© Libro N° 13982. Bouvard Y Pécuchet. Flaubert, Gustave. Emancipación. Junio 28 de 2025
Título Original: © Bouvard Y Pécuchet. Gustave
Flaubert
Versión Original: © Bouvard Y Pécuchet. Gustave Flaubert
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Y PÉCUCHET
Gustave Flaubert
Bouvard
Y Pécuchet
Gustave Flaubert
Gustave Flaubert
BOUVARD
Y PÉCUCHET
Traducción de
Abel Dubois
CENTRO EDITOR DE
AMERICA LATINA
© 1980 Centro
Editor de América Latina S. A Junín 981, Buenos Aires.
Hecho el depósito
de ley. Libro de edición argentina, im¬preso en noviembre de 1980. Pliegos
interiores: compuesto en Linotipia Birsa, Rocamora 4146, Buenos Aires; impreso
en Talleres Gráficos FA.VA.RO. SAIC y F, Independencia 3277/79, Buenos Aires.
1
Como hacía un calor
de treinta y tres grados, el Boulevard Bourdon estaba completamente desierto.
Más abajo, el canal
Saint Martin, cerrado por las dos esclusas, mostraba la línea recta de su agua
color de tinta. En el medio había un barco lleno de madera, y en la orilla dos
hileras de barricas.
Más allá del canal,
entre las casas separadas por gal¬pones, el gran cielo puro se recortaba en
láminas azules, y bajo la reverberación del sol, las fachadas blancas, los
techos de pizarra y los muelles de granito encandilaban. Un rumor confuso
subía, a lo lejos, por la atmósfera tibia; y todo parecía amodorrado por la
ociosidad del domingo y la tristeza de los días de verano.
Aparecieron dos
hombres.
Uno venía de la
Bastilla, el otro del Jardín Botánico, El más grande, que vestía un traje de
hilo, iba con el som¬brero echado para atrás, el chaleco desabrochado y la
corbata en la mano. El más pequeño, cuyo cuerpo des¬aparecía en una levita
marrón, iba con la cabeza gacha cubierta con una gorra de visera puntiaguda.
Cuando llegaron al
medio del bulevar se sentaron en el mismo momento, en el mismo banco.
Para secarse la
frente se quitaron sus sombreros, que cada uno de ellos puso cerca de sí; y el
pequeño vio escrito en el sombrero de su vecino: Bouvard; mientras que éste
distinguía con facilidad en la gorra del particu¬lar de levita la palabra
Pécuchet.
– ¡Vaya! –dijo–.
Tuvimos la misma idea, la de poner nuestros nombres en nuestros sombreros.
– ¡Por Dios, sí!
¡Alguien podría llevarse mi sombrero en mi oficina! –igual que yo; yo también
soy empleado.
Entonces se miraron
con atención.
El aspecto amable
de Bouvard encantó enseguida a Pécuchet.
Sus ojos azulados,
siempre entrecerrados, sonreían en su rostro colorado. Un pantalón con las
bajos acordeonados sobre zapatos de castor, ceñía su barriga y ablusaba su
camisa en la cintura, y sus cabellos rubios, naturalmente ensortijados en leves
rizos, le daban un aspecto infantil.
De sus labios salía
una especie de silbido continuo.
El aspecto serio de
Pécuchet impresionó a Bouvard.
Se hubiera dicho
que llevaba una peluca por lo chato y negro de los mechones que cubrían su alto
cráneo. Su rostro parecía estar siempre de perfil debido a la nariz que llegaba
hasta muy abajo. Sus piernas aprisionadas en tubos de "lasting" no estaban
en proporción con la longi¬tud del busto, y tenía una voz fuerte, cavernosa.
Se le escapó esta
exclamación:
–¡Qué bien se
estaría en el campo!
Pero los suburbios,
según Bouvard, eran matadores por el barullo de los merenderos. Pécuchet
pensaba lo mismo. Sin embargo, empezaba a sentirse cansado de la capital.
Bouvard también.
Y sus ojos iban de
los montones de piedras de cons¬trucción al agua repelente en la que flotaba un
manojo de paja, o a la chimenea de una fábrica que se alzaba en el horizonte;
las alcantarillas exhalaban miasmas. Se vol¬vieron hacia el otro lado. Entonces
tuvieron delante de ellos los muros del Granero Municipal.
Era evidente (y
esto sorprendía a Pécuchet) ¡hacía más calor en las calles que en casa!
Bouvard lo instó a
quitarse la levita. ¡A él no le impor¬taba el qué dirán!
De pronto un
borracho atravesó la acera en zigzag; en¬tonces ellos entablaron una
conversación política a pro¬pósito de los obreros. Sus opiniones eran las
mismas, aun¬que tal vez Bouvard fuese un poco más liberal.
Un ruido de
chatarra sonó en el empedrado, en un tor¬bellino de polvo. Eran tres calesas de
alquiler que iban hacia Bercy llevando a una novia con su ramillete, burgue¬ses
de corbata blanca, señoras enfundadas hasta las axilas en sus enaguas, dos o
tres niñas, un colegial. La visión de esa boda llevó a Bouvard y Pécuchet a
hablar de las mujeres, a las que declararon frívolas, agrias y testarudas. A
pesar de ello, con frecuencia resultaban mejores que los hombres; aunque otras
veces eran peores. En una palabra, más valía vivir sin ellas. Por eso Pécuchet
había perma¬necido soltero.
–Yo soy viudo –dijo
Bouvard– ¡y sin hijos! –¿Acaso cree que eso es una suerte? Pero la soledad, a
la larga, era muy triste. Después, a la orilla del muelle, apareció una
muchacha de la vida con un soldado. Muy pálida, los cabellos negros y picada de
viruela, iba apoyada en el brazo del militar, arrastrando sus zapatillas y
contoneando las caderas.
Cuando estuvo lejos
Bouvard se permitió una reflexión obscena. Pécuchet se puso muy rojo y, para no
tener que res¬ponderle, sin duda, le señaló con la mirada un cura que se
acercaba.
El eclesiástico
bajó con lentitud por la avenida de los delgados olmos que jalonaban la vereda
y Bouvard, cuando ya no percibió más el tricornio, dijo sentir alivio, ya que
execraba a los jesuitas. Pécuchet, sin absolverlos, dio muestras de una cierta
amabilidad para con la religión.
Entretanto el
crepúsculo caía y las persianas de enfrente habían sido levantadas. Los
pasantes se hicieron más nu¬merosos. Sonaron las siete.
Sus palabras
surgían, inagotables, las observaciones su¬cedían a las anécdotas, los
comentarios filosóficos a las consideraciones individuales. Denigraron al
cuerpo de Puen¬tes y Calzadas, al monopolio del tabaco, al comercio, a los
teatros, a nuestra marina y a todo el género humano, como gente que ha sufrido
grandes sinsabores. Cada uno de ellos, al oír al otro, se reencontraba con
partes de sí mismo que había olvidado; y aunque hubiesen dejado atrás la edad
de las emociones ingenuas, experimentaban un placer nuevo, una suerte de
expansión, el encantó de la ternura en sus principios.
Veinte veces se
habían levantado, se habían vuelto a sentar y habían recorrido todo el bulevar,
desde la esclusa de arriba hasta la esclusa de abajo, siempre con la inten¬ción
de irse, pero sin tener la fuerza para hacerlo, rete¬nidos por una especie de fascinación.
Se separaban, no
obstante y sus manos ya se habían juntado cuando Bouvard dijo de pronto: –
¡Digo yo! ¿Y si cenáramos juntos? –¡A mí se me había ocurrido –respondió
Pécuchet– pero no me atrevía a proponerlo!
Y se dejó llevar
hasta enfrente del ayuntamiento, hasta un pequeño restaurante donde estarían
bien. Bouvard eligió la cena.
Pécuchet les temía
a las especias como si pudiesen in¬cendiarle el cuerpo. Eso fue motivo de una
discusión sobre medicina. En seguida, loaron las ventajas de las ciencias.
¡Cuántas cosas por conocer, cuántas investigaciones, si hubiera tiempo! ¡Ay, la
tarea de ganarse el pan se lo llevaba todo! Y levantaron los brazos,
asombrados, y casi se abrazaron por sobre la mesa al descubrir que los dos eran
copistas, Bouvard en una casa de comercio, Pécuchet en el Ministerio de la
Marina, lo cual no le impedía con¬sagrar, cada noche, algunos momentos al
estudio. Había encontrado faltas en la obra del señor Thiers y habló con el más
grande respeto de un tal Dumouchel, profesor.
Bouvard lo superaba
en otros aspectos. Su leontina de cabellos y la manera de batir la mayonesa
delataban al viejo verde lleno de experiencia; y comía con la punta de la
servilleta debajo de la axila, despachándose con cosas que hacían reír a
Pécuchet. Era una risa muy particular, una sola nota muy baja, siempre la
misma, que brotaba con largos intervalos. La de Bouvard era continua, sonora,
descubría sus dientes, le sacudía los hombros y los pa¬rroquianos, desde la
puerta, volvían sus cabezas.
Terminada la
comida, fueron a tomar el café en otro establecimiento. Pécuchet, contemplando
los picos de gas, lamentó los desbordes del lujo; luego, con un ademán
des¬deñoso, apartó los diarios. Bouvard era más indulgente en ese sentido. A él
le gustaban todos los escritores en ge¬neral ¡y en su juventud había
manifestado ciertas condi¬ciones de actor! Quiso hacer pruebas de equilibrio
con un taco de billar y dos bolas de marfil, como las que hacía Barberou, uno
de sus amigos. Las bolas, invariablemente, caían y rodaban por el piso por
entre las piernas de las personas e iban a perderse a lo lejos. El mozo que se
levantaba todas las veces para buscarlas, en cuatro patas, debajo de las
sillas, acabó por quejarse. Pécuchet tuvo un entredicho con él; y cuando vino
el patrón, no quiso escuchar sus disculpas y hasta discutió el precio de lo
consumido.
Después propuso que
terminaran la velada tranquilamente en su casa, que estaba muy cerca, en la
calle Saint Martin. Apenas entraron se puso una especie de blusa de in¬diana y
se jactó de su departamento.
Un escritorio de
pino, que estaba justo en el medio, incomodaba con sus puntas. Por todas
partes, en pequeños estantes, en las tres sillas, en el viejo sillón y en los
rin¬cones había, amontonados, varios volúmenes de la Enci¬clopedia Roret, el
Manual del magnetizador, un Fenelón, otros libros; y un montón de papeluchos,
dos cocos, varias medallas, un gorro turco y conchillas traídas de El Havre por
Dumouchel. Una capa de polvo afelpaba las paredes en otros tiempos pintadas de
amarillo. El cepillo para los zapatos estaba tirado en el borde de la cama de
la que colgaban las sábanas. En el cielorraso se veía una gran mancha negra
producida por el humo de la lámpara.
Bouvard, debido al
olor sin duda, pidió permiso para abrir la ventana.
–¡Se volarán los
papeles! –exclamó Pécuchet, que te¬mía, además, a las corrientes de aire.
Sin embargo,
jadeaba en aquella piecita caldeada desde la mañana por las pizarras del techo.
Bouvard le dijo:
–Yo, en su lugar,
me quitaría la camiseta. –¡Cómo! –Y Pécuchet bajó la cabeza, asustado por la
posibilidad de no tener puesto su "chaleco de salud".
–Acompáñeme
–continuó Bouvard–, el aire de afuera lo refrescará.
Por fin Pécuchet
cepilló sus botas mascullando "Pala¬bra de honor que me tiene
embrujado" y, a pesar de la distancia, lo acompañó hasta su casa en la
esquina de la calle de Béthune, en frente del puente de la Tournelle.
La morada de
Bouvard, bien encerada, con cortinas de percal y muebles de caoba, tenía un
balcón con vista al río. Los dos ornamentos principales eran una licorera en
medio de la cómoda y daguerrotipos de amigos bordeando el espejo; en la alcoba
había una pintura al óleo.
–¡Mi tío! –dijo
Bouvard, y con la luz que llevaba ilu¬minó a un señor.
Patillas rojas
ensanchaban un rostro coronado por un tupé de punta rizada. Su alta corbata y
los tres cuellos, el de la camisa, el del chaleco de terciopelo y el del frac
negro, lo tenían tieso. Habían pintado diamantes en la pechera. Sus ojos
estaban sumidos en sus pómulos y sonreía con un leve aire socarrón. Pécuchet no
pudo dejar de decir: –Más bien se diría que es su padre. –Es mi padrino
–replicó Bouvard con indiferencia, agre¬gando que sus nombres de pila eran
Francois, Denys, Bartholomée. Los de Pécuchet eran Juste, Romain, Cyrille; y
tenían la misma edad, ¡cuarenta y siete años! Esa coin¬cidencia les gustó, pero
los sorprendió, porque los dos habían creído del otro que era mucho más joven.
En se¬guida manifestaron su admiración por la Providencia cuyas combinaciones
son, a veces, maravillosas.
–Porque, en fin, si
hace un rato no hubiésemos salido a pasearnos, hubiéramos podido morir sin
encontrarnos nun¬ca–. Y luego de darse las direcciones de sus patronos, se
desearon una buena noche.
–¡No vaya a visitar
a las señoras! –gritó Bouvard en la escalera.
Pécuchet bajó los
escalones sin responder a la broma. Al otra día, en el patio de los señores
Descambos Her¬manos –tejidos de Alsacia, calle Hautefeuille 92– una voz llamó.
–¡Bouvard! ¡Señor
Bouvard!
Este sacó la cabeza
por la ventana y reconoció a Pécu¬chet quien gritó más fuerte. –¡No estoy
enfermo! ¡Y me la quité! –¿Qué...?
–¡Esta! –dijo
Pécuchet señalando su pecho. La conversación de todo el día, con la temperatura
del departamento y los esfuerzos de la digestión le habían im¬pedido dormir, de
modo que no aguantó más y mandó a paseo a la camiseta. A la mañana, había
recordado lo hecho, que afortunadamente no había tenido malas conse¬cuencias, y
ahora iba a informar a Bouvard quien, merced a lo sucedido, había ascendido en
su estima hasta una prodigiosa altura.
Pécuchet era hijo
de un pequeño comerciante y no había conocido a su madre, muerta muy joven. A
los quince años lo habían sacado del colegio para meterlo en lo de un ujier. Un
día aparecieron los gendarmes y el patrón fue enviado a galeras, historia fiera
que aún le causaba espanto. Después había pasado por diversos empleos, maestro,
aprendiz de farmacia, contador en uno de los paquebotes del alto Sena. Por fin
un jefe de división se¬ducido por su escritura lo había tomado como
escribiente; pero le conciencia de una educación defectuosa, y las ne¬cesidades
espirituales que derivaban de ella, irritaban su humor. Y vivía completamente
solo, sin parientes, sin com¬pañera. Su distracción era inspeccionar los
trabajos pú¬blicos los domingos.
Los más viejos
recuerdos de Bouvard lo retrotraían a las orillas del Loira, a un patio de
granja. Un hombre que era su tío lo había llevado a París para iniciarlo en el
comercio. Cuando fue mayor de edad le dieron algunos miles de fran¬cos.
Entonces se casó y abrió un negocio de confitería. Seis meses más tarde su
esposa desaparecía llevándose la caja. Los amigos, la buena mesa y sobre todo
la pereza lo habían llevado a la ruina muy rápidamente. Pero tuvo la
Inspiración de utilizar su hermosa letra y hacía doce años que ocupaba el mismo
puesto en lo de los señores Descambos Hermanos, tejidos, calle Hautefeuille 92.
En cuan¬to a su tío, que en otros tiempos le había enviado el famoso retrato
como recuerdo, Bouvard no sabía siquiera adonde vivía y no esperaba nada más de
él. Mil quinien¬tas libras de renta y sus entradas como copista le permi¬tían
ir, todas las noches, a echarse un sueñito en un café. Por eso su encuentro
había tenido la importancia de una aventura. Inmediatamente se habían sentido
ligados por fibras secretas. Por otra parte ¿cómo explicar las simpa¬tías? ¿Por
qué tal particularidad, tal o cual imperfección indiferente u odiosa en éste
resulta encantadora en aquél? Lo que se llama "ser flechado" es
cierto para todas las pasiones. Antes de que terminara la semana ya se
tu¬teaban.
Con frecuencia iban
a buscarse a sus trabajos. Tan pron¬to como uno aparecía el otro cerraba su
pupitre y se iban juntos a las calles. Bouvard caminaba a grandes zancadas,
mientras que Pécuchet multiplicaba los pasos, y con su levita golpeándole los
talones, parecía deslizarse en pati¬nes. También sus gustos personales
armonizaban. Bouvard fumaba la pipa, le gustaba el queso, y bebía con
regularidad su cafecito. Pécuchet aspiraba rapé, como postre sólo comía
mermeladas y mojaba un terrón de azúcar en el café. El uno era confiado,
atolondrado, generoso. El otro discreto, reflexivo y ahorrativo.
Con el propósito de
ser agradable, Bouvard quiso que Pécuchet conociera a Barberou. Era un antiguo
viajante de comercio, en la actualidad corredor de bolsa, muy buen tipo,
patriota, amigo de las damas y aficionado al lenguaje arra¬balero. Pécuchet lo
encontró desagradable y llevó a Bouvard a lo de Dumouchel. Este autor (dado que
había publicado una pequeña mnemotecnia) daba lecciones de literatura en un
pensionado de señoritas, tenía opiniones ortodoxas y modales serios. A Bouvard
lo aburrió.
Ninguno de los dos
había ocultado al otro su opinión y cada uno de ellos reconoció lo acertado del
juicio del otro. Sus costumbres cambiaron. Abandonaron su pensión burgue¬sa y
acabaron por cenar juntos todos los días.
Hablaban de las
obras de teatro en cartel, del gobierno, de la carestía de los víveres, de los
fraudes del comercio. De cuando en cuando la historia del Collar o el proceso
de Fualdés volvían a ser tema de sus conversaciones; además buscaban las causas
de la Revolución.
Deambulaban por las
tiendas de los anticuarios. Visitaron el Conservatorio de Artes y Oficios,
Saint Denis, los Gobelins, los Invalides, y todos los museos. Cuando se les
pedía sus pasaportes, hacían como que los habían perdido y trataban de pasar
por dos extranjeros, dos ingleses.
En las galerías del
"Museum" pasaron estupefactos por de¬lante de los cuadrúpedos
embalsamados, con placer por frente a las mariposas, con indiferencia ante los
metales; los fósiles los dejaron pensativos, la conquiliología los aburrió.
Examinaron los invernáculos a través de los vidrios y se estremecieron al
pensar que todos esos follajes rezuma¬ban venenos. Lo que admiraron del cedro
fue que lo hubiesen traído en un sombrero.
En el Louvre
hicieron esfuerzos para entusiasmarse con Rafael. De la gran biblioteca,
hubieran querido saber cuál era la cantidad exacta de volúmenes.
Una vez entraron en
el curso de árabe del Colegio de Francia, y el profesor se asombró al ver a
esos dos desco¬nocidos que trataban de tomar notas. Gracias a Barberou
anduvieron por entre bastidores en un pequeño teatro. Du¬mouchel les consiguió
entradas para una sesión de la Aca-demia. Se informaban de todos los
descubrimientos, leían prospectos y debido a esta curiosidad su inteligencia se
desarrolló. En el fondo de un horizonte cada día más le¬jano divisaban cosas
confusas y maravillosas a la vez.
Al admirar un viejo
mueble, lamentaban no haber vivido en la época en que había sido usado, aunque
no supiesen absolutamente nada de esa época. Según ciertos nombres imaginaban
países tanto más hermosos cuanto que no po¬dían precisar nada de ellos. Las obras
cuyos títulos eran para ellos ininteligibles les parecían contener un misterio.
Y al tener más
ideas, tuvieron más sufrimientos. Cuando un coche correo se les cruzaba en las
calles, sentían la necesidad de irse en él. El muelle de las Flores hacía que
añoraran el campo.
Un domingo salieron
a la mañana; pasaron por Meudon, Bellevue, Suresnes, Auteil y durante todo el
día vagabun¬dearon entre las viñas, arrancaron amapolas en los lindes de los
campos, durmieron en la hierba, bebieron leche, co¬mieron bajo las acacias en lo
de los merenderos, y volvieron muy tarde, polvorientos, extenuados, encantados.
Repitieron con frecuencia esos paseos, pero al día siguiente estaban tan
tristes que acabaron por privarse de ellos.
La monotonía de la
oficina se les hacía odiosa. ¡Continua¬mente el raspador y la sandáraca, el
mismo tintero, las mis¬mas plumas y los mismos compañeros! Como los
conside¬raban estúpidos, cada vez les hablaban menos. Eso les valió
provocaciones. Llegaban todos los días tarde y fueron re¬prendidos.
En otros tiempos
habían sido casi felices, pero desde que se estimaban más su oficio los
humillaba. Y se afirmaban en ese disgusto, se exaltaban mutuamente, se
adulaban. Pé¬cuchet contrajo la brusquedad de Bouvard y a Bouvard se le pegó
algo de la morosidad de Pécuchet.
–¡Tengo ganas de
hacerme saltimbanqui de plaza pública! –decía uno.
–Daría lo mismo ser
trapero –exclamaba el otro.
¡Qué situación
abominable! ¡Y no había manera de salir de ella! ¡Ni la más leve esperanza!
Una tarde (era el
20 de enero de 1839) Bouvard, que estaba en su oficina, recibió una carta que
le llevó el cartero.
Levantó los brazos,
su cabeza se volcó hacia atrás poco a poco, y cayó desvanecido en el suelo.
Los empleados
acudieron, le quitaron la corbata, se envió a buscar un médico.
Volvió a abrir los
ojos y a las preguntas que le hicieron respondió:
– ¡Ah! Es que... es
que... un poco de aire me aliviaría. ¡No, déjenme; permítanme!
Y a pesar de su
corpulencia corrió sin detenerse hasta el Ministerio de la Marina, pasándose la
mano por la frente, convencido de que se había vuelto loco, tratando de
cal¬marse.
Hizo llamar a
Pécuchet.
Pécuchet apareció.
–¡Mi tío ha muerto!
¡Soy su heredero!
– ¡No es posible!
Bouvard mostró las
líneas siguientes:
ESTUDIO DE
TARDIVEL, NOTARIO
Savigny en
Septaine, 14 de enero de 1839. Señor:
Le ruego
presentarse en mi estudio para ser informado del testamento de su padre
natural, el señor Francois, Denys, Bartholomée Bouvard, ex comerciante en la
ciudad de Nantes, fallecido en esta comuna el 10 del presente mes. Ese
testamento contiene una disposición muy importante en su favor.
Acepte, señor, la
seguridad de mis respetos.
TARDIVEL, notario.
Pécuchet tuvo que
sentarse en uno de los mojones del patio. Después devolvió el papel mientras
decía lentamente:
–Con tal que... que
no sea... alguna broma.
–¡Crees que sea una
broma! –respondió Bouvard con voz ahogada, parecida al ronquido de un
moribundo.
Pero el sello del
correo, el nombre del estudio en carac¬teres de imprenta, la firma del notario,
todo probaba la au¬tenticidad de la noticia; y se miraron con un temblor en la
comisura de los labios y una lágrima que rodaba de sus ojos fijos.
Les faltaba
espacio. Fueron hasta el Arco de Triunfo, volvieron por la orilla del agua,
pasaron Notre-Dame, Bou¬vard estaba muy rojo. Le dio unos puñetazos en la
espalda a Pécuchet y durante cinco minutos desvarió por completo.
Bromeaban a pesar
de ellos. Esa herencia, por supuesto, debía ser de...
–¡Ah, sería
demasiado hermoso! No hablemos más. –Pe¬ro volvían a hablar de lo mismo.
Nada impedía que se
pidiera explicaciones en seguida. Bouvard le escribió al notario.
El notario envió la
copia del testamento el cual terminaba así: "Como consecuencia, dejo a
Francois, Denys, Bartholomée Bouvard, mi hijo natural reconocido, la parte de
mis bienes disponible por ley".
El buen hombre
había tenido ese hijo en su juventud, pero lo había mantenido cuidadosamente
apartado, haciéndolo pa¬sar por un sobrino, y el sobrino lo había llamado
siempre tío, aunque sabiendo a qué atenerse. Hacia la cuarentena el señor
Bouvard se había casado, después había enviudado. Sus dos hijos legítimos
tomaron por caminos que contraria¬ban sus miras y entonces había sido presa del
remordimiento por el abandono en que había dejado desde hacía tantos años a su
otro hijo. Hasta lo hubiera llevado a su casa, de no haber sido por la
influencia de su cocinera. Esta lo abandonó debido a las maniobras de la
familia, y en su soledad, cerca de la muerte, quiso reparar sus errores
le¬gando al fruto de sus primeros amores todo lo que podía de su fortuna. Esta
ascendía a medio millón, lo cual suponía que al copista le correspondían unos
doscientos cincuenta mil francos. El mayor de los hermanos, el señor Etienne,
había declarado que respetaría el testamento.
Bouvard se sumió en
una especie de sopor. Repetía en voz baja, sonriendo con una sonrisa apacible
de borracho:
– ¡Quince mil
libras de renta! –Y Pécuchet, a pesar de tener la cabeza más firme, tampoco
salía de su asombro. Fueron sacudidos bruscamente por una carta de Tardivel. El
otro hijo, el señor Alexandre, declaraba su intención de Nevar el asunto a la
justicia y estaba dispuesto hasta a im¬pugnar el testamento si podía, con
previa exigencia de se¬llados, inventario, secuestro judicial, etcétera. A
Bouvard le dio un ataque de bilis. Cuando aún convalecía salió para Savigny, de
donde volvió sin haber resuelto nada y lamen¬tando los gastos de viaje.
Después vinieron
los insomnios, las alternativas de cólera y esperanza, de exaltación y de
abatimiento. Por fin, al cabo de seis meses, el señor Alexandre se apaciguó y
Bouvard tomó posesión de su herencia. Su primer grito había sido:
–¡Nos iremos a
vivir al campo! –Y esas palabras, que hacían al amigo partícipe de su dicha, le
parecieron muy naturales a Pécuchet. Pues la unión de esos hombres era absoluta
y profunda.
Pero como el no
quería de ninguna manera vivir a expen¬sas de Bouvard, no iría antes de
jubilarse. Dos años más todavía. ¡No importaba! Se mantuvo inflexible y la cosa
que¬dó decidida.
Para saber dónde
establecerse pasaron revista a todas las provincias. El Norte era fértil pero
demasiado frío, el Me¬diodía era encantador por su clima, pero incómodo debido
a los mosquitos y el Centro, francamente, no tenía nada interesante. La Bretaña
les hubiese convenido de no haber sido por el espíritu mojigato de sus
habitantes. En cuanto a las regiones del Este, no había ni que pensar en ellas,
por lo del patois germánico. Pero había otras regiones. ¿Cómo eran, por
ejemplo, Forez, Bugey, Roumois? Los mapas geo¬gráficos no decían nada. Por lo
demás, que su casa estu-viese en un lugar u otro no importaba, lo importante
era que tendrían una.
Ya se veían en
mangas de camisa, al borde de un arriate podando rosales, cavando, carpiendo,
manipulando la tierra, trasplantando tulipanes. Despertarían con el canto de la
alondra para ir detrás de las carretas, ton una cesta, a recoger manzanas,
mirarían hacer la manteca, trillar el grano, esquilar los corderos, cuidar las
colmenas y se deleitarían con el mugido de las vacas y el olor del heno
cortado. ¡No más escrituras! ¡No más jefes! ¡No más alquileres que pa¬gar!
¡Porque tendrían casa propia y comerían los pollos de su corra!, legumbre de su
huerto y cenarían con los zuecos puestos!
–¡Haremos todo lo
que nos guste! ¡Nos dejaremos crecer la barba!
Compraron
instrumentos de horticultura y además un mon¬tón de cosas "que quizás
pudieran servir", tales como una caja de herramientas (siempre hace falta
en una casa) y balanzas, una cadena de agrimensor, una bañera por si
en¬fermaban, un termómetro y hasta un barómetro, "sistema Gay-Lussac"
para experimentos de física, en caso de que se les ocurriera hacerlos. No
estaría de más, tampoco (por¬que no siempre se puede trabajar fuera) tener
algunas buenas obras de literatura. Y las buscaron, confundiéndose a veces por
no saber si tal o cual libro "era verdaderamente un libro de
biblioteca". Bouvard resolvió el problema.
–¡Bah! No
necesitaremos biblioteca.
–Por otra parte,
tengo la mía –decía Pécuchet.
Se organizaban de
antemano. Bouvard llevaría sus mue¬bles, Pécuchet su gran mesa negra; se
aprovecharían las cortinas y con un poco de batería de cocina sería suficiente.
Se habían prometido callar todo eso, pero sus rostros res¬plandecían. Sus
colegas los notaban "raros". Bouvard, que escribía instalado en su
pupitre con los codos hacia afuera para redondear mejor su bastarda, soplaba su
especie de sil¬bido al mismo tiempo que entornaba con expresión mali¬ciosa sus
pesados párpados. Pécuchet, montado en un gran taburete de paja, continuaba
poniendo cuidado en los trazos de su alargada letra, pero hinchaba las narices
y se pelliz¬caba los labios, como si tuviese miedo de que se le escapara su
secreto.
Después de
dieciocho meses de búsquedas no habían encontrado nada. Viajaron por todos los
alrededores de París y desde Amiens hasta Evreux, de Fontainebeau hasta El
Havre. Querían un campo que fuese verdadero campo, sin ningún especial interés
en que fuese pintoresco, pero un horizonte limitado los entristecía. Huían de
la vecindad de otras casas y no obstante temían a la soledad. A veces parecían
decidirse, después temían arrepentirse más tarde, cambiaban de opinión porque
el lugar les había parecido malsano, o demasiado expuesto al viento del mar, o
demasiado cercano de una fábrica, o de difícil acceso.
Barberou los salvó.
El conocía sus
sueños y un día les dijo que le habían ha¬blado de una propiedad en
Chavignoiles, entre Caen y Falaise. Se trataba de una granja de treinta y ocho
hectáreas con una especie de castillo y un huerto en plena producción.
Viajaron hasta
Calvados y quedaron entusiasmados. Sólo que, por la granja y la casa (una no
sería vendida sin la otra) pedían ciento cuarenta y tres mil francos y Bouvard
ofrecía no más de ciento veinte mil.
Pécuchet se opuso a
su empecinamiento, le rogó que ce¬diera y por fin dijo que él se haría cargo de
la diferencia. Era toda su fortuna, proveniente del patrimonio de su madre y de
sus economías. Jamás había dicho una palabra de eso, pues reservaba ese capital
para una gran ocasión.
Todo estuvo pagado
hacia fines de 1840, seis meses antes de su jubilación.
Bouvard ya no era
copista. En un principio había conti¬nuado en sus funciones porque desconfiaba
del porvenir, pero después había renunciado, cuando estuvo seguro de lo de la
herencia. No obstante, volvía complacido a lo de los señores Descambos y la víspera
de su partida ofreció un ponche a todos los de la oficina.
Pécuchet, al
contrario, se mostró huraño con sus colegas y se fue, el último día, golpeando
la puerta con todas sus fuerzas.
¡Tenía que vigilar
los paquetes, hacer un montón de dili¬gencias, unas pequeñas compras todavía y
despedirse de Dumouchel!
El profesor le
propuso un intercambio epistolar por el cual lo mantendría al corriente de la
literatura y después de nue¬vas felicitaciones le deseó buena salud. Barberou
se mostró más sensible al recibir el adiós de Bouvard. Abandonó por él una
partida de dominó, prometió ir a verlo, pidió dos anisettes y lo besó.
Cuando Bouvard
volvió a su casa, aspiró una larga bocana¬da de aire en su balcón y se dijo:
"Por fin". Las luces de los muelles temblaban en el agua, el rumor de
los ómnibus, a lo lejos, se apagaba. Recordó los días felices pasados en esa
gran ciudad, los picnics en el restaurante, las noches de teatro, los comadreos
de su portera, todas sus costum¬bres, y sintió desfallecer a su corazón y una
tristeza que no se atrevió a confesarse.
Pécuchet se paseó
por su pieza hasta las dos de la ma¬ñana. Ya no volvería más allí ¡tanto mejor!
Y sin embargo, para dejar algo de él allí grabó su nombre en el estucado de la
chimenea.
Casi todo el
equipaje había sido despachado el día ante¬rior. Los instrumentos de labranza,
los catres, los colchones, las mesas, las sillas, una estufa, la bañera y tres
toneles de Borgoña irían por el Sena hasta El Havre y de ahí serían expedidos a
Caen, donde Bouvard, que los esperaría allí, haría que fueran enviados a
Chavignolles. Pero el retrate de su padre, los sillones, la licorera, los
libros, el reloj, todos los objetos preciosos fueron puestos en un coche de
mu¬danzas que iría por Nonancourt, Verneuil y Falaise. Pécuchet quiso
acompañarlo.
Se instaló al lado
del conductor, en la banqueta, y cubierto con su levita más vieja, con una
bufanda, mitones y su folgo de trabajo, el domingo 20 de marzo a la madrugada
salió de la capital.
El movimiento y la
novedad del viaje lo mantuvieron entre¬tenido durante las primeras horas.
Después los caballos ami¬noraron el paso, lo que provocó disputas con el
conductor y el carretero. Se detenían en albergues execrables y aun¬que
respondían por todo, Pécuchet, por exceso de prudencia, dormía en los mismos
lugares. Al día siguiente reanudaban la marcha al alba y el camino, siempre
igual, se estiraba subiendo hasta la línea del horizonte. Los metros de
pie¬dras se sucedían, las zanjas estaban Nenas de agua, el campo se extendía en
grandes superficies de un verde mo¬nótono y frío, las nubes corrían por el
cielo, de cuando en cuando caía la lluvia. Al tercer día se levantó una
borrasca. El toldo del carruaje, mal atado, restallaba al vien¬to como la veía
de un navío. Pécuchet escondió su rostro bajo la gorra y cada vez que abría su
tabaquera, para protegerse los ojos, tenía que darse vuelta por completo. A
cada tumbo sentía tambalearse detrás de él a todo su equi¬paje y prodigaba
recomendaciones. Al ver que éstas no servían para nada, cambió de táctica; se
hizo el niño bueno y se mostró complaciente. En las cuestas difíciles empu-jaba
la rueda junto con los hombres. Hasta llegó a pagarles la copa después de las
comidas. Desde entonces anduvieron más ligero, tanto que en los alrededores de
Gauburge se rompió el eje y el carruaje quedó inclinado. Pécuchet fue en
seguida adentro; las tazas de porcelana estaban hechas pedazos. Levantó los
brazos, rechinaron sus dientes y mal¬dijo a esos dos imbéciles. Y la jornada
siguiente se perdió debido a que el carretero se embriagó, pero ya no le
que¬daban fuerzas para quejarse, la copa de amargura estaba Mena.
Bouvard había
salido de París un día después para poder cenar una vez más con Barberou. Llegó
al patio de la men¬sajería a último momento, después despertó frente a la
catedral de Ruán; se había equivocado de diligencia.
Esa noche todas las
plazas para Caen estaban reservadas y como no sabía qué hacer fue al Teatro de
las Artes y sonrió a sus vecinos y les contó que se había retirado de sus
negocios y que era flamante propietario de una finca de los alrededores. Cuando
llegó a Caen, el viernes, sus bultos no estaban allí. Los recibió el domingo y
los despa¬chó en una carreta; el granjero había sido avisado de que él los
seguiría unas horas después.
En Falaise, en el
noveno día de su viaje, Pécuchet tomó un caballo de refuerzo y hasta la puesta
de sol se anduvo bien. Más allá de Bretteville abandonaron el camino principal
y tomaron por uno transversal. A cada momento creían ver la torre de Chavignolles.
A todo esto la huella se des-vanecía hasta que por fin desapareció y se
encontraron en medio de campos arados. La noche caía. ¿Qué se podía hacer? Por
fin Pécuchet abandonó el carruaje, y chapoteando en el barro avanzó a campo
traviesa. Cuando se acercaba a las granjas los perros ladraban. Gritaba con
todas sus fuerzas preguntando cuál era el camino. Nadie le respondía. Le daba
miedo y se alejaba. De pronto dos faroles brillaron. Vio un coche y salió a su
encuentro. Bouvard estaba adentro. ¿Pero adonde podía estar el coche de
mudanza? Lo llama¬ron durante una hora en medio de las tinieblas. Por fin
lograron encontrarlo y llegaron a Chavignolies.
Un gran fuego de
ramas y de piñas llameaba en la sala. La mesa estaba tendida. Los muebles que
habían llegado en la carreta llenaban el vestíbulo. No faltaba nada. Se
sentaron a la mesa.
Les habían
preparado una sopa de cebolla, un pollo, tocino y huevos duros.
La anciana que
cocinaba iba de cuando a preguntar si todo estaba a su gusto. Ellos respondían:
–¡Oh, muy bueno,
muy bueno!
¡Y el gran pan que
era difícil cortar, la crema, las nueces, todo los deleitaba! En el piso había
agujeros, los muros estaban húmedos. Sin embargo, echaban alrededor de ellos
mirada de satisfacción, mientras comían en la pequeña mesa, donde ardía una vela.
Sus rostros habían enrojecido al aire libre. Sacaban la barriga, se apoyaban en
el respaldo de sus sillas, que crujían, y se repetían:
–¡Ya estamos aquí,
pues! ¡Qué felicidad! Parecería que fue un sueño!
Pécuchet tuvo la
idea de dar una vuelta por el huerto, iba a ser ya medianoche. Bouvard no se
negó. Tomaron la vela y protegiéndola con un diario viejo, se pasearon a lo
largo de los arriates.
Les causaba placer
nombrar en voz alta a las legumbres:
–¡Mira, zanahorias!
¡Ah, coles!
Después
inspeccionaron los espalderos. Pécuchet trató de descubrir orotes. A veces una
araña huía precipitadamente por el muro y las dos sombras de sus cuerpos se
dibujaban en él agrandadas, repitiendo sus ademanes.
De las puntas de la
hierba goteaba el rocío. La noche estaba completamente obscura y todo
permanecía inmóvil en medio de un gran silencio, de una gran calma. A lo lejos
cantó un gallo.
Las dos piezas se
comunicaban entre sí por una puertecita que disimulaba el empapelado. Al
embestirla con una cómoda, acababan de hacerle saltar los clavos. La
encontraron abierta. Fue una sorpresa.
Ya desvestidos y en
la cama, aún charlaron durante un rato, después se durmieron. Bouvard de
espaldas, con la boca abierta, la cabeza descubierta: Pécuchet sobre el lado
derecho, con las rodillas en el vientre, tocado con un gorro de algodón. Y los
dos roncaban al claro de la luna que entraba por las ventanas.
2
¡Qué alegría, al
otro día cuando despertaron! Bouvard fumó una pipa y Pécuchet aspiró una pizca,
que según di¬jeron habían sido las mejores de su vida. Después se aso¬maron a
la ventana para ver el paisaje.
En frente estaban
los campos, a la derecha un granero y la torre de la iglesia y a la izquierda
una cortina de álamos.
Dos alamedas
principales, formando una cruz, dividían al huerto en cuatro partes. Las
legumbres estaban en les arriates, donde se erguían, de tanto en tanto,
cipreses enanos y árboles. Por un lado, una glorieta desembocaba en una parra y
por el otro, un muro sostenía las espalderas; una balaustrada, en el fondo,
daba al campo. Más allá del muro había un jardín, más allá de la enramada un
bosquecito, detrás de la balaustrada un sendero.
Contemplaban ese
panorama cuando un hombre de cabe¬llera entrecana y vestido con un levitón
negro, avanzó por el sendero raspando con su bastón todos los barrotes de la
balaustrada. La vieja sirvienta les informó que era el señor Vaucorbeil, un
doctor famoso en el distrito.
Los otros notables
eran el conde de Faverges, otrora dipu¬tado, de quien se recordaban las
trapisondas; el alcalde, señor Foureau, que vendía madera, yeso y toda cíase de
cosas; el notario, señor Marescot; el abate Jeufroy y la señora viuda de
Bordin, que vivía de rentas. En cuanto a ella misma, la llamaban la Germaine
debido al finado Germain, su ma¬rido. Trabajaba por horas pero hubiera querido
entrar a servir a esos señores. Ellos la aceptaron y salieren para su granja,
situada a un kilómetro de distancia.
Cuando llegaron al
patio el granjero, maese Gouy, voci¬feraba contra un muchacho, y la granjera,
sentada en un escabel, apretaba entre sus piernas a una pava a la que cebaba
con bocadillos de harina. El hombre tenía la frente estrecha, la nariz fina, la
mirada gacha y los hombros robus¬tos. La mujer era muy rubia, de pómulos
pecosos y tenía ese aire de sencillez que tienen los campesinos de los vitrales
de las iglesias.
En la cocina había
manojos de cáñamo colgados del techo. Tres viejos fusiles se escalonaban sobre
la alta chimenea. Un aparador cargado de loza floreada ocupaba el medio de la
pared; y los vidrios de botella de las ventanas arrojaban sobre los utensilios
de hoja de lata y de cobre rojo una luz macilenta.
Los dos parisienses
querían hacer una inspección, ya que habían visto la propiedad una sola vez y
muy por encima.
Maese Gouy y su
esposa los escoltaron y un rosario de quejas comenzó.
Todos los
edificios, desde la carretería hasta la destilería necesitaban reparaciones.
Hubiera debido construirse un anexo para los quesos, poner a las vallas
herrajes nuevos, levantar los cercos, y volver a plantar una gran cantidad de
manzanos en los tres patios.
Después visitaron
los cultivos. Maese Gouy los despreció. Se tragaban demasiado estiércol, los
acarreos costaban mu¬cho, era imposible sacar las piedras, las hierbas malas
en¬venenaban los campos; y ese denigramiento de su tierra atenuó el placer que
Bouvard sentía cuando caminaba por ella.
Volvieron por una
avenida de hayas. Desde ese lado se veían el patio principal y la fachada de la
casa.
Estaba pintada de
blanco con rebordes amarillos. El co¬bertizo y la bodega, el horno y la leñera
formaban dos alas más bajas a los lados. La cocina se comunicaba con una
pequeña sala. Después venía el vestíbulo, una segunda sala más grande y el
salón. Las cuatro piezas del primer piso daban al corredor que miraba al patio.
Pécuchet ocupó una con sus colecciones, la última se destinó a la biblioteca.
Cuando abrieron los armarios encontraron más libros pero no se les ocurrió leer
los títulos. Lo más urgente era el huerto. Bouvard pasó cerca de la enramada y
descubrió, bajo las ramas, una mujer de yeso. Se apartaba las faldas con dos
dedos, tenía las rodillas flexionadas y la cabeza sobre el hombro, como si
temiera ser sorprendida.
–¡Ah, perdón; no se
moleste! –Y esta broma les resultó tan divertida que la repitieron veinte veces
por día, durante más de tres semanas.
A todo esto, los
vecinos de Chavignolles querían conocer¬los; iban a observarlos por la
balaustrada. Ellos taparon las aberturas con tablas. La población se molestó.
Para protegerse del
sol, Bouvard llevaba en la cabeza un pañuelo anudado como un turbante, y
Pécuchet su gorra; éste tenía, además, un gran delantal con un bolsillo
ade¬lante en el que saltaban una tijeras de podar, su pañuelo de cuello y su
tabaquera. Con los brazos desnudos y codo con codo, labraban, escardaban,
podaban; se imponían tareas, comían tan rápidamente como les era posible, pero
iban a tomar el café bajo la parra, para gozar el paisaje.
Si encontraban un
caracol, se acercaban a él y lo aplasta¬ban haciendo una mueca con la boca,
como para romper una nuez. No salían sin la azada y partían en dos a los
gusanos blancos con tanta fuerza que la herramienta se hundía unas tres
pulgadas. Para deshacerse de las orugas daban a los árboles fuertes golpes de
vara, furiosamente.
Bouvard plantó una
peonía en medio del césped y unos tomates que deberían colgar como los brazos
de una araña en la bóveda de la glorieta.
Pécuchet hizo cavar
un ancho pozo delante de la cocina y preparó en él tres compartimientos donde
fabricaría abonos que harían crecer un montón de cosas cuyos residuos
producirían otras cosechas, de las que obtendrían más abonos y así
indefinidamente. Y soñaba al borde del foso, y divi¬saba un porvenir con
montañas de frutos, desbordante de flores, avalanchas de legumbres... Pero
mientras tanto no tenían estiércol de caballo, tan útil para los semilleros.
Los labradores no vendían, los posaderos se lo rehusaron. Por fin, después de
mucho buscar, a pesar de las objeciones y abjurando de todo pudor, tomó la
decisión de "ir él mismo a la cagada".
Fue cuando estaba
consagrado a esta ocupación que la señora Bordin lo abordó un día en el camino
principal. Des¬pués de saludarlo le preguntó por su amigo. Los ojos negros de
aquella persona, muy brillantes aunque pequeños, sus encendidos colores, su aplomo
(tenía hasta un poco de bigote) intimidaron a Pécuchet. Respondió con parquedad
y volvió la espalda, descortesía que Bouvard condenó.
Después llegaron
los días malos, la nieve, los grandes fríos. Se instalaron en la cocina e
hicieron enrejados; o si no recorrían las habitaciones, charlaban al lado del
fuego, mi¬raban caer la lluvia.
En Cuaresma
empezaron a esperar a la primavera y todas las mañanas repetían "ya
viene". Pero la primavera fue tardía y se consolaban en su impaciencia
diciendo: "ya va a venir".
Por fin vieron
brotar a las arvejas; los espárragos dieron mucho. La viña prometía.
Puesto que
entendían de horticultura, también debían po¬der dedicarse a la agricultura. Y
los asaltó la ambición de cultivar su granja. Con sentido común y estudio
podrían ha¬cerlo, no cabía ninguna duda.
En primer lugar,
había que ver como se las arreglaban los demás. Redactaron una carta con la que
pedían al señor Faverges que les permitiera visitar su explotación. El conde
les concedió una entrevista en seguida.
Después de una hora
de camino, llegaron a la ladera de una colina que dominaba el valle del Orne.
El río corría por el fondo, con sinuosidades. Bloques de greda roja se
levantaban de trecho en trecho y rocas más grandes for¬maban a lo lejos una
especie de acantilado que se erguía de cara a la llanura cubierta de trigales
maduros. En frente, en la otra colina, la vegetación era tan abundante que
ocultaba las casas. Estaba dividida por árboles en cuadrados desigua¬les
marcados en medio de la hierba por líneas más obscuras. La propiedad entera
apareció de pronto. Los techos de tejas señalaban la granja. El castillo de
fachada blanca se encontraba a la derecha con un bosque detrás y césped que
bajaba hasta el río, donde una hilera de plátanos reflejaban su sombra.
Los dos amigos se
metieron en una alfalfa que estaban secando. Mujeres que llevaban sombreros de
paja, pañole¬tas de indiana o viseras de papel, recogían con rastrillos el heno
dejado en el suelo; y en el otro extremo del llano, al lado de las parvas, las
gavillas eran arrojadas con rapidez a una larga carreta tirada por tres bueyes.
El señor conde se adelantó seguido por su administrador.
Tenía un traje de
bombasí, el porte tieso, las patillas "chu¬leta" y su aire era de
magistrado y de dandy al mismo tiempo. Los rasgos de su rostro, aun cuando
hablaba, no se movían.
Cuando hubieron
intercambiado las primeras cortesías, explicó el sistema que aplicaba al
forraje. Se volcaban los haces sin desparramarlos, las parvas debían ser
cónicas y las gavillas tenían que hacerse inmediatamente en el mismo lugar y
después amontonarse por decenas. En cuanto a la segadora inglesa, la pradera
era demasiado desigual para una máquina como esa.
Una niña con los
pies desnudos en chancletas y cuyo cuer¬po se veía por los desgarrones de su
vestido, daba de beber a las mujeres vertiendo sidra de un cántaro que llevaba
apo¬yado en la cadera. El conde preguntó de dónde era esa niña; nadie sabía
nada. Las forrajeras la habían llevado para que las sirviera durante la siega.
Entonces encogió los hombros y se alejó profiriendo algunas quejas por la
inmo¬ralidad de nuestra campaña.
Bouvard elogió la
alfalfa. Era bastante buena, en efecto, no obstante los estragos de la cuscuta.
Los futuros agróno¬mos abrieron los ojos cuando oyeron la palabra cuscuta. Dado
la cantidad de animales que poseía, se dedicaba a las pra¬deras artificiales;
por otra parte, era un buen precedente para las otras cosechas, lo que no
siempre sucede con las forrajeras.
–Eso, por lo menos,
me parece irrefutable. Bouvard y Pécuchet repitieron juntos: – ¡Oh,
irrefutable!
Estaban en los
límites de un terreno completamente llano, cuidadosamente removido. Un caballo
que conducían con la mano arrastraba una ancha caja montada en tres ruedas.
Siete cuchillas instaladas en la parte de abajo abrían rayas finas y paralelas
en las cuales caía el grano por tubos que bajaban hasta el suelo.
–Aquí –dijo el
conde– siembro nabos. El nabo es la base de mi cultivo cuatrienal. –Y ya
comenzaba a hacerles una demostración con la sembradora cuando un criado vino a
buscarlo. Lo necesitaban en el castillo.
Su administrador lo
reemplazó. Era un hombre con cara de zorro y modales obsequiosos.
Llevó a "los
señores" a otro campo donde catorce forra¬jeros, con el pecho desnudo y
las piernas separadas, se¬gaban centeno. Las hoces silbaban en la paja que se
echaba a la derecha. Cada uno de ellos describía delante de sí un amplio
semicírculo, y todos en una misma línea avanzaban al mismo tiempo. Los dos
parisienses admiraron sus brazos y se sintieron presa de una veneración casi
religiosa por la opulencia de la tierra.
Recorrieron después
varias parcelas en plena labor. El cre¬púsculo caía y las cornejas se posaban
en los surcos.
Después fueron al
encuentro del rebaño. Los carneros pa¬cían por todas partes y se oía su
continuo rumiar. El pastor, sentado en un tronco de árbol, tejía una media de
lana con su perro al lado de él.
El administrador
ayudó a Bouvard y Pécuchet a franquear un vallado y pasaron por dos casuchas en
las que había vacas rumiando bajo los manzanos.
Todos los edificios
de la granja estaban agrupados y ocu¬paban los tres lados de patio. Allí el
trabajo se hacía a má¬quina, por medio de una turbina y utilizando un arroyo
que se había desviado ex profeso. Unas correas de cuero iban de un techo al
otro y en medio del estiércol funcionaba una bomba de hierro.
El administrador
les señaló unas pequeñas aberturas que había a ras del suelo en los rediles y
en los chiqueros, puertas ingeniosas que podían cerrarse por sí mismas.
El granero estaba
abovedado como una catedral, con arcos de ladrillos apoyados en muros de
piedra.
Para divertir a los
señores una sirvienta arrojó puñados de avena delante de las gallinas. El árbol
del lagar les pareció gigantesco y subieron al palomar. Lo que los maravilló
es¬pecialmente fue la lechería. Las canillas que había en las esquinas suministraban
agua suficiente como para inundar el piso; y al entrar, sorprendía una
sensación de frescura. Ha¬bía jarras pardas llenas de leche hasta los bordes
alineadas en las balaustradas. En unos cuencos menos profundos había crema. Los
panes de manteca se alineaban como trozos de una columna de cobre y la espuma
desbordaba los baldes de hojalata que acababan de dejar en el suelo.
Pero la joya de la
granja era la boyeriza. Barrotes de madera empotrados perpendicularmente en
toda su longitud la dividían en dos secciones, la primera para el ganado, la
segunda para el personal. Allí apenas se veía, pues todas las troneras estaban
cerradas. Los bueyes comían atados con cadenitas y sus cuerpos exhalaban un
calor que rebotaba en el techo bajo. Pero alguien encendió la luz. De pronto un
hilo de agua corrió por la canaleta que bordeaba los come¬deros. Hubo mugidos.
Los cuernos sonaron como bastones que se entrechocan. Todos los bueyes pasaron
sus hocicos por entre los barrotes y bebieron lentamente.
Los grandes
caballos de tiro entraron en el patio y los potrillos relincharon. En el piso
bajo dos o tres faroles se encendieron, luego desaparecieron. Los trabajadores
pasaban arrastrando sus zuecos por las piedras y la campana que llamaba a comer
sonó.
Los dos visitantes
se retiraron.
Todo lo que habían
visto les encantaba. La decisión es¬taba tomada. Esa misma noche sacaron de su
biblioteca los cuatro volúmenes de "La casa rústica", hicieron que se
les enviara el curso de Gasparin y se suscribieron a un diario de agricultura.
Para ir a las
ferias con más comodidad compraron un ca¬rricoche que Bouvard conducía.
Vestidos con una
blusa azul, sombrero de ala ancha, po¬lainas hasta las rodillas y con un bastón
de chalán en la mano, daban vueltas alrededor de los animales, les hacían
preguntas a los labradores, y no dejaban de asistir a ninguna reunión de
agricultores.
Al poco tiempo
agobiaban a maese Gouy con sus con¬sejos y les resultaba principalmente
deplorable su manera de barbechar. Pero el granjero se aferraba a su rutina.
Pidió la prórroga de un vencimiento so pretexto del granizo. En cuanto a
recibos, no dio ninguno. Ante los reclamos más justos, su mujer se echaba a
gritar. Por fin Bouvard declaró su intención de no renovar el arriendo.
Desde entonces
maese Gouy ahorró abono, dejó crecer la hierba mala, arruinó la tierra. Y se
fue con una expresión feroz que indicaba planes de venganza.
Bouvard había
pensado que veinte mil francos, es decir más de cuatro veces el precio del
arriendo, serían suficientes al principio. Su notario de París se los envió.
La finca comprendía
quince hectáreas de corrales y pra¬deras, veintitrés de tierras arables y cinco
en barbecho, ubi¬cadas en un montículo lleno de piedras al que llamaban el
Cerro.
Se procuraron todos
los instrumentos indispensables, cua¬tro caballos, doce vacas, seis cerdos,
ciento sesenta car¬neros y, como personal, dos carreteros, dos mujeres, un mozo
de labranza, un pastor y además un gran perro.
Para tener dinero
enseguida vendieron el forraje. Les pa¬garon en su casa y el oro de los
napoleones contados sobre la caja de la avena les pareció más reluciente que
cualquier otro, extraordinario y mejor.
En el mes de
noviembre hicieron sidra. Era Bouvard quien azotaba al" caballo y
Pécuchet, subido a la artesa, revolvía el zumo con una pala. Jadeaban al
apretar la prensa, bebían de la cuba, vigilaban las espitas, llevaban zuecos
pesados y se divertían muchísimo.
Fieles al principio
de que nunca se tiene demasiado trigo, suprimieron alrededor de la mitad de sus
praderas artificiales y como no tenían abono usaron las tortas de residuos de
la sidra que enterraron sin triturar, por lo cual el rendi¬miento fue lastimoso.
Al año siguiente
sembraron muy tupido. Hubo tormentas y las espigas se derramaron.
No obstante, se
empecinaron con el trigo candeal; y se pusieron a limpiar el Cerro; llevaban
las piedras en un cesto. Durante todo el año, de la mañana a la noche, con
lluvia o con sol, se veía al eterno cesto, con el mismo hom¬bre y el mismo
caballo, trepar, bajar y volver a trepar la pequeña colina. A veces Bouvard iba
detrás, deteniéndose en medio de la cuesta para secarse la frente.
Como no confiaban
en nadie, ellos mismos cuidaban a los animales, y les administraban purgas,
lavativas.
Sobrevinieron
grandes desórdenes. La muchacha encargada del gallinero quedó encinta. Tomaron
a gente casada y pu¬lularon los niños, los primos, las primas, los tíos, las
cu¬ñadas. Toda una horda vivía a expensas de ellos y deci¬dieron dormir en la
granja, por turno.
Pero a la noche
estaban tristes. La suciedad de la pieza los ofuscaba y Germaine, que les
llevaba las comidas, refun¬fuñaba en cada viaje. Los engañaban de mil maneras.
Los que trabajaban en el granero se llevaban trigo en sus cán¬taros de agua.
Pécuchet sorprendió a uno y exclamó, al mismo tiempo que lo empujaba hacia
afuera por los hombros:
–¡Miserable, eres
la vergüenza de la aldea que te vio nacer!
Su persona no
inspiraba ningún respeto. Por otra parte, sentía remordimientos para con el
jardín. Todo su tiempo no sería demasiado para mantenerlo en buen estado.
Bouvard se ocuparía de la granja. Lo hablaron y llegaron a un acuerdo.
Lo primero era
tener buenos semilleros. Pécuchet hizo construir uno, de ladrillos. El mismo
pintó los bastidores y por temor a los soles fuertes embadurnó con tiza todas
las campanas.
Y tomó la
precaución de sacar las cabezas de los vástagos con hojas. Después se dedicó a
las acodaduras. Probó va¬rias clases de injertos, injertos en flauta, en
corona, en escudete, injerto herbaceado, a la inglesa. ¡Con cuánto cui¬dado
unía los dos líberes! ¡Cómo apretaba las ligaduras! ¡Qué capas de ungüento para
cubrirlas!
Dos veces por día
tomaba la regadera y la balanceaba sobre las plantas, como si las estuviese
incensando. A medida que reverdecían bajo el agua que caía como una lluvia
fina, le parecía que saciaba su propia sed y renacía con ellas. Des¬pués,
llevado por una especie de embriaguez, arrancaba la flor de la regadera y
vertía él agua a chorros, copiosamente.
En la punta de la
enramada, cerca de la dama de yeso, se levantaba una especie de choza hecha de
troncos. Pécuchet guardaba allí sus herramientas y también allí pasaba horas
deliciosas limpiando semilla, escribiendo etiquetas, poniendo en orden sus
macetitas. Para descansar se sentaba delante de la puerta, en una caja, y se
ponía a proyectar mejoras.
Al pie de la
escalinata había hecho dos canastillos de geranios; entre los cipreses y los
perales sembró girasoles; y como los arriates estaban cubiertos por capullos de
oro y todas las alamedas de arena nueva, el jardín resplandecía con una
abundancia de colores amarillos.
Pero el semillero
hervía en larvas y a pesar del abrigo de hojas muertas, bajo los bastidores
pintados y bajo las campanas embadurnadas sólo creció una vegetación raquítica.
Los gajos no prendieron, los injertos se despegaron, la savia de los acodos se
detuvo, las raíces de los árboles estaban blancas; los almácigos eran una
desolación. El viento se divertía echando abajo los tutores de las habichuelas.
El exceso de abono perjudicó a las fresas y la falta de despunte a los tomates.
Fallaron los
brócoles, las berenjenas, los nabos y los berros de agua, que había tratado de
cultivar en una cubeta. Des¬pués del deshielo todos los alcauciles se
perdieron.
Las coles lo
consolaron. Una, sobre todo, le hizo abrigar esperanzas. Se expandía, crecía,
acabó por ser prodigiosa y absolutamente incomestible. ¡No importaba! Pécuchet
estuvo contento de poseer un monstruo.
Entonces intentó lo
que le parecía ser el summum del arte: el cultivo del melón.
Sembró semillas de
diversas variedades en platos llenos de mantillo que plantó en su semillero.
Después preparó otro semillero y cuando todo estuvo a punto, transplantó las
plantas más hermosas y las cubrió con campanas. Lo podó todo ajustándose a los
preceptos del buen jardinero, respetó las flores, dejó cuajar los frutos,
eligió uno de cada rama, suprimió los otros y cuando tuvieron el tamaño de una
nuez, puso debajo de su corteza una tablita para evitar que se pudrieran al
contacto con la bosta. Los rociaba, los ven¬tilaba, quitaba con su pañuelo el
vaho de las campanas y si aparecían nubes, corría rápidamente con unas esteras.
A la noche no dormía. Varias veces hasta se levantó y con sólo sus botas, en
camisa, tiritando, atravesaba todo el jardín para ir a poner la cobija de su
cama en las cajoneras.
Los melones
maduraron.
Al primero Bouvard
le puso mala cara. El segundo no fue mejor; el tercero tampoco; Pécuchet
encontraba una nueva excusa para cada uno, hasta que llegó el último que arrojó
por la ventana diciendo que no entendía nada de todo aquello.
Efectivamente; como
había cultivado una junto a otra es¬pecies diferentes, los deliciosos se habían
mezclado con los de huerta, los Gran Portugal con los Gran Mogol; la cer¬canía
de los tomates completó la anarquía, y el resultado abominable fueron unos bastardos
con gusto a zapallo.
Entonces Pécuchet
se volvió hacia las flores. Escribió a Dumouchel para que le enviara arbustos
con semillas, com¬pró una provisión de tierra de brezal y puso manos a la obra
con toda resolución.
Pero plantó
pasionarias a la sombra, pensamientos al sol, cubrió con estiércol los
jacintos, regó los lirios después de la floración, destruyó los rododendros con
podas excesivas, estimuló a las fucsias con cola fuerte y asó un granado al
exponerlo al fuego en la cocina.
Al acercarse el
frío, abrigó a los escaramujos bajo cúpulas de papel muy untado con sebo; eran
como panes de azúcar sostenidos en el aire por bastones. Los tutores de las
da¬lias eran gigantescos y en medio de esas líneas rectas se veían las ramitas
tortuosas de un sófora japonesa que per-manecía inmutable, sin marchitarse ni
crecer.
Al fin de cuentas,
ya que los árboles más raros prosperan en los jardines de la capital, también
debían hacerlo en Chavignolles. Y Pécuchet consiguió lilas de la India, rosas
de China y eucaliptos, por entonces en los albores de su repu¬tación. Todos los
experimentos fracasaron. El estaba cada vez más asombrado.
Bouvard, lo mismo
que él, tropezaba con obstáculos. Se consultaban mutuamente, abrían un libro,
pasaban a otro, y después no sabían qué resolver ante la divergencia de
opi¬niones. La marga, por ejemplo; Puvis la recomienda, pero en el manual Roret
se la combate.
En cuanto al yeso,
a pesar del ejemplo de Franklin, Rieffe y el señor Rigaud no parecen estar
entusiasmados.
Los barbechos,
según Bouvard, eran un prejuicio gótico. Sin embargo, Leclerc señala los casos
en los cuales son casi indispensables. Gasparin cita a un lionés que durante
medio siglo cultivó cereales en un mismo campo; eso invalida la teoría de la
rotación de cultivos. Tull exalta la labranza en desmedro de los abonos; ¡y ahí
está el mayor Beatson que suprime los abonos y la labranza!
Para ponerse al
corriente en cuanto a previsión del tiempo, estudiaron las nubes según la
clasificación de Luke-Howard, Contemplaban las que se alargan como crines, las
que se parecen a islas, las que uno tomaría por montañas de nieve, tratando de
distinguir los nimbus de los cirrus, los stratus de los cumulus. Las formas
cambiaban antes que ellos hu¬biesen encontrado los nombres.
El barómetro los
engañó; el termómetro no les enseñó nada y recurrieron entonces al expediente
imaginado bajo Luis XV por un sacerdote de Touraine. Una sanguijuela metida en
un frasco debía subir en caso de lluvia, permanecer en el fondo si el tiempo
era bueno y estable, agitarse si amenazaba tormenta. Pero la atmósfera casi
siempre contradijo a la sanguijuela. Pusieron otras tres con la primera. Las
cuatro se comportaron de maneras diferentes.
Después de mucho
meditar Bouvard reconoció que se había equivocado. Su finca requería el gran
cultivo, el sistema intensivo, y arriesgó lo que le quedaba de capital
disponible: treinta mil francos. Alentado por Pécuchet, le dio el delirio del
abono. En el foso de las mezclas fueron amontonándose ramas, sangre, tripas,
plumas, todo lo que podía descubrir. Utilizó el licor belga, el
"lizier" suizo, la lejía Da-Olmi, aren¬ques ahumados, varec, trapos,
mandó buscar guano, trató de fabricarlo y consecuente hasta el fin con sus
principios, no toleró que se perdiese la orina; suprimió los retretes. A su
patio llevaban cadáveres de anímales con los cuales abonaba sus tierras. Sus
carroñas descuartizadas estaban esparcidas por los campos. Bouvard sonreía en
medio de esta infección. Una bomba instalada en una carreta escupía jugo de
estiércol en las cosechas. A los que ponían cara de desagrado les decía:
–¡Pero si es oro,
es oro!
Y lamentaba no
tener más estiércol todavía. ¡Dichosos de los países en los cuales hay grutas
naturales llenas de excrementos de pájaros!
La colza fue
endeble, la avena mediocre y el trigo se vendió muy mal debido a su olor. Una
cosa extraña fue que Cerro, por fin limpio, rindió menos que antes. Creyó
conveniente renovar su material. Compró un sacrificador Guillaume, un
extirpador Valcourt, una sembradora inglesa y el gran arado de Mathieu de
Dombasle. El carre¬tero los denigró. –¡Aprende a usarlos! –¡Bueno, enséñeme!
Trataba de enseñar,
se equivocaba y los campesinos se burlaban.
Nunca pudo hacer
que respondieran a los toques de cam¬pana. Iba sin cesar gritando detrás de
ellos, corría de un lugar a otro, anotaba sus observaciones en un cuadernito,
daba citas, las olvidaba y su cabeza hervía llena de ideas industriales. Se
proponía cultivar la adormidera con miras al opio y sobre todo el astrágalo,
que vendería con el nom¬bre de "café de las familias".
Para que sus bueyes
engordaran con más rapidez los sangraba cada quince días.
No mató a ninguno
de sus cerdos y los cebaba con avena salada. Pronto el chiquero resultó
demasiado chico. Los cerdos andaban por el patio, derribaban las cercas,
mordían a todo el mundo.
Durante los grandes
calores, veinticinco carneros se pu¬sieron a dar vueltas y, poco tiempo
después, reventaron.
La misma semana,
tres bueyes expiraron como consecuen¬cia de las flobotomías de Bouvard.
Para destruir las
larvas de abejorro se le ocurrió encerrar a las gallinas en una jaula con
rueditas que dos hombres empujaban detrás del arado, con lo cual no pudo hacer
menos que romperles las patas.
Fabricó cerveza con
hojas de germandría y se la dio a los segadores como si fuera sidra. Hubo
dolores de vientre. Los niños lloraban, las mujeres gemían, los hombres estaban
fu¬riosos. Todos amenazaron con irse y Bouvard cedió.
Sin embargo, para
convencerlos de la inocuidad de su brebaje, bebió delante de ellos varias
botellas; se sintió mal, pero ocultó sus dolores tras una apariencia de
jovialidad. Y hasta hizo que llevaran la mixtura a su casa. La bebía a la noche
con Pécuchet, y los dos se esforzaban por encon-trarla buena. Por otra parte,
no había que dejar que se perdiese.
Los cólicos de
Bouvard se hacían demasiado fuertes; Germaine fue a buscar al doctor.
Era un hombre
serio, de frente convexa y que comenzó por asustar a su enfermo. La colerina
del señor debía pro¬venir de esa cerveza de la que hablaba todo el mundo. Quiso
saber cuál era su composición y la condenó en térmi¬nos científicos, con
alzamiento de hombros. Pécuchet, que había dado la receta, quedó mortificado.
A despecho de las
encaladuras perniciosas, de la falta de binado y de los escardados
intempestivos, Bouvard, al año siguiente, se encontró con una buena cosecha de
tri¬go candeal. Pensó en secarlo por fermentación, a la holan¬desa, sistema
Clap-Mayer, para lo cual lo hizo cortar todo de una vez y amontonar en hacinas
que se desharían en cuanto el gas escapara de ellas; luego serían expuestas al
aire libre. Después de eso Bouvard se retiró sin la menor inquietud.
Al otro día, cuando
estaban cenando, oyeron el redoble de un tambor bajo las hayas. Germaine salió
para ver de qué se trataba, pero el hombre ya estaba lejos; casi ense¬guida la
campana de la iglesia repicó con violencia.
La angustia hizo
presa en Bouvard. Se levantaron e im¬pacientes por informarse, se encaminaron
hacia el lado de Chavignolles, con las cabezas descubiertas. .
Una anciana pasó.
No sabía nada. Detuvieron a un muchachito que respondió:
–Creo que se
prendió fuego.
Y el tambor
continuó redoblando y la campana repicó más fuerte. Por fin llegaron a las
primeras casas de la al¬dea. El almacenero les gritó de lejos: –¡El incendio es
en lo de ustedes! Pécuchet adoptó un paso gimnástico y le decía a Bouvard que
corría al lado de él siguiéndole el tren:
–¡Uno, dos, uno,
dos, marcando el paso, como los caza¬dores de Vincennes!
El camino que
habían tomado iba subiendo; la pendiente del terreno les ocultaba el horizonte.
Llegaron arriba, cer¬ca del Cerro, y de una sola ojeada comprendieron la
mag¬nitud del desastre.
Todas las hacinas,
por todas partes, ardían como vol¬canes en la planicie pelada, en medio de la
calma de la noche.
Alrededor de la más
grande había unas trescientas per¬sonas, más o menos, y unos muchachos con
pértigas y ganchos, a las órdenes del señor Foureau, el alcalde, con su banda
tricolor, sacaban paja de la cima para proteger el resto.
Bouvard, en su
precipitación, casi derriba a la señora Bordin, que estaba allí. Después, al
advertir a uno de sus criados, lo abrumó con insultos por no haberle avisado.
El criado, al contrario, por exceso de celo, había corrido pri¬mero a la casa,
luego a la iglesia, después a lo del señor y había vuelto por el otro camino.
Bouvard perdió la
cabeza. Sus criados lo rodeaban y hablaban todos al mismo tiempo ¡y él prohibía
que derri¬baran las hacinas, suplicaba que lo socorriesen, exigía agua, llamaba
a los bomberos! –¡Ya están acá! –exclamó el alcalde. – ¡La culpa es suya! –continuó
Bouvard. No podía con¬tenerse, profería cosas inconvenientes; y todos
admira¬ron la paciencia del señor Foureau, que era un hombre vio¬lento sin
embargo, como lo indicaban sus gruesos labios y su mandíbula de bulldog.
El calor en las
hacinas se hizo tan fuerte que fue im¬posible aproximarse a ellas. Bajo las
llamas devoradoras la paja se retorcía con crepitaciones, los granos de trigo
fus¬tigaban los rostros como granos de plomo. Después, la hacina se desmoronó
como un ancho brasero del cual vola¬ban chispas. Ondulaciones irisadas salían
de aquella masa roja, las que según las variaciones de su coloración, se veían
rojas como el bermellón u obscuras como sangre coa¬gulada. La noche había
llegado, el viento soplaba; torbe¬llinos de humo envolvían a la gente. Una
pavesa, de tiempo en tiempo, pasaba por el cielo negro.
Bouvard contemplaba
el incendio llorando calladamente. Sus ojos desaparecían bajo sus párpados
hinchados y todo su rostro estaba como agrandado por el dolor. La señora Bordin
jugueteaba con los flecos de su chal verde y lo llamaba “pobre señor", trataba
de consolarlo. Puesto que ya nada se podía hacer, tenía "que
resignarse".
Pécuchet no
lloraba. Muy pálido, o más bien lívido, con la boca abierta y los cabellos
pegados por el sudor frío, se mantenía apartado, pensativo. Pero el cura, que
apare¬ció de pronto, murmuró con voz melosa:
–¡Ah, qué
desgracia, verdaderamente; es muy enojoso! ¡Tengan la seguridad de que
comparto!...
Los otros no
manifestaban ninguna tristeza. Charlaban son¬rientes, señalando a las llamas.
Un viejo levantó unas briz¬nas que ardían para encender la pipa. Los niños se
pusie¬ron a bailar. Uno de los mirones hasta dijo que aquello era bastante
divertido.
–¡Si, es hermosa,
la diversión! –le replicó Pécuchet que acababa de oírle.
El fuego disminuyó.
Los montones se redujeron y una hora después no quedaban más que cenizas que
marcaban la tierra con manchas redondas y negras. Entonces todos se fueron.
La señora Bordin y
el abate Jeufroy acompañaron a los señores Bouvard y Pécuchet hasta su
domicilio.
Por el camino, la
viuda le hizo a su vecino reproches muy amables por la rudeza con que se había
comportado y el eclesiástico expresó su muy grande sorpresa por no haber podido
conocer hasta ese momento a ese feligrés suyo tan distinguido.
Cuando quedaron
solos buscaron la causa del incendio y en lugar de reconocer como todo el mundo
que la paja hú¬meda había ardido espontáneamente, sospecharon que se trataba de
una venganza. Había sido, sin duda, maese Gouy ¿o el cazador de topos, tal vez?
Seis meses antes Bouvard había rechazado los servicios de éste y había lle¬gado
a sostener, en una reunión, que su profesión era funesta y que el gobierno
debía prohibirla. El hombre, desde aquel día, rondaba por los alrededores.
Llevaba barba enteriza y su aspecto les parecía amenazante, sobre todo de noche
cuando se aparecía en los lindes de los patios sacudiendo su larga pértiga
llena de topos colgados.
Las pérdidas habían
sido bastante grandes y, para eva¬luar la situación en que se encontraban,
Pécuchet trabajó ocho días con los registros de Bouvard que le parecieron
"un verdadero laberinto". Después de pasar revista al diario, al de
correspondencia y al mayor, cubierto con notas y observaciones escritas con
lápiz, descubrió la verdad: ninguna mercadería para vender, nada que cobrar y
en la caja, cero. El resultado era un déficit de treinta y tres mil francos.
Bouvard no quería
creer nada de eso y más de veinte veces volvieron a hacer los cálculos desde el
principio. Siempre llegaban a la misma conclusión. ¡Dos años más de agronomía
como aquella y toda su fortuna se esfumaría!
El único remedio
era vender.
Por lo menos había
que consultar a un notario. La di¬ligencia era demasiado penosa; Pécuchet se
encargó de ella.
Según la opinión
del señor Marescot, lo mejor era no decir nada. Hablaría de la granja a
clientes serios y es¬peraría que ellos hicieran sus proposiciones.
–¡Muy bien! –dijo
Bouvard–. ¡Aún tenemos tiempo por delante!
Iba a tomar un
granjero; después se vería.
–¡No seremos más
desgraciados que antes! ¡Sólo que nos veremos obligados a hacer economías!
Aquello contrariaba
a Pécuchet a causa de la horticul¬tura y algunos días después dijo:
–¡Tendríamos que
dedicarnos a la arboricultura exclusi¬vamente, no por placer, sino por
especulación! Una pera que sale tres sueldos de costo ¡llega a venderse en la
capital hasta a cinco y seis francos! Hay horticultores que con los
albaricoques se hacen de una renta de veinticinco mil libras. En San
Petersburgo, durante el invierno ¡se paga un napoleón el racimo de uvas! ¡Es
una hermosa industria, tienes que reconocerlo! ¿Y qué cuesta? ¡Cuidados,
estiér¬col y pasarle la tijera!
Y excitó de tal
manera la imaginación de Bouvard que, inmediatamente, buscaron en sus libros la
nomenclatura de plantas para comprar; y cuando hubieron elegido nombres que les
parecieron maravillosos, se dirigieron a un vivero de Falaise cuyo encargado se
apresuró a suministrarles tres-cientas plantas que le había sido imposible
vender.
Habían llamado a un
cerrajero para los tutores, a un fe¬rretero para los tensores, a un carpintero
para los soportes. Las formas de los árboles fueron dibujadas por adelantado.
Unos pedazos de madera en la pared hacían las veces de candelabros. Dos postes
en cada extremo de los arriates sostenían alambres horizontalmente; y en el
jardín, unos aros indicaban la estructura de los jarrones, y varillas có¬nicas
la de las pirámides, de modo que cuando se lle¬gaba a la casa se creía estar
viendo las piezas de alguna máquina desconocida o la armazón de unos fuegos
arti¬ficiales.
Cuando cavaron los
hoyos, cortaron fas puntas de todas las raíces buenas o malas, y las enterraron
en abono sin¬tético. Seis meses después las plantas estaban muertas. ¡Nuevos
pedidos al vivero y nuevas plantaciones en hoyos más profundos todavía! Pero como
la lluvia empapó el suelo, los injertos se enterraron solos y los árboles se
soltaron.
Llegó la primavera
y Pécuchet se dedicó a la poda de los perales. No tocó las ramas principales,
respetó los re¬toños y obstinado en poner en escuadra las duquesas que debían
formar los cordones unilaterales, las rompía o las arrancaba invariablemente. En
cuanto a los durazneros, se hizo un enredo con las ramas madre, las submadres y
las segundas submadres. Huecos y llenos aparecían siempre donde no correspondía
y era imposible obtener un rectán¬gulo perfecto en la espaldera con seis ramas
a la derecha y seis a la izquierda, no comprendidas las dos principales para
que en conjunto formaran un hermoso espinazo de pescado.
Bouvard trató de
manejar los albaricoques. Se rebelaron. Cortó los troncos al ras del suelo.
Ninguno volvió a cre¬cer. Los cerezos, a los cuales les había hecho incisiones,
produjeron goma.
Primero podaron muy
alto, lo que secó las yemas de la base; después demasiado bajo, lo que producía
chupones y con frecuencia vacilaban porque no sabían distinguir los botones
foliares de los florales. Los había puesto conten¬tos el tener flores, pero cuando
reconocieron su error arrancaron las tres cuartas partes para fortalecer al
resto.
Hablaban sin cesar
de la savia y del "cambium", de las espalderas, de roturar, de
desyemar. En medio del come¬dor tenían, en un cuadro, la lista de sus
planteles, con un número que se repetía en el huerto, en un pequeño pedazo de
madera, al pie del árbol.
Levantados desde el
alba, trabajaban hasta la noche, con el portaherramientas en la cintura. En las
frías mañanas de primavera Bouvard se dejaba su chaqueta tejida bajo la blusa,
Pécuchet su vieja levita bajo el rústico delantal. Y la gente que pasaba flanqueando
la balaustrada los oía toser en la neblina.
A veces Pécuchet
sacaba el manual del bolsillo y estu¬diaba un párrafo, de pie, con su azada al
lado, en la misma actitud del jardinero que decoraba la portada del libro. El
parecido hasta llegó a halagarlo mucho. Sintió más esti¬mación por el autor.
Bouvard estaba
continuamente encaramado en una alta escalera delante de las pirámides. Un día
le dio un mareo y no atreviéndose a bajar le gritó a Pécuchet que fuese a
socorrerlo.
Por fin las peras
aparecieron; y también había ciruelas. Entonces emplearon contra los pájaros
todos los artificios recomendados. Pero los destellos de los fragmentos de
espejo encandilaban, las tarreñas del molino de viento los despertaban durante
la noche y los gorriones se posaban en el espantapájaros. Hicieron otro y hasta
un tercero, con otra ropa, pero todo fue inútil.
No obstante podían
esperar algunos frutos. Pécuchet acababa de entregar su informe a Bouvard
cuando de pronto retumbó el trueno y la lluvia comenzó a caer; una lluvia
pesada y violenta. El viento, por intervalos, sacudía a todas las espalderas.
Los tutores caían uno tras otro y los desdichados perales se bamboleaban
entrechocando sus peras.
Pécuchet,
sorprendido por el chaparrón, se había refu¬giado en la casucha. Bouvard estaba
en la cocina. Veían delante de ellos un torbellino de trozos de madera, ramas,
tejas, y las mujeres de los marineros que en la costa, a diez leguas de allí,
miraban el mar, no tenían los ojos más abiertos ni el corazón más oprimido que
ellos. Después, de golpe, los soportes y las barras de las contraespalderas,
con el enrejado se desplomaron en los arriates.
¡Qué cuadro cuando
hicieron la inspección! Las cerezas y las ciruelas cubrían la hierba entre el
granizo que se derretía. No se había salvado ni una pera. Apenas si quedaban
algunas manzanas y con excepción de una docena, más o menos, toda la cosecha de
duraznos rodaba por los charcos, al borde de las plantas arrancadas de raíz.
Después de la cena,
en la que comieron muy poco, Pécuchet dijo con voz baja:
–Haríamos bien en
ir a ver la granja, por si ha suce¬dido algo.
–¡Bah! ¡Para
descubrir más motivos de tristeza todavía!
–Puede ser, porque
a decir verdad, no hemos sido favorecidos por la suerte, precisamente. –Y se
quejaban de la Providencia y de la Naturaleza.
Bouvard, con el
codo en la mesa, emitía su pequeño susurro, y como todos los dolores son uno,
volvieron a su memoria los antiguos proyectos agrícolas, particularmen¬te lo de
las féculas y una nueva clase de queso.
Pécuchet respiraba
ruidosamente y al mismo tiempo que se metía en la nariz pizcas de tabaco,
pensaba que si la suerte lo hubiese querido él sería ahora miembro de una
sociedad de agricultura, brillaría en las exposiciones, se lo mencionaría en
los diarios.
Bouvard echó
alrededor de él una mirada de pesadumbre.
–¡A fe mía! ¡Me dan
ganas de deshacerme de todo esto para establecernos en otra parte!
–Como tú quieras
–dijo Pécuchet–. Y un momento después:
–Los autores nos
recomiendan suprimir todo canal di¬recto. Porque si no la savia se ve
contrariada y el árbol, forzosamente, sufre. Para estar bien necesitaría no
tener frutos. Sin embargo, los que no se podan ni abonan nunca, los producen,
menos grandes, es cierto, pero más sabro¬sos. ¡Exijo que me lo expliquen! ¡Y no
solo cada especie reclama cuidados particulares, sino cada ejemplar, según el
clima, la temperatura y un montón de cosas! ¿Cuál es la regla, entonces? ¿Y qué
esperanza de éxito o de beneficio podemos tener?
Bouvard le
respondió:
–En Gasparin verás
que el beneficio no puede sobrepa¬sar la décima parte del capital. Por lo tanto
sería mejor depositar el dinero en un banco; al cabo de quince años, por
acumulación de intereses se tendría el doble sin ne¬cesidad de amargarse la
vida.
Pécuchet bajó la
cabeza.
–Esto de la
arboricultura ¿no será una broma?
– ¡Como la
agronomía! –replicó Bouvard.
Luego se acusaron
de haber sido demasiado ambiciosos y resolvieron que en adelante cuidarían
mejor su trabajo y su dinero. Una poda de cuando en cuando sería suficiente
para el huerto. Las contraespalderas fueron proscriptas y no reemplazaron los
árboles muertos; pero quedarían unos claros muy feos, a menos que destruyeran
todos los que habían quedado en pie. ¿Cómo se las arreglarían?
Pécuchet hizo unos
cuantos dibujos valiéndose de sus útiles de matemáticas. Bouvard le daba
consejos. No lle¬gaban a nada satisfactorio. Felizmente encontraron en su
biblioteca la obra de Boitard intitulada El Arquitecto de los Jardines.
El autor los divide
en una infinidad de tipos. Está, en primer lugar, el de tipo melancólico y
romántico, caracte¬rizado por las siempre vivas, las ruinas, las tumbas y un
"voto a la Virgen que señala el lugar donde un señor cayó bajo el acero de
un asesino"; el de tipo terrible se com¬pone con rocas inestables, árboles
destrozados, cabañas incendiadas; el de tipo exótico plantando cirios del Perú
"para despertar recuerdos a un colono o un viajero". El de tipo serio
debe tener, como Ermenonville, un templo a la filosofía. Los obeliscos y los
arcos de triunfo son característicos del tipo majestuoso; el musgo y las
grutas, del de tipo misterioso; un lago, del de tipo soñador. Tam-bién hay el
de tipo fantástico, cuyo más bello espécimen se veía antaño en un jardín
wurtemburgués, ya que en él se encontraba sucesivamente un jabalí, un ermitaño,
varios sepul¬cros y una barca que se apartaba sola de la orilla y llevaba a un
saloncito donde chorros de agua lo empapaban a uno en cuanto se sentaba en el
sofá.
Ante este horizonte
de maravillas, Bouvard y Pécuchet tuvieron como un deslumbramiento. El tipo
fantástico les pareció estar reservado a los príncipes. El templo a la
filosofía sería un estorbo. El ex voto a la madona carecería de todo sentido,
dado la falta de asesinos, y que se aguan¬taran los colonos y viajeros, pero
las plantas americanas eran muy caras. Pero las rocas eran posibles, lo mismo
que los árboles destrozados, las siempre vivas y el musgo; y llevados por un
entusiasmo progresivo, después de muchos tanteos, con la ayuda de un solo
criado y con una suma mínima, fabricaron una residencia que no tenía igual en
todo el departamento.
La enramada,
abierta aquí y allá, daba luz al bosquecillo lleno de alamedas sinuosas con
forma de laberinto. En la pared del espaldar, habían querido hacer un arco por
debajo del cual se viera la perspectiva. Como la albardilla no podía mantenerse
suspendida, el resultado había sido una brecha enorme con ruinas en el suelo.
Habían sacrificado
los espárragos para erigir en ese lugar una tumba etrusca, es decir, un
cuadrilátero de yeso negro de seis pies de altura y con la apariencia de una
perrera. En las esquinas había cuatro piceas flanqueando el monu¬mento que
sería coronado por una urna y enriquecido con una inscripción.
Al otro lado de la
huerta, una especie de Rialto sorteaba un estanque con conchas de mejillones
incrustadas en sus bordes. La tierra chupaba el agua, pero ¡no importaba! Ya se
formaría un fondo de arcilla que la retendría.
La casucha había
sido transformada en cabaña rústica mediante unos vidrios de color. En lo alto
del emparrado, seis árboles en escuadra sostenían un sombrero de latón, todo lo
cual representaba una pagoda china.
Habían ido a las
orillas del Orne a buscar granito, lo habían roto, numerando los fragmentos,
que llevaron ellos mis¬mos en una carreta, luego habían pegado los pedazos con
ce¬mento acumulándolos unos sobre otros; y en medio del césped se erigió un
peñasco, parecido a una gigantesca papa.
Algo más faltaba
para completar la armonía. Talaron el tilo más grande de la enramada (ya casi
totalmente seco, por otra parte) y lo acostaron a lo largo del jardín, de modo
que se lo podía creer llevado por un torrente o derribado por el rayo.
Terminada la tarea,
Bouvard, que estaba en lo alto de la escalinata, gritó de lejos:
– ¡De aquí se ve
mejor!
–¡Ve mejor! –se
repitió en el aire. Pécuchet respondió: –¡Ya voy!
– ¡Ya voy!
– ¡Mira! ¡Un eco!
–¡Eco!
El tilo, hasta
entonces, había impedido que se produjera; lo favorecía la pagoda, que estaba
de cara al granero, cuya parte superior rebasaba la enramada.
Para probar el eco
se entretuvieron gritando cosas diver¬tidas. Bouvard vociferó algunas obscenas.
Había ido varias
veces a Falaise, so pretexto de recibir dinero, y siempre había vuelto con
pequeños paquetes que guardaba en su cómoda. Una mañana Pécuchet salió para ir
a Bretteville y volvió muy tarde, con un cesto que ocultó debajo de su cama.
Al otro día, al
despertar, Bouvard fue sorprendido. Los dos primeros tejos de la gran alameda,
que el día anterior aún eran esféricos, tenían forma de pavos reales y un
cucurucho con dos botones de porcelana simulaba el pico y los ojos.
Pécuchet se había
levantado al alba, y temblando por temor a ser descubierto, había recortado los
dos árboles de acuerdo con los folletos enviados por Dumouchel. Seis meses
después, los otros, después de aquellos, imitaban, más o menos, a pirámides,
cubos, cilindros, ciervos o si¬llones. Pero nada igualaba a los pavos reales.
Bouvard lo reconoció, con grandes elogios.
Y so pretexto de
haber olvidado su azada, llevó a su compañero al laberinto. Porque él también
había aprove¬chado la ausencia de Pécuchet para hacer algo sublime.
La puerta que daba
al campo estaba cubierta por una capa de yeso en la cual se alineaban, en muy
buen orden, quinientos hornillos de pipa representando a Abd-el-Kader, negros,
turcos, mujeres desnudas, patas de caballo y ca¬laveras.
–¡Comprende ahora
mi impaciencia!
–¡Ya lo creo!
Y emocionados, se
besaron.
Como todos los
artistas, experimentaron la necesidad del aplauso y Bouvard pensó en ofrecer
una gran cena.
– ¡Cuidado! –dijo
Pécuchet–. Vas a empezar con las recepciones... ¡Es un abismo!
A pesar de todo,
resolvieron hacerlo.
Desde que estaban
en la región se habían mantenido apartados. Todo el mundo, por el deseo de
conocerlos, aceptó la invitación, con excepción del conde de Faverges, llamado
de la capital por negocios. Se volvieron entonces hacia el señor Hurel, su
factótum.
Beljambe, el
posadero, antiguo chef en Lisieux, cocinaría algunos platos. Y enviaría un
mozo. Germaine había recu¬rrido a la encargada del corral y Marianne, la
sirvienta de la señora Bordin, iría también. Desde las cuatro la reja estuvo
abierta de par en par y los dos propietarios, llenos de impaciencia, esperaban
a sus invitados.
Hurel se detuvo
bajo las hayas para volver a ponerse la levita. Después llegó el cura,
vistiendo una sotana nueva, y un momento después el señor Foureau, con un
chaleco de terciopelo. El doctor le daba el brazo a su mujer, que caminaba
penosamente cubriéndose con su sombrilla. Una oleada de cintas rosadas se agitó
detrás de ellos; era el sombrero de la señora Bordin, quien vestía un hermoso
vestido de seda color buche de paloma. La cadena de oro de su reloj le golpeaba
la muñeca y las sortijas brillaban en sus dos manos, cubiertas con mitones
negros. Por fin apareció el notario, panamá en la cabeza, monóculo en el ojo,
pues el funcionario oficial no ahogaba en él al hombre de mundo.
El salón estaba tan
encerado que casi no se podía estar de pie. Los ocho sillones de Utrecht se
alineaban pegados a la pared; en una mesa redonda, en el medio, estaba la
licorera y encima de la chimenea se veía el retrato de Bouvard padre. Los
toques mate resaltaban en contra luz e imprimían una mueca a la boca, hacían
bizquear a los ojos y un poco de moho en los pómulos se agregaba a la ilusión
de las patillas. Los invitados le encontraron un parecido con su hijo y la
señora Bordin agregó, mirando a Bouvard, que debía haber sido un hermoso
hombre.
Después de una hora
de espera Pécuchet anunció que se podía pasar a la sala.
Las cortinas de
calicó blanco y orla roja estaban, igual que las del salón, completamente
corridas delante de las ventanas y el sol, que atravesaba la tela, echaba una
luz rubia en el revestimiento de madera que tenía, como todo ornamento, un
barómetro.
Bouvard ubicó a las
dos damas a su lado, y Pécuchet el alcalde a su izquierda y el cura a su
derecha. Y comen¬zaron con las ostras. Olían a limo. Bouvard estaba afli¬gido,
pidió disculpas, y Pécuchet se levantó de la mesa para ir a la cocina a hacerle
una escena a Beljambe.
Durante todo el
primer plato, compuesto por una barbada entre un vol-au-vent y pichones en
conserva, la conversa¬ción giró en torno a la manera de hacer la sidra. Después
de lo cual se habló de los platos digestibles o indigestos. El doctor,
naturalmente, fue consultado. Veía las cosas con escepticismo, como un hombre
que ha llegado a ver el fondo de la ciencia, y no obstante no toleraba la menor
contradicción.
Con el solomillo se
sirvió borgoña. Estaba turbio. Bou¬vard atribuyó el accidente al lavado de la
botella e hizo probar otras tres, pero no con más éxito; después sirvió Saint
Julien, demasiado nuevo, evidentemente; y todos los convidados callaron. Hurel
sonreía sin interrupción; los pasos pesados del mozo resonaban en las baldosas.
La señora
Vaucorbell, retacona y con aire gruñón (es¬taba, por otra parte, al final de su
embarazo), se había mantenido en un mutismo absoluto. Bouvard, no sabiendo de
qué hablarle, le habló del teatro de Caen.
–Mi mujer no va
nunca al teatro –le respondió el doctor.
El señor Marescot,
cuando vivía en París, no iba sino a los Italianos.
–Yo –dijo Bouvard–
algunas veces me pagaba una platea en el vaudeville ¡para oír bromas!
Foureau le preguntó
a la señora Bordin si le gustaban las bromas.
–Depende de qué
clase –respondió ella.
El alcalde le hacía
chistes y ella le respondía. Después dio una receta para los pepinos. Por lo
demás, su talento de ama de casa era conocido y tenía una pequeña granja
admirablemente cuidada.
Foureau interpeló a
Bouvard.
–¿Acaso tiene usted
la intención de vender la suya?
–¡Ah, Dios mío!
Hasta él momento no lo sé muy bien...
–¿Cómo, ni siquiera
la parte de las Ecalles? –continuó el notario–. Eso le convendría a usted,
señora Bordin.
La viuda replicó,
zalamera:
–Las pretensiones
del señor Bouvard serían demasiado para mí. ¡
Quizás pudiera
enternecérselo.
–Yo no lo
intentaría.
–¿Y si le diera un
beso?
–Probemos de todos
modos –dijo Bouvard y la besó en las dos mejillas ante los aplausos de la
asistencia.
Casi inmediatamente
después destaparon la champaña cu¬yas detonaciones hicieron que se redoblara la
alegría. Pé¬cuchet hizo una señal. Las cortinas se abrieron y apareció el
jardín.
Era el crepúsculo y
aquello deparaba un espectáculo algo espantoso. El peñasco, como una montaña,
campeaba en el césped, la tumba quedaba como un cubo en medio de las espinacas,
el puente veneciano como un acento circun¬flejo por sobre las habichuelas, y la
cabaña, más allá, una gran mancha negra, pues habían incendiado su techo para
hacerla más poética. Los tejos con forma de ciervo o de sillones se sucedían
hasta el árbol fulminado, que se ex¬tendía transversalmente de la enramada a la
glorieta, en la cual los tomates colgaban como estalactitas. Un girasol aquí,
otro allá, ostentaban su disco amarillo. La pagoda china pintada de rojo
parecía un faro en el emparrado. Los picos de los pavos reales, iluminados por
el sol, lanzaban destellos, y más allá de la balaustrada, libre ya de sus
tablas, el campo raso cortaba el horizonte.
Al ver el asombro
de sus invitados Bouvard y Pécuchet sintieron un verdadero goce.
La señora Bordin
admiró sobre todo los pavos reales, pero nada dijo de la tumba, ni de la cabaña
incendiada, ni de la pared en ruinas. Después, por turno, fueron pasando por el
puente. Para llenar el estanque Bouvard y Pécuchet habían acarreado agua durante
toda la mañana, pero se había escurrido por entre las piedras del fondo, mal
en¬sambladas, y estaban cubiertas por el fango.
Mientras paseaban
se permitieron hacer algunas críticas:
–Yo en su lugar
hubiera hecho así.
–Las arvejas están
retrasadas.
–Este rincón,
francamente, no está limpio.
–Con una poda así
jamás conseguirán frutos.
Bouvard se vio
obligado a responder que la fruta no le importaba.
Cuando caminaban a
lo largo de la enramada dijo con tono socarrón:
–¡Ah, aquí hay
alguien a quien molestamos! ¡Mil per¬dones!
La broma no fue
festejada. ¡Todo el mundo conocía a la dama de yeso!
Después de muchas
vueltas por el laberinto llegaron ante la puerta de las pipas. Hubo un
intercambio de miradas de estupefacción. Bouvard observaba el rostro de sus
invitados e, impaciente por conocer su opinión, preguntó:
–¿Qué dicen
ustedes?
La señora Bordin se
echó a reír y todos hicieron lo mis¬mo. El cura emitió una especie de cacareo,
Hurel tosía, el doctor lloraba, su mujer fue presa de un espasmo nervioso y
Foureau, hombre desenfadado, rompió un Abd-el-Kader y lo guardó en su bolsillo,
como recuerdo.
Cuando salieron de
la enramada, Bouvard, para asom¬brar a la asistencia con el eco, gritó con
todas sus fuerzas:
– ¡Servidor,
señoras!
¡Nada! ¡Ningún eco!
Aquello se debía a reparaciones hechas en el granero, del cual se había
demolido la parte superior y el techo.
El café fue servido
en el fondo y los señores se dis¬ponían a comenzar una partida de bochas cuando
vieron en frente, detrás de la balaustrada, un hombre que los miraba.
Era flaco y
curtido, llevaba un pantalón rojo hecho jiro¬nes, una chaqueta azul sin camisa
y la barba negra recor¬tada a lo cepillo. Dijo con voz ronca:
– ¡Denme un vaso de
vino!
El alcalde y el
abate Jeufroy lo habían reconocido en seguida. Era un antiguo carpintero de
Chavignolles.
– ¡Vamos, Gorgu,
vayase! –dijo el señor Foureau–. No debe pedirse limosna.
–¿Yo, limosna?
–exclamó el hombre exasperado–. Hice la guerra en África durante siete años.
Salgo del hospital. ¡No hay trabajo! ¿Será necesario que asesine? ¡Mal rayo los
parta!
Su cólera se
desvaneció por sí sola y con los puños apoyados en las caderas contempló a los
burgueses con aire melancólico y socarrón. El cansancio de los vivacs, el
ajenjo y las fiebres, toda una existencia de miseria y de crápula se reflejaban
en sus ojos turbios. Sus labios pálidos temblaban y descubrían las encías. El
gran cielo purpúreo lo envolvía con un resplandor sangriento y su obstinación
en permanecer allí causaba una especie de espanto.
Bouvard, para
terminar con aquello, fue a buscar un resto en una botella. El vagabundo lo
bebió con glotonería y luego desapareció entre la avena gesticulando.
Entonces se censuró
al señor Bouvard. Esas complacen¬cias favorecían el desorden. Pero Bouvard,
irritado por el fracaso de su jardín, asumió la defensa del pueblo; todos
hablaron al mismo tiempo.
Foureau alababa al
gobierno. Para Hurel no había en el mundo nada que no fueran los bienes raíces.
El abate Jeufroy se quejaba de que no se protegía a la religión. Pécuchet atacó
a los impuestos. La señora Bordin gritaba de tanto en tanto:
–Yo, ante todo,
detesto a la República.
El doctor se
declaró partidario del progreso:
–Porque, en fin,
señores, necesitamos reformas.
–Es posible
–respondió Foureau– pero esas ideas son perjudiciales para los negocios.
–¡Me importan un
comino los negocios! –exclamó Pé¬cuchet.
Vaucorbeil
prosiguió:
–Por lo menos
reconózcasenos nuestra capacitación.
Bouvard no estaba
dispuesto a hacerlo.
–¿Esa es su
opinión? –continuó el doctor–. ¡Ahora sabemos quién es! ¡Buenas noches! ¡Y le
deseo un diluvio para que pueda navegar en su estanque!
–Yo también me voy
–dijo poco después el señor Fou¬reau; y señalando su bolsillo, donde estaba el
Abd-el-Kader agregó: –Si necesito otro, volveré.
El cura, antes de
partir, confió tímidamente a Pécuchet que no le parecía conveniente ese
simulacro de tumba en medio de las legumbres. Hurel, al retirarse saludó con
voz muy baja a los presentes. El señor Marescot había desaparecido después de
los postres.
La señora Bordin
reanudó la explicación de su receta para los pepinos, prometió una segunda
receta para las ciruelas en aguardiente y dio aún tres vueltas por la gran
alameda, pero al pasar cerca del tilo se enganchó en él el ruedo de su vestido
y oyeron que murmuraba:
– ¡Dios mío; qué
tontería este árbol!
Los dos anfitriones
se quedaron hasta medianoche en la glorieta desahogando su resentimiento.
No cabía duda que
se les podían reprochar a la comida dos o tres cositas, pero los convidados, no
obstante, se habían atosigado como ogros, lo cual probaba que no había estado
tan mala. Pero en cuanto al jardín, tanta denigración se debía a los celos más
bajos; y caldeándose los dos, decían:
– ¡Ah, falta agua
en el estanque! Paciencia, ¡ya habrá hasta un cisne y peces!
– ¡Apenas si
notaron la pagoda!
–Decir que las
ruinas no son limpias es una opinión im¬bécil.
– ¡Y la tumba una
inconveniencia! ¿Por qué una inconve¬niencia? ¿Es que uno no tiene derecho a
construir una en su propiedad? ¡Yo quiero hasta hacerme enterrar ahí!
– ¡No hables de
eso! –dijo Pécuchet. Después pasaron revista a los invitados.
–El médico me
parece un lindo presumido.
–¿Te fijaste en la
socarronería de Marescot frente al retrato?
–Y el señor alcalde
¡qué grosero! Cuando uno cena en una casa, ¡qué diablos!, respeta las
curiosidades.
–La señora Bordin
–dijo Bouvard.
–¡Ah, es una
intrigante! Déjame tranquilo.
Asqueados del
mundo, resolvieron no ver más a nadie, vivir exclusivamente en su casa y para
ellos solos.
Y pasaban días en
el sótano quitando el tártaro de las botellas, barnizaron otra vez todos los
muebles, enceraron las habitaciones. A la noche, mientras miraban cómo ardía la
leña, disertaban acerca del mejor sistema de calefacción.
Para hacer economía
trataron de ahumar jamones, de lavar ellos mismos la ropa... Germaine, a quien
estorbaban, al¬zaba los hombros. En la época de las mermeladas se enojó,
entonces, ellos se mudaron al galpón de horno.
Era una antigua
lavandería en la que había, bajo la leña, una gran cuba de manipostería,
excelente para sus proyectos, ya que se les había despertado la ambición de
fabricar conservas.
Catorce frascos
fueron llenados con tomates y arvejas; untaron las tapas con cal viva y queso,
les aplicaron en los bordes bandas de tela y después los sumergieron en agua
hirviendo. Pero se evaporaban, por lo que les echaron agua fría. La diferencia
de temperatura hizo estallar los frascos. Sólo tres se salvaron.
Después
consiguieron viejas cajas de sardinas y pusieron en ellas costillitas de
ternera que dejaron al baño María. Quedarían redondas como pelotas y al
enfriarse se acha¬tarían. Para con los experimentos metieron en otras cajas
huevos, achicoria, cangrejos, guiso de pescado ¡una sopa! y se felicitaban,
como el señor Appert, por "haber dominado las estaciones". Semejantes
descubrimientos, según Pécuchet, superaban las hazañas de los conquistadores.
Perfeccionaron la
fórmula de la señora Bordin sazonando el vinagre con pimienta; ¡y sus ciruelas
en aguardiente eran mucho mejores! Lograron ratafias de frambuesa y de ajenjo
por maceración. Trataron de hacer vino de Málaga en un tonel con miel y angélica
¡y también encararon la elaboración de una champaña! Las botellas de chablis
cortado con mosto estallaron solas. Entonces ya no dudaron de su buen éxito.
Cuando se adelantaron en sus estudios, llegaron a sospe¬char fraudes en todos
los productos alimenticios.
Le protestaron al
panadero por el color del pan. Se ene¬mistaron con el almacenero por insistir
en que adulteraba el chocolate. Fueron a Falaise a buscar azufaifa y ante los
ojos del farmacéutico sometieron su pasta a la prueba del agua. Tomó el aspecto
de una corteza de tocino, lo que denotaba la existencia de gelatina.
Después de ese
triunfo su orgullo se exaltó. Compraron los materiales de un destilador en
quiebra y pronto llegaron a la casa tamices, barriles, embudos, espumaderas,
filtros y balanzas, sin contar un mortero de bala y un alambique pardo obscuro,
para el cual se requirió un horno reflector con una campana de chimenea.
Aprendieron cómo se
clarifica el azúcar y cuáles son las diferentes formas de cocción: el gran y el
pequeño per¬lado, el soufflé, el granulado, la melaza y el caramelo. Pero
estaban impacientes por emplear el alambique y abordaron los licores finos,
comenzando por el anisette. El líquido casi siempre arrastraba con él las
sustancias o éstas quedaban pegadas en el fondo; otras veces se equivocaban en
la dosi¬ficación. Alrededor de ellos relucían los grandes barreños de cobre,
los matraces adelantaban sus picos puntiagudos, las ollas decoraban la pared.
Con frecuencia uno seleccio¬naba hierbas en la mesa mientras que el otro hacía
oscilar la bala de cañón en el mortero suspendido. Movían las cucharas,
probaban las mezclas.
Bouvard, siempre
sudoroso, vestía sólo la camisa y el pan¬talón, subido hasta la boca del
estómago por sus cortos tirantes. Atolondrado como un pájaro, olvidaba el
diafrag¬ma de la cucúrbita o se excedía con el fuego. Pécuchet mas¬cullaba
cálculos, inmóvil en su larga blusa, una especie de blusón para niño con
mangas; y se consideraban gente muy seria, ocupada en cosas útiles.
Llegaron a imaginar
una crema que arruinaría a todas las otras. Le pondrían cilantro como al
kummel, kirsch como al marrasquino, hisopo como el chartreuse, abelmosco como
al vespetro y cálamo aromático como al krambambul, y le darían color rojo con
madera de sándalo. Pero, ¿con qué nombre la ofrecerían en el mercado? Porque
había que darle un nombre fácil de recordar y no obstante raro. Después de
buscar por mucho tiempo decidieron que se llamaría ¡"la Bouvarina"!
Hacia finales del
otoño aparecieron manchas en los tres frascos de conservas. Los tomates y las
arvejas estaban po¬dridos. ¿Tal vez se debiera al tapado? Entonces el problema
del tapado los atormentó. Para ensayar los métodos nuevos les faltaba dinero. La
granja se los devoraba.
En varias ocasiones
se les habían ofrecido terrazgueros. Bouvard no los había querido. Pero su
primer mozo culti¬vaba según sus órdenes, con una economía muy peligrosa, tanto
que las cosechas disminuían, todo declinaba. Estaban hablando de sus problemas cuando
maese Gouy entró en el laboratorio escoltado por su mujer que lo seguía
tímidamente. Gracias a lo mucho que se las había trabajado, las tierras estaban
mejoradas y él iba a hacerse cargo de la granja. La menospreció. A pesar de los
muchos trabajos los beneficios eran inciertos y, en una palabra, si deseaba
volver a ella, era por amor al terruño y porque extrañaba a unos amos tan
buenos. Lo despidieron con frialdad. Volvió esa misma tarde. Pécuchet había
sermoneado a Bouvard; tenían que ceder. Gouy pidió que se le rebajara el precio
del arriendo y cuan¬do los otros protestaron él se puso a berrear más que a
hablar, poniendo a Dios como testigo, enumerando sus es¬fuerzos, alabando sus
méritos. Cuando se lo intimaba a que dijera su precio, bajaba la cabeza en
lugar de responder. Entonces la mujer, sentada al lado de la puerta con un gran
cesto en las rodillas, repetía las mismas protestas, chillando con voz aguda
como una gallina herida.
Por fin el
arrendamiento fue fijado en tres mil francos por año, un tercio menos que
antes.
Acto continuo,
maese Gouy propuso comprar el material; y los diálogos se reanudaron.
La evaluación de
los objetos duró quince días. Bouvard se moría de fatiga. Lo dio todo por una
cantidad tan irriso¬ria que Gouy, primero abrió desmesuradamente los ojos y
después exclamó:
–¡De acuerdo! –Y le
estrechó la mano. Después de lo cual, los propietarios, según la costumbre,
invitaron a comer algo en la casa. Y Pécuchet abrió una de las botellas de su
málaga, menos por generosidad que con la esperanza de obtener elogios.
Pero el labriego
dijo refunfuñando:
–¡Parece jarabe de
regaliz!
Y su mujer, para
"quitarse el gusto de la boca", rogó que le dieran un vaso de
aguardiente.
¡Una cosa más grave
los preocupaba! Todos los elementos de la "Bouvarina" estaban
reunidos por fin.
Los amontonaron en
la cucúrbita, con alcohol, encendieron el fuego y esperaron. Sin embargo,
Pécuchet, atormentado por la desgracia del málaga, tomó del armario las cajas
de hojalata, hizo saltar la tapa de la primera, después de la segunda, de la
tercera. Las arrojó furioso y llamó a Bouvard.
Bouvard cerró el
grifo de la serpentina y se precipitó hacia las conservas. La desilusión fue
completa. Las tajadas de ternera parecían suelas hervidas; un líquido fangoso
reem¬plazaba al cangrejo; era imposible reconocer al guiso de pescado. En la
sopa habían crecido hongos y un olor into¬lerable apestaba el laboratorio.
De pronto, con un
ruido de obús, el alambique estalló en mil pedazos que saltaron hasta el techo,
partiendo las mar¬mitas, aplastando las espumaderas, rompiendo los vasos; el
carbón se esparció, el horno se derrumbó y al otro día Germaine encontró una espátula
en el patio.
La fuerza del vapor
había roto el aparato; sobre todo por¬que la cucúrbita estaba atornillada al
capitel.
Pécuchet,
inmediatamente, se había acurrucado detrás de la cuba y Bouvard como desplomado
en un escabel. Durante diez minutos permanecieron en esa postura, no
atreviéndose a hacer el menor movimiento, pálidos de terror en medio de los
cascos. Cuando pudieron recuperar la palabra se preguntaron cuál era la causa
de tantos infortunios, la del último, sobre todo. Y no comprendían nada, salvo
que ha¬bían estado a punto de perecer. Pécuchet terminó con estas palabras:
–A lo mejor es que
no sabemos nada de química.
3
Para saber de
química consiguieron el curso de Regnault y en primer lugar aprendieron que
"los cuerpos simples pue¬den ser compuestos".
Se los divide en
metaloides y en metales, diferencia que no tiene "nada de absoluto",
dice el autor. Sucede lo mismo con los ácidos y las bases, "pues un cuerpo
puede com¬portarse como ácido o como base según las circunstancias".
La notación les
pareció barroca. Las proporciones múltiples turbaron a Pécuchet.
–Puesto que una
molécula de A, supongo, se combina con varias partes de B, me parece que esta
molécula debe divi¬dirse en otras tantas partes; pero si se divide, deja de
estar unida esa molécula primordial. En fin, no comprendo.
–Yo tampoco –decía
Bouvard.
Recurrieron a una
obra menos difícil, la de Girardin, por la cual adquirieron la certeza de que
diez litros de aire pesan cien gramos, que no entra el plomo en la composición
de la mina de lápiz, que el diamante es sólo carbono.
Lo que sobre todo
los dejó boquiabiertos fue lo de que la tierra como elemento no existe.
Aprendieron a
manipular el mechero, el oro, la plata, la lejía de la ropa, el estañado de las
cacerolas. Después, sin el menor escrúpulo, Bouvard y Pécuchet se lanzaron a la
química orgánica.
Qué maravilla
encontrar en los seres vivos las mismas sustancias que se encuentran en los
minerales. No obstante, experimentaban una especie de humillación ante la idea
de que sus personas contenían fósforo como las cerillas, albú¬mina como la
clara de huevo y gas hidrógeno como los faroles de alumbrado.
Después de los
colorantes y los cuerpos grasos le llegó el turno a la fermentación. Ésta los
llevó a los ácidos y la ley de los equivalentes los confundió una vez más.
Tra¬taron de elucidarla mediante la teoría de los átomos, lo que acabó de
perderlos.
Para entender todo
eso, según Bouvard, hubiera sido ne¬cesario tener instrumentos. Pero el gasto
era considerable y ya habían hecho demasiados.
Pero el doctor
Vaucorbeil, podía, sin duda, instruirlos.
Se presentaron en
horas de consulta.
–Señores, ¡los
escucho! ¿Cuál es su enfermedad?
Pécuchet respondió
que no estaban enfermos y después de exponer el motivo de su visita preguntó:
–Desearíamos
conocer, en primer lugar, la atomicidad su¬perior.
El médico enrojeció
mucho, y después los censuró por querer aprender química.
–Yo no niego su
importancia, ¡pueden estar seguros de ello! Pero en la actualidad la meten en
todas partes. Ejerce en la medicina una acción deplorable.
Y la autoridad de
sus palabras era respaldada por el espectáculo de las cosas que los rodeaban.
Había diaquilón y
vendajes por la chimenea. La caja del instrumental quirúrgico estaba en medio
del escritorio. En un rincón había una cubeta llena de sondas y en la pared la
lámina de un desollado.
Pécuchet felicitó
al doctor.
–Debe de ser
hermoso estudiar anatomía, ¿verdad?
El señor Vaucorbell
se explayó sobre el placer que había experimentado en otros tiempos con las
disecciones y Bou¬vard preguntó cómo estaban relacionados el interior de la
mujer y dei hombre.
Para satisfacerlo
el médico sacó de su biblioteca una co¬lección de láminas anatómicas.
–¡Llévelas! ¡En su
casa las mirará con más comodidad!
El esqueleto los
asombró por la prominencia de la mandíbula, los agujeros de los ojos, la
longitud espantosa de las manos. Les faltaba una obra explicativa. Volvieron a
lo del señor Vaucorbell y gracias al manual de Alejandro Lauth aprendieron las
divisiones del armazón, y los asombró la espina dorsal, dieciséis veces más
fuerte, se dice, que si el Creador la hubiese hecho derecha. ¿Por que dieciséis
veces, exactamente?
Los metacarpios
disgustaron a Bouvard; Pécuchet, empe¬cinado con el cráneo, se desalentó ante
el esfenoide, aun¬que éste se pareciese a una "silla turca" o
"turquesca".
En cuanto a las
articulaciones, estaban ocultas por dema¬siados ligamentos, así que la
emprendieron con los músculos.
Pero no era fácil
descubrir las inserciones y cuando lle¬garon a los canales vertebrales
renunciaron por completo.
Pécuchet dijo
entonces:
–¿Si volviéramos a
la química? ¡Aunque fuera sólo para utilizar el laboratorio!
Bouvard se opuso y
creyó recordar que se fabricaban ca¬dáveres artificiales para ser usados en
países cálidos.
Barberou, a quien
le escribió, le dio información al res¬pecto. Por diez francos por mes se podía
tener uno de esos señores del señor Auzoux y a la semana siguiente, el
men¬sajero de Falaise depositó ante la verja una caja oblonga.
La llevaron al
galpón del horno llenos de emoción. Cuando desclavaron las tablas cayó la paja,
los papeles de seda se deslizaron, el muñeco apareció.
Era color de
ladrillo, sin cabellos, sin piel, tenía innumera¬bles hilillos azules, rojos y
blancos abigarrados. Aquello no parecía a un cadáver, sino una especie de
juguete, muy feo, muy limpio y que olía a barniz.
Entonces le
levantaron el tórax y vieron los dos pulmones parecidos a esponjas, el corazón
como un gran huevo, un poco atrás y hacia un costado, el diafragma, los riñones
y todo el paquete de las entrañas.
–¡A trabajar! –dijo
Pécuchet.
Allí pasaron todo
el día y toda la noche.
Se habían puesto
blusas, como los estudiantes en los anfiteatros, y a la luz de tres velas
trabajaban con sus pe¬dazos de cartón cuando un puño golpeó la puerta.
–¡Abran!
Era el señor
Foureau seguido por el guarda rural.
Los amos de
Germaine se habían complacido en mostrarle el muñeco. Ella había ido corriendo
a lo del almacenero para contarle la cosa y todo el pueblo estaba ahora
convencido de que en su casa escondían un verdadero muerto. Foureau, cediendo
ante el rumor público, venía a comprobar el hecho. Algunos curiosos permanecían
en el patio.
El muñeco, cuando
él entró, estaba de lado, y como los músculos de la cara estaban desprendidos,
los ojos sobre¬salían de manera mostruosa y había en ellos algo aterrador.
–¿Qué lo trae por
aquí? –dijo Pécuchet.
Foureau balbució:
–Nada.
Absolutamente nada. –Y tomando una de las piezas de sobre la mesa: –¿Qué es
esto?
– ¡El buccinador!
–respondió Bouvard.
Foureau calló, pero
sonrió con sarcasmo, celoso de que tuviesen una diversión que estaba fuera de
su alcance.
Los dos anatomistas
hicieron como que continuaban con sus investigaciones. La gente, como en la
puerta se abu¬rría, había entrado en el galpón y como se empujaban un poco, la
mesa tembló.
– ¡Ah, esto es
demasiado! –exclamó Pécuchet–. ¡Haga salir al público!
El guarda rural
hizo que los curiosos se fueran.
– ¡Muy bien! –dijo
Bouvard–. ¡No necesitamos a nadie! Foureau comprendió la alusión y les preguntó
si tenían derecho, no siendo médicos, a tener un objeto como aquel. Iba,
además, a escribirle al prefecto. ¡Qué país! ¡No se po¬día ser más inepto,
salvaje y retrógrado! La comparación que hicieron de ellos mismos con los demás
los consoló. Am¬bicionaron sufrir por la ciencia.
El doctor también
fue a verlos. Descalificó al muñeco por demasiado alejado de lo natural, pero
aprovechó las circuns¬tancias para darles una lección.
Bouvard y Pécuchet
quedaron encantados y a su pedido el señor Vaucorbeil les prestó varios
volúmenes de su biblio¬teca, afirmando empero, que no llegarían hasta el fin.
En el Diccionario
de las ciencias médicas tomaron nota de ejemplos de partos, de longevidad, de
obesidad y de constipación extraordinaria. ¡Qué pena no haber conocido al
famoso canadiense de Beaumont, a los polífagos Tarara y Bijou, a la mujer
hidrópica del departamento del Eure, al piamontés que iba de cuerpo cada veinte
días, a Simorre de Mirepoix, que murió osificado y a ese antiguo alcalde de
Angulema cuya nariz pesaba tres libras!
El cerebro les
inspiró reflexiones filosóficas. Distinguían muy bien en el interior el septum
lucidum, compuesto por dos laminillas, y la glándula pineal, que parece una
arveja roja. Pero había pedúnculos y ventrículos, arcos, pilares, niveles,
ganglios y fibras de todas las clases, y el foramen de Pacchioni y el cuerpo de
Pacini, en síntesis, un enredo inex¬tricable como para dedicarle toda una vida.
A veces, llevados
como por un vértigo, desarmaban el cadáver por completo y después les era
difícil volver a po¬ner los pedazos en su lugar.
El trabajo era
pesado ¡después de comer, sobre todo! y no tardaban mucho en dormirse, Bouvard
con el mentón caí¬do y la barriga hacia adelante, Pécuchet con la cabeza en las
manos y los codos en la mesa.
Con frecuencia en
ese momento el señor Vaucorbeil, que terminaba sus primeras visitas, entreabría
la puerta.
–Y, colegas, ¿cómo
va la anatomía?
–¡Perfectamente!
–respondían.
Entonces les hacía
preguntas por el placer de confundirlos.
Cuando estaban
cansados de un órgano pasaban a otro y así habían tomado y dejado, por turno,
el corazón, el estómago, el oído, los intestinos; porque el hombre de cartón
los abrumaba a pesar de los esfuerzos que hacían por in¬teresarse en él. Por
fin el doctor les sorprendió cuando volvían a meterlo en la caja.
– ¡Bravo! Me lo
esperaba. –A esa edad no se podía co¬menzar esos estudios. Y la sonrisa con que
acompañaba a sus palabras los hirió
profundamente.
¿Con qué derecho se
los juzgaba incapacitados? ¡Acaso la ciencia pertenecía a ese señor! ¡Como si
fuera un personaje superior!
Por lo tanto,
aceptaron su desafío, fueron hasta Bayeux para comprar libros. Lo que les
faltaba era la fisiología y un librero les consiguió los tratados de Richerand
y de Aderon, célebres en esa época.
Todos los lugares
comunes sobre las edades, los sexos y los temperamentos les parecieron de la
más grande impor¬tancia. Se pusieron contentos al saber que en el sarro de los
dientes hay tres especies de animálculos, que el sentido del gusto está en la
lengua y la sensación de hambre en el estómago.
Lamentaron no tener
la facultad de rumiar, como la habían tenido Montégre, el señor Gosse y el
hermano de Bárard, para comprender mejor las funciones y masticaban con
lentitud, trituraban, ensalivaban, acompañaban con el pensamiento el bolo
alimenticio en sus entrañas, lo seguían hasta las últimas consecuencias, llenos
de un escrúpulo metódico, de una atención casi religiosa.
Para producir
digestiones artificialmente, prensaron carne en un frasco en el cual había el
jugo gástrico de un pato, y lo llevaron bajo las axilas durante quince días,
sin otro resultado que la infección de sus personas.
Se los vio
corriendo por la carretera vestidos con ropas mojadas bajo el ardor del sol.
Era para comprobar si la sed se aplaca por aplicación del agua en la epidermis.
Volvieron jadeantes y los dos resfriados.
La audición, la
fonación y la visión fueron despachados con presteza. Pero Bouvard se plantó en
la generación. Siempre lo habían sorprendido las reservas de Pécuchet en esta
ma¬teria. Su ignorancia le pareció tan completa que le instó a que se explicara
y Pécuchet, sonrojándose, acabó por hacer una confesión.
Unas bromitas, en
otros tiempos, lo habían llevado a una casa mala, de donde había huido,
reservándose para la mujer que alguna vez amaría. Pero nunca había habido una
circuns¬tancia favorable, de modo que, por falso pudor, aprietos pe¬cuniarios,
temor de las enfermedades, empecinamiento o cos¬tumbre a los cincuenta y dos
años y a pesar de haber vivido en la capital, aún conservaba su virginidad.
A Bouvard le costó
creerle, después rió muchísimo, pero se detuvo al advertir lágrimas en los ojos
de Pécuchet.
Porque no le habían
faltado pasiones, pues se había ena¬morado sucesivamente de una volatinera, de
la cuñada de un arquitecto, de una vendedora y por fin de una muchacha
lavandera con la cual estuvo a punto de casarse cuando des¬cubrió que estaba
encinta de otro Bouvard le dijo:
–¡Siempre se puede
recuperar el tiempo perdido! ¡No hay que ponerse triste, vamos! Yo me encargo
si tú quieres...
Pécuchet respondió,
suspirando, que ni siquiera había que pensar en eso. Y continuaron con su
fisiología.
¿Es cierto que de
la superficie de nuestro cuerpo se des¬prende siempre un vapor sutil? Prueba de
ello es que el peso de un hombre decrece continuamente. Si todos los días se
efectúa la adición de lo que falta y la sustracción de lo que excede, la salud se
mantendrá en perfecto equilibrio. Sanctorius, el inventor de esta ley, pasó
medio siglo pesando todos los días su alimento y todas su excrecencias y
pe¬sándose él mismo, no dándose respiro sino para anotar sus cálculos.
Trataron de imitar
a Sanctorius, pero como la balanza no podía soportarlos a los dos, fue Pécuchet
quien comenzó.
Se quitó la ropa
para no entorpecer la transpiración y se instaló en la balanza completamente
desnudo, mostrando, a pesar de su pudor, su torso muy largo, parecido a un
cilin¬dro, las piernas cortas, los pies planos y la piel morena. A su lado, en
una silla, su amigo le leía.
Algunos sabios
afirman que el calor animal se produce por las contracciones musculares y que,
agitando el tórax y los miembros pelvianos, es posible aumentar la temperatura
de un baño tibio.
Bouvard fue a
buscar su bañera y cuando todo estuvo listo, se metió en ella munido de un
termómetro.
Las ruinas de la
destilería, barridas hacia el fondo del apar¬tamento, se recortaban en la
sombra como un difuso mon¬tículo. Por momentos se oía el roer de los ratones;
un viejo olor de plantas aromáticas se percibía y como se encon¬traban muy bien
allí, conversaban con serenidad.
Sin embargo Bouvard
sentía un poco de fresco.
–¡Agita tus
miembros! –dijo Pécuchet.
Los agitó, sin que
hubiera ningún cambio en el termómetro.
–Siento frío,
decididamente.
–Yo no siento
calor, tampoco –replicó Pécuchet, estreme¬cido él también por un escalofrío–.
¡Pero agita tus miem¬bros pelvianos, agítalos!
Bouvard abrió los
muslos, retorcía los flancos, balanceaba el vientre, soplaba como un cachalote;
después miraba el termómetro, que continuaba bajando.
– ¡No comprendo
nada! ¡Me muevo y sin embargo...!
– ¡No lo
suficiente!
Y reanudaba su
gimnasia.
Aquello se prolongó
por tres horas, al cabo de las cuales volvió a empuñar el tubo.
–¡Como doce grados!
¡Ah, buenas noches! ¡Me retiro!
Entró un perro,
mitad dogo, mitad perdiguero, pelo ama¬rillo, sarnoso y con la lengua colgando.
¿Qué podían hacer?
No había timbre y la criada era sorda. Tiritaban pero no se atrevían a moverse
por temor a ser mordidos.
A Pécuchet le
pareció bueno proferir amenazas poniendo los ojos en blanco.
Entonces el perro
aulló y comenzó a saltar alrededor de la balanza en la que Pécuchet se aferraba
a las cuerdas y doblando las piernas por las rodillas trataba de elevarse tan
alto como le era posible.
–¡Así está mal!
–dijo Bouvard y se puso a hacerle gra¬cias al perro al mismo tiempo que le
decía lindezas.
El perro, sin duda,
las comprendió. Se esforzaba por acari¬ciarlo, le ponía las patas en los
hombros, los rasguñaba con sus uñas.
– ¡Bueno; ahora se
llevó mis calzoncillos! El perro se echó encima de los calzoncillos y se quedó
quieto.
Por fin, y no sin
grandes precauciones, se aventuraron, el uno a bajarse de la balanza y el otro
a salir de la bañera; y cuando Pécuchet estuvo vestido se le escapó esta
excla¬mación:
–¡Tú, chiquito, nos
servirás para nuestros experimentos! ¿Qué experimentos?
Se le podía
inyectar fósforo y luego encerrarlo en un sótano para ver si echaba fuego por
el hocico. ¿Pero cómo inyectarlo? Y, por otra parte, no les venderían fósforo.
Se les ocurrió que
podían encerrarlo debajo de la máquina neumática para hacerle respirar gas o
darle a beber veneno. Pero eso no iba a ser divertido. Por fin eligieron la
iman¬tación del acero por contacto con la médula espinal.
Bouvard,
conteniendo su emoción, le alcanzaba agujas de un plato a Pécuchet, quien las
clavaba en las vértebras. Se rompían, se resbalaban, se caían al suelo; tomaba
otras y las hundía con fuerza, al azar. El perro cortó sus ligaduras, pasó como
una bala de cañón por la ventana, atravesó el patio, el vestíbulo y se presentó
en la cocina.
Germaine comenzó a
lanzar gritos al verlo todo ensangren¬tado y con hilos alrededor de las patas.
Sus amos, que lo
perseguían, entraron en ese mismo mo¬mento. El perro dio un salto y
desapareció. La vieja sirvienta los apostrofó.
–¡Esta es otra de
sus estupideces, estoy segura! ¡Y mi cocina que estaba limpia! ¡Eso quizás lo
ponga rabioso! ¡Y pensar que meten en prisión a gente por mucho menos!
Volvieron al
laboratorio y probaron las agujas. Ninguna atrajo la más pequeña limadura.
Después, la
hipótesis de Germaine los inquietó. Podía ponerse rabioso, volver de improviso,
precipitarse sobre ellos.
Al otro día fueron
por todas partes a preguntar y por muchos años, en el campo, tan pronto como
aparecía un perro parecido a aquél, se daban vuelta.
Los demás
experimentos fracasaron. Contrariamente a lo que decían los autores, las
palomas que sangraron, con el estómago lleno o vacío, murieron en el mismo
tiempo. Los gatitos sumergidos en agua perecieron a los cinco minutos; y una
oca que habían atiborrado con granza, resultó con periostios completamente
blancos.
La nutrición los
atormentaba.
¿Cómo es posible
que un mismo jugo produzca huevos, sangre, linfa y materias excrementicias?
Pero no se puede seguir las metamorfosis de un alimento. El hombre que toma uno
solo de éstos es químicamente parecido al que consume varios. Vauquelin calculó
la cal que contenía la avena in¬gerida por una gallina y encontró más en la
cascara de sus huevos. Por lo tanto, hay una creación de sustancia. ¿De qué
manera? No se sabe nada.
Ni siquiera se sabe
cuál es la fuerza del corazón. Borelli admite que puede ser la que se requiere
para levantar un peso de ciento ochenta mil libras y Keill la evalúa en ocho
onzas, más o menos. De lo cual dedujeron que la fisiología es (según un antiguo
dicho) la novela de la medicina. Como no pudieron comprenderla, no creyeron en
ella.
Y se pasaron un mes
sin hacer nada. Después pensaron en su jardín.
El árbol muerto
colocado en el medio era molesto. Lo cor¬taron en pedazos. El ejercicio los
fatigó. Bouvard necesitaba, con frecuencia, hacer arreglar sus herramientas en
la he¬rrería.
Un día, cuando iba
hacia allí, se le apareó un hombre que llevaba a sus espaldas una bolsa de lona
y que le ofre¬ció almanaques, libros píos, medallas benditas y, por fin, el
Manual de la salud, por Francois Raspail.
Este folleto le
gustó tanto, que le escribió a Barberou para que le enviara la obra grande.
Barberou se la despachó y en su carta indicaba una farmacia donde se podían
con¬seguir los medicamentos.
La claridad de la
doctrina los sedujo. Todas las afeccio¬nes provienen de los gusanos. Arruinan
los dientes, cavan los pulmones, dilatan el hígado, hacen estragos en los
in¬testinos y provocan ruidos en ellos. Lo mejor para librarse de ellos es el
alcanfor. Bouvard y Pécuchet lo adoptaron. Lo aspiraban, lo masticaban y lo
distribuían en cigarrillos, frascos de agua sedativa y píldoras de aloe. Hasta
acome¬tieron la curación de un jorobado.
Era un niño que
habían encontrado un día de feria. Su madre, una mendiga, lo llevaba a casa de
ellos todas las ma–anas. Le friccionaban la joroba con grasa alcanforada, le
ponían una cataplasma de mostaza durante veinte minu¬tos y luego la cubrían con
diaquilón y para estar seguros de que volvería le daban de comer.
Como habían puesto
su atención en los helmintos, Pécu¬chet observó en la mejilla de la señora
Bordin una man¬cha extraña. Hacía mucho tiempo que el doctor la trataba con
amargos; al principio redonda como una moneda de veinte sueldos, la mancha
había aumentado y formaba un círculo rosado. Quisieron curarla y ella aceptó,
pero exigió que fuera Bouvard quien le hiciera las unciones. Se colocaba
delante de la ventana, desabrochaba su blusa y se quedaba ahí, con la mejilla
tendida, mirándolo de una manera que hubiera sido peligrosa de no ser por la
pre¬sencia de Pécuchet. En las dosis permitidas y no obstante el temor al
mercurio, le administraron calomel. Un mes más tarde la señora Bordin estaba
salvada.
Les hizo propaganda
y el recaudador de contribuciones, el secretario de la alcaldía, el mismo
alcalde y todo el mun¬do en Chavignolles, chupaba canutos de pluma.
Sin embargo, el
jorobado no se enderezaba. El recauda¬dor dejó el cigarrillo porque aumentaba
sus ahogos. Foureau se quejaba de las píldoras de aloe porque le produ¬cían
hemorragias. Bouvard tuvo malestares de estómago y Pécuchet atroces jaquecas.
Perdieron confianza en el Raspail, pero se cuidaron muy bien de decir nada, por
temor a que disminuyera la consideración que se les tenía.
Mostraron mucho
interés por las vacunas, aprendieron a sangrar en hojas de col y hasta
adquirieron un par de lancetas.
Acompañaban al
médico a lo de los pobres y después consultaban sus libros.
Los síntomas
anotados por los autores no eran los que ellos acababan de ver. En cuanto los
nombres de las en¬fermedades, los había en latín, griego, francés, una
mes¬colanza de todas las lenguas.
Se los contaba por
millares y la clasificación linneana es muy cómoda, con sus géneros y sus
especies, pero ¿cómo establecer las especies? Entonces se extraviaron en la
filosofía de la medicina.
Meditaban sobre el
arqueo de Van Helmont, el vitalis¬mo, el brownismo, el organicismo y
preguntaban al doctor de dónde viene el germen de la escrófula, en qué punto se
fija el miasma contagioso y de qué manera se distingue la causa de los efectos
en los casos morbosos.
–La causa y el
efecto se confunden– respondió Vaucorbeil.
Su falta de lógica
los desagradó y visitaron a los enfer¬mos solos, entrando en las casas so
pretexto de filantropía.
En el fondo de las
habitaciones, sobre sucios colchones, había gente acostada con el rostro de
lado, otros lo tenían hinchado y de un rojo escarlata, o de color de limón, o
sino violáceo, las narices sumidas, la boca temblorosa; y había ronquidos,
hipos, sudores y olor a cuero y a queso viejo.
Leían las recetas
de los médicos y quedaban muy sor¬prendidos de que los calmantes fueran a veces
excitantes, los vomitivos purgas, que un mismo remedio sirviese para afecciones
diversas, y que una misma enfermedad se cu¬rara con tratamientos opuestos.
No obstante daban
consejos, levantaban la moral y te¬nían la audacia de auscultar.
Su imaginación
trabajaba. Le escribieron al Rey para que estableciera en Calvados un instituto
de enfermeras del cual ellos serían profesores.
Fueron a lo del
farmacéutico de Bayeux (el de Falaise seguía en malos términos con ellos
siempre por lo de la azufaifa) y lo exhortaron a fabricar pila purgatoria como
los antiguos, es decir, bolitas de medicamentos que a fuer¬za de ser manoseadas
son absorbidas por el individuo.
Fieles a la idea de
que disminuyendo el calor se impi¬den las flamasías, colgaron de las vigas del
techo, en un sillón, a una mujer afectada de meningitis y cuando la ha¬macaban
con toda la fuerza llegó el marido y los echó.
Por fin y con gran
escándalo del señor cura, habían adoptado la nueva moda de introducir
termómetros en los traseros.
Una fiebre tifoidea
se expandió por los alrededores; Bou¬vard declaró que él no se metería en eso.
Pero la mujer de Gouy, su granjero, acudió a ellos gimiendo. Su hombre estaba
enfermo desde hacía quince días y el señor Vaucorbeil lo descuidaba.
Pécuchet se
consagró a él.
Manchas
lenticulares en el pecho, dolores en las arti¬culaciones, vientre hinchado,
lengua roja, eran todos los signos de la dotienentería. Recordó lo dicho por
Raspail de que suprimiendo la dieta se suprime la fiebre, prescribió caldo y un
poco de carne. De pronto apareció el médico.
Su enfermo estaba
comiendo, con las almohadas en las espaldas, entre la granjera y Pécuchet que
lo sostenían.
Se acercó a la cama
y arrojó el plato por la ventana exclamando:
– ¡Es un verdadero
crimen! –¿Por qué?
–Se le perforará el
intestino, puesto que la fiebre tifoi¬dea es una alteración de la membrana
folicular.
–¡No siempre!
Y comenzó una
discusión sobre la naturaleza de las fie¬bres. Pécuchet creía en su esencia.
Vaucorbeil afirmaba que dependían de los órganos.
–Por eso prohibo
todo lo que pueda sobreexcitar.
–¡Pero la dieta
debilita el principio vital!
–¡Qué cuento es ese
del principio vital! ¿Cómo es? ¿Quién lo ha visto?
Pécuchet se
confundió.
–Por otra parte
–decía el médico– Gouy no quiere comer.
El enfermo hizo un
gesto de asentimiento bajo su gorro de algodón.
– ¡No importa, lo
necesita!
–¡Nunca! Su pulso
anda por las noventa y ocho pulsa¬ciones.
– ¡Qué importan las
pulsaciones!
Y Pécuchet nombró
sus autoridades.
– ¡Dejemos los
sistemas! –dijo el doctor. Pécuchet cruzó los brazos.
–¿Es usted un
empírico, entonces?
–¡De ninguna
manera! Pero si se observa...
–¿Y si se observa
mal?
Vaucorbeil tomó lo
dicho como una alusión al herpes de la señora Bordin, historia divulgada por la
viuda y cuyo recuerdo lo irritaba.
–En primer lugar,
hay que tener práctica...
–¡Los que
revolucionaron la ciencia no la tenían! Van Helmont, Boerhave, Broussais, él
mismo.
Vaucorbeil, sin
responder, se inclinó hacia Gouy y le dijo, alzando la voz:
–¿A cuál de los dos
elige como médico?
El enfermo,
somnoliento, entrevió rostros coléricos y se puso a llorar.
Su mujer tampoco
sabía qué responder; porque uno era hábil, pero el otro pudiera ser que tuviera
un secreto.
–Muy bien –dijo
Vaucorbeil–; puesto que dudan entre un hombre respaldado por un diploma...
Pécuchet rió con
ironía.
–¿Por qué se ríe?
–¡Es que un diploma
no siempre es un buen argumento!
El doctor era
atacado en su profesión, en su prerrogativa, en su importancia social. Su
cólera estalló.
–¡Ya lo veremos
cuando tenga que comparecer ante un tribunal por ejercicio ilegal de la
medicina! –Y después, volviéndose hacia la granjera, agregó: –Hágalo matar por
el señor, si así lo desea y que me cuelguen si vuelvo al¬guna vez a su casa.
Y se sumergió bajo
las hayas haciendo ademanes con su bastón.
Cuando Pécuchet
volvió encontró a Bouvard presa de una gran agitación.
Acababa de recibir
a Foureau, quien estaba exasperado por sus hemorroides. En vano había argüido
que protegen de todas las enfermedades. Foureau no escuchaba nada, y lo había
amenazado con demandarlo por daños y perjui¬cios. Había perdido la cabeza.
Pécuchet le contó
la otra historia, que él consideraba más grave, y quedó un poco disgustado por
su indiferencia. Al otro día Gouy tuvo un dolor de estómago. ¿Podía deberse a
la ingestión de los alimentos? ¿Pudiera ser que Vaucor¬beil no se hubiese equivocado?
¡Un médico, después de todo, algo debe de saber! Y los remordimientos asaltaron
a Pécuchet. Tenía miedo de convertirse en homicida.
Por prudencia,
despidieron al jorobado. Pero por lo de la comida que se le escapaba, la madre
gritó mucho. ¡No valía la pena haberlos hecho ir todos los días de Barneval a
Chavignolles!
Foureau se calmó y
Gouy recuperaba sus fuerzas. Ahora la curación era segura; un éxito tal
envalentonó a Pécuchet.
–¿Y si
practicáramos lo de los partos, en uno de esos muñecos?...
–¡Basta de muñecos!
–Son medios cuerpos
de piel inventados por las estu¬diantes de partera. Me parece que podría darle
la vuelta al feto.
Pero Bouvard estaba
cansado de la medicina.
–Los resortes de la
vida están ocultos para nosotros; las enfermedades son demasiado numerosas, los
remedios problemáticos y no se encuentra en los autores ninguna definición
razonable de la salud, de la enfermedad, de la diátesis ¡ni siquiera del pus!
Con todo, esas
lecturas le habían socavado el cerebro.
En ocasión de un
resfrío, Bouvard creyó que era el prin¬cipio de una fluxión de pecho. Como las
sanguijuelas no le calmaron las puntadas en el costado, echó mano de un
vejigatorio, cuyo efecto se sintió en los riñones. Entonces creyó que tenía
cálculos.
A Pécuchet le
dieron dolores en todo el cuerpo cuando podó la enramada, y vomitó después de
cenar, lo cual lo asustó mucho. Después, al ver que tenía un tinte un poco
amarillento, sospechó que podía tratarse de una enfermedad al hígado y se
preguntó: ¿tengo dolores? y acabó por tener-los.
Se alarmaban
mutuamente, se miraban la lengua, se to¬maban el pulso, cambiaban de agua
mineral, se purgaban y le temían al frío, al calor, al viento, a la lluvia, a
las mos¬cas, principalmente a las corrientes de aire.
A Pécuchet se le
ocurrió que el uso del rapé era fu¬nesto. Por otra parte, un estornudo puede
ser causa, a veces, de la rotura de un aneurisma; y abandonó la taba¬quera. Por
costumbre metía sus dedos en ella y luego, de pronto, advertía su imprudencia.
Como el café negro
altera los nervios, Bouvard quiso renunciar a su pocillo; pero se dormía
después de comer y se despertaba asustado, porque el sueño prolongado es una
amenaza de apoplejía.
Su dial era
Cornaro, ese gentilhombre veneciano que a fuerza de regímenes alcanzó una
extremada ancianidad. Sin llegar a imitarlo totalmente, se podían tomar las
mis¬mas precauciones; y Pécuchet sacó de su biblioteca un manual de higiene por
el doctor Morin.
¿Cómo habían hecho
para vivir hasta entonces? Los pla¬tos que les gustaban estaban todos
prohibidos. Germaine, confundida, ya no sabía qué servirles.
Todas las carnes
tienen inconvenientes. La morcilla y los embutidos, el arenque ahumado, la
langosta y la caza, son "refractorios". Cuanto más gordo es un
pescado más gela¬tina contiene y como consecuencia, más pesado es. Las
legumbres dan acidez, los macarrones sueños, los quesos "en términos
generales, son de digestión difícil". Un vaso de agua a la mañana es
"peligroso"; cada bebida o comes¬tible iba acompañada por una
advertencia similar o sino por estas palabras: ¡malo!, ¡cuidado, no abuse!, no
es conve¬niente para todo el mundo. ¿Por qué malo? ¿Dónde comien¬za el abuso?
¿Cómo saber si una cosa nos conviene?
¡Qué problema el
desayuno! Dejaron el café con leche debido a su detestable reputación y luego
el chocolate, porque "es un montón de sustancias indigestas"; por lo
tanto les quedaba el té. Pero las "personas nerviosas deben abstenerse de
beberlo por completo". No obstante, Decker, en el siglo XVII, prescribía
veinte decalitros por día, para limpiar los pantanos del páncreas.
Esa información
resintió la estima que sentían por Morin, tanto más que él condena todos los
tocados, así se trate de sombreros, gorros o gorras, exigencia que irritó a
Pécuchet. Entonces compraron el tratado de Becquerel en el cual vieron que el
cerdo es en sí mismo "un buen alimen-to", el tabaco de una inocencia
perfecta, y el café "indis¬pensable para los militares".
Hasta entonces
habían creído en la insalubridad de los lugares húmedos. Pues ¡nada de eso!
Caspers los decla¬ra menos mortales que los otros. No se toma un baño de mar
sin antes refrescar la piel. Begin, en cambio, dice que hay que zambullirse en
plena transpiración. El vino puro después de la sopa está considerado como
excelente para el estómago, pero Levy lo acusa de perjudicar los dientes. Por
fin, el chaleco de franela, esa salvaguardia, ese tutor de la salud, ese
paladión caro a Bouvard e inherente a Pécuchet, sin ambages ni temor por el qué
dirán, los autores lo desaconsejaban a los hombres pletóricos y sanguíneos.
¿Qué es entonces la higiene?
Verdad de este lado
de los Pirineos, error del lado de allá –afirma Levy– y Besquerel agrega que no
es una ciencia.
Entonces pidieron
para la cena ostras, un pato, cerdo con coles, crema, un Pont l'Evéque; y una
botella de borgoña. Fue una liberación, casi un desquite ¡y se burlaban de
Cornaro! ¡Había que ser imbécil para esclavizarse como él! ¡Qué vulgaridad eso
de estar pensando siempre en pro¬longar la existencia! La vida no es buena si
no se la disfruta. –¿Otro pedazo? –¡Cómo no! –Yo también. –¡A tu salud!
– ¡A la tuya!
– ¡Y al diablo con
lo demás! Estaban exaltados.
Bouvard anunció que
quería tres tazas de café, aunque no fuese un militar. Pécuchet, con la gorra
hasta las orejas, aspiraba pizca tras pizca, estornudaba sin ningún temor y
como tuvieron ganas de un poco de champaña, le ordena¬ron a Germaine que fuera
en seguida a la taberna a com-prar una botella.
La aldea estaba
demasiado lejos. La mujer se rehusó. Pécuchet se indignó.
–Se lo ordeno ¡me
oye! Le ordeno que vaya corriendo.
Ella obedeció, pero
refunfuñando, resuelta a dejar pron¬to a esos amos tan incomprensibles y
caprichosos.
Después, como en
otros tiempos, fueron a tomar una copita bajo el emparrado.
Acababa de terminar
la siega y en medio del campo, contra la noche azulada y suave, se levantaban
las masas negras de las parvas. Las granjas estaban tranquilas. No se oía ni
siquiera a los grillos. Toda la campiña dormía. Ellos digerían husmeando la brisa
que refrescaba sus me¬jillas.
El cielo, muy alto,
estaba cubierto de estrena», untas bri¬llaban en grupos, otras en fila o si no
solas, muy alejadas de las otras. Una zona de polvo luminoso, que iba del
septentrión al mediodía, se bifurcaba por sobre sus ca¬bezas. Había, entre esas
claridades, grandes espacios va¬cíos; y el firmamento parecía un mar de azul
con archi¬piélagos e islotes.
–¡Qué cantidad!
–exclamó Bouvard.
– ¡Y no lo vemos
todo! –replicó Pécuchet–. Más allá de la Vía Láctea están las nebulosas y más
allá de las nebulosas ¡más estrellas todavía! La más cercana está separada de
nosotros por trescientos billones de miriámetros.
Las había mirado
con frecuencia con el telescopio de la Plaza Vendóme y recordaba las cifras.
–El Sol es un
millón de veces más grande que la Tierra, Sirio tiene doce veces el tamaño del
Sol, los cometas mi¬den ¡treinta y cuatro millones de leguas!
–Es para volverse
loco –dijo Bouvard. Y lamentó su ignorancia y hasta el no haber ido, en su
juventud, a la Escuela Politécnica.
Entonces Pécuchet
hizo que se volviera hacia la Osa Mayor, le mostró la estrella polar, después
Casiopea cuya constelación forma una Y, Vega de Lira, toda chispeante, y abajo
en el horizonte, la roja Aldebarán.
Bouvard, con la
cabeza echada hacia atrás, seguía con esfuerzo los triángulos, cuadriláteros y
pentágonos que hay que imaginar para ubicarse en el cielo.
Pécuchet continuó:
–La velocidad de la
luz es de ochenta mil leguas por segundo. Un rayo de la Vía Láctea tarda seis
siglos en llegar a nosotros; tanto como que una estrella, cuando la vemos, ya
puede haber desaparecido. Varias son intermitentes, otras no vuelven nunca. Y además
cambian de posición. Todo se mueve, toda pasa.
–A todo esto, el
Sol ¿está inmóvil?
–Así se creía
antes, pero los sabios, en la actualidad, afirman que se precipita hacia la
constelación de Hércules.
Eso trastornaba las
ideas de Bouvard, quien después de un minuto de reflexión dijo:
–La ciencia está
hecha con los datos suministrados por un rincón de la inmensidad. Puede ser que
no le convenga a todo el resto que se desconoce, que es mucho más grande y que
no se puede descubrir.
Hablaban así, de
pie en el emparrado, al resplandor de los astros, y sus discursos estaban
cortados por largos silencios.
Por fin se
preguntaron si había hombres en las estrellas. ¿Por qué no? Y como la creación
es armoniosa, los habitan¬tes de Sirio debían ser desmesurados, los de Marte de
estatura media, los de Venus muy pequeños. A menos que en todas partes sea
igual. Allá arriba ¿habrá comerciantes, gendarmes? ¿Traficarán, pelearán,
destronarán a los reyes?
Algunas estrellas
fugaces pasaron de pronto, describiendo en el cielo como la parábola de un
monstruoso cohete.
– ¡Mira! –dijo
Bouvard–. Mundos que desaparecen.
Pécuchet replicó:
–Si el nuestro, a
su vez, hiciera la cabriola, los ciudadanos de las estrellas no se emocionarían
más de lo que nosotros nos emocionamos ahora. Ideas así nos hunden el orgullo.
–¿Cuál será la
finalidad de todo esto?
–Tal vez no haya
ninguna finalidad.
–Sin embargo –y
Pécuchet repitió dos o tres veces "sin embargo" sin encontrar nada
más que decir–. ¡No importa! De todos modos me gustaría saber cómo está hecho
el universo.
–Eso debe de estar
en Buffon –respondió Bouvard, a quien se le cerraban los ojos–. No puedo más,
me voy a acostar.
Las Épocas de la
Naturaleza les enseñaron que un co¬meta, al chocar con el Sol, había
desprendido una porción que se convirtió en la Tierra. En un principio se
habían con¬gelado los polos. Las aguas habían envuelto al globo. Des¬pués se
habían retirado a las cavernas, los continentes se dividieron y los animales y
el hombre aparecieron.
La majestad de la
creación les produjo un deslumbramiento tan grande como ella misma. Sus cabezas
se ensanchaban, Estaban orgullosos de reflexionar sobre tan grandes temas.
Los minerales no
demoraron en cansarlos; y echaron mano, como distracción, de las Armonías de
Bemardin de Saint Pierre.
¡Armonías vegetales
y terrestres, aéreas, acuáticas, hu¬manas, fraternales y aun conyugales, lo
vieron todo, sin omitir las invocaciones a Venus, a los Céfiros y a los
Amo¬res! Se asombraban de que los peces tuviesen aletas, los pájaros alas, las
semillas una envoltura, llenos de esa filo¬sofía que descubre en la Naturaleza
intenciones virtuosas y la considera una especie de San Vicente de Paul siempre
ocupado en derramar favores.
Admiraron después
sus prodigios, las trombas, los vol¬canes, las selvas vírgenes. Y compraron la
obra de Depping sobre las Maravillas y bellezas de la Naturaleza en Francia.
Cantal posee tres, Herault, cinco, Borgoña, dos nomás, en tanto que el
Delfinado cuenta, él solo ¡con quince maravi-llas! ¡Pero pronto ya no habrá
más! Las grutas con estalac¬titas se obstruyen, las montañas ardientes se
extinguen, los glaciares naturales se calientan y los viejos árboles bajo los
cuales se decía misa caen bajo el golpe de los niveladores o están en trance de
morir.
Después su
curiosidad se volvió hacia los animales.
Reabrieron su
Bouffon y se extasiaron ante los gustos extraños de ciertos animales.
Pero todos los
libros no valen lo que una observación per¬sonal, y se metían en los patios y
preguntaban a los labrie¬gos si habían visto toros apareándose con yeguas, a
chanchos buscando vacas y a perdices macho cometer liviandades entre ellos.
– ¡Nunca en la
vida!
Hasta se
consideraba que esas preguntas resultaban un poco extrañas en señores de su
edad.
Quisieron intentar
uniones anormales.
La menos difícil es
la del chivo y la oveja. Su granjero no tenía chivo. Una vecina prestó el suyo.
Y cuando llegó la época del celo, encerraron a los dos animales en el lagar y
se escondieron detrás de los toneles para que el aconteci¬miento pudieran consumarse
en paz.
En primer lugar,
cada uno comió su montoncito de heno, después rumiaron; la oveja se acostó y
balaba sin interrup¬ción, en tanto que el chivo, afirmado en sus cuatro patas
combadas, con su gran barba y sus orejas pendientes, clavaba en ellos sus
pupilas que relucían en la sombra.
Por fin, en la
noche del tercer día, creyeron conveniente ayudar a la naturaleza. Pero el
chivo se volvió contra Pécu¬chet y le dio una cornada en el bajovientre. La
oveja, ate¬morizada, se puso a dar vueltas por el lagar como en un picadero.
Bouvard la persiguió y se le echó encima para atraparla, pero cayó al suelo con
puñados de lana en las dos manos.
Repitieron su
tentativa con gallinas y un pato, con un dogo y una cerda, con la esperanza de
que procrearan monstruos y sin comprender nada de lo relativo a la especie.
Esa palabra designa
a un grupo de individuos cuyos des¬cendientes se reproducen. Pero hay animales
clasificados como de especies diferentes que pueden reproducirse y otros
incluidos en la misma que han perdido esa facultad.
Se jactaron de
poder adquirir acerca de eso, ideas claras mediante el estudio del desarrollo
de los gérmenes. Y Pé¬cuchet le escribió a Dumouchel para conseguir un
microscopio.
Y pusieron en la
placa de vidrio sucesivamente cabellos, tabaco, uñas, una pata de mosca. Pero
habían olvidado la gota de agua indispensable. Otras veces era la laminilla y
se empujaban y descentraban el instrumento; luego, como lo veían todo borroso,
acusaban al óptico. Llegaron a dudar del microscopio. Los descubrimientos que
se le atribuían quizás no fueran tan positivos como se decía.
Cuando Dumouchel
les envió la factura, les pidió que recogieran para él amonites y erizos de
mar, curiosidades a las cuales era aficionado y que se encontraban con
fre¬cuencia en aquella región. Para que se entusiasmaran con la geología les
envió las "Cartas" de Bertrand con el "Dis-curso" de Cuvier
sobre las revoluciones del globo.
Después de leer
esos dos libros imaginaron las cosas siguientes:
Primero una inmensa
capa de agua de la cual emergían promontorios salpicados de líquenes. Y ni un
ser viviente, ni un grito; era un mundo silencioso, inmóvil y desnudo. Después
largas plantas se balanceaban en una neblina que se parecía al vapor de un baño
turco. Un sol completamente rojo recalentaba la atmósfera húmeda. Entonces
estallaron volcanes, las rocas ígneas brotaron de las montañas; y la masa de
los pórfidos y basaltos que corría, se condensó. Tercer cuadro: en mares pocos
profundos, islas de madréporas han surgido; un ramillete de palmeras, de tanto
en tanto, señorea. Hay conchas parecidas a ruedas de carro, tortugas que miden
tres metros, lagartos de sesenta pies. Hay anfibios que estiran entre las cañas
sus pescuezos de avestruz con mandíbulas de cocodrilo. Serpientes aladas
levantan vuelo. Por fin, en los grandes continentes, grandes mamíferos
aparecieron, con los miembros deformes como piezas de madera mal ajustadas, el
cuero más grueso que láminas de bronce, o bien velludos, bezudos, con crines y
colmillos retorcidos. Manadas de mamuts pacían en las lla¬nuras donde después
estuvo el Atlántico; el paleoterio, mitad caballo, mitad tapir, revolvía con su
hocico los hormi¬gueros de Montmartre y el cervus giganteus temblaba bajo los
castaños al oír la voz del oso de las cavernas, que hacía ladrar en su guarida
al perro de Beaugency, tres veces más alto que un lobo.
Todas esas épocas
habían sido separadas unas de las otras por cataclismos, el último de los
cuales fue nuestro Diluvio. Era como una comedia de magia en varios actos con
el hombre como apoteosis.
Quedaron
estupefactos al saber que existían piedras con huellas de libélulas, de patas
de pájaros y habiendo ho¬jeado uno de los manuales Roret, buscaron fósiles.
Una tarde, cuando
revolvían sílices en medio del camino principal, pasó el señor cura y los
interpeló con voz zalamera:
–¿Los señores se
interesan por la geología? ¡Muy bien!
Porque él estimaba
esa ciencia, que confirma la autoridad de las Escrituras, al probar el Diluvio.
Bouvard habló de
los coprolitos, que son excrementos de animales, petrificados.
El abate Jeufroy
pareció sorprendido. Después de todo, si era así, había una razón más para
admirar a la Providencia.
Pécuchet confesó
que sus investigaciones, hasta entonces, no habían sido fructíferas pero, sin
embargo en los alrede¬dores de Falaise, como en todos los terrenos jurásicos,
de¬bían abundar los restos de animales.
–He oído decir
–respondió el abate Jeufroy– que tiempo atrás se encontró en Villers la
mandíbula de un elefante. Por lo demás, uno de sus amigos, el señor Larsonneur,
abo¬gado, miembro del foro de Lisieux y arqueólogo, quizás les suministrara
información. Había escrito una historia de Port-en-Bessin donde figuraba el
descubrimiento de un cocodrilo.
Bouvard y Pécuchet
intercambiaron una mirada; en los dos había nacido la misma esperanza y a pesar
del calor perma¬necieron de pie durante mucho tiempo interrogando al
ecle¬siástico, que se protegía con un paraguas de algodón azul. Tenía la parte
de abajo del rostro un poco pesada y la nariz puntiaguda, sonreía continuamente
o ladeaba la cabeza ce¬rrando los párpados.
La campana de la
iglesia tocó el ángelus.
–Tengan buenas
noches, señores. Ustedes permiten ¿no es cierto?
Recomendados por
él, esperaron durante tres semanas la respuesta de Larsonneur. Por fin llegó.
El hombre de
Villers que había desenterrado el diente de mastodonte se llamaba Bloche; no
había detalles. En cuanto a su historia, constituía uno de los volúmenes de la
Academia Lexoviana y no prestaba su ejemplar por temor a que la colección
quedara incompleta. En lo refe¬rente al caimán, se lo había descubierto en el
mes de noviembre de 1825 al pie del acantilado de Hachettes, en Saint Honorine,
cerca de Port-en-Bessin, distrito de Bayeux Después venían los saludos.
La obscuridad que
envolvía al mastodonte exacerbó el deseo de Pécuchet. Hubiera querido ir a
Villers en seguida.
Bouvard dijo que
para ahorrarse un viaje probablemente inútil y sin duda dispendioso, convenía
informarse; y le escribieron una carta al alcalde del lugar con la que le
pre¬guntaban qué se había hecho de un tal Louis Bloche. En caso de que hubiese
muerto ¿sus descendientes o cola¬terales podían informarles acerca de su
valioso descubri¬miento? ¿En qué lugar de la comuna yacía ese testimonio de las
edades primitivas al ser descubierto? ¿Había posibi¬lidades de encontrar otros
análogos? ¿Cuál era el precio por día de un hombre y una carreta?
Y por más que se
dirigieron al Adjunto, y después al primer Consejero Municipal, no recibieron
ninguna noticia de Villers. ¿Acaso los habitantes estaban celosos de sus
fósiles? A no ser que se los vendiesen a los ingleses. Re¬solvieron hacer el
viaje a Hachettes.
Bouvard y Pécuchet
tomaron la diligencia de Falaise a Caen. Después una tartana los transportó de
Caen a Ba¬yeux y de Bayeux fueron andando hasta Port-en-Bessin.
No los habían
engañado. En la costa de Hachettes había guijarros extraños y siguiendo las
indicaciones del posa¬dero llegaron al arenal.
La marea estaba
baja y dejaba al descubierto todos sus cantos rodados en una pradera de fucos
que iba hasta el borde de las aguas.
Una vegetación
ondulada se recortaba en lo alto del acantilado, compuesto por una tierra
blanda y parda que iba endureciéndose hasta formar en los estratos inferiores
una muralla de piedra gris. Hilos de agua caían de manera incesante, en tanto
que el mar, a lo lejos, rugía. Por mo¬mentos parecía que su batir se detenía y
sólo se oía el rumor de los manantiales.
Vacilaban en las
hierbas viscosas o bien tenían que saltar hoyos. Bouvard se sentó cerca de la
orilla y con¬templó las olas sin pensar en nada, fascinado, inerte. Pécuchet lo
llevó hacia la costa para mostrarle un amonite incrustado en la roca como un diamante
en su ganga. Se rompieron las uñas con ella; se necesitaban instrumentos, pero
la noche ya caía, por otra parte. El cielo estaba pur¬púreo a occidente y todo
el lugar cubierto por la sombra. En medio de los fucos casi negros los charcos
se ensan¬chaban. El mar subía hacia ellos; era hora de volver.
Al otro día al
alba, con un azadón y un pico, acometieron a su fósil cuya envoltura estalló.
Era un "ammónite nodosus", desgastado en los extremos pero que pesaba
sus buenas dieciséis libras y Pécuchet, entusiasmado, exclamó: –¡No podemos
hacer menos que regalárselo a Dumouchel! Después encontraron esponjas,
terebrátulas, oreas, ¡pero nada de cocodrilo! A falta de ello esperaban una
vértebra de hipopótamo o de ictiosaurio o no importa qué osamenta contemporánea
del Diluvio, cuando distinguieron contra el acantilado, a una altura de hombre,
contornos que figuraban el perfil de un pescado gigantesco. Deliberaron acerca
de los medios para obtenerlo. Bouvard lo desprendería por lo alto, mientras que
Pécu¬chet, desde abajo, demolería la roca para hacerlo descender suavemente,
sin estropearlo.
Cuando estaban
recuperando el aliento, vieron por sobre sus cabezas, en el campo, a un
aduanero de capote que hacía ademanes con aire de estar dando órdenes. –Y sí,
¿qué pasa? ¡Déjenos en paz! Y continuaron con su tarea; Bouvard en puntas de
pie, golpeaba con su azadón, en tanto que Pécuchet, doblado a la altura de la
cintura, cavaba con su pico.
Pero el aduanero
reapareció, más abajo, en un pequeño valle, haciendo cada vez más señales. ¡A
ellos les impor¬taba un comino! Un cuerpo ovalado emergía de la tierra excavada
y se inclinaba, iba a deslizarse. Otro individuo, con un sable, apareció de improviso.
–¡Sus pasaportes!
Era el guarda rural
que hacía su ronda; y en aquel mis¬mo momento apareció el hombre de la aduana,
que llegó corriendo por un barranco.
– ¡Apréselos, padre Morin, o el acantilado va
a derrumbarse!
–¡Esto tiene una
finalidad científica! –respondió Pécu¬chet. Entonces una masa cayó y les pasó
tan cerca a los cuatro que por poco no los mató. Cuando la polvareda se disipó,
pudieron reconocer un mástil de navío que se deshacía bajo la bota del aduanero.
Bouvard dijo suspirando:
–¡No estábamos
haciendo nada de malo!
–¡No se puede hacer
nada en los terrenos del cuerpo de ingenieros! –replicó el guarda rural–. Antes
que nada ¿quiénes son ustedes? Tengo que redactar la denuncia.
Pécuchet se rebeló,
clamó contra la injusticia.
–¡No hay nada qué
hacer! Síganme.
Tan pronto como
llegaron al puerto una muchedumbre de chicos los escoltó. Bouvard, rojo como
una amapola, adoptó un aire de dignidad. Pécuchet, muy pálido, echaba miradas
de furia. Esos dos forasteros, que llevaban guija¬rros en sus pañuelos, no
tenían muy buena cara. Se los llevó provisionalmente a la posada, cuyo dueño,
en el umbral, impedía la entrada. Después el albañil reclamó sus herramientas.
Le pagaron. ¡Más gastos todavía! Y el guarda rural no volvía. ¿Por qué? Por fin
un señor que llevaba la cruz de honor los puso en libertad; y se fueron,
después de dar sus nombres, apellidos y domicilio, y no sin haberse
comprometido a ser más circunspectos en lo futuro.
Además de un
pasaporte les faltaban muchas otras cosas y antes de emprender nuevas
exploraciones consultaron la Guía del viajero geólogo de Boné.
Hay que tener,
primero, una buena mochila de soldado, después una cadena de agrimensor, una
lima, pinzas, una brújula y tres martillos, sujetos a un cinturón que se oculta
bajo la levita y "evita así esa apariencia original que debe evitarse en
un viaje". En cuanto a bastón, Pécuchet adoptó directamente el de turista,
de seis pies de alto, larga punta de hierro. Bouvard prefirió un bastón
paraguas o paraguas multirama, cuya empuñadura se saca para abrochar la seda
que se lleva aparte, en una bolsita. No olvidaron los za¬patos fuertes, con
polainas, "dos pares de tirantes cada uno, por la transpiración" y
aunque no se pueda "ir a todas partes con gorra", se resistieron a
gastar en uno de esos sombreros que se pliegan y que llevan el nombre del
som¬brerero Gibus, su inventor". En la misma obra se dan nor¬mas de
conducta: "Saber la lengua del país que se visita"; la sabían.
"Comportarse con modestia"; era lo habitual en ellos. "No llevar
dinero encima"; nada más simple. Por fin, para ahorrarse todo tipo de
inconvenientes, es bueno "asumir la condición de ingeniero".
– ¡Y bueno, la
asumiremos!
Así preparados,
comenzaron sus correrías; a veces esta¬ban ausentes hasta ocho días, pasaban su
vida al aire libre.
A veces, en las
orillas del Orne, divisaban en un claro paneles de piedra que erigían sus
láminas oblicuas entre álamos y brezos, o bien se entristecían por no
encontrar, a lo largo del camino, más que capas de arcilla. Delante de un
paisaje, no admiraban ni la serie de planos, ni la profundidad de lo lejano ni
las ondulaciones del verdor, sino lo que no se veía, lo de abajo, la tierra y
todas las colinas eran para ellos "una prueba más del Diluvio".
A la manía del
Diluvio sucedió la de los bloques erráticos. Las grandes piedras solitarias en
los campos debían provenir de glaciares desaparecidos y buscaban morenas y
margas terreas.
En diversas
ocasiones los tomaron por vagabundos, de¬bido a su atavío y cuando respondían
que eran "ingenie¬ros", los asaltaba el temor, porque la usurpación
de un título semejante podía acarrearles disgustos.
Al fin de día
jadeaban bajo el peso de sus muestras, pero las llevaban a su casa con
intrepidez. Las había en todos los peldaños de la escalera, en las
habitaciones, en el co¬medor, en la cocina y Germaine se quejaba por la
cantidad de polvo.
No era menuda
tarea, antes de pegar etiquetas, averi¬guar el nombre de las piedras; la
variedad de colores y de graneado les hacía confundir la arcilla con la marga,
el granito con el gneis, el cuarzo con la caliza.
Además la
nomenclatura los irritaba. ¿Por qué devónico, cámbrico, jurásico, como si las
tierras designadas con esos nombres no existieran sino en Devonshire, cerca de
Cam¬bridge y en el Jura? Resultaba imposible orientarse. Lo que para uno es
sistema, para otro es una capa y para un tercero un simple asiento. Las hojas
de las capas se en¬tremezclan, se enredan, pero Omalius d'Halloy advierte que
no se ha de creer en las divisiones geológicas.
Esa declaración los
tranquilizó y cuando vieron calizas con poliperos en la llanura de Caen,
filadios en Balleroy, caolín en Saint Blaise, solito en todas partes y buscando
hulla en Cartigny y mercurio en la Chapelle en Juger, cerca de Saint Ló,
decidieron hacer una excursión más lejos, un viaje al Havre ¡para estudiar el
cuarzo pirómaco y la arcilla de Kimmeridge!
Tan pronto como
descendieron del paquebote preguntaron cuál era el camino que llevaba bajo los
faros. Estaba obs¬truido por derrumbe y era peligroso aventurarse en él.
Un cochero los
abordó y les ofreció paseos por los alre¬dedores, Ingouville, Octeville,
Fécamp, Lillebonne, "Roma, si era preciso".
Sus precios no eran
razonables, pero el nombre de Fécamp los había impresionado; apartándose un
poco del camino se podía ver Etretat y tomaron la góndola de Fécamp para ir
primero al punto más alejado.
En la góndola
Bouvard y Pécuchet entablaron conversación con tres paisanos, dos buenas
mujeres y un seminarista, y no vacilaron en presentarse como ingenieros.
Se detuvieron ante
la cuenca, fueron hasta el acantilado y, cinco minutos después, lo rozaron para
eludir un gran charco de agua que avanzaba como un golfo en medio de la costa.
Inmediatamente después vieron una arcada que se abría sobre una gruta profunda.
Era sonora, muy clara, parecida a una iglesia, con columnas de arriba a abajo y
una alfombra de fuco por todo el piso.
Esa obra de la
naturaleza los asombró y se entregaron a altas consideraciones sobre el origen
del mundo.
Bouvard tendía al
neptunismo; Pécuchet, al contrario, era platoniano. El fuego central había
quebrado la corteza del globo, levantado los terrenos, abierto grietas. Era
como un mar interior con sus flujos y reflujos, sus tempestades. Una delgada
película nos separa de él. Uno no dormiría si pen¬sara en todo lo que hay bajo
sus pies. Sin embargo, el fuego central disminuye y el Sol se debilita, tanto
que la Tierra perecerá de enfriamiento un día. Se volverá estéril, toda la
madera y todo el carbón se habrán convertido en ácido carbónico y ningún ser
podrá subsistir. –¡No llegamos a eso todavía! –dijo Bouvard. –¡Esperemos que
no! –replicó Pécuchet. De todos modos, ese fin del mundo, tan lejano como
estuviese, los entristeció y uno al lado del otro caminaban silenciosamente por
sobre los guijarros.
El acantilado,
perpendicular, todo blanco y rayado de negro, aquí y allá, por líneas de
sílice, se tendía hacia el horizonte como la curva de una muralla de cinco
leguas de longitud. Soplaba viento del Este, áspero y frío. El cielo estaba
gris, el mar verdoso y como hinchado. De lo alto de las rocas los pájaros
levantaban vuelo, revoloteaban, volvían rápidamente a sus agujeros. A veces,
una piedra se desprendía y rebotaba de tanto en tanto antes de descender hasta
ellos.
Pécuchet continuaba
pensando en voz alta. –A menos que la Tierra no sea aniquilada por un
cata¬clismo. Se ignora la duración de nuestro período. Con que el fuego central
desbordara, bastaría. –Sin embargo ¿no disminuye?
–Eso no impidió que
sus explosiones produjeran la isla Julia, el Monte Nuovo y muchos más aún.
Bouvard recordó
haber leído esos detalles en Bertrand. –Pero esas cosas no suceden en Europa. –
¡Mil disculpas! El de Lisboa es una prueba. En cuanto a nuestros países, las
minas de hulla y de pirita marcial son numerosas en ellos y muy bien pueden, al
descompo¬nerse, formar bocas volcánicas. Los volcanes, por otra parte, estallan
siempre cerca del mar.
Bouvard paseó su
mirada por las olas y creyó distinguir, a lo lejos, una humareda que subía
hacia el cielo.
–Puesto que la isla
Julia desapareció –continuó Pécu¬chet– otros terrenos producidos por la misma
causa quizás corran la misma suerte. Un islote del Archipiélago es tan
importante como Normandía y aun como Europa. Bouvard imaginó a Europa tragada
por un abismo. –Supón que un temblor de tierra se produce bajo la Mancha. Las
aguas se precipitan en el Atlántico. Las costas de Francia y de Inglaterra
vacilan en sus bases, se inclinan, se juntan y ¡pam! todo el hueco es
aplastado.
En lugar de
responder, Bouvard se puso a caminar tan rápido que pronto estuvo a cien pasos
de Pécuchet. Al quedar solo, la idea de un cataclismo lo turbó. No había comido
desde la mañana. Las sienes le latían. De pronto le pareció que el cielo se
estremecía y que el acantilado, sobre su cabeza, inclinaba su cima. En ese
momento una lluvia de grava cayó de lo alto.
Pécuchet lo vio
salir disparado y comprendió su terror. Le gritó de lejos:
– ¡Detente,
deténte! El período no se cumplió todavía.
Y para alcanzarlo
daba saltos enormes, con su bastón de turista, sin dejar de vociferar:
–¡El período no se
cumplió, el período no se cumplió!
Bouvard,
enloquecido, no dejaba de correr. El paraguas multirarna se le cayó, los
faldones de su levita se volaban y la mochila se bamboleaba en sus espaldas.
Era como una tortuga con alas galopando entre las rocas, hasta que una más
grande que las demás lo ocultó.
Pécuchet llegó
hasta allí sin aliento y no vio a nadie. Después volvió sobre sus pasos para ir
hacia los campos por una "cañada" que Bouvard había tomado, sin duda.
El angosto repecho
estaba como tallado en grandes esca¬lones en el acantilado, tenía el ancho de
dos hombres y relucía como alabastro pulido. A cincuenta pies de altura
Pécuchet quiso descender. El mar estaba en su apogeo. Volvió a trepar.
En el segundo
recodo, cuando advirtió el vacío, quedó helado por el miedo. A medida que se
acercaba al tercero, sus piernas se aflojaban. Las capas de aire vibraban
alre¬dedor de él y un calambre le mordió el epigastrio; se sentó en el suelo
con los ojos cerrados, consciente tan sólo de los latidos de su corazón, que lo
ahogaban. Luego, arrojó su bastón de turista, y con las rodillas y las manos
reanudó su ascensión. Pero los tres martillos colgados del cinturón se le
metían en la barriga, los quilarras, de los cuales tenía los bolsillos llenos,
le golpeaban los flancos; la visera de su gorra lo enceguecía, el viento era
cada vez más fuerte. Por fin alcanzó la" planicie y allí encontró a
Bouvard que había subido más lejos, por una cañada me¬nos difícil.
Los recogió una
carreta. Olvidaron a Etretat.
Al otro día a la
noche, en el Havre, cuando esperaban el paquebote, vieron al pie dé un diario
un folletín intitulado "De la enseñanza de la geología".
Ese artículo, lleno
de datos, exponía la cuestión tal como se la entendía en la época.
Nunca hubo un
cataclismo total en el globo; pero una misma especie no siempre dura lo mismo y
se extingue más rápidamente en un lugar que en otro. Terrenos de una misma edad
contienen fósiles diferentes, como depó¬sitos muy alejados entre sí los tienen
similares. Los helechos de antaño son iguales a los helechos de hoy. Mu¬chos
zoófitos contemporáneos se encuentran también en las capas más antiguas. En
síntesis, las modificaciones actua¬les explican las transformaciones
anteriores. Las mismas causas actúan siempre, la Naturaleza no da saltos y los
períodos, afirma Brongniart, no son, después de todo, sino abstracciones.
Hasta ese momento
habían visto a Cuvier como en medio del fulgor de una aureola, en la cúspide de
una ciencia indiscutible. Ahora estaba socavada. La Creación no tenía la misma
disciplina y el respeto por el gran hombre dis¬minuyó.
Por biografías y
resúmenes supieron algo de las doctri¬nas de Lamarck y de Geoffroy Saint
Hilaire.
Todo eso iba en
contra de las ideas consagradas, de la autoridad de la Iglesia.
Bouvard experimentó
un alivio como si un yugo se hu¬biese roto.
– ¡Quisiera ver,
ahora, lo que el ciudadano Jeufroy me diría del Diluvio!
Lo encontraron en
un pequeño jardín, donde esperaba a los miembros del Consejo de fábrica,
quienes debían reu¬nirse un poco más tarde para considerar la adquisición de
una casulla.
–¿Qué desean los
señores...? –Una aclaración, por favor –comenzó Bouvard. ¿Qué significaban, en
el Génesis, "el abismo que se rompió" y "las cataratas del
cielo"? ¡Porque un abismo no se rompe y el cielo no tiene cataratas!
El abate bajó los
párpados y después respondió que había que distinguir siempre entre el espíritu
y la letra. Hay cosas que en un principio nos disgustan pero que luego, cuando
se las analiza, nos resultan legitimas.
–¡Muy bien! Pero,
¿cómo explicar la lluvia que sobre¬pasaba las más altas montañas, las cuales
medían dos le¬guas? ¡Se da cuenta! ¡Dos leguas!
Y el alcalde, que
llegaba, agregó: –¡Al diablo, qué baño!
–Admita –dijo
Bouvard– que Moisés exageraba bastante.
El cura había leído
a Bonaid y respondió:
–Ignoro sus
motivos; habrá sido, sin duda, para inspirar un terror salutífero en los
pueblos que conducía.
–En fin; y esa masa
de agua ¿de dónde venía?
–¡Qué sé yo! El
aire se había tornado en lluvia, como sucede todos los días.
Por la puerta del
jardín se vio entrar al señor Girbal, director de contribuciones, al capitán
Heurtaux, propietario, y a Beljambe, el posadero, del brazo de Langlois, el
alma¬cenero, quien caminaba con gran esfuerzo debido a su catarro.
Pécuchet, sin
preocuparse por ellos, tomó la palabra.
–Perdón, señor
Jeufroy. El peso de la atmósfera (la ciencia nos lo demuestra) es igual al de
una masa de agua de diez metros de espesor que envolviera la Tierra. Como
consecuencia, si todo el aire condensado cayera encima de ésta en estado
líquido, aumentaría muy poco la masa de las aguas ya existentes.
Y los fabriqueros
abrían muy grandes los ojos, escuchaban.
El cura se
impacientó.
–¿Niegan ustedes
que se han encontrado conchas en las montañas? ¿Quién, las puso allí sino el
Diluvio? Las conchas no acostumbran, creo, crecer por sí solas en la tierra
como zanahorias.
Y como sus palabras
hicieron reír a los allí reunidos, agregó frunciendo los labios:
–A menos que no sea
ese otro de los descubrimientos de la ciencia.
Bouvard quiso
responder con lo del levantamiento de las montañas, según la teoría de Elie de
Beaumont. –¡No lo conozco! –respondió el abate. Foureau se apresuró a decir:
–¡Es de Caen! Yo lo vi una vez en la Prefectura. –Pero si su Diluvio –insistió
Bouvard– hubiese arras¬trado conchas, se las encontraría rotas en la superficie
y no a profundidades que a veces llegan a los trescientos metros.
El sacerdote volvió
a lo de la veracidad de las Escrituras, la tradición del género humano y los
animales descubiertos en el hielo, en Siberia.
¡Eso no prueba que
el hombre haya vivido en la misma época que ellos! La Tierra, según Pécuchet,
era considera¬blemente más vieja.
–El delta del
Missisipi se remonta a decenas de miles de años. La época actual tiene cien mil
por lo menos. Las listas de Manéthon...
El conde de
Faverges apareció. Todos callaron al verlo acercarse.
–¡Continúen, por
favor! ¿De qué hablaban? –Discutíamos con estos señores. –¿A propósito de qué?
–De las Santas Escrituras, señor conde. Bouvard, inmediatamente, alegó que
tenían derecho, como geólogos, a discutir de religión.
–Tenga cuidado
–dijo el conde–. Usted ya conoce el dicho, querido señor: un poco de ciencia
nos aleja de la religión, pero mucha nos hace volver a ella. Y con tono
altanero y paternal al mismo tiempo, agregó: –Créanme ¡ustedes volverán!
¡Volverán! –Puede ser; pero ¿qué se puede pensar de un libro en el cual se
afirma que la luz fue creada antes que el sol, como si el sol no fuese la única
causa de la luz?
–¿Olvidan ustedes
esa que se llama boreal? –dijo el eclesiástico.
Bouvard, sin
responder a la objeción, negó vigorosamente que la luz pudiese existir por un
lado y las tinieblas por otro, que haya habido una noche y un día cuando los
astros no existían todavía, y que los animales apareciesen de repente, en lugar
de formarse por cristalización.
Como las alamedas
eran demasiado estrechas y hacían grandes ademanes, iban caminando por los
arriates. Langlois fue presa de una quinta de tos. El capitán gritaba:
–¡Ustedes son
revolucionarios!
Y Girbal: –¡Paz,
paz!
Y el padre:
–¡Qué materialismo!
Y Foureau:
– ¡Ocupémonos mejor
de nuestra casulla!
–¡Eh, déjenme
hablar! –Y Bouvard, acalorado, llego a decir que el hombre descendía del mono.
Todos los
fabriqueros se miraron, muy asombrados y como para asegurarse de que no eran
monos.
Bouvard insistió.
–Y si se compara el
feto de una mujer, el de una perra y el de un pájaro...
–¡Basta!
– ¡Yo voy más
lejos! –exclamó Pécuchet–. El hombre desciende de los peces.
Estallaron risas,
pero él continuó imperturbable: –El Telliamed, un libro árabe...
– ¡Vamos señores,
comencemos la sesión! Y entraron en la sacristía.
Los dos compañeros
no le habían ganado al abate Jeufroy, como lo habían supuesto, por lo que
Pécuchet le encontró "el sello del jesuitismo".
Su luz boreal los
inquietaba, sin embargo y la buscaron en el manual de D'Orbigny.
Es una hipótesis
para explicar cómo los vegetales fó¬siles de la Bahía de Baffin, se asemejan a
las plantas ecua¬toriales. Se supone, en el lugar del Sol, un gran foco
lu¬minoso, hoy desaparecido, del cual las auroras boreales quizás no sean sino
vestigios.
Después los asaltó
una duda acerca del origen del hom¬bre y, confundidos, pensaron en Vaucorbeil.
Sus amenazas no
habían tenido consecuencias. Como en otros tiempos, a la mañana pasaba por
delante de la verja golpeando con su bastón todos los barrotes, uno tras otro.
Bouvard lo espió y
después de detenerlo, le dijo que quería someter a su consideración un curioso
punto de antropología. –¿Cree usted que el género humano descienda de los
peces?
– ¡Qué tontería!
–Más bien de los
monos, ¿no es cierto?
–Directamente, es
imposible.
¿En quién confiar?
Porque al fin de cuentas ¡el doctor no era un católico!
Y continuaron con
sus estudios, pero sin pasión, cansa¬dos del eoceno y del mioceno, del Mont
Jorullo, de la isla Julia, de los mamuts de Siberia y de los fósiles
invariable¬mente comparados por todos los autores con "medallas que son
testimonios auténticos" tanto como que un día, Bou¬vard arrojó su mochila
al suelo, proclamando que no iría más allá.
La geología es
demasiado defectuosa. Apenas conocemos algunos lugares de Europa. En cuanto al
resto, junto con el fondo de los océanos, nunca se lo conocerá.
Por fin, como
Pécuchet mencionase al reino mineral, dijo:
–¡Yo no creo en el
reino mineral! ¡Si las materias orgá¬nicas han participado de la formación del
sílice, de la tiza y quizás del oro! ¿El diamante no fue carbón? La hulla ¿no
es una amalgama de vegetales? Calentándola a no sé cuán¬tos grados se obtiene serrín
de madera, y así todo pasa, todo sucumbe. La creación está hecha de una materia
on¬dulante y fugaz. ¡Mejor sería ocuparnos de otra cosa!
Se acostó de
espaldas y se echó a dormitar, en tanto que Pécuchet, con la cabeza gacha y una
rodilla entre las ma¬nos, se sumía en reflexiones.
Una franja de musgo
bordeaba un camino encajonado, sombreado por fresnos cuyas ligeras copas
temblaban. La angélica, la menta y la lavanda exhalaban olores cálidos,
picantes; la atmósfera estaba pesada y Pécuchet, sumido en una especie de
embotamiento, pensaba en las innume¬rables existencias esparcidas alrededor de
él, en los insec¬tos que zumbaban, en los manantiales ocultos bajo el cés¬ped,
en la savia de las plantas, en los pájaros en sus nidos, en el viento, en las
nubes, en toda la Naturaleza, sin tratar de descubrir sus misterios, seducido
por su fuerza, perdido en su grandeza.
–¡Tengo sed! –dijo
Bouvard, despertando.
–¡Igual que yo! De
muy buena gana bebería algo.
–Es fácil –dijo un
hombre que pasaba en mangas de camisa con una tabla al hombro.
Y reconocieron al
vagabundo a quien Bouvard había dado, una vez, un vaso de vino. Parecía diez
años más joven, peinado con rizos en las sienes, el bigote bien lustroso y
contoneándose a la manera de un parisiense.
A unos cien pasos,
más o menos, abrió la puerta de un patio, apoyó la tabla contra una pared y los
hizo entrar en una alta cocina.
–¡Mélie! ¿Estás
ahí, Mélie?
Una muchacha
apareció que por orden de él fue a "sacar bebida" y volvió a la mesa
para servir a los señores.
Sus cabellos, del
color del trigo, rebasaban un capillo de tela gris. Todas sus pobres
vestimentas caían a lo largo de su cuerpo sin un pliegue y con su nariz recta y
sus ojos azules, había en ella algo de delicado, de campestre y de ingenuo.
–¿Es simpática, no?
–dijo el carpintero mientras ella iba a buscar los vasos–. ¡Cualquiera juraría
que es una señorita vestida de campesina! ¡Y fuerte para el trabajo, sin
embargo! ¡Pobre corazoncito! Cuando sea rico me ca¬saré con ella.
–Usted dice siempre
tonterías, señor Gorgu –respondió ella con voz dulce y arrastrando las
palabras. Un mozo de cuadra fue a buscar avena con un viejo arcón y dejó caer
la tapa con tanta violencia que saltó de ella una astilla de madera.
Gorgu se enfureció
contra todo esos pesados "mucha¬chos del campo" y después, de
rodillas ante el mueble, buscó el lugar donde encajaba el pedazo. Pécuchet, al
tratar de ayudarlo, distinguió bajo el polvo figuras de per¬sonajes.
Era un cofre del
Renacimiento, con un torzal en la parte de abajo, pámpanos en las esquinas y
columnitas que di¬vidían la parte de adelante en cinco compartimientos. En el
centro se veía a Venus Anadiómena de pie en una concha, después a Hércules y
Onfalia, a Sansón y Dalila, Circe y sus cerdos, a las hijas de Lot embriagando
a su padre, todo eso deteriorado, carcomido por la polilla y además faltaba el
panel de la derecha. Gorgu tomó una vela para que Pécuchet pudiera ver mejor el
de la izquierda, en el que estaban, bajo el árbol del Paraíso, Adán y Eva en
una postura muy indecente. Bouvard también admiró el cofre. –Si les interesa,
puedo dejárselo a buen precio. Vacilaron, habida cuenta de las reparaciones que
ne¬cesitaba.
Gorgu podía
hacerlas, la ebanistería era su oficio. –Vamos, vengan. –Y llevó a Pécuchet
hacia la casucha donde la señora Castillon, la patrona, tendía la ropa.
Mélie, en cuanto
lavó sus manos, tomó del marco de la ventana su labor de encaje y se sentó a
plena luz a tra¬bajar.
El marco de la
puerta la encuadraba. Los bolillos se movían entre sus dedos con un repiqueteo
de castañuelas. Su perfil permanecía inclinado.
Bouvard le preguntó
por sus padres, de dónde era, cuán¬to le pagaban.
Era de Ouistreham,
no tenía familia, ganaba un doblón por mes. A Bouvard le gustó tanto la
muchacha que deseó tomarla a su servicio para que ayudara a la vieja Germaine.
Pécuchet reapareció con la granjera y mientras ellos con¬tinuaban con su
regateo, Bouvard le preguntó con voz muy baja a Gorgu si la criadita aceptaría
convertirse en su sirvienta. – ¡Caramba! –De todos modos –dijo Bouvard– tengo
que consultar a mi amigo. –Y bien, yo haré lo mismo. Pero ¡no diga nada! Por la
burguesa...
Acababan de cerrar
trato por treinta y cinco francos. Por lo de las reparaciones, ya se
entenderían.
Apenas llegaron al
patio Bouvard comunicó su intención respecto de Mélie.
Pécuchet se detuvo
para pensar mejor, abrió su tabaquera, aspiró una pizca y, después de sonarse,
dijo:
–A decir verdad, es
una buena idea. ¡Dios mío, ¿por qué no? Por otra parte ¡tú eres el amo!
Diez minutos
después Gorgu apareció en el borde de un foso y los interpeló:
–¿Cuándo tengo que
llevarles el mueble? –Mañana.
–Y por el otro
asunto ¿ya se decidieron? –¡Convenido! –respondió Pécuchet.
4
Seis meses más
tarde estaban convertidos en arqueólo¬gos y su casa parecía un museo.
Una vieja viga de
madera se erguía en el vestíbulo. Los especímenes de geología colmaban la
escalera y una ca¬dena enorme se extendía por el suelo a lo largo de todo el
corredor.
Habían quitado la
puerta de entre las dos habitaciones en las que no dormían y clausurado la
entrada exterior de la segunda, para hacer de esas dos piezas una sola
habitación.
Cuando se pasaba
del umbral se tropezaba con una pila de piedra (un sarcófago galorromano) y,
más allá, la mi¬rada no podía escapar de la quincalla.
Contra el muro de
enfrente un calentador señoreaba so¬bre dos morillos y una plancha de chimenea
que represen¬taba a un monje acariciando a una pastora. Alrededor de aquello,
en repisas, se veía candeleros, cerraduras, pernos, tuercas. El piso desaparecía
bajo fragmentos de tejas rojas. En una mesa, en el centro, se exhibían las
curiosi¬dades más extrañas: el armazón de un gorro de Cauchoise, dos urnas de
arcilla, dos medallas, un frasco de vidrio opalino. Un sillón tapizado tenía en
su respaldo un trián¬gulo de "guipure". Un pedazo de cota de malla
adornaba el tabique de la derecha; y más abajo unas escarpías sos¬tenían
horizontalmente a una alabarda, pieza única.
La segunda
habitación, a la que se llegaba bajando dos escalones, guardaba los antiguos
libros traídos de París y aquellos que habían descubierto en un armario cuando
llegaron. Armario al cual le habían quitado las puertas y que ahora llamaban
biblioteca.
El árbol
genealógico de la familia Crolxmare ocupaba todo el reverso de la puerta. En la
pared, en cambio, el rostro al pastel de una dama con traje Luis XV, hacía
juego con el retrato de Bouvard padre. El marco del espejo tenía como adorno un
sombrero1 de fieltro negro y una mons¬truosa galocha llena de hojas, restos de
un nido.
Dos cocos (que
pertenecían a Pécuchet desde su ju¬ventud) flanqueaban en la chimenea a un
tonel de cerá¬mica que cabalgaba un campesino. Al lado, en un cesto de paja, un
pato.
Delante de la
biblioteca campeaba una cómoda de con¬chas con ornamentos de felpa. Su tapa
sostenía un gato con un ratón en la boca –petrificación de Saint Allyre–, una
caja de costura también de conchas y encima de esta caja, una jarra de
aguardiente que contenía una pera de calabacil.
Pero lo más hermoso
era lo que había en el alféizar de la ventana: ¡una estatua de San Pedro! Su
mano derecha enfundada en un guante apretaba la llave del Paraíso, de color
verde manzana; su casulla, adornada con flores de lis, era azul cielo y su
tiara muy amarilla y puntiaguda como una pagoda. Tenía las mejillas pintadas,
grandes ojos re¬dondos, la boca abierta y la nariz torcida y respingada. Encima
colgaba un baldaquín hecho con una vieja alfombra en el cual se veían dos
amores en un círculo de rosas, y a sus pies, como una columna, se levantaba una
mantequera que tenía estas palabras escritas con letras blancas en fondo
chocolate: "Hecho ante S.A. R. Monseñor el duque de Angulema, en Noron, el
3 de octubre de 1817".
Pécuchet, desde su
lecho, veía todo eso en fila y a veces, iba hasta la pieza de Bouvard para
ampliar la perspectiva.
Un lugar permanecía
vacío frente a la cota de malla, el del cofre renacimiento.
Aún no estaba
terminado y Gorgu trabajaba en él todavía; cepillaba los paneles con la
garlopa, los ajustaba, los volvía a sacar.
A las once
almorzaba, después charlaba con Mélie y con frecuencia no regresaba en todo el
día.
Bouvard y Pécuchet
se habían puesto en campaña para conseguir fragmentos del mismo tipo que el
mueble. Lo que traían no era lo que convenía. Pero habían encontrado una
cantidad de cosas curiosas. Se había despertado en ellos el gusto por las
baratijas, después el amor por la Edad Media.
Primero visitaron
catedrales y las altas naves reflejándose en las pilas del agua bendita, los
vitrales deslumbrantes como tapices de pedrería, los sepulcros en el fondo de
las capillas, la luz incierta de las criptas, todo, hasta la frescura de las
murallas, les producía un estremecimiento de placer, una emoción religiosa.
Pronto fueron
capaces de distinguir las épocas y desde¬ñando a los sacristanes decían:
–¡Ah, un ábside
románico! Es del siglo XII. ¡De nuevo en el flamígero!
Trataban de
entender los símbolos esculpidos en los capiteles, como el de los dos grifos de
Marigny picoteando un árbol en flor. Pécuchet vio una sátira en los chantres de
mandíbula grotesca que rematan las cimbras de Feuguerolies; y la exuberancia
del hombre obsceno que cubre uno de los cruceros de Hérouville, era la prueba,
según Bouvard, de que a nuestros abuelos les había gustado la chocarrería.
Llegaron a no poder
tolerar la más pequeña señal de decadencia. Todo era decadencia y ellos
deploraban el vandalismo, echaban pestes contra el encalado.
Pero el estilo de
un monumento no siempre va de acuerdo con la fecha que se le supone. En el
siglo XIII, el medio punto aún dominaba en Provenza.
1 En castellano en
el original.
La ojiva quizás sea
muy antigua y hay autores que ponen en tela de juicio la ante¬rioridad del
románico sobre el gótico... Esa falta de cer¬tidumbre los disgustaba.
Después de las
iglesias estudiaron los castillos fortifi¬cados; los de Domfront y de Falaise.
Admiraron bajo la puerta las ranuras del rastrillo, y cuando llegaban a la
cum¬bre, contemplaban primero toda la campiña, después los techos de la ciudad,
las calles que se entrecruzaban, las ca-rreteras en la plaza, las mujeres
lavando. El muro caía a pico hasta las malezas de las zanjas y empalidecían al
pensar que hombres habían subido hasta allí suspendidos de escalas. Se hubieran
aventurado por los subterráneos, pero a Bouvard se lo impedía su barriga y a
Pécuchet su miedo a las víboras.
Quisieron conocer
viejas casas solariegas, Curcy, Bully, Fontenay le Marmion, Argouges. A veces,
en una esquina de los edificios, detrás del estercolero, se levanta una torre
carolingia. La cocina con bancos de piedra hace pen¬sar en las comilonas
feudales. Otras tienen un aspecto exclusivamente hosco, con sus tres murallas
todavía visi¬bles, troneras debajo de las escaleras, largas torrecillas de
agudos testeros. Después se llega a un apartamento en el cual, una ventana del
tiempo de los Valois, cincelada como un marfil, deja entrar el sol que calienta
granos de colza esparcidos en el suelo. Las abadías sirven como graneros. Las
inscripciones de las lápidas sepulcrales están borradas. En medio de los
campos, un aguilón queda en pie y está cubierto, de arriba a abajo, por una
hiedra que el viento hace temblar.
Muchas cosas
despertaban su codicia, un bote de estaño, una hebilla de estrás, indianas de
grandes rameados. La falta de dinero los contenía.
Por un azar
providencial, descubrieron en Balleroy, en lo de un estañador, un vitral
gótico, que resultó lo bastante grande como para cubrir la parte derecha de la
ventana, hasta el segundo vidrio, cerca del sillón. El campanario de
Chavignolles que aparecía a lo lejos, producía un efecto espléndido.
Con la base de un
armario Gorgu fabricó un reclinatorio para poner bajo el vitral, pues les
estimulaba su manía. Esta llegó a ser tan fuerte que les hizo lamentarse por
los mo¬numentos de los cuales no se sabía absolutamente nada, como la casa de
recreo de los obispos de Séez.
–Bayeux –dijo el
señor Caumont– debía de tener un teatro.
Y ellos buscaron el
emplazamiento en vano.
La aldea de
Montrecy tiene un prado célebre por las me¬dallas de emperadores que en otros
tiempos se descubrie¬ron en él. Contaban con que harían allí una buena cosecha.
El guardián les negó la entrada.
No fueron más
afortunados con la comunicación que había entre una cisterna de Falaise y el
suburbio de Caen. Patos que fueron introducidos allí, reaparecieron en
Vaucelles graznando "can can can", de donde le vino el nombre a la
ciudad.
Ninguna gestión les
pesaba, ningún sacrificio.
En la posada de
Mesnil Villement, en 1816, el señor Galerón había comido por la suma de cuatro
sueldos. Ellos tomaron la misma comida y comprobaron con sorpresa, que ya no
era lo mismo.
¿Quién es el
fundador de la abadía de Sainte Anne? ¿Existe un parentesco entre Marín Onfroy,
que importó en el siglo XII una nueva especie de papas, y Onfroy, gober¬nador
de Hastings en la época de la conquista? ¿Cómo con¬seguir La astuta
pitonisa", comedia en verso de un tal Dutrésor, hecha en Bayeux y
actualmente una rareza? Bajo Luis XVI, Hérambert Dupaty o Dupastis Hérambert,
escri¬bió una obra, que nunca apareció, llena de anécdotas acerca de Argentan.
Habría que encontrar esas anécdotas. ¿Qué fue de las memorias autógrafas de la
señora Dubois de la Pierre, consultadas para la historia inédita de Laigle por
Louis Dasprés, capellán de Saint Martín? ¡Y tantos otros problemas y puntos
curiosos por aclarar!
Pero con frecuencia
un pequeño indicio señala el camino de un descubrimiento inapreciable.
Por lo tanto, se
pusieron sus blusas, para no llamar la atención, y se presentaron en las casas
como buhoneros que iban a comprar papeles viejos. Les vendieron mon¬tones. Eran
cuadernos de escuela, facturas, diarios viejos, nada útil.
Por fin, Bouvard y
Pécuchet se dirigieron a Larsonneur.
Este estaba sumido
en el celticismo y luego de responder de manera sucinta a sus preguntas, les
hizo otras.
¿Habían observado,
en sus andanzas, rastros de la reli¬gión del perro, como se ve en Montargis?
¿Algún detalle especial sobre las hogueras de San Juan, las bodas, los dichos
populares, etc.? Hasta les rogó que le recogieran algunas hachas de sílice,
llamadas por entonces celtae, que los druidas empleaban en "sus criminales
holocaustos".
Por medio de Gorgu
consiguieron una docena; le envia¬ron la menos grande. Las otras fueron a
enriquecer el museo.
Se paseaban por
éste con amor, lo barrían ellos mismos, le habían hablado de él a todos sus
conocidos.
Una tarde, la
señora Bordin y el señor Marescot fueron a verlo.
Los recibió Bouvard
y comenzó la recorrida por el ves¬tíbulo.
La viga era nada
menos que la antigua horca de Falaise, según el carpintero que se la había
vendido el cual tenía esa información de su abuelo.
La gruesa cadena
del corredor provenía de los calabozos del torreón de Torteval. Se parecía,
según el notario, a las cadenas de los mojones de los patios principales.
Bouvard estaba convencido de que había servido otrora para enca¬denar a los
cautivos. Y abrió la puerta de la pieza primera.
–¿Para qué son esas
tejas? –exclamó la señora Bordin.
–¡Para calentar las
estufas! Pero, un poco de orden, por favor. Esta es una tumba descubierta en
una posada don¬de la usaban como bebedero.
Luego, Bouvard tomó
las dos urnas llenas de una tierra que eran cenizas humanas, y acercó el frasco
a sus ojos para mostrar el método mediante el cual los romanos ver¬tían en ella
sus lágrimas.
–Pero, ¡en su casa
no se ven más que cosas lúgubres!
Efectivamente, era
un poco serio para una dama; enton¬ces sacó de una caja de cartón varias
monedas de cobre y un denario de plata.
La señora Bordin le
preguntó al notario cuánto podía valer en la actualidad.
La cota de malla
que el notario examinaba se le escapó de las manos y algunos anillos se
rompieron. Bouvard disimuló su disgusto.
Hasta tuvo la
cortesía de descolgar la alabarda, e in¬clinándose, levantando los brazos,
golpeando con los talo¬nes, hizo como que cortaba los jarretes de un caballo,
como si cargara a la bayoneta, como si abatiera a un enemigo. La viuda, para
sus adentros, lo consideró un mozo aguerrido.
Se mostró
entusiasmada por la cómoda de conchas. El gato de Saint Allyre la asombró
mucho, la pera en la jarra un poco menos. Después, cuando llegó a la chimenea,
exclamó:
–¡Ah, este sombrero
necesitaría un zurcido!
Tres agujeros,
marcas de balas, horadaban las alas.
Había pertenecido a
un jefe de ladrones en la época del Directorio, David de la Bazoque, apresado
por traición y matado inmediatamente.
–¡Tanto mejor; muy
bien hecho! –dijo la señora Bordin.
Marescot sonreía
ante los objetos de una manera desde¬ñosa. No entendía el sentido de esa
galocha que había sido la enseña de un zapatero, ni el del tonel de cerámica,
un vulgar jarro de sidra; y el San Pedro, francamente, estaba lamentable con
esa fisonomía de ebrio.
La señora Bordin
hizo esta observación: –¡Debió de costarle bastante, de todos modos! –¡Oh, no
demasiado, no demasiado! Un techista se lo había dado por quince francos.
Después censuró, por su inconveniencia, el escote de la dama de peluca
empolvada.
–¿Qué tiene de
malo? –respondió Bouvard–. ¡Cuando se tiene algo hermoso...! –Y agregó, con voz
más baja: –Como usted, estoy seguro.
El notario les daba
la espalda, ocupado en el estudio de las ramas de la familia Crolxmare. Ella no
respondió, pero se puso a juguetear con su larga cadena de reloj. Sus pechos
henchían el tafetán negro de su blusa; y con las pestañas entornadas, bajaba el
mentón, como una tórtola que se pavonea. Después preguntó con tono de
ingenuidad:
–¿Cómo se llamaba
esa dama?
–No se sabe. Era
una amante del Regente, ya sabe, ¡aquel tan bromista!
– ¡Ya lo creo! Las
memorias de esos tiempos... –Y el notario, sin terminar su frase, lamentó ese
ejemplo de un príncipe arrastrado por sus pasiones.
– ¡Pero ustedes son
todos así!
Los dos hombres
protestaron y como consecuencia se entabló un diálogo sobre las mujeres y el
amor. Marescot afirmó que existen muchas uniones felices.
–A veces, sin que
siquiera se sospeche, uno tiene al lado lo que necesita para ser dichoso. –La
alusión era directa. Las mejillas de la viuda enrojecieron, pero se repuso casi
en seguida.
–Nosotros ya no
estamos en edad de hacer locuras, ¿no es cierto, señor Bouvard?
– ¡Ah! a mí no me
parece. –Y le ofreció el brazo para llevarla a la otra habitación–. Cuidado con
los escalones. ¡Muy bien! Ahora mire el vitral.
Se veía en éste un
manto escarlata y las dos alas de un ángel, todo lo demás se perdía bajo los
plomos que mantenían en equilibrio las numerosas roturas del vidrio. La luz
declinaba, las sombras se alargaban. La señora Bordin se había puesto seria.
Bouvard se fue y
reapareció cubierto con una cobija de lana, se arrodilló en el reclinatorio,
con los codos hacia afuera, el rostro entre las manos y con el resplandor del
sol dándole en la calva. Y tenía conciencia de ese efecto porque dijo:
–¿No tengo el
aspecto de un monje de la Edad Media?
Después levantó la
frente en sentido oblicuo, y con la mirada perdida en el vacío, imprimió a su
rostro una ex¬presión mística.
Se oyó en el
corredor la voz grave de Pécuchet.
–¡No tengan miedo,
soy yo!
Entró con la cabeza
completamente cubierta con un casco, una olla de hierro con orejeras
puntiagudas.
Bouvard no abandonó
el reclinatorio. Los otros dos per¬manecían de pie. Pasaron un minuto sumidos
en el asombro.
La señora Bordin le
pareció un poco fría a Pécuchet. Sin embargo, quiso saber si se le había
mostrado todo.
–Me parece... –Y
señalando la muralla–: ¡Ah, perdón! Aquí pondremos un objeto que están
reparando en estos momentos.
La viuda y Marescot
se retiraron.
Los dos amigos
habían pensado en simular una compe¬tencia. Salían de compras cada uno por su
lado y el se¬gundo hacía ofertas superiores a las del primero. Pécu¬chet
acababa de obtener el casco de esa manera.
Bouvard lo felicitó
y a su vez recibió elogios por la cobija.
Mélie, con
cordones, hizo de ella una especie de hábito. Se la ponían por turno para
recibir a las visitas.
Recibieron las de
Girbal, Foureau, la del capitán Heurtaux y después las de personas inferiores,
Langlois, Beljambe, sus granjeros, hasta las de sirvientes de vecinos; y
siem¬pre daban las mismas explicaciones, mostraban el lugar donde estaría el
cofre, fingían modestia, pedían indulgen¬cia por el amontonamiento.
Pécuchet, en esos
días, llevaba el gorro de zuavo que había usado antaño en París, pues lo
consideraba más acorde con el ambiente artístico. En un cierto momento, se
ponía el casco y lo echaba hacia la nuca para despejar su rostro. Bouvard no
olvidaba la maniobra de la alabarda; por fin, se preguntaban con la mirada si
el visitante merecía que representaran "el monje de la Edad Media".
¡Qué emoción cuando
se detuvo delante de su verja el coche del señor de Faverges! Sólo tenía una
cosa que de¬cirles. Era ésta: Hurel, el hombre que se ocupaba de sus negocios,
le había informado que en su busca de docu¬mentos por todas partes, ellos habían
comprado papeles viejos en la granja de Aubrye.
Nada más cierto.
¿No habían
descubierto, acaso, cartas del barón de Gonneval, antiguo ayuda de campo del
duque de Angulema, que había residido en Aubrye? Esa correspondencia interesaba
por razones de familia.
Ellos no la tenían.
Pero sí tenían una cosa que le inte¬resaba. Si se dignaba seguirlos hasta la
biblioteca.
Nunca unas botas de
charol como aquellas habían cru¬jido en el corredor.
Tropezaron con el
sarcófago. A punto estuvo de aplastar algunas tejas, dieron la vuelta al
sillón, bajaron dos esca¬lones y cuando llegaron a la segunda pieza, le
mostraron, debajo del baldaquín, delante del San Pedro, la mantequera hecha en
Noron.
Bouvard y Pécuchet
habían creído que la fecha, en una de esas, podía servir.
El gentilhombre,
por amabilidad, inspeccionó su museo. Y repetía:
–¡Encantador! ¡Muy
bien! –sin dejar de darse, mientras tanto, golpecitos en la boca con el pomo de
su bastón. El, por su parte, les agradecía que hubieran salvado esos vestigios
de la Edad Media, época de fe religiosa y abne¬gación caballeresca. Amaba el
progreso, y se hubiese con¬sagrado, como ellos, a esos interesantes estudios,
pero la política, el Concejo General, la agricultura, un verdadero torbellino,
se lo impedían.
–Después de
ustedes, sin embargo, no será mucho lo que nos quedará, porque se habrán hecho
de todas las curiosidades del departamento.
–Sin jactancia, eso
pensamos –dijo Pécuchet.
No obstante, algo
se podía descubrir aún en Chavignolles; había, por ejemplo, contra el muro del
cementerio, en la callejuela, una pila de agua bendita hundida en la hierba
desde tiempos inmemoriales.
La información los
puso muy contentos, intercambiaron una mirada significativa, "¿vale la
pena?"; pero el conde ya abría la puerta.
Mélie, que se
encontraba detrás, huyó a la carrera.
Cuando pasaba por
el patio vio a Gorgu, fumando la pipa con los brazos cruzados.
–¿Ustedes emplean a
ese mozo? ¡Hurn! No me fiaría de él en un día de tumulto.
Y el señor de
Faverges volvió a subir a su tílburi. ¿Por qué su criada parecía tener miedo?
La interrogaron y
les contó que había servido en la granja del conde. Era aquella muchachita que
daba de beber a las segadoras el día que ellos habían ido. Dos años más tarde,
la habían tomado como ayudante en el castillo y despedido como "consecuencia
de falsos informes".
Y a Gorgu ¿qué
podían reprocharle? Era muy hábil y les mostraba una consideración infinita.
Al otro día, al
alba, fueron al cementerio. Bouvard, con su bastón, tanteó en el lugar
indicado. Un cuerpo duro resonó. Arrancaron algunas ortigas y descu¬brieron una
palangana de gres, una pila bautismal en la que crecían plantas.
No es costumbre,
sin embargo, enterrar las pilas bautis¬males fuera de las iglesias.
Pécuchet hizo un
dibujo, Bouvard una descripción y en¬viaron todo a Larsonneur. Su respuesta fue
inmediata.
–¡Victoria, mis
queridos colegas! ¡Indudablemente, es una tina druídica!
¡Sin embargo,
debían tener cuidado! El hacha era du¬dosa. Y había una serie de obras que
tanto ellos como él mismo, debían consultar.
Larsonneur
confesaba, en un post scriptum, su deseo de conocer la tina, lo que sucedería a
los pocos días, cuando hiciera el viaje a Bretaña.
Entonces Bouvard y
Pécuchet se zambulleron en la ar¬queología céltica. Según esta ciencia, los
antiguos galos, nuestros abuelos, adoraban a Kirk y Kron, Taranis, Esus,
Netalemnia, el Cielo y la Tierra, el Viento, las Aguas y por sobre todo, al
gran Teutates, que es el Saturno de los paganos. Claro; cuando Saturno reinaba
en Fenicia, se casó con una ninfa llamada Anobret, con la que tuvo un hijo
llamado Jeüd; y Anobret tiene los rasgos de Sara y Jeüd fue sacrificado (o casi
lo fue) como Isaac; por lo tanto, Saturno es Abraham, de donde se infiere que
la religión de los galos tenía los mismos principios que la de los judíos. Su
sociedad estaba muy bien organizada. La primera clase de personas comprendía al
pueblo, la nobleza y el rey, la segunda a los jurisconsultos y en la tercera,
la más alta, se alineaban, según Taillepied, "las diversas especies de
filósofos", es decir, los druidas o saronidas, los que a su vez se
dividían en aubages, bardos y vates. Unos profetizaban, otros cantaban y otros
enseñaban botánica, medicina, historia y literatura, en una palabra,
"to¬das las artes de su época". Pitágoras y Platón fueron sus
discípulos. Les enseñaron metafísica a los griegos, bru¬jería a los persas,
aruspicina a los etruscos; y a los ro¬manos, el estañado del cobre y el
comercio de los jamones.
Pero de ese pueblo
que dominaba el mundo antiguo, no quedan sino piedras, solas o en grupos de
tres, o dispues¬tas como galerías o formando recintos.
Bouvard y Pécuchet,
llenos de entusiasmo, estudiaron su¬cesivamente la Pierre-du-Post de Ussy, la
Pierre-Couplée en Guest, la Pierre du Jarier, cerca de Laigle ¡y muchas más!
Todos esos bloques,
de una misma insignificancia, los abu¬rrieron rápidamente y un día, cuando
acababan de ver el menhir de Passais, ya iban a volverse cuando su guía los
llevó a un bosque de hayas, lleno de bloques de granito que parecían pedestales
o monstruosas tortugas.
El más grande está
ahuecado como un cuenco. Uno de los bordes es más alto y del fondo salen dos
entalladuras que bajan hasta el suelo; eran para que corriera la sangre ¡no
cabía duda! El azar no hace esas cosas.
Las raíces de los
árboles se entremezclaban con esas rocas abruptas. Llovía un poco; a lo lejos
se levantaban copos de bruma, como grandes fantasmas. Era fácil ima¬ginar a los
sacerdotes, bajo el follaje, con tiara de oro y traje blanco, con sus víctimas
humanas con los brazos atados a las espaldas; y en el borde del cuenco a la
sa¬cerdotisa druida, observando el arroyo rojo, en tanto que alrededor de ella,
la muchedumbre aullaba, en medio del alboroto de los címbalos y de las bocinas
hechas con cuer¬nos de uros.
En seguida hicieron
un plan.
Y una noche, al
claro de la luna, tomaron el camino del cementerio, andando como ladrones, a la
sombra de las casas. Las persianas estaban cerradas y las chozas tran¬quilas;
no se oía ni el ladrido de un perro. Acompañados por Gorgu, comenzaron a
trabajar. Sólo se oía el ruido de los guijarros golpeados por la pala con la
que cavaban en el césped. La cercanía de los muertos les resultaba
des¬agradable; el reloj de la iglesia emitía un continuo ester¬tor y el rosetón
de su tímpano tenía el aspecto de un ojo que espiaba a los sacrílegos. Por fin,
se llevaron la tina.
Al otro día
volvieron al cementerio para ver las huellas de la operación.
El abate, que
tomaba el fresco en la puerta, les rogó que le hicieran el honor de visitarlo y
cuando los hubo hecho entrar en su salita, los miró de manera singular.
En medio del
aparador, entre los platos, había una sopera decorada con ramilletes amarillos.
Pécuchet la elogió,
tanto como para decir algo.
–Es un viejo Ruán
–dijo el cura–, era de mi familia. Los aficionados la aprecian, el señor
Marescot sobre todo.
El, gracias a Dios,
no tenía afición por las curiosidades; y como ellos parecían no comprender, les
dijo que él mismo los había visto llevándose la pila bautismal.
Los dos arqueólogos
quedaron bastante confundidos, balbuciantes. El objeto en cuestión estaba fuera
de uso. ¡No importa! Debían devolverlo.
¡Sin duda! Pero por
lo menos que se les permitiese lla¬mar a un pintor para que lo dibujara. –Está
bien, señores.
–Esto queda entre
nosotros, ¿no es cierto? –dijo Bou¬vard–. "¡Secreto de confesión!"
El eclesiástico,
sonriente, los tranquilizó con un gesto. No era a él a quien temían, sino más
bien a Larsonneur. Cuando pasara por Chavignolles, querría ver la tina y sus
habladurías llegarían a oídos del gobierno. Por prudencia la ocultaron en el
galpón dei horno, después en la glorieta, en la cabaña, en un armario. ¡Gorgu
estaba cansado de acarrearla de un lado a otro!
La posesión de una
pieza así los ligaba al celticismo de Normandía.
Sus orígenes son
egipcios. Séez, en el departamento de Orne, se escribe a veces Sais, como la
ciudad del Delta. Los galos juraban por el toro, importación del buey Apis. El
nombre latino de Bellocastes, que era el de la gente de Bayeux, viene de Beli
Casa, morada, santuario de Belus Belus y Osiris, son la misma divinidad.
"Nada se opone –dijo Mangón de la Lande– a que haya habido, cerca de
Bayeux, monumentos druídicos". "Esa región –agrega Roussel– se parece
a aquella en la cual los egipcios constru¬yeron el templo de
Júpiter-Ammon". Por lo tanto, había un templo que encerraba riquezas.
Todos los monumentos célticos las tienen.
En 1715, relata dom
Martin, un señor Héribel exhumó, en los alrededores de Bayeux, varias vasijas
de arcilla llenas de osamentas y llegó a la conclusión (de acuerdo con la
tradición y autoridades desvanecidas) que aquel lugar, una necrópolis, era el
monte Faunus, donde se enterró el Becerro de oro.
No obstante, el
Becerro de oro fue quemado y tragado, a menos que la Biblia se equivoque.
En primer lugar
¿dónde está el monte Faunus? Los au¬tores no lo indican. Los indígenas no saben
nada. Se hubiera debido hacer excavaciones; y con esa finalidad envia¬ron al
señor prefecto una petición que no tuvo respuesta. Puede ser que el monte
Faunus haya desaparecido y que no fuera una colina sino un túmulo. Pero ¿qué
signi¬fican los túmulos?
Algunos contienen
esqueletos en la posición del feto en el seno de su madre. Eso quiere decir que
la tumba era para ellos como una segunda gestación que los preparaba para otra
vida. Por lo tanto, el túmulo es un símbolo del órgano hembra, como la piedra
erecta lo es del órgano macho.
En efecto, donde
quiera que hay menhires, ha persistido un culto obsceno. Prueba de ello es lo
que se hacía en Guérande, en Chichebouche, en Croisic, en Livarot...
An¬tiguamente, las torres, las pirámides, los cirios, los mo¬jones de las rutas
y hasta los árboles, tenían un signi¬ficado fálico; y para Bouvard y Pécuchet,
todo se convirtió en falo. Recogían varas de coches, patas de sillones,
pa¬sadores de sótano, morteros de farmacéutico... Cuando se los iba a ver
preguntaban:
–¿A qué cree usted
que se parece esto?
Después revelaban
el misterio; y si alguien se indignaba, alzaban los hombros con conmiseración.
Una noche, cuando
estaban pensando en los dogmas de los druidas, el abate se presentó
discretamente.
Inmediatamente le
mostraron el museo, empezando por el vitral, pero estaban ansiosos por llegar a
un compar¬timento nuevo, el de los falos. El eclesiástico los detuvo, pues
juzgó indecente la exhibición. El iba a reclamar su pila bautismal.
Bouvard y Pécuchet
le imploraron por quince días más, el tiempo suficiente como para hacer un
vaciado.
–Cuanto antes será
mejor –dijo el abate. Después habló de cosas indiferentes.
Pécuchet, que había
salido por un minuto, le deslizó un napoleón en la mano.
El sacerdote se
echó hacia atrás.
–¡Oh, es para sus
pobres!
Y el señor Jeufroy,
sonrojándose, metió la moneda de oro en su sotana.
Devolver la tina,
¡la tina de los sacrificios! ¡Nunca en la vida! Hasta querían aprender hebreo,
lengua madre del celta, si no es que deriva de ésta. Iban a salir a recorrer
Bretaña, comenzando por Rennes, donde se habían citado con Larsonneur para
estudiar esa urna mencionada en las memorias de la Academia Céltica que parece
haber con¬tenido las cenizas de la reina Artemisa, cuando entró el alcalde, con
el sombrero puesto, sin modales, como hom¬bre grosero que era.
–Con eso no se
arregla nada, amiguitos. ¡Hay que de¬volverla!
–¿Devolver qué?
–¡Farsantes! ¡Sé
muy bien que la tienen escondida!
Los habían
traicionado.
Le respondieron que
la retenían con el permiso del señor cura.
–Ya veremos.
Y Foureau se fue.
Volvió una hora después. –¡El cura dice que no! Vengan a explicarse.
Se obstinaron. En
primer lugar, no tenían ninguna nece¬sidad de esa pila bautismal que no era una
pila bautismal. Lo probarían con una multitud de razones científicas. Des¬pués,
ofrecieron reconocer, en su testamento, que perte¬necía a la comuna.
Hasta propusieron
comprarla.
–¡Y por otra parte,
es de mi propiedad! –repetía Pé¬cuchet. Los veinte francos aceptados por el
señor Jeufroy eran una prueba del contrato; y si había que comparecer ante el
juez de paz, tanto peor ¡juraría en falso!
Durante esos
debates, había vuelto a ver la sopera varias veces y en su alma se había
despertado el deseo, la sed, el prurito de esa cerámica. Si se la daban, él
devolvería la tina; de otro modo, no. Por cansancio o por miedo al escándalo,
el señor Jeufroy cedió.
Fue incorporada a
la colección, al lado del gorro de Cauchoise. La tina adornó el pórtico de la
iglesia y se con¬solaron de no tenerla más con la idea de que la gente de
Chavignolles ignoraba el valor que tenía.
Pero la sopera
despertó en ellos el gusto por la loza; y éste fue un nuevo tema de estudios y
de exploración por el campo. . .
Era la época en que
la gente distinguida buscaba viejos platos de Ruán. El notario poseía algunos,
lo que le había granjeado algo así como una reputación de artista, per¬judicial
para su profesión, pero de lo que se redimía con otras cosas serias.
Cuando supo que
Bouvard y Pécuchet habían adquirido la sopera, fue a proponerles un trueque.
Pécuchet se negó.
– ¡No hablemos más!
–Y Marescot examinó la cerámica. Todas las piezas colgadas en los muros eran
azules con un fondo de una blancura sucia y algunas mostraban su cuerno de la
abundancia de tonos verdes y rojizos; había bacías, platos y bandejas, objetos durante
mucho tiempo per-seguidos y llevados en el corazón, en el seno de su levita.
Marescot los
elogió, habló de otras lozas, de la hispano árabe, de la holandesa, de la
inglesa, de la italiana y cuando los hubo deslumbrado con su erudición les
dijo:
–¿Me permiten ver
de nuevo su sopera?
La hizo sonar
golpeándola con un dedo, contempló las dos S pintadas bajo la tapa.
–¡La marca de Ruán!
–dijo Pécuchet.
– ¡Oh, Ruán,
hablando con propiedad, no tenía marca ninguna! Cuando no se conocía Moustiers
toda la loza francesa era de Nevers. Lo mismo sucede con Ruán, hoy. Por otra
parte, en Elbeuf la imitan a la perfección.
–¡No es posible!
– ¡Se imita hasta
las mayólicas! Su pieza no tiene ningún valor ¡y yo iba a cometer una linda
tontería!
Cuando el notario
desapareció, Pécuchet se desplomó en el sillón, postrado.
–No hubiéramos
debido devolver la tina –dijo Bouvard–; pero tú te exaltas ¡siempre te
precipitas!
– ¡Sí, me exalto!
–dijo Pécuchet, y tomó la sopera y la arrojó lejos, contra el sarcófago.
Bouvard, más calmo,
recogió los pedazos uno por uno y un poco después se le ocurrió esta idea:
–Marescot, por
celos, bien puede haberse burlado de nosotros.
–¿Cómo?
–Nada me asegura
que la sopera no sea auténtica, mien¬tras que las otras piezas, que él finge
admirar, tal vez sean falsas.
Y terminaron el día
sumidos en la incertidumbre, en las lamentaciones.
No era aquella una
razón para desistir del viaje a Bretaña. Hasta contaban con llevar a Gorgu,
quien les ayudaría en las excavaciones.
Hacía algún tiempo
que dormía en la casa para poder ter¬minar más rápidamente la reparación del
mueble. La pers¬pectiva de un viaje no le agradó y como los oyó hablar de
menhires y túmulos que pensaban ver, les dijo:
–Conozco algo
mejor. En Argelia, en el sud, cerca de las fuentes de Bou-Mursoug, hay muchos.
Y hasta describió
una tumba, abierta ante él, por azar, y que contenía un esqueleto acuclillado
como un mono, con los dos brazos alrededor de las piernas.
Larsonneur, a quien
le refirieron el hecho, no quiso creerlo.
Pero Bouvard
profundizó en la materia e insistió.
¿Cómo es posible
que los monumentos de los galos sean informes cuando esos mismos galos estaban
civilizados en los tiempos de Julio César? ¿Acaso provienen de un pueblo más
antiguo?
Una hipótesis como
esa, según Larsonneur, carecía de patriotismo.
¡No importa! Nada
prueba que esos monumentos sean obra de los galos.
–¡Muéstrenos un
texto!
El académico se
enojó y no respondió más. Ellos queda¬ron muy contentos, los druidas ya los
tenían hartos.
Si no sabían a qué
atenerse respecto de la cerámica y del celticismo, era porque no sabían
historia, particular¬mente historia de Francia.
La obra de Anquetil
se encontraba en su biblioteca; pero la serie de reyes holgazanes los divirtió
muy poco, la per¬versidad de los mayordomos de palacio no los indignó para nada
y largaron a Anquetil desalentados por la ineptitud de sus reflexiones.
Entonces le
preguntaron a Dumouchel "cuál es la me¬jor historia de Francia".
Y Dumouchel los
suscribió a una biblioteca y les envió las cartas de Augustin Thierry, con dos
volúmenes del señor de Genoude.
Según este
escritor, la realeza, la religión y las asam¬bleas nacionales, son "los
principios" de la nación fran¬cesa, los que se remontan a los merovingios.
Los carolingios los derogaron. Los Capetos, de acuerdo con el pueblo, se
esforzaron por mantenerlos. Según Luis XIII el poder abso-luto se estableció
para vencer al protestantismo, último esfuerzo del feudalismo y el 89 es un
regreso a la consti¬tución de nuestros abuelos. Pécuchet admiró esas ideas.
A Bouvard, que
antes había leído a Agustín Thierry, le daban lástima.
–¿Qué cuento es
ese, el de tu nación francesa? ¡Si no existían Francia ni asambleas nacionales!
¡Y los carolingios no usurparon absolutamente nada! ¡Y los reyes no exenta¬ron
a las comunas! ¡Lee tú mismo!
Pécuchet se rindió
a la evidencia y pronto lo rebasó en rigor científico. Hubiera considerado una
deshonra decir Charlemagne y no Karl le Grand, Clovis en lugar de Clodowig.
No obstante, estaba
seducido por Genoude y le parecía ingenioso eso de unir los dos extremos de la
historia de Francia, tanto que lo del medio resulta puro relleno, y para saber
a qué atenerse recurrieron a la colección de Buchez y Roux.
Pero el
"pathos" de los prefacios, esa amalgama de so¬cialismo y de
catolicismo, les fue inaguantable, los detalles demasiado numerosos impedían
ver el conjunto. Echaron mano del señor Thiers.
Era en el verano de
1845, en el jardín, bajo la glorieta. Pécuchet, con los pies en un pequeño
banco, leía en voz alta con su voz cavernosa, sin fatigarse, no deteniéndose
sino para meter los dedos en su tabaquera. Bouvard lo escuchaba con la pipa en
la boca, las piernas abiertas, el pantalón desabrochado.
Algunos ancianos
les habían hablado del 93 y los re¬cuerdos casi personales daban vida a las
chatas descrip¬ciones del autor. En aquellos tiempos, los caminos estaban
cubiertos por soldados que cantaban La Marsellesa. Bajo el dintel de las
puertas, había mujeres sentadas cosiendo tela para hacer tiendas. A veces
llegaba una oleada de hombres de gorro rojo, que mostraban en la punta de una
pica una cabeza descolorida con los cabellos colgando. La alta tribuna de la
Convención señoreaba sobre una nube de polvo en medio de la cual, rostros
furiosos proferían gri-tos de muerte.
Cuando se pasaba,
en pleno día, cerca del estanque de las "Fullerías, se oía el golpe de la
guillotina, como ma¬zazos.
Y la brisa removía
los pámpanos de la glorieta, la cebada madura se balanceaba de tanto en tanto,
un mirlo silbaba... Y miraban alrededor de ellos y saboreaban esa tranquilidad.
Qué lástima que desde un principio no haya habido un entendimiento, porque si
los realistas hubiesen pensado como los patriotas y si la Corte hubiera actuado
con un poco más de franqueza y sus adversarios con menos vio¬lencia, se habría
ahorrado muchas desgracias.
A fuerza de charlas
del asunto llegaron a apasionarse. Bouvard, espíritu liberal y corazón
sensible, fue constitucionalista, girondino, termidoriano. Pécuchet, bilioso y
de tendencias autoritarias, se proclamó descamisado y hasta robespierrista.
Aprobaba la condena
del rey, los decretos más violentos, el culto del Ser Supremo. Bouvard prefería
el de la na¬turaleza. El hubiera saludado con placer la imagen de una gran
mujer vertiendo de sus pechos a sus adoradores, no agua, sino "chambertin".1
Para contar con más
hechos con que respaldar sus argu¬mentos, se procuraron otras obras, como
Montgaillard, Prudhomme, Gallois, Lacretelle, etc., y las contradicciones de
esos libros no los molestaron de ningún modo. Cada uno tomaba de ellos lo que
podía servir para defender su causa. Así Bouvard no dudaba de que Danton
hubiese aceptado cien mil escudos para presentar mociones que perderían a la
República; y según Pécuchet, Vergniaud había pedido seis mil francos por mes.
– ¡Nunca en la
vida! Explícame, mejor, por qué la her¬mana de Robespierre tenía una pensión de
Luis XVIII.
–¡Nada de eso! Era
de Bonaparte. Y ya que lo tomas así, dice ¿quién fue el personaje que poco
tiempo antes de la muerte de Egalité, tuvo una entrevista secreta con él?
¡Quiero que se reimpriman en las memorias de la Campan los párrafos suprimidos!
La muerte del Delfín me parece sospechosa. El estallido del polvorín de
Grenelle mató a dos mil personas. Causa desconocida, dicen. ¡Qué estupidez!
Porque, claro,
Pécuchet estaba a un paso de saber cuál había sido, y atribuía todos los
crímenes a los aristócratas y al oro extranjero.
En el espíritu de
Bouvard, el "subid al cielo hijos de San Luis", las vírgenes de
Verdún y los calzones de piel humana eran indiscutibles. Admitía las listas de
Prudhomme, que registraban un millón de víctimas exactamente.
Pero el Loira rojo
de sangre desde Saumur hasta Nantes, en una longitud de dieciocho leguas, le
hizo pensar. Pé¬cuchet también abrigó dudas y les tomaron desconfianza a los
historiadores.
La Revolución era,
para unos, un acontecimiento satánico; otros la proclamaban una excepción
sublime. Los vencidos de cada bando, naturalmente, son mártires.
Thierry demuestra,
a propósito de los Bárbaros, lo tonto que es tratar de saber si tal príncipe
fue bueno o tal otro fue malo. ¿Por qué no emplear el mismo método en el
estudio de épocas más recientes? Pero la Historia tiene que vengar a la moral.
Le estamos agradecidos a Tácito por haber destrozado a Tiberio. Después de
todo, que la reina haya tenido amantes, que Dumouriez se propusiese traicionar
desde Valmy, que en Pradial haya sido Montaña o Gironda quienes comenzaran, y
en Termidor los jacobinos o los llanos, importa poco con relación al desarrollo
de la Revolución, cuyos orígenes son profundos y los resultados incalculables.
Por lo tanto, debía consumarse, ser lo que fue, pero supóngase la fuga del rey
sin impedimento, Ro¬bespierre escapando o Bonaparte asesinado, azares que
dependían de un posadero menos escrupuloso, de una puerta abierta, de un
centinela dormido, y la marcha del mundo hubiese cambiado.
Ya no tenían ni una
idea firme sobre los hechos y los hombres de esa época.
Para juzgarla con
imparcialidad, hubiera debido leerse todas las historias, todas las memorias,
todos los diarios y todos los documentos manuscritos, porque de la más pe¬queña
omisión puede
1 Vino tinto de
Borgoña.
depender un error
que lleve a otro y así hasta el infinito. Renunciaron a ello. Pero ya le habían
tomado el gusto a la Historia y bus¬caban la verdad por la verdad misma.
¿Puede ser que sea
más fácil de descubrir en las épocas antiguas? Los autores, al estar lejos de
las cosas, debían hablar de ellas sin apasionamiento. Y comenzaron con el bueno
de Rollin.
–¡Qué montón de
pamplinas! –exclamó Bouvard ya en el primer capítulo.
–¡Espera un poco!
–dijo Pécuchet, al mismo tiempo que revolvía en el fondo de la biblioteca,
donde se amonto¬naban los libros del anterior propietario, un viejo
juriscon¬sulto, maniático y espíritu culto. Y después de apartar mu¬chas
novelas y obras de teatro, junto con un Montesquieu y traducciones de Horacio,
encontró lo que buscaba, la obra de Beaufort sobre historia romana.
Tito Livio atribuye
a Rómulo la fundación de Roma. Salustio concede ese honor a los troyanos de
Eneas. Según Fabius Pictor, Coriolano murió en el exilio debido a las
estratagemas de Attius Tullus, si se ha de creer a Denys. Séneca afirma que
Horatius Cocles regresó victorioso, Dion, que fue herido en la pierna. Y La
Mothe le Vayer expresa dudas parecidas con relación a los otros pueblos.
No se está de
acuerdo acerca de la antigüedad de los cal¬deos, el siglo de Hornero, la
existencia de Zoroastro, los dos imperios de Asiría. Quinto Curcio contó
cuentos. Plu¬tarco desmintió a Herodoto. Si Vercingétorix hubiera es¬crito sus
comentarios, tendríamos de César una idea di-ferente.
La historia antigua
es obscura por falta de documentos. Estos abundan en la moderna. Y Bouvard y
Pécuchet vol¬vieron a Francia y la emprendieron con Sismondi.
La sucesión de
tantos nombres les daba ganas de cono¬cerlos más profundamente, de mezclarse
con ellos. Que¬rían examinar los originales, Grégoire de Tours, Monstrelet,
Commines, todos aquellos cuyos nombres eran extraños o agradables.
Pero los
acontecimientos se enredaron dado que no sabían las fechas.
Felizmente tenían
la mnemotecnia de Dumouchel, un in-12 encuadernado con este epígrafe:
"Instruir divirtiendo", en la que se combinaban los tres sistemas, el
de Allévy, el de Páris y el de Feinagle.
Allévy transforma
las cifras en figuras; el número 1 está representado por una torre, el 2 por un
pájaro, el 3 por un camello y así de seguido. Páris impresiona a la
imagi¬nación por medio de jeroglíficos; de un sillón guarnecido con tornillos1
resultará Clou, vis = Clovis; y como el ruido de la fritura es "ric,
ric", unas pescadillas en una sartén recordarán a Chilpéric. Feinagle
divide el universo en ca¬sas, las que contienen piezas, cada una con cuatro
paredes con nueve paneles y cada uno de estos tiene un emblema. Así, el primer
rey de la primera dinastía ocupará en la primera pieza el primer panel. Un faro
sobre un monte indicará cómo se llamaba "Phar á mond", según el
sistema Páris, y de acuerdo con Allévy, colocando encima un espejo que significa
4, un pájaro, 2, y un aro, 0, se obtendrá 420, fecha del advenimiento de este
príncipe.
Para mayor
claridad, tomaron como base mnemotécnica su propia casa, su domicilio,
asignando a cada una de sus partes un hecho distinto; y el patio, el jardín,
los alrede¬dores, toda la comarca no tuvieron otro sentido que el de facilitar
la memoria. Los mojones en el campo limitaban ciertas épocas, los manzanos eran
árboles genealógicos, los matorrales, batallas, el mundo se convertía en un
símbolo. Buscaban en las paredes una cantidad de cosas ausentes, terminaban por
verlas, pero ya no sabían las fechas que representaban.
Por otra parte, las
fechas no siempre son auténticas. En un manual escolar aprendieron que el
nacimiento de Jesús debe ser retrotraído
a cinco años antes de la fecha que
habitualmente se re-
1 Guarnecido con
tornillos, en francés Garni de clous é vis.
conoce, que los
griegos tenían tres maneras de contar las olimpíadas y los latinos ocho para
hacer comenzar el año. Todas estas posibilidades eran otras tantas ocasiones
para cometer un error sin contar las que derivan de los zodíacos, las eras y
los calendarios dife¬rentes.
Y de la
despreocupación por las fechas, pasaron al desdén de los hechos.
¡Lo que de veras es
importante es la filosofía de la his¬toria!
Bouvard no pudo
acabar el célebre discurso de Bossuet.
–¡El águila de
Meaux es un farsante! ¡Olvida a China, la India y América! Pero pone mucho
cuidado en decirnos que Teodosio era "la alegría del universo", que
Abraham "trataba en un pie de igualdad a los reyes" y que la
filo¬sofía de los griegos desciende de los hebreos. ¡Su preo¬cupación por los
hebreos me irrita!
Pécuchet compartía
esta opinión y quiso hacerle leer a Vico.
–¿Cómo admitir
–objetaba Bouvard– que las fábulas sean más verdaderas que las verdades de la
historia?
Pécuchet trató de
explicar los mitos y se perdió en la Scienza Nuova.
–¿Negarás acaso los
destinos de la Providencia?
– ¡No los conozco!
–dijo Bouvard.
Y decidieron
remitirse a Dumouchel.
El profesor confesó
que en esos momentos estaba descon¬certado en cuanto a historia.
–Cambia todos los
días. ¡Se objeta a los reyes de Roma y a los viajes de Pitágoras! Se ataca a
Belisario, a Guillermo Tell y hasta al Cid, convertido, merced a los últimos
descu¬brimientos, en un simple bandido. Es de desear que no se hagan más
descubrimientos y el mismo Instituto debería es¬tablecer una especie de canon
que prescribiera lo que hay que creer. En post scriptum enviaba reglas de
crítica tomadas del curso de Daunou:
"–Citar como
prueba el testimonio de las muchedumbres, es mala prueba; las muchedumbres ya
no están aquí para responder.
–Rechace las cosas
imposibles. A Pausanias se le hizo ver la piedra tragada por Saturno.
–La arquitectura
puede mentir. Un ejemplo, el Arco del Foro, donde Tito es llamado el primer
vencedor de Jerusalén, conquistada antes que por él, por Pompeyo.
"–Las medallas
engañan, a veces. Bajo Carlos IX, se acu¬ñaron monedas con el sello de Enrique
II.
"–Tomar en
cuenta la intención de los falsarios, el interés de los apologistas y de los
calumniadores".
Pocos historiadores
trabajaron con arreglo a estas normas; todos lo hicieron para servir a una
causa especial, a una reli¬gión, a una nación, un partido, un sistema o para
reprender a los reyes, aconsejar al pueblo u ofrecer ejemplos morales. Los
otros, los que sólo pretenden narrar, no valen más, pues no puede decirse todo,
siempre hay que elegir. Pero en la selección de documentos no podrá dejar de
actuar un cierto criterio y como éste varía según las condiciones del escritor,
la historia nunca será fijada. –Es triste –pensaban.
No obstante, se
podría tomar un tema, agotar las fuentes, analizarlas bien, después
condensarlas en una narración que sería como un resumen de las cosas que
reflejara toda la verdad. Una obra así le parecía realizable a Pécuchet.
–¿Quieres que tratemos de escribir una historia? –No pido otra cosa, pero
¿cuál? –Efectivamente, ¿cuál?
Bouvard se había
sentado. Pécuchet caminaba de un lado a otro por el museo, cuando de pronto vio
la mantequera y se detuvo de golpe.
–¿Si escribiéramos
la vida del duque de Angulema? –Pero ¡si era un imbécil! –respondió Bouvard. –
¡Qué importa! Los personajes de segundo plano a veces tienen una influencia
enorme, y éste, a lo mejor tenía el manejo de los negocios.
En los libros
encontrarían información y el señor de Faverges también la tendría, de él mismo
y de viejos gentiles-hombres de su amistad.
Meditaron el
proyecto, lo discutieron y por fin resolvieron pasar quince días en la
Biblioteca Municipal, de Caen para hacer algunas investigaciones.
El bibliotecario
puso a disposición de ellos historias gene¬rales y folletos, con una litografía
coloreada que represen¬taba, de tres cuartos, a Monseñor el duque de Angulema.
El paño azul de su
uniforme desaparecía bajo los galones, las medallas y el gran cordón rojo de la
Legión de Honor. Una gorguera extremadamente alta ceñía su largo cuello. Su
cabeza piriforme estaba enmarcada por los rizos de su cabellera y de sus delgadas
patillas; y unos pesados párpa¬dos, una poderosa nariz y gruesos labios daban a
su rostro una expresión de bondad insignificante.
Tomaron algunas
notas y después redactaron un programa.
Nacimiento e
infancia poco interesantes. Uno de sus maes¬tros fue el abate Guénée, el
enemigo de Voltaire. En Turín le hicieron fundir un cañón y estudió las
campañas de Car¬los VIII. De tal modo es nombrado, a pesar de su juventud,
coronel de un regimiento de guardias-nobles.
97. Su casamiento.
1814. Los ingleses
se apoderan de Bordeaux. El corre detrás de ellos y se muestra en persona a los
habitantes. Descripción de la persona del príncipe.
1815. Bonaparte lo
sorprende. Llama inmediatamente al rey de España y Tolón, sin Masséna, es
entregada a Inglaterra.
Operaciones en el
Mediodía. Es derrotado pero se le de¬vuelve la libertad bajo promesa de
restituir los diamantes de la corona, llevados al galope tendido por el Rey, su
tío.
Después de los Cien
Días vuelve con sus padres y vive tranquilo. Pasan varios años.
Guerra de España.
Desde que cruza los Pirineos la vic¬toria sigue por todas partes al nieto de
Enrique IV. Toma el Trocadero, alcanza las columnas de Hércules, aplasta a las
facciones, abraza a Fernando y regresa.
Arcos de triunfo,
flores que le ofrecen las muchachas, ce¬nas en las prefecturas, Te Deum en las
catedrales. Los pari¬sienses están en el colmo de la embriaguez. La ciudad le
ofrece un banquete. En los teatros se cantan alusiones al Héroe.
El entusiasmo
disminuye. En 1827, en Cherbourg, un baile, organizado por suscripción,
fracasa.
Como es gran
almirante de Francia, inspecciona la flota que va a zarpar para Argel.
Julio de 1830.
Marmont le informa del estado de los asun¬tos. Entonces se pone tan furioso que
se hiere la mano con la espada del general.
El rey le confía el
mando de todas las fuerzas.
En el bosque de
Boulogne encuentra destacamentos de línea y no encuentra una palabra para
decirles.
De Saint Cloud
corre al puente de Sévres. Frialdad de las tropas. Esto no lo hace vacilar. La
familia real deja el Trianon. El se sienta al pie de una encina, despliega un
mapa, medita, vuelve a montar, pasa delante de Saint Cyr y envía a los alumnos
palabras de esperanza.
En Rambouillet los
guardias de corps le dicen adiós. Se embarca, pero durante toda la travesía
está enfermo. Fin de su carrera.
Se debe destacar la
importancia que en ella tuvieron los puentes. En primer lugar, se arriesgó
inútilmente en el puente del Inn, tomó el puente Saint Esprit y el puente de
Lauriol; en Lyon, los dos puentes le son funestos y su fortuna expira ante el
puente de Sévres.
Cuadro de sus
virtudes. Sería innecesario alabar su co¬raje, al cual se unía un gran talento
político, como que ofreció sesenta francos a cada soldado para que abandonara
al Emperador y, en España, trató de sobornar a los Consti¬tucionales a fuerza
de dinero.
Su discreción era
tanta que consintió el proyectado casa¬miento de su padre con la reina de
Etruria, la formación de un gabinete nuevo después de las ordenanzas, la
abdicación en favor de Chambord, todo lo que se quiso.
Sin embargo, no
carecía de firmeza. En Angers licenció a la infantería de la guardia nacional
la cual, celosa de la caballería, por medio de una maniobra, había logrado
for¬marle escolta, de modo tal que su Alteza se encontró cer¬cado por los
infantes al punto de serle imposible mover las rodillas. Pero censuró a la
caballería, causa del desorden y perdonó a la infantería, verdadero juicio de
Salomón.
Su piedad se
manifestó en numerosas devociones, y su clemencia al obtener el perdón del
general Debelle, quien se había levantado en armas contra él. Detalles íntimos;
rasgos del Príncipe: En el castillo de Beauregard, en su infancia, se complació
en cavar, junto con su hermano, un estanque que aún puede verse. Una vez visitó
el cuartel de los cazadores, pidió un vaso de vino y lo bebió a la salud del
Rey.
Cuando se paseaba,
para marcar el paso, se decía a sí mismo: ¡Uno, dos; uno, dos; uno, dos! Se
recuerdan algunas de sus frases:
A una diputación de
bordeleses: "Lo que me consuela de no estar en Burdeos ¡es el estar aquí
con ustedes!"
A los protestantes
de Nimes: "Yo soy buen católico, ¡pero nunca olvidaré que el más ilustre
de mis antepasados fue protestante!"
A los alumnos de
Saint Cyr, cuando todo estaba perdido: "Muy bien, mis amigos; las noticias
son buenas. ¡Todo va bien, muy bien!"
Después de la
abdicación de Carlos X: "Ya que no quieren saber nada conmigo, ¡que se las
arreglen!"
Y en 1814, con
cualquier motivo, hasta en la aldea más pequeña: "¡Basta de guerra! ¡Basta
de conscripción! ¡Basta de derechos reunidos!"
Su estilo era digno
de sus palabras. Sus proclamas lo superan todo.
La primera, la del
conde de Artois, comienza así: –¡Franceses, el hermano de vuestro rey ha
llegado! La del príncipe:
– ¡Ya estoy aquí!
¡Soy el hijo de vuestros reyes! ¡Vos¬otros sois franceses!
Orden del día
fechada en Bayonne:
–¡Soldados, ya
estoy aquí!
Otra, en plena
retirada:
–Continuad
sosteniendo con el vigor propio del soldado francés la lucha que habéis
comenzado. ¡Es lo que Francia espera de vosotros!
Y la última, en
Rambouillet:
–El rey ha
entablado tratativas con el gobierno estable¬cido en París y todo hace creer
que se está a punto de llegar a un acuerdo. – Ese "todo hace creer"
era sublime.
–Hay algo que me
molesta –dijo Bouvard– y es que no se habla de sus asuntos amorosos.
Y anotaron al
margen: ¡Buscar los amores del príncipe! Cuando estaban por partir, el
bibliotecario recordó que había otro retrato del duque y se los mostró.
En éste aparecía
como coronel de coraceros, de perfil, los ojos más pequeños aún, la boca
abierta y cabellos lacios al viento.
¿Cómo conciliar los
dos retratos? ¿Tenía los cabellos lacios o crespos? A no ser que, en su
coquetería, hubiese llegado a hacérselos rizar.
Asunto grave, según
Pécuchet, pues la cabellera denota el temperamento, y el temperamento al
individuo.
Bouvard pensaba que
no se sabe nada de un hombre en tanto se ignoran sus pasiones, y para aclarar
esos dos pun¬tos se presentaron en el castillo de Faverges. El conde no estaba
y eso los retrasaba en su trabajo. Volvieron a su casa ofendidos.
La puerta de la
casa estaba abierta de par en par. No había nadie en la cocina. Subieron las
escaleras y ¿qué vie¬ron en medio de la habitación de Bouvard? A la señora
Bordin que miraba a derecha y a izquierda.
–Discúlpenme –dijo,
haciendo un esfuerzo por sonreír–. Hace una hora que busco a la cocinera de
ustedes; la nece¬sitaría, para lo de mis conservas.
La encontraron en
la leñera, en una silla, durmiendo pro¬fundamente. La sacudieron y abrió los
ojos.
–¿Qué pasa ahora?
¡Usted está siempre persiguiéndome con sus preguntas!
Estaba claro que en
ausencia de ellos, la señora Bordin la interrogaba.
Germaine salió de
su sopor y dijo que estaba indigestada. –Me quedo para cuidarla –dijo la viuda.
Entonces vieron en el patio un gran gorro cuyos flecos se agitaban. Era la
señora Castillon, la granjera. Gritaba:
–¡Gorgu, Gorgu!
Y desde el granero
la voz de la criadita respondió:
–¡No está aquí!
Bajó a los cinco
minutos, con las mejillas rojas, muy so¬bresaltada. Bouvard y Pécuchet le
reprocharon su lentitud. Ella desabrochó sus polainas sin decir nada.
En seguida fueron a
ver el cofre.
Sus pedazos estaban
esparcidos por todo el salón del horno; las esculturas estaban dañadas, los
batientes rotos.
Ante ese
espectáculo, ante esa nueva decepción, Bouvard contuvo el llanto y Pécuchet
comenzó a temblar.
Gorgu apareció casi
en seguida y contó lo sucedido: aca¬baba de sacar el cofre para barnizarlo
cuando una vaca vagabunda lo había atropellado.
–¿De quién era la
vaca? –dijo Pécuchet.
–No sé.
– ¡Ah, y había
dejado la puerta abierta como hace un rato! ¡La culpa es suya!
Ya no querían saber
nada de él, por otra parte; hacía mu¬cho tiempo que le daba largas al asunto y
tampoco querían saber nada de su persona ni con su trabajo.
Los señores se
equivocaban. El daño no era tan grande. Antes de tres semanas todo estaría
terminado. Y Gorgu los acompañó hasta la cocina, donde llegaba Germaine,
arras¬trándose, para hacer la comida.
Vieron en la mesa
una botella de calvados a la que le faltaban tres cuartos de su contenido.
–Fue usted, sin
duda.
–¿Yo? ¡Nunca!
Bouvard insistió:
– ¡Usted era el
único hombre en la casa!
–Está bien. ¿Y las
mujeres? –respondió el obrero, con un guiño oblicuo.
Germaine lo
sorprendió:
–¿Por qué no dice
directamente que fui yo?
– ¡Con seguridad
que fue usted!
–¡Y fui yo también
la que rompió el armario!
Gorgu dio un
respingo:
–¿No se dan cuenta
de que está borracha?
Entonces comenzaron
a reñir violentamente, él pálido, bur¬lón, ella roja, arrancándose mechas de
cabellos grises de debajo de su gorro de algodón. La señora Bordin defendía a
Germaine, Mélie a Gorgu.
La vieja estalló:
–¿No es abominable
que pasen los días juntos en el bosquecito, sin hablar de las noches?
¡Parisiense explotador de burguesas que no hace otra cosa que contarles
mentiras a los amos!
Los ojos de Bouvard
se abrieron desmesuradamente.
–¿Qué mentiras?
– ¡Se está burlando
de ustedes!
– ¡Nadie se burla
de mí! –exclamó Pécuchet, e indignado por su insolencia, exasperado por los
desengaños, la echó.
Que se largara en
seguida. Bouvard no se opuso a esta decisión. Y se retiraron dejando a Germaine
sollozando sobre su desdicha, mientras que la señora Bordin trataba de
con¬solaría.
A la noche, cuando
recobraron la calma, recordaron los acontecimientos, se preguntaron quién había
bebido el cal¬vados, cómo se había roto el mueble, qué reclamaba la se¬ñora
Castillon llamando a Gorgu y si había deshonrado a Mélie.
–No sabemos lo que
sucede en nuestra propia casa –dijo Bouvard– y pretendemos descubrir cómo eran
los cabellos y los amores del duque de Angulema.
Pécuchet agregó:
–¡Y cuántos otros
problemas más grandes y más difíciles hay!
De donde infirieron
que los hechos exteriores no lo son todo. Hay que complementarlos con la
psicología. Sin la imaginación, la Historia es defectuosa.
–¡Hagámonos enviar
algunas novelas históricas!
5
En primer lugar
leyeron a Walter Scott.
Fue como descubrir
un nuevo mundo.
Los hombres del
pasado que para ellos eran sólo fantas¬mas o nombres, se convirtieron en seres
vivientes, reyes, príncipes, brujos, criados, guardabosques, monjes, zínga¬ros,
mercaderes y soldados que discutían, combatían, via¬jaban, traficaban, comían y
bebían, cantaban y oraban, en la sala de armas de los castillos, en el banco
negro de las posadas, en las calles tortuosas de las ciudades, bajo el alero de
las tiendas, en los claustros de los monasterios. Paisajes artísticamente
compuestos rodeaban las escenas como un decorado de teatro. Se sigue con la
mirada a un caballero que galopa a lo largo de la playa. Se respira, en medio
de la retama, la frescura del viento, la luna ilumina lagos por los que se
desliza un barco, el sol hace relucir las corazas, la lluvia cae sobre las
chozas de follaje. Aun¬que no conocían los modelos, esas pinturas le parecían
veraces y la ilusión era completa. Así pasó el invierno.
Cuando terminaban
de comer, se instalaban en la salita, uno de cada lado de la chimenea y así,
frente a frente, con un libro en la mano, leían silenciosamente. Cuando caía el
día, iban a pasear por el camino principal, cenaban apre¬suradamente y continuaban
con su lectura a la noche. Pa¬ra protejerse de la lámpara Bouvard se ponía
anteojos azu¬les y Pécuchet llevaba la visera de su gorra echada sobre la
frente.
Germaine no se
había ido y Gorgu, de cuando en cuando, iba a escarbar en el jardín, pues
habían acabado por abrir paso a la indiferencia, al olvido de las cosas
materiales.
Después de Walter
Scott, Alejandro Dumas los divirtió como una linterna mágica. Sus personajes,
vivaces como monos, fuertes como bueyes, alegres como castañuelas, entran y
salen repentinamente, saltan de los teches al empedrado, reciben espantosas
heridas de las que curan, se los cree muertos y reaparecen. Hay trampas en los
pisos, antídotos, disfraces y todo se enreda, acontece y se desenreda, sin un
minuto para detenerse a pensar. El amor conserva la decencia, el fanatismo es
alegre y los crímenes hacen sonreír.
Esos dos maestros
los hicieron exigentes y no pudieron tolerar el fárrago de Bélisaire, la
ingenuidad de Numa Pompilius, Marchangy ni d'Arlincourt.
El color de
Fréderic Soulié les pareció insuficiente, lo mismo que el del bibliófilo Jacob,
y el señor Villemain los escandalizó mostrando en la página 65 de su Lascaris,
un español que fuma la pipa, "una larga pipa árabe", en medio del
siglo XV.
Pécuchet consultaba
las biografías universales y se puso a pasar revista a Dumas desde el punto de
vista científico. El autor, en Las dos Dianas equivoca las fechas. El
ca¬samiento del Delfín Francois se realizó el 14 de octubre de 1548 y no el 20
de marzo de 1549. ¿Cómo sabe (ver El paje del duque de Saboya) que Catalina de
Médicis, después de la muerte de su esposo quería reanudar la guerra? Es poco
probable que se haya coronado al duque de Anjou, a la noche, en una iglesia,
episodio que ameniza a La Dama de Montsoreau. En la Reine Margot
principal¬mente pululan los errores. El duque de Nevers no estaba ausente.
Opinó en el consejo antes de la Saint Barthélemy. Y Enrique de Navarra no
siguió a la procesión cuatro días después. Y Enrique III no volvió de Polonia
tan rápidamen¬te. Y además, ¡qué cantilena! el milagro de los espinos, el
balcón de Carlos IX, los guantes envenenados de Jeanne d'Albert. Pécuchet no
tuvo más confianza en Dumas.
Hasta perdió todo
respeto por Walter Scott debido a las meteduras de pata de su Quentin Durward.
El crimen del obispo de Liége está quince años adelantado. La mujer de Robert
de Lamark era Jeanne d'Arschel y no Hamelin de Croy. Lejos de ser muerto por un
soldado, fue matado por Maximiliano, y la cara del Temerario, cuando se
encontró su cadáver, no expresaba ninguna amenaza, puesto que los lobos la
habían devorado a medias.
No obstante Bouvard
continuó con Walter Scott pero acabó por aburrirse de la repetición de los
mismos efectos. La heroína, habitualmente, vive en el campo con su padre, y el
enamorado, un niño robado, acaba por ser rehabilitado, recupera sus derechos y
vence a sus rivales. Siempre hay un mendigo filósofo, un buen castellano tosco,
muchachas puras, criados chistosos e interminables diálogos, una estú¬pida
mojigatería, una falta completa de profundidad. Por odio a esa mescolanza
Bouvard tomó a George Sand.
Lo entusiasmaron
las bellas adúlteras y los nobles aman¬tes, hubiera querido ser Jacques, Simón,
Bénédict, Lélio y vivir en Venecia. Suspiraba, no sabía qué le pasaba y se
encontraba a sí mismo cambiado.
Pécuchet, que
trabajaba con la literatura histórica, estu¬diaba las obras de teatro. Se tragó
dos Pharamond, tres Clovis, cuatro Charlemagne, varios Phílippe Auguste, un
montón de Juanas de Arco y muchas marquesas de Pompadour y conspiraciones de
Cellamare.
Casi todas le
parecieron más tontas aun que las novelas, ya que para el teatro existe una
historia convencional que no se puede destruir. Luis XI no dejará de
arrodillarse ante las figurillas de su sombrero, Enrique IV estará
constante¬mente jovial, María Estuardo llorosa, Richelieu cruel. En fin, todos
los caracteres se muestran monolíticos, por amor a las ideas simples y respeto
de la ignorancia, tanto que el dramaturgo, lejos de elevar, rebaja, en lugar de
ins¬truir, idiotiza.
Como Bouvard le
había alabado a George Sand, Pécuchet se puso a leer Consuelo, Horace, Mauprat
y fue seducido por la defensa de los oprimidos, por el aspecto social y
republicano, por las tesis.
Según Bouvard, eso
arruinaba la ficción y pidió a la biblioteca novelas de amor.
En voz alta y una
tras otra recorrieron La Nouvelle Héloise, Delphine, Adolphe, Ourika. Pero los
bostezos del que escuchaba contagiaban a su compañero, que pronto dejaba caer
el libro de sus manos. Les reprochaban a todos esos autores el no decir nada del
ambiente, de la época, de las costumbres de los personajes. ¡Sólo el corazón
inte¬resaba; siempre los sentimientos! ¡Como si en el mundo no hubiera habido
otra cosa!
Después probaron
con las novelas humorísticas, como Le voyage autour de ma chambre, por Xavier
de Maistre, Sous les Tilleuls de Alphonse Karr. En este tipo de libro, es
costumbre interrumpir la narración para hablar de su perro, de sus pantuflas o
de su amante. Un tal desenfado les encantó, en un principio, después les
pareció estúpido, pues el autor deja de lado su obra y exhibe su persona.
Por necesidad de
dramatismo se sumergieron en las novelas de aventuras y la intriga les
interesaba tanto más cuanto más enrevesada, extraordinaria e imposible era. Se
dedicaron a prever los desenlaces y llegaron a hacerlo con gran habilidad, pero
se cansaron de ese entretenimiento indigno de espíritus serios.
La obra de Balzac
los maravilló, por lo que hay en ella de babilónico y, al mismo tiempo, de mota
de polvo bajo el microscopio. De las cosas más banales, surgieron nue¬vos
aspectos. No habían sospechado que la vida moderna fuese tan profunda.
–¡Qué observador!
–exclamó Bouvard.
–Yo lo encuentro
quimérico –acabó por decir Pécuchet–.
Cree en las
ciencias ocultas, en la monarquía, en la no¬bleza, lo deslumbran los pillos,
maneja los millones como si fueran céntimos y sus burgueses no son burgueses,
sino colosos. ¿Por qué inflar lo que es chato y describir tantas tonterías?
Escribió una novela sobre la química, otra sobre la banca, otra sobre las
máquinas de imprenta. Como aquel Ricard que había escrito sobre "el
cochero de plaza", "el aguatero", "el vendedor de
coco". Tendremos novelas sobre todos los oficios y sobre todas las
provincias, des¬pués sobre todas las ciudades y los pisos de cada casa y sobre
cada individuo, lo que ya no será literatura, sino estadística o etnografía.
Poco le importaba a
Bouvard el procedimiento. El quería instruirse, ir cada vez más al fondo en el
conocimiento de las costumbres. Releyó Paul de Kock, ojeó a viejos ermi¬taños
de la Chaussée d'Antin.
–¿Cómo se puede
perder el tiempo con inepcias seme¬jantes? –decía Pécuchet.
–Más tarde será muy
curioso como documento.
–¡Sal de ahí con
tus documentos! Yo exijo algo que me exalte, que me arranque de las miserias de
este mundo.
Y Pécuchet,
proclive a lo ideal, impulsó a Bouvard, insen¬siblemente, hacia la tragedia.
La lejanía en que
transcurre, los intereses que en ella se ponen en juego y la condición de los
personajes les insuflaban algo como un sentimiento de grandeza. Un día, Bouvard
tomó Athalie y dijo el sueño tan bien que Pécu¬chet quiso intentarlo a su vez.
Desde la primera frase su voz se perdió en una especie de zumbido. Era monótona
y, aunque fuerte, indistinta.
Bouvard, lleno de
experiencia, le aconsejó para educarla, que la llevara del tono más bajo al más
alto, y que luego la bajara, emitiendo dos gamas, una ascendente y otra
des¬cendente, y él mismo practicaba esos ejercicios a la ma¬ñana, en su cama,
acostado de espaldas, según los precep¬tos de los griegos. Pécuchet, mientras
tanto, trabajaba de la misma manera. La puerta estaba cerrada y berreaban por
separado.
Lo que les gustaba
de la tragedia era el énfasis, los dis¬cursos sobre política y las máximas de
perversidad.
Aprendieron de
memoria los diálogos más famosos de Racine y de Voltaire y los declamaban en el
corredor. Bouvard caminaba como en el teatro francés, con la mano en el hombro
de Pécuchet, y deteniéndose de cuando en cuando, ponía los ojos en blanco,
abría los brazos y acu-saba a los hados. Daba hermosos gritos de dolor en el
Philoctéte de La Harpe, tenía un lindo hipo en Gabrielle de Vergy y cuando
representaba a Denys, tirano de Siracusa, la manera de mirar a su hijo mientras
le decía "¡Monstruo digno de mí!" era formidable. Pécuchet olvidaba
su parte. Le faltaban recursos, no buena voluntad.
Una vez, en la
Cleopatra de Marmontel se le ocurrió reproducir el silbido del áspid tal como
debía haberlo hecho el autómata inventado para eso por Vaucanson. Este efecto
fallido los hizo reír hasta la noche. Su estimación por la tragedia decayó.
Bouvard fue el
primero en hartarse y con toda franqueza demostró lo artificial y achacosa que
era, la necedad de sus medios y lo absurdo de sus confidentes.
Y abordaron la
comedia, que es la escuela de los ma¬tices. Hay que dislocar la frase, subrayar
las palabras, so¬pesar las sílabas. Pécuchet no pudo lograrlo y fracasó
completamente como Célimene.
Por otra parte,
encontraba a los enamorados muy fríos, a los respondones muy pesados, a los
criados intolerables, a Clitandre y Sganarelle tan falsos como Egisthe y
Agamemnon.
Quedaba la comedia
seria o tragedia burguesa, aquella en la que se ve a padres de familia
desconsolados, a cria¬dos salvando a sus amos, ricachones ofreciendo su
fortuna, costureras inocentes e infames sobornadores, género que va desde
Diderot hasta Pixérécourt. Todas esas obras en las que se predica la virtud los
disgustaron por triviales.
El drama de 1830
les encantó por su movimiento, su color, su juventud. Casi no establecían
diferencia entre Víctor Hugo, Dumas y Bouchardy. La dicción ya no debía ser
pomposa o fina, sino lírica y desordenada.
Un día en que
Bouvard trataba de hacer comprender a Pécuchet la manera de actuar de Fréderic
Lemaitre, apareció de improviso la señora Bordin con su chal verde y un volumen
de Pigault Lebrun que traía para devolver, pues esos señores tenían la
amabilidad de prestarle novelas de cuando en cuando.
–Pero...
¡continúen!
Había llegado hacía
unos minutos y le era placentero oírlos.
Ellos se
disculparon; ella insistió.
–¡Dios mío! –dijo
Bouvard–. Nada nos impide...
Pécuchet adujo, por
vergüenza mal entendida, que no podían actuar de buenas a primeras, sin trajes.
–¡Efectivamente!
Tendríamos que disfrazarnos.
Y Bouvard buscó un
objeto cualquiera, sólo encontró el gorro griego y lo tomó.
Como el corredor no
era lo bastante ancho, bajaron al salón.
Las arañas corrían
por las paredes y los especímenes geológicos que cubrían el piso habían
blanqueado con su polvillo el terciopelo de los sillones. En el menos sucio
pusieron un paño para que la señora Bordin pudiera sentarse.
Había que ofrecerle
algo bueno. Bouvard era partidario de La Tour de Nesle, pero Pécuchet les temía
a los pa¬peles que requerían demasiada acción.
–¡Le gustará más
algo clásico! Phédre, por ejemplo.
–¡Sea!
Bouvard contó el
tema.
–Es una reina cuyo
marido tiene, de otra mujer, un hijo. Ella está loca por el muchacho.
¿Estarnos? ¡Adelante!
Sí, Príncipe, me
consumo, me abraso por Teseo. ¡Lo amo!
Y habiéndole al
perfil de Pécuchet, admiraba su porte, su rostro, "esa cabeza
encantadora", estaba desconsolado por no haberlo encontrado en la flota de
los griegos, hubiera querido perderse con él en el laberinto.
La borla del gorro
rojo se inclinaba amorosamente y su voz trémula y su rostro bueno instaban al
cruel a que tuviera piedad de su pasión. Pécuchet, volviéndose, ja¬deaba para
expresar emoción.
La señora Bordin,
inmóvil, abría desmesuradamente los ojos como ante prestidigitadores. Mélie
escuchaba desde atrás de la puerta. Gorgu, en mangas de camisa, los mi¬raba por
la ventana.
Bouvard comenzó con
la segunda tirada. Su actuación expresaba el delirio de los sentidos, el
remordimiento, la desesperanza y se precipitó sobre la espada ideal de
Pé¬cuchet con tanta violencia, que tropezó en los guijarros y estuvo a punto de
caer al suelo.
– ¡No se preocupen!
Después, llega Teseo y ella se en¬venena.
– ¡Pobre mujer!
–dijo la señora Bordin. Luego le rogaron que les señalara un fragmento.
Le era difícil
elegir. Sólo había visto tres obras: Robert le Diable, en la capital, el Jeune
Mari, en Ruán y otra en Falaise, que era muy divertida y que se llamaba La
Brouette du Vinaigrier.
Por fin Bouvard le
propuso la gran escena de Tartufo, la del tercer acto.
Pécuchet creyó
necesario dar una explicación:
–Se ha de saber que
Tartufo...
La señora Bordin lo
interrumpió.
–¡Ya se sabe lo que
es un Tartufo!
Bouvard hubiese
querido, para un cierto pasaje, un vestido.
–Lo único que hay
es el traje de monje –dijo Pécuchet.
–Está bien,
póntelo.
Reapareció con el
traje y un Moliere.
El principio fue
mediocre. Pero cuando Tartufo comenzó a acariciar las rodillas de Elmira,
Pécuchet adoptó un tono de gendarme.
–¿Qué hace ahí su
mano?
Bouvard,
rápidamente, respondió con voz melosa:
–Palpo vuestro
vestido, es la tela tan suave.
Sus pupilas
llameaban, estiraba los labios, resoplaba, te¬nía un aspecto extremadamente
lúbrico y acabó por diri¬girse a la señora Bordin.
Las miradas de ese
hombre la turbaban y cuando él se detuvo, humilde y palpitante, ella así buscó
una respuesta.
Pécuchet recurrió
al libro: –La declaración es francamente galante. –¡Ah, sí! –exclamó ella–. Es
un gran engatusador. –¿No es cierto? –respondió con orgullo Bouvard–. Pero hay
otra, de una elegancia más moderna.
Y desprendiéndose
de su levita, se acuclilló en un mo¬rrillo y declamó con la cabeza echada hacia
atrás:
Llamas de tus ojos
inundan mis párpados.
Canta alguna
canción como otrora, a la tarde,
Cantabas con
lágrimas en tus ojos negros.
–Como para mí
–pensó ella. ¡Seamos felices! ¡Bebamos! La copa está llena. Este momento es
nuestro y lo demás locura. –¡Qué gracioso es usted!
Y reía con una
risita que le levantaba el busto y le descubría los dientes.
¿No es verdad que
es dulce amar
y dulce es también
saberse amado?
Se arrodilló.
–¡Acabe, por favor!
¡Oh, déjame dormir
y soñar en tu seno!
¡Doña Sol, mi
hermosura, mi amor!
–Aquí se oyen las
campanas y un montañés los inte¬rrumpe.
– ¡Menos mal,
porque si no...!
Y la señora Bordin
sonrió en lugar de terminar la frase. Caía la tarde. Ella se levantó.
Un momento antes
había llovido y el camino por las hayas no estaba muy bien; era mejor volver
por el campo. Bou¬vard la acompañó hasta el jardín para abrirle la puerta.
Primero caminaron
costeando los perales, sin hablar. El estaba aún emocionado por su declaración
y ella sentía en el fondo de su alma algo como una sorpresa, un encanto que
provenía de la literatura. El arte, en ciertas ocasiones, conmueve a los
espíritus mediocres y mundos enteros pueden ser descubiertos por esos
intérpretes tan torpes.
El sol había
reaparecido, hacía brillar las hojas y ponía manchas luminosas en la maleza, un
poco aquí, un poco allá. Tres gorriones saltaban, dando pequeños gritos, en el
tronco de un viejo tilo caído. Un espino en flor mos¬traba su ramillete rosado
y las lilas, pesadas, se Inclinaban.
–¡Ah, esto hace
bien! –dijo Bouvard aspirando el aire a pleno pulmón.
–¡También! Hace un
esfuerzo muy grande.
–No es que tenga
talento, pero entusiasmo, eso sí que tengo.
–Se ve –dijo ella,
dejando un espacio entre palabra y palabra– que usted... amó... en otros
tiempos.
–En otros tiempos,
solamente ¿usted cree? Ella se detuvo. –No lo sé.
"¿Qué quiere
decir?" Y Bouvard sintió latir su corazón. Un charco en medio de la arena
los obligó a dar un rodeo y los hizo subir a la enramada. Entonces hablaron de
la representación. –¿Cómo se llama el último fragmento? –Es de Hernani, un drama.
– ¡Ah!
Y después,
hablándose a sí misma:
–Ha de ser muy
agradable que alguien le diga a una cosas así... en serio.
–Yo estoy a sus
órdenes –respondió Bouvard. –¿Usted?
– ¡Sí, yo!
– ¡Es una broma!
–¡Por nada del
mundo!
Y después de echar
una mirada alrededor de ellos, la tomó de la cintura, desde atrás, y la besó en
la nuca con fuerza.
Ella se puso muy
pálida como si fuese a desvanecerse y se apoyó con una mano en un árbol;
después levantó los párpados y sacudió la cabeza.
–Ya pasó.
El la miraba
embelesado.
Después de abrir la
verja, ella subió al umbral de la pequeña puerta. Un arroyuelo corría del otro
lado. Re¬cogió los pliegues de su falda y permaneció en el borde, indecisa.
–¿Quiere que la
ayude?
–No es necesario.
–¿Por qué?
–¡Ah! Usted es muy
peligroso.
Y dio un salto que
puso al descubierto sus enaguas blancas.
Bouvard se reprochó
el haber dejado pasar la ocasión. ¡Y sí, ya se presentaría otra! Además las
mujeres no son todas iguales. Con algunas hay que apurar las cosas y con otras
la audacia nos pierde. En una palabra, estaba contento consigo mismo y si no le
confesó su esperanza a Pécuchet fue por temor a los comentarios y de ningún
modo por delicadeza.
Desde ese día
declamaban con frecuencia ante Mélie y Gorgu, lamentando no disponer de un
teatro de salón.
La criadita se
divertía aun sin comprender nada, asom¬brada por el lenguaje, fascinada por el
ronroneo de los versos. Gorgu aplaudía las tiradas filosóficas de las
tra¬gedias y todo lo que había a favor del pueblo en los me¬lodramas, tanto
que, encantados con su gusto, pensaron en darle lecciones para hacer de él, con
el tiempo, un actor. Esta perspectiva deslumbraba al obrero.
El rumor de lo que
estaban haciendo se propagó. Vaucorbeil les habló de ello de manera burlona.
Generalmente se los despreciaba.
Esto hacía que
ellos se estimasen a sí mismos cada vez más. Se consagraron artistas. Pécuchet
se dejó el bigote y Bouvard no encontró nada mejor que hacer, con su fisono¬mía
redonda y su calvicie, que componerse "una cabeza a lo Béranger".
Por último
resolvieron escribir una obra.
Lo difícil era el
tema.
Lo buscaban
mientras comían. Después tomaban café, licor indispensable para el cerebro, y
dos o tres copitas. En seguida iban a la cama, a dormir, después de lo cual se
paseaban por el jardín, hasta que por fin salían de la casa para buscar la
inspiración afuera, caminando uno al lado del otro, y regresaban extenuados.
O bien se
encerraban con doble llave, Bouvard limpiaba la mesa, ponía papel delante de
él, mojaba su pluma y se quedaba con la mirada clavada en el techo, mientras
que Pécuchet, en el sillón, meditaba con las piernas esti¬radas y la cabeza
gacha.
A veces sentían un
estremecimiento y como el soplo de una idea, pero en el momento de
aprehenderla, desaparecía.
Pero hay métodos
para descubrir temas. Se toma un título al azar y de él deriva un hecho; se
desarrolla un pro¬verbio, se combinan diversas aventuras en una sola. Ni uno de
estos medios dio ningún resultado. En vano ojearon selecciones de anécdotas,
varios volúmenes de juicios céle¬bres, un montón de historias.
Y soñaban con ser
representados en el Odeón, pensaban en los espectáculos, extrañaban París.
–¡Yo nací para ser
autor y no para enterrarme en el campo! –decía Bouvard. –¡Lo mismo que yo!
–respondía Pécuchet.
Y adivinó una
revelación: si les costaba tanto trabajo era porque no conocían las reglas.
Las estudiaron en
La práctica del teatro, por Aubignac y en algunas obras no tan pasadas de moda.
Se trata en ellas
de cuestiones importantes, como si la comedia puede escribirse en verso, si la
tragedia no re¬basa los límites cuando toma sus fábulas de la historia moderna,
si los héroes deben ser virtuosos, qué tipo de malvado supone, hasta qué punto
son admisibles los horro¬res. ¡Que todos los detalles concurran a una misma
fi¬nalidad, que el interés sea creciente, que el desenlace se corresponda con
el principio! ¡Sin duda!
Inventad
situaciones que puedan atraparme, dijo Boileu.
Pero ¿cómo inventar
situaciones?
Que en todas tus
palabras la pasión, conmovida,
Llegue hasta el
corazón, lo inflame, lo estremezca.
Pero ¿cómo inflamar
el corazón?
Las reglas,
entonces, no bastan. Hace falta, además, el genio.
Y el genio no
basta. Corneille, según la Academia Fran¬cesa, no entendía nada de teatro.
Geoffroy denigra a Voltaire. Racine fue escarnecido por Subligny. La Harpe
rugía cuando se le nombraba a Shakespeare.
La vieja crítica
les repugnaba y por eso quisieron cono¬cer la nueva, para lo cual se hicieron
enviar las reseñas periodísticas de las obras.
¡Qué desfachatez!
¡Qué obstinación! ¡Qué falta de pro¬bidad' ¡Ultrajes a obras maestras,
reverencias a banali¬dades! ¡Y las burradas de los que pasan por sabios y las
estupideces de esos otros a los que se proclama espi¬rituales?
¿Quizás deba uno
remitirse al público?
Pero obras
aplaudidas les desagradaban a veces y en las silbadas había algo que les
agradaba.
Por tanto, la
opinión de la gente de gusto es engañosa y el juicio de la muchedumbre
inconcebible.
Bouvard le planteó
el problema a Barberou. Pécuchet, por su parte, le escribió a Dumouchel.
El antiguo viajante
de comercio se asombró por el re¬blandecimiento causado por la provincia, el
amigo Bouvard se estaba poniendo imbécil, en una palabra "no pescaba nada
de nada".
El teatro es un
artículo de consumo como cualquier otro. Es parte del artículo París. Se va al
espectáculo para divertirse. Lo bueno es lo que divierte.
–Pero imbécil
–exclamó Pécuchet– lo que te divierte no es lo que me divierte y que a los
demás y a ti mismo fastidiará más tarde. Si las obras se escribieron para ser
representadas ¿cómo es que las mejores son siempre leídas?
Y esperó la
respuesta de Dumouchel.
Según el profesor
la suerte inmediata de una obra no probaba nada. Le Misanthrope y Athalie,
fracasaron. Zaire ya no es comprendida. ¿Quién habla hoy de Ducange y de
Picard? Recordaba todos los grandes éxitos contemporáneos, desde Fanchon la
Vielleuse hasta Gaspardo le Pécheur, y deploraba la decadencia de nuestra
escena, de lo cual era causa el desprecio por la literatura, o más bien por el
estilo.
Entonces se
preguntaron en qué consiste exactamente el estilo. Y gracias a autores
indicados por Dumouchel, co¬nocieron el secreto de todos sus géneros.
Cómo se logra lo
majestuoso, lo temperado, lo ingenuo, los giros nobles, las palabras bajas.
Perros se realza con devoradores. Vomitar se emplea sólo en sentido figurado.
Fiebre se aplica a las pasiones. Valentía queda bien en verso.
–¿Y si hacemos
versos? –dijo Pécuchet.
– ¡Más adelante!
Ocupémonos de la prosa primero.
Se recomienda
formalmente elegir un clásico para tomarlo como modelo pero todos entrañan
peligro, pues no sólo han cometido pecado de estilo, sino también de lenguaje.
La aserción
desconcertó a Bouvard y Pécuchet y se pu¬sieron a estudiar gramática.
¿Tenemos en nuestro
idioma artículos definidos e inde¬finidos como en latín? Unos piensan que sí,
otros que no. No se atrevieron a decidirse.
El sujeto acuerda
siempre con el verbo, salvo en los casos en que el sujeto no acuerda.
En otros tiempos no
se hacía ninguna distinción entre el adjetivo verbal y el participio presente,
pero la Academia hizo una no muy fácil de comprender.
Los alegró saber
que "leur", pronombre, se emplea para personas pero también para
cosas, mientras que "ou" y "en", se emplean para cosas y
algunas veces para personas.
¿Se debe decir
"cette femme a l'air bon" o "l'air bonne"?; "une buche
de bois sec" o "de bois séche"; "ne pas laisser de" o
"que de"; "une troupe de voleurs survint" o 'survinrent"?
Otras dificultades:
"Autour" y "a l'entour", en los cuales Racine y Boileau no
ven diferencia; "imposer" o "en imposer", sinónimos en
Massilon y en Voltaire; "croasser" y "coasser", confundidos
por La Fontaine, quien sin embargo sabía distinguir un cuervo de una rana.
Los gramáticos, es
cierto, no se ponen de acuerdo; unos ven una belleza donde otros ven un error.
Admiten prin¬cipios de los cuales rechazan las consecuencias, proclaman las
consecuencias de principios que rechazan, se apoyan en la tradición, rechazan a
los maestros y tienen refinamientos extraños. Ménage preconiza
"nentilles" y "castonades" en lugar de
"lentilles" y "cassonade", Bouhours "jerarchie" y
no "hiérarchie" y Chapsal los "oeils de la soupe".
A Pécuchet lo
asombró Genin sobre todo. ¿Por qué? Por¬que "z'annetons" sería
preferible a "hannetons" y "z'aricots" a
"haricots"; ¡y bajo Luis XIV se pronunciaba "Roume" y
"Señor de Lioune" en lugar de "Rome" y "Señor de
Lionne"!
Littré les dio el
tiro de gracia al afirmar que nunca hubo una ortografía positiva y que no
podría haberla nunca.
Por lo que llegaron
a la conclusión de que la sintaxis es una fantasía y la gramática una ilusión.
En aquel tiempo,
por otra parte, una retórica nueva sen¬tenciaba que hay que escribir como se
habla y que todo está bien con tal que haya sido sentido, observado.
Como ellos habían
sentido y creían haber observado, se consideraron capacitados para escribir.
Una obra de teatro es dificultosa por la estrechez del marco, pero la novela
depara más libertad. Para escribir una buscaron en sus recuerdos.
Pécuchet recordó a
uno de sus jefes de oficina, un muy mal individuo, y ambicionaba vengarse por
medio de un libro.
Bouvard había
conocido, en el café, a un viejo maestro de caligrafía, ebrio y miserable. Nada
sería tan pintoresco como ese personaje.
Al cabo de una
semana se les ocurrió refundir los dos temas en uno solo y en eso quedaron;
luego pasaron a los siguientes: una mujer que provoca la ruina de una familia;
una mujer, su marido y su amante; una mujer que es vir¬tuosa por defecto de
conformación; un ambicioso, un mal sacerdote...
Trataban de ligar a
estas concepciones vagarosas cosas provenientes de su memoria, recortaban
agregaban. Pécu¬chet estaba por el sentimiento y la idea, Bouvard por la imagen
y el color; y comenzaron a no poder entenderse, los dos asombrados por lo
limitado del otro.
La ciencia que se
llama estética quizá resolviera su diferendo. Un amigo de Dumouchel, profesor
de filosofía, les envió una lista de obras sobre la materia. Trabajaban cada
uno por su cuenta y se comunicaban sus reflexiones.
En primer lugar
¿qué es lo Bello?
Para Schelling es
lo infinito expresado por lo finito; para Reid una cualidad oculta, para
Jouffroy un hecho indivisible, para De Maistre lo que agrada a la virtud y para
el P. André lo que conviene a la Razón.
Y existen diversas
clases de lo Bello: lo bello de las ciencias, la geometría es bella; lo bello
en las costumbres, no se puede negar que la muerte de Sócrates fue bella. Hay
lo bello del reino animal. La belleza del perro con¬siste en su olfato. Un cerdo
no podría ser bello, habida cuenta de sus costumbres inmundas; una serpiente
tam¬poco, pues despierta en nosotros ideas de ruindad. Las flores, las
mariposas, los pájaros pueden ser bellos. En fin, la condición primera de lo
Bello es la unidad en la variedad, ese es su principio.
–Sin embargo –dijo
Bouvard– dos ojos bizcos son más diversos que dos ojos derechos y producen peor
efecto, ge¬neralmente.
Abordaron la
cuestión de lo Sublime. Ciertos objetos son, de por sí, sublimes: el estruendo
de un torrente, las tinieblas profundas, un árbol golpeado por la tempestad. Un
carácter es bello cuando triunfa y sublime cuando lucha.
–Ya comprendo –dijo
Bouvard–; lo Bello es lo Bello y lo Sublime lo muy Bello. ¿Cómo distinguirlos?
–Por medio del
tacto –respondió Pécuchet. –Y el tacto ¿de dónde procede? –¡Del gusto! –Y ¿qué
es el gusto?
Se lo define como
un discernimiento especial, un juicio rápido, la ventaja de distinguir ciertas
relaciones.
–En fin, el gusto
es el gusto y todo eso no indica cómo se ha de hacer para tenerlo.
Hay que observar
las conveniencias; pero las convenien¬cias varían y por perfecta que sea una
obra, no será siem¬pre irreprochable. Hay, sin embargo, lo Bello
indestructible, de lo cual ignoramos las leyes, pues su génesis es misteriosa.
Puesto que una idea
no puede expresarse por todas las for¬mas, hemos de reconocer límites entre las
artes, y en cada una de las artes varios géneros. Pero surgen combinacio¬nes en
las que el estilo de una entrará en otra so pena de desviarse de su finalidad,
de no ser verdadera.
La aplicación
demasiado exacta de lo Verdadero perjudica a la Belleza, y la preocupación por
la Belleza impide lo Verdadero. Sin embargo, sin ideal no hay lo Verdadero; es
por esto que los tipos son de una realidad más perma¬nente que los retratos. El
Arte, por otra parte, no trata sino de lo Verosímil, pero lo Verosímil depende
de quien observa y es una cosa relativa, pasajera.
Así se perdían en
razonamientos y Bouvard creía cada vez menos en la estética.
–Si no es una
broma, su rigor se demostrará con ejem¬plos. Ahora escucha.
Y leyó una nota que
le había costado no pocas búsquedas.
–Bouhours acusa a
Tácito de no tener la simplicidad que reclama la Historia. El señor Droz, un
profesor, censura a Shakespeare por su mezcla de lo serio con lo bufo. Nisard,
otro profesor, piensa que André Chemier, como poeta, está por debajo del siglo
XVII. Blair, un inglés, deplora en Vir-gilio el cuadro de las Arpías. Marmontel
lamenta las li¬cencias de Hornero. Lamotte no admite la inmoralidad de sus
héroes, a Vida le indignan sus comparaciones. En una palabra ¡todos los
hacedores de retóricas, de poéticas y de estéticas me parecen unos imbéciles!
–¡Exageras! –dijo
Pécuchet.
Las dudas los
agitaban, porque si los espíritus mediocres (como observa Longín) son incapaces
de cometer errores, los errores son propios de los maestros y ¿habrá que
ad¬mirarlos? ¡Es demasiado! No obstante ¡los maestros son los maestros! El
hubiera querido que estuviesen de acuer¬do obras y doctrina, los críticos y los
poetas, aprehender la esencia de lo Bello; y esas cuestiones lo preocupaban de
tal modo que le revolvían la bilis. Lo que ganó fue una ictericia.
Esta había
alcanzado su punto más alto cuando Marianne, la cocinera de la señora Bordin,
fue a pedirle a Bouvard una cita de parte de su ama.
La viuda no se
había hecho ver más desde el día de la sesión dramática. ¿Era un adelanto? Pero
¿por qué la in¬termediación de Marianne? Y durante toda la noche la
ima¬ginación de Bouvard corrió por mil caminos.
Al otro día, a eso
de las dos, se paseaba por el co¬rredor y miraba de tiempo en tiempo por la
ventana cuando de pronto sonó el timbre. Era el notario.
Atravesó el patio,
subió las escaleras, se sentó en el sillón y después de algunas fórmulas de
cortesía, dijo que, cansado de esperar a la señora Bordin, se había adelantado.
La señora deseaba comprarles las Ecalles.
Bouvard sintió como
un enfriamiento y fue a la pieza de Pécuchet. Pécuchet no supo qué responder.
Estaba preocu¬pado porque Vaucorbeil debía llegar de un momento a otro.
Por fin llegó ella.
El retraso se explicaba por la impor¬tancia de su atavío: chal de cachemira,
sombrero, guantes charolados, la vestimenta que cuadra en las grandes
oca¬siones.
Después de muchos
rodeos preguntó si mil escudos no serían suficiente.
–¿Un acre mil
escudos? ¡Nunca!
Ella entornó los
párpados.
– ¡Ah, es para mí!
Y los tres
permanecieron silenciosos. El señor de Faver¬ges entró. Llevaba bajo el brazo,
como un abogado, una cartera de tafilete que depositó en la mesa.
– ¡Son folletos!
Tratan de la Reforma, cuestión candente. Pero, esto es algo que les pertenece,
sin duda.
Y le tendió a
Bouvard el segundo volumen de Las Memo¬rias del Diablo, Mélie, hacía un rato,
lo estaba leyendo en la cocina y como se debe vigilar las costumbres de esa
gente, él había creído conveniente confiscar el libro.
Bouvard se lo había
prestado a la sirvienta. Hablaron de novelas.
A la señora Bordin
le gustaban, siempre y cuando no fue¬ran lúgubres.
–Los escritores
–dijo el señor de Faverges– nos pintan la vida con colores halagüeños.
– ¡Hay que pintar!
–objetó Bouvard.
–Entonces sólo se
tiene que seguir el ejemplo...
– ¡No se trata de
ejemplo!
–Admita, por lo
menos, que pueden caer en manos de una niña. Yo tengo una.
– ¡Encantadora!
–dijo el notario, poniendo la cara de los días de contrato matrimonial.
– ¡Y bien! Debido a
ella, o más bien, a las personas que la rodean, las prohibo en mi casa, porque
el pueblo, mi querido señor...
–¿Qué ha hecho el
pueblo? –dijo Vaucorbeil, aparecien¬do de improviso en el umbral.
Pécuchet, que
reconoció su voz, llegó para reunirse con los demás.
–Yo sostengo
–continuó el conde– que hay que apar¬tarlo de ciertas lecturas.
Vaucorbeil replicó:
–Entonces, ¿usted
no es partidario de la instrucción?
– ¡Pero sí! ¿Me
permite?
– ¡Pero todos los
días se ataca al gobierno! –dijo Marescot.
–¿Y eso qué tiene
de malo?
Y el gentilhombre y
el médico se pusieron a denigrar a Luis Felipe, sacando a relucir el asunto
Pritchard y las leyes de setiembre contra la libertad de prensa.
–¡Y la del teatro!
–agregó Pécuchet.
Marescot ya no
aguantaba más.
–¡Va demasiado
lejos, ese teatro de ustedes!
–En eso estoy de
acuerdo –dijo el conde–. ¡Obras que exaltan el suicidio!
–¡El suicidio es
hermoso! Catón es la prueba –objetó Pécuchet.
Sin responder a la
argumentación, el señor de Faverges estigmatizó esas obras en las que se
escarnece a las cosas más santas, la familia, la propiedad, el matrimonio.
–Bueno ¿y Moliere?
–dijo Bouvard.
Marescot, hombre de
buen gusto, respondió que Moliere ya no se representaría y que además estaba un
poco sobrevalorado.
–En fin –dijo el
conde–. Víctor Hugo fue despiadado, sí, despiadado, con María Antonieta, el
pasar por el tamiz el tipo de la reina en el personaje de María Tudor.
–¡Cómo! –exclamó
Bouvard –Yo, como autor, acaso no tengo derecho a...
–No, señor; usted
no tiene derecho a mostrarnos el cri¬men si no muestra al mismo tiempo un
correctivo, si no nos ofrece una lección.
Vaucorbeil también
creía que el arte debía tener una fi¬nalidad: ¡mejorar a las masas!
–Cántenle a la
ciencia, a nuestros descubrimientos, al patriotismo.
Y admiraba a
Casimir Delavigne.
La señora Bordin
elogió al marqués de Foudras.
El notario replicó:
–Pero ¿y la lengua?
¿Han pensado en ella?
–¿La lengua? ¿Cómo?
–¡Hablamos de
estilo! –exclamó Pécuchet–. ¿Creen que esas obras están bien escritas?
–¡Sin duda! ¡Son
muy interesantes!
El se encogió de
hombros y ella enrojeció ante la imper¬tinencia.
La señora Bordin
trató de volver a hablar de su asunto en varias ocasiones. Pero ya era
demasiado tarde para concluirlo. Salió del brazo de Marescot.
El conde distribuyó
sus panfletos con la recomendación de que se propagaran.
Vaucorbeil ya iba a
salir cuando Pécuchet lo detuvo.
– ¡Usted se olvida
de mí, doctor!
Su rostro amarillo
estaba lamentable, con sus bigotes, y sus cabellos negros que caían por debajo
de un pañuelo mal anudado.
–Púrguese –dijo el
médico dándole dos palmaditas, co¬mo a un niño–. ¡Demasiados nervios, demasiado
artista!
Esa familiaridad le
causó placer; lo tranquilizaba. Y cuando estuvieron solos preguntó:
–¿Te parece que no
es serio?
–¡No; seguro que
no!
E hicieron un
resumen de lo que acababan de oír. La moralidad del arte estriba, para cada
uno, en aquello que más conviene a sus intereses. No se ama a la literatura.
Inmediatamente
después hojearon los folletos del conde. Todos reclamaban el sufragio
universal.
–Me parece –dijo
Pécuchet– que pronto tendremos gresca.
Porque lo veía todo
negro, debido a su ictericia, proba¬blemente.
6
En la mañana del 25
de febrero de 1848 se supo en Chavignolles, por un individuo de Falaise, que
París estaba cu¬bierto de barricadas y al otro día la proclamación de la
República se anunció en la Municipalidad.
Ese gran
acontecimiento dejó estupefactos a los bur¬gueses.
Pero cuando se supo
que la Suprema Corte, el Tribunal de Apelaciones, el Tribunal de Cuentas, el
Tribunal de Comercio, la Cámara de Notarios, el Colegio de Abogados, el Consejo
de Estado, la Universidad, los generales y el mismo señor Rochejacquelein daban
su apoyo al Gobierno Provisional, los corazones se aliviaron: y como en París
se plantaban árboles de la libertad, el Concejo Municipal de¬cidió que también
en Chavignolles debía haberlos.
Bouvard ofreció
uno, como buen patriota regocijado por el triunfo del pueblo; en cuanto a
Pécuchet, la caída de la Realeza confirmaba demasiado sus previsiones Como para
que no estuviese contento.
Gorgu, obedeciendo
con premura, desplantó uno de los álamos que bordeaban el prado, al pie del
montecito, y lo llevó hasta el "Pas de la Vaque", a la entrada del
pueblo, lugar designado al efecto.
Antes de la hora de
la ceremonia, los tres esperaban el cortejo.
Resonó un tambor,
una cruz de plata apareció y detrás de ella dos antorchas sostenidas por
chantres y el señor cura con la estola, la sobrepelliz, la capa y la birreta.
Cua¬tro niños del coro lo escoltaban y un quinto llevaba el recipiente para el
agua bendita; y el sacristán lo seguía.
Fue hasta el borde
de la cuneta donde se levantaba el álamo adornado con cintas tricolores.
Enfrente de él esta¬ban el alcalde y sus dos adjuntos, Beljambe y Marescot,
después los notables, el señor de Faverges, Vaucorbeil, Coulon, juez de paz,
individuo de aspecto somnoliento, Heurtaux, quien se había puesto una gorra de
policía y Alexandre Petit, el nuevo maestro, con su levita, una pobre levita
ver¬de, la de los domingos. Los bomberos, comandados por Girbal sable en mano,
formaban una sola fila. Del otro lado brillaban las chapas blancas de algunos
viejos chacós del tiempo de La Fayette, cinco o seis tan solo, pues la guardia
nacional había caído en desuso en Chavignolles. Había campesinos con sus
mujeres, obreros de las fábricas ve¬cinas, chicos que se amontonaban detrás y
Placquevent, el guarda rural, de cinco pies y ocho pulgadas de estatura,
controlándolos con la mirada, se paseaba con los brazos cruzados.
La alocución del
cura fue como la de los otros curas en iguales circunstancias. Después de haber
despotricado con¬tra los reyes glorificó a la República. ¿No se habla acaso de
la República de las Letras, la República Cristiana? Y ¿qué hay más inocente que
la primera y más hermoso que la otra? Jesucristo formuló nuestra sublime
divisa; el árbol del pueblo era el árbol de la Cruz. Para que la religión dé
sus frutos, necesita la caridad y en nombre de la caridad el eclesiástico instó
a sus hermanos a no cometer ningún desorden, a volver a sus casas
pacíficamente.
Después roció al
árbol e imploró para él la bendición de Dios.
–Que crezca y que
nos recuerde la emancipación de toda servidumbre y esa fraternidad más
bienhechora que la som¬bra de su follaje. Amén.
Hubo voces que
repitieron Amén y después un redoble de tambor. El clero, entonando un Te Deum,
retornó el camino de la iglesia.
Su intervención
había producido un excelente efecto. Los simples veían en ello una promesa de
dicha, los patriotas una deferencia, un homenaje tributado a sus principios.
Bouvard y Pécuchet
pensaban que se les hubiera debido agradecer el regalo, hacer una alusión, por
lo menos y así se lo dijeron a Faverges y al doctor.
¡Tales pequeñeces
no tenían importancia! Vaucorbeil es¬taba encantado con la Revolución, el conde
también. Exe¬craba a los Orleáns. Ya no volverían a verlos. ¡Buen viaje! Desde
ahora ¡todo para el pueblo! Y seguido por Hurel, su factótum, fue a reunirse con
el señor cura.
Foureau iba con la
cabeza gacha entre el notario y el posadero, ofendido por la ceremonia, con
miedo a un albo¬roto e instintivamente se volvía hacia el guarda rural, el que
lamentaba, junto con el capitán, la ineficiencia de Girbal y el mal
comportamiento de sus hombres.
Unos obreros
pasaron por el camino cantando La Marsellesa. Gorgu, en medio de ellos, blandía
un bastón. Los acompañaba Petit, con la mirada encendida.
–¡No me gusta eso!
–dijo Marescot–. Vociferan, se exaltan.
–¡Y bueno, por
Dios! ¡La juventud tiene que divertirse! –replicó Coulon.
Foureau suspiró.
–¡Linda diversión!
Después, al final, la guillotina–. Tenía visiones de patíbulo, presentía
horrores.
Chavignolles
recibió el contragolpe de las agitaciones de París. Los burgueses se abonaron a
los diarios. A la ma–ana todo el mundo se amontonaba en la oficina de correos
y la encargada no hubiese podido arreglárselas sin la ayuda del capitán, el
que, de cuando en cuando, le daba una mano. Después se quedaban charlando en la
plaza.
La primera
discusión violenta que hubo fue debido a Polonia.
Bouvard y Heutaux
pedían que se la libertase.
El señor de
Faverges no pensaba de la misma manera.
–¿Con qué derecho
iríamos allá? Sería echarnos a Eu¬ropa encima. ¡No cometamos imprudencias!
Y como todo el
mundo aprobó, los dos polacos callaron. En otra ocasión Vaucorbeil defendió las
circulares de Ledru-Rollín. Foureau respondió con lo de los cuarenta y cinco
céntimos.
Pero el gobierno,
dijo Pécuchet, había suprimido la es¬clavitud.
–¿Y a mí que me
interesa la esclavitud?
–Está bien. ¿Y la
abolición de la pena de muerte, por asuntos políticos?
– ¡Diablos!
–respondió Foureau–. Quieren abolirlo todo. Sin embargo ¿quién sabe? ¡Los
inquilinos ya se han puesto tan exigentes!
–¡Mejor así! –Los
propietarios, según Pécuchet, habían resultado favorecidos–. El que posee un
inmueble...
Foureau y Marescot
lo interrumpieron y le gritaron que era un comunista.
–¡Comunista! ¿Yo?
Y todos hablaban al
mismo tiempo cuando Pécuchet pro¬puso que fundaran un club. Foureau tuvo la
osadía de res¬ponder que nunca habría uno en Chavignolles.
Después Gorgu
reclamó fusiles para la guardia nacional; había sido designado instructor por
la opinión pública.
Los únicos fusiles
que había eran los de los bomberos. A Girbal le interesaban, Foureau no parecía
muy dispuesto a darlos.
Gorgu lo miró.
–Hay quienes
piensan, sin embargo, que los sé usar.
Claro; entre sus
muchas ocupaciones estaba también la caza furtiva y con frecuencia el alcalde y
el posadero le compraban una liebre o un conejo.
–¡Por mí, tómelos!
–dijo Foureau.
Esa misma noche se
comenzó con los ejercicios. Era en el césped, delante de la iglesia. Gorgu de
blusa azul, con una faja atada a la cintura, ejecutaba los movimientos de
manera automática. Su voz, cuando daba órdenes, era brutal:
– ¡Entren esas
barrigas!
Y en seguida
Bouvard dejaba de respirar, ahuecaba el ab¬domen, sacaba la grupa.
–¡No se le dijo que
se hiciera un arco, maldito sea!
Pécuchet confundía
las filas y las posiciones, media vuel¬ta a la derecha, media vuelta a la
izquierda; pero el más lamentable era el maestro, débil y de estatura exigua,
con un collar de barba rubia, se tambaleaba bajo el peso de su fusil, cuya
bayoneta molestaba a los que estaban al lado.
Había pantalones de
todos los colores, talabartes roño¬sos, viejas guerreras demasiado cortas que
dejaban ver las camisas por los costados, y todos decían "no disponer de
recursos como para ir mejor". Se inició una suscripción para vestir a los
más pobres. Foureau se mostró tacaño mientras que las mujeres se distinguieron.
La señora Bordin ofreció cinco francos, no obstante su odio a la Repú¬blica. El
señor de Faverges equipó a doce hombres y no faltaba a los ejercicios. Después
se instalaba en lo del almacenero y le pagaba la copa a todos los que llegaban.
Entonces los poderosos adulaban a la clase baja. Ante todo estaban los obreros.
Se codiciaba la ventaja de ser uno de ellos. Se convertían en nobles.
La mayoría de los
del cantón eran tejedores. Otros tra¬bajaban en la manufactura del algodón o en
una fábrica de papel recién establecida.
Gorgu los fascinaba
por su labia, les enseñaba a boxear y llevaba a los íntimos a beber en lo de la
señora Castillon.
Pero los campesinos
eran más numerosos y los días de mercado el señor de Faverges se paseaba por la
plaza, se interesaba por sus necesidades, trataba de convertirlos a sus ideas.
Ellos escuchaban sin responder, como maese Gouy, siempre dispuesto a aceptar
cualquier gobierno con tal que disminuyese las impuestos.
A fuerza de charla
Gorgu se hizo de un nombre. Proba¬blemente llegaría a la Asamblea.
El señor de
Faverges pensaba como él, aunque trataba de no comprometerse. Los conservadores
fluctuaban entre Foureau y Marescot. Pero el notario se debía a su estudio y
eligieron a Foureau, un grosero, un cretino. El doctor estaba indignado.
Fruto seco de los
concursos, añoraba París y la con¬ciencia de su vida frustrada le confería un
aire taciturno. Ahora iba a emprender una carrera más amplia. ¡Qué des¬quite!
Redactó una profesión de fe y fue a leérsela a los señores Bouvard y Pécuchet.
Estos lo
felicitaron; sus doctrinas eran las mismas. Sin embargo, ellos escribían mejor,
conocían la historia y po¬dían, tanto como él, estar en la Cámara. ¿Por qué no?
Pero ¿cuál debía presentarse? Y se entabló una pugna de deli¬cadeza. Pécuchet
prefería a su amigo antes que a sí mismo.
–¡No, no! Te
corresponde a ti. Tienes más prestancia.
–Puede ser
–respondía Bouvard– ¡pero tú eres más osado!–. Y sin haber tomado ninguna
resolución se pusieron a trazar planes de acción.
El vértigo de la
diputación había hecho presa de otros también. El capitán no dejaba de pensar
en esa bajo su gorra de policía, mientras fumaba su cachimba; y el maes¬tro
también, en su escuela; y el cura también, entre dos plegarias, y de tal modo
que a veces se sorprendía le¬vantando los ojos al cielo y en trance de decir:
–¡Haz, oh Dios mío,
que sea diputado! El doctor, a quien algunos habían alentado, fue a ver a
Heurtaux y le habló de las posibilidades que tenía.
El capitán le habló
sin miramientos. Vaucorbeil era co¬nocido, sin duda, pero poco querido por sus
colegas, espe¬cialmente por los farmacéuticos. Todos hablarían mal de él, el
pueblo no quería a un señor, sus mejores enfermos lo abandonarían. Y después de
haber considerado esos ar-gumentos, el médico se arrepintió de su debilidad.
Tan pronto como se
hubo ido, Heurtaux fue a ver a Placquevent. ¡Entre viejos militares uno se
entiende! Pero el guarda rural, totalmente fiel a Foureau, se negó a apoyarlo.
El cura le demostró al señor de Faverges que la hora aún no había llegado.
Había que darle a la República tiempo para desgastarse.
Bouvard y Pécuchet
explicaron a Gorgu que él nunca sería lo bastante fuerte como para vencer a la
coalición de los campesinos y los burgueses, lo llenaron de vacilaciones, le
quitaron toda su confianza.
Por orgullo, Petit
había dejado entrever su deseo. Beljambe le advirtió que si fracasaba su
destitución era segura. Además Monseñor ordenó al cura que se mantuviera
tran¬quilo.
Por lo tanto, sólo
quedaba Foureau. Bouvard y Pécuchet lo combatieron, recordaron su mala voluntad
cuando lo de los fusiles, su oposición al club, sus ideas retrógradas, su
avaricia y hasta convencieron a Gouy de que quería restablecer el antiguo
régimen.
Por vagaroso que
esto pudiera resultar para el campesino, lo execraba con el odio acumulado en
el espíritu de sus abuelos durante diez siglos, y volvió contra Foureau a todos
sus parientes y a los de su mujer, cuñados, primos, sobrinos, una horda.
Gorgu, Vaucorbeil y
Petit continuaban con la demolición del señor alcalde y con el terreno así
desbrozado, Bouvard y Pécuchet, sin que nadie lo hubiese notado, podían
triunfar.
Echaron a suertes
para decidir quién se presentaría. La suerte no decidió nada y fueron a
consultar al doctor.
Este les dio una
noticia. Flacardoux, redactor del Calvados, había proclamado su candidatura. La
decepción de los dos amigos fue grande; cada uno de ellos, además de la propia,
sentía la del otro. Pero la política los acaloraba. El día de las elecciones vigilaron
las urnas. Ganó Flacardoux.
El señor conde se
había consagrado a la guardia nacional sin obtener los galones de comandante. A
los chaviñolenses se les ocurrió nombrar a Beljambe.
Esta preferencia
del público, extraña e imprevista, cons¬ternó a Heurtaux. Había descuidado sus
deberes, limitán¬dose a inspeccionar las maniobras de cuando en cuando y a
hacer algunas observaciones. ¡Pero no importaba! Le parecía monstruoso que se
prefiriera un posadero a un an-tiguo capitán del Imperio y dijo, después de la
invasión de la Cámara, del 15 de mayo:
– ¡Si los grados
militares se otorgan así en la capital, ya no me asombrará nada de lo que
suceda!
La reacción
comenzaba.
Se creía en los
purés de ananás de Louis Blanc, en el lecho de oro de Flocon, en las orgías
reales de Ledru-Rollin y como en provincia se pretende conocer todo lo que pasa
en París, los burgueses de Chavignolles no ponían en duda esas invenciones y
admitían los rumores más absurdos.
Una noche el señor
de Faverges fue a buscar al cura para anunciarle la llegada a Normandía del
conde de Chambord.
Joinville, con sus
marinos, se disponía, según Foureau, a reducir a los socialistas. Heurtaux
afirmaba que muy pronto Louis Bonaparte sería cónsul.
Las fábricas
cerraban. Los pobres, en bandas numerosas, erraban por la campaña.
Un domingo (era en
los primeros días de junio) un gen¬darme, de improviso, partió hacia Falaise.
Los obreros de Acqueville, Liffard, Pierre-Pont y Saint Rémy marchaban so¬bre
Chavignolles.
Los postigos se
cerraron, el Concejo Municipal se reunió y resolvió, para prevenir desgracias,
que no se ofrecería ninguna resistencia. Hasta se acuarteló a la gendarmería y
se le ordenó que no se hiciera ver.
Pronto se oyó como
un estruendo de tormenta. Después el canto de los girondinos estremeció los
cristales de las ventanas y hombres del brazo desembocaron por el camino de
Caen, cubiertos de polvo, sudorosos, andrajosos. Lle¬naban la plaza. Se oía una
gran algazara.
Gorgu y dos
compañeros entraron en la sala. Uno era delgado, con cara de zorro y llevaba un
chaleco tejido con cordones pendientes. El otro, negro de carbón –un mecá¬nico,
sin duda– tenía los cabellos cortos, cejas gruesas y estaba en chinelas. Gorgu
llevaba su chaqueta colgada del hombro, como un húsar.
Los tres
permanecían de pie y los concejales, sentados alrededor de la mesa cubierta por
una carpeta azul, los miraban pálidos de angustia.
–¡Ciudadanos –dijo
Gorgu– necesitamos trabajo!
El alcalde
temblaba; había perdido la voz.
Marescot respondió
en lugar de él que el Concejo lo pen¬saría inmediatamente. Y cuando los
compañeros salieron se discutieron varias ideas.
La primera fue
hacer picar piedra. Y para utilizar la piedra, Girbal propuso que se hiciese un
camino de Anglevílle a Tournebu. Pero el de Bayeux prestaba el mismo servicio.
¿Se podía cegar la
charca? No era un trabajo suficiente. ¡Pero se podía cavar otra charca! ¿Y
dónde?
Langlois era
partidario de construir un terraplén costean¬do Mortins, para casos de
inundación; era mejor, según Beljambe, desbrozar los brezales. ¡Era imposible
llegar a nada! Para apaciguar a la muchedumbre, Coulon salió al peristilo y
anunció que preparaban unos talleres de caridad.
–¿Caridad?
¡Gracias!–exclamó Gorgu–. ¡Abajo los "aristos"! ¡Queremos el derecho
al trabajo!
Era la cuestión de
la época. Echaba mano de él como un medio para obtener gloria. Hubo aplausos.
Dándose vuelta,
codeó a Bouvard, a quien Pécuchet había arrastrado hasta allí, y se pusieron a
conversar. No había apuro. La municipalidad estaba rodeada. El Concejo no podía
escapar.
–¿Dónde encontrar
dinero? –dijo Bouvard.
– ¡En lo de los
ricos! Además, el gobierno dispondrá obras.
–¿Y si no hacen
falta esas obras?
– ¡Las haremos por
adelantado!
– ¡Pero así bajarán
los salarios! –respondió Pécuchet–. Cuando no hay trabajo es porque hay
demasiados productos. ¡Y ustedes piden que haya más todavía!
Gorgu se mordía el
bigote.
–Sin embargo, con
la organización del trabajo... –Entonces ¿el gobierno será el patrón? Algunos,
alrededor de ellos, murmuraron:
– ¡No, no! ¡Basta
de patrones! Gorgu se irritó.
–No importa; a los
trabajadores se les debe suministrar un capital ¡o sino instituir el crédito!
–¿De qué manera?
– ¡Ah, no lo sé!
Pero tienen que instituir el crédito.
– ¡Bueno, ya basta!
–dijo el mecánico–. ¡Ya nos están cansando esos farsantes!
Y subió la
escalinata diciendo que voltearía la puerta.
Lo recibió
Placquevent, con la pierna derecha flexionada y los puños apretados.
–Acércate, ¿a ver?
El mecánico
retrocedió.
El abucheo de la
muchedumbre llegó a le sala; todos se levantaron con ganas de huir. ¡La ayuda
de Falaise no llegaba! Se lamentaba la ausencia del señor conde. Ma¬rescot
retorcía una pluma. Don Coulon gemía. Heurtaux pedía a gritos que se recurriese
a los gendarmes.
– ¡Llámelos! –dijo
Foureau.
– ¡No tengo
autoridad!
El ruido aumentaba
mientras tanto. La plaza estaba cu¬bierta de gente y todos miraban hacia el
primer piso de la municipalidad, cuando en la ventana del medio, debajo del
reloj, se vio aparecer a Pécuchet.
Había tomado
sigilosamente por la escalera de servicio y tratando de imitar a Lamartine se
puso a arengar al pueblo:
– ¡Ciudadanos!
Pero su gorra, su
nariz, su levita, toda su persona care¬cían de prestigio.
El hombre del
chaleco lo interpeló:
–¿Usted es obrero?
– ¡No!
–¿Patrón, entonces?
–Tampoco.
–Entonces,
¡retírese!
–¿Por qué?
–respondió con altanería Pécuchet.
E inmediatamente
desapareció en el vano, empuñado por el mecánico. Gorgu salió a defenderlo.
–¡Déjalo! Es un
valiente.
Y comenzaron a
disputar.
Entonces se abrió
la puerta y Marescot, desde el um¬bral, anunció la decisión municipal. Era una
sugerencia de Hurel.
El camino de
Tournebu tendría un ramal hacia Angleville y que llevaría al castillo de
Faverges.
Era un sacrificio
que se imponía la comuna en provecho de los trabajadores. La gente se dispersó.
Al volver a casa
Bouvard y Pécuchet oyeron de lejos voces de mujeres. Las sirvientas y la señora
Bordin daban gritos y la viuda era la que gritaba más fuerte. Al verlos se
dirigió a ellos:
–¡Ah, menos mal!
¡Hace tres horas que los espero! ¡Mi pobre jardín! ¡No queda ni un solo
tulipán! ¡Hay porque¬rías por todas partes, en el césped! ¡No había manera de
hacerlo ir! –Pero ¿a quién? –¡A maese Gouy!
Había ido con una
carreta de estiércol y lo había arro¬jado así nomás en la hierba. –¡Ahora está
arando! ¡Apúrense y deténganlo! –¡La acompaño! –dijo Bouvard.
Al pie de las
escaleras, afuera, un caballo atado a las varas de un carro mordisqueaba una
mata de adelfa. Las ruedas, al rozar los canteros, habían aplastado los bojes,
quebrando un rododendro, destrozado las dalias; y montículos de estiércol
negro, como toperas, salpicaban el césped. Gouy cavaba con ardor.
Un día la señora
Bordin había dicho como al pasar que quería removerlo. El había puesto manos a
la obra y a pe¬sar de su prohibición continuaba. Era así como él entendía el
derecho al trabajo; el discurso de Gorgu le había revuel¬to el seso.
Solo se fue cuando
Bouvard lo amenazó con violencia. La señora Bordin, como indemnización, no le
pagó el tra¬bajo y se guardó el estiércol. Era muy sensata y tanto la esposa
del médico como la del notario, aunque eran de un rango superior, la tenían en
consideración.
Los talleres de
caridad duraron una semana. No hubo ningún desorden. Gorgu había abandonado la
región.
Sin embargo la
guardia nacional estaba siempre alerta. Los domingos se pasaba revista. De
cuando en cuando ha¬bía un desfile y todas las noches rondas. Estas
inquieta¬ban a la aldea.
Tocaban el timbre
en las casas, para bromear, entraban en las habitaciones donde los esposos
roncaban sobre una misma almohada, se hacían chistes y entonces el ma¬rido se
levantaba y servía unas copitas. Después se vol¬vía al cuerpo de guardia a
jugar un poco al dominó; allí se bebía sidra, se comía queso y el centinela que
se abu¬rría en la puerta la entornaba a cada momento. Reinaba la indisciplina
gracias a la blandura de Beljambe.
Cuando estallaron
las jornadas de junio, todo el mundo estuvo de acuerdo en "volar en ayuda
de París", pero Foureau no podía dejar la municipalidad, ni Marescot su
estu¬dio, ni el doctor su clientela, ni Girbal sus bomberos. El señor de
Faverges estaba en Cherbourg. Beljambe cayó en cama. El capitán mascullaba:
–¿No quisieron
saber nada conmigo? ¡Mejor así!
Y Bouvard tuvo la
cordura de contener a Pécuchet.
Las rondas por el
campo se extendieron hasta más lejos.
El pánico
sobrevenía, a veces, causado por la sombra de una parva o el perfil de una
rama; una vez, todos los guardias nacionales huyeron. A la luz de la luna
habían entrevisto, en un manzano, a un hombre con un fusil que les apuntaba.
Otra vez, en una
noche obscura, la patrulla hizo alto entre las hayas y oyó a alguien delante de
ella.
–¿Quién vive?
¡Ninguna respuesta!
Se dejó que el
individuo continuara su camino y lo si¬guieron a distancia, pues bien podía
tener una pistola o una cachiporra; pero cuando llegaron al pueblo, donde
po¬dían esperar ayuda, los doce hombres del pelotón se pre¬cipitaron ¿obre él
al mismo tiempo gritando:
–¡Sus papeles!
Lo zarandearon, lo
cubrieron de insultos. Los del cuerpo de guardia habían salido. Lo arrastraron
hasta allí y a la luz de la vela que ardía en la estufa reconocieron, por fin,
a Gorgu. Un pobre gabán de lana, estrechísimo, le ceñía los hombros, los dedos
se le veían por los agujeros de sus botas y rasguños y contusiones
ensangrentaban su rostro. Había adelgazado prodigiosamente y revolvía los ojos
como un lobo.
Foureau, que acudió
en seguida, le preguntó qué estaba haciendo bajo las hayas, qué había ido a
hacer en Chavignolles, cómo había empleado su tiempo en esas seis sema¬nas...
Eso no le importaba. El era libre.
Placquevent lo
registró en busca de cartuchos. Iban a encerrarlo, por el momento.
Bouvard se
interpuso.
–Es inútil –replicó
el alcalde–. Conocemos sus opi¬niones.
–Sin embargo...
–¡Ah, tenga
cuidado, se lo advierto! Tenga cuidado.
Bouvard no insistió
más.
Gorgu, entonces, se
volvió hacia Pécuchet.
–Y usted, patrón
¿no dice nada?
Pécuchet agachó la
cabeza, como si hubiese dudado de su inocencia.
El pobre diablo
lanzó un suspiro de amargura.
–¡Yo los defendí,
sin embargo!
Al amanecer dos
gendarmes lo llevaron a Falaise.
No compareció ante
un consejo de guerra, pero lo con¬denaron en correccional a tres meses de
prisión por el de¬lito de palabras tendientes a la perturbación de la
socie¬dad.
Desde Falaise les
escribió a sus antiguos amos para que le enviaran un certificado de buena
conducta y como sus firmas debían ser legalizadas por el alcalde o por el
adjunto, prefirieron pedir ese pequeño servicio a Marescot.
Se los introdujo en
un comedor decorado con platos de vieja porcelana. Un reloj de Boulle ocupaba
el panel más estrecho. En la mesa de caoba, sin mantel, había dos ser¬villetas,
una tetera, tazones. La señora de Marescot atra¬vesó la habitación en peinador
de cachemira azul. Era una parisiense que se aburría en el campo. Después entró
el notario, con un bonete en una mano, un diario en la otra; y en seguida, con
mucha amabilidad, estampó su sello, aunque su protegido era un hombre
peligroso.
–Realmente –dijo
Bouvard– ¡por unas pocas palabras!
–Perdón, ¡pero
cuando las palabras derivan en críme¬nes. ..!
–Sin embargo
–replicó Pécuchet– ¿cómo se podrían establecer los límites entre las palabras
inocentes y las culpables? Una cosa que está prohibida hoy puede ser aplaudida
mañana.
Y censuró la manera
feroz en que se trataba a los in¬surgentes.
Marescot alegó,
naturalmente, la defensa de la sociedad, la salvación pública, ley suprema.
–¡Perdón! –dijo
Pécuchet–. El derecho de uno solo es tan respetable como el de todos, y lo
único que puede ob¬jetarle es la fuerza sí se vuelve contra usted el axioma.
Marescot, en lugar
de responder, levantó las cejas desde¬ñosamente.
Con tal que pudiese
seguir haciendo actas y viviendo en medio de sus platos en su cómoda casita,
todas las injusticias podían cometerse sin que él se emocionara. Sus asuntos lo
reclamaban. Se disculpó.
Su doctrina de la
salvación pública los había indignado. Los conservadores hablaban ahora como
Robespierre.
Otro motivo de
asombro: Cavaignac declinaba. La guar¬dia móvil se hizo sospechosa.
Ledru-Rollin estaba perdido, aun para Vaucorbeil. Los debates acerca de la
Constitución no interesaban a nadie; y el 10 de diciembre todos los
chaviñolenses votaron por Bonaparte.
Los seis millones
de votos enfriaron el entusiasmo de Pécuchet por el pueblo. Y Bouvard y él
estudiaron la cues¬tión del sufragio universal. Dado que pertenece a todo el
mundo, no puede haber inteligencia en ello. Cualquier am¬bicioso lo manejará
siempre y los demás obedecerán como un rebaño, ya que los electores ni siquiera
tienen que saber leer. Era por eso, según Pécuchet, que había habido tantos
fraudes en la elección presidencial.
–No hubo ninguno
–respondió Bouvard–. Yo creo, más bien, en la estupidez del pueblo. Piensa en
todos esos que compran la Revalesciére, la pomada Dupuytren, el Agua de las
Castellanas, etcétera. Esos tontos componen la masa electoral y nosotros
soportamos su voluntad. ¿Por qué no puede uno obtener tres mil libras de renta
con los cone¬jos? Porque una aglomeración demasiado numerosa es cau¬sa de
muerte. De la misma manera, por la sola existencia de la muchedumbre, los
gérmenes de estupidez que ésta contiene se desarrollan y de ello resultan
efectos incal¬culables.
– ¡Tu escepticismo
me espanta! –dijo Pécuchet. Tiempo más tarde, en la primavera, encontraron al
señor de Faverges, quien les informó de la expedición a Roma. No atacarían a
los italianos. Pero harían falta garantías. De no ser así, nuestra influencia
estaría arruinada. Nada más legítimo que esa intervención.
Bouvard abrió
desmesuradamente los ojos.
–Pero, en el caso
de Polonia ¿no sostenía usted lo con¬trario?
– ¡No es lo mismo!
Ahora se trataba del Papa. Y cuando el señor de Faverges decía:
"queremos", "haremos", "esperamos que",
repre¬sentaba a un grupo.
Bouvard y Pécuchet
quedaron asqueados tanto de los pocos como de los muchos. Al fin de cuentas, la
plebe y la aristocracia eran lo mismo.
El derecho de
intervención les parecía sospechoso. Bus¬caron sus principios en Calvo,
Martens, Vattel; y Bouvard ¡legó a la conclusión siguiente:
–Se interviene para
reponer a un príncipe en el trono, para libertar a un pueblo o por precaución,
cuando se ave¬cina un peligro. En los dos casos es un atentado contra el
derecho de los demás, un abuso de la fuerza, una violencia hipócrita.
–Sin embargo –dijo
Pécuchet– los pueblos como los hombres son solidarios.
– ¡Puede ser!
Y Bouvard se puso a
pensar.
Pronto empezó la
expedición a Roma en el interior.
Por odio a las
ideas subversivas, la élite de los burgueses parisienses saqueó dos imprentas.
El gran partido del or¬den se formaba.
Sus jefes en el
distrito eran el señor conde, Foureau, Marescot y el cura. Todos los días,
alrededor de las cua¬tro, se paseaban de un extremo a otro de la plaza y
ha¬blaban de los acontecimientos. El asunto principal era la distribución de
folletos. A los títulos no les faltaba sal:
"Dios lo
querré", "Partidarios del reparto", "Salgamos del
atolladero", "¿A dónde vamos?". Lo más hermoso que tenían eran
los diálogos en estilo campechano, con im¬properios y errores de lenguaje para
levantar el ánimo a los campesinos. Por una ley nueva, su distribución
calle¬jera estaba en manos de los prefectos y acababan de meter a Proudhom en
Sainte Pélagie; esto suponía una gran vic¬toria.
Los árboles de la
libertad, en términos generales, fue¬ron talados. Chavignolles fue fiel a la
consigna. Bouvard vio con sus propios ojos los pedazos de su álamo en una
carretilla. Sirvieron para calentar a los gendarmes y le re¬galaron el tocón al
señor cura, a pesar de ser quien lo había bendecido. ¡Qué irrisión!
El maestro no
ocultó su manera de pensar. Bouvard y Pécuchet lo felicitaron, un día, cuando
pasaron por delante de su puerta.
Al otro día se
presentó en casa de ellos. Al final de la semana le devolvieron la visita.
Caía la tarde, los
chicos acababan de salir y el maestro de escuela, con manguitos de lustrina,
barría el patio. Su mujer, con un pañuelo en la cabeza, amamantaba a un niño.
Una niña se ocultó detrás de sus faldas; un crío horrible jugaba en el piso, a
sus pies; el agua jabonosa que venía de la cocina corría por debajo de la casa.
–¡Ya ven ustedes
como nos trata el gobierno! –dijo el maestro. Y en seguida la emprendió con el
infame capital. ¡Había que democratizarlo, liberar a la materia!
–¡Yo no pido otra
cosa! –dijo Bouvard.
Por lo menos se
hubiera debido reconocer el derecho a la asistencia.
–¡Otro derecho más!
¡No es nada! Lo
cierto era que el Provisional había es¬tado blandengue al no imponer la
Fraternidad.
– ¡Trate de
establecerla!
Como ya faltaba luz
Petit ordenó con brusquedad a su mujer que llevara un candelero a su estudio.
Los retratos
litografiados de los oradores de la izquierda estaban fijados con alfileres en
las paredes de yeso. En¬cima de un escritorio de pino campeaba un estante con
libros. Para sentarse había una silla, un taburete y un viejo cajón de jabón;
el maestro fingía reír de aquello. Pero la miseria le sumía las mejillas y sus
sienes estrechas de¬notaban una testarudez de carnero, un orgullo intratable.
Pero nunca aflojaría.
–Por otra parte,
¡esto es lo que me sostiene!
Era un montón de
diarios en una tabla. Y expuso con palabras febriles sus artículos de fe:
desarme de las tropas, abolición de la magistratura, igualdad de salarios, buen
nivel, medios por los cuales se llegaría a la edad de oro con forma de
República, con un dictador a la cabeza, un tipo fuerte que supiera cómo manejar
aquello; ¡sin ta¬pujos!
Después trajo una
botella de anisette y tres vasos para brindar a la salud del héroe, de la
victoria inmortal, ¡el gran Maximiliano!
La sotana negra del
cura apareció en el umbral.
Después de saludar
rápidamente a los presentes, se di¬rigió al maestro y le dijo, casi con voz
baja:
–Y con nuestro
asunto de San José, ¿qué pasa?
–No dieron nada
–respondió el maestro de escuela.
–¡Usted tiene la
culpa!
–Hice lo que pude.
–¿Sí; realmente?
Bouvard y Pécuchet
se levantaron por discreción. Petit los hizo sentar de nuevo y dirigiéndose al
cura dijo:
–¿Es todo?
El abate Jeufroy
titubeó, y después, con una sonrisa que atemperaba su reprimenda dijo:
–Me parece que
usted descuida un poco la historia santa.
–¡Oh, la historia
santa! –respondió Bouvard.
–¿Qué le reprocha
usted, señor?
–¿Yo? ¡Nada! Sólo
que tal vez haya cosas más útiles que la anécdota de Jonás y los reyes de
Israel.
– ¡Usted es libre!
–respondió con sequedad el sacer¬dote. Y sin preocuparse por los extraños o
debido a ellos, precisamente, agregó: –¡La hora del catecismo es dema¬siado
corta!
Petit se encogió de
hombros. –Tenga cuidado. ¡Perderá a sus alumnos! Los diez francos por mes de
esos alumnos eran lo mejor de su cargo, pero la sotana lo exasperaba.
– ¡Mala suerte!
¡Vénguese, si quiere!
–Un hombre de mi
carácter no se venga –dijo el sa¬cerdote, sin conmoverse–. Sólo le recuerdo que
la ley del 15 de marzo nos asigna la vigilancia de la instrucción primaria.
–¡Ah, lo sé muy
bien! –exclamó el maestro–. ¡También les corresponde a los coroneles de
gendarmería! ¿Por qué no al guarda rural? ¡Así estaría completo!
Y se desplomó en el
escabel mordiendo su puño, con¬teniendo su cólera, sofocado por el sentimiento
de su impotencia.
El eclesiástico le
tocó levemente el hombro.
–¡No fue mi
intención afligirlo, amigo mío! ¡Cálmese! ¡Sea un poco razonable! Pronto
llegará Pascua y espero que usted dé el ejemplo comulgando como los demás.
– ¡Ah, es
demasiado! ¡Yo, yo someterme a semejantes estupideces!
Ante esa blasfemia
el cura palideció. Sus pupilas reful¬gieron. Su mandíbula temblaba.
– ¡Cállese,
desdichado, cállese! ¡Y su mujer es la que lava la lencería de la iglesia!
–¡Y sí! ¿Qué, qué
hizo ella?
–¡Siempre falta a
misa! Como usted, por otra parte.
–¡Ah, no se despide
a un maestro de escuela por eso!
–¡Pero se lo puede
trasladar!
El sacerdote no
habló más. Estaba en el fondo de la habi¬tación, en la sombra. Petit, con la
cabeza en el pecho, pensaba.
¡Llegaron al otro
extremo de Francia, con sus últimos centavos comidos por el viaje, y allí
encontrarían otra vez, con nombres diferentes, al mismo cura, al mismo rector,
al mismo prefecto! Todos, hasta el ministro, eran como los eslabones de esa
cadena abrumadora. Ya le habían hecho una advertencia, después habría otras. ¿Y
luego? Y en una especie de alucinación se vio caminando por un gran ca¬mino,
con una bolsa a la espalda, aquellos a los que amaba al lado de él y con la
mano tendida hacia el coche de postas.
En ese momento, su
mujer, en la cocina, fue presa de una quinta de tos, el recién nacido se puso a
chillar y el crío lloraba.
– ¡Pobres niños!
–dijo el sacerdote con voz dulce. Entonces el padre estalló en sollozos.
– ¡Sí, sí! ¡Todo lo
que quieran!
–Cuento con ello
–respondió el cura. Y cuando hubo hecho una reverencia: –Señores, tengan buenas
noches.
El maestro de
escuela permanecía con la cara entre las manos. Rechazó a Bouvard.
–¡No, déjeme!
¡Tengo ganas de reventar! ¡Soy un mi¬serable!
Los dos amigos
volvieron a su casa felicitándose por su independencia. El poder del clero los
asustaba.
Ahora se lo
empleaba para consolidar el orden social. La República iba a desaparecer
pronto.
Tres millones de
electores fueron excluidos del salario universal. La fianza de los periódicos
fue aumentada, se restableció la censura. Se estaba contra el folletín, a la
filosofía clásica se la consideraba peligrosa, los burgueses predicaban el
dogma de los intereses materiales, y el pueblo parecía contento.
El del campo volvía
a sus antiguos amos.
El señor de
Faverges, que tenía propiedades en el Eure, fue llevado a la Legislatura y su
reelección para el Con¬cejo General de Calvados estaba asegurada de antemano.
Consideró oportuno ofrecer una comida a los notables de la comarca.
El vestíbulo en el
cual tres criados esperaban para to¬marles los gabanes, el billar y los dos
salones seguidos, las plantas en los jarrones de la China, los bronces en las
chimeneas, las varillas de oro en el artesonado, los pe¬sados cortinados, los
amplios sillones, todo ese lujo los halagó inmediatamente como una cortesía
para con ellos; y al entrar en el comedor, con el espectáculo de la mesa
cu¬bierta de carnes en bandejas de plata, con la hilera de vasos delante de
cada plato, los fiambres aquí y allá y un salmón en el medio, todos los rostros
se iluminaron.
Eran diecisiete,
incluidos dos importantes agricultores, el subprefecto de Bayeux y un individuo
de Cherbourg. El señor de Faverges rogó a sus invitados que disculpasen a la
condesa, postrada por una jaqueca; y luego de elogiar las peras y las uvas que
se apilaban en cuatro cestos, en los ángulos, se habló de la gran noticia: el
proyecto de un desembarco en Inglaterra a cargo de Changarnier.
Heurtaux lo deseaba
por ser soldado, el cura por odio a los protestantes y Foureau porque sería
beneficioso para el comercio.
–¡Ustedes expresan
sentimientos de la Edad Media! –di¬jo Pécuchet.
–¡La Edad Media
tenía cosas buenas! –respondió Marescot–. Por ejemplo, nuestras catedrales...
–¡Sin embargo,
señor, los abusos...!
–No importa. La
revolución no hubiera llegado...
– ¡Ah, la
revolución! ¡Esa es la desgracia! –dijo el eclesiástico suspirando.
– ¡Pero todo el
mundo ayudó a hacerla y discúlpeme, señor conde, ¡hasta los mismos nobles, con
su alianza con los filósofos!
– ¡Y qué quiere
usted! ¡Luis XVIII legalizó la expolia¬ción! Desde entonces el régimen
parlamentario nos mina las bases...
Apareció un rosbif
y durante algunos minutos sólo se oyó el ruido de los tenedores y de las
mandíbulas, junto con los pasos de los sirvientes y estas dos palabras
repe¬tidas una y otra vez: Madeira! ¡Sauternes!
El señor de
Cherbourg fue quien reanudó la conversación. ¿Cómo detenerse en medio de la
pendiente hacia el abismo?
–Entre los
atenienses –dijo Marescot– entre los ate¬nienses, con los cuales estamos
relacionados. Solón some¬tió a los demócratas elevando el empadronamiento
electoral.
–Mejor sería –dijo
Hurel– suprimir la Cámara; ¡todo el desorden viene de París!
–
¡Descentralicemos! –dijo el notario. –¡Ampliamente! –agregó el conde.
Según Foureau la
comuna debía ser dueña absoluta, al grado de cerrar sus caminos a los viajeros
si lo juzgaba conveniente.
Y mientras los
platos se sucedían –pollo con salsa, can¬grejos, hongos, ensalada de legumbres,
alondras asadas –se tocaron muchos temas: el mejor sistema impositivo, las
ventajas del cultivo en gran escala, la abolición de la pena de muerte y el
prefecto no olvidó citar esa frase encantadora de un hombre de ingenio: ¡Que
comiencen los señores asesinos!
Bouvard estaba
sorprendido por el contraste de las cosas que lo rodeaban con lo que se decía,
porque siempre pa¬rece que las palabras deben estar de acuerdo con los
am¬bientes y los altos techos parecerían estar hechos para las altas ideas. Sin
embargo, cuando llegaron los postres estaba rojo y entreveía las compoteras
como en medio de una niebla.
Se había bebido
vino de Burdeos, de Borgoña y de Málaga... El señor de Faverges, que sabía con
quienes trataba, hizo descorchar botellas de champaña. Los invi¬tados bebieron
y brindaron por el buen éxito de las elec¬ciones y eran más de las tres cuando
pasaron al salón de fumar para tomar el café.
Una caricatura del
Charivari se mezclaba en una mesa con números de El Universo; representaba a un
ciudadano al cual, por entre los faldones de la levita, le salía una cola
terminada en un ojo. Marescot dio la explicación corres¬pondiente y todos
rieron mucho.
Bebían licores y la
ceniza de los cigarros caía en el tapizado de los muebles. El abate, queriendo
convencer a Girbal, atacó a Voltaire. Coulon se durmió. El señor de Faverges
confesó su devoción por Charnbord.
–Las abejas
confirman a la monarquía.
–¡Pero las hormigas
a la República!
Por lo demás, al
médico aquello ya no le importaba.
–¡Tiene usted
razón! –dijo el subprefecto– ¡La forma de gobierno importa poco!
–Siempre que haya
libertad –objetó Pécuchet.
–Un hombre honesto
no la necesita –replicó Foureau–. Yo no digo discursos, no soy periodista ¡y
sostengo que Francia quiere ser gobernada con mano de hierro!
Todos reclamaban un
Salvador.
Y al salir Bouvard
y Pécuchet oyeron al señor de Faver¬ges que le decía al abate Jeufroy:
–Hay que
restablecer la obediencia. ¡La autoridad muere si se la discute! ¡El derecho
divino, sólo hay eso!
–¡Perfectamente,
señor conde!
Los pálidos rayos
de un sol de octubre se tendían por detrás de los bosques; soplaba un viento
húmedo y ca¬minando sobre las hojas secas respiraban como liberados.
Todo lo que no
habían podido decir surgió como excla¬maciones:
–¡Qué idiotas! ¡Qué
ruindad! ¿Cómo imaginar tanto em¬pecinamiento? En primer lugar ¿qué significa
el derecho divino?
El amigo de
Dumouchel, ese profesor que los había es¬clarecido acerca de estética,
respondió a su pregunta con una carta de erudito.
–La teoría del
derecho divino fue formulada por el inglés Filmer durante el reinado de Carlos
II.
"Es así:
"El Creador
dio al primer hombre la soberanía del mundo. Ella fue transmitida a sus
descendientes; y el poder del Rey emana de Dios.
'"El es su
imagen', escribe. La autoridad "«terna acos¬tumbra al mando de una sola
persona. Los reyes fueron hechos según el modelo que deparan los padres.
"Locke refuta
esta doctrina. El poder paterno se distingue del monárquico, pues toda persona
tiene sobre sus hijos el mismo derecho que el monarca sobre los suyos. La
realeza existe sólo por elección popular, elección que era evocada en la
ceremonia de la coronación, en la que dos obispos mostraban el Rey y
preguntaban a los nobles y a los campesinos si lo aceptaban como tal.
"'Es decir que
el Poder viene del pueblo. Este tiene de¬recho de hacer todo lo que quiera',
dice Helvetius: 'de cambiar su constitución', dice Vattel; 'de rebelarse contra
la injusticia', afirman Glatey, Hotrnan, Mably, etcétera; y Santo Tomás de Aquino
lo autoriza a liberarse de un tirano. Y hasta se lo puede dispensar de tener
razón, según Jurieu.
Asombrados por el
axioma, recurrieron al Contrato Social de Rousseau.
Pécuchet llegó
hasta el final, luego, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás,
hizo el análisis.
–Se supone una
convención por la cual el individuo enajena su libertad. El Pueblo, por su
parte, se compro¬metía a defenderlo de las desigualdades de la Naturaleza y lo
hacía propietario de las cosas de las cuales era de¬positario.
–¿Dónde está la
prueba del contrato?
– ¡En ninguna
parte! Y la comunidad no ofrece ninguna garantía. Los ciudadanos se ocuparán
exclusivamente de política, pero como los oficios son necesarios, Rousseau
aconseja la esclavitud. Las ciencias han perdido al género humano. El teatro es
corruptor, el dinero funesto; y el Estado debe imponer una religión, so pena de
muerte.
–¡Cómo –se dijeron–
¡Ese es el dios del 93, el pon¬tífice de la democracia!
Todos los
reformadores lo copiaron; y se procuraron el Examen del socialismo de Morant.
En el capítulo
primero se expone la doctrina sansimoniana. En la cima está el Padre, papa y
emperador a la vez. Abolición de la herencia, todos los bienes muebles e
inmuebles componen un fondo social que será explotado je¬rárquicamente. Los
industriales administrarán la fortuna pública. Pero ¡no hay nada que temer!
pues se tendrá como jefe a "aquel que más ama".
Falta una cosa, la
Mujer. De la llegada de la Mujer depende la salvación del mundo.
–No comprendo.
–¡Ni yo!
Y abordaron el
furierismo.
Todas las
desgracias provienen de la coacción. Que la Atracción sea libre y habrá
Armonía.
Nuestra alma
encierra doce pasiones principales, cinco egoístas, cuatro anímicas, tres
distributivas. Las primeras conciernen al individuo, las siguientes a los
grupos y las últimas a los grupos de grupos o series, cuyo conjunto es la
Falange, sociedad de mil ochocientas personas que ha¬bitan un palacio. Todas
las mañanas los trabajadores son llevados al campo en coche y traídos todas las
tardes. Se llevan estandartes, se organizan fiestas, se comen pasteles. Toda
mujer, si lo desea, posee tres hombres, el marido, el amante y el genitor. Para
los solteros se instituye el bayaderismo.
– ¡Eso me gusta!
–dijo Bouvard y se enfrascó en los sueños del mundo armónico.
La restauración de
los climas haría a la tierra más bella y la cruza de las razas más larga la
vida humana. Se diri¬girán las nubes como ahora se hace con el rayo y lloverá
de noche en las ciudades, para lavarlas. Los navíos atra¬vesarán los mares
polares deshelados bajo las auroras, bo¬reales –pues todo se produce por la
conjunción de dos fluidos, macho y hembra, que brotan de los polos– y las
auroras boreales son un síntoma del celo del planeta, una emisión prolífica.
–¡Eso me supera!
–dijo Pécuchet.
Aparte Saint Simón
y Fourier, el problema se reduce a cuestiones de salario.
Louis Blanc, en
interés de los obreros, quiere abolir el comercio exterior; La Farelle que se
graven las máquinas con impuestos; otro, que se desgraven las bebidas o que se
rehagan las cofradías o que se distribuya sopa. Proudhon imaginó una tarifa
uniforme y reclamó para el estado el monopolio del azúcar.
–Tus socialistas
–decía Bouvard– piden siempre la tiranía.
–¡Pero no!
–¡Claro que sí!
– ¡Eres absurdo!
– ¡Y tú me irritas!
Se hicieron enviar
las obras de las cuales conocían sólo los resúmenes. Bouvard señaló varios
pasajes y mostrán¬dolos decía:
–¡Lee tú mismo! Nos
proponen como ejemplo a los esenios, a los hermanos moravos, a los jesuitas del
Para¬guay y hasta al régimen de las prisiones.
Entre los icarios
se come en veinte minutos y las mu¬jeres dan a luz en el hospital. En cuanto a
los libros, está prohibido imprimirlos sin autorización de la República.
–Pero Cabet es un
idiota.
–Ahora veamos a
Saint Simón: los publicistas somete¬rán sus trabajos a la consideración de un
comité de in¬dustriales.
Y a Pierre Leroux:
la ley obligará a los ciudadanos a oír a un orador.
Y a Augusto Comte:
los sacerdotes educarán a la ju¬ventud, dirigirán todas las obras del espíritu
y harán que el Poder se comprometa a regular la procreación.
Esos documentos
afligieron a Pécuchet. A la noche, du¬rante la cena, replicó:
–Convengo en que
los utopistas tienen cosas ridículas. Sin embargo, merecen nuestro amor. Lo
espantoso del mun¬do los desconsolaba y para hacerlo más hermoso lo han
padecido todo. Recuerda a Moro decapitado, a Campanella siete veces torturado,
Buonarroti con una cadena alrededor del pescuezo, Saint Simón aplastado por la
miseria y mu¬chos otros aun. ¡Hubieran podido vivir tranquilos! ¡Pero no,
anduvieron su camino, con la cabeza erguida, como héroes! –¿Tú crees que el
mundo cambiará gracias a las teorías de un señor? –replicó Bouvard.
– ¡Qué importa!
–dijo Pécuchet–. ¡Ya es hora de que dejemos de pudrirnos hundidos en el
egoísmo! Busquemos el mejor sistema.
–Entonces ¿cuentas
con encontrarlo? –¡Seguramente! –¿Tú?
Y Bouvard fue presa
de una risa que hacía que sus hom¬bros y su barriga saltasen al compás. Más
rojo que las mermeladas, con su servilleta en la axila, repetía: ¡Ah, ah, ah!
de una manera irritante.
Pécuchet salió de
la habitación dando un fuerte portazo.
Germaine anduvo
llamándolo por toda la casa, hasta que por fin se lo descubrió en el fondo de
su habitación, en una poltrona, sin fuego ni vela y con el gorro hasta las
cejas. No estaba enfermo; se había sumido en reflexiones.
Cuando la discusión
quedó atrás, reconocieron que sus estudios carecían de algo básico: la economía
política.
Hicieron
averiguaciones acerca de la oferta y la deman¬da, del capital y del alquiler,
de la importación y de la prohibición.
Una noche Pécuchet
fue despertado por el crujido de una bota en el corredor. La víspera, como de
costumbre, él mismo había corrido todos los cerrojos. Llamó a Bou¬vard que
dormía profundamente.
Permanecieron
inmóviles debajo de sus cobijas. El ruido no se oyó más.
Cuando interrogaron
a los sirvientes éstos dijeron que no habían oído nada.
Pero paseándose por
su jardín advirtieron, en medio de un cantero, cerca de la balaustrada, la
huella de un zapato y había dos barrotes del vallado rotos. Alguien había
tre¬pado por ahí, evidentemente.
Había que prevenir
al guarda rural. Como éste no estaba en la municipalidad, Pécuchet fue a lo del
almacenero.
Y ¿a quién vio en
la trastienda, al lado de Placquevent, entre los bebedores? ¡A Gorgu! Gorgu
trajeado como un burgués y convidando a los presentes.
El encuentro era
insignificante. Pronto llegaron a la cues¬tión del Progreso. Bouvard no
abrigaba ninguna duda en lo concerniente al campo científico. Pero en
literatura todo es menos claro y aunque el bienestar aumenta, el esplen¬dor de
la vida ha desaparecido.
Pécuchet, para
convencerlo, tomó un pedazo de papel.
–Trazó una línea
ondulada en sentido oblicuo. Los que la recorrieran cada vez que desciende no
verían el horizonte. Pero se levanta, sin embargo, y a pesar de sus rodeos
alcanzarán la cima. Esa es la imagen del Progreso.
La señora Bordin
entró.
Era el 3 de
diciembre de 1851. La señora traía el diario.
Leyeron muy
rápidamente, uno al lado de otro, el Llama¬miento al pueblo, la disolución de
la Cámara, el apresamien¬to de los diputados.
Pécuchet se puso
pálido, Bouvard miró a la viuda.
–¿Cómo? ¿No dicen
nada?
–¿Qué quiere usted
que haga?
Olvidaban ofrecerle
un asiento.
–Yo que vine
creyendo que les sería placentero. ¡Ah, ustedes no están muy amables hoy!
Y salió disgustada
por la descortesía.
La sorpresa los
había dejado mudos. Después fueron al pueblo a propagar su indignación.
Marescot, que los
recibió en medio de los contratos, pen¬saba de otra manera. El palabrerío de la
Cámara se había terminado, gracias al cielo. Desde ahora se haría una po¬lítica
práctica.
Beljambe ignoraba
los acontecimientos y, por otra parte, le importaban un comino.
Cerca de les Halles
arrestaron a Vaucorbeil.
El médico estaba de
vuelta de todo eso.
–Cometen un error
al preocuparse.
Foureau pasó al
lado de ellos diciendo con expresión sarcástica:
– ¡Se hundieron los
demócratas!
Y el Capitán, del
brazo de Girbal, gritó desde lejos:
– ¡Viva el
Emperador!
Pero Petit tenía
que comprenderlos y cuando Bouvard golpeó a la ventana el maestro de escuela
abandonó su clase.
A él le parecía
extremadamente raro que Thiers estuviese en prisión.
Eso vengaba al
pueblo.
–¡Ah, ah, señores
diputados! ¡Les llegó el turno!
El tiroteo de los
bulevares contó con la aprobación de Chavignolles. ¡Que no haya gracia para los
vencidos ni piedad para las víctimas! Desde el momento que uno se rebela es un
canalla.
–¡Agradezcamos a la
Providencia! –decía el cura–. Y después de ella, a Louis Bonaparte. ¡Está
rodeado por los hombres más distinguidos! El conde de Faverges será se¬nador.
Al otro día
recibieron la visita de Placquevent. Los señores habían hablado demasiado. Los
instaba a que callaran.
–¿Quieres saber mi
opinión? –dijo Pécuchet–. Puesto que los burgueses son feroces, los obreros
envidiosos, los curas serviles y que el pueblo, por fin, acepta a todos los
tiranos con tal que se lo deje meter el hocico en el plato, Napoleón hizo bien.
¡Qué lo amordace, lo pisotee y lo extermine! ¡Nunca será demasiado para su odio
del derecho, su cobardía, su ineptitud y su ceguera!
Bouvard pensaba:
– ¡Ah, el progreso;
qué broma! –y agregó–: Y la polí¬tica ¡una hermosa porquería!
– ¡No es una
ciencia! –respondió Pécuchet–. El arte militar es mejor. Se prevé lo que
realmente sucede. Ten¬dríamos que meternos en eso.
–¡No, gracias!
–respondió Bouvard–. Todo me des¬agrada. Vendamos mejor nuestra casucha y
vayámonos al Diablo, con los salvajes.
– ¡Como quieras!
En el patio, Mélie
sacaba agua.
La bomba de madera
tenía una larga palanca. Para hacerla bajar se doblaba por la cintura y
entonces se veían sus medias azules hasta la altura de las pantorrillas.
Después, con un ademán rápido, levantaba su brazo derecho, al mis¬mo tiempo que
volvía un poco la cabeza; y Pécuchet, al mirarla, sentía algo de muy nuevo, un
encantamiento, un placer infinito.
7
Días tristes
comenzaron.
Ya no estudiaban,
por miedo a las decepciones; los habitantes de Chavignolles se apartaban de
ellos; los dia¬rios tolerados no decían nada y su soledad era profunda, su
ociosidad completa.
A veces abrían un
libro y lo volvían a cerrar. ¿Para qué? Otros días se les ocurría la idea de
limpiar el jardín, pero al cabo de un cuarto de hora se sentían fatigados; o
iban a ver su granja y volvían asqueados; o si no se ocupaban de la casa, pero
Germaine se deshacía en lamentos y entonces desistían.
Bouvard quiso hacer
el catálogo del museo y decidió que aquellas chucherías eran estúpidas.
Pécuchet pidió prestada la escopeta de Langlois para tirarle a las alon¬dras,
pero el arma estalló al primer tiro y casi lo mata.
Así vivían en medio
de ese hastío del campo, tan pesado cuando el cielo blanco aplasta con su
monotonía a un co¬razón sin esperanza. Se escucha el paso de un hombre con
zuecos que costea el muro, o las gotas de lluvia que caen del techo al suelo.
De tiempo en tiempo, una hoja muerta viene a rozar el vidrio, luego revolotea,
se va. El viento trae confusos sones de campana. En el fondo del establo muge
una vaca.
Bostezaban, el uno
frente al otro, consultaban el calen¬dario, miraban el reloj, esperaban las
comidas; ¡y el ho¬rizonte era siempre el mismo! El campo enfrente, la iglesia a
la derecha, a la izquierda un telón de álamos; sus copas se balanceaban en la bruma,
perpetuamente, de manera la¬mentable.
Las costumbres que
habían llegado a tolerar los hacían sufrir ahora. Pécuchet se tornaba incómodo
con su manía de poner su pañuelo en el mantel. Bouvard no se despren¬día de la
pipa y hablaba contoneándose. Se suscitaban discusiones acerca de los platos o
de la calidad de la man-teca. Estaban juntos pero pensaban en cosas diferentes.
Un hecho había
trastornado a Pécuchet.
Dos días después
del tumulto en Chavignolles, cuando se paseaba con su desengaño político, llegó
a un camino cubierto por frondosos olmos y oyó a sus espaldas una voz que
gritaba:
– ¡Detente!
Era la señora
Castillon. Corría desde el otro lado y no lo había visto. Un hombre que
caminaba delante de ella se volvió. Era Gorgu. Se encontraron a una toesa de
Pé¬cuchet. La hilera de árboles los separaba de él.
–¿Es cierto? –dijo
ella–. ¿Vas a pelear?
Pécuchet se metió
en el foso, para escuchar desde allí.
–Y bueno, sí
–respondió Gorgu–. ¡Voy a pelear! ¿Y eso qué te hace?
–¡Y lo pregunta!
–exclamó ella, retorciéndose los bra¬zos–. Pero ¿si te matan, mi amor? ¡Oh,
quédate!
Y sus ojos azules,
más aún que sus palabras, le supli¬caban.
–¡Déjame tranquilo!
Tengo que irme. Ella rió, sarcástica y colérica. –¡La otra te lo permite, eh!
– ¡No hables más!
El levantó su puño
apretado.
–¡No, amigo mío,
no! Me callo, no digo nada.
Y gruesas lágrimas
corrían por sus mejillas hasta los pliegues de su gorguera.
Era mediodía. El
sol brillaba en el campo cubierto por el trigo amarillo. A lo lejos la capota
de un coche se deslizaba lentamente. Un sopor invadía el aire, no se oía ni un
grito de pájaro, ni un zumbido de insecto. Gorgu había cortado una vara y le
raspaba la corteza. La señora Castillon no levantaba la cabeza. La pobre mujer
pensaba en lo vano de sus sacrificios, en las deudas que había pagado, en los
compromisos contraídos, en su reputación perdida. En lugar de quejarse le
recordó los primeros tiem¬pos de su amor, cuando iba todas las noches a
encontrarse con él en el granero; y tanto que una noche, su marido, creyendo
que era un ladrón, le disparó un pistoletazo por la ventana. La bala estaba
todavía en la pared.
–En el mismo
momento que te conocí me pareciste her¬moso como un príncipe. ¡Amo tus ojos, tu
voz, tu andar, tu olor! –Y agregó, más bajo–: ¡Estoy loca por ti!
El sonreía,
halagado en su amor propio.
Ella lo tomó con
las dos manos por los costados y echó la cabeza hacia atrás, como en actitud de
adoración.
–¡Mi querido
corazón! ¡Mi querido amor! ¡Mi alma! ¡Mi vida! ¡Vamos, habla! ¿Qué quieres?
¿Dinero? ¡Se encontrará!
¡Me equivoqué! ¡Te
aburría, perdóname! ¡Encárgale trajes al sastre, bebe champaña, vete de juerga;
te lo permito todo, todo! –Y murmuró con un esfuerzo supremo–: ¡Has¬ta a ella,
con tal que vuelvas a mí!
El se inclinó hacia
su boca, con un brazo alrededor de la cintura para impedir que cayera, y ella
balbucía:
– ¡Querido corazón!
¡Querido amor! ¡Qué hermoso eres, Dios mío, qué hermoso eres!
Pécuchet inmóvil y
con la tierra del foso a la altura del mentón, los escuchaba jadeante.
– ¡Nada de
flaquezas! –dijo Gorgu–. ¡A ver si pierdo la diligencia, todavía! ¡Se prepara
una buena revuelta y yo estoy metido! Dame diez centavos para pagarle una copa
al conductor.
Ella sacó cinco
francos del bolso.
–Pronto me los
devolverás. Ten un poco de paciencia. Piensa un poco en cuánto tiempo hace que
está paralizado. ¡Y si tú quieres iremos a la capilla de la Croix Janval y
allí, amor mío, juraré ante la Santa Virgen que me casaré contigo cuando él
haya muerto!
–¡Eh, no se muere
más, tu marido!
Gorgu ya se iba,
pero ella lo alcanzó y se aferró a sus hombros.
–¡Déjame ir
contigo! ¡Seré tu sirvienta! Necesitas a al¬guien. ¡No te vayas, no me dejes!
¡Antes prefiero morir! ¡Mátame!
Se arrastraba de
rodillas tratando de tomarle las manos para besarlas; la cofia se le cayó,
después la peineta y sus cabellos cortos se esparcieron. Estaban blancos debajo
de las orejas y como ella lo sacudía de abajo a arriba, sollo¬zando, con sus
párpados rojos y sus labios tumefactos, él, presa de la exasperación, la
rechazó.
– ¡Afuera, vieja!
Buenas noches.
Ella se levantó,
arrancó la cruz de oro que pendía de su cuello y la arrojó hacia él:
– ¡Toma, canalla!
Gorgu se alejaba
golpeando con su ramita las hojas de los árboles.
La señora Castillon
ya no lloraba. Con la mandíbula caída y las pupilas apagadas, permaneció sin
hacer un movimien¬to, petrificada por la desesperación; ya no era un ser, sino
una cosa en ruinas.
Lo que acababa de
sorprender era para Pécuchet como el descubrimiento de un mundo ¡de todo un
mundo! lleno de resplandores deslumbrantes, de floraciones desordena¬das, de
océanos, de tempestades, de tesoros y de abismos de una profundidad infinita.
Daba miedo, pero qué impor¬taba. Pensó en el amor y ambicionó sentirlo como
ella, inspirarlo como él.
No obstante,
execraba a Gorgu y en el cuerpo de guardia le había costado un esfuerzo no
traicionarlo.
El amante de la
señora Castillon lo humillaba con su figura delgada, sus rizos en las sienes,
su barba frondosa, su aire de conquistador. Su cabellera, en cambio, la de él,
se pegaba a su cráneo como una peluca mojada, su torso en su hopalanda parecía
una larga almohada, le fal¬taban dos caninos y su semblante era severo. Le
parecía que el cielo era injusto, se sentía como desheredado y su amigo no lo
quería más. Bouvard lo abandonaba todas las noches.
Después de la
muerte de su mujer, nada le hubiese im¬pedido tomar otra que ahora lo mimaría y
cuidaría su casa. ¡Ya estaba muy viejo para pensar en eso!
Pero Bouvard se
contempló en el espejo. Sus mejillas conservaban sus colores, sus cabellos
estaban tan rizados como antes; ni un diente se había movido y ante la idea de
que podía gustar, se sintió rejuvenecido. La señora Bordin acudió a su memoria.
Ella le había hecho insinua¬ciones, la primera vez cuando el incendio de las
parvas, la segunda cuando la cena, después en el museo, durante la
representación y, últimamente, había ido, sin resentimiento, tres domingos
seguidos. Fue entonces a casa de ella y volvió hecho al propósito de seducirla.
Desde el día en que
Pécuchet había visto a la sirvientita sacando agua le hablaba con más
frecuencia, así estuviese barriendo el corredor, tendiendo la ropa o
manipulando las cacerolas, no se cansaba de disfrutar la dicha de mirarla,
sorprendido de sus emociones, como en la adolescencia. Hasta le habían dado su
fiebre y su languidez y lo perse¬guía el recuerdo de la señora Castillon
abrazando a Gorgu.
Interrogaba a
Bouvard acerca de cómo se las arreglan los libertinos para conquistar mujeres.
–Se les hacen
regalos, se las invita al restaurant.
–Muy bien, pero ¿y
después?
–Hay algunas que
fingen un desvanecimiento para que se las lleve a un canapé, otras dejan caer
su pañuelo al suelo. Las mujeres dan una cita, francamente.
Y Bouvard se
deshizo en descripciones que encendieron la imaginación de Pécuchet como
grabados obscenos.
–La primera regla
es no creer en lo que ellas dicen. ¡He conocido algunas que bajo una apariencia
de santas eran verdaderas Mesalinas! ¡Ante todo hay que ser atrevido!
Pero el
atrevimiento no se fabrica. Pécuchet posponía su decisión todos los días y por
otra parte lo intimidaba la presencia de Germaine.
Con la intención de
que se fuera la recargaba de tra¬bajo, le hacía notar las veces que se
achispaba, ponía en evidencia en voz alta su suciedad, su pereza y tanto hizo
que al fin la despidieron.
¡Entonces Pécuchet
quedó libre!
¡Con qué
impaciencia esperaba la salida de Bouvard! ¡Có¬mo le latía el corazón tan
pronto como la puerta se cerraba!
Mélie trabajaba en
una mesita, cerca de la ventana, a la luz de una vela. De cuando en cuando
cortaba el hilo con los dientes, después entornaba los ojos para meterlo en el
ojo de la aguja.
En primer lugar él
quiso saber qué hombres le gustaban. ¿Eran, por ejemplo, los del tipo de
Bouvard? De ningún modo; prefería a los delgados. Se atrevió a preguntarle si
había tenido novios. –¡Nunca!
Después,
acercándose, contemplaba su nariz fina, su boca delgada, las líneas de su
rostro. Le hizo cumplidos y le recomendó que fuera juiciosa.
Cuando se inclinaba
hacia ella entreveía en su blusa las formas blancas de las que emanaba un tibio
aroma que le quemaba las mejillas. Una noche rozó con sus labios el vello de su
nuca y se sintió conmovido hasta la médula de los huesos. Otra vez le besó la
parte baja del mentón y debió esforzarse para no morder la carne, de tan
sabrosa como estaba. Ella le devolvió su beso. La habitación daba vueltas. El
ya no veía nada.
Le regaló un par de
botines y con frecuencia la convidaba a una copa de anisette.
Para ahorrarle
trabajo se levantaba temprano, cortaba la leña, encendía el fuego, y llegaba,
en su amabilidad, a lim¬piar el calzado de Bouvard.
Mélie no se
desvaneció, no dejó caer su pañuelo y Pé¬cuchet no sabía qué actitud asumir; su
deseo se incremen¬taba por el temor a satisfacerlo.
Bouvard cortejaba
con asiduidad a la señora Bordin. Esta lo recibía un poco cinchada en su
vestido de seda buche de paloma que crujía como los arneses de un ca¬ballo,
jugueteando con su larga cadena de oro tanto como para mostrar aplomo.
Sus diálogos
trataban de la gente de Chavignolles o de su "difunto marido", en
otros tiempos ujier en Livarot.
Después ella quiso
saber del pasado de Bouvard, mostró curiosidad por conocer sus "travesuras
juveniles", e, incidentalmente, cuál era su fortuna y qué intereses lo
ligaban a Pécuchet.
El manifestaba su
admiración por lo bien cuidada que estaba la casa y cuando se quedaba a cenar,
por la limpieza de la vajilla y la excelencia de la comida. Una serie de
platos, de un sabor profundo, entrecortada a intervalos iguales por un viejo
"pommard", los llevaba hasta los pos¬tres y luego se quedaban mucho
tiempo bebiendo el café. Y la señora Bordin, dilatando las narices, mojaba en
el platito sus labios carnosos, sombreados levemente por un bozo negro.
Un día apareció
descotada. Sus hombros fascinaron a Bouvard. En un momento dado, cuando estaba
sentado en una pequeña silla delante de ella, comenzó a pasarle las dos manos
por los brazos. La viuda se enojó. El no lo hizo más pero se figuró redondeces
de una amplitud y una consistencia maravillosas.
Una noche en que la
comida de Mélie le había desagra¬dado, se sintió muy contento al entrar en el
salón de la señora Bordin. ¡Allí debería vivir!
El globo de la
lámpara, cubierto por un papel rosado, di¬fundía una luz tranquila. Ella estaba
sentada al lado del fuego y su pie rebasaba el borde de su vestido. Después de
las primeras palabras la conversación decayó. Sin em¬bargo, ella lo miraba, con
las pestañas entornadas, con expresión de languidez, con obstinación.
¡Bouvard no aguantó
más! Se arrodilló en el piso y far¬fulló:
– ¡La amo!
¡Casémonos!
La señora Bordin
respiró con fuerza; después, con aire de ingenuidad, dijo que él bromeaba, sin
duda, iban a bur¬larse de ellos, no era razonable. Aquella declaración la
aturdía.
Bouvard objetó que
ellos no necesitaban el consentimien¬to de nadie.
–¿Qué la detiene?
¿El ajuar? Nuestra ropa tiene una marca similar, ¡una B! ¡Uniremos nuestras
mayúsculas!
El argumento le
gustó. Pero un asunto de gran importan¬cia le impedía decidirse antes de fin de
mes. Y Bouvard gimió.
Ella tuvo la
delicadeza de acompañarlo, escoltada por Marianne, que llevaba un farol.
Los dos amigos se
habían ocultado sus pasiones.
Pécuchet tenía
pensado mantener siempre oculta su aven¬tura con la criada. Si Bouvard se
oponía se la llevaría a otra parte, aunque fuese a Argelia, donde la vida no
era cara. Pero rara vez concebía esas hipótesis, lleno de amor, sin pensar en
sus consecuencias.
Bouvard proyectaba
hacer del museo la cámara nupcial, a menos que Pécuchet se opusiese; en ese
caso viviría en el domicilio de su esposa.
Una tarde de la
semana siguiente, ella estaba en el jar¬dín de su casa; los capullos comenzaban
a abrirse y se veían, entre las nubes, grandes espacios azules. Ella se agachó
para recoger violetas y le dijo, dándoselas:
– ¡Salude a la
señora Bouvard!
– ¡Cómo! ¿Es
verdad? –Totalmente verdad.
Quiso tomarla en
sus brazos pero ella lo rechazó. –¡Qué hombre!
Después se puso
seria y le advirtió que pronto le pedi¬ría un favor.
– ¡Se lo concedo!
Acordaron la firma
de su contrato para el jueves siguiente. Nadie debía saber nada hasta último
momento.
– ¡Convenido!
Y salió con los
ojos puestos en el cielo, ligero como un corzo.
La mañana de ese
mismo día Pécuchet se había prometido morir si no obtenía los favores de su
criada y la había acompañado hasta el sótano con la esperanza de que las
tinieblas le dieran audacia.
Ella había querido
irse varias veces, pero él la retenía para contar las botellas, elegir latas o
mirar el fondo de los toneles. Hacía mucho que estaban en eso.
Ella estaba en
frente de él, a la luz del tragaluz, derecha, con los párpados bajos, la
comisura de los labios un poco levantadas.
–¿Me amas? –dijo
repentinamente Pécuchet.
– ¡Sí; lo amo!
–Bueno, entonces
¡pruébamelo!
Y envolviéndola con
el brazo izquierdo, comenzó a des¬abrocharle el corset con la otra mano.
– ¡Me va a hacer
mal!
–¡No, angelito mío!
¡No tengas miedo!
–Si el señor
Bouvard...
–No le diré nada.
¡Quédate tranquila!
Atrás había un
montón de leña. Ella se dejó caer allí con los senos fuera de la camisa, la
cabeza echada hacia atrás; después se tapó el rostro con un brazo y cualquier
otro hubiese advertido que no le faltaba experiencia.
Bouvard no tardó en
llegar para comer.
Comieron en
silencio, los dos con miedo de traicionarse.
Mélie los sirvió
impasible, como de costumbre. Pécuchet desviaba la mirada para eludir la suya,
en tanto que Bouvard contemplaba las paredes, pensaba en hacer mejoras.
Ocho días después,
el jueves, volvió furioso.
– ¡Maldita
atorranta! –Pero ¿quién?
–La señora Bordin.
Y contó que en su
locura había llegado a querer hacerla su mujer. Pero todo había terminado hacía
un cuarto de hora en lo de Marescot. Había pretendido recibir como dote las
Ecalles, de lo cual él no podía disponer, pues lo había adquirido, lo mismo que
la granja, pagándolo en parte con dinero de otro.
– ¡Efectivamente!
–dijo Pécuchet.
–¡Y yo que cometí
la estupidez de prometerle un favor, el que quisiera! ¡Era ese! ¡Me empeciné y
si me amaba hubiese cedido!
La viuda, al
contrario, se había deshecho en insultos, había denigrado su físico, su
barriga.
– ¡Mi barriga! Pero
¡fíjate un poco!
Pécuchet, a todo
esto, había salido varias veces, cami¬naba con las piernas separadas. –¿Te
duele algo? –dijo Bouvard.
– ¡Sí, sí, estoy
mal!
Y después de cerrar
la puerta, no sin muchas vacilaciones, Pécuchet confesó que se acababa de
descubrir una enfer¬medad secreta.
–¿Tú?
–¡Yo mismo!
– ¡Ah, pobre
muchacho! Y ¿quién te la contagió?
Se puso más
colorado todavía y dijo con voz aún más baja: –No puede ser más que Mélie.
Bouvard quedó
estupefacto.
Lo primero que
debían hacer era despedir a la muchacha. Esta protestó con aire cándido.
El estado de
Pécuchet era grave, pero sin embargo, aver¬gonzado por su torpeza, no se
atrevía a ver al módico. Bouvard se le ocurrió recurrir a Barberou.
Le escribieron
dándole los detalles de la enfermedad, para que los comunicara a un doctor que
lo curaría por corres¬pondencia. Barberou tomó la cosa con mucho celo,
per¬suadido de que se trataba de Bouvard, y lo llamó viejo verde al mismo
tiempo que lo felicitaba.
– ¡A mi edad!
–decía Pécuchet–. ¿No es lúgubre? Pero ¿por qué me hizo eso?
–Tú le gustabas.
–Hubiera podido
avisarme.
–¿Es que la pasión
razona, acaso?
Y Bouvard se
quejaba de la señora Bordin.
A menudo la había
sorprendido detenida delante de las Ecalles en compañía de Marescot, hablando
con Germaine. ¡Tantas maniobras por un poco de tierra!
–¡Es avara! ¡Esa es
la explicación!
Así rumiaban su
descontento, en la salita, al lado del fuego, Pécuchet mientras tomaba sus
remedios y Bouvard fumando pipas; y hablaban de mujeres.
–Extraña necesidad.
¿Es una necesidad? ¡Impulsan al cri¬men, al heroísmo y al embrutecimiento! El
infierno debajo de unas enaguas, el paraíso en un beso; gorjeo de tórtola,
ondulaciones de serpiente, zarpas de gato; la perfidia del mar, variables como
la luna; dijeron todos los lugares co¬munes que ellas inspiraron.
Había sido el deseo
de tener una mujer lo que había interrumpido su amistad. Un remordimiento hizo
presa de ellos.
–No más mujeres ¿no
es cierto? ¡Vivamos sin ellas!
Y se abrazaron con
ternura.
¡Había que
reaccionar! Y Bouvard, después de la cura¬ción de Pécuchet, estimó que la
hidroterapia le sería be¬neficiosa.
Germaine, que había
vuelto después de haberse ido la otra, llevaba la bañera al corredor todas las
mañanas.
Los dos hombres,
desnudos como salvajes, se arrojaban grandes baldes de agua y después corrían
hacia sus habi¬taciones. Los vieron por la balaustrada y hubo personas
escandalizadas.
8
Satisfechos con su
régimen, quisieron mejorar el tem¬peramento por medio de la gimnasia.
Tomaron el manual
de Amoros y recorrieron el atlas. To¬dos esos muchachos acuclillados,
acostados, doblando las piernas, abriendo los brazos, mostrando el puño,
levantando pesos, cabalgando vigas, trepando escaleras o haciendo ca¬briolas en
el trapecio componían un gran despliegue de fuerza y agilidad que despertó su
envidia.
Pero al mismo
tiempo estaban entristecidos por los es¬plendores del gimnasio descrito en el
prefacio. Porque nun¬ca podrían tener un vestíbulo para los aparatos, un
hipó¬dromo para las carreras, una pileta para la natación, ni una "montaña
de gloria", colina artificial de treinta y dos me¬tros de altura.
Un caballo de
volteo de madera y con relleno hubiera sido dispendioso, por lo que renunciaron
a él. El tilo caído en el jardín les sirvió como mástil horizontal y cuando
fueron capaces de recorrerlo de un extremo al otro, replan¬taron una vigueta de
los contraespaldares para que les sirviera como uno vertical. Pécuchet trepó
hasta la punta. Bouvard se deslizaba, caía siempre, hasta que por fin desistió.
Les gustaron más
los "bastones ortosomáticos", es decir, dos mangos de escoba unidos
por dos cuerdas, la primera de las cuales se pasa por debajo de las axilas y la
segunda por las muñecas. Pasaban horas con el aparato puesto, el mentón levantado,
el pecho hacia adelante, y los codos pe-gados al cuerpo.
A falta de pesas,
el carretero les torneó cuatro trozos de fresno, parecidos a panes de azúcar y
que terminaban en cuello de botella. Estas clavas se tienen que mover a derecha
e izquierda, hacia adelante y hacia atrás, pero como eran demasiado pesadas, se
les escapaban de entre los dedos con riesgo de aplastarse las piernas. ¡No
im¬portaba! Se empecinaron con las "mazas persas" y por temor a que
se resquebrajaran todas las noches les pasa¬ban un paño con cera.
Después buscaron
fosos. Cuando encontraban uno que les convenía, apoyaban en el medio una larga
pértiga, se impulsaban con el pie izquierdo, llegaban al borde opuesto y luego
volvían a empezar. El campo era llano y se los veía desde lejos; y los lugareños
se preguntaban qué eran esas dos cosas extraordinarias que brincaban en el
hori¬zonte.
Cuando llegó el
otoño se dedicaron a la gimnasia de cámara, pero se aburrieron. ¡Qué lástima no
tener el "agi¬tador" o sillón de posta imaginado en la época de Luis
XIV por el abate de Saint Pierre! ¿Cómo estaba construido? ¿Dónde informarse? ¡Dumouchel
ni siquiera se dignó res-ponderles!
Entonces instalaron
en el galpón del horno una báscula braquial. Por dos poleas atornilladas al
techo pasaba una cuerda que tenía un travesaño en cada extremo. Tan pron¬to
como la tomaban uno se impulsaba golpeando el piso con la punta de los pies y
el otro bajaba los brazos hasta el nivel del suelo; el primero, por su peso,
atraía al segundo, el que, aflojando un poco la cuerda, subía a su vez; en
menos de cinco minutos sus miembros estaban bañados en sudor.
Para seguir las
instrucciones del manual trataron de con¬vertirse en ambidextros, para lo cual
llegaron a prescindir temporariamente de la mano derecha. Hicieron mas aún;
Amoros indica los versos que hay que cantar al hacer las maniobras y Bouvard y
Pécuchet, cuando marchaban, reci-taban el himno n° 9, "Un rey, un rey
Justo es un bien en la tierra". Cuando se golpeaban los pectorales,
'Amigos, la corona y la gloria", etcétera. Cuando iban a la carrera:
¡Allá va la tímida
bestia!
¡Alcancemos al
ciervo veloz!
¡Sí, sí, venzamos!
¡Corramos,
corramos, corramos!
Y más jadeantes que
perros, se animaban al oír el sonido de sus voces.
Un aspecto de la
gimnasia los exaltaba: su aplicación como medio de salvamento.
Pero hubieran
necesitado niños para aprender a llevarlos en bolsas y le rogaron al maestro de
escuela que les su¬ministrara algunos. Petit arguyó que las familias se
enoja¬rían. Entonces se dedicaron a los primeros auxilios. Uno fingía que
estaba desvanecido y el otro lo llevaba en una carretilla con toda clase de
precauciones.
En cuanto a las
escaladas militares, el autor preconiza la escala de Bois Rosé, así llamada por
el capitán que sor¬prendió a Fécamp, en otros tiempos, subiendo por el
acan¬tilado.
Según el grabado
del libro, insertaron pequeños bastones en un cable que ataron bajo el
cobertizo.
En cuanto se está a
horcajadas en el primer bastón y to¬mado del tercero, se echan las piernas
hacia afuera para que el segundo, que estaba contra el pecho, quede justo
debajo de los muslos. Uno se incorpora, toma el cuarto y así se continúa. No
obstante prodigiosos contoneos les fue imposible alcanzar el segundo escalón.
¿Será menos difícil
aferrarse a las piedras con las manos, como hicieron los soldados de Bonaparte
en el ataque al Fort Chambray? Y para hacerlo a uno capaz de tal acción, Amoros
posee una torre en su establecimiento.
El muro en ruinas
podría reemplazarla. Intentaron el asalto.
Pero Bouvard retiró
con demasiada rapidez su pie de un agujero, le dio miedo y fue presa del
vértigo.
Pécuchet hizo
responsable a su método; habían descui¬dado lo que concierne a las falanges,
por lo cual debían comenzar por el principio.
Sus exhortaciones
fueron vanas y llevado por su presun¬tuosidad, se dedicó a los zancos.
La Naturaleza
parecía haberlo destinado a aquello, ya que empleó desde un principio el modelo
grande, con paletas a cuatro pies del suelo. Y tranquilo ahí arriba recorría el
jardín como una gigantesca cigüeña de paseo.
Bouvard, desde la
ventana, lo vio titubear, después caer a plomo encima de las habichuelas, cuyas
ramas, al rom¬perse, amortiguaron su caída. Lo recogieron cubierto de tierra,
con las narices ensangrentadas, pálido y creyendo que se había torcido algo.
Decididamente, la
gimnasia no era lo más adecuado para hombres de su edad; la abandonaron y ya no
se atrevían a moverse por temor a los accidentes; permanecían todo el día
sentados en el museo, soñando con otras ocupa¬ciones.
Ese cambio de
costumbres influyó en la salud de Bou¬vard. Engordó mucho, resoplaba como un
cachalote después de las comidas, quiso adelgazar, comió menos y se debilitó.
Pécuchet también se
sentía "minado", tenía picazón en la piel y placas en la garganta.
–¡Esto no marcha!
–decían–. ¡No marcha!
A Bouvard se le
ocurrió ir a la posada a elegir unas cuantas botellas de vino de España para
reanimar a la máquina.
Al salir de allí,
el amanuense de Marescot y otros tres hombres le llevaban a Beljambe una gran
mesa de nogal. El "señor" le quedaba muy agradecido. Le había sido de
mucha utilidad.
Bouvard conoció así
la nueva moda de las mesas girato¬rias e hizo unas bromas al respecto.
Mientras tanto, por
toda Europa, en América, en Aus¬tralia y en las Indias, millones de mortales
pasaban su vida haciendo girar las mesas; y se descubría la manera de convertir
a los tontos en profetas, de dar conciertos sin instrumentos, de comunicarse por
medio de los caracoles. La prensa informaba de estas patrañas al público con
toda seriedad y así lo afirmaba en su credulidad.
Los espíritus
golpeadores habían desembarcado en el castillo de Faverges, de ahí se habían
expandido por el pueblo y era el notario quien, principalmente, los
interrogaba.
Disgustado por el
escepticismo de Bouvard, convidó a los amigos a una velada de mesas giratorias.
¿Era una trampa? La
señora Bordin estaría allí. Pécuchet fue solo.
Los asistentes eran
el alcalde, el recaudador de impues¬tos, el capitán, otros burgueses y sus
esposas, la señora Vaucorbeil, la señora Bordin, efectivamente, y además, una
antigua ayudante de la señora Marescot, la señorita Laverriére, persona un poco
extraña, de cabellos grises que le caían en espirales sobre los hombros, al
estilo de 1830. En un sillón estaba un
primo de París, vestido con un traje azul y ostentando un aire impertinente.
Las dos lámparas de
bronce, la repisa con curiosidades, las romanzas con viñetas sobre el piano y
las acuarelas minúsculas en marcos exorbitantes, siempre habían sido motivo de
asombro para Chavignolles. Pero esa noche todos los ojos estaban fijos en la mesa
de caoba. Faltaba poco para que se la pusiera a prueba y tenía la importan¬cia
de las cosas que encierran un misterio.
Doce invitados
ocuparon lugares alrededor de ella, con las manos extendidas, tocándose con los
meñiques. Sólo se oía el sonido del reloj. Los rostros denotaban una aten¬ción
profunda.
Al cabo de diez
minutos, algunos se quejaron de hor¬migueos en los brazos. Pécuchet estaba
incómodo. –¡Usted empuja! –le dijo el capitán a Foureau. –¡De ninguna manera!
–¡Sí señor! – ¡Ah, por favor! El notario los calmó.
A fuerza de tender
la oreja se creyó distinguir crujidos de madera. ¡Ilusión! Nada se movía.
El otro día, cuando
habían ido las familias de Aubert y Lormeau, de Lisieux, y se había pedido
prestada ex pro¬feso la mesa a Beljambe ¡todo había salido tan bien! ¡Pero esa
de hoy estaba tan empecinada! ¿Por qué?
La alfombra, sin
duda, la disgustaba; pasaron al come¬dor. El mueble elegido fue una ancha mesa
donde se ins¬talaron Pécuchet, Girbal, la señora Marescot y su primo, el señor
Alfred.
La mesa, que tenía
rueditas, se deslizó hacia la derecha; los operadores, sin separar sus dedos,
siguieron su movi¬miento y por sí misma dio dos vueltas más. Quedaron
estupefactos.
Entonces el señor
Alfred dijo con voz alta: –Espíritu, ¿qué te parece mi prima? La mesa osciló
con lentitud y dio nueve golpes. Según un cartel en el cual la cantidad de
golpes estaba traducida a letras, aquello significaba "encantadora".
Estallaron "bra¬vos".
Después Marescot,
para irritar a la señora Bordin, instó al espíritu a que dijera la edad exacta
que tenía. La pata de la mesa golpeó cinco veces. –¡Cómo! ¿Cinco años? –exclamó
Girbal. –¡Las decenas no cuentan! –replicó Foureau. La viuda sonrió, íntimamente
ofendida. Las respuestas a las otras preguntas fallaron, pues el alfabeto era
muy complicado. Era mejor la Tablita, medio expeditivo y del cual la señorita
Laverriére se había va¬lido para anotar en un álbum las comunicaciones directas
de Luis XII, Clámence Isaure, Franklin, Jean-Jacques Rous¬seau, etcétera. Esos
mecanismos se vendían en la calle de Aumale; el señor Alfred prometió una y
luego, dirigién¬dose a la ex-ayudante dijo:
–Y ahora un poco de
piano ¿no? para pasar el rato. ¡Una mazurca!
Dos acordes
metálicos vibraron. Tomó a su prima por la cintura, desapareció con ella,
volvió. Se sentía el aire fres¬co levantado por el vestido que rozaba las
puertas al pasar. Ella echaba la cabeza hacía atrás, él arqueaba el brazo. Se
admiraba la gracia de ella, el porte elegante de él. Y sin esperar los petits
fours, Pécuchet se retiró, asom¬brado por la velada.
Por más que repitió
"¡Yo lo vi!", Bouvard negaba los hechos, pero consintió en
experimentar por sí mismo.
Durante quince días
pasaron sus tardes el uno frente al otro con las manos en una mesa, después en
un sombrero, en una canasta, en platos. Todos esos objetos permanecie¬ron
inmóviles.
El fenómeno de las
mesas giratorias, no obstante, no deja de ser cierto. El vulgo lo atribuye a
los espíritus, Faraday a la prolongación de la acción nerviosa, Chevreul a los
esfuerzos inconscientes, o quizá, como lo admite Ségouin, del grupo de personas
se desprende un impulso, una corriente magnética.
Esta hipótesis dejó
pensando a Pécuchet. Tomó de su biblioteca la Guía del magnetizador de
Montacabére, la releyó atentamente e inició a Bouvard en la teoría.
Todos los cuerpos
animados reciben y transmiten la in¬fluencia de los astros, propiedad análoga a
la del imán. Si se maneja esta fuerza se puede curar a los enfermos, ese es el
principio. La ciencia, desde Mesmer, se ha des¬arrollado; pero siempre es importante
verter el fluido y hacer los pases que, antes que nada, deben hacer dormir. –Y
bueno ¡duérmete! –dijo Bouvard. –Imposible –respondió Pécuchet–. Para recibir
la ac¬ción magnética y para transmitirla es indispensable la fe. –Y luego,
mirando a Bouvard, agregó–: ¡Ah, qué lástima! –¿Cómo?
–Sí; si tu
quisieras, con un poco de práctica ¡no habría magnetizador como tú!
Sí, porque él
poseía todo lo que hace falta: el trato ama¬ble, una complexión robusta y una
moral sólida.
Esta facultad que
se le acababa de descubrir halagó a Bouvard y se zambulló furtivamente en
Montacabére.
Después, como
Germaine tenía zumbidos en las orejas que la ensordecían, dijo una noche con
tono displicente: –¿Y sí probáramos con el magnetismo? Ella no se opuso. El se
sentó delante de ella, le tomó los dos pulgares con sus manos y la miró
fijamente, como si no hubiese hecho otra cosa en toda su vida.
La buena mujer, que
tenía un calientapiés debajo de los talones, comenzó por doblar el cuello,
después cerró los ojos y por fin se puso a roncar muy suavemente. Cuando hacía
una hora que la contemplaban, Pécuchet dijo con voz baja:
–¿Qué siente?
Ella despertó.
Después, sin duda, vendría la lucidez. Ese éxito los envalentonó y retomando
con aplomo el ejercicio de la medicina, trataron a Chamberlan, el bedel, por
sus dolores intercostales; a Migraine, el albañil, afec¬tado por una neurosis
de estómago; a doña Varin, cuyo encefaloide bajo la clavícula requería, para
alimentarse, emplastos de carne; a un gotoso, don Lemoine, que se arrastraba
por las puertas de las tabernas; a un tísico, a un hemipléjico y a muchos
otros. También trataron corizas y sabañones.
Después de examinar
la enfermedad, se interrogaban con la mirada para acordar los pases que debían
emplear, si debían ser de corriente grande o pequeña, ascendentes o
descendentes, longitudinales, transversales, biditijas, triditijas o hasta
quinditijas. Cuando uno estaba fatigado el otro lo reemplazaba. Después, de
regreso en su casa, ano¬taban las observaciones en el diario de tratamientos.
Sus modales
untuosos conquistaron a la gente. Pero en el fondo se prefería a Bouvard y su
reputación llegó hasta Falaise cuando curó a "la Barbuda", la hija de
don Barbey, un antiguo capitán de altura.
Sentía como un
clavo en el occipucio, hablaba con voz ronca, a veces se pasaba varios días sin
comer, después devoraba yeso o carbón. Sus crisis nerviosas comenzaban con
sollozos y terminaban con un torrente de lágrimas; y se habían probado todos
los remedios, desde las tisanas hasta las moxas; tanto que por cansancio aceptó
el ofre¬cimiento de Bouvard.
Cuando éste hubo
despedido a la sirvienta y corrido los cerrojos, comenzó a friccionarle el
abdomen oprimiendo en el lugar de los ovarios. Un cierto bienestar se manifestó
mediante suspiros y bostezos. Le puso un dedo entre las cejas, arriba de la
nariz; de pronto quedó inerte. Si se levantaban sus brazos, volvían a caer. Su
cabeza se man¬tenía en la posición que él quería y los párpados semi-cerrados
vibraban con un movimiento espasmódico, dejando entrever los globos de los
ojos, que giraban con lentitud; por fin se fijaron en los ángulos, convulsos.
Bouvard le preguntó
si sentía dolor; respondió que no. ¿Qué sentía ahora? Distinguía el interior de
su cuerpo.
–¿Y qué ves allí?
– ¡Un gusano!
–¿Qué hay que hacer
para matarlo?
Su frente se
arrugó.
–Busco, no puedo
más, no puedo más.
En la segunda
sesión ella misma se prescribió un caldo de ortigas, a la tercera, uno de maro.
Las crisis se ate¬nuaron, desaparecieron. Era realmente como un milagro.
La digitación nasal
no dio resultado con los otros. Para provocar el sonambulismo proyectaron la
construcción de una cuba mermeriana. Pécuchet ya había recogido limaduras y
limpiado una veintena de botellas cuando un escrúpulo lo detuvo. Entre los
enfermos que vinieran habría personas del otro sexo.
–¿Y qué haremos si
les da un acceso de erotismo fu¬rioso?
Eso no hubiera
detenido a Bouvard, pero era preferible abstenerse, por los chismes y quizás
hasta las extorsiones.
Se conformaron con
una armónica que llevaban a las casas, lo que divertía a los chicos.
Un día, cuando
Migraine se sentía muy mal, recurrieron a ella. Los sonidos cristalinos lo
exasperaron, pero Deleuze ordena no asustarse de las quejas y la música
con¬tinuó.
– ¡Basta, basta!
–gritaba.
–¡Un poco de
paciencia! –repetía Bouvard.
Pécuchet aporreaba
con más rapidez las láminas de vi¬drio y el instrumento vibraba y el pobre
hombre daba ala¬ridos cuando el médico apareció atraído por el estrépito.
– ¡Cómo, otra vez
ustedes! –exclamó, furioso porque los encontraba siempre en casa de sus
clientes. Le ex¬plicaron su método magnético. Entonces él echó pestes contra el
magnetismo, un montón de charlatanerías cuyos efectos provienen de la
imaginación.
Sin embargo se
magnetiza a los animales. Montacabére lo afirma y el señor Lafontaine hasta
consiguió magnetizar a una leona. Ellos no tenían una leona. Pero el azar les
deparó otro animal. Porque al otro día a las seis, un mozo de labranza fue a
decirles que los llamaban de la granja, donde había una vaca en estado
desesperante.
Corrieron hacia
allí.
Los manzanos
estaban en flor y la hierba en el patio hu¬meaba bajo el sol naciente. Al lado
del abrevadero, medio tapada con un paño, una vaca mugía, tiritando debido a
los baldes de agua que le arrojaban. Estaba desmesura¬damente hinchada, parecía
un hipopótamo.
Sin duda había
comido "veneno" al pastar entre los tré¬boles. Maese Gouy y doña Gouy
estaban desconsolados por¬que el veterinario no podía ir, y un carretero que
sabía palabras contra la hinchazón no quería molestarse, pero esos señores,
cuya biblioteca era célebre, debían conocer algún secreto.
Después de
levantarse las mangas se colocaron uno de¬lante de los cuernos, el otro en la
grupa y con grandes esfuerzos interiores y una gesticulación frenética,
separaban los dedos para derramar en el animal chorros de fluido, mientras que
el granjero, su esposa, su muchacho y los vecinos los miraban casi asustados.
Los borborigmos que
se oían en el vientre de la vaca pro¬vocaron ruidos en el fondo de sus
entrañas. Soltó una ven¬tosidad. Entonces Pécuchet dijo:
– ¡Es una puerta
abierta a la esperanza! Puede ser una salida.
La salida se
verificó. La esperanza brotó como un pa¬quete de materias amarillas que
estallaron con la fuerza de un obús. Los corazones se dilataron, la vaca se
desinfló. Una hora después estaba como si nada.
No había sido por
efecto de la imaginación, seguramen¬te. Por lo tanto, el fluido contenía una
virtud particular que se puede encerrar en objetos de donde uno puede tomarla
sin que se haya debilitado. Un medio así ahorra desplazamientos. Lo adoptaron y
enviaban a sus cuentes monedas magnetizadas, pañuelos magnetizados, agua
mag¬netizada, pan magnetizado.
Después,
continuando con sus estudios, abandonaron los pases por el sistema de Puységur,
en el que se reem¬plaza el magnetizador por un viejo árbol en el tronco del
cual se enrolla una cuerda.
Un peral en las
ruinas parecía hecho a propósito. Lo prepararon abrazándolo con fuerza varias
veces. Pusieron un banco debajo. Allí se sentaban sus clientes y obtuvieron
resultados tan maravillosos que para hundir a Vaucorbeil lo invitaron a una
sesión junto con los notables de la región.
No faltó ni uno.
Germaine los
recibió en la salita, les pidió "que tuvieran a bien disculpar la
demora", sus amos ya iban a venir.
De cuando en cuando
se oía el timbre. Eran los enfer¬mos que ella llevaba a otra parte. Los
invitados so mostra¬ban con el codo las ventanas polvorientas, las manchas en
el artesonado, la pintura agrietada. ¡El estado del jardín era lamentable!
¡Madera seca por todas partes! Dos esta¬cas, atravesadas en la brecha del muro,
cerraban el huerto.
Pécuchet se
presentó.
–A sus órdenes,
señores.
Y se vio en el
fondo, bajo el peral de Edouín, a varias personas sentadas.
Chamberlan, sin
barba, como un sacerdote y con una sotanilla de lasting y un solideo de cuero,
era presa de estremecimientos ocasionados por su dolor intercostal; Migraine,
siempre enfermo del estómago, hacía muecas al lado de él. Doña Varin, para
ocultar su tumor, llevaba un chal de varias vueltas. Don Lemoine, con los pies
desnu¬dos en sus zapatillas, tenía las muletas debajo de él y la Barbuda, en
traje de domingo, estaba pálida, extraordina¬riamente pálida.
Del otro lado del
árbol había más personas. Una mujer con cara de albina se limpiaba unas
glándulas purulentas de su cuello. Había una niña con el rostro casi totalmente
oculto por anteojos azules. Un viejo con la columna de¬formada por una
contracción, golpeaba con sus movimien¬tos involuntarios a Marcel, una especie
de idiota, vestido con una blusa hecha jirones y un pantalón remendado. Su
labio leporino mal cosido dejaba ver sus incisivos y unos trapos en su mejilla
tumefacta disimulaban un enorme flemón.
Todos tenían en la
mano un hilo que bajaba del árbol. Y los pájaros cantaban y el olor del césped
tibio viboreaba en el aire. El sol pasaba por éntrelas ramas. Iban por sobre el
musgo.
Sin embargo, los
pacientes, en lugar de dormir, abrían desmesuradamente los ojos.
–Hasta ahora, no es
nada divertido –dijo Foureau–. Comiencen, en seguida vuelvo.
Y volvió fumando
una Abd-el-kader, último resto de la puerta de las pipas.
Pécuchet recordó un
excelente medio de magnetización. Puso en su boca las narices de todos los
enfermos y aspiró sus alientos para atraer hacia sí la electricidad y, al mismo
tiempo, Bouvard apretaba el árbol con el pro¬pósito de aumentar el fluido.
El albañil dejó de
hipar, el bedel se agitó menos, el hom¬bre de la contracción no se movió más.
Ahora se podía acercarse a ellos, someterlos a todas las pruebas que se
quisiese.
El médico, con su
lanceta, pinchó la oreja de Chamber¬lan, quien se estremeció un poco. La
sensibilidad en los otros fue evidente. El gotoso dio un grito. En cuanto a la
Barbuda, sonreía como en un sueño y un hilo de sangre le corría por debajo de
la mandíbula. Foureau quiso hacer la prueba por sí mismo y trató de tomar la
lanceta, pero como el doctor se la negó, pellizcó con fuerza a la enferma, el
capitán le hizo cosquillas en las narices con una pluma, el recaudador iba a
hundirle una espina bajo la piel.
– ¡Déjenla, vamos
–dijo Vaucorbeil–, no es nada asom¬broso, después de todo! Una histérica. ¡Ni
el mismo diablo podría hacerlo!
–Esta –dijo
Pécuchet señalando a Victoire, la mujer escrofulosa– ¡es médica! Reconoce las
afecciones e in¬dica los remedios.
Langlois ardía por
consultarla por lo de su catarro; no se atrevió. Pero Coulon, más atrevido,
preguntó algo sobre su reumatismo.
Pécuchet puso la
mano derecha en la mano izquierda de Victoire y con los ojos siempre cerrados,
las mejillas un poco rojas, los labios trémulos, la sonámbula, después de haber
divagado, recetó "Valum Becum".
Había trabajado en
Bayeux en lo de un boticario. Vau¬corbeil dedujo que quería decir "álbum
graecum", palabra entrevista, tal vez, en la farmacia.
Después encaró a
don Lemoine, quien según Bouvard veía a través de los cuerpos opacos.
Era un antiguo
maestro de escuela caído en la miseria. Alrededor de su rostro se esparcían
cabellos blancos y pegado al árbol, con las manos abiertas, dormía, a pleno
sol, de manera majestuosa.
El médico vendó sus
ojos con una doble cinta y Bouvard le mostró un diario diciéndole
imperiosamente:
– ¡Lea!
Bajó la frente,
movió los músculos de su rostro, echó la cabeza hacia atrás y acabó por
deletrear:
–Cons-ti-tu-cio-nal.
¡Pero con habilidad
uno puede hacer que se deslice cual¬quier vendaje!
Estas negaciones
del médico indignaban a Pécuchet. Se atrevió a afirmar que la Barbuda podía
describir lo que estaba sucediendo en esos mismos momentos en su pro¬pia casa.
–¡A ver! –respondió
el doctor, y después de sacar su reloj preguntó: –¿Qué está haciendo mi mujer?
La Barbuda vaciló
durante mucho tiempo y después, con gesto hosco, habló:
–¡Eh! ¿Qué? ¡Ah,
sí; ya sé! Cose cintas a un sombrero de paja.
Vaucorbeil arrancó
una hoja de su libreta y escribió un mensaje que el escribiente de Marescot se
apresuró a llevar.
La sesión había
terminado. Los enfermos se fueron.
Bouvard y Pécuchet,
al fin de cuentas, no habían tenido éxito. ¿Se había debido a la temperatura, o
al olor del tabaco, o al paraguas del abate Jeufroy, que tenía una guarnición
de cobre, metal contrario a la emisión fluídica?
Vaucorbeil encogió
los hombros.
Sin embargo, no
podía discutir la buena fe de los se¬ñores Deleuze, Bertrand, Morin, Jules
Cloquet. Ahora bien; esos maestros afirman que hubo sonámbulos que predijeron
acontecimientos y soportado, sin dolor, operaciones crueles.
El abate contó
historias asombrosas. Un misionero vio a unos brahamanes recorrer una bóveda
con la cabeza hacia abajo y el Gran Lama, en el Tibet, se corta las tripas para
hacer sus oráculos.
–¿Está bromeando?
–dijo el médico.
–¡De ninguna
manera!
–¡Vamos! ¡Es broma!
Y apartándose de la
cuestión, cada uno contó sus anéc¬dotas.
–Yo –dijo el
almacenero– yo tuve un perro que estaba siempre enfermo cuando el mes comenzaba
por un viernes.
–Nosotros éramos
catorce hijos –respondió el juez de paz–. Yo nací un 14, mi casamiento se
realizó un 14 y el día de mí santo cae en 14. ¡Explíqueme eso!
Beljambe había
soñado, muchas veces, la cantidad de viajeros que tendría al otro día en su
posada. Y Petit contó la cena de Cazotte.
El cura, entonces,
hizo esta reflexión:
–¿Por qué no ver en
todo eso, simplemente...
–¿Los demonios, no
es cierto? –dijo Vaucorbeil.
El abate, en lugar
de responder, asintió con la cabeza.
Marescot habló de
la pitonisa de Delfos.
– ¡Miasmas, sin
ninguna duda!
–¡Ah, son miasmas,
ahora!
–Yo admito que hay
un fluido –dijo Bouvard.
–Neurosideral
–agregó Pécuchet.
–Pero ¡pruébenlo!
¡muéstrenlo, su fluido! Por otra par¬te, escúchenme, los fluidos ya no están de
moda.
Vaucorbeil se
alejó, para refugiarse en la sombra. Los burgueses lo siguieron.
–Si se le dice a un
niño "soy un lobo, voy a comerte", se figura que uno es un lobo y
tiene miedo. Por lo tan¬to, se trata de un sueño determinado por la palabra.
Asimismo el sonámbulo acepta las fantasías que a uno se le ocurran. Recuerda
pero no piensa; aunque cree pensar, sólo tiene sensaciones. De esta manera se
sugieren crímenes y gente virtuosa puede convertirse en bestias feroces o en
antropófagos.
Miraron a Bouvard y
Pécuchet. Su ciencia suponía un peligro para la sociedad.
El escribiente de
Marescot reapareció en el jardín blan¬diendo una carta de la señora de
Vaucorbeil.
El doctor la abrió,
empalideció, y por fin leyó estas pa¬labras:
– ¡Coso cintas a un
sombrero de paja! La estupefacción impidió la risa.
–Es una
coincidencia, caramba. Eso no prueba nada.
Y como los dos
magnetizadores tenían una expresión de triunfo, se volvió desde la puerta para
decirles:
–¡No continúen! Son
entretenimientos peligrosos.
El cura, llevándose
a su bedel, lo reprendió con acritud.
–¿Está usted loco?
¡Sin mi permiso! ¡Son actividades prohibidas por la Iglesia!
Todo el mundo
acababa de irse. Bouvard y Pécuchet con¬versaban con el maestro debajo del
emparrado, cuando Marcel apareció por el huerto, con el vendaje deshecho y
farfullando:
– ¡Curado, curado!
¡Buenos señores! –¡Bueno, basta! ¡Déjanos tranquilos!
– ¡Ah, mis buenos
señores! ¡Los amo, soy vuestro ser¬vidor!
Petit, hombre
adicto al progreso, había encontrado la explicación del médico bastante
mediocre, burguesa. La Ciencia es un monopolio que está en manos de los ricos.
Ella excluye al pueblo. ¡Ya es hora de que el viejo aná¬lisis de la Edad Media
sea reemplazado por una síntesis amplia y viva! A la Verdad se debe llegar por
el Corazón. Y se declaró espiritista e indicó varias obras, defectuosas sin
duda, pero que eran el signo de una aurora.
Se las hicieron
enviar.
El espiritismo
postula como dogma el mejoramiento fatal de nuestra especie. La tierra, un día,
se convertirá en cielo; era por esto que la doctrina encantaba al maestro.
Aunque no era católico, se decía fiel a San Agustín y a San Luis. Alian Kardec
publicó fragmentos dictados por ellos que están a la altura de las opiniones
contemporá¬neas. La doctrina es práctica, beneficiosa y nos revela, como el
telescopio, los mundos superiores.
Los espíritus,
después de la muerte y en el Éxtasis, son llevados allí. Pero a veces
descienden a nuestro globo, donde hacen crujir los muebles, se meten en
nuestras di¬versiones, disfrutan las bellezas de la Naturaleza y los placeres
de las Artes.
Por otra parte,
varios de entre nosotros poseen una trompa aromal, es decir, un largo tubo en
la parte poste¬rior del cráneo que sube desde los cabellos hasta los planetas y
nos permite conversar con los espíritus de Saturno. Las cosas intangibles no
dejan de ser reales y de la tierra a los astros, de los astros a la tierra, hay
un vaivén, una transmisión, un intercambio continuo.
Entonces el corazón
de Pécuchet se llenó de aspiraciones desordenadas y cuando llegaba la noche
Bouvard lo sor¬prendía en su ventana contemplando esos espacios lumi¬nosos que
están poblados por espíritus.
Swedenborg hizo
grandes viajes a ellos, pues en menos de un año exploró Venus, Marte, Saturno y
veintitrés veces Júpiter. Además, vio a Jesucristo en Londres, vio a San Pablo,
vio a San Juan, vio a Moisés y, en 1736, hasta vio el Juicio Final.
Por eso nos ha
hecho descripciones del cielo. En él hay flores, palacios, mercados e iglesias
exactamente como entre nosotros.
Los ángeles, que
otrora fueron hombres, escriben sus pensamientos en hojas, charlan de
cuestiones domésticas o bien de temas espirituales; y los empleos eclesiásticos
corresponden a aquellos que en su vida terrestre cultivaron las Santas
Escrituras.
En cuanto al
infierno, está lleno de olor nauseabundo, hay chozas, montones de inmundicias y
personas mal vestidas. Y Pécuchet se estropeaba el intelecto tratando de
com¬prender lo que había de hermoso en esas revelaciones. A Bouvard le
parecieron el delirio de un imbécil. ¡Todo eso rebasa los límites de la
Naturaleza! ¿Quién los conoce, sin embargo? Y se entregaron a las reflexiones
siguientes:
Los
prestidigitadores pueden engañar a una muchedum¬bre; un hombre de pasiones
violentas despertará otras; pero la voluntad, por sí sola, ¿cómo puede actuar
en la materia inerte? Se habla de un bávaro que hace madurar las uvas; el señor
Gervais ha reanimado a un heliotropo; otro, más fuerte, en Toulouse, separa a
las nubes.
¿Habrá que admitir
la existencia de una materia interme¬diaria entre el mundo y nosotros? Acaso no
sea sino el od, un nuevo imponderable, una especie de electricidad. Sus
emisiones explican el resplandor que los magnetizados creen ver, los fuegos
fatuos de los cementerios, la forma de los fantasmas.
Esas imágenes no
serían entonces una ilusión y los dones extraordinarios de los Posesos,
similares a los de los sonámbulos ¿tendrían una causa física?
Sea cual fuere su
causa hay una esencia, un agente se¬creto y universal. Si pudiésemos dominarlo,
no necesita¬ríamos la fuerza del tiempo. Lo que requiere siglos para
desarrollarse lo haría en un minuto; todo milagro sería posible y el universo
estaría a nuestra disposición.
La magia provenía
de esta codicia eterna del espíritu humano. Sin duda se ha exagerado su valor,
pero no es una mentira. Los orientales, que la conocen, hacen pro¬digios; todos
los viajeros lo dicen. Y en el Palais Royal, el señor Dupotet, con su dedo, trastorna
a la aguja imantada.
¿Cómo llegar a ser
mago? Esta idea les pareció una locura en un principio, pero resurgió, los
atormentó y al fin cedieron, aunque aparentaban hacerlo sólo por broma.
Un régimen
preparatorio es indispensable.
Para exaltarse más
vivían de noche, ayunaban y con el propósito de hacer de Germaine un médium más
delicado, racionaron su comida. Ella se desquitaba con la bebida y bebió tanto
aguardiente que acabó por emborracharse. Sus paseos por el corredor la despertaban.
Confundía los ruidos de los pasos con los zumbidos de orejas y las voces
ima¬ginarias que oía salir de los muros. Una mañana dejó una red en el sótano y
se asustó cuando la encontró toda cu¬bierta por el fuego; desde entonces se
sintió peor y acabó por creer que le habían hecho un maleficio.
Con la esperanza de
tener visiones, ellos se comprimían la nuca recíprocamente, se hicieron
saquitos de belladona y por fin adoptaron la caja mágica, una cajita de la que
sale un hongo erizado de clavos y que se lleva sobre el corazón atada al pecho
con una cinta. Todo fracasó. Pero podían emplear el círculo de Dupotet.
Pécuchet borroneó
en el suelo, con carbón, un redondel negro, "para encerrar en él a los
espíritus animales que debían ayudar a los espíritus ambientes" y, feliz
por poder dominar a Bouvard, le dijo con tono pontifical:
– ¡Te desafío a
franquearlo! Bouvard miró el redondel.
Sintió cómo le
palpitaba el corazón, se le nublaron los ojos.
– ¡Ah, acabemos!
Y saltó por encima
para deshacerse de ese malestar inexpresable.
Pécuchet, cuya
exaltación iba creciendo, quiso hacer apa¬recer a un muerto.
En tiempos del
Directorio, un hombre, en la calle del Echiquier, mostraba las víctimas del
Terror. Los ejemplos de aparecidos son innumerables. Aunque sea una aparien¬cia
¡no importa! Lo importante es producirla.
Cuanto de más cerca
nos toca el difunto, mejor acude a nuestro llamado. Pero no había ninguna
reliquia en la familia, ni anillo ni miniatura, ni un cabello, aunque Bouvard
estaba en condiciones de evocar a su padre. Y como aquél manifestase cierta
repugnancia Pécuchet le preguntó:
–¿Qué temes?
–¿Yo? ¡Oh,
absolutamente nada! ¡Haz lo que quieras!
Sobornaron a
Chamberlan quien les suministró a escon¬didas una vieja calavera. Un sastre les
hizo dos hopalandas negras con un capuchón, como los hábitos de monje. El coche
de Falaise les llevó un largo rollo en un sobre. Después pusieron manos a la
obra, uno curioso por ver qué ocurría, el otro con miedo de creer.
El museo estaba
preparado como un catafalco. Tres can¬delabros ardían en el borde de la mesa,
puesta contra la pared debajo del retrato del padre de Bouvard, que dominaba la
calavera. Hasta habían puesto una vela en el in¬terior del cráneo y dos rayos
se proyectaban por las órbitas.
En el medio, en una
estufita, humeaba incienso. Bouvard permanecía detrás y Pécuchet, que le daba
las espaldas, echaba puñados de azufre en el hogar.
Antes de llamar a
un muerto se ha de pedir el consen¬timiento de los demonios. Ahora bien, ese
día era un viernes, día que pertenece a Béchet, y había que ocuparse de Béchet
en primer lugar. Bouvard, después de saludar a derecha e izquierda, bajó el
mentón, levantó los brazos y comenzó:
– ¡Por Ethaniel,
Amazin, Ischyros!... –Y había olvidado el resto. Pécuchet le sopló rápidamente
las palabras es¬critas en un cartón.
–Ischyros,
Athanatos, Adonai, Saday, Eloy, Messias –la letanía era larga– yo te conjuro,
yo te obsecro, yo te or¬deno, oh Béchet –y después, bajando la voz– ¿Dónde
estás, Béchet? ¡Béchet! ¡Béchet!
Bouvard se desplomó
en el sillón y estaba de veras con¬tento de no ver a Béchet; algo en él le
reprochaba su tentativa como un sacrilegio. ¿Dónde estaba el alma de su padre?
¿Podía oírlo? ¿Y si de repente viniera?
Las cortinas se
movían despacio al influjo del viento que entraba por un vidrio roto y los
cirios proyectaban sombras que serpenteaban en la calavera y en la figura
pintada. Un color terroso los obscurecía a los dos. El moho le car¬comía los
pómulos, los ojos ya no tenían luz. Pero una llama brillaba arriba, en los
agujeros de la cabeza vacía. Esta parecía, por momentos, ocupar el lugar de la
otra, estar en el cuello de su levita, tener sus patillas, y la tela, medio
desclavada, oscilaba, palpitaba.
Poco a poco
sintieron algo como el roce de un aliento, como la aproximación de un ser
impalpable. Gotas de sudor mojaban la frente de Pécuchet y entonces a Bouvard
em¬pezaron a castañetearle los dientes, un calambre le opri¬mió el epigastrio,
el piso, como una ola, huía debajo de sus pies, el azufre que ardía en la
chimenea caía en gruesas volutas, unos murciélagos revoloteaban, un grito se
oyó ¿quién era?
Sus rostros, bajo
sus capuchones, estaban cada vez más desencajados á medida que su terror
aumentaba; no se atrevían a hacer ni un gesto, ni siquiera a hablar, cuando
detrás de la puerta oyeron gemidos como los de un alma en pena.
Por fin se
arriesgaron. Era su vieja criada, quien los había espiado por una rendija del
tabique y creyó estar viendo al diablo de rodillas en el corredor repetía una y
otra vez la señal de la cruz.
Todo razonamiento
fue inútil. Los dejó esa misma noche, pues ya no quería servir a gente como
aquella.
Germaine habló.
Chamberlan perdió su puesto y se for¬mó contra ellos una sorda coalición
sostenida por el abate Jeufroy, la señora Bordin y Foureau.
Su manera de vivir
–que no era la de los demás– des¬agradaba. Se tornaron sospechosos y hasta
inspiraron un vagaroso terror.
Lo que acabó con su
reputación fue, sobre todo, la elec¬ción del criado. A falta de otro, tomaron a
Marcel.
Su labio leporino,
su fealdad y su jeringonza ahuyentaban a la gente. Abandonado cuando niño,
había crecido en el campo al amparo de la naturaleza y conservaba de su larga
miseria un hambre insaciable. Los animales muertos de enfermedad, el tocino
podrido, un perro aplastado, todo le caía bien con tal de que el pedazo fuera
grande; y era dulce como un cordero, pero enteramente estúpido.
La gratitud lo
había hecho ofrecerse como sirviente a los señores Bouvard y Pécuchet; además,
como los creía he¬chiceros, esperaba obtener beneficios extraordinarios.
Ya en los primeros
días les confió un secreto. En los brezales de Poligny, una vez, un hombre
había encontrado un lingote de oro. La anécdota la refieren los historiadores
de Falaise, pero ignoran la continuación. Doce hermanos, antes de salir de
viaje, habían ocultado doce lingotes pa-recidos a lo largo del camino, desde
Chavignolles hasta Bretteville y Marcel suplicó a sus amos que comenzaran la
búsqueda. Esos lingotes, se dijeron, quizá habían sido en¬terrados en el
momento de la emigración.
Se trataba de
emplear la varita adivinatoria. Las virtu¬des de ésta son dudosas. Sin embargo
estudiaron la cues¬tión y supieron que un tal Pierre Garnier la defiende con
argumentos científicos. Las fuentes y los metales posible¬mente proyecten
corpúsculos afines con la madera.
Eso es poco
probable, pero ¿quién sabe? ¡A lo mejor! ¡Probemos!
Se hicieron una
horquilla de avellano y una mañana sa¬lieron a descubrir el tesoro.
–Habrá que
devolverlo –dijo Bouvard.
–¡Ah, no; ni en
broma!
Después de tres
horas de caminata una idea los detuvo. ¡El camino de Chavignolles a
Bretteville! ¿El antiguo o el nuevo? Debía de ser el antiguo.
Volvieron atrás y
recorrieron los alrededores, al azar, pues el trazado del camino viejo no se
distinguía con fa¬cilidad.
Marcel corría de
derecha a izquierda como un podenco de cacería; cada cinco minutos Bouvard
tenía que llamarlo. Pécuchet avanzaba paso a paso, sosteniendo la varita por
las dos ramas, con la punta hacia arriba. A menudo le pa¬recía que una fuerza,
como un garfio, la tiraba hacia el suelo y Marcel, rápidamente, hacía una
muesca en los ár¬boles vecinos para poder encontrar el lugar más tarde.
Pécuchet, a todo
esto, iba cada vez más despacio. Su boca se abrió, sus pupilas se
convulsionaron. Bouvard lo interpeló, lo sacudió por los hombros, pero no se
movió y permaneció absolutamente inerte, como la Barbuda.
Después contó que
había sentido alrededor del corazón una especie de desgarramiento; sensación
extraña, prove¬niente de la varita, sin duda. Y no quería volver a tocarla.
Al otro día
volvieron adonde estaban los árboles marca¬dos. Marcel, con una azada cavaba
hoyos; las búsquedas no daban ningún resultado y cada vez que fracasaban se
sen¬tían muy confundidos. Pécuchet se sentó al borde de una zanja y cuando
pensaba con la cabeza levantada, esfor¬zándose por oír la voz de los espíritus
con su trompa aromal –y hasta preguntándose si tendría una– clavó su mirada en
la visera de su gorra y volvió a caer en el éxta¬sis de la víspera. Duró mucho
tiempo y empezó a dar miedo.
Por sobre la avena,
en un sendero, apareció un sombrero de fieltro. Era el señor Vaucorbeil al
trotecito en su yegua. Bouvard y Marcel lo llamaron.
La crisis estaba
por terminar cuando llegó el médico. Para examinar mejor a Pécuchet le levantó
la gorra y al advertir la frente cubierta por placas cobrizas dijo:
–¡Ah, ah; fructus
belli! ¡Son sifilides, mi amigo! ¡Cuí¬dese, diablos! No tomemos el amor en
broma.
Pécuchet,
avergonzado, volvió a ponerse la gorra, una especie de boina que se inflaba
sobre su visera con forma de medialuna y cuyo modelo había tomado en el atlas
de Amoros.
Las palabras del
doctor lo dejaron estupefacto. Pensaba en ellas mirando hacia arriba, cuando de
pronto volvió a caer en trance.
Vaucorbeil lo
observó y después, de un papirotazo, le hizo caer la gorra.
Pécuchet recuperó
sus facultades.
–Me lo sospechaba
–dijo el médico–; la visera barni¬zada lo hipnotiza como un espejo. Este
fenómeno no es raro en personas que miran un cuerpo brillante con de¬masiada
atención.
E indicó cómo se
hace el experimento con gallinas, mon¬tó su jaca y desapareció lentamente.
Una media legua más
lejos vieron un objeto piramidal er¬guido en el horizonte, en el patio de una
granja; parecía un monstruoso racimo de uvas negras salpicado de puntos rojos.
Era un largo mástil guarnecido con travesaños, según la costumbre normanda, a
los cuales se encaraman las pavas para pavonearse al sol.
–Entremos. –Y
Pécuchet habló con el granjero quien ac¬cedió a su pedido.
Con blanco de
España trazaron una línea en medio del lagar, ataron las patas a un pavo y lo
echaron boca abajo, con el pico apoyado en la raya. El animal cerró los ojos y
pronto pareció muerto. Lo mismo sucedió con los demás. Bouvard se los pasaba
rápidamente a Pécuchet quien los alineaba uno al lado de otro en cuanto se
entumecían. La gente de la granja manifestó cierta inquietud. La patrona gritó;
una niña lloraba.
Bouvard desató a
todas las aves. Estas se reanimaron poco a poco, pero no se sabía qué
consecuencias podía tener aquello. Ante una objeción un poco áspera de
Pécu¬chet el granjero empuñó su horquilla.
– ¡Fuera, váyanse
al diablo o les reviento la panza!
Salieron a todo
vapor.
¡No importaba! El
problema estaba resuelto, el éxtasis depende de una causa material.
¿Qué es entonces la
Materia? ¿Qué es el Espíritu?
¿De dónde proviene
la influencia de la una sobre el otro y a la recíproca?
Para saberlo
hicieron investigaciones en Voltaire, en Bossuet, en Fenelón y hasta tomaron
una nueva suscripción en una biblioteca.
Los maestros
antiguos eran inaccesibles por la longitud de las obras o la dificultad del
idioma; pero Jouffroy y Damiron los iniciaron en la filosofía moderna y ellos
dis¬ponían de obras en las que se trataba de la del siglo pasado.
Bouvard extraía sus
argumentos de La Mettrie, de Locke, de Helvetius; Pécuchet de Cousin, Thamos
Reid y Gérando. El primero adhería a la experiencia; lo ideal lo era todo para
el segundo. Había de Aristóteles en éste y de Platón en aquél; y discutían.
–El alma es
inmaterial –decía uno.
–De ninguna manera
–decía el otro–. La locura, el cloroformo, una sangría la trastornan y puesto
que no siempre piensa, no es de ningún modo una sustancia que no haga sino
pensar.
–Sin embargo
–objetó Pécuchet– yo tengo, en mí mis¬mo, algo que es superior a mi cuerpo y
que a veces lo contradice.
–¿Un ser en el ser?
¡El homo duplex! ¡Vamos, vamos! Dos tendencias diferentes revelan motivos
opuestos. Eso es todo.
–Pero ese algo, esa
alma, permanece idéntica ante los cambios externos. ¡Por lo tanto, es simple,
indivisible y por ello espiritual!
–¡Si el alma fuera
simple –replicó Bouvard– un recién nacido recordaría y pensaría como un adulto!
El Pensa¬miento, al contrario, sigue el desarrollo del cerebro. En cuanto a ser
indivisible, el perfume de una rosa o el apetito de un lobo no se cortan en dos
como tampoco una volición o una afirmación.
–¡Eso no quiere
decir nada! –dijo Pécuchet– ¡El alma está exenta de las cualidades de la
materia!
–¿Admites la
gravedad? –respondió Bouvard–. Ahora bien; si la materia puede caer, también
puede pensar. Pues¬to que ha tenido un principio, nuestra alma ha de tener un
fin y como depende de los órganos, desaparecerá con ellos.
–¡Yo afirmo que es
inmortal! Dios no puede querer...
–Pero ¿si Dios no
existe?
–¿Cómo?
Y Pécuchet se
despachó con las tres pruebas cartesianas.
–Primero, Dios está
comprendido en la idea que de él tenemos; segundo, la existencia le es posible;
y tercero, yo, ser finito ¿cómo podría concebir lo infinito? Y puesto que
concebimos esta idea, ella nos viene de Dios ¡y por lo tanto Dios existe!
Y pasó al
testimonio de la conciencia, a la tradición de los pueblos, a la necesidad de
un creador. –Cuando veo un reloj...
–¡Sí, sí, ya se
sabe! Pero ¿dónde está el padre del re¬lojero?
–¡Tiene que haber
una causa, sin embargo!
Bouvard dudaba de
las causas.
–Del hecho de que
un fenómeno sigue a otro fenómeno se infiere que uno deriva del otro.
¡Pruébenlo!
–¡Pero el
espectáculo del universo denota una intención, un plan!
–¿Por qué? El Mal
está tan perfectamente organizado como el Bien. El gusano que crece en la
cabeza del car¬nero y lo hace morir equivale, anatómicamente, al mismo carnero.
Las monstruosidades sobrepasan a las funciones normales. El cuerpo humano
podría estar mejor hecho. Las tres cuartas partes del globo son estériles. La
Luna, esa lampara, no siempre se muestra. ¿Tú crees que el Océano estaba
destinado a los navíos y la madera de los árboles a la calefacción de nuestras
casas?
Pécuchet respondió:
–No obstante, el
estómago está hecho para digerir, la pierna para caminar, el ojo para ver,
aunque haya dispep¬sias, fracturas y cataratas. No hay ordenamiento que no
tenga una finalidad. Los efectos sobrevienen ahora o des¬pués. Todo depende de
leyes. Por lo tanto, hay causas últimas.
Bouvard supuso que
tal vez Spinoza suministraría argu¬mentos y le escribió a Dumouchel para
conseguir la tra¬ducción de Saisset.
Dumouchel le envió
un ejemplar que pertenecía a su amigo el profesor Varlot, exiliado el Dos de
Diciembre.
La Etica los
atemorizó con sus axiomas y sus corola¬rios. Leyeron sólo los pasajes marcados
con lápiz y com¬prendieron esto:
La sustancia es lo
que es en sí, por sí, sin causa, sin origen. Esta sustancia es Dios.
El es la Extensión
y la Extensión no tiene límites. ¿Con qué limitarla?
Pero aunque sea
infinita, no es lo infinito absoluto, pues sólo contiene una clase de
perfección; y lo Absoluto las contiene todas.
Con frecuencia se
detenían y para reflexionar mejor Pécuchet absorbía tabaco y Bouvard estaba
rojo de atención.
–¿Esto te divierte?
–¡Sí, por supuesto!
Sigue de todos modos.
Dios se desarrolla
en una infinidad de atributos que ex¬presan, cada uno a su manera, la infinitud
de su ser. Nos¬otros conocemos sólo dos: la Extensión y el Pensamiento.
Del Pensamiento y
de la Extensión derivan innumerables modos, los cuales contienen otros.
Aquel que abarcara
al mismo tiempo toda la Extensión y todo el Pensamiento, no vería en ellos
ninguna contingen¬cia, nada de accidental, sino una serie geométrica de
térmi¬nos ligados entre sí por leyes necesarias.
–¡Ah, sería
hermoso! –dijo Pécuchet.
Entonces no hay
libertad en el hombre ni en Dios.
– ¡Ya lo ves!
–exclamó Bouvard.
Si Dios tuviese una
voluntad, una finalidad, si actuase por una causa sería porque tendría una
necesidad, porque le faltaría una perfección. No sería Dios.
Así nuestro mundo
no es sino un punto entre la totalidad de las cosas, y el Universo impenetrable
para nuestro co¬nocimiento, una porción de una infinidad de universos que
emiten al lado del nuestro modificaciones infinitas. La Ex¬tensión envuelve
nuestro Universo, pero está envuelta por Dios, que contiene en su pensamiento
todos los universos posibles y su pensamiento mismo está envuelto en su
sustancia.
Les parecía estar
en un globo, de noche, con un frío glacial, arrastrados en una carrera sin fin
hacia un abismo sin fondo y sin nada alrededor de ellos como no fuera lo
inasible, lo inmóvil, lo Eterno. Era demasiado. Desistieron.
Y en busca de algo
menos árido compraron el Curso de filosofía para ser usado en las escuelas del
señor Guesnier.
El autor se
pregunta cuál será el mejor método ¿el ontológico o el psicológico?
El primero conviene
a la infancia de las sociedades, cuan¬do el hombre fijaba su atención en el
mundo exterior. Pero en la actualidad, cuando la vuelve hacia sí mismo
"creemos que el segundo es más científico" y Bouvard y Pécuchet se
decidieron por éste.
La finalidad de la
psicología es el estudio de los hechos que se verifican "en el seno del
yo"; se los descubre ob¬servando.
–¡Observemos!
Y durante quince
días, habitualmente después de comer, buscaron en su conciencia, al azar, a la
espera de hacer grandes descubrimientos, pero no hicieron ninguno, lo cual los
asombró mucho.
Un fenómeno ocupa
el yo: la idea. ¿De qué naturaleza es ésta? Se ha supuesto que los objetos se
reflejan en el cerebro y que el cerebro envía esas imágenes a nuestro espíritu,
el que nos depara su conocimiento.
Pero si la idea es
espiritual ¿cómo representar la ma¬teria? De ahí el escepticismo en cuanto a
las percepciones externas. Y si es material ¿los objetos espirituales podrían
representarse? De ahí el escepticismo en lo que atañe a nociones internas. Por
otra parte ¡que se tenga cuidado! ¡Esta hipótesis nos llevaría al ateísmo! Pues
dado que una imagen es una cosa finita, le es imposible representar a lo
infinito.
–Sin embargo
–objetó Bouvard– cuando pienso en un bosque, en una persona, en un perro, veo
ese bosque, esa persona, ese perro. Por lo tanto las ideas los representan.
Y encararon el
origen de las ideas.
Según Locke hay
dos, la sensación y la reflexión. Condillac reduce todo a la sensación.
Pero entonces la
reflexión carecería de base. Necesita un sujeto, un ser que sienta; y es
impotente para suminis¬trarnos las grandes verdades fundamentales: Dios, el
mé¬rito y el demérito, lo justo, lo bello, etcétera, nociones a las que
llamamos innatas, es decir, anteriores a la Expe-riencia y universales.
–Si fueran
universales las tendríamos desde nuestro na¬cimiento.
–Esas palabras se
refieren a la disposición para tenerlas y Descartes...
–¡Tu Descartes se
enreda! ¡Sostiene que el feto las po¬see y en otro lugar confiesa que sólo de
manera implícita!
Pécuchet se
asombró.
–¿Dónde está eso?
–¡En Garando! –Y
Bouvard le dio una palmada en la barriga.
–¡Acábala! –dijo
Pécuchet. Después, volviendo a Condillac: –¡Nuestros pensamientos no son
metamorfosis de la sensación! Ella los causa, los pone en juego. Para po¬nerlos
en juego, hace falta un motor. Porque la materia por sí misma no puede producir
el movimiento. ¡Y esto lo encontré en tu Voltaire! –agregó Pécuchet, haciéndole
un profundo saludo.
Así machacaban con
los mismos argumentos, cada uno de ellos desdeñando la opinión del otro, sin
convencerlo de la suya.
Pero la filosofía
los enaltecía ante sí mismos. Recor¬daban con piedad sus preocupaciones por la
agricultura, la literatura, la política.
Ahora el museo los
asqueaba. De muy buena gana hu¬bieran vendido todas esas chucherías. Y pasaron
al se¬gundo capítulo, las facultades del alma.
Hay tres nada más.
La de sentir, la de conocer, la de querer.
En la facultad de
sentir distinguimos la sensibilidad física de la sensibilidad moral.
Las sensaciones
físicas se clasifican naturalmente en cinco especies, que se canalizan por los
órganos de los sentidos.
Los actos de la
sensibilidad moral, al contrario, no deben nada al cuerpo.
No hay nada en
común entre el placer de Arquímedes al descubrir las leyes de la gravedad y la
voluptuosidad inmunda de Apicius devorando una cabeza de jabalí.
Esa sensibilidad
moral tiene cuatro géneros, y su segundo género, "deseos morales", se
divide en cinco especies, y los fenómenos del cuarto género,
"afectos", se subdividen en otras dos especies, entre las cuales está
el amor por sí mismo, "inclinación legítima, sin duda, pero que cuando se
exagera toma el nombre de egoísmo".
En la facultad de
conocimiento se encuentra la percep¬ción racional, en la que se encuentran dos
movimientos principales y cuatro grados.
La abstracción
puede ofrecer escollos a las inteligencias extravagantes.
La memoria
relaciona con el pasado como la previsión con el porvenir.
La imaginación es
más bien una facultad particular, sui generis.
Tantas molestias
para demostrar banalidades, el tono pe¬dantesco del autor, la monotonía de los
giros "Estamos dis¬puestos a reconocer", "Lejos de nosotros la
idea", "Inte¬rroguemos a nuestra conciencia"... el elogio
sempiterno a Dugalt Stewart, en fin, todo ese palabrerío los asqueó de tal
manera que, pasando por sobre la facultad de querer, entraron en la Lógica.
Por ella supieron
qué es el Análisis, la Síntesis, la In¬ducción, la Deducción y las causas
principales de nuestros errores.
Casi todos
provienen del mal empleo de las palabras.
"El sol se
acuesta, el tiempo se obscurece, el invierno se acerca", son locuciones
viciadas que hacen pensar en en¬tidades personales cuando se trata sólo de
acontecimientos muy simples. "Recuerdo tal objeto, tal axioma, tal
verdad". ¡Ilusión! Son las ideas y de ningún modo las cosas las que
permanecen en el yo y el rigor del lenguaje exige decir "Recuerdo tal acto
de mi espíritu por el cual percibí ese objeto, del cual deduje este axioma, por
el cual admití esta verdad".
Como el término que
designa a un accidente no lo abarca en todos sus modos, trataron de emplear
sólo palabras abs¬tractas, tanto que en lugar de decir "Demos una
vuelta", "Es hora de cenar", "Tengo un cólico",
emitían estas frases: 'Un paseo sería salutífero", "Ya es hora de
ingerir ali¬mentos", "Experimento una necesidad de exoneración".
Una vez dueños del
instrumento lógico, pasaron revista a los diferentes critériums; en primer
lugar al del sentido común.
Si el individuo no
puede saber nada ¿por qué todos los individuos podrían saber más? Un error,
aunque tenga cien mil años de antigüedad, por el solo hecho de ser antiguo no
constituye una verdad. La Muchedumbre sigue inva¬riablemente la rutina; y, al
contrario, son sólo unos pocos los que impulsan el Progreso.
¿Vale más fiarse
del testimonio de los sentidos? Estos engañan a veces y nunca informan sino
acerca de la apa¬riencia. El fondo se les escapa.
La Razón ofrece más
garantías, dado que es inmutable e impersonal; pero para manifestarse necesita
encarnarse.
Entonces la Razón
se torna mi Razón. Una regla importa poco, si es falsa. Nada prueba que ésta
sea justa.
Se recomienda
verificarla con los sentidos; pero éstos pueden adensar sus tinieblas. De una
sensación confusa se induciría una ley defectuosa que más tarde impedirá la
visión clara de las cosas.
Queda la Moral. Es
hacer descender a Dios al nivel de lo útil ¡como si nuestras necesidades fueran
la medida de lo Absoluto!
En cuanto a la
Evidencia, negada por el uno, afirmada por el otro, ella es en sí misma su
criterium. El señor Cousin lo ha demostrado.
–No queda más que
la Revelación –dijo Bouvard–. Pero para creer en ella hay que admitir dos
conocimientos pre¬vios, el del cuerpo que ha sentido y el de la inteligencia
que ha percibido, admitir el Sentido y la Razón, testimonios humanos y como
consecuencia sospechosos.
Pécuchet
reflexionó, se cruzó de brazos.
–Pero ¡vamos a caer
en el abismo espantoso del escep¬ticismo!
Según Bouvard, eso
sólo espantaba a los cerebros pobres.
–¡Gracias por el
cumplido! –respondió Pécuchet–. Sin embargo hay hechos indiscutibles. Se puede
alcanzar la verdad dentro de ciertos límites.
–¿Cuál? ¿Dos y dos
son cuatro siempre? ¿El contenido es, de alguna manera, menor que el
continente? ¿Qué quie¬re decir casi verdadero, una fracción de Dios, la parte
de una cosa indivisible?
– ¡Ah, tú eres sólo
un sofista!
Y Pécuchet,
ofendido, estuvo tres días enfurruñado. Em¬plearon este tiempo en recorrer los
índices de varios volú¬menes. Bouvard sonreía de cuando en cuando y reanudó la
conversación.
– ¡Sí que es
difícil no dudar! En lo que atañe a Dios las pruebas de Descartes, de Kant y de
Leibniz no son las mismas y se invalidan mutuamente. La creación del mundo por
los átomos o por un espíritu sigue siendo inconce¬bible.
Yo me siento
materia y pensamiento a la vez, al mismo tiempo que ignoro qué es la una y el
otro. La impenetra¬bilidad, la solidez, la gravedad me parecen misterios tanto
como mi alma; con mayor razón aun la unión del alma y del cuerpo.
Para explicarla
Leibniz imaginó su armonía, Malebranche la premonición, Cudworth un mediador y
Bonnet ve en ella un milagro perpetuo "lo que es una tontería, pues un
mi¬lagro perpetuo no sería un milagro".
–¡Efectivamente!
–dijo Pécuchet.
Y los dos
confesaron que estaban hartos de los filósofos. Tantos sistemas lo enredan a
uno. La metafísica no sirve para nada. Se puede vivir sin ella.
Por otra parte, sus
apuros económicos aumentaban. Le debían tres barricas de vino a Beljambe, doce
kilogramos de azúcar a Langlois, ciento veinte francos al sastre, sesen¬ta el
zapatero. Se gastaba cada vez mas y maese Gouy no pagaba.
Fueron a lo de
Marescot para que les consiguiese dine¬ro, fuera por la venta de las Ecalles o
por una hipoteca sobre la granja o enajenando la casa, la que se pagaría en
rentas vitalicias y de la cual conservarían el usufructo. Aquello no era
viable, dijo Marescot, pero un negocio mejor se preparaba y él les avisaría.
Entonces pensaron
en su pobre jardín. Bouvard se puso a desbrozar la enramada, Pécuchet a podar
el espaldar y Marcel debía remover los arriates.
Al cabo de un
cuarto de hora se detuvieron, el uno cerró su podadora, el otro dejó sus
tijeras y comenzaron a pasearse lentamente. Bouvard a la sombra de los tilos,
sin chaleco, sacando pecho, con los brazos desnudos; Pécuchet cos¬teando el
muro, con la cabeza gacha, las manos a la es¬palda, la visera de su gorra
vuelta hacia atrás como pre¬caución; y caminaban así, paralelamente, sin ver
siquiera a Marcel que descansaba junto a la cabaña y comía un pedazo de pan.
De esa meditación
surgieron algunas ideas; se encara¬ban, temiendo olvidarlas, y la metafísica
volvía.
Volvía a propósito
de la lluvia o del sol, de un guijarro en el zapato, de una flor en el césped,
a propósito de todo.
Miraban arder una
vela y se preguntaban si la luz está en el objeto o en nuestro ojo. Así como
las estrellas pue¬den haber desaparecido cuando su brillo aún nos llega, puede
ser que admiremos cosas que ya no existen.
Habiendo encontrado
en el fondo de un chaleco un ciga¬rrillo Raspail, lo desmenuzaron en el agua y
el alcanfor se cortó. ¡He ahí entonces el movimiento en la materia! Un grado
superior del movimiento produciría la vida.
Pero si la materia
en movimiento bastara para crear los seres, éstos no serían tan diversos, pues
en los orígenes no existían ni tierras, ni aguas, ni hombres, ni plantas. ¿Cuál
es entonces esa materia primordial que nunca se ha visto, que no es ninguna de
las cosas del mundo y que las ha producido a todas?
A veces necesitaban
un libro. Dumouchel, cansado de ayudarlos, ya no les respondía y ellos se
empecinaban en el tema, principalmente Pécuchet. Su necesidad de verdad se
convertía en una sed ardiente. Conmovido por los dis¬cursos de Bouvard, dejaba
el espiritualismo y lo retomaba en seguida para volverlo a abandonar y
exclamaba, tomán¬dose la cabeza con las manos:
– ¡Oh, la duda, la
duda! ¡Preferiría la nada!
Bouvard intuía la
insuficiencia del materialismo pero tra¬taba de sostenerse en él, aunque
confesaba, por lo demás, que le hacía perder la chaveta.
Sentaban sus
razonamientos en una base sólida, ésta se desmoronaba y de pronto ya no había
ninguna idea, había volado como vuela una mosca cuando se la quiere atrapar.
En las noches de
invierno charlaban en el museo, al lado del fuego, mirando las brasas. El
viento que silbaba en el corredor hacía temblar los vidrios de las ventanas,
las masas negras de los árboles se balanceaban y la tristeza de la noche
aumentaba la seriedad de sus pensamientos. Bouvard, de cuando en cuando, iba
hasta el extremo de la habitación, luego volvía. Los candelabros y los barreños
en los muros echaban sombras oblicuas al suelo; y el San Pedro, visto de
perfil, mostraba en el cielorraso la silueta de su nariz, parecida a un
mostruoso cuerno de caza.
Les era difícil
caminar por entre los objetos y con fre¬cuencia Bouvard, descuidado, se
golpeaba con la estatua. Con sus grandes ojos, su belfo colgante y su aspecto
de borracho, molestaba a Pécuchet también. Hacía mucho tiem¬po que querían
deshacerse de ella, pero por negligencia iban posponiendo aquello de día en
día.
Una noche, en medio
de una discusión acerca de la mónada, Bouvard se golpeó el dedo gordo con el
pulgar de San Pedro y volcó en éste su irritación. –¡Me molesta este tipo!
¡Tirémoslo afuera! Por la escalera era difícil. Abrieron la ventana y lo
in¬clinaron en el borde suavemente. Pécuchet, de rodillas, trató de levantarle
los talones, mientras que Bouvard lo empujaba por los hombros. El personaje de
piedra no se movía; tuvieron que recurrir a la alabarda, que usaron como
palanca, y por fin consiguieron acostarlo derecho. Entonces, después de
balancearse, se precipitó en el vacío con la tiara haciendo punta. Un ruido
sordo resonó. Al otro día lo encontraron roto en doce pedazos en el antiguo
hoyo de los abonos.
Una hora después
entró el notario llevándoles una buena noticia. Una persona de la localidad
daría un adelanto de mil escudos mediante una hipoteca sobre la granja, y
cuan¬do ya se estaban regocijando agregó:
–¡Perdón! Esa
persona impone una cláusula: ustedes le venderán las Ecalles por mil quinientos
francos. El prés¬tamo será pagado hoy mismo. El dinero está en mi casa, en mi
estudio.
Los dos tenían
ganas de ceder. Bouvard acabó por res¬ponder:
–¡Dios mío! ¡Sea!
–¡Convenido! –dijo
Marescot. Y les dio el nombre de la persona, que era la señora Bordin. – ¡Me lo
sospechaba! –exclamó Pécuchet. Bouvard, humillado, calló.
Ella u otro ¡qué
importaba! Lo principal era salir del atolladero.
Cuando recibieron
el dinero (el de las Ecalles les sería entregado después) pagaron
inmediatamente todas las fac¬turas y volvían a su domicilio cuando en el recodo
de les Halles los detuvo maese Gouy.
Iba a casa de ellos
para comunicarles una desgracia. El viento, la noche anterior, había derribado
veinte manzanos en los patios, volteado la destilería y arrancado el techo del
granero. Pasaron el resto de la tarde comprobando los daños y el día siguiente
con el carpintero, el albañil y el techista. Las reparaciones costarían unos
diez y ocho mil francos por lo menos.
Después, a la
noche, se presentó Gouy. Marianne misma le había contado, hacía un rato, lo de
la venta de las Ecalles. Una tierra de un rendimiento magnífico, muy
con¬veniente, que casi no necesitaba cuidarse, ¡el mejor lote de toda la
granja! Y pedía una rebaja.
Los señores se la
negaron. Se sometió el caso al juez de paz y éste falló a favor del granjero.
La pérdida de las Ecalles, el acre estimado en dos mil francos, le causaba un
perjuicio anual de setenta francos y ante los tribunales ga¬naría, seguramente.
Su fortuna había
disminuido. ¿Qué hacer? Pronto no sa¬brían de qué vivir.
Se sentaron a la
mesa llenos de desaliento. Marcel no sabía nada de cocina; su cena, esa vez,
superó a las an¬teriores. La sopa parecía agua del lavado de la vajilla, el
conejo olía mal, los guisantes estaban crudos, los platos roñosos y a los
postres Bouvard estalló y lo amenazó con romperle todo en la cabeza.
–Seamos filósofos
–dijo Pécuchet–; un poco menos de dinero, las intrigas de una mujer, la torpeza
de un criado ¿qué es todo eso? ¡Estás demasiado inmerso en la materia!
–¡Pero me molesta!
–dijo Bouvard.
–¡Yo no lo admito!
–respondió Pécuchet. Últimamente había leído un análisis de Berkeley y agregó:
–Niego la
extensión, el tiempo, el espacio y hasta la sus¬tancia ¡pues la verdadera
sustancia es el espíritu perci¬biendo las cualidades!
–Perfecto –dijo
Bouvard– pero si se suprime el mun¬do, faltarán las pruebas de la existencia de
Dios.
Pécuchet protestó,
y mucho, no obstante un resfrío de cabeza causado por el yoduro de potasio, y
una fiebre per¬manente contribuía a exaltarlo.
Bouvard, inquieto,
llamó al médico.
Vaucorbeil recetó
un jarabe de naranja con yoduro y, para después, baños de cinabrio.
–¿Y para qué?
–respondió Pécuchet–. Un día u otro la forma se irá. ¡Pero la esencia no
perece!
–Sin duda –dijo el
médico–, la materia es indestructi¬ble. Sin embargo...
– ¡Pero no, no! Lo
indestructible es el ser. Ese cuerpo que está allí, delante de mí, me impide
conocer a su per¬sona, es, por decir así, una vestimenta o más bien una
máscara.
Vaucorbeil creyó
que estaba loco.
–Buenas noches.
¡Cuide su máscara!
Pécuchet no se
detuvo. Se procuró una introducción a la filosofía hegeliana y quiso
explicársela a Bouvard.
–Todo lo que es
racional es real. Podría decirse que lo único real que hay es la idea. Las
leyes del espíritu son las leyes del universo; la razón del hombre es idéntica
a la de Dios.
Bouvard fingía
comprender.
–Por lo tanto, lo
Absoluto es a la vez sujeto y objeto, la unidad en la que van a reunirse todas
las diferencias. Así se resuelven las contradicciones. La sombra hace posible
la luz, el frío unido al calor produce la temperatura, el organismo sólo se mantiene
por la destrucción del orga¬nismo. En todas partes hay un principio que divide
y un principio que une.
Estaban en el
emparrado y el cura pasó por la balaus¬trada con su breviario en la mano.
Pécuchet le rogó
que entrara para terminar de exponer lo de Hegel delante de él y ver un poco lo
que diría.
El hombre de la
sotana se sentó cerca de ellos y Pé¬cuchet abordó el cristianismo.
–Ninguna religión
ha dejado tan bien sentada esta ver¬dad: "¡La Naturaleza es sólo un
momento de la idea!"
–¿Un momento de la
idea? –murmuró el padre, estu¬pefacto.
–¡Claro que sí!
Dios, al revestir una envoltura visible, mostró su unión consubstancial con
ella.
–¿Con la
Naturaleza? ¡Oh, oh!
–Con su deceso, ha
dado testimonio de la esencia de la muerte; por lo tanto, la muerte estaba en
él, era, es parte de él.
El eclesiástico
frunció el entrecejo.
–¡Nada de
blasfemias! Fue por la salvación del género humano que soportó el
sufrimiento...
–¡Error! La muerte,
considerada en el individuo, es un mal, sin duda, pero respecto de las cosas es
diferente. ¡No separe el espíritu de la materia!
–Sin embargo,
señor, antes de la Creación...
–No ha habido
Creación. Ella existió siempre. De otro modo se trataría de un nuevo ser que
debería agregarse al pensamiento divino, lo cual es absurdo.
El sacerdote se
levantó; sus ocupaciones lo reclamaban.
–Puedo jactarme de
haberle dado una paliza –dijo Pé¬cuchet–. ¡Una palabra más aún! Puesto que la
existencia del mundo es sólo un continuo paso de la vida a la muerte y de la
muerte a la vida, lejos de que todo sea, nada es. Todo deviene. ¿Comprendes?
–¡Sí, comprendo! ¡O
más bien, no!
Al fin de cuentas
el idealismo exasperaba a Bouvard.
–¡Ya no quiero más!
El famoso cogito me fastidia. Se to¬ma a las ideas de las cosas por las cosas
mismas. ¡Se ex¬plica lo que se entiende muy poco, con palabras que no se
entienden nada! Sustancia, extensión, fuerza, materia y alma, otras tantas
abstracciones, imaginaciones. En cuanto a Dios, es imposible saber cómo es ¡y
ni siquiera si es! En otros tiempos era la causa del viento, del rayo, de las
revoluciones. Hoy se ha debilitado. Por otra parte, no veo que pueda ser útil.
–¿Y qué pasa con la
moral, a todo esto?
–¡Ah, mala suerte!
"Carece de
base, efectivamente" se dijo Pécuchet.
Y permaneció
silencioso, acorralado en un callejón sin salida, consecuencia de las premisas
que él mismo había establecido. Fue una sorpresa, quedó aplastado.
Bouvard no creía ni
en la materia. La certeza de que nada existe (por deplorable que ésta sea) no
deja de ser una certeza. Poca gente es capaz de tenerla. Esa trascen¬dencia les
llenó de orgullo y quisieron mostrarlo. La ocasión se presentó.
Una mañana, cuando
iban a comprar tabaco, vieron una aglomeración delante de la puerta de
Langlois. La gente rodeaba al coche de Falaise y hablaban de Touache, un
galeote que vagabundeaba por la comarca. El conductor lo había visto en la
Croix Verte, entre dos gendarmes, y los chaviñolenses exhalaron un suspiro de
alivio.
Girbal y el capitán
se quedaron en la plaza; después llegó el juez de paz curioso por saber qué
sucedía, y luego el señor Marescot, con gorro de terciopelo y pantuflas de
badana.
Langlois los invitó
a honrar su establecimiento con su pre¬sencia. Allí estarían más cómodos. Y a
despecho de los parroquianos y del ruido de la campanilla, los señores
con¬tinuaron discutiendo las fechorías de Touache.
– ¡Por Dios! –dijo
Bouvard–. Tenía malos instintos ¡eso es todo!
–A esos instintos
los vence la virtud –respondió el notario.
–Pero ¿si se carece
de virtud?
–Y– Bouvard negó de
manera tajante el libre albedrío.
–Sin embargo –dijo
el capitán– ¡yo puedo hacer lo que quiero! Yo soy libre, por ejemplo, para
mover la pierna.
–No, señor ¡usted
tiene un motivo para moverla!
El capitán buscó
una respuesta, pero no encontró nin¬guna; pero a Girbal se le ocurrió esta
salida:
–¡Un republicano
que habla contra la libertad! ¡Qué gra¬cioso!
– ¡Es cosa de risa!
–dijo Langlois. Bouvard lo interpeló.
–¿A qué se debe que
usted no les dé su fortuna a los pobres?
El almacenero
recorrió todo el establecimiento con una mirada inquieta.
–¡Fíjese! No soy
tan estúpido. ¡La guardo para mí!
–Si usted fuera San
Vicente de Paul, obraría de ma¬nera diferente, puesto que tendría su carácter.
Usted obe¬dece al suyo. Por lo tanto ¡no es libre!
– ¡Eso es una
trapacería! –respondió a coro todo el mundo.
Bouvard permaneció
inmutable y señalando la balanza que había en el mostrador dijo:
–Se mantendrá
quieta en tanto que uno de los platos esté vacío. Así sucede con la voluntad; y
la oscilación de la balanza entre dos pesos que parecen iguales, es como la
imagen del trabajo de nuestro espíritu, cuando examina los motivos, hasta el
momento en que el más fuerte se impone, y determina la decisión.
–Todo eso –dijo
Girbal– no cambia nada lo de Touache y no le impide ser un mozo lindamente
vicioso.
Entonces habló
Pécuchet.
–Los vicios son
propiedades de la Naturaleza, como las inundaciones y las tempestades.
El notario lo
detuvo y parándose en puntas de pie con cada una de sus palabras, dijo:
–Su sistema me
parece de una inmoralidad completa. Abre el camino a todos los desbordes,
disculpa los críme¬nes, absuelve a los culpables.
–Perfectamente
–dijo Bouvard–. El desdichado que obe¬dece a sus apetitos está en su derecho,
tanto como el hombre honesto que oye la voz de la Razón.
– ¡No defienda a
los monstruos!
–¿Por qué
monstruos? Cuando nace un ciego, un idiota, un homicida, lo tomamos como si
fuera un desorden, como si conociéramos el orden ¡como si la Naturaleza actuase
con una finalidad!
–Entonces ¿usted
niega a la Providencia?
–¡Sí, la niego!
–¡Fíjese en la
Historia, mejor! –exclamó Pécuchet–. Recuerde los asesinatos de reyes, las
matanzas de pue¬blos, las disensiones en las familias, el dolor de los
in¬dividuos.
–Y al mismo tiempo
–agregó Bouvard, porque se exci¬taban uno al otro– esa providencia cuida a los
pajaritos y hace que le vuelvan a crecer las patas a los cangrejos. ¡Ah, si
ustedes entienden por Providencia una ley que lo rige todo, podría ser, pero
hasta ahí nomás!
–Sin embargo, señor
–dijo el notario– ¡hay principios!
–¿Qué cuento es
ese? ¡Una ciencia, según Condillac, es tanto mejor cuanto menos necesita de los
principios! Lo único que hacen es resumir los conocimientos adquiri¬dos y nos
remiten a esas nociones que son, precisamente, discutibles.
–¿Ustedes, acaso
–prosiguió Pécuchet– escrutaron, hur¬garon como nosotros los arcanos de la
metafísica?
–¡Es cierto,
señores, es cierto!
Y la reunión se
dispersó.
Pero Coulon los
llevó aparte y les dijo con un tono pa¬ternal que él no era precisamente devoto
y que hasta detestaba a los jesuitas. Sin embargo ¡no iba tan lejos como ellos!
¡Oh, no, seguramente!
Y en la esquina de
la plaza pasaron por delante del ca¬pitán que encendía su pipa mascullando:
–¡Después de todo
yo sé que hago lo que quiero, qué diablos!
Bouvard y Pécuchet
profirieron en otras ocasiones sus abominables paradojas. Ponían en tela de
juicio la probidad de los hombres, la castidad de las mujeres, la inteligencia
del gobierno, el sentido común del pueblo, en fin, soca¬vaban las bases.
Foureau se inquietó
y los amenazó con meterlos en pri¬sión si continuaban con sus discursos. La
evidencia de su superioridad lastimaba. Como sostenían tesis inmorales, ellos
también tenían que ser inmorales. Echaron a rodar calumnias.
Entonces una
facultad lamentable se desarrolló en sus espíritus, la de notar la estupidez y
no poder tolerarla.
Cosas
insignificantes los entristecían: la publicidad de los diarios, el perfil de un
burgués, una reflexión tonta oída al azar.
Al pensar en lo que
se decía en su pueblo y en que había hasta en las antípodas otros Coulon, otros
Marescot y otros Foureau, sentían sobre ellos el peso de la tierra en¬tera.
No salían más, no
recibían a nadie.
Una tarde se
entabló un diálogo en el patio entre Marcel y un señor que llevaba un sombrero
de alas anchas y anteojos negros. Era el académico Larsonneur. No pudo dejar de
advertir una cortina entreabierta y puertas que se cerraban. Su visita se debía
a una tentativa de reconcilia¬ción y se fue furioso, encargando al criado que
dijera a sus amos que los consideraba como unos patanes.
Bouvard y Pécuchet
no le hicieron caso. El mundo perdía importancia. Lo entreveían como en una
nube que hubiese bajado de sus cerebros a sus pupilas.
¿Acaso no es, por
otra parte, una ilusión, una pesadilla? ¿Puede ser que, al fin de cuentas, la
prosperidad y la desgracia se equilibren? Pero el bien de la especie no
con¬suela al individuo.
–¿Qué me importan
los demás? –decía Pécuchet.
Su desesperación
afligía a Bouvard. Era él quien lo había empujado hasta allí y el deterioro de
su casa avivaba su pesar con irritaciones cotidianas.
Para levantarse el
ánimo se daban razones, se imponían tareas, pero volvían a caer rápidamente en
una pereza más fuerte, en un desaliento profundo.
Al terminar de
comer permanecían con los codos en la mesa, gimiendo con aire lúgubre. Marcel
abría muy grandes los ojos y luego volvía a su cocina donde se atracaba
solitario.
A mediados del
verano recibieron una participación anun¬ciando el casamiento de Dumouchel con
la señora viuda Olympe Zulma Poulet.
¡Que Dios lo
bendiga! Y recordaron los tiempos en que eran felices. ¿Por qué ya no seguían a
los segadores? ¿Qué se había hecho de los días cuando entraban en las granjas
buscando antigüedades? Ya no había nada que les deparara horas tan agradables
como las que les habían proporcionado la destilería y la literatura. Un abismo
los separaba de todo eso. Algo irrevocable había sucedido.
Quisieron ir a dar
un paseo por el campo, como en otros tiempos, y fueron muy lejos, se perdieron.
Un rebaño de pequeñas nubes corría por el cielo, el viento mecía las
campanillas de la avena, a lo largo de un prado murmu¬raba un arroyo. De
repente un olor infecto los detuvo y encima de unas piedras, entre los juncos,
vieron la carroña de un perro.
Los cuatro miembros
estaban resecos. El rictus de la boca descubría colmillos de marfil entre sus
belfos azula¬dos. En lugar de vientre había una masa de color terroso que
parecía palpitar por los gusanos que hormigueaban en ella. Se agitaba bajo el
sol, en medio del zumbido de las moscas y de un olor intolerable, un olor feroz
y como devorador.
A todo esto,
Bouvard arrugaba la frente y las lágrimas mojaron sus ojos. Pécuchet dijo con
estoicismo:
–¡Eso seremos un
día!
La idea de la
muerte los había invadido y hablaron de ello cuando regresaban.
Después de todo, no
existe. Uno se va en el rocío, en la brisa, en las estrellas; se transforma en
algo de la savia de los árboles, del fulgor de las piedras finas, del plu¬maje
de los pájaros. Se devuelve a la Naturaleza lo que nos había prestado y la Nada
que está delante de Nosotros no es más espantosa que la que queda atrás.
Trataban de
imaginarla como una noche intensa, como un foso sin fondo, como un
desvanecimiento continuo. Cual¬quier cosa era mejor que esta existencia
monótona, absurda y sin esperanza.
Recapitularon sus
necesidades insatisfechas. Bouvard siempre había deseado caballos, coches,
buenos vinos de Borgoña y mujeres bellas y complacientes en una habi¬tación
espléndida. La ambición de Pécuchet era el saber filosófico. Ahora bien; el más
grande de los problemas, el que encierra a todos los otros, puede resolverse en
un minuto. ¿Cuándo llegaría?
–Quizás fuera mejor
terminar de una vez.
–Cómo tú quieras
–dijo Bouvard.
Y analizaron la
cuestión del suicidio.
¿Qué tiene de malo
deshacerse de un peso que aplasta? Se comete una acción que no daña a nadie. Si
ofendiera a Dios ¿tendríamos el poder de cometerla? No es una co¬bardía, dígase
lo que se diga y es una hermosa insolencia mofarse de lo que los hombres más
quieren, aun cuando se haga en detrimento propio.
Hablaron de las
maneras de morir. El veneno hace sufrir. Para degollarse hace falta demasiado
valor. Y con la asfixia se falla con frecuencia.
Por fin Pécuchet
subió al granero dos cables de los de hacer gimnasia. Después de haberlos atado
a una misma viga del techo, hizo un nudo corredizo en cada uno y puso debajo
dos sillas para poder alcanzar las cuerdas.
Se decidieron por
ese procedimiento.
Se preguntaban qué
impresión causaría en el distrito, adonde irían a dar sus bibliotecas, sus
papeluchos, sus colecciones. La idea de la muerte los hacía compadecerse de sí
mismos. No obstante, no cejaban en su proyecto y a fuerza de hablar de él
terminaron por acostumbrarse.
La noche del 25 de
diciembre, entre las diez y las once, reflexionaban en el museo, vestidos de
maneras diferentes. Bouvard llevaba una blusa sobre su chaleco de punto y
Pécuchet hacía tres meses que no se quitaba el hábito de monje, por economía.
Como tenían mucha
hambre (porque Marcel había salido al alba y no había vuelto todavía) Bouvard
creyó higiénico beber una jarra de aguardiente y Pécuchet tomar el té.
Al levantar la
tetera derramó agua en el piso.
–¡Torpe! –exclamó
Bouvard.
Luego, como la
infusión le pareció mediocre, quiso refor¬zarla con dos cucharadas más.
–¡Quedará
repugnante! –dijo Pécuchet.
–¡De ningún modo!
Y cada uno tiró
hacia sí la caja y la bandeja se volcó; una de las tazas se rompió, la última
del hermoso juego de porcelana.
Bouvard palideció.
–¡Continúa!
¡Destroza! ¡Sin cumplidos!
–¡Qué desgracia,
realmente!
–¡Sí, una
desgracia! ¡Me la había dejado mi padre!
–Natural –agregó
Pécuchet con tono irónico.
–¡Ah, me insultas!
–No, pero te canso.
¡Confiésalo!
Y Pécuchet fue
presa de la cólera o más bien de la de¬mencia. Bouvard también. Gritaban los
dos al mismo tiem¬po, el uno irritado por el hambre, el otro por el alcohol. La
garganta de Pécuchet emitía sólo un ronquido.
–¡Es infernal una
vida así! ¡Prefiero la muerte! ¡Adiós!
Tomó el candelero,
dio media vuelta, se fue dando un portazo. A Bouvard, en medio de las
tinieblas, le costó trabajo abrir, corrió detrás de él y llegó al granero.
El candelabro
estaba en el suelo y Pécuchet de pie en una de las sillas con el cable en la
mano.
El espíritu de
imitación impulsó a Bouvard.
– ¡Espérame!
Y subía a la otra
silla cuando de pronto se detuvo. –Pero... ¡no hemos hecho nuestro testamento!
–¡Caramba, es
cierto!
Los sollozos
llenaban sus pechos. Fueron hasta el tra¬galuz para respirar.
El aire estaba frío
y numerosos astros brillaban en el cielo negro como de tinta. La blancura de la
nieve que cubría la tierra se perdía en las brumas del horizonte.
Percibieron
pequeñas luces a ras del suelo, que aumen¬taban de tamaño, se acercaban; todas
iban hacia el lado de la iglesia.
La curiosidad los
llevó hacia ellas.
Era la misa de
medianoche. Esas luces eran los de las lámparas de los pastores. Algunos, en el
pórtico, sacudían sus abrigos.
El serpentón
roncaba, el incienso humeaba. Faroles sus¬pendidos a lo largo de la nave
formaban tres coronas de luces multicolores y en el fondo de la perspectiva, de
los dos lados del tabernáculo, los cirios gigantes erguían sus llamas rojas.
Por sobre las cabezas de la gente y las ca¬pelinas de las mujeres, más allá del
coro, se veía al sa¬cerdote con su casulla dorada. A su voz aguda respondían
las voces fuertes de los hombres que llenaban la galería y la bóveda de madera
temblaba sobre sus arcos de piedra. Imágenes que representaban el camino a la
cruz decora¬ban los muros. En medio del coro, delante del altar, había un
cordero acostado, con las patas debajo del vientre y las orejas paradas.
La temperatura
tibia les produjo un singular bienestar y sus pensamientos, tenebrosos un poco
antes, se tornaban suaves, como olas que se apaciguan.
Escucharon el
Evangelio y el Credo y observaban los mo¬vimientos del sacerdote. Mientras
tanto los viejos, los jó¬venes, las mendigas en harapos, las granjeras
endomin¬gadas, los robustos mozos de patillas rubias, todos oraban, sumergidos
en la misma alegría profunda y veían en la paja de un establo, radiante como un
sol, el cuerpo del Niño Dios. Esta fe de los otros conmovió a Bouvard a
despecho de su razón y a Pécuchet a pesar de la dureza de su corazón.
Hubo un silencio;
todas las espaldas se inclinaron, tinti¬neó una campanilla y el corderito baló.
La hostia fue
mostrada por el sacerdote, quien levantó sus brazos tan alto como le fue
posible. Entonces estalló un canto de alegría que convocaba al mundo a los pies
del Rey de los Angeles. Bouvard y Pécuchet se plegaron a él sin pensarlo y
sintieron como si una aurora se levantase en sus almas.
9
Marcel reapareció
al día siguiente a las tres, con la cara verde, los ojos rojos, un chichón en
la frente, el pan¬talón desgarrado, oliendo a aguardiente, inmundo.
Había estado,
conforme a su costumbre de todos los años, a seis leguas de allí, cerca de
Iqueuville, celebrando la Navidad en lo de un amigo. Y tartamudeando más que
nunca, llorando y queriendo golpearse, imploraba perdón co¬mo si hubiese
cometido un crimen. Sus amos se lo concedieron. Una calma singular los
predisponía a la indul¬gencia.
La nieve se había
derretido repentinamente y se paseaban por el jardín respirando el aire tibio,
felices de vivir.
¿Había sido tan
sólo el azar lo que los había apartado de la muerte? Bouvard se sentía
enternecido. Pécuchet recor¬daba su primera comunión y llenos de gratitud para
con la Fuerza, la Causa de la cual dependían, se les ocurrió la idea de leer
cosas piadosas.
El Evangelio
ensanchó sus almas, los encandiló como un sol. Entreveían a Jesús, de pie en la
montaña, con un brazo en alto, la muchedumbre abajo, escuchándolo; o sino a
orillas del lago, entre los Apóstoles que tiran las redes, o también montado en
la burra, en medio del clamor de las aleluyas, con la cabellera abanicada por
las palmas trémulas. Y por fin en lo alto de la cruz, inclinando la ca¬beza de
la cual cae eternamente un rocío sobre el mundo. Lo que los conquistó, lo que
los deleitaba, era la ternura para con los humildes, la defensa de los pobres,
la exal¬tación de los oprimidos. Y en ese libro en el cual el cielo se
despliega, nada de teología; en medio de tantos precep¬tos, ni un dogma, ni
nada se exige, como no sea la pureza de corazón.
En cuanto a los
milagros, éstos no sorprendieron a su razón. Los conocían desde la infancia. La
altura de San Juan encantó a Pécuchet y lo dispuso para una mejor com¬prensión
de la Imitación.
Aquí ya no había
parábolas, flores ni pájaros, sino lamen¬taciones, un recogimiento del alma
sobre sí misma. Bouvard se entristeció hojeando esas páginas que parecían
escritas en un día brumoso, en el fondo de un claustro, entre un campanario y
una tumba. Nuestra vida mortal aparece en ellas tan lamentable que,
olvidándola, hemos de volvernos hacia Dios. Y los dos hombres, después de todas
sus de¬cepciones, experimentaban la necesidad de ser simples, de amar algo, de
calmar el espíritu.
Encargaron el
Eclesiastés, Isaías, Jeremías.
Pero la Biblia los
asustó con sus profetas con voz de león, el fragor del trueno en las nubes, los
sollozos de la Gehena y su Dios dispersando a los imperios, como hace el viento
con las nubes.
Leían esas cosas en
domingo, a la hora de las vísperas, cuando la campana repicaba.
Un día fueron a
misa. Y después continuaron yendo. Era una distracción de fin de semana. El
conde y la condesa de Faverges los saludaron de lejos, lo que fue notado. El
juez de paz les dijo, guiñándoles el ojo:
–¡Perfecto! Tienen
mi aprobación.
Todos los
burgueses, ahora, les echaban su bendición. El abate Jeufroy les hizo una
visita; ellos la devolvieron y co¬menzaron a visitarse. Y el sacerdote no
hablaba de religión.
Ellos quedaron
asombrados por esta discreción, tanto que Pécuchet, con aire de indiferencia,
le preguntó cómo se debía hacer para contraer la fe. –Primero está la práctica.
Y se embarcaron en
la práctica, uno con esperanza, el otro por desafío, pues Bouvard estaba
convencido de que él no sería nunca un devoto. Por un mes entero siguió con
regularidad todos los oficios, pero, al contrario de Pécu¬chet, no quiso
ajustarse a la vigilia.
¿Era una medida de
higiene? ¡Ya se sabe para qué sirve la higiene! ¿Una cuestión de conveniencia?
¡Abajo las con¬veniencias! ¿Una muestra de sumisión a la Iglesia? ¡Poco le
importaba eso también! En una palabra, afirmaba que esa regla era absurda,
farisaica y contraria al espíritu del Evangelio.
El Viernes Santo,
los años anteriores, habían comido lo que Germaine les servía.
Pero Bouvard,
aquella vez, pidió un bife. Se sentó, cortó la carne y Marcel lo miraba
escandalizado, en tanto que Pécuchet despellejaba con seriedad su tajada de
bacalao. Bouvard estaba con el tenedor en una mano y el cuchillo en la otra.
Por fin se decidió y llevó un bocado a sus la¬bios. De pronto sus manos
temblaron, su ancho rostro pa¬lideció y su cabeza cayó hacia atrás. –¿Te
sientes mal?
– ¡No!... Pero...
–E hizo una confesión. Como conse¬cuencia de su educación (era más fuerte que
él) no podía comer carne ese día por miedo a morir.
Pécuchet, sin
abusar de su victoria, la aprovechó para vivir a su manera.
Una tarde volvió
con una expresión de austera alegría impresa en su rostro y largó el rollo,
dijo que acababa de confesarse.
Entonces
discutieron la importancia de la confesión. Bouvard admitía la de los primeros
cristianos, que se hacía en público; la moderna era demasiado fácil. Sin
em¬bargo, no negaba que esta investigación de nosotros mis¬mos fuese un
elemento de progreso, una semilla de mo¬ralidad.
Pécuchet, deseoso
de la perfección, buscó sus vicios. Las oleadas de orgullo habían cesado hacía
mucho tiempo. Su gusto por el trabajo lo protegía de la pereza. En cuanto a la
guía, nadie había más sobrio. A veces montaba en cólera y se juró a sí mismo que
nunca más lo haría. Des¬pués habría que adquirir las virtudes, en primer lugar
la humildad, es decir, creerse despojado de todo mérito, in¬digno de la menor
recompensa, inmolar su espíritu y si¬tuarse tan bajo como para ser pisoteado
como el barro de los caminos. El aún estaba lejos de todo eso.
Otra virtud le
faltaba, la castidad, ya que en su fuero interno extrañaba a Mélie y el pastel
de la dama con ves¬tido Luis XV lo turbaba con su escote. Lo encerró en un
armario, aumentó su pudor tanto como para temer mirarse a sí mismo y dormía con
calzoncillos.
De tanto cuidarse
de la lujuria, ésta aumentó. A la mañana, sobre todo, tenía que librar grandes
combates, como hubieron de hacerlo San Pablo, San Benito y San Je¬rónimo a una
edad ya muy avanzada. Debido a ello recurría a penitencias furibundas. El dolor
es una expiación, un remedio y un método, un homenaje a Jesucristo. Todo amor
requiere sacrificios y no lo hay más penoso que el de nuestro cuerpo.
Para mortificarse
Pécuchet suprimió la copita después de las comidas, se atuvo a cuatro
pulgaradas de rapé por día y aún con fríos muy intensos no se ponía la gorra.
Un día, Bouvard,
que estaba sujetando la parra, apoyó una escalera en la pared de los arriates,
cerca de la casa, y sin querer se encontró en posición de ver la pieza de
Pécuchet.
Su amigo, desnudo
hasta la cintura, se golpeaba suave¬mente los hombros con las disciplinas de
los hábitos; des¬pués, más animado, se quitó los pantalones, fustigó sus nalgas
y cayó en una silla, sin aliento.
Bouvard se sintió
turbado como ante el descubrimiento de un misterio que uno no debe conocer.
Desde hacía algún
tiempo había notado que los vidrios de las ventanas estaban más limpios, que
las servilletas te¬nían menos agujeros y que la comida era mejor, cambios que
se debían a la intervención de Reine, la sirvienta del señor cura. Esta
mezclaba las cosas de la iglesia con las de su cocina, era fuerte como un mozo
de labranza y fiel, aunque irrespetuosa; se metía en los hogares, daba
conse¬jos y se convertía en el ama. Pécuchet confiaba totalmente en su
experiencia.
Una vez le llevó un
individuo rechoncho, con pequeños ojitos de chino y una nariz como pico de
buitre. Era el señor Goutman, comerciante en artículos piadosos; sacó algunos,
que llevaba en cajas, debajo del cobertizo: cruces, medallas y rosarios de
todas las dimensiones, candelabros para oratorios, altares portátiles,
ramilletes de adorno y sagrados corazones de cartón azul, imágenes de San José
con barba roja, calvarios de porcelana. Pécuchet los de¬seaba. Sólo el precio
lo detenía.
Goutman no pedía
dinero. Prefería el trueque. Subió al mu¬seo y ofreció, a cambio de los viejos
hierros y todos los plomos un surtido de sus mercaderías.
A Bouvard le
parecieron espantosas. Pero la mirada de Pécuchet, la insistencia de Reine y la
labia del cambalache¬ro acabaron por convencerlo. Goutman, al verlo tan
con¬descendiente, quiso, además, la alabarda. Bouvard, que ya estaba harto de
mostrar cómo funcionaba, se la cedió. Cuando se hizo la evaluación de todo
resultó que los seño¬res aún debían cien francos. Arreglaron todo con cuatro
pagarés a tres meses de plazo y se felicitaron por la ganga.
Sus adquisiciones
fueron distribuidas por todas las habi¬taciones. Un pesebre lleno de heno y una
catedral de corcho llenaron el museo. En la chimenea de Pécuchet hubo un San
Juan Bautista de cera, en el corredor los retratos de las glorias episcopales, y
al pie de la escalera, debajo de una lámpara de cadenita, una Santa Virgen con
manto de azur y coronada de estrellas. Marcel limpiaba esos esplendores y no
creía que hubiera nada más bello, ni aun en el paraíso. ¡Qué lástima que se
hubiera roto el San Pedro! ¡Habría quedado bien en el vestíbulo! Pécuchet se
detenía a veces delante del antiguo pozo de los abonos donde aún se veían la
tiara, una sandalia, un pedazo de oreja, suspiraba, y luego continuaba
trabajando en el jardín, dado que ahora había unido los trabajos manuales a los
ejercicios religiosos y re¬movía la tierra vestido con su hábito de monje y se
com¬paraba con San Bruno. Ese disfraz podía ser un sacrilegio y renunció a él.
Pero iba
revistiendo el tipo eclesiástico, sin duda debido a la frecuentación del cura.
Tenía su misma sonrisa, su voz, y como él deslizaba sus dos manos hasta las
muñecas en las mangas con aire friolento. Llegó un día en que el canto del
gallo lo importunó y las rosas lo aburrieron; ya no salía más y echaba al campo
miradas hoscas. Bouvard se dejó llevar al mes de María. Los niños que cantaban
himnos, los ramilletes de lilas, los festones de verdor le habían causado una
sensación como de juventud imperecedera. Dios se manifestaba a su corazón con
la forma de los nidos, la claridad de las fuentes, la bondad del sol; y la
devoción de su amigo le parecía extravagante, fastidiosa. –¿Por qué gimes
durante la comida? –Debemos gemir cuando comemos –dijo Pécuchet– por¬que el
hombre perdió su inocencia por ese camino.
Esa frase la había
leído en el Manual del seminarista, dos volúmenes in-12 que le había prestado
el señor Jeufroy. Y bebía agua de la Salette, decía a puertas cerradas
oracio¬nes jaculatorias y esperaba entrar en la cofradía de San Francisco.
Para obtener el don
de la perseverancia resolvió hacer un peregrinaje a la Santa Virgen.
Pero la elección de
los lugares lo confundía. ¿Iría a Notre-Dame de Fourvieres, de Chartres, de
Embrun, de Mar¬sella o de Auray? La de la Délivrande, más próxima, tam¬bién
podía servir. –¡Me acompañarás!
–Haré el papel de
bobo –dijo Bouvard. Después de todo, podía regresar creyente, pues no se
resistía a serlo y cedió por complacencia.
Las peregrinaciones
deben hacerse a pie. Pero cuarenta y tres kilómetros era mucho, y como los
coches de posta no eran lo más adecuado para la meditación, alquilaron un viejo
cabriolé que después de doce horas de camino los de¬jó delante de la posada.
Les dieron una
pieza con dos camas, con dos cómodas en las que había dos botellones con agua
en pequeñas palan¬ganas ovaladas y el hotelero les dijo que era la
"habitación de los capuchinos". En los tiempos del Terror se había
ocultado ahí a la señora de la Délivrande con tantas precau-ciones, que los
buenos padres podían decir misa clandes¬tinamente.
Eso agradó a
Pécuchet y leyó en voz alta una noticia so¬bre la capilla recogida abajo, en la
cocina.
Fue fundada a
principios del siglo II por Saint Régnobert, primer obispo de Lisieux, o por
Saint Ragnebert, quien vi¬vió en el siglo Vil o por Robert le Magnifique a
mediados del XI.
Los dinamarqueses,
los normandos y sobre todo los pro¬testantes la incendiaron y arrasaron en
diferentes épocas. Hacia 1112 la estatua primitiva fue descubierta por un
carnero, el que golpeando la hierba con la pata, indicó el lugar donde se
encontraba; en ese lugar el conde Baudouin erigió un santuario.
Sus milagros son
innumerables. Un comerciante de Bayeux, cautivo de los sarracenos, la invoca,
sus grillos caen y él escapa. Un avaro descubre en su granero un tropel de
ratas, le pide su ayuda y las ratas se alejan. El contacto con una medalla que
había rozado su imagen hizo arrepen-tirse en su lecho de muerte a un viejo
materialista de Versailles. Ella le devolvió el habla al señor Adeline, quien
la había perdido por haber blasfemado. Y por su protección el señor y la señora
de Becqueville tuvieron fuerza bastante como para vivir en castidad en estado
de matrimonio.
Se cita, entre
aquellos a quienes curó de enfermedades irremediables, a Anne Lorieux, Marie
Duchemin, Francois Dufal y la señora de Jumíllac, cuyo nombre de familia era
d'Ossevílle.
Fue visitada por
personajes notables como Luis XI, Luis XIII, dos hijas de Gastón de Orléans, el
cardenal Wiseman, Samirrhi, patriarca de Antioquía, Monseñor Varóles, vicario
apostólico de Manchuria y el arzobispo de Quélen fue a darle las gracias por la
conversión del príncipe de Talleyran.
–¡Ella también
podrá convertirte! –dijo Pécuchet. Bouvard, ya acostado, emitió una especie de
gruñido y se durmió del todo.
Al otro día a las
seis entraban en la capilla. Estaban construyendo otra; telas y tablas llenaban
la nave y el monumento, de estilo rococó, desagradó á Bouvard, sobre todo el
altar de mármol rojo con sus pilastras co¬rintias.
La estatua
milagrosa está en un nicho, a la izquierda del coro, envuelta por unas
vestiduras con lentejuelas. Apare¬ció el sacristán con un cirio para cada uno.
Los plantó en una especie de candelabro que campeaba en la balaustrada, pidió
tres francos, hizo una reverencia y desapareció. Luego miraron los ex votos.
Placas con
inscripciones daban testimonio de la gratitud de los fieles. Se podía admirar
dos espadas cruzadas ofre¬cidas por un antiguo alumno de la Escuela
Politécnica, ramilletes de novia, medallas militares, corazones de plata y en
un rincón, en el suelo, un bosque de muletas.
De la sacristía
salió un sacerdote llevando el copón.
Permaneció algunos
minutos al pie del altar, subió los tres escalones y dijo el
"Oremus", el "Introito" y el "Kirie" que el
monaguillo, de rodillas, recitó de un tirón.
Había pocos
visitantes, doce o quince ancianas. Se oía el golpeteo de sus rosarios y el
ruido de un martillo que par¬tía piedras. Pécuchet, inclinado en su
reclinatorio, repetía los "amén". Durante la Elevación suplicó a
Nuestra Señora que le diera una fe constante e indestructible.
Bouvard, en un
sillón, a su lado, le tomó el Eucologio y se detuvo en las letanías de la
Virgen.
–Muy pura, muy
casta, venerable, amable, poderosa, cle¬mente, torre de marfil, morada de oro,
puerta de la mañana. –Esas palabras de adoración, esas hipérboles lo
transpor¬taron hacia aquella que es celebrada con tantos homenajes.
La imaginó como se
la representa en tantos cuadros de iglesia, en un cúmulo de nubes, con
querubines a sus pies, el Niño Dios en su pecho, madre de las ternuras que
recla¬man todas las aflicciones de la tierra, ideal de la Mujer llevado al
cielo, porque salido de sus entrañas, el Hombre exalta su amor y sólo aspira a
reposar sobre su corazón.
Cuando terminó la
misa recorrieron las tiendas que están pegadas al muro por el lado de la plaza.
Allí hay imágenes, pilas de agua bendita, urnas con filetes de oro, Jesucristos
de coco, rosarios de marfil; y el sol que daba en los vidrios de los cuadros
hería los ojos, hacía resaltar la grosería de las pinturas, la fealdad de los
dibujos. Bouvard, a quien esas cosas le parecían abominables en casa, fue
indulgente para con aquéllas. Compró una pequeña Virgen de pasta azul. Pécuchet
se conformó con un rosario, como recuerdo.
Los vendedores
gritaban:
– ¡Vamos, vamos!
¡Por cinco francos, por tres francos, por sesenta céntimos, por dos sueldos!
¡No rechacen a Nuestra Señora!
Los dos peregrinos
paseaban sin llevar nada. Se oyeron algunos comentarios poco amables.
–¡Qué buscan esos
pájaros!
–¡A lo mejor son
turcos!
–¡Protestantes, tal
vez!
Una muchacha tomó a
Pécuchet de su levita; un viejo de anteojos le puso la mano en el hombro; todos
chillaban al mismo tiempo y después, abandonando sus puestos, fue¬ron a
rodearlos, redoblando sus requerimientos y sus insul¬tos.
Bouvard no aguantó
más.
–¡Déjennos
tranquilos, diablos!
La turba se apartó.
Pero una mujer
gorda los siguió durante un tiempo por la plaza y gritó que se arrepentirían.
Al volver a la
posada encontraron a Goutman en el café. Su negocio lo llevaba a aquellos
parajes y hablaba con un individuo que examinaba facturas en una mesa, delante
de ellos.
Ese individuo tenía
una gorra de cuero, un pantalón muy ancho, tez roja y el talle fino, a pesar de
sus cabellos blancos, y el aspecto de un oficial retirado y de un viejo
comicastro a la vez.
De tiempo en tiempo
largaba una maldición y después, ante una palabra de Goutman dicha en voz baja,
se calma¬ba en seguida y pasaba a otro papel.
Bouvard, que lo
observaba, al cabo de un cuarto de hora se acercó a él.
–¿Barberou, creo?
–¡Bouvard! –exclamó
el hombre de la gorra y se abra¬zaron.
Hacía veinte años
que Barberou sobrellevaba toda clase de fortunas. Gerente de un diario, agente
de seguros, direc¬tor de un criadero de ostras –ya les contaré eso– y por fin,
dedicado de nuevo a su primera ocupación, trabajaba para una casa de Burdeos y
Goutman, que "hacía la dió-cesis", le colocaba vinos entre los
eclesiásticos.
–Pero permítame, en
un minuto estoy con usted.
Había reanudado sus
cuentas cuando de pronto saltó de su banqueta.
–¡Cómo! ¿Dos mil?
–¡Por supuesto!
– ¡Ah, ésta sí que
es buena!
–¿Cómo dice?
–Digo que yo mismo
vi a Hérambert –respondió Bar¬berou furioso–. Y la factura es por cuatro mil ¡y
no es broma!
El cambalachero no
perdió su aplomo.
–Bueno, está bien
¿y qué?
Barberou se levantó
y su rostro, pálido primero, violeta después, hizo creer a Bouvard y Pécuchet
que iba a es¬trangular a Goutman.
Volvió a sentarse,
cruzó los brazos.
–Es usted un
verdadero canalla ¡admítalo!
–¡Nada de insultos,
señor Barberou! Hay testigos ¡tenga cuidado!
–¡Le haré juicio!
–¡Bueno, bueno,
bueno!
Y después de cerrar
su portafolios Goutman levantó el ala de su sombrero.
– ¡Haga lo que le
convenga! –dijo y salió.
Barberou expuso los
hechos. Por un pagaré por mil fran¬cos, aumentado al doble como consecuencia de
manejos usurarios, le había entregado a Goutman tres mil francos en vinos, con
lo cual pagaba su deuda y obtenía un beneficio de mil francos. Pero ahora resultaba
que debía tres mil. Sus patrones lo despedirían ¡lo demandarían!
–¡Crápula!
¡Asaltante! ¡Sucio judío! ¡Y cena en los presbiterios!
Además ¡cuando se
meten las sotanas!
Y despotricó contra
los curas y golpeaba la mesa con tanta violencia que la estatuilla estuvo a
punto de caer.
–¡Despacio! –dijo
Bouvard.
–¡Mire! ¿Qué es
esto? –Y Barberou deshizo el envolto¬rio de la pequeña Virgen–. Una chuchería
de peregrino. ¿Es de ustedes?
Bouvard, en lugar
de responder, sonrió de manera am¬bigua.
– ¡Es mía! –dijo
Pécuchet.
–¡Usted me
entristece! –dijo Barberou–. Pero le diré algo al respecto: ¡no tenga miedo!
Y como se debe ser
filósofo y la tristeza no sirve para nada, los invitó a almorzar.
Los tres se
sentaron a la mesa.
Barberou estuvo
amable, recordó los viejos tiempos, tomó a la camarera por la cintura, quiso
medir la barriga de Bouvard. Pronto iría a visitarlos y les llevaría un libro
di¬vertido.
La idea de la
visita no los alegró demasiado. Hablaron de ello en el coche durante una hora,
pautada por el trote del caballo. Después Pécuchet cerró los ojos. Bouvard
tam¬bién callaba. Interiormente se inclinaba hacia la religión.
El señor Marescot
había ido el día anterior para comuni¬carles algo importante. Marcel no sabía
más.
El notario no pudo
recibirlos sino tres horas después y de inmediato expuso el asunto. La señora
Bordin le proponía a Bouvard comprarle la granja por una renta de siete mil
quinientos francos.
Le tenía echado el
ojo desde su juventud, la conocía hasta en los más pequeños detalles, sus
defectos y ventajas y ese deseo era como un cáncer que la roía. Porque la buena
dama, pomo verdadera normanda que era, quería a "los bienes" por
sobre todas las cosas, menos por incrementar su capital que por la dicha de
pisar un suelo que le perte¬neciera.
Con la esperanza de
obtener aquél había hecho averigua¬ciones, lo había vigilado a diario, había
ahorrado mucho y esperaba con impaciencia la respuesta de Bouvard.
Este no sabía qué
hacer, pues no quería que Pécuchet se encontrase un día sin fortuna; pero había
que aprovechar la ocasión, que era consecuencia de la peregrinación. La
Providencia, por segunda vez, se manifestaba en favor de él.
Propusieron las
condiciones siguientes. La renta, no de siete mil quinientos francos sino de
seis mil, le corres¬pondería al último superviviente. Marescot destacó que uno
de ellos era débil de salud en tanto que el temperamento del otro lo
predisponía a la apoplejía, y la señora Bordin firmó el contrato, llevada por
su ambición.
Bouvard quedó
melancólico. Alguien deseaba su muerte y esa reflexión le inspiró ideas serias,
ideas acerca de Dios y de la eternidad.
Tres días después
el señor Jeufroy los Invitó a la comida que daba una vez por año a sus colegas.
La comida comenzó
alrededor de las dos de la tarde y terminó a las once de la noche. Se bebió
sidra y se dije¬ron retruécanos. El abate Pruneau improvisó un acróstico, el
señor Bougon hizo algunos trucos con los naipes y Cerpet, joven vicario, cantó
una pequeña romanza que frisaba lo galante. Aquella reunión divirtió a Bouvard.
Estaba menos triste al día siguiente.
El cura fue a verlo
con frecuencia. Presentaba la religión con los más agradables colores. ¿Qué se
arriesgaba, por otra parte? Y pronto Bouvard se avino a acercarse a la santa
mesa. Pécuchet participaría del sacramento junto con él.
El gran día llegó.
La iglesia estaba llena de gente debido a las primeras comuniones. Los
burgueses y las burguesas colmaban sus bancos y la gente humilde estaba de pie,
atrás o en la galería, sobre la puerta.
Lo que iba a
suceder un rato más tarde era inexplicable, pensaba Bouvard; pero la Razón no
basta para comprender ciertas cosas. Grandes hombres han admitido esto. Sólo
había que hacer lo mismo. Y como sumido en una especie de modorra contemplaba
el altar, el incensario, los cande-labros con la cabeza un poco vacía, ya que
no había co¬mido nada y sentía una singular debilidad.
Pécuchet meditaba
en la Pasión de Jesucristo y se exal¬taba, le daban arrebatos de amor. Hubiera
querido ofre¬cerle su alma, las de los demás, y los raptos, los trans¬portes,
las iluminaciones de los santos, todos los seres, el universo entero. Aunque oraba
con fervor las diferentes partes de la misa le parecieron un poco largas.
Por fin los niños
se arrodillaron en el primer peldaño del altar, y con sus trajes formaron una
banda negra que co¬ronaban de manera desigual las cabelleras rubias o mo¬renas.
Después de ellos fueron las chicas, con velos que caían por debajo de sus coronas.
De lejos se hubiera dicho que era una hilera de nubes blancas en el fondo del
coro.
Después les llegó
el turno a las personas mayores.
El primero del lado
del Evangelio era Pécuchet, quien, por un exceso de emoción, sin duda, movía la
cabeza de izquierda a derecha. Al cura le costó trabajo meterle la hostia en la
boca y él la recibió con los ojos en blanco.
Bouvard, en cambio,
abrió tan grande la boca que su lengua le colgaba por sobre el labio como una
bandera. Al levantarse le pegó con el codo a la señora Bordin. Sus ojos se
encontraron. Ella sonreía. Sin saber por qué, él enrojeció.
Después de la
señora Bordin comulgaron juntas la seño¬rita de Faverges, la condesa, sus damas
de compañía y un señor que no conocían en Chavignolles.
Los dos últimos
fueron Placquevent y Petit, el maestro, pero de pronto se vio aparecer a Gorgu.
Ya no llevaba
perilla y ocupó su lugar con los brazos en cruz contra el pecho, de una manera
muy edificante.
El cura arengó a
los chicos. Debían tener cuidado, más adelante, de no hacer como Júdas, que
traicionó a su Dios, y de conservar siempre su inocencia. Pécuchet la¬mentó la
pérdida de la suya. Pero ya comenzaban a re¬mover las sillas; las madres
estaban apuradas por besar a sus hijos.
A la salida los
feligreses intercambiaron felicitaciones. Algunos lloraban. La señora de
Faverges, que esperaba su coche, se volvió hacia Bouvard y Pécuchet y les
presentó a su futuro yerno.
–El señor barón de
Mahurot, ingeniero.
El conde lamentaba
no verlos. Estaría de regreso la se¬mana entrante.
–¡Recuérdenlo! ¡Se
lo ruego!
La calesa había
llegado. Las damas del castillo partieron y la gente se dispersó.
En el patio
encontraron un paquete, en medio de la hier¬ba. El cartero, como la casa estaba
cerrada, lo había arrojado por arriba de la pared. Era la obra que Barberou
había prometido, Examen del Cristianismo, por Louis Hervieu, ex alumno de la
Escuela Normal.
Pécuchet lo
rechazó. Bouvard no deseaba conocerlo.
Se le había
repetido que el sacramento lo transformaría; durante varios días estuvo a la
espera de floraciones en su conciencia. Pero seguía siendo el mismo y un
asombro doloroso lo invadió.
¡Cómo, la carne de
Dios se mezcla con nuestra carné y no pasa nada! El pensamiento que gobierna al
mundo no esclarece a nuestro espíritu. El supremo poder nos deja librados a la
impotencia.
El señor Jeufroy lo
tranquilizó y le aconsejó el Catecismo del abate Gaume.
La devoción de
Pécuchet, en cambio, había aumentado. Hubiera querido comulgar por las dos
especies, cantaba salmos paseándose por el corredor, detenía a los chaviñoleses
para discutir y convertirlos. Vaucorbeil se le rió en las narices, Girbal se
encogió de hombros y el capitán lo llamó Tartufo. Ya se creía que iban
demasiado lejos.
Es una excelente
costumbre la de considerar las cosas como otros tantos símbolos. Si el trueno
ruge, imagínese el juicio final; ante un cielo sin nubes piénsese en la morada
de los bienaventurados; piénsese cuando se pasea que cada paso acerca a la
muerte. Pécuchet adoptó este método. Cuando tomaba sus ropas pensaba en la
envol¬tura carnal con la cual está revestida la segunda persona de la Trinidad.
El tictac del reloj le recordó los latidos de su corazón, un pinchazo de aguja
los clavos de la cruz. Pero por más que estuvo de rodillas durante horas,
mul¬tiplicó los ayunos y exprimió su imaginación, el desprendi¬miento de sí
mismo no se consumaba. ¡Era imposible al¬canzar la contemplación perfecta!
Echó mano de
autores místicos, Santa Teresa, Juan de la Cruz, Luis de Granada, Scupoli, y de
entre los más moder¬nos, Monseñor Chaillot. En lugar de las sublimidades que
esperaba, se encontró con banalidades, con un estilo flojo, Imágenes frías y
muchas comparaciones sacadas de talle¬res de lapidarios.
Aprendió, no
obstante, que hay una purgación activa y una purgación pasiva, una visión
interna y una visión externas, especies de oraciones, nueve excelencias en el
amor, seis grados en la humanidad y que la herida del alma no difiere mucho del
vuelo espiritual.
Había puntos que lo
confundían.
–Puesto que la
carne está maldita ¿cómo es posible que se deba agradecer a Dios el don de la
existencia? ¿En qué medida se ha de albergar el temor indispensable para la
salvación y la esperanza que no lo es menos? ¿Cuál es el signo de la gracia?
Etcétera.
Las respuestas del
señor Jeufroy eran simples:
–¡No se atormente!
Queriendo comprenderlo todo se corre por una cuesta peligrosa.
El Catecismo de
Perseverancia por Gaume había desagra¬dado de tal modo a Bouvard que tomó el
volumen de Louis Hervieu, que era un resumen de la exégesis moderna, prohi¬bido
por el gobierno. Barberou, como buen republicano, lo había comprado.
El libro despertó
dudas en el espíritu de Bouvard y en primer lugar acerca del pecado original.
Si Dios había crea¬do al hombre pecable, no debía castigarlo; y el mal es
ante¬rior a la caída puesto que ya había volcanes y animales feroces.
–En una palabra
¡ese dogma trastorna mis nociones de justicia!
–¡Qué quiere usted!
–decía el cura– es una de esas ver¬dades acerca de las cuales todo el mundo
está de acuerdo aunque no se puedan aportar pruebas; y nosotros mismos ha¬cemos
recaer en los niños los crímenes de sus padres. Así las costumbres y las leyes
justifican ese decreto de la Pro¬videncia que se encuentra en la Naturaleza.
Bouvard meneó la
cabeza. También dudaba del Infierno.
–Claro, todo
castigo debe procurar el mejoramiento del culpable, lo que es imposible con una
pena eterna. ¡Y cuán¬tos la padecen! Piense, por ejemplo, en los Antiguos, los
judíos, los musulmanes, los idólatras, los heréticos y en los niños muertos sin
bautismo ¡esos niños creados por Dios! y ¿con qué finalidad? ¡Para castigarlos
por una falta que no cometieron!
–Esa es la opinión
de San Agustín –agregó el cura– y San Fulgencio incluye en la condenación hasta
a los fetos. Es cierto que la Iglesia nada ha decidido al respecto. Una
observación, sin embargo: no es Dios quien condena, sino el pecador quien se
condena a sí mismo, y dado que la ofen¬sa es infinita, pues Dios es infinito,
el castigo ha de ser infinito. ¿Es todo, señor?
–¡Explíqueme la
Trinidad! –dijo Bouvard.
– ¡Con mucho gusto!
Hagamos una comparación: tomemos los tres lados del triángulo, o mejor nuestra
alma, que contiene el ser, el conocer y el querer. Lo que se llama facul¬tad en
el Hombre es persona en Dios. ¡Ese es todo el mis¬terio!
–Pero cada uno de
los lados del triángulo no son el trián¬gulo. Esas tres facultades del alma no
son tres almas. ¡Y sus personas de la Trinidad son tres Dioses!
–¡Blasfemia!
–¡Entonces no hay
sino una persona, un Dios, una sus¬tancia afectada de tres maneras! –Adoremos
sin comprender –dijo el cura. –¡Está bien! –dijo Bouvard.
Tenía miedo de que
se lo tomara por un impío, de ser mal visto en el castillo.
Ahora iban allí
tres veces por semana, a eso de las cinco, en invierno, y la taza de té los
reanimaba. El señor conde, por su porte, "recordaba la distinción de la
antigua corte"; la condesa, plácida y gorda, daba muestras de gran
discerni¬miento en todo. La señorita Yolanda, su hija, era "la típica
joven", el Ángel de los "keepseakes"; y la señora de Noaris, su
dama de compañía, se parecía a Pécuchet con su nariz puntiaguda.
La primera vez que
entraron en el salón estaba defendien¬do a alguien.
–¡Les aseguro que
ha cambiado! Su regalo lo prueba. Ese alguien era Gorgu. Acababa de regalar a
los futuros esposos un reclinatorio gótico. Lo llevaron. Las armas de las dos
casas aparecían grabadas en colores. El señor de Mahurot pareció contento y la
señora de Noaris le dijo: –¡Ya recordará a mi protegido!
Después trajo a dos
niños, un chico de unos doce años y su hermana, que tal vez tuviera diez. Por
los agujeros de sus harapos se veían sus miembros rojos de frío. El estaba
calzado con viejas pantuflas y ella llevaba un solo zueco. Sus frentes
desaparecían bajo sus cabelleras y miraban al-rededor de ellos con pupilas
ardientes como lobeznos asus¬tados.
La señora de Noaris
contó que los había encontrado esa mañana en el camino principal. Placquevent
no podía sumi¬nistrar ningún detalle.
Se les preguntó su
nombre. "Víctor; Victorina". ¿Adonde estaba su padre? "En
prisión". Y antes ¿qué hacía? "Nada". ¿De dónde eran? "De
Saint Pierre". Pero ¿de qué Saint Pierre? Los dos pequeños, por toda
respuesta, decían, respi¬rando hondo: "No sé, no sé". Su madre había
muerto y ellos mendigaban.
La señora de Noaris
explicó lo peligroso que sería aban¬donarlos; enterneció a la condesa, picó en
su honor al conde, fue apoyada por la señorita, se obstinó y triunfó. La mujer
del guardabosque los cuidaría. Ya se les encontraría trabajo más adelante. Y
como no sabían leer ni escribir, la misma señora de Noaris les daría lecciones
para prepararlos para el catecismo.
Cuando el señor
Jeufroy iba al castillo, se traía a los dos chicos, él los interrogaba y
después les daba una conferen¬cia pretensiosa debido al auditorio.
En una ocasión,
cuando había discurrido acerca de los Patriarcas, Bouvard, que regresaba con él
y Pécuchet, los de¬nigró severamente.
Jacob se distinguió
por sus fullerías, David por los crí¬menes, Salomón por sus excesos.
El abate le
respondió que había que mirar más lejos. El sacrificio de Abraham prefigura la
Pasión. Jacob es otra re¬presentación del Mesías, como José, como la serpiente
de oronce, como Moisés.
–¿Usted cree que
compuso el "Pentateuco" –dijo Bou¬vard.
–¡Sí; sin duda!
–Sin embargo, en él
se cuenta su muerte. La misma ob¬servación es válida para Josué; y en cuanto a
les Jueces, el autor nos advierte que en la época narrada en la his¬toria,
Israel no tenía Reyes aún. Eso quiere decir que la obra se escribió en tiempos
de los Reyes. Los Profetas tam¬bién me asombran. –¡Va a negar a los Profetas,
ahora!
–¡De ningún modo!
Pero sus espíritus caldeados veían a Jehová con formas diversas, como la de un
fuego, una zarza, un anciano, una paloma; y no estaban seguros de la
Revela¬ción, puesto que siempre pedían una señal. –¡Ah! ¿Y usted descubrió esas
hermosas cosas?...
–¡En Spinoza! –Al
oír esto el cura saltó–. ¿Lo leyó usted?
–¡Dios me libre!
–Sin embargo,
señor, la ciencia.
–Señor, no se es
sabio si no se es cristiano. –La cien¬cia le inspiraba sarcasmo–. ¿Su ciencia
podría hacer que naciera una espiga de trigo? ¿Qué sabemos?
Pero él sabía que
el mundo había sido creado para nos¬otros; sabía que los Arcángeles están por
encima de los Angeles; sabía que el cuerpo humano resucitará tal como era
alrededor de los treinta.
Su aplomo
sacerdotal irritaba a Bouvard, quien por descon¬fianza para con Louís Hervieu
escribió a Varíot. Y Pécuchet, mejor informado, le pidió a Jeufroy
explicaciones sobre la Escritura.
Los seis días del
Génesis quieren decir seis grandes épo¬cas. Los vasos preciosos que los judíos
tomaron a los egip¬cios, han de entenderse como riquezas intelectuales, las
Artes, de las cuales habían robado el secreto. Isaías no se desnudó
completamente, pues nudus, en latín, significa desnudo hasta las caderas. Por
eso Virgilio aconseja desnu¬darse para labrar ¡y este escritor no hubiese dado
un pre¬cepto contrario al pudor! Lo de Ezequiel devorando un libro no tiene
nada de extraordinario. ¿No se dice acaso devorar un folleto, un diario? Pero,
si en todo se han de ver metáforas ¿a qué se reducirán los hechos? El abate
sostenía, sin embargo, que eran reales.
Esta manera de
entenderlos le pareció desleal a Pécuchet. Llevó más lejos sus investigaciones,
elaboró un escrito acer¬ca de las contradicciones de la Biblia.
En el Éxodo se nos
dice que durante cuarenta años se hicieron sacrificios en el desierto, pero
según Amos y Je¬remías no se hizo ninguno. Los Paralipómenos y Esdras no están
de acuerdo sobre el empadronamiento del pueblo. En el Deuteronomio Moisés ve al
Señor cara a cara, pero según el Éxodo jamás pudo verlo. ¿Dónde está, entonces,
la inspi¬ración?
–Razón de más para
admitirla –respondió sonriendo el señor Jeufroy–. Los impostores necesitan la
connivencia, los sinceros se desentienden de ella. Si nos vemos confundidos
recurramos a la Iglesia. Ella es siempre infalible.
¿De qué depende la
infalibilidad? Los concilios de Basilea y de Constanza la atribuyen a los
concilios. Pero con fre¬cuencia los concilios difieren, y prueba de ello es lo
que pasó con Atanasio y Arius. Los de Florencia y Letrán se la otorgan al Papa,
pero Adriano VI declara que el Papa puede equivocarse como cualquier otro.
–¡Mezquindades!
Todo eso no afecta a la permanencia del dogma.
La obra de Louis
Hervieu señala las modificaciones: en otros tiempos el bautismo era sólo para
los adultos. La ex¬tremaunción no fue un sacramento hasta el siglo IX; la
Presencia real fue decretada en el siglo VIII, el Purgatorio, fue reconocido en
el XV y la Inmaculada Concepción es de ayer.
Y Pécuchet llegó a
no saber qué pensar de Jesús. Tres de los Evangelios lo dan como un hombre. En
un pasaje de San Juan parece ser el igual de Dios y en otro se reconoce
inferior a él.
El abate respondió
con la carta del rey Abgar, las Actas de Pilatos y el testimonio de las Sibilas
"cuyo fondo es verdadero". Encontraba a la Virgen en las Galias, el
anun¬cio de un Redentor en China, la Trinidad en todas partes, la Cruz en el gorro
del gran lama, en Egipto en el puño de los dioses, y hasta le mostró un grabado
que representaba un nilómetro, el cual, según Pécuchet, era un falo.
El señor Jeufroy
consultaba en secreto a su amigo Pruneau, quien le buscaba pruebas en diversas
obras. Se en¬tabló una lucha de eruditos; y picado en su amor propio Pécuchet
se volvió trascendente, mitólogo.
Comparaba a la
Virgen con Isis, a la Eucaristía con el Homa de los persas, a Baco con Moisés,
al arca de Noé con el navío de Xithuros y esas semejanzas, para él,
demos¬traban la identidad de las religiones.
Pero no puede haber
diversas religiones puesto que no hay sino un Dios y cuando se le agotaban los
argumentos el hombre de la sotana exclamaba:
– ¡Es un misterio!
¿Qué significa esa
palabra? Falta de saber, muy bien. Pero por poco que designe a una cosa cuyo
solo enunciado entrañe una contradicción, será una estupidez. Y Pécuchet no se
separaba más del señor Jeufroy. Lo sorprendía en su jardín, lo esperaba en el confesionario,
lo alcanzaba en la sacristía. El cura imaginaba ardides para huir de él.
Un día, cuando
había salido hacia Sassetot para asistir a alguien, Pécuchet se puso delante de
él en el camino, de modo que la conversación fuera inevitable.
Era a la tarde, a
fines de agosto. El cielo escarlata se obscurecía y una gran nube se formó,
plana en la parte de abajo y con volutas en la cima.
Pécuchet comenzó
por hablar de cosas indiferentes, luego dejó caer la palabra "mártir"
y dijo:
–¿Cuántos cree
usted que haya habido?
–Unos veinte
millones, por lo menos.
–No fue una
cantidad tan grande, según dijo Orígenes.
–Orígenes, sabe ¡es
sospechoso!
Una ráfaga de
viento pasó y dobló la hierba de las
zanjas y las dos hileras de olmos que iban hasta el horizonte.
Pécuchet continuó:
–Se incluye entre
los mártires a muchos obispos galos que murieron resistiendo a los bárbaros, lo
que no corres¬ponde.
–¡Ahora va a
defender a los emperadores!
Según Pécuchet, se
los había calumniado.
–La historia de la
Legión tebana es una fábula. ¡Impugno también lo de Sinforoso y sus siete
hijos, lo de Felicitas y sus siete hijas y lo de las siete vírgenes de Ancyra,
con¬denadas a la violación aunque septuagenarias y lo de las once mil vírgenes
de Santa Úrsula, una de las cuales se Mamaba Undecemilla, nombre que se tomó
por una cifra y aún más de lo de los diez mártires de Alejandría!
–¡Sin embargo!...
Sin embargo, lo dicen autores dignos de crédito.
Cayeron gotas de
agua. El cura abrió su paraguas y Pé¬cuchet, cuando estuvo debajo, se atrevió a
afirmar que los católicos habían hecho más mártires entre los judíos, los
mu¬sulmanes, los protestantes y los libres pensadores que todos los romanos de
la antigüedad.
El eclesiástico
protestó:
–¡Pero se cuentan
diez persecuciones desde Nerón hasta César Galba!
–De acuerdo. ¡Y las
matanzas de los albigenses! ¡Y la de San Bartolomé! ¡Y la revocación del edicto
de Nantes!
–Excesos
deplorables, sin duda, ¡pero no va a comparar a esa gente con San Esteban, San
Lorenzo, Cipriano, Policarpo y una multitud de misioneros!
– ¡Perdón! ¡También
recuerde a Hipatia, Jerónimo de Praga, Jean Huss, Bruno, Vaníni, Anne Dubourg!
La lluvia aumentaba
y caía como dardos, con tanta fuerza, que rebotaba en el suelo como pequeños
cohetes blancos.
Pécuchet y el señor
Jeufroy caminaban lentamente, pegados el uno al otro y el cura decía:
–¡Después de
suplicios abominables los arrojaban a cal¬deras!
–¡La Inquisición
también empleó la tortura y bien que lo quemaba a uno!
–¡Se llevaba a las
damas ilustres a los lupanares!
–¿Supone usted que
los dragones de Luis XIV eran de¬centes?
–¡Y tome en cuenta
que los cristianos no habían hecho nada contra el Estado!
–¡Los hugonotes
tampoco!
El viento
arrastraba, barría a la lluvia en el aire. El agua chasqueaba en las hojas,
chorreaba en los bordes del ca¬mino y el cielo color de barro se confundía con
el campo desnudo, pues la siega había terminado. Ni un techo. A lo lejos solo
se veía la cabaña de un pastor.
El liviano gabán de
Pécuchet ya no tenía ni un hilo seco. El agua corría por todo su espinazo,
entraba en sus botas, en sus orejas, en sus ojos, a despecho de la visera de la
gorra Amoros. El cura, sosteniendo con una mano la cola de su sotana, se descubría
las piernas y las puntas de su tricornio escupían agua en sus espaldas como
gárgolas de catedral.
Tuvieron que
detenerse y volviéndoles las espaldas a la tormenta quedaron cara a cara,
barriga contra barriga, sos¬teniendo a cuatro manos el paraguas que se
balanceaba.
El señor Jeufroy no
había interrumpido la defensa de los católicos.
–¿Acaso
crucificaron a sus protestantes, como hicieron con San Simeón? ¿O hicieron
devorar a un hombre por dos tigres, como le sucedió a San Ignacio?
–¡Y usted no toma
en cuenta todas las mujeres separadas de sus maridos, los niños arrancados a
sus madres! ¡Y el destierro de los pobres, a través de la nieve, en medio de
los precipicios! Los amontonaban en las prisiones y apenas muertos los tiraban
en los zarzos.
El abate respondió
con sarcasmo:
–¡Permítame que no
crea nada de eso! Nuestros mártires son menos dudosos. Santa Blandina fue
entregada en una red a una vaca furiosa. Santa Julitte pereció muerta a
gol¬pes. ¡A San Taraco, San Probo y San Andrínico les rom¬pieron los dientes
con un martillo, les desgarraron los flan¬cos con peines de hierro y les
atravesaron las manos con clavos al rojo, les sacaron el cuero cabelludo!
–¡Usted exagera!
–dijo Pécuchet–. La muerte de los mártires era, en esos tiempos, una ampliación
de la retórica.
–¿Cómo de la
retórica?
–¡Pero sí! Yo, en
cambio, señor, le cuento la historia. ¡Los católicos, en Irlanda, destriparon a
las mujeres encinta para quitarles sus hijos!
–¡Nunca!
–¡Y arrojárselos a
los cerdos!
– ¡Vamos, vamos!...
– ¡En Bélgica las
enterraban vivas! –¡No haga bromas!
–¡Se conservan sus
nombres!
–Y aunque así fuera
–objetó el sacerdote, colérico, sacudiendo el paraguas– no se los puede llamar
mártires. Y los hay fuera de la Iglesia.
–Permítame. Si el
valor del mártir depende de la doctrina ¿cómo es posible que sirva para
demostrar su excelencia?
La lluvia amainaba.
Hasta llegar al pueblo no hablaron más. Pero en la puerta del presbiterio el
abate dijo:
–¡Lo compadezco,
realmente, lo compadezco!
Pécuchet contó en
seguida su altercado a Bouvard. Este le había causado una malevolencia
antirreligiosa, y una hora después, sentado ante el fuego, leía el Cura
Meslier.
Esas negaciones
torpes le disgustaron; luego, diciéndose que quizás se hubiese hecho una falsa
idea de los héroes hojeó en la Biografía la historia de los mártires más
ilustres.
¡Cómo clamaba el
pueblo cuando entraban en la arena! Y si los leones y los jaguares eran mansos,
con ademanes y gritos los excitaban para que atacaran. Se los veía a todos
cubiertos de sangre, de pie, sonrientes, mirando al cielo. Santa Perpetua se
recogió los cabellos para no parecer afligida. Pécuchet se puso a pensar. La
ventana estaba abierta, la noche tranquila, brillaban muchas estrellas.
Por las almas de
aquellos hombres debían pasar cosas que ni siguiera podemos imaginar, una
alegría, un espasmo divino. Y Pécuchet, a fuerza de pensar en eso, dijo que
comprendía aquello, que él hubiera hecho lo mismo. –¿Tú?
–¡Seguramente!
– ¡Nada de bromas!
¿Crees o no? –No sé.
Encendió una vela y
sus ojos tropezaron con el crucifijo de la alcoba.
–¡Cuántos
miserables han recurrido a ese? –Y después de un silencio– ¡Lo han
desnaturalizado! Es culpa de Roma ¡La política del Vaticano!
Pero Bouvard
admiraba a la Iglesia por su magnificencia y hubiera deseado ser un cardenal de
la Edad Media.
–Me hubiera quedado
bien la púrpura, reconócelo.
La gorra de
Pécuchet, puesta delante de las brasas, no estaba seca todavía. Cuando la
estiraba sintió algo en el forro y una medalla de San José cayó. Aquello los
turbó; el hecho les parecía inexplicable.
La señora de Noaris
quiso saber si Pécuchet no había experimentado algún cambio, alguna alegría y
sus preguntas la traicionaron. Una vez, mientras él jugaba al billar, ella le
había cosido la medalla en su gorra.
Evidentemente, lo
amaba. Hubieran podido casarse, ya que ella era viuda, pero él ni siquiera
sospechó ese amor que tal vez hubiera sido la felicidad de su vida.
Aunque se mostraba
más religioso que el señor Bouvard, lo había encomendado a San José, cuyo
socorro es excelente para las conversiones.
Nadie conocía como
ella todos los rosarios y las indulgen¬cias que éstos procuran, el efecto de
las reliquias, los pri¬vilegios de las aguas santas. Su reloj pendía de una
cadenita que había tocado las ataduras de San Pedro. Entre sus dijes lucía una
perla de oro, imitación de aquella que en la iglesia de Allouagne contiene una
lágrima de Nuestro Señor. En el meñique llevaba un anillo con cabellos del cura
de Ars y como recogía hierbas para los enfermos su pieza parecía una sacristía
y una trastienda de boticario.
Pasaba su tiempo
escribiendo cartas, visitando a los pobres, disolviendo concubinatos y
repartiendo fotografías del Sagrado Corazón. Un señor iba a enviarle "la
Pasta de los Mártires", mezcla de cera pascual y de polvo humano tomado en
las catacumbas que se emplea en los casos desesperados como pastillas o
píldoras. Le prometió un poco a Pécuchet. Este pareció disgustado por ese
materialismo.
A la noche, un
criado del castillo le llevó una gran cesta llena de opúsculos que referían
frases piadosas del gran Napoleón, buenas palabras de curas en los albergues,
muer¬tes espantosas acaecidas a impíos. La señora de Noaris sabía todo eso de
memoria, y también una infinidad de mi-lagros.
Contaba algunos
estúpidos milagros sin sentido, como si Dios los hubiese hecho para asombrar a
la gente. Su misma abuela había guardado en un armario unas ciruelas cubiertas
por un paño y un año más tarde se encontró con que sobre la tela había trece
que formaban una cruz.
–Explíqueme eso.
Era lo que siempre
decía al terminar sus historias, a las que se aferraba con una tozudez de
borrico; pero era buena mujer, por lo demás, de humor muy cordial.
Una vez, sin
embargo "se le volaron los pájaros". Bou¬vard le impugnó el milagro
de Pezilla, el de una compotera en la cual se habían ocultado hostias durante
la Revolución y que se había dorado por sí misma.
Quizás hubiera, en
el fondo, un poco de color amarillo debido a la humedad.
–¡Pero no; le
repito que no! La causa del dorado fue el contacto con la Eucaristía. –Y dio
como prueba el testimonio de los obispos–. Es, según dicen ellos, como un
escudo, un... un "palladium" sobre la diócesis de Perpignan.
¡Pre¬gúntenle si no al padre Jeufroy!
Bouvard no resistió
más y después de repasar su Louis Hervieu llevó a Pécuchet.
El eclesiástico
acababa de cenar. Reine ofreció asientos y obedeciendo a una señal tomó dos
vasitos que llenó con "rosolio".
Después de todo
esto Bouvard dijo a qué había ido. El abate no respondió directamente.
–A Dios todo le es
posible y los milagros son una prueba de la Religión.
–No obstante, hay
leyes.
–No es nada. Él las
altera para instruir, corregir.
–¿Cómo sabe usted
que las altera? –respondió Bouvard–. Cuando la Naturaleza sigue su rutina, ni
se piensa en eso, pero ante un fenómeno extraordinario, en seguida vemos la
mano de Dios.
–Porque puede estar
ahí –dijo el eclesiástico– y cuando un acontecimiento ha sido certificado por
testigos...
–¡Los testigos se
lo tragan todo! ¡Hay falsos milagros también!
El sacerdote se
puso rojo.
–Sin duda, a veces.
–¿Cómo
distinguirlos de los verdaderos? Y si los verda¬deros que se dan como pruebas
necesitan ser probados a su vez ¿para qué hacerlos?
Reine intervino
plegándose a la prédica de su amo, dijo que había que obedecer.
– ¡La vida es un
tránsito pero la muerte es eterna!
–En una palabra
–agregó Bouvard bebiéndose el "rosolio"– los milagros de antes no
están mejor demostrados que los milagros de hoy; razones análogas defienden a
los de los cristianos y a los de los paganos.
El cura arrojó su
tenedor a la mesa.
–¡Le repito una vez
más que esos eran falsos! ¡No hay milagros fuera de la iglesia!
– ¡Mire! –se dijo
Pécuchet–. El mismo argumento que con los mártires. La doctrina se apoya en los
hechos y los hechos en la doctrina.
El señor Jeufroy,
después de beber un vaso de agua, con¬tinuó.
–Aun negándolos
ustedes creen en ellos. El mundo con¬vertido por doce pescadores es, me parece,
un hermoso mi¬lagro.
–¡De ningún modo!
–Pécuchet lo explicaba de otra ma¬nera–. El monoteísmo viene de los hebreos, la
Trinidad de los indios. El Logos es de Platón, la Virgen María de Asia.
¡No importa! El
señor Jeufroy se aferraba a lo sobrenatu¬ral, no admitía que el cristianismo
pudiese tener, humana¬mente, la más pequeña razón de ser, aun cuando viese en
todos los pueblos antecedentes y deformaciones. Hubiera tolerado la impiedad
socarrona del siglo XVIII, pero la crí-tica moderna, con su cortesía, lo
exasperaba.
–¡Prefiero el ateo
que blasfema al escóptico que ergotiza!
Después los miró
con expresión desafiante, como pare, despedirlos.
Pécuchet regresó
melancólico. Había esperado el acuerdo de la Fe y la Razón.
Bouvard le hizo
leer este pasaje de Louis Hervieu:
Para conocer el
abismo que los separa, oponga sus axiomas:
La Razón le dice:
el todo contiene las partes; y la Fe responde con la Sustanciación. Jesús, al
comulgar con sus apóstoles, tenía su cuerpo en su mano y su cabeza en su boca.
La Razón dice: no
se es responsable del crimen de los demás y la Fe responde con el pecado
original.
La Razón dice: tres
es tres y la Fe afirma que tres es uno.
No visitaron más al
abate.
Era la época de la
guerra de Italia. La gente decente tem¬blaba por el Papa. Se echaban pestes
contra Víctor Manuel. La señora de Noaris hasta llegaba a desearle la muerte.
Bouvard y Pécuchet
protestaban sólo tímidamente. Cuan¬do la puerta del salón se abría ante ellos y
se miraban, al pasar, en los altos espejos, en tanto que por las ventanas se
entreveían las alamedas, donde resaltaba en medio del verde el chaleco rojo de
algún criado, experimentaban pla-cer y el lujo del ambiente los tornaba
indulgentes para con las palabras que allí se decían.
El conde les prestó
todas las obras de De Maistre. Solía exponer los principios de éste ante un
círculo de íntimos, Hurel, el cura, el juez de paz, el notario y el barón, su
fu¬turo yerno, que de cuando en cuando iba por veinticuatro horas al castillo.
–¡Lo que hay de
abominable –decía el conde– es el es¬píritu del 89! Se comienza por impugnar a
Dios, después se discute el gobierno y luego viene lo de la libertad; lliberde
insulto, de rebelión, de gozo y también de pillaje! Tanto es así como que la
Religión y el Poder tienen que proscribir a los independientes, a los
heréticos. ¡Habrá quienes cla¬men que es una persecución! ¡Como si los verdugos
persi¬guieran a los criminales! En resumen, ¡no hay Estado sin Dios! La Ley no
puede ser respetada sino cuando viene de lo alto; y actualmente no se trata de
los italianos sino de saber quién se impondrá ¡la Revolución o el Papa, Satán o
Jesucristo!
El señor Jeufroy
aprobaba con monosílabos, Hurel con una sonrisa, el juez de paz bamboleando la
cabeza. Bouvard y Pécuchet miraban el cielorraso, la señora de Noaris, la
con¬desa y Yolanda trabajaban para los pobres y el señor de Mahurot, al lado de
su novia, hojeaba los periódicos.
Después había
silencios durante los cuales todos parecían sumidos en la búsqueda de un
problema. Napoleón tercero ya no era un Salvador y hasta daba un ejemplo
deplorable dejando que en las Tullerías los albañiles trabajaran en do¬mingo.
–No se debería
permitir –era la frase habitual del señor conde. Economía social, bellas artes,
literatura, historia, doc¬trinas científicas, acerca de todo dictaminaba en su
calidad de cristiano y padre de familia. ¡Y pluguiere a Dios que el gobierno
pusiera en sus actos el mismo rigor que él des¬plegaba en su casa! Sólo el
Poder es juez de los peligros de la ciencia; divulgada con excesiva largueza
inspira al pueblo ambiciones funestas. Era más feliz, ese pobre pueblo, cuando
los señores y los obispos atemperaban el abso¬lutismo del rey. Ahora las
industrias lo explotan. ¡Va a caer en la esclavitud!
Y todos echaban de
menos al Antiguo Régimen, Hurel por ruindad, Coulon por ignorancia, Marescot
como artista.
Bouvard, de regreso
en su casa, se empapó de La Mettrie, de Holbach, etcétera y Pécuchet se alejó
de una religión que se había convertido en un instrumento de gobierno. El señor
de. Mahurot había comulgado para seducir mejor a "las señoras" y si
practicaba era debido a los criados.
Matemático y
"dilettante", tocaba valses en el piano, era admirador de Toepffer y
se distinguía por un escepticismo de buen tono. Lo que se decía de los abusos
feudales, de la Inquisición o de los jesuitas, eran prejuicios. Y elogiaba al
progreso aunque despreciaba todo lo que no era gentil-hombre o salido de la
Escuela Politécnica.
El señor Jeufroy
también les desagradaba. Creía en los sortilegios, hacía bromas sobre los
ídolos y afirmaba que todos los idiomas derivan del hebreo. Su retórica carecía
de sorpresas; se trataba siempre del ciervo acorralado, de la miel y del
ajenjo, del oro y el plomo, de los perfumes, de urnas y del alma cristiana
comparada con el soldado que debe decir frente al Pecado: ¡No pasarás!
Para evitar sus
conferencias llegaban al castillo lo más tarde posible.
Un día, sin
embargo, lo encontraron.
Hacía una hora que
esperaba a sus dos alumnos. De pronto la señora de Noaris entró.
–¡La pequeña ha
desaparecido! Traigo a Víctor. ¡Ah, el desdichado!
Había encontrado en
su bolsillo un dedal de plata perdido hacía tres días. Después, sofocada por
los sollozos, agregó:
–¡Eso no es todo,
eso no es todo! ¡Cuando lo estaba re¬prendiendo me mostró el trasero! –Y antes
que el conde y la condesa hubiesen dicho nada continuó– ¡por lo demás es culpa
mía, perdónenme!
Les había ocultado
que los dos huérfanos eran los hijos de Touache, que estaba en presidio.
¿Qué hacer?
Si el conde los
despedía estaban perdidos y su acto de caridad quedaría como un capricho.
El señor Jeufroy no
se sorprendió. Dado que el hombre es corrompido por naturaleza, hay que
castigarlo para me¬jorarlo.
Bouvard protestó.
Era mejor la suavidad.
Pero el conde
volvió a explayarse acerca de lo de la mano de hierro, indispensable para con
los niños como para con los pueblos. Esos dos estaban llenos de vicios, tanto
la chica, mentirosa, como el chico, brutal. El robo, después de todo, sería
disculpable, pero la insolencia nunca, pues la educa¬ción ha de ser una
"escuela de respeto".
Por lo tanto,
Sorel, el guardabosque, le administraría al jovencito una buena zurra
inmediatamente.
El señor de
Mahurot, que tenía algo que decirle, se en¬cargó de la comisión. Tomó un fusil
en la antecámara y llamó a Víctor, que había permanecido en medio del patio con
la cabeza gacha.
–Sígueme –dijo el
barón.
Como el camino para
ir a lo del guardia casi no los des¬viaba del de Chavignolles, el señor
Jeufroy, Bouvard y Pécuchet lo acompañaron.
A cien pasos del
castillo les rogó que no hablaran mien¬tras bordearan el bosque. El terreno
bajaba hasta la orilla del río donde se erguían grandes bloques de roca. En el
agua resplandecían hojas de oro bajo el sol poniente. En frente, las verdes
colinas se cubrían de sombra. Soplaba una brisa fresca.
Algunos conejos
salidos de sus madrigueras pacían la hierba.
Sonó un tiro,
después un segundo y luego otro y los conejos saltaban, rodaban. Víctor se les
echaba encima para atraparlos y jadeaba bañado de sudor.
–¡Linda te está
quedando tu ropa! –dijo el barón. Su camisa hecha jirones estaba manchada de
sangre.
La vista de la
sangre repugnaba a Bouvard. No admitía que se la pudiera derramar.
El señor Jeufroy
replicó:
–Las circunstancias
a veces lo exigen. Si no es el cul¬pable quien da la suya, hace falta la de
otro. Es esta una verdad que nos enseña la Redención.
Según Bouvard, ésta
no había servido pues casi todos los hombres se condenaron a pesar del
sacrificio de Nuestro Señor.
–Pero todos los
días la renueva en la Eucaristía.
–¡Y el milagro
–dijo Pécuchet– se hace con palabras, sin importar la indignidad del sacerdote!
–¡En eso radica el
misterio, señor!
Mientras tanto
Víctor clavaba sus ojos en el fusil y hasta trataba de tocarlo.
–¡Fuera esas manos!
–Y el señor de Mahurot tomó un sendero por entre la maleza.
El eclesiástico
tenía a Pécuchet de un lado y a Bouvard del otro y a ellos dijo:
–¡Atención! Ustedes
saben: Debetur pueris.
Bouvard le aseguró
que él se prosternaba ante el Creador, pero que era indigno que se hiciera de
él un hombre. Se teme su venganza, se trabaja para su gloria; tiene todas las
virtudes, un brazo, un ojo, una política, una morada. Padre Nuestro que estás en
los cielos ¿eso qué quiere decir?
Y Pécuchet agregó:
–El mundo se ha
agrandado, la Tierra ya no es su centro. Gira en medio de la multitud infinita
de sus semejantes. Muchos de éstos la superan en tamaño y ese
empequeñeci¬miento de nuestro globo depara una idea más sublime de Dios.
Por lo tanto la
religión debía cambiar. El Paraíso es algo infantil con esos bienaventurados
siempre contemplando, siempre cantando y que miran desde allá arriba los
tormentos de los condenados. ¡Cuando se piensa que el cristianismo tiene como
base una manzana!
El cura se enojó.
–Niegue la
Revelación. Será más fácil.
–¿Cómo quiere usted
que Dios haya hablado? –dijo Bou¬vard.
–¡Pruebe que no
habló! –decía Jeufroy. –Una vez más ¿quién lo afirma? –¡La Iglesia! –¡Bonito
testimonio!
Aquella discusión
aburría al señor de Mahurot, quien sin detenerse dijo:
–¡Escuchen al cura!
El sabe más que ustedes. Bouvard y Pécuchet se hicieron señas para tomar por
otro camino y al llegar a la Cruz Verde dijeron: –¡Tengan buenas noches!
–¡Servidor! –dijo el barón.
Todo aquello sería
contado al señor de Favergés y proba¬blemente hubiera una ruptura como
consecuencia. ¡Mala suerte! Se sentían despreciados por esos nobles, nunca los
invitaban a cenar y ya estaban cansados de la señora de Noaris y sus continuas
reprimendas.
No obstante no
podían guardarse el De Maistre y unos quince días después volvieron al castillo
creyendo que no serían recibidos. Pero lo fueron.
Toda la familia se
encontraba en el gabinete, incluido Hurel y, cosa extraordinaria, Foureau.
El correctivo no
había corregido a Víctor. Se rehusaba a aprender su catecismo y Victorina
profería palabras sucias. En una palabra, el muchacho iría al reformatorio y la
chica a un convento. Foureau se había encargado de los trámites y se retiraba
cuando la condesa lo llamó.
Se esperaba al
señor Jeufroy para fijar con él la fecha de la boda que se realizaría en el
ayuntamiento mucho antes que en la iglesia, para mostrar así que despreciaban
el ca¬samiento civil.
Foureau trató de
defenderlo. El conde y Hurel lo atacaron. ¿Qué era una función municipal al
lado de un sacerdote? Y el barón no se hubiese considerado casado si sólo lo
hu¬biera hecho ante una banda tricolor.
–¡Bravo! –dijo el
señor Jeufroy que entraba–. Dado que el matrimonio fue establecido por Jesús...
Pécuchet lo detuvo.
–¿En qué Evangelio?
En los tiempos apostólicos se lo estimaba tan poco que Tertuliano lo compara
con el adulterio. –¡Vaya, caramba!
–¡Pero, sí! ¡Y no
es un sacramento! El sacramento re¬quiere un signo. ¡Muéstreme el signo del
matrimonio!
El cura se apresuró
a responder que representaba la alianza de Dios con la Iglesia.
–¡Ustedes ya no
comprenden al cristianismo! Y la Ley...
–La Ley lleva su
marca –dijo el señor de Faverges–. ¡De no ser así autorizaría la poligamia!
Una voz respondió:
–¿Y qué habría de malo en eso?
Era Bouvard,
semioculto por una cortina.
–Se puede tener
varias esposas, como los patriarcas, los mormones y los musulmanes y sin
embargo ser un hombre decente.
–¡Nunca! –exclamó
el sacerdote–. La honestidad con¬siste en hacer lo que se debe. Nosotros
debemos respetar a Dios. Y quien no es cristiano, no es honesto.
–Tanto como el que
más –dijo Bouvard.
El conde, quien
creyó advertir en esta réplica un ataque a la religión, la exaltó. Esta había
emancipado a los esclavos.
Bouvard hizo
algunas citas que probaban lo contrario:
–San Pablo les
recomienda obedecer a sus amos como a Jesús. San Ambrosio llama a la esclavitud
un don de Dios. El Levítico, el Éxodo y los Concilios la sancionaron. Bossuet
la ubica en el derecho de gentes y Monseñor Bouvier la aprueba.
El conde arguyó que
el cristianismo, a pesar de todo, había desarrollado a la civilización.
–Y la pereza, al
hacer de la pobreza una virtud.
–Sin embargo, señor
¿la moral del Evangelio?
–¡Ah, ah! ¡No tal
moral! A los obreros de la última hora se les paga tanto como a los de la
primera. Se le da al que posee y se le quita a quien no posee. En cuanto al
precepto de recibir bofetadas sin devolverlas y de dejarse robar, alien¬ta a
los audaces, a los cobardes y a los sinvergüenzas.
El escándalo
aumentó cuando Pécuchet declaró que él casi prefería el budismo.
El sacerdote se
echó a reír.
–¡Ah, ah, él
budismo!
La señora de Noaris
levantó los brazos.
–¡El budismo!
–¿Cómo? ¿El
budismo? –repitió el conde.
–¿Lo conoce usted?
–dijo Pécuchet al señor Jeufroy, quien quedó atarugado.
–¡Y bien, sépanlo!
Mejor que el cristianismo y antes que él reconoció la nada de las cosas
terrenales. Sus prácticas son austeras, sus fieles más numerosos que todos los
cris¬tianos y en cuanto a la encarnación, Visnú no tiene una ¡sino nueve!
¡Juzguen ustedes!
–¡Mentiras de
viajeros! –dijo la señora de Noaris.
–¡Apoyados por los
francmasones! –agregó el cura.
Y empezaron a
hablar todos a la vez.
–¡Vamos!, ¡Por
favor!
– ¡Continúe!
–¡Muy lindo!
–Yo lo encuentro
divertido.
–¡No es posible!
Y continuaron así
hasta que Pécuchet, exasperado, declaró que se haría budista.
–¡Está insultando a
cristianas! –dijo el barón. La señora de Noaris se desplomó en un sillón. La
condesa y Yolanda callaban. El conde ponía los ojos en blanco; Hurel esperaba
órdenes. El abate, para contenerse, leía su breviario.
Este ejemplo
apaciguó al señor de Faverges y mirando a los dos hombres dijo:
–Antes de censurar
al Evangelio, cuando uno tiene man¬chas en su pasado, hay ciertas
reparaciones...
–¿Reparaciones?
–¿Manchas?
–¡Ya basta,
señores! ¡Ustedes comprenden lo que digo!
Después,
dirigiéndose a Foureau agregó:
–Sorel ya está al
corriente. ¡Vaya!
Y Bouvard y
Pécuchet se fueron sin saludar.
Al fin de la
avenida los tres dejaron escapar su resenti¬miento:
–Me tratan como a
un sirviente –mascullaba Foureau y los otros aprobaban. A pesar del recuerdo de
las hemorroides sentía por ellos una cierta simpatía.
Algunos peones
trabajaban en el campo. El hombre que los dirigía se acercó; era Gorgu. Se
pusieron a hablar. Su¬pervisaba el empedrado del camino votado en 1848 y debía
ese puesto al señor de Mahurot, el ingeniero "el que va a casarse con la
señorita de Faverges". Ustedes vienen de allá ¿no es cierto?
– ¡Por última vez!
–dijo bruscamente Pécuchet.
Gorgu adoptó un
aire de ingenuidad.
–¿Una disputa?
¡Vaya, vaya!
Y si hubiesen
podido ver su rostro, después de haberle vuelto fas espaldas, habrían
comprendido que husmeaba el motivo.
Un poco más lejos
se detuvieron frente a un lugar enre¬jado donde había casillas para perros y
una casita de tejas rojas.
Victorina estaba en
la puerta. Se oyeron ladridos. La mujer del guarda.
Ya sabía a qué iba
el alcalde y llamó a Víctor.
Todo estaba
preparado de antemano, hasta su ropa en¬vuelta en dos pañuelos sujetos con
alfileres.
–¡Buen viaje! –le
dijo–. ¡Me alegra deshacerme de estos miserables!
¡No tenían la culpa
de ser hijos de un padre presidiario! Al contrario; parecían muy juiciosos y ni
siquiera les preo¬cupaba el lugar adonde los llevaban.
Bouvard y Pécuchet
los miraban caminar delante de ellos.
Victorina
canturreaba palabras confusas, con su pañuelo en el brazo, como una modista que
lleva una sombrerera. A veces se volvía y Pécuchet, al ver sus ricitos rubios y
su porte gentil, lamentaba no tener una hija así. Educada en otras condiciones
habría llegado a ser encantadora. ¡Qué dicha el verla crecer, oír todos los
días su gorjeo de pájaro, besarla cuando lo quisiera! Y la ternura subió de su
corazón a los labios, humedeció sus párpados, lo oprimió un poco.
Víctor había echado
su equipaje a la espalda, como un soldado. Silbaba, tiraba piedras a las
cornejas que estaban en los surcos, iba bajo los árboles a cortar ramitas.
Foureau lo llamó y Bouvard, tomándolo de la mano, disfrutaba sin¬tiendo en la
suya esos dedos de niños robustos y vigorosos. El pobre diablito sólo quería
desarrollarse en libertad, como una flor al aire libre y se pudriría entre
cuatro paredes, con las lecciones, los castigos y un montón de estupideces.
Bou¬vard fue presa de un violento arranque de piedad, de una indignación contra
la suerte, de una de esas furias que le hacen a uno querer destruir al
gobierno.
–¡Corre! –dijo–.
¡Diviértete todo lo que quieras!
El chico salió
corriendo.
Su hermana y él
dormirían en la posada, de donde al alba el mensajero de Falaise recogería a
Víctor para dejarlo en el reformatorio de Beaubourg; una religiosa del orfanato
de Grand-Camp se llevaría a Victorina.
Foureau, después de
dar estos detalles, volvió a sumirse en sus pensamientos. Pero Bouvard quiso
saber cuánto po¬día costar el mantener a los dos chiquilines.
–¡Bah!... La cosa
puede salir unos trescientos francos. El conde me dio veinticinco para los
primeros gastos. ¡Qué roñoso!
Y con el desaire
hecho a su banda metido en el corazón, Foureau apuró el paso silenciosamente.
Bouvard murmuró:
–Me dan pena. ¡De
buena gana me quedaría con ellos!
–¡Yo también! –dijo
Pécuchet, a quien se le había ocu¬rrido la misma idea.
¿Habría
inconvenientes, sin duda?
–¡Ninguno!
–respondió Foureau. Por otra parte, él tenía derecho, como alcalde, a confiar a
quien mejor le pareciese los niños abandonados. Y después de una larga
vacilación dijo:
–¡Y bueno, síí
¡Llévenlos! ¡Eso los dejará bizcos!
Bouvard y Pécuchet
los llevaron.
Al volver a su casa
encontraron, a los pies de la escalera, bajo la Virgen, a Marcel de rodillas y
rezando con fervor. Con la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados y
con el labio leporino dilatado, tenía el aspecto de un fakir en éxtasis.
–¡Qué animal! –dijo
Bouvard.
–¿Por qué? Quizás
esté viendo cosas que tú envidiarías si pudieses verlas. ¿No hay acaso dos
mundos completa¬mente distintos? El objeto de un razonamiento tiene menos valor
que la manera de razonar. ¡Qué importa la creencia! Lo importante es creer.
Ésas fueron las
objeciones de Pécuchet a la observación de Bouvard.
10
Consiguieron varias
obras atinentes a la educación y re¬solvieron cuál sería su sistema. Había que
desterrar toda idea metafísica y, según el método experimental, seguir los
pasos de la naturaleza. Nada apremiaba, pues los dos alum¬nos debían olvidar
todo lo que habían aprendido.
Aunque eran de
constitución fornida, Pécuchet quería, como un espartano, curtirlos aun más,
acostumbrarlos al hambre, a la sed, a la intemperie y hasta quería que usasen
zapatos agujereados para prevenir los resfríos, Bouvard se opuso.
El gabinete obscuro
en el fondo del corredor se convirtió en su dormitorio. Los muebles que allí
había eran dos catres, dos palanganas y un jarro. Un ojo de buey se abría por
encima de sus cabezas y las arañas corrían por el cielorraso. Con frecuencia recordaban
el interior de una cabaña donde se discutía. Una noche su padre había regresado
con sangre en las manos. Algún tiempo después habían ido los gen¬darmes.
Después habían vivido en un bosque. Unos hom¬bres que hacían zuecos abrazaban a
su madre. Ella murió; los habían llevado en una carreta; les pegaban mucho; se
habían perdido. Después recordaban al guardia rural, a la señora de Noaris,
Sorel y esa otra casa en la cual, sin pre¬guntarse por qué, se sentían felices.
Por eso se mostraron dolorosamente asombrados cuando al cabo de ocho meses se
reanudaron las lecciones.
Bouvard se encargó
de la pequeña. Pécuchet del chico. Víctor distinguía las letras, pero no
lograba formar sílabas. Las farfullaba, se detenía de golpe y ponía cara de
idiota. Victorina hacía preguntas. ¿Por qué la ch en "orchestre"
suena como una q y como una k en "archeologie"? Unas veces se tiene
que juntar dos vocales, otras separarlas. Todo eso no es justo. Se indignaba.
Los maestros
enseñaban a la misma hora en sus respec¬tivas habitaciones y como el tabique
era delgado, sus cuatro voces, una aflautada, una profunda y dos agudas
componían un barullo abominable. Para terminar con aquello y estimular a los
chicos por la emulación, se les ocurrió hacerlos trabajar juntos en el museo.
Comenzaron con la escritura.
Los dos alumnos,
uno en cada extremo de la mesa, co¬piaban un modelo. Pero la posición del
cuerpo era mala. Había que corregirlos. Las páginas se les caían, las plumas se
partían, la tinta se derramaba.
Algunos días
Victorina iba bien durante unos cinco minutos, después hacía garabatos y presa
del desaliento permanecía con los ojos clavados en el techo. Víctor no tardaba
en dor¬mirse echado en medio de la mesa.
¿Sufrían, tal vez?
Una tensión demasiado fuerte perjudica a los cerebros jóvenes. –¡Detengámonos!
–dijo Bouvard. Nada tan estúpido como hacer que se aprenda de memoria, pero si
no se ejercita la memoria, ésta se atrofia. Y les machacaron las primeras fábulas
de La Fontaine. Los niños aprobaban a la hormiga que ahorraba, al lobo que se
come al cordero y al león que se queda con todo.
Cada día más
atrevidos, devastaban el jardín. Pero ¿de qué otra manera podían divertirse?
Juan Jacobo, en
Emilio, aconseja al preceptor que haga que el alumno haga sus propios juguetes,
dándole un poco de ayuda sin que lo note. Bouvard no pudo hacer un aro ni
Pécuchet coser una pelota.
Pasaron a los
juegos instructivos como el de los recortes, Pécuchet les mostró su microscopio
y Bouvard, con una vela encendida, dibujaba en la pared una liebre o un cerdo.
El público se cansó.
Algunos autores
exaltan el placer de un almuerzo cam¬pestre o un paseo en barco. ¿Aquello era
practicable, fran¬camente? Fenelón recomienda "una conversación
inocente" de cuando en cuando. ¡Era imposible imaginar una sola!
Volvieron a las
lecciones; la bola de facetas, la caja tipo¬gráfica, todo había fracasado
cuando se les ocurrió una estratagema.
Como Víctor tenía
inclinación por la glotonería, se le en¬señó el nombre de un plato; pronto leyó
de corrido en El cocinero francés. Victorina era coqueta. Le regalarían un
vestido si para conseguirlo le escribía a la costurera. En menos de tres
semanas consumó el prodigio. Aquello supo¬nía fomentar sus defectos, método
pernicioso pero que había dado buen resultado.
Ahora que sabían
leer y escribir ¿qué les enseñarían? Otro inconveniente. Las muchachas no
necesitan saber tanto como los muchachos. ¡No importaba! Generalmente se las
educa como verdaderas tontas y todo su bagaje se limita a unas cuantas sandeces
místicas.
¿Conviene
enseñarles idiomas? El español y el italiano –afirma el Cygne de Cambral– sólo
sirven para leer obras peligrosas. Un motivo así les pareció estúpido. Sin
embargo, Victorina no podría hacer nada con esos idiomas. El inglés, en cambio,
es de uso más común. Pécuchet estudió las re¬glas y enseñaba, con seriedad, la
manera de pronunciar la th, "así, mira ¡the, the, the!".
Pero antes de
instruir a un niño habría que conocer sus aptitudes. Se las adivina por la
frenología. Se zambulleron en ella. Luego quisieron verificar las aserciones en
sus per¬sonas. Bouvard presentaba la protuberancia de la benevo¬lencia, de la
imaginación, de la veneración y la de la energía amorosa, vulgo, erotismo.
En los temporales
de Pécuchet se palpaban la filosofía y el entusiasmo junto a un espíritu
astuto. Esos eran sus caracteres.
Lo que más los
sorprendió fue encontrar, tanto en uno como en otro, la inclinación a la
amistad y encantados con este descubrimiento se abrazaron conmovidos. En
seguida encararon el examen de Marcel.
Su más grande
defecto y que ellos no ignoraban, era su desmedido apetito. No obstante,
Bouvard y Pécuchet queda¬ron aterrorizados al descubrir por sobre el pabellón
de la oreja, a la altura del ojo, el órgano de la "alimentavidad".
Con las años su criado quizás llegara a ser como esa mujer de la Salpétriére
que comía todos los días ocho libras de pan y engulló una vez doce potajes y
otra sesenta tazas de café. Ellos no darían a basto.
Las cabezas de sus
alumnos no tenían nada de curioso. Era posible que las estuvieran examinando
mal. Acrecen¬taron su experiencia de una manera muy simple. Los días de mercado
se mezclaban con los paisanos, en la plaza, entre las bolsas de avena, las canastas
de queso, los ter-neros, los caballos, insensibles a los empujones y cuando
encontraban a un chico con su padre pedían permiso para palpar el cráneo del
niño con propósitos científicos.
La mayoría ni
siquiera les respondía; otros creían que se trataba de una pomada para la tina
y se negaban ofen¬didos y algunos, por indiferencia, se dejaban llevar bajo el
pórtico de la iglesia donde se estaba más tranquilo.
Una mañana, cuando
Bouvard y Pécuchet comenzaban sus manejos, de pronto apareció el cura. Al ver
lo que hacían, acusó a la frenología de conducir al materialismo y. al
fa¬talismo. El ladrón, el asesino, la adúltera, sólo tienen que hacer recaer la
culpa de sus crímenes en sus protuberan¬cias.
Bouvard objetó que
el órgano predispone a la acción, pero que no por ello la impone. El hecho de
que un hombre tenga el germen de un vicio, no es prueba de que será vicioso.
–Por lo demás,
admiro a los ortodoxos. Sostienen que las ideas son innatas y rechazan las
inclinaciones. ¡Qué contradicción!
Pero la frenología,
según el señor Jeufroy, niega la omni¬potencia divina y no quedaba bien
practicarla a la sombra del santo lugar, en frente mismo del altar.
–¡Retírense! ¡No!
¡Retírense!
Se instalaron en lo
de Ganot, el peluquero. Para per¬suadir a los vacilantes Bouvard y Pécuchet
llegaban a pa¬gar a los padres una afeitada o una ondulación.
Una tarde el doctor
fue a hacerse cortar el cabello. Al sentarse en el sillón percibió, reflejados
en el espejo, a los dos frenólogos que paseaban sus dedos por seseras de niños.
–¿Se han metido en
esas tonterías ahora?
–¿Por qué
tonterías?
Vaucorbeil esbozó
una sonrisa desdeñosa, después afirmó que en el cerebro no había varios
órganos. El hecho de que un hombre digiera un alimento que otro no digiere
¿puede hacer suponer que en el estómago haya tantos estómagos como gustos hay?
No obstante, un
trabajo descarga de otro, un esfuerzo intelectual no pone en tensión a todas
las facultades al mismo tiempo. Por lo tanto, cada una tiene un asiento
distinto.
–Los anatomistas no
lo han encontrado –dijo Vaucorbeil. –Porque han hecho mal sus disecciones
–replicó Pécuchet. –¿Cómo?
– ¡Y sí! Cortan
tajadas sin consideración para con las conexiones de las partes. –Había leído
la frase en un libro y ahora la recordaba.
–¡Qué simpleza!
–exclamó el médico. –El cráneo no toma la forma del cerebro, lo exterior de lo
interior. Gail se equivoca y yo los desafío a probar su doctrina con tres
personas tomadas al azar aquí mismo.
La primera fue una
campesina de grandes ojos azules. Pécuchet la observó y dijo: –Tiene mucha
memoria.
Su marido confirmó
lo dicho y se ofreció él mismo para la exploración.
–¡Ah, usted, mi
amigo, es un hombre difícil de manejar! Según los demás no había en el mundo un
testarudo igual. El tercer experimento se hizo con un niño al que acom¬pañaba
su abuela.
Pécuchet dijo que
debía gustarle la música. –¡Ya lo creo! –dijo la buena mujer–. ¡Muéstrales a
esos señores para que vean!
Sacó de entre su
blusa una armónica y comenzó a soplar en ella. Se oyó un estruendo. Era la
puerta, golpeada con violencia por el médico que se iba. Ya no dudaron de sí
mismos. Llamaron a sus dos alumnos y reanudaron el análisis de sus cajas
craneanas.
La de Victorina
era, en términos generales, lisa, señal de ponderación, pero su hermano tenía
un cráneo deplo¬rable. Una eminencia muy marcada en el ángulo mastoideo de los
parietales indicaba el órgano de la destrucción, del crimen; y más abajo, tenía
un abultamiento que era señal de codicia y robo. Bouvard y Pécuchet estuvieron
tristes durante ocho días.
Hay que comprender
el sentido de las palabras. Lo que se llama combatividad entraña el desdén por
la muerte. Si comete homicidios, puede también hacer salvamentos. El afán de
posesión supone tanto la astucia de los rateros como el ímpetu de los comerciantes.
La irreverencia va de par con el espíritu de crítica, la sagacidad con la
cir¬cunspección. Un instinto se desdobla siempre en dos par¬tes, una mala y una
buena; se destruirá a la segunda fo¬mentando a la primera y con este método, un
niño audaz, lejos de convertirse en un bandido, llegará a general. El flojo
será sólo prudente, el avaro, ahorrativo y él pródigo, generoso.
Un sueño magnífico
los absorbió. Si llevaban a buen término la educación de sus alumnos, fundarían
un esta¬blecimiento cuya finalidad sería encarrilar la inteligencia, templar
los caracteres, ennoblecer el corazón. Ya hablaban de las suscripciones y del edificio.
Su triunfo en lo de
Ganot los había hecho célebres y la gente iba a consultarlos para que les
dijesen cuáles eran sus posibilidades para el futuro.
Y desfilaron
cráneos de todos los tipos, con forma de bola, de pera, de panes de azúcar,
cuadrados, alargados, estrechos, chatos, con mandíbulas de buey, con caras de
pájaro, ojos de cerdo. Tanta gente molestaba al peluquero en su trabajo. Los
codos rozaban la vitrina de los perfu-mes, le desordenaban los peines,
quebraron el lavabo y por fin echó afuera a todos los aficionados y les rogó a
Bou¬vard y Pécuchet que los siguieran, ultimátum que aceptaron sin chistar,
pues ya estaban un poco fatigados de la craneoscopía.
Al día siguiente,
cuando pasaban por frente al jardín del capitán, vieron conversando con él a
Girbal, Coulon, al guardia rural y a su hijo menor, Zéphyrin, vestido de
mo¬naguillo. Su traje era completamente nuevo y se paseaba así vestido antes de
devolverlo a la sacristía; todos lo fe-licitaban.
Placquevent rogó a
los señores que palpasen a su mu¬chacho, curioso por saber qué dirían.
La piel de la
frente parecía tensa. La nariz delgada, muy cartilaginosa en la punta, caía en
línea oblicua sobre los labios fruncidos; el mentón era puntiagudo, la mirada
hui¬diza, el hombro derecho demasiado alto.
–Quítate el gorro
–le dijo su padre.
Bouvard pasó las
manos por su cabellera color de paja y luego le llegó el turno a Pécuchet; se
comunicaron en voz baja sus observaciones.
–Biofilia evidente.
¡Ah, ah, la aprobativida! Concienciosidad ¡ausente! Amatividad ¡nula!
–¿Y bien? –dijo el
guardia rural.
Pécuchet abrió su
tabaquera y aspiró una pizca.
–¡Nada de bueno!
¿Eh?
–A decir verdad
–respondió Bouvard– no es nada ex¬traordinario.
Placquevent
enrojeció de humillación.
–De todos modos,
hará mi voluntad.
– ¡Oh, oh!
–¡Pero soy su
padre, por Dios, y tengo derecho a...!
–Hasta cierto punto
–respondió Pécuchet.
Girbal intervino.
–La autoridad
paterna es inobjetable.
–¿Y si el padre es
un idiota?
–No importa –dijo
el capitán–, no por eso su poder es menos absoluto.
–Por el bien de los
hijos –agregó Coulon.
Según Bouvard y
Pécuchet, éstos no debían nada a los autores de sus días, y los padres, al
contrario, debían darles instrucción, alimento, cuidados, en fin ¡todo!
Los burgueses se
indignaron ante aquella opinión inmoral. Placquevent estaba tan herido como si
se lo hubiese Insultado.
–¡Como si fueran
gran cosa los que ustedes recogen de la calle! ¡Así llegarán lejos! Tengan
cuidado.
–¿Cuidado de qué?
–dijo con acritud Pécuchet.
–¡Oh, yo no tengo
miedo de ustedes!
–Ni yo tampoco.
Intervino Coulon,
apaciguó al guardia rural y lo hizo ale¬jarse.
Durante algunos
minutos permanecieron todos en silencio.
Después se habló de
las dalias del capitán, quien no dejó que nadie se fuera sin habérselas
mostrado una por una.
Bouvard y Pécuchet
volvían a su casa cuando vieron, a cien pasos delante de ellos, a Placquevent,
y al lado de él a Zéphyrin que levantaba el brazo a modo de escudo para
protegerse de las bofetadas.
Lo que acababan de
oír expresaba, con otras palabras, las ideas del señor conde; pero el ejemplo
de sus alumnos probaría cómo la libertad es mejor que la coacción. Un poco de
disciplina, sin embargo, es necesaria.
Pécuchet colgó en
el museo un pizarrón para las demos¬traciones; llevarían un diario en el cual
las acciones del niño se anotarían a la noche y serían leídas al día siguiente.
Todo se haría al toque de campana. Como Dupont de Nemours, emplearían en primer
término la autoridad pa¬ternal, después la autoridad militar. Se prohibió el
tuteo.
Bouvard trató de
enseñarle aritmética a Victorina. A veces él se equivocaba y los dos reían;
después ella lo besaba en el cuello, donde no tenía barba y le pedía que la
dejara salir; él la dejaba.
A la hora de las
lecciones, por más que Pécuchet tiraba de la campana y gritaba por la ventana
sus órdenes mi¬litares, el muchacho no acudía. Siempre llevaba las me¬dias
caídas hasta los tobillos; se metía los dedos en la nariz aun cuando estaba en
la mesa y no retenía sus gases. Broussais, en estos casos, prohibe las
reprimendas, "pues se han de atender los requerimientos de un instinto
con¬servador".
Victorina y él
empleaban un lenguaje espantoso. Decían mi tamben en lugar de "yo
también", biber en lugar de "beber", eia por "ella",
aua por "agua". Pero como los niños no pueden entender la gramática
sino que la aprenden al oír hablar correctamente, los dos hombres cuidábanse al
hablar hasta el punto de sentirse incómodos.
Sus opiniones en lo
que atañe a geografía eran diferen¬tes. Bouvard pensaba que era más lógico
comenzar por la comuna y Pécuchet por la totalidad del mundo.
Con una regadera y
arena quiso demostrar lo que eran un río, una isla, un golfo y hasta sacrificó
tres arriates para los tres continentes, pero los puntos cardinales no entraban
en la cabeza de Víctor.
Una noche de enero
Pécuchet lo llevó a campo abierto. Durante la caminata le hablaba de
astronomía, los navegantes la utilizan en sus viajes, Cristóbal Colón, sin
ella, no hubiera hecho su descubrimiento. Debemos estarles agradecidos a
Copérnico, Galileo, Newton.
Caía una fuerte
helada y en el azul negro del cielo relu¬cían una infinidad de luces.
Pécuchet levantó
los ojos. ¿Cómo? No estaba la Osa Mayor. La última vez que la había visto
estaba del otro lado. Por fin la encontró y luego mostró la estrella polar,
siempre al Norte y por la cual uno se orienta.
Al día siguiente
puso un sillón en medio del salón y comenzó a bailar alrededor de él.
–Imagina que este
sillón es el sol y que yo soy la tierra. Esta se mueve así. Víctor lo
contemplaba lleno de asombro. Después tomó una naranja y la atravesó con una
varilla para marcar los polos y le hizo un trazo circular con carbón para
señalar el ecuador. Después de lo cual paseó a la naranja alrededor de una vela
haciendo notar que todos los puntos de la superficie no eran iluminados
simultánea¬mente, lo cual produce la diferencia de climas, y para las
diferentes estaciones inclinó la naranja, pues la tierra no se mantiene
derecha, lo cual produce los equinoccios y los solsticios.
Víctor no había
comprendido nada. El creía que la tierra giraba alrededor de una larga aguja y
que el ecuador era un anillo que ceñía su circunferencia.
Valiéndose de un
atlas Pécuchet le describió Europa, pero deslumbrado por tantas líneas y
colores no podía recordar los nombres. Los ríos y las montañas no con¬cordaban
con los reinos, el orden político enredaba el orden físico.
Pudiera ser que
todo aquello se aclarara cuando se estu¬diara historia.
Hubiera sido más
práctico comenzar por el pueblo, des¬pués continuar por el distrito, el
departamento y la pro¬vincia. Pero dado que Chavignolles carecía de anales,
había que atenerse a la Historia Universal.
Está tan recargada
de temas que sólo se deben tomar en cuenta sus bellezas. En la griega tenemos
el "Combatire¬mos a la sombra", el envidioso que desterró a Arístides
y la confianza de Alejandro en su médico; en la romana, las ocas del Capitolio,
el trípode de Scevola, el tonel de Regulus. El lecho de rosas de Guatimozin es
muy impor¬tante para América. En cuanto a Francia, tenemos el vaso de Soissons,
el roble de San Luis, la muerte de Juana de Arco, la gallina en la olla del
Beamés, hay de sobra para elegir. Sin contar el "¡A mí, los de
Auvergne!" y el nau¬fragio del Vengeur.
Víctor confundía
los nombres, los siglos y los países.
Pécuchet, sin
embargo, no iba a meterlo en considera¬ciones sutiles y la masa de los hechos
es un verdadero laberinto.
Se dedicó entonces
a la nomenclatura de los reyes de Francia, pero Víctor los olvidaba pues no
conocía las fe¬chas. Y si la mnemotecnia de Dumouchel no les había servido a
ellos ¡cómo podía serle útil a él! Conclusión: la historia sólo puede
aprenderse leyendo mucho. Eso harían.
El dibujo es útil
en una cantidad de circunstancias. Ahora bien: Pécuchet tuvo la osadía de
enseñarlo él mismo, con modelos del natural y encarando en primer lugar el
paisaje. Un librero de Bayeux les envió papel, goma, dos carpetas, lápices y
fijador para sus obras las que, enmarcadas y bajo vidrio, adornarían el museo.
Se levantaban al
alba, echaban a andar con un pedazo de pan en el bolsillo y mucho tiempo se les
iba buscando un buen lugar. Pécuchet quería reproducir al mismo tiem¬po el
terreno que pisaba, el más remoto horizonte y las nubes. Pero lo lejano
dominaba siempre los primeros pla¬nos; el río rodaba desde el cielo, el pastor
caminaba por sobre el rebaño, un perro dormido parecía correr. El, por su
parte, desistió.
Recordó haber leído
esta definición: "El dibujo se com¬pone de tres cosas: la línea, el grano
y el graneado fino, además del toque; pero el toque sólo el maestro puede
darlo". Y rectificaba las líneas, colaboraba en el grano, vigilaba el
graneado fino y esperaba la ocasión de dar el toque, pero éste no llegaba nunca
por lo incomprensible que era el paisaje del alumno.
Su hermana,
perezosa como él, bostezaba frente a la tabla de Pitágoras. La señorita Reine
le enseñaba a coser y cuando hilvanaba la ropa blanca levantaba los dedos con
tanta gracia que Bouvard no se atrevía a atormentarla con su lección de
aritmética. Uno de esos días volverían a ella.
No cabe duda de que
la aritmética y la costura son ne¬cesarias en un hogar. Pero es cruel, objetó
Pécuchet, edu¬car a las niñas teniendo como mira exclusiva el marido que
tendrán. Todas no están destinadas al himeneo y si se quiere que con el tiempo
no tengan que depender de los hombres, habrá que enseñarles muchas cosas.
Se puede inculcar
las ciencias valiéndose de los motivos más corrientes. Se podía decir, por
ejemplo, qué era el vino, y una vez dada la explicación, Víctor y Victorina
de¬berían repetirla. Lo mismo se hizo con las especias, los muebles, la
iluminación; pero la luz, para ellos, era la lám¬para, y ésta no tenía nada en
común con la chispa de un guijarro, la llama de una vela o la claridad de la
luna.
Un día Victorina
preguntó por qué ardía la madera. Sus maestros se miraron confundidos. La
teoría de la com¬bustión los rebasaba.
Otra vez, Bouvard,
desde la sopa hasta el queso habló de los elementos nutricios y dejó
boquiabiertos a los chicos con la fibrina, la caseína, la grasa y el gluten.
En seguida Pécuchet
quiso explicarles cómo se renueva la sangre y se enredó con la circulación.
El dilema no es
fácil. Si se toman los hechos como punto de partida, lo más simple requiere
razones demasiado complicadas y si se comienza por los principios, se em¬pieza
por lo Absoluto, la Fe.
¿Cómo resolverlo?
¿Combinar las dos enseñanzas, la racional y la empírica? Pero ¿un doble medio
que tiende a un fin único no es lo contrario del método? ¡Ah, qué se le iba a
hacer!
Para iniciarlos en
la historia natural intentaron algunos paseos científicos.
–Ves –decían
mostrando un asno, un caballo, un buey– los animales de cuatro patas son
cuadrúpedos. Los pájaros tienen plumas, los reptiles escamas y las mariposas
perte¬necen a la clase de los insectos.
Tenían una red para
cazarlas y Pécuchet, tomando al animalito con delicadeza, les hacía observar
las cuatro alas, las seis patas, las dos antenas y la trompa ósea que aspira el
néctar de las flores.
Recogía hierbas
medicínales en los bordes de las zanjas y decía sus nombres o los inventaba,
para conservar el prestigio. Por otra parte, la nomenclatura es lo menos
im¬portante de la botánica.
Escribió este
axioma en el pizarrón: "Toda planta tiene hojas, un cáliz y una corola que
encierra un ovario o peri¬carpio que contiene la semilla".
Después ordenó a
sus alumnos que herborizaran a la ventura en el campo.
Víctor trajo
botones de oro, especie de ranúnculos cuya flor es amarilla. Victorina un
manojo de gramíneas. Se buscó en vano un pericarpio.
Bouvard, que
desconfiaba de su saber, revolvió toda la biblioteca y descubrió en El temido
por las damas el di¬bujo de una rosa; el ovario no estaba ubicado en la corola
sino debajo de los pétalos.
–Es una excepción
–dijo Pécuchet.
Encontraron una
rubiácea que no tiene cáliz. Por lo tanto, el principio postulado por Pécuchet
era falso.
En su jardín había
tuberosas todas sin cáliz.
–¡Un descuido! La
mayoría de las liliáceas no lo tienen.
Pero por azar
vieron una cherarda (descripción de la plan¬ta) y tenía cáliz.
¡Bueno, vamos! Si
ni siquiera las excepciones son verda¬deras ¿en quién confiar?
Un día, en uno de
sus paseos, oyeron gritos de pavos reales, echaron una mirada por sobre el muro
y en un primer momento no reconocieron su granja. El granero tenía un techo de
pizarra, las vallas eran nuevas, los caminos es¬taban empedrados. Apareció don
Gouy. –¡No es posible! ¿Son ustedes?
¡Cuántas cosas
habían sucedido en esos tres años, la muerte de su mujer, entre otras! En
cuanto a él, estaba siempre como un roble. –Pero... ¡pasen un minuto!
Estaban a
principios de abril y los manzanos en flor ali¬neaban sus penachos blancos y
rosas en las tres casuchas; en el cielo, color de satín blanco, no había una
nube; man¬teles, sábanas y servilletas pendían verticalmente, fijadas con
broches de madera en cuerdas tensas. Don Gouy las levantaba para pasar cuando
de pronto se encontraron con la señora Bordin, con la cabeza descubierta y en
camisa; Marianne le alcanzaba paquetes de ropa blanca a brazos llenos.
–¡Vuestra
servidora, señores! ¡Están en su casa! Yo voy a sentarme ¡estoy molida! El
granjero propuso a todos beber un vaso. –¡No por el momento! –dijo ella–. Tengo
demasiado calor.
Pécuchet aceptó y
fue hacia la bodega con don Gouy, Marianne y Víctor.
Bouvard se sentó en
el suelo, al lado de la señora Bordin. El recibía su renta con puntualidad, no
tenía de qué que¬jarse, ya no sentía resentimiento.
La intensa luz
iluminaba su perfil, uno de sus bandos le caía hasta muy abajo y los rizos de
su nuca se pegaban a su piel ambarina, húmeda de sudor. Cada vez que respiraba
sus pechos se alzaban. El perfume de la hierba se mez¬claba con el buen olor de
su carne firme y Bouvard sintió renacer un ardor que lo colmó de alegría.
Entonces le hizo cumplimientos por su propiedad.
A ella le encantó
aquello y habló de sus proyectos. Para agrandar los corrales derribaría las
vallas.
Victorina, en ese
momento, trepaba la loma y recogía prímulas, jacintos y violetas, sin temor por
un viejo caballo que pacía más abajo.
–¿No es cierto que
es simpática? –dijo Bouvard. –¡Sí! ¡Es simpática, una muchachita! –Y la viuda
exhaló un suspiro que parecía expresar el largo pesar de toda una vida.
–Usted hubiera
podido tener una. Ella bajó la cabeza. –Dependió sólo de usted. –¿Cómo?
El la miró de tal
manera que ella enrojeció, como bajo la sensación de una caricia brutal, pero
en seguida, abani¬cándose con su pañuelo respondió: –Usted perdió el coche,
querido. –No comprendo. –Y sin levantarse, él se acercaba. Ella lo miró de
arriba a abajo por mucho tiempo; después, sonriente y con las pupilas húmedas
dijo: –¡Usted tuvo la culpa!
Las sábanas,
alrededor, los encerraban como las cortinas de un lecho.
El se inclinó
apoyado en el codo, rozándole las rodillas con el rostro. –¿Por qué, eh? ¿Por
qué?
Y como ella callaba
y él se encontraba en un estado en que los juramentos no cuestan nada, trató de
justificarse, se recriminó locura, orgullo.
–¡Perdón! ¡Será
como antes!... ¿Quiere?
Le había tomado la
mano, que ella le abandonaba.
Un brusco soplo de
viento levantó las sábanas y vieron dos pavos reales, un macho y una hembra. La
hembra se mantenía inmóvil, con las patas flexionadas y la cola al aire. El
macho se paseaba alrededor de ella, desplegaba su cola en abanico, se pavoneaba,
cloqueaba, hasta que le saltó encima, dejando caer su plumaje que la cubrió
como un manto. Y los dos grandes pájaros temblaron, agitados por un mismo
estremecimiento.
Bouvard lo sintió
en la palma de la señora Bordin. Ella se desprendió rápidamente. Delante de
ellos, boquiabierto y como petrificado estaba el joven Víctor mirándolos. Un
poco más lejos, Victorina, echada de espaldas bajo el sol, olía todas las
flores que había recogido.
El viejo caballo,
asustado por los pavos reales, rompió de una coz una de las cuerdas, se enredó
las patas en ella, y galopando por los tres patios arrastró la ropa tras él.
Marianne acudió a
los gritos de furia de la señora Bordin. Don Gouy insultaba a su caballo.
– ¡Mancarrón de
porquería! ¡Burro! Ladrón.
Y le daba puntapiés
en la panza y le golpeaba las orejas con el mango del látigo.
A Bouvard lo
indignó ver golpear a un animal.
El campesino
respondió:
–¡Tengo derecho!
¡Me pertenece!
No era una razón. Y
Pécuchet, que apareció en ese mo¬mento, agregó que los animales también tienen
sus dere¬chos, pues tienen un alma, como nosotros, si es que la nuestra existe.
–¡Es usted un
impío! –exclamó la señora Bordin.
Tres cosas la
exasperaban, el lavado que debía hacerse otra vez, el ultraje a sus creencias y
el temor de haber sido entrevista hacía un momento en una postura sospechosa.
–¡La creía más
fuerte! –dijo Bouvard.
Ella respondió
magistralmente:
–¡No me gustan los
licenciosos!
Y Gouy les echó en
cara el haber arruinado a su caballo, que sangraba por los ollares. Masculló en
voz baja:
–¡Malditos pájaros
de mal agüero! ¡Iba a caparlo cuando llegaron!
Los dos hombres se
retiraron encogiéndose de hombros. Víctor les preguntó por qué se habían
enojado con Gouy.
–Abusa de su fuerza
y eso está mal.
–¿Por qué está mal?
¿Los chicos no
tenían ninguna idea de lo que era justo? Tal vez no.
Y a la noche,
Pécuchet, con Bouvard a su derecha, con algunas notas en la mano y con sus
alumnos enfrente, co¬menzó un curso de moral.
Esta ciencia nos
enseña a gobernar nuestros actos. Estos tienen dos motivos, el placer y el
interés; y un tercero más imperioso aún, el deber.
Los deberes se
dividen en dos clases. Primo, los debe¬res para con nosotros mismos, los cuales
consisten en cui¬dar nuestro cuerpo y protegernos de todo daño. Eso lo
entendían perfectamente. Secondo, los deberes para con los demás, es decir, ser
siempre leal, bueno y hasta fraternal, pues el género humano es todo una gran
familia. Con fre¬cuencia nos agrada una cosa que perjudica a nuestros
seme¬jantes; el interés difiere del Bien, pues el Bien es de por sí
irreductible. Los niños no comprendían. Dejó para la próxima vez la sanción de
los deberes.
A todo esto, según
Bouvard, no había definido el Bien.
–¿Cómo quieres
definirlo? Se lo siente.
Si así fuera las
lecciones de moral servirían sólo para la gente con sentido moral; y el curso
de Pécuchet se inte¬rrumpió.
Hicieron que sus
alumnos leyeran historietas que inspi¬raran el amor por la virtud. A Víctor lo
aburrieron.
Para estimular su
imaginación, Pécuchet colgó en las pa¬redes de su pieza láminas en las que se
describía la vida del Hombre Bueno y la del Hombre Malo. El primero, Adolfo,
besaba a su madre, estudiaba alemán, ayudaba a un ciego y era admitido en la
Escuela Politécnica. El malo, Eugenio, comenzaba por desobedecer a su padre,
tenía una riña en un café, le pegaba a su esposa, se caía de borracho, rom¬pía
un armario y un último cuadro lo representaba en el presidio, donde un señor al
cual acompañaba un muchacho decía señalándolo: "Ves, hijo mío, los
peligros de la mala conducta".
Pero para los niños
el porvenir no existe. En vano se les predicaba, hasta saturarlos, esta máxima:
el trabajo es ho¬norable y los ricos, a veces, son desdichados. Ellos habían
conocido a trabajadores a los cuales nadie honraba y recor¬daban el castillo donde
la vida parecía buena. Los supli¬cios del remordimiento les eran descritos de
manera tan exagerada que les parecían broma y desconfiaban de todo lo demás.
Se intentó
convencerlos habiéndoles del sentido del ho¬nor, de la opinión pública y del
sentimiento de gloria, se alabó a los grandes hombres, sobre todo a los hombres
útiles, como Belzunce, Franklin, Jacquard. Víctor no mani¬festaba ningún deseo
de parecérseles.
Un día que había
hecho una suma sin errores, Bouvard cosió en su chaqueta una cinta que
simbolizaba la cruz de honor. Se pavoneó con ella; pero olvidó la muerte de
En¬rique IV y Pécuchet le puso un bonete de burro. Víctor co¬menzó a rebuznar
con tanta fuerza y durante tanto tiempo que hubo que quitarle sus orejas de
cartón.
Su hermana, como
él, se sentía halagada por los elogios y era indiferente a los reproches.
Con el propósito de
hacerlos más sensibles les dieron un gato negro para que cuidaran y les dieron
dos o tres suel¬dos para que dieran limosna. La imposición les pareció
antipática; el dinero que les daban era de ellos.
Aviniéndose a un
deseo de los pedagogos llamaban a Bouvard "tío" y a Pécuchet
"amigo", pero los tuteaban y la mitad de las lecciones, generalmente,
se iba en discusiones.
Victorina abusaba
de Marcel. Se subía a sus espaldas, le tiraba de los cabellos, para burlarse de
su labio leporino hablaba con la nariz como él y el pobre hombre no se atre¬vía
a quejarse pues quería mucho a la chica. Una noche su voz ronca resonó extraordinariamente
fuerte. Bouvard y Pé¬cuchet fueron a la cocina. Los dos alumnos miraban el
fogón y Marcel, juntando las manos, clamaba:
–¡Sáquenlo! ¡Es
demasiado, es demasiado!
La tapa de la
cacerola saltó como un obús que estalla. Una masa grisácea saltó hasta el
cielorraso, después co¬menzó a girar en redondo frenéticamente, lanzando gritos
abominables.
Reconocieron al
gato, flaco, sin pelo, con la cola como un cordón. Los ojos se le salían de las
órbitas, lechosos, como vaciados y sin embargo miraban.
El horrible animal
no dejaba de dar alaridos; se precipitó hacia la chimenea, desapareció, luego
cayó en medio de las cenizas, inerte.
Era Víctor quien
había cometido esa atrocidad y los dos hombres retrocedieron pálidos de
estupefacción y de horror. A los reproches que se le hicieron respondió como el
guardia rural por lo de su hijo y como el granjero por lo de su caballo.
– ¡Y bueno, si es
mío!
Sin miramientos,
con ingenuidad, con la placidez de un instinto saciado.
El agua hirviente
de la cacerola se había derramado en el suelo y las baldosas estaban sembradas
de cacerolas, te¬nazas para el fuego, candelabros. A Marcel le llevó algún
tiempo limpiar la cocina y sus amos enterraron al pobre gato en el jardín, en
la pagoda.
En seguida Bouvard
y Pécuchet hablaron largamente de Víctor. La sangre paterna se manifestaba.
¿Qué hacer? De¬volverlo al señor de Faverges o confiarlo a otros sería una
confesión de impotencia. Pudiera ser que se enmendara un poco. ¡Daba lo mismo!
La esperanza era dudosa y la ter¬nura ya no existía. Qué placentero es tener al
lado de uno un adolescente interesado por nuestras ideas, al cual se ve
progresar y que con el tiempo se convierte en un hermano. Pero a Víctor le
faltaba inteligencia y más aun, corazón. Y Pécuchet suspiró, con la rodilla
entre sus manos unidas.
–La hermana no es
mejor –dijo Bouvard.
Imaginaba una chica
de unos quince años, de alma deli¬cada, de humor jovial, que adornara la casa
con la elegancia de su juventud y como si hubiese sido su padre y ella hubiese
muerto, el buen hombre lloró.
Después, tratando
de disculpar a Víctor, alegó la opinión de Rousseau: el niño no tiene
responsabilidad, no puede ser moral ni inmoral.
Pero aquellos,
según Pécuchet, estaban en edad de dis¬cernir y estudiaron los medios de
corregirlos.
Para que un castigo
sea bueno, dijo Bentham, debe ser proporcionado a la falta, su consecuencia
natural. ¿El niño ha roto un vidrio? No se lo reemplazará. Que sufra el frío.
Si sin tener apetito pide repetir un plato, sírvaselo; una indigestión hará que
se arrepienta pronto. ¿Es perezoso? Que no haga nada. El hastío mismo lo hará
reaccionar.
Pero Víctor no
sufriría de frío, su temperamento le per¬mitía resistir excesos y la holganza
le gustaría.
Adoptaron el
sistema inverso, el castigo medicinal. Le aplicaron correctivos, pero se mostró
más perezoso. Lo pri¬varon de dulces, pero su glotonería aumentó.
Tal vez se
consiguiera algo con la ironía. En una ocasión cuando había ido a comer con las
manos sucias, Bouvard se burló de el, lo llamó buen mocito, petimetre,
lechuguino. Víctor escuchaba con la cabeza gacha, palideció de repente y arrojó
su plato a la cabeza de Bouvard; después, furioso por haber fallado, se
precipitó sobre él. No eran demasiados tres hombres para contenerlo. Se
revolcaba en el suelo, trataba de morder. Pécuchet lo regó de lejos con una
jarra y en seguida se calmó, pero quedó ronco por tres días. El método no era
bueno.
Adoptaron otro. Al
menor síntoma de cólera lo trataban como un enfermo y lo acostaban en su lecho.
Allí Víctor se sentía bien y cantaba.
Un día encontró en
la biblioteca un viejo coco y había comenzado a partirlo cuando apareció
Pécuchet.
–¡Mi coco!
¡Era un recuerdo de
Dumouchel! Lo había llevado de París a Chavignolles, levantó los brazos
indignado. Víctor se echó a reír. El "amigo" no aguantó más y con un
ampuloso tor¬tazo lo mandó rodando hasta el fondo de la pieza. Después,
temblando de emoción, fue a quejarse a Bouvard.
Bouvard le hizo
reproches.
–¡Tú y tu coco; qué
tonto eres! Los golpes embrutecen, el terror exaspera. ¡Te degradas tú mismo!
Pécuchet objetó que
los castigos corporales son a veces indispensables. Pestalozzi los empleaba; y
el célebre Mélanchthon confiesa que sin ellos no hubiese aprendido nada.
Pero ha habido
niños a los cuales castigos crueles han llevado al suicidio; se han dado casos.
Víctor se había
atrincherado en su pieza. Bouvard parla¬mentó desde atrás de la puerta y para
hacer que abriera le prometió una tarta de ciruelas. Desde entonces el
mu¬chacho empeoró.
Quedaba un método,
preconizado por Dupanloup: "la mi¬rada severa". Trataron de
imprimirle a sus rostros un as¬pecto terrible pero no consiguieron nada.
–Lo único que nos
queda por probar es la religión –dijo Bouvard.
Pécuchet puso el
grito en el cielo. La habían desterrado de su programa.
Pero el
razonamiento no satisface todas las necesidades. El corazón y la imaginación
quieren otra cosa. Lo sobrena¬tural, para muchas almas, es indispensable, y
resolvieron enviar a los niños al catecismo.
Reine se ofreció
para llevarlos. Volvió a visitar la casa y se hacía querer por sus suaves
modales. Victoriana cambió de repente, se mostró reservada, melosa, se
arrodillaba ante la Virgen, admiraba el sacrificio de Abraham, se burlaba con
desdén de sólo oír la palabra protestante.
Dijo que le habían
prescrito el ayuno. Se informaron y no era cierto. El día de Corpus las
violetas de un cantero desaparecieron y fueron a decorar la imagen; ella negó
des¬caradamente haberlas cortado. En otra ocasión tomó veinte sueldos a Bouvard
y los dejó en el plato del sacristán. De ello dedujeron que moral y religión
son cosas diferentes; cuando aquella tiene a ésta como única base, su
importan¬cia es secundaria.
Una noche, cuando
estaban cenando, entró el señor Marescot. Víctor escapó inmediatamente.
El notario se negó
a sentarse y contó lo que lo llevaba. El joven Touache había golpeado, casi
hasta matarlo, a su hijo.
Como se conocían
los orígenes de Víctor y además él era desagradable, los otros chicos lo
llamaban Presidiario. Hacía un rato le había pegado al señor Arnold Marescot
una violenta paliza. El querido Arnold llevaba marcas de la refriega en la
cara.
–Su madre está
desesperada, su traje hecho jirones, su salud en peligro ¿adonde vamos a
llegar?
El notario exigió
un castigo riguroso y que Víctor no fuese más a catecismo para prevenir nuevas
colisiones.
Bouvard y Pécuchet,
aunque heridos por su tono arrogante, le prometieron todo lo que quería,
aflojaron.
¿Víctor había sido
impelido por un sentimiento de honor o por venganza? En todo caso, no era un
cobarde.
Pero su brutalidad
los asustó. La música suaviza los ca¬racteres. A Pécuchet se le ocurrió
enseñarle solfeo.
A Víctor le costó
mucho leer las notas de corrido, no confundir los términos adagio, presto,
sforzando. Su maes¬tro se afanó en enseñarle la gama, el acorde perfecto, la
diatónica, la cromática y las dos clases de intervalos, lla¬mados mayor y
menor.
Le hizo pararse muy
derecho, con el pocho saliente, la boca muy abierta y, para instruir con el
ejemplo, cantó con voz de falsete. A Víctor la voz le salía penosamente de la
laringe de tanto que la contraía y cuando después de una pausa debía retomar el
compás, siempre lo hacía en seguida o demasiado tarde.
Pécuchet, sin
embargo, encaró el canto a dos voces. Tomó una varita para servirse de ella a
modo de arco y movía su brazo magistralmente, como si hubiese tenido una
or¬questa delante; pero ocupado por dos tareas al mismo tiem¬po, equivocaba el
tiempo; su error hacía que el alumno cometiera otros y con los ojos clavados en
el pentagrama, frunciendo las cejas, tensos los músculos de sus cuellos,
continuaban a la ventura hasta el final de la página. Por fin Pécuchet le dijo
a Víctor:
–No estás
precisamente a un paso de brillar en los or¬feones. –Y abandonó la enseñanza de
la música–. Locke, por otra parte, puede tener razón: la música determina
com¬pañías tan disolutas que más vale ocuparse de otra cosa. Sin pretender
hacer de él un escritor, sería conveniente para Víctor que supiera, por lo
menos, pergeñar una carta. Una idea los detuvo. El estilo epistolar no puede
enseñarse, pues pertenece con exclusividad a las mujeres.
Después pensaron en
meterle en su memoria algunos tro¬zos de literatura, pero como vacilaban acerca
de cuáles, consultaron la obra de la señora Campan. Esta recomienda la escena
de Eliacin, los coros de Esther, y Jean Baptiste Rousseau entero.
Es un poco viejo.
En cuanto a las novelas, las prohibe, pues según dice pintan al mundo con tonos
demasiado favo¬rables.
No obstante,
permite Clarisse Harlowe y El padre de fa¬milia, por miss Opie. ¿Quién es esa
miss Opie?
No encontraron su
nombre en la Biografía Michaud. Que¬daban los cuentos de hadas.
–Van a pretender
castillos de diamantes –dijo Pécuchet. La literatura desarrolla el espíritu
pero exalta las pasiones. Victorina fue expulsada del catecismo debido a las
suyas. ¡La habían sorprendido abrazando al hijo del notario! ¡Y Reine no
bromeaba! Su rostro estaba serio bajo su gorro plisado. Después de semejante
escándalo ¿como retener a una muchacha tan corrompida?
Bouvard y Pécuchet
trataron al cura de viejo idiota. Su criada lo defendió. Ellos le respondieron
y ella se fue re¬volviendo sus ojos terribles y mascullando: –¡Los conocemos;
los conocemos!
Victorina,
efectivamente, le había cobrado cariño a Arnold, pues lo encontraba muy lindo
con su cuello bordado, su chaqueta de terciopelo, sus cabellos que olían bien y
le llevaba flores, hasta que fue denunciada por Zéphyrin.
¡Qué tontería esa
aventura! Los dos niños eran de una inocencia perfecta.
¿Era necesario
enseñarles el misterio de la generación? –No veo en ello ningún mal –dijo
Bouvard–. El filósofo Basedow lo explicaba a sus alumnos, ateniéndose, no
obs¬tante, al embarazo y al nacimiento.
Pécuchet pensaba de
manera diferente. Víctor comenzaba a preocuparlo.
Sospechaba que
había contraído una mala costumbre. ¿Y por qué no? Hombres muy serios la
conservan durante toda su vida y se dice que el Duque de Angulema era muy
afecto a ella. Interrogó a su discípulo de tal manera que le sugirió ideas y
poco tiempo después ya no cupo ninguna duda.
Entonces lo llamó
criminal y como remedio quiso hacerle leer Tissot. Esa obra maestra, según
Bouvard, es más per¬niciosa que útil.
Mejor sería
inspirarle un sentimiento poético. Aimé Mar¬tin refiere que una madre, en
parecidas circunstancias, le prestó La nueva Eloísa a su hijo, "y para
hacerse digno del amor, el joven se lanzó por el camino de la Virtud".
Pero Víctor no era
capaz de soñar con un ángel.
–¿Y si en todo caso
lo llevásemos a una casa de señoras?
Pécuchet manifestó
su horror por las mujeres públicas. Bouvard lo consideraba idiota y hasta llegó
a hablar de hacer un viaje al Havre ex profeso.
–Pero ¿te das
cuenta? ¡Nos verían entrar!
–¡Entonces cómprale
un aparato!
– ¡El de la
ortopedia a lo mejor cree que es para mí! –dijo Pécuchet.
Lo conveniente
hubiera sido un placer emocionante como la caza; habría que gastar en un fusil
y en un perro. Pre¬firieron fatigarlo con ejercicios y comenzaron a correr por
el campo.
El chico se les
escapaba. Aunque se turnaban ya no daban más y cuando llegaba la noche no les
quedaban fuerzas ni para sostener el diario.
Mientras esperaban
a Víctor charlaban con los que pasaban y por necesidad de ejercer la pedagogía
trataban de ense–arles higiene, deploraban el despilfarro de las aguas y el
derroche de abonos.
Llegaron a
inspeccionar a las nodrizas y a indignarse por el régimen de sus nenes. Unas
los llenaban de sémola, lo que los hacía languidecer de debilidad. Otras los
atiborra¬ban con carne antes de los seis meses y así revientan indigestados.
Muchas los limpian con su propia saliva, todas los tratan con brutalidad.
Cuando veían en una
puerta un búho crucificado entraban en la granja y decían:
–Están equivocados;
esos animales viven de ratas y de bichos. En el estómago de una lechuza
llegaron a encon¬trar hasta cincuenta larvas de oruga.
Los lugareños los
conocían por haberlos visto, primero como médicos, después buscando viejos
muebles, luego re¬colectando piedras y les respondían:
–¡Salgan de aquí,
farsantes! ¡No vengan a darnos leccio¬nes otra vez!
Su convicción se
tambaleó. Porque los gorriones limpian los huertos, pero se tragan las cerezas.
Los búhos devoran a los insectos pero también a los murciélagos, que son
útiles; y los topos, aunque se comen a los caracoles, re¬vuelven la tierra.
Algo de lo cual estaban seguros era que hay que destruir a toda la caza,
funesta para la agricultura.
Una noche, cuando
pasaban por el bosque de Faverges, llegaron frente a la casa del guarda. Sorel,
a orillas del camino, gesticulaba entre tres individuos.
El primero era un
tal Dauphin, un remendón pequeño, flaco y de rostro socarrón. El segundo era
don Aubain, un comi¬sionista del pueblo que vestía una vieja levita amarilla
con un pantalón de cutí azul.
El tercero, Eugéne,
criado de Marescot, se distinguía por su barba recortada como la de los
magistrados.
Sorel les mostraba
un nudo corredizo de hilo de cobre que estaba unido a un hilo de seda sujeto
por un ladrillo. Lo que se llama un lazo. Había descubierto al remendón cuando
estaba tendiéndolo.
–¿Usted es testigo,
no es cierto?
Eugéne movió la
cabeza de manera afirmativa, y don Aubain respondió:
–¡Si usted lo dice!
Lo que enfurecía a
Sorel era el atrevimiento de haber ten¬dido una trampa al lado de su casa; el
muy pillo habíase figurado que a nadie se le ocurriría sospechar de ese lugar.
Dauphin optó por el
estilo plañidero.
–¡Lo estaba
pisando, hasta traté de romperlo! –Siempre lo acusaban. ¡Qué desgraciado era!
Sorel, sin
responderle, había sacado de su bolsillo una libreta, una pluma y tinta para
labrar un acta.
–¡Oh, no! –dijo
Pécuchet.
Bouvard agregó:
–¡Lárguelo; es un
buen hombre!
– ¡El! ¡Es un
cazador furtivo!
–¡Está bien! Y
aunque así fuera.
Comenzaron a
defender a la caza furtiva. En primer lugar, se sabe que los conejos roen los
brotes nuevos, que las liebres arruinan los cereales, la becada tal vez...
–Déjenme tranquilo.
–Y el guarda escribía con los dien¬tes apretados.
–¡Qué testarudez!
–murmuró Bouvard.
– ¡Una palabra más
y llamo a los gendarmes!
–¡Usted es un
individuo grosero! –dijo Pécuchet.
– ¡Ustedes no son
gran cosa! –replicó Sorel. Bouvard, fuera de sí, lo trató de ganso, de matón y
Eu¬géne repetía: –¡Paz, paz!
Don Aubain,
mientras tanto, gemía a dos pasos de ellos en un montón de guijarros.
Perturbados por las
voces, todos los perros de la jauría salieron de sus casillas; se veían del
otro lado de las rejas sus pupilas encendidas, sus hocicos negros e iban de un
lado a otro ladrando espantosamente.
– ¡No me molesten
más –exclamó su dueño– o se los echo encima! Los dos amigos se alejaron,
contentos de haber defendido el Progreso, la Civilización.
Al otro día
recibieron una citación para comparecer ante un tribunal ordinario por insultos
para con el guardia; allí se los condenó a pagar cien francos por daños y
perjuicios "sin perjuicio de recurso por ante el fiscal, vistas las
con¬travenciones por ellos cometidas. Costas seis francos se-tenta y cinco
céntimos. Tiercelin, ujier."
¿Por qué el fiscal?
La cabeza les daba vueltas. Después se calmaron y prepararon su defensa.
El día designado
Bouvard y Pécuchet se presentaron en el Ayuntamiento con una hora de adelanto.
No había nadie. Sillas y tres sillones rodeaban una mesa cubierta con una
carpeta. En la pared habíase cavado un nicho para poner una estufa, y el busto
del Emperador en su pedestal domi¬naba el conjunto.
Fueron paseando
hasta el desván, donde había una bomba de incendios, varias banderas y en un
rincón, en el suelo, otros bustos de yeso. Napoleón sin diadema, Luis XVIII con
charreteras en un frac, Carlos X, identificable por su labio caído, Luis
Felipe, con las cejas arqueadas, la cabe¬llera con forma de pirámide. El techo
inclinado le rozaba la nuca y todos estaban sucios por el polvo y las moscas.
El espectáculo desmoralizó a Bouvard y Pécuchet. Cuando volvieron a la gran
sala sentían piedad por los gobiernos.
Encontraron a Sorel
y al guardia rural, el primero con su placa en el brazo, el otro con un quepis.
Una docena de
personas hablaban, acusadas de deficiente barrido, posesión de perros
vagabundos, falta de farol o de haber tenido una taberna abierta en horas de
misa.
Por fin se presentó
Coulon, ataviado con una toga de sarga negra y un birrete redondo con bordes de
terciopelo. El escribano se ubicó a su izquierda, el alcalde con su banda, a la
derecha. Y en seguida se llamó a ventilar el caso Sorel contra Bouvard y Pécuchet.
Louis Martial,
Eugéne Lenepveur, ayuda de cámara en Chavignolles (Calvados), aprovechó su
condición de testigo para divulgar todo lo que sabía acerca de una multitud de
cosas ajenas a la causa.
Nicolás Juste
Aubain, obrero, quien temía disgustar a Sorel y también perjudicar a los
señores, había oído pala¬bras fuertes, pero dudaba no obstante y alegó sordera.
El juez de paz hizo
que volviera a sentarse y luego, diri¬giéndose al guardia, dijo:
–¿Persiste en sus
declaraciones?
–Naturalmente.
Inmediatamente
después Coulon preguntó a los dos acu¬sados si tenían algo que decir.
Bouvard sostenía
que no había insultado a Sorel, sino que había defendido a Dauphin y al hacerlo
había defendido el interés de nuestros campos. Recordó los abusos feudales, las
cacerías ruinosas de los grandes señores.
– ¡Está bien! Pero
la contravención...
– ¡Alto! –exclamó
Pécuchet–. Las palabras contravención, crimen y delito no valen nada. Emplear
la pena para clasi¬ficar los hechos punibles es emplear una base arbitraria.
Se¬ría como decir a los ciudadanos: "No se preocupen por el valor de sus
actos, pues está determinado sólo por el castigo que impone el Poder". Por
lo demás, el Código Penal me parece una obra irracional, sin principios.
–Es posible
–respondió Coulon y se dispuso a pronunciar la sentencia–. Visto...
Pero Foureau, que
hacía las veces de fiscal, se levantó. Habían ultrajado al guardia en el
ejercicio de sus funciones. Si no se respetan las propiedades, todo estará
perdido. Para ser breve, pedía al señor juez que aplicara la pena máxima. Esta
fue de diez francos en concepto de daños y perjuicios para con Sorel. –Muy bien
–dijo Bouvard. Coulon no había terminado.
–Los condeno a
cinco francos de multa por hallarlos cul¬pables de la contravención señalada
por el fiscal. Pécuchet se volvió hacia el auditorio. –La multa es una bagatela
para el rico pero un desastre para el pobre. Para mí no es nada. Y pareció que
se burlaba del tribunal. –Me asombra –dijo Coulon– que personas de
inteligen¬cia ...
–La ley lo dispensa
de tenerla –replicó Pécuchet–. Los jueces de paz actúan indefinidamente, en
tanto que a los jue¬ces de la corte suprema se los supone capacitados hasta los
setenta y cinco y a los de primera instancia hasta los setenta.
Pero respondiendo a
una señal de Foureau, Placquevent se adelantó. Ellos protestaron.
–¡Ah, si fueran
nombrados por concurso!
–O por el Consejo
General.
–¡O por un comité
de hombres honorables!
–Y tomando en
cuenta méritos reales.
Placquevent los
empujaba y salieron abucheados por los demás acusados, los que suponían que
esta muestra de bajeza los congraciaría con el tribunal.
Para dar rienda
suelta a su indignación a la noche fueron a lo de Beljambe.
El café estaba
vacío porque los notables acostumbraban irse a eso de las diez. Habían bajado
la llama del quinqué y las paredes y el mostrador se entreveían en medio de una
neblina.
Apareció una mujer.
Era Mélie.
No pareció turbada
y sonriendo les sirvió dos cervezas. Pécuchet, molesto, abandonó el local
rápidamente.
Bouvard volvió
solo, divirtió a algunos burgueses con sar¬casmos contra el alcalde y desde
entonces frecuentó el café.
Dauphin fue
absuelto seis semanas después por falta de pruebas. ¡Qué vergüenza! Se
sospechaba de los mismos testigos a los cuales se les había creído cuando
declararon contra ellos.
Y su cólera no
reconoció límites cuando se los convocó para pagar la multa. Bouvard atacó a la
Oficina Recauda¬dora como perjudicial para la propiedad.
–¡Se equivoca!
–dijo el recaudador.
–¡Vamos, hombre!
¡Se lleva el tercio de la carga públi¬ca! Sería de desear que hubiera un
sistema impositivo menos vejatorio, un catastro mejor, cambios en el régimen
hipotecario y que se suprimiese el Banco de Francia, que tiene el privilegio de
la usura.
Girbal no era un
interlocutor capacitado; se vino abajo en su opinión y no volvió a aparecer.
Sin embargo,
Bouvard le agradaba al posadero; atraía gen¬te y mientras esperaba a los
parroquianos charlaba fami¬liarmente con la criada.
Expresó ideas
extrañas sobre la instrucción primaria. Se¬gún el, al salir de la escuela se
hubiera debido poder cuidar a los enfermos, comprender los descubrimientos
científicos e interesarse por las artes. Las exigencias de su programa lo
indispusieron con Petit e hirió al capitán cuando afirmó que a los soldados, en
lugar de perder el tiempo haciendo maniobras, más les valdría sembrar
legumbres.
Cuando abordaron la
cuestión del libre intercambio llevó a Pécuchet y durante todo el invierno hubo
en el café mi¬radas furiosas, actitudes despreciativas, insultos y
vocifera¬ciones acompañados por puñetazos en las mesas que hacían saltar los
vasos.
Langloís y los
otros comerciantes defendían el comercio nacional. Voisin, hilandero, Oudot,
gerente de una fundición y Mathieu, orfebre, la industria nacional; los
propietarios y los granjeros la agricultura nacional, cada uno de ellos
pre¬tendía privilegios para sí en detrimento de la mayoría. Los discursos de
Bouvard y Pécuchet los alarmaban.
Cuando se los
acusaba de desconocer la práctica, de tender a la nivelación y a la
inmoralidad, ellos desarrollaban estas tres ideas:
Reemplazar el
nombre de familia por un número de ma¬trícula.
Jerarquizar a los
franceses y, para conservar su grado, de cuando en cuando deberían dar examen.
Acabar con los
castigos y con las recompensas, pero en codos los pueblos habría una crónica
individual que pasaría a la Posteridad.
Su sistema fue
desdeñado.
Enviaron un
artículo al diario de Bayeux, una nota el pre¬fecto, una petición a las Cámaras
y una memoria al Em¬perador.
El diario no
publicó su artículo, el Prefecto no se dignó responder, las Cámaras
permanecieron mudas y durante mu¬cho tiempo esperaron un mensaje del Castillo.
¿De qué se ocupaba el Emperador? ¡De mujeres, sin duda!
Foureau les
aconsejó, de parte del Sub-prefecto, que fue¬ran más prudentes.
A ellos poco les
importaba el Sub-prefecto, el Prefecto, los Consejos de Prefectura y el mismo
Consejo de Estado, pues la Justicia administrativa era una monstruosidad, ya
que por medio de favores y amenazas maneja injustamente a sus funcionarios. En
pocas palabras, estaban tornándose incómodos y los notables conminaron a
Beljambe a no reci¬bir más a esos dos sujetos.
Entonces Bouvard y
Pécuchet quisieron hacerse ver con una acción que inspirase respeto y
deslumbrara a sus con¬ciudadanos y no se les ocurrió nada mejor que un proyecto
de embellecimiento de Chavignolles.
Las tres cuartas
partes de las casas serían demolidas; en medio del pueblo se haría una plaza
monumental, un hospi¬cio hacia el lado de Falaise, mataderos en el camino a
Caen y en el paso de la Vaque una iglesia románica y policroma.
Pécuchet hizo una
aguada con tinta china, sin olvidar pintar el bosque de amarillo, los campos de
verde y los edificios de rojo. ¡Las visiones de un Chavignolles ideal lo
perseguían hasta en sueños! Daba vueltas en la cama. Una noche des¬pertó a
Bouvard con tanto movimiento.
–¡Te duele algo!
Pécuchet balbuceó:
–¡Haussmann no me
deja dormir!
Por aquella época
recibió una carta de Dumouchel quien quería saber el precio de los baños de mar
en la costa nor¬manda.
–¡Que se vaya al
diablo con sus baños! ¡Como si tuvié¬ramos tiempo para escribir!
Y tan pronto como
consiguieron una cadena de agrimensor, un grafómetro, un nivel de agua y una
brújula comenzaron más estudios.
Invadían las casas
y con frecuencia los burgueses eran sorprendidos por esos dos hombres que
plantaban jalones en los patios. Bouvard y Pécuchet anunciaban con tono se¬reno
lo que sucedería. El público se inquietó porque ¿y si al fin de cuentas las
autoridades compartían su opinión?
A veces los echaban
con brutalidad. Víctor escalaba las paredes y subía a las cumbreras para colgar
señales allá arriba, dando muestras de buena voluntad y hasta de un cierto
entusiasmo.
También estaban más
contentos con Victorina. Cuando ésta planchaba la ropa, ponía la plancha en el
fogón cantu¬rreando con voz dulce, se interesaba por las cosas de la casa, hizo
un gorro para Bouvard y sus costuras le valieron las felicitaciones de Romiche.
Era éste uno de esos sastres que van por las granjas arreglando trajes. Se
quedó quince días en la casa.
Jorobado, de ojos
rojos, compensaba sus defectos físicos con su humor alegre. Mientras los amos
estaban fuera divertía a Marcel y a Victorina contándoles chistes, sacaba la
lengua hasta el mentón, imitaba al cucú, hacía de ventrí¬locuo y a la noche,
para ahorrarse los gastos de posada, iba a dormir en el galpón del horno.
Ahora bien; una
mañana, muy temprano, Bouvard se sintió con ganas de trabajar y fue allí a
buscar viruta para en¬cender la chimenea. .
Lo que vio lo dejó
petrificado.
Detrás de los
restos del arcón, en un jergón, Romiche y Victorina dormían juntos.
Él la ceñía con un
brazo por la cintura y con su otra mano, larga como la de un mono, le tomaba
una rodilla, con los párpados entornados y el rostro convulsionado aún por un
espasmo de placer. Ella sonreía, acostada de espaldas. Su camisa entreabierta
dejaba al descubierto su pecho in¬fantil, salpicado de manchas rojas dejadas
por las caricias del jorobado. Sus cabellos rubios estaban esparcidos y la
claridad del alba echaba en los dos uno luz macilenta.
En un primer
momento Bouvard sintió como un golpe en el pecho. Después el pudor le impidió
dar un paso, hacer ningún gesto. Pensamientos dolorosos lo asaltaron.
– ¡Tan joven!
¡Perdida, perdida!
En seguida fue a
despertar a Pécuchet y con pocas palabras le contó todo. –¡Ah, el miserable!
– ¡No podemos hacer
nada! ¡Cálmate!
Y por mucho tiempo
se quedaron suspirando el uno fren¬te al otro. Bouvard sin levita, con los
brazos cruzados, Pécuchet en el borde de su cama, descalzo y con gorro de
algodón.
Romiche debía irse
ese día, pues su trabajo estaba termi¬nado. Le pagaron de modo altanero,
silenciosamente.
Pero la Providencia
les guardaba rencor.
Marcel los llevó
sigilosamente a la pieza de Víctor y les mostró, en el fondo de la cómoda, una
moneda de veinte francos. El muchacho le había pedido que le diera cambio.
¿De dónde había
salido? ¡De un robo, con seguridad!
Y cometido durante
sus andanzas de ingenieros.
Si se la reclamaban
quedarían como cómplices.
Cuando por fin
llamaron a Víctor y le ordenaron que abriera su cajón, la moneda ya no estaba
allí.
Poco antes, sin
embargo, ellos la habían tocado y Marcel era incapaz de mentir. Este asunto lo
había perturbado de tal modo que desde la mañana guardaba en su bolsillo una
carta para Bouvard.
"Señor
Por temor a que el
señor Pécuchet se encuentre enfer¬mo recurro a su amabilidad."
¿Quién la firmaba?
Olympe Charpeau de Dumouchel.
Ella y su esposo
preguntaban en qué localidad balnearia, Courseulles, Langrune o Ouistreham, la
gente era menos ruidosa, cuáles eran los medios de transporte, el precio de
lavandería, mil cosas.
Esa inoportunidad
los encolerizó contra Dumouchel, pero luego la fatiga los sumió en un pesado
desaliento.
Recapitularon todos
los trabajos que se habían tomado, todas las lecciones, las precauciones, los
sacrificios.
–Y pensar –decían–
que por un momento quisimos hacer de ella una pequeña ama de casa y de él, hace
muy poco, un capataz.
–Si ella es viciosa
no ha de deberse a sus lecturas.
–Yo, para que fuera
honesta, le había enseñado la bio¬grafía de Cartouche.
–Tal vez les haya
faltado una familia, los cuidados de una madre.
–¡Yo era una madre!
–objetó Bouvard.
–¡Ay! –prosiguió
Pécuchet–. Hay naturalezas carentes de sentido moral y la educación nada puede
en esos casos.
– ¡Ah, sí! ¡Linda
cosa la educación!
Como los huérfanos
no sabían ningún oficio se les bus¬carían dos puestos de criados y después que
fuera lo que Dios quisiera, pero ellos no se meterían más. Y desde entonces
"el Tío" y "el Amigo" los hicieron comer en la cocina.
Pero pronto se
aburrieron, porque sus inteligencias nece¬sitaban una tarea, sus existencias
una finalidad.
Por otra parte ¿qué
prueba un fracaso? Lo que había fracasado con los niños ¿podía ser menos
difícil con los hombres? Y pensaron en organizar clases para adultos.
Haría falta una
conferencia para exponer sus ideas. El gran salón de la posada sería lo más
conveniente, casi per¬fecto.
Beljambe, en su
condición de adjunto del alcalde, tuvo miedo de comprometerse, se negó primero,
pero después cambió de opinión y se los comunicó por medio de la sir¬vienta.
Bouvard, en el colmo de la alegría, la besó en las dos mejillas.
El alcalde estaba
ausente y el otro adjunto, Marescot, totalmente absorbido por su estudio. La
conferencia iba pues a realizarse y se anunció, con redobles de tambor, para el
domingo siguiente a las tres.
Sólo el día
anterior pensaron en la ropa que se pondrían.
Pécuchet, gracias
al cielo, conservaba un viejo traje de ceremonia con cuello de terciopelo, dos
corbatas blancas y guantes negros. Bouvard se puso su levita azul, un cha¬leco
de "nankim", botines de castor e iban muy emociona¬dos cuando atravesaron
el pueblo.
Aquí se interrumpe
el manuscrito de Gustave Flaubert
FIN

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