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Libro N° 13846. De Qué Hablamos Cuando Decimos Democracia. Molyneux, John.

 


© Libro N° 13846. De Qué Hablamos Cuando Decimos Democracia. Molyneux, John. Emancipación. Mayo 17 de 2025

  

Título Original: © De Qué Hablamos Cuando Decimos Democracia. John Molyneux

 

Versión Original: © De Qué Hablamos Cuando Decimos Democracia. John Molyneux

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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DE QUÉ HABLAMOS CUANDO DECIMOS DEMOCRACIA

John Molyneux

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De Qué Hablamos Cuando Decimos Democracia

John Molyneux

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

John Molyneux analiza los orígenes de la limitada democracia que tenemos hoy en día y los enfrenta a una sociedad radicalmente diferente en la cual todos nosotros tengamos poder para decidir sobre el presente y el futuro. Una demo-cracia basada en el poder de los trabajadores. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La democracia es una de las palabras más abusadas del diccionario. Casi cada político reaccionario o deshonesto en que podamos pensar

 

—George Bush, Dick Cheney, Tony Blair, Gordon Brown, Richard Nixon, Ronald Reagan, Margaret Thatcher, Silvio Berlusconi— ha tenido fe ciega en eso.

 

Los regímenes y partidos manifiestamente poco democráticos se lla-man a sí mismos democracias (el partido del dictador egipcio Hosni Mubarak se llama Partido Demócrata Nacional; los estados stalinis-tas de partido único en la Europa del Este fueron llamados Democra-cias Populares). Para colmo, Nick Griffin, el líder del fascista BNP británico, dijo en Oxford el mes pasado: ―la libertad de expresión y la democracia son nuestros valores de fondo absolutos.‖

 

Al mismo tiempo, sin embargo, la democracia es invocada por per-sonas que no pueden ser tildadas de deshonestas y oportunistas. Nel-son Mandela proclamó su voluntad de morir por la democracia poco antes de ser encarcelado por el apartheid en Sudáfrica. De modo se-mejante Martin Luther King perdió su vida en el profundo sur esta-dounidense durante una campaña por los derechos democráticos.

 

 

Karl Marx también fue un demócrata comprometido, antes y después de convertirse en comunista, y así también lo fueron los revoluciona-rios rusos Vladimir Lenin y Leon Trotsky – aunque no podríamos creer eso con la forma en que los comentaristas mayoritarios hablan de ellos.

 

Aun más importante, millones de personas corrientes han peleado y muerto por la democracia. La tradición arranca de los Levellers en la Guerra Civil Inglesa, a través de los sans culottes de la Revolución Francesa, los cartistas, los sufragistas, los batalladores antifascistas de la Guerra Civil Española, los resistentes de la Europa ocupada en la Segunda Guerra Mundial hasta los activistas egipcios Kefaya, los monjes birmanos y los abogados pakistanís del día de hoy.

 

 

Intercambio

 

Pero también es cierto que millones de personas que viven bajo lo que generalmente es conocido como democracia, en Estados Unidos o Gran Bretaña por ejemplo, están fieramente desilusionados con ella. Intercambiemos la palabra ―política‖ por ―democracia‖ y la gen-te correrá a expresar su desprecio, dirán que no importa quién gane, porque ―ellos ‖ -los políticos- son todos iguales.

 

Es así como las personas privadas de democracia darían sus vidas por ella, pero una vez que la consiguen rápidamente se vuelven indife-rentes hacia ella.

 

Para solucionar este aparente acertijo hay que mirar la ―democracia‖ históricamente, entender que fue tanto un ideal político como un sis-tema político desarrollado en circunstancias históricas específicas y que fue siempre definida tanto por aquello que estaba en contra como por lo que defendía.

 

La palabra ―democracia‖ misma –literalmente queriendo decir ―go-bierno del pueblo"– se originó en la Antigua Grecia, pero la demo-cracia moderna no viene de allí, sino de la lucha contra el feudalismo en Europa.

 

 

Antes del surgimiento del capitalismo, apenas entre los siglos XV y XVIII, el orden predominante en Europa fue el sistema feudal. Re-sidía en una división básica de la sociedad entre aristócratas (los grandes hacendados hereditarios) y campesinos (los agricultores po-bres).

 

Estas sociedades, que se extendieron desde diminutas villas hasta los enormes imperios desvencijados, fueron regidas por una variada co-lección de monarcas que frecuentemente afirmaron que dominaban por derecho divino. No hubo democracia de ningún tipo y las masas populares no tenían derechos políticos en absoluto. Similares siste-mas antidemocráticos existieron en la mayor parte del resto de mun-do, en China e India, por ejemplo.

 

Gradualmente, sin embargo, una nueva clase social comenzó a des-arrollarse dentro del orden feudal. Estos fueron primordialmente ar-tesanos en los pueblos que se convirtieron en comerciantes, vendedo-res, empresarios y pequeños fabricantes –a menudo llamados ―bur-gueses‖ (los conciudadanos), de ahí el posterior término ―burguesía‖ adoptado por Marx. Ellos fueron los precursores de los grandes ca-pitalistas de hoy y las gigantes corporaciones.

 

Bajo el feudalismo la aristocracia negó el poder político a estos bur-gueses, si bien muchos de ellos se hicieron ricos –algunos, incluso más ricos que muchos señores feudales.

 

Progresivamente la burguesía empezó a cuestionar el arbitrario poder hereditario de la aristocracia, el cuál creyeron que frenaba no sólo su propio avance sinó también el de la sociedad en conjunto. Eventual-mente la burguesía pudo desplazar a la aristocracia y asumir su posi-ción ―constitucional‖ a la cabeza de la sociedad.

 

 

Capas bajas

 

Esto implicó una serie de insurrecciones, revoluciones y guerras co-mo la Rebelión Holandesa de 1556, la Revolución Inglesa o Guerra

 

 

Civil de 1642, la Guerra Americana de Independencia de 1775 y la Revolución Francesa de 1789.

 

Pero los comerciantes y fabricantes, como los abogados y filósofos, no podían luchar en guerras y revoluciones por sí mismos. Para ganar poder tuvieron que movilizar ―al pueblo‖, las capas bajas de artesa-nos y pobres urbanos –los precursores de la clase trabajadora mo-derna– y campesinos . En otros casos, las capas bajas se movilizaron por ellas mismas y la burguesía tuvo que maniobrar para colocarse a la cabeza de las movilizaciones. Para hacer ésto, necesitaban una filosofía política y un programa que ofreciera algo a las masas.

 

La ideología y la retórica de la democracia moderna nacieron de es-tas luchas –el dominio de la ley, la igualdad de derechos, la libertad de expresión y asociación, y un gobierno representativo y que rin-diera cuentas basado en la elección y no en la herencia.

 

Al principio, sin embargo, fue una democracia sumamente restrin-gida. La burguesía pensaba, por ejemplo, que las personas sin nin-guna propiedad no debían tener el derecho a votar por si a caso lo usaban para abolir la propiedad.

 

El gobierno rendía cuentas, sí, pero las rendía para sí mismo, no para las masas trabajadoras. Todos los hombres son nacidos iguales, sí, pero esto no incluía a las mujeres, los esclavos negros, los ―nativos‖, o los trabajadores de la fábricas.

 

Los burgueses estaban preparados para argumentar abiertamente a favor de su visión de una democracia restringida, como hicieron los seguidores de Oliver Cromwell en la Revolución Inglesa e hicieron los Tories en los décadas de 1830 y 1840.

 

Pero una vez que el genio de la democracia estaba fuera de la botella no fue tan fácil confinarlo ni controlarlo. A medida que las clases obreras crecieron, especialmente como resultado de la revolución industrial, más se agarraban a la idea de democracia y se la apropia-ron. Los cartistas, la primera organización de masas de los trabajado-res del mundo, se centró en la demanda de ―un hombre, un voto‖.

 

Luego a finales del siglo XIX, la burguesía británica, después de ha-cer una serie de concesiones para el movimiento obrero, hizo un des-cubrimiento notable: que es posible conceder el voto a los traba-jadores sin que ellos voten a favor de deshacerse de la burguesía. Ciertamente era incluso posible persuadir a algunos trabajadores a votar por sus jefes capitalistas.

 

De ahí en adelante, cada político reaccionario comenzó a procla-marse como verdadero creyente en la democracia, algo que continúa hasta el día de hoy. Al mismo tiempo que discretamente admiten que ―ocasionalmente‖ la democracia tiene que ser aquella de la que se prescindió.

 

¿Qué conclusiones deberíamos sacar de esto? ¿Que la idea entera de democracia fue o es un error? Tal conclusión sería desastrosa. El problema con la democracia de hoy, y con la visión dominante de democracia en nuestra sociedad, es que también está muy limitada.

 

La democracia de la que hemos estado hablando, y de la que todos los políticos tradicionales y profesores de ciencia política hablan, es democracia política. Para hacer la democracia verdaderamente rele-vante para la mayor parte de personas trabajadoras lo necesario es democracia política junto a democracia económica y social.

 

La clase capitalista puede vivir con democracia política, con la elec-ción de parlamentos y gobiernos, porque las palancas decisivas de poder no yacen allí. Existen primeramente en las salas de juntas de la industria y los bancos y en segundo lugar en las instituciones perma-nentes del Estado y, por encima de todas, las Fuerzas Armadas.

 

Los primeros poseen y controlan directamente, los últimos están ata-dos a ellos por mil lazos económicos, sociales e ideológicos y, de esta manera pueden convertir el parlamento en mercado hablante y atar los gobiernos a su voluntad –como hemos visto tantas veces con el laborismo y otros gobiernos reformistas en Gran Bretaña y alrede-dor del mundo.

 

Por eso los marxistas llamamos a esta forma de democracia, demo-cracia burguesa –la democracia que venera y se basa en el dominio de la burguesía.

 

La democracia de los trabajadores

 

Para avanzar más allá de la democracia burguesa hacia un sistema basado en el poder real de las masas populares, hay que extenderlo de la esfera política hacia la esfera de producción y el trabajo, y lue-go hacia otras áreas de la vida social.

 

Ésto quiere decir democracia en cada fábrica, en cada centralita tele-fónica, supermercado, escuela, universidad, hospital y oficinas de correos. Quiere decir democracia en las Fuerzas Armadas, la policía, los tribunales y la administración. En resumen quiere decir democra-cia de los trabajadores.

 

Pero nada de eso puede lograrse sin volcar la propiedad capitalista, la ley y el estado; en otras palabras, es necesaria una revolución de los trabajadores que cree una nueva forma de estado que permita a la clase obrera hacer funcionar la sociedad.

 

Y gracias a la experiencia de la Revolución Rusa de 1917 –respal-dada por otras experiencias revolucionarias como Alemania en 1919, Hungría en 1956 e Irán en 1979– sabemos que la institución central de tal estado es el soviet o consejo de trabajadores. Estos se basan en la elección de delegados revocables en las reuniones en el lugar de trabajo.

 

Sin embargo, reconociendo el carácter sumamente restringido de la democracia burguesa y comprendiendo cómo aliena y frustra a mi-llones de personas trabajadoras no quiere decir que no sea digno de defender cuando está bajo ataque, o pelear por ella donde no existe.

 

Al contrario, incluso una libertad de expresión que deja al periódico Sun dominar el mercado de la prensa inglesa también deja publicar periódicos socialistas revolucionarios. Incluso un parlamento redu-cido para un mercado hablante puede ser una plataforma desde la cual las ideas socialistas pueden andar en boca de todo el mundo. Incluso un gobierno electo del Nuevo Laborismo es preferible a una dictadura. Incluso el dominio de la ley que defiende la propiedad de los ricos ofrece alguna protección contra los extremos de la repre-sión.

 

Pero eso quiere decir que en la lucha por las demandas demócratas, ya sea aquí en Gran Bretaña o en Egipto, Birmania, o Pakistán, la clase obrera debería liderar la lucha y no estar satisfecha simple-mente con la democracia política, o burguesa.

 

En lugar de eso debería continuar y transformar la lucha ―democrá-tica‖ en una revolución social, la única que hará realidad una genuina democracia para la inmensa mayoría de la humanidad. ■

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Artículo tomado de la web de nuestra organización hermana en el Estado español (www.enlucha.org) y publicado allí el 8 de Enero de 2008. Traducido del periódico británico Socialist Worker

(www.socialistworker.co.uk)      por Enric Rodrigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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