© Libro N° 14001. Los jefes Y
Otros Cuentos. Vargas Llosa,
Mario. Emancipación. Julio 5 de
2025
Título Original: © Los jefes Y Otros Cuentos. Mario
Vargas Llosa
Versión Original: © Los jefes Y Otros Cuentos. Mario Vargas Llosa
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Mario Vargas Llosa
Los Jefes Y
Otros Cuentos
Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa
Los jefes
El desafío
El hermano menor
Día domingo
Un visitante
El abuelo
LOS JEFES
1
Javier se adelantó por un segundo:
-¡Pito! -gritó, ya de pie.
La tensión se
quebró violentamente, como una explosión. Todos estábamos parados: el doctor
Abásalo tenía la boca abierta. Enrojecía, apretando los puños. Cuando,
recobrándose, levantaba una mano y parecía a punto de lanzar un sermón, el pito
sonó de verdad. Salimos corríendo con estrépito, enloquecidos, azuzados por el
graznido de cuervo de Amaya, que avanzaba volteando carpetas.
El patio estaba
sacudido por los gritos. Los de cuarto y tercero habían salido antes, formaban
un gran círculo que se mecía bajo el polvo. Casí con nosotros, entraron los de
primero y segundo; traían nuevas frases agresivas, m s odio. El círculo creció.
La indignación era unánime en la Media. (La Primaria tenía un patio pequeño, de
mosaicos azules, en el ala opuesta del colegio.)
-Quiere fregarnos, el serrano.
-Sí. Maldito sea.
Nadie hablaba de
los exámenes finales. El fulgor de las pupilas, las vociferaciones, el
escándalo indicaban que había llegado el momento de enfrentar al director. De
pronto, dejé de hacer esfuerzos por contenerme y comencé a recorrer febrilmente
los grupos: "¿nos fríega y nos callamos?". "Hay que hacer
algo". "Hay que hacerle algo".
Una mano férrea me extrajo del centro
del círculo.
-Tú no -dijo Javier-. No te metas. Te
expulsan. Ya lo sabes.
-Ahora no me
importa. Me las va a pagar todas. Es mi oportunidad, ¡ves? Hagamos que formen.
En voz baja fuimos repitiendo por el
patio, de oído en oído: "formen filas", "a formar, rápido".
-¡Formemos las filas! -El vozarrón de
Raygada vibró en el aire sofocante de la mañana.
Muchos, a la vez, corearon:
-¡A formar! ¡A formar!
Los inspectores
Gallardo y Romero vieron entonces, sorprendidos, que de pronto decaía el
bullicio y se organizaban las filas antes de concluir el recreo. Estaban
apoyados en la pared, junto a la sala de profesores, frente a nosotros, y nos
miraban nerviosamente. Luego se miraron entre ellos. En la puerta habían
aparecido algunos profesores; también estaban extrañados. El inspector Gallardo
se aproximó:
-¡Oigan! -gritó, desconcertado-.
Todavía no...
-Calla -repuso alguien, desde atrás-.
¡Calla, Gallardo, maricón!
Gallardo se puso
pálido. A grandes pasos, con gesto amenazador, invadió las filas. A su espalda,
varios gritaban: "¡Gallardo, maricón!".
-Marchemos -dije-. Demos vueltas al
patio. Primero los de quinto.
Comenzamos a
marchar. Taconeábamos con fuerza, hasta dolernos los pies. A la segunda vuelta
- formábamos un rectángulo perfecto, ajustado a las dimensiones del patio-
Javier, Raygada, León y yo principiamos:
-Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio...
El coro se hizo general.
-¡Más fuerte! -prorrumpió la voz de
alguien que yo odiaba: Lu-. ¡Griten!
De inmediato, el vocerío aumentó
hasta ensordecer.
-Ho-ra-rio; ho-ra-rio; ho-ra-rio...
Los profesores,
cautamente, habían desaparecido cerrando tras ellos la puerta de la Sala de
Estudios. Al pasar los de quinto junto al rincón donde Teobaldo vendía fruta
sobre un madero, dijo algo que no oímos. Movía las manos, como alentándonos.
"Puerco", pensé.
Los gritos
arreciaban. Pero ni el compás de la marcha, ni el estímulo de los chillidos,
bastaban para disimular que estábamos asustados. Aquella espera era angustiosa.
¿Por qué tardaba en salir? Aparentando valor aún, repetíamos la frase, mas
habían comenzado a mirarse unos a otros y se escuchaban, de cuando en cuando,
agudas risitas forzadas. "No debo pensar en nada, me decía. Ahora
no". Ya me costaba trabajo gritar: estaba ronco y me ardía la garganta. De
pronto, casí sin saberlo, miraba el cielo: perseguía a un gallínazo que
planeaba suavemente sobre el colegio, bajo una bóveda azul, límpida y profunda,
alumbrada por un disco amarillo en un costado, como un lunar. Bajé la cabeza,
rápidamente.
Pequeño, amoratado,
Ferrufino había aparecido al final del pasíllo que desembocaba en el patio de
recreo. Los pasítos breves y chuecos, como de pato, que lo acercaban
interrumpían abusivamente el silencio que había reinado de improviso,
sorprendiéndome. (La puerta de la sala de profesores se abre; asoma un rostro
diminuto, cómico. Estrada quiere espiarnos: ve al director a unos pasos;
velozmente, se hunde; su mano infantil cierra la puerta.) Ferrufino estaba
frente a nosotros: recorría desorbitado los grupos de estudiantes enmudecidos.
Se habían deshecho las filas; algunos corríeron a los baños, otros rodeaban
desesperadamente la cantina de Teobaldo. Javier, Raygada, León y yo quedamos
inmóviles.
-No tengan miedo -dije, pero nadie me
oyó porque simultáneamente había dicho el director:
-Toque el pito, Gallardo.
De nuevo se
organizaron las hileras, esta vez con lentitud. El calor no era todavía
excesivo, pero ya padecíamos cierto sopor, una especie de aburrimiento.
"Se cansaron -murmuró Javier-. Malo." Y advirtió, furioso:
-¡Cuidado con hablar!
Otros propagaron el aviso.
-No -dije-. Espera. Se pondrán como
fieras apenas hable Ferrufino.
Pasaron algunos
segundos de silencio, de sospechosa gravedad, antes de que fuéramos levantando
la vista, uno por uno, hacía aquel hombrecito vestido de gris. Estaba con las
manos enlazadas sobre el vientre, los pies juntos, quieto.
-No quiero saber
quién inició este tumulto -recitaba. Un actor: el tono de su voz, pausado,
suave, las palabras casí cordiales, su postura de estatua, eran cuidadosamente
afectadas. ¨¿Habría estado ensayándose solo, en su despacho?-. Actos como éste
son una vergüenza para ustedes, para el colegio y para mí. He tenido mucha
paciencia, demasíada, óiganlo bien, con el promotor de estos desórdenes, pero
ha llegado al límite...
¿Yo o Lu? Una
interminable lengua de fuego lamía mi espalda, mi cuello, mis mejillas a medida
que los ojos de toda la Media iban girando hasta encontrarme. ¿Me miraba Lu?
¿Tenía envidia? ¿Me miraban los coyotes? Desde atrás, alguien palmeó mi brazo
dos veces, alentándome. El director habló largamente sobre Dios, la disciplina
y los valores supremos del espíritu. Dijo que las puertas de la dirección
estaban siempre abiertas, que los valientes de verdad debían dar la cara.
-Dar la cara -repitió; ahora era
autoritario-, es decir, hablar de frente, hablarme a mí.
-¡No seas imbécil! -dije, rápido-.
¡No seas imbécil!
Pero Raygada ya
había levantado su mano al mismo tiempo que daba un paso a la izquierda,
abandonando la formación. Una sonrisa complaciente cruzó la boca de Ferrufino y
desapareció de inmediato.
-Escucho, Raygada...-dijo.
A medida que éste
hablaba, sus palabras le inyectaban valor. Llegó incluso, en un momento, a
agitar sus brazos dramáticamente. Afirmó que no éramos malos y que amábamos el
colegio y a nuestros maestros, recordó que la juventud era impulsiva. En nombre
de todos, pidió disculpas. Luego tartamudeó, pero siguió adelante:
-Nosotros le
pedimos, señor director, que ponga horarios de exámenes como en años
anteriores...-Se calló, asustado.
-Anote, Gallardo
-dijo Ferrufino -. El alumno Raygada vendrá a estudiar la próxima semana todos
los días, hasta las nueve de la noche. -Hizo una pausa- El motivo figurará en
la libreta: por rebelarse contra una disposición pedagógica.
-Señor director... -Raygada estaba
lívido.
-Me parece justo -susurró Javier-.
Por bruto.
2
Un rayo de sol
atravesaba el sucio tragaluz y venía a acariciar mi frente y mis ojos, me
invadía de paz. Sin embargo, mi corazón estaba algo agitado y a ratos sentía
ahogos. Faltaba media hora para la salida; la impaciencia de los muchachos
había decaído un poco. ¿Responderían, después de todo?
-Siéntese, Montes -dijo el profesor
Zambrano-. Es usted un asno.
-Nadie lo duda--afirmó Javier, a mi
costado--. Es un asno.
¿Habría llegado la
consigna a todos los años? No quería martirizar de nuevo mi cerebro con
suposiciones pesimistas, pero a cada momento veía a Lu, a pocos metros de mi
carpeta, y sentía desasosiego y duda, porque sabía que en el fondo iba a
decidirse, no el horario de exámenes, ni siquiera una cuestión de honor, sino
una venganza personal. ¿Cómo descuidar esta ocasíón feliz para atacar al
enemigo que había bajado la guardia?
-Toma -dijo a mi lado, alguien-. Es
de Lu.
"Accpto tomar
el mando, contigo y Raygada". Lu había firmado dos veces. Entre sus
nombres, como un pequeño borrón, aparecía con la tinta brillante aún, un signo
que todos respetábamos: la letra C, en mayúscula, encerrada en un círculo
negro. Lo miré: su frente y su boca eran estrechas; tenía los ojos rasgados, la
piel hundida en las mejillas y la mandíbula pronunciada y firme. Me observaba
seriamente; acaso pensaba que la situación le exigía ser cordial.
En el mismo papel respondí: "Con
Javier". Leyó sin inmutarse y movió la cabeza afirmativamente.
-Javier -dije.
-Ya sé -respondió-. Está bien. Le
haremos pasar un mal rato.
¿Al director o a
Lu? Iba a preguntárselo, pero me distrajo el silbato que anunciaba la salida.
Simultáneamente se elevó el griterío sobre nuestras cabezas, mezclado con el
ruido de las carpetas removidas. Alguien -¿Córdoba, quizá?- silbaba con fuerza,
como queríendo destacar.
-¿Ya saben? -dijo
Raygada, en la fila-. Al Malecón.
-¡Qué vivo! -exclamó uno-. Está
enterado hasta Ferrufino.
Salíamos por la
puerta de atrás, un cuarto de hora después que la Primaria. Otros lo habían
hecho ya, y la mayoría de alumnos se había detenido en la calzada, formando
pequeños grupos. Discutían, bromeaban, se empujaban.
-Que nadie se quede por aquí -dije.
-¡Conmigo los coyotes! -gritó Lu,
orgulloso.
Veinte muchachos lo rodearon.
-Al Malecón -ordenó-, todos al
Malecón.
Tomados de los
brazos, en una línea que unía las dos aceras, cerramos la marcha los de quinto,
obligando a apresurarse a los menos entusiastas a codazos.
Una brisa tibia,
que no lograba agitar los secos algarrobos ni nuestros cabellos, llevaba de un
lado a otro la arena que cubría a pedazos el suelo calcinado del Malecón.
Habían respondido. Ante nosotros -Lu, Javier, Raygada y yo-, que dábamos la
espalda a la baranda y a los interminables arenales que comenzaban en la orilla
contraria del cauce, una muchedumbre compacta, extendida a lo largo de toda la
cuadra, se mantenía serena, aunque a veces, aisladamente, se escuchaban gritos
estridentes.
-¿Quién habla? –preguntó Javier.
-Yo -propuso Lu, listo para saltar a
la baranda.
-No--dije-. Habla tú, Javier.
Lu se contuvo y me miró, pero no
estaba enojado.
-Bueno -dijo; y agregó, encogiendo
los hombros-: ¡Total!
Javier trepó. Con
una de sus manos se apoyaba en un árbol encorvado y reseco y con la otra se
sostenía de mi cuello. Entre sus piernas, agitadas por un leve temblor que
desaparecía a medida que el tono de su voz se hacía convincente y enérgico,
veía yo el seco y ardiente cauce del río y pensaba en Lu y en los coyotes.
Había sido suficiente apenas un segundo para que pasara a primer lugar; ahora
tenía el mando y lo admiraban, a él, ratita amarillenta que no hacía seis meses
imploraba mi permiso para entrar en la banda. Un descuido infinitamente
pequeño, y luego la sangre, corríendo en abundancia por mi rostro y mi cuello,
y mis brazos y piernas inmovilizadas bajo la claridad lunar, incapaces ya de
responder a sus puños.
-Te he ganado -dijo, resollando-.
Ahora soy el jefe. Así acordamos.
Ninguna de las
sombras estiradas en círculo en la blanda arena, se había movido. Sólo los
sapos y los grillos respondían a Lu, que me insultaba. Tendido todavía sobre el
cálido suelo, atiné a gritar:
-Me retiro de la
banda. Formaré otra, mucho mejor.
Pero yo y Lu y los coyotes que
continuaban agazapados en la sombra, sabíamos que no era verdad.
-Me retiro yo también -dijo Javier.
Me ayudaba a
levantarme. Regresamos a la ciudad, y mientras caminábamos por las calles
vacías, yo iba limpiándome con el pañuelo de Javier la sangre y las lágrimas.
-Habla tú ahora -dijo Javier. Había
bajado y algunos lo aplaudían.
-Bueno -repuse y subí a la baranda.
Ni las paredes del
fondo, ni los cuerpos de mis compañeros hacían sombra. Tenía las manos húmedas
y creí que eran los nervios, pero era el calor. El sol estaba en el centro del
cielo; nos sofocaba. Los ojos de mis compañeros no llegaban a los míos: miraban
el suelo y mis rodillas. Guardaban silencio. El sol me protegía.
-Pediremos al
director que ponga el horario de exámenes, lo mismo que otros años. Raygada,
Javier, Lu y yo formamos la Comisión. La Media está de acuerdo, ¿no es verdad?
La mayoría asíntió, moviendo la
cabeza. Unos cuantos gritaron: "Sí", "Sí".
-Lo haremos ahora mismo -dije-.
Ustedes nos esperarán en la Plaza Merino.
Echamos a andar. La
puerta principal del colegio estaba cerrada. Tocamos con fuerza; escuchábamos a
nuestra espalda un murmullo creciente. Abrió el inspector Gallardo.
-¿Están locos? -dijo-. No hagan eso.
-No se meta -lo interrumpió Lu-. ¿
Cree que el serrano nos da miedo?
-Pasen -dijo Gallardo-. Ya verán.
3
Sus ojillos nos
observaban minuciosamente. Quería aparentar sorna y despreocupación, pero no
ignorábamos que su sonrisa era forzada y que en el fondo de ese cuerpo
rechoncho había temor y odio. Fruncía y despejaba el ceño, el sudor brotaba a
chorros de sus pequeñas manos moradas. Estaba trémulo:
-¿Saben ustedes cómo se llama esto?
Se llama rebelión, insurrección. ¿Creen ustedes que voy a someterme a los
caprichos de unos ociosos? Las insolencias las aplasto...
Bajaba y subía la voz. Lo veía
esforzarse por no gritar. "¿Por qué no revientas de una vez?, pensé.
¡Cobarde !".
Se había parado.
Una mancha gris flotaba en torno de sus manos, apoyadas sobre el vidrio del
escritorio. De pronto su voz ascendió, se volvió áspera:
-¡Fuera! Quien vuelva a mencionar los
exámenes será castigado.
Antes queJavier o
yo pudiéramos hacerle una señal, apareció entonces el verdadero Lu, el de los
asaltos nocturnos a las rancherías de la Tablada, el de los combates contra los
zorros en los médanos.
-Señor director...
No me volví a
mirarlo. Sus ojos oblicuos estarían despidiendo fuego y violencia, como cuando
luchamos en el seco cauce del río. Ahora tendría también muy abierta su boca
llena de babas, mostraría sus dientes amarillos.
-Tampoco nosotros
podemos aceptar que nos jalen a todos porque usted quiere que no haya horarios.
¿Por qué quiere que todos saquemos notas bajas? ¿Por qué...?
Ferrufino se había
acercado. Casí lo tocaba con su cuerpo. Lu, pálido, aterrado, continuaba
hablando:
-¡...estamos ya cansados...
-¡Cállate!
El director había levantado los
brazos y sus puños estrujaban algo.
-¡Cállate! -repitió con ira-.
¡Cállate, animal! ¡Cómo te atreves!
Lu estaba ya
callado, pero miraba a Ferrufino a los ojos como si fuera a saltar súbitamente
sobre su cuello: "Son iguales, pensé. Dos perros".
-De modo que has aprendido de éste.
Su dedo apuntaba a
mi frente. Me mordí el labio: pronto sentí que recorría mi lengua un hilito
caliente y eso me calmó.
-¡Fuera! -gritó de nuevo-. ¡Fuera de
aquí! Les pesará.
Salimos. Hasta el
borde de los escalones que vinculaban el colegio San Miguel con la Plaza Merino
se extendía una multitud inmóvil y anhelante. Nuestros compañeros habían
invadido los pequeños jardínes y la fuente; estaban silenciosos y angustiados.
Extrañamente, entre la mancha clara y estática aparecían blancos, diminutos
rectángulos que nadie pisaba. Las cabezas parecían iguales, uniformes, como en
la formación para el desfile. Atravesamos la plaza. Nadie nos interrogó; se
hacían a un lado, dejándonos paso y apretaban los labios. Hasta que pisamos la
avenida, se mantuvieron en su lugar. Luego, siguiendo una consigna que nadie
había impartido, caminaron tras de nosotros, al paso sin compás, como para ir a
clases.
El pavimento
hervía, parecía un espejo que el sol iba disolviendo. "¿Será
verdad?", pensé. Una noche calurosa y desierta me lo habían contado, en
esta misma avenida, y no lo creí. Pero los
periódicos decían
que el sol, en algunos apartados lugares, volvía locos a los hombres y a veces
los mataba.
-Javier -pregunté-. ¿Tú viste que el
huevo se freía solo, en la pista?
Sorprendido, movió la cabeza.
-No. Me lo contaron.
-¿Será verdad?
-Quizás. Ahora podríamos hacer la
prueba. El suelo arde, parece un brasero.
En la puerta de La
Reina apareció Alberto. Su pelo rubio brillaba hermosamente: parecía de oro.
Agitó su mano derecha, cordial. Tenía muy abiertos sus enormes ojos verdes y
sonreía, Tendría curiosidad por saber a dónde marchaba esa multitud uniformada
y silenciosa, bajo el rudo calor.
-¿Vienes después? -me gritó.
-No puedo. Nos veremos a la noche.
-Es un imbécil -dijo Javier-. Es un
borracho.
-No -afirmé-. Es mi amigo. Es un buen
muchacho.
4
-Déjame hablar, Lu
-le pedí, procurando ser suave. Pero ya nadie podía contenerlo. Estaba parado
en la baranda, bajo las ramas del seco algarrobo: mantenía admirablemente el
equilibrio y su piel y su rostro recordaban un lagarto.
-¡No! -dijo agresivamente-. Voy a
hablar yo.
Hice una seña a
Javier. Nos acercamos a Lu y apresamos sus piernas. Pero logró tomarse a tiempo
del árbol y zafar su pierna derecha de mis brazos; rechazado por un fuerte
puntapié en el hombro tres pasos atrás, vi a Javier enlazar velozmente a Lu de
las rodillas, y alzar su rostro y desafiarlo con sus ojos que hería el sol
salvajemente.
-¡No le pegues! -grité. Se contuvo,
temblando, mientras Lu comenzaba a chillar:
-¿Saben ustedes lo que nos dijo el
director? Nos insultó, nos trató como a bestias. No le da su gana de poner los
horarios porque quiere fregarnos. Jalar a todo el colegio y no le importa. Es
un...
Ocupábamos el mismo
lugar que antes y las torcidas filas de muchachos comenzaban a cimbrearse. Casí
toda la Media continuaba presente. Con el calor y cada palabra de Lu crecía la
indignación de los alumnos. Se enardecían.
-Sabemos que nos odia. No nos
entendemos con él. Desde que llegó, el colegio no es un colegio.
Insulta, pega. Encima quiere jalarnos
en los exámenes.
Una voz aguda y
anónima lo interrumpió:
-¿A quién le ha pegado?
Lu dudó un instante. Estalló de
nuevo:
-¿A quién? -desafió- ¡Arévalo, que te
vean todos la espalda!
Entre murmullos,
surgió Arévalo del centro de la masa. Estaba pálido. Era un coyote. Llegó hasta
Lu y descubrió su pecho y espalda. Sobre sus costillas, aparecía una gruesa
franja roja.
-¡Esto es
Ferrufino! -La mano de Lu mostraba la marca mientras sus ojos escrutaban los
rostros atónitos de los más inmediatos. Tumultuosamente, el mar humano se
estrechó en torno a nosotros; todos pugnaban por acercarse a Arévalo y nadie
oía a Lu, ni a Javier y Raygada que pedían calma, ni a mí, que gritaba:
"¡es mentira! -no le hagan caso- ¡es mentira!". La marea me alejo de
la baranda y de Lu. Estaba ahogado. Logré abrirme camino hasta salir del
tumulto. Desanudé mi corbata y tomé aire con la boca abierta y los brazos en
alto, lentamente, hasta sentir que mi corazón recuperaba su ritmo.
Raygada estaba junto a mí. Indignado,
me preguntó:
-¿Cuándo fue lo de Ar‚valo?
-Nunca.
-¿ Cómo ?
Hasta él, siempre
sereno, había sido conquistado. Las aletas de su nariz palpitaban vivamente y
tenía apretados los puños.
-Nada -dije-, no sé cuándo fue.
Lu esperó que
decayera un poco la excitación. Luego, levantando su voz sobre las protestas
dispersas:
-¿Ferrufino nos va
a ganar? -preguntó a gritos; su puño colérico amenazaba a los alumnos-. ¿Nos va
a ganar? ¡Respóndanme!
-¡No! -prorrumpieron quinientos o
más-. ¡No! ¡No!
Estremecido por el
esfuerzo que le imponían sus chillidos, Lu se balanceaba victorioso sobre la
baranda.
-Que nadie entre al
colegio hasta que aparezcan los horarios de exámenes. Es justo. Tenemos
derecho. Y tampoco dejaremos entrar a la Primaria.
Su voz agresiva se
perdió entre los gritos. Frente a mí, en la masa erizada de brazos que agitaban
jubilosamente centenares de boinas a lo alto, no distinguí uno solo que
permaneciera indiferente o adverso.
Javier quería demostrar tranquilidad.
Pero sus pupilas brillaban.
-Está bien -dije-. Lu tiene razón.
Vamos a ayudarlo.
Corrí hacía la baranda y trepé.
-Adviertan a los de Primaria que no
hay clases a la tarde -dije-. Pueden irse ahora. Quédense los de
quinto y los de cuarto para rodear el
colegio.
-Y también los coyotes -concluyó Lu,
feliz.
5
-Tengo hambre -dijo Javier.
El calor había
atenuado. En el único banco útil de la Plaza Merino recibíamos los rayos de
sol, filtrados fácilmente a través de unas cuantas gasas que habían aparecido
en el cielo, pero casí ninguno transpiraba.
León se frotaba las manos y sonreía:
estaba inquieto.
-No tiembles -dijo Amaya-. Estás
grandazo para tenerle miedo a Ferrufino.
-¡Cuidado! -La cara
de mono de León había enrojecido y su mentón sobresalía-. ¡Cuidado, Amaya!
-Estaba de pie.
-No peleen -dijo Raygada
tranquilamente-. Nadie tiene miedo. Sería un imbécil.
-Demos una vuelta por atrás -propuse
a Javier.
Contorneamos el
colegio, caminando por el centro de la calle. Las altas ventanas estaban
entreabiertas y no se veía a nadie tras ellas, ni se escuchaba ruido alguno.
-Están almorzando -dijo Javier.
-Sí. Claro.
En la vereda
opuesta, se alzaba la puerta principal del Salesiano. Los medios internos
estaban apostados en el techo, observándonos. Sin duda, habían sido informados.
-¡Qué muchachos valientes! -se burló
alguien.
Javier los insultó.
Respondió una lluvia de amenazas. Algunos escupieron, pero sin acertar. Hubo
risas. "Se mueren de envidia", murmuró Javier.
En la esquina vimos
a Lu. Estaba sentado en la vereda, solo, y miraba distraídamente la pista. Nos
vio y caminó hacía nosotros. Parecía contento.
-Vinieron dos
churres de primero -dijo-. Los mandamos a jugar al río.
-¿Sí? -dijo Javier-. Espera media
hora y verás. Se va a armar el gran escándalo.
Lu y los coyotes
custodiaban la puerta trasera del colegio. Estaban repartidos entre las
esquinas de las calles Lima y Arequipa. Cuando llegamos al umbral del callejón,
conversaban en grupo y reían. Todos llevaban palos y piedras.
-Así no -dije-. Si les pegan, los
churres van a querer entrar de todos modos.
Lu rió.
-Ya verán. Por esta puerta no entra
nadie.
También él tenía un garrote que
ocultaba hasta entonces con su cuerpo. Nos lo enseñó, agitándolo.
-¿Y por allá? -preguntó.
-Todavía nada.
A nuestra espalda,
alguien voceaba nuestros nombres. Era Raygada: venía corríendo y nos llamaba
agitando la mano frenéticamente. "Ya llegan, ya llegan -dijo, con
ansiedad-. Vengan". Se detuvo de golpe diez metros antes de alcanzarnos.
Dio media vuelta y regresó a toda carrera. Estaba excitadísimo. Javier y yo
también corrimos. Lu nos gritó algo del río. "¿El río?, pensé. No existe.
¿Por qué todo el mundo habla del río si sólo baja el agua un mes al año?".
Javier corría a mi lado, resoplando.
-¿Podremos contenerlos?
-¿Qué? -Le costaba trabajo abrir la
boca, se fatigaba más.
-¿Podremos contener a la Primaria?
-Creo que sí. Todo depende.
-Mira.
En el centro de la
Plaza, junto a la fuente, León, Amaya y Raygada hablaban con un grupo de
pequeños, cinco o seis. La situación parecía tranquila.
-Repito -decía
Raygada, con la lengua afuera-. Váyanse al río. No hay clases, no hay clases.
¿Está claro? ¿O paso una película?
-Eso -dijo uno, de nariz respingada-.
Que sea en colores.
-Miren -les dije-.
Hoy no entra nadie al colegio. Nos vamos al río. Jugaremos fútbol: Primaria
contra Media. ¿De acuerdo?
-Ja, ja -rió el de la nariz, con
suficiencia-. Les ganamos. Somos más.
-No quiero -replicó una voz
atrevida-. Yo voy al colegio.
Era un muchacho de
cuarto, delgado y pálido. Su largo cuello emergía como un palo de escoba de la
camisa comando, demasíado ancha para él. Era brigadier de año. Inquieto por su
audacia, dio unos pasos hacía atrás. León corrió y lo tomó de un brazo.
-¿No has entendido?
-Había acercado su cara a la del chiquillo y le gritaba. ¿De qué diablos se
asustaba León?- ¿No has entendido, churre? No entra nadie. Ya, vamos, camina.
-No lo empujes -dije-. Va a ir solo.
-¡No voy! -gritó-.
Tenía el rostro levantado hacía León, lo miraba con furia-. ¡No voy! No quiero
huelga.
-¡Cállate, imbécil!
¿Quién quiere huelga? -León parecía muy nervioso. Apretaba con todas sus
fuerzas el brazo del brigadier. Sus compañeros observaban la escena,
divertidos.
- ¡Nos pueden
expulsar! -El brigadier se dirigía a los pequeños, se lo notaba atemorizado y
colérico-. Ellos quieren huelga porque no les van a poner horario, les van a
tomar los exámenes de repente, sin que sepan cuándo. ¿Creen que no sé? ¡Nos
pueden expulsar! Vamos al colegio, muchachos.
Hubo un movimiento
de sorpresa entre los chiquillos. Se miraban ya sin sonreír, mientras el otro
seguía chillando que nos iban a expulsar. Lloraba.
-¡No le pegues!
-grité, demasíado tarde. León lo había golpeado en la cara, no muy fuerte, pero
el chico se puso a patalear y a gritar.
-Pareces un chivo -advirtió alguien.
Miré a Javier. Ya
había corrido. Lo levantó y se lo echó a los hombros como un fardo. Se alejó
con él. Lo siguieron varios, ríendo a carcajadas.
-¡Al río! -gritó
Raygada. Javier escuchó porque lo vimos doblar con su carga por la avenida
Sánchez Cerro, camino al Malecón.
El grupo que nos
rodeaba iba creciendo. Sentados en los sardineles y en los bancos rotos, y los
demás transitando aburridamente por los pequeños senderos asfaltados del
parque, nadie, felizmente, intentaba ingresar al colegio. Repartidos en
parejas, los diez encargados de custodiar la puerta principal, tratábamos de
entusiasmarlos: "tienen que poner los horarios, porque si no, nos fríegan.
Y a ustedes también, cuando les toque".
-Siguen llegando -me dijo Raygada-.
Somos pocos. Nos pueden aplastar, si quieren.
-Si los
entretenemos diez minutos, se acabó -dijo León-. Vendrá la Media y entonces los
corremos al río a patadas.
De pronto, un chico gritó
convulsionado:
-¡Tienen razón!
¡Ellos tienen razón! -Y dirigiéndose a nosotros, con aire dramático-: Estoy con
ustedes.
-¡Buena! ¡Muy bien! -lo aplaudimos-.
Eres un hombre.
Palmeamos su espalda, lo abrazamos.
El ejemplo cundió.
Alguien dio un grito: "Yo también". "Ustedes tienen razón".
Comenzaron a discutir entre ellos. Nosotros alentábamos a los más excitados
halagándolos: "Bien, churre. No eres ningún marica".
Raygada se encaramó sobre la fuente.
Tenía la boina en la mano derecha y la agitaba, suavemente.
-Lleguemos a un acuerdo -exclamó-.
¿Todos unidos ?
Lo rodearon. Seguían llegando grupos
de alumnos, algunos de quinto de Media; con ellos formamos una muralla, entre
la fuente y la puerta del colegio, mientras Raygada hablaba.
-Esto se llama solidaridad -decía- .
Solidaridad. -Se calló como si hubiera terminado, pero un segundo después abrió
los brazos y clamó-: ¡No dejaremos que se cometa un abuso!
Lo aplaudieron.
-Vamos al río -dije-. Todos.
-Bueno. Ustedes también.
-Nosotros vamos después.
-Todos juntos o ninguno -repuso la
misma voz. Nadie se movió.
Javier regresaba. Venía solo.
-Esos están tranquilos -dijo-. Le han
quitado el burro a una mujer. Juegan de lo lindo.
-La hora -pidió León-. Dígame alguien
qué hora es.
Eran las dos.
-A las dos y media nos vamos -dije-.
Basta que se quede uno para avisar a los retrasados.
Los que llegaban se sumergían en la
masa de chiquillos. Se dejaban convencer rápidamente.
-Es peligroso –dijo Javier. Hablaba
de una manera rara: ¿tendría miedo?-. Es peligroso. Ya sabemos qué va a pasar
si al director se le antoja salir. Antes que hable, estaremos en las clases.
-Sí -dije-. Que comiencen a irse. Hay
que animarlos.
Pero nadie quería moverse. Había
tensión, se esperaba que, de un momento a otro, ocurríera algo.
León estaba a mi lado.
-Los de Media han cumplido -dijo-.
Fíjate. Sólo han venido los encargados de las puertas.
Apenas un momento
después, vimos que llegaban los de Media, en grandes corrillos que se mezclaban
con las olas de chiquillos. Hacían bromas. Javier se enfureció:
-¿Y ustedes? -dijo-. ¿Qué hacen aquí?
¿A qué han venido?
Se dirigía a los
que estaban más cerca de nosotros; al frente de ellos iba Antenor, brigadier de
segundo de Media.
-¡Guá! -Antenor parecía muy
sorprendido-. ¿Acaso vamos a entrar? Venimos a ayudarlos.
Javier saltó hacía él, lo agarró del
cuello.
-¡Ayudarnos! ¿Y los uniformes? ¿Y los
libros?
-Calla -dije-.
Suéltalo. Nada de peleas. Diez minutos y nos vamos al río. Ha llegado casí todo
el colegio.
La Plaza estaba
totalmente cubierta. Los estudiantes se mantenían tranquilos, sin discutir.
Algunos fumaban. Por la avenida Sánchez Cerro pasaban muchos carros, que
disminuían la velocidad al cruzar la Plaza Merino. De un camión, un hombre nos
saludó gritando:
-Buena, muchachos. No se dejen.
-¿Ves? –dijo Javier-. Toda la ciudad
está enterada. ¿Te imaginas la cara de Ferrufino?
-¡Las dos y media! -gritó León-.
Vámonos. Rápido, rápido.
Miré mi reloj: faltaban cinco
minutos.
-Vámonos -grité-. Vámonos al río.
Algunos hicieron
como que se movían. Javier, León, Raygada y varios más, gritando también,
comenzaron a empujar a unos y a otros. Una palabra se repetía sin cesar:
"río, río, río".
Lentamente, la
multitud de muchachos principió a agitarse. Dejamos de azuzarlos y, al callar
nosotros, me sorprendió por segunda vez en el día, un silencio total. Me ponía
nervioso. Lo rompí:
-Los de Media, atrás -indiqué-. A la
cola, formando fila...
A mi lado, alguien
tiró al suelo un barquillo de helado, que salpicó mis zapatos. Enlazando los
brazos, formamos un cinturón humano. Avanzábamos trabajosamente. Nadie se
negaba, pero la marcha era lentísima. Una cabeza iba casí hundida en mi pecho.
Se volvió: ¿cómo se llamaba? Sus ojos pequeños eran cordiales.
-Tu padre te va a matar -dijo.
"Ah, pensé. Mi vecino."
-No -le dije-. En
fin, ya veremos. Empuja.
Habíamos abandonado
la Plaza. La gruesa columna ocupaba íntegramente el ancho de la avenida. Por
encima de las cabezas sin boinas, dos cuadras más allá, se veía la baranda
verde amarillenta y los grandes algarrobos de Malecón. Entre ellos, como
puntitos blancos, los arenales.
El primero en
escuchar fue Javier, que marchaba a mi lado. En sus estrechos ojos oscuros
había sobresalto.
-¿Qué pasa? -dije-. Dime.
Movió la cabeza.
-¿Qué pasa? -le grité-. ¿Qué oyes?
Logré ver en ese
instante un muchacho uniformado que cruzaba velozmente la Plaza Merino hacía
nosotros. Los gritos del recién llegado se confundieron en mis oídos con el
violento vocerío que se desató en las apretadas columnas de chiquillos, parejo
a un movimiento de confusión. Los que marchábamos en la última hilera no
entendíamos bien. Tuvimos un segundo de desconcierto; aflojando los brazos,
algunos se soltaron. Nos sentimos arrojados hacía atrás, separados. Sobre
nosotros pasaban centenares de cuerpos, corríendo y gritando histéricamente.
"¿Qué pasa?", grité a León. Senaló algo con el dedo, sin dejar de
correr. "Es Lu, dijeron a mi oído. Algo ha pasado allá. Dicen que hay un
lío". Eché a correr.
En la bocacalle que
se abría a pocos metros de la puerta trasera del colegio, me detuve en seco. En
ese momento era imposible ver: oleadas de uniformes afluían de todos lados y
cubrían la calle de gritos y cabezas descubiertas. De pronto, a unos quince pasos,
encaramado sobre algo, divisé a Lu. Su cuerpo delgado se destacaba nitidamente
en la sombra de la pared que lo sostenía. Estaba arrinconado y descargaba su
garrote a todos lados. Entonces, entre el ruido, más poderosa que la de quienes
lo insultaban y retrocedían para librarse de sus golpes, escuché su voz:
-¿Quién se acerca? -gritaba-. ¿Quién
se acerca?
Cuatro metros más
allá, dos coyotes, rodeados también, se defendían a palazos y hacían esfuerzos
desesperados para romper el cerco y juntarse a Lu. Entre quienes los acosaban,
vi rostros de Media. Algunos habían conseguido piedras y se las arrojaban, aunque
sin acercarse. A lo lejos, vi asímismo a otros dos de la banda, que corrían
despavoridos: los perseguía un grupo de muchachos con palos.
-¡Cálmense! ¡Cálmense! Vamos al río.
Una voz nacía a mi lado,
angustiosamente.
Era Raygada. Parecía a punto de
llorar.
-No seas idiota -dijo Javier. Se reía
a carcajadas-. Cállate, ¿no ves?
La puerta estaba
abierta y por ella entraban los estudiantes a docenas, ávidamente. Continuaban
llegando a la bocacalle nuevos compañeros, algunos se sumaban al grupo que
rodeaba a Lu y los suyos. Habían conseguido juntarse. Lu tenía la camisa
abierta; asomaba su flaco pecho lampino, sudoroso y brillante; un hilillo de
sangre le corría por la nariz y los labios. Escupía de cuando en
cuando y miraba con
odio a los que estaban más próximos. Únicamente él tenía levantado el palo,
dispuesto a descargarlo. Los otros lo habían bajado, exhaustos.
-¿Quién se acerca? Quiero ver la cara
de ese valiente.
A medida que
entraban al colegio, iban poniéndose de cualquler modo las boinas y las
insignias del año. Poco a poco, comenzó a disolverse, entre injurias, el grupo
que cercaba a Lu. Raygada me dio un codazo:
-Dijo que con su
banda podía derrotar a todo el colegio-. Hablaba con tristeza-. ¿ Por qué
dejamos solo a este animal?
Raygada se alejó.
Desde la puerta nos hizo una seña, como dudando. Luego entró. Javier y yo nos
acercamos a Lu. Temblaba de cólera.
-¿Por qué no vinieron? -dijo,
frenético, levantando la voz-. ¿Por qué no vinieron a ayudarnos? Éramos apenas
ocho, porque los otros...
Tenía una vista
extraordinaria y era flexible como un gato. Se echó velozmente hacía atrás,
mientras mi puno apenas rozaba su oreja y luego, con el apoyo de todo su
cuerpo, hizo dar una curva en el aire a su garrote. Recibí en el pecho el
impacto y me tambaleé. Javier se puso en medio.
-Acá no -dijo-. Vamos al Malecón.
-Vamos -dijo Lu-. Te voy a enseñar
otra vez.
-Ya veremos -dije-. Vamos.
Caminamos media cuadra, despacio,
porque mis piernas vacilaban. En la esquina nos detuvo León.
-No peleen -dijo-. No vale la pena.
Vamos al colegio. Tenemos que estar unidos.
Lu me miraba con sus ojos
semicerrados. Parecía incómodo .
-¿Por qué les pegaste a los churres?
-le dije-. ¿ Sabes lo que nos va a pasar ahora a ti y a mí?
No respondió ni hizo ningún gesto. Se
había calmado del todo y tenia la cabeza baja.
-Contesta, Lu -insistí-. ¿Sabes?
-Está bien -dijo León-. Trataremos de
ayudarlos. Dénse la mano.
Lu levantó el r
ostro y me miró, apenado. Al sentir su mano entre las mías, la noté suave y
delicada, y recordé que era la primera vez que nos saludábamos de ese modo.
Dimos media vuelta, caminamos en fila hacía el colegio. Sentí un brazo en el
hombro. Era Javier.
EL DESAFÍO
Estábamos bebiendo cerveza, como
todos los sábados, cuando en la puerta del "Río Bar" apareció
Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.
- ¿Qué pasa? - preguntó León.
Leonidas arrastró una silla y se
sentó junto a nosotros.
- Me muero de sed.
Le serví un vaso hasta el borde y la
espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando,
pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la
última gota.
- Justo va a pelear esta noche -
dijo, con una voz rara.
Quedamos callados un momento. León
bebió, Briceño encendió un cigarrillo.
- Me encargó que les
avisara - agregó Leonidas. - Quiere que vayan. Finalmente, Briceño preguntó:
- ¿Cómo fue?
- Se encontraron esta
tarde en Catacaos. - Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire:
unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. - Ya se imaginan lo
demás...
- Bueno - dijo León.
Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que
alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.
- Si - repitió
Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así.
Las botellas habían quedado vacías.
Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del
cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que
regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del
malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del
"Río Bar" pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza
estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían.
- Son casí las nueve
- dijo León.- Mejor nos vamos. Salimos.
- Bueno, muchachos -
dijo Leonidas. - Gracias por la cerveza.
- ¿Va a ser en
"La Balsa", ¿no? - preguntó Briceño.
- Sí. A las once.
Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.
El viejo hizo un gesto de despedida y
se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal,
en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacía la
plaza. Estaba casí desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían
a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha
que escuchaba sonríendo. Era bonita y parecía divertirse.
- El Cojo lo va a
matar - dijo, de pronto, Briceño.
- Cállate - dijo
León.
Nos separamos en la
esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me
puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del
pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que
llegaba.
- ¿Otra vez a la
calle? - dijo ella.
- Sí. Tengo que
arreglar un asunto.
El chico estaba dormido, en sus
brazos, y tuve la impresión que se había muerto.
- Tienes que
levantarte temprano - insistió ella - ¿Te has olvidado que trabajas los
domingos?
- No te preocupes -
dije. - Regreso en unos minutos
Caminé de vuelta hacía el "Río
Bar" y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no
terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el
dueño del local.
- ¿Es cierto lo de la
pelea?
- Sí. Va ser en la
"Balsa". Mejor te callas.
- No necesito que me
adviertas - dijo. - Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad,
se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya
sabemos.
- El Cojo es un asco
de hombre.
- Era tu amigo
antes... - comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.
Alguien llamó desde la terraza y se
alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado.
- ¿Quieres que yo
vaya? - me preguntó.
- No. Con nosotros
basta, gracias.
- Bueno. Avísame si
puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. - Tomó un trago de mi cerveza,
sin pedirme permiso. - Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino
hablar de
Justo y juraba que
lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurríera a ustedes
darse una vuelta por acá.
- Hubiera querido
verlo al Cojo - dije. - Cuando está furioso su cara es muy chistosa. Moisés se
río.
- Anoche parecía el
diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.
Acabé la cerveza y salí a caminar por
el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del "Río Bar" vi a
Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa
descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil,
contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus
facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubríendo
a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la
comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un
golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había
nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al
ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa).
- Acabo de llegar -
dijo. - ¿Qué es de los otros?
- Ya vienen. Deben
estar en camino.
Justo me miró de frente. Pareció que
iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza.
- ¿Cómo fue lo de esta tarde?
Encogió los hombros e hizo un ademán
vago.
- Nos encontramos en
el "Carro Hundido". Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a
cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me
degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el
cura.
- ¿Eres muy hombre? -
gritó el Cojo.
- Más que tú - gritó
Justo.
- Quietos, bestias -
decía el cura.
- ¿En "La
Balsa" esta noche entonces? - gritó el Cojo.
- Bueno - dijo Justo.
- Eso fue todo.
La gente que estaba en el "Río
Bar" había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en
la terraza sólo estábamos nosotros.
- He traído esto - dije, alcanzándole
el pañuelo.
Justo abrió la navaja y la midió. La
hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego
sacó otra navaja de su bolsillo y comparó.
- Son iguales - dijo.
- Me quedaré con la mía, nomás. Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar,
fumando.
-No tengo hora - dijo Justo - Pero
deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos.
A la altura del puente nos
encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano.
- Hermanito - dijo
León - Usted lo va a hacer trizas.
- De eso ni hablar -
dijo Briceño. - El Cojo no tiene nada que hacer contigo.
Los dos tenían la misma ropa que
antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo
seguridad e, incluso cierta alegría.
- Bajemos por aquí -
dijo León - Es más corto.
- No - dijo Justo. -
Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora.
Era extraño ese temor, porque siempre
habíamos bajado al cauce del río, descolgándonos por el tejido de hierros que
sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la
derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo
camino hacía el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena
estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de
algodones. León miró detenidamente el cielo.
- Hay muchas nubes -
dijo; - la luna no va a servir de mucho esta noche.
- Haremos fogatas -
dijo Justo.
- ¿Estas loco? -
dije. - ¿Quieres que venga la policía?
- Se puede arreglar -
dijo Briceño sin convicción.- Se podría postergar el asunto hasta mañana. No
van a pelear a oscuras.
Nadie contestó y Briceño no volvió a
insistir.
- Ahí está "La Balsa" -
dijo León.
En un tiempo, nadie sabía cuándo,
había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría
las tres cuartas partes del ancho del cauce. Era muy pesado y, cuando bajaba,
el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de
modo que cada año, "La Balsa" se alejaba más de la ciudad. Nadie
sabía tampoco quién le puso el nombre de "La Balsa", pero así lo
designaban todos.
- Ellos ya están ahí - dijo León.
Nos detuvimos a
unos cinco metros de "La Balsa. En el débil resplandor nocturno no
distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran
cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo.
Avancé despacio hacía el tronco,
procurando que mi rostro conservara una expresión serena.
- ¡Quieto! - gritó
alguien. - ¿Quién es?
- Julián - grité -
Julián Huertas. ¿Están ciegos?
A mi encuentro salió un pequeño
bulto. Era el Chalupas.
- Ya nos íbamos -
dijo. - Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo
cuidaran.
- Quiero entenderme
con un hombre - grité, sin responderle - No con este muñeco.
- ¿Eres muy valiente?
- preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.
- ¡Silencio! - dijo
el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacía mí. Era
alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo
imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel
lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos
dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus
pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de
iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una
cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía
pero nadie se la había visto.
- ¿Por qué has traído
a Leonidas? - dijo el Cojo, con voz ronca.
- ¿A Leonidas? ¿Quién
ha traído al Leonidas?
El cojo señaló con su dedo a un
costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír
que lo nombraban se acercó.
- ¡Qué pasa conmigo!
- dijo. Mirando al Cojo fijamente. - No necesito que me traigan, He venido
solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no
pelear, dijo.
El Cojo vaciló antes de responder.
Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.
- No se meta, viejo -
dijo el cojo amablemente. - No voy a pelearme con usted.
- No creas que estoy
tan viejo - dijo Leonidas. - He revolcado a muchos que eran mejores que tú.
- Está bien, viejo
-dijo el Cojo.- Le creo. -Se dirigió a mí:- ¿Están listos?
- Sí. Di a tus amigos
que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.
El Cojo se rió.
- Tú bien sabes, Julián, que no
necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes.
Uno de los que
estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la
mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí
un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo
se hielo.
- ¿Tienes fósforos, viejo?
Leonidas prendió un fósforo y lo
sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz
de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo,
comprobé su filo y su peso.
- Está bien - dije.
Chunga caminó entre Leonidas y yo.
Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que
daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasíble, con los
labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y
del propio Briceño, que sudaba.
- ¿Quién le dijo a
usted que viniera? - preguntó Justo, severamente.
- Nadie me dijo. -
afirmó Leonidas, en voz alta. - Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas?
Justo no contestó. Le hice una señal
y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja
y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se
encogió.
- Perdón - dije,
palpando la arena en busca de la navaja. - Se me escapó. Aquí está. -Las
gracias se te van a quitar pronto - dijo Chunga.
Luego, como había hecho yo, al
resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin
decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacía "La Balsa".
Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales
cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de
nosotros, a los dos costados del cause, se veían las luces vacilantes de la
ciudad. El silencio era casí absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente
ladridos o rebuznos.
- ¡Listos! - exclamó
una voz, del otro lado.
- ¡Listos! - grité
yo.
En el bloque de hombres que estaba
junto a "La Balsa" hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra
renqueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos
grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había
piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus
brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi
lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un
salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la
espalda. Estaba a mi lado.
- No te le acerques
ni un momento. - El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. -
Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el
estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme... Ya,
vaya, pórtese como un hombre...
Justo escuchó a
Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer
un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la
envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes,
con la cabeza levantada. En su mano derecha, mientras se distanciaba de
nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos
metros del Cojo.
Quedaron unos instantes inmóviles, en
silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose,
los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las
navajas. De lejos, semíocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían
dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un
material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla,
proyectados en el aire, no en la arena. Casí simultáneamente, como respondiendo
a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo;
un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía
desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también,
sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante,
levemente doblado con el codo hacía fuera, la mano apuntando directamente al
centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas,
desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al
principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos
permanecían fijos. Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose,
extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El
Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacía delante, su brazo
describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo,
sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a
girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose
suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba
sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo,
siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el
tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el
otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de
resortes.
- Ya está - murmuró
Briceño. - lo rasgó.
- En el hombro - dijo
Leonidas. - Pero apenas.
Sin haber dado un
grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya
no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del
Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo
negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en
celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experíencia y recursos.
Rompió el círculo retrocediendo,
siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo
perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la
manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado
hasta casí tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las
dos halló sólo el vacío. "No te acerques tanto". Dijo Leonidas, junto
a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la
sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo
como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y
arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos
estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes
abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el
combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la
sombra gigantesca, otra, más
delgada y esbelta,
que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores.
Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el
izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y
leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos,
cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo.
"¡Sal de ahí!", dijo Leonidas muy despacio. "¿Por qué demonios
peleas tan cerca?". Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera
llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo.
Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la
defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a
ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una
piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un
instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando
el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los
ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo,
transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes
tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho
de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara
habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de
exasperación y fatiga. Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse
alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su
rostro, descubríendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron
su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo,
lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió
sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se
inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la
brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de
Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía
se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los
combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron
abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era
quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos
rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando
hacía el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas
desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o
vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.
Debimos estar anhelantes y ávidos,
sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles,
hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una
cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la
espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de
distancia, acezantes. "Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya
basta". Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su
emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por
el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo
el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto
estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba
a correr hacía ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se
incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un
borracho. Era el Cojo.
En el forcejeo, habían perdido hasta
las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos
vértices. "Vamos", dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que
nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su
cuerpo sobre el brazo derecho y cubríendo la cabeza con la mano libre, como si
quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo
retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la
cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos
reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas.
- ¡Julián! - grito el Cojo. - ¡Dile
que se rinda!
Me volví a mirar a
Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con
expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las
palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que
yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las
últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de
esa acometida sentimental e inútil, saltando hacía atrás:
- ¡Don Leonidas!
-gritó de nuevo con acento furioso e implorante.- ¡Dígale que se rinda!
- ¡Calla y pelea! -
bramó Leonidas, sin vacilar.
Justo había intentado nuevamente un
asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas
peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no
tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la
angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta
los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento,
hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la
tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había
retirado hacía los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar.
Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía
mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre
desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío,
de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con
cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de
Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a
tientas, sin mirar. Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras,
como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que
escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad.
- No llore, viejo -
dijo León. - No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de
veras.
Leonidas no contestó. Iba detrás de
mí, de modo que yo no podía verlo.
A la altura de los primeros ranchos
de Castilla, pregunté.
- ¿Lo llevamos a su
casa, don Leonidas?
- Sí - dijo el viejo,
precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.
El Hermano Menor
Al lado del camino había una enorme
piedra y, en ella, un sapo; David le apuntaba cuidadosamente.
-No dispares -dijo Juan.
David bajó el arma y miró a su
hermano, sorprendido.
-Puede oír los tiros -dijo Juan.
-¿Estás loco? Faltan cincuenta
kilómetros para la cascada.
-A lo mejor no está
en la cascada -insistió Juan-, sino en las grutas.
-No -dijo David-. Además, aunque
estuviera, no pensará nunca que somos nosotros.
El sapo continuaba
allí, respirando calmadamente con su inmensa bocaza abierta, y, detrás de sus
lagañas, observaba a David con cierto aire malsano. David volvió a levantar el
revólver, apuntó con lentitud y disparó.
-No le diste -dijo Juan
-Sí le di.
Se.acercaron a la piedra. Una
manchita verde delataba el lugar donde había estado el sapo.
-¿ No le di ?
-Sí -dijo Juan-, sí le diste.
Caminaron hacía los
caballos. Soplaba el mismo viento frío y punzante que los había escoltado
durante el trayecto, pero el paisaje comenzaba a cambiar, el sol se hundía tras
los cerros, al pie de una montaña una imprecisa sombra disimulaba los sembríos,
las nubes enroscadas en las cumbres más próximas habían adquirido el color gris
oscuro de las rocas. David echó sobre sus hombros la manta que había extendido
en la tierra para descansar y luego, maquínalmente, reemplazó en su revólver la
bala disparada. A hurtadillas, Juan observó las manos de David cuando cargaban
el arma y la arrojaban a su funda; sus dedos no parecían obedecer a una
voluntad, sino actuar solos.
-¿ Seguimos ? -dijo David.
Juan asíntió.
El camino era una
angosta cuesta y los animales trepaban con dificultad, resbalando
constantemente en las piedras, húmedas aún por las lluvias de los últimos días.
Los hermanos iban silenciosos. Una delicada e invisible garúa les salió al
encuentro a poco de partir, pero cesó pronto. Oscurecía cuando avistaron las
grutas, el cerro chato y estirado como una lombriz que todos conocen con el
nombre de Cerro de los Ojos.
-¿Quieres que veamos si está ahí?
–preguntó Juan.
-No vale la pena.
Estoy seguro que no se ha movido de la cascada. El sabe que por aquí podrían
verlo, siempre pasa alguien por el camino.
-Como quieras -dijo Juan.
Y un momento después preguntó:
-¿Y si hubiera mentido el tipo ese?
-¿Quién?
-El que nos dijo que lo vio.
-¿Leandro? No, no
se atrevería a mentirme a mí. Dijo que está escondido en la cascada y es seguro
que ahí está. Ya verás.
Continuaron
avanzando hasta entrada la noche. Una sábana negra los envolvió y, en la
oscuridad, el desamparo de esa solitaria región sin árboles ni hombres era
visible sólo en el silencio que se fue acentuando hasta convertirse en una
presencia semicorpórea. Juan, inclinado sobre el pescuezo de su cabalgadura,
procuraba distinguir la incierta huella del sendero. Supo que habían alcanzado
la cumbre cuando, inesperadamente, se hallaron en terreno plano. David indicó
que debían continuar a pie. Desmontaron, amarraron- los animales a unas rocas.
El hermano mayor tiró de las crines de su caballo, lo palmeó varias veces en el
lomo y murmuró a su oído:
-Ojalá no te encuentre helado,
mañana.
-¿Vamos a bajar ahora? -preguntó
Juan.
-Sí -repuso David- . ¿No tienes frío?
Es preferible esperar el día en el desfiladero. Allá descansaremos. ¿Te da
miedo bajar a oscuras?
-No. Bajemos, si quieres.
Iniciaron el
descenso de inmediato. David iba adelante, llevaba una pequeña linterna y la
columna de luz oscilaba entre sus pies y los de Juan, el círculo dorado se
detenía un instante en el sitio que debía pisar el hermano menor. A los pocos
minutos, Juan transpiraba abundantemente y las rocas ásperas de la ladera
habían llenado sus manos de rasguños. Sólo veía el disco iluminado frente a él,
pero sentía la respiración de su hermano y adivinaba sus movimientos: debía
avanzar sobre el resbaladizo declive muy seguro de sí mismo, sortear los
obstáculos sin dificultad. El, en cambio, antes de cada paso, tanteaba la
solidez del terreno y buscaba un apoyo al que asírse; aun así, en varias
ocasíones estuvo a punto de caer. Cuando llegaron a la sima, Juan pensó que el
descenso tal vez había demorado varias horas. Estaba exhausto y, ahora, oía muy
cerca el ruido de la cascada. Esta era una grande y majestuosa cortina de agua
que se precipitaba desde lo alto, retumbando como los truenos, sobre una laguna
que alimentaba un riachuelo. Alrededor de la laguna había musgo y hierbas todo
el año y esa era la única vegetación en veinte kilómetros a la redonda.
-Aquí podemos descansar -dijo David.
Se sentaron uno
junto al otro. La noche estaba fría, el aire húmedo, el cielo cubierto. Juan
encendió un cigarrillo. Se hallaba fatigado, pero sin sueño. Sintió a su
hermano estirarse y bostezar; poco después dejaba de moverse, su respiración
era m s suave y metódica, de cuando en cuando emitía una especie de murmullo. A
su vez, Juan trató de dormir. Acomodó su cuerpo lo mejor que pudo sobre las
piedras e intentó despejar su cerebro, sin conseguirlo. Encendió otro
cigarrillo. Cuando había llegado a la hacienda, tres meses atrás, hacía dos
años que no veía a sus hermanos. David era el mismo hombre que aborrecía y
admiraba desde niño, pero Leonor había cambiado, ya no era aquella criatura que
se asomaba a las ventanas de La Mugre para arrojar piedras a los indios
castigados, sino una mujer alta, de gestos primitivos, y su belleza tenía, como
la naturaleza que la rodeaba, algo de brutal. En sus ojos había aparecido un
intenso fulgor. Juan sentía un mareo que empañaba sus ojos, un vacío en el
estómago, cada vez que asociaba la imagen de aquel que buscaban al recuerdo de
su hermana, y como arcadas de furor. En la madrugada de ese día, sin embargo,
cuando vio a Camilo cruzar el descampado que separaba la casa-hacienda de las
cuadras, para alistar los caballos, había vacilado.
-Salgamos sin hacer ruido -había
dicho David-. No conviene que la pequeña se despierte.
Estuvo con una
extraña sensación de ahogo, como en el punto más alto de la cordillera,
mientras bajaba en puntas de pie las gradas de la casa-hacienda y en el
abandonado camino que flanqueaba los sembríos; casí no sentía la maraña zumbona
de mosquitos que se arrojaban atrozmente sobre él, y herían, en todos los
lugares descubiertos, su piel de hombre de ciudad. Al iniciar el ascenso de la
montaña, el ahogo desapareció. No era un buen jinete y el precipicio,
desplegado como una tentación terrible al borde del sendero que parecía una
delgada serpentina, lo absorbió. Estuvo todo el tiempo vigilante, atento a cada
paso de su cabalgadura y concentrando su voluntad contra el vértigo que creía
inminente.
-¡Mira!
Juan se estremeció.
-Me has asustado -dijo-. Creía que
dormías.
-¡Cállate! Mira.
-¿Qué?
-Allá. Mira.
A ras de tierra, allí donde parecía
nacer el estruendo de la cascada, había una lucecita titilante.
-Es una fogata -dijo David-. Juro que
es él. Vamos.
-Esperemos que
amanezca –susurró Juan: de golpe su garganta se había secado y le ardía-. Si se
echa a correr, no lo vamos a alcanzar nunca en estas tinieblas.
-No puede oírnos
con el ruido salvaje del agua -respondió David, con voz firme, tomando a su
hermano del brazo-. Vamos.
Muy despacio, el
cuerpo inclinado como para saltar, David comenzó a deslizarse pegado al cerro.
Juan iba a su lado, tropezando, los ojos clavados en la luz que se empequeñecía
y agrandaba como si alguien estuviese abanicando la llama. A medida que los hermanos
se acercaban, el resplandor de la fogata les iban descubríendo el terreno
inmediato, pedruscos, matorrales, el borde de la laguna, pero no una forma
humana. Juan estaba seguro ahora, sin embargo, que aquel que perseguían estaba
allí, hundido en esas sombras, en un lugar muy próximo a la luz.
-Es él -dijo David-. ¿Ves?
Un instante, las
frágiles lenguas de fuego habían iluminado un perfil oscuro y huidizo que
buscaba calor.
-¿Qué hacemos? -
murmuró Juan, deteniéndose. Pero David no estaba ya a su lado, corría hacía el
lugar donde había surgido ese rostro fugaz.
Juan cerró los
ojos, imaginó al indio en cuclillas, sus manos alargadas hacía el fuego, sus
pupilas irritadas por el chisporroteo de la hoguera: de pronto algo le caía
encima y ‚l atinaba a pensar en un animal, cuando sentía dos manos violentas
cerrándose en su cuello y comprendía. Debió sentir un infinito terror ante esa
agresión inesperada que provenía de la sombra, seguro que ni siquiera intentó
defenderse, a lo más se encogería como un caracol para hacer menos vulnerable
su cuerpo y abriría mucho los ojos, esforzándose por ver en las tinieblas al
asaltante. Entonces, reconocería su voz: "¿qué has hecho, canalla?",
"¿qué has hecho, perro?". Juan oía a David y se daba cuenta que lo
estaba pateando, a veces sus puntapies parecían estrellarse no contra el indio
sino en las piedras de la ribera; eso debía encolerizarlo más. Al principio,
hasta Juan llegaba un gruñido lento, como si el indio hiciera gárgaras, pero
después sólo oyó la voz enfurecida de David, sus amenazas, sus insultos. De
pronto, Juan descubrió en su mano derecha el revólver, su dedo presionaba
ligeramente el gatillo. Con estupor pensó que si disparaba podía matar también
a su hermano, pero no guardó el arma y, al contrario, mientras avanzaba hacía
la fogata, sintió una gran serenidad.
-¡Basta, David! -gritó-. Tírale un
balazo. Ya no le pegues.
No hubo respuesta.
Ahora Juan no los veía, el indio y su hermano, abrazados, habían rodado fuera
del anillo iluminado por la hoguera. No los veía, pero escuchaba el ruido seco
de los golpes y, a ratos, una injuria o un hondo resuello.
-David -gritó Juan-, sal de ahí. Voy
a disparar.
Presa de intensa agitación, segundos
después repitió
-Suéltalo, David. Te juro que voy a
disparar
Tampoco hubo respuesta.
Después de disparar
el primer tiro, Juan quedó un instante estupefacto, pero de inmediato continuó
disparando, sin apuntar, hasta sentir la vibración metálica del percutor al
golpear la cacerina vacía. Permaneció inmóvil, no sintió que el revólver se desprendía
de sus manos y caía a sus pies. El ruido de la cascada había desaparecido, un
temblor recorría todo su cuerpo, su piel estaba bañada de sudor, apenas
respiraba. De pronto gritó:
-¡David!
-Aquí estoy, animal
-contestó a su lado, una voz asustada y colérica-. ¿Te das cuenta que has
podido balearme a mí también? ¿Te has vuelto loco?
Juan giró sobre sus
talones, las manos extendidas y abrazó a su hermano. Pegado a él, balbuceaba
cosas incomprensibles, gemía y no parecía entender las palabras de David, que
trataba de calmarlo. Juan estuvó un rato largo repitiendo incoherencias, sollozando.
Cuando se calmó, recordó al indio:
-¿Y ese, David?
-¿Ese? -David había recobrado su
aplomo, hablaba con voz firme-. ¿Cómo crees que está?
La hoguera
continuaba encendida, pero alumbraba muy débilmente. Juan cogió el leño más
grande y buscó al indio. Cuando lo encontró, estuvo observando un momento con
ojos fascinados y luego el leño cayó a tierra y se apagó.
-¿Has visto, David?
-Sí, he visto. Vámonos de aquí.
Juan estaba rígido
y sordo, como en un sueño sintió que David lo arrastraba hacía el cerro. La
subida les tomó mucho tiempo. David sostenía con una mano la linterna y con la
otra a Juan, que parecía de trapo: resbalaba aún en las piedras más firmes y se
escurría hasta el suelo, sin reaccionar. En la cima se desplomaron, agotados.
Juan hundió la cabeza en sus brazos y permaneció tendido, respirando a grandes
bocanadas. Cuando se incorporó, vio a su hermano, que lo examinaba a la luz de
la linterna.
-Te has herido -dijo David-. Voy a
vendarte.
Rasgó en dos su
pañuelo y con cada uno de los retazos vendó las rodillas de Juan, que asomaban
a través de los desgarrones del pantalón, bañadas en sangre.
-Esto es
provisional -dijo David- . Regresemos de una vez. Puede infectarse. No estás
acostumbrado a trepar cerros. Leonor te curará.
Los caballos
tiritaban y sus hocicos estaban cubiertos de espuma azulada. David los limpió
con su mano, los acarició en el lomo y en las ancas, chasqueó tiernamente la
lengua junto a sus orejas. "Ya vamos a entrar en calor", les susurró.
Cuando montaron,
amanecía. Una claridad débil abarcaba el contorno de los cerros y una laca
blanca se extendía por el entrecortado horizonte, pero los abismos continuaban
sumidos en la oscuridad. Antes de partir, David tomó un largo trago de su
cantimplora y la alcanzó a Juan, que no quiso beber. Cabalgaron toda la mañana
por un paisaje hostil, dejando a los animales imprimir a su capricho el ritmo
de la marcha. Al mediodía, se detuvieron y prepararon café. David comió algo
del queso y las habas que Camilo había colocado en las alforjas. Al anochecer
avistaron dos maderos que formaban un aspa. Colgaba de ellos una tabla donde se
leía: La Aurora. Los caballos relincharon: reconocían la señal que marcaba el
límite de la hacienda.
-Vaya -dijo David-. Ya era hora.
Estoy rendido. ¿Cómo van esas rodillas?
Juan no contestó.
-¿Te duelen? -insistió David.
-Mañana me largo a Lima -dijo Juan.
-¿Qué cosa?
-No volveré a la
hacienda. Estoy harto de la sierra. Viviré siempre en la ciudad. No quiero
saber nada con el campo.
Juan miraba al frente, eludía los
ojos de David que lo buscaban.
-Ahora estás nervioso -dijo David-.
Es natural. Ya hablaremos después.
-No--dijo Juan--. Hablaremos ahora.
-Bueno -dijo David, suavemente-. ¿Qué
te pasa?
Juan se volvió hacía su hermano,
tenía el rostro demacrado, la voz hosca.
-¿Qué me pasa? ¿Te
das cuenta de lo que dices? ¿Te has olvidado del tipo de la cascada? Si me
quedo en la hacienda voy a terminar creyendo que es normal hacer cosas así.
Iba a agregar "como tú",
pero no se atrevió.
-Era un perro
infecto -dijo David-. Tus escrúpulos son absurdos. ¿Acaso te has olvidado lo
que le hizo a tu hermana?
El caballo de Juan
se plantó en ese momento y comenzó a corcovear y alzarse sobre las patas
traseras.
-Se va a desbocar, David -dijo Juan.
-Suéltale las ríendas. Lo estás
ahogando.
Juan aflojó las ríendas y el animal
se calmó.
-No me has respondido--dijo David--.
¿Te has olvidado por qué fuimos a buscarlo?
-No -contestó Juan-. No me he
olvidado.
Dos horas después
llegaban a la cabaña de Camilo, construida sobre un promontorio, entre la
casa-hacienda y las cuadras. Antes que los hermanos se detuvieran, la puerta de
la cabaña se abrió y en el umbral apareció Camilo. El sombrero de paja en la
mano, la cabeza respetuosamente inclinada, avanzó hacía ellos y se paró entre
los dos caballos, cuyas ríendas sujetó.
-¿Todo bien? -dijo David.
Camilo movió la cabeza negativamente.
-La niña Leonor...
-¿Que le ha pasado a Leonor? -lo
interrumpió Juan, incorporándose en los estribos.
En su lenguaje
pausado y confuso, Camilo explicó que la niña Leonor, desde la ventana de su
cuarto, había visto partir a los hermanos en la madrugada y que, cuando ellos
se hallaban apenas a unos mil metros de la casa, había aparecido en el
descampado, con botas y pantalón de montar, ordenando a gritos que le
prepararan su caballo. Camilo, siguiendo las instrucciones de David, se negó a
obedecerla. Ella misma, entonces, entró decididamente a las cuadras y, como un
hombre, alzó con sus brazos la montura, las mantas y los aperos sobre el
Colorado, el m s pequeño y nervioso animal de La Aurora que era su preferido.
Cuando se disponía
a montar, las sirvientas de la casa y el propio Camilo la habían sujetado;
durante mucho rato soportaron los insultos y los golpes de la niña, que,
exasperada, se debatía y suplicaba y exigía que la dejaran marchar tras sus
hermanos.
-¡Ah, me las
pagará! -dijo David-. Fue Jacinta, estoy seguro. Nos oyó hablar esa noche con
Leandro, cuando servía la mesa. Ella ha sido.
La niña había
quedado muy impresionada, continuó Camilo. Luego de injuriar y arañar a las
criadas y a él mismo, comenzó a llorar a grandes voces, y regresó a la casa.
Allí permanecía, desde entonces, encerrada en su cuarto.
Los hermanos abandonaron los caballos
a Camilo y se dirigieron a la casa.
-Leonor no debe saber una palabra
-dijo Juan.
-Claro que no -dijo David-. Ni una
palabra.
Leonor supo que
habían llegado por el ladrido de los perros. Estaba semidormida cuando un ronco
gruñido cortó la noche y bajo su ventana pasó, como una exhalación, un animal
acezante. Era Spoky, advirtió su carrera frenética y sus inconfundibles
aullidos. En seguida escuchó el trote perezoso y el sordo rugido de Domitila,
la perrita preñada. La agresividad de los perros terminó bruscamente, a los
ladridos sucedió el jadeo afanoso con que recibían siempre a David. Por una
rendija vio a sus hermanos acercarse a la casa y oyó el ruido de la puerta
principal que se abría y cerraba. Esperó que subieran la escalera y llegaran a
su cuarto. Cuando abrió, Juan estiraba la mano para tocar.
-Hola, pequeña -dijo David.
Dejó que la abrazaran y les alcanzó
la frente, pero ella no los besó. Juan encendió la lámpara.
-¿Por qué no me
avisaron? Han debido decirme. Yo quería alcanzarlos, pero Camilo no me dejó.
Tienes que castigarlo, David, si vieras cómo me agarraba, es un insolente y un
bruto. Yo le rogaba que me soltara y él no me hacía caso.
Había comenzado a
hablar con energía, pero su voz se quebró. Tenía los cabellos revueltos y
estaba descalza. David y Juan trataban de calmarla, le acariciaban los
cabellos, le sonreían, la llamaban pequeñita.
-No queríamos
inquietarte -explicaba David-. Además, decidimos partir a última hora. Tú
dormías ya.
-¿Qué ha pasado? -dijo Leonor.
Juan cogió una manta del lecho y con
ella cubrió a su hermana. Leonor había dejado de llorar.
Estaba pálida, tenía la boca
entreabierta y su mirada era ansiosa.
-Nada -dijo David-. No ha pasado
nada. No lo encontramos.
La tensión desapareció del rostro de
Leonor, en sus labios hubo una expresión de alivio.
-Pero lo
encontraremos -dijo David. Con un gesto vago indicó a Leonor que debía
acostarse. Luego dio media vuelta.
-Un momento, no se vayan -dijo
Leonor.
Juan no se había movido.
-¿Sí? -dijo David-.
¿Qué pasa, chiquita?
-No lo busquen mas a ese.
-No te preocupes -dijo David-,
olvídate de eso. Es un asunto de hombres. Déjanos a nosotros.
Entonces Leonor
rompió a llorar nuevamente, esta vez con grandes aspavientos. Se llevaba las
manos a la cabeza, todo su cuerpo parecía electrizado, y sus gritos alarmaron a
los perros, que comenzaron a ladrar al pie de la ventana. David le indicó a
Juan con un gesto que interviniera, pero el hermano menor permaneció silencioso
e inmóvil.
-Bueno, chiquita -dijo David-. No
llores. No lo buscaremos.
-Mentira. Lo vas a matar. Yo te
conozco.
-No lo haré -dijo David-. Si crees
que ese miserable no merece un castigo...
-No me hizo nada -dijo Leonor, muy
rápido, mordiéndose los labios.
-No pienses más en eso -insistió
David-. Nos olvidaremos de él. Tranquilízate, pequeña.
Leonor seguía llorando, sus mejillas
y sus labios estaban mojados y la manta había rodado al suelo.
-No me hizo nada -repitió-. Era
mentira.
-¿Sabes lo que dices? -dice David.
-Yo no podía
soportar que me siguiera a todas partes -balbuceaba Leonor-. Estaba tras de mí
todo el día, como una sombra.
-Yo tengo la culpa
-dijo David, con amargura- . Es peligroso que una mujer ande suelta por el
campo. Le ordené que te cuidara. No debí fiarme de un indio. Todos son iguales.
-No me hizo nada,
David -clamó Leonor-. Créeme, te estoy diciendo la verdad. Pregúntale a Camilo,
él sabe que no pasó nada. Por eso lo ayudó a escaparse. ¿No sabías eso? Sí, él
fue. Yo se lo dije. Sólo quería librarme de él, por eso inventé esa historia.
Camilo sabe todo, pregúntale.
Leonor se secó las mejillas con el
dorso de la mano. Levantó la manta y la echó sobre sus hombros.
Parecía haberse librado de una
pesadilla.
-Mañana hablaremos de eso -dijo
David-. Ahora estamos cansados. Hay que dormir.
-No -dijo Juan.
Leonor descubrió a su hermano muy
cerca de ella: había olvidado que Juan también se hallaba allí.
Tenía la frente llena de arrugas, las
aletas de su nariz palpitaban como el hociquito de Spoky.
-Vas a repetir
ahora mismo lo que has dicho -le decía Juan, de un modo extraño-. Vas a repetir
cómo nos mentiste.
-Juan -dijo David-.
Supongo que no vas a creerle. Ahora es que trata de engañarnos.
-He dicho la verdad
-rugió Leonor; miraba alternativamente a los hermanos-. Ese día le ordené que
me dejara sola y no quiso. Fui hasta el río y él detrás de mí. Ni siquiera
podía bañarme tranquila. Se quedaba parado, mirándome torcido, como los
animales. Entonces vine y les conté eso.
-Espera, Juan -dijo David-. ¿Dónde
vas? Espera.
Juan había dado
media vuelta y se dirigía hacía la puerta; cuando David trató de detenerlo,
estalló. Como un endemoniado comenzó a proferir improperios: trató de puta a su
hermana y a su hermano de canalla y de déspota, dio un violento empujón a David
que quería cerrarle el paso, y abandonó la casa a saltos, dejando un reguero de
injurias. Desde la ventana, Leonor y David lo vieron atravesar el descampado a
toda carrera, vociferando como un loco, y lo vieron entrar a las cuadras y
salir poco después montando a pelo el Colorado. El mañoso caballo de Leonor
siguió dócilmente la dirección que le indicaban los inexpertos puños que tenían
sus ríendas; caracoleando con elegancia, cambiando de paso y agitando las
crines rubias de la cola como un abanico, llegó hasta el borde del camino que
conducía, entre montañas, desfiladeros y extensos arenales, a la ciudad. Allí
se rebeló. Se irguió de golpe en las patas traseras relinchando, giró como una
bailarina y regresó al descampado, velozmente.
-Lo va a tirar -dijo Leonor.
-No -dijo David, a su lado-. Fíjate.
Se sostiene.
Muchos indios
habían salido a las puertas de las cuadras y contemplaban, asombrados, al
hermano menor que se mantenía increíblemente seguro sobre el caballo y a la vez
taconeaba con ferocidad sus ijares y le golpeaba la cabeza con uno de sus
puños. Exasperado por los golpes, el Colorado iba de un lado a otro,
encabritado, brincaba, emprendía vertiginosas y brevísimas carreras y se
plantaba de golpe, pero el jinete parecía soldado a su lomo. Leonor y David lo
veían aparecer y desaparecer, firme como el más avezado de los domadores, y
estaban mudos, pasmados. De pronto, el Colorado se rindió: su esbelta cabeza
colgando hacía el suelo, como avergonzado, se quedó quieto, respirando
fatigosamente. En ese momento creyeron que regresaba; Juan dirigió el animal hacía
la casa y se detuvo ante la puerta, pero no desmontó. Como si recordara algo,
dio media vuelta y a trote corto marchó derechamente hacía esa construcción que
llamaban La Mugre. Allí bajó de un brinco. La puerta estaba cerraba yJuan hizo
volar el candado a puntapiés. Luego indicó a gritos a los indios que estaban
adentro, que salieran, que había terminado el castigo para todos. Después
volvió a la casa, caminando lentamente. En la puerta lo esperaba David. Juan
parecía sereno; estaba empapado de sudor y sus ojos mostraban orgullo. David se
aproximó a él y lo llevó al interior tomado del hombro.
-Vamos -le decía-. Tomaremos un trago
mientras Leonor te cura las rodillas.
DÍA DOMINGO
Contuvo un instante
la respiración, clavó las uñas en la palma de sus manos y dijo, muy rápido:
"Estoy enamorado de ti". Vio que ella enrojecía bruscamente, como si
alguien hubiera golpeado sus mejillas, que eran de una palidez resplandeciente y
muy suaves. Aterrado, sintió que la confusión ascendía por él y petrificaba su
lengua. Deseó salir corríendo, acabar: en la taciturna mañana de invierno había
surgido ese desaliento íntimo que lo abatía siempre en los momentos decisivos.
Unos minutos antes, entre la multitud animada y sonríente que circulaba por el
Parque Central de Miraflores, Miguel se repetía aún: "Ahora. Al llegar a
la avenida Pardo. Me atreveré. ¡Ah, Rubén, si supieras cómo te odio!". Y
antes todavía, en la Iglesia, mientras buscaba a Flora con los ojos, la
divisaba al pie de una columna y, abriéndose paso con los codos sin pedir
permiso a las señoras que empujaba, conseguía acercársele y saludarla en voz
baja, volvía a decirse, tercamente, como esa madrugada, tendido en su lecho, vigilando
la aparición de la luz: "No hay más remedio. Tengo que hacerlo hoy día. En
la mañana. Ya me las pagarás, Rubén". Y la noche anterior había llorado,
por primera vez en muchos años, al saber que se preparaba esa innoble
emboscada. La gente seguía en el Parque y la avenida Pardo se hallaba desierta;
caminaban por la alameda, bajo los ficus de cabelleras altas y tupidas.
"Tengo que apurarme, pensaba Miguel, si no, me fríego." Miró de
soslayo alrededor: no había nadie, podía intentarlo. Lentamente fue estirando
su mano izquierda hasta tocar la de ella; el contacto le reveló que
transpiraba. Imploró que ocurríera un milagro, que cesara aquella humillación.
"Qué le digo, pensaba, qué le digo." Ella acababa de retirar su mano
y él se sentía desamparado y ridículo. Todas las frases radiantes, preparadas
febrilmente la víspera, se habían disuelto como globos de espuma.
-Flora -balbuceó-,
he esperado mucho tiempo este momento. Desde que te conozco sólo pienso en ti.
Estoy enamorado por primera vez, créeme, nunca había conocido una muchacha como
tú.
Otra vez una
compacta mancha blanca en su cerebro, el vacío. Ya no podía aumentar la
presión: la piel cedía como jebe y las uñas alcanzaban el hueso. Sin embargo,
siguió hablando, dificultosamente, con grandes intervalos, venciendo el
bochornoso tartamudeo, tratando de describir una pasíón irreflexiva y total,
hasta descubrir, con alivio, que llegaban al primer óvalo de la avenida Pardo,
y entonces calló. Entre el segundo y el tercer ficus, pasado el óvalo, vivía
Flora. Se detuvieron, se miraron: Flora estaba aún encendida y la turbación
había colmado sus ojos de un brillo húmedo. Desolado, Miguel se dijo que nunca
le había parecido tan hermosa: una cinta azul recogía sus cabellos y el podía
ver el nacimiento de su cuello, y sus orejas, dos signos de interrogación
pequeñitos y perfectos.
-Mira, Miguel -dijo Flora; su voz era
suave, llena de música, segura-. No puedo contestarte ahora.
Pero mi mamá no quiere que ande con
chicos hasta que termine el colegio.
-Todas las mamás
dicen lo mismo, Flora -insistió Miguel-. ¿Cómo iba a saber ella? Nos veremos
cuando tú digas, aunque sea sólo los domingos.
-Ya te contestaré,
primero tengo que pensarlo –dijo Flora, bajando los ojos. Y después de unos
segundos añadió-: Perdona, pero ahora tengo que irme, se hace tarde.
Miguel sintió una profunda lasítud,
algo que se expandía por todo su cuerpo y lo ablandaba.
-¿No estás enojada conmigo, Flora,
no? -dijo humildemente.
-No seas sonso -replicó ella, con
vivacidad-. No estoy enojada.
-Esperaré todo lo
que quieras -dijo Miguel-. Pero nos seguiremos viendo, ¿no? ¿Iremos al cine
esta tarde, no?
-Esta tarde no puedo -dijo ella,
dulcemente-. Me ha invitado a su casa Martha.
Una correntada
cálida, violenta, lo invadió y se sintió herido, atontado, ante esa respuesta
que esperaba y que ahora le parecía una crueldad. Era cierto lo que el Melanés
había murmurado, torvamente, a su oído, el sábado en la tarde. Martha los
dejaría solos, era la táctica habitual. Después, Rubén relataría a los
pajarracos cómo él y su hermana habían planeado las circunstancias, el sitio y
la hora. Martha habría reclamado, en pago de sus servicios, el derecho de
espiar detrás de la cortina. La cólera empapó sus manos de golpe.
-No seas así, Flora. Vamos a la
matiné como quedamos. No te hablaré de esto. Te prometo.
-No puedo, de veras -dijo Flora-.
Tengo que ir donde Martha. Vino ayer a mi casa para invitarme.
Pero después iré con ella al Parque
Salazar.
Ni siquiera vio en
esas últimas palabras una esperanza. Un rato después contemplaba el lugar donde
había desaparecido la frágil figurita celeste, bajo el arco majestuoso de los
ficus de la avenida. Era posible competir con un simple adversario, no con Rubén.
Recordó los nombres de las muchachas invitadas por Martha, una tarde de
domingo. Ya no podía hacer nada, estaba derrotado. Una vez más surgió entonces
esa imagen que lo salvaba siempre que sufría una frustración: desde un lejano
fondo de nubes infladas de humo negro se aproximaba él, al frente de una
compañía de cadetes de la Escuela Naval, a una tribuna levantada en el Parque;
personajes vestidos de etiqueta, el sombrero de copa en la mano, y señoras de
joyas relampagueantes lo aplaudían. Aglomerada en las veredas, una multitud en
la que sobresalían los rostros de sus amigos y enemigos, lo observaba
maravillada, murmurando su nombre. Vestido de paño azul, una amplia capa
flotando a sus espaldas, Miguel desfilaba delante, mirando el horizonte.
Levantada la espada, su cabeza describía media esfera en el aire: allí, en el
corazón de la tribuna estaba Flora, sonríendo. En una esquina, haraposo,
avergonzado, descubría a Rubén: se limitaba a echarle una brevísima ojeada
despectiva. Seguía marchando, desaparecía entre vítores.
Como el vaho de un
espejo que se frota, la imagen desapareció. Estaba en la puerta de su casa,
odiaba a todo el mundo, se odiaba. Entró y subió directamente a su cuarto. Se
echó de bruces en la cama; en la tibia oscuridad, entre sus pupilas y sus
párpados, apareció el rostro de la muchacha -"Te quiero, Flora", dijo
él en voz alta- y luego Rubén, con su mandíbula insolente y su sonrisa hostil;
estaban uno al lado del otro, se acercaban, los ojos de Rubén se torcían para
mirarlo burlonamente mientras su boca avanzaba hacía Flora.
Saltó de la cama.
El espejo del armario le mostró un rostro ojeroso, lívido. "No la veré
decidió. No me hará esto, no permitiré que me haga esa perrada."
La avenida Pardo
continuaba solitaria. Acelerando el paso sin cesar, caminó hasta el cruce con
la avenida Grau; allí vaciló. Sintió frío; había olvidado el saco en su cuarto
y la sola camisa no bastaba para protegerlo del viento que venía del mar y se
enredaba en el denso ramaje de los ficus
con un suave
murmullo. La temida imagen de Flora y Rubén juntos le dio valor, y siguió
andando. Desde la puerta del bar vecino al cine Montecarlo, los vio en la mesa
de costumbre, dueños del ángulo que formaban las paredes del fondo y de la
izquierda. Francisco, el Melanés, Tobías, el Escolar lo descubrían y, después
de un instante de sorpresa, se volvían hacía Rubén, los rostros maliciosos,
excitados. Recuperó el aplomo de inmediato: frente a los hombres sí sabía
comportarse.
-Hola -les dijo, acercándose-. ¿Qué
hay de nuevo?
-Siéntate -le alcanzó una silla el
Escolar-. ¿Qué milagro te ha traído por aquí?
-Hace siglos que no venías -dijo
Francisco.
-Me provocó verlos -dijo Miguel,
cordialmente-. Ya sabía que estaban aquí. ¿De qué se asombran?
¿O ya no soy un pajarraco?
Tomó asíento entre el Melanés y
Tobías. Rubén estaba al frente.
-¡Cuncho! -gritó el Escolar-. Trae
otro vaso. Que no esté muy mugríento.
Cuncho trajo el vaso y el Escolar lo
llenó de cerveza. Miguel dijo "por los pajarracos" y bebió.
-Por poco te tomas el vaso también
-dijo Francisco-. ¡Qué ímpetus!
-Apuesto a que
fuiste a misa de una -dijo el Melanés, un párpado plegado por la satisfacción,
como siempre que iniciaba algún enredo--. ¿O no?
-Fui -dijo Miguel, imperturbable-.
Pero sólo para ver a una hembrita. Nada más.
Miró a Rubén con
ojos desafiantes, pero él no se dio por aludido; jugueteaba con los dedos sobre
la mesa y, bajito, la punta de la lengua entre los dientes, silbaba La niña
Popof, de Pérez Prado.
-¡Buena! -aplaudió el Melanés-.
Buena, don Juan. Cuéntanos, ¿a qué hembrita?
-Eso es un secreto.
-Entre los pajarracos no hay secretos
-recordó Tobías-. ¿Ya te has olvidado? Anda, ¿quién era?
-Qué te importa -dijo Miguel.
-Muchísimo -dijo Tobías-. Tengo que
saber con quien andas para saber quién eres.
-Toma mientras -dijo el Melanés a
Miguel-. Una a cero.
-¿A que adivino quién es? -dijo
Francisco-. ¿Ustedes no?
-Yo ya sé -dijo Tobías.
-Y yo -dijo el
Melanés. Se volvió a Rubén con ojos y voz muy inocentes-. Y tú, cuñado,
¿adivinas quién es?
-No -dijo Rubén,
con frialdad-. Y tampoco me importa.
-Tengo llamitas en el estómago -dijo
el Escolar-. ¿Nadie va a pedir una cerveza?
El Melanés se pasó un patético dedo
por la garganta:
-I halJen't money, darling -dijo.
-Pago una botella
-anunció Tobías, con ademán solemne-. A ver quién me sigue, hay que apagarle
las llamitas a este baboso.
-Cuncho, bájate media docena de
Cristales -dijo Miguel.
Hubo gritos de júbilo, exclamaciones.
-Eres un verdadero pajarraco -afirmó
Francisco.
-Sucio, pulguiento -agregó el
Melanés-, sí, señor, un pajarraco de la pitri-mitri.
Cuncho trajo las
cervezas. Bebieron. Escucharon al Melanés referir historias sexuales, crudas,
extravagantes y afiebradas y se entabló entre Tobías y Francisco una recia
polémica sobre fútbol. El Escolar contó una anécdota. Venía de Lima a
Miraflores en un colectivo; los demás pasajeros bajaron en la avenida Arequipa.
A la altura de Javier Prado subió el cachalote Tomasso, ese albino de dos
metros que sigue en Primaria, vive por la Quebrada ¿ya captan?; simulando gran
interés por el automóvil comenzó a hacer preguntas al chofer, inclinado hacía
el asíento de adelante, mientras rasgaba con una navaja, suavemente, el tapiz
del espaldar.
-Lo hacía porque yo estaba ahí
-afirmó el Escolar-. Quería lucirse.
-Es un retrasado
mental -dijo Francisco-. Esas cosas se hacen a los diez años. A su edad, no
tiene gracia.
-Tiene gracia lo que pasó después
-rió el Escolar-. Oiga chofer, ¿no ve que este cachalote está destrozando su
carro?
-¿Qué? -dijo el chofer, frenando en
seco. Las orejas encarnadas, los ojos espantados, el cachalote Tomasso
forcejeaba con la puerta.
-Con su navaja -dijo el Escolar-.
Fíjese cómo le ha dejado el asíento.
El cachalote logró salir por fin.
Echó a correr por la avenida Arequipa; el chofer iba tras él, gritando: agarren
a ese desgraciado.
-¿Lo agarró? -preguntó el Melanés.
-No sé. Yo desaparecí. Y me robé la
llave del motor, de recuerdo. Aquí la tengo.
Sacó de su bolsillo una pequeña llave
plateada y la arrojó sobre la mesa. Las botellas estaban vacías. Rubén miró su
reloj y se puso de pie.
-No te vayas -dijo Miguel-. Estoy
rico hoy día. Los invito a almorzar a todos.
Un remolino de palmadas cayó sobre
él, los pajarracos le agradecieron con estruendo, lo alabaron.
-No puedo -dijo Rubén-. Tengo que
hacer.
-Anda vete nomás, buen mozo -dijo
Tobías-. Y salúdame a Marthita.
-Pensaremos mucho en ti, cuñado -dijo
el Melanés.
-No -exclamó Miguel-. Invito a todos
o a ninguno. Si se va Rubén, nada.
-Ya has oído, pajarraco Rubén -dijo
Francisco-, tienes que quedarte.
-Tienes que quedarte -dijo el
Melanés-, no hay tutias.
-Me voy -dijo Rubén.
-Lo que pasa es que
estás borracho -dijo Miguel-. Te vas porque tienes miedo de quedar en ridículo
delante de nosotros, eso es lo que pasa.
-¿Cuántas veces te
he llevado a tu casa boqueando? -dijo Rubén-. ¿Cuántas te he ayudado a subir la
reja para que no te pesque tu papá? Resisto diez veces más que tú.
-Resistias -dijo Miguel-. Ahora está
difícil. ¿ Quieres ver?
-Con mucho gusto -dijo Rubén-. ¿ Nos
vemos a la noche, aquí mismo?
-No. En este
momento. -Miguel se volvió hacía los demás, abríendo los brazos- Pajarracos,
estoy haciendo un desafío.
Dichoso, comprobó
que la antigua fórmula conservaba intacto su poder. En medio de la ruidosa
alegría que había provocado, vio a Rubén sentarse, pálido.
-¡Cuncho! -gritó
Tobías-. El menú. Y dos piscinas de cerveza. Un pajarraco acaba de lanzar un
desafío.
Pidieron bistecs a
la chorrillana y una docena de cervezas. Tobías dispuso tres botellas para cada
uno de los competidores y las demás para el resto. Comieron hablando apenas.
Miguel bebía después de cada bocado y procuraba mostrar animación, pero el temor
de no resistir lo suficiente crecía a medida que la cerveza depositaba en su
garganta un sabor ácido. Cuando acabaron las seis botellas, hacía rato que
Cuncho había retirado los platos.
-Ordena tú -dijo Miguel a Rubén.
-Otras tres por cabeza.
Después del primer
vaso de la nueva tanda, Miguel sintió que los oídos le zumbaban; su cabeza era
una lentisima ruleta, todo se movía.
-Me hago pis -dijo-. Voy al baño.
Los pajarracos ríeron.
-¿ Te rindes ? -preguntó Rubén.
-Voy a hacer pis -gritó Miguel-. Si
quieres, que traigan más.
En el baño, vomitó.
Luego se lavó la cara, detenidamente, procurando borrar toda señal reveladora.
Su reloj marcaba las cuatro y media. Pese al denso malestar, se sintió feliz.
Rubén ya no podía hacer nada. Regresó donde ellos.
-Salud --dijo Rubén, levantando el
vaso.
"Está furioso, pensó Miguel.
Pero ya lo fregué."
-Huele a cadáver--dijo el Melanés--.
Alguien se nos muere por aquí.
-Estoy nuevecito -aseguró Miguel,
tratando de dominar el asco y el mareo.
-Salud -repetía Rubén.
Cuando hubieron
terminado la última cerveza, su estómago parecía de plomo, las voces de los
otros llegaban a sus oídos como una confusa mezcla de ruidos. Una mano apareció
de pronto bajo sus ojos, era blanca y de largos dedos, lo cogía del mentón, lo
obligaba a alzar la cabeza, la cara de Rubén había crecido. Estaba chistoso,
tan despeinado y colérico.
-¿Te rindes, mocoso?
Miguel se incorporó
de golpe y empujó a Rubén, pero antes que el simulacro prosperara, intervino el
Escolar.
-Los pajarracos no pelean nunca
-dijo, obligándolos a sentarse-. Los dos están borrachos. Se acabó.
Votación.
El Melanés, Francisco y Tobías
accedieron a otorgar el empate, de mala gana.
-Yo ya había ganado -dijo Rubén-.
Este no puede ni hablar. Mirenlo.
Efectivamente, los
ojos de Miguel estaban vidriosos, tenia la boca abierta y de su lengua
chorreaba un hilo de saliva.
-Cállate -dijo el Escolar-. Tú no
eres un campeón que digamos, tomando cerveza.
-No eres un campeón
tomando cerveza -subrayó el Melanés-. Sólo eres un campeón de natación, el
trome de las piscinas.
-Mejor tú no hables -dijo Rubén--;
¿no ves que la envidia te corroe?
-Viva la Esther Williams de
Miraflores -dijo el Melanés.
-Tremendo vejete y ni siquiera sabes
nadar--dijo Rubén-. ¿No quieres que te dé una clases?
-Ya sabemos, maravilla -dijo el
Escolar-. Has ganado un campeonato de natación. Y todas las chicas se mueren
por ti. Eres un campeoncito.
-Este no es campeón de nada -dijo
Miguel, con dificultad-. Es pura pose.
-Te estás muríendo -dijo Rubén-. ¿Te
llevo a tu casa, niñita?
-No estoy borracho -aseguró Miguel-.
Y tú eres pura pose.
-Estás picado porque le voy a caer a
Flora -dijo Rubén--. Te mueres de celos. ¿Crees que no capto las cosas?
-Pura pose -dijo Miguel-. Ganaste
porque tu padre es Presidente de la Federación, todo el mundo sabe que hizo
trampa, descalificó al Conejo Villarán, sólo por eso ganaste.
-Por lo menos nado mejor que tú -dijo
Rubén-, que ni siquiera sabes correr olas.
-Tú no nadas mejor que nadie -dijo
Miguel-. Cualquiera te deja botado.
-Cualquiera -dijo el Melanés-. Hasta
Miguel, que es una madre.
-Permitanme que me sonría -dijo
Rubén.
-Te permitimos -dijo Tobías-. No
faltaba más.
-Se me sobran porque estamos en
invierno -dijo Rubén-. Si no, los desafiaba a ir a la playa, a ver si en el
agua son tan sobrados.
-Ganaste el campeonato por tu padre
-dijo Miguel-. Eres pura pose. Cuando quieras nadar conmigo, me avisas nomás,
con toda confianza. En la playa, en el Terrazas, donde quieras.
-En la playa -dijo Rubén-. Ahora
mismo.
-Eres pura pose -dijo Miguel.
El rostro de Rubén se iluminó de
pronto y sus ojos, además de rencorosos, se volvieron arrogantes.
-Te apuesto a ver quién llega primero
a la reventazón -dijo.
-Pura pose -dijo Miguel.
-Si ganas -dijo Rubén-, te prometo
que no le caigo a Flora. Y si yo gano tú te vas con la música a otra parte.
-¿Qué te has creído? -balbuceó
Miguel-. Maldita sea, ¿qué es lo que te has creído?
-Pajarracos -dijo Rubén, abríendo los
brazos-, estoy haciendo un desafío.
-Miguel no está en forma ahora -dijo
el Escolar-. ¿ Por qué no se juegan a Flora a cara o sello?
-Y tú por qué te metes -dijo Miguel-.
Acepto. Vamos a la playa.
-Están locos -dijo Francisco-. Yo no
bajo a la playa con este frío. Hagan otra apuesta.
-Ha aceptado -dijo Rubén-. Vamos.
-Cuando un
pajarraco hace un desafío, todos se meten la lengua al bolsillo -dijo Melanés-.
Vamos a la playa. Y si no se atreven a entrar al agua, los tiramos nosotros.
-Los dos están borrachos -insistió el
Escolar-. El desafío no vale.
-Cállate, Escolar -rugió Miguel-. Ya
estoy grande, no necesito que me cuides.
-Bueno -dijo el Escolar, encogiendo
los hombros-. Friégate, nomás.
Salieron. Afuera
los esperaba una atmósfera quieta, gris. Miguel respiró hondo; se sintió mejor.
Caminaban adelante Francisco, el Melanés y Rubén. Atrás, Miguel y el Escolar.
En la avenida Grau había algunos transeúntes; la mayoría, sirvientas de trajes chillones
en su día de salida. Hombres cenicientos, de gruesos cabellos lacios,
merodeaban a su alrededor y las miraban con codicia; ellas reían mostrando sus
dientes de oro. Los pajarracos no les prestaban atención. Avanzaban a grandes
trancos y la excitación los iba ganando, poco a poco.
-¿Ya se te pasó? -dijo el Escolar.
-Si -respondió Miguel-. El aire me ha
hecho bien.
En la esquina de la
avenida Pardo, doblaron. Marchaban desplegados como una escuadra, en una misma
línea, bajo los ficus de la alameda, sobre las losetas hinchadas a trechos por
las enormes raíces de los árboles que irrumpían a veces en la superficie como
garfios. Al bajar por la Diagonal, cruzaron a dos muchachas. Rubén se inclinó,
ceremonioso.
-Hola, Rubén -cantaron ellas, a dúo.
Tobías las imitó, aflautando la voz:
-Hola, Rubén, príncipe.
La avenida Diagonal
desemboca en una pequeña quebrada que se bifurca; por un lado, serpentea el
Malecón, asfaltado y lustroso; por el otro, hay una pendiente que contornea el
cerro y llega hasta el mar. Se llama "la bajada a los baños", su empedrado
es parejo y brilla por el repaso de las llantas de los automóviles y los pies
de los bañistas de muchisimos veranos.
-Entremos en calor,
campeones -gritó el Melanés, echándose a correr. Los demás lo imitaron. Corrían
contra el viento y la delgada bruma que subían desde la playa, sumidos en un
emocionante
torbellino; por sus
oídos, su boca y sus narices penetraba el aire a sus pulmones y una sensación
de alivio y desintoxicación se expandía por su cuerpo a medida que el declive
se acentuaba y en un momento sus pies no obedecían ya sino a una fuerza misteriosa
que provenía de lo más profundo de la tierra. Los brazos como hélices, en sus
lenguas un aliento salado, los pajarracos descendieron la bajada a toda
carrera, hasta la plataforma circular, suspendida sobre el edificio de las
casetas. El mar se desvanecía a unos cincuenta metros de la orilla, en una
espesa nube que parecía próxima a arremeter contra los acantilados, altas moles
oscuras plantadas a lo largo de toda la bahía.
-Regresemos -dijo Francisco-. Tengo
frío.
Al borde de la
plataforma hay un cerco manchado a pedazos por el musgo. Una abertura señala el
comienzo de la escalerilla, casí vertical, que baja hasta la playa. Los
pajarracos contemplaban desde allí, a sus pies, una breve cinta de agua libre,
y la superficie inusitada, bullente, cubierta por la espuma de las olas.
-Me voy si este se rinde -dijo Rubén.
-¿Quién habla de rendirse? -repuso
Miguel-. ¿Pero qué te has creído?
Rubén bajó la escalerilla a saltos, a
la vez que se desabotonaba la camisa.
-¡Rubén! --gritó el Escolar-. ¿Estás
loco? ¡Regresa!
Pero Miguel y los otros también
bajaban y el Escolar los siguió.
En el verano, desde
la baranda del largo y angosto edificio recostado contra el cerro, donde se
hallan los cuartos de los bañistas, hasta el limite curvo del mar, había un
declive de piedras plomizas donde la gente se asoleaba. La pequeña playa hervía
de animación desde la mañana hasta el crepúsculo. Ahora el agua ocupaba el
declive y no había sombrillas de colores vivisimos, ni muchachas elásticas de
cuerpos tostados, no resonaban los gritos melodramáticos de los niños y de las
mujeres cuando una ola conseguia salpicarlos antes de regresar arrastrando
rumorosas piedras y guijarros, no se veía ni un hilo de playa, pues la
corríente inundaba hasta el espacio limitado por las sombrias columnas que
mantienen el edificio en vilo, y, en el momento de la resaca, apenas se
descubrían los escalones de madera y los soportes de cemento, decorados por
estalactitas y algas.
-La reventazón no se ve -dijo Rubén-.
¿ Cómo hacemos ?
Estaban en la
galería de la izquierda, en el sector correspondiente a las mujeres; tenían los
rostros serios.
-Esperen hasta mañana -dijo el
Escolar-. Al mediodía estará despejado. Así podremos controlarlos.
-Ya que hemos venido hasta aquí que
sea ahora -dijo el Melanés-. Pueden controlarse ellos mismos.
-Me parece bien -dijo Rubén-. ¿Y a
ti?
-También -dijo Miguel.
Cuando estuvieron
desnudos, Tobías bromeó acerca de las venas azules que escalaban el vientre
liso de Miguel. Descendieron. La madera de los escalones, lamida incesantemente
por el agua
desde hacía meses,
estaba resbaladiza y muy suave. Prendido al pasamanos de hierro para no caer,
Miguel sintió un estremecimiento que subía desde la planta de sus pies al
cerebro. Pensó que, en cierta forma, la neblina y el frío lo favorecían, el
éxito ya no dependía de la destreza, sino sobre todo de la resistencia, y la
piel de Rubén estaba también cárdena, replegada en millones de carpas
pequeñísimas. Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó;
tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que
venia sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos
de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén
se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del
impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la
cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de
inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacía adentro; sus brazos
aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una
estela cuidadosa y muy veloz. A su vez, Miguel bajó otro escalón y esperó la
próxima ola. Sabia que el fondo allí era escaso, que debía arrojarse como una
tabla, duro y rígido, sin mover un músculo, o chocaría contra las piedras.
Cerró los ojos y saltó, y no encontró el fondo, pero su cuerpo fue azotado
desde la frente hasta las rodillas, y surgió un vivísimo escozor mientras
braceaba con todas sus fuerzas para devolver a sus miembros el calor que el
agua les había arrebatado de golpe. Estaba en esa extraña sección del mar de
Miraflores vecina a la orilla, donde se encuentran la resaca y las olas, y hay
remolinos y corríentes encontradas, y el último verano distaba tanto que Miguel
había olvidado cómo franquearla sin esfuerzo. No recordaba que es preciso
aflojar el cuerpo y abandonarse, dejarse llevar sumisamente a la deriva,
bracear sólo cuando se salva una ola y se está sobre la cresta, en esa plancha
liquida que escolta a la espuma y flota encima de las corríentes. No recordaba
que conviene soportar con paciencia y cierta malicia ese primer contacto con el
mar exasperado de la orilla que tironea los miembros y avienta chorros a la
boca y los ojos, no ofrecer resistencia, ser un corcho, limitarse a tomar aire
cada vez que una ola se avecina, sumergirse -apenas si reventó lejos y viene
sin ímpetu, o hasta el mismo fondo si el estallido es cercano-, aferrarse a
alguna piedra y esperar atento el estruendo sordo de su paso, para emerger de
un solo impulso y continuar avanzando disimuladamente con las manos, hasta
encontrar un nuevo obstáculo y entonces ablandarse, no combatir contra los
remolinos, girar voluntariamente en la espiral lentísima y escapar de pronto,
en el momento oportuno, de un solo manotazo. Luego, surge de improviso una
superficie calma, conmovida por tumbos inofensivos; el agua es clara, llana, y
en algunos puntos se divisan las opacas piedras submarinas.
Después de
atravesar la zona encrespada, Miguel se detuvo, exhausto, y tomó aire. Vio a
Rubén a poca distancia, mirándolo. El pelo le caía sobre la frente en
cerquillo; tenia los dientes apretados.
-¿Vamos?
-Vamos.
A los pocos minutos
de estar nadando, Miguel sintió que el frío, momentáneamente desaparecido, lo
invadía de nuevo, y apuró el pataleo porque era en las piernas, en las
pantorrillas sobre todo, donde el agua actuaba con mayor eficacia,
insensibilizándolas primero, luego endureciéndolas. Nadaba con la cara
sumergida y, cada vez que el brazo derecho se hallaba afuera, volvía la cabeza
para arrojar el aire retenido y tomar otra provisión con la que hundía una vez
más la frente y la barbilla, apenas, para no frenar su propio avance y, al
contrario, hendir el agua como una proa y facilitar el desliz. A cada brazada
veía con un ojo a Rubén, nadando sobre la superficie, suavemente, sin esfuerzo,
sin levantar espuma ahora, con la delicadeza y la facilidad de una gaviota que
planea. Miguel trataba de olvidar a Rubén y al mar y a la reventazón (que debía
estar lejos aún, pues el agua era limpia, sosegada, y sólo atravesaban tumbos
recién iniciados), quería recordar únicamente el rostro de Flora, el vello de
sus brazos que en los días de sol centelleaba como un
diminuto bosque de
hilos de oro, pero no podía evitar que, a la imagen de la muchacha, sucediera
otra, brumosa, excluyente, atronadora, que caía sobre Flora y la ocultaba, la
imagen de una montaña de agua embravecida, no precisamente la reventazón (a la que
había llegado una vez hacía dos veranos, y cuyo oleaje era intenso, de espuma
verdosa y negruzca, porque en ese lugar, más o menos, terminaban las piedras y
empezaba el fango que las olas extraían a la superficie y entreveraban con los
nidos de algas y malaguas, tiñendo el mar), sino, más bien, en un verdadero
océano removido por cataclismos interiores, en el que se elevaban olas
descomunales, que hubieran podido abrazar a un barco entero y lo hubieran
revuelto con asombrosa rapidez, despidiendo por los aires a pasajeros, lanchas,
mástiles, velas, boyas, marineros, ojos de buey y banderas.
Dejó de nadar, su
cuerpo se hundió hasta quedar vertical, alzó la cabeza y vio a Rubén que se
alejaba. Pensó llamarlo con cualquier pretexto, decirle "por qué no
descansamos un momento", pero no lo hizo. Todo el frío de su cuerpo
parecía concentrarse en las pantorrillas, sentía los músculos agarrotados, la
piel tirante, el corazón acelerado. Movió los pies febrilmente. Estaba en el
centro de un circulo de agua oscura, amurallado por la neblina. Trató de
distinguir la playa, o cuando menos la sombra de los acantilados, pero esa gasa
equivoca que se iba disolviendo a su paso, no era transparente. Sólo veía una
superficie breve, verde negruzca, y un manto de nubes, a ras de agua. Entonces,
sintió miedo. Lo asaltó el recuerdo de la cerveza que había bebido, y pensó
''fijo que eso me ha debilitado". Al instante pareció que sus brazos y
piernas desaparecían. Decidió regresar, pero después de unas brazadas en
dirección a la playa, dio media vuelta y nadó lo más ligero que pudo. "No
llego a la orilla solo, se decía, mejor estar cerca de Rubén, si me agoto le
diré me ganaste pero regresemos." Ahora nadaba sin estilo, la cabeza en
alto, golpeando el agua con los brazos tiesos, la vista clavada en el cuerpo
imperturbable que lo precedía.
La agitación y el
esfuerzo desentumecieron sus piernas, su cuerpo recobró algo de calor, la
distancia que lo separaba de Rubén había disminuido y eso lo serenó. Poco
después lo alcanzaba; estiró un brazo, cogió uno de sus pies. Instantáneamente
el otro se detuvo. Rubén tenia muy enrojecidas las pupilas y la boca abierta.
-Creo que nos hemos torcido -dijo
Miguel-. Me parece que estamos nadando de costado a la playa.
Sus dientes
castañeteaban, pero su voz era segura. Rubén miró a todos lados. Miguel lo
observaba, tenso.
-Ya no se ve la playa -dijo Rubén.
-Hace mucho rato que no se ve -dijo
Miguel-. Hay mucha neblina.
-No nos hemos torcido -dijo Rubén-.
Mira. Ya se ve la espuma.
En efecto, hasta
ellos llegaban unos tumbos condecorados por una orla de espuma que se deshacía
y, repentinamente, rehacía. Se miraron, en silencio.
-Ya estamos cerca de la reventazón,
entonces -dijo, al fin, Miguel.
-Si. Hemos nadado rápido.
-Nunca había visto tanta neblina.
-¿Estás muy cansado? -preguntó Rubén.
-¿Yo? Estás loco. Sigamos.
Inmediatamente lamentó esa frase,
pero ya era tarde. Rubén había dicho "bueno, sigamos".
Llegó a contar
veinte brazadas antes de decirse que no podía más: casí no avanzaba, tenia la
pierna derecha seminmovilizada por el frío, sentía los brazos torpes y pesados.
Acezando, gritó "¡Rubén!". Este seguia nadando. "¡Rubén, Rubén!".
Giró y comenzó a nadar hacía la playa, a chapotear más bien, con desesperación,
y de pronto rogaba a Dios que lo salvara, seria bueno en el futuro, obedecería
a sus padres, no faltaría a la misa del domingo y, entonces, recordó haber
confesado a los pajarracos "voy a la iglesia sólo a ver a una
hembrita" y tuvo una certidumbre como una puñalada: Dios iba a castigarlo,
ahogándolo en esas aguas turbias que golpeaba frenético, aguas bajo las cuales
lo aguardaba una muerte atroz y, después, quizás, el infierno. En su angustia
surgió entonces como un eco, cierta frase pronunciada alguna vez por el padre
Alberto en la clase de religión, sobre la bondad divina que no conoce limites,
y mientras azotaba el mar con los brazos - sus piernas colgaban como plomadas
transversales-, moviendo los labios rogó a Dios que fuera bueno con él, que era
tan joven, y juró que iría al seminario si se salvaba, pero un segundo después
rectificó, asustado, y prometió que en vez de hacerse sacerdote haría
sacrificios y otras cosas, daría limosnas y Ahí descubrió que la vacilación y
el regateo en ese instante critico podían ser fatales y entonces sintió los
gritos enloquecidos de Rubén, muy próximos, y volvió la cabeza y lo vio, a unos
diez metros, media cara hundida en el agua, agitando un brazo, implorando:
"¡Miguel, hermanito, ven, me ahogo, no te vayas!".
Quedó perplejo,
inmóvil, y fue de pronto como si la desesperación de Rubén fulminara la suya;
sintió que recobraba el coraje, la rigidez de sus piernas se atenuaba.
-Tengo calambre en
el estómago -chillaba Rubén-. No puedo más, Miguel. Sálvame, por lo que más
quieras, no me dejes, hermanito.
Flotaba hacía
Rubén, y ya iba a acercársele cuando recordó, los náufragos sólo atinan a
prenderse como tenazas de sus salvadores y los hunden con ellos, y se alejó
pero los gritos lo aterraban y presintió que si Rubén se ahogaba él tampoco
llegaría a la playa, y regresó. A dos metros de Rubén, algo blanco y encogido
que se hundía y emergía, gritó: "no te muevas, Rubén, te voy a jalar pero
no trates de agarrarme, si me agarras nos hundimos. Rubén, te vas a quedar
quieto, hermanito, yo te voy a ja!ar de la cabeza, no me toques". Se
detuvo a una distancia prudente, alargó una mano hasta alcanzar los cabellos de
Rubén. Principió a nadar con el brazo libre, esforzándose todo lo posible por
ayudarse con las piernas. El desliz era lento, muy penoso, acaparaba todos sus
sentidos, apenas escuchaba a Rubén quejarse monótonamente, lanzar de pronto
terribles alaridos, "me voy a morir, sálvame, Miguel", o estremecerse
por las arcadas. Estaba exhausto cuando se detuvo. Sostenia a Rubén con una
mano, con la otra trazaba círculos en la superficie. Respiró hondo por la boca.
Rubén tenia la cara contraída por el dolor, los labios plegados en una mueca
insolita.
-Hermanito -susurró
Miguel-, ya falta poco, haz un esfuerzo. Contesta, Rubén. Grita. No te quedes
así.
Lo abofeteó con fuerza y Rubén abrió
los ojos, movió la cabeza débilmente.
-Grita, hermanito
-repitió Miguel-. Trata de estirarte. Voy a sobarte el estómago. Ya falta poco,
no te dejes vencer.
Su mano buscó bajo
el agua, encontró una bola dura que nacía en el ombligo de Rubén y ocupaba gran
parte del vientre. La repasó, muchas veces, primero despacio, luego
fuertemente, y Rubén gritó: "¡no quiero morirme, Miguel, sálvame!".
Comenzó a nadar de
nuevo, arrastrando a Rubén esta vez de la barbilla. Cada vez que un tumbo los
sorprendia, Rubén se atragantaba, Miguel le indicaba a gritos que escupiera. Y
siguió nadando, sin detenerse un momento, cerrando los ojos a veces, animado porque
en su corazón había brotado una especie de confianza, algo caliente y
orgulloso, estimulante, que lo protegia contra el frío y la fatiga. Una piedra
raspó uno de sus pies y él dio un grito y apuró. Un momento después podía
pararse y pasaba los brazos en torno a Rubén. Teniéndolo apretado contra él,
sintiendo su cabeza apoyada en uno de sus hombros, descansó largo rato. Luego
ayudó a Rubén a extenderse de espaldas, y soportándolo en el antebrazo, lo
obligó a estirar las rodillas; le hizo masajes en el vientre hasta que la
dureza fue cediendo. Rubén ya no gritaba, hacía grandes esfuerzos por estirarse
del todo y con sus manos se frotaba también.
-¿Estás mejor?
-Si, hermanito, ya estoy bien.
Salgamos.
Una alegría
inexpresable los colmaba mientras avanzaban sobre las piedras, inclinados hacía
adelante para enfrentar la resaca, insensibles a los erizos. Al poco rato
vieron las aristas de los acantilados, el edificio de los baños y, finalmente,
ya cerca de la orilla, a los pajarracos, en pie en la galería de las mujeres,
mirándolos.
-Oye -dijo Rubén.
-Si.
-No les digas nada.
Por favor, no les digas que he gritado. Hemos sido siempre muy amigos, Miguel.
No me hagas eso.
-¿Crees que soy un desgraciado? -dijo
Miguel-. No diré nada, no te preocupes.
Salieron tiritando. Se sentaron en la
escalerilla, entre el alboroto de los pajarracos.
-Ya nos íbamos a dar el pésame a las
familias -decía Tobías.
-Hace más de una hora que están
adentro -dijo el Escolar-. Cuenten, ¿cómo ha sido la cosa?
Hablando con calma, mientras se
secaba el cuerpo con la camiseta, Rubén explicó:
-Nada. Llegamos a
la revenuzón y volvimos. Así somos los pajarracos. Miguel me ganó. Apenas por
una puesta de mano. Claro que si hubiera sido en una piscina, habría quedado en
ridículo.
Sobre la espalda de Miguel, que se
había vestido sin secarse, llovieron las palmadas de felicitación.
-Te estás haciendo un hombre -le
decía el Melanés.
Miguel no
respondió. Sonríendo, pensaba que esa misma noche iría al Parque Salazar; todo
Miraflores sabría ya, por boca del Melanés, que había vencido esa prueba
heroica y Flora lo estaria esperando con los ojos brillantes. Se abría, frente
a él, un porvenir dorado.
UN VISITANTE
Los arenales lamen
la fachada del tambo y allí acaban: desde el hueco que sirve de puerta o por
entre los carrizos, la mirada resbala sobre una superficie blanca y lánguida
hasta encontrar el cielo. Detrás del tambo, la tierra es dura y áspera, y a
menos de un kilómetro comienzan los cerros bruñidos, cada uno más alto que el
anterior y estrechamante unidos; las cumbres se incrustan en las nubes como
agujas o hachas. A la izquierda, angosto, sinuoso, estirándose al borde de la
arena y creciendo sin tregua hasta desaparecer entre dos lomas, ya muy lejos
del tambo, está el bosque; matorrales, plantas salvajes y una hierba seca y
rampante que lo oculta todo, el terreno quebrado, las culebras, las minúsculas
ciénagas. Pero el bosque es sólo un anuncio de la selva, un simulacro: acaba al
final de una hondonada, al pie de una maciza montaña, tras la cual se extiende
la selva verdadera. Y doña Merceditas lo sabe; una vez, hace años, trepó al
vértice de esa montaña y contempló desde allí, con ojos asombrados, a través de
los manchones de nubes que flotaban a sus pies, la plataforma verde, desplegada
a lo ancho y a lo largo, sin un claro.
Ahora, doña
Merceditas dormita echada sobre dos costales. La cabra, un poco más allá,
escarba la arena con el hocico, mastica empeñosamente una raja de madera o bala
al aire tibio de la tarde. De pronto, endereza las orejas y queda tensa. La
mujer entreabre los ojos
-¿Qué pasa, Cuera?
El animal tira de
la cuerda que la une a la estaca. La mujer se pone de pie, trabajosamente. A
unos cincuenta metros, el hombre se recorta nítido contra el horizonte, su
sombra lo precede en la arena. La mujer se lleva una mano a la frente como
visera. Mira rápidamente en torno; luego, queda inmóvil. El hombre está muy
cerca; es alto, escuálido, muy moreno; tiene el cabello crespo y los ojos
burlones. Su camisa descolorida flamea sobre el pantalón de bayeta, arremangado
hasta las rodillas. Sus piernas parecen dos tarugos negros.
-Buenas tardes, señora Merceditas.
-Su voz es melodiosa y sarcástica. La mujer ha palidecido.
-¿Qué quieres? -murmura.
-¿Me reconoce, no
es verdad? Vaya, me alegro. Si usted es tan amable, quisiera comer algo. Y
beber. Tengo mucha sed.
-Ahí adentro hay cerveza y fruta.
-Gracias, señora Merceditas. Es usted
muy bondadosa. Como siempre. ¿Podría acompañarme?
-¿Para qué? -La
mujer lo mira con recelo; es gorda y entrada en años, pero de piel tersa; va
descalza-. Ya conoces el tambo.
-Oh! -dice el
hombre, en tono cordial-. No me gusta comer solo. Da tristeza.
La mujer vacila un momento. Luego
camina hacía el tambo, arrastrando los pies dentro de la arena.
Entra. Destapa una botella de
cerveza.
-Gracias, muchas
gracias, señora Merceditas. Pero prefiero leche. Ya que ha abierto esa botella,
¿por qué no se la toma?
-No tengo ganas.
-Vamos, señora Merceditas, no sea
usted así. Tómesela a mi salud.
-No quiero.
La expresión del hombre se agria.
-¿Está sorda? Le he dicho que se tome
esa botella. ¡Salud!
La mujer levanta la
botella con las manos y bebe, lentamente, a pequeños sorbos. En el mostrador
sucio y agujereado, brilla una jarra de leche. El hombre espanta de un manotazo
a las moscas que revolotean alrededor, alza la jarra y bebe un largo trago. Sus
labios quedan cubiertos por un bozal de nata que la lengua, segundos después,
borra ruidosamente.
-¡Ah! -dice,
relamiéndose-. Qué buena estaba la leche, señora Merceditas. Fijo que es de
cabra, ¿no? Me ha gustado mucho. ¿Ya terminó la botella? ¿Por qué no se abre
otra? ¡Salud!
La mujer obedece sin protestar; el
hombre devora dos plátanos y una naranja.
-Oiga, señora
Merceditas, no sea usted un viva. La cerveza se le está derramando por el
cuello. Le va a mojar su vestido. No desperdicie así las cosas. Abra otra
botella y tómesela en honor de Numa. ¡Salud!
El hombre continúa
repitiendo "salud" hasta que en el mostrador hay cuatro botellas
vacías. La mujer tiene los ojos vidriosos; eructa, escupe, se sienta sobre un
costal de fruta.
-¡Dios mío! -dice
el hombre-. ¡Qué mujer! Es usted una borrachita, señora Merceditas. Perdone que
se lo diga.
-Esto que haces con
una pobre vieja te va a pesar, Jamaiquino. Ya lo verás. -Tiene la lengua algo
trabada.
-¿De veras? -dice el hombre,
aburridamente-. A propósito, ¿a qué hora vendrá Numa?
-¿Numa?
-¡Oh, es usted
terrible, señora Merceditas, cuando no quiere entender las cosas! ¿A qué hora
vendrá?
-Eres un negro sucio, Jamaiquino.
Numa te va a matar.
-¡No diga esas
palabras, señora Merceditas! -Bosteza-. Bueno, creo que tenemos todavía para un
rato. Seguramente hasta la noche. Vamos a echar un sueñecito, ¿le parece bien?
Se levanta y sale.
Va hacía la cabra. El animal lo mira con desconfianza. La desata. Regresa al
tambo haciendo girar la cuerda como una hélice y silbando: la mujer no está. En
el acto, desaparece la perezosa, lasciva calma de sus gestos. Recorre a grandes
saltos el local, maldiciendo. Luego, avanza hacía el bosquecillo seguido por la
cabra. Esta descubre a la mujer tras de un arbusto, comienza a lamerla. El
Jamaiquino ríe viendo las miradas rencorosas que lanza la mujer a la cabra.
Hace un simple ademán y doña Merceditas se dirige al tambo.
-De veras que es usted una mujer
terrible, si señor. ¡Qué ocurrencias tiene!
Le ata los pies y
las manos. Luego la carga fácilmente y la deposita sobre el mostrador. Se la
queda mirando con malicia y, de pronto, comienza a hacerle cosquillas en las
plantas de los pies, que son rugosas y anchas. La mujer se retuerce con las
carcajadas; su rostro revela desesperación. El mostrador es estrecho y, con los
estremecimientos, doña Merceditas se aproxima al canto: por fin rueda
pesadamente al suelo.
-¡Qué mujer tan
terrible, si señor! -repite-. Se hace la desmayada y me está espiando con un
ojo. ¡Usted no tiene cura, señora Merceditas!
La cabra, la cabeza metida en la
habitación, observa a la mujer, fijamente.
El relincho de los
caballos sobreviene al final de la tarde; ya oscurece. La señora Merceditas
levanta la cara y escucha, los ojos muy abiertos.
-Son ellos -dice el
Jamaiquino. Se para de un salto. Los caballos siguen relinchando y piafando.
Desde la puerta del tambo, el hombre grita, colérico:- ¿Se ha vuelto loco,
Teniente? ¿Se ha vuelto loco?
En un recodo del
cerro, de unas rocas, surge el Teniente; es pequeño y rechoncho: lleva botas de
montar, su rostro suda. Mira cautelosamente.
-¿Está usted loco? -repite el
Jamaiquino-. ¿Qué le pasa?
-No me levantes la voz, negro -dice
el Teniente-. Acabamos de llegar. ¿Qué ocurre?
-¿Cómo qué ocurre? Mande a su gente
que se lleve lejos los caballos. ¿No sabe usted su oficio?
El Teniente enrojece.
-Todavía no estás libre, negro
-dice-. Más respeto.
-Esconda los
caballos y córteles la lengua si quiere. Pero que no se los sienta. Y espere
ahí. Yo le daré la señal. -El Jamaiquino despliega la boca y la sonrisa que se
dibuja en su rostro es insolente-. ¿No ve que ahora tiene que obedecerme?
El Teniente duda unos segundos.
-Pobre de ti si no
viene -dice. Y, volviendo la cabeza, ordena-: Sargento Lituma, esconda los
caballos.
-A la orden, mi Teniente -dice
alguien detrás del cerro. Se oye ruido de cascos. Luego, el silencio.
-Así me gusta -dice El Jamaiquino-.
Hay que ser obediente. Muy bien, general. Bravo, comandante.
Lo felicito, capitán. No se mueva de
ese sitio. Le daré el aviso.
El Teniente le
muestra el puño y desaparece entre las rocas. El Jamaiquino entra al tambo. Los
ojos de la mujer están llenos de odio.
-Traidor -murmura-. Has venido con la
policía. ¡Maldito!
-¡Qué educación, Dios mío, qué
educación la suya, señora Meceditas! No he venido con la policía.
He venido solo. Me he encontrado con
el Teniente aquí. A usted le consta.
-Numa no vendrá
-dice la mujer-. Y los policías te llevarán de nuevo a la cárcel. Y cuando
salgas, Numa te matará.
-Tiene usted malos sentimientos,
señora Merceditas, no hay duda. ¡Las cosas que me pronostica!
-Traidor -repite la
mujer; ha conseguido sentarse y se mantiene muy tiesa-. ¿Crees que Numa es
tonto?
-¿Tonto? Nada de
eso. Es una cacatúa de vivo. Pero no se desespere, señora Merceditas. Seguro
que vendrá.
-No vendrá. Él no es como tú. Tiene
amigos. Le avisarán que aquí está la policía.
-¿Cree usted? Yo no
creo, no tendrán tiempo. La policía ha venido por otro lado, por detrás de los
cerros. Yo he cruzado el arenal solo. En todos los pueblos preguntaba:
"¿La señora Merceditas sigue en el tambo? Acaban de soltarme y voy a
torcerle el pescuezo". Más de veinte personas deben haber corrido a
contárselo a Numa. ¿Cree usted siempre que no vendrá? ¡Dios mío, qué cara ha
puesto, señora Merceditas!
-Si le pasa algo a
Numa -balbucea la mujer, roncamente- lo vas a lamentar toda tu vida,
Jamaiquino.
Este encoge los
hombros. Enciende un cigarrillo y principia a silbar. Después va hasta el
mostrador, coge la lámpara de aceite y la prende. La cuelga en uno de los
carrizos de la puerta.
-Se está haciendo
de noche -dice-. Venga usted por acá, señora Merceditas. Quiero que Numa la vea
sentada en la puerta, esperándolo. ¡Ah, es cierto! No puede usted moverse.
Perdóneme, soy muy olvidadizo.
Se inclina y la
levanta en brazos. La deja en la arena, delante del tambo. La luz de la lámpara
cae sobre la mujer y suaviza la piel de su rostro: parece más joven.
-¿Por qué haces esto, Jamaiquino? -La
voz de doña Merceditas es, ahora, débil.
-¿Por qué? -dice el
Jamaiquino-. Usted no ha estado en la cárcel, ¿no es verdad, señora Merceditas?
Pasan los días y uno no tiene nada que hacer. Se aburre uno mucho allí, le
aseguro. Y se pasa mucha hambre. Oiga, me estaba olvidando de un detalle. No puede
estar con la boca abierta, no se vaya a poner a dar gritos cuando venga Numa.
Además podría tragarse una mosca.
Se ríe. Registra la
habitación y encuentra un trapo. Con el venda media cara a doña Merceditas. La
examina un buen rato, divertido.
-Permitame que le diga que tiene un
aspecto muy cómico así, señora Merceditas. No sé qué parece.
En la oscuridad del fondo del tambo,
el Jamaiquino se yergue como una serpiente: elásticamente y sin bulla.
Permanece inclinado sobre si mismo, las manos apoyadas en el mostrador. Dos
metros adelante, en el cono de luz, la mujer está rígida, la cara avanzada,
como olfateando el aire: también ha oído. Ha sido un ruido leve pero muy claro,
proveniente de la izquierda, que se destacó sobre el canto de los grillos.
Brota otra vez, más largo: las ramas del bosquecillo crujen y se quiebran, algo
se acerca al umbo. "No está solo, susurra el Jamaiquino. Mi chica."
Mete la mano en el bolsillo, saca el silbato y se lo pone entre los labios.
Aguarda, sin moverse. La mujer se agita y el Jamaiquino maldice entre dientes.
La ve retorcerse en el sitio y mover la cabeza como un péndulo, tratando de
librarse de la venda. El ruido ha cesado: ¿está ya en la arena, que apaga las
pisadas? La mujer tiene la cara vuelta hacía la izquierda y sus ojos, como los
de una iguana aplastada, sobresalen de las órbitas. "Los ha visto",
murmura el Jamaiquino. Coloca la punta de la lengua en el silbato: el metal es
cortante. Doña Merceditas continúa moviendo la cabeza y gruñe con angustia. La
cabra da un balido y el Jamaiquino se agazapa. Unos segundos después ve una
sombra que desciende sobre la mujer y un brazo desnudo que se estira hacía la
venda. Sopla con todas sus fuerzas a la vez que se arroja de un salto contra el
recién llegado. El silbato puebla la noche como un incendio y se pierde entre
las injurias que estallan a derecha e izquierda, seguidas de pasos
precipitados. Los dos hombres han caído sobre la mujer. El Teniente es rápido:
cuando el Jamaiquino se incorpora, una de sus manos aferra a Numa por los pelos
y la otra sostiene el revólver junto a su sien. Cuatro guardias con fusiles los
rodean.
-¡Corran! -grita el
Jamaiquino a los guardias-. Los otros están en el bosque. ¡Rápido! Se van a
escapar. ¡Rápido!
-¡Quietos! -dice el
Teniente. No le quita los ojos de encima a Numa. Éste, con el rabillo del ojo,
trata de localizar el revólver. Parece sereno; sus manos cuelgan a los lados.
-Sargento Lituma, amárrelo.
Lituma deja el
fusil en el suelo y desenrolla la soga que tiene en la cintura. Ata a Numa de
los pies y luego lo esposa. La cabra se ha aproximado, y después de oler las
piernas de Numa, comienza a lamerlas, suavemente.
-Los caballos, sargento Lituma.
El Teniente mete el
revólver en la cartuchera y se inclina hacía la mujer. Le quita la venda y las
amarras. Doña Merceditas se pone de pie, aparta a la cabra de un golpe en el
lomo y se acerca a Numa. Le pasa la mano por la frente, sin decir nada.
-¿Qué te ha hecho? -dice Numa.
-Nada -dice la mujer-. ¿Quieres
fumar?
-Teniente -insiste el Jamaiquino-.
¿Se da usted cuenta que ahí nomás, en el bosque, están los otros?
¿No los ha oído? Deben ser tres o
cuatro, por lo menos. ¿Qué espera para mandar a buscarlos?
-Silencio, negro
-dice el Teniente, sin mirarlo. Prende un fósforo y enciende el cigarrillo que
la mujer ha puesto en la boca de Numa. Éste comienza a chupar largas pitadas;
tiene el cigarrillo entre los dientes y arroja el humo por la nariz-. He venido
a buscar a éste. A nadie más.
-Bueno -dice el Jamaiquino-. Peor
para usted si no sabe su oficio. Yo ya cumplí. Estoy libre.
-Si -dice el Teniente-. Estás libre.
-Los caballos, mi Teniente -dice
Lituma. Sujeta las riendas de cinco animales.
-Súbalo a su caballo, Lituma -dice el
Teniente-. Irá con usted.
El sargento y otro guardia cargan a
Numa y, después de desatarle los pies, lo sientan en el caballo.
Lituma monta tras él. El Teniente se
aproxima a los caballos y coge las riendas del suyo.
-Oiga, Teniente, ¿con quién voy yo?
-¿Tú? -dice el Teniente, con un pie
en el estribo-. ¿Tú?
-Si -dice el Jamaiquino-. ¿Quién si
no yo?
-Estás libre -dice el Teniente-. No
tienes que venir con nosotros. Puedes ir donde quieras.
Lituma y los otros guardias, desde
los caballos, ríen.
-¿Qué broma es
ésta? -dice el Jamaiquino. Le tiembla la voz-. ¿ No va a dejarme aquí, verdad,
mi Teniente? Usted está oyendo esos ruidos Ahí en el bosque. Yo me he portado
bien. He cumplido. No puede hacerme eso.
-Si vamos rápido,
sargento Lituma -dice el Teniente- , llegaremos a Piura al amanecer. Por el
arenal es preferible viajar de noche. Los animales se cansan menos.
-Mi Teniente -grita
el Jamaiquino; ha cogido las riendas del caballo del oficial y las agita,
frenético-. ¡Usted no va a dejarme aquí! ¡No puede hacer una cosa tan perversa!
El Teniente saca un píe del estribo y
empuja al Jamaiquino, lejos.
-Tendremos que
galopar de rato en rato -dice el Teniente-. ¿Cree usted que llueva, sargento
Lituma?
-No creo, mi Teniente. El cielo está
clarito.
-¡No puede irse sin mi! -clama el
Jamaiquino, a voz en cuello.
La señora
Merceditas comienza a reír a carcajadas, cogiéndose el estómago.
-Vamos -dice el Teniente.
-¡Teniente! -grita el Jamaiquino-.
¡Teniente, le ruego!
Los caballos se
alejan, despacio. El Jamaiquino lo mira, atónito. La luz de la lámpara ilumina
su cara desencajada. La señora Merceditas sigue riendo estruendosamente. De
pronto, calla. Alza las manos hasta su boca, como una bocina.
-¡Numa! -grita-. Te llevaré fruta los
domingos.
Luego, vuelve a
reír, a grandes voces. En el bosquecillo brota un rumor de ramas y hojas secas
que se quiebran.
EL ABUELO
Cada vez que crujía
una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba
al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento
improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje.
Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a
la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida hacía rato, y bajo
ellas sombras imprecisas que se deslizaban de un lado a otro, con las cortinas,
lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles
sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban o si aquellas sombras inquietas
provenían de los árboles más altos.
Regresó a su
asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores
despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los
manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían
evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus
párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El
entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante
el día habían decaido y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Le molestaba
la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente,
humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo
sorprendía en su escondrijo. "¿Qué hace usted en la huerta a estas horas,
don Eulogio?" Y vendrian su hijo y su hija politica, convencidos de que
estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre
los macizos de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que
llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al
recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el
pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacía la calle sin
ser visto.
"¿Y si hubiera
venido ya?", pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos
minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi
olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como
dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se
desprendió de sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no
podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo hubieran
despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando
justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría
gritado.
Esta reflexión lo
animó. El soplido del viento era menos fuerte, su cuerpo se adaptaba al
ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su saco, encontró
el cuerpo duro y cilindrico de la vela que compró esa tarde en el almacén de la
esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de
sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con
elegancia, batiendo levemente y en circulo su largo bastón enchapado en metal,
mientras la mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y velas de diversos tamaños.
"Esta", dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia
por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla
pero don Eulogio no aceptó y abandonó la tienda con premura. El resto de la
tarde estuvo en el Club Nacional, encerrado en el pequeño salón del rocambor
donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar
la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido
en el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía
consigo y extrajo el precioso paquete. La tenia envuelta en su hermosa bufanda
de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.
A la hora más
cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que
circulara por las afueras de la ciudad; corría una deliciosa brisa tibia, y la
visión entre grisácea y rojiza del cielo seria más enigmática en medio del
campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos
vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en
bolsas, iban deslizándose distraidamente sobre el borde del canal paralelo a la
carretera, cuando de pronto lo divisó.
-"¡Deténgase!" -dijo, pero
el chofer no le oyó-. "¡Deténgase! ¡Pare!".
Cuando el auto se
detuvo y en retroceso llegó al monticulo de piedras, don Eulogio comprobó que
se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó
la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura,
terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz, sin
ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era de niño.
Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del tamaño de
una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto
triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el
mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacias, cubríendo el
cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja,
hasta tenerlo apoyado en el interior entonces, sacando un nudillo por el
triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva lengueta,
imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertia enormemente imaginando
que aquello estaba vivo.
Dos dias la tuvo
oculta en un cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta
cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del
encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles
opulentos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza; se diría que
examinaba con devoción profunda y algo de pavor, los dibujos sangríentos y
mágicos del circulo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al
principio, estuvo indeciso, preocupado; podían sobrevenir complicaciones de
familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo
de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su
mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de
agujeros, y recordó que en una época aquella casíta de madera con innumerables
puertas no estaba vacia, sin vida, sino habitada por animalitos grises y
blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a
veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con
nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en
su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión
entornaban los ojos y los sacudía un brevisimo temblor. Luego no pensó más en
ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo
tenia decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana
siguiente olvidó
haber soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas invadia
súbitamente el palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él,
desde su ventana, observaba la escena con un catalejo.
Había imaginado que
limpiar la calavera sería algo muy rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que
había creído polvo y era tal vez excremento por su aliento picante, se mantenía
soldado a las paredes internas y brillaba como una mina de metal en la parte
posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de
lamparones grises, sin que desapareciera la capa de suciedad, iba creciendo la
excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero
antes que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su
asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución.
Supuso entonces que la limpieza seria posible utilizando alguna sustancia
grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la
puerta al mozo a quien arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar
atención a la mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la habitación por
sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo
con suavidad, después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto
comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue lluvia de polvo cayó
a sus pies, y él ni siquiera notaba que el aceite iba humedeciendo también el
filo de sus puños y la manga de su saco. De pronto, puesto de pie de un brinco,
admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente,
inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los
pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club
Nacional. El automóvil que ocupó en la Plaza San Martin lo dejó a la espalda de
su casa, en Orrantia. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la calle se
detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado,
estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y
la puerta cedía con un corto chirrido.
En ese momento
escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado
el motivo de ese trajin febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos
que su corazón parecía el balón de oxigeno conectado a un moribundo. Su primer impulso
fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra y cayó de bruces.
Sintió un dolor agudo en la frente y en la boca un sabor desagradable de tierra
mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio
sepultado por las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída
había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera de modo que
ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía limpia.
La pérgola estaba a
unos veinte metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un
delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente.
Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces
tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era
su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con cierto
abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente,
pero en vano, de divisar al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de
niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No esperó
más; extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedrecitas
y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre las piedras y colocar a
ésta, como un obstáculo, en medio del sendero. Luego, con extrema delicadeza
para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera.
Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró:
la medida era justa, por el orificio del cráneo asomaba el puntito blanco de la
vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la
voz y, aunque sus palabras eran todavía incomprensibles, supo que se dirigía al
niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa
del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos
grititos destemplados del nieto. El ruido
cesó de pronto. El
silencio fue brevísimo; lo fulminó el nieto, chillando: "Pero conste: hoy
acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy".
Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.
¿Venia corríendo?
Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y
concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul. El segundo
prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la
calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba,
porque lo que veía no era exactamente lo que había imaginado, cuando una
llamarada súbita creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón
en la hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego
por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. "Se ha
prendido toda", exclamó maravillado. Había quedado inmóvil y repetía como
un disco "fue el aceite, fue el aceite", estupefacto, embrujado ante
la fascinante calavera enrollada por las llamas.
Justamente en ese
instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un alarido de animal atravesado
por muchisimos venablos. El niño estaba ante él, las manos alargadas, los dedos
crispados. Lívido, estremecido, tenia los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora
mudo y rígido pero su garganta, independientemente, hacía unos extraños ruidos
roncos. "Me ha visto, me ha visto", se decía don Eulogio, con pánico.
Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía
ver otra cosa que aquella cabeza llameante. Sus ojos estaban inmovilizados con
un terror profundo y eterno retratado en ellos. Todo había sido simultáneo: la
llamarada, el aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente
poseída de terror. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido más
perfectos incluso que su plan, cuando sintió voces y pasos que venian y
entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose
del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales
que entreveía a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el
espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la
mujer, estruendoso también, pero menos sincero que el de su nieto. No se
detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus
escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el
hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más
tranquilo.

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