© Libro N° 13862. Con El Petate
A Cuestas. Huysmans,
Joris-Karl. Emancipación. Mayo 24 de 2025
Título Original: © Con El Petate A Cuestas. Joris-Karl
Huysmans
Versión
Original: © Con El Petate A
Cuestas. Joris-Karl Huysmans
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión
original de textos:
https://ciudadseva.com/texto/con-el-petate-a-cuestas-joris/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro
contenido, con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un
medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los
contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la
circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría
corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son
estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo
con fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o
reconstruir este texto.
https://i.pinimg.com/736x/88/82/ab/8882ab1be7915b9a679990bf57fd837b.jpg
Portada E.O. de Imagen original:
https://i.pinimg.com/736x/57/16/72/571672fc2c7b7cf12ea7cb4df1eb704f.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Joris-Karl Huysmans
Con El Petate
A Cuestas
Joris-Karl Huysmans
Tan pronto como hube terminado mis estudios, mis
padres consideraron útil hacerme comparecer ante una mesa cubierta de paño
verde y rematada por bustos de viejos señores que se preocuparon por saber si
yo había aprendido suficientes lenguas muertas como para ser promovido al grado
de bachiller. La prueba fue satisfactoria. En una cena a la que toda mi
parentela fue invitada, celebraron mis éxitos, se inquietaron acerca de mi
porvenir y resolvieron, por fin, que yo estudiaría derecho.
Pasé medianamente el primer curso y me gasté el
dinero para la matrícula de segundo con una rubia que decía sentir afecto por
mí, a determinadas horas. Frecuenté asiduamente el Barrio Latino y en él
aprendí muchas cosas, entre otras a interesarme por los estudiantes que, todas
las tardes, escupían en sus jarras de cerveza sus ideales de política, y además
a apreciar las obras de George Sand y de Heine, de Edgard Quinet y de Henri
Mürger. La pubertad de la tontería me había llegado. Esto duró aproximadamente
un año; maduraba poco a poco y las luchas electorales de finales del Imperio me
dejaron indiferente puesto que, al no ser hijo ni de un senador ni de un
proscrito, no tenía más que seguir, bajo cualquier régimen, las tradiciones de
mediocridad y escasez adoptadas desde tiempo atrás por mi familia. El derecho
no me gustaba en absoluto. Consideraba que el Código había sido mal redactado a
propósito, para proporcionar a determinadas personas ocasión de ergotar hasta
la saciedad acerca de las más insignificantes palabras; aún hoy considero que
una frase claramente escrita no puede, razonablemente, conllevar tan diversas
interpretaciones. Me analizaba buscando un estado que pudiera abrazar sin
demasiado hastío, cuando el difunto emperador me encontró uno: me convirtió en
soldado por la torpeza de su política.
La guerra contra Prusia se declaró. A decir verdad,
nunca comprendí los motivos que hacían necesarias esas carnicerías entre
ejércitos. No experimentaba necesidad de matar a otros, ni de dejarme matar por
ellos. Fuera lo que fuere, tan pronto como me incorporé a la guardia móvil del
Sena, recibí orden, después de haber ido a recoger un uniforme y unos zapatos,
de pasar por una barbería y de estar a las siete de la tarde en el cuartel de
la calle Lourcine. Llegué puntual a la cita. Tras pasar lista, una parte del
regimiento salió por las puertas e inundó la calle. Entonces la calzada se
movió como las olas y los mostradores de las tabernas vecinas se llenaron.
Apretujados unos contra otros, los obreros en mono,
las obreras en harapos, los soldados cinchados, con polainas pero sin armas,
escandían con el tintineo de los vasos La Marsellesa que interpretaban a
berridos. Con quepis de una altura increíble y adornados con visera de ciego y
escarapelas tricolor de hojalata, disfrazados con una chaqueta azul oscuro con
cuello y bocamangas rojo claro, pantalones de lino azul con banda roja, los
soldados de la guardia móvil del Sena, aullaban a la luna antes de irse a conquistar
Prusia. Era un tumulto ensordecedor en las tabernas, un alboroto de vasos, de
cantimploras, de gritos, interrumpido aquí y allá por los chirridos de las
ventanas movidas por el viento. De repente, un redoble de tambor cubrió todos
los demás clamores. Una nueva columna salía del cuartel; entonces se formó un
jolgorio, una borrachera indescriptible. Parte de los soldados que bebían en
las tabernas salieron, seguidos de sus parientes y amigos que se disputaban el
honor de llevar sus petates1; se había roto filas, y se había formado una
mezcolanza de soldados y burgueses; las madres lloraban, los padres, más
tranquilos, sudaban el vino, los niños saltaban de alegría y berreaban, con sus
voces agudas, canciones patrióticas.
Cruzamos París en desbandada, bajo el resplandor de
los relámpagos que flagelaban con blancos zigzags las nubes en tumulto. El
calor era aplastante, el petate pesado, bebíamos en cada esquina; llegamos por
fin a la estación de Aubervilliers. Hubo un momento de silencio roto por el
ruido de los sollozos, dominados una vez más por una estrofa de La Marsellesa,
luego nos apilaron como animales en los vagones: «¡Buenas noches, Jules! ¡hasta
pronto! ¡pórtate bien! ¡sobre todo, escríbeme!». Nos dimos un último apretón de
manos, el tren silbó, y dejamos atrás la estación.
Éramos una buena palada de cincuenta hombres dentro
de la lata que se ponía en movimiento. Algunos lloraban a moco tendido,
silbados por otros que, borrachos perdidos, plantaban sus velas encendidas en
su pan de munición y voceaban desgañitándose: «¡Abajo Bandinguet y viva
Rochefort!». Muchos, retirados en un rincón, miraban, silenciosos y taciturnos,
el suelo que trepidaba entre el polvo. De pronto, el tren se para, me bajo. Era
noche cerrada, las doce y veinticinco.
Por todos lados se extienden los campos y, a lo
lejos, iluminados por la luz entrecortada de los relámpagos, una casita y un
árbol dibujaban su silueta sobre un cielo henchido de tormenta. No se oye sino
el estruendo de la máquina cuyos haces de chispas, saliendo del tubo de escape,
se extienden como fuegos artificiales a lo largo del tren. Todo el mundo baja y
va hasta la locomotora que se agranda en la oscuridad y se hace inmensa. La
parada duró unas dos horas. El semáforo estaba en rojo y el maquinista esperaba
a que cambiara. Se puso en blanco; volvimos a subir a los vagones, pero un
hombre que llega corriendo agitando una linterna, dice algunas palabras al
maquinista quien, inmediatamente, retrocede hasta una vía muerta donde volvemos
a recuperar nuestra inmovilidad. No sabíamos ninguno dónde estábamos. Volví a
bajar del vagón y, sentado en un talud, mordisqueaba un trozo de pan y bebía un
trago, cuando un estruendo de huracán sopló a lo lejos, se acercó, vomitando y
escupiendo llamaradas, y un interminable tren de artillería pasó a todo vapor,
transportando caballos, hombres, cañones cuyos cuellos de bronce centelleaban
en un tumulto de luces. Cinco minutos más tarde, retomamos nuestra marcha
lenta, interrumpida por paradas cada vez más prolongadas. Amaneció por fin y,
asomado a la puerta del vagón, fatigado por las sacudidas de la noche,
contemplaba la campiña que nos rodeaba: una sucesión de llanuras gredosas y, en
el horizonte, una franja de un verde pálido como el de las turquesas enfermas,
una comarca llana, triste, mezquina, ¡la Champagne piojosa!
Poco a poco, el sol fue surgiendo y seguimos
avanzando ¡hasta que llegamos por fin! Habíamos salido a las ocho de la noche y
llegamos al día siguiente a las tres de la tarde a Châlons. Dos guardias
móviles se habían quedado por el camino: uno que se había tirado desde lo alto
de un vagón a un río, y otro que se había abierto la cabeza en un saliente de
un puente. Los demás, después de haber saqueado las casuchas y huertos
encontrados al paso junto a las estaciones del tren, bostezaban, con los labios
abotargados por el vino y los ojos hinchados, o bien jugaban arrojándose desde
un extremo al otro del vagón ramas de arbustos o jaulas de pollos que habían
robado.
El desembarco se llevó a cabo con el mismo orden
que la partida. No había nada listo: ni cantina, ni paja, ni abrigos, ni armas,
nada, absolutamente nada. Sólo había unas cuantas tiendas llenas de estiércol y
piojos, desalojadas sólo un instante antes por las tropas desplazadas a la
frontera. Durante tres días estuvimos viviendo a la ventura en Mourmelon,
comiendo un día algo de embutido, bebiendo otro un tazón de café con leche,
explotados en exceso por los habitantes, durmiendo en cualquier sitio, sin paja
y sin manta. Verdaderamente, aquello no era lo más adecuado como para tomarle
gusto al oficio que nos imponían.
Una vez instalados, las compañías se escindieron;
los obreros se fueron a las tiendas ocupadas por sus semejantes y los burgueses
hicieron otro tanto. La tienda en la que yo me encontraba no estaba demasiado
mal compuesta, pues habíamos logrado expulsar de ella, a fuerza de litros de
vino, a dos elementos cuyo hedor de pies natural se agravaba con una falta de
aseo prolongada y voluntaria.
Pasaron un día o dos; nos hacían montar guardia con
piquetes, bebíamos mucho aguardiente, y los garitos de Mourmelon estaban
siempre a rebosar, cuando, de pronto, Canrobert nos pasa revista en el frente
de banderas. Aún lo estoy viendo, sobre un gran caballo, doblado en dos en su
silla, con los cabellos al viento y el bigote engominado en medio de un rostro
pálido. Se desencadenó una protesta. Privados de todo y mal convencidos por ese
mariscal de que no carecíamos de nada, berreamos a coro, cuando habló de
reprimir por la fuerza nuestras protestas:
-Ran, plan, plan, cien mil hombres al suelo, ¡a
París! ¡a París!
Canrobert se puso lívido y gritó, plantando su
caballo en medio de todos nosotros: «¡Descúbranse ante un mariscal de
Francia!». -Nuevos abucheos surgieron de las filas; entonces volviendo su
caballo, seguido de su estado mayor derrotado, nos amenazó con el dedo,
silbando entre sus dientes apretados-: «¡Me lo pagarán caro, señores
parisinos!».
Dos días después de este episodio, el agua glacial
del campamento me puso tan enfermo que tuve que ingresar urgentemente en el
hospital. Hago mi petate después de la visita del médico y, custodiado por un
cabo, me marcho renqueando, arrastrando las piernas y sudando bajo mi aparejo.
El hospital estaba a rebosar y no me aceptaron. Me dirijo entonces hacia uno de
los hospitales móviles más cercanos y, dado que había una cama libre, me
admiten. Deposito por fin mi petate, y a la espera de que el mayor me prohíba
moverme, voy a pasearme por el jardincillo que une el conjunto de edificios. De
pronto, sale por una puerta un hombre con la barba hirsuta y los ojos glaucos.
Se mete las manos en los bolsillos de un largo gabán color caucho y me grita
tan pronto como me ve: «¡Eh! ¡ese hombre! ¿qué está haciendo ahí?» -Me acerco y
le explico el motivo que me lleva hasta allí. Él sacude los brazos y grita-:
«¡Entre! No podrá usted pasearse por el jardín hasta que no le hayan dado la
ropa adecuada».
Regreso a la sala, un enfermero llega y me trae un
capote, un pantalón, chanclas y un gorro. Me contemplo en mi pequeño espejo con
semejante indumentaria. ¡Qué aspecto y qué atavío, Dios santo! Con ojeras y tez
pálida, con el pelo cortado al cero y la nariz cuyas protuberancias brillan,
con la larga bata gris rata, el pantalón bermejo color de orines, las chanclas
inmensas y sin talón, y el gorro de algodón gigantesco, estoy prodigiosamente
feo. No puedo reprimir la risa. Giro la cabeza hacia el lado de mi vecino de
cama, un chico alto con tipo de judío, que bosqueja mi retrato en su cuaderno.
Nos hicimos amigos enseguida; le dije que me llamaba Eugène Lejautel, y él me
respondió que se llamaba Francis Émonot. Los dos conocemos a tal y tal pintor,
entablamos diversas discusiones sobre estética y olvidamos nuestros
infortunios. Llega la noche, nos distribuyen un plato de sopa salpicado de
negro por unas cuantas lentejas, nos sirven abundantemente tisana de regaliz y
me desvisto, encantado de poder tenderme en una cama sin tener que conservar la
ropa ordinaria y las botas.
A la mañana siguiente, un gran ruido de puertas y
de voces me despierta hacia las seis. Me incorporo en la cama, me froto los
ojos y veo al señor de la víspera con su hopalanda color caucho que avanza
majestuoso, seguido de un cortejo de enfermeros. Era el mayor. Tan pronto como
entra, dirige de derecha a izquierda y de izquierda a derecha sus ojos de un
verde opaco, hunde sus manos en los bolsillos y chilla:
-Número 1, enseña tu pierna... tu cochina pierna.
¡Eh! Esta pierna va mal, esta llaga supura como un manantial; loción de agua de
salvado, hilas, a media ración, una buena tisana de regaliz.
-Número 2, enseña tu garganta... tu cochina
garganta. Esta garganta va cada vez peor; mañana se le extirparán las
amígdalas.
-Pero, doctor...
-¡Eh! No he pedido tu opinión; si dices una
palabra, te pongo a dieta.
-Pero, en fin...
-Ponga a este hombre a dieta: Escriba: dieta,
gárgaras, una buena tisana de regaliz.
Así pasó revista a los enfermos, prescribiendo a
todos, con enfermedades venéreas o heridas, con fiebre o disentería, su buena
tisana de regaliz. Cuando llegó a mí, me miró de frente, me arrancó las mantas,
me atiborró el vientre de puñetazos, me mandó agua albuminada y la inevitable
tisana, y se marchó refunfuñando, arrastrando los pies.
La convivencia con la gente que nos rodeaba era
difícil. Éramos veintiuno en la habitación. A mi izquierda dormía mi amigo, el
pintor; a mi derecha un gran diablo de corneta, picado de viruelas como un
dedal y amarillo como un vaso de bilis. Acumulaba dos profesiones, la de
zapatero durante el día y la de chulo durante la noche. Era, en resumen, un
chico gracioso que daba la voltereta, andaba con la manos, contaba con la mayor
ingenuidad del mundo como activaba a zapatazos el trabajo de sus chicas o bien
entonaba con voz enternecedora canciones sentimentales: ¡Sólo he conservado
para mi desgracia -acia, / la amistad de una golondrina! Me gané su simpatía
dándole un franco para comprar un litro, y nos vino bien no estar de malas con
él, pues el resto de la habitación, compuesto en parte por procuradores de la
calle Maubuée, estaba decidido a buscar camorra.
Una noche entre otras, el 15 de agosto, Francis
Émonot amenazó con darle una bofetada a dos hombres que le habían birlado una
toalla. Se organizó una formidable escandalera en el dormitorio. Llovían las
injurias, y nos trataban de «roule-en-cul y de duquesas». Siendo dos contra
diecinueve, teníamos muchas papeletas para recibir una buena tunda cuando
intervino el corneta, cogió aparte a los más violentos, los apaciguó e hizo que
devolvieran el objeto robado. Para festejar la reconciliación que vino tras esta
escena, Francis y yo pusimos tres francos cada uno, y acordamos que el corneta,
con ayuda de estos amigos, trataría de escapar del hospital y nos traería carne
y vino.
La luz había desaparecido de la ventana del mayor,
el farmacéutico apagó por fin la suya, nos arrastramos fuera del edificio,
inspeccionamos los alrededores, avisamos a los hombres que se deslizan a lo
largo de los muros, no encuentran centinelas en su camino, se aúpan unos a
otros y saltan al campo. Una hora más tarde estaban de vuelta, cargados de
víveres; nos los pasan, regresan con nosotros al dormitorio; suprimimos las dos
lamparillas, encendemos dos cabos de vela por el suelo y, en torno a mi cama,
en camisa, formamos un círculo. Habíamos consumido tres o cuatro litros, y
despedazado una buena mitad de una pierna, cuando se oye un enorme ruido de
botas; soplo los cabos de vela a chancletazos, y todos desaparecen bajo las
mantas. La puerta se abre, aparece el mayor, lanza un formidable taco, tropieza
en la oscuridad, sale y regresa con un farol y el inevitable cortejo de
enfermeros. Aprovecho el momento de respiro para hacer desaparecer las sobras
del festín; el mayor atraviesa el dormitorio con paso apresurado, blasfemando,
amenazando con hacer que nos detengan y nos metan en chirona. Nos retorcíamos
de risa bajo las mantas; al otro extremo del dormitorio se escuchan fanfarrias.
El mayor nos pone a todos a dieta y luego se va, advirtiéndonos de que en unos
segundos conoceríamos «la leña con la que se calienta».
Tan pronto como salió, nos desternillábamos cada
cual mejor; redobles de tambor, tracas de carcajadas retumban y estallan; el
corneta hace la rueda en el dormitorio, imitado por uno de sus amigos, un
tercero salta sobre la cama como sobre un trampolín, salta y vuelve a saltar,
con los brazos flotando y la camisa al vuelo; su vecino comienza un cancán
infernal; el mayor vuelve a entrar de improviso, ordena a cuatro de los
soldados de infantería de línea que lo acompañan que agarren a los bailarines y
nos anuncia que va a redactar un informe y lo va a enviar a quien corresponda.
Por fin se restablece el orden; al día siguiente
hacemos que los enfermeros nos compren comida. Los días transcurren sin más
incidentes. Empezábamos a reventar de aburrimiento en este hospital móvil,
cuando un día, a las cinco, el médico entra precipitadamente en la sala, nos
ordena volver a ponernos nuestra ropa de militar y preparar nuestro petate.
Diez minutos más tarde, nos enteramos de que los prusianos se dirigen hacia
Châlons. Un sombrío estupor reina en todos los de la habitación. Hasta entonces
no sospechábamos nada acerca de los acontecimientos que estaban sucediendo.
Habíamos tenido conocimiento de la demasiado célebre victoria de Sarrebrück, y
no nos esperábamos los reveses que nos abrumaban. El mayor examina a cada
hombre; ninguno está curado, todo el mundo ha pasado demasiado tiempo harto de
regaliz y privado de cuidados. Pese a ello, envía a su regimiento a los menos
graves y ordena a los demás que se acuesten vestidos y con el petate listo.
Francis y yo nos encontrábamos entre estos últimos.
Pasa el día, pasa la noche, y nada, pero yo sigo teniendo cólico y sufro
bastante; por fin, hacia las nueve de la mañana, aparece una larga fila de
artolas conducidas por soldados de ferrocarriles. Nos subimos de dos en dos en
el artefacto. Francis y yo habíamos subido al mismo mulo; sólo que, como el
pintor era muy gordo y yo muy flaco, el sistema basculó: yo salí por los aires
mientras él bajaba hasta la panza del animal que, arrastrado por delante, empujado
por detrás, pataleó y coceó furiosamente. Corrimos en un torbellino de polvo,
cegados, aturdidos, sacudidos, aferrándose a la barra de la artola, cerrando
los ojos, riendo y gimoteando. Llegamos a Châlons más muertos que vivos; nos
dejamos caer sobre la arena como un rebaño cansado; más tarde nos amontonaron
en los vagones y salimos de la ciudad ¿para ir adónde?... nadie lo sabía.
Era de noche; volábamos sobre los raíles. Los
enfermos habían salido de los vagones y se paseaban por las bateas. La máquina,
silba, ralentiza el vuelo y se detiene en una estación, la de Reims, supongo,
aunque no podría asegurarlo. Nos moríamos de hambre, Intendencia sólo había
olvidado una cosa: darnos un chusco para el camino. Desciendo y veo una cantina
abierta. Corro hacia ella, pero otros se me han adelantado. Se estaban peleando
cuando yo llegué. Unos cogían botellas, otros carnes, éstos pan, aquéllos
cigarros. Enloquecido, furioso, el dueño defendía su negocio a jarrazos.
Empujados por los compañeros que venían en manada, la primera fila de guardias
móviles se abalanza sobre el mostrador que se viene abajo, arrastrando en su
caída al patrón de la cantina y a sus empleados. Entonces se organizó un
pillaje en toda regla, en el que todo desapareció, desde las cerillas hasta los
mondadientes. Durante ese tiempo una campana suena y el tren se va. Ninguno de
nosotros se inmutó, y, mientras que, sentados en la calzada, le explico al
pintor al que los bronquios atormentan, la contextura del soneto, el tren
retrocede sobre los raíles para buscarnos.
Volvemos a subir a nuestros compartimentos y
pasamos revista al botín conquistado. A decir verdad, los manjares no eran muy
variados: ¡charcutería y sólo charcutería! Teníamos seis rodajas de embutido
con ajo, una lengua escarlata, dos salchichones, una soberbia loncha de
mortadela, una loncha con orla de plata, carnes de un rojo oscuro jaspeadas de
blanco, cuatro litros de vino, media botella de coñac y dos cabos de vela.
Hincamos los cabos de vela encendidos en el cuello de nuestras cantimploras que
se balanceaban atadas a la pared del vagón con cuerdas. Por momentos, cuando el
tren saltaba por encima de las agujas de los empalmes, caía una lluvia de gotas
calientes que se cuajaban casi inmediatamente en amplias manchas, pero no
importaba, nuestra ropa había recibido otras muchas.
Empezamos inmediatamente la comida interrumpida por
las idas y venidas de algunos móviles que, corriendo sobre el estribo, a lo
largo del tren, venían a tocar en los cristales y a pedirnos de beber. Nos
desgañitábamos cantando, bebíamos, brindábamos; ¡no hubo jamás enfermos que
hicieran tanto ruido y que brincaran así sobre un tren en marcha! Habríase
dicho que era un Patio de los Milagros en movimiento; los lisiados saltaban con
los pies juntos, aquellos cuyos intestinos ardían los regaban con grandes tragos
de coñac, los tuertos abrían los ojos, los que tenían fiebre hacían cabriolas,
las gargantas enfermas cantaban a gritos y empinaban el codo, ¡era inaudito!
El escándalo acabó por fin por calmarse. Aprovecho
ese apaciguamiento para asomar la nariz por la ventana. No hay ni una estrella,
ni siquiera un trozo de luna, el cielo y la tierra parecían no ser sino uno
solo y, en esta inmensidad de negro de tinta, guiñaban como ojos de colores
diferentes, las linternas prendidas de la chapa de los discos. El maquinista
lanzaba sus silbidos, la locomotora humeaba y vomitaba sin descanso pavesas
encendidas. Unos roncaban, otros, molestados por los traqueteos de la caja del
coche, refunfuñaban y basfemaban, dándose vueltas sin cesar, buscando un sitio
para estirar las piernas, para encajar su cabeza que se tambaleaba a cada
sacudida.
A fuerza de mirarlos, empezaba a amodorrarme,
cuando la parada completa del tren me despertó. Estábamos en una estación, y la
oficina del jefe resplandecía como el fuego de una fragua en la oscuridad de la
noche. Tenía una pierna dormida, estaba temblando de frío, bajé para calentarme
un poco. Me paseo a lo largo y ancho de la calzada, voy a mirar la locomotora
que desenganchaban y reemplazaban por otra, y, al pasar por delante de la
oficina, oigo el repiqueteo y el tic-tac del telégrafo. El empleado que estaba
de espaldas, se hallaba inclinado hacia la derecha de manera que, desde el
punto en que yo estaba situado, no veía nada más que su nuca y la punta de su
nariz que brillaba, rosada y salpicada de sudor, mientras el resto de la cara
desaparecía en la sombra que proyectaba la pantalla de una lámpara de gas.
Me invitan a volver al coche y encuentro a mis
compañeros tal y como los había dejado. Y, ahora sí, me duermo de veras. ¿Desde
cuándo estaba durmiendo? No sé. Un fuerte grito me despierta: «¡París! ¡París!»
Me precipito a la ventanilla. A lo lejos, sobre una franja de oro pálido se
destacaban, en negro, las chimeneas de las fábricas y los talleres. Estábamos
en Saint-Denis; la noticia corre de un vagón a otro. Todo el mundo está
levantado. La locomotora acelera la marcha. La estación del Norte se divisa a lo
lejos, llegamos a ella, bajamos, nos lanzamos hacia las puertas, una parte de
nosotros logra escapar, la otra es detenida por los empleados del ferrocarril y
por la tropa, nos hacen subir por la fuerza en un tren que está calentando y
henos aquí de nuevo en marcha ¡Dios sabe hacia dónde!
Rodamos de nuevo todo el día. Estoy cansado de
mirar esas retahílas de casas y de árboles que desfilan por delante de mis
ojos, y además sigo con cólico y me siento mal. Hacia las cuatro de la tarde,
la máquina aminora la marcha y se para en un apeadero donde nos espera un viejo
general alrededor del cual retozaba una bandada de jóvenes cubiertos con quepis
rosa, con pantalones rojos y botas de espuelas amarillas. El general nos pasa
revista y nos divide en dos escuadras; una se va hacia el seminario, la otra es
dirigida hacia el hospital. Estamos, al parecer, en Arras. Francis y yo
formábamos parte de la primera escuadra. Nos izan encima de carretas repletas
de heno, y llegamos ante un gran edificio que se inclina y que parece querer
derrumbarse sobre la calle. Subimos al segundo piso, a una sala que contiene
una treintena de camas; cada uno abre su petate, se peina y se sienta. Llega un
médico.
-¿Qué tiene usted? -pregunta al primero.
-Un ántrax.
-¡Ah! ¿Y usted?
-Una disentería.
-¡Ah! ¿Y usted?
-Un bubón.
-Pero entonces, ¿ustedes no han sido heridos en la
guerra?
-En absoluto.
-¡Pues bien! Entonces pueden volver a coger sus
petates pues el arzobispo sólo presta las camas de los seminaristas a los
heridos.
Vuelvo a meter en el petate las cosas que había
sacado, y nos marchamos con las orejas gachas, hacia el asilo de la ciudad. Ya
no hay allí plazas. En vano intentan las religiosas aproximar las camas de
hierro, las salas están atiborradas. Cansado de todos estos trámites, agarro un
colchón, Francis hace otro tanto, y nos vamos al jardín, a echarnos sobre un
hermoso césped.
A la mañana siguiente, hablo con el director, un
hombre afable y encantador. Le pido, para el pintor y para mí, permiso para
salir por la ciudad. Accede, la puerta se abre y ¡somos libres! ¡por fin vamos
a almorzar! ¡a comer verdadera carne y beber auténtico vino! ¡Ah! No lo dudamos
y nos vamos al mejor restaurante de la ciudad. Nos sirven una suculenta comida.
Hay flores sobre las mesas, magníficos ramos de rosas y de fucsias colocadas en
cubiletes de cristal. El camarero nos sirve un solomillo que sangra en medio de
un lago de mantequilla; el sol se viste de fiesta, hace brillar los cubiertos y
las hojas de los cuchillos, cierne su polvo dorado a través de las botellas, y,
haciendo diabluras con el borgoña que se balancea suavemente en los vasos, pica
con una estrella sangrante el mantel adamascado. ¡Oh la santa alegría de las
comilonas! Tengo la boca llena, y Francis está borracho! El humo de los asados
se mezcla con el perfume de las flores, la púrpura de los vinos rivaliza en
esplendor con el rubor de las rosas, el camarero que nos sirve tiene aspecto de
idiota, y nosotros, nosotros tenemos aspecto de tragaldabas, pero nos da
exactamente lo mismo. Engullimos un asado tras otro, ingurgitamos burdeos sobre
champán, chartreuse sobre coñac ¡Al diablo las vinazas y los tres-seis que
bebemos desde que salimos de París! ¡al diablo las pitanzas sin nombre, las
bazofias desconocidas de las que nos hemos atiborrado tan escasamente desde
hace cerca de un mes! ¡Estamos irreconocibles; nuestras caras de famélicos se
tornan rojizas como caras de borrachos, berreamos con la nariz al viento, vamos
a la deriva! Así recorremos toda la ciudad. Llega la tarde y es necesario
volver. La religiosa que vigilaba la sala de los ancianos nos dice con su
vocecita flauteada:
-Señores militares, la noche pasada padecieron
bastante frío, pero hoy van a tener una buena cama.
Y nos conduce a una sala grande donde lucen en el
techo tres lamparillas mal encendidas. Tengo una cama blanca, me meto encantado
entre las sábanas que conservan aún el agradable olor de la colada. Sólo se
escucha la respiración o el ronquido de los que duermen. Estoy calentito, mis
ojos se cierran, ya no sé dónde estoy, cuando un cloqueo prolongado me
despierta. Abro un ojo y veo, al pie de mi cama, a un individuo que me
contempla. Me incorporo. Tengo ante mí a un viejecillo alto, seco, con la
mirada hosca, con unos labios que babean sobre la barba sin rasurar. Le
pregunto qué quiere. No responde. Le grito: «¡Váyase de aquí, déjeme dormir!».
Me enseña el puño. Me temo que está loco, enrollo una toalla en el extremo de
la cual hago disimuladamente un nudo; da un paso hacia mí, salto sobre el
parquet, paro el puñetazo que me lanza y, en respuesta, le asesto en el ojo
izquierdo un golpe con la toalla ¡a todo alcance! Ve las estrellas, y se
abalanza sobre mí; retrocedo y le lanzo una vigorosa patada en el estómago. Se
cae, arrastra en su caída una silla que rebota; todo el dormitorio se
despierta; Francis acude en camisa para echarme una mano, la religiosa llega,
los enfermeros se lanzan sobre el loco al que azotan y logran, tras mucho
esfuerzo, volver a acostarlo.
El aspecto del dormitorio era eminentemente
grotesco. A la luz de color rosa pálido que expandían a su alrededor las
lamparillas mortecinas, había sucedido el resplandor de tres linternas. El
techo negro con sus redondeles de luz que danzaban por encima de las mechas en
combustión resplandecía ahora con un tinte de yeso recién blanqueado. Los
enfermos, un conjunto de títeres sin edad, habían agarrado la barra de madera
que colgaba al extremo de una cuerda por encima de sus camas, se aferraban a
ella con una mano, y con la otra hacían gestos aterrorizados. Al ver el
espectáculo, mi cólera cesa, me retuerzo de risa, el pintor se ahoga, sólo la
religiosa conserva la seriedad y, a fuerza de amenazas y ruegos, llega a
restablecer el orden en la habitación.
La noche termina razonablemente; por la mañana, a
las seis, un redoble de tambor nos reúne, el director pasa lista. Nos vamos a
Rouen. Una vez llegados a esta ciudad, un oficial le dice al pobre que nos
lleva que el asilo estaba completo y no podía acogernos. Mientras esperábamos,
tuvimos una parada de una hora. Dejo mi petate en un rincón de la estación y,
aunque mi vientre bulle, ahí nos tienen a Francis y a mí, vagando de una parte
a otra, extasiándonos ante la iglesia de Saint-Ouen, embelesándonos ante las
casas antiguas. Admiramos tanto y tanto que la hora había transcurrido desde
hacía mucho rato antes de que se nos ocurriera volver a la estación.
-¡Hace mucho rato que sus compañeros se marcharon
-nos dice un empleado del ferrocarril-; ya están en Évreux!
-¡Demonios, el próximo tren no sale hasta las
nueve! ¡Vámonos a cenar!
Cuando llegamos a Évreux era plena noche. No
podíamos presentarnos a semejante hora en un asilo, habríamos parecido
malhechores. La noche era soberbia, atravesamos la ciudad y nos encontramos en
el campo. Era el tiempo de la siega, los haces formaba montones. Vemos un
pequeño alminar en un terreno, hacemos en él dos nichos confortables, y no sé
si es por el olor turbador de nuestro lecho o por el perfume penetrante de los
bosques que nos emociona, lo cierto es que experimentamos la necesidad de
hablar de nuestros amores difuntos. ¡El tema era inagotable! Poco a poco, no
obstante, las palabras empiezan a escasear, los entusiasmos se debilitan, y nos
dormimos. «¡Voto a bríos! -grita mi vecino, desperezándose-, ¿qué hora será?».
Yo me despierto a mi vez. El sol no va a tardar en salir, pues la gran cortina
azul se raya en el horizonte de franjas rosas ¡Qué desgracia! ¡Vamos a tener
que ir a llamar a la puerta del asilo, y dormir en las salas impregnadas de ese
olor desabrido sobre el que vuelve, como una muletilla obsesiva, el agrio olor
de los polvos de yodoformo!
Emprendemos tristes el camino hacia el asilo. Nos
abren la puerta, pero, lamentablemente, sólo uno de nosotros, Francis, es
admitido y a mí me envían al instituto. La vida allí era imposible y planeaba
una evasión cuando, un día, el interno de guardia baja al patio. Le enseño mi
carnet de estudiante de derecho; él conoce París, el Barrio Latino. Le explico
mi situación. «Es absolutamente necesario -le dije- o que Francis venga al
instituto, o que yo me una a él en el hospital». Reflexiona, y por la noche, al
llegar junto a mi cama, me desliza estas palabras al oído: «Mañana por la
mañana, diga que está peor». Al día siguiente, hacia las siete, hace su entrada
el médico; un animoso y excelente hombre, que sólo tenía dos defectos: que le
apestaba el aliento y que quería deshacerse de sus pacientes costara lo que
costase. Cada mañana tenía lugar la escena siguiente:
-¡Ah! ¡Ah! el mocetón -gritaba- ¡qué buena cara
tiene!, buen color, nada de fiebre; levántese y vaya a tomar una buena taza de
café; pero sin hacer tonterías, ya sabe, no corra tras las faldas; voy a
firmarle el alta y regresará mañana a su regimiento.
Enfermos o no, enviaba de regreso a tres por día.
Esa mañana se detiene ante mí y dice:
-¡Ah! ¡caramba, muchacho, tiene usted mejor cara!
Yo protesto, ¡jamás he estado peor! Me palpa el
vientre. «Pero esto va mejor, el vientre está menos duro». Protesto. Parece
sorprendido, entonces el interno le dice por lo bajo:
-Tal vez necesitara que se le hiciera un
lavamiento, pero aquí no tenemos ni lavativa ni bomba impelente, ¿y si lo
enviáramos al hospital?
-¡Vaya! es una excelente idea -dice el buen hombre
encantado de deshacerse de mí y, en el acto, firma mi baja; preparo feliz mi
petate y, custodiado por un criado del instituto, hago mi entrada en el
hospital. ¡Me encuentro con Francis! Por una suerte increíble, el corredor de
San Vicente donde él duerme por falta de espacio en las salas, contiene una
cama vacía junto a la suya. ¡Por fin estamos juntos! Además de nuestras dos
camas, cinco camastros se extienden uno tras otro, a lo largo de las paredes pintadas
de amarillo. Tienen como ocupantes a un soldado de infantería de línea, dos
artilleros, un dragón y un húsar. El resto del hospital se compone de algunos
viejecillos cascados y chochos, unos cuantos jóvenes raquíticos o patizambos, y
un buen número de soldados, los restos del ejército de Mac-Mahon que, después
de haber rodado de ambulancia en ambulancia, habían venido a recalar a esta
orilla. Francis y yo éramos los únicos que llevábamos uniforme de la guardia
móvil del Sena; nuestros vecinos de cama eran chicos bastante amables, a decir
verdad, cada uno más insignificante que el otro; eran en su mayoría, hijos de
campesinos o de agricultores movilizados al declararse la guerra.
Mientras me quito la chaqueta, llega una religiosa,
tan delicada, tan bonita, que no me canso de mirarla, ¡qué hermosos ojos! ¡qué
pestañas tan largas! ¡qué dientes tan lindos! Me pregunta por qué he dejado el
instituto; le explico en frases nebulosas cómo la ausencia de una bomba
impelente ha hecho que me expulsen del colegio. Sonríe dulcemente y me dice:
-¡Oh! señor militar, podría usted haber llamado las
cosas por su nombre, estamos acostumbradas a todo.
Estoy seguro de que debía estar acostumbrada a
todo, la desgraciada, porque los soldados no se cohibían en absoluto al
entregarse a sus aseos indiscretos delante de ella. Nunca, por otra parte, la
vi ruborizarse; pasaba entre ellos, muda, con los ojos bajos, parecía no
escuchar las groseras bufonadas que se relataban a su alrededor. ¡Dios! ¡Cómo
me mimó! Aún la veo, por la mañana, cuando el sol quebraba sobre las baldosas
la sombra de los barrotes de las ventanas, avanzar lentamente, desde el fondo
del corredor, con las grandes alas de su toca oscilando sobre su rostro.
Llegaba junto a mi cama con un plato humeante, sobre el borde del cual brillaba
su uña bien cortada. «La sopa está un poco clara esta mañana -decía con su
linda sonrisa-, le traigo chocolate; ¡tómeselo rápido mientras está caliente!».
Pese a los cuidados que me prodigaba, me aburría soberanamente en este
hospital. Mi amigo y yo habíamos llegado a ese grado de embrutecimiento que nos
arroja sobre la cama, intentando matar, en una somnolencia animal, las largas
horas de las insoportables jornadas. Las únicas distracciones que se nos
ofrecían consistían en un almuerzo y una cena compuestos de vaca hervida,
sandía, ciruelas y un dedo de vino, todo en cantidad insuficiente para
alimentar a un hombre.
Gracias a mi cortesía hacia las monjas y a las
etiquetas de farmacia que escribía para ellas, conseguía, de vez en cuando, una
chuleta y una pera recolectada en la huerta del hospital. Era, en definitiva,
el menos digno de compasión de todos los soldados amontonados sin orden en las
salas, pero, los primeros días no conseguía siquiera tragar la comida por la
mañana. Era la hora de la visita y el doctor escogía ese momento para hacer sus
operaciones. El segundo día después de mi llegada, abrió un muslo de arriba
abajo; oí un grito desgarrador; cerré los ojos, pero no lo suficiente, no
obstante, como para no ver una lluvia roja caer a grandes gotas sobre su
delantal. Esa mañana, no pude comer. Poco a poco, sin embargo, terminé por
acostumbrarme; pronto, me limitaba a volver la cabeza y a preservar mi sopa.
Mientras esperábamos, la situación se había hecho
intolerable. Habíamos intentado, en vano, conseguir periódicos y libros, y
estábamos reducidos a disfrazarnos, a ponernos, para divertirnos, la chaqueta
del húsar; pero esa alegría pueril se apagaba pronto y nos desperezábamos cada
veinte minutos, intercambiando algunas palabras, dejando caer de nuevo la
cabeza sobre la almohada. No podía obtenerse mucha conversación por parte de
nuestros compañeros. Los dos artilleros y el húsar estaban demasiado enfermos para
charlar. El dragón blasfemaba sin hablar, se levantaba a cada momento y,
envuelto en su gran capa blanca iba a las letrinas de las que traía toda la
suciedad amasada por sus pies descalzos. El hospital carecía de orinales;
algunos de los enfermos más graves tenían no obstante bajo su cama una vieja
cacerola que los convalecientes hacían saltar como los cocineros, ofreciendo, a
título de broma, el guiso a las religiosas.
Quedaba solamente pues el soldado de línea: un
infeliz dependiente de ultramarinos, padre de un niño, llamado a filas, víctima
constante de la fiebre, que tiritaba bajo sus mantas. Sentados con las piernas
cruzadas sobre nuestras camas, lo escuchábamos contar la batalla en la que
había participado. Soltado cerca de Froeschwiller, en una llanura rodeada de
bosques, había visto resplandores rojos desfilar en ramilletes de humareda
blanca, y había bajado la cabeza, temblando, aturdido por la descarga del cañón,
despavorido por el silbido de las balas. Había andado, mezclado con los
regimientos, por una tierra feraz, sin ver a ningún prusiano, sin saber dónde
estaba, oyendo a su alrededor gemidos cruzados por gritos breves; luego, las
filas de soldados que iban delante de él se habían dado la vuelta y en el
atropello de la huida, sin saber cómo, había sido derribado al suelo. Se había
vuelto a levantar, había escapado abandonando su fusil y su petate, y,
finalmente, agotado por las marchas forzadas seguidas desde hacía ocho días,
extenuado por el miedo y debilitado por el hambre, se había sentado en una
cuneta. Había permanecido allí, alelado, inerte, ensordecido por el estruendo
de los obuses, decidido a no defenderse más, a no moverse; luego había pensado
en su mujer, y llorando, preguntándose qué había hecho él para que le hicieran
sufrir así, había recogido, sin saber por qué, una hoja de un árbol que había
guardado y a la que tenía apego, pues nos la enseñaba con frecuencia, seca,
arrugada en el fondo de un bolsillo.
Mientras tanto, había pasado un oficial que, con el
revólver en la mano, lo había tratado de cobarde y lo había amenazado con
abrirle la cabeza si no seguía caminando. Él había dicho: «¡Prefiero que así
sea, y que acabe todo de una buena vez!». Pero el oficial, en el momento en que
lo sacudía para hacer que se pusiera de pie, se había repantigado, escupiendo
sangre por la nuca. Entonces, el miedo se había adueñado de nuevo de él, había
huido, y había logrado llegar a una ruta, inundada de desertores, negra de
tropas, surcada de atalajes cuyos caballos desbocados deshacían y desordenaban
las filas. Habían logrado por fin ponerse a salvo. El grito de traición surgía
de los grupos. Los viejos soldados parecían resueltos, pero los reclutas se
negaban a continuar. «¿Por qué iban a hacer que los mataran -decían-, que lo
hagan ellos, -insinuaban indicando a los oficiales-, es su oficio! ¡Yo tengo
hijos y no será el Estado quien les dé de comer si yo muero!». Y envidiaban la
suerte de todos los que, algo heridos o enfermos, podían refugiarse en las
ambulancias.
-¡Ah! cuánto miedo se pasa y cómo se conserva en el
oído la voz de los que llaman a su madre y piden que se les de algo de beber
-añadía, tembloroso. Se callaba y, mirando el corredor con expresión arrobada,
proseguía: «Da igual, estoy muy contento de estar aquí; y además, así puede
escribirme mi mujer», y mostraba al pie de la cuartilla, bajo la penosa
escritura de su mujer, unos palotes formando una frase dictada donde se leía:
«Besos a papá» entre borrones de tinta. Escuchamos veinte veces por lo menos esta
historia, y tuvimos que soportar durante muchas horas mortales las machaquerías
de este hombre encantado de tener un hijo. Terminamos por taparnos los oídos y
tratar de dormir para no escucharlo más.
Esta deplorable vida amenazaba con prolongarse,
cuando una mañana Francis, que contrariamente a su costumbre, había estado
correteando la víspera por el patio, me dijo: «¡Eh! Eugène, ¿vienes a respirar
un poco de aire libre al campo?». Yo agudizo el oído. «Hay un patio reservado a
los locos -prosiguió-; ese patio está vacío; subiendo el tejado de las gavias,
cosa que es fácil gracias a las rejas que protegen las ventanas, alcanzamos el
caballete de la tapia, saltamos y caemos en la campiña. A dos pasos de ese
muro, se abre una de las puertas de Évreux. ¿Qué me dices?
-Digo... digo que estoy dispuesto a salir; pero
¿cómo haremos para volver a entrar?
-No sé; primero vámonos y ya lo pensaremos después.
Levántate, van a servir la sopa, y después saltamos el muro.
Me levanto. El hospital carecía de agua, por lo que
me veía obligado a lavarme la cara con el agua de Seltz que la hermana me había
proporcionado. Cojo mi sifón, apunto al pintor que grita «¡Fuego!», aprieto el
gatillo, la descarga le da de lleno en la cara; a mi vez, me coloco delante de
él, recibo el surtidor en la barba, me froto la nariz con la espuma, me seco.
Estamos listos, bajamos. El patio está desierto, escalamos el muro. Francis
toma impulso y salta. Yo estoy sentado a horcajadas sobre el caballete, lanzo
una mirada rápida a mi alrededor; abajo una cuneta, hierba; a la derecha, una
de las puertas de la ciudad; a lo lejos, un bosque se aglomera y levanta sus
tonos de oro rojizo sobre una franja de azul pálido. Estoy de pie; oigo ruido
en el patio, salto; nos deslizamos a lo largo de las murallas, y estamos en
Évreux.
-¿Y si comiéramos?
-De acuerdo.
De camino, mientras buscábamos un albergue, vemos a
dos mujercitas que contonean sus caderas, las seguimos, las invitamos a
almorzar; no aceptan; insistimos, responden que no con menos energía;
insistimos de nuevo y dicen que sí. Vamos a su casa con un paté, botellas,
huevos, un pollo friambre. Nos parece cómico encontrarnos en una habitación
clara, tapizada con un papel estampado de flores lilas y hojas verdes; hay en
las ventanas cortinas de damasco grosella, un espejo sobre la chimenea, un
grabado representando a Cristo injuriado por los fariseos, seis sillas de
madera de cerezo, una mesa redonda con un hule en el que se ven los reyes de
Francia y un lecho provisto de un edredón de percal rosa. Preparamos la mesa,
miramos con ojos ávidos a los chicas que van y vienen a nuestro alrededor;
tardamos en colocar los cubiertos, porque las detenemos al pasar para besarlas.
Son feas y bobas. Pero ¿qué puede importarnos eso? ¡hace tanto tiempo que no
hemos olisqueado la boca de una mujer!
Parto el pollo, saltan los corchos, bebemos como
sochantres y tragamos como ogros. El café humea en las tazas, lo doramos con
coñac; mi tristeza desaparece, el ponche se enciende, las llamas azules del
licor de guindas flamean en la ensaladera que chisporrotea, las chicas bromean
con los cabellos en la cara y los senos manoseados; de pronto, cuatro
campanadas suenan lentamente en el reloj de la iglesia. Son las cuatro ¿y el
hospital, santo Dios? ¡lo habíamos olvidado! Me pongo pálido, Francis me mira
despavorido, nos arrancamos de los brazos de nuestras anfitrionas, y salimos
corriendo.
-¿Cómo podemos volver? -dijo el pintor.
-¡Ay! no tenemos elección; llegaremos a duras penas
a la hora de la sopa. ¡Dios nos la depare buena, vayamos por la puerta
principal!
Llegamos, llamamos; la hermana portera viene a
abrirnos y se queda sorprendida. La saludamos, y digo suficientemente alto como
para que ella me oiga:
-¿Sabes una cosa? La gente de Intendencia no es muy
amable, el grueso sobre todo nos ha recibido más o menos correctamente...
La hermana no dice ni palabra; corremos al galope
hacia la habitación; ya era hora, pues oigo la voz de sor Angèle que distribuye
las raciones. Me acuesto lo más rápidamente posible en mi cama, disimulo con la
mano el chupetón que mi hermosa me ha dejado en el cuello; la religiosa me
mira, encuentra en mis ojos un brillo desacostumbrado y me pregunta con
interés: «¿Está usted peor?». La tranquilizo y le contesto: «Al contrario, me
encuentro mejor, pero esta ociosidad y este encierro me están matando». Cada vez
que le expresaba el horrible aburrimiento que experimentaba perdido entre esta
tropa, al fondo de una provincia, lejos de los míos, ella no respondía pero sus
labios se apretaban, sus ojos adoptaban una indefinible expresión de melancolía
y piedad. Un día, sin embargo, me había dicho con un tono seco: «¡Oh! ¡la
libertad no le serviría de nada!», haciendo alusión a una conversación que
había sorprendido entre Francis y yo, que discutíamos acerca de los encantos de
las parisinas; luego se había suavizado, y había añadido con una pequeña mueca
encantadora: «Usted no es verdaderamente serio, señor militar».
A la mañana siguiente, convenimos el pintor y yo,
que tan pronto como nos tragáramos la sopa, escalaríamos de nuevo los muros. A
la hora indicada, damos varias vueltas alrededor del patio ¡la puerta está
cerrada! «¡Bah!, da igual -dice Francis-, ¡adelante!» y se dirige hacia la
puerta principal del hospital. Yo le sigo. La hermana tornera nos pregunta
dónde vamos. «A la Intendencia». La puerta se abre, estamos fuera. Una vez
llegados a la plaza mayor de la ciudad, enfrente de la iglesia, mientras contemplábamos
las esculturas del porche, veo a un señor gordo, con una cara como una luna
roja erizada de bigotes blancos, que nos miraba con sorpresa. Lo miramos de
frente, descaradamente, y proseguimos nuestro camino. Francis se moría de sed,
entramos en un café y, mientras degustaba mi tacita, echo una ojeada al
periódico de la zona, y encuentro en él un apellido que me hace soñar. A decir
verdad, yo no conocía a la persona que lo llevaba, pero ese apellido despertaba
en mí recuerdos borrados desde hacía mucho tiempo. Me acordé que uno de mis
amigos tenía un pariente bien situado en la ciudad de Évreux. «Es absolutamente
necesario que lo vea», le dije al pintor; pregunto su dirección al dueño del
bar, la ignora; salgo y entro en todas las panaderías y en todas las farmacias
que encuentro. Todo el mundo come pan y toma potingues; es imposible que uno de
los encargados de estos establecimientos no conozca la dirección del señor de
Fréchêde. Efectivamente, la encuentro; cepillo mi blusa, compro una corbata
negra, unos guantes y voy a llamar suavemente, en la calle Chartraine, a la
reja de una propiedad que levanta sus fachadas de ladrillo y sus tejados de
pizarra en medio de un soleado parque. Un criado me invita a entrar. El señor
de Fréchêde está ausente, pero la señora está en casa. Espero unos segundos en
un salón; una puertecilla se abre y aparece una dama anciana. Tiene una
expresión tan afable que enseguida me siento tranquilo. Le explico en pocas
palabras quién soy.
-Señor, -me dijo con una hermosa sonrisa- he oído
hablar mucho de su familia; creo incluso haber visto en casa de la señora
Lezant, a su señora madre, durante mi último viaje a París; sea bienvenido.
Charlamos un rato; yo, un poco molesto, disimulando
con el quepis el chupetón del cuello; ella, intentando hacerme aceptar un
dinero que rechazo.
-Veamos -me dijo por fin-, deseo de todo corazón
serle útil; ¿qué puedo hacer por usted? -Le contesto: «¡Dios mío! señora, si
pudiera lograr que me mandaran de nuevo a París, me haría un gran favor; las
comunicaciones se van a interceptar dentro de poco, si es cierto lo que dicen
los periódicos; se habla de un nuevo golpe de estado o de un derrocamiento del
imperio; tengo gran necesidad de volver a ver a mi madre y, sobre todo, de no
dejarme apresar aquí, si llegan los prusianos».
Mientras tanto, regresa el señor de Fréchêde. En
dos palabras es puesto al corriente de la situación.
-Si quiere acompañarme al despacho del médico del
hospital, -me dice-, no tenemos tiempo que perder.» -¡Al despacho del médico!
¡Dios santo! ¿y cómo voy a explicarle mi salida del hospital? No me atrevo a
decir ni una palabra; sigo a mi protector, preguntándome cómo terminaría todo
esto. Llegamos, el doctor me mira estupefacto. No le dejo tiempo de abrir la
boca, y le suelto, con una prodigiosa volubilidad, un rosario de lamentaciones
acerca de mi triste situación. El señor de Fréchêde toma a su vez la palabra y
le pide, a favor mío, un permiso de convalecencia de dos meses.
-Efectivamente, el señor está lo bastante enfermo,
-dijo el médico-, como para tener derecho a dos meses de reposo; si mis colegas
y el general comparten mi criterio, su protegido podrá volver a París dentro de
unos pocos días.
-Está bien -replicó el señor de Fréchêde-; le doy
las gracias, doctor; hablaré con el general esta misma noche.
Salimos a la calle, lanzo un suspiro de alivio,
aprieto la mano del excelente hombre que se interesa por mí, corro a buscar a
Francis. Tenemos el tiempo justo para regresar, llegamos a la verja del
hospital; Francis llama, yo saludo a la hermana. Ella me detiene:
-¿No me han dicho ustedes esta mañana que iban a la
Intendencia?
-Sí, así es, hermana.
-¡Pues bien! El general acaba de salir de aquí.
Vayan a ver al director y a la hermana Angèle, que los están esperando; ustedes
les explicarán, sin duda, el objeto de sus visitas a la Intendencia.
Subimos la escalera del dormitorio absolutamente
avergonzados. Sor Angèle me está esperando y me dice:
-¡Jamás habría podido creer algo semejante; han
recorrido toda la ciudad ayer y hoy, y Dios sabe la vida que habrán llevado!
-¡Oh! ¡lo que faltaba! -exclamé. Me mira tan
fijamente que no pronuncié ni una palabra más.
-Resulta, -prosiguió- que el general los ha visto
hoy mismo en la plaza mayor. Yo he negado que hubieran salido y los he buscado
por todo el hospital. El general tenía razón, ustedes no estaban aquí. Me ha
preguntado sus nombres; le he dado el nombre de uno, y me he negado a entregar
al otro, pero sin lugar a dudas he cometido un error, pues no se lo merecen.
-¡Oh! ¡No sabe cuánto se lo agradezco,
hermana!...». Pero sor Angèle no me escuchaba, ¡estaba indignada por mi
conducta! No tenía sino un camino, callarme, y recibir el chaparrón incluso sin
intentar ponerme a cobijo. Mientras tanto, Francis era llamado al despacho del
director, y como, no sé por qué, sospechaban que él me pervertía y que, a causa
de sus mofas, estaba a mal con el médico y con las hermanas, le anunciaron que
partiría al día siguiente para incorporarse a su cuerpo.
-Las mujerzuelas en casa de las cuales comimos ayer
son unas rameras que nos han vendido, -me decía furioso-. Es el director mismo
quien me lo ha dicho.
Mientras maldecíamos a esas bribonas deplorábamos
nuestro uniforme que hacía que se nos reconociera tan fácilmente, corre el
rumor de que el emperador ha sido hecho prisionero y que la república ha sido
proclamada en París; le doy un franco a un viejecito que podía salir y me trae
un ejemplar de Le Gaulois. La noticia es cierta. El hospital exulta. «¡Hundido
Bandinguet! ¡Ya era hora!, ¡por fin ha terminado la guerra!». A la mañana
siguiente, Francis y yo nos abrazamos, se va. «¡Hasta pronto -me grita al cerrar
la verja-, quedamos citados en París!»
¡Oh! ¡qué tristes fueron las jornadas que
siguieron! ¡qué sufrimientos! ¡qué abandono! Era imposible salir del hospital;
un centinela se paseaba, en mi honor, a lo largo y ancho, delante de la puerta.
Tuve, no obstante el coraje de no echarme a dormir; me paseaba como una bestia
enjaulada, por el patio. Vagué así durante doce horas. Conocía mi prisión hasta
en sus más mínimos detalles. Conocía los lugares en los que crecían las
parietarias y el musgo, los paños de muro que cedían y se agrietaban. Le había
tomado asco a mi corredor, a mi camastro aplastado como una galleta, a mi
geigneux, a mi ropa podrida de mugre. Vivía aislado, sin hablar con nadie,
dándole patadas a los guijarros del patio, vagando como alma en pena bajo los
soportales pintados de ese ocre amarillo como las salas, volviendo a la reja de
entrada, descendiendo al bajo donde brillaba la cocina poniendo los relámpagos
de su cobre rojizo en la desnudez descolorida de la pieza. Me mordía los puños
de impaciencia, mirando, a determinadas horas, las idas y venidas de los
civiles y los soldados mezclados, pasando y volviendo a pasar por todas las
plantas, llenando las galerías con su marcha lenta.
Ya no tenía fuerzas para sustraerme al acoso de las
hermanas, que nos metían en la capilla cada domingo. Me estaba volviendo
monómano; una idea fija me obsesionaba: huir lo antes posible de esta
lamentable prisión. Junto a eso, me oprimía la escasez de dinero. Mi madre me
había enviado cien francos a Dunkerque, donde, al parecer, debía encontrarme.
Este dinero no llegaba. Y vi acercarse el día en el que no tendría un céntimo
para comprar tabaco o papel. Mientras tanto, los días se sucedían. Los de Fréchêde
parecían haberme olvidado y atribuía su silencio a mis escapadas, que sin duda
habían conocido. Pronto, a toda esa angustia vinieron a añadirse dolores
horribles: mal cuidadas e irritadas por los pingoneos que me había corrido, mis
entrañas ardían. Padecí tanto que llegué a temer que no podría soportar el
viaje. Disimulaba mis dolores, por miedo a que el médico me forzara a
permanecer mucho más tiempo en el hospital. Algunos días me quedaba en cama; y
luego, como sentía que mis fuerzas menguaban, quise levantarme a pesar de todo
y bajé al patio. Sor Angèle ya no me hablaba, y por la noche, cuando hacía su
ronda por los corredores y las salas, girándose para no ver los puntos de luz
de las pipas que brillaban en la oscuridad, pasaba delante de mí, indiferente y
fría, volviendo la cabeza.
Una mañana, no obstante, cuando me arrastraba por
el patio y me dejaba caer en todos los bancos, me vio tan cambiado, tan pálido,
que no pudo reprimir un gesto de compasión. Por la noche, después de haber
terminado su visita a los dormitorios, yo me había reclinado sobre mi almohada
y con los ojos completamente abiertos, miraba las luces azuladas que la luna
arrojaba por las ventanas del corredor, cuando la puerta del fondo se abrió de
nuevo y vi, unas veces bañada en vapores de plata, otras oscura y como vestida
de un crespón negro, dependiendo de que pasara delante de las ventanas o
delante de los muros, a sor Angèle que se dirigía hacia mí. Sonreía suavemente.
«Mañana por la mañana -me dijo- pasará usted la visita de los médicos. He visto
hoy a la señora de Fréchêde, y es probable que se marche usted a París dentro
de dos o tres días». Doy un brinco y salgo de la cama, mi rostro se ilumina, me
gustaría poder saltar y cantar; jamás fui más feliz. El día comienza, me visto,
y algo inquieto, me dirijo hacia la sala donde tiene lugar la reunión de
oficiales y médicos.
Uno a uno, los soldados mostraban sus torsos llenos
de agujeros o cubiertos de pelo. El general se rascaba una uña, el coronel de
la gendarmería se abanicaba con un papel, los médicos charlaban mientras
palpaban a los hombres. Por fin llega mi turno: me examinan de pies a cabeza,
me oprimen el vientre que está inflado y terso como un globo y, por unanimidad,
el consejo acuerda concederme un permiso de convalecencia de sesenta días. ¡Por
fin voy a volver a ver a mi madre! ¡a encontrar mis cosas y mis libros! ¡Ya no
siento ese hierro candente que me quema las entrañas, salto como una cabra!
Anuncio a mi familia la buena noticia. Mi madre me
escribe una carta tras otra, sorprendida de que no llegue. ¡Ay! Mi permiso debe
ser visado en la División de Rouen. Llega al cabo de cinco días; estoy en
regla, voy a buscar a sor Angèle y le ruego que me consiga un permiso de salida
antes de la hora prevista para el viaje, con el fin de ir a darle las gracias a
los Fréchêde que han sido tan buenos conmigo. Va en busca del director y me
trae el permiso; corro a casa de estas excelentes personas que me obligan a
aceptar un pañuelo de seda y cincuenta francos para el camino; voy a buscar mi
hoja a la Intendencia, regreso al asilo, sólo tengo unos minutos para mí. Me
pongo a buscar a sor Angèle a quien encuentro en el jardín y, completamente
emocionado, le digo:
-¡Oh! querida hermana, me voy; ¿cómo podré
agradecerle todo cuanto ha hecho por mí?» -Le tomo la mano, que ella quiere
retirar, y me la llevo a los labios. Se ruboriza. «¡Adiós! -murmura, y
amenazándome con el dedo, añade alegremente-: ¡Pórtese bien, y sobre todo, no
tenga malos encuentros durante el trayecto!» -«¡Oh! ¡no tema, hermana, se lo
prometo!». Llega la hora, la puerta se abre, me precipito hacia la estación,
salto a un vagón, el tren se pone en marcha, he dejado Évreux.
El vagón está medio lleno pero, afortunadamente,
ocupo uno de los rincones. Acerco la nariz a la ventana, veo algunos árboles
desmochados, algunos trozos de colinas que serpentean a lo lejos y un puente
cruzando una gran charca que centellea al sol como un trozo de vidrio. Todo
esto no es demasiado alegre. Me vuelvo a hundir en mi rincón, mirando en
ocasiones los hilos del telégrafo que rayan el azul ultramar con sus líneas
negras; cuando el tren se detiene, los viajeros que me rodean descienden, la
puerta se cierra, luego se abre de nuevo y da paso a una joven. Mientras se
sienta y se estira el vestido, entreveo su rostro bajo el vuelo de su velo. Es
encantadora, con los ojos llenos del azul del cielo, los labios manchados de
púrpura, los dientes blancos y el cabello del color del maíz maduro.
Inicio la conversación; se llama Reine y borda
flores: charlamos como amigos. De repente, se pone pálida y parece que va a
desmayarse; abro la ventanilla, le tiendo un frasco de sales que llevo conmigo
desde mi salida de París; me da las gracias, no será nada -dice-, y se apoya
sobre mi petate para intentar dormir. Afortunadamente estamos solos en el
compartimiento, pero la barrera de madera que divide en partes iguales la caja
del vagón no alcanza sino hasta la mitad del cuerpo, y se ve y, sobre todo, se
escuchan los clamores y las risotadas de los campesinos y campesinas. ¡Habría
golpeado de buena gana a esos imbéciles que turbaban su sueño! Me contenté con
escuchar las mediocres opiniones que intercambiaban sobre política. Me harto
pronto; me tapo los oídos; intento, a mi vez, dormir; pero la frase pronunciada
por el jefe de la última estación: «No llegarán a París, la vía está cortada en
Mantes» reaparece en todos mis sueños como un estribillo obstinado. Abro los
ojos, mi vecina se despierta también: no quiero hacerle compartir mis temores;
charlamos en voz baja, me dice que va a encontrarse con su madre en Sèvres.
«Pero, -le dije- el tren no llegará a París antes de las once de la noche, no
le dará tiempo de llegar al embarcadero del margen izquierdo» - «¿Qué haré
-dice- si mi hermano no está en la estación, cuando lleguemos?».
¡Oh, miseria! ¡estoy sucio como un peine y mi
vientre está ardiendo! No puedo soñar con llevarla a mi apartamento de soltero,
además, antes de nada quiero ir a casa de mi madre. ¿Qué hacer? Miro a Reine
angustiado, le tomo la mano; en ese momento el tren cambia de vía, la sacudida
la echa hacia adelante, nuestros labios están cerca, se tocan, apoyo los míos
con rapidez, ella se ruboriza. ¡Santo Dios! Su boca se mueve
imperceptiblemente, me devuelve el beso; un largo escalofrío me recorre la
espina dorsal al sentir el contacto de esas brasas ardientes, me siento
desfallecer: «¡Ah! ¡sor Angèle, sor Angèle, no puede uno corregirse!».
El tren ruge y rueda sin aminorar la marcha,
caminamos a todo vapor hacia Mantes; mis temores son infundados, la vía está
libre. Reine cierra a medias los ojos, su cabeza descansa sobre mi hombro, sus
pequeños rizos me llegan a la barba y me hacen cosquillas en los labios, agarro
su cintura que se dobla y la acuno. París no está lejos, pasamos por delante de
los depósitos de mercancías, por delante de las rotondas donde rugen, en medio
de un vapor rojizo, las locomotoras en marcha; el tren se detiene, recogen los
billetes. Pensándolo bien, llevaré en primer lugar a Reine a mi apartamento de
soltero. ¡Con tal de que su hermano no la esté esperando a la llegada! Bajamos
del vagón, allí está el hermano. «¡Hasta dentro de cinco días!», me dice con un
beso, y el hermoso pájaro emprende el vuelo. Cinco días después yo me
encontraba en mi cama atrozmente enfermo y los prusianos ocupaban Sèvres. No
volví a verla jamás.
Tengo el corazón oprimido, lanzo un gran suspiro;
sin embargo, no es el momento de estar triste. Voy traqueteándome dentro de un
simón, reconozco mi barrio, llego ante la casa de mi madre, subo las escaleras
de cuatro en cuatro, llamo precipitadamente, la criada abre: «¡Es el señor!» y
corre a avisar a mi madre que corre hacia mí, me besa, me mira de los pies a la
cabeza, se aleja un poco, me mira otra vez y me besa de nuevo. Mientras tanto,
la criada ha desvalijado la despensa. «Debe usted tener hambre, señor Eugène» -
«Sí, creo que tengo hambre!»; devoro todo cuanto me ofrecen, me trago los vasos
llenos de vino; a decir verdad, ¡no sé lo que como ni lo que bebo!
Regreso por fin a mi casa para acostarme; encuentro
mi apartamento tal como lo dejé. Lo recorro radiante, luego me siento en el
diván y permanezco allí, extasiado, tranquilo, llenando mis ojos con la
contemplación de mis cosas y de mis libros. Poco después me desvisto, me lavo
con agua abundante soñando que, por primera vez desde hace meses, voy a meterme
en una cama limpia con los pies limpios y las uñas cortadas. Salto sobre el
somier que rebota, hundo la cabeza en la almohada de plumas, mis ojos se cierran
y bogo viento en popa hacia el país de los sueños.
Me parece ver a Francis encendiendo su gran pipa de
madera, a sor Angèle que me mira con una pequeña mueca, luego Reine se acerca a
mí, me despierto sobresaltado, me trato de imbécil y me hundo de nuevo en la
almohada, pero el dolor de vientre, domado por un momento, me despierta ahora
que los nervios están menos tensos, y me froto suavemente la tripa, pensando
que ya se ha acabado el horror de la disentería que se arrastra por los lugares
en los que todo el mundo hace sus necesidades juntos, sin el menor pudor.
¡Estoy en mi casa, en mi retrete! Y me digo que hay que haber vivido en la
promiscuidad de los asilos y de los campamentos para apreciar el valor de una
palangana de agua, para saborear la soledad en los lugares en los que uno se
baja los pantalones, a gusto.
FIN
1. Petate: Lío de ropa de la cama y de uso personal
de los marineros, soldados, presos o de las personas que viajan en barco. //
Equipaje.
Le Drageoir aux épices, 1874. Traducción de
Esperanza Cobos Castro

No hay comentarios:
Publicar un comentario