacilaciones. Encendió su pipa con dos centellas de pedernal croata. Cerró su estuche de acero y me invitó a bajar.

 

−La vida de un hombre −me dijo, descendiendo la escalera−, está revelada toda entera en uno solo de sus actos. El nombre de un hombre está también revelado en una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es



 

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César Vallejo

 

saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es saber su nombre verdadero.

 

−¿Y en qué se funda usted para creer que la firma que usted posee, es la firma representativa de ese hom-bre? Además, ¿qué importancia tiene el saber el nombre verdadero de una persona? ¿No se sabe, acaso, el nombre verdadero de todas las personas?

 

−Escuche usted −me argumentó Muchay, dando in-flexión prudente a sus palabras−, el nombre verdadero de muchas personas se ignora. Esta es la causa por la cual, en lugar de apresar al obrero de Loeben, no se ha apresado al patrón de la fábrica donde éste trabajaba.

 

−¿Pero usted sabe el delito de que se le acusa?

 

−De un atentado contra el Regente Horthy.

 

Bajé los ojos, dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          “Teoría de la reputación” es la versión posterior del relato titulado “Un atentado contra el regente Horty”, que fue publicado en Mundial Nº 447, Lima, 11 de enero de 1929 (pp. 8-9).



 

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RUIDO DE PASOS DE

 

UN GRAN CRIMINAL

 

 

Cuando apagaron la luz, me dio ganas de reír. Las co-sas reanudaron en la oscuridad sus labores, en el punto donde se habían detenido: en un rostro, los ojos bajaron a las conchas nasales y allí hicieron inventario de cier-tos valores ópticos extraviados, llevándolos en seguida; a la escama de un pez llamé imperiosamente una escama naval; tres gotas de lluvia paralelas detuviéronse a la al-tura de un umbral, a esperar a otra que no se sabe por qué se había retardado; el guardia de la esquina se sonó ruidosamente, insistiendo en singular sobre la ventanilla izquierda de la nariz; la grada más alta y la más baja de una escalinata en caracol volvieron a hacerse señas alu-sivas al último transeúnte que subió por ellas. Las cosas, a la sombra, reanudaron sus labores, animadas de libre alegría y se conducían como personas en un banquete de alta etiqueta, en que de súbito se apagasen las luces y se quedase todo en tinieblas.

 

Cuando apagaron la luz, realizóse una mejor distri-bución de hitos y de marcos en el mundo. Cada ritmo fue a su música; cada fiel de balanza se movió lo menos que puede moverse un destino, esto es, hasta casi adquirir presencia absoluta. En general, se produjo un precioso juego de liberación y de justeza entre las cosas. Yo las veía



 

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César Vallejo

 

y me puse contento, puesto que en mí también corcovea-ba la gracia de la sombra numeral.

 

No sé quién hizo de nuevo luz. El mundo volvió a agazaparse en sus raídas pieles: la amarilla del domin-go, la ceniza del lunes, la húmeda del martes, la juiciosa del miércoles, la de zapa del jueves, la triste del viernes, la haraposa del sábado. El mundo volvió a aparecer así, quieto, dormido o haciéndose el dormido. Una espeluz-nante araña, de tres patas quebradas, salía de la manga del sábado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CONFLICTO ENTRE LOS OJOS Y LA MIRADA

 

 

 

 

 

Muchas veces he visto cosas que otros también han visto.

 

Esto me inspira una cólera sutil y de puntillas, a cuya íntima presencia manan sangre mis flancos solidarios.

 

−Ha abierto sol −le digo a un hombre.

 

Y él me ha respondido:

 

−Sí. Un sol flavo y dulce.

 

Yo he sentido que el sol está, de veras, flavo y dulce. Tengo deseo entonces de preguntar a otro hombre por lo que sabe de este sol. Aquél ha confirmado mi impresión y esta confirmación me hace daño, un vago daño que me acosa por las costillas. ¿No es, pues, cierto que al abrir el sol, estaba yo de frente? Y, siendo así, aquel hombre ha salido, como desde un espejo lateral, a mansalva, a mur-murar, a mi lado: «Sí. Un sol flavo y dulce». Un adjetivo se recorta en cada una de mis sienes. No. Yo preguntaré a otro hombre por este sol. El primero se ha equivocado o hace broma, pretendiendo suplantarme.

 

−Ha abierto sol −le digo a otro hombre.

 

−Sí, muy nublado −me responde.



 

 

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César Vallejo

 

Más lejos todavía, he dicho a otro:

 

−Ha abierto sol.

 

Y éste me arguye:

 

−Un sol a medias.

 

¡Dónde podré ir que no haya un espejo lateral, cu-ya superficie viene a darme de frente, por mucho que yo avance de lado y mire yo de frente!

 

A los lados del hombre van y vienen bellos absurdos, premiosa caballería suelta, que reclama cabestro, número y jinete. Mas los hombres aman poner el freno por amor al jinete y no por amor al animal. Yo he de poner el freno, tan sólo por amor al animal. Y nadie sentirá lo que yo siento. Y nadie ha de poder ya suplantarme.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MAGISTRAL DEMOSTRACIÓN DE

 

SALUD PÚBLICA

 

 

Recuerdo muy bien cuánto pasó en el Hotel Negresco de Niza; por raro que parezca, hacer el relato de lo acon-tecido allí, me es absolutamente imposible. Hartas veces he querido −a la fuerza y revólver en mano− relatar es-te recuerdo o esbozarlo, siquiera, sin poder conseguirlo. Ninguna de las formas literarias me han servido. Ningu-no de los accidentes del verbo. Ninguna de las partes de la oración. Ninguno de los signos puntuativos. Sin duda, existen cosas que no se ha dicho ni se dirá nunca o exis-ten cosas totalmente mudas, inexpresivas e inexpresables. Existen cosas cuya expresión reside en todas las demás cosas, en el universo entero, y ellas están indicadas a tal punto por las otras, que se han quedado mudas por sí mismas. ¿Cuáles son esas cosas mudas por sí mismas? Ya ni siquiera les queda nombre para indicarse y son ante las urnas, como si no existieran localmente.

 

He trazado, arrogando mi sentimiento, algunos dibu-jos, a la fuerza y revólver en mano. He golpeado una pie-dra protegiéndome de mástiles. He pulsado una cuerda, poniéndome en la hipótesis de poder traducir lo del Ne-gresco, si no por medio de palabras, al menos, por medios plásticos o musicales en mitos de inducción. Mi impoten-cia no ha sido entonces menos angustiosa. Un instante, en



 

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César Vallejo

 

el son de mis pasos me parecía percibir algo que evocaba la ya lejana noche del Hotel Negresco. Cuando he preten-dido someter ese fluido de mis pasos a un preconcebido plan de expresión, el ruido perdía toda sugestión alusiva al fugitivo tema de memoria.

 

Salí del español. El francés, idioma que conozco me-jor, después del español, tampoco se prestó a mi pro-pósito. Sin embargo, cuando oía hablar a un grupo de personas a la vez, me sucedía una cosa semejante a lo de mis pasos: creía sentir en este idioma, hablado por varias bocas simultáneamente, una cierta posibilidad expresiva de mi caso. Diré, así mismo, que las palabras “devenir”, “nuance”, “cauchemar” y “coucher” me atraían, aunque solamente cuando formaban frases y no cada una por se-parado. ¿Cómo manifestarme por medio de estas cuatro palabras inmensas y en movimiento, extrayendo de ellas su contagio elocutivo, sin sacarlas de las frases en que estaban girando como brazos? Además, las otras voces con las que iban enlazadas, algo debían tener de simpa-tía semántica hacia mis ideas y emociones del Negresco, puesto que su compañía comunicaba valor a los cuatro vocablos que he señalado.

 

Un día, una muchacha inglesa, bonita e inteligente, me fue presentada en la calle. El amigo que me la presen-tó, a quien le dije luego que la niña era bonita, me dijo:

 

−Vous voulez coucher avec elle?

 

−Comment?

 

−Voulez-vous coucher avec Whinefree?

 

Entonces fue que la palabra francesa “coucher” y la inglesa “Whine-free” me parecieron de súbito emitir jun-



 

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Contra el Secreto Profesional

 

tas, por boca de mi amigo, una suerte de vagos materiales léxicos, capaces talvez de facilitarme el relato de mi re-cuerdo de Niza. Esto explica por qué, algún tiempo des-pués, me refugié en el inglés. Tomé, al azar, Meanwhile de Wells. Al llegar, reunido y en orden, al último párrafo de Meanwhile, me asaltó un violento y repentino deseo de escribir lo sucedido en el Negresco. ¿Con qué palabras? ¿Españolas, inglesas, francesas?... Las palabras inglesas “red”, “staircase”, “kiss”, se destacaban del último párrafo del libro de Wells y me daban la impresión de significar, no ya las ideas del autor, sino ciertos lugares, colores, he-chos incoherentes, relativos a mi recuerdo de Niza. Un calofrío pasó por el filo de mis uñas.

 

¿No será que las palabras que debían servirme para expresarme en este caso, estaban dispersas en todos los idiomas de la tierra y no en uno solo de ellos?

 

Diversas circunstancias, el tiempo y los viajes me fue-ron afirmando en esta creencia. En el idioma turco no hallé ninguna palabra para el caso, no obstante haberlo buscado mucho. ¡Qué estoy diciendo! Las voces que iban ofreciéndoseme en cada una de las lenguas, no venían a mi reclamo y según mi voluntad. Ellas venían a llamarme espontáneamente, por sí mismas, asediándome en forma obsesionante, de la misma manera que lo habían hecho ya las voces francesas e inglesas que he citado.

 

Aquí tenéis el vocabulario que logré formar con vo-cablos de diversos idiomas. El orden inmigrante en que están colocados los idiomas y las palabras de cada idio-ma, es el cronológico de su advenimiento a mi espíritu. Cuando se me reveló la última palabra del rumano “noap” que se presentó simultáneamente con el artículo, tuve la



 

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César Vallejo

 

impresión de haber dicho, al fin, lo que quería decir hacía mucho tiempo: lo ocurrido en el Hotel Negresco.

 

El vocabulario es éste:

 

Del lituano: füta – eimufaifesti – meilla – fautta – fuin – joisja – jaettä – jen – ubo – fannelle.

 

Del ruso: mekiy – chetb – kotoplim – yakl – eto – caloboletba – aabhoetnmb – ohnsa – abymb – pasbhtih

 

– ciola – ktectokaogp – oho – accohianih – pyeckih – teo-pethle – ckol – ryohtearmh.

 

Del alemán: den – fru – borte – sig – abringer – shildres

 

– fusande – mansaelges – foraar – violinistinden – moerke

 

– fierh – dadenspiele.

 

Del polaco: âr – sandbergdagar – det – blivit – veder – börande – tva – stora – sig – ochandra.

 

Del inglés: red – staircase – kisse – and – familiar – life – officer – mother – broadcasting – shoulder – formely – two – any – photograph – at – rise.

 

Del francés: devenir – nuance – cauchemar – coucher.

 

Del italiano: Coltello – angolo – io – piros – copo.

 

Del rumano: unchiu – noaptea.

 

Esta caprichosa jerga políglota me da la impresión de expresar aproximadamente mi emoción de los Alpes marítimos. Solamente me resta dejar constancia de dos circunstancias, de dos masas de guerra, de dos cortes al sesgo. Primeramente, ninguna de las múltiples voces que la forman, puede, por separado, traducir mi recuerdo de Niza. En segunda confianza, el poder de expresión de es-



 

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te vocabulario reside, especialmente, en el hecho de estar formado en sus tres cuartas partes sobre raíces arias y el resto sobre raíces semitas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Nota de Georgette de Vallejo: “aquí van las correciones que ha-brá que hacer en esas palabras extranjeras que hay en el texto, entre cuyas hay muchas deformadas, siendo Vallejo quien las or-tografió basando en el sonido seguramente”].



 

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LÁNGUIDAMENTE SU LICOR

 

 

 

 

 

Tendríamos ya una edad misericordiosa, cuando mi padre ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de oración. En el corredor de abajo, estaban sen-tados a la mesa, mi padre y mis hermanos mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. To-caron a la puerta.

 

−¡Tocan a la puerta! −mi madre.

 

−¡Tocan a la puerta! −mi propia madre.

 

−¡Tocan a la puerta! −dijo toda mi madre, tocándo-se las entrañas a trastos infinitos, sobre toda la altura de quien viene.

 

−Anda, Nativa, la hija, a ver quién viene.

 

Y, sin esperar la venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien salió a ver quién venía así, oponiéndose a lo ancho de nosotros.

 

Un tiempo de rúa contuvo a mi familia. Mamá sa-lió, avanzando inversamente y como si hubiera dicho: las partes. Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Enton-ces y cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes.



 

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Contra el Secreto Profesional

 

−Porque no le dejé que saliese a la puerta −Nativa, la hija−, me ha echado Miguel al pavo. A su pavo.

 

¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padre, re-velando, el hombre, las falanjas filiales del niño! Podía así otorgarle la ventura que el hombre deseara más tarde. Sin embargo,

 

−Y mañana, a la escuela− disertó magistralmente el padre, ante el público semanal de sus hijos.

 

Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida.

 

Mamá debió llorar, gimiendo apenas la madre. Ya na-die quiso comer. En los labios del padre cupo, para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fra-ternas bocas, la absorta amargura del hijo, quedó atrave-sada.

 

Mas, luego, de improviso, salió de un albañal de aguas llovedizas y de aquel mismo patio de la visita mala, una gallina, no ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Clo-queaba en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternal-mente viuda de unos pollos que no llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de sus hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el verbo.

 

Nadie la espantó. Y de espantarla, nadie dejó arru-llarse por su gran calofrío maternal.

 

−¿Dónde están los hijos de la gallina vieja? −¿Dónde están los pollos de la gallina vieja? ¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!



 

 

 

 

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VOCACIÓN DE LA MUERTE

 

 

 

 

 

El hijo de María inclinóse a preguntar:

 

−¿Qué lees?

 

El doctor alzó los ojos y lanzó una mirada de extra-ñeza sobre su interlocutor. Otros escribas se volvieron al hijo de María y al sabio rabino.

 

La asistencia al templo, aquel día era escasa. Se juz-gaba a un griego por deuda. El acreedor, un joven sirio del país del Hernón, aparecía sentado en el plinto de una columna del pórtico y, por todo alegato ante sus jueces, lloraba en silencio.

 

−Leo a Lenin −respondió el doctor, abriendo ante el hijo de María un infolio, escrito en caracteres desconoci-dos.

 

El hijo de María leyó mentalmente en el libro y ambos cambiaron miradas, separándose luego y desapareciendo entre la multitud. Al volver a Nazareth, el hijo de María encontró a su cuñado, Armani, disputando por celos con su mujer, Zabadé, hermana menor del hijo de María. Am-bos esposos, al verle, se irritaron más, porque le odiaban mucho.

 

−¿Qué quieres?



 

 

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Contra el Secreto Profesional

 

El hijo de María estaba muy abstraído y se estreme-ció. Volviendo en sí, tornó a la calle, sin pronunciar pala-bra. Tuvo hambre y se acordó de sus primos, los buenos hijos de Cleofas.

 

−Jacobo, ¡tengo hambre!

 

−Me llaman por teléfono. Volveré −respondióle Jaco-bo, en hebreo dulce y axilado de la antigua Galilea.

 

Vino la tarde y hacía tres días que el hijo de María no tomaba ningún alimento. Fue a ver pasar a los obreros que solían volver de Diocesarea, en las tardes y se dis-persaban en las encrucijadas de Nazareth, unos hacia el Oeste, por las faldas apacibles del Carmelo, cuyo último pico abrupto parece hundirse en el mar; otros hacia las montañas de Samaria, más allá de las cuales se extiende la triste Judea, seca y árida. Se acercó a un muro y se aco-dó en la rasante. Estaba fatigado y sentía el corazón más vacío que nunca de odios y amores y más incierto que nunca el pensamiento.

 

El hijo de María cumplía aquel día treinta años. Du-rante toda su vida había viajado, leído y meditado mu-cho. Su familia le odiaba, a causa de su extraña manera de ser, según la cual desechaba todo oficio y toda pre-ocupación de la realidad. Rebelde a las prácticas gentili-cias y aldeanas, llegó a abandonar su oficio de carpintero y no tenía ninguna vocación ni orientación concreta. En su casa le llamaban “idiota”, porque, en realidad, parecía acéfalo. Varias veces estuvo a punto de perecer de ham-bre y de intemperie. Su madre le quería por “pobre de espíritu” más que a los otros vástagos. Con frecuencia desaparecía sin que se supiese su paradero. Volvía con



 

 

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César Vallejo

 

una hiena salvaje en los brazos, desgarrada la veste, mi-rando en el vacío y llorando en ocasiones. Acostumbra-ba también traer una rama de la higuera de los lugares santos de la edad patriarcal, con cuyas flores frotaban sus hábitos los finos y espirituales terapeutas de la vida devota.

 

El hijo de María alcanzó a ver una gran piedra cerca de él y fue a sentarse en ella. Anochecía.

 

Entonces, salió de Nazareth, por la rúa desierta y pe-dregosa, un grupo de personas de extraño aire vagabun-do. Venía allí el barquero Cefas, de Cafarnaum y su suegra Juana; Susana, mujer de Khousa, intendente de Antipas, e Hillel, el de los aforismos austeros, maestro que fue del hijo de María. En medio de todos, avanzaba un joven de gran hermosura y maneras suaves. Hillel decía preocu-pado:

 

−El reposo en Dios, he aquí la idea fundamental de Philon de Alejandría. Además, para él, como para Isaías y aun para el mismo Henoch, el curso de las cosas es el resultado de la voluntad libre de Dios.

 

Al advertir al hijo de María, sentado en una piedra, Susana se le acercó y le habló. Pero el hijo de María no respondió: justamente, en ese instante, acababa de mo-rir. Hillel siempre engolfado en sus cavilaciones, tuvo una repentina exaltación visionaria y, dirijiéndose al joven de gran hermosura, que iba con ellos, le dijo, en el dialecto siriaco, estas palabras inesperadas:

 

−¡Ya eres, Señor, el Hijo del Hombre! ¡En este mo-mento, Señor, empiezas a ser el hijo del hombre! En este momento, Señor, empiezas a ser el Mesías, anunciado por Daniel y esperado por la humanidad durante siglos.



 

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Contra el Secreto Profesional

 

−Ya soy el Hijo del Hombre, el enviado de mi Pa-dre −respondió el joven de las maneras suaves y la gran hermosura, como si acabase de tener una revelación por espacio de treinta años esperada.

 

En torno de su cabeza judía, empezó a diseñarse un azulado resplandor.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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OTROS

 

CUENTOS



 



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paco Yunque



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Paco Yunque. Texto publicado en la revista Apuntes del Hombre Nº 1, Lima, julio de 1951, pp. 1 y 6-7. En la edición de 1967, Francisco Moncloa añade algunos cambios a la versión que figura en Apuntes del Hombre.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Paco Yunque y su madre llegaron a la puerta del colegio, los niños estaban jugando en el patio. La ma-dre le dejó y se fue. Paco, paso a paso, fue adelantándose al centro del patio, con su libro primero, su cuaderno y su lápiz. Paco estaba con miedo, porque era la primera vez que venía a un colegio y porque nunca había visto a tantos niños juntos.

 

Varios alumnos, pequeños como él, se le acercaron y Paco, cada vez más tímido, se pegó a la pared y se pu-so colorado. ¡Qué listos eran todos esos chicos! ¡Qué desenvueltos! Como si estuviesen en su casa. Gritaban. Corrían. Reían hasta reventar. Saltaban. Se daban de pu-ñetazos. Eso era un enredo.

 

Paco estaba también atolondrado porque en el cam-po no oyó nunca sonar tantas voces de personas a la vez. En el campo hablaba primero uno, después otro, después otro y después otro. A veces, oyó hablar hasta cuatro o cinco personas juntas. Era su padre, su madre, don José, el cojo Anselmo y la Tomasa. Con las gallinas eran más. Y más todavía con la acequia, cuando crecía... Pero no. Eso no era ya voz de personas, sino otro ruido, muy diferente.



 

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César Vallejo

 

Y ahora sí que esto del colegio era una bulla fuerte, de muchos. Paco estaba asordado.

 

Un niño rubio y gordo, vestido de blanco, le esta-ba hablando. Otro niño, más chico, medio ronco y con blusa azul, también le hablaba. De diversos grupos se se-paraban los alumnos y venían a ver a Paco, haciéndole muchas preguntas. Pero Paco no podía oír nada, por la gritería de los demás. Un niño trigueño, cara redonda y con una chaqueta verde muy ceñida en la cintura, agarró a Paco por un brazo y quiso arrastrarlo. Pero Paco no se dejó. El trigueño volvió a agarrado con más fuerza y lo jaló. Paco se pegó más a la pared y se puso más colorado.

 

En ese momento sonó la campana y todos entraron a los salones de clase.

 

Dos niños −los hermanos Zumiga− tomaron de una y otra mano a Paco y le condujeron a la sala de primer año. Paco no quiso seguidos al principio, pero luego obedeció, porque vio que todos hacían lo mismo. Al entrar al salón se puso pálido. Todo quedó repentinamente en silencio y este silencio le dio miedo a Paco. Los Zumiga le estaban jalando, el uno para un lado y el otro para el otro lado, cuando de pronto le soltaron y lo dejaron solo.

 

El profesor entró. Todos los niños estaban de pie, con la mano derecha levantada a la altura de la sien, saludan-do en silencio y muy erguidos.

 

Paco, sin soltar su libro, su cuaderno y su lápiz, se ha-bía quedado parado en medio del salón, entre las prime-ras carpetas de los alumnos y el pupitre del profesor. Un remolino se le hacía la cabeza. Niños. Paredes amarillas. Grupos de niños. Vocerío. Silencio. Una tracalada de si-



 

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Paco Yunque

 

llas. El profesor. Ahí, solo, parado, en el colegio. Quería llorar. El profesor le tomó de la mano y lo llevó a instalar en una de las carpetas delanteras junto a un niño de su mismo tamaño. El profesor le preguntó:

 

−¿Cómo se llama usted?

 

Con voz temblorosa, Paco respondió muy bajito:

 

−Paco.

 

−¿Y su apellido? Diga usted todo su nombre.

 

−Paco Yunque.

 

−Muy bien.

 

El profesor volvió a su pupitre y, después de echar una mirada muy seria sobre todos los alumnos, dijo con voz de militar:

 

−¡Siéntense!

 

Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos ya es-taban sentados.

 

El profesor también se sentó y durante unos momen-tos escribió en unos libros. Paco Yunque tenía aún en la mano su libro, su cuaderno y su lápiz. Su compañero de carpeta le dijo:

 

−Pon tus cosas, como yo, en la carpeta.

 

Paco Yunque seguía muy aturdido y no le hizo caso. Su compañero le quitó entonces sus libros y los puso en la carpeta. Después, le dijo alegremente:

 

−Yo también me llamo Paco. Paco Fariña. No tengas pena. Vamos a jugar con mi tablero. Tiene torres negras. Me lo ha comprado mi tía Susana. ¿Dónde está tu familia, la tuya?



 

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César Vallejo

 

Paco Yunque no respondía nada. Este otro Paco le molestaba. Como éste eran seguramente todos los demás niños: habladores, contentos y no les daba miedo el cole-gio. ¿Por qué eran así? Y él, Paco Yunque, ¿por qué tenía tanto miedo? Miraba a hurtadillas al profesor, al pupitre, al muro que había detrás del profesor y al techo. También miró de reojo, a través de la ventana, al patio, que estaba ahora abandonado y en silencio. El sol brillaba afuera. De cuando en cuando, llegaban voces de otros salones de cla-se y ruidos de carretas que pasaban por la calle.

 

¡Qué cosa extraña era estar en el colegio! Paco Yun-que empezaba a volver un poco de su aturdimiento. Pen-só en su casa y en su mamá. Le preguntó a Paco Fariña:

 

−¿A qué hora nos iremos a nuestras casas?

 

−A las once. ¿Dónde está tu casa?

 

−Por allá.

 

−¿Está lejos?

 

−Sí… No…

 

Paco Yunque no sabía en qué calle estaba su casa, porque acababan de traerlo, hacía pocos días, del campo y no conocía la ciudad.

 

Sonaron unos pasos de carrera en el patio, apareció en la puerta del salón Humberto, el hijo del señor Dorian Grieve, un inglés, patrón de los Yunque, gerente de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation y alcalde del pue-blo. Precisamente a Paco le habían hecho venir del campo para que acompañase al colegio a Humberto y para que juegue con él, pues ambos tenían la misma edad. Sólo que



 

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Paco Yunque

 

Humberto acostumbraba venir tarde al colegio y esta vez, por ser la primera, la señora Grieve le había dicho a la madre de Paco:

 

−Lleve usted ya a Paco al colegio. No sirve que llegue tarde el primer día. Desde mañana esperará a que Hum-berto se levante y los llevará usted juntos a los dos.

 

El profesor, al ver a Humberto Grieve, le dijo:

 

−¿Hoy otra vez tarde?

 

Humberto, con gran desenfado, respondió:

 

−Me he quedado dormido.

 

−Bueno −dijo el profesor− Que ésta sea la última vez.

 

Pase a sentarse.

 

Humberto Grieve buscó con la mirada dónde estaba Paco Yunque. Al dar con él, se le acercó y le dijo imperio-samente:

 

−Ven a mi carpeta conmigo.

 

Paco Fariña le dijo a Humberto Grieve:

 

−No. Porque el señor lo ha puesto aquí.

 

−¿Y a ti qué te importa? −le increpó Grieve violenta-mente, arrastrando a Yunque por un brazo a su carpeta.

 

−¡Señor! −gritó entonces Fariña−, Grieve se está lle-vando a Paco Yunque a su carpeta.

 

El profesor cesó de escribir y preguntó con voz enér-gica:

 

−¡Vamos a ver! ¡Silencio! ¿Qué pasa ahí?



 

 

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César Vallejo

 

Fariña volvió a decir:

 

−Grieve se ha llevado a su carpeta a Paco Yunque.

 

Humberto Grieve, instalado ya en su carpeta con Pa-co Yunque, le dijo al profesor:

 

−Sí, señor. Porque Paco Yunque es mi muchacho. Por

 

eso.

 

El profesor lo sabía esto perfectamente y le dijo a

 

Humberto Grieve:

 

−Muy bien. Pero yo lo he colocado con Paco Fari-ña, para que atienda mejor las explicaciones. Déjelo que vuelva a su sitio.

 

Todos los alumnos miraban en silencio al profesor, a Humberto Grieve y a Paco Yunque.

 

Fariña fue y tomó a Paco Yunque por la mano y qui-so volverlo a traer a su carpeta, pero Grieve tomó a Paco Yunque por el otro brazo y no lo dejó moverse.

 

El profesor le dijo otra vez a Grieve:

 

−¡Grieve! ¿Qué es esto?

 

Humberto Grieve, colorado de cólera, dijo:

 

−No, señor. Yo quiero que Yunque se quede conmigo.

 

−Déjelo, le he dicho.

 

−No, señor.

 

−¿Cómo?

 

−No.

 

El profesor estaba indignado y repetía, amenazador:



 

 

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Paco Yunque

 

−¡Grieve! ¡Grieve!

 

Humberto Grieve tenía bajos los ojos y sujetaba fuer-temente por el brazo a Paco Yunque, el cual estaba atur-dido y se dejaba jalar como un trapo por Fariña y por Grieve. Paco Yunque tenía ahora más miedo a Humber-to Grieve que al profesor, que a todos los demás niños y que al colegio entero. ¿Por qué Paco Yunque le tenía tan-to miedo a Humberto Grieve? ¿Por qué este Humberto Grieve solía pegarle a Paco Yunque?

 

El profesor se acercó a Paco Yunque, le tomó por el brazo y le condujo a la carpeta de Fariña. Grieve se puso a llorar, pataleando furiosamente en su banco.

 

De nuevo se oyeron pasos en el patio y otro alumno, Antonio Geldres −hijo de un albañil−, apareció a la puer-ta del salón. El profesor le dijo:

 

−¿Por qué llega usted tarde?

 

−Porque fui a comprar pan para el desayuno.

 

−¿Y por qué no fue usted más temprano?

 

−Porque estuve alzando a mi hermanito y mamá está enferma y papá se fue a su trabajo.

 

−Bueno −dijo el profesor, muy serio−. Párese ahí... Y, además, tiene usted una hora de reclusión.

 

Le señaló un rincón, cerca de la pizarra de ejercicios.

 

Paco Fariña se levantó entonces y dijo:

 

−Grieve también ha llegado tarde, señor.

 

−Miente, señor −respondió rápidamente Humberto Grieve− No he llegado tarde.

 

Todos los alumnos dijeron en coro:



 

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César Vallejo

 

−¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Grieve ha llegado tarde!

 

−¡Psch! ¡Silencio! −dijo malhumorado el profesor y todos los niños se callaron.

 

El profesor se paseaba pensativo.

 

Fariña le decía a Yunque en secreto:

 

−Grieve ha llegado tarde y no lo castigan. Porque su papá tiene plata. Todos los días llega tarde. ¿Tú vives en su casa? ¿Cierto que eres su muchacho?

 

Yunque respondió:

 

−Yo vivo con mi mamá...

 

−¿En la casa de Humberto Grieve?

 

−Es una casa muy bonita. Ahí está la patrona y el pa-trón. Ahí está mi mamá. Yo estoy con mi mamá.

 

Humberto Grieve, desde su banco del otro lado del salón, miraba con cólera a Paco Yunque y le enseñaba los puños, porque se dejó llevar a la carpeta de Paco Fa-riña.

 

Paco Yunque no sabía qué hacer. Le pegaría otra vez el niño Humberto porque no se quedó con él, en su carpeta. Cuando saldrían del colegio, el niño Humberto le daría un empujón en el pecho y una patada en la pierna. El ni-ño Humberto era malo y pegaba pronto, a cada rato. En la calle. En el corredor también. Y en la escalera. Y también en la cocina, delante su mamá y delante la patrona. Ahora le va a pegar, porque le estaba enseñando los puñetes y le miraba con ojos blancos. Yunque le dijo a Fariña:

 

−Me voy a la carpeta del niño Humberto.



 

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Paco Yunque

 

Y Paco Fariña le decía:

 

−No vayas. No seas sonso. El señor te va a castigar.

 

Fariña volteó a ver a Grieve y este Grieve le enseñó también a él los puños, refunfuñando no sé qué cosas, a escondidas del profesor.

 

−¡Señor! −gritó Fariña−. Ahí, ese Grieve me está en-señando los puñetes.

 

El profesor dijo:

 

−¡Psc! ¡Psc! ¡Silencio!... ¡Vamos a ver!... Vamos a ha-blar hoy de los peces, y después, vamos a hacer todos un ejercicio escrito en una hoja de los cuadernos, y después me los dan para verlos. Quiero ver quién hace el mejor ejercicio, para que su nombre sea inscrito en el Cuaderno de Honor del Colegio, como el mejor alumno del primer año. ¿Me han oído bien? Vamos a hacer lo mismo que hicimos la semana pasada. Exactamente lo mismo. Hay que atender bien a la clase. Hay que copiar bien el ejer-cicio que voy a escribir después en la pizarra. ¿Me han entendido bien?

 

Los alumnos respondieron en coro:

 

−Sí, señor.

 

−Muy bien −dijo el profesor− Vamos a ver. Vamos a hablar ahora de los peces.

Varios niños quisieron hablar. El profesor le dijo a uno de los Zumiga que hablase.

−Señor −dijo Zumiga−: había en la playa mucha are-na. Un día nos metimos entre la arena y encontramos un pez medio vivo y lo llevamos a mi casa. Pero se murió en el camino...



 

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César Vallejo

 

Humberto Grieve dijo:

 

−Señor: yo he cogido muchos peces y los he llevado a mi casa y los he soltado en mi salón y no se mueren nunca.

 

El profesor preguntó:

 

−Pero... ¿los deja usted en alguna vasija con agua? −No, señor. Están sueltos, entre los muebles. Todos los niños se echaron a reír. Un chico, flacucho y pálido, dijo:

 

−Mentira, señor. Porque el pez se muere pronto, cuan-do le sacan del agua.

 

−No, señor −decía Humberto Grieve−. Porque en mi salón no se mueren. Porque mi salón es muy elegante. Porque mi papá me dijo que trajera peces y que podía dejarlos sueltos entre las sillas.

 

Paco Fariña se moría de risa. Los Zumiga también. El chico rubio y gordo, de chaqueta blanca y el otro, cara redonda y chaqueta verde, se reían ruidosamente. ¡Qué Grieve tan divertido! ¡Los peces en su salón! ¡Entre los muebles! ¡Como si fuesen pájaros! Era una gran mentira lo que contaba Grieve. Todos los chicos exclamaban a la vez, reventando de risa:

 

−¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Miente, señor! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

 

¡Ja! ¡Mentira! ¡Mentira!

 

Humberto Grieve se enojó porque no le creían lo que contaba. Todos se burlaban de lo que había dicho. Pero Grieve recordaba que trajo dos peces pequeños a su casa y los soltó en su salón y ahí estuvieron muchos días. Los



 

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Paco Yunque

 

movió y se movían. No estaba seguro si vivieron muchos días o murieron pronto. Grieve, de todos modos, quería que le creyeran lo que decía. En medio de las risas de to-dos, le dijo a uno de los Zumiga:

 

−¡Claro! Porque mi papá tiene mucha plata. Y me ha dicho que va a hacer llevar a mi casa a todos los peces del mar. Para mí. Para que juegue con ellos en mi salón grande.

 

El profesor dijo en alta voz:

 

−¡Bueno! ¡Bueno! ¡Silencio! Grieve no se acuerda bien, seguramente. Porque los peces mueren cuando...

 

Los niños añadieron en coro:

 

−...se les saca del agua.

 

−Eso es −dijo el profesor.

 

El niño flacucho y pálido dijo:

 

−Porque los peces tienen sus mamás en el agua y sa-cándolos, se quedan sin mamás.

 

−¡No, no, no! −dijo el profesor−. Los peces mueren fuera del agua, porque no pueden respirar. Ellos toman el aire que hay en el agua, y cuando salen, no pueden absor-ber el aire que hay afuera.

 

−Porque ya están como muertos −dijo un niño.

 

Humberto Grieve dijo:

 

−Mi papá puede darles aire en mi casa, porque tiene bastante plata para comprar todo.

 

El chico vestido de verde dijo:

 

−Mi papá también tiene plata.



 

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César Vallejo

 

−Mi papá también −dijo otro chico.

 

Todos los niños dijeron que sus papás tenían mucho dinero. Paco Yunque no decía nada y estaba pensando en los peces que morían fuera del agua.

 

Fariña le dijo a Paco Yunque:

 

−Y tú, ¿tu papá no tiene plata?

 

Paco Yunque reflexionó y se acordó haberle visto una vez a su mamá con unas pesetas en la mano. Yunque dijo a Fariña:

 

−Mi mamá tiene también mucha plata.

 

−¿Cuánto? −le preguntó Fariña.

 

−Como cuatro pesetas.

 

Paco Fariña dijo al profesor en alta voz:

 

−Paco Yunque dice que su mamá tiene también mu-cha plata.

 

−¡Mentira, señor! −respondió Humberto Grieve−. Paco Yunque miente, porque su mamá es la sirviente de mi mamá y no tiene nada.

 

El profesor tomó la tiza y escribió en la pizarra, dando la espalda a los niños.

 

Humberto Grieve, aprovechando de que no le veía el profesor, dio un salto y le jaló de los pelos a Yunque, vol-viéndose a la carrera a su carpeta. Yunque se puso a llorar.

 

−¿Qué es eso? dijo el profesor, volviéndose a ver lo que pasaba.

 

Paco Fariña dijo:



 

 

 

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Paco Yunque

 

−Grieve le ha tirado de los pelos, señor.

 

−No, señor −dijo Grieve−. Yo no he sido. Yo no me he movido de mi sitio.

 

−¡Bueno, bueno! −dijo el profesor−. ¡Silencio! ¡Cálle-se, Paco Yunque! ¡Silencio!

 

Siguió escribiendo en la pizarra; y después preguntó a Grieve:

 

−Si se le saca del agua, ¿qué sucede con el pez?

 

−Va a vivir en mi salón −contestó Grieve.

 

Otra vez se reían de Grieve los niños. Este Grieve no sabía nada. No pensaba más que en su casa y en su salón y en su papá y en su plata. Siempre estaba diciendo ton-terías.

 

−Vamos a ver, usted, Paco Yunque −dijo el profesor−. ¿Qué pasa con el pez, si se le saca del agua?

 

Paco Yunque, medio llorando todavía por el jalón de pelos que le dio Grieve, repitió de una tirada lo que dijo el profesor:

 

−Los peces mueren fuera del agua porque les falta ai-

 

re.

 

−¡Eso es! −decía el profesor−. Muy bien. Volvió a es-cribir en la pizarra.

 

Humberto Grieve aprovechó otra vez de que no po-día verle el profesor y fue a darle un puñetazo a Paco Fa-riña en la boca y regresó de un salto a su carpeta. Fariña, en vez de llorar como Paco Yunque, dijo a grandes voces al profesor:

 

−¡Señor! ¡Acaba de pegarme Humberto Grieve!



 

 

275



César Vallejo

 

−¡Sí, señor! ¡Sí, señor! −decían todos los niños a la

 

vez.

 

Una bulla tremenda había en el salón.

 

El profesor dio un puñetazo en su pupitre y dijo:

 

−¡Silencio!

 

El salón se sumió en un silencio completo y cada alumno estaba en su carpeta, serio y derecho, mirando ansiosamente al profesor. ¡Las cosas de este Humber-to Grieve! ¡Ya ven lo que estaba pasando por su cuenta! ¡Ahora habrá que ver lo que [iba] a hacer el profesor, que estaba colorado de cólera! ¡Y todo por culpa de Humber-to Grieve!

 

−¿Qué desorden era ése?− preguntó el profesor a Pa-co Fariña.

 

Paco Fariña, con los ojos brillantes de rabia, decía:

 

−Humberto Grieve me ha pegado un puñetazo en la cara, sin que yo le haga nada.

 

−¿Verdad, Grieve?

 

−No, señor −dijo Humberto Grieve−. Yo no le he pe-gado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

276



Paco Yunque

 

El profesor miró a todos los alumnos sin saber a qué atenerse. ¿Quién de los dos decía la verdad? ¿Fariña o Grieve?

 

−¿Quién lo ha visto? −preguntó el profesor a Fariña.

 

−¡Todos, señor! Paco Yunque también lo ha visto.

 

−¿Es verdad lo que dice Paco Fariña? −le preguntó el profesor a Yunque.

 

Paco Yunque miró a Humberto Grieve y no se atrevió a responder, porque si decía que sí, el niño Humberto le pegaría a la salida. Yunque no dijo nada y bajó la cabeza.

 

Fariña dijo:

 

−Yunque no dice nada, señor, porque Humberto Grieve le pega, porque es su muchacho y vive en su casa.

 

El profesor preguntó a los otros alumnos: −¿Quién otro ha visto lo que dice Fariña? −¡Yo, señor! ¡Yo, señor! ¡Yo, señor!

 

El profesor volvió a preguntar a Grieve:

 

−¿Entonces, es cierto, Grieve, que le ha pegado usted a Fariña?

 

−¡No, señor! Yo no le he pegado.

 

−Cuidado con mentir, Grieve. ¡Un niño decente co-mo usted no debe mentir!

 

−No, señor. Yo no le he pegado.

 

−Bueno. Yo creo en lo que dice usted. Yo sé que usted no miente nunca. Bueno. Pero tenga usted mucho cuida-do en adelante.



 

277



César Vallejo

 

El profesor se puso a pasear, pensativo, y todos los alumnos seguían circunspectos y derechos en sus bancos.

 

Paco Fariña gruñía a media voz y como queriendo llorar:

 

−No le castigan, porque su papá es rico. Le voy a decir a mi mamá.

 

El profesor le oyó y se plantó enojado delante de Fari-ña y le dijo en alta voz:

 

−¿Qué está usted diciendo? Humberto Grieve es un buen alumno. No miente nunca. No molesta a nadie. Por eso no le castigo. Aquí, todos los niños son iguales, los hijos de ricos y los hijos de pobres. Yo los castigo aunque sean hijos de ricos. Como usted vuelva a decir lo que está diciendo del padre de Grieve, le pondré dos horas de re-clusión. ¿Me ha oído usted?

 

Paco Fariña estaba agachado. Paco Yunque también. Los dos sabían que era Humberto Grieve quien les había pegado y que era un gran mentiroso.

 

El profesor fue a la pizarra y siguió escribiendo.

 

Paco Fariña le preguntaba a Paco Yunque:

 

−¿Por qué no le dijiste al señor que me ha pegado Humberto Grieve?

 

−Porque el niño Humberto me pega. −Y ¿por qué no se lo dices a tu mamá?

 

−Porque si le digo a mi mamá, también me pega y la patrona se enoja.

 

Mientras el profesor escribía en la pizarra, Humberto Grieve se puso a llenar de dibujos su cuaderno.



 

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Paco Yunque

 

Paco Yunque estaba pensando en su mamá. Después se acordó de la patrona y del niño Humberto. ¿Le pegaría al volver a la casa? Yunque miraba a los otros niños y éstos no le pegaban a Yunque ni a Fariña, ni a nadie. Tampoco le querían agarrar a Yunque en las otras carpetas, como quiso hacerla el niño Humberto. ¿Por qué el niño Hum-berto era así con él? Yunque se lo diría ahora a su mamá y si el niño Humberto le pegaba, se lo diría al profesor. Pero el profesor no le hacía nada al niño Humberto. Entonces, se lo diría a Paco Fariña. Le preguntó a Paco Fariña:

 

−¿A ti también te pega el niño Humberto?

 

−¿A mí? ¡Qué me va a pegar a mí! Le pego un pu-ñetazo en el hocico y le echo sangre. ¡Vas a ver! ¡Como me haga alguna cosa! ¡Déjalo y verás! ¡Y se lo diré a mi mamá! ¡Y vendrá mi papá y le pegará a Grieve y a su papá también y a todos!

 

Paco Yunque le oía asustado a Paco Fariña lo que de-cía. ¿Cierto sería que le pegaría al niño Humberto? Y ¿que su papá vendría a pegarle al señor Grieve? Paco Yunque no quería creerlo, porque al niño Humberto no le pegaba nadie. Si Fariña le pegaba, vendría el patrón y le pegaría a Fariña y también al papá de Fariña. Le pegaría el patrón a todos. Porque todos le tenían miedo. Porque el señor Grieve hablaba muy serio y estaba mandando siempre. Y venían a su casa señores y señoras que le tenían mucho miedo y obedecían siempre al patrón y a la patrona. En buena cuenta, el señor Grieve podía más que el profesor y más que todos.

 

Paco Yunque miró al profesor, que escribía en la piza-rra. ¿Quién era el profesor? ¿Por qué era tan serio y daba tanto miedo? Yunque seguía mirándolo. No era el profesor



 

279



César Vallejo

 

igual a su papá ni al señor Grieve. Más bien se parecía a otros señores que venían a la casa y hablaban con el patrón. Tenía un pescuezo colorado y su nariz parecía moco de pavo. Sus zapatos hacían risss-risss-rissss-risssss, cuando caminaba mucho.

 

Yunque empezó a fastidiarse. ¿A qué hora se iría a su casa? Pero el niño Humberto le iba a pegar a la salida del colegio. Y la mamá de Paco Yunque le diría al niño Humberto: “No, niño. No le pegue usted a Paquito. No sea tan malo”. Y nada más le diría. Pero Paco tendría colo-rada la pierna de la patada del niño Humberto. Y Paco se pondría a llorar. Porque al niño Humberto nadie le hacía nada. Y porque el patrón y la patrona le querían mucho al niño Humberto, y Paco Yunque tenía pena porque el niño Humberto le pegaba mucho. Todos, todos, todos le tenían miedo al niño Humberto y a sus papás. Todos. Todos. Todos. El profesor también. La cocinera, su hija. La mamá de Paco. El Venancio con su mandil. La María que lava las bacinicas. Quebró ayer una bacinica en tres pedazos grandes. ¿Le pegaría también el patrón al papá de Paco Yunque? Qué cosa fea era esto del patrón y del niño Humberto. Paco Yunque quería llorar. ¿A qué hora acabaría de escribir el profesor en la pizarra?

 

−¡Bueno! −dijo el profesor, cesando de escribir−. Ahí está el ejercicio escrito. Ahora, todos sacan sus cuadernos y copian lo que hay en la pizarra. Hay que copiarlo com-pletamente igual.

 

−¿En nuestros cuadernos? −preguntó tímidamente Paco Yunque.

 

−Sí, en sus cuadernos −le respondió el profesor−. ¿Usted sabe escribir un poco?



 

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Paco Yunque

 

−Sí, señor. Porque mi papá me enseñó en el campo.

 

−Muy bien. Entonces, todos a copiar.

 

Los niños sacaron sus cuadernos y se pusieron a co-piar el ejercicio que el profesor había escrito en la pizarra.

 

−No hay que apurarse −decía el profesor−. Hay que escribir poco a poco, para no equivocarse.

 

Humberto Grieve preguntó:

 

−¿Es, señor, el ejercicio escrito de los peces?

 

−Sí. A copiar todo el mundo.

 

El salón se sumió en el silencio. No se oía sino el rui-do de los lápices. El profesor se sentó a su pupitre y tam-bién se puso a escribir en unos libros.

 

Humberto Grieve, en vez de copiar su ejercicio, se puso otra vez a hacer dibujos en su cuaderno. Lo llenó completamente de dibujos de peces, de muñecos y de cuadritos.

 

Al cabo de un rato, el profesor se paró y preguntó:

 

−¿Ya terminaron?

 

−Ya, señor −respondieron todos a la vez.

 

−Bueno −dijo el profesor− Pongan al pie sus nombres bien claros.

 

En ese momento sonó la campana del recreo.

 

Una gran algazara volvieron a hacer los niños y salie-ron corriendo al patio.

 

Paco Yunque había copiado su ejercicio muy bien y salió al recreo con su libro, su cuaderno y su lápiz.



 

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César Vallejo

 

Ya en el patio, vino Humberto Grieve y agarró a Paco Yunque por un brazo, diciéndole con cólera:

 

−Ven a jugar al melo.

 

Lo echó de un empellón al medio y le hizo derribar su libro, su cuaderno y su lápiz.

 

Yunque hacía lo que le ordenaba Grieve, pero esta-ba colorado y avergonzado de que los otros niños viesen cómo lo zarandeaba el niño Humberto. Yunque quería llorar.

 

Paco Fariña, los dos Zumiga y otros niños rodeaban a Humberto Grieve y a Paco Yunque. El niño flacucho y pálido recogió el libro, el cuaderno y el lápiz de Yunque, pero Humberto Grieve se los quitó a la fuerza, diciéndole:

 

−¡Déjalos! ¡No te metas! Porque Paco Yunque es mi muchacho.

 

Humberto Grieve llevó al salón de clase las cosas de Paco Yunque y se las guardó en su carpeta. Después, vol-vió al patio a jugar con Paco Yunque. Le cogió del pescue-zo y le hizo doblar la cintura y ponerse a cuatro manos.

 

−Estáte quieto así −le ordenó imperiosamente−. No te muevas hasta que yo te diga.

 

Humberto Grieve se retiró a cierta distancia y desde allí vino corriendo y dio un salto sobre Paco Yunque, apo-yando las manos sobre sus espaldas y dándole una patada feroz en las posaderas. Volvió a retirarse y volvió a saltar sobre Paco Yunque, dándole otra patada. Mucho rato es-tuvo así jugando Humberto Grieve con Paco Yunque. Le dio como veinte saltos y veinte patadas.



 

 

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Paco Yunque

 

De repente se oyó un llanto. Era Yunque que estaba llorando de las fuertes patadas del niño Humberto. En-tonces salió Paco Fariña del ruedo formado por los otros niños y se plantó ante Grieve, diciéndole:

 

−¡No! ¡No te dejo que saltes sobre Paco Yunque!

 

Humberto Grieve le respondió amenazándole:

 

−¡Oye! ¡Oye! ¡Paco Fariña! ¡Paco Fariña! ¡Te voy a dar un puñetazo!

 

Pero Fariña no se movía y estaba tieso delante de

 

Grieve y le decía:

 

−¡Porque es tu muchacho, le pegas y lo saltas y lo ha-ces llorar! ¡Sáltalo y verás!

 

Los dos hermanos Zumiga abrazaban a Paco Yunque y le decían que ya no llorase y le consolaban, diciéndole:

−¡Por qué te dejas saltar así y dar de patadas! ¡Pégale!

 

¡Sáltalo tú también! ¿Por qué te dejas? ¡No seas zonzo!

 

¡Cállate! ¡Ya no llores! ¡Ya nos vamos a ir a nuestras casas!

 

Paco Yunque estaba siempre llorando y sus lágrimas parecían ahogarle.

 

Se formó un tumulto de niños en torno a Paco Yun-que y otro tumulto en torno a Humberto Grieve y a Paco Fariña.

 

Grieve le dio un empellón brutal a Fariña y lo derri-bó al suelo. Vino un alumno más grande, del segundo año, y defendió a Fariña, dándole a Grieve un puntapié. Y otro niño del tercer año, más grande que todos, defen-dió a Grieve, dándole una furiosa trompada al alumno de segundo año. Un buen rato llovieron bofetadas y pa-tadas entre varios niños. Eso era un enredo.



 

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César Vallejo

 

Sonó la campana y todos los niños volvieron a sus salones de clase.

 

A Paco Yunque lo llevaron por los brazos los dos her-manos Zumiga.

 

Una gran gritería había en el salón del primer año, cuando entró el profesor. Todos se callaron.

 

El profesor miró a todos muy serio y dijo como un militar:

 

−¡Siéntense!

 

Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos estaban ya sentados.

 

Entonces el profesor se sentó en su pupitre y llamó por lista a los niños para que le entregasen sus cuartillas con los ejercicios escritos sobre el tema de los peces. A medida que el profesor recibía las hojas de los cuadernos, las iba leyendo y escribía las notas en unos libros.

 

Humberto Grieve se acercó a la carpeta de Paco Yun-que y le entregó su libro, su cuaderno y su lápiz. Pero an-tes había arrancado la hoja del cuaderno en que estaba el ejercicio de Paco Yunque y puso en ella su firma.

 

Cuando el profesor dijo: “Humberto Grieve”, Grieve fue y presentó el ejercicio de Paco Yunque, como si fuese suyo.

 

Y cuando el profesor dijo: “Paco Yunque”, Yunque se puso a buscar en su cuaderno la hoja en que escribió su ejercicio y no la encontró.

 

−¿La ha perdido usted −le preguntó el profesor− o no la ha hecho usted?



 

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Paco Yunque

 

Pero Paco Yunque no sabía lo que se había hecho la hoja de su cuaderno y, muy avergonzado, se quedó en si-lencio y bajó la frente.

 

−Bueno −dijo el profesor, y anotó en unos libros la falta de Paco Yunque.

 

Después siguieron los demás entregando sus ejerci-cios. Cuando el profesor acabó de verlos todos, entró de repente al salón el Director del Colegio.

 

El profesor y los niños se pusieron de pie respetuo-samente. El Director miró como enojado a los alumnos y dijo en voz alta:

 

−¡Siéntense!

 

El Director le preguntó al profesor:

 

−¿Ya sabe usted quién es el mejor alumno de su año?

 

¿Han hecho el ejercicio semanal para calificarlos?

 

−Sí, señor Director −dijo el profesor−. Acaban de ha-cerlo. La nota más alta la ha obtenido Humberto Grieve.

 

−¿Dónde está su ejercicio?

 

−Aquí está, señor Director.

 

El profesor buscó entre todas las hojas de los alumnos y encontró el ejercicio firmado por Humberto Grieve. Se lo dio al Director, que se quedó viendo largo rato la cuar-tilla.

 

−Muy bien −dijo el Director, contento.

 

Subió al pupitre y miró severamente a los alumnos.

 

Después les dijo con su voz un poco ronca pero enérgica:

 

−De todos los ejercicios que ustedes han hecho ahora, el mejor es el de Humberto Grieve. Así es que el nombre



 

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César Vallejo

 

de este niño va a ser inscrito en el Cuadro de Honor de esta semana, como el mejor alumno del primer año. Salga afuera Humberto Grieve.

 

Todos los niños miraron ansiosamente a Humberto Grieve, que salió pavoneándose a pararse muy derecho y orgulloso delante del pupitre del profesor. El Director le dio la mano, diciéndole:

 

−Muy bien, Humberto Grieve. Lo felicito. Así deben ser los niños. Muy bien.

 

Se volvió el Director a los demás alumnos y les dijo:

 

−Todos ustedes deben hacer lo mismo que Humberto Grieve. Deben ser buenos alumnos como él. Deben estu-diar y ser aplicados como él. Deben ser serios, formales y buenos niños como él. Y si así lo hacen, recibirá cada uno un premio al fin del año y sus nombres serán también inscritos en el Cuadro de Honor del Colegio, como el de Humberto Grieve. A ver si la semana que viene, hay otro alumno que dé una buena clase y haga un buen ejercicio, como el que ha hecho hoy Humberto Grieve. Así lo es-pero.

 

Se quedó el Director callado un rato. Todos los alum-nos estaban pensativos y miraban a Humberto Grieve con admiración. ¡Qué rico Grieve! ¡Qué buen ejercicio ha escrito! ¡Ése sí que era bueno! ¡Era el mejor alumno de todos! ¡Llegando tarde y todo! ¡Y pegándoles a todos! ¡Pero ya lo estaban viendo! ¡Le había dado la mano el Director! ¡Humberto Grieve, el mejor de todos los del primer año!

 

El Director se despidió del profesor, hizo una venia a los alumnos, que se pararon para despedirlo, y salió.



 

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Paco Yunque

 

El profesor dijo después:

 

−¡Siéntense!

 

Un traqueteo de carpetas y todos los niños estaban ya sentados.

 

El profesor le ordenó a Grieve:

 

−Váyase a su asiento.

 

Humberto Grieve, muy alegre, volvió a su carpeta. Al pasar junto a Paco Fariña, le echó la lengua.

 

El profesor subió a su pupitre y se puso a escribir en unos libros.

 

Paco Fariña le dijo en voz baja a Paco Yunque:

 

−Mira al señor, que está poniendo tu nombre en su libro, porque no has presentado tu ejercicio. ¡Míralo! Te van a dejar ahora recluso y no vas a ir a tu casa. ¿Por qué has roto tu cuaderno? ¿Dónde lo pusiste?

 

Paco Yunque no contestaba nada y estaba con la ca-beza agachada.

 

−¡Anda! −le volvió a decir Paco Fariña−. ¡Contesta! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde has dejado tu ejercicio?

 

Paco Fariña se agachó a mirar la cara de Paco Yunque y le vio que estaba llorando. Entonces le consoló, dicién-dole:

 

−¡Déjalo! ¡No llores! ¡Déjalo! ¡No tengas pena! ¡Va-mos a jugar con mi tablero! ¡Tiene torres negras! ¡Déjalo! ¡Yo te regalo mi tablero! ¡No seas zonzo! ¡Ya no llores!

 

Pero Paco Yunque seguía llorando agachado.



 

 

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César Vallejo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Nota: Este dibujo y nota provienen de los originales del autor, según lo recordara Georgette de Vallejo. Puede leerse: “Aquí van los dibujos que debe hacer el dibujante de la Editorial”. El pro-pio poeta aclaró verbalmente que la idea es la de una serie de hombrecitos en sucesión de tamaño, en la cual cada hombrecito más grande jala la oreja del hombrecito menor siguiente. Sólo al primero no se la jala nadie, y el último no tiene a quién jalársela].



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los dos Soras



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Los dos soras. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vagando sin rumbo, Juncio y Analquer, de la tribu de los soras, arribaron a valles y altiplanos situados a la margen del Urubamba, donde aparecen las primeras po-blaciones civilizadas del Perú.

 

En Piquillacta, aldea marginal del gran río, los dos jóvenes salvajes permanecieron toda una tarde. Se senta-ron en las tapias de una rúa, a ver pasar a las gentes que iban y venían de la aldea. Después, se lanzaron a caminar por las calles, al azar. Sentían un bienestar inefable, en presencia de las cosas nuevas y desconocidas que se les revelaban: las casas blanqueadas, con sus enrejadas ven-tanas y sus tejados rojos; la charla de dos mujeres, que movían las manos alegando o escarbaban en el suelo con la punta del pie, completamente absorbidas; un viejecito encorvado, calentándose al sol, sentado en el quicio de una puerta, junto a un gran perrazo blanco, que abría la boca, tratando de cazar moscas... Los dos seres pal-pitaban de jubilosa curiosidad, como fascinados por el espectáculo de la vida de pueblo, que nunca habían visto. Singularmente Juncio experimentaba un deleite indeci-ble. Analquer estaba mucho más sorprendido. A medida



 

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César Vallejo

 

que penetraban al corazón de la aldea, empezó a azorar-se, presa de un pasmo que le aplastaba por entero. Las numerosas calles, entrecruzadas en varias direcciones, le hacían perder la cabeza. No sabía caminar este Analquer. Iba por en medio de la calzada y sesgueaba al acaso, por todo el ancho de la calle, chocando con las paredes y aun con los transeúntes.

 

−¿Qué cosa? −exclamaban las gentes− Qué indios tan estúpidos. Parecen unos animales.

 

Analquer no les hacía caso. No se daba cuenta de na-da. Estaba completamente fuera de sí. Al llegar a una es-quina, seguía de frente siempre, sin detenerse a escoger la dirección más conveniente. A menudo, se paraba ante una puerta abierta, a mirar una tienda de comercio o lo que pasaba en el patio de una casa. Juncio lo llamaba y lo sacudía por el brazo, haciéndole volver de su confusión y aturdimiento. Las gentes, llamadas a sorpresa, se reunían en grupos a verlos:

 

−¿Quiénes son?

 

−Son salvajes del Amazonas.

 

−Son dos criminales, escapados de una cárcel.

 

−Son curanderos del mal del sueño.

 

−Son dos brujos.

 

−Son descendientes de los Incas.

 

Los niños empezaron a seguirles.

 

−Mamá −referían los pequeños con asombro−, tie-nen unos brazos muy fuertes y están siempre alegres y riéndose.



 

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Los dos Soras

 

Al cruzar por la plaza, Juncio y Analquer penetraron a la iglesia, donde tenían lugar unos oficios religiosos. El templo aparecía profundamente iluminado y gran nú-mero de fieles llenaba la nave. Los soras y los niños que les seguían avanzaron descubiertos, por el lado de la pila de agua bendita, deteniéndose junto a una hornacina de yeso.

 

Tratábase de un servicio de difuntos. El altar mayor se hallaba cubierto de paños y crespones salpicados de le-treros, cruces y dolorosas alegorías en plata. En el centro de la nave aparecía el sacerdote, revestido de casulla de plata y negro, mostrando una gran cabeza calva, cubierta en su vigésima parte por el solideo. Lo rodeaban varios acólitos, ante un improvisado altar, donde leía con místi-ca unción los responsos, en un facistol de hojalata. Desde un coro invisible, le respondía un maestro cantor, con voz de bajo profundo, monótona y llorosa.

 

Apenas sonó el canto sagrado, poblando de confu-sas resonancias el templo, Juncio se echó a reír, poseído de un júbilo irresistible. Los niños, que no apartaban un instante los ojos de los soras, pusieron una cara de asom-bro. Una aversión repentina sintieron por ellos, aunque Analquer, en verdad, no se había reído y, antes bien, se mostraba estupefacto ante aquel espectáculo que, en su alma de salvaje, tocaba los límites de lo maravilloso. Mas Juncio seguía riendo. El canto sagrado, las luces en los altares, el recogimiento profundo de los fieles, la claridad del sol penetrando por los ventanales a dejar chispas, ha-los y colores en los vidrios y en el metal de las molduras y de las efigies, todo había cobrado ante sus sentidos una gracia adorable, un encanto tan fresco y hechizador, que le colmaba de bienestar, elevándolo y haciéndolo ligero,



 

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César Vallejo

 

ingrávido y alado, sacudiéndole, haciéndole cosquillas y despertando una vibración incontenible en sus nervios. Los niños, contagiados, por fin, de la alegría candorosa y radiante de Juncio, acabaron también por reír, sin saber por qué.

 

Vino el sacristán y, persiguiéndoles con un carrizo, los arrojó del templo. Un individuo del pueblo, indignado por las risas de los niños y los soras, se acercó enfurecido.

 

−Imbéciles. ¿De qué se ríen? Blasfemos. Oye −le dijo a uno de los pequeños−, ¿de qué te ríes, animal?

 

El niño no supo qué responder. El hombre le cogió por un brazo y se lo oprimió brutalmente, rechinando los dientes de rabia, hasta hacerle crujir los huesos.

 

A la puerta de la iglesia se formó un tumulto popular contra Juncio y Analquer.

 

−Se han reído −exclamaba iracundo el pueblo−. Se han reído en el templo. Eso es insoportable. Una blasfe-mia sin nombre...

 

Y entonces vino un gendarme y se llevó a la cárcel a los soras.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El niño del

 

carrizo



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          El niño del carrizo. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La procesión se llevaría a cabo, a tenor de inmemorial liturgia, en amplias y artísticas andas, resplandecientes de magnolias y de cirios. El anda, este año, sería en forma de huerto. Dos hombres fueron designados para ir a traer de la espesura, la madera necesaria. A costa de artimañas y azogadas maniobras, los dos niños, Miguel y yo, fuimos incluidos en la expedición.

 

Había que encaminarse hacia un gran carrizal, de singular varillaje y muy diferente de las matas comunes. Se trataba de una caña especial, de excepcional tamaño, más flexible que el junco y cuyos tubos eran susceptibles de ser tajados y divididos en los más finos filamentos. El amarillo de sus gajos, por la parte exterior, tiraba más al amaranto marchito que al oro brasilero. Su mejor mérito radicaba en la circunstancia de poseer un aroma caracte-rístico, de mística unción, que persistía durante un año entero. El carrizo utilizado en cada Semana Santa, con-servado era en casa de mi tío, como una reliquia familiar, hasta que el del año siguiente viniese a reemplazarlo. De la honda quebrada donde crecía, su perfume se elevaba un tanto resinoso, acre y muy penetrante. A su contacto, la fauna vernacular permanecía en éxtasis subconsciente



 

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César Vallejo

 

y en las madrigueras chirriaban, entre los colmillos alevo-sos, rabiosas oraciones.

 

Miguel llevó sus cinco perros: Bisonte, color de es-tiércol de cuy, el más inteligente y ágil; Cocuyo, de gran intuición nocturna; Aguano, por su dulzura y pelaje de color caoba, y Rana, el más pequeño de todos. Miguel los conducía en medio de un vocerío riente y ensordecedor.

 

A medida que avanzábamos, el terreno se hacía más bajo y quebrado, con vegetaciones ubérrimas en frondas húmedas y en extensos macizos de algarrobos. Jirones de pálida niebla se avellonaban al azar, en las verdes vertientes.

 

Miguel se adelantó a la caravana con su jauría. Iba enajenado por un frenético soplo de autonomía mon-taraz. Henchidas las redes de sus venas, separadas las hirsutas y pobladas cejas por un gesto de exaltación y soberanía personal, libre la frente de sombrero, enfebre-cido y casi desnaturalizado hasta alcanzar la sulfúrica traza de un cachorro, se le habría creído un genio de la montaña. Cogía a uno de sus perros y lo arrancaba del suelo a dos manos, trenzando a gruesos manojos el juego de sus músculos lumbares y trazando con las ágiles mu-ñecas, fisóideas crispaturas en el aire. El perro se retorcía y aullaba y Miguel corría de barranco en barranco, acari-ciando al animal, enardeciéndolo por el fuste dorsal, en-cendiéndolo en insólita desesperación. Los demás perros rodeaban al muchacho, disputándole al cautivo, enfure-cidos, arañándole los flancos, arrancándole jirones de sus ropas, mordiéndolo y ululando en celo apasionado. Parecían desconocerle. Miguel se arrojaba de pronto la-jas abajo, rodando con el can entre sus brazos. Al sentirse golpeado en la roca fría, el perro se sumía en un silencio extraño, como si deglutiese un bolo ensangrentado e in-



 

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El niño del carrizo

 

visible. Entonces, el resto de la jauría callaba también. Los perros se paraban a cierta distancia, moviendo la co-la y sacando la lengua amoratada y espumosa.

 

Más abajo, Miguel se perdía entre un montículo de sábila, para tornar a salir por una hendidura estrecha, arrastrándose en una charca y contrayendo el tronco en una línea sauria y glutinosa. Forcejeaba y sudaba entre las zarzas. Sus perros le mordían las orejas y lo acorrala-ban en rabiosa acometida. Una iguana o un enorme sapo se escurría por entre sus brazos y sus cabellos, asustando los perros, que luego lo perseguían ladrando. Sonriente y embriagado de goce y energía, saltaba Miguel anchas zanjas. Columpiábase de gruesas ramas, trozándolas. Cogía frutos desconocidos, probándolos y llenándose la boca de jugos verdes y amarillos, cuyo olor le hacía es-tornudar largo tiempo. Agarró una panguana tierna, de luciente plumaje zahonado, arisca y un poco brava, que luego se le escapó, aprovechando una caída de Miguel, al saltar un barranco jabonoso. Iba como impulsado por un vértigo de locura. Al entrar en los puros dominios de la naturaleza, parecía moverse en un retozo exclusivamente zoológico.

 

Llegó el rumor de una catarata entre los ladridos de los perros. Uno de los hombres dijo:

 

–Ya estamos cerca...

 

El sol había aparecido. El cielo se despejaba. Me aso-mé al borde de la vertiente. En un fondo profundo, for-mado por dos acantilados, veíase una espesura de hojas envainadoras y cortantes, de la que partía un ruido cas-cajoso y seco.

 

–Aquél es el carrizo...



 

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César Vallejo

 

–Ése. Ese mismo...

 

–Ya vamos a llegar...

 

El viento vino pesado y un tanto sordo. Un soplo as-tringente nos dio en las narices y en los ojos. Era el aro-ma del cañaveral sagrado. La atmósfera subía de presión y calentábase más y más. Bochorno. En algunos recodos y quebradas, el aire empezaba a morir, ahogándose de sol.

 

Sorprendimos en una de estas quebradas, al doblar la pendiente de un meandro, a Miguel. Arqueado en cuatro pies, tomaba agua de un chorro recóndito y azul, entre matorrales. Junto a los labios del amo, Rana tenía sumer-gido el hocico. La lengua granate de Bisonte hería la linfa, azotándola. Bajo el agua, ondulaba su baba viscosa. Las pupilas del mozo y las de sus perros, al beber, se duplica-ban y centuplicaban de cristal en cristal, de marco en mar-co, entre la doble frontera natural de la onda y de los ojos.

 

Extraña anatomía la de Miguel, bebiendo en cuatro pies, el agua de la herbosa montaña... Muchas veces le vi así, saboreando las lágrimas rientes de la tierra. Trazaba entonces una figura monstruosa, una imagen que expre-saba, acaso justificándola, el tenor de su naturaleza, su espíritu terráqueo, su inclinación al suelo. Sediento y co-mido por los ardores de la sangre, Miguel doblaba los pe-destales iliacos y extendía los brazos hacia adelante, hasta dar las manos en tierra. En esa actitud se extasiaba largo tiempo, sorbiendo a ojos cerrados el agua fría. Violentán-dose a tal ademán, las manos en un rol de nuevos pies, asentado en la tierra por medio de dos órdenes de co-lumnas, Miguel modelaba la línea victoriosa de los arcos. Miguel hacía así el signo de todo lo que sale de la tierra por las plantas, para tornar a ella por las manos...



 

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Viaje alrededor

 

del porvenir



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Viaje alrededor del porvenir. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A eso de las dos de la mañana despertó el administra-dor en un sobresalto. Tocó el botón de la luz y alumbró. Al consultar su reloj de bolsillo, se dio cuenta de que era todavía muy temprano para levantarse. Apagó y trató de dormirse de nuevo. Hasta las tres y media podía dar un buen sueño. Su mujer parecía estar sumida en un sueño profundo. El administrador ignoraba que ella le había sentido y que, en ese momento, estaba también despier-ta. Sin embargo, los dos permanecían en silencio, el uno junto al otro, en medio de la completa oscuridad del dor-mitorio.

 

Pero pasados unos minutos, no le volvía el sueño al administrador, y su mujer, sin saber por qué, tampoco podía ya dormir, siguiendo con el oído los movimientos que, de cuando en cuando, hacía su marido en la cama y hasta el ritmo de su respiración y el parpadeo de sus ojos. Hacía dos años que eran casados. Una hijita de tres meses dormía en su cuna, en la habitación contigua, a cargo de una nodriza. El administrador casó con Eva, no porque la quisiera, sino por conveniencia, pues ésta tenía un lejano parentesco con don Julio, patrón de la hacienda. El ad-ministrador hizo, en efecto, un buen negocio: apenas se



 

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César Vallejo

 

casaron, el patrón lo había ascendido de simple mayordo-mo de campo, con 60 soles de sueldo y una simple ración de carne y arroz, a administrador general de la hacienda, con 150 soles mensuales y tres raciones diarias. De otro lado, aun cuando el parentesco en cuestión no contaba mucho a los ojos del patrón –hombre duro, vanidoso y avaro– con el matrimonio cambió en parte el tratamiento que le daba a su ex-mayordomo de campo. Tenía para él una sonrisa, por lo menos, a la semana. Solía también a veces dar a sus instrucciones, delante de los obreros y los otros empleados, repentinas entonaciones de deferencia. Una vez al mes, les estaba acordado al administrador y a su mujer, ir de visita a la casa-hacienda y comer en la me-sa de los parientes pobres del patrón. Por último, el 28 de julio de cada año, día de la fiesta nacional, recibía el cajero orden de dar al administrador un sueldo gratis. Mas la dádiva mayor no había sido todavía recibida, aunque ya estaba prometida.

 

El día en que nació la hija del administrador, la mujer del patrón le dijo a su marido, a la hora de cenar:

 

–¿Sabes una cosa?

 

El patrón, cuyo despotismo y frialdad no exceptuaba ni a su mujer, movió negativamente la cabeza.

 

–Eva ha dado a luz esta mañana –añadió la patrona– y la criatura es mujercita.

 

–¡Zonza! –argumentó el patrón en tono de burla–. No sabe hacé hico. ¿Po qué no hacé uno muchacho hombre?

 

El patrón hablaba pronunciando las palabras como chino que ignorase el español. ¿Por qué tan singular cos-tumbre? ¿Lo hacía acaso porque, en realidad, no pudiese articular bien el español? No. Lo hacía por hábito de so-



 

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Viaje alrededor del porvenir

 

berbia y de dominio. Cuando la hacienda estuvo aún en manos de su padre –un inmigrante italiano, que se hizo rico en el Perú, vendiendo ultramarinos al por menor– la mayor parte de los obreros del campo eran chinos. Estos culíes eran tratados entonces como esclavos. El padre del actual patrón y cualquiera de sus capataces o empleados superiores podían azotar, dar de palos o matar de un ti-ro de revólver a un culí, por quítame allí esas pajas. Así, pues, el actual patrón creció servido por chinos y obede-ciendo a un raro fenómeno de persistente relación entre el lenguaje usado por aquel entonces en el trato con los culíes y la condición de esclavos en que don Julio se había acostumbrado a ver a los obreros y, de modo general, a cuantos le eran económicamente inferiores, se hizo há-bito oír al patrón hablar en un español chinesco a todos los habitantes de su hacienda. Nada importaba que ahora no se tratase ya de culíes sino de indígenas de la sierra del Perú. Su lenguaje resultaba, por eso, de un ridículo no exento de una aureola feudal y sanguinaria.

 

Don Julio, aquella noche del nacimiento de la hija del administrador, había llamado a éste a su escritorio des-pués de cenar, y le dijo severamente:

 

–Tú tene ahora una hica. Por qué tú no hacé uno mu-chacho. ¡Tú ée zonzo!

 

El administrador de pie y en actitud humilde, se puso colorado de emoción, al sentirse honrado, con el hecho de que el patrón se interesase así por la vida de los suyos. Una mezcla de orgullo y de pudor le estremeció ante las palabras protectoras del patrón y no supo qué contestar. Sonrió penosamente y bajó la frente. El patrón añadió, entonces, paternalmente:



 

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César Vallejo

 

–Anda tú hacé uno hico muchacho, uno hico macho.

 

Si tú hacé un chico home, yo date legalo di mil soles.

 

Después dio don Julio unos largos pasos con sus enormes piernas de gigante y salió del escritorio, sin de-jarle tiempo al administrador para darle las gracias por tamaña promesa.

 

Desde entonces, el administrador vivía con la cons-tante preocupación de engendrar un hijo hombre. Formulada la promesa por el patrón, se apresuró a co-municarla inmediatamente a su mujer, la cual, en su gran inconciencia, vecina de un impudor casi cínico, re-cibió la noticia con saltos de alegría y entusiasmo. Am-bos cónyuges empezaron a soñar día y noche en aquel alumbramiento de un hijo hombre, que les traería los diez mil soles prometidos... día y noche. Esta perspecti-va surgía ante ellos principalmente cada vez que se veían en apuros de dinero y en cuantas ocasiones hablaban de proyectos de futuro bienestar. Necesitaban vertirse me-jor que los Quesada. Necesitaban comprar muebles nue-vos para la casa de Chiclayo. Además, convendría hacer un paseíto a Lima. ¿Por qué solamente los Herrera y los Ulercado tenían derecho a ir a pasear a Lima todos los años?

 

–Mira, Arturo –decía Eva, en un delirio de ilusión a su marido–, si llegamos a tener el chico este año, podría-mos pasar la temporada de verano en Miraflores. ¡Oh, qué maravilla sería eso! ¡Cómo se morirían de envidia todas mis amigas!

 

En un transporte de entusiasmo, Eva echaba los bra-zos al cuello del administrador y acotaba, poniéndose se-ria:



 

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Viaje alrededor del porvenir

 

–Pero creo que don Julio lo hace tal vez para que tra-bajes mejor y cumplas debidamente con los deberes de tu puesto. ¿Crees tú que está contento con tu trabajo?

 

–Ya lo creo que sí. Está contentísimo. De otra manera, no me habría prometido el regalo. El otro día, le hice ga-nar de nuevo a la hacienda un montón de dinero.

 

–¿Cómo, Arturito mío? ¿Cómo lo hiciste?

 

–La semana pasada, un equipo de braceros de la Con-trata Puga trabajó seis días en un destajo de corte de caña. Yo lo sabía perfectamente. El caporal había también regis-trado en la planilla esas tareas. Pero el sábado por la tarde, pasé, como quien no hace la cosa, por la caja a la hora del pago de las planillas semanales. Miré al azar las planillas sobre la mesa y al encontrarme con la de los cañeros, hice como que me sorprendía de verla. Llamé al caporal y le pregunté por qué se iba a pagar a esa gente un trabajo que yo ignoraba y que, sobre todo, yo no había ordenado que se hiciese. Se hicieron los esclarecimientos del caso y acabé diciendo que no se pagasen esos salarios, puesto que se trataba de un trabajo que yo no había ordenado. Y así se hizo. Total: unos cientos de soles ahorrados para la hacienda.

 

Eva se quedó pensativa y preguntó vacilante:

 

–Pero ¿y los obreros no cobraron su trabajo?

 

–Naturalmente que no. Si, precisamente, de eso es de lo que se trataba.

 

–Pero... ¡Pobrecitos! ¿Y el contratista tampoco les pa-garía?

 

–¿Pagarles el contratista, dices? –exclamó el adminis-trador con sarcasmo–. Bueno será Puga para desembol-sar un dinero que él no ha recibido...



 

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César Vallejo

 

Eva quedó entonces con su marido en que el regalo prometido por el patrón no tenía nada que ver con los servicios del administrador, sino que era una cosa com-pletamente desinteresada y generosa.

 

 

* * *

 

Y esta noche, en que el administrador ya no podía conciliar el sueño, vino a su mente de súbito la idea del regalo prometido por don Julio. Si el administrador lo-graba engendrar un hijo macho, sería una cosa formida-ble. Pero ¿cómo lograrlo? Más de una vez se había hecho él y su mujer esta interrogación. ¿Cómo engendrar un hijo hombre? Los dos pensaban que la cosa consistía en alimentarse bien. Otras veces creían que era cuestión de técnica y, en las horas de escepticismo, pensaban, si-guiendo su experiencia, que eran éstos designios de la suerte y que no había nada que hacer. La pareja pasaba noches ardidas de esfuerzo y ansiedad. Había ocasiones en que Eva, después de un espasmo heroico y calculado, como un teorema de raíz cúbica, se sumía en un silencio abstracto para luego exclamar de pronto, besando sudo-rosa a su marido:

 

–¡Ya! ¡Yo creo que ya! ¡Siento que ahora sí, que ya! Lo siento. ¡Lo siento claramente!

 

–No –respondía Arturo, exhausto y desalentado–. Yo he sentido que no. Esto es una broma.

 

Otras veces era el administrador quien solía exclamar en el instante preciso de su goce:

 

–¡Ya!... ¡Ya!... ¡Ya!... ¡Ya!...



 

 

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Viaje alrededor del porvenir

 

Eva, por el contrario, se mostraba escéptica, aunque no se atreviese a desalentar a su marido y, más bien, le respondía con jadeante y débil voz:

 

–Sí... Probablemente... Probablemente...

 

El administrador, al recordar esta noche de insomnio, todas estas escenas y luchas por los diez mil soles pro-metidos por don Julio, se puso de mal humor. Se dio una vuelta brusca en la cama y lanzó un bufido de cólera. ¡Ha-bráse visto cosa más imbécil! No poder engendrar un hijo macho. ¡Era el colmo de la mala suerte!

 

Eva oyó el bufido rabioso de su marido y de golpe comprendió en qué estaba pensando Arturo. Meditó un momento y fingió despertar solamente en ese instante, acercando a ciegas sus carnes desnudas y cálidas al cuer-po de su marido. Después le echó el brazo sobre el hom-bro y siguió agitándose y rozándose con él. Por su parte, Arturo se dio a reflexionar en la necesidad de ser tenaz en su propósito y de no abandonar por ningún motivo la empresa de los diez mil soles. Unos minutos después, tomó, a su turno, por la cintura a su mujer y se besaron sin pronunciar palabras. Pero, esta vez, la empresa abortó completamente, pues siete meses más tarde, Eva daba a luz una mujercita.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Vencedor



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          El vencedor. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores,



 

1967.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un incidente de manos en el recreo llevó a dos niños a romperse los dientes a la salida de la escuela. A la puerta del plantel se hizo un tumulto. Gran número de mucha-chos, con los libros al brazo, discutían acaloradamente, haciendo un redondel en cuyo centro estaban, en extre-mos opuestos, los contrincantes: dos niños poco más o menos de la misma edad, uno de ellos descalzo y pobre-mente vestido. Ambos sonreían, y de la rueda surgían rutilantes diptongos, coreándolos y enfrentándolos en fragorosa rivalidad. Ellos se miraban echándose los con-vexos pechos, con aire de recíproco desprecio. Alguien lanzó una alerta:

 

–¡El profesor! ¡El profesor!

 

La bandada se dispersó.

 

–Mentira. Mentira. No viene nadie. Mentira…

 

La pasión infantil abría y cerraba calles en el tumulto. Se formaron partidos por uno y otro de los contrincantes. Estallaban grandes clamores. Hubo puntapiés, llantos, ri-sotadas.

 

–¡Al cerrillo! ¡Al cerrillo! ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hu-rra!...



 

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César Vallejo

 

Un estruendoso y confuso vocerío se produjo y la muchedumbre se puso en marcha. A la cabeza iban los dos rivales.

 

A lo largo de las calles y rúas, los muchachos hacían una algazara ensordecedora. Una anciana salió a la puerta de su casa y gruñó muy en cólera:

 

–¡Juan! ¡Juan! ¡A dónde vas, mocito! Vas a ver… Las carcajadas redoblaron.

Leonidas y yo íbamos muy atrás. Leonidas estaba de-mudado y le castañeteaban los dientes.

 

–¿Vamos quedándonos? –le dije.

 

–Bueno –me respondió–. ¿Pero si le pegan a Juncos?...

 

Llegados a una pequeña explanada, al pie de un cerro de la campiña, se detuvo el tropel. Alguien estaba lloran-do. Los otros reían estentóreamente. Se vivaba a contra-punteo:

 

–¡Viva Cancio! ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hurraaaaa!...

 

Se hizo un orden frágil. La gritería y la confusión re-nacieron. Pero se oyó una voz amenazadora:

 

–¡Al primero que hable, le rompo las narices!

 

–Voy a Juncos.

 

–Voy a Cancio.

 

Se hacían apuestas como en las carreras de caballos o en las peleas de gallos.

 

Juntos era el niño descalzo. Esperaba en guardia, en-cendido y jadeante. Más bien escueto y cetrino y de sabro-so genio pendenciero. Sus pies desnudos mostraban los talones rajados. El pantalón de bayeta blanca, andrajoso y



 

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El vencedor

 

desgarrado a la altura de la rodilla izquierda, le descendía hasta los tobillos. Tocaba su cabeza alborotada un grueso e informe sombrero de lana. Reía como si le hiciesen cos-quillas. Las apuestas en su favor crecían. Por Cancio, en cambio, las apuestas eran menores. Era éste un niño de-cente, hijo de buena familia. Se mordía el labio superior con altivez y cólera de adulto. Tenía zapatos nuevos.

 

–¡Uno!... ¡Dos!... ¡Tres!

 

El tropel se sumió en un silencio trágico. Leonidas tragó saliva. Cancio no se movía de su guardia, reducién-dose a parar las acometidas de Juncos. Un puñetazo en el costado derecho, esgrimido con todo el brazo contrario, le hizo tambalear. Le alentaron. Recuperó su puesto y una sombra cruzó por su semblante. Juncos, finteando, son-reía.

 

Cancio empezó a despertar mi simpatía. Era inteli-gente y noble. Nunca buscó camorra a nadie. Cancio me era simpático y ahora se avivaba esa simpatía. Leonidas también estaba ahora de su parte. Leonidas estaba colora-do y se movía nerviosamente, ajustando sus movimientos a los trances de la lucha. Cuando Cancio iba a caer por tierra, a una puñada del héroe contrario, Leonidas, sin poder contenerse, alargó la mano canija y dio un buen pellizcón a Juncos. Yo le dije:

 

–Déjalo. No te metas.

 

–¡Y por qué le pega a Cancio! –me respondió, po-niéndose aun más colorado. Bajó luego los ojos como avergonzado.

 

La lucha se encendió en forma huracanada. A un puntapié trazado por Juncos, a la sombra de un zurdazo



 

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César Vallejo

 

simulado, respondieron los dos puños de Cancio, majan-do rectamente al pecho, a las clavículas, al cuello, a los hombros de su enemigo, en una lluvia de golpes contun-dentes. Juncos vaciló, defendiéndose con escaramuzas inútiles. Corrió sangre. De una pierna de Cancio manaba un hilo lento y rojo. La tropa lanzó murmullos de triunfo y de lástima.

 

–¡Brazo! ¡Bravo, Juncos!

 

–¡Bravo! ¡Brazo! ¡Bravo, Cancio!

 

–¡Uyuyuy! ¡Ya va a llorar! ¡Ya va a llorar!

 

–¡Déjenlo! ¡Déjenlo!

 

Volaron palmas. Crujió un despecho en alto.

 

Cancio se enardecía visiblemente y cobró la ofensiva. De una gran puñada, asestada con limpieza verdadera-mente natural, hizo dar una vuelta a la cabeza contraria, obligando a Juncos a rematar su círculo nervioso, ponién-dose de manos, a ciegas, contra el cerco de los suyos. En-tonces sucedió una cosa truculenta. Un niño más grande que Cancio saltó del redondel y le pegó a éste y un segun-do muchacho, mayor aun que ambos, le pegó al intruso, defendiendo a Cancio. Durante unos segundos, la confu-sión fue inextricable, unos defendiendo a otros y aquéllos a éstos, hasta que volvió a oírse estas palabras de alerta, que pusieron fin al caos y a los golpes:

 

–¡El profesor! ¡El profesor!...

 

Juncos estaba muy castigado y parecía que iba a do-blar pico. El humilde granuja, al principio tan dueño de sí mismo, tenía el pabellón de una oreja ensangrentado y encendido, a semejanza de una cresta de gallo. Un ins-tante miró a la multitud y sus ojos se humedecieron. El



 

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El vencedor

 

verle, trajeado de harapos, con su sombrerito de payaso, el desgarrón de la rodilla y sus pequeños pies desnudos, que no sé cómo escapaban a las pisadas del otro, me dolió el corazón. Al reanudarse la pelea, di una vuelta y me pasé a los suyos.

 

Acezaban ambos en guardia.

 

–Pega…

 

–Pega nomás…

 

Juncos hizo un ademán significativo. El verdor de las venas de su arañado cuello palideció ligeramente. Enton-ces le di la voz con todas mis fuerzas:

 

–¡Entra, Juncos! ¡Pégale duro!...

 

Le poseyó al muchacho un súbito coraje. Puso un feroz puñetazo en la cara del inminente vencedor y le derribó al suelo.

 

El sol declinaba. Había pasado la hora del almuerzo y teníamos que volver directamente a la escuela. A Cancio le llevaban de los brazos. Tenía un ojo herido y el párpado muy hinchado. Sonreía tristemente. Todos le rodeaban lacerados, prodigándole palabras fraternales. También yo le seguía de cerca, tratando de verle el rostro. ¡Cómo le habían pegado!

 

El grupo de pequeños avanzaba, de vuelta a la aldea, entre las pencas del camino. Hablaban poco y a media voz, con una entonación adolorida. Hasta Juncos, el pro-pio vencedor, estaba triste. Se apartó de todos y fue a sen-tarse en un poyo del sendero. Nadie le hizo caso. Le veían de lejos, con extrañeza, y él parecía avergonzado. Bajó la frente y empezó a jugar con piedrecillas y briznas de hier-ba. Le había pegado a Cancio este Juncos...



 

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César Vallejo

 

–Vámonos –le dijo Leonidas, acercándose.

 

Juncos no respondió. Hundió su sombrero hasta las cejas y así ocultó el rostro.

 

–Vamonos, Juncos.

 

Leonidas se inclinó a verle. Juncos estaba llorando.

 

–Está llorando –dijo Leonidas. Le arregló el estropea-do sombrero y le asentó el pelo, por sobre la oreja, donde la sangre aparecía coagulada y renegrida.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sabiduría

 

[Capítulo de una novela inédita]



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

■          Sabiduría. Publicado en la revista Amauta Nº 8, Lima, abril de 1927, pp. 17-18 (en dos columnas).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuera cesó de nevar. El cielo aparecía negro y bajo. El viento también dejó de soplar fieramente, y la atmósfera estaba inmóvil y muy enrarecida. Por las sierras del norte se veía el horizonte delineado con una claridad apacible y celeste, como si fuese de día; mas la aurora aún no des-puntaba, y la obscuridad graznaba a grandes alas negras en la cordillera.

 

La señora se levantó y llegóse con sumo tiento a la cama del enfermo, enjugándose las lágrimas con un canto de su blusa de negro percal. Benites continuaba tranquilo.

 

–¡Dios es muy grande! –exclamó ella enternecida y en voz apenas perceptible–. ¡Ay, Divino Corazón de Je-sús! –añadió levantando los ojos a la efigie y juntando las manos, henchida de inefable frenesí–. ¡Tú lo puedes todo, Señor! ¡Vela por tu criatura! ¡Ampárale y no le abando-nes! ¡Por tu santísima llaga, Padre mío! ¡Protégenos en este valle de lágrimas!...

 

No pudo contenerse y se pudo a llorar en silencio, de pie junto a la cabecera del enfermo, el que, con la espalda vuelta a la luz y la cabeza echada hacia atrás, inmóvil, re-posaba profundamente. Lloró enardecida por las fuertes



 

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César Vallejo

 

conmociones de la noche, y al fin dio algunos pasos y fue a sentarse en un banco, rendida de cansancio y de pesar. Ahí se quedó adormecida por el abatimiento y el insom-nio, cosas excesivas para su avanzada edad y su naturaleza achacosa.

 

Despertó de súbito, sobresaltada. La bujía estaba pa-ra acabarse y se había chorreado de una manera extraña, practicando un portillo hondo y ancho, por el que corría la esperma derretida, yendo a amontonarse y enfriarse en un solo punto de la palmatoria, en forma de un puño ce-rrado, con el índice alzado hacia la llama.

 

Acomodó la bujía la señora, y, como notase que el paciente no había cambiado de postura y que, antes bien, seguía durmiendo, se inclinó a verle el rostro por el lado de la sombra, donde estaba. “Duerme el pobrecito”, se dijo, y resolvió no despertarle.

 

Benites, en medio de las visiones de la fiebre, había mirado a menudo el cuadro del Corazón de Jesús que estaba al alcance de sus ojos, pendiente en su cabecera. La divina imagen se mezclaba a las imágenes del delirio, envuelta en un arrebol blanco y estático, semejante a un nevado: era la cal del muro donde se diseñaba en la reali-dad. Las alucinaciones se relacionaban con lo que más preocupaba a Benites en el mundo tangible, tales como el desempeño de su puesto en las minas, su negocio en sociedad con Marino y el deseo de un capital suficiente para ir en seguida a Lima a terminar lo más pronto posi-ble sus estudios de ingeniero. Vio que Marino se quedaba con su dinero y todavía le amenazaba pegarle, ayudado por todos los pobladores de Quivilca. Benites protesta-ba enérgicamente, pero tenía que batirse en retirada, en



 

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Sabiduría

 

razón del inmenso número de sus atacantes; caía en la fuga por escarpadas rocas, y al doblar de golpe un reco-do del terreno fragoroso, se daba con otra parte de sus enemigos y el pánico le hacía dar un salto. Entonces el Corazón de Jesús entraba en el conflicto, y espantaba con su sola presencia a los agresores y ladrones, para luego desaparecer instantáneamente, como un relámpago, y dejarle desamparado en el preciso momento en que el gerente de la “Mining Societed” se paseaba colérico en el escritorio del Cuzco y le decía: “Puede usted irse. La empresa le cancela el nombramiento en atención a su mala conducta. Es mi última decisión”. Benites le roga-ba cruzando las manos lastimeramente. El gerente orde-nó a dos criados que le sacasen de la oficina. Venían dos indios sonriendo, como si escarneciesen su desgracia, le cogían por los brazos, le arrebataban y le propinaban un empellón brutal. Pero el Corazón de Jesús acudía con tal oportunidad que todo volvía a quedar arreglado en su favor. El Señor se esfumaba después como en un vértigo.

 

En una de aquellas intercesiones milagrosas, Jesús se irguió en el fondo de un infinito espacio azul, rodeado siempre de un gran arco albar. Su sagrado corazón palpi-taba con ritmo manso y melodioso y casi imperceptible, dejándose ver en toda su incorpórea celulación divina, a través de sus vestiduras. El Señor miraba ahora en torno suyo con aquella tristeza pensativa con que, en las bellas granjas egipcias, siendo niño, contemplaba a José traba-jar humildemente hasta la caída del sol, en su carpintería solitaria de cedros y sándalos de oriente. Su mirada era triste y pensativa, y en ella viajaba, en un reflujo eterno e incurable, la visión del patriarca ganando el pan de cada día. Al menos a Benites le daba esta impresión, aunque de



 

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César Vallejo

 

una manera nebulosa y muy extraña, pues no podía po-ner los ojos en el Señor, que sólo estaba presente en tácita revelación, sin ser visto, oído ni tocado. Su figura llenaba de una gracia ideal y de un sentido esencial la copa del tiempo y la copa del alma.

 

De repente advirtió Benites que delante del Señor pa-saba de una en una, en un desfile intermitente, algunas personas que él no podía reconocer. Entonces le poseyó un pavor repentino, al darse cuenta sólo en ese instan-te, que asistía a las últimas sanciones. Pasada la primera impresión, y recuperado un tanto el dominio de sí mis-mo, angustiado y confuso todavía, se dio a recapacitar y a hacer un examen de conciencia que le permitiera en-trever cuál sería el lugar de su eterno destino. Pero no tenía tranquilidad para ello. Ni siquiera podía coordinar sus ideas acerca del trance en que se hallaba, mucho me-nos acerca de su vida y conducta en el mundo terrenal, del cual apenas guardaba ahora un sentimiento obscu-ro e impreciso. Intentó de nuevo recordar su vida y sus buenas y malas acciones de la tierra, consiguiendo al fin obtener algunos perfiles. Los primeros en acudir fueron unos recuerdos risueños, a cuya presencia experimentó un poco de esperanza y de ánimo: eran sus buenos actos. Recogió tales recuerdos y los colocó en lugar preferente y visible de su pensamiento, por riguroso orden de impor-tancia; abajo, los relativos a procederes de bondad más o menos discutible o insignificante, y arriba, a la mano, sobre todos, los relativos a los grandes rasgos de virtud, cuyo mérito se denunciaba a la distancia, sin dejar du-da de su autenticidad y trascendencia. Luego pidió a su memoria los recuerdos amargos, y su memoria no le dio ninguno. “¿Es posible?”, pensaba Benites vacilante. Sí. Ni



 

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Sabiduría

 

un solo recuerdo roedor. A veces se insinuaba alguno, tí-mido y borroso, que bien examinado a la luz de la razón, acababa por desvanecerse en las neutras comisuras de la clasificación de valores, o que, mejor sopesado todavía, llegaba [a] despojarse del todo de su tinte culpable, reem-plazado éste, no ya sólo por otro indefinible, sino por el tinte contrario: tal recuerdo resultaba en el fondo ser el de una acción meritoria que Benites entonces reconocía con verdadera fruición paternal. Felizmente Benites era inteligente y había cultivado con esmero su facultad dis-cursiva y crítica, con la cual podía ahora profundizar bien las cosas y darles su sentido verdadero y exacto.

 

De pronto sintió que se acercaba a Jesús, sin haberse dado cuenta, y lo que es más, sin avanzar, a su entender, paso alguno en tal propósito. Harto animado por el resul-tado de su examen de conciencia, poco se conturbó ante la inminencia de la hora tremenda que llegaba. Lanzó una mirada en busca del Señor, a quien no veía y apenas pre-sentía, llenando de su tácita presencia el infinito espacio azul. La divina figura de Jesús permanecía invisible siem-pre a los ojos, y Benites la creía solamente soñar, sin po-der estar seguro de haberla visto ahí alguna vez. Pero un sentimiento extraordinario de algo jamás registrado en su sensibilidad y que le nacía del fondo mismo de su ser, le anunció que se hallaba en presencia del Señor. Tuvo enton-ces tal cantidad de luz en su pensamiento, que lo poseyó la visión entera de cuanto fue y será, la conciencia integral del tiempo y del espacio, la imagen plena y una de las co-sas, el sentido eterno y esencial de las lindes. Un chispazo de sabiduría le envolvió, dándole, servida en una sola pla-na, la noción sentimental y sensitiva, abstracta y terráquea, nocturna y solar, par e impar, fraccionaria y sintética, de



 

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César Vallejo

 

su rol permanente en los destinos de Dios. Y fue entonces que nada pudo hacer, pensar, querer ni sentir por sí mismo ni en sí mismo; su personalidad, como yo de egoísmo, no pudo sustraerse al corte cordial de sus flancos. En su ser se había posado una nota orquestal del infinito, a causa del paso de Jesús y su divina oriflama por la antena mayor de su corazón. Luego volvió en sí, y al sentirse apartar de de-lante del Señor, condenado a errar al acaso, como número disperso, zafado de la armonía universal, por una gris e incierta inmensidad, sin alba ni poniente, un dolor indes-criptible y nunca experimentado en su vida, le colmó el alma hasta la boca, ahogándole, como si mascase amargos vellones de tinieblas, sin poderlas ni siquiera pasar. Su tor-mento interior, la funesta desventura de su espíritu no era a causa del perdido paraíso, sino a causa de la expresión de tristeza infinita y humanamente mortal que vio o sintió dibujarse en la divina faz del Nazareno al llegar ante sus plantas. ¡Oh qué mortal tristeza la suya, que de ser com-parada a su goce en presencia de los niños, habría tirado de golpe la balanza, hacia el lado sin lado y sin platillo! ¡Oh qué humana tristeza la suya, cual la que vigiló, a la luz de una víspera fatal, en un yermo olivar de Galilea, su oración muda y desolada, cuando goteó en el puro suelo su secreción de sangre y augusta, al compás de estas cárdenas palabras: “¡Padre, aparta de mí este cáliz!”. ¡Oh qué infinita tristeza la suya, y cómo no la pudo contener ni el vaso de dos bocas del Enigma! Por ella sufría Benites un dolor des-medido y sin orillas.

 

–¡Señor! –murmuró suplicante y bañado en llanto–, ¡al menos que no sea tanta tu tristeza! Al menos, que un poco de ella pase a mi corazón. ¡A lo menos, que las pie-drecillas vengan a ayudarme a reflejar tu tristeza!



 

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Sabiduría

 

El silencio volvió a imperar en la gran extensión in-cierta.

 

–¡Señor! ¡Apaga la lámpara de tu tristeza, que me fal-ta corazón para reflejarla! ¿Qué he hecho de mi sangre? ¿Dónde está mi sangre? ¡Ay, Señor! ¡Tú me la diste, y he aquí que yo, sin saber cómo la dejé empozada en los rin-cones de la vida, avaro de ella y pobre de ella!

 

Benites lloró hasta la muerte.

 

–¡Señor! Pero tú sabes de esa sangre, ni blanca ni ne-gra, roja como los crepúsculos y las incertidumbres, y líquida y sin forma, obligada a tomar la forma del lugar que la cobija. Y tú sabes de los lugares de la tierra, con sus recodos agudos hasta casi confundir la entrada y la salida en un solo pasaje sin sentido, y con sus curvas tan cerradas y pequeñas que se las tomaría por simples pun-tos ciegos. ¡Ay señor! ¡Tú me diste la sangre, y yo fui para ella la curva ciega e inhóspita y el recodo sin entrada ni salida!...

 

Se oía callar al Silencio por el lado de la nada.

 

–¡Señor! Yo fui el recodo sin entrada ni salida y la curva ciega e inhóspita en la vida. ¡Cuando pude ser la tersura, el amor y la luz! ¡Cuando pude detenerme en la inocencia, a despecho del tiempo y del espacio! ¡Cuando pude cercenar las cosas por la mitad, tomarme sólo las caras y volver a sacar de los sellos otras caras y otras más hasta la muerte! ¡Cuando pude borrar de una sola locu-ra los puentes y los istmos, los canales y los estrechos, a ver si así mi alma se quedaba quieta y contenta, tranquila y satisfecha de su isla, de su lago, de su ritmo! ¡Cuando pude matar el matiz, y, convertido en zapador de lo pro-bable, apostarme ante todos los tabiques, a blandir a dos



 

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César Vallejo

 

manos el número 1, aunque cayese el golpe sobre la pro-pia sombra de tal arma!...

 

Benites lloraba un llanto lejano.

 

–¡Señor! Yo fui el pecador y tu pobre oveja descarria-da. ¡Cuando estuvo en mis manos ser el Adán sin tiem-po, sin mediodía, sin tarde, sin noche, sin segundo día! ¡Cuando estuvo en mis manos embridar y sujetar los ru-mores edénicos para toda eternidad y salvar lo Cambian-te en lo Absoluto! ¡Cuando estuvo en mis manos realizar mis fronteras garra a garra, pico a pico: guija a guija, man-zana a manzana! ¡Cuando estuvo en mis manos desgajar los senderos a lo largo y al través, por filamentos, a ver si así salía yo al encuentro de la Verdad!...

 

Una pausa descalza siguió a estas palabras.

 

–¡Señor! ¡Yo fui el delincuente y tu ingrato gusano sin perdón! ¡Cuando pude no haber nacido siquiera! ¡Cuan-do pude, al menos, eternizarme en los capullos y en las vísperas y en las madrugadas! ¡Felices los capullos, por-que ellos son las joyas natas de los paraísos, aunque haya en sus selladas entrañas una flor de pecado en marcha! ¡Felices las vísperas, porque ellas no han llegado todavía y no han de llegar jamás a la hora de los días definibles! ¡Felices las madrugadas, porque nadie puede tocarlas ni decir nada de ellas, aunque encoven soles maléficos! ¡Yo pude ser solamente el óvulo, la nebulosa, el ritmo latente e inmanente, Dios!

 

Estalló Benites en un grito de desolación y desespe-ranza sin límites, que luego de apagado, dejó al Silencio mudo para siempre.

 

–¡Señor! ¡Pero mi vida ha sido triste y tormentosa!



 

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Sabiduría

 

Tú lo sabes. Si tropezaba y golpeaba a un guijarro, ¡éste se ponía a llorar, diciendo que él tenía la culpa! Si llamaba a una puerta para ayudar a padecer, ¡se me hacía pasar a un festín! ¿Qué he podido, pues, hacer, Señor?...

 

Jesús respondió con estas únicas palabras:

 

–¡Ajustarte al sentido de la tierra!



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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INDICE

 

 

 

 

Prólogo

 

Antonio González Montes

9

CUENTOS Y NOVELAS

 

 

 

Escalas

 

I CUNEIFORMES

57

Muro noroeste

59

Muro antártico

62

Muro este

65

Muro dobleancho

67

Alféizar

69

Muro occidental

71

II CORO DE VIENTOS

73

Más allá de la vida y la muerte

75

Liberación

84

El unigénito

98

Los Caynas

105

Mirtho

117

Cera

125



 

Fabla Salvaje

 

I

 

143

II

 

148

III

 

151

IV

 

155

V

 

164

VI

 

173

VII

 

181

VIII

 

185

Hacia el reino de los Sciris

 

I.

El otro imperialismo

189

II.

El adivino

194

III.

La paz de Túpac Yupanqui

202

IV.

Un accidente de trabajo

208

V.

Bizancio, longitud occidental

212

VI.

En la Intipampa

218

VII.  La cólera divina

221

VIII. La guerra vertical

227

[relatos de] contra el secreto profesional

Individuo y sociedad

237

Teoría de la reputación

239

Ruido de pasos de un gran criminal

243

Conflicto entre los ojos y la mirada

245

Magistral demostración de salud pública

247

Lánguidamente su licor

252

Vocación de la muerte

254



 

Otros Cuentos

 

Paco Yunque

261

Los dos soras

289

El niño del carrizo

295

Viaje alrededor del porvenir

301

El vencedor

311

Sabiduría

319



 

 

 

 

CUENTOS Y NOVELAS, de César Vallejo se terminó de imprimir en el mes de junio del 2011, en los talleres gráficos de la Asociación

 

Fondo de Investigadores y Editores (AFINED), Calle Las Herramientas 1873, Cercado de Lima. Lima - Perú.

 

 

 



FIN

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