© Libro N° 13852. La Sociedad
Presente Como Materia Novelable. Pérez Galdós, Benito. Discurso. Emancipación.
Mayo 24 de 2025
Título Original: © La Sociedad Presente Como Materia
Novelable. Benito Pérez Galdós. Discurso
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Original: © La Sociedad Presente
Como Materia Novelable. Benito Pérez Galdós. Discurso
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LA SOCIEDAD PRESENTE COMO
MATERIA NOVELABLE
Benito Pérez Galdós
La Sociedad
Presente Como Materia Novelable
Benito Pérez Galdós
La Sociedad
Presente Como Materia Novelable
Benito Pérez
Galdós
[Discurso
ante la Real Academia Española, con motivo de su recepción. Est. Tipográfico de
la Viuda e Hijos de Tello, Madrid, 1897]
Señores académicos:
Cumplido el deber que me imponía la memoria del
ilustre Académico a quien sucedo, afronto de nuevo las dificultades de esta
solemnidad; y no pudiendo esperar cosa de provecho de la erudición ni del
estudio crítico, me atengo a vuestra probada indulgencia, suplicándoos que me
permitáis por excepción, que mi inexperiencia justificará, cumplir este trámite
sin ningún alarde ni esfuerzo de ciencia literaria, encerrándome dentro de
límites modestísimos, sin más objeto que dar a este acto la extensión conveniente,
atendiendo a que la excesiva brevedad pudiera ser tomada por descortesía. A mi
buena estrella debo que haya sido designado para contestar a estas indoctas
páginas un insigne ingenio, crítico y filósofo literario, a quien dotó
Naturaleza de prodigiosas facultades para definir y desentrañar toda la ciencia
estética del mundo, y además de un arte soberano para expresar sus opiniones.
Pues bien: la mayor prueba de respeto que puedo dar al ilustre Académico que se
digna contestarme en vuestro nombre, es no poner mis manos profanas en el
sagrado tesoro de la erudición y del saber crítico y bibliográfico.
Si por una parte mi incapacidad crítica y mi
instintivo despego de toda erudición me imposibilitan para explanar ante
vosotros un asunto de puras letras, por otra una ineludible ley de tradición y
de costumbre ordena que estas páginas versen sobre la forma literaria que ha
sido mi ocupación preferente, o más bien exclusiva, desde que caí en la
tentación de escribir para el público. ¿Qué he de deciros de la Novela, sin
apuntar alguna observación crítica sobre los ejemplos de este soberano arte en
los tiempos pasados y presentes, de los grandes ingenios que lo cultivaron en
España y fuera de ella, de su desarrollo en nuestros días, del inmenso favor
alcanzado por este encantador género en Francia e Inglaterra, nacionalidades
maestras en ésta como en otras cosas del humano saber? Imagen de la vida es la
Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos,
las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las
fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el
lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de
familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la
personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza
entre la exactitud y la belleza de la reproducción. Se puede tratar de la
Novela de dos maneras: o estudiando la imagen representada por el artista, que
es lo mismo que examinar cuantas novelas enriquecen la literatura de uno y otro
país, o estudiar la vida misma, de donde el artista saca las ficciones que nos
instruyen y embelesan. La sociedad presente como materia novelable, es el punto
sobre el cual me propongo aventurar ante vosotros algunas opiniones. En vez de
mirar a los libros y a sus autores inmediatos, miro al autor supremo que los
inspira, por no decir que los engendra, y que después de la transmutación que
la materia creada sufre en nuestras manos, vuelve a recogerla en las suyas para
juzgarla; al autor inicial de la obra artística, el público, la grey humana, a
quien no vacilo en llamar vulgo, dando a esta palabra la acepción de
muchedumbre alineada en un nivel medio de ideas y sentimientos; al vulgo, sí,
materia primera y última de toda labor artística, porque él, como humanidad,
nos da las pasiones, los caracteres, el lenguaje, y después, como público, nos
pide cuentas de aquellos elementos que nos ofreció para componer con materiales
artísticos su propia imagen: de modo que empezando por ser nuestro modelo,
acaba por ser nuestro juez.
Quiero, pues, examinar brevemente ese natural,
hablando en términos pictóricos, que extendido en derredor nuestro, nos dice y
aun nos manda que le pintemos, pidiéndonos con ardorosa sugestión su retrato
para recrearse en él, o abominar del artista con crítica severa. Con él me
encaro valerosamente, y de todas veras os digo que el mal ceño de este modelo y
su rostro de pocos amigos, me imponen también vivísima turbación, aunque ésta
no llega a las proporciones del espanto que siento ante las bibliotecas. La erudición
social es más fácil que la bibliográfica, y se halla al alcance de las
inteligencias imperfectamente cultivadas. Examinando las condiciones del medio
social en que vivimos como generador de la obra literaria, lo primero que se
advierte en la muchedumbre a que pertenecemos, es la relajación de todo
principio de unidad. Las grandes y potentes energías de cohesión social no son
ya lo que fueron; ni es fácil prever qué fuerzas sustituirán a las perdidas en
la dirección y gobierno de la familia humana. Tenemos tan sólo un firme
presentimiento de que esas fuerzas han de reaparecer; pero las previsiones de
la Ciencia y las adivinaciones de la Poesía no pueden o no saben aún alzar el
velo tras el cual se oculta la clave de nuestros futuros destinos.
La falta de unidades es tal, que hasta en la vida
política, constituida por naturaleza en agrupaciones disciplinadas, se
determina claramente la disolución de aquellas grandes familias formadas por el
entusiasmo de la acción constituyente, por afinidades tradicionales, por
principios más o menos deslumbradores. Para que todo falte, desaparece también
el fanatismo, que ligaba en estrecho haz enormes masas de personas, uniformando
los sentimientos, la conducta y hasta las fisonomías, de lo cual resultaban caracteres
genéricos de fácil recurso para el Arte, que supo utilizarlos durante largo
tiempo. Las disgregaciones de la vida política son el eco más próximo de ese
terrible rompan filas que suena de un extremo a otro del ejército social, como
voz de pánico que clama a la desbandada. Podría decirse que la sociedad llega a
un punto de su camino en que se ve rodeada de ingentes rocas que le cierran el
paso. Diversas grietas se abren en la dura y pavorosa peña, indicándonos
senderos o salidas que tal vez nos conduzcan a regiones despejadas. Contábamos,
sin duda, los incansables viajeros con que una voz sobrenatural nos dijera
desde lo alto: por aquí se va, y nada más que por aquí. Pero la voz
sobrenatural no hiere aún nuestros oídos, y los más sabios de entre nosotros se
enredan en interminables controversias sobre cuál pueda o deba ser la hendidura
o pasadizo por el cual podremos salir de este hoyo pantanoso en que nos
revolvemos y asfixiamos.
Algunos, que intrépidos se lanzan por tal o cual
angostura, vuelven con las manos en la cabeza, diciendo que no han visto más
que tinieblas y enmarañadas zarzas que estorban el paso; otros quieren abrirlo
a pico, con paciente labor, o quebrantar la piedra con la acción física de
substancias destructoras; y todos, en fin, nos lamentamos, con discorde
vocerío, de haber venido a parar a este recodo, del cual no vemos manera de
salir, aunque la habrá seguramente, porque aquí no hemos de quedamos hasta el
fin de los siglos.
En esta muchedumbre consternada, que inventa mil
artificios para ocultarse su propia tristeza, se advierte la descomposición de
las antiguas clases sociales forjadas por la historia, y que habían llegado
hasta muy cerca de nosotros con organización potente. Pueblo y aristocracia
pierden sus caracteres tradicionales, de una parte por la desmembración de la
riqueza, de otra por los progresos de la enseñanza; y el camino que aún hemos
de recorrer para que las clases fundamentales pierdan su fisonomía, se andará
rápidamente. La llamada clase media, que no tiene aún existencia positiva, es
tan sólo informe aglomeración de individuos procedentes de las categorías
superior e inferior, el producto, digámoslo así, de la descomposición de ambas
familias: de la plebeya, que sube; de la aristocrática, que baja,
estableciéndose los desertores de ambas en esa zona media de la ilustración, de
las carreras oficiales, de los negocios, que vienen a ser la codicia ilustrada,
de la vida política y municipal. Esta enorme masa sin carácter propio, que
absorbe y monopoliza la vida entera, sujetándola a un sin fin de reglamentos,
legislando desaforadamente sobre todas las cosas, sin excluir las espirituales,
del dominio exclusivo del alma, acabará por absorber los desmedrados restos de
las clases extremas, depositarias de los sentimientos elementales. Cuando esto
llegue, se ha de verificar en el seno de esa muchedumbre caótica una
fermentación de la que saldrán formas sociales que no podemos adivinar,
unidades vigorosas que no acertamos a definir en la confusión y aturdimiento en
que vivimos.
De lo que vagamente y con mi natural torpeza de
expresión indico, resulta, en la esfera del Arte, que se desvanecen, perdiendo
vida y color, los caracteres genéricos que simbolizaban grupos capitales de la
familia humana. Hasta los rostros humanos no son ya lo que eran, aunque parezca
absurdo decirlo. Ya no encontraréis las fisonomías que, al modo de máscaras
moldeadas por el convencionalismo de las costumbres, representaban las
pasiones, las ridiculeces, los vicios y virtudes. Lo poco que el pueblo conserva
de típico y pintoresco se destiñe, se borra, y en el lenguaje advertimos la
misma dirección contraria a lo característico, propendíendo a la uniformidad de
la dicción, y a que hable todo el mundo del mismo modo. Al propio tiempo, la
urbanización destruye lentamente la fisonomía peculiar de cada ciudad; y si en
los campos se conserva aún, en personas y cosas, el perfil distintivo del cuño
popular, éste se desgasta con el continuo pasar del rodillo nivelador que
arrasa toda eminencia, y seguirá arrasando hasta que produzca la anhelada
igualdad de formas en todo lo espiritual y material.
Mientras la nivelación se realiza, el Arte nos
ofrece un fenómeno extraño que demuestra la inconsistencia de las ideas en el
mundo presente. En otras épocas, los cambios de opinión literaria se
verificaban en lapsos de tiempo de larga duración, con la lentitud majestuosa
de todo crecimiento histórico. Aun en la generación que ha precedido a la
nuestra, vimos la evolución romántica durar el tiempo necesario para producir
multitud de obras vigorosas; y al marcarse el cambio de las ideas estéticas,
las formas literarias que sucedieron al romanticismo tardaron en presentarse
con vida, y vivieron luego años y más años, que hoy nos parecerían siglos, dada
la rapidez con que se transforman ahora nuestros gustos. Hemos llegado a unos
tiempos en que la opinión estética, ese ritmo social, harto parecido al flujo y
reflujo de los mares, determina sus mudanzas con tan caprichosa prontitud, que
si un autor deja transcurrir dos o tres años entre el imaginar y el imprimir su
obra, podría resultarle envejecida el día en que viera la luz. Porque si en el
orden científico la rapidez con que se suceden los inventos, o las aplicaciones
de los agentes físicos, hace que los asombros de hoy sean vulgaridades mañana,
y que todo prodigioso descubrimiento sea pronto oscurecido por nuevas
maravillas de la mecánica y de la industria, del mismo modo, en el orden
literario, parece que es ley la volubilidad de la opinión estética, y de
continuo la vemos pasar ante nuestros ojos, fugaz y antojadiza, como las modas
de vestir. Y así, en brevísimo tiempo, saltamos del idealismo nebuloso a los
extremos de la naturalidad: hoy amamos el detalle menudo, mañana las líneas
amplias y vigorosas; tan pronto vemos fuente de belleza en la sequedad
filosófica mal aprendida, como en las ardientes creencias heredadas.
En resumen: la misma confusión evolutiva que
advertimos en la sociedad, primera materia del arte novelesco, se nos traduce
en éste por la indecisión de sus ideales, por lo variable de sus formas, por la
timidez con que acomete los asuntos profundamente humanos; y cuando la sociedad
se nos convierte en público, es decir, cuando después de haber sido inspiradora
del Arte lo contempla con ojos de juez, nos manifiesta la misma inseguridad en
sus opiniones, de donde resulta que no andan menos desconcertados los críticos
que los autores.
Pero no creáis que de lo expuesto intentaré sacar
una deducción pesimista, afirmando que esta descomposición social ha de traer
días de anemia y de muerte para el arte narrativo. Cierto que la falta de
unidades de organización nos va sustrayendo los caracteres genéricos, tipos que
la sociedad misma nos daba bosquejados, cual si trajeran ya la primera mano de
la labor artística. Pero a medida que se borra la caracterización general de
cosas y personas, quedan más descarnados los modelos humanos, y en ellos debe
el novelista estudiar la vida, para obtener frutos de un Arte supremo y
durable. La crítica sagaz no puede menos de reconocer que cuando las ideas y
sentimientos de una sociedad se manifiestan en categorías muy determinadas,
parece que los caracteres vienen ya a la región del Arte tocados de cierto
amaneramiento o convencionalismo. Es que, al descomponerse las categorías, caen
de golpe los antifaces, apareciendo las caras en su castiza verdad. Perdemos
los tipos, pero el hombre se nos revela mejor, y el Arte se avalora sólo con
dar a los seres imaginarios vida más humana que social. Y nadie desconoce que,
trabajando con materiales puramente humanos, el esfuerzo del ingenio para
expresar la vida ha de ser más grande, y su labor más honda y difícil, como es
de mayor empeño la representación plástica del desnudo que la de una figura
cargada de ropajes, por ceñidos que sean. Y al compás de la dificultad crece,
sin duda, el valor de los engendros del Arte, que si en las épocas de potentes
principios de unidad resplandece con vivísimo destello de sentido social, en
los días azarosos de transición y de evolución puede y debe ser profundamente
humano.
Encuéntrome al llegar a este punto con que las
ideas que voy expresando, sin ninguna arrogancia dogmática me llevan a una
afirmación que algunos podrían creer falsa y paradógica, a saber: que la falta
de principios de unidad favorece el florecimiento literario; afirmación que en
buena lógica destruiría la leyenda de los llamados Siglos de Oro en ésta y la
otra literatura. Ello es que la historia literaria general no nos permite
sostener de una manera absoluta que la divina Poesía y artes congéneres prosperen
más lozanamente en las épocas de unidad que en las épocas de confusión. Quizá
podría comprobarse lo contrario después de investigar con criterio penetrante
la vida de los pueblos, haciendo más caso de la documentación privada que de
los relatos de la vieja Historia, comúnmente artificiosa y recompuesta. Esta
narradora enfática y algo tocada del delirio de grandezas, nos habla con tenaz
preferencia de los altos poderes del Estado, de guerras, intrigas y privanzas,
de los casamientos y querellas entre familias de reyes y Príncipes, dejando en
la penumbra las profundísimas emociones que agitan el alma social. Teniendo
esto en cuenta, no creo dislate asegurar que en los llamados Siglos de Oro hay
no poco de aparato oficial o ficción palatina; hechura de cronistas
asalariados, o de historiadores de oficio, más atentos a la composición de su
arte, que a reproducir la interna verdad política. No dan valor sino a las que
son o aparecen ser acciones culminantes, y descuidan, como asunto prosaico y
baladí, el verdadero sentir y pensar de los pueblos.
Bien sé que ésta es materia para un examen lento, y
si yo intentara desentrañarla, incurriría en mi propia censura, por lanzarme a
trabajos para cuyo empeño he declarado mi ineptitud en las primeras cláusulas
de este discurso. Con paciencia y libros a mano todo se prueba, y yo intentaría
demostrar lo que antes indiqué, si más fuerza que mis deseos no tuviera mi
incapacidad para compulsar textos antiguos y modernos. Dejo, pues, a otros que
diluciden este punto, y concluyo diciendo que el presente estado social, con
toda su confusión y nerviosas inquietudes, no ha sido estéril para la novela en
España, y que tal vez la misma confusión y desconcierto han favorecido el
desarrollo de tan hermoso arte. No podemos prever hasta dónde llegará la
presente descomposición. Pero sí puede afirmarse que la literatura narrativa no
ha de perderse porque mueran o se transformen los antiguos organismos sociales.
Quizás aparezcan formas nuevas, quizás obras de extraordinario poder y belleza,
que sirvan de anuncio a los ideales futuros o de despedida a los pasados, como
el Quijote es el adiós del mundo caballeresco. Sea lo que quiera, el ingenio
humano vive en todos los ambientes, y lo mismo da sus flores en los pórticos
alegres de flamante arquitectura, que en las tristes y desoladas ruinas.

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