© Libro N° 13738. Releyendo A
Marx Ante El Siglo De La Gran Prueba: Fetichismo, Termodinámica Y Crisis Socio
ecológica. Muiño, Emilio
Santiago. Emancipación. Abril 19 de 2025
Título Original: © Releyendo A Marx Ante El Siglo De
La Gran Prueba: Fetichismo, Termodinámica Y Crisis Socio ecológica. Emilio
Santiago Muiño
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Original: © Releyendo A Marx Ante
El Siglo De La Gran Prueba: Fetichismo, Termodinámica Y Crisis Socio ecológica.
Emilio Santiago Muiño
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RELEYENDO A MARX ANTE EL
SIGLO DE LA GRAN PRUEBA:
Fetichismo, Termodinámica Y Crisis Socio
ecológica
Emilio Santiago Muiño
RELEYENDO A
MARX ANTE EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA:
Fetichismo, Termodinámica Y
Crisis Socio ecológica
Emilio Santiago Muiño
RELEYENDO A MARX
ANTE EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA:
FETICHISMO,
TERMODI-NÁMICA Y CRISIS SOCIOECOLÓGICA
Reading Marx anew
from the Horizon of the Century of the Big Test:
Fetishism,
Thermodynamics and Socio-ecological Crisis
EMILIO SANTIAGO
MUIÑO *
emilio.santiago.muino@gmail.com
Fecha de recepción:
15 de octubre de 2016
Fecha de
aceptación: 24 de marzo de 2017
RESUMEN
Este artículo
analiza la vigencia de las coordenadas marxianas, interpretadas desde la óptica
de las nuevas lecturas de Marx, en un siglo en el que la crisis socioecológica
se ha convertido en el desafío histórico central. Partiendo de una revisión de
la recepción ecologista de la obra de Marx, tanto por par-te del mar-xismo como
de la economía ecológica, se defiende que la conexión entre teoría del valor y
fetichismo en Marx es esencial para explicar la tautología autodes-tructiva del
capitalismo. Pero simultáneamente se detectan, a la luz de los apor-tes de
ciencias como la termodinámica, inconsistencias importantes en el
plan-teamiento marxiano. Estas obligan a replantear algunos de los presupuestos
fundamentales del proyecto emancipador socialista, concebido bajo la
influen-cia de mitos y expectativas propias de la fase ascendente de la
industrialización, que ya han quedado ecológicamente refutados.
Palabras clave:
Marx, crisis socioecológica, fetichismo, termodinámica, estruc-turalidad
económica.
ABSTRACT
This article
analyses the validity of the Marxian coordinates, interpreted from the new
readings of Marx perspective, in a century where socio-ecological cri-sis has
become the main historic challenge. Taking the ecologist reception review of
Marx’s work as a starting point, either from Marxism and ecological economy,
this article defends that the theory of the value and fetish-ism connection in
Marx is essential to explain the capitalism self-destructive tauto-
* Grupo de Investigación Transdisciplinar
sobre Transiciones Socioecológicas (UAM) / Programa de Estudios Independientes
(MACBA).
logy. But
simultaneously, and in the light of the contributions of sciences such as
thermodynamics, some inconsistencies are detected in Marxian pro-posal. These
force us to reconsider some of the main premises of the eman-cipating socialist
project, conceived under the influence of myths and expec-tations typical of
the ascendant phase of industrialization that have already been ecologically
refuted.
Key words: Marx,
socio-ecological crisis, fetishism, thermodynamics, economic structurality.
1 LA HUMANIDAD ANTE EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA
La extinción es el
desarrollo más común del proceso evolutivo biológico. El registro histórico y
arqueológico nos confirma que, haciendo un uso flexible del término colapso, y
sin pretender con ello subsumir el campo del estudio histórico dentro de un marco
de comprensión científico positivista (que ya es inconsistente
gnoseológicamente incluso dentro de las propias ciencias naturales), podría
trazarse una analogía con los sistemas sociales1: el colapso de las sociedades
humanas no es un acci-dente extraño, sino un desenlace habitual en el
despliegue de la evolución cultural. Una pauta, pensando en términos de Gran
Antropología y de Gran Historia, en la que el agotamiento del ecosistema
envolvente siempre ha jugado un papel funda-mental, tal y como han estudiado
autores como Diamond en el caso de la antropología o Tainter2 en los estudios
historiográficos. Rendimientos alimentarios decrecientes, y las trampas
malthusianas a ellos asociadas, han ejercido una presión socialmente definidora
desde los tiempos del salto agrícola del Neolítico. Debido a su naturaleza de
estructura disipativa, según el concepto de Prigogine3, la gran mayoría de las
sociedades humanas se han demostrado insostenibles en el largo plazo.
A escala de especie
lo que hemos hecho, como afirma Riechmann, ha sido encadenar “un régimen de
insostenibilidad tras otro con el fin de evitar o posponer el colapso total”4.
¿Qué diferencia entonces la contradicción entre capitalismo y naturaleza, que ha
construido a su alrededor una auténtica alarma apocalíptica, de las tensiones
que podían tener, en otras épocas, otras sociedades respecto a sus ecosistemas?
En primer lugar,
hay que destacar un cambio de escala que conlleva en una transformación
cualitativa en todos los órdenes del problema. La expansión e integración
capitalista del mundo, y el desarrollo tecnológico inherente al proceso de
modernización, han transformado las potencialidades operativas humanas. Por un
lado, el mapa del mundo está cerrado: la única fuga posible para la expansión
es extraterrestre. Por otro, hemos desarrollado fuerzas capaces de afectarnos
de un modo iné-dito. Denominar Antropoceno a la actual era geológica es más que
una licencia poé-tica: el ser humano se ha convertido en un agente de cambio
geológico más poten-te que las fuerzas de la erosión o la tectónica de placas5.
En segundo lugar, nuestro metabolismo con la naturaleza se encuentra
completamente sobrepasado. Aunque los países centrales tienen una
responsabilidad acumulada muy superior, la humanidad lleva más de tres décadas
viviendo por encima de sus posibilidades eco-lógicas. Aproximadamente en el año
1980 la civilización industrial superó, por primera vez en la historia, la
capacidad de carga del planeta Tierra: nuestra economía comenzó a consumir
recursos por encima de la posibilidad de renovación de los mismos6. Desde
entonces, hemos estado literalmente comiéndonos el futuro. Vivimos en una
especie de tiempo de descuento civilizatorio, donde la supuesta abundancia de
hoy se carga sobre una factura que mañana no podremos pagar.
La quiebra
metabólica que el sobrepasamiento ecológico está generando es multidimensional.
Pero la vía de agua más urgente la ha abierto el binomio energía-clima. Por el
lado de las entradas de nuestro metabolismo asistimos, desde principios del
siglo XXI, al declive geológico de la base energética de la sociedad
industrial, que son los combustibles fósiles. Primero petróleo, cuyo techo de
producción convencional se alcanzó hacia el año 2006.Y ya en el horizonte el
pico de todos los
líquidos fósiles,
el gas, carbón y el uranio7. Por el lado de las salidas metabólicas, la quema
de estos combustibles fósiles ha enloquecido el sistema climático, en un
proceso acelerado de transformación que se va a demostrar poco compatible con
los márgenes de adaptación de las sociedades humanas.
El calentamiento
global no es el único proceso de saturación de nuestros sumi-deros ambientales.
Convivimos con otros muchos fenómenos que anuncian que la biosfera ya no es
capaz de absorber las consecuencias de nuestra actividad: la acidi-ficación de
los océanos, la disminución de ozono estratosférico o la alteración de los
ciclos biogeoquímicos por sobrecarga de nitrógeno y fósforo8. La vertiginosa
pér-dida de biodiversidad, equiparable a la de las grandes extinciones del
registro geo-lógico, está poniendo contra las cuerdas servicios biosféricos
fundamentales para la vida humana. En paralelo, la cuenta atrás para el
agotamiento de todos los recursos básicos, y no solo los energéticos, ya ha
comenzado: las pesquerías mundiales se en-frentan a rendimientos decrecientes
desde finales de los setenta del siglo XX9. El uso mundial de agua dulce se
aproxima peligrosamente al límite de seguridad pro-puesto por el consenso
científico, lo mismo que las tierras destinadas para usos agropecuarios10. Y
los minerales y metales que requieren nuestros metabolismos in-dustriales
menguarán a medida que profundicemos en el siglo XXI, y vayamos ago-tando las
reservas de materia-energía de baja entropía11.
Cualquiera de estas
tendencias aisladas conllevaría en sí misma un riesgo potencial de colapso. La
interconexión y retroalimentación de todas ellas nos coloca ante una tormenta
perfecta: una situación objetiva de emergencia histórica. Pero en líneas generales,
el sobrepasamiento ecológico es solo un síntoma de una metabolopatía cuyas
causas hay que buscarlas en otros planos: una civilización como la capitalista,
empotrada en un proceso de reproducción expansivo delirante, que exige un
crecimiento exponencial sin precedentes, cuya condición de viabilidad consiste
en triturar sistemáticamente las condiciones mismas de la sociabilidad humana,
y cuya dirección política se halla sometida al poder de la economía de un modo
inédito, es una civilización muy poco preparada para saltar sobre el abismo
abierto por la insostenibilidad ecológica.
Cuando todas estas
tendencias se alinean generando un cuello de botella del calibre de la crisis
socioecológica en marcha, no es exagerado afirmar, como hace Jorge Riechmann,
que nos encontramos en el umbral del “Siglo de la Gran Prueba” para la humanidad:
“El siglo XX fue
trágico. El siglo XXI lo será multiplicandamente. Si no conse-guimos dar forma
a una sociedad industrial sustentable por improbable que ello resulte (y es
extremadamente improbable), en este planeta sobran miles de millones de seres
humanos. (…) Eso significa un genocidio inimaginable que pue-de iniciarse –de
hecho está prefigurándose en el business as usual– en los próxi-mos decenios.
Creo que todo nuestro esfuerzo debe encaminarse a evitar ese horror.”12
2 LA RECEPCIÓN ECOLOGISTA DEL PENSAMIENTO DE
MARX
La caída de la
Unión Soviética, entendida como la plataforma política a través de la que se
implantaban en el juego histórico las ideas de Marx, y por tanto como la prueba
última de la viabilidad de las mismas, condujo a un descrédito teórico y
aca-démico del marxismo relativamente generalizado. Sin embargo, a partir de
2008, la experiencia de la crisis global ha vuelto a reanimar el pensamiento
tantas veces da-do por muerto de Marx. Pero es evidente que esta crítica ya no
puede volver sobre los cauces que le fueron comunes, de forma mayoritaria, en
el marxismo del siglo
XX. Dado que la cuestión socioecológica marca el
signo de los tiempos tanto o más que la crisis económica que se interrelaciona
íntimamente con ella, el pensamiento de Marx podrá volver a mirar a los ojos a
la praxis de nuestra época y sus retos solo si logra aportar claves específicas
para analizar la destrucción suicida de las bases naturales a la que nos hemos
entregado. Y puesto que el pensamiento de ningún autor es un sistema cerrado
omnicomprensivo, sino siempre un aporte parcial a una inteligencia común en
construcción permanente, la actualización de las coor-denadas críticas que
esbozó Marx tiene en las lecciones dadas por el pensamiento ecologista una
parada obligatoria. Para esta tarea intelectual no se parte de cero. Es cierto
que el currículum ecocida del llamado “socialismo real” hace que el estigma de
ideología productivista que se ha granjeado el marxismo sea absolutamente
merecido. Pero tanto en Marx como en sus herederos podemos rastrear toda una
línea de preocupaciones de índole ecológica bien sustanciadas.
Harich, con su
libro Comunismo sin crecimiento13, fue uno de los pioneros en el diálogo entre
Marx y el pensamiento ecologista de su tiempo. Recogiendo una serie de diálogos
y entrevistas en el marco del impacto del importantísimo informe al Club de
Roma Los límites del crecimiento (1972), Harich planteaba que el Materialis-mo
Dialéctico (DIAMAT), inspirado en los textos de Marx y Engels, hacía al
mar-xismo una doctrina mucho más preparada para confluir con el espíritu que
ema-naba de Los límites del crecimiento que la mayor parte del pensamiento
occidental (incluido el “marxismo occidental” y la Teoría Crítica). La primacía
ontológica de la naturaleza, con la consecuente subordinación de las
estructuras sociales a las estructuras físico-naturales, y la idea de materia
como un todo complejo interre-lacionado, que invalida el pensamiento
monocausal, son dos ejes de la matriz teó-rica del DIAMAT que según Harich
abrían un espacio muy fértil para las refle-xiones ecológicas.
James O´Connor ha
procurado articular teóricamente el marxismo y el ecolo-gismo ampliando el
alcance de la idea de contradicción capitalista. Para O’Connor el capitalismo,
además de albergar una contradicción inherente en el conflicto ca-pital-trabajo
tal y como la analizó Marx (el alza de la tasa de explotación, a las que tiende
el mecanismo de acumulación capitalista, provoca como un efecto no desea-do el
bloqueo del ciclo de realización del valor en forma de crisis de
sobreproduc-ción), presenta una segunda contradicción estructural: el conflicto
entre la lógica del capital y las condiciones de reproducción de las fuerzas
productivas. Estas con-diciones son múltiples, sin un elemento que juegue el
papel de factor central, y abarcan desde la riqueza natural a la reproducción
doméstica de la fuerza de traba-jo, pasando por las infraestructuras urbanas.
De este modo, O´Connor extiende el terreno de la guerra de clases, haciendo
compatible las luchas ambientales con el esquema marxista clásico, que priorizaba
erróneamente a la lucha obrera como motor emancipador14.
John Bellamy Foster
ha ido más lejos al plantear no solo que un desarrollo de las ideas marxistas
es perfectamente compatible con el ecologismo, sino que en los mismos textos de
Marx hay bases filosóficas muy coherentes para un pensamiento con una “conciencia
profundamente ecológica”15. Así Foster redescubre toda una serie de propuestas
teóricas en las obras de Marx de gran valor para un pensamien-to ecológico
crítico, especialmente su noción de metabolismo social, que consigue superar el
dualismo reduccionista que hoy impera en ambos bandos de la batalla
epistemológica entre deterministas ambientales y constructivistas sociales.
Otros autores
marxistas, preocupados por releer a Marx ante la catástrofe socio-ecológica,
han sido más prudentes. Manuel Sacristán16 encontró diversos atisbos
eco-lógicos en Marx: sus estudios sobre las condiciones de alimentación y
vivienda de las capas populares como anticipaciones de lo que hoy llamaríamos
ecología huma-na, incluida su preocupación política por la adulteración de los
alimentos; el pro-blema del agotamiento de los suelos provocado por la
agricultura capitalista; la ne-cesidad futura de un proceso de desurbanización
socialista. Pero estos atisbos no formarían una unidad coherente. Michael
Löwy17 apunta en la misma dirección al afirmar que Marx ha tenido intuiciones
ecologistas, pero no una base ecológica fun-damentada. Como defiende Daniel
Tanuro18, el hecho de que ni en el Este ni en el Oeste los herederos de Marx se
hallan preocupados por sistematizar los fogonazos de genialidad ecologista del
maestro dice mucho sobre el peso que esta sensibilidad tenía en el sistema en
su conjunto.
Una opinión
parecida despierta Marx entre algunos de los grandes pensadores del ecologismo
contemporáneo. Jose Manuel Naredo considera que las preocupa-ciones ecologistas
de Marx, expresadas en los apartados sobre la renta de la tierra o la relación
entre industria y agricultura capitalista, son anecdóticas. Reflexiones
“profundamente sentidas”, pero que en el fondo “no encajan con su visión global
de lo económico”19. El capítulo sobre Marx en La economía en evolución, la obra
maestra de Naredo, nos sirve para entender el poco entusiasmo que ha generado
Marx entre los economistas ecológicos. Fundamentalmente, Naredo, y con él toda
una escuela de pensamiento, se distancia de Marx por cuatro motivos: (i) Marx fue un pensador que participó por
completo en la noción moderna de producción. Esto es, que asumió como verdadera
la ruptura epistemológica posfisio-crática, que rebajó a la naturaleza a una
posición pasivo-objetual: la naturaleza sería una entidad subordinada,
moldeable por el papel transformador-activo del trabajo, que no presentaría
límites ni consistencia propia (y que llega a ser incluso prescin-dible en los
análisis de la economía neoclásica estandarizada). Por tanto, Marx ha-bría
contribuido al divorcio entre el mundo físico y el mundo económico que ha
conducido a la ruina ecológica a la civilización moderna.
(ii) Marx estuvo altamente influenciado por una
filosofía de la historia forjada en un fuerte compromiso axiológico con el mito
del progreso. Su materialismo histó-rico dibujó un relato épico de corte
prometeico, que le llevó a explicar la evolución de los sistemas sociales como
una sucesión de etapas que ascienden hacia formas su-periores de producción. El
socialismo se justificaba entonces no sólo por su ido-neidad ética o moral,
sino sobre todo como un relevo económicamente más efi-ciente, que debía dejar
al capitalismo obsoleto en sus propios términos.
(iii) Marx pensó desde dentro de una concepción de
la materia construida bajo el paradigma mecanicista newtoniano. En este
sentido, compartió las ilusiones del socialismo de la época de formular una
física social bajo la inspiración deslumbran-te de los Philosophiæ naturalis
principia mathematica, que dos siglos más tarde seguían sirviendo de modelo de
conocimiento verdadero para la cultura occidental.
(iv) Marx aceptó, con una perspectiva antropológica
y no histórica, las categorías de la economía política como las coordenadas que
delimitan universalmente el fe-nómeno económico. Con su crítica las precisó y
afinó, descubriendo la apropia-ción de plusvalía por parte de los capitalistas,
introduciendo la cuestión de la explo-tación y poniendo el acento en cómo el
juego económico viene condicionado por factores sociológicos previos,
relacionados con el reparto de poder entre clases sociales. Pero esencialmente
Marx siguió otorgando validez al marco teórico ricar-diano sin superarlo. Bajo
este paraguas ontológico y epistemológico, Marx comete-ría la misma gran
falacia ricardiana al equiparar riqueza material y valor: “Marx mantiene, junto
con otros economistas clásicos, ese lazo de unión entre el valor de cambio de
las cosas y la utilidad y el placer que luego se encargarían de anudar con fuerza
los autores llamados neoclásicos”20.
¿Se ajusta a la
realidad la interpretación de Naredo respecto a la obra de Marx? Es difícil
negar las tesis de Naredo al menos en los dos primeros puntos. Indudablemente,
Marx es un hijo intelectual de la ruptura epistemológica posfisiocrática. Y su
empleo de la noción abstracta y antropocéntrica de producción contribuyó
también a ocultar el papel prioritario de la naturaleza en la generación de la
rique-za. Prueba de ello es que ni Marx ni Engels supieron distinguir entre
flujos y stocks energéticos, por lo que no pudieron apreciar el inmenso salto
cualitativo, el autén-tico corte epocal, que supuso el paso de la quema de
madera a la quema de com-bustibles fósiles. Su desprecio por el trabajo
ecológico pionero de Podolinsky, co-mo analiza entre otros Joan Martínez
Alier21, confirma que carecían de herramien-tas conceptuales para introducir
los límites biofísicos como un condicionante esen-cial del proceso social. Y su
descalificación de la ley de la entropía como una cons-trucción ideológica
burguesa pasará a la historia de las ideas como uno de los ejem-plos más
notables de cómo un sesgo mitológico puede incluso enturbiar el análisis de las
mentes más lúcidas de una época.
En lo que respecta
a su fe en el progreso indefinido como un destino, tampoco cabe mucha
discusión: la vida y obra de Marx es incomprensible sin enmarcarla en el
furioso optimismo antropológico del siglo XIX. Una intensa borrachera colectiva
de unilateralidad humana, reforzada empíricamente por el proceso acelerado de
innovación técnica y científica del industrialismo, que solo fue posible
quebrando el ordenamiento teológico del cosmos. Y por tanto cuestionando los
dispositivos simbólicos y culturales que, bajo la forma de lo sagrado y durante
cientos de años, habían enseñado a los seres humanos a aceptar con humildad y
resignación dos de las grandes lecciones de la termodinámica: la finitud y la
idea de límite.
Resulta más
problemático afirmar que Marx participó sin reservas del paradig-ma mecanicista
newtoniano. Aunque la contaminación es innegable, y tanto el campo semántico
que empleó mayoritariamente Marx como alguno de sus razona-mientos da buena
cuenta del ascendiente newtoniano (como por ejemplo el predo-minio del término
fuerza, o el uso que hace Marx del cálculo diferencial para con-cebir la noción
de plusvalía, tal y como señala Naredo), lo cierto es que la urdimbre de la
trama categorial de Marx era diversa y bebía de fuentes muy heterogéneas. Solo
con recordar la influencia que tuvo en Marx el naturalismo de Darwin por un
lado, y la dialéctica hegeliana por otro, que le vacunó contra toda tentación
de reproducir esquemas explicativos monocausales, parece suficiente para
sospechar de la acusación. Marx simplemente habitó en el pulso intelectual de
su tiempo: todavía fuertemente condicionado bajo la larga sombra del
mecanicismo, pero en paralelo abriéndose a las nuevas perspectivas
materialistas embrionarias a las que apuntaba el desarrollo de las nuevas
ciencias.
El cuarto motivo de
la crítica de Naredo a Marx es quizá el más inconsistente, hermenéuticamente
hablando. Es cierto que el marxismo ortodoxo, empezando por el mismo Engels
tras la muerte de Marx, contribuyó activamente a propagar la creencia en la
validez universal de las categorías propias de la economía política, como
trabajo o capital. Y llegó a afirmar que la ley del valor también operaba en
sociedades precapitalistas (bajo la concepción del modo de producción mercantil
simple, entendido éste una etapa histórica con fundamento empírico, y no como
una construcción lógico-formal que sirviese para clarificar la dinámica
estructural del capitalismo). En su crítica, Naredo encuentra en la escolástica
marxista razones de peso para afirmar que ésta es una escuela que hace apología
del marco concep-tual heredado y las categorías problemáticas de sistema
económico. Sin embargo, lecturas más recientes, más exhaustivas y menos
instrumentalizadas por los intere-ses de las revoluciones leninistas, han
llegado a conclusiones al respecto que están en las antípodas de lo planteado
por el marxismo ortodoxo. El debate no es super-fluo. Comprender la particular
teleología de la crisis socioecológica pasa también por analizar la Modernidad
como una rara avis: como las primeras sociedades de la historia con estructura
económica, que Marx desentrañó críticamente de un modo que una parte de su
linaje ha aprehendido de modo todavía confuso.
3 LA ESTRUCTURALIDAD ECONÓMICA COMO EXCEPCIÓN
HISTÓRICA
Demostrar una
voluntad tenaz por salvar la vigencia perpetua de la obra de Marx es un
ejercicio intelectual que carece de interés. Es obvio que el pensamiento de un
solo hombre del diecinueve europeo no puede responder a todos los problemas del
mundo contemporáneo. Pero desecharlo en bloque, dando credibilidad a los
luga-res comunes nacidos al amparo de su degradación ideológica a lo largo del
último siglo, aporta tan poco como abrazar sin reservas un marxismo dogmático.
Esencial-mente porque Marx ha sido un autor fundamentalmente interpretado. El
impacto objetivo de su obra, tanto científico como político, se ha debido más a
las glosas de sus discípulos, comenzando por Engels, que a un estudio
pormenorizado y directo de la misma. Lo que ha conllevado algunos equívocos
importantes que merece la pena deshacer.
El marxismo
tradicional u ortodoxo, que es el que ha legado a la historia de las ideas los
“memes” más identificativos del marxismo, es básicamente un engelsismo. Engels
ordenó y sistematizó una obra teórica inacabada. Con el objetivo de influir en
el accionar político de la socialdemocracia decimonónica, Engels fue
constru-yendo un planteamiento bastante esquemático, extremadamente simple y en
defi-nitiva ideológico, en el que mezcló esquemas propios del pensamiento
burgués, un materialismo hecho a medida y muy pobre, elementos simplificados de
la teoría he-geliana y algunas ideas de Marx extraídas de modo parcial del
conjunto de su obra22. El resultado fue un burdo economicismo y un determinismo
histórico muy acusado que apenas tiene apoyo textual en la obra de Marx. Este
marxismo orto-doxo fue contestado al menos en dos grandes oleadas: en los años
veinte surgió un movimiento intelectual crítico, inicialmente de inspiración
hegeliana, que buscó romper con la degeneración determinista y economicista en la
que estaba cayendo el pensamiento de Marx, que dio lugar a la muy diversa
galaxia de autores que en ocasiones ha sido englobada bajo el rótulo de
marxismo occidental. En los años sesenta, un núcleo de académicos convergió en
un esfuerzo hermenéutico sistema-tico al que la obra de Marx todavía no había
sido expuesta: el proyecto de leer a Marx desprovistos de anteojos
preconcebidos. De esta labor teórica ha emergido un magma heterogéneo, que es
radicalmente plural, pero que comparte postulados que rompen con un segmento
importante del legado de la tradición marxista23.
La naturaleza
históricamente específica de las categorías de la economía política, esto es,
la imposibilidad de extrapolar la validez de conceptos como capital, trabajo
abstracto o valor a sociedades precapitalistas, es uno de los aspectos en los
que estas nuevas lecturas de Marx han fraguado un consenso más sólido. Todas
com-parten a grandes rasgos la tesis siguiente: uno de los más graves errores
interpre-tativos en los que incurrió Engels, que comprometieron para siempre el
desarrollo del marxismo, fue haber entendido El Capital como una lectura
historicista, como un análisis del capitalismo de competencia del siglo XIX, al
que habría precedido un supuesto modo de producción mercantil simple, en el que
regiría la ley del valor, pero no la tiranía de la acumulación de capital. Pero
Marx explicitó exactamente lo contrario:
Lo que me propongo
investigar en esta obra es el modo de producción capita-lista y las relaciones
de producción y de circulación que le corresponden. Su sede clásica es, hasta
ahora, Inglaterra. Esta es la razón por la que sirve de ilustración principal a
mi exposición teórica (…) En sí y para sí no se trata del mayor o menor grado
del desarrollo de los antagonismos sociales que surgen de las leyes naturales
de la producción capitalista. Se trata de estas leyes mismas24.
A partir de este
error se abre una línea divisoria fundamental entre el pensa-miento de Marx y
el marxismo: mientras que el marxismo ha defendido que Marx realizó una
economía política crítica, asumiendo el universo conceptual de la ciencia
económica, pero yendo más lejos al descubrir y denunciar la explotación, las
nue-vas lecturas de Marx coinciden en que el interés profundo de Marx era la
formu-lación de una crítica a la economía política. Esto es, exponer el absurdo
autodestruc-tivo, pero históricamente determinante, en el que se sustentan las
relaciones socia-les capitalistas y las categorías que nos permiten pensarlas.
Es decir, Marx no estaba solo interesado en reclamar la participación del
trabajo en la riqueza capitalista (algo que, a su manera, ya había hecho
Ricardo y sus discípulos, especialmente los socialistas ricardianos) sino en
cuestionar los fundamentos de la llamada riqueza capitalista (el valor) y sus
implicaciones históricas, algunas esperanzadoras y otras desastrosas.
En definitiva, la
sociedad moderna y capitalista es una singularidad histórica, algo excepcional,
porque como se ha afirmado ya, se trata de la primera sociedad que posee
estructura económica25. No la primera sociedad atravesada por una estruc-tura
económica capitalista, como si antes hubieran existido sociedades con
estruc-tura económica feudal o esclavista, sino la primera sociedad en la que
una esfera de lo social ha generado un universo de relaciones autonomizado, la
economía, que realiza el proceso de constitución social. Como afirma Marzoa:
“Marx nunca
pretendió que fuese posible escribir el equivalente de Das Kapital para otra
«sociedad» que la «moderna». No presupone el concepto de una estruc-tura
económica para luego buscar cuál es ella en la sociedad moderna, sino que
muestra el carácter peculiar de la sociedad moderna haciendo ver que esa
sociedad aparece como una estructura económica.”26
Aquí es preciso
detenerse en las implicaciones que el concepto de estructura tie-ne al hablar
de estructura económica, que aporta una luz fundamental para enten-der el
verdadero contorno de nuestra crisis socioecológica: a lo que remite la no-ción
de estructura no es a una configuración social que necesite producirse de mo-do
continuo (desde una noción de micropoder foucaultiano, que tiene
constante-mente que ejercerse y recrearse en su relación de dominación), sino a
un ordena-miento relacional de elementos sociales con consistencia interna y
poder definidor, que puede hacer que las cosas sean lo que son. “Lo
característico de una estructura es que produce efectos sin ejercicio de poder
alguno” nos recuerdan Liria y Alegre recuperando la noción althusseriana de
causalidad estructural27.
La verdadera carga
de profundidad teórica de la noción de estructura manejada aquí es la supresión
del sujeto intencional, o su relegación a un segundo plano explicativo. El
capital es una potencia social, no personal, nos recordaba Marx. Y un
capitalista no es más que la personificación del capital, cuyas decisiones
subje-tivas influyen poco en el desarrollo general del metabolismo social del
que forma parte: básicamente cumple el rol que le ha tocado desempeñar en el
reparto de poder definido por la estructura capitalista, cuyo desenvolvimiento
acaba tomando forma de una suerte de ley que, pese a ser humana, se impone a
los seres humanos no como una construcción arbitraria y negociable, sino como
una fatalidad espon-tánea y no consciente. De este modo la acumulación de
capital adquiere el aspecto fenoménico de una segunda naturaleza, con
imposiciones que parecen leyes tan inviolables como la gravedad. Y el capital
mismo el estatus de una suerte de sujeto automático. Este poder definidor lo
constituyen un tipo de relaciones sociales muy particulares, las relaciones
económicas, segregadas del totum cultural hasta configu-rar un universo social
autónomo que posee su propia racionalidad parcial, autosu-ficiente y solipsista
(y que deviene en macroirracionalidad general) y configura las instituciones y
las subjetividades bajo este molde antropológico. El capitalismo po-dría
redefinirse entonces como un patrón civilizatorio que somete al conjunto de la
reproducción social a las pulsiones de un ello económicamente constituido.
La substancia
última de la “estructuralidad” moderna es el valor como forma so-cial de
riqueza, que es antagónica respecto a la riqueza material concreta, y no puede
existir de modo estático. Surgido en condiciones de competencia que su ciclo de
realización retroalimenta y refuerza, el valor está obligado a su ampliación
constante por parte de los actores económicos so pena de quedar expulsados del
juego en el que se dirime la supervivencia social en el capitalismo. Por ello
el plus-valor es un tipo de plustrabajo que no puede ser empleado como gasto
suntuario o de lujo, sino que debe ser mayoritariamente reinvertido en generar
nuevos benefi-cios: “su propia condición vital consiste exclusivamente en ello:
solo se conserva como valor de cambio que vale para sí y que difiere del valor
de uso en tanto se reproduce continuamente”28. Su sustancialidad abstracta
facilita esta acumulación sin límite, a la que está llamado el valor en lo más
profundo de su esencia como realidad social.
De cara al análisis
de la crisis socioecológica, el pensamiento de Marx nos per-mite comprender que
la decisión individual de los capitalistas de reinvertir la ma-yor parte de sus
beneficios para generar más beneficios, que es la génesis del com-portamiento
colectivo depredador que muestran nuestras sociedades respecto a la biosfera,
no es estrictamente una decisión, pues no es voluntaria. Tampoco se trata de
algo motivado por mecanismos psicológicos subjetivos, como la codicia: es un
com-portamiento forzado por la estructura económica en que se ha convertido la
sociedad moderna. Por ello Marx hablaba de autovalorización del valor en la
medida en que su despliegue depende de un mecanismo automático ciego, que nadie
decide de mo-do consciente, sino que se asume como un a priori social. En el
valor que se auto-valoriza, el valor constantemente dinamizado en el juego
inversión-beneficio, en-contramos ya al capital como fundamento de ese sistema
de dominación que se ha denominado capitalismo, que vuelve la producción una
tautología que escapa al control humano, convierte la búsqueda del beneficio
monetario un fin en sí mis-mo, y sobreexcita la insostenibilidad ecológica de
nuestra especie hasta un punto de no retorno.
Para Marx, que la
sociedad moderna sea una estructura económica gobernada por la autovalorización
del valor tiene tres grandes efectos, de los cuales los dos primeros al menos
son síntomas claros de barbarie y subdesarrollo histórico: (i) es una sociedad
alienada y generadora de unos niveles de desigualdad enormes y, a la vez, de
pobreza social, esto es, pobreza materialmente injustificada; (ii) es una
socie-dad periódicamente desgarrada por el fenómeno de la crisis; (iii) es una
sociedad encaminada, sin remedio, hacia la reproducción constantemente ampliada
y el desarrollo infinito de las fuerzas productivas. Decía Marx al respecto del
último efecto:
“Como fanático de
la valorización del valor, el capitalista constriñe implacable-mente a la
humanidad a la producción por la producción misma (…) Las leyes inmanentes del
modo capitalista de producción, que imponen a todo capitalista individual la
competencia como ley coercitiva externa, lo obligan a expandir continuamente su
capital para conservarlo.”29
Es decir, el
capitalismo conlleva una determinación direccionalmente dinámica que se impone
como una norma indiscutible: todo el esfuerzo social debe orientarse hacia el
crecimiento perpetuo. Una especie de axioma metaeconómico y metapo-lítico (en
tanto que misión incuestionable que marca los horizontes de posibilidad de la
economía y la política realmente existentes) que deben asumir tanto las
uni-dades productivas descentralizadas del tejido económico (las empresas),
como, por agregación general, la sociedad en su conjunto, incluidas sus
entidades institu-cionales, cuya estabilidad depende de colocar sus velas a
favor de este viento histó-rico. Algo que en el siglo XIX podía parecer una
garantía para llegar a buen puerto, y romper de paso las constricciones
materiales y sociales del Antiguo Régimen, pero en el siglo XXI tenemos la
certeza científica de que conduce a un naufragio antropológico sin precedentes.
4 FETICHISMO DE LA MERCANCÍA Y SONAMBULISMO
HISTÓRICO CONTEMPORÁNEO
“No lo saben, pero
lo hacen”. La famosa frase con la que Marx resume como la ley del valor se
impone a espaldas de los productores describe también la destrucción de las
bases naturales que permiten la reproducción social. Más bien en este punto de
la historia ya podría decirse, en toda su crudeza, lo saben, y aun así lo
hacen. El regusto sacrificial del término fetichismo descubre todo su sentido
al contraste con la incompetencia colectiva que la humanidad está demostrando
respecto a la solu-ción de la crisis socioecológica. Desde la cumbre de Río de
1992 se suceden los esperpentos teatralizados en los que la gobernanza
capitalista global deja constan-cia a los historiadores del futuro (si es que
en el futuro subsisten historiadoras e historiadores) de una de las causas más
evidentes del colapso en marcha: la incapacidad manifiesta de dicha gobernanza
global para gobernar nada. Su esterilidad para hacer otra cosa que no sea
allanar el camino de las compulsiones cen-trífugas que persigue obsesivamente
la acumulación de capital. Ese otro atentado sanguinario que tuvo lugar en
París, con la firma de la COP21 en diciembre de 2015, es el penúltimo ejemplo:
lo que se firmó en París es una condena a muerte, en diferido, de cientos de
millones de personas, por la vía de la hambruna, de los conflictos climáticos o
del éxodo migrante, de la que tampoco los centros de poder capitalistas podrán
salir ilesos.
El divorcio entre
mundo económico y mundo físico en que incurre nuestro sistema social, que tan
bien han detallado pensadores como Naredo, no es un error en clave de
mentalidad colectiva, que en consecuencia hubiera configurado un en-torno
institucional proclive al ecocidio. El gran aporte de Marx, donde éste entra
mejor en diálogo con el siglo XXI, radica en explicar cómo la metafísica
economicis-ta, la inversión del mundo de la que hacen gala los economistas
neoclásicos, se ha encarnado en las dinámicas sociales inconscientes que
configuran nuestro sistema social. La autovalorización del valor no es una
confusión o un dispositivo ideoló-gico, sino una presión coercitiva
multilateral, socialmente definidora y absoluta-mente real. Y cuyo poder
destructor además nos afecta desde una dimensión que no es directamente
accesible desde los acuerdos voluntarios entre sujetos, ni se deja abordar por
una supuesta racionalidad comunicativa. Entre otras razones, porque se impone
de modo inconsciente, y además configura las condiciones de posibili-dad de
cualquier accionar pragmático, que debe someterse a sus imposiciones, tan
absolutas que parecen haber agotado todo el campo de lo posible. En definitiva:
el pensamiento de Marx sigue teniendo una actualidad rabiosa en el siglo XXI
por-que nos ayuda a comprender que el capitalismo no es un plan político
dirigido por una lumpenburguesía barbarizada y codiciosa, sino una suerte de
sonámbulo histó-rico sin control, que también se impone, aunque con efectos
sociales y vitales radi-calmente distintos, al famoso 1% de privilegiados que
dominan el juego económico.
La matriz teórica
que permite comprender el comportamiento del capitalismo como metafísica
económica encarnada la encontramos en la dualidad esquizofré-nica que atraviesa
toda la estructuración social capitalista. Marx fue consciente de que ésa había
sido su gran aportación a la historia de las ideas: “he sido el primero en
exponer críticamente esa naturaleza bifacética del trabajo contenido en la
mer-cancía (…). Este punto es el eje alrededor del que gira la comprensión de
la economía política”30.
Para calibrar el
alcance de este salto teórico, es preciso entender que lo verdade-ramente
esencial del uso que Marx hace del concepto de valor está en su dimen-sión
cualitativa, y no en una supuesta dimensión cuantitativa que permitiera medir
el tiempo de trabajo empleado en la producción de cada mercancía. Lo
interesante del concepto cualitativo de valor que emplea Marx es, primero, cómo
logra aprehen-der el carácter específicamente social del trabajo en el
capitalismo. Esto es, la interacción ser humano-naturaleza, que genera riqueza
útil y valores de uso, para validarse socialmente, para poder ser
colectivamente aprovechada, tiene que ser inter-cambiada con éxito y pasar por
el ojo de la aguja del valor que se valoriza. En el capitalismo, todo debe demostrarse
vendible. Y para ello homologarse competitiva-mente con unos niveles de
productividad impuestos anónimamente por la con-currencia mercantil. Niveles de
productividad que además se miden en términos abstractos, y se expresan en la
forma dinero, en cuya esencia está prescindir de cual-quier consideración sobre
las cualidades de aquello de lo que está haciendo abs-tracción. Lo que atenta
contra la materialidad concreta del mundo, con efectos devastadores sobre dos
mercancías que, como afirma Polanyi, nunca podrán ser realmente mercancías: la
fuerza de trabajo y la naturaleza.
Es segundo lugar,
el enfoque cualitativo de valor que emplea Marx permite vislumbrar como este
carácter específicamente social del trabajo no es fruto de ningún pacto social
ni de ninguna imposición política. Es una expresión necesaria de una fisionomía
social donde millones de sujetos económicos son, simultánea-mente,
interdependientes, pero mutuamente indiferentes. Es decir, una realidad
fáctica, no decidida, que surge en sociedades mayoritariamente orientada al
inter-cambio, en las que todos los trabajos, o al menos la mayoría, producen
mercancías. Esto es, en una sociedad donde “las necesidades de cada uno se
hayan vuelto extre-madamente multilaterales mientras que su producto se haya
vuelto extremada-mente unilateral”31.
Que en Marx haya
predominado un enfoque cualitativo del valor como el que aquí se concede no es
un hecho unánimemente aceptado por todo el marxismo, sino una de las
interpretaciones a las que apuntan las nuevas lecturas de Marx. Lo que tienen
estas a su favor en la batalla hermenéutica es que dotan a la obra de Marx de
una nueva y potente coherencia interna, especialmente al conectar la teo-ría
del valor con la cuestión del fetichismo. Como afirma Clara Ramas: “¿qué tipo
de trabajo o bajo qué condiciones el trabajo se cristaliza en mercancías de
modo que sólo en ellas se manifiesta su carácter social? Ésta es, pues, la
pregunta de la teoría del valor de Marx; y ¿cuál es su respuesta? La respuesta
es el fetichismo”32.
Marx habló
explícitamente del fetichismo de la mercancía, que provoca que an-te los ojos
de los sujetos sometidos a las relaciones sociales capitalistas “su propio
movimiento social tiene para ellos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo
control se encuentran, en lugar de controlarlos ellos”33. En otros pasajes de
El Ca-pital sugirió Marx fórmulas de fetichismo que también afectaban al resto
de catego-rías de la economía política, como el dinero y el capital. Debe
remarcarse que el fetichismo, que atraviesa la experiencia social en el
capitalismo, no es un espejismo ideológico, sino la fuerza material generada
por la estructuralidad económica capi-talista que provoca que los seres humanos
pierdan su cualidad de sujetos, y se inte-rrelacionen entre sí como si fueran
cosas (cosificación de las personas), mientras que las cosas, como la
producción que permite la acumulación de capital, adquiere el estatus de sujeto
que dirige el proceso social (personificación de las cosas). Que el universo
social capitalista esté sometido a este principio irracional de la produc-ción
por la producción explica la conexión intrínseca entre capitalismo y el
sonam-bulismo histórico contemporáneo34. Otro aspecto interesante de la
categoría del fetichismo es que permite pensar la dinámica capitalista más allá
de la reproduc-ción de los intereses sociológicos de una clase social. La
tautología acumulativa del capital pasa así a poder entenderse como una
maldición antropológica, capaz de ge-nerar estructuralmente una claustrofóbica
experiencia social que permite pensarse en términos de mal común. Lo que no
anula el conflicto entre clases, pero lo subordina a una guerra más amplia
entre capital y vid, como apunta el ecofeministmo contemporáneo35
De las múltiples
consecuencias que se derivan del carácter fetichista de las relaciones sociales capitalistas merece
la pena detenerse en una de ellas, por su enorme importancia a la hora de
plantear las posibilidades reales de cualquier estrategia transformadora en el
marco de las crisis socioecológica: lo que los autores de la crítica del valor,
la corriente de las nuevas lecturas de Marx que gravita alrede-dor de la obra
de Kurz, han denominado la descomposición de la esfera política del
ca-pitalismo. Tras 1989 el socialismo pareció replegarse sobe la reivindicación
genérica de la supremacía de la instancia política sobre la esfera económica,
que parte de una hipótesis de autonomía de la esfera política que tiene un
enorme respaldo in-telectual, especialmente en toda la izquierda mundial. Pero
esta hipótesis puede ser más problemática de lo que parece. Profundicemos
mínimamente en sus supuestos.
Tal y como están
diseñados y estructurados los Estados-nación modernos, estos dependen para su
funcionamiento de procesos de valorización de capital exitosos en el marco de
sus economías nacionales, mediante los que recaudan tributos. To-da la
actividad estatal es una actividad mediada por dinero, y el dinero no se puede
generar arbitrariamente:
“La forma política
y estatal no puede crear dinero autónomamente. Siempre que el Estado reclamó
eso derivó en un colapso del sistema. El Estado solo pue-de recaudar recursos
para financiar todas sus medidas por medio de procesos exitosos de valorización
que el mercado media. Su función de recoger los tri-butos y el autoritarismo
conexo lo hace aparecer como el director del proceso, mientras que es apenas el
ministro del fin en sí mismo del fetichismo mercan-til.”36
Como mucho el
Estado puede generar recursos como un actor económico más, a través del sector
público. Pero ese juego se juega también con las reglas que vienen dadas por la
concurrencia competitiva en el mercado mundial, salvo que se intente establecer
una autarquía total, que en condiciones modernas de produc-ción no podrá dejar
de ser una ficción jurídica. Y es que la ubicuidad del entrete-jimiento social
capitalista, distribuido en millones de unidades de decisión y ac-ción cuya
separación social es perfectamente objetiva, hace al Estado un ente poco
capacitado para alcanzar el grado de dirección efectiva que exigiría la
reproducción de la totalidad de unas economías tan complejas como las actuales.
Tiene especial importancia el hecho de que toda economía nacional, hasta las
más cerradas, está inserta de algún modo en el mercado mundial, que es un
mercado concurrencial donde también prima la competencia y los ajustes de
productividad en base a las normas que impone el trabajo socialmente necesario.
Cuando Kurz compara las intentonas de planificación socialista con la idea de
Estado cerrado de Fichte37, como si el socialismo real no se hubiera inspirado
tanto en Marx como en el idea-lismo alemán, su símil es muy clarificador: solo
presuponiendo una economía im-permeable a fuerzas heterónomas, como son las
dinámicas económicas del merca-do mundial, se puede concebir como realista el
grado de influencia de las decisio-nes regulatorias de la entidad política
estatal que quiso para sí el socialismo real-mente existente.
En el presente, si
un Estado quiere ser funcional a la economía nacional con la que está
simbiotizado no le queda más remedio que ser rentable y bien adaptado a las
normas de productividad y los cánones que impone el proceso universal de
acu-mulación de capital (en la medida que necesita materialmente de materias
primas y procesos productivos que se ofertan en el mercado mundial). Y esto con
indepen-dencia de que dicha economía nacional se organice dando más peso al
sector públi-co o a actores económicos privados.
Es evidente que las
asimetrías y los desequilibrios del comercio internacional tienen un alto
componente político. Y que todos los acuerdos que conforman el mercado mundial,
sin excepción, tributan a una arquitectura de poder que en el fondo diseñan
centros imperiales. Pero es importantísimo no quedarse ahí. Nin-gún poder
político se autodetermina. Esto es, ningún poder es fruto de la voluntad
unilateral de sus ejecutantes. El poder real viene dado por la combinación
entre ventajas históricas previas y un aprovechamiento adecuado de las fuentes
sociales y materiales del poder, que son distintas en cada sociedad y cada
momento histórico. Bajo el capitalismo la fuente social y material del poder es
la acumulación de capital. Por ello, la Realpolitik moderna no es más que una
inercia lingüística para referirnos a la economía capitalista y la canalización
óptima de sus presiones cons-titutivas. Anselm Jappe lo apunta con unas
palabras a las que, al calor de los he-chos acaecidos durante los últimos años,
es imposible no encontrar tremenda-mente lúcidas:
“En todas partes,
estos representantes de la izquierda radical terminan por avalar las políticas
neoliberales. ¿Es preciso, entonces, fundar partidos “verdadera-mente
radicales” que no se hundirán jamás en semejantes fangos? ¿O las razones de
estas “traiciones” son estructurales y cada participación en la política
condu-ce inevitablemente a entregarse al mercado y sus leyes,
independientemente de las intenciones subjetivas?”38
En resumen, tal y
como está diseñado y configurado el Estado-nación en nues-tros días, la
supuesta primacía de la esfera política está llamada a ser siempre el
con-dottiero del dinero: conducir operaciones de gestión de tendencias
económicas que vienen dadas en el orden de un mercado capitalista mundial, que
es ingobernable por definición.
¿Constatar la
subordinación de la política a los dictámenes compulsivos de la valorización de
capital implica renunciar a la transformación social, aceptar resigna-damente
el TINA (There Is No Alternative) thatcheriano? No. Implica repensar el proceso
de transición poscapitalista desde la constatación de la siguiente verdad
teórica y empírica: no podremos despertar del sonambulismo histórico
contempo-ráneo al que nos somete el fetichismo de la mercancía a golpe de
decreto o de ini-ciativa legislativa. Sin rechazar la importancia que pueda
tener el control anticapi-talista de las instituciones del Estado, no basta,
quizá nunca ha bastado, con tomar el Palacio de Invierno, mediante una
revolución o una Blitzkrieg electoral. La supre-sión del fetichismo que tiraniza
el proceso social de la modernidad se disputa a otros tempos, quizá el de los
siglos. Y requiere de otras herramientas. Por ejemplo, de una transformación
antropológica radical, que de darse tendrá seguramente un aire de familia con
procesos que históricamente se han vestido con el ropaje de conversiones
religiosas.
5 LECCIONES DE TERMODINÁMICA, ECOLOGÍA HUMANA
Y DINÁMICA DE SISTEMAS
Hasta aquí se ha
argumentado que releer a Marx es absolutamente necesario para enfrentar la
complejidad de la crisis socioecológica del presente. Pero de ello no se deriva
que el pensamiento de Marx pueda salir intacto de este choque con la
problemática de los límites biofísicos del crecimiento. Y que por tanto pueda
seguir aspirando a una especie de monopolio en la comprensión de la evolución
histó-rica. Hasta aquí más bien se ha tratado de introducir el aporte de Marx
como uno de los mimbres, entre otros muchos, de un nuevo marco teórico
emancipatorio que todavía está en construcción.
Hemos defendido que
Jose Manuel Naredo acierta al denunciar la complicidad de Marx con la ruptura
epistemológica posfisiocrática y la mitología salvífica del progreso. Las
deficiencias del marco categorial marxista quedan especialmente expuestas ante
los avances que se han dado durante el siglo XX al menos en tres ámbitos
científicos muy concretos: termodinámica, ecología humana y dinámica de
sistemas. Y afectan profundamente a algunos de los presupuestos del proyecto de
Marx, de modo más concreto en lo que se refiere a la proyección de la
alternativa futura al capitalismo. Tres son los grandes presupuestos del
paradigma emanci-pador marxiano que los conocimientos que hemos adquirido sobre
la interdepen-dencia inquebrantable entre ser humano y naturaleza ponen
radicalmente en cuestión: (i) el presupuesto de la abundancia material como
condición de posibi-lidad de un orden civilizatorio comunista; (ii) el
presupuesto de planificación total como dispositivo de coordinación del trabajo
social; (iii) el presupuesto de armo-nización de la dinámica social. Cada uno
de ellos asume implícitamente la posibi-lidad, literalmente planteada por Marx,
de suprimir las determinaciones naturales. Una pulsión prometeica que se recoge
por ejemplo en los Grundrisse, en los párra-fos en los que Marx reflexiona
sobre los fundamentos del socialismo futuro, con las siguientes palabras: “La
dependencia recíproca debe haber alcanzado todo su relieve antes de que se
pueda pensar en una verdadera comunidad social. Todas las relaciones puestas
por la sociedad; no como determinaciones de la naturaleza”39. ¿Suprimir la
totalidad de las determinaciones naturales, y abogar por una autoconstrucción
cultural unilateral por parte del ser humano, es algo factible? Claramente,
ésta es una manera de pensar pretermodinámica que una teoría crítica que no
peque de analfabetismo ecológico debe desterrar. Expongamos brevemente la
invalidación ecológica de cada uno de estos tres presupuestos fundamentales de
la aspiración socialista que late en Marx.
(i) El comunismo sin hipótesis de abundancia
material sustantiva: en su polémica con el socialismo utópico, Marx negó el
componente moral del cambio poscapitalista, y planteó la hipótesis de que la
abundancia era un prerrequisito necesario del socialismo. Cuando Marx ponía el
acento en que “el punto verdadero está sobre todo en que el propio interés
privado es ya un interés socialmente determinado”40 empleaba una lógica
argumental que su sistema extrapolaba también al nacimiento del poscapitalismo:
el interés colaborativo socialista tiene que ser un interés socialmente determinado.
En otras palabras, en ningún caso la superación del intercambio como ajenidad,
que termina cosificando y subordinando los seres humanos a relaciones
autonomizadas, podrá venir de una explosión moral de altruismo, sino de una
modificación en las condiciones materiales de producción que volviese
innecesario el intercambio. Por ello el comunismo que balbuceó Marx presupuso
una sociedad que aboliera la escasez. Una sociedad capaz de garantizar, como un
derecho de ciu-dadanía inalienable, la cobertura de las necesidades humanas.
Pero no existe la abun-dancia en un planeta finito regido por las leyes de la
termodinámica. Los sueños cornuco-pianos del siglo XIX se han descubierto, en
el siglo XXI, como un error de base: los manantiales de la riqueza colectiva
que debían correr a chorro lleno, de lo que hablaba Marx en la Crítica al
programa de Gotha, están ecológicamente refutados. Y toda ciencia social que se
precie debe mostrar su acuse de recibo termodinámico y tener aquí su axiología
de partida. Frente a este alejamiento de lo moral, conviene reconocer que la
abundancia, como supieron ver autores como Iván Illich, Man-fred Max Neef o
José Manuel Naredo, no es una categoría sustancial, algo que se pueda
determinar lo que es en sí misma, sino una relación entre medios y fines. Más
allá del suelo de la cobertura biológica de las necesidades básicas, una
economía de la plenitud vital, como la que ha prometido el poscapitalismo,
estará fundamental-mente definida por el establecimiento cultural de una noción
de lo suficiente. Lo que reintroduce, innegablemente, la dimensión ética en el
proyecto socialista.
(ii) La imposibilidad de la planificación total:
reflexionando sobre la posibilidad de superar el marco compulsivo e irracional
de estructuración social capitalista, Felipe
Martínez Marzoa
considera que la “matematización del mundo” inherente al pro-greso de la
técnica y la ciencia que acompañó el auge histórico del capitalismo abre la
posibilidad del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas. Pero el
capitalis-mo se quedaría a mitad de camino de esta promesa redentora porque
reduce la racionalización al interior de las empresas, mientras que condena a
estas a no vincularse mediante un método científico planificado, sino mediante
el vínculo ciego e irracional del mercado. El poscapitalismo, en la
interpretación que Marzoa hace de Marx, se basa en las potencialidades
generadas por el propio capitalismo.
A saber: “la
inclusión en principio de todo ente en un posible cálculo y planifica-ción”41.
Este lenguaje común de la matematización abriría la posibilidad de superar
históricamente las relaciones de mercado. Y permitiría que el conjunto de la
socie-dad se conformase como agente planificador, convirtiendo la planificación
en un hecho de comunicación social general42.
Georgescu-Roegen,
que paradójicamente hizo una carrera fulgurante como eco-nomista gracias a su
impresionante talento matemático, levantó su obra contra los abusos del
formalismo matemático en el pensamiento científico-social en general, y en el
económico en particular: “ningún mecanismo analítico puede permitir (a nadie)
describir el curso de una acción futura, y por consiguiente, la de la
colec-tividad de la que se forma parte”43. En los modelos aritmomórficos, como
el que Marzoa interpretando a Marx necesita para hacer posible el cálculo único
de la planificación de un sistema productivo transparente, “no hay lugar para
las propen-siones humanas”44 porque, y ésta es una de las ideas-fuerza de
Georgescu-Roegen, ni las necesidades ni las expectativas humanas son
mensurables. La complejidad e irreductibilidad del comportamiento humano, su
excentricidad y contrastada diver-sidad, arruinan la posibilidad de la
transparencia como condición de comunica-ción general, produciéndose, de modo
inevitable, enormes bolsas de penumbra dialéctica inaccesibles a la
planificación matemáticamente fundamentada, que solo pueden ser parcialmente
resueltas, según Georgescu-Roegen, mediante tanteo. Por ello Georgescu-Roegen
se posiciona, de modo explícito, contra los adoradores de una sociedad
totalmente planificada, citando específicamente a los marxistas den-tro de este
campo, y haciéndoles incurrir en el mismo pecado que la economía estándar pero
de un modo más grave: solo llevando hasta el paroxismo la idea de Homo
oeconomicus, atravesado por determinaciones mecanicistas hasta la saturación
total de su comportamiento, es posible que el despliegue social humano sea
previsible, condición necesaria para su planificación racional45.
Desde un
planteamiento parecido, Hinkelammert y Mora, al admitir que el ser humano forma
parte de la Naturaleza y asumir la idea de complejidad perfilada por el
pensamiento ecologista, determinan que la acción humana siempre será
frag-mentaria. Que toda acción intencional presentará efectos indirectos y que
éste es un rasgo ontológico de la conditio humana. Que su resultado es la
imposibilidad de la omnisciencia, y por tanto la inevitabilidad del mercado y
del Estado en sociedades altamente complejas como las sociedades industriales,
que serán sociedades conde-nadas al fetichismo. Y que el carácter privado del
trabajo no se debe exclusivamen-te a la propiedad privada de los medios de
producción, sino al carácter privativo de cada proceso de trabajo en un mundo
donde el conocimiento humano es limi-tado46.
(iii) La perpetuidad del conflicto social: hay en
Marx un presupuesto monista implí-cito que reconoce la posibilidad de la
unificación de los intereses humanos y la abolición del conflicto social. Si el
conjunto de la humanidad puede asociarse en términos colaborativos es porque
resulta materialmente factible organizar un mo-delo económico en el que nadie
vea razonable, ni por tanto deseable, tomar ven-taja a costa del perjuicio de
otro. Un modelo en el que los intereses particulares se ecualizasen inmediatamente
en un interés común. Ante esta hipótesis, Georgescu-Roegen argumentó que el
conflicto social es también ontológicamente insuprimible:
Al igual que Marx,
creo que el conflicto social no es una mera creación del hombre sin raíz alguna
en las condiciones humanas materiales. Pero, al contrario de Marx, considero
que debido precisamente a que el conflicto tiene tal funda-mento, no puede eliminarse
ni por decisión del hombre de hacerlo así ni por evo-lución social de la
humanidad (…) El final del conflicto social implica un cambio
radical en la
esencia humana, mejor dicho, en su esencia biológica47.
Cuando
Georgescu-Roegen recurre a la esencia biológica como argumento, está lejos de
plantear el manido recurso del reduccionismo genético y nuestra supuesta
programación egoísta. Su lectura es una lectura de ecología humana. Y es que a diferencia
de los insectos sociales, los seres humanos no hemos desarrollado
diferen-ciación intraespecífica (por ejemplo: castas estériles u órganos
corporales de trabajo concretos) que dé lugar a una división social del trabajo
de tipo endosomático: la eterna raíz del conflicto social sobre la distribución
de la renta la encuentra Geor-gescu-Roegen en el proceso de adaptabilidad
humana, que es una tarea social, pero que al mismo tiempo necesita ser mediada
por la experiencia del cuerpo biológico indi-vidualizado. Por ello existe un
caldo de cultivo objetivo para apropiarse de una cuo-ta de renta social que es
anónima y no tiene otro dueño legítimo que aquél que se apodere de ella. De un
modo especial, este fenómeno se encarna en un modelo de conflicto perenne, que
se da en todas las sociedades humanas complejas, entre las personas
responsables de la dirección social (categoría de servicios imprescindible,
pero que carece de ningún sistema objetivo para medir su contribución al
proceso metabólico) y las personas encargadas de labores productivas
objetivamente mesu-rables.
“El hombre ha
tenido tanto éxito en controlar un proceso físico tras otro que no pude dejar
de creer de repente no que pueda llevar a cabo la misma proeza en los restantes
campos”, analiza con acierto Georgescu-Roegen48. Por todos los moti-vos aquí
expuestos, el contacto del proyecto marxiano con las enseñanzas de la
ter-modinámica, la ecología y las “ciencias de la Tierra” obliga a repensar
radicalmente el programa de la emancipación social, que debe volverse
necesariamente más hu-milde. El paraíso en la Tierra que cantaba la
Internacional se antoja hoy una de estas proezas imposibles, propias de
corazones y mentes henchidas por el opti-mismo antropológico que posibilitó la
gran fiesta energética de los combustibles fósiles.
6 EL CIELO BAJO LOS ESCOMBROS: PENSAR LA
EMANCIPACIÓN ANTE UN FUTURO EN QUIEBRA
Durante casi toda
su vida Marx consideró el capitalismo como un agente de socia-lización y
desarrollo, y por tanto como una etapa histórica cruel y transitoria, pero
necesaria49. Para Marx, solo gracias al tipo de condiciones materiales y
espirituales que produce el mercado mundial y su expansión como institución
madura era posible plantear la superación del capitalismo. Llegar a un punto de
saturación que lo hiciera volverse un patrón civilizatorio obsoleto. Ésa era la
meta. O como dice Marzoa, solo el carácter de estructura económica de la
modernidad hace posible que la estructura económica pueda ser puesta entre
paréntesis. Aquí está la promesa progresista del capitalismo en la que Marx
creyó. Pero como ha quedado demostrado, para cualquier mente del siglo XXI el
crecimiento económico debe leerse como la primera razón objetiva para el
anticapitalismo, al ser el germen del colapso tendencial al que va encaminada
la sociedad moderna en “el siglo de la Gran Prueba”.
Si el choque contra
los límites al crecimiento pudiera desplazarse hacia un futu-ro lejano, y no
estuviera ocurriendo hoy mismo, la tecnificación e informatización del mundo,
presupuestos de un sistema productivo socialista transparente y some-tido a la deliberación
planificada y descentralizada, que podría quizá superar el mercado (o reducir
su poder) y abolir el fetichismo de la mercancía (o domesticar-lo), sería una
empresa materialmente factible. Pero desde una mirada ecológica-mente
informada, el planteamiento correcto de esta propuesta emancipatoria, en un
plano puramente teórico, sería el que sigue:
(i) Con la llegada al estadio del desarrollo de
las fuerzas productivas que posibi-lita la revolución microelectrónica se abre,
por fin, la ocasión material para el salto civilizatorio comunista.
(ii) Pero esta ocasión no es infinita, sino que se
circunscribe a un arco temporal breve: el que va desde el surgimiento de la
tecnología microelectrónica hasta el comienzo del colapso socioecológico (al
que está destinado un metabolismo capita-lista industrial de naturaleza
expansiva).
(iii) En el caso de que ese salto comunista se
hiciera efectivo, la prioridad de la planificación colectiva del proceso
productivo sería la conformación de una econo-mía de estado estacionario o
decreciente que esquivara el colapso socioecológico.
Ni Marx ni los
marxistas han sabido pensar el poscapitalismo en estas coordena-das, que
podríamos llamar “de ventana de oportunidad”, o de concepción kairoló-
gica del tiempo, en
palabras de Jorge Riechmann50. Y es que hay en Marx otro error de fondo, muy
propio de la ficción antropocéntrica tan inherente a la Moderni-dad, en la que
también incurrió el marxismo (pese a los coqueteos de Marx con no-ciones protoecológicas
como metabolismo social): la creencia en que la cientifización de la
producción, así como la técnica, es una variable histórica independiente, que solo
responde ante la acumulación de su propio desarrollo. Pero la ciencia y la
técnica se sustentan en bases energéticas y materiales, y por tanto en
condiciones naturales que el ser humano no puede manipular unilateralmente.
En términos
energéticos, la primera revolución industrial se cimentó en la revo-lución
energética del carbón. La segunda, en la revolución energética del petróleo. La
tercera revolución industrial, prerrequisito técnico de la supresión de la
división social del trabajo y la ajenidad inherente al intercambio mercantil,
va a fracasar porque no tiene base energética que le sirva de sustento. Este es
el gran drama de nuestro tiempo, que se convertirá en la tragedia final del
mito del progreso. Y que el ámbito categorial del marxismo nunca será capaz de
comprender si no es con una reformulación de algunos de sus axiomas
constitutivos. Un ejemplo ilustrativo, de uno de los autores más penetrantes de
las nuevas lecturas de Marx: Robert Kurz depositó sus esperanzas de
emancipación en una “economía natural microelectró-nica inserta en una matriz
energética de base solar” que sirviera de infraestructura para una sociedad
antieconómica y antipolítica, desmercantilizada y vinculada en red, y con un
nivel de socialización superior al capitalismo51. Como otros muchos pensadores
marxianos, Kurz ha tenido una aproximación a la cuestión socioecoló-gica y a la
existencia de límites biofísicos en nuestro planeta demasiado abstracta y
superficial. Aunque estos pensadores socialistas saben y se preocupan del
talento del capitalismo para arruinar sus propias bases naturales de
reproducción, no cono-cen los tempos y los modos concretos en que este límite
se vuelve un reto para la humanidad. Por ejemplo, los estudios de Prieto y Hall
sobre el retorno de energía neta que ofrece la energía fotovoltaica bastan para
rebatir cualquier ilusión al res-pecto de una matriz energética de base solar
que pueda hacerse cargo del nivel de tecnificación y consumo propios de la
sociedad industrial actual52. En términos ma-teriales, aunque el margen de
maniobra es ligeramente superior al que da la ener-gía, también nos encaminamos
a un escenario de escasez y mengua irreversible de recursos minerales. Este
hecho hay que leerlo teniendo muy en cuenta a la falacia de la
desmaterialización: lejos de necesitar menos recursos, las nuevas tecnologías
implican procesos productivos altamente voraces respecto a las materias
primas53.
Por todo ello,
parece que la hipótesis poscapitalista de superación del mercado gracias al
desarrollo de las fuerzas productivas parece ya invalidada desde el mo-mento en
que la crisis socioecológica está estrechando tanto el marco de nuestro futuro.
Emilio Santiago y Jordi Maiso reflexionan sobre la oportunidad perdida con
estas palabras:
“Quizá la ventana
de oportunidad se haya cerrado para siempre. Es una coinci-dencia amarga que a
principios de los años setenta las primeras aplicaciones im-pactantes de la
microelectrónica coincidieran tanto con las primeras verificacio-nes
científicas de la insostenibilidad ecológica del capitalismo como con una
lu-cha social virulenta de pretensiones hermosamente desmesuradas. Hoy hemos
perdido cuarenta años preciosos. No solo para cambiar de rumbo y evitar el
desastre, para lo que todavía nos queda algo de margen. Sino también y sobre
todo para atracar en el más venturoso de los puertos, ese que Marx llamó el
Rei-no de la libertad.”54
Esta cuestión de la
“ventana de oportunidad” se puede resumir considerando que un planeta es un
arma de un solo disparo: un disparo que la primera especie con proyección
cultural que emerja del proceso evolutivo tendrá que administrar con sabiduría
o perecer. La bala de ese disparo son los combustibles fósiles: una Jauja
energética que permite unas tasas de energía neta tan enormes como para
acometer las transformaciones materiales decisivas que pueden marcar, como
ninguna otra acción antes, el futuro de dicha especie. El espíritu que hoy
impulsa el proyecto ITER (energía nuclear de fusión) como el clavo ardiente al
que se aferra la civilización industrial para su continuidad a largo plazo, es
el de considerar que un input creciente de energía es la única forma de
existencia civilizada, y las sociedades industriales deben apostar a esta
salida técnica todas sus cartas. Sin embargo, el ver-dadero galimatías no es
técnico, es social. El disparo de los combustibles fósiles tendría que haber
servido para construir aquellas bases sociopolíticas capaces de liberar a la
sociedad de sus propias coacciones internas que la empujan a la ganan-cia de
dinero, y por tanto al crecimiento económico, como un fin en sí mismo.
Por todo lo aquí
expuesto, la conclusión más clara que puede sacarse de la lectu-ra de Marx ante
el Siglo de la Gran Prueba es la siguiente: justo en el momento en que la
hermosa frase de los años sesenta se ha vuelto a poner de moda, parece que el
cielo ya no podrá ser tomado por asalto. El cielo, dando por buena la oposición
de
54 Emilio SANTIAGO MUÍÑO y Jordi MAISO, “¿Qué
puede venir más allá del fetichismo de la mer-cancía? Transiciones
poscapitalistas a partir de la crítica del valor”, en Jorge RIECHMANN et al.
(coord.), Los inciertos pasos desde aquí hasta allá: alternativas socioecológicas
y transiciones poscapitalistas, Granada: Cicode, 2014, pág.184.
Mumford entre la
lógica depredatoria de la conquista y la lógica simbiótica de la agricultura,
tendrá que ser cultivado bajo los escombros. Lo que nos exige replantar de modo
radical los lineamientos generales del proyecto de emancipación que hemos heredado
de la fase ascendente de la civilización industrial.
____________
4 En Jorge RIECHMANN, Un buen encaje en los
ecosistemas, Madrid: La Catarata, 2014, pág. 56.
5 Ramón FERNÁNDEZ DURÁN, El antropoceno: la
crisis ecológica se hace mundial [En línea]. Disponible en:
http://www.rebelion.org/docs/104656.pdf (Consultado el 22 de junio de 2016).
6 Ibíd., pág.41.
7 Sobre el declive de nuestra base energética
véase Ramón FERNANDEZ DURÁN y Luis GONZÁLEZ REYES, En la espiral de la energía,
Madrid, Libros en Acción, 2014 y Emilio SANTIAGO MUIÑO, No es una estafa es una
crisis (de civilización), Madrid, Enclave, 2015.
8 Fred MAGDOFF, y John Bellamy FOSTER, What
every environmentalist needs to know about capitalism, New York, Monthly Review
Press, 2011.
9 Marvin HARRIS, Antropología cultural,
Madrid, Alianza Editorial, 2003, pág. 106.
10 Fred MAGDOFF y John Bellamy FOSTER, op. cit.
11Antonio VALERO y
Alicia VALERO, Thanatia: The Destiny of the Earth's Mineral Resources,
Singapur, World Scientific Publishing, 2014.
12 Jorge RIECHMANN, El Siglo de la Gran Prueba,
Tegueste, Tenerife: Baile del Sol, 2013, pág.13.
13 Wolfgang HARICH, ¿Comunismo sin crecimiento?,
Barcelona, Ediciones Materiales, 1978.
14 Podrían incorporarse al marxismo, bajo este
argumento, las luchas feministas, campesinas o los movimientos de
reivindicación vecinal. Véase James O’CONNOR, “Las condiciones de producción. Por
un marxismo ecológico: una introducción teórica”, en Ecología Política,
Cuadernos de debate inter-nacional 1, 1991, págs.113-130.
15 John Bellamy FOSTER, La ecología de Marx.
Materialismo y naturaleza. Barcelona, El Viejo Topo, 2004.
16 Manuel SACRISTÁN, Pacifismo, ecología y
política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987.
17 Michael LÖWY, «Progrès destructif, Marx,
Engels et l´écologie», en Jean-Marie HARRIBEY y Michael LÖWY (dir.) Capital
contre Nature, Paris: PUF, 2003.
18 Daniel TANURO, “¿Energía de flujo o energía
de stocks? Un caballo de Troya en la ecología de Marx”, en Viento Sur, 2008 [en
línea]. En: http://www.vientosur.info/documentos/ecologia-marx.pdf
19 José Manuel NAREDO, La economía en evolución,
Madrid, Siglo XXI, 2015, pág. 246.
20 Ibíd., pág. 223.
21 Joan MARTÍNEZ ALIER y Klaus SCHLÜPMANN, La
ecología y la economía, México. FCE, 1991.
22 Michael HEINRICH, Crítica de la economía
política, Madrid, Escolar y Mayo ediciones, 2008.
23 En esta misión confluyeron gente como
Backhaus, o discípulos de Adorno como Reichelt, con autores ligados al
estructuralismo marxista, como Heinrich y Elbe. Posteriormente estas
investiga-ciones han conformado una nebulosa reflexiva más amplia, en la que
puede incluirse a Moishe Pos-tone o teóricos outsiders ajenos al mundo
académico, pero con propuestas potentes, como el recién-temente fallecido
Robert Kurz y su grupo de investigación alrededor de las revistas Krisis y
Exit.
24 Karl MARX, El Capital, libro primero, tomo I,
Siglo XXI, págs. 6-7, 2008.
25 Felipe Martínez MARZOA, La filosofía del
capital, 1981 [en línea]. Disponible en:
http://www.mhh.domainepublic.net/ALGUNOSTEXTOS/MARXANDSONS/MARZOA/Filosof
ia%20Capital.pdf
26 Ibíd., pág.64.
27 Carlos Fernández LIRIA y Luis ALEGRE, El
orden del Capital, La Habana, Ciencias Sociales, 2013, pág. 288.
28 Karl MARX, Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política [Grundrisse], tomo I, Ma-drid: Siglo XXI, 1971,
pág. 211.
29 Karl MARX, El Capital, libro primero tomo II,
Madrid: Siglo XXI, 2008, pág. 731.
30 Karl MARX, El Capital, libro primero tomo I,
Madrid, Siglo XXI, 2008, pág.51.
31 Karl MARX, Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política [Grundrisse], tomo I, Ma-drid: Siglo XXI, 1971,
pág. 134.
32Clara RAMAS,
“Sobre fetichismo y mistificación como formas de apariencia. Una lectura de la
crítica de la economía política de Marx”, págs.13-14, en Eu-topias, 11,
págs.5-19, pág. [En línea]. En:
http://eu-topias.org/wp-content/uploads/2016/07/Eutopias-11.-5-19.pdf
33Karl MARX, El
Capital, libro primero tomo I, Madrid, Siglo XXI, 2008, pág.91.
34Que recordaba en
su contexto los fenómenos de adoración religiosa de los llamados pueblos
primitivos. De ahí el carácter profundamente provocador del término fetichismo,
una auténtica bom-ba en el marco de la autoconcepción de superioridad
civilizada de la Europa blanca colonial).
35 Véase Amaia PÉREZ OROZCO, Subversión
feminista de la economía, Madrid, Traficantes de Sueños, 2014 y Yayo HERRERO et
al. Cambiar las gafas para mirar el mundo, Madrid, Libros en Acción, 2015.
36 Robert KURZ, El fin de la política, tesis
sobre la crisis del sistema de regulación de la forma mercancía, 1994. [En
línea]. Disponible en:
http://es.scribd.com/doc/194143309/Kurz-Robert-El-Fin-de-La-Politica-Robert-Kurz
37 Robert KURZ, O colapso da modernização, 1991.
[En línea]. Disponible en: http://obeco.no.sapo.pt/livro_colapsom.html.
38 Anselm JAPPE, Crédito a muerte, Logroño:
Pepitas de calabaza, 2011, pág. 56.
39 Karl MARX, Elementos fundamentales para la
crítica de la economía política [Grundrisse], tomo I, Ma-drid: Siglo XXI, 1971,
pág.218 (el énfasis es mío).
40 Ibíd. pág. 84.
41 Felipe MARTÍNEZ MARZOA, op.cit., pág. 104.
42 La hipótesis de que el mercado es un
mecanismo de distribución obsoleto en la era de la electró-nica fue
sistemáticamente estudiada en los debates económicos de los años sesenta en la
URSS por Kantoróvich y los llamados autores de la solución computacional, que
buscaban refinar el sistema económico soviético gracias a las incipientes
técnicas de computación, esperando un salto tecnoló-gico que permitiera
esquivar los problemas de gestión de información inherentes a la planificación
central.
43 Nicholas GEORGESCU-ROEGEN, La ley de la
entropía y el proceso económico, Madrid, Fundación Ar-gentaria, 1996, pág. 411.
44Ibíd., pág. 412.
45 “La plena identificación de los funcionarios,
–mejor, de absolutamente todos los miembros del monolito controlado con el
macrofín– nos hace recordar naturalmente a otras criaturas que viven en
sociedad, incluidas las abejas, las hormigas y las termitas, y este
recordatorio nos conduce directa-mente al núcleo de la cuestión pasada por alto
por la Ciencia de la Economía Política o por cual-quier otra doctrina que
implique ingeniería social” (ibíd., pág. 425).
46 Franz HINKELAMMERT y Henry MORA, Hacia una
economía para la vida, La Habana, editorial filo-sofía.cu y Caminos, 2014, pág.
218.
47 Nicholas GEORGESCU-ROEGEN, op. cit., pág.
380.
48 Ibíd., pág. 429.
49 Aunque hemos de recordar que en sus últimos
años Marx dudó de esta teleología progresista del desarrollo de las fuerzas
productivas, y miró a la comuna rusa como fórmula social protosocialista sin
necesidad de pasar por el rodeo de la industrialización.
50 Jorge RIECHMANN, Tiempo para la vida, Málaga,
Translibros, 2003. Kairós es la palabra griega para el tiempo entendido como
momento activo y como oportunidad histórica propicia.
51 Robert KURZ, Antieconomía y antipolítica,
1997. [En línea]. Disponible en:
http://grupokrisis2003.blogspot.com.es/2009/06/antieconomia-y-antipolitica_14.html
52 Pedro PRIETO y Charles HALL, Spain´s
Photovoltaic Revolution, New York: Springer, 2013.
53 Oscar CARPINTERO, El metabolismo social de la
economía española: recursos naturales y huella ecológica (1955-2000),
Lanzarote, Fundación César Manrique, 2005.

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