© Libro N° 14173. Cuentos Y Novelas. Vallejo, César. Emancipación. Agosto 16 de 2025
Título Original: © Cuentos Y Novelas. César Vallejo
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
CUENTOS
Y NOVELAS
César Vallejo
CUENTOS Y NOVELAS
CUENTOS
Y NOVELAS
CÉSAR VALLEJO
Prólogo de
Antonio González
Montes
Universidad de
Ciencias y Humanidades
Fondo Editorial
Colección
“César Vallejo:
Creación”,
dirigida por Balmes
Lozano Morillo
CUENTOS Y NOVELAS
César Vallejo
Mendoza
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Civil Universidad de Ciencias y Humanidades, Fondo Editorial
Av. Universitaria
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Primera edición:
Lima, junio 2011
Tiraje: 500
ejemplares
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y diagramación: UCH
ISBN:
978-612-45813-8-0
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Impreso en el Perú
/ Printed in Peru
Se ha tomado como
base la edición revisada por Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano, César
Vallejo. Narrativa completa, publicada en Lima, en 1999, por la Pontificia
Universidad Católica del Perú.
No se incluye la
novela El Tungsteno por haber sido editada por la UCH como
libro independiente. Tampoco se reproduce la nueva versión de Escalas corregida
por César Vallejo y publicada por Claude Couffon, El presente volumen Cuentos
y novelas de César Vallejo no pretende afiliarse a las obras completas
de César Vallejo sino a las publica-ciones que buscan ampliar el contacto con
el lector no especializado.
PRÓLOGO
I. Etapa Inicial
Vallejo se inicia
como narrador con dos libros publicados en 1923: Escalas1 y Fabla
salvaje2. El primero de ellos es un volumen con dos secciones
(“Cuneiformes” y “Coro de vientos”) de narra-ciones breves, que caben, con
algunas observaciones, dentro del género del cuento3; y el segundo es una
novela también breve, muy al estilo de otras obras que pertenecerían, según
Edmundo Bendezú, a la novelística modernista peruana4.
Escalas
Entre los más
notables libros de cuentos que se publicaron desde inicios del siglo XX hasta
la aparición de Escalas, podemos citar: Cuentos malévolos (Barcelona,
1904), de Clemente Palma; con ediciones nuevas o reediciones en 1912 y
1913; Dolorosa y desnuda realidad (París, 1914) de Ventura
García Calderón; La justicia de Huayna Ccapac (Valencia,
¿1918?) de Augusto Aguirre
1
2
3
4
Vallejo,
César. Escalas. Lima, Talleres Tipográficos de la Penitenciaria,
1923.
Vallejo,
César. Fabla salvaje. Prólogo de Pedro Barrantes Castro. Lima,
Co-lección La Novela Peruana. Año I, N° 9, 16 de mayo de 1923.
Cf. Reyes Tarazona,
Roberto. La caza del cuento. Lima, Universidad Ricar-do Palma,
2004.
Bendezú,
Edmundo. La novela peruana. De Olavide a Bryce. Lima, Edito-rial
Lumen, 1992.
Morales; El
caballero Carmelo, cuentos (Lima, 1919) de Abraham Valdelomar; Cuentos (Lima,
1919) de Lastenia Larriva de Llona; Cuentos andinos; vida y costumbres
indígenas (Lima, 1920) de Enrique López Albújar; Los
hijos del sol (cuentos incaicos) (Lima, 1921) de Abraham Valdelomar. Y
al año siguiente de la aparición de Escalas, Ventura García
Calderón dio a conocer La venganza del cóndor (Madrid, 1924).
Para realizar un
análisis textual completo de Escalas es ne-cesario poner de
manifiesto sus nexos temáticos y estilísticos con Trilce (1922).
Ambos libros se nutren, en gran parte, de una misma experiencia vital y de una
concepción estética semejante. Según Trinidad Barrera “la gestación de Escalas está
signada por dos acontecimientos singulares: la muerte de la madre (1918) y el
período carcelario (1920-21), dos sucesos que invaden su vida y su obra,
marcándolas para siempre y reforzando un sentimiento de orfandad que ya
aparecía en Los heraldos negros y que, a par-tir de este
momento, dominará dramáticamente el futuro de su poesía”.5
“Cuneiformes” (1a.
sección)
Una lectura de los
textos de Escalas nos permite comprobar que, en efecto, los
dos acontecimientos mencionados actúan a modo de ejes temáticos que ayudan a
descifrar la compleja sig-nificación de la escritura narrativa de Vallejo. La
primera sección del libro, “Cuneiformes”, constituida por “seis prosas
poéticas”, muestra una vinculación explícita con el periodo carcelario. El
narrador escribe desde y sobre la cárcel, y los títulos de cada una de las
prosas aluden a las paredes que conforman la celda en la que discurre la vida
del preso.
5 Barrera,
Trinidad. “Escalas melografiadas (sic) o la lucidez vallejiana”. En Cuadernos
Hispanoamericanos. Madrid, Nº 454-457, vol. I, pp. 317-328.
Trinidad Barrera ha
explicado con bastante detalle y acierto el modo en que la estructura espacial
de la celda carcelaria ha sido sugerida por los títulos de las “prosas”,
incluyendo dentro de esta singular homología, la presencia del recluso que
acompaña al narrador y la ventana por la que se comunican con el mundo
exterior.
Algunos de los
temas específicos han sido motivados por la situación de enclaustramiento y de
pérdida de libertad en que se encuentra el personaje narrador. Por ejemplo, en
“Muro Noroes-te” una pequeña anécdota ocurrida a su compañero de celda le sirve
para desarrollar una meditación, con pretensiones filosófi-cas, acerca de la
naturaleza última de la justicia y de la imposibi-lidad de que el ser humano
puede alcanzarla.
“Muro Dobleancho”
se nutre de la misma preocupación acerca de la justicia. En este caso el
narrador, al referir una histo-ria que le ha contado su compañero de celda,
pone en evidencia la incapacidad de los jueces y tribunales para establecer la
exactitud de la culpabilidad del recluso, pues mientras la justicia formal y
legal ha determinado su condición de ladrón, el narrador lo acu-sa, además, de
asesino por su responsabilidad indirecta en un he-cho que concluyó con la
muerte de otro ser humano.
Las referencias al
universo familiar nutren el desarrollo argu-mental de dos textos de
“Cuneiformes”. En “Alféizar” la escritura inicia un reconocimiento de la
situación de postración en la que se encuentra el propio sujeto productor de la
escritura, que llega a creerse muerto. Su compañero de celda, mientras tanto,
prepara el austero desayuno que se servirán como cada mañana.
La escena misma del
desayuno posee la capacidad de hacer recordar la niñez feliz del personaje, en
la que éste se ve rodeado por el afecto familiar de sus hermanos y, en
especial, de su madre que dispensa cariño y protección al pequeño hijo y aun
presagia los momentos difíciles que éste vivirá en el futuro “cuando (…) sea
grande y haya muerto su madre”. La evocación concluye con la imagen de “dos
ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas nazarenas”.
“Muro Antártico”
muestra, otra vez, la emergencia del yo na-rrativo, dando curso libre a sus
deseos eróticos hacia una hermana innominada. La complejidad significativa de
este texto obedece a que en él se mezclan el pasado y el presente, el sueño y
la vigilia, la pureza y el pecado, según señala Sonia Mattalia6.
En efecto, “Muro
antártico” desenvuelve el controvertido te-ma del amor incestuoso desde una
doble perspectiva. De un lado, el narrador, consciente del carácter pecaminoso
de dicho amor, se resiste a aceptarlo; pero, de otro lado, asume de un modo
radical y totalizador sus impulsos afectivos y llega a anhelar un máximo de
fusión con su hermana:
“¡Oh mujer! Deja
que nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abracemos en todos los crisoles.
Deja que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos unamos en alma y
cuerpo. Deja que nos amemos absolutamente, a toda muerte”7.
El personaje
narrador (símil del Vallejo autor) a través de una alucinada remembranza ubica
los orígenes de esta relación incestuosa en los remotos días de la niñez,
evocados con particu-lar fruición y entusiasmo.
“Muro este” es uno
de los textos más herméticos del libro. El enunciador de la prosa esboza “los
contornos difusos de un mun-do en el que están ausentes personajes, y en cambio
se registra la ocurrencia de una serie de acciones misteriosas y enigmáticas,
que no son fáciles de ubicar en ningún nivel de realidad conoci-do”. Además,
“asumiendo la existencia de un mundo del cual él depende en términos de vida y
muerte, intenta dirigir la manifes-tación de una serie de sucesos, al parecer
encaminados a destruir físicamente a aquel enunciador”.8
6
7
Mattalia, Sonia. “Escalas
melografiadas (sic): Vallejo y el vanguardismo na-rrativo”, en Cuadernos
Hispanoamericanos. Madrid, Nº 454-457, vol. I, pp. 329-343.
Vallejo,
César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, F. Moncloa Ediciones, 1970, p. 15.
“Muro occidental”
es un texto brevísimo, hermético y que desafía la capacidad de exégesis de
cualquier lector. Es tan con-ciso como el famoso relato de Augusto Monterroso,
“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, pues solo enuncia:
“Aquella barba al nivel de la tercera moldura de plomo”. Es un minitexto que
describe un detalle del rostro de un individuo, y según Eduardo Neale-Silva se
relaciona con “Muro noroeste” y de esta vinculación extrae su sentido de
incertidumbre”.9
“Coro de vientos”
(2a. Sección)
La sección “Coro de
vientos” agrupa, a su vez, a un conjun-to de textos más extensos que los de
“Cuneiformes”. Todos ellos responden mejor al concepto de relato y poseen una
estructura narrativa más sólida y variada, a la vez que abordan una diver-sidad
de temas, dentro de los cuales se puede constatar un claro predominio de lo
fantástico y lo misterioso.
El primer relato de
esta sección se denomina “Más allá de la vida y la muerte” y ofrece muchos
puntos de contacto con textos poéticos y narrativos vallejianos, en tanto se
nutre de aquel acon-tecimiento singular que es la muerte de la madre del
escritor, ocu-rrida en agosto de 1918, y que causó un gran impacto emocional en
Vallejo, perceptible a lo largo de su vida posterior.
En relación con
“Cuneiformes”, son evidentes las vinculacio-nes entre “Más allá de la vida y la
muerte” y “Alféizar”, pues en
8
9
González Montes,
Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma, UNMSM,
2002, p. 155.
Neale-Silva,
Eduardo. César Vallejo, cuentista. Escrutinio de un múltiple intento de
renovación. Barcelona, Salvat Editores, 1987, p. 101.
13
ambos textos
aparece la imagen de la madre, aunque en el se-gundo de los mencionados, el
recuerdo es más fugaz y surge a consecuencia de la escena del desayuno en la
celda carcelaria. En cambio en “Más allá…” nos encontramos con una imagen más
compleja, más fantástica y más simbólica de la madre.
El relato nos
presenta a un personaje-narrador, cuyo refe-rente es el propio Vallejo, en
viaje hacia la ciudad de Santiago, después de “once años de ausencia”. El
motivo del viaje es el reen-cuentro con la madre ya difunta y enterrada “bajo
las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio”. El recorrido que
lleva a cabo el personaje asume una significación más trascen-dental, pues el
reencuentro entre la madre y el hijo se produce en una atmósfera irreal e
increíble, como la califica el propio narra-dor, en la que la primera no está
muerta sino viva y aún llega a afirmar que su propio hijo no está vivo sino
muerto.
Esta situación
paradójica y fantástica es la que justifica la elección del título del relato,
pues según el narrador, el suceso que le tocó vivir es “rompedor de las leyes
de la vida y la muerte, superador de toda posibilidad, palabra de esperanza y
de fe entre el absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y tiempo;
nebulosa que hace llorar de inarmónicas armonías incognosci-bles”.10
En realidad, el
viaje que realiza el personaje narrador posee un simbolismo trascendentalista,
en la medida en que se asemeja al motivo del viaje a los reinos de ultratumba,
presente en muchas obras de la literatura occidental. Y este simbolismo se ve
reforza-do por el hecho de que el personaje, como bien señala Trinidad Barrera, recorre
a caballo “tres estadios o círculos concéntricos:
1) Santiago
de Chuco (la casa familiar, la conversación con su hermano, los relámpagos,
primera prueba); 2) la posada (la con-
10 Ibídem.
14
versación con la
anciana, la sangre, la segunda prueba) y el terce-ro y último, en el corazón de
la montaña (la hacienda, “mansión solitaria, enclavada en las quiebras más
profundas de la selva“ y el encuentro con la madre: “una vez más, …ese timbre
bucal.... Me dejó de punta a la Eternidad”).11
Cabe recordar que
el tema del viaje a la ciudad natal y el con-siguiente reencuentro con la madre
(viva, muerta o resurrecta) se desarrolla también en algunos importantes poemas
de Trilce, sobre todo “LXI y “LXV”. En el primero, nos encontramos
con el mismo personaje que se apea del caballo frente a la casa paterna, que
parece estar vacía, pues nadie le abre. En ese contexto surge la evocación de
la madre y de los demás integrantes de la nume-rosa familia y aparece, además,
una referencia al signo de duelo que se observa sobre la portada y que es, sin
duda, un índice de la desaparición de la madre.
El poema, de gran
intensidad emotiva, concluye con la cons-tatación de que “Todos están durmiendo
para siempre”. Esta tris-te comprobación apena no sólo al personaje narrador
del texto poético, sino al propio caballo que termina por compenetrarse con el
sentimiento de resignación que invade a su amo, ante la puerta de su casa
familiar cerrada y solitaria.12
El poema “LXV” es
tan ambicioso en sus propósitos expresi-vos y simbólicos como el anterior. El
yo poético abre el discurso lírico con una enunciación dirigida a la madre, a
quien le comu-nica su inminente viaje:
“Madre, me voy a
Santiago,
A mojarme en tu
bendición y en tu llanto”.
11 Vallejo,
César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de
Va-llejo. Lima, F. Moncloa Ediciones, 1970, p. 27.
12 Cf.
“Trilce LXI”, en César Vallejo. Obras Completas. Tomo I. Obra Poética.
Edición crítica de Ricardo González Vigil. Lima, BCP, p. 375.
15
En las primeras
estrofas del texto poético, el hijo se dirige a su progenitora como si ella
estuviera viva y esperara la llegada del viajero. Las dos últimas estrofas, en
cambio, muestran la acepta-ción de la muerte de la madre y, al mismo tiempo,
plantean su condición de inmortal (“muerta inmortal”), que es lo que tam-bién
propone el relato “Más allá de la vida….”13
El tema amoroso,
uno de los más importantes en la poesía vallejiana, es objeto de un tratamiento
sumamente singular en dos relatos que integran la segunda sección de Escalas.
En “El Unigénito”, Vallejo nos narra una historia en la que el
protago-nista, Marcos Lorenz, ama en silencio a Nérida del Mar, quien ignora
totalmente la pasión secreta de Lorenz y se compromete con Walter Wolcot, un
pretendiente que carece de la aureola ro-mántica e idealista de Marcos.
La historia amorosa
se vuelve más patética e increíble en los momentos previos a la proyectada boda
de Nérida con Wolcot. Marcos Lorenz abandona su habitual timidez y llega a
interrum-pir la inminente ceremonia nupcial mediante la táctica de estam-parle un
inesperado beso a Nérida. Este beso fugaz provoca una doble tragedia: muere
Marcos y luego la propia Nérida; con lo cual queda frustrada la boda.
La secuencia final
del relato le otorga una mayor dosis de inverosimilitud a “El
Unigénito”, pues nos presenta sucesos ocu-rridos varios años después de las dos
muertes y que guardan una extraña relación con la historia inicial. Se trata de
un encuentro casual entre dos personajes que son los únicos sobrevivientes de
la tragedia amorosa.
Uno de ellos es el
ya conocido Walter Wolcot, quien hallán-dose de paseo por céntricas calles de
la ciudad de Lima se tro-pieza con un niño que le alcanza su bastón caído y, a
la vez, le
13 Ibídem,
p. 383.
16
trae a la memoria
el recuerdo de Nérida y de Marcos. Pese a sus esfuerzos, Wolcot no logra
averiguar nada acerca del misterioso origen del niño y éste se aleja sin haber
satisfecho la curiosidad del frustrado esposo de Nérida.
En realidad, el
niño resulta ser el insólito fruto del beso de Marcos a Nérida, que así como
provocó la muerte de ambos per-sonajes, también tuvo la capacidad de engendrar
extrañamente al niño, cuyo enigmático origen parece adivinar el sorprendido
Wolcot. Todo esto confiere al relato una dosis de mayor fantasía y demuestra la
afición de Vallejo, en esta etapa de su trayectoria de narrador, por los temas
fantásticos e insólitos.
A su vez, Trinidad
Barrera, ha señalado que “El unigénito” es “una alegoría religiosa en torno al
tema del Hijo de Dios, uni-génito del Padre, en clave de parodia… El amor
platónico entre Nérida del Mar y José Matías “engendran” al unigénito, un niño
“extrañamente hermoso y melancólico”14.
El relato “Mirtho”
es ilustrativo de otra de las predilecciones y obsesiones del Vallejo escritor
y que se manifiestan en su poesía como en su narrativa. En efecto, el tema
del doble o de la doble identidad en la
relación amorosa encuentra una realización con-vincente en el mencionado
relato.
Vallejo resuelve el
problema de la verosimilitud de la extraña historia planteando una estructura
narrativa en tres secuencias que nos introduce progresivamente en el misterio
del personaje Mirtho y de su joven enamorado. En esencia, el misterio consiste
en que Mirtho parece poseer una doble personalidad no percep-tible para su
enamorado, pero sí para quienes son amigos de la pareja.
14 González
Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma,
UNMSM, 2002, p. 205.
17
En la primera
secuencia nos encontramos de lleno con el lenguaje del joven, quien se
autodefine como “orate de amor”. Es-ta condición explica el carácter retórico,
altisonante y hasta her-mético de las palabras pronunciadas y que permiten
conocer la extraña psicología de este joven integrante de una bohemia
cita-dina, que nos recuerda al Vallejo de los años juveniles de Trujillo.
Pero el “orate de
amor” es el amigo de otro joven que es, en la estructura del cuento, el
narrador que nos cuenta, mediante el procedimiento de transcribir el discurso
del “orate”, la historia completa de la extraña relación de amor de este
relato.
En las secuencias
segunda y tercera de “Mirtho” se devela el misterio de la identidad del
personaje femenino, cuya caracterís-tica reside en ostentar dos personalidades
o identidades, una de las cuales se mantiene oculta a su enamorado, pero no a
los per-sonajes cercanos a la pareja y que creen descubrir una conducta de
infidelidad en el joven, al observar que se pasea, con frecuen-cia, con dos
mujeres distintas.
El final de la
narración es doblemente sorprendente porque permite el descubrimiento de la
extraña identidad de Mirtho, pe-ro, a su vez, ésta acusa de infiel a su
enamorado y la historia con-cluye poniendo de manifiesto la conflictividad y
probable ruptura de la relación amorosa entre estos dos personajes singulares,
que ejemplifican el interés de Vallejo por los temas psicológicos que escapan a
la normalidad15.
Los relatos que
hemos examinado nos permiten comprobar que, en efecto, Vallejo gusta de los
asuntos fantásticos, misterio-sos y patológicos, referidos a personajes
acentuadamente indivi-dualistas y conflictivos.
Los otros relatos
de “Coro de vientos” muestran similares preferencias a los ya citados.
“Liberación” confirma la obsesión
15 Cf.
González Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa.
Lima, UNMSM, 2002, p. 224.
18
de Vallejo por el
tema de la justicia y en ese sentido es conecta-ble con varias de las prosas de
“Cuneiformes”, entre ellas “Muro noroeste” y “Muro dobleancho”. El cuento “Los
Caynas” enfoca el problema de las relaciones entre la cordura y la locura; y,
desde otra perspectiva, puede ser vinculado con aquellas narraciones en las que
se aborda el tema del doble; porque el personaje principal y los secundarios se
debaten entre una doble identidad: animal o humana16.
El relato “Cera”
tiene una estructura narrativa más formal que los demás de la sección a la que
pertenece, aunque también en él se percibe una atmósfera de misterio. Un logro
fundamen-tal de este texto es que crea un universo diegético en el que son importantes
el narrador mismo, los personajes, los ambientes en que ocurren los hechos más
significativos y el desenlace de los mismos. En cuanto al narrador, “Cera” nos
presenta uno que evo-luciona desde el protagonismo hasta la condición de simple
tes-tigo de lo que ocurre en la ficción; los personajes ilustran bien el
devenir de la acción: el propio narrador innominado; el poderoso y admirado
Chale, hacedor de dados y gran jugador. Y finalmen-te, el personaje
desconocido, a quien se le llama “el recién llegado” que destruye al poderoso
Chale.17
El manuscrito de
Couffon
Antes de ofrecer
nuestra lectura de la primera novela de Vallejo, debemos dar cuenta de una
información no tan recien-te (1988 y 1994) acerca de Escalas, el
libro que acabamos de co-mentar18. En 1988, Claude Couffon, un estudioso de
Vallejo dio a conocer que había llegado a sus manos un ejemplar de la prime-ra
edición del volumen de 1923, de propiedad del propio autor,
16 Cf.
Ibídem, p. 214.
17 Ibídem,
p. 232.
18 Ibídem,
p. 127.
19
quien había
introducido, de puño y letra, correcciones mayores y menores en casi todos los
textos de la obra. El único que se salvó de la poda efectuada por Vallejo,
probablemente en 1930, fue “El unigénito”, que no destaca, precisamente, por
ser una de las me-jores creaciones narrativas de nuestro escritor.
Vallejo hizo, pues,
modificaciones de todo calibre a su libro publicado el año de su viaje a Europa
y las hizo por la misma época en que preparó una segunda edición de su
poemario Trilce, el único volumen que llegó a tener una
segunda edición en vida del propio autor. Aunque hizo cambios radicales
en Escalas no llegó a publicar una nueva versión. Y con
respecto, por ejemplo, a los cambios que introdujo en su relato “Cera”, los
estudiosos peruanos Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Moreano afirman lo
siguiente: “Corregido desde la óptica realista, Vallejo asesinó su mejor
cuento. Es probable que la versión primigenia sea menos perfecta y menos
atildada pero, ciertamente, es mucho más per-turbadora y palpitante”.19
Años después del
anuncio de la aparición del ejemplar de Es-calas revisado y
corregido por el propio Vallejo, Claude Couffon editó el libro con
una introducción suya, “Escalas melografiadas (sic), un cuerpo
vivo” y tres partes: en la primera reproduce la edición de la obra, “tal y como
aparece en las diferentes ediciones publicadas hasta ahora”. Luego presenta “la
nueva versión estable-cida por Couffon, que consigna los cambios realizados por
Valle-jo en el ejemplar que le perteneció y que llegó al crítico francés, a
través de terceras manos. Por último, nos ofrece el “facsímil del ejemplar de
Vallejo con las correcciones manuscritas hechas por el gran poeta”.20
19 Vallejo,
César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y
Cecilia Moreano. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Edición del
Rectorado, 1999, p. XXX.
20 González
Montes, Antonio. Escalas hacia la modernización narrativa. Li-ma,
UNMSM, 2002, p. 129.
20
En la edición que
estamos prologando se presenta solo la versión que se ha publicado desde 1923
hasta antes de la apari-ción del citado ejemplar corregido descubierto por
Couffon. Para un lector no especializado es suficiente con que conozca los
rela-tos tal como Vallejo los concibió para la primera edición del libro. En
cambio, los lectores especializados sí están en la obligación de cotejar los
dos estados de los textos vallejianos: el de 1923 y el de 1994, año de la
publicación cuidada por Couffon.21 Por ello es que algunos volúmenes que
dan a conocer la producción narrativa incluyen las dos versiones ya citadas o
la última de ellas.22
Fabla salvaje
Pasamos ahora a
examinar la primera novela publicada por César Vallejo, Fabla salvaje (1923),
que plantea un problema simi-lar al que hemos observado en “Mirtho”. Empero,
aunque Fabla se publique en el mismo año que Escalas, se
advierte un notorio progreso del narrador en lo que se refiere al uso de sus
materiales novelescos y su misma prosa se torna más transparente y fluida23; y
ello permite que el lector siga con mayor interés el desarrollo de la singular
anécdota.
En síntesis, esta
novela corta nos relata una extraña histo-ria amorosa protagonizada por una
pareja de esposos campesi-nos: Balta y Adelaida, quienes viven en una zona
rural serrana,
21 A
propósito de ella, algunos filólogos han señalado reparos razonables a la
edición del crítico francés. Cf. Vargas Ugarte, Luis. Boletín de la
Academia Peruana de la Lengua, Nº 24, 1994, p. 229-237.
22 En
este caso están las ediciones de Ricardo González Vigil, Novelas y
cuen-tos completos. Lima, Ediciones Copé, 1998. Y la ya citada de Ricardo
Silva-Santisteban y Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999.
23 Zavaleta,
C.E. “La prosa artística de Vallejo”, en El gozo de las letras
(En-sayos y artículos). Lima, Pontificia Universidad Católica del
Perú, Fondo Editorial, 1997, p. 51.
21
dedicados a las
labores agrícolas y mantienen una relación conyu-gal bastante armoniosa y
satisfactoria para ambos.
La armonía de Balta
y Adelaida se ve súbita y definitivamen-te truncada por lo que denominaríamos
el fantasma del doble. En efecto, en cierto momento del desarrollo
de los acontecimientos se produce la rotura de un espejo en el patio de la casa
y, en ese mismo momento, Balta creyó ver reproducida, en la imagen frag-mentada
del vidrio, la figura de un hombre que estaría acechán-dolo y provocando la
infidelidad de Adelaida.
La novela nos
muestra el proceso psicológico del personaje en su búsqueda obsesiva de una
cara desconocida que sólo exis-te en su imaginación cada vez más obnubilada.
Nadie, aparte de Balta, ha visto nunca al invisible fantasma que persigue al
cam-pesino y a su esposa; y el drama psicológico de aquél se acentúa cuando
Adelaida le comunica que está embarazada.
La esquizofrenia de
Balta aumenta considerablemente a par-tir de la noticia del advenimiento de un
hijo. En vez de producirle una alegría comprensible, dada su condición de
recién casado, se deprime más, desatiende sus labores habituales, se entrega a
interminables cavilaciones, vaga sin rumbo, se distancia de Ade-laida y cae en
un mutismo extremo.
La interrogante que
plantea el comportamiento anormal del protagonista de Fabla salvaje ha
llevado a algunos críticos a for-mular algunas interpretaciones acerca de las
razones profundas que explican la conducta excepcional del personaje. En todo
caso, pensamos que las diversas explicaciones no son contradictorias entre sí,
y, por el contrario, confirman el carácter abierto y polisé-mico que poseen las
obras literarias.
Alan Sicard señala
que “es curioso que, al referirse a Fabla salvaje, ningún
crítico haya llamado la atención sobre lo que constituye su
verdadero tema que no es la descripción de un caso
22
patológico sino la
escenificación por medio del doble, del drama de la orfandad”.24
La interpretación
propuesta por Sicard se apoya en algunos datos que la novela ofrece: Balta es
huérfano de padre y madre; Adelaida muestra muchos rasgos maternales en su
trato con aquél, las obsesiones del protagonista se inician al mismo tiempo que
la gravidez de su esposa y el nacimiento del hijo elimina la posibilidad de una
relación circunscrita a los dos esposos.
A su vez, Edmundo
Bendezú considera que “la pérdida de la imagen del yo y su substitución por la
imagen del otro en el espe-jo, (es) el eje temático sobre el que gira toda la
historia de Fabla salvaje”. Como el mismo autor mencionado lo
explicita, su lectu-ra de la novela se nutre de “una formulación teórica
propuesta, desde una perspectiva psicoanalítica, por Jacques Lacan sobre la
fase del espejo como formadora del yo, en la que la instancia del yo se sitúa
desde su origen en un espacio de fabulación como base de toda relación
social”.25
González Vigil
plantea que “Fabla salvaje constituye una tra-gedia (aspecto
subrayado por Paoli) en la que la parte salvaje (….)
del ser humano y,
en general, de la naturaleza (fuerzas oscuras del universo), se apoderan de la
mente del protagonista, destruyendo su dicha hogareña”.26
Agrega este crítico
que tanto en Escalas como en Fabla sal-vaje, Vallejo
asume un punto de vista discrepante con respecto a los criterios de
la razón aristotélica y cartesiana según los cuales
24 Sicard,
Alain. “El doble en la obra de César Vallejo” en César Vallejo. La
es-critura y lo real. Cincuentenario de Vallejo. Madrid, Ediciones de la
Torre, 1988, p. 276.
25 Bendezú,
Edmundo. La novela peruana. Lima, Editorial Lumen, 1992, p.
136.
26 González
Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de
César Vallejo. Lima, Editora Perú, 1992. Tomo 10.
23
habría que
calificar de esquizofrénica la conducta de Balta. Así mismo puntualiza que ni
la noción de locura ni la de superstición,
mencionadas en diferentes pasajes de la novela, son asumidas co-mo óptica de la
narración. “Por el contrario, Fabla salvaje traza una cadena
de asunciones del fatum, el cual supone el triunfo de la
parte salvaje de Balta”.27
En suma, podríamos
señalar que esta novela, susceptible de diferentes interpretaciones, es
reveladora de ciertas constantes vallejianas, detectables no sólo en la
narrativa sino en la poesía. Nos referimos, en primer lugar, a la constatación
de que la rela-ción amorosa muestra casi siempre una índole conflictiva y
pe-sarosa. Bastaría recordar el tono de varios poemas del libro Los
heraldos negros (1918-19) en los que se patentiza esta óptica tan propia
de Vallejo (“Nervazón de angustia”, “Medialuz”, “Ausente”, “El poeta a su
amada”, “Septiembre”, “Idilio muerto”, etc.)28
Lo particular
en Fabla salvaje sería que la visión no armó-nica del amor se
traduce en la necesidad de inventar un tercer personaje, “el otro”, que
justifique el comportamiento conflictivo y apesadumbrado de Balta. Pese a que
este personaje nunca es visto directamente, sino a través de la superficie de
un espejo o del agua, llega, sin embargo, a provocar la muerte del obsesiona-do
esposo29.
En segundo lugar,
la novela que estamos examinando ofrece al lector la posibilidad de observar la
manifestación de un com-plejo no resuelto en la personalidad del escritor y
que, también,
27 González
Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de
César Vallejo. Lima, editora Perú, 1992. Tomo 10, p. 15.
28 Cf.
Vallejo, César. Obras Completas. Tomo I. Obra Poética. Edición
crítica, prólogo, bibliografía e índices de González Vigil Ricardo. Lima,
Biblioteca Clásicos del Perú, Banco de Crédito del Perú, 1991.
29 Cf.
González Montes, Antonio. “El amor en la narrativa de Vallejo”. En: Vallejo.
Su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Lima, Uni-versidad
de Lima, 1994. Tomo I, pp. 263-272.
24
lo encontramos
diseminado en algunos poemas de Los heraldos negros, Trilce y
de sus poemarios póstumos. Se trata del complejo edípico.
En el poema V
de Trilce encontramos desarrollados los as-pectos más
característicos de este comportamiento afectivo-sexual tan singular. En dicho
poema, el yo poético aboga por una relación amorosa inmanente y autónoma, que
no desemboque en la procreación de un hijo, pues éste vendría a quebrar la
autosu-ficiencia de la pareja e incluso se constituiría en la negación del
padre30.
Son estos temores
los que explican la conducta de Balta, quien, a su vez, es un personaje con
muchos rasgos del propio autor de la novela. A propósito del extraño proceder
del prota-gonista, recordemos que su obsesión por la presencia del “otro” se
inició casi simultáneamente a la noticia de que iba a ser pa-dre.
Por ello, Balta, al
presentir la llegada de quien lo sustituirá inventa en su imaginación la
existencia de aquel “doble”; cuya supuesta presencia le permitirá justificar su
actitud negativa ha-cia Adelaida. Agreguemos un detalle. En cuanto a su
estructura, Fabla salvaje consta de 8 capítulos y en el último
de ellos ocurre, a la vez, el nacimiento del hijo temido y la
muerte del padre. El número 8 estaría simbolizando, precisamente, el fin del
embarazo y la llegada del niño al noveno mes, acontecimiento que coincide con
el deceso (suicidio o asesinato) de Balta.
Sicard señala al
respecto que “El hijo por venir es ese alguien misterioso que sustituye a Balta
en el espejo, sustitución en el sen-tido completo de la palabra, ya que, al
nacer el hijo, morirá el
30 Ballón
Aguirre, Enrique: “Una lectura semiológica del poema V de Trilce
de César Vallejo”.
En: Literatura de la Emancipación y otros ensayos. Edi-ción del
Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. Lima, Uni-versidad
Nacional Mayor de San Marcos, 1972, p. 158.
25
padre. Lo que le
revela a Balta el espejo es el nacimiento como muerte, un nacimiento que
ratifica su muerte definitiva como hi-jo y su entrada en orfandad.”31
En
conclusión, Fabla salvaje es una novela valiosa en el
con-junto de la producción narrativa inicial de César Vallejo, en tanto expresa
a cabalidad las concepciones vitales y estéticas que el es-critor esgrimía por
aquellos años.
En cuanto a su
ubicación en el proceso de la novela peruana contemporánea, agregaríamos dos
ideas propuestas por dos crí-ticos peruanos. González Vigil señala que, aunque Fabla
salvaje se publica dos meses después de Escalas, es menos
vanguardista que ésta; y en el manejo del argumento, de los personajes, del
espacio y del tiempo la primera novela corta de Vallejo es muy tradicional,
pues sus modelos narrativos proceden del siglo XIX. Esta observación lleva a
plantearse el problema de la fecha de composición de las obras que forman parte
de la etapa inicial del autor; asunto no resuelto hasta el momento.32
Edmundo Bendezú, a
su vez, al proponer un nuevo esquema evolutivo de la novela peruana, ubica
a Fabla salvaje en la etapa del Modernismo, que vendría a ser
cronológicamente posterior al Romanticismo, movimiento que en la concepción de
Bendezú domina prácticamente todo el panorama del siglo XIX. El Realis-mo
recién se iniciaría en el siglo XX con la obra de Ciro Alegría.
Al examinar lo que
él denomina las novelas modernistas considera que sus características
principales son la perfección formal del estilo, la atracción del misterio y la
fascinación con la
31 Sicard,
Alain. “El doble en la obra de César Vallejo” en César Vallejo. La
es-critura y lo real. Cincuentenario de Vallejo. Madrid, Ediciones de la
Torre, 1988, p. 275-284.
32 González
Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla salvaje, en Obras Completas de
César Vallejo. Lima, editora Perú, 1992. Tomo 10, p. 8.
26
ficción, entre
otras. Y entre los autores modernistas cita a Enrique Carrillo, Valdelomar,
Vallejo, López Albújar y Martín Adán.33
II. Etapa final
(1923- 1938)
La etapa final de
la producción narrativa de César Vallejo se ubica entre los años de 1923-1938,
periodo durante el cual el autor vive en Europa; reside, especialmente, en tres
países de gran importancia en el proceso de maduración existencial, intelectual
y estética de nuestro máximo escritor (Francia, La Unión Sovié-tica y España).
Los quince años
europeos de Vallejo son extraordinariamen-te intensos y en ese lapso plasma una
producción literaria que ha alcanzado una calidad y una proyección universales.
Por ello debemos examinar su obra narrativa específica en relación con el vasto
corpus escritural que fue creando en esos años fecundos y difíciles y que
abarca una pluralidad de géneros y de modalidades expresivas (periodismo,
poesía, teatro, ensayo, narración, etc.).
Instalado en el
medio europeo, Vallejo no interrumpió su trabajo de escritor, pese a las
dificultades materiales, espirituales y económicas que encontró en su nuevo
ambiente. El periodismo, en particular, constituyó la actividad que le permitió
mantener su vínculo comunicativo con el Perú y le ofreció experiencias y
materiales diversos34 para continuar con su trabajo propiamente creativo
en el campo de la poesía y en el de la narración.
33 Cf.
Bendezú, Edmundo Prólogo a La novela peruana de Olavide a Bryce.
Lima, Editorial Lumen, 1992.
34 Sobre
la labor periodística del poeta, léase “Una lanza por Vallejo, chro-niqueur”,
de Luis Jaime Cisneros. En: Intensidad y altura de César Vallejo. Edición
de González Vigil Ricardo. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú,
Fondo Editorial, 1993, p. 17. Consúltese también “La superación del modernismo
en las crónicas de César Vallejo” de Eugenio Chang-Ro-dríguez. En: Vallejo.
Su tiempo y su obra. Actas del Coloquio Internacional. Tomo I. Lima,
Universidad de Lima, 1994, p. 345.
27
En lo que respecta
a este último género, ya está comprobado que Vallejo no abandonó prácticamente
su labor de renovación y de experimentación en el ámbito de las variedades
narrativas que él había cultivado en el Perú (cuento y novela) y aún se dio
tiem-po y “maña” para incursionar en la invención de nuevas formas literarias
que mezclan lo narrativo con lo poético, lo reflexivo con lo simbólico o lo
ejemplarizador.
Contra el secreto
profesional
Los textos que
exhiben estas características han sido recopi-lados en un libro que Vallejo
llegó a preparar pero que no pudo publicar en vida. Dicho libro es Contra
el secreto profesional, edi-tado recién en 1973, con un breve prólogo
de Georgette de Vallejo en el que informa acerca de la fecha de composición de
la obra citada de 1923 a 1929.35
En sentido
estricto, Contra el secreto profesional no es un vo-lumen de
narraciones, como lo son Escalas o Fabla salvaje.
Como señala González Vigil, el libro ofrece un carácter miscelánico
por-que en él se han compilado anotaciones, citas, poemas en prosa,
“fabulaciones” y “consorcios narrativos plurales”. Debemos al crí-tico chileno
Neale-Silva el mérito de haber llamado la atención sobre el carácter narrativo
de algunos textos y de haberlos incor-porado al corpus de la narrativa de
Vallejo.36
Empero, en cuanto a
su naturaleza fundamental, Contra el secreto es un libro de
pensamiento. “De modo variado, sus textos nos hacen recordar las
parábolas evangélicas, las anécdotas con fines simbólicos, las narraciones
ejemplarizadoras (fábula clásica o neoclásica, ejemplo medieval), las máximas y
los pensamientos
35 Contra
el secreto profesional. Edición de Georgette de Vallejo. Lima, Mosca Azul
Editores, 1973.
36 Cf.
Neale-Silva, Eduardo. César Vallejo, cuentista. Escrutinio de un
múltiple intento de innovación. Barcelona, Salvat Editores, 1987.
28
que usan recursos
narrativos y poéticos; en el centro de ellos, pal-pita un propósito reflexivo,
una “moraleja” o una “teoría” esboza-da en rápidos apuntes”37.
Hechas estas
precisiones, debemos indicar que existe en el libro citado un conjunto de
textos de valor narrativo incuestiona-ble y que son por ello, parte
significativa de la obra narrativa glo-bal de nuestro escritor. Dichos textos
son: “Individuo y sociedad”, “Teoría de la reputación”, “Ruido de pasos de un
gran criminal”, “Conflicto entre los ojos y la mirada”, “Magistral demostración
de salud pública”, “Lánguidamente su licor” y “Vocación de la muer-te38”.
Si comparamos estas
narraciones escritas en los primeros años europeos, con lo producido y
publicado en Lima en 1923, constataremos que tanto en lo temático, como en lo
estructural y en lo expresivo existe una afinidad entre la escritura
experimental y vanguardista de las estampas de “Cuneiformes” (Escalas)
y las “fabulaciones” y “consorcios narrativos plurales” diseminados
en las páginas miscelánicas de Contra el secreto.
Dichas narraciones,
en efecto, presentan una gran libertad formal y escritural, razón por la cual
no caben dentro de los már-genes “normales” del cuento tradicional y están al
servicio de los fines reflexivos y ejemplarizadores que Vallejo les asigna a aqué-llas39.
Examinaremos
algunos de los rasgos y caracteres más relevan-tes de los textos narrativos de
mayor significación y originalidad.
37 González
Vigil, Ricardo. Prólogo a Contra el secreto profesional, en Obras
completas de César Vallejo. Lima, Editora Perú, 1992. Tomo 8, p 155.
38 Cf.
Vallejo, César. Novelas y Cuentos Completos. Prólogo, edición y
notas de Ricardo González Vigil. Lima, Ediciones Copé, 1998, p. 21.
39 Léase
el sugestivo enfoque de Miguel Gutiérrez a los textos de este libro, en Vallejo,
Narrador. Lima, Fondo Editorial del Pedagógico de San Marcos, 2004.
29
“Individuo y
sociedad” expresa en su propio título su intención reflexiva y su propósito
teorizador. En efecto, a partir de la presen-tación de un personaje
delincuente, que está siendo juzgado en un Tribunal, el narrador quiere
demostrar la existencia de relaciones dialécticas entre el individuo y la
sociedad. Esta “fabulación”, ade-más, vuelve a referirse a la figura del “doble”
de gran importancia en obras anteriores.
Para comprender la
significación que asume la presencia del “doble” en este relato,
cabe señalar que, por primera vez, dicho su-jeto no es una invención de la
mente fabuladora del autor, sino un personaje basado en un ser humano real, que
constató en cierta circunstancia la existencia de otro ser humano que era exacta-mente
su doble.
Este extraño caso
fue dado a conocer por Vallejo en una cró-nica periodística publicada en la
revista Mundial de Lima, Nº 376 del 26 de agosto de 1927, con
el sugestivo título de “Un extraño proceso criminal”. Es lícito suponer que la
historia, ocurrida en Francia y publicitada a través de la prensa parisina, le
interesó al periodista peruano por dos razones, entre otras. Se trataba de un
hombre, Guyot, acusado de haber cometido un delito (asesina-to) y que al ser
juzgado en el Tribunal descubrió que uno de sus juzgadores era exactamente
igual a él. Esta comprobación pro-dujo en su ánimo un efecto desalentador, y lo
llevó a aceptar la sentencia condenatoria con resignación absoluta, pese a
haberse mostrado muy altivo y seguro al inicio del proceso, antes de que se
encontrara, cara a cara, con su “doble” en calidad de juzgador de su caso.
Vallejo utilizó
este caso de la vida cotidiana como la mate-ria prima para la elaboración de un
relato que guardaba muchas semejanzas temáticas con algunas de sus “estampas” y
cuentos de Escalas, en tanto se referían a personajes que se
encontraban en manos de la justicia por haber delinquido. (“Muro noroeste”,
“Muro dobleancho”, y “Liberación”).
30
En cuanto a la
preocupación por el “doble”, “Individuo y so-ciedad” continúa la línea temática
iniciada en “Mirtho” y profun-dizada en Fabla salvaje. La gran
diferencia residiría, como hemos indicado, en que los “dobles” de las dos
primeras narraciones son más bien invenciones o fantasmas creados en la mente
de los per-sonajes; en cambio en la “fabulación” incluida en Contra el
secreto profesional, tanto el asesino como su juzgador son criaturas
ba-sadas en seres humanos de la realidad y de los que el escritor dio
testimonio a través de la crónica periodística ya citada.
Nos encontraríamos,
pues, ante un caso de intertextualidad, muy frecuente en la
escritura vallejiana, mediante la cual se tras-vasa una historia o una anécdota
verídica del ámbito de la escri-tura periodística al de la prosa de ficción.
También se produce el traslado de un contenido desarrollado en prosa al lenguaje
poé-tico versificado.
Al observar el
método de trabajo textual de Vallejo compro-bamos que ha manejado, con entera
libertad, los elementos de la crónica periodística para la elaboración de la
prosa narrativa de ”Individuo y sociedad”, aunque se constata, igualmente, que
sigue de cerca la redacción periodística, a partir de la secuencia inicial del
relato.
Dividido en dos
partes, el texto narrativo nos cuenta, si-guiendo un orden cronológico lineal,
el desarrollo del interroga-torio del acusado, realizado en tres audiencias,
durante las cuales se verifica el encuentro de los “dobles” y la condena a
muerte al delincuente. La primera parte culmina con un comentario del narrador,
alusivo a la solidaridad existente entre el individuo y la sociedad.
La segunda parte es
sumamente breve y en ella el narrador, quebrando la linealidad cronológica, se
refiere al comportamien-to del delincuente antes de su captura (“el asesino
siguió viviendo normalmente, a la vista general…”). Estos comentarios están to-mados
de la primera parte de la crónica y pretenden demostrar
31
una afirmación que
contrasta y se complementa con el enunciado con que concluye la secuencia
primera de “Individuo y sociedad”. Si en ésta se afirmaba el carácter social y
solidario de la concien-cia individual, en la frase final del relato se
sostiene que “el indi-viduo es libre e independiente de la sociedad”.
La presencia de
ambos enunciados al final cada una de las secuencias reafirma, justamente, el
tono reflexivo y teórico del li-bro, porque los citados enunciados no son sino
“pensamientos” o “nociones” mediante los cuales el autor quiere poner de
manifies-to la existencia de una lógica, que no es sino la lógica dialéctica:
instrumento idóneo para una comprensión e interpretación cabal y plena de la
realidad social40.
Otro texto
importante para entender los propósitos analíti-cos y críticos que animan a la
escritura de Contra el secreto pro-fesional es “Teoría de la
reputación”, cuyo título solo, como en el caso anterior, enuncia su
esencia reflexiva y cognoscitiva, pese a servirse de un anécdota que enriquece
el nivel narrativo y simbó-lico de esta prosa literaria, que Vallejo había
publicado en forma de crónica periodística, con el título de “Un Atentado contra
el Regente Horty”, en la revista Mundial de Lima, Nº 447, 11
de ene-ro de 1929.
Nos encontramos
frente a un nuevo ejemplo de intertextua-lidad: un texto periodístico, que
narra un suceso acaecido en la ciudad de Budapest, en noviembre de 1928, y
sirve para la elabo-ración de un relato literario, aunque ya
sabemos que esta especie narrativa asume características singulares en el libro
que estamos examinando.
Si observamos los
títulos de ambos textos constataremos que el de la crónica publicada
en Mundial puede ser perfectamente el de un cuento o de
cualquier otro tipo de narración, incluida la
40 Cf.
González Vigil, Ricardo. Prólogo a Contra el secreto profesional.
Tomo 8. Lima, 1992, p. 155.
32
novela; en cambio
el título de la “fabulación” es más propio de un ensayo, de un tratado teórico
o de un sesudo artículo especiali-zado. No es, en todo caso, un título
convencional o tradicional.
En cuanto al nivel
de semejanza, las modificaciones introdu-cidas en “Teoría de la Reputación” son
mínimas en relación con “Un atentado contra….”. Sólo se han suprimido algunos
pocos
párrafos y ciertas
palabras referidas a la nacionalidad de Muchay. En ambos casos, un observador
de los sucesos los narra en prime-ra persona y tiene como interlocutor al
referido Muchay.
La historia, al
igual que en “Individuo y sociedad”, es prota-gonizada por un personaje a quien
se acusa de haber cometido un delito. En la crónica periodística el narrador
nos dice: “Entéreme, por crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se
perseguía a un delincuente de un alto delito. Me enteré que se perseguía a un
obrero acusado de preparar un atentado contra un personaje del gobierno
cuyo nombre nadie sabía precisar.” 41
En el relato
literario, el párrafo anterior se ha reducido a lo siguiente: “Entéreme, por
crecidas puntuales y menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de
un alto delito, que nadie sabía precisar”.42
En esta versión la
referencia al perseguido se ha tornado más imprecisa y con ello el texto se
encamina al desarrollo del tema central que es la importancia del nombre como
un elemento defi-nitorio de la identidad del ser humano. El delincuente
finalmente capturado por la policía afirma no tener nombre, con lo
cual se hace imposible toda tarea de identificación y de señalamiento de la
responsabilidad por el delito cometido.
41 Vallejo
César. En Desde Europa. Crónicas y artículos (1923-1938).
Recopi-lación, prólogo, notas de Jorge Puccinelli. Lima, Ediciones Fuente de
Cul-tura Peruana. 1987, p. 319.
42 Vallejo
César. Contra el secreto profesional. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973. Obras completas. Tomo I, p. 44.
33
Al poseer un nombre, el
individuo se convierte en miem-bro de la sociedad y, en consecuencia, se hace
sujeto de deberes y de derechos, pero al carecer de dicha “marca” social se
ubica al margen del contexto que lo rodea y se vuelve “libre e inde-pendiente
de la sociedad”, tal como se afirma en “Individuo y sociedad”.
El enigma del
extraño personaje sin nombre se torna más interesante en el diálogo que
sostiene el narrador con el geren-te de la taberna “Sztaron”, Ossag Muchay,
quien afirma al sor-prendido narrador que él guarda el nombre del delincuente,
en calidad de poseedor permanente, pues ni siquiera el perseguido puede
saberlo.
Muchay posee, en
realidad, un pedazo de papel en el cual aparece la firma del personaje sin
nombre. Según la “teoría de la reputación”, quien conserva la firma detenta
el secreto del nom-bre del firmante. El gerente de la taberna agrega en tono
senten-cioso: “–La vida de un hombre, –…–, está revelada toda entera en un solo
de sus actos. El nombre de un hombre está también revelado en
una sola de sus firmas. Saber ese acto representativo, es
saber su vida verdadera. Saber esa firma representativa, es sa-ber su nombre
verdadero.” 43
A través de la
palabra de Muchay, Vallejo realiza una crítica a una situación paradójica, que
es producto del grado de alienación a que han llegado las sociedades
contemporáneas, en las cuales las personas no valen por sí mismas, sino por el
prestigio de su nombre o la garantía de su firma. Ambos
elementos adquieren la categoría de mercancías y funcionan
como valores de cambio que las personas intercambian, de
acuerdo con sus necesidades.44
43 Vallejo
César. Contra el Secreto profesional. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, Mosca Azul Editores, 1973. Obras completas. Tomo I, p. 46.
44 Muchos
años después, José Saramago (Premio Nobel de Literatura 1998) retoma este tema
vallejiano en su novela Todos los nombres (1997).
34
El problema
del nombre también ha sido planteado en la poesía vallejiana,
pues existen textos en los que el propio nombre del escritor pasa a formar
parte del conjunto de expresiones que integran el poema. Así en “Piedra Negra
sobre Piedra Blanca”, el poeta habla de sí mismo y menciona su nombre como si
se tratara de otra persona: “César Vallejo ha muerto, le pegaban…” (Poemas
humanos).45
En algunos otros
poemas, nuestro escritor vuelve a utilizar su nombre o a plantear el problema
que éste implica. Así en “Nó-mina de huesos” el pedido de que se llame a un ser
humano “por su nombre” deviene en imposible. En el poema en prosa “Voy a hablar
de la esperanza” Vallejo repite su nombre y apellido dos veces “Yo no sufro de
este dolor como César Vallejo………. Si no me llamase César
Vallejo, también sufriría este mismo dolor…”46
Es interesante
tomar en cuenta, respecto de la fabulación “Magistral demostración de salud
pública” lo que señala un reco-nocido estudioso de la narrativa vallejiana: “El
deseo de expresar lo que “pasó en el Hotel Negresco de Suiza” (lugar
cosmopolita por excelencia, con personas de todo el orbe) lo lleva a explo-rar
los límites expresivos de diversos medios de comunicación (asunto que desvelará
a Cortázar en varias de sus narraciones, en especial “Las babas del diablo” y
“El perseguidor”, del libro Las armas secretas, de 1959, tres
décadas después que Vallejo) hasta descubrir que necesita utilizar
palabras de diversos idiomas”.47
En suma Contra
el secreto profesional es un libro miscelánico y reflexivo, en el que,
sin embargo, encontramos textos narrativos originales y valiosos.
45 Cf.
“Piedra negra sobre una piedra blanca”, en Vallejo, César. Obra Poética.
Tomo I. Edición de Ricardo González Vigil, Lima, BCP, p. 516.
46 Ibídem,
p. 464.
47 Vallejo,
César. Novelas y Cuentos Completos. Lima, Ediciones Copé, 1998.
Prólogo, edición y notas de Ricardo González Vigil, p. 20.
35
Para abordar los
otros libros o textos que forman parte de la producción narrativa de Vallejo,
es necesario establecer ciertas precisiones. La principal de ellas alude al
hecho de que es difícil establecer una secuencia cronológica inobjetable sobre
su corpus narrativo, en la medida en que parte de dicho corpus se publicó en
vida del autor y la otra es de publicación póstuma, como es el caso de Contra
el secreto profesional que recién vio la luz en 1973.
Además no siempre
existe una certeza absoluta respecto a la fecha de escritura de una obra o de
un texto. Como hemos tenido oportunidad de señalarlo, aunque Fabla
salvaje se publicó des-pués de Escalas, nada permite
suponer que se escribió después; caben dos posibilidades; o que se hayan
elaborado casi simultá-neamente o que Escalas sea posterior en
su composición, pero primero en su publicación. Este último libro es más
vanguardis-ta y experimental que la primera novela corta de Vallejo y no es
aventurado pensar que su escritura, coetánea a la de Trilce, sea
bastante más reciente que la de Fabla salvaje, cuyo lenguaje
tradi-cional se asemeja más al de Los heraldos negros.
Hacia el reino de
los Sciris
En cuanto a Hacia
el reino de los Sciris, la investigación li-teraria ha establecido que
siguió un largo proceso de gestación, el cual se remontaría hasta los años
anteriores al viaje a Europa. Como sabemos, se editó póstumamente en 1944, en
forma in-completa48.
Si bien pertenece a
la etapa europea de la narrativa vallejiana, hunden sus raíces no en
experiencias personales del autor (como El tungsteno) sino en
etapas remotas del Imperio Incaico, las que conoció probablemente a
través de la lectura de algunas crónicas
48 Véase
datos sobre la historia de la aparición de este texto en: Vallejo, César. Narrativa
Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y Cecilia Mo-reano.
“Prólogo”, p. XXIII y “Esta edición”, p. XLIV.
36
que reconstruyeron
sucesos vinculados a los soberanos del Perú prehispánico.
La historia
de Hacia el reino de los Sciris, de publicación pós-tuma (1944), no
es, pues, menos complicada que la de El tungste-no. Según la
“Noticia” incluida en la edición de Novelas y cuentos completos “los
originales de esta obra llevan, en su hoja inicial, la siguiente
data: “París, 1924-1928”. Georgette de Vallejo declara que vio corregir
originales en los años de 1932 y 1933. Y al final del libro se incluye una nota
del autor acerca de algunas observa-ciones y cambios que pensaba realizar.
Como en el caso
de El tungsteno, algunos testimonios permi-ten conjeturar que
también Hacia el reino de los Sciris comenzó a gestarse antes
del viaje a Europa en 1923. En 1931, el escritor publicó dos textos en La
voz de Madrid con los títulos de “Una Crónica Incaica” y “La Danza del
Situa”, que no eran, sino, pasajes o avances de la citada novela.
Esta misma obra,
aún en calidad de inédita, le sirvió a Vallejo como material básico para la
elaboración de su tragedia teatral La piedra cansada49. Un
proceso semejante de intertexualidad ocu-rrió con El tungsteno, pues
esta novela fue utilizada para la com-posición de la farsa teatral Colacho
Hermanos.
Lo singular
de Hacia el reino de los Sciris es que Vallejo in-tenta
realizar un texto novelístico que no está basado en su expe-riencia personal,
como la mayoría de sus creaciones, sino en la recreación libre e imaginativa de
sucesos ambientados en lejanas épocas del Imperio Incaico. Con este tipo de
obra literaria, el au-tor se inscribe en una tendencia novelística cultivada
por algunos escritores del Romanticismo hispanoamericano del siglo XIX e
inclusive por algunos contemporáneos de Vallejo que también gustaban de la
evocación del lejano pasado incaico.
49 Cf.
Hopkins, Eduardo. “Análisis de La piedra cansada de César
Vallejo” en Intensidad y altura de César Vallejo. Lima, Fondo
Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1993, p.
265.
37
En la producción
novelística del Romanticismo hispanoame-ricano, que imita de cerca
muchos de los modelos del europeo, en-contramos obras que pueden ser
consideradas como antecedentes de Hacia el reino de los Sciris. Dichas
obras han sido clasificadas por los especialistas como novelas históricas o
como novelas in-dianistas y las más valiosas serian las siguientes: Enriquillo de
Ma-nuel Jesús Galván; Cumandá de Juan León Mera, etc.50
Entre los
románticos peruanos, Ricardo Palma mostró un interés por la recreación de
sucesos, a la vez, históricos y legen-darios, ambientados en la época del
Imperio Incaico. Algunas de sus tradiciones se sitúan en la línea de la
evocación idealizada y solemne de hechos acaecidos durante el reinado de Túpac
Yu-panqui, y en esa medida se acercan más a la trama de la novela de Vallejo.
También el
Modernismo promovió un acercamiento a los temas peruanos prehispánicos, y,
entre quienes cultivaron la afición por aquello que se relaciona con estas
remotas épocas, debemos citar el nombre de Manuel González Prada. Este
es-critor, muy admirado por Vallejo, escribió una serie de poemas alusivos al
antiguo Perú, y entre esos textos, incluidos en el libro de Baldas
peruanas, de publicación póstuma, caben citar dos, que parecen tener una
relación cercana con la novela “incaísta” de Vallejo. Se trata de “La Piedra
Cansada” y “La esmeralda del Sciri”, cuyos títulos y temática se vinculan
con Hacia el reino de los Sciris.
Por los años en que
Vallejo llevaba adelante el largo proceso de composición de su novela inédita e
inconclusa, otros autores, contemporáneos suyos y afines en cuanto a su afecto
por lo na-cional y, de manera específica, por lo indígena, seguían la senda
50 Cf.
Varela Jácome, Benito. “Evolución de la novela hispanoamericana del siglo XIX”.
En: Historia de la Literatura Hispanoamericana. Tomo II. Iñigo
Madrigal, Luis (coordinador). Madrid, Ediciones Cátedra, 1993, p. 91.
38
de la recreación de
acontecimientos novelescos situados en el dis-tante e idealizado Tahuantinsuyo.
Nos referimos a
Abraham Valdelomar, quien en su libro de cuentos El
caballero Carmelo (1918) publicó, junto con sus céle-bres cuentos
criollos, yanquis y chinos, un cuento incaico, “Cha-ymanta
Huayñuy”. Y su libro póstumo Los hijos del sol (1921) es una
colección de leyendas o cuentos incaicos, en los que con el lenguaje elegante y
selecto de la prosa postmodernista se relatan sucesos, cuyas fuentes son las
crónicas coloniales; pero también existen narraciones que son producto de la gran
capacidad ima-ginativa y cuentística de Valdelomar.
Augusto Aguirre
Morales (1888-1957) también incursionó en la temática incaísta con dos libros,
cuyos títulos indican la orientación de los mismos: La justicia de
Huayna Cápac (1918) y El pueblo del sol. Este último
libro ha recibido comentarios elo-giosos, pues según algunos críticos es
producto de la “natural ins-piración” y de la tesonera labor de investigación.
A pesar de las
naturales diferencias en cuanto a la perspec-tiva adoptada ante el referente
narrativo, cabe encontrar ciertos elementos comunes o constantes válidas para
los tres autores: “En Valdelomar, Aguirre Morales y Vallejo hallamos el mismo
acer-camiento solemne, de tono grandilocuente, a un incario pintado con rasgos
épicos y trágicos, rehaciendo leyendas y mitos me-diante un lenguaje impregnado
del léxico y la imaginación orna-mental de la prosa del Modernismo. La óptica
modernista puede detectarse, a la vez, en el interés concedido a lo fantástico,
exótico y misterioso. Nos hallamos ante un incaísmo, llamémoslo así
pa-ra diferenciarlo del indigenismo, corriente abocada al retrato
del Ande en la época contemporánea”.51
51 González
Vigil, Ricardo. Prólogo a Fabla Salvaje, en Obras
Completas de César Vallejo. Lima. Editora Perú, 1992. Tomo 10.
39
Como habíamos
indicado, las vicisitudes que vivió esta nove-la inédita de Vallejo son
múltiples e ilustrativas de las peripecias personales, intelectuales y
políticas experimentadas por el autor durante aquellos agitados años peruanos y
europeos. En todo ca-so, la publicación póstuma de Hacia el reino de
los Sciris (en for-ma incompleta en 1944 y en su totalidad en 1967) ha
permitido conocer esta faceta de la producción narrativa vallejiana que, de
otro lado, posee antecedentes en su propia obra poética inicial. Al respecto,
habría que recordar la sección “Nostalgias Imperiales” de Los heraldos
negros.52
Últimos cuentos
Un último grupo de
cuentos de César Vallejo es el que está integrado por “El niño del carrizo”,
“Viaje alrededor del porvenir”, “Los dos soras”, “El vencedor” y “Paco Yunque”.
Este último, el más celebre de los relatos del autor, habría sido escrito en 1931,
inme-diatamente después de la publicación de El tungsteno, y los
cuatro primeros entre los años de 1935 y 1936. Todos han sido editados
póstumamente: “Paco Yunque” en 1951 y los demás en 1967.
Considerados en
conjunto, los relatos guardan algunas rela-ciones entre sí y, también, con el
resto de la producción literaria vallejiana. Se puede constatar, por ejemplo,
que en “El niño del carrizo”. “El vencedor” y “Paco Yunque” los sucesos son
protago-nizados por niños; y en “Los dos soras”, un grupo de niños ad-quieren
la categoría de co-protagonistas de la historia, al lado de Juncio y Analquer,
“los dos jóvenes salvajes” de la tribu de los soras que llegan un día a la
aldea andina de Piquillacta, causando la curiosidad de los pobladores y, en
especial, del grupo de niños ya mencionado: con estos comparten una peripecia
que concluye con la reclusión de los dos soras en la cárcel.
52 Vallejo,
César. Obra poética. Tomo I. Edición de González Vigil, Ricardo,
Lima, BCP, 1991, p. 119.
40
A su vez, “El niño
del carrizo” evoca una anécdota ocurrida en la infancia del personaje narrador
y que se desarrolla en un pueblo similar a Santiago de Chuco. El protagonista
es, en reali-dad, Miguel, un niño singular y hondamente compenetrado con la naturaleza,
cualidad que tiene oportunidad de mostrar, duran-te una expedición “hacia un
gran carrizal”, ubicado en “una espe-sura de hojas envainadoras y cortantes, de
la que partía un ruido cascajoso y seco”, sitio al que han llegado para extraer
“el carrizo utilizado en cada Semana Santa”.
Esta caña especial
posee el carácter de una verdadera reliquia y su “aroma característico”
persiste durante todo un año, sumien-do en “mística unción” a los fieles; y
hasta “la fauna vernacular permanecía en éxtasis subconsciente y en las
madrigueras chi-rriaban, entre los colmillos alevosos, rabiosas oraciones”.53
“El niño del
carrizo”, además, participa de algunos elementos temáticos y de ciertos rasgos
o constantes de la literatura vallejia-na. En Los Heraldos Negros existen
algunos poemas que evocan el ambiente rural santiaguino y la atmósfera de
unción religiosa y de festividad popular que se advierte en las líneas
iniciales del cuento mencionado.
La novela Fabla
salvaje tiene en común con el relato, el mis-mo contexto pueblerino,
en el que los personajes viajan del pueblo hacia zonas más rurales y entran en
contacto con la naturaleza. En determinada secuencia, el niño Miguel, como lo
hace Balta Espinar en la citada novela, se tiende a tomar agua de un charco,
junto con sus numerosos perros, y en ese instante “las pupilas del mozo y las
de sus perros, al beber, se duplicaban y centuplicaban de
cristal en cristal, de marco en marco, entre la doble frontera natural de la
onda y de los ojos”: Como vemos, la preocupación por el doble es una constante
que recorre la escritura vallejiana.
53 Vallejo
César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 386.
41
Incluso “Los
caynas” del libro Escalas muestra una similitud con “El niño
del carrizo”, pues en ambos relatos percibimos un proceso de regresión de lo
humano hacia lo animal. En el primer cuento, los personajes humanos se creen y
actúan como monos, aunque este extraño cambio parece ser fruto de la locura. En
el segundo relato, Miguel en contacto con la naturaleza también asume un
comportamiento que es más propio de los perros que lo acompañan, y con los
cuales lucha de igual a igual. La flexibili-dad corporal de la que hace gala es
semejante a la elasticidad del carrizo que va a buscar en el “cañaveral
sagrado”.
Cabe, así mismo,
plantear una suerte de similitud entre “El niño del carrizo” y “Los dos soras”.
La semejanza reside en que en ambos relatos los protagonistas abandonan un
ambiente y llegan a otro en el que experimentan comportamientos o hechos
excep-cionales. Miguel, como miembro de una pequeña expedición, de-ja el campo
y da rienda suelta a su exaltación y a su “autonomía montaraz”. Según el
narrador “al entrar en los puros dominios de la naturaleza, parecía moverse en
un retozo exclusivamente zoológico”.54
El niño se fusiona
con el mundo natural, se vuelva flexible y elástico, se embriaga “de goce y
energía”; comparte con sus perros la misma agua y adopta la posición cuadrumana
de éstos, logran-do que sus manos asuman el “rol de nuevos pies”. Este proceso lle-va
a Miguel a convertirse en un signo de la continuidad existente entre lo humano y
lo natural.
“Los dos soras”,
que muestra nexos claros con El tungsteno, nos presenta a
Juncio y a Analquer, de la tribu de los soras, en trance de abandonar el mundo
idílico y armónico de donde pro-ceden e ingresar a una pequeña aldea andina,
Piquillacta, mucho
54 Vallejo
César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 276.
42
más integrada a la
civilización occidental, pues en ella existen ca-lles, plaza, iglesia, tiendas
y otros elementos que constituyen una verdadera novedad para ambos personajes.
El narrador nos
dice que “Los dos seres palpitaban de jubi-losa curiosidad, como fascinados por
el espectáculo de la vida de pueblo, que nunca habían visto”. Empero, la
fascinación de los dos jóvenes al descubrir un mundo nuevo no concluirá
satisfactoria-mente, pues Juncio y Analquer serán encerrados en la cárcel por
haberse reído durante la misa celebrada en la Iglesia, a la que los dos soras
ingresaron ganados por la curiosidad y el asombro “an-te aquel espectáculo que,
en su alma de salvaje, tocaba los límites de lo maravilloso” 55
Solo los niños del
pueblo fueron capaces de acercarse y de acompañar a los dos “jóvenes salvajes”
y participaron, con ellos, de la insólita aventura en la Iglesia y hasta
llegaron a reírse igual que los soras. El sacristán los persiguió con un carrizo,
algunos pobla-dores los acusaron de blasfemos y los agredieron físicamente.
Este cuento
plantea, pues, que el tránsito de la “barbarie” a la civilización” no se
produce sin conflictos ni choques culturales. La inocencia de los soras
contrasta con los convencionalismos y modos de vida de un pueblo que también ha
sufrido y sufre agre-siones e imposiciones de todo tipo, como lo muestra El
tungsteno, en relación con los propios soras, los campesinos, los
yanaconas, las mujeres indígenas, los niños y todos aquellos que se opongan a
la “modernización” y a la “civilización”.56
En suma, “Los dos
soras”, describe, paso a paso, el asombro de dos personajes que proceden de un
mundo casi natural y se
55 Vallejo
César. Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de
Valle-jo. Lima, F. Moncloa Editores, 1970, p. 287.
56 Cf.
Vallejo, César. El Tungsteno. Lima, Universidad de Ciencias y
Huma-nidades, Fondo Editorial, 2001. Prólogo de Reyes Tarazona, Roberto, pp.
9-35.
43
incorporan
súbitamente a una nueva realidad que los rechaza y los agrede solo por ser
“diferentes”.
“Viaje alrededor
del porvenir” es el único cuento del grupo de los últimos en el que los
protagonistas no son infantes sino adultos, aunque, como veremos, la presencia
o más bien la au-sencia de niños sí tiene una significación crucial para la
pareja de esposos que participan de los sucesos del relato. Un narrador
omnisciente, en tercera persona nos introduce, de modo súbito, en la intimidad
cotidiana de Arturo y Eva que viven dentro de una hacienda. Él es administrador
de la misma y ella es sobrina lejana del patrón, es decir, del hacendado y
dueño de las extensas propiedades en cuyos límites habita la pareja.
Estos datos indican
que el espacio que recrea el escritor en este relato corresponde, grosso modo,
al de la costa norteña del Perú, en la cual existieron extensas haciendas
azucareras en las que trabajaron “coolies” (trabajadores chinos que fueron
traídos desde el Asia) e indígenas que bajaban desde la serranía a trabajar
durante la temporada de extracción de la caña de azúcar, uno de los principales
cultivos que luego se exportaba.57
El relato de
Vallejo, de hecho, recrea este contexto y la atmós-fera de verticalidad que
reina en este mundo rural en el que el pa-trón es el dueño de la vida y de la
suerte de todos los que habitan en sus dominios. Tal situación explica que los
protagonistas de la historia estén pasando por una situación de crisis, causada
por los caprichos del hacendado, que aunque trata con cierta deferencia a su
administrador (por ser el esposo de su parienta lejana), le ha exigido a los
esposos que engendren no una hija, como ya lo han hecho, sino un hijo. Y para
motivarlos a que logren concebir un niño les ofrece donarles una cantidad
apreciable de dinero en cuanto nazca el niño.
57 Cf.
Klaren, Peter. Formación de las haciendas azucareras y orígenes del
Apra. Lima. IEP, 1973.
44
Este reto es el que
tiene a Arturo y a Eva sumidos en la pre-ocupación y en el insomnio, pues pasan
sus días y sus noches tratando de concebir el varón que les permitirá recibir
una res-petable suma para poder mejorar sus condiciones de vida. El na-rrador
sigue esta etapa de la vida de los personajes y da cuenta de los esfuerzos que
ambos realizan para alcanzar a procrear el niño anhelado. Uno y otra, después
de haber realizado la faena amorosa, se ilusionan con la idea de que, por fin,
han conseguido “encargar” correctamente el vástago. Todas estas ilusiones
acaban mal porque Eva, en efecto, se embaraza, pero al cabo de los meses vuelve
a dar a luz una niña. Y así concluye con un desenlace des-favorable para la
pareja. El relato tiene un sutil tono de ironía y de crítica al patrón como a
los ilusos padres.
A su vez, “El
vencedor” y “Paco Yunque” son equiparables, porque ambos relatos recrean
sucesos vinculados al mundo infan-til y escolar. Existe, además, un contraste
en la extracción social de los personajes más importantes. En “Paco Yunque”,
Humberto Grieve es el niño rico y poderoso, mientras que Paco Yunque, Pa-co
Fariña y los demás son de origen popular. En “El vencedor” la oposición
socio-económica está representada por Juncos, el niño pobre y menesteroso, y
Cancio, el niño rico, que no llega, empero, a mostrar la soberbia y el poder
que ostenta Humberto Grieve.
La violencia verbal
y, sobre todo, la física se manifiestan en los dos cuentos y envuelven a los
protagonistas que son ejecutores o víctimas de aquélla. Sin embargo se perciben
diferencias im-portantes en la significación y raíz última de la violencia en
uno y otro relato.
En “El vencedor”,
Juncos, el niño pobre, y Cancio, el rico, se enfrentan a consecuencia de un
“incidente de manos en el recreo” y casi toda la narración se concentra en
mostrar el desarrollo de la pelea que se resuelve, finalmente, a favor de
Juncos, quien a pesar de ser el vencedor se deja ganar por la tristeza y llora,
con lo cual el título de la narración resulta irónico.
45
“Paco Yunque” es
una pequeña obra maestra de Vallejo. Sus méritos narrativos e ideológicos deben
ser evaluados en función de los principios formulados por Vallejo en El
Arte y la Revo-lución, plasmados estéticamente en El tungsteno y
perfecciona-dos en el célebre relato que es, además, producto de la aplicación
creadora y original de los principios del arte revolucionario a la literatura
infantil, a la cual, sin duda, pertenece.
También en este
difícil terreno, el autor se muestra profun-damente renovador y crítico, pues,
asumiendo los rasgos más significativos de aquel tipo de literatura (el
carácter didáctico, la sencillez del estilo y el efectismo) plasmó un texto
narrativo en el que, al mismo tiempo, cuestiona la idea tradicional, según la
cual los finales de los relatos para niños deben ser siempre felices y no
entrar en contradicción con los valores y creencias de la ideología dominante.
Vallejo lograr
forjar un realismo revolucionario. Pero “lo no-table es que la sencillez
estilística y el esquematismo de la trama de Paco Yunque no generan una pobreza
en el plano de la signi-ficación, sino un mensaje rico en connotaciones
problematizado-ras e iluminadoras del tramado social”.58
“Paco Yunque”, en
efecto, nos ofrece una visión matizada y crítica de una serie de elementos
característicos de la sociedad peruana contemporánea. Entre ellos “la
existencia de clases so-ciales en conflicto” y el hecho de que las
contradicciones intercla-ses se prolonguen y agudicen en el mundo de los niños,
que no se libra de ser atravesado por las terribles fisuras del todo social.
El cuento citado
demuestra, a través de la anécdota ocurrida en el ambiente escolar, que la
superestructura ideológica y edu-cativa del Estado peruano se subordina de un
modo reprobable
58 González
Vigil, Ricardo. Obras completas de César Vallejo. Lima,
Editora Perú, 1992. Tomo 6, p. 59.
46
a los intereses de
los sectores dominantes que controlan y se be-nefician de las riquezas
económicas generadas por el trabajo de las masas populares. El pequeño
protagonista encarna, convin-centemente, estas y otras dominaciones de las que
debe tomar conciencia para superarlas59.
La concepción
ideológica y estética que sustenta esta nueva manera de encarar y de realizar
la obra literaria difiere sustancial-mente de la escritura que Vallejo utilizó
en las obras narrativas de su primera época (en especial Escalas y
en menor medida, Fabla salvaje). Pero al mismo tiempo hemos visto
que ni en la primera ni en la segunda etapa de su trayectoria
literaria Vallejo sigue una sola línea creativa, sino que simultáneamente
discurre por varios cauces expresivos y comunicativos con el objetivo de
cumplir, a cabalidad, su misión como hombre comprometido con la pro-blemática
de su tiempo y, a la vez, como artista que recorre las distintas vías creativas
con absoluta libertad y total lucidez.
En cuanto a
“Sabiduría (Capítulo de una novela inédita)”, apareció en la revista Amauta N°
8, Lima, abril de 1927, pp. 17-1860 y, en efecto, pasó a formar parte,
aunque con algunos cam-bios, de El tungsteno, novela publicada por
Vallejo, en España, en 1931. En este volumen es parte del Capítulo I. Y solo
por el hecho de haberse publicado como un avance de un texto mayor se le
concede una cierta autonomía en el conjunto de la producción narrativa, con la
aclaración de que en orden cronológico se sitúa entre Contra el secreto
profesional y El Tungsteno.
59 Cf.
Eslava, Jorge. “Paco Yunque y “El vencedor”: la infancia y el colegio
recuperados”. En Lienzo N° 15, Lima, junio de 1994, pp.
303-326. Cornejo Polar, Antonio: “Sobre Paco Yunque”. En: Visión del Perú, N°
4, Lima, 1969, pp. 322-324. Homenaje Internacional a César Vallejo. Forgues,
Ro-land: “Para una lectura de Paco Yunque”. En La sangre en llamas.
Lima, Studium, 1979, pp. 79-87.
60 Vallejo,
César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y
Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999, p. 51.
47
Un narrador
omnisciente, en tercera persona nos ubica an-te una escena que se desarrolla,
durante una oscura madrugada, en el interior de una habitación, en la que hay
dos personajes. Una señora que ha estado durmiendo y que se levanta para luego
acercarse hasta la cama de un enfermo, cuyo apellido, Benites, se enuncia con
rapidez, porque él es el centro de interés de lo que conoceremos los lectores.
Aunque antes de
dedicarse a observar y a seguir lo que siente y piensa Benites, el narrador
dedica algunas líneas a registrar el estado de ánimo de la señora mayor que
cuida con celo al enfer-mo y mientras lo hace reza con unción a Dios y al
Divino Co-razón de Jesús para que cure al enfermo. Luego el narrador se
concentra en registrar las alucinaciones que experimenta Benites en el curso de
un lapso, durante el cual recorre mentalmente su vida y hace un balance de la
misma. Su conclusión es que no se siente satisfecho de lo que ha hecho en su
transcurrir temporal.
El objetivo
principal del narrador omnisciente es realizar, co-mo se aprecia, una
caracterización psicológica y social de Benites. Y para ello, primero utiliza
la técnica del estilo indirecto libre61, pues se ubica en la mente del
personaje y desde allí transmite lo que está sintiendo y pensando el
protagonista de “Sabiduría” acerca de su situación particular. Después de
habernos mostrado que Benites es temeroso y, a la vez, muy apegado a lo
material y que siempre acude al auxilio del Corazón de Jesús cuando está en
peligro, el narrador deja que el propio personaje, con sus propias palabras,
pensadas o dichas, hable de su vida, sobre todo, a partir del momento en que
siente que está próximo a la hora final de su existencia.
Ubicado en esa
circunstancia crucial intuye que se encuentra en presencia de Dios y se dirige
a Jesucristo, le habla con unción,
61 Vargas
Llosa, Mario. Cartas a un novelista. Barcelona, Ariel, 1995, p. 66.
También González Montes, Antonio. Estructura del texto novelístico.
Lima, Latinoamericana Editores, 1988, p. 26.
48
expresa sus dudas y
sus palabras se vuelven contra su propia per-sona y hace un mea culpa de lo que
ha sido: “¡Señor! Yo fui el pecador y tu pobre oveja descarriada. ¡Cuando
estuvo en mis ma-nos ser el Adán sin tiempo, sin mediodía, sin tarde, sin
noche, sin segundo día! ¡Cuando estuvo en mis manos embridar y sujetar los
rumores edénicos para toda la eternidad y salvar lo Cambian-te en lo
Absoluto!62
Toda esta queja
consigo mismo, la insatisfacción contra lo que ha sido su existencia en la
tierra desemboca en una sola pre-gunta que todo ser humano puede hacer al
término de su periplo vital, para esperar que Alguien le responda y calme su
duda exis-tencial. Benites interroga: “¿Qué he podido, pues, hacer, Señor?...
Jesús respondió con
estas únicas palabras: ¡Ajustarte al sentido de la tierra!”.
Con estas palabras
concluye el relato abierto que Vallejo pu-blicó como un adelanto de una novela
que tenía en preparación y que publicó en 1931: El Tungsteno. Allí
reaparece este fragmento y corresponde al personaje que también se llama
Benites y re-presenta al intelectual dubitativo, ubicado en medio del fuego de
los poderosos (los dueños de la mina) y de la ira de los que son explotados
(los obreros). “Sabiduría” es un fragmento de esa lu-cha interior que se libra
en la mente de un personaje complejo y problemático, como son la mayor parte de
los seres de ficción que Vallejo creó en los cuentos y novelas que hemos
recorrido en es-tas páginas, y que confirman que la narrativa de nuestro máximo
escritor posee un valor propio y, a la vez, se complementa con la gran poesía y
con los otros géneros que cultivó.
Antonio González
Montes
Lima, junio de 2011
62 Vallejo,
César. Narrativa Completa. Edición de Ricardo Silva-Santisteban y
Cecilia Moreano. Lima, PUCP, 1999, p. 278.
49
CUENTOS
Y
NOVELAS
Escalas
[Edición original
de 1923]
■ Escalas.
Se publicó en los Talleres Tipográficos de la Penitenciería de Lima, en 1923,
en un tiraje de 200 ejemplares, con 135 páginas y un índice. Según Juan Espejo
Asturrizaga, el autor cubrió el costo de esta edición con sus propios recursos
y el aporte de Crisólogo Quesada, un amigo suyo. En la portada de esta primera
edición se puede leer Escalas melografiadas por César Vallejo (alusión
a música y escritura), pero en la carátula interior aparece el nombre del autor
en la parte superior, el título Escalas en el centro, y en la
parte inferior el nombre de la imprenta, de lo cual se infiere que el título
correcto es Escalas.
Primero el
pensamiento, después la razón.
Antenor Orrego
I
CUNEIFORMES
MURO NOROESTE
Penumbra.
El único compañero
de celda que me queda ya aho-ra, se sienta a yantar, ante el hueco de la
ventana lateral de nuestro calabozo, donde, lo mismo que en la ventani-lla
enrejada que hay en la mitad superior de la puerta de entrada, se refugia y
florece la angustia anaranjada de la tarde.
Me vuelvo hacia él:
–¿Ya?
–Ya. Está usted
servido –me responde sonriente.
Al mirarle el
perfil de toro destacado sobre la plegada hoja lacre de la ventana abierta,
tropiezo la mirada con una araña casi aérea, como trabajada en humazo, que
emerge en absoluta inmovilidad en la madera, a medio metro de altura del testuz
del hombre. El poniente lanza un largo destello bayo sobre la tranquila
tejedora, como enfocándola. Ella ha sentido, sin duda, el tibio aliento so-lar,
estira algunas de sus extremidades con dormida pe-rezosa lentitud, y, luego,
rompe a caminar a intermitentes pasos hacia abajo, hasta detenerse al nivel de
la barba del individuo, de modo tal, que, mientras éste mastica, pare-ce que se
traga a la bestezuela.
59
Por fin termina el
yantar, y, al propio tiempo, el ani-mal flanquea corriendo hacia los goznes del
mismo brazo de puerta, en el preciso momento en que ésta es entor-nada de golpe
por el preso. Algo ha ocurrido. Me acerco, vuelvo a abrir la puerta, examino en
todo el largo de las bisagras y doyme con el cuerpo de la pobre vagabunda,
trizado y convertido en dispersos filamentos.
–Ha matado usted
una araña –dígole con aparente entusiasmo al hechor.
–¿Sí? –me pregunta
con indiferencia– Está muy bien:
hay aquí un jardín
zoológico terrible.
Y se pone a pasear,
como si nada, a lo largo de la cel-da, extrayéndose de entre los dientes,
residuos de comida que escupe en abundancia.
¡La justicia!
Vuelve esta idea a mi mente.
Yo sé que este
hombre acaba de victimar a un ser anónimo, pero existente, real. Es el caso del
otro, que, sin darse cuenta, puso al inocente camarada de presa del fi-lo
homicida. ¿No merecen, pues, ambos ser juzgados por estos hechos? ¿O no es del
humano espíritu semejante re-sorte de justicia? ¿Cuándo es entonces el hombre
juez del hombre?
El hombre que
ignora a qué temperatura, con qué suficiencia acaba un algo y empieza otro
algo; que ignora desde qué matiz el blanco ya es blanco y hasta dónde; que no
sabe ni sabrá jamás qué hora empezamos a vivir, qué hora empezamos a morir,
cuándo lloramos, cuándo reímos, dónde el sonido limita con la forma en los
la-bios que dicen: yo... no alcanzará, no puede alcanzar a
saber hasta qué grado de verdad un hecho calificado de criminal ES criminal. El
hombre que ignora a qué hora
60
el 1 acaba de ser 1
y empieza a ser 2, que hasta dentro de la exactitud matemática carece de la
inconquistable plenitud de la sabiduría ¿cómo podrá nunca alcanzar a fijar el
sustantivo momento delincuente de un hecho, a través de una urdimbre de motivos
de destino, dentro del gran engranaje de fuerzas que mueven a seres y cosas en
frente de cosas y seres?
La justicia no es
función humana. No puede serlo. La justicia opera tácitamente, más adentro de
todos los adentros, de los tribunales y de las prisiones. La justicia ¡oídlo
bien, hombres de todas las latitudes! se ejerce en subterránea armonía, al otro
lado de los sentidos, de los columpios cerebrales y de los mercados. ¡Aguzad
mejor el corazón! La justicia pasa por debajo de toda superficie y detrás de
todas las espaldas. Prestad más sutiles oídos a su fatal redoble, y percibiréis
su platillo vagoroso y único que, a poderío de amor, se plasma en dos; su
platillo vago e incierto, como es incierto y vago el paso del delito mis-mo o
de lo que se llama delito por los hombres.
La justicia sólo
así es infalible: cuando no ve a través de los tintóreos espejuelos de los
jueces; cuando no está escrita en los códigos; cuando no ha menester de
cárceles ni guardias.
La justicia, pues,
no se ejerce, no puede ejercerse por los hombres, ni a los ojos de los hombres.
Nadie es
delincuente nunca. O todos somos delin-cuentes siempre.
■ “Muro
noroeste”. Apareció en la revista Claridad, año 1, Nº 1, Lima 1923.
61
MURO ANTÁRTICO
El deseo nos
imanta.
Ella, a mi lado, en
la alcoba, carga y carga el circuito misterioso de mil en mil voltios por
segundo. Hay una gota imponderable que corre y se encrespa y arde en to-dos mis
vasos, pugnando por salir; que no está en ningu-na parte y vibra, canta, llora
y muge en mis cinco sentidos y en mi corazón; y que, por fin, afluye, como
corriente eléctrica, a las puntas...
De pronto me
incorporo, salto sobre la mujer tumba-da, que me franquea dulcemente su
calurosa acogida, y luego... una gota tibia que resbala por mi carne, me separa
de mi hermana que se queda en el ambiente del sueño del cual despierto
sobresaltado.
Sofocado,
confundido, toriondas las sienes, aguda-mente el corazón me duele.
Dos... Tres...
¡Cuáaaaaatroooooo!... Sólo las irritadas voces de los centinelas llegan hasta
la tumbal oscuridad del calabozo. Poco después, el reloj de la catedral da las
dos de la madrugada.
¿Por qué con mi
hermana? ¿Por qué con ella, que a esta hora estará seguramente durmiendo en
apacible e inocente sosiego? ¿Por qué, pues, precisamente con ella?
62
Me revuelvo en el
lecho. Rebullen en la sombra pers-pectivas extrañas, borrosos fantasmas; oigo
que empieza a llover.
¿Por qué con mi
hermana? Creo que tengo fiebre.
Sufro.
Ahora oigo mi
propia respiración que choca, su-be y baja rasguñando la almohada. ¿Es mi
respiración? Un aliento cartilaginoso de invisible moribundo parece mezclarse a
mi aliento, descolgándose acaso de un siste-ma pulmonar de Soles y trasegándose
luego sudoroso en las primeras porosidades de la tierra... ¿Y aquel anciano que
de súbito deja de clamar? ¿Qué va a hacer? ¡Ah! Di-rígese hacia un franciscano
joven que se yergue, hinca-das las rodillas imperiales en el fondo de un
crepúsculo, como a los pies de ruinoso altar mayor; va a él, y arranca con
airado ademán el manteo de amplio corte cardenali-cio que vestía el
sacerdote... Vuelvo la cara. ¡Ah inmenso palpitante cono de sombra, en cuyo
lejano vértice nebu-loso resplendece, último lindero, una mujer desnuda en
carne viva!...
¡Oh mujer! Deja que
nos amemos a toda totalidad. Deja que nos abrasemos en todos los crisoles. Deja
que nos lavemos en todas las tempestades. Deja que nos una-mos en alma y
cuerpo. Deja que nos amemos absoluta-mente, a toda muerte.
¡Oh carne de mis
carnes y hueso de mis huesos! ¿Te acuerdas de aquellos deseos en botón, de
aquellas ansias vendadas de nuestros ocho años? Acuérdate de aquella mañana
vernal, de sol y salvajez de sierra, cuando, ha-biendo jugado tanto la noche
anterior, y quedándonos
63
dormidos los dos en
un mismo lecho, despertamos abra-zados, y, luego de advertirnos a solas, nos
dimos un beso desnudo en todo el cogollo de nuestros labios vírgenes; acuérdate
que allí nuestras carnes atrajéronse, restregán-dose duramente y a ciegas; y acuérdate
también que am-bos seguimos después siendo buenos y puros con pureza intangible
de animales...
Uno mismo el cabo
de nuestra partida; uno mismo el ecuador alvino de nuestra travesía, tú
adelante, yo más tarde. Ambos nos hemos querido ¿no recuerdas? cuan-do aún el
minuto no se había hecho vida para nosotros; ambos luego en el mundo hemos
venido a reconocernos como dos amantes después de oscura ausencia.
¡Oh Soberana! Lava
tus pupilas verdaderas del pol-vo de los recodos del camino que las cubre y,
cegándolas, tergiversa tus sesgos sustanciales. ¡Y sube más arriba, más arriba
todavía! ¡Sé toda la mujer, toda la cuerda! ¡Oh car-ne de mi carne y hueso de mis
huesos!... ¡Oh hermana mía, esposa mía, madre mía!...
Y me suelto a
llorar hasta el alba.
–Buenos días, señor
alcaide...
64
MURO ESTE
Esperaos. No atino
ahora cómo empezar. Esperaos.
Ya.
Apuntad aquí, donde
apoyo la yema del dedo más lar-go de mi zurda. No retrocedáis, no tengáis
miedo. Apun-tad no más. ¡Ya!
Brrrum...
Muy bien. Se baña
ahora el proyectil en las aguas de las cuatro bombas que acaban de estallar
dentro de mi pe-cho. El rebufo me quema. De pronto la sed aciagamente ensahara
mi garganta y me devora las entrañas...
Mas he aquí que
tres sonidos solos, bombardean a plena soberanía, los dos puertos con muelles
de tres hue-secillos que están siempre en un pelo ¡ay! de naufragar. Percibo
esos sonidos trágicos y treses, bien distintamente, casi uno por uno.
El primero viene
desde una rota y errante hebra del vello que decrece en la lengua de la noche.
El segundo sonido
es un botón; está siempre reve-lándose, siempre en anunciación. Es un heraldo.
Circula constantemente por una suave cadera de óvoe, como de
65
la mano de una
cáscara de huevo. Tal siempre está asoma-do, y no puede trasponer el último
viento nunca. Pues él está empezando en todo tiempo. Es un sonido de entera
humanidad.
Y el último. El
último vigila a toda precisión, alto-pado al remate de todos los vasos
comunicantes. En este último golpe de armonía, la sed desaparece, (ciérrase una
de las ventanillas del acecho), cambia de valor en la sen-sación, es lo que no
era, hasta alcanzar la llave contraria.
Y el proyectil que
en la sangre de mi corazón destrozado, cantaba
y hacía palmas,
en vano ha
forcejeado por darme la muerte.
–¿Y bien?
–Con ésta son dos
veces que firmo, señor escribano. ¿Es por duplicado?
66
MURO DOBLEANCHO
Uno de mis
compañeros de celda, en esta noche calu-rosa, me cuenta la leyenda de su causa.
Termina la abstru-sa narración, se tiende sobre su sórdida tarima y tararea un
yaraví.
Yo poseo ya la
verdad de su conducta.
Este hombre es
delincuente. A través de su máscara de inocencia, el criminal hase denunciado.
Durante su je-rigonza, mi alma le ha seguido, paso a paso, en la manio-bra
prohibida. Hemos entrambos festinado días y noches de holgazanería, enjaezada
de arrogantes alcoholes, den-taduras carcajeantes, cordajes dolientes de
guitarra, nava-jas en guardia, crápulas hasta el sudor y el hastío. Hemos
disputado con la inerme compañera que llora para que ya no beba el marido y
para que trabaje y gane los centavos para los pequeños, que para ella Dios
verá... Y luego, con las entrañas resecas y ávidas de alcohol, dimos cada
ma-drugada el salto brutal a la calle, cerrando la puerta sobre los belfos
mismos de la prole gemebunda.
Yo he sufrido con
él también los fugaces llamados a la dignidad y la regeneración; he confrontado
las dos caras de la medalla, he dudado y hasta he sentido crujir el ta-lón que
insinuaba la media vuelta. Alguna mañana tuvo
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pena el tabernario,
pensó en ser formal y honrado, salió a buscar trabajo, luego tropezó con el
amigo y de nuevo la bilis fue cortada. Al fin la necesidad le hizo robar. Y
aho-ra, por lo que arroja ya su instrucción penal, no tardará la condena.
Este hombre es
ladrón.
Pero es también
asesino.
Una de aquellas
noches de más crepitante embria-guez, ambuló a solas por cruentas encrucijadas
del arra-bal, y he aquí que sálele al paso, de modo casual, un viejo camarada
obrero que a la sazón torna honestamente de su labor, rumbo al descanso del
hogar. Le toma por el brazo, le invita, le obliga a compartir de su aventura, a
lo que el probo accede a su pesar.
Vadeando hasta diez
codos de tierra, de madrugada vuelven a lo largo de negros callejones. El varón
sin tacha le arresta al bebedor diptongos de alerta; le endereza por la
cintura, le equilibra, le increpa sus heces vergonzantes:
–¡Anda! Esto te
gusta. Tú ya no tienes remedio.
Y de súbito estalla
flamígera sentencia que emerge de la sombra:
–¡Aguántate!...
Un asalto de
anónimos cuchillos. Y errado el blanco del ataque, no va la hoja a rajar la
carne del borracho, y al buen trabajador le toca por equívoco la puñalada
mortal.
Este hombre es,
pues, también un asesino. Pero los tribunales, naturalmente, no sospechan, ni
sospecharán jamás esta tercera mano del ladrón.
En tanto, él sigue
ahora de pechos sobre su mosquea-da tarima, tarareando su triste yaraví.
68
ALFÉIZAR
Estoy cárdeno.
Mientras me peino, al espejo advierto que mis ojeras se han amoratado aun más,
y que, sobre los angulosos cobres de mi rostro rasurado se ictericia la tez
acerbamente.
Estoy viejo. Me
paso la toalla por la frente, y un raya-do horizontal en resaltas de menudos
pliegues, acentúase en ella, como pauta de una música fúnebre, implacable...
Estoy muerto.
Mi compañero de
celda hase levantado temprano y está preparando el té cargado que solemos tomar
cada mañana, con el pan duro de un nuevo sol sin esperanza.
Nos sentamos
después a la desnuda mesita, donde el desayuno humea melancólico, dentro de dos
porcelanas sin plato. Y estas tazas a pie, blanquísimas ellas y tan lim-pias,
este pan aún tibio sobre el breve y arrollado mantel de damasco, todo este
aroma matinal y doméstico, me recuerda mi paterna casa, mi niñez santiaguina,
aquellos desayunos de ocho y diez hermanos de mayor a menor, como los carrizos
de una antara, entre ellos yo, el último de todos, parado junto a la mesa del
comedor, engomado y chorreando el cabello que acababa de peinar a la fuerza una
de las hermanitas; en la izquierda mano un bizcocho
69
entero ¡había de
ser entero! y con la derecha de rosadas falangitas, hurtando a escondidas el
azúcar de granito en granito...
¡Ay!, el pequeño
que así tomaba el azúcar a la buena madre, quien, luego de sorprenderle, se
ponía a acariciar-le, alisándole los repulgados golfos frontales:
–Pobrecito mi hijo.
Algún día acaso no tendrá a quién hurtarle azúcar, cuando él sea grande, y haya
muerto su madre.
Y acababa el primer
yantar del día, con dos ardientes lágrimas de madre, que empapaban mis trenzas
nazare-nas.
MURO OCCIDENTAL
Aquella barba al
nivel de la tercera
moldura de plomo.
II
CORO DE VIENTOS
MÁS ALLÁ DE LA VIDA
Y LA MUERTE
Jarales estadizos
de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mucho grano que en él
gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Es-pera.
No ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!
Por allí mi caballo
avanzaba. A los once años de au-sencia, acercábame por fin aquel día a
Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más
en-tero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas
riendas asidas, por las orejas atentas del cuadrúpedo y volviendo por el
golpeteo de los cascos que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso
escarceo tanteador de la ruta y lo desconocido, lloraba por mi ma-dre que,
muerta dos años antes, ya no habría de aguar-dar ahora el retorno del hijo
descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el color de cosechas
de la tarde limón, y también alguna masada que por aquí reconocía mi alma, todo
comenzaba a agitarme en nos-tálgicos éxtasis filiales, y casi podían ajárseme
los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí,
siempre lácteo, hasta más allá de la muerte.
Con ella había
pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No fue conmigo que
ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi padre,
¡cuántos años haría de ello! Ufff... También fue en julio, cerca de la fiesta
de Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino
real. De repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repen-tino
maguey de un meandro:
–Señora...
¡Cuidado!...
Y mi pobre madre ya
no tuvo tiempo, y fue lanza-da ¡ay! del arzón a las piedras del sendero.
Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me decían
qué la había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya
alegre y reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba
ya por mi madre.
Pero ahora lloraba
más, recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería más y me hacía más
cari-ño y también me daba más bizcochos de bajo de sus al-mohadones y del cajón
del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago, donde ya sólo la hallaría
muer-ta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un pobre cementerio.
Mi madre había
fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su muerte recibíla
en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían empren-dido viaje a
una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de atenuar en lo
posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en remotísima
región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo
hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas
ardientes y des-conocidas.
76
Mi animal resopló
de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero vientecillo,
cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en su
escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya hori-zontal. Y todavía,
hacia el lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se
veía el panteón re-tallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; y yo
ya no podía más, y atroz congoja arrecióme sin consuelo.
A la aldea llegué
con la noche. Doblé la última esqui-na, y, al entrar a la calle en que estaba
mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puer-ta.
Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio
miedo. También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media
fuerza de la penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro.
Particular revuelo de nervios secó mis lagri-males. Avancé. Saltó del poyo mi
hermano mayor, Ángel, y recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía
que había venido de la hacienda, por causa de negocios.
Aquella noche,
luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las habitaciones,
corredores y cuadras de la casa; y Ángel, aun cuando hacía visibles esfuerzos
para desviar este afán mío por recorrer el amado y vie-jo caserón, parecía
también gustar de semejante suplicio de quien va por los dominios alucinantes
del pasado más mero de la vida.
Por sus pocos días
de tránsito en Santiago, Ángel ha-bitaba ahora solo en casa, donde, según él,
todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también cómo fueron
los días de salud que precedieron a la mor-tal dolencia, y cómo su agonía. ¡Cuántas
veces entonces
77
el abrazo fraterno
escarbó nuestras entrañas y removió nuevas gotas de ternura congelada y de
lloro!
–¡Ah, esta
despensa, donde le pedía pan a mamá, llo-riqueando de engaños!–. Y abrí una
pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.
Como en todas las
rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada puerta únese
casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de franquear,
hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda, rellenado y
enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él nos sentamos,
y allí también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La lumbre de ésta
fue a golpear de lleno el rostro de Ángel, que extenuábase de momento en
momento, conforme trascurría la noche y reverdecíamos más la herida, hasta
parecerme a veces casi transparente. Al advertirle así en tal instante, le
acaricié y colmé de ósculos sus barbadas y severas mejillas que volvieron a
empaparse de lágrimas.
Una centella, de
esas que vienen de lejos, ya sin true-no, en época de verano en la sierra, le
vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a Ángel. Y ni
él ni la linterna, ni el poyo, ni nada estaba allí. Tampoco oí ya nada. Sentíme
como ausente de todos los sentidos y reducido tan sólo a pensamiento. Sentíme
como en una tumba...
Después volví a ver
a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a Ángel el
semblante como refres-cado, apacible y –quizás me equivocaba– diríase
restable-cido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era
error de visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera
concebir.
78
–Me parece verla
todavía –continué sollozando– no sabiendo la pobrecita qué hacer para la dádiva
y argu-yéndome: –Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras cuando estás
riendo a escondidas. ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como que yo era
el último también!
Al término de la
velada de dolor, Ángel parecióme de nuevo muy quebrantado, y, como antes de la
centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido una
desviación en la vista, motivada por el golpe-tazo de luz del meteoro, al
encontrar antes en su fisono-mía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no
podía haber ocurrido.
Aún no asomaba la
aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la hacienda, despidiéndome
de Ángel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos que habían motivado
su arribo a Santiago.
Finada la primera
jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada hallábame reclinado
en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de pronto,
mirándome asustada, preguntóme lastimera:
–¿Qué le ha pasado,
señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada, Dios mío!...
Salté del asiento.
Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de pequeñas manchas de
sangre rese-ca. Tuve un fuerte calofrío, y quise correr de mí mismo. ¿Sangre?
¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Án-gel que lloraba... Pero... No.
No. ¿De dónde era esa san-gre? Comprenderáse el terror y el alarma que anudaron
en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella sacudida de mi
corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni nunca. Y hoy
mismo,
79
en el cuarto
solitario donde escribo está la sangre añeja aquella y mi cara en ella untada y
la vieja del tambo y la jornada y mi hermano que llora y a quien no beso y mi
madre muerta y...
...Al trazar las
líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y sudando frío. Tal
es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata misteriosa...
¡Oh noche de
pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre muerta
alternó, entre force-jeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de
sólo ser vistos, con la de Ángel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!
Seguí ruta. Y por
fin, tras de una semana de trote por la cordillera y por tierras calientes de
montaña, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la
hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y
solanas fugaces.
Desmonté junto al
bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos perros ladraron en la
calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de cuánto tiempo
tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las quiebras más
profundas de las selvas!
Una voz que llamaba
y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta gárrulo de las aves
domésticas alborotadas, pareció ser olfateada extrañamente por el fatigado y
tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi
horizontalmente las orejas hacia de-lante, y, encabritándose, probó a quitarme
los frenos de la mano en son de escape. La enorme portada estaba cerra-da.
Diríase que toquéla de manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió
vibrando muros adentro; y llegó
80
instante en que, al
desplegarse, con medroso restallido, las gigantescas hojas del portón, ese
timbre bucal vino a pararse en mis propios veintiséis años totales y me dejó de
punta a la Eternidad. Las puertas hiciéronse a ambos lados.
¡Meditad brevemente
sobre este suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y la muerte,
superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el absurdo y
el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que hace
llorar de inarmónicas armo-nías incognocibles!
¡Mi madre apareció
a recibirme!
–¡Hijo mío!
–exclamó estupefacta– ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo que veo, Señor de
los Cielos?
¡Mi madre! Mi madre
en alma y cuerpo. ¡Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso que sentí ante su
presencia en-tonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de súbito, dos
desolados granizos de descrepitud que luego fueron a caer y pesar en mi corazón
hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico trueque de
destinos, acabase mi madre de nacer y yo viniese, en cambio desde tiempos tan
viejos, que me daban una emoción paternal respecto de ella.
Sí. Mi madre estaba
allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era posible? No. No era
posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía serlo. Y
luego, ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?
–¡Hijo de mi alma!
–rompió a llorar mi madre y co-rrió a estrecharme contra su seno, con ese
frenesí y ese
81
llanto de dicha con
que siempre me amparó en todas mis llegadas y mis despedidas.
Yo habíame puesto
como piedra. La vi echarme sus brazos adorados al cuello, besarme ávidamente y
como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus ca-ricias que ya nunca
volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego bruscamente el impasible rostro
a dos manos, y miróme así, cara a cara, acabándome a pregun-tas. Yo, después de
algunos segundos, me puse también a llorar, pero sin cambiar de expresión ni de
actitud: mis lágrimas parecían agua pura que vertían dos pupilas de estatua.
Por fin enfoqué
todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos pasos atrás. E
hice entonces comparecer ¡oh Dios mío! a esa maternidad a la que no quería
recibir mi corazón y la desconocía y la tenía mie-do; la hice comparecer ante
no sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y la di un
grito mudo y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del
martillo que se acerca y aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer
quejido, al ser arrancado del vientre de la madre, y con el que parece
indicarla que ahí va vivo por el mundo y darla al mismo tiempo, una guía y una
señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y gemí fuera de
mí mismo:
–¡Nunca! ¡Nunca! Mi
madre murió hace tiempo. No puede ser…
Ella incorporóse
espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo. Volvió a
estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás lloró
ni llorará ser vivo alguno.
82
–Sí –la repetía– Mi
madre murió ya. Mi hermano Án-gel también lo sabe.
Y aquí las manchas
de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente como signos de otro
mun-do.
–¡Pero, hijo de mi
corazón! –susurraba casi sin fuer-zas ella– ¿Tú eres mi hijo muerto y al que yo
misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú, tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a mis brazos!
Pero ¿qué?... ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame bien! ¡Pálpame, hijo
mío! ¿Acaso no lo crees?
Contempléla otra
vez. Palpé su adorable cabecita en-canecida. Y nada. Yo no creía nada.
–Sí, te veo –la
respondí– te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto imposible.
¡Y me reí con todas
mis fuerzas!
■ “Más
allá de la vida y la muerte”, de la segunda sección Coros de vientos,
fue premiado en un concurso organizado por la institu-ción limeña Entre
Nous en 1922. Apareció en la revista Variedades, Lima, 17
de junio de ese mismo año.
83
LIBERACIÓN
Ayer estuve en los
talleres tipográficos del Panóptico, a corregir unas pruebas de imprenta.
El jefe de ellos es
un penitenciado, un bueno, como lo son todos los delincuentes del mundo. Joven,
inteligen-te, muy cortés, Solís, que así se llama el preso, pronto ha hecho
grandes inteligencias conmigo, y hame referido su caso, hame expuesto sus quejas,
su dolor.
–De los quinientos
presos que hay aquí –afirma–, apenas alcanzarán a una tercera parte quienes
merezcan ser penados de esta manera. Los demás no; los demás son quizás tan o
más morales que los propios jueces que los condenaron.
Arcenan sus ojos el
ribete de no sé qué platillo invisi-ble, y de amargura. ¡La eterna injusticia!
Viene hacia mí uno
de los obreros. Alto, fornido, acércase como alborozado y me dice:
–Señor, buenas
tardes. Cómo está usted– Y me tiende la mano con viva efusión.
No le reconozco. Le
pregunto por su nombre.
–¿No recuerda
usted? Soy Lozano. Usted estuvo en la cárcel de Trujillo cuando yo también
estuve en ella. Supe que le absolvió el Tribunal y tuve mucho gusto.
84
En efecto. Ya le
recuerdo. Pobre hombre. Fue conde-nado a nueve años de penitenciaría, por ser
uno de los coautores de un homicidio.
Cuando se aleja de
nosotros el atento, Solís me in-quiere sorprendido:
–¡Cómo! ¿También
usted las había sufrido? –También –le respondo–; también, amigo mío.
Y le refiero, a mi
vez, las circunstancias de mi prisión en Trujillo, procesado por incendio,
asalto, homicidio frustrado, robo y asonada...
El sonríe y de
nuevo me pregunta:
–Si usted ha estado
en Trujillo, debe de haber conoci-do a Jesús Palomino, oriundo de aquel
departamento, que purgó aquí doce años de prisión.
Hago memoria.
–Ahí tiene usted
–añade– Aquel hombre era una víc-tima inocente de la mala organización de la
justicia.
Calla breves
instantes, y, después de mirarme a la cara con mirada escrutadora, prorrumpe
resueltamente:
–Voy a contarle a
la ligera lo que a Palomino le suce-dió aquí.
La tarde está gris
y llueve. Las maquinarias y linotipos cuelgan penosos traquidos metálicos en el
aire oscuro y arrecido.
Vuelvo los ojos y
distingo a lo lejos la cara regordeta de un preso que sonríe bonachonamente
entre los aceros negros en movimiento. Es mi peón. El que está compa-ginando mi
obra. Sonríe este desgraciado a toda hora.
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Diríase que ha
perdido el sentimiento verdadero de su infortunio, o que se ha vuelto idiota.
Solís tose, y, con
acento trabajoso, empieza su relato:
–Palomino era un
hombre bueno. Sucedió que se vio estafado en forma cínica e insultante por un
avezado a ta-les latrocinios, a quien, por ser de la alta sociedad, nunca le
castigaron los tribunales. Viéndose conducido, de este modo, a la miseria, y a
raíz de un violento altercado entre ambos, sobrevino lo inesperado: un disparo,
el muerto, el panóptico. Luego de recluido aquí, el pobre tuvo que sobrellevar
tenebrosa pesadilla. Eso era horroroso. Hasta los mismos que le veíamos,
hubimos de sufrir su contagio infernal. ¡Qué atrocidad! Más valiera la muerte.
Sí, señor. ¡Más valiera la muerte!...
El tranquilo
narrador quiere llorar. Se nota que revive nítidamente el pasado, pues se le
humedecen los ojos, y tiene que callar un instante para no demostrar en la voz
que está sollozando en el alma.
–Cuando me acuerdo
–agrega– no sé cómo pudo Pa-lomino resistir tánto. Porque aquello era un
tormento in-descriptible. No sé por qué conducto fue noticiado de que se le
tramaba un envenenamiento dentro de la prisión, desde mucho tiempo antes de ser
alojado en ella. La fa-milia del hombre que él mató, le perseguía de esta
manera hasta más allá de su desgracia. No se contentaba con verle condenado a
quince años de penitenciaría y arrastrar a su familia a una ruina clamorosa:
llevaba su sed de venganza aun más abajo. Y ahora se embreñaba en récova por
tras de los quicios de los sótanos y entre espora y espora de los líquenes que
crecen entre los dedos carceleros, tanteando el resorte más secreto de la
prisión; ahora se movía aquí,
86
con más libertad
que antes a la luz del sol para la injusta sentencia, e hincaba las pestañas de
infame emboscada en la atmósfera que había de venir a respirar el condenado.
Noticiado éste de ello, sufrió, como usted comprenderá, terrible sorpresa; lo
supo, y nada pudo desde entonces ya desvanecérselo. Un hombre de bien, como él,
temía una muerte así, no por él, claro, sino por ella y por ellos, la inocente
prole atravesada de estigma y orfandad. De allí la zozobra de minuto en minuto
y el sobresalto a cada trance de su vida cuotidiana. Diez años había pasado
así, cuando le vi por primera vez. Despertaba en el ánimo ese atormentado, no
ya lástima y compasión, sino un religio-so y casi beatífico trasporte
inexplicable. No daba piedad. Llenaba el corazón de algo quizás más suave y
tranquilo y dulce casi. Mirándole, yo no sentía impulsos de des-chapar sus
hierros, ni de encorecer sus llagas que crecían verdinegras en el fondo de
todos sus fondos. Yo no ha-bría hecho nada de esto. Mirando tamaño suplicio,
tan sobrehumana actitud de pavor, siempre quise dejarle así, marchar paso a
paso, a sobresaltos, a pausas, filo a filo, hacia la encrucijada fatal, hacia
la jurada muerte, tanto tiempo ha revelada. No movía Palomino por entonces a
socorro. Sólo llenaba el corazón de algo quizás más vago e ideal, más sereno y
casi dulce; y era grato, de un agrado misericordioso, dejarle subir su cuesta,
dejarle cruzar los pasillos y galerías en penumbra, y entrar y salir por las
celdas frías, en su horrendo juego de inestables trapecios, de vuelos de
agonía, al acaso, sin punto fijo donde ir a parar. Con su barba roja a vellones
y sus verdes ojos de alga polar, el uniforme estropeado, asustadizo, azorado,
parecía atisbarlo todo siempre. Un obstinado gesto de desconfianza resbalaba
por sus labios de justo pavorido,
87
por sus cabellos
bermejos, por sus sainados pantalones y aun por sus dedos desvalidos, que
buscaban en toda la extensión de su capilla de condenado, sin poderlo hallar
nunca, un lugar seguro en que apoyarse. ¡Cuántas veces le vi quizás al borde de
la muerte! Un día fue aquí, en la imprenta, durante el trabajo. Callado,
meditabundo, taci-turno, Palomino hallábase limpiando unas fajas de jebe negro,
en un ángulo del taller, y, de cuando en cuando, echaba una mirada recelosa en
torno suyo, haciendo girar furtivamente los globos de sus ojos, con el aire
visionario de los de una ave nocturna que entreviese fatídicos fan-tasmas. De
repente tuvo un brusco movimiento. Uno de los compañeros de labor, en quien yo
había sorprendido repetidas ocasiones marcados gestos y extrañas palabras de
sutil aversión, talvez inmotivada, hacia Palomino, mi-rábale de hito en hito,
desde el lado opuesto de la estan-cia. Tal conducta, cuya intención no podía,
desde luego, serle grata a mi amigo, por los antecedentes que dejo ya anotados,
le hizo experimentar un brusco movimiento de desasosiego, y agudo escozor
destempló todos sus nervios. El gratuito odiador, a su vez, advirtióse
sorpren-dido, y, perdida la serenidad, con torpeza y turbación asaz
significativas, vertió de un pequeño frasco de vidrio, al-gunas gotas; el color
y la densidad de éstas fueron envuel-tas y veladas casi completamente por una
alígera voluta de humo que en tal instante venía del lado de los motores. No sé
decir dónde fueron a caer esas largas misteriosas lágrimas; pero quien las
había vertido siguió agitándose entre los objetos de su trabajo, cada vez con
más visible turbación, hasta el punto de no tener posiblemente con-ciencia de
lo que hacía. Palomino le observaba estáti-co, sobrecogido de presentimiento,
con las pupilas fijas,
88
pendientes de
aquella maniobra que inspirábale intensa espectación y angustiosa zozobra.
Luego las manos del trabajador fueron a ensamblar un lingote de plomo entre
otras barras dispuestas en la mesa de labor. Entonces Pa-lomino cesa de
aguaitarle, y, atónito, abstraído, bajos los ojos, superpone círculos con la
fantasía herida de sospe-cha, desembroca afinidades, vuelve a sorprender nudos,
a enjaezar intenciones fatales y rematar siniestras escale-ras... Otro día
ingresó de la calle una desconocida visita, la cual acercóse al linotipista y
le habló largo rato; no se percibían sus palabras entre el ruido de los
talleres. Palo-mino saltó, plantóle la vista, analizándole de pies a cabe-za, a
hurtadillas, pálido de temor... “¡Palomino! ¡Vea!”...
–le consolaba yo–.
“Olvide usted eso; creo que no puede ser”. Y él, por toda respuesta, apoyaba
las sienes entre am-bas manos, tintas de encierro y desamparo, vencido, sin
fuerzas. A los pocos meses de habérseme traído aquí, él era mi mejor amigo, el
más leal, el más bueno.
Solís se emociona
visiblemente y yo también.
–¿Tiene usted frío?
–me interroga con súbita ternura.
Hace rato, sin
duda, la estancia está llena de una ne-blina densa que azulea en extraños
cendales en torno a las ampolletas de luz roja. Por los altos ventanales vese
que sigue lloviendo. Hace mucho frío en verdad.
Suenan como entre
apretados algodones impreg-nados de limalla de hielo, notas dispersas de un
solfeo distante. Es la banda de músicos de la Penitenciaría que ensayan el
himno del Perú. Suenan esas notas, y desusada sugestión ejercen ahora en mi
espíritu, hasta el punto de casi sentir la letra misma de la canción, engarzada
sílaba
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por sílaba, o como
clavada con gigantescos clavos en cada uno de los sonidos errantes.
Las notas se
cruzan, se iteran, patalean, chirrían, vuelven a iterarse, destrozan tímidos
biseles.
–¡Ah, qué suplicio
el de aquel hombre! –exclama el preso con creciente lástima. Y continúa
narrando entre silencios continuos, durante los cuales sin duda trata de
atrapar los tremendos recuerdos:
–Era una obsesión
indestructible la suya, cimentada sabe Dios por quién, para no caer nunca.
Muchos decían: “Está loco Palomino”. ¡Loco! ¿Puede acaso estar loco quien, en
circunstancias normales, cuida de su existencia en peligro? ¿Y puede estarlo
quien, sufriendo los zarpa-zos del odio, aun con la complicidad misma de la
justicia, precave aquel peligro y trata de pararlo con todas sus fuerzas
exacerbadas de hombre que lo cree posible todo, por propia experiencia de
dolor? ¡Loco! No. ¡Demasiado cuerdo quizá! ¿Quién, con qué formidable
persuasión, sobre cuáles incuestionables visos de posibilidad, habíale
infundido tal idea? A pesar de haberme expuesto Palomi-no muchas veces los
torvos alambres ocultos que, según él, podrían vibrar desde fuera hasta el hilo
de su existen-cia, difícil me era ver claramente aquel peligro. “Como usted no
conoce a esos malvados”,... refunfuñaba imper-térrito Palomino. Yo, luego de
argumentarle cuanto podía, me callaba. “Me escriben de mi casa –díjome otro
día– y vuelven a dármelo a entender; puede venir pronto mi indulto, y pagarían
cualquier precio por evitar mi salida. Sí. Hoy más que nunca, el peligro está a
mi lado, amigo mío...”. Y sus últimas palabras ahogáronle en desgarrado-res
sollozos. La verdad es que, ante la constante desespe-
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ración de Palomino,
llegué a sufrir, a veces, sobre todo en los últimos tiempos, repentinas y
profundas crisis de duda, admitiendo la posibilidad de cualquiera alevosía, aun
de la más negra para su vida, y llegué hasta a asegu-rárselo, a mi vez, a los
demás amigos de la prisión, alegán-doles, probándoles por medio de no sé qué
insospechados aportes de peso decisivo, la sensatez con que razonaba Palomino.
Más todavía. Hubo ocasiones en que ya no era duda lo que yo sentía, sino
seguridad incontrovertible del peligro, y yo mismo salíale al encuentro con
nuevas sos-pechas y vehementes advertencias de mi parte, sobre el horror de lo
que podía sobrevenir, y esto lo hacía precisa-mente cuando él se hallaba
tranquilo, en algún olvido visionario. Diríase, que entonces era en mí en quien
se había metido el terror más adentro que en él mismo. Yo le quería mucho, es
cierto; yo me interesaba intensamente por su situación, siempre de pie a la
cabecera de su espan-to; y de tácito modo le ayudaba a escudriñar los cárabos
de su pesadilla; en fin, yo llegué por último, a registrar de hecho los
bolsillos y los menores actos de numerosos compañeros y empleados del
establecimiento, tanteando el escondido pelo de su tragedia inminente... todo
esto es verdad. Pero también usted, por cuanto le refiero, que, a fuerza de
interesarme tanto por Palomino, iba convirtién-dome en su propio torturador, en
un verdadero verdugo suyo. –“¡Tenga usted cuidado!” –le decía yo con agorera
angustia. Palomino daba un salto, y trémulo volvíase a todos lados y quería
huir sin saber por dónde. Y ambos dos experimentábamos entonces, acerba,
terrible deses-peración, vallados por los muros de piedra, invulnerables,
implacables, absolutos, eternos. Palomino, desde luego, no comía casi. Cómo iba
a comer. No bebía. No hubiera
91
respirado. En cada
migaja veía latente el veneno mortal. En cada gota de agua. En cada adarme de
la atmósfera. Su tenaz escrupulosidad sutilizada hasta la hiperestesia, le
hacía padecer los más triviales movimientos ajenos, rela-cionados con los
alimentos. Alguien, cierta mañana, comía a su lado, pan del bolsillo. Palomino
viole llevarse a los labios el mendrugo, y, tras una enérgica mueca de repulsa,
escupió varias veces y fue a enjugarse. “¡Tenga usted siempre cuidado!” –le
repetía yo cada día con más frecuencia. Dos, cuatro veces diarias este alerta
resonaba entre ambos. Yo me desahogaba, sabiendo que de este modo, Palomino se
cuidaría más y alejaríase mejor del peligro. Me parecía, en fin, que cuando yo
no le había recordado mucho rato la fatídica inquietud, él podría aca-so
olvidarla y entonces ¡ay de él!... ¿Dónde estaba Palomi-no?... Pues, llevado
por mi vigilante fraternidad, de un salto llegábame a él, y le susurraba al
oído atropellada-mente: “¡Tenga usted cuidado!”... Así me tranquilizaba yo, pues
podía estar cierto de que en algunas horas no le sucedería nada a mi amigo. Un
día se lo repetí más a menudo que nunca. Palomino oíame, y, luego de la
con-moción consiguiente, de seguro me lo agradecía en su pensamiento y en su
corazón. Mas, tengo que volver a recordárselo a usted: por este camino
traspasaba las lin-des del amor y del bien por Palomino y me convertía en su
principal tormento, en su propio verdugo. Yo me daba cuenta de este doble valor
de mi conducta. Pero –me decía yo allá en mi conciencia– sea lo que fuere:
irrevoca-ble imperativo de mi alma, me ha investido de guardián suyo, de
curador de su seguridad, y no volveré atrás por nada. Mi voz de alerta
palpitaría siempre al lado suyo, en su noche de zozobra, como un despertador
para el escudo
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y la defensa. Sí.
Yo no volvería atrás, por nada. Una media noche desperté sobresaltado, a
consecuencia de haber sentido en mitad del sueño, un vivo espasmo misterioso.
Tal una válvula abierta de golpe, que me arrojara en todo el pecho un golpe de
agua fresca. Desperté, poseído de gran alegría, de una alada alegría, cual si
de pronto me hubiera abandonado un formidable peso agobiador, o hubiera saltado
de mi cuello una horca, hecha pedazos. Era una alegría ciega, de no sé por qué;
y a tientas despe-rezábase y aleteaba en mi corazón, diáfana, pura. Desper-té
bien. Hice conciencia. Cesó mi alegría: había soñado que Palomino era
envenenado. A la mañana siguiente, el sueño aquel me tenía sobrecogido, con
crecientes palpita-ciones de encrucijada: la muerte–la vida. Sentíame en
realidad totalmente embargado por él. Ásperos vientos de enervante fiebre
corroíanme el pulso, las sienes, el pecho. Debía yo demostrar aire de enfermo,
sin duda, pues harto me pesaban las sienes, la cabeza y velaban mi ánima
gra-ves pesares. Por la tarde, a Palomino y a mí tocónos traba-jar juntos en la
Imprenta. Como ahora, los aceros negros rebullían, chocaban cual reprochándose,
rozábanse y se salvaban a las ganadas, giraban quizás locamente, con más
velocidad que nunca. Durante toda la mañana y has-ta la tarde, el sueño aquel
acompañóme terco, irreducti-ble. Mas, ignoro por qué, yo no lo rehuía. Lo
sentía a mi lado, riendo y llorando alternativamente, enseñándome, sin son ni
ton, una de sus manos, la siniestra, negra; blan-ca, bien blanquísima la otra,
y ambas entrelazándose siempre con extraño isocronismo, en impecable,
aterra-dora encrucijada: ¡la muerte–la vida! ¡la vida–la muerte! Durante todo
el día también –y también ignoro por qué– ni una sola vez acudió a mis labios
el velador alerta de
93
antes.
Absolutamente. Mi sueño anterior parecía sellar mi boca para no verter tal
palabra, con su propia diestra albi-cante y luminosa, de una luminosidad azul,
esfumada, sin bordes. De repente, Palomino murmuró a mis oídos, con contenida
explosión de lástima e impotencia: –“Tengo sed”. Inmediatamente, empujado por
mi solícita herman-dad de siempre para con él, apresté una escudilla de greda
rojiza, y en ella fui a traerle a que bebiese. Él agradecióme enternecido,
asiéndose del asa de la vasija, como si lo hiciera, a toda firmeza y a entera
fe, de mi brazo de amor, y sació su sed hasta que ya no pudo... Y al
crepúsculo, cuando esta vida de punzantes cuidados hacíase más insoportable;
cuando Palomino habíase agujereado ya toda la cabeza, a punta de zozobras;
cuando febril ama-rillez de un amarillo de hueso viejo, alifábale el rostro
desorbitado de inquietud; cuando hasta el médico mis-mo declarado había que
aquel mártir no tenía nada más que debilidad, motivada por malestar del
estómago; cuando estaba ya añicos ese uniforme sainado de excesi-va, cediza
agonía; cuando hasta Palomino había esbozado ¡oh armonía secreta de los cielos!
a la vera de las arrugas de su propia frente, fugitiva sonrisa alta, que no
alcanzó a saltar a las bajas mejillas, ni a la humana tristeza de sus hombros;
y cuando, como hoy, llovía y había neblina por los libres espacios
inalcanzables, y arreciaba por aquí aba-jo un premioso y hosco augurio sin
causa... al crepúsculo, acercóse él y me dijo, a sangrantes astillas de voz:
–“¡Solís!... Solís... ¡Ya... ya me mataron!... Solís...”. Al verle ambas manos
sosteniéndose el vientre y retorciéndose de dolor, sentí, antes que en el fondo
de mi corazón, caerme el golpe, en sensación de fuego devorador y crepitante,
dentro de mis propias vísceras integrales. Sus quejas, ape-
94
nas articuladas,
como no queriendo fuesen percibidas más que por mí solo, soplaban hacia mi
interior, como avivadas lenguas de una llama mucho tiempo atrás conte-nida
entre los dos, en forma de invisibles comprimidos. ¡De tan seguro modo, con tan
viva certidumbre habíamos ambos por igual, esperado aquel desenlace! Mas, luego
de sentir como si el áspid hubiérase colado por las venas de mi propio cuerpo,
invadióme instantánea, súbita, miste-riosa satisfacción. ¡Misteriosa
satisfacción! ¡Sí, señor!...
En esto, Solís hizo
una mueca de enigmática ofusca-ción, mezclada de tan sorda ebriedad en la
mirada, que me hizo bambalear en el asiento, como con una pedrada furibunda.
Después,
enronquecido, a pulso, a grandes toneladas, agregó misteriosamente:
–Y Palomino no
amaneció al siguiente día. ¿Había, pues, sido envenenado? ¿Y acaso con el agua
que yo le di a beber? ¿O había sido aquello sólo un acceso nervioso suyo y nada
más? No lo sé. Sólo dicen que al otro día, mientras yo vime obligado a guardar
cama en las prime-ras horas, a causa de los fuertes golpes nerviosos de la
víspera; dicen que entonces vino un hijo suyo a noticiar a su padre habérsele
concedido el indulto, y ya no le encon-tró. Le había respondido la Dirección
del establecimiento: “En efecto. Concedido el indulto para su padre, ha sido
puesto en libertad esta mañana”.
El narrador tuvo en
esto un mal contenido gesto de tormenta que me impulsó a decirle, solícito y
consterna-do:
–No... No... ¡No
vaya usted a llorar!...
95
Y, haciendo súbito
paréntesis, volvió Solís a pregun-tarme con honda ternura, como antes:
–¿Tiene usted frío?
Yo le interrumpo
anhelante:
–¿Y después?
–Y después... nada.
Y luego, Solís
calló hasta la muerte. Y luego, como co-sa aparte, lleno de amor y amargura a
un tiempo, añadió:
–Pero Palomino, que
ha sido siempre un hombre bueno y mi mejor amigo, el más leal, el más
bondadoso; a quien yo quería tanto, por cuya situación me interesa-ba
intensamente, a quien le ayudé a escudriñar su futuro amenazado, y por quien
llegué hasta registrar de hecho los bolsillos y los actos de los demás;
Palomino no ha vuelto más por aquí, ni se acuerda de mí. Es un ingrato. ¡Qué le
parece!
Se oye de nuevo a
la banda de músicos de la Peni-tenciaría tocar el himno del Perú. Ahora ya no
solfean. El coro de la canción es tocado por toda la banda y en su integral
sinfonía. Suenan las notas de ese himno, y el preso que permanece en silencio,
sumido en sus hondas cavilaciones, agita de pronto los párpados en vivo aleteo,
y exclama con gesto alucinado:
–¡Es el himno el
que tocan! ¿Lo oye usted? Es el him-no. ¡Qué claro! Parece hacerse lenguas:
Soo–mos–liii–bres...
Y al tararear estas
notas, sonríe y ríe por fin con ab-surda alegría.
96
Luego vuelve a la
reja inmediata los encandilados ojos, en que está brillando un brillo de
lágrimas árdidas. Salta del asiento, y, tendiendo los brazos, exclama con
jú-bilo que me estremece hasta los huesos:
–¡Hola,
Palomino!...
La noche ha
cuajado.
Alguien avanza
hacia nosotros, a través de la cerrada verja silente e inmóvil.
97
EL UNIGÉNITO
Sí. Conocí al
hombre a quien luego aconteció mu-cho acontecimiento. Tánto tuvo, pues, haberme
ido en lo sucedido a aquel sujeto, en verdad, siempre digno de curiosidad y
holgadas meditaciones, a causa del aire de espantadiza irregularidad de su modo
de ser. La ciudad le tenía por loco, idiota o poco menos. A ser franco, diré
que yo nunca le tuve en igual concepto. Yerro. Sí le tuve como anormal, pero
sólo en virtud de poseer un talento grandeocéano y una auténtica sensibilidad
de poeta.
Cierta vez hasta
almorzamos juntos en el hotel. Otra vez comimos. Y tomamos desayuno otro día. Y
así du-rante cuatro o cinco meses seguidos, que vivió solo, por ausencia de los
suyos del lugar. Lato humor el de nuestra mesa. Hasta las finas lozas pálidas y
los cristales, sonreían con brillo inteligente en su límpida dentadura de
turno. Un charlador endemoniado el señor Marcos Lórenz. Yo estaba lindo. A poco
le llegué a tener cariño y a extrañarle harto, cuando faltaba al restorán.
El señor Lórenz era
soltero y no tenía hijo alguno. A la sazón contaba diez años como enamorado de
una aris-tocrática dama de la ciudad. Diez años. No sonriáis. Sí. El señor
Lórenz amaba a su amada hacía una década. El mismo habíamelo declarado, así
como también que ella,
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a pesar de no haber
estado juntos jamás, lo sabía todo, y quizá, a su vez, le amaba un tanto, pues
el señor Ló-renz la escribía su cariño a menudo. Viejo amor flaman-te siempre
aquél, vibrando día tras día, desde el mismo traste, desde el mismo sostenido
en si bemol, hasta ha-berse ecado en todos los oídos del distrito, donde nadie
ignoraba semejante historia neoplatónica, a la que, desde la primera a la
última página, exornaba un texto igual, con sólo ligeras variaciones
tipográficas y, posiblemente, hasta gramaticales. ¡Viejo amor flamante siempre
aquél!
–¡Acaso me ama un
poco! –repetíase en la mesa el señor Lórenz, ovalando un mordisco episcopal
sobre el sabroso choclo de mayo, que deshacíase y lactaba, de pu-ro tierno,
entre los cuatro dígitos del tenedor argénteo. Porque, en verdad, mi excelente
contertulio no parecía estar muy seguro de lo que sentiría por él la dama de su
corazón. Tanto, que, muchas veces, su tranquilidad ante esta incertidumbre, y
la longevidad de semejantes relacio-nes estadizas, tornábanme descreído, y
hacíanme pensar que todo no podía pasar acaso de un reverendísimo boato de
vanidad inofensiva, de parte del señor Lórenz, ya que él era apenas un
ciudadano más o menos herbolario, y ella un divino anélido de miel, hecho para
volverle agua la boca al más ahíto de los salomones de la tierra. Mas vino
prueba en contrario, una mañana en que ingresó el señor Lórenz al restorán.
¿Qué le pasaba al señor Lórenz? ¿Qué cara traía, tan a crespas facciones
trabajada?
–¿Algún borrón en
la tela, amigo mío?
–Nada –respondióme
en un mugido–. Sólo que acaba de pasar ella, acompañada de un bribón, de quien
ya me han noticiado como novio suyo...
99
–¿Cómo? –aducíle
sarcásticamente– ¿Y usted? ¿Y sus diez años de amor?...
El señor Lórenz
salióme entonces al encuentro, pi-diendo un antipasto de jamón del país y
sardinas. Servido éste, añadió regocijado:
–Parece estar mejor
que el de ayer.
Y, como si se
vendase una ligera picazón de insecto, voceó:
–¡Mozo! ¡Whisky!
No obstante lo
cual, notificado quedaba yo, con ro-ja cédula de celos, que, verdaderamente, lo
que el señor Lórenz sentía por aquella dama, era una pasión a todo cuadrante.
No cabía duda. ¡Viejo amor flamante siempre el suyo!
Una tarde leí, poco
después, en uno de los diarios lo-cales:
Enlace concertado.– Ha quedado
concertado el en-lace del señor Walter Wolcot, con la señorita Nérida del Mar.
¡Pesia! ¡Pobre
señor Lórenz! Qué amargas calabazas le florecían. Calabazas decenarias. Aquel
divino anélido de miel iba a subjuntivar su áureo nombre aqueo, al rá-pido de
trust del bribón de quien ya habían noticiado al señor Lórenz, como prometido
de Nérida.
Terrible pesar
sobrevino a mi amigo, como podrá suponerse, ante el anuncio de aquel
matrimonio. Aca-báronse las sobremesas plácidas; y las aguas de oro y los
espumosos benedictines de antes, quizás sólo lloraban
100
ahora, estancados
en las pupilas de este nuevo José Ma-tías, que, desde entonces, parecía estar
siempre pronto a verter lágrimas de desesperación. Acabóse el buen humor que
arcenara, en jocunda guardilla tornasol, la fraternal efusión de los almuerzos
soleados y las florecidas cenas retardadas; pues, aun cuando el apetito por las
buenas viandas arreciaba con fuerza mayor en el señor Lórenz, a raíz de su
sétima caída romántica, quijarudo Pierrot pun-teaba ahora en su alma herida,
ahora que los días y las no-ches le aperreaban con ocasos moscardados de
recuerdos, y lunas amarillas de saudad.
No volvió el señor
Lórenz a decir palabra alguna so-bre Nérida. Caviloso, callado, sólo de vez en
tarde, enven-tanaba la taciturnidad del yantar, para estornudar algún versículo
del Eclesiastés, entre cuyas cenizas aventaba, con aire confinado de orfandad,
su desventura. Ante éste, que podría llamarse, trágico palimpsesto de amor,
tenté, en más de una ocasión, escarbar el secreto de sus pensa-res, a fin de
ver si en algo podría yo aliviarle. Pero nada. Siempre que resolvíame a
interrogarle, sentía al hombre trancarse a piedra y lacre, pecho adentro, para
toda pre-gunta o confidencia.
Luego, dos mil
ciento sesenta y dos horas.
Y un domingo, al
medio día, la orquesta lanza una torreada marcha nupcial, entre las pilastras
de rancias molduras provinciales, y bajo los domos iluminados del templo, cuyo
altar mayor resplandece enguirnaldado de albos azahares goteantes de campo y de
rocío.
Veíase, por la
pompa del cortejo, que eran Nérida y el señor Walter Wolcot, quienes, en tales
instantes, reci-bían la bendición del Todopoderoso, en matrimonio; y
101
que, a un tiempo
mismo, el destino del muy amado señor Lórenz, calados el lúgubre clac de unto y
los guantes ne-gros, asistía al sepelio de diez sarcófagos ingrávidos, en cuyos
labrados campos de azabache, habrían, decorados a la usanza etrusca, verdes ramas
de miosotis florecido portadas por piérides mútilas y suplicantes; boscajes de
rumorosas uvas vivas, bajo el cielo de puras anilinas ana-creónticas; vientos
encontrados desnudando árboles de otoño; y montañas de hielos eternos. Dentro
de los diez sarcófagos, irían diez relojes difuntos...
Y todo era así, en
verdad. Los novios eran Nérida y el caballero de la cuádruple V: él, calvete
prematuro, san-guinoso tipo congestionado de clubman empedernido que duerme
hasta las tres de la tarde; grandes ojos en-gallados verde botella, crónico
gesto placentero, como si siempre estuviese celebrando algo; flamante traje de
una cuasi mortuoria corrección británica. Ella... visiblemente pálida.
¿Y el otro?... ¡Oh
espectáculo de impiedad y de he-roísmo! El señor Marcos Lórenz también estaba
allí. Le hallé alarmantemente demudado. Él, a su vez, me vio, pero no pareció
verme. Le saludé con una venia, y no me hizo caso. Muy cerca de la pareja, erguíase
aquel hombre, rígido, petrificado en dantesca laceria.
Monseñor, revestido
de finísima pelliza de gran tono, mayaba, con voz enronquecida el sagrado latín
del sacra-mento. En los incensarios de plata antigua y cadenillas de oro,
ardían los granos de resinas místicas. La orquesta por segunda vez doblaba la
llave de sol de la partitura; y, sudoroso, el acólito, murmuraba como en
sueños, de ca-pítulo en capítulo sus sílabas rituales.
102
De súbito, la
triste desposanda hizo una extraña cosa. En el preciso momento en que el
tonsurado la hacía la pregunta de promesa, alzó ella sus ardientes ojos de
ám-bar oscuro, inundados en febril humedad, y derecho fue a clavarlos en el
otro, en el señor Lórenz. Tal, distraída por entero, no contesta. Algunos del
cortejo, notan el ines-perado silencio, y, siguiendo la dirección de la mirada
de Nérida, la encontraron posada en el pobre José Matías. Y luego, todo como en
la duración del relámpago, el señor Lórenz recibió aquella mirada, quebró
bruscamente su ri-gidez tormentosa, de un solo tranco lanzóse hacia Nérida,
arrollando a cuantos tropezó a su paso, y, con increíble destreza de ave rapaz,
cogióla el rostro estupefacto, y la dio un beso furioso en toda su boca virgen,
que entre-abrióse como un surco... Luego, el señor Lórenz cayó pe-sadamente a
tierra.
Un revuelo de voces
y una repentina parálisis en to-dos. Y quienes, en son de airada indignación,
acercáronse al yacente besador, al inicuo intruso, oreja en pecho oye-ron a la
Muerte fatigada y sudorosa, sentarse a descansar en el corazón ya helado de aquel
hombre. ¡Pobre señor Lórenz! Sólo de esta manera, y en sólo este beso fugaz,
frotado y encendido por el total de su vida, en la muerte, logró unir su carne
a la carne de su amada, que ¡ay! acaso no le había amado nunca en este mundo.
El desposorio quedó
frustrado. Ciega polvareda in-terpúsose, a gran espesor, entre los que hubieran
sido esposos. Nérida también había sufrido en tal instante, seria conmoción
nerviosa, y, llevada al lecho de dolor, agravándose fue de segundo en segundo,
para morir una hora después de la instantánea muerte del pobre José Matías...
103
Y hoy, corridos ya
algunos años, desde que abando-naran el mundo aquellas dos almas, en esta
dorada ma-ñana de enero, un niño fino y bello acaba de detenerse en la esquina
de Belén, un niño extrañamente hermoso y melancólico.
Pasa un ómnibus del
cual bajan varios pasajeros. A uno de ellos, señorón de amplio aire mundano, se
le cae el bastón. El niño, tan bello y, sobre todo, tan melancó-lico, gana a
recoger la caída caña, enjoyada de oro rojo casi sangre, y se la entrega al dueño
que no es otro sino el propio señor Walter Wolcot. Éste advierte el rostro del
pequeño, y sin saber por qué, sufre fuerte sobresalto. Va-cila. Tartamudo
agradece, por fin, la gentileza anónima, y, con desesperada vehemencia que
lagrimea de misteriosa inquietud, pregunta al niño:
–¿Cómo te llamas?
El infante no
responde.
–¿Dónde vives?
El infante no
responde.
–¿Cuántos años
tienes?
El infante no
responde nada.
–¿Tus padres?...
El niño se pone a
llorar...
Una mosca negra y
fatigada viene y trata de posarse en la frente del señor Walter Wolcot, a punto
en que és-te se aleja del niño. Muy distante ya, se la espanta varias veces.
104
LOS CAYNAS
Luis Urquizo lanzó
una carcajada, y, tragándose to-davía las últimas pólvoras de risa, bebió
ávidamente su cerveza. Luego, al poner el cristal vacío sobre el zinc del
mostrador, lo quebró, vociferando:
–¡Eso no es nada!
Yo he cabalgado varias veces sobre el lomo de mi caballo que caminaba con sus
cuatro cascos negros invertidos hacia arriba. ¡Oh, mi soberbio alazán! Es el
paquidermo más extraordinario de la tierra. Y más que cabalgarlo así,
sorprende, maravilla, hace temblar de pavor el espectáculo en seco, simple y
puro de líneas y movimientos, que ofrece aquel potro, cuando está para-do, en
imposible gravitación hacia la superficie inferior de un plano suspendido en el
espacio. Yo no puedo con-templarlo así, sin sentirme alterado y sin dejar de
huir de su presencia, despavorido y como acuchillada la garganta. ¡Es brutal!
Parece entonces una gigantesca mosca asida a una de esas vigas desnudas que
sostienen los techos hu-mildes de los pueblos. ¡Eso es maravilloso! ¡Eso es
subli-me! ¡Irracional!
Luis Urquizo habla
y se arrebata, casi chorreando sangre el rostro rasurado, húmedos los ojos.
Trepida; gui-llotina sílabas, suelda y enciende adjetivos; hace de jinete,
depone algunas fintas; conifica en álgidas interjecciones
105
las más anchas
sugerencias de su voz, gesticula, iza el bra-zo, ríe; es patético, es ridículo:
sugestiona y contagia en locura.
Después dijo:
–Me marcho–. Y
corriendo, saltó el dintel de la taber-na y desapareció rápidamente.
–¡Pobre!
–exclamaron todos–. Está completamente loco.
Urquizo, en verdad,
estaba desequilibrado. No cabía duda. Así lo confirmaba el curso posterior de
su conduc-ta. Aquel hombre continuó viendo las cosas al revés, tras-trocándolo
todo, desviándolo todo, a través de los cinco cristales ahumados de sus sentidos
enfermos. Las buenas gentes de Cayna, pueblo de su residencia, hicieron de él,
como es natural, blanco de cruel curiosidad y cotidiana distracción de grandes
y pequeños.
Años más tarde,
Urquizo, por falta de cura oportuna, agravóse en forma mortal en su demencia, y
llegó al más truculento y edificante diorama del hombre que tiene el triángulo
de dos ángulos, que se muerde el codo, que ríe ante el dolor, y llora ante el placer:
Urquizo llegó a errar allende las comisuras eternas, a donde corren a
agrupar-se, en son de armonía y plenitud, los siete tintes céntricos del alma y
del color.
Por entonces, yo le
encontré una tarde. Desde que le avisté, pocos pasos antes de cruzamos,
despertóse en mí desusada piedad hacia aquel desgraciado, que, por lo de-más,
era primo mío en no sé qué remota línea de consan-guinidad materna; y, al
cederle la vereda, saludándole de paso, tropecéme en uno de los baches de la
empedrada
106
calle, y fui a
golpear con el mío un antebrazo del enfermo.
Urquizo protestó
colérico:
–¡Quía! ¿Está usted
loco?
La exclamación
sarcástica del alienado me hizo reír; y más adelante fue ella motivo de
constantes cavilacio-nes en que los misterios de la razón se hacían espinas, y
empozábanse en el cerrado y tormentoso círculo de una lógica fatal, entre mis
sienes. ¿Por qué esa forma de in-ducción para atribuirme la descompaginación de
torni-llos y motores que sólo en él había?
Este último
síntoma, en efecto, traspasaba ya los lí-mites de la alucinación sensorial.
Esto era ya más tras-cendental, sin duda, desde que representaba, nada menos
que un raciocinio, un atar de cabos profundos, un dato de conciencia. Urquizo
debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales; debía de estar perfectamente
seguro de ello, y, desde este punto de vista suyo, era yo, por haberle
gol-peado sin motivo, el verdadero loco. Urquizo atravesaba por este plano de
juicio anormal que se denuncia en casi todos los alienados; plano que, por su
desconcertante iro-nía, hiere y escarnece los riñones más cuerdos, hasta
qui-tarnos toda rienda mental y barrer con todos los hitos de la vida. Por eso,
la zurda exclamación de aquel enfermo clavóse tanto en mi alma y todavía me
hurga el corazón.
Luis Urquizo
pertenecía a una numerosa familia del lugar. Era, por infortunado, muy querido
de los suyos, quienes le prestaban toda suerte de cuidados y amorosa
asistencia.
Un día se me
notició una cosa terrible. Todos los pa-rientes de Urquizo, que convivían con
él, también estaban locos. Y todavía más. Todos ellos eran víctimas de una
107
obsesión común, de
una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un ridículo fenomenal; se
creían monos, y como tales vivían.
Mi madre invitóme
una noche a ir con ella a saber del estado de los parientes locos. No
encontramos en la casa de éstos sino a la madre de Urquizo, quien, cuando
llegamos, se entretenía en hojear tranquilamente un car-tapacio de papeluchos,
a la luz de la lámpara que pendía en el centro de la sala. Dado el aislamiento
y atraso de aquel pueblo, que no poseía instituciones de beneficen-cia, ni
régimen de policía, esos pobres enfermos de la sien salían cuando querían a la
calle; y así era de verlos a toda hora cruzar por doquiera la población,
introducirse a las casas, despertando siempre la risa y la piedad en todos.
La madre de los
alienados, apenas nos divisó, chilló agudamente, frunció las cejas con fuerza y
con cierta fe-rocidad, siguió haciéndolas vibrar de abajo arriba varias veces,
arrojó luego con mecánico ademán el pliego que manoseaba; y, acurrucándose sobre
la silla, con infantil rapidez de escolar que se enseria ante el maestro,
recogió los pies, dobló las rodillas hasta la altura del nacimiento del cuello,
y, desde esta forzada actitud, parecida a la de las momias, esperó a que
entrásemos a la sala, clavándonos, cabrilleantes, móviles, inexpresivos,
selváticos, sus ojos entelarañados que aquella noche suplantaban
asombro-samente a los de un mico. Mi madre asióse a mí asustada y trémula, y yo
mismo sentíme sobrecogido de espeluz-nante sensación de espanto. La loca
parecía furiosa.
Pero no. A la
brusca claridad de la cercana lámpara, distinguimos que aquella cara
extraviada, bajo la corta cabellera que le caía en crinejas asquerosas hasta
los ojos,
108
empezaba luego a
fruncirse y moverse sobre el miserable y haraposo tronco, volviéndose a todos
lados, como so-licitada por invisibles resortes o por misteriosos ruidos
producidos en los ferrados barrotes de un parque. La lo-ca, después, como si
prescindiera de nosotros, empezó a rascarse y espulgarse el vientre, los
costados, los bra-zos, triturando los fantásticos parásitos con sus dientes
amarillos. De breve en breve chillaba largamente, escru-taba en torno suyo y
aguaitaba a la puerta, como si no nos advirtiera. Mi madre, trascurridos
algunos minutos de espectación y de miedo, hízome señas de retroceder y
abandonamos la casa.
De esta lúgubre
escena hacía veintitrés años cum-plidos, cuando, después de haber vivido
separado de los míos durante todo aquel tracto de tiempo, por razón de mis
estudios en Lima, tornaba yo una tarde a Cayna, al-dea que, por lo solitaria y
lejana era como una isla allende las montañas solas. Viejo pueblo de humildes
agriculto-res, separado de los grandes focos civilizados del país por inmensas
y casi inaccesibles cordilleras, vivía a menudo largos periodos de olvido y de
absoluta incomunicación con las demás ciudades del Perú.
Debo llamar la
atención hacia la circunstancia asaz inquietante de no haber tenido noticias de
mi familia, en los seis últimos años de mi ausencia.
Mi casa estaba
situada casi a la entrada de la pobla-ción. Un acanelado poniente de mayo, de
esos dulces y cogitabundos ponientes del oriente peruano, abríase de brazos
sobre la aldea que no sé por qué tenía a esa hora, en su soledad y abandono
exteriores, cargado olor a des-ventura, tenaz aire de lástima. Tal una roña de
descuido
109
y destrucción
inexplicable rezumaba de todas partes. Ni un solo transeúnte. Y apenas crucé
las primeras esquinas, opacáronse mis nervios, golpeados por una súbita
impre-sión de ruina; y sin darme cuenta, estuve a punto de llorar.
El portón lacre y
rústico de la mansión familiar apa-reció abierto de par en par. Descendí de la
cabalgadura, y, jadeante de lacerada ternura, torpe de presagiosa emo-ción,
halando al sudoroso lento animal, avancé zaguán adentro. Inmediatamente, entre
el ruido de los cascos, despertáronse en el interior destemplados gritos
gutura-les, como de enfermos que ululasen en medio del delirio y la fatiga.
No podré ahora
precisar la suerte de pétreas cadenas que, anillándose en mis costados, en mis
sienes, en mis muñecas, en mis tobillos, hasta echarme sangre, mordié-ronme con
fieras dentelladas, cuando percibí aquella es-pecie de doméstica jauría. La
antropoidal imagen de la madre de Urquizo surgió instantáneamente en mi
memo-ria, al mismo tiempo que invadíame un presentimiento tan superior a mis
fuerzas que casi me valía por una acia-ga certeza de lo que, breves minutos
después, había de dar con todo mi ser en la tiniebla.
A toda voz llamé
casi gimiendo.
Nada. Todas las
puertas de las habitaciones estaban, como la de la calle, abiertas hasta el
tope. Solté la brida de mi caballo, corrí de corredor en corredor, de patio en
patio, de aposento en aposento, de silencio en silencio; y nuevos gruñidos
detuviéronme por fin, delante de una gradería de argamasa que ascendía al
granero más ele-vado y sombrío de la casa. Atisbé. Otra vez se hizo el
misterio.
110
Ninguna seña de
vida humana; ni un solo animal do-méstico. Extrañas manos debían de haber
alterado, con artimañoso desvío del gusto y de todo sentido de orden y
comodidad, la usual distribución de los muebles y de los demás enseres y menaje
del hogar.
Precipitadamente,
guiado por secreta atracción, salté los peldaños de esa escalera; y, al
disponerme a trasponer la portezuela del terrado, la advertí franca también.
Detú-vome allí inexplicable y calofriante tribulación; dudé por breves
segundos, y, favorecido por los destellos últimos del día, avizoré ávidamente
hacia adentro.
Rabioso hasta
causar horror, desnaturalizado hasta la muerte, relampagueó un rostro macilento
y montaraz en-tre las sombras de esa cueva. Enristrando todo mi coraje –¡pues
que ya lo suponía todo, Dios mío!– me parapeté junto al marco de la puerta y
esforcéme en reconocer esa máscara terrible.
¡Era el rostro de
mi padre!
¡Un mono! Sí. Toda
la trunca verticalidad y el fácil arresto acrobático; todo el juego de nervios.
Toda la pobre carnación facial y la gesticulación; la osamenta entera. Y hasta
el pelaje cosquilleante, ¡oh la lana sutilísima con que está tramada la inconsútil
membrana de justo, matemáti-co espesor suficiente que el tiempo y la lógica
universal ponen, quitan y trasponen entre columna y columna de la vida en
marcha!
–Khirrrrrr...
Khirrrrrr... –silbó trémulamente.
Puedo asegurar que
por su parte él no me reconocía. Removióse ágilmente, como posicionándose mejor
en el antro donde ignoro cuándo habíase refugiado; y, presa de
111
una inquietud
verdaderamente propia de un gorila enjau-lado, ante las gentes que lo observan
y lo asedian, saltaba, gruñía, rascaba en la torta y en el estucado del granero
va-cío, sin descuidarse de mí ni por un solo momento, presto a la defensa y al
ataque.
–¡Padre mío! –rompí
a suplicarle, impotente y débil para lanzarme a sus brazos.
Mi padre entonces
depuso bruscamente su aire diabó-lico, desarmó toda su traza indómita y pareció
salvar de un solo impulso toda la noche de su pensamiento. Deslizóse en seguida
hacia mí, manso, suave, tierno, dulce, transfi-gurado, hombre, como debió de
acercarse a mi madre el día en que se estrecharon tanto y tan humanamente,
hasta sacar la sangre con que llenaron mi corazón y lo impulsa-ron a latir a
compás de mis sienes y mis plantas.
Pero cuando yo ya
creía haber hecho la luz en él, al conjuro milagroso del clamor filial, se
detuvo a pocos pa-sos de mí, como enmendándose allá, en el misterio de su mente
enferma. La expresión de su faz barbada y enfla-quecida fue entonces tan
desorbitada y lejana, y, sin em-bargo, tan fuerte y de tánta vida interior, que
me crispó hasta hacerme doblar la mirada, envolviéndome en una sensación de
frío y de completo trastorno de la realidad.
Volví, no obstante,
a hablarle con toda vehemencia.
Sonrió
extrañamente.
–La estrella...
–balbució con sorda fatiga. Y otra vez lanzó agrios chillidos.
La angustia y el
terror me hicieron sudar glacialmen-te. Exhalé un medroso sollozo, rodé la
escalinata sin sen-tido y salí de la casa.
112
La noche había
caído del todo.
¡Es que mi padre
estaba loco! ¡Es que también él y todos los míos creíanse cuadrumanos, del
mismo modo que la familia de Urquizo! Mi casa habíase convertido, pues, en un
manicomio. ¡El contagio de los parientes! ¡Sí; la influencia fatal!
Pero esto no era
todo. Una cosa más atroz y asoladora había acontecido. Un flagelo del destino;
una ira de Dios. No sólo en mi hogar estaban locos. Lo estaban el pueblo entero
y todos sus alrededores.
Una vez fuera de la
casa, echéme a caminar sin saber adónde ni con qué fin, padeciendo aquí y allá
choques y cataclismos morales tan hondos que antes ni después los ha habido
semejantes que abatieran más mi sensibilidad.
Las calles tenían
aspecto de tapiados caminos. Por doquiera que salíame al paso algún transeúnte,
saltaba en él fatalmente una simulación de antropoide, un persona-je mímico. La
obsesión zoológica regresiva, cuyo germen primero, brotara tántos años ha en la
testa funámbula de Luis Urquizo, habíase propagado en todos y cada uno de los
habitantes de Cayna, sin variar absolutamente de naturaleza. A todos aquellos
infelices les había dado por la misma idea. Todos habían sido mordidos en la
misma curva cerebral.
No conservo
recuerdo de una noche más preñada de tragedia y bestialidad, en cuyo fondo de
cortantes bordes no había más luz que la natural de los astros, ya que en
ninguna parte alcancé a ver luz artificial. ¡Hasta el fue-go, obra y signo
fundamentales de humanidad, había sido proscrito de allí! Como a través de los
dominios de una todavía ignorada especie animal de transición, peregriné
113
por ese lamentable
caos donde no pude dar, por mucho que lo quise y lo busqué, con persona alguna
que librado hubiérase de él. Por lo visto, había desaparecido de allí todo
indicio de civilidad.
Muy poco tiempo
después de mi salida, debí de ha-ber tornado a mi casa. Advertíme de pronto en
el primer corredor. Ni un ruido. Ni un aliento. Corté la compacta oscuridad que
reinaba, crucé el extenso patio y di con el corredor de enfrente. ¿Qué sería de
mi padre y de toda mi familia?
Alguna serenidad
tocó mi ánima transida. Había que buscar a todo trance y sin pérdida de tiempo
a mi madre, y verla y saberla sana y salva y acariciarla y oírla que llo-ra de
ternura y de gozo al reconocerme, y rehacer, a su presencia, todo el hogar deshecho.
Había que buscar de nuevo a mi padre. Quizás, por otro lado, sólo él estaría
enfermo. Quizás todos los demás gozarían del pleno ejer-cicio de sus facultades
mentales.
¡Oh, sí, Dios mío!
Engañado habíame, sin duda, al ge-neralizar de tan ligero modo. Ahora caía en
cuenta de mi nerviosidad del primer momento y de lo mal dispuesta que había
estado mi excitable fantasía para haber levan-tado tan horribles castillos en
el aire. Y aun ¿acaso podía estar seguro de la demencia misma de mi padre?
Una fresca brisa de
esperanza acaricióme hasta las entrañas.
Franqueé, disparado
de alegría, la primera puerta que alcancé entre la oscuridad, y, al avanzar
hacia adentro, sin saber por qué, sentí que vacilaba, al mismo tiempo que,
inconcientemente, extraía de uno de los bolsillos una caja de fósforos y
prendía fuego.
114
Escudriñaba la
habitación, cuando oí unos pasos que se aproximaban por los corredores.
Parecían atro-pellarse.
La sangre
desapareció del todo de mi cuerpo; pero no tanto que ello me obligase a
abandonar la cerilla que acababa de encender.
Mi padre, tal como
le había visto aquella tarde, apa-reció en el umbral de la puerta, seguido de
algunos seres siniestros que chillaban grotescamente. Apagaron de un revuelo la
luz que yo portaba, ululando con fatídico mis-terio:
–¡Luz! ¡Luz!...
¡Una estrella!
Yo me quedé helado
y sin palabra.
Mas, de modo
intempestivo, cobré luego todas mis fuerzas para clamar desesperado:
–¡Padre mío!
¡Recuerda que soy tu hijo! ¡Tú no estás enfermo! ¡Tú no puedes estar enfermo!
¡Deja ese gruñido de las selvas! ¡Tú no eres un mono! ¡Tú eres un hombre, oh,
padre mío! ¡Todos nosotros somos hombres!
E hice lumbre de
nuevo.
Una carcajada vino
a apuñalearme de sesgo a sesgo el corazón. Y mi padre gimió con desgarradora
lástima, lleno de una piedad infinita.
–¡Pobre! Se cree
hombre. Está loco...
La oscuridad se
hizo otra vez.
Y arrebatado por el
espanto, me alejé de aquel grupo tenebroso, la cabeza tambaleante.
115
–¡Pobre!
–exclamaron todos– ¡Está completamente loco!...
* * *
–Y aquí me tienen
ustedes, loco –agregó tristemente el hombre que nos había hecho tan extraña
narración.
Acercósele en esto
un empleado, uniformado de ama-rillo y de indolencia, y le indicó que le
siguiera, al mismo tiempo que nos saludaba, despidiéndose de soslayo:
–Buenas tardes. Le
llevo ya a su celda. Buenas tardes.
Y el loco narrador
de aquella historia, perdióse lomo a lomo con su enfermero que le guiaba por
entre los verdes chopos del asilo; mientras el mar lloraba amargamente y
peleaban dos pájaros en el hombro jadeante de la tarde...
■ “Los
Caynas”, luego de la edición de 1923, es publicada posterior-mente en La
Coruña, España, por la revista Alfar, Nº 39, en abril de 1924.
116
MIRTHO
Orate de candor,
aposéntome bajo la uña índiga del firmamento y en las 9 uñas restantes de mis
manos, sumo, envuelvo y arramblo los dígitos fundamentales, de 1 en fondo,
hacia la más alta conciencia de las derechas.
Orate de amor, con
qué ardentía la amo.
Yo la encontré, al
viento el velo lila, que iba diciendo a las tiernas lascas de sus sienes:
“Hermanitas, no se atra-sen, no se atrasen...”. Alfaban sus senos, dragoneando
por la ciudad de barro, con estridor de mandatos y amenazas. Quebróse ¡ay! en
la esquina el impávido cuerpo: yo sufrí en todas mis puntas, ante tamaño
heroísmo de belleza, ante la inminencia de ver humear sangre estética, ante la
muerte mártir de la euritmia de esa carnatura viva, ante la posible falla de un
lombar que resiste o de una nerva-dura rebelde que de pronto se apeala y cede a
la contraria. ¡Mas he allí la espartana victoria de ese escorzo! Y cuánta
sabiduría, en metalla caliente, cernía la forja de aquese desfiladero de
nervios, por todas las pasmadas bocas de mi alma. Y luego, sus muslos y sus
piernas y sus prisione-ros pies. Y sobre todo, su vientre.
Sí. Su vientre, más
atrevido que la frente misma; más palpitante que el corazón, corazón él mismo.
Cetrería de
117
halconados futuros,
de aquilinos parpadeos sobre la som-bra del misterio. ¡Quién más que él!
Adorado criadero de eternidad, tubulado de todas las corrientes historiadas y
venideras del pensamiento y del amor. Vientre portado sobre el arco vaginal de
toda felicidad, y en el intercolum-nio mismo de las dos piernas, de la vida y
la muerte, de la noche y el día, del ser y el no ser. Oh vientre de la mujer,
donde Dios tiene su único hipogeo inescrutable, su sola tienda terrenal en que
se abriga cuando baja, cuando sube al país del dolor, del placer y de las
lágrimas. ¡A Dios sólo se le puede hallar en el vientre de la mujer!...
* * *
Tales cosas decía
ayer tarde un joven amigo mío, mientras con él discurríamos por el jirón de la
Unión. Yo me reía a carcajada limpia. Es claro. El pobre está enamo-rado de una
de tantas bellas mujeres que cruzan por la arteria principal de Lima, elegantes
y distinguidas, de 5 a 7 de la tarde. Ayer el ocaso ardía urente de verano.
Sol, lujo, flirt, encanto sensual por todas partes. Y mi amigo deflagraba
romántico y apasionado, hecho un poseído de veras. Sí. Hecho un orate de amor,
como él llamábase en-tre orgulloso y combatido. Un orate de amor.
Despedíme de él, y,
ya a solas, llegué a decirme pa-ra mí: Orate de amor. Bueno. Pero ¿qué quería
significar aquello de orate de candor, apóstrofe de ironía con que inició su
jerigonza?
Anoche vino a mí el
mozo.
–Escúcheme usted
–me dijo, sentándose a mi lado y encendiendo un cigarrillo–. Escúcheme cuanto
voy a re-
118
ferirle ahora
mismo, ya que ello es harto extraordinario, para quedar oculto para siempre.
Miróme con
melancolía que taladraba y, echando luego temerosas y repetidas ojeadas hacia
los ventales del aposento, con sigilo y gravedad profunda continuó de es-te
modo:
–¿Usted conoce a la
mujer que amo?
–No –le repliqué al
punto.
–Perfectamente. No
la conoce. Pues ríase de cómo la esbocé esta tarde. Nada. Esas frases eran sólo
truncos neoramas de la gran equis encantada que es la existencia de tan
peregrina criatura.
Y armando
cinegético, disparado ceño de quien fue-ra a capturar dos invisibles alimañas,
saltó los ojos quizás a un metro fuera de las órbitas, hizo rechinar los
dientes y hasta las encías contra las encías, flagelóse desde los lóbulos de
las orejas desoladas hasta la punta de la nariz con un relámpago morado; clavó
frenético ambas manos entre la greña de erizo como para mesársela, y deletreó
con voz de visionario que casi me hace estallar en riso-tadas:
–Mi amada es 2.
–Sigue usted
incomprensible. ¿Su amada es 2? ¿Qué quiere decir eso?
Mi amigo sacudió la
cabeza abatiéndose.
–Mirtho, la amada
mía, es 2. Usted sonríe. Está bien.
Pero ya verá la
verdad de esta aseveración.
–A Mirtho –agregó–
la conocí hace cinco meses en Trujillo, entre una adorable farándula de
muchachas y
119
muchachos
compañeros míos de bohemia. Mirtho pul-saba a la sazón catorce setiembres
tónicos, una cinta mi-lagrosa de sangre virginal y primavera. La adoro desde
entonces. Hasta aquí lo corriente y racional. Mas he allí que, poco tiempo
después, el más amado e inteligente de mis amigos díjome de buenas a primeras:
“¿Por qué es us-ted tan malo con Mirtho? ¿Por qué, sabiendo cuánto le ama, la
deja usted a menudo para cortejar a otra mujer? No sea así nunca con esa pobre
chica...”.
Tan inesperada como
infundada acusación, en vez de suscitar mi protesta e inducirme a reiterar mi
fidelidad a Mirtho, toméla, como comprenderá usted, sólo en son de inocente y
alado calembour de amistad y nada más, y sonreí para pasmo de mi amigo que, dada
su austera y pu-rísima moral en materia de amor, tuvo entonces un suave mohín
de reproche hacia mí, arguyéndome que cuanto acababa de decirme tenía toda
seriedad. Y, sin embargo, yo nunca había estado con mujer alguna que no fuese
Mirtho desde que la conocí. Absolutamente. La queja de mi amigo carecía, pues,
de base de realidad; y, si ella no hubiera venido de un espíritu tan fraternal
como aquél, habríame dejado sin duda tranquilo y exento de escozor en la
conciencia. Pero el cariño casi paternal con que tra-taba aquel amigo
inolvidable todos los acontecimientos de mi vida, investía a tan extraño
reproche de un toque asaz inquietante y digno de atención, para que él no me
lastimase sin saber por qué. Además, por el gran amor que yo sentía hacia
Mirtho, dolíame que aquello viniese a perturbar así nuestra dicha.
Desde entonces,
continuamente aquel amigo repetía-me el consabido reproche, cada [vez] con más
acritud. Yo,
120
a mi vez,
reiterábale y pretendía patentizarle por todos los medios posibles mi lealtad
para Mirtho. Vanos esfuer-zos. Nada. La acusación marchaba, afirmándose con tal
terquedad que empezaba yo a creer a su autor fuera de razón, cuando llegó
momento en que todos los demás hermanos de bohemia fueron de uno en uno,
formulán-dome idéntica tacha a mi conducta.
–Nosotros, todo el
mundo –recriminábanme desafo-radamente– te hemos sorprendido infraganti, y con
nues-tros propios ojos. Nada tienes que alegar en contrario. Tú no puedes negar
la verdad.
Y en efecto. Si a
cuantos me conocían hubiera yo in-terrogado sobre la verdad de este asunto,
todos habrían testificado mis relaciones de amor con la segunda mujer para mí
tan desconocida como irreal. Y yo habríame que-dado aun más boquiabierto ante
semejante fosfeno co-lectivo, que no otra cosa podía acontecer en el cerebro de
mis acusadores.
Pero una
circunstancia llamaba mi atención, y era que Mirtho nunca me decía nada que
diera a entender ni re-motamente que ella supiese de mi supuesta infidelidad.
Ni un gesto, ni una espina en su alma, no obstante su carácter vehemente y
celoso. De la ciudad entera ¿acaso sólo ella ignoraba mi culpa y ni la
presentía a través de las genera-les murmuraciones? Muy más, si, como me lo
echaban en cara, diz que yo solía presentarme por doquiera y sin es-crúpulo
alguno con la otra. Por todo esto, la ignorancia de parte de Mirtho roíame el
corazón al otro lado de la acusa-ción de los demás. En aquella ignorancia,
podría asegurar, radicaba de misteriosa manera y por inextricable
encade-namiento de motivos, la piedra de toque, y quizás hasta la razón de ser
de la imputación que se me hacía.
121
Mirtho, sin duda
alguna, no sabía, pues, nada de la otra. Esto era incuestionable. Malhadada
inocencia suya, en último examen, porque ella, no sé por qué medios, vino a dar
a la habladuría azotante de los demás, una cierta vida, un calor y ¡vamos! un
sabor de intriga tales, que yo no po-día menos que sentirme vacilar arrastrado
hasta el filo de una ridícula posición de desconcierto y de absurda atonía.
Ocasión llegó en
que, habiendo asistido en unión de Mirtho al teatro, nos hallábamos ambos
juntos en la sala, cuando en uno de los entreactos, dieron mis ojos con uno de
mis amigos. Éste distinguióme a su vez e hízome señas para que saliese a
atenderle al foyer. Harto nos amábamos con ese muchacho para que, por inusitada
que fuera tal invitación en ese instante, yo no la atendiese. Pedí perdón a
Mirtho y salí a verle.
–¡Ahora no lo
negarás! –exclamó aquel amigo desde lejos–. Allí estás ahora mismo con la
otra... ¡Y cuánto se parece a Mirtho!
Repliquéle que no,
que él no se había fijado. Fue todo inútil.
Despedíme riendo y
volví al lado de Mirtho, sin ha-ber dado mayor importancia a lo que creí un
simple juego de camarada y nada más.
Varias veces,
posteriormente, estando con ella, tuve, no sin fuertes sobresaltos y alarmas
que terminaban es cierto en seguida, repentina impresión de hallarme en efecto
ante otra mujer que no era Mirtho. Hubo noche, por ejemplo, en que esta crisis
de duda colmóse en álgida desesperación, por haber percibido un inusitado
arrebol de serenidad en el desenvolvimiento de las ondas de un silencio suyo,
arrebol completamente extraño a todas las
122
pausas de su voz, y
que chilló aquella noche en todo mi corazón. Pero, repito, esas alarmas cedían
luego, pensan-do que ellas deberíanse sin duda a la sugestión obsesiva que
podían ejercer los demás cerca de mí.
He de advertir, por
lo que esto pudiera dar luz a este enredo, que por raro que parezca el caso,
fuera de la vez en que fui presentado a Mirtho, jamás la vi acompañada de
tercera persona, y aun más: cuando solía hallarse con-migo, nunca estuvimos
sino los dos únicamente.
Así continuaban las
cosas, creciente pesadilla que iba a volverme loco, hasta cierta mañana tibia y
diáfana en que hallábame en la confitería Marrón, tomando algunos refrescos en
compañía de Mirtho. Ante la parva mesa de albo caucho traslucido, estábamos a
solas.
–Oye –la murmuré
lacerado, como quien manotea a ciegas en un precipicio, mientras las flotantes
manos su-yas, de un cárdeno espasmódico, subieron a asentar el ca-bello en sus
sienes invisibles– ¿Quieres decirme una cosa?
Ella sonrió llena
de ternura y acaso con cierto frenesí.
–¡Oye, Mirtho
adorada! –repetíla titubeante.
Interrumpióme
violentamente y me clavó sus ojos de hembra en celo, arguyéndome:
–¿Qué dices?
¿Mirtho? ¿Estás loco? ¿Con cara de quién me ves?
Y luego, sin
dejarme aducir palabra:
–¿Qué Mirtho es
ésa? ¡Ah! Conque me eres infiel y amas a otra. Amas a otra mujer que se llama
Mirtho. ¡Qué tal! ¡Así pagas mi amor!
Y sollozó
inconsolable.
123
* * *
Calló el
adolescente relator. Y, al difuso fulgor de la pantalla, parecióme ver animarse
a ambos lados del agi-tado mozo, dos idénticas formas fugitivas, elevarse
suave-mente por sobre la cabeza del amante, y luego confundirse en el alto
ventanal, y alejarse y deshacerse entre un rehillo telescópico de pestañas.
124
CERA
Aquella noche no
pudimos fumar. Todos los ginkés de Lima estaban cerrados. Mi amigo que
conducíame por entre los taciturnos dédalos de la conocida mansión ama-rilla de
la calle de Hoyos, donde se dan numerosos fuma-deros, despidióse por fin de mí,
y, aporcelanadas alma y pituitarias, asaltó el primer eléctrico urbano y
esfumóse entre la madrugada.
Todavía me sentía
un tanto ebrio de los últimos al-coholes. ¡Oh mi bohemia de entonces, broncería
esqui-nada siempre de balances impares, enconchada de secos paladares, el
círculo de mi cara libertad de hombre a dos aceras de realidad hasta por tres
sienes de imposible! Pero perdonadme estos desahogos que tienen aún bélico olor
a perdigones fundidos en arrugas.
Digo que sentíame
todavía ebrio cuando vime ya so-lo, caminando sin rumbo por los barrios
asiáticos de la ciudad. Mucho a mucho aclarábase mi espíritu. Luego hice la
cuenta de lo que me sucedía. Una inquietud po-só en mi izquierdo pezón.
Berbiquí hecho de una hebra de la cabellera negra y brillante de mi novia
perdida para siempre, la inquietud picó, revoloteó, se prolongó hacia adentro y
traspasóme en todas direcciones. Entonces no
125
habría podido
dormir. Imposible. Sufría el redolor de mi felicidad trunca, cuyos destellos
trabajados ahora en fé-rrea tristeza irremediable, asomaban larvados en los más
hondos paréntesis de mi alma, como a decirme con mis-teriosa ironía, que
mañana, que sí, que cómo no, que otra vez, que bueno.
Quise entonces
fumar. Necesitaba yo alivio para mi crisis nerviosa. Encaminéme al ginké de
Chale, que esta-ba cerca.
Con la cautela del
caso llegué a la puerta. Paré el oído. Nada. Después de breve espera, dispúseme
a retirarme de allí, cuando oí que alguien saltaba de la tarima y camina-ba
descalzo y precipitadamente dentro de la habitación. Traté de aguaitar, a fin de
saber si había allí algún camara-da. Por la cerradura de la puerta alcancé a
distinguir que Chale hacía luz, y sentábase con gran desplazamiento de malhumor
delante de la lamparilla de aceite, cuyo verdor patógeno soldóse en mustio
semitono a la lámina facial del chino, soflamada de visible iracundia. Nadie
más es-taba allí.
Dado el aspecto de
inexpugnable de Chale, y, según el cual, parecía acabar de despertar de alguna
mala pesadilla quizás, consideré importuna mi presencia y resolví mar-charme,
cuando el asiático abrió uno de los cajones de la mesa y, capitaneado de alguna
voz de mando interior e inexorable, que desenvainóle el cuerpo entero en
resuelto avance, extrajo de un lacónico estuche de pulimentado cedro, unos
cuerpos blancos entre las uñas lancinantes y asquerosas. Los puso en el borde
de la mesa. Eran dos trozos de mármol.
126
La curiosidad
tentóme. Dos trozos ¿de mármol eran? Eran de mármol. No sé por qué, desde el
primer momen-to, esas piezas, sin haberlas tocado ni visto claramente y de
cerca, vinieron al través del espacio, a barajarse entre las yemas de mis
dedos, produciéndome la más segura y cierta sensación del mármol.
El chino las volvió
a coger, angulando en el aire mira-das por demás febriles y de angustioso
devaneo, para que ellas no descorrieran ante mí ciertas presunciones sobre la
causa de su vigilia. Las cogió y examinólas detenida-mente a la luz. Sí. Dos
pedazos de mármol.
Luego, sin
abandonarlos, acodado en la mesa, des-aguó entre dientes algún monosílabo
canalla que alcanzó apenas a ensartarse en el ojo tajado, donde el alma del
chino lagrimió de ambición mezclada de impotencia. Ha-la otra vez el mismo
cajón y aupado acaso por un viejo tezón que redivivía por centésima vez, toma
de allí nume-rosos aceros, y con ellos empieza a labrar sus mármoles de cábala.
Ciertas
presunciones, dije antes, saltaron ante mí. En efecto. Conocía yo desde dos
años atrás a Chale. El mongol era jugador. Y jugador de fama en Lima; perde-dor
de millares, ganador de tesoros al decir de las gentes. ¿Qué podía significar
pues entonces esa vela tormentosa, ese episodio furibundo de artífice nocturno?
¿Y esos dos fragmentos de piedra? Y luego ¿por qué dos y no uno, tres o más?
¡Eureka! ¡Dos dados! Dos dados en gestación.
El chino labraba,
labraba desde el vértice mismo de la noche. Su faz, entre tanto, también
labraba una infinita sucesión de líneas. Momentos hubo que Chale exaltábase y
quería romper aquellos cuerpezuelos que irían a correr
127
sobre el tapete
persiguiéndose entre sí, a las ganadas del azar y la suerte, con el ruido de
dos cerrados puños de una misma persona, que se diesen duro el uno al otro,
hasta hacer chispas.
Por mi parte
habíame interesado tánto esta escena, que no pensé ni por mucho en abandonarla.
Parecía tratarse de una vieja empresa de paciente y heroico de-sarrollo. Y yo
aguzábame la mente, indagando lo que per-seguiría este enfermo de destino.
Burilar un par de dados. ¿Y bien?
Tánto se afirma
sobre maniobras digitales y secretas desviaciones o enmiendas a voluntad en el
cubileteo del juego, que, sin duda, díjeme al cabo, algo de esto se pro-pone mi
hombre. Esto por lo que tocaba al fin. Pero lo que más me intrigaba, como se
comprenderá, era el arte de los medios, en cuya disposición parecía empeñarse
Chale a la sazón, esto es la correlación que debía de preestablecerse, entre la
clase de dados y las posibilidades dinámicas de las manos. Porque si no fuese
necesaria esta concurrencia bilateral de elementos ¿para qué este chino hacía
por sí mismo, los dados? Pues cualquier material rodante sería utilizable para
el caso. Pero no.
Es indudable que
los dados deben de estar hechos de cierta materia, bajo este peso, con aquel
aristaje, exagona-dos sobre tal o cual impalpable declive para ser despedi-dos
por las yemas de los dedos; y luego, estar pulidos con esa otra depresión o
casi inmaterial aspereza entre marca y marca de los puntos o entre un ángulo
poliédrico y el exergo en blanco de una de las cuatro caras correspon-dientes.
Hay, pues, que suscitar la aptitud de la materia aleatoria, para hacer posible
su obediencia y docilidad a
128
las vibraciones
humanas, en este punto siempre impro-visadas, y triunfadoras por eso, de la
mano, que piensa y calcula aun en lo más oscuro y ciego de estos avatares.
Y si no, había que
observar al asiático en su procelo-sa jornada creadora, cincel en mano,
picando, rayando, partiendo, desmoronando, hurgando las condiciones de armonía
y dentaje entre las innacidas proporciones del dado y las propias ignoradas
potencias de su voluntad cambiante. A veces, detenida su labor un punto,
contem-plaba el mármol y sonreía su rostro de vicioso, melado por la lumbre de
la lámpara. Luego con aire tranquilo y amplio, golpeaba, cambiaba de acero,
hacía rodar el ju-guete monstruoso ensayándolo, confrontaba planos te-naz,
pacientemente, y cavilaba.
Pocas semanas
después de aquella noche, quienes hu-bo que murmuraban entre atorrantes y demás
círculos de la cuerda, cosas estupefacientes e increíbles sobre grandes
acontecimientos recientemente habidos en las casas de juego de Lima. De mañana
en mañana las leyendas fabu-losas crecían. Una tarde del último invierno, en la
puerta del Palais Concert, refería un exótico personaje de bisco-telas
chorreantes, a un grupo de mozos, que le oían por todas las orejas:
–Chale, para poder
ganar esos diez mil soles, no ha jugado limpio. Yo no sé cómo. Pero el chino se
maneja una misteriosa, inconstatable prestidigitación sobre el tapete. Eso no
se puede negar. Fíjense ustedes –recalcó aquel hombre con gravedad siniestra–
que los dados con que juega ese chino, jamás aparecen en las manos de otro
jugador que no sea Chale. Hablo sobre datos inequívocos de propia observación.
Esos dados tienen, pues, algo. En fin... Yo no sé...
129
Una noche lanzóme
la inquietud al antro donde ju-gaba Chale.
Era una casa de
juego para los más soberbios duelos del tapete.
Había mucha gente
en torno de la mesa. La cabes-treada atención de todos hacia el paño
ganglionado de montones de billetes, díjome que ésa era noche de gran borrasca.
Abriéronme paso algunos conocidos que entu-siastas me echaban a apostar.
Allí estaba Chale.
Desde la cabecera de la mesa, pre-sidía la sesión, en su impasible y torturante
catadura to-dopoderosa: dos correas verticales por cuello, desde los parietales
chatos de ralo pelaje, hasta las barras lívidas de las clavículas; boca forjada
a la mala en dos jebes tensos de codicia, que no se entreabrían jamás en
sonrisa por miedo a desnudarse hasta el hueso; camisa heroica hasta los codos.
El latido de la vida saltábale de un pulso al otro, buscando las puertas de las
manos para escapar de cuerpo tan miserable. Livor nauseante sobre los pómulos
de caza.
Podría decirse que
allí se había perdido la facultad de hablar. Señas. Adverbios casi
inarticulados. Interjec-ciones arrastradas. ¡Oh cuánto quema a veces el
resuello branquial de lo que anda muerto, y sin embargo vivo en cada uno de
nosotros!
Propúseme observar
con toda la sutileza y profundi-dad de que era capaz, las más mínimas ondas
psicológicas y mecánicas del chino.
Rayaba la una de la
madrugada.
Alguien apostó
cinco mil soles a la suerte. El aire chasqueó como agua caliente estocada por
la primera
130
burbuja de la
ebullición. Y si quisiera yo ahora precisar cómo eran las caras circunstantes
en aquellos segundos de prueba, diría que todas ellas rebasáronse a sí mismas y
fueron a ser refregadas y estrujadas con el par de dados entre las propias
manos ásperas y fatales de Chale, encen-diéndose y afilándose allí, hasta urgir
y querer arrancar una novena arista milagrosa a cada dado, como ansiada sonrisa
del destino. Chale deshízose violentamente de los dados, como de un par de
brasas que chisporroteasen, y rugió una hienada formidable grosería que
trascendió en la sala a carne muerta.
Palpéme en mi
propio cuerpo como buscándome, y me di cuenta de que allí estaba yo temblando
de asombro. ¿Qué había sentido el chino? ¿Por qué arrojó los dados así, como si
le hubiesen quemado o cortado las manos? ¿El ánimo de aquellos jugadores todos,
como es natural, en contra suya siempre, había, ante tan crestada apuesta, así
llegádole a herir de tal manera?
Mientras los dados
estuvieron abandonados sobre el paño de esmeralda, vinieron a mi memoria los
dos trozos de mármol que vi troquelar a Chale en ya lejana noche. Estos dados,
que ahora veía, provenían por cierto de las nacientes joyas de entonces, pues he
aquí que ellos eran de un mármol albicante y traslúcido en los bordes y de
brillo firme casi metálico en los fondos. ¡Bellos cubos de Dios!
El chino, luego de
corta vacilación, recogió otra vez los dados y siguió su juego, no sin algún
temblor conva-leciente en las sienes que quizás sólo yo percibí con harto
trabajo.
Tiró una vez.
Barajó. Volvió a tirar dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho veces. La
novena pintó quina y sena.
131
Todos parecieron
descolgarse de una picota y resuci-tar. Todos humanizáronse de nuevo. Por allí
se pidió un cigarrillo. Tosieron. Chale pagó dos mil quinientos soles. Yo lancé
un suspiró. Luego tragué saliva. Hacía calor.
Formuláronse nuevas
apuestas y continuó la trágica disputa de la suerte con la suerte.
Noté que la pérdida
que acababa de tener Chale no le había inmutado absolutamente, circunstancia
que venía a echar aun mayor sombra de misterio sobre el motivo de su inusitado
rapto de ira anterior que, por lo visto, no po-día atribuirse a claro alguno producido
en los millares de su banca. De ninguna manera. De veras, aquel fogonazo
nervioso, por incausado, al parecer, socavaba mi espíritu con crecientes
cavilaciones sobre posibles inteligencias del chino con corrientes o potencias
que danse más allá de los hechos y de la realidad perceptible. ¿Hasta dónde, en
efecto, podría Chale parcializar al destino en su favor por medio de una
técnica sabia e infalible en el manejo de los dados?
En el primer juego
que siguió al de los cinco mil so-les, fue de nuevo esta misma cantidad,
apuntada esta vez al azar. Varios acompañaron con menores apuestas a las
quinientas libras. Y el ambiente de combate fuele ahora aun más enteramente
hostil al banquero.
Los dados saltaron
de la diestra del asiático, juntos, al mismo tiempo, dotados de un impulso
igual. Con un instrumento de medida que pudiese registrar en cifras
in-nominables las humanas ecuaciones gestadoras de acción más infinitesimales,
habríase constatado la simultanei-dad absolutamente matemática con que ambos
mármoles fueron despedidos al espacio. Y juraría que, al auscultar
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la relación de
avance que desarrollábase entre esos dos dados al iniciar su vuelo, lo que hay
de más permanente, de más vivo, de más fuerte, de más inmutable y eterno en mi
ser, fundidas todas las potencias de la dimensión física, se dio contra sí
mismo, y así pude sentir entonces en la verdad del espíritu, la partida
material de esos dos vuelos, a un mismo tiempo, unánimes.
Chale había
arrojado los dados constriñendo toda su escultura hacia una desviación
anatómica tan rara y singular, que ello turbó aun más mi ya sugestionada
sen-sibilidad. Diríase que en ese momento había el jugador estilizado toda su
animalidad, subordinándola a un pen-samiento y un deseo únicos a la sazón en su
juego.
En efecto. ¿Cómo
poder describir semejante movi-miento de sus huesosos flancos, arrimándose uno
con-tra otro, por sobre la gritería misma de un silencio de pie suspenso entre
los dos guijarros de la marcha; semejante ritmo de los omóplatos transfigurándose,
empollándose en truncas alas que, de pronto, crecían y salían fuera, an-te la
ceguedad de todos los jugadores que nada de esto percibían y que me dejaban
¡ay! ¡solo ante aquel espec-táculo que me castigaba en todo el corazón!... Y
aquella confluencia del hombro derecho, quieta, esperando que la frente del
chino acabase de ganar todo el arco que la intuición y el cálculo mental de
fuerzas, distancias, obs-táculos, elementos aceleratrices y hasta del máximum
de intervención de una segunda potestad humana, tendían, templaban, ajustaban
desde el punto más alto de la vi-dente voluntad del hombre hasta los cercos
lindantes a la omnipotencia divina... Y esa muñeca pálida, alambreada,
neurótica, como de hechicería, casi diafanizada por la luz que parecía portar y
trasmitir en vértigo a los dados, que
133
la esperaban en la
cuenca de la mano, saltando, hidrogé-nicos, palpitantes, cálidos, blandos,
sumisos, transustan-ciadas talvez, en dos trozos de cera que sólo detendríanse
en el punto del extendido paño, secretamente requerido, plasmados por los lados
que pluga al jugador... La presen-cia entera de Chale y toda la atmósfera de
extraordinaria e ineludible soberanía, que desarrolló en la sala en tal
ins-tante, habíanme envuelto también a mí, como átomo en medio del fuego solar
de mediodía.
Los dados volaron,
mejor, corrieron tropezándose entre sí, patinando, saltando isócronos a veces,
con el re-hillo punzante de dos tambores que batieran en redoble de piedra la
marcha de lo que no podía volver atrás, aun a pesar de Dios mismo, ante las pobres
miradas de aquella estancia, solemne y recogida más que iglesia a la hora de
alzar la hostia consagrada...
Vibrante, grisácea
línea trazaba cada dado al rodar. Una de esas líneas empezó a engrosar, fue
desdoblándose en manchas unas más blancas que otras; pintó sucesiva-mente 2
puntos negros, luego 5, 4, 2, 3, y plantóse por fin marcando quina. El otro
mármol ¡oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador! el
otro már-mol ¡oh la partida simultánea de los dados! el otro avan-zó tres dedos
más que el anterior, y por parecido proceso de evolución hacia la meta
insospechada, fue a presentar también 5 puntos de carbón sobre el tapete.
¡Suerte!
El chino, con la
serenidad de quien lee un enigma cu-yos términos le fuesen desde mucho antes
familiares, hizo ingresar a su banca los cinco mil soles de la apuesta.
Alguien dijo a
media voz:
134
–¡Es una
barbaridad! Siempre las más altas paradas son para Chale. No se puede con él.
El chino, repetí
para mí, no hay duda, tiene completo dominio sobre los dados que él mismo
labrara, y, acaso, todavía más, es dueño y señor de los más indescifrables
designios del destino, que le obedecen ciegamente.
Los más poderosos
jugadores parecieron encolerizar-se y refunfuñar contra Chale, a raíz de la
última jugada. La sala entera sacudióse en un espasmo de despecho; y quizá la
protesta amordazada de esa masa de seres a los que así golpeaba la invencible
sombra del Destino encarnada en la fascinante figura de Chale, estuvo a punto
de tradu-cirse en un zarpazo de sangre. Un solo gran infortunio puede más que
millares de pequeños triunfos dispersos y los atrae y ata a sus huracanadas
entrañas, hasta untarles por fin en su aceite incandescente y funerario. Todos
esos hombres debieron sentirse heridos por la última victoria del chino, y,
llegado el caso, todos le habrían arrancado la vida a las ganadas. Hasta yo
mismo –me aguijonea el remordimiento al recordarlo– hasta yo mismo odié
furio-samente a Chale en ese instante.
Siguió una apuesta
de diez mil soles al azar. Todos temblamos de espectación, de miedo y de una
misericor-dia infinita, como si fuésemos a presenciar un heroísmo. La tragedia
revolcóse cosquillante a lo largo de las epi-dermis. Las pupilas relincharon casi
vertiendo lloro puro. Los rostros alisáronse cárdenos de incertidumbre. Chale
lanzó sus dados. Y de este solo cordelazo, apuntaron dos senas en el paño.
¡Suerte!
Sentí que alguien
se abría paso a mi lado y me apar-taba para adelantarse a la mesa,
presionándome, casi
135
acogotándome en
forma brutal y arrolladora, como si una fuerza irresistible y fatal impulsara
al intruso para tal conducta. Quienes estuvieron a mi lado sufrieron idénti-co
vejamen del desconocido.
Y he aquí que el
chino, en vez de recoger el dinero ganado, hizo de él desusado olvido, para
como movido por resorte, volver inmediatamente la cara hacia el nuevo
concurrente. Chale se demudó. Parece que ambos hom-bres chocaron sus miradas, a
modo de dos picos que se prueban en el aire.
El recién llegado
era un hombre alto y de anchura proporcionada y hasta armoniosa; aire enhiesto;
gran cráneo sobre la herradura fornida de un maxilar inferior que reposaba
recogido y armado de excesiva dentadura para mascar cabezas y troncos enteros;
el declive de los carrillos anchábase de arriba abajo. Ojos mínimos, muy
metidos, como si reculasen para luego acometer en in-sospechadas embestidas;
las niñas sin color, produciendo la impresión de dos cuencas vacías. Tostado
cutis; cabello bravo; nariz corva y zahareña; frente tempestuosa. Tipo de pelea
y aventura, sorpresivo, preñado de sugerencias embrujadas como boas. Hombre
inquietante, mortifi-cante a pesar de su alguna belleza; céntrico. ¿Su raza? No
acusaba ninguna. Aquella humanidad peregrina quizá carecía de patria étnica.
Tenía innegable
traza mundana y hasta de clubman intachable, con su correcto vestir y su
distinción, y el desenfado inquerido de sus ademanes.
Apenas este
personaje tomó una posición junto al ta-pete, todo el gas envenenado de
ebriedad y codicia, que
136
respirábamos en la
sala, inclusive el de la última jugada de diez mil soles, la mayor de la noche,
despejóse y des-apareció súbitamente. ¿Qué oculto oxígeno traía, pues, aquel
hombre? De haberse podido ver el aire entonces, lo habríamos hallado azul, serena
y apaciblemente azul. De golpe recobré mi normalidad y la luz de mi
concien-cia, entre un hálito fresco de renovación sanguínea y de desahogo.
Sentí que me liberaba de algo. Hubo un dulce remanso en la expresión de todos
los semblantes. El se-ñorío de Chale y todas su posturas de sortilegio se
aca-baron.
En cambio, una cosa
allí nacía. Una cosa en forma de sensación de curiosidad primero, luego de
extrañeza y de espinosa inquietud. Y esa inquietud partía, induda-blemente, de
la presentación del nuevo parroquiano. Sí. Pues él –yo lo hubiera afirmado con
mi cuello– traía al-gún propósito apabullante, algún designio misterioso.
El asiático estaba
demudado. Desde que éste advir-tió al desconocido, no volvió a mirarle cara a
cara. Por nada. Aseguraría que le tomó miedo y que en él más que en ninguno
otro de los presentes, el efecto repulsivo y aborrecible que despertaba ese
hombre, fue mucho ma-yor para ser disimulado. Chale le odiaba, le temía. Esa es
la palabra: le tenía miedo. Además, nadie había visto jamás a tal caballero en
aquella casa de juego. Chale ni siquiera le conocía. Detonaba, pues, también
por esto su presencia.
El clubman de
súbito empezó a respirar con trabajo, como si se asfixiara. Jadeaba mirando
fijamente al cabiz-bajo chino que parecía triturado por aquella mirada,
mu-tilado, reducida a pobres carbones toda su personalidad
137
moral, toda su
confianza en sí mismo de antes, toda su beligerancia triunfadora siempre del
hado. Chale, caria-contecido, como niño cogido en falta, movía los dedos en el
hueco de su diestra temblorosa, queriendo derribarlos por impotencia.
El corro, poco a
poco, llegó a converger todas sus mi-radas en el forastero que aún no había
pronunciado pala-bra. Se hizo silencio.
Por fin el recién
llegado dijo dirigiéndose al chino:
–¿Cuánto importa
toda tu banca?
El interrogado
pestañeó haciendo una mueca apoca-líptica y ridícula de desamparo, como si
fuese a recibir una bofetada mortal. Y volviendo en sí, balbuceó, sin sa-ber lo
que decía:
–Allí está todo.
La banca importaba
más o menos cincuenta mil soles.
El hombre equis
nombró esta suma, extrajo una can-tidad igual de su cartera y con majestad la
colocó en el paño, apostándola al azar, ante el pasmo de los circuns-tantes. El
chino se mordió los labios. Y, siempre rehuyen-do el rostro de su nuevo
adversario, empezó a barajar los cubos de mármol, sus cubos.
Nadie acompañó a
tan monstruosa y atrevida apuesta.
El apostador único,
solitario, sin que nadie, absoluta-mente nadie, menos el chino, pudiese
advertirlo, extrajo del bolsillo su revólver, acercólo sigilosamente al cerebro
de Chale, y, la mano en el gatillo, erectó el cañón hacia aquel blanco. Nadie,
repito, percibió esta espada de Da-
138
mocles que quedó
suspendida sobre la vida del asiático. Muy al contrario. La espada de Damocles
viéronla todos suspendida sobre la fortuna del desconocido, puesto que su
pérdida estaba descontada. Recordé lo que momentos antes habíase susurrado en
la sala:
–Siempre las más
altas paradas son para Chale. No se puede con él.
¿Era su buena
suerte? ¿Era su sabiduría? No lo sé. Pero yo era ahora el primero que preveía
la victoria del chino.
Echó éste los
dados. ¡Oh los costados y el espaldar, el hombro y el frontal del jugador! De
nuevo, y con más óptima elocuencia, repitióse ante mis ojos y ante mi alma, el
espectáculo extraordinario, la desviación anatómica, la polarización de toda la
voluntad que doma y sojuzga, entraba y dirige los más inextricables designios
de la fa-talidad. De nuevo, ante el esfuerzo creador del lanzador de dados,
sobrecogido fui de un cataclismo misterioso que rompía toda armonía y razón de
ser de los hechos y leyes y enigmas en mi cerebro estupefacto. De nuevo esa
partida simultánea de los dados ante iguales términos aleatorios de apuesta. De
nuevo abrí los ojos desmesu-rándolos para constatar la suerte que vendría a
agraciar al gran banquero.
Los mármoles
corrieron y corrieron y corrieron.
El cañón y el
gatillo y la mano esperaban. El de la gran parada no miraba los dados: sólo
miraba fija, terrible, im-placablemente a la testa del asiático.
Ante aquel desafío,
que nadie notaba, de ese revól-ver contra ese par de dados que pintarían el
número que
139
pluga a la
invencible sombra del Destino, encarnada en la figura de Chale, cualquiera
habría asegurado que yo estaba allí. Pero no. Yo no estaba allí.
Los dados
detuviéronse. La muerte y el destino tira-ron de todos los pelos.
¡Dos ases!
El chino se echó a
llorar como un niño.
140
Fabla Salvaje
■ Fabla
salvaje. Prólogo de Pedro Barrantes Castro. Lima, Colección La
novela Peruana, Año I, Nº 9, 16 de mayo de 1923. Esta novela corta, de 49
páginas y cinco ilustraciones de Raúl Vizcarra, formó parte de una colección
que aparecía quincenalmente bajo la dirección de Pedro Barrantes.
I
Balta Espinar
levantóse del lecho y, restregándose los adormilados ojos, dirigióse con paso
negligente hacia la puerta y cayó al corredor. Acercóse al pilar y descolgó de
un clavo el pequeño espejo. Viose en él y tuvo estremeci-miento súbito. El
espejo se hizo trizas en el enladrillado pavimento, y en el aire tranquilo de
la casa resonó un áspero y ligero ruido de cristal y hojalata.
Balta quedóse
pálido y temblando. Sobresaltado volvió rápidamente la cara atrás y a todos
lados, como si su estremecimiento hubiérase debido a la sorpresa de sentir a
alguien agitarse furtivamente en torno suyo. A nadie descubrió. Enclavó luego
la mirada largo rato en el tronco del alcanfor del patio, y tenues filamentos
de sangre, congestionada por el reciente reposo, bulleron en sus desorbitadas
escleróticas y corrieron, en una suer-te de aviso misterioso, hacia ambos
ángulos de los ojos asustados. Después miró Balta el espejo roto a sus pies,
vaciló un instante y lo recogió. Intento verse de nuevo el rostro, pero de la
luna sólo quedaban sujetos al mar-co uno que otro breve fragmento. Por aquestos
jirones brillantes, semejantes a parvas y agudísimas lanzas, pasó y repasó la
faz de Balta, fraccionándose a saltos, alarga-da la nariz, oblicuada la frente,
a retazos los labios, las
143
orejas disparadas
en vuelos inauditos… Recogió algunos pedazos más. En vano. Todo el espejo
habíase deshecho en lingotes sutiles y menudos y en polvo hialoideo, y su
reconstrucción fue imposible.
Cuando tornó al
hogar Adelaida, la joven esposa, Balta la dijo, con voz de criatura que ha
visto una mala sombra:
–¿Sabes? He roto el
espejo.
Adelaida se demudó.
–¿Y cómo lo has
roto? ¡Alguna desgracia!
–Yo no sé cómo ha
sido, de veras…
Y Balta se puso
rojo de presentimiento.
Atardeció. Sentóse
él a la mesa para la comida en el corredor. Desde el poyo contemplaba Balta,
con su viril dulcedumbre andina, el cielo, un cielo rosado y apaci-ble de
julio, que adoselaba con variantes profundas los sembríos de las lejanas
quintas de la banda. Por sobre la rasante del huerto emergía la brioza cabeza
castaña de “Rayo”, el potro favorito y mimado de Balta. Miróle éste, y el
corcel reposó un momento sus grandes pupilas equi-nas en su amo, hasta que una
gallina del bardal turbó el grave silencio de la tarde, lanzando un cántico
azorado y plañidero.
–¡Balta! ¿Has oído?
–exclamó sobresaltada Adelaida, desde la cocina.
–Sí… Sí he oído.
Qué gallina más zonza. Parece que ha sido la “pulucha”.
–¡Jesús! ¡Dios me
ampare! Qué va a ser de nosotros...
144
Y Adelaida irrumpió
en la puerta de la cocina, miran-do ávidamente hacia el lado del gallinero.
“Rayo” entonces
relinchó medrosamente y paró la oreja.
–Es necesario
comerla –dijo Balta, poniéndose de pie–. Cuando canta una gallina, mala suerte,
mala suer-te… Para que muera mi madre, una mañana, muchos días antes de la
desgracia, cantó una gallina vieja, color de ha-bas, que teníamos.
–¿Y el espejo,
Balta? ¡Ay Señor! Qué va a ser de no-sotros…
Adelaida sentóse en
el otro poyo, llevó ambas manos al rostro y se echó a sollozar. Silenciosamente
lloraba. El marido estuvo meditando y callado algunos minutos.
Esposos felices
hasta entonces. Muchacho aún, él adoraba tiernamente a su mujercita. Pálido,
anguloso, de sana mirada agraria, diríase vegetal, y lapídea expresión en el
vivaz continente, alto, fuerte y alegre siempre, Balta pasó su luna de miel
lleno de delicias, rebosante de ilu-sión y muy confiado en los años futuros del
hogar. Era agricultor. Era un buen campesino, más de la mitad oscu-ro aldeano
de las campiñas. Adelaida era una dulce chola, riente, lloradora, dichosa en su
reciente curva de esposa, y pura y amorosa para su caro varón.
Adelaida, además,
era una verdadera mujer de su casa. Con el cantar del gallo se levantaba, casi
siempre sin que la sintiera el marido; con suma cautela, callada persignábase,
rezaba en voz baja su oración matinal, y a la húmeda luz de la aurora que a cuchilladas
penetraba por las rendijas de las ventanas, atravesaba de puntillas
145
con sus zapatos
llanos el largo dormitorio y salía. A la ho-ra en que Balta abandonaba el
lecho, ya Adelaida había ido a acarrear agua del chorro de la esquina, en sus
dos grandes cántaros, el tiznado y el vidriado, que cabían por uno y medio de
los corrientes. ¡Cuántos años tenía Ade-laida aquellos cántaros! Se los regaló
su tía abuela ma-terna, doña Magdalena, cuando Adelaida era criatura, en
gratitud al cariño y apasionada asistencia con que solía acompañarla día y
noche, en su vejez achacosa y solitaria. A su vez, a la donante viejecita
habíanle sido comprados y obsequiados por el tío Samuel, el día en que doña
Mag-dalena, siendo aún señorita, obtuvo el honor de ingresar a la Sagrada
Asociación del Corazón de Jesús del lugar, congregación de gran tono, formada
sólo por la gente vi-sible de la aldea.
El cántaro que
Adelaida nombraba el tiznado no te-nía en verdad nada en sí de excepcional,
sino era los años de servicio y su tradición gentilicia. En cambio, el
vidria-do tenía un mérito originalísimo y fantástico. Ello es que un día,
cuando tales vasijas pertenecían a la abuela aún, Adelaida, que apenas tenía
siete años, fue a traer agua de la poza en el vidriado. Bien lo recordaba
Adelaida. No podía llevar los dos cántaros, porque era muy pequeña y se habría
caído con ellos. La siguió “Picaflor”, la faldera, blanca y sedosa. De repente,
ingresado el cántaro al fondo de la oscura compuerta para colmarse, pasaron por
allí algunos perros en encelada caravana; “Picaflor” entropó-se a ellos, y
alejándose fue hasta perderse en la próxima esquina, a despecho de las llamadas
y amonestaciones de Adelaida. Cuando volvió, el animal enardecido acezaba y
gruñía. Al acercarse a la niña, pareció irritarse más, empezó a escarbar
furiosamente con las patas traseras y
146
desnudó los finos
colmillos y las rojas encías, despidien-do rencor por todas las comisuras y
contracciones de su máscara. Ladró, enfureciéndose más y más. Adelaida la
llamaba: “¡Picaflor! To… To… ¡Picaflor!”. Y la can ingra-ta jadeaba sofocada,
parapetada en una piedra, pronta al mordisco; algunas veces husmeaba
agitadamente el suelo, buscando, echando de menos algo, con amoroso ahínco.
Después volvía a Adelaida el hocico amenazador, y hasta hubo momentos en que
saltaba e hincaba los dientes en el traje. La niña se puso a llorar, asiéndose
a unos rocosos y grandes pedruscos y pateando inocentemente a la bestia
rabiosa.
El torrente seguía
resonando en la oscura gruta.
De improviso
“Picaflor” frunció las ventanillas de la nariz y las hizo latir con creciente
alborozo y con no se qué mohín cordial en sus ojillos húmedos, color de bilis
muerta. Dejó bruscamente de ladrar, fue acercándose al borde de la compuerta, y
he allí que, como llamada por invisible mano, metió toda la cabeza dentro de la
sombría profundidad, lamió adentro la vaga figura del vidriado y empezó a mover
el rabo con loco regocijo. Volvió de un salto hacia Adelaida y, encabritándose
ante ella, dobló las manitos esclavas, como pidiendo perdón, y lamía los
des-nudos y tostados brazos de su pequeña ama, con su ciego y jubiloso cariño
de animal que reconoce a su dueño…
147
II
A la hora en que
Balta salía de dormir, ya Adelaida había también regado y, con escoba que ella
misma hacía de verdes y olorosas hierbasantas traídas a esa hora de la campiña,
había barrido, plata, los dos corredores, los dos patios hasta cerca de los primeros
rellanos del huerto, la pequeña sala de arriba, el zaguán y la calle
correspon-diente a la casa. Se había lavado, y cuando servía el caldo matinal,
de rica papaseca, festoneada de tajadas de áureo rocoto perfumado, a su marido
plácido, todavía caían al plato humeante algunas gotas de mujer, de sus largas
y negras trenzas.
Adelaida era una
verdadera mujer de su casa. Todo el santo día estaba en sus quehaceres,
atareada siempre, enardecida, matriz, colorada, yendo, viniendo y aun
me-tiéndose en trabajos de hombre. Un día Balta estuvo en la chacra, lejos. La
mujer, agotadas sus faenas, propias de su incumbencia femenina, fue al corral y
sacó a “Rayo”. El caballo venía buenamente a la zaga de Adelaida, que lo ató al
alcanfor del patio, y trajo seguidamente las tijeras. Se puso a pelarlo.
Mientras hacía esto cantaba un yaraví, otro.
Tenía una voz dulce
y fluvial: esa voz rijosa y sufri-da que entre la boyada es guía en las
espadañas yermas,
148
acicate o
admonición apasionada en las siembras; esa voz que cabe los torrentes y bajo
los arqueados y sólidos puentes, de maderos y cantos más compactos que már-mol,
arrulla a los saurios dentados y sangrientos en sus expediciones lentas y
lejanas en los remansos alvinos, y a los moscardones amarillos y negros en sus
vagabundeos de peciolo en peciolo; esa voz que enronquece y se hace hojarasca
lancinante en la garganta, cuando aquel cabro color de lúcuma, púber ya, de
pánico airón cosquillante y aleznada figura de íncubo, sale y se va a hacer
daño al ce-badal del vecino, y hay que llamarlo con silbido del más agudo
pífano y a piedra de honda, ludiendo así la de lana verde y dorada que tejieran
en regalo manos amorosas, y que, por esto, duele de veras estropearla y
acabarla. Voz que en las entrañas de la basáltica peña índiga de enfren-te
tiene una hermana encantada, eternamente en viaje y eternamente cautiva… Así
era la voz de Adelaida.
“Rayo” dejábase.
–Mañana, señor, va
usted a portarse muy bien. Su dueño quiere tirar la prosa. Ya sabe usted.
Déjese, déjese. Debe usted presentarse hermoso.
El potro se
inclinaba, deponiendo ante la dulce voz de la hembra imperiosa las tablas del
fornido y gallardo cuello reluciente.
Adelaida acabó el
trasquilo.
–¿Qué estás
haciendo?
Balta llegó y su
mujer se echó a reír, respondiéndole, bajo un halo llameante de casta
verecundia:
–Nada. Ya está. Ya
está terminado.
149
–Con que sólo para
pelar al animal vengo, suspen-diendo y abandonando tanto trabajo que hay allá…
¡Qué tal mujercita!
Ella se reía más
dulcemente aun, y el marido acarició-la conmovido y lleno de pasión.
150
III
Aquel día en que
cantó la gallina, Adelaida estuvo gi-miendo hasta la hora en que [se] acostó.
Fue una noche
triste en el hogar.
Balta no pudo
dormir. Revolvíase en la cama, sumi-do en sombríos pensamientos. Desde que se
casaron era la primera zozobra que turbaba su felicidad. De vez en cuando se
oía el gemir entrecortado de Adelaida.
A Balta habíale
ocurrido una cosa extraña al mirarse en el espejo: había visto cruzar por el
cristal una cara des-conocida. El estupor relampagueó en sus nervios,
hacién-dole derribar el espejo. Pasados algunos segundos, creyó que alguien
habíase asomado por la espalda al cristal, y después de volver la mirada a
todos lados en su busca, pensó que debía estar aún trastornado por el sueño,
pues acababa de levantarse, y se tranquilizó. Mas, ahora, en medio de la noche,
oyendo sollozar desvelada a su mujer, la escena del espejo surgía en su cerebro
y le atormentaba misteriosamente. No obstante, creyó de su deber consolar a
Adelaida.
–No juegues,
Adelaida –le dijo–. ¡Llorando porque canta una gallina!... Vaya… ¡No seas
chiquilla!
151
Esto lo dijo
haciendo de tripas corazón, pues aguja muy fina jugaba a lo largo de sus tensas
venas y cosía ahí un recodo a otro, una papila firme y vibrátil a otra
fugiti-va, con dura pita negra que él nunca había visto brotar de los vastos
pencales maduros… Era dura esa pita, y le ha-cía doler; y esa aguja erraba
vertiginosamente en su san-gre conturbada. Balta quería cogerla y se le
escurría de los dedos. Sufría, en verdad. No quería dar importancia al
incidente del espejo, y sin embargo, éste le perseguía y le mordía con sorda
obstinación.
Al otro día Balta
lo primero que hizo al salir a la calle fue comprar un espejo. Tenía la
fantástica obsesión del día anterior. No se cansaba de mirar en el cristal,
pendiente en la columna. En balde. La proyección de su rostro era ahora normal
y no la turbó ni la más leve sombra extraña. Sin decirle nada a Adelaida, fue a
sentarse en uno de los enormes alcanfores, cortados para vigas, que habían
aga-villados en el patio, contra uno de los muros, y estuvo allí ante el
espejo, horas enteras. La mañana estaba linda, bajo un cielo sin nubes.
Sorprendióle la
vieja Antuca, madre de Adelaida, que venía a pedir candela. Díscola suegra
esta, media ciega de unas cataratas que cogió hacía muchos años, al pasar una
medianoche, a solas, por una calle, en una de cuyas viviendas se velaba a la
sazón un cadáver; el aire la hizo daño.
–¿No te has ido a
la chacra, Balta? Don José dice que el triguito de la pampa ya está para la
siega. Dice que el sábado lo vio, cuando volvía de las Salinas…
Balta tiró una
piedra.
152
–¡Cho!... ¡Chooo!
¡Adelaida! ¡Esa gallina!
Las gallinas
picoteaban el trigo lavado para almidón que, extendido en grandes cobijas en el
patio, se secaba al sol de la mañana.
Cuando se fue la
vieja, dejó la portada abierta y en-tró un perro negro de la vecindad. Acercóse
a Balta que seguía sentado en las vigas color de naranja, y empezó a husmear y
a mover su larga cola lanuda, haciendo fies-tas con gazmoñería acrobática y mal
disimulada. Balta, que se entretenía lanzando destellos de sol con el espejo
por doquiera, puso delante del perro la luna. El vagabun-do can miró mudamente
a la superficie azul y sin fondo, oliéndola, y ladró a su estampa con un
ladrido lastimero que agonizó en un retorcimiento elástico y agudo como un
látigo.
Vinieron las
cosechas.
Balta no volvió a
recordar más de cuanto aconteció en el hogar aquella tarde en que la gallina
dio su canto, hasta un día de setiembre, en que Adelaida, en la parva de trigo,
le dijo de improviso:
–Levanta tú esta
alforja. Yo ya no puedo con ella.
–¿Estás enferma?
Adelaida bajó sus
ojos dulces de mujer, con un aire inefable de emoción.
–¿Y desde cuándo?
–repuso él, en voz baja y paterna, empapada de felicidad y lacerada de ternezas
y de lágri-mas.
Adelaida lloró, y
luego se abrazaron padre a madre.
153
Musitó ella tímida
y pudorosa:
–Según creo, desde
julio.
Habiendo oído Balta
estas graves palabras, y luego de meditar un momento, una nube sombría subió
con ferra-do vuelo a su frente. “Desde julio…”, pensó. Y entonces recordó,
después de largo tiempo, la visión intempestiva que, como en sueños, tuvo en el
espejo, aquella lejana tar-de de julio, y la ruptura del espejo, por el estupor
de esa visión. “Extraña coincidencia –se dijo en la parva–, bien extraña…”. Un
misterioso y atroz presentimiento sopló en sus venas un largo calofrío.
Pasaron las
cosechas.
Pasó el estío, y
llegó el otoño, y, con los días ventosos y ásperos, la época de siembra. Uno
que otro día bajaba una lluvia fuerte y brusca, y siempre tempestuosas nubes
altas poblaban el espacio.
Balta y Adelaida
trasladáronse a la chacra.
154
IV
Ya en la chacra,
una tarde Balta, al tornar de su traba-jo, dio de abrevar a sus bueyes en la
laguna de enfrente de la cabaña. A su vez, él, sediento y transido de
cansancio, fue a la fuente de agua limpia que manaba entre los mato-rrales,
arrodillóse y bebió directamente. Se oyó los tragos durante algunos instantes,
sumersos los labios. De repen-te, Balta saltó bruscamente y dio dos o tres
pasos atrás tambaleándose y golpeando y haciendo cimbrar el tierno tallo de un
alcanfor, cuyo follaje hizo estrepitosas y lúgu-bres cosquillas en los árboles
de la pradera. Miró a uno y otro lado por descubrir quién había a sus espaldas,
sin hallar a nadie; buscó entre los matorrales. Nadie. Volaron en diversas
direcciones algunas palomas y pajarillos azo-rados. Un gallinazo, con moroso y
aceitado vuelo, pasó de un alcanfor a otro, donde saltó, probó varios ramajes y
por fin desapareció con leve y goteante rumor de hojas secas.
De nuevo, y después
de algunos meses, aconteció a Balta muy parecida cosa a la que le sucedió
aquella tarde de julio ante el espejo. Entre el juego de ondas que pro-ducían
sus labios al sorber el agua, habían percibido sus ojos una imagen extraña,
cuyos trazos fugitivos palpita-ron y diéronse contra las sombras fugaces y
móviles de
155
las hierbas que
cubren en brocal el manantial. El chas-quido punteado y ruidoso de sus labios
al beber erizó de pavor la visión especular. ¿Quién le seguía así? ¿Quién
jugaba con él así, por las espaldas, y luego se escabullía con tal artimaña y
tal ligereza? ¿Qué era lo que había visto? La inquietud hincóle en todas su
membranas. Era extraordinario. Vaciló. Creyóse en ridículo, burlado. La cabeza
le daba vueltas. Era curioso. ¿Quizá su mujercita que jugaba inocente? No. Ella
le respetaba mucho para hacer eso. ¡No!
Balta era un hombre
no inteligente acaso, pero de gran sentido común y muy equilibrado. Había
estudiado, bien o mal, sus cinco años de instrucción primaria. Su as-cendencia
era toda formada de tribus de fragor, carne de surco, rústicos corazones al ras
de la gleba patriarcal. Ha-bía crecido, pues, como un buen animal racional,
cuyas sienes situarían linderos, esperanzas y temores a la sola luz de un
instinto cabestreado con mayor o menor efica-cia, por ancestrales injertos de
raza y de costumbres. Era bárbaro, mas no suspicaz.
Desde aquel día en
que repitióse, por segunda vez, ante sus ojos perplejos, la imagen extraña en
la fuente, Balta iba adquiriendo un aire preocupado. Dábale en qué pensar
inmensamente el episodio alucinante. ¿Qué po-día ser todo aquello? Quiso
decírselo a Adelaida, pero, temiendo hacer el ridículo ante su mujer, optó por
guar-darle reserva del incidente.
El domingo próximo
fue al pueblo. Dio en la plaza con un viejo amigo suyo, camarada de escuela que
fue. No pudo resistir a la tentación de comunicarle sus cuitas. El relato lo
hizo riendo, dudando por momentos, otras
156
veces poblada el
ánima de mil sospechas, herida de pue-ril indignación, o torvamente intrigada.
El otro se echó a reír a las primeras frases de Balta, y después replicóle con
grave acento de convicción:
–No es extraño. A
mí me sucede a veces cosa muy se-mejante. En ocasiones, y esto me acontece
cuando menos lo pienso, cruzan como relámpago por mi mente una luz y un mundo
de cosas y personas que yo quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan y
se deshacen apenas aparecen. Cuando estuve en Trujillo, un señor a quien
re-ferí esto me dijo que eran rasgos de locura y que debía yo cuidarme mucho…
Balta no pudo
entender nada de esto. El relato de su amigo resultóle muy profundo y
complicado.
En tanto pasaban
las semanas en las siembras.
Balta hubo de ir
una mañana a los potreros, a lo largo de un calvero en el arbolado, y bordeando
una acequia de regadío. Iba solo. De pronto, y sin darse cuenta, baja-ron sus
pupilas a la corriente y tuvo que hacerse él a un lado, despavorido. Otra vez asomóse
alguien al espejo de las aguas. Prodújose al propio tiempo un rumor fugitivo
entre los sauces que erguíanse a la vera del arroyo. Volvió Balta la cara en
esa dirección y vio que entre los tupidos ramajes de trepadoras y malvarrosas
recobraban las hojas su natural posición que, al parecer, acababa de romper y
alterar una fuga atropellada y volátil, como de astuto y bárbaro mamífero
asustado, o de ágil y certera brazada de alguien que huye. Balta dio gritos de
alerta:
–¡Quién va!...
¡Guarda, sinvergüenza!...
Y persiguió a su
presa, decidido. Mas todo en vano. Vagó en toda la vecindad; escudriño las
copas de los
157
árboles, detrás de
las piedras, bajo las compuertas, sin resultado.
En la tercera vez
que sorprendía aquella presencia aleve y desconocida. Tampoco dio noticias de
esta nueva aventura a su mujer, aunque un instante sus cavilaciones
atreviéronse –¡con esa maldita libertad del pensamien-to!– a suponer cosas
horribles y ofensivas para ella; o quizá, por eso mismo, no la refería nada, y
seguía con ri-gurosa discreción la pista de cuanto pudiera sobrevenir a sus
sospechas…
Con el decurso de
los días mostrábase Balta más taciturno y sombrío. Tenía de vez en cuando
largos re-cogimientos, en que se ponía abstraído y como sonám-bulo, o solía
alejarse de la casa a solas, sin que se supiese a dónde iba ni a qué iba.
Cambiaba notablemente de modo de ser aquel cholo. Con su mujer empezó a
con-ducirse de muy distinta manera que antes, teniendo para ella inusitados
arranques de pasión exaltada y do-lorosa. Un día la dijo:
–Oye, ven. Siéntate
aquí.
Sentáronse ambos en
el poyo de la puerta que da al cerco del camino. La dio un beso despavorido, y
con an-gustia sin causa suspiró:
–Si ya no me
quisieras un día, Adelaida…
Guardó silencio
ella, inclinada. Nunca había sido desconfiado él; ¡jamás la espina más leve de
un posible olvido hirió su corazón! Fraternal ternura, fe religiosa y ciega,
puro y cándido regazo los había unido siempre.
Adelaida penetró al
patio, y Balta quedóse solo, en su mismo sitio, sumido en la meditación.
158
Había tomado una
vaga aversión por los espejos. Bal-ta los recordaba con informe y oscuro
desagrado. Una noche se soñó en un paraje bastante extraño, llano y
mo-nótonamente azulado; veíase solo allí, y poseído de un enorme terror ante su
soledad, trataba de huir sin poderlo conseguir. En cualquier sentido que fuese,
la superficie aquella continuaba. Era como un espejo inconmensu-rable,
infinito, como un océano inmóvil, sin límites. En una claridad deslumbrante, de
sol en pleno mediodía, sus náufragas pupilas apenas alcanzaban a encontrar por
compañía única su sombra, una turbia sombra intermi-tente, la que moviéndose a
compás de su cuerpo, ya apa-recía enorme, ancha, larga; ya se achicaba, ludíase
hasta hacerse una hebra impalpable, o ya se escurría totalmente, para volver a
pasar a veces tras de sí, como un relámpago negro, jugando de esta suerte un
juego de mofa despia-dada que aumentaba su pavor hasta la desesperación… Cuando
despertó, a los gritos de su mujer, estaban sus ojos arrasados en lágrimas.
–¿Qué has estado
soñando? –le preguntó Adelaida, solícita e inquieta–. ¡Te has quejado mucho!...
–Ha sido una
pesadilla –murmuró él.
Y ambos callaron.
Lo extraño, como se
verá, era que Balta no hacía par-tícipe de nada de estas incidencias a su
mujer. Observaba con ella, en este respecto, el más hermético y cerrado
si-lencio. Y de este modo desarrollábase en su espíritu, co-mo una inmensa
tenia escondida, una raíz nerviosa, cuya savia había ascendido desde la linfa
estéril de un aciago cristal… ¿Por qué no la había noticiado todo, desde el
primer instante, a su compañera? ¿Por qué, al contrario,
159
junto a esa hebra
torturadora, que no se sabe a dónde ha-bía de ir a ensartarse, encendíase un
granate desconoci-do entre los brazos de su amor? ¿Por qué bajaba ese beso
tempestuoso y tan cargado? ¿Por qué esa pasión exaltada y dolorosa nacía? La
tragedia empezaba, pues, a apolillar, de tal manera, a ocultas, y capa a capa,
de la médula para afuera, aquel duro y milenario alcanfor que hace de vi-ga
céntrica suspenso de largo en largo, a modo de espina dorsal, en el techo del
hogar...
Balta empezaba a
sentir un recelo, quizá sin motivo, por su mujer, un recelo oscuro e
inconsciente, del cual él no se daba cuenta. Ella tampoco se daba cuenta,
aun-que notaba que su marido cambiaba en sus relaciones con ella, de modo muy
palpable.
–Vámonos ya al
pueblo –insinuóle Adelaida, a tiem-po en que las faenas triptolémicas tocaban a
su fin.
–Aún hay mucho que
hacer –respondió Balta miste-riosamente.
Desde el domingo en
que conversó con su amigo en la plaza, no había vuelto al pueblo. Cuantas veces
se ofre-ció la necesidad de que lo hiciera por razones domésti-cas, negábase a
ello, invocando diversos inconvenientes o pretextando cualquier futileza. Parecía
huir del bullicio y buscar más bien la soledad, sin duda ganoso de compren-der
a tan menguado perseguidor que, por lo visto, algo intentaba con él, y algo no
muy bueno por cierto, ya que así lo asediaba, vigilándole, siguiéndole los
pasos, para asegurarse acaso de él, de Balta, o para asestarle quién sa-be con
qué golpe... Pero también tenía miedo a la soledad de la casa del pueblo, a la
sazón abandonada y desierta, con sus corredores que las gallinas y los conejos
habrían
160
excrementido y
llenado de basura. Al pensar en esto, evo-caba, sin poderlo evitar, el pilar
donde aún estaría el clavo vacante y viudo del espejo. Un torvo malestar le
poseía entonces. La evasiva para ir a la aldea se producía rotunda e
indeclinable.
Triste y siniestra
expresión iba cobrando su semblan-te. En los días de enero, en que caía
aguacero o terribles granizadas, y cuando los campos negros y barbechados ya
daban la sensación de gruesos paños fúnebres, estruja-dos, doblados en grandes
pliegues caprichosos, o desga-rrados y echados al viento, pábulo tormentoso
adquirían sus inquietudes. Los chubascos, que duraban algunas ho-ras, hacían
numerosas charcas en el patio resquebrajado de la morada. Balta, si no había
ido a las melgas, o si, a causa de la lluvia, veíase obligado a suspender el
trabajo y a recogerse, permanecía sentado en uno de los poyos del corredor,
cruzados los brazos, oyendo absortamente el zumbar de la tempestad y del viento
sobre la pajiza techumbre que amenazaba entonces zozobrar. Allí so-lía estarse,
hasta que sobreviniera alguna circunstancia que lo reclamase; tal, por ejemplo,
para espantar a los puercos que, a causa del eléctrico fluido del aire, hozaban
nerviosos el portillo del chiquero, rugiendo y haciendo un ruido ensordecedor.
Los golpeaba él con un palo y afianzaba y guarnecía con nuevos cantos la
entrada del corral; pero los animales no cedían y seguían rugiendo y empujando
con rabia salvaje las piedras de la poterna. “¡Pero qué tienen estos animales
del diablo!...”, exclama-ba Balta, poseído de una impresión de cólera y sutil
in-quietud de presagio.
El ronquido de la
tempestad crecía, y como propi-nando largos rebencazos al cuerpo entero del
viejo bohío,
161
despertaba en todo
él intermitentes estremecimientos de zozobra y de terror, en que, era el
chirrido fácil de una armella suelta, era la caída incierta de una teja
deshecha por tenaz humedad; era aquella chorrera verticilar que, siguiendo el
sublime juego del aire enrarecido y ahogado, la densidad de la lluvia de la que
fugaba el ozono azora-do, y los invisibles sesgos de la luz adolorida,
evacuaba, y, acentuando su curva aun más asombrosamente, dis-putaba de súbito
otro cauce entre la paja del techo; era el golpe batido y familiar del batán,
donde molía Adelaida para la merienda, todo detonaba en los nervios, y una
va-ga impresión funesta suscitaba en el ánimo. Tal un cerdo maltón, de rojizo
cerdaje y grandes púas dorsales, que recién acababa de dejar la leche, por
haberse perdido su madre no se sabe por dónde en las jalcas, se puso a gritar
como loco, corriendo de aquí para allá, entre los demás. Balta le dio una
pedrada, y el pobrecito bajó la voz, y así, de rato en rato, se estuvo quejando
toda la tarde. ¡Oh la medrosa voz animal, cuando graves desdichas nos lle-gan!
Balta, sin saber
por qué, tuvo miedo afuera y se fue a la cocina. Al cruzar el patio, lleno de
charcas, vio temblar borrosa y corrediza una silueta sobre las aguas que
dan-zaban bajo la tempestad. Cuando entró a la cocina lo hizo corriendo y como
si lo persiguiesen… Adelaida molía en el batán. Empezaron a conversar
entusiastamente. Parecía él querer aturdirse, y le habló a su mujer muy de
cerca sobre el invierno que recrudecía y sobre otras bagatelas. De nuevo
Adelaida le dijo que era tiempo de regresar al pueblo, y otra vez él repitió:
–¡Aún hay mucho que
hacer!... Nos iremos en fe-brero.
162
Don José, el viejo
alpartidario, y sus dos hijos llegaron completamente mojados. Con ellos vino,
todo molido y lloroso, Santiago, el hermanito de Adelaida. De uno de sus pies
cubiertos de barro manaba una sangre clara, en que había el inocente carmín espontáneo
de las tibias gra-nadas de los temples.
163
V
Algunos días
después, inopinadamente, Balta se fue al pueblo. Se fue solo y directamente a
la casa. Penetró al za-guán. Un revuelo espeso y de fuga reventó adentro. Sobre
el tejado de enfrente posáronse varias palomas y tórtolas silvestres, de
tornasolados cuellos, y asustadas agitáron-se aguaitando con sus ardientes ojos
amarillos, en todas direcciones. Un conejo tordillo y zahareño no supo por
dónde meterse; peleó con otro, gordo y rufo, y, gritando, se atunelaron ambos
por entre los nidos de las gallinas. Balta se sintió sacudido de un calofrío de
inmensa orfan-dad; y, echando de ver las paredes tan pronto entelaraña-das aun
más debajo de las soleras; las hendiduras que los pájaros practicaron entre los
adobes; las puertas cerradas con candado, el huerto marchito y difunto, sólo
salpicado de unas que otras flores tardías de azafrán, recostóse en el umbral
de la puerta de la sala, como guareciéndose, y un llanto que él no pudo
contener bañó sus mejillas. ¿Por qué, pues, lloraba así? ¿Por qué?...
Luego tuvo un
acceso de imprevista serenidad. Siguió al dormitorio, lo abrió y penetró a
grandes pasos. Volvió a salir, y aclaróse tosiendo el pecho, del que salió
enton-ces uno como restallido de madera que corre, tropieza, trota y se
arrastra sobre la punta de un clavo inmóvil e
164
inexorable. Traía
el espejo en una mano. Como quien no hace nada, se vio en el cristal un
segundo, pero apenas un segundo de tiempo, y, apartándolo, se quedó tieso co-mo
si fuera de palo. ¿Qué vio? ¿La imagen desconocida? ¿No vio más que la suya?
Miró a todas partes con modo tranquilo y amplio; miró hacia la huerta,
imperturbable, seguro, iluminado.
Esta vez Balta
pareció no sobresaltarse; mejor dicho, pareció sobresaltarse demasiado, mucho,
en exceso. En aquel instante insólito, no creyó haber visto a ningún extraño a
su espalda, a sus flancos, como en anteriores ocasiones. Era su propia imagen
la que él veía ahora, su imagen y no otra. Pero tuvo la sensación inexplicable
y absurda de que el diseño de su persona en el cristal operó en ese brevísimo
tiempo una serie de vibraciones y movimientos faciales, planos, sombras, caídas
de luz, afluencias de ánimo, líneas, avatares térmicos, armonías imprecisas,
corrientes internas y sanguíneas y juegos de conciencia tales, que no se habían
dado en su ser ori-ginal. ¡Desviación monstruosa, increíble, fenomenal!
Desdoblamiento o duplicación extraordinaria y fan-tástica, morbosa acaso, de la
sensibilidad salvaje, plena de prístinos poros receptivos de aquel cholo, en
quien, aquel día bárbaro de altura y de revelación, la línea hori-zontal que
iba desde el punto de intersección de sus dos cejas, desde el vértice del
ángulo que forman ambos ojos en la visión, hasta el eje de lo invisible y
desconocido, se rajó de largo a largo, y una de esas mitades separándose fue de
la otra, por una fuerza enigmática pero real, hasta erguirse perpendicularmente
a la anterior, echarse atrás, como si alcanzase la más alta soberanía y
adquiriese voz de mando, caer por último a sus espaldas, empalmarse
165
a la horizontalidad
de la otra mitad, y formar con ella, como un radio con otro, un nuevo diámetro
de humana sabiduría, sobre el eterno misterio del tiempo y del es-pacio…
A su predio tornó
Balta esa misma noche. Una vez en su lecho, se sintió acometido de angustioso
frenesí, y un insomnio poblado de sombras y de febril alarma goteó toda la
noche sobre sus almohadas y sobre su corazón. Por momentos amodorrábase y
oscurecía todo su ser, y por momentos cavilaba con gran lucidez. Reflexionaba.
En medio del silencio de la noche, desabarquillaba fibra a fibra recuerdos de
lugares, fechas, acontecimientos e imágenes, deduciendo relaciones, atando
cabos sobre su posición actual en la vida. Acordábase de que él era huér-fano
de padre y madre, y que, salvo una hermana que te-nía en una hacienda remota,
la única sangre suya estaba toda contenida en él y nada más. Luego pasaba su
pensa-miento a su mujer, y por inextricable asociación de ideas, al espejo.
Repesaba entonces sus cuitas y sobresaltos por la idea de que alguien le seguía
los pasos. Se hacía mil in-terrogaciones sobre si estaba o no seguro de lo del
espejo. Quería fijar bien los contornos de la imagen que veía en el cristal. Esforzábase
a ello, sin conseguirlo; mas, si lo hu-biera conseguido, se habría tapado los
ojos de la imagina-ción y habría tenido horror. Recordó entonces vagamente lo
que le dijo el amigo, el domingo, en la plaza: “…co-sas y personas que yo
quiero atrapar con el pensamiento, pero que pasan se deshacen apenas aparecen”.
Después recordaba otras cosas. Cuando era aún maltón tenía re-uniones nocturnas
con numerosos muchachos, entre los que habían algunos pertenecientes a
principales familias del pueblo, y otros que volvían ya del Colegio, muy leídos
166
y cultos.
Referíanse entonces, a la recíproca, narraciones fantásticas y sucedidos
increíbles. Uno de ellos dijo cierta noche: “A mí me pasó una vez una cosa
horrorosa. Hallá-bame tendido, cara arriba, sobre mi cama, a eso de la hora de
oración. Meditaba yo a solas, y de improviso advertí que mis pies retirábanse y
se alejaban sin fin. Advertíme el cuerpo estirado y crecido gigantescamente, y,
lleno de miedo y de espanto, quise pararme; no podía, pues que chocaría con el
techo. Empecé a gritar aterrado. Alguien acertó a ir por allí y acudió...” .
Balta, confundido y ex-hausto, golpeó la sien contra el lecho y cambió de
posi-ción en las almohadas.
Su mujer reposaba a
su lado, tranquila. La vieja Antu-ca, su suegra, que dormía en la misma pobre
habitación, pareció conturbarse; ballbuceó no sé qué palabras incom-prensibles
entre sueños, y luego lanzó algunos alaridos, como si le hiciesen doler una herida
invisible y profunda. Balta se quedó adormecido.
Al día siguiente
había en su semblante una sombra aun más ensimismada y más hosca. Vio a su
mujer y sus ojos despidieron un resplandor extraño.
Temprano se ausentó
a solas, sin haber cruzado pala-bra alguna con nadie. ¿Por qué, pues, se iba
así? ¿Por qué ese inmotivado recelo para su pobre mujer? Buscaba la soledad
Balta, cada día con mayor obstinación.
–¿Qué tienes Balta?
–llegó a interrogarle Adelaida–. ¿Qué te pasa, que estás así? No quieres que
nos vayamos. El invierno me da miedo, Balta. ¡Vámonos, por Dios! ¡Vá-monos!
¿Bueno?...
Ella le dijo esto,
asióse del brazo viril y recostó la sien suavemente rendida sobre el hombro de
su marido.
167
Hizo él una mueca
de fastidio.
–Te he dicho que
no.
Dos lágrimas
asomaron azoradas y tímidas a los ojos de ella, al mismo tiempo que la faz
taciturna y huraña de Balta tuvo una violenta expresión amenazadora.
Adelaida solía ir
con su hermanito uno que otro día al pueblo, por ver los animales de la casa. A
cada retorno suyo al campo, en el marido subía la opresión interior y subía el
recelo para con ella. Ya este recelo, de inconsciente y oscuro que fue en un principio,
tornóse consciente y claro ante los ojos de Balta. Esto aconteció un día en que
alejóse él de la cabaña sin rumbo, a través de los arados predios, por las
planicies de mustias sarracas andinas y por los peñascales encrespados y mudos.
Caminó
incansablemente. Era de mañana y, aun-que no llovía, el cielo estaba cargado y
sin sol. Era una mañana gris, de ésas preñadas de electricidad y de hórri-do
presagio que palpitan en todo tiempo sobre las tris-tes rocallosas jalcas
peruanas, las que parecen recogerse y apostarse unas a lado de otras, a esperar
insospecha-dos acontecimientos en las alturas, ciclópeos y dolorosos
alumbramientos de la Naturaleza.
Balta iba paso a
paso y, luego de haber andado lar-gas horas por las vertientes más elevadas, se
detuvo al fin junto a un montículo herboso. Subió a un gran risco, esbelto,
pelado y tallado como un formidable monolito. Subió hasta la cúspide. Ahí se
sentó, en el mismo bor-de del peñasco. Sus piernas colgaban sobre el abismo. A
sus pies, en una espantable profundidad, se distinguía un aprisco abandonado,
al nivel de las sementeras sumergi-
168
das. Ahí se sentó
Balta. Contempló con límpida mirada distraída e infantil toda la extensión
circundante, hasta los horizontes abruptos y los nevados partidos en las nubes.
Inclinóse un poco y escrutó las tierras fragorosas que a sus plantas quedaban
como arredradas y sumisas. Amenazó caer lluvia y una ráfaga de chirapa y
ventarrón azotó un momento los cerros. Balta tuvo un ligero calo-frío, y la
cerrazón mugió y se perdió entre los próximos pajonales.
Una calofriante
desolación, acerba y tenaz, coaguló-se en las pupilas enfermas del cholo.
Permaneció de este modo, embargado en honda meditación, por espacio de algunos
minutos. Reflexionaba sobre cosas incoherentes que en azorado revoloteo
cruzaban por su mente adolori-da. La imagen de su mujer surgió en su memoria, y
sintió entonces por ella un vago fastidio. Pero, ¿por qué? No se lo explicaría
él mismo. Si. La tuvo fastidio y una pasión extraña y dolorosa, ese azaroso
amor que lo alejaba de ella y le hacía buscar la soledad con irrevocable
ahínco. Preguntaba a su propia conciencia: ¿Me ama Adelaida? ¿No quiere ella a
otro, quién sabe? A otro... Balta se quedó abstraído y cabizbajo, mirando hacia
el abismo escarpa-do. A otro… Balta seguía cavilando. Su pensamiento vo-laba.
Unos celos sutiles, como friolentos y acerados picos, sacaron la cabeza y se
arrebujaron en sus entrañas, con furtivo y azogado gusaneo montaraz…
El silencio de la
mañana era absoluto. Balta sacudió la cabeza y empezó a rascar con la uña una
salpicadura de barro en su leonado pantalón de cordellate. Pero,
inmedia-tamente, cayó de nuevo en el mismo tema: su mujer. “¿No quiere ella a
otro, quién sabe?...”. A otro. Su pensamiento,
169
al llegar a ese
punto, se caía, se ahogaba. Tal un remanso que de súbito se quebranta y se
rompe en un pendiente. Había hecho desaparecer la mancha de barro de su
vesti-do. Púsose de pie, y estuvo así, inmóvil, un instante. El aire empezaba a
agitarse con violencia y quiso arrebatarle el amplio sombrero de palma. Lo
aseguró bien, y, como si no quisiera alejarse más de allí o estuviese atado a
aquel piná-culo, volvió a sentarse en el filo de la roca. Ahora se puso a
pensar en la bella y dulce que era Adelaida y en que él era, en cambio, tan
poco parecido… Volvió a mirar el acantila-do de la cordillera y se le trastornó
la cabeza. Con la velo-cidad del rayo, cruzó por su cerebro la fugitiva idea,
sutil, imprecisa, de un ser vivo, real, de carne y hueso, innegable, a cuya
existencia pertenecía la imagen del cristal. Alguien es, indudablemente.
Alguien debía ser. Balta demudóse y vaciló. Creyó sentir en el aire una
presencia material ocul-ta, de una persona que le estaba viendo y oyendo cuanto
él hacía y meditaba en aquel instante. Creyó percibir su aliento y, aun más,
una palabra suelta, tañida en voz baja, muy bajita, que se escabulló
rápidamente. Balta la buscó con las narices y los ojos y los oídos por entre
las rugosas depresiones de la peña. Tenía encendidas las mejillas y los ojos
inyectados de sospecha y de cólera. El viento volvió a soplar formidable y
amenazador. Iba a llover.
Sí. Alguien le
seguía. Alguien que así esbozaba y de-nunciaba, a su pesar, su presencia, en
rumor volandero, en imagen fugaz, en roce taimado, en impune esquina-zo de
piel… Balta hizo un agudo mohín de furiosa in-dignación. Estiró el cuello, en
ademán de escuchar hacia arriba, perplejo, arrobado, como hacen las aves
asustadas, cuando pasa por lo alto un vuelo tempestuoso de águila, cóndor o
gallinazo fúnebre. El cielo estaba negro y muy
170
bajo. Sí. Alguien
le seguía. Un bribón desconocido o un amigo bromista. Balta sintióse burlado.
“A lo mejor –se dijo– alguien está jugando conmigo…”. Y se indignó más todavía.
Acordóse de la tarde de junio, en que por prime-ra vez sorprendió al intruso, con
el auxilio del espejo, en el corredor de la casa del pueblo. Recordó también
que cierto caballero de la aldea, a quien traicionaba su mujer, sorprendió al
traidor precisamente por un juego de es-pejos que una feliz coincidencia puso
ante sus ojos. Otra vez pasó su pensamiento a Adelaida. Y pensó: ¿cómo era que
ella no se hubiera percibido en ninguna ocasión de la presencia de aquel
sabueso? ¡Adelaida ama al otro! ¡Al del espejo! Sí. ¡Oh cruel revelación! ¡Oh
tremenda certi-dumbre!...
Caía el granizo. Un
pastorcillo fue a guarecerse con unas dos ovejas en el redil abandonado, y
hacía reven-tar en las costillas del viento su honda. Dio unos gritos
melancólicos en el abismo, donde las herbosas quebradas rezumaban ya, y a sus
gritos respondió el sereno peñasco majestuoso con el eco cavernoso y de encanto
de la in-conciencia inorgánica; eco invisible y opaco y recocido, con que
responde la dura piedra soberana a la cruda voz del Hombre; manera de espejo
sonoro, en cuyo fondo im-pasible está escondida la simiente misteriosa e
inmarchi-ta de inesperadas imágenes y luces imprevistas… Acaso aquí habría
hallado también Balta la propia resonancia, retorcida y escabrosa, la
desconocida imagen que, ya en el espejo, ya en el manantial o en las corrientes,
le acechaba y relampagueaba ante sus ojos estupefactos y salvajes.
La tragedia aquel
día abandonó la médula del alcan-for milenario, que hace de viga central en el
hogar, y, al morder el primer vaso capilar de los círculos internos de
171
la zona de la
madera tropezó de pronto con un viejo pa-rásito miserable que aún sobrevivía a
la época sensible del árbol; le quiso despreciar la tragedia, y ya iba a
internarse en el fibroso bosque, cuando el aire empezó a agitarse con violencia
y quiso arrebatar el amplio sombrero de palma de Balta sobre la roca. La
tragedia enmendóse, y a viva fuerza echó a sus lomos al intruso…
172
VI
Hasta entonces la
mujer del cholo no había percibido nada de este espectáculo misterioso que se
operaba sobre ella y su cariño. Su agreste e ingenua sensibilidad apenas había
notado sólo el aspecto exterior de cuanto venía de-sarrollándose en torno de ambos.
Sabía que Balta no era el mismo de antes para con ella, y, a lo más, que
habíase tornado raro y neurasténico. Pero nada más. Ella no sabía el porqué de
todo esto. Cuando quería saberlo, a costa de un examen más o menos detenido y
hondo, o de una observación asidua y constante sobre su marido, fallaban sus
fuerzas de investigación, y todo razonamiento volvía atrás, impotente y pequeño
para tamaña empresa. Ade-laida apenas había tenido tiempo para aprender a leer
y escribir, y su espíritu hallábase todavía más intacto y en bruto que el de
Balta. Por otro lado, sentía por él un reli-gioso respeto, y en general no se
habría atrevido a exigirle en ningún momento una confesión, o a arrancarle una
punta siquiera del hilo en que los dos estaban enredándo-se de modo
irremediable y fatal.
Cuando volvió Balta
de su largo y solitario peregrina-je por los páramos, agonizaba la tarde y
bajaba una gra-nizada furiosa. Las centellas y los truenos sucedíanse en
alternativa desordenada y vertiginosa.
173
Adelaida, que había
vuelto ya del pueblo, esperaba a su marido, ansiosa y presa de inconsolable
zozobra.
–¿Dónde te has ido,
por Dios? –exclamó ella, en un apasionado rapto de alegría, saliendo a su
encuentro has-ta el patio.
Balta entró
cogitabundo y sombrío, sin responder, las manos atrás, una sobre otra.
Adelaida estaba más
pálida y extenuada por la ma-ternidad cuya luz, comprimida en sus entrañas
jóvenes, florecería muy pronto a la luz grande del sol. Su dulce melancolía
penserosa, en la que una gracia de alba caía y lloraba, dibujábase, cada día
más densa y más frágil y temprana, en su gracioso rostro que el viento y la
intem-perie requemaban.
Inquirióle ella,
como si fuese su hijo, asida a un brazo de él:
–¿Has estado en la
toma?
Balta permanecía
mudo. Parecía evitar mirarla. Al fin la apartó colérico:
–¡Déjame, mujer!
Y penetró
siniestramente al cuarto.
Adelaida, con su
abnegación y paciencia de mujer, in-sistió y le siguió.
–¡Pero por Dios,
Balta! ¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?
Y añadió en un
tierno puchero que sangraba:
–¿Qué he hecho yo
para que así me trate y me bote?...
174
Adelaida, parándose
en medio del cuarto que la tem-pestad colmaba de una compacta oscuridad, lanzó
un ge-mido:
–¡Ay, Dios mío!...
El llanto la ahogó.
Inclinó su morena cabeza exangüe, y, con desolada amargura, sollozó, sollozó
mucho, enju-gándose con el revés de su largo traje plomo, como hacen las dulces
mujeres de las sierras dolientes del Perú.
–¡Me bota de ese
modo!... –susurraba ella, y el dolor inflaba sus senos, los alzaba a gran
altura y los dejaba caer y otra vez los levantaba.
¡Cómo lloran las
mujeres de la sierra! ¡Cómo lloran las mujeres enamoradas, cuando cae el
granizo y cuando el amor cae! ¡Cómo toman un pliegue de la franela,
des-colorida y desgarrada en el diario quehacer doméstico, y en él recogen las
calientes gotas de su dolor, y en él las ven largo rato, las restregan, como
probando su pureza, mien-tras percuten los truenos, de tarde, cuando el amor
infla sus pezones, que sazonara el polen del dulce, americano capulí; los alza
a gran altura y los deja caer y otra vez los levanta!
El pequeño Santiago
asomó a la puerta del cuarto, estiró el desnudo cuello y escudriñó a
hurtadillas hacia adentro. Balta habíase sentado en el borde de la cama, en un
rincón, una pierna en flexión sobre un banco, acodado en ella, la mano a la
mejilla, mirando al suelo, taciturno, callado.
–¡Qué he hecho yo!
¡Me bota! ¡Me bota de ese modo!
Murmuraba Adelaida
sus lamentos y sus quejas, y, al hacerlo, no se dirigía a su marido. Decía:
175
–¡Me bota de ese
modo!
Tal se quejan las
mujeres de las sierras, cuando se quejan del hombre a quien aman. Creyérase que
entre ambos, cuando el dolor arrecia y arrecian los vientos con-tra los
peñascos eternos, hay un tercer corazón invisible, el cual se patentiza
entonces ante sus almas y preside sus destinos. A ese corazón se dirigía ella
ahora, de pie, entre las tinieblas de la tarde, recogiendo sus lágrimas entre
los pliegues de su falda sencilla y estropeada.
El patio parecía
cubierto de granizo. Un rayo cayó muy cerca y su relámpago abrasó de violáceo
fuego la es-tancia.
Santiago observaba,
extrañado. Niño, con sus ocho años, él no se daba cuenta de aquel infortunio.
Supo sí que adentro se lloraba, y que se callaba más adentro aun. Su corazón
empezó a encogerse y tuvo ganas de llorar. Viendo padecer a su hermana, le dolió
el alma. ¿Quién la hacía padecer? ¿Qué la habían quitado? ¿Qué cosa se le
negaba? ¡Dénsela! ¡No sean malos! ¡Devuélvanle sus cosas! ¿No las encuentran?
¡Búsquenselas! ¡No la hagan llorar!... Santiago sintió que se le anudaba la
garganta y se echó a llorar en silencio. No se atrevía a más. Sabía de ma-nera
oscura, que en ese momento su hermana debería de sentirse esclava de
indoblegable yugo, el cual, al mismo tiempo que la golpeaba, no la dejaba huir.
Pensaba él: de-bería correr Adelaida. Un instante accionó con uno de los brazos
de varias maneras, tratando de llamar la atención de Adelaida. Levantaba el
brazo estirándolo cuanto po-día, lo ponía en cruz, lo hacía rehilete, agitaba
los dedos con impaciencia, atenaceado por un vehemente y álgido
176
anhelo de que ella
volviese los ojos a él, sin que su mari-do se vaya a dar cuenta, eso sí.
¡Tonta! Cómo se fijara en él, siquiera un segundo. Danzaba de aguda
impaciencia. Empezó a hacer señas:
–¡Escápate! –daba a
entender con sus ademanes de consejo–. No seas zonza. Escápate de puntillas,
apenas él se descuide. Sí. Sí puedes. De puntillas... Escápate... No hay más
que un paso al corredor... Si fuese más lejos...
Pero, de un
salto... ¡salvada! Apúrate nomás. Nadie te está viendo... Pronto...
Pero así son las
cosas. Adelaida no se fijó en su her-manito. ¡Pobre hermana! Si se hubiese dado
cuenta de cuanto le advirtió Santiago... Pero así son las cosas. Ella,
desgraciadamente, no lo vio.
–¡Yo no sé qué le
pasa! –seguía sollozando Adelaida–. ¡Hace ya tiempo que está así conmigo!
Otra vez morían sus
palabras en apasionado lloro.
Santiago, de
pronto, secó sus lágrimas con el dorso de la leñosa muñeca y con el extremo de
manga desgarra-da. No habiendo sido advertido aún por Balta, se irguió ahora en
un perfecto ademán adulto y tosió. No podía so-portar. Acercóse ruidosamente
más al quicio. Dijo, como quien no sabe nada de lo que ocurre:
–¿Qué haces,
Adelaida? ¿Buscas tu rueca? Yo no la he visto desde el otro día…
Nadie hizo caso al
arrapiezo.
–¿No ha llegado
todavía don Balta? ¡Pobrecito! Si lo habrá agarrado el aguacero…
177
Como Adelaida no le
respondiese y tratase más bien de ocultarle el rostro entre los pliegues de su
traje, San-tiago volvió a toser con mayor energía y estuvo limpián-dose los
pies de barro en la madera de la puerta, tratando de hacer notar su presencia por
Balta. Arrojaba entonces sobre el pavimento del cuarto una sombra larga y
gigan-tesca, mucho más grande que la de un hombre. La noche descendía muy
negra.
Santiago iba
engallándose y creciendo en rabia. Aho-ra sabía, de manera oscura también, que
cualquiera que fuese aquel yugo, para él vago y desconocido, que oprimía y
ligaba así a su hermana, había que echarlo abajo. Un nervioso coraje, de niño
que se sugestiona en contra de un fantasma o en contra de una fuerza misteriosa
y su-perior, le hizo parapetarse en el umbral, trémulo de una íntima fruición
fraternal. Temblaba. Se puso a rayar con la uña el maguey del quicio. ¿Qué
cosa? ¿A su hermana? ¿Qué cosa? ¿Quién? ¿Quién?...
Después se sentó en
el poyo, siempre atisbando hacia adentro. Poco a poco el silencio se hizo
completo en la casa. Santiago se quedó dormido.
Al despertar, se
asustó. ¿Dónde estarían ellos? Llamó.
Nada. Había una
oscuridad espeluznante.
–Me han dejado –se
dijo en voz alta–. ¡Adelaaaida!...
Paró el oído y sólo
a intervalos oía, por el lado de la zahurda, el gruñido de algún cerdo
maltratado por los otros. No se movió de su sitio Santiago. Estaba con el
cuerpo helado. Empezó a poseerle un terror infinito. Re-cordaba a su hermana
bañada en lágrimas, a su marido colérico, estúpido... ¿Cómo se quedó dormido?
El frío,
178
el reposo mortuorio
de la noche, la soledad de la casa, la inquietante ausencia de la hermanita
querida... Hacía esfuerzos para no soltar el llanto, pues que si lloraba
ex-perimentaría más miedo y su desesperación ya no tendría límites.
Hizo un esfuerzo de
valor y tentó la puerta del cuarto. La halló abierta de par en par. Volvió a
llamar. ¡No le con-testó ni el más leve rumor o seña de vida!
–Adelaaaaida…
Adelaidiiiiiitaaa…
Un calofrío glacial
recorría su epidermis, de cabeza a pies. Un ruido producido muy cerca de él le
hizo dar un salto. Fue un terrón que cayó de la tapia. Santiago se ba-ñó de un
sudor frío. Empezaban a distinguir sus pupilas, aguzadas por la desesperación,
aquí y allá, sombras, bul-tos que se agitaban y poblaban en cerrada muchedumbre
los corredores y el patio. Hasta el cielo aparecía completa-mente negro. Pronto
empezaría a llover.
Le pareció que a
veces deslizábanse a lo largo del mu-ro que daba al cerco del camino, rozándolo
y producien-do un rumor atropellado de trajes y ponchos inmensos, cortejos
intermitentes y misteriosos. ¿No habría quizá ve-nido del pueblo su madre?
Sonaron unos pasos
lentos y duros. Santiago se vol-vió a todos lados, tratando de escrutar las
tinieblas frías y mudas, y musitó, sin saber lo que decía, presa de
indes-criptible sensación de pavor:
–¡Quién!... ¿Qué
cosa?...
Los pasos se
aclararon. Era un jumento errabundo y abandonado, sin duda, a campo libre.
179
Santiago sentóse,
tranquilizado, otra vez en el poyo. A poco rato dormía el pequeño un sueño
sobresaltado y doloroso.
Sobre el techo
graznó toda la noche un búho. Hasta hubo dos de tales avechuchos. Pelearon
entre ambos mu-chas veces, en enigmática disputa. Uno de ellos se fue y no
volvió.
180
VII
Obsesionado Balta
por los celos, aquella noche inju-rió a su mujer, la acuchilló a denuestos, y,
poseído del más sincero y recóndito dolor, la decía:
–Está bien. Está
bien. ¡Pero tú has muerto ya para mí!
Adelaida intentó en
un principio persuadirle de que sus cargos eran infundados.
El marido,
exacerbado, gruñía sus imprecaciones en alta voz, acusando, hachándola a
miradas, llorando, sangrando a pedazos. ¡Qué la había hecho él! ¡Por qué le
pagaba así! En la vida él no amó a nadie, sino a ella sola. No fue jamás un mal
hombre, un vicioso, un hol-gazán. No. Fuera de su hermana, tantos años ausente,
sólo Adelaida. ¡Sólo Adelaida en el mundo! ¿Quién la obligó para irse con él?
Al formular esta pregunta, Balta empleaba un timbre de adoración infinita por
su mujer. Asomaban en esa interrogación elástica, cérica, de una sublime
trascendencia dramática, perdones, piedades, misericordias supremas. ¿Quién la
obligó para seguirle? No. No le había amado jamás. ¡Adelaida mala! ¡Adelai-da!
¿Por qué, mejor, no quisiste al otro desde un princi-pio, antes que a él?
Imaginándose Balta lejos y extraño a ella en el mundo y por toda la vida, la
amaba con una
181
ternura aun más
grande y más pura. La amaba enton-ces mucho. Ahora mismo que la veía sufrir
acudiría a consolarla y tranquilizarla y a prestarla refugio y am-paro. Sí. La
ampararía. ¿Por qué se la hacía sufrir? ¡Tan buena! ¡Pobrecita! La ampararía. Y
consternado en sus fibras más delicadas y sensibles y diáfanas, Balta lloraba y
tenía la impresión perfecta y real de estarla procuran-do un bálsamo, de
estarla haciendo el bien. Mas, luego, salvaba todo este orbe de hipótesis
sentimentales, volvía a su dolor actual y lloraba y se le astillaba el alma a
pe-dazos, a grandes pedazos.
Adelaida fue
acercándose a él.
–¡Oye, Balta, por
Dios!
–¡Déjame! ¡Déjame!
Ella arrodillóse
prosternada ante el marido, y se puso a gemir con desgarradora lástima de amor,
inclinado el moreno rostro atribulado, vencida, suave, humilde, naza-rena,
dulce, aromada de dolor, diluida ella entera y en el varón absorbida, en un
místico espasmo femenino.
–Déjame.
Y Balta agregaba,
llorando, a su vez:
–¡Tú has muerto ya
para mí!
Aquella misma noche
la llevó al pueblo. A través de los desfiladeros y las abras cenagosas,
cortando las nieblas y la oscuridad, se fueron.
Ya en la casa del
pueblo, Balta la hizo vestir de luto riguroso, y él hizo igual cosa. Obedecía
ella, llora y llora. Una luz fría y anaranjada de esperma iluminaba y tocaba de
aciaga pesadumbre los blancos muros repellados, los
182
objetos, el
ladrillamen de la estancia. Fuera quedaba la noche negra y desierta.
Cuando hubo acabado
ella de vestirse de negro, la tragedia también acababa de volver a las internas
capas de madera de la viga del hogar; volvía de arañar a deshora unos restos
olvidados de corteza de aquel alcanfor secu-lar; vagó por tales incisiones y,
siempre con el viejo pará-sito miserable a cuestas, tornó y ocupó su lugar,
destino en mano, dale y dale.
Tras una noche
llena de implacables suplicios mora-les para ambos, Balta, irritados los
nervios por la vigilia y los pesares, transido, cárdeno de incurable
desventura, con el amanecer, volvió al campo, abandonando a Adelai-da en la
morada de la aldea. Ella permanecía dormida y enlutada sobre el lecho.
Llegó Balta a la
cabaña y la volvió a abandonar, para ir a errar allende los páramos. Sin darse
cuenta, advirtió-se de pronto en el mismo montículo herboso que está al pie de
la cresta calva, esbelta y tallada, donde la maña-na anterior estuvo sentado, las
piernas colgando sobre el abismo.
Hacía buen tiempo
ahora. Un sol caluroso y dora-do esparcía su flama sobre los nacientes brotes
de los terrosos sembríos, y el cielo despejábase de momento en momento. El
rocío brillaba entre las primeras briznas y cuando Balta subió a la cima,
revolaban a su alrededor algunas ledras que se le pegaron de los follajes del
trán-sito, y tenía empapado el pantalón hasta más arriba de la rodilla. Aquella
ropa encharcada empezó a despedir un vaho tibio e inocente.
183
Balta, sentado en
el filo de la roca, miraba todo esto como en una pintura. De su cerebro
dispersábanse tume-factas y veladas figuras de pesadilla, bocetos alucinantes y
dolorosos. Contempló largamente el campo, el límpi-do cielo turquí, y
experimentó un leve airecillo de gracia consoladora y un basto candor vegetal.
Abríase su pecho en un gran desahogo, y se sintió en paz y en olvido de todo,
penetrado de un infinito espasmo de santidad pri-mitiva.
Sentóse aún más al
borde del elevado risco. El cielo quedó limpio y puro hasta los últimos
confines. De súbi-to, alguien rozó por la espalda a Balta, hizo éste un brusco
movimiento pavorido hacia adelante y su caída fue ins-tantánea, horrorosa,
espeluznante, hacia el abismo.
184
VIII
Por la tarde de
aquel mismo día, en la casa de la aldea, Adelaida, ignorante aún del espantoso
fin de su marido, yacía en el lecho, descarnada y llorando.
Doña Antuca,
sentada en el umbral del dormitorio, velaba el sueño del nieto, que acababa de
nacer esa ma-ñana. El niño, de vez en vez, sobresaltábase sin causa y berreaba
dolorosamente.
Un cirio que ardía
ante el ara empezó a chorrearse; su pabilo giraba a pausas y en círculo,
chisporroteando, y, cuando la mano trémula de la abuela fue a despavesarlo y a
arreglarlo, hallólo mirando largamente a la puerta que permanecía entornada al
corredor. Llorando salía por allí la triste lumbre religiosa, hincábase a duras
penas en los ríos pañales del poniente y ganaba por fin hacia lo lejos.
Era el mes de marzo
y empezó a llover.
185
Hacia el Reino
de los Sciris
■ Hacia
el reino de los sciris. Manuscrito mecanografiado que se encuentra en
la Biblioteca Nacional del Perú. Tal original no lleva las notas finales del
autor que reproduce Georgette de Vallejo en la edición de 1967.
I
EL OTRO
IMPERIALISMO
Este rumor lo
producía el ejército del príncipe here-dero, al entrar a la ciudad, de regreso
de su expedición conquistadora a Quito. De las terrazas de Sajsahuamán se veía
el desfile de las huestes, a su entrada a la Intipampa, por el ancho camino de
la sierra.
A la cabeza venía
Huayna Cápac, cuya figura aún adolescente –pues era su primera campaña
militar–, apa-recía curtida por las intemperies, los calores y fríos del norte.
El ejército, mermado por el hielo en el heroico sitio de los chachapoyas,
cruzaba las primeras rúas del Cuzco, a paso lento, que marcaban los tambores de
guerra. Las armas del imperio venían precedidas, a un tiro de hon-da, por los
expertos rumanchas. Flameaba luego el Iris, recamado sobre un pendón de lana y
plumas, dardeado por los rayos solares y rematado en un suntupáucar,
con-sistente en un airón de oro. Iban angulosos héroes, trian-gulados de
arrugas, sujeta al hombro la compacta masa de queschuar, mellada y ojosa por
los golpes contrarios; honderos enflaquecidos y mustios; consumidos y curvos
flecheros de añascas raídas, embrazado el tercio de fle-chas de metálica punta
emponzoñada, el arco de bejuco
189
en descanso al
omoplato; lanceros de brazos enormes y colgantes, las celadas de guayacán
deshechas en colgajos; hacheros desprovistos de la cuña, cojeando
dolorosamen-te... Al medio iba el apusquepay, un viejo de enorme men-tón y ojos
serenos, con su turbante amarillo, ceñido por un ruinoso burelete de plumas.
El ejército entraba
a la ciudad, decaído, inválido. Sola-mente algunos generales, oficiales de la
nobleza o vete-ranos, sonreían al pasar por las calles. Mas, en general, los
expedicionarios y hasta el propio príncipe heredero, venían poseídos de honda pesadumbre.
Al desaparecer los
últimos soldados en el fondo de la ciudad, los obreros de la fortaleza los
vieron, embarga-dos de extraña indiferencia. No sonó un aplauso, ni un grito de
entusiasmo. Las mujeres y los niños, asomados a las puertas, contemplaban
fríamente a los guerreros. Al-gunas mujeres atravesaron la calzada y dieron a
beber al pariente que volvía, unos tragos de chicha o llevaron a su boca un
poco de cancha y ocas dulces. Mudos estaban los heraldos. En lugar del hailli
de victoria, llenaba las bocas un turbio silencio. Cuando el ejército cruzó
delante del templo de las escogidas, en el Hanai-Cuzco, una anciana se puso a
llorar.
A lo lejos,
vibraron las trompas bélicas, al penetrar el ejército a la Plaza de la Alegría.
Eran apagados aullidos de unos clarines hechos de cráneos de perros, cazados a
los enemigos. A la dentadura de estos cráneos venían atadas sonoras sartas de
dientes de monos del norte, de modo que, al agitarse el aire y jugar en el
bárbaro instrumento, se oía un chillido calofriante y famélico... Al oírlos
ahora, la ciudad se arrebujó en lástima y silencio.
190
Túpac Yupanqui, al
saber la aproximación de Huayna Cápac, le esperó en el patio de cobre del
palacio, rodeado de la corte. Tenía el rostro contraído por la ira. El príncipe
heredero avanzó hasta el pie del trono imperial, la frente descubierta e
inclinada; hizo un movimiento de vasallaje y obediencia y, en actitud sumisa y
prosternada, dio cuen-ta de la expedición.
–Padre –dijo–, la
conquista de los huacrachucos que-da consolidada. Vienen conmigo quinientos
mitimaes y he dejado a las orillas del Marañón cincuenta hijos del sol. Heroico
ha sido el arrojo de los quechuas, para obte-ner la rendición de aquella
provincia, cuya juventud se ha defendido fieramente, y si no fuese por el
consejo de sus ancianos, a los que logré reducir por medio de beneficios y
otros actos generosos, el sometimiento de los huacra-chucos habría fracasado...
El Inca permaneció
indiferente. Las miradas se vol-vieron a él, ávidas de ver el efecto que
producían las pala-bras del heredero, cuyo arribo al Cuzco era inesperado. No
lo habían hecho aguardar las vigentes disposiciones del Inca, no lo poco
favorables que hasta entonces fue-ron los resultados de la expedición. Las
hogueras en los montes, los chasquis, nada había anunciado tan súbito retorno.
–...Después de
muchas jornadas a través de las selvas –continuó Huayna Cápac–, ataqué a los
chachapoyas en sus propias murallas y fortines. La resistencia fue mayor aun
que la de los huacrachucos. Durante tres lunas asedié a la ciudad. Allí perdí
el grueso del ejército. Mis hacheros murieron batiendo las selvas que a los
naturales servían de trincheras y defensas invulnerables. Allí también ca-yeron
muchos veteranos del Maule y Atacama. Redoblé
191
el ataque. Buscando
otro lado menos inexpugnable, as-cendimos, dando la vuelta, de noche, hacia las
punas de Chirma-Cassa...
Al llegar a este
punto, Huayna Cápac dio un tono de tragedia a sus palabras. La corte se dispuso
a oír con toda atención. Solamente Túpac Yupanqui seguía en su gesto
displicente, cual si de antemano supiese cuanto el herede-ro tenía que decir.
–...En aquella
región mortífera –añadió el príncipe–, toda estrategia fue imposible, sino al
precio de una gran abnegación. En territorios desconocidos y acosados por una
naturaleza hostil, resolví afrontar los caminos más rectos, así fuesen los de
mayor audacia y sacrificio. Así lo hice. Ello costó trescientos guerreros del
Sol, que que-daron helados por el frío, en vísperas de nuestro último y
definitivo encuentro con el enemigo. La batalla en tales condiciones fue
imposible. Nos retiramos y, en vista de haber sido el ejército mermado casi por
entero, decidí, después de un consejo de guerra, volver al Cuzco…
Dijo Huayna Cápac y
se arrodilló ante su padre. El semblante del Inca se demudó y, en un arranque
de cóle-ra, rasgó sus vestiduras, en presencia de la corte amedren-tada,
diciendo:
–Los hijos del Sol
se han visto rechazados primero en las montañas del Beni, de donde volvieron a
Mojos sólo mil guerreros de los diez mil que se embarcaron en balsas preparadas
en dos años. Después, al iniciarse la conquista de los chirihuanas, tuvieron
miedo a los salvajes y antro-pófagos. Más tarde, repasaron el Maule, cediendo a
los feroces promoncaes. Y hoy, el hijo del Inca, el príncipe heredero, en su
primera campaña militar, hace una retira-
192
da vergonzosa e
interrumpe así la conquista de los sciris... Pues bien: no más conquistas. ¡Y a
las labores de la paz!
Túpac Yupanqui
abandonó su silla de oro y penetró a sus aposentos, seguido de Raucaschuqui.
Los demás es-tuvieron indecisos de la conducta que les tocaba seguir, a raíz
del enojo del Inca. El heredero cubrió su cabeza de jaguar y echando, con
ademán de rabia y de dolor, la capa a uno de los hombros, se dirigió al pórtico
y desapareció, seguido de dos jóvenes huaracas, sus ayudantes en cam-paña.
193
II
EL ADIVINO
El día en que,
según los cálculos de los llacta-cama-yocs, debería terminar la cacería, se
tomó las disposicio-nes necesarias a fin de que el Emperador presenciase, por
expreso deseo suyo, la maniobra final del chacu.
Sesenta mil
quechuas habían sido desplazados en to-do el territorio, para la caza. Actuaban
en la región del Cuzco cinco mil, los mismos que, hacía tres semanas, sa-lieron
a los montes y quebradas, portando centenares de lazos, armas diversas, alcos
de caza, abundantes víveres. La estacada esperaba ya en la llanura de
Vilcamayo, al sur del palacio de Colcapata. Era un semicírculo inmenso, cuyos
extremos abríanse mirando a las montañas, en un claro que medía medio tiro de
honda. Aquella mañana, se vio a algunas mujeres atando a los cordeles los
colgajos pintados y fantásticos, que debían servir para apriscar. A los
arrabales de la ciudad llegaron, al amanecer, algunos guanacos fugitivos,
saltando cercas y tapias.
La ciudad
engalanóse de fiesta. Humeaban los hoga-res, donde se alistaban provisiones de
comida, chicha y coca para el pueblo. Mujeres en pollerón, desnudos los brazos,
chorreando agua de las trenzas, descalzas o con
194
ligeros llanques de
cabuya, entraban y salían de las casas, portando al hombro o a dos manos
botijas de chicha de jora. O portaban enormes ollas, colmadas de patasca
ca-liente, tazones sin asa, de gran boca, de los que rebosaba el mote de maíz
para los niños; rosadas cumbas entisadas de rastrojo de Puno, llenas de masato;
torres de mates y potos de calabaza, de mayor a menor tatuados con pun-zones
caldeados, amarillo pálido, tabaco, molle, azafrán, lúcuma madura, naranja del
norte, arcilla de Nazca. Se había dado muerte a centenares de llamas, para
carne del festín y en los corredores y patios pendían de los cordeles tasajos
enteros y charqui, salados y penetrados de pimien-ta y ají. Se molía en los
batanes el rocoto de los templos, la quinua y el olluco. Detrás de las casas,
las tahonas cre-pitaban abrasadas, cociendo budines de papa, tortas de camote y
bollos de picadillo, cuyo olor, denso y poroso, impregnada el aire de una
molicie enervante.
Túpac Yupanqui,
desde el momento en que decidió abandonar las armas de conquista, trocándolas
por el ara-do y el telar, venía mostrándose, más que nunca, bonda-doso y
sencillo. Ora salía a ver las faenas agrícolas, ora visitaba las forjas
rechinantes y encendidas de los orífices y fundidores, donde las láminas y
lingotes de metal ge-mían al asaltar la línea tersa de una efigie sagrada o el
ángulo agudo de una barreta espléndida; ora, al cruzar las afueras de la
capital, se asomaba a una choza y tomaba una hebra de las madejas para
alfombras y tapices, cu-yos hilos secábanse en las rasantes de las pircas,
goteando alegres tintes de campeche, molle, quinua amarga y tayo; ora hacía
llamar a un amauta y le formulaba largas inte-rrogaciones sobre hechos fenecidos
de otros incas, sobre los movimientos del tiempo, sobre el próximo novilunio,
195
sobre los linderos,
la distancia, los vientos, la natalidad, la vida y la muerte... Túpac Yupanqui
hallábase entregado por entero a una vida profunda y tutelar, serena y
cons-tructiva, que le revestía de una especie de santidad apaci-ble y
sonriente.
Los nobles
secundaban al Inca en su entusiasmo por la paz y el trabajo, aunque, en el
fondo, lamentasen es-ta nueva política del Emperador, en nombre del espíritu
guerrero de la raza y, sobre todo, por propia conveniencia de clase, ya que las
expediciones de conquista redunda-ban, a la larga, en aumento de preeminencias
y riquezas cortesanas.
Aquella mañana se
hablaba en los corredores del pa-lacio, en animados corrillos. Un joven
antun-apu mur-muraba contristado, ante unos curacas.
–Todo esto está muy
bien. Mas no hallo oposición en-tre el chacu y la batalla. Sabéis que los hijos
del Sol tienen una misión divina sobre la tierra: la de extender sin fin la
religión del Inti y sus frutos benéficos. El Inca está en error. Una gran calamidad
se avecina...
Los curacas
asentían. Uno de ellos, cuidando de no ser oído, decía:
–Una gran calamidad
se avecina. He soñado un alco gigantesco y negro, de ojos de fuego y piel
enteramente limpia de pelo, que en una parva inmensa del Raymi, de-voraba una
era de quinua. Soñé que el alco misterioso iba zaceado por millares de
quechuas, los que, al verle mascar el grano, lanzaban dolorosos gemidos.
Unas infantas se
acercaban. El guerrero y los curacas, llamados por un esclavo, fueron a unirse
a otros grupos.
196
Por una puerta
pequeña, en cuyos quicios había ado-sados dos frisos en granito, plateados al
fuego que re-presentaban, el uno, el sacrificio de un niño y el otro, el
nacimiento de Maita Cápac, aparecieron dos ñustas, de radiante belleza una de
ellas y de una triste fealdad la otra. Venían tomadas del brazo, a paso
reposado, inclinadas. Las princesas volvieron a desaparecer por el lado de los
recintos destinados al príncipe heredero, en el preciso momento en que acaecía
un hecho imprevisto, que dejó paralizados a todos:
Un adivino, a quien
nadie conocía, penetró al palacio por el pórtico que daba a la Plaza de la
Alegría, lanzando voces desgarradoras y agitando a dos manos un cayado de punta
lancinante. Con el cabello largo y desgreñado, las facciones descompuestas por el
terror, envuelto en un rebozo de púrpura en jirones, corriendo y saltando, cual
si pisase en millares de clavos candentes, buscaba con ojos desorbitados por el
ansia y la desesperación no se sabe qué cosas tremendas e inauditas, en los
muros, en los monolitos cubiertos de oro, en las soleras de los techos, en las
estatuas y pilastras, en el aire mismo. Levantaba el cayado y lo hincaba en las
rosetas y aristas de las paredes. Como si persiguiese insectos o arañas, se
inclinaba y se ponía en cuclillas para buscar, con la punta de su vara o con el
dedo, en el pavimento y en las junturas de las pieles y tapices. Gruñía y
lloraba con infinita desolación.
La corte
presenciaba esta escena, estupefacta. Le deja-ron circular por donde le llevaba
su locura. Clamaba, rugía y se quejaba en palabras ininteligibles. Después se
revolcó en el suelo y se desprendió de sus harapos. Entonces se le cogió por la
fuerza. Se le intimidó. Pero le abandonaron en seguida, como si su cuerpo
quemase, cuando dijo:
197
–¡Soy el adivino!
¡Todas las patas de la araña dan ha-cia adentro! ¡Calamidad! ¡Calamidad!
Le llevaron a
presencia del Inca, quien, percatado del aire profético del quechua, ordenó en
tono de vaga in-quietud:
–Que hable.
Dejadle.
Y el aterr[or]izado
quechua, en quien ardía la pavesa desconocida, la mecha intermitente de los
astros, habló, abatiéndose a pausas, en una especie de sublime agonía:
–¡Veo quipus
enredados, como anonadadas serpien-tes!... Uno de los cordones va creciendo y
anudándose a los tabernáculos del Coricancha; es rojo como un arrollo de
sangre. También se anuda a los malaquis y a las momias de los emperadores...
Veo a un extranjero, de faz barbada y blanca, saquear las reliquias sagradas
del Rímac y del Titikaka... Veo al yllapa cruzar un cielo nuevo y deshacer-se
en tres cosas distintas, enlazadas por un compás idénti-co en sus cursos... ¡Se
pierden! Ya no puedo mirarlas. Oh terrible ceguera la mía. Veo un ejército
innumerable, en el que los guerreros, inclusive el jefe, tienen la misma talla,
de tal modo que todos parecen jefes o todos simples sol-dados... Vienen otros
ejércitos y se traba entre ellos una lucha, en la que no se vierte una sola
gota de sangre ni una lágrima. Más que combate, parece un juego amable e
inocente... Unas nubes pestilentes rezuman de las grietas de la tierra y
sofocan y enervan a los combatientes, ha-ciéndoles perder el ritmo de la lucha
y trocando el orden y armonía de ella, en sudor y fatiga y desazón. ¡Ah
cala-midad!... ¡Oigo cómo crecen los caminos, serpenteando entre cubiles,
dólmenes y nidos!...
198
El adivino fue
sacado. Tenía un enorme cráneo, acha-tado por la parte superior, en un plano
perfectamente horizontal, desde la altura del nacimiento del pelo en la frente,
hasta el mismo colodrillo de la cabeza. Si no fuese por los huesos intactos y
el cuero cabelludo de todo el cráneo, creeríase en un corte a machete. En
cambio, la anchura del rostro alcanzaba un diámetro excesivo, se-mejando la
imagen que producen los espejos convexos.
Una vez en la Plaza
de la Alegría, el monstruo dio síntomas de tranquilidad. Poco a poco recuperaba
el es-tado normal de su conciencia y volvía de su mundo pro-digioso, aludiendo
y significando cosas y circunstancias de la realidad. A las preguntas que le
formulaban, dio res-puestas cada vez más en razón. Al fin, al llegar al asilo
de enfermos, sus palabras y acciones se entonaron de nexo y sentido.
–¿Cómo te llamas?
–se le interrogó.
–Ticu
–¿De qué ayllo
eres?
–De los
collahuatas.
–Ya se ve que eres
chuco. ¿Dónde vives?
–En los arrabales
de Hurin-Cuzco, cerca del palacio de Yucay…
–¿Para quién
vaticinas?
El chuco estaba
sudando frío. Se enjugó la frente y una lividez mortal cubrió su gran cara. En
el patio del asilo, de vastos y elevados muros, le hicieron sentar en un po-yo
derruido. Le rodeaban los guardias y la enfermera más antigua del asilo, una
dulce vieja aymará, vestida de lliclla negra. Ticu daba señales de suma
postración. Su voz se
199
hacía hueca y
débil, apagándose. Aunque toda demostra-ción de trastorno cerebral había
cesado, inspiraba miedo su cráneo modelado, su rostro irregular, la expresión
feno-menal y desnaturalizada de su conjunto. Singularmente, sus ojos daban
miedo, esos ojos hundidos, simples, des-membrados, bajo aquella frente sin
techo y sin alero, sa-cada a espetaperros al aire racional. Le miraban de
lejos, frunciendo la nariz, como si estuviesen ante un cadáver que empieza a
descomponerse. Volvieron a preguntarle:
–¿Para quién
vaticinas?
Se encajonó aun más
la frente, al través, de una a otra sien. El chuco estiró los brazos y las
piernas, como un en-fermo en su lecho y no respondió.
–¡Oye! ¿Para quién
vaticinas? ¿O sólo por puro gusto te untas el cuerpo con sabandijas vivas?...
–¡Déjale! –dijo la
viejecita, lastimada de piedad en su corazón–. Déjale. No le atormentes. Ya no
puede más.
Ticu la observó de
pies a cabeza y volvió los ojos al estanque, rodeado de molles florecidos, que
azulaba en el patio, en la mañana clara. Quedóse así inmóvil un ins-tante,
perfilado sobre el blanco estucado del muro. En las comisuras de sus labios
prognaticios se habían detenido espumarajos, resecos por la fiebre. Por allí se
entreveía, clavados en la mandibula inferior, un par de incisivos re-torcidos y
amarillos, por toda dentadura.
–¡Eres un
sicofante! –le dijeron.
Toda la cordura
humana asomó a las pupilas del monstruo, de un golpe. Su rostro se reorganizó,
despe-jándose e iluminándose. Su nariz adquirió el ademán de levantarse, sus
belfos presentaron gesto y hasta sus orejas
200
se asomaron a ver
mejor el resto de la máscara. Miró el chuco, de uno en uno, a los guardias y a
la vieja. Les miró a la cara, a los vestidos, a los pies, a la tierra en que
pisa-ban. Sonrió y con acento sereno:
–¡Déjenme! Yo no
soy adivino. Díganle al Emperador que yo soy un quechua igual a los demás.
Pídanle que me deje ir a mi choza. Yo no he hecho nada, en buena cuen-ta. Se
hace mal en tenerme por extraviado. Mi cabeza no tiene que ver nada. ¿No andan
tantos collahuatas por los dominios del Inti? Antes bien, las tablillas me
dieron el ser simple, sencillo, obediente. Yo soy un simple quechua, que riega
los oasis y grutas de recreo de Yucay. ¡Oh padre Viracocha, Señor de los Incas,
luz del Imperio! ¡Que me dejen ir a mi choza, donde me aguarda mi lampilla para
abrir las acequias de regadío, entre los árboles sagrados!...
La vieja seguía
mirando al suelo, compungida. Ticu se afanaba por convencerles del estado
realmente normal en que se sentía. Pero era en vano. Los guardias, a una voz,
clamaron:
–¡Eres un
sicofante! Has calumniado a la nobleza. ¡Maldito del Sol! ¡Gusano pestilente!
¡Carcoma del Orá-culo Sagrado!
Un niño, triste y
pobre, vino corriendo. Era un hijo de Ticu. Saltó a sus rodillas y le echó los
bracitos al cuello, besándole. Ticu le miró extrañamente, y, desprendiendo la
espina que sujetaba la manta a sus hombros, probó su punta, como la de un cuchillo,
en la palma de su mano, tomó al pequeño por el mentón y le hundió la espina en
uno de los ojos, hasta hacerla desaparecer…
Se oyó un grito
desgarrador de la criatura.
201
III
LA PAZ DE TÚPAC
YUPANQUI
Numerosos cuerpos
del ejército fueron disueltos. Sus hombres pasaron a las labores del cultivo, a
la termina-ción de los caminos de la capital a la fronteriza Tumbes y a
Coquimbo, la rebelde, y a las obras de fortificación y embellecimiento del
Cuzco, Chanchán, Cajamarca y Huánuco. De los tambos esparcidos en el
territorio, em-pezaron a llegar regimientos enteros, los mismos que eran
desarmados y enviados a los minerales de Anta y del Collao y a los trabajos de
reedificación del Aclla-Huasi de la capital, templo que había sufrido serios
daños a causa de un reciente temblor.
El desarme aportaba
miles de brazos a todas las ac-tividades del reino. Las artes en metal,
arcilla, piedra y tejidos recibieron nuevo impulso. De la fragua y del buril
salían múltiples órdenes de fuentes, orones para el culto, estatuas de
animales, plantas y pastores, grabados primo-rosos, alfileres, vajillas con
serpientes y pájaros en relie-ve, que al ser usadas, despedían silbidos
sorprendentes. En madera de chonta y guayacán ingresaron al palacio del Inca
bellos vasos y garrafas, tallados a filigrana, con dibujos en colores
indelebles, referentes a episodios de batallas entre los ejércitos del
Tahuantinsuyo y las tribus
202
occidentales y a
algunas escenas que recordaban las fies-tas de la coronación de Túpac Yupanqui.
En el monasterio de las escogidas se tejió en pocos días una preciosa faja en
lana de alpaca, para el Soberano. En la faja aparecían bordados, en oro y en vívidos
tintes vegetales, todos los animales del Imperio, cada especie dentro de su
clima y ambiente propios. Asombrosa era la sutileza de los hi-lados y su
disposición, según los colores y matices, des-concertaba la habilidad y acierto
con que se sucedían las sombras y luces anatómicas en las pieles y plumajes. La
retina sufría extrañas desviaciones a la vista de la faja ma-ravillosa, en el
deseo de ordenar las partes, precisando las formas de los animales o buscando
la imagen panorámica de la fauna. La faja, mirada a cierta distancia –cuando
iba ceñida a la cintura del Inca, por ejemplo–, no ofrecía nada de
extraordinario, fuera de la suntuosidad y brillo de sus tinturas; pero, vista
de cerca, daba una sensación deslum-brante y casi angustiosa. Había quienes no
alcanzaban a captar, de manera precisa, su contenido artístico y no fal-taban
otros que, observando la labor bajo un exceso de sol, no podían distinguir ni
un solo animal. Ya se alejase el objeto de los ojos o se le acercase, sin salir
del ángulo normal de la visión, el observador acababa por ser como cegado y no
veía nada.
–No veo –decían
muchos– animales, ni cielos, ni te-rrenos ni nada…
Un auqui de la
corte imperial, a quien acaba el Sobe-rano de dar por esposa una hermosa
infanta, hija del Inca en linaje yunga, al escrutar la faja, buscando
sorprender todos sus detalles y pormenores, fascinado, se volvió cie-go.
Conmovida la corte, atribuyóse al rutilante objeto un sentido embrujado y
sentimental, llegándose a murmurar
203
que una vestal,
enamorada del príncipe, al saber el no-viazgo con la infanta, imaginó la faja
fatal, en venganza de su amor.
En el palacio de
Chanchán se dio principio a la re-facción del gran corredor que conducía del
aposento de los arabescos en colores hacia el fondo del edificio, donde había
cincuenta estancias, retiradas y secretas, a las que nadie más que el
rumay-pachaca penetraba, una vez por año, a raíz de las reparticiones del
señorío. Estas habita-ciones, secretas y recónditas, poseían, desde la época de
los chimús, una aureola misteriosa y de encantamiento. Sus muros lindaban con
el cementerio de la ciudad, el cual se levantaba a pocas varas del mar,
llegando las olas, a veces, hasta salpicar los cimientos funerarios. Y fue
so-bre uno de los muros de aquel corredor –vasto pasadizo hacia tan tristes
estancias– donde se empezó a labrar un bajorrelieve inaudito y calofriante.
Nadie preguntó al ar-tista que lo concibió, la causa y sentido de ese friso.
El relieve
representaba un esqueleto tañendo una quena, hecha de un collar de cráneos
humanos redu-cidos. Bullían en torno danzantes de ambos sexos y de todas las
edades. Aunque la figura del músico macabro estaba ya terminada, parecía aún un
boceto, pues tenía un no sé qué de cosa perpetuamente en borrador, en fin, de
una eterna gestación de líneas. Los talladores estaban a la sazón esculpiendo,
a la zaga de esta primera parte del friso, la segunda sección del bajorrelieve,
que representa-ba un coro de plañideras. Uno de los artistas cincelaba el
rebozo de una de las lloradoras; otro labraba un pie des-calzo levantado hacia
atrás, al dar el paso; aquél desleía una angustia excesiva en unos labios; éste
delineaba una lágrima, cayendo a la altura de un cuello cetrino y joven,
204
y cual luchaba,
hacía algunos días, por atenuar la cavilosa vibración de unas pestañas... Los
talladores trabajaban ar-dorosamente. Uno de ellos exclamó sorprendido, a mitad
o al final de su labor:
–¡Oro!... ¿De dónde
sale oro en esta piedra?
A un golpe de
cincel, una chispa de oro apareció en la palma de una mano del relieve. Meditó
el artista un momento sin decidirse a limar el aspa del metal sagra-do.
Contempló desde diversos puntos de vista la mano, la palpó varias veces y con
sumo cuidado, poniendo el alma en las yemas de los dedos. Volvió a meditar
largamente y una sonrisa inefable iluminó su rostro: la mano estaba perfecta.
¡Ni una línea más ni un átomo menos!
Túpac Yupanqui, en
su anhelo de paz y trabajo, pres-tó también atención a la cría, a la caza, a la
pesca. Se orga-nizó nuevos rebaños. Invadían los bosques, jalcas, lagos, ríos y
mares, tropeles cinegéticos, en pos de la pluma de-licada, del canto jamás oído,
de las pintadas pieles, de las garras brillantes, de las finas cornamentas, de
las esca-mas diamantinas, de los bruñidos colmillos, de las perlas silenciosas,
de los encelados mugidos. El Soberano orde-nó preparar para la fiesta del Raymi
un gran chacu en el reino, operación que no se efectuaba hacía seis años. El
chacu regional del Cuzco debería ser presenciado por el propio Inca y se
llevaría a cabo en la llanura que queda al pie del palacio de Colcapata, en el
valle de Vilcamayo.
Transcurridas
algunas lunas de la retirada de Huay-na Cápac, el Tahuantinsuyo se vio
convertido en una inmensa colmena. Fuera de unos cuantos regimientos
acantonados en las fronteras y una que otra provincia insurrecta, todos los
súbditos del reino, originarios y
205
mitimaes, se
entregaron a la exclusiva obra de acrecentar la riqueza del imperio. La
política incaica despojóse de golpe de su carácter proselitista y guerrero. Los
pueblos trabajaban sin descanso, dando fin a las obras empeza-das, extendiendo
el radio de otras, iniciando nuevas.
No es que Túpac
Yupanqui repudiase la vida de las armas y de las conquistas. Durante su
reinado, no había hecho otra cosa sino guerrear siempre. Su padre, Pacha-cútec,
le dejó mucho por hacer. Todos los señoríos es-parcidos en el norte, desde el
de los chancas hasta el de Tumbes, cuyo régulo aún permanecía en rehenes en el
Cuzco, acababan de ser sometidos por Túpac Yupanqui. Largos años de sangre y
ambición. Expediciones heroicas, sin precedente en la dinastía, primero sobre
los nazcas poderosos, tan hábiles artífices como animosos defenso-res de su
libertad y luego sobre el dominio de los chimús, orgullosos rivales de los
Incas. Esta última ofensiva duró ocho años, con peripecias de todo género y con
encarni-zadas batallas de bajas incontables. El solo asedio y asal-to a la
inexpugnable fortaleza de Paramonga, al iniciar la invasión, costó cinco mil
quechuas. El mismo Túpac Yu-panqui dirigió la estrategia, siendo herido de un
flechazo en el brazo. Después, fue la toma de la populosa, brillan-te y soberbia
Chanchán, capital de los chimús. Victorias y hazañas que ningún antecesor suyo
había realizado. Allí estaba la historia, los quipus elocuentes y veraces, los
relatos y testimonios de sus generales, de los solda-dos y del pueblo, las odas
de los aravicus, los himnos triunfales, las danzas de guerra, los trofeos, los
relieves y monumentos que moran en los tambos y diversos tea-tros de los
hechos... Túpac Yupanqui era, pues, un em-perador guerrero. Mas ahora ansiaba
un remanso a las
206
fragosas jornadas,
un remanso que él, ciertamente, igno-raba cuánto tiempo duraría. Ansiaba paz y
trabajo. Que obrase el pensamiento en su estambre sutil y tranquilo y que la
tierra produjese el tallo que da sombra y frescura, la semilla que nutre y prolifica,
la flor que se abre para los tabernáculos, para las cunas y las tumbas. Ansiaba
trabajo y paz. Que la alegría exhalase la risa fecunda y confortante; que se
serenase el cielo sobre las frentes de gañanes y pastores; que el marido besase
a su mujer, y que los ardientes crepúsculos del reino vertiesen mansa luz sobre
los sacerdotes, tormentosas figuras de cráneos ovalados y larga barba... El
Inca ansiaba ahora el amor, la meditación, el germen, el reposo, las grandes
ideas, las imágenes eternas.
207
IV
UN ACCIDENTE DE
TRABAJO
Paseaba una tarde
Túpac Yupanqui, en compañía de Mama Ocllo y rodeado de su séquito, por las
colinas de la ciudad sagrada, visitando los trabajos de reconstrucción de la
fortaleza de Sajsahuamán. Veinte mil súbditos ha-bían salido a los trabajos
aquel día. Operaban a la sazón sobre la segunda torre, que estaba ya para
quedar termi-nada. El Inca avanzó hasta el lugar de la labor y, obser-vando a
la bullente multitud, volvió los ojos hacia uno de los mitas:
–¿De dónde es la
piedra de la puerta?
El quechua se
arrodilló:
–¡Padre! Es de
Pisuc.
El cortejo imperial
se estremeció ante este nombre de la cantera oriental.
Venía del otro lado
un rumor sordo y convulso de vo-ces y exclamaciones. Hormigueaba allí la
muchedumbre, en torno a una piedra gigantesca, que debía ser levantada para
base de la tercera y última torre de la fortaleza. La piedra viajaba, hacía
seis años, desde las márgenes del Uru-bamba. Mucho tiempo hacía que, a mitad
del camino, se
208
cansó, y ya no
quiso avanzar. La habían agitado, golpeán-dola. La llamaron a grandes gritos,
empujándola de todos lados. La piedra siguió inmóvil, sorda a toda llamada y
es-tímulo. Pasaron los días, las lunas y los años. Fueron por ella gran número
de hombres. Las aguas llovedizas remo-vieron las tierras donde yacía,
arrastrándolas consigo y la piedra seguía fija, inconmovible. De lejos, los
pastores, al buscar sus ganados, la solían mirar, al caer la tarde, con medrosa
piedad, como a las piedras de las tumbas. Los buitres y los búhos asentáronse
en ella por las noches y los graznidos y los trinos arrullaban su sueño. Pero
los hom-bres fueron un día de nuevo por ella y lograron entonces despertarla.
La traían ahora e iban a levantarla sobre la terraza de Sajsahuamán.
El Inca dijo
pensativo:
–Es la piedra
cansada. También de Pisuc.
El roquedal de
Pisuc estaba al otro lado del Urubam-ba, muchos tiros de honda más allá de la
margen. Según las tradiciones, desde allí fueron traídos gran parte de los
bloques de la fortaleza, aun muchos de los primeros ba-samentos. Bloques
enteros y hermosos, montañas de una sola pieza, basaltos de grano apropiado
para los grandes dentajes como para las aglutinaciones sutiles y de simple
acercamiento. Los arquitectos prefirieron los bloques de Pisuc a cualesquiera
otros y, si todas las murallas, torres y subterráneos no estaban construidos de
ese material, ello obedecía a la imposibilidad de trasladarlo a través de las
aguas caudalosas. Una circunstancia singular rodeaba a las piedras de Pisuc de
catadura tétrica: desde que saltaban de la cantera, hasta que quedaban
enclavadas en el lugar a que se las destinaba, dejaban tras de sí el exterminio
de
209
muchas vidas, la
desgracia de otras, siempre una brecha de sangre y lágrimas. En esta aureola
lúgubre de Pisuc me-ditaba el Inca, cuando vino a él un auqui:
–¡Padre! ¿Querrías
ver cómo queda la puerta de la se-gunda torre? Acaban de dejarla terminada.
Advertida de que
los soberanos volvían, la multitud se arrodilló en silencio. Los maestros
canteros daban órdenes acaloradamente y los mitas se esforzaban en cumplirlas
con rapidez y habilidad. Un juego de sogas recorría algunos agujeros de la
parte superior del muro y desparecía hacia arriba y abajo, para aparecer de
nue-vo, en gruesos cabos, en las manos de los trabajadores. De todas partes,
salía un estruendo angustioso de golpes de piedra, restallidos de sogas, pasos
apresurados, ace-zar de pechos. Cuando el monolito de la puerta empezó a ser
levantado, la muchedumbre se sumió en un gran silencio, no oyéndose más que el
ruido de los lazos, al ludirse en los agujeros de los muros y uno que otro
bufi-do de energía. Túpac Yupanqui y Mama Ocllo dieron unos pasos atrás, para
observar mejor. Era asombroso el modo como iba subiendo la piedra cuyo peso y
tamaño, a medida que ganaba la altura, parecía ir perfilándose mejor y cobrando
tal importancia en el mecanismo, que producía una impresión de vago terror. Una
interrup-ción imprevista paralizó de repente el mecanismo de brazos y cordajes.
Acercáronse algunos personajes de la comitiva imperial. Uno de ellos estiró la
mano y a duras penas alcanzó a tocar con las yemas de los dedos el blo-que
suspendido. Hincó en él las uñas y se volvió hacia los demás:
–¡Los basaltos de
Pisuc son los más bellos del reino!
210
De improviso se vio
una cosa espeluznante. Resta-llaron los cabos en las encallecidas manos y en
distintos puntos del ciclópeo artefacto. Sonaron terribles exclama-ciones de
alarma. Cayeron de los sobacos de la puerta fi-nísimos guijarros y el
gigantesco cuerpo rocoso se abatió como un rayo. Retembló espantosamente la
muralla en-tera. Hondo silencio siguió a la caída de la piedra, cual si ésta se
quedase allí muerta para siempre...
A Mama Ocllo la
tenía el Inca en brazos, desfallecida de horror. Algunas sipacoyas y doncellas
de la corte lan-zaban quejidos y voces de socorro. De dentro de la torre venían
gritos ahogados:
–Aquí está. ¿Y mi
hermano?
Preguntas había que
no obtenían respuesta.
–No lo he visto. No
lo he visto...
–¡Sangre! ¡Sangre!
Un gran alarido
colectivo, largo, interminable, llenó el espacio y fue a resonar en la ciudad y
en los flancos del cerro Huanacaure.
211
V
BIZANCIO, LONGITUD
OCCIDENTAL
Runto Caska era
pariente del Inca. Joven de notable belleza varonil, muy inclinado a la música
y a las armas, gozaba de extraordinario ascendiente respecto del Empe-rador.
Túpac Yupanqui tomaba raras veces camino en los negocios del Estado, sin haber
consultado antes al noble pariente. El Consejo de los Ancianos viose a menudo
sus-tituido en sus funciones consultivas por Runto Caska.
Pero el ascendiente
de Runto Caska se apoyaba en su calidad de artista, más bien que en calidad de
pariente del Inca.
La antara de Runto
Caska consistía en una serie de finos tubos de oro pulido, con dibujos del
mismo metal, cerrados por un extremo y colocados uno al lado de otro, por orden
de tamaño y espesor, hasta rematar en el más pequeño, que no medía arriba más
de una pulgada de lon-gitud, por un diámetro apenas mensurable. Los sujetaba y
unía una doble redecilla de tendones pertenecientes a gigantes collas,
derrotados y muertos en sangriento com-bate, del que participara Runto Caska
durante la primera expedición de conquista que siguió a sus diez y seis años.
Entre las dos redecillas corría, al centro, un juego de cor-
212
dones verdes y
rojos, de lana de alpaca, los mismos que, al llegar a los tubos extremos de
ambos lados, se hacían nudos y acababan en cuatro grandes borlas. Al ser
tañi-do este triángulo sonoro, pendía del cuello del artista por medio de un
trenzado de plata en filigrana, y, cuando no era usado, permanecía en un
estuche de piel de rana, em-butido por dentro con órnamo, datura sanguínea y
otras yerbas vilcas, de las que solían usar los adivinos aterrados.
De regreso de la
Intipampa, Runto Caska penetró en sus estancias, sombrío y meditabundo. El
artista cru-zó una pequeña galería de roca desnuda y desbastada a buril, fría y
a la sazón desierta, dirigiéndose luego hacia una sala interior, en cuyo centro
ardía un pebetero, con-sistente en una concha de tortuga, que despedía grato
ca-lor y voluptuoso aroma de coca y cáscara de plátano. El músico sentóse en un
banco de cobre, tapizado de pieles de jaguar. Allí permaneció cavilando, la
mirada fija en el plafón. El artista sufría. Kusikayar no había asistido a la
fiesta del huaraco y su ausencia le colmaba de zozobra. La amaba. Desde el día
en que Kusikayar ingresó a la pu-bertad y su ingreso fue festejado, según el
uso quechua, en la humilde choza de la entonces obscura y pobre niña de pueblo,
Runto Caska, que había presenciado la qui-puchica, la amaba con todo el ardor
de su mocedad. Por insinuación del músico, el Inca la había hecho ñusta, en
mérito a su don para las danzas sagradas.
Extraña belleza la
de Kusikayar. Nadie sabía, en ver-dad, el origen de su linaje, el cual se
perdía en las som-bras de su inferior civil en el reino. Unos decían que sus
ascendientes procedían de un país oriental, de más allá de Pacarectambu, la
morada que amanece, el lugar de las cua-tro dimensiones. Otros narraban que la
cuna de la joven
213
radicaba en los
desiertos australes, áridos y salados, cuya última linde, aguda y saliente, era
de forma de una pata y por eso llamaban a los suyos patagones. Ésta era la
versión más general, a causa de atribuir a tal origen el símbolo de los pies
milagrosos de Kusikayar. Pero no faltaban quienes, particularmente entre los
sacerdotes, referían haber veni-do esa familia, en tiempos muy antiguos, de un
imperio remoto, situado hacia la linde donde la luz tiene su lecho misterioso.
Ananquizque, el joven villac, decía:
–Desde allá vino
ese linaje. A esa casta no la trajeron las armas. Por sí misma, llegó una tarde
a la ciudad y, se-gún cuentan viejos caracteres en las hojas de los plátanos,
ello aconteció cierta vez en que el coyllur fue visto de día en el cielo, a la hora
en que las columnas de estío carecían de sombra bajo la luz solar.
La figura de
Kusikayar llegó a adquirir gran relieve en los ritos religiosos. Su danza llegó
a constituir una liturgia especial en las fiestas del Sol. Durante la fiesta
del Situa, al empezar las lluvias y cuando prevalecían las enferme-dades,
Kusikayar danzaba en las puertas del Coricancha, al compás de las músicas
hieráticas. En las evoluciones de su cuerpo escrutaban los taciturnos
sacerdotes el incier-to porvenir y la mortalidad del año. El pueblo adoraba y
temía a Kusikayar, como a una aclla entre las vírgenes del Sol.
Y fue en la última
fiesta del Situa, que a Runto Caska aconteciera un acontecimiento muy vago y
sutil, el mis-mo que vino a interponerse entre él y Kusikayar, como un fantasma
misterioso.
En la mañana de
aquel día del Situa, en contra de los cálculos astronómicos registrados en el
Kalasasaya, el
214
aire se enrareció
de repente y todo quedó obscuro, como si la noche cayese. El yllapa cruzó el
espacio y siguió un horrísono sacudimiento de tierra. Cayeron algunos mu-ros y
techumbres. Un anciano quedó muerto en medio de la calle. Lloraban las madres y
en sus brazos gemían los niños, arañando los senos maternales. Muchas espo-sas
encinta, dieron a luz violentamente, criaturas dormi-das para siempre. En el
Hurin-Cuzco salió una doncella enloquecida y se arrojó al río Huatanay. El
terror de los quechuas no tuvo límites. Salían todos de sus viviendas a las
plazas, ululando de miedo y clamando al yllapa, pa-ra que cesase en su cólera.
La ciudad se conmovió en un inmenso espasmo de pavor. Hombres y mujeres, niños
y ancianos, la comunidad entera estuvo reunida en la Plaza de la Alegría,
delante de las puertas del Coricancha. Los sacerdotes, con las caras afiladas
por el terror, y los amau-tas, llenos de majestad, predicaron la calma. Un
villac dijo, tocado de visiones:
–El yllapa está
enfadado. Es a causa de no haberse lle-vado a cabo la conquista de los
tucumanes. Así lo dice el oráculo. Dejad vuestros hogares y luego de ahuyentar
el mal de las sementeras, volved aquí, a escuchar el vaticinio de la danza del
Situa.
A los campos salió
la muchedumbre. Entre ella iban algunos alcos asustados, husmeando las rocas y
las her-bosas sendas, rascando el suelo y aullando lastimera-mente. Iba cada
piruc a la cabeza de los suyos y toda la multitud oraba y gemía. Unos, para aplacar
la cólera del yllapa, dejaban en los montículos y otras elevaciones taleguitas
de coca y granos de maíz. Otros bebían un trago de los arroyos o arrojaban unas
gotas de chicha, dando papirotes al aire. Cuando arribaron a los trojes,
215
los golpearon,
dando voces de alerta y apostrofando al mal para que se alejara.
De retorno a la
ciudad sagrada, sobrevino la calma. Agolpados a las puertas del Coricancha,
esperaron oír de boca de los adivinos las palabras del porvenir, halladas en
los pies de Kusikayar.
La aclla salió,
rodeada de los sacerdotes y revestida de una túnica fina y transparente. Su
corta cabellera estaba suelta y no llevaba brazalete, vincha ni otro adorno,
fuera de sus largos pendientes de princesa.
El Inca estaba
allí, bajo su solio de oro, rodeado de la corte. Un silencio profundo se hizo.
La muchedumbre inclinó la frente. Entonces se alzó la música sagrada, lenta y a
grandes jirones y la aclla tuvo un acceso de exaltación. Se entonó el ytu
litúrgico y hablaron los sacerdotes a la multitud:
–El yllapa cesará
en su enojo. La conquista de los tucumanes se llevará a cabo. Mañana partirá la
prime-ra expedición, compuesta de quinientos honderos. Los muertos del año
serán pocos. Podéis retiraros a vuestras viviendas. Orad siempre y que los
holocaustos den sus frutos...
Oídas las palabras
del oráculo, la muchedumbre se dispersó. Algunos grupos se encaminaron a los
templos y a las huacas y ofrecieron a Viracocha, en acción de gra-cias, objetos
de plata y cobre, piedrecillas pintadas, pu-ñados de tierra, huesos de cuyes y
chuño de papa. Otros llevaron aromas y hojas de coca, que hicieron arder al pie
de las pilastras sagradas.
Todo esto recordaba
Runto Caska, al volver de la fiesta del huaraca. Recordaba también que, a
partir de
216
aquella danza del
Situa, la ñusta manifestaba por él un miedo extraño y observaba reservas
misteriosas, aun en las horas más tiernas y apasionadas. El artista la
interrogó y Kusikayar respondía de modo incomprensible. Runto Caska sufría.
■ Un
fragmento de “Bizancio, longitud horizontal” fue publicado con algunas
variantes como “La danza del situa”, en La Voz de Madrid el 17
de junio de 1931.
217
VI
EN LA INTIPAMPA
Un día, durante las
fiestas del huaraca, realizábase en la Intipampa una de las postreras
ceremonias para armar caballeros a ochocientos jóvenes del imperio, cuya
pre-paración militar había terminado. En torno del Empera-dor, veíase rebullir
a centenares de nobles. Allí estaba el magistrado, de gesto tranquilo, donde
latía el signo de la justicia; el amauta, severo y pensativo, cruzada la amplia
túnica verde a uno de los hombros; el general, de recta mirada, con su penacho
septicolor y sus sandalias de pla-ta, que conocieran fragosas y occiduas
regiones; los tristes aravicus, de azules vestiduras, con hilados de áloe en
for-ma de rutilantes insectos del norte; el ermitaño taciturno, venido de las
paccarinas lejanas; los rumay-pachaccas, aún tostado el rostro por el reciente
viaje desde el tur-bulento Pongoa o desde el lago Titikaka, a cuyas orillas
crecen los maíces del Inti, de granos milagrosos... Tenía el Inca a su derecha
al Supremo Villac, vestido de blanca lana esquilada a las alpacas del Hatum.
Las callisapas, que
debían tomar parte en las épicas pruebas de la Intipampa, aparecieron ataviadas
de los lujosos trajes correspondientes a su estirpe y portaban primorosas
jarras de vidriada greda, llenas de la chicha
218
litúrgica. Venían
por el lado de la ciudad, escoltadas de una centuria de infantes, cuyas picas y
arcos chispeaban bajo el sol.
La muchedumbre
lanzó un aullido de alegría, que tar-dó largo tiempo en apagarse. Una anciana
lloraba, soste-niendo en brazos un haz de frescas siemprevivas. Y una joven
decía entre lágrimas:
–¡Anoche, cuando
los donceles dormían al pie de las murallas de Sajsahuamán, una mala serpiente
le ha heri-do...!
La joven extrajo de
entre sus senos una garra de ja-guar, labrada y pulida en forma de medialuna,
la puso en la palma de la mano y la llevó con gran unción a los la-bios,
descubriéndose.
Una de las ñustas,
Hiray, portaba una jarra de suave arcilla, extraída del Chimú. Unos jóvenes
mitimaes, ve-nidos de aquellas tierras, obsequiaron tan bella vasija a Hiray,
la más hermosa ñusta del Tahuantinsuyo. Porque Hiray poseía, en verdad, una
belleza sin par en el reino. Debido a este don había sido elevada, de un
natural hu-milde, al rango de doncella de estirpe solar.
¡La jarra de Hiray!
¡Qué barro tan delicado y al pro-pio tiempo tan espantoso! Representaba un
cuervo en actitud de volar, el cuello enarcado. La recta negrura del oblicuo
pájaro se evidenciaba agudamente, al contrastar con la radiante juventud y la
gracia núbil de Hiray. El aciago plumaje y la cabeza chata y funeraria
producían un extraño calofrío. Hiray le tenía en brazos.
La fila de
paladines se aproximaba, en la justa de carrera. Cuando sus trajes amarillos
empezaron a ser dis-tinguidos a distancia, las callisapas cantaron. A una voz
219
cantaban una aria
antigua, en cuya melodía el amor y la gloria vibraban dulcemente. Cantaban por
las sombras de los héroes antiguos, por los dólmenes inmóviles de Accora, por
las momias que, en flexión agazapada de aves nocturnas, meditan en las hornacinas
sagradas y en los sillares de pórfido de las chulpas silenciosas. Cantaban por
las batallas ganadas y por los huesos sembrados en las rutas sin fin de las
conquistas. Algunas princesas eleva-ban su voz a gran altura. Otras se
estremecían al compás del canto heroico, con sus hombros erectos, sus gargantas
redondas y sus vientres cerrados y nuevos, de forma de corazón, donde estaba
enarbolado el gran telón que da a la eternidad. Pero [había] quienes dejaban de
cantar un momento y sus lenguas eran entonces fáciles para aque-llos silencios,
en tanto las bocas de sus vasos alegóricos aparecían abiertas, en un rictus de
tácita revelación.
Cuando cesó el
canto y su eco resonaba aún en las cuencas de las jarras, los jóvenes y las
mozas del pueblo inclinaron el rostro.
El Inca armó
caballeros a los vencedores, a los sones triunfales del hailli, coreado por el
pueblo. Los héroes calzaron las ojotas de lana, ciñendo el huara, en señal de
virilidad y las madres coronaron sus sienes de verdes siemprevivas.
En medio del
entusiasmo de la multitud, la jarra de Hiray se hizo trizas. Poseída de
presentimiento, la ñusta se puso a llorar.
■ “En
la Intipampa”, es publicado en La Voz de Madrid el 22 de mayo
de 1931, con el título “Una crónica incaica”, con algunas variantes realizadas
por el autor.
220
VII
LA CÓLERA DIVINA
A la mañana
siguiente, Runto Caska despertó muy tem-prano. Su mirada era reposada y
denunciaba un bienestar profundo.
El día anterior
estuvo preocupado por la escena del adivino, pero terminó por hallar tan vacío,
absurdo y ri-dículo aquel incidente, que lo olvidó y no le dio mayor
importancia. Mas he aquí que ahora, en forma inopina-da, empezaba a sentirse,
ante su recuerdo, atenaceado por numerosos y encontrados pensamientos. Esto era
extra-ño. El pliego de pronósticos se presentaba ahora con cier-to colorido y
con tal vida, que le empezó a inquietar, sin poder evitarlo. La ruina del
Imperio, quipus de púrpura, el yllapa deshecho, las reliquias sagradas en manos
ex-tranjeras, un hombre coronado de espinas... Runto Caska hizo un movimiento
al azar. Un sutil presentimiento hirió en este momento a Runto Caska. Apartó
las almohadas y saltó del lecho. El corazón empezaba a decirle que en las
visiones del adivino gusaneaba talvez un porvenir nebu-loso y lleno de
amenazas.
Al ingresar a los
recintos del Inca, el artista mostraba el rostro enardecido, las pupilas
encendidas. Avanzaba al
221
azar a lo largo de
las galerías. La imagen del adivino iba en su pensamiento, revestida de un halo
deslumbrante, que le fascinaba enteramente. Saldría cierto cuanto ha-bía
presagiado. Podría sobrevenir el día... Runto Caska se dio cuenta de que todos
los agüeros del collahuata eran nefastos. Viracocha preparaba horribles
castigos. La cóle-ra sagrada sobrepasaría a cuantas registraban los anales. Por
su imaginación desfilaban las visiones de sangre, las devastaciones, los
templos y palacios reducidos a polvo, los sembríos talados, los andenes
derrumbados, secos los estanques y los ríos, las vidas difuntas. Runto Caska
em-pujó una ligera puerta de mimbre, guarnecida de hilados de metal. Cruzó con
aire resuelto una cámara, donde sos-tenían animada conversación tres amautas y
desapareció por la puerta del fondo.
Túpac Yupanqui
sonrió, tendiéndole la mano, que Runto Caska se prosternó a besar. Entonces,
como po-cas veces, sintió el Inca la noble influencia del espíritu del artista,
al que amaba por sobre los demás grandes del Ta-huantinsuyo.
–¡Noble Runto
Caska! Eres un tesoro del Sol. ¿Qué te trae? ¿Qué puedo yo darte? Habla,
inteligente amigo.
El artista observó
el indulgente y sencillo modo con que era recibido por el Emperador, cosa que
le confir-maba, una vez más, la estima en que le tenía el Sobera-no. Además,
Runto Caska sabía que Túpac Yupanqui no desechaba los consejos, así fuesen del
más humilde de sus siervos. El Inca experimentaba un especial goce en oírlos. A
menudo, llegaba a solicitar opinión a la rústica viejecita del arroyo, al
pastor simple y triste, al efímero chasqui, a la doncella del tambo. Les
escuchaba y solía
222
responderles con
gran dulzura, que hacía llorar de ter-nura a los amautas:
–Así será, mama.
–Muy bien, taita.
Runto Caska dijo
con suma gravedad, palabra a pala-bra, inclinado en señal de adoración:
–¡Señor! Has oído
ayer al adivino. Su voz me ha pene-trado el corazón y hallo en ella una amenaza
cierta para vos y para el reino. Ha presagiado la ruina del imperio. Sus
visiones son fatídicas para los hijos del Inti...
El Inca sonreía con
gesto paternal. Runto Caska dio a su acento una inflexión patética, nacida de
su corazón atormentado:
–Padre augusto,
ilustre hijo de Manco: la voz del adi-vino será cumplida. Los aullidos del
chuco envuelven la certeza de un futuro lamentable. ¡Ordena, hijo de la luz,
que se [me] corte la lengua y sea yo enterrado vivo, si ye-rro ahora al rogarte
que aplaques la cólera del Inti! El pa-dre del imperio está irritado. Aplaca,
Señor, a Viracocha. Desagravia al Inti o el augurio va a cumplirse...
–Sigue –dijo el
Emperador, poniéndose pensativo.
–La ira de
Viracocha es a causa del abandono que has hecho de la guerra y las conquistas.
El Padre resplande-ciente ve reducidos sus altares y a la raza de Manco su-mida
en la paz, que pudre músculos, socava cimientos y anuncia la corrupción y la
ruina. Aplaca, señor, a Viraco-cha, empuñando de nuevo los estandartes de
guerra. De vos, ilustre hijo de Manco, depende la vida del Tahuan-tinsuyo...
223
El Inca mostróse
recogido y silencioso. Los alegatos generosos y ardientes de Runto Caska le
impresionaron y atraían su atención con desusado interés. Tenía la mi-rada
puesta en un mismo punto del pavimento y mucho tiempo estuvo embargado por la
meditación. Después di-jo con voz trasformada:
–Runto Caska. Eres
un caro hijo del reino. Mi padre, el Sol, virtió abundante luz en tu cerebro,
para que la pu-sieses al servicio de su pueblo. Amas a tu Emperador, al que
prestaste siempre el auxilio de tu consejo y entusias-mo. Dime, noble artista:
¿no es acaso frágil fruto de tu imaginación, herida de temor, cuanto acabas de
hablar-me?
–¡Poderoso Túpac!
Bien sabes que jamás el vano mie-do halló presa en mi pecho y que voz de
consejo que salió de mis labios, animada fue siempre de madura y serena
reflexión. ¡Señor! ¡Aquí están todos mis huesos, para que de ellos se haga una
hoguera, a cuyo fulgor podáis ver si el error ha graznado en mis palabras!
Un profundo y grave
silencio se produjo, durante el cual Runto Caska permaneció inclinado. El Inca
se pu-so de pie y dio algunos pasos sin pronunciar palabra. De la próxima
galería llegaban trinos de pájaros exóticos, en sus finas jaulas de plata. Una
hermosa doncella de Hua-ylas, del dulce color del banano, de abundosa cabellera
y vincha de esmeraldas, hacía arder, en un ángulo de la estancia, un sahumerio
del que salía un cálido perfume de ánades de Chincha.
Transcurrieron
muchos soles después del diálogo en-tre el Inca y Runto Caska, hasta el día en
que el Empera-dor hizo venir a su presencia al artista y le dijo:
224
–Runto Caska: he
pesado tu consejo generoso y vigi-lante, en el que arde tu noble amor al
imperio. Si los gra-ves augurios del adivino envuelven certeza para el futuro,
yo aplacaré a mi irritado padre. Su cólera sagrada cesará. Ordenaré reanudar
las expediciones de guerra y las con-quistas del norte y así evitaré la ruina
de mi raza. Todo depende de mi mano. Mi cetro dará una señal y los hijos del
Sol acudirán a las armas, con el mismo heroísmo de mis recientes hazañas de la
costa. Mas, antes he consulta-do la opinión de otros vasallos, tan sabios y
prudentes co-mo vos: el príncipe heredero, el animoso Raujaschuqui, el veterano
Quilaco, el amauta Huanca Auqui y mi leal her-mano, el Villac Uno. El Consejo
de los Ancianos no vale para mí lo que vuestro docto y experimentado parecer.
Domina la opinión, que también es la mía, de que antes de tomar decisión sobre
tan importante asunto, se lleve a cabo un solemne holocausto en honor y
desagravio de Vi-racocha, precedido de ayuno de tres días. El mismo Villac Uno
buscará en las entrañas de las víctimas, la clave del futuro y se sacrificará
cuantas llamas fuesen necesarias, hasta dar con la entraña del porvenir.
¿Encuentras acer-tada esta decisión?
Runto Caska
asintió.
Y una semana
después de las fiestas del Inti Raymi, se efectuó el ayuno riguroso en todas
las comarcas del reino y los sacerdotes designaron las llamas y sus crías, que
de-bían servir al holocausto. La víspera del sacrificio, se vio a Runto Caska
cruzar delante de la fuente de piedra de la Plaza de la Alegría, acompañado de
Kusikayar y de la infanta Rahua, prometida de Huayna Cápac.
El crepúsculo
arrancaba de los muros de oro del Cori-cancha un reflejo amarillo y
melancólico. La plaza estaba
225
desierta. De cuando
en cuando, se veía algún mita retar-dado, un guardia, una mujer con un cántaro
de agua o un pastor arreando su ganado a la Intipampa. El hielo del ray-mi daba
al aire una punzante aspereza. Runto Caska, aga-zapándose en su manto bordado
de finos líquenes de Jauja, apresuró el paso.
–Cien llamas y sus
crías –dijo Rahua– ya están esco-gidas, en las dehesas y huertos del
Hurin-Cuzco.
–El Inca está
contento –murmuró Kusikayar–. ¿Y tú, Runto Caska? ¿Qué opinas y auguras del
sacrificio?
Runto Caska puso
una mirada de fe en Kusikayar:
–¡La raza del Sol
es inmortal!
226
VIII
LA GUERRA VERTICAL
Al día siguiente
tuvo lugar el holocausto.
En medio de la
muchedumbre ávida y conmovida, el Villac Uno, asistido del sacerdocio entero y
en presencia de Túpac Yupanqui y su corte, realizó el solemne sacrifi-cio. El
pontífice buscó en las entrañas de la primera llama el secreto porvenir y el
examen arrojaba compactas nubes de incertidumbre. Volviéndose al solio
imperial, el Villac Uno agitó la diestra ensangrentada, trazando un signo en el
aire y dijo con acento fatídico:
–Todo está
incierto.
Siguió a la voz
hierática un clamor lacerado de la mul-titud. El Inca permanecía tranquilo, con
el santurpaucar en la izquierda mano. El pueblo, a cada palabra del Villac Uno,
dirigía sus miradas hacia el Inca, solicitando la últi-ma señal de los destinos.
De algunos puntos
de la plaza emergía uno que otro murmullo aislado: una rogativa, un sollozo
ahogado, el lloro de un niño. Imperaba un silencio trágico y reco-gido. Los
quechuas seguían los detalles del sacrificio, esforzándose en observar cuanto
pasaba en el altar: los retorcimientos de agonía de la llama y el modo como
227
quedaba al morir;
los servicios litúrgicos alrededor de ella; el cambio de las lancetas de oro,
de los lazos de púr-pura y de los blancos lienzos; las caras de los sacerdotes,
sus gestos, el movimiento de sus labios y de sus ojos. Si el Villac Uno ejecutaba
un ademán importante, la mu-chedumbre palidecía en espera del oráculo.
El Villac volvió a
decir, más abatido: –El porvenir está cerrado enteramente. Más tarde,
reanimado: –¡Viracocha sonríe a su raza!
El efecto de estas
palabras fue un aullido de alegría, el mismo que redoblóse, cuando el
sacerdote, levantando ambas manos al cielo, lanzó este grito de triunfo:
–¡Viracocha protege
a Túpac Yupanqui!
Mas, de repente,
sucedió algo inesperado y espan-toso. En el instante en que el Villac Uno abría
las entra-ñas de la última llama, el animal, ya herido, se incorporó
instantáneamente y, con una rapidez que a todos dejó pasmados, saltó del
tabernáculo sagrado y desapareció. El pontífice sólo tuvo fuerzas para volverse
al Soberano y al pueblo y decir, agitando los brazos ensangrentados:
–¡Desgracia!
¡Desgracia! La víctima resucita, escapa del altar y desaparece...
Túpac Yupanqui, al
oír estas palabras, se puso de pie y dijo:
–Mi padre, el Sol,
está irritado y amenaza la ruina de su pueblo, a causa de que he depuesto las
armas, trun-cando las conquistas y limitando el desarrollo de su raza
228
y de su culto. ¡Yo
aplacaré su cólera divina volviendo a las guerras y conquistas y le erigiré, en
el límite máximo y remoto de los nuevos señoríos que someta a mi cetro, un
templo tan espléndido y rico como el propio Cori-cancha!
Dijo el Inca y, a
las pocas horas, Huayna Cápac, al mando de un ejército de tres mil soldados,
partía de la Intipampa, por el gran camino del norte, rumbo a la con-quista de
Quito.
Al son de los
tambores, cuyos parches de pieles de salvajes domados, percutían en un solo
fragor, rompían la marcha, cien mitimaes chancas, cuya fidelidad al In-ca
habíase tornado un ejercicio de amor verdaderamen-te religioso. Los comandaba
Raujaschuqui, el guerrero más bravo del reino, luciendo el turbante amarillo de
guaranga-camayoc. Iba éste precedido de un formidable soldado collasuyo, de
fiero aire rapaz, que hacía flamear a barlovento la bandera fantástica del
Iris. Luego, seguía un regimiento de honderos. Y luego otras banderas y
trompetas de estridencias heridas, llenas de calofríos he-roicos. Y luego otros
y otros batallones. A retaguardia, cerrando la marcha, iba el veterano insigne
y venerable, el gran Quilaco, portando en brazos un bello cóndor jo-ven, libre
de toda traba, que escrutaba en silencio el ho-rizonte.
Pasaban los
expedicionarios ante la multitud, que los aplaudía y vivaba hasta romperse las
bocas. Resonó el hai-lli triunfal en las lenguas de las esposas, en las
gargantas de las hermanas, en los labios de las hijas, en los pechos de las
madres. Tropeles infantiles recorrían las cercas del camino, al lado de los
héroes o, asaltando los monolitos
229
de los arrabales
vecinos y encaramándose en las torres y pedrones de Sajsahuamán, gritaban,
ebrios de una emo-ción desconocida, sus adioses a los guerreros en marcha.
Algunos niños de pecho extendían las manecitas al paso de tal o cual soldado,
en quien reconocían el labio que han besado o el brazo en que han dormido
dulcemente.
El príncipe
heredero, consumados sus últimos man-datos, abandonó el centro de la Intipampa
y, seguido de los huaracas nobles, de marcial hermosura varonil y bri-llantes
vestiduras, se dirigió hacia un lado de la expla-nada, donde la familia
imperial se había estacionado a presenciar la partida de los ejércitos. La
muchedumbre abría camino a Huayna Cápac, prosternándose y vocean-do conmovida
de entusiasmo:
–¡Hijo de Túpac
Yaya!
–¡Sol que amanece!
–¡Alma nueva del
reino!
–¡Mozo poderoso!
–¡Mozo poderoso!
Huayna Cápac vestía
una capa de campaña, entrete-jida de leve hilado de oro, sencillas ojotas de
plumas de torcaz y un casco de bruñida plata, sin más adorno que la borla
amarilla de heredero. Su diestra sujetaba la par-tesana viril, ganada en sus
jornadas de doncel. Al cruzar entre la multitud, aparecía resplandeciente de
orgullo y ambición. Nunca, como en ese día pudo intuirse en aquel mozo, de
maciza y gallarda traza de dominio, al más grande monarca del Sol. No se sabe
qué cambio se ha-bía operado del capitán derruido y vacilante, que un día
entrara al Cuzco, en vergonzosa retirada, a este soberbio
230
guerrero, alegre y
animoso que, atadas a sus vastos maxi-lares todas las disyuntivas de la
empresa, impartía ahora órdenes, con premura y ardor de iluminado, consultaba a
sus generales, resolvía cálculos y datos estratégicos y, en general, daba la
impresión de una fe inquebrantable en su destino. A los himnos de aliento de
los quechuas, cente-lleaban sus pupilas de jaguar.
Acercóse a la
familia imperial, pues debía despedirse de su hermana y prometida, la tierna
infanta Rahua, que, acompañada de Mama Ocllo, Kusikayar, Runto Caska, el Villac
Uno y numerosos grupos de la corte, le esperaba en finas y magníficas literas,
sostenidas al hombro por soras de tallas armoniosas y pareadas. Rahua le vio
venir y, sin saber por qué, le dolió el corazón. No supo contenerse y se puso a
llorar.
–¡Adiós, hermana
mía! –le dijo Huayna Cápac, emo-cionado.
–Adiós, hermano
–sollozó la infanta con el rostro oculto entre las manos.
Huayna Cápac
regresó al centro de la Intipampa, en el preciso instante en que un heraldo
llegaba a él. Venía del palacio del Inca. Arrodillóse y le entregó una hebra
del llauto imperial, que el heredero examinó detenidamen-te. El hilo sagrado
tenía un nudo grande y dos pequeños. Huayna Cápac tuvo un gesto de felicidad y,
descubrién-dose, besó el rojo filamento con el que su padre le ordena-ba partir
sin más espera. Lanzó una mirada significativa sobre su pueblo, que no cesaba
de aclamarle, cambió al-gunos diálogos con los jefes que le rodeaban y partió,
son-riendo y escrutando el espacio infinito.
231
Un reguero de
frescas flores y olorosas yerbas, cubría la calzada. Las exclamaciones y gritos
de entusiasmo cre-cieron, formando un estruendo que ahogaba las músicas de
guerra.
Pocos momentos
después, el ejército del Sol perdía-se a lo lejos, en el gran camino de la
costa. Una nube de polvo le seguía y el viento de la tarde traía, de cuando en
cuando, los sangrientos clamores de los sonoros cuernos, cada vez más agudos y
lejanos.
■ “La
guerra vertical”. Ricardo Silva-Santisteban refiere que Vallejo envió una parte
del capítulo a José Eulogio Garrido en junio de 1923, probablemente durante su
travesía en barco por las costas de Ecuador (Guayaquil).
232
NOTA
Al final del
conjunto de cuartillas que conforman Hacia el reino de los Sciris aparecen
las siguientes notas de puño y letra de Vallejo:
1. Cambiar
el título, aludiendo al contenido. Suprimir la presencia de Runto Caska. El
cuarto debe versar solamente sobre Lleray, su jarro y su ruptura, y el lloro de
la ñusta por el mal presagio.
2. Cambiar
el título, haciendo alusión a la relación que hay entre la cólera de los dioses
(Illapa), el dolor del pueblo y el envenenamien-to de los corazones amantes por
esa cólera divina y por ese dolor social.
3. Se
puede sostener la unidad de todos los capítulos. Pero entonces hay que corregir
palabras trop1 exageradas. Hay entonces que de-cir desde el primer
capítulo que Lleray está enamorada de Runto Caska y éste lo ignora. De otro
modo, sin la unidad novelística, suprimir el tercer capítulo del libro.
4. Cambiar
el título. Cambiar el nombre de Lleray por el de Kiray. C’est tout2.
5. Suprimirlo.
6. Ca
va3. Cambiar el título.
7. Reemplazar
a Runto Caska por otro y cambiar el título.
8. Este
capítulo debe ir a otro sitio que no siga al anterior. El título puede ser: “La
paz incaica”, u otro. Independizar este capítulo del 7.
9. Cambiar
el título.
10. Suprimirlo
totalmente.
11. Cambiar
el título. En lugar de Runto Caska otro, el guerrero del capítulo 7.
12. Cambiar
el título.
- En
general hay que cambiar los títulos, refiriéndolos al contenido de cada
capítulo, independientemente de los demás capítulos.
- Corregir
palabras demasiado fuertes y apocalípticas. Revisar el fin de cada cuento.
233
1 trop, en
francés en el texto. Significa: demasiado.
2 C’est
tout, idem. Significa: Esto es todo, nada más.
3 Ca
va, idem. Significa: Está bien. Conforme. Correcto.
[Nota de Georgette
de Vallejo aparecida en: César Vallejo, Novelas y cuentos completos. Lima,
Francisco Moncloa Editores, T.I 1970, p. 148].
234
[Relatos de]
Contra el Secreto
Profesional
■ Contra
el secreto profesional. Edición de Georgette de Vallejo. Lima, Mosca
Azul Editores, 1973. Es un conjunto de textos cortos sobre diferentes temas.
Carlos Meneses en 1979 incluyó algunos relatos de este libro en su edición
de Cuentos completos de César Vallejo, los cuales siguen
apareciendo en las colecciones posteriores.
INDIVIDUO Y
SOCIEDAD
Cuando se inició el
interrogatorio, el asesino dio su primera respuesta, dirigiendo una larga
mirada sobre los miembros del Tribunal. Uno de éstos, el sustituto Milad,
ofrecía un parecido asombroso con el acusado. La misma edad, el mismo ojo
derecho mutilado, el corte y color del bigote, la línea y espesor del busto, la
forma de la cabeza, el peinado. Un doble absolutamente idéntico. El asesino vio
a su doble y algo debió acontecer en su conciencia. Hizo girar extrañamente su
ojo izquierdo y muerto, ex-trajo su pañuelo y enjugó el sudor de sus duras
mejillas. La primera pregunta de fondo, formulada por el presi-dente del
Tribunal, decía:
−A usted le
gustaban las mujeres y, además de Malou, tuvo usted a su doméstica, a su cuñada
y dos queridas más...
El acusado
comprendió el alcance procesal de esta pregunta. Confuso, fue a clavar su único
ojo bueno en el sustituto Milad, su doble, y dijo:
−Me gustaban las
mujeres, como gustan a todos los hombres...
El asesino parecía
sentir un nudo en la garganta. La presencia de su doble empezaba a causar en él
un visi-ble aunque misterioso malestar, un gran miedo acaso...
237
Siempre que se le
formulaba una pregunta grave y tre-menda, miraba con su único ojo a su doble y
respondía cada vez más vencido. La presencia de Milad le hacía un daño
creciente, influyendo funestamente en la marcha de su espíritu y del juicio. Al
final de la primera audien-cia, sacó su pañuelo y se puso a llorar.
En la tarde de la
segunda audiencia, se ha mostrado aun más abatido. Ayer, día de la sentencia,
el asesino era, antes de la condena, un guiñapo de hombre, un deshecho, un
culpable irremediablemente perdido. Casi no ha ha-blado ya. Al leerse el
veredicto de muerte, estuvo hundido en su banco, la cabeza sumersa entre las
manos, insensi-ble, frío, como una piedra. Cuando en medio del alboroto y los
murmullos de la multitud consternada, le sacaron los guardias, sólo miraba
fijamente a la cara de Milad, su doble, el sustituto.
A tal punto es
social y solidaria la conciencia individual.
Sin mostrar el
menor signo de temor, ni siquiera dis-frazarse, el asesino siguió viviendo
normalmente, a la vista general. Lejos de esconderse, como lo habría hecho
cualquier matador ramplón, anduvo por todas partes. La policía no pudo
encontrarle, precisamente porque él no se escondió. Pascal ha tenido razón, cuando
ha dicho: “Tú no me buscarías, si no me hubieras ya encontrado”.
A tal punto el
individuo es libre e independiente de la sociedad.
■ “Individuo
y sociedad”. Este relato fue extraído de una versión anterior titulada “Un
extraño proceso criminal”, texto que se publicó en la revista Mundial Nº
376, Lima, 26 de agosto de 1927, pp. 13-14 (3 columnas).
238
TEORÍA DE LA
REPUTACIÓN
He estado en la
famosa taberna Sztaron de la calle de Seipel, de Budapest,
taberna, según se murmura, de pro-piedad de una secreta firma bolchevique y
cuyo gerente, Ossag Muchay, es tan cortés con la clientela. Muchay ha estado
conmigo un gran rato, conversando y bebiendo absintio de Viena, esa distilación
religiosa y armada, co-lor de convólvulo, que extraen de una extraña gramínea
salvaje, llamada dístilo dormido. La taberna, esta tarde, se
ha visto visitada por muy contados parroquianos, que entraban, estirando los
miembros, bebían malvadamente ante el mostrador y se iban con gran perfección.
Dos mu-chachas jugaban en un rincón de la planta baja, un juego dulce de
hierro, con pequeñas tortugas de capa y cintas de colores. A la entrada de la
misma sala, platicábamos el buen Muchay y yo. Hablábamos de las supersticiones
del Asia Menor, de las salobres ciencias de aprehensión de las hechicerías.
Me despedí de
Muchay y abandoné la taberna. Avan-cé hasta la esquina y tomé la calle de
Praga, que apareció invadida de gente. La multitud observaba por sobre los
te-jados las maniobras de la policía. Enteréme, por crecidas puntuales y
menguantes de viñeta, que se perseguía a un delincuente de un alto delito, que
nadie sabía precisar. Un
239
grupo de gendarmes
salió de una de las torres de la igle-sia de Ravulk, conduciendo preso a un
hombre. Al des-cender el prisionero las gradas del atrio, pude verle entre la
muchedumbre, trajeado de una pelliza en losanges, los ojos enormes, perrazo de
gran estimación, que acabase de morder a una reina.
Hasta el
comisariado fui detrás de esta gente. El co-misario interrogó al preso, en tono
de legal indignación:
−¿Quién es usted?
¿Cuál es su nombre? −Yo no tengo nombre, señor −dijo el preso.
Se ha averiguado en
Loeben, aldea donde vivía el aherrojado, por su nombre, sin conseguirlo. Nadie
da razón de nada que se relacione con sus antecedentes de familia. En sus
bolsillos tampoco se ha sorprendido pa-pel alguno. Lo único que está probado es
que residía en Loeben, porque todo el mundo le ha visto allí a diario, caminar
por las calles, sentarse en los garitos, leer perió-dicos, conversar con los
transeúntes. Pero nadie conoce su nombre. ¿Desde cuándo vivía en Loeben? Se
ignora, por otro lado, si es húngaro o extranjero.
He vuelto a la
taberna de Ossag Muchay y le he referi-do el caso en todos sus detalles y aun
dándole la filiación minuciosa del preso. Muchay me ha dicho:
−Ese individuo
carece, en verdad, de nombre. Soy yo quien guarda su nombre. ¿Quiere usted
conocerlo?
Me tomó por el
brazo, subimos al segundo piso y me condujo a un escritorio. Allí extrajo de un
diminuto estu-che de acero un retazo de papel, donde aparecía, en trazos
gruesos y resueltos, pero tan enredados que era imposi-
240
ble descifrarlos,
una firma delineada con tinta verde rana, de la que usan los campesinos de
Hungría. Argumenté a Muchay:
−¿Se puede acaso
tomar el nombre de una persona y esconderle en un estuche, como una simple
sortija o un billete?...
−Ni más ni menos
−me respondió el tabernero.
−¿Y qué explicación
tiene todo esto? ¿Cuál es, en re-sumen, ese nombre?
−Usted ni nadie
puede saberlo, pues este nombre es ahora de mi exclusiva posesión. Puede usted
conocerlo, mas no saberlo...
−¿Se burla usted de
mí, señor Muchay?
−De ninguna manera.
Aquel hombre perdió su nom-bre y él mismo, aunque quisiera darlo, no puede ya
saber-lo. Le es absolutamente imposible, en tanto no tenga en su poder la firma
que usted está viendo aquí.
−Pero si él la
trazó, le será fácil trazar otra y otras.
−No. El nombre no
es sino uno solo. Las firmas son muchas, sin duda, mas el nombre está en una
sola de las firmas, entre todas.
Sus inesperadas
sutilezas de billar empezaron a hacer-me palos. Muchay, en cambio, hablaba sin
vacilaciones. Encendió su pipa con dos centellas de pedernal croata. Cerró su
estuche de acero y me invitó a bajar.
−La vida de un
hombre −me dijo, descendiendo la escalera−, está revelada toda entera en uno
solo de sus actos. El nombre de un hombre está también revelado en una sola de
sus firmas. Saber ese acto representativo, es
241
saber su vida
verdadera. Saber esa firma representativa, es saber su nombre verdadero.
−¿Y en qué se funda
usted para creer que la firma que usted posee, es la firma representativa de
ese hom-bre? Además, ¿qué importancia tiene el saber el nombre verdadero de una
persona? ¿No se sabe, acaso, el nombre verdadero de todas las personas?
−Escuche usted −me
argumentó Muchay, dando in-flexión prudente a sus palabras−, el nombre
verdadero de muchas personas se ignora. Esta es la causa por la cual, en lugar
de apresar al obrero de Loeben, no se ha apresado al patrón de la fábrica donde
éste trabajaba.
−¿Pero usted sabe
el delito de que se le acusa?
−De un atentado
contra el Regente Horthy.
Bajé los ojos,
dando viento a mis órganos medianos y me quedé Vallejo ante Muchay.
■ “Teoría
de la reputación” es la versión posterior del relato titulado “Un atentado
contra el regente Horty”, que fue publicado en Mundial Nº 447,
Lima, 11 de enero de 1929 (pp. 8-9).
242
RUIDO DE PASOS DE
UN GRAN CRIMINAL
Cuando apagaron la
luz, me dio ganas de reír. Las co-sas reanudaron en la oscuridad sus labores,
en el punto donde se habían detenido: en un rostro, los ojos bajaron a las
conchas nasales y allí hicieron inventario de cier-tos valores ópticos
extraviados, llevándolos en seguida; a la escama de un pez llamé imperiosamente
una escama naval; tres gotas de lluvia paralelas detuviéronse a la al-tura de
un umbral, a esperar a otra que no se sabe por qué se había retardado; el
guardia de la esquina se sonó ruidosamente, insistiendo en singular sobre la
ventanilla izquierda de la nariz; la grada más alta y la más baja de una
escalinata en caracol volvieron a hacerse señas alu-sivas al último transeúnte
que subió por ellas. Las cosas, a la sombra, reanudaron sus labores, animadas
de libre alegría y se conducían como personas en un banquete de alta etiqueta,
en que de súbito se apagasen las luces y se quedase todo en tinieblas.
Cuando apagaron la
luz, realizóse una mejor distri-bución de hitos y de marcos en el mundo. Cada
ritmo fue a su música; cada fiel de balanza se movió lo menos que puede moverse
un destino, esto es, hasta casi adquirir presencia absoluta. En general, se produjo
un precioso juego de liberación y de justeza entre las cosas. Yo las veía
243
y me puse contento,
puesto que en mí también corcovea-ba la gracia de la sombra numeral.
No sé quién hizo de
nuevo luz. El mundo volvió a agazaparse en sus raídas pieles: la amarilla del
domin-go, la ceniza del lunes, la húmeda del martes, la juiciosa del miércoles,
la de zapa del jueves, la triste del viernes, la haraposa del sábado. El mundo
volvió a aparecer así, quieto, dormido o haciéndose el dormido. Una
espeluz-nante araña, de tres patas quebradas, salía de la manga del sábado.
244
CONFLICTO ENTRE LOS
OJOS Y LA MIRADA
Muchas veces he
visto cosas que otros también han visto.
Esto me inspira una
cólera sutil y de puntillas, a cuya íntima presencia manan sangre mis flancos
solidarios.
−Ha abierto sol −le
digo a un hombre.
Y él me ha
respondido:
−Sí. Un sol flavo y
dulce.
Yo he sentido que
el sol está, de veras, flavo y dulce. Tengo deseo entonces de preguntar a otro
hombre por lo que sabe de este sol. Aquél ha confirmado mi impresión y esta
confirmación me hace daño, un vago daño que me acosa por las costillas. ¿No es,
pues, cierto que al abrir el sol, estaba yo de frente? Y, siendo así, aquel
hombre ha salido, como desde un espejo lateral, a mansalva, a mur-murar, a mi
lado: «Sí. Un sol flavo y dulce». Un adjetivo se recorta en cada una de mis
sienes. No. Yo preguntaré a otro hombre por este sol. El primero se ha
equivocado o hace broma, pretendiendo suplantarme.
−Ha abierto sol −le
digo a otro hombre.
−Sí, muy nublado
−me responde.
245
Más lejos todavía,
he dicho a otro:
−Ha abierto sol.
Y éste me arguye:
−Un sol a medias.
¡Dónde podré ir que
no haya un espejo lateral, cu-ya superficie viene a darme de frente, por mucho
que yo avance de lado y mire yo de frente!
A los lados del
hombre van y vienen bellos absurdos, premiosa caballería suelta, que reclama
cabestro, número y jinete. Mas los hombres aman poner el freno por amor al
jinete y no por amor al animal. Yo he de poner el freno, tan sólo por amor al
animal. Y nadie sentirá lo que yo siento. Y nadie ha de poder ya suplantarme.
246
MAGISTRAL
DEMOSTRACIÓN DE
SALUD PÚBLICA
Recuerdo muy bien
cuánto pasó en el Hotel Negresco de Niza; por raro que parezca, hacer el relato
de lo acon-tecido allí, me es absolutamente imposible. Hartas veces he querido
−a la fuerza y revólver en mano− relatar es-te recuerdo o esbozarlo, siquiera,
sin poder conseguirlo. Ninguna de las formas literarias me han servido.
Ningu-no de los accidentes del verbo. Ninguna de las partes de la oración.
Ninguno de los signos puntuativos. Sin duda, existen cosas que no se ha dicho
ni se dirá nunca o exis-ten cosas totalmente mudas, inexpresivas e inexpresables.
Existen cosas cuya expresión reside en todas las demás cosas, en el universo
entero, y ellas están indicadas a tal punto por las otras, que se han quedado
mudas por sí mismas. ¿Cuáles son esas cosas mudas por sí mismas? Ya ni siquiera
les queda nombre para indicarse y son ante las urnas, como si no existieran
localmente.
He trazado,
arrogando mi sentimiento, algunos dibu-jos, a la fuerza y revólver en mano. He
golpeado una pie-dra protegiéndome de mástiles. He pulsado una cuerda,
poniéndome en la hipótesis de poder traducir lo del Ne-gresco, si no por medio
de palabras, al menos, por medios plásticos o musicales en mitos de inducción.
Mi impoten-cia no ha sido entonces menos angustiosa. Un instante, en
247
el son de mis pasos
me parecía percibir algo que evocaba la ya lejana noche del Hotel Negresco.
Cuando he preten-dido someter ese fluido de mis pasos a un preconcebido plan de
expresión, el ruido perdía toda sugestión alusiva al fugitivo tema de memoria.
Salí del español.
El francés, idioma que conozco me-jor, después del español, tampoco se prestó a
mi pro-pósito. Sin embargo, cuando oía hablar a un grupo de personas a la vez,
me sucedía una cosa semejante a lo de mis pasos: creía sentir en este idioma,
hablado por varias bocas simultáneamente, una cierta posibilidad expresiva de
mi caso. Diré, así mismo, que las palabras “devenir”, “nuance”, “cauchemar” y
“coucher” me atraían, aunque solamente cuando formaban frases y no cada una por
se-parado. ¿Cómo manifestarme por medio de estas cuatro palabras inmensas y en
movimiento, extrayendo de ellas su contagio elocutivo, sin sacarlas de las
frases en que estaban girando como brazos? Además, las otras voces con las que
iban enlazadas, algo debían tener de simpa-tía semántica hacia mis ideas y
emociones del Negresco, puesto que su compañía comunicaba valor a los cuatro
vocablos que he señalado.
Un día, una
muchacha inglesa, bonita e inteligente, me fue presentada en la calle. El amigo
que me la presen-tó, a quien le dije luego que la niña era bonita, me dijo:
−Vous voulez
coucher avec elle?
−Comment?
−Voulez-vous
coucher avec Whinefree?
Entonces fue que la
palabra francesa “coucher” y la inglesa “Whine-free” me parecieron de súbito
emitir jun-
248
tas, por boca de mi
amigo, una suerte de vagos materiales léxicos, capaces talvez de facilitarme el
relato de mi re-cuerdo de Niza. Esto explica por qué, algún tiempo des-pués, me
refugié en el inglés. Tomé, al azar, Meanwhile de Wells. Al
llegar, reunido y en orden, al último párrafo de Meanwhile, me
asaltó un violento y repentino deseo de escribir lo sucedido en el
Negresco. ¿Con qué palabras? ¿Españolas, inglesas, francesas?... Las palabras
inglesas “red”, “staircase”, “kiss”, se destacaban del último párrafo del libro
de Wells y me daban la impresión de significar, no ya las ideas del autor, sino
ciertos lugares, colores, he-chos incoherentes, relativos a mi recuerdo de
Niza. Un calofrío pasó por el filo de mis uñas.
¿No será que las
palabras que debían servirme para expresarme en este caso, estaban dispersas en
todos los idiomas de la tierra y no en uno solo de ellos?
Diversas
circunstancias, el tiempo y los viajes me fue-ron afirmando en esta creencia.
En el idioma turco no hallé ninguna palabra para el caso, no obstante haberlo
buscado mucho. ¡Qué estoy diciendo! Las voces que iban ofreciéndoseme en cada
una de las lenguas, no venían a mi reclamo y según mi voluntad. Ellas venían a
llamarme espontáneamente, por sí mismas, asediándome en forma obsesionante, de
la misma manera que lo habían hecho ya las voces francesas e inglesas que he
citado.
Aquí tenéis el
vocabulario que logré formar con vo-cablos de diversos idiomas. El orden
inmigrante en que están colocados los idiomas y las palabras de cada idio-ma,
es el cronológico de su advenimiento a mi espíritu. Cuando se me reveló la
última palabra del rumano “noap” que se presentó simultáneamente con el
artículo, tuve la
249
impresión de haber
dicho, al fin, lo que quería decir hacía mucho tiempo: lo ocurrido en el Hotel
Negresco.
El vocabulario es
éste:
Del lituano: füta – eimufaifesti
– meilla – fautta – fuin – joisja – jaettä – jen – ubo – fannelle.
Del ruso: mekiy – chetb
– kotoplim – yakl – eto – caloboletba – aabhoetnmb – ohnsa – abymb – pasbhtih
– ciola –
ktectokaogp – oho – accohianih – pyeckih – teo-pethle – ckol – ryohtearmh.
Del alemán: den – fru –
borte – sig – abringer – shildres
– fusande –
mansaelges – foraar – violinistinden – moerke
– fierh –
dadenspiele.
Del polaco: âr –
sandbergdagar – det – blivit – veder – börande – tva – stora – sig – ochandra.
Del inglés: red –
staircase – kisse – and – familiar – life – officer – mother – broadcasting –
shoulder – formely – two – any – photograph – at – rise.
Del francés: devenir –
nuance – cauchemar – coucher.
Del italiano: Coltello –
angolo – io – piros – copo.
Del rumano: unchiu –
noaptea.
Esta caprichosa
jerga políglota me da la impresión de expresar aproximadamente mi emoción de
los Alpes marítimos. Solamente me resta dejar constancia de dos circunstancias,
de dos masas de guerra, de dos cortes al sesgo. Primeramente, ninguna de las
múltiples voces que la forman, puede, por separado, traducir mi recuerdo de
Niza. En segunda confianza, el poder de expresión de es-
250
te vocabulario
reside, especialmente, en el hecho de estar formado en sus tres cuartas partes
sobre raíces arias y el resto sobre raíces semitas.
[Nota de Georgette
de Vallejo: “aquí van las correciones que ha-brá que hacer en esas palabras
extranjeras que hay en el texto, entre cuyas hay muchas deformadas, siendo
Vallejo quien las or-tografió basando en el sonido seguramente”].
251
LÁNGUIDAMENTE SU
LICOR
Tendríamos ya una
edad misericordiosa, cuando mi padre ordenó nuestro ingreso a la escuela. Cura
de amor, una tarde lluviosa de febrero, mamá servía en la cocina el yantar de
oración. En el corredor de abajo, estaban sen-tados a la mesa, mi padre y mis hermanos
mayores. Y mi madre iba sentada al pie del mismo fuego del hogar. To-caron a la
puerta.
−¡Tocan a la
puerta! −mi madre.
−¡Tocan a la
puerta! −mi propia madre.
−¡Tocan a la
puerta! −dijo toda mi madre, tocándo-se las entrañas a trastos infinitos, sobre
toda la altura de quien viene.
−Anda, Nativa, la
hija, a ver quién viene.
Y, sin esperar la
venia maternal, fuera Miguel, el hijo, quien salió a ver quién venía así,
oponiéndose a lo ancho de nosotros.
Un tiempo de rúa
contuvo a mi familia. Mamá sa-lió, avanzando inversamente y como si hubiera
dicho: las partes. Se hizo patio afuera. Nativa lloraba de una
tal visita, de un tal patio y de la mano de mi madre. Enton-ces y
cuando, dolor y paladar techaron nuestras frentes.
252
−Porque no le dejé
que saliese a la puerta −Nativa, la hija−, me ha echado Miguel al pavo. A su
pavo.
¡Qué diestra de
subprefecto, la diestra del padre, re-velando, el hombre, las falanjas filiales
del niño! Podía así otorgarle la ventura que el hombre deseara más tarde. Sin
embargo,
−Y mañana, a la
escuela− disertó magistralmente el padre, ante el público semanal de sus hijos.
Y tal, la ley, la
causa de la ley. Y tal también la vida.
Mamá debió llorar,
gimiendo apenas la madre. Ya na-die quiso comer. En los labios del padre cupo,
para salir rompiéndose, una fina cuchara que conozco. En las fra-ternas bocas,
la absorta amargura del hijo, quedó atrave-sada.
Mas, luego, de
improviso, salió de un albañal de aguas llovedizas y de aquel mismo patio de la
visita mala, una gallina, no ajena ni ponedora, sino brutal y negra. Clo-queaba
en mi garganta. Fue una gallina vieja, maternal-mente viuda de unos pollos que no
llegaron a incubarse. Origen olvidado de ese instante, la gallina era viuda de
sus hijos. Fueron hallados vacíos todos los huevos. La clueca después tuvo el
verbo.
Nadie la espantó. Y
de espantarla, nadie dejó arru-llarse por su gran calofrío maternal.
−¿Dónde están los
hijos de la gallina vieja? −¿Dónde están los pollos de la gallina vieja?
¡Pobrecitos! ¡Dónde estarían!
253
VOCACIÓN DE LA
MUERTE
El hijo de María
inclinóse a preguntar:
−¿Qué lees?
El doctor alzó los
ojos y lanzó una mirada de extra-ñeza sobre su interlocutor. Otros escribas se
volvieron al hijo de María y al sabio rabino.
La asistencia al
templo, aquel día era escasa. Se juz-gaba a un griego por deuda. El acreedor,
un joven sirio del país del Hernón, aparecía sentado en el plinto de una
columna del pórtico y, por todo alegato ante sus jueces, lloraba en silencio.
−Leo a Lenin
−respondió el doctor, abriendo ante el hijo de María un infolio, escrito en
caracteres desconoci-dos.
El hijo de María
leyó mentalmente en el libro y ambos cambiaron miradas, separándose luego y
desapareciendo entre la multitud. Al volver a Nazareth, el hijo de María
encontró a su cuñado, Armani, disputando por celos con su mujer, Zabadé,
hermana menor del hijo de María. Am-bos esposos, al verle, se irritaron más,
porque le odiaban mucho.
−¿Qué quieres?
254
El hijo de María
estaba muy abstraído y se estreme-ció. Volviendo en sí, tornó a la calle, sin
pronunciar pala-bra. Tuvo hambre y se acordó de sus primos, los buenos hijos de
Cleofas.
−Jacobo, ¡tengo
hambre!
−Me llaman por
teléfono. Volveré −respondióle Jaco-bo, en hebreo dulce y axilado de la antigua
Galilea.
Vino la tarde y
hacía tres días que el hijo de María no tomaba ningún alimento. Fue a ver pasar
a los obreros que solían volver de Diocesarea, en las tardes y se dis-persaban
en las encrucijadas de Nazareth, unos hacia el Oeste, por las faldas apacibles del
Carmelo, cuyo último pico abrupto parece hundirse en el mar; otros hacia las
montañas de Samaria, más allá de las cuales se extiende la triste Judea, seca y
árida. Se acercó a un muro y se aco-dó en la rasante. Estaba fatigado y sentía
el corazón más vacío que nunca de odios y amores y más incierto que nunca el
pensamiento.
El hijo de María
cumplía aquel día treinta años. Du-rante toda su vida había viajado, leído y
meditado mu-cho. Su familia le odiaba, a causa de su extraña manera de ser,
según la cual desechaba todo oficio y toda pre-ocupación de la realidad.
Rebelde a las prácticas gentili-cias y aldeanas, llegó a abandonar su oficio de
carpintero y no tenía ninguna vocación ni orientación concreta. En su casa le
llamaban “idiota”, porque, en realidad, parecía acéfalo. Varias veces estuvo a
punto de perecer de ham-bre y de intemperie. Su madre le quería por “pobre de
espíritu” más que a los otros vástagos. Con frecuencia desaparecía sin que se
supiese su paradero. Volvía con
255
una hiena salvaje
en los brazos, desgarrada la veste, mi-rando en el vacío y llorando en
ocasiones. Acostumbra-ba también traer una rama de la higuera de los lugares
santos de la edad patriarcal, con cuyas flores frotaban sus hábitos los finos y
espirituales terapeutas de la vida devota.
El hijo de María
alcanzó a ver una gran piedra cerca de él y fue a sentarse en ella. Anochecía.
Entonces, salió de
Nazareth, por la rúa desierta y pe-dregosa, un grupo de personas de extraño
aire vagabun-do. Venía allí el barquero Cefas, de Cafarnaum y su suegra Juana;
Susana, mujer de Khousa, intendente de Antipas, e Hillel, el de los aforismos
austeros, maestro que fue del hijo de María. En medio de todos, avanzaba un
joven de gran hermosura y maneras suaves. Hillel decía preocu-pado:
−El reposo en Dios,
he aquí la idea fundamental de Philon de Alejandría. Además, para él, como para
Isaías y aun para el mismo Henoch, el curso de las cosas es el resultado de la
voluntad libre de Dios.
Al advertir al hijo
de María, sentado en una piedra, Susana se le acercó y le habló. Pero el hijo
de María no respondió: justamente, en ese instante, acababa de mo-rir. Hillel
siempre engolfado en sus cavilaciones, tuvo una repentina exaltación visionaria
y, dirijiéndose al joven de gran hermosura, que iba con ellos, le dijo, en el
dialecto siriaco, estas palabras inesperadas:
−¡Ya eres, Señor,
el Hijo del Hombre! ¡En este mo-mento, Señor, empiezas a ser el hijo del
hombre! En este momento, Señor, empiezas a ser el Mesías, anunciado por Daniel
y esperado por la humanidad durante siglos.
256
−Ya soy el Hijo del
Hombre, el enviado de mi Pa-dre −respondió el joven de las maneras suaves y la
gran hermosura, como si acabase de tener una revelación por espacio de treinta
años esperada.
En torno de su
cabeza judía, empezó a diseñarse un azulado resplandor.
257
OTROS
CUENTOS
Paco Yunque
■ Paco
Yunque. Texto publicado en la revista Apuntes del Hombre Nº
1, Lima, julio de 1951, pp. 1 y 6-7. En la edición de 1967, Francisco Moncloa
añade algunos cambios a la versión que figura en Apuntes del
Hombre.
Cuando Paco Yunque
y su madre llegaron a la puerta del colegio, los niños estaban jugando en el
patio. La ma-dre le dejó y se fue. Paco, paso a paso, fue adelantándose al
centro del patio, con su libro primero, su cuaderno y su lápiz. Paco estaba con
miedo, porque era la primera vez que venía a un colegio y porque nunca había
visto a tantos niños juntos.
Varios alumnos,
pequeños como él, se le acercaron y Paco, cada vez más tímido, se pegó a la
pared y se pu-so colorado. ¡Qué listos eran todos esos chicos! ¡Qué
desenvueltos! Como si estuviesen en su casa. Gritaban. Corrían. Reían hasta
reventar. Saltaban. Se daban de pu-ñetazos. Eso era un enredo.
Paco estaba también
atolondrado porque en el cam-po no oyó nunca sonar tantas voces de personas a
la vez. En el campo hablaba primero uno, después otro, después otro y después
otro. A veces, oyó hablar hasta cuatro o cinco personas juntas. Era su padre, su
madre, don José, el cojo Anselmo y la Tomasa. Con las gallinas eran más. Y más
todavía con la acequia, cuando crecía... Pero no. Eso no era ya voz de
personas, sino otro ruido, muy diferente.
263
Y ahora sí que esto
del colegio era una bulla fuerte, de muchos. Paco estaba asordado.
Un niño rubio y
gordo, vestido de blanco, le esta-ba hablando. Otro niño, más chico, medio
ronco y con blusa azul, también le hablaba. De diversos grupos se se-paraban
los alumnos y venían a ver a Paco, haciéndole muchas preguntas. Pero Paco no
podía oír nada, por la gritería de los demás. Un niño trigueño, cara redonda y
con una chaqueta verde muy ceñida en la cintura, agarró a Paco por un brazo y
quiso arrastrarlo. Pero Paco no se dejó. El trigueño volvió a agarrado con más
fuerza y lo jaló. Paco se pegó más a la pared y se puso más colorado.
En ese momento sonó
la campana y todos entraron a los salones de clase.
Dos niños −los
hermanos Zumiga− tomaron de una y otra mano a Paco y le condujeron a la sala de
primer año. Paco no quiso seguidos al principio, pero luego obedeció, porque
vio que todos hacían lo mismo. Al entrar al salón se puso pálido. Todo quedó
repentinamente en silencio y este silencio le dio miedo a Paco. Los Zumiga le
estaban jalando, el uno para un lado y el otro para el otro lado, cuando de
pronto le soltaron y lo dejaron solo.
El profesor entró.
Todos los niños estaban de pie, con la mano derecha levantada a la altura de la
sien, saludan-do en silencio y muy erguidos.
Paco, sin soltar su
libro, su cuaderno y su lápiz, se ha-bía quedado parado en medio del salón,
entre las prime-ras carpetas de los alumnos y el pupitre del profesor. Un
remolino se le hacía la cabeza. Niños. Paredes amarillas. Grupos de niños.
Vocerío. Silencio. Una tracalada de si-
264
llas. El profesor.
Ahí, solo, parado, en el colegio. Quería llorar. El profesor le tomó de la mano
y lo llevó a instalar en una de las carpetas delanteras junto a un niño de su
mismo tamaño. El profesor le preguntó:
−¿Cómo se llama
usted?
Con voz temblorosa,
Paco respondió muy bajito:
−Paco.
−¿Y su apellido?
Diga usted todo su nombre.
−Paco Yunque.
−Muy bien.
El profesor volvió
a su pupitre y, después de echar una mirada muy seria sobre todos los alumnos,
dijo con voz de militar:
−¡Siéntense!
Un traqueteo de
carpetas y todos los alumnos ya es-taban sentados.
El profesor también
se sentó y durante unos momen-tos escribió en unos libros. Paco Yunque tenía
aún en la mano su libro, su cuaderno y su lápiz. Su compañero de carpeta le
dijo:
−Pon tus cosas,
como yo, en la carpeta.
Paco Yunque seguía
muy aturdido y no le hizo caso. Su compañero le quitó entonces sus libros y los
puso en la carpeta. Después, le dijo alegremente:
−Yo también me
llamo Paco. Paco Fariña. No tengas pena. Vamos a jugar con mi tablero. Tiene
torres negras. Me lo ha comprado mi tía Susana. ¿Dónde está tu familia, la
tuya?
265
Paco Yunque no
respondía nada. Este otro Paco le molestaba. Como éste eran seguramente todos
los demás niños: habladores, contentos y no les daba miedo el cole-gio. ¿Por
qué eran así? Y él, Paco Yunque, ¿por qué tenía tanto miedo? Miraba a
hurtadillas al profesor, al pupitre, al muro que había detrás del profesor y al
techo. También miró de reojo, a través de la ventana, al patio, que estaba
ahora abandonado y en silencio. El sol brillaba afuera. De cuando en cuando,
llegaban voces de otros salones de cla-se y ruidos de carretas que pasaban por
la calle.
¡Qué cosa extraña
era estar en el colegio! Paco Yun-que empezaba a volver un poco de su
aturdimiento. Pen-só en su casa y en su mamá. Le preguntó a Paco Fariña:
−¿A qué hora nos
iremos a nuestras casas?
−A las once. ¿Dónde
está tu casa?
−Por allá.
−¿Está lejos?
−Sí… No…
Paco Yunque no
sabía en qué calle estaba su casa, porque acababan de traerlo, hacía pocos
días, del campo y no conocía la ciudad.
Sonaron unos pasos
de carrera en el patio, apareció en la puerta del salón Humberto, el hijo del
señor Dorian Grieve, un inglés, patrón de los Yunque, gerente de los
ferrocarriles de la Peruvian Corporation y alcalde del
pue-blo. Precisamente a Paco le habían hecho venir del campo para que
acompañase al colegio a Humberto y para que juegue con él, pues ambos tenían la
misma edad. Sólo que
266
Humberto
acostumbraba venir tarde al colegio y esta vez, por ser la primera, la señora
Grieve le había dicho a la madre de Paco:
−Lleve usted ya a
Paco al colegio. No sirve que llegue tarde el primer día. Desde mañana esperará
a que Hum-berto se levante y los llevará usted juntos a los dos.
El profesor, al ver
a Humberto Grieve, le dijo:
−¿Hoy otra vez
tarde?
Humberto, con gran
desenfado, respondió:
−Me he quedado
dormido.
−Bueno −dijo el
profesor− Que ésta sea la última vez.
Pase a sentarse.
Humberto Grieve
buscó con la mirada dónde estaba Paco Yunque. Al dar con él, se le acercó y le
dijo imperio-samente:
−Ven a mi carpeta
conmigo.
Paco Fariña le dijo
a Humberto Grieve:
−No. Porque el
señor lo ha puesto aquí.
−¿Y a ti qué te
importa? −le increpó Grieve violenta-mente, arrastrando a Yunque por un brazo a
su carpeta.
−¡Señor! −gritó
entonces Fariña−, Grieve se está lle-vando a Paco Yunque a su carpeta.
El profesor cesó de
escribir y preguntó con voz enér-gica:
−¡Vamos a ver!
¡Silencio! ¿Qué pasa ahí?
267
Fariña volvió a
decir:
−Grieve se ha
llevado a su carpeta a Paco Yunque.
Humberto Grieve,
instalado ya en su carpeta con Pa-co Yunque, le dijo al profesor:
−Sí, señor. Porque
Paco Yunque es mi muchacho. Por
eso.
El profesor lo
sabía esto perfectamente y le dijo a
Humberto Grieve:
−Muy bien. Pero yo
lo he colocado con Paco Fari-ña, para que atienda mejor las explicaciones.
Déjelo que vuelva a su sitio.
Todos los alumnos
miraban en silencio al profesor, a Humberto Grieve y a Paco Yunque.
Fariña fue y tomó a
Paco Yunque por la mano y qui-so volverlo a traer a su carpeta, pero Grieve
tomó a Paco Yunque por el otro brazo y no lo dejó moverse.
El profesor le dijo
otra vez a Grieve:
−¡Grieve! ¿Qué es
esto?
Humberto Grieve,
colorado de cólera, dijo:
−No, señor. Yo
quiero que Yunque se quede conmigo.
−Déjelo, le he
dicho.
−No, señor.
−¿Cómo?
−No.
El profesor estaba
indignado y repetía, amenazador:
268
−¡Grieve! ¡Grieve!
Humberto Grieve
tenía bajos los ojos y sujetaba fuer-temente por el brazo a Paco Yunque, el
cual estaba atur-dido y se dejaba jalar como un trapo por Fariña y por Grieve.
Paco Yunque tenía ahora más miedo a Humber-to Grieve que al profesor, que a
todos los demás niños y que al colegio entero. ¿Por qué Paco Yunque le tenía
tan-to miedo a Humberto Grieve? ¿Por qué este Humberto Grieve solía pegarle a
Paco Yunque?
El profesor se
acercó a Paco Yunque, le tomó por el brazo y le condujo a la carpeta de Fariña.
Grieve se puso a llorar, pataleando furiosamente en su banco.
De nuevo se oyeron
pasos en el patio y otro alumno, Antonio Geldres −hijo de un albañil−, apareció
a la puer-ta del salón. El profesor le dijo:
−¿Por qué llega
usted tarde?
−Porque fui a
comprar pan para el desayuno.
−¿Y por qué no fue
usted más temprano?
−Porque estuve
alzando a mi hermanito y mamá está enferma y papá se fue a su trabajo.
−Bueno −dijo el
profesor, muy serio−. Párese ahí... Y, además, tiene usted una hora de
reclusión.
Le señaló un
rincón, cerca de la pizarra de ejercicios.
Paco Fariña se
levantó entonces y dijo:
−Grieve también ha
llegado tarde, señor.
−Miente, señor
−respondió rápidamente Humberto Grieve− No he llegado tarde.
Todos los alumnos
dijeron en coro:
269
−¡Sí, señor! ¡Sí,
señor! ¡Grieve ha llegado tarde!
−¡Psch! ¡Silencio!
−dijo malhumorado el profesor y todos los niños se callaron.
El profesor se
paseaba pensativo.
Fariña le decía a
Yunque en secreto:
−Grieve ha llegado
tarde y no lo castigan. Porque su papá tiene plata. Todos los días llega tarde.
¿Tú vives en su casa? ¿Cierto que eres su muchacho?
Yunque respondió:
−Yo vivo con mi
mamá...
−¿En la casa de
Humberto Grieve?
−Es una casa muy
bonita. Ahí está la patrona y el pa-trón. Ahí está mi mamá. Yo estoy con mi
mamá.
Humberto Grieve,
desde su banco del otro lado del salón, miraba con cólera a Paco Yunque y le
enseñaba los puños, porque se dejó llevar a la carpeta de Paco Fa-riña.
Paco Yunque no
sabía qué hacer. Le pegaría otra vez el niño Humberto porque no se quedó con
él, en su carpeta. Cuando saldrían del colegio, el niño Humberto le daría un
empujón en el pecho y una patada en la pierna. El ni-ño Humberto era malo y
pegaba pronto, a cada rato. En la calle. En el corredor también. Y en la
escalera. Y también en la cocina, delante su mamá y delante la patrona. Ahora
le va a pegar, porque le estaba enseñando los puñetes y le miraba con ojos
blancos. Yunque le dijo a Fariña:
−Me voy a la
carpeta del niño Humberto.
270
Y Paco Fariña le
decía:
−No vayas. No seas
sonso. El señor te va a castigar.
Fariña volteó a ver
a Grieve y este Grieve le enseñó también a él los puños, refunfuñando no sé qué
cosas, a escondidas del profesor.
−¡Señor! −gritó
Fariña−. Ahí, ese Grieve me está en-señando los puñetes.
El profesor dijo:
−¡Psc! ¡Psc!
¡Silencio!... ¡Vamos a ver!... Vamos a ha-blar hoy de los peces, y después,
vamos a hacer todos un ejercicio escrito en una hoja de los cuadernos, y
después me los dan para verlos. Quiero ver quién hace el mejor ejercicio, para
que su nombre sea inscrito en el Cuaderno de Honor del Colegio, como el mejor
alumno del primer año. ¿Me han oído bien? Vamos a hacer lo mismo que hicimos la
semana pasada. Exactamente lo mismo. Hay que atender bien a la clase. Hay que
copiar bien el ejer-cicio que voy a escribir después en la pizarra. ¿Me han
entendido bien?
Los alumnos
respondieron en coro:
−Sí, señor.
−Muy bien −dijo el
profesor− Vamos a ver. Vamos a hablar ahora de los peces.
Varios niños
quisieron hablar. El profesor le dijo a uno de los Zumiga que hablase.
−Señor −dijo
Zumiga−: había en la playa mucha are-na. Un día nos metimos entre la arena y
encontramos un pez medio vivo y lo llevamos a mi casa. Pero se murió en el
camino...
271
Humberto Grieve
dijo:
−Señor: yo he
cogido muchos peces y los he llevado a mi casa y los he soltado en mi salón y
no se mueren nunca.
El profesor
preguntó:
−Pero... ¿los deja
usted en alguna vasija con agua? −No, señor. Están sueltos, entre los muebles.
Todos los niños se echaron a reír. Un chico, flacucho y pálido, dijo:
−Mentira, señor.
Porque el pez se muere pronto, cuan-do le sacan del agua.
−No, señor −decía
Humberto Grieve−. Porque en mi salón no se mueren. Porque mi salón es muy
elegante. Porque mi papá me dijo que trajera peces y que podía dejarlos sueltos
entre las sillas.
Paco Fariña se
moría de risa. Los Zumiga también. El chico rubio y gordo, de chaqueta blanca y
el otro, cara redonda y chaqueta verde, se reían ruidosamente. ¡Qué Grieve tan
divertido! ¡Los peces en su salón! ¡Entre los muebles! ¡Como si fuesen pájaros!
Era una gran mentira lo que contaba Grieve. Todos los chicos exclamaban a la
vez, reventando de risa:
−¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
¡Ja! ¡Ja! ¡Miente, señor! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
¡Ja! ¡Mentira!
¡Mentira!
Humberto Grieve se
enojó porque no le creían lo que contaba. Todos se burlaban de lo que había
dicho. Pero Grieve recordaba que trajo dos peces pequeños a su casa y los soltó
en su salón y ahí estuvieron muchos días. Los
272
movió y se movían.
No estaba seguro si vivieron muchos días o murieron pronto. Grieve, de todos
modos, quería que le creyeran lo que decía. En medio de las risas de to-dos, le
dijo a uno de los Zumiga:
−¡Claro! Porque mi
papá tiene mucha plata. Y me ha dicho que va a hacer llevar a mi casa a todos
los peces del mar. Para mí. Para que juegue con ellos en mi salón grande.
El profesor dijo en
alta voz:
−¡Bueno! ¡Bueno!
¡Silencio! Grieve no se acuerda bien, seguramente. Porque los peces mueren
cuando...
Los niños añadieron
en coro:
−...se les saca del
agua.
−Eso es −dijo el
profesor.
El niño flacucho y
pálido dijo:
−Porque los peces
tienen sus mamás en el agua y sa-cándolos, se quedan sin mamás.
−¡No, no, no! −dijo
el profesor−. Los peces mueren fuera del agua, porque no pueden respirar. Ellos
toman el aire que hay en el agua, y cuando salen, no pueden absor-ber el aire
que hay afuera.
−Porque ya están
como muertos −dijo un niño.
Humberto Grieve
dijo:
−Mi papá puede
darles aire en mi casa, porque tiene bastante plata para comprar todo.
El chico vestido de
verde dijo:
−Mi papá también
tiene plata.
273
−Mi papá también
−dijo otro chico.
Todos los niños
dijeron que sus papás tenían mucho dinero. Paco Yunque no decía nada y estaba
pensando en los peces que morían fuera del agua.
Fariña le dijo a
Paco Yunque:
−Y tú, ¿tu papá no
tiene plata?
Paco Yunque
reflexionó y se acordó haberle visto una vez a su mamá con unas pesetas en la
mano. Yunque dijo a Fariña:
−Mi mamá tiene
también mucha plata.
−¿Cuánto? −le
preguntó Fariña.
−Como cuatro
pesetas.
Paco Fariña dijo al
profesor en alta voz:
−Paco Yunque dice
que su mamá tiene también mu-cha plata.
−¡Mentira, señor!
−respondió Humberto Grieve−. Paco Yunque miente, porque su mamá es la sirviente
de mi mamá y no tiene nada.
El profesor tomó la
tiza y escribió en la pizarra, dando la espalda a los niños.
Humberto Grieve,
aprovechando de que no le veía el profesor, dio un salto y le jaló de los pelos
a Yunque, vol-viéndose a la carrera a su carpeta. Yunque se puso a llorar.
−¿Qué es eso? dijo
el profesor, volviéndose a ver lo que pasaba.
Paco Fariña dijo:
274
−Grieve le ha
tirado de los pelos, señor.
−No, señor −dijo
Grieve−. Yo no he sido. Yo no me he movido de mi sitio.
−¡Bueno, bueno!
−dijo el profesor−. ¡Silencio! ¡Cálle-se, Paco Yunque! ¡Silencio!
Siguió escribiendo
en la pizarra; y después preguntó a Grieve:
−Si se le saca del
agua, ¿qué sucede con el pez?
−Va a vivir en mi
salón −contestó Grieve.
Otra vez se reían
de Grieve los niños. Este Grieve no sabía nada. No pensaba más que en su casa y
en su salón y en su papá y en su plata. Siempre estaba diciendo ton-terías.
−Vamos a ver,
usted, Paco Yunque −dijo el profesor−. ¿Qué pasa con el pez, si se le saca del
agua?
Paco Yunque, medio
llorando todavía por el jalón de pelos que le dio Grieve, repitió de una tirada
lo que dijo el profesor:
−Los peces mueren
fuera del agua porque les falta ai-
re.
−¡Eso es! −decía el
profesor−. Muy bien. Volvió a es-cribir en la pizarra.
Humberto Grieve
aprovechó otra vez de que no po-día verle el profesor y fue a darle un puñetazo
a Paco Fa-riña en la boca y regresó de un salto a su carpeta. Fariña, en vez de
llorar como Paco Yunque, dijo a grandes voces al profesor:
−¡Señor! ¡Acaba de
pegarme Humberto Grieve!
275
−¡Sí, señor! ¡Sí,
señor! −decían todos los niños a la
vez.
Una bulla tremenda
había en el salón.
El profesor dio un
puñetazo en su pupitre y dijo:
−¡Silencio!
El salón se sumió
en un silencio completo y cada alumno estaba en su carpeta, serio y derecho,
mirando ansiosamente al profesor. ¡Las cosas de este Humber-to Grieve! ¡Ya ven
lo que estaba pasando por su cuenta! ¡Ahora habrá que ver lo que [iba] a hacer
el profesor, que estaba colorado de cólera! ¡Y todo por culpa de Humber-to
Grieve!
−¿Qué desorden era
ése?− preguntó el profesor a Pa-co Fariña.
Paco Fariña, con
los ojos brillantes de rabia, decía:
−Humberto Grieve me
ha pegado un puñetazo en la cara, sin que yo le haga nada.
−¿Verdad, Grieve?
−No, señor −dijo
Humberto Grieve−. Yo no le he pe-gado.
276
El profesor miró a
todos los alumnos sin saber a qué atenerse. ¿Quién de los dos decía la verdad?
¿Fariña o Grieve?
−¿Quién lo ha
visto? −preguntó el profesor a Fariña.
−¡Todos, señor!
Paco Yunque también lo ha visto.
−¿Es verdad lo que
dice Paco Fariña? −le preguntó el profesor a Yunque.
Paco Yunque miró a
Humberto Grieve y no se atrevió a responder, porque si decía que sí, el niño
Humberto le pegaría a la salida. Yunque no dijo nada y bajó la cabeza.
Fariña dijo:
−Yunque no dice
nada, señor, porque Humberto Grieve le pega, porque es su muchacho y vive en su
casa.
El profesor
preguntó a los otros alumnos: −¿Quién otro ha visto lo que dice Fariña? −¡Yo,
señor! ¡Yo, señor! ¡Yo, señor!
El profesor volvió
a preguntar a Grieve:
−¿Entonces, es
cierto, Grieve, que le ha pegado usted a Fariña?
−¡No, señor! Yo no
le he pegado.
−Cuidado con
mentir, Grieve. ¡Un niño decente co-mo usted no debe mentir!
−No, señor. Yo no
le he pegado.
−Bueno. Yo creo en
lo que dice usted. Yo sé que usted no miente nunca. Bueno. Pero tenga usted
mucho cuida-do en adelante.
277
El profesor se puso
a pasear, pensativo, y todos los alumnos seguían circunspectos y derechos en
sus bancos.
Paco Fariña gruñía
a media voz y como queriendo llorar:
−No le castigan,
porque su papá es rico. Le voy a decir a mi mamá.
El profesor le oyó
y se plantó enojado delante de Fari-ña y le dijo en alta voz:
−¿Qué está usted
diciendo? Humberto Grieve es un buen alumno. No miente nunca. No molesta a
nadie. Por eso no le castigo. Aquí, todos los niños son iguales, los hijos de
ricos y los hijos de pobres. Yo los castigo aunque sean hijos de ricos. Como
usted vuelva a decir lo que está diciendo del padre de Grieve, le pondré dos
horas de re-clusión. ¿Me ha oído usted?
Paco Fariña estaba
agachado. Paco Yunque también. Los dos sabían que era Humberto Grieve quien les
había pegado y que era un gran mentiroso.
El profesor fue a
la pizarra y siguió escribiendo.
Paco Fariña le
preguntaba a Paco Yunque:
−¿Por qué no le
dijiste al señor que me ha pegado Humberto Grieve?
−Porque el niño
Humberto me pega. −Y ¿por qué no se lo dices a tu mamá?
−Porque si le digo
a mi mamá, también me pega y la patrona se enoja.
Mientras el
profesor escribía en la pizarra, Humberto Grieve se puso a llenar de dibujos su
cuaderno.
278
Paco Yunque estaba
pensando en su mamá. Después se acordó de la patrona y del niño Humberto. ¿Le
pegaría al volver a la casa? Yunque miraba a los otros niños y éstos no le
pegaban a Yunque ni a Fariña, ni a nadie. Tampoco le querían agarrar a Yunque
en las otras carpetas, como quiso hacerla el niño Humberto. ¿Por qué el niño
Hum-berto era así con él? Yunque se lo diría ahora a su mamá y si el niño
Humberto le pegaba, se lo diría al profesor. Pero el profesor no le hacía nada
al niño Humberto. Entonces, se lo diría a Paco Fariña. Le preguntó a Paco
Fariña:
−¿A ti también te
pega el niño Humberto?
−¿A mí? ¡Qué me va
a pegar a mí! Le pego un pu-ñetazo en el hocico y le echo sangre. ¡Vas a ver!
¡Como me haga alguna cosa! ¡Déjalo y verás! ¡Y se lo diré a mi mamá! ¡Y vendrá
mi papá y le pegará a Grieve y a su papá también y a todos!
Paco Yunque le oía
asustado a Paco Fariña lo que de-cía. ¿Cierto sería que le pegaría al niño
Humberto? Y ¿que su papá vendría a pegarle al señor Grieve? Paco Yunque no
quería creerlo, porque al niño Humberto no le pegaba nadie. Si Fariña le
pegaba, vendría el patrón y le pegaría a Fariña y también al papá de Fariña. Le
pegaría el patrón a todos. Porque todos le tenían miedo. Porque el señor Grieve
hablaba muy serio y estaba mandando siempre. Y venían a su casa señores y
señoras que le tenían mucho miedo y obedecían siempre al patrón y a la patrona.
En buena cuenta, el señor Grieve podía más que el profesor y más que todos.
Paco Yunque miró al
profesor, que escribía en la piza-rra. ¿Quién era el profesor? ¿Por qué era tan
serio y daba tanto miedo? Yunque seguía mirándolo. No era el profesor
279
igual a su papá ni
al señor Grieve. Más bien se parecía a otros señores que venían a la casa y
hablaban con el patrón. Tenía un pescuezo colorado y su nariz parecía moco de
pavo. Sus zapatos hacían risss-risss-rissss-risssss, cuando caminaba mucho.
Yunque empezó a
fastidiarse. ¿A qué hora se iría a su casa? Pero el niño Humberto le iba a
pegar a la salida del colegio. Y la mamá de Paco Yunque le diría al niño
Humberto: “No, niño. No le pegue usted a Paquito. No sea tan malo”. Y nada más
le diría. Pero Paco tendría colo-rada la pierna de la patada del niño Humberto.
Y Paco se pondría a llorar. Porque al niño Humberto nadie le hacía nada. Y
porque el patrón y la patrona le querían mucho al niño Humberto, y Paco Yunque
tenía pena porque el niño Humberto le pegaba mucho. Todos, todos, todos le
tenían miedo al niño Humberto y a sus papás. Todos. Todos. Todos. El profesor
también. La cocinera, su hija. La mamá de Paco. El Venancio con su mandil. La
María que lava las bacinicas. Quebró ayer una bacinica en tres pedazos grandes.
¿Le pegaría también el patrón al papá de Paco Yunque? Qué cosa fea era esto del
patrón y del niño Humberto. Paco Yunque quería llorar. ¿A qué hora acabaría de
escribir el profesor en la pizarra?
−¡Bueno! −dijo el
profesor, cesando de escribir−. Ahí está el ejercicio escrito. Ahora, todos
sacan sus cuadernos y copian lo que hay en la pizarra. Hay que copiarlo
com-pletamente igual.
−¿En nuestros
cuadernos? −preguntó tímidamente Paco Yunque.
−Sí, en sus
cuadernos −le respondió el profesor−. ¿Usted sabe escribir un poco?
280
−Sí, señor. Porque
mi papá me enseñó en el campo.
−Muy bien.
Entonces, todos a copiar.
Los niños sacaron
sus cuadernos y se pusieron a co-piar el ejercicio que el profesor había
escrito en la pizarra.
−No hay que
apurarse −decía el profesor−. Hay que escribir poco a poco, para no
equivocarse.
Humberto Grieve
preguntó:
−¿Es, señor, el
ejercicio escrito de los peces?
−Sí. A copiar todo
el mundo.
El salón se sumió
en el silencio. No se oía sino el rui-do de los lápices. El profesor se sentó a
su pupitre y tam-bién se puso a escribir en unos libros.
Humberto Grieve, en
vez de copiar su ejercicio, se puso otra vez a hacer dibujos en su cuaderno. Lo
llenó completamente de dibujos de peces, de muñecos y de cuadritos.
Al cabo de un rato,
el profesor se paró y preguntó:
−¿Ya terminaron?
−Ya, señor
−respondieron todos a la vez.
−Bueno −dijo el
profesor− Pongan al pie sus nombres bien claros.
En ese momento sonó
la campana del recreo.
Una gran algazara
volvieron a hacer los niños y salie-ron corriendo al patio.
Paco Yunque había
copiado su ejercicio muy bien y salió al recreo con su libro, su cuaderno y su
lápiz.
281
Ya en el patio,
vino Humberto Grieve y agarró a Paco Yunque por un brazo, diciéndole con
cólera:
−Ven a jugar
al melo.
Lo echó de un
empellón al medio y le hizo derribar su libro, su cuaderno y su lápiz.
Yunque hacía lo que
le ordenaba Grieve, pero esta-ba colorado y avergonzado de que los otros niños
viesen cómo lo zarandeaba el niño Humberto. Yunque quería llorar.
Paco Fariña, los
dos Zumiga y otros niños rodeaban a Humberto Grieve y a Paco Yunque. El niño
flacucho y pálido recogió el libro, el cuaderno y el lápiz de Yunque, pero
Humberto Grieve se los quitó a la fuerza, diciéndole:
−¡Déjalos! ¡No te
metas! Porque Paco Yunque es mi muchacho.
Humberto Grieve
llevó al salón de clase las cosas de Paco Yunque y se las guardó en su carpeta.
Después, vol-vió al patio a jugar con Paco Yunque. Le cogió del pescue-zo y le
hizo doblar la cintura y ponerse a cuatro manos.
−Estáte quieto así
−le ordenó imperiosamente−. No te muevas hasta que yo te diga.
Humberto Grieve se
retiró a cierta distancia y desde allí vino corriendo y dio un salto sobre Paco
Yunque, apo-yando las manos sobre sus espaldas y dándole una patada feroz en
las posaderas. Volvió a retirarse y volvió a saltar sobre Paco Yunque, dándole
otra patada. Mucho rato es-tuvo así jugando Humberto Grieve con Paco Yunque. Le
dio como veinte saltos y veinte patadas.
282
De repente se oyó
un llanto. Era Yunque que estaba llorando de las fuertes patadas del niño
Humberto. En-tonces salió Paco Fariña del ruedo formado por los otros niños y
se plantó ante Grieve, diciéndole:
−¡No! ¡No te dejo
que saltes sobre Paco Yunque!
Humberto Grieve le
respondió amenazándole:
−¡Oye! ¡Oye! ¡Paco
Fariña! ¡Paco Fariña! ¡Te voy a dar un puñetazo!
Pero Fariña no se
movía y estaba tieso delante de
Grieve y le decía:
−¡Porque es tu
muchacho, le pegas y lo saltas y lo ha-ces llorar! ¡Sáltalo y verás!
Los dos hermanos
Zumiga abrazaban a Paco Yunque y le decían que ya no llorase y le consolaban,
diciéndole:
−¡Por qué te dejas
saltar así y dar de patadas! ¡Pégale!
¡Sáltalo tú
también! ¿Por qué te dejas? ¡No seas zonzo!
¡Cállate! ¡Ya no
llores! ¡Ya nos vamos a ir a nuestras casas!
Paco Yunque estaba
siempre llorando y sus lágrimas parecían ahogarle.
Se formó un tumulto
de niños en torno a Paco Yun-que y otro tumulto en torno a Humberto Grieve y a
Paco Fariña.
Grieve le dio un
empellón brutal a Fariña y lo derri-bó al suelo. Vino un alumno más grande, del
segundo año, y defendió a Fariña, dándole a Grieve un puntapié. Y otro niño del
tercer año, más grande que todos, defen-dió a Grieve, dándole una furiosa trompada
al alumno de segundo año. Un buen rato llovieron bofetadas y pa-tadas entre
varios niños. Eso era un enredo.
283
Sonó la campana y
todos los niños volvieron a sus salones de clase.
A Paco Yunque lo
llevaron por los brazos los dos her-manos Zumiga.
Una gran gritería
había en el salón del primer año, cuando entró el profesor. Todos se callaron.
El profesor miró a
todos muy serio y dijo como un militar:
−¡Siéntense!
Un traqueteo de
carpetas y todos los alumnos estaban ya sentados.
Entonces el
profesor se sentó en su pupitre y llamó por lista a los niños para que le
entregasen sus cuartillas con los ejercicios escritos sobre el tema de los
peces. A medida que el profesor recibía las hojas de los cuadernos, las iba
leyendo y escribía las notas en unos libros.
Humberto Grieve se
acercó a la carpeta de Paco Yun-que y le entregó su libro, su cuaderno y su
lápiz. Pero an-tes había arrancado la hoja del cuaderno en que estaba el
ejercicio de Paco Yunque y puso en ella su firma.
Cuando el profesor
dijo: “Humberto Grieve”, Grieve fue y presentó el ejercicio de Paco Yunque,
como si fuese suyo.
Y cuando el
profesor dijo: “Paco Yunque”, Yunque se puso a buscar en su cuaderno la hoja en
que escribió su ejercicio y no la encontró.
−¿La ha perdido
usted −le preguntó el profesor− o no la ha hecho usted?
284
Pero Paco Yunque no
sabía lo que se había hecho la hoja de su cuaderno y, muy avergonzado, se quedó
en si-lencio y bajó la frente.
−Bueno −dijo el
profesor, y anotó en unos libros la falta de Paco Yunque.
Después siguieron
los demás entregando sus ejerci-cios. Cuando el profesor acabó de verlos todos,
entró de repente al salón el Director del Colegio.
El profesor y los
niños se pusieron de pie respetuo-samente. El Director miró como enojado a los
alumnos y dijo en voz alta:
−¡Siéntense!
El Director le
preguntó al profesor:
−¿Ya sabe usted
quién es el mejor alumno de su año?
¿Han hecho el
ejercicio semanal para calificarlos?
−Sí, señor Director
−dijo el profesor−. Acaban de ha-cerlo. La nota más alta la ha obtenido
Humberto Grieve.
−¿Dónde está su
ejercicio?
−Aquí está, señor
Director.
El profesor buscó
entre todas las hojas de los alumnos y encontró el ejercicio firmado por
Humberto Grieve. Se lo dio al Director, que se quedó viendo largo rato la
cuar-tilla.
−Muy bien −dijo el
Director, contento.
Subió al pupitre y
miró severamente a los alumnos.
Después les dijo
con su voz un poco ronca pero enérgica:
−De todos los
ejercicios que ustedes han hecho ahora, el mejor es el de Humberto Grieve. Así
es que el nombre
285
de este niño va a
ser inscrito en el Cuadro de Honor de esta semana, como el mejor alumno del
primer año. Salga afuera Humberto Grieve.
Todos los niños
miraron ansiosamente a Humberto Grieve, que salió pavoneándose a pararse muy
derecho y orgulloso delante del pupitre del profesor. El Director le dio la
mano, diciéndole:
−Muy bien, Humberto
Grieve. Lo felicito. Así deben ser los niños. Muy bien.
Se volvió el
Director a los demás alumnos y les dijo:
−Todos ustedes
deben hacer lo mismo que Humberto Grieve. Deben ser buenos alumnos como él.
Deben estu-diar y ser aplicados como él. Deben ser serios, formales y buenos
niños como él. Y si así lo hacen, recibirá cada uno un premio al fin del año y
sus nombres serán también inscritos en el Cuadro de Honor del Colegio, como el
de Humberto Grieve. A ver si la semana que viene, hay otro alumno que dé una
buena clase y haga un buen ejercicio, como el que ha hecho hoy Humberto Grieve.
Así lo es-pero.
Se quedó el
Director callado un rato. Todos los alum-nos estaban pensativos y miraban a
Humberto Grieve con admiración. ¡Qué rico Grieve! ¡Qué buen ejercicio ha
escrito! ¡Ése sí que era bueno! ¡Era el mejor alumno de todos! ¡Llegando tarde
y todo! ¡Y pegándoles a todos! ¡Pero ya lo estaban viendo! ¡Le había dado la
mano el Director! ¡Humberto Grieve, el mejor de todos los del primer año!
El Director se
despidió del profesor, hizo una venia a los alumnos, que se pararon para
despedirlo, y salió.
286
El profesor dijo
después:
−¡Siéntense!
Un traqueteo de
carpetas y todos los niños estaban ya sentados.
El profesor le
ordenó a Grieve:
−Váyase a su
asiento.
Humberto Grieve,
muy alegre, volvió a su carpeta. Al pasar junto a Paco Fariña, le echó la
lengua.
El profesor subió a
su pupitre y se puso a escribir en unos libros.
Paco Fariña le dijo
en voz baja a Paco Yunque:
−Mira al señor, que
está poniendo tu nombre en su libro, porque no has presentado tu ejercicio.
¡Míralo! Te van a dejar ahora recluso y no vas a ir a tu casa. ¿Por qué has
roto tu cuaderno? ¿Dónde lo pusiste?
Paco Yunque no
contestaba nada y estaba con la ca-beza agachada.
−¡Anda! −le volvió
a decir Paco Fariña−. ¡Contesta! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde has dejado tu
ejercicio?
Paco Fariña se
agachó a mirar la cara de Paco Yunque y le vio que estaba llorando. Entonces le
consoló, dicién-dole:
−¡Déjalo! ¡No
llores! ¡Déjalo! ¡No tengas pena! ¡Va-mos a jugar con mi tablero! ¡Tiene torres
negras! ¡Déjalo! ¡Yo te regalo mi tablero! ¡No seas zonzo! ¡Ya no llores!
Pero Paco Yunque
seguía llorando agachado.
287
[Nota: Este dibujo
y nota provienen de los originales del autor, según lo recordara Georgette de
Vallejo. Puede leerse: “Aquí van los dibujos que debe hacer el dibujante de la
Editorial”. El pro-pio poeta aclaró verbalmente que la idea es la de una serie
de hombrecitos en sucesión de tamaño, en la cual cada hombrecito más grande
jala la oreja del hombrecito menor siguiente. Sólo al primero no se la jala
nadie, y el último no tiene a quién jalársela].
288
Los dos Soras
■ Los
dos soras. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y
cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron
escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.
Vagando sin rumbo,
Juncio y Analquer, de la tribu de los soras, arribaron a valles y altiplanos
situados a la margen del Urubamba, donde aparecen las primeras po-blaciones
civilizadas del Perú.
En Piquillacta,
aldea marginal del gran río, los dos jóvenes salvajes permanecieron toda una
tarde. Se senta-ron en las tapias de una rúa, a ver pasar a las gentes que iban
y venían de la aldea. Después, se lanzaron a caminar por las calles, al azar.
Sentían un bienestar inefable, en presencia de las cosas nuevas y desconocidas
que se les revelaban: las casas blanqueadas, con sus enrejadas ven-tanas y sus
tejados rojos; la charla de dos mujeres, que movían las manos alegando o
escarbaban en el suelo con la punta del pie, completamente absorbidas; un
viejecito encorvado, calentándose al sol, sentado en el quicio de una puerta,
junto a un gran perrazo blanco, que abría la boca, tratando de cazar moscas...
Los dos seres pal-pitaban de jubilosa curiosidad, como fascinados por el
espectáculo de la vida de pueblo, que nunca habían visto. Singularmente Juncio
experimentaba un deleite indeci-ble. Analquer estaba mucho más sorprendido. A
medida
291
que penetraban al
corazón de la aldea, empezó a azorar-se, presa de un pasmo que le aplastaba por
entero. Las numerosas calles, entrecruzadas en varias direcciones, le hacían
perder la cabeza. No sabía caminar este Analquer. Iba por en medio de la calzada
y sesgueaba al acaso, por todo el ancho de la calle, chocando con las paredes y
aun con los transeúntes.
−¿Qué cosa?
−exclamaban las gentes− Qué indios tan estúpidos. Parecen unos animales.
Analquer no les
hacía caso. No se daba cuenta de na-da. Estaba completamente fuera de sí. Al
llegar a una es-quina, seguía de frente siempre, sin detenerse a escoger la
dirección más conveniente. A menudo, se paraba ante una puerta abierta, a mirar
una tienda de comercio o lo que pasaba en el patio de una casa. Juncio lo
llamaba y lo sacudía por el brazo, haciéndole volver de su confusión y
aturdimiento. Las gentes, llamadas a sorpresa, se reunían en grupos a verlos:
−¿Quiénes son?
−Son salvajes del
Amazonas.
−Son dos
criminales, escapados de una cárcel.
−Son curanderos del
mal del sueño.
−Son dos brujos.
−Son descendientes
de los Incas.
Los niños empezaron
a seguirles.
−Mamá −referían los
pequeños con asombro−, tie-nen unos brazos muy fuertes y están siempre alegres
y riéndose.
292
Al cruzar por la
plaza, Juncio y Analquer penetraron a la iglesia, donde tenían lugar unos
oficios religiosos. El templo aparecía profundamente iluminado y gran nú-mero
de fieles llenaba la nave. Los soras y los niños que les seguían avanzaron
descubiertos, por el lado de la pila de agua bendita, deteniéndose junto a una
hornacina de yeso.
Tratábase de un
servicio de difuntos. El altar mayor se hallaba cubierto de paños y crespones
salpicados de le-treros, cruces y dolorosas alegorías en plata. En el centro de
la nave aparecía el sacerdote, revestido de casulla de plata y negro, mostrando
una gran cabeza calva, cubierta en su vigésima parte por el solideo. Lo
rodeaban varios acólitos, ante un improvisado altar, donde leía con místi-ca
unción los responsos, en un facistol de hojalata. Desde un coro invisible, le
respondía un maestro cantor, con voz de bajo profundo, monótona y llorosa.
Apenas sonó el
canto sagrado, poblando de confu-sas resonancias el templo, Juncio se echó a
reír, poseído de un júbilo irresistible. Los niños, que no apartaban un
instante los ojos de los soras, pusieron una cara de asom-bro. Una aversión
repentina sintieron por ellos, aunque Analquer, en verdad, no se había reído y,
antes bien, se mostraba estupefacto ante aquel espectáculo que, en su alma de
salvaje, tocaba los límites de lo maravilloso. Mas Juncio seguía riendo. El
canto sagrado, las luces en los altares, el recogimiento profundo de los
fieles, la claridad del sol penetrando por los ventanales a dejar chispas,
ha-los y colores en los vidrios y en el metal de las molduras y de las efigies,
todo había cobrado ante sus sentidos una gracia adorable, un encanto tan fresco
y hechizador, que le colmaba de bienestar, elevándolo y haciéndolo ligero,
293
ingrávido y alado,
sacudiéndole, haciéndole cosquillas y despertando una vibración incontenible en
sus nervios. Los niños, contagiados, por fin, de la alegría candorosa y
radiante de Juncio, acabaron también por reír, sin saber por qué.
Vino el sacristán
y, persiguiéndoles con un carrizo, los arrojó del templo. Un individuo del
pueblo, indignado por las risas de los niños y los soras, se acercó enfurecido.
−Imbéciles. ¿De qué
se ríen? Blasfemos. Oye −le dijo a uno de los pequeños−, ¿de qué te ríes,
animal?
El niño no supo qué
responder. El hombre le cogió por un brazo y se lo oprimió brutalmente,
rechinando los dientes de rabia, hasta hacerle crujir los huesos.
A la puerta de la
iglesia se formó un tumulto popular contra Juncio y Analquer.
−Se han reído
−exclamaba iracundo el pueblo−. Se han reído en el templo. Eso es insoportable.
Una blasfe-mia sin nombre...
Y entonces vino un
gendarme y se llevó a la cárcel a los soras.
294
El niño del
carrizo
■ El
niño del carrizo. Publicado por primera vez en César Vallejo.
Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella,
fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.
La procesión se
llevaría a cabo, a tenor de inmemorial liturgia, en amplias y artísticas andas,
resplandecientes de magnolias y de cirios. El anda, este año, sería en forma de
huerto. Dos hombres fueron designados para ir a traer de la espesura, la madera
necesaria. A costa de artimañas y azogadas maniobras, los dos niños, Miguel y
yo, fuimos incluidos en la expedición.
Había que
encaminarse hacia un gran carrizal, de singular varillaje y muy diferente de
las matas comunes. Se trataba de una caña especial, de excepcional tamaño, más
flexible que el junco y cuyos tubos eran susceptibles de ser tajados y
divididos en los más finos filamentos. El amarillo de sus gajos, por la parte
exterior, tiraba más al amaranto marchito que al oro brasilero. Su mejor mérito
radicaba en la circunstancia de poseer un aroma caracte-rístico, de mística
unción, que persistía durante un año entero. El carrizo utilizado en cada
Semana Santa, con-servado era en casa de mi tío, como una reliquia familiar,
hasta que el del año siguiente viniese a reemplazarlo. De la honda quebrada
donde crecía, su perfume se elevaba un tanto resinoso, acre y muy penetrante. A
su contacto, la fauna vernacular permanecía en éxtasis subconsciente
297
y en las
madrigueras chirriaban, entre los colmillos alevo-sos, rabiosas oraciones.
Miguel llevó sus
cinco perros: Bisonte, color de es-tiércol de cuy, el más inteligente y ágil;
Cocuyo, de gran intuición nocturna; Aguano, por su dulzura y pelaje de color
caoba, y Rana, el más pequeño de todos. Miguel los conducía en medio de un
vocerío riente y ensordecedor.
A medida que
avanzábamos, el terreno se hacía más bajo y quebrado, con vegetaciones
ubérrimas en frondas húmedas y en extensos macizos de algarrobos. Jirones de
pálida niebla se avellonaban al azar, en las verdes vertientes.
Miguel se adelantó
a la caravana con su jauría. Iba enajenado por un frenético soplo de autonomía
mon-taraz. Henchidas las redes de sus venas, separadas las hirsutas y pobladas
cejas por un gesto de exaltación y soberanía personal, libre la frente de sombrero,
enfebre-cido y casi desnaturalizado hasta alcanzar la sulfúrica traza de un
cachorro, se le habría creído un genio de la montaña. Cogía a uno de sus perros
y lo arrancaba del suelo a dos manos, trenzando a gruesos manojos el juego de
sus músculos lumbares y trazando con las ágiles mu-ñecas, fisóideas crispaturas
en el aire. El perro se retorcía y aullaba y Miguel corría de barranco en
barranco, acari-ciando al animal, enardeciéndolo por el fuste dorsal,
en-cendiéndolo en insólita desesperación. Los demás perros rodeaban al
muchacho, disputándole al cautivo, enfure-cidos, arañándole los flancos,
arrancándole jirones de sus ropas, mordiéndolo y ululando en celo apasionado.
Parecían desconocerle. Miguel se arrojaba de pronto la-jas abajo, rodando con el
can entre sus brazos. Al sentirse golpeado en la roca fría, el perro se sumía
en un silencio extraño, como si deglutiese un bolo ensangrentado e in-
298
visible. Entonces,
el resto de la jauría callaba también. Los perros se paraban a cierta
distancia, moviendo la co-la y sacando la lengua amoratada y espumosa.
Más abajo, Miguel
se perdía entre un montículo de sábila, para tornar a salir por una hendidura
estrecha, arrastrándose en una charca y contrayendo el tronco en una línea
sauria y glutinosa. Forcejeaba y sudaba entre las zarzas. Sus perros le mordían
las orejas y lo acorrala-ban en rabiosa acometida. Una iguana o un enorme sapo
se escurría por entre sus brazos y sus cabellos, asustando los perros, que
luego lo perseguían ladrando. Sonriente y embriagado de goce y energía, saltaba
Miguel anchas zanjas. Columpiábase de gruesas ramas, trozándolas. Cogía frutos
desconocidos, probándolos y llenándose la boca de jugos verdes y amarillos,
cuyo olor le hacía es-tornudar largo tiempo. Agarró una panguana tierna, de
luciente plumaje zahonado, arisca y un poco brava, que luego se le escapó,
aprovechando una caída de Miguel, al saltar un barranco jabonoso. Iba como
impulsado por un vértigo de locura. Al entrar en los puros dominios de la
naturaleza, parecía moverse en un retozo exclusivamente zoológico.
Llegó el rumor de
una catarata entre los ladridos de los perros. Uno de los hombres dijo:
–Ya estamos
cerca...
El sol había
aparecido. El cielo se despejaba. Me aso-mé al borde de la vertiente. En un
fondo profundo, for-mado por dos acantilados, veíase una espesura de hojas
envainadoras y cortantes, de la que partía un ruido cas-cajoso y seco.
–Aquél es el
carrizo...
299
–Ése. Ese mismo...
–Ya vamos a
llegar...
El viento vino
pesado y un tanto sordo. Un soplo as-tringente nos dio en las narices y en los
ojos. Era el aro-ma del cañaveral sagrado. La atmósfera subía de presión y
calentábase más y más. Bochorno. En algunos recodos y quebradas, el aire
empezaba a morir, ahogándose de sol.
Sorprendimos en una
de estas quebradas, al doblar la pendiente de un meandro, a Miguel. Arqueado en
cuatro pies, tomaba agua de un chorro recóndito y azul, entre matorrales. Junto
a los labios del amo, Rana tenía sumer-gido el hocico. La lengua granate de
Bisonte hería la linfa, azotándola. Bajo el agua, ondulaba su baba viscosa. Las
pupilas del mozo y las de sus perros, al beber, se duplica-ban y centuplicaban
de cristal en cristal, de marco en mar-co, entre la doble frontera natural de
la onda y de los ojos.
Extraña anatomía la
de Miguel, bebiendo en cuatro pies, el agua de la herbosa montaña... Muchas
veces le vi así, saboreando las lágrimas rientes de la tierra. Trazaba entonces
una figura monstruosa, una imagen que expre-saba, acaso justificándola, el tenor
de su naturaleza, su espíritu terráqueo, su inclinación al suelo. Sediento y
co-mido por los ardores de la sangre, Miguel doblaba los pe-destales iliacos y
extendía los brazos hacia adelante, hasta dar las manos en tierra. En esa
actitud se extasiaba largo tiempo, sorbiendo a ojos cerrados el agua fría.
Violentán-dose a tal ademán, las manos en un rol de nuevos pies, asentado en la
tierra por medio de dos órdenes de co-lumnas, Miguel modelaba la línea
victoriosa de los arcos. Miguel hacía así el signo de todo lo que sale de la
tierra por las plantas, para tornar a ella por las manos...
300
Viaje alrededor
del porvenir
■ Viaje
alrededor del porvenir. Publicado por primera vez en César Vallejo.
Novelas y cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella,
fueron escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores, 1967.
A eso de las dos de
la mañana despertó el administra-dor en un sobresalto. Tocó el botón de la luz
y alumbró. Al consultar su reloj de bolsillo, se dio cuenta de que era todavía
muy temprano para levantarse. Apagó y trató de dormirse de nuevo. Hasta las tres
y media podía dar un buen sueño. Su mujer parecía estar sumida en un sueño
profundo. El administrador ignoraba que ella le había sentido y que, en ese
momento, estaba también despier-ta. Sin embargo, los dos permanecían en
silencio, el uno junto al otro, en medio de la completa oscuridad del
dor-mitorio.
Pero pasados unos
minutos, no le volvía el sueño al administrador, y su mujer, sin saber por qué,
tampoco podía ya dormir, siguiendo con el oído los movimientos que, de cuando
en cuando, hacía su marido en la cama y hasta el ritmo de su respiración y el parpadeo
de sus ojos. Hacía dos años que eran casados. Una hijita de tres meses dormía
en su cuna, en la habitación contigua, a cargo de una nodriza. El administrador
casó con Eva, no porque la quisiera, sino por conveniencia, pues ésta tenía un
lejano parentesco con don Julio, patrón de la hacienda. El ad-ministrador hizo,
en efecto, un buen negocio: apenas se
303
casaron, el patrón
lo había ascendido de simple mayordo-mo de campo, con 60 soles de sueldo y una
simple ración de carne y arroz, a administrador general de la hacienda, con 150
soles mensuales y tres raciones diarias. De otro lado, aun cuando el parentesco
en cuestión no contaba mucho a los ojos del patrón –hombre duro, vanidoso y
avaro– con el matrimonio cambió en parte el tratamiento que le daba a su
ex-mayordomo de campo. Tenía para él una sonrisa, por lo menos, a la semana.
Solía también a veces dar a sus instrucciones, delante de los obreros y los
otros empleados, repentinas entonaciones de deferencia. Una vez al mes, les
estaba acordado al administrador y a su mujer, ir de visita a la casa-hacienda
y comer en la me-sa de los parientes pobres del patrón. Por último, el 28 de
julio de cada año, día de la fiesta nacional, recibía el cajero orden de dar al
administrador un sueldo gratis. Mas la dádiva mayor no había sido todavía
recibida, aunque ya estaba prometida.
El día en que nació
la hija del administrador, la mujer del patrón le dijo a su marido, a la hora
de cenar:
–¿Sabes una cosa?
El patrón, cuyo
despotismo y frialdad no exceptuaba ni a su mujer, movió negativamente la
cabeza.
–Eva ha dado a luz
esta mañana –añadió la patrona– y la criatura es mujercita.
–¡Zonza! –argumentó
el patrón en tono de burla–. No sabe hacé hico. ¿Po qué no hacé uno muchacho
hombre?
El patrón hablaba
pronunciando las palabras como chino que ignorase el español. ¿Por qué tan
singular cos-tumbre? ¿Lo hacía acaso porque, en realidad, no pudiese articular
bien el español? No. Lo hacía por hábito de so-
304
berbia y de
dominio. Cuando la hacienda estuvo aún en manos de su padre –un inmigrante
italiano, que se hizo rico en el Perú, vendiendo ultramarinos al por menor– la
mayor parte de los obreros del campo eran chinos. Estos culíes eran tratados
entonces como esclavos. El padre del actual patrón y cualquiera de sus
capataces o empleados superiores podían azotar, dar de palos o matar de un
ti-ro de revólver a un culí, por quítame allí esas pajas. Así, pues, el actual
patrón creció servido por chinos y obede-ciendo a un raro fenómeno de
persistente relación entre el lenguaje usado por aquel entonces en el trato con
los culíes y la condición de esclavos en que don Julio se había acostumbrado a
ver a los obreros y, de modo general, a cuantos le eran económicamente
inferiores, se hizo há-bito oír al patrón hablar en un español chinesco a todos
los habitantes de su hacienda. Nada importaba que ahora no se tratase ya de
culíes sino de indígenas de la sierra del Perú. Su lenguaje resultaba, por eso,
de un ridículo no exento de una aureola feudal y sanguinaria.
Don Julio, aquella
noche del nacimiento de la hija del administrador, había llamado a éste a su
escritorio des-pués de cenar, y le dijo severamente:
–Tú tene ahora una
hica. Por qué tú no hacé uno mu-chacho. ¡Tú ée zonzo!
El administrador de
pie y en actitud humilde, se puso colorado de emoción, al sentirse honrado, con
el hecho de que el patrón se interesase así por la vida de los suyos. Una
mezcla de orgullo y de pudor le estremeció ante las palabras protectoras del
patrón y no supo qué contestar. Sonrió penosamente y bajó la frente. El patrón
añadió, entonces, paternalmente:
305
–Anda tú hacé uno
hico muchacho, uno hico macho.
Si tú hacé un chico
home, yo date legalo di mil soles.
Después dio don
Julio unos largos pasos con sus enormes piernas de gigante y salió del
escritorio, sin de-jarle tiempo al administrador para darle las gracias por
tamaña promesa.
Desde entonces, el
administrador vivía con la cons-tante preocupación de engendrar un hijo hombre.
Formulada la promesa por el patrón, se apresuró a co-municarla inmediatamente a
su mujer, la cual, en su gran inconciencia, vecina de un impudor casi cínico,
re-cibió la noticia con saltos de alegría y entusiasmo. Am-bos cónyuges
empezaron a soñar día y noche en aquel alumbramiento de un hijo hombre, que les
traería los diez mil soles prometidos... día y noche. Esta perspecti-va surgía
ante ellos principalmente cada vez que se veían en apuros de dinero y en
cuantas ocasiones hablaban de proyectos de futuro bienestar. Necesitaban
vertirse me-jor que los Quesada. Necesitaban comprar muebles nue-vos para la
casa de Chiclayo. Además, convendría hacer un paseíto a Lima. ¿Por qué
solamente los Herrera y los Ulercado tenían derecho a ir a pasear a Lima todos
los años?
–Mira, Arturo
–decía Eva, en un delirio de ilusión a su marido–, si llegamos a tener el chico
este año, podría-mos pasar la temporada de verano en Miraflores. ¡Oh, qué
maravilla sería eso! ¡Cómo se morirían de envidia todas mis amigas!
En un transporte de
entusiasmo, Eva echaba los bra-zos al cuello del administrador y acotaba,
poniéndose se-ria:
306
–Pero creo que don
Julio lo hace tal vez para que tra-bajes mejor y cumplas debidamente con los
deberes de tu puesto. ¿Crees tú que está contento con tu trabajo?
–Ya lo creo que sí.
Está contentísimo. De otra manera, no me habría prometido el regalo. El otro
día, le hice ga-nar de nuevo a la hacienda un montón de dinero.
–¿Cómo, Arturito
mío? ¿Cómo lo hiciste?
–La semana pasada,
un equipo de braceros de la Con-trata Puga trabajó seis días en un destajo de
corte de caña. Yo lo sabía perfectamente. El caporal había también regis-trado
en la planilla esas tareas. Pero el sábado por la tarde, pasé, como quien no hace
la cosa, por la caja a la hora del pago de las planillas semanales. Miré al
azar las planillas sobre la mesa y al encontrarme con la de los cañeros, hice
como que me sorprendía de verla. Llamé al caporal y le pregunté por qué se iba
a pagar a esa gente un trabajo que yo ignoraba y que, sobre todo, yo no había
ordenado que se hiciese. Se hicieron los esclarecimientos del caso y acabé
diciendo que no se pagasen esos salarios, puesto que se trataba de un trabajo
que yo no había ordenado. Y así se hizo. Total: unos cientos de soles ahorrados
para la hacienda.
Eva se quedó
pensativa y preguntó vacilante:
–Pero ¿y los
obreros no cobraron su trabajo?
–Naturalmente que
no. Si, precisamente, de eso es de lo que se trataba.
–Pero...
¡Pobrecitos! ¿Y el contratista tampoco les pa-garía?
–¿Pagarles el
contratista, dices? –exclamó el adminis-trador con sarcasmo–. Bueno será Puga
para desembol-sar un dinero que él no ha recibido...
307
Eva quedó entonces
con su marido en que el regalo prometido por el patrón no tenía nada que ver
con los servicios del administrador, sino que era una cosa com-pletamente
desinteresada y generosa.
* * *
Y esta noche, en
que el administrador ya no podía conciliar el sueño, vino a su mente de súbito
la idea del regalo prometido por don Julio. Si el administrador lo-graba
engendrar un hijo macho, sería una cosa formida-ble. Pero ¿cómo lograrlo? Más
de una vez se había hecho él y su mujer esta interrogación. ¿Cómo engendrar un
hijo hombre? Los dos pensaban que la cosa consistía en alimentarse bien. Otras
veces creían que era cuestión de técnica y, en las horas de escepticismo,
pensaban, si-guiendo su experiencia, que eran éstos designios de la suerte y
que no había nada que hacer. La pareja pasaba noches ardidas de esfuerzo y
ansiedad. Había ocasiones en que Eva, después de un espasmo heroico y
calculado, como un teorema de raíz cúbica, se sumía en un silencio abstracto
para luego exclamar de pronto, besando sudo-rosa a su marido:
–¡Ya! ¡Yo creo que
ya! ¡Siento que ahora sí, que ya! Lo siento. ¡Lo siento claramente!
–No –respondía
Arturo, exhausto y desalentado–. Yo he sentido que no. Esto es una broma.
Otras veces era el
administrador quien solía exclamar en el instante preciso de su goce:
–¡Ya!... ¡Ya!...
¡Ya!... ¡Ya!...
308
Eva, por el
contrario, se mostraba escéptica, aunque no se atreviese a desalentar a su
marido y, más bien, le respondía con jadeante y débil voz:
–Sí...
Probablemente... Probablemente...
El administrador,
al recordar esta noche de insomnio, todas estas escenas y luchas por los diez
mil soles pro-metidos por don Julio, se puso de mal humor. Se dio una vuelta
brusca en la cama y lanzó un bufido de cólera. ¡Ha-bráse visto cosa más
imbécil! No poder engendrar un hijo macho. ¡Era el colmo de la mala suerte!
Eva oyó el bufido
rabioso de su marido y de golpe comprendió en qué estaba pensando Arturo.
Meditó un momento y fingió despertar solamente en ese instante, acercando a
ciegas sus carnes desnudas y cálidas al cuer-po de su marido. Después le echó
el brazo sobre el hom-bro y siguió agitándose y rozándose con él. Por su parte,
Arturo se dio a reflexionar en la necesidad de ser tenaz en su propósito y de
no abandonar por ningún motivo la empresa de los diez mil soles. Unos minutos
después, tomó, a su turno, por la cintura a su mujer y se besaron sin
pronunciar palabras. Pero, esta vez, la empresa abortó completamente, pues
siete meses más tarde, Eva daba a luz una mujercita.
309
El Vencedor
■ El
vencedor. Publicado por primera vez en César Vallejo. Novelas y
cuentos completos. Edición de Georgette de Vallejo (según ella, fueron
escritos en 1935-1936). Lima, Francisco Moncloa Editores,
1967.
Un incidente de
manos en el recreo llevó a dos niños a romperse los dientes a la salida de la
escuela. A la puerta del plantel se hizo un tumulto. Gran número de mucha-chos,
con los libros al brazo, discutían acaloradamente, haciendo un redondel en cuyo
centro estaban, en extre-mos opuestos, los contrincantes: dos niños poco más o
menos de la misma edad, uno de ellos descalzo y pobre-mente vestido. Ambos
sonreían, y de la rueda surgían rutilantes diptongos, coreándolos y
enfrentándolos en fragorosa rivalidad. Ellos se miraban echándose los con-vexos
pechos, con aire de recíproco desprecio. Alguien lanzó una alerta:
–¡El profesor! ¡El
profesor!
La bandada se
dispersó.
–Mentira. Mentira.
No viene nadie. Mentira…
La pasión infantil
abría y cerraba calles en el tumulto. Se formaron partidos por uno y otro de
los contrincantes. Estallaban grandes clamores. Hubo puntapiés, llantos,
ri-sotadas.
–¡Al cerrillo! ¡Al
cerrillo! ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hu-rra!...
313
Un estruendoso y
confuso vocerío se produjo y la muchedumbre se puso en marcha. A la cabeza iban
los dos rivales.
A lo largo de las
calles y rúas, los muchachos hacían una algazara ensordecedora. Una anciana
salió a la puerta de su casa y gruñó muy en cólera:
–¡Juan! ¡Juan! ¡A
dónde vas, mocito! Vas a ver… Las carcajadas redoblaron.
Leonidas y yo
íbamos muy atrás. Leonidas estaba de-mudado y le castañeteaban los dientes.
–¿Vamos
quedándonos? –le dije.
–Bueno –me
respondió–. ¿Pero si le pegan a Juncos?...
Llegados a una
pequeña explanada, al pie de un cerro de la campiña, se detuvo el tropel.
Alguien estaba lloran-do. Los otros reían estentóreamente. Se vivaba a
contra-punteo:
–¡Viva Cancio!
¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hip!... ¡Hurraaaaa!...
Se hizo un orden
frágil. La gritería y la confusión re-nacieron. Pero se oyó una voz
amenazadora:
–¡Al primero que
hable, le rompo las narices!
–Voy a Juncos.
–Voy a Cancio.
Se hacían apuestas
como en las carreras de caballos o en las peleas de gallos.
Juntos era el niño
descalzo. Esperaba en guardia, en-cendido y jadeante. Más bien escueto y
cetrino y de sabro-so genio pendenciero. Sus pies desnudos mostraban los
talones rajados. El pantalón de bayeta blanca, andrajoso y
314
desgarrado a la
altura de la rodilla izquierda, le descendía hasta los tobillos. Tocaba su
cabeza alborotada un grueso e informe sombrero de lana. Reía como si le
hiciesen cos-quillas. Las apuestas en su favor crecían. Por Cancio, en cambio,
las apuestas eran menores. Era éste un niño de-cente, hijo de buena familia. Se
mordía el labio superior con altivez y cólera de adulto. Tenía zapatos nuevos.
–¡Uno!... ¡Dos!...
¡Tres!
El tropel se sumió
en un silencio trágico. Leonidas tragó saliva. Cancio no se movía de su
guardia, reducién-dose a parar las acometidas de Juncos. Un puñetazo en el
costado derecho, esgrimido con todo el brazo contrario, le hizo tambalear. Le
alentaron. Recuperó su puesto y una sombra cruzó por su semblante. Juncos,
finteando, son-reía.
Cancio empezó a
despertar mi simpatía. Era inteli-gente y noble. Nunca buscó camorra a nadie.
Cancio me era simpático y ahora se avivaba esa simpatía. Leonidas también
estaba ahora de su parte. Leonidas estaba colora-do y se movía nerviosamente,
ajustando sus movimientos a los trances de la lucha. Cuando Cancio iba a caer
por tierra, a una puñada del héroe contrario, Leonidas, sin poder contenerse,
alargó la mano canija y dio un buen pellizcón a Juncos. Yo le dije:
–Déjalo. No te
metas.
–¡Y por qué le pega
a Cancio! –me respondió, po-niéndose aun más colorado. Bajó luego los ojos como
avergonzado.
La lucha se
encendió en forma huracanada. A un puntapié trazado por Juncos, a la sombra de
un zurdazo
315
simulado,
respondieron los dos puños de Cancio, majan-do rectamente al pecho, a las
clavículas, al cuello, a los hombros de su enemigo, en una lluvia de golpes
contun-dentes. Juncos vaciló, defendiéndose con escaramuzas inútiles. Corrió
sangre. De una pierna de Cancio manaba un hilo lento y rojo. La tropa lanzó
murmullos de triunfo y de lástima.
–¡Brazo! ¡Bravo,
Juncos!
–¡Bravo! ¡Brazo!
¡Bravo, Cancio!
–¡Uyuyuy! ¡Ya va a
llorar! ¡Ya va a llorar!
–¡Déjenlo!
¡Déjenlo!
Volaron palmas.
Crujió un despecho en alto.
Cancio se enardecía
visiblemente y cobró la ofensiva. De una gran puñada, asestada con limpieza
verdadera-mente natural, hizo dar una vuelta a la cabeza contraria, obligando a
Juncos a rematar su círculo nervioso, ponién-dose de manos, a ciegas, contra el
cerco de los suyos. En-tonces sucedió una cosa truculenta. Un niño más grande
que Cancio saltó del redondel y le pegó a éste y un segun-do muchacho, mayor
aun que ambos, le pegó al intruso, defendiendo a Cancio. Durante unos segundos,
la confu-sión fue inextricable, unos defendiendo a otros y aquéllos a éstos,
hasta que volvió a oírse estas palabras de alerta, que pusieron fin al caos y a
los golpes:
–¡El profesor! ¡El
profesor!...
Juncos estaba muy
castigado y parecía que iba a do-blar pico. El humilde granuja, al principio
tan dueño de sí mismo, tenía el pabellón de una oreja ensangrentado y
encendido, a semejanza de una cresta de gallo. Un ins-tante miró a la multitud
y sus ojos se humedecieron. El
316
verle, trajeado de
harapos, con su sombrerito de payaso, el desgarrón de la rodilla y sus pequeños
pies desnudos, que no sé cómo escapaban a las pisadas del otro, me dolió el
corazón. Al reanudarse la pelea, di una vuelta y me pasé a los suyos.
Acezaban ambos en
guardia.
–Pega…
–Pega nomás…
Juncos hizo un
ademán significativo. El verdor de las venas de su arañado cuello palideció
ligeramente. Enton-ces le di la voz con todas mis fuerzas:
–¡Entra, Juncos!
¡Pégale duro!...
Le poseyó al
muchacho un súbito coraje. Puso un feroz puñetazo en la cara del inminente
vencedor y le derribó al suelo.
El sol declinaba.
Había pasado la hora del almuerzo y teníamos que volver directamente a la
escuela. A Cancio le llevaban de los brazos. Tenía un ojo herido y el párpado
muy hinchado. Sonreía tristemente. Todos le rodeaban lacerados, prodigándole
palabras fraternales. También yo le seguía de cerca, tratando de verle el
rostro. ¡Cómo le habían pegado!
El grupo de
pequeños avanzaba, de vuelta a la aldea, entre las pencas del camino. Hablaban
poco y a media voz, con una entonación adolorida. Hasta Juncos, el pro-pio
vencedor, estaba triste. Se apartó de todos y fue a sen-tarse en un poyo del
sendero. Nadie le hizo caso. Le veían de lejos, con extrañeza, y él parecía
avergonzado. Bajó la frente y empezó a jugar con piedrecillas y briznas de
hier-ba. Le había pegado a Cancio este Juncos...
317
–Vámonos –le dijo
Leonidas, acercándose.
Juncos no
respondió. Hundió su sombrero hasta las cejas y así ocultó el rostro.
–Vamonos, Juncos.
Leonidas se inclinó
a verle. Juncos estaba llorando.
–Está llorando
–dijo Leonidas. Le arregló el estropea-do sombrero y le asentó el pelo, por
sobre la oreja, donde la sangre aparecía coagulada y renegrida.
318
Sabiduría
[Capítulo de una
novela inédita]
■ Sabiduría.
Publicado en la revista Amauta Nº 8, Lima, abril de 1927, pp.
17-18 (en dos columnas).
Fuera cesó de
nevar. El cielo aparecía negro y bajo. El viento también dejó de soplar
fieramente, y la atmósfera estaba inmóvil y muy enrarecida. Por las sierras del
norte se veía el horizonte delineado con una claridad apacible y celeste, como
si fuese de día; mas la aurora aún no des-puntaba, y la obscuridad graznaba a
grandes alas negras en la cordillera.
La señora se
levantó y llegóse con sumo tiento a la cama del enfermo, enjugándose las
lágrimas con un canto de su blusa de negro percal. Benites continuaba
tranquilo.
–¡Dios es muy
grande! –exclamó ella enternecida y en voz apenas perceptible–. ¡Ay, Divino
Corazón de Je-sús! –añadió levantando los ojos a la efigie y juntando las
manos, henchida de inefable frenesí–. ¡Tú lo puedes todo, Señor! ¡Vela por tu
criatura! ¡Ampárale y no le abando-nes! ¡Por tu santísima llaga, Padre mío!
¡Protégenos en este valle de lágrimas!...
No pudo contenerse
y se pudo a llorar en silencio, de pie junto a la cabecera del enfermo, el que,
con la espalda vuelta a la luz y la cabeza echada hacia atrás, inmóvil,
re-posaba profundamente. Lloró enardecida por las fuertes
321
conmociones de la
noche, y al fin dio algunos pasos y fue a sentarse en un banco, rendida de
cansancio y de pesar. Ahí se quedó adormecida por el abatimiento y el
insom-nio, cosas excesivas para su avanzada edad y su naturaleza achacosa.
Despertó de súbito,
sobresaltada. La bujía estaba pa-ra acabarse y se había chorreado de una manera
extraña, practicando un portillo hondo y ancho, por el que corría la esperma
derretida, yendo a amontonarse y enfriarse en un solo punto de la palmatoria,
en forma de un puño ce-rrado, con el índice alzado hacia la llama.
Acomodó la bujía la
señora, y, como notase que el paciente no había cambiado de postura y que,
antes bien, seguía durmiendo, se inclinó a verle el rostro por el lado de la
sombra, donde estaba. “Duerme el pobrecito”, se dijo, y resolvió no
despertarle.
Benites, en medio
de las visiones de la fiebre, había mirado a menudo el cuadro del Corazón de
Jesús que estaba al alcance de sus ojos, pendiente en su cabecera. La divina
imagen se mezclaba a las imágenes del delirio, envuelta en un arrebol blanco y
estático, semejante a un nevado: era la cal del muro donde se diseñaba en la
reali-dad. Las alucinaciones se relacionaban con lo que más preocupaba a
Benites en el mundo tangible, tales como el desempeño de su puesto en las
minas, su negocio en sociedad con Marino y el deseo de un capital suficiente
para ir en seguida a Lima a terminar lo más pronto posi-ble sus estudios de
ingeniero. Vio que Marino se quedaba con su dinero y todavía le amenazaba
pegarle, ayudado por todos los pobladores de Quivilca. Benites protesta-ba
enérgicamente, pero tenía que batirse en retirada, en
322
razón del inmenso
número de sus atacantes; caía en la fuga por escarpadas rocas, y al doblar de
golpe un reco-do del terreno fragoroso, se daba con otra parte de sus enemigos
y el pánico le hacía dar un salto. Entonces el Corazón de Jesús entraba en el conflicto,
y espantaba con su sola presencia a los agresores y ladrones, para luego
desaparecer instantáneamente, como un relámpago, y dejarle desamparado en el
preciso momento en que el gerente de la “Mining Societed” se paseaba colérico
en el escritorio del Cuzco y le decía: “Puede usted irse. La empresa le cancela
el nombramiento en atención a su mala conducta. Es mi última decisión”. Benites
le roga-ba cruzando las manos lastimeramente. El gerente orde-nó a dos criados
que le sacasen de la oficina. Venían dos indios sonriendo, como si
escarneciesen su desgracia, le cogían por los brazos, le arrebataban y le
propinaban un empellón brutal. Pero el Corazón de Jesús acudía con tal
oportunidad que todo volvía a quedar arreglado en su favor. El Señor se esfumaba
después como en un vértigo.
En una de aquellas
intercesiones milagrosas, Jesús se irguió en el fondo de un infinito espacio
azul, rodeado siempre de un gran arco albar. Su sagrado corazón palpi-taba con
ritmo manso y melodioso y casi imperceptible, dejándose ver en toda su incorpórea
celulación divina, a través de sus vestiduras. El Señor miraba ahora en torno
suyo con aquella tristeza pensativa con que, en las bellas granjas egipcias,
siendo niño, contemplaba a José traba-jar humildemente hasta la caída del sol,
en su carpintería solitaria de cedros y sándalos de oriente. Su mirada era
triste y pensativa, y en ella viajaba, en un reflujo eterno e incurable, la
visión del patriarca ganando el pan de cada día. Al menos a Benites le daba
esta impresión, aunque de
323
una manera nebulosa
y muy extraña, pues no podía po-ner los ojos en el Señor, que sólo estaba
presente en tácita revelación, sin ser visto, oído ni tocado. Su figura llenaba
de una gracia ideal y de un sentido esencial la copa del tiempo y la copa del
alma.
De repente advirtió
Benites que delante del Señor pa-saba de una en una, en un desfile
intermitente, algunas personas que él no podía reconocer. Entonces le poseyó un
pavor repentino, al darse cuenta sólo en ese instan-te, que asistía a las
últimas sanciones. Pasada la primera impresión, y recuperado un tanto el
dominio de sí mis-mo, angustiado y confuso todavía, se dio a recapacitar y a
hacer un examen de conciencia que le permitiera en-trever cuál sería el lugar
de su eterno destino. Pero no tenía tranquilidad para ello. Ni siquiera podía
coordinar sus ideas acerca del trance en que se hallaba, mucho me-nos acerca de
su vida y conducta en el mundo terrenal, del cual apenas guardaba ahora un
sentimiento obscu-ro e impreciso. Intentó de nuevo recordar su vida y sus
buenas y malas acciones de la tierra, consiguiendo al fin obtener algunos
perfiles. Los primeros en acudir fueron unos recuerdos risueños, a cuya
presencia experimentó un poco de esperanza y de ánimo: eran sus buenos actos.
Recogió tales recuerdos y los colocó en lugar preferente y visible de su
pensamiento, por riguroso orden de impor-tancia; abajo, los relativos a
procederes de bondad más o menos discutible o insignificante, y arriba, a la
mano, sobre todos, los relativos a los grandes rasgos de virtud, cuyo mérito se
denunciaba a la distancia, sin dejar du-da de su autenticidad y trascendencia.
Luego pidió a su memoria los recuerdos amargos, y su memoria no le dio ninguno.
“¿Es posible?”, pensaba Benites vacilante. Sí. Ni
324
un solo recuerdo
roedor. A veces se insinuaba alguno, tí-mido y borroso, que bien examinado a la
luz de la razón, acababa por desvanecerse en las neutras comisuras de la
clasificación de valores, o que, mejor sopesado todavía, llegaba [a] despojarse
del todo de su tinte culpable, reem-plazado éste, no ya sólo por otro
indefinible, sino por el tinte contrario: tal recuerdo resultaba en el fondo
ser el de una acción meritoria que Benites entonces reconocía con verdadera
fruición paternal. Felizmente Benites era inteligente y había cultivado con
esmero su facultad dis-cursiva y crítica, con la cual podía ahora profundizar
bien las cosas y darles su sentido verdadero y exacto.
De pronto sintió
que se acercaba a Jesús, sin haberse dado cuenta, y lo que es más, sin avanzar,
a su entender, paso alguno en tal propósito. Harto animado por el resul-tado de
su examen de conciencia, poco se conturbó ante la inminencia de la hora tremenda
que llegaba. Lanzó una mirada en busca del Señor, a quien no veía y apenas
pre-sentía, llenando de su tácita presencia el infinito espacio azul. La divina
figura de Jesús permanecía invisible siem-pre a los ojos, y Benites la creía
solamente soñar, sin po-der estar seguro de haberla visto ahí alguna vez. Pero
un sentimiento extraordinario de algo jamás registrado en su sensibilidad y que
le nacía del fondo mismo de su ser, le anunció que se hallaba en presencia del
Señor. Tuvo enton-ces tal cantidad de luz en su pensamiento, que lo poseyó la
visión entera de cuanto fue y será, la conciencia integral del tiempo y del
espacio, la imagen plena y una de las co-sas, el sentido eterno y esencial de
las lindes. Un chispazo de sabiduría le envolvió, dándole, servida en una sola
pla-na, la noción sentimental y sensitiva, abstracta y terráquea, nocturna y
solar, par e impar, fraccionaria y sintética, de
325
su rol permanente
en los destinos de Dios. Y fue entonces que nada pudo hacer, pensar, querer ni
sentir por sí mismo ni en sí mismo; su personalidad, como yo de egoísmo, no
pudo sustraerse al corte cordial de sus flancos. En su ser se había posado una
nota orquestal del infinito, a causa del paso de Jesús y su divina oriflama por
la antena mayor de su corazón. Luego volvió en sí, y al sentirse apartar de
de-lante del Señor, condenado a errar al acaso, como número disperso, zafado de
la armonía universal, por una gris e incierta inmensidad, sin alba ni poniente,
un dolor indes-criptible y nunca experimentado en su vida, le colmó el alma
hasta la boca, ahogándole, como si mascase amargos vellones de tinieblas, sin
poderlas ni siquiera pasar. Su tor-mento interior, la funesta desventura de su
espíritu no era a causa del perdido paraíso, sino a causa de la expresión de
tristeza infinita y humanamente mortal que vio o sintió dibujarse en la divina
faz del Nazareno al llegar ante sus plantas. ¡Oh qué mortal tristeza la suya,
que de ser com-parada a su goce en presencia de los niños, habría tirado de
golpe la balanza, hacia el lado sin lado y sin platillo! ¡Oh qué humana
tristeza la suya, cual la que vigiló, a la luz de una víspera fatal, en un
yermo olivar de Galilea, su oración muda y desolada, cuando goteó en el puro
suelo su secreción de sangre y augusta, al compás de estas cárdenas palabras:
“¡Padre, aparta de mí este cáliz!”. ¡Oh qué infinita tristeza la suya, y cómo
no la pudo contener ni el vaso de dos bocas del Enigma! Por ella sufría Benites
un dolor des-medido y sin orillas.
–¡Señor! –murmuró
suplicante y bañado en llanto–, ¡al menos que no sea tanta tu tristeza! Al
menos, que un poco de ella pase a mi corazón. ¡A lo menos, que las
pie-drecillas vengan a ayudarme a reflejar tu tristeza!
326
El silencio volvió
a imperar en la gran extensión in-cierta.
–¡Señor! ¡Apaga la
lámpara de tu tristeza, que me fal-ta corazón para reflejarla! ¿Qué he hecho de
mi sangre? ¿Dónde está mi sangre? ¡Ay, Señor! ¡Tú me la diste, y he aquí que
yo, sin saber cómo la dejé empozada en los rin-cones de la vida, avaro de ella
y pobre de ella!
Benites lloró hasta
la muerte.
–¡Señor! Pero tú
sabes de esa sangre, ni blanca ni ne-gra, roja como los crepúsculos y las
incertidumbres, y líquida y sin forma, obligada a tomar la forma del lugar que
la cobija. Y tú sabes de los lugares de la tierra, con sus recodos agudos hasta
casi confundir la entrada y la salida en un solo pasaje sin sentido, y con sus
curvas tan cerradas y pequeñas que se las tomaría por simples pun-tos ciegos.
¡Ay señor! ¡Tú me diste la sangre, y yo fui para ella la curva ciega e
inhóspita y el recodo sin entrada ni salida!...
Se oía callar al
Silencio por el lado de la nada.
–¡Señor! Yo fui el
recodo sin entrada ni salida y la curva ciega e inhóspita en la vida. ¡Cuando
pude ser la tersura, el amor y la luz! ¡Cuando pude detenerme en la inocencia,
a despecho del tiempo y del espacio! ¡Cuando pude cercenar las cosas por la mitad,
tomarme sólo las caras y volver a sacar de los sellos otras caras y otras más
hasta la muerte! ¡Cuando pude borrar de una sola locu-ra los puentes y los
istmos, los canales y los estrechos, a ver si así mi alma se quedaba quieta y
contenta, tranquila y satisfecha de su isla, de su lago, de su ritmo! ¡Cuando
pude matar el matiz, y, convertido en zapador de lo pro-bable, apostarme ante
todos los tabiques, a blandir a dos
327
manos el número 1,
aunque cayese el golpe sobre la pro-pia sombra de tal arma!...
Benites lloraba un
llanto lejano.
–¡Señor! Yo fui el
pecador y tu pobre oveja descarria-da. ¡Cuando estuvo en mis manos ser el Adán
sin tiem-po, sin mediodía, sin tarde, sin noche, sin segundo día! ¡Cuando
estuvo en mis manos embridar y sujetar los ru-mores edénicos para toda
eternidad y salvar lo Cambian-te en lo Absoluto! ¡Cuando estuvo en mis manos
realizar mis fronteras garra a garra, pico a pico: guija a guija, man-zana a
manzana! ¡Cuando estuvo en mis manos desgajar los senderos a lo largo y al
través, por filamentos, a ver si así salía yo al encuentro de la Verdad!...
Una pausa descalza
siguió a estas palabras.
–¡Señor! ¡Yo fui el
delincuente y tu ingrato gusano sin perdón! ¡Cuando pude no haber nacido
siquiera! ¡Cuan-do pude, al menos, eternizarme en los capullos y en las
vísperas y en las madrugadas! ¡Felices los capullos, por-que ellos son las
joyas natas de los paraísos, aunque haya en sus selladas entrañas una flor de
pecado en marcha! ¡Felices las vísperas, porque ellas no han llegado todavía y
no han de llegar jamás a la hora de los días definibles! ¡Felices las
madrugadas, porque nadie puede tocarlas ni decir nada de ellas, aunque encoven
soles maléficos! ¡Yo pude ser solamente el óvulo, la nebulosa, el ritmo latente
e inmanente, Dios!
Estalló Benites en
un grito de desolación y desespe-ranza sin límites, que luego de apagado, dejó
al Silencio mudo para siempre.
–¡Señor! ¡Pero mi
vida ha sido triste y tormentosa!
328
Tú lo sabes. Si
tropezaba y golpeaba a un guijarro, ¡éste se ponía a llorar, diciendo que él
tenía la culpa! Si llamaba a una puerta para ayudar a padecer, ¡se me hacía
pasar a un festín! ¿Qué he podido, pues, hacer, Señor?...
Jesús respondió con
estas únicas palabras:
–¡Ajustarte al
sentido de la tierra!
329
INDICE
Prólogo
|
Antonio González
Montes |
9 |
|
CUENTOS Y NOVELAS |
|
Escalas
|
I CUNEIFORMES |
57 |
|
Muro noroeste |
59 |
|
Muro antártico |
62 |
|
Muro este |
65 |
|
Muro dobleancho |
67 |
|
Alféizar |
69 |
|
Muro occidental |
71 |
|
II CORO DE
VIENTOS |
73 |
|
Más allá de la
vida y la muerte |
75 |
|
Liberación |
84 |
|
El unigénito |
98 |
|
Los Caynas |
105 |
|
Mirtho |
117 |
|
Cera |
125 |
|
Fabla Salvaje |
|
|
|
I |
|
143 |
|
II |
|
148 |
|
III |
|
151 |
|
IV |
|
155 |
|
V |
|
164 |
|
VI |
|
173 |
|
VII |
|
181 |
|
VIII |
|
185 |
|
Hacia el reino de
los Sciris |
|
|
|
I. |
El otro
imperialismo |
189 |
|
II. |
El adivino |
194 |
|
III. |
La paz de Túpac
Yupanqui |
202 |
|
IV. |
Un accidente de
trabajo |
208 |
|
V. |
Bizancio,
longitud occidental |
212 |
|
VI. |
En la Intipampa |
218 |
|
VII. La
cólera divina |
221 |
|
|
VIII. La guerra
vertical |
227 |
|
|
[relatos de]
contra el secreto profesional |
||
|
Individuo y
sociedad |
237 |
|
|
Teoría de la
reputación |
239 |
|
|
Ruido de pasos de
un gran criminal |
243 |
|
|
Conflicto entre
los ojos y la mirada |
245 |
|
|
Magistral
demostración de salud pública |
247 |
|
|
Lánguidamente su
licor |
252 |
|
|
Vocación de la
muerte |
254 |
|
|
Otros Cuentos |
|
|
Paco Yunque |
261 |
|
Los dos soras |
289 |
|
El niño del
carrizo |
295 |
|
Viaje alrededor
del porvenir |
301 |
|
El vencedor |
311 |
|
Sabiduría |
319 |
CUENTOS Y NOVELAS,
de César Vallejo se terminó de imprimir en el mes de junio del 2011, en los
talleres gráficos de la Asociación
Fondo de
Investigadores y Editores (AFINED), Calle Las Herramientas 1873, Cercado de
Lima. Lima - Perú.
FIN

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