© Libro N° 14048. El Planeta De
La Duda. Weinbaum,
Stanley G. Emancipación. Julio 12 de 2025
Título Original: © El Planeta De La Duda. Stanley G.
Weinbaum
Versión Original: © El Planeta De La Duda. Stanley G. Weinbaum
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
DE LA DUDA
Stanley G. Weinbaum
El Planeta De
La Duda
Stanley G. Weinbaum
Más allá de Marte, donde giran los planetas gigantes, la vida, si
existe, debe ser muy diferente. Los mundos, allí, poseen muchas veces el
volumen de la Tierra, están compuestos de gases venenosos, con poderosos
vientos y extrañas fluctuaciones de la gravedad y la densidad. Stanley G.
Weinbaum, pintor pionero del espacio, cuyas concepciones han dejado huella
indeleble en la ciencia-ficción, nos muestra uno de estos mundos gigantes, el
gran Urano, más allá de Saturno, el primer planeta descubierto por la astronomía
y posiblemente uno de los más enigmáticos.
Hamilton Hammond se estremeció nerviosamente al oír la voz de Cullen, el
químico de la expedición, que gritaba desde su lugar a proa:
-¡He visto algo!
Ham se asomó por la portilla, contemplando la eterna bruma gris verdosa
que envuelve eternamente a Urano. Luego dio una rápida ojeada al numerador de
la plomada eléctrica: cincuenta y cinco pies, pensó con aspecto despreocupado,
pero era una mentira, ya que había registrado la misma cifra durante las ciento
sesenta millas del descenso. La bruma reflejaba la luz.
El barómetro señalaba 86'2 centímetros. También era un guía muy poco de
fiar, aunque mejor que la plomada, ya que el intrépido Young, cuatro décadas
antes, en 2060, había anotado una presión atmosférica de 86 en su romántico
salto desde Titán al polo sur del encapotado planeta. Pero ahora el
"Gaea" estaba descendiendo sobre el polo opuesto, a cuarenta y cinco
mil millas del lugar de aterrizaje de Young, y nadie sabía qué inmensas
profundidades o qué altísimos picos podían hacer inútiles aquellas cifras.
-No veo nada. -musitó Ham.
-Ni yo -aseguró Patricia Hammond, su esposa, o más oficialmente, la
bióloga de la expedición de la Smithsoniana "Gaea". Al momento
exclamó-: ¡Oh, sí! ¡Algo se mueve! -bservó con más atención-: ¡Arriba! ¡Arriba!
-gritó-: ¡Arriba!
Harbord era un buen piloto. No formulaba preguntas, ni apartaba la
mirada de los mandos. Simplemente, manejó el regulador; los subcohetes rugiendo
animadamente, y el impulso hacia arriba los apiñó a todos contra el suelo.
Con el tiempo justo. Una enorme ola gris de agua se arremolinó bajo el
portillo, tan cerca, que su cresta se retorció por efectos de la aspiración del
vacío, y el cristal quedó empañado por el agua.
-¡Caspita! -exclamó Ham-. Esto pasó cerca. Demasiado cerca. De habernos
rozado, habría destrozado nuestros cohetes. Estaban al rojo vivo.
-¡Un océano! -gritó Patricia, haciendo una mueca de disgusto-. Young
comunicó tierra.
-Sí, cuarenta y cinco mil millas lejos. Por lo que sabemos, este océano
es más grande que toda la superficie de la Tierra.
La joven consideró este aserto frunciendo el ceño.
-¿Y si esta niebla rodease toda la superficie del planeta?
-Así lo dice Young.
-Pero en Venus las nubes sólo se forman en la conjunción de los vientos
superiores y los inferiores.
-Sí, pero Venus se halla más cerca del Sol. El calor allí se halla
distribuido equitativamente, mientras que aquí el Sol apenas cuenta para nada.
La mayor parte del calor de la superficie procede del interior del planeta,
como en Saturno y Júpiter, pero como Urano es mucho más pequeño, también es
mucho más frío. Es lo bastante frío como para poseer una corteza sólida en vez
de tenerla en fusión como en los grandes planetas, pero es considerablemente
más frío que la zona crepuscular de Venus.
-Sí, pero -objetó ella- Titán es tan frío como una docena de Nueva
Zemblas, y sin embargo se halla en un perpetuo huracán.
Ham sonrió.
-¿Quieres cogerme en falta? No es la temperatura absoluta lo que origina
los vientos, sino la diferencia de temperatura entre un lugar y otro. Titán
posee una cara calentada por Saturno, pero aquí el calor está equilibrado, o
prácticamente equilibrado en torno a todo el planeta, puesto que procede del
interior.
De repente, centró su atención en Harbord.
-¿Qué estás aguardando? -le preguntó.
-A ti -gruñó el piloto-. Ahora están al mando de la nave. Yo sólo mando
hasta que avistamos la superficie, y esto ya lo hemos hecho.
-¡Por Júpiter, que tienes razón! -exclamó Ham, con voz de satisfacción.
En su última expedición, en el lado nocturno de Venus, había estado
técnicamente a las órdenes de Patricia, y ahora el cambio le complacía-. Y
ahora -añadió con gravedad-, si la biólogo quisiera amablemente hacerse a un
lado...
Patricia soltó un bufido.
-Bueno, ya puedes pilotarnos. Seguro que no tienes ni una sola idea.
-Pues la tengo -replicó Ham, y se volvió a Harbord-. ¡Sureste! -le
ordenó, y los cohetes posteriores añadieron sus rugidos a los de los otros-.
Proa arriba a treinta mil metros –continuó-, y hallaremos las montañas.
El "Gaea", denominado así por el antiguo ,nombre de la diosa
de la Tierra, que era la esposa del dios Urano, fue impulsado a través de la
infinita niebla que rodeaba el polo del planeta. En cierto aspecto, dicho polo
es único entre la familia del Sol, ya que Urano tiene una rotación, no como la
de Júpiter, Saturno, Marte o la Tierra, a manera de una peonza, sino más al
estilo de un balón redondo. Sus polos se hallan en el mismo plano de su órbita,
de forma que en un punto su polo sur da cara al Sol, mientras que cuarenta y
dos años más tarde, a mitad de la vasta órbita, es el polo opuesto el que mira
al astro rey.
Cuatro décadas antes, Young había tocado en el polo sur. Pasarían aún
otros cuarenta años antes de que aquel polo volviese a ver el Sol.
-Lo malo con las mujeres -gruñó Harbord-es que hacen demasiadas
preguntas.
Patricia giró en redondo.
-¡Schopenhauer! -le fulminó-. ¡Deberías estar sumamente agradecido de
que sea la hija de Patrick Burlinghame quien preste su ayuda a una expedición
yanqui!
-¿Sí? ¿Y por qué Schopenhauer?
-¡Porque odiaba a las mujeres! ¡Como tú!
-Entonces, era mejor filósofo de lo que pensaba -gruñó Harbord.
-Además -añadió ella, agriamente-, un par de millones de dólares es
mucho dinero para una milla cuadrada de desierto brumoso. Además, no podréis
dominar este planeta como intentasteis dominar Venus.
Se estaba refiriendo, naturalmente, a la decisión del Concilio de Berna
de 2059, referente a que el simple hecho de aterrizar en un planeta no le da a
una nación la posesión del mismo, sino sólo la parte explorada. En el planeta
Urano, envuelto en la niebla, la porción tendría que ser ínfima.
-No importa -arguyó Ham-. Ninguna nación reclamará si América decide
apoderarse de toda esta bola de bruma, porque ninguna otra nación posee una
basa bastante cerca de Urano.
Esto era cierto.. En virtud de la posesión de la única luna habitable de
Saturno, Titán, los Estados Unidos eran la única nación que se hallaba en
condiciones de enviar un cohete explorador a Urano. Un vuelo directo desde la
Tierra quedaba fuera de cuestión, puesto que la distancia mínima. entre los dos
planetas es de 1.700.000.000 millas. El vuelo tenía que hacerse en dos saltos:
primero, Titán, luego, Urano.
Pero esta condición limitaba la frecuencia de las visitas, enormemente,
ya que aunque la Tierra y Saturno se hallan en conjunción a intervalos de poco
más de un año, Urano y Saturno sólo lo están cada cuarenta años. Y sólo en
tales ocasiones era posible llegar al vasto, misterioso, brumoso planeta.
Tan inconcebiblemente remoto se halla Urano, que la distancia a su
vecino Saturno, es mayor que la distancia total de Saturno a Júpiter, de
Júpiter a los asteroides, de éstos a Marte y de Marte a la Tierra. Es un
planeta salvaje, extraño, misteriosamente protegido por las nieblas, que sólo
el helado Neptuno y Plutón existen entre él y el vacío interestelar.
Patricia se volvió hacia Ham.
-¿Por qué al Sureste? -le gritó-. ¿Por qué? Se trata de una adivinanza,
¿verdad?
-No -gruñole su esposo-. Tengo mis motivos. Intento ahorrar tiempo,
porque nuestra estancia aquí es limitada, si no queremos vernos atrapados
durante cuarenta años, hasta la próxima conjunción.
-¿Pero por qué al Sureste?
-Te lo diré. ¿Has contemplado alguna vez un globo terráqueo? Bien, en
tal caso, te habrás dado cuenta de que todos los continentes, todas las grandes
islas, y todas las penínsulas importantes se van estrechando, hasta terminar en
punta hacia el Sur. En otras palabras, el hemisferio norte es más favorable a
la formación de las tierras, y en realidad, la mayor parte de los continentes
se hallan situados al norte del Ecuador.
-El océano Ártico se halla casi rodeado por un anillo de tierra, pero el
Antártico es un mar abierto. Y esto mismo es cierto con respecto a Marte,
presumiendo que las llanuras oscuras y pantanosas no sean más que antiguos
lechos oceánicos, 'y cierto también para los océanos helados del lado nocturno
de Venus.
-Por tanto, presumo que si todos los planetas tienen un origen común, y
todos se han solidificado en las mismas condiciones, Urano debe tener la misma
clase de distribución de tierras. Lo que Young halló fue la tierra que
corresponde a nuestra Antártica; lo que yo estoy buscando es la tierra que debe
rodear a este mar polar ártico.
-Que debe, pero que quizá no rodea -le objetó Pat-. Además, ¿por qué al
Sureste y no directo al Sur?
-Porque esta dirección describe una espiral y amortigua la posibilidad
de chocar con algún estrecho o canal entre tierras. Con una visibilidad de
cincuenta pies, a lo sumo, nos exponemos a tomar un canal cualquiera por el
océano.
-Incluso tu Támesis inglés parecería el Pacífico con esta bruma, si
estuviésemos a más de medio centenar de pies de cada orilla.
-Y supongo que tu Mississippi americano parecería el diluvio universal
-se burló la joven, contemplando la masa neblinosa que giraba incesantemente
delante de los tragaluces.
Poco más de una hora después, el "Gaea" estaba de nuevo
descendiendo con titubeos. A los 85 centímetros de presión del aire, Ham había
parado casi por completo el cohete, y poco después estaba cayendo sobre la
ráfaga almohadillada de los subcohetes, a una velocidad de varias pulgadas por
minuto.
Cuando el barómetro llegó a los 85'5 centímetros, la voz de Cullen
resonó a popa, donde el tragaluz estaba menos oscurecido por los mismos
cohetes.
-¡Algo abajo! -exclamó.
Había algo. La niebla parecía decididamente más oscura, y se veían
ciertos rasgos o marcas, netamente destacados. Mientras la nave iba posándose
lentamente, Ham observaba atentamente, hasta que por fin dio la orden de
aterrizar. El "Gaea" se posó, con un jadeo metálico, sobre una
llanura gris y pedregosa, coronada por un hemisferio de niebla que obturaba la
visión lo mismo que un alto muro.
Había algo salvaje y siniestro en el limitado paisaje que se abría ante
ellos. Al morir el ruido del aparato, todos volvieron la vista silenciosamente
a los vapores de color plomizo, y Cullen también se les reunió en silencio.
Este, poderoso, aterrador después del tronar estrepitoso de los motores, les
dejó sobrecogidos.
Venus, donde Pat había nacido, era gin planeta extraño con su estrecha
zona crepuscular habitable, sus tierras cálidas inhabitables y su misteriosa
cara oscura, pero en realidad era el hermano gemelo de la Tierra.
Marte el planeta desierto con su gran civilización decadente, era, no
obstante, más poderoso pero no tan extraño. En las lunas de Júpiter había seres
procedentes de otros mundos raros, y en el helado Titán, que rodeaba a Saturno,
había criaturas fantástica, nacidas en aquel salvaje y frígido satélite.
Pero Urano era un planeta mayor, sólo hermanastro de los planetas
interiores y menos que primo de los diminutos satélites. Era un mundo
misterioso, extraño, desconocido; nadie había posado nunca el pie en un planeta
mayor, salvo el intrépido Young y sus hombres, unos cuarenta años antes.
Había explorado, entre todos los millones de millas cuadradas de
superficie, sólo un kilómetro cuadrado, unas cuarenta y cinco mil millas lejos
de donde ahora se hallaba la segunda expedición. Todo lo demás era desconocido,
misterioso, y aquel pensamiento era suficiente para subyugar incluso a la
inquieta Patricia.
Pero no por mucho tiempo.
-Bien –observó-, esto se parece a Londres. Hace la misma clase de tiempo
que cuando estuvimos allí. Me parece que si doy unos pasos me hallaré en
Piccadilly.
-No salgas aún -le ordenó Ham-. Voy a ordenar una prueba atmosférica,
antes.
-¿Para qué? Young y sus hombres respiraron este aire. Sí, supongo que
irás a objetar que se hallaban a cuarenta y cinco mil millas lejos, pero
incluso un biólogo sabe que la ley de difusión de los gases impediría que un
planeta tenga una clase de aire en un polo, y otra en el opuesto. Si el aire
era bueno allí, también lo es aquí.
-¿Sí? -rezongó Ham-. Eso de la difusión está muy bien, ¿pero se te ha
ocurrido pensar que esta bola de niebla obtiene la mayor parte de su calor del
interior? Esto significa una alta actividad volcánica, y podría, por lo tanto,
haber una erupción de gases letales en alguna parte. Quiero que Cullen haga una
prueba.
Patricia se conformó, contemplando en silencio al eficiente Cullen,
mientras obtenía una muestra del aire de Urano dentro de un matraz. Al cabo de
un momento la joven flexionó sus rodillas y preguntó:
-¿Por qué es aquí tan débil la gravedad? Urano es cuarenta y cuatro
veces mayor que la Tierra, y quince veces su masa, y sin embargo no me noto más
pesada que en casa -la casa, para Patricia, naturalmente, era la pequeña ciudad
fronteriza de Venoble, en el frío país venusino-.
-Esta es la respuesta -le contestó Ham-. Sí, cuarenta y cuatro veces el
tamaño de la Tierra o de Venus, pero sólo quince veces su peso. Esto significa
que su densidad es mucho menor, exactamente 27. Esta cifra significa unas nueve
décimas partes de la gravitación de superficie de la Tierra, aunque a mí me
parece casi igual. Examinaremos lo que da un kilogramo de peso en la báscula,
dentro de poco, y tendremos una cifra aproximada de su masa.
-¿Se puede respirar el aire?
-Perfectamente. El argón es un gas inerte, y una sustancia no puede
resultar venenosa, a menos que pueda reaccionar químicamente en el cuerpo.
Pat soltó otro bufido.
-¿Lo ves? Esto es muy saludable. Voy a salir.
-Esperarás a que lo haga yo-objetó Ham-. Cada vez que te separas de mí
te metes en algún lío, ya lo sabes. -Consultó el termómetro situado al
exterior, que marcaba nueve grados centígrados, o sea la temperatura otoñal de
la Tierra-. Esta es la causa de la perpetua neblina -observó-. La superficie
siempre está más caliente que el aire.
Pat se estaba ya poniendo un suéter y una chaqueta sobre los hombros.
Ham la siguió y giró la manija de la cabina. Se oyó un cortante silbido cuando
el aire ligeramente más denso de Urano se abrió paso al interior de la nave.
Ham se volvió a hablar con Harbord, que estaba encendiendo una pipa con gran
satisfacción, lo cual tenía totalmente prohibido en el espacio, pero que ahora
podía efectuar en la atmósfera de Urano.
-No apartes los ojos de nosotros, ¿de acuerdo? -le recomendó Ham-.
Míranos desde el tragaluz, por si nos ocurre algo y necesitamos ayuda.
-¿Los dos? -gruñó Harbord-. Pues tu mujer ya ha desaparecido.
Lanzando una imprecación, Ham dio media vuelta. Era verdad. La puerta
exterior de la cabina ya estaba abierta, y por la abertura se filtraba una masa
neblinosa, casi inmóvil.
-¡Está loca! -exclamó Ham-. ¡Ya verás! Dame esto -asió un cinto con dos
pistoleras, y luego se apoderó de un revólver automático y de una terrible
pistola de llamas destructoras. Se colgó las armas al cinto, cogió una mochila
y se zambulló en la eterna bruma de Urano.
Era exactamente como si se hallase bajo un tazón de plata invertido. Por
entre la niebla se filtraba una luminosidad verdosa, pesada y monótona, pero
todo su mundo consistía en el cohete metálico que quedaba a sus espaldas y un
semicírculo de cincuenta pies delante suyo. Y Pat... Pat no se veía por ninguna
parte.
-¡Pat! -gritó en tono agudo. El sonido quedó amortiguado por la fría
humedad de la niebla. Volvió a gritar, vociferando exageradamente, y luego
lanzó un juramento de alivio al escuchar una débil respuesta que surgía de
entre la bruma verdosa.
Al cabo de un momento apareció la joven, zigzagueando, como un fantasma
verdegris.
-¡Mira! -exclamó, triunfante-. Éste es el primer espécimen de vida
vegetal de Urano. Débilmente organizada, reproducida por partición y... ¿qué
diablos te pasa?
-¿Pasar? ¿No sabes que podías haberte extraviado? ¿Cómo esperabas
volver?
-Con la brújula -replicó ella fríamente.
-¿Cómo sabes si funciona? Podríamos hallarnos situados en el polo
magnético, si es que Urano tiene uno.
La joven consultó la brújula de su muñeca.
-Pues en realidad, no funciona. La aguja está saltando enloquecida.
-Sí, y además andas desarmada. ¡Eres una loca!
-Young afirmó que no había vida animal, ¿verdad? Y ...espera un momento.
Sé lo que vas a decirme. ¡Que estamos a cuarenta y cinco mil millas de
distancia!
-Además -rezongó el joven-, te hallas bajo mis órdenes. No puedes salir
sola, y aun en ese caso, atada con una cuerda a tu compañero -extrajo unas
cuantas yardas de cuerda plateada de un bolsillo, y ató un extremo a la cintura
de la joven y el otro a la suya.
-¡Oh, no seas tan tímido! Me siento como un cachorro en una traílla.
-Tengo que ser tímido -le contestó él, secamente- cuando tengo al lado a
una persona atolondrada, e imprudente como tú.
Ham no hizo caso del bufido de disgusto que ella soltó, y procedió a
desenvolver una tela que llevaba en la mochila. Resultó ser una bandera
americana, provista de un mástil plegable, que hundió en tierra, sobre una
ligera prominencia del terreno, tras lo cual dijo con toda gravedad:
-Tomo posesión de este territorio en nombre de los Estados Unidos de
América.
-¿Los cincuenta pies que divisas, verdad? -murmuró Patricia, en voz
baja, aunque a pesar de sus modales burlones era muy leal a la patria de su
esposo. Luego, calló, y ambos contemplaron la bandera con cierta emoción.
Era como el eco de un agradable y diminuto planeta a casi dos billones
de millas lejos; aquel pedazo de tela significaba la gente, los seres humanos,
los amigos, la civilización, cosas remotas y casi tan irreales como su
presencia allí, sobre el suelo de aquel vasto, solitario y misterioso planeta.
Ham descartó aquellas ideas.
-Bueno, ahora daremos un vistazo por los alrededores.
Young había trazado indicaciones para la técnica de la exploración en
aquel planeta, donde el explorador debía enfrentarse con dificultades casi
insuperables.
Ham ató el extremo de un fino cable de acero a un gancho situado en el
portón del cohete. Rodeando su cintura llevaba un millar de pies de dicho
cable, el cual le serviría como guía infalible en la oscuridad, único medio
práctico en una región donde el sonido quedaba amortiguado, y donde las ondas
de radio quedaban asimismo tan protegidas como por una campana de metal. El
cable serviría no sólo de guía sino de mensajero, puesto que un tirón ponía en
movimiento un zumbador dentro de la nave espacial.
Ham saludó con la mano a Harbord, visible—detrás del tragaluz, fumando
su pipa, y emprendieron la marcha. Al llegar el término de su tiempo
disponible, Urano tenía que haber sido explorado en círculos de mil pies,
,moviendo el cohete cada vez que quedasen grabados y anotados debidamente los
detalles de cada zona. Una tarea colosal. Era probable, según Ham le hizo notar
a Pat, que aquel vasto planeta no llegase a ser jamás explorado por completo,
especialmente con el obligado plazo de cuarenta años de intervalo que
espaciaban las visitas.
-Y particularmente -le corrigió ella-, si de la Tierra envían aquí a
personas tan timoratas, más bien temerosas, como tú.
-Al menos -replicó el joven-, espero regresar pudiendo decir que hemos
explorado una miríada de terreno, como lo hizo Young.
-¿Pero no comprendes -exclamó ella, impaciente- que, vayamos adonde
vayamos, más allá de nuestro radio visual puede siempre haber algo maravilloso?
Nos llevaremos unas muestras de varias zonas de mil pies del terreno, y a lo
mejor cada vez pasaremos por alto algo que podría darnos a conocer la verdadera
naturaleza de este planeta. Es lo mismo que si recorriésemos unos centenares de
pies cuadrados en la Tierra. ¿Qué probabilidad tendríamos de descubrir parte de
una ciudad, o una casa, o un ser humano en nuestro círculo?
-Muy cierto, Pat. ¿Pero qué más podemos hacer?
-Podríamos, al menos, sacrificar unas cuantas precauciones y abarcar más
territorio.
-Pero no podemos. He de mirar por tu seguridad.
-¡Oh! -exclamó ella, irritada y separándose de él-. Eres... -sus
palabras quedaron ahogadas al llegar a la máxima longitud de la cuerda que le
unía a su marido. Ahora era ya invisible a los ojos de éste, pero los
ocasionales tirones que él sentía eran la mejor prueba de que todavía seguía
atada a Ham.
Éste comenzó a andar lentamente hacia el frente, examinando el terreno
granuloso de humedad condensada, y aún más raramente, un poco de maleza como la
que Pat había dejado caer junto al cohete. Aparentemente, la lluvia era
desconocida en Urano, planeta sin viento, por lo que a la Humedad. superficial
seguía un interminable ciclo de condensación en el aire frío y de evaporación
en el cálido terreno.
Ham llegó a un punto donde el barro hirviente parecía surgir de abajo,
mientras que plumones de vapor giraban sobre sí mismos hasta perderse entre la
niebla, prueba del enorme calor interno que calentaba el planeta. Se quedó como
hipnotizado en su contemplación y, de repente, un violento tirón de la cuerda
le obligó a retroceder.
Dio media vuelta. Patricia se materializó de improviso de entre la
bruma, llevando en la mano una planta ahilada. La soltó al ver a Ham y
súbitamente corrió hacia el joven, sollozando frenéticamente.
-¡Ham! –jadeó-. ¡Regresemos! ¡Estoy asustada!
-¿Asustada? ¿De qué? -el joven la conocía, y sabía que era una mujer
animosa, hasta el punto de desafiar intrépidamente cualquier peligro que
pudiese comprender, pero si existía una sombra de misterio en algún incidente,
su activa imaginación le describía horrores que no se atrevía a encarar.
-¡No lo sé! -exclamó- ¡He... visto cosas!
-¿Dónde?
-En la niebla... no se:..
Ham se desprendió de su abrazo y llevó sus manos a las culatas de sus
pistolas.
-¿Qué clase de cosas?
-¡Cosas horribles! ¡Cosas de pesadilla!
El joven la sacudió suavemente, entre sus brazos.
-¿Quién es ahora el tímido? -se burló, pero cariñosamente. La burla
produjo el efecto apetecido; la muchacha dejó de sollozar, calmándose hasta
cierto punto.
-¡No estoy asustada!-rezongó-. Es... un poco de precaución. Vi...
-volvió a palidecer.
-¿Viste... qué?
-No lo sé. Unas figuras en la niebla. Cosas muy enormes que se movían,
con unas caras horribles. Como fantasmas... diablos... pesadillas -volvía a
chillar, y él tuvo que calmarla.
-Estaba inclinada sobre una charca de las que hay por aquí, examinando
una plantita, y todo estaba quieto, con una quietud mortal. Entonces, de
pronto, pasó una sombra por delante de la charca, el reflejo de algo sobre mi
cuerpo, alcé la vista y no vi nada. Pero poco después, casi en seguida, empecé
a ver unas formas en la niebla, unas formas horribles, a mi alrededor. Chillé y
entonces caí en la cuenta de que tú no podías oírme, por lo que le di un tirón
a la cuerda. Y luego creo que cerré los ojos hasta verme a tu lado.
Patricia volvió a estremecerse.
-¿A tu alrededor? -repitió el joven, secamente-. ¿Quieres decir entre
nosotros dos?
-Por todas partes -asintió ella.
Ham se echó a reír.
-Has tenido una pesadilla, Pat. La cuerda no tiene tanta longitud como
para que por en medio de ambos pase algo que tú, y yo no, puedas ver. Te juro
que no he visto nada, ¡absolutamente nada!
-¡Pues yo vi algo! -insistió la joven-. No me lo he imaginado. ¿Crees
que soy una chiquilla asustadiza que teme los lugares desconocidos? ¡Ten en
cuenta que he nacido en un planeta distinto al tuyo! ¡Está bien! -ahora estaba
indignada-. ¡Quedémonos los dos aquí completamente quietos; quizá volverá a
acercarse otra vez; veremos, entonces, lo que haces tú.
Ham asintió, y ambos permanecieron completamente callados e inmóviles,
envueltos por las translúcida neblina. No había nada, sólo la bruma verdosa,
profunda, espesa, interminable, y un silencio infinito, un silencio que Ham no
había experimentado nunca en toda su existencia, ya que en Venus, incluso en la
parte de las tierras cálidas, siempre había el leve susurro de la vida, y el
eterno quejido del viento, lo mismo que en la Tierra no existe nunca el
silencio absoluto, ni de día ni de noche.
En alguna parte hay siempre el susurro de las hojas, o el rumor de la
hierba, o el murmullo del agua, o los zumbidos de los insectos, e incluso en el
más agostado de los desiertos, el crujido de la arena al enfriarse o al
calentarse. Pero allí, no. Allí era tal el silencio, que la respiración de la
joven resultaba un alivio. Aquel silencio parecía llenarlo todo... parecía que
pudiese escucharse. -Lo escuchaba, lo oía, o era simplemente la pulsación de la
sangre en sus venas? Una pulsación sin forma, un crujido infinitamente débil,
un vago susurro. Frunció el ceño, concentrándose en su atenta escucha. Patricia
volvió a refugiarse entre sus brazos.
-¡Allí! -le susurró-. ¡Allí!
Ham escrutó por entre la niebla. No había nada o ¿había algo? Una
sombra... ¿pero qué era lo que podía provocar aquella sombra, en una región sin
sol, y sumergida en niebla? Una condensación neblinosa, esto era todo. Pero se
movía, y la niebla no puede moverse sin el impulso del viento... y éste no
existía en Urano.
Bizqueó los ojos en un esfuerzo para penetrar en la oscuridad. Vio; o le
pareció ver, una inmensa figura. como un espejismo ...o quizás una docena de
figuras. Estaban por todas partes; una pasó silenciosamente sobre sus cabezas,
mientras las demás ondeaban v se balanceaban fuera del radio visual. Había
murmullos y susurros, sonidos como jadeos y silbidos, pateos y crujidos. Las
formas neblinosas eran completamente inestables, surgiendo del suelo y
elevándose como altas torres sombrías, disipándose y volviendo a formar figuras
de humo.
-¡Dios mío! -exclamó Ham-. ¿Qué puede ser esto?
Trató de enfocar la inestable multitud de sombras. Era difícil. Todas
parecían, surgir de la nada, avanzar, retroceder, flotar, materializarse y
desvanecerse. Pero de pronto un sorprendente fenómeno atrajo su atención, y por
un momento permaneció completamente inmóvil. ¡Había visto unos rostros!
No exactamente semblantes humanos: Eran unas apariciones como las que
había descrito Patricia, caras de gárgolas, de demonios, que se burlaban,
hacían espantosas muecas, sonreían atontadamente o parecían mofarse o
lamentarse. No era posible distinguir las sombras claramente, sino ver sólo
vagas impresiones, tan vagas e instantáneas que parecían una ilusión, más aún
cuando sus rasgos, aunque no humanos, imitaban las de los seres humanos. Estaba
más allá de toda razón suponer que Urano albergaba a una raza humana, o a seres
humanoides.
-Retrocedamos, Ham -susurró Patricia-. Regresemos, por favor.
-Escucha –dijo-, estas sombras son ilusorias, al menos en parte.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque son antropomórficas. Aquí no pueden existir seres con rostros
humanos. Son nuestras mentes las que añaden detalles inexistentes, como cuando
se ve una nube en el cielo, o una grieta en el techo, y queremos a la fuerza
reconocer en ella las facciones de un ser, conocido o desconocido. Todo lo que
vemos son manchones más densos de niebla.
-¡Ojalá pudieras estar seguro! -exclamó Patricia.
Tampoco Ham estaba seguro de ello, pero volvió a afirmarlo.
-Claro que lo estoy -la tranquilizó-. Y te explicaré una manera muy
fácil de demostrarlo. Les fotografiaremos con la cámara de rayos infrarrojos y
las placas nos darán todos los detalles.
-Me asustará mirar las placas -dijo la joven, estremeciéndose al tiempo
que escrutaba las tinieblas en busca de más figuras sombrías-. Supongamos...
supongamos que las placas revelan sus rostros. ¿Qué dirás entonces?
-Diré que es una inesperada coincidencia que en Urano se haya
desarrollado, en cierta forma, una especie de vida semejante a la terrestre, al
menos en su aspecto exterior.
-Y estarás equivocado -murmuró ella-. Una cosa así se halla más allá de
toda coincidencia. ¿Sabes lo que pienso? ¿Y si la ciencia estuviese equivocada,
Ham y Urano fuese en realidad el Infierno? ¿Y estos seres fuesen los
condenados?
Ham se echó a reír, pero su risa sonó a falsa, a hueca, amortiguada por
la niebla.
-Ésta es la idea más idiota que haya tenido nunca la imaginación más
desenfrenada, Pat. Y te diré que los que son...
La frase fue interrumpida por un chillido de la joven. Los dos esposos
habían estado hablando estrechamente enlazados, observando atentamente a todas
partes por entre la niebla, y ahora él giró hacia la dirección en que ella
estaba mirando.
Por un momento, su visión quedó cegada por la rapidez de la vuelta, y
parpadeó frenéticamente en un esfuerzo para enfocar las imágenes. Entonces, vio
lo que la había sobresaltado. Era una enorme, oscura sombra que parecía tener
su origen en la superficie del terreno, pero que se elevaba hacia lo alto,
curvándose por encima de ellos dos, como si se dispusiese a flotar por encima
de' sus cabezas, como un surtidor de niebla disponiéndose a regar la tierra.
A pesar de sus burlas sobre los temores imaginarios de Patricia, los
nervios de Ham se tensaron al máximo. Fue un gesto puramente automático el que
le hizo empuñar una pistola, y también fue un impulso el que le obligó a
disparar contra la niebla. Se oyó una resonancia sumamente amortiguada del
disparo -un solo eco-, y luego el silencio total.
Silencio total. Los jadeos, los murmullos habían desaparecido, lo mismo
que las formas de la niebla. A pesar de esforzar la visión, sólo percibieron la
masa grisácea de la bruma, ni pudieron tampoco oír otro rumor que el de sus
propias respiraciones y el eco repetido en sus oídos de la detonación.
-¡Se ha ido! -exclamó la joven.
-Seguro. Lo que te dije: pura ilusión.
-¡Una ilusión no se disipa por el estruendo de una pistola! -objetó
ella, recobrando todo su valor ante el desvanecimiento de las sombras-. Son
reales. Y las cosas no me asustan tanto como…, bueno, como las cosas que no
comprendo.
-¿Y comprendes ésta? Y respecto a que las ilusiones no se desvanecen con
los disparos, podría objetar algo. Supongamos que estas apariciones fuesen
debidas a una especie de autohipnosis, o que meramente fuesen el producto de
nuestro esfuerzo por atisbar entre la niebla. ¿No crees que un disparo podría
devolvernos a nuestro estado mental centrado, de forma que todas las ilusiones
de nuestros sentidos quedasen ahuyentadas?
-Tal vez -respondió ella, dubitativamente-. Por otra parte, ya no estoy
asustada. Sean lo que sean, me parece que son inofensivos.
Volvió su atención a la charca de barro que tenían delante, en la que
crecían unas curiosas plantas en forma de plumas, a las que el burbujeo de la
superficie obligaba a balancearse.
-Criptógamas -señaló Pat, examinándolas-. Probablemente, la única
especie de plantas que puede existir en Urano, puesto que no hay signo de
abejas, o de otro portador de polen cualquiera.
Ham gruñó en aprobación, su atención atraída aún por la espesa niebla.
De repente, ambos se sobresaltaron al escuchar el sonido del potente zumbador
al extremo del cable guía. ¡Un solo zumbido, el aviso del "Gaea"!
Pat se incorporó. Ham tiró del cable, en rápida respuesta, y musitó:
-Será mejor que regresemos. Harbord y Cullen habrán visto algo.
Probablemente será lo mismo que hemos visto nosotros, pero es preferible estar
seguros.
Comenzaron a retroceder sobre sus propios pasos, mientras el millar de
pies del cable canturreaba levemente al ir anudándose lentamente en la cintura
del joven. Aparte de ese susurro y del quedo rumor de sus pasos sobre la grava
del suelo, reinaba un silencio absoluto, no siendo la niebla más que una masa
casi impenetrable de verdor grisáceo. Habían progresado tal vez doscientas
yardas cuando todo cambió.
Fue Patricia la primera en distinguir las sombras.
-¡Han vuelto! -le susurró al oído de Ham, aunque ahora sin la menor nota
de temor en su acento.
El las vio también. No les rodeaban, sino que corrían en dirección al
"Gaea", en dos filas paralelas, o tal vez dividiéndose en dos filas
más allá del radio visual. Ham y Pat comenzaron a moverse por entre un callejón
obstaculizado por una continua fila de sombras móviles.
Se apretujaron uno al otro, y trataron de taladrar las tinieblas. Se
hallaban ya sólo a ciento cincuenta pies de la nave espacial. Y entonces, con
tanta rapidez que les obligó a suspender la marcha de improviso, algo más
sólido que la niebla, algo más tangible que las sombras, se irguió ante ellos.
Aquello -fuese lo que fuese- se iba aproximando. Ahora era ya visible
como un círculo oscuro al nivel del suelo, con un diámetro de seis pies, tanto
en altura como en anchura. Sé movía con la misma velocidad del paso de un
hombre, y se materializó rápidamente en una masa completamente sólida.
Ham y Pat le miraban fascinados. La "cosa" no tenía forma, no
siendo más que un círculo tubular que se alargaba y se estiraba en la niebla.
O, quizá, no completamente sin forma. Podían ya percibir un órgano que se
proyectaba a partir del centro del círculo, un miembro tembloroso, flojo, como
una hojuela agitándose por efectos de una corriente de aire, cuyos extremos
temblaban, curvándose en forma de copa hacia ellos, como para captar un olor o
un ruido. La criatura era ciega.
Sin embargo, poseía algún sentido que podía registrar objetos distantes.
¡A unos treinta pies de distancia, el disco se alargó extremadamente en su
dirección, el extraño ser se inclinó exageradamente y se abalanzó en silencio
hacia la pareja!
Ham estaba preparado. Su automática tronó y volvió a tronar. El atacante
pareció replegarse sobre sí mismo y rodó a un lado, y detrás suyo apareció otro
ser de idénticos rasgos en todos los aspectos, con el mismo círculo negro y el
mismo disco tremolante. Pero un alto, agudo, penetrante alarido de dolor rasgó
la niebla, como un cuchillo.
Aquel era un peligro que Patricia podía comprender. Ya no sentía miedo;
se había enfrentado con demasiados seres raros en las tierras tórridas de
Venus, o en las misteriosas profundidades de las Montañas de la Eternidad.
La joven empuñó la otra pistola lanzallamas de Ham, y se dispuso a
vomitar su fuego destructor.
Sabía que ello representaba su única salvación, que no debía utilizarlo
hasta que todos los demás recursos hubiesen fracasado, por lo que se contentó
con empuñarla y dio un tirón al cable del "Gaea". Tres tirones, y
luego otros tres, significarían la ayuda por parte de Cullen y Harbord.
El segundo ser -¿o era otro segmento del mismo animal? -avanzó a toda
prisa. Ham le envió dos balas más, y otra vez volvió a oírse un penetrante
grito de dolor. El monstruo vaciló y cayó, al tiempo que otro círculo negro
avanzaba hacia ellos.
El siguiente tiro falló, pero el ser, si bien no cayó, se tambaleó y se
desvió.
De repente, el extraño ser estaba ya detrás de ellos, rugiendo, oscuro y
enorme como un tren. Era un ser segmentado, compuesto de docenas de fragmentos
en forma de círculos, de unos ocho pies de espesor, como los vagones de un tren
miniatura, con tres pares de patas por sección.
Pero no corría como una criatura completa, con movimientos zigzagueantes
gracias a sus innumerables patas, como los ciempiés. Ham tuvo un atisbo de la
forma en que los distintos segmentos estaban unidos entre sí por ligamentos
carnosos.
Envió tres proyectiles a una de las secciones. Fue un error; el segmento
envió a su vez un chorro de líquido negruzco y se desvió de la línea, pero el
fragmento siguiente se abalanzó súbitamente hacia ellos. Y en algún lugar,
fuera del radio visual, el primer segmento estaba trazando un círculo. Ambos
esposos ahora tenían que enfrentarse con dos peligros en vez de uno.
A Ham le quedaban aún tres cartuchos en la recámara. Disparó uno contra
el segmento que se dirigía directamente hacia ellos, vio como el monstruo caía,
y mandó otra bala al segmento que le seguía. La cosa -o cosas- parecían
alargarse indefinidamente en la niebla.
A. su lado oyó el rugido de su pistola lanzallamas. Pat había esperado
hasta que el otro monstruo estuviese casi encima suyo, a fin de que el único
disparo que podía hacer el arma diese el mejor resultado posible.
Ham perdió tiempo echando un momentáneo vistazo al resultado; la
terrorífica descarga había chamuscado una docena de segmentos, y uno,
solitario, superviviente, se estaba arrastrando hacia la niebla.
-¡Buena chica! -exclamó, y largó su última bala a la sección que se
alejaba. Ésta cayó, y detrás suyo, llegó la siguiente. Arrojó la pistola vacía
hacia el disco carnoso, la vio rebotar sobre la oscura piel y parapetó con su
cuerpo el de Pat.
En aquel momento se produjo una llamarada seguida de una especie de
rugido. Era una pistola lanzallamas. Desdibujadas en la niebla se veían las
figuras de Harbord y Cullen, que habían ido siguiendo el cable. En primer
plano, casi a los pies de Ham y Pat, se veían segmentos de los monstruosos
discos.
Aparentemente, lo que quedaba del horrible ser había sufrido bastante
castigo, ya que todos los fragmentos restantes iban desviándose hacia la
izquierda y diluyéndose en la bruma. Una vez reunidos todos los segmentos más
allá del radio visual, comenzaron a gesticular y hacer muecas, antes de
desvanecerse totalmente.
No se pronunció una sola palabra mientras los cuatro iban siguiendo el
rastro del cable de vuelta al "Gaea". Una vez en el interior,
Patricia dejó escapar un largo suspiro de alivio, mientras se desprendía de la
chaqueta.
-Bueno –exclamó-, ha sido una experiencia emocionante.
-¡Emocionante! -tronó Ham-. La verdad, si quieres, puedes quedarte con
este húmedo planeta. ¡Te lo regalo! ¡No lo comprendo, pero donde vas tú, lío
seguro. Atraes los conflictos como la miel a las moscas.
-¡Como si yo tuviese la culpa! -se quejó la joven-. Está bien, si
piensas que ello tiene que ayudar en algo, ordéname que me quede a bordo del
cohete.
Ham lanzó un gruñido ininteligible y se volvió a Harbord.
-Gracias. Cuando habéis venido estábamos acorralados por completo. Y a
propósito, ¿por qué nos avisasteis? ¿Por las sombras?
-¿Te refieres a ese carnaval? -inquirió el aludido-. ¿O era una
convención espiritualista? No, no estamos aún seguros de que fuese algo real.
Sí, os llamamos por el mismo motivo; vimos a ese ser yendo en vuestra
dirección.
-¿A ése o a esos seres? -le corrigió Ham.
-¿Viste a más de uno?
-Hice a más de uno. Lo corté por la mitad, y ambos segmentos se
abalanzaron hacia nosotros. Pat se cuidó de uno con el lanzallamas, pero todas
mis balas parecían ir separando a la bestia en segmentos diferenciados -frunció
el ceño-. ¿Comprendes algo, Patricia?
-Mejor que tú -le replicó la joven, secamente-. ¡Bonita expedición sería
ésta sin un biólogo!
-Éste es el motivo por el que te cuido tanto -sonrió Ham-. Me asusta
pensar lo que sería de mí sin un biólogo. Pero, en fin, ¿cuál es tu idea con
respecto a estos detestables gusanos?
-Pues esto; que es un animal múltiple. ¿No has oído nunca hablar de
Henri Fabre?
-No, que recuerde.
-Bien, fue un gran naturalista francés de hace unos doscientos años.
Entre otras cosas, estudió unos interesantes insectos llamados gusanos u
orugas, que hilaban un nido de seda y cada noche salían en busca de alimentos.
-¿Y bien?
-Escucha un momento. Salían en fila india, cada gusano rozando con su
cabeza la cola del precedente. Eran ciegos, por lo que cada uno debía fiarse
del que iba delante. El primero era el
jefe; éste escogía la ruta, llevaba a los demás al árbol apropiado, y allí la
columna se rompía para alimentarse. Y al salir el sol, volvían a formarse en
columnas, que luego se reunían en la gran procesión y regresaban a sus nidos
respectivos.
-Todavía no veo...
-Espera. Figúrate que una oruga que va delante es el jefe. Si coges un
palo y rompes la columna en un punto dado, el primero que queda atrás de la
rotura es el jefe para sus seguidores, y les guía con tanta seguridad como el
jefe original. Y si disgregas a todos los gusanos, cada uno se convierte en su
propio jefe, con la misma eficiencia que antes, agregado en una columna.
-Empiezo a comprender -musitó Ham.
-Sí. Este bicho -o estos bichos-, son parecidos a los gusanos
procesionales. Son ciegos; en realidad, la vista no vale tanto en Urano como en
la Tierra, y es posible que todas las criaturas de Urano carezcan de ojos, a
menos que esas sombras de la niebla los posean. Pero opino que estas criaturas
horribles están más adelantadas que los gusanos, puesto que éstos establecen
contacto mediante un hilito sedoso, mientras que los de aquí aparentemente, lo
hacen gracias a un nervio ganglionar.
-¿Cómo? -inquirió Ham.
-Naturalmente. ¿No viste cómo estaban unidos? Aquel órgano blando
delante - cada uno lo mantenía pegado al disco del anterior-, siempre estaba
colocado en la misma posición. Y cuando disparaste contra el de en medio de la
fila, vi cómo la masa pulposa cubría al que le seguía. Y además... -hizo una
pausa.
-¿Además, qué?
-Bueno, ¿no te pareció raro que toda la línea maniobrase tan bien? Sus
patas se movían todas a un mismo compás, como las patas de un solo ser, como
las patas de un miriápodo o de un ciempiés.
"No creo que el hábito, el entrenamiento o la disciplina tengan
nada que ver con la perfección con que aquella criatura se movía,
abalanzándose, deteniéndose, desviándose y coordinándose con tan perfecta
unión. Toda la fila debía hallarse bajo el control neutral directo del jefe,
escuchando y husmeando lo que oía y olía, incluso, quizás, respondiendo a sus
apetitos, odiando con él y, finalmente, aterrándose con él.
-¡Maldita sea si creo que tienes razón! -exclamó Ham-. Todo el monstruo
actuaba como un auténtico animal.
-Hasta que tú, sin querer, partisteis a la fila en dos mitades -le
corrigió la joven-. Como ves...
-¡Hice otro jefe! -gritó Ham, animadamente-. El que quedó en primer
lugar de la segunda mitad se convirtió en un cabecilla, capaz de actuar con
independencia- arrugó el entrecejo-. Bueno, supongamos que estos bichos
acumulan su inteligencia cuando se juntan. ¿Es que cada uno añade su poder de
razonamiento, si tienen alguno, al cerebro dominante del conductor?
-Lo dudo -rechazó la muchacha-. Si fuese así, podrían llegar a poseer
una enorme inteligencia, simplemente agregando segmentos a la fila. —No, por
muy estúpidos que fuesen individualmente, sólo tendrían que unirse en largas
filas para poseer una inteligencia como la de un dios.
"Si algo parecido existiese, o hubiese existido aquí, no atacaría
sin armas y en forma rudimentaria. Poseerían una especie de civilización, ¿no
es así? Pero -añadió Pat- podrían mancomunar sus experiencias. El cabecilla
podría tener todos los recuerdos a su disposición, lo cual no añadiría un ápice
a sus poderes de razonamiento.
-Parece plausible -asintió Ham-. Bien, volvamos a las formas de la
niebla. ¿Tienes alguna idea con respecto a ellas?
-No gran cosa –confesó-. Pero creo que existe una relación entre ellas y
los gusanos.
-¿Por qué?
-Porque iban también zigzagueando por delante de nosotros antes del
ataque. Podían estar simplemente huyendo del ser múltiple, pero en tal caso
deberían haberse esparcido, y no lo hicieron; huyeron simplemente en dos filas,
y no es esto sólo, sino que durante todo el combate estuvieron pateando y
moviéndose al fondo. ¿No te diste cuenta?
-No, la verdad -replicó Ham-. ¿Pero eso qué significa?
-¿No has oído hablar nunca del albirostre, el indicador de las abejas?
-Sí, me suena familiar.
-Es un pájaro africano de la familia de los cucos, y guía a los seres
humanos a las colonias de abejas silvestres. Luego, el hombre recoge la miel y
el pájaro las larvas -hizo una pausa-. Creo que las formas de la niebla
representaron el papel de guía ante los otros seres. Opino que 'condujeron a
éstos últimos hacia nosotros, bien porque tu disparo les enojó o porque
deseaban los restos que de nosotros iban a dejar los segundos, o porque
simplemente les gusta la destrucción. En fin, esto es lo que sospecho.
-Si es que eran reales -concluyó Ham-. Tendremos que disparar la cámara
de infrarrojos cuando avistemos al segundo grupo, u horda o manada, o como se
llamen sus agrupaciones. Todavía pienso que la mayor parte ha sido una ilusión.
La joven se encogió de hombros.
-¡Ojalá estés en lo cierto!
-¡Bah! -exclamó Harbord de pronto-. Las mujeres no deben estar en esta
clase de lugares. Son demasiado timoratas.
-¿Sí? -se burló Ham, disponiéndose a defender a Patricia —. Pues ha
tenido la suficiente serenidad para observar varios detalles que a nosotros nos
han pasado desapercibidos.
-¡Pero se asusta de unas sombras
-gañó el otro.
Sin embargo, no eran sombras. Varias horas después Cullen informó que la
niebla en torno al "Gaea" estaba atestada de sombras deslizantes, por
lo que llevaron la cámara de onda larga de tragaluz en tragaluz.
Obstaculizado por el aire cargado de argón con su espectro que absorbe
los rayos de onda larga, las placas infrarrojas resultaron más sensibles que el
ojo humano, aunque quizás .menos detallistas. Pero una placa fotográfica no es
sensible a la sugestión; nunca se deja impresionar por el recuerdo de una
pasada experiencia; graba fríamente y sin emociones la forma exacta de lo que
los rayos lumínicos alumbran.
Cuando Cullen estaba a punto de revelar las placas, Patricia todavía
dormía, agotada por su agobiante día en el planeta, pero Ham fue quien
afanosamente acudió a investigar los resultados.
Quizás eran menos de los que la joven había temido, pero más de los que
Ham había esperado. Colocó un negativo al trasluz, luego cogió uno de los
revelados de Cullen, y frunció el ceño.
-¡Hum...! -murmuró. No había duda de que allí había algo definido,
aunque no mucho más de lo que sus ojos habían visto. Indudablemente, las formas
neblinosas eran reales, pero eran igualmente seguro que no eran
antropomórficas.
Los rostros demoníacos, los semblante espantosos, las muecas sardónicas,
no habían sido captados por el ojo de la cámara; por lo tanto, esto sí había
sido, evidentemente, una ilusión creada por sus cerebros inflamados ante la
aparición de las sombras en la niebla. Pero sólo esto, puesto que detrás de la
ilusión había algo inequívocamente real. ¿Sin embargo, qué formas físicas
podían adoptar las sombras que habían observado?
-No dejes que Pat vea estas fotos, a menos que te lo pida -le encareció
Ham a Cullen, pensativamente-. Y por ahora creo que le prohibiré que abandone
la nave. A juzgar por el par de acres que hemos examinado, este lugar no es
precisamente de los más amistosos del planeta.
Pero Ham no había contado con el carácter de su mujer. Cuando quince
horas más tarde, Ham ordenó el traslado del cohete una milla al sur, y se
preparó para emprender otro circuito por la niebla, la joven escuchó sus
órdenes con una fuerte protesta.
-¿Para qué es entonces esta expedición? ¿No es la vida la cosa más
importante de cuantas puede ofrecer un planeta? ¿Pues para qué te has traído a
una bióloga? -miró a Ham con pupilas centelleantes-. ¿Por qué piensas que el
Instituto me escogió para esta tarea? ¿Para estarme tranquilamente sentada en
la nave, mientras un par de incompetentes echan un vistazo por los alrededores?
Un par de incompetentes, sí, señor, un químico y un ingeniero que no saben
distinguir un díptero de un coleóptero.
-Bueno, podemos traer aquí dentro varios especimenes para que los
estudies - respondió Ham. Esto desencadenó una nueva tempestad de reproches.
-¡Escúchame! Si quieres saber la verdad,'no estoy aquí por ti. ¡Tú estás
aquí por mí! Podían haber hallado un centenar de ingenieros y químicos y
pilotos, ¿pero cómo encontrar un buen biólogo extraterrestre? ¡Somos muy pocos!
Ham no pudo replicar, porque era cierto. A pesar de su juventud,
Patricia, nacida en Venus y educada en París, descolló eminentemente en su
aspecto. Ni, para comportarse honestamente con la sociedad que respaldaba la
expedición, podía ella obstaculizar la labor de la misma. Al fin y al cabo, ni
siquiera el instituto financiado por el gobierno podía permitirse el lujo de
gastar más de dos millones de dólares sin obtener rada a cambio de su dinero.
Enviar un cohete a las profundidades del Sistema Solar, donde Urano
recorría su solitaria órbita, era un proyecto tan caro que en verdad la
expedición tenía que realizar cuanto estuviera a su alcance, especialmente por
el hecho de que transcurrirían otros cuarenta años antes de que se presentase
otra oportunidad de visitar el misterioso planeta. Ham suspiró y cedió.
-Esto demuestra una brizna muy limitada de inteligencia, al fin y al
cabo- reconoció Patricia-. ¿Piensas que me asustan unos discos animados?
Además, yo no cometería la equivocación de cortarlos por la mitad. Y en cuanto
a estas sombras neblinosas tan divertidas, tú dijiste que no eran más que unos
espejismos y... a propósito, ¿dónde están las fotografías que tomó Cullen con
su cámara? ¿Se ve algo?
Cullen vaciló, luego Ham asintió resignadamente, y le entregaron las
fotos a la joven. A la primera ojeada, ella arrugó el ceño repentinamente.
-¡Son reales! ¡Existen! -exclamó, y volvió a estudiarlas tan
afanosamente que Ham se preguntó qué es lo que su mujer estaba viendo. Y de
pronto, Ham vio, o creyó ver, un destello de satisfacción en sus ojos, y sintió
una impresión de alivio al intuir que, al menos, no estaba inquieta por el
descubrimiento.
-¿Qué piensas? -le preguntó con curiosidad.
Sonrió, y no le contestó.
Aparentemente, los temores de Ham con respecto a Patricia se hallaban
infundados en todos los aspectos. Los días transcurrían sin acontecimientos;
Cullen analizaba y archivaba sus muestras, y realizó innumerables pruebas de la
verdosa atmósfera de Urano; Ham verificó una y otra vez sus pesos y medidas, y
en los momentos libres examinaba las reacciones del motor del que dependía el
"Gaea" y sus vidas; y Patricia coleccionaba y clasificaba sus
especimenes sin el menor incidente desagradable.
Harbord, naturalmente, no tenía nada que hacer hasta que el cohete se
zambullese una vez más en las profundidades del espacio, por lo que servía de
cocinero y "persona para todo", tarea fácil que principalmente
consistía en abrir latas y disponer de la basura y restos de comida.
El "Gaea" cambió cuatro veces de estacionamiento, en medio de
la niebla, mientras Ham y Patricia iban recorriendo círculos de mil pies de
diámetro. Entretanto; en el firmamento, aunque invisible, Saturno llegaba al
punto de la máxima conjunción, pasaba por delante del lentísimo Urano y
comenzaba a apartarse de él. El tiempo de estancia en el inmenso planeta se iba
acortando; cada hora significaba una distancia adicional que habría que cubrir
a la vuelta.
En el quinto cambio de posición, Harbord anunció el límite de la
estancia.
-No nos quedan ya más de cincuenta horas -dijo-, a menos que sintáis
inclinaciones a permanecer aquí durante cuarenta años.
-Bien, esto no es mucho peor que Londres -proclamó Patricia.
Ham se estaba poniendo su traje espacial.
-Vamos, Pat. Daremos una última ojeada a este magnífico paisaje
uraniano.
La joven le siguió a la niebla, esperando mientras su marido anudaba el
cable guía al cohete, y luego, la cuerda de seda a su cintura.
-Me hubiese gustado volver a ver a nuestros amigos en cadena -se lamentó
ella-. Tengo una idea, y me hubiese gustado aclararla.
-Prefiero que no puedas hacerlo - gruñó él -. Con una vez, ya tuve
bastante.
El "Gaea" desapareció, envuelto por la niebla. En torno a los
dos exploradores, las sombras de la niebla flotaba y les hacían muecas, como
les habían ido haciendo siempre desde su primera aparición, aunque ahora ya
ninguno de los dos les prestaba la menor atención. La familiaridad les había
quitado el miedo.
Aquélla era una región de pequeños pedruscos, y Patricia iba de acá para
allá, a toda la longitud de la cuerda, inclinándose, examinando, escarbando en
la hierba o preservando la rara flora de Urano. La mayor parte del tiempo
estaba fuera del radio visual o auditivo, si bien la cuerda que les unía a
ambos daba evidencia de su cercana presencia.
Ham tiró de la cuerda con impaciencia.
-Es como llevar a un cachorro a un fila de árboles -gruñó al aparecer la
joven-. ¡Final del cable! -le anunció-. ¡Regresamos!
-¡Pero allá hay algo! -exclamó la joven. En virtud de la cuerda, podía
adelantarse cincuenta pies en la oscuridad-. ¡Allí crece algo... algo nuevo, y
quiero verlo!
-Bueno, pues no puedes verlo. Está fuera de nuestro alcance. Luego,
volveremos si quieres, tras haber añadido unos cuantos pies al cable.
-Si está muy cerca... -Pat dio media vuelta-. Soltaré la cuerda, echaré
un vistazo y volveré.
-¡No! -rugió Ham-. ¡Pat, ven aquí!
Tiró de la cuerda, pero en vano. De repente, el extremo suelto se le
quedó en las manos. ¡Patricia se había soltado!
-¡Pat! -gritó Ham-. ¡Pat! ¡Vuelve aquí! ¡Te lo ordeno!
Le replicó un sonido amortiguado, inaudible. Luego, sólo hubo el
silencio de Urano. Ham volvió a gritar, pero la bruma no dejaba pasar ningún
sonido más allá de unos cuantos pies. Esperó un momento, y repitió la llamada.
Nada; ningún sonido, salvo los jadeos de las sombras entre la niebla.
Ham estaba desesperado. Después de otra pausa disparó su revólver al
aire; una, dos... diez veces, con breves intervalos. Esperó, pero no obtuvo
respuesta. Lanzó un terno contra la temeridad de su esposa y contra su propia
estupidez al permitirla salir del aparato.
Tenía que hacer algo. Volver al "Gaea" y hacer que Cullen y
Harbord le acompañasen en su búsqueda. No podía perder tiempo. Patricia podía
extraviarse y no saber regresar. Musitó una frase que lo mismo podía ser una
imprecación como una plegaría, sacó un lápiz y papel del bolsillo, y garabateó
un mensaje.
"Pat perdida. Traed más bobina para añadir al cable. Buscadme en
círculo. Intentaré permanecer dentro de un radio de dos mil pies."
Ató el papel al extremo del cable, le añadió una piedra, y luego dio
tres tirones para avisar a los del "Gaga". Después, deliberadamente,
soltó el cable de su cintura y se sumergió decididamente en la niebla.
No recordó jamás cuánto había andado ni huata dónde. Las formas sombrías
de la niebla se burlaban de él y le seguían constantemente, en tanto la bruma
le oprimía con su húmeda condensación. Gritó, disparó la automática, silbó,
esperando que el sonido viajase a través de la intensa niebla, corrió en
zigzag, abarcando un amplio perímetro. Pensó que Pat tendría bastante sentido
común como para no alejarse atolondradamente. Seguramente, una chica adiestrada
en las Tierras Cálidas de Venus sabría que el procedimiento más conveniente
cuando uno se extravía es el de quedarse quieto con el fin de no desorientarse
por completo.
Ham también se había extraviado. No tenía la menor idea del linar donde
se hallaba el "Gaga", ni en qué dirección estaba el cable guía. De
vez en cuando, creía entrever el filamento plateado de la salvación, pero cada
vez se daba cuenta de que se trataba solamente del centelleo de la humedad
sobre alguna roca. Se movía bajo el tazón invertido de niebla que le bloqueaba
la visión a cada lado.
Al final, la misma sensación de sentirse perdido fue lo que le salvó.
Tras varias horas de vagar por entre la niebla, sin esperanzas, tropezó con el
cable. Había dado una vuelta completa.
Cullen y Harbord surgieron de repente a su lado, unidos por una cuerda.
-Habéis... habéis...? -jadeó.
-No -repuso Harbord, secamente, su ajado semblante mohíno y angustiado
—. Pero la encontraremos.
-Oye -intervino Cullen-. ¿Por qué no subes a bordo y descansas un rato?
Nosotros seguiremos.
-No -rechazó Ham, torvamente.
Harbord se mostró inesperadamente solícito.
-No te preocupes. Es una chica inteligente. Se estará quieta en algún
sitio, hasta que la localicemos. No se habrá alejado más de mil pies más allá
del extremo del cable.
-A menos -respondió Ham, angustiado- que le haya ocurrido algo.
-La encontraremos -repitió Harbord, animadamente.
Pero al cabo de otras diez horas, tras haber completado más de doce
círculos en torno al "Gaga", desde distintas distancias, quedó
claramente demostrado que Patricia no se hallaba dentro de la circunferencia
descrita por el cable de dos mil pies. Cincuenta veces durante el intolerable
circuito, Ham había tenido que luchar contra el impulso de liberarse del cable
y sumergirse en la aterradora niebla.
Patricia podía hallarse a sólo unos pasos de distancia, quizás lesionada
o malherida, sin que ellos se enterasen. Sin embargo, soltarse del cable
protector era tanto como suicidarse, o demostrar una verdadera locura.
Cuando llegaron al lugar elegido por Cullen como punto de partida, Ham
hizo una pausa.
-Volvamos al cohete –ordenó-. Lo moveremos cuatro mil pies en esta misma
dirección, y volveremos a trazar círculos. Pat no puede haberse alejado más de
una milla del lugar en que se soltó.
-La encontraremos -repitió Harbord, con obstinación.
Pero no la encontraron. Tras una fútil y agotadora búsqueda, Ham ordenó
llevar el "Gaea" a un punto donde el círculo del cable quedase
tangente a los dos círculos últimamente explorados, y la investigación fue
reanudada.
Treinta y una horas habían transcurrido desde la desaparición de
Patricia, y los tres hombres se hallaban completamente agotados. Fue Cullen el
primero que abandonó, dirigiéndose a la nave. Cuando los otros dos llegaron a
ella, le encontraron completamente dormido, sin haberse desnudado, y con una
taza de café, a medio vaciar, al lado.
Las horas fueron pasando lentamente. Saturno comenzaba ya a alejarse del
brumoso planeta, disponiéndose a no volver a la misma posición hasta dentro de
cuarenta años. Harbord no pronunció una sola palabra con referencia al
transcurso del tiempo; fue Ham quien sacó a relucir el tema.
-Mirad -dijo, tras haber situado al "Gaea" en un nuevo punto-.
El tiempo pasa. No quiero reteneros aquí, por lo que, si no hallamos a Pat en
esta zona, deseo que tú y Cullen os marchéis, ¿Entendido?
-Si, entiendo el inglés -respondió Harbord-, pero no en esta forma.
-No hay ningún motivo por el que tengáis que quedaros ambos. Yo sí me
quedo. Tengo un motivo. Me quedaré con la parte de alimentos de Patricia y mía,
y todas las armas y municiones.
-¡Bah! -se burló Harbord-. ¿Qué son cuarenta años? -había doblado ya los
sesenta.
-Es una orden -repitió Ham.
-Tú no mandas una vez hayamos abandonado la superficie del planeta -le
recordó el otro-. Nos quedamos todos. Y la encontraremos.
Pero pronto comenzaron a perder las esperanzas. Cullen se despertó y les
ayudó en la investigación. Los tres hombres, desesperados, emergían de la
niebla infinita, y se situaban a seiscientos y quinientos de intervalo a lo
largo del cable. Ham adoptaba la posición más avanzada, y así iban dando
vueltas en torno a un nuevo círculo.
Ham se hallaba al borde del derrumbamiento. Durante cuarenta horas no
había dormido ni comido, excepto una apresurada taza de café y un poco de
chocolate, mientras trasladaban al "Gaea". Las formas de la niebla
comenzaban a adoptar las más raras conformaciones a sus ojos, pareciendo
hallarse más cerca y sonreírle con mayor malevolencia.
Por esto, se veía obligado a esforzar más la visión, y de repente, al
dar la cuarta vuelta al mismo círculo, divisó algo ligeramente más denso que
las sombrías formas.
Tiró una vez del cable para frenar a Harbord y Cullen, y observó
atentamente. Oyó un rumor, como lejano y continuo zumbido, muy diferente de los
ruidos producidos por las sombras de la niebla. Echó a andar al escuchar otro
sonido, indescriptible, ahogado, pero ciertamente un sonido físico. Tiró tres
veces del cable para avisar a sus compañeros.
Cuando estuvieron a su lado, les señaló la oscura masa.
-Podemos llegar allá -les advirtió- si anudamos un par de nuestras
cuerdas.
Se movieron cautelosamente por entre la niebla. Algo... sí, algo se
estaba moviendo no muy lejos. Avanzaron calladamente cincuenta, sesenta pies. Y
de pronto, Ham se dio cuenta de que se trataba de una cadena de seres
múltiples... al parecer una inmensa cadena, ya que no dejaban de pasar ante su
vista interminablemente. Completamente desalentado se detuvo, mirando con
desesperación hacia delante; luego, muy despacio, volvió hacia el cable.
Un sonido, un agudo sonido, le inmovilizó. ¡Parecía una tosecilla!
Giró sobre sí mismo. Sin temor a la peligrosa fila que se movía delante
suyo, gritó:
-¡Pat! ¡Pat!
¡Oh, sublimidad del alivio! Una débil voz trémula le contestó desde el
otro lado de la múltiple cadena.
-¡Ham, oh, Ham!
-¿Estás.. estás bien?
-Sí.
Patricia se hallaba a no más de diez pies de distancia. Pero ambos se
veían separados por la móvil criatura múltiple.
-¡Gracias a Dios! -musitó él -. Pat, cuando haya terminado de pasar esta
fila, da un salto hacia delante. ,Hacia delante y no a ningún lado!
-¿Cuando pase la cadena? -se lamentó la joven-. ¡Oh, no pasará! No es
una fila. -¡Es un círculo!
-¡Un círculo! ¡Un círculo! ¿Entonces cómo podremos sacarte? -calló.
Ahora, el diabólico desfile se hallaba sin jefe, desamparado, pero una vez
rompiese la cadena por algún punto, se convertiría en un ser malévolo,
sanguinario, y podía atacar a la joven. Susurró -: ¡Oh, Dios mío!
Harbord y Cullen estaban ya a su lado.
-Voy a cruzar -les dijo, asiendo el resto de la cuerda -. No os mováis.
Y poneos juntos.
Se alzó sobre los hombros de sus compañeros. Desde aquella altura podría
seguramente saltar por encima de la cadena. Sí, tenía que poder hacerlo.
Lo logró, aunque dejó a Harbord y Cullen quejándose por culpa de sus
ciento ochenta libras, su peso en Urano. Al instante tuvo a Patricia a su lado;
la amenaza de aquellos monstruos en círculo era demasiado inminente.
Arrojó un extremo de su cuerda a los que se hallaban fuera del círculo.
-¿Podrás pasar si te sostenemos en alto, Patricia?
La joven parecía completamente exhausta.
-Naturalmente- murmuró.
Su marido la ayudó a pasar los codos y las rodillas por la cuerda,
suspendida en alto. Lenta, penosamente, fue recorriendo toda la longitud de la
improvisada maroma, colgada de la misma. Ham pasó por un tremendo momento de
apuro cuando la joven se balanceó directamente sobre la hilera de discos
móviles, pero finalmente la vio caer ilesa en los brazos de Harbord.
-¡Ham! - le gritó ella entonces-. ¿Cómo vas a pasar tú?
-¡Saltaré!
No perdió tiempo reflexionando. Reunió toda la fuerza que aún le
quedaba, retrocedió para emprender carrerilla, y dio un salto de seis pies de
altura, rozando justo la sinuosa barrera viviente.
Patricia cayó a sus pies, deshecha en llanto.
-Buen Dios! - exclamó Ham, emocionado profundamente -. Si no llegamos a
encontrarte...
-Pero me encontrasteis! - le susurró ella. De pronto se echó a reír, con
una risa histérica, interrumpida de vez en cuando por unas toses ahogadas -.
¿Aunque, qué es lo que te retrasó tanto? ¡'Te esperaba más pronto! - dirigió su
mirada a los seres en círculo -. ¡Creé un cortocircuito en ellos! ¡Sí, originé
un cortocircuito en sus cerebros!
Se desmayó en brazos de Ham. Sin una palabra, la levantó en vilo y
siguió a Harbord y a Cullen a lo largo del cable, hacia el "Gaea". A
sus espaldas, dando vueltas interminablemente, se hallaba el círculo de las
dominadas criaturas.
Urano era ya un globo verdoso tras el fulgor de los retrocohetes, y
Saturno una resplandeciente estrella azul a la izquierda de un diminuto y
cálido sol. Patricia, cuya tos había ya cedido con el aire climatizado del
"Gaea", estaba sentada en una butaca, sonriéndole a su esposo.
-Verás -le decía ella a Ham -, una vez me solté de la cuerda... ¡No,
espera, no vuelvas a sermonearme!... Bien, di unos pasos por entre la niebla y
entonces, de pronto, me di cuenta de que las plantas que había entrevisto no
eran más que las mismas que yo conozco y que llamo "Criptogami
Urani", por lo que empecé a retroceder, pero tú ya te habías marchado.
-¡Marchado! Si no me moví...
-¡Te habías marchado! -repitió ella, imperturbable-. No hice más que dar
unos pasos y me puse a gritar, pero la niebla amortiguó tremendamente mi voz.
Luego oí un par dé disparos en otra dirección, y fui hacia allá, cuando, de
repente ¡la cadena viviente que surge de la niebla!
-¿Qué hiciste?
-¿Qué podía hacer? Estaban demasiado cerca de mí para que pudiera sacar
la pistola, por lo que eché a correr. Ellos avanzaron, velozmente, pero yo
también, por lo que conseguí sacarles delantera hasta que perdí el resuello.
Entonces descubrí que corriendo en zigzag agudo podía mantenerles a distancia,
ya que no pueden girar con rapidez, pero claro, las fuerzas me iban faltando.
¡Pero entonces tuve una inspiración!
-¿De veras? -exclamó él, con sarcasmo.
Ella lo ignoró.
-Recuerdas cuando te hablé de Fabre y de sus estudios sobre los
caterpilares procesionales? Bueno, uno de sus experimentos consistió en
conducir la procesión en torno al borde de un gran tiesto y cerrar el círculo.
Así perdían el jefe ¿y sabes qué sucedía?
-Lo adivino.
-Exactamente. A falta de cabecilla, el círculo continuaba dando vueltas
durante interminables horas, días, no sé cuánto tiempo, hasta que algunos
gusanos caían agotados, y un nuevo jefe tomaba el mando en la rotura.
Súbitamente recordé este experimento, y pensé emplearlo. Empecé a correr en
círculo, seguida por la fila.
-Entiendo!
-Sí. Intentaba cerrar el círculo y saltar antes al exterior, pero algo
fue mal. Cuando cerré el circuito, no sé qué me ocurrió, tal vez debido al
cansancio o al mareo, lo cierto es que lo siguiente que recuerdo es que estaba
tumbada en el suelo, mientras las patas del interminable bicharraco me rozaban
el rostro.
-Entonces, qué diablos son?
-Bueno, he tenido la oportunidad de examinar aquella cadena de bichos
desde muy corta distancia, y puedo asegurarte que no son seres perfectos.
-Seguro que no!
-Quiero decir que no están plenamente desarrollados. En realidad, se
hallan en estado larvario. Y creo que las formas neblinosas son los seres
en que sé convierten al desenvolverse.
Por esto, aquellas fueron quienes los condujeron hacia nosotros en la primera
ocasión. ¿Lo entiendes? Los bicho en fila son sus hijos. ¡Como los gusanos y la
polilla
-Bien, es posible, claro está ¿pero qué me dice de las muecas, las
risotadas y los jadeos de las formas que cambian de tamaño y aspecto con tanta
facilidad?
-No cambian de aspecto. Mira, aquí, en esta parte de Urano, la luz
procede directamente de arriba, ¿verdad? Bien, entonces todas las sombras son
proyectadas hacia abajo, esto es obvio. Por tanto lo que vimos, sus muecas, sus
saltos, sus caras, no eran más que las sombras de esos seres flotando, volando,
proyectadas en la niebla. Por esto aumentaban de tamaño, crecían y disminuían
con tanta facilidad; no eran más que las sombras proyectadas por algunas aves,
o seres alados que subían, descendía y revoloteaban en torno a nosotros. ¿Lo
entiende ahora?
-Parece plausible. Daremos el informe en ese sentido, y dentro de
ochenta años, cuando el polo norte de Urano vuelva a estar situado bajo la li
del sol, alguien volverá y podrá verificar la teoría. Quizá, Harbord, que
tendrá ciento cuarenta años, les pilotará, ¿eh, Harbord? Te gustaría volver a
visitar ese planeta dentro de ochenta años?
-No, con una mujer a bordo - gruñó el piloto

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