© Libro N° 13752. El Hereje.
Apuntes Sobre John William Cooke. Mazzeo,
Miguel. Emancipación. Abril 26 de 2025
Título Original: © El Hereje. Apuntes Sobre John
William Cooke. Miguel Mazzeo
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Original: © El Hereje. Apuntes
Sobre John William Cooke. Miguel Mazzeo
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EL HEREJE
Apuntes Sobre John William Cooke
Miguel Mazzeo
El Hereje
Apuntes Sobre John William
Cooke
Miguel Mazzeo
COLECCIÓN ENSAYO E INVESTIGACIÓN
EL HEREJE
APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El hereje
Apuntes sobre John William Cooke
Miguel Mazzeo
COLECCIÓN
Ensayo e investigación
BUENOS AIRES, 2016
Ilustración de tapa: “Cooke al modo de Vincent”. Óleo sobre tela de
Agustina Mazzeo, año 2016, 18 x 24 cm. Diseño de tapa: Alejandra Andreone
Diagramación interior: Francisco Farina Corrección: Nadia Fink
Editorial El Colectivo
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obra resultante.
Con revoluciones superficiales no pueden remediarse
problemas profundos.
John William Cooke (1955)
Cuando no hay política, la politiquería aparece en
su reemplazo.
John William Cooke (1962)
Como los burgueses se mueven en la superficie de
las cosas, ven las cosas pero no las relaciones entre las cosas.
John William Cooke (1964)
...sentimos la íntima proximidad de lo que estaba
perdido en las brumas del tiempo o disperso en un catálogo de anécdotas
inconexas y falseadas. Se vuelven vivas y reales las hazañas de Tupac Amaru,
las esperanzas de tantos alzamientos de indios, negros, mulatos y
zaparrastrosos que oligarquías crueles y rapaces ahogaron en sangre.
John William Cooke (1968)
Diez años de
Editorial El Colectivo
Los aniversarios suelen ser buenos momentos para
hacer balances, recordar orígenes, revisar caminos trazados.
Por eso, cumplir diez años de trabajo incesante nos
lleva a desandar el camino y mirar aquel 2006 en el que empezamos a forjar una
Editorial con fines claros: “No tenemos hoja de ruta predefinida, apenas un
obje-tivo: sumar nuestro aporte, en el ámbito de la producción editorial, a la
lucha por el cambio social”. Así dimos nuestros primeros pasos con Reflexiones
sobre el poder popular , una compilación pensada desde y para las
organizaciones populares de la Argentina, que abrió el debate –desde una multiplicidad
de miradas– sobre las formas de construir resistencias y emancipaciones que
veníamos forjando. En continuidad con ello, nuestro libro Ensayos Políticos.
Debates en torno al poder, la organización y la etapa, de 2015, renueva nuestra
apuesta por la poli-fonía de voces, desde las luchas sociales, acerca del
escenario político reciente en la Argentina y América Latina.
No es azaroso que la disputa de sentidos haya sido
el inicio y siga estando en el horizonte de nuestro trabajo: hoy reflexionamos
críti-camente sobre el auge y consolidación del actual modelo de desa-rrollo
extractivo a través de la explotación del fracking, el monocul-tivo de soja;
pero también sobre las expresiones artísticas populares y las disputas
políticas actuales. La creación de las más recientes colec-ciones, “Chico
Mendes” o “Pensamiento Latinoamericano”, expresa nuestro compromiso, siempre desde
la mirada de las organizaciones populares, de las cuales nos sentimos parte.
Mientras el mercado editorial genera contrapartidas
crueles, donde quienes producen las ideas y generan los contenidos deben
9
sortear obstáculos para llegar a una publicación,
desde El Colectivo tratamos de generar condiciones justas de trabajo y de
comerciali-zación; de modo que la batalla de ideas se dé en todos los niveles
de producción y distribución.
El viaje que iniciamos desde El Colectivo sigue su
recorrido que no siempre es línea recta, pero que suma más de setenta títulos
publi-cados en la Argentina y en Nuestra América, con ediciones también en
Chile y Venezuela.
Así, este balance alegre y memorioso nos proyecta
hacia la celebra-ción de estos diez años de hacer y pensar libros. Libros como
armas en forma de letras. Libros para expresar luchas de los y las de abajo.
Libros para encontrarnos y para alimentar los sueños. Y queremos más; mientras
enfrentamos desafíos de diverso tipo, elegimos aportar un “granito de libro” a
la lucha cotidiana por la transformación social.
Prólogo
¿Quién fue John William Cooke?
Durante muchos años Cooke, alias “el Bebe”, ha sido
algunas fotos, algunos artículos escritos por periodistas o militantes, alguna
frase famosa, el recuerdo de algún veterano o alguna veterana que tuvieron el
privilegio de conocerlo, un puñado de cartas, alguna mención a Alicia Eguren,
unos pocos textos que apelan a su recuerdo o investigaron una parte de su vida.
En resumen, un cargamento valioso que sobrevivió a varios naufragios y que, de
tanto en tanto, emerge en la cresta de la ola sin más explicación que la propia
tozudez de sus ideas.
Corresponde a Eduardo Luis Duhalde el mérito de
haber reunido casi todos sus papeles conocidos y de haber publicado sus Obras
Completas.
Corresponderá a Miguel Mazzeo el mérito de
convertirse en un guía lúcido y sagaz para acompañarnos a conocer su recorrido.
Miguel, a quien Nuestra América debe una obra
excepcional que nos permite acercarnos a José Carlos Mariategui, no improvisa
con Cooke. Lo ha venido rastreando desde hace muchos años. Compiló artículos
que aportaban diferentes miradas sobre el personaje en: Cooke de vuelta. El
gran descartado de la historia argentina (La Rosa Blindada, Buenos Aires,
1999); y también publicó algunos de sus trabajos inéditos o poco conocidos en:
John William Cooke. Textos Traspapelados (1957-1961) (La Rosa Blindada, Buenos
Aires, 2000). Es decir, se ocupó de su legado en tiempos en que, en las nuevas
generaciones, la sola mención del peronismo remitía al menemismo; es decir, a
un pasado cercano y oprobioso. Pero su vinculación con Cooke no se reduce a la
preocupación de un investigador serio que elude las tentaciones marquetineras.
Porque Miguel, como Cooke, ha estado más preo-cupado por la revolución que por
ser considerado un intelectual de izquierda, o un mascarón de proa presentable
para esconder tripu-laciones y destinos poco recomendables para el pueblo. Hay
una sintonía en sus herejías.
11
MIGUEL MAZZEO
Miguel nos ayuda a reconstruir el camino de Cooke y
mi primera reflexión es que ese camino fue muy distante del que suele
imaginarse en los laboratorios del pensamiento de izquierda, pero también del
que muchos militantes de izquierda suelen recorrer en la vida real.
Si se piensan los recorridos militantes desde el
laboratorio, se supone que el marxismo sería el grado universitario, o el
posgrado de la formación intelectual.
La realidad no se compadece de los laboratorios y,
habiendo asis-tido al recorrido de cinco generaciones de militantes, me parece
más atinado asegurar que lo más frecuente es el camino inverso, donde el abuso
de las terminologías marxistas por parte de jóvenes inquietos sea
posteriormente aplacado y reemplazado por versiones discursivas mucho más
potables para su inserción laboral o institucional.
Cooke eligió no transitar el crecimiento programado
de los labo-ratorios, una ficción educativa, o la más frecuente declinación de
los ímpetus revolucionarios. Su recorrido fue diferente.
No lo dice Miguel, pero me gustaría agregarlo. El
recorrido de Cooke se parece al de José Gervasio Artigas, que primero se sintió
gaucho e indio, habitante de las tierras libres de la Banda Oriental, y después
se fue haciendo revolucionario.
En tiempos más recientes, el camino de Cooke se
puede emparentar con el de Hugo Rafael Chávez Frías, que siendo bolivariano
incorporó al marxismo como segunda lengua. Los dos se apropian de ese lenguaje
ya curtidos por las conspiraciones revolucionarias y modelados por una profunda
vivencia y compromiso con las luchas, los deseos y los sueños de los más
humildes.
Cooke y Chávez empalman con los mejores aportes del
pensa-miento marxista (o de los marxismos); ellos fueron capaces de leer,
discernir, criticar, advertir lagunas y valorar cumbres, sin más preten-siones
que las de contar con una herramienta más eficaz para trabajar y comprender
mejor lo que desde el inicio de sus trayectos venían haciendo. Por eso fueron
brillantes y su legado intelectual y político seguirá sobreviviéndolos.
Basta recorrer las páginas de El Hereje para
comprobar la vigencia de un pensamiento político que atraviesa un tiempo viejo
en que el peronismo fue “el hecho maldito del país burgués” (esa definición le
pertenece a Cooke) y un tiempo nuevo en que el peronismo se ha ido convirtiendo
en el acertijo más complicado del proceso revolucio-nario argentino. No podrá
hacer una revolución quien no invoque su herencia (el 17 de Octubre del 45, Eva
Perón, la Resistencia Peronista, el ascenso insurreccional de la década del
70), pero tampoco podrá
12
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
hacer la revolución quien se asocie a sus herederos
formales: el Partido Justicialista (PJ) que, a semejanza del Partido
Revolucionario Institucional (PRI) Mexicano, se ha convertido en la mejor
garantía de consolidación del proyecto capitalista, el más eficaz bombero, el
más lúcido intrigante y desarticulador de la unidad popular.
El pensamiento político de Cooke trasciende al
destino de la identidad política a la que nunca renunció: el peronismo. Y otra
vez vuelve a parecerse a Chávez, cuyo pensamiento sobrevivirá al destino del
chavismo.
Esta comprobación no lo desvincula de su momento
histórico y de las luchas y los sueños de hombres y mujeres de su tiempo. No
habría Cooke sin su sorprendida asistencia al 17 de Octubre de 1945; no habría
Cooke sin su vinculación con la vanguardia obrera de la Resistencia Peronista;
no habría Cooke sin su vivencia de la Revolución Cubana.
Por el contrario, la vigencia de su pensamiento
radica en que su experiencia formativa fue forjada y sus conclusiones políticas
más profundas fueron elaboradas en las cocinas de la lucha de clases de su
época. Y no estaba allí por casualidad, fue llevado por sus fervores
militantes, por su compromiso con las causas populares.
Me parece un acierto de Miguel haber insertado en
su libro las “Notas para una biografía de Alicia Eguren”. No conocí a Alicia,
pero sí a otras personas, sobre todo compañeras, con quienes había compar-tido
militancia. Por sus comentarios, puedo asegurar que su presencia podía generar
distintas percepciones, menos indiferencia. Se parecía en eso a lo que se decía
de Eva Perón.
En la década del 70 nos llegó el rumor de que
aquella famosa carta de Juan Domingo Perón con motivo del asesinato del Che, y
que tanto nos enorgullecía, la había escrito Alicia, y que “el Viejo” la dejó
correr, sin desautorizarla. ¿Falsificarle una carta a Perón? Esa mujer era
capaz de todo. Y ese todo incluía enfrentar los prejuicios moralistas de la
época y llevar la subversión a la cama y a la pareja.
Está claro que John y Alicia fueron mucho más que
la suma de las partes y entre los dos, potenciándose, sobreponiéndose a sus
miedos y a sus mandatos de origen, construyeron un dúo extraordinario. Por eso,
tampoco habría Cooke sin Eguren.
“Alicia era muy buena militante, la mejor”, me dijo
un revolucio-nario cubano que la conoció bien.
En política quizás su diferencia más marcada con
Cooke fue que el Bebe, aun advirtiendo los límites de Perón, siempre albergó la
espe-ranza de que, estalladas las contradicciones del movimiento, “el Viejo”
13
MIGUEL MAZZEO
terminaría acompañando la opción elegida por las
fuerzas populares, por los trabajadores. Alicia llegó a redondear una opinión
diferente, tal vez porque contó con la ventaja de sobrevivir a su compañero y
de poder presenciar las decisiones que tomó Perón después de su regreso al
país. O siempre lo pensó, o terminó por convencerse. Pero, por una razón u
otra, ella no tuvo dudas sobre a qué intereses de clase respon-dería finalmente
Perón.
Quizás el hecho de que una figura como Alicia
Eguren movilice tantos buenos recuerdos entre los veteranos de la Revolución
Cubana, y que su nombre se le haya escapado a las nuevas generaciones que se
reivindican nacionales y populares en la Argentina, no sea una mera casualidad.
Que se reivindique al Tío Cámpora, cuya mayor virtud fue la fidelidad a Perón,
y no a la “infiel” Alicia, es un signo de estos tiempos donde la historia se
repite como farsa.
Desde el mismo momento en que la bota del invasor
español pisó América para iniciar el saqueo y el genocidio, se inició un
combate sistemático contra toda expresión de continuidad histórica y de
valo-rización de saberes de los pueblos originarios. El invasor pretendió
asegurar su dominio dejando en blanco la memoria de los pueblos de la misma
forma en que se resetea un disco rígido.
Atravesando distintas etapas históricas, hay una
matriz de pensamiento eurocéntrico que sigue fiel al mandato original. Nos
sigue diciendo que no hubo un pasado ni tampoco hay un presente posible por
fuera de la iluminación civilizatoria europea. Apenas somos el desierto, la
barbarie, las masas incultas manipuladas por astutos caudillos, los eternos
alienados que se aferran a ilusiones fracasadas de antemano.
Cooke va construyendo otra mirada. Su punto de
partida no es la barbarie sino las revoluciones inconclusas. Y desde allí puede
empa-rentarse con José Carlos Mariátegui, que ubica los embriones de
socia-lismo en el ayllu incaico y, treinta años después de su muerte, puede
asociarse a Hugo Chávez, que reivindicó el árbol de las tres raíces; Simón
Rodríguez, Simón Bolívar y Ezequiel Zamora.
El punto de vista que asume Cooke incorpora las
luchas de su época en el proceso de resistencia y de búsqueda de liberación que
lleva siglos. Como bien apunta Miguel, en esa trama va insertar la experiencia
de poder de los trabajadores peronistas, “un entarimado histórico que
contribuyó a que los trabajadores desarrollaran el sentido de clase y la
conciencia de sus potencialidades, condición necesaria para el desa-rrollo de
una ideología revolucionaria”. Se estaba muriendo Cooke cuando Carlos Olmedo,
uno de los más lúcidos revolucionarios de la
14
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
generación del 60 y un hombre cercano a John y
Alicia, advertirá que esa experiencia de poder “incompleta”, “ilusoria” o
“acotada”, había sido vivida como una realidad por los trabajadores argentinos.
Y que esa subjetividad era lo suficientemente potente para ir por más.
En Cooke la reivindicación de las experiencias
populares, aun de las experiencias frustradas o inconclusas, va acompañada de
un detalle que no es menor. El ojo está puesto en el pueblo, en los
trabajadores y las trabajadoras, en su experiencia política, en las
modificaciones en su conciencia, en su actividad y procesos organizativos. En
resumen: en lo que ese tránsito significó para el conjunto de las clases
oprimidas y explotadas. Cooke no se confunde con el resto. Conoce como nadie
las limitaciones de la burocracia política y sindical del movimiento pero-nista
y de la reconvertida burguesía nacional en burguesía local. Las ha padecido
siendo delegado de Perón, esforzándose en la ímproba tarea de sostener una
unidad de fuerzas que marchaban hacia su antago-nismo. Años después, Raimundo
Villaflor concluiría que aquella unidad no sólo era imposible, sino que era
también una utopía reaccionaria.
Como bien apunta Miguel, para Cooke, la Revolución
Cubana fue la confirmación de certezas que venía masticando desde hacía tiempo.
Varias décadas después de su muerte, la Revolución Bolivariana volvía a poner
blanco sobre negro aquellos debates que desvelaron a Cooke y a partir de los
cuales terminó fijando algunas de sus posiciones más emblemáticas. La
Revolución Bolivariana nos recordaba que “para quien quiera tener Patria el
único camino posible es el socialismo” y nos traía de nuevo a Cooke.
Miguel afirma acertadamente que Cooke “muere en las
vísperas” y eso le da pie para abordar la importancia que tuvo su desafortunada
ausencia para el proceso revolucionario argentino de la década del
70. Agregaría
también otras tempranas y desafortunadas ausencias como las de Carlos Olmedo y
Sabino Navarro. Y para ser justos, con implicancias opuestas, el demorado
fallecimiento de Juan Perón. Las revoluciones las hacen los pueblos, pero
azarosas circunstancias que hacen a la sobrevida o temprana desaparición de
dirigentes o cuadros revolucionarios suelen tener mucha incidencia. Las
experiencias de las revoluciones cubana y bolivariana, que nos brindan un
material muy valioso para sacar conclusiones políticas, confirman la
importancia de estas circunstancias azarosas.
Pensando en las continuidades de Cooke en los
diversos colectivos mili-tantes, la confirmación sobre una de ellas me llegó en
forma inesperada.
Estaba conversando con Fernando Martínez Heredia en
La Habana, en 2013 y la conversación rumbeó hacia mis primeras experiencias
15
MIGUEL MAZZEO
militantes. Le estaba comentando de las Fuerzas
Armadas Peronistas (las FAP), cuando me interrumpió sorpresivamente
–Cooke.
–Sí, claro, Cooke.
Después empezó a contarme de aquellos años épicos
de principios de los 60, que había conocido a John y Alicia, que eran parte de
“la mesa del Che”. Fernando tenía autoridad para decirlo. Él mismo era un
hombre del Che. Es decir, era parte de una forma particular de ser
revolucionario en el seno de la experiencia de la Revolución Cubana. Y esa
forma particular de ser revolucionario en pensamiento y ejemplo ha dejado un
legado que sobrevive al tiempo y se actualiza ante cada dificultad que surge,
en cada momento de crisis.
Incluiría en la línea sucesoria de Cooke a los y
las protagonistas de la gran rebelión popular de 2001, que permitió desalojar
al gobierno de Fernando De la Rúa; y de entre todos ellos y ellas, elegiría la
figura de Darío Santillán, a quien tuve el privilegio de conocer. Darío, que
caminó las mismas calles que Raimundo Villaflor (y por parecidos motivos), fue
asesinado el 26 de junio de 2002 en Avellaneda, en la zona sur del conurbano
bonaerense, el gran bastión de más de cien años de luchas obreras y populares.
En la Argentina de hoy los intereses populares y
las esperanzas revo-lucionarias lo tienen en frente a Mauricio Macri y a los
dueños del país, dispuestos a ejercer sin intermediarios el poder político
apelando a las mismas recetas económicas que denunciara Rodolfo Walsh en la
Carta a la Junta de Comandantes: baja de salarios, endeudamiento externo,
incremento de la desocupación, relaciones carnales con Estados Unidos, apertura
de los mercados. Esta época aciaga se completa con un horizonte donde se recorta
un posible retorno del Justicialismo, como último garante de la continuidad de
la gobernabilidad capitalista.
En Nuestra América las mejores esperanzas
revolucionas juegan su destino en los países del ALBA, en particular en
Venezuela y Bolivia, dos procesos revolucionarios que están pagando el duro
precio de desafiar al Imperio y a las burguesías locales.
John William Cooke y Alicia Eguren viven en las
luchas que retoman el viejo camino de la unidad y protagonismo popular y del
enfrentamiento sin claudicación por una Patria Grande Latinoamericana, Libre y
Socialista.
Quiero agradecer a Miguel Mazzeo su enorme esfuerzo
por ayudarme a recuperar a un Cooke muy parecido al que pude intuir por los
relatos de mis compañeros de Berisso de la década del 70, en los
16
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
cuales también aparecía con frecuencia el recuerdo
del Vasco Ángel Bengoechea.
Creo que incluirme en la línea sucesoria de Cooke
es una exagera-ción del autor que puede disculparse porque, aun a los
intelectuales críticos, lo subjetivo –en nuestro caso una prolongada y cálida
amistad– puede nublarle la mirada.
Conocer a “El Hereje” aportará a la tarea de
recuperar nuestro pasado, sobre todo a las nuevas generaciones, desde una
mirada desprovista de toda apelación folklórica o manipulación interesada.
Abordar su camino desde el pensamiento crítico, es hacerle justicia a su
nombre, pero también a su ininterrumpida búsqueda con vocación revolucionaria.
H. Guillermo Cieza,
La Plata, 16 de abril de 2016.
17
1- Presentación
La esencia del espíritu –pensó para sí mismo– es
elegir aquello que no mejora nuestra posición sino que la torna más riesgosa.
D. H. Lawrence
En los últimos años se han publicado algunos
trabajos centrados en la figura de John William Cooke. Muchos más se refieren a
él de modo indirecto. En efecto, la copiosa y despareja literatura sobre las
décadas del 60 y el 70 en la Argentina no podía soslayar a Cooke. Con el
trans-curso de los años y de los libros se fue ratificando su condición de
precursor de lo que, para muchos y muchas, constituyó un verdadero oxímoron: la
izquierda peronista o el peronismo revolucionario. La amalgama, por lo inviable,
imprudente o incomprensible resulta fasci-nante, sobre todo para aquellos y
aquellas que no vivieron el tiempo en el que se expresó como fuerza social y
política concreta y potente.
Hacia 1962 Cooke utilizó el concepto “izquierda
nacional”, sin importarle demasiado la disputa por la paternidad del mismo,
soste-nida por Juan José Hernández Arregui y Jorge Abelardo Ramos. Cooke habló
de izquierda nacional no tanto con el objetivo de delimitar un espacio
político-ideológico, sino para nombrar una función que una parte de peronismo
venía ejerciendo en la práctica, pero sobre la cual venía omitiendo una
definición. Esta fórmula no debería exigir mayores explicaciones. ¿Puede haber
una izquierda anticapitalista, con posibilidades de masificarse, con incidencia
en la lucha de clases y, al mismo tiempo, desvinculada de lo nacional,
desarraigada? ¿Puede una fuerza social y política transformadora desenvolverse
en el vacío histórico? Nos referimos a lo nacional como sistema de hegemonía y
como emplazamiento de las prácticas contra-hegemónicas.
En este sentido, consideramos que la forma “nación”
no debería ser considerada como una “derivación” necesaria del capitalismo.
19
MIGUEL MAZZEO
Puede ser una forma de representación de lo común
plebeyo o popular. Pensamos en la experiencia histórica, en la cultura, los
intereses, los sentimientos y en la vida práctica de las clases subalternas y
oprimidas. Pensamos en la proyección de un espacio utópico de y para los y las
de abajo. El “amor a la tierra” es secundario, por su vaguedad y por bucó-lico.
La fórmula “izquierda nacional” también suele remitir a la figura del oxímoron,
por lo menos para una parte de la izquierda argentina.
Pero el asunto no concluye ahí. La figura de Cooke
también comenzó a ser reclamada como precursora de lo que, para muchos y
muchas, constituyó además (y constituye) otro verdadero oxímoron: una
“izquierda popular”. Otra aleación de singular atractivo porque, en las últimas
décadas, especialmente en la Argentina, la izquierda radical no ha logrado
suscitar la adhesión de las “amplias masas”. Ha sido inusual el maridaje entre
las organizaciones de izquierda y el conjunto de las clases subalternas y
oprimidas; por diversos factores que van desde la capacidad hegemónica de las
clases dominantes y la consolidación de alternativas intrasistémicas hasta las
deficiencias propias de los espacios políticos, sociales y culturales que se
asumen como críticos y transformadores. En relación con estas falencias, cabe
mencionar algunas “de fondo” a modo de ejemplo: el hecho de fundarse en una
racionalidad inadecuada; la incapacidad de escapar de la geocultura heredada y
de sus modelos de solución que no solucionan; el olvido de que el capitalismo
es un sistema productor y reproductor de hombres y mujeres y no sólo de
mercancías. Hombres y mujeres que, desprovistos de su ser y confeccionados para
decir amén, naturalizan las relaciones de producción, dominación y explotación junto
con la discriminación, el racismo, el machismo, la destrucción de la
naturaleza, etcétera.
La preocupación por el pasado relativamente
reciente –en particular por aquellas décadas de radical y masiva impugnación a
una diver-sidad de órdenes– no se ha limitado a los ámbitos académicos; por el
contrario, se ha puesto de manifiesto en espacios políticos y culturales más
sensuales, pasionales y concurridos. Esta circunstancia favoreció el rescate de
una figura histórica por largo tiempo desterrada, descar-tada, secundarizada y
devaluada. O, si se prefiere, tergiversada y arbi-trariamente recortada. Al
final, Cooke, sus avatares y sus anomalías, se convirtieron en tema de
artículos y libros, de monografías y ensayos, de tesis de grado y posgrado, y
también de documentales y programas de televisión. Tampoco pudieron escapar a
la superficialidad típica de las formas del periodismo más comercial y
estandarizado, con sus yuxta-posiciones de datos inconexos.
Sin lugar a dudas, el aporte más relevante para la
consolidación y el avance de los estudios y las reflexiones “cookistas” fue la
publicación
20
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de las Obras Completas de John William Cooke. Cinco
tomos lanzados por la editorial Colihue de Buenos Aires que vieron la luz entre
2007 y 2011. En el plan inicial se anunció un sexto tomo (textos inéditos) que
hasta ahora (inicios de 2016) no llegó a aparecer. La compilación de las mismas
estuvo a cargo de Eduardo Luis Duhalde (1939-2012), quien supo compartir
ámbitos de militancia con Cooke, a mediados de los 60. Se trata de un aporte
inmenso, insoslayable para militantes populares, investigadoras e investigadores.
Nos sentimos orgullosos por haber contribuido con algunos textos inéditos de
Cooke que, por azares del destino y también por obstinada predisposición,
tuvimos la posibilidad de hallar.1
Como puede deducirse de lo antedicho, el autor de
este libro no ha permanecido al margen de las preocupaciones mencionadas y supo
producir algunas escrituras sobre Cooke e incentivar otras tantas. Este trabajo
retoma, ordena y desarrolla algunos textos escritos entre 1990 y 2015. Los más
formales, los que fueron publicados en libros, revistas y páginas web, figuran
en la bibliografía que se cita al final. Los otros textos, los informales:
clases, charlas, conferencias en alguna Facultad, Departamento o Instituto en
las Universidades de Buenos Aires, La Plata, La Pampa, Mar del Plata, Rosario,
Tucumán; en algún centro cultural del conurbano bonaerense o en ámbitos de
formación política de diversas organizaciones populares; apuntes dispersos de
un semi-nario de grado en la Universidad Nacional de Lanús (UNLa), etcétera; de
algún modo, también han sido incorporados a este nuevo trabajo. Es inevitable
que se filtren en sus páginas. De ahí, posiblemente, su carácter desparejo en
el acento, el estilo, la forma de argumentar. De manera abrupta pasamos del
modo distintivo de un artículo periodís-tico al de un ensayo; de los matices
cercanos a un inventario de las formulaciones cookistas a otros que buscan
interpretarlas y proble-matizarlas; del tono coloquial y de la fluidez de una
narración que proviene de la desgrabación apenas retocada de alguna charla o
clase a un registro mucho más cercano a la monografía, sin dudas más tedioso
pero, tal vez, menos sospechoso desde el punto de vista epistemológico.
1 Vale decir que buena parte de los textos que
componen este libro fueron producidos antes de la publicación de las Obras
Completas. Para facilitar la lectura de este trabajo y para incentivar la
lectura de los trabajos de Cooke, hemos optado por remitir siempre a las Obras
Completas, salvo en los casos de los trabajos de Cooke que no aparecen allí.
Citamos siempre el título original del trabajo y remitimos luego al tomo
correspondiente. Las Obras Completas, compi-ladas por Eduardo L. Duhalde, están
organizadas del modo que sigue: Tomo I, Acción parla-mentaria, Buenos Aires,
Colihue, 2007. Tomo II, Correspondencia Perón-Cooke, Buenos Aires, Colihue,
2008. Tomo III, Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos,
Buenos Aires, Colihue, 2009. Tomo IV, Artículos periodísticos, cartas y
documentos (1947-1959), Buenos Aires, Colihue, 2010. Tomo V, Peronismo y
revolución, Buenos Aires, Colihue, 2011.
21
MIGUEL MAZZEO
Todos los textos, en mayor o menor medida, han sido
reescritos para esta versión con el fin de suministrarles un orden mínimo y
alguna coherencia y para evitar las reiteraciones, las metáforas más
sobresal-tadas, las excesivas rupturas del sentido y para podar el follaje
superfi-cial, entre otras irregularidades. También para dotarlos de un soporte
heurístico, no por mera erudición, sino por honestidad intelectual y para
incentivar lecturas más edificantes e irremplazables, por ejemplo: la de la
obra de Cooke. Somos conscientes de que, en muchos pasajes de este trabajo,
pasamos por alto algunas de las leyes formales que la retórica convencional
suele prescribir. El poeta Paul Valery decía: “La forma cuesta cara”. Y tenía
mucha razón.
De todos modos, creemos que hemos logrado conservar
la impronta militante y “pedagógica” (y algo axiológica, por cierto) con la que
fueron concebidos originalmente los textos que se congregan en este libro. Como
se sabe, el ensayismo genera textos susceptibles de rees-crituras, propias y
ajenas. El ensayismo tolera, y hasta promueve, la confección de palimpsestos
literarios.
Intentamos aquí un ensayo político que aspira a
servir como una introducción general al pensamiento y a la obra de Cooke. No se
trata de una biografía política convencional, más allá de las referen-cias
biográficas que irrumpen en este trabajo a modo de hitos que van hilvanando el
relato. Ya existen aportes en esa línea.2 Convocamos a una reflexión sobre una
serie de problemáticas axiales de la historia y el pensamiento político
argentino, relacionadas principalmente con la nación y el socialismo. Proponemos,
además, algunas hipótesis para pensar procesos políticos e ideológicos
relevantes del siglo XX, sobre todo los que tienen lugar en la Argentina, entre
las décadas del 40 y el 70.
Desde fines de la década del 80 y principios de la
del 90 a la actua-lidad, fueron muchas las personas que contribuyeron a la
producción de los materiales que componen este libro. En actividades públicas,
en entrevistas y en conversaciones personales más o menos fortuitas, cuyo
recuerdo (y registro en algunos casos) atesoro como un bien
2 Entre otros pueden verse: Goldar, Ernesto, John
William Cooke y el peronismo revolu-cionario, Buenos Aires, CEAL, 1985 y “John
William Cooke. De Perón al Che Guevara”. En: Revista Todo es Historia, Nº 288,
junio de 1991; Galasso, Norberto, Cooke: de Perón al Che (Una biografía
política), Rosario, Homo Sapiens Ediciones, 1997; Sorín, Daniel, John William
Cooke. La mano izquierda de Perón, Buenos Aires, Planeta, 2014; Baschetti,
Roberto: “John William Cooke: una historia de vida y lucha”. En: Mazzeo, Miguel
(Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina),
Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1999; y también en: Cooke, John William, Obras
Completas, Tomo I [Acción parlamentaria], Buenos Aires, Colihue, 2007. [Eduardo
Luis Duhalde compilador]. Para el caso de Alicia Eguren de Cooke, puede
consultarse: Seoane, María, Bravas. Alicia Eguren de Cooke y Susana Pirí
Lugones. Dos mujeres para una pasión argentina, Buenos Aires, Sudamericana,
2014.
22
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
preciado, compañeros que ya no están, como
Sebastián Borro, Fermín Chávez, Envar “Cacho” El Kadri, Avelino Fernández, Aldo
Ferraresi, Abel Alexis Lattendorff, José Luis Mangieri, León Rozitchner, Manuel
Suárez y Miguel Unamuno me contaron sobre Cooke y su trajinar. (También sobre
Alicia Eguren, su compañera de vida y militancia, a quien consagramos un
capítulo de este libro).
Fueron igual de valiosas las entrevistas y
conversaciones más o menos informales con Roberto Bardini, Gerardo Bavio, Aldo
Casas, Isidoro Gilbert, Manuel Gaggero, Eduardo Gurrucharri, Carlos Lafforgue,
Jorge Rulli. Todos, en alguna medida, aportaron materiales, recuerdos
personales y reflexiones inestimables. El testimonio de Aurora Venturini,
fallecida en 2015, fue indispensable para reconstruir la infancia y la
adolescencia de Cooke.
Por aquellos años, también supieron colaborar con
mis inquisi-ciones cookistas diversas personas: Daniel Campione, Axel
Castellano, Guillermo Caviasca, Juan Carlos “Negro” Cena, Francisco “Pancho” D’
Agostino, Graciela “Vicky” Daleo, Gabriel Fernández, Horacio González, Claudia
Korol, Néstor Kohan, María Pía López, Sergio Nicanoff, Juan José Olivera,
Celina Rodríguez, Esteban Rodríguez, Gabriel Rot, Diego Sztulwark y Natalia
Vinelli. Más recientemente, se sumaron Carlos Castro (director del documental Alicia
y John, el peronismo olvidado, un material que consideramos imprescindible3),
Jorge Falcone, Francisco “Pancho” Farina, Nadia Fink, Hernán Ouviña, Mariano
Pacheco, Pablo Solana, Fernando Stratta, Marco Teruggi, Mabel Thwaites Rey y
los y las estudiantes de la UNLa que asistieron en los últimos años a mi
seminario de grado sobre intelectuales y política en Nuestra América. Y aunque
no todos y todas hayan estado o estén ahora de acuerdo con mis puntos de vista,
no por eso mi gratitud se acorta. Todo lo contrario.
Sin la colaboración de Roberto Baschetti, sin su
proverbial genero-sidad, hubiera sido casi imposible dar con una parte de los
trabajos de Cooke y con casi todos los trabajos sobre Cooke. Además, su tarea
de recopilación de documentos de la izquierda peronista posee una rele-vancia
historiográfica y política inestimable. Sin sus afanes, hoy care-ceríamos de
los registros de una parte importante de la cultura política popular. De esa
parte de la cultura política popular que produce textos “al pie del cañón”, “al
aire libre”, y que, justamente por este hábito, suele ser menos sistemática y,
por ende, está más expuesta a las prácticas de encu-brimiento (o destrucción)
del poder y es menos proclive a los archivos.
3 Alicia y John, el peronismo olvidado. Año: 2009.
Dirección: Carlos Castro. Guión: Graciela
Maglie y Carlos Castro. Intérpretes: Carlos
Portaluppi (John William Cooke) y Ana Celentano
(Alicia Eguren). Duración: 81 minutos. Producida
por el Centro Cultural “Caras y Caretas”.
23
MIGUEL MAZZEO
El historiador Ernesto Salas fue una fuente
imprescindible, casi un “oráculo”, sobre temas vinculados a la Resistencia
Peronista en general y a Cooke en particular. Aunque haya pasado mucho tiempo,
no puedo dejar de reconocer sus orientaciones. No sólo me ayudaron sus
inves-tigaciones, sino también algunas conversaciones informales y sus clases,
las que presencié con fruición siendo alumno de la Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad de Buenos Aires hacia fines de la década del 80.
Hace muchos años, H. Guillermo Cieza y Jorge Pérez
me sugirieron, a modo de hipótesis política y existencial, posibles líneas de
continuidad militante respecto de Cooke. De ese modo tan poco académico pero
tan significativo, supieron incentivar mi interés por su figura. Ambos
coincidieron en que Raimundo Villaflor fue el primer hito importante en esa
línea de continuidad. Sin desmerecer a otros compañeros y otras compañeras,
siento que hago justicia si los agrego a ellos dos como hitos ulteriores en esta
línea.
Finalmente, mis compañeros y compañeras de
militancia, a lo largo de las últimas tres décadas, de modos a veces oblicuos
pero siempre cariñosos y perspicaces, me comprometieron a repensar a Cooke
desde unas coordenadas específicas, signadas por un horizonte emancipador y
creador de nuevas realidades: “contramoderno” o “transmoderno”, anticolonial,
antiimperialista, anticapitalista, desmercantilizador, antipatriarcal,
ecológico, no centrado en el Estado y socialista. De ese modo me ayudaron a
comprenderlo y, mal que mal, a reinventarlo.
24
2- Introducción:
herramientas de trabajo
No es sin riesgo que nos identificamos con el otro:
podemos perdernos en él.
León Rozitchner
La materia prima que nutrió la vida de Cooke fue la
acción política. La trama ideológica, rica y profunda, se fue confeccionando al
calor de las luchas sociales y políticas, no con materiales teóricos ni
acadé-micos. Para ser más exactos, deberíamos decir: no “exclusivamente” con
este tipo de materiales porque, como podrá verse, estos estuvieron presentes y
fueron insumos muy significativos, para nada desechados.
En el pensamiento (y en la praxis) de Cooke, la
gesta de la clase trabajadora y el pueblo argentino adquieren singulares
fisonomías a la luz de V. I. Lenin, Georg Lukács, Rosa Luxemburgo, Antonio
Gramsci, Jean Paul Sartre, Ernesto Guevara, entre otros y otras.
La palabra de Cooke nos trae siempre el eco de
estallidos y de profundos desgarramientos. Es una palabra fundacional en un
doble sentido. Por un lado, refleja un proceso personal, relativamente
indivi-dual, de formación de una conciencia revolucionaria y socialista. Esto,
en su tiempo, básicamente significaba: anticolonial, antiimperialista,
anticapitalista. Por otro lado, da cuenta de unos procesos colectivos que van
en el mismo sentido, y de una síntesis que delineó una tradi-ción política
controversial, maldita, más que olvidada. Una tradición plebeya y socialista.
Cooke logró sobrepasar las limitaciones de los
fundamentos posi-tivistas que subyacían a varias filosofías políticas
argentinas, desde el liberalismo al marxismo. Nunca pasó por alto que el plano
de lo “objetivo” es un plano histórico: es acción, deseo, sangre, sueños de
muchos y muchas. Cooke captó lo real como síntesis de múltiples
25
MIGUEL MAZZEO
determinaciones y de la unidad de contrarios;
captó, en fin, el carácter dialéctico de la realidad social. Para Cooke las
ideas no eran objetos que se explicaban en forma extrínseca; el pensamiento no
era enten-dido como contemplación, sino definido a partir de su aspiración a la
eficacia política y de sus efectos concretos en la producción de
aconte-cimientos. Superó, de este modo, el pensamiento binario de algunos
sectores de la izquierda argentina. No analizó apariencias. No se demoró en
superficies. Evitó los encapsulamientos. Se detuvo en los claroscuros de la
experiencia histórica popular y chapaleó en su lodo.
Que este gesto haya provenido de un hombre que
nunca abjuró de la identidad, o mejor, de la “sensibilidad” peronista, sigue
siendo para muchos y muchas un misterio sibilino, impenetrable; y algunos y
algunas persisten todavía en la búsqueda de ese supuesto punto de ruptura en la
cadena semántica. El hecho de reivindicar a Cooke, todavía hoy, sigue siendo
motivo para que, desde la vieja izquierda (la izquierda dogmática y
unidimensional, signada por el purismo teórico y el iluminismo), se nos tilde
de “populistas” o de “bonapartistas”, se nos interpele con barbijo y se
desaprueben nuestras credenciales marxistas.
Corresponde hacer aquí algunas aclaraciones
impostergables. Este intento de recuperación de la figura de Cooke no parte de
la necesidad, que hace un tiempo se puso de manifiesto en algunas
organizaciones políticas, de lavar un pasado de desaciertos y dogmatismos y de
fundar la política (actual) sobre nuevas bases históricas y nuevos imaginarios.
Una actitud que, cabe señalar, puede considerarse positiva y hasta muy
respetable. Tampoco parte del folklore típico –y a esta altura, indige-rible–
de los y las ex-militantes y simpatizantes de lo que fue la izquierda
peronista; hoy reciclados y recicladas en el Estado, la academia o,
simplemente, en la “vida privada” y alejados de toda praxis radical. Los y las
que, por otra parte, parecen conocer muy poco a Cooke; o, si lo conocen lo
suficiente, tienden a preferirlo prócer o fetiche. O mera excusa para sus
ejercicios periódicos de nostalgia, dado que no tienen ningún interés en
hacerlo partícipe de una nueva identidad gestada al calor de los conflictos y
las luchas sociales y políticas actuales.
En la última década, asistimos al resurgimiento de
una cultura política que se identifica con la tradición nacional-popular, pero
que hasta ahora no ha logrado reactualizarla. Sin dejar de rescatar los núcleos
de buen sentido de esa cultura, creemos que sus exponentes, en buena medida, se
han quedado varados en la superestructura, han exagerado y deificado lo parcial
y lo coyuntural. En lugar de hacer la crítica radical de todo lo que existe, se
han dedicado a hacer una crítica de una parte de lo real. La limitación
principal es que, consciente o
26
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
inconscientemente, se basan en conceptos retóricos
y burgueses de lo nacional y de lo popular. Conceptos que remiten a
correlaciones de fuerza desfasadas y que desde hace ya mucho tiempo fueron
inte-gradas por las clases dominantes. Entonces, nos encontramos frente a un
modo de decir y actuar anquilosado, que se refleja en produc-ciones, acciones y
discursos (castrados y ornamentales) y que deriva en el ensañamiento con
espantajos y con enemigos inexistentes. Un modo que reemplaza el pensamiento
crítico por los rituales y la icono-grafía del peronismo y que, en los últimos
tiempos, ha desarrollado sus versiones más “setentistas” (que incluyen también
a Cooke).
Sus cultores no entienden –o no quieren entender–
que ha cambiado el sentido de la rebeldía, la provocación y la transgresión,
incluso el sentido de lo obsceno. Y es que, como militantes, muchos y muchas ya
no buscan su materia política, dramática y épica en la clase trabajadora y en
el pueblo, sino en el Estado. El rebelde y la rebelde de antaño son ahora un
renegado o una renegada, aunque no se asuman como tales. El peronismo sigue
siendo un hecho maldito, pero ya no para el “país burgués”. Hace mucho tiempo
que el peronismo es una compuerta. En el mejor de los casos, tal como ocurrió
en la última década, podrá constituirse alguna corriente dizque “progresista”
en su seno de frente político burgués, pero no mucho más. Una corriente que no
excederá las que Rodolfo Walsh caracterizaba hace cincuenta años como
prác-ticas vandoristas: “oponer empresario bueno a terrateniente malo” e
identificar “industria con liberación nacional”.1
Es de una enorme candidez suponer que peronismo se
ha “rege-nerado”, ha retomado “la senda histórica” y ha dejado atrás las
muta-ciones de las décadas del 80 y del 90 y el “accidente” menemista. Es
injustificable sostener que el peronismo se ha recuperado de su “final
inglorioso”, como decía Cooke. El peronismo es hoy, de arriba a abajo, una
realidad de “elites” autoreferenciales y competitivas centradas en la
construcción de poder estatal (que no tienen ningún interés en modificar
radicalmente las relaciones de fuerza en la sociedad); una realidad de
opresión, desposesión y alienación que padecen las clases subalternas y
oprimidas; una realidad caracterizada por la fragmenta-ción, la falta de
identidades liberadoras y de proyectos que les asignen protagonismo histórico.
Hace mucho tiempo que el peronismo dejó de ser el
ámbito de una identidad colectiva emancipadora, contenedor de franjas que
dispu-taban –muchas veces de manera espontánea– algunos de los modos y los
sentidos al capital. Hace mucho tiempo que el peronismo dejó de
1 Walsh, Roldolfo, ¿Quién mató a Rosendo?, Buenos
Aires, Ediciones de La Flor, 2015, p. 122.
27
MIGUEL MAZZEO
ser un campo de prácticas de lucha y una cultura
(en rigor de verdad: una contracultura) que permitían formas reales de
“empoderamiento”. ¿Qué “modelo ideal” propone el peronismo en la actualidad?
¿Qué es lo posible y lo potencial en la realidad del peronismo de hoy?
Pensar, hacer una política revolucionaria, una
política radicalmente transformadora de la realidad, exige colocarse por fuera
del universo peronista actual. Lo máximo que puede dar ese universo es una
gestión progresista del ciclo, un modelo de regulación del capitalismo
argen-tino, pero no una praxis orientada al cambio radical. Si los trabajadores
y las trabajadoras sostienen proyectos que no les pertenecen,
indefecti-blemente perderán capacidad de acción.
En ese sentido, oportunistas políticos de toda laya
y cuadros de las clases dominantes que consideran al discurso externo peronista
–el “discurso público” del peronismo– como el más viable para establecer
mediaciones jerárquicas tienden a predominar en un espacio de mixti-ficación
exagerada de lo nacional y popular, y nos mortifican con sus perfomances
bizarras. El verdadero oxímoron de nuestros días es el “peronismo de base”.
El peso del paradigma populista como ideología (a
pesar de que sus basamentos materiales y políticos desaparecieron hace mucho
tiempo), la impronta de una tradición nacionalista “culturalista”, un
naciona-lismo retórico, de peña folklórica y, en muchos casos, el cargo público
y el afán de ascenso social, funcionan como taras gnoseológicas, producen
anomia de los sentidos y hacen imposible una aproximación lúcida a tan versátil
y aceitado aparato de poder de las clases dominantes.
En líneas generales, queremos destacar que los
intentos de recu-perar la figura de Cooke desde un proyecto que no cuestiona
los funda-mentos que sostienen las formas actuales de dominación y que acepta
los consensos naturalizados por el poder y las formas del Estado liberal – un
proyecto burgués, pro-capitalista– carecen de fundamentos sólidos. Buscan
fagocitar a Cooke y despojarlo de sus anomalías. Intentan adaptarlo a sus
sistemas de legitimación del orden neodesarrollista. Al tiempo que proponen
unos alcances muy limitados (meramente superficiales) de lo nacional-popular,
empequeñecen y tergiversan la figura de Cooke, alterando el sentido de sus
palabras y sus acciones. Porque Cooke no fue un político orgánico de la
hegemonía burguesa. Cooke optó por la “Gran Política” (que es la antítesis del
fetichismo del poder y de la “alienación política”) y quedó radiado del campo
de tole-rancia del poder dominante. Cooke no buscó darle una salida burguesa a
los problemas planteados por la lucha de clases en la Argentina de la década
del 60 del siglo pasado. Cooke se diferenció de la política
28
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
tendiente a la absorción de las contradicciones de
clase y optó por la que buscaba suprimirlas a favor de la clase trabajadora.
Otorgó pree-minencia a la contradicción, no a la identidad.
Cooke fue un antiimperialista apasionado. Esto
quiere decir: hasta las últimas consecuencias que la definición acarrea. De
hecho, su socialismo está fundado en esa pasión antiimperialista. Porque como
le decía a Perón en carta del 18 de octubre de 1962: “O se entiende el problema
antiimperialista, o no se entiende” [Obras Completas , Tomo II, p. 576]. Si se
entiende el problema antiimperialista, hay que asumir todas las exigencias. Ir
a fondo. No se puede ser antiimperialista a medias, retórico. No se puede ser
antiimperialista y pro-capitalista, defensor de modelos neo-desarrollistas,
extractivistas, “capitalistas del sur”, etcétera. Creemos que vale la
aclaración, en medio de tanta retó-rica nacionalista que convive impertérrita
con los alineamientos con los designios imperiales.
En La lucha por la liberación nacional, un trabajo
que Cooke presentó en el Congreso de la Liberación Nacional, realizado en 1959
en Buenos Aires, afirmaba: “En primer plano aparecen indisolublemente unidas,
la cuestión nacional y la cuestión social. Una no puede resol-verse sin la
otra” [Obras Completas, Tomo V, p. 177]. Y agregaba más adelante: “La verdadera
disyuntiva es entre una política reformista y una política revolucionaria,
entre una política de grupos y una política de masas” [Obras Completas, Tomo V,
p. 195]. ¿Acaso en este, nuestro tiempo, es posible escindir lo nacional de lo
social? ¿Es posible la sobe-ranía nacional sin el despliegue del poder popular?
Por otra parte, si cabe hablar de una disyuntiva diferente a la que proponía
Cooke, no sería otra que la que opone una política conservadora y reaccionaria
a una política reformista. Una disyuntiva que nos coloca un escalón por debajo,
nos conmina a una “política de grupos” y nos obliga a resignar cualquier
proyecto transformador.
Respecto de lo anterior, en Apuntes para la
militancia –que reúne trabajos de 1964 y 1965– y en relación con los peronistas
que lo tildaban de comunista o trotskista, decía Cooke: “Yo siempre comienzo
por ahorrarle las pesquisas ideológicas: soy enemigo del régimen capitalista y
creo que está agotado en el país” [Obras Completas, Tomo V, p. 300]. Más claro
imposible. Y si el régimen capitalista estaba agotado a mediados de la década
de 1960, cabe preguntarse: ¿Acaso el proceso histórico del último medio siglo
modificó esta situación en sus aspectos sustanciales?
En Peronismo y revolución, de 1966, Cooke afirmaba:
“Esta es la gran ausencia que encontramos en todos los ‘desarrollismos’:
ignoran el problema imperialista” [Obras Completas, Tomo V, p. 71]. Y,
29
MIGUEL MAZZEO
también, explicaba –en sintonía con los mejores
aportes de la Teoría de la Dependencia– que cuando el desarrollismo mencionaba
el tema del imperialismo, cuando reconocía el hecho imperial, se refería a las
formas antiguas –por ejemplo: “agro-importadoras”– y no a las que revestían
actualidad, las formas reales y vigentes. Y más adelante, concluía con una
caracterización que sigue resultando válida para nuestro tiempo:
El desarrollismo se apoya en una serie de falacias:
la de que toda inversión equivale a desarrollo; la de que toda industria es
factor de crecimiento autónomo; la de que las ganancias empresarias se
transforman en inversiones; la de que el capital extranjero cumple la función
de la “acumulación primitiva” con que contaron las potencias adelantadas.
Las “burguesía nacionales” ya no son
contradictorias con el imperia-lismo [Obras Completas, Tomo V, p. 73].
¿Qué decir hoy, desde la Argentina y desde Nuestra
América, respecto de las funciones históricas de los neo-desarrollismos y las
“burguesías nacionales”? La incompatibilidad estructural entre la soberanía del
mercado y el capital, y la soberanía popular es cada vez más explícita.
La militancia dizque “nacional y popular” actual
debería estar a la altura de esta definición cookista, debería asumir las
consecuencias prácticas de la simbología y el “panteón” que defienden. Porque
el saber político de Cooke no es un saber que pueda eludir las consecuen-cias
(y tolerar las imposturas ideológicas).
A diferencia de otras figuras políticas e
intelectuales por lo general asociadas al “pensamiento nacional” o al
“pensamiento nacional y popular” (por cierto, también valiosas a su modo, como
pueden ser Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche), Cooke no es mito
acomo-dable a las ambiciones de los políticos burgueses del peronismo actual,
de quienes conciben al peronismo como una ideología del poder adap-table a cada
momento histórico. No lo fue antes, mucho menos ahora. Esta índole también
traza un grado de desemejanza con otras figuras que pueden considerarse (con
razones de fuste) más cercanas: Juan José Hernández Arregui o Rodolfo Puigróss,
por ejemplo.
Nosotros partimos de otro lugar. Nuestras
referencias político-emocionales son otras. Aspiramos a un sincretismo
revolucionario. Retornamos a Cooke en función de nuestras luchas presentes y de
nuestras representaciones del cambio radical futuro. Queremos saldar cuentas
con el pasado para poder abrir las puertas del futuro. Queremos que las fuerzas
del pasado sirvan para instigar futuros distintos. Desde estos emplazamientos
lo resignificamos, desde el conflicto social y los
30
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
sueños colectivos de los y las de abajo. Entonces,
lo sentimos compa-ñero en las luchas populares actuales. Y, como a él, nos
gusta la natu-ralidad de la pelea de las bases y nos perturban los críticos y
las críticas perfeccionistas, los y las que teorizan desde algún pedestal,
desde la angustia, el exilio cósmico y las “dachas” de creatividad. Lo sabemos
necesario de cara a la elaboración de un proyecto político popular. Aunque,
vale aclararlo, somos absolutamente conscientes del fin de la “época universal”
de Cooke. El tiempo ha transcurrido y la realidad histórica actual nos plantea
situaciones mucho más complejas que las de hace 50 años.
Además, es imposible soslayar el hecho de que Cooke
se formó y se consolidó como intelectual orgánico en un momento de lucha y
orga-nización popular, en una etapa de constitución de voluntades políticas
revolucionarias y en el marco de un movimiento de masas. Esto, por lo menos
parcialmente, constituye un elemento que podríamos deno-minar de “antivigencia”
de Cooke. No sólo por el carácter irrepetible de su tiempo, sino porque nuestro
tiempo es bien distinto al suyo en aspectos fundamentales. No nos brinda las
mismas posibilidades vitales. Por ahora.
En su “Prólogo” a la primera edición de la
Correspondencia Perón-Cooke , Alicia Eguren decía que los aportes teóricos de
Cooke se deri-vaban de su “praxis apasionada e ininterrumpida” y confiaba en
que serían retomados, “no con curiosidad exegética, sino como herramienta de
trabajo” [Obras Completas , Tomo II, p. 17]. Todo lo que aquí pueda designarse
como exégesis, ya sea con censura o aprobación, es mero efecto colateral. Cooke
nos interesa como herramienta de trabajo.
Por el simple hecho de apilar años de intercambios
y debates en torno a su figura, sabemos que miradas de lo más antagónicas
podrán considerar a nuestro trabajo una operación de rescate de Cooke desde y
para la cultura marxista. Por supuesto, el “desde”, a su vez, no está exento de
convertirse en objeto de cuestionamientos y refutaciones. Seguramente algunos y
algunas verán una completa arbitrariedad, fruto de un subjetivismo galopante o
similares patologías. Otros y otras creerán que existen elementos que justifican
dicha operación y, casi misericordiosos, podrán hablar de un intento similar al
de la genera-ción cubana del Centenario respecto de José Martí. Esto es:
recuperar (que es una forma de redimir) a una figura “nacionalista” y
“patrió-tica” para una cultura de izquierda y marxista. En realidad, estamos
convencidos de que Cooke estaba inmerso en esa cultura de izquierda y marxista
y no por eso fue menos “nacionalista” o “patriota”, por lo que tal operación de
rescate y recuperación resulta absolutamente innece-saria. Tal vez las páginas
que siguen contribuyan a demostrarlo.
31
3- Breve nota sobre herejes y heterodoxos
Lo más elevado del hombre carece de forma, pero se
debe evitar configurarlo de otra manera que no sea mediante acciones nobles.
Goethe
Los y las herejes están siempre fuera de línea.
Descolocados. Deben soportar –y refutar– una y otra vez a los fariseos que
tratan de mostrarlos en flagrante contradicción con la fe que profesan con el
fin de conde-narlos y expulsarlos del reino; o con el propósito de eliminarlos
de la faz de la tierra. Deben soportar a pontífices retorcidos. A santos
faná-ticos. A jefes crípticos y crueles. La cruz, la hoguera, el destierro y el
olvido han sido los destinos más reiterados para los y las herejes. También el desierto,
en el mejor de los casos. Los castigos más severos estuvieron reservados para
ellos y ellas. En la estructura del infierno (o del abismo) descripta en la
Divina Comedia, Dante Alighieri les reserva el círculo sexto, donde se padecían
fuegos de intensidades proporcio-nales a la gravedad de la herejía perpetrada.
Hubo un tiempo en que la música litúrgica no podía
tener más que una línea melódica. Si la composición tenía alguna línea más se
la consideraba una herejía. Claro está, cuando se aceptan múltiples líneas se
abren las puertas a la riqueza melódica. Eso, precisamente, era lo que querían
y quieren evitar a toda costa los que administran un dogma. De algún modo, la
herejía siempre se pensó (y se combatió) como una desmesura y una lujuria del
pensamiento, de la acción y del método. “Un vicio del pensamiento”, para usar
una expresión del propio Cooke.
Norberto Galasso habla de una “vocación sensual”
que dominaba a Cooke. Esa vocación se expresaría en una combinación de
discusiones en
33
MIGUEL MAZZEO
vigilias extenuantes, naipes, poemas, aventuras.1
Creemos que corres-ponde señalar una fuente mucho más determinante de una
sensua-lidad específicamente política: la predisposición herética de Cooke, los
oficios heréticos (y no los “santos oficios”) que Cooke asumió a lo largo de su
vida militante y que le permitieron captar algunas dimen-siones afectivas y no
ascéticas de la política. Algo que desde las concep-ciones pragmáticas y
administrativas de la política se suele considerar despectivamente como “bohemia
política”. En algún sentido la opción por la sensualidad es siempre una opción
política por todo lo que está en juego: el goce, el usufructo real del objeto.
Nada más y nada menos. Confundir la sensualidad con recreaciones, ocios y
afeites (o adicciones y extravagancias) es una simplificación. Contraponer la
sensualidad al “temperamento”, la risa a la lucha, es un ademán reaccionario.
En el trajinar político de Cooke se puede percibir el goce, la seguridad que
emana de la certeza respecto de su deseo y del coraje de seguirlo, la felicidad
proveniente de la lucha por un mundo justo e igualitario.
El término hereje proviene del griego Hairetikós.
El peruano Augusto Salazar Bondy, recordaba que, desde el punto de vista
etimo-lógico, hereje/herético quiere decir el que elige, el que escoge, “el que
opta por una verdad libremente”.2 Es hereje quien decide seguir sus propias
opiniones, a pesar de los riesgos. En una de sus últimas cartas a Perón, en
enero de 1966, Cooke le expresa: “Por decir la verdad, éramos herejes” [Obras
Completas, Tomo II, p. 625]. Muchas veces –en política, y en el peronismo particularmente–
la herejía tiene que ver con hablar claro; con dejarse llevar por la pasión, la
combatividad y el entusiasmo; con no disimular los propósitos; con dejar de
lado las astucias tácticas; con el rechazo de la obsecuencia, la obediencia
ciega y la adoración.
De algún modo, el hereje es siempre un creador
(heresiarca) o seguidor de nueva doctrina, por eso, también, está expuesto al
dogma. Porque las proposiciones heréticas no se corresponden necesaria-mente
con los sistemas heterodoxos. No existe ninguna incompa-tibilidad entre herejía
y dogmatismo. Si una herejía no se desarrolla dialécticamente corre el riesgo
de transformarse en dogma. Pasó con el cristianismo. Pasó con el comunismo.
Existen diccionarios en los que los términos hereje
y heterodoxo son presentados como sinónimos. No es así. Como se sabe, los
diccio-narios suelen ser colecciones de inexactitudes y falacias. Se puede ser
hereje y dogmático. No fue el caso de Cooke, que fue hereje y
1 Galasso, Norberto, Op. cit. p. 8.
2 Salazar Bondy, Augusto, Entre Escila y Caribdis,
Reflexiones sobre la vida peruana. Hacia el socialismo peruano. Testimonios,
Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1973, p. 151.
34
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
heterodoxo. Él estuvo en desacuerdo, fue disidente,
distinto, irre-gular y disconforme. Y su herejía también supo ser dialéctica,
estuvo siempre abierta a los desarrollos políticos. Por eso también fue una
herejía colectiva, nunca ejercida en soledad. A decir verdad, las herejías
individuales suelen ser estériles. Dice Fernando Buen Abad Domínguez: “El
hereje ha de saber siempre que es imposible reem-plazar a las masas; que sólo
en su seno podrá desarrollarse útilmente porque la importancia histórica de sus
herejías se desprenderá de las necesidades internas de la lucha colectiva”.3
Los y las herejes buscan desbaratar alguna
legitimidad, atentan contra el poder instituido, sea grande o pequeño. De este
modo, portan una función redentora. Esa es la función que está en el centro de
la herejía. La que genera rechazos y adhesiones. Horacio González explicó:
Al revés de los que se imaginan que se dirigen
desde una intemperie iluminada a trastocar las cosas grises de un estado de
cosas visua-lizado a la distancia, Cooke no puso distancia, elaboró el derecho
propio a estar en diferencia pero en el corazón mismo de lo que quiso
transformar. En vez de ser el que tenía que negar un nombre propio preexistente
que debía estallar por desuso histórico, fue el que invocó ese nombre propio
como su identidad previa y partir de
allí proclamó mutaciones.4
El mismo Cooke sabía definirse como un “opositor
interno”. He aquí una descripción sintética y clara del camino herético y
hetero-doxo de Cooke. Herético y heterodoxo respecto del peronismo “oficial”,
respecto del “populismo” –utilizado este concepto a lo largo de este libro en
un sentido bien diferente del que usualmente le asigna la derecha– porque
propuso salirse de ese campo, excederlo en sentido revolucionario; porque
consideró que era factible, en la Argentina, una política popular que fuese
algo diferente al populismo. Herético y heterodoxo respecto del socialismo y
del marxismo (dogmático y no tanto), porque, lejos de todo ideologismo, tomó
como punto de partida la experiencia histórica de la clase trabajadora y del
pueblo, y las ocasiones en las que no experimentaron una inferioridad
colectiva; y desde ese emplazamiento perseveró en la apelación a Perón
(final-mente apeló al mito Perón) al tiempo que abrazó horizontes de cambio
social radical. Cooke no asumió el peronismo desde la superestructura.
3 Buen Abad Domínguez, Fernando: “Una herética
necesaria”. En: Falcone, Jorge, Canto hereje, Buenos Aires, Ediciones Baobab,
2005, p. 11.
4 González, Horacio citado por: Duhalde, Eduardo
Luis: “Prologo: El doble retorno
de Cooke”. En: Cooke, John William, Obras
Completas, Tomo V., Op. Cit., p. 5.
35
MIGUEL MAZZEO
Desde fines de la década del 50 repudió toda unidad
idealizada y la convivencia con burgueses y burócratas. Asumió el peronismo
desde las bases, desde las diversas instancias que congregaban voluntades
unificadas de transformación social radical; voluntades plebeyas que aspiraban
a la autonomía, al autogobierno. La que finalmente coaguló como secuencia
cookista típica nos propone una inclusión plena en la experiencia popular, con
sus “anomalías”, para trascenderla e integrarla como momento.
Se trata de un camino que, como puede inferirse sin
mayores difi-cultades, también era contra-hegemónico e implícita y
explícitamente gramsciano. Ese camino remite a roles más complejos que los que
puede llegar a asumir un “opositor interno” que habita una determi-nada
institución.
También podemos deducir de la frase de González una
explicación de por qué Cooke rechazó la cómoda opción por la apostasía o por el
cisma. Él podía renunciar a una “Iglesia”, de hecho lo hizo, lo que no podía
era renunciar a una “fe”. Una “fe” derivada de una experiencia popular
sincrética y de una identidad cuyo núcleo se gestó al calor de la lucha de
clases.
Porque el peronismo estuvo en exceso respecto de
Perón. El pero-nismo, alguna vez, supo retorcerse amorfo y rococó. Habilitó los
sueños de paraísos colectivos, los peregrinajes políticos energéticos, la
búsqueda de la emoción. Y Cooke es quien mejor lo demuestra. En una carta que
le escribió a Perón el 30 de septiembre de 1962, desde París, Cooke decía: “Soy
parte del peronismo y el peronismo es parte de mí mismo” [Obras Completas, Tomo
II, p. 549]. Es el peronismo como hecho de masas, como experiencia plebeya, lo
que forma parte de Cooke.
Entonces, a no confundirse: ese “corazón mismo de
lo que quiso transformar” del que habla González era básicamente identidad
colec-tiva, experiencia histórica de lucha popular (o campo de prácticas de
lucha) y, por qué no, cultura. Un mundo compartido, un amasijo plebeyo de
cuerpos. No era aparato, ni estructura, ni institución, ni parafernalia de
dispositivos. Mucho menos podían ser las formas mistificadas y ajenas a la
realización popular. No se puede afirmar que Cooke se precipitó en un
“optimismo ilusorio”, o que “se tragó” una “apariencia de rebeldía popular”, o
que creyó en un modelo basado en la complicidad con el sistema de dominación,
fantasmagorías típicas del peronismo, según la visión de León Rozitchner.5 Se
podrá decir esto de otros peronistas, en otros contextos históricos, pero no de
Cooke.
5 Véase: Rozitchner, León, Perón entre la sangre y
el tiempo. Lo inconsciente y la política, Buenos Aires, Ediciones de la
Biblioteca Nacional, 2012, pp. 35 y 41.
36
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Como veremos, en algún momento de su trayecto Cooke
abandonó a Perón como referente estratégico y como modelo político. Porque
procuró derivar estrategias de situaciones que para Perón eran estric-tamente
tácticas. Lo intentó primero siendo delegado de Perón, en tiempos de la
Resistencia Peronista, con marchas y contramarchas, desde 1956 hasta principios
de 1959. Volvió a probar con el denomi-nado “giro a la izquierda” del
peronismo, que fue de 1962 al frustrado retorno de Perón, a fines de 1964.
Luego desistió definitivamente. Pero no llegó a romper abiertamente con el
General. Esto no se explica ni por lealtades ni por empecinamientos. Hay modos
muy diversos de ejercer unas y otros. Cooke no rompió abiertamente con Perón
porque no quiso perder la interioridad necesaria para construir la eficacia de
una política revolucionaria. Sabía que de nada sirve la pureza en las regiones
exteriores porque desde allí no se superan las prácticas espon-táneas, no se
logran las sincronías colectivas ni se cumplen funciones de esclarecimiento.
¿Cómo convertirse en puente sin asentarse firme-mente en dos orillas? Cooke no
quiso replicar el camino de la izquierda tradicional; el camino incontaminado
de la soledad ineficaz y abstracta que no trastoca ninguna objetividad.
Esa interioridad, la inmersión en las luchas
populares, ese habitar los pliegues íntimos e impuros del mundo plebeyo, era la
llave para salir de la “farsa salvaje” (en términos de Arthur Rimbaud), para
superarla colectivamente. Además, en ese tiempo, no era tan sencillo
desprenderse de Perón sin que la “fe”, de alguna manera, terminara resentida.
Porque guste o no, el nombre de Perón (el nombre de un proscripto y un
desterrado) seguía estrechamente asociado a ese campo de prácticas de lucha de
los y las de abajo. Seguía siendo el vector principal para la articulación de
una totalidad, con enormes capacidades para dotar de potencia a esa totalidad o
para conjurar esa potencia. Claro está, los costos y los riesgos eran muy
altos. La promiscuidad se presentaba como inevitable. Ya no sólo con la
buro-cracia, sino también con Perón.
El Cooke maduro no invocará teorías idealistas o
sistemas precons-tituidos. No se creerá poseedor de ningún saber cerrado. Será
un teórico heterodoxo, sin “una” teoría concebida como un sistema acorazado o
una arquitectura gloriosa. Cooke no se dedicó a edificar catedrales. Por
cierto, Cooke jamás quiso crear una teoría propia; no pretendió inventar
conceptos y categorías, sino explicar críticamente la realidad para
trascenderla revolucionariamente. Su pensamiento estuvo siempre abierto a la
dinámica de los acontecimientos. Fue “dialéctico” en sentido estricto. (La
dialéctica no puede ser una teoría y está más mucho cerca de ser una lógica de
la sociedad como totalidad).
37
MIGUEL MAZZEO
Desde distintos campos teóricos y políticos
(simplificando mucho podríamos decir: desde dos “Iglesias”: el populismo y el
marxismo) se acusó a Cooke de adhesión pertinaz a una doctrina contradic-toria.
La pertinacia en el “error en materia de fe” es, precisamente, uno de los
rasgos más característicos de las herejías. O se lo consi-deró como la
manifestación “impura” de diferentes arquetipos. Por eso planteamos que Cooke
fue un hereje de diferentes “iglesias”. Imposible eludir la tentación de decir:
Cooke fue el “hecho maldito”, le fait maudit, de ambas.
38
4- Prolegómenos
Entretanto, a cobijo de unas alas de nieve, crece
el niño maldito, ebrio en la luz del día, y en todo lo que come y en todo lo
que bebe halla un dejo de néctar y un dejo de ambrosía.
Charles Baudelaire
John William Cooke, alias “el Gordo”, alias “el
Bebe”, nació en La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, el 14 de
noviembre de 1919. Sus padres fueron Juan Isaac Cooke y María Elvira Lenci,
quienes se habían casado en la misma ciudad, en febrero de ese mismo año. La
comadre que asistió al parto en la amplia casona de la calle 50 entre 4 y 5 se
llamaba Honoria Bossi de Contarelli. John fue el primogénito. Algunos años más
tarde, nacieron sus hermanos: José Luis, Carlos Federico y Jorge Félix. Ellos
no tuvieron actividad política destacada pero, a instancias de John, supieron
colaborar en algunas gestiones, sobro todo en las décadas del 50 y el 60.
El apellido Cooke remite a la “verde Irlanda”.
Existe evidencia de que su abuelo, Jenaro William Cooke Arosamena, llegó a la
Argentina hacia fines del siglo XIX. Una versión sostiene que había nacido en
Panamá (que, en realidad, era todavía Colombia) y que su familia, de origen
irlandés, había pasado un tiempo en los Estados Unidos. No se sabe a ciencia
cierta si el padre de Jenaro era irlandés o norteamericano de origen irlandés.
Otra versión muy difundida sostiene que el bisabuelo de John, el marinero Isaac
Cooke, era irlandés y que había llegado a los Estados Unidos en el auge de la
inmigración irlandesa de mediados del siglo XIX. Allí se casó con la colombiana
Carmen Arosamena, la madre de Jenaro, portador de un nombre y una cuota de
sangre latinos. Aunque hay que tener en cuenta que los nombres latinos no son
del todo extraños entre los irlandeses “puros”.
39
MIGUEL MAZZEO
Tampoco poseemos información sobre la actividad
desarrollada por la familia Cooke en Panamá (Colombia). Lo cierto es que, en la
ciudad de La Plata, el abuelo de John estableció un consultorio que lucía en su
fachada un cartel rotundo y presuntuoso: “Jenaro Cooke, dentista
norteamericano”.
Otra versión indica que Jenaro Cooke era en
realidad Genaro Cucci o Cocci, que había nacido en Italia y que, previo paso
por los Estados Unidos –donde aprendió el oficio de mecánico dental–, llegó a
la Argentina, y allí modificó levemente el nombre, el lugar de origen y la
profesión. Podría decirse que todos los artificios estuvieron en función de una
estrategia meramente comercial. En efecto, la proce-dencia norteamericana, a
diferencia de la italiana, podía asociarse con mayor facilidad a cierta eficiacia
operativa, algo que, tratándose de un dentista, no constituye un asunto menor.
Esta versión nos fue revelada por Fermín Chávez a fines de la década del 90, y
comentaba Chávez que, a su vez, le había sido referida muchos años antes en una
conversación personal con el historiador René S. Orsi, quien conocía a John (y
a su familia) desde los años de la militancia universitaria en La Plata. Nunca
tuvimos la posibilidad de corroborarla o refutarla. No se conocen datos sobre
la abuela paterna de John.
María Elvira, su madre, era una mujer joven
descendiente de una familia uruguaya, afincada en la ciudad de La Plata. Sus
encantos fueron mentados en esa urbe durante largos años.
John pasó parte de su infancia en la casa de una
vecina ilustre: doña María Hegoburu de Oyanarte. Doña María era viuda de Don
Juan Oyanarte, un periodista y dirigente de la Unión Cívica Radical (UCR) de la
localidad de Rojas, provincia de Buenos Aires. Por causas polí-ticas, Oyanarte
fue asesinado a los 34 años en 1896; el mismo año en el que se suicidó el
creador y primer caudillo de la UCR, Leandro N. Alem. Oyanarte había lanzado el
periódico La Verdad y formaba parte del núcleo fundacional de la UCR. Las
causas de fondo de su asesinato no pueden desvincularse de la táctica
“revolucionaria” sostenida por la UCR en aquellos años que contemplaba la
utilización de la acción armada contra el régimen oligárquico. Por cierto, Juan
Oyanarte fue baleado en la puerta de su propia casa y falleció en los brazos de
doña María que, más tarde, se trasladó a La Plata, donde sostuvo la
publi-cación del periódico La Verdad hasta 1916, cuando la UCR llegó al
gobierno nacional de la mano de Hipólito Yrigoyen.
Las puertas de la casa de Doña María estaban
abiertas de par en par para los chicos y las chicas del barrio quienes,
seducidos por la personalidad de esta mujer admiradora de la pedagogía del
suizo
40
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Enrique Pestalozzi (1746-1827), pasaban largas
horas en su compañía. Doña María apañaba sus travesuras. Para ella, devota
acérrima de los modos pestalozzianos, la actividad era una ley de la niñez. Se
oponía a suministrar conocimientos preconstruidos y buscaba generar
opor-tunidades de aprendizaje. No aceptaba los métodos que separaban la
“escuela” de la vida.
Por las tardes aletargadas del verano, John y sus
cómplices solían alterar la siesta de los vecinos con un espantoso chirriar de
patines. Otras alternativas: robar frutas en quintas cercanas, arrojar piedras
en la propiedad de algún vecino antipático, o leer a Agatha Christie en las
elásticas ramas de la higuera de Doña María. Entre los copartícipes se hallaban
Aurora Venturini, Salvador y Marcos Anglada y Pedro Catella. Este último sería,
años después, el primer esposo de Alicia Eguren.
Toda la familia Cooke estaba vinculada a la Unión
Cívica Radical. Juan Isaac, el padre, era abogado y se desempeñó durante la
década del 20 en el Ministerio de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires;
luego, en la década del 30, fue diputado nacional. El tío Jenaro también
vinculado a la UCR, ocupó diversos cargos políticos.
En contra de lo que muchas veces se supone, los
Cooke no eran históricos radicales yrigoyenistas del ala “principista” del
partido. Por el contrario, pertenecían al ala más conservadora de la UCR,
identificada con la figura del ex presidente Marcelo T. de Alvear y, desde el
año 1935, políticamente integrada al régimen de la Restauración Conservadora
iniciado en 1932, enmarcado en la denominada “Década Infame”. Los Cooke de La
Plata eran auténticos “cajetillas”, habitués del Jockey Club de La Plata y de la
rambla de la ciudad de Mar del Plata en sus postri-merías como balneario de las
“clases altas”.
Hacia 1938, después de cursar estudios en el
Colegio Nacional, John ingresó en la Facultad de Derecho de la Universidad
Nacional de La Plata (UNLP). Allí inició su actividad política en la Unión
Universitaria Intransigente (UUI), vinculada a la UCR, y en la Federación
Universitaria de La Plata (FULP). Puede ser, entonces, que a comienzos de la
década del 40, Cooke haya iniciado su participación en espacios políticos
cercanos a la línea yrigoyenista, o en agrupaciones donde intervenían radicales
de esa extracción. Existe una lista de candidatos de la UUI para las elecciones
del Centro de Estudiantes de la Facultad de Derecho de la Universidad La Plata
de junio de 1941. Está encabezada por José Armando Caro y Cooke figura como
candidato a primer vocal.
Por esos años su padre fue diputado nacional. John
colaboró con él y, como empleado del Congreso Nacional, se familiarizó con la
tarea parlamentaria y la función legislativa. Antes se desempeñó
41
MIGUEL MAZZEO
como cronista deportivo en un diario cuyo
propietario era su propio padre, El Plata. En 1941 la familia Cooke decidió
mudarse a la ciudad de Buenos Aires.
Aunque no abundan, existen más datos sobre la
adolescencia de Cooke. Pero creemos que no importan demasiado a los fines de
este trabajo. Por cierto, esa información no está exenta de algunos costados
literarios. Por ejemplo, la primera novia, “Inecita”, fulminada por la leucemia
a los 18 años y la tristeza infinita de John; su efímero trabajo a modo de
subterfugio en una escribanía en la Provincia del Chaco; sus nunca confirmadas
afecciones físicas: poliomielitis, hipogonadismo; sus indudables cigarrillos y
chocolates, el póquer, la afición por Estudiantes de La Plata, etcétera. Pero
no caben aquí tantos ejercicios literaturizantes.
El póquer merece una excepción. Varios testimonios
coinciden en señalar que Cooke fue un gran jugador de póquer. Sea el póquer
abierto, el cerrado o el surtido, entre otras variantes, el juego no tenía
secretos para él. Como es básicamente un juego de apuestas, Cooke jugaba por
dinero y, casi siempre implacable, no hacía más que acumular deudores morosos.
Para el escritor Ezequiel Martínez Estrada, por su carácter sajón (por la vía
norteamericana), era un juego “lacónico”: “El póquer es taciturno, serio, categórico”,
afirmaba. Pero Cooke también era un gran jugador de truco y puso en evidencia
su destreza en el arte mañoso del juego criollo en las temporadas que pasó en
prisión. En lo atinente al truco, Martínez Estrada decía que era un juego
“dialéctico, para locuaces”, un juego en el que se integraban el azar, la
astucia, la adivinación, la audacia y la prudencia. Este autor llegó a sostener
que el truco era “la forma inferior de la payada y la forma superior de la
polí-tica criolla”.1 Se suele decir: el jugador es el juego. Cooke jugaba muy
bien al póquer y al truco.
Desde el punto de vista político, el estudiante
Cooke era colaboracio-nista y aliadófilo. Esto quiere decir que deseaba
fervientemente que la Argentina abandonase su posición neutral en la Segunda
Guerra Mundial y que se sumara al bando de Gran Bretaña y los Estados Unidos.
John era abiertamente liberal, pro-Occidental y así persistirá, por lo menos
hasta el año 1942 o 1943. Sustentará las mismas posiciones que su familia. Por
ejemplo, en 1940, su tío Jenaro acusaba a Raúl Scalabirini Ortiz de “nazi”. Lo
que derivó en un duelo. Comenta Galasso que:
El Bebe –consustanciado con su tío, no solo
afectiva, sino polí-ticamente– no sospecha que ese escritor, enemigo de los
ingleses, cuya espada hiere el antebrazo de su pariente, se constituirá, años
1 Véase: Martínez Estrada, Ezequiel, La cabeza de
Goliat, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968, pp. 184-188.
42
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
después, en uno de sus compañeros más queridos y
admirados en la lucha común por la liberación nacional.2
En efecto, el estudiante Cooke estaba lejos, muy
lejos, del radical yrigoyenista, filo-forjista, filo-revisionista, nacionalista
democrático, que algunas versiones plantean, más por dar crédito a las
presunciones o por afinidad a cierta “hermenéutica lineal” que por rigor
histórico. Ese Cooke remite a una construcción retrospectiva. La
responsabilidad recae, en buena medida, en Alicia Eguren, su compañera de vida
y de militancia política. Alicia en sus “Notas para una biografía de John”,
publicadas en 1971 –John murió el 19 de septiembre de 1968– en la Revista Nuevo
Hombre, construye este perfil inexacto.3
Durante el período que va desde el golpe de Estado
del 6 de septiembre de 1930 hasta el 4 de junio de 1943 se produjeron cambios
profundos en la Argentina. La economía dejó de girar en torno al tradi-cional
modelo agro-exportador y comenzó a consolidarse un modelo de acumulación basado
en la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). Empezó a
perfilarse el protagonismo histórico de sectores de la burguesía industrial
nacional (incluyendo sectores de lo que Eduardo Basualdo denomina la “oligarquía
diversificada”4) y de la clase trabajadora. Lenta e inexorablemente, la
conciencia social fue adquiriendo un sesgo pro-industrial.
En el plano estatal se desarrollaron un conjunto de
modalidades de intervención y surgieron nuevas instituciones. El Estado
comenzará a jugar un papel regulador del mercado interno e impulsará las
acti-vidades industriales a través de la protección arancelaria, la promo-ción
de las inversiones y la orientación del crédito. El Estado adquirirá
gradualmente un rol clave en el marco del proceso de acumulación y en la
construcción de la demanda, a través de su presencia en la produc-ción de
bienes y servicios y a través de la gestión monetaria y fiscal. Asimismo, estos
cambios ejercen su influencia en las identidades y en las lógicas de la acción
colectiva.
Asistimos, básicamente, a un cambio en la relación
entre la sociedad y el Estado. El vínculo establecido a partir de la década del
30, con sus tensiones pero también con sus momentos de retroali-mentación y
complementación y sus nuevos espacios de exigencia, será diferente al vínculo
que caracterizó al período previo. Lo que
2 Galasso, Norberto, Op. cit., p. 10.
3 Véase: Eguren, Alicia: “Notas para una biografía
de John”. En: Revista Nuevo Hombre, Buenos Aires, Año 1, Nº 9, del 15 al 21 de
septiembre de 1971, p. 10.
4 Véase: Basualdo, Eduardo, Estudios de Historia
Económica Argentina. Desde mediados del siglo XX a la actualidad, Buenos Aires,
FLACSO-Siglo XXI, 2006.
43
MIGUEL MAZZEO
se puede percibir en la década del 30 es un proceso
de “autonomi-zación” relativa del Estado, que plantea situaciones cada vez más
alejadas de la instrumentación directa –y grosera– por parte de las clases
dominantes.5 Por supuesto, cambios de tal magnitud nunca podrían haber sido
abruptos. La década del 30 remite a un tiempo de transición, donde lo viejo
convive con lo nuevo. Un tiempo de crisis en múltiples planos.
Las representaciones del país edificadas y
difundidas por las clases dominantes y, por lo general, aceptadas pasivamente
por las clases medias, se deterioraron, entre otros motivos porque se trataba
de representaciones cargadas de falsedades, basadas en fetiches y mitos
elitistas. Comenzaba a ser cuestionada la imagen del país próspero, granero del
mundo, socialmente abierto y dinámico, ubicado el camino del progreso
indefinido, blanco, europeo. Afloró la vulnerabilidad “estructural” del país,
su carácter atrasado, deformado, dependiente, incompleto, periférico; su
condición latinoamericana y mestiza. Cayó la máscara del “crisol de razas” y
comenzó a aparecer el rostro real: el “crisol de racismos”.
En 1942 Cooke estableció un vínculo político-
intelectual deter-minante en su vida. Por intermedio del escritor y crítico de
cine Hellen Ferro conoció a César Marcos, un militante nacionalista de sólida
formación intelectual (autodidacta) cercano al grupo FORJA (Fuerza de
Orientación Radical de la Joven Argentina, fundada, por Jauretche entre otros
militantes yrigoyenistas y nacionalistas, en 1935) y al Instituto Juan Manuel
de Rosas de Investigaciones Históricas. Fundado en 1938, presidido por Alberto Contreras
durante décadas, este Instituto fue el ámbito más representativo de la
historiografía revisionista argentina.
Raúl Lagomarsino señaló: “Cesar y Cooke se
interesaron uno en el otro. César le empezó a dar literatura y se pasó de
revoluciones, lo hizo marxista. El Bebe le tenía un respeto tremendo a
Marcos”.6 Pero además, en noches interminables de póquer, cigarrillos y Whisky,
de filosofía,
5 Véase: Campione, Daniel: “Del intervencionismo
conservador al intervencionismo
populista. Los cambios en el aparato del Estado:
1940-1946”. En: Revista Taller, Vol.
2, Nº 4, agosto de 1997.
6 Testimonio de Raúl Lagomarsino. En: Cichero,
Marta, Cartas peligrosas. La apasionada discusión entre Juan Domingo Perón y el
padre Hernán Benítez sobre violencia política, Buenos Aires, Planeta, 1992, p.
140. La autora, a partir del testimonio de Lagomarsino, agrega que Marcos,
“Escribía muchísimo. Empezó con discursos para coroneles […] discursos para la
Cámara (como asesor de Cooke, cuando la oposición al Acta de Chapultepec),
notas sin firma en De Frente, en publicaciones de la Resistencia, en libros ajenos.
Precursor de los modernos escritores-fantasma”. [p. 148]
44
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
historia y política, se fue construyendo una
amistad que duraría más de una década y que se resentirá poco después de que
Cooke se convirtiera en el delegado de Perón.
Marcos, además, había sido suboficial y se
desempeñó como empleado en la Dirección de Archivos del Ejército. Al producirse
el golpe de Estado del 4 de junio de 1943, por sus contactos con el Ejército,
Marcos fue designado por el gobierno militar al frente de la Dirección General
de Espectáculos y se hizo cargo del Instituto Cinematográfico del Estado. A
partir del vínculo con Marcos, Cooke comenzó a asumir posturas nacionalistas
desde el punto de vista político y revisionistas desde el punto de vista historiográfico.
De este modo, Cooke se antici-paba al peronismo; pero claro, no tanto como los
forjistas.
El golpe militar del 4 de junio del 1943 puso fin
al régimen de la restauración conservadora y oligárquica. Dentro del elenco
militar que asumió el gobierno comenzó a emerger la figura del Coronel Juan
Domingo Perón, el referente político de un grupo de militares que sustentaban
ideas nacionalistas e industrialistas, que conside-raban que el Estado debía
jugar un rol estratégico fundamental, que abogaban por un “pacto social” con la
clase trabajadora; es decir, una integración subordinada de la misma que garantizara
el “orden social”. Este grupo se nucleaba en la logia militar conocida como
Grupo de Oficiales Unidos (GOU).
En poco tiempo, Perón se convirtió en el hombre
fuerte del gobierno militar. Concentró funciones importantes: Secretario de
Trabajo y Previsión, Ministro de Guerra, Vicepresidente. Perón gana voluntades.
Sumó poder.
Como parte de su estrategia política, Perón buscaba
establecer vínculos con dirigentes de los partidos políticos tradicionales,
princi-palmente de la UCR bonaerense. Intentaba sumar apoyos sólidos para su
proyecto. En ese contexto, Juan Isaac Cooke se convirtió en Ministro de
Relaciones Exteriores, en agosto de 1945, y asumió la tarea de contra-rrestar
las presiones del embajador norteamericano Spruille Braden. Cooke se desempeñó
como secretario y asesor de su padre. Existe una foto publicada en la revista Crisis
en 1974 en la que Cooke –con tan solo 25 años– está junto al Canciller (su
padre), almorzando con ese emblema del imperialismo norteamericano que fue el
embajador norteamericano Spruille Braden. En este proceso y en estas funciones
lo sorprendió la crisis de octubre de 1945.
Nos referimos a la ofensiva política contra Perón
que tiene como vértices al embajador Braden; a las grandes corporaciones
empre-sariales (Sociedad Rural Argentina, Unión Industrial, Cámara de
45
MIGUEL MAZZEO
Comercio) y a la oposición política partidaria
nucleada en la Unión Democrática (UD). Ofensiva política que llevó a la
renuncia de Perón a todos sus cargos, a su salida del gobierno, y a su
posterior detención el 12 de octubre.
El 17 de Octubre Cooke está en la Plaza Mayo. Como
Scalabrini Ortiz, también él vive la experiencia directa de la “muchedumbre
heteróclita” y del “subsuelo de la patria sublevado”. Como Juan José Hernández
Arregui, se suma a la “muchedumbre abigarrada que marchaba como un sonámbulo
invulnerable”. Como Jauretche quiso ser parte del “fuen-teovejuna”. También a
él, como a Leopoldo Marechal, desde algún punto cardinal, le llegó “un rumor,
como de multitudes”. Hasta ese momento el peronismo venía constituyéndose
“desde arriba”, desde las cumbres del aparato del Estado. A partir de la masiva
movilización del 17 de Octubre, también comienza a constituirse “desde abajo”.
Tan desde abajo que Scalabrini Ortiz tiene que decir “subsuelo”, expresión más
poética que, por ejemplo, “capa freática”. Como acontecimiento fundacional del
peronismo también hay que contar un “hecho de masas” insoslayable. El
pensamiento político de Cooke se conformará al calor de esa contradicción
constitutiva del peronismo.
En las elecciones presidenciales de febrero de
1946, la fórmula Perón-Quijano se impone a la fórmula Tamborini-Mosca, de la
UD, por un margen no demasiado abultado. Perón se convierte en presidente de la
Nación. Con 25 años, John William Cooke es elegido diputado nacional por la
Capital Federal. Sin lugar a dudas, llega al Congreso y a los escenarios más
rutilantes de la política argentina de la mano de su padre, siendo
prácticamente un desconocido.
En ese preciso instante comienza la historia que
más nos interesa.
46
5- El diputado
Existen efectivamente en nuestra sociedades
relaciones establecidas que son materialmente imposibles de modificar si se las
afecta sólo en parte…
Piotr Kropotkin
El primer peronismo (1945-1955) fue la expresión
política de una alianza social heterogénea. Ese rasgo “genético” tuvo
correlatos en lo ideoló-gico, tanto en las diferentes (y contradictorias)
formulaciones como en la vaguedad e indefinición favorecida desde la cúpula.
Los intereses inmediatos de la clase trabajadora, pero también los de una
burguesía nacional (sin descartar a sectores de la oligarquía diversificada)
inicial-mente ligada al desarrollo del mercado interno, sumado a los objetivos
de una parte del Estado –particularmente los de un sector de las Fuerzas
Armadas que aspiraba al desarrollo de una industria pesada para lograr el
autoabastecimiento en materia de armamentos y garantizar, de ese modo, la
“defensa nacional”–; hicieron que el primer peronismo desa-rrollara un
nacionalismo popular y un antiimperialismo “pragmáticos” o “espontáneos”. Esta
es una caracterización que propone Cooke en diferentes momentos de su
trayectoria política. Primero lo hizo en forma indirecta y en lenguaje gauchipolítico;
por ejemplo, en su confe-rencia titulada “Perspectivas de una economía
nacional”, dictada en El Centro Universitario Argentino (CEA) en 1947, donde
señaló que, con las medidas nacionalistas impulsadas por Perón, comenzaba a
desarro-llarse en el país una “conciencia económica propia”. Confiaba en que a
partir de ella se iría conformando una doctrina sistemática, “al tranco”, y a
la “criolla” [Obras Completas, Tomo IV, pp. 48 y 49].
Luego, apelará a formas más precisas. Por ejemplo,
en La lucha por la liberación nacional, de 1959, sostendrá que este
antiimperialismo práctico y asistemático del primer peronismo –sin dudas
limitado y contaminado con partículas reaccionarias de nacionalismo clerical
47
MIGUEL MAZZEO
y/o filo-fascista– expresaba una tercera etapa del
antiimperialismo en la Argentina, después de la primera etapa “romántica”,
represen-tada por la figura de Manuel Ugarte, y de la etapa “parcial,
inorgánica y sentimental” representada por el radicalismo yrigoyenista [Obras
Completas, Tomo V, p. 176].
Hacia fines de la década del 50 comenzará a
delinear una cuarta etapa, donde el antiimperialismo se constituye en el núcleo
de una política de corte emancipatorio, es decir, socialista.
Pero volvamos atrás. Cooke fue uno de los pocos
dirigentes pero-nistas que, por aquellos años, intentó convertir estos gestos
aislados en un corpus ideológico coherente, transformando el agradecimiento de
los y las pobres a Perón y a Eva Perón en poder popular, el odio a los y las
oligarcas y el repudio de la hipocresía burguesa en praxis revolu-cionaria.
Cooke consideraba que al peronismo le faltaba una doctrina. Comparaba esa
experiencia con la de otros movimientos políticos nacionalistas de Nuestra América,
en Bolivia o en Perú.
Cooke abrigaba la certeza de protagonizar un
proceso de impor-tantes transformaciones en el país. Sabía también que se
desenvolvían en el marco de la institucionalidad vigente y que la
profundización de ese proceso, que él llamaba Revolución Peronista o Revolución
a secas, no podía tener otras coordenadas que las provistas por la legalidad.
En ese sentido, Cristian Leonardo Gaude inscribe la
actuación de
Cooke en el Parlamento en los marcos de un
“republicanismo popular”.
Este autor plantea:
La libertad como no dominación, el reconocimiento
del pueblo como actor virtuoso de la política, el poder público
instituciona-lizado y la preeminencia de lo social sobre lo individual son los
rasgos esenciales del republicanismo popular, y tales características podemos
identificarlas en las expresiones de John William Cooke en
el Congreso de la Nación.1
El diputado Cooke es secretario del Bloque
Peronista y miembro del Consejo Superior del Partido Único de la Revolución.
Preside además la Comisión de Asuntos Constitucionales, la Comisión Redactora
del Código Aeronáutico y la Comisión de Protección de los derechos de autor. Se
desempeña como miembro informante de las comisiones de las que forma parte,
interviene en diferentes discusiones y debates. Presenta diferentes proyectos;
por ejemplo, un proyecto de Reforma
1 Gaude, Cristian Leonardo, El peronismo
republicano. John William Cooke en el Parlamento Nacional, Buenos Aires,
Universidad Nacional de General de General Sarmiento. Instituto de Desarrollo
Humano. Licenciatura en Ciencias Políticas, 2014, p. 87.
48
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Constitucional en co-autoría con César Guardo,
quien presidía la Cámara. César Marcos es su principal asesor y contribuye con
la elabo-ración de proyectos y discursos. A pesar de ser el diputado más joven,
Cooke es uno de los animadores principales en la Cámara.
El 28 de junio de 1946 les responde a los diputados
radicales que plantean su disconformidad bajo la forma de una cuestión de
privi-legio con motivo de la decisión de la presidencia de ubicarlos a la
derecha del recinto.
Un mes después impulsa la derogación de la ley
4144, ley de extra-ñamiento de extranjeros, más conocida como Ley de
Residencia, sancionada en 1902 y redactada por el Senador Miguel Cané, el autor
de Juvenilla. Cooke expone argumentos que demuestran la incons-titucionalidad
de dicha ley a la que considera “uno de los zarpazos más grandes de la clase
dominante argentina” [Obras Completas, Tomo I, p. 66]. Para él la ley expresaba
la respuesta paranoica de la clase dominante frente al desarrollo en el país del
movimiento obrero organizado a comienzos del siglo XX. En su intervención,
identi-fica un componente específicamente autóctono (nativo y criollo) de la
democracia. Algo que podríamos denominar –inspirados en José Carlos Mariátegui–
como “elementos de democracia práctica”. Lejos de todo telurismo, pero
destacando la materialidad del territorio y en respuesta a los planteos de la
inteligenza argentina, afirma que “de nada hubiese valido la traducción de
Rousseau; nada hubiese significado la doctrina de los enciclopedistas, si el
hijo de la tierra no hubiese tenido profundamente arraigados en su espíritu los
conceptos que dichas teorías preconizan”. Entre otros “conceptos prácticos”
Cooke señala el desprecio de las leyes injustas y el sentido de la amistad, la
libertad y la igualdad [Obras Completas, Tomo I, p. 75]. Si nos adelantamos y
consideramos sus posiciones en la década del 60, podemos conjeturar que lo
mismo tuvo que haber pensado respecto de la “traducción” de Carlos Marx.
Asimismo, sus palabras parecen inspiradas en
Martínez Estrada. Y, aunque no lo cita, es muy probable que Cooke haya leído
Radiografía de la Pampa, un libro de 1933 o La Cabeza de Goliat, de 1940. Para
caracterizar a la democracia argentina apela a imágenes gastadas por Martínez
Estrada: la llanura, el horizonte ilimitado, el viento peinando los pastizales;
también a la soledad –o al miedo a la soledad– y a la eternidad.
Cooke impulsará poco después el Proyecto de Ley que
disponía la construcción de un monumento a Lisandro de la Torre, en la ciudad
Rosario, en la Provincia de Santa Fe.
49
MIGUEL MAZZEO
Tiene luego una activa participación en el debate
sobre la inicia-tiva para la sanción de una ley de Represión de actos de
Monopolio o tendientes al monopolio. En su intervención Cooke vincula los
monopolios al imperialismo y recurre a Karl Marx, a V.I Lenin, a Rudolf
Hilferding y Karl Mannheim, para fundamentar su posición. Caracteriza a la
Argentina como un país semi-colonial y propone la nacionalización de aquellos
servicios que resultasen estratégicos para la soberanía nacional.
Cooke realiza una crítica al liberalismo económico
y al fundamen-talismo de mercado porque considera que la tendencia a la
concentra-ción económica y a la conformación de monopolios es inherente a la
economía capitalista “desregulada”. Para él, el libre juego de la oferta y la
demanda “no era juego ni libre” [Obras Completas, Tomo I, p. 92]. Entendía que
el monopolio era un poder económico que se traducía directamente en poder
político, y que le permitía a la gran burguesía “reinar directamente”, anulando
la autonomía relativa del Estado. Era la forma que encontraba el capital para
convertir su poder sobre el proceso de producción en poder político. Y su campo
de acción no sólo dependía de su inmenso poder material y político, sino
también del colonialismo intelectual de las elites locales del mundo periférico
que adherían a teorías y doctrinas afines a los monopolios; es decir, teorías y
doctrinas que abonaban la dependencia. Por ejemplo, la teoría neoclásica, cuyos
fundamentos se encargó de refutar en el recinto en diversas oportunidades.
Cooke se muestra partidario del fortalecimiento y
la intervención del Estado y de la planificación económica. En líneas
generales, los planteos del diputado giran siempre sobre la idea de un Estado
fuerte cuya función es contrarrestar el poder de algunos intereses particulares
en el ámbito de la sociedad civil.
Cooke es la voz de los sectores, minoritarios en el
peronismo, inclu-yendo a grupos de derecha como la Alianza Libertadora
Nacionalista (ALN), que se oponen a la ratificación por parte del Congreso
Nacional de la adhesión del gobierno al Acta de Chapultepec y la Carta de las
Naciones Unidas. Para el joven diputado, la unidad latinoamericana aparecía
como la necesaria estrategia frente a un enemigo común: el imperialismo
norteamericano y como camino autónomo en el marco del mundo bipolar de la
segunda posguerra. La tesis reivindicada por el vehemente legislador sostenía
que, en la tarea en pos de su emancipa-ción definitiva y su grandeza futura,
Nuestra América no podía contar sino consigo misma, y que la “ayuda” de las
grandes potencias siempre respondería a sus propias conveniencias.
50
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En la fundamentación de su voto contra la
aprobación del Acta y la Carta, en la sesión del 30 de agosto de 1946, Cooke
atacaba el “sofisma” de la igualdad jurídica de los Estados porque servía para
ocultar las desigualdades en planos más sustantivos y menos formales; entre
otros, el plano material, económico. Con una dosis de irreverencia –uno de los
sellos distintivos e inalterados durante su labor parlamentaria y durante toda
su trayectoria militante–, afirmaba que las cláusulas de los tratados eran los
peores enemigos de la fraternidad de los pueblos. Decía Cooke:
Acción práctica de solidaridad y efectivo respeto
de las soberanías es lo que requieren los pueblos de América y no sistemas
moral-jurídicos-declarativos […]. Más que sistemas normativos los países
latinoamericanos necesitan del desarrollo del mutuo respeto, la no gravitación
del saldo de la balanza de pagos en los movimientos polí-ticos internos e
internacionales y la solidaridad no coercitiva. Sobre estas bases ha de
edificarse el destino de América, que yo preveo feliz a plazo no muy largo. […]
Yo creo que las actas de Chapultepec son un peligro
y no una espe-ranza para los pueblos de América. Sin que esto importe creer que
no tienen ellos la fe necesaria en un destino común, porque a través del tiempo
y de los años va adquiriendo cada vez más fuerza la frase histórica de la
Reforma Universitaria en el Manifiesto de los Hombres Libres: Nuestras verdades
son, y dolorosas, de todo el continente.
En cuanto a la Carta de las Naciones Unidas […] Yo
considero personalmente que su estructura es violatoria de elementales
prin-cipios de derecho internacional y de convivencia [Obras Completas, Tomo I.
pp. 97 y 98].
Una digresión: nótese la reivindicación que Cooke
hace de la Reforma Universitaria de 1918. Un posicionamiento en el que
persistirá a lo largo de toda su vida. Por supuesto, se trataba de una visión
aislada y hasta repudiada en el marco del peronismo, que, aun considerando sus
expre-siones políticas más radicalizadas de las décadas del 60 y del 70,
sostuvo, en líneas generales, una postura antireformista. Por cierto, los
ideales más ambiciosos de la reforma del 18, sus ímpetus democratizadores de la
sociedad, el conocimiento y el poder, se fueron degradando con los años. La
opción por una universidad de y para la clase trabajadora y el
lati-noamericanismo inicial –representados en la figura de Deodoro Roca– fueron
perdiendo terreno a favor de los aspectos vinculados a la auto-nomía y el
cogobierno que terminaron reducidos a meros formalismos que no hicieron más que
reeditar las tradicionales formas del elitismo. Finalmente el “reformismo” se
delineó como una corriente que, cons-ciente o inconscientemente, sostuvo la
idea de la universidad como una isla democrática e ilustrada al margen del
resto de la sociedad.
51
MIGUEL MAZZEO
Cooke percibía la potencialidad de una síntesis
entre algunos elementos de las tradiciones inauguradas por el movimiento de la
Reforma Universitaria de 1918 y el 17 de Octubre de 1945. Él estuvo en
desacuerdo con la política universitaria del peronismo. Si bien celebró y
alentó todo aquello que contribuía a la masividad y a la gratuidad de los
estudios superiores, supo cuestionar la organización federacio-nista desde
arriba (concretamente: la creación de la Confederación General Universitaria,
CGU) para disputar con la FUA, el tenor oficia-lista y despolitizador, la
clausura de los locales de la FUA en 1954, entre otros aspectos que iban en
contra de la esencia del proyecto reformista de 1918. Más allá de que Cooke
reconocía y repudiaba las posiciones liberales y elistas de organismos como la
FUA y la FUBA (Federación Universitaria de Buenos Aires). Por aquellos años, se
hizo común el término “fubista” como expresión descalificadora de los y las
estu-diantes que obraban a espaldas a los intereses nacional-populares y que,
por lo general, consideraban pocos menos que execrable la condi-ción de
peronista, especialmente en la universidad. Esta situación se modificó a
comienzos de la década del 70.
En el artículo “17 de Octubre”, publicado en la
revista Soluciones, año I, Nº 2, del 15 de octubre de 1959, Cooke explicaba:
La Reforma fue un movimiento por la unidad
latinoamericana para la emancipación continental, con el estudiantado actuando
junto a las masas enterradas en la esclavitud colonial. Pero disminuida su
dinámica inicial, traicionada por muchos dirigentes, los estudiantes se vieron
arrastrados a posiciones cuya formulación era izquierdista pequeño-burguesa,
pero cuya trascendencia práctica resultaba en un aporte a los engranajes del
imperialismo. Así, no resulta extraño que hayan colaborado en la agitación para
derrocar a Yrigoyen, o que no hayan advertido qué es lo que pasó el 17 de
octubre o que fuerzas inspi-raban el golpe septembrino de 1955. Pero ya hace
mucho tiempo que se advierte el empeño de muchos por encauzar al estudiantado
en el movimiento popular, que necesita de ellos.
[…]
El 17 de Octubre fue la rebelión, en carne y hueso,
de ese pueblo a cuyo fantasma hablaban los lenguaraces políticos y en cuya
representación
decían actuar. Y vino para quedarse… [Obras
completas, Tomo IV, p. 120].
Años más tarde, en carta a Perón del 18 de octubre
de 1962, dirá que el 17 de Octubre de 1945 fue “un viraje de la Historia, pero
no un bautismo de sangre” [Obras Completas, Tomo II, p. 550]. Sin dejar de
reconocer la importancia del acontecimiento, Cooke evidentemente comenzaba a
percatarse de sus limitaciones como antecedente de y para una política
revolucionaria.
52
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El 17 de Octubre de 1945 suele confundirse con el
momento en que se manifiesta descarnadamente la supuesta “esencia” del
peronismo, su identidad consumada e inalterable y el abanico de posibilidades
de desenvolvimiento posterior. Es el origen que sobrepuja y condiciona el
devenir. A partir de esta instancia fundante y constitutiva, comenzó una
historia en la cual los acontecimientos que el peronismo generó, directa o
indirectamente, no estaban en condiciones de contradecir esta esencia, esta
identidad, estas posibilidades. De este modo, origen, verdad y ser se
identifican en un acontecimiento.
Pero como sabemos (gracias a Michel Foucault, entre
otros), lo que se encuentra en los inicios de los procesos históricos no es la
iden-tidad sino la discordia. La discordia de las palabras que suelen expresar
intereses (de clase, por ejemplo) diversos y/o antagónicos. No existen destinos
necesarios labrados por orígenes metahistóricos. Sospechamos de las esencias y
nos interesan más los accidentes, los acontecimientos, en los cuales los y las
“de abajo” se pronuncian. Esto fue básicamente el 17 de Octubre: un lugar de
pronunciamiento. Los y las que padecieron largos años de oprobio se
pronunciaron ese día, pero... ¿qué dijeron? No lo sabemos a ciencia cierta
porque quedó oculto. Lo dicho siguió siendo parte de un subsuelo que no se
sublevó junto a los cuerpos. Las víctimas fueron, entonces, una presencia sin
palabras. Produjeron un punto de inflexión en la historia argentina, pero
parece que no dijeron nada. O mejor: lo que dijeron quedó cubierto. Pusieron
sus anhelos, sus esperanzas, sus historias de lucha cotidiana y sus cuerpos
descami-sados un instante, pero las palabras las pusieron otros... Los anales
de los pobres suelen estar vacíos, decía un poeta inglés.
Como ocurre con todos los acontecimientos, sobre el
17 de Octubre de 1945 se encabalgan múltiples discursos. ¿Cuáles fueron estos
discursos? ¿Quiénes los produjeron? Para algunos sectores de la izquierda
argen-tina, el 17 de Octubre fue una manifestación de lúmpenes organizada por
la policía. La izquierda se desprendía así de las reivindicaciones nacionales,
antioligárquicas y antiimperialistas. Conceptualizaba discursos y no hechos.
Para la vieja Argentina oligárquica no había dudas: el 17 de Octubre fue el
“aluvión zoológico”, la invasión bárbara, un fenómeno insalubre. Lectura de
victimario. En manos de la buro-cracia política y sindical del peronismo, ese
día adquiría nuevas signi-ficaciones e incidencias y, en última instancia,
servía para abonar las posiciones más reaccionarias. El 17 de Octubre se
reducía al “día de la lealtad”. Una lealtad que negaba la lucha de clases
concreta y que implicaba acatar objetivos e intereses que, si bien
coyunturalmente podían ser presentados como afines, en última instancia eran
ajenos (y opuestos) a los de la clase trabajadora argentina. Lealtad
significaba
53
MIGUEL MAZZEO
congelar los acontecimientos, delegar la autonomía,
no ir más allá del 17 de Octubre de 1945.2
En todo caso, para Cooke, el 17 de Octubre de 1945
valía como punto de partida, pero no como punto de llegada. Más adelante, en la
década del 60, comenzará a percibir el peso que conservaba esta visión
“oficial” en el seno del peronismo, y sus efectos ideológicos y políticos
contrarios a cualquier proceso de radicalización. No asumirá el lugar del
intelectual que trata de dotar retrospectivamente a la clase trabajadora de
discursos “redentores”. Sí intentará organizar, en sentido revolucionario, los
contenidos simbólicos puestos en juego por el pueblo (en el 17 de Octubre del
45 o en la Reforma Universitaria de 1918) y, sobre todo, buscará destruir los
discursos oportunistas. Su propósito no resultó tan descabellado: “Fusiles,
machetes, por otro 17”, corearon cientos de miles de argentinos y argentinas
poco después de la muerte de Cooke.
Pero volviendo al debate sobre Chapultepec, cabe
agregar que Cooke entendía que el destino común de Nuestra América presen-taba
un cúmulo de dificultades, particularmente el rol de las oligar-quías locales,
“umbilicalmente” unidas al imperialismo. Reconocía, además, otros elementos que
conspiraban contra la unidad: la actitud de quienes se dejaban seducir por las
falsas promesas del imperialismo (incluyendo una parte de la izquierda
argentina) y el militarismo. Para él no había opción: estaba absolutamente convencido
de que valía más el trabajo paciente y los enormes sacrificios, que aceptar las
aparentes ventajas de “continuar figurando en los planes estratégicos del
imperialismo”. Por otra parte, confiaba en que el peronismo se iba consolidar,
más temprano que tarde, como la vanguardia de un movi-miento antiimperialista
de proyección continental. Esta confianza era compartida con otros sectores del
peronismo y se reflejó, por ejemplo,
2 Creemos que no es arbitrario afirmar que el 17
de octubre de 1945 fue un episodio más en la historia de las luchas populares
en Argentina. Concretamente, un capítulo en el que la clase trabajadora apoyó a
un líder carismático y nacionalista-burgués, en defensa de sus conquistas
corporativas recientes y en oposición a un país que los marginaba social,
política y culturalmente. En la jornada del 17 de Octubre de 1945, en Buenos
Aires, Berisso, Ensenada, San Miguel de Tucumán, entre otras ciudades del país,
se produjeron ataques a los símbolos que externalizaban relaciones de dominio y
explotación: “iconoclasia laica”, como la llaman algunos historiadores (Daniel
James, por ejemplo), claras manifestaciones de irreverencia clasista, desde las
patas en las fuentes a los corpiños a modo de estandarte; o las agresiones a
todo objeto o persona que tuviese tufillo a liberal o a “cajetilla”.
Consideramos que una tarea indeclinable de estos tiempos consiste en alentar
las reapropiaciones plebeyas y populares del
17 de Octubre de 1945, básicamente aquellas que
resalten su núcleo de enfrentamiento social y lo restituyan como acontecimiento
histórico funcional a las luchas presentes y futuras. Se trata de devolverle el
17 de Octubre de 1945 a la clase trabajadora y al pueblo, para lo cual es
funda-mental mostrar las derivaciones funestas y reaccionarias de los relatos
oficializados.
54
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
en la creación de la Asociación de Trabajadores
Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS) que, en la línea de la “tercera
posición”, intentó influir en los sindicatos de algunos países de Nuestra
América.
En el fragor del debate, Cooke mostró su
independencia de criterio. Y dejó entrever una visión geopolítica que partía
del reconocimiento del hecho imperialista, un hecho integral de dimensiones
mate-riales, políticas y culturales. Asimismo, su concepción geopolítica no
sólo tomaba en cuenta a los Estados como actores principales, sino también a
los pueblos.
Cooke no votó igual que el grueso de su propia
bancada. Además de él, sólo otros seis parlamentarios peronistas no avalaron el
tratado. No dispensaba “votos de confianza” a diestra y siniestra. No estaba de
acuerdo con el lugar común que planteaba que votar a favor era ratificar la
confianza en el Poder Ejecutivo.
En septiembre de 1946 su rúbrica apareció en el
Proyecto de reso-lución: Hogar nacional de los judíos, y en el Proyecto de
Declaración: Gestión ante el gobierno de España para que se conmute la pena a
muerte de condenados por actividades políticas. Se trataba de mili-tantes
republicanos, encarcelados por la dictadura fascista del Generalísimo Francisco
Franco.
Además, el 5 de diciembre participó en el debate
sobre la ratifica-ción legislativa de decretos leyes referentes al régimen
bancario y a las organizaciones económicas. Aquí propuso la nacionalización de
los depósitos bancarios como indispensable complemento de la naciona-lización
del Banco Central, el control estatal del crédito y la repatria-ción de la
deuda externa. Sostuvo la necesidad de contar con instru-mentos de intervención
económica en el marco de un Estado fuerte y con principios sólidos de nacionalismo
económico. Decía: “La deuda externa ha sido fomentada por países de penetración
imperialista en nuestro continente, porque muchos gobiernos endeudados han sido
arcilla en manos de los fuertes consorcios internacionales” [Obras Completas,
Tomo I, p. 112]. También tuvo cruces antológicos con el diputado Silvano
Santander, de la Unión Cívica Radical.
El 27 de marzo de 1947 presentó un informe sobre el
Presupuesto general de gastos y cálculo de recursos para 1948 y sobre
Financiación del Plan de Gobierno 1947-1951. Se trataba, básicamente, de un
debate sobre el Primer Plan Quinquenal. Cooke defendía el Plan, criticaba
nuevamente las ideas liberales y librecambistas. En particular, las ideas
expuestas en textos como Camino de Servidumbre de Friedrich August von Hayek. Y
aprovechó la ocasión para defender nuevamente el inter-vencionismo estatal.
Expuso:
55
MIGUEL MAZZEO
Intervención ha habido siempre en este país y sobre
todo en los gobiernos anteriores a la revolución. El intervencionismo no es
nuevo. Lo que es nuevo es el intervencionismo a favor de la clase necesitada y
el intervencionismo por medio de la planificación, porque puede haber
intervencionismo sin planificación y lo ha habido en este país [Obras
Completas, Tomo I, p. 112].
En ese entonces, prácticamente, dicta una clase de
economía política en el parlamento argentino. Hablaba como el buen profesor que
era. Afirmaba:
El siglo XIX marca la muerte del liberalismo y lo
marca en lo conceptual con las ideas de List, pero, sobre todo, en la realidad
de los hechos económicos, con el proceso de concentración de capi-tales que
viene a dar plena ratificación a las teorías que combaten ese sistema de
libre-cambio. […] Voy a establecer la necesidad de la intervención estatal
provocada por el fracaso del libre cambio, cuyos factores actúan en su contra,
por medio de las organizaciones mono-polísticas que engendrara la revolución
industrial. Quienes mejor han estudiado el proceso son los marxistas. Aunque no
se acepten sus conclusiones es evidente que el análisis es certero. Marx no
alcanza a contemplar el pleno florecimiento del monopolio, pero lo intuye, lo
ve en su nacimiento y acierta en sus predicciones. Y Engels, que sí alcanza su
predominio al final en el siglo pasado, al prologar la tercera edición de El
Capital, lo hace notar como reconocimiento a quien fuera su maestro [Obras
Completas, Tomo I, p. 146].
Luego citó a Ludwig Von Mises, a John Maynard
Keynes, denunció los lugares comunes del liberalismo económico, sus
mistificaciones. Por ejemplo, sobre la “igualdad de oportunidades”, sostenía:
La famosa igualdad de oportunidades de las viejas
teorías es un mito, que solo aparece en tránsito fantasmal de formulación
teórica. Yo quisiera que alguien les dijese a los obreros de Tucumán, a los
mensús, a las clases proletarias, que tienen igualdad de oportuni-dades, porque
nadie les impide veranear en Mar del Plata o especular
en la bolsa [Obras Completas, Tomo I, p. 146].
Siguiendo con su accionar como diputado, el 31 de
julio de 1947 presentó un Proyecto de ley sobre indemnización de las víctimas
de errores en materia judicial.
El 25 de septiembre intervino en el debate sobre la
Revisión del tratado de paz celebrado por las Naciones Unidas con la República
de Italia. Exigió una paz honrosa para Italia. Como en el debate de las Actas
de Chapultepec y San Francisco, volvió a mostrarse escéptico respecto del rol
benéfico (para los pueblos) que pudieran jugar los organismos
56
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
internacionales creados después de la Segunda
Guerra Mundial.
Pocos días después, presentó un Proyecto de Ley
sobre créditos para ayuda y fomento a editoriales argentinas.
El 2 de junio de 1948 propuso la inserción en el
Diario de Sesiones de documentos relacionados con la actuación del gobierno de
Rosas en el conflicto de las Malvinas. Esta iniciativa de Cooke generó un
áspero debate, centrado en la controversial figura del Brigadier General Juan
Manuel de Rosas, con los diputados opositores Ernesto Sanmartino y Luis
Dellepiane, ambos de la UCR. Vale recordar que Dellepiane había sido un hombre
de FORJA, gran amigo del poeta y compositor Homero Manzi, sólo que, en 1945 y a
diferencia de la mayoría de sus compañeros que se plegaron al peronismo, él
optó por retornar a las filas de la UCR.
A fines de ese mes, el 30 de junio firmó el
proyecto de declaración en el que solicitaba al Poder Ejecutivo Nacional la
revisión de tratados relativos a la internacionalización de los ríos
argentinos. Y, junto a los diputados oficialistas Ernesto Palacio y Joaquín
Díaz de Vivar, presentó el proyecto de Ley: Conservación de cosas muebles e
inmuebles de interés histórico, arqueológico, paleontológico o artístico.
Por otro lado, el 3 de septiembre firmó una
declaración donde mani-fiestaba su repudio a la maniobra imperialista tendiente
a internacio-nalizar la Antártida Argentina.
Ese año, junto al diputado Ricardo C. Guardo,
impulsó el proyecto de Reforma de la Constitución Nacional. Cooke planteaba el
fracaso de la Constitución de 1853, su carácter caduco, obsoleto. Para él, la
vieja Constitución reflejaba la falta de confianza “en lo nacional, en lo
nativo, en la capacidad del hijo de la tierra” [Obras Completas. Tomo I, p.
169]. Esa falta de confianza de la que hablaba Cooke no era más que un abierto
desprecio que partía del culto a valores universales abstractos: el progreso,
la civilización, el librecambio, entre otros. Cooke también consideraba que esa
Constitución liberal había servido para justificar las grandes entregas de la
soberanía nacional [Obras Completas. Tomo I, p. 177]. Nuevamente insistía en
los elementos democráticos “espon-táneos”, en los valores solidarios presentes
en las praxis de los sectores populares, en la “cultura criolla”. Unos
elementos que los Constituyentes de 1853, junto a los intelectuales argentinos
más notables en la mitad del siglo XIX –como Juan Bautista Alberdi y Domingo F.
Sarmiento, admiradores de lo europeo y lo norteamericano–, pasaron por alto a
la hora de buscar basamentos orientadores de las nuevas instituciones. Un
dramático desajuste entre el espíritu democrático e igualitario del pueblo y
unas instituciones (un Estado) y unas elites cultas que recu-rrían a fórmulas
ajenas y a materiales inadecuados.
57
MIGUEL MAZZEO
Asimismo, en su proyecto, Cooke propuso incorporar
los derechos del trabajador, la elección directa de los senadores (con
acortamiento del mandato), del presidente y el vicepresidente, la derogación de
la prohibición de reelegir al presidente, la abolición del artículo 26 de la
Constitución de 1853 (libre navegación de los ríos) al que considera lesivo de
la soberanía nacional, etcétera. En ese entonces, planteó que “dos cosas son
inexorables en los movimientos transformadores: tiempo y sangre” [Obras Completas.
Tomo I, p. 177]. Las dos, tiempo y sangre, inseparables. Años más tarde, Perón
retomará esta proposición y la reelaborará como una fórmula de elementos
dicotómicos, entre los que había que optar: el tiempo o la sangre. Se sabe,
Perón se mostrará partidario del tiempo. Finalmente, cabe señalar que, en el
marco de la presentación del proyecto de Reforma constitucional, Cooke
protago-nizó un nuevo debate sobre historia y política, ahora con el diputado
Nerio Rojas, de la UCR.
También en septiembre de 1948 impulsó un homenaje a
Juan Bautista Alberdi. Se trata de la figura del panteón liberal de mayor
aceptación entre los nacionalistas y los revisionistas. Sobre todo el “viejo
Alberdi”, el hombre de la Confederación de Paraná, el opositor a Bartolomé
Mitre y al centralismo porteño, el crítico de la Guerra del Paraguay.
Poco después participó de la sesión donde se
debatió el Proyecto de ley que declaró caduca la concesión otorgada a la
Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires y donde se propuso su
diso-lución. La temática le permitió ratificar su fe antiimperialista,
denun-ciar el grado de subordinación material y cultural propiciado por las
clases dominantes argentinas:
He dicho varias veces que para la interpretación de
la realidad argen-tina no puede uno basarse en los métodos y en los
procedimientos clásicos impuestos por los europeos. Esto es válido no sólo en
lo político, en lo social y en lo económico. Podemos decir, con una afir-mación
que encierra el más profundo criterio antiimperialista, que América Latina solo
puede ser descifrada en su propia clave [Obras Completas, Tomo I, p. 329].
Su proposición no es sólo antiimperialista, va más
allá: roza la crítica al sistema capitalista y cuestiona toda mirada romántica
e ingenua respecto del capital y su función.
En 1949 planteó una cuestión de privilegio con
motivo de algunas opiniones vertidas en la Cámara de representantes de la
República Oriental del Uruguay. Entendía Cooke que los conceptos mani-festados
en el parlamento uruguayo (concretamente una crítica al gobierno de Perón)
violaban el principio de no intervención y el de
58
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
autodeterminación. La actuación de Cooke terminó
redondeando otra pieza discursiva antiimperialista: hablaba de los métodos
económicos y culturales de dominación a los que recurre el imperialismo.
Somos una voz rebelde en América. Felizmente no
somos la única voz, pero sí el único caso en que la rebeldía está en la Casa de
gobierno, en el Parlamento y en todos los sectores de la opinión (¡Muy bien!).
El único caso en que el pensamiento antiimperialista tiene una afirmación
concreta en conquistas públicas [Obras Completas,
Tomo I, pp. 371-372].
Le reprochaba a los legisladores uruguayos que
hubieran elevado una voz indignada para criticar a un gobierno que, como el de
Perón, puso coto al avance del imperialismo y garantizó algunas condiciones de
igualdad y libertad para su pueblo, y que no hubieran obrado del mismo modo
cuando se fusilaron obreros en Bolivia o cuando, en diversos países de la
región, se expulsaron diputados por ser comu-nistas. Dijo Cooke al final: “Las
tacuaras de antes las reemplazamos hoy por una comunión ideológica: el pensamiento
antiimperialista” [Obras Completas, Tomo I, pp. 371-373].
En la sesión del 7 de septiembre de 1949, adhirió a
un homenaje al Dr. Adolfo Saldías, autor de la obra Historia de la
Confederación Argentina y considerado uno de los precursores de la escuela
historio-gráfica revisionista.
Luego participó en la conferencia para declarar a
1950 como Año Sanmartiniano. Nuevamente reivindicó el revisionismo histórico y
aportó argumentos tendientes a vincular a San Martín con Rosas. Cooke insistía
en demostrar el vínculo de amistad –y, sobre todo, político– que unió a San
Martín y a Rosas. Sostenía: “El primer gober-nante argentino que reconoció cuál
era el verdadero valor de la obra del general San Martín fue Juan Manuel de
Rosas, que en todos sus mensajes anuales a la Legislatura recordaba los grandes
servicios pres-tados por el Gran Capitán de los Andes” [Obras Completas, Tomo
I, p. 379]. En una sesión que derivó prácticamente en un debate
político-historiográfico, intervinieron los diputados José Pérez Martín,
Absalón Rojas, Luis Dellepiane y Federico Fernández de Monjardin.
A partir de este momento, las intervenciones de
Cooke en la Cámara se fueron espaciando hasta llegar al final de su mandato.
En 1950, presentó el Proyecto de declaración
(suscrito), sobre la vigencia efectiva de las leyes que beneficiaban al
personal de empresas periodísticas. También solicitó una moción para presentar
una nota referente al Proyecto de Ley sobre las islas Malvinas. Nuevamente tuvo
lugar otro debate de tinte historiográfico. El tema central fue el
59
MIGUEL MAZZEO
Tratado Arana-Southern de 1849 que puso fin al
bloqueo Inglés contra la Confederación Argentina (un año después se firmó el
tratado Arana-Lepredour con Francia). Cooke no perdió oportunidad para hablar
sobre Rosas. Quería refutar la versión que sostenía que Rosas había sido el
artífice de la inclusión en el tratado con Gran Bretaña de una reserva sobre
las islas Malvinas.
El 19 de junio de 1950 presentó un proyecto sobre
organización de academias de cultura e investigaciones científicas, que
reglamentaba el funcionamiento de las academias oficiales y de las
instituciones pos-universitarias. Allí, Cooke realizó una crítica a la
intelectualidad divor-ciada del pueblo. Escribió:
Nosotros repudiamos también a esos intelectuales,
que solamente se dedicaron a copiar con más o menos éxito las producciones
inte-lectuales de Francia o de algún otro país de moda. Entendemos que el país
no es lo que los académicos han creído en algún momento, un ámbito ideal de
desarrollos racionales, sino que, por el contrario, creemos que la cultura es
también vivencia, es también pueblo, es también tierra, es también hombre (¡Muy
bien! ¡Muy bien!). [Obras Completas, Tomo I, pp. 394 y 395].
El 16 de marzo de 1951 pronunció un discurso en el
debate sobre el Caso La Prensa. Defendió el proyecto de expropiación del diario
La Prensa. Planteó la confusión entre libertad de prensa y libertad de
monopolio:
Nosotros creemos en la libertad de prensa, de la
prensa indepen-diente y la ideológica, de la equivocada y de la que está en la
verdad; pero en lo que no creemos es en el derecho de estas empresas
mercan-tiles y capitalistas para procurar que los resortes del Estado se pongan
al servicio de sus intereses cada vez que hay cuestiones gremiales en juego.
[…] Nosotros sabemos que, para el imperialismo, el principio de la libertad de
comercio, el principio de la libertad de concurrencia, el principio de la libre
actividad privada y el principio de la libre empresa son todos fantasmas y
mitos que a la larga sirven para acentuar cada vez más la desigualdad que ya
existe entre países coloniales y semicolo-niales [Obras Completas, Tomo I, pp.
398 y 399].
No deja de ser sorprendente la entera vigencia de
este discurso de Cooke de 1951 en la Argentina (y en buena parte del planeta)
de 2016.
El 10 de mayo participó en el Homenaje a la memoria
del poeta Homero Manzi, fallecido un año antes. La intervención de Cooke fue
impecable: propuso algunas líneas para un análisis de la poética de Manzi, citó
versos de sus principales composiciones; estableció un vínculo entre Manzi,
Evaristo Carriego y Jorge Luis Borges. Cooke
60
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
consideraba que Borges, como escritor, desempeñaba
una función de primer orden: la de otorgarle una significación universal a lo
local. ¿Supo alguna vez Borges que el diputado peronista Cooke lo colocaba en
ese pedestal?3 Al final del Homenaje a Manzi, aludió a la poesía de Charles
Baudelaire y se refirió a la muerte como una “vieja capi-tana” (Oh mort, vieux
capitane, il es temps! Levons l’ ancre!). Un tema que retomará, muchos años
después, en su trabajo publicado póstu-mamente e inconcluso: Apuntes sobre el
Che. Menos de un mes antes de morir, Cooke volverá a frecuentar la figura del
poeta combatiente derrotado, condenado a habitar –endemoniado y trágico– el
mundo burgués. El poeta que llama a la Muerte para que se lo lleve de una buena
vez al cielo o al infierno (lo mismo daba).
El 14 de junio presentó el Proyecto de declaración
(suscrito) en soli-daridad con el pueblo de Puerto Rico y con César Albizú
Campos, líder de las luchas por la independencia de su país, encarcelado en
1950, quien finalmente fue indultado en 1965 y falleció poco después. Ese mismo
día participó en un debate sobre la asignación de recursos para la Fundación
Eva Perón (recursos provenientes de la multa impuesta a la sucesión Bemberg), y
sobre la exención de impuestos a la Fundación.
El 5 y 6 de julio propuso una Ley orgánica de
elecciones nacionales.
El 11 de octubre rechazó el pedido de licencia
formulado por el presi-dente Perón con motivo de las elecciones presidenciales
en las que volvía a ser candidato, habilitado por la nueva Constitución de
1949. En su intervención, Cooke expuso una escueta síntesis de la historia del
fraude en la Argentina. Planteó que el peronismo estaba asociado a la
transparencia electoral y que Perón era la mejor garantía de unas elecciones
limpias. Por lo tanto, consideraba que no tenía sentido un pedido de licencia.
Hasta aquí lo que corresponde a su labor
parlamentaria, por lo menos la más visible.
La única mancha que tiene en su desempeño como
diputado, reconocida por él mismo, tiempo después, fue haber votado a favor de
la Ley de enseñanza religiosa (católica) obligatoria en las escuelas públicas.
Justamente él, que fue toda su vida un ateo confeso. Esta ley le transfería un
poder material e ideológico enorme a la Iglesia, la fortalecía como aparato
ideológico del Estado. El Estado nacional le servía en bandeja las conciencias
del grueso de la población, en espe-cial la de las clases populares. La ley fue
derogada por la Cámara de
3 Eduardo Luis Duhalde sostenía que Cooke era un
“admirador temprano de Gramsci y Borges al mismo tiempo”. Véase: Duhalde,
Eduardo Luis: “Introducción”. En: Cooke, John William, Obras completas, Tomo I,
Op. cit., p. 10.
61
MIGUEL MAZZEO
Diputados en mayo de 1955, en el marco del
enfrentamiento entre el gobierno de Perón y la Iglesia Católica. Pocos meses
antes de la dero-gación, el gobierno había sancionado las leyes de Divorcio
Vincular y de Profilaxis, con gran escándalo para la Iglesia y la feligresía
católica.
Años más tarde –precisamente el 8 de julio de 1964,
durante el gobierno semi-democrático de Arturo Illia–, en una audiencia convo-cada
por la Comisión de la Cámara de Diputados que investigaba los contratos
petroleros firmados durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962), tuvo
lugar el siguiente intercambio.
Schaposnik: ¿Usted estuvo en contra de la enseñanza
libre?
Cooke: Sí
Schaposnik: Consecuentemente con la posición de su
época universitaria…
Cooke: En efecto, aunque esa línea sufrió una
interrupción cuando en 1946 voté por la ley de enseñanza religiosa. Fue una
decisión basada en las necesidades políticas que entonces tenían prioridad,
pero siempre me quedó la duda de si había procedido en la mejor forma.4
Al margen de este “desliz”, el lenguaje, las citas,
el universo de refe-rencias a los que recurrió Cooke en sus intervenciones
parlamentarias no eran habituales, ni en el peronismo ni el ámbito del
Congreso; y en buena medida, no eran habituales en el ámbito de la política
argen-tina. Cooke desplegó un conjunto de recursos parlamentarios. Citaba
autores diversos, incluyendo autores marxistas, hablaba de los explo-tadores,
de las masas oprimidas, de las clases dominantes, de la forma-ción de una
conciencia pública nacional en materia económica, de oligarquías portuarias, de
colonización cultural, de cifras históricas a descifrar, de paradigmas y de
sofismas. No se cansó de denunciar al imperialismo, buscó exponer con claridad
sus lógicas, sus efectos sobre un país periférico como la Argentina.
En casi todas sus intervenciones incorporó una
narración histórica y un marco de referencia conceptual, en una Cámara de
Diputados en la que, cabe la aclaración, había varios historiadores: Ernesto
Palacio, Emilio Ravignani, Fernández de Monjardin, Gabriel del Mazo, para citar
sólo a los “profesionales”.
Cooke habló de Rosas, una y otra vez. También de
Alberdi y de Alem. De Augusto César Sandino, de Yrigoyen, de Mariano Moreno, de
José Gervasio Artigas y de Manuel Dorrego. Remitía a diversas teorías, ora con
el objeto de criticarlas, ora para fundamentar sus propias posiciones. Citaba a
Giambaptista Vico y a Scalabrini Ortiz. En sus intervenciones no dejaba de lado
al profesor de historia argentina,
4 Cooke, John William, Peronismo e integración,
Buenos Aires, Aquarius, 1974, p. 85.
62
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de historia económica mundial, de teoría política,
de derecho consti-tucional. Al contrario, lo exponía entero, porque no hacía
otra cosa que “profesar” los principios en los que creía.
Era consciente de su carácter atípico. Al final de
una de sus más potentes intervenciones antiimperialistas dijo: “Recién ahora se
dicen estas cosas en el parlamento argentino”. Optimista, atribuía la novedad
al hecho de que “recién se está formando el clima” [Obras Completas, Tomo I, p.
329]. Vale agregar que después, muy pocas veces se dijeron cosas parecidas en
el Parlamento argentino.
Pero además Cooke era un orador excepcional. Su
expresión poseía una inusual cadencia. Se diferenciaba del estilo tan
empalagoso como indigente en materia de ideas de la mayoría de los legisladores
y las legisladoras. Combinaba argumentos sólidos y punzante ironía, las
convicciones y los ideales con la claridad expositiva. Sabía vapulear con la
palabra, pero también con su actitud exuberante y romántica sin florituras, a
veces arrogante. Su talento retórico lo tornaba impres-cindible en la batalla
verbal. E incluso, en el fragor de alguna polémica de elevado voltaje, no se
privó de brabuconadas tales como desafiar a duelo a los diputados opositores
como Arturo Frondizi, Oscar López Serrot o Manuel Sarmiento.
63
6- En el llano
Cuando no se está seguro de nada, lo mejor es
crearse deberes a la manera de flotadores.
Julio Cortázar
En el marco de un movimiento donde primaba la
verticalidad, la obse-cuencia y la burocratización, donde los dirigentes
tendían a ser cada vez más inmóviles, inseguros y dogmáticos, Cooke no fue
elegido Convencional Constituyente en 1949 y no renovó su banca de dipu-tado en
el parlamento nacional. Paradójicamente, un año antes había presentado junto a
Guardo uno de los proyectos de reforma más inte-resantes y había integrado la
Comisión de Asuntos Constitucionales. El resto de su vida recordará esa circunstancia
como un acto de suma injusticia. Tampoco aceptará dirigir el periódico
Democracia porque, según diversos testimonios, no quería el destino de
cortesano que Raúl Alejandro Apold1 le tenía reservado. Varias versiones
afirman que fue Eva Perón en persona la que le hizo el ofrecimiento para
dirigir Democracia.
Otras figuras, que pueden considerarse la
contracara exacta de Cooke en múltiples aspectos, comenzaron a incrementar su
poder dentro del peronismo. Los más representativos: Raúl Mendé, Ministro de
Asuntos Técnicos y Armando Méndez de San Martín, Ministro de Instrucción y
Justicia. “Ministros adulones”, “raras mezclas de servilismo y prepo-tencia”,
según el testimonio de quien fuera amigo y confesor de Eva Perón, el Padre
Hernán Benítez.2
Mientras Cooke planteaba la necesidad de formar
militantes críticos, responsables y autónomos, ampliando los marcos teóricos
1 Raúl Alejandro Apold fue Director del noticiario
de Argentina Sono Film (1946) y Director General de Difusión de la Secretaría
de Informaciones de la Presidencia (1947-1948). Luego pasó a ocupar el cargo de
Subsecretario de esa dependencia.
2 Véase: Cichero, Marta, Op. cit., p. 37.
65
MIGUEL MAZZEO
y conceptuales de referencia, Mendé creaba la
Escuela Superior Peronista, cuyo objetivo principal, en los términos del propio
fundador, era “ensañar a amar a Perón”.3 También lanzaba la revista Mundo
Peronista, una publicación panegírica en una categoría rayana a lo obsceno.
Encarcelado después de la caída de Perón, no tuvo pruritos a la hora de
auto-postularse para Ministro de Asuntos Técnicos del nuevo gobierno militar
encabezado por el general Eduardo Lonardi. Por su parte, Méndez de San Martín,
nublado en su obsecuencia, impulsaba el adoctrinamiento desde el Estado,
alejado de cualquier idea concien-tizadora y liberadora de la educación.
Marginado del parlamento, desde espacios
extra-institucionales, Cooke alentará los esfuerzos por dotar al peronismo de
un corpus ideo-lógico coherente, de una “doctrina” sistemática.
Entonces, se volcará de lleno a sus clases de
Economía Política y Derecho Constitucional en la Facultad de Derecho de la
Universidad de Buenos Aires, al estudio de la historia argentina en el marco
del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, del cual fue
designado vicepresidente en 1954.
Pero no se desentendió del todo de la gestión. A
instancias del gobierno, en diciembre de 1952, viajó a Viena para participar
del Congreso Mundial de los Pueblos por la Paz, organizado por el Movimiento
Internacional de los Partidarios de la Paz. Cooke fue el representante oficial
del gobierno en una delegación compuesta bási-camente por dirigentes e
intelectuales del PCA (o de “compañeros de ruta” del PCA) entre los que se
destaca Ernesto Giuidici, una figura relevante del Movimiento Por la Paz en
Argentina, junto a los escri-tores María Rosa Oliver y Alfredo Varela.
Vale aclarar que Giudici fue, además, uno de los
intelectuales más lúcidos con los que contó el PCA a lo largo de toda su
historia. De sólida formación teórica, alejado del dogmatismo, Giúdici estaba
marcado a fuego por los tópicos más radicales del movimiento de la Reforma
Universitaria de 1918: el antiimperialismo, el latinoamerica-nismo. Tópicos que
se verían reflejados en su libro Imperialismo inglés y liberación nacional de
1940 y que, en buena medida, no iban a estar en sintonía con la línea adoptada por
el PCA en las décadas poste-riores, salvo en coyunturas muy particulares. Años
más tarde, como veremos más arriba, Giúdici volverá a coincidir con Cooke en
otros emprendimientos.4
3 Ibídem, p. 41.
4 Mucho más cerca de José Carlos Mariátegui que de
Victorio Codovilla, lo más difícil de explicar es la permanencia de Giúdici en
el PCA hasta el año 1973.
66
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Existe un dato que no podemos pasar por alto. El
viaje de Cooke a Viena coincidió con un corto período de acercamiento del PCA
al peronismo impulsado por el Secretario de Organización, Juan José Real, en
momentos en que Codovilla (el hombre fuerte del PCA) se hallaba en la URSS. En
el marco de este proceso, el PCA apoyó diversas iniciativas peronistas, entre
otras, la de conformar un frente popular contra el golpismo, la oligarquía y el
imperialismo. El “viraje” fue breve, Codovilla regresó a principios de 1953 y
en una reunión del comité central ampliado del mes de febrero, Real fue
expulsado.
Entre otras tareas, Cooke explicó en Viena la
postura “tercerista” del peronismo.5 En el Congreso estableció diversos
contactos, espe-cialmente con la delegación de China Popular. Evidentemente,
Perón ya veía en Cooke una figura adecuada para los nexos con el mundo
comunista, para profundizar las relaciones con la Unión Soviética. El interés
de Cooke por los temas de política internacional se acentuó en estos años. Jean
Paul Sartre también participó del Congreso y fue una de sus figuras más
destacadas. Horacio González sostiene que Cooke tomó de Sartre; más
específicamente, de la lectura que Sartre hace de Baudelaire, la idea del hecho
maldito.6 La célebre sentencia de Cooke que plantea que “el peronismo es el
hecho maldito del país burgués” tiene fuentes sartreanas.
Lo principal en esos años de relativo ostracismo
político es que Cooke se dedicó a darle cuerpo a un original proyecto
político-perio-dístico a través de la revista De Frente.
Fundada y dirigida por Cooke, la revista De Frente
apareció sema-nalmente y en forma ininterrumpida entre el 11 de marzo de 1954 y
el 9 de enero de 1956, cuando fue prohibida por la Revolución Libertadora
(Fusiladora). Fueron 95 números en total. Luego, en 1957, aparecieron dos más,
con otro formato, otro contenido, en un contexto signado por la clandestinidad
más absoluta y la abierta resistencia a la dictadura militar.
En su época “legal” la revista comenzó con 48
páginas, llegó a tener
52 y después del golpe del 1955, bajó a 32. En su
tapa rezaba el slogan:
“Testigo insobornable de la realidad mundial” y si
bien los editoriales
5 Véase: “J. Cooke, Frontini y Esquivel, delegados
argentinos, proclamaron en Viena la pasión antiimperialista de nuestro pueblo y
sus deseo de paz”, Nuestra Palabra, 23 de diciembre de 1952. Citado por: Petra,
Adriana, Intelectuales comunistas en la Argentina (1945-1963). Universidad
Nacional de La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
Doctorado en Historia. Tesis Doctoral, 2013, p. 210.
6 González, Horacio, “Presente de Cooke en la
historia de las ideas argentina”. Cuaderno de Cátedra Nº 1. Cátedra Libre John
William Cooke, Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales.
Universidad Nacional de Rosario, 22 de septiembre de 2003, p. 27.
67
MIGUEL MAZZEO
se caracterizaban por su tono marcadamente
político, en sus páginas se trataban los temas más diversos. Entre otras
secciones aparecían: 1) Política internacional. 2) Actualidad, donde se cubría
la labor parla-mentaria y también aparecían temas históricos que, a todas
luces, eran “inactuales”. 3) Mujer, una sección que no se apartaba de un modelo
que oscilaba entre lo patriarcal y lo frívolo: modas, recetas y poesía, amor
adolescente y cómo comportarse en la mesa. También el vértigo del strass, los
tailleurs, los gorros medievales, los zorros, los encajes y las últimas
noticias de Cocó Chanel. 4) Astrología, con sus típicos horóscopos y
predicciones. 5) Enigmas, donde aparecen tratados temas del siguiente tenor:
“El maleficio de Tutan Kamón”, “El vudú”, “¿Quién entregó el secreto atómico a
Stalin?”, “¿Son marcianos Yanquis o Rusos los platos voladores?”, aunque
también aparecen en esta sección temáticas y tratamientos menos bizarros como,
por ejemplo, “Vida de Sandino” e “Interpretación del Encuentro entre San Martín
y Bolívar”. También figuraban secciones como “Lo bueno y lo malo en el éter”,
“Cine”, “Teatro”, etcétera.
De Frente era una publicación independiente del
oficialismo, y como proyecto reflejaba la predisposición autónoma y el espíritu
crítico de Cooke. Representaba, además, un paso en la consolidación de sus
posi-ciones latinoamericanistas y antiimperialistas.
Una de las primeras notas editoriales de la revista
afirmaba que el problema de América Latina no era un asunto de efemérides, sino
que se trataba de un problema latente, motivo de lucha cotidiana, y agre-gaba
que: “De Frente está al servicio de esa causa. Sus columnas reflejan los
problemas, el sentir y el pensar de los países latinoamericanos. Somos
profundamente argentinistas. Y, por eso, americanistas”.7 Más adelante,
proponía una crítica al nacionalismo de derecha que también ejercía su
influencia ideológica en el seno del peronismo:
Entendemos que un nacionalismo miope, que no ve más
allá de las fronteras argentinas, es un nacionalismo cerril y aborigen, que no
sirve a ninguna causa noble. Latinoamérica, continente económica y socialmente
“sumergido”, sólo podrá salir de su actual situación en la medida en que tome
conciencia de la necesidad de unirse y actuar
cohesivamente.8
Ahora bien, el latinoamericanismo y el
antiimperialismo de De Frente, ergo, el de Cooke, se enmarcaban en ese momento
en una concepción policlasista o, si se prefiere, “burguesa”. El fervor
naciona-lista, el odio a los imperialistas y a los “cipayos” vernáculos,
opacaban
7 Revista De Frente, Nº 6, Buenos Aires, 15 de
abril de 1954. [Nota editorial].
8 Ibídem.
68
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
las contradicciones de clase. Desde De Frente, se
denunciaban los intereses de la United Fruit en Guatemala y se condenaba la
invasión norteamericana de 1954 que derrocó al presidente Jacobo Arbens, que
venía implementando algunas políticas contrarias a los intereses de los Estados
Unidos; políticas democráticas y defensoras de la soberanía. De hecho, se puede
afirmar que la agresión norteamericana a Guatemala reforzó el sentimiento
latinoamericanista y antiimperialista de Cooke y de otros militantes nacionalistas
y peronistas.
Pero, por otro lado, con tono macartista, en la
revista se hablaba de la “infiltración comunista en los gremios” y, con
argumentos abier-tamente anti intelectuales, se cuestionaba la presencia
gremial de la izquierda blandiendo la figura del trabajador argentino como una
pobre víctima de los enredos de la dialéctica y otras “abstracciones”,
retomando por un lado la tradicional noción populista que considera al pueblo
como víctima inocente de una sinrazón y, por el otro, la dico-tomía
filosóficamente derechista que contrapone realismo/abstrac-ción revolucionaria.
En este aspecto, De Frente no se apartaba del tono
que caracteri-zaba al discurso peronista oficial. Por ejemplo, en su Congreso
de 1950, la CGT aprobó una resolución que encomendaba a los sindicatos y al
conjunto de la clase trabajadora la “eliminación” de todos los ámbitos de
conducción “de los elementos comunistas francos o encubiertos”, en razón de su
“perniciosa influencia”.9
Sin dudas, las posturas de la izquierda argentina,
principalmente la del Partido Socialista Argentino (PSA) y la del Partido
Comunista Argentino (PCA), eran cuestionables y, muchas veces, repudiables,
dada su tendencia a la participación en los bloques políticos oligár-quicos y/o
pro-burgueses y por “deducir” el socialismo del desenvol-vimiento de los
principios liberales y democráticos, pero no precisa-mente desde el lugar que
alimentaba el oscurantismo reaccionario.
Por esos años, Cooke adhería a la idea de la
existencia de “dos impe-rialismos”: el que hablaba de la civilización
occidental y cristiana, y el que hablaba de la dictadura del proletariado.
Equiparaba a los gerentes norteamericanos con los comisarios soviéticos.10
Frente a “los imperia-lismos”, sostenía que la alternativa eran los
“movimientos nacionales liberadores”, en los que, por supuesto, incluía al
peronismo. Apelaba al sentido negativo del concepto de utopía (como lo
inviable, lo impo-sible de realizar) para referirse al marxismo. En lo
esencial, no se salía
9 Véase: Senén González, Santiago, Breve historia
del sindicalismo argentino, Buenos Aires, Alzamor Editores, 1974.
10 Véase: De Frente, Nº 16, Buenos Aires, 24 de
junio de 1954.
69
MIGUEL MAZZEO
del discurso de la Tercera Posición. Incluso
reivindicaba “el profundo anticomunismo”11 del pueblo latinoamericano. Pocos
días después del golpe de Estado, en unos de sus últimos números antes de ser
prohi-bida, De Frente titulaba: “La persecución sin medida empuja a los obreros
hacia el comunismo”.12
Opiniones similares habían sido vertidas por Cooke
en la Cámara de Diputados en las sesiones del 5 y el 6 de julio de 1951 durante
el debate sobre la Ley Orgánica de Elecciones Nacionales.13 En ese entonces
preguntaba: “¿A dónde van a ir los obreros? ¿Al comunismo? Es decir, a la lucha
de clases, a la conquista violenta del poder para establecer la dictadura del
proletariado ejercida por la Vanguardia, o sea el Partido Comunista” [Obras
Completas, Tomo I, p. 413]. Cooke desechaba esta alternativa porque consideraba
que el comunismo, al igual que el capi-talismo, afirmaba lo internacional sobre
lo nacional.
Años antes, en 1947, también en la Cámara de
Diputados, había planteado: “Si no queremos caer en la necesidad de llegar al
Estado comunista o de llegar a otro tipo de Estado, de carácter totalitario, es
preciso que nuestros sistemas económicos, sin llegar a la socializa-ción,
encuentren en sí mismos las formas que les permitan cumplir los fines sociales
del Estado” [Obras Completas , Tomo I, p. 147]. Cooke se centraba en la defensa
de la función social del Estado en el marco de una economía capitalista. En su
proyecto de Reforma Constitucional de 1948, hablaba de humanizar al capital y
de la necesidad de un acuerdo entre capital y trabajo. Una idea que terminará
plasmada en la Constitución de 1949. Por aquellos años, todavía definía al
peronismo como un partido de “integración nacional” que servía de instrumento
político de los trabajadores y las trabajadoras para el logro de sus
reivindicaciones.
Vale aclarar que en esta etapa de De Frente, Cooke
intentó reafirmar la fe anticomunista pero buscando despegarse del discurso
clásico del imperialismo aunque, como vimos, sin desprenderse del todo del
énfasis macartista.
Ahora bien, en estas posiciones subyacía la
percepción de que Nuestra América se encontraba ad portas de un proceso
revolucionario. O sea, había una coincidencia de fondo respecto de la
irreversibilidad de una revolución social. El asunto, para un sector del
nacionalismo y
11 Revista De Frente, Nº 31, Buenos Aires, 7 de
octubre de 1954. [Nota Editorial].
12 Véase: De Frente, Nº 90, Buenos Aires, 5 de
diciembre de 1955, pp. 4 y 5.
13 Véase: “Debate sobre la Ley Orgánica de
Elecciones Nacionales”, Cámara de
Diputados, sesiones del 5 y el 6 de julio de 1951.
En: Obras Completas, Tomo I, Op.
Cit., pp. 412-414.
70
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
del peronismo, consistía en ganarle de mano al
comunismo, “hacerlo antes”, con estilo original, ajustándolo a la propia
realidad. Una fórmula ambigua en exceso, que terminó conteniendo posturas
contradictorias.
Desde fines de la década del 50, cuando se tornó
imperiosa la nece-sidad de diferenciarse de las discursividades “occidentales y
cristianas” promovidas por la Doctrina de la Seguridad Nacional, con
inocultable arraigo en el seno del peronismo, Cooke propondrá una
resignifica-ción positiva del concepto de comunismo o comunista. En este nuevo
contexto, en pleno clímax de la Guerra Fría, el anticomunismo se convertirá en
el componente principal del discurso reaccionario y pro-occidental. Las
palabras cobraban otros sentidos y había que ser muy cuidadosos a la hora de
nominar.
Además, la Doctrina de la Seguridad Nacional
adquirirá en la década del 60 un grado de elaboración más sofisticado y se
convertirá en la ideología predominante en diversas instituciones,
particularmente en las fuerzas de seguridad. Es más, esta doctrina inspirará
todo un nuevo entramado institucional represivo. Por su parte, los medios de
comu-nicación monopólicos contribuyeron a convertirla en el sentido común de
una parte importante de la sociedad. Tampoco hay que olvidar que esta doctrina
contaba con el soporte material (incluyendo lo relacio-nado específicamente con
lo militar) de la principal potencia imperia-lista del planeta.
Cooke, ya instalado en Cuba, intentó arrojar un
poco de luz sobre este asunto. En carta del 24 de julio de 1961 le dijo a
Perón:
Cuando Ud. planteó en un documento, el dilema: o
nosotros o los comunistas, cualquiera que no esté en la estratosfera entendió:
o revolución social y liberación nacional dirigida por nosotros, o vendrán los
comunistas a dar las soluciones. Pero extrañamente, sintomáticamente, los
dirigentes tradujeron: “Para que no vengan los comunistas hay que dejarnos a
nosotros que nos hagamos cargo de ellos”. “Entréguennos la manija, y los
tesoros espirituales y mate-riales que tanto aman quedarán a salvo”. De una frase
y un planteo revolucionario se convirtió en todo lo contrario [Obras Completas,
Tomo II, p. 490].
Como se puede apreciar, su posición de 1961 difiere
notablemente de la que sostuvo pocos años antes.
Blandir el fantasma del comunismo, apelar a su
amenaza perma-nente, era un gesto característico de Perón. El General solía
presentarlo como un “mal mayor”, como la cifra de una revolución social,
caótica y cruenta, evitable únicamente por los oficios contenedores del
pero-nismo. La burocracia y los sectores más conservadores del peronismo
71
MIGUEL MAZZEO
reproducían este gesto. El contexto de la Guerra
Fría ofrecía el esce-nario perfecto para estos ejercicios de manipulación
espectral, para la concepción que consideraba que al enemigo se lo vencía a
través de “demostraciones y maniobras”, o la idea de “la fuerza suplantada por
la figura, el hecho por la intención, el golpe y la batalla por la amenaza”,
como diría León Rozitchner.14
A comienzos de la década del 70, Perón apeló a las
“avanzadas estra-tégicas”, al comunismo y a los fantasmas “propios” agazapados
en los sindicatos, las universidades y los suburbios.
En términos de Rozitchner, la avanzada estratégica
“no es la mani-festación de lo que Perón quiere expandir, sino que les está
mostrando claramente lo que sólo él puede contener”. Lo que significa que Perón
(y no tanto “el peronismo”, como decía Rozitchner) jugó con las “‘avan-zadas’
de su propio movimiento: con las ‘organizaciones especiales’, brazo armado del
peronismo, […] con Cooke, con el socialismo, con la violencia de la
‘resistencia’”.15
El problema, para Perón y para la derecha en
general, era que esas avanzadas no tenían ningún carácter fantasmagórico. No
eran meros espectros fácilmente manipulables. Eran manifestaciones bien reales
y texturas reveladoras que expresaban una experiencia histórica de lucha de la
clase trabajadora argentina. Esas manifestaciones y texturas no eran ajenas a
la lógica de los conflictos sociales. Representaban cabal-mente toda una época.
Por eso, precisamente, Perón fracasó en el intento de contenerlas. Sin dudas,
incluyó esas avanzadas en su juego político, pero él no las creó.
Volviendo al tema del Comunismo, Cooke, buscó
demostrar que el local (el PCA, principalmente) había sido inconsecuente con
sus ideales, es decir: que el comunismo no había sido verdaderamente comunista
y que los sectores combativos del movimiento peronista habían sido, en la
práctica y espontáneamente, más revolucionarios. Cooke retomó, de esta manera,
la vieja idea de Scalabrini Ortiz que planteaba que, en la Argentina, los
comunistas “somos nosotros”; es decir, los nacionalistas y los antiimperialistas
consecuentes.
Porque, además, Cooke marcó las diferencias del
comunismo autóc-tono (en general el comunismo “efectivo” o “espontáneo” de
Nuestra América y el Tercer Mundo) con el comunismo de la Unión Soviética y las
denominadas “democracias socialistas”. Y cargó las tintas en aspectos notables;
por ejemplo, en el hecho de que “nuestro comu-nismo” sería indefectiblemente la
expresión de movimientos de masas
14 Rozitchner, León, Op. cit., p. 201.
15 Rozitchner, León, Op. cit., p. 266.
72
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
y no de cenáculos de intelectuales o de sectas
copiadoras de recetas.
Sería un comunismo (o un socialismo) connotado.
Creemos que lo que importa es el fondo de la
autodefinición, más allá de los rótulos. Para Cooke ser comunista o socialista
significó una opción política diametralmente opuesta a la de Perón. Fue una
opción por la fuerza, los hechos, los golpes y las batallas. Por la
resistencia, las retaguardias y el poder popular. Por el riesgo. Sin
paternalismos, sin simulaciones, sin representaciones raquíticas, sin
conciliaciones de clase, sin equilibrios sociales. Volveremos sobre este tópico
más adelante, en reiteradas ocasiones.
Pero, indudablemente, en De Frente Cooke no supera
las limita-ciones de lo que generalmente se designa como “nacionalismo popu-lista”.
No utilizamos aquí el concepto de populismo/populista en su versión
teóricamente más andrajosa, es decir, la que lo considera un tipo de régimen
político cuyo rasgo más notorio es su oposición a las lógicas institucionales
(burguesas). Tampoco recurrimos a él como categoría analítica. Apelamos a su
sentido más amplio, que remite a una herramienta organizacional “para
sincronizar grupos de intereses divergentes”, aplicado a los movimientos
políticos que no se basan en una clase social específica y que “gozan del apoyo
de la masa de la clase trabajadora y-o el campesinado, pero que no es resultado
del poder organizacional autónomo de ninguno de estos sectores”.16
Este sentido del concepto impone la siguiente
pregunta: ¿cuál es el límite de las demandas sociales que puede representar una
fuerza política popular sin diluir sus contenidos más radicales? El populismo,
entonces, puede ser considerado como una estrategia para diluir los contenidos
populares más radicales en una totalidad que los incluye pero que los subordina
a través de significantes flexibles, laxos (más que “vacíos”). Se trata, lisa y
llanamente, de una estrategia de “regulación” de la lucha de clases y, por lo
tanto, de “polarización social” limitada y controlada. Primero, a través de la
negación de los vasos comunicantes (y de las “contradicciones principales”) que
existen entre los campos en los que el populismo suele dividir a las
sociedades. Luego, a través de la apelación a significantes aptos para la
articulación interclasista y no intraclasista (a nivel de la clase
trabajadora). Nos referimos a los vasos comunicantes fundados en la aceptación
del sistema capitalista y en diversos aspectos de la institucionalidad y la
lógica estatal burguesa.
16 Véase: Hoftadter, Richard, “Estados Unidos”.
En: Ionescu, Ghita y Gellner, Ernest (Compiladores), Populismo. Sus
significados y características nacionales, Buenos Aires, Amorrortu Editores,
1970, p. 40.
73
MIGUEL MAZZEO
Ernesto Laclau, en su libro La razón populista,17
desarrolla el tema de la constitución de lo político (en el populismo) por la
lógica de la representación de un amplio arco de reivindicaciones de diversos
sectores con predominio de uno de ellos y un antagonista externo. La cuestión
central es qué sector predomina y si se incluyen o no en ese arco las
reivindicaciones de algunas fracciones de la clase dominante, y si se garantiza
o no la reproducción del conjunto de la misma. En ese espacio se juega la diferencia
entre lo popular y lo populista. Entonces, exceder el populismo es garantizar
el contenido clasista (en sentido amplio, dando cuenta de la heterogeneidad del
universo plebeyo y popular) de esa alianza, pero depurándola de contenidos
pro-capita-listas y de “significantes burgueses”.
De algún modo, creemos que este es el sentido que
el mismo Cooke terminó asignándole al populismo, por ejemplo en Peronismo y
revo-lución, de 1966.
Pero el antiimperialismo de Cooke, reflejado en las
páginas de De Frente, era todavía “atemperado”. Era un antiimperialismo de
“baja intensidad”.
En el marco de estos lineamientos generales De
Frente analizaba, entre otras cosas, la Ley de Radicación de Capitales
Extranjeros. En una nota sin firma y con inocultables sonoridades que se
adelantaban al desarrollismo, se puede leer lo siguiente:
La verdad es que los capitales no son ni buenos ni
malos. Son sencilla y llanamente: ‘capital’. Vale decir, un elemento de la
producción, nece-sario para que la riqueza colectiva rebase el ámbito de lo
potencial para asumir formas tangibles y comprobables. El problema, pues, no
reside en el capital en sí, sino en los intereses que exige para radicarse. Si
este interés es meramente económico, la cuestión se reduce al análisis de la
tasa exigida. Si el interés es político, el capital que lo exige deja de ser un
instrumento de trabajo y desarrollo económico del país que lo acepta para
transformarse en un vehículo de penetración que niega la independencia y la
soberanía nacional, y por ende, los derechos económicos de la ciudadanía y del
trabajo. El peligro o la ventaja, pues, de la radicación de capitales
extranjeros en América, está en el interés que exigen. Si es un interés
económico, su aceptación o rechazo debe fundarse en el análisis de las ventajas
o desventajas económicas que devienen de su radicación. Si es un interés
político, el rechazarlo es no sólo mantener la independencia y la soberanía
nacional, sino librar de
hipotecas ilevantables el porvenir de la
nacionalidad.18
17 Laclau, Ernesto, La razón populista, Buenos
Aires, Fondo de Cultura Económica, 2005.
18 Revista De Frente, Nº 1, 11 de marzo de 1954,
p. 7. No sabemos si el artículo es de Cooke, que tenía por costumbre no firmar
sus artículos en De Frente.
74
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En concreto, la posición de De Frente y de Cooke
consideraba que el capital extranjero no constituía un problema si el Estado
nacional conservaba el control de los principales dispositivos económicos y
financieros. Otra clara postura desarrollista avant la lettre, por lo menos en
su formulación. Por cierto, se trataba de una apuesta ingenua que no daba
cuenta de la naturaleza del capitalismo en general y del capitalismo periférico
en particular.
Inicialmente el peronismo no alentó las inversiones
de capital extranjero en las ramas industriales, pero reconoció su peso
específico en la estructura económica argentina y no se planteó la
nacionaliza-ción de esas ramas. Casos como las empresas alemanas nacionalizadas
después de la Segunda Guerra Mundial fueron excepcionales. Según Eduardo
Basualdo, “el objetivo prioritario era consolidar la burguesía nacional y buena
parte de la oligarquía diversificada, por considerarla parte integrante de
aquélla”.19 Basualdo considera que el peronismo, a través de medios e
instrumentos diversos, puso fin a la matriz primario-exportadora (aunque sin
cuestionar la propiedad de la tierra), estatizó la infraestructura básica,
modificó los “términos financieros” y los precios relativos entre industria y
agro. Podemos agregar que el desa-rrollo económico y la prosperidad social que
beneficiaba especialmente a las clases populares, sobre todo a la clase
trabajadora, se sostenían en el ahorro interno y en el bienestar popular y no
en un “derrame” que, en última instancia, siempre es acrecentador de las
desigualdades. La estra-tegia de crecimiento fue “hacia adentro”, sobre todo
durante el primer gobierno de Perón. No era poca cosa, en un país de la
periferia capita-lista, que venía de ser una factoría dependiente.
Basualdo añade un dato (en sentido estricto, una
hipótesis) que vale tener presente de aquí en más. Dice: “En todo caso el
‘contenido oligárquico’ de la política peronista radica en el salto cualitativo
que registró la oligarquía diversificada como fracción empresarial indus-trial,
excluyendo al resto de la oligarquía, exclusiva o principalmente
terrateniente”.20
En otro artículo de De Frente, también sin firma,
que llevaba el suge-rente título: “Obreros conscientes y capital manicurado”,
se afirmaba que, en la Argentina, en la década del 40, se cumplieron los pasos
previos para una industrialización a gran escala. Dice el artículo en cuestión:
Esta nueva etapa del desenvolvimiento nacional,
según las bases logradas en los últimos años, deberá ser obra conjunta del
capital y del trabajo. [...] El capital debe contar necesariamente con la
colaboración
19 Basualdo, Eduardo, Op. cit., p. 47.
20 Ibídem, p. 48.
75
MIGUEL MAZZEO
del trabajo. [...] En cuanto al trabajo, su
responsabilidad correrá pareja con sus aspiraciones. Así como la
industrialización ensancha el mercado y la ampliación de éste eleva
automáticamente el “Standard” de vida colectivo, así también será el aporte del
trabajo, el factor deci-sivo de la conquista. Tal vez resulte conveniente en
este caso que la parte obrera y los sindicatos reflexionen sobre las
proyecciones de la transformación que se plantea. Las disputas de salarios por
sí solas no
resuelven ningún problema.21
Vemos claramente como De Frente proponía “cortarle
las uñas al capital” o, en todo caso, limárselas (tanto al capital nacional
como al capital extranjero). La regulación económica y la “humanización” del
capital eran los ejes del proyecto “popular” a mediados de la década del 50. De
Frente abogaba por una “economía social” y criticaba las versiones “crudas” e
“insensibles” del capitalismo. En materia de expropiaciones, propugnaba una
línea muy selectiva. Cooke todavía no rompía con la política basada en las
posibilidades de una alianza entre capital y trabajo, colocaba las
contradicciones de clase en segundo plano y las subordinaba a la contradicción
Nación/Imperio, o mejor dicho: Estado-Nación/Imperio. Todavía no promovía una
ruptura radical con los intereses y valores de la burguesía (la nacional,
inclu-yendo la oligarquía diversificada, y también la transnacional).
De todos modos, su mirada sobre los asuntos
económicos y sobre la problemática geopolítica de Nuestra América, pese a las
limita-ciones señaladas, se diferenciaba notoriamente de la del peronismo
oficial, más provinciana, estrecha y oportunista. Además, De Frente se opuso a
la firma de un precontrato de explotación petrolera con una empresa subsidiaria
de la Standard Oil de California. Consideraba que sus términos lesionaban la
soberanía nacional. Nuevamente Cooke ponía en evidencia su independencia de criterio
respecto del gobierno peronista, en un tema por demás sensible. Pero
corresponde aclarar que Cooke se opuso a los contratos petroleros firmados con
la “California”, no precisamente con fundamentos económicos, políticos e
ideológicos radicales. De hecho, Cooke se limitó a cuestionar los términos
puntuales que conceptuaba como los más nocivos para la soberanía nacional.
Entonces, la imagen de un Cooke que se opone a los contratos petroleros con
fundamentos ideológicos cuasi socia-listas remite a una extrapolación.
Desde las páginas de De Frente , Cooke realizó,
también, las primeras críticas a la burocracia política y sindical. En 1954, la
revista identifi-caba una “peligrosa inclinación” en muchos dirigentes
sindicales. Con
21 Revista De Frente, Nº 7, Buenos Aires, 22 de
abril de 1954, p. 37. Sección Economía.
76
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
regular insistencia, en diversas notas y artículos,
dejaba en claro que el dirigente que ascendía iba descubriendo un nuevo mundo.
La crítica inicial a la burocracia se limitaba al cuestionamiento de las pautas
de consumo suntuario y ostentoso del dirigente. La fórmula era: Orion,
Chesterfield, bote, lo que significa: un sombrero caro, cigarrillos impor-tados
y un auto lujoso o, por lo menos, de dimensiones considerables.
El trayecto del burócrata se equiparaba al de un
personaje feme-nino de un conocido tango: “Estercita”, la pebeta (muchacha) más
linda de Chiclana que, encandilada por las luces del centro, se olvida
rápidamente del barrio, de sus orígenes proletarios y abjura y reniega de sus
antiguas relaciones, de la familia, de los amigos y las amigas, y de todos
aquellos y todas aquellas con quienes había compartido los padecimientos
derivados de su origen social. La separación (escisión) del dirigente respecto
de las bases y sus intereses era concebida super-ficialmente, más como una
cuestión de hábitos (de malos hábitos) que como una cuestión ideológica.
De Frente denunciaba a la casta de “dirigentes que
no dirigen” y agregaba que sus flaquezas y traiciones servían para allanar
–otra vez– el camino a los comunistas. Más allá de la reiteración del tópico
macar-tista, no dejaba de destacar que el perfil de los dirigentes sindicales
peronistas tradicionales, burocratizados, contrastaba con el perfil de los
sacrificados y, en el plano personal, honestísimos dirigentes comu-nistas. El
burócrata se definía por su distancia, cuasi física más que ideológica, respecto
de las bases. El burócrata era, ante todo, un sujeto ocioso, frívolo,
malversador de una representación y de un ethos del trabajo en beneficio
propio.
En este contexto, el propósito de Cooke de dotar al
peronismo como totalidad de un corpus ideológico general, básico y
relativamente coherente –pero todavía sin las profundizaciones, quiebres y
recortes que ensayaría poco más tarde–, resultaba una empresa inviable; por
diversos motivos, entre otros: Cooke no era parte de una elite política e
intelectual con fuerza dentro del movimiento peronista, sino más bien una “rara
avis”, una expresión aislada y autónoma.22
22 El peronismo, a diferencia de lo que ocurrió,
por ejemplo, con el nacionalismo populista en Bolivia (Carlos Montenegro,
Augusto Céspedes, entre otros), no contó con una elite intelectual sólida
puesta a construir un relato político. En el caso de Bolivia, sectores de la
pequeña burguesía urbana, criolla o mestiza, elaboran el imaginario del
nacionalismo populista desde la década del 30. En este caso existe, además, un
desarrollo previo de esta corriente, un importante nivel de inserción en
instituciones o medios de comunicación. Cuando el nacionalismo populista
adquiere peso político y el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) llega
al gobierno en la década del 50, estos intelectuales van a ser los principales
funcionarios del gobierno.
77
MIGUEL MAZZEO
Por otra parte, dicho proyecto generaba rechazos
que expresaban posiciones de clase y, además, el principal locus de enunciación
política del peronismo era el propio Perón, cuya preponderancia provenía de su
capacidad de sintetizar contradicciones apelando a formulaciones vagas y
ambiguas. Para sus fines políticos, la “Doctrina Justicialista” o las “Veinte
verdades del peronismo”, alcanzaban y sobraban. De haberse concretado tal
objetivo, posiblemente no hubiera avanzado más allá de una ideología superficial
y presuntuosa al estilo de la Alianza Popular Revolucionaria Latinoamericana
(APRA) del Perú.23 Un mero cambio de máscaras.
De todos modos, el antiimperialismo del joven Cooke
constituía un elemento clave para comprender su posterior derrotero
político-ideológico, más allá de sus limitaciones iniciales, fundamentalmente
la de colocar el eje en la articulación “externa” de la Nación dejando de lado
el componente clasista interno. Al modificarse algunas condi-ciones históricas,
la pervivencia de algunos fundamentos iniciales puso en evidencia la existencia
de un campo propicio para plantear la necesaria articulación entre Nación y
componente interno, entre nación y clases subalternas y oprimidas, entre Nación
y socialismo.
La opción y la tarea que Cooke finalmente asumió,
como veremos más adelante, fue la de darle cuerpo ideológico a un movimiento
revo-lucionario radical, que pretendía integrar a una parte importante de la
base popular del peronismo pero que lo excedía. Un cuerpo ideoló-gico que ya no
iba a estar basado en la articulación y en la síntesis de las contradicciones
encarnadas en la figura de un caudillo carismático, sino en la “superación
dialéctica” motorizada por la lucha de masas que buscará superar la etapa del
“antiimperialismo práctico” iniciada por Perón. Cooke se enfrentará al clásico
dilema de los nacionalismos populistas: superar los límites del propio programa
o retroceder.
Algo de esto se preanuncia en los artículos que De
Frente dedicó al suicidio de Getulio Vargas, presidente de Brasil. El primero
se tituló: “Segundo acto del drama” y fue publicado en el número 25, del 26 de
agosto de 1954; el segundo, “Vargas muerto puede hacer la
23 La Alianza Popular Revolucionaria (APRA) fue
fundada por el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre en México en el año 1924.
Inicialmente constituyó una amplia corriente de opinión continental que
convocaba a la lucha antiimperialista y a la unidad latinoamericana. Asimismo
favorecía políticas económicas nacionalistas y la reforma agraria, además de la
internacionalización del Canal de Panamá. En la década del veinte contó con la
adhesión de los principales intelectuales y dirigentes antiimperialistas de América
Latina (entre otros, José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, etc.), muchos
se alejarán del APRA hacia el fines de la década, por su carácter
“pequeño-burgués” y por las actitudes oportunistas de Haya de la Torre. En 1931
el APRA peruano se convirtió en un partido político convencional e inició una
larga transición hacia posiciones cada vez más conservadoras y
pro-occidentales.
78
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
revolución que no hizo en vida” y fue publicado en
el número 26, del 2 de septiembre de 1954; el tercero, “El ejemplo de Brasil”,
publicado en el mismo número que el anterior. En este último hay sentencias
lapida-rias respecto de las limitaciones de los gobiernos
nacionalistas-popu-listas. Afirmaba Cooke: “Con revoluciones superficiales no
pueden remediarse problemas profundos”, o: “la transacción, el pacto con las
fuerzas antirrevolucionarias, sólo conduce al desastre”.24
Para él, el drama de Vargas mostraba que la
conquista del gobierno no alcanzaba para resolver las cuestiones de fondo, que
la única forma de combatir a “los poderes” era con el respaldo activo de la
clase traba-jadora, con la movilización popular. Cooke consideraba que el
meollo de ese tipo de drama histórico radicaba en el hecho de que los anhelos
revolucionarios de los pueblos no encontraran a los conductores que estuviesen
a la altura de las circunstancias que presentaban las encru-cijadas históricas.
Aparecía aquí la maniobra que luego será caracte-rística de Cooke y que
consiste en identificar situaciones de desfasaje y de falta de correspondencia,
en señalar las desproporciones –un tema que trae de nuevo a Baudelarie– entre
lo que “es” y lo que “puede ser”; siempre pensando el “poder ser” en función de
los intereses populares. En la entrelínea, se puede percibir que, cuando De
Frente/ Cooke hablaban del Brasil de Vargas, estaban hablando, también, de la
Argentina de Perón. Por cierto, Perón era admirador de Vargas, desde los
tiempos del Estado Novo.
En ese sentido, es importante detenerse en el
título del segundo artículo: “Vargas muerto puede hacer la revolución que no
hizo en vida”. ¿Pensaba Cooke lo mismo respecto de Perón en 1954? ¿Lo pensó una
década después, ya con Perón exiliado en Madrid?
Entonces, Cooke estaba anticipando una problemática
que será el eje de su reflexión y su praxis política en los años venideros; en
concreto, las limitaciones de los movimientos políticos de carácter
nacional-burgués, las deficiencias congénitas que les impedían llevar las
tareas antiimperialistas hasta sus últimas consecuencias.
Comenzaba a percibir que, si bien estos movimientos
podían llegar a producir alteraciones significativas en la dominación
imperialista, estaban lejos de desplazar el eje de poder y de romper la
conexión subordinada con el imperialismo y el capital transnacional. A pesar de
los avances y logros que podían exhibir, en ningún caso el sistema económico
interno llegó a adquirir la autonomía necesaria para auto-reproducirse y,
además, no se logró una disponibilidad independiente del orden estatal.
24 Revista De Frente, Nº 26, Buenos Aires, 2 de
septiembre de 1954. [Nota editorial].
79
MIGUEL MAZZEO
Desde el llano, lejos de los espacios de poder más
expectantes, Cooke comenzó a erigirse en referente para una generación de
mili-tantes jóvenes que, entre otras cosas, cuestionaban diversos aspectos del
peronismo, sobre todo después de la muerte de Eva: algunas de las políticas
impulsadas por el Segundo Plan Quinquenal, el sentido del Congreso Nacional de
la Productividad, las prácticas burocrá-ticas del sindicalismo peronista
tradicional. En forma paralela, estos y estas jóvenes comenzaban a identificarse
con un nacionalismo y hasta un socialismo con contenidos revolucionarios. Por
ejemplo, Agustín Tosco, en buena medida un representante de esta generación,
sostenía:
Todos éramos peronistas en esa época, nuestro grupo
tenía incli-naciones hacia el socialismo, el ejemplo de Argelia, la línea de
Cooke en la escena nacional. Vivíamos el final del peronismo con las grandes
huelgas de los metalúrgicos, de los ingenios azucareros, los contratos
petroleros, que representaron un cambio en el viejo modelo peronista. Hay que
recordar que la primera generación de peronistas, es decir, los afiliados más
antiguos, eran los más agra-decidos, pero los “chicos”, ya acostumbrados a los beneficios
obte-nidos, eran más revoltosos. Así surgió la generación del 53. Esa divi-sión
generacional en nuestro gremio se producía paralelamente en la CGT nacional,
donde si bien predominaba la tendencia ortodoxa, se advertía asimismo una línea
rebelde bajo la influencia de Cooke, en forma de generaciones que entraban a
los sindicatos en una etapa de
crisis del modelo peronista inicial.25
Cooke recuperó protagonismo político a partir de
los bombardeos a la Plaza de Mayo del 16 junio de 1955. Cuando los aviones de
la Marina de Guerra, desde un cielo plomizo y cómplice, arrojaron varias
tone-ladas de bombas sobre la población civil indefensa. Cuando las tropas de
la Infantería de Marina descargaron sus ametralladoras, también sobre la Plaza
de Mayo, generando desconcierto y pánico. En esa jornada, Cooke vacía tres
cargadores de su pistola calibre 45 tirando sobre la posición de los marinos
insurrectos.26
25 Funes, Susana y Jáuregui, Rubén, “Agustín
Tosco, dirigente sindical revolucionario”. En: Hechos y Protagonistas de las
Luchas Obreras Argentinas, Año 1, Nº 6. Buenos Aires, 1984. Citado por: Licht,
Silvia, Agustín Tosco y Susana Funes, Historia de una pasión militante.
Acciones y resistencia del movimiento obrero (1955-1975), Buenos Aires, Biblos,
2004, pp. 25 y 26. Años más tarde Tosco dirá que después del golpe de 1955:
“Junto con John William Cooke intentamos algunas formas de defensa concreta de
las conquistas obreras, aunque no tuvimos éxito. La derrota estaba decidida de
antemano”. En: Amantea, Adriana; Lanot, Jorge y Sguiglia, Eduardo, Agustín
Tosco, conducta de un dirigente obrero, Buenos Aires, Centro Editor de América
Latina, 1984. Citado por: Licht, Silvia, Op. cit., p. 28.
26 Véase; Galasso, Norberto, Op. cit., p. 44.
80
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El intento golpista dejó un saldo de más de
trescientos muertos y más de mil heridos. Y recubrió a la ciudad con una capa
de silencio. Días más tarde, Perón le ofreció a Cooke el Ministerio de Asuntos
Técnicos, el mismo que había ocupado el servil Mendé. Cooke rechazó el
ofre-cimiento; algo absolutamente lógico si se consideran las críticas de De
Frente al perfil “tecnocrático” que había adquirido el gobierno pero-nista en
su última etapa, en particular al equipo económico conducido por el ministro
Alfredo Gómez Morales.
Años después, en 1964, Cooke se referirá a un
artículo suyo en De Frente: “La ilustre cofradía de los técnicos” y recordará
que hacia los años 1954 y 1955 supo imputarle al equipo económico de Perón el
“aferrarse a criterios exclusivamente técnicos, despreciando pala-bras como
‘soberanía’, ‘sentimientos populares’, etcétera”. Dejará bien sentada su
posición respecto de la técnica y la política. “No hay deci-siones técnicas,
las decisiones son políticas; y el rol de los técnicos no es adoptar decisiones
de política general. No se puede dejar en manos de técnicos las cuestiones
políticas”.27
Al desestimar el cargo que se le ofrecía, le decía
a Perón que era tiempo de la política y no de la técnica. Sí aceptó de
inmediato y sin titu-bear el cargo de Interventor del Partido Peronista de
Capital Federal, que era una cáscara vacía, un sello de goma, un instrumento
que había que reconstruir de cero y cuyas funciones debían reconsiderarse a la
luz de la nueva situación política. Sus colaboradores más cercanos fueron César
Marcos, Raúl Lagomarsino, Héctor Saavedra, Héctor Tristán (alias el Worker)28, entre
otros. También convocó a Jauretche.
La revista Cara y Ceca entrevistó al flamante
interventor parti-dario el 19 de agosto de 1955. “Con Cooke, el peronismo
metropolitano parece haber adquirido juventud y ritmo revolucionarios. Es
suficiente una breve visita a la sede de Riobamaba 273 para comprobarlo”, dice
el texto que introduce la entrevista. Luego Cooke hablaba de convocar a los más
capaces política y moralmente, de conformar un partido con militantes sinceros
y convencidos… “¡No queremos a nadie que no esté aquí por sus convicciones!”
[Obras Completas, Tomo IV, p. 80].
27 Se trata de la ya mencionada audiencia del 8 de
julio de 1964, convocada por la Comisión de la Cámara de Diputados que
investigaba los contratos petroleros. En: Cooke, John William, Peronismo e
integración, Op. cit., p. 22.
28 Muchos hombres cercanos a Cooke han ejercido
funciones análogas a la de un secretario. Tanto a Adolfo Cavalli, a su hermano
Jorge, a Leopoldo López Forastier o a Santiago Sarrabayrouse se les ha
adjudicado la función de secretarios de Cooke. Héctor Tristán fue mucho más que
eso. Es muy probable que Cooke identificara en él una síntesis ideal: un
compañero trabajador, sólido desde el punto de vista ideológico, político y
ético. Una síntesis que percibirá luego en hombres como Aparicio Suárez,
Domingo Blajakis o Raimundo Villaflor.
81
MIGUEL MAZZEO
Perón percibió, en ese momento crítico, que no
contaba con un aparato político con capacidad de movilizar, un aparato
represen-tativo de los sectores populares, ágil, eficaz, preparado para dar
respuestas rápidas en una coyuntura histórica por demás compli-cada. Advirtió,
tarde, que las mediaciones políticas del peronismo dejaban mucho que desear y
que resultaban absolutamente inefi-caces en esa coyuntura. El sindicalismo, por
obra y gracia de una lealtad dogmática hacia Perón, estaba prácticamente paralizado.
Por su alto grado de subordinación al Estado, se encontraba imposi-bilitado de
tomar cualquier tipo de iniciativa. Cooke intentó revertir esta situación.
Convocó a jóvenes, a trabajadores y trabajadoras, a peronistas de base, pero el
proceso de reorganización se vió inte-rrumpido por el golpe de Estado.
El 31 de agosto, el peronismo convocó a un acto en
apoyo al gobierno. Cooke estaba en el palco y fue uno de los oradores. En su
alocución puso el énfasis en la movilización popular y alentó la iniciativa de
las bases. Perón pronunció su célebre discurso del “cinco por uno”. Dijo:
A la violencia le hemos de contestar con una
violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho
de repri-mirlos violentamente […] Hemos de reestablecer la tranquilidad, entre
el gobierno, sus instituciones y el pueblo, por la acción del gobierno, sus
instituciones y el pueblo mismo. La consigna para todo peronista, esté aislado
o dentro de una organización, es contestar a una acción violenta con otra más
violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga,
¡caerán cinco de los de ellos!29
En ese momento, Cooke estimó que las duras palabras
de Perón estaban en sintonía con las suyas. Pero el General no acompañó esas
palabras con las acciones correspondientes. Y, posiblemente, eran inviables
dadas las características de las estructuras políticas y sindi-cales –y de la
subjetividad colectiva– del peronismo en esa coyuntura. No estamos hablando de
réplicas incendiarias, sino de auspiciar la organización autónoma de los
trabajadores y las trabajadoras, de favo-recer el desarrollo de fuentes no estatales
del poder constituyente. Al decir de Julio Godio: “Sólo Cooke intentó dar a su
alocución un sentido movilizador, al tiempo que extendía el carácter de la
conjura no solo a la oligarquía sino al conjunto de la gran burguesía
argentina”.30
29 Perón, Juan Domingo: “Cuando uno de los
nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos”, [discurso pronunciado desde los
balcones de la Casa Rosada el 31 de agosto de 1955]. En: El pensamiento del
peronismo, Buenos Aires, El Ateneo, 2010, p. 113
30 Godio, Julio, La caída de Perón, Tomo II,
Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985, p. 150.
82
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El 16 de septiembre de 1955, Cooke estaba reunido
con otros diri-gentes en un local del partido en pleno centro de la ciudad de
Buenos Aires. Portaba una ametralladora, pero no llegó a usarla. Su idea era
que los trabajadores y las trabajadoras ocuparan las plazas y repartirles
armas, crear milicias obreras, convocar a los jóvenes que habían pasado por el
Servicio Militar: las cuatro clases de conscriptos dados de baja con
anterioridad a 1955 que tenían una mínima experiencia militar. Perón, se opuso.
Del mismo modo que se opuso, pocos años antes, a una sugerencia similar de Eva
Perón, cuando se produjo el intento de golpe encabezado por el general Benjamín
Menéndez.
El 19 de septiembre Perón renunció a la
presidencia, no quiso pelear, se negó a movilizar. Negoció su salida con las
Fuerzas Armadas. Abandonó. Y no se produjo ningún alzamiento espontáneo y
masivo. La respuesta frente a esta situación fue la única posible: el desbande.
Perón inició su periplo por Paraguay, Panamá, Caracas, República Dominicana,
España… Y su exilio de 17 años. Casi dos años después, exiliado en Caracas,
Perón le dirá al empresario Jorge Antonio a modo de autocrítica:
El pueblo argentino no difiere fundamentalmente de
los demás pueblos; está formado por hombres y mujeres con las mismas virtudes y
los mismos defectos y, en consecuencia, no le podemos pedir que esté formado de
santos y héroes. Frente al ataque de la reacción y a la traición de las fuerzas
armadas o su defección, se limitó a esperar. Es indudable que los dirigentes no
tuvimos bien en claro lo que ocurría y en muchos casos no estuvimos a la altura
de nuestra misión. Un pueblo sin dirigentes tarda en reaccionar. Los pueblos
reaccionan por
ideales inmediatamente o si no lo hacen después por
desesperación.31
Uno de los jefes militares del Golpe, el general
Eduardo Lonardi, se hizo cargo del gobierno. Representaba a sectores
nacionalistas-cató-licos y antiliberales. Apelando al slogan “ni vencedores ni
vencidos”, intentó una política de acuerdos con algunos actores del gobierno
derrocado, básicamente con los sindicatos. Lonardi y sus aliados militares y
civiles buscaron reformular la alianza peronista sin Perón, recomponiendo los
vínculos con la Iglesia.
La actitud claudicante de la cúpula de la CGT se
puso de manifiesto en el comunicado emitido el 24 de septiembre de 1955:
En momentos que ha cesado el fuego entre hermanos,
por sobre todo se antepone la Patria; en consecuencia, la Confederación General
del Trabajo se dirige una vez más a los trabajadores para
31 Carta de Juan Domingo Perón a Jorge Antonio.
Caracas, 23 de mayo de 1957. En: Antonio, Jorge, ¿…Y ahora qué?, Buenos Aires,
Ediciones Verum et milita, 1966, pp. 336-352.
83
MIGUEL MAZZEO
significarles la necesidad de mantener la más
absoluta calma y conti-nuar sus tareas; cada trabajador debe permanecer en su
puesto, por el camino de la armonía, para mostrar al mundo que el pueblo
afianza
la paz espiritual necesaria para promover la
grandeza de la nación.32
Pero el proyecto de Lonardi no generó las
adhesiones necesarias en las Fuerzas Armadas y entre los partidos políticos
antiperonistas. La posición de Lonardi era por demás endeble y debió renunciar
a la presidencia a menos de dos meses de asumir, el 13 de noviembre de 1955,
desplazado por los sectores militares y civiles liberales que, con inocultables
ansias revanchistas, llegaban con la firme determi-nación de borrar
compulsivamente al peronismo de la memoria y la conciencia colectiva.
32 Véase: Comunicado de la CGT del 24 de
septiembre de 1955. Tomado de: Gasió, Guillermo (Investigación. Diálogos.
Edición con la colaboración de Camila Charvay), Miguel Gazzera: Memorias de las
62 organizaciones peronistas (1957-1974), Buenos Aires, mimeo, s/f, p. 10.
84
7- El golpe de 1955 y sus consecuencias
Llegamos con el Bebe a Santa Fe y Junín y vimos que
en los balcones la gente brindaba con Champán y súbitamente Buenos Aires pasó a
ser una ciudad extranjera. El cielo entero se nos vino encima.
César Marcos
El golpe de Estado de 1955, sobre todo a partir del
mes de noviembre y del reemplazo del general Lonardi por el general Pedro
Eugenio Aramburu, asumió como uno de sus principales objetivos la
“desperonización” de la Argentina y la destrucción del poder de las
organizaciones sindicales. Propiciaba, además, un retorno a la
institucionalidad previa al decenio peronista y un acercamiento estrecho al
Bloque Occidental.
La clase obrera, que se había expresado
mayoritariamente a través del peronismo, perdió repentinamente toda posibilidad
de representa-ción institucional y quedó marginada de la maquinaria estatal.
Entre otras perspectivas posibles, el antiperonismo
puede verse como la forma ideológica y política que asumió una ofensiva
antiobrera que le permitió a distintos sectores patronales obtener el consenso
en las capas medias y en los partidos tradicionales. Este carácter de
“reac-ción burguesa” asumido por la Revolución Libertadora (Fusiladora), que
llevó a Cooke a describirla como un “festín de la revancha oligár-quica”, tuvo
varias e importantes consecuencias para el peronismo. En primer lugar, a partir
de 1955, en el peronismo en general –y en Cooke en particular– se fue
consolidando una “visión clasista del enemigo”. Las nuevas condiciones
contribuyeron a que las oposiciones políticas se representaran como oposiciones
sociales, de clase.
La moción cookista que subsumía la lucha de clases
en la antinomia peronismo-antiperonismo tuvo visos de verdad durante el período
85
MIGUEL MAZZEO
posterior al Golpe de 1955. Y consideramos que es
sumamente difícil refutar su importancia como “vivencia” de una parte grande de
la clase trabajadora argentina. Pero es inexacta para otros períodos
históricos, anteriores y posteriores. Además se contradice con la
interpretación, también cookista aunque posterior, del peronismo como un ámbito
más de la lucha de clases. Esto es, el reconocimiento de la lucha de clases al
interior del peronismo.
Por otra parte, la dura represión desatada por la
dictadura militar, junto a las formas de opacidad social promovidas, alteraron
en las bases y en algunos dirigentes del peronismo la clásica concepción del
Estado como árbitro. El peronismo como movimiento político se había
estructurado desde el Estado (más allá de los “hechos de masas” que influyeron
en ese proceso constitutivo, por ejemplo, el 17 de Octubre de 1945) y la clase
trabajadora mantuvo estrechos vínculos –de subor-dinación, en líneas generales–
con éste durante más de diez años. La Revolución Libertadora (Fusiladora),
brutal y despiadada, junto con la displicencia hegemónica de las clases
dominantes argentinas, contri-buyeron decididamente a que el Estado dejara de
ser concebido como el democrático y acogedor locus en el que una pluralidad de
grupos con intereses diversos ejercían lícitamente sus presiones y en donde la
clase trabajadora contaba con las prerrogativas del amparo oficial (que, claro
está, no es lo mismo que el poder).
El Estado ratificaba ahora, principalmente a través
de sus facetas represivas, su condición de instrumento, estructura y relación
tendiente a reproducir la hegemonía de la clase dominante y su sistema de
explotación. Este cambio en la forma específica, en los roles y en la
percepción del Estado –por supuesto, nada había cambiado respecto de su forma
más general y su naturaleza más profunda– a partir de un cambio en las
relaciones de fuerza, implicaba reconocer, por lo menos para un sector muy
activo del peronismo, que el ciclo de la concilia-ción de clases estaba agotado
y que ahora la clase trabajadora debía organizarse “desde abajo”.1 El
“despotismo estatal” de la Revolución Libertadora (Fusiladora) no era otra cosa
que uno de los requisitos necesarios para la recomposición del “despotismo de
fábrica”.
Ricardo Sidicaro sostiene que a partir de 1955, “se
clausuró un período en la historia del Estado y si bien sus funciones y
estructuras institucionales no registraron mayores cambios, sus orientaciones
políticas perdieron la dirección y la estabilidad de la década peronista”.2
1 Véase: Gil, Germán Roberto, La izquierda
peronista (1955-1974), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1989,
especialmente las páginas 14, 21, 22 y 26.
2 Sidicaro, Ricardo, La crisis del Estado y los
actores políticos y socioeconómicos en la Argentina (1989-2001), Buenos Aires,
Libros del Rojas, 2001, p. 31.
86
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Por su parte, Ernesto Salas afirma que en este
período, que para él concluye en el año 1960, se desarrolla una “intensa
democracia de base popular, cuyo centro fue la experiencia cotidiana en las
fábricas y los comandos clandestinos de la llamada Resistencia Peronista”.3
Es lógico que una resistencia colectiva genere
algún tipo de demo-cracia no formal, de práctica horizontal y confederada.
Porque la resis-tencia es, por definición, una experiencia descentralizada y
localista. La unicidad es ímproba y las formas centralistas y verticales se
tornan ineficaces. La cifra de toda resistencia es la voluntad y todo lo que de
ella se deriva, por ejemplo el riesgo (la sangre); o la duración (el tiempo).
Perón sabía de esto último.
La Resistencia Peronista fue, en buena medida, una
respuesta clasista espontánea y, más allá de las luchas específicamente
obreras, más allá de la infinidad de acciones moleculares (directas,
espontá-neas, violentas e individuales), más allá del “elogio del método” (que
colocaba a la ideología en un plano secundario), más allá de la “mística del
caño”,4 debe analizarse como un período de profundo debate ideo-lógico y
político en ámbitos de la clase trabajadora y el pueblo en general. No es
casual la importancia que adquiere la palabra escrita, bajo la forma de
correspondencia. La Correspondencia Perón- Cooke es sólo una muestra de ese
universo político -postal. En una carta sin fecha (probablemente de julio de
1957) Cooke le dijo a Perón: “Su escritura tiene un poder mágico” [Obras
Completas, Tomo II, p. 217].
La Resistencia Peronista posee una dimensión
literaria, textual, cali-gráfica, muchas veces omitida en los testimonios de
los y las protago-nistas y en las lecturas más convencionales, que tienden a
considerarla como un momento de “acción pura” no atravesada por la ideología (y
la palabra). A esta dimensión se le suma otra usualmente reconocida: la
clandestinidad. Por eso las claves secretas, la proliferación de textos
apócrifos, la búsqueda de medios alternativos a los caligráficos para la
reproducción de la palabra (mimeografía, reproducción fotostática), el
desarrollo de la criptografía y el “misterio” (en el sentido teológico,
sobrenatural) de las letras. Una auténtica gnosis plebeya. Por eso Perón
sugería emplear tinta “simpática”, más conocida como tinta-limón.
Entre otras cuestiones, lo que podemos detectar en
esos debates es una percepción de la insuficiencia de la “organización”, la
“doctrina” y
3 Salas, Ernesto, “Cuando John William Cooke fue
acusado de traicionar la revolución”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de
vuelta (El gran descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 28.
4 El término “caño” se utilizaba para designar a
un tipo de explosivo artesanal confeccionado, por lo general con un caño de
metal con tapas enroscadas en sus extremos.
87
MIGUEL MAZZEO
la “mística” que para Perón ya habían logrado sus
formas acabadas y que, consideraba, eran el legado más importante que le había
hecho al pueblo. Con Perón alejado del país, la clase trabajadora y el conjunto
de las clases populares comienzan a discutir cómo administrar esa herencia,
cuáles eran sus sentidos posibles, para qué servía esa herencia (cuáles eran
sus alcances).
Pero la Resistencia Peronista también posee una
dimensión oral, por ejemplo “el boca en boca”; una dimensión gestual y,
finalmente, una dimensión radiofónica. En los años 1957 y 1958 se multiplicaron
las radios clandestinas de onda corta. La más celebre, sin lugar a dudas, fue
la Radio Justicialista, operada por Aparicio Suárez. Este era un subofi-cial
que participó en la toma del Regimiento 3 de Infantería durante el alzamiento
del 9 de junio y logró escapar a los fusilamientos. Después de desarrollar diversas
tareas en el contexto de la Resistencia Peronista, murió, ciego y enfermo,
preso en la cárcel de Devoto. Cooke lo consi-deraba un verdadero héroe del
pueblo y, años más tarde, le dedicó sus Apuntes para la militancia.
La Resistencia Peronista como experiencia colectiva
contribuyó decididamente a que una franja no poco importante de la clase
traba-jadora argentina se deslastrara de la artificialidad de los
encuadra-mientos verticales y se reencontrara con su potentia. Y se volvió cada
vez menos encuadrable en el sentido militar o eclesial.
Del mismo modo, los diversos relatos sobre la
Resistencia Peronista resaltan, con razón, la espontaneidad inicial de las
acciones, el estado de insurrección popular. Pero no deberíamos pasar por alto
una dimensión organizativa, relacionada con la búsqueda, desde abajo (e
inevitablemente fragmentada), de los formatos y los procedimientos más
adecuados para la nueva coyuntura. Sin ir más lejos, valen como ejemplo la
proliferación de Comandos, de grupos, la primera organiza-ción de la Juventud
Peronista, entre otros.
El nacionalismo “populista” y el antiimperialismo,
aclimatados a la Resistencia Peronista y resignificados por ella, permitieron
que Cooke arribara a una encrucijada. El camino elegido lo conducirá al
nacio-nalismo revolucionario que, a su vez, será el emplazamiento principal
sobre el que se fundará su idea socialista y revolucionaria.
En ese sentido, hacia 1972, Alicia Eguren en su
“Prólogo” a la primera edición de la Correspondencia Perón-Cooke, escribió:
Cooke concebía el naciente movimiento de la
resistencia, no como un espantadero para lograr la libertad de los jerarcas y
el restable-cimiento de la democracia burguesa, sino como el inicio de la lucha
revolucionaria de las masas bajo el signo mayoritariamente peronista
88
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
del justicialismo que acababa de fracasar en el
poder y que avanzaba hacia el socialismo que, de manera intuitiva, asumían las
masas…
[Obras Completas, Tomo II, p. 16].
El contexto de la Resistencia Peronista también
condicionó los debates en el seno de la izquierda tradicional, concretamente en
el PSA y el PCA. En los años posteriores a la caída del peronismo, se inició
para esta izquierda una etapa signada por la crisis política e ideológica que
llevó a una profunda autocrítica a partir de la cual, por lo menos una parte de
la misma, asumió que la matriz liberal, compartida con las clases dominantes y
los frentes políticos burgueses, constituía un lastre histórico que explicaba
los errores cometidos y la incapacidad de generar vínculos orgánicos con los
trabajadores y las trabajadoras, con las clases subalternas y oprimidas. Un
lastre que había que erra-dicar definitivamente para llegar a ser alguna vez
una “izquierda revo-lucionaria”. Este antiliberalismo fue delineando un marco
mucho más favorable para el encuentro con el peronismo que aparecía, y en
alguna medida era, lo más parecido a una antítesis de la Argentina liberal.
Desde el punto de vista ideológico, la ambigüedad
caracterís-tica del discurso peronista oficial comenzó a reflejar la existencia
de fuerzas internas antagónicas en el seno del Movimiento. Comenzó a perder su
capacidad articulatoria de antagonismos sociales irreducti-bles. Por un tiempo,
Cooke vio en esa capacidad un signo de cohesión ideológica del peronismo y una
fortaleza. Luego de la experiencia de la Resistencia Peronista, sólo verá un
terrible vacío. Entonces, queda claro que si hablamos de un proceso de
radicalización política e ideológica en Cooke, en un sector de la dirigencia
política y sindical y en las propias bases del peronismo, la Revolución
Libertadora (Fusiladora) por un lado, y la democracia de base en las fábricas y
los comandos clandestinos por el otro, deben ser considerados como punto de
partida ineludible.
Algunos años más tarde, en 1964, Regis Debray, que
por entonces era uno de los principales teóricos del castrismo y la Revolución
Cubana, veía el proceso que se venía dando en el peronismo del siguiente modo:
La definición de clase del peronismo se ha visto
retardada. [...] pero finalmente ha terminado por aparecer a pesar de Perón: en
general la burguesía industrial no quiere saber nada con él y el proletariado
argentino continúa esperando su regreso. Pero debido a todas las traiciones de
la “burocracia sindical” de la C.G.T., principal fuerza de acción del
peronismo, la idea de los procedimientos insurreccionales toma cada vez más
fuerza en su base, en los sindicatos y principal-mente en la juventud obrera
peronista que ha vivido su propia expe-riencia política sin Perón después de
1955 (golpe de Estado peronista
89
MIGUEL MAZZEO
de 1956 y 1960, terrorismo, Uturuncos, torturas,
asesinatos, encar-celamientos, represión continua desde 1955, huelga
insurreccional ‘Lisandro de la Torre’ en 1959, etc.) pero con Cuba como
referencia y punto de comparación...5
A modo de síntesis sobre el ciclo histórico que
inaugura el golpe de 1955, podemos decir que en las décadas siguientes, los
sectores sociales y políticos que conformaron la alianza antiperonista y
derrocaron al gobierno de Perón, fracasarán rotundamente en la construcción de
un consenso alternativo. Serán incapaces de integrar a aquellas franjas de la
clase trabajadora y de los sectores populares que habían obtenido alguna cuota
de protagonismo durante el período 1945-1955. El coro-lario fue una situación de
inestabilidad y crisis ininterrumpidas. Y de sistemática violencia estatal e
institucional.
Las Fuerzas Armadas, inicialmente, intentaron jugar
un rol “arbi-tral”, desde las bambalinas, sin ocupar el centro de la escena
política. Así fue entre 1955 y 1966; durante la dictadura de la Revolución
Libertadora (Fusiladora) con Eduardo Lonardi (1955) y Pedro Eugenio Aramburu
(1955-1958), durante el gobierno de Arturo Frondizi (1958-1962), en el
interregno de José María Guido (1962-1963) y durante el gobierno de Arturo
Illia (1963-1966). Ese rol, y el proceso de politización que inevitablemente
entrañaba, y las diversas posturas frente a la “cues-tión peronista” terminaron
deteriorando el principio de verticalidad y quebrando la cadena de mandos. En
septiembre 1962 y en abril de 1963 se produjeron enfrentamientos al interior de
las Fuerzas Armadas. Por un lado los “azules”, por el otro los “colorados”. Los
primeros, profe-sionalistas, legalistas e institucionalistas, buscaban una
integra-ción “controlada” del peronismo a la vida política argentina. Los
segundos, más proclives a los regímenes de fuerza, expresaban un antiperonismo
visceral.
Cooke en la “Conferencia en Córdoba: Universidad y
país”, del 4 de diciembre de 1964, dijo que “la diferencia entre un militar
colarado y un miliar azul consiste en que el colorado es un cipayo y un verdugo
las veinticuatro horas del día y todos los días, mientras que el azul es un
cipayo y un verdugo solamente cuando hacía falta” [Obras Completas, Tomo III,
p. 152]. Finalmente, después de algunas escaramuzas que no llegaron a ser
combates abiertos, se impuso el bando azul.
La Doctrina de la Seguridad Nacional, con su
planteo central de la guerra contrarrevolucionaria anticomunista, terminó de
cohesionar a las Fuerzas Armadas. Le asignó nuevos y trascendentales roles: la
5 Drebray, Regis: “El castrismo: la gran marcha de
América Latina”. En: Revista Pasado y Presente, Año 2, Nº 7-8, Córdoba, octubre
de 1964-marzo de 1965, p. 157.
90
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
“misión de salvaguardar el estilo de vida
occidental y cristiano”, nada más y nada menos. Suministró una ideología, una
estrategia y nuevas tácticas. Delineó un enemigo: el enemigo interno. En 1963
la edito-rial Pleamar publicaba el libro del general Osiris Villegas, Guerra
Revolucionaria comunista.
Luego, a partir del golpe de 1966, las Fuerzas
Armadas asumirán un rol protagónico y buscarán imponer por la fuerza un
proyecto de dominación estable, un modelo económico favorable a los intereses
de los sectores más concentrados de la burguesía transnacional, un cambio en
las estructuras materiales, sociales y culturales del país. La respuesta
popular tornó inviable este proyecto.
91
8- Cooke delegado de Perón:
un ejercicio imposible
Fue, de momento, un estudio. Escribí silencios,
noches; anoté lo inexpresable. Fijé vértigos.
Arthur Rimbaud
Poco después del golpe de 1955, César Marcos, Raúl
Lagomarsino y otros militantes y dirigentes peronistas crearon el Comando
Nacional Peronista. Cooke se incorporó de manera casi inmediata. El Comando era
un aparato político destinado a coordinar las luchas contra la dicta-dura
militar en el marco de la proscripción, la represión y la clandesti-nidad.
Pretendía unificar y conducir a las distintas fuerzas peronistas que, por
cuenta propia y con absoluta escasez de recursos, se lanzaron a la lucha contra
la dictadura y por el retorno de Perón. Mientras que sectores de la burocracia
sindical y política del peronismo trataban de acomodarse a la nueva situación
sin ruborizarse y muchos ex obse-cuentes se esforzaban por lavar su pasado
peronista, el Comando era el ámbito de los y las más “leales”, de los y las que
habían llegado al pero-nismo por convicción, sin oportunismos de ninguna
especie.
Marcos se refierió al impacto del golpe del 1955 y
al “espíritu” de los Comandos y de la Resistencia Peronista en general.
El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió
por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el
aire, el sol, la vida se dio vuelta. De repente entramos en un mundo de
pesadilla en el que el peronismo no existía […]
Unos cuantos locos sueltos comenzamos a escribir en
las paredes y a llenar los mingitorios de grafitos, con un logotipo tan
fascinante y poderoso como el perfil del pez de los primitivos cristianos:
¡Las cocinas que hemos conocido! Alegres, limpitas,
con su heladera en un rincón, la mesa con el hule… Y el mate o una cervecita
helada…
93
MIGUEL MAZZEO
los verdaderos fortines del Movimiento Peronista.
Allí nos reuníamos, en el ámbito mimético de las cocinas, donde todos son
iguales y se confunden, donde nadie llama la atención.1
Cooke se convirtió en uno de los hombres más
buscados por el gobierno militar, que lo consideraba un importante “jerarca del
régimen depuesto”. Su amigo, el historiador revisionista José María Rosa, le
ofreció refugio en su departamento de la calle Cangallo 2269, en el centro de
la ciudad de Buenos Aires, hasta que una delación permitió que la policía lo
detuviera un 20 de octubre de 1955. Cooke y también Rosa, por encubridor,
terminaron presos en la cárcel de la Avenida Las Heras.
Cooke fue acusado de enriquecimiento ilícito por
una comisión que investigaba el patrimonio de los ex legisladores peronistas y
por parti-cipar en la quema de las iglesias el 16 de junio de 1955. Pero él no
poseía más bienes que su departamento, sus libros; no tenía otros ingresos más
que los que obtenía como docente y periodista y, desde De Frente, había
criticado con dureza la quema de las iglesias. También se lo acusó, como a
tantos y tantas, de traición a la patria y asociación ilícita.
Como vimos, el 13 de noviembre, el general Lonardi
fue desplazado del poder por el ala ultraliberal y más antiperonista de las
Fuerzas Armadas. El general Aramburu ocupó la presidencia de la Nación mientras
el contralmirante Isaac F. Rojas conservó su cargo de vicepre-sidente. Dos días
antes, el 11 de noviembre, se había puesto en funcio-namiento la Junta
Consultiva que había sido creada el 28 de octubre. Presidida y controlada por
Rojas, e integrada por representantes de los partidos políticos partícipes del
golpe,2 la Junta Consultiva pretendía erigirse en un remedo de poder
legislativo, una especie de organismo de contralor político que le otorgaba al
régimen cierto barniz institu-cional. Por cierto, su constitución no hizo más
que acelerar el desplaza-miento de los sectores nacionalistas católicos
encabezados por Lonardi.
Ya con el tándem Aramburu-Rojas en el poder, se
derogó la
Constitución de 1949 y se disolvió la Fundación Eva
Perón y el
Partido Peronista. Los miembros de este último
fueron inhabilitados
1 Testimonio de César Marcos. En: Cichero, Marta,
Op. cit. p. 149.
2 Integraban la Junta Consultiva: la Unión Cívica
Radical, representada por Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot y Miguel
Ángel Zabala Ortiz; el Partido Socialista, representado por Americo Ghioldi,
Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz y Nicolás Repetto; El Partido Demócrata
Nacional, representado por José Aguirre Cámara, Rodolfo Coromina Segura, Adolfo
Mugica y Reinaldo Pastor; el Partido Demócrata Progresista, representado por
Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble y Horacio Thedy;
el Partido Demócrata Cristiano, representado por Rodolfo Martínez y Manuel
Ordoñez y la Unión Federal, representada por Enrique Arrioti y Horacio Storni.
Fueron excluídos el PCA y, obviamente, el Partido Peronista.
94
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
para ejercer la función pública y las
representaciones sindicales. La Confederación General del Trabajo (CGT) fue
intervenida por decreto y la dictadura colocó a un marino, el capitán de navío
Alberto Patrón Laplacette, al frente de la misma. Los comandos civiles de la
Revolución Libertadora (Fusiladora) ganaron la calle, tomaron los sindicatos a
punta de pistola. Américo Ghioldi, dirigente del PSA, sentenció: “Se acabó la
leche de la clemencia”.
También se disolvieron las comisiones internas de
fábrica y los ex funcionarios y los dirigentes políticos y gremiales, los
delegados y mili-tantes de base vinculados con el gobierno peronista se
convirtieron en objeto de intensas persecuciones. Se dictó el decreto 4161, un
engendro jurídico aberrante que prohibía nombrar a Juan Domingo Perón y a Eva
Perón y hacer referencia o exhibir de simbología asociada al pero-nismo, fotos,
retratos, imágenes. El decreto establecía lo siguiente:
Se considerará especialmente violatoria de esta
disposición la utili-zación de fotografía, retrato o escultura de los
funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronistas, el
nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones
“pero-nismo”, “peronista”, “justicialismo”, “justicialista”, “tercera
posición”, la abreviatura “P.P”, las fechas exaltadas por el régimen depuesto,
las composiciones musicales o fragmentos de las mismas denominadas “Marcha de
los muchachos peronistas” y “Evita capitana”, la obra o fragmentos de la misma
“La razón de mi vida”, los discursos o frag-mentos del presidente depuesto y su
esposa, etc.3
El decreto, en su afán delirante de inculcar el
olvido colectivo del peronismo por medio de la violencia simbólica y en su
firme propósito de establecer la muerte civil de un conjunto extenso de
dirigentes polí-ticos y sociales, apelaba a un fetichismo extemporáneo: un
fetichismo jurídico premoderno, libre de las “sutilezas metafísicas” y las
“argucias teológicas” del fetcihismo jurídico moderno (Marx dixit). Al mismo
tiempo, ponía de manifiesto una opción por las formas del pensa-miento mágico.
Este decreto hallará continuidad, y en 1963 se “comple-mentará” con el 2.713
que castigaba el “elogio” al peronismo.
De forma paralela, proliferaron las comisiones
investigadoras. Se crearon más de cincuenta. Poco ajustadas al derecho, las
comisiones obligaban a los acusados y las acusadas a demostrar su inocencia.
Todos y todas eran culpables hasta que se demostrara su inocencia.
En enero de 1956, Cooke fue trasladado al penal de
Ushuaia, “la
Siberia argentina”, también llamado el “Alcatraz
argentino” o el “Sing
Sing argentino”, reabierto por la Revolución
Libertadora (Fusiladora).
3 Citado en: Cichero, Marta, Op. cit., p. 79.
95
MIGUEL MAZZEO
Allí padeció condiciones de encierro muy duras,
pero pasó buena parte del tiempo escribiendo en su celda: instrucciones,
planes, cartas, etcé-tera. Lo más importante: se las ingenió para mantener
contactos con el mundo exterior, especialmente con aquellos espacios que se
enfren-taban a la dictadura militar.
En mayo volvió a ser trasladado. Su nuevo destino
fue la Unidad 2, el penal ubicado en la intersección de la Avenida Caseros y la
calle Pichincha, en la ciudad de Buenos Aires. Cooke se encontró allí con
Esteban Rey, Antonio Cafiero, Augusto Vandor, Miguel Gazzera, entre otros
dirigentes políticos y sindicales. Este último, histórico dirigente del gremio
de los obreros fideeros, entrevistado años más tarde por Guillermo Gasió,
recordaba:
Con ironía, yo le decía a Cooke “¡Aquí hay
peronistas para todos los gustos!”. Era una cárcel grande Allí estaba Alejandro
Leloir que había sido Secretario General del Partido, [José Emilio] Visca,
[Antonio] Cafiero, Amado Olmos, [Andrés] Framini y varios metalúrgicos. No
recuerdo situaciones tensas, pero eran posiciones muy distintas. A pesar de
eso, se hicieron todos muy amigos en la cárcel.
Visca y Cooke eran el día y la noche. Visca, un
facho de aquellos, venía de los conservadores mendocinos, y Cooke, de la
intelectualidad de izquierda peronista. Visca vivía de día y Cooke de noche,
con innu-merables reuniones en distintos pabellones de la cárcel.4
Enrique Oliva, ex colaborador de Cooke, refiere una
situación que tuvo lugar en la cárcel de Caseros. Un guardia-cárcel se le
acercó al Bebe y le preguntó con sorna:
–¿Con esa panza pensabas hacer la revolución?...
Rápido de reflejos, Cooke contestó:
–No sabía que para ser revolucionario había que
ganar un concurso de belleza…
La respuesta le granjeó una inmediata sucesión de
culatazos en las costillas. Cooke no se amilanó e increpó al agresor:
–Tirá hijo de puta, tirá…5
También su nombre era motivo de escarnio, los
uniformados le hacían notar lo impropio que resultaba el “John William” para un
nacionalista. Pero Cooke no se inmutaba y volvía a desafiarlos.
4 Testimonio de Miguel Gazzera. En: Gasió,
Guillermo, Op. cit., p. 13.
5 Además de Enrique Oliva, la anécdota es relatada
por Antonio Cafiero. Véase el documental de Carlos Castro, Alicia y John el
peronismo olvidado (2009). Entre otros detalles menores, Cafiero relataba,
además, que la celda de Cooke era un centro de actividades conspirativas.
96
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
También en enero de 1956, el Comando Superior
(Perón, Cooke, Marcos, Lagomarsino) lanzó Las Directivas Generales para todos
los peronistas [Obras completas, Tomo II, pp. 650-653]. Junto con las
Instrucciones Generales para los dirigentes [Obras completas, Tomo II, pp.
658-666], constituyen los documentos más representativos de la Resistencia
Peronista, de su línea dura e intransigente. Perón no participó de la
elaboración de estos textos que, reproducidos hasta lo indecible, circularon
copiosamente con su rúbrica, pero jamás los desautorizó; y, si nos atenemos a
expresiones suyas inmediatamente posteriores, en cartas y otros documentos,
podemos decir que los asumió y que “cabalgó” sobre ellos durante un período. Lo
más probable es que estos documentos hayan sido elaborados por Cooke, Marcos y
Lagomarsino. A través de ellos se convocaba a la desobediencia civil y a
realizar todo tipo de acciones violentas.
Las Directivas Generales para todos los peronistas
comienzan por definir al justicialismo como una “revolución social”. Afirman
que el error del justicialismo fue creer que la revolución social podría
reali-zarse incruentamente. Por lo tanto, consideran que las nuevas
circuns-tancias caracterizadas por la proscripción, la persecución, los
asesi-natos y fusilamientos, otorgan legitimidad a los métodos violentos, a la
desobediencia civil y a las acciones vindicativas. Las Directivas abogan por
una “revolución social de proporciones definitivas.” Luego ponen de manifiesto
–y alientan– el desinterés de los peronistas en los caminos institucionales y
los medios electorales [Obras completas, Tomo II, pp. 658-666].
Pocos meses después, las Instrucciones generales
para los dirigentes endurecen aún más la línea intransigente y convocan
abiertamente a “hacer la resistencia”, que conciben del siguiente modo:
Esa lucha ha de ser sin cuartel y sin descanso.
Todos, en todas partes y en todo lugar, deben realizarla empleando las armas
del pueblo, es decir: saboteando el trabajo, la producción, el orden y el
acatamiento. Esta forma de lucha llamada resistencia civil, tiene sus
características originales. En primer término se trata de una acción
subrepticia e insi-diosa, en la que es menester pegar “cuando duela y donde
duela”, sin ofrecer blanco alguno a la represión de la tiranía. [Obras
Completas, Tomo II, p. 658].
Las Instrucciones generales para los dirigentes,
además de impulsar las más variadas formas de resistencia civil y la
organización clandes-tina del pueblo, promovían el paro general revolucionario
con el fin de lograr la paralización total del país, y la “guerra de
guerrillas”. En rela-ción con esta última, afirma el documento: “Contando con
el apoyo de la
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MIGUEL MAZZEO
población, la guerra de guerrillas es de una
efectividad aplastante y reali-zada en todas partes es invencible” [Obras
Completas, Tomo II, p. 662].
Debemos considerar especialmente estos documentos
(y, por supuesto, la experiencia de la Resistencia Peronista en su conjunto) a
la hora de analizar la opción por la lucha armada en las décadas del 60 y el
70, desde los espacios que asumían la identidad peronista o que proponían un
diálogo con esta. Son materiales imprescindibles para comprender su naturaleza
y su lógica más profundas, para dar cuenta de la experiencia histórica
(popular) que determinó esa opción, ese camino, sin caer en los enfoques simplistas
y reaccionarios de las teorías conspirativas o superestructurales que no se
apartan de las coor-denadas impuestas por la usualmente denominada “moral
burguesa”.
En los primeros días del mes de junio fueron
detenidos Marcos y Lagomarsino. Ese mismo mes, el día 9, se produjo el
alzamiento lide-rado por el General Juan José Valle, secundado por el General
Raúl Tanco y el Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno. Cooke estaba al tanto y
confiaba ciegamente en que el mismo lograría sus objetivos. Varios testi-monios
coinciden en señalar que Cooke había organizado el penal para una posible toma
(desde adentro) que él mismo dirigiría. Pero el movi-miento fracasó y el gobierno
militar fusiló a los responsables directos, oficiales y suboficiales y, en los
basurales de José León Suárez y en la Unidad Regional de Lanús, hizo lo propio
con grupos de civiles.6
Al descubrirse la conspiración de Valle, la
Gendarmería se dirigió sin dilaciones a la celda donde se encontraba Cooke,
quien junto a otros dirigentes fueron ubicados en el paredón de fusilamiento.
El cura Iñaki de Aspiazu –capellán carcelario y antiperonista rabioso– les leyó
fragmentos de la Biblia y les tiró agua bendita. A partir del 10 de junio, en
Caseros, hubo simulacros de fusilamientos. Lo mataron diez, cien veces. Querían
doblegarlo, destruirlo moralmente. No lo lograron. La actitud de Cooke en prisión
lo pinta por entero. Hasta el mismo Juan Ovidio Zabala, responsable del sistema
penitenciario en tiempos de la Revolución Libertadora (Fusiladora) y luego
funcionario del gobierno de Frondizi, reconoció su entereza y valentía años más
tarde. En agosto fue trasladado nuevamente a Ushuaia. En octubre lo llevaron
nueva-mente a Las Heras.
Cuando Guillermo Gasió le preguntó a Miguel Gazzera
sobre el recuerdo que tenía de Cooke, este le respondió:
6 Para el caso de los fusilamientos de José León
Suárez, la referencia imprescindible sigue siendo el clásico de Walsh, Rodolfo,
Operación Masacre, mientras que para el caso de Lanús, la principal fuente
secundaria es la investigación de Polese, Rubén Adrián, Vencedores Vencidos. La
resistencia peronista en el partido de Lanús, Buenos Aires, El Colectivo, 2014.
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EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
¡Ah! Fue un excelente dirigente, un hombre de
convicciones, de izquierda, de una conducta intachable; él mismo se
disciplinaba con algún obstáculo. Lo pude apreciar bien en la cárcel. Cooke era
de los que vivían de noche, con una gran disciplina. En la cárcel uno se
desviste. Allí, como se diría ahora, todos somos transparentes, uno es
transparente para un lado o para el otro. De manera que si usted me pregunta,
cuándo, cómo y dónde lo conocí de veras a Cooke, yo le digo que lo conocí en la
cárcel. Allí, la simulación no tiene lugar, los miedos se expresan, las
convicciones y la certeza hacen que uno vea si un hombre viene siempre
caminando en la misma dirección, con la frente alta y sin estar arrepentido de
nada. Ese era el caso de Cooke. Yo creo que fue uno de los dirigentes mejor
formados ideológicamente, más sustentado, con gran conducta, muy organizado,
marchando sobre sus convicciones.7
En uno de los momentos más álgidos, en noviembre de
1956, Perón, desde Caracas, nombró a Cooke su primer “delegado” y también, su
“heredero”; algo que hizo por primera y única vez en su vida. Vale tener
presente, además, que Perón temía por un ataque y tenía informa-ción fidedigna
de un plan para asesinarlo en el exilio. Por cierto, el 25 de mayo de 1957 se
produjo un atentado es su contra en Caracas, sin consecuencias.8
La nota del nombramiento decía:
Al Dr. John William Cooke, Buenos Aires.
Por la presente autorizo al compañero Dr. D. John
William Cooke, actualmente preso por cumplir con su deber de peronista, para
que asuma mi representación en todo acto o acción política. En este concepto su
decisión será mi decisión y su palabra la mía. En él reco-nozco al único jefe
que tiene mi mandato para presidir la totalidad de las fuerzas peronistas
organizadas en el país y en el extranjero y, sus decisiones, tienen el mismo
valor que las mías. En caso de mi fallecimiento, delego en el Dr. D. John William
Cooke, el mando del movimiento. En Caracas, a los 2 días de noviembre de 1956.
[Obras Completas, Tomo II, p. 646].
Cooke reapareció y pasó a ocupar un lugar político
central cuando el verticalismo del peronismo se deterioró y llegó a su rango
más bajo (como consecuencia de la proscripción y el exilio forzoso de Perón) y
cuando la iniciativa pasó a las bases. El encanto de la Resistencia Peronista
tal vez pueda sintetizarse en esta última circunstancia. A partir de ese
7 Testimonio de Miguel Gazzera. En: Gasió,
Guillermo, Op. cit., p. 20.
8 Una bomba explotó en el auto en que se
movilizaba Perón. Pero el General no estaba en él. El chofer resultó herido
levemente. El atentado derivó en la expulsión del embajador argentino en
Venezuela, Federico Toranzo Montero.
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MIGUEL MAZZEO
momento, Cooke, por temperamento reacio a los
encuadramientos verticales, quedó identificado con “las bases”. Por esto, entre
otras cosas, Cooke puede ser recuperado hoy desde una nueva radicalidad
política.
Se convirtió así en el transmisor de la palabra
pública de Perón. Eran los tiempos en que el General exiliado no se cansaba de
señalar sus grandes coincidencias con Cooke, uno de los pocos dirigentes
políticos del peronismo, joven además, que con su actitud frente al golpe había
demostrado poseer cantidades suficientes de “óleo sagrado de Samuel”.
Perón consideraba que el “perfil” de Cooke era el
más adecuado para las circunstancias que se vivían. En Carta a Alejandro
Leloir, ex presi-dente del Partido Peronista y un hombre políticamente
enfrentado a Cooke, el General le dijo:
El doctor Cooke fue el único dirigente que se
conectó a mí y el único que tomó abiertamente una posición de absoluta
intransigencia, como creo yo corresponde al momento que vive nuestro
movimiento. Fue el único dirigente que, sin pérdida de tiempo, constituyó un
comando de Lucha en la Capital que confió a Lagomarsino y Marcos mientras él
estuviera en la cárcel.9
El 14 de septiembre de 1956 Perón le escribió a
Cooke: “Nuestras ideas se han cruzado en el aire, parecen las mismas. Nuestra
unidad doctrinaria hace milagros y los hará aún más en el futuro...” [Obras
Completas, Tomo II, p. 30]. El 3 de noviembre le manifestó: “Las ventajas de
nuestra común doctrina se evidencian aquí, pues de un mismo modo de ver, fluye
una manera similar de apreciar y de esta un modo común de resolver” [Obras
Completas, Tomo II, pp. 39 y 40].
Un nuevo traslado se produjo el 15 de noviembre, el
flamante destino: la ciudad de Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz, en
los confines de la Patagonia. En el penal, entre varios ex funcionarios y
dirigentes del peronismo, se encontraba el empresario peronista Jorge Antonio.
Años más tarde, en 1966, en una especie de libro de memo-rias prematuro (el
autor falleció en 2007), titulado ¿…Y ahora qué?, Antonio contará que en la
cárcel supo desarrollar la capacidad de iden-tificar a sus compañeros por sus
pasos; una habilidad característica de las personas ciegas. Decía que los pasos
de Cooke “parecieran ser los de alguien bailando un lentísimo bolero, con una
cabeza femenina apoyada sobre su hombro, arrastrando sus pies al andar”. Y
comparaba esos pasos con los del Mayor Carlos Vicente Aloé, “firmes y
rítmicos”; con los de Guillermo Patricio Nelly, quien “anda ruidosamente”, con
firmeza y espectacularidad; con los de Jorge Farías Gómez, “que camina
9 Carta del general Juan Domingo Perón a Alejandro
Leloir del 10 de marzo de 1957.
En: Cichero, Marta, Op. cit., p. 151.
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EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
un poco burlonamente”; con los de Ramón Cereijo,
“que camina como si tuviera temor de hacer notar su presencia”.10
El 17 de marzo de 1957, Cooke, junto a José
Gregorio Espejo, Kelly, Pedro Andrés Gomis, Antonio y Héctor J. Campora se
fugaron a Chile. El episodio posee ribetes cinematográficos, tanto por la
sustancia como por la forma: con mujeres –amparadas en los roles
característicos que la sociedad patriarcal les asigna: madres, hermanas,
esposas– que lograron ingresar a la cárcel armas y otros instrumentos
disimulados en objetos triviales, con empleo de disfraces, con utilización de
somní-feros, con guardias sobornados o solidarios con los prófugos, con
trave-sías nocturnas por lugares inhóspitos, con accidentes imprevistos, crisis
nerviosas, etcétera, prácticamente se hacen presentes todas las convenciones
del subgénero de las “fugas”.11
Una vez en Santiago de Chile, y con el asilo
concedido, Cooke cons-tituyó la División de Operaciones de la Resistencia y,
poco después, el Comando Adelantado junto a Gomiz, Espejo, Ramón Prieto, Sául
Hécker, entre otros. Pero además, hay otro dato que no deberíamos pasar por
alto: la heterogeneidad de los perfiles individuales de los prófugos era una
pintura exacta del peronismo: dos dirigentes sindi-cales, un activista del
nacionalismo de derecha, un empresario, un político (ex diputado y futuro
presidente de la Nación) y un político-intelectual de izquierda.
En marzo y abril de 1957, Héctor Tristán, Fermín
Chávez y Mario Massohu consiguieron una imprenta en la ciudad de Avellaneda, en
la Provincia de Buenos Aires, y lograron editar dos nuevos números de la
revista De Frente. Recordemos que la revista había sido prohibida por la
dictadura militar a comienzos de 1956. En su último número “legal”, el 93,
aparecía en la tapa el retrato de su director con un título lacónico: “John
William Cooke, prisionero de guerra de la ‘Revolución’”.
Este relanzamiento de De Frente de 1957, ahora en
versión redu-cida (contaba sólo con cuatro páginas) y clandestina, tenía un
objetivo central: difundir las directivas del Comando Superior de cara a las
elec-ciones de convencionales constituyentes. En abril de 1957, la dictadura
militar convocó a elecciones de convencionales constituyentes para reformar la
Constitución. Esto era: suprimir de un plumazo la carta peronista de 1949 y
poner nuevamente en vigencia la de 1853. Se esta-bleció como fecha para las elecciones
el 28 de julio.
10 Antonio, Jorge, Op. cit., p. 15.
11 Para una reconstrucción de la fuga del penal de
Río Gallegos, véase los testimonios de Guillermo Patricio Kelly, Jorge Antonio
y Fernando Torres. En: Cichero Marta, Op. cit., pp. 197-204. También el citado
libro de Jorge Antonio, ¿…Y ahora qué?
101
MIGUEL MAZZEO
La edición de De Frente y la elaboración de
artículos para una gran variedad de periódicos clandestinos como El
Guerrillero, El Lujanense, Línea Dura, Norte, Palabra Argentina, Palabra
Prohibida, Rebeldía o Soberanía, eran las tareas específicas desarrolladas por
el Centro de Escritores, Intelectuales y Artistas del Pueblo (CEIPAP), reunido
alre-dedor de José María Castiñeira de Dios. En el marco de la Resistencia
Peronista, el CEIPAP revestía como “organización paralela” y Cooke, en el
“Informe General y Plan de Acción” de agosto de 1957, sugería que podía servir
para generar la adhesión de intelectuales y artistas. Un año después, las
detenciones y los allanamientos paralizaron al CEIPAP. Por lo general, se
considera al periódico El 45, editado por Jauretche, la primera publicación de
la Resistencia Peronista. Aunque no adhería a los términos de la “línea dura”.
La lista de publicaciones clandestinas, además de
las arriba citadas, que llegaron a tener grandes tiradas es muy extensa. Se
puede incluir a otras como: Aluvión, Campana de palo, Chuza, Clamor, Combate,
Doctrina, El 17, El Grasita, El Hombre, El Líder, El peronista, El Soberano,
Lealtad, Palabra Prohibida, Palabra Obrera, Revolución Nacional, Pero… que dice
el pueblo, Sangre Nueva, Santo y Seña, Volveremos, entre otras.
Desde las páginas de la ahora clandestina De Frente
se llamaba a votar en blanco o con una boleta con la inscripción: “asesinos”.
Estos dos números de la revista contrastan en múltiples aspectos con los que
aparecieron entre 1954 y 1956.
En los dos números de abril de 1957 la revista se
autodefine como: “órgano del Movimiento Peronista en el tercer año de la
ocupación de la antipatria” y asume un carácter absolutamente político con
predo-minio del tono consignista. Pasa a funcionar como un medio para hacer
llegar las directivas de Perón y/o su delegado a las bases del peronismo. El
primer número da cuenta de la fuga de Cooke del penal de Río Gallegos:
Entre tantas noticias adversas que nos brindan
diariamente los órganos de la “cadena” robada al pueblo, tuvimos hace días la
grata nueva de la evasión de nuestros compañeros confinados. El regocijo
popular se hizo potente y general, y entre los cuadros dirigentes de nuestro
Movimiento tuvo eco especial el nombre del Dr. John William Cooke, cuya
posición de intransigencia y lealtad revolucionarias es de todos conocida.
Precisamente en estos días se había desatado contra
el Dr. Cooke una intensa y bien orquestada campaña de desprestigio. Diferentes
personajes ligados al “solanismo” y a los llamados “lomos negros”
(nacionalistas de “Azul y Blanco”) se han dado a la tarea de acusar a Cooke de
“comunista”.
102
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
[…]
John William Cooke no es comunista; la gente sabe
perfectamente que el ex director de “De Frente” es nacionalista peronista. Sus
edito-riales en la revista que los “usurpadores” le quitaron ponen bien en
claro su pensamiento. Pero eso sí: Cooke es peronista revolucionario y eso les
preocupa más que otra cosa.12
En carta al padre Hernán Benítez (el amigo y
confesor de Evita) del 6 de noviembre de 1956, Perón asumía los términos de Las
Directivas y las Instrucciones. Desde Caracas, el General defendía la línea
insu-rreccional y consideraba que la misma estaba en la propia naturaleza del
desarrollo histórico. Terminaba su carta pidiéndole al sacerdote: “Le ruego que
salude de mi parte a todos los amigos y compañeros que luchan por las causa que
es de todos y les diga de mi parte que jamás he de volver a pedirles que eviten
las violencias como sabía hacerlo desde la Casa Rosada”.13
Pero no todos los peronistas estaban de acuerdo con
esta línea. Muchos apostaban a una estrategia más “política”. Sin ir más lejos,
el mismísimo ex confesor de Evita, quien estaba poco menos que horrori-zado
ante los métodos propuestos por Perón en su carta.
Benítez, con absoluta franqueza, en su respuesta
del 28 de diciembre de 1956, calificó a las Directivas y a las Instrucciones
como una muestra de infantilismo y perversidad que destilaban “demencia”,
“desbordada subversión”, “sabotajes”, caos, violencia, destrucción. Mostraba su
preo-cupación por el costo humano de la línea intransigente y temía por las
respuestas represivas de la dictadura. Le lanzaba a Perón la siguiente
preguntaba: “¿Podría alguien tomar en serio la orden –no sé si grotesca o
irónica– de constituirnos los peronistas en sectas secretas de enca-puchados,
para sentenciar a muerte y matar gorilas a más y mejor?”14
En nueva carta del 14 de abril de 1957, le dijo que
los héroes y los idealistas del peronismo se movían entre “pesados cardúmenes
de cagones”. Y que el peronismo (y Perón) antes que alentar insurrec-ciones, se
debían una profunda autocrítica. Benítez se mostraba parti-dario de un Perón
“renunciador, visionario, magnánimo y humilde” y no del Perón vengativo que se
traslucía en sus últimas cartas. Planteaba la necesidad de incorporar a los
intelectuales, a las clases medias, y confiaba en que la recomposición del
peronismo (concebida
12 “Un saludo al compañero Cooke”. En: De Frente,
Nº 1 [Segunda época], marzo-abril de 1957, p. 2. [Sin firma].
13 Carta de Juan Domingo Perón a Hernán Benítez
del 6 de noviembre de 1956. En:
Cichero, Marta, Op. cit., p. 297.
14 Carta de Hernán Benítez a Juan Domingo Perón
del 28 de diciembre de 1956. En Cichero, Marta, Op., cit., pp. 323-337.
103
MIGUEL MAZZEO
como una depuración de sus peores taras) vendría
desde las bases.15 También veía en la línea insurreccional un camino que podía
conducir a la conformación de un partido clasista, eventualidad a la que se
oponía. En algunos aspectos, la formulación de Benítez estaba a tono con la
idea del “Frente Nacional”, pero, en su caso puntual, no derivó en un apoyo a
Fronzidi.
Perón le respondió el 19 de mayo de 1957. Le dijo
que volvería “renun-ciador, visionario, magnánimo y humilde”. Parecía conceder.
Pero, al mismo tiempo, ratificó las posiciones centrales de la carta anterior:
“Nuestro objetivo inmediato es el aniquilamiento del enemigo”, “el estado
insurreccional de nuestra gente es excelente”, se debe batir a la dictadura
“mediante millones de pequeños combates”.16 En otra carta del 4 de septiembre
de 1957, Perón le hizo saber a Benítez:
El compañero Doctor John William Cooke, tomará la
conducción desde Chile y se encargará de reemplazarme. El mantiene permanente
contacto conmigo y sus decisiones son las mías. Así lo hemos hecho saber a
todos los organismos partidarios y agrupaciones sindicales.
Le ruego, en consecuencia, que haga saber a todos
nuestros amigos y compañeros esta decisión, a los fines de una conducción más
ajustada a la realidad y necesidades actuales. El Doctor Cooke comunicará en el
futuro las decisiones y directivas del Comando Superior Peronista y él debe ser
obedecido. Nadie más puede invocar esa autoridad y menos aún mi nombre para el
manejo y conducción de nuestras fuerzas.17
El 14 de enero de 1958, Benítez le escribió por
última vez a Perón: “¿Qué ha hecho Usted, mi General? ¿Cómo ha podido caer en
seme-jante abismo? ¿Usted, precisamente Usted, a quien aterró el abismo y lo
derrocó del poder y lo arrojó al destierro? Convertido Usted en pregón de
crímenes y muertes, ¿no ve que está creando el más profundo e insal-vable
abismo en toda la historia argentina?”18 Perón no le respondió.
Benítez consideraba que la renuncia de Perón en
1955, el hecho de haber desistido a dar la pelea, se debía a su incapacidad (el
pánico) para actuar frente a la profundización de las contradicciones sociales
y políticas en la Argentina, frente a la polarización que su propia política
había contribuido a generar (el abismo). Ahora bien: ¿qué pretendía
15 Carta de Hernán Benítez a Juan Domingo Perón
del 14 de abril de 1957. En Cichero, Marta, Op. cit., pp. 297-311.
16 Carta de Juan Domingo Perón a Hernán Benítez
del 19 de mayo de 1957: En:
Cichero, Marta, Op. cit., pp. 311-321.
17 Carta de Juan Domingo Perón a Hernán Benítez
del 4 de septiembre de 1957. En Cichero, Marta, Op. cit., pp. 322 y 323.
18 Carta de Hernán Benítez a Juan Domingo Perón
del 14 de enero de 1958. En:
Cichero, Marta, Op. cit., p. 339.
104
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Benítez de Perón? El sacerdote se ubicaba en una
aporía típica del nacionalismo populista, de los reformismos o de los
“progresismos” de Nuestra América. Porque, si le reprochaba a Perón el hecho de
no haberse “jugado por el pueblo” en 1955, debía aceptar que esa circuns-tancia
exigía la profundización de las contradicciones, implicaba tensionar más,
radicalizar el proceso. Pero si quería que Perón jugara un rol armonizador e
integrador, debía reconocer que eso significaba dar marcha atrás en muchas de las
políticas favorables a los intereses de los trabajadores y las trabajadoras.
Jauretche, más cercano a las posiciones
“pacifistas” de Benítez y en desacuerdo con los comandos, también se oponía a
Cooke. El viejo nacio-nalista, el fundador de FORJA en la década infame, por
quien Cooke guardaba un profundo respeto y una gran admiración intelectual,
comen-zaba a cuestionar, abiertamente, la conducción de Perón. Jauretche estaba
vinculado a John y a su familia desde principios de la década del
40. Estaba en
condiciones de reconocer las capacidades de Cooke. El
“Querido Gordo” con el que Jauretche iniciaba sus
cartas a Cooke era una señal de una relación muy cercana. En una carta del 15
de octubre de 1956 lo elogiaba y aprovechaba para criticar a Perón: “Es la
primera vez que se fija en alguien que vale y debe ser porque no está en
libertad de acción”.19 Obviamente, se refería al respaldo otorgado a Cooke por
parte de Perón.
Pero Jauretche tampoco estaba de acuerdo con la
táctica insurrec-cional. Creía que esta era inconducente y acusaba a los
dirigentes pero-nistas que la impulsaban −Cooke entre ellos− de sacrificar a
los mili-tantes en forma estéril. Por otra parte, al igual que Scalabrini
Ortiz, consideraba al voto como la única arma, junto a la “resistencia pasiva”.
Después del golpe de 1955, Jauretche había apostado
a consolidar la posición de Alejandro Leloir −enemigo político de Cooke− y a
gestar una nueva conducción local independiente del caudillo proscripto. Para
Cooke, Perón seguía siendo el único factor de cohesión y unidad en una
coyuntura caracterizada por la presencia de fuerzas centrífugas.
En carta al padre Benítez, Jauretche expuso su
desacuerdo con las directivas del Comando Superior. Sostuvo que la dictadura
militar indefectiblemente saldría favorecida en una “carrera de jacobinos”,
desestimaba los métodos “terroristas”, se oponía a los planteos “clasistas” del
Comando Superior, al tiempo que se perfilaba como un promotor temprano de la
idea de un “Frente Nacional”, integrado por los trabajadores y las clases
medias.20 Una idea que, en su caso, tenía
19 Carta de Arturo Jauretche a John William Cooke
del 15 de Octubre de 1956. En:
Cichero, Marta, Op. cit., pp. 134 y 135.
20 Carta de Arturo Jauretche al Padre Hernán
Benítez, del 25 de julio de 1956. En:
105
MIGUEL MAZZEO
un significado político bien concreto, que era la
apuesta a favor de una alianza con grupos neoperonistas, con sectores
nacionalistas católicos que respondían al General Justo León Bengoa, ex
ministro de Lonardi, y con el frondicismo.
Jauretche, además, se aproximaba a las tesis
“etapistas” que soste-nían que, en Nuestra América, era inviable una revolución
socialista y que las circunstancias exigían el desarrollo de una lucha nacional
de la clase trabajadora en alianza con las clases medias y con la “burguesía
nacional”. Un planteo compartido por el nacionalismo populista y los partidos
comunistas. Para Jauretche, el problema era la disolución del Frente Nacional
que alguna vez logró estructurarse en torno al pero-nismo. Una visión nostálgica,
o mejor: idealista, que sólo podía percibir entes estáticos. Esta visión se
ponía de manifiesto en su insistencia respecto de la necesidad de sumar a las
Fuerzas Armadas y a la Iglesia. Decía Jauretche: “Éramos el partido con todas
las condiciones deseadas por los teóricos de la revolución nacional,
proletariado unido a las clases progresistas, es decir a los sectores del
capitalismo vinculados al desarrollo del mercado interno”.21 Con relación a las
Instrucciones dijo que “tienen la misma puerilidad de las instrucciones
anarquistas y comunistas de la época romántica: proletariado solo contra
ejército, clase media, burguesía y aristocracia, etc. y los medios tácticos
aconse-jados corresponden al mismo estilo mental. Macaneo trozco-malates-tista
de quien por otra parte no cree en el planteo social revolucionario”.22
Para Cooke, ese Frente Nacional ya existía y era el
propio peronismo. Luego, el problema era la invalidad de ese Frente en las
condiciones de la Argentina de fines de la década del 50. Finalmente creía, por
lo menos en ese tiempo, que Perón podía ser ganado para un planteo
revolucionario.
Como señala Daniel Sorín: “El razonamiento de
Jauretche chocaba con la realidad. El peronismo no prescindió de la burguesía,
sino que la burguesía prescindió del peronismo”.23
La posición por asumir frente a las elecciones de
convencionales constituyentes generó uno de los primeros cortocircuitos entre
Cooke (como delegado) y Perón. Las directivas de Perón ya comenzaban a ser
contradictorias. Por un lado, el exiliado General propiciaba el voto en blanco
o anulado y, por el otro, la abstención. Cooke, que venía
Cichero, Marta, Op. cit., pp. 103, 104 y 105.
21 Carta de Arturo Jauretche a John William Cooke
del 15 de Octubre de 1956. En:
Cichero, Marta, Op. cit., p 132.
22 Ibídem, p. 134.
23 Sorín, Daniel, Op. cit. p. 305.
106
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
orientando los esfuerzos y las instrucciones
políticas hacia la primera opción, se enteró de una directiva de Perón, que
llegó a la Argentina desde Caracas a través del ex diputado peronista Eduardo
Colom, que sostenía que quien concurriera al comicio respaldaba a la Tiranía y
que votar era traicionar al pueblo. Cooke le dijo a Perón que, en las
condiciones impuestas por la clandestinidad, era imposible rectificar en pocos
días una línea de trabajo de meses. También le expresó que el exceso de
directivas (para colmo de males, contradictorias) era una de las calamidades
más terribles que afectaban al peronismo.
Cooke consideraba que el repudio a la Convención
Constituyente podía expresarse por igual recurriendo al voto en blanco, a la
absten-ción y a la anulación del voto. No veía inconvenientes en que se
promovieran una u otras, pero le parecían contraproducentes los alineamientos
rígidos y la descalificación entre ellas. Las diferentes alternativas eran una
cuestión menor, lo importante era evitar la divi-sión del peronismo. Pero otros
dirigentes no lo interpretaban así. El mismo Perón, sin ir más lejos.
A pesar del fraccionamiento del peronismo en
distintas posturas: abstención, anulación, voto por la Unión Cívica Radical
Intransigente (UCRI) y voto en blanco, el hecho más destacable fue que
2.119.147 de sus más fieles seguidores optaron por la última alternativa. La
UCRI obtuvo 1.821.459 votos y la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP),
2.117.160 votos. Se registró un alto nivel de abstenciones, aproximada-mente un
10%, situación más marcada en algunas provincias.
Cooke realizó un balance moderadamente optimista de
las elec-ciones. Consideraba una verdadera hazaña haber logrado que más de dos
millones de ciudadanos y ciudadanas votaran blanco, pero no dejaba de reconocer
la fuerza del resto de los partidos en conjunto. Asimismo, percibía que la
semilegalidad había potenciado a la “línea blanda” del Movimiento y que este
contexto más permisivo no había sido suficientemente aprovechado por la “línea
intransigente” para extender lo que llamaba el “aparato subversivo”.
Para Cooke, tanto el proceso electoral como el
resultado de las elec-ciones, por encima de las conclusiones más apresuradas y
de la forta-leza aparente del peronismo, planteaban serios inconvenientes de
cara a las elecciones presidenciales de febrero de 1958. Veía una pléyade de
dirigentes ávidos de traficar con los votos peronistas y constataba lo
inadecuado de las estructuras clandestinas del Movimiento en función de las
necesidades de las luchas sociales y políticas que se avecinaban. Consideraba,
por otra parte, que la organización sindical no estaba en condiciones de
sostener una huelga general revolucionaria y de ofrecer
107
MIGUEL MAZZEO
un factor insurreccional sólido. Además,
vislumbraba que Frondizi, líder la UCRI, a diferencia de las elecciones de
julio, iba a contar en las presidenciales de febrero de 1958 con más argumentos
para obtener votos de los peronistas. Frondizi y la UCRI, a diferencia de
Ricardo Balbín y la UCRP, aparecían como críticos de la dictadura militar, más
proclives a la integración del peronismo.
El discurso asumido por Frondizi después de las
elecciones de 1957 se centró en la idea del “Frente Nacional”. Establecía un
recio vínculo entre los votos en blanco (del peronismo) y los votos afirmativos
contra la Convención Constituyente (los votos de la UCRI). Sostenía que ambos,
en definitiva, constituían una única y clara manifestación de repudio al
continuismo de la dictadura, al “continuismo oligárquico”. De este modo,
Frondizi, a pesar de los guarismos, se presentaba como el verda-dero vencedor y
le adjudicaba a su proyecto el respaldo de la friolera de 4 millones de votos.
En forma paralela, hacía pública su confianza en que la actitud pasiva –aunque
justificada y hasta reverenciada– que había reflejado el voto en blanco en las
elecciones de 1957 se convertiría en gesto positivo en las elecciones
presidenciales de febrero de 1958.
Rogelio Frigerio, uno de los principales cuadros
intelectuales del proyecto de Frondizi, comenzó a visitar asiduamente al
delegado Cooke en las diversas cárceles que lo alojaron.
De este modo, la coyuntura planteaba una opción de
hierro: la insu-rrección inmediata o un acuerdo político. En el “Informe
General y Plan de Acción” que envía a Perón el 28 de agosto de 1957, Cooke
sostenía:
Estamos en presencia de dos frentes, el oligárquico
y el popular, de valor número casi equivalente; pero el primero de ellos tiene,
además, la fuerza de las armas; por lo tanto, es ridículo pensar en la
insurrec-ción después de unos comicios que han favorecido a la Tiranía y le han
dado aliento para llevar adelante su plan político.
[…]
Cerrado el camino insurreccional inmediato, no
podemos pensar en mantener la unidad mediante un nuevo voto en blanco que dé el
triunfo a la Tiranía. Hay que buscar una solución de tipo político. [Obras
Completas, Tomo II, p. 252].
Más adelante, se preguntaba respecto de la
existencia de condi-ciones para una insurrección y concluía lapidario:
…todavía no hemos alcanzado una conciencia
insurreccional que haya prendido en el movimiento como única salida, ni el
grado de descomposición de nuestros enemigos indica que su capacidad de
resistencia y de lucha se haya rebajado de una manera sustancial. [Obras
Completas, Tomo II, p. 294].
108
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En términos más clásicos, Cooke decía que no
estaban dadas las condiciones objetivas y tampoco las subjetivas. Asumía
entonces la opción por el acuerdo pero sin engullir el embuste frondicista del
“Frente Nacional”. No abjuraba del camino insurreccional pero apostaba a un
período de semilegalidad que debía servir para generar las estructuras
adecuadas y superar las debilidades organizativas del Movimiento. “La
insurrección no es posible en este momento; pero sí la política
insu-rreccional”, decía en su carta a Perón del 28 de agosto de 1957 [Obras
Completas, Tomo II, p. 302]. Se dejaba de lado la idea de una insurrección
inmediata y se optaba por una política insurreccional de largo aliento. Se
corría el eje de las acciones de los comandos clandestinos a las luchas
gremiales politizadas. De esta manera, Cooke comenzó a concebir la insurrección
como la culminación de un largo proceso de acumulación política; una “política
insurreccional de masas”, no de pequeños grupos aislados según sus propios
términos, no como un hecho único, rotundo y espectacular, o como una variable
del pustchismo.
Perón, rigurosamente pragmático, era escéptico
respecto de los planes de largo plazo de Cooke. Podría decirse que Perón era
escép-tico respecto de cualquier plan de largo plazo. No lo abrumaba el largo
plazo, no le producía ninguna ansiedad intolerable, pero confiaba en el tiempo,
más que en los planes. En líneas generales, Perón aprobaba los planes de Cooke,
pero lo invitaba a aplicarlos, o a “ejecutarlos”, utili-zando un término propio
del léxico castrense del General. Y el prin-cipal problema era que la aplicación
de los planes de Cooke exigía de parte Perón un conjunto de acciones, palabras
y de gestos políticos que el General evadía sistemáticamente.
Entre fines de agosto y principios de septiembre de
1957, el inter-ventor de la CGT convocó a un congreso al que concurrieron los
gremios normalizados. Al no reconocer el oficialismo a la mayoría peronista, el
congreso se fracturó: por un lado quedaron “las 62 organizaciones” (peronistas
y comunistas) y por el otro “las 32” (los gremios “democrá-ticos” u
oficialistas). Poco más tarde los sindicatos comunistas se sepa-raron de las 62
y constituyeron “las 19” o el Movimiento de Unidad y Coordinación Sindical (MUCS),
un corriente pequeña, pero importante.
En el campo del sindicalismo, la normalización de
los gremios posibilitó la emergencia de una nueva camada de dirigentes
pero-nistas jóvenes y combativos, la “línea dura”: Sebastián Borro, Jorge Di
Pasquale, Andrés Framini, Atilio López, Amado Olmos, Gustavo Rearte, Felipe
Vallese, entre otros, muchos de ellos cercanos a Cooke. Aunque también
aparecían hombres como José Alonso, José Ignacio Rucci y Augusto T. Vandor, que
luego serían los referentes más cons-picuos de la burocracia sindical y la
derecha peronista. Claro que en
109
MIGUEL MAZZEO
ese contexto inmediatamente posterior a la caída de
Perón no era tan sencillo establecer líneas divisorias al interior de esa
camada. Todos eran parte del proceso de la Resistencia Peronista. Los viejos
diri-gentes, aquellos que habían hecho la experiencia del peronismo en el
gobierno, se mostraron altamente inadecuados e incompetentes para las nuevas
condiciones, prácticamente desaparecieron de la historia.
En el año 1957, en la provincia de Córdoba, los
sindicatos más combativos reunidos en un plenario nacional de delegaciones
regio-nales de las 62 organizaciones, elaboraron el “Programa de La Falda”, que
sintetizaba la experiencia de las luchas sindicales de los últimos años y que
proponía definiciones antioligárquicas y antiimperialistas.
Entre otros ítems que merecen ser subrayados, el
programa apro-bado en La Falda incluía: el “control estatal del comercio
exterior sobre las bases de la forma de un monopolio estatal”, la “liquidación
de los monopolios extranjeros de importación y exportación”, el desarrollo del
mercado interno, de la industria liviana y pesada, el aumento de los salarios y
del consumo popular, la “expropiación del latifundio” y la “extensión del
cooperativismo agrario”, el “control obrero de la produc-ción”, la participación
de los trabajadores en la planificación económica y en la dirección de las
empresas (públicas y privadas), la “libertad de elegir y ser elegido sin
inhabilitaciones” (y sin proscripciones), la “soli-daridad de la clase
trabajadora con las luchas de liberación nacional de los pueblos oprimidos”,
etcétera.24
En forma paralela se constituyó la Mesa Ejecutiva
de la Juventud Peronista (JP) de la que participaban Carlos Caride, Envar El
Kadri, Norma Kennedy, Gustavo Rearte, Jorge Rulli, Héctor Spina, Felipe
Vallese, entre otros y otras. Este colectivo intentó una unificación de
diversos grupos de la juventud.
A comienzos de 1960, el militante de la Juventud
Peronista Maximiliano Mendoza fue arrojado con vida desde un tercer piso del
Departamento Central de Policía. Este hecho aberrante aceleró los tiempos y el
grupo asumió la necesidad de realizar acciones armadas. Meses más tarde se
producirá un asalto a la guardia de una obra de construcción de viviendas
destinadas el personal aeronáutico en la localidad de Ezeiza, en la provincia
de Buenos Aires. En 1961 lanzarán la revista Trinchera. En 1963 surgieron el
Movimiento de la Juventud Peronista (MJP) y la Juventud Revolucionaria
Peronista (JRP), nuclea-mientos encabezados por El Kadri y Rearte
respectivamente.
24 Véase: “Programa de La Falda. Plenario nacional
de delegaciones regionales de la CGT y de las 62 organizaciones. La Falda,
Cordoba. 1957”. En: Baschetti, Roberto, (Recopilación y prólogo), Documentos de
la Resistencia Peronista. 1955-1970, Buenos Aires, Puntosur, 1988, pp. 66-69.
110
9- De la encrucijada táctica
a la definición de una estrategia
Toda elección es un reto a lo vago, a la maldición,
al infinito. Los hombres necesitan puntos de apoyo, quieren la certeza cueste
lo que cueste, incluso a expensas de la verdad.
Emile Ciorán
Como delegado, Cooke se enfrentó tanto a los
sectores moderados, políticos y sindicales del peronismo –esto es: la línea
“blanda”–; como a una parte de los más duros de los duros: la línea “diamante”
–como la definió Lagomarsino–, representada por algunos comandos.
Después de la Convención Constituyente de Santa Fe
de 1957, Cooke fue uno de los artífices de la firma del pacto con Frondizi, que
había retirado a los convencionales de su partido de dicha asamblea,
desle-gitimándola aún más de lo que ya estaba. A través del pacto, en líneas
generales, Perón se comprometía a instruir al peronismo a través de sus
directivas para que votase a favor de Frondizi. Este último, por su parte,
prometía una amnistía para los peronistas, la anulación de la legisla-ción
represiva, la devolución de los sindicatos, el reestablecimiento de la CGT y la
legalización “gradual” del peronismo.
Esta posición −votar al candidato de la UCRI−
enfrentaba a Cooke con Marcos y Lagomarsino, que propugnaban la abstención (la
“Gran abstención”) y la insurrección como única posibilidad y que persis-tían
en continuar con la línea intransigente e incluso profundizarla. Hubo un tiempo
en el que, al decir de Ernesto Salas, Cooke fue acusado de traicionar la
revolución,1 fue tildado de “blando”. La intención de Cooke era lograr la
complementariedad entre los comandos (el aparato
1 Véase: Salas, Ernesto, “Cuando John William
Cooke fue acusado de traicionar la revolución”. En: Mazzeo, Miguel
(Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina),
Op. cit. pp. 27-48.
111
MIGUEL MAZZEO
clandestino) y el movimiento semilegal, pero
fracasó sistemática-mente en su intento por conciliarlos. Las diferencias no
sólo respon-dían a aspectos tácticos. Comenzaban a pesar las disputas menores,
los choques de egos, las rencillas personales. El mar de fondo era la
imposibilidad del liderazgo delegado, con el agravante no menor de la
distancia. Era la dificultad de sobrellevar la carga de haber sido inves-tido
por Perón. Diez años más tarde, Cooke expresará, de modo termi-nante (y
absolutamente consciente), esta desventaja. En carta de enero de 1966 le dirá a
Perón: “Yo no puedo hablar ‘como’ Perón, de la misma manera que no puedo suplantar
a Perón en su liderazgo de las masas” [Obras Completas, Tomo II, p. 628]. Pero,
en un primer momento, creyó que podía decir la palabra definitiva en nombre de
Perón.
En ese sentido, Salas afirma:
En cuanto a los “comandos de la resistencia”, la
orden de Perón fue resistida por muchos de ellos. El abandono del
votoblanquismo signi-ficaba, para ellos, el abandono de la línea de
intransigencia llevada hasta ese momento. Entre ellos, el Comando Nacional
Peronista desobedeció abiertamente las indicativas lanzadas por el Comando
Táctico de John William Cooke y organizó abiertamente una campaña
para el voto en blanco.2
Marcos y Lagomarisno se opusieron duramente al
Comando Superior (a Perón y a Cooke), al que le adjudicaban una orientación
“centrista”. Marcos le escribió a Lagomarsino el 8 de octubre de 1957: “Contra
viento y marea, a riesgo de perder gente, a pesar de que aparen-temente existen
otros frentes de lucha más interesantes, nuestro único objetivo actualmente es
la guerra al Comando Superior”. En la misma carta le decía que el “El Gordo no
entiende nada”, y que “El Gordo no es de tiro largo, ni es orgánico, ni mucho
menos tiene ninguna idea concreta de la realidad”.3
Marcos volvió a escribirle a Lagomarsino, cuatro
días más tarde y agregó:
El Gordo no es idiota. Si el viera realmente cómo
es el proceso y el desarrollo del movimiento de masas, no se jugaría a la
salida electoral. Lo que pasa es que ignora las leyes y las normas del
movimiento insu-rreccional. Y como las ignora, no las ve desarrollarse clara y
rotunda-mente con el rigor y la precisión que nosotros la percibimos.
2 Salas, Ernesto, La resistencia peronista: la
toma del frigorífico Lisandro de la Torre, Tomo I, Buenos Aires, CEAL, 1990, p.
57.
3 Carta de César Marcos a Raúl Lagomarsino, del 8
de octubre de 1957. En: Cichero, Marta, Op., cit., p. 159.
112
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Por eso, finalmente, no cree en la insurrección
popular como único camino.
[…]
Entonces ¿en qué cree? Cree en un futuro disociado
de este presente. Un futuro hecho por el C.S. en base a formulaciones
subjetivas, desco-nectadas de la realidad de hoy.4
Marcos arremetía contra su viejo amigo y compañero.
Repentinamente descubrió en Cooke a un sujeto ignorante, a un inte-lectual
pequeño burgués, a un creador de superestructuras burocrá-ticas y formalistas;
lo acusó de querer “embellecer” a Frondizi, y otras linduras por el estilo. Se
refería a él sarcásticamente como el “Gran jefe transcordillerano” (recordemos
que Cooke se instaló en Chile después de la fuga del penal de Río Gallegos) o
el “Doctor”. El apodo “Gordo” pasó a tener otras connotaciones, menos cariñosas.
En términos muy similares se expresó en el
documento titu-lado “Del obscuro instinto de las masas” que le envió a Perón
como versión alternativa al “Informe general y plan de acción” de Cooke, y que
Perón no respondió. Marcos consideraba que el “desencuentro teórico-doctrinario
entre el pensamiento y la terminología de la Conducción y la actitud de las
masas” se explicaba por las limitaciones de quienes asumían la responsabilidad
del mando (léase: Cooke), dado que estos eran: “exponentes de una mentalidad de
las clases medias”, o eran “profesionales” o entraban “en la típica
clasificación de intelectuales”.5 En una farragosa combinación de anarquismo y
nacionalismo, Marcos proponía un culto de la acción directa espon-tánea, un
clasismo simplista centrado en elementos accesorios, una apología de la
irracionalidad de las masas (de su “obscuro instinto”). Para Marcos, Cooke era
el exponente de una dirección centrista, que le abría la puerta a los
“blandos”.
Evidentemente, hay diferencias que van más allá de
la cuota de fervor puesta en juego en relación a la línea insurreccional o a la
vía legal que, en última instancia, podían derivarse de situaciones y/o
lecturas coyunturales. Es claro que hay otras cosas en juego, más íntimas y
tortuosas. No es casual que la ruptura entre ellos tenga lugar cuando Cooke se
convirtió en delegado y en interlocutor privi-legiado de Perón.
En medio de ese desconcierto generalizado, de dudas
y vacilaciones, el cura Benítez acusó a Cooke de querer entregar el peronismo a
Frondizi.
4 Carta de César Marcos a Raúl Lagomarsino, del 12
de octubre de 1957. En: Cichero, Marta, Op., cit., pp. 162 y 163.
5 Véase: Cichero, Marta, Op. cit., p. 172.
113
MIGUEL MAZZEO
Por su parte, Jauretche y Scalabrini Ortiz se
acercaron al frondi-zismo. El pacto Perón-Frondizi hizo que coincidieran con
Cooke, pero lo que para este último era una concesión táctica, circunstancial y
onerosa, para los viejos forjistas revestía carácter estratégico y depo-sitaban
grandes expectativas en sus efectos. Jauretche vio en el pacto un rasgo de
lucidez política, de Perón y de Cooke. Y en carta del 9 de agosto de 1957 le
hizo saber a Cooke que el pacto le parecía una política correcta, al tiempo que
le recomendaba cuidarse de los trotskistas y superar el espíritu sectario.6
En 1957 Jauretche y Scalabrini Ortiz asumieron
posiciones “concu-rrencistas”, apoyaron a la UCRI en la Constituyente y
comenzaron a colaborar con la revista Que –en algunos aspectos comparable a de
De Frente, y no sólo desde lo formal–, orientada por Frigerio. Scalabrini Ortiz
incluso llegó a ser uno de sus directores durante un breve lapso. Por supuesto,
apoyaron la candidatura de Frondizi en las elecciones de 1958 y le dieron letra
filo-peronista a la campaña presidencial.
Similar fue el caso de Prieto, ex colaborador de
Cooke en el Comando Adelantado, protagonista de las negociaciones que derivaron
en la firma del pacto con Frondizi. Ya con Frondizi y Frigerio en el gobierno,
Prieto se convirtió en uno de los principales detractores de Cooke, como quedó
reflejado en su libro El pacto (Buenos Aires, En Marcha, 1963) y en su
“Análisis crítico” a la Correspondencia Perón-Frigerio, 1958-1973 (Buenos
Aires, Macacha Güemes, 1975). Prieto, un personaje mínimo, en sus testimonios
se atribuye roles destacados en el proceso que derivó en la firma del pacto.
Prácticamente se presenta como un factotum del mismo, se jacta de sus
capacidades de incidir en las deci-siones de Perón, al tiempo que intenta
desdibujar el papel de Cooke.
Años más tarde, Prieto juzgará retrospectivamente a
Cooke como un hombre cercano a “la posición típicamente anarquista del ‘cuanto
peor, mejor’…”, como un utópico “en materia político social”, que después del
año 1958 no hizo más que deslizarse por “un tobogán que lo condujo a la
provocación en los episodios del frigorífico Lisandro de la Torre y lo arrastró
luego al liderazgo formal de la izquierda declamativa y, final-mente, a la
servidumbre del castrismo de exportación”.7 Por su parte Cooke, tempranamente,
catalogará a Prieto como un agente del frige-rismo infiltrado en el peronismo.
También es el caso de Emilio Perina. Pero estos últimos, a diferencia de
Jauretche y Scalabrini, se pasarán al bando desarrollista. Muy poco tiempo
después, otros importantes
6 Carta de Arturo Jauretche a John William Cooke
del 9 de agosto de 1957. En:
Cichero, Marta, Op. cit., p 136.
7 Prieto, Ramón: “Análisis crítico”. En:
Correspondencia Perón-Frigerio, 1958-1973, Buenos Aires, Macacha Güemes, 1975,
pp. 15 y 16.
114
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
dirigentes del peronismo seguirán por la misma
senda. Gomis, compa-ñero de Cooke en la fuga del Penal de Río Gallegos y por un
tiempo su asesor en asuntos gremiales, levantará una importante huelga
petrolera realizada en oposición a los contratos de Frondizi. Antonio Carulla,
de la Unión Tranviaria, prácticamente saboteará la huelga general de enero de
1959 y retaceará el apoyo a la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre.
Finalmente, el pacto Perón-Frondizi se celebró en
Caracas, los primeros días de 1958. En representación de Frondizi firmó
Frigerio. Cooke estuvo presente, intervino en las negociaciones y fue uno de
los firmantes del pacto. También estaba presente Alicia. A sabiendas de que era
un simple formulismo, se comprometieron a mantener en secreto el pacto. El
Comando Superior Peronista hizo llegar las instruc-ciones a los peronistas,
convocándolos a votar por Frondizi. Aclaraba que era una forma de repudiar al “Grupo
de Ocupación”, un acto de “táctica política” que no implicaba depositar
expectativa alguna en Frondizi. En las elecciones presidenciales la Fórmula
Frondizi-Gómez (UCRI) obtuvo 3.983.478 votos –peronistas, en un alto
porcentaje– mientras que la fórmula Balbín-Del Castillo (UCRP), se quedó con
2.526.611 votos.
El 23 de enero de 1958, una rebelión cívico-militar
derrocó al dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Perón y Cooke se
refu-giaron en la embajada de la República Dominicana. Como era usual la
asociación entre el peronismo y el perezjimenismo, un grupo enar-decido amenazó
con tomar la embajada. A instancias del embajador, Perón logró salir en un
avión especial rumbo a Ciudad Trujillo. Cooke llegó unos pocos días más tarde.
El nuevo destino seguramente le pesaba a Cooke. En
efecto, a sus ojos, los anfitriones de Perón no hacían más que desacreditarlo.
Además, estaba convencido (con razón) de que Perón de ningún modo era
asimilable a dictadores como Pérez Jiménez o Leonidas Trujillo. Pero el General
parecía no percatarse de tales desemejanzas. Con la caída de Trujillo, en 1960,
era lógico que la España de Francisco Franco no desentonara como nueva estación
del exilio.
115
10- Aquí están, estos son, los fusibles de Perón
La burocracia, en efecto, es el Otro erigido en
principio y en medio de gobierno.
Jean Paul Sartre
Al poco tiempo de asumir Frondizi la presidencia de
la Nación, los viejos forjistas –Jauretche, Scalabrini Ortz– debieron reconocer
que el “desarrollismo” estaba muy lejos de ser la encarnación del frente
nacional y popular antiimperialista que imaginaban. El idilio con el
frondizismo, compartido con otros sectores de izquierda y progre-sistas, se
acabó abruptamente con el lanzamiento de un paquete de medidas antinacionales y
antipopulares. En especial con la firma de los contratos petroleros y también
con la sanción de una nueva Ley de Enseñanza que favorecía a la Iglesia
Católica. Este último asunto dividió al estudiantado durante meses. Hubo
fuertes enfrentamientos entre los defensores de la educación laica y los
partidarios de la educación libre (religiosa) finalmente beneficiados por
Frondizi. Este conflicto constituyó una instancia de politización de toda una
generación.
Por cierto, Perón y Cooke nunca habían creído en
Frondizi. No cabe situarlos entre los que se sintieron “estafados” por
Frondizi. No sufrieron ningún tipo de desengaño político. Nunca le pidieron
peras al olmo. Cabe el contraste con el PCA que, en su diario La Hora, el día
de la asunción de Frondizi, no había ahorrado hipérboles y tituló: “El pueblo
entró al gobierno”.
En junio de 1958, el peronismo retomó la línea
intransigente y rati-ficó un perfil opositor que se irá profundizando
aceleradamente. En noviembre, el gobierno decretó el Estado de Sitio... Pero
Cooke estaba políticamente desgastado. La semilegalidad también se lo devorará
a él. El territorio político que instituyó la semilegalidad promovió a
diri-gentes que eran la antítesis exacta de Cooke. Él no encontó un espacio
117
MIGUEL MAZZEO
para desplegar una acción política que preservara
la línea intransigente pero sin abrirle las compuertas a la línea blanda. Tal
vez ese espacio era inviable en el peronismo de la segunda mitad de la década
del 50.
Según Ernesto Salas, Perón “deseaba que fuera Cooke
quien, en el terreno de las operaciones, recibiera la críticas, preservando su
imagen de las posibles divergencias que ya se iban perfilando en el movimiento:
Cooke pasó a ser el fusible de Perón, quien, al mismo tiempo, lo instaba a que
no actuara como jefe de una facción, sino de todo el movimiento”.1 Algo
absolutamente imposible, aun para el dirigente político con más discernimiento
y audacia que podamos concebir.
Perón supo, desde el momento en que lo firmó, que
si el pacto con Frondizi no suministraba los réditos políticos suficientes, el
que pagaría los costos sería el delegado. Pero el juego era claro para ambos.
Cooke también lo sabía. No ignoraba que las alas que el General le había
prestado eran las de Ícaro. Era absolutamente consciente de su condición de
“fusible”, de pieza intercambiable, y no estaba dispuesto a tomar iniciativas
que contribuyeran a debilitar el liderazgo de Perón. Por cierto, tampoco lo haría
después, en otros escenarios.
Por ejemplo, en carta del 7 de junio de 1958, Perón
le escribió:
Si esto llega a fallar, sus enemigos han de
otorgarle a usted toda la responsabilidad y es seguro, que lo anularán y
destruirán. No olvide que ellos han tendido sus líneas por si esto falla,
preparando en sus diarios y revistas un ambiente propicio para poder decir, en
el momento oportuno, que usted es el inspirador de los acuerdos y
responsable del fracaso [Obras Completas, Tomo II,
p. 365].
El mismo día, pero en otra carta, Perón le comunicó
su decisión de formar un “equipo de ejecución”. Unos pocos días más tarde, el
18 de junio, le escribió: “No vaya a creer que pienso que usted no anda bien,
todo lo contrario, comete errores, en mi concepto atribuibles a su falta de
experiencia pero, para eso estoy yo y si me hace caso, no tenga la menor duda
de que todo saldrá bien” [Obras Completas, Tomo II, pp. 374 y 375]. Cooke,
gradualmente, comenzaba a ser relevado de sus funciones.
Mientras, Cooke se mantuvo al frente de la División
Operaciones, como encargado de las acciones insurreccionales, pero las
funciones políticas quedaron en manos de una Delegación del Consejo Superior.
El enfren-tamiento entre Cooke y la Delegación fue inevitable. Y muy
desgastante para el primero, lo que se puede apreciar en la correspondencia con
Perón.
1 Salas, Ernesto, “Cuando John William Cooke fue
acusado de traicionar la revolución”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de
vuelta (El gran descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 35.
118
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Poco después, Perón creó el Consejo Supervisor y
Coordinador del Peronismo, integrado por: Carlos V. Aloé, Rodolfo Arce, Oscar
Bidegain, José Constantino Barro, Juan Carlos Brid, Manuel Damiano, Delia D. de
Parodi, Adolfo Phillipeaux, Alberto Rocamora, Ceferino Rodríguez de Copa, Pedro
San Martín, María Elena Solari de Bruni, Fernando Torres, Julio Troxler. El
Consejo limitaba aún más el margen de maniobra de Cooke. En sus cartas de los
últimos meses del año 1958, Perón no ahorró las críticas hacia el Bebe. Le
señalaba sus errores de conducción, le echaba en cara el pacto con Frondizi,
cuestionaba el papel de algunos de sus colaboradores. Una típica maniobra
indirecta de descalificación. Atrás quedaba el tiempo de la
“consustancialidad”, de la “unidad de concepción” que obraba milagros.
En diciembre de ese año, Perón, prolongando el tono
de reproche, insistió en la necesidad de salir de la inacción y en tomar la
iniciativa descargando una acción organizada contra el gobierno de Frondizi.
A comienzos de 1959 se produjo la huelga de los
trabajadores del gremio la carne (los del Frigorífico Nacional2) y la toma del
Frigorífico Lisandro de la Torre en el barrio porteño de Mataderos, a raíz del
anuncio de privatización por parte del gobierno. A fines de 1958 Cooke había
decido abandonar el exilio uruguayo y asumir los riesgos de la clandestinidad
en la Argentina: entendía que la huelga requería su presencia en el teatro de
operaciones.
A pesar de que Sebastián Borro, uno de los
principales dirigentes del conflicto, respondía al Comando Nacional (a Marcos y
Lagomarsino); aunque se le negó la posibilidad de hablar en una asamblea, Cooke
apoyó el conflicto y contribuyó con la organización de una huelga general de la
que participaron las “62” y el MUCS, retomando así una línea insurreccional.
Redactó, además, la proclama del 17 de enero, donde planteó:
Esta huelga es política, en el sentido de que
obedece a móviles más
amplios y trascendentes que un aumento de salarios
o una fijación
de jornada laboral. Aquí se lucha por el futuro de
la clase trabajadora y por el futuro de la nación. Los obreros argentinos no
desean ver a su patria sumida en la indignidad colonial. […] En un país
some-tido al capital foráneo, no hay posibilidades de desarrollo nacional.
Tampoco puede existir una justa participación de la clase trabajadora en la
conducción política, ni en el reparto del producto social [Obras
Completas, Tomo IV, p. 117].
2 Existía también la Federación de la Carne, que
nucleaba a los trabajadores del sector privado. El Sindicato del Frigorífico
Nacional nucleaba a los trabajadores y a las trabajadoras del sector estatal,
específicamente del Mercado de Liniers y del Frigorífico Lisando de la Torre.
119
MIGUEL MAZZEO
A las versiones oficiales que acusan a los
huelguistas de utilizar métodos “subversivos”, y que abierta o subrepticiamente
pretendían justificar una dura represión, Cooke les respondió:
Si los medios de lucha que ha usado [la clase
trabajadora] no son del agrado de los personajes que detentan posiciones
oficiales, les recor-damos que los ciudadanos no tienen la posibilidad de
expresarse demo-cráticamente y deben alternar entre persecuciones policiales y
elec-ciones fraudulentas […] No sé si este movimiento nacional de protesta es
subversivo, eso es una cuestión de terminología, y en los países coloniales son
las oligarquías las que manejan el diccionario [Obras Completas, Tomo IV, p. 118].
La intervención irascible y desmedida de las
fuerzas de seguridad –que no vacilan en ingresar al Frigorífico con blindados–
hizo que el conflicto se extienda por todo el barrio de Mataderos −solidario
con los trabajadores y las trabajadoras del frigorífico− y las zonas aledañas.
El pueblo del barrio de Mataderos se enfrentó a los tanques, a los carros de
asalto y los bastones de la Guardia de Infantería, a las armas largas de los
agentes de civil de la División Investigaciones, a los policías que cabían en más
de veinte ómnibus. De este modo, el pueblo del barrio de Mataderos escribió con
los actos heroicos de la humanidad común una de las páginas más épicas de la
Resistencia Peronista y de la resis-tencia popular contra la opresión.
La experiencia de la toma del Frigorífico y la
huelga hizo un gran aporte a la deconstrucción del nacionalismo como ideología
de la unidad nacional y de la colaboración entre las clases antagónicas. Al
tiempo que contribuyó a forjarlo como un motivo de discordia entre ellas y como
un componente imprescindible de la subjetividad plebeya en la lucha de clases
en un país periférico.
En este contexto, Cooke comenzó a tener ascendiente
ideológico y político sobre una capa de jóvenes dirigentes sindicales
combativos. Incluso en esas circunstancias se volvió a hablar de “cookistas” o
de “cookismo”, pero ahora la definición adquiría contornos más precisos. Por
ese entonces, tomaron contacto con Cooke dos hermanos preado-lescentes,
Fernando y Juan Manuel Abal Medina, movilizados por el conflicto. Pero la
huelga fracasó y Cooke debió exiliarse en el Uruguay.
El Consejo Supervisor y Coordinador sostuvo
públicamente que la huelga había sido organizada por un sector del peronismo
aliada a los comunistas y que Cooke carecía de autoridad dentro del Movimiento.
Lo calificaron de “loquito y terrorista”. Lo enlodaron hasta lo indecible.
Intentaron demostrar que el delegado, y por lo tanto la huelga general, habían
sido desautorizados por Perón.
120
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Pero lo cierto es que Cooke actuaba en consonancia
con las directivas de Perón. No se apartaba ni un ápice de las mismas. En una
carta del 18 de enero de 1959, desde Ciudad Trujillo, Perón le decía: “Debemos
levantar la más grande agitación y producir los mayores bochinches mientras
Frondizi esté en Estados Unidos. En ello coincido totalmente con Usted, ‘hay
que hacer en grueso’...”.3
Pero el delegado era consciente de que el Consejo
Supervisor y Coordinador actuaba contra él al amparo de posiciones concedidas y
de conceptos vertidos, también, por el propio Perón. Cooke se lo hizo saber en
una carta del 5 de febrero de 1959:
Los peligros inherentes a mi actividad, las medidas
que diariamente se toman contra mi familia y mis amigos, todo eso son riesgos
que siempre he corrido con plena conciencia y forman parte de lo que debe
soportarse cuando se lucha por una causa como la nuestra. Pero las puñaladas
por la espalda, desde el propio Movimiento, al amparo de posiciones otorgadas
por Ud., eso ya es otra cosa, y no puedo silenciar mi enérgica protesta [Obras
Completas, Tomo II, p. 439].
El General no le respondió. Sobrevino un silencio
intenso. La corres-pondencia se interrumpió por un tiempo largo. Perón volvió a
escri-birle recién a fines de julio de 1960, en un contexto totalmente
distinto, para fijar su posición −favorable, aunque como siempre ambigua− con
relación al proceso revolucionario que se desarrollaba en Cuba.
Después de 1959, Cooke comenzó a perder gravitación
política. Dejó de ser el delegado de Perón y fue reemplazado en sus funciones
por el Consejo Supervisor y Coordinador del Movimiento. Oculto en la estancia
de su amigo Facundo Larguía, en Arroyo del Medio, en la provincia de Santa Fe,
o un pequeño chalet en la localidad de Wilde, en Avellaneda, mantendrá
contactos con distintos dirigentes políticos y gremiales del peronismo y la
izquierda. Tratará de reformular la línea intransigente e insurreccional, línea
que Perón ya había abandonado y en la que nunca confió demasiado. Este puede
considerarse como el momento exacto en el que Cooke, objetivamente, deja de
reconocer a Perón como su jefe político, como lo que Cooke denominaba en carta
3 Carta de Juan Domingo Perón a John William
Cooke, Ciudad Trujillo, 18 de enero de 1959. Se trata de una carta que no
figura en Perón - Cooke. Correspondencia, Tomo I y II, tanto en las ediciones
de Papiro (1972) como en la de Parlamento (1984-1985). En el tomo II, en ambas
ediciones, se pasa de una carta fechada el 14 de enero a otra del 5 de febrero
de 1959. Tampoco figura en: Cooke, John William, Obras completas, Tomo
II [Correspondencia
Perón-Cooke], Buenos Aires, Colihue, 2008. [Eduardo Luis Duhalde compilador].
Original en el archivo de Héctor Tristán. Gentileza de Fermín Chávez. Publicada
en: Mazzeo, Miguel, John William Cooke, Textos Traspapelados (1957-1961), Buenos
Aires, La Rosa Blindada, 2000.
121
MIGUEL MAZZEO
al General del 11 de agosto de 1964: “Un
dispensador de mandatos y posiciones” [Obras Completas , Tomo II, p. 581]. Y
aunque no duda de la talla de su liderazgo y sigue depositando expectativas en
un hipoté-tico rol revolucionario de Perón… ¿Puede sostenerse que esas
expecta-tivas se traducían en un reconocimiento hacia el General como
refe-rente estratégico después de 1959 0 1961? Nosotros creemos que no. En todo
caso, se puede afirmar que Cooke abrigó durante un tiempo la expectativa de que
Perón abrazara una estrategia revolucionaria, que la dinámica de los
acontecimientos y de las luchas populares lo condujera gradualmente hacia la
misma.
En la correspondencia –que continuará, aunque con
baches sinto-máticos– Cooke prácticamente abandona la fórmula: “mi querido
jefe”, por: “mi querido General”. Se dirige a Perón como “jefe” por última vez
el 18 de octubre de 1962. Perón, por su parte, abandona la formula “mi querido
amigo” y comienza a llamarlo “mi querido Bebe”. Cooke es frontal. Perón, cuanto
más familiar, más lejano. Como propone Horacio González, tal vez Perón comience
a llamarlo “Bebe” en plena desavenencia política, como una forma de decirle a
Cooke que infan-tiliza el análisis político.4 Agregamos nosotros: Perón se
colocaba en un plano superior, “adulto”, como una forma sutil de descalificar
los planteos de Cooke, tratándolos como sonajeros políticos.
La primera carta en la que Cooke lo llama “mi
querido General” es del 11 de septiembre de 1960. Esa carta inicia un monólogo
de Cooke. Durante cuatro años se suceden varias cartas de Cooke sin respuesta
de Perón, desde Buenos Aires, La Habana, París. Perón, por fin, le responde el
25 de agosto de 1964.
Cooke desentraña el juego de Perón: oportunista,
pendular, estraté-gico, instrumental, según los diferentes puntos de vista.
Aprende que nunca conviene escuchar o leerlo literalmente.
En 1961 Alberto Campos asume las funciones de
delegado personal. Perón se va distanciando lentamente, sin hacer demasiado
ruido, de la línea intransigente. Entonces se acerca a Oscar Albrieu, Leonidas
Saadi, Atilio Bramuglia, Antonio Cafiero, Raúl Matera... Alberto Itube,
desig-nado por Perón como jefe del Consejo Coordinador y Asesor, tratará por
todos los medios a su alcance de dejar en claro ante la “opinión pública” que
el peronismo estaba definitivamente en la legalidad.
Y en ese mismo tiempo, Cooke le plantea a Perón que
en el Movimiento coexisten distintos proyectos. Vislumbra la lucha de clases al
interior del peronismo y a Perón como el conductor táctico de estra-tegias
opuestas.
4 González, Horacio, “Presente de Cooke en la
historia de las ideas argentina”, Op. cit., p. 28.
122
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Ernesto Goldar hace referencia a la realización de
una asamblea clan-destina en Buenos Aires, a fines del año 1959. Se trataba del
Congreso de la Liberación Nacional, un hito fundamental en el proceso de
transi-ción político-ideológico de Cooke y, por ende, en la conformación de lo
que denominamos “cookismo”. Goldar sostiene que en este Congreso:
Cooke define claramente el programa. Su
intervención es rica y abar-cadora. Trata sobre la lucha contra Frondizi, la
táctica de alianzas, el Frente de Liberación, la crítica de los partidos
tradicionales y del reformismo, el problema militar, los antagonismos de
clases, la misión
del proletariado, el plan y el método para la toma
del poder.5
Pero será más adelante cuando desarrollemos
diversos tópicos de la intervención de Cooke en este Congreso.
5 Goldar, Ernesto: “John William Cooke. De Perón
al Che Guevara”. En: Revista Todo es Historia, Nº 288, junio de 1991, p. 24.
123
11- El contexto estructural:
“racionalización” y Resistencia
Cuanto más comprenden que el comportamiento del
vencedor está penetrado tanto de sentimientos de culpa como de debilidad, tanto
más se tiñe la resistencia con una idea de venganza.
Max Horkheimer
Los orígenes del peronismo están enmarcados en una
etapa de acumu-lación capitalista basada en la ampliación del mercado interno
que generó un cambio cuantitativo y cualitativo en la situación de la clase
trabajadora argentina. Esta etapa se caracterizó por un incre-mento constante
del nivel ocupacional y salarial, por una tendencia a la homogeneización de los
salarios entre los diferentes sectores de la clase trabajadora y por el alto
nivel de sindicalización. El peronismo del año 1945 se correspondía con un
modelo de acumulación y con una particular alianza de clases en el poder.
El modelo de industrialización por sustitución de
importaciones (ISI), iniciado en la década del 30, profundizado y socialmente
refor-mado en la década del 40, se basaba en la acumulación extensiva de
capital a través de la incorporación de mano de obra al proceso produc-tivo y
la obtención de plusvalía absoluta. Se expresó, cuando alcanzó cierto grado de
desarrollo, en una alianza política de clases integrada por la burguesía
industrial nacional (y sectores de la oligarquía diver-sificada), un sector del
Estado, principalmente las Fuerzas Armadas, y los trabajadores y las
trabajadoras. La alianza confrontó con el proyecto de la burguesía agraria
terrateniente y la injerencia imperialista, pero no atacó las bases materiales
de su poder: la propiedad de la tierra y los medios de producción. Además, las
trabajadoras y los trabaja-dores ocuparon un lugar subordinado y la
redistribución del ingreso no se apartó de los formatos capitalistas.
Consistió, por lo tanto, en
125
MIGUEL MAZZEO
una redistribución por la vía del consumo popular y
no por la vía de la socialización de los medios de producción y la
democratización en el terreno de la producción, es decir: en el núcleo mismo
del proceso de generación de la riqueza.
El historiador Daniel James, en una de sus
principales obras, recu-pera el testimonio de un trabajador que, sin demasiadas
sutilezas, decía: “Con Perón éramos todos machos”.1 Aunque el peronismo no se
propuso alterar sustancialmente las relaciones sociales capitalistas, generó un
marco político que modificaba las relaciones de fuerza en la sociedad. Esto se
podía apreciar en las fábricas, en los barrios, en el campo (tengamos en
cuenta, por ejemplo, los alcances del Estatuto del Peón), en los lugares públicos,
en algunas instituciones, etcétera. Sin la pretensión de eliminarla, el
peronismo había desvirtuado la coac-ción económica, había menoscabado el
“despotismo de fábrica”. Por eso, entre otras cosas, comenzó a delinearse como
“el hecho maldito del país burgués”, como decía Cooke.
Existen interpretaciones de la historia económica
argentina (y de la historia argentina en general) que presentan una marcada
tendencia a “embellecer” a la burguesía nacional de los años 40. En líneas
gene-rales tienden a plantear que sus posibilidades fueron coartadas por las
políticas implementadas después de la caída de Perón. Sin dudas, en la
comparación con las burguesías industriales de otros países de Nuestra América,
la burguesía industrial argentina sale favorecida (la excep-ción puede ser Brasil).
Pero esa ventaja parcial no es suficiente para asignarle roles vanguardistas.
Habría que relativizar sus posibilidades y ser más prudentes a la hora de
especular respecto de sus malogradas proyecciones. La caracterización de este
“actor” propuesta por Eduardo Basualdo nos parece más cercana a la realidad:
Las empresas que debían ser la vanguardia de la
industrialización, condición ineludible para consolidar el capitalismo de
Estado que proponía el peronismo, en realidad constituyeron un conjunto
nume-roso de firmas que apenas logró una raquítica incidencia en la produc-ción
clave, debido a la escasez de recursos disponibles para llevar a
cabo los grandes emprendimientos.2
La caída del peronismo coincidió con una etapa de
expansión impe-rialista caracterizada por un cambio en la composición y
orientación de la exportación de capitales basada en la exportación de
tecnología, y por la integración horizontal y vertical del capital
transnacional.
1 Véase: James, Daniel, Resistencia e integración.
El peronismo y la clase trabajadora argentina (1946-1976), Buenos Aires,
Sudamericana, 1990.
2 Basualdo, Eduardo, Op. cit., p. 52.
126
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
A nivel local, este proceso se puede relacionar
directamente con la implementación de las políticas desarrollistas y la
paulatina trans-nacionalización de la economía argentina. Coincidió,
fundamen-talmente, con la disolución de la alianza peronista de 1945 y con la
estructuración de una nueva (pero inestable) alianza de clases en el poder.
Durante el período 1957-1961, el sistema
capitalista en la Argentina sufrió un proceso de transformación y se produjeron
cambios en el modelo de acumulación. El Estado conservó una presencia
impor-tante pero se orientó básicamente a la seducción del capital extran-jero
(con el fin de favorecer las inversiones directas en las ramas industriales
pesadas), a la construcción de los marcos jurídicos y polí-ticos más adecuados,
y al desarrollo de incentivos necesarios para que este pueda desenvolverse sin
trabas. Este proceso estuvo en correla-ción con la situación que atravesaba el
capitalismo mundial, donde las multinacionales buscaban instalarse en diversos
países periféricos con el fin de producir bienes de consumo durables y
abastecer a esos mismos mercados.
Si bien el proyecto desarrollista no se planteaba
un abandono de la matriz sustitutiva de importaciones (de hecho, hubo una clara
apuesta a su profundización), sí se modificaron algunas pautas de su
funcio-namiento previo. El bajo nivel de las inversiones y el estancamiento
relativo de las exportaciones de productos primarios dificultaban el acceso a
los insumos que exigía la expansión de la industria. Desde comienzos de la
década del 50 era posible detectar un problema en la economía argentina: no se
podía sostener el proceso de industria-lización pagando los insumos
(combustibles, bienes de capital) con las exportaciones agropecuarias. El
desarrollismo pretendió resolver este problema apostando al capital monopólico
transnacional, prin-cipalmente norteamericano.
En esen sentido, y según Ernest Mandel:
La creciente exportación de elementos de capital
fijo […] conduce a un creciente interés por parte de los grupos monopolistas
más pode-rosos en la industrialización del tercer mundo. Después de todo, no es
posible vender máquinas a los países semicoloniales sino se les permite
usarlas. En último análisis es esto –y ningún tipo de consi-deración política o
filantrópica– lo que constituye la raíz principal de toda la “ideología
desarrollista” que ha sido fomentada en el tercer
mundo por las clases gobernantes de los países
metropolitanos.3
3 Mandel, Ernest, El capitalismo tardío, México,
Ediciones Era, 1979, p. 65.
127
MIGUEL MAZZEO
El capital monopólico transnacional adqurió así una
función domi-nante en la formación económico-social argentina. La acumulación
de capital pasó a ser intensiva, basada en la extracción de plusvalía relativa
a partir de la sustitución de mano de obra por capital. Así lo expresa Mónica
Peralta Ramos:
La política de ampliar la acumulación mediante la
creación de un mercado interno a través de una política redistributiva tiene
sus propios límites. Esta política distributiva, indispensable en un momento
determinado para evitar la crisis y ampliar la acumulación, se torna en un
segundo paso en el propio obstáculo de esa acumula-ción, en la medida en que
trae aparejada una disminución importante de la tasa de ganancia del capital
industrial. Para restituir la ganancia a sus niveles anteriores se hará necesario
reemplazar mano de obra por capital y se pasará entonces a la tercera fase de
la acumulación carac-
terizada por la explotación intensiva de la mano de
obra.4
Más allá de que el desarrollismo no modificó la
estructura depen-diente de la Argentina, por el contrario, la profundizó, se
puede decir que impulsó una modernización relativa del capitalismo argentino.
Por cierto, desde fines de la década del 50 se elevó la composición orgánica
del capital por la vía del uso intensivo de la capacidad instalada, del aumento
de la productividad y la incorporación de bienes de capital y nuevas
tecnologías. Este modelo, con altibajos, se mantendrá hasta el golpe de Estado de
1976.
Este cambio en el modelo de acumulación contribuyó
a que la extrac-ción de plusvalía relativa se convirtiera en la modalidad
dominante del proceso de acumulación de capital en la Argentina. De esta
manera, se produjo una generalización social del sistema del capital y de la
contra-dicción capital-trabajo. Los corolarios más importantes de esta nueva
situación excedieron el plano de lo estrictamente material, tuvieron
proyecciones sociales y políticas, influyeron en las identidades colec-tivas.
En concreto, sin caer en simplismos deterministas y en exégesis economicistas,
creemos que influyeron (condicionan) en el proceso que pondrá en evidencia las
limitaciones del nacionalismo populista y que potenciará sus contradicciones.
Desde el punto de vista ideológico y político se produjo una bifurcación: un
camino conducirá a formatos desarrollistas (en sus distintas versiones,
“democráticas” o “autorita-rias”) y otro, a versiones radicalizadas,
socialistas o filo-socialistas.
Asimismo, este cambio en el modelo de acumulación
alteró sustan-cialmente el rol de la burguesía nacional. Algunos sectores
perdieron
4 Peralta Ramos, Mónica, Acumulación de capital y
crisis política en Argentina (1930-1974), México, Siglo XXI, 1978, p. 102.
128
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
incidencia en el marco de la economía nacional y
poder político (la “raquítica incidencia” de la que hablaba Basualdo). Se trata
de una franja de la burguesía que persistirá “nacional” y que en los años
poste-riores se opondrá a este proyecto. Otros sectores, concretamente la
oligarquía diversificada, se vincularán estrechamente al capital trans-nacional
o profundizarán los vínculos preexistentes. Claro está, el proyecto no contará
con la adhesión de la clase trabajadora.
Las políticas que apuntaban a conciliar capital y
trabajo se tornaron cada vez más inviables. Salvo casos puntuales de lucidez
extrema, los sectores más débiles de la burguesía nacional, aun los más
vinculados al mercado interno y los menos vinculados a la oligarquía
diversifi-cada y al capital extranjero, coincidieron inicialmente con los
objetivos de quienes derrocaron a Perón, entre otros: recuperar rentabilidad
empresaria, reducir los salarios reales, reducir el gasto estatal.
En síntesis, este proceso, y la realidad que generó
en el plano mate-rial y social, negó el despliegue de las condiciones
“estructurales” para una alianza como la del año 45; esto es, una alianza del
capitalismo urbano con los asalariados.
La nueva etapa del desarrollo capitalista argentino
exigía imponer una “organización científica del trabajo”, una
“racionalización”; pero esta requería, a su vez, determinadas condiciones
políticas, dado que las políticas de racionalización pretendían imponer una
dinámica en la cual el aumento del valor de los medios de producción debía
estar por encima del valor de la fuerza de trabajo. Las modalidades del
proceso, los elementos que lo impulsaban –principalmente los sectores más
concentrados de la oligarquía diversificada–, el capital transnacional, o
aquellos elementos que lo retrasaban –en particular la resistencia obrera
identificada con el peronismo proscripto–; tuvieron una rela-ción directa con
el régimen político.
El intento de reformular las bases del capitalismo
argentino tiene orígenes que se inscriben en los últimos años del decenio
peronista, pero durante esa etapa la naturaleza del régimen tornó inviable la
imposición del nuevo modelo. Después del golpe de 1955 se avanzó en esta
dirección, pero tanto las debilidades del gobierno militar a la hora de ampliar
su legitimidad como la Resistencia Peronista –que ofreció una valla de
contención– permitieron una aplicación muy limitada y parcial.
Los factores que explican esta parcialidad (y las
actitudes de los empresarios, el Estado y el movimiento obrero) varían según el
período que tomemos como referencia: 1952-1955, 1955-1958 o 1958-1961.
129
MIGUEL MAZZEO
A comienzos de la década del 50, en el marco del
gobierno pero-nista, los empresarios, y en menor medida el Estado, iniciaron
los primeros intentos de “racionalizar” la producción y de reestructurar el
equilibrio de fuerzas en la clase trabajadora. El Congreso Nacional de la
Productividad de 1954 buscó darle una forma institucional a dichos intentos.
Pero si bien el peronismo en el poder (en esa
etapa) estaba de acuerdo con los sectores que pugnaban por la “racionalización”
y por un nuevo rol del Estado tendiente a la regimentación social, al mismo
tiempo no podía dejar de dar cuenta de la oposición a la misma por parte de
unos trabajadores y unas trabajadoras que invocaban su adhe-sión a un régimen
que, aunque no cuestionaba al capitalismo, concebía a la empresa como una
“comunidad” y se oponía al poder coercitivo de la autoridad empresaria. La oposición
a las fórmulas “racionaliza-doras” del capitalismo argentino aparecía así, en
parte, justificada por la retórica oficial.
Daniel James señala que la oposición se tradujo en
no coopera-ción y no tanto en acciones huelguísticas.5 Así, los trabajadores y
las trabajadoras resistieron oponiéndose a los nuevos esquemas de incen-tivos.
Los empresarios utilizaron como estrategia el pedido de revisión de las
cláusulas de los contratos que reglamentaban las condiciones de trabajo. Pero,
sin quitar importancia a las cuestiones aludidas, debemos señalar que el
obstáculo más efectivo a la “racionalización del trabajo” provino de las comisiones
internas de fábrica. En el Congreso Nacional de la Productividad, si bien no se
cuestionaba a las comi-siones internas, las patronales se quejaban amargamente
de la inde-finición de los límites de sus atribuciones en los lugares de
trabajo. Hasta 1959, las comisiones internas (legales primero, semiclandestinas
o clandestinas desde 1955) constituyeron el principal impedimento para la
imposición de la “racionalización del trabajo”.
Por otro lado, el período 1955-1958 está signado
por el persis-tente accionar del Estado en el intento de revertir la
distribución del ingreso, incrementar la productividad y la rentabilidad
empresaria, para lo cual resultaba indispensable avanzar en la “racionalización
del trabajo”. La dictadura militar creaba las condiciones para utilizar la
fuerza del aparato estatal contra los trabajadores y las trabaja-doras y el
movimiento obrero, especialmente contra las comisiones internas. La
“racionalización del trabajo” buscaba avanzar a través del manejo patronal de
la movilidad obrera, implementando esquemas de
5 Véase: James, Daniel: “Racionalización y
respuesta de la clase obrera: contexto
y limitaciones de la actividad gremial en la
Argentina”. En: Revista Desarrollo Económico, V. 21, Nº 83, octubre-diciembre
de 1981.
130
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
incentivos y tratando de eliminar las oposiciones.
No fue más allá de metas cortas porque la Revolución Libertadora (Fusiladora)
compartía las inclinaciones de la burguesía agraria terrateniente y,
fundamental-mente, porque los trabajadores y las trabajadoras iniciaron la
lucha defensiva: la Resistencia Peronista. Esta, con sus acciones de sabotaje,
con sus actividades “insurreccionales”, con sus huelgas y sus redes de
comisiones internas semiclandestinas o clandestinas, pilares de las luchas
obreras de la época, se combinaron con una reivindicación polí-tica
fundamental: el retorno de Perón. Esta era la línea intransigente. Vale tener
presente que a pesar de la intensa represión, durante 1956 lograron
constituirse cuatro centrales obreras clandestinas: la CGT Única e
intransigente, el Comando Sindical, la CGT de Emergencia y la CGT “Negra”. En
1957 se unificarán bajo el rótulo de CGT “Auténtica”.
Pero la situación cambió a partir de 1958. Con
Frondizi asistimos al intento más claro y coherente de racionalización del
sistema como una de las precondiciones tanto para la reconstrucción de los
bene-ficios empresariales como para alentar a las nuevas inversiones del
capital y el desarrollo de las ramas pesadas. Después de las 10 millones de
jornadas de trabajo perdidas y de las derrotas de 1959 –represión, listas
negras, despidos masivos, descabezamiento de los gremios más combativos y el
Plan Conintes6, y en particular la ya citada huelga del Frigorífico Nacional
Lisandro de la Torre7–, se quebró la resistencia de los trabajadores y las
trabajadoras iniciada en 1956. Las comisiones internas dejaron de ser un
instrumento operativo.
Entonces, a partir de 1960 se firmaron nuevas
cláusulas en los convenios. Esto significó la posesión por parte de las
patronales de criterios formales y legales con los cuales medir la actividad de
los delegados, la restricción de las posibilidades de acción de los
traba-jadores y las trabajadoras, la introducción de disposiciones que
eliminaban los obstáculos a la producción y a la “racionalización del
6 El plan Conintes (Conmoción Interna del Estado)
fue aplicado por Frondizi con el aval de las Fuerzas Armadas. El mismo
unificaba el mando de las fuerzas represivas en diferentes zonas operacionales
bajo el mando de un oficial del Ejército. Paralelamente estableció tribunales
militares para juzgar delitos catalogados como “subversivos” o “terroristas”,
sometiendo al personal civil de la administración pública y a los trabajadores
y trabajadoras de los Ferrocarriles al Código de Justicia Militar. Fue una respuesta
del gobierno de Frondizi, de las Fuerzas Armadas y de las clases dominantes a
la Resistencia Peronista. Inspirado en las tácticas aplicadas por el ejército
colonial francés en Argelia (la “Escuela Francesa”), el Plan Conintes
constituye un hito en las políticas represivas implementadas en la Argentina.
Se lo puede catalogar como un antecedente del terrorismo estatal implementado
por la última dictadura militar.
7 Véase: Salas, Ernesto, La resistencia peronista:
la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, Tomos I y II, Op. cit.
131
MIGUEL MAZZEO
trabajo”. De este modo, las comisiones internas y
los delegados de fábrica terminaban incorporados como último eslabón de una
jerar-quía de instancias estructuradas.
Finalmente, cabe señalar que lo que terminó de
facilitar la impo-sición de la fórmula racionalizadora fue su aceptación por
parte de la dirigencia sindical; por lo menos de los sectores con más peso.8 En
concreto, la dirigencia sindical aceptó las nuevas cláusulas en los convenios.
Esto favoreció la institucionalización del movimiento obrero aunque a costa de
la disminución de los salarios y del empeo-ramiento de las condiciones
laborales; asimismo, por un lado debilitó al poder gremial en las fábricas (sobre
todo el de las corrientes más combativas) y, por el otro, fortaleció a la
burocracia sindical, específi-camente a las “estructuras” y a los “aparatos”
sindicales. A partir de 1961 estaban dadas las condiciones para el
enfrentamiento entre las buro-cracias y las bases.
Cooke percibió, a comienzos de la década del 60,
que estos cambios alteraban la vieja estructura sindical que había sido la base
de la Resistencia Peronista. Si en algún momento pensó en reformular la línea
insurreccional a través de la politización de las luchas gremiales (la
insurrección como el corolario de las luchas de los trabajadores y las
trabajadoras), comprendió poco después que eso no sería una tarea sencilla y de
rápida concreción.
Este proceso condicionó la evolución
político-ideológica de Cooke, quien captó su lógica y previó sus consecuencias
inmediatas. En concreto: percibió que este proceso, y las nuevas condiciones
estruc-turales que generaba, negaban las posibilidades tanto para la
confor-mación de una alianza de clases como la del año 1945, como para el
desarrollo de una política insurreccional en el corto plazo.
Recurriendo a los términos de Alberto Belloni,
podríamos decir que Cooke realizó el necesario “análisis objetivo de las
fuerzas en presencia” y comprendió “que la cobertura ideológica general que fue
el peronismo se dio, precisamente, como manto doctrinal que confor-maba,
aparentemente, a obreros y patrones, por la bonanza económica en que se vivía”.
Belloni sostenía –¡ya en 1959!– que esta situación había concluido y que
tendían a reaparecer las ideologías “naturales” que reflejaban las condiciones
sociales de cada sector.9
8 Arturo Frondizi apostó a la “integración” de la
clase trabajadora. Fiel a los horizontes generales del “desarrollismo”,
legalizó su accionar gremial y buscó el acercamiento al peronismo. En las
elecciones de marzo de 1962 quedó demostrado que su proyecto de “integración
social” conducía inexorablemente al triunfo electoral del peronismo.
9 Belloni, Alberto, Del anarquismo al peronismo.
Historia del Movimiento Obrero Argentino, A. Peña-Lillo Editor, Colección La
Siringa, Buenos Aires, 1960, p. 69.
132
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Por cierto, creemos que la pérdida del poder
personal de Cooke se relaciona con este proceso, del mismo modo que la
profundización y el perfeccionamiento de las funciones “simuladoras” de Perón.
Agregaba Belloni: “El Frente de clases, el Frente
Nacional de 1945, se ha deshecho y el baluarte fundamental del peronismo es hoy
la clase trabajadora. La preponderancia ideológica de ésta última, en la
reconstrucción de un Frente Nacional de la nueva época, debe evidenciarse de
manera bien clara. Y no será ocultando el hecho de que en el peronismo actuaban
grupos diferentes −como la burguesía industrial, la Iglesia, el Ejército, la
clase media, etc.− como podrá contribuirse a reconstruir el movimiento revolucionario”
[p. 71].
133
12- En busca de una nueva amalgama: Nacionalismo
marxista. Columnas de Liberación Nacional
Tengo un fuerte deseo.
Y mi deseo, porque es fuerte,
entra en la sustancia del mundo.
Fernando Pessoa
Entre julio y septiembre de 1957, Cooke colaboró
con la revista Nacionalismo Marxista. Columnas de Liberación Nacional. La
publica-ción, orientada a temas culturales, históricos, políticos y teóricos,
aspi-raba a ver la calle cada quince días. Como su título lo indica, buscaba en
primera instancia favorecer el encuentro entre nacionalistas y marxistas, y
–como objetivo más ambicioso y a largo plazo – realizar una síntesis entre
nacionalismo y marxismo. Su existencia fue efímera, pues solo logró aparecer en
tres oportunidades: el 14 de julio, el 4 de agosto y el 1 de septiembre de
1957.
El fundador y director de Nacionalismo Marxista fue
Eduardo Astesano, un intelectual que, al igual que Rodolfo Puiggrós, provenía
del PCA y se había acercado al peronismo. Entre los cola-boradores de la
revista se destacaban: Remigio Alderete, Victorio Belavita, Ernesto Bustamente,
Elías Castelnuovo, Antonio Castro, Fermín Chávez, J. Díaz Arroyo, Alba W.
Méndez, Antonio Nella Castro, Juan Pablo Oliver, Darío Pretto, Arturo E.
Sampay, Domingo Sueiro, Benjamín Villafañe, Juan Vigo y, por supuesto, John William
Cooke. También aparecieron en la revista textos de Carlos Marx, Paul Sweezy,
Gamal Abdel Nasser, Juan B. Justo, Manuel Ugarte, Ales Bebler y Wladislao
Gomulka.
135
MIGUEL MAZZEO
En la contratapa del número 3, se presentaba el
sumario del número siguiente, que jamás apareció. La primera nota del número
nonato se titulaba “Carlos Marx”, y su autor era el historiador Ernesto
Palacio, quien escribió el libro La historia falsificada, simpatizante
explícito del fascismo en su juventud, ex diputado peronista y compañero de
Cooke y Alicia Eguren.
En el número 1, un artículo de Fermín Chávez:
“Nacionalismo y marxismo”, constituye toda una declaración de principios y,
prác-ticamente, oficia de presentación de la revista. El autor, un histo-riador
nacido en la provincia de Entre Ríos, peronista de extracción nacionalista, se
refería al contexto que comenzaba a hacer posible el diálogo entre
nacionalistas y marxistas, algo impensado unos años antes. Concretamente, el
acercamiento era visto como resultado de los cambios en las concepciones de
unos y otros; cambios favorecidos de modo indirecto por la política que había
instaurado la Revolución Libertadora (Fusiladora). En este artículo,
particularmente, se refleja el acercamiento al marxismo desde el nacionalismo:
Frente al marxismo, los nacionalistas hemos asumido
casi siempre una actitud de total incomprensión. Y no es extraño que así
suce-diera. El nacionalismo de nuestros maestros estuvo mezclado en sus
orígenes con elementos francamente conservadores y algunos ocultamente
liberales. [...] Habíamos nacido antimarxistas; y se sabe cómo los
antimarxistas se desembarazan del pensamiento marxista, combatiéndolo sin
comprenderlo u oponiéndose estérilmente a un marxismo simplificado y deformado.
Pero todo esto es pasado y no
presente...1 [Itálicas en el original].
Chávez reconoce como principal “aporte” del
marxismo el “planteo” de la lucha de clases. En este sentido cabe señalar que
Nacionalismo marxista reflejaba un cambio de posición en muchos intelectuales y
militantes provenientes del nacionalismo, específicamente el de los peronistas
(pero no exclusivamente) que comenzaban a cuestionar lo que juzgaban como
fundamentos conservadores, idealistas, folklóricos o pseudo románticos del
nacionalismo, entre otros, la idea que sostenía que la lucha de clases (o la dialéctica)
era un “invento” de algún agente extraño o de una mente trasnochada y
destructiva. También cuestio-naban la idea que tendía a considerar como
“foráneo” a todo aquello que se contradecía con los intereses de las clases
dominantes.
En ese sentido, en La lucha por la liberación
nacional (recordemos:
un documento de noviembre de 1959), Cooke decía:
1 Chávez, Fermín: “Nacionalismo y marxismo”, en:
Revista Nacionalismo Marxista.
Columnas de Liberación Nacional, Año 1, Nº 1, 14 de
julio de 1957, p. 2.
136
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El marxismo ha analizado el problema, pero no lo ha
creado, porque la lucha de clases no es una teoría, sino un hecho. Esto, que ha
sido reconocido por la extrema derecha más esclarecida de los países euro-peos,
constituye una herejía para la oligarquía argentina que, siempre “idealista”,
sostiene que la lucha de clases es producto de la prédica de los demagogos y
los comunistas y no una resultante del régimen
social. Algunos pequeños maccarthys infiltrados en
el movimiento popular difunden estos puntos de vista, contribuyendo a sembrar
el
divisionismo [Obras Completas, Tomo V, 185].
No muchos años antes, en 1953, el sacerdote Hernán
Benítez realizaba una “autocrítica” que giraba sobre tópicos similares. Decía
que el nacionalismo argentino tradicional se caracterizaba por ser más retórico
que político y por ser un nacionalismo de “niños bien”. Paralelamente, insistía
en que no había que “tenerle miedo a las conse-cuencias de nuestras propias
premisas sociales...”.2
Los “maccharthys” de los que hablaba Cooke tuvieron
una presencia persistente en el peronismo, conformaron grupos y tendencias
hete-rogéneas de extrema derecha: neo-fascistas, clericales, antisemitas,
ortodoxas, antinorteamicanas o pronorteamericanas (invariablemente antimarxistas),
místicas, sacrificiales, combativas, marciales, vita-listas, organicistas, de
clase media o plebeyas. En carta a Perón del 24 de julio de 1961, Cooke
identificaba “grupitos minúsculos de aspirantes a Niezstche de cuarta categoría
que, a nombre del peronismo gritan cosas como ‘sotanas, botas, y chiripá’,
persiguen estudiantes judíos, y delatan a los que presumen son marxistas”; y
preguntaba: “¿Para qué queremos esa escoria?” [Obras Completas, Tomo II, pp.
495-496].
Precisamente, uno de esos “grupitos” atentó contra
su vida dos años más tarde, con más precisión el 27 de diciembre de 1963, una
noche en la que Cooke estaba reunido con un grupo de integrantes del Instituto
Histórico Juan Manuel de Rosas en un restaurante de Buenos Aires ubicado en la
calle Hipólito Yrigoyen 581. Junto con él estaban presentes: Alberto Contreras,
Jauretche, José María Rosa, entre otros. En medio de la cena irrumpió
violentamente un grupo de jóvenes armados. Uno de ellos se adelantó y apuntó
directamente al pecho de Cooke. Alguien, un comensal de identidad desconocida,
pero audaz, solidario y rápido de reflejos, logró desestabilizar al tirador y
la bala terminó pegando en una columna. Hubo más disparos, botellazos, revuelo
de mesas y sillas, y hasta desprendimiento de mampostería. Los atacantes se
replegaron. Sólo hubo heridos leves.
2 Benítez, Hernán, La Aristocracia frente a la
revolución (pasajes seleccionados), pp. 113, 114 y 203. En: Releyendo al Padre
Hernán Benítez, Ediciones Felipe Varela, Buenos Aires, s/f pp. 5 y 10.
137
MIGUEL MAZZEO
Poco después se supo que los agresores pertenecían
a la Guardia Restauradora Nacionalista (GRN), un “grupito” ultra-nacionalista
vinculado con el sacerdote Julio Ramón Meinville, miembro de la arquidiócesis
de la ciudad de Buenos Aires, defensor inflexible de los principios de Santo
Tomás de Aquino e ideólogo de grupos antisemitas y de extrema derecha.
Meinvielle no sólo oficiaba de mentor en materia de
cosmovisiones generales; pretendía ejercer un liderazgo en todos los planos y
no se privaba de asumir funciones directivas. Por lo tanto, es muy probable que
él mismo haya sido quien concibió y dio la orden de atentar contra Cooke.
A fines de la década del 50, Meinvielle había sido
uno de los prin-cipales mentores del Movimiento Nacionalista Tacuara (MNT),
lide-rado políticamente por Alberto Ezcurra Uriburu. Pero a comienzos de la
década del 60 se distanció de esta organización porque consideraba que se
estaba “peronizando” y, en simultáneo, estaba siendo copada por ideas
“trotskistas y ateas”, introducidas por algunos militantes influenciados por la
Revolución Cubana.
Pero además, Meinvielle tampoco compartía el punto
de vista de otros referentes intelectuales de Tacuara como Jaime María de
Mahieu, un francés de antecedentes filo-fascistas que llegó a la Argentina
después de la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de su vida, De Mahieu mantuvo
vínculos con espacios neofascistas, como la revista Dinámica Social, pero se lo
suele recordar por ser uno de los defen-sores de la tesis que sostiene que los
Caballeros Templarios arribaron al continente americano antes de Cristóbal
Colón.
El tema es que Perón tenía una gran estima por este
personaje y lo designó como Secretario Nacional de la Escuela Superior de
Conducción Peronista. En el Congreso Nacional de Filosofía en Mendoza, en 1949,
De Mahieu, presentó un trabajo y fue uno de los representantes de la “filosofía
argentina”. Pero para Meinville de Mahieu era un… ¡comu-nista!, sobre todo por
sus “ideas favorables a un Estado y una economía comunitarios”. Más allá de
estas exageraciones, el proceso de radicali-zación política del nacionalismo
argentino era bien real.
Por cierto, de las brigadas sindicales del MNT se
desprenderá en 1961 el Movimiento Nueva Argentina (MNA), encabezado por Dardo
Cabo,3 que se definirá como nacionalista-peronista. Años más tarde,
3 Dardo Cabo era hijo del dirigente metalúrgico
Armando Cabo, figura destacada de la Resistencia Peronista peronista, luego
estrecho colaborador de Vandor. Más adelante volveremos sobre la figura de
Armando Cabo. Junto con Dardo Cabo, figuran entre los fundadores del MNA los
siguientes nombres: Antonio Arroyo, Edmundo Calabró, Andrés Castillo, Rodolfo
Pfaffendorf y Americo Rial.
138
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
el MNA se encargará, por ejemplo, de la seguridad
de Isabel Perón en su gira política de 1965, que tenía como objetivo principal
respaldar Ernesto Corvalán Nanclares, candidato de Perón a la gobernación de la
provincia de Mendoza, enfrentado a Alberto Serú García, el candidato de Vandor.
Y también al año siguiente, el 28 de septiembre de
1966, tres mili-tantes del MNA participaron del “Operativo Cóndor”, que
consistió el secuestrar un avión de pasajeros en pleno vuelo, desviarlo hacia
las Islas Malvinas, ocupar Puerto Stanley (Puerto Argentino) durante varias
horas y enarbolar la bandera argentina. Por otro lado, Dardo Cabo fundó en 1970
la organización Descamisados, que terminó fusio-nándose con Montoneros; y
también lanzó la revista El Descamisado. Cabo fue asesinado por la última Dictadura
Militar en enero de 1977.
Pero en 1963, del tronco principal del MNT se
desprendió el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), que asumió
posturas filo peronistas y un nacionalismo revolucionario que se radicalizará
vertiginosamente hacia la izquierda. Sus principales referentes fueron José
Luis Nell Tacci y Joe Baxter. El 29 de agosto de 1963, el MNRT protagonizó el
asalto al Policlínico Bancario.
En cambio, la GRN se definió a favor de la
consigna: “Dios, Patria y Hogar”. Una sola circunstancia sirve para
caracterizar con riguro-sidad el perfil desquiciado de este grupo: en 1964 la
GRN se desvinculó de Meinville porque consideraba la posibilidad de que el cura
tuviera remotos orígenes familiares judíos.
En ese sentido, Roberto Bardini afirma:
Desde la publicación de su primer libro, Concepción
católica de la política (1932), hasta su última conferencia, “Civilización
cristiana versus comunismo” (1972), dictada en México durante el VI Congreso de
la Liga Anticomunista Mundial, Meinvielle proyectó su pensamiento durante
cuarenta años e influyó sobre cuatro generaciones de naciona-
listas: los simpatizantes de los golpes de 1930 y
1943, los partidarios de la Revolución Libertadora de 1955 y los grupos
juveniles de la década del 60. Entre sus seguidores se cuentan militares,
profesionales civiles –especialmente abogados– y estudiantes secundarios y
universitarios.4
4 Bardini, Roberto, Tacuara. La pólvora y la
sangre, México, Océano, 2002, p.
45. Comenta
Bardini que: “Julio Ramón Meinvielle, nacido en 1905, ingresó en el Seminario
Pontificio de Villa Devoto y se ordenó sacerdote en 1930. Escribió en diversas
publicaciones nacionalistas (Criterio, Crisol, Nueva Política, Sol y luna) y en
1945 creó la revista Presencia, donde redactó varios artículos contra Perón.
Ese mismo año abandonó su trabajo parroquial para dedicarse a estudiar,
escribir y dar conferencias, mientras se desempeñaba como capellán de la Casa
del Retiro
Espiritual, fundada en 1795 y ubicada en el barrio
de San Telmo”. p. 45. Meinvielle murió en 1972, en Buenos Aires, atropellado
por un auto.
139
MIGUEL MAZZEO
Asimismo, Meinvielle había sido autor de libros
como El judío en el misterio de la historia (1959), El comunismo en la
revolución anti-cristiana (1961), El poder destructivo de la dialéctica
comunista (1962), entre otros títulos del mismo tenor, por lo general
publicados por el sello editorial Theoria.
El cura escribía cosas como estas:
Para preparar su punto crítico, el comunismo
necesita operar en la sociedad que quiere transformar en comunista, haciéndose
pasar como no comunista y aun anticomunista. Ya se sacará la careta en el
momento oportuno. Y así se presentará como paladín de la liberación nacional, o
de la democracia contra la dictadura, o del antiimperia-lismo, o de la paz,
etc. Importa saber detectar a tiempo la maniobra táctica y estratégica del
comunismo porque luego, cuando alcanza el punto crítico que le permita dar “el salto”
y apoderarse del poder público, es muy difícil desalojarle. El reciente caso de
Cuba así lo manifiesta una vez más.5
…o como estas:
El comunismo es cosa diabólica y está conectado
necesaria-mente con el satanismo. Y así como todo el curso histórico de la
bondad de los hombres se orienta en definitiva a la edificación del Cuerpo
Místico, también la malicia de los siglos cristianos, natura-lismo,
liberalismo, comunismo, conduce a la admiración pública y universal de Satán.6
El modelo político que reivindicaba Meinvielle era
el de la ciudad católica medieval. Consideraba que todo lo que llegó después en
la historia significó decadencia y degradación, en particular los hitos como la
Reforma, la Revolución Francesa y la Revolución Rusa.
Cooke sabía de la presencia de estos grupitos, o
similares, en el seno del peronismo. Sin ir más lejos, él había compartido la
labor parla-mentaria con otro cura, el Padre Virgilio Filippo, diputado
peronista en 1946 y autor del prólogo al libro de Carlos Silveyra El comunismo
en la Argentina, dedicado al Coronel Carlos H. Rodríguez, uno de los
orga-nizadores de la Sección Especial Contra el Comunismo. Por supuesto,
conocía a muchos miembros de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN). Y
algunos –sólo algunos– de sus compañeros del Instituto Juan Manuel de Rosas de
Investigaciones históricas comulgaban con ideas muy afines.
5 Meinvielle, Julio, El poder destructivo de la
dialéctica comunista, Buenos Aires, Teoría, 1962, p. 70.
6 Ibídem, p. 81.
140
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En Peronismo y Revolución, Cooke afirmaba:
La derecha nacionalista, desde el paternalismo más
o menos corpo-rativista hasta las expresiones del fascismo más primario,
refuerza las posiciones de la derecha peronista y, aprovechando la
invertebra-ción ideológica y práctica de la burocracia, ha logrado en los
últimos tiempos penetrar en el seno del Movimiento y constituir un sector que
en la superestructura tiene una gravitación que no guarda correspon-dencia con
su falta de representatividad del sentir de las bases [Obras
Completas, Tomo V, p. 52].
Pero ni en sus premoniciones más pesimistas, Cooke
hubiese podido imaginar el peso que esos “grupitos” adquirirían años más tarde
en la sociedad argentina y, particularmente, en el seno del peronismo. Como
efecto de la lucha de clases y las pujas de poder al interior del peronismo, y
también porque Perón se dedicó a alentarlos con palabras y gestos que
habilitaban identificaciones con el peronismo desde posi-ciones reaccionarias y
ultraconservadoras.
Cooke no sospechó la seducción que ejercerían sobre
una franja del activismo político lo que él llamaba con absoluta certeza
“consignas de la edad piedra”. No asistió al encumbramiento del “Brujo” José
López Rega, al surgimiento de la Triple A, o de la Concentración Nacional
Universitaria (CNU), inspirada por Carlos A Disandro, profesor de Griego y
Latín de la Universidad Nacional de La Plata, quien tenía contactos con Perón.
Cooke tampoco llegó a conocer los pasquines ultraderechistas como El Caudillo,
Patria Peronista o Primicia Argentina.
Sí llegó a presenciar el “giro a la izquierda” de
alguno de aquellos “aspirantes a Niezstche”, por ejemplo, los sectores que se
despren-dieron, “por izquierda”, de la organización derechista Tacuara. Cooke
vio en la historia de Nell Tacci un caso representativo de toda una gene-ración
y lo explicó del modo que sigue:
La trayectoria de Nell ejemplifica la de muchos
jóvenes que iniciaban su vida política hace más o menos una década, en medio de
las frus-traciones de una Argentina manejada por una minoría rapaz. Debo omitir
referirme al complejo de circunstancias que llevó a un sector de la juventud a
ver en las organizaciones nacionalistas de extrema derecha el camino para
terminar, por medio de la acción directa, con este estado de cosas. Pero, en la
medida que lo impulsaba un auténtico fervor popular y patriótico, fueron
percibiendo la naturaleza de ese nacionalismo violento, reaccionario y
folklórico, que tras el fuego de su retórica no ofrecía un programa
revolucionario sino saldo y retazos ideológicos trasplantados de los fascismos
europeos. Sus núcleos
141
MIGUEL MAZZEO
paramilitares, lejos de ser dispositivos de combate
revolucionario, eran engranajes del establishment, que fustigaban al
imperialismo pero lo servían en una práctica inspirada en las consignas del
“occi-dentalismo” y orientada por energúmenos de sacristía rezagados del
milenio corporativista, nostálgico medievales y agentes de los servi-
cios de información.7
No es fácil evitar la asociación de estos
“energúmenos de sacristía” con personajes del perfil de Meinvielle o Ezcurra
Uriburu.
Para Cooke, las circunstancias que explican el
devenir político-ideo-lógico de Nell Tacci son las mismas que condicionaron el
suyo propio. Más allá de que Nell haya pertenecido a una generación más joven,
más allá de que el punto de partida haya sido diferente. Agregaba Cooke…
Nell, ligado directamente a la lucha de la masa
trabajadora y capaz de asimilar críticamente los datos de la realidad
contemporánea, fue uno de los primeros en tomar conciencia de que, en nuestras
naciones dependientes, no hay nacionalismo de derecha posible, y con ese punto
de partida, concluir que a esta altura ni siquiera es posible el nacionalismo
burgués.8
Después de la acción del Policlínico Bancario, Nell
Tacci integró una delegación argentina que viajó China y otros países del
“campo socia-lista” y/o del Tercer Mundo. Allí estaban el salteño Armando
Jaime, Jorge Rulli, entre otros. De este modo, en los términos de Cooke, Nell
Tacci completó con esta experiencia el “tránsito” hacia posiciones más
radicales, de izquierda. Luego se radicó en Uruguay, donde se vinculó con Raúl
Sendic y con la organización Tupamaros.
Cabe destacar que muchos militantes del MNRT, una
vez disuelta la organización, optaron por sumarse a las Fuerzas Armadas
Peronistas-Peronismo de Base (FAP-PB), una organización que, como veremos, se
caracterizará por una impronta cookista bien nítida. Sin embargo, no fue
precisamente el caso de Nell, quien se sumó a Montoneros. El 20 de junio de
1973 fue baleado en Ezeiza, no murió pero quedó cuadriplé-jico; y el 10 de
septiembre de 1974 optó por dejar de sostener esa forma de sobrevida.
Existen otros elementos que resultan insoslayables
a la hora de explicar estos cambios en el nacionalismo argentino.
Específicamente para el caso de Tacuara, Eduardo Galeano señalaba un cambio en
su composición social desde comienzos de la década del 60, cuando
7 Cooke, John William: “El caso Nell, clave para
el proceso político argentino”. En: Baschetti, Roberto, (Recopilación y
prólogo), Documentos de la Resistencia Peronista. Op. cit., pp. 268 y 269.
8 Ibídem.
142
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
comenzaron a sumarse a la organización jóvenes de
la clase trabaja-dora y de la clase media baja de los suburbios. En esas
circunstancias, los apellidos patricios comenzaron a perder presencia; dejaron
de acercarse a la organización quienes sólo pretendían defender la ense-ñanza
“libre” (religiosa) o canalizar su agresividad hacia los miem-bros de la
colectividad judía, trabajadores y trabajadoras y/o mili-tantes “comunistas”.
En su artículo “Los jóvenes fascistas descubren su país”, de 1967, decía Galeano:
A partir de los 60, ciertos autores nacionalistas
de izquierda habían empezado a atraer la atención de algunos dirigentes medios
de Tacuara; el proceso mismo de acción y lucha se encargará del resto: al
enfrentarse con los enemigos reales de la revolución nacional, del brazo de los
militantes sindicales peronistas, algunos jóvenes fascistas derribarán los
mitos que antes veneraban y se radicalizarán en direc-ción inversa. El
antisemitismo y el anticomunismo sistemáticos, que les ofrecían chivos emisarios
sucedáneos de los enemigos reales, dejarán de serles necesarios en la medida en
que, al profundizarse, el proceso mismo descubrirá a sus ojos los verdaderos
factores de la
crisis y el sometimiento del país.9
Entonces, el proceso histórico argentino
–incluyendo sus “frustra-ciones”–, la lucha de la clase trabajadora y las
luchas del Tercer Mundo, la experiencia de la Revolución Cubana; constituyen
los hitos que explican la radicalización política de toda una generación, que
incluía a importantes franjas del activismo nacionalista y que, a la vez, dan
cuenta de su acercamiento al marxismo. Para el resto, no había muchas
alternativas. No fue casual que hayan terminado como cruzados o cruzadas de
Occidente –dentro o fuera del peronismo– o asimilados o asimiladas a los
organismos represivos del Estado.
Para Nacionalismo marxista, la condición de
posibilidad de este encuentro entre el nacionalismo (peronista o
filo-peronista) y el marxismo, al que se veía como una encrucijada
políticamente nece-saria, exigía que los nacionalistas argentinos se acercaran
a las masas y dejaran de ser “burgueses” y que los marxistas argentinos se
acercaran a la Nación “como hecho histórico”.
Los nacionalistas debían dejar de lado el culto a
los héroes (o a los “gauchos embalsamados”) y, en general, sus visiones
puramente idea-listas de la historia. Debían desprenderse de sus concepciones
sociales y políticas elitistas y paternalistas y buscar la sustancia plebeya
del nacionalismo, la única válida.10 Debían reconocer que el pueblo era una
9 Galeano, Eduardo, Nosotros decimos no, México,
Siglo XXI, 2003, p. 141
10 Cabe señalar que en el seno del peronismo, en
las décadas del 60 y el 70, se
143
MIGUEL MAZZEO
totalidad compleja y diversa, pero que excluía a
las clases y sectores cuyos intereses y valores eran incompatibles con los de
la clase traba-jadora. En concreto: debían reconocer que las clases dominantes
y las elites políticas y culturales argentinas carecían de una auténtica
conciencia nacional y, sobre todo, de intereses nacionales. Asimismo, debían
acercarse al marxismo, no sólo para dar cuenta de los “factores materiales” y
enriquecer así el análisis histórico, no sólo porque el hallazgo de una sustancia
plebeya los comunicaría forzosamente con las visiones clasistas, sino como
medio para desarrollar un antiimpe-rialismo legítimo, sólo factible si se
sostiene en “las masas” que, en algunos artículos de la revista, aparecen
asociadas de manera exclusiva a la clase trabajadora.
Finalmente, los nacionalistas debían superar sus
visiones centradas en la “Patria Chica” y asumir la tradición
latinoamericanista, recono-ciendo a Nuestra América como la “Patria Grande”.
Así, debían buscar en la historia de Nuestra América la fuente de inspiración;
dado que, en buena medida, se trataba de una historia de resistencia plebeya y
popular al colonialismo y al imperialismo y, por lo tanto, ofrecía el terreno
adecuado para la articulación entre el nacionalismo y el marxismo.
Los marxistas, por su parte, debían desprenderse de
los paradigmas eurocéntricos, de las visiones unidimensionales combinadas con
la impronta de la más rancia tradición liberal local: el iluminismo, el
positivismo y sus secuelas; en fin, debían deslastrarse de todo aquello que
había contribuido a imposibilitar una aproximación sensible y lúcida al
peronismo como movimiento político -social y, sobre todo, como realidad de
masas. Los marxistas no vieron el universo que bullía “por abajo”, no vieron
potencialidades, itinerarios latentes o, lo que es peor, si percibieron ese
universo, lo desecharon por “bárbaro”, “inculto” e improductivo en función de
la fidelidad platónica a ciertas ideas y esquemas prefabricados. El peronismo,
de alguna manera, aparecía como el acontecimiento que volvió a los marxistas
argentinos menos marxistas. Tempranamente, hacia el año 1938, Mao Tse-Tung se
había preguntado si los comunistas podían ser patriotas, si eran compatibles el
patriotismo y el internacionalismo. Para el líder de la Revolución China no
sólo podían, sino que debían serlo. El patriotismo comenzaba a ser concebido
como la aplicación del internacionalismo en la guerra de liberación nacional.11
Nacionalismo marxista constituyó una de las
desarrollarán corrientes nacionalistas
reaccionarias y filofascistas, pero con perfiles netamente plebeyos. Ese será
el caso de Comando de Organización (CdO). Véase: Denaday, Juan Pedro: “Comando
de Organización: un peronismo plebeyo, combativo y nacionalista (1961-1976)”.
En: Quinto Sol, Vol. 20, Nº 1, enero-abril de 2016.
11 Mao Tse Tung: “El papel del Partido Comunista
de China en la Guerra nacional”
144
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
expresiones locales –también precoz– de ese tipo de
concepción.12 Los efectos de los planteos centrados en las vinculaciones entre
socialismo y patria –como el de Mao– comenzaron a hacerse sentir en la
izquierda argentina, en el nacionalismo y en el peronismo después del triunfo
de la Revolución China y, sobre todo, hacia fines de la década del 50 y
comienzos de la del 60, con la emergencia del llamado Tercer Mundo y con el
auge de los procesos de descolonización de Asia y África. La Revolución Cubana,
claro está, profundizó estas tendencias.
De modo excéntrico, ese largo recorrido no hacía
más que sugerir un retorno a las raíces: “Habrá Patria para todos (y todas), o
no habrá Patria para naides”, rezaba un lema artiguista.
La clave antifascista de buena parte de la
izquierda argentina hacia mediados de la década del 40 y el lógico rechazo de
las tendencias nacionalistas de derecha que recibieron el espaldarazo del golpe
de 1943 no hicieron más que reforzar los lazos que vinculaban a la primera con
la tradición liberal. La caracterización del peronismo estuvo condicionada por
esta visión distorsionada. En diciembre de 1945 Codovilla fijó la que sería la
posición del PCA: “Batir al naziperonismo” fue la consigna. Pero la situación
cambiaría drásticamente a fines de la década del 50. El antifascismo comenzó a
resignificarse en códigos antiimperialistas. La “revolución” recuperaba las
posiciones perdidas en la década anterior frente a la “lucha por la paz”. Una
buena parte de la militancia comunista, en particular sus cuadros
intelectuales, se sentirían interpelados por este nuevo contexto, lo que
también los llevó a reflexionar sobre los efectos de la línea anterior.
Pero volviendo a Nacionalismo marxista, cabe
destacar que la revista criticaba principalmente la matriz antiplebeya
compartida por nacionalistas y marxistas. La revista, entonces, se presentaba
como un ámbito más para ese encuentro entre nacionalistas y marxistas, un
ámbito que lo impulsaba y lo celebraba.
En una carta a “Jorge Uzabel” (José María
Castiñeira de Dios), del 2 de septiembre de 1957, Cooke opinaba: “Dígale a
Fermín que su artículo de Nacionalismo marxista me parece excelente, de una
lucidez que hace mucha falta en el movimiento para que la gente no se enrede
con problemas chicos ni plantee erróneamente las líneas tácticas y
estra-tégicas” [Obras completas, Tomo IV, p. 90]. Era 1957 y Cooke todavía
sostenía que lo que inhibía al peronismo de cumplir su misión nacional
(Octubre de 1938). En: Mao Tse-Tung, El libro Rojo,
Buenos Aires, Hyspamérica, 1998, p. 72.
12 Vale tener presente que, a comienzos de la
década del 70, el director de Nacionalismo Marxista, fue uno de los adalidades
a la hora de plantear asociaciones entre Mao y Perón.
145
MIGUEL MAZZEO
liberadora era la falta de una conducción
“adecuada”. Aún no hablaba de conducción “revolucionaria”, sino que definía al
peronismo como un movimiento de integración nacional y, en forma
contradictoria, insistía en que debía ser el instrumento político de la clase
trabajadora.
Para explicar este acercamiento también deberíamos
tener en cuenta la visión del “enemigo” y la tradición de “inversión
simbó-lica” característica del peronismo desde el 17 de Octubre del 45 hasta
los años 70. A principios de 1957, desde Azul y Blanco, una publica-ción
nacionalista antiperonista, se identificaba al peronismo como una “tendencia
izquierdista-trotskista”.13 Muchos sectores persistían en este tipo de
calificativos, entre los cuales el más común fue el de “comunista”. Tengamos en
cuenta que: “cabecitas negras”, “descami-sados”, “bárbaros”, etcétera,
originalmente fueron epítetos con conno-taciones peyorativas y denigratorias,
lanzados al movimiento popular desde distintos sectores (incluso desde la
izquierda), que fueron resignificados positivamente por el peronismo y se
convirtieron en marcas de autopercepción que contribuyeron a la formación de
una conciencia política plebeya/popular. Lo mismo sucedió con la acusa-ción de
“izquierdistas” o de “zurdos”, a partir de 1955, por lo menos en un importante
sector del movimiento peronista, que convertiría ese “estigma” en emblema
identitario.
Nacionalismo marxista no fue una iniciativa
aislada, por el contrario, reflejaba un proceso de confluencia real, de
conversiones cruzadas de nacionalistas y marxistas. Por ejemplo, Jorge Ricardo
Massetti o Rodolfo Walsh provenían de la Alianza Libertadora Nacionalista
(ALN); Juan Gelman del PCA (Artesano y Puiggrós también, pero su conversión fue
anterior, como la de Jorge Abelardo Ramos, proveniente del trotskismo). Y ese
proceso estuvo signado por: a) el desarrollo de una conciencia antiimperialista
que no podía soslayar las herramientas brindadas por el marxismo; b) un alza
excepcional de la lucha de clases que era inseparable de la experiencia de la
Resistencia Peronista y c) la consolidación de una matriz política plebeya y
antielitista.
En las últimas páginas, en cada uno de los tres
números publi-cados, aparecen documentos políticos –sin firma– que desarrollan
el mismo tema: la actitud a seguir en las elecciones para la Convención
Constituyente de 1957 y la necesidad de conformar un Frente Nacional. Los
planteos, aunque se haya sostenido el voto en blanco, son los de un sector del
nacionalismo y el peronismo (los ex forjistas Jauretche y Scalabrini Ortiz, por
ejemplo) cercanos al frondizismo. Esta posi-ción se despliega con absoluta transparencia
cuando se afirma que
13 Citado por: Gil, Germán Roberto, La izquierda
peronista (1955-1974), CEAL, Buenos Aires, 1989, p. 13.
146
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
el Frente Nacional tiene un ala legal de “clase
media nacional” y ala ilegal con apoyo de las “barriadas obreras”; cuando se
defiende el voto en blanco pero no se cuestiona el concurrencismo “para
declarar ilegal la constituyente”;14 cuando se habla de reducir las viejas
contra-dicciones a integrar a todos los sectores antiimperialistas; cuando en
el tercer y último número, se sostiene la consigna: “Intransigencia en la
formación de la vanguardia y máxima flexibilidad en la formación del Frente
Nacional”.15
14 “Frente Nacional en el voto en blanco”. En:
Revista Nacionalismo Marxista.
Columnas de Liberación Nacional, Año 1, Nº 1, 14 de
julio de 1957, p. 30.
15 En: Revista Nacionalismo Marxista. Columnas de
Liberación Nacional, Año 1, Nº 3, 1º de septiembre de 1957. p. 32.
147
13- En busca de nuevos interlocutores: Las revistas
Soluciones y Coincidencia para la liberación nacional
La idea de una conquista “prematura” del poder
político por la clase trabajadora se presenta como un contrasentido
político, que tiene su origen en aceptar un
desenvolvimiento mecánico de la sociedad y en suponer un momento determinado
para el triunfo en la lucha de clases, pero al margen e independiente de esa
lucha.
Rosa Luxemburgo
Hacia fines de 1958, después de lo que el PCA y
otros sectores (en parti-cular los más combativos del peronismo) denominaron
“la traición de Frondizi”, se produjo un acercamiento entre Cooke y el Partido.
Hablamos concretamente de un acercamiento a nivel de dirección, puesto que
podemos identificar vínculos a nivel de las bases en la experiencia de la
Intersindical de 1957. En relación con estos contactos, Cooke le había
comentado a Perón en abril de 1957:
Es inevitable cierta promiscuidad entre nuestros
obreros y los comu-nistas, tanto en la fábrica como en las cárceles. Ellos
predican ahora la unión sagrada contra la oligarquía. Lo de Braden es un poco
difícil de explicar, por cierto, pero Ud. sabe que ellos no son muy
escrupu-losos en materia de explicaciones y mientras Codovilla sigue tratando
al peronismo de “régimen corporativo-fascista”, los militantes de base adoptan
una postura afectiva hacia los nuestros [Obras Completas, Tomo II, p. 78].
En 1958, durante un tiempo, se barajó la
posibilidad de que Perón se instalara en Brasil. Cooke se entrevistó con Luis
Carlos Prestes, legen-dario líder del Partido Comunista Brasileño (PCB), quien
le garantizó que el comunismo brasileño no se plegaría a la campaña
anti-peronista que podía llegar a desatarse en el país, y que seguramente
recibiría un aliento importante desde la Argentina. Años más tarde, desde Cuba,
en una carta a Perón del 3 de marzo de 1962, Cooke identificará Partidos
Comunistas cercanos al peronismo.
En primer lugar, el de Brasil porque “siempre
entendió al pero-nismo”. Cooke tomaba en cuenta que la relación de Prestes con
el PCA había sido conflictiva desde siempre. Por ejemplo, en la década del 20,
la Internacional Comunista (IC) impulsaba la línea de “clase contra clase” y
calificaba al “prestismo” como una forma de “socialfascismo”.1 Años más tarde,
Prestes criticó duramente al PCA por apoyar a la Unión Democrática en 19462 y
mantuvo contactos estrechos con Puiggrós, ex intelectual del PCA que, como
vimos, se acercó tempranamente al pero-nismo. Por esos años de la inmediata
segunda posguerra, el PCA estaba influenciado por los planteos del secretario
del PC norteamericano, Earl Browder, promotor de una alianza con la “burguesía
democrática” en contra del fascismo superstite. Prestes, distanciándose
nuevamente del PCA, tampoco comulgó con el browderismo.
Luego Cooke consideraba especialmente al Partido
Comunista del Paraguay (PCP) y el Partido Comunista de Venezuela (PCV). El
primero porque era “partidario de los caudillos populares” y el segundo porque
también era “caudillista y defensor de la tradición”. Además, porque sus
principales dirigentes, los hermanos Gustavo y Eduardo Machado, tenían arraigo
popular y no confrontaban con los grupos “progresistas antiimperialistas”.
Cooke vaticinó que estos partidos crecerían y se desprenderían del lastre del “dogmatismo”
y del “empaque escolástico” [Obras Completas, Tomo II, p. 510].
1 La línea de “clase contra clase”, impuesta por
la IC, abonó una serie de errores estratégicos de los Partidos Comunistas en
Nuestra América. Por ejemplo, llevó a un distanciamiento de los comunistas con
la lucha de Augusto César Sandino en Nicaragua.
2 Mario Rapoport sostuvo que a mediados de 1945,
Agilberto Azevedo, un importante dirigente del PCB, afirmó, haciéndose eco de
una posición de Prestes, que los comunistas argentinos habían cometido “un
serio error al alinearse contra Farrel-Perón”. Véase: Rapoport, Mario, Política
y diplomacia en la Argentina. Las relaciones con EE.UU y la URSS, Buenos Aires,
Editorial Tesis, 1987, p. 24. Por su parte, Isidoro Gilbert recordaba que Pablo
Neruda en su libro Confieso que he vivido, “reconoce haber sido intermediario
de Codovilla para convencer a Prestes […] sobre lo correcto del papel del PCA”
y que “El Caballero de la esperanza” le señaló: “Perón es un caudillo, pero no
es un jefe fascista”. Véase: Gilbert, Isidoro, El oro de Moscú. Historia
secreta de la diplomacia, el comercio y la Inteligencia soviética en la
Argentina, Buenos Aires, Planeta, 1994, p. 112.
La mencionada huelga del frigorífico Lisandro de la
Torre, en enero de 1959, constituyó un momento favorable para estrechar los
vínculos entre Cooke y el PCA. En ese contexto, un sector del PCA, cuya figura
más emblemática era Héctor P. Agosti, planteó la necesidad de editar un
periódico representativo de ese nuevo espacio de diálogo político. Previamente,
desde el PCA, se habían establecido contactos con sectores disidentes de la
UCRI (que se habían apartado del frondizismo, “desilu-sionados” y “traicionados”)
encabezados por Ismael Viñas y Ramón Alcalde. La iniciativa de Agosti fue
aceptada al interior del partido. El mismísimo Vittorio Codovilla adhirió al
proyecto, aunque algunos diri-gentes manifestaron su desacuerdo; tales fueron
los casos de Gerónimo Arnedo Álvarez y Rodolfo Ghioldi, este último
representante del anti-peronismo más visceral y consecuente al interior del
PCA.
Fue Ismael Viñas el encargado de establecer
contacto con Cooke. El PCA designó a Ernesto Giudici como responsable del
proyecto y al periodista Isidoro Gilbert como su ejecutor. Este último, cuatro
décadas más tarde, refería lo siguiente: “Vamos a Montevideo y hacemos la
entrevista con Cooke… Planteamos un semanario, Soluciones, era una cosa
unitaria, de izquierda, amplia, que incorporaba a todas las fuerzas y
referentes de la izquierda”.3 Se decidió que Ismael Viñas fuera el director de
la publicación. Jorge Cooke (en representación de John), Ricardo Caballero e
Isidoro Gilbert, integraron el consejo de redac-ción. Alicia Eguren y Héctor
Tristán participaron activamente de las negociaciones.
Durante el tiempo en el que Cooke estuvo instalado
en Montevideo, el contacto más directo con la revista se realizó a través de
Alicia. Luego Cooke se trasladó a Cuba –en abril de 1960– y comenzó a enviar
desde allí sus colaboraciones.
El semanario Soluciones fue vocero del voto en
blanco en las elec-ciones de 1960. Al respecto, rememoraba Gilbert: “Recuerdo
que el día que se decidió esto hablé con Jorge Cooke y él me dijo: —‘Hablé con
mi hermano y me dijo que descorchara una botella de champán’, porque era la
primera vez que el PC votaba en blanco”.4
La experiencia de Soluciones mostró a Cooke aislado
políticamente, cuestionado por diversos sectores del peronismo y víctima del
juego pendular de Perón que, para ratificar a la distancia su rol de conductor,
autorizaba y desautorizaba a diestra y siniestra. Mostró a un Cooke que,
tratando de plantar una tendencia revolucionaria dentro del peronismo, salía a
la búsqueda de nuevos interlocutores por fuera del
3 Entrevista del autor a Isidoro Gilbert,
diciembre de 1998.
4 Ibídem.
151
MIGUEL MAZZEO
Movimiento. En este sentido, podemos remitirnos a
relaciones que exceden el colectivo de Soluciones. Por ejemplo, la relación que
Cooke había establecido con el Partido Socialista Argentino de Vanguardia
(PSAV); organización que, por otra parte, comenzaba a tener una activa
participación en las acciones de la Resistencia Peronista. Para el PCA, en
cambio, Soluciones constituía otro paso en pos del viejo objetivo estratégico:
el Frente Democrático Nacional y Antiimperialista, a esa altura una paralizante
mezcla de ilusión y receta.
Asimismo el PCA, por esos años, comenzaba a
plantear la tesis del “giro a la izquierda” de las bases peronistas, lo que
llevaba a patrocinar toda iniciativa supuestamente tendiente a acelerar ese
proceso de radi-calización. Esta tesis sería ratificada por el XII Congreso del
PCA, reali-zado en Mar del Plata entre el 22 de febrero y el 3 de marzo de
1962. Y fue alentada por el mismísimo Victorio Codovilla.
Cooke, en ese tiempo, planteaba la idea de un
Frente de Liberación Nacional. Vale decir que al principio pesaba más la
experiencia de la Revolución Argelina que la de la Cubana. Su idea del Frente
de Liberación Nacional está presente en La lucha por la liberación nacional, el
trabajo que leyó en el Congreso de la Liberación, en Buenos Aires, en noviembre
de 1959. Cooke consideraba que el peronismo no podía ser en sí mismo ese
frente, pero que sí debía ser su eje articulador. Claro está, para Cooke, el PCA
debía ser parte. Entre otros motivos porque estimaba que el PCA estaba en
condiciones de realizar aportes meto-dológicos y doctrinarios.
Además, en ese tiempo, comenzó a barajar la
posibilidad de que el PCA modificara su visión de los movimientos nacionales.
Situación que, como vimos en la carta a Perón del 3 de marzo de 1962, podrá
constatar pocos años más tarde, pero en otros Partidos Comunistas de Nuestra
América, no precisamente en el argentino.
A pesar de sus críticas, duras pero consideradas,
Cooke siempre reconoció los méritos de los militantes comunistas argentinos
que, por lo general, eran opacados por los deméritos de su conducción o de su
línea política. Por todo esto, la crítica de Cooke al PCA siempre conservó un
costado “pedagógico”; buscaba convencer y no defenes-trar. Aun en el momento en
que percibió que el PCA, con su composi-ción pequeño-burguesa, con su inserción
cómoda en las instituciones del sistema, con su matriz liberal a cuestas, con
su desacertada idea del semi-feudalismo supérstite en la Argentina que lo
llevaba siempre a priorizar espacios de disputas interburguesas, estaba por
debajo de las definiciones del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS);
lo que era mucho decir en las décadas del 50 y el 60.
152
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En concreto: Cooke nunca dejó de considerar la
posibilidad de que el PCA se sumergiera en el Jordán de una praxis a contramano
de su propia historia, y que lavara su pecado original y otros pecados
deri-vados: haber apoyado a la Unión Democrática en 1946 y el golpe de Estado
de 1955. Cooke no estará vivo cuando el PCA vuelva a cometer desatinos de la
misma índole (por ejemplo, frente a la Dictadura Militar de 1976). El partido
más importante de la izquierda argentina en la década del 50 y a principios de
la del 60, a su modo, también era un hecho maldito. Un pigmeo, vertebrado y
poseedor de cristales diver-gentes (pero en desuso).
Como vimos, Cooke se detuvo reiteradamente en
situaciones que juzgó como desfasajes contraproducentes para un proyecto
emanci-pador, en circunstancias signadas por una falta de correspondencia que
invariablemente remitían a una disociación de fondo entre teoría y práctica.
Por ejemplo: desfasajes entre pueblos revolucionarios y diri-gencias moderadas
(que, por lo general, devenían contrarrevoluciona-rias), entre militantes
abnegados y direcciones oportunistas, entre la incompatibilidad objetiva del
peronismo con el sistema de domina-ción y su compatibilidad subjetiva, entre
las tendencias objetivas (o los hechos) y la acción consciente. Y así como
consideraba que la ideología del peronismo no estaba en correspondencia con su
realidad como experiencia popular, de alguna manera juzgaba que la experiencia
práctica y teórica del PCA no estaba en correspondencia con la ideo-logía
radical que invocaba.
En ese sentido, según Daniel Campione: “Cooke
reivindicaba en términos prácticos la independencia política de la clase obrera
frente a la burguesía, mientras que el PCA levantaba esa independencia en
términos teóricos, pero la desmentía con su política concreta”.5 Con relación
al contexto que inauguró la Revolución Cubana, Campione nuevamente exhibía al
PCA protagonizando una situación de desfasaje, otra circunstancia signada por
la falta de correspondencia. Al respecto, decía: “El PCA, aliado indispensable
por sus vinculaciones con el socia-lismo internacional y con el de Cuba en
especial, adopta una línea de acción que retarda el avance y la integración de
las masas”.6
Es posible que las taras políticas más importantes
del PCA en las décadas del 50 y el 60, su abandono a los procesos evolutivos,
su refor-mismo, pudieran derivar de la tendencia a extender el principio de
coexistencia pacífica a la lucha de clases a nivel mundial. Esta idea llevó
5 Campione, Daniel: “Los comunistas somos
nosotros”: Cooke y el Partido Comunista Argentino”. En: Mazzeo, Miguel
(Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina),
Op. cit., p. 63.
6 Ibídem, p. 65.
153
MIGUEL MAZZEO
al PCA a retacear su apoyo a las luchas
anticoloniales y antiimperia-listas en uno de sus momentos históricos de mayor
auge.
Finalmente, el semanario Soluciones fue clausurado
por el presi-dente Frondizi en el marco del Plan Conintes, al llegar al número
24. Cabe
destacar el carácter represivo y autoritario del gobierno de Frondizi, contra
las versiones –reactualizadas por el gobierno de
Mauricio Macri, actual presidente de la Argentina–
que tienden a presentarlo como un gobierno respetuoso de las libertades
civiles.
De forma inmediata, los hacedores de Soluciones
tomaron la deci-sión de lanzar una nueva publicación: Coincidencia para la
liberación nacional, que jamás vio la luz porque la policía decomisó la tirada
completa del primer y único número. Allí se publicó una carta de Cooke enviada
desde La Habana, con el título: “1º de Mayo en La Habana”.7
Más allá de la clausura, lo cierto es que se
perfilaban diferencias insalvables al interior del grupo, que hacían inviable
la continuidad del proyecto. Cooke, a partir de una lectura crítica y
totalizadora de la realidad nacional y cada vez más influenciado por la
experiencia cubana, comenzaba a sugerir la posibilidad de la lucha armada como
alternativa, aunque no inmediata. Pero lo más importante es que el planteo de
Cooke comenzaba a superar las limitaciones del programa clásico de liberación
nacional.
Alicia, acompañando el punto de vista de Cooke,
insistía en convertir a Soluciones en un medio que fuera creando un clima
favorable a la lucha armada. El grupo de Viñas y Alcalde, que luego conformaría
el Movimiento de Liberación Nacional (MALENA), comenzaba a adoptar una línea
similar; línea que, por supuesto, era anatema para la seve-ridad antidialéctica
del PCA.
En ese contexto, el PCA realizó una serie de
propuestas en contra de la lucha armada, invocando la inexistencia de
condiciones objetivas. Además debemos tener en cuenta la desconfianza y hasta
el repudio que se generaba contra todo lo que, desde la izquierda, se hacía al
margen del Partido. Pero el problema principal, sin dudas, era la concepción
estratégica del PCA, basada en la “teoría” de la revolución
democrá-tico-burguesa que constituía, para Cooke, una “obstrucción” teórico -
política, de la que estaban exentos los trabajadores y las trabajadoras.
7 Publicado en la Revista Coincidencia Para la
liberación nacional, Año 1, Nº 1, 9 de junio de 1960. El artículo llegó a
nuestras manos porque el periodista Isidoro Gilbert conservó las pruebas de
galera. Publicado por primera vez en: Mazzeo, Miguel, John William Cooke,
Textos transpapelados (1957-1961), Buenos Aires, La Rosa Blindada, 2000.
También en: Cooke, John William, Obras completas, Tomo III [Artículos
periodísticos, reportajes, cartas y documentos], Buenos Aires, Colihue, 2009,
pp. 24-25. [Eduardo Luis Duhalde compilador].
154
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
De todos modos, en la década del 60, la crítica de
Cooke al PCA giró sobre tópicos diferentes: su pacifismo legalista, su línea
pro-soviética, su distancia respecto del guevarismo.
La revista Che, en la que participaron
fundamentalmente los sectores escindidos del Partido Socialista Argentino
(PSA), aunque también hombres y mujeres del peronismo y del PC, con Pablo
Giussani, David Tieffenberg y Abel Alexis Latendorff a la cabeza, retomó en
algunos aspectos la tradición de Soluciones. Si bien Che superó ampliamente a
Soluciones desde lo estético –y fundamentalmente desde lo ideoló-gico y lo
político–, compartía con ella el intento temprano de integrar al peronismo a
una cultura de izquierda. Muy similar es el caso de la revista Liberación, la
posterior publicación del MALENA.
155
14- De los Uturuncos al año 1961
Debemos olvidar los sueños, abandonar nuestras
viejas creencias y nuestras amistades de antes.
No perdamos el tiempo en estériles letanías o en
mimetismos nauseabundos.
Frantz Fanon
En la provincia de Tucumán, desde los días
posteriores al golpe de 1955, venía actuando uno de los tantos comandos de la
Resistencia esparcidos por el país: el Comando 17 de Octubre. El mismo estaba
relacionado con el Comando Nacional Peronista, pero tenía un vínculo más
directo con Cooke, sobre todo a partir de 1957, cuando éste, después de la fuga
del penal de Río Gallegos, estaba en pleno ejercicio de la delegación. Entre
otras tareas, el comando se encar-gaba de hacer llegar a Buenos Aires cargamentos
de explosivos obte-nidos en las canteras de Bolivia.
Según Ernesto Salas, después del fracaso de la
huelga general de enero 1959: “En Tucumán, por intermedio de Cooke, Abraham
Guillén, un anarquista español veterano de la Guerra Civil, se reunió con
Manuel Mena (el Gallego) y la dirección del Comando 17 de Octubre y les planteó
el camino de la lucha armada para lograr el retorno de Perón. En octubre el
primer grupo se instaló en el monte”.1
Como dato relevante para comprender la experiencia
de los Uturuncos, hay que tener presente el contexto político y social en la
que se desarrolló. Ya hemos hablado lo suficiente sobre la situación nacional a
partir de la llegada de Frondizi al gobierno; sin embargo, la aplicación del
Plan Conintes es un dato insoslayable y nos parece valida la reitera-ción.
Respecto de la situación local hay que considerar que, a mediados
1 Salas, Ernesto José, Uturuncos. El origen de la
guerrilla peronista, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2015, p. 68.
157
MIGUEL MAZZEO
del año 1959, se desarrolló en Tucumán una huelga
de los trabajadores de la Federación de Obreros Tucumanos de la Industria del
Azúcar (FOTIA). La respuesta de las patronales, del gobierno provincial y del
gobierno nacional fue muy dura, hubo represión y muertos, pero final-mente el
conflicto fue coronado con un triunfo gracias a la combatividad de los
trabajadores y las trabajadoras. El Comando 17 de Octubre estuvo muy activo en
los días del conflicto.
Sin mayores esfuerzos en su acción perlocucionaria,
Guillén logró comprometer al comando con el proyecto de iniciar la lucha
armada. Mena y Genaro Carabajal (Alhaja) pasaron a conformar el Estado Mayor
del Movimiento Peronista de Liberación-Ejército de Liberación Nacional
(MPL-ELN). Más tarde conocido como Uturuncos (hombres-tigre en quechua), a
partir de la populariza-ción del nombre de guerra de otro de sus jefes, Juan
Carlos Díaz, el Uturunco. En efecto, el grupo inicial de los Uturuncos
constituyó una derivación del Comando 17 de Octubre.
El grupo comenzó sus actividades a fines de octubre
de 1959. La primera acción de cierta envergadura fue el asalto a la guardia del
Ferrocarril Mitre en San Miguel de Tucumán. Por falta de experiencia y de
preparación, por carencia de recursos, la acción resultó muy mal ejecutada. Las
armas obtenidas en el asalto se perdieron en la retirada y, al poco tiempo, el
grupo se vio cercado por las fuerzas de seguridad. Muchos terminaron detenidos
en la cárcel de Concepción.
Pero el grupo no se amilanó por el traspié. Con el
agregado de otro contingente proveniente de la provincia de Santiago del
Estero, condu-cido por Félix Serravalle (comandante “Puma”), se decidió tomar
la comisaría de Frías en Santiago del Estero. El 25 de diciembre, condu-cidos
por Carabajal, un grupo de hombres con birretes con la sigla MPL-ELN tomó la
comisaría de Frías. Después se instalaron en el monte, en el Cerro Cochuma.
Pero, nuevamente, el despliegue de la fuerzas de seguridad y las deserciones (muchos
eran jóvenes menores de 20 años) provocaron sucesivas caídas. Aunque
severamente golpeada, la guerrilla de los Uturuncos siguió en pie un tiempo
más.
En los primeros meses del año 1960 se sumó a los
Uturuncos un grupo de militantes provenientes de Buenos Aires. Salas cuenta:
[el Gallego Mena] se hallaba en Buenos Aires, desde
antes de la toma de Frías, para verlo a Cooke, que le ofrecía contactos
peronistas ansiosos por ir a luchar a Tucumán. Ahora estaba en un departamento
que el Gordo y Alicia le habían conseguido en la calle Leandro N. Alem, cerca
de la estación Retiro.
Alicia era su más entusiasta apoyo; gracias a ella,
Mena estaba por
158
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
reclutar para la guerrilla a un grupo de jóvenes de
los barrios de Florida, Vicente López y San Martín. […]
También formaban parte de los grupos contactados
por Alicia en Buenos Aires varios militantes del barrio de Pompeya que se
reunían en el taller mecánico La Blanqueda, en Avenida Roca…”.2
Otro de quienes se refirió a la repercusión de la
guerrilla de los Uturucos en la militancia de Buenos Aires fue Envar el Kadri:
“También apareció, en esa época, el grupo Uturuncos […]. Cooke era uno de los
inspiradores. En Buenos Aires, los muchachos de la juventud se entu-siasmaron,
organizaron grupos de apoyo y empezaron a soñar con unírseles: hacían gimnasia,
corrían, dejaban de fumar o de ir al cine para mandarles plata”.3
Los nuevos contingentes le permitieron a la
guerrilla de los Uturuncos mantener alguna actividad. Mena decidió asumir
directa-mente la conducción del grupo e intentó llegar al monte acompañado del
periodista Enrique Oliva, pero fueron interceptados por la fuerzas de seguridad
y terminaron detenidos. El operativo represivo se inten-sificó en las ciudades.
Las detenciones y los allanamientos hicieron cada vez más difícil continuar con
el proyecto, y el grupo guerrillero se disolvió poco después a instancias de
Mena. Salas arriesga la hipótesis de un posible vínculo con la experiencia del
Ejército Guerrillero Pueblo (EGP) de Jorge Ricardo Masetti.4
De alguna manera, las dificultades de la guerrilla
de los Uturuncos fueron las dificultades del peronismo intransigente o
combativo y – claro está– las del propio Cooke, durante el período 1956-1959.
Hacia 1963 Emilio Morales destacaba la falta de centralización, la
esponta-neidad, las dificultades para relacionar la lucha armada con la labor
de los sindicatos; también se refería a la heterogeneidad del grupo
guerrillero:
Detrás de cada uno de estos grupos [se refiere a
los que participaron de la guerrilla de los Uturuncos], se encontraban la
disidencias que operaban dentro del peronismo. John William Cooke parece ser la
cabeza visible de aquellos que creen en la lucha armada como única salida
revolucionaria para el país. La lucha de este dirigente contra la dirección de
su propio partido, es el episodio que enmarca y termina por definir el
movimiento de Uturunco y el terrorismo urbano. Cada uno de los triunfos
parciales de Cooke sobre la derecha del peronismo, se
2 Ibidem, pp. 131, 132 y 133.
3 Testimonio de Envar “Cacho” El Kadri en:
Anguita, Eduardo y Caparrós, Martín, La Voluntad. Una historia de la militancia
revolucionaria en la Argentina, 1966-1973, Buenos Aires, Norma, 1997, Tomo I,
p. 63.
4 Salas, Ernesto, José, Uturuncos, el origen de la
guerrilla peronista, Op. cit., p. 171.
159
MIGUEL MAZZEO
transforma en un triunfo –y en nuevas acciones– de
los elementos más radicalizados de ese partido. No nos parece casual que a su
derrota polí-
tica, haya seguido la detención del “extremista”
John William Cooke.5
Más adelante señalaba cómo las acciones de los
Uturuncos termi-naron por aislar a Cooke de la dirección del peronismo:
En lugar de consolidar el prestigio de Cooke dentro
de la dirección peronista, el suceso de Frías hizo que se volviera contra él la
mayoría absoluta de ese organismo. De manera que se detuvo en el acto
cual-quier intento de apoyar a “Puma” y a los demás jefes de los grupos,
dispuestos ya a emprender la acción. Los otros frentes de lucha armada contra
el gobierno no llegaron a concretarse nunca. La dirección pero-nista derrotó en
su propio seno al grupo de Cooke y abandonó a su suerte a Uturunco y los suyos.6
El año 1961 constituyó un punto de inflexión. El
mismo Cooke lo señaló con toda claridad en la carta que le envía a Alhaja7
desde Cuba, decía: “El mundo del 61 no es el del 55, ni siquiera el del 59.
Saltando el cerco doméstico de las pequeñas cosas que todo lo nublan, el
pano-rama de todas partes se aclara rápidamente y positivamente en el sentido
de las revoluciones populares” [Obras Completas, Tomo III, pp. 51]. En esta
carta Cooke proponía desarrollar una línea de trabajo que apuntaba a definir un
trazo revolucionario, a impulsar la formación de cuadros (insiste en Cuba como
una escuela excepcional) y a la clarifi-cación del nivel ideológico de las
masas. Sostenemos que esta línea de trabajo condicionará su militancia hasta su
muerte, en 1968.
Podemos afirmar que hacia 1961 Cooke realizó una
triple constata-ción. Para fundamentarlo tomamos como referencia la carta a
Perón del 24 de julio y la carta a Alhaja del 18 de agosto.
En primer lugar Cooke explicaba: “Nada se puede
resolver en el país si las masas peronistas no se movilizan
revolucionariamente”; […] “los únicos que pueden dar por el suelo con el
capitalismo imperialista somos los peronistas, cuanto más humildes de condición,
más peli-grosos”. […] “Como izquierda, sintiéndonos de izquierda, somos una
fuerza de futuro” [Obras Completas, Tomo II, p. 478]. Esto planteaba la
necesidad de una dirección revolucionaria, ya que la experiencia
5 Morales, Emilio: “Uturunco y las guerrillas en
la Argentina”, en: Revista El Obrero, Año II, Nº 2, diciembre-enero de 1964, p.
37.
6 Ibídem, p. 47.
7 En la carta a Alhaja Cooke sostiene que en Cuba
“aprenderán en muy poco tiempo lo que durante años no podrán aprender allá [se
refiere a Buenos Aires] ni en ninguna parte”: Ver: Carta de John William Cooke
a Alhaja. [Obras completas, Tomo III, pp. 49-52].
160
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
inmediatamente anterior había demostrado cómo la
clase obrera argen-tina, con toda su rebeldía y su potencial, seguía expuesta a
la dirección burguesa y al reformismo. Cooke, retomando algunos planteos del
“Informe General y Plan de Acción” de 1957, reconocía que la vía
insu-rreccional (huelga general que deviene insurrección) requería de una
organización político-militar de cuadros y de una definición ideológica que
asumiera sin tapujos el carácter de izquierda del movimiento.
Desde Cuba, en carta del 24 de julio de 1961, Cooke
le dijo a Perón:
¿Qué somos, desde el punto de vista de nuestra
orientación? Lo único que es posible: un partido de izquierda. Los que dicen
que eso de izquierdas y derechas no tiene razón de ser es porque son
reacciona-rios; para el resto de la gente, la palabra izquierda tiene un
significado muy claro, y doblemente claro en la Argentina, donde la izquierda
fue cipaya –es decir, no fue izquierda– pero ya la confusión se desvaneció. Si
postulamos la revolución social y la liquidación de los lazos colo-niales,
somos de izquierda, y ocultándonos esa realidad no progre-samos nada. El límite
de nuestra ideología lo damos nosotros mismos, lo mismo que las
diferenciaciones con respecto al comunismo y otros movimientos izquierdistas.
Pero como izquierda, sintiéndonos de izquierda, somos una fuerza de futuro;
como un extraño bicho que es de izquierda y busca congraciarse con la derecha,
duraremos lo que Ud. dure y luego vendrá la diáspora, fraccionados en
partículas, sin nada que ofrecer. [Obras Completas, Tomo II, pp. 494 y 495].
Cooke constataba por un lado la incompatibilidad
“objetiva” del peronismo con el sistema y, por el otro, la ausencia de una
incompati-bilidad “subjetiva” o ideológica.
Esta carta es clave para comprender la posición de
Cooke, el signo distintivo del cookismo, porque está cargada de definiciones
ideoló-gicas y políticas categóricas. Cooke le planteó a Perón: 1) la
contra-posición entre un peronismo de “figuración y calculo”, sin “angustia” y
un peronismo revolucionario; 2) que la ambigüedad e indefinición del peronismo
lo malogran como movimiento emancipador y lo convierten en base de maniobras de
las políticas reaccionarias, en fin: que el vacío ideológico y la confusión política,
la ausencia de fines y formas, es uno de los grandes problemas del Movimiento;
3) que en el peronismo existen tendencias reaccionarias, pro-occidentales y
cristianas, y “anticomunistas” que indefectiblemente lo anulan como movimiento
de liberación porque, para Cooke, la ideología “occi-dental y cristiana” no era
simplemente un delirio de fanáticos, sino una realidad material: su función era
justificar los intereses del colonia-lismo, de la burguesía transnacional y
local y de sus aliados; 4) que la debilidad del Movimiento se explica a partir
de la existencia de una
161
MIGUEL MAZZEO
capa burocrática que no hace más que reproducir la
ideología del sistema; 5) que la Revolución Cubana constituye una línea
divisoria desde el punto de vista ideológico y geopolítico y que había que
tomar partido, cuanto antes mejor, porque los tiempos se habían acelerado
(tengamos presente también que en el año 1961, en la Conferencia de Belgrado,
en Yugoslavia, nace el Movimiento de Países no Alineados);
6) que los
planteos en torno a la unidad del peronismo remiten a una posición oportunista;
7) que la idea de la reconstrucción del frente de 1945 expresa tendencias
reaccionarias y/o una incapacidad para asumir el dilema que impone esa
frustración estructural: consolidar una alter-nativa burguesa, que en el mejor
de los casos apele a un nacionalismo retórico que encubra su pro-imperialismo y
su pro-occidentalismo, o construir una fuerza revolucionaria y socialista; 8)
que la burguesía nacional “se dio vuelta”, 9) que los comunistas “somos
nosotros”.8
Con pocos días de diferencia, el 18 de agosto de
1961, le escribió a Vicente Trípoli para comentarle que el Movimiento “naufraga
en la indefinición ideológica” y que, al igual que el país, era una “selva
espesa y enmarañada” [Obras Completas, Tomo III, p. 53].
En segundo lugar, en la carta a Alhaja, Cooke
planteaba que: “El ajedrez electoral no resuelve nada”, “las variantes
electorales son trampas groseras” [Obras Completas, Tomo III, pp. 51]. El
pueblo no depositaba muchas expectativas en los procesos electorales. Para
Cooke la táctica electoral pasaba a ser secundaria y debía estar subor-dinada a
las conveniencias de una estrategia más amplia. Estas convic-ciones terminarán
siendo corroboradas un año más tarde, cuando el gobierno de Frondizi
desconocerá el triunfo de Andrés Framini, dirigente textil de la “línea dura”,
en las elecciones para la goberna-ción de la provincia de Buenos Aires. Desde
otra perspectiva, Cooke entendía que las variantes electorales tendían a
beneficiar a la buro-cracia política y sindical del Movimiento, a la línea
“blanda”. Tampoco servía el “golpe militar peronista”. La tentación pustchista
estuvo presente con cierta fuerza en el peronismo hasta 1960, aunque nunca haya
sido compartida por Perón quien desconfiaba profundamente de sus camaradas de
armas. Con el fallido asalto al Regimiento 11 de Infantería de Rosario,
dirigido por el general Miguel Ángel Iñiguez, jefe del Comando Organizativo
Revolucionario (COR), el “golpe pero-nista” perdió peso como alternativa.
8 Véase: Obras Completas, Tomo II, pp. 475-497. Un
año después, en Carta a Perón
del 18 de octubre de 1962, dirá: “Los comunistas,
en la Argentina, somos nosotros, porque el imperialismo yanqui no se guía por
definiciones filosóficas sino por hechos prácticos; y el movimiento de masas
que pone el peligro las inversiones, el orden social y la ‘seguridad’
hemisférica [sic], eso es el comunismo” [Véase: Obras Completas, Tomo II, p.
562].
162
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Después de la Revolución Cubana el pustchismo será
visto por los distintos sectores revolucionarios del peronismo –incluido Cooke,
claro está– como uno de los rostros de la política reformista puesto que, desde
algunos sectores del peronismo y de la izquierda, comenzaba a asumirse que no
se podía destruir el Estado burgués semi-colonial con los instrumentos de ese
mismo Estado, mucho menos en un solo acto.
En tercer lugar Cooke sostenía: “La revolución
social, es decir, la revolución socialista, avanza rápidamente en el Continente
a partir de Cuba. La diferencia está en si la hace esta generación o llega
aburri-damente en una vuelta del cohete de Gagarin o Titov. De cualquier manera
llegará. Pero nosotros la queremos en esta generación y con sangre criolla”
[Obras Completas , Tomo III, pp. 51]. La Revolución Cubana –al asumir la forma
de un proceso indefinido, sin etapas sepa-rables (democrático-burguesa, socialista)–
había convertido en super-flua la discusión sobre la naturaleza de la
revolución, colocando en el centro del debate el problema del poder político.
Cooke asumió –¡en 1961!– que la tarea principal
consistía en “cons-truir la vanguardia de la revolución para realizar la
insurrección popular, por un método, por otro, o por varios” y agregaba: “Lo
funda-mental es tener cuadros, y muchos cuadros”. Cooke ya era un crítico de la
burguesía y no desvinculaba la liberación nacional de los cambios drásticos en
las relaciones de propiedad. En esa época, ya planteaba la necesidad de la
acción consciente de las masas en la lucha de clases, es decir, que ya era claramente
socialista. Un socialismo que supondrá y abarcará el anticolonialismo, el
antiimperialismo y el nacionalismo; y que, a partir del planteo de la necesidad
de exceder el régimen del capital, permitirá la efectiva realización de estos
últimos, estrechando el espacio para las ambigüedades. O sea, la revolución
concebida como “socialista y antiimperialista”. Y el socialismo, en su proceso
de cons-trucción, que daba cuenta del imperialismo en cada paso, lejos del
etapismo que consideraba que en primera instancia había que expulsar al
imperialismo para luego avanzar al socialismo.
En el Capítulo 8 mencionamos las iniciativas de
algunos y algunas jóvenes peronistas que hacia 1960 llevaron a cabo las
primeras acciones armadas de carácter urbano. En julio de 1961 los hermanos
Santucho fundaron en la provincia de Santiago del Estero el Frente
Revolucionario Indo-americano Popular (FRIP). Ese mismo año, Ángel Bengoechea
(el Vasco) –quien, como veremos, mantuvo una estrecha relación con Cooke y con
Alicia– iniciaba las primeras experiencias de acciones armadas de carácter
urbano. Otra etapa se iniciaba en la historia de las luchas populares en la
Argentina.
163
15- La Revolución Cubana:
¿descubrimiento o constatación?
La cordillera de los Andes está llamada a ser la
Sierra Maestra de América, como dijera Fidel, y todos los inmensos territorios
que abarca este continente están llamados a ser escenarios de la lucha a muerte
con el poder imperialista.
Ernesto Che Guevara
Según el testimonio de Manuel Gaggero, Cooke llegó
a Cuba en abril de 1960 invitado por el Movimiento 26 de Julio para participar
en una reunión latinoamericana de solidaridad con la Revolución Cubana. A poco
de descender del avión, fue detenido por los servicios de segu-ridad cubanos.
Un diplomático argentino malintencionado había lanzado la versión de que se
trataba de una persona peligrosa. Perón y el peronismo no ofrecían muchas
garantías. La relación con regí-menes como los de Stroessner, Pérez Jiménez,
Trujillo y Franco tornaba compleja la decodificación del peronismo en clave
progresista. Y Cooke venía de ser el colaborador más cercano de Perón. Sin
embargo, explicó su situación y se estrenó en la isla en las explicaciones
sobre la natu-raleza del peronismo. Fue convincente. Los hombres de la
seguridad cubana sospecharon de una confusión. Mientras se cercioraban de la
identidad del huésped, Cooke solicitó una máquina de escribir. Quería
aprovechar ese tiempo irremediablemente perdido y avanzar en la redacción de un
artículo para una publicación de la que era corres-ponsal. Mientras tecleaba y
fumaba, desde atrás, le tocaron el hombro y escuchó una voz que, con indudable
acento y argot argentinos, en tono socarrón, le preguntó:
–¿Qué tal Cooke? ¿Está en cana?
Cooke le contó a Gaggero que se dio vuelta casi
sonriendo, y vio por
165
MIGUEL MAZZEO
primera vez al Che.1
La relación entre Cooke y el Che será muy estrecha,
habrá una conexión vital entre ellos. La afinidad, además de evidenciarse en
los proyectos compartidos, se ponía de manifiesto en sus personalidades, en sus
gustos, en sus formas de expresión, etcétera. Uno no elige a cual-quiera para
compartir el riesgo, un posible error o un fracaso. Como se verá más adelante,
Cooke tenía muy en claro el significado de la opción por el Che. Sabía que se
trataba de una opción metapolítica, existen-cial. El vínculo con Alicia será
igual, incluso más profundo. De alguna manera, Cooke y Alicia habían elegido
atar sus destinos al del Che.
Mientras tanto, para evitar futuros inconvenientes,
Emilio Aragonés Navarro, uno de los dirigentes más importantes de la Revolución
Cubana y futuro embajador cubano en Argentina, le facilitó un salvo-conducto.2
Otro dirigente revolucionario, Ricardo Alarcón, se encargó de facilitar la
inserción de Cooke y Alicia.
Unos meses después, Cooke le escribió a Perón y le
reseñó enfervo-rizado su actividad en Cuba:
Mientras tanto continúo mi trabajo. No solamente lo
que se refiere a la difusión de nuestra verdad, sino que colaboro en medio de
una lucha difícil y esforzada. Doy conferencias y escribo artículos y estoy
preparando un libro sobre la Revolución Cubana, con destino a la gente de
nuestro país: para que lo que aquí se hace se conozca bien y, de paso, se
saquen las conclusiones generales aplicables a todos nues-
tros pueblos semicoloniales [Obras Completas, Tomo
II, p. 472].
Cooke se encargó de difundir “la verdad del
peronismo” en Cuba y “la verdad de Cuba” entre los peronistas. En La Habana se
encontró con el escritor argentino Martínez Estrada que, como él, estaba
interesado en difundir la verdad de Cuba, y, a su modo, también estaba en pleno
peregrinaje, en una transición hacia una estación que sería postrera y que
horrorizaría al establishment literario argentino, con Victoria Ocampo y la
revista Sur a la cabeza. Martínez Estrada había ganado el Premio de Casa de las
Américas en 1960. El vínculo con él, la reivin-dicación que hizo Cooke del
autor de Radiografía de La Pampa, La cabeza de Goliat y Muerte y
transfiguración del Martín Fierro. Ensayo
1 Véase: Gaggero, Manuel, Justo: “Dos modelos
latinoamericanos”. En: Fin de Siglo, “Dossier Cooke”, Buenos Aires, enero de
1988.
2 Además de la relación con Cooke, Emilio Aragonés
Navarro tendrá vínculos directos con Perón. Según le comentó al periodista
Isidoro Gilbert: “Al General yo lo visitaba con cierta frecuencia en Madrid;
antes lo hacía Osmany Cienfuegos, en vida de John William Cooke”. Citado por:
Gilbert, Isidoro, El oro de Moscú. Historia secreta de la diplomacia, el
comercio y la Inteligencia soviética en la Argentina Op. cit., p. 299.
166
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de interpretación de la vida argentina, entre otras
obras, y las críticas que esta le acarrea,3 también sirvieron para corroborar
su condición de hereje de dos iglesias.
La transición en Cooke llegó a su punto de
consumación. Simplificando, podríamos decir que la misma tiene como punto de
partida a Perón y como punto de llegada al Che. Planteamos que la asunción de
un nacionalismo con perfiles netamente revolucionarios, basados en el carácter
inseparable del antiimperialismo y el anticapi-talismo, que el cambio en su
visión del peronismo (que tendía cada vez más a no minimizar las
contradicciones internas del movimiento y a oponerse a quienes reproducían la
política y la ideología de las clases dominantes dentro de él), su acercamiento
a posiciones revolucio-narias, socialistas y marxistas; en buena medida, fueron
un proceso previo a su experiencia cubana. De hecho, se trató de un proceso que
desembocó en la experiencia cubana.
Cooke residió en Cuba desde abril de 1960 hasta
febrero de 1963. Pero en ese lapso de su estadía, y antes de regresar a la
Argentina, pasará un corto tiempo en París. Son los años iniciales de la
Revolución. Debemos tener presente que cuando Cooke llega a la isla, Fidel
todavía no se asumía como marxista leninista y la revolución no se definía como
socialista. Son esos, precisamente, los años de las grandes defi-niciones y las
grandes gestas de la Revolución Cubana, el tiempo en que las acciones, las palabras,
los pensamientos y los sentimientos se combinan y dan forma a un auténtico
espacio utópico. Los años de la Primera y la Segunda Declaración de la Habana;
de la invasión imperia-lista pergeñada por la CIA en Playa Girón, en la Bahía
de los Cochinos, en abril de 1961; de “la crisis de los misiles” de octubre de
1962.
Allí está Cooke, (también Alicia) combatiendo como
simple mili-ciano. Roberto Baschetti transcribe su carné:
Milicias Nacionales Revolucionarias. “Mártires de
la Revolución”. 8va. Estación. Nº 35 M.N.R. Nº 194. Exp. Nº 145. Certifico que
el compa-ñero John William Cooke Lenzi, cuyo retrato, firma y huellas
dacti-lares aparecen al dorso, es miembro de las Milicias M.N.R. “Mártires de
la revolución”. Habana 15 de noviembre de 1960.4
Desde su arribo y durante buena parte de su estadía
en Cuba, Cooke también desarrolló diversas tareas de defensa de la Revolución
Cubana;
3 Véase: González, Horacio: “Identidades: John
William Cooke, el Heredero”. En:
Nuevo Sur, 11 de junio de 1989, Suplemento “Las
Palabras y las Cosas”, p. 8.
4 En: Baschetti, Roberto: “John William Cooke: una
historia de vida y lucha”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El
gran descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 22.
167
MIGUEL MAZZEO
entre otras, combatió a la contrarrevolución
“interna”. Gerardo Bavio, refiere que el 4 de junio de 1962:
Me encontré con John W. Cooke en su habitación del
Hotel Riviera, donde vivía con Alicia Eguren. Me recibió con uniforme miliciano
y barba crecida. Acababa de regresar de las sierras del Escambray, donde estaba
participando en la lucha contra las bandas contrarrevolucio-narias infiltradas
con apoyo de Estados Unidos. John era más que un intelectual revolucionario.
Era un combatiente, un conductor político
de armas llevar.5
En esos primeros años, el criterio del gobierno
revolucionario cubano, en particular de Fidel y del Che, era formar a
militantes que no provinieran del PCA. Dada la orientación reformista de la
mayoría de los Partidos Comunistas de Nuestra América, sus cuestionamientos a
la lucha armada y su subordinación a la política exterior soviética, los
cubanos preferían centrar los esfuerzos (y los escasos recursos) en otras
organizaciones, peronistas y de izquierda no pro-soviéticas. Consideraban, con
razón, que la formación de estos grupos generaría efectos políticos inmediatos.
En ese contexto se insertaron Cooke y Alicia. Cabe aclarar que la palabra que
se utilizaba por aquellos años no era “formación”, sino una más marcial y menos
pedagógica: “recluta-miento”. En rigor de verdad, la experiencia era formativa
en un sentido integral, militar, ideológica, política y ética.
En 1962, a instancias de Cooke y de Alicia, arribó
un nutrido y hete-rogéneo grupo de argentinos a Cuba. Allí estaban los
militantes más cercanos a ellos: Guillen, Gaggero, entre otros; junto a los que
prove-nían de la experiencia de los Uturuncos y del peronismo en general, de la
Juventud Peronista, etcétera, y también militantes de izquierda como el Vasco
Bengoechea del grupo trotskista Palabra Obrera, diri-gido por Nahuel Moreno.
(Aunque para esa época Bengoechea ya tenía discrepancias insalvables con Moreno).
Ernesto Salas comenta que en el “campamento
argentino” se plan-tearon diferencias de opinión: “Algunos de los militantes
marxistas no lograban entender qué hacían allí los peronistas y los trataban
como analfabetos políticos”.6 El conflicto será destrabado por la oportuna
intervención de Alicia y el Che. Una vez acordado un “pacto de convi-vencia”, y
en un contexto más distendido, Bengoechea planteará sus diferencias con el Che
respecto de las posibilidades de la guerrilla rural
5 Bavio, Gerardo: “Cooke y el Che. Recuerdos,
realidad y ficción”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran
descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 107.
6 Salas, Ernesto José, Uturuncos. El origen de la
guerrilla peronista, Op. cit., p. 166.
168
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
en la Argentina. El Vasco y su grupo coincidían en
que había que lanzar la lucha armada sin dilaciones, pero consideraban que, en
países donde el sujeto de la revolución socialista era la clase trabajadora, el
medio más adecuado para la lucha armada eran las grandes urbes industriales. Y
ese, decían, sin lugar a dudas era el caso de la Argentina. A su regreso
romperán definitivamente con Moreno y crearán las Fuerzas Armadas de la
Revolución Nacional (FARN).7 Bengoechea planificó la organi-zación de un foco urbano
y otro rural, en la provincia de Tucumán; más en sintonía con la estrategia del
Che, dado que su objetivo era servir de apoyatura al EGP de Masetti. Nada de
esto pudo concre-tarse. El 21 de julio de 1964, Bengoechea junto a otros tres
miem-bros de su organización manipulaban explosivos muy poderosos y un
accidente produjo una detonación que los despedazó y, literalmente, deshizo el
departamento de la calle Posadas al 1186, en el centro de la ciudad de Buenos
Aires.
A partir de ese momento, muchos argentinos y muchas
argen-tinas comenzaron a llegar a Cuba para recibir formación política y
militar: Norma Arrostito, Joe Baxter, Fernando Abal Medina, Juan García
Elorrio, Emilio Jáuregui, Domingo Menna, Carlos Olmedo, Gustavo Rearte, Milton
Roberts, Marcos Osatinsky, Mario Roberto Santucho, Elías Seman, Raimundo
Villaflor, Ismael Viñas, Francisco “Paco” Urondo, Benito Urteaga, entre otros y
otras. Por supuesto, ya estaban Jorge Ricardo Masetti y Rodolfo Walsh, entre otros
hacedores de Prensa Latina.
Se ha sostenido que en Cuba “el ideario desprolijo”
de Cooke “adquiere la savia de una ideología definida”.8 Existe un lugar común
que plantea que la Revolución Cubana constituye un punto de inflexión en su
pensamiento y que juzga que los efectos de la misma obraron prácti-camente como
una iluminación mística sobre el revolucionario argen-tino. Nosotros preferimos
hablar de “confirmación” o “constatación” más que de “descubrimiento”.
Confirmación de un camino socialista y una estrategia revolucionaria. Confirmación
de uno de los destinos posibles para el peronismo en aquellos años, tan posible
como el “final inglorioso”. También se ha planteado que la formación marxista
de Cooke corresponde a su etapa cubana, pero hemos visto que ya había comenzado
con anterioridad.
7 Véase: Nicanoff, Sergio y Castellano, Axel, Las
primeras experiencias guerrilleras en la Argentina: la historia del “Vasco”
Bengoechea y las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional, Buenos Aires,
Ediciones del Centro Cultural de la Cooperación, 2006.
8 Szpunberg, Alberto, “Historia de una pasión
liberadora fortalecida por el tiempo. El pensamiento vivo de un militante”. En
La Opinión Cultural, Buenos Aires, 9 de septiembre de 1973, p. 3.
169
MIGUEL MAZZEO
Cabe dar cuenta también de los planteos de quienes
sostienen que la Revolución Cubana se impuso –a Cooke y a muchos y muchas más–
como modelo estratégico por la ausencia de referencias locales. Consideran que
algo muy parecido ocurrió con la Revolución China y la Revolución Vietnamita (a
veces incluyen a la Revolución Argelina). Claro está, jamás toman en cuenta a
la Revolución Rusa porque, eviden-temente, siguen viendo en ella a un modelo
universal. “El modelo universal”, el único e impar.
Por ejemplo, Julieta Pacheco afirma que, a
comienzos de la década del 60, “una fracción de la pequeña burguesía se activó,
pero al no encontrar un referente local que le permitiera adoptar una
estrategia adecuada a las condiciones estructurales argentinas, tomó como
modelo la propuesta exitosa de la Revolución Cubana y los movimientos de
liberación en el mundo”.9 Agrega más adelante: “La izquierda argentina se
encontraba atravesada por dos obstáculos principales a la forma-ción del
partido revolucionario […]: la influencia de la lucha armada y la
preponderancia del peronismo en el seno de la clase obrera”.10 Esto equivale a
decir que el verdadero obstáculo para la izquierda es la realidad o la historia
mismas. Se trata de un punto de vista que denota una concepción dogmática de
los procesos revolucionarios, donde pesan más los “programas” que las praxis.
Una mirada que oscila entre el objetivismo y el subjetivismo extremos, porque
intenta explicar la historia apelando alternativamente a las debilidades objetivas
o subje-tivas. Las primeras instituyen posibilidades estructurales por encima
de la praxis de los hombres y las mujeres reales, las segundas alimentan las
claudicaciones, los errores y los fracasos. Así, más que explicar la historia
explican por qué esta no acontece según su criterio. La historia se convierte
en un permanente déficit: de conciencia, de partido, de programa. Desde los
emplazamientos que ansían revoluciones a la medida del dogma, el peronismo y el
guevarismo constituyen ejem-plos de “debilidades subjetivas”. Entonces, el
cookismo, que procede de una particular fertilización cruzada de ambos,
constituiría la debilidad subjetiva más grande de nuestra historia. En fin…
Pero volviendo a Cooke, al poco tiempo de
instalarse en Cuba, en una carta del 7 de agosto de 1960, le propuso a Perón:
“Valorar al Peronismo de acuerdo al sistema de pensamiento que se emplea en
Cuba”. Esa fue justamente la tarea que asumió en Cuba, la que tendrá efectos
importantes en la isla. Servirá para que se modifique la visión del peronismo
que se tenía dentro y fuera de Cuba: en lugar de una
9 Pacheco, Julieta, Nacional y popular, El MALENA
y la construcción del programa de liberación nacional (1955-1969), Buenos
Aires, Ediciones de RyR, 2012, p. 136.
10 Ibídem, p. 136
170
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
típica dictadura latinoamericana, autoritaria,
pro-imperialista, pro-occidental: un movimiento de liberación nacional
tercermundista. Cooke no ahorró en analogías entre la Revolución Cubana y la
expe-riencia del gobierno peronista, entre Fidel y Perón. En la carta arriba
citada, Cooke agregaba: “Hace tres meses que estoy en la Habana, y he podido
tomar contacto con dirigentes de todos los países latinoame-ricanos. Esta es la
meca revolucionaria, y todos vienen a beber en el manantial” [Obras Completas, Tomo
II, ver: pp. 453, 456 y 462].
Cooke persistió en esta línea de trabajo. El 3 de
marzo de 1962, le contaba a Perón que había mantenido contactos con Salvador
Allende (con quien estableció una sólida amistad), Julião, Nuflo Chaves, Vivián
Trías, Fabrizio Ojeda, entre otros dirigentes, a los que consideraba los
“aliados reales del peronismo”. Agregaba: “Con todos he hablado, expli-cando el
significado del Peronismo, leyéndoles párrafos de sus docu-mentos, aclarándoles
muchas deformaciones de la propaganda antipe - ronista de izquierda y de
derecha” [Obras Completas, Tomo II, p. 509].
Cooke intervino en la Conferencia de los Pueblos,
realizada en Cuba en enero 1962, mientras se desarrollaba en Punta del Este la
Conferencia de Cancilleres. En carta a Perón del 3 de marzo de 1962 le
comentaba que allí pudo ver “hasta qué punto el peronismo se está divorciando
de la realidad histórica […]. Me refiero a la conducción en el país. Son
‘occidentales, cristianos y anticomunistas’, justo lo que necesita el
imperialismo” [Obras Completas, Tomo II, p. 505].
Por otra parte, el 15 de junio de 1962, Cooke le
escribió otra carta a Perón, en la que le contaba de la realización, en Cuba,
de un acto-asado conmemorativo del 25 de mayo con los residentes argentinos.
Ese día Cooke habló en representación de los argentinos y el Che, en
representación del gobierno cubano. En la misma carta, se ofreció a viajar a
Madrid para “ayudarlo a formarse una composición de lugar” respecto de la
Revolución Cubana. Perón no le respondió [Véase: Obras Completas, Tomo II, p.
533]. El 30 de septiembre le escribió, esta vez, desde París, a la espera de un
guiño para bajar a Madrid. Insistió el 18 de octubre, fue más explícito:
Traigo a Europa la misión de transmitirle, en
nombre de la Revolución Cubana, una invitación fraternal y amplia. El
comandante Fidel Castro lo invita a que visite Cuba, por el tiempo y las
condiciones que Ud. desee. Además, lo invita a que se vaya a vivir a Cuba,
donde Ud. será acogido como corresponde a su jerarquía de líder del pueblo
argentino [Obras Completas, Tomo II, p. 570].
El guiño de Perón nunca llegó y Cooke regresó a
Cuba, seguramente embargado por la desilusión, fastidiado.
171
MIGUEL MAZZEO
Cooke deseaba fervientemente que Perón se instalara
en Cuba, consideraba que ese solo gesto serviría para despejar toda sospecha
respecto de su condición de auténtico líder del Tercer Mundo. Entendía que Cuba
le ofrecía al General el más amplio mirador de un mundo que cambiaba a pasos
agigantados. Cuba estaba en el ojo de la tormenta socialista y descolonizadora.
En contraposición, Madrid, la España franquista, la España del Opus Dei,
aparecía como una cárcel y Perón, a lo sumo, podía contar allí con una mísera
“ventana” en Puerta de Hierro. Allí, Perón estaba lejos de los escenarios
mundiales donde se disputaba poder y desde donde se podía incidir en el curso
de los acon-tecimientos. Para Cooke, su permanencia en Madrid era una absurda
concesión a Occidente, porque, desde su punto de vista, Perón no era Rómulo
Bentancourt, o Víctor Raúl Haya de la Torre; es decir, no era un
“antiimperialista arrepentido”.
En carta del 18 de octubre de 1962 lo llamó “El
prisionero de Puerta de Hierro” y procuró ser bien gráfico: “Es como si
Eisenhower hubiese dirigido y planeado el desembarco de Normandía desde un
campo de concentración Alemán”. Y remató, más adelante: “Ud. no es un exiliado
común: es un doble exiliado. Exiliado de su Patria y exiliado del mundo
revolucionario donde se decide la historia y donde tiene sus hermanos de causa”
[Obras completas, Tomo II, pp. 557 y 558].
Cooke realizó las gestiones necesarias y logró
comprometer al gobierno Cubano aunque, como vimos, no tuvo éxito con Perón.
Volvió a insistirle en 1965, le explicó las ventajas de una radicación
definitiva en Cuba; ventajas políticas y prácticas. Perón volvió a negarse,
eludió los ejes propuestos por Cooke y expuso argumentos de “conducción
táctica”, o cargó las tintas en la falta de unidad y solidaridad dentro del
movimiento peronista.
A riesgo de ser repetitivos insistimos en que la
transición a la que hacemos referencia está condicionada por las políticas
implementadas por la Revolución Libertadora (Fusiladora), por el contexto
generado por las acciones y la mística de la Resistencia peronista, por la
percep-ción de Cooke respecto de los cambios estructurales en la Argentina:
cambios en el modelo de acumulación de capital, en el papel de las FFAA, en el
rol de la burguesía nacional. También por la constatación de la imposibilidad
de remozar el frente poli-clasista de 1945, lo que convertía a la “conciliación
de clases” y al proyecto que aspiraba a limitar la “desmesurada ambición del
capital” en ilusiones vanas. Ahora había que ir más allá de las medidas del
45-55. Había que “socializar”.
Cooke tampoco pasa por alto los cambios a nivel
mundial. Por un lado la consolidación del bloque socialista, por el otro el
avance del
172
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
proceso de descolonización de los pueblos de Asia y
África. Asimismo, considera los cambios en la política exterior de los Estados
Unidos respecto de Nuestra América, sobre todo a partir del impacto de la
Revolución Cubana. No debemos olvidar que tras la versión “blanda” de la
política imperial representada por la Alianza para el Progreso a principios de
la década del 60, se pasó rápidamente a la geopolítica del poder militar, a la
integración de los servicios de inteligencia y las contrarreformas estructurales.
Cooke no dejará de analizar las rela-ciones de fuerza a nivel internacional. A
partir de ese análisis, y en pos de la necesaria actualización del viejo
objetivo de la liberación nacional, justificará la adopción del socialismo como
la ideología adecuada a las circunstancias.
En ese sentido, como sostiene Juan A. Bozza:
“Testigo de circuns-tancias históricas en las que coincidieron la proscripción
del pero-nismo y la avanzada de la diplomacia hemisférica ‘anticomunista’ de
los EE.UU., Cooke fue el intelectual que hizo el aporte más significativo a una
teoría y una estrategia donde convergían peronismo y socialismo”.11
Ahora bien, la posición de Cooke estuvo lejos de
constituir una excepción; por el contrario, su caso debería ser considerado
como uno de los emergentes del proceso de transición del que hablamos, ya que,
de hecho, desplazamientos en el mismo sentido pueden corroborarse en una gran
cantidad de militantes peronistas. En particular, en el caso de los
trabajadores y las trabajadoras jóvenes que comenzaban a sugerir caminos
alternativos y autónomos respecto de las estructuras políticas y sindicales del
peronismo (o del “justicialismo”), que seguían insis-tiendo con la letanía de
la “función social del capitalismo”. Caminos anticoloniales, antiimperialistas
y anticapitalistas.
A partir del análisis de la situación argentina,
Cooke llegaba a la conclusión de que se hacía cada vez más inviable la
reedición del viejo frente de clases de 1945. Consideramos que, a medida que
sus análisis y experiencias le confirmaban la improbabilidad de una “solución
intermedia” como la que expresaban los gobiernos nacionalistas más o menos
reformistas que impulsaban un capitalismo nacional con polí-ticas
redistributivas del ingreso, sus planteos se fueron radicalizando y se fueron
tornando abiertamente socialistas. Cooke no se limitaba al peronismo, también
analizaba la situación del APRA peruano, del Movimiento Nacionalista
Revolucionario (MNR) de Bolivia, de Acción Democrática (AD) en Venezuela,
etcétera.
11 Bozza, Juan A.: “El peronismo revolucionario.
Itinerario y vertientes de la
radicalización, 1959-1969”. En: Revista
Sociohistórica, Cuadernos del CIHS (Centro de Investigaciones Socio Históricas
de la UNLP), Número 9710, La Plata, Ediciones Al Margen, 2002, p. 155.
173
MIGUEL MAZZEO
Cooke sostuvo una noción próxima a la de la
“actualidad de la revo-lución”, la idea fundamental de Lenin, según Lukács.
Consideraba que la clase trabajadora, en una situación anterior a la de la
década del 60, había tenido que desempeñar el papel de “clase complemen-taria”,
apuntalando a los sectores progresistas (la burguesía nacional, un sector de
las Fuerzas Armadas, entre otros) en su enfrentamiento objetivo a las clases y
sectores reaccionarios. Pero lo “posible” a partir de 1959, la “tarea del momento”
para Cooke, era la revolución socia-lista con dirección de la clase
trabajadora. Lo que hacía posible la transición de una situación a otra era la
constatación de la impo-sibilidad de remozar el frente de 1945 y la
imposibilidad de que la burguesía argentina asumiera las tareas
“democrático-nacionales”, ya que ésta clase había perdido todo interés
objetivamente nacional (o, en caso de existir ese tipo de interés en algunas
franjas de la burguesía local, exigía una disposición de absoluta subordinación
de parte de la clase trabajadora).
Entonces, esta situación condicionaba el proceso
liberador de la Argentina, haciendo que la liberación nacional y la
emancipación social se constituyeran en un asunto indivisible.
De forma igualmente determinante, pesaban las
experiencias que corroboraron la inviabilidad de las distintas tácticas puestas
en práctica por el peronismo desde 1955 con el objetivo de recuperar el poder:
pustchs militares (el general Juan José Valle en junio de 1956, el general
Iñiguez en noviembre de 1960); elecciones, (las que llevaron a Frondizi a la
presidencia) y huelga general con insurrec-ción (la toma del Frigorífico
Lisandro de la Torre en enero de 1959). Finalmente, en la carta dirigida por Cooke
a Alhaja el 18 de agosto de 1961, podemos ver un rescate del sentido de la
experiencia de los Uturuncos, sin que por eso haya dejado de señalar las que
conside-raba importantes deficiencias.
En ese sentido, Cooke le decía a Alhaja:
En la lucha revolucionaria siempre es igual. El que
triunfa es un héroe nacional; el derrotado es un provocador. La historia, por
lo demás, la escriben los triunfadores. Si Lenin no hubiera tomado el poder en
Octubre hubiera quedado como un espía alemán. Si Fidel no hubiese triunfado en
Sierra Maestra, dirían de él hoy que fue un loquito, niño bien, que desató la
represión contra el movimiento obrero.
[…]
Ustedes intentaron ser “el motor que pusiera en
movimiento, que desencadenara, que largara a andar al grande”, para decirlo con
las palabras de Fidel al referirse a ellos mismos al embarcarse en el Granma.
Es indudable, sin embargo, que un núcleo inicial, por
174
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
pequeño que sea, debe tener disciplina militar
rígida, una dirección política ÚNICA e indiscutida, una organización vertical
sin vacila-
ciones [Obras Completas, Tomo III, p. 50].
Con esta aclaración no pretendemos impugnar algo
tan evidente e indiscutible como las repercusiones de la Revolución Cubana en
la Argentina, en Nuestra América, en el mundo colonial, incluso en los países
centrales. Sólo queremos destacar el peso decisivo de las expe-riencias de
lucha de los trabajadores, las trabajadoras y el pueblo y de los debates
ideológicos y políticos en el proceso local de formación de una conciencia
nacional, revolucionaria y socialista. Esta era la situa-ción ineludible a
partir de la cual un militante revolucionario, una militante revolucionaria,
Cooke y unos cuantos y unas cuantas más, asimilaban la experiencia cubana y
otras prácticas revolucionarias.
Por ejemplo, en 1962 viajaron a Cuba dirigentes
como Augusto Vandor, Rosendo García y Paulino Niembro. Poco después, se
consoli-daban como la expresión consumada del núcleo duro de la burocracia
sindical. Cuba no oficiaba milagros. En materia de conciencia revo-lucionaria,
sólo podía acelerar procesos, nunca generarlos. Rodolfo Walsh, en ¿Quién mató a
Rosendo?, comenta sobre esta visita: “Se dice que [Vandor] ha llorado en Cuba,
al contemplar la revolución del pueblo […], pero luego le ha dicho a Ernesto Guevara:
‘Nosotros nunca podremos hacer lo que han hecho ustedes’. Eso es realismo”.
Respecto de Rosendo García, dice: “El comentario más favorable que le arrancó
la gira por Cuba fue que los cubanos eran ‘unos locos lindos’”.12 Niembro, por
su parte, no hizo concesiones. Será un anticastrista “puro” desde la primera
hora.
Plantear una influencia determinante y unilateral
es algo caracte-rístico de los enfoques superficiales, elitistas y
superestructurales, es vicio de las teorías conspirativas, sean de derecha o
izquierda. Por lo general, se trata de enfoques de derecha, reaccionarios, no
exentos de cierta neurosis que conduce a la creación de fantasmagorías
protec-toras, defensores de la teoría de los dos demonios, expresiones tardías
y extemporáneas de la Doctrina de la Seguridad Nacional de gente que, como
decía Jauretche, “está muy apurada por Occidente”.13 Y, agregamos, que se niega
a reconocer la evidencia de que la lucha de clases y la resis-tencia a la
opresión (en todas sus expresiones) son materias del orden de los hechos
históricos y no del orden de la teoría. Por ejemplo, tratar de explicar la
historia argentina de las décadas del 60 y el 70 a partir
12 Véase: Walsh, Rodolfo, ¿Quién mató a Rosendo?,
Op. cit., p. 42.
13 Carta de Arturo Jauretche a Hernán Benítez
(fecha y lugar ilegibles). En: Cichero, Marta, Op. cit. p. 117.
175
MIGUEL MAZZEO
de nociones tales como la “infección del
peronismo”, la “infiltración comunista”, la “amenaza comunista” (más
específicamente castrista), y ver ahí las causas de la “violencia subversiva
perpetrada por bandas terroristas” y la “guerra interna”.14 O reducir a una
figura tan compleja y rica como la de Cooke a la condición de un “agente
cubano”, una correa de transmisión de la estrategia cubana o del “modelo
cubano” en la Argentina. En efecto, a pesar de sus deficiencias más notorias,
la clave interpretativa basada en la Doctrina de la Seguridad Nacional sigue
siendo frecuentada.
Siguiendo un criterio similar podríamos plantear
que, a comienzos del siglo xix, las colonias españolas en el nuevo continente
fueron víctimas de la infiltración bolivariana y sanmartiniana, que incitó a la
violencia y desató la Guerra de la Independencia. Que el apacible orden
colonial se vio alterado por el accionar de un grupo de conspira-dores que
instrumentaron una revolución independentista a espaldas del pueblo, ajena a
sus objetivos. También podríamos hablar de la “influencia destructiva” de la filosofía
de Rousseau, de sus capacidades de introducir divisiones y antagonismos en
sociedades casi perfectas, armónicas y jerárquicas.
En Peronismo y revolución, Cooke decía que “lo que
hace que una ideología sea foránea, exótica, antinacional, no es su origen sino
su correspondencia con la realidad nacional y sus necesidades”. Y se refería al
impacto decisivo de la traducción (Cooke usa el término más peronista de
“transvasamiento”) de las ideas de Rousseau, de los enci-clopedistas franceses,
de los comuneros españoles y de la revolución norteamericana en los patriotas
que llevaron adelante la revolución americana [Obras completas, Tomo V, pp. 155
y 156].
En relación con Cuba, el propio Cooke ofrecía una
respuesta a las teorías conspirativas; en carta a Perón del 3 de marzo de 1962,
afirmaba: “La fuerza de la revolución cubana no está en la acción de
misteriosos agentes sino en sus resonancias emocionales y en su ejemplo
práctico” [Obras Completas, Tomo II, pp. 500 y 501].
El pensamiento de la rancia derecha argentina,
desde la Ley de Residencia (1902) a nuestros días, tiende a negar las
contradicciones sociales y a descalificar la lucha de clases asignándole un
rasgo de “extranjería” o “invención”. Esto es: la lucha de clases o las
revolu-ciones concebidas como mercancía de exportación de un alto grado
14 Existen varios trabajos representativos de
estos enfoques. Por lo general se trata de investigaciones periodísticas, más
concretamente del subgénero “partes de inteligencia retrospectivos”. Véase, por
ejemplo: Yofre, Juan Bautista, Fue Cuba. La infiltración cubano-soviética que
dio origen a la violencia subversiva latinoamericana, Buenos Aires,
Sudamericana, 2014.
176
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de homogeneidad con baja diferenciación del
producto respecto de su origen. Como “commodities” rusas, chinas, cubanas o
venezolanas; como expresión de “fuerzas extrañas” o “ideologías exóticas”. La
matriz reaccionaria sigue considerando que los internacionalismos pueden
ejercer su influencia –siempre maléfica y perniciosa– al margen de las
realidades históricas locales, sin coordinación con fuerzas sociales y
políticas nacionales. Claro está, tampoco posee el interés de aprender de las
experiencias de otros pueblos, menos si estas tienen compo-nentes
emancipatorios.
Y, sabemos, Perón no fue ajeno a estos tópicos. En
1947 le había escrito al Papa Pío XII: “Me empeño por arrancar de la miseria
del laicismo y del materialismo no solo a los niños sino también a las clases
proletarias desorientadas por ideologías exóticas y proclives a los utopismos
comunistas”.15 El General sabía bien a quién se dirigía. Eugenio Pacelli, o Pío
XII, era un verdadero cruzado de Occidente. De todos modos, recuérdese que
Perón no siempre debe ser escuchado o leído literalmente. Y además Pío XII
terminó excomulgando a Perón en 1955.
Sería infinita la lista de los que, en el último
medio siglo, se disputan la patente: cristianos de base, indígenas,
liberales-radicales, anar-quistas, nacionalistas revolucionarios, comunistas,
castro-guevaristas, zapatistas o chavistas.
Consideramos que, para Cooke, con la Revolución
Cubana, “la ideo-logía del proletariado encontró en las tradiciones
revolucionarias no marxistas, los asideros necesarios para enraizarse, [además]
en Cuba, la relación del marxismo y el leninismo con las tradiciones nacionales
revolucionarias no tuvo un carácter externo, superficial”.16
El intento de articular el marxismo, básicamente en
una versión filoguevarista, con la tradición nacional constituyeó uno de los
gestos más característicos de la intervención de Cooke. Vale tener presente que
en Cuba…
la ideología del proletariado no apareció ante el
pueblo cubano como algo ajeno, impuesto a la nación. La articulación del
marxismo y el leninismo con las tradiciones revolucionarias precedentes, desde
Mella hasta Fidel Castro, había brindado los asideros necesarios para que las
ideas de Marx, Engels y Lenin pasaran a formar parte de esa
15 Perón, Juan Domingo: “Carta al Papa Pío XII,
Buenos Aires, 28 de marzo de 1947”.
En: Cichero, Marta, Op. cit., pp. 46 y 47.
16 Oliva Miranda, Francisco: “La articulación del
pensamiento de Marx, Engels y
Lenin con las tradiciones nacionales”. En: revista
Cuba Socialista, Nº 3, La Habana, s/f, 1996, pp. 45 y 56.
177
MIGUEL MAZZEO
herencia cultural de las masas humildes que, a
juicio de Martí, eran los jefes de las revoluciones si éstas eran verdaderas
[…] La fase nacional-liberadora y antiimperialista iniciada por Martí, y la
socialista, que exigían los nuevos tiempos, debían sucederse
ininterrumpidamente, bajo una misma dirección revolucionaria.17
Al terminar de asumir en Cuba lo que venía rumiando
desde hacía rato –que la liberación nacional y la revolución social en Nuestra
América pasaban a ser procesos inescindibles– Cooke superaba las ilusiones (y
los límites) del nacionalismo reformista, del populismo, de los programas
centrados en la liberación nacional. Al mismo tiempo, asumía que los
movimientos de masas en Nuestra América tenían dos únicas alternativas, o bien
profundizaban los procesos revolucionarios (en sentido anticapitalista) o bien
caían y/o se desvirtuaban.
Desde esta concepción era lógico que el peronismo
se presentara a los ojos de Cooke como la primera fase (y no una etapa en el
sentido del etapismo) de una revolución inconclusa, que sólo podía realizarse
plenamente a partir de una dirección revolucionaria. El peronismo era
rescatado, entonces, como un “entarimado” histórico que, a pesar de sus
falencias, había contribuido a que los trabajadores y las trabaja-doras
desarrollaran el sentido de clase y la conciencia de sus poten-cialidades,
condición necesaria para el desarrollo de una ideología revolucionaria.
Cooke colaboraba activamente con el Che. Resultan
evidentes las coincidencias y las contribuciones recíprocas. Ambos se oponían
al reformismo pacifista de buena parte de la izquierda tradicional de Nuestra
América, particularmente de los Partidos Comunistas y al fetichismo de la
democracia burguesa en los países periféricos. Ambos buscaban la integración
práctica de una estrategia armada de carácter continental apoyada por los
“focos guerrilleros” y por Cuba.
17 Ibídem, p. 53.
178
16- La Tricontinental y la Conferencia de la
Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS)
Porque el hombre nuevo no es una imagen en los
altares, es una vivisección permanente.
Alicia Eguren
En enero de 1966 se realizó en Cuba la Conferencia
de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (Conferencia
Tricontinental). Participaron más de ochenta países y organizaciones
revolucionarias y hubo casi ochocientos representantes acreditados. Cooke
presidió la delegación argentina, compuesta por militantes del peronismo
revolucionario, del PCA y de varias organizaciones de izquierda. Entre otros y
otras están Carlos Lafforgue, Alcira de la Peña y Abel Alexis Latendorf.
Por cierto, la delegación argentina no era la que
más miradas conci-taba. En estos ámbitos la relevancia de una delegación estaba
en rela-ción directa al grado de desarrollo de las luchas sociales del pueblo
que representaba y sus capacidades de repercutir en el mundo Occidental. En
1966 y 1967 los ojos estaban puestos en Viet Nam, en Palestina y Yacer Arafat,
en las Panteras Negras y Stokely Carmichael, en las distintas organizaciones de
la izquierda chilena representadas por Salvador Allende y, va de suyo, en los
países socialistas, principalmente la Unión Soviética, China y Cuba, el país
anfitrión.
En el transcurso de la Conferencia, Cooke le
escribió a Perón: le habló de las distintas representaciones, de la delegación
de la Argentina, de los acuerdos de la Conferencia, de la constitución de la
organización Tricontinental. Y le decía:
179
MIGUEL MAZZEO
Y a mí se me encoge el corazón de pensar que Ud.,
que planteó como posibilidad histórica de este período una política común a un
mundo que recién comenzaba a ser alumbrado, que desde el gobierno y en las más
desfavorables condiciones anunció la necesidad de una voz y una política propia
para el mundo de la dependencia y el subde-sarrollo, que en la globalidad de un
mundo que parecía férreamente predeterminado por las superpotencias distinguió
la emergencia de fuerzas tremendas destinadas a alterar todas las correlaciones
de polí-tica establecida, no está aquí como protagonista [Obras Completas,
Tomo II, p. 626].
Para él, Perón era el gran ausente de la
Conferencia, pero sobre todo era el gran ausente de la política que ella
representaba. No podía aceptar la auto -exclusión del espacio geoestratégico
del que, de alguna manera, había sido precursor un par de décadas atrás, con
anterioridad a la Conferencia de Bandung, que se realizó precisamente en 1955,
el año de la caída del gobierno peronista. Para Cooke, Perón tenía la talla de
un líder del Tercer Mundo, pero constataba que el General no era plenamente
consciente de esa condición y que por eso se negaba siste-máticamente a jugar
los roles que se derivaban de ella. Veía a Perón preso de concepciones
políticas mezquinas, localistas y mediocres.
En ese espacio coincidían los líderes del Tercer
Mundo, los líderes de los movimientos políticos de liberación y de los
movimientos revolucionarios. Entre otros, estaban presentes Salvador Allende,
Rodney Arismendi, Amílcar Cabral, Pedro Medina Silva, Luis Augusto Turcios
Lima, Cheddy Jagan, Nguyen Van Tien. Además, adherían a la Tricontinental
figuras de la talla de Lázaro Cárdenas, Fidel Castro, Gamal Abdel Nasser, Kwane
Nkrumah, Sekou Toure, Mao Tse Tung y Ho Chi Min. Pero Perón no se encontraba
allí. Perón no adhería. A los ojos de Cooke, Perón estaba ausente del futuro.
Claro que, de manera inevitable, estaban presentes el peronismo y la Argentina,
a través de Cooke, que habló en la Conferencia, sin mandado y sin
representación, salvo los que emanaban de la delegación argentina.
Perón le respondió con una carta “spenceriana”, el
25 de enero de 1966, en la que cuestionó indirectamente los argumentos de
Cooke. Mientras Cooke propiciaba la lucha abierta contra el imperialismo
norteamericano, Perón, apelando al fatalismo evolutivo, sostenía que los
imperialismos (así, en plural, porque incluía a la Unión Soviética) se
destruirían solos, por agotamiento y descomposición; decía que no valía la pena
precipitarse, que había que actuar dentro del orden natural de las cosas. Otra
vez mostraba su predilección por el tiempo. Frente al ímpetu revolucionario de
Cooke, Perón exageraba el tono arzobispal: inteligencia, sabiduría, prudencia.
180
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En julio de 1967 Cooke estaba de nuevo en Cuba como
presidente de la delegación argentina en la Conferencia de la Organización
Latinoamericana de Solidaridad con la Revolución Cubana (OLAS), que comenzaba a
sesionar el último día de ese mes bajo la presi-dencia honoraria del Che, quien
se encontraba en Bolivia. Junto a Cooke participaron Fernando Abal Medina,
Norma Arrostito, Joe Baxter, Juan García Elorrio, Carlos Lafforgue, Roberto
Quieto, Jorge y Arturo Lewinger; Juan Carlos Coral por el PSA e Ismael Viñas
por el Movimiento de Liberación Nacional (MALENA).
Un aspecto no menor del mar de fondo de la
Conferencia fue la disputa entre la línea pro- soviética (moderada),
representada por la mayoría de los Partidos Comunistas, y las corrientes
castristas que se identificaban con el trazo grueso de la letra de la Segunda
Declaración de la Habana. Estas últimas estaban representadas por diferentes
organizaciones y movimientos que coincidían en la lucha armada como vía para
llegar al poder y construir el socialismo, al tiempo que se oponían a las
concepciones etapistas, dado que consideraban inviables los caminos burgueses a
la democracia y al desarrollo económico y social. Su posición partía de
reconocer que no había posibilidades de liberación nacional sin revolución
socia-lista, y que esta exigía formas de violencia revolucionaria. Además, las
corrientes castristas y las corrientes pro-chinas, a diferencia de la línea pro
-soviética, sostenían la existencia de condiciones revo-lucionarias en todo el
Continente. Y establecían que, en caso de faltar esas condiciones, la misma
lucha armada debía encargarse de crearlas.
En su discurso, Cooke sostuvo que los planteos
sobre la unidad, basados en fórmulas vagas e indefinidas, eran inconcebibles,
típicos de un nacionalismo timorato y policlasista que, como hemos seña-lado,
para él no sólo era inviable desde fines de la década del 50, sino que también
era susceptible de convertirse en reaccionario y contra-insurgente. Este tipo
de nacionalismo se caracterizó por plantear la unidad de Nuestra América en
términos estáticos, mientras que el planteo revolucionario se caracterizaba por
su concepción dinámica de la unidad. En los términos de Cooke, Cuba venía a
reparar “nuestra derrota como nación” y, al retomar lo planteado por la
delegación argentina en la Tricontinental, decía que la solidaridad “debía
dejar de ser un atributo del espíritu para transformarse en una categoría
revolucionaria” [Obras Completas, Tomo III, p. 260].
Como sabemos, finalmente la estrategia
insurreccional común fracasó. Consideramos que, entre otras cosas:
181
MIGUEL MAZZEO
1) Por el
hecho de concebir la lucha revolucionaria en términos de fórmulas
estandarizadas y simplificadas, y de categorías muy abarca-doras y abstractas
de aplicación continental, que venían a reemplazar la carencia de una teoría
general y que solían pasar por alto los términos nacionales (por ejemplo: las
características de las formaciones econó-mico-sociales de los diferentes países
de Nuestra América), con la consiguiente idealización de la guerrilla rural.
2) Por
ofrecer soluciones técnicas a problemas políticos. En líneas generales, en la
OLAS se adoptó el criterio sostenido por Regis Debray, que planteaba que toda
política revolucionaria debía expresarse en una línea militar coherente y
precisa.
3) Por
confundir la revolución con la guerra, lo que condujo a la deformación
militarista de muchas organizaciones revolucionarias y a la negación del peso
determinante de las vinculaciones orgánicas con el movimiento popular.
4) Porque
al pretender la nivelación de las singularidades nacio-nales se repitieron los
viejos errores de la concepción internacio-nalista en su versión más
simplificada y estereotipada. Se universa-lizó de manera a-crítica la
experiencia cubana, lo mismo que había ocurrido con la experiencia de la
Revolución Rusa. De este modo, la Revolución Cubana terminó funcionando como
coartada y no como ejemplo.
Sería sumamente injusto hacer partícipe a Cooke de
estos errores. Sin dejar de situarse siempre en las coordenadas propuestas por
la OLAS y la Tricontinental, especialmente en lo que se refiere a la opción por
la lucha armada, él jamás adhirió a las formulas estandarizas, nunca pensó en
las armas como reemplazo de la política (de masas) y, de alguna manera, fue un
crítico temprano del militarismo. Más adelante desarrollaremos su posición con
relación al foquismo.
Sin abjurar del sentido general de la estrategia
guevarista en el plano continental, diversas fuerzas revolucionarias se
encargaron de refor-mularla a finales de la década del 60. La consolidación del
proyecto revolucionario en el plano nacional pasó a ser la condición sine qua
non para construir sobre fundamentos más sólidos esa estrategia continental.
Asimismo, se revalorizó el papel de la clase trabajadora y de los grandes
centros urbanos. Por eso, Cooke puede ser conside-rado un precursor de esta reformulación
de la estrategia guevarista. Las organizaciones revolucionas surgidas en la
Argentina a fines de las décadas del 60 y el 70, en especial las FAP y el PB,
las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), con matices, expresaron esta línea.
También en esto fueron “herederas” de Cooke.
182
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Él era consciente de los condicionamientos
geopolíticos que imponía la Guerra Fría. Sabía que en la áspera lucha contra el
impe-rialismo norteamericano era imposible desechar las alianzas y los
alineamientos tácticos con la Unión Soviética. Pero su apuesta fuerte siempre
fue a favor del Tercer Mundo. Consideraba que sólo el Tercer Mundo era capaz de
desplegar las formas de solidaridad más generosas y activas sin el lastre del
juego de gran potencia mundial que cautivaba a la Unión Soviética y que la llevaba
a priorizar sus propios intereses. Debemos tener presente que, en estos
asuntos, Cooke supo diferen-ciarse en un primer momento de la visión del propio
Che. Vale decir que, a partir del 1965, el Che terminará coincidiendo con
Cooke.
Sin dudas, esta experiencia dejó enseñanzas muy
valiosas. Pensar la unidad de Nuestra América, la unidad revolucionaria, exige
partir del reconocimiento de las semejanzas pero también de las diferencias. Un
plan continental debe procesar las experiencias pretéritas sin la preten-sión
de resucitar fórmulas antiguas. Es decir, no debe crear convencio-nalismos de
la acción revolucionaria, no debe reproducir los vicios del viejo y
malentendido internacionalismo proletario (de cepa soviética o no) que subestimaba
la importancia de las realidades y experiencias nacionales. En síntesis: no
debe suprimir las particularidades; por el contrario, debe articularlas de cara
al objetivo común. La derrota no alteró ninguna de las verdades de fondo, hoy
más vigentes que nunca. La unidad sin mezquindades, la solidaridad apasionada
sólo son posi-bles entre revolucionarios y revolucionarias.
Después de la Conferencia de la OLAS, Cooke regresó
a la Argentina, previo paso por Europa. En Londres se enteró de la caída del
Che en Bolivia. Para aquellos y aquellas que abogaban por una humanidad
emancipada de sus cadenas, la noticia tuvo un efecto devastador. Para Cooke,
además, se sumaba el dolor por la pérdida del amigo y compañero, y el
sentimiento de derrota ante la obligada postergación de proyectos en los que
había comprometido toda su dedicación, sus fuerzas y su tiempo (que, aunque él
no lo sabía, comenzaba a ser escaso).
Con la caída del Che quedaba flotando en el aire el
interrogante que planteó mejor que nadie el poeta Juan Gelman en Pensamientos:
El comandante Guevara entró a la muerte por su
cuenta pero
ustedes
¿Qué habrán de hacer con esa muerte?
pequeños míos
¿Qué?
Una nueva generación de militantes no tardó en
responder.
183
17- Provocadores, simuladores y revolucionarios
No propiciamos doctrinas de odio, luchamos por una
causa de amor cuyo objetivo es el hombre americano. Pero no daremos el alto el
fuego hasta que la infamia, el privilegio y el colonialismo no sean
definitivamente borrados de esta tierra generosa.
Gustavo Rearte
Poco antes de las elecciones presidenciales de
1963, las que llevarían al candidato de la UCRP Arturo Illia a la presidencia
de la Nación – con el 21% de los votos y el peronismo y el frondicismo
proscriptos–, se produjo un nuevo “giro a la izquierda” de Perón. Héctor
Villalón se convirtió en el nuevo delegado del Comando Superior Peronista en
reemplazo del neurocirujano Raúl Matera. Perón también creó un “cuadrunvirato”
presidido por Rubén Sosa (un ex juez correntino vinculado a Villalón) e
integrado por Andrés Framini, Ilda Pineda y Julio Antún. Poco después, volvería
a virar y nombraría delegado a Alberto Iturbe, mientras que el “cuadrunvirato”
se convertirá en un “heptunvirato”, dominado por representares del vandorismo.
Villalón se encargó de difundir en la Argentina la orden de Perón de votar en
blanco en las elecciones del 7 de julio.
Aunque, como vimos, el General no se instaló en la
Cuba revolu-cionaria, sí trató de conservar algunos vínculos políticos y, sobre
todo, aquellos contactos que podrían reportar algún apoyo “material”. Cooke ni
siquiera pudo consolidarse en el rol de intermediario entre Perón y Cuba. A
pesar de su experiencia en la isla, a pesar de sus contactos directos con Fidel
y el Che y, sobre todo, de sus éxitos a la hora de desmontar la leyenda negra
sobre el peronismo, o su silencioso y estra-tégico trabajo orientado a la
formación de “cuadros”, el General no recurrió a Cooke. Por el contrario, optó
por la controvertida figura de
185
MIGUEL MAZZEO
Héctor Villalón. Se trataba, lisa y llanamente, de
un aventurero. Tal vez algo mucho peor que eso.
Villalón se entrevistó con Cooke en París, a
instancias de Perón, en noviembre de 1962. Para ese tiempo, Villalón era más un
fascista admirador de la OAS Francesa que un revolucionario socialista.
Seguramente, Cooke no pudo evitar el sentimiento de humillación. Anclado en
París, esperaba un guiño de Perón para bajar a Madrid. Pero el General,
adiestrado en los desaires desacreditadores e inhabili-tantes, le envió un
vocero que era un personaje oscuro, sin credenciales militantes ni antecedentes
revolucionarios y, para colmo de males, “avalado” para ocupar los espacios y
para jugar los roles que le corres-pondían con todo derecho y justicia al
propio Cooke.
Entonces, detestaba a Villalón con fervor. En cada
mención a este individuo, en cada referencia directa o indirecta, tanto en sus
cartas como en los testimonios de terceros, vemos que nunca puede evitar el
aluvión de improperios. Por ejemplo, en carta a Perón del 12 de septiembre de
1964, emitía un juicio lapidario:
Él es un revolucionario de carnaval, la caricatura
de un revolucio-nario; yo soy un revolucionario en serio –aunque hasta ahora,
¡ay!, algo infortunado– que no oculto mi pensamiento. Pero aunque me canse de
repetir que no creo en las salidas electorales, en soluciones evolutivas y
propugne, concretamente, la liquidación del capitalismo, lo que jamás podría
hacer sería prometer la toma violenta del poder para mañana o el mes que viene,
jugar a la insurrección y tratar de que crean que tengo un dispositivo militar
y subversivo; el día que lo tuviese, trataría de que no se sepa, y jamás
procuraría dar la sensación de que lo tengo cuando carezco de él. Es la
diferencia del revolucio-nario y el provocador de la acción y la simulación de
la acción” [Obras Completas, Tomo II, p. 589].
En la misma carta lo llamaba “ladrón”,
“indeseable”, un “tremen-dista revolucionario”, carente de toda base teórica y
moral. A pesar de todo, Cooke priorizaba el proyecto estratégico sin anteponer
cues-tiones personales: lo recibió en Cuba, le brindó contactos.
Pero la historia suele ser enrevesada. Villalón,
como delegado de Perón en el marco del “giro a la izquierda”, alentaba
objetivamente a la línea combativa, a la tendencia revolucionaria del
peronismo. Por ejemplo, influyó decididamente en la creación del Movimiento
Revolucionario Peronista (MRP) a partir de directivas del General. Desde esa
posición, Villalón logró seducir y convocar a algunos de los sectores más
combativos del peronismo. En Cuba los convenció y los comprometió en la
conformación de una corriente combativa en el
186
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
peronismo; ofrecía “la revolución a corto plazo,
dirigida por Perón, con dinero a chorros y el apoyo cubano, chino, albanés,
etc.”, tal como Cooke le comentó al General en la carta arriba citada [Obras
Completas, Tomo II, p. 589]. Además, en Cuba, Villalón obtuvo una licencia del
gobierno revolucionario para comercializar tabaco cubano (habanos) en Europa,
con el fin de obtener recursos para financiar las actividades del movi-miento.
Se trataba de la contribución material de la Revolución Cubana al peronismo.
Tiempo después, la licencia fue revocada por manejos turbios de parte del mismo
Villalón. Lo más intolerable para Cooke era ver como los vínculos entre Perón y
la Revolución Cubana se reducían a un ordinario negocio de
exportación-importación.
El MRP contaba con la adhesión o la simpatía de
algunos de los diri-gentes sindicales más combativos, enfrentados a Vandor.
Muchos de esos dirigentes fueron los mentores del programa de Huerta de Grande,
votado por un plenario nacional de las 62 organizaciones gremiales peronistas,
en 1962. El programa retomaba la línea del programa de La Falda, de 1957, daba
cuenta del “giro a la izquierda del peronismo” y profundizaba sus perfiles
combativos, antiimperialistas y, sobre todo, los antiburocráticos. Además, el
plenario cuestionó abiertamente a los dirigentes “colaboracionistas”, en
particular a Vandor, y fijó, además, una línea de apoyo a la Revolución Cubana.
El programa de Huerta Grande planteaba:
1) Nacionalizar
todos los bancos y establecer un sistema bancario estatal y centralizado.
2) Implantar
el control estatal sobre el comercio exterior.
3) Nacionalizar
los sectores claves de la economía: siderurgia, elec-tricidad, petróleo,
frigoríficos.
4) Prohibir
toda exportación directa e indirecta de capitales.
5) Desconocer
los compromisos financieros del país, firmados a espaldas del pueblo.
6) Prohibir
toda importación competitiva con nuestra producción.
7) Expropiar
a la oligarquía terrateniente sin ningún tipo de compensación.
8) Implantar
el control obrero de la producción.
9) Abolir
el secreto comercial y fiscalizar rigurosamente las socie-dades comerciales.
10) Planificar
el esfuerzo productivo en función de los intereses de la Nación y el Pueblo
Argentino, fijando líneas de prioridades y esta-bleciendo topes mínimos y
máximos a la producción.1
1 “Programa de Huerta Grande. Plenario Nacional de
las 62 organizaciones. Huerta Grande, Córdoba, 1962”. En: Baschetti, Roberto
(Recopilación y prólogo), Documentos de la Resistencia Peronista. 1955-1970,
Op. cit., p. 118.
187
MIGUEL MAZZEO
Asimismo, el MRP generaba expectativas en amplios
sectores de la juventud.
Villalón sostenía que, en 1964, se produciría el
retorno de Perón a la Argentina, en un clima revolucionario donde el MRP
debería jugar un papel determinante. Por ejemplo, una de las tareas asignadas
al Movimiento era la creación de unas “Fuerzas Armadas Peronistas”. El planteo
chocaba con las posiciones del vandorismo que, aunque coin-cidían en la meta
del retorno, insistían en que Perón debía regresar al país como “pacificador”,
como “prenda de unidad” y otras figuras similares, al tiempo que desechaba la
movilización y la confrontación abierta. Muchas acciones de Vandor tenían como
objetivo poner en evidencia que Perón no quería o no podía regresar al país y
que, por lo tanto, la “conducción local” debía tomar la iniciativa.
Esta posición de abierto desafío al General se
vería ratificada en el “Plenario de Avellaneda”, realizado en enero de 1965 a
instancias de Vandor. Allí se señaló que los peronistas tenían los “pantalones
largos”, que ya era tiempo de manejarse solos y se defendió la existencia de un
partido que respondiera a una conducción local. Se planteó que para estar con
Perón había que estar contra Perón.
A comienzos de 1964, Vandor viajó a Madrid y logró
convencer a Perón de que desplazara a Villalón y Sosa y desautorizara al MRP.
Uno de los argumentos era que Villalón estaba involucrado en un plan para
asesi-narlo. Pero Gustavo Rearte, el principal dirigente del MRP, también viajó
a Madrid y refutó los argumentos de los vandoristas (en particular los de
Iturbe); y así logró que Perón autorizara el funcionamiento del MRP.
Finalmente, el MRP se constituyó formalmente el 5 de agosto de 1964.
Cooke respetaba a Gustavo Rearte quien, a pesar de
su juventud, tenía una larga trayectoria militante. Había sido dirigente
sindical, Secretario General del gremio de los Jaboneros y Perfumistas a los 25
años, protagonista de la Resistencia Peronista y mentor de la primera guerrilla
urbana. Supo ser perseguido y encarcelado en reiteradas opor-tunidades, tanto
por los gobiernos civiles (semidemocráticos) como por las dictaduras militares,
desde 1955 hasta su muerte. En 1961 fue baleado por las fuerzas de seguridad en
la intersección de las calles Rodríguez Peña y Sarmiento en el centro de la
ciudad de Buenos Aires. Logró sobrevivir a nueve perforaciones en los
intestinos. Rearte era, además, un autodidacta que había adquirido una sólida
formación intelectual.
Por otra parte, en el MRP militaban dirigentes con
perfiles bien distintos a los de Villalón. A decir verdad, ubicados en las
mismas antípodas: Nicanor Reyes, Julio Troxler, Jorge Rulli y un conjunto de
compañeros y compañeras de gran valía y a quienes Cooke apreciaba.
188
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Eduardo Gurrucharri, ex militante del MRP, brinda
un testimonio de un encuentro entre Cooke y Rearte, que le tocó presenciar:
Conservo fresco el recuerdo de la tarde-noche en
que Carlos Lafforgue, dirigente de la Juventud Universitaria Peronista y de ARP
[Acción Revolucionaria Peronista], detuvo su fitito [un auto Fiat 600] en la
esquina porteña que habíamos pactado. Me senté en el asiento trasero y Gustavo
Rearte acomodó como pudo su metro ochenta y su físico bien trabajado junto al
conductor. Fuimos hasta un departa-mento en Vicente López. Cuando entramos
Cooke se paró sonriente. Saludó afectuosamente a Rearte, con quien no se tuteaba,
y nos presentaron; yo tendría 21 años.2
En esa reunión, según refiere Gurrurchari, Rearte
propuso un acuerdo entre Acción Revolucionaria Peronista (ARP), la
organiza-ción creada por Cooke y de la que hablaremos en el próximo capítulo, y
el MRP. La idea no le disgustaba a Cooke. El problema era Villalón. Cooke se
negaba a tratar con él. Según Gurrucharri, ante la propuesta de Rearte, Cooke
respondió: “Villalón es un delincuente y yo no trato con delincuentes”.3 Tenía
razón. En 1967 el MRP expulsó a Villalón cuando este, después de ser detenido
por utilización de documentos falsos, brindó información a la policía,
“gentilmente”, sin ofrecer dema-siada resistencia.
Pero había otros asuntos que dilataban el acuerdo
entre ARP y el MRP. A diferencia del grupo promotor del MRP, Cooke no se opuso
a la participación electoral en 1963. Además, el MRP asumió una línea
anti-vandorista muy dura, que Cooke no compartía. Por cierto, Él no fijó
posición en la disputa entre “leales y vandoristas”, porque la conside-raba una
querella menor. Le costó mucho a Cooke asumir el significado adquirido por la
figura de Vandor, cuando ya era algo evidente para la mayor parte de sus compañeros
y compañeras.
Él tenía una relación personal afectuosa con
Vandor. Una relación cimentada en situaciones adversas, en la cárcel, en los
primeros tiempos de la Resistencia Peronista, antes de que despuntaran el
cookismo y el vandorismo como praxis antagónicas. En su conversación con Gasió,
cuenta Gazzera:
Quien más conversaba con Vandor en la cárcel era el
compañero John William Cooke, que era un ideólogo de izquierda. Vandor, a quien
la ideología no le quitaba el sueño, allí en la cárcel comenzó a
2 Gurrucharri, Eduardo: “Sobre los orígenes del
peronismo revolucionario: Gustravo Rearte y John William Cooke”. En: Mazzeo,
Miguel (Compilador), Pensar a John William Cooke, Buenos Aires, Manuel Suárez
Editor, 2004, p. 27.
3 Ibídem., p. 28.
189
MIGUEL MAZZEO
tener interés por ella, gracias a Cooke. De allí es
que nació entre Cooke y Vandor una sólida amistad, con permanentes encuentros,
ya en libertad. Hablaban de política entre ambos [sic] y después se armaban
juegos de truco. Cooke era un noctámbulo; se acostaba más o menos a las 6 de
mañana y antes se servía el desayuno, que era lo mismo que la
cena: tocino y huevos fritos.4
Cada vez que se le hacía notar que Vandor formaba
parte del sistema, que era el “enemigo”, Cooke, según el testimonio de Amanda
Peralta, solía responder: “Me acuerdo cuando este muchacho se cruzaba la
cordillera en alpargatas para ir a recibir las instrucciones a Chile”.5 En el
fondo, él sabía mejor que nadie que las cosas habían comenzado a ser diferentes
una vez agotado el ciclo de la Resistencia Peronista. Cooke sabía que, a veces,
el héroe, sino ratifica esa condición día a día, o bien puede salir de la
historia para ser evocado con respeto, o bien se puede convertir en un traidor.
Todo cambió a partir del 13 de mayo de 1966, cuando
los militantes de ARP, Domingo Blajakis y Juan Carlos Salazar, fueron
asesinados en la Pizzería-Confitería La Real de Avellaneda. En aquella ocasión,
algunas de las figuras más emblemáticas de la burocracia sindical, la plana
mayor de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), coincidieron en el local con
militantes sindicales combativos, antiburocráticos, vinculados a ARP, el “grupo
de Avellaneda”, sobre que el que volveremos más adelante.
De un lado, junto a Vandor, estaban Armando Cabo,
Emilio Héctor Barreiro, Máximo Castillo, Rosendo García, Nicolás Severo
Gerardi, Norberto Imbelloni, José Petraca, Julio Safi, Juan Taborda. Del otro
lado, en una mesa, estaban Francisco Alonso (“el Negrito”), Domingo Blajakis,
Francisco Granato, un tal “Horacio”, Juan Carlos Salazar, Raimundo Villaflor y
Rolando Villaflor. Lo que comenzó como un intercambio de insultos, devino en
pelea a las trompadas y esta, a su vez, en abierto tiroteo. Las trompadas se repartieron
parejas. Pero los tiros partieron de un solo lado.
Rodolfo Walsh, en Quien mató a Rosendo,6 demostró
la responsa-bilidad de Vandor, Cabo, Taborda y el resto de la patota sindical
en la muerte de Blajakis y Salazar… y de Rosendo García. Aunque la muerte de
García fue presentada como un accidente –la bala que lo atravesó provino de la
posición de Vandor–, Walsh aportó un conjunto de evidencias que permiten
sostener que el objetivo de Vandor era doble:
4 Testimonio de Miguel Gazzera. En: Gasió,
Guillermo, Op. cit., p. 13.
5 Nicanoff, Sergio y Castellano, Axel, Entrevista
a Amanda Peralta, mimeo, Buenos Aires, 2005, p. 32. [Gentileza de los autores].
6 Véase: Walsh, Rodolfo, Op. cit.
190
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
por un lado, eliminar a los delegados opositores,
por el otro, resolver una interna con García, Secretario General Adjunto de la
poderosa UOM y Secretario General de la filial Avellaneda, que venía buscando
proyectarse políticamente. Por cierto, se había lanzado como candi-dato a
gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Aspiraba a sacar partido de la
semilegalidad vigente mientras que Vandor apoyaba el golpe de Estado en
ciernes.
Según el relato de Walsh:
A John William Cooke el teléfono lo despertó
después de media-noche: el Griego estaba herido. Eran amigos, en 1956 habían
compar-tido una de sus tantas cárceles. Corrió al hospital, cuando llegó había
un acta de defunción con la hora precisa: una menos veinte. Le contaron. Cooke
mantuvo su acostumbrada serenidad, observó cómo el Fiorito se iba poblando con
los notables del peronismo oficial, diputados, senadores, dirigentes, cómo
crecía en los cuchicheos la ola de consternación que tan eficazmente iba a utilizar
el vandorismo: Rosendo había muerto a las doce y veinte.
–Disparen –dijo.
–Pero si nosotros estábamos desarmados.
–Disparen –dijo Cooke–. Les van a tirar con todo
Buenos Aires.7
En efecto, cuando Cooke llegó al Hospital Fiorito
acompañado de Roberto Sinigaglia (abogado y militante de ARP) no tardó mucho en
percatarse del dispositivo que se estaba poniendo en funcionamiento. Un
aceitado dispositivo de encubrimiento basado en la connivencia entre la
Justicia, la Policía, el poder político y sindical, con el soporte
imprescindible de los grandes medios de comunicación, expertos en distorsionar
la realidad, siempre prestos a difundir las versiones más acordes con sus
intereses.
Los sobrevivientes del grupo agredido comenzaron a
ser buscados por la policía. Algunos se refugiaron por un tiempo en el
departa-mento de Cooke.
Un mes más tarde, un golpe de Estado dio inicio a
la dictadura del General Juan Carlos Onganía. De inmediato, el flamante régimen
aportó nuevos motivos para la convergencia entre ARP y el MRP.
El golpe militar del 28 de junio de 1966 se
autodenominó Revolución Argentina y fue encabezado por la Junta de Comandantes
en Jefe de las Fuerzas Armadas. Esta designó como presidente al general Juan
Carlos Onganía, quien contó con el apoyo de los grupos económicos más
poderosos, la burguesía terrateniente, la oligarquía diversificada y la
burguesía trasnacional. Y también, al comienzo,
7 Ibídem., p. 71.
191
MIGUEL MAZZEO
de la burocracia sindical. Onganía, quien se
atribuyó el “consenso tácito” de la sociedad, disolvió el parlamento y los
partidos políticos, al tiempo que reemplazó la Constitución Nacional por un
Estatuto de la Revolución Argentina.
A pesar de una inicial retórica “nacionalista”, el
“Onganiato” profundizó el modelo desarrollista (“modernización” y
“racionali-zación”) y consolidó el papel del capital monopólico trasnacional,
al mismo tiempo buscó el disciplinamiento de los trabajadores con el fin de
incrementar la tasa de explotación. La política del ministro de Economía,
Adalbert Krieger Vasena, atentó contra las pequeñas y medianas empresas de
capital nacional, cerró ingenios azucareros en Tucumán, suspendió la personería
jurídica de los sindicatos.
Inspirada en la Doctrina de la Seguridad Nacional,
la dictadura militar diversificó los recursos represivos del Estado y combinó
la exal-tación de la cultura occidental y una moral ultracatólica con la
apología de la tecnocracia como sucedáneo de la política.
Las Fuerzas Armadas intentaron resolver la crisis
de hegemonía a favor de las clases dominantes por la vía política autoritaria.
La respuesta popular se hizo esperar unos años, pero cuando dijo presente fue
arrolladora.
El trabajo Peronismo y revolución, escrito por
Cooke en un par de semanas y a pocos meses del golpe de Estado, es una pieza de
literatura política militante excepcional. Es un trabajo sin fisuras, desde el
título. Certero en toda la línea: en la caracterización de la naturaleza del
golpe militar, de los intereses de los principales actores y su ideología; en
la prospectiva respecto de lo que conside-raba una segunda etapa del régimen
post 1955; en sus análisis sobre el significado histórico del peronismo, el
real, y los posibles (anta-gónicos: integración o revolución); en su visión
sobre la burocracia y sus funciones, etcétera.
Para Cooke, la Revolución Argentina era una
expresión de las limitaciones del sistema de dominación. Conceptuaba a la
dictadura militar como la última trinchera de un sistema exhausto. Clausurados
los caminos institucionales, sin subterfugios pseudo-democráticos, con un Perón
sin demasiado margen para sus juegos pendulares, Cooke intuía un contexto que,
tarde o temprano, favorecería a las fuerzas revo-lucionarias dentro y fuera del
peronismo; entre otras cosas porque los burócratas y los políticos profesionales
y derechizados del peronismo perderían espacio político. Como correspondía a su
talante, no arriesgó plazos ni pormenores del proceso histórico. Simplemente,
identificó una tendencia que se corroboró poco después de su muerte.
192
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Pero además del contexto impuesto por la dictadura
militar, fueron determinantes las visiones compartidas por Cooke y Rearte
respecto de los fundamentos materiales, sociales y geopolíticos del golpe. La
desig-nación del Mayor Bernardo Alberte como delegado de Perón generó mejores
condiciones para un proceso de confluencia de las organiza-ciones del peronismo
revolucionario y, aunque Alberte fue desplazado por el General poco tiempo
después, ese proceso ya se había puesto en marcha y no pudo detenerse.
En 1967, Cooke y Rearte coincidirán en apoyar el
proyecto conti-nental del Che y su experiencia en Bolivia. Sacarán conclusiones
similares de su derrota. Y entonces Cooke, Rearte y Alberte, en 1968,
promovieron la organización de un “Congreso clandestino del pero-nismo
revolucionario”, para el 19 de agosto. El objetivo era construir una
herramienta política de y para la izquierda peronista, que contuviera
a organizaciones
político-militares, sindicatos combativos y el movi-miento estudiantil. El
proyecto nunca se concretó, pero los encuen-tros y los debates que tuvieron
lugar en el Congreso hicieron sentir sus efectos en los años posteriores.
Según el testimonio de Gurrucharri, Cooke, que ya
estaba muy enfermo, se apareció en el Congreso, lo que generó una ola de
entu-siasmo entre los y las asistentes. Relata que “cuando Cooke entró el salón
del sindicato de Farmacia donde deliberábamos, apoyado en el brazo de su
compañera Alicia Eguren, Ricardo [Gil Soria] se puso de pie y tras él lo
hicimos todos; le tributamos un aplauso largo, de ritmo lento y asordinado por
las circunstancias en que nos encontrábamos. Fue entonces que lo vi por última
vez”.8
Se puede trazar una analogía entre las
circunstancias de Cooke como delegado y el derrotero del MRP. Dichas
circunstancias, prácticamente, atravesaron los mismos estadios. Primero, un
optimismo desmedido basado en la creencia de los poderes mágicos que emanaban
de la autorización del Perón. Luego, las dificultades a la hora de “ejercer”,
en la práctica, en el “teatro de operaciones”, esa autorización y para lograr
que otros sectores del movimiento la reconocieran y le asignaran un valor
similar. Finalmente, el desengaño, al corroborar que fueron instrumentados por
Perón. Como afirma Gurrucharri: “El MRP había servido a la postre como
instrumento de Perón en su propósito de disci-plinar a Vandor, y así los
reconoció el propio General al agradecerle al Dr. Sosa los servicios prestados
como delegado”.9 En efecto, para Perón el MRP era un medio para ‘destruir la
trenza de Vandor’”.
8 Ibídem, p. 35.
9 Ibídem, p. 26.
193
MIGUEL MAZZEO
Gustavo Rearte sobrevivó a Cooke un lustro más y
asistió al auge de masas posterior al Cordobazo. En ese lapso siguió siendo uno
de los principales referentes del peronismo revolucionario y la izquierda
peronista. Fundó el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre (MR17) y el
periódico En Lucha, entre muchas otras cosas más. Falleció de leucemia el 1 de
julio de 1973, a los 41 años.
194
18- Acción Revolucionaria Peronista (ARP): sobre el
foquismo, Antonio Gramsci y el partido
…las conquistas de la experiencia y de la
conciencia pueden quedar cubiertas y vivir subterráneamente por largos
períodos, pero son de las que nunca se pierden.
Adolfo Gilly
A poco de regresar de Cuba, en declaraciones a la
revista Primera Plana, Cooke afirmaba: “Vengo dispuesto a insuflar un
inquietante aire subversivo a los pulmones del peronismo, cuyos cuadros
dirigentes están aburguesados. […] Estoy al margen de la reorganización actual
del peronismo. Soy un militante más del movimiento que quiere cambiar
expresiones y formas de actuación y no luchar por posiciones”.1 Estos cambios
tenían que ver específicamente con la formación política de la militancia
popular y con el desarrollo de las ideas y los métodos revo-lucionarios. Para
eso había creado ARP, para profundizar las luchas populares y para sostenerlas
en el tiempo. Para difundir en el seno de la clase trabajadora y el movimiento
popular una ideología que asumiera horizontes mucho más ambiciosos que los del
peronismo oficial, centrados en la democracia social, la legalidad, la
evolución y otros del mismo tenor.
Esta organización comenzó a adquirir forma a fines
de 1962, poco antes del regreso de Cooke de Cuba, salió a la luz oficialmente a
fines de 1963 y desapareció prácticamente con su muerte, en septiembre de 1968,
el mismo día en que las fuerzas de seguridad descubrieron
1 Cooke, John William, Primera Plana, 14 de enero
de 1964. Citado por Galasso, Norberto, Op. cit., p. 159.
195
MIGUEL MAZZEO
un destacamento guerrillero de las FAP en Taco
Ralo, en Tucumán. Vale decir que ARP comenzó a desaparecer con la muerte de
Cooke, porque el sello aparecerá en un par ocasiones más con posterioridad a
septiembre de 1968.
Definida como organización tendencial dentro del
peronismo, ARP proponía la lucha armada como método, con entonaciones cercanas,
ora al foquismo, ora a la guerra popular prolongada, y con connota-ciones
rurales o urbanas en uno y otro caso. Por cierto, algunos miem-bros de ARP se
prepararon para lanzar una guerrilla rural con el fin de entroncar con la
guerrilla del Che en Bolivia. Pero como vimos, la muerte del Che cerró este
proyecto. Del grupo de combatientes que participarán del intento guerrillero de
Taco Ralo en 1968, varios prove-nían de ARP: Amanda Peralta, Orlando Tomás,
José Luis Rojas y el responsable de la conducción militar, Néstor Verdinelli.
Fiel expresión del pensamiento de Cooke, ARP
diagnosticaba un “desequilibrio” en las organizaciones sindicales y políticas
del peronismo. Esto es: un no estar a la altura de las posibilidades como
movimiento plebeyo, un auto-boicotearse permanentemente la propia potentia.
ARP, desde sus mismos orígenes, buscó desarrollar una inserción sindical.
Al poco tiempo de constituirse, ARP logró
consolidar un aparato militar relativamente importante, con una capacidad
técnica y logís-tica nada desdeñable en las condiciones reinantes. Asimismo,
ARP llegó a desarrollar un importante aparato “internacional”, a partir de los
vínculos políticos construidos por Cooke y Alicia en Cuba y del respaldo
otorgado por el Che.
El gran interrogante que signó los primeros pasos
de la organiza-ción fue: ¿cuándo lanzar la lucha armada? Podría decirse que
casi toda la política argentina entre 1955 y 1976 estuvo atravesada por el
interro-gante sobre “los tiempos”: ¿cuándo es el momento?, el momento del golpe
de Estado, el momento del paro general que hiciera posible la insurrección
popular, el momento de la huelga general revolucionaria, el momento de la
rebelión, etcétera; y, por supuesto, el momento de lanzar la lucha armada.
En relación con esta última, Cooke era bastante
cauteloso y plan-teaba que aún quedaban muchas batallas políticas por librar al
interior del peronismo y que las propuestas revolucionarias como las de ARP
debían lograr mayor arraigo dentro del peronismo y del movimiento de masas.
Tempranamente y sin mucho éxito, ARP trató de comprometer a Perón y al
peronismo en acciones armadas.
Por cierto, el MRP de Gustavo Rearte tuvo más apoyo
dentro del peronismo. Concretamente, más apoyo de Perón. Esto, que en primera
196
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
instancia podría ser considerado una ventaja fue,
en realidad, una gran una desventaja para el MRP, que se vio rápidamente
subordinado a la estrategia del General.
En el proceso de formación de ARP se puede
identificar la confluencia de distintos grupos. El núcleo de la organización, y
de la dirección, lo constituían Cooke y su entorno personal: Alicia, Gaggero,
Jorge Gil Solá, Lafforgue, Norberto Liffschitz, Sinigaglia, Tristán, entre
otros y otras.
Luego había un grupo de militantes de base, obreros
ligados a las actividades sindicales en la zona sur del Gran Buenos Aires, el
ya mencionado “grupo Avellaneda”. En general eran de origen peronista –con
algún ex militante del PCA– y habían hecho la experiencia de la Resistencia
Peronista, por lo que se habían formado (y curtido) en sus rigores. Habían
conocido a Cooke cuando era delegado de Perón. Sin menoscabo de su perfil
sindical, estaban mejor predispuestos a la lucha armada; una inclinación que se
reforzó después de las elec-ciones de 1962 y del fracaso del Operativo Retorno
de diciembre de 1964. Podemos incluir en este grupo a Domingo Blajakis (alias
Mingo, el Viejo, el Griego, o el Químico), unos de los principales referentes
del grupo, ex militante del PCA; a Francisco Alonso (el Negrito), Francisco
Granato, Rolando Villaflor, Raimundo Villaflor (el Negro), quien se convertirá
en el principal referente del grupo después de 1966; y a Juan Carlos Zalazar y
Ángel Taborda, entre otros. Este grupo se reunía regu-larmente con Cooke desde
1963. Unos de los lugares de encuentro era la casa de Raimundo Villaflor en la
localidad de Sarandí, en Avellaneda. Algunas versiones consideran como miembro
de este grupo a Bruno Cambareri, que en el año 1971 murió en la operación cuyo
objetivo era la liberación de cuatro militantes revolucionarias detenidas en la
Cárcel del Buen Pastor (entre las que se encontraba Amanda Peralta). Otras
versiones dicen que Cambareri ingresó a las FAP en 1970 de la mano de Raimundo
Villaflor pero que no provenía de ARP. Esta última parece ser la más acertada.
Recordemos que Blajakis y Salazar fueron asesinados
por las balas vandoristas en La Real, en Avellaneda, en mayo de 1966; lo que
consti-tuyó un duro golpe para la organización. El mismo Cooke en persona se
encargó de presentarle a Rodolfo Walsh a sus compañeros del “grupo Avellaneda”,
que comenzaron a colaborar con el escritor en la investi-gación que derivó en
el libro ¿Quién mató a Rosendo?
Enrique Arrosagaray, en su libro Rodolfo Walsh, de
dramaturgo a guerrillero, reproduce fragmentos de una entrevista que le realizó
a Rolando Villaflor en 2005.
197
MIGUEL MAZZEO
En ese momento [se refiere a 1966], ¿qué eran
políticamente ustedes? Me refiero a vos, a tu hermano, al Griego y a los demás.
ROLANDO VILLAFLOR: Era el grupo pesado de Acción
Revolucionaria Peronista.
Ustedes tenían la sensación, en ese momento, de que
“el jefe” era Cooke.
ROLANDO VILLAFLOR. Indiscutido.
¿Y Alicia Eguren?
ROLANDO VILLAFLOR: Muy inteligente, muy respetada.
Pero nosotros teníamos un jefe que era John William Cooke.2
Con relación a los efectos que los trágicos sucesos
de La Real del 13 de mayo de 1966 tuvieron sobre el grupo de Avellaneda,
Arrosagaray plantea:
De alguna manera, los hechos de La Real permitieron
que “el grupo Avellaneda” de la A.R.P. entienda mejor, en carne propia, algunas
características sobre la connivencia entre políticos, jueces y sindica-listas.
Esto ayudó, de hecho, a impulsar su radicalización.
En vez de amedrentarlos, se propusieron avanzar y
profundizar sus posturas políticas. El viaje a Cuba que harán muy pocos meses
después de estos hechos, fue un escalón en su futuro político inmediato.
El objetivo final del viaje fue el de hacer
instrucción militar y de hecho, formación política. Todos coinciden en que el
hombre que tuvo la idea de ese viaje y que lo implementó, fue John William
Cooke.3
Coincidimos plenamente con el análisis del autor.
No olvidemos el cambio en la visión de Cooke respecto de Vandor después de los
sucesos de La Real.
Luego, retomando el relato del proceso de formación
de ARP, corres-ponde agregar al grupo proveniente de la FARN, vinculado al
Vasco Bengoechea. Si bien, como vimos, hubo contactos previos en Cuba, la
relación de ARP con este grupo comenzó como un acto solidario después del
estallido del edificio de la calle Posadas. ARP brindó ayuda a los militantes
vinculados al malogrado proyecto de Bengoechea. Entre otros, a David Ramos y a
Amanda Peralta.
También estaba el “equipo militar”, cuya figura más
destacada era Néstor Verdinelli, que provenía del Partido Socialista de la
Izquierda Nacional (PSIN), orientado por Jorge Abelardo Ramos. Verdinelli,
siendo un joven estudiante universitario en la provincia de Santa Fe, se
vinculó al cookismo a instancias del referente local, Guido “el
2 Arrosagaray, Enrique, Rodolfo Walsh, de
dramaturgo a guerrillero, Buenos Aires, Catálogos, 2006, pp. 94.
3 Ibidem, pp. 110 y 111.
198
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Gringo” Agnellini (que aparece en algunos
testimonios como “Agneli”). También formaban parte del “equipo militar” José
Luis Rojas y mili-tantes provenientes del grupo de Bengoechea: Carlos Banegas y
Juan Carlos Bardoneschi, además de Amanda Peralta.
En 1966 Verdinelli y Peralta fueron expulsados de
ARP, acusados de colaborar con la burocracia sindical (en particular, con el
dirigente Eustaquio Tolosa) por su participación –inconsulta– en una huelga de
los trabajadores portuarios. Todos los testimonios coinciden en señalar que
Alicia fue la encargada de expulsarlos.
ARP también integró a grupos cristianos, entre
otros, a los que estaban conectados con el ex seminarista Juan García Elorrio,
que editaba la Revista Cristianismo y Revolución.
Finalmente, debemos considerar los vínculos con
organizaciones y grupos estudiantiles y con algunos cuadros que provenían del
PCA.
El peronismo no se había caracterizado por
asignarle demasiada relevancia al “trabajo político en el sector estudiantil”.
Los sectores más combativos y radicalizados, en líneas generales, compartieron
esta postura. La universidad era un ámbito difícil para el peronismo. Como
dijimos, el medio universitario consideraba execrable la condición de
peronista. Claro está, esta situación comenzó a modi-ficarse en la segunda
mitad de la década del 60. A contrapelo de esta tradición, Cooke siempre le
asignó importancia al estudiantado y a la universidad.
Fernando Amato y Christian Boyanovsky Bazán en su
libro Setentistas. De La Plata a la Casa Rosada, hacen referencia al impacto
que tuvo en un grupo de estudiantes una charla que dio Cooke en La Plata y que
fue organizada por la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE). Allí
participaron los y las estudiantes de diferentes facultades de la UNLP, el
rosarino ex militante del PCA, Kenneth Bar Bennett; el estudiante de Medicina
Arsenio Fernández; los peruanos del colectivo Amauta, Samuel Agama, César
Bacca, Jorge Carpio, entre otros y otras. Según el relato de Amato y Boyanovsky
Bazán:
Ricardo Gil Soria, responsable del frente
estudiantil de Cooke, armó la reunión. Los universitarios estaban con la boca
abierta. El Gordo hablaba sentado en una silla apostada entre dos camas. Con su
sonrisa, el pelo negro lustroso, decía exactamente lo que los jóvenes querían
escuchar. Hablaba del peronismo, de Perón, del marxismo, de la llamada línea
nacional, y Carpio Pensaba: “Es el Mesías”.4
4 Amato, Fernando y Boyanovsky Bazán, Christian,
Setentistas. De La Plata a la Casa Rosada, Buenos Aires, Sudamericana, 2008, p.
41.
199
MIGUEL MAZZEO
En realidad, se puede afirmar que ARP era un
paraguas político, una especie de “organización madre” u “organización útero”,
para todos estos grupos que actuaban con relativa autonomía. Todos eran
cookistas. Pero su pertenencia orgánica era muy laxa, porque además lo era su
línea política; lo que se puede corroborar en las dificultades que se presentan
a la hora de establecer el carácter del vínculo que ARP tenía con diferentes
organizaciones, colectivos o individuos. ARP prácticamente actuaba, en los hechos,
como un grupo propagandístico descentralizado que aportaba a la construcción de
una red militante.
También tuvo algún nivel de desarrollo en el Gran
Buenos Aires (con Rubén Palazzesi, alias “el Cabezón” o “Pocho”), La Plata,
Córdoba Santa Fe (con el mencionado Agnellini), Mar del Plata (con René Izus),
Paraná, Neuquén, y Bahía Blanca.
Antes de la muerte de Cooke, los grupos que
conformaban ARP comenzaron a desgranarse y fueron conformando nuevas
organiza-ciones o se fueron sumando a otras preexistentes. El caso de las FAP
es un ejemplo. Con la muerte de Cooke, el proceso se hizo más pronun-ciado.
Varios testimonios coinciden en señalar que el problema de fondo era la falta
de decisión a la hora de lanzar la lucha armada. En la ya citada entrevista de
Sergio Nicanoff y Axel Castellano del año 2005, Amanda Peralta decía:
Mi opinión, totalmente personal es que el gran
problema de ARP fue ser muy dependiente de los cubanos, y que, de alguna
manera, espe-raban que la logística viniera de allá […]. Pienso que el equipo
militar era una forma de tener algo para mostrar, es decir, esto está, pero no
había una voluntad real de ponerlo en marcha.5
¿Respondía esta “demora” a una cuestión de
logística? Hay otros aspectos que nos parecen más importantes. ARP, más que un
instru-mento político, se conformó como una corriente ideológica de confluencia
de diversos grupos. Y Cooke era el gran referente ideoló-gico de esa corriente.
En sentido estricto, las iniciativas políticas (y o político-militares) no
provenían de ARP, sino de algunos de sus grupos, por lo cual su existencia como
estructura política era muy endeble. Podemos afirmar que los referentes de cada
grupo “negociaban” con Cooke. Pero, además, está presente una idea fuerza muy
representa-tiva del cookismo, un punto de vista antivanguardista, que planteaba
la opción por una praxis política orientada a favorecer el despliegue de los
procesos de autoconciencia popular; esto es: la iniciativa polí-tica de los
trabajadores y las trabajadoras. Esta iniciativa, claro está,
5 Nicanoff, Sergio y Castellano, Axel, Entrevista
a Amanda Peralta, Op. cit., p. 32.
200
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
contemplaba la creación de sus propias instancias
organizativas. Esta posición luego se expresará fundamentalmente en el
“alternativismo”, en particular en las FAP-PB.
Pero volvamos a las posiciones sustentadas por
Cooke en aquellos años de ARP.
En su primera carta a Perón desde Cuba, el 7 de
agosto de 1960, seña-laba que la Revolución Cubana era un ejemplo de diversas
cosas; entre otras: de que el “imperialismo no era invencible”, de que “la
profundi-zación del proceso revolucionario despierta la reacción de los
mono-polios y sus maquinarias, pero también crea las energías para defender lo
conquistado por el pueblo” y, también, un ejemplo de que “los ejér-citos
profesionales pueden ser derrotados” [Obras Completas, Tomo II, p. 455]. ¿Ese
último ejemplo servía para todo el mundo, sin distinción?
Aquí cabe relativizar la impronta “foquista” de
Cooke. En primer lugar, porque nunca pensó en las acciones militares como medio
para ganar el apoyo popular, mucho menos en los términos del método exclusivo,
y jamás concibió a las luchas sociales como una cuestión de fuerza física. Por
otra parte, se cuidó de subestimar el poder (no sólo “de fuego”) de las Fuerzas
Armadas y del conjunto de las fuerzas de seguridad en la Argentina. Lo
estratégico para Cooke era el trabajo de masas y no encontramos ningún indicio
que marque una tendencia a la subordinación de lo político a lo militar. Por
supuesto, reivindicó la lucha armada, pero como un método más y en el marco de
una concep-ción integral de la lucha contra el sistema de dominación burgués;
es decir: la lucha armada estrechamente vinculada a la lucha de masas.
La “política insurreccional”, inicialmente
promovida por Cooke, nunca fue del todo desechada y no fue reemplazada por el
foquismo. Cooke siempre cuestionó las concepciones que priorizaban el accionar
de las vanguardias.
Asimismo, también se opuso a las visiones que
singularizaban al Che como un mero impulsor del foco guerrillero. Entendía que
el guevarismo contenía una propuesta mucho más profunda, desde lo político y lo
ético.
En los hechos, Cooke ni siquiera pensó el foquismo
como un momento inicial del proceso revolucionario. Por cierto, esa sí fue la
posición de muchas de las organizaciones revolucionarias que surgieron después
de su muerte y que, entre otros aspectos, se inspi-raban en sus ideas; pero no
se lo puede responsabilizar a Cooke por eso.
Samuel Amaral propone la fórmula “foquismo de
masas”, otro oxímoron que tiene, al menos, el mérito de incentivar el debate y
la reflexión. Se trata de una figura a través de la cual el autor da entender
201
MIGUEL MAZZEO
que Cooke buscó conciliar lucha armada y lucha
política, la organiza-ción de la coerción y la organización de la hegemonía.6
Creemos que Amaral tiende a asimilar lucha armada a foquismo, que de ningún
modo son lo mismo y hasta pueden tener consecuencias bien distintas.
Por otra parte, nos parece un tanto exagerada la
apreciación de Richard Gillespie respecto de ARP, organización a la que
considera “un comité organizador, unido sólo por una casi fe religiosa en el
foquismo”.7 Por otra parte, consideramos que no es lícito derivar un planteo
foquista de las afirmaciones de Cooke sobre la necesidad de “crear conciencia”
en el pueblo.8 Si, como argumenta Gillespie, “Cooke, mucho más que Guevara,
enfatizaba que la lucha armada necesitaba ser coordinada con las luchas de masas
[...] y veía a la clase trabajadora como la mayor fuerza revolucionaria de la
Argentina”;9 ¿qué aspectos debemos consi-derar para determinar el carácter
foquista de sus planteos?
Finalmente, la impronta gramsciana de Cooke
contrarresta cual-quier afinidad con el foquismo. Podría decirse que esta
impronta tiene la aptitud de reducir al foquismo a una simple cuestión
metodológica, accesoria, circunstancial. En ningún caso Cooke aceptará su
esenciali-zación y su universalización.
Por ejemplo, en su intervención en la inauguración
de un ciclo de conferencias organizado por la Federación de Estudiantes de
Córdoba, el 4 de diciembre de 1964, (que figura en La lucha por la liberación
nacional) Cooke propuso una crítica pareja a la “burocracia oportu-nista” y al
“tremendismo revolucionario”. La primera remitía al refor-mismo, a la pequeña
política en los marcos del sistema; el segundo, sin dudas, al foquismo.
Para Cooke, “entre la no violencia del burócrata y
la violencia sin base teórica y sin base moral del tremendismo, la única
diferencia viene a ser la violencia, pero despojada de su carácter
instrumental, transformada en inmediatez, en respuesta por sí misma” [Obras
Completas, Tomo V. p. 194]. Cooke se oponía de plano a las formas elitistas,
verticalistas –formas que reproducían, con sus modos parti-culares, la
burocracia y el foquismo–, porque ponía el énfasis en la “política de masas”.
6 Amaral, Samuel, “En la raíces ideológicas de
Montoneros: John William Cooke
lee a Gramsci en Cuba”. En: Temas de historia
argentina y americana, 17, pp. 48 y
49. Recuperado
de:
http://bibliotecadigital.uca/repositorio/revistas/raíces-ideológicas-de-montoneros.pdf.
Chequeado el 30 de diciembre de 2015.
7 Gillespie, Richard, John William Cooke. El
peronismo alternativo, Buenos Aires, Cántaro, 1989, p. 35.
8 Véase: Gillespie, Richard, Op. cit., p. 67.
9 Gillespie, Richard, Op. cit., p. 67.
202
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Respecto de la burocracia y sus taras, en la
segunda mitad de la década del 60 estaba muy fresco el fracaso del Operativo
Retorno. Cooke, poco antes del mismo, le había planteado explícitamente a Perón
que su retorno dependía de la movilización popular, que si el Operativo quedaba
en manos de la burocracia resultaría un fracaso.10 La burocracia invocaba a
Perón con fines oportunistas, gastaba la consigna “Perón Vuelve” de tanto
pronunciarla o escribirla en las paredes, pero no la acompañaba con las acciones
correspondientes o, a la hora de hacer el balance de las pocas acciones que se
concretaban, sacaba deliberadamente conclusiones erróneas. Por ejemplo, el 17
de octubre de 1964 hubo un acto por el retorno de Perón en Plaza Once. Para
Cooke había sido un fracaso, juzgaba escasa la concurrencia (entre 50.000 y
70.000 personas) y al examinar su composición, señalaba el predominio del
activismo político y sindical y la exigua presencia de las bases.
Tampoco consideró a las movilizaciones que se
dieron alrededor de la visita del General Charles De Gaulle, a principios de
octubre de 1964, como un signo demasiado auspicioso del retorno del General.
Perón había recomendado recibir a De Gaulle “como si fuera él mismo”. De Gaulle
poseía el aura de líder de una “Resistencia” y promovía un singular
“tercerismo”, una forma de mantener la ilusión de potencia mundial de Francia,
no subordinada al juego de los Estados Unidos y, claro está, tampoco aliada de
la Unión Soviética. Una “tercera posición” sin connotaciones excesivamente
antiimperialistas y anticoloniales. El General francés fue recibido por
sectores del peronismo con el cántico: “De Gaulle, Perón: tercera posición”.
Finalmente, hay que agregar que las tomas de fábrica de mitad de año, más que
crear un clima favo-rable al retorno, habían servido como una demostración de
fuerza del vandorismo. Para Cooke, la pauta era bien clara: lo que fortalecía a
la burocracia mantenía alejado a Perón del país.
Cooke consideraba que las direcciones burocráticas
(y otras supues-tamente combativas, verbigracia: Villalón) obstaculizaban el
regreso de Perón, lo saboteaban. Todo esto quedó en evidencia el 2 de diciembre
de 1964, cuando el avión que traía de regreso a Perón a la Argentina (el vuelo
901 de Iberia) quedó detenido en el aeropuerto del Galão a pedido del gobierno
argentino y el General fue obligado a retornar a Madrid.
Sin entrar en el debate sobre la violencia política
o sobre la crítica de las armas, digamos que para Cooke la violencia era
concebida como la partera de la historia y no como la historia misma. Y si bien
10 A los fines del Operativo Retorno se constituyó
una comisión integrada por Vandor, Iturbe, Carlos Lascano, Jorge Antonio, Delia
Parodi y Andrés Framini. La línea vandorista, si bien no tenía el control total
de la comisión, tenía peso decisivo.
203
MIGUEL MAZZEO
fue el precursor de una conjunción –a todas luces
sartreana– entre patria, libertad, humanismo y violencia, los modos de
plasmarla y ejercerla que propuso difirieron notoriamente de los formatos
elitistas y militaristas.
La impronta gramsciana puede reconocerse en varios
pasajes de su intervención. No hablaba de construcción de hegemonía, pero se
apro-ximaba bastante a esta noción. Por ejemplo, cuando afirmaba:
Una línea seudorevolucionaria busca sólo apoteosis
totales, por encima de cualesquiera sean las condiciones que se den en un
momento dado: tampoco concibe la revolución como proceso, la concibe como
suceso fulminante, sin que antes medien los sacrificios y las tareas
revolucionarias que no lucen, la acción anónima de miles
de militantes [Obras Completas, Tomo V. p. 196].
En el mismo sentido, Cooke insistió en la
importancia que tenían la teoría y la autocrítica para una fuerza
revolucionaria. Asimismo, exponía la necesidad de que la clase trabajadora
creara una visión del mundo propia.
Una de las condiciones para que la clase obrera
asuma la conduc-ción del proceso nacional, para que tome el poder, es el
rechazo de las formas ideológicas que corresponden a la organización económico
social vigente y la creación de una visión del mundo propia: eso es la teoría
revolucionaria.
[…]
Lo que la masa trabajadora necesita no es que la
halaguen, que le dediquen loas enternecedoras, que le digan que tiene razón,
sino que sus direcciones políticas le vayan explicando cómo tiene que tener
razón, que vayan ayudándola en el esfuerzo por conocer el mundo a través de sus
propios valores y no de valores ajenos. [Obras Completas, Tomo V. p. 198].
[Itálicas nuestras].
En su intervención no mencionaba al “espíritu de
distinción, escisión o separación” gramsciano, pero estaba planteando
prácti-camente lo mismo: la ruptura de la clase trabajadora respecto de la
visión del mundo y los valores de las clases dominantes, el deseo de las clases
subalternas y oprimidas puesto en una praxis que les permitiera dejar de ser
subalternizadas para pasar a construir un proyecto propio.
Para Cooke, de alguna manera, el peronismo era el
inestable terreno donde el espíritu de escisión –espíritu espontáneo y práctico
de las bases– era contrarrestado por las fuerzas de la subalternización,
encar-nadas en la burocracia y, también, en el propio Perón.
204
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Existe un dato imposible de soslayar. Esta especie
de llamamiento a no desvincular la acción armada de la lucha de masas no tiene
nada de abstracto. La conferencia en la que Cooke se explayaba sobre estos
fundamentos es del 4 de diciembre de 1964. En las postrimerías del mismo año en
el que sufría un duro revés la experiencia del Ejército Guerrillero del Pueblo
del Pueblo (EGP), encabezado por Jorge Ricardo Masetti, en la provincia de
Salta; y en el que la terrible explosión del departamento de la Calle Posadas
malogró el intento de desarrollar un experimento de lucha armada por parte de
las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional (FARN), encabezadas por el Vasco
Bengoechea.
Por la presencia en Cooke en Cuba entre 1960 y
1963, por su cercanía con el Che, es harto difícil suponer que Cooke no haya
estado al tanto del proyecto del EGP. Seguramente desconocía el trazo fino,
pero no podía estar al margen del plan continental del Che dado que él y Alicia
eran piezas importantes. Ambos apoyaron al EGP, aunque las coinci-dencias
distaban de ser plenas. Tenía diferencias de tipo táctico, pero sobre todo de
concepción, aunque las que consideraba secundarias. Lo más importante para él
era revindicar a aquellos y aquellas que daban el paso de tomar las armas para
luchar contra un orden opresor, injusto, inhumano. Los vínculos con la segunda
experiencia aparecen más difusos, por lo menos en lo que hace a sus
prolegómenos. Por el contrario, como vimos, muchos de los y las sobrevivientes
del grupo del Vasco Bengoechea establecerán contactos con Cooke y se sumarán a
ARP. Cooke apoyó estas iniciativas pero con reservas. Esto significa que estuvo
en desacuerdo no sólo con aspectos tácticos, sino también con algunas
concepciones de fondo, pero siempre primaba el rescate de los revolucionarios y
las revolucionarias que tomaban las armas para luchar contra un orden injusto.
A veces el planteo ético conspiraba contra la necesaria crítica política.
Cooke no asociaba la toma del poder con el mero
control del aparato del Estado por un grupo revolucionario. Para él la toma del
poder debía ser la consecuencia de un largo proceso caracterizado por la
creciente autonomía organizativa e ideológica de la clase trabajadora y del
conjunto de las clases populares y no el resultado del voluntarismo de un
reducido grupo de “iniciados” autodesignados como “vanguardia”. Esto es: la
toma del poder como el corolario de una “reconciliación” y no de un “rescate”.
Para él, el rol de las vanguardias auténticas (así, en plural) era dar un
ejemplo de reconciliación en el seno del pueblo y no ofrecerse como agentes de
rescate apelando a la jactancia eficientista.
A su regreso de Cuba, Cooke planteó la necesidad de
un partido revolucionario. Para él, el partido era el ámbito donde la historia
dejaba de ser espontánea, el espacio capaz de articular en una misma
205
MIGUEL MAZZEO
estrategia a las diferentes formas de lucha de la
clase trabajadora y de los sectores populares en general. Como vimos, ARP no
fue concebida como un partido, pero sí como una organización “tendencial”
dentro del movimiento peronista, cuya tarea era contribuir a la creación de
dicho instrumento a partir de una tarea de concientización. La idea central de
Cooke remitía a un tipo de organización política vinculada al proceso
histórico, a la experiencia y al desarrollo de la conciencia de la clase
trabajadora. En relación al tema del partido ésta es, en líneas generales, su
posición más representativa. Se la puede identificar, por ejemplo, en la
conferencia “El retorno de Perón”, del 4 diciembre 1964, en la ciudad de
Córdoba [Obras Completas, Tomo V].
Pero existen unos pocos pasajes donde se puede
entrever un planteo diferente. Por ejemplo, en un artículo de 1966, titulado
“Definiciones” y publicado en la Revista Cristianismo y Revolución,11 Cooke
dejaba entrever la posibilidad de que el peronismo se transformara en un
partido revolucionario, que oficiara de “príncipe moderno”, a partir de la
acción de las diversas vanguardias.
La operación implicaba pensar roles ímprobos para
Perón, dado que el agente principal de la conversión revolucionaria del
peronismo terminaba siendo una especie de líder de masas rojo. Aquí Cooke se
contradecía con su planteo más general: exageraba su confianza en lo que, en La
Lucha por la liberación nacional, concretamente en su último texto político de
1967 titulado “La Revolución y el peronismo”, había denominado “el papel
positivo” de Perón y en las simpatías del General “pre-marxista” respecto de las
“fuerzas que representan al futuro” [Obras Completas, Tomo V, p. 228.]. También
proponía un atajo imposible: que la vanguardia se redujera a un liderazgo, y
que Perón lo ejerciera. Lo que sucedió es que la experiencia cubana también le
sirvió a Cooke para confirmar cómo una dirección política, un liderazgo, podían
contribuir a convertir los planteos reducidos a una minoría (planteos
antiimperialistas, socialistas) en consignas masivas y en un proyecto popular.
Cooke pensaba en un primer momento en el Perón de
carne y hueso, luego, desilusionado, se referirá al mito Perón. Constató que el
Perón de carne y hueso era un límite para la autonomía de los trabajadores y
las trabajadoras, en particular para las organizaciones revoluciona-rias del
peronismo. Los interrogantes eran: ¿cómo exceder ese límite?, ¿cómo incrementar
la autonomía políticas de los sectores revolucio-narios del peronismo al tiempo
que se invocaba el significante Perón y se aceptaba su liderazgo político?,
¿cómo zafarse de esa encerrona
11 Véase: Cooke, John William, “Definiciones”. En:
Cristianismo y Revolución, Nº 2/3 octubre-noviembre de 1966.
206
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
política prácticamente co -constitutiva de la
izquierda peronista? Como diría Agustín Tosco, poco después de la muerte de
Cooke: “Si nos proclamamos socialistas no podemos tener un líder como Perón”.12
En casi todos los materiales consultados, ARP
aparece básicamente como un instrumento de hegemonía y como tal reviste un
carácter poli-facético. Ni partido ni ejército. ARP era vista como una
organización de vanguardia llamada a producir “hechos de vanguardia”, una más
en los marcos del peronismo, y en los marcos del más extenso y dispar campo
popular.
12 Amantea, Adriana; Lanot, Jorge y Sguiglia,
Eduardo, Tosco. Escritos y discursos, Buenos Aires, Contrapunto, 1988, p. 253.
207
19- Marx en Avellaneda
Cronopios de todos los países ¡Uniós! Contra los
tontos, los dogmáticos, los siniestros, los amarillos, los acurrucados, los
implacables.
Julio Cortázar
Hablar de Avellaneda en la década del 60 no implica
sólo hacer refe-rencia a una localidad del conurbano bonaerense, que era un
impor-tante distrito industrial de la Argentina, sino que también nos exige dar
cuenta de una forma de sociabilidad popular y una realidad existencial,
específicamente la realidad y las relaciones sociales que produjeron un tipo de
sujeto de clase y político. Un sujeto definido en un sentido bien amplio. Un
sujeto que fue, al mismo tiempo, abigarrado y variopinto. Un sujeto que, más
allá de sus contradicciones, logró convertirse en materialidad crítica y se
expresó como tal. Un sujeto jamás concebido como esencia preconstituida.
El “grupo Avellaneda” tiene un significado muy
especial porque remite a materialidades sensibles y a cuerpos afectivos. Porque
exhibe a trabajadores y trabajadoras venciendo la dispersión, construyendo lo
que podríamos denominar “conocimiento crítico”, procesando reflexi-vamente la
información. Los y las muestra disputándole la inteligibi-lidad de la realidad
social a las “vanguardias”, produciendo y cambiando su sociedad.
Su sola existencia refuta la hipótesis de la
“infiltración marxista”, sostenida por los sectores de la derecha del peronismo
y la derecha en general. Por otro lado, muestra que los procesos a través de
los cuales la clase trabajadora y el pueblo asumen una teoría revolucio-naria
(o una “concepción” revolucionaria, o un conjunto de “saberes revolucionarios”)
nunca responden a las operaciones externas y abstractas, sino que se dan en la
praxis, en procesos que generan discursos afectivos, creadores de empatía. La
conciencia teórica y la
209
MIGUEL MAZZEO
acción revolucionaria se retroalimentan, y así se
genera una infraes-tructua cultural y junto con ella las nuevas categorías que
aportan a comprender/transformar la realidad. Ese parece ser el camino que
conduce a las cúspides de la dialéctica (donde moran sus mayores posibilidades
revolucionarias) y a la radicalidad crítica. Una dialéc-tica que es una
auténtica “dialógica”.
Este grupo puede verse como la expresión de una
decodifica-ción (o una “traducción” o una “resemantización”) plebeya, barrial,
del marxismo. Un marxismo configurado ya no a partir de la estricta fidelidad
al logos sino como un saber-hacer para la vida y devenido en imprescindible
elemento de transformación de la realidad (de la que proviene siempre el
criterio de verdad). Un marxismo aprendido en la dialéctica de la historia; en
bares, a la salida del trabajo; entre cigarrillos, vino barato, ginebra y naipes.
Entre el humo y el hollín de la urbe proletaria. Un marxismo que no huye de lo
que hiede, que no teme adosar a sus soportes racionales las facultades de la
tradición y los sentimientos, que desea dialogar y comprometerse con los otros
y las otras. Un marxismo que enmienda a la Ilustración. El logos revestido de
humanidad. Y la humanidad socializada.
Inevitablemente, las categorías que le servían como
punto de partida (y las mismas condiciones históricas) no le permitieron a ese
marxismo deslastrarse de algunos fundamentos “modernos” y de sus falencias
epistemológicas, pero aun así, en ese tipo de espacios de intersubjetividades
de calidad (es decir: espacios de relaciones comu-nitarias y profundamente
humanas o de “relaciones directamente sociales”, Marx dixit), algunos de esos
fundamentos terminaban siendo repensados y cuestionados, por lo general de manera
espontánea, y se generaba el clima propicio para comenzar a superar esas
falencias.
En estos espacios tenían (y tienen) lugar las
captaciones más genuinas del principio revolucionario del marxismo.
Constituyeron (y constituyen) verdaderos locus de comprensión, ámbitos de
legiti-midad hermenéutica.
Así fue el marxismo de Cooke, como el del grupo
Avellaneda: más atento a la “lógica de las cosas” que a la “lógica de las
ideas”; más consus-tanciado con las luchas y la vida real que con los sistemas
y las catego-rías ontológicas; más preocupado por la validez empírica que por
la coherencia conceptual. A todas luces, un marxismo impuro e inconsis-tente,
porque las categorías se liberaban de todo formalismo y de toda abstracción y
porque era la vida la que le daba sentido a los conceptos y la que fundaba la
posibilidad de conocer. Al mismo tiempo, fue un marxismo menos codificado y
menos rutinario. Precisamente por eso,
210
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
pudo desarrollar su pulso revolucionario. En fin:
un marxismo más indeterminado y abierto, sin un a priori doctrinario. Un
marxismo para darse, perderse, crecer y reencontrarse.
A diferencia de lo que sucede con otros espacios
del peronismo o del nacionalismo, la introducción del marxismo no respondía
aquí a la influencia de militantes de clase media, de universitarios y de
intelec-tuales (en el sentido tradicional) que “comprendían” a los trabajadores
y a las trabajadoras y lograban influir en ellos y en ellas. En todo caso, el
vínculo con esos sectores se dio a posteriori, cuando este grupo ya había
adquirido perfiles propios y radicalizados, a partir de la expe-riencia de la
Resistencia Peronista.
En estos espacios de participación en la lucha de
clases y, por lo tanto, de auto -formación, auto-comprensión y co-realización
de la solidaridad de la clase trabajadora, la actividad política (incluyendo la
actividad conspirativa) y la vida cotidiana se amalgamaban. No se pueden
identificar ni vanguardias externas que imponen, ni comités centrales
infalibles que “educan”, ni organizaciones oportunistas que siguen (y deifican)
las tendencias espontáneas. En estas coordenadas exentas de violencia teórica y
pedagógica deberíamos inscribir el magisterio político de Blajakis y, más
tarde, el de Villaflor.
Se trataba de espacios de “revelación” donde el
“mensaje” no estaba escindido de su realización. Espacios en los que la clase
trabajadora, partiendo de su grado de conciencia real, asumía horizontes
revolu-cionarios, pasaba de los objetivos económicos a los políticos y, con
escasos recursos teóricos, podía convertirse en seguidora creativa del
marxismo.
La clase trabajadora se movía con solvencia en los
confines del lenguaje marxista, para ser más precisos, donde este adquiere
connota-ciones específicamente políticas. De esta manera, se iba desarrollando
una auténtica perspectiva “nacional y proletaria”. La lucha de clases, a
diferencia de lo que ocurría en otros espacios de la izquierda peronista, no
era abarcada desde las posiciones contaminadas por el nacionalismo burgués
radicalizado o desde el populismo. Aquí no “enseñaba” la inte-ligencia burguesa.
No había lugar para la subjetividad del dominador. Básicamente por eso la
burocracia (política y sindical) no los toleraba.
Asimismo, en estos espacios, la clase trabajadora
podía plantearse la necesidad de un programa revolucionario junto con la
posibilidad de elaborarlo colectivamente y a través de un proceso deliberativo.
Podía plantearse la necesidad de una organización política junto con la
posibilidad de construirla democráticamente y al calor de las luchas populares.
211
MIGUEL MAZZEO
De esta manera, el marxismo dejaba de ser un cuerpo
abstracto y rígido, un saber impostado, y se convertía en un componente
funda-mental de la praxis política popular, un instrumento de conocimiento y
transformación. Sin dudas, en este proceso, algunas de sus catego-rías solían
perder rigurosidad formal, pero ganaban en rigurosidad (y operatividad)
revolucionaria.
Estos espacios que nos muestran a la clase
trabajadora compren-diendo la realidad y desarrollando una conciencia
revolucionaria “por sí misma” fueron mucho más usuales de lo que lo la
literatura acadé-mica suele mostrar y de lo que la izquierda tradicional suele
reconocer. Ocurre que es harto difícil investigarlos con los medios
convencionales de las ciencias sociales o con los recursos que puede proveer el
dogma de la religión de los epígonos. Como en casi todas las experiencias
históricas en las que el proyecto socialista se encarnó en la praxis de las
bases y en la vida cotidiana de los y las de abajo, no queda otro camino que
rastrear las huellas de estos espacios en la memoria colectiva, en el lenguaje
y en el asfalto. La última dictadura militar (1976-1983) y su continuidad
neoliberal se encargaron de destruir sistemáticamente tanto a la subjetividad
como a la materialidad que constituyeron a esas experiencias.
Además, estas experiencias suelen ser negadas,
encubiertas, desti-tuidas compulsivamente de su universalidad y declaradas
insignifi-cantes, porque la autodefinición y la autocomprensión en torno a
ellas alimentan las insurgencias y las iniciativas políticas populares, porque
ponen en juego modos de comprensión no colonizados, diferentes a los del
populismo o la izquierda dogmática.
No fue casual que el grupo Avellaneda haya formado
parte de la “red cookista”. Tampoco fue casual que un escritor como Walsh haya
captado el significado más profundo de esta pequeña y maravillosa colectividad
política.
212
20- Un marxismo “original”
El marxismo es la concepción del
mundo que se supera a sí misma.
Henri Lefebvre
Pocas veces se le reconoce a John William Cooke la
pertenencia a la tradición marxista argentina. Su inalterada identificación con
el pero-nismo tornó compleja, cuando no directamente impensada, su inclu-sión
en esa tradición. Cabe destacar, por otro lado, que en las décadas del 60 y el
70, una parte del peronismo –específicamente la denominada “izquierda
peronista” (el “peronismo revolucionario” o la “tendencia revolucionaria del
peronismo”)– incorporó algunas nociones básicas del marxismo. En ocasiones, porque
militantes y activistas formados y formadas en la izquierda se acercaron al
peronismo con sus bagajes. Por ejemplo, los casos mencionados de Rodolfo
Puiggrós o Eduardo Astesano. Inclusive podríamos incorporar a Jorge Abelardo
Ramos. También es el caso de una generación más joven, formada en el marxismo o
en proceso de formación, que en la primera parte de la década del 60 rompió con
los partidos de izquierda, principalmente con el PCA. Sirva como ejemplo el
caso el grupo nucleado en torno a la revista La Rosa Blindada, dirigida por
Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri. Esta publicación, con la que Cooke
supo colaborar con un trabajo en 1965 , contó con la participación del poeta
Juan Gelman, de Oscar Terán y de Carlos Olmedo; este último será uno de los
funda-dores de las FAR.
En otras ocasiones, el camino se dio a la inversa.
Sin ir más lejos, Cooke es un caso testigo. La corta experiencia de la revista
Nacionalismo Marxista. Columnas de liberación nacional resulta adecuada para
ejemplificar los dos itinerarios. Ahora bien, la utilización de un manojo de
categorías marxistas “sueltas” –hábito que algunos sectores del peronismo
compartían con otros movimientos nacionalistas– no es
213
MIGUEL MAZZEO
suficiente para justificar una membresía siempre
difícil de reconocer en la Argentina.
Sin dudas, Cooke llegó al marxismo siendo ya un
hombre maduro y después de vivir una experiencia política muy intensa. Más allá
de sus alusiones juveniles, complementarias en líneas generales, aunque bien
documentadas, el Cooke marxista despuntó hacia fines de la década del 50. Su
participación en la efímera Nacionalismo Marxista… puede considerarse una
primera estación de ese recorrido formativo. Pero Cooke se hizo marxista desde
el peronismo, en el marco de un proceso histórico que ponía en evidencia las limitaciones
de los movimientos populistas o nacional-populares “desde arriba”
(“nacional-estatales”), pero también en un contexto de crisis de la hegemonía
de las concep-ciones estalinistas dominantes en Nuestra América desde la década
del 30. Tengamos presente que José Stalin murió en 1953, y en 1956 se produjo
la invasión de la Unión Soviética a Hungría.
Esto es, Cooke llegó sin el lastre de las viejas
fórmulas dogmáticas (y reformistas, y hasta liberales, para el caso argentino)
a un marxismo que, además, estaba deslastrándose de ellas, a un marxismo que
estaba recuperando lo mejor de su tradición crítico-revolucionaria; por
ejemplo: una clave antideterminista.
En ese sentido, Samuel Amaral sostiene: “El
descubrimiento de ese otro marxismo desde una experiencia política ajena a la
tradición leninista fue lo que le confirió originalidad a la visión de Cooke”.1
O, en términos de Daniel Campione, “Cooke se eleva por encima de casi todos los
que, ‘intelectuales’ o ‘políticos’ se movieron en la intersección entre
peronismo e izquierda”.2
La auto-referencia podría servir para fundar una
filiación, sino fuera porque Cooke estuvo siempre más predispuesto al ejercicio
concreto que a la declamación de su marxismo. En un reportaje que le hiciera el
periodista Carlos Núñez para la revista uruguaya Marcha, el 23 de abril de
1964, Cooke aclaraba:
Al marxismo se llega. Uno no nace, entero y armado,
como marxista. Sucede que no concibo la posición teórica como un simple
problema teórico. El concepto del marxismo está vinculado siempre al concepto
de revolución. Considero que la posición marxista correcta es aquella que haga
la revolución posible en determinadas condiciones, si no tales definiciones se
convierten en factores superestructurales, pasan
1 Amaral, Samuel, Op. cit., p. 17.
2 Campione, Daniel: “Los comunistas somos
nosotros”: Cooke y el Partido Comunista Argentino”. En: Mazzeo, Miguel
(Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina),
Op. cit., p. 51.
214
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
a ser apenas modalidades burguesas. El burgués las
adopta y hasta puede sentirse confortado con la sensación de ser un “hombre de
izquierda”3 [Obras completas, Tomo III, p. 118].
Para Cooke, el marxismo fue una fuente inagotable
de reflexión y nunca objeto de retórica u ornamento intelectual.
En el año 1964, fue invitado a sumarse al grupo
CONDOR (Centros Organizados Nacionales de Orientación Revolucionaria), formado
por Juan José Hernández Arregui, Rodolfo Ortega Peña, Ricardo Carpani, Rubén
Bortnik, Alberto Belloni y Eduardo Luis Duhalde. El grupo, cuya figura de mayor
peso y trayectoria intelectual era Hernández Arregui (sin dudas, el mentor
principal), asumió públicamente una definición favorable al marxismo como
método y guía para la acción. Pero Cooke, sin dejar de reivindicar el marxismo,
sin dejar de internalizarlo en sus análisis y en su praxis, eligió no sumarse.
Al respecto, Eduardo Luis Duhalde propuso la
siguiente interpretación:
Hernández Arregui, cuyo enorme mérito era ser el
puente por el cual militantes de izquierda hacían su inserción en el peronismo,
reivin-dicaba una adscripción al materialismo dialéctico, que parecía dar
fuerza en la permanencia en el afuera del movimiento de masas de quienes veían
que lo determinante era “la percepción científica de los fenómenos”. Cooke, por
su parte, camino obligado para la radicaliza-ción revolucionaria del peronismo
y la incorporación a los análisis del instrumental marxista, se negaba a una
definición a favor del marxismo, pareciendo contradecir su indudable
instrumental de análisis.4
Además de las diferencias entre un intelectual
politizado (Hernández Arregui) y un político-intelectual (Cooke) podemos
identificar otros aspectos sobresalientes. Cooke, intelectual orgánico situado
en terreno de la organización de la hegemonía, consideraba que las definiciones
teóricas no eran centrales para la construcción política en el seno del
movimiento popular. Y que, en determinadas condiciones y en el marco de
determinadas disputas, podían restar más de lo que sumaban. En todo caso, las
definiciones debían ir de la mano de las experiencias colectivas, de los
procesos formativos y auto-forma-tivos de las bases. Y agregaba: “Como hombres
honrados, si cualquiera nos pregunta si somos marxistas, contestamos que sí.
Pero nos parece
3 Para completar
la información, véase:
Núñez, Carlos: “William
Cooke. La
revolución que no realizó el peronismo”. En:
Revista Marcha, Montevideo, 23 de abril de 1965, p. 14.
4 Duhalde, Eduardo Luis: “Introducción”. En:
Cooke, John William, Obras completas, Tomo I, Op. cit., p. 14.
215
MIGUEL MAZZEO
contraproducente suscribir una declaración de
marxismo”.5 Unos años antes había planteado que “los pueblos no asimilan las
nuevas concepciones en abstracto, como pura teoría, sino combinadas con la
acción”.6 Para Cooke, las ideas se asimilaban en la lucha de clases, que las
moldeaba, las enriquecía, las proyectaba y las masificaba. De nada servía
aferrarse al purismo filosófico.
Asimismo, Cooke necesitaba desplegar una crítica al
marxismo argentino de su tiempo, al que se ejercía en el PCA y en otros
espacios; pero, al decir de Daniel Campione:
…con cuidado de no incurrir en ningún tópico de
tono antimarxista, lo que hubiera conspirado bastante directamente con su
perspectiva de radicalización del peronismo. Al mismo tiempo debía procurar
eludir el lenguaje más abiertamente marxista, para no avalar su propia
exclusión del peronismo. […] J.W.C. transitaba todo el tiempo por un
desfiladero demasiado estrecho.7
Paradójicamente, el marxismo proclamado de
Hernández Arregui era menos copioso que el marxismo sin hipérbole de Cooke.
Esta cues-tión amerita un desarrollo más extenso, pero vale la pena dejar
plan-teadas algunas posiciones.
El marxismo de Hernández Arregui se conformaba con
materiales poco homogéneos y “eclécticos”. Pero esta condición, que nosotros
consideramos una gran ventaja y no una restricción, no necesaria-mente
garantiza una mirada “original” y antidogmática.
El marxismo de Hernández Arregui combinaba,
contradictoria-mente, una veta humanista (influenciada por Rodolfo Mondolfo)
con una fuerte impronta de marxismo de manual, con su correspondiente carga de
economicismo y determinismo. Sus referencias a la dialéc-tica rozan el
engelsianismo -leninismo del DIAMAT. Es cierto que en su obra se pueden
detectar algunos puntos de vista divergentes, por ejemplo, en Peronismo y
socialismo8 hay más presencia luxembur-guista (aunque limitada al tema del
imperialismo) y alguna impronta de Lukács.
5 John William Cooke, citado por Duhalde, Eduardo
Luis, “Introducción”. En: Cooke, John William, Obras completas, Tomo I, Op.
cit., p. 16.
6 Cooke, John William: “Aportes a la crítica del
reformismo en la Argentina”. En:
Revista Pasado y Presente, Buenos Aires, Año IV
(2/3) nueva serie; 1973, p. 394.
7 Campione, Daniel: “Los comunistas somos
nosotros”: Cooke y el Partido Comunista Argentino”. En: Mazzeo, Miguel
(Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia argentina),
Op. cit., pp. 72 y 73.
8 Véase: Hernández Arregui, Juan José, Peronismo y
socialismo, Buenos Aires, Corregidor, 1973.
216
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Pero el marxismo de La formación de la conciencia
nacional,9 su obra más emblemática, nos parece prácticamente “accesorio” y
bastante impreciso. También creemos que la presencia de Frantz Fanon termina
siendo complementaria. Los rasgos de telurismo, de maniqueísmo (las lecturas en
claves dicotómicas más que dialécticas), la apelación permanente a nociones
meta-históricas, las visiones estáticas, la romantización de algunos actores
históricos (verbigracia: el ejército y los sindicatos de su tiempo), etcétera,
redondean una composición que adolece de marxismo; por muchas cuestiones, una
fundamental: el análisis de clases está desdibujado. Habría que sumarle a todo
esto, su olvido de la burguesía transnacional y de la burocracia sindical, una
matriz dirigista y una visión etapista compartida con el nacionalismo populista
y con la izquierda reformista, concretamente con el PCA. Finalmente, en La
formación de la conciencia nacional, uno de los “autores marxistas” más citados
es… ¡José Stalin! Esta obra fue publi-cada originariamente en 1960 y pasó
prácticamente inadvertida. Fue reeditada en 1973, cuando se convirtió en uno de
los ensayos políticos más leídos de nuestra historia.
Aunque Hernández Arregui contraponía la experiencia
histórica a la “ideología”, no hacía más que precipitarse en la “ideología”.
Leía la experiencia histórica a la luz de otra ideología, la antiliberal. En
esta línea, y trascendiendo lo estrictamente metodológico, se puede decir que
Hernández Arregui entendía al marxismo principalmente como un “sistema de
ideas”. En líneas generales, concebía la política básica-mente como una lucha
de ideas. No casualmente el grupo CONDOR se proponía influir ideológicamente en
el Ejército, contribuir a la nacionalización de las capas medias y elevar el
nivel político de diri-gentes y militantes. Similar era el ánimo del “Colorado”
Ramos y la parte de la “Izquierda Nacional” que lo tenía por referente
intelectual, ideológico y político. Sin dejar de reconocer la importancia que
estas tareas pueden llegar a tener en determinados contextos históricos, lo
cierto es que a la hora de pensar la praxis de las clases subalternas y
oprimidas se sobredimensionaba la eficacia de los saberes ilus-trados…
Entonces, ¿el marxismo de Hernández Arregui es solidario de la historia o de la
ontología?
Nuestra crítica no pretende negar la enorme calidad
literaria, la eficacia política y la relevancia histórica de este ensayo. Para
nosotros se trata de una pieza clave en la historia del pensamiento
emanci-pador de Nuestra América. Valoramos su aporte a la conformación de un
“imaginario militante” en los años 70, pero queremos marcar un
9 Véase: Hernández Arregui, Juan José, La
formación de la conciencia nacional, Buenos Aires, Plus Ultra, 1973.
217
MIGUEL MAZZEO
contraste con la obra y el pensamiento de Cooke. Y
también queremos mostrar dos modos diferentes de ejercer, vivir y sentir el
marxismo.
Entonces, una cosa es autodefinirse como marxista,
mostrar adhe-sión pública a la ley de la unidad y la lucha de contrarios, a la
ley del salto de la cantidad en calidad o a ley de la negación de la negación;
o creer que a través de terminologías lógico-formales se puede abarcar la
dialéctica. Y otra cosa absolutamente diferente es ubicarse, con la razón y las
vísceras, en la dinámica de los antagonismos y la lucha de clases con el fin de
favorecer la auto-emancipación de la clase trabaja-dora, y de entender/cambiar
el mundo.
No se puede decir que Hernández Arregui haya tomado
las catego-rías clásicas del marxismo para ponerlas en movimiento en el
torbe-llino de la realidad argentina, pero sí se puede decir esto de Cooke; su
marxismo es, propiamente, una filosofía de la praxis. Tal vez Cooke no “volaba”
tan lindo como los cóndores, pero caminaba bastante bien.
Con este tipo de imágenes queremos resaltar que la
praxis es la cate-goría central para abarcar el marxismo de Cooke. Un marxismo
que, como dijimos, carece de un a priori doctrinario; lo que significa que “la
verdad” nunca preexiste a la lucha de clases y que la dogmática no tiene ningún
tipo de privilegios. La “revelación” siempre se concreta en la praxis, el
“mensaje” no puede escindirse de su realización. Entonces, el y la militante
popular que dispone de los instrumentos propios del marxismo nunca habla y
actúa con autoridad dogmática.
El marxismo de Cooke es perfectamente compatible
con la noción de autoemancipación. Y además es un marxismo que profundiza las
dimensiones subjetivas y utopizantes. Es abierto e incompleto, perturbador y
herético; un antídoto eficaz contra la pérdida del sentido de la realidad.
El marxismo de Cooke tuvo la rara virtud de
mostrarle al pueblo principios nuevos que extrajo del propio pueblo. Supo
superar la dicotomía entre las categorías para el análisis y las categorías
para la lucha. Sin dudas, se trata de una dicotomía falsa que de ningún modo
puede hallarse en Marx, pero que no dejó (y todavía no deja) de ser común en el
marxismo.
También fue resultado de una interpretación que dio
cuenta –como pocas en su tiempo– de los procesos de asimilación a los
diferentes contextos sociales, culturales, políticos, epistemológicos, en fin:
histó-ricos. Porque el marxismo invoca una universalidad, al tiempo que para
poner en práctica sus categorías principales es necesario fondear en
materialidades concretas; es decir, en particularidades. El marxismo nos coloca
frente al desafío de un universalismo particularista, y Cooke
218
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
asumió, como pocos y pocas militantes populares en
la Argentina, ese desafío. Por lo tanto, no debería interesarnos demasiado
discutir las evidentes perspectivas hegelianizantes, historicistas y
existencialistas del marxismo de Cooke. Y antes de signarlas como “taras”
habría que analizar el contexto histórico de su actuación porque puede que, a
pesar de sus limitaciones, terminen luciendo como estímulos.
A los fines de justipreciar la originalidad del
marxismo de Cooke, también podemos proponer un contraste con la figura de
Roldolfo Puiggrós que, a diferencia de Hernández Arregui, era un marxista
formado en el PCA, que rompió tempranamente con el partido y adhirió al
peronismo. Sin dejar de valorar su trayectoria intelectual y política, y
reconociendo sus aportes historiográficos, Puiggrós también quedó atado a las
viejas fórmulas del marxismo hegemónico en la décadas del 30 y el 40. Y si bien
encontró al “aliado necesario”; es decir, al “burgués progresista” en
situaciones y figuras diferentes a las propuestas por el PCA, no dejó de
persistir en su búsqueda. Asimismo, como Hernández Arregui y Ramos, confió en
“la reunión de las masas y las armas” (del ejército regular); pero no
profundizaremos en este tema.10
En alguna medida, el marxismo de Hernández Arregui,
el de Puiggrós y, sobre todo, el de Ramos no fueron mucho más allá de una
radicalización del viejo forjismo y sus temas. Se trataba de un marxismo
asimilado a esquemas binarios y simplistas que ofrecían una interpre-tación
general de la historia que daba respuestas inmediatas (pero absolutamente
insuficientes) a todos los problemas políticos.
Ramos constituye el caso más extremo, por eso
creemos que valen algunos paralelismos que realzan las diferencias con Cooke.
Por ejemplo, mientras Ramos veía signos alentadores en el golpe de Estado 1966
y especulaba sobre el carácter “nacional” de la dictadura militar, de la
Revolución Argentina encabezada por Onganía, Cooke conside-raba que se trataba
de un golpe militar a la medida del capital transna-cional, del Pentágono y de
los sectores pro “occidentales y cristianos” del peronismo. Mientras que las posiciones
de Ramos respecto de la figura de Perón, en aspectos nodales, se acercaban a
las de la ortodoxia peronista, las de Cooke constituyeron el núcleo de la
heterodoxia. No fue casual que el derechista Comando de Organización (CdO) haya
valorado la obra de Ramos. No olvidemos que era un antiguevarista que estaba a
la espera de los buenos y prácticos oficios burgueses y progre-sistas de un
caudillo militar nacionalista “aliado” a la clase trabajadora. Mientras que
Cooke era guevarista en un sentido muy amplio, lejos
10 Para una aproximación al derrotero ideológico y
político de Rodolfo Puiggrós, véase: Acha, Omar, La nación futura. Rodolfo
Puiggrós en las encrucijadas argentinas del siglo XX, Buenos Aires, Eudeba,
2006.
219
MIGUEL MAZZEO
de cualquier simplificación del “guevarismo”, y en
lugar de adecuarse al grado de desarrollo de la conciencia política de la clase
trabajadora argentina, buscaba trascenderlo a partir de la experiencia de lucha
y auto-determinación de la misma clase.
Para terminar este capítulo, no podemos dejar de
señalar que, por el estilo, por el marco de referencias teóricas y hasta por
sensibilidad, Hernández Arregui era un intelectual “antiguo” en la década del
70. Mientras que Cooke era, a todas luces, un intelectual “nuevo” en la década
del 60. El marxismo de Cooke tiene la impronta (directa o indirecta, eso, a
esta altura, importa muy poco) de Frantz Fanon, de Pier Paolo Passolini, de
Herbert Marcuse; también la del Che y todo de lo que empezó a significar Guevara
para una generación de revolu-cionarios y revolucionarias del mundo entero.
Tiene la impronta del cristianismo de liberación y la teoría de la dependencia,
y también del psicoanálisis, de las “ciencias sociales”, de las vanguardias
artísticas, etcétera. En algunos aspectos cabe la filiación con el marxismo de
Silvio Frondizi, que, al igual que en el caso de Puiggrós, también es tema para
otro trabajo.11
Y hay, además, una paradoja que no podemos
saltearnos: Hernández Arregui, el intelectual que era “antiguo” en la década
del 70, se convirtió en el ensayista político más leído por una generación
marcada a fuego por el 68. Para muchos y muchas jóvenes, él (más
específicamente su libro La formación de la conciencia nacional) prácticamente
fue la llave de acceso a la “nueva izquierda”.
Nótese que a lo largo de este capítulo nos negamos
a hablar de un marxismo “moderno” y optamos por expresiones como marxismo
“original” o “nuevo”. Si bien el marxismo de Cooke compartía con todos los
marxismos del siglo xx (incluyendo a las versiones más creativas y heterodoxas)
un conjunto de fundamentos de la modernidad burguesa y occidental, creemos que
se pueden detectar en él algunos elementos de una contramodernidad o una
transmodernidad; es decir, elementos que, de algún modo, cuestionan a la modernidad
y van más allá de ella; elementos generados por una praxis que priorizó siempre
la expe-riencia de las bases y los sujetos, y se hizo cargo de sus acciones y
sus significados (la “ortopraxis”) por sobre la pureza ideológica o teórica y
los argumentos rígidos.
11 Para una aproximación al derrotero ideológico y
político de Silvio Frondizi, véase: Tarcus, Horacio, El marxismo olvidado en la
Argentina: Silvio Frondizi y Milcíades Peña, Buenos Aires, El Cielo Por Asalto,
1996.
220
21- Marxismo “explícito” e “implícito”
¡Oh los que de la mente os sentís sanos, mirad bien
la doctrina que velada se encuentra de mi verso en los arcanos!
Dante Alighieri
Cooke identificaba un “marxismo oficial” que
caracterizaba a partir de un gesto teórico –con inevitables consecuencias
políticas– que consistía en congelar las categorías en la prehistoria del
dogmatismo y en una patología: “La fijación táctica antidialéctica”. De este
modo, reivindicaba indirectamente la existencia de otro marxismo (para ser más
precisos: otros marxismos). Específicamente, aquel que priorizaba a los sujetos
sobre las estructuras y que ponía el énfasis en la categoría de la praxis. Solamente
por esto, ya era un marxismo en mejores condi-ciones de atravesar algunas de
las principales taras de la modernidad, el racionalismo y el eurocentrismo.
Los aspectos nodales de su pensamiento dan cuenta
de un momento peculiar de la historia argentina que, en Cooke, se tradujo en
preocu-paciones relacionadas con la sociedad civil popular (“las bases” como
“poderes colectivos” o “poderes populares”), además de las que usual-mente se
centraban en la sociedad política. Vale aclarar que aquí no nos apartamos del
punto de partida gramsciano y que concebimos la distinción entre sociedad civil
y sociedad política desde lo estricta-mente metodológico y no desde lo orgánico.
Como su análisis político no podía dejar de lado los aspectos “estructurales”,
entonces, buscó desentrañar lógicas y construirse una mirada totalizadora.
Por consiguiente, Cooke, lector de Marx, intentó un
“análisis de clases”; y, lector temprano de Gramsci en la Argentina, empleó en
forma reiterada conceptos tales como: lo nacional-popular, unidad
221
MIGUEL MAZZEO
entre teórica y práctica, autoconciencia, entre
otros. Así procedió desde el momento en el que la sociedad civil popular se
constituyó en objeto de sus preocupaciones estratégicas; desde el instante en
que el proyecto socialista –concreto, posible, para la Argentina– irrumpió en
su horizonte político. Para resaltar la originalidad de su iniciativa cabe
tener presente que la versión en castellano de los Quaderni di carcere, de
Gramsci se publicó recién en 1958.
Por supuesto, Cooke no dejó de reconocer que el
poder económico le había asegurado a la burguesía el manejo del aparato del
Estado, pero entendía, con el auxilio de Gramsci, que el sistema había cavado
sus “trincheras” en el suelo de la sociedad civil. La burguesía había impuesto
su concepción del mundo al conjunto de la sociedad y había generado consenso
alrededor de sus sistemas ideológicos y políticos. Esto explica el hecho de que
Cooke le asignara un rol singular a la ideología, ora concebida como falsa
conciencia, ora como el lugar en el que las clases populares podían desentrañar
las lógicas de los conflictos estructurales.
En síntesis: él reconocía el peso de la sociedad
civil a la hora pensar el cambio revolucionario; reconocimiento que se
manifestó con trans-parencia cuando planteó la necesidad de captar el nivel de
arraigo de la ideología liberal-burguesa, la ideología dominante, en las masas;
y cuando señaló que la oligarquía y el imperialismo tenían su maqui-naria en el
plano de las superestructuras. Nuevamente, las resonancias gramscianas son
evidentes en ambas indicaciones.
Resulta entonces un tanto inexacta su
identificación como “pero-nista jacobino”, más allá de que muchas veces esta
calificación remite a una metáfora superficial que elude las implicancias
conceptuales y semánticas más fuertes. Porque, a diferencia del jacobinismo,
Cooke se propuso superar los marcos de clase burgueses y las prácticas
centralizadoras.
Un posible recorrido por los principales textos de
“marxismo explí-cito” de Cooke podría ser el siguiente.
En primer lugar, no hay que desechar algunas
referencias puntuales, aunque espaciadas, en sus trabajos previos a 1959. En
sus interven-ciones parlamentarias, en cartas, documentos y otros materiales,
es posible rastrear las primeras estaciones de un proceso formativo.
Por ejemplo: en 1946, en el debate por la
derogación de la Ley de Residencia, Cooke se remitía a la discusión
parlamentaria de 1904. Elogió el discurso de Alfredo Palacios, pero no pasó por
alto la base posi-tivista, determinista y cientificista del marxismo del PSA,
un marxismo basado en la trilogía Spencer-Darwin-Marx. Como vimos y seguiremos
viendo, el marxismo de Cooke se conformó en contraposición a los
222
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
significados acarreados por los dos primeros
nombres que, sobre todo en Nuestra América (y particularmente en la Argentina),
condicio-naron el derrotero de un tipo de marxismo carente de imaginación
dialéctica, que derivó en prácticas de encubrimiento cognitivo de la realidad y
de un tipo de socialismo muy poco (o nada, o anti) socialista. Un socialismo
confeccionado por figuras áridas y estériles, malogradas por las
justificaciones universalistas, por el cientificismo, la ideología del progreso
y el productivismo; figuras por lo general confundidas respecto del lugar que
ocupaban la burguesía y la clase trabajadora en el marco del proceso histórico,
defensoras de la “necesidad histórica” del imperialismo, partidarias del
colonialismo, el racismo, entre otras aberraciones del mismo tenor.
En el debate sobre la iniciativa para la sanción de
una ley de Represión de actos de Monopolio o tendientes al monopolio, Cooke
sostuvo que el fenómeno de la concentración de capital, el papel de los
monopolios en la económica mundial y sus efectos en los países periféricos,
sólo podían comprenderse en su justa dimensión si se abordaban con el auxilio
del marxismo. Como señalábamos en el capí-tulo referido a su desempeño como
diputado nacional, Cooke funda-mentó su intervención en Marx (El Capital), en Lenin
(Imperialismo, fase superior del capitalismo) y Hilferding (El capital
financiero). Citó también a Paul Sweezy, a Stalin, Karl Mannheim, entre otros.
Ya en la década del 40 se pueden apreciar algunos fundamentos leninistas de su
antiimperialismo.
Retomó tópicos similares en 1947, cuando presentó
un informe sobre el Presupuesto general de gastos y cálculo de recursos para el
año 1948 y sobre Financiación del Plan de Gobierno 1947-1951. Recordemos: citó
el Prólogo de Engels a la tercera edición de El Capital y, nuevamente, a Lenin
y a Hilferding.
En 1951, en su rechazo al pedido de licencia
formulado por el presi-dente Perón, expuso una síntesis de los logros del
gobierno. Si bien se trató de una pieza discursiva con un eje antiimperialista,
Cooke utilizó conceptos tales como “plusvalía” en su acepción marxista.
También debemos considerar las diversas referencias
al marxismo en las cartas de Cooke. En las primeras a Perón se puede
identificar una mirada de la realidad argentina que toma en cuenta elementos de
un “análisis de clase”; la utilización del concepto de dialéctica en una
acepción bastante próxima al marxismo; sus referencias a la conciencia y sus
articulaciones con los procesos sociales; el bosquejo de una diná-mica de las
negaciones y las superaciones. En la que le escribió el 28 de agosto de 1957, Cooke
planteaba:
223
MIGUEL MAZZEO
El peronismo sólo puede ser desalojado por la
supresión de las causas que lo determinan como Movimiento Revolucionario; ya
sea por un régimen que supere los problemas que él plantea y que ha resuelto en
su oportunidad, ya sea porque pierda su carácter de representativo de las
fuerzas populares que pugnan por reconquistar el poder perdido [Obras
completas, Tomo II, p. 300].
Luego están sus apelaciones a Lenin,
particularmente en materia de política insurreccional. En carta a Perón del 14
de noviembre de 1957, sostenía que los componentes de una fórmula
revolucionaria eran: un “partido revolucionario”, unos “jefes revolucionarios”,
un “mito revolu-cionario” y una “ocasión”. Tomaba los casos de Marx y Engels,
de Louis Auguste Blanqui, Mijaíl Bakunin y Giuseppe Mazzini, que contaron con
algunos de los ingredientes de la fórmula pero no logaron combi-narlos a todos
[Obras Completas, Tomo II, p. 320]. El planteo de Cooke, en lo que se refiere
al mito, tenía connotaciones sorelianas. En esa misma carta, también citaba a
Mao Tse Tung a modo de auxilio para su propia situación: reivindicaba la
estrategia de guerra prolongada con campañas de decisión rápida y consideraba
que el peronismo había actuado exactamente al revés; es decir, con una
estrategia de guerra relámpago y con campañas de decisión lentas. Aprovechó a
Mao para criticar el “dualismo de las direcciones estratégicas” y los golpes
dados en una sola dirección [Obras completas, Tomo II, p. 322].
A partir de 1959, sobre todo en La lucha por la
liberación nacional, nuevamente se puede percibir en los escritos de Cooke el
recurso al análisis de clase y los planteos leninistas respecto de la cuestión
del imperialismo. En este documento proponía su fórmula de la indiso-lubilidad
de la cuestión nacional y la cuestión social: “La liberación nacional y la
revolución social no son dos asuntos independientes o paralelos, sino un solo
problema indivisible” [Obras Completas, Tomo V, p. 185]. En la misma línea,
sentaba las bases de lo que serán sus críticas al reformismo y a la burocracia.
También proponía la distinción entre la lucha contra el sistema y la lucha
contra una variante del mismo, lo que establecía una ruptura con los formatos
burgueses de la demo-cracia, que, por otra parte, en Nuestra América, durante
buena parte del siglo xx, ni siquiera eran respetados por las clases
dominantes. Por supuesto, consideraba que sólo las luchas contra el sistema
pueden tener un sentido transformador. En cuanto a la dictadura del
proleta-riado, la rechazaba como solución y la consideraba inadecuada para el
país. Su idea, en ese momento, estaba más cerca de un amplio Frente Nacional y
Popular.
Asimismo, planteaba los siguientes tópicos
enlazados al marxismo y, en general, correspondientes a una “cultura de
izquierda”: la necesidad
224
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de la teoría, la crítica al “empirismo” y al
“reformismo” de la burocracia y la importancia de la autocrítica para una
fuerza revolucionaria.
La lucha por la liberación nacional también
proponía algunos temas gramscianos: allí insistía en la necesidad de crear una
visión del mundo propia y en la importancia de que la clase trabajadora perciba
el mundo con valores propios; algo que podríamos relacionar, nuevamente, con el
“espíritu de escisión” propuesto por el revolucionario sardo.
A partir de 1960, como es lógico, aparecieron en
sus cartas referen-cias a Fidel y al Che. Junto a la fechada el 11 de
septiembre de 1960, Cooke le envió a Perón la Primera y la Segunda declaración
de La Habana, y le explicaba: “En la proclamación de derechos […] Ud. verá que
figuran los de la Constitución Justicialista de 1949, que nosotros sancionamos
y cumplimos” [Obras Completas, Tomo II. Op. cit. 469].
Por otra parte, un componente central del marxismo
de Cooke, era la dimensión anticolonial y anti- occidental. Eso lo diferenciaba
de la vieja izquierda, pero también de ciertas interpretaciones
“convencio-nales” del guevarismo y del marxismo sustentadas por algunas
expre-siones antiguevaristas de la “izquierda nacional”. En líneas generales,
lo diferenciaba del trasfondo moderno del marxismo del siglo xx.
Con la carta antes citada, se iniciaba el extenso
“monólogo” de Cooke, donde desarrollaba la idea de la guerra de guerrillas,
insistía en las analogías entre el peronismo y la Revolución Cubana centradas
en algunas políticas puntuales, en la mística, en la crítica a las formas de la
democracia burguesa, profundizaba sus críticas a la burocracia, citaba a
Plejanov, etcétera.
Su carta a Perón del 24 de julio de 1961, desde
Cuba, claro está, rebosaba de definiciones inspiradas en concepciones y
categorías marxistas. Vale decir que esta carta estaba muy en sintonía con los
Aportes a la crítica del reformismo en la Argentina,1 del mismo año. Uno de sus
ejes era la crítica al determinismo de los partidos comu-nistas a las
concepciones reformistas y etapistas. En concreto, la línea política de los
partidos comunistas se caracterizaba por una paciente espera de las condiciones
objetivas y del necesario tránsito por la etapa democrático-burguesa, lo que
implicaba reconocerle un rol progresivo a la burguesía nacional. Cooke entendía
que, en el nuevo contexto, no tenía entidad una burguesía (ni siquiera una
franja de ella) dispuesta a jugar ese papel. Entonces, consideraba que para
lograr objetivos sociales mínimos eran necesarias políticas radicales:
“Tendremos que
1 Cooke, John William: “Aportes a la crítica del
reformismo en la Argentina”. En Revista Pasado y Presente, Buenos Aires, Año IV
(2/3) nueva serie; 1973, p. 395. [Este texto no figura en las Obras Completas].
225
MIGUEL MAZZEO
quitarle a los que tienen […]. Por fuerza tendremos
que ser más radi-cales, más revolucionarios en las medidas” [Obras Completas,
Tomo II, pp. 488, 489].
En otras cartas a Perón, las definiciones eran más
teóricas. Por ejemplo, en la carta del 30 de septiembre de 1962, desde París,
Cooke le escribió: “Lo que caracteriza a la visión revolucionaria es su índole
dialéctica, el análisis de la historia como serie de desarrollos
contra-dictorios influenciados, cualitativamente diferentes en sí pero ligados
en su continuidad” [Obras Completas, Tomo II, p. 544]. Sin embargo, la
definición no se ajustaba demasiado a los parámetros evolucionistas que el
General prefería.
También en carta del 18 de octubre del mismo año
Cooke proponía una crítica al determinismo de algunos comunistas que
“tranquilos porque Marx demostró que la burguesía sucumbirá a manos del
proletariado, viven beatíficamente en la felicidad de estar del bando vencedor
y dejan que la historia se mueva por su cuenta (algo así como la
‘predestinación’ de los protestantes)” [Obras Completas, Tomo II, p. 559]. En
esta misma carta recuperaba el legado leninista como funda-mento de las
políticas antiimperialistas y anticoloniales y señalaba las diferencias con las
políticas del estalinismo. Además, consideraba que el marxismo-leninismo de la
Revolución Cubana se diferenciaba de sus otras versiones (sobre todo la
soviética) por su predisposición antidogmática.
En la últimas cartas a Perón también se puede
apreciar cómo Cooke desentrañaba algunos de los fundamentos del pensamiento
burgués; por ejemplo: la suposición de que “el todo” es siempre una suma de las
partes y que, por lo tanto, se podía parcelar la realidad; es decir, lo
contrario a un enfoque holístico; la aplicación de enfoques meca-nicistas para
explicar cualquier relación entre variables; la homoge-nización del sujeto de
análisis compulsivamente objetivado bajo unas reglas de pensamiento único; etcétera.
Incluso en el “borrador”, Algunas bases para el
programa del Movimiento Peronista, de agosto de 1961, Cooke planteaba la
relación entre peronismo y marxismo en los siguientes términos:
El peronismo no debe quedarse rezagado ni estar
temeroso de ir a buscar la verdad allí, donde esté. Si todo el mundo hoy día
habla de marxismo, alguna importancia tendrá. Existe y hay que conocerla. Los
antimarxistas furibundos o los que tengan miedo de que se los sospeche de
comunistas y de que les echen encima la jauría, podrían saber que es muy feo
hablar y dar conferencias, pastorales y discursos explicando algo que no se
conoce, guiados por lo que otros opinan,
226
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
ignorancia que pasa inadvertida porque el marxismo
es largo y difícil de estudiar […]. Marx estudió a fondo el sistema capitalista
y en su crítica demostró su injusticia exhibiéndolo en su verdadera esencia de
rapiña [Obras Completas, Tomo II, p. 70].
A modo de justificación, recordaba que los jesuitas
franceses –en especial los de las décadas del 50 y el 60– leían y escribían
sobre Marx; tal el caso de Jean Yves Calvet, entre muchos otros.
Por otro lado, en sus artículos escritos desde Cuba
y sobre Cuba, “Primero de mayo en la Habana”, “Desde La Habana, Cuba”, “Cuba
ante la Invasión”, “La campaña oligárquico imperialista en la actualidad”,
entre varios materiales producidos en 1960 y 1961, Cooke reforzaba su planteo
del carácter inescindible de la liberación nacional y la revolu-ción social y
su opción por la estrategia guevarista. Además, retomaba tanto la idea de la
actualidad del socialismo en Nuestra América como su crítica al elitismo y su
rescate del carácter colectivo de las revolu-ciones; así como se podía percibir
su preocupación respecto del rol de individuo en la historia.
La “carta al presidente Eisenhower” de febrero de
1960 es otra extraordinaria pieza de la literatura antiimperialista. En la
misma línea se inscriben otros trabajos, reportajes, documentos, cartas, entre
1960 y 1968. Claro está, en la mayoría es ostensible la opción por la lucha
armada.
En ese sentido, en Apuntes para una ideología de la
Revolución Cubana, un texto de noviembre de 1960, Cooke se refería a las
“versiones rudimentarias del materialismo dialéctico [que] con ribetes
cientí-ficos nos presentan verdaderos bodrios donde la realidad es metida ‘a
patadas’ en el cepo que se destinó de antemano”.2
También en Bases para un programa de liberación
nacional, escrito en Cuba en 1961, afirmaba que las teorías eran “guías,
instrumentos para la acción, no cartabones para mediar las valías del plan”
[Obras Completas, Tomo III, p. 74].
Sin dudas, uno de los principales trabajos de
“marxismo explícito” de Cooke es Aportes a la crítica del reformismo en la
Argentina, de 1961 pero recién publicado en 1973, preparado para informar a
Fidel y al Che sobre las posiciones del PCA. Allí abundan las referencias a
Marx, Engels y Lenin, pero también a Luxemburgo y Gramsci. Corresponde aclarar
que este último no gozaba de una amplia difusión en el marco de la cultura de
izquierda de fines de los 50 y principios de los 60, por
2 Cooke, John William: “Apuntes para una ideología
de la Revolución Cubana”. En: Revista Retruco, La Plata, Año 9, Nº 29,
septiembre-octubre de 1997, p. 21. [Este texto no figura en las obras
completas].
227
MIGUEL MAZZEO
desconocimiento (recodemos que la primer versión en
castellano de una parte de obra de Gramsci llega a la Argentina recién en 1958)
o porque para el marxismo oficial la obra del sardo era anatema.
Al estudiar la recepción temprana de Gramsci en la
Argentina, se suele hacer referencia a Héctor P. Agosti, uno de los
intelectuales más importantes del PCA y al grupo de Pasado y Presente, a Juan
Carlos Portantiero,3 a José Aricó, entre otros. Casi nunca a Cooke. La
presencia de Gramsci en Cooke no es aleatoria, es sintomática, al igual que el
olvido posterior de la izquierda académica, por lo general autoreferen-cial y
siempre más pendiente de los aportes sistemáticos de las “cien-cias sociales”.
Lo mismo cabe para la omisión de izquierda partidaria que suele ser sectaria,
también, en sus reivindicaciones retrospectivas.
El Gramsci de Cooke poco se asemeja al Gramsci
“reformista” o “populista” muy a tono con las modas académicas de la década del
80 en la Argentina. También podemos ver en Cooke una recepción de Gramsci en
clave de una política revolucionaria. Cobra importancia el Gramsci
antideterminista, que aportaba categorías para ejercer la crítica a la
pasividad y al reformismo de los Partidos Comunistas. Corresponde aclarar que
en el contexto de la década 60, era práctica-mente inevitable que en la crítica
al determinismo se filtrara una cuota de voluntarismo.
Finalmente, en los Aportes a la crítica del
reformismo en la Argentina se pueden identificar algunas concepciones cercanas
a una idea de la organización como proceso, junto con la indeclinable confianza
respecto de las iniciativas de las bases y su permanente opción por la
democracia de base. El cookismo expone aquí sus costados más luxem-burguistas.
Cooke, como Rosa, parecía estar más preocupado por los vínculos con el proceso
histórico real que pendiente del fatalismo del objetivo final.
También en los Apuntes para la militancia de
1964-1965, Cooke plas-maba su visión historiográfica, su adhesión al
revisionismo histórico. Además deslizaba nuevamente una crítica a la burocracia
e insistía en la importancia del autoconocimiento para la clase trabajadora.
Criticaba al PSA y a su principal mentor, el Dr. Juan B Justo, y también volvía
sobre el PCA. En sus críticas a esta última organización afir-maba: “El
marxismo no es una doctrina que dé respuesta automática a cada situación; es un
método para conocer la realidad social y guiar las
3 Adriana Petra en su tesis doctoral Intelectuales
Comunistas en la Argentina (1945-1963), comenta que Portantiero consideraba a
John William Cooke “el representante del más serio intento por elaborar una
teoría revolucionaria para las masas peronistas y con quien se podía de hecho
confluir, como había quedado demostrado con la experiencia del periódico
Soluciones…”. En: Petra, Adriana, Op. cit., p. 362.
228
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
actividades tendientes a cambiarla; según como se
utilice se llegará o no a interpretaciones y a líneas de acción correctas”
[Obras Completas, Tomo V, p. 295].
Por otra parte, en algunos pasajes de Peronismo y
Revolución,4 de 1966, Cooke destacaba la función mistificadora de la ideología
e intro-ducía la noción de “mediación”; es decir, concebía la ideología no sólo
como un hecho de las subjetividades individuales, sino desde un punto de vista
“relacional”, como un hecho objetivo. En ese sentido, escribía: “En el Estado
moderno, la ideología no es simple justificación sino además una mediación en
el interior mismo de las contradicciones de clase” [Obras completas, Tomo V, p.
111].
Además, identificaba la pérdida de unidad real
entre las relaciones de producción y las relaciones políticas, típicas de las
sociedades modernas, y la realización de su unidad en el terreno de lo
imaginario. Decía al respecto:
La ideología expresa la relación del hombre con las
condiciones de su vida, tal como él las vive; por medio de ella se inserta en
el sistema de relaciones que existen entre la base económica de la sociedad y
la superestructura, cohesionando en su conciencia los diversos niveles
objetivos de la vida social. Pero actualmente, utilizada por las clases
dominantes, no registra directamente esas relaciones sino que da (...) una
representación invertida de ellas. Para tomar una forma contempo-ránea de
condicionamiento ideológico: las ideologías que difunden los medios de
comunicación de masas (especialmente la TV), imprimen en el público la imagen
de una igualdad formal entre individuos, variados pero idénticos, que aparecen
integrados en la comunidad política
abstracta de la Nación [Obras completas, Tomo V, p.
113].
Para Cooke la ideología “privatiza” la sociedad
civil y “despoli-tiza a las clases dominadas” [Obras completas, Tomo V, p.
113]. Este proceso de despolitización popular era para él una necesidad
objetiva del régimen de dominación, pero su eficacia provenía de la
contribu-ción de la burocracia peronista, política y sindical. Analizaba que el
régimen de dominación necesitaba a la burocracia para desorientar a los
trabajadores y anular sus impulsos revolucionarios, y que buscaba denodadamente
integrarla para garantizar su reproducción. Por eso definía al vandorismo como
un repliegue hacia la despolitización de los trabajadores y las trabajadoras
[Obras completas, Tomo V, p. 114].
4 El nombre originario de este trabajo fue El
peronismo y el golpe de Estado (informe a las bases del movimiento). Fue
publicado por primera vez por Acción Revolucionaria Peronista (ARP) en 1966. En
1971 fue reeditado por Gránica Editor a instancias de Alicia Eguren y en 1985
por la editorial Parlamento.
229
MIGUEL MAZZEO
Cooke cuestionaba a las ideologías “como un hecho
puramente subjetivo” y, por el contrario, consideraba que “la ideología es una
estructura que existe objetivamente como componente de la vida en relación, [y
que] el pensamiento revolucionario puede analizar prescindiendo de los
particularismos de cada individual aislado”; a la ideología burguesa le oponía
la “conciencia revolucionaria” [Obras completas, Tomo V, p. 125]. Más
específicamente lo que él denominaba “la conciencia social de la clase
trabajadora”, es decir, la conciencia de las relaciones que imperaban en la
sociedad que les permitiría a los trabajadores y a las trabajadoras “desechar
las falsas representaciones con lo que se oculta su propia realidad
existencial, su condición de oprimido[s] y el carácter de la opresión…”. [
Obras completas, Tomo V, p. 113]. En concreto: la conciencia de clase como
antídoto contra la función mistificadora de la ideología burguesa, uno de los
pilares de la hegemonía burguesa.
Como vimos, Cooke no concebía un lugar “externo”
para la teoría revolucionaria, sino que establecía una relación dialéctica
entre ésta y la conciencia social de los trabajadores y las trabajadoras;
conciencia generada en la lucha, en la acción concreta. Ni más ni menos que el
procedimiento de la praxis.
Otra pieza de “marxismo explícito” de Cooke es el
artículo menos conocido, titulado “Bases para una política cultural
revolucionaria”, publicado en la Revista La Rosa Blindada en 1965.5 Allí, no
sólo reafir-maba que una verdadera política revolucionaria debía estar fundada
en la unidad entre teoría y práctica, y que esa unidad se aprehendía a través
del “desarrollo histórico de la conciencia crítica”, sino que, además, se
detenía en las categorías marxistas de “alienación” y “trabajo enaje-nado”,
reflexionando sobre la tergiversación de su sentido original por parte del
“marxismo oficial”, del determinismo que “enjauló a la dialéctica”.
Este último artículo, al igual que en los trabajos
antes mencionados, demostraba la filiación de Cooke con el marxismo heterodoxo:
en ellos destacaba la genialidad de Lukács al abordar el tema de la alie-nación
antes de conocerse los Manuscritos económicos-filosóficos de 1844 de Marx,
recuperaba las “evasiones hacia la heterodoxia de Henri Lefebvre y las
meditaciones clarividentes de Gramsci”. Así, Cooke iba delimitando su marxismo
y lo iba diferenciando del otro, en el que “el conocimiento teórico de la filosofía
marxista suele no originar una práctica revolucionaria sino una actitud
alienada con justificaciones
5 Cooke, John William: “Bases para una política
cultural revolucionaria”. En: revista La Rosa Blindada, Buenos Aires, Año 1, Nº
6, septiembre/octubre de 1965, pp. 16-22. Véase: Obras Completas, Tomo III.
230
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
prestigiosas” [Obras completas, Tomo III, p.220].
Además, criticaba el desdoblamiento de Marx, inspirado en los planteos de Louis
Althusser y el marxismo estructuralista que comenzaba a estar en boga en la
década del 60. Al respecto, sostenía: “La tesis del presunto desdo-blamiento de
los ‘dos Marx’ (con sus variantes de viraje o evolución desde el idealismo
humanista primaveral a la sequedad de la materia, la economía y la ciencia) me
parece uno de los mitos más desprovistos de sustentación” [Obras completas,
Tomo III, p. 220].
Por otra parte, en “Definiciones”, un texto
publicado en la revista Cristianismo y Revolución, de octubre-noviembre de
1966, Cooke definía al peronismo revolucionario como una “vanguardia”, cuya
función era “reconciliar la política del movimiento con el verdadero papel que
este tiene en el enfrentamiento de las fuerzas sociales”. Reiteraba el tema del
desfasaje y la falta de correspondencia, esto es: el problema de las
estructuras políticas y sindicales del peronismo que estaban ubicadas varios
escalones por debajo de su calidad como movi-miento de masas.
Cooke explicaba la razón de ser del peronismo
revolucionario por el hecho de que la hegemonía del régimen de dominación, con
su control del aparato estatal y cultural, inhibía y retrasaba la toma de
conciencia de las masas con respecto a las razones de la tragedia que sufrían y
respecto de la política que podía ponerle fin. Desde la óptica de Cooke, la
función del peronismo revolucionario consistía en realizar los ajustes
necesarios pero desde “abajo”, desde el movi-miento de masas y no desde las
“estructuras”. De esta manera, refor-muló el rol tradicional de las
vanguardias, acercándose a una noción luxemburguista de las mismas, y
priorizando el momento de la auto-determinación popular. También definía la
política revolucionaria como “acción esclarecida por el pensamiento crítico” y
llamaba a dar el paso que iba de la rebeldía a la revolución. Asimismo, volvía
sobre el tema de la antinomia peronismo-antiperonismo como forma concreta de la
lucha de clases.6 Como vimos, un planteo discutible y también contradictorio
respecto de su visión sobre la lucha de clases al interior del peronismo.
La preocupación básica de Cooke era la de
interpretar el proceso histórico argentino y prever su desarrollo, pero nunca a
la manera de los horóscopos; la faena que eludía (o en la que erraba) la
izquierda argen-tina. Por otra, parte el marxismo oficial funcionaba como una
especie de descripción formal de ciertas esencias trascendentes y constantes en
la historia; es decir, como lo que Pierre Bourdieu denominaba un
6 Véase: Cooke, John William: “Definiciones”. En:
Revista Cristianismo y Revolución, Nº 2/3, Buenos Aires, octubre/noviembre de
1966, pp. 14 y 15.
231
MIGUEL MAZZEO
“designador rígido” que al nominar y clasificar
introducía “divisiones tajantes, absolutas, indiferentes a las particularidades
circunstanciales y a los accidentes individuales”.7
En ese mismo sentido, para Cooke lo “real” era un
proceso abierto. Él reconocía a los marxistas argentinos “oficiales” como sus
interlocu-tores (a veces como objeto de “negación dialéctica”), reconocimiento
que, en líneas generales, no se dio en el sentido inverso. De este modo Cooke,
como todos los herejes (que además son heterodoxos), quedó al margen de la
lógica de la convivencia y del nicho de los intercambios intrínsecos de “los
próximos”, de ese ámbito sectario y alienante de los enjuiciamientos intermarxistas.
Para el marxismo académico, o para el marxismo de
los partidos de la izquierda dogmática, la obra de Cooke ni siquiera merece ser
catego-rizada dentro de un canon de segundo orden. Sus textos no llegan a ser
considerados “deuterocanónicos”, no se les reconoce siquiera impor-tancia
documental. Seguramente será porque no reflejan directamente la palabra de
algún “Dios”.
De todos modos, más allá de este racconto
relativamente detallado, creemos que el Cooke marxista debe buscarse en sus
análisis de la realidad argentina (y también en los que, de un modo u otro, se
refieren a Nuestra América y al mundo), en su práctica militante y no tanto en
sus escritos más “teóricos”, donde el tema sea el propio marxismo. Cooke estuvo
muy lejos de ser un especialista en marxología. Para el caso de sus escritos,
puede resultar adecuada una lectura “sintomática” que ponga en acto lo que sólo
se presenta como posibilidad (mejor: como potencialidad), tal como proponía
Louis Althusser para detectar y analizar una “filosofía” en los textos
políticos (no directamente filo-sóficos) de Lenin. Desde la óptica
althusseriana, los textos políticos de Lenin contenían más filosofía que los
trabajos pretendidamente filosó-ficos como Materialismo y empiriocriticismo.
7 Bourdieu, Pierre, Razones prácticas. Sobre la
teoría de la acción, (Colección Argumentos), Barcelona, Anagrama, 1997, p. 79.
232
22- El signo de las determinaciones dialécticas
Cooke tendría entonces 45 años. Lo que me
impresionó de él, además de su afabilidad que acortaba distancias con el
interlocutor, fue su velocidad mental. Describía un problema, lo analizaba en
partes e iba rápidamente al aspecto principal, al meollo, de cuya resolución
dependía el resultado.
Eduardo Gurrucharri
Cooke se limitaba al reconocimiento del marxismo
como “guía para la acción”. En su caso se planteó una situación paradójica: su
utiliza-ción del marxismo con el fin de comprender/transformar la realidad
argentina, un uso fecundo y esclarecedor en muchos aspectos, sirvió para
alejarlo de la tradición marxista “oficial”, históricamente mucho más
comprometida con la fidelidad a los conceptos y a las categorías que a un
proyecto de transformación radical de la realidad; es decir, lo alejó de la
ortodoxia que convertía a las definiciones en factores estructurales. El
periodista uruguayo Carlos Núñez, en la ya citada entrevista de 1964 para la
revista Marcha, decía que “el nombre de Cooke representó siempre la clave más
accesible a la izquierda lati-noamericana para un deseo no siempre confirmado
en los hechos” [Obras Completas, Tomo III, p. 117].
Resulta evidente que el marxismo de Cooke se
corresponde con una etapa de su actuación, sin duda la más significativa, que
se inició en 1959. Richard Gillespie considera al período 1959-1968 como la
cuarta etapa de Cooke, caracterizada por su “conversión al marxismo cubano”.1
En efecto, aunque Gillespie tiende a simplificar un proceso histórico que, como
vimos, se caracterizó por un conjunto de determinaciones nacio-nales y que
incluyó un copioso trabajo de traducción, nos parece atinado
1 Véase: Gillespie, Richard, Op. cit., p. 18.
233
MIGUEL MAZZEO
afirmar que el año 1959 inaugura el momento
específicamente marxista de Cooke. Un marxismo que, más allá de las obvias
coincidencias, fue diferente al “marxismo cubano” y presentó sus propias
especificidades.
Sostenemos que Cooke produjo una utilización
fecunda del marxismo (una “recreación”), entre otras cosas porque en sus
princi-pales escritos y en su práctica (sobre todo la posterior a 1959) entran
en consideración algunas de las principales determinaciones de la dialéc-tica:
básicamente, el reconocimiento de la interacción sujeto/objeto, la necesaria
unidad de teoría y práctica y el reconocimiento de la “tota-lidad concreta”
como categoría “propiamente dicha de la realidad”.2
Hablamos de totalidad no como el todo homogéneo que
propone la ontología moderna (que es una de sus acepciones, por cierto, la
hegemónica), sino como conocimiento social crítico, ya no de entes aislados
sino de toda la realidad, incluyendo también la que está oculta. Utilizamos la
categoría de totalidad como comprensión crítica, que también busca rendir
cuentas con los fundamentos filosóficos y axio-lógicos de mundo moderno y que
denuncia sus fetiches y sus compli-cidades con los diversos órdenes opresivos.
La totalidad de la realidad social y la posibilidad de conocerla no funcionan
aquí como una certeza (porque la totalidad es incognoscible), sino como una
presuposición, como una hipótesis o un modelo, como una herramienta de trabajo.
En este sentido, sabemos que la “totalidad
concreta” es siempre una representación parcial (y no una “visión
transparente”). Su ventaja consiste en que favorece el despliegue de un
pensamiento relacional y rompe con el pensamiento sustancialista. Partimos de
una idea de la totalización que sirve tanto para criticar la totalización de la
realidad propuesta por la ontología moderna (una totalización totalitaria) como
para anunciar la posibilidad de varios horizontes para la realidad.
La mayor parte de los escritos revolucionarios de
John William Cooke combinan espíritu crítico y sentido pedagógico y
desfetichi-zante. Esta característica, que sin dudas no respondía solamente a
tópicos de estilo, puede considerarse como una consecuencia directa de su
condición de intelectual orgánico del campo popular.
Su pensamiento, sólido y proclive a la producción
de efectos, reflejó el anhelo por una unidad dialéctica que se expresó en dos
niveles. Por un lado, la unidad entre los intelectuales y las clases
subalternas y, por el otro, la unidad entre teoría y práctica. Claro está,
utilizamos aquí el concepto de intelectual en sentido gramsciano. Partimos de
una definición integral y distinguimos cuatro facetas: el “creador” de un nuevo
saber o investigador, el educador o docente, el organizador de
2 Lukács, György, Historia y conciencia de clase,
Sarpe, Madrid, 1985, p. 84.
234
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
la hegemonía y el organizador de la coerción.
Gramsci consideraba a Lenin un modelo de intelectual orgánico, precisamente por
combinar esas facetas. De algún modo, con más “éxito” en unas que en otras,
Cooke supo asumir todas esas funciones.
Las funciones que Cooke le asigna a una dirección
revolucionaria en Apuntes para la militancia, a saber: “Extender y ahondar ese
conoci-miento directo, elaborar críticamente los datos de la realidad
contem-poránea y presentar conclusiones que aclaren su sentido, extraer y
gene-ralizar las enseñanzas que deja la acción colectiva” [Obras Completas,
Tomo V, pp. 250 y 251] son, ni más ni menos, las funciones de cualquier
intelectual orgánico.
De este modo, el rol del intelectual era, entonces,
el que se le asig-naba usualmente a una vanguardia auténtica: aportar a la
comprensión del movimiento real como un proceso que nunca fluye por los cauces
unívocos de las verdades implacables. El conocimiento, como seña-lamos, nunca
aparece en Cooke como algo ajeno a la praxis concreta, sino como el resultado
de la relación dialéctica entre la práctica (las prácticas) y el pensamiento
crítico. Así expresó en Peronismo y revo-lución: “Ese conocimiento no es exterior
a la práctica de las masas, sino experiencia directa de esa lucha enriquecida
por el pensamiento crítico” [Obras Completas, Tomo V, p. 21].
No coincidimos con Gillespie cuando le niega
cualidades de orga-nizador y convierte a la obesidad en elemento explicativo de
las limi-taciones de Cooke a la hora de poner en práctica una política
revolu-cionaria. Para Gillespie, Cooke estaba físicamente incapacitado para
asumir un compromiso político revolucionario.3 El testimonio de Julio
Ghizzardi, compañero de Cooke en la jefatura del Comando Chile en 1957, está en
la misma línea. Contaba Ghizzardi que el Bebe había pade-cido parálisis
infantil (como dijimos, no existen evidencias al respecto) y que la enfermedad
le sirvió para desarrollar “una inteligencia prodi-giosa”. Y agregaba: “Pero
para político, era demasiado intelectual, y para intelectual, demasiado
político”.4 Creemos que este testimonio roza el lugar común. O peor, subyace en
él la imagen del revolucionario como un ser física y psíquicamente perfecto,
autosuficiente y… hombre. La imagen remite a unas vanguardias revolucionarias
como clubes de superdotados y a las revoluciones como procesos impolutos donde
no hay lugar para lo deforme y lo inestético. Y también, a una división del
trabajo militante que abonó una serie de taras en la izquierda, princi-palmente
el elitismo, que siempre es reaccionario.
3 Véase: Gillespie, Richard, Op. cit.
4 Véase: Cichero, Marta, Op. cit., p. 217.
235
MIGUEL MAZZEO
La autopercepción de Cooke siempre fue la de un
hombre político, que amaba el movimiento y adoraba su tiempo. Algo que se puede
percibir no sólo en su actuación (que, va de suyo, es más políticamente intensa
según la etapa de su vida que tomemos como referencia), sino también cuando
habla de los intelectuales, en cuyas filas prefiere no embanderarse.
Carlos Núñez, en la entrevista de Marcha, decía que
Cooke era “un hombre fornido cuya persistente inquietud desmiente la tradi-ción
abúlica de los obesos” [Obras Completas, Tomo III, p. 117]. Según consta en un
escrito de 1975, tomado del archivo personal de Alberto “Quito” Burgos, Cooke
“carecía de toda aptitud física para el combate militar, pero esto no le
impidió vestir el uniforme de miliciano y tirarse en una trinchera”.5
Debemos reconocer que somos absolutamente legos
respecto de las patologías y de la estética de las figuras históricas
revoluciona-rias, pero sabemos que el peruano José Carlos Mariátegui fundó y
dirigió la revista Amauta y que se las ingenió para hacerla llegar al último
rincón de la intrincada geografía peruana y a toda Nuestra América, que
contribuyó decididamente a la creación del Partido Socialista de Perú (PSP) y
la Central General de Trabajadores del Perú (CGTP), que influyó en el
movimiento estudiantil e indígena, en fin: prácticamente fundó el socialismo de
Nuestra América, desde una silla de ruedas.
También sabemos que Gramsci debió cargar con un
cuerpo maltrecho, lo que no lo inhibió de ser el teórico político marxista más
importante en la entreguerra y uno de los más importantes de la historia.
Gramsci, además, fue un militante activo, un hombre de acción, que pasó los
últimos años de su vida en una cárcel fascista, en contraste con otros
marxistas mucho más saludables pero rastreros o circunscriptos a las
intervenciones “filosóficas”. Recordemos también que el asma no le achicó el
horizonte al Che, incluso algunos autores, invirtiendo el planteo de Gillespie,
erigen la enfermedad en motor de sus actos.
Rosa Luxemburgo, por su parte, era una mujer
diminuta, de apariencia frágil y, además, cojeaba. El talento teórico de Rosa
es indis-cutible, pero… ¿se puede negar su condición de “mujer de acción”?
Finalmente, y como decía un poeta, uno/una es “incapaz de ser alma sin sus
vísceras”. Tal vez sea hora de superar el lugar común que establece
5 En: Korol, Claudia: “Cooke y el Che. En el cruce
de caminos”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran
descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 85.
236
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
un vínculo entre inmovilidad física, limitaciones
políticas y capaci-dades intelectuales. ¿Por qué el fracaso político o la
derrota sirven para realzar, al mismo tiempo, la invalidez y la inteligencia?
Es harto probable que, sin la mediación de extensas
y necesarias aclaraciones, el Cooke maduro rechazara el calificativo de
intelec-tual. Posiblemente esta posición pueda verse como un repudio a su
juvenil intelectualismo pretencioso. Pero además hay otras cosas. En él se
manifestaba cierto antiintelectualismo temprano, luego muy característico de la
denominada “nueva izquierda” (concretamente en sectores de la izquierda
peronista, por ejemplo, en las FAP) de la que, como hemos planteado, fue uno de
sus precursores. Puede conside-rarse, también, como un innecesario corolario
del “culto a la acción”, o del énfasis puesto en “las bases”; y, sobre todo,
como una expresión de rechazo a las formas “dirigistas”, en las que un grupo
reducido de poseedores de supuestos saberes políticos “teóricos” se impone al
conjunto de los “legos”.
Ahora bien, lejos estuvo Cooke de hacer la apología
de la sordidez. Se trataba del rechazo a una definición y unas funciones
tradicional-mente iluministas, ideologicistas y elitistas de los intelectuales
en la Argentina, en particular los de izquierda. También estaba presente en
Cooke la idea de que la función de los intelectuales está orientada
fundamentalmente a las capas medias, a la pequeña-burguesía. Es una función que
no descartaba, porque consideraba que un proceso revo-lucionario no podía
prescindir de esos sectores pero, al mismo tiempo, no dejaba de reputarla menor
y acotada.
De alguna manera, esta desconfianza de los sectores
revoluciona-rios emergentes en la década del 60 era una respuesta al PCA.
Cooke, entre otras cosas, le cuestionaba al PCA su “ceguera intelectualista”
(se refirió a algunos de sus cuadros como “fiscales de biblioteca”); el hecho
de que el partido privilegiara la idea sobre la acción, una idea que podía ser
progresista en la formulación pero que podía convivir plácidamente con el
“conservatismo de las acciones”;6 su falta de compromiso a la hora de apuntalar
a los sectores potencialmente más revolucionarios del peronismo desde la
compresión y la tolerancia que supuestamente debían derivarse de su mayor y más
sólida preparación teórica; su pedagogía mal entendida, que se expresaba en
suficiencia y pedantería: creer que su función era ensañar y negarse a
desarrollar la capacidad de aprender del pueblo, de las clases subalternas y
oprimidas. Cooke sostenía en Apuntes para la militancia que “la teoría política
no es una ciencia enigmática cuya jerarquía cabalística manejan unos pocos
6 Cooke, John W.: “Aportes para una crítica del
reformismo en la Argentina”, Op. cit., p. 395.
237
MIGUEL MAZZEO
iniciados, sino un instrumento de masas para
desatar la tremenda potencia contenida en ellas” [Obras Completas, Tomo V, p.
251].
Por lo tanto, el antiintelecutalismo también
expresaba un cuestio-namiento explícito o implícito a uno de los rasgos más
característicos de la sociedad capitalista: la división del trabajo, la
separación del saber y el hacer. Entonces, si el intelectual era un
“especialista” y su campo específico era la superestructura, terminaba alejado
de la totalidad de la praxis (que es siempre un saber-hacer colectivo) y sus
funciones estaban signadas por la abstracción, el individualismo, la alienación
y la especialización corporativa (principalmente académica), colocán-dose al
margen de toda función social crítica y transformadora. Sin dudas, el
antiintelectualismo debe verse, entre muchas otras cosas, como expresión de un
grado elevado de politización de la cultura.
En términos gramscianos, la función fundamental de
los intelec-tuales es la de generar en los miembros de la clase a la que están
vincu-lados “orgánicamente” una toma de conciencia respecto de sus inte-reses
(como clase) y una visión del mundo homogénea y autónoma. Cooke asumió esa
función. Esa conciencia y esa visión eran la condi-ción para que la clase
trabajadora, convertida en clase en-sí/para sí, ejerciera una función
emancipadora (que él consideraba “objetiva”).
Como vimos, cooke sostenía que el “programa del 45”
debía ser reno-vado, ya que el concepto de justicia social en un momento
ascendente del modelo mercado-internista dominado por la burguesía nacional
(insistimos: que incluía a sectores de la oligarquía diversificada) no tenía el
mismo sentido que en una economía en crisis dominada por el capital monopólico
transnacional.
Así, para él, si el peronismo no profundizaba la
“revolución”, estaba condenado a la desaparición, entendida como el resultado
de una falta de correspondencia en dos planos: a) entre la concepción y el rol
objetivo y b) entre las estructuras del peronismo y los requerimientos del
momento histórico que atravesaba la Argentina. Nuevamente: debemos tener
presente que, en Cooke, una y otra vez se reiteran las imágenes del peronismo
que remiten a los desfasajes y a las faltas de correspondencias: “Gigante invertebrado
y miope”, “un león atado con redes para cazar mariposas”, etcétera.
Para Cooke estaba claro que el “Programa del 45” no
estaba de acuerdo con las necesidades históricas. Le decía a Carlos Núñez en la
entrevista de Marcha:
Lo que perdió a la dirección del peronismo fue no
advertir que el frente del 45 estaba roto. El frente policlasista ya no existía
en el 55; a partir de entonces, la lucha de clases se agudizó. Perón tenía que
ser el jefe
238
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
del proletariado cuando la burguesía quería ya la
entrega al imperia-lismo. El ejército, que pudo sí en Latinoamérica desempeñar
un papel en la lucha de liberación, ya no desempeñaba ese papel. La burguesía y
el Ejército, que en 1945 eran antiimperialistas, ya no querían
antiim-perialismo. Perón fue la última revolución democrático-burguesa. La
experiencia histórica ha demostrado que ya no hay burguesía antiim-perialista
en América Latina [Obras completas, Tomo III, p. 118].
Por otra parte, para Cooke, el “sentido crítico”
planteaba la impe-riosa necesidad del “autoconocimiento” de los sujetos
sociales poten-cialmente transformadores y antisistémicos en general y los del
pero-nismo en particular. Autoconocimiento que, en el caso del peronismo, debía
servir como punto de partida para replantear las líneas políticas que veía como
inoperantes. Decía en Apuntes para la militancia:
Para saber cuáles son nuestras fallas y llegar a
sus causas hay que tener una visión global de la Argentina, de las fuerzas que
chocan en su seno, de las características que revisten estos conflictos. Y,
dentro de ese marco histórico, examinar el significado del peronismo, con qué
tendencias sociales es irreductiblemente antagónico, qué políticas lo
condenarán a frustrarse y cuáles sirven al objetivo de realizarnos como
destino nacional [Obras Completas, Tomo V, p. 251].
Como vimos, para él la ideología del peronismo no
estaba en correspondencia con su rol “objetivo” como movimiento histórico. En
concreto: no estaba a la altura de su potencial revolucionario como movimiento
popular estructurado en torno a la clase trabajadora.
A mediados de la década del 60, corroboró algo que
sabía desde hacía tiempo y que había intentado contrarrestar apelando a todos
los medios a su alcance: el peronismo durante el período 1945-1955 sólo había
elaborado una doctrina coyuntural; es decir no había logrado elaborar una
visión del mundo crítica, coherente y, mucho menos, alternativa a la de las
clases dominantes. Agregamos nosotros: una doctrina coyun-tural que, utilizando
una expresión gramsciana, no dejaba de ser una concepción del mundo impuesta
por el ambiente externo, y “mecáni-camente”. Esta circunstancia explicaba,
según el mismo Cooke, no sólo el estancamiento, la pérdida de vitalidad y la
caída del peronismo hacia 1955, sino también la supervivencia de una
heterogeneidad que no se expresaba en una síntesis política superadora, sino en
la falta de cohe-sión, en la ausencia de certezas estratégicas, en fin: en el
gigantismo combinado con el carácter invertebrado y miope del peronismo.
Una y otra vez Cooke volvía sobre el tema de los
desfasajes cuando pensaba el peronismo. Percibía una “inadecuación” entre las
represen-taciones formadas sobre el fenómeno (su existencia real y concreta) y
239
MIGUEL MAZZEO
los conceptos (su forma nuclear interna), entre la
lógica subjetiva de los protagonistas y las lógicas del proceso histórico; como
lo llamaba: “Un desajuste entre la rebeldía popular y las estructuras
encargadas de transmutarlas en acción revolucionaria” [Obras Completas, Tomo V,
p. 257]. Esas estructuras, en lugar de incentivar los saltos cualitativos, los
retrasaban, o se oponían a los mismos. “Falta de correspondencia”,
“inadecuación”, “desajuste”, son los términos a los que apelaba Cooke en
Apuntes para la militancia, que sintetizaron su visión del peronismo a mediados
de la década del 60 y que, como vimos, venía desarrollando desde principios de
la década.
Los análisis políticos de Cooke se caracterizaron
por una tendencia a la acentuación de la unidad concreta del todo. El
autoconocimiento es, al mismo tiempo, el conocimiento de la totalidad y
refuerza la unidad de la teoría y la práctica. En sus Apuntes para la
militancia, sostenía que:
Los hechos son conservadores por sí mismos, son
reaccionarios. Son experiencia, la simple experiencia. Son las consecuencias de
sus causas profundas. El conocimiento es buscar las causas, las relaciones
reales que hay por debajo de los hechos […]. Pero no se puede hacer desde el
vacío: hay que hacerlo como conocimiento comprometido, como parte de la lucha,
o sea: el conocimiento y la teoría que es el conocimiento de la acción, el
conocimiento de la práctica [Obras
Completas, Tomo V, p. 314].
Vemos como Cooke percibía una relación dialéctica
entre autoco-nocimiento y praxis que derivaba de un cuestionamiento de los
pilares en los que se sostenía la ideología burguesa que comenzaba, de este
modo, a ser identificada como “ajena” por los trabajadores.
El autoconocimiento, que es el conocimiento de la
totalidad, aparecía para Cooke como un requisito indispensable para que la
conciencia real del pueblo, objetivamente incompatible con el sistema (y, en
buena medida, identificada por él con el peronismo), se convir-tiera en
conciencia posible; es decir, para que la rebeldía espontánea, la huida de la
opresión, se convirtiera en revolución.
Así, para él, el autoconocimiento llevaría al
momento de la negación que daría lugar a la superación del peronismo. ¿Por qué?
Porque, tal como sostenía en La lucha por la Liberación nacional,
específicamente en la citada conferencia que dictó en Córdoba en diciembre de
1964: “El peronismo no es una alienación de la clase trabajadora sino el
nuclea-miento donde esta confluye y se expresa, la organización a través de la
cual hace sus experiencias y da sus batallas” [Obras Completas, Tomo V, p.
200]. O, como sostenía en Apuntes para la militancia, el pero-nismo no era
simplemente “un hecho de la superestructura política” y
240
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
mucho menos la “alienación del proletariado”, sino
“una forma política que toma un hecho económico y social” [Obras Completas ,
Tomo V, p. 306]. Nuevamente la impronta gramsciana es innegable. También la
impronta luxemburguista. Cooke sabía que una praxis revolucionaria, cuando
disputa la adhesión masiva de las clases subalternas, no pierde el tiempo en
querellas con sistemas filosóficos sino que confronta directamente con las
creencias populares más arraigadas, con aquellas que naturalizan la realidad y
las relaciones sociales impuestas por el capitalismo, que favorecen el
conformismo de los y las “de abajo”; sin dejar de recuperar, al mismo tiempo,
los “núcleos de buen de sentido” que anidan en el universo de lo “plebeyo” y
“lo popular”.
En términos de Ernesto Goldar, el peronismo era
percibido por Cooke como un proceso “objetivo-subjetivo que se preservaba a sí
mismo a través de diferentes modos de negaciones y de ‘negaciones de
negaciones’”.7 Por lo tanto, para Cooke era una cuestión determi-nante que la
lucha ideológica tuviese lugar en el marco del peronismo, aun en sus márgenes,
pero no en sus regiones exteriores. Tomando como referencia Historia y
conciencia de clase, obra clásica de Lukács, podríamos decir que, para Cooke,
el peronismo era percibido, desde parámetros dialécticos, en el torbellino de
“un proceso de transición de una determinación a otra en un transcurrir
caracterizado por una ininterrumpida superación de las contraposiciones”.8
7 Goldar, Ernesto, John William Cooke y el
peronismo revolucionario, Buenos Aires, CEAL, 1985, p. 23.
8 Lukács, György, Op. cit., p. 76.
241
23- Crítica de la razón burocrática
El desprecio por la ideología de la clase
trabajadora es una promesa segura de traiciones.
Rodolfo Walsh
En contraposición a la mirada cookista, la “razón
burocrática” se carac-terizaba (y se caracteriza) por escindir teoría/práctica
y sujeto/objeto. Es decir, se caracterizaba por dificultar el conocimiento de
la realidad y el autoconocimiento de la clase trabajadora. Para Cooke todas las
limi-taciones de la burocracia –lo que la convertía en una capa reproductora de
la ideología y de los valores de la clase dominante y en sostén de su proyecto
de dominación– podían derivarse de una falencia clave: la carencia de una
visión propia y totalizadora.
Como vimos al comienzo de este trabajo, Cooke
inicialmente reducía el problema de la burocracia a aspectos de orden moral.
Con el tiempo, con la experiencia adquirida en el terreno de las luchas
sociales y políticas, con su enriquecimiento teórico, su lectura del fenómeno
adquirió nuevas dimensiones. Hacia mediados de la década del 50 todavía
consideraba que la burocracia era un problema de determi-nados individuos. A
fines de esa misma década comenzará a percibirla como un sistema de conducción
negador de las potencialidades revo-lucionarias del peronismo. Constatará el
hecho de que la burocracia podía cuestionar a un patrón en particular pero no
al sistema de domi-nación, opresión y explotación en su conjunto.
El empirismo era uno de sus rasgos más
característicos: los buró-cratas se movían en el ámbito de las apariencias de
los sucesos, no iban al fondo de las cosas y generalizaban rápidamente
partiendo de datos superficiales. La burocracia peronista concebía al peronismo
como sujeto y no como objeto de su propio conocimiento. Por lo tanto, la visión
del burócrata tampoco estaba en correspondencia con
243
MIGUEL MAZZEO
la realidad objetiva de la función que el peronismo
cumplía (o podía cumplir) en las décadas del 50 y el 60. De este modo la
burocracia peronista, política y sindical, no tuvo –no podía tener– una
política de poder. Una política de poder en sentido transformador. Esta
buro-cracia actuaba, entonces, como agente del poder de la burguesía y como una
de las alternativas del régimen de dominación (posible-mente la menos confiable
pero, al fin y al cabo, una alternativa propia de las clases dominantes o afín a
ellas).
En carta a Perón del 15 de junio de 1962, Cooke se
refería a uno de los modus operandi de la burocracia que consistía en
constituirse en reta-guardia en los momentos de alza de la lucha de clases y en
vanguardia en los momentos de la negociación [Véase: Obras Completas, Tomo II,
p. 520]. En su madurez, utilizará el concepto de burocracia para designar a los
dirigentes no revolucionarios y que comparten la misma “visión del mundo” de la
clase dominante.
Cabe señalar que Cooke no enfocaba la cuestión a
partir del tema de la necesidad de “permanentes” como causa primera de la
buro-cracia. No lo hacía porque, en primer lugar, prácticamente no se remitía
al proceso de burocratización de una organización revolu-cionaria, sino a la
burocracia política y sindical que representaba a la ideología y al polo
burgués en el seno del peronismo; y, en segundo lugar, porque para Cooke el
instrumento político resultaba indispensable.
Por esto, precisamente, nunca llegó a plantearse
con claridad la elección –que supo señalar Ernest Mandel– entre el desarrollo
de la autonomía obrera real, asumiendo el riesgo de la burocratización en
potencia, o mantener las organizaciones obreras sometidas a la ideo-logía
burguesa. Claro está, toda la praxis de Cooke propone una identi-ficación con
la primera opción.
Para Mandel la “dialéctica de las conquistas
parciales” y el fenó-meno del fetichismo en una sociedad capitalista avanzada,
fundada en un alto grado de la división del trabajo, constituían los pilares
que explicaban la existencia de la burocracia. Por lo tanto, sostenía:
No puede uno contentarse criticando el aspecto
burocrático contra-rrevolucionario sin ver al mismo tiempo el aspecto positivo
que permite a la clase obrera afirmar un mínimo de conciencia de clase, en el
seno de una sociedad capitalista muy poderosa; es solamente sobre-pasado el
estadio de la acción individual pura que ella puede crear una fuerza
colectiva.1
1 Mandel, Ernest, La burocracia, Buenos Aires,
Ediciones La Espiral, 1971, p. 9.
244
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Para Mandel se tornaba necesario “un mínimo de
desarrollo de las fuerzas productivas y un mínimo de democracia obrera, para
que pueda haber un combate contra la burocratización”.2
Para el caso argentino de las décadas del 50 y el
60, se puede afirmar que ese “mínimo” estuvo garantizado por los proyectos
desarrollistas que favorecieron –valga la redundancia– el desarrollo de las
fuerzas productivas, y por la existencia de las comisiones internas de fábrica
(y por los efectos mismos de la experiencia peronista) que mantuvieron niveles
importantes de participación obrera.
Cooke registraba la dimensión dialéctica de las
organizaciones de masas en el marco del régimen capitalista. No subestimaba la
impor-tancia objetiva de estas organizaciones y les reconocía un carácter
“dual”.
Con respecto al movimiento peronista, admitía la
ausencia de un discurso político “racional” y la sistemática negativa a asumir
defi-niciones ideológicas claras. Eliseo Verón sostenía que, en el caso del
peronismo:
No hubo ningún “pacto” específicamente ideológico
que comprome-tiera a las partes en la adopción de un cuerpo más o menos
coherente de tesis sobre la organización de la sociedad, el papel de la
política y del Estado y, en particular, la relación “correcta” entre
gobernantes y gobernados. El peronismo careció de Sagradas Escrituras (lo que
fue su ventaja y también su drama). Hubo solamente un acuerdo –a menudo tácito,
pero siempre muy sólido– acerca del carácter a priori verdadero del discurso de
un determinado enunciador: el líder llamado Juan Perón.3
El autoconocimiento, entonces, se planteaba para
Cooke como necesario en función del objetivo. La autoconciencia revolucionaria
no sólo serviría para poner al peronismo “a la altura de la historia” sino para
evitar un destino que, a la luz de las nuevas condiciones estructu-rales y
superestructurales de la Argentina desde finales de la década del 50, parecía
inevitable: su integración al sistema (su “final inglorioso”), para lo cual ni
siquiera era necesario abjurar de aquella “doctrina coyuntural” o “espontánea”.
Esta última posibilidad no hizo más que concretarse en la historia argentina
posterior, valgan como ejemplo las subsiguientes vicisitudes del peronismo.
En el marco de una concepción dialéctica, no
correspondía prede-terminar las condiciones en las que se iba a desarrollar el
proceso revo-lucionario. Porque la revolución para Cooke era un proceso y no el
2 Mandel, Ernest, ibídem., p. 51.
3 Verón, Eliseo y otros, El discurso político.
Lenguajes y acontecimientos, Buenos Aires, Hachette, 1987, p. 92.
245
MIGUEL MAZZEO
resultado de un plan implacable. En ese sentido,
sostenía que “no se busca aplicar un sistema apriorístico, sino emplear los
recursos más efectivos para reclamos concretos de las necesidades”.4
Su concepción estratégica se apartaba de las
elaboraciones concep-tuales que tendían a “anticipar” y a “representar” en el
terreno especu-lativo la integridad del proceso de lucha popular y
revolucionaria. Se percibe claramente en él una pasión por lo concreto (que no
se traduce en empirismo, sino en praxis) que comenzaba a ser un sello
caracterís-tico de un conjunto de ámbitos políticos y culturales en la
Argentina de la década del 60.
Para el caso de la experiencia teórico-política en
la última etapa de su vida, no podemos dejar de señalar el desarrollo de
ensayos para-lelos muy significativos para la comprensión del clima de ideas de
ese tiempo histórico. El período que va de fines de los años 50 a mediados de
los 60 asistía a la consolidación de una nueva izquierda cultural a partir del
replanteo de la relación entre la teoría y la práctica, entre los intelectuales
y la política, lo que entre otras cosas llevó a que la figura de Sartre se
instalara de manera determinante en la cultura y la política argentinas. Esta
izquierda cultural se caracterizó por su marcado sesgo antiliberal, por el
redescubrimiento de autores como Roberto Arlt o Leopoldo Marechal y por
acentuar un conjunto de perfiles contra-puestos a los del grupo Sur,
representante de la cultura hegemónica, liberal y elitista. El grupo nucleado
alrededor de la revista Contorno (1953-1959) puede ser un buen ejemplo.5
Durante la década del 60 se fue consolidando una
nueva figura inte-lectual, más integral y que tendía a legitimar su condición
(su razón de ser misma) a través de la praxis política. Por supuesto, desde
ciertas ópticas remozadas en los ambientes académicos en las décadas del 80 y
el 90, esta nueva figura encarnaba la negación de las particularidades
usualmente identificadas con lo intelectual.
En 1965 Cooke sostenía que el peronismo aún no era
revolucionario, pero que llegaría a serlo por los efectos de la lucha de clases
en su inte-rior. ¿Cómo vislumbraba el rol de Perón? Lo consideraba a la luz de
una doble fractura: a) entre la burocracia y las masas y b) entre la
buro-cracia y Perón. Esta situación unificaba objetivamente a las masas con
Perón en contra de la burocracia; es decir, que llevaría al viejo líder a
elegir el camino revolucionario…
4 Cooke, John William: “Apuntes para una ideología
de la Revolución Cubana”, Op. cit., p. 21
5 Formaron parte de Contorno Ismael Viñas, Ramón
Alcalde, Adelaida Gigli, Noé Jitrik, Oscar Masotta, Adolfo Prieto, León
Rozitchner y Juan José Sebreli, entre otros y otras.
246
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Cooke, claro está, falleció antes del tiempo del
desenlace pero, su análisis –inexacto a la luz de los acontecimientos
posteriores a Ezeiza del 20 de junio de 1973– no dejó de acumular algunas
evidencias confirmatorias durante el período 1969-1972. Evidencias muy
efectivas en aquel contexto histórico, aunque a la distancia puedan tildarse de
superficiales o falsas.
En el marco de una situación de crisis de
hegemonía, la única posi-bilidad de que la clase obrera superara su tradicional
accionar impug-nador y sustituyera al régimen imponiendo una hegemonía
alternativa a la del bloque dominante –en concreto: que abandonara el campo de
la resistencia e iniciara el contraataque– dependía de la consolidación de una
dirección y una política revolucionaria.
El hecho de que Cooke actuara en el contexto de un
movimiento de masas lo llevó a insistir tanto en el “saber” de los y las
dirigentes como en el “sentir” de las masas. Como vimos, estaba muy lejos de
concebir al marxismo como una teoría en relación de externalidad respecto de la
clase trabajadora, por el contrario, para él, el marxismo como concepción del
mundo, como filosofía de la emancipación y la liberación humana, debía
construirse en la dialéctica de teoría-praxis, teoría/sentimientos.
Al igual que Gramsci, asumió una posición alejada
tanto del diri-gismo como del culto a la espontaneidad revolucionaria. En La
lucha por la liberación nacional (recordemos: el documento que leyó en el
Congreso de la Liberación Nacional, en Buenos Aires, en noviembre de 1959)
sustenta una dialéctica del saber y el sentir, de lo dirigido y lo espontáneo,
de las “acciones cuidadosamente planificadas hasta aquellas que surjan de la
iniciativa y el ingenio de las masas” [Obras Completas, Tomo V, 189]. Decía, en
el mismo documento, que “la lucha revolucionara es acción enriquecida por el
conocimiento. Compenetración de la realidad” [Obras Completas, Tomo V, 197].
Vale recordar que estos planteos son anteriores a las definiciones favorables
al socialismo y al marxismo de la Revolución Cubana.
Cooke era consciente de las perspectivas políticas
que abrirían una alianza entre los intelectuales y los trabajadores. A menos de
un año de su muerte, el “Cordobazo” y el proceso que esta rebelión popular
desencadena, lo confirmarían.
Sostenía que, en una sociedad como la argentina, el
autoco-nocimiento del peronismo (y de la clase trabajadora) entrañaba el
conocimiento de la sociedad como un todo. Nuevamente se puede detectar la
impronta de Historia y conciencia de clase, de Lukács. Al partir Cooke de una
matriz dialéctica, los componentes de la díada
247
MIGUEL MAZZEO
peronismo/sistema no podía aparecer como objetos
inmutables. La relación entre ambos implicaba interacción y transformación
mutua. Desde esta perspectiva teórica, comprendía las limitaciones del
pero-nismo como expresión de las limitaciones y los condicionamientos de la
realidad social. Pero también, desde esa misma perspectiva, daba cuenta de las
potencialidades del peronismo y de las posibilidades latentes de la realidad
social.
Para Cooke, el peronismo como fenómeno social no
asumía carac-terísticas objetivamente impugnadoras del sistema o se recubría de
potencialidades revolucionarias a partir de un gesto voluntarista y subjetivo.
No fue Cooke el caprichoso demiurgo de la radicalización del peronismo en las
décadas del 60 y el 70, sino un emergente de la misma. Los roles efectivos y
potenciales del peronismo estaban rela-cionados con las formas de objetividad
concreta en las que se desa-rrolló como fenómeno social, con sus funciones en
la “totalidad deter-minada” en la que funcionó. En ese sentido, decía Lukács:
Esa constante transformación de las formas de la
objetividad de todos los fenómenos sociales en su interrumpida interacción
dialéc-tica, el origen de la cognoscibilidad de un objeto partiendo de su
función en la totalidad determinada en la que funciona, es lo que hace a la
consideración dialéctica de la totalidad –y a ella sola– capaz de
concebir la realidad como acaecer social.6
Fue un razonamiento análogo el que condujo a Cooke
a considerar con detenimiento un nivel de determinación: el de los
requerimientos de las formaciones sociales capitalistas y la lucha de clases
sobre el régimen político. Cooke situaba la semilegalidad político-institucional
del período 1955-1966 (y la “ilegalidad” absoluta posterior también) en su
justa dimensión. La desmitificación de la legalidad burguesa y la democracia
liberal se convertirá en uno de los puntos de partida más característicos de la
política revolucionaria en la Argentina de la década del 70. Uno de los ejes de
la crítica de Cooke al PCA giró precisamente en torno a este respeto casi
metafísico por la legalidad burguesa, que lo había condenado a la pasividad.
Cooke consideraba que la izquierda tradicional
estaba presa de una filosofía y una política de lo aislado: captaba cada
suceso, cada episodio, pero no la totalidad. Confundía la parte con el todo.
Caía en el feti-chismo. Mucho menos estaba en condiciones de aprehender el
plano de lo “relacional”, al igual que la burocracia. Se lamentaba, además, de
que el prisma dialéctico se pusiera en funcionamiento para lectura de los más
diversos objetos y procesos, menos para el peronismo que,
6 Lukács, György, Op. cit., p. 88.
248
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
para una parte de la izquierda, era un ente fijo e
inmutable, siempre abordado desde perspectivas burdamente idealistas.
Ubicados en el plano que nos permite navegar entre
la reivindi-cación crítica y el intento de exégesis (y alejados del horizonte
de la autopsia o del exorcismo) no nos resulta difícil detectar algunos gestos
políticos imperecederos de Cooke: la fe en las clases subalternas y opri-midas
entendida como el requisito indispensable para una transforma-ción social
profunda; la acción, la praxis, como forma de unión: de una unión dinámica
consolidada alrededor de la lucha popular; su convic-ción en la capacidad de
“las bases” reflejada en la acción de ofrecer la propia dirección política a
los trabajadores y a las trabajadoras, a los y las que siempre intentó
promocionar al interior del movimiento peronista y en todos los espacios en los
que le tocó actuar e incidir; su capacidad para captar las pequeñas variantes
de la historia; su forma de concebir la inercia como una circunstancia que
siempre contribuye con lo que es y lo que está.
En síntesis, John William Cooke puede considerarse
como uno de los escasos representantes de una tradición estratégica o, si se
prefiere, de una cultura política, que siempre parte de la crítica radical de
lo dado para vincular dialécticamente la práctica cotidiana con la meta futura;
en fin, un exponente de una política con la cabeza y el corazón puestos en la
praxis de las clases subalternas y oprimidas.
249
24- Historia y política. La lectura del pasado de
Cooke: el revisionismo histórico
La verdadera génesis no está en el comienzo sino en
el fin. Y este sólo se vuelve visible, cuando la sociedad y la existencia
devienen radicales.
Ernst Bloch
El revisionismo histórico suele aparecer asociado
al nacionalismo político argentino, casi como un epifenómeno del mismo. La
historia-dora Marysa Navarro Gerassi, refiriéndose a los más perennes aportes
del nacionalismo, señalaba que los que producían intelectualmente dentro de
esta corriente “impulsaron el desarrollo de un importante movimiento, el
revisionismo histórico”.1
Arturo Jauretche identificaba aportes en la misma
dirección cuando diferenciaba al nacionalismo de lo que denominaba la “posición
nacional”, especie de substrato cultural básico, concepto metapolítico y hasta
metahistórico que priorizaba la aprehensión de una realidad temporal y espacial
propia e intransferible. Esta “posición nacional” le sería sólo adjetiva al
nacionalismo.
Si bien, para Jauretche, el nacionalismo como
movimiento político era blanco de duras críticas y frondosos cuestionamientos
que tomaban en cuenta su autoritarismo, su carencia de un pensamiento económico
básico (cuando no un notorio liberalismo y una adhesión a los postu-lados de la
teoría neoclásica), su moralismo, su desvinculación de la idea de nación
respecto de la idea de pueblo, sus tendencias aristocrati-zantes y elitistas y
un largo etcétera, reconocía que este sector aportaba
1 Navarro Gerassi, Marysa, Los nacionalistas,
Buenos Aires, Editorial Jorge Álvarez, 1968, p. 17.
251
MIGUEL MAZZEO
una contribución fundamental al revisionismo
histórico.2
Juan José Hernández Arregui, en La formación de la
conciencia nacional, planteaba algo similar, al afirmar que el revisionismo
histó-rico había sido un aporte del nacionalismo de derecha de cara a la
formación de una conciencia nacional.3
Pero sucede que el nacionalismo nunca constituyó un
corpus polí-tico, ideológico y teórico homogéneo, por lo tanto se torna
necesario diferenciar sus distintas expresiones. Se suele identificar un
naciona-lismo de derechas, que puede ser tanto “clerical”, “fascista”,
“doctri-nario” o “republicano”; un nacionalismo “democrático” o “forjista” y,
finalmente, uno de “izquierda” o “revolucionario”. De este modo, a cada
expresión del nacionalismo político le correspondería una forma de revisionismo
histórico. Navarro Gerassi propone tres etapas sucesivas:
1) Durante
los primeros años la influencia extranjera llegó al máximo y el nacionalismo
recibió la fuerte lección del fascismo, 2) a mediados de la década del treinta,
el catolicismo, que había sido un elemento significativo desde los días de La
Nueva República, se convirtió en el ingrediente esencial y priva al fascismo de
mucho de su atractivo;
3) finalmente,
se añaden dos principios fundamentales: “rosismo” y
“antiimperialismo”.4
Existe una versión que sostiene que Cooke tomó
contacto con el revisionismo a través de José María Rosa, quien fue su profesor
en la Universidad de La Plata y luego uno de sus grandes amigos. Otras
versiones más verosímiles, a las que ya hemos hecho referencia, afirman que el
Bebe asumió el revisionismo a partir de su relación con César Marcos. No es
descabellado pensar en estímulos desde varios lugares. Como señalábamos al
comienzo, hacia principios de la década del cuarenta, al igual que su padre y
su tío, Cooke era radical y no preci-samente militante del ala yrigoyenista.
Este es un dato incontrastable.
Norberto Galasso cita algunos testimonios que
muestran que, antes de conocer a Marcos, alrededor del año 1943, él era
“cipayo, inglés a muerte, antirosista, aliadófilo”.5 Al no provenir de la
tradición radical
2 Jauretche, Arturo, Política nacional y
revisionismo histórico, Buenos Aires, Peña Lillo editor, 1982, p. 146.
3 Véase: Hernández Arregui, Juan José, La
formación de la conciencia nacional, Op. cit. Específicamente el Capitulo III:
“El nacionalismo de derecha en la Argentina”, pp. 165-281.
4 Navarro Gerassi, Marysa, Op. cit., p. 92. Los
primeros años remiten a la década del
20. La Nueva
República fue una revista de fines de la década del 20 que convocó a
intelectuales nacionalistas que apoyaron el golpe de septiembre de 1930.
5 Galasso, Norberto, Op. cit., p. 12.
252
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
yrigoyenista, su acercamiento al revisionismo
implicaba asumir esta tradición desde el peronismo; es decir,
retrospectivamente. A dife-rencia de los nacionalistas en versión forjista que
llegaban al pero-nismo desde el yrigoyenismo, el camino que recorrió Cooke se
dio en un sentido inverso.
Con el correr de los años, Cooke se fue interesando
cada vez más por la historia, en particular por la argentina. Durante el primer
gobierno peronista, siendo diputado, desarrolló vínculos con intelectuales como
René Orsi, Atilio García Mellid, Jauretche, Scalabrini Ortiz, José María Rosa,
entre otros escritores y activistas políticos, bien atentos a la historia
nacional.
En 1951 Cooke ya estaba vinculado con las
actividades del Instituto “Juan Manuel de Rosas” de Investigaciones Históricas.
De ese año data una de sus primeras producciones históricas, una conferencia
dictada en el salón del Instituto titulada “Esteban Echeverría: radiografía de
un mito”. Una nota sin firma en el Nº 9 del Boletín del Instituto Juan Manuel
de Rosas comentaba:
El martes 26 de agosto próximo pasado tuvo lugar la
interesante conferencia que el diputado nacional Dr. John William Cooke
pronunció en el salón de actos del Instituto con el sugerente título de
“Esteban Echeverría, radiografía de un mito”.
El orador fue presentado por el Dr. José María Rosa
(h), quien destacó las relevantes condiciones del joven parlamentario que,
desde todas las posiciones en que le ha tocado actuar, ha dado elocuente
testimonio de su versación histórica y de sus incorruptibles posiciones
revisionistas, puestos de manifiesto numerosas veces en el propio
recinto de la Cámara de Diputados…6
El tema central de la conferencia de Cooke fue
sobre el significado de la reivindicación de la figura de Echeverría por parte
de radicales, conservadores, socialistas y comunistas; esto es, la construcción
de Echeverría como figura icónica de la “inteligencia” argentina y como
precursor de la matriz política liberal que cumplía la función de arti-cular
diferentes espacios políticos aparentemente disímiles, pero aunados por el
hecho de compartir una serie de fundamentos ideoló-gicos y políticos básicos. Así,
el Bebe puso en evidencia esa operación político-historiográfica y proponía
algunos argumentos para demos-trar lo infundado del panegírico. Decía que
“Esteben Echeverría no tiene ninguna importancia. Tiene importancia solamente
ahora, como
6 “El Dr. John W. Cooke demostró que Echeverría
pudo ser recordado como una buena persona”. En: Boletín del Instituto Juan
Manuel de Rosas, Año IV, Nº 9, Buenos Aires, 18 de septiembre de 1951, p. 4.
253
MIGUEL MAZZEO
elemento nucleador, como centro de atracción, como
pretexto para una determinada acción política e ideológica”.7
En 1954, Cooke participó en la ciudad de La Plata
de la creación de la Comisión Popular por la Repatriación de los restos de Juan
Manuel de Rosas y ese mismo año se convirtió en vicepresidente del Instituto
que era, sin dudas, la institución más representativa de los revisionistas
argentinos. Mantuvo el cargo incluso después del golpe de 1955, a título
honorífico. Vale aclarar que, por aquellos años, el revisionismo distaba mucho
de ser la corriente historiográfica oficial del peronismo.
La influencia del revisionismo histórico hizo que
Cooke analizara al peronismo en clave antiimperialista e yrigoyenista (y
también a la inversa: el yrigoyenismo en clave peronista), como se refleja en
muchos de sus textos, por ejemplo en “Algunas bases para el programa del
Movimiento peronista” [Obras completas, Tomo III] o en Apuntes para la
militancia [Obras completas, Tomo V].
Estos textos muestran una estrecha relación entre
revisionismo histórico y relato político. En ese tiempo, era muy común en la
cultura política argentina (de izquierda a derecha) que un documento político,
incluso un programa, estuviera precedido por un análisis histórico. Además,
para Cooke, una política revolucionaria conjugaba dialécti-camente pasado,
presente y futuro. O sea: la política revolucionaria, el presente de luchas
populares, pero también de contradicciones, era el punto de partida insoslayable
y el eje articulador de las distintas dimensiones temporales.
1955 fue un punto de inflexión, también, para el
revisionismo. Al respecto, Tulio Halperín Donghi sostenía:
El gobierno surgido de la revolución que en nombre
de todas las tradiciones argentinas […] había derrocado al peronismo se definía
finalmente como continuador de la de Mayo y Caseros; la expresión misma de la
“segunda tiranía” empleada por entonces para la etapa que la revolución acababa
de cerrar, mostraba que la identificación entre el peronismo y la tradición
rosista, sino era clara aún para los adictos al movimiento vencido en 1955,
parecía evidente para sus vencedores […]. Así el esfuerzo de revisión histórica
gana por primera
vez el apoyo no retaceado de un vasto movimiento
político.8
Arturo Jauretche dirigió una mirada en muchos
sentidos similar a la de Halperín con relación al año 1955 y a sus efectos
sobre el
7 Ibídem, p. 4.
8 Halperín Donghi, Tulio, El revisionismo
histórico argentino, Buenos Aires, Siglo XXI, 1970, pp. 6 y 7.
254
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
revisionismo: “El factor decisivo del triunfo de la
revisión histórica ha sido la realidad nueva del país […] esa realidad es la
que ha permitido encarnarse en la conciencia pública y hacerse ya opinión del
país sin necesidad de universidad, escuela, prensa y contra ella”.9
El peronismo proscripto, la resistencia popular a
la Revolución Libertadora (Fusiladora), el Almirante Isaac Rojas identificando
al depuesto régimen peronista como la “Segunda Tiranía”, produjeron una
coyuntura política que reforzó la asociación del derrocado de 1955 con el
derrotado de 1852. Así se originaba una apropiación popular y una reelaboración
antioligárquica de un tema típicamente liberal o “gorila”.
Cabe mencionar que la asociación de la figura de
Perón con la de Rosas era anterior a 1955. Ya en 1943 (Perón era Secretario de
Guerra y aún no había asumido al frente a la Secretaría de Trabajo Previsión)
un humorista gráfico del periódico socialista La Vanguardia, Antonio Guinzó,
alias Tristán, proponía en sus dibujos esta asociación que volvió a aparecer
con renovada fuerza en un ciclo de conferencias dictado por el dirigente del
PSA, Américo Ghioldi, en la Casa del Pueblo y en el Teatro Marconi, en noviembre
y diciembre de 1945. En febrero de 1946, días antes de las elecciones que le
dieron el triunfo a Perón, estas confe-rencias fueron publicadas bajo el título
Alpargatas y Libros en la historia argentina. Ghioldi sostenía que para conocer
y comprender a Perón era necesario hacer lo propio con Rosas. Alpargatas y
libros… reinstalaba con nuevas connotaciones la dicotomía sarmientina de
civilización y barbarie. Al igual que su “ilustre” antecesora, la fórmula
alpargatas y (o) libros remitía a dos campos irreconciliables. En efecto, la
pareja barbarie/alpar-gatas entroncaba con la línea Rosas/Perón y se oponía a
la pareja civiliza-ción/libros que entroncaba a su vez la línea de
Mayo/Caseros/Septiembre.
Entonces, se daba una situación en la que el
revisionismo, o lo que es mejor, un sector de él (incluido Cooke) que había
apoyado al pero-nismo desde 1945, aparecía en la situación posterior a 1955
potenciado por el apoyo y la adhesión (antes inexistente o por lo menos no
mani-fiesta) que le otorgaba un movimiento político de masas.
El revisionismo, ahora despojado de sus elementos
más reaccio-narios y tradicionalistas (aunque no de todos), se aggiornó al
posibi-litar la incorporación de nuevos adeptos que, provenientes de
tradi-ciones políticas de izquierda (tengamos presente el cuestionamiento y el
abandono de la matriz liberal por parte de algunos sectores de la izquierda
argentina después de 1955), simpatizaron con esta tradición, por obra y gracia
de un nuevo contexto socio -político. Para ellos y ellas, acercarse al
peronismo era también alejarse del “mitrismo”.
9 Jauretche, Arturo, Op. cit., p. 10.
255
MIGUEL MAZZEO
Pero esta situación política también alteraba la
conciencia de los revisionistas “viejos”. El aggiornamiento del peronismo
aparecía como resultado de un doble proceso condicionado por una misma
coyun-tura política, se produjeron cambios internos favorecidos por aportes
externos. En ese sentido, Halperín afirmaba:
Ellos representaban en el revisionismo posterior a
1955 uno de los efectos de la paulatina reorientación del movimiento peronista,
puesto que provienen del reducido grupo que desde posiciones de izquierda han
simpatizado con él […]. Otros llegaban a la historia con un bagaje
esencialmente periodístico; unos y otros tenían en común un elemento cultural
que había faltado por entero a sus antecesores:
el enfoque marxista.10
El revisionismo, en muchos aspectos, constituyó un
relato épico e idealista de la historia nacional; varias de sus propuestas
pueden resultar atractivas desde el punto de vista literario pero no dejan de
ser arbitrarias, a veces excesivamente arbitrarias. Por cierto, vale aclarar
que la siempre necesaria tarea de desmitificación no debería confun-dirse con
la operación racionalista que tiende a la negación sistemática de la carga
simbólica de los significantes históricos. Además, la histo-riografía que se asume
como “profesional” o “científica” no es menos mitológica, con el agravante de
que cree en un solo mito excluyente, el mito de la modernidad que tiene a la
ciencia como uno de sus baluartes fundamentales. Y ocurre que la modernidad no
es toda la realidad.
La lectura del pasado de Cooke no se apartaba de
las coordenadas del revisionismo en su versión populista estandarizada:
esquemas binarios, predilección por las tramas estatales, celebración de los
vínculos verticales, elogio de los grandes hombres (rara vez de las “grandes
mujeres”), búsqueda retrospectiva del burgués progresista, entre otras.
Prácticamente no incorporó nociones del marxismo a sus análisis históricos, lo
que nos plantea un contraste con sus escritos políticos, conceptualmente más
densos, complejos y dialécticos.
Ahora bien, consideramos que este contraste, o
mejor: esta especie de “asincronía historiográfica y política” (en rigor de
verdad otro desfa-saje, otra falta de correspondencia, esta vez entre dos
planos de su conciencia) está conectada con un plano estrictamente secundario
que pasa por alto lo fundamental. Para comprender la lectura del pasado de
Cooke, y para no descalificar livianamente al revisionismo apelando a
argumentos estrictamente historiográficos e ideológicos, se torna necesario
contextualizarlo. Según Pablo Pozzi y Ernesto Salas:
10 Halperín Donghi, Tulio, El revisionismo
histórico argentino, Buenos Aires, Siglo XXI, 1970, pp. 46 y 47.
256
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
A pesar de las contradicciones, el revisionismo
propuso sin embargo, temáticas novedosas a la historia nacional. Surgido con la
crisis del sistema liberal, su importancia aumentó con su masificación. Esta
fue resultado de la necesidad que tenía la burguesía industrial y la clase
obrera de un pasado diferente en la etapa de formación del movi-miento nacional
y popular. Esa aceptación y esa apropiación, no se hizo explícita hasta después
de la caída del gobierno de Juan Domingo Perón en 1955 y la constitución
posterior del movimiento peronista frente a las políticas restauradoras. A
partir de ese momento, la clase obrera y el pueblo apropiarían para sí la
reelaboración antioligárquica y antiimperialista del revisionismo modificándolo
a su vez, y lo utili-zarían para cohesionarse y enfrentar una hegemonía
constituida a
partir de la percepción basada en el liberalismo.11
El revisionismo histórico logró difusión masiva en
sectores de las clases medias y en estratos obreros y populares. La corriente
resaltó el conflicto en la historia, poniendo el énfasis en lo nacional o a
nivel de clase (aunque diluido por lo general en la oposición
pueblo-oligarquía) según las distintas versiones, tornándolo funcional a las
luchas que libró el campo popular en las décadas del 60 y el 70. Nuevamente
según Pozzi y Salas:
En el período 1955-1976, el revisionismo constituyó
la forma de entender el pasado de una parte importante del pueblo argentino.
Esto se debió a que constituyó una herramienta lo suficientemente válida para
disputar la hegemonía cultural e ideológica en un período histórico también
determinado: el de mayor clarificación de los
enfrentamientos sociales de la etapa
posperonista.12
Creemos que centrarse en un objeto historiográfico
descarnado, señalando sus falencias metodológicas y teóricas e identificando
sus mistificaciones, puede aportar muy poco al conocimiento de sus efectos
políticos y culturales. En síntesis, la connotación es fundamental para
comprender el papel de las lecturas del pasado en los procesos polí-ticos y
sociales.
La lucha de clases es también una lucha por el
sentido. Las rela-ciones sociales antagónicas de fuerza son también relaciones
sociales antagónicas de sentidos respecto de las condiciones materiales de
vida. Siguiendo este criterio, podemos sostener que la lectura del pasado
propuesta por el revisionismo consolidó en las décadas del 60 y el 70 la
posición de la clase trabajadora y al pueblo, que sus representaciones
11 Pozzi, Pablo y Salas, Ernesto, “La historia
argentina, el revisionismo y la búsqueda de la hegemonía cultural”, Cuadernos
del Centro de Estudios Universitarios José Carlos Mariátegui, Nº 1, Buenos
Aires, Octubre de 1992, p. 5.
12 Ibídem, p. 5.
257
MIGUEL MAZZEO
del pasado “sirvieron” a la clase trabajadora y al
pueblo en su lucha de por el control de las condiciones simbólicas y materiales
frente a las clases dominantes.
Además debemos tener en cuenta que Cooke (el Cooke
maduro) seña-laba los límites de las luchas nacionales y, al mismo tiempo,
rescataba su importancia en el contexto de las revoluciones socialistas.
También revalorizaba críticamente retazos de la tradición burguesa
(nacionalista, democrática, progresista) a la que veía como herencia necesaria
que debía asumir la clase trabajadora. Se reiteraba así, en el plano
historio-gráfico, una secuencia típica del cookismo: asumir no para “fijar”,
sino para trascender e integrar como “momento”. Para él se tornaba nece-sario
el conocimiento de la historia argentina –en especial la historia del pueblo
argentino, la historia de los y las de abajo– en función de la reva-lorización
crítica de la tradición nacional revolucionaria. La experiencia cubana reforzó,
sin dudas, esta concepción.
Por otra parte, en algunos textos su visión se
apartaba del revisio-nismo tradicional y asumía connotaciones más plebeyas. Por
ejemplo, en el discurso que pronunció en Cuba el 25 de mayo de 1962, conocido
con el título “La conciencia nacional es también conciencia histórica”,
establecía vínculos entre la guerra de la independencia y la guerra
revo-lucionaria. Exaltaba la gesta de los esclavos que se rebelaron en Haití,
de las masas que acompañaron a Túpac Amaru y a Micaela Bastidas, y reivindicaba
una tendencia democrática, nacional de Mariano Moreno, Bolívar, San Martín
Hidalgo, Morelos y Monteagudo. Decía allí: “La conciencia latinoamericana es
conciencia nacional y, simultá-neamente, sin escisión posible, conciencia de
clase” [Obras Completas, Tomo III, p .115]. Pero la línea de este relato fue
más bien excepcional porque no es la que predominaba en la mayoría de sus
textos históricos e historiográficos.
Desde este, nuestro tiempo, ¿qué más decir respecto
de la expe-riencia del revisionismo historiográfico?
Sencillamente, estimamos que debemos trabajar para
construir una herramienta político-cultural del mismo signo; es decir, que
sirva para disputar la hegemonía, que no invoque las “reglas del oficio” y de
la “alta episteme” contra la politización y la “baja doxa”, que no idea-lice la
condición neutral y abone las escrituras consensualistas con sus consabidos
territorios indefinidos, desprovistos de pasiones fuertes y plagados de
letanías sobre los matices y los grises. En síntesis, una herramienta que sirva
para pensar políticamente la historia, para volver a deducir “deberes” de la
historia. Debemos intentar escribir una historia “dentro de la historia”.
258
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Asimismo, no debemos precipitarnos en la asincronía
motivacional y afectiva. Reivindicar al revisionismo historiográfico –en sus
formu-laciones y relatos de hace 50 o 40 años– como una lectura del pasado
funcional a un proyecto popular actual constituye un gesto nostálgico,
folklórico, conformista, pusilánime y, claro está, reaccionario. Remite tanto a
una materialidad del pasado como a la composición de una novela bienpensante, a
un relato repleto de lugares comunes que han perdido toda significación expresiva;
un relato políticamente correcto que carece de posibilidades de trascender la
materialidad actual. Asimismo, alude a una actitud típicamente melancólica en
el sentido de que coloca la libido sobre un objeto que no está o está muerto.
No se puede pasar por alto el ambiente de sentido y/o los “segundos sentidos”
que rodeaban y rodean a las palabras.
Es tan antihistórica la incomprensión del rol
contrahegemónico del revisionismo en el contexto de las décadas 60 y 70 como el
intento de rehabilitarlo en la actualidad como una lectura del pasado afín a un
proyecto emancipador.
Para cerrar este capítulo, no podemos dejar de
señalar que la “vieja historia” es indefectiblemente vieja y la “nueva
historia” es insoporta-blemente trivial. Amén del sustrato ontológico
compartido por ambas. Las intuiciones de la vieja historia ya no alcanzan para
dinamizar a la sociedad como fuente de opresión (historiografía liberal o
historio-grafía revisionista de derecha) o como fuente de resistencia y de
lucha (historiografía marxista o historiografía revisionista, en particular sus
formatos más radicales) mientras que, por su parte, la nueva historia desprecia
toda intuición.
En la actualidad, prácticamente todas las
corrientes historiográ-ficas poseen horizontes de sentido que no exceden la
mera facticidad. Tienden puentes al pasado desde el presente (un presente al
que suelen devaluar) porque este les ofrece una estructura cómoda y segura para
hacer el trayecto, una y otra vez, de una orilla a otra. Nos parece una opción
mucho más interesante la que propone arrojarse al río e intentar cruzarlo
nadando, asumiendo el riesgo de que la correntada nos arrastre. De algún modo,
esa fue la opción de Cooke.
Hoy, buena parte de los historiadores y las
historiadoras gastan su tiempo en representar una complejidad que es
irrepresentable. Muchos y muchas lo saben, pero no dicen nada por miedo a la
deslegitimación epistemológica. Luego, se escudan en las “aproxi-maciones”, que
es una forma de capturar un fragmento del proceso para matarle el deseo y la
dinámica y proceder luego a su vivisección en el laboratorio.
259
MIGUEL MAZZEO
Hoy, la mayoría de los historiadores y las
historiadoras prefieren cambiar el pasado en lugar de cambiar el mundo.
Neoliberales, neore-visionistas, muchos marxistas y “profesionales”, no quieren
hacer la historia, ni quieren apropiarse de ella. Los que todavía insisten en
cambiar el mundo, en su gran mayoría, abogan por el pensamiento puro o por
alguna forma de fatalismo libertador y huyen despavoridos del mito o de las
racionalidades “no modernas” (contramodernas o trans-modernas). Se tornan
vanguardistas tristes, deshumanizados, conven-cidos de que los sujetos de ese
cambio sólo pueden ingresar al paraíso a las patadas. Esa es la única forma que
encuentran para hacer la historia, con sus instrumentos supuestamente diseñados
para abreviarla. La mayoría de las veces sólo logran apropiarse de la propia
aberración. La historia, en este tiempo, es una de las disciplinas más
colonizadas que conocemos. Y no se trata de una cuestión de contenidos.
Más allá de las crisis de las filosofías generales
que hay en ella, hoy casi nadie ansía una nueva y se la repudia y se le teme
por anticipado. Los historiadores huyen de la posibilidad de una filosofía
general de la historia como de la peste misma. Le tienen pánico al “deber ser”.
Entonces, ella se aleja cada vez más de los instrumentos críticos viejos y
nuevos, de las utopías portadoras de alteridad.
En nuestros días, la historia tiende a ser una
disciplina insoporta-blemente empírica, conservadora y formal que sólo aspira a
describir fenoménicamente la realidad. La minuciosidad se confunde con el rigor
científico y el rigor científico se confunde con una pedante (y absurda) tarea
de desmitificación. La historia como “instancia crítica desmitificadora” de la
que hablaba René Rémond. Suponiendo que tal objetivo se logre y que finalmente
se erradiquen todos los mitos, ese sería precisamente el fin de la cultura (de
todas las culturas), sería el fin de la historia a manos de una dinámica
a-cultural impuesta por una máquina de indiferenciar y estandarizar las
identidades. En este sentido, el fervor desmitificador de los historiadores y
las historiadoras “profesionales” puede ser un camino apto para disolver
personalidades históricas y culturales. Mientras tanto, los historiadores y las
histo-riadoras neo-revisionistas insisten con unos mitos desfasados (que además
dejan intactos algunos fundamentos metafísicos de la moder-nidad) y con un
lenguaje que ha perdido su vieja energía.
De este modo, todos y todas contribuyen a la
consumación del gran proyecto del capitalismo. Aportan a una ideología que no
se interesa por el porqué de los objetos (fetichismos varios); una ideología de
lo efímero basada en olvido de la historia. Contradictoriamente, buena parte de
la producción historiográfica contemporánea está basada en el olvido de la
historia. Es una historia para consumir, masivamente o
260
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
en pequeños cenáculos. Es una historia que
interpela a consumidores. No es una historia para generar alguna solidaridad
relevante, nacional y de clase. Ese fue precisamente uno de los méritos
innegables del revi-sionismo histórico en las décadas del 60 y el 70. Sin
dudas, el costado que Cooke más valoraba. Y nosotros y nosotras también.
Cuando algún historiador o historiadora, o mejor,
un colectivo o una generación de historiadores e historiadoras, asuma el
proyecto de producir las categorías y los conceptos para escribir una historia
compatible con un pensamiento transmoderno, transontológico y posmetafísico;
una historia que sirva para achicar la brecha entre una filosofía local
libertaria y los mitos identitarios del pueblo, puede que nosotros asumamos
orgullosos la condición de historiadores. Por ahora, nos declaramos ensayistas
o, simplemente, escritores. Aunque sigamos empecinados en elegir nuestros
antecedentes y en determinar de quienes somos o queremos ser continuidad
mientras buscamos los vestigios a tientas y en la oscuridad.
261
25- Perón: realidad y mito
¡Di tu palabra y rómpete! Y yo respondí:
¡Ay! ¿Ésta es mi palabra? ¿Quién soy yo?
Espero a uno más digno que yo; no soy digno ni aun
de romperme contra él.
Federico Nietzsche
Cooke alentaba la acción consciente de las masas.
Ahora bien, como vimos, él sabía que la misma, en el peronismo, exigía un
proceso de autoconocimiento, fundamentalmente de su poder colectivo. Y también
una autodeterminación de los fines, o por lo menos, un cono-cimiento cabal de
ellos para discernir si estaban en el horizonte de su deseo. La clase
trabajadora debía dejar de ser sólo “la columna verte-bral” y pasar a ser
también el “cerebro”. En ese intersticio reinaba la burocracia, con sus métodos
para alejarla de su poder colectivo.
Cooke no siempre le atribuía este tipo de funciones
a Perón, al menos no en forma directa. De hecho, jamás lo escribió sobre el
papel, sino sobre el agua, como reza el epitafio de John Keats. Sin embargo,
como veremos, existen varios testimonios de que muchas veces lo expresó
oralmente y apelando al exabrupto. Por lo pronto, recordemos aquello que Cooke
sí escribió sobre el papel en 1954 en torno al suicidio del presidente del
Brasil: “Vargas muerto puede hacer la revolución que no hizo en vida”.
Por lo general, el Bebe sostenía que el problema no
era estratégico, sino de ejecución. “Estrategia correcta y tácticas ridículas”,
“la táctica se devora a la estrategia”, le dijo a Perón desde París, el 30 de
septiembre de 1962 [ Obras Completas, Tomo II, pp. 540, 541]. Tendía a recargar
las tintas en las estructuras intermedias, en las mediaciones. Por ejemplo, en
carta a Hernández Arregui del 28 de septiembre de 1961, sostenía que Perón era
“el más revolucionario de los dirigentes peronistas” [Obras Completas, Tomo
III, p. 92].
263
MIGUEL MAZZEO
Por momentos era optimista y confiaba en que el
Perón real “esté a la altura”, que saliera de las formulaciones generales y
asumiera posi-ciones concretas políticamente radicalizadas. Lo rescataba del
desfa-saje y la falta de correspondencia, asociándolo a la masa revolucionaria:
el jefe revolucionario y las masas revolucionarias no se corresponden a las
direcciones conservadoras, reformistas, negociadoras. Incluso, recurría al
término “maldición” para caracterizar esta situación. Se trataba de la otra dimensión
maldita del peronismo, ya no de cara al país burgués, sino de cara al país
trabajador. Exageraba, calificaba a Perón de pre-marxista, ubicándolo de esta
manera en una especie de estadio previo y contiguo al marxismo.
Rozaba el simplismo: proponía resolver el problema
del peronismo a partir de una sustitución de direcciones: los burócratas
reemplazados por los revolucionarios; una solución típica de algunas
expresiones del trotskismo, de antes y de ahora. En algunos trazos Cooke, en su
afán de acercamiento al líder, incluso parecía compartir la misma lógica
instrumental de Perón o al menos le adjudicaba los rudimentos de una ética
revolucionaria. Le exigía definiciones ideológicas y la creación de estructuras
políticas aptas para la disputa del poder, para que las bases peronistas y el
movimiento popular en su conjunto pudieran asumir las tareas de la hora y para
desterrar del peronismo a las direcciones conservadoras.
Era muy común en Perón la apelación a la figura del
Papa como modelo de conducción política. Posiblemente, se trate de uno de los
modelos más reñidos con la ética porque consiste en “actuar como Providencia”,
ubicarse en el lugar del padre eterno que bendice a diestra y siniestra, “urbi
et orbe”; en colocarse por encima de las renci-llas sustanciales y, en todo
caso, intervenir en las menores; en no embanderarse en ninguna tendencia en
pugna y llevar a los buenos y a los malos hacia el objetivo final.1 Estrategia
es la conducción del conjunto, por lo que mientras que el que decida sea el
conductor estra-tégico puede haber varios “comandos tácticos” que actúen por
sepa-rado y sean autónomos unos respecto de los otros. Pero, ¿es posible seguir
la sugerencia de Pericles y obrar de modo que todo resulte “en su medida y
armoniosamente” cuando estas tendencias en pugna son la expresión de intereses
de clase, antagónicos e irreconciliables? Cooke estaba en las antípodas de este
modelo papal. Para él, la política no estaba separada de la ética y la
filosofía. Para Perón, la política era un modelo formal.
1 Véase: Fragmento de la carta del General Juan
Domingo Perón al Doctor Mario Juan Errecalte, Madrid, 7 de febrero de 1966.
Citada por: Pavón Pereyra, Enrique, Diario Secreto de Perón, Buenos Aires,
Sudamericana-Planeta, 1986.
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EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Después de la muerte de Cooke, algunos sectores de
la izquierda peronista creyeron que las iniciativas tácticas (las propias en
especial) podían influir en las decisiones estratégicas del líder, que podían
llegar a torcer su voluntad. Se trataba de una evidente ilusión y el desengaño
llegó en junio de 1973, en Ezeiza, con masacre incluida (aunque algunos y
algunas se percataron un poco más tarde). ¿Pero acaso no se dejó llevar Perón
también por una ilusión cuando creyó que sus poderes de líder unificador eran
más fuertes que la realidad de la lucha de clases en la Argentina a comienzos
de la década del 70? Una lucha de clases que atravesaba al propio peronismo.
El gran problema era, sin dudas, la conducción
“externa” de Perón y su estrategia tendiente a diluir los antagonismos sociales
sustantivos. Una conducción externa respecto de un proceso revolucionario,
radical, anticapitalista. La fórmula cookista, asumida por las corrientes
deno-minadas “alternativistas” (sobre todo las Fuerzas Armadas Peronistas y el
Peronismo de Base –FAP-PB–), podría enunciarse de la siguiente manera:
“interioridad” respecto del peronismo, “externalidad” respecto de (la
conducción de) Perón.
En sus momentos de mayor escepticismo, y de
realismo y lucidez, Cooke reconocía que todo lo que él mismo supo cuestionar,
el “mito” Perón, el “nombre mágico”, el Perón “conjuro emotivo y simple valor
sentimental”;2 en fin, todo lo que, supuestamente, podía servir para debilitar
a Perón, al real, en los hechos terminaba siendo más útil de cara a una
política revolucionaria. Porque más allá de las recónditas esperanzas de Cooke,
Perón sólo le podía servir a una política revolu-cionaria como mito. Como mito
era más funcional a la consolidación de un poder colectivo y a la congregación
de los gestos de resistencia al régimen y al sistema. Como mito le aportaba al
universo plebeyo familiaridad y transparencia; podía tolerar el desarrollo de
una racio-nalidad popular desde las bases; y podía ser signo auspicioso de una
energía revolucionaria o, por lo menos, de un entorno no hostil a un proceso
revolucionario. No es casual que Cooke le recordara a Perón la posibilidad –y
la proximidad– de la muerte, tal vez como recurso impaciente para despabilarlo
y acelerar un proceso de definiciones y de creación de estructuras políticas
con el fin de evitar que, cuando ya no estuviera en esa coyuntura planetaria,
el peronismo se terminara deshilachando.
En carta del 3 de marzo de 1962, le expresaba: “Lo
que hace falta es una definición dónde Ud. le diga a todo el movimiento,
sintética-mente, que somos revolucionarios en el exacto significado: liberación
2 Véase, por ejemplo, Carta de John William Cooke
a Juan Domingo Perón del 24 de julio de 1961. En: Obras Completas, Tomo II, Op.
Cit., pp. 474-497
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MIGUEL MAZZEO
nacional y revolución social (entendida como la
única revolución social posible en esta hora: la que termine con el régimen
capita-lista)”. También, le preguntaba al General: “Cuándo Perón no esté, ¿qué
significará ser peronista? Cada uno dará una respuesta propia, y esas
respuestas no nos unirán sino que nos separarán” [Obras Completas, Tomo II, p.
508].
En la misma misiva, Cooke no pudo evitar el
reproche abierto y formuló su más célebre pedido a Perón:
Si eligió ciegos, sus razones habrá tenido, que no
puedo adivinar; pero, por favor, deles un bastón blanco a cada uno para que no
se los lleve por delante el tráfico de la historia, porque seremos todos los
que quedaremos con los huesos rotos. Defina al movimiento como lo que es, como
lo único que puede; un movimiento de Liberación nacional, de extrema izquierda
en cuanto se propone sustituir el régimen capi-talista por formas sociales de
acuerdo a las características propias de
nuestro país [Obras Completas, Tomo II, p. 514].
Cooke detectó tempranamente la feroz guerra de
significados, las estrategias incompatibles que subyacían a la fina capa de los
lenguajes inciertos del peronismo. Esa fina capa de lenguaje incierto –corteza
de signos abigarrados– podía conjurar la lucha de clases (incluyendo sus
manifestaciones al interior del peronismo), pero negaba de plano al peronismo
como movimiento transformador. No daba certezas respecto de quiénes eran los
amigos y quiénes los enemigos. Además, la capa de lenguaje era tan fina que podía
romperse en cualquier momento; era una superficie tan frágil como el papel de
arroz. Por eso Cooke le exigía a Perón una palabra ideológica, política y
geopolítica-mente clara: “¡Dígalo Ud.!”, (y le ofrenda las palabras a las que
Perón jamás se aferrará, palabras que el General ora desechará ora
manipu-lará). Le pedía que actualizara y completara las bases doctrinarias.
Pero la fuerza de Perón emanaba precisamente de su capacidad de desli-zarse por
esa fina capa de lenguaje incierto. Esa capa que, combinada hábilmente con los
silencios, le permitió manejar con excepcional flexibilidad los alineamientos
políticos, en el gobierno o en el exilio, y desarrollar una tecnología política
de alta escuela. Hasta que se tornó insostenible.
Cooke rechazaba esos lenguajes malditos que
otorgaban y despo-jaban (alguna potencia) a la vez. Pretendía que el lenguaje
peronista se aclarara y quería que Perón otorgara sin despojar… Algo
absolutamente imposible.
En ocasiones, el Bebe corría o destruía esa fina
capa de lenguaje; recurría a operaciones de desenmascaramiento. Por ejemplo,
cuando
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EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
criticaba la traslación del planteo de la Tercera
Posición del campo de la geopolítica al campo ideológico y social, y que se
expresaba en consignas como: ni capitalismo ni socialismo (¿y entonces qué?), o
ni yanquis ni marxistas: peronistas; todas sostenidas por los sectores más
reaccionarios y fascistoides del peronismo. La estrategia discur-siva de Cooke
era exactamente la contraria a la de Perón: sus palabras son dardos que van
directo al blanco y brotan de un manantial de convicciones, las del General son
elípticas y retozan en regiones más descreídas. Él lo sabe y también sabe que a
Perón le molesta.
En carta del 11 de agosto de 1964 le decía: “Hacía
tiempo que no le escribía (de lo que Ud. tal vez se alegrase)” [Obras
Completas, Tomo II, p. 581]. Se dedicó, entonces, a aclarar el sentido de las
palabras más recias, buscaba la precisión en la definición. Y, de algún modo,
lo invi-taba a Perón a que hiciera lo mismo; convite que el General eludía con
estudiada finura de baqueano erudito. Cuando Cooke hablaba, decía de qué
hablaba. Por ejemplo, cuando hablaba de izquierda, hablaba de anticapitalismo y
no de la “izquierda” de las encíclicas papales; cuando hablaba de socialismo,
hablaba de redistribución primaria del ingreso, de socialización de los medios
de producción, de eman-cipación del trabajado, de superación de la división del
trabajo capi-talista, del fin de la alienación y no precisamente de
redistribución secundaria del ingreso, de controlar el capitalismo “exacerbado”
o de burgueses piadosos; cuando hablaba de antiimperialismo hablaba de lucha
frontal contra los Estados Unidos, y de apoyo a las luchas anticoloniales del
Tercer Mundo. Insistía en la necesidad de la equi-valencia entre peronismo y
revolución, para que esos términos signi-ficaran algo.
Asimismo, se entusiasmaba con cada cambio en el
lenguaje del peronismo (en las bases); veía signos auspiciosos. Ahora bien,
para Perón el peronismo era uno de los tantos “sistemas periféricos” posi-bles
para poder cabalgar sobre un proceso evolutivo inmanejable. Por otro lado, ¿de
qué hablaba Perón cuando se refería a los “infiltrados”, a la necesaria
“depuración”, a la “unidad del movimiento”?
Resulta lógico que, en sus últimos años, a Cooke le
costara ver al Jefe (en rigor de verdad, al ex jefe) como entidad ajena a las
direc-ciones conservadoras y oportunistas, ajena a los partidarios de las
“conciliaciones”. El Bebe podrá corroborar, con desazón, que Perón prefería la
“simulación” de los sectores moderados y de la buro-cracia al sentimentalismo
del pueblo y el “elemento revolucionario”. Por eso, mientras se realizaba la
Conferencia de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y
América Latina, en enero de 1966, le escribió resignado desde Cuba: “Mis
argumentos,
267
MIGUEL MAZZEO
desgraciadamente, no tienen efecto: Ud. procede en
forma muy dife-rente a la que yo preconizo, y a veces en forma totalmente
antitética” [Obras Completas, Tomo II, pp. 622 y 623].
León Rozitchner llegó a Cuba en el año 1962 para
dar clases de filosofía en la Universidad de La Habana. En el mismo período en
que dictaba sus clases y escribía en simultáneo Moral Burguesa y Revolución
conoció a Cooke. Según le contó a Nestor Kohan en una entrevista de 1998: “Nos
hicimos muy pero muy amigos”. Entre otras cosas Rozitchner recordaba:
Él era muy crítico de Perón. Me mostró las cartas,
tenía copia de todo. Lo único que no podía hacer, para seguir siendo peronista,
era revelar la verdad y decir públicamente que Perón era un cabrón […]. Yo le
planteé mis críticas en Cuba y él me reconocía que Perón era un hijo de puta
pero que había que pincharlo al viejo para ver si se podía inscribirlo en un
campo determinado, diferente, de izquierda y no de derecha. Y no fue viable
porque Perón era de derecha. El punto ciego, no solo de Cooke sino de toda la
izquierda peronista, era que lo que
decía no podía escribirlo y publicarlo.3
Similar es el testimonio de José Vazeilles, un
veterano militante del MLN (MALENA) que participó en la Conferencia de la
Tricontinental y de la OLAS, que compartió espacios de militancia con ARP, con
Cooke, Alicia y Sinigaglia. Sostenía Vazeilles que estos últimos estaban
conven-cidos de que Perón “jamás” modificaría su “juego mezquino”. Y comen-taba
que sus compañeros de ARP describían la situación apelando a la siguiente
“metáfora teatral”: “En el primer acto Perón nos caga a noso-tros, en el
segundo, los militantes se cagan en él y en el tercero, los que resultan bien,
pero bien cagados son, como siempre, los trabajadores y el pueblo”.4
Cabe la pregunta: ¿a un líder político de las
características de Perón, podía interesarle el destino de la fuerza política
que condujo en vida, después de su muerte? Los luchadores y las luchadoras
popu-lares, los militantes revolucionarios y las militantes revolucionarias,
alguien que pretende contribuir desde su situación particular a la construcción
de un proyecto universal de dimensiones utópicas, por lo general, se sabe parte
modesta de un proyecto que lo/la antecede y que lo/la trasciende. A lo largo de
su militancia desarrolla un sentido
3 Entrevista a León Rizitchner del 15-04-1998. En:
Kohan, Néstor (compilación y estudio introductorio), La Rosa Blindada una
pasión de los ’60, Buenos Aires, La Rosa Blindada, 1999, p. 48, [Nota al pie].
4 Véase: Vazeilles, José Gabriel, Memorias de la
militancia, Buenos Aires, manuel suárez Editor, 2006, p. 120.
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EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de responsabilidad por el futuro, por las
generaciones venideras. Sabe bien que Ítaca no es la meta sino el camino. Que
la libertad es acción, no estado. Sabe también que sólo se regresa a Ítaca para
volver a partir. Claro está, nada de esto necesariamente va en contra de los
liderazgos fuertes y carismáticos, de las personalidades polí-ticas
avasallantes. Pero el jefe revolucionario o la jefa revolucionaria, aun siendo
una figura resplandeciente, nunca lo es todo. Y siempre es un “servidor” o una
“servidora”. En ese sentido, Cooke decía en carta a Perón de octubre/noviembre
de 1964: “Somos aspirantes a servir y no a posiciones” [Obras Completas, Tomo
II, p. 607].
¿Era ese el caso de Perón? En términos hegelianos,
Perón tenía la formación del amo. Entonces, ¿no estaba Cooke asignándole un
hori-zonte de trascendencia del que el viejo General carecía? En su carta a
Alicia del 21 de agosto de 1968, la misma que se suele designar como su
“testamento”, escribía, por ejemplo: “Yo viviré, como recuerdo, durante el
tiempo que me tengan en su memoria las personas que de veras me han querido; y
en la medida en que he dedicado mi vida a los ideales revolucionarios de la libertad
humana, me perpetuaré en la obra de los continúen esa militancia” [Obras
Completas , Tomo III, p. 264]. Nos resulta inevitable establecer un vínculo con
Leandro N. Alem y con sus palabras redactadas a modo de testamento en 1896:
“Adelante los que sigan”, “que se rompa pero que no se doble”. Perón conservó
el estilo hasta último momento. Su testamento político se resumió en la fórmula
“mi único heredo es el pueblo”.
El Perón real frenaba la política revolucionaria,
desarmaba a la clase trabajadora, aunque la talla de su liderazgo, su
desbordante presencia y sus astucias podían confundir. El Perón real terminó
siendo la masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973. Terminó siendo maldito
para el pueblo. A partir de allí algunas palabras del General comenzaron a
adquirir un sentido más transparente. Otras palabras cuyos sentidos eran
unívocos comenzaron a predominar en su relato, además de las ya citadas:
“infiltrados”, “necesaria depuración”, otras aún más explícitas tales como
“proscribir sin piedad”, “delincuencia anarco-trotskista” o “delincuencia
anarco-marxista”, “extremistas”, “problema policial” (en relación con las
organizaciones armadas)… El Perón real se salió brus-camente de las
formulaciones generales y rumbeó para el peor flanco: occidental, cristiano,
anticomunista y “decididamente antimarxista”. Por cierto, Cooke intuía
desenlaces de esas características, finales inglo-riosos, desastres
inapelables, peronistas que no se saludan como caba-lleros sino que se
degüellan como enemigos irreconciliables,5 etcétera.
5 En la carta a Perón de 3 de marzo de 1962, Cooke
planteaba: “entre un partidario de las ‘conciliaciones que propugnan los
obispos y un revolucionario no hay otro
269
MIGUEL MAZZEO
Pero él no estaría allí para ver cómo el Perón real
se engullía al Perón mítico de un solo bocado.
El concepto de “vanguardia estratégica” (que
desarrolló Rozitchner) sirve para marcar las diferencias de fondo entre Cooke y
Perón: cada uno le asignaba un sentido diferente. Rozitchner decía que para los
revolucionarios marxistas (para Cooke), la vanguardia estratégica era “el grupo
más consciente, orgánico, decidido, que se pone a la cabeza en las luchas de la
clase obrera”. Mientras que, desde la óptica de Perón, la vanguardia
estratégica (la izquierda peronista) cumplía una función distinta: “simple medio
de una astucia de guerra”, un “dispositivo”, en fin: “fuerza sacrificable”.6
Cuando Perón regresó a la Argentina en noviembre de
1972, después de su largo exilio, recordó a Cooke. Sobre eso, cuenta Miguel
Bonasso:
El 25 de noviembre, Perón realizó su primera y
única conferencia de prensa en el país, que limitó deliberadamente a los
correspon-sales extranjeros. Ante una pregunta concreta, hizo una defensa de su
primer delegado John William Cooke, a pesar de que “se le atribuían ideas de
izquierda”. “Para compensar las ideas ultraconservadoras de [Jeronimo] Remorino
–agregó, con un guiño malicioso– que fue secre-
tario de Julito Roca”.7
El General recordaba a Cooke como un “contrapeso”,
como un mero instrumento de su estrategia política. Esa fue la forma innoble de
“reivindicarlo” que ensayó Perón.
Cooke entendía la política como desborde y ruptura;
Perón, como un juego de equilibrio y compensaciones. Para Cooke la política era
la revolución permanente; para Perón, fiel admirador de Napoleón, era
simplemente guerra virtual.
En 2004, el historiador Felipe Pigna entrevistó al
empresario pero-nista Jorge Antonio, el ex compañero de cárcel y de fuga de
Cooke. Le hizo la siguiente la pregunta: “¿Qué relación tenía Perón con Cooke?
¿Le creía o lo usaba?”. Antonio respondió: “Lo usaba. Le tenía mucha
campo de entendimiento: estamos en diferentes
barricadas y como la lucha es muy aguda, no nos saludaremos como caballeros
medievales sino que nos degollaremos como corresponde a enemigos
irreconciliables” [Obras Completas, Tomo II, p. 508].
6 Rozitchner, León, Op. cit., p. 265.
7 Bonasso, Miguel, El presidente que no fue. Los
archivos ocultos del peronismo, Buenos Aires, Plantea, 1997. Jerónimo Remorino
fue ministro de Relaciones Exteriores durante los primeros gobiernos de Perón.
En la década del 30, la “década infame”, durante el primer gobierno de la
coalición conservadora denominada “Concordancia” (1932-1938), fue colaborador
del vicepresidente Julio Argentino Roca (hijo).
270
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
desconfianza. La ideología de Cooke perturbaba a
Perón. Perón no era comunista ni parecido. Y Cooke, su tendencia era bien de
izquierda. Perón usaba a los hombres de acuerdo a su estrategia. Él llevaba una
estrategia de alta escuela”.8
8 Pigna, Felipe: “Entrevista a Jorge Antonio”,
Revista Noticias, enero de 2004. En: El Historiador. Entrevistas. Entrevista a
Jorge Antonio. www.elhistoriador.com. ar/entrevistas/a/antoniuo.php. Chequeado
el 3 de marzo de 2016. Cabe señalar que la ideología de Cooke seguramente
“perturbaba” también a Jorge Antonio, un hombre de ideas conservadoras, que en
su citado libro de memorias ¿…Y ahora qué?, intercalaba citas de José Antonio
Primo de Rivera (fundador de la Falange Española) y de José María Escrivá Balaguer
(fundador de Opus Dei) con parrafadas enteras que no ocultaban su profunda
admiración por la Alemania nazi y por dictadores como Marcos Pérez Jiménez,
Alfredo Stroessner o Leonidas Trujillo.
271
26- Notas para una biografía de Alicia Eguren
Una mujer; un ser sujeto como ella a programaciones
ancestrales y que, sin embargo, vivía en un plano insólito de la realidad,
inserta en la conspiración como un hábitat natural, lejos de todos los
preconcebidos destinos de la feminidad.
Gioconda Belli
Alicia Graciana Eguren Viva, “la flaca”, nunca
logró pasar inadver-tida. Ese fue su signo distintivo junto al inconformismo y
la vocación de caminar por realidades grandes. Parecía más alta de lo que era
en realidad (su metro 65 era engañoso), poseía unos ojos color miel, grandes e
indiscretos. Era inteligente y apasionada, atractiva y seduc-tora. Alicia hacía
todo con determinación. Caminaba con determina-ción, hablaba con determinación,
sonreía con determinación y, sobre todas las cosas, amaba y militaba con
determinación.
En una carta del 14 de noviembre de 1957, Cooke le
comentaba a Perón que Alicia tenía una “tendencia natural hacia la ironía, y
por eso es que, automáticamente, somete todos los valores a riguroso e
impla-cable examen” [Obras Completas, Tomo II, p. 323].
Como precursora –ella también– de lo que para
muchos constituye el oxímoron del que hablamos al comienzo de este libro (la
izquierda peronista o el peronismo revolucionario), como cuasi pitonisa de una
generación que se planteó el problema del poder en forma concreta y como mujer
(en ese, su tiempo, un poco, sólo un poco, más patriarcal y misógino que este)
se vio obligada a romper con un conjunto de convenciones y a radicalizar el
giro inquisitivo en diferentes planos. Alicia Eguren se entregó a la desobediencia
de cuerpo entero. Nunca le perdonaron tanta trasgresión. Por eso viene siendo
negada desde
273
MIGUEL MAZZEO
la izquierda, tergiversada y acotada desde el
neopopulismo y, a la vez, condenada por el moralismo de quienes no pueden
abarcar su osadía y su independencia.
Desde 1955 fue la compañera inseparable de Cooke,
incluso se casaron el 14 de noviembre de 1957, en Montevideo, Uruguay. Fueron
inseparables desde uno de los costados más valiosos que puedan concebirse en
una relación. Sus vidas pertenecían a una misma causa, justa y humana.
Por eso le decían, despectivamente, con mucho de
macartismo y muy poco de sabia ironía, “la cookeskaia”, en alusión a la
compañera de V. I. Lenin, Nadiesha Krupskaia. Por cierto, cuando Alicia tuvo
que buscar una figura de la Gran Revolución de Octubre análoga −sobre todo en
las desdichas− a la de su compañero, la halló en Trotsky más que en Lenin.
Deberían haberla llamado “la Cookedova” por Natalia Sedova, la compañera de
Trotsky. Para Alicia, Cooke era el Trotsky del peronismo. No hay que hacer un
gran esfuerzo intelectual para imaginar quién representaba para ella –con o sin
razón– el papel de Stalin.
Según la versión de Raúl Lagormarsino:
Cooke antes de Alicia, se casó con dos o tres
mujeres. Una vez yo le había prestado mi casa de Mar del Plata para que fuera
con una mina. A los pocos días me llama y me dice:
–Raúl, ¡me agarré un metejón con esta mina! Me voy
a casar.
–Pero hombre –le digo– ¡si estás casado!
–No, yo no estoy casado. Hicimos no sé qué en
Uruguay. ¿Por qué no vas y me la sacás de casa?
La otra casi me mata. Y yo con el discursito:
“Mirá, es un hombre que no te conviene”.
Hasta que se casó con Alicia. ¡Bárbara! Alicia le
arregló la vida, le ordenó la casa. El gordo tenía un solo traje. Y cuando lo
mandaba a la tintorería se metía en la cama. ¡Y había que ver en qué piso
vivía, en la calle Santa Fe! No le importaba. Estaba lleno de manchas, manchaba
todo con cenizas. Alicia le alfombró la casa, se la hizo pintar, con muy
mal gusto –al principio–, pobre Alicia.1
El testimonio pone de relieve un papel “doméstico”
(y domesticador) de Alicia, una capacidad de mejorar los aspectos de la vida
cotidiana de John que, según diversos testimonios, era absolutamente incapaz de
resolver las cuestiones prácticas más elementales. Por ejemplo, en la citada
entrevista de Sergio Nicanoff y Axel Castellano del año 2005, Amanda Peralta
contaba:
1 Testimonio de Raúl Lagormarsino. En: Cichero,
Marta, Op. cit., pp. 140 y 141.
274
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El Gordo era una gran cabeza pensante que, como
decía él, “los objetos lo agredían”. Abría una puerta y le pegaba en los dedos
de la mano, escribía a máquina y se le rompía la máquina de escribir, que
estaba siempre haciéndose arreglar, porque el Gordo la rompía. Era muy niño el
Gordo. En esa época, en algún momento, le mandan el pedido de captura y lo
guardamos en el departamento de García Elorrio […]. El Gordo estaba guardado,
se suponía que en el más abso-luto de los secretos, hasta que un día el mozo del
boliche de abajo le dice a Juan [García Elorrio]: “Así que el doctor Cooke está
parando en su casa”. Iba a tomar el café con leche con medialunas al boliche de
abajo. Después no le dejábamos la llave, para que no hiciera eso, pero ponía el
felpudo para trabar la puerta, dejar abierto y se escapaba a
comprar chocolates. El Gordo era así.2
Alicia también intentará, sin éxito, que Cooke baje
de peso, que deje de fumar. El de Alicia sería un dominio típicamente
“femenino”, según el lugar común machista. De todos modos no se puede pasar por
alto que Lagomarsino, antes de comentar cómo Alicia le ordenó la casa a Cooke
dice que “le arregló la vida”. Y eso ya nos plantea otras cosas más profundas.
Pero en verdad, Alicia siempre supo que no le quedaba bien el traje de
Penélope. Ella era Odiseo. O, como se la definió muchas veces, “la Pasionaria”
argentina.
Alicia y John no respetaron los modos maritales de
la época. ¿Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre? La analogía corresponde. Y
nos complace. Por cierto, Alicia y John visitaron alguna vez a Simone y
Jean-Paul. En un par de cartas, Cooke definía su relación con Alicia como
“extraña”, signada por los factores propios de un compromiso político
revolucionario en las décadas del 50 y el 60. Mabel Bellucci señaló que
Eguren-Cooke prefiguran un modelo de pareja-activista “propio del consenso de
la década del setenta, momento en el cual se fue diluyendo la impronta machista
del varón luchador y la mujer ajena al mundo público de su compañero”.3 En el
documental: Alicia y John, el peronismo olvidado, Isidoro Gilbert, afirma que
eran como un “matrimonio de bolcheviques de los años 20”. En La orquesta roja,
Gilles Perrault, se refiere a una pareja de militantes comunistas, forjada en
situacones adversas, que escapaba a “las reglas del vodevil burgués y de sus
festivos adulterios”.4 Creeemos que la caracterización se ajusta a la pareja
que formaron Alicia y John.
2 Nicanoff, Sergio y Castellano, Axel, Entrevista
a Amanda Peralta, Op. cit., p. 26.
3 Bellucci, Mabel: “Alicia
Eguren. La voz
contestataria del peronismo”.
En:
Rebelión, 8 de septiembre de 2003. Tomado de:
www.rebelion.org/hemeroteca/ argentina/030908Bellucci.html. Chequeado el 13 de
diciembre de 2015.
4 Perrault, Gilles, La orquesta roja, Buenos
Aires, Emecé, 1973, p. 17
275
MIGUEL MAZZEO
Sin dudas el modelo era disruptivo en las décadas
del 50 y el
60. Pero en
la década del 70 los catálogos de moral de la izquierda seguían siendo
lapidarios en ciertos aspectos y, si bien Alicia se adelantó al tipo
revolucionario femenino de esa década, su perfil fue mucho menos ascético y más
“sensual”, por lo tanto seguía siendo intolerable. No se trató sólo de un
modelo de “pareja activista”; Alicia era algo más que una mujer militante y
debió asumir costos muy altos y vivir expuesta a la imputación de indecencia y
libertinaje; estigma con el que aún hoy carga.
María Seoane afirma que las diferencias en la
pareja conformada por Alicia y John,
no fueron los ímpetus místicos de Alicia […] frente
a la razón laica, desprovista de íconos, de John. No fueron las certezas o los
errores políticos, ni siquiera los atajos hacia el ideal revolucionario. Fue la
manera de amar. John podía amar a Alicia y también a la política; de alguna
manera esos amores competían y se complementaban. Ella sólo amaría sin tregua a
la revolución, a él en tanto era “esa revolución”
soñada; a sus amantes pasajeros, luego, por la
misma razón.5
Alicia contrastaba política, ideológica, cultural y
estéticamente, con las mujeres militantes de la política burguesa del
peronismo, que no tenían ningún rasgo sobresaliente y que estaban condenadas a
los segundos planos. Hacia 1958, la personalidad de Alicia generaba conflictos
en el Partido Peronista Femenino. Cooke, ejerciendo la dele-gación, fue acusado
de querer destruirlo por intermedio de su revoltosa compañera. El mismo Perón
tomó cartas en el asunto y se lo hizo saber en una carta que le escribió el 26
de abril de 1958: “Las mujeres no trabajan como los hombres sino que, en esto
como en las demás cosas, utilizan los pequeños medios y se sirven del olvido
universal” [Obras Completas, Tomo II, 361].
5 Seoane, María, Bravas. Alicia Eguren de Cooke y
Susana Pirí Lugones. Dos mujeres para una pasión argentina, Buenos Aires,
Sudamericana, 2014, p. 93. Unas pocas líneas más adelante la autora se
pregunta: “¿Hubo un momento en que Alicia se resignó a admirar pero no desear a
John? ¿Hubo un momento en que John aceptó, finalmente, que ella no le
pertenecía más allá de las tribunas, espacios lejanos a sábanas y lechos
calientes? ¿Él sintió celos de otros hombres? ¿Ella, de su relevancia política,
definitivamente más crucial como intelectual y organizador? Y si eso ocurrió,
según cuentan quienes los conocieron, ¿acaso esos dilemas se atenuaron por la
turbulencia de sus vidas?” (pp. 93 y 94). Ahora bien, notamos que, en general,
este tipo de interrogantes giran sobre el comportamiento de Alicia y pasan por
alto el de Cooke. De algún modo, naturalizan el “libre albedrío en materia
sexual del hombre” (que Cooke supo ejercer) y condenan el de la mujer. En ese
caso no cabe hablar de “infidelidad”, el término no se corresponde con el
vínculo y “el pacto” entre Alicia y Cooke. Pero de todas formas vale tener
presente el punto de vista de machista que naturaliza la “infidelidad” en el
hombre y la condena en la mujer.
276
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Alicia no estaba muy de acuerdo en quedar relegada
–sólo por el hecho de ser mujer– a los espacios decisorios de segundo orden.
Prefería otros medios, no tan pequeños, y no podía dejar de invocar lo
universal. Ella ya se había hecho universal. Un par de meses después, el 18 de
junio, Perón volvía a insistir: “Según las cartas que recibo, hay un poco de
mar de fondo contra usted y Alicia” [Obras Completas, Tomo II, 373]. Cooke le
respondió en carta del 1º de septiembre de 1958, acla-rándole que Alicia se limitaba
a “labores de preparación de Agitprop” (agitación y propaganda), que no estaba
participando en la organiza-ción de la Rama Femenina, y que los
cuestionamientos hacia ella (y, por elevación, hacia él) provenían de algunos
sectores del peronismo [Obras Completas, Tomo II, 391]. Siendo una “peronista
histórica”, Alicia era “moderna” en la acepción más usual del término; es
decir, “nueva” y con capacidad de actualizarse –en sentido revolucionario– en
función de la dinámica de la historia y del “signo de los tiempos”. Como Cooke.
Pero Alicia también era distinta, a las militantes
de izquierda de la década del 70 que, en muchos casos, ganaron espacios
“performando” una estética masculina. Por otra parte, esta “estética” no pocas
veces era una imprescindible estrategia de resistencia contra la supremacía
masculina que, en casos como el de ella, nunca implicaba resignar posiciones.
No creemos, como dice Mabel Bellucci, que Alicia luciera una estética
masculinizada, ni siquiera en las fotos tomadas en Cuba en las que aparece con
el uniforme de miliciana. Su estampa jamás es marcial, dista mucho de la
compostura del macho estándar. La vemos más como profeta que como sacerdotisa y
consideramos que ese carácter, inconcebible aún hoy para una mujer, le exigía
una gestua-lidad severa, arrebatada y una oratoria apocalíptica que suelen
estar asociadas a lo masculino.
Política e ideológicamente es imposible separarla
de Cooke, por el trayecto compartido y no por una relación de subalternidad o
acompa-ñamiento secundario.
Se conocieron en una conferencia que Cooke dictó en
1946 en el Centro de Estudios Argentinos (CEA), dirigido por Ricardo Guardo,
diputado y presidente de la Cámara de Diputados durante el primer gobierno de
Perón y, como vimos, coautor con John de un Proyecto de Reforma Constitucional.
El naciente peronismo los convocaba. Volvieron a coincidir en la casa del
historiador nacionalista y diputado peronista Ernesto Palacio, citados por una
corriente historiográfica: el revisionismo histórico. Pero su historia en común
comenzó en 1955 y terminó con la muerte de Cooke en 1968. Una transición
significativa es inmanente a esta relación: la que va de un nacionalismo
populista,
277
MIGUEL MAZZEO
cada vez menos productivo, al socialismo
revolucionario o, para sinte-tizar, de Juan Domingo Perón a Ernesto Che
Guevara.
En una carta desde la prisión, muy probablemente
desde la cárcel de la calle Las Heras, en 1955, John le escribió:
Stupity:
Cuando Ud. llegó a lo de Palacio, con su sombrero
coronado de flores de durazno (¿o serían jazmines?), me dio la sensación de un
bello junco a la espera del vendaval que lo abatiese inmisericorde.
Ud. me dirá, señora, que desde entonces han pasado
diez años y –¡hay!– muchos vendavales. No haga caso del almanaque, señora, que
es una obra mezquina de burócratas del Tiempo. Son otros equinoc-cios los que
rigen para nosotros.
Yo le voy a contar la verdadera historia, la
auténtica y real.
De lo de Palacio fuimos a su casa, y hablamos de
presidentes depuestos y de políticos, en la penumbra propicia de un crepúsculo
de primavera. Comimos “chez moi”, Ud. leyó versos. Desde entonces, su adorable
sonrisa de conejo iluminó mis felices noches de conspirador
en desgracia… [Obras completas, Tomo IV, p. 75].
Este es sólo un fragmento de una magnífica carta de
amor. Alicia (que para John era “Stupity”, “Conejo”, o “Calamity”) la leerá
desde una celda en la Penitenciaría de mujeres de Olmos. La Revolución
Libertadora (Fusiladora) la había catalogado como una “presa peligrosa”.
En una carta del 11 de abril de 1957, Cooke sintió
la necesidad de hablarle de Alicia a Perón:
Le adjunto recorte de la revista Qué, donde se
habla de los presos políticos y se hace mención del caso mi novia, Alicia
Eguren. La pobrecita está bastante enferma, pero cuando después de noviembre le
ofrecieron la opción se negó a aceptarla por solidaridad conmigo, a pesar de mi
insistencia en que saliese del país. […] Los Servicios de Informaciones la
tienen fichada como “organizadora peligrosa” y la energía y agresividad de sus
declaraciones ante ellos contribuye a que se opongan a que se la deje en libertad.
[…] Yo no la conocía sino por haberme sido presentada hace diez años. Después
del 21 de septiembre se presentó ante mí y me rogó que la incorporase al
movi-miento para luchar por la vuelta de Perón, ofreciéndose para las cosas más
peligrosas [Obras completas, Tomo II, p. 85].
Luego se detiene en detalles y pormenores de la
actuación de Alicia ya fuera de la cárcel, organizando células femeninas y
reuniones con distintos grupos de activistas, clandestinos en su inmensa
mayoría. Define su vínculo con ella –en el contexto de la Resistencia
Peronista– como un “idilio triste y profundamente alegre al mismo tiempo”.
278
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Meses después, el 14 de noviembre de 1957, le
comunicaba de su casamiento. Y que, después de una corta luna de miel, estaban
de nuevo presos. La relación de Alicia y John tuvo muy pocos remansos de
“normalidad”. En Buenos Aires, esos remansos tuvieron como esce-nario el
departamento de John, ubicado en la Avenida Santa Fe al 1183. Paradojas de la
historia argentina, desde esa calle y ese barrio, históri-camente asociados a
las clases dominantes y a las clases medias altas, Alicia y John contribuyeron
a construir la izquierda peronista. En enero de 1959 funcionó como cuartel
general de la huelga y la insurrección que no fue, después se trasnformó en uno
de los principales períme-tros para facilitar los enlaces con la Revolución
Cubana, refugio de militantes y activistas perseguidos, albergue de puertas
abiertas para los luchadores y las luchadoras y permanente centro de
conspiración revolucionaria.
Alicia nació el 11 de octubre de 1925 en la ciudad
de Buenos Aires en el seno de una familia que cultivaba un nacionalismo de
raigambre rosista y católico, especialmente su padre, el contador Ramón Eguren.
Su madre, Herculina Petrona Viva, era química farmacéutica. Pocos meses después
del nacimiento de Alicia, la familia se instaló en el barrio de Boedo, en la
calle Castro Barros 1134.
Como podemos apreciar, Alicia nació en un medio
privilegiado, en el seno de una familia de clase media acomodada y culta de la
ciudad de Buenos Aires. Fue educada para ocupar lugares expectantes en la
sociedad. Lo mismo que su hermana Martha (Kika), nacida en 1929. Sus padres,
además, fueron una sólida retaguardia durante toda su vida. Acompañaron su
militancia, estuvieron presentes en los momentos más difíciles, trataron de
garantizarle (a ella y a su hijo) las mejores condi-ciones en los peores contextos:
persecuciones, allanamientos, requisas, clandestinidad, cárcel. Su padre
falleció en 1971 y su madre, en 1981.
Lo cierto es que Alicia, hacia las décadas del 40 y
el 50, comulgaba con este tipo de nacionalismo pero sus intereses giraban
principalmente en torno a lo filosófico y lo literario. Se sostiene que adhirió
al yrigoye-nismo, que su familia era forjista, pero esto es, por lo menos,
dudoso. Como hemos visto, el peronismo favoreció la identificación
retrospec-tiva. Si muchos y muchas recorrieron el trayecto que iba de Hipólito
Yrigoyen a Juan Domingo Perón, otros y otras optaron por el camino inverso,
incurriendo consciente o inconscientemente en la tergiversa-ción de la propia
historia militante. Recordemos que también se dijo que Cooke había sido
yrigoyenista y forjista cuando en realidad revistió en las huestes de un
alvearismo poco plebeyo. Alicia misma alimentó esta creencia en sus notas
biográficas sobre Cooke. También debemos considerar que un libro, La Vida de
Hipólito Yrigoyen, del escritor
279
MIGUEL MAZZEO
Manuel Gálvez, publicado a mediados de la década
del 30, cambió la mirada de muchos nacionalistas católicos respecto del viejo
caudillo.
Lo más probable es que, por aquellos años, el
ámbito de militancia de Alicia haya sido la Unión Nacionalista de Estudiantes
Secundarios (UNES), grupo vinculado a la Alianza Libertadora Nacionalista
(ALN). Una estudiante de Filosofía y Letras, nacionalista, católica, de seguro
tuvo que haber leído a Gálvez. Pero nada de esto alcanza para corro-borar una
“militancia en el yrigoyenismo”.
Si el machismo, en líneas generales, era un rasgo
patente de todo el espectro político argentino en la primera parte de la década
del 40, en los ámbitos del nacionalismo deslumbrado por las formas autoritarias
de gobierno estaba exacerbado. No era para nada común la participa-ción de las
mujeres en esos ambientes de gomina y cachiporras. Alicia tuvo que hacerse un
lugar, abrirse camino entre hombres que consi-deraban a las mujeres animales
domésticos y/u objetos sexuales. Esa circunstancia también fue forjando su
personalidad.
Siendo estudiante de la Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad de Buenos Aires organizó una conferencia con el Padre
Leonardo Castellani, referente intelectual del nacionalismo y candi-dato a
diputado por la ciudad de Buenos Aires en 1946 por la ALN que apoyaba a Perón,
aunque más tarde se distanció del peronismo. Pablo José Hernández refiere que
José María Rosa (que, como vimos, fue un gran amigo de Cooke) le contó en 1977
que el cura, que prome-diaba la cuarentena, se enamoró perdidamente de Alicia.6
Como Rosa y Cooke, Castellani estaba vinculado al Instituto Juan Manuel de
Rosas de Investigaciones Históricas. Según Sebastián Randle, biógrafo de
Castellani, el cura “quedó encantado con la mocosa que tenía modos increíbles
para la época”.7 Durante un tiempo frecuentaron juntos confi-terías y otros
lugares públicos, lo que rozó el escándalo. Se los podía ver en bares, en
inmediaciones de la Facultad, en Viamonte y Reconquista. Alicia tuvo que marcar
distancias. Y el cura tuvo que volver al estricto carril de la sublimación
femenina en la figura de la virgen María.
El cura Castellani era un personaje contradictorio.
Estudioso de la obra del filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard y del
existen-cialismo, vivió toda su vida entre montañas de libros al tiempo que
formaba parte de la organización política que lanzó la consigna: ¡Alpargatas
sí, libros no! Siendo que a lo largo de toda su actuación
6 Hernández, Pablo José, Los “zurdos” y
Castellani, Buenos Aires, Ediciones Fabro, 2012, pp. 24-28.
7 Randle, Sebastián, Castellani, Buenos Aires,
Vértice, 2003. Citado por Hernández, Pablo José, Op. cit., p. 26.
280
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
pública invariablemente se autoproclamó de derecha,
durante la última dictadura militar, denunció el secuestro del escritor Haroldo
Conti. De todos modos, a Cooke nunca le cayó bien el cura.
Mientras cursaba su carrera en la Facultad de
Filosofía y Letras, Alicia asistió a un taller de filosofía dictado por Héctor
Álvarez Murena. En una línea emparentada con Martínez Estrada, Álvarez Murena
representaba lo más avanzado en materia de “cultura filosófica” en la Buenos
Aires de la década del 40. En su taller, Alicia tomó contacto con la obra de
Martin Heidegger, Theodor Adorno, Herbert Marcuse y, por supuesto, Sartre.
Entre otras iniciativas intelectualmente innovadoras, Álvarez Murena también
fue el primer traductor al castellano de Walter Benjamín.
Alicia egresó de la Facultad como Profesora en
Filosofía y Letras a fines de 1946 y ejerció la docencia en las Universidades
de Buenos Aires, Cuyo, Del Litoral, La Plata y Rosario. Entre 1946 y 1951,
publicó cinco libros de poemas: Dios y el mundo, El canto de la tierra inicial,
Poemas del siglo XX, Aquí, entre magias y espigas, El talud descuajado. Se
puede decir que algunas de sus composiciones estaban un tanto estremecidas de
idealismo evangélico.
En 1946 se incorporó al Servicio Exterior de la
Nación y en 1947 fue designada Segunda Secretaria de la Embajada argentina en
Londres. En 1948 Alicia se casó, en Inglaterra, con Pedro Catella, Cónsul en la
Embajada argentina en Londres. Pero la relación no funcionó y Alicia,
embarazada, decidió regresar sola a Buenos Aires. En octubre nació Pedro
Gustavo Catella Eguren (“Pedrito”), y se fueron a vivir con los padres de
Alicia en la casa del barrio de Boedo.
Entre 1948 y 1949 colaboró con la revista Nombre,
donde publicó algunos ensayos –uno dedicado al pensamiento de Juan Bautista
Alberdi–. Con el escritor Armando Cascella, editó la revista Sexto Continente,
un sitio de expresión del nacionalismo en sus diferentes versiones: desde el
más retrógrado de Carlos Ibarguren, Alberto Ezcurra Medrano y Monseñor Derisi,
hasta el más avanzado de Raúl Scalabrini Ortiz y José Vasconcelos, que bregaban
por la unidad de Nuestra América. Este tipo de adhesiones le garantizaba cierta
presencia en distintos espacios oficiales, académicos y no académicos.
Alicia fue tildada de profesora “flor de ceibo”, el
rótulo que utili-zaban los opositores al peronismo para defenestrar a quienes
formaban parte de lo que consideraban un ambiente cultural oficial indolente y
mediocre. Estos cuestionamientos tenían una fuerte carga elitista,
cientificista y eurocéntrica, pero no por eso dejaban de poseer visos de
verdad. En tiempos del primer peronismo, la universidad pública se caracterizó
por una marcada presencia del nacionalismo clerical.
281
MIGUEL MAZZEO
Los experimentos pedagógicos más avanzados
discurrieron por otros carriles menos convencionales, por ejemplo: la creación
de la Universidad Obrera Nacional (UON). Pero estos cuestionamientos son
injustos, por lo menos en el caso de Alicia y de un extenso grupo de
intelectuales, por lo que no corresponde generalizarlos. Su adhesión al
nacionalismo primero y luego al peronismo no la alejó de las corrientes
filosóficas más avanzadas de su tiempo. Como vimos, Alicia pasó por los
talleres de Álvarez Murena y estuvo tempranamente influenciada por la filosofía
existencialista.
También en 1949 siguió de cerca la creación del
Partido Peronista Femenino, aunque no asumió compromisos orgánicos. En el
Congreso de Filosofía celebrado ese mismo año, Perón proponía su propio relato
acerca del “fin de la historia” y hablaba de una transición a la “supera-ción
de la lucha de clases”.
El reencuentro de Alicia con Cooke se produjo en
1955, en un esce-nario de derrumbe. Como vimos, poco antes del golpe de
septiembre y del derrocamiento de Perón, Cooke fue designado interventor del
Partido Peronista de la Capital Federal. En un momento político que no
habilitaba ninguna forma de oportunismo, Alicia estableció contacto con él y
“se puso a su disposición”. Cooke, talentoso y desmedido, contrastaba con el
resto de la dirigencia política y sindical peronista: burócratas y meros
apéndices del Estado, melindrosos y aburridos, ceremoniosos estrechadores de
manos y acomodaticios. Como vimos, Perón, que lo había relegado por autónomo y
perturbador, lo convo-caba en el momento infausto.
Existe un testimonio donde la escritora María
Granata, militante peronista devenida desarrollista a fines de la década del
50, hace refe-rencia a un encuentro con Alicia:
A Alicia Eguren la conocí en casa de Estela Lastra,
mujer de Bonifacio Lastra, que no era peronista. Era un grupo nacionalista de
Barrio Norte… Me dio su libro de poemas. Era muy buena poeta. Tenía un tono
místico que también lo tenía en la mirada. Una mirada asom-brada, como si
mirara lejos. Ya trabajaba en la resistencia. Me entregó
ese libro, fue muy fugaz el encuentro.8
La relación entre Alicia y Cooke, una relación de
herejes, de “excén-tricos”, se consolidó en la clandestinidad. Recordemos:
Cooke fue dete-nido en octubre de 1955, pasó todo el año 1956 en prisión y
hasta marzo de 1957 deambuló por distintas cárceles del país, cuando se produjo
la espectacular fuga a Chile desde Río Gallegos.
8 Cichero, Marta, Op. cit., p. 232.
282
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En ese tiempo Alicia también conoció la cárcel,
poco después del golpe de 1955. Estaba “marcada” por el Servicio de
Inteligencia Naval (SIN). Un comando conjunto del Ejército y Marina conducido
por el General Juan José Uranga rodeó la manzana de la casa del barrio de Boedo
donde se encontraba Alicia y con altoparlantes amenazaron con volarla si ella
no se entregaba. Intentó una temeraria fuga por las terrazas, pero fue
imposible. Alicia fue tratada con especial saña, con un plus de odio y
brutalidad, por estar vinculada a Cooke. Fue “interro-gada” en el SIN, pero ni
las torturas ni la enfermedad pudieron menos-cabar su carácter. Alicia, sin
dejar de ser el “bello junco a la espera del vendaval”, siempre fue una mujer
“dura”, “indomable”, “rebelde” (todos los testimonios coinciden en
calificativos de esa índole). Supo ser una de las presas “lieras” del
peronismo, en la Cárcel del Buen Pastor o en la Penitenciaría de mujeres de
Olmos. Así cuenta el abogado Fernando Torres:
Había un problema porque estaban presas las mujeres
de la Resistencia, por los hechos posteriores a septiembre de 1955, como Norma
Kennedy, Lala García Marín (la tía Lala) y Alicia Eguren y las presas viejas,
como Delia Parodi y Juana Larrauri, que estaban presas por haber sido
legisladoras… y no querían lola. Las otras las volvían locas a las monjas de
Humberto I. Tanto, que un día las llevaron a La Plata, a la cárcel de Mujeres
de Olmos, porque todos los días había peleas con “las jerarcas”. Conspiraban permanentemente,
hacían lío por la requisa, por lo paquetes, por todo. Las legisladoras buscaban
el modo de salir cuanto antes y sus compañeras batifondeaban [sic] desde la
mañana hasta la noche. Yo las defendía a todas. En la sala de abogados me
encontraba con los dos grupos, con las lieras y las mode-
radas. ¡Unas discusiones!9
Como ya vimos, en noviembre de 1956 Perón designó a
Cooke como su delegado y “heredero”. Alicia y John compartieron la patriada de
la Resistencia Peronista y todos los pormenores vinculados a la firma del pacto
entre Perón y Arturo Frondizi, para pasar, poco después, a orga-nizar la
“insurrección” que hiciera posible el retorno del primero y para dirigir la
oposición “dura” al gobierno del segundo. Alicia participó activamente en la
coordinación estratégica de la Resistencia Peronista. Viajó por Sudamérica. Era
“el correo” de Cooke y, en menor medida, de Perón. Ella misma fue la encargada
de hacerle llegar al General el Informe General y Plan de Acción.
Ambos formaban parte del círculo íntimo de Perón en
los primeros años de su exilio, en los tiempos en que John era el delegado y el
9 Testimonio del Abogado Fernando Torres. En
Cichero, Marta, Op. Cit., p. 229.
283
MIGUEL MAZZEO
niño mimado del General; un círculo íntimo en el
que ya aparecía Estela Martínez de Perón, “Isabel”. La relación de Alicia con
Isabel –al igual que su relación Perón– no fue de las mejores. María Seoane, a
partir del testimonio de Astrid Rusquellas, amiga de Alicia, refiere la
siguiente anécdota: “Un día, Perón invitó a Alicia y John a comer; Isabel había
cocinado tallarines. Al final del encuentro, cuando ya se iban, el General les
preguntó qué les había parecido su nueva esposa: ‘Cocina muy bien’, fue la respuesta
de Alicia; suficiente para que Isabel supiera que esa mujer jamás sería su
amiga”.10 Alicia, padeció, junto a Cooke, la imposibilidad de ejercer la
delegación y de ser la palabra de Perón.
Dijimos que 1959 es un punto de inflexión para
ambos, y para muchos y muchas más. Después de la toma del Frigorífico Lisandro
de La Torre, a principios de año, Cooke perdió gravitación en el peronismo y
fue desplazado, definitivamente. Poco antes de esa toma, Perón había creado el
organismo destinado a desautorizarlo: el Consejo Superior. Después de la
huelga, el Consejo Superior tildó a Cooke de “loquito”, “terrorista” y
“comunista”. También triunfó la Revolución Cubana. Y hacia Cuba partieron los
dos. Al producirse la invasión imperia-lista, Alicia participó activamente de
la defensa de la Revolución. Ulises Estrada fue designado por el gobierno
revolucionario como su instructor.
Seguramente debió sortear no pocos obstáculos para
lograr ser tenida en cuenta como combatiente porque, en general, los cubanos no
entrenaban mujeres de otros países. Amanda Peralta cuenta que en una ocasión,
al poner de manifiesto su deseo de viajar a Cuba para recibir instrucción
militar, Alicia le dijo: “Yo sé la instrucción que se les da a las mujeres, es
una instrucción para señoras gordas, vos sabés mucho más de lo que te pueden
enseñar los cubanos. No vayas”.11 Y no fue.
Dijimos también que Cuba revolucionaria, más que un
descubri-miento, fue una confirmación: la revolución como uno de los destinos
posibles para el peronismo. También fue la confirmación de la “insitua-bilidad”
del peronismo y de sus posibilidades de recreación. En efecto, eran tiempos en
los que se podía pensar una dimensión trascendente del peronismo. Era la época
dorada de la ontología de lo posible y del “poder ser” del peronismo. Aunque en
el “movimiento”, predominaba la mueca servil y conciliatoria, por abajo corría,
purificador, el Jordán de las bases. El peronismo todavía aparecía como un
universo lleno de desiertos y zonas inexploradas.
10 Seoane, María, Op. cit., pp. 133 y 134.
11 Nicanoff, Sergio y Castellano, Axel, Entrevista
a Amanda Peralta, Op. cit., p. 29.
284
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Hemos señalado oportunamente que el impacto de la
Revolución Cubana fue descomunal, pero que pesó más, mucho más, el lugar
hermenéutico de Alicia y John. Cuba se decodificó desde la recipro-cidad
dialéctica y no desde el determinismo unilateral. Entonces, gravi-taban los
elementos “locales” que ya hemos mencionado: la condición de revancha clasista
de la Revolución Libertadora (Fusiladora), la heroica Resistencia Peronista,
los cambios en el modelo de acumula-ción de capital, la imposibilidad de
remozar el frente de clases de 1945 y la inviabilidad de las tácticas puestas
en práctica por el peronismo para recuperar el poder.
A lo que debemos sumarle el hecho de que, después
del 1955, aflo-raron prístinas las contradicciones insalvables al interior del
pero-nismo: la clase trabajadora peronista se presenta como lugar de
cons-trucción de una universalidad emancipadora, pero también como el lugar
donde tenía arraigo un particularismo burgués y reaccionario.
La confrontación, la lucha de clases en todas sus
dimensiones: he aquí el marco de la radicalización política de Alicia, John y
de toda una generación de militantes y activistas entre los que cabe mencionar
–a modo de ejemplo por su representatividad– a Gustavo Rearte y a Raimundo
Villaflor, entre otros y otras. No se trató de imitación de un modelo, o de un
simple estado de espíritu desproporcionado: “Antes de la Revolución Cubana
nosotros ya estábamos radicalizados”, nos dijo una vez Gerardo Bavio, viejo militante
y compañero de Alicia.12 Unos años después del asesinato del Che, ella sostuvo
que lo había cono-cido a último momento, pero que en realidad lo conocía de
memoria porque lo tenía asimilado antes de cruzarse con él; “yo comprendía su
pedagogía en carne viva”, comentó alguna vez.
Mientras, nuevos horizontes e interlocutores se
imponían… Alicia participó en el Primer Congreso de la organización Palabra
Obrera, de filiación trotskista, en representación de Cooke, que estaba
clandes-tino. Era 1959, los días 15, 16 y 17 de agosto.
Según el testimonio de Aldo Casas,13 un histórico y
valioso militante popular argentino, la relación entre Cooke y Palabra Obrera
tenía ante-cedentes, dado que la revista Palabra Obrera, “órgano del peronismo
obrero revolucionario” según rezaba el subtítulo había sido
la primera publicación que había viajado hasta
Montevideo para hacerle un reportaje, aclarando expresamente que no
entrevistaba a Cooke porque fuera quien coyunturalmente “tenía la manija”, sino
porque consideraba valederas sus posiciones políticas. Por otra
12 Entrevista del autor a Gerardo Bavio, octubre
de 1998.
13 Entrevista del autor a Aldo Casas, agosto de
2016.
285
MIGUEL MAZZEO
parte, la prensa de Frondizi, la derecha peronista
y una conducción sindical ya en acelerado proceso de burocratización se
encargaban de asociarlos, atacando indistintamente a los “infiltrados troscos”
y a la
“gente de Cooke”.
La afinidad no era entonces extraña. Palabra Obrera
venía parti-cipando activamente en las luchas de la clase trabajadora
argentina. Según el propio Casas, el vínculo con Cooke, directa e
indirectamente, se venía construyendo
desde que el sector del Partido Socialista de la
Revolución Nacional [PSRN] que editaba el periódico La Verdad, en confluencia
con una nueva camada de activistas y dirigentes medios sindicales, impulsara el
Movimiento de Agrupaciones Obreras (Mao), la recuperación de los sindicatos y
la conformación de las “62 organizaciones peronistas” para delimitarse de los
sindicatos conducidos por el gorilismo: los
“libres” de las 32 y el “MUCS” impulsado por el PC.
La presencia de Alicia en el Congreso era altamente
significativa y no dejaba de expresar la confluencia de diversos sectores
dislocados. Las 62 organizaciones peronistas, desde principios de ese año,
venían aban-donando aceleradamente la línea intransigente para asumir las
posi-ciones integracionistas, seducidas por Frondizi, su Ley de Asociaciones
Profesionales, y por la posibilidad de recuperar el aparato de la CGT. La
Resistencia llegaba a su fin. Los y las militantes de Palabra Obrera ya no eran
los “valiosos compañeros” y las “valiosas compañeras” de otrora. Alicia y John
pasaban a ser parias dentro del peronismo.
Casas recuerda con lujo de detalles su intervención
en aquel
Congreso y vale la pena transcribirla:
Alicia Eguren dirigió un saludo muy fraternal al
congreso, reco-nociendo y reivindicando la lucha de P.O., y participó
activamente en la discusión. Planteó, según quedó consignado en actas, que “el
peronismo es un movimiento en marcha, es un movimiento que está plasmándose, es
un movimiento que necesita formar urgentemente una sólida vanguardia
revolucionaria porque de lo contrario nuestro destino será semejante a los de
los partidos clásicos”, reconoció “que existe una fuerte reacción, un fuerte
resquemor contra los compa-ñeros que se supone que vienen de la izquierda, que
se supone que vienen del marxismo”, pero que a pesar de eso “debemos unirnos
sobre un programa básico fundamental, debemos comprender que si no somos
capaces de formar esa vanguardia revolucionaria nunca llegaremos al poder y que
si llegáramos al poder no serviremos para nada”. Sin embargo, Alicia rechazaba
la caracterización que P.O. hacía de la burocracia sindical: “recién se están
formando, no le demos en
286
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
conjunto a la dirección de las 62”, “no son
traidores, no tienen forma-ción, que es distinto”, y ponía todo el énfasis en
señalar que para enfrentar los problemas “se necesita de compañeros formados y
no
los tenemos”.
Sin dudas, las posiciones que Alicia manifestaba
son exactamente las mismas que sustentaba Cooke en ese tiempo. Pero el papel de
ella no fue el de una mera lenguaraz. Creemos que su claridad a la hora de
exponerlas sólo podía derivarse de un elevado grado de consustancia-ción y
compromiso con esas ideas y, seguramente, por su participación en el proceso de
elaboración.
Casas también se refiere a un debate generado por
la intervención de Alicia:
Muchos congresales y en particular Ángel “el Vasco”
Bengochea le contestaron: “si les falta formación, que vuelvan a la base y se
capaciten, y dejen que dirijan los que en verdad quieren luchar”, agregando
infinidad de ejemplos que ponían de manifiesto que estos dirigentes no se
“equivo-caban” por falta de formación, sino porque se aferraban a los
privilegios de burócratas sindicales, enamorados de la intermediación,
negociación y acuerdos con las patronales, los gobiernos y el Estado. Por lo
tanto, concluía Bengochea, la tarea fundamental era “la construcción de la
línea dura a escala nacional y esto pasa por disputar la dirección de la masa,
de la base”, agregando que, dada la situación de reflujo provocada por la
segui-dilla de derrotas, había que hacerse fuerte acompañando e impulsando la
resistencia en los cuerpos de delegados y comisiones internas a nivel de y
empresa. Aunque en algún momento del debate Alicia reconoció que sería
necesaria la construcción de “una organización clandestina en todos los gremios
que pudiese actuar con independencia de las direcciones para
los fines revolucionarios”, la discusión no avanzó
mucho más.
En ese sentido, Casas considera:
Alicia Eguren estaba equivocada cuando atribuía las
capitulaciones reiteradas y sucesivas de las cúpulas sindicales a la falta de
formación: ya por entonces era evidente el proceso degenerativo de la
burocracia sindical que tan magistralmente caracterizara pocos años después el
militante de la izquierda peronista Rodolfo Walsh en su libro ¿Quién mató a
Rosendo?
En efecto, podemos considerar como válida la
opinión. Hacia 1959, la posición de Alicia (y Cooke) respecto de la burocracia
sindical presentaba algunas zonas ambiguas. Pero, como hemos visto, el punto de
vista de ambos se fue modificando con el correr de los años y los
acontecimientos, para hacerse rico, profundo y, sobre todo, certero, a mediados
de la década del 60.
287
MIGUEL MAZZEO
Muy poco tiempo después la Revolución Cubana y el
proceso histó-rico argentino acercarán las posiciones de Alicia y Bengoechea.
El cruce entre una Alicia “intelectualista” e “ideologista” y un Bengoechea
“basista” y “antintelectualista” quedará como un episodio lejano.
También, Alicia se vinculó al Movimiento de la
Liberación Nacional (MALENA) de Ismael Viñas, al Partido Comunista (PCA) y al
Partido Socialista Argentino de Vanguardia (PSAV). El marxismo comenzaba a ser
valorizado como herramienta y se iba convirtiendo en el clima de sus ideas. Se
trataba de un marxismo praxeocéntrico, no concebido como determinismo limitado.
En esos tiempos, Abraham Guillen, el veterano de la Guerra Civil Española, le
hablaba de alienación, del Marx de los Manuscritos y de la guerra popular. Y
entonces, la opción por la lucha armada comenzaba a dividir aguas, porque el
método era inseparable de la ideología. Alicia se hizo de izquierda criticando
la moderación, el reformismo, el desarraigo y el patrón liberal de la izquierda
vernácula.
Su militancia se repartía en tareas de difusión,
organización y apoyo logístico a distintas experiencias. También colaboraba
activamente con los Uturuncos: desde Buenos Aires se encargaba de nutrir a la
inci-piente guerrilla con armas, enseres y combatientes. En ese contexto fue
que tomó contacto con José Frazzi y Julio Robles, que se sumaron al proyecto
guerrillero y realizaron diversas tareas.
A partir del testimonio de ambos, Ernesto Salas
refiere :
Desde Buenos Aires, Alicia seguía mandando
militantes que eran preparados por José Frazzi y trasportados por Julio Robles,
viajaron, entre otros, Juan Unamuno, Tito Arroyo, “Barquinazo” (un ex boxeador
del barrio de San Martín) y el “Sombra”. Entretanto, el comando polí-tico que
formaban Enrique Oliva y Abrahan Guillen conseguía apoyos y dinero para la
guerrilla, logrando la colaboración de figuras tan disí-miles como Silvio
Frondizi, José María Rosa y Adolfo Silenzi de Stagni.14
Una vez clausurada la experiencia de los Uturuncos,
Alicia reunió a militantes de pequeñas organizaciones y núcleos de izquierda
(por lo general, escindidos de los partidos que habían adoptado una línea
reformista) y organizó grupos para su entrenamiento en Cuba. En un principio,
tuvo menos éxito a la hora de convocar peronistas; por ejemplo, el comandante
Alhaja (Genaro Carabajal) no se mostró inte-resado en viajar, y fue una
posición compartida por militantes de un espacio político que había adherido a
la experiencia de los Uturuncos pero que hacían notar sus reparos frente al
proceso cubano y ratificaban
14 Salas, Ernesto José, Uturuncos. El origen de la
guerrilla peronista, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2015, pp. 144 y 145.
288
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
su fe peronista y nacionalista. Paralelamente,
Alicia apoyó el intento del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), en Salta, en
1963-1964. Por cierto, a instancias del Che, y en el marco del proyecto
revolucio-nario continental que él promovía, trabajaba en el reclutamiento de
militantes de diversas organizaciones argentinas para que recibieran formación
política y militar en Cuba. Por ese motivo, se vinculó con Manuel Piñeiro
Losada (“Barba Roja”), responsable de la inteligencia cubana y luego del Departamento
América.
En 1962, cuando en Cuba estallaron los conflictos
en el “campamento argentino”, Alicia se presentó acompañada por el Che. Frazzi,
en la entre-vista con Salas, cuenta que la situación estaba poniéndose muy
tensa…
Hasta que Alicia nos juntó a todos, éramos como
setenta, había muchos cubanos de alta graduación y se mandó una arenga como de
media hora. Nos dijo: “Porque ustedes están acá por estos compañeros que no
tienen el nivel que tienen ustedes, porque ellos han hecho el 9 de junio, han
hecho esto, han hecho esto; los puso en su lugar. “Ustedes tienen que
respetar”, les dijo, “porque estos compañeros no son revolu-cionarios todavía,
tienen inquietudes, pero han estado en tal lado, van a ser grandes revolucionarios”.
Alicia hablaba muy bien, era socióloga.15
Entre 1962 y 1963 fue una de las fundadoras de
Acción Revolucionaria Peronista (ARP), una organización que, como vimos, fue
concebida como grupo de acción y concientización en el marco del movimiento
peronista pero independiente de sus estructuras “oficiales”.
Al año siguiente, viajó a Chile para colaborar con
la campaña de su amigo Salvador Allende, candidato presidencial del Frente de
Acción Popular (FRAP).
Según testimonio de Aldo Ferraresi, un destacado
dirigente del Sindicato de Farmacia, Alicia
…viajaba al interior del país y estaba siempre en
contacto con el movimiento obrero, y a la vez cumplió también funciones para
coor-dinar el movimiento estudiantil. Alicia compartía largas reuniones en el
Sindicato de Farmacia, con otros resistentes como Juan García Elorrio, Jorge Di
Pasquale, Rodolfo Ortega Peña, Leopoldo Marechal y Arturo Jauretche. Se
discutía mucho sobre las acciones que había que desarrollar y Julio Troxler
enseñaba a confeccionar explosivos caseros, en presencia de Alicia y de dirigentes
jóvenes como Gustavo Rearte y
Jorge Rulli.16
15 Entrevista a José Frazzi. En: Salas, Ernesto
José, Uturuncos. El origen de la guerrilla peronista, Op. cit., p. 166.
16 Testimonio de Jorge Ferraresi, citado por:
Seoane, María, Op. cit., p. 123.
289
MIGUEL MAZZEO
En 1966 formó parte del consejo de redacción de la
revista Cristianismo y Revolución. Ese mismo año regresó a Cuba junto con
Cooke, quien encabezó la delegación argentina que participó de la Conferencia
de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS).
Varios testimonios coinciden en señalar que la
“Carta de Perón al movimiento peronista con motivo de la muerte del ‘Che’
Guevara”, escrita por ese tiempo, fue instigada y hasta redactada por la misma
Alicia. La carta decía:
Con profundo dolor he recibido la noticia de una
irremplazable pérdida para la causa de los pueblos que luchan por la liberación
[…]. Hoy ha
caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha
dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el comandante Ernesto “Che”
Guevara. Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizás
el mejor: un ejemplo de conducta, desprendimiento, espíritu de sacrificio,
renunciamiento.
La profunda convicción en la justicia de la causa
que abrazó le dio la fuerza, el valor, el coraje que hoy lo eleva a la
categoría de héroe y mártir. He leído algunos cables que pretenden presentarlo
como enemigo del peronismo. Nada más absurdo…17
Cuando Cooke murió, el 19 de septiembre de 1968,
Alicia no jugó el papel de viuda de una celebridad, ni el de de albacea
político-literaria. El mismo mes de la muerte de John, junto al Mayor Alberte,
Mabel Di Leo, Cestino Blanco y Jorge Gil Solá, participó del consejo de
redacción de la revista Con Todo.
Después del desgranamiento de ARP, Alicia fue cada
vez menos orgánica a un grupo en particular, pero se constituyó en referente de
un espacio más amplio que incluía al peronismo revolucionario y a otros grupos
de la nueva izquierda. Desde ese lugar de prestigio personal, apostaba a
construir instancias de articulación entre las diversas orga-nizaciones de este
arco político.
Ocurre que el cookismo prefiguró tanto algunos
planteos de la FAR –esto que afirmamos se puede apreciar en el “Reportaje a las
Fuerzas Armadas Revolucionarias: ‘Los de Garín’”, de diciembre de 197018– como
algunas proposiciones de la “alternativa independiente”
17 Carta de Perón al movimiento peronista con
motivo de la muerte del “Che” Guevara. Madrid, 24 de octubre de 1967. En:
Baschetti, Roberto, (Recopilación y prólogo), Documentos de la Resistencia
peronista. 1955-1970, Op. cit., p. 273.
18 “Reportaje a la Fuerzas Armadas
Revolucionarias: ‘Los de Garín’”. En: Cristianismo y Revolución, Nº 28, Buenos
Aires, abril de 1971. En: Baschetti, Roberto, (compilador), Documentos
(1970-1973). De la guerrilla peronista al gobierno popular, La Plata, De la
Campana, 1995, pp. 145-178.
290
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
lanzada por la FAP en 1972. También prefiguró a
grupos que se sepa-raron de la organización Montoneros, en particular
Montoneros Columna Sabino Navarro y Montoneros Columna de Recuperación
Cooke-Pujadas.19
Alicia, después de la muerte de Cooke, supo ser una
las expresiones más límpidas del cookismo. Siguió militando con los viejos
compa-ñeros, con Carlos Lafforgue, Rodolfo Ortega Peña y Luis Eduardo Duhalde;
también con Raimundo Villaflor, histórico compañero de ARP y más tarde uno de
los referentes de las FAP, recorrió las provin-cias de Buenos Aires, Córdoba,
Santa Fe.
Entre 1971 y 1972 publicó los trabajos de su
compañero de vida y militancia, incluyendo la Correspondencia Perón-Cooke,
principal-mente porque adquierieron una vigencia inaudita. Ella lo sabía mejor
que nadie: sabía que en el contexto posterior al Cordobazo las condi-ciones
para decodificar el itinerario militante y las ideas de Cooke eran
inmejorables. Sabía que las palabras de su compañero adquirían nuevos
significados. Su muerte no fue en detrimento de la actividad militante de
Alicia, pero los testimonios de quienes fueron sus amigos y sus amigas
coinciden en señalar que Alicia se tornó taciturna, que sus ojos se empozaron,
se quedaron sin asombro y dejaron de irradiar la luz de los días compartidos
con John.
Alicia continuó trabajando en la delineación de la
izquierda peronista. En 1969 participó del Segundo Plenario Nacional del
Peronismo Revolucionario, realizado en Córdoba, y colaboró en la elaboración
del documento “Estrategia y Táctica Revolucionaria”. A lo largo del tiempo, se
identificó especialmente con las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y el
Peronismo de Base (PB), con el Movimiento Revolucionario 17 de Octubre (MR17) y
el Frente Revolucionario Peronista (FRP); todos grupos que asumían, desde el peronismo,
definiciones marxistas. La identificación también debe hacerse extensiva a las
FAR, que desde 1970 estaban realizando un camino inverso, desde el marxismo al
peronismo, pero confluyendo en posturas similares. Además, Alicia siempre
sintió admiración por Carlos Olmedo, uno de los fundadores y el principal
referente de las FAR; a quien inclusive llegó a considerar un “sucesor” de
Cooke. Por supuesto, también cultivó las relaciones con Montoneros, en especial
con Sabino Navarro, pero además conocía desde antes a muchos de
19 Véase: “Montoneros Columna Sabino Navarro.
Cartilla para militantes Nº 1”, Octubre de 1973 y “Montoneros Columna de
Recuperación Cooke-Pujadas. Material de discusión-debate interno”. Marzo de
1974. En: Baschetti, Roberto (Compilador), Documentos (1973-1976). De Cámpora a
la Ruptura, Volumen I, La Plata, De la Campana, 1996, pp. 523-535.
291
MIGUEL MAZZEO
sus principales cuadros, ya sea porque habían
pasado por Cuba y/o porque habían pertenecido a ARP: Fernando Abal Medina,
Norma Arrostito, por ejemplo.
Precisamente en Córdoba, a comienzos de la década
del 70, en un contexto de luchas sindicales y bajo la influencia de las
tenden-cias clasistas, se empezó a delinear un espacio político con una fuerte
impronta cookista.
El 4 de octubre de 1971, Alicia lanzó su “Carta
Abierta al General”, que tuvo una inmensa repercusión en los espacios de la
izquierda pero-nista, y que fue reproducida y difundida por varias
organizaciones y grupos. Entre otras cosas, allí sacaba a relucir su historia
militante y se distanciaba de lo que llamaba “neo- populismo con fraseología
socia-lista”. Decía (le decía a Perón) que el enemigo estaba en las “líneas
interiores” y que el peronismo estaba huérfano de dirección revolu-cionaria;
que carecía de dirección “independiente”. También escribió en esa carta que no
era cierto que hubiese “un solo peronismo” sino, por el contrario, que había
“un peronismo integrado, burgués, pro-imperialista, minoritario pero con la
fuerza de los aparatos integrados al sistema”; y también “un peronismo
revolucionario, en desarrollo, al cual se suman nuevas generaciones de
muchachos y muchachas que se acercan al movimiento por su identificación con
las luchas del movimiento obrero, contra el sistema y contra sus burocracias”.
Y remataba, frontal, espetándole a Perón: “En sus manos está acelerar el
proceso revolucionario en el país y en el continente o troncarlo y disolverlo y
multiplicar sus dificultades”.20 Alicia retomaba a Cooke pero, fiel a su propio
estilo, lo hacía en un tono de inusual crudeza. Frente a Perón, ella siempre
fue mucho menos condescendiente, lo que no conspiró contra su compromiso de
casi dos décadas en función del retorno del General; propuso, entre otras
cosas, la organización de Comandos de Defensa de Perón. Finalmente, a
instancias de Juan Manuel Abal Medina, se reencontró con Perón en la casona de
Gaspar Campos, en la localidad de Vicente López, Provincia de Buenos Aires,
cuando se concretó el ansiado retorno del General, a fines de 1972. La charla,
breve y despolitizada, giró sobre tópicos privados, remem-branzas de viejos
tiempos, el recuerdo de John, y poco más. No tenían mucho de qué hablar.
Desde noviembre de 1970 la Unidad Popular estaba en
el gobierno de Chile, y su amigo Allende era el presidente. Alicia viajó una
vez más allí y tomó contacto directo con “la vía chilena al socialismo”. No
20 Eguren, Alicia, “Carta abierta al General”. En,
Nuevo Hombre, Buenos Aires, 12 de octubre de 1971. Tomado de:
https://www.facebook.com/elortiba/posts. Chequeado el 9 de febrero de 2016.
292
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
desconocía la trascendencia histórica del
experimento, pero también era consciente de sus debilidades y del poder de sus
enemigos. En esa ocasión se reunió con Miguel Enríquez, líder del Movimiento de
Izquierda Revolucionaria (MIR).
Asimismo, inició su participación en el semanario
Nuevo Hombre, publicación dirigida por Enrique Walker y en la que escribían
Pablo Damiani, Antonio Caparrós, Nicolás Casullo, Eduardo L. Duhalde, Rodolfo
Ortega Peña, Vicente Zito Lema y varios militantes presos en la cárcel de Villa
Devoto, como Armando Jaime y Mario Franco.
En Nuevo Hombre, publicaba asiduamente. Durante
todo 1971 y a comienzos de 1972 aparecieron con su firma los siguientes
artículos: “De la Conferencia de París a la resurrección del Justismo”; “Los
here-deros de San Martín”; “Sólo la verdad nos hará libres. El día del
renun-ciamiento y otras infames patrañas”; “Complicidad en la operación
exterminio”; “Ya tiene candidato el pueblo. Farsa macabra. Acto I. Un carnaval
tenebroso”; “El ciervo acorralado”; “Mercenarios, tortu-radores y
libertadores”; “En este 17”; “Ave César o el arte de negociar. Análisis
exclusivo de la actual coyuntura política”; “Los monstruos que vos
engendrasteis”; “Viva la patria revolucionaria”; “De la guerra sucia a la
guerra mugrienta”; “Política de principios, la mejor política. Respuesta a
Rucci”; “Como Venezuela, no”; “Pulgarcito (selección de sus papeles)”; “Unidad
en la lucha, Solidaridad: con los explotados y los combatientes. Organización
para la revolución”; “En estas navidades”; “La hora de los ratones del reloj
parado y la hora de la verdad”. Por supuesto, desde la páginas de Nuevo Hombre,
dio a conocer también la “Carta al general Perón”.
En 1973, la publicación se identificó con el Frente
Antiimperialista por el Socialismo (FAS). Impulsado por el Partido
Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo
(PRT-ERP), el Grupo Praxis y el FRP, el FAS fue constituido a mediados de 1972.
Alicia integró su dirección junto con Simón Arroyo, Silvio Frondizi, Manuel
Gaggero, Armando Jaime y Oscar Montenegro. Ella actuó como puente entre las
organizaciones de la izquierda peronista –del peronismo revolucionario y de la
Tendencia– y las marxistas no pero-nistas; y esa tarea de articulación política
será la obsesión del resto de sus días.
El 29 de agosto de 1973 Alicia fue parte del acto
de las FAP-17 y el PB-17, en la Federación de Box, junto a Envar El Kadri, el
Mayor Alberte, Sebastián Borro, Carlos Caride, Jorge Di Pascuale, entre otros y
otras. En noviembre del mismo año, fue una de las oradoras principales en el
Congreso del FAS realizado en el Chaco.
293
MIGUEL MAZZEO
Ese mismo año, junto con Silvio Frondizi, Jorge Di
Pascuale y Agustín Tosco, formó parte del Consejo asesor del diario El Mundo,
dirigido por Gaggero y orientado por el PRT-ERP, que fue clausurado meses
después, al igual que Nuevo Hombre.
A partir de la masacre de Ezeiza, comenzó a sufrir
amenazas. Si bien no era nada nuevo para una mujer curtida como ella, el clima
ahora estaba mucho más pesado, con una carga de violencia inédita; y Alicia era
una crítica implacable de la burocracia sindical. Cuenta Walsh que en el
entierro de Zalazar, a pocas horas de los sucesos de La Real, Alicia formuló
una acusación contra el vandorismo “apenas velada”.21 Años más tarde, a través
de una llamada telefónica, le advirtieron la posibilidad de ganarse “cinco
agujeros en medio de las tetas”22 en el caso de que persis-tiera con sus
juicios reprobatorios sobre José Ignacio Rucci y la CGT.
En junio volvió a ser oradora en el VI Congreso del
FAS en Rosario, con Silvio Frondizi, Ortega Peña y Tosco, entre otros.
Desde 1974, comenzó a vivir en la
semiclandestinidad.
Sin embargo, su adhesión a la lucha armada no
debería confundir: para Alicia, igual que para Cooke, la base de una revolución
se forjaba en la lucha de masas. En ese sentido, fue una crítica implacable de
toda forma de elitismo y militarismo; y propició, además, las formas
frentistas. En su discurso en el acto del 29 de agosto, en la Federación de
Box, se encargó de dejar en claro que “las organizaciones populares no pueden
ser dirigidas con métodos militares, ni pueden ser sus diri-gentes aquellos que
tengan mejor puntería”.23
Por cierto, hay que tener presente que, en
reiteradas ocasiones, Alicia fue tildada de “basista” y que más allá de sus
relaciones con un dila-tado espectro político que iba de la totalidad de la
izquierda peronista al PRT-ERP, sus simpatías estaban con sus viejos compañeros
de ARP. Muchos de ellos y muchas de ellas luego fueron parte de las FAP-PB,
cuya figura más emblemática era Raimundo Villaflor, junto con Ortega Peña y
Eduardo Luis Duhalde, ambos directores de la revista Militancia peronista para
la liberación y luego de la revista De Frente con las bases peronistas en las
que Alicia también participaba. El primero, además, era diputado del
unipersonal “bloque de base”. El segundo, Eduardo Luis Duhalde, hablaba en 2001
de una organicidad práctica que a mitad de 1974
…llevó a que iniciáramos un proceso de discusión
tendiente a la creación de una nueva estructura política única, entre las
FAP-PB,
21 Walsh, Rodolfo, ¿Quién mató a Rosendo?, Op.
cit. p. 82.
22 Seoane, María, Op. cit., p. 268.
23 Citado por Seoane, María, Op. cit., p. 300.
294
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
nuestro grupo político, y algunas individualidades
como Alicia Eguren y pequeños grupos militantes como el “Peronismo de los
trabajadores” de Norberto Franco. El grueso del esfuerzo para esa unidad,
estaba dado en una mesa de discusión y elaboración con el Negro Raimundo
Villaflor y Jorge Di Pacuale, Ortega y yo. El 31 de julio de 1974, el
asesi-nato de Ortega Peña por la Triple A, y la brutal espiral represiva que le
siguió, con su serie espeluznante de asesinatos colectivos, puso fin a
aquellos esfuerzos unificadores.24
Alicia, con lucidez preclara, tomó conciencia de
una situación complicada: la mayor parte de la tendencia revolucionaria del
pero-nismo estaba compuesta por jóvenes y su pertenencia al peronismo era muy
nueva. Consideraba que si el choque con la realidad del peronismo posterior a
Ezeiza (que apestaba a fascismo y razzia) era duro para los viejos militantes,
para los jóvenes la contradicción era indigerible, se prestaba a la confusión y
sembraba dudas respecto del futuro. Incluso alertó a los jóvenes respecto de
Perón. Ella sabía bien que el peronismo era un “río difícil” y muchas veces
“descorazonante” y que la idealiza-ción de Perón conducía al abismo (o a vivir
en el perpetuo desgarro). La brecha generacional no suturó. Las precauciones de
“los viejos” y “las viejas” no se tuvieron en cuenta. Por supuesto, la “teoría
del cerco” le parecía de una candidez imposible y previno a quienes la
sostenían: “Cuando salten el cerco, del otro lado va estar Perón esperándolos
con una ametralladora”.
Aunque estrechó sólidos vínculos con el PRT-ERP y
participó acti-vamente del FAS, en 1975 apoyó la iniciativa que dio forma al
Partido Auténtico (PA). Con la intención de alimentar esa nueva expe-riencia
contribuyó, con Alberte y Mabel Di Leo, en la fundación de la Agrupación 26 de
Julio.
Como decíamos al comienzo de este capítulo, Alicia
nunca logró pasar inadvertida. Fiel a su estilo, tenía que revelarse contra las
“supuestas” condiciones femeninas: pragmatismo, cautela e “instinto de
conservación”. Sus amigos y amigas, sus compañeros y compañeras la recuerdan
siempre “expuesta”, primero al terrorismo paraestatal de la Triple A y, después
del golpe del 24 marzo de 1976, al terrorismo de Estado impuesto por Fuerzas
Armadas. Es más, Alicia repudiaba a los que consideraban la alternativa del exilio;
despreciaba al peligro pero no porque fuese temeraria o insensata, sino porque
desde muy joven había desarrollado, además de la pasión ardiente de vivir una
revolu-ción (una pasión que tiende a apoderarse de todo), un sentido de la
24 Duhalde, Eduardo L. y Pérez, Eduardo M., De
Taco Ralo a la alternativa independiente. Historia de las Fuerzas Armadas
Peronistas y del Peronismo de Base, La Plata, De la Campana, 2003, p.10.
295
MIGUEL MAZZEO
responsabilidad que la llevaba a compartir el
riesgo con sus compa - ñeros y sus compañeras que estaban en la primera línea
del combate.
Por ejemplo, Gerardo Bavio se encontró casualmente
con Alicia en Buenos Aires a mediados de 1976, ya con la dictadura militar en
el poder implementando su plan de exterminio y con el terrorismo de Estado
expandiendo vertiginosamente sus tentáculos. Sin dudas, era un momento para
extremar los mecanismos de seguridad, pero ella caminaba por la Avenida
Corrientes, cerca del Barrio del Abasto. Así describe Bavio ese encuentro:
Venía con Jouvet, uno de los sobrevivientes de la
guerrilla de Salta. Conversamos mientras caminábamos. Recuerdo sus críticas a
Montoneros: el abandono de la acción de masas […]. “Se están aislando del
pueblo –decía–, después de que avanzaron con las propuestas políticas como la
del Peronismo Auténtico están dejando apagar los fueguitos que encendieron”.
Alicia coincidía con el pensamiento que seguramente hubiera tenido John y con
el que expresaba entonces
Rodolfo Walsh.25
Aunque no deja de ser un lugar común, sí puede
hablarse de “instinto maternal” (como en otros casos podría hablarse
perfec-tamente de “instinto paternal”), porque en enero de 1976 había viajado a
Cuba con su hijo Pedro. Había partido de la Argentina unos meses antes y
recorrieron varios países de Nuestra América. Pasaron por Panamá, donde Alicia
se encontró con otro viejo amigo: Omar Torrijos. El ex jefe de la custodia del
General Perón en las épocas del exilio panameño era ahora el presidente de
Panamá y estaba impul-sando políticas antiimperialistas. Realizó las gestiones
con “Barba Roja” para instalar a Pedro en la isla y, en contra de todas las
adver-tencias y ruegos, regresó a la Argentina. En ese sentido, María Seoane se
pregunta: “¿Por qué Alicia se mostraba intolerante con quienes partían al
exilio si ella misma había llevado a su hijo a Cuba para protegerlo? ¿Temía que
Pedro fuera secuestrado y se la extorsionara, se la obligara a entregarse y
traicionar a sus compañeros a cambio de su vida?”.26 Es muy probable.
Alicia decía que ella sabía lo que era el exilio de
una revolución derrotada; le costaba tomar la decisión de salir del país porque
la juzgaba como una falla de la voluntad que no podía permitirse. Durante meses
vivió perseguida en la ciudad de Buenos Aires,
25 Bavio, Gerardo: “Cooke y el Che. Recuerdos,
realidad y ficción”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran
descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 126.
26 Seoane, María, Op. cit., p. 330.
296
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
durmiendo en hoteles diferentes cada noche. Día a
día, hora tras hora, el dolor se le hacía más hondo: la Triple A ya había
asesinado a muchos de sus compañeros y compañeras, la dictadura militar venía a
profundizar esa práctica, a masificarla y a sistematizarla, sumándole todo el
aparato y los recursos del Estado. En ese tiempo, se enteró de que el Mayor
Alberte había sido arrojado desde un sexto piso, que Paco Urondo había caído
acorralado en Mendoza. Al respecto, María Seoane transcribe un poema de Alicia
dedicado a Urondo y que, muy probablemente, sea el último que compuso:
El militante
cuando se esfuma
saqueado en sus latidos
se lleva lo soñado
se va diluyendo
para hacerse ave.
Sus ojos
alucinan a la noche
encendiendo el fragor
en la luminosidad
lentamente
percibimos el canto
racimos de la floresta
en pétalos de la rebeldía.
El militante
sigue musicando
la calle y el sueño.
El ardor
es lo que se renueva
en la espuma de su antigua mirada
para volverse a quedar
en los aromas.
El militante vive
en los otros
y se queda
alumbrando a los que llegan.27
La Embajada de Cuba, a instancias del mismo Fidel y
de “Barba Roja”, intercedió para que Alicia saliera del país. El aislamiento se
le hacía cada vez más intolerable y la llevó a revisar su posición respecto del
exilio. Comenzó entonces a rumiar esa posibilidad… Pero ya era tarde.
El 26 de enero de 1977, Alicia conversaba con
Fermín Chávez en el Café Casablanca, en la esquina de Riobamba y Avenida
Rivadavia.
27 Ibídem, pp. 141 y 142.
297
MIGUEL MAZZEO
Chávez, al igual que resto de sus amigos y amigas,
de sus compa-ñeros y compañeras, insistía en que tenía que salir del país en
forma urgente. Alicia parecía dispuesta a ceder. Pocas horas más tarde fue
secuestrada por un grupo de tareas de la Escuela de la Mecánica de la Armada
(ESMA). Como detenida desaparecida pasó por Campo de Mayo y por la ESMA. Fue
torturada, le colocaron grilletes en las manos y en las piernas y la arrojaron
al Río de Plata en uno de los vuelos de la muerte, en el mes de abril. Tenía 52
años. En esa temporada en el infierno, Alicia no entregó un nombre, una
dirección, nada: su huma-nidad estaba acorazada.
Sería injusto decir que fue derrotada. El triunfo
es el criterio de verdad de los y las burócratas, de los y las que oprimen a
sus congé-neres. Por otra parte, estos no son apuntes para un epitafio póstumo.
Reivindicar su itinerario, recuperar y revalorizar sus huellas, puede servirnos
para conjurar su desaparición pero, sobre todo, para rehabi-litar un país y un
tiempo con posibilidades vitales.
298
27- El hecho maldito
Cada acto histórico no puede ser realizado sino por
el “hombre colectivo”, o sea que presupone el agrupamiento de una unidad
“cultural social”, por la que una multiplicidad de voluntades disgregadas, con
heterogeneidad de fines, se funden para un mismo fin, sobre la base de una
concepción (igual) y común del mundo.
Antonio Gramsci
La guerra de Cooke era una guerra de posiciones,
con dirección polí-tica y retaguardia sólida. Cooke concebía la política como
praxis orien-tada a la conformación de un poder real popular para confrontar
con el poder real del Capital y sus instituciones y valores. En el peronismo
coexistían una experiencia plebeya, resistente, impermeable a los mitos de
Occidente y al patriarcado bondadoso; y una experiencia que por momentos rozó
la soberanía popular, con una ilusión de poder (bastante eficaz, por cierto). Cohabitaban
la perspectiva del pueblo y la perspectiva del Estado (no necesariamente de la
nación). Convivían la mística y la idolatría. La primera servía para ampliar el
campo de lo “posible político”, la segunda lo restringía. La primera hacía
practicable una intervención eficaz de la clase trabajadora en la lucha de
clases, la segunda la bloqueba. La primera contribuía a generar el clima para
modificar las relaciones antagónicas a favor del polo dominado, la segunda
creaba los compartimientos estancos y la atmósfera enra-recida apta para
inocular altas dosis de conformismo y resignación en la clase trabajadora (para
petrificar sus sueños) y para fortalecer al polo dominante. La primera remitía
a las coyunturas y conflictos que constituían a la clase trabajadora como
sujeto histórico, la segunda la subsumía en las estrategias de integración y
regulación del sistema de dominación.
299
MIGUEL MAZZEO
La experiencia plebeya, la perspectiva popular y la
mística conver-tían al peronismo en el hecho maldito del país burgués. Lo
erigían en receptáculo de rebeldías heterogéneas y de identidades execradas por
el orden dominante, desde trabajadores y trabajadoras, villeros, villeras y
pobres, hasta mujeres, homosexuales y lisiados. La expe-riencia plebeya, la
perspectiva popular y la mística le permitían al pero-nismo escapar del
ajustado perímetro de lo decible y hacían posible la invención popular.
La ilusión de poder, la perspectiva estatal y la
idolatría lo delineaban como un hecho más de la política burguesa argentina;
posiblemente, el avance histórico más importante en materia de armonías: con
fábricas, escuelas, iglesias y comisarías; con ciudadanos propietarios y
propie-tarios ciudadanos. La comunidad organizada. Una vía argentina para la
modernización incluyente. Lo verosímil y lo teóricamente permi-tido por los
discursos anteriores, por la historia previa. Y decimos “teóricamente permitido”
porque, a pesar de su ostensible estrechez, el horizonte no dejaba (y no deja)
de ser inaceptable para un sector de las clases dominantes y sus aliados (por
lo general una infaltable franja impiadosa de las capas medias) que aspiraban
(y aspiran) a una modernización excluyente y más conservadora aún. Se trataba
(y se trata) de sectores con baja tolerancia a la “esclavitud emancipada” del
Estado moderno y “democrático”, esto es: a la más mínima existencia
políticamente democrática de lo social; incapaces de admitir cualquier
comunidad y hasta cualquier apariencia de comunidad.
Creemos que la figura de Cooke posee carácter
emblemático, entre otras cosas porque representa a todos aquellos y a todas
aquellas que con su praxis, sobre todo en las décadas del 60 y el 70,
intentaron enriquecer lo decible en la política argentina desde el peronismo. Y
lo hicieron desde el peronismo, porque entendían que ese entarimado histórico
era imprescindible para dotar el advenimiento de lo nuevo con una política de
poder, para hacer de lo nuevo emancipatorio un nuevo posible.
El peronismo era un hecho maldito porque, como
decía Carlos Olmedo hacia 1968, a pesar de haber sido una experiencia
“incompleta”, en algunos aspectos “ilusoria” y “acotada”, la participación en
el poder o al menos la aproximación, había sido vivida como una realidad por el
pueblo argentino.1 La sola enunciación de esa posibilidad alcanzaba
1 [Olmedo, Carlos] “Notas para una valoración de
la situación nacional”, 1968. Legajo 320, Carpeta Bélico, Mesa DS, Archivo
DIPBA, Comisión Provincial por la Memoria. Citado por: González Canosa, Mora:
“Un sendero guevarista: pervivencias y torsiones en los orígenes de las
‘Fuerzas Armadas Revolucionarias’ (1966-1970)”. En: revista www.izquierdas.cl,
Nº 15, abril de 2013. Chequeado el 10 de febrero de 2016.
300
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
(y alcanza todavía) para romper con la idea de la
“unidad nacional”. El “auge de masas”, el estado de rebeldía popular de fines
de la década del 60 y principios de la del 70, no puede desvincularse del
incre-mento de las expectativas de igualdad material, social y política
gene-radas por el peronismo durante la década en que gobernó; no puede
desvincularse del espacio de entendimiento intersubjetivo gestado por el
peronismo y que portaba una crítica implícita a un orden de explotación y
dominación. En este sentido, cabe hablar del peso de ciertas “objetividades
inmateriales”.
El peronismo era un hecho maldito no porque creaba
una grieta (recurriendo a un término muy a la usanza política de la década de
2010), sino porque la ponía en evidencia. Esa grieta lógica del país
capi-talista, periférico, atrasado, dependiente, desigual. El poder de Perón y
de las dirigencias peronistas provenía de su destreza para mostrarse como los
únicos capaces de suturar esa grieta; más concretamente, de hacerla tolerable y
disimularla. La indeterminación ideológica y el vacío programático eran la materia
adherente segregada por la buro-cracia y por Perón.
El peronismo, por lo menos durante un tiempo,
expresó situaciones tensas y contradictorias. Fue un campo que podía presentar
encru-cijadas: lo que servía para un avance colectivo y lo que lo frenaba; lo
nacional-popular “desde abajo” y lo nacional-estatal “desde arriba”; la
política de masas y la política de aparatos. Estas tensiones y estas
contradicciones entre sectores y visiones eran la verdadera norma, no la
solidaridad, como muchas veces se sostiene. Es decir, que se presen-taban
opciones: reaccionarias, reformistas, que restringían lo posible, pero también
aquella que planteaba tanto la radicalización como la propia negación del
contenido populista. Esta última, sobre todo, se dio cuando comenzó a
descreerse en procesos de liberación nacional conducidos por un frente liderado
por alguna fracción de la burguesía o por algún sector o corporación que la
reemplace (verbigracia, las Fuerzas Armadas, sobre todo en los países
periféricos).
Cooke, y una buena parte de la militancia peronista
radicalizada, vislumbraron el agotamiento de una situación de acumulación
popu-lista y su contradictoria permanencia como ideología, que se expre-saba en
la reedición del programa del 45. Y en ese sentido, en carta a Hernández
Arregui del 28 de septiembre de 1961, el Bebe decía: “Nuestro movimiento
popular –y el Peronismo en primer término– se debate en medio de
contradicciones ideológicas que no reflejan las reales contradicciones de la
sociedad argentina” [Obras Completas, Tomo III, p. 90]. Sin el sostén de la
primera (la situación de acumu-lación populista), el mantenimiento de la
segunda (la ideología del
301
MIGUEL MAZZEO
45) pasaría a
justificar proyectos cada vez más alejados de la sobe-ranía nacional y la
justicia social. La identificación de este desfasaje impulsó el recorrido
dialéctico de Cooke (y unos cuantos y unas cuantas más).
Por eso él asumió (en los términos de Lukács) la
noción “actua-lidad de la revolución”, vislumbró un posible no arbitrario (un
posible determinado, una de las bifucaciones) y comenzó a pensar en el sentido
estratégico de lo posible. Enfatizaba, de este modo, el signi-ficado histórico
de los movimientos de masas y concebía la política como acción positiva.2 El
periplo del peronismo, que va de aquellos vigores catalíticos a su posterior
constitución como fuerza regre-siva (o reformista, en el mejor de los casos),
no convierte en lícita la sospecha contra-fáctica de que el neoliberalismo, la
“economía popular de mercado” o el “capitalismo con decisión nacional”, eran el
destino obligado del peronismo. Sí nos parece correcto sostener, con Cooke, que
el “final inglorioso” era una de sus posibilidades. Agregamos: el “final
inglorioso” se puede relacionar a la no supera-ción del populismo. Y también
con su reedición bajo nuevos formatos (neo-populistas) después del agotamiento
de su experiencia neoli-beral. Sin la posibilidad de abrigar contradicciones
sustanciales, el populismo persistirá como praxis de simulación de lo popular,
como un arte de fingir. Y el peronismo seguirá delineándose como el ámbito
donde medrarán los simuladores.
Cooke y la izquierda peronista en su conjunto
pueden verse como emergentes históricos del desborde de los conflictos de una
alianza social policlasista y de las dificultades o, lisa y llanamente, la
imposibi-lidad de sintetizar las contradicciones estructurales. En fin, como
emer-gentes de un pueblo que vio clausurada la posibilidad de profundizar (o
simplemente mantener) las políticas nacionalistas y las reformas sociales en el
marco del capitalismo dependiente y sus estructuras.
En su intento de exceder el populismo, el Bebe
reconocía que no existía otra posibilidad que partir del proceso de
colectivización y de articulación de voluntades disgregadas que dinamizaba la
lucha de clases en la Argentina en las décadas del 50 y el 60 (sus herederos
directos plantearán más o menos lo mismo en la década del 70). Claro está, el
peronismo era un dato fundamental de ese proceso.
2 Angus Stewart analizaba la “dinámica” de los
movimientos denominados populistas y decía que en determinadas situaciones: “El
ala urbana del movimiento ha del volverse, con toda probabilidad, independiente
y autónoma. Así, luego de la caída de Perón y el desarrollo posterior de la
economía argentina, el peronismo fue modificado hasta transformarse en un
movimiento cuasi-obrero…”. En: Ionescu, Ghita y Gellner, Ernest, Op.cit., p.
231.
302
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Cooke asumió el objetivo de dotar de una
subjetividad trascendental (de un elemento utópico) a esa objetividad
situacional. Y supo mane-jarse permanentemente con la hipótesis de que “lo
espontáneo” podía ser la forma embrionaria de “lo consciente”.
Vale aclarar que consideramos que la conciencia de
“pueblo” puede estar muy bien y que en determinadas circunstancias históricas
puede resultar fundamental como plafón para el desarrollo de una conciencia
clasista. Como se habrá apreciado, en este libro recurrimos reitera-damente al
concepto de pueblo. Creemos que el significado que le hemos asignado es lo
suficientemente preciso para evitar equívocos. Pero debemos tener presente que
es un concepto de una flexibilidad excesiva y puede servir (y, de hecho, ha
servido y sirve) para limitar la conciencia de clase y para encontrarles a los
trabajadores y las trabaja-doras lugares subordinados en el universo
capitalista, cuando no para explotarlos y reprimirlos abiertamente.
El punto de vista de Cooke era bien distinto. Su
idea de pueblo contenía una dimensión clasista pero no caía en el clasismo
estrecho y economicista; reconocía la heterogeneidad de la sociedad civil “de
abajo”, la diversidad del sujeto popular en Nuestra América, y trataba de dar
cuenta de sus dimensiones culturales, políticas e identitarias, además de las
materiales. Para Cooke todas estas dimensiones, entre-lazadas, eran
imprescindibles para la constitución del pueblo como clase en sí/para sí.
303
28- Cooke: hereje de dos iglesias
La realidad es siempre la verdad.
Juan Domingo Perón
¿Por qué rescatar hoy la figura de John William
Cooke? ¿En qué inters-ticios del presente percibimos los destellos de su vieja
militancia? ¿Cómo explicar la abrupta reaparición de ese pasado? ¿Cuáles son
los imperativos de su legado? Cooke es, posiblemente, la impronta de un sueño
que revisita la memoria, la cicatriz de un proyecto emancipa-torio que no fue,
la memoria de los logros y los fracasos de una historia colectiva, un bagaje de
sabiduría de luchas derrotadas, de sabiduría periférica. Una memoria ejemplar
confeccionada con retazos de heroi-cidades horizontales y masivas, con cuotas
de la intrepidez de hombres y mujeres “ordinarios” a los que la praxis (acción
y conciencia) y el vínculo inmediato con la vida de las clases subalternas y
oprimidas convertían en luchadores y en organizadores extraordinarios. El
trajinar de Cooke nos remite a la épica de los hombres y las mujeres simples,
la que supo conmover a Lukács.
Cooke es “caballito de batalla” para oponernos a
las memorias del poder que construyen el pasado desde las asimetrías del
presente y “punta de lanza” para restituir la memoria crítica de los oprimidos.
Es un componente más de una comunidad de memoria y discurso, nece-saria para
consolidar una identidad y reconocernos en el colectivo, para fortalecer y
expandir la organización popular, para construir un nuevo imaginario sintético
y eficaz para la libertad y la igualdad, para modelar la auto-imagen y la lengua
común de una izquierda antiimperialista y anticapitalista nueva, para
constituirnos como pueblo y sujeto y dar a luz un proyecto común. Es punto de
partida “metodológico”, brújula en el tropel de nuestras incertidumbres y
contingencias.
Se trata, entonces, del rescate de un pasado que no
es tradición consolidada sino pasado próximo, presente histórico. Cooke hace
305
MIGUEL MAZZEO
menos complicada la tarea de las nuevas
generaciones militantes (nos referimos particularmente a las que poseen alguna
predisposición revolucionaria) y alivia las dificultades de este proceso de
desarrollo intrauterino, ya que se trata de una figura que aporta a la
superación de la tensión entre la herencia y la necesidad de inventar. Cooke
permite que las desavenencias del presente aniden en un pasado que las ilumina
un poco. Por supuesto, no se trata de edificar burdos histo-ricismos a modo de
conjuro o de invocar al pasado para que resuelva los problemas del presente.
Nuestro interés por la figura de Cooke no parte (no
podría partir jamás) de inquietudes académicas sino políticas, aunque vale la
insis-tencia, intentamos alejarnos de la exaltación acrítica y la
reivindica-ción folklórica.
Percibimos, apesadumbrados, que desde algunos
espacios políticos y culturales el rescate de su figura puede parangonarse con
aquel cuar-teto que recreaba el estilo de la vieja guardia tanguera y que,
dirigido por el maestro Feliciano Brunelli,1 tocaba el tango haciendo notar su
carácter “histórico”, su pertenencia exclusiva al pasado. Estas
recons-trucciones no por casualidad fueron auspiciadas por intereses
estric-tamente comerciales.
Por esa línea, que se suele designar con el término
revival, transitan las recuperaciones de memorias indefinidas, imaginarios
agotados y de instrumentos inútiles, supuestamente de cara a un proyecto de y
para el campo popular. Es indefectible que nos convoquen a preservar porciones
de algún orden anterior. Suelen caracterizarse por la insis-tencia en torno a
la viabilidad del populismo o de una especie de neocor-porativismo
social-cristiano y otras formas −los más sutiles venenos burgueses de agonía prolongada−
que no modifican las condiciones de existencia de las clases subalternas y
oprimidas y que se distinguen por hablar en nombre de ellas (he aquí
condensados, tal vez, algunos de los significados más esclarecedores del
concepto “populismo”). Aunque intenten disimularlo, los modos de percepción
capitalocéntricos les afloran en las palabras y, sobre todo, en las opciones.
En este marco se hacen visibles las vacilaciones hijas de la derrota, y
descollan los espe-cialistas en mistificaciones y los custodios de acervos
míticos.
Así, por ejemplo, se construye, arbitrariamente y
alterando los procesos históricos (el trastorno cronológico en sí mismo sería
inocuo), un Cooke peronista “superador” del Cooke guevarista; un Cooke
“auténtico”, el de las décadas del 40 y el 50; el “verdadero”, el
1 La agrupación se llamaba “Cuarteto del 900” y la
integraban, entre otros. Aníbal Troilo y Elvino Vardaro.
306
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
sensato. ¿Acaso el Cooke maduro no incluye, y sobre
todo “supera dialécticamente”, al joven? Mientras que una operación
complemen-taria e igual de arbitraria desdibuja al de la década del 60 al
insertarlo en un conjunto contradictorio: el “campo nacional” entendido como
espacio común y conciencia compartida de fuerzas sociales objetiva-mente
antagónicas, restándole importancia al hecho de que las clases dominantes
invocan el interés nacional como un sucedáneo del clamor por el orden social, y
lo conminan así a la promiscuidad y niegan sus intolerancias sustanciales.
Este tipo de construcciones (fantasmagorías que,
lamentablemente, aún conservan cierta eficacia, sobre todo en los momentos de
recom-posición material y simbólica del sistema de dominación) hablan de las
constelaciones bajo las que se desarrollan: un presente de resigna-ciones y
transacciones para roer un poco la galleta del Estado. Hayden White consideraba
a las reconciliaciones producidas en el ocaso de las tragedias como las más
sombrías, ya que son de la índole de las resig-naciones de los hombres a las
condiciones impuestas.
También están aquellos y aquellas que no toman en
cuenta las faltas de correspondencias evidentes, los y las que persisten en
relaciones rotas, porque confían en los poderes del ritual y en su capacidad de
cohesión. Esos son los y las que, aferrados a las viejas simbologías que no
exigen la coherencia con prácticas transformadoras, pretenden conjurar la
incertidumbre política con estampas milagreras y con un lirismo cursi.
Constituyen las huestes de idiotas útiles de los neolibe-rales, al igual que
los nacionalistas de derecha de la década del 30 lo fueron de los liberales.
Justamente de estas reposiciones y de estas
mitologías se alimenta un sector del marxismo argentino −que probablemente
perdure en la historia como producción discursiva de elites académicas− que se
considera heredero de una tradición de izquierda “heterodoxa” e inmaculada. O
sea: esta izquierda se nutre de las imágenes y los mitos populistas para
construir su propia imagen, distorsionada claro está, de Cooke. Operación que
indefectiblemente la lleva a justificar su exclusión del panteón marxista. El
purismo la conduce a una búsqueda retrospectiva del marxista argentino portador
de la línea correcta y del lirio blanco, lo que la encamina directamente hacia
la idealización de grupos minúsculos y anecdóticos y, sobre todo, inofensivos.
Dueños de los artefactos para medir pertenencias políticas, y sobre todo
teóricas, dadores exclusivos de las credenciales marxistas, su culto insincero
de la heterodoxia no logra ocultar su vocación por las verdades absolutas.
Gesto típico de esta izquierda es la negación de la posibilidad de los
desarrollos intersticiales.
307
MIGUEL MAZZEO
Pero tanto unos como otros (populistas y puristas
de la izquierda dogmática) se quedan en los primeros escarceos, en los rencores
prescriptos, en una perturbación (angustia) inicial y pasajera que no quieren
prolongar a riesgo de afectar su “orden” y verse así desposeídos de sus mundos
perfectos y pequeños, coherentes e insignificantes. A su modo, ambos −como
decía Joseph de Maistre− son libremente esclavos, hacen lo que quieren pero no
trastornan ni inquietan los planes gene-rales de las clases dominantes.
Paula Halperín, en su análisis de la película Los
Hijos de Fierro (de Fernando “Pino” Solanas y Octavio Getino, finalizada en
1974, aunque iniciada en 1972), muestra una mirada crítica hacia la figura de
Cooke que partió justamente de los códigos y las regiones indefinidas del
populismo y que la izquierda dogmática no tiene en cuenta:
La figura del negro, mezcla de Cooke y Hernández
Arregui, ideó-logo más radicalizado que el resto y que desaparece sin más hacia
el final del film, es muchas veces criticado por el Hijo Mayor por su cerrazón
y su falta de flexibilidad política en su crítica a las acciones sindicales de
los burócratas, dice el Negro: –aquí el problema es polí-tico, no gremial!
Contesta el Hijo Mayor: –los gremialistas tienen sus grandes limitaciones. No
pueden alzarse contra el gobierno sin perder
el gremio. Hay que unirse para que la gente esté
unida...2
Mientras la ideología populista ocultaba (y oculta)
campos de bata-llas y pretendía (y pretende) ligar a militantes de base con
burócratas sindicales y políticos, los planteos de Cooke se destacan por
cuestionar radicalmente este tipo de “síntesis” inviables. Por otro lado, él no
consi-deraba la adhesión al peronismo como algo esencial y metapolítico, sin
necesidad o posibilidad de explicación. No hay en Cooke una cele-bración del
primitivismo político y de la orfandad ideológica, no hay celebración de alienaciones
populares (disfrazada de romanticismo), que es lo que hacen muchos compañeros y
muchas compañeras del “campo nacional y popular”.
Cooke percibe las contradicciones del campo popular
(en su tiempo, reflejadas en gran medida en el seno del Movimiento peronista3),
las tensiones entre lo hegemónico y lo contrahegemónico en ese mismo campo e
intenta operar en la contradicción para saldarla a favor de los impulsos
heréticos, potenciándolos. El revolucionario auténtico se
2 Halperín, Paula, Historia en celuloide: Cine
militante en los ‘70 en la Argentina. Estudios críticos sobre historia
reciente. Los ‘60 y ‘70 en Argentina, Parte III, Buenos Aires, Centro Cultural
de la Cooperación, Cuaderno de Trabajo Nº 32, enero de 2004, pp. 29-30.
3 Tal vez la contradicción más inoportuna se
planteaba entre lo que Perón significaba para la clase obrera argentina y lo
que Perón era.
308
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
instala siempre en el seno de esa contradicción.
Cabalga en ella junto a lo que está en proceso de conformación. Aspira a la
preforma.
Se nos ocurre que la identificación de esas
tensiones puede verse como el primer paso para salirse de la mirada populista.
Cooke busca en las prácticas del peronismo los elementos críticos del orden
esta-blecido. O sea, en él, el peronismo resistente está en contra del otro
peronismo; es parte de otra tradición.
El Cooke más genuino debe buscarse en la política
de los organismos de base (de la clase obrera principalmente) y no en la
política nacional burguesa del peronismo oficial, que, igual que la izquierda
tradicional, lo consideraba un componente externo, sólo que, por lo general,
bajo la figura del “infiltrado”. Se trata de un Cooke que, de seguro, es y será
dato molesto para todos aquellos que prefieren sumarse a una política nacional,
burguesa, neopopulista y neodesarrollista, en lugar de cons-truir una política
popular.
Por otro lado, y volviendo a Los hijos de Fierro,
no podemos dejar de señalar la contradicción que implica la conciliación
propuesta en el diálogo citado por Halperín en el marco de un género como el
gauchesco, que se caracteriza precisamente por una lógica de guerra y por
presentar antagonismos radicales, donde ciertas alianzas suelen ser imposibles.
Como ejemplo: corría 2004... En un afiche
callejero, donde se destaca el rostro de José Ignacio Rucci,4 se lee una
sentencia: “Él no hubiera votado la ley de flexibilización laboral”. Estamos
frente a una típica superstición populista que, en algún punto, entronca con el
horizonte de la narración de Los Hijos de Fierro. No necesitamos tomar como
referencia la actua-ción que en los 90 tuvieron los dirigentes sindicales
vinculados a Rucci en los 70 para explicar por qué sí él hubiese votado esa ley
tan nociva para los intereses de los trabajadores. El pensamiento de Cooke
aporta a la dilucidación de la cuestión: se trata de la continuidad de una
lógica, la de la burocracia, la lógica de la adaptación al poder. Incluso
debemos especular con la posibilidad de una superficial oposición y ensayar una
explicación de los modos que aprovecharía para mantenerse funcional a la lógica
de los sectores que impulsaron la reforma.
Nosotros no queremos quedarnos con símbolos
moribundos y con las ceremonias de los cultos antiguos que, al decir del
historiador francés Jules Michelet, están llamadas para consagrar las nuevas
solem-nidades. Debemos interrogar todos los silencios y todos los olvidos.
4 Secretario General de la Confederación General
del Trabajo (CGT) a comienzos de la década del 70. Representante de la
burocracia sindical. Pieza clave en la política de pacto social impulsada por
Perón en su último gobierno. Fue muerto por la organización Montoneros (que no
reivindicó la operación) en septiembre de 1973.
309
MIGUEL MAZZEO
Nuestro interés surge, entonces, de la constatación
de la hege-monía de la cultura neoliberal y sus valores: la indeterminación, el
pragmatismo y el naturalismo de los que viven su dominio como reali-zación. Las
clases dominantes han impuesto determinadas condi-ciones de “normalidad”, le
han asegurado un rumbo fijo al devenir. De este modo, todo proyecto de
transformación radical está en conflicto con el futuro, lo desafía y se le
opone. Nosotros, para liberarnos del sometimiento a las visiones estrechas y transitorias,
de la cualifica-ción y del reblandecimiento, estamos obligados a constituirnos
como anomalía. Obligados a entrever los espacios vacantes donde insertar
palabras y prácticas originales.
En este mismo sentido, el historiador uruguayo
Félix Real de Azua decía:
Hurgar en la historia es, ni más ni menos, que
hurgar en la vida de nuestros muertos. Los más queridos y los más odiados, los
anhelados y los temidos. El historiador se inmiscuye en las tumbas para hacer
hablar a los ociosos, para que le cuenten sus placeres y sus glorias, sus
miserias y mezquindades, sus intenciones, sus victorias y sus fracasos.
El historiador es un autopsista de los pensares
fenecidos.5
Nosotros no estamos de acuerdo con esta afirmación.
Nuestro presente hace que cualquier intento de autopsia −típica modalidad
académica y/o dogmática− se convierta en asesinato liso y llano de lo que late
y respira. Porque Cooke exhibe una vitalidad renovada. Está aquí, no como la
reliquia que nos interesa o como la fuerza antigua que presiona y condiciona
nuestros pasos, tampoco como reservorio de todas las respuestas. No. Entre
otras cosas, porque han cambiado las preguntas y los riesgos. Cooke está como dato
molesto ante nuestro desarme moral e intelectual, como hito insoslayable de las
tradiciones revolucionarias en la Argentina, como ejemplo de inte-lectual
operativo, funcional a los intereses mediatos e inmediatos de las clases
populares.
Cooke, en los márgenes de distintas tradiciones,
excomulgado de toda estética populista y marxista ortodoxa, está como el nombre
de la convergencia y el encuentro de herejes de distintas iglesias; como el
nombre de una intersección de nuevas preocupaciones. Está como representante de
una época que soñaba futuros mientras se esforzaba por despertarse; como figura
que desautoriza todos los sectarismos de la izquierda popular, aunque todavía
cueste darse cuenta.
5 De Azúa, Félix, citado por: Eira, Gabriel, “La
construcción del pasado”. En: Revista Alter, Nº 7, quinta época, 2002,
Montevideo, p. 34. [Tomado de: Periódico El País, Madrid, 5 de julio de 2000,
contratapa]
310
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
La vigencia de Cooke es, por lo menos en parte, un
catálogo de nuestras limitaciones: porque desde la izquierda se sigue
definiendo al pueblo en forma negativa (claro, nunca en forma explícita) como
los “no conocedores” y las “no conocedoras” de la teoría (la verdad reve-lada),
los y las “inconscientes”, lo que convierte a buena parte de la sociedad civil
popular en sospechosa. Porque se sigue restringiendo el campo de los cambios
radicales a saberes específicos y determinados que no están en condiciones de
integrar a otros saberes. Porque se niegan los problemas que la teoría no
prescribe. Porque la “síntesis” se concibe, al modo idealista, siempre a
posteriori, siempre sabiendo lo que viene, sin dejarle lugar al “salto
dialéctico” (la dialéctica real no conoce de antemano lo que viene y convive
con la tragedia). Porque se prescinde de la creatividad popular. Porque no está
lo suficiente-mente desarrollada la vocación por la participación de las masas
en las soluciones definitivas. Porque a la izquierda aún le resulta oneroso
concebir a la Nación como preludio de lo social y le cuesta pensar en ideas
alternativas (a las dominantes) de Nación y de razón. Porque se sigue
considerando que la subjetividad es un epifenómeno de las redes causales
objetivas y al sujeto como agente del determinismo objetivo, sin tomar en
cuenta la especificidad de sus acciones. Porque se confunde el concepto con la
jerga. En fin, porque no se han supe-rado los designios de una matriz
iluminista y eurocéntrica de la cultura que refuerza las tendencias ilustradas
y teoricistas de la izquierda y el molde determinista de sus discursos
autoreferenciales.
Algunos sectores de la izquierda argentina se
parecen a los poetas malditos franceses que Cooke contrastaba con el Che,
poetas comba-tientes de armas tomar, que después de las derrotas de la
Revolución de 1848 (Baudelaire) y de la Comuna de París de 1871 (Rimbaud y Paul
Verlaine) y la frustración que trajeron aparejadas, en un contexto de confusión
y decadencia −recordemos que Arthur Rimbaud se convirtió en el lecho
mortuorio−, experimentaron repugnancia por el género humano, asumieron que
estaban condenados a padecer el insoportable mundo burgués y renegaron de la
vida misma. Viraron al egocentrismo, a los “paraísos artificiales”. Terminaron
inmovilizados por el hastío y el spleen , por “el tedio de la vida” del que
hablaban Baudelarie, Paul Valery o Isidore Ducasse (el Conde de Lautréamont).
Baudelaire clamaba para que la Muerte (la “Vieja Capitana”) se lo lleve al
cielo o al infierno. Rimbaud desistía de la poesía definitivamente mientras que
la poesía de Verlaine se tornaba cada vez más oscura. Cedieron en masa a la
fatiga de la razón. Actitud que, debemos reconocer, no dejaba de tener por lo
menos un toque idealista, romántico. En última instancia estos poetas
consideraban
311
MIGUEL MAZZEO
que sin expectativas revolucionarias no había
sentido posible para la vida. Pero lo fundamental, y lo injustificable, era que
habían perdido la confianza en el pueblo.
En su bosquejo Apuntes sobre el Che, cuando Cooke
marcaba las diferencias entre los poetas malditos y el Che, establecía un ítem
“a desarrollar”, a partir de la siguiente frase: “El repudio a la vida, la
fasci-nación por la muerte, fue una de las formas en que se expresó la
reac-ción de todo el movimiento artístico frente a las consecuencias de la
derrota” [Obras Completas, Tomo III, p. 283].
John William Cooke interpela a los intelectuales
que minimizan las perspectivas de las luchas actuales por la ausencia de un
proyecto contrahegemónico, como si este fuera factible, incluso simplemente
imaginable, sin el desarrollo de estas luchas. Cooke se opone al marxismo
entendido como un determinismo limitado. No considera a la subjetividad –o a la
conciencia– como un epifenómeno de las redes causales objetivas. Así, el sujeto
no aparece como agente del determi-nismo objetivo, sino que reivindica la especificidad
de la acción del sujeto. ¿Cuál es la naturaleza de la subjetividad
revolucionaria? ¿Cómo surge? De la praxis. Cooke, influenciado por el joven
Lukács, asume una posición cercana al praxeocentrismo, con sus ribetes
activistas, voluntaristas. Se trata de la praxis como acción revolucionaria. No
de la simple acción de transformar la naturaleza. No de la adaptación del
sujeto a las condiciones del objeto (gesto típico de toda burocracia).
Ya hemos señalado la filiación con Luxemburgo.
Agregamos más elementos que la corroboran: la animadversión compartida hacia
los planes y recetas que debían signar el desenvolvimiento de las
movili-zaciones populares, la explicación siempre dialéctica y viva que
consi-deraba a la organización como el resultado de la lucha, la negativa a
considerar a la “evolución” del Estado burgués como creadora de condi-ciones
para los cambios revolucionarios, la certeza de que la praxis “acelera” las
condiciones objetivas. Cuando Lenin decía que era más útil pasar por la
experiencia de una revolución que escribir sobre ella, o cuando Luxemburgo
decía que “históricamente los errores cometidos por un movimiento
verdaderamente revolucionario son infinitamente más fructíferos que la
infalibilidad del comité central más astuto”, prefiguraban aquella
controvertida, aunque rigurosa, afirmación de Cooke en su trabajo La lucha por
la liberación nacional: “Es preferible ser derrotado o muerto con el Che
Guevara, que acertar y triunfar con Vittorio Codovilla” [Obras Completas, Tomo
V, p. 236]. O aquella otra sentencia, menos conocida y menos “sacrificial”, que
figura en carta a Héctor Tristán del 9 de agosto de 1961: “Mejor entender el
maravilloso mundo del futuro, con nuestra poderosa fuerza obrera, que quedarse
312
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
como los radicales hablando pavadas” [Obras
Completas, Tomo III, p. 47]. La elección es la misma y denota toda una
cosmovisión: la opción por el riesgo de dar pasos en falso en/con las bases en
un movimiento popular cuyo signo sea la autenticidad a ser implacables en la
soledad y la insignificancia con la más preclara dirección.
Cooke nos interpela. Irónicamente, nos diagnostica
un pathos nacional comatoso y la conducta neurótica a través de la cual
inten-tamos resolver los conflictos en forma imaginaria, se burla de los y las
que, con el aire de las figuras de El Greco, apelan al marxismo como símbolo de
distinción intelectual y nos recuerda que la confianza en el pueblo y en sus
organizaciones autónomas es estratégica, que los cambios radicales (sí, las
revoluciones) implican la afirmación del pueblo como sujeto de poder. Marginal
y fuera de su ámbito, Cooke, como Walter Benjamin, asume a la distancia el
papel de analista de la neurosis general.
Para Cooke cabe lo que él mismo decía sobre el Che:
“Seguirá formando parte de nuestra circunstancia mientras haya quienes
compartan ese proyecto para la transformación del mundo, que él enriqueció
teóricamente y sirvió hasta las últimas consecuencias” [“Apuntes sobre el Che”.
Obras Completas, Tomo III, p. 268].
En un mismo sentido, Oscar Masotta decía: “En el
psicoanálisis más vale una reafirmación de lo inútil, lo que tiene que ver con
el goce. Pero el campo de lo inútil no puede ser recuperado por el proyecto de
izquierdas; es algo difícil de recuperar, salvo por parte de una izquierda
ultra-lúcida; pero la izquierda ultra-lúcida no existe”.6 ¿Podremos noso-tros y
nosotras, alguna vez, contribuir a la gestación de esa izquierda ultra-lúcida y
contradecir el pesimismo de la afirmación de Masotta? Difícil de saberlo… por
ahora, sólo sabemos que Cooke será un insumo necesario.
El discutido juego de las ucronías: (“si Evita
viviera sería...”) deja en parte de ser un juego cuando uno indaga por los
espacios presentes desde los que se resignifica una figura histórica. En los
últimos tiempos, además de los ejercicios folklóricos y superficiales, además
de los rituales monótonos de las efemérides cuasi oficiales, hemos detec-tado
una importante cantidad de jóvenes que se interesan por Cooke, que leen sus
textos, que designan con su nombre distintos colectivos políticos y culturales.
La mayoría milita en organizaciones sociales, en colectivos populares. En la
base. Y esto no es un dato aleatorio.
6 Masotta, Oscar, Lecturas de psicoanálisis.
Freud, Lacan, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 210. La relación entre Cooke y
Masotta, la comparación de sus biografías, itinerarios e ideas, amerita un
ensayo específico.
313
MIGUEL MAZZEO
Todo lo demás tiende expresar un desfasaje y una
falta de corres-pondencia entre el horizonte de sentido antiimperialista y
anticapita-lista al que remite una figura como la de Cooke y unos compromisos
presentes con proyectos que no trascienden los marcos del sistema de dominación
y tienden a perpetuarlo.
Como no podía ser de otra manera, una figura como
la de Cooke sólo podía ser rehabilitada desde una identidad de la resistencia.
No casual-mente su nombre ha comenzado a resonar en las gargantas de esos
jóvenes y esas jóvenes que lo recuperan junto con las antiguas expe-riencias
plebeyas y la conciencia que habita las regiones subterráneas.
Cooke no puede estar ausente como basamento de una
construc-ción ideológico-política que haga posible el desarrollo creativo y
auto-suficiente de una izquierda radical en la Argentina. Porque no se puede
fundar una tradición revolucionaria en una historia pura y lineal cuyo signo
más evidente es la esterilidad. Desarrollo creativo significa: ni dogmático, ni
inspirado en situaciones históricas hipostasiadas, ni en métodos modelizados.
Mientras que, por su parte, el desarrollo auto-suficiente remite a un devenir
no espasmódico y libre de las determi-naciones unilaterales de los factores
externos. Aunque sin negar todo lo que estos últimos puedan aportar como
ejemplos, acicates y también desde otros aspectos más prosaicos.
314
29- Breve nota sobre política y poética: Peronismo
y parodia
La parodia es una manera de responder a un modelo
que siempre te lo pintan como perfecto, cuando la verdad del modelo es su
propia imperfección.
Leónidas Lamborghini
Cooke estaba convencido de la eficacia política de
cierta poesía y de la eficacia poética de cierta política. Sabía de las
afinidades subte-rráneas entre ellas. Nos referimos a la poesía y la política
no codifi-cadas, es decir, como intervenciones plenas de emotividad y como
verdad, sin simulacros. La poesía y la política como comunicaciones intensas,
osadas y constantes; como “encarnaciones”, en el sentido que le asignaba
Baudelaire. La poesía que no es imitación pasiva. La política que no es gestión
de lo que es y de lo que está (o mero efecto de un momento simbólico y
subjetivo concebido verticalmente y como pura repetición). Así, poesía y
política se perfilaban como dos frentes de lucha.
Creemos que no resulta arbitrario afirmar que Cooke
–como Leopoldo Marechal, entre otros y otras– supo detectar la poética de los
hechos de la Resistencia y propuso un vínculo estrecho entre poesía y
Resistencia. Después del golpe de 1955, la poesía en sus expresiones no
opacadas por el lirismo sobrecargado comenzó a delinearse como un bastión
contra la colonización de los imaginarios plebeyos-populares. El vínculo
poesía-Resistencia se puede rastrear en todas las estaciones del itinerario de
Cooke, tanto en sus escritos como en sus acciones. En buena medida, su pasión
militante puede ser considerada como el fruto de su espíritu poético. Él no
recurrió a la rapsodia para ocultar
315
MIGUEL MAZZEO
la falta de ideas; por el contrario, la utilizó
como un registro más para exponer nuevas ideas con claridad y valentía;
recurrió a ella como un medio apto para visibilizar tramas ocultas.
En ese espíritu poético podemos hallar los
fundamentos de su amor por las verdades desnudas de artificios, de su
coherencia, de su humor, de su generosidad y de su desprecio por los y las
burócratas de todas las especies. Por cierto, a través de los cuestionamientos
hacia ellos y ellas se canalizaba su repudio a la normalidad aplastante, a los
rituales paralizantes y a las personas que, por algún formato de “seguridad”
(material, política, cultural, etcétera), aceptaban convertirse en tiesos
accesorios al servicio de alguna objetividad, en dadores de materia-lidad a
significados ajenos.
Ya lo hemos visto, inmediatamente después del golpe
de 1955, alentando las actividades del Centro de Escritores, Intelectuales y
Artistas del Pueblo (CEIPAP), encabezado por el vate José María Castiñeira de
Dios, o poniendo en circulación poemas de Alicia Eguren y María Granata a modo
de abreviados y explosivos panfletos contra la Revolución Libertadora
(Fusiladora). Vimos también la fuerte –y temprana– presencia de Baudelarie, sus
apelaciones a los poetas malditos, también a Jorge Luis Borges y Homero Manzi.
Y si bien el gusto de Cooke estaba consustanciado con los experimentos
vanguar-distas y alejado de las estéticas blindadas, no desdeñaba a los y las
poetas que, con escasos recursos, con poética fealdad, lanzaban dardos
certeros, decían grandes verdades y comunicaban hondas emociones. Luego, cabe
destacar el hecho de que algunos pasajes de la prosa del propio Cooke no están
desprovistos de registros poéticos: algunas de sus cartas, especialmente las
que están dirigidas a Alicia (pero también pasajes enteros de las que tenían
como destinatario a Perón), sus “Apuntes sobre el Che”, entre otros.
Pero, además, existe una circunstancia muy
significativa que no podemos pasar por alto. Cooke escribió en 1966 un prólogo
al poema La payada de su amigo Leonidas Lamborghini, (1927- 2009).1 El poema,
que había sido compuesto hacia 1960, circuló durante un tiempo en una versión
mimeografiada. Se imprimió el 27 de junio de 1966, un día antes de que el golpe
de Estado, encabezado por el general Onganía, iniciara la dictadura militar de
la Revolución Argentina. En 1965 Lamborghini había lanzado su trabajo Las patas
en la fuente, obra vanguardista y
1 La obra de Lamborghini incluye, entre otros
títulos: Saboteador Arrepentido (1955), Al público, diálogos 1º y 2º (1960),
Las patas en la fuente (1965), Coplas al Che (1967), El solicitante descolocado
(1971), Partitas (1972), Verme y 11 reescrituras de Discepolo (1988), Odiseo
Confinado (1992), Tragedias y parodias (1994), El jardín de los poetas (1999),
Carroña última forma (2001), Trento (2003) y La Experiencia de la vida (2003).
316
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
transgresora en varios planos, políticos y
poéticos, dentro y fuera del peronismo. Asimismo, en 1967, ARP, a instancias de
Cooke y con un prólogo del cura Hernán Benítez, publicó un nuevo trabajo de
Lamborghini: las Coplas al Che. En 1972, La payada formó parte del libro
Partitas, publicado por la editorial Corregidor, que incluía otras
composiciones como “Villas” (dedicada a Frantz Fanon) o “Eva Perón en la
Hoguera”.2 Lamentablemente, en Partitas, Lamborghini no incluyó el prólogo de
Cooke.
En La payada, como en buena parte de su obra,
Lamborghini recu-pera la tradición gauchesca, principalmente a Bartolomé
Hidalgo, Estanislao del Campo, Hilario Ascasubi, José Hernández. En líneas
generales dicha tradición proponía unas texturas reveladoras de la creatividad
popular, sin ocluir las dimensiones vinculadas al mundo de lo material y el
mundo del poder. En sentido estricto Lamborghini proponía una reescritura del
género. En función de ese objetivo recu-rría, además, a la poesía clásica y
barroca y a las cadencias del tango más afines a la urbe proletaria, con su
oralidad característica.
En paralelo, en ambientes más prosaicos, se
ensayaban reescrituras similares; es decir, en las que lo nacional y popular
demandaba una subjetividad revolucionaria y en las se consolidaba una visión
que presentaba a la clase trabajadora como heredera de las masas gauchas
rebeldes del siglo xix. Así, lo gauchesco se actualizaba, se urbani-zaba y se
radicalizaba. Los “matreros” regresaban ya no como figuras espectrales, como
los “gauchos embalsamados” del nacionalismo de derecha, sino como
revolucionarios y revolucionarias. Eran una irrup-ción que hilvanaba
retrospectivamente todas las discontinuidades pretéritas de las clases
subalternas y oprimidas. Unas discontinui-dades fugaces y verdaderas que se
caracterizaban por denunciar la continuidad histórica del dominador, la
continuidad de la mentira. De esta manera, comenzaba a consumarse un tiempo
propicio para la intersección entre la historia y el acontecimiento. A partir
del derro-camiento del peronismo, apelando a los modos de la logopea, tanto en
poesía como en prosa, se fue construyendo un lenguaje original que desplegó
todo su potencial y mostró su eficacia en la primera parte de la década del 70.
La payada desarrolla un contrapunto entre “El
Letrista proscripto” y “El Letrista de Sesquicentenario” donde se entrecruzan
lo paródico y lo trágico. Lamborghini construye un diálogo que denuncia una
realidad opresiva para el pueblo, al tiempo que propone una búsqueda de las
2 Decía Lamborghini: “El 27 de junio de 1966, fue
impresa en mimeógrafo y repartida así en algunos medios. Por juzgarla de
interés, la doy hoy a conocer, ahora, en libro”. En: Lamborghini, Leónidas,
Partitas, Buenos Aires, Corregidor, 1972, p. 6.
317
MIGUEL MAZZEO
formas para contrarrestarla y superarla. En sentido
estricto: construye una dialéctica bufa de la derrota y la Resistencia, del
llanto y la lucha, de la frustración y la esperanza. En efecto, el mar de fondo
es la proscrip-ción del peronismo y la Resistencia Peronista, el gobierno de
Frondizi y el plan Conintes. Si bien el poema se puso en circulación seis años
después de ser compuesto, la decisión de Lamborghini de publicarlo con un
prólogo de Cooke demuestra tanto sus certezas respecto de la vigencia del fondo
del texto como su confianza en que sus palabras podían adquirir los nuevos
sentidos.
Parodiando los versos iniciales del Martín Fierro,
“El Letrista pros-cripto” comienza diciendo:
–Me detengo un momento
fondo monetario internacional;
en el fondo:
de bolas tristes
tango,
de bolas melancólicas.
Y más adelante:
Nos burlan compañero, nos engañan/
nos desocupan, nos maniobran.
Ella se fue
solo quedé
Patria en fraude
llorando
[…]
Nos venden compañero
nos liquidan,
nos reprimen.
“El Letrista del Sesquicentenario” responde:
–Habrá que destapar
el mecanismo
buscar qué es lo que obstruye,
dificulta,
desde arriba
desde abajo
en su interior.
318
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Y concluye:
–Poder
Poder;
a la oscura noche
del yo proscripto
circunscripto
digamos ¡Chau!
buscando
forzando
alcanzando
una
la salida
No es casual que Cooke haya sido convocado para
escribir el prólogo. Varios testimonios coinciden en que lo hizo “de un tirón”,
en unos pocos minutos. Cuentan que la escritura fue tan intempestiva como la
decisión del autor de lanzar el poema a rodar. Cooke y Lamborghini compartieron
situaciones históricas con intensidades y sensibilidades similares. Para Cooke,
la poesía de Lamborghini era “una bofetada a los payasos solemnes”.3
En efecto, se puede identificar una identidad
sustancial entre ambos. Si Lamborghini entendía la parodia como una “relación
de semejanza y contraste”,4 como una forma de “asimilar la distorsión del
sistema y devolvérsela multiplicada”,5 como un “canto paralelo”,6 que es algo
bien distinto a la imitación burlesca; Cooke la concebirá de modo muy similar.
Porque, de algún modo, el Bebe propuso parodiar al peronismo bajo las mismas
coordenadas. ¿Acaso su relación con el peronismo no fue de semejanza y contraste?
¿Acaso no asimiló la distorsión del pero-nismo y se la devolvió multiplicada?
Un gesto que convirtió a Cooke en maldito para el país burgués pero también
para el peronismo burgués. ¿Acaso su praxis no puede ser considerada como un
canto paralelo?
La parodia que presenta Cooke es una repetición con
un impor-tante grado de diferenciación, por lo tanto sin mímesis apacible, sin
3 Véase: Cooke, John William, Prólogo a
Lamborghini, Leónidas: La payada, Buenos Aires, mimeo, s/f. [1966].
4 Véase: Porrua, Ana, Variaciones vanguardistas.
La poética de Leónidas Lamborghini, Rosario, Beatriz Viterbo, 2001.
5 Véase: Lamborghini, Leónidas: “El gauchesco como
arte bufo”. En: Tiempo Argentino, Buenos Aires, 23 de junio de 1985; y en:
AA.VV., Historia Crítica de la Literatura Argentina, Vol. 2, Buenos Aires,
Emecé, 2003.
6 Véase: Pérez, Alberto Julián, Literatura,
peronismo y liberación nacional, Buenos
Aires, Corregidor, 2014. Especialmente el Capítulo
11: “Leonidas Lamborghini:
peronismo/parodia/poesía”.
319
MIGUEL MAZZEO
simulacro, sin burla. Su parodia busca interpretar
y justipreciar la realidad, derribar todas las imposturas y denunciar todo lo
que en la sociedad argentina y en el peronismo era pura pose y ceremonia hueca,
por eso es esclarecedora y carece de afinidad con los ejercicios ilusio-nistas.
Es una versión transgresora, con una carga irónica destacable, pero de ningún
modo es una versión satírica.
Cooke desarrolla una crítica al capitalismo y
propone una reescritura del peronismo, con palabras nuevas y con otra sintaxis.
Y su reescri-tura es “intratextual” y pretende actualizar un género
auténticamente “bajo”. Impulsa los deslindes nítidos; por eso, como nadie, pone
en evidencia lo que peronismo tenía de caricaturesco, de realismo cínico, de
sobreactuación de una “bajeza”, de atajo para pillos. Denuncia sus ficciones de
corto vuelo. Coloca sobre el tapete sus imaginarios pusilá-nimes, todo aquello
que ocultaba un horizonte que no iba más allá de la organización, desde el
Estado, del avance moderado de capital, en fin: sus límites como movimiento
emancipador de los y las de abajo.
Si el lugar de Lamborghini en la poesía argentina
fue el de un “descolocado” y un “solicitante”, esto es: un inconformista, el
lugar de Cooke en la política argentina en general y en peronismo en
parti-cular fue prácticamente el mismo. Cooke contrasta con la política
argentina de las últimas décadas, uno de cuyos rasgos más patentes –con
excepciones honrosas y, por ahora, periféricas– es la acepta-ción de las reglas
y las situaciones preestablecidas por el sistema y el consecuente conformismo.
En 1973 la revista Peronismo y Socialismo, que
dirigía Hernández Arregui, dedicó buena parte de su primer número a Cooke. En
una extensa nota, el Comité de Redacción lo reconocía como hito funda-cional de
la línea intransigente del peronismo y planteaba que había tenido la (mala)
suerte de los precursores: “incomprensión y hasta soledad”. Los y las que
hacían Peronismo y socialismo sostenían, casi a modo de desagravio, que toda la
militancia revolucionaria estaba en deuda con él y que su ideario ganaba “terreno
palmo a palmo en el peronismo después de su muerte”.7 Pero el optimismo
militante del Comité de Redacción omitía señalar que, en esa encrucijada
histórica, también ganaba terreno en el peronismo un “ideario” antagónico, y
que además persistían en su militancia revolucionaria algunas zonas plagadas de
ambigüedades políticas y simbólicas que conspiraban contra su promesa
emancipadora. Por cierto, Peronismo y socialismo decidió modificar su nombre y
pasó a llamarse Peronismo y liberación.
7 Comité de Redacción: “Alrededor de John William
Cooke”. En: Peronismo y Socialismo, Nº 1, Buenos Aires, septiembre de 1973, p.
13.
320
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
En ese primer número de Peronismo y Socialismo
también se publicó un artículo de Lamborghini sobre Cooke. Al margen de algunos
lugares comunes sobre la figura de Cooke, que circulaban con cierta profusión a
comienzos de la década del 70, el poeta era riguroso en lo esencial. Escribió:
“No diremos que nos queda su espíritu; hay un legado más completo: la
formidable, centelleante obra ensayística donde campea el poderío de un
pensamiento teórico político que, avalado por una práctica concreta junto a las
masas, impresiona ante todo por su lozanía, por su actualidad”.8
8 Lamborghini, Leonidas: “John William Cooke”. En:
Peronismo y Socialismo, Nº 1, Buenos Aires, septiembre de 1973, p. 19.
321
30- La desgracia del conspirador
La estética del fracaso es la única duradera.
Quien no comprende el fracaso está perdido.
Jean Cocteau
Cuando analizamos el período 1969-1973 se nos
impone la ausencia de Cooke. Una ausencia prepotente. Como se sabe: nadie se
muere en las vísperas. Nadie, salvo Cooke, que falleció el 19 de septiembre de
1968, el mismo día en el que las fuerzas de seguridad descubrían el campamento
de guerrilleros y guerrilleras de las FAP en Taco Ralo, en la provincia de
Tucumán. Meses antes del estallido de esa formidable rebelión popular
(obrero-estudiantil) que fue el “Cordobazo” que, además, inició un ciclo
histórico caracterizado por el “auge de masas” en la Argentina, posiblemente el
más importante de toda nuestra historia. Cooke fue el gran ausente de ese auge
de masas, del “Rosariazo” (los dos “Rosariazos”), del “Tucumanazo”, del
“Mendozazo”, del “Vivorazo”, del “Devotazo”, etcétera. Ausente del desarrollo
de las principales orga-nizaciones políticas revolucionarias. Ausente del
clasismo, del poder obrero, de la experiencia de las comisiones
intersindicales. Se va justo cuando la historia comenzaba a acelerarse y los acontecimientos
se tornaban prolíficos. Unos acontecimientos que poseían la extraordi-naria
aptitud de reconciliarlo con todo aquello que lo había afligido durante años.
Pero él ya no estaba.
Cooke murió dos años antes de que su amigo Salvador
Allende, al frente de la Unidad Popular, llegara a la presidencia de Chile e
iniciara la “vía chilena al socialismo”. La “Vieja Capitana” vino a por él,
cuando el dilema que planteó en 1962, “apoteosis o desastre”, parecía
encami-narse a una resolución cercana a su deseo. Cooke murió en las vísperas
de una situación pre-apoteótica que terminó en una terrible y dolo-rosa
derrota. El proceso histórico que se desencadenó justo después de su muerte
consolidó su perfil de precursor. Gerardo Bavio planteaba
323
MIGUEL MAZZEO
la siguiente pregunta contra-fáctica ¿hubiera
sobrevivido Cooke a la Triple A?1 Por todo lo que significaba, muy
probablemente hubiera encabezado la lista de los condenados a muerte.
Alguna vez se conjeturó que los ojos de Cooke
pudieron haber visto el Cordobazo, aquel 29 de mayo de 1969. Que su mirada se
posó en cada fogata, en cada barricada, que no se privó de una panorámica de
las agitadas calles cordobesas que se le sucedían una tras otra como las
páginas de un texto de su autoría. La afirmación, aunque poética, no es del
orden estrictamente metafórico. En efecto, en su carta-testa-mento a Alicia,
Cooke dispuso la “donación de mis ojos, de mi piel, etc.” [Obras Completas,
Tomo III, p .263].
Un día, poco tiempo después de la muerte de John,
una mujer tan conmovida como agradecida se presentó ante Alicia y su hijo Pedro
para conocer a los parientes del donante cuyas retinas le permitían seguir
viendo. La literalidad de la comunicación entre los ojos de Cooke y el
Cordobazo es, de todos modos, secundaria. Aquí importa más el orden estricto
que impone la metáfora. Porque, en verdad, muchos y muchas apreciaron el
Cordobazo con sus ojos. Sus ideas, su persistente praxis, ya comenzaban a ser
filtro y tamiz para una genera-ción revolucionaria emergente.
El primer aniversario de la muerte del Che, el
mismo año de la muerte de Cooke, marcó un antes y un después en la cultura
política de la izquierda en todo el mundo, por los acontecimientos de ese año y
por todo lo que esos acontecimientos retomaban y proyectaban de años
anteriores. El 68 trazó la línea que separaba la vieja de la nueva izquierda.
Las diferencias eran de índole filosófica, teórica, política, metodológica,
cultural, axiológica, de sensibilidades, de perfiles mili-tantes. Lo que no
quiere decir que la separación, en los hechos, haya sido siempre clara y
tajante. Eran comunes las combinaciones entre filosofías viejas y
sensibilidades nuevas, entre metodologías viejas y valores nuevos, y así.
El 68 es la cifra de la emergencia de un movimiento
contracultural de carácter universal que suele sintetizarse apelando a los
siguientes ítems: el cuestionamiento a la hegemonía del capital, dentro y fuera
de la fábrica, por parte de una generación de trabajadores y trabajadoras
jóvenes; el rechazo al trabajo monótono, a las formas autoritarias y verticales
de encuadramiento social y político, y al modelo dominante de consumo y
producción.
1 Bavio, Gerardo: “Cooke y el Che. Recuerdos,
realidad y ficción”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran
descartado de la historia argentina), Op. cit., p. 125.
324
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El 68 es el año de la Primavera de Praga y de la
ofensiva del Tet (en Viet Nam), del Mayo Francés y de la matanza de la plaza de
Tlatelolco (en México), del Congreso Eucarístico de Medellín y de los atletas y
las atletas afrodescendientes haciendo el saludo black power en los Juegos
Olímpicos.
En el 68, el peruano José María Arguedas, al
recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega, pronunciaba su célebre discurso:
“No soy un aculturado”. Y la nueva izquierda, en la Argentina y en toda Nuestra
América, quería ser una izquierda no aculturada.
El mundo se sacudía arisco en 1968. Pero, como
decía Horacio González:
1968 no era 1968 en la Argentina, sino un
intermedio anticipador, un espacio para movimientos incompletos, apenas
insinuados. Cosas que se desnudaban, cosas que se deshilachaban [...]. No
tuvimos el 68 cuando correspondía. Al contrario, ese fue un año de
anteproyectos, de amenazas calculadas y de promesas. Año puente, año como para
desli-
zarse como por un nexo circunstancial que lleva al
corazón de las cosas.2
Entre otros anteproyectos, amenazas calculadas y
promesas del 68 argentino podemos mencionar el surgimiento de la CGT de los
Argentinos (CGTA), en el congreso de la CGT del 28 y el 29 de marzo. Alrededor
de ella se generó un espacio donde comenzaron a confluir tendencias combativas,
antipatronales, antiburocráticas. No sólo parti-ciparon de la CGTA algunos
sindicatos enfrentados al vandorismo; esta central tuvo la virtud de convocar a
los estudiantes, a los intelectuales, a los artistas y a un abanico de organizaciones
sociales y políticas. Ahí estuvieron Raimundo Ongaro, Raimundo Villaflor y
Rodolfo Walsh, uno de los principales hacedores del semanario CGT. También,
cabe destacar la realización de la muestra “Tucumán Arde”, un signo de la
politización de los artistas y de un sector de las “capas medias”.
Como vimos, en 1968 Cooke participó del “Congreso
clandestino del peronismo revolucionario”, en la sede del legendario Sindicato
de Farmacia, en Rincón al 1000. Se realizó un 19 de agosto, justo un mes antes
de su muerte, y fue su última actividad pública. Jorge Pérez, uno de los
asistentes al Congreso, se refiere a un breve intercambio de pala-bras con
Cooke.
Me intereso por su salud y contesta que lo
disculpe, que ahora sólo dice frases célebres. Me puse contento, al contemplar
su expresión irónica pensé que estaba casi recuperado. No lo estaba. Cooke se
2 González, Horacio: “¡MARCOOKE! Marcuse y Cooke
en la Argentina del 68”. En:
Revista El Porteño, Nº 77, Buenos Aires, mayo de
1988, p. 49.
325
MIGUEL MAZZEO
burlaba de la muerte y de los acartonados manuales
de historia. En su lenta agonía, eran tan digno como había sido en sus años de
plenitud.3
Por esos días póstumos Cooke, que no perdía la
sonrisa apacible y burlona, solía comentarles a sus ocasionales interlocutores:
“Me he pasado la vida intentando construir células y ahora estoy luchando para
evitar que se reproduzcan”.4
En el documental Alicia y John, el peronismo
olvidado, Pedro Gustavo Catella Eguren, el hijo de Alicia, define a Cooke como
una “figura fantástica” y cuenta que la noche anterior a la operación, el Bebe
se había puesto un pijama de seda color borravino, colocó en el tocadiscos su
Fox-Trot favorito, “Sweet Georgia Brown” (compuesto por Pinkard Maceo y Kenneth
Casey en 1925), y bailó con ampulosidad y extraña dicha durante media hora.
Popularizado por las primeras orquestas de Jazz, los orígenes del Fox-Trot se
remontan a una danza de los esclavos negros de los Estados Unidos, que
consistía en imitar los pasos de los animales. Por cierto, la traducción de
Fox-Trot es “trote del zorro”. Esa fue la forma íntima que Cooke eligió para
despedirse. Sabía que tenía muy pocas posibilidades de sobrevivir a la
operación.
Tal vez recordó las flaquezas de Rimbaud en el
lecho mortuorio, y para preservar su condición de maldito, para seguir libre de
cadenas hasta el final, en su carta-testamento dejó instrucciones precisas para
Alicia: “En caso de que mi estado se agrave y entre en coma, debes ocuparte de
que bajo ningún pretexto ni artimaña se me acerque personal eclesiástico,
monjas, etc. o se intente suministrarme sacra-mentos, exorcismos, etc. La
prohibición incluye a los sacerdotes que sean amigos personales” [Obras Completas,
Tomo III, p. 263].
Unos pocos años después de su muerte, la Unidad
Básica “John William Cooke” propuso instituir el 19 de septiembre como el Día
de la Resistencia, los fundamentos, plasmados en un volante, eran los
siguientes:
En el lapso de veintitrés años cumplió todos los
papeles posibles que puede desempeñar un político salvo el de burócrata:
diputado nacional, prisionero, profesor universitario, periodista, exiliado,
fugado, clandestino, conductor máximo del movimiento –por expresa voluntad de
Perón–, activista revolucionario, guerrillero combatiente
y teórico fundamental.5
3 Pérez, Jorge: “John William Cooke: Un
revolucionario”. En: Mazzeo, Miguel, (Compilador) Pensar a John William Cooke,
Op. cit., p. 39.
4 Baschetti, Roberto: “John William Cooke: una
historia de vida y lucha”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta…
Op. cit., p. 25.
5 Citado por: Jozami, Eduardo: “Actualidad de
Cooke”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de
la historia argentina), Op. cit., p. 10.
326
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
La moción no encontró muchos partidarios. Según
Eduardo Jozami, en la década del 70, quienes con toda justicia podían ser
considerados sus herederos, en particular la denominada Tendencia
Revolucionaria del Peronismo, no “reivindicaron excesivamente a Cooke. Quizá
porque su coherencia doctrinaria no aportaba demasiado para justificar la
teoría del cerco o las otras contorsiones tácticas que la coyuntura imponía.
Quizá, también, porque el distanciamiento se había iniciado, de algún modo
impreciso, en los últimos años de la vida del Bebe”.6
Agregamos nosotros: no tenía mucho sentido invocar
a Cooke como justificativo del esquematismo, del fatalismo histórico, de las
ideas y los métodos estereotipados, de las políticas sustentadas en reglas
impecables y organigramas perfectos, de la ceguera cortoplacista. Los y las que
concibieron la revolución y el socialismo como intervención de minúsculos
destacamentos de combate y no como acción masiva de la clase trabajadora y el
pueblo; los y las que relegaron a un segundo plano la conciencia forjada en la
participación en la lucha de clases; los y las que en pos del objetivo final se
desentendieron del proceso histó-rico real, comenzaron a cimentar el olvido de
Cooke.
6 Jozami, Eduardo: “Actualidad de Cooke”. En:
Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado de la historia
argentina), Op. cit., p. 11.
327
31- Cincuenta años de soledad
No las frágiles nieblas de la memoria ni la seca
transparencia, sino los tizones de las vidas quemadas que forman una costra
sobre la ciudad, la espina hinchada de material vital que no se escurre más, el
atasco del pasado presente futuro que bloquea las existencias calcificadas en
la ilusión del movimiento: esto encontrabas al término del viaje.
Ítalo Calvino
El 26 de septiembre de 2014, en una emotiva
ceremonia, las cenizas de John William Cooke fueron arrojadas al Río de la
Plata –nuestro Aqueronte barroso– desde el paredón de la Costanera Norte en la
Ciudad de Buenos Aires. Habían estado durante largos años bajo la custodia de
Juan Carlos “Trapito” Álvarez, compañero de Cooke, que las había recibido de
Alicia. Luego reposaron en el panteón de la familia Abal Medina. Con este acto
se estaba cumpliendo la voluntad postrera de Cooke. En su mencionada carta-testamento
le había soli-citado a Alicia: “Si no fuese posible disponer integralmente del
cadáver por medio de donación y hay que hacerlo de otra manera, entonces que lo
cremen. Y que las cenizas no se conserven ni se depositen, dispér-salas
poéticamente al viento, tíralas al mar, (transo con que las tires al Río de la
Plata; lo mismo da otro río y aun laguna)” [Obras Completas, Tomo III, p .264].
Cooke, finalmente, se hizo barro en el mismo río en el que los marinos
argentinos arrojaron viva a Alicia, 37 años antes. Un río donde se sedimentan
nuestras peores derrotas y nuestros mejores sueños. El Mar Dulce hacia donde
somos diaria y sutilmente arras-trados a la deriva, como decía Martínez
Estrada.
A pesar de la emotividad de la ceremonia no pudimos
desenten-dernos de algunas presencias y de algunas ausencias. Recordamos
algunas figuras político-literarias de Cooke: merengue decorativo,
329
MIGUEL MAZZEO
cuadros tímidos, paternalismos equilibristas,
barloteo ideológico, politiqueros peronistas, administradores prudentes del
buen sentido, burgueses con veleidades progresistas, etcétera. No pudimos
escapar de los estímulos externos. La diversidad es buena en varios órdenes de
la vida, pero hay una línea a partir de la cual se convierte en promis-cuidad.
En algunas ocasiones esa línea es imperceptible, en otras no tanto. Nos invadió
la duda y de pronto nos acometió una sensación de incomodidad. Era la incomodidad
de un ritual que no trascendía sus aspectos formales y que, con sus
repeticiones, no nos ayudaba a pensar y nos adormecía. El ritual de un culto
pervertido o, como mínimo, inútil. ¿Qué tipo de identidad pretendía renovar el
ritual?, ¿de qué grupos? Era la incomodidad por no sentir ninguna solidaridad
mística con buena parte de los presentes. Como planteó Diego Sztulwark, en
relación con esta ceremonia: “El mensaje sigue siendo el mismo: La revolución
será homenajeada”.1 Agregamos nosotros: sí, será homena-jeada una y otra vez
como una de las formas más eficaces de exorci-zarla, de condenarla al puro
pasado, de presentarla como algo ajeno al presente. Jamás se piensa en
retomarla y honrarla como proyecto aquí y ahora. Reaccionamos. Nos preguntamos:
¿No estaremos frente a una operación de doble despojo: un despojo poético de
unas cenizas con el que se consumaba el deseo del propio Cooke y otro despojo
prosaico, que junto con las cenizas arrastraba todo lo que podía comprometernos
con un cambio radical, profundo, revolucionario? Esas presencias que
incomodaban, sin dudas, hubiesen preferido un ritual con una momia y no con
cenizas. Por eso incomodaban.
Sabemos que la racionalidad de la política impone
transacciones… pero, ¿tantas?; que impone olvidos… pero, ¿tantos? Porque ¿qué
tiene que ver Cooke con la República burguesa, con la democracia
represen-tativa y delegativa de “baja intensidad”, con un “capitalismo con
deci-sión nacional”, con la regulación de la plusvalía y la “corrección” de los
abusos del capitalismo? ¿Qué tiene que ver Cooke con las lógicas de los
punteros políticos, con las lógicas de control y subordinación que conforman un
vínculo perverso y paralizante para los y las de abajo? ¿Qué tiene que ver
Cooke con quienes no han hecho más que profun-dizar la dispersión popular y han
promovido una politización vertical y en cuenta gotas? Cooke supo reprobar con
lucidez y crudeza toda polí-tica que cupiera en los marcos mezquinos de los
partidos burgueses, de la centroizquierda y de las encíclicas papales.
Y ahora resulta que, quien supo exhibir, a partir
de su propia expe-riencia política directa y con argumentos sólidos, las
limitaciones de
1 Sztulwark, Diego: “Cooke”. En: anarquiacoronada.blogspot.com/2014/09.Cooke.htlm.
Chequeado el 5 de enero de 2016.
330
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
los acuerdos poli- clasistas en la Argentina y, en
buena medida, en el resto de los países de Nuestra América; quien cuestionó a
los proyectos y liderazgos abocados a absorber las contradicciones de clase
–sin ninguna intención de iniciar un camino que tendiera a suprimirlas– termina
rehabilitado por quienes impulsan esos mismos acuerdos, esos mismos proyectos y
esos mismos liderazgos, 50 años después. ¿Cómo no sentirse frente a un acto de
profanación o ante un tributo a la superstición? Entonces, es indispensable
identificar las inflexiones históricas más intensas para advertir el instante
exacto de la coherencia y la incoherencia, la contradicción o las “afinidades
electivas” (o la falta de las mismas).
Pero las ausencias también nos imponían una
reflexión. ¿Por qué una parte importante de aquellos y aquellas que hoy
continúan con más coherencia y responsabilidad la militancia antiimperialista y
anti-capitalista de Cooke no estaban allí? Imposible no sospechar de una
distorsión en el entramado que vincula el pasado con el presente y el presente
con el pasado. Tal vez las organizaciones y movimientos populares que siguen
trabajando en función de transformaciones radi-cales, que están convencidos de
la necesidad de exceder los límites del “progresismo”, piensen que no valga la
pena dar una disputa por Cooke. Tal vez consideren que fue un pensador
demasiado domés-tico, poco universal. Un ángel con alas de plomo. Que fue
peronista o algo muy parecido a eso. Tal vez crean que es ajeno e incompatible
con sus imaginarios. O, tal vez, sus imaginarios no están del todo
conso-lidados. Todavía son endebles e inseguros. Se debaten entre el
neopo-pulismo y alguna forma de dogmatismo. O, simplemente, no fueron tenidos
en cuenta por el descuido o la mezquindad política de quienes se erigieron,
últimamente, en administradores de su herencia.
Hace más de quince años Horacio González afirmaba
que “toda la política argentina medida frente a Cooke muestra su carácter
incom-pleto y desdichado”.2 Lamentablemente, en el fondo, todo sigue igual.
Hoy no hay hechos malditos. Hechos malditos de
verdad, malditos hasta los tuétanos. Por lo menos no a gran escala. Hay sí,
alguna sobreactuación de la condición maldita, pero, como sucede con toda
exageración, no es muy convincente. De hecho, sólo sobreviven como simulacros
(de hechos malditos) porque la impiedad, la ignorancia y los prejuicios
ancestrales de la derecha argentina los mantienen vivos, casi como “hechos
caprichosos”. Cooke decía que “los gorilas no admiten sutilezas”, y también
sabía decirlo sin apelar al lenguaje de las fábulas: “irracionalidad clasista”
[Obras Completas, Tomo II, p.
2 González, Horacio: “Cooke el cincel de una
derrota”. En: Mazzeo, Miguel (Compilador), Cooke de vuelta (El gran descartado
de la historia argentina), Op. cit., p. 9.
331
MIGUEL MAZZEO
519]. Por eso, tratar de comprender la realidad
tomando como punto de referencia la falta de sutileza de los y las “gorilas”
puede generar importantes distorsiones.
Cooke fue un perseguidor de una síntesis de todas
las tradiciones populares de la Argentina. Sería una salida cómoda decir: “una
síntesis entre peronismo y socialismo/marxismo”, entre nacionalismo e
inter-nacionalismo o entre pragmatismo e ideología. Pero nos quedaríamos
patinando en la superficie. En realidad se trata de mucho más que eso, Cooke
persiguió una síntesis entre pasado y futuro, acción y reflexión (o práctica y
teoría), pasión y razón, rebeldía y revolución, entre las alpar-gatas y los
libros, entre la posibilidad y la amenaza, entre la Reforma Universitaria de
1918 y el 17 de Octubre de 1945, entre Simón Bolívar y Ernesto “Che” Guevara,
entre el “Chacho” Ángel Vicente Peñaloza y Felipe Vallese, entre Manuel Ugarte
y Herbert Marcuse, entre Rosa Luxemburgo y Evita, entre la Spartakusbund y el
Movimiento 26 de Julio, entre el póquer y el truco.
Cooke estuvo a la altura de la utopía que asumió.
No fue un soñador inofensivo. Vivió en los valores a los que esa utopía
remitía. Seguramente, cabe lo mismo para muchos y muchas de quienes estaban en
la Costanera Norte el 26 de septiembre de 2014, compa-ñeros y compañeras de
gran valía, seguramente bien dispuestos y bien dispuestas para cuando llegue la
hora de las batallas fundamentales. Pero no cabe lo mismo para otros y otras.
Para los y las que, poco a poco, se fueron vaciando de esperanzas, se acostumbraron
a no producir hechos y se predispusieron a recibir cada vez menos. Para
aquellos y aquellas que se parecen a John Falstaff, el personaje de Shakespeare
que, corrompido por su aburguesamiento, se torna opor-tunista y cínico.
Aquellos y aquellas que habitan la casa de los ciegos, se hacen pasar por
ciegos, pero ven. Pero igual estaban y el ritual igua-laba a todos y todas. El
ritual embellecía a los y las peores y resignaba a los y las mejores, los y las
perpetuaba (nos perpetuaba) invertebrados y miopes. En efecto, muchas de las
contradicciones que desvelaron a Cooke siguen presentes, son constitutivas de
una política popular.
Aunque la figura de Cooke ha sido asociada a la
“figura chaplinesca del antihéroe”,3 siempre pensamos que Cooke encaja a la
perfección en la figura del héroe de Henry Miller. Para el escritor
norteamericano, el héroe es el que ha vencido sus miedos. Se puede ser héroe en
cualquier ámbito, sin necesidad de pedestales. “Su virtud singular consiste en
que se ha identificado con la vida, identificado consigo mismo. Como ha dejado
de dudar y de interrogar; acelera el flujo y el ritmo de la vida.
3 Duhalde, Eduardo Luis: “Prólogo”. Véase: Cooke,
John William, Obras Completas, Tomo III, Op. cit., p. 6.
332
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
El cobarde, por el contrario, parece detener el
flujo de la vida”.4 El héroe –va de suyo que lo mismo cabe para la heroína– de
ningún modo es el esbelto semidios platónico, no es el hegeliano instrumento de
las realizaciones más elevadas de la historia (o de la “astucia de la razón”),
no es el engendro de Thomas Carlyle. Mucho menos es la persona que sostiene una
doble identidad y que oculta su mejor condición tras algún disfraz humillante.
No casualmente John fue el héroe de Alicia. Lo que no es poco decir.
Entonces, poco importa la muerte burocrática en una
cama del Hospital de Clínicas. Cooke fue un héroe: con su bigotito, su panza y
su gomina, con su desaliñado uniforme de miliciano y la mano fofa en la
ametralladora; en su banca de diputado, en la Resistencia Peronista, en las
Sierras del Escambray, en la Bahía de los Cochinos y en sus denodados esfuerzos
por construir una fuerza revolucionaria con arraigo popular en la Argentina. En
reiteradas ocasiones Cooke se refirió al sentido heroico de la vida, sabía muy
bien cuáles eran sus principales coordenadas.
Nosotros creemos que hay sobrecargar a Cooke de
recursos que nos obliguen a repensar aspectos nodales de una política
emancipatoria y que nos impongan un trabajo de reactualización. Hay que pensar
a Cooke con una impaciencia similar a la del gnóstico a la espera de la
revelación de un oráculo. Asumimos la herencia de lo que nos parece un
coherente desenvolvimiento de la praxis de Cooke. Tratamos de reconstruir el
devenir de lo que fue un pensamiento en devenir. Por lo tanto, nos parece
políticamente insostenible la maniobra que pretende fundar una herencia en un
corte sincrónico que congela el momento que más se ajusta a los compromisos
presentes. Cooke sabía mejor que nadie que la supervivencia del museo era peor
que el odio y la desme-moria, que era la tumba definitiva.
Somos conscientes, también, de que ya no alcanza ni
con la feno-menología ni con la dialéctica. Que para gestar un pensamiento
crítico y emancipador hay que salirse de la doxa heredada. Que hay que crear
nuevos marcos categoriales porque los precedentes son insuficientes. Pero para
semejante tarea hay que tener los pies en la tierra; esto es, asumir nuestras
raíces y partir siempre de la experiencia histórica y de los saberes
emancipatorios acumulados por pueblo argentino y por todos los pueblos de Nuestra
América.
Por eso creemos que es necesario valorar el aporte
teórico-práctico de Cooke a la tradición revolucionaria de Nuestra América,
incluyendo sus aportes al marxismo. Y sabemos que se trata de un aporte teórico
4 Miller, Henry, El mundo del sexo, Córdoba,
Ediciones del Subsuelo, s-f., p. 59
333
MIGUEL MAZZEO
anómalo, porque en Cooke –que, sin dudas, era un
teórico– no habita ninguna teoría; tal vez algún insumo para formular una.
Insistimos en la importancia que tiene reconocer a
Cooke como una figura histórica que sintetizó distintas tradiciones populares y
revolu-cionarias de la Argentina y de Nuestra América, pero que, sobre todas
las cosas, expresó una síntesis plebeya, espontánea y elaborada “desde abajo”
de esas tradiciones. Y que, además de expresarlas, contribuyó a sistematizarlas
y a proyectarlas.
Igual de importante es reconocer su solapada e
irremediable perte-nencia a nuestra época y, probablemente, a las venideras.
Pertenencia ora cálida y compañera, ora incómoda o lacerante. Porque, como dijo
alguna vez Horacio González: “John William Cooke fue nuestro gran filósofo de
la praxis”.5 Lo que, entre otras cosas, significa que Cooke le asignó prioridad
a los cuerpos en lucha y no a los sistemas, que concibió al socialismo como
proyecto vital y no como canon, que pensó la revo-lución como un proceso de
desarrollo de la autoconciencia, la organi-zación y la movilización popular,
siempre desde “las bases”.
5 González, Horacio, “Presente de Cooke en la
historia de la ideas argentinas”, Op. cit. p. 33.
334
Epílogo: “Cooke es el hecho maldito del peronismo
burgués”
“Un hombre, hecho de todos los hombres y que vale
lo que todos y lo que cualquiera de ellos”. Con estas bellas reflexiones, Jean
Paul Sartre finaliza esa suerte de autobiografía que tituló Las Palabras. Libro
que leí y comenté en su momento con Miguel Mazzeo, en una época en la que
leímos, ambos, muchísimos libros del filósofo, narrador y drama-turgo francés
(¿Sería porque la editorial Losada había puesto gran parte de su obra en las
mesas de saldo de las librerías de la calle Corrientes?). Recuerdo que una vez,
alentando mis lecturas “existencialistas” de entonces, Mazzeo me dijo: “El que
fue un gran lector de Sartre fue John William Cooke”.
Para entonces ya había leído Cooke de vuelta (el
gran descartado de la historia argentina), con ensayos de Horacio González,
Daniel Campione, Roberto Baschetti, Claudia Korol y el propio Mazzeo, entre
otros y otras; y los Textos traspapelados de Cooke, que Miguel compiló y
presentó. Libros publicados, los dos, por La Rosa Blindada, en 1999 y 2000,
respectivamente. También había leído, a instancias de Mazzeo, La Rosa Blindada:
una pasión de los 60, cuya compilación y estudio introductorio estuvo a cargo de
Néstor Kohan y en el que aparece publi-cado ese texto impresionante de “El
Bebe”: “Bases para una política cultural revolucionaria”, donde repasa con
maestría los Manuscritos Económico-filosóficos de 1844 de Karl Marx.
Si comento estas pequeñas anécdotas no es por
regodeo narci-sista, sino porque veo en el de Mazzeo un gesto setentista que,
como una rareza de la época, no tiene que ver con la nostalgia sino con la
actualización de las tareas de la intelectualidad revolucionaria o, al menos,
de aquella que no niegue su intervención específica en el campo de batalla de
la teoría y, por lo tanto, de la praxis. Porque Mazzeo, contra los prestigismos
académicos primero, y el estrellato mediático-progresista después, supo sostener
–bastante en soledad, por cierto– una apuesta por intervenir en un campo muy
despresti-giado en su propio “ecosistema”.
335
MIGUEL MAZZEO
Marcados por un fuerte componente local y
reivindicativo, los nuevos movimientos sociales estuvieron impregnados desde
sus comienzos por el virus del anti-intelectualismo de los intelectuales
pequeño-burgueses que contuvieron en su interior. Más cerca del legado de Marx
(pero también del de Cooke, Carlos Olmedo y Mario Roberto Santucho) y de toda
la corriente comunista y libertaria, Mazzeo mantuvo de modo estoico su postura
sobre la necesidad de construir y sostener un pensamiento crítico, asumiendo
que la división entre el trabajo manual y el trabajo intelectual es la base
sobre la que se edifica la asimetría política, social, económica y cultural del
capita-lismo. Y, retomando a sus impugnadores de tiempos pretéritos, asumió el
desafío de no “festejar” los gestos populistas de quienes, en nombre de un
pragmatismo sin sentido, buscaban no asumir los desafíos de romper ese destino
de oralidad al que, en cada momento histórico, se pretende condenar a los
proletarios del mundo.
No en vano, en su libro Conjurar a Babel. La nueva
generación intelectual argentina a diez años de la rebelión popular de 2001
(2012), plantea –entre otras cuestiones– que la nueva generación intelectual
rechaza el “formato sencillo” de los “divulgadores”, que se precian de ser
populares porque hablan “para que el pueblo entienda”. Lejos, de todos modos,
del iluminismo intelectualista tan típico de las viejas izquierdas, lo que
Mazzeo hace es romper la contundencia, buscando siempre que la función intelectual
tenga como horizonte “achicar la brecha” pero porque son más quienes pueden
asumir esas funciones, y no porque se las diluya. En Conjurar a Babel afirma:
“Ocurre muchas veces que el ‘formato sencillo’ no es más que el lenguaje de una
escuela política innoble, el lenguaje del dominador, que como es de suponer,
suele ser poco apto como despertador de conciencias”.
¿Y qué tiene que ver todo esto con Cooke?, podrá
preguntarse el lector o la lectora de estas líneas. Poco, a simple vista, y
mucho, si de lo que se trata es de apropiarse de un “legado Cooke”. Porque
Mazzeo se formó y aportó a la formación de nuevas camadas de “intelectuales
orgánicos”, no sólo con libros y artículos: los que escribió y leyó, los que
prestó y recomendó; o con sus cursos de formación y “Cátedras libres”: los que
organizó, las que impartió, sino también con las conversaciones.
Por ejemplo, extensas conversaciones con Guillermo
Cieza (autor del prólogo del libro que tienen entre manos) y Jorge Pérez, entre
otros mencionados en la presentación de este libro, a través de quienes le
llegaron parte de las historias sobre Cooke. También las intensas y extensas
mateadas que –sabe bien este cronista– Mazzeo sostuvo durante algunos años
junto a Manuel Suárez, uno de esos militantes polimorfos, ya entonces en vías
de extinción. O con el propio José Luis
336
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
Mangieri, a quien tuve el placer de conocer
(gracias a Miguel) y con quien –indirectamente– tuve la posibilidad de
trabajar, ya que uno de mis primeros “empleos” fue poner la “mesita” en la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, no para una
agru-pación siendo estudiante, sino para “hacerme unos mangos”, siendo
“piquetero”, vendiendo libros de La Rosa Blindada, a instancias de la triple
solidaridad de Mazzeo, Mangieri y la Cátedra Libre de Derechos Humanos, donde
estaba (y aún persiste) la, para nosotros emblemá-tica, Graciela “Vicki” Daleo.
Si cuento estas breves anécdotas, insisto, no es
por intimismo, ni por autoreferencialidad, sino para dar cuenta de un modo poco
conven-cional de introducir a las nuevas generaciones a la vida intelectual,
que Mazzeo de algún modo heredó –y resignificó– y supo luego retrans-mitir
hacia los más jóvenes, o sumar a los “nuevos” a ese tránsito junto con los
“viejos”.
Retomando el libro, quisiera destacar el hecho de
que Mazzeo, revi-sitando a Cooke, contribuye a volver a instalar en el
imaginario de las militancias actuales cierta vocación –presente en el período
de luchas anterior al de la “década larga”– de pensar en una política desde el
llano, plebeya, de base, pero no por eso sin vocación de masas. Desde una
izquierda nueva, o que se pretende tal, Mazzeo retoma, a veces sin pronunciarlo
de este modo, el inmenso desafío de recrear un imagi-nario ligado a un nacionalismo
popular-revolucionario, que no es más que otro modo de nombrar las apuestas
socialistas de manera situada, sin dicotomizar los componentes de la “cuestión
nacional” y el inter-nacionalismo (par que incluye, en su seno, el
Latinoamericanismo y el anti-colonialismo). Y qué duda cabe de que “el Gordo”
Cooke fue uno de sus máximos referentes.
Porque a pesar de toda la “vuelta del peronismo” de
los últimos años, Cooke es un indigerible, aun para el propio peronismo
oficial, que recientemente llegó hasta incorporar los nombres de Alicia Eguren
y Juan José Hernández Arregui (ver “Declaración de Formosa” del Partido
Justicialista, junio de 2016), pero no el del “Bebe”. Es que Cooke es el hecho
maldito del peronismo burgués.
La reivindicación “nacional-popular” (“no
populista”) que realiza Mazzeo de Cooke, y a través de él de un costado (el
irreverente y con vocación revolucionaria, es decir, socialista) del peronismo,
tiene clara coherencia con muchos de sus otros trabajos. No sólo los de los
años dedicados al estudio de ese “tío latinoamericano” que es José Carlos
Mariátegui (recordemos que los formalistas rusos insistían en destacar que la
transmisión intergeneracional no se producía de “padres a
337
MIGUEL MAZZEO
hijos” sino de “tíos a sobrinos”), a quien Mazzeo
consagró lecturas y reflexiones que van desde su primer libro ( Volver a
Mariátegui, 1995), hasta una de sus últimas publicaciones (El socialismo
enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de “socialismo
práctico”, 2013), donde no sólo vuelve sobre sus retornos al Amauta, sino
también a sus libros donde intentó contribuir a dotar de una “teoría
revolucio-naria” a determinadas experiencias de la “corriente autónoma” de los
movimientos sociales de la Argentina (o “Nueva Nueva Izquierda”, según él mismo
la denominó). ¿No está claramente presente cierto “espíritu cookiano” en muchos
de sus trabajos? Me refiero fundamen-talmente a la saga ¿Qué (no) hacer? (2005)
y El sueño de una cosa: introducción al poder popular (2007), o Poder popular y
Nación. Notas sobre el Bicentenario de la Revolución de Mayo (2011).
“La nación es un producto activo”, sostiene en el
primero de los libros mencionados. Y agrega: “Nosotros consideramos que la
nación puede ser (en realidad puede volver a ser) un espacio proyectado de la
emancipación, el locus de una dialéctica de la emancipación”. Y agrega en El
sueño de una cosa que el “sujeto popular” no es una entelequia, ni una
abstracción ajena a contradicciones (léase: el pueblo en el que se “armonizan”
los antagonismos de clase), sino una forma de designar “el fundamento que configura
una ética de la liberación, aquello que es sostén y propósito del proyecto
emancipador, ese que, por lo general, a algunos nos gusta llamar socialista”.
Planteos que, por su temática, aparecen con mayor
nitidez en el último de los libros citados. “La memoria de las antiguas luchas
sirve si colabora con la apertura de un nuevo ciclo de la conciencia nacional,
popular y revolucionaria; si ilumina la praxis de los que se proponen rediseñar
la Nación, el Estado y la sociedad”, comenta a la hora de pensar esa dialéctica
que jamás se detiene: la de la historia.
Una década antes, a propósito de El tiempo y sus
mudanzas, la última novela escrita por Manuel Suárez y publicada en 2004,
Mazzeo escribía: “Manuel reacciona al diagnóstico pesimista. Está convencido de
que el tiempo muda”. Tal vez pensando en Cooke, después de leer estas
here-jías, uno pueda leer (o releer), el libro de Manuel, no el de Cortázar,
sino el de Suárez, y meditar sobre su final: “En el patio, el sol es un
recuerdo con promesa de retorno, la luna prosigue su balanceo en sus hojas
alimonadas, el jazmín brilla salpicado de frescuras; un gallo sin horario
saluda el crepúsculo. Hoy casi termina, mañana se anuncia…”.
Hemos atravesado el desierto neoliberal con intensa
creatividad. Hemos salido de la década neodesarrollista un poco mareados, tal
vez, pero con algunas certezas y unas cuantas convicciones. El crepúsculo
338
EL HEREJE. APUNTES SOBRE JOHN WILLIAM COOKE
de los ídolos se desvanece. ¿Se anuncia el mañana
de una Nueva Nueva Nueva Izquierda? No lo sabemos, pero yuxtaponiendo imágenes
podemos traer ante nosotros la del último Cooke, agonizante, mientras el
destacamento de la guerrilla rural de las Fuerzas Armadas Peronistas se alista
en Taco Ralo.
Las continuidades no son lineales y las derrotas no
son sólo derrotas, sino lo que hacemos con ellas. Lo mismo sucede con los
grandes perso-najes del pasado. No son entes objetivos, sino imágenes sujetas a
lo que hagamos con ellas.
Sin lugar a dudas, hoy el aporte de Mazzeo respecto
de Cooke, como ayer fue con Mariátegui, es un insumo insoslayable para las
nuevas generaciones de intelectuales y militantes que no deseamos quedar
atrapados bajo la sombra nostálgica de un supuesto “pasado glorioso”, sino que
buscamos en aquellas palabras intempestivas de Cooke reac-tualizar el
imaginario revolucionario que nos permita medirnos con la época… y dejarla
atrás ante un nuevo amanecer.
Mariano Pacheco
Alta Gracia, Córdoba, 25 de agosto de 2016
339
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La Hora
Militancia peronista para la liberación Mundo
peronista
Nacionalismo marxista. Columnas de liberación
nacional
Nuevo Hombre
Soluciones
Personas Entrevistadas
Aldo Casas
Gerardo Bavio
Fermín Chávez
Envar El Kadri
Isidoro Gilbert
Carlos Lafforgue
360
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José Luís Mangieri
León Rozitchner
Aurora Venturini
Películas
Alicia y John, el peronismo olvidado. Año: 2009.
Dirección: Carlos Castro. Guión: Graciela Maglie y Carlos Castro. Intérpretes:
Carlos Portaluppi (John William Cooke) y Ana Celentano (Alicia Eguren).
Duración: 81 minutos. Producido por el Centro Cultural “Caras y Caretas”.
361
Sobre el autor
Miguel Mazzeo. Nació y vive en Lanús Oeste,
Provincia de Buenos Aires, Argentina. Es Profesor de Historia (Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires) y Doctor en Ciencias
Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Es docente e investigador en la
Universidad de Buenos Aires (UBA) y en la Universidad de Lanús (UNLa) e
investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC),
en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. También ejerce como docente en
espacios de formación (escuelas, cursos y seminarios) de distintas
organizaciones populares y movi-mientos sociales de Argentina y Nuestra
América. Ha participado, como expositor y coordinador, en diversas Cátedras
Libres en Buenos Aires y en el interior del país.
Escritor. Autor de varios artículos y libros; entre
los últimos se destacan:
-Piqueteros. Notas para una tipología, publicado
por Manuel Suárez Editor (Buenos Aires) en 2003 y por la Editorial Quadratta y
el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas con el titulo: Piqueter @s.
Breve histgoria de un movimiento popular argentino (Buenos Aires) en 2014.
-¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los
regímenes eman-cipatorios, publicado por la editorial Antropogafia (Buenos
Aires) en 2005, por Anarres (Buenos Aires) en 2011 y por Quimantú (Santiago de
Chile) en 2015.
- El Sueño de Una cosa. Introducción al poder
popular, publicado por la editorial El Colectivo (Buenos Aires), por la
Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas) en 2007 y por Tiempo Robado
Editoras (Santiago de Chile) en 2014 con el título Introducción al poder
popular. El sueño de una cosa (edición corregida y aumentada).
-Invitación al descubrimiento, José Carlos
Mariátegui y el Socialismo de Nuestra América, publicado por El Colectivo
(Buenos Aires) y por Minerva (Lima) en 2008.
363
MIGUEL MAZZEO
-Poder popular y nación. Notas sobre el
Bicentenario de la Revolución de Mayo, publicado por El Colectivo/Ediciones
Herramienta (Buenos Aires) en 2011.
-Conjurar a Babel, Notas para una caracterización
de la nueva gene-ración intelectual argentina, publicado por El
Colectivo/Dialektik (Buenos Aires) en 2012.
-El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui:
vigencia de su concepto de “Socialismo práctico”, publicado por Fondo de
Cultura Económica (Lima) en 2013.
-Entre la reivención de la política y el fetichismo
del poder. Cavilaciones sobre la izquierda independiente argentina, publicado
por Puño y Letra (Rosario), 2014.
Por su libro José Carlos Mariátegui y el socialismo
de Nuestra América, publicado por Fondo Editorial William Lara (Caracas) en
2014, obtuvo la Mención Honorífica del Premio Libertador al Pensamiento
Crítico.
Fue uno de los fundadores, en el año 1991, de la
Agrupación Universitaria José Carlos Mariátegui (La Mariátegui) y de la
Corriente Estudiantil de Unidad Popular (CEUP), ambas en la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA. Asimismo, participó en la organización del
Encuentro de Organizaciones Sociales (EOS) desde 1997, de la Coordinadora de
Organizaciones Populares Autónomas (COPA) desde 2001 y de la Coordinadora de
Organizaciones de Movimientos Populares Autónomos (COMPA), desde 2010. A fines
de los 90 se vinculó a los Movimientos de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón
del sur del Gran Buenos Aires donde desarrolló tareas de formación, entre
otras. Fue militante del Frente Popular Darío Santillán (Argentina) desde su
fundación en 2004 hasta 2013.
ÍNDICE
Prólogo
1. Presentación
2. Introducción:
herramientas de trabajo
3. Breve
nota sobre herejes y heterodoxos
4. Prolegómenos
5. El
diputado
6. En el
llano
7. El golpe
de 1955 y sus consecuencias
8. Cooke
delegado de Perón: un ejercicio imposible
9. De la
encrucijada táctica a la definición de una estrategia
10. Aquí
están, estos son, los “fusibles” de Perón
11. El
contexto estructural: “racionalización” y Resistencia
12. En busca
de una nueva amalgama: Nacionalismo marxista. Columnas de liberación nacional
13. En busca
de nuevos interlocutores: Las revistas Soluciones y Coincidencia para la
liberación nacional
14. De los
Uturuncos al año 1961
15. La
Revolución Cubana: ¿descubrimiento o constatación?
16. La
Tricontinental y la Conferencia de la Organización Latinoamericana de
Solidaridad (OLAS)
17. Provocadores,
simuladores y revolucionarios
18. Acción
Revolucionaria Peronista (ARP). Sobre el foquismo, Antonio Gramsci y el partido
19. Marx en
Avellaneda
20. Un
marxismo “orginal”
21. Marxismo
“explícito” e “implícito”
22. El signo
de las determinaciones dialécticas
23. Crítica
de la razón burocrática
24. Historia
y política. La lectura del pasado de Cooke: el revisionismo histórico
25. Perón:
realidad y mito
26. Notas
para una biografía de Alicia Eguren
27. El hecho
maldito
28. Cooke:
hereje de dos iglesias
29. Breve
nota sobre política y poética: Peronismo y parodia
30. La
desgracia del conspirador
31. 50 años
de soledad
Epílogo: “Cooke es el hecho maldito del peronismo
burgués”
Bibliografía general
Sobre el autor

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