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Libro N° 12967. Negatividad Y Revolución. Theodor W. Adorno Y La Política

 


© Libro N° 12967. Negatividad  Y Revolución. Theodor  W. Adorno Y La  Política. Emancipación. Septiembre 14 de 2024

 

Título original: © Negatividad  Y Revolución. Theodor  W. Adorno Y La  Política

Varios

 

Versión Original: ©  Negatividad  Y Revolución. Theodor  W. Adorno Y La  Política

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.herramienta.com.ar/files/adornoylapoliticahollowayjohn97898-97851.pdf

 

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NEGATIVIDAD  Y REVOLUCIÓN

Theodor  W. Adorno Y La  Política

Varios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Negatividad  Y Revolución

Theodor  W. Adorno Y La  Política

Varios

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Negatividad  Y Revolución

 

Theodor  W. Adorno Y La  Política

 

 

 

 

 

 

Negat i vi dad y revol uci —n

 

 

Theodor W. Adorno y l a pol ’t i ca

 

 

Com p i l a d or es

 

John Holloway, Fernando Matamoros

 

y Sergi o Ti schl er

 

 

©     2007 Edicion es H erramien ta, Buen os Aires, Argen tin a

 

©     2007 Un iversidad Aut—n oma de Puebla, MŽxico - In stituto de Cien cias Sociales y H uman idades

 

Tradu cci—n  del in glŽs: An n a-Maeve H olloway y Marcela Zan garo

 

Tradu cci—n  del fran cŽs: Sylvie Bosserelle

 

Dise– o de tapa: Mario a. de Men doza

 

Dise– o de in terior: Gr‡fica del Parque

Coordin ador de edici—n : NŽstor L—pez

 

Correcci—n  y revisi—n  de textos: Carlos CuŽllar

Ediciones Herramienta

 

Av. Rivadavia 3772 Ð 1/ B Ð ( C1204AAP) Buen os Aires, Argen tin a Tel. ( +5411) 4982-4146

 

Correo electr—n ico: revista@h erramien ta.com .ar

P‡gin a web: www.h erramien ta.com .ar

 

ISBN: 978-987-22929-2-8

Prin ted in Argentina

 

Impreso en la Argen tin a, jun io de 2007

 

Todos los derech os reservados

 

H ech o el dep —sito que marca la ley 11.723

 

 

Holloway, John

 

Negatividad y revoluci—n : Theodor W. Adorno y la pol’tica / John Holloway ; Fernando Matamoros ; Sergio Tischler. - 1a ed. - Buenos Aires : Herramienta ; MŽxico : Universidad de Puebla, 2007.

 

252 p. ; 23x16 cm. ISBN 978-987-22929-2-8

 

1.    Teor’as Pol’ticas. I. Matamoros, Fernando II. Tischler, Sergio III. T’tulo

 

CDD 320.01

 

Índice

 

 

 

 

 

 

Intro ducci— n   1

 

ÀPor quŽ Adorno?      11

 

Joh n H olloway

 

Flautistas de Hamelin y eruditos: sobre las œltimas conferencias

 

de Adorno 17

 

Adrian Wildin g

 

Antagonismo y diferencia: la dialŽctica negativa

 

y el posestructuralismo ante la cr’tica del capitalismo contempor‡neo       37

 

Alberto R. Bon n et

 

Adorno y la posvanguardia    73

 

Darij Zadn ikar

 

Autonomismo positivo y negativo   89

 

Joh n H olloway

 

La cr’tica del progreso en Adorno   95

 

Mich ael Lšwy y Elen i Varikas

 

Adorno: La c‡rcel conceptual del sujeto, el fetichismo pol’tico

 

y la lucha de clases       111

 

Sergio Tisch ler Visquerra

 

Praxis y constitucionalidad: Notas sobre Adorno 129

 

Wern er Bon efeld

 

Todo lo fluido se convierte en piedra: sexo e individuo

 

en el contexto moderno 157

 

Marcel Stoetzler

 

Solidaridad con la ca’da de la metaf’sica: negatividad y esperanza   191

 

Fern an do Matamoros Pon ce

 

Distancia y m’mesis en la teor’a estŽtica de Adorno

 

y en el arte y la literatura contempor‡neos 225

 

JosŽ Man uel Mart’n ez

 

Autores y colaboradores

 

Autores

 

JOHN HOLLOWAY

 

Profesor en el Posgrado de Sociolog’a del In stituto de Cien cias Sociales y H uman idades, Un iversidad Aut—n oma de Puebla ( MŽxico) .

 

FERNANDO MATAMOROS PONCE

 

Profesor en el Posgrado de Sociolog’a del In stituto de Cien cias Sociales y Humanidades, Universidad Aut—noma de Puebla (MŽxico) .

 

SERGIO TISCHLER VISQUERRA

 

Profesor en el Posgrado de Sociolog’a del In stituto de Cien cias Sociales y H uman idades, Un iversidad Aut—n oma de Puebla ( MŽxico) .

 

WERNER BONEFELD

 

Profesor en el Departamento de Ciencias Pol’ticas en la Universidad de York (Reino Unido) .

 

ALBERTO BONNET

 

Profesor en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQUI) y en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA) .

 

MICHAEL L…WY

 

Director emŽrito de Investigaciones del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de Par’s.

 

JOSƒ MANUEL MARTêNEZ

 

Profesor en la Universidad del Museo Social Argentino (UMSA) de Buenos Aires.

 

MARCEL STOETZLER

 

Profesor en la Universidad de Sussex (Reino Unido) .

 

ELENI VARIKAS

 

Profesora en Ciencias Pol’ticas, Universidad de Par’s VIII-Saint-Denis.

 

ADRIAN WILDING

 

Profesor en el Departamento de Sociolog’a de la Universidad de Edinburgo (Escocia), y en la Open University, Milton Keynes (Reino Unido) .

 

DARIJ ZADNIKAR

 

Profesor de Filosof’a en la Escuela de Pedagog’a de Liubliana.

i x

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica

 

 

 

Colaboradores

 

Traducci—n de los textos en inglŽs: ANNA-MAEVE H O LLO WAY y MARCELA ZANGARO .

 

La traducci—n del francŽs es de: SYLVIE BO SSERELLE.

 

TambiŽn se cont— con la colaboraci—n de: LISA CANSTERNS y YERSO N RO JAS MAR-TêNEZ como apoyo tŽcnico a las traducciones del alem‡n, francŽs e inglŽs.

 

En Buenos Aires colaboraron en consultas terminol—gicas y referencias biblio-gr‡ficas: ALBA INVERNIZZI, MARITA Lî PEZ, MARêA BELƒN SO PRANSI, ERIC MEYER, DANIEL CO NTARTESE, RO DRIGO PASCUAL, LUIS MENƒNDEZ y MIGUEL VEDDA.

 

La edici—n se realiz— especialmente para esta obra, bajo la responsabilidad de Ediciones Herramienta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción*

 

John Holloway, Fernando Matamoros Ponce y Sergio Tischler Visquerra

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Este no es un libro sobre Adorno. No est‡ escrito por especialistas en Adorno y no expone un retrato completo y vigente de Žl y su obra. Es-t‡ escrito, m‡s bien, por un conjunto de personas que considera que para desarrollar el pensamiento anticapitalista es importante leer a Adorno y, en particular, profundizar su concepto de dialŽctica negati-va. El libro parte de una pregunta simple: Àpor quŽ, a pesar de todo, consideramos importante desarrollar las ideas de Adorno? La expre-si—n Òa pesar de todoÓ hace referencia a las dificultades de su lengua-je, pero sobre todo al hecho de que, cuando los estudiantes ocuparon el Instituto de Investigaci—n Social de Frankfurt en enero de 1969, Adorno acab— por llamar a la polic’a para desalojarlo.

 

II

 

Este libro toma posici—n en una controversia pol’tico-te—rica que se origina a partir del colapso de la Uni—n SoviŽtica y de la concepci—n le-ninista de revoluci—n . El debate gira en torno al significado de la dialŽc-tica y de su papel en el pensamiento revolucionario.

 

En los œltimos a– os se ha hecho costumbre denunciar la dialŽcti-ca y sostener que el movimiento anticapitalista deber’a abandonar di-cho concepto. Este rechazo se origina en la identificaci—n de la dialŽcti-ca con el materialismo dialŽctico sostenido por la Uni—n SoviŽtica y los partidos comunistas, y es particularmente intenso en los pa’ses en los que esos partidos han tenido una influencia pol’tica e intelectual marcada-mente fuerte, en especial, Francia e Italia. Los autores que adoptan es-ta posici—n (Althusser, Deleuze, Guattari, Foucault, Derrida, Macherey y, mas recientemente, Hardt, Negri y Virno, entre otros) consideran que el materialismo dialŽctico tiene sus ra’ces en la dialŽctica de Hegel, y la cr’-tica que realizan a la pol’tica del Partido Comunista adopta la forma de repudio a Hegel y de una declarada preferencia por Spinoza.

 

El rechazo de la dialŽctica se centra, principalmente, en dos pun - tos que est‡n interrelacionados. Se sostiene que el pensamiento dialŽc-tico conduce m‡s al cierre que a la apertura. La t’pica tr’ada hegelia-na, tesis-ant’tesis-s’ntesis, culmina en una s’ntesis que cierra, lo que sienta las bases para la consideraci—n de la historia como una serie de etapas o pasos. La s’ntesis es la reconciliaci—n de los opuestos, el esta-blecimiento, en otras palabras, de un nuevo modus vivendi entre traba-jo y capital. Un reciente art’culo de Hardt y el Colectivo Situaciones (2007) formula esta acusaci—n con claridad:

 

La operaci—n dialectizante consiste en poner fin a lo que no lo tiene, en dotar de orientaci—n definida a lo que carece de finalidad, en to-mar (superar) los momentos anteriores rescatando lo que tienen de œtiles (conservar) al servicio de una nueva afirmaci—n, prohibiendo to-da conciencia de la diversidad irreductible, del exceso no retomado

 

[É]   Como momento final, esta idea de la dialŽctica vienen a concluir procesos abiertos, a sintetizar en una unidad final multiplicidades sin relaciones determinables a priori.

 

En relaci—n con esto surge la acusaci—n de que la contradicci—n, en tanto concepto dialŽctico, significa supresi—n de las diferencias, re-ducci—n de una multiplicidad multicolor de vidas y luchas variadas a una œnica contradicci—n entre trabajo y capital.

 

La dialŽctica hegeliana destruye las diferencias en dos momentos dis-tintos: primero, empuja todas las diferencias al punto de la contradic-ci—n, enmascarando sus especificidades; y, precisamente porque las diferencias son vaciadas como tŽrminos de contradicci—n, es posible subsumirlas en una unidad. (Hardt y Colectivo Situaciones, op. cit.)

 

El mundo se ve como una multiplicidad de diferencias o singulari-dades. El problema con la dialŽctica hegeliana es doble: por un lado, arrastra esta gran multiplicidad a una œnica contradicci—n y, por el otro, dado que esta contradicci—n est‡ desprovista de contenido, resulta f‡cil subsumirla en una s’ntesis unitaria. En la pr‡ctica de los partidos comu-nistas, la rica variedad de las luchas se subordinaba bajo un concepto de clase trabajadora (el trabajo como contradicci—n del capital) y esta clase trabajadora, un concepto totalmente vac’o de significado en tanto hab’a sido abstra’do de la riqueza de las luchas reales y subordinado a la disciplina del partido, pod’a entonces, con facilidad, ser integrado en una nueva s’ntesis capitalista (el Estado de bienestar, por ejemplo) .

 

As’ argumentan quienes est‡n en contra de la dialŽctica, a fin de rechazar la clausura sintŽtica asociada con la dialŽctica hegeliana y co-mo forma de poner Žnfasis en la riqueza de la lucha social, a la que consideran como una multiplicidad de diferencias m‡s que como una œnica contradicci—n .

 

Este Žnfasis en la diferencia m‡s que en la contradicci—n ha teni-do una influencia considerable. Mientras que el concepto de contradic-ci—n parec’a adecuarse con facilidad a formas de organizaci—n que opo-n’an (o parec’an oponer) la clase trabajadora al capital, el de diferencia se ajusta con m‡s facilidad a una organizaci—n de la lucha que toma la forma de una multiplicidad de grupos que enfatizan identidades espe-c’ficas como homosexuales, pueblos originarios, mujeres, negros, etcŽ-tera. Es claro el atractivo que ejerce el concepto de multitud para desig-nar tales luchas: multitud se refiere, entonces, a la alianza informal de las luchas contra la forma de opresi—n existente (capitalismo, neo-libe-ralismo, posmodernismo o como quiera llam‡rsela) .

 

Sin embargo, a pesar de lo atractivo que pueda resultar este enfo-que, existen problemas que se vinculan principalmente con la nega-ci—n y la contradicci—n .

 

Al extender el rechazo de la s’ntesis hegeliana a la dialŽctica en su conjunto, se arroja al ni– o junto con el agua sucia del ba– o. No s—lo se abandona la s’ntesis, sino tambiŽn el concepto central de movimiento por medio de la negaci—n. ÒEn la filosof’a radical de la inmanencia no hay falta de vida, sino de negatividad, de contradicci—n como mode-lo del movimiento.Ó (Hardt y Colectivo Situaciones, op. cit.) . La vida se convierte en un concepto positivo en lugar de que sea lucha contra la negaci—n de la vida. Existe, en general, una positivizaci—n del pensa-miento. Las luchas son vistas como luchas-por en lugar de que Žstas sean, en primer lugar, luchas-contra. Se pierde la centralidad de la crisis (concepto negativo) y Žsta es reemplazada por el Žnfasis en la reestruc-turaci—n (concepto positivo) . El rechazo es marginalizado (cuando no negado) en el movimiento que va desde los or’genes del autonomismo (Tronti (2001: 244) y su art’culo fundacional ÒLa estrategia del rechazoÓ) hasta el posautonomismo de los a–os recientes (representado, en particu-lar, por Hardt y Negri) . Iron’a de iron’as, reaparece una teor’a de las eta-pas bajo la forma del cambio de paradigmas: en cualquier momento par-ticular, el mundo se debe entender en tŽrminos del paradigma de dominaci—n . Al incluir el rechazo de la negaci—n, el rechazo de la dia-lŽctica conduce, precisamente, a un pensamiento sintŽtico, a un pensa-miento que busca situar cada cosa en el lugar que le corresponde dentro del esquema del paradigma dominante. Esto tiene consecuencias te—ri-cas y tambiŽn pol’ticas: puede llevar a un desvanecimiento de la distin - ci—n entre negaci—n y s’ntesis, entre rechazo y reconciliaci—n, entre la revuelta y el gobierno reconciliador que surge tras ella1.

 

El segundo problema consiste en el abandono de la idea de contra-dicci—n . El argumento, como vimos, sostiene que la idea de contradic-ci—n opera como una suerte de camisa de fuerza que obliga a la infinita riqueza de la vida y de la lucha a entrar en un antagonismo binario. Sin embargo, la pregunta es si esta entrada obligada es resultado del pensa-miento dialŽctico o si la dialŽctica, simplemente, hace referencia al pro-ceso de binarizaci—n antag—nica que tiene lugar realmente en el mundo. El nombre que se le da a este proceso de binarizaci—n antag—nica es el capital. El capital no es una cosa, sino una relaci—n social, una transfor-maci—n forzada de la actividad de las personas en trabajo: una actividad ajena moldeada por los requerimientos de la producci—n de ganancia. El nombre de la camisa de fuerza que obliga a nuestras mœltiples diferen - cias a entrar en el antagonismo binario del trabajo explotado no es la dia-lŽctica sino el capital. La inmensa y multicolor riqueza del hacer creati-vo-œtil (trabajo concreto, como lo llama Marx) est‡ forzadamente reducido al trabajo abstracto productor de valor: esto es lo que signifi-ca capital. El capital reduce la diferencia a una contradicci—n: a un an - tagonismo contra su propia supresi—n . El capitalismo nos encierra en su prisi—n con toda nuestra variedad y diferencia. La dialŽctica consti-tuye, entonces, el plan de escape, el pensar-en -contra-de-la-prisi—n, el pensar-en -contra-del-mundo-equivocado, un pensar que ya no tendr’a sentido si estuviŽsemos fuera de la prisi—n del mundo equivocado, pero no lo estamos. Dejar de lado la conciencia dialŽctica de (no la creaci—n dialŽctica de) la contradicci—n es olvidar que estamos en una prisi—n, que estamos viviendo dentro de una forma de organizaci—n social que diariamente reduce nuestra infinita creatividad al mon —tono proceso de producir ganancia. Yesto es lo que, de hecho, pasa con esa corriente del pensamiento: el concepto de capital y de capitalismo se pierde en el tras-fondo y la lucha no se ve como una lucha contra el capital, sino esencial-mente como una lucha por la Òdemocracia realÓ 2. Se pierde de vista, as’, la cuesti—n central de toda lucha por el cambio: la organizaci—n de nues-tro hacer cotidiano, la lucha del hacer en contra del trabajo. Nuestro ha-

 

 

 

1.    Esto puede verse, por ejemplo, en el abierto apoyo de Negri a los gobiernos de Lula, Kirchner y Evo Morales y su justificaci—n de esta posici—n en tŽrmi-nos de argumentar a favor de un Ònuevo pactoÓ (cf. Negri y Cocco, 2006) .

 

2.    Este argumento ha sido construido en gran parte a partir del art’culo de Al-berto Bonnet (2007) que figura en este volumen . VŽase p‡gs. 37-72.

 

 

cer empuja hacia la diferencia, anhela un mundo libre de contradicci—n, pero por el momento est‡ atrapado dentro de la contradicci—n, dentro de un mundo de coerci—n impuesta por el dinero. Afirmar la diferencia, entonces, es hacer una afirmaci—n -contra, pero las posibilidades y el mo-vimiento de esta afirmaci—n -contra pueden ser entendidos s—lo si com-prendemos este concepto como el movimiento de una contradicci—n .

 

Este libro comparte muchas de las preocupaciones que menciona-mos en los p‡rrafos anteriores Ðel uso del pensamiento dialŽctico para im-poner la clausura y la uniformidad en la luchaÐ pero, sin embargo, insis-te en la importancia de defender y desarrollar el concepto de dialŽctica. No es necesario rechazar la dialŽctica como tal, sino s—lo su comprensi—n sintŽtica: en otras palabras, es necesario insistir en una dialŽctica negati-va, un movimiento sin descanso de negaci—n que no necesariamente nos conduce a un final feliz. La historia, entonces, no se considera como una serie de etapas, sino como el movimiento de una revuelta sin fin .

 

La importancia de Adorno, entonces, reside en el hecho de ser quien ha desarrollado de manera m‡s espec’fica el concepto de la dia-lŽctica negativa en su libro hom—nimo. Las palabras iniciales del pr—lo-go afirman su objetivo de liberar la dialŽctica de su herencia positiva:

 

La formulaci—n DialŽctica Negativa es un atentado contra la tradici—n . Ya en la dialŽctica plat—nica, el instrumento l—gico est‡ al servicio de un resultado positivo; la figura de una negaci—n de la negaci—n fue si-glos despuŽs un nombre pregnante para lo mismo. Este libro intenta liberar la dialŽctica de una tal naturaleza afirmativa, sin perder lo m‡s m’nimo en precisi—n . (Adorno, 1986: 7)

 

Para Adorno, como para todos los otros autores que hemos men - cionado, el punto de partida es el fracaso pol’tico-te—rico del marxismo ortodoxo. Adorno ( op cit.: 11) escribe ÒdespuŽs que ha fracasado la transformaci—n del mundoÓ, despuŽs de que Òse dej— pasar el momen - to de su realizaci—n [de la filosof’a]Ó, luego de Stalin, Auschwitz e Hi-roshima no quedan certezas ni, sobre todo, garant’as de un final feliz. Por eso es necesario abandonar el concepto de dialŽctica como proce-so de negaci—n que conduce a una s’ntesis, negaci—n de la negaci—n que nos lleva a un final positivo. De la œnica manera en la que ahora podemos concebir la dialŽctica es como negativa, como movimiento de negaci—n m‡s que como s’ntesis, es decir, como una dialŽctica negativa.

 

En definitiva, Àpor quŽ la dialŽctica? Simplemente porque es la œni-ca forma de pensamiento adecuada a un mundo err—neo. La dialŽctica existe porque estamos en el lugar incorrecto, en un tipo de sociedad equivocada: la ÒdialŽctica es la ontolog’a de la falsa situaci—n; una situa-ci—n justa no necesitar’a de ella y tendr’a tan poco de sistema como de contradicci—nÓ Adorno ( op. cit.: 19) . Es el car‡cter err—neo del mundo lo que hace necesaria la dialŽctica o el pensamiento negativo. Que el mun - do tenga car‡cter equ’voco significa que el pensar o el hacer correctos son, necesariamente, negativos: pensar-contra y hacer-contra. Si el mun - do est‡ equivocado, somos seres negativos: nuestra existencia misma es un movimiento en contra. Para Adorno ( op. cit.: 13) la categor’a central es la de no-identidad, el movimiento contra la identidad, contra lo que es. ÒEl nombre de dialŽctica comienza diciendo s—lo que los objetos son m‡s que su concepto. [É] La contradicci—n [É] es ’ndice de lo que hay de falso en la identidad, en la adecuaci—n de lo concebido con el concep-to.Ó La no identidad es el movimiento subterr‡neo de rechazo de la iden - tidad, de lo que es: Òla contradicci—n es lo no-idŽntico bajo el aspecto de la identidadÓ (ib’d.). La dialŽctica es sensible al movimiento de este recha-zo: Òla dialŽctica es conciencia consecuente de la diferenciaÓ (ib’d.).

 

Entendida de esta manera, la dialŽctica es un movimiento de quie-bre y apertura. La no-identidad rompe la identidad y abre el camino para la creaci—n de algo nuevo. El movimiento de la no identidad es el movimiento de la creatividad. La no identidad es un desbordamiento m‡s all‡ de lo que es, es cambio y cambio de uno mismo, es creaci—n y creaci—n de uno mismo. Ubicar la no identidad en el centro de la fi-losof’a es poner en el centro la negaci—n -creaci—n .

 

La dialŽctica, as’ entendida, est‡ muy lejos de la dialŽctica recha-zada por Deleuze, Guattari, Hardt y Negri y otros. Recientemente, Hardt y el Colectivo Situaciones (op. cit.) han reconocido el peligro de identificar toda dialŽctica con la dialŽctica sintŽtica, hegeliana y, citan - do a Macherey, sugieren la necesidad de una dialŽctica abierta: ÒÀC—-mo es aqu’ y ahora una dialŽctica que funcione en ausencia de toda ga-rant’a [É], sin la promesa de que todas las contradicciones en las cuales se embarque se resuelvan por derecho, porque ellas llevan en s’ mismas las condiciones de su resoluci—n?Ó Esta es, esencialmente, la pregunta que se plantean Adorno y los otros miembros de la Escuela de Frankfurt. La respuesta, sugiere Adorno, s—lo puede concebirse en tŽrminos de una dialŽctica firmemente negativa.

 

 

III

 

Este libro presenta una serie de reflexiones sobre el desaf’o que pre-senta esta idea de una dialectica negativa.

 

El primer art’culo breve de John Holloway pregunta por quŽ de-ber’amos leer a Adorno y sugiere que es posible responder a este in - terrogante confront‡ndolo con Tronti y la tradici—n autonomista:

 

Adorno comparte con esa tradici—n, a pesar de sus grandes diferen - cias, el considerar la negaci—n o rechazo como punto de partida. La diferencia m‡s llamativa entre ellos es, por supuesto, que mientras que los te—ricos de la tradici—n autonomista han estado inmersos en la acci—n pol’tica directa ( y a causa de eso varios de ellos sufrieron pri-si—n) , Adorno se mantuvo distanciado del movimiento estudiantil de finales del decenio de 1960.

 

Por medio de un an‡lisis de las œltimas conferencias de Adorno, Adri‡n Wilding se detiene en la compleja relaci—n entre ese autor y el movimiento estudiantil en tŽrminos de la advertencia que Žl hiciera de los peligros que acarrea Òpensar cediendo irracionalmente a la pri-mac’a de la pr‡cticaÓ y de su temor de ser considerado un gurœ o, peor aœn, el flautista de Hamelin del movimiento. Wilding advierte contra el peligro de caer en conclusiones simplistas y enfatiza la fuer-te defensa que hace Marcuse de la importancia pol’tica de Adorno, a pesar de que el mismo Marcuse tom — en ese entonces una posici—n completamente diferente en relaci—n con el movimiento estudiantil.

 

En ÒAntagonismo y diferenciaÓ, Alberto Bonnet aborda el contras-te entre el Žnfasis de Adorno en la contradicci—n y el rechazo de este concepto por parte de Gilles Deleuze y otros, quienes reemplazan con - tradicci—n por diferencia. Bonnet sostiene que la distinci—n entre am-bos conceptos tiene importantes consecuencias pol’ticas y que el Žnfa-sis en la diferencia puede, f‡cilmente, conducir a la teor’a y a la pol’tica del liberalismo. El cap’tulo de Darij Zadnikar retoma el mismo tema de las consecuencias pol’ticas que tiene el rechazo de la dialŽctica y sugie-re que este rechazo se relaciona con el crecimiento de un nuevo posvanguardismo en el movimiento global contra el capitalismo. Una breve segunda contribuci—n de Holloway desarrolla una idea similar en tŽrminos de una confrontaci—n entre autonomismo positivo y negativo.

 

El cap’tulo de Michael Lšwy y Eleni Varikas ubica a Adorno en el contexto de la cr’tica rom‡ntica del progreso, pero se– ala que su preocu-paci—n no era el retorno al pasado, sino explorar las posibilidades de una emancipaci—n genuina.

 

Sergio Tischler desarrolla, en su texto, la fuerza emancipatoria de la obra de Adorno. Centra su atenci—n en la importancia que tiene la cr’tica de Adorno a la totalidad y en su insistencia en la importancia de la particularidad. La crisis de la totalidad es la crisis de toda una mane-ra de comprender y organizar la lucha de clases, en resumen, la crisis del marxismo de partido que recibi— su expresi—n te—rica m‡s acaba-da en la obra de Luk‡cs. El movimiento de la particularidad (o de la no-identidad) es el principio conductor de una nueva constelaci—n emergente de la lucha de clases.

 

 

Werner Bonefeld busca responder la pregunta por la riqueza que tiene el pensamiento pol’tico de Adorno discutiendo el concepto adorniano del concepto. El Òcar‡cter constitutivo de lo irracional para el conceptoÓ (Adorno, 1986: 21) abre la puerta a una comprensi—n cr’-tica de la lucha de clases como revoluci—n permanente, el movimiento in - cesante de la negaci—n determinada. Este movimiento rompe el pesi-mismo que caracteriza gran parte de la obra de Adorno.

 

Marcel Stoetzler presenta nuevas perspectivas con su exploraci—n de las consecuencias del concepto adorniano de no-identidad para la pol’tica de la sexualidad, vinculando a Adorno con las teor’as feminis-ta y gay y la cr’tica a la idea de que el sexo puede entenderse en tŽrmi-nos de una simple divisi—n binaria entre masculino y femenino. El di-mor fismo sexual, sostiene Stoetzler, es un aspecto o expresi—n de la organizaci—n crecientemente genital de la sexualidad y la sublimaci—n del Eros al servicio del capitalismo moderno.

 

Fernando Matamoros nos lleva en una direcci—n completamente diferente con su incursi—n en el concepto de la metaf’sica, punto de partida de la cr’tica necesaria al mundo cosificado y repetitivo. Se pre-gunta acerca de la relaci—n que Adorno tiene con ella, con especial Žn - fasis en la conexi—n entre la obra de este œltimo y las de Benjamin y Bloch . Matamoros sostiene que la fuerza de la metaf’sica es la utop’a cr’tica que se encuentra en el centro de los Òcarnavales dialŽcticos de lo cotidianoÓ.

 

El cap’tulo de JosŽ Manuel Mart’nez cierra el libro con una discu-si—n de la teor’a estŽtica de Adorno y su relevancia pol’tica. Mart’nez subraya la importancia de considerar sus obras Teor’a de la estŽtica y Dia-lŽctica negativa como un œnico proyecto y sugiere que ambas sientan las bases para una comprensi—n m‡s rica de la lucha social en el capitalis-mo contempor‡neo.

 

 

IV

 

Este libro es un argumento y una exploraci—n .

 

Argumenta a favor de que es importante desarrollar la noci—n de una dialŽctica negativa tanto te—rica como pol’ticamente. Pero este ar-gumento es un desaf’o y una exploraci—n . El movimiento de negaci—n hace estallar los conceptos, hace estallar el poder, la identidad y todo lo que nos resulta familiar. Abre un mundo terror’fico, vertiginoso, exci-tante, que nos obliga a cuestionar todo lo que nos rodea. El argumen - to es un caminar desplaz‡ndose sobre arenas movedizas, un sentir que el camino es incierto, un tantear hacia delante, una exploraci—n del

 

 

8

 

mundo que se abre ante nosotros, tanto te—rica como pr‡cticamente. El nuestro no es el argumento dogm‡tico que resulta de la certeza, sino aquel que busca la apertura, a veces por medio de la provocaci—n . Escri-bimos en un contexto en el que los zapatistas han hecho del Òpregun - tando caminamosÓ un principio central tanto para la pr‡ctica pol’tica como para el pensamiento cient’fico. ƒse es el sentido, entonces, de nuestro argumento y de nuestra exploraci—n: preguntando caminamos.

 

 

Referencias bibliogr‡ficas

 

ADO RNO, Theodor W. (1986) DialŽctica negativa. Madrid, Taurus Ediciones. BO NNET, Alberto ( 2007) ÒAntagonismo y diferencia: la dialŽctica nega-tiva y el posestructuralismo ante la cr’tica del capitalismo contem - por‡neoÓ, en J. H O LLO WAY, F. MATAMO RO S y S. TISCH LER ( comps.) Negatividad y revoluci—n: T heodor W. Adorno y la pol’tica, p‡gs. 37-72. Buenos Aires, Ediciones Herramienta y Universidad Aut—noma de

Puebla ( MŽxico) .

 

H ARDT, Michael y CO LECTIVO SITUACIO NES (2007) ÒLeer a MachereyÓ, pr—logo al libro de Pierre MACH EREY: Hegel o Spinoza (de pr—xima aparici—n) . Buenos Aires, Tinta Lim—n Ediciones. Disponible en la web: www.situaciones.org [consulta: 02/ 04/ 07] .

 

NEGRI, Antonio y CO CCO , Giuseppe (2006) GlobAL - Biopotere e lotte in America Latina. Roma, Manifestolibri. Hay edici—n en espa– ol: Glo-bAL. Biopoder y luchas en una AmŽrica latina globalizada. Buenos Aires, Paid—s, 2006.

TRO NTI, Mario (2001) ÒLa estrategia del rechazoÓ, en Obreros y capital.

Madrid, Ediciones Akal.

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué Adorno?*

 

John Holloway1

 

 

 

 

Adorno es dif’cil de leer. Peor todav’a, Adorno llam— a la polic’a en 1969 cuando el Instituto de Investigaci—n Social de Frankfurt fue ocupado por los estudiantes. Entonces Àpor quŽ volver a Žl ahora cuando nuestra meta no es convertirnos en especialistas en Adorno y la Escuela de Frankfurt, sino agudizar nuestra cr’tica al capitalismo?

 

Ruptura y revuelta, fragilidad e incertidumbre, y apertura y dolor est‡n en el centro del pensamiento de Adorno: por eso es tan emocionante.

 

El punto de partida, tanto para Žl como para nosotros, es el fracaso pol’tico-te—rico del marxismo ortodoxo; escribe ÒdespuŽs que ha fracasado la transformaci—n del mundoÓ, despuŽs de que Òse dej— pasar el momentoÓ de la realizaci—n de la filosof’a, como dice en las primeras l’neas de su DialŽctica negativa (Adorno, 1986: 11) . DespuŽs de Stalin, Auschwitz e Hiroshima no existe ninguna certidumbre, sobre todo ninguna garant’a de un final feliz. Por eso es necesario abandonar cualquier noci—n de la dia-lŽctica como proceso de negaci—n que lleva a una s’ntesis, como negaci—n de la negaci—n que conduce a un final positivo. La œni-ca manera en la cual podemos concebir la dialŽctica ahora es en forma negativa, como movimiento de negaci—n, m‡s que de s’n - tesis, es decir, como dialŽctica negativa.

 

Pero Àpor quŽ preocuparnos por la dialŽctica cuando el Òmate-rialismo dialŽctico [ortodoxo] ha degenerado [É] en dogmaÓ ( op. cit.: 15)? Otros autores Ðcomo Negri, por ejemplo, pero tambiŽn

 

 

 

*      Sobre la base del original publicado en la revista Herramien ta (Buenos Aires), nœm. 28, marzo de 2005. Traducci—n del autor.

1.  Muchas gracias a Sergio Tischler y a Werner Bonefeld por sus comentarios.

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   John Holloway

 

 

 

toda la corriente posestructuralista (Foucault, Deleuze, Guattari, Virno, etcŽtera) que ahora tiene tanta influencia en el pensamien - to anticapitalistaÐ tomaron el camino opuesto y decidieron recha-zar la dialŽctica y enfatizar el materialismo. Enfocarnos en Ador-no es ya cuestionar el camino posestructuralista tomado por esos autores.

 

ÀPor quŽ la dialŽctica, entonces? La respuesta de Adorno es que la dialŽctica no es un punto de vista, sino que m‡s bien ex-presa la inevitable insuficiencia del pensamiento, la desgarrada relaci—n entre el pensamiento y los objetos del pensamiento. ÒEl nombre de dialŽctica comienza diciendo s—lo que los objetos son m‡s que su concepto [É] La contradicci—n [É] es ’ndice de lo que hay de falso en la identidad, en la adecuaci—n de lo concebi-do con el conceptoÓ ( op. cit.: 13) . El pensar identifica ÐÒpensar quiere decir identificarÓÐ, pero lo pensado desborda el pensa-miento. La dialŽctica es la conciencia del pensamiento de su pro-pia insuficiencia, de la no-identidad que est‡ contenida dentro de, revienta y desborda la identidad que el pensamiento quisiera imponer. ÒLa contradicci—n es lo no idŽntico bajo el aspecto de la identidad [y] dialŽctica es la conciencia consecuente de la no-identidadÓ ( op. cit.: 13) 2.

 

Este es el tema central en el pensamiento de Adorno: la dialŽc-tica como conciencia consecuente de la no-identidad, de aquello que desborda. Es libertario y revolucionario. Libertario porque su eje y su fuerza motriz es lo inadaptado, la particularidad irreduci-ble, la no-identidad que no se deja contener, el rebelde que no se subordina a la disciplina del partido. Revolucionario porque es ex-plosivo, volc‡nico. Si no existe otra identidad que la identidad que est‡ socavada por la no-identidad, entonces, no hay posibilidad de estabilidad. Toda identidad es falsa, contradictoria, se basa en la negaci—n de la no-identidad que no puede suprimir, que busca contener y que no puede contener. Y no puede ser contenida, no por alguna raz—n fortuita como podr’a ser la ineficiencia de la po-lic’a, sino porque la identificaci—n siempre corre detr‡s del flujo de no-identidad, nunca puede ser atrapada ni inmovilizada.

 

Est‡ claro que la no-identidad es lo protag—nico, el centro, la fuerza motriz del mundo que nos presenta Adorno. Pero ÀquŽ en - tendemos por no-identidad? ÀEs, simplemente, un concepto filo-

 

 

2.    En la edici—n de referencia se lee: ÒdialŽctica es la conciencia consecuente de la diferenciaÓ.

 

 

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ÀPor quŽ Adorno?

 

 

 

s—fico o es la conceptualizaci—n de una fuerza social? La respues-ta es que n osotros somos la no-identidad. La fuerza que rebasa, la fuerza que contradice toda identificaci—n, la fuerza que desborda es la subjetividad, n osotros. ÀY quiŽnes somos n osotros? Nosotros so-mos el sujeto que no puede ser encerrado dentro de ningœn con - cepto, dentro de ninguna definici—n . Podemos decir que somos la clase trabajadora, pero esto tiene sentido s—lo si entendemos clase trabajadora como un concepto que estalla contra s’ mismo, un concepto que rompe sus propios l’mites.

 

ÀDice Adorno, de forma expl’cita, que nosotros somos la no-identidad? No, que yo sepa. Tal vez, estoy leyendo a Adorno de una manera no-identitaria, contra-y-m‡s-all‡ de Adorno. Pero Àde quŽ otra manera podemos entender la no-identidad? La no-iden - tidad s—lo puede ser una fuerza que se cambia a s’ misma, se au-toimpulsa, se desborda, que crea y se recrea. ÀY d—nde encontra-mos una fuerza creativa y auto-creativa? No en los animales, ni en dios, ni en la naturaleza, solamente en los humanos, en nosotros. Un nosotros que no es identitario, sino un nosotros desgarrado, inadaptado, creativo.

 

Este no es un nosotros liberal-humanista, sino un nosotros antagónico y auto-antag—nico. Somos parte de una Òtotalidad anta-gonistaÓ en la cual Òel sujeto [es] enemigo del sujetoÓ. La dialŽc-tica existe porque estamos en un lugar falso, en una sociedad falsa: ÒDialŽctica es la ontolog’a de la falsa situaci—n; una situa-ci—n justa no necesitar’a de ella y tendr’a tan poco de sistema co-mo de contradicci—nÓ ( op. cit.: 19) . El nosotros dialŽctico es el no-sotros contradictorio que vive en -y-contra la sociedad falsa, la sociedad capitalista, un nosotros clasista no-identitario.

 

Adorno se encuentra con Tronti. En su art’culo fundacional, ÒLenin en InglaterraÓ, dice Tronti (2001: 93): ÒTambiŽn nosotros hemos visto, primero, el desarrollo capitalista, despuŽs las luchas obreras. Es preciso transformar radicalmente el problema, cam-biar el signo, recomenzar desde el principio, y el principio es la lucha de clases obrera.Ó Palabras que parecen bastante alejadas de las de Adorno, pero aqu’ est‡ la cuesti—n, el entretejerse de la teor’a autonomista y la teor’a cr’tica. Tronti Ðy los otros te—rico-pr‡cticos del opera’smoÐ pusieron el marxismo ortodoxo de cabe-za ubicando a la lucha de la clase trabajadora (y no al capital) en el centro de sus an‡lisis. Adorno Ðy los otros miembros de la Es-cuela de FrankfurtÐ pusieron el marxismo ortodoxo de cabeza ubicando a la no-identidad (y no a la identidad) en el centro de

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   John Holloway

 

 

 

sus análisis. Adorno, probablemente, nunca se haya encontrado con Tronti y es posible que tampoco lo hubiera deseado, pero no-sotros s’ podemos hacer que ellos se encuentren .

 

La ÒdialŽctica es la conciencia consecuente de la no-identi-dadÓ. La dialŽctica significa pensar el mundo desde lo que no puede ser encerrado, desde aquellos que desbordan, aquellos que son negados y suprimidos, aquellos cuya insubordinaci—n y rebeld’a rompe los l’mites de la identidad, desde n osotros que existimos dentro-contra-y-m‡s-all‡ del capital. Pero esto es lo mis-mo que el proyecto autonomista formulado por Tronti: quiz‡ no tan expl’citamente pol’tico, pero mucho m‡s profundo porque el ataque en contra de la identidad llega al coraz—n de la vida mis-ma, toca directamente al quiŽnes somos y al c—mo pensamos. El pro-yecto autonomista del opera’smo era ambiguo, precisamente por-que no prosigui— el desarrollo de su propio argumento hasta sus œltimas consecuencias, y porque no cuestion — el concepto identi-tario de la clase trabajadora como grupo de personas identifica-ble. Puso la relaci—n capital-trabajo de cabeza, pero para ser con - secuente hubiera debido poner el mundo entero de cabeza, ubicando la no-identidad en el centro de nuestra vida y de nues-tra forma de pensar. Es esta limitaci—n que conduce, entonces, a la uni—n desafortunada y confusa entre algunos pensadores auto-nomistas y el posestructuralismo, una tradici—n que niega la cen - tralidad del sujeto y, por lo tanto, de la lucha de la clase obrera.

 

El desarrollo del proyecto autonomista Ðes decir, el impulso ha-cia la autodeterminaci—nÐ necesita de la teor’a cr’tica (como tam-biŽn el desarrollo de la teor’a cr’tica requiere el est’mulo del pro-yecto autonomista y no las reflexiones socialdem—cratas de Habermas, por ejemplo) . ÀPor quŽ? Porque el proyecto autonomis-ta pone la lucha de clase trabajadora (o la lucha anticapitalista) en el centro de nuestra comprensi—n del mundo, como fuerza motriz y no como reacci—n . Y porque el proyecto de la teor’a cr’tica tam-biŽn pone la lucha de la clase trabajadora (como no-identidad) en el centro de nuestra comprensi—n del mundo. ÀEstoy diciendo, en - tonces, que podemos reemplazar la no-identidad con la lucha de la clase trabajadora en Adorno: ÒLa dialŽctica es la conciencia conse-cuente de la lucha de la clase trabajadoraÓ? S’, pero, obviamente, s—lo si entendemos la lucha de la clase trabajadora como movi-miento de la no-identidad (una expresi—n tautol—gica, ya que no-identidad s—lo se puede entender como movimiento) . As’ tambiŽn podemos decir, parafraseando a Adorno: ÒTambiŽn nosotros hemos trabajado con un concepto que pone la identidad en primer lugar y la no-identidad en segundo lugar. Esto es un error. Es pre-ciso transformar radicalmente el problema, cambiar el signo, reco-menzar desde el principio, y el principio es el movimiento por la no-identidad.Ó ÀEsto no es violentar tanto a Adorno como a Tron - ti? S’, por supuesto, pero Àno es, acaso, una violencia creativa, que nos lleva hacia adelante en la lucha en contra del capitalismo, en contra de la identidad de un sistema construido sobre la muerte?

 

La no-identidad es creatividad, la identidad es la negaci—n de la creatividad: all’ todo es. En el capitalismo la no-identidad existe Òbajo el aspecto de la identidadÓ (Adorno, op. cit.: 13), la creatividad existe en la forma de no-creatividad, el hacer existe en la forma del trabajo enajenado. La fuerza del sujeto existe como el sofisma de la subjetividad constitutiva: ÒDesde que el autor se atrevi— a confiar en sus propios impulsos mentales, sinti— como propia la tarea de quebrar con la fuerza del sujeto el enga– o de una subjetividad constitutivaÓ ( op. cit.: 8) . La dialŽctica vuelve la fuerza del sujeto contra la falacia de una subjetividad constitutiva: Òel sujeto [es] enemigo del sujetoÓ ( op. cit.: 19) . La dialŽctica es la conciencia con - secuente de lo que permanece escondido: la no-identidad que existe bajo el aspecto de la identidad, la creatividad que existe en la forma del dominio fetichizado de las cosas, la fuerza del sujeto que est‡ oculto por Òel enga– o de una subjetividad constitutivaÓ. ÒLa resistencia del pensamiento a lo que meramente existe, la im-periosa libertad del sujeto, busca en el objeto lo que Žste ha perdi-do al consolidarse como talÓ ( op. cit.: 28) . La dialŽctica busca sacar a la luz el poder de la creatividad humana que yace escondido en todo lo que niega este poder, comprender el mundo y no solamen - te la relaci—n capital-trabajo (entendida en tŽrminos identitarios tradicionales) desde la perspectiva de la creatividad humana. Es por eso que la dialŽctica tiene que estar en el centro del proyecto autonomista y que el proyecto autonomista tiene que estar en el centro de la teor’a cr’tica. Sin ese v’nculo, los dos se secan, se con - vierten en juguetes acadŽmicos y Adorno se vuelve un adorno in - telectual, parte de la industria de la cultura que Žl odiaba.

 

ÒEl pensamiento es, por su misma naturaleza, un acto de ne-gaci—n, de resistencia a lo que se le imponeÓ3. La vida tambiŽn .

 

 

3.    En la versi—n espa– ola de referencia (Adorno, op. cit.: 27) se lee: ÒEl pensa-miento es, por su misma naturaleza, negaci—n de todo contenido concreto, resistencia a lo que se le imponeÓ.

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   John Holloway

 

 

 

 

Referencias bibliogr‡ficas

 

ADO RNO , Theodor W. (1986) DialŽctica negativa. Madrid, Taurus.

 

TRO NTI, Mario (2001) ÒLenin en InglaterraÓ, en Obreros y capital. Madrid, Ediciones Akal, p‡gs. 93-99.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Flautistas de Hamelin y eruditos: sobre las últimas conferencias de Adorno*

 

Adrian Wilding

 

 

 

 

 

Para muchos, la filosof’a de Theodor W. Adorno es sin —nimo de in - telectualidad esotŽrica, elitismo cultural y aislamiento del te—rico de las luchas sociales de su tiempo. El fil—sofo inglŽs Bryan Magee expres— este sentimiento generalizado en el a– o 1978 durante una entrevista televisada con otro miembro de la Escuela de Frankfurt, Herbert Marcuse. Sostuvo ante Marcuse que los escritos de Ador-no eran ÒampulososÓ, incluso ÒilegiblesÓ, y que creaban una barre-ra entre el autor y cualquier agente pol’tico que pudiera posible-mente realizar estas aspiraciones (Magee, 1982: 72) . La respuesta de Marcuse fue sorprendentemente magn‡nima, en vista de lo que conocemos sobre su relaci—n tensa con Adorno. Repiti— una afir-maci—n que ya hab’a realizado en el sentido de que Adorno era Òsin duda un genioÓ, que no conoc’a a nadie que se desenvolviera Òcon tanta soltura en el campo de la filosof’a, la sociolog’a, la psi-colog’a, la mœsicaÓ. Cuando Adorno hablaba Ðremarc— MarcuseÐ las palabras se pod’an imprimir de manera textual, tan claras eran sus formulaciones. Y la dificultad de las ideas que Adorno expresa-ba no representaba un oscurantismo intencionado, sino la opaci-dad y el car‡cter contradictorio del sistema social que intentaba comprender. Algunos a– os m‡s tarde, los comentarios de la figura prominente de la segunda generaci—n de la Escuela de Frankfurt, JŸrgen Habermas (1992: 220), hicieron eco de esta defensa enŽr-gica de Adorno por Marcuse:

 

Adorno era un genio; lo digo sin ninguna sombra de ambigŸedad

 

[É]   ten’a una inmediatez de conciencia, una espontaneidad de pensamiento y un poder de formulaci—n que nunca he vuelto a encontrar ni hab’a encontrado antes. El proceso evolutivo de los pensamientos de Adorno era algo que no se pod’a seguir: sal’an

 

 

 

*      Traducci—n: Anna-Maeve Holloway.

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

de Žl completos, era un virtuoso en este aspecto. [É] Mientras uno se encontraba con Žl, estaba envuelto en el movimiento del pensamiento. Adorno no era una persona comœn; era para Žl im-posible, de una manera bastante dolorosa, ser corriente.

 

Lo que Habermas atribuye a la personalidad, Marcuse Ðde mo-do interesanteÐ lo politiza. Se considera que el estilo dif’cil de Adorno se debe, precisamente, a su objeto, el mundo invertido [verkehrte] del capitalismo tard’o. En tal mundo del revŽs y de ilu-si—n sistem‡tica, quiz‡s el adivinar la verdad sobre el conjunto so-cial requiera de un lenguaje y un pensamiento que no se acobarde ante la contradicci—n y la complejidad. En una Žpoca en la que el trabajo abstracto y el valor de cambio llegan a impregnar no s—lo las relaciones sociales, sino tambiŽn el lenguaje y el pensamiento, incluido el lenguaje de la cr’tica, quiz‡s sea necesario resistir la Òvulgarizaci—n prematura de los problemas terriblemente comple-jos a los que nos enfrentamosÓ (Magee, op. cit.: 73)

 

Una raz—n por la que Adorno se considera, como fil—sofo, al-go distanciado del sensus communis es, sin duda, el curioso y un tan - to absurdo pormenor de sus œltimos meses. Su lenguaje lo alej— no s—lo de los fil—sofos estadounidenses, cuyas objeciones expres— Ma-gee, sino tambiŽn de los estudiantes radicales de finales del dece-nio de 1960, quienes se burlaron de su actitud pol’tica distante y lo ridiculizaron de maneras que, probablemente, contribuyeron a su fatal ataque al coraz—n . El ahora tristemente famoso acontecimien - to en el cual dos mujeres estudiantes lo atacaron con flores y con - signas (ÒÁAdorno como instituci—n est‡ muerto!Ó) reflejaba un sen - timiento generalizado de que incluso este te—rico de la represi—n compart’a las tendencias represivas de la propia sociedad. Estos jui-cios deben haber sido todav’a m‡s mortificantes para Adorno, que mientras tanto observaba la trayectoria mete—rica de su antiguo co-lega Marcuse, quien participaba en las protestas estudiantiles pre-cisamente con los mŽtodos por Žl cuestionados.

 

Es posible que con la publicaci—n de la obra p—stuma de Ador-no, sobre todo de sus conferencias de finales del decenio de 1960, se pueda determinar, por fin, si esta imagen del intelectual distan - te y pol’ticamente impotente sea cierta. Quiz‡s sea tambiŽn posible poner a prueba lo acertada de la afirmaci—n de Marcuse, segœn la cual lo que Adorno dec’a pod’a existir tal como lo expresaba, pala-bra por palabra, sin ninguna revisi—n, puesto que las conferencias que dio durante el œltimo decenio de su vida en la Universidad de

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

Frankfurt eran improvisadas y, en gran medida, espont‡neas. Estas conferencias son todav’a m‡s notables por este hecho y confirman la imagen de un hombre cuyas improvisaciones pod’an enviarse di-rectamente al papel y a la imprenta. No s—lo su espontaneidad, si-no tambiŽn la variedad de las cuestiones que Adorno abordaba en sus conferencias con gran erudici—n, temas que abarcan el amplio abanico de las humanidades y las ciencias sociales, en efecto, apo-yan el retrato que hace Marcuse de Adorno, como un intelectual que se sent’a c—modo en cualquier tema que abordase.

 

Sin embargo, mientras uno no puede sino admirar la erudi-ci—n polifacŽtica de estas conferencias, es f‡cil caer en la trampa de confirmar el culto del genio, ante el cual el intelecto del pro-pio Adorno se situaba de manera cr’tica. En este aspecto, quiz‡ sea m‡s esclarecedor leer estas conferencias en su contexto hist—rico, en vez de abordarlas como pensamientos etŽreos de un Òintelec-tual ubicuoÓ, segœn la imagen que le atribu’an sus estudiantes cr’-ticos, una imagen que, adem‡s, Žl ya hab’a criticado por estar fun - damentalmente enraizada en la misma divisi—n capitalista del trabajo que separa la mano de la mente, el intelecto de la acci—n, y que, a su vez, ser’a, ella misma, superada (Adorno, 1962) .

 

Por lo tanto, ser’a œtil leer estas conferencias no simplemente como una filosof’a o una teor’a, sino tambiŽn como una expre-si—n de los tiempos pol’ticamente transcendentales en las que fue-ron pronunciadas. Leer a Adorno de manera que concuerde con su confesado ÒmaterialismoÓ, no un materialismo crudo que re-duce la filosof’a y las ideas a la historia o a los intereses de clase, sino que hace justicia al concepto del propio Adorno del momen - to filos—fico como un todo, donde el pensamiento es capaz de ar-ticular una coyuntura hist—rica plagada de crisis y, sin embargo, llegar a travŽs de ello a algo ÒesencialÓ. Leer a Adorno, en otras palabras, de la misma manera en que vemos a Adorno (2001a:

 

251) leer la filosof’a de Kant: no s—lo como una filosof’a, sino co-mo Òuna especie de texto codificado del cual se pod’a leer la si-tuaci—n hist—rica del esp’ritu, con la expectativa vaga de que al hacer esto, uno pod’a adquirir algo de la propia verdadÓ.

 

 

ÒEsta es la generaci—n de AuschwitzÓ

 

Para eso debemos situar en contexto a los acontecimientos de fi-nales del decenio de 1960 y tambiŽn comentar la trayectoria que

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

hizo que Adorno regresara a Frankfurt despuŽs de la guerra para convertirse en una de las figuras principales de las letras alemanas. Los lectores de izquierda de hoy est‡n familiarizados con parte de este contexto: las obras que hab’an generado la fama de Adorno, hasta el momento de su exilio de la Escuela de Frankfurt de la Ale-mania nazi a AmŽrica, son ahora muy le’das, aunque, a menudo, se comprenden de manera aislada en cuanto a las experiencias particulares que las inspiraron . Las piedras de toque intelectuales, por ejemplo, de la colaboraci—n de Adorno con Horkheimer en la DialŽctica del Iluminismo ÐSchopenhauer, Nietzsche y SadeÐ fueron testimonio de la medida en que la experiencia del fascismo hab’a dislocado la fe en las tradiciones humanistas del Iluminismo ale-m‡n . En los primeros momentos de la posguerra no s—lo se volv’a a reflexionar sobre las concepciones pol’ticas de Adorno y Hork-heimer (aunque la predicci—n que hicieron del fascismo en el de-cenio de 1920 se confirm— con una precisi—n escalofriante); am-bos empezaban a creer en la profunda complicidad entre la filosof’a del Iluminismo, con su defensa del dominio racional de la naturaleza interna y externa, y las cosmovisiones que caracteri-zaban el totalitarismo. En vez de figuras principales del Idealismo y el Iluminismo alem‡n, Horkheimer y Adorno se convirtieron en sus cr’ticos m‡s severos. Aunque no abandonaron por completo el proyecto del Iluminismo, ciertamente, hab’an perdido la fe en su ideal cosmopolita y pac’fico. Si en el decenio de 1760 Voltaire po-d’a sostener con convicci—n que la tortura y otras atrocidades hu-manas pronto ser’an cosa del pasado, para Horkheimer y Adorno, quienes escrib’an en el exilio mientras les llegaban noticias del Holocausto, este juicio parec’a cada vez m‡s panglosiano*. Para Adorno, s—lo los Òescritores oscuros de la burgues’aÓ pod’an en ese momento sostener que hab’an reconocido el curso del mun - do, la inversi—n de una humanidad que se estaba, aparentemente, autoperfeccionando hacia la barbarie.

 

El tiempo transcurrido entre la publicaci—n de la DialŽctica del Iluminismo (1947) y la obra m‡s importante de Adorno, DialŽctica negativa (1966), constituye, quiz‡s, una Žpoca menos conocida en cuanto a su influencia sobre la orientaci—n de la teor’a cr’tica. Se trataba de una era en que las tendencias previstas por Horkhei-mer y Adorno no pod’an encontrarse m‡s alejadas de la concien -

 

 

*      Neologismo inspirado en el doctor Panglos, personaje del C‡n dido (1759) de Voltaire: una mirada optimista de las circunstancias. [NdE]

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

cia dominante en la sociedad alemana a la que regresaron tras el exilio. La poblaci—n se estaba esforzando por restarle importan - cia al pasado reciente de Alemania a favor de la unidad ideol—gi-ca, la reconstrucci—n econ —mica y la reeducaci—n pol’tica, por instruir a la nueva generaci—n con valores democr‡ticos. Efectiva-mente, Alemania estaba siendo testigo de los inicios de su mila-gro econ —mico [Wirtschaftswu n der], ese notable crecimiento en producci—n y consumo que le dar’a con el tiempo una situaci—n econ —mica dominante en Europa. Sin embargo, para un escritor como Adorno exist’a algo inquietantemente inmutable en la so-ciedad alemana: la re-educaci—n pol’tica que los Aliados desea-ban infundir entre los j—venes dejaba considerablemente indife-rente a la generaci—n de sus padres.

 

Hab’a, en el seno de la izquierda pol’tica, un sentimiento cre-ciente de que el cap’tulo fascista de la historia alemana no se ha-b’a clausurado. Las continuidades en el poder pol’tico de la esfe-ra personal, de la estructura del Estado y del mundo empresarial entre la Alemania de la posguerra y los doce a– os de fascismo eran obvias para muchos. Para un nœmero creciente de personas, la Alemania del decenio de 1950 no parec’a una democracia, si-no una Òsociedad de restauraci—nÓ (Thomas, 2003: 13) . Para Adorno, en particular, las precondiciones estructurales para el re-crudecimiento del fascismo estaban lejos de haberse extirpado. En un ensayo de 1959 sostuvo que Òel pasado se habr‡ superado s—lo cuando las causas de lo que pas— hayan sido eliminadas. El hechizo cautivante del pasado no se ha roto hasta hoy porque las causas todav’a persistenÓ (Adorno, 1998: 103) . Lo que Horkhei-mer y Adorno hab’an postulado ya en los a– os treinta como una continuidad y no una oposici—n estricta entre democracia liberal y fascismo, se reconoc’a ahora como el secreto oscuro de la situa-ci—n pactada de la posguerra.

 

A mediados del decenio de 1960 el fascismo residual que estos autores divisaban en las profundidades de la sociedad del consu-mo masivo se estaba haciendo tambiŽn visible para la generaci—n estudiantil; el hecho de que muchos antiguos nazis conservaran sus empleos en las universidades hac’a este tema especialmente cercano. Un Estado dirigido por un canciller que no respond’a a la oposici—n por medios parlamentarios y, paralelamente, una es-tructura universitaria no democr‡tica y jer‡rquica; los estudiantes sent’an que ambos estaban dirigidos por las mismas Òpersonalida-des autoritariasÓ que la Escuela de Frankfurt hab’a diagnosticado.

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

El aumento del nivel de vida provocaba en la generaci—n m‡s jo-ven el efecto parad—jico de generar un rechazo hacia el boom eco-n —mico basado en el consumo que, aparentemente, hab’a justifi-cado la tendencia a la reactivaci—n de posguerra. La juventud alemana se politiz— no s—lo por el rechazo de las complicidades de sus padres durante el per’odo de la guerra, sino tambiŽn debido a la aparici—n de nuevas culturas de expresi—n personal y experi-mentaci—n que hac’an uso del tiempo libre que el crecimiento econ —mico ofrec’a. Alimentadas por las protestas internacionales contra la guerra de Viet Nam, estas actitudes produc’an una mez-cla explosiva. Tampoco se deben ignorar las acciones provocado-ras de una prensa popular alemana de derecha, que presentaba a los estudiantes como una quinta columna peligrosamente cercana al coraz—n de la sociedad alemana. Durante el decenio de 1960 el imperio medi‡tico de Alex Springer se aliment— del nœmero cre-ciente de enfrentamientos extraparlamentarios, sosteniendo ante sus lectores que los estudiantes eran parte de una insurrecci—n apoyada por la Uni—n SoviŽtica. Los vilipendiados responder’an en especie: en 1968 la Escuela de Cine de Berl’n fue ocupada por sus estudiantes, quienes emprendieron una obra de propaganda pol’tica, Fabricando un c—ctel molotov, una pel’cula que termina con una visi—n incitante de la fachada de vidrio del edificio del peri—-dico de Springer (Elsaesser, 1989: 156) .

 

Muchos estudiantes no necesitaban de tal tipo de provocacio-nes. El 2 de junio de 1967, durante las protestas contra la visita a Berl’n del Shah, el renombrado gobernante fascista del Ir‡n, un joven llamado Benno Ohnesorg fue herido de muerte por un dis-paro a la espalda de un polic’a de la brigada de Òcr’menes pol’ti-cosÓ vestido de civil (Thomas, 2003: 112). Cuando la polic’a inten - t— encubrir lo que hab’a pasado, decenas de miles de estudiantes de Berl’n y Frankfurt salieron a la calle. El mismo d’a, horas m‡s tarde, una joven llamada Gudrun Ensslin, tataranieta de un tal Georg Wilhem Friedrich Hegel, habl— en una reuni—n de estu-diantes radicales: ÒEste Estado fascista tiene la intenci—n de ma-tarnos a todos. [É] La violencia es la œnica manera de responder a la violencia. Esta es la generaci—n de Auschwitz y no se puede discutir con ellosÓ (Aust, 1987: 44) . Un poco m‡s tarde, Ensslin, junto con su compa– ero Andreas Baader, arrojar’an bombas in - cendiarias en los grandes almacenes de Frankfurt, describiendo el acto como un Òcompartir con los capitalistas adinerados algo de la realidad de la Guerra de Viet NamÓ.

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

Tales acciones aumentaron de manera considerable lo que estaba en juego en esta lucha. En efecto, el Estado de Alemania Occidental no se qued— cruzado de brazos. Una amplia coalici—n se ocup— de crear, apresuradamente, las leyes de emergencia [Notstan degesetze], que daban al gobierno carta blanca para censu-rar, Òen tiempos de emergenciaÓ, a la prensa, impedir las huelgas, aumentar la vigilancia de los disidentes y convocar al ejŽrcito pa-ra dispersar manifestaciones. Este consenso pol’tico impuesto de manera opresiva autorizar’a una suspensi—n de las mismas garan - t’as que la Constituci—n de la Bu n desrepu blik hab’a querido consa-grar. Parec’a que la inversi—n dialŽctica del Iluminismo se hab’a reemplazado por una inversi—n dialŽctica de la democracia.

 

 

 

ÒLa falsa persona de un gurœÓ

 

Cuando se hacen comparaciones desfavorables con las figuras de-corativas radicales del movimiento estudiantil alem‡n se olvida que el propio Adorno en partes clave de su discurso expres— su simpat’a por los objetivos de librar las universidades del personal pol’ticamente corrupto y por resistir contra la legislaci—n de emergencia (Wiggershaus, 1995: 627-628) . Sin embargo, las re-vueltas estudiantiles fueron, adem‡s, testigos de una creciente presi—n sobre Adorno para que llegara m‡s lejos y se encargara de dar un liderazgo intelectual a la causa de los estudiantes. Los miembros radicales del movimiento estudiantil acusaron a Ador-no de lo mismo de lo que Marx y Engels hab’an acusado a la ÒIdeolog’a alemanaÓ: que su filosof’a se perd’a en los reinos bo-rrosos de la especulaci—n . Muchos sent’an que Adorno hab’a pri-vilegiado la teor’a por encima de la pr‡ctica y hab’a abandonado el proyecto revolucionario justo en el momento en que una nue-va revoluci—n parec’a posible. Adorno (2001b: 3), quien no era ajeno al clamor alrededor de su persona, se refiri— expl’citamen - te a esta cuesti—n en el dictado de las conferencias que dict— en la Universidad de Frankfurt.

 

Una y otra vez, al realizar varios an‡lisis te—ricos Ðy los an‡lisis te—ricos son esencialmente cr’ticos por naturalezaÐ me encuen - tro con la pregunta: ÒÀS’, pero quŽ haremos?Ó; y esta pregunta se plantea con un cierto trasfondo de impaciencia, un trasfondo que proclama: ÒDe acuerdo, Àpero quŽ sentido tiene toda esta

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

teor’a?Ó Dura demasiado, n o con ocemos c—mo debemos com - portarn os en el mun do real, Áy el h ech o es que ten emos que actuar en seguida!

 

Adorno se ve obligado a responder de manera expl’cita a la si-tuaci—n cada vez m‡s tensa y a las presiones pol’ticas. Sostiene an - te sus estudiantes que el llamado a la acci—n pol’tica directa es pro-blem‡tico, puesto que se trata de un deseo por la inmediatez en medio de la m‡s mediada, compleja y opaca sociedad del capita-lismo tard’o en que se encuentran tanto el estudiante como el maestro: Òexiste hoy en d’a un gran peligro ÐdiceÐ lo que se po-dr’a llamar un atajo il’cito a la acci—n pr‡cticaÓ ( op. cit.: 2). Tales atajos, les dice, se basan, ir—nicamente, en lo contrario de lo que se acusa al fil—sofo, en una subordinaci—n de la teor’a a la pr‡cti-ca (y una atenuaci—n del significado original de ambos tŽrminos), y en esta subordinaci—n Adorno divisa una alianza nefasta de la pol’tica radical con las actitudes m‡s instrumentales de la ideolo-g’a reinante, un s’ntoma de la alienaci—n y no la soluci—n a ella.

 

El giro de Adorno en estas conferencias hacia una exposici—n cuidadosa y notablemente favorable de la filosof’a de Immanuel Kant se puede interpretar como su propia manera de examinar, con las restricciones de un programa acadŽmico en un departa-mento de filosof’a, tales atajos il’citos a la acci—n pr‡ctica. La filo-sof’a moral de Kant, nos recuerda Adorno, siempre mantuvo un interŽs por la acci—n y la Òraz—n pr‡cticaÓ, como se llamaba de manera reveladora al pensamiento moral. A su vez, Kant se bas— en los recursos de la filosof’a antigua, sobre todo de la filosof’a griega que pon’a en primer plano a la praxis y a la Òsabidur’a pr‡cticaÓ (la phr—nesis de Arist—teles) en su estudio de Òla buena vidaÓ. Sin embargo, en la Žpoca de Kant la raz—n pr‡ctica ya ha-b’a perdido gran parte de las connotaciones que el concepto de praxis encerraba para los griegos. El apogeo del Iluminismo coin - cidi— con una emergente divisi—n del trabajo que se ocupaba de repartir la experiencia en esferas separadas, de manera que filo-sof’as como la de Kant pod’an corresponder œnicamente con sus propias cr’ticas especializadas. A mediados del siglo XX, sostiene Adorno, esta atenuaci—n de la praxis s—lo hab’a empeorado: se hab’a convertido en un mero Òdetalle pr‡cticoÓ, guiado por una idea de acci—n enteramente instrumental y contraria a la teor’a. Para Adorno ( op. cit.: 3), la ret—rica del Òaspecto pr‡cticoÓ es sin - tom‡tica, y no esclarecedora, de un estado de no-libertad:

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

Cuanto m‡s incierta se vuelve la acci—n pr‡ctica, cuanto menos co-nocemos realmente sobre lo que deber’amos hacer y menos en - contramos la buena vida que se nos garantiz— Ðsi es que alguna vez se le garantiz— a alguienÐ mayor es nuestra prisa por aprove-charnos de ello. La impaciencia puede f‡cilmente vincularse con cierto resentimiento hacia el pensamiento en general, con una tendencia a denunciar la teor’a como tal.

 

Ir—nicamente, el menosprecio a la teor’a y al intelectual por parte de los que se encuentran fuera del mundo acadŽmico tiene su equivalente opuesto dentro del mundo acadŽmico: una sumisa supervaloraci—n del intelectual, quien se convierte en una especie de figura paterna, un ego ideal, capaz de infundir un aire decisi-vo en un momento de incertidumbre pol’tica. Esto tambiŽn, sos-tiene Adorno ( op. cit.: 2), debe ser resistido: Òprecisamente porque soy consciente de que gran parte de ustedes conf’a mucho en m’, me resistir’a enŽrgicamente a abusar de esta confianza, asumien - do Ðaunque s—lo fuera por medio de mi estilo de hablarÐ la falsa persona de un gurœ, de un sabioÓ. La supervaloraci—n del intelec-tual, sostiene Adorno, es una especie de transferencia, s’ntoma de una impotencia que se infunde al individuo desde una edad tem-prana y se reproduce en la estructura jer‡rquica de la sociedad, de la misma manera que los Estudios sobre autoridad y familia de la Es-cuela de Frankfurt hab’an mostrado, durante los a– os treinta, que la vulnerabilidad de los individuos ante los l’deres autoritarios se hab’a originado en las estructuras m‡s ’ntimas de la familia. El gran aprecio que sent’an los estudiantes por su maestro pod’a f‡-cilmente convertirse en una humillaci—n masoquista ante el poder carism‡tico. La responsabilidad del maestro en un momento de crisis era evitar tales tentaciones. El arte de impartir sabidur’a pr‡ctica se convierte, para Adorno, en un caminar sobre la cuer-da floja, utilizando, de modo no patol—gico, la autoridad del ora-dor para dar poder a quien lo escucha.

 

El deseo por un liderazgo firme en momentos de crisis pol’-tica se ve envuelto en una serie de mediaciones sociales, entre ellas la estructura existente de la jerarqu’a y la autoridad. No es que Adorno estŽ, simplemente, negando la inmediatez a favor de la mediaci—n; ser’a en s’ algo n o dialŽctico. Sin embargo, la cuesti—n filos—fica escon d’a cierto razon amien to pol’tico: Ador-n o parece an ticipar la facilidad con que las accion es directas de los estudian tes ser’an utilizadas para legitimar la toma de

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

contramedidas represivas por parte del Estado, convirtiendo el poder latente en poder manifiesto, limitando las posibilidades para la lucha futura. Y, sin embargo, es conciente de que, incluso si llama la atenci—n sobre esta posibilidad, ser‡ acusado de reac-cionario.

 

 

Sin embargo, no creo que porque definamos sin piedad el Esta-do bloqueado y las relaciones de poder desproporcionadas de la presente situaci—n deber’amos ser acusados de quietismo o resig-naci—n . Porque cualquiera que se acobarde ante el an‡lisis de la estructura existente con el fin de demostrar una tesis o conseguir un objetivo traiciona tanto a la verdad como a la teor’a; y eso, con toda certeza, no es lo que se quiso decir con la unidad de teor’a y pr‡ctica en ningœn momento. (Adorno, 2006)

 

El reconocimiento de la mediaci—n de lo inmediato no con - vierte lo inmediato en superado [au fgehoben ]; al contrario, es igualmente cierto que no existe mediaci—n sin un momento de inmediatez (Adorno, 1991, cf. Hegel, 1988) 1. No es que se deban condenar las acciones espont‡neas. Simplemente, el movimiento estudiantil no ten’a, a los ojos de Adorno, Òla m‡s m’nima expe-rienciaÓ Ðen palabras de HegelÐ que hubiera revelado la natura-leza dialŽctica de su actividad pol’tica.

 

Las formulaciones de Adorno no carecen de problemas. Su con - cepto del ÒEstado bloqueadoÓ (2001b: 3), una condici—n tanto inte-lectual como social en la que cada intento por cambiar la sociedad de manera radical parece condenado, daba la impresi—n de otorgar una existencia en la forma de una restricci—n estructural a algo que es, sin duda, m‡s contradictorio y fluido. Adorno parece responder a esta cr’tica en sus conferencias sobre la Cr’tica de la raz—n pura de Kant, condenando una concepci—n similar del Estado bloqueado que llev— a Kant a considerar la libertad individual como algo nou-mŽnico, algo que no es posible experimentar. Es posible, dice Ador-no, que este concepto simplemente documente un l’mite inherente en la sociedad burguesa de la Žpoca de Kant. El deber de una teor’a cr’tica de la sociedad es negar la fijaci—n de l’mites de la filosof’a kantiana y pensar en una libertad actualizada y actualizable.

 

 

1.    ÒS—lo hace falta una poca experiencia para ver que donde hay conocimien - to inmediato tambiŽn hay conocimiento mediado, y viceversa. El conoci-miento inmediato, como el conocimiento mediado, es, por s’ solo, comple-tamente parcial.Ó ( Hegel, 1988: 99)

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

ÒUn texto codificado de la situaci—n hist—ricaÓ

 

Adorno no s—lo utiliza estas conferencias para advertir a sus alum-nos sobre la relaci—n compleja de la teor’a con la pr‡ctica; tambiŽn aborda la situaci—n concreta en la que se encuentran sus estudian - tes, su posici—n social como futura fuerza de trabajo en un sistema educativo mediado por imperativos econ —micos. Al fin y al cabo, los estudiantes llegan a estas conferencias en el marco de su prepa-raci—n universitaria para una vida de Òtrabajo socialmente œtilÓ ÐAdorno (2006) cita la frase ir—nica de MarxÐ bajo el signo de los Òprocedimientos econ —micos [cada vez m‡s] an —nimos y opacosÓ. Como Weber en su ensayo de 1918 sobre la ÒCiencia como voca-ci—nÓ, Adorno inicia su serie de conferencias de 1968, Introducci—n a la sociolog’a, advirtiendo a sus estudiantes de los riesgos de estu-diar esta problem‡tica. Mientras que Weber (1969: 180-231) hab’a advertido de la americanizaci—n del mundo acadŽmico Ðall’ un estu-diante trata al conferenciante como alguien que vende conoci-mientos Òde la misma manera que el verdulero vende repollosÓÐ, leemos, casi medio siglo m‡s tarde, c—mo Adorno dice a sus estu-diantes que descubrir‡n que su trabajo acadŽmico se encuentra, igualmente, sujeto a la mercantilizaci—n de la vida de la mente. TambiŽn les advierte que las nuevas maneras de comprender la so-ciedad que surgir‡n del estudio de esta materia podr’an hacerles muy dif’cil adaptarse felizmente a esta misma sociedad, encontrar en ella su condici—n social y los deberes que les corresponden .

 

Hoy en d’a lo que se da es probablemente que el sector m‡s avan - zado de los estudiantes, muchos de los cuales sospecho que se en - cuentran en esta sala, han tomado conciencia de este hecho, es de-cir, del hecho de que cuanto mejor comprendo una sociedad, m‡s dif’cil resulta ser œtil para esa sociedad. (Adorno, 2006: 14)

 

Estas palabras se pronunciaron en abril del 1968, casi en el momento de auge de las protestas, y muestran que Adorno era plenamente consciente de cu‡n radicalizados se hab’an vuelto sus estudiantes. Pero tambiŽn reconoc’a c—mo este radicalismo pod’a ser instrumentalizado por aquellos que pretend’an hablar en nombre de los estudiantes. Estaba emergiendo, claramente, una divisi—n entre la Escuela de Frankfurt y el liderazgo estudian - til. Las exigencias para que la teor’a cr’tica mostrara el camino hacia la intervenci—n pol’tica, para que Òdescribiera una utop’a

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

concretaÓ, como reclam— de la Escuela el dirigente del movi-miento estudiantil Rudi Dutschke (Wiggershaus, 1995: 622), eran para Adorno un anatema a la propia naturaleza dialŽctica del ob-jeto social que la teor’a cr’tica analiza. Era una mala teor’a aque-lla que condenaba la teor’a como tal por carecer de una praxis clara.

 

No es que esto explique todas las acciones de Adorno duran - te el momento ‡lgido de las movilizaciones estudiantiles: su pedi-do de intervenci—n a la polic’a para que desalojara a los estudian - tes en huelga en la sede del Instituto de Investigaci—n Social de Frankfurt se ha hecho, con raz—n, tristemente famoso, aunque, probablemente, sea tan s—lo por el notorio contraste con el papel de Marcuse en las ocupaciones de las universidades estadouni-denses. Quiz‡s este contraste refleje, meramente, el car‡cter di-recto y claro de la versi—n de Marcuse de la teor’a cr’tica y no al-go inherentemente conservador de la de Adorno. De hecho, este œltimo parece haber considerado que su pedido para que se de-salojara a los estudiantes de los recintos universitarios le otorga-ba el papel de flautista de Hamelin Ðlo que Weber llama Òautori-dad carism‡ticaÓÐ lo que un intelectual verdaderamente cr’tico deber’a sentir con profunda desconfianza.

 

Quiz‡s una de las razones por las que Adorno se haya mostra-do reacio a aprobar semejante actividad haya sido Ðparad—jica-menteÐ la influencia de uno de sus estudiantes, JŸrgen Haber-mas. ƒste hab’a llevado a cabo un estudio en Frankfurt sobre la conciencia pol’tica de la generaci—n que hab’a alcanzado la ma-yor’a de edad durante la reconstrucci—n de la posguerra. La obra Estudiantes y pol’tica (1957) fue el resultado de muchas encuestas que buscaban determinar la actitud de los estudiantes ante el in - tento de la Bundesrepublik por instaurar valores democr‡ticos. La investigaci—n de Habermas se bas— en las tŽcnicas del estudio de la primera generaci—n de la Escuela de Frankfurt sobre la autori-dad que a principios de los a– os treinta hab’a encontrado el ger-men del autoritarismo en varios estratos de la sociedad alemana. Habermas encontr— una actitud ambivalente igualmente arraiga-da hacia las ideas democr‡ticas en el per’odo de la posguerra. Lo que aprendi— con este estudio le ofrecer’a m‡s argumentos para su postura de finales del decenio de 1960, o sea que las revueltas estudiantiles bien podr’an estar condenadas a fracasar.

 

Habermas lleg— m‡s lejos que Adorno en su cr’tica de las re-vueltas estudiantiles y utiliz— un lenguaje m‡s extremo. Cuando

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

Rudi Dutschke (en respuesta al asesinato de Benno Ohnesorg y a los ataques incendiarios de Ensslin y Baader que se le sucedie-ron) pronunci— el reclamo relativamente sumiso de Òacci—n con - tinua contra toda forma de autoridadÓ, Habermas llam— a la ideo-log’a de Dutschke Òuna ideolog’a voluntarista que en 1848 se hubiera llamado socialismo ut—picoÓ, pero que en 1967 equival’a a un Òfascismo de izquierdaÓ (Ryan, 2003) . Estas palabras fueron una provocaci—n para el movimiento estudiantil y Habermas no ser’a perdonado por ellas. Sin embargo, no se arrepentir’a. Refle-xionando en 1969 sobre las acciones del a– o anterior, sostuvo que las protestas estudiantiles hab’an sido una Òrevoluci—n fantas-maÓ que, como los actos de rebeli—n de los hijos contra sus padres en MoisŽs y el monote’smo de Freud, hab’a simplemente reafirmado el poder estatal patriarcal. La identificaci—n de los que protesta-ban con las luchas revolucionarias en el Tercer Mundo constitu’a, segœn Habermas, una compensaci—n ilusoria por el descarrila-miento del proyecto revolucionario en el Primer Mundo y subra-yaba la naturaleza sintom‡tica de la revuelta. Sostuvo que lo suce-dido en Alemania dej— intacto al orden existente, legitimando aœn m‡s el estado de emergencia. Hab’a algo de verdad en esto: ciertamente, el jefe de polic’a alem‡n no vio con mal ojo la carta blanca que le fue concedida para encontrar y encarcelar a los te-rroristas, imagen que la opini—n pœblica ten’a de los estudiantes activistas como resultado de una campa– a medi‡tica orquestada con maestr’a. Las muertes de Ensslin y Baader en la c‡rcel de Stamheimm unos a– os m‡s tarde dar’an una idea de la ferocidad y violencia de la reacci—n del Estado. Ir—nicamente, la Escuela de Frankfurt ser’a considerada en parte responsable por la ideolog’a de grupos como Baader-Meinhof, aunque sobre todo por el testi-monio de un miembro prominente del CDU con una aversi—n particular hacia la Òteor’a cr’ticaÓ, un tal Josef Ratzinger (Ryan, op. cit.) .

 

Esta difamaci—n p—stuma de la primera generaci—n de la Es-cuela de Frankfurt constitu’a el aspecto ideol—gico de la victoria del Estado en esta lucha; una raz—n m‡s para cavar bajo la super-ficie de la historia de Alemania durante el decenio de 1960 que Òfue escrita por los vencedoresÓ. Pero tambiŽn, esto requiere ir m‡s all‡ del aparente silencio de las conferencias de Adorno so-bre lo que estaba sucediendo extra muros y darse cuenta de que los acontecimientos pol’ticos, a pesar de las apariencias, se reflejan en ellas a un nivel profundo, a travŽs de los temas acadŽmicos, los

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

conceptos y el lenguaje que Adorno escog’a. Necesitamos escuchar el ruido de fondo que, ocasionalmente, es mencionado por el edi-tor de las conferencias, en las aclamaciones que acompa– an, por ejemplo, a las declaraciones m‡s comprometidas de Adorno. Debe-mos notar todo lo que estaba en juego en caso de que el programa acadŽmico diera un giro hacia temas que se sab’a ten’an importan - cia te—rica y pr‡ctica para las acciones pol’ticas que estaban suce-diendo fuera. Incluso en el tema aparentemente abstruso de las primeras y segundas Cr’ticas de Kant, se puede ver c—mo Adorno revela a sus estudiantes nuevas maneras de concebir la relaci—n en - tre teor’a y actualidad social. Los recursos pr‡cticos de la tradici—n filos—fica alemana se ve’an, a su vez, amenazados por un marxismo crudo Ðque, sin embargo, gozaba de popularidadÐ que hab’a apa-rentemente solucionado los problemas de la filosof’a.

 

TambiŽn es posible que Adorno haya querido transmitir algo de la inspiraci—n que sinti— en su primer encuentro con la Cr’tica de la raz—n pura de Kant, siendo un estudiante de 17 a– os. Ador-no (2001a: 251) sospechaba que hab’a m‡s de lo que aparec’a a primera vista en este texto de gran dificultad:

 

Desde el principio experimentŽ esta obra no como una mera epistemolog’a ni como un an‡lisis de las condiciones de los jui-cios cient’ficamente v‡lidos, sino como una especie de texto co-dificado del cual se pod’a leer la situaci—n hist—rica del esp’ritu.

 

En la primera Cr’tica de Kant encontr— la expresi—n de un mundo burguŽs temprano, una modernidad emergente en la que el Iluminismo cient’fico y el ideal del progreso hab’an, no obstante, impuesto restricciones sobre la raz—n y el conocimien - to, se hab’an volcado sobre lo pr‡ctico.

 

Se podr’a decir que el gran logro de la Cr’tica de la raz—n pura es que toda una serie de estos grandes conceptos metaf’sicos y fundamen - tales desapareci— de la esfera de lo que pod’a ser decidido de ma-nera racional. [É] Es una cr’tica de la capacidad de la raz—n de plantearse tales cuestiones [metaf’sicas], de hacerles justicia. Quiz‡s podamos decir que el enorme impacto de la Cr’tica de la raz—n pura se debe a la circunstancia de que fue de hecho la primera obra en dar expresi—n al elemento de la resignaci—n burguesa, a esta nega-tiva a hacer cualquier declaraci—n significativa sobre las cuestiones cruciales y en vez de ello dedicarse al mundo finito. ( op. cit.: 6)

 

La filosof’a de Kant se alej— de la especulaci—n metaf’sica, col-g— una se– al de Òprohibida la entradaÓ alrededor de lo Absoluto

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

(una vez m‡s, ese ÒbloqueoÓ) y, mientras dirige su mirada hacia el cielo (como termina famosamente la segunda Cr’tica de Kant), en realidad, se resigna a la esfera pr‡ctica mundana: ÒCasi podr’a-mos, entonces, decir que lo que fue codificado en la Cr’tica de la raz—n pura es una teodicea de la vida burguesa que es consciente de su propia actividad pr‡ctica y a la vez pierde la esperanza de alcanzar su utop’aÓ (op. cit.). Es, precisamente, contra esta resig-naci—n, este perder la esperanza de alcanzar su utop’a, que Ador-no previene a sus estudiantes, claramente consciente de que su obra era acusada de lo mismo. Este tipo de declaraciones, en las que Adorno parece defender el impulso metaf’sico que Kant cri-tica severamente por Òperderse en reinos inteligiblesÓ sugiere, a su propia manera codificada, la lealtad a una imagen ut—pica que no se puede realizar en el contexto de la vida burguesa. No la uto-p’a concreta y bien planeada que exig’an los l’deres del movi-miento estudiantil, sino un ideal que s—lo puede definirse negati-vamente, mediante su relaci—n negativa con todo lo burguŽs.

 

Este tema es abordado con m‡s profundidad en un conjunto espec’fico de conferencias que Adorno (2001c) imparti— entre 1964 y 1965 sobre Hegel, Kant y la filosof’a de la historia. En estas conferencias, tituladas ÒHacia una teor’a de la historia y la liber-tadÓ, esclarece su relaci—n con las filosof’as de Hegel y Kant y con la actitud de ambos hacia conceptos del progreso hist—rico. Duran-te las primeras conferencias de este semestre Adorno trata el tema recurrente de Òmediaci—n e inmediatezÓ y tambiŽn desarrolla su propia filosof’a de la historia de manera negativa, mediante una cr’-tica de la mirada de Hegel sobre estas mismas cuestiones. Una con - ferencia posterior de ese mismo semestre se dedica a la lectura de-tenida de las ÒTesis sobre el concepto de la historiaÓ de Walter Benjamin, una cr’tica poderosa de las teor’as progresistas que na-cieron durante el Iluminismo. Es muy revelador el hecho de que Adorno aborde, en un momento de gran agitaci—n pol’tica, el ar-gumento de Benjamin a favor de una historia discontinua de saltos revolucionarios y su defensa de un Òverdadero estado de emergen - ciaÓ por sobre su an‡logo represivo impuesto por el Estado.

 

La conferencia m‡s intrigante del ciclo sobre Historia y libertad trata un tŽrmino obtenido de la Fenomenolog’a del esp’ritu de Hegel, el concepto de curso del mundo [Weltlauf]. Con este tŽrmino He-gel expresaba la percepci—n de un car‡cter maligno y perverso en los acontecimientos hist—ricos. Divis— en las filosof’as morales de su tiempo una tendencia a situar la virtud del individuo contra la

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Adrian Wilding

 

 

 

Òmanera del mundoÓ, entendido como Òuniversalmente perverti-doÓ. Segœn Hegel el individuo moral virtuoso protest— enŽrgica pero inœtilmente contra la supuesta locura de este Òcurso del mundoÓ y, al hacerlo, fall— en reconocer su propio papel en el mundo que denunci—.

 

Algo en este concepto del curso del mundo atrajo a Adorno, quien empez— a adoptarlo cada vez m‡s como una manera abre-viada de describir la tendencia maligna y aparentemente irracio-nal de su propio mundo de capitalismo tard’o. Es cierto que criti-car‡ severamente a Hegel por considerar la Òmanera del mundoÓ como algo inevitable y contra lo cual el individuo se muestra im-potente; de all’ la acusaci—n, durante las conferencias, de que la fi-losof’a de Hegel es ÒapaciguadoraÓ. Ya he sostenido que, en par-tes clave de las conferencias sobre la Historia y libertad, Adorno tergiversa parcialmente la filosof’a de Hegel, de manera tal que se revelan ciertas debilidades en la pol’tica del propio Adorno (Wil-ding, 2007) . Sin embargo, debemos centrarnos en el uso espec’fi-co que Adorno hace de este concepto. La clave se encuentra en la idea de que una sociedad podr’a ser Ògeneralmente pervertidaÓ, canalizada en un camino completamente irracional. Para Adorno, el curso del mundo legitima su propia irracionalidad tildando al individuo que protesta de irracional. Esta caracter’stica de la socie-dad es transferida: pareciera que no es la sociedad la que est‡ loca, sino el individuo. Sin embargo, el individuo irracional, a su vez, se alinea con el mundo irracional mediante una suerte de identifica-ci—n perversa con la perversi—n general.

 

Y eso nos conduce a un c’rculo vicioso extraordinario: todos los sujetos cuyo interŽs objetivo deber’a ser el cambio del Weltlau f Ðy sin cuyas acciones tal cambio ser’a imposibleÐ se encuentran a su vez tan formados por este mecanismo de identificaci—n que son incapaces de actuar de la manera espont‡nea y consciente que podr’a cambiar al Weltlau f; de hecho, al identificarse con Žl (una identificaci—n infeliz, neur—tica, da– ina) en realidad lo refuer-zan . Y Žsta dir’a que es la verdad sobre la posici—n del hombre en la historia. (Adorno, 2001c: 112)

 

Ser’a f‡cil tomar esta declaraci—n como el epitafio de Adorno para el movimiento estudiantil. Sin embargo, no debe ser tomada al pie de la letra; hay algo deliberadamente hiperb—lico en esta formu-laci—n, como debe haberse dado cuenta su autor: ÀC—mo podr’a el individuo que protesta (el Òindividuo moral virtuosoÓ de Hegel)

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

mostrar esta doble atadura si su falsa ilusi—n fuera tan completa co-mo es sugerido, si la identificaci—n revolucionaria del sujeto con el Weltlauf o Òmanera del mundoÓ fuera completa? Y si el curso del mundo es completamente irracional, entonces, ÀquŽ individuo po-dr’a articular de manera razonable este hecho y esperar ser escucha-do? Adorno parece darse cuenta del car‡cter insostenible de su for-mulaci—n y renuncia de ella en una carta que escribe a Horkheimer.

 

S—lo de la otra cara de la misma moneda pueden surgir hoy o ma– ana, en el contexto del curso actual del mundo [Weltlau f], las situaciones que, aunque muy posiblemente sean catastr—ficas, a la vez restablezcan la posibilidad de la praxis que hoy en d’a se ve obstruida. Mientras el mundo permanezca antagonista y perpe-tœe Žl mismo contradicciones, la posibilidad de cambiarlo ser‡ un legado. (Wiggershaus, 1995: 566)

 

Aqu’ el curso del mundo parece impredecible, no es el movi-miento imparable que, supuestamente, fue para Hegel y pareci— ser para el Adorno de las conferencias sobre Historia y libertad; puede favorecer la represi—n y, sin embargo, tambiŽn puede dar lugar a contratendencias revolucionarias. Esta formulaci—n es, sin duda, m‡s dialŽctica y m‡s plausible. Se alinea con los numerosos ejemplos que ya mencionamos. Adorno, en vez de ser la personi-ficaci—n del fil—sofo resignado, en realidad, se– ala maneras de huir de la resignaci—n pol’tica y, de hecho, condena la resigna-ci—n por su actitud obstinada. En este sentido, Adorno considera que la resignaci—n domina en las ciencias sociales existentes, en la sociolog’a por ejemplo, una disciplina que Žl siente que aban - don — la teor’a cr’tica de la sociedad a favor del conocimiento es-pecializado y fragmentado: Òuno ya no se atreve a concebir el to-do, puesto que perder‡ la esperanza de cambiarloÓ (Adorno, 1973: 137) . Al contrario, la teor’a cr’tica comprende que conce-bir el todo social significa superar las divisiones que existen entre las disciplinas y dentro de ellas, que captar el todo se relaciona de manera inmanente con la posibilidad de concebir su cambio.

 

 

ÒComo si se encontrara en su torre de marfilÓ

 

En cierta manera, la erudici—n de estas conferencias, el mero al-cance del intento de Adorno por encontrar sentido en el todo social y transmitir estos descubrimientos a sus estudiantes, es un

 

 

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legado tan importante como sus diversas reflexiones sobre la mediaci—n de teor’a y pr‡ctica. Se puede considerar que esta erudici—n toma una tradici—n del Iluminismo Ðla perspectiva en - ciclopŽdica de los fil—sofos, de Goethe, Schiller y hasta de la u n i-versalidad f‡ustica de Weber ( 1984) Ð y la contrapone al pensa-miento dividido en compartimientos de ese otro gran iluminista, Kant, mostrando que las limitaciones de su filosof’a son aquellas de la propia sociedad burguesa. En las manos de Adorno la eru-dici—n descompone conscientemente la divisi—n intelectual del trabajo, intenta frenar el empuje implacable hacia la especializa-ci—n acadŽmica, busca percibir un todo alienado.

 

Sin embargo, esto dif’cilmente tranquilizar‡ a los que consi-deran que tales tradiciones filos—ficas son de dudosa importancia para la pr‡ctica pol’tica. Cualquier nuevo estudio o rehabilita-ci—n de Adorno en un contexto marxista tendr‡ que enfrentarse con el prejuicio de que la Escuela de Frankfurt en general, y Adorno en particular, personifican el pesimismo hist—rico de los intelectuales aislados de los movimientos revolucionarios de su tiempo. Se acusa a Adorno de que su filosof’a carec’a de una po-l’tica y de que se mostr— desesperadamente impotente ante la au-tŽntica praxis pol’tica; peor aœn, de que ayud— a apagar el fuego del entusiasmo revolucionario. El Adorno de estas conferencias, sostendr‡n sus detractores, es la ilustraci—n per fecta de c—mo pueden ser los acadŽmicos retr—grados, incapaces de unirse al ac-tivismo pol’tico de sus estudiantes o a las luchas que se libran fue-ra de las aulas universitarias.

 

Lo expuesto deber’a hacer m‡s dif’cil sostener estos cargos, que no nacen de una lectura detenida de estos textos, que revelan la influencia de los tiempos en que fueron escritos y se refieren a ellos con un lenguaje filos—fico que hace justicia a su complejidad y su car‡cter mediado. La pol’tica no se vuelve, de una forma o de otra, menos mediada en tiempos en que la lucha se intensifica. Es-ta es la ilusi—n de un cierto tipo de espontaneidad y una raz—n por la que puede tener resultados pol’ticos desastrosos. Adorno (1986) no juzga de forma negativa el potencial de la acci—n espon - t‡nea, sino œnicamente al Òpensamiento que se inclina irracional-mente ante la primac’a de la pr‡cticaÓ, una pr‡ctica que, en su na-turaleza contraria a la teor’a, se ve Òpresa del poderÓ, ya sea el de l’deres carism‡ticos o el de partidos revolucionarios.

 

Para los marxistas, el contraste entre las reacciones de Marcuse y de Adorno ante los acontecimientos de finales del decenio de

 

 

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Sobre las œlt im as conf erencias de Adorno

 

 

 

1960 seguir‡n siendo, sin duda, la memoria que permanece de la Escuela de Frankfurt de posguerra, aunque la manera en que se presenta hoy es todav’a acu– ada en los tŽrminos severos que poco han cambiado en el siglo y medio que pas— desde que Sainte-Beuve (1838: 98) elogiara a V’ctor Hugo por encima de Alfred de Vigny:

 

Hugo, fuerte combatienteÉ luch— con la armadura,

 

y mantuvo enhiesto su estandarte en medio de la batalla; todav’a est‡ en alto; y Vigny, m‡s discreto,

 

como si se encontrara en su torre de marfil, se retir— antes del mediod’a.

 

El tŽrmino Òtorre de marfilÓ se lo debemos a Sainte-Beuve, con todas sus connotaciones negativas de separaci—n entre lo acadŽmi-co, la pol’tica y la sociedad, entre el pensamiento filos—fico y la pr‡ctica pol’tica. Sin embargo, no podemos imaginar Ðsobre todo hoy en d’aÐ que lo acadŽmico sea algo inmune a la influencia del Òmundo exteriorÓ, de lo que sucede extramuros. Est‡ sujeto a los mismos imperativos y muestra las mismas luchas, como ya recono-ci— Adorno, sobre la reducci—n de la vida y la mente al trabajo, lu-chas que impregnan cada vez m‡s espacios de la sociedad. Estas conferencias nos permiten empezar a desmantelar la caricatura de Adorno como un pensador que dista del ÒtumultoÓ de Sainte-Beu-ve y tambiŽn desmantelar el legado de la tendencia contraria a la teor’a que todav’a se burla del erudito por ser un Òhombre de mu-chos oficios y maestro de ningunoÓ. Se opuso al deseo de una figu-ra decorativa intelectual, un flautista de Hamelin, y a la vez defen - di— el papel cr’tico Ðni crudamente dedicado a cada causa, ni tampoco ubicuoÐ del intelectual erudito en un mundo especializa-do e instrumentalizado: en estas œltimas conferencias, Adorno fuerza su camino m‡s all‡ de estas falsas alternativas.

 

En el a– o 2003 en el centenario de Adorno tuvo lugar una conferencia en el tristemente famoso sal—n de actos VI de la Uni-versidad de Frankfurt, donde en 1969 una estudiante con el pe-cho desnudo anunciaba: ÒÁAdorno como instituci—n est‡ muer-to!Ó. Los delegados estuvieron de acuerdo en considerar que el pensamiento de Adorno, institucionalizado o no, perdura viva-mente. La gradual traducci—n y publicaci—n de estas conferencias del decenio de 1960 muestra una supervivencia de su pensamien - to mucho m‡s vibrante que aquella de muchos fil—sofos del si-glo XX, cuyo radicalismo super ficial no ha podido superar la prueba del tiempo. El que la no-instituci—n que es Adorno viva vi-gorosamente da testimonio de su esencia radical y profŽtica.

 

 

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Antagonismo y diferencia:

la dialéctica negativa

 

y el posestructuralismo ante la crítica del capitalismo contemporáneo

 

Alberto R. Bonnet

 

 

 

1. Estas notas se inspiran en una discusi—n sostenida en el semi-nario permanente sobre Subjetividad y teor’a cr’tica que se desarro-lla en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Uni-versidad Aut—noma de Puebla y que me permiti— m‡s de una vez cosechar las mejores de las ideas. El colectivo del seminario se pro-puso durante 2004, a instancias de Sergio Tischler, uno de sus ani-madores, la ardua tarea de leer y discutir la DialŽctica negativa de Theodor W. Adorno. Fue espec’ficamente una intervenci—n de John Holloway (2007) en esa discusi—n la que inspir— estas p‡ginas. Holloway, en pocas palabras, justificaba en su interven - ci—n aquella propuesta de leer y discutir dicho texto con un argu-mento de corte pol’tico: Adorno nos ayuda a profundizar nuestra cr’tica del capitalismo contempor‡neo. Yo compart’a y sigo com-partiendo ese argumento, por m‡s extra– o, por m‡s parad—jico que pueda parecer a la luz del car‡cter abstracto de esa obra o del car‡cter conservador de las posiciones pol’ticas que Adorno adop-tara mientras la escrib’a. Y m‡s pertinente que nunca me parec’a ese argumento en aquella coyuntura en la cual la conmemora-ci—n del centenario del nacimiento de Adorno, en septiembre de 2003, hab’a sido ocasi—n para ratificar que estaba bien muerto en diversos ‡mbitos acadŽmicos. Estas notas apuntan, entonces, a ra-tificar la importancia de la dialŽctica negativa para la cr’tica del capitalismo contempor‡neo.

 

La dialŽctica negativa, como una modalidad de pensamiento que se hace cargo consecuentemente del car‡cter antag—nico de la sociedad capitalista, argumentaremos, es cr’tica revolucionaria de esa sociedad capitalista. Sin embargo, argumentar esto hoy no exi-ge tanto esa reivindicaci—n del car‡cter cr’tico de la dialŽctica nega-tiva en oposici—n al car‡cter apologŽtico de la dialŽctica positiva he-redada del idealismo Ðen la que se empe–— predominantemente

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Albert o R. Bonnet

 

 

 

Adorno en su DialŽctica negativaÐ cuanto una reivindicaci—n de la pertinencia misma de conceptos algo menospreciados como los de antagonismo y negatividad dialŽctica para una cr’tica revolucionaria de la sociedad capitalista. M‡s adelante, justificaremos este desliza-miento de nuestro Žnfasis. Por ahora, adelantemos que hoy el pro-blema no radica tanto en que las pr‡cticas pol’ticas anticapitalistas sean pensadas en tŽrminos de una reaccionaria dialŽctica positiva Ðcomo aquella, ya difunta, codificada en el diamat soviŽticoÐ, sino en que lo sean en tŽrminos de una filosof’a ajena o incluso opues-ta a cualquier dialŽctica como, por excelencia, la posestructuralista.

 

2. Por cierto, DialŽctica negativa es un escrito Òdecididamente abs-tractoÓ, como advierte Adorno en su pr—logo. Pero no olvidemos que ese mismo Adorno cuestion — como nadie el empleo despec-tivo del adjetivo en cuesti—n, normalmente acompa– ado de una reivindicaci—n de las Òcosas concretasÓ que condena a la irracio-nalidad a la teor’a y a la pr‡ctica pol’ticas por igual (Adorno, 1979: 175 ss.) . Nada m‡s cosificado y, por ende, m‡s alejado de la cr’tica de la sociedad capitalista, que una modalidad de pensa-miento que tenga en un ÒÁa las cosas mismas!Ó su santo y se– a. DialŽctica negativa no es un escrito ÒabstractoÓ en ese sentido des-pectivo, pues, porque versa sobre una modalidad de pensamiento cuyas caracter’sticas Ðsu car‡cter dialŽctico y negativo, pero tam-biŽn su propio car‡cter abstractoÐ deriva de muy concretas determi-naciones de su objeto.

 

Alcanza con revisar los primeros movimientos de DialŽctica ne-gativa para advertirlo. La dialŽctica nace de la constataci—n de la di-ferencia entre el objeto y su concepto Ðsostiene Adorno (1986a: 13 ss.)Ð diferencia que deviene contradicci—n vis-ˆ-vis la naturaleza in - herentemente identificante del pensamiento. El pensamiento dia-lŽctico es as’ index falsi de la realidad. Pero ni aquella diferencia en - tre el objeto y su concepto ni la conversi—n de dicha diferencia en contradicci—n pueden atribuirse a la dialŽctica misma, que resulta-r’a as’ impl’citamente reducida a un mŽtodo, sino que deben atri-buirse a la propia realidad. Sostiene Adorno (1986a: 54):

 

Concepto y realidad muestran la misma naturaleza contradicto-ria. El principio del poder, que desgarra en antagonismos a la so-ciedad, es el mismo que, espiritualizado, produce la diferencia entre el concepto y lo que le est‡ sometido. Pero la diferencia ad-quiere esa forma l—gica de la contradicci—n porque todo lo que no se somete a la unidad del principio del poder, aparece medi-

 

 

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DialŽct ica negat iva, posest ruct uralism o y cr’t ica del capit alism o

 

 

 

do con Žl no como algo distinto e indiferente, sino como una trasgresi—n de la l—gica.

 

A la vez la identificaci—n y la ausencia de identidad, que esa identificaci—n convierte en contradicci—n, son pues dimensiones de la propia sociedad antag—nica. La identificaci—n remite en œl-tima instancia a la conversi—n de una pluralidad de trabajos con - cretos cualitativamente diversos en cantidades de un œnico e in - diferenciado trabajo abstracto en el intercambio. La falta de identidad reenv’a a su vez, en definitiva, a la explotaci—n subya-cente a ese intercambio de equivalentes. Pero, en su calidad de dimensiones inherentes a la sociedad antag—nica, no pueden ser superadas en el pensamiento sin ser reconciliadas en la realidad. Citemos in extenso a Adorno (1986a: 149-150):

 

La humanidad tiene que alcanzar la identidad junto con su con - cepto si es que debe librarse de la coacci—n que padece en forma de identificaci—n real. Todas las categor’as importantes partici-pan de aquella identidad. El principio de convertibilidad, la re-ducci—n del trabajo humano al abstracto concepto universal del tiempo medio de trabajo, tiene un hondo parentesco con el prin - cipio de identificaci—n . Su modelo social es el canje, y Žste no existir’a sin aquŽl; el cambio hace conmensurables, idŽnticos, a seres y acciones aislados que no lo son . La extensi—n del princi-pio reporta el mundo entero a lo idŽntico, a la totalidad. Por el contrario, negar abstractamente el principio, proclamar a mayor gloria de la irreductibilidad de lo cualitativo el ideal de que ya no se debe proceder paso a paso, significar’a buscar excusas para re-caer en la injusticia anterior. Y es que el canje de equivalentes es desde tiempo inmemorial un nombre para intercambiar lo dis-tinto apropi‡ndose la plusval’a del trabajo. Pero, aunque esta ra-cionalidad era ideol—gica, conten’a tambiŽn una promesa. [É] La cr’tica del principio de convertibilidad como instancia identi-ficadora del pensamiento busca la realizaci—n de ese ideal del cambio libre y justo, que hasta ahora no fue m‡s que un pretex-to. S—lo as’ quedar’a superado el canje. Aunque la teor’a cr’tica lo ha desenmascarado como cambio de lo igual y, sin embargo, desigual, la cr’tica de la desigualdad en la igualdad busca tam-biŽn la igualdad. Nada cambia en esto la fuerte reserva frente al rencor que encierra el ideal burguŽs de igualdad, incapaz de to-lerar cualquier cosa que sea relativamente distinta. El d’a en que no le fuese sustra’do a ningœn hombre una parte de su trabajo y con Žl de su vida, la identidad racional habr’a sido alcanzada y la sociedad se hallar’a m‡s all‡ del pensamiento identificante.

 

 

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La identidad resultante de esa reducci—n de la pluralidad de trabajos concretos a la unidad del trabajo abstracto es, a la vez, ilusoria, en la medida en que le subyace la explotaci—n, y objeti-va, en la medida en que resulta de la producci—n y el intercambio de mercanc’as. Es, precisamente, como esta apariencia social-mente necesaria, es decir, como ideolog’a, que esa identidad que-da plasmada en los sistemas filos—ficos. En este sentido, escribe Adorno (1986a: 312):

 

Por m‡s que la elevaci—n de la unidad al rango filos—fico la pue-da haber sublimado fraudulentamente a costa de lo mœltiple, y aunque el predominio de que disfruta en la triunfante tradici—n filos—fica desde los eleatas no sea el summun bonum por el que es tenida, en todo caso, es un ens realissimum. Algo de la trascenden - cia que los fil—sofos elogian en ella como idea lo posee tambiŽn en el mundo real.

 

El sistema hegeliano, donde la dialŽctica positiva culmina co-mo reconciliaci—n de la totalidad social en el esp’ritu absoluto, es su m‡ximo exponente, es decir, el sistema en que aquella identi-dad alcanza, a la vez, su expresi—n m‡s verdadera y m‡s falsa. As’, puede decir Adorno (1981: 51) que:

 

Si la filosof’a hegeliana fracasa medida con el criterio m‡s alto, el propio, se acredita a la vez por Žl: la no identidad de lo antagon’s-tico, con la que choca y que s—lo a duras penas logra doblegar completamente, es la de ese todo que no es verdad, sino falsedad, oposici—n absoluta a la justicia; pero, precisamente, esta no identi-dad adopta en la realidad la forma de la identidad, el car‡cter clau-surador omnicomprensivo sobre el que no impera ningœn tercer elemento reconciliador; y semejante ciega identidad es la esencia de la ideolog’a, de la apariencia socialmente necesaria. Ahora bien; Žsta œnicamente podr’a desvanecerse pasando por la contra-dicci—n devenida absoluta (no merced a mitigarla en lo absoluto), y tal vez ser’a as’ capaz un d’a de encontrar aquella reconciliaci—n que Hegel tuvo que simular, pues se le ocultaba su posibilidad real.

 

La dialŽctica negativa aspira, por su parte, a guardar una suer-te de fidelidad a ese car‡cter antag—nico de la sociedad capitalis-ta: es una modalidad de pensamiento dialŽctica porque la socie-dad es antag—nica, y negativa porque dicho antagonismo no puede superarse por medio del pensamiento, y ut—pica, cierta-mente, porque sigue aspirando a una realidad reconciliada.

 

 

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Sin embargo, tambiŽn el car‡cter abstracto de la dialŽctica ne-gativa remite a una determinaci—n de la sociedad. Porque su abs-tracci—n no es una abstracci—n subjetiva, del pensamiento, sino una abstracci—n arraigada en su objeto, la sociedad. As’, a prop—si-to del sujeto trascendental kantiano escribe Adorno (1986a: 181) 1:

 

El sujeto trascendental es un extremo caso l’mite de la ideolog’a. Por eso se acerca a la verdad hasta tocarla. La universalidad tras-cendental no es simplemente autoglorificaci—n narcisista del yo ni la hybris de su autonom’a, sino que tiene su realidad en la do-minaci—n que impone y perenniza el principio de equivalencia. La filosof’a transfigura y atribuye s—lo al sujeto cognoscente un proceso de abstracci—n que tiene lugar en la sociedad de canje realmente existente.

 

Y tambiŽn en este sentido el sistema hegeliano, en su idealis-mo, roza la verdad.

 

Quien atribuye car‡cter conceptual a la realidad social no tiene por quŽ temer la objeci—n de idealismo. Y no me refiero tanto a la cons-tituci—n conceptual del sujeto cognoscente, como a la que impera en la cosa misma: en la doctrina de la mediaci—n conceptual de to-do cuanto es, Hegel ha apuntado tambiŽn a algo decisivo desde el punto de vista de la realidad. La ley que gu’a el fatal destino de la humanidad es la del intercambio. Pero esta ley no es pura inmedia-tez, sino algo conceptual: el acto de cambio implica la reducci—n de los bienes intercambiados a su equivalente, algo abstracto, en modo alguno, como suele decirse, material. (Adorno, 2001: 30)

 

No hay, pues, en la dialŽctica negativa m‡s abstracci—n que la inherente a la sociedad misma que la motiva.

 

3. DialŽctica negativa se public— en Frankfurt en 1966. Diferencia y repetici—n , de Gilles Deleuze, en Par’s en 1968. A finales del dece-nio de 1960, el mayo francŽs y alem‡n impugnaban el car‡cter identificante del capitalismo avanzado de posguerra: producci—n y consumo en masa de mercanc’as indiferenciadas, mercantiliza-ci—n del arte y la cultura, actividad repetitiva en la f‡brica y la

 

 

1.    Sohn -Rethel (1980) hab’a puesto de relieve mejor que nadie, aunque en sin - ton’a con Adorno, esa exterioridad de las estructuras cognoscitivas del suje-to trascendental deriv‡ndolas de la abstracci—n inherente al intercambio de mercanc’as.

 

 

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escuela, normalizaci—n en el hospital y la c‡rcel. Ambos escritos Ðque, acaso, a– oraban una misma reivindicaci—n de la diferencia ante un pensamiento y una realidad crudamente Òidentificato-riosÓÐ no eran ajenos a esa coyuntura. La reivindicaci—n de la di-ferencia estaba, como dec’a Deleuze en el prefacio de su libro, Òen la atm—sfera de nuestro tiempoÓ.

 

Pero, mientras Deleuze convocaba a prescindir de la dialŽcti-ca para pensar Òun concepto de la diferencia sin la negaci—nÓ, Adorno convocaba a construir una dialŽctica negativa entendida como Òconciencia consecuente de la diferenciaÓ. Por supuesto, no es que Adorno desconociera las penosas consecuencias que la reducci—n de la diferencia a la negaci—n acarreaba para el pensa-miento, sino que m‡s bien las consideraba como el precio que inevitablemente deb’a pagarse por una operaci—n que la realidad misma impon’a al pensamiento. ÒContradicci—n es no-identidad bajo el conjuro de la ley que afecta tambiŽn a lo no-idŽnticoÓ, re-conoc’a en las primeras p‡ginas de su DialŽctica negativa (1986a:

 

14) , pero para advertir, a continuaci—n, que:

 

ƒsta no es una ley del pensamiento, sino una ley real. Quien se ajusta a la disciplina dialŽctica tendr‡, sin duda, que pagar un tri-buto de amargo sacrificio en lo tocante a la variedad cualitativa de la experiencia. Pero si el empobrecimiento que la dialŽctica reporta a la experiencia es objeto de esc‡ndalo para la sana ra-z—n, en el mundo tecnocr‡tico se revela adecuado a la abstracta uniformidad de este. Lo que hay de doloroso en la dialŽctica es el dolor, elevado a concepto, por la pobreza de ese mundo. A Žs-ta tiene que plegarse el pensamiento si no quiere degradar de nuevo la concreci—n a la ideolog’a en que, de hecho, est‡ empe-zando a convertirse.

 

En cambio, Deleuze achacaba a la dialŽctica, antes que a la realidad, la Òsustituci—n del juego de la diferencia y de lo diferen - cial por el trabajo de lo negativoÓ, para cerrar Diferencia y repetici—n (2002: 397) 2 declarando que:

 

 

2.    En el mismo sentido, sobre Diferencia y repetici—n de Deleuze dec’a Foucault (1999: 32-33): ÒA decir verdad, la dialŽctica no libera lo diferente; sino que, por el contrario, garantiza que siempre estar‡ atrapado. La soberan’a dialŽc-tica de lo mismo consiste en dejarlo ser, pero bajo la ley de lo negativo, co-mo el momento del no ser. [É] Para liberar la diferencia precisamos de un pensamiento sin contradicci—n, sin dialŽctica, sin negaci—n: un pensamiento que diga s’ a la divergencia; un pensamiento afirmativo cuyo instrumento sea la disyunci—n; un pensamiento de lo mœltiple, de la multiplicidad dispersa y n —mada que no limita ni reagrupa ninguna de las coacciones de lo mismoÓ.

 

 

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La historia no pasa por la negaci—n, ni la negaci—n de la nega-ci—n, sino por la decisi—n de los problemas y la afirmaci—n de las diferencias. No por ello es menos sangrienta y cruel. S—lo las sombras de la historia viven de negaci—n; los justos, en cambio, entran en ella con toda la potencia de un diferencial planteado, de una diferencia afirmada [É] . Por eso las verdaderas revolu-ciones tambiŽn tienen el aspecto de una fiesta. La contradicci—n no es el arma del proletariado, sino m‡s bien la manera en que la burgues’a se defiende y conserva.

 

Subordinaci—n de la diferencia en la negaci—n, disciplina dia-lŽctica, adecuaci—n del pensamiento a la dolorosa pobreza del mundo; afirmaci—n de la diferencia m‡s all‡ de la negaci—n, jue-go de las diferencias y fiesta. El choque entre los argumentos es tan frontal que queda resonando en los lenguajes, m‡s precisa-mente, en el contraste entre las dolidas palabras de Adorno y las rebeldes de DeleuzeÉ Y recordemos, adem‡s, que mientras De-leuze se sumaba a los insurrectos estudiantes parisinos, Adorno desalojaba a los estudiantes frankfurtianos de la universidadÉ Y sin embargo, muy a contrapelo de lo que pueden sugerir estos lenguajes y estas posiciones pol’ticas, insistiremos aqu’ en el ca-r‡cter cr’tico de la dialŽctica negativa adorniana, as’ como afir-maremos el ambiguo car‡cter de la filosof’a deleuziana de la di-feren cia. No preten demos, ciertamen te, que un o deba deshacerse, a su gusto y sin m‡s tr‡mite, del lenguaje ni de las po-siciones pol’ticas en cuesti—n como si fueran meramente acceso-rias. Adorno (cf. 1976) era per fectamente consciente del nexo entre lenguaje y pensamiento filos—ficos y no casualmente, por ejemplo, hab’a bautizado sus fragmentos de moral como Òciencia melanc—licaÓ en contraposici—n con la Ògaya cienciaÓ nietzschea-na (’dem, 1987: 9) . Pod’a, igualmente, acompa– ar con argumen - tos, errados o acertados pero en ningœn caso ajenos al conjunto de su pensamiento, su muy dolorido rechazo de la nueva izquier-da de finales de los sesenta (vŽase, por ejemplo, Adorno, 1993) . S—lo pretendemos que las reacciones inmediatas que puedan mo-tivar ese lenguaje y esas posiciones pol’ticas no sustituyan el an‡-lisis de los argumentos en juego.

 

Presentemos, entonces, esos argumentos. Adorno y Deleuze comparten un mismo reconocimiento de que esa reducci—n de la diferencia a la negaci—n, operaci—n inherente a cualquier dialŽc-tica, conlleva una violencia sobre la diferencia.

 

 

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La contradicci—n es lo no idŽntico bajo el aspecto de la identidad; la primac’a del principio de contradicci—n dentro de la dialŽctica mide lo heterogŽneo por la idea de identidad. (Adorno, 1986a: 13)

 

Pues Àcu‡l es la condici—n para que la diferencia sea empujada, proyectada en un espacio plano? Precisamente, cuando se la ha colocado sobre esa pendiente de lo idŽntico que, necesariamen - te, habr‡ de llevarla y hacerla reflejar donde la identidad quiere, es decir, en lo negativo. (Deleuze, 2002: 94)

 

La divergencia entre ambos se inicia en el momento en que Adorno rechaza decididamente cualquier intento de emancipar la diferencia respecto de la negatividad en el plano del pensamien - to, mientras esa emancipaci—n no haya tenido lugar en el plano de la realidad, mientras que Deleuze emprende, no menos decidida-mente, un intento en ese mismo sentido. El objeto y su concepto no pueden reconciliarse en el plano del pensamiento Ðcomo pre-tend’a hacerlo la dialŽctica hegelianaÐ pero tampoco en ese pla-no del pensamiento puede la diferencia entre ambos emancipar-se de su reducci—n a la negatividad, como pretende la filosof’a deleuziana de la diferencia. Esta tensi—n aspira a albergar en el pensamiento el car‡cter antag—nico de la realidad pensada, el an - tagonismo inherente a las relaciones sociales capitalistas, y es cons-titutiva de la dialŽctica negativa adorniana.

 

La conciencia no puede eliminar por s’ misma la contradicci—n objetiva y sus emanaciones, a base de actos mentales. S’, en cam-bio, comprenderla; todo lo dem‡s son vanas aseveraciones. [É] La dialŽctica no tiene por quŽ temer el reproche de estar pose’da por la idea fija del antagonismo objetivo, cuando, en realidad, la cosa ya est‡ pacificada: nada individual encuentra su paz en un to-do sin ella. Los conceptos aporŽticos de la filosof’a son jalones de lo irresuelto objetiva, no s—lo mentalmente. (Adorno, 1986a: 156)

 

Pero en esta misma tensi—n radica tambiŽn el car‡cter cr’tico de la dialŽctica negativa. Pues si esta tensi—n es constitutiva de la dialŽctica negativa adorniana, como dijimos, su resoluci—n en el plano del pensamiento, cualquiera sea el sentido en que se dirija esa resoluci—n, a saber, sea hacia la unidad de un sistema idŽnti-co a s’ mismo o hacia la multiplicidad de las diferencias, es cons-titutiva de la noci—n adorniana de ideolog’a.

 

4. La ideolog’a espec’fica que nos incumbe, si de una conviven - cia no antag—nica de las diferencias en una multiplicidad estamos

 

 

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hablando, es el liberalismo. Y, en efecto, el liberalismo es un fan - tasma que recorre insistentemente las p‡ginas deleuzianas, dejan - do su huella en sus reiteradas precauciones contra la figura del alma bella, Ápostrer venganza hegeliana! Ya la citada advertencia deleuziana de que, si bien la historia no pasa por la negaci—n, no por ello es menos sangrienta y cruel, es una precauci—n contra esa alma bella. Pero las hay m‡s expl’citas.

 

Existen muchos peligros que podr’an invocarse con relaci—n a las diferencias puras, liberadas de lo idŽntico, independizadas de lo negativo. El mayor consiste en caer en las representaciones del alma bella: nada m‡s que diferencias, conciliables y confedera-bles, lejos de las luchas sangrientas. El alma bella dice: somos di-ferentes, pero no opuestos. [É] Sin embargo, creemos que los problemas, cuando alcanzan el grado de positividad que les es propio, y cuando la diferencia se convierte en el objeto de una afirmaci—n correspondiente, liberan una potencia de agresi—n y de selecci—n que destruye al alma bella. (Deleuze, 2002: 16-17)

 

Deleuze intenta borrar las huellas de esa figura del alma bella conjurando las figuras de Marx y Nietzsche. As’, en su tratamien - to de los problemas, m‡s espec’ficamente de la multiplicidad en la Idea, advierte que:

 

La filosof’a de la diferencia debe temer aqu’ el convertirse en el discurso de un alma bella: diferencias, tan s—lo diferencias, en una coexistencia apacible, en la Idea, de lugares y funciones so-ciales [É] Pero el nombre de Marx basta para preservarla de ese peligro. ( op. cit.: 313)

 

Y deber’a bastar, pero no basta, porque el personaje invocado por Deleuze no es el Marx cr’tico de la naturaleza antag—nica de las relaciones sociales capitalistas, sino una suerte de Durkheim dedicado a la sociolog’a de la divisi—n del trabajo.

 

Los comentadores de Marx, que insisten sobre la diferencia fun - damental entre Marx y Hegel, recuerdan con raz—n que la cate-gor’a de diferenciaci—n [diffŽrenciation] en el seno de una multi-plicidad social (divisi—n del trabajo) sustituye, en El capital, a los conceptos hegelianos de oposici—n, contradicci—n y alienaci—n . (Deleuze, op. cit.: 312) 3

 

 

3.    Deleuze remite, naturalmente, a la lectura althusseriana de Marx (Althusser y Balibar, 1985) . No hay manera de sobreestimar la influencia que alcanz— el

 

 

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Y, en su tratamiento de la diferencia, Deleuze ( op. cit.: 96) sos-tiene que:

 

En su esencia, la diferencia es objeto de afirmaci—n, es ella misma afirmaci—n . En su esencia, la afirmaci—n es diferencia. Pero en es-te punto, la filosof’a de la diferencia Àno corre acaso el riesgo de aparecer como una nueva figura del alma bella? En efecto, es el alma bella quien ve diferencias por todas partes, quien apela a di-ferencias respetables, conciliables, federables, all’ donde la histo-ria sigue haciŽndose a fuerza de contradicciones sangrientas.

 

Pero esta vez es Nietzsche la figura conjurada por Deleuze (ib’d.) para apartar las huellas del alma bella.

 

Hay dos maneras ÐargumentaÐ de recurrir a la destrucci—n nece-saria: la del poeta, que habla en nombre de una poŽtica creado-ra, apta para derribar todos los —rdenes y todas las representacio-nes para afirmar la Diferencia en el estado de revoluci—n permanente del eterno retorno; y la del pol’tico, que se preocu-pa de entrada por negar lo que ÒdifiereÓ, para conservar, prolon - gar un orden establecido en la historia, o para establecer un orden hist—rico que solicita en el mundo las formas de su representa-ci—n .

 

Este recurso a Nietzsche parece m‡s prometedor en la medi-da en que, a diferencia de Marx, no caben dudas de que Nietz-sche rechazaba la dialŽctica. Y, precisamente, en esta clave antidia-lŽctica es conjurado por Deleuze y los restantes posestructuralistas franceses4. Acerca de la dialŽctica hegeliana ya hab’a escrito De-leuze (1986: 171) que:

 

 

Althusser de la ƒcole de los a– os sesenta Ðinfluencia no siempre reconocida por sus disc’pulosÐ en la formaci—n del posestructuralismo francŽs. Y esto in - cluye, ciertamente, muchos de sus peores vicios pero, de todas maneras, no debe achacarse a Althusser esa burda reducci—n de Marx a Durkheim reali-zada por Deleuze.

 

4.    Negri y Hardt (2002: 329) sostienen que, antes que en la recuperaci—n mar-xista de la dialŽctica de los a– os veinte, es en esta recuperaci—n posestructu-ralista de Nietzsche del decenio de 1960 que culmina la cr’tica de la moder-nidad europea. ÒA quienes m‡s debemos los enfoques que aclaran realmente este escenario es a los diversos autores franceses que hicieron una relectura de Nietzsche varios decenios m‡s tarde, en el decenio de 1960 [se refieren a Deleuze, Foucault y Derrida] . Esa lectura implic— una reorientaci—n del pun - to de partida de la cr’tica, que se produjo cuando estos autores comenzaron a reconocer el fin del funcionamiento de la dialŽctica y cuando ese recono-

 

 

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El hombre del resentimiento tiene necesidad de concebir un no-yo, despuŽs de oponerse a este no-yo, para afirmarse finalmente como Žl. Extra– o sociologismo este del esclavo: necesita dos ne-gaciones para conseguir una apariencia de afirmaci—n . Presagia-mos ya bajo quŽ forma el silogismo del esclavo ha tenido tanto Žxito en filosof’a: la dialŽctica.

 

Y la hab’a denunciada en tŽrminos de una Òideolog’a del re-sentimientoÓ, una Òespeculaci—n de la plebeÓ y otras aristocr‡ticas expresiones semejantes.

 

Pero volvamos a nuestra figura del alma bella. En palabras de Deleuze (1986: 18): ÒAl elemento especulativo de la negaci—n, de la oposici—n o de la contradicci—n, Nietzsche opone el elemento pr‡ctico de la diferen cia: objeto de afirmaci—n y de placerÓ5. Esta afirmaci—n de la diferencia, con su potencia de agresi—n y selec-ci—n, es, justamente, la que disolver’a ese pluralismo de diferencias en apacible coexistencia propia del alma bella. Pero este recurso a Nietzsche tampoco basta. Mercado y democracia capitalistas son los nombres que designan por excelencia el h‡bitat de esa convi-vencia de las diferencias dentro de la ideolog’a liberal. Y, en todo caso, la agresividad y selectividad liberadas por esa afirmaci—n de la diferencia no son ajenas en modo alguno a dicho h‡bitat: cier-to darwinismo es un rasgo constitutivo del concepto mismo de mercado capitalista. Naturalmente, esa afirmaci—n de la diferencia

 

 

cimiento se vio confirmado en las nuevas experiencias pr‡cticas y pol’ticas que se concentraron en la producci—n de subjetividad. Esta fue una produc-ci—n de subjetividad entendida como poder, como la constituci—n de una au-tonom’a que no pod’a reducirse a ninguna s’ntesis abstracta o trascendente. Ya no era la dialŽctica, sino la denegaci—n, la resistencia, la violencia y la afir-maci—n positiva del ser lo que marcaba la relaci—n entre la localizaci—n de la crisis y la respuesta adecuada.Ó Esto puede confrontarse con el papel muy di-ferente que Adorno y Horkheimer en DialŽctica del Iluminismo (1987: 124 ss.) atribuyeron a Nietzsche, en su calidad de Òpensador negro de la burgues’aÓ.

 

5.    Aqu’, dicho sea de paso, puede comprobarse el origen nietzscheano del b‡-quico lenguaje de Deleuze (1986: 18-19) . ÒEl s’ de Nietzsche se opone al no dialŽctico; la afirmaci—n a la negaci—n dialŽctica; la diferencia a la contradic-ci—n dialŽctica; la alegr’a, el placer, al trabajo dialŽctico; la ligereza, la danza, a la pesadez dialŽctica; la hermosa irresponsabilidad a las responsabilidades dialŽcticas [É] Una fuerza agotada que no posee la fuerza de afirmar su di-ferencia, una fuerza que ya no actœa, sino que reacciona frente a las fuerzas que dominan: s—lo una fuerza as’ sitœa al elemento negativo en primer plano en su relaci—n con la otra, niega todo lo que no ella no es y hace de esta ne-gaci—n su propia esencia y el principio de su existencia.Ó

 

 

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puede adquirir diversos grados de brutalidad Ðas’ como las estrate-gias de competencia incluyen desde las m‡s sangrientas guerras in - terimperialistas justificadas invocando diferencias raciales hasta las m‡s sutiles diferenciaciones de productoÐ pero en ningœn caso pa-rece incompatible con el mercado. Incluso la propia expresi—n de Òhacer la diferenciaÓ [faire la diffŽrence], que Deleuze escoge y em-plea asiduamente en Diferencia y repetici—n, ya resulta indiscernible de su uso para referirse a la competencia entre trabajadores en los segmentos privilegiados de mercado de trabajo: uno debe hacer la diferencia respecto de los otros si quiere imponerse en la selecci—n de personal. Desde luego que, en la filosof’a de la diferencia de Deleuze (2002: 99), no es la gerencia de personal, sino el eterno retorno nietzscheano quien selecciona. Escribe as’ que:

 

Nietzsche reprocha a todos los procedimientos de selecci—n fun - dados sobre la oposici—n o el combate, beneficiar la median’a y el Ògran nœmeroÓ. Corresponde al eterno retorno operar la ver-dadera selecci—n, porque elimina, por el contrario, las formas medias y desentra– a Òla forma superior de todo lo que esÓ.

 

Pero cuando aquella afirmaci—n de la diferencia se viste de revoluci—n o bien este eterno retorno de revoluci—n permanente, la ambigŸedad pol’tica inunda las p‡ginas deleuzianas.

 

5. El liberalismo no es, ciertamente, un fantasma que recorra ex-clusivamente las p‡ginas deleuzianas. As’ pues las precauciones contra el liberalismo reaparecen cuando el concepto de multiplici-dad de las diferencias de Deleuze, que sigue siendo de factura m‡s bien filos—fica, intenta adoptar aristas m‡s expl’citamente pol’ticas, con alguna ayuda de Spinoza, en el de multitud de Ne-gri o Virno (2003: 77) 6.

 

La noci—n de multitud parece tener cierto aire de familia con el pensamiento liberal porque valoriza la individualidad, pero, al mismo tiempo se diferencia radicalmente de aquel en el hecho de que tal individualidad es el fruto final de una individuaci—n que proviene de lo universal, de lo genŽrico, de lo preindivi-dual. La aparente cercan’a se convierte de este modo en la ma-yor lejan’a.

 

 

 

6.    El concepto de multitud empleado por Negri o Virno es de origen espinozia-no (Negri: 1993, en particular), pero el contenido que le atribuyen ser’a in - concebible sin la mediaci—n de la filosof’a deleuziana de la diferencia.

 

 

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La noci—n de multitud de Virno se apartar’a as’ del liberalis-mo en que el concepto de individuo asociado a la misma ser’a a posteriori respecto de un proceso de individuaci—n, mientras que el concepto de individuo del liberalismo ser’a a priori. Aclara Vir-no (2004) en un reportaje:

 

La idea de individuo de los liberales y de singularidad de la mul-titud son como dos gemelos, pero opuestos el uno al otro. [É] Son muy parecidos, pero con dos significados profundamente distintos. Porque el liberal piensa que el individuo es el elemen - to primero y despuŽs se trata de comprender c—mo el individuo actœa en relaci—n con los otros y con el Estado. Desde el punto de vista de la multitud, el individuo, la singularidad es el resulta-do de un proceso.

 

 

Y, en efecto, esa distinci—n entre conceptos a priori y a poste-riori de individuo permite apartar la noci—n de multitud del libe-ralismoÉ iu sn atu ralista de los siglos XVII y XVIII, que erig’a sus conceptos de Estado y mercado sobre la base de antropolog’as fi-los—ficas. Pero ya es dudoso que permita hacerlo a prop—sito del liberalismo de John Stuart Mill, y es seguro que no a prop—sito del de Richard Rorty. Adem‡s, en los hechos, las propias relacio-nes sociales mediadas por la producci—n y el intercambio de mer-canc’as son un componente decisivo de esa esfera preindividual a partir de la cual tiene lugar esa individuaci—n Ðcomo el propio Virno parece reconocerloÐ y no hay razones para suponer que un concepto de individuo que reconozca semejante individuaci—n a partir del mercado sea incompatible con el liberalismo. Nada im-pide, en otras palabras, que el capital asuma en su politolog’a esa noci—n de individuo reducido a una combinaci—n de las marcas de las mercanc’as que consume promovida por su propio marke-ting, como ya lo hizo, ciertamente, con tantas otras nociones pro-venientes del mercado.

 

Muy pr—ximos a Virno, Negri y Hardt definen en Imperio (2002: 100): Òla multitud es una multiplicidad, un plano de singu-laridades, un conjunto abierto de relaciones que no es idŽntico a s’ mismo y que mantiene una relaci—n indistinta e inclusiva con lo que es exterior a ŽlÓ. Pero, enfrentados a la necesidad de apartar su noci—n de multitud respecto de la tradici—n liberal, no echan mano a la relaci—n entre multitud e individuo, sino a la relaci—n entre multitud y clase. ÒLa multitud es un concepto de claseÓ, ase-veran Negri y Hardt (2004: 131) . Sin embargo, el inconveniente

 

 

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con las concepciones econ —micas de las clases, argumentan, radi-ca en que imponen una falsa opci—n entre la unidad (el marxis-mo, las clases capitalista y trabajadora) y la pluralidad (el libera-lismo, las diferencias de raza, etnia, gŽnero, sexualidad, etcŽtera) . ÒLa obligaci—n de elegir entre unidad y multiplicidad Ðescriben Negri y Hardt (2004: 132) un poco m‡s adelanteÐ equivale a tra-tar la clase como un concepto meramente emp’rico y omite la consideraci—n de hasta quŽ punto la propia clase se define pol’ti-camente.Ó El argumento no carece de algunas ambigŸedades, pe-ro aceptamos su conclusi—n: Òla indagaci—n sobre la clase econ —-mica, al igual que una indagaci—n sobre la raza, en vez de empezar por un mero cat‡logo de diferencias emp’ricas, debe fi-jarse en las l’neas de la resistencia colectiva al poderÓ (ib’d.). Y es-ta conclusi—n aleja de manera contundente el fantasma del libe-ralismo. En efecto, si la noci—n de multitud es definida en estos tŽrminos de resistencia colectiva al poder resulta incompatible, ciertamente, con esa convivencia de las diferencias tan grata al li-beralismo. Pero el inconveniente con esta definici—n, rigurosa-mente dialŽctica, es que resulta no menos rigurosamente incom-patible con la definici—n antes mencionada y con cualquier otra que descanse en una sustituci—n de la negaci—n por la diferencia o del antagonismo por la multiplicidad. Negri y Hardt pagan el precio por expurgar el concepto de multitud del fantasma del li-beralismo, en pocas palabras, en moneda nietzscheana y en la ventanilla hegeliana.

 

AdviŽrtase que de este atolladero no se puede salir invocando una supuesta prioridad y exterioridad de la resistencia respecto del poder. De Foucault (en particular, 1987: 112 ss., y 2001: 255 ss.), en este sentido, Deleuze (1987: 119) rescata:

 

La œltima palabra del poder es que la resistencia es primera, en la medida en que las relaciones de poder se mantienen intactas en el diagrama, mientras que las resistencias est‡n, necesariamente, en una relaci—n directa con el afuera del que proceden los dia-gramas. Por eso un campo social, m‡s que estrategizar, resiste, y el pensamiento del afuera es un pensamiento de resistencia.

 

Luego, una vez que esa resistencia haya sido asimilada al de-seo o la vida, volveremos sobre este punto. Por ahora s—lo diga-mos que esta salida, simplemente, desplaza el problema: se pre-senta esta vez como la tensi—n resultante entre una resistencia definida en relaci—n con el poder y una resistencia que guarda

 

 

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prioridad o exterioridad respecto del poder7. Y la soluci—n sigue siendo dialŽctica: la resistencia y el poder se constituyen ambos rec’procamente en el antagonismo y cualquier prioridad o exte-rioridad son meras ilusiones.

 

Pero retomemos el hilo de nuestra argumentaci—n . Sospecha-mos, en resumen, que aquellas dificultades que enfrentaba Deleu-ze y Žstas que enfrentan Negri o Virno para apartar el fantasma del liberalismo de conceptos como multiplicidad o multitud radi-ca, en œltima instancia, en que estos conceptos fueron intencio-nalmente concebidos con prescindencia de la dialŽctica, o en que sus objetos fueron privados de su inherente car‡cter antag—nico, que es decir lo mismo. Esta es la diferencia clave entre conceptos como los de sociedad como totalidad antag—nica o de clase como resultado de la lucha de clases, por un lado, y conceptos como los de multiplicidad de diferencias o multitud de singularidades, por el otro. Y as’, casi inadvertidamente, volvemos a Adorno y su dia-lŽctica negativa. Porque, como antes dijimos, la dialŽctica negati-va puede definirse, justamente, como el modo de pensamiento adecuado a ese car‡cter antag—nico de la sociedad capitalista, aun - que apunte a superarlo. Escribe Adorno (1986a: 148):

 

La dialŽctica no es de hecho ni s—lo mŽtodo ni tampoco algo real entendido ingenuamente. [É] No es un mŽtodo: ya que la cosa no reconciliada, y que carece precisamente de esa identidad que el pensamiento imita, est‡ llena de contradicciones y se cierra a cualquier tentativa de una interpretaci—n un‡nime. Pero es la co-sa la que da motivo a la dialŽctica, y no el impulso organizador del pensamiento. Tampoco es algo simplemente real: puesto que la contradictoriedad es una categor’a reflexiva, la confrontaci—n pensante de cosa y concepto. La dialŽctica como procedimiento significa pensar en contradicciones a causa de la contradicci—n

 

 

7.    No casualmente Deleuze remite, en este momento de su argumentaci—n acerca de Foucault, a la Òinversi—nÓ de Tronti (2001: 93) . ÒTambiŽn nosotros hemos visto, primero, el desarrollo capitalista, despuŽs las luchas obreras. Es preciso transformar radicalmente el problema, cambiar de signo, recomen - zar desde el principio: y el principio es la lucha de clases obrera.Ó La confron - taci—n entre Adorno y Tronti propuesta por Holloway (2007) es, en este sen - tido, muy pertinente: la prioridad y exterioridad de la potencia respecto del poder en el neoautonomismo de Negri tiene como antecedente esa inversi—n autonomista de Tronti, es decir, esta afirmaci—n de la prioridad y exteriori-dad del trabajo respecto del capital. Y ambas operaciones caen bajo una mis-ma cr’tica dialŽctica, que alcanza en la dialŽctica negativa de Adorno su m‡-xima expresi—n .

 

 

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experimentada en la cosa y en contra de ella. Siendo contradic-ci—n en la realidad, es tambiŽn contradicci—n a la realidad. Pero dicha dialŽctica no es conciliable con Hegel. Su movimiento no tiende a la identidad en la diferencia de cada objeto con su con - cepto, m‡s bien desconf’a de lo idŽntico.

 

M‡s aœn . La propia legitimidad de la dialŽctica negativa como modo de pensamiento no excede la existencia hist—rica de esa so-ciedad antag—nica: Òsu propio ser se ha ido constituyendo y es tan caduco como la sociedad antag—nicaÓ (Adorno, op. cit.: 145) 8.

 

6. Pero dejemos las definiciones y despleguemos algunas impli-cancias de esta confrontaci—n entre la dialŽctica negativa ador-niana y aquella filosof’a deleuziana de la diferencia. La dialŽcti-ca negativa adorniana hereda de su precursora hegeliana su mandato de pensar sin partir de principios Ðen el sentido de ar-jaiÐ habida cuenta del car‡cter mediado de toda inmediatez. Re-cordemos, por ejemplo, la cr’tica de Adorno ( 1986a: 109; vŽase asimismo 1982) a la conversi—n heideggeriana del Sein en prin - cipio trascendente:

 

Su proceder es dialŽctico en cuanto sujeto y objeto no son algo inmediato y œltimo; pero deja de serlo al lanzarse m‡s all‡ de ellos a por algo inmediato, primero. El pensamiento se convier-te en arcaizante con s—lo transfigurar en arjŽ metaf’sica lo que en la dispersi—n del ente hay de m‡s que este mismo.

 

La filosof’a deleuziana de la diferencia, a pesar de su intenci—n inmanentista, a pesar de sus rigurosas cr’ticas a las tradiciones filo-s—ficas trascendentalistas, acaba postulando un principio semejan - te9. La propia afirmaci—n de la diferencia, asociada con la voluntad

 

 

8.    TambiŽn en este sentido la dialŽctica negativa adorniana difiere de la filoso-f’a de la diferencia deleuziana que, heredera en esto del formalismo estruc-turalista, sue– a con Òsistemas sometidos al eterno retornoÓ en la mec‡nica, la f’sica, la biolog’a, la psicolog’a, la literatura, etcŽtera (Deleuze 2002: 184 ss.), con Òsistemas de relaci—n mœltiple no localizable entre elementos diferencia-lesÓ como el atomismo f’sico, el organismo biol—gico, la sociedad ( op. cit.: 279 ss.), etcŽtera.

 

9.    Su propia tesis anti-aristotŽlica de la univocidad del ser, planteada en Diferen - cia y repetici—n (2002: 72), es una buena s’ntesis de esa intenci—n inmanentis-ta: ÒEl ser se dice en un œnico y mismo sentido de todo aquello de lo cual se dice, pero aquello de lo cual se dice difiere: se dice de la diferenciaÓ. Esta te-sis de la univocidad del ser se encuentra ya, segœn argumenta Deleuze (1996) , a prop—sito de la relaci—n entre sustancia y modos en Spinoza.

 

 

 

de poder nietzscheana, ya parec’a impl’citamente elevada a un prin - cipio trascendente en los escritos mencionados antes, que reapare-cer‡ de forma mucho m‡s evidente a posteriori bajo los nombres de deseo y vida. Deteng‡monos un momento en este asunto.

 

Es sabido que, en su cr’tica del psicoan‡lisis, Deleuze y Guat-tari ponen Žnfasis en la naturaleza productiva del deseo, desvin - cul‡ndolo de la carencia de objetos reales, pero tambiŽn de la producci—n de realidades meramente fantasmales. El deseo es, entonces, productivo en sentido estricto, y la producci—n social no es sino producci—n deseante en ciertas condiciones. El proble-ma del psicoan‡lisis radicar’a, justamente, en que edipizar’a esa producci—n deseante, es decir, en que reducir’a la multiplicidad de los objetos parciales a representantes parentales: Òtoda la pro-ducci—n deseante es aplastada, abatida, sobre las im‡genes paren - tales, alineada en las fases preed’picas, totalizada en Edipo: de es-te modo, la l—gica de los objetos parciales es reducida a nadaÓ (Deleuze y Guattari, 1998: 50) . El esquizoan‡lisis se propone, en - tonces, Òesquizofrenizar el inconscienteÓ para Òrecobrar la fuerza de las producciones deseantesÓ ( op. cit.: 59), Òdeshacer el incons-ciente expresivo, siempre artificial, represivo y reprimido, media-tizado por la familia, para llegar al inconsciente productivo inme-diatoÓ ( op. cit.: 104) 10. El argumento clave de Deleuze y Guattari en este sentido reside en que no puede deducirse la naturaleza de lo reprimido a partir de su represi—n, esto es, la naturaleza ed’-pica del deseo a partir de su edipizaci—n por la familia.

 

La represi—n implica una doble operaci—n original, una mediante la cual la formaci—n social represiva [rŽpressive] delega su poder en una instancia reprimente [refoulante], otra por la que, correlativamente, el deseo reprimido [reprimŽ] est‡ como recubierto por la imagen desplazada y trucada que de Žl suscita la represi—n . ( op. cit.: 125)

 

Resta, entonces, precisar la naturaleza del deseo, de ese ter-cero respecto de la represi—n y la imagen que esa represi—n im-pone del mismo, con independencia de ambas.

 

 

10.  Dem‡s est‡ decir que esta Òesquizofrenizaci—n del inconscienteÓ es el corre-lato psicoanal’tico de aquella empresa de liberaci—n de la diferencia respec-to de su reducci—n a la negatividad que Deleuze hab’a anunciado en Diferen - cia y repetici—n (2002: 168) . ÒLos fen —menos del inconsciente Ðdec’a ya por entoncesÐ no se dejan comprender bajo el formato demasiado simple de la oposici—n o del conflicto.Ó

 

 

Recordemos el papel que Deleuze y Guattari atribuyen al psi-coan‡lisis freudiano dentro de la ruptura, se– alada por Foucault (1998: 248 ss.), entre la episteme cl‡sica de la representaci—n y la episteme moderna de la producci—n .

 

Del mismo modo que Ricardo funda la econom’a pol’tica o so-cial al descubrir el trabajo cuantitativo como principio de todo valor representable ÐanotanÐ, Freud funda la econom’a desean - te al descubrir la libido cuantitativa como principio de toda re-presentaci—n de los objetos y de los fines del deseo. Freud descu-bre la naturaleza subjetiva o la esencia abstracta del deseo, Ricardo, la naturaleza subjetiva o la esencia abstracta del trabajo, m‡s all‡ de toda representaci—n que la vincular’a a objetos, fines e incluso fuentes en particular. Freud es, por tanto, el primero en despejar el deseo a secas, como Ricardo el trabajo a secas, y con ello la esfera de la producci—n que desborda efectivamente la repre-sentaci—n . (Foucault, op. cit.: 309)

 

En efecto, puede considerarse como un enorme acierto de la econom’a pol’tica el de remitir el valor de las mercanc’as a ese concepto de trabajo privado de cualquier especificidad como tra-bajo comercial, manufacturero, agrario, etcŽtera, que preanun - cia de alguna manera el concepto marxiano de trabajo abstracto. Pero adviŽrtase que, en cambio, no es acierto, sino ceguera suya la de asumir ese concepto como ajeno a cualquier determinaci—n anal’tica e hist—rica: esas determinaciones que se encuentran en la mediaci—n mutua entre abstracci—n del trabajo y asalarizaci—n y monetizaci—n de las relaciones sociales en el concepto marxiano de trabajo abstracto11. Porque el valor no remite a un trabajo in - determinado, sino a un trabajo en abstracci—n de su específica

 

 

11.  Marx atribuye ya a Smith, a pesar de sus ambigŸedades, ese concepto de tra-bajo a secas. ÒUn inmenso progreso se dio cuando Adam Smith rechaz— todo car‡cter determinado de la actividad creadora de riqueza consider‡ndola simplemente como trabajo; ni trabajo manufacturero, ni trabajo comercial, ni agricultura, sino tanto uno como otroÓ (Marx, 1986: 25) . Pero enseguida remarca que este concepto, que contempla la relaci—n social m‡s simple, vi-gente en cualquier sociedad, sólo puede concebirse como resultado del de-sarrollo de la sociedad capitalista. Tanto el concepto como su objeto son productos hist—ricos, abstracciones muy determinadas. ÒEste ejemplo del trabajo muestra de una manera muy clara c—mo incluso las categor’as m‡s abstractas, a pesar de su validez Ðprecisamente debida a su naturaleza abs-tractaÐ para todas las Žpocas, son no obstante, en lo que hay de determina-do en esa abstracci—n, el producto de condiciones hist—ricas y poseen plena validez s—lo para estas condiciones y dentro de sus l’mitesÓ ( op. cit.: 26) .

 

 

determinaci—n como diversos trabajos concretos. M‡s importan - te aœn . Mientras este trabajo abstracto existe objetivamente, como una abstracci—n objetiva resultante de la producci—n de mercan - c’as para el intercambio, aquel trabajo indeterminado apenas si existe como una idea m‡s o menos vac’a de contenido, como una abstracci—n subjetiva resultante de la puesta entre parŽntesis en el pensamiento de todas las determinaciones que diferencian a los distintos trabajos hist—ricos. El trabajo a secas, entendido de es-ta œltima manera, s—lo podr’a aspirar a ser un concepto residual, casi carente de contenido. Ahora bien, Àpuede aspirar a otro des-tino la noci—n de deseo a secas que persiguen denodadamente De-leuze y Guattari? Ciertamente, a Marx no puede objet‡rsele el que determinara ese concepto de trabajo a secas como trabajo abs-tracto productor de mercanc’as. ÀPodr’a objet‡rsele a Freud el que insistiera en pensar ese deseo a secas como deseo vinculado a objetos y fines ed’picos particulares? Marx no puede ser acusado de ÒmercantilizadorÓ por reducir el trabajo a ese trabajo abstrac-to productor de mercanc’as. ÀPodr’a acusarse a Freud de Òedipi-zadorÓ por reducir el deseo a objetos y fines ed’picos?

 

Pero vayamos un paso m‡s adelante. Esa determinaci—n mar-xiana del trabajo a secas como trabajo abstracto no solamente es una determinaci—n anal’tica, sino tambiŽn hist—rica. Sabemos que la historicidad del deseo ed’pico, en la concepci—n freudia-na expl’cita, es m‡s controvertible. Sin embargo, ya en su inevita-ble remisi—n al tri‡ngulo de una estructura familiar determinada, ese deseo es impl’citamente m‡s hist—rico que cualquier supues-to deseo a secas. Y un paso m‡s aœn . Al concepto marxiano de tra-bajo abstracto, a causa de la mencionada mediaci—n mutua entre abstracci—n del trabajo y asalarizaci—n y monetizaci—n de las rela-ciones sociales, es inherente el antagonismo. La conversi—n gene-ralizada de los distintos trabajos concretos en un œnico trabajo abstracto es pues inseparable de la conversi—n del trabajador en trabajador asalariado, separado de los medios de producci—n, ex-plotado por el capital. Pero tambiŽn al concepto freudiano de de-seo ed’pico, inseparable respecto de la ley paterna, subyace el an - tagonismo, como ejercicio de la represi—n social delegado en la familia. La determinaci—n, en ambos casos, es negaci—n . Y esta negaci—n es, en ambos casos, inscripci—n de un antagonismo.

 

Por supuesto, Deleuze y Guattari no sostienen que Freud haya inventado el Edipo, sino que la pr‡ctica psicoanal’tica dominante, psicologista y adaptacionista tiende a reforzar sus mecanismos. ÒNo

 

 

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decimos que Edipo y la castraci—n no sean nada: se nos edipiza, se nos castra, y no es el psicoan‡lisis quien invent— estas operaciones a las que tan s—lo presta los recursos y procedimientos de nuevo cu-

 

– oÓ (1998: 73) . ÒNo es el psicoan‡lisis el que inventa a Edipo: s—lo le proporciona una œltima territorialidad, el div‡n, como una œlti-ma ley, el analista dŽspota y recaudador de dineroÓ ( op. cit.: 277) . Esta cr’tica a la pr‡ctica psicoanal’tica predominante se encuentra ampliamente justificada. Pero los inconvenientes comienzan cuan - do Deleuze y Guattari enjuician la teor’a freudiana Ðas’ como a su relectura lacanianaÐ en su conjunto a partir de esa mala praxis. Porque el filo cr’tico de una teor’a capaz de desnudar las huellas de la represi—n en la subjetividad no queda mellado por el conser-vadurismo de una praxis terapŽutica, ni siquiera cuando Žsta se ins-pirara fielmente en esa teor’a, que convalide esa represi—n 12. Ese filo cr’tico puede quedar mellado, en cambio, si, en nombre de un deseo indeterminado, esa represi—n es desplazada del puesto clave que esa teor’a le otorgaba en la gŽnesis de la subjetividad, aun cuando este desplazamiento aspirara a sustentar una praxis m‡s progresista. Porque la insistencia de Freud en el nexo entre deseo y represi—n es, aœn m‡s all‡ de sus propias intenciones, una denun - cia de la sociedad represora. La grandeza de Freud radica, pues, en que Òrehœsa pretender una armon’a sistem‡tica all’ donde las co-sas estŽn desgarradas en s’ mismas, [en que] hace patente el car‡c-ter antag—nico de la realidad social en la medida en que Žste alcan - za a su teor’a y a su praxis en el interior de una divisi—n del trabajo prescritaÓ, afirma Adorno (1979: 117) .

 

Salvando las distancias entre Deleuze y Guattari por un lado, y Fromm o Horney por otro, naturalmente, la cr’tica adorniana del revisionismo psicoanal’tico discurre en un camino pertinente en este contexto. En efecto, Adorno ( op. cit.: 105 y 107) rechaz— de plano cualquier intento apresurado de sociologizar el psicoan‡lisis:

 

Al detenerse con obstinaci—n en la atom’stica existencia del indi-viduo, Freud ha alcanzado a ver la esencia de la socializaci—n mucho m‡s que la ligera ojeada de los otros a las circunstancias sociales. [É] Cuanto m‡s se sociologiza el psicoan‡lisis, m‡s ro-mo se vuelve en cuanto —rgano para lograr un conocimiento de los conflictos de origen social.

 

 

12.  En esta afirmaci—n del car‡cter cr’tico del psicoan‡lisis freudiano, as’ como en el rechazo de la interpretaci—n revisionista que mencionaremos m‡s aba-jo, sin desconocer otras diferencias, Marcuse (1986) coincide con Adorno.

 

 

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Adorno reivindic— asimismo la importancia concedida por el psicoan‡lisis a las experiencias traum‡ticas infantiles que tienen lugar en el seno de la familia Ðpor excelencia, a la castraci—n ed’-pica en la gŽnesis de la neurosisÐ porque:

 

Lo que propiamente llev— a Freud a otorgar un peso especial a ciertos procesos singulares de la ni– ez es Ðaunque no lo haya for-muladoÐ el concepto de lesi—n . Una totalidad de car‡cter, segœn la dan por supuesta los revisionistas, es un ideal que s—lo ser’a factible en una sociedad no traum‡tica. ( op. cit.: 104) 13

 

Afirmar que ese car‡cter invocado por los revisionistas era, en los hechos, algo m‡s que un Òsistema de cicatricesÓ equival’a, pa-ra Adorno ( op. cit.: 113-114), a una apolog’a de la sociedad en la que ese car‡cter se configuraba.

 

En la constituci—n actual de la existencia, las relaciones entre los hombres ni proceden de su libre albedr’o ni de sus instintos, si-no de leyes sociales y econ —micas, que se salen con la suya por encima de ellos; y si en tal situaci—n la psicolog’a se humaniza o se hace id—nea para la sociedad, obrando como si fuese Žsta la determinada por los hombres y por su yo m‡s ’ntimo, presta a una realidad inhumana el resplandor de lo humano.

 

ÀLa empecin ada bœsqueda de un deseo a secas, caren te de determinaci—n ed’pica, por parte de Deleuze y Guattari no los arroja al borde de una apologŽtica semejante?

 

7. Pero Adorno hab’a respondido avant-la-letre tambiŽn al postrer vitalismo deleuziano, y no casualmente en sus cr’ticas al vitalismo bergsoniano, que constituye a su vez una de las inspiraciones de-cisivas del deleuziano.

 

 

13.  Dem‡s est‡ decir que, en esta cr’tica adorniana al revisionismo, no est‡ en juego una adhesi—n a una ortodoxia freudiana. Adorno (1987: 58) recono-ce la veta conservadora de un pensamiento freudiano que Òsigui— de un mo-do materialista, y contra la ideolog’a burguesa, la acci—n conciente hasta el fondo inconsciente de los impulsos, pero adhiriŽndose a la vez al menospre-cio burguŽs del instinto, producto Žste de aquellas racionalizaciones que Žl de-sarm—Ó. Est‡ en juego, en cambio, una estrategia dialŽctica de asimilaci—n del psicoan‡lisis que apunta a superar ese conservadurismo a partir de la radicali-zaci—n de las dimensiones cr’ticas inherentes al propio psicoan‡lisis, una es-trategia parecida, justamente, a la adoptada por Adorno ante la dialŽctica afirmativa hegeliana. ƒse es el significado, que merece generalizarse, ence-rrado en el aforismo de que, Òen el psicoan‡lisis, nada es tan verdadero co-mo sus exageracionesÓ ( op. cit.: 47) .

 

 

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La situaci—n hist—rica hace que la filosof’a tenga su verdadero in - terŽs all’ precisamente donde Hegel, de acuerdo con la tradi-ci—n, proclam— su indiferencia en lo carente de concepto, en lo particular y especial, eso que desde Plat—n fue despachado como perecedero y sin importancia, para serle colgada al fin por Hegel la etiqueta de existencia corrompida. (Adorno, 1986a: 16)

 

Adorno reconoce esto con palabras que, acaso, Deleuze hu-biera suscrito. Pero, un poco m‡s adelante, agrega que, en con - frontaci—n con esta tradici—n:

 

Por amor a lo irracional ha creado Bergson, con un golpe de ma-no, otro tipo de conocimiento. La sal dialŽctica es arrastrada por el flujo uniforme de la vida; lo que ha cuajado como una cosa es considerado sin m‡s como secundario, en vez de comprendido junto con esa accesoriedad. El odio contra el universal petrificado funda un culto de la inmediatez irracional y de la libertad sobera-na en medio de lo oprimido, a la vez que planea sus dos formas de conocimiento en un dualismo tan tirante como no pudieron ser-lo m‡s las doctrinas de sus adversarios, Descartes y Kant. Al cono-cimiento del mecanismo causal en cuanto saber pragm‡tico le mo-lesta tan poco la intuici—n como a la estructura burguesa la elegante liberalidad de quienes le agradecen su situaci—n privile-giada. (ib’d.)

 

Ese Òculto de la inmediatez irracional y de la libertad sobera-na en medio de lo oprimidoÓ define adecuadamente por antici-pado el pensamiento deleuziano tard’o. Y la cr’tica adorniana de ese culto incumbe, igualmente, a Bergson y a Deleuze (Adorno, op. cit.: 17; vŽase asimismo 1986b: 61 ss., 145 ss. y 161):

 

Si un conocimiento, incluido el de Bergson, quiere concretarse, tiene que echar mano de la racionalidad que desprecia. De otro modo, duraci—n elevada a Absoluto, el puro devenir, el acto pu-ro se convertir’an en la misma intemporalidad que critica Berg-son a la metaf’sica desde Plat—n y Arist—teles. A Bergson no le preocup— que aquello en cuya direcci—n tantea se queda en fan - tasmagor’a si no es enfocado con el instrumental del conoci-miento y la reflexi—n sobre medios propios; un procedimiento que desde un principio carece de mediaci—n con el del conoci-miento est‡ abocado a la arbitrariedad.

 

[É]   La ilusi—n de poseer inmediatamente lo mœltiple repercuti-r’a como regresi—n mimŽtica en mitolog’a, en niebla de lo difu-so, lo mismo que en el polo opuesto el pensamiento unitario,

 

 

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imitaci—n de la ciega naturaleza a fuerza de reprimirla, termina en opresi—n m’tica. La reflexi—n de la ilustraci—n sobre s’ misma no es su revocaci—n, aunque el mantenimiento del statu quo ha-ga que sea corrompida en este sentido.14

 

Este rechazo de cualquier intento de dejar atr‡s esa violencia identificatoria que ejerce el concepto sobre el objeto mediante un pretendido acceso inmediato a ese objeto es constitutivo de la dialŽctica negativa. Adorno (1981: 100) se sitœa a s’ mismo en es-te punto m‡s pr—ximo a Hegel que a Bergson, porque Òsab’a que toda cr’tica de la conciencia cosificadora, fragmentadora y enaje-nadora que meramente la haga contrastar, desde afuera, con otra fuente de conocimientos permanece impotenteÓ.

 

Pero sigamos avanzando. Adorno no se limita a una cr’tica fi-los—fica de este vitalismo bergsoniano, sino que esboza una cr’ti-ca hist—rica de su concepto clave, el de vida. En las p‡ginas de DialŽctica negativa (1986a: 261) dedicadas a reflexionar sobre el par libertad-necesidad en tŽrminos de la imposici—n de la ley del valor sobre los individuos formalmente libres, recupera as’ el con - cepto de vida.

 

La vida se sigue reproduciendo en un contexto carente de liber-tad, a pesar de que su concepto presupone por su mismo significa-do la posibilidad de lo todav’a por incorporar, de una experiencia abierta, hoy disminuida hasta el punto de que la palabra vida sue-na ya como un consuelo vac’o. [É] En la anarqu’a de la produc-ci—n de mercanc’as se manifiesta la instintividad de la sociedad, co-mo lo connota el hecho de designar con una categor’a biol—gica, vida, lo que es esencialmente social. Si el proceso productivo y re-productivo de la sociedad fuese transparente para los sujetos y de-terminado por ellos, tampoco seguir’an siendo arrojados pasiva-mente de un lado para otro por las ominosas tormentas vitales.

 

La irracionalidad del concepto de vida responde pues a la irra-cionalidad de su objeto, por ejemplo, la reproducci—n de la vida social como reproducci—n del capital, y si este objeto quedara atr‡s

 

 

14.  Esta reflexi—n adorniana empalma, naturalmente, con la dialŽctica de la Ilustraci—n en su conjunto. La consigna de Adorno y Horkheimer (1987: 11) de que Òel Iluminismo debe tomar conciencia de s’, si no quiere que los hombres sean completamente traicionadosÓ equivale a rechazar cualquier intento regresivo respecto de la raz—n ilustrada, como el bergsoniano, en su caso (Ày el deleuziano, en el nuestro?) .

 

 

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arrastrar’a consigo a su concepto. Desde luego que esto no suce-di— hasta nuestros d’as, que la reproducci—n de la vida social si-gue desenvolviŽndose como reproducci—n del capital, pero acaso el significado de ese concepto de vida se haya modificado, entre tanto, con las modificaciones en la propia reproducci—n capitalis-ta. Revisemos ciertas im‡genes sugerentes. Las tormentas vitales mencionadas por Adorno aluden a la pieza de piano hom—nima de Franz Schubert: esa pasi—n rom‡ntica desencadenada a finales del siglo XVIII, ciertamente, dej— sus huellas en el concepto de vi-da del vitalismo de finales del siglo XIX. Pero las im‡genes deleu-zianas son menos apasionadas. La vida comatosa del villano de El amigo comœn de Dickens, que sobrevive a su ejecuci—n y goza de la empat’a de quienes antes lo hab’an condenado pero ahora lo cui-dan . El relato est‡ bien escogido. Deleuze (1995: 2) concluye que Òentre su vida y su muerte, hay un momento que no es sino el de una vida jugando con la muerteÓ. El concepto de una vida que De-leuze tiene en mente quiere ser sin —nimo de inmanencia absolu-ta y debe, por ende, ser vida singular aunque no individualizada, ni personalizada, ni conciente, ni subjetiva. Este concepto comple-tamente indeterminado de vida es, ciertamente, otra de aquellas fantasmagor’as denunciadas por Adorno. Pero antes de seguir, re-paremos en el contraste entre aquella vida tormentosa y esta vida comatosa, entre aquella vida animal y Žsta vegetativa, contraste sintom‡tico acaso, parafraseando a Adorno (1986a: 262), de lo ca-da vez menos de vida que va quedando en la vida: una vida redu-cida a autoconservaci—n desnuda o, m‡s exactamente, a autocon - servaci—n que perdi— su prefijo ( op. cit.: 232) . En su inmanencia a s’ misma, en su no pertenencia a un sujeto y su no remisi—n a un objeto, en su consecuente indiferencia ante distinciones como las de actividad y pasividad o potencia y acto, esta vida vegetativa es un ciego perseverar: una Òpotencia, beatitud completasÓ como esa que insiste en el moribundo (Deleuze, 1995), una Òmera contem-placi—n sin conocimientoÓ como la que conduce a una rata a con - traer un h‡bito (Deleuze y Guattari, 1991: 215) . Y aquel concepto de deseo no corre mejor suerte, puesto que tambiŽn es concebido como inmanente a s’ mismo, es decir, como un gozarse a s’ mis-mo15. Deleuze insiste as’ en que el deseo no se relaciona con la ca-

 

 

 

15.  A prop—sito del v’nculo entre vida y deseo en Deleuze, Agamben (1998) ex-plica que la vida es Òel campo de inmanencia variable del deseoÓ y que, por ende, la vida designa la inmanencia del deseo a s’ mismo.

 

 

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rencia ni con la ley, ni con la naturaleza ni con la espontaneidad, ni siquiera con el placer y la sexualidad: requiere una ascesis que, como en el amor cortŽs o en el masoquismo, permite que Òel de-seo se alimente de s’ mismoÓ (Deleuze y Parnet, 1997: 112-113) . Vida y deseo quedan ambos reducidos as’ a un Òresiduo vacuo y menesterosoÓ, como ese que resultaba, segœn Adorno, de los pro-cedimientos reductivos husserliano y heideggeriano (Adorno, 1986b: 12 ss.) .

 

8. Volvamos ahora a nuestro asunto de la cr’tica del capitalismo. Aunque no nos hemos alejado de la misma tanto como parece, porque esas nociones deleuzianas de vida y deseo no s—lo ope-ran como principios de su pensamiento filos—fico en un sentido amplio, sino que tambiŽn aspiran a operar como tales principios de su pensamiento pol’tico. Deleuze (1987: 122) decreta, solida-riamente con el œltimo Foucault, que Òla vida deviene resistencia al poder cuando el poder tiene por objeto la vidaÓ, esto es, cuan - do el poder deviene biopoder16. Pero tan indeterminado filos—fi-camente era ese concepto de vida, como neutro es pol’ticamen - te. La vida vegetativa del personaje de Dickens dif’cilmente pueda aspirar a sostener pol’tica alguna, pero en caso de que as’ fuera, ser’a completamente antojadiza la atribuci—n de cualquier signo pol’tico definido a dicha pol’tica. La cr’tica adorniana en el sentido de la disponibilidad pol’tica en que se encontraron las fi-losof’as sustentadas en el concepto de existencia (1986a: 126 ss.) se aplica igualmente a una filosof’a sustentada en el concepto de vida. El existencialismo heideggeriano supo adaptarse al nazismo como el sartreano al comunismo, aunque sus lectores moderados no tienen razones para alarmarse, porque el vitalismo deleuziano se acomoda, en los hechos, a orientaciones pol’ticas mucho me-nos extremas17.

 

 

 

16.  Naturalmente, existen afinidades importantes entre las filosof’as deleuziana y foucaultiana en general y, en particular, ambos comparten en sus œltimos escritos una misma preocupaci—n por la vida. Pero no creemos que sea tan claro que en el œltimo Foucault haya ese vitalismo que Deleuze (1987: 121 ss.) le atribuye: la vida sigue apareciendo predominantemente, en Foucault, antes como objeto de poder que como origen de una resistencia al mismo.

 

17.  El correlato de esta disponibilidad pol’tica es cierto decisionismo que, en el existencialismo francŽs de posguerra, condujo al intento de Òoponer deses-peradamente a la omnipotencia de la sociedad un concepto aislado, presun - tamente ontol—gico, de espontaneidad subjetivaÓ (Adorno, 1993: 41) .

 

 

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Pero al deseo no le va mejor que a la vida como sustento de un pensamiento pol’tico cr’tico. Deleuze y Guattari (1998: 121) ha-b’an proclamado, poco despuŽs y partiendo de la revuelta del ma-yo francŽs, que Òel deseo en su esencia es revolucionarioÓ. Un re-volucionario deseo esquizo era confrontado entonces, bastante esquem‡ticamente, con la neur—tico-paranoica represi—n vigente. La irrupci—n del deseo inconsciente de grupo, antes que la del in - terŽs conciente de clase, encend’a la revoluci—n ( op. cit.: 263 ss.) . ÒLa sociedad capitalista Ðsupon’anÐ puede soportar muchas mani-festaciones de interŽs, pero ninguna manifestaci—n de deseoÓ ( op. cit.: 390) . El esquizoan‡lisis se propon’a, en ese marco, Òdesedipizar el inconsciente para llegar a los verdaderos problemasÓ ( op. cit.: 88), para Òllegar al inconsciente productivo inmediatoÓ ( op. cit.: 104) . Pero el supuesto de que un presunto deseo a secas es revoluciona-rio es tan arbitrario como lo ser’a su contrapartida de que ese de-seo a secas es reaccionario. A deseos en plural, no en singular, a deseos determinados conforme sus objetos y fines, no a un deseo indeterminado, en el mejor de los casos, podr’a atribuirse esos ca-racteres revolucionario o reaccionario. Y agreguemos que la socie-dad capitalista puede soportar unas cuantas manifestaciones de de-seo: las promueve incluso mediante el marketing cuando el consumo es su fin y la mercanc’a su objeto. Esa invocaci—n de un presunto deseo a secas no es, pues, m‡s revolucionaria que la invocaci—n he-donista de un goce a secas. Ya en los a– os cuarenta, es decir, mu-cho antes del mayo y de la ulterior conversi—n de ese mayo en mer-canc’a redituable, Adorno (1987: 60) supo advertir:

 

La exhortaci—n a la happin ess, en la que coinciden el cient’fico entusiasta que es el director del sanatorio y el nervioso jefe publi-citario de la industria del placer, tiene todos los rasgos del padre temible que brama contra los hijos por no bajar jubilosos las es-caleras cuando, malhumorado, vuelve del trabajo a casa.

 

(ÀY si el mandato del padre fuera: Ágoza!? Pero dejemos de la-do esta complicaci—n) Adorno (ib’d.) se negaba, por consiguien - te, a que el psicoan‡lisis asumiera para s’ la tarea de restituir a los hombres su capacidad de goce:

 

Dado que la gente tiene cada vez menos inhibiciones, o no de-masiadas, sin estar por ello ni una pizca m‡s sanas, un mŽtodo ca-t‡rtico cuya norma no fuese la per fecta adaptaci—n y el Žxito eco-n —mico tendr’a que ir encaminado a despertar en los hombres la conciencia de la infelicidad, de la general y de la propia e irre-

 

 

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mediable derivada de la primera, y a quitarles las falsas satisfac-ciones en virtud de las cuales se mantiene en ellos con vida el or-den aborrecible que externamente da la apariencia de no tener-los en su poder.18

 

Desde luego que aquella apelaci—n al deseo de Deleuze y Guattari quer’a ser m‡s radical que esta exhortaci—n a la happin ess, es decir, a un goce decretado y manipulado por el sistema, critica-da por Adorno. Pero apenas ese deseo indeterminado comienza a cobrar alguna determinaci—n, surgen las ambigŸedades: los mis-mos Deleuze y Guattari se– alan insistentemente el parentesco en - tre producci—n social capitalista y producci—n deseante esquizo-frŽnica en su calidad de decodificadoras de flujos ambasÉ Aunque la diferencia radicar’a, argumentan, en que la primera se ver’a obligada a inhibirse, recurriendo a la familia y al Estado co-mo instancias recodificadoras, mientras la segunda podr’a desa-rrollarse sin inhibiciones. Esta suerte de par‡frasis de Ðuna lectu-ra bastante mecanicista deÐ ciertas afirmaciones marxianas a prop—sito de la relaci—n entre fuerzas productivas y relaciones de producci—n, ciertamente, ser‡ relegada al olvido junto con la no-ci—n misma de revoluci—n m‡s adelante. La revuelta del mayo francŽs, en una lectura retrospectiva, hab’a resultado de l’neas de fuga moleculares, flujos de descodificaci—n que escaparon a las m‡quinas binarias de codificaci—n estatales. Tendr’amos as’ por una parte un dominio molar de las representaciones (las clases y sus organizaciones, como los partidos y sindicatos, resultantes de esa codificaci—n), y por la otra un dominio molecular de los de-seos (las masas o los flujos decodificantes) . Los movimientos de decodificaci—n, como el mayo, se iniciar’an pues como fugas: Òno son contradicciones Ðaclaran Deleuze y Guattari (1997: 224)Ð, son fugasÓ. El concepto de fuga se convierte as’ en el sustituto del con - cepto de contradicci—n o, en un lenguaje algo m‡s pol’tico, el de Žxodo reemplaza al de antagonismo19.

 

 

18.  Nuevamente, a prop—sito de ese supuesto del argumento adorniano de que Òla gente tiene cada vez menos inhibiciones sin estar m‡s sanaÓ, conviene re-cordar las reflexiones marcusianas sobre la Òdesublimaci—nÓ y la ÒtoleranciaÓ represivas (Marcuse, 1984 y 1969) . En reflexiones como Žstas, Adorno y Mar-cuse vislumbran ya esa profunda mutaci—n en la ideolog’a dominante a la que nos referiremos m‡s adelante.

 

19.  Un lenguaje m‡s pol’tico, decimos, simplemente porque es el empleado por Negri y Hardt a lo largo de sus escritos pol’ticos (2002 y 2004), aunque dicho

 

 

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Pero Àen quŽ consistir’a una pol’tica de fuga? Deleuze (y Parnet, 1997: 46 y 58) intenta precisar la noci—n de fuga advirtiendo que:

 

Huir no significa, ni much’simo menos, renunciar a la acci—n, no hay nada m‡s activo que una hu’da [que] el gran error, el œnico error, ser’a creer que una l’nea de fuga consiste en huir de la vi-da, evadirse en lo imaginario o en el arte. Al contrario, huir es producir lo real, crear vida.

 

La noci—n de fuga remite as’ a aquellos conceptos de vida y deseo inmanentes a s’ mismos, de manera que una pol’tica de fu-ga quedar’a definida como una biopol’tica, como una creaci—n de la propia vida. Pero entonces Àseguir una l’nea fuga consiste, en pocas palabras, en seguir los consejos de un manual de autoa-yuda redactado por uno mismo? Veamos. Esta biopol’tica empal-mar’a en verdad con una nueva era de luchas pol’ticas inaugura-da por el mayo francŽs, de luchas transversales e inmediatas (no centralizadas ni mediatizadas) por una subjetividad sin identidad (no creadoras de identidad) . Deleuze (1987: 139), con Foucault, escrib’a en este sentido que:

 

La lucha por una subjetividad moderna pasa por una resistencia a las dos formas actuales de sujeci—n, una que consiste en indivi-duarn os segœn las exigen cias del poder, otra que con siste en vin cular cada individuo a una identidad sabida y conocida, deter-minada de una vez por todas. La lucha por la subjetividad se pre-senta, pues, como derecho a la diferencia y derecho a la varia-ci—n, a la metamor fosis.

 

Y, aunque aquellos viejos buenos tiempos del mayo ya queda-ron atr‡s, asegura Deleuze (y Parnet, 1997: 90) Òque una eclosi—n de deseo se produzca en la cŽlula familiar o en una escuela de ba-rrio, poco importa, lo cierto es que siempre cuestionar‡ las es-tructuras establecidasÓ. Olvidemos entonces las barricadas de los estudiantes insurrectos y sentŽmonos a la mesa familiar de la ano-rŽxicaÉ, es decir, revisemos una de las pocas ilustraciones que el œltimo Deleuze (1987: 124) ofrece de la fuga biopol’tica que tie-ne en mente: el deseo anorŽxico como micropol’tica.

 

El vac’o anorŽxico no tiene nada que ver con una carencia, al contrario, es una manera de escapar a la determinaci—n org‡ni-ca de la carencia y del hambre, de escapar a la hora mec‡nica de

 

 

Žxodo termine adoptando formas pol’ticamente tan ambiguas como los flu-jos migratorios.

 

 

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la comida. [É] La anorexia es una pol’tica, una micropol’tica: escapar a las normas del consumo para no ser uno mismo obje-to de consumo. Es una protesta femenina, la protesta de una mu-jer que desea tener un funcionamiento del cuerpo y no s—lo fun - ciones org‡nicas y sociales que la entreguen a la dependencia.

 

Esta micropol’tica de la anorexia, reconoce Deleuze, enfren - ta en su extremo el peligro de que la militante involucrada mue-ra de inanici—n . Y tiene raz—n . Pero olvida que desde su inicio en - frenta otro peligro, acaso menos dram‡tico para la anorŽxica aunque devastador para el argumento del fil—sofo. El peligro de que a la anorŽxica de carne y hueso Ðy no a este personaje, que convive con otros no menos extra– os esquizofrŽnicos y masoquis-tas deleuzianosÐ su conducta le haya sido dictada sin m‡s por el anorŽxico ideal de cuerpo femenino impuesto por los desfiles y las revistas de moda. Seguir una l’nea de fuga, en este caso, ni si-quiera es seguir los consejos de un manual de autoayuda redacta-do por uno mismo, sino por otros.

 

Frente a esta biopol’tica, o mejor, para emplear la noci—n fou-caultiana, frente a esta Žtica del cuidado de s’, alcanza con esgri-mir aquel filoso aforismo adorniano (1987: 37) de que Òno cabe la vida justa en la vida falsaÓ. Pero, si el filo de ese aforismo no al-canzara, recordemos algunas reflexiones sobre la identidad sub-jetiva de la DialŽctica negativa (Adorno, 1986a: 240-241):

 

En la realidad configurada segœn el principio de identidad Ðes-cribe Adorno acerca del sujeto kantianoÐ no existe positivamen - te la libertad. Bajo el hechizo universal hay hombres que parecen eximidos personalmente del principio de identidad y con Žl de determinantes racionales; en realidad, no son m‡s sino menos que determinados: la libertad subjetiva es esquizofrŽnica y por consiguiente devastadora; ella es quien de verdad entrega a los hombres a la esclavitud de la naturaleza.

 

Y, m‡s importante aœn, su evaluaci—n inversa del par neuro-sis-esquizofrenia:

 

Lo que h ay de verdad en las n eurosis es que demuestran al yo su falta de libertad en s’ mismo all’ don de fracasa su domin io so-bre la n aturaleza in tern a, en lo extra– o al yo, en la sen saci—n : Áesto n o soy yo! [É] ya no hay nada importante espiritualmente que no entre en la zona de la despersonalizaci—n y su dialŽctica. La esquizofrenia es la verdad sobre el sujeto desde el punto de vista de la filosof’a de la historia. (Adorno, op. cit.: 222 y 278)

 

 

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9. Recapitulemos y precisemos nuestros argumentos. ÀQuŽ pue-de aportarnos la dialŽctica negativa adorniana Ðy no as’ la filoso-f’a deleuziana de la diferenciaÐ para la cr’tica del capitalismo con - tempor‡neo? Conviene remarcar antes que nada que ambas comparten una misma dimensi—n ut—pica, que casi coinciden in - cluso en las palabras que emplean para nombrar esa utop’a. ÒArrancar la diferencia a su estado de maldici—n parece enton - ces el proyecto de la filosof’a de la diferenciaÓ, escribe Deleuze

(      2002: 63) . Y, en un mismo sentido, Adorno ( 1986a: 14-15; 28;

153 y 192) sostiene:

 

El fin de la dialŽctica ser’a la reconciliaci—n . Esta emancipar’a lo que no es idŽntico, lo rescatar’a de la coacci—n espiritualizada, se– alar’a por primera vez una pluralidad de lo distinto sobre la que la dialŽctica ya no tiene poder alguno. [É] La esperanza en una reconciliaci—n es la compa– era del pensamiento irreconci-liable. [É] La utop’a ser’a una convivencia de lo distinto por en - cima de la identidad y la contradicci—n . [É] Una situaci—n re-con ciliada n o se an exion ar’a lo ajen o con imperialismo filos—fico, sino que hallar’a su felicidad en la cercan’a otorgada a lo lejano y distinto, m‡s all‡ tanto de lo heterogŽneo como de lo propio.

 

 

La divergencia entre ambas radica m‡s bien en que la fideli-dad a esa utop’a exige, en la dialŽctica negativa, un rechazo de cualquier intento de emancipar la diferencia respecto de la nega-tividad en el plano del concepto (de la dialŽctica), toda vez que esa emancipaci—n no haya tenido lugar en el plano del objeto (de la sociedad) 20. Esta fidelidad a la utop’a es sin —nimo de cr’tica dentro de la dialŽctica negativa. Todos nuestros argumentos pre-cedentes no son, en verdad, m‡s que variaciones de este œnico ar-gumento.

 

Pero esta divergencia, aunque sugerente, todav’a no nos dice nada concluyente acerca de sus posibles aportes a la cr’tica del ca-pitalismo contempor‡neo. ÀUna filosof’a como la deleuziana, centrada en un concepto de diferencia que quiere escapar de la

 

 

20.  Conviene aclarar que esto no significa que no existan destellos de libertad, es decir, relaciones verdaderamente humanas, en las cuales lo diferente no suscite violencia identificatoria, antes de que la sociedad en su conjunto sea emancipada. El aforismo adorniano Òs—lo ser‡s amado donde puedas mos-trarte dŽbil sin provocar la fuerzaÓ (1987: 193) quiere definir al amor como una de esas relaciones.

 

 

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negatividad, es verdaderamente apologŽtica? ÀEs verdaderamen - te cr’tica una dialŽctica como la adorniana, que permanece an - clada en una negatividad que remite al car‡cter antag—nico de las relaciones sociales? Veamos. La respuesta inmediata a la primera pregunta no puede ser sino negativa. La filosof’a deleuziana de la diferencia, dec’amos, cuenta con una potente dimensi—n ut—pi-ca. A esta afirmaci—n puede objetarse que toda ideolog’a, inclui-do, en particular, ese liberalismo que invocamos a prop—sito de varios argumentos deleuzianos, cuenta con una dimensi—n ut—pi-ca. Pero incluso esta objeci—n no alcanza para cambiar aquella respuesta, pues la filosof’a deleuziana de la diferencia no puede asimilarse sin m‡s ni al liberalismo ni a ninguna otra ideolog’a abiertamente apologŽtica de la sociedad capitalista. La filosof’a deleuziana de la diferencia recupera en cambio, evidentemente, muchos motivos de tradiciones de pensamiento anarquistas: la vi-da como resistencia, el Estado como m‡quina desp—tica, la exte-rioridad de la resistencia respecto del poder, el propio rechazo de la dialŽctica y, naturalmente, sus reiteradas y expl’citas invocacio-nes de la multiplicidad de las diferencias como anarqu’a corona-da y otras expresiones semejantes. La filosof’a deleuziana de la di-ferencia puede, entonces, ser asumida Ðy as’ es asumida por algunos de sus seguidoresÐ como anarquista o, mejor aœn, como posanarquista. Pero con Žstas no est‡n dichas las œltimas pala-bras. Ahora debemos dejar por un momento la cr’tica interna y preguntarnos por la relaci—n que guarda esta filosof’a posanar-quista de la diferencia con la ideolog’a dominante en el capitalis-mo contempor‡neo.

Acaso la respuesta m‡s tajante a esta pregunta se encuentre

«`

en esa provocativas preguntas que Slavoj Zizek«` (2004: 11-12) plantea a prop—sito de la escena, trazada por Jean -Jacques Lecer-cle, de un yu ppie leyendo en un medio de transporte pœblico ÀQu Ž es la filosof’a? de Deleuze y Guattari.

 

Y si no hubiera perplejidad, sino m‡s bien entusiasmo, a medida que el yu ppie lee acerca de la comunicaci—n de las intensidades afectivas por debajo del nivel del sentido (ÒS’, Áas’ dise– o mis pu-blicidades!Ó), o cuando lee consignas como las de hacer explotar los l’mites de la subjetividad autocontenida y acoplar directa-mente el hombre a la m‡quina (ÒÁEsto me hace acordar al jugue-te preferido de mi hijo, el superhŽroe que se transforma en au-tom—vil!Ó), o sobre la necesidad de reinventarse a s’ mismo permanentemente, abriŽndose a la multitud de deseos que nos

 

 

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empujan al l’mite (ÒÀNo es Žse el objetivo del nuevo videojuego de sexo virtual que estoy desarrollando? Ya no se trata de repro-ducir el contacto sexual corporal, sino de Áhacer estallar los con - fines de la realidad establecida e imaginar modos intensivos inŽ-ditos de placer sexual!Ó) . Hay, efectivamente, caracter’sticas que justifican que llamemos a Deleuze el ide—logo del capitalismo tard’o.

 

«`

Esta respuesta de Zizek«`, es acaso demasiado tajante y provoca-dora, pero creemos que encierra un nœcleo de verdad. Si hubie-ra tenido lugar una mutaci—n ideol—gica tal que la ideolog’a do-minante ya no descansara tanto en valores universalistas como los asociados a las nociones de totalidad y sistema, historia universal, sujeto y objeto idŽnticos a s’ mismos y dualistamente distinguidos, etcŽtera, si m‡s bien la fragmentariedad y la multiplicidad de las diferencias, la disoluci—n del dualismo y las identidades de sujeto y objeto, el acontecimiento fueran valores claves de la ideolog’a dominante en el capitalismo contempor‡neo, entonces, el car‡c-ter cr’tico de una filosof’a de la diferencia como la deleuziana no podr’a asumirse acr’ticamente. Una filosof’a que reivindicara la diferencia de manera inmediata, por ejemplo, una diferencia que esquivara la negatividad, quedar’a condenada en semejante contexto, en el mejor de los casos, a una versi—n radicalizada del discurso acerca de la convivencia arm—nica de las diferencias dentro del horizonte delimitado por el mercado y la democracia capitalistas propia del liberalismo dominante en ese contexto. Y acaso en ese gesto radical pusiera en juego una dimensi—n ut—pi-ca, pero simult‡neamente estar’a traicionando su propia utop’a de una emancipaci—n de la diferencia.

 

Terry Eagleton (1997: 68-70) describe con exactitud aquella mutaci—n ideol—gica.

 

Hubo un tiempo, durante los d’as del capitalismo liberal cl‡sico, cuando todav’a era bastante posible y necesario justificar nues-tras acciones de buenos burgueses con una apelaci—n a ciertos ar-gumentos racionales con fundamentos universales. [É] Cuando el sistema evoluciona, empero Ðcuando coloniza nuevos pueblos, importa nuevos grupos Žtnicos a sus mercados de trabajo, impul-sa la divisi—n del trabajo, se ve obligado a extender sus libertades a nuevos espaciosÐ, comienza, inevitablemente, a minar su pro-pia racionalidad universalista. Pues es dif’cil no reconocer que existe ahora una serie completa de nuevas culturas, idiomas y maneras de hacer cosas que compiten, mientras que la naturale-

 

 

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za hibridadora, transgresiva, promiscua del capitalismo las ha ayudado a surgir. [É] El sistema es, en consecuencia, confronta-do con una elecci—n: seguir insistiendo en la naturaleza univer-sal de su racionalidad, frente a la enorme evidencia, o tirar la toa-lla y volverse relativista, aceptando con tristeza o alegr’a que no puede exhibir fundamentos œltimos para legitimar sus activida-des. Los conservadores cerrados toman el primer camino, mien - tras que los liberales actualizados toman el segundo. [É] En es-ta fase posimperialista, y en una sociedad que se supone multicultural, el sistema no puede ya plantear plausiblemente que sus valores son superiores a los de los dem‡s, sino simple-mente ÐtŽrmino clave posmodernoÐ diferentes.

 

Pero ya Adorno hab’a anticipado filos—ficamente, a prop—si-to del sistema como antinomia, en DialŽctica negativa, esta dialŽc-tica ideol—gica originada en la tensi—n entre universalizaci—n de las relaciones sociales capitalistas y subordinaci—n de las diferen - cias. Escribe Adorno (1986a: 34):

 

Ya en Kant lo œnico que aœn conten’a a la ratio emancipada, al progresus ad infinitum era el reconocimiento, por lo menos for-mal, de la diferencia. La intranquilidad del ad infinitum hace sal-tar el sistema, cerrado en s’ mismo a pesar de que s—lo la infini-tud lo hace posible; esta es la raz—n de que la antinomia de totalidad e infinitud sea esencial al idealismo. Imita una antino-mia central de la sociedad burguesa. TambiŽn Žsta debe exten - derse constantemente para conservarse, para permanecer igual a s’ misma, para ÒserÓ; tiene que avanzar m‡s y m‡s, rechazar cada vez m‡s lejos sus fronteras sin respetar ninguna, no permanecer igual a s’ misma.

 

 

La tendencia hist—rica hacia la universalizaci—n de las relacio-nes sociales capitalistas (Adorno tiene en mente las afirmaciones marxianas acerca de la naturaleza global del capital) se traduce pues en la tendencia sistem‡tica del idealismo. La subsunci—n del trabajo al capital se reproduce idealmente como subsunci—n de la diferencia a la identidad del sistema. Dem‡s est‡ decir que es este imperialismo filos—fico el que alcanzar’a en el sistema de Hegel su culminaci—n . ÒEl de Hegel realmente no se iba construyendo a s’ mismo, sino que impl’citamente ya estaba penado de antemano en todos sus detalles. Una garant’a tal lo condena de antemano a ser falsoÓ (Adorno, op. cit.: 35) . Pero, a la vez, es esa diferencia la que sostiene al sistema: si se resolviera en su autosuficiencia, en

 

 

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totalidad sin infinitud, en est‡tica sin din‡mica, en una indiferencia-da identidad consigo mismo, el sistema se disolver’aÉ Àacaso en una multiplicidad de diferencias? Al propio Žxito de aquella ten-dencia a la subsunci—n de la diferencia inherente a los sistemas idealistas Ðy al de su contracara, la tendencia a la subsunci—n del tra-bajo al capitalÐ atribuye Adorno ( op. cit.: 31), justamente, la crisis de los sistemas idealistas del siglo XVII y XVIII desde finales del siglo XIX:

 

El proceso en que los sistemas se desintegraron en virtud de su pro-pia insuficiencia sirve de contrapunto a un proceso social. La ratio burguesa, como principio de convertibilidad que es, homogeneiz— con los sistemas todo aquello que quer’a hacer conmensurable, idŽntico consigo misma; y su Žxito en esta tarea fue cada vez mayor, aunque potencialmente devastador: fuera qued— cada vez menos.

 

Pero volvamos a finales del siglo XX: Àno representa la filoso-f’a deleuziana de la diferencia Ðas’ como la filosof’a posmoderna de conjuntoÐ un momento ulterior de esa crisis de los sistemas fi-los—ficos idealistas? M‡s exactamente, Àno remite a un nuevo en - cuentro entre los restos de esa raz—n universalista de la que esos sistemas filos—ficos hab’an sido la m‡xima expresi—n y la prolife-raci—n de diferencias desatada por el mayo francŽs, pero tambiŽn de la posterior asimilaci—n de esas diferencias, no a travŽs en esa raz—n universalista en crisis, sino de una nueva raz—n relativista en ascenso, dentro de los l’mites del mercado y la democracia ca-pitalistas? Si Žste fuera el caso, poco puede aportar la filosof’a de-leuziana de la diferencia a la cr’tica de la ideolog’a dominante en el capitalismo contempor‡neo. Y m‡s podr’a aportar la dialŽctica negativa adorniana en la medida en que, en su insistencia en el car‡cter antag—nico de las relaciones sociales capitalistas, es incompatible con cualquier ilusi—n acerca de una autŽntica emancipaci—n de la diferencia respecto de la negatividad dentro de esos l’mites del mercado y la democracia capitalistas. Vale la pena leer, como dec’amos al comienzo, la DialŽctica negativa de Adorno. Pero agreguemos que estamos hablando no de cual-quier lectura de esa obra. No estamos hablando de leerla como una reivindicaci—n inmediata de la diferencia, sum‡ndola as’ m‡s o menos imperceptiblemente al espectro del pensamiento filos—-fico posmoderno. Porque esta lectura Ðadem‡s de violentar su contenidoÐ cercenar’a su car‡cter cr’tico frente a una ideolog’a que convirti— esa misma reivindicaci—n de la diferencia Ðsiempre, desde luego, dentro de los l’mites del mercado y la democracia

 

 

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capitalistasÐ en uno de sus valores decisivos. Dejemos pues esta lectura a la cr’tica literaria Ðo a la militancia micropol’ticaÐ de las universidades norteamericanas. Estamos hablando de una lectu-ra de la DialŽctica negativa como dialŽctica de la lucha de clases.

 

 

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Adorno y la posvanguardia*

 

Darij  Zadnikar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tal vez sea ya evidente, pero como quiera lo remarco: tambiŽn me cago en las vanguardias revolucionarias de todo el planeta. (Subcomandante Marcos, 2003a)

 

 

 

El punto de vista del sudeste de Europa

 

Desde mi punto de vista, el de alguien que viene de Eslovenia postsocialista, un pa’s que form— parte del experimento fallido de Yugoslavia, la manera de abordar el marxismo occidental1, la Es-cuela de Frankfurt y, sobre todo, a Adorno podr’a ser un tanto particular. Vivimos en un ambiente que, a nivel manifiesto, renun - cia a toda tradici—n marxista, pero en el terreno ideol—gico del lla-mado sentido comœn acepta las ideas m‡s autoritarias del Estado, de los partidos y de la democracia representativa, condicionadas por el legado del marxismo burocr‡tico. Dir’a que, en este aspec-to, no existe gran diferencia en cuanto a otros pa’ses de Europa del Este. Y, sin embargo, s’ existe, puesto que en la ex Yugoslavia hubo una fuerte recepci—n acadŽmica del marxismo occidental; incluso se le hizo una importante contribuci—n, por ejemplo, a tra-vŽs del c’rculo Praxis (Gajo Petrovi«C, Milan Kangrga, Mihajlo Mar-kovi«C y otros) que tambiŽn tuvo una gran resonancia en debates m‡s all‡ de las fronteras yugoslavas. En otros pa’ses de Europa del Este que se encontraban bajo el dominio de la Uni—n SoviŽtica y la ideolog’a estalinista, la tradici—n del marxismo occidental fue ignorada e incluso prohibida, por ser considerada una muestra de intelectualidad burguesa y reaccionaria. Aun as’, la presencia rica

 

 

 

*      Traducci—n: Anna-Maeve Holloway.

1.  Sobre la base del pensamiento de Gyšrgy Luk‡cs y Karl Korsch .

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Darij Zadnikar

 

 

 

e influyente del marxismo antiestalinista no pod’a prevenir el deterioro y fracaso del experimento yugoslavo. Es m‡s, algunos de los fil—sofos m‡s famosos, como es el caso de Mihajlo Marko-

vicù, contribuyeron a la expansi—n del nacionalismo m‡s agresivo

«`    2        y otros l’deres nacionalistas.

y apoyaron a Slobodan Milosevi«C          

Hacia finales de los decenios de 1970 y 1980 muchos j—venes in - telectuales abandonaron el marxismo occidental a favor del pos-

modernismo. Slavoj     «` «`  , el fil—sofo m‡s famoso de Eslovenia, es

ZIZEK

 

uno de ellos. Su desarrollo filos—fico, desde la Escuela de Frank-furt al psicoan‡lisis lacaniano y el eclecticismo posmoderno3 es importante e incluso constituye un paradigma del clima intelec-tual de este pa’s.

 

Mi opini—n es que debemos reflexionar de nuevo sobre la re-laci—n de las teor’as emancipadoras y de liberaci—n dentro del marco de los movimientos emancipadores y de liberaci—n . Mi contribuci—n al debate sobre la importancia del pensamiento de Adorno para los movimientos contempor‡neos de alter-globaliza-ci—n expresa nuestra sensibilidad hist—rica dentro de estos movi-mientos y se concentra en la ruptura entre teor’a y pr‡ctica en las formas del vanguardismo y el elitismo.

 

 

Las multitudes contra el vanguardismo

 

Si queremos comprender la condici—n actual y futura de los nue-vos movimientos sociales que emergieron desde las protestas en Seattle debemos abordar los cambios estructurales y los rasgos es-pec’ficos del capitalismo contempor‡neo. La sublevaci—n en el sudeste mexicano en enero de 1994 ha se– alado la globalizaci—n neoliberal como el mayor problema que amenaza la existencia de los pueblos originarios en el ‡mbito local. La globalizaci—n neoliberal supera la divisi—n entre lo local y lo metropolitano, no s—lo en la organizaci—n de la vida econ —mica, sino tambiŽn al ni-

 

 

2.    Mihajlo Markovi«c, un fil—sofo de gran importancia en el c’rculo Praxis, fue coautor del Memorando de la Academia de Serbia para las Ciencias y las Artes, que fue una base ideol—gica para la pol’tica de la Gran Serbia de Milosevi«c.«`

 

3.    Su filosof’a es una ret—rica brillante que va m‡s all‡ del mero sibaritismo te—-rico controversial. Aunque fue una de las figuras ideol—gicas clave del Parti-do Liberal-Democr‡tico gobernante y propag— la anexi—n de Eslovenia a la Organizaci—n del Tratado del Atl‡ntico Norte (OTAN), fuera de las fronte-

ras eslovenas es considerado un pensador de izquierdas.

 

 

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vel de la resistencia. Ya no existe un actor privilegiado ni alguna gu’a o manual para la emancipaci—n, como se supon’a en la era del capitalismo industrial; por lo tanto, podemos observar toda la he-terogeneidad y multiplicidad de la resistencia contempor‡nea. Todas estas resistencias surgen, por lo general, de sus condicio-nes espec’ficas, pero con la conciencia m‡s o menos clara de que el enemigo comœn es el neoliberalismo. Esto las distingue de la simple pol’tica de las identidades y los estilos de vida del decenio de 1980, del mero humanismo o compromiso de las organizacio-nes no gubernamentales ( ONG) . El pluralismo de narrativas emancipadoras crea las experiencias multidimensionales y las pr‡cticas de resistencia; se desvanecen las fronteras entre el acti-vismo pol’tico, la expresi—n art’stica, la manera de vivir, de lu-char, de sobrevivir, de disfrutar, etcŽtera. Incluso la diferencia en - tre lo pol’tico y lo privado se est‡ perdiendo en este ambiente de militancia. El movimiento por la justicia global consiste, sobre to-do, en estos elementos heterogŽneos, en multitudes4 din‡micas y veloces, an‡rquicas e incluso ca—ticas. Todo se asemeja al llama-do movimiento ca—tico de Brown, de part’culas microsc—picas en un l’quido calentado, que antes de Einstein no ten’a una explica-ci—n adecuada. Puesto que las ciencias sociales tienden a enga-

 

– arse a s’ mismas m‡s que las ciencias naturales, tambiŽn tienden a interpretar las nuevas realidades a travŽs de viejos esquemas, a minimizar su importancia o incluso a ignorarlas. Esto se refleja tambiŽn en las formas dominantes de la pol’tica, la cultura, los ri-tuales educativos, los medios de comunicaci—n, y a otros niveles ideol—gicos. Debido a su naturaleza pluralista, heterogŽnea y ca—-tica, estos movimientos tienen mayores dificultades en los proce-sos de autorreflexi—n que los ide—logos dominantes en la produc-ci—n de sus falsificaciones dogm‡ticas ( en la producci—n, por ejemplo, del fantasma de la an tiglobalizaci—n ) . Pero, incluso en es-te ambiente ca—tico y acelerador de resistencias, est‡n emergien - do nuevas formas no institucionales de creaci—n de consenso. Las multitudes no se esfuerzan por alcanzar la hegemon’a en movi-mientos, no tienden a imponer sus ideas y prioridades, sino m‡s

 

 

4.    No creo que el debate sobre el tŽrmino multitud en el sentido de Negri o de Virno y su relaci—n con la noci—n de clase sea de gran importancia en este momento para los nuevos movimientos. As’ como necesitan subrayar su he-terogeneidad a travŽs del primer tŽrmino, tambiŽn necesitan el concepto (no sociol—gico) de clase para situarse respecto a las relaciones de capital.

 

 

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bien a expresarlas de una manera creativa que pueda impactar y contaminar a otros sujetos. Esta falta de un discurso cl‡sico con el fin del consentimiento no constituye en todos los casos el lado fuerte de los movimientos, pero s’ es la manera comœn en las co-municaciones r‡pidas que se est‡n llevando a cabo en varias redes formadas como neuronas. Tal estructura de multitudes en resis-tencia hace imposible construir una metanarrativa de resistencia, como la que se dio en la era industrial. Las multitudes, por lo ge-neral, se expresan a s’ mismas, a sus condiciones de lucha y de supervivencia, negando la posibilidad de las metanarrativas privi-legiadas y sus representantes.

 

A pesar de la nueva forma de resistencia global, Žsta fue, des-de el principio, acompa– ada por cierto tipo de organizaciones anticuadas, como partidos, sindicatos, etcŽtera. Algunas contribu-yeron de manera importante al movimiento, tanto en el aspecto material como de experiencias. Tras las protestas en GŽnova du-rante el verano septentrional de 2001 el movimiento fue amplia-mente reconocido como una fuerza pol’tica, a pesar de la propa-ganda corporativa. En los meses que siguieron a estas protestas, las ideas del movimiento global fueron aceptadas por varios de los mayores sindicatos. Estas partes de los movimientos desempe-

 

– aron un papel importante en la provisi—n de apoyo material y de infraestructuras para algunos acontecimientos de mayores di-mensiones (foros sociales y otros) . En el seno de las multitudes, estas organizaciones anticuadas fueron, a menudo, objeto de bur-la. Los t’picos partidos socialistas obreros eran descritos como el EjŽrcito de Salvaci—n o los Testigos de Jehov‡5. Existen tres razo-nes principales para rechazar a estas organizaciones o ser caute-losos ante ellas: son jer‡rquicas y aut—cratas, tienen una concep-ci—n lineal de la historia e imponen el vanguardismo en el movimiento.

 

Aunque los movimientos revolucionarios marxistas concibie-ron el Estado en el contexto de la transici—n social m‡s amplia, la realidad fue una fetichizaci—n absoluta del poder estatal. Consi-deraban su tarea hist—rica la de tomar el poder estatal (tanto los socialdem—cratas como los comunistas, sea mediante elecciones

 

 

5.    Sin embargo, no deben ser subestimados, como se hizo evidente en el Foro Social Europeo de Londres, arruinado por la organizaci—n autoritaria e in - cluso violenta del War-Torn Societies Project (WSP, Proyecto de las sociedades desgarradas por la guerra) .

 

 

 

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o revoluci—n) como un instrumento para el cambio social. Por lo tanto, ten’an que construir partidos militaristas y burocr‡ticos.

 

La instrucci—n en la conquista del poder inevitablemente se con - vierte en una instrucci—n en el poder mismo. Los iniciados aprenden el lenguaje, la l—gica y los c‡lculos del poder; apren - den a manipular las categor’as de una ciencia social a la que se le ha dado forma, enteramente segœn esta obsesi—n por el poder

 

[É]   La manipulaci—n y la maniobra por el poder se convierten en una forma de vida. (Holloway, 2002: 33-34)

 

El resultado fue un gran empobrecimiento de objetivos y mŽ-todos emancipadores y su subordinaci—n a fines orientados hacia el Estado. La sociedad disciplinante fue construida sobre el mo-delo de la f‡brica. La organizaci—n jer‡rquica de la vida pol’tica fue concebida como una base racional adecuada para la propia sociedad, como si Žsta no fuera m‡s que la extensi—n de una f‡-brica. La pol’tica se convirti— en ingenier’a y en administraci—n burocr‡tica. Con tal mentalidad, los miembros de los sindicatos y de los partidos de estilo anticuado no se pueden adaptar a las ma-neras din‡micas y ca—ticas de los movimientos sociales contempo-r‡neos. Echan de menos las reuniones con delegados, las agen - das, las actas, los oradores, etcŽtera. Desean el orden y las instrucciones claras. Toda la pluralidad de las multitudes en resis-tencia y sus maneras de expresar la rebeli—n son concebidas co-mo un juego de ni– os. Son muy serios. Actœan como si fueran miembros del clero. Lo conocen . Son personas decentes y se no-ta en sus corbatas y sus ropas. No tienen rastas, tatuajes, ni per fo-raciones en su cuerpo.

 

Esta proximidad organizativa con el clero muestra una cone-xi—n profunda con las concepciones judeocristianas sobre la socie-dad y la historia. Para ellos la historia es un drama explicable con un desenlace cat‡rtico. La historia es vista como una progresi—n li-neal hacia este desenlace y es medida segœn el criterio del progre-so industrial. Se trata de una versi—n m‡s protestante que cat—lica del cristianismo. Siempre es posible reconocer la Žtica del trabajo en los criterios del progreso hist—rico. Del trabajo que, por su-puesto, produce una plusval’a. No existe mucho espacio fuera de estos criterios. Me gustar’a subrayar aqu’ que una concepci—n li-neal de la historia se reduce a criterios œnicos de progreso. Tal his-toria consiste en una narraci—n reducida; consiste en el empobre-cimiento, que se construye con exclusiones de narrativas plurales

 

 

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o, al menos, con su jerarquizaci—n . El final de la historia, su desen - lace o el D’a del Juicio Final es, por supuesto, la Revoluci—n, que instaura el reino de los cielos en la tierra: el comunismo o la anar-qu’a. La pregunta es Žsta: Àc—mo identificar este hilo rojo de la his-toria y no perder de vista el punto hist—rico del desenlace revolu-cionario? El clero revolucionario, los intelectuales del partido y la burocracia tienen que descifrar este punto hist—rico. Segœn sus predecesores cristianos, existen algunos revolucionarios que espe-ran pacientemente este punto hist—rico y otros que est‡n traman - do una conspiraci—n en sus cocinas de la historia. Puesto que en las narrativas del movimiento global contempor‡neo, las multitu-des son plurales, dispersas, no-cŽntricas, ca—ticas, an‡rquicas, no-jer‡rquicas, etcŽtera, la historia pierde su caracter’stica unidimen - sional. Pierde su rasgo enf‡ticamente explicable, se convierte, m‡s que en una œnica Verdad, en un escenario para muchos guiones. Esto no significa que tengamos que someternos a algœn tipo de es-cepticismo posmoderno extravagante, sino que tenemos una tarea m‡s amplia de lo que los bur—cratas revolucionarios quieren ad-mitir. Desde el punto de vista de las bases de las multitudes y de la multiplicidad de sus resistencias la revoluci—n es real, est‡ suce-diendo ahora mismo. Las multitudes, entonces, est‡n cumpliendo con sus tareas plurales y divergentes sin esperar el momento his-t—rico m‡s oportuno y sin realizar un programa enf‡tico. La no-ci—n de la revoluci—n y de la clase obrera revolucionaria de la era industrial sigui— el ejemplo de la Revoluci—n Francesa, donde la burgues’a revolucionaria derroc— a la aristocracia, de manera que el capitalismo tom— el lugar del feudalismo en la l’nea hist—rica. Los revolucionarios del partido pasaron por alto el hecho de que el mundo de la vida burguesa ya hab’a aplastado al feudalismo. La alternativa ya ha existido al nivel de las experiencias cotidianas. En el caso de la revoluci—n del partido en el contexto industrial, la clase obrera hab’a sido idealizada, aunque no constru’a muchas alternativas positivas en el ‡mbito de la vida cotidiana. Y Žste, pre-cisamente, es el punto de la comprensi—n marxista del proletaria-do revolucionario: es su negatividad social absoluta, que se realiza a travŽs de la mercantilizaci—n del trabajo. El proletariado es el ex-ceso de alienaci—n, el punto desde el cual uno debe salir del rei-no del trabajo. El proletariado es el punto de la autodestrucci—n del capital, no es un actor idealizado de la Historia. Es el final de la humanidad. Es el punto de vista desde el cual la libertad s—lo es divisada m‡s all‡ del trabajo. Las caracter’sticas n —madas y contin -

 

 

 

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gentes de las multitudes en relaci—n con los imperativos sistŽmicos del neoliberalismo est‡n produciendo grietas en la historia, bolso-nes de resistencia, el Žxodo del Imperio, la revoluci—n. Esta plurali-dad es productiva e inventiva a travŽs de la negatividad. La plu-ralidad de mundos diferentes posibles es real, pero no en el sentido de un trueque hist—rico gigantesco. Las multitudes son in - consistentes y contradictorias, por lo tanto, el sistema las quiere normalizar. Debemos comprenderlas en tŽrminos de la heterogen ei-dad de Georges Bataille. Deben construir las pr‡cticas de la tras-gresi—n . El significado real de la revoluci—n, que se mueve a travŽs y m‡s all‡ del mundo del capital, es comparable con el abono en el cultivo biol—gico. Las multitudes deben descomponer el sistema con una pluralidad de pr‡cticas de vida rebeldes y convertirlo en algo que se pueda vivir, en algo que valga la pena ser vivido.

 

Puedo comprender las posturas de ciertos camaradas brit‡ni-cos como Alex Callinicos (2003), por ejemplo, desde el punto de vista de la rica tradici—n del movimiento obrero brit‡nico. Sin embargo, lo œnico que nos ofrecen es la nacionalizaci—n de la in - dustria, que s—lo puede dar como resultado el reforzamiento del Estado y la integraci—n de los trabajadores en el modo capitalista de producci—n . Es m‡s, tal econom’a nacionalizada s—lo puede funcionar en marcos nacionalistas y protectores. No es casualidad que esta clase obrera, que tan a menudo se idealiza, tambiŽn sea la base social para la extrema derecha. La idealizaci—n de la clase obrera, tan extra– a para el concepto marxiano del proletariado como negatividad social, es coherente con la contemplaci—n de la historia como un proceso lineal de progreso. Esta postura ha de identificar los actores sociales, los sujetos de la historia de mane-ra intelectual y desde arriba. La historia ya no emerge de la nega-tividad rebelde de los grupos sociales, sino que Žstos deben cum-plir con la tarea de la historia como sus hŽroes. El problema es que no ven esta tarea hist—rica o, simplemente, no se interesan por sus metas distantes: la Revoluci—n carece de sujeto revolucio-nario. Como sabemos, esto fue compensado por partidos revolu - cion arios, sus burocracias, sus militantes y sus l’deres. Tienen que traer el sujeto a la raz—n, sea de manera justa o injusta. La visi—n clerical de la historia es lo que da lugar al nacimiento del van - guardismo. El vanguardismo es ciego ante cualquier movimiento social que no pueda ser manipulado y que exprese por s’ mismo sus visiones revolucionarias. El vanguardismo es la realizaci—n ab-soluta de la pol’tica representativa. Como ya mencionamos, es

 

 

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manipulador y totalitario. La dictadura del proletariado es, de he-cho, la dictadura de la vanguardia del partido, que toma el poder estatal para cumplir con la tarea de la historia. La jerarqu’a del partido comunista de vanguardia, como abandona la heteroge-neidad de la vida negativa (creatividad) no puede ver la sociedad emancipada fuera de las visiones de la administraci—n de la f‡bri-ca. La clase trabajadora gobern an te se convierte en lo que s—lo po-dr’a existir dentro de los l’mites de la f‡brica: en ejecutora de —r-denes. Cuanto m‡s explotada y reprimida es esta clase, m‡s idealizada se vuelve su imagen social. Sus miembros se convierten en los superhŽroes del trabajo (viviendo en condiciones pobres) . Es similar a la idealizaci—n de las mujeres (madre-virgen) en las sociedades patriarcales. Las multitudes son inœtiles para los van - guardistas. No aceptan la tarea hist—rica suprema. No aceptan los representantes. Son dif’ciles de observar. No son serias. Est‡n for-mando redes y enjambres en vez de organizarse. Son inœtiles y por lo tanto invisibles. Este vanguardismo est‡ dificultando la evo-luci—n de muchos partidos, grupos y miembros de sindicatos irrespetuosos de sus or’genes socialistas, anarquistas u otros. Los objetivos de su lucha se definen en los libros del siglo XIX y prin - cipios del siglo XX, por lo tanto, a menudo, no conciben la esen - cia de la lucha contempor‡nea. El punto de vista anarquista en cuanto al Estado se define t’picamente por im‡genes anticuadas de poder estatal, que poco tienen que ver con la realidad de la so-ciedad del control que est‡ emergiendo en las sociedades posin - dustriales. Los socialistas sue– an con un Estado de pleno empleo. Los comunistas est‡n debatiendo las diferencias entre el leninis-mo, el mao’smo, el trotskismo y otros ismos. Parece que, en el campo de las luchas contempor‡neas, s—lo el proyecto cuenta. De hecho, se trata de una proyecci—n de la vida individual, colectiva y n atu ral. En los l’mites y los per files de las multitudes podr’a na-cer el nuevo mundo. Esto, obviamente, no significa que s’ lo ha-r‡, puesto que las multitudes no tienen a la Historia de su lado. En este sentido limitado de la historia, Žstas carecen de una natu-raleza hist—rica. De cierto modo, se aceleraron hasta el punto de ausencia del tiempo. Es m‡s o menos el resultado de las nuevas tecnolog’as de la comunicaci—n, que no s—lo cambiaron el flujo de la informaci—n sino tambiŽn los estilos cognitivos y la sensitivi-dad perceptora. Por lo tanto, los resultados de las luchas son im-predecibles. Tomemos dos ejemplos: GŽnova 2001 y Madrid 2004. La batalla de GŽnova reforz— el movimiento, a pesar de la

 

 

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cobertura hostil de los medios de comunicaci—n y la guerra sucia de la polic’a italiana. Las movilizaciones tras GŽnova fueron nu-merosas, irrespetuosas del se– uelo del supuesto Bloque Negro, que empez— en GŽnova y acab— en Tesal—nica en 2003. El movi-miento global por la paz no impidi— la agresi—n contra el Iraq. Sin embargo, tras los atentados terroristas de marzo de 2004, los espa-

 

– oles no reaccionaron con patriotismo primitivo ni con actitudes anti isl‡micas. Los activistas, quienes se hab’an autoorganizado el a– o anterior contra la guerra, fueron capaces de movilizar a las masas en pocas horas: ÒÁVuestra guerra, nuestras muertes!Ó. En las elecciones, los socialistas no ganaron en base a su programa, puesto que fueron obligados por las multitudes a cambiar su pol’-tica y a retirar de inmediato las tropas espa– olas del Iraq, seguidas por otros contingentes. Cuando los medios de comunicaci—n cor-porativos se preguntaron de manera sarc‡stica cu‡l ser’a la efica-cia de las protestas por la paz en el invierno boreal de 2003, nadie pod’a haber predicho la reacci—n y el impacto de las multitudes espa– olas. Ellas consiguieron instrumentalizar a los partidos pol’-ticos, cuando son ellos quienes, normalmente, instrumentalizan a la llamada opini—n pœblica. En este sentido, el impacto de las mul-titudes es igual a la descomposici—n de la opini—n pœblica, que consiste en el voyeu rismo pasivo de los medios de comunicaci—n corporativos y de los partidos pol’ticos.

 

De los pueblos originarios aprendemos a recuperar nuestra dignidad; de las mujeres oprimidas aprendemos a cobrar valor y de los piqu eteros argentinos a reconstruir la sociedad urbana; de los borrados de Eslovenia o indocumentados en Europa aprende-mos a sobrevivir; de los migrantes aprendemos a transformar los nuevos pa’ses y no s—lo a ser asimilados; de los pu n ks a ocupar es-pacios para vivir y divertirnos; de los campesinos brasile– os a ocu-par latifundios, etcŽtera. Existen muchas preguntas: ÀquŽ comer? ÀQuŽ respirar? ÀC—mo comprar? No existe una doctrina œnica que nos proporcione todas las respuestas. No existe un mŽtodo œnico para ganar la lucha. No existe ninguna garant’a para el Žxi-to. El planteamiento de las luchas en el ‡mbito local podr’a ser exitoso, si se toma en consideraci—n el modo de funcionamiento del sistema globalizado neoliberal en su dimensi—n local. En este momento el proceso de expansi—n de la sociedad de control Ðque sucede a la sociedad disciplinariaÐ podr’a ser superado con las t‡cticas de la aceleraci—n y la velocidad, la divergencia y la co-nexi—n rizom‡tica, la superaci—n y la autonom’a, el esconderse

 

 

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en las redes cibernŽticas y emerger de las sombras, a travŽs de la interrupci—n de flujos, las artima– as y la pirater’a, el nomadismo y el tecno-fanatismo, el abandonar el trabajo e ir a protestar, el ser juguetones y creativos. ÁY cagarse en todas las vanguardias!

 

 

ÀM uri— Adorno?

 

Ser’a f‡cil refutar la importancia del pensamiento de Adorno en la multiplicidad contempor‡nea de las luchas sociales, mediante la referencia a su escepticismo ante el movimiento estudiantil de 1968, o a su negaci—n de la cultura de masas. Los estudiantes en rebeld’a interrumpieron su conferencia, y Žl muri— poco tiempo despuŽs. Sin embargo, podr’amos a– adir, de manera sarc‡stica, que el movimiento estudiantil no tard— mucho m‡s en morirse. Aunque s’ existen algunos puntos de comparaci—n entre el Ò68Ó y el movimiento antiglobal, la duraci—n, las utop’as y la represen - taci—n pol’tica del movimiento estudiantil no son de gran impor-tancia; hoy en d’a, este movimiento ha fracasado por completo en el ‡mbito pol’tico, por no haber conseguido superar el car‡c-ter excesivamente ideol—gico de sus metas. Sin embargo, las asti-llas del 68 sobrevivieron en la dimensi—n (contra) cultural y tam-biŽn son constitutivas de los movimientos que surgieron tras las protestas de Seattle en 1999. Tenemos aqu’ una analog’a intere-sante con Adorno y la Escuela de Frankfurt m‡s en general. El pa-pel hist—rico de la clase obrera fracas— con el ascenso del fascismo6 y el sujeto revolucionario se esfum—. El proyecto del marxismo occidental, como pod’a ser derivado del Marxismo y filosof’a de Karl Korsch, ya no era posible. As’, el refugiarse en el santuario acadŽmico y dar un giro hacia la cr’tica de la cultura [Kulturkritik] parece comprensible. En este sentido fragmentado, el pensa-miento de Adorno podr’a ser, igualmente, importante para la (auto) reflexi—n de los movimientos. Es m‡s, toda la obra de Adorno es una suerte de fragmentaci—n sistem‡tica, y viceversa (cf. Adorno, 1976) . La autorreflexi—n a partir de los casos singu-lares de resistencia que est‡n construyendo el movimiento global es posible como una obra de microlog’a, un concepto importante para la idea de Adorno (1986) de la dialŽctica negativa.

 

 

6.    Algunos partidos de izquierda no apoyaron a los estudiantes en el 68, ni tam-poco reconocieron de manera significativa la importancia de los movimien - tos tras Seattle.

 

 

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La Ilustraci—n no nos dej— casi nada del contenido metaf’sico de la verdad, presque rien , por utilizar un tŽrmino musical contempo-r‡neo. Lo que se echa atr‡s se hace todav’a m‡s peque– o, como ilustr— Goethe en la par‡bola de la peque– a caja de la Nueva Me-lusina, que nombra una extremidad; todav’a m‡s inconspicuo; es por ello que, tanto en la cr’tica de la cognici—n como en la filo-sof’a de la historia, la metaf’sica emigra a la microlog’a. ƒsta es el refugio de la metaf’sica ante la totalidad.

 

El pensamiento microl—gico previene la reconciliaci—n dia-lŽctica en la totalidad. En la dialŽctica negativa, la reconciliaci—n es Òmediaci—n en la multiplicidad que ya no es hostilÓ:

 

La dialŽctica desarrolla la diferencia dictada por lo universal, de lo particular con respecto a lo universal. Mientras que ella, la ce-sura entre sujeto y objeto penetrada en la conciencia, es insepa-rable del sujeto (y surca todo lo que, incluso de objetivo, piensa Žste), tendr’a su fin en la reconciliaci—n . ƒsta liberar’a lo no-idŽntico, lo desembarazar’a aun de la coacci—n espiritualizada, abrir’a por primera vez la multiplicidad de lo diverso, sobre la que la dialŽctica ya no tendr’a poder alguno. La reconciliaci—n ser’a la rememoraci—n de lo mœltiple ya no hostil, que es anate-ma para la raz—n subjetiva. (Adorno, 1986)

 

Tal idea de la dialŽctica negativa se desv’a considerablemen - te del rechazo general t’pico del pensamiento dialŽctico de De-rrida, Deleuze ( 1988) y otros y, sobre todo, de los pensadores no-tables cercanos a los nuevos movimientos, como, por ejemplo, Antonio Negri, quien se autodefine expl’citamente deleu zian o. Esto nos trae de vuelta al problema del vanguardismo, que est‡ emergiendo desde dentro de los movimientos como una suerte de nuevo posvan gu ardismo activista. Se puede detectar en Imperio de Hardt y Negri (2002) en el pasaje sobre el militante. Mi tesis es que los activistas posvanguardistas est‡n libres de presiones, mientras que Adorno y otros del Instituto de Investigaci—n Social tuvieron que obrar bajo la amenaza del fascismo. No hay necesidad para la reducci—n de la idea de la dialŽctica a la l—gica de Hegel. Ha habi-do una amplia reconceptualizaci—n poshegeliana de la dialŽctica y la dialŽctica negativa de Adorno es s—lo una de las m‡s conocidas. Lo que debemos tener en cuenta es el significado original de la palabra dialegein y la necesidad de exponer la dimen si—n comun i-cativa de la dialŽctica por en cima de su sign ificado l—gico. La microlog’a deriva del habla y de la interacci—n antes de dividirse

 

 

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en-y-contra de la metaf’sica. Ante la ausencia del componente dialŽc-tico, s—lo queda el residuo de mon—logos defragmentados e incone-xos. Podemos divertirnos con su ingenio, pero no hay ninguna ne-cesidad de adoptar una postura, donde podamos hacerlo; es como un supermercado de ideas: simplemente las cambiamos, como ropa usada o canales de televisi—n. No se trata de reconciliar las diferen-cias, simplemente de ignorarlas. En este sentido, podemos se–alar de manera cr’tica a los activistas profesionales y a los activistas por misi—n, los misionarios de la nueva era, que parecen monjes francis-canos medievales que deambulan por las redes cibernŽticas de resis-tencia. Ayer se encontraban en las calles de GŽnova, hoy est‡n pre-parando la campa–a Òcomida, no bombasÓ en los campamentos del colectivo No Border, ma–ana visitan una nueva ocupaci—n en Croa-cia mientras ya est‡n meditando sobre d—nde estar durante el 1¼ de mayo europeo. Estos activistas pueden contribuir con sus experien-cias en el ‡mbito local, pero tambiŽn abandonan la escena instant‡-neamente cuando la situaci—n se vuelve complicada o aburrida. Tal activismo posmoderno no puede suplir la necesidad de instancias in-formales de intercambio de ideas entre las comunidades en resisten-cia, la œnica manera de construir la solidaridad global contra el neoliberalismo. El activista fran ciscan o asume el punto de vista inte-lectual Ðel mirar desde arribaÐ describiendo y prescribiendo, inter-pretando y nombrando, empleando teor’as para poder comprender y dirigir la situaci—n. No es la manera de la microlog’a, es m‡s bien un funcionalismo de cient’ficos sociales.

 

La idea de la dialŽctica no hegeliana se basa en la derivaci—n de la l—gica a partir de una cosa y no en la aplicaci—n de algunos conceptos l—gicos-te—ricos sobre ella. Significa que el pensamien - to revolucionario se tiene que entretejer fuertemente con las lu-chas locales, teniendo como objetivo una perspectiva m‡s global a travŽs de di‡logos pacientes entre los casos singulares, consiguien - do el consenso m‡s por medio de la sedimentaci—n lenta7 que a travŽs de contiendas argumentativas. Las teor’as que los movi-mientos necesitan para su autorreflexi—n deben ser modestas y alejadas de las ideolog’as enf‡ticas del pasado, pero tambiŽn de la tendencia contempor‡nea intelectual del aplicacion ismo eclŽctico.

 

Tal posvanguardismo de activistas nos recuerda de los b’oi (Arist—teles) m‡s te—ricos que pol’ticos de Adorno y otros miem-

 

 

7.    Hemos visto un mŽtodo parecido en las comunidades rebeldes de los pue-blos originarios de Chiapas.

 

 

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bros de la Escuela de Frankfurt. Te—ricos no en el sentido del no compromiso, que en el caso del activismo contempor‡neo ni si-quiera se plantea como posibilidad, sino en el sentido de lo subli-me, que posibilita la mirada y la interpretaci—n monol—gica. Exis-te alguna semejanza respecto a la (no) accesibilidad a los santuarios acadŽmicos. Sin embargo, el marxismo occidental qued— en soledad en el vac’o revolucionario del fascismo, de mo-do que el giro a la cr’tica de la cultura y al marxismo acadŽmico es comprensible. TambiŽn es comprensible que Adorno ( a dife-rencia de Marcuse) no haya reconocido el potencial revolucio-nario del 68 y no se haya comprometido en ningœn movimiento social. Podemos descifrar las razon es de marxistas acadŽmicos su-blimes como Mihajlo Markovi«c, quien otorg— a la naci—n de Ser-bia y a su l’der la tarea hist—rica del genocidio. Los intelectuales ubicuos u oportunistas fueron f‡cilmente transformados de revo-lu cion arios a nacionalistas. Quiz‡s habr’a sido mejor para ellos quedarse en su sublimidad acadŽmica del no compromiso, como hizo Adorno. La sublimidad del vac’o y la excelencia acadŽmica son mejores que el giro desde la mirada te—rica desde arriba (el vanguardismo intelectual) al intervencionismo burocr‡tico (la vanguardia del partido y el terror de Estado) . La teor’a y los te—-ricos de los nuevos movimientos globales y multitudinarios tie-nen que reconsiderar su papel respecto a esto.

 

 

 

M odestia de pensamiento

 

Lo que propongo es un concepto de dialŽctica como dialegein mi-crol—gico. No se trata s—lo de abordar las cosas, sino tambiŽn de re-construirlas y reestructurarlas: formar espirales hacia dentro y ha-cia fuera, escuchar y actuar. Por supuesto, esta met‡fora se refiere a la idea zapatista del caracol. Los zapatistas est‡n reconstruyendo y recuperando sus comunidades sobre la base del encuentrismo y los caracoles son los espacios para este proceso.

 

Dicen aqu’ que los m‡s antiguos dicen que otros m‡s anteriores dijeron que los m‡s primeros de estas tierras ten’an aprecio por la figura del caracol. Dicen que dicen que dec’an que el caracol representa el entrarse al coraz—n, que as’ le dec’an los m‡s pri-meros al conocimiento. Y dicen que dicen que dec’an que el ca-racol tambiŽn representa el salir del coraz—n para andar el mun - do, que as’ llamaron los primeros a la vida. Y no s—lo, dicen que

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Darij Zadnikar

 

 

 

dicen que dec’an que con el caracol se llamaba al colectivo para que la palabra fuera de uno a otro y naciera el acuerdo. Y tam-biŽn dicen que dicen que dec’an que el caracol era ayuda para que el o’do escuchara incluso la palabra m‡s lejana. Eso dicen que di-cen que dec’an . Yo no sŽ. Yo camino contigo de la mano y te mues-tro lo que ve mi o’do y escucha mi mirada. Y veo y escucho un caracol, el pu Õy, como le dicen en lengua de ac‡. (Subcomandan - te Marcos, 2003b)

 

La nueva praxis social ha de reformar a su propia teor’a; la teor’a de los movimientos no puede evolucionar desde las univer-sidades y los institutos8 (ni tampoco de las oficinas de los partidos y los sindicatos) . Es m‡s, tal teor’a necesita una nueva epistemo-log’a activista que trascienda la divisi—n entre sujeto y objeto. Su objetividad ha de ser ganada por y a travŽs de la constituci—n de la subjetividad rebelde. ÀNo es Žste el sentido de la undŽcima te-sis de Marx sobre Feuerbach?

 

Pero Àse trata simplemente de mi deseo por ser optimista, o existe alguna base real aparte de la magia del lenguaje maya? Pa-rece que est‡n teniendo bastante Žxito en reformar su mundo (y el nuestro), as’ que es posible que su magia sea una epistemolo-g’a que se pueda usar. El problema es que no es completamente traducible, puesto que las condiciones de nuestra lucha y de las otras son muy diferentes. Un ejemplo del no vanguardismo es el Colectivo Situaciones y su relaci—n con y en el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de la localidad de Solano (provincia de Buenos Aires), uno de los grupos piqueteros m‡s radicales de la Argentina. Radical en el sentido de la invenci—n creativa de la sociabilidad no jer‡rquica a travŽs de la oposici—n al capitalismo neoliberal, el encuentrismo, las nuevas formas de la vida cotidiana y la imaginaci—n reflexiva. El Colectivo Situacio-nes es un grupo de investigadores militantes que ha destrozado en sus proyectos la jerarqu’a de las narrativas y est‡ construyendo algo que, en palabras de los zapatistas, ser’a un proceso de inter-pretaci—n a travŽs del saber escuchar. La interpretaci—n, por su-puesto, no es autosuficiente; parece que la investigaci—n militan -

 

 

8.    Los puede visitar o jugar con ellos al escondite durante un tiempo. Sin em-bargo, en las universidades europeas de hoy en d’a, donde est‡ teniendo lu-gar el llamado proceso Bologna, cambiando a las universidades de santuarios acadŽmicos hacia la producci—n para el mercado laboral, la supervivencia de nuestro pensamiento es casi imposible.

 

 

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Adorno y la posvanguardia

 

 

 

te est‡ proporcionando las posibilidades y los tŽrminos concep-tuales para las acciones y las reflexiones de los piqueteros. La teo-r’a es constantemente digerida en la praxis y la praxis, por otro lado, toma sus posibilidades reflexivas de la teor’a.

 

Situaciones pretende ser un proyecto de lectura interna de las lu-chas, una fenomenolog’a (una genealog’a) y no una descripci—n objetiva. Porque s—lo de esta forma el pensamiento asume una funci—n creadora, afirmativa, para dejar de ser una mera repro-ducci—n de lo existente. Y porque s—lo en esa fidelidad con la in - manencia el pensamiento es aporte real, din‡mico, lo cual es to-do lo contrario de la elaboraci—n de un programa o un esquema que encasille y sature las pr‡cticas. (Colectivo Situaciones, 2001, vŽase tambiŽn Khorasanee, 2005)

 

Los amigos de este colectivo me han contado c—mo en las reuniones, que consisten mayoritariamente de obreros desem-pleados y residentes de los barrios suburbanos, se usaban teore-mas en las discusiones para aclarar asuntos de la pr‡ctica cotidia-na. En este mŽtodo no se percibe nada del vanguardismo o el esfuerzo de los intelectuales de los partidos por dirigir a las per-sonas como un reba– o y reformular sus narrativas como metas hist—ricas. Esperemos poder aprender de ellos y que sepamos construir la multiplicidad microl—gica del dialegein para recupe-rar nuestro mundo y nuestra vida. Se podr’a concluir que la for-ma hegeliana de la dialŽctica en su forma m‡s primitiva y degra-dada se encarn — como algo que dise– a la historia desde arriba a travŽs del vanguardismo e incluso la dictadura; sin embargo, re-futar tal vanguardia a travŽs de una abolici—n deleuziana del pen - samiento dialŽctico parece restaurar un posvanguardismo activis-ta. El concepto de la dialŽctica negativa de Adorno, que respeta y preserva las diferencias, podr’a sobrevivir y sernos transmitido (a quienes estamos comprometidos en los movimientos globales) de una manera provechosa, a pesar de su retirada pol’tica de las lu-chas del movimiento del 68.

 

 

 

Referencias bibliogr‡ficas

 

ADO RNO , Theodor W. (1986) DialŽctica negativa. Madrid, Taurus.

ÐÐÐÐÐÐÐ (1976) Terminolog’a filos—fica. Madrid, Taurus.

CALLINICO S, Alex (2003) Un manifiesto anticapitalista. Barcelona, Cr’tica.

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   Darij Zadnikar

 

 

 

CO LECTIVO SITUACIO NES (2001) ÒPr—logoÓ, en Contrapoder, una introduc-ci—n . Buenos Aires, Ediciones de mano en mano.

DELEUZE, Gilles (1988) Diferencia y repetici—n . Madrid, Jœcar.

 

H ARDT, Michael y NEGRI, Antonio (2002) Imperio. Buenos Aires, Paid—s. H O LLO WAY, John (2002) Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revoluci—n hoy. Buenos Aires, Ediciones Herramienta y Universi-

dad Aut—noma de Puebla (MŽxico) .

 

KH O RASANEE, DINA (2005) ÒUpor kot ustvarjanje, nova druzbenost v Ar-gentiniÓ, en Caposis za kritiko znanosti (Liubliana), nœm. 222.

 

MARCO S, Subcomandante (2003a) ÒRespuesta a ETAÓ, en La Jornada (MŽxico), 15/ 01/ 03.

 

ÐÐÐÐÐÐÐ (2003b) ÒChiapas: la treceava estelaÓ, disponible en: www.mar-

gen .org/ desdeelmargen/ num4/ estela.html [consulta: 04/ 03/ 07] .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Autonomismo positivo y negativo*

 

John Holloway

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.    El punto de partida es lo que Mario Tronti escribi— en su art’cu-lo ÒLenin en InglaterraÓ de 1964:

 

TambiŽn nosotros hemos visto, primero, el desarrollo capitalista, despuŽs las luchas obreras. Es preciso transformar radicalmente el problema, cambiar el signo, recomenzar desde el principio, y el principio es la lucha de clases obrera.

 

Esto es el nœcleo del autonomismo u opera’smo y su revoluci—n copernicana de la tradici—n marxista. Es una inversi—n de pers-pectiva comparada con el marxismo ortodoxo que siempre ha puesto en primer lugar el an‡lisis del capital o de la dominaci—n y luego la lucha de la clase trabajadora. Coincido plenamente con esta inversi—n porque, simplemente, empezar desde la domi-naci—n significa encerrarse dentro de las categor’as de la domina-ci—n, y de esta forma la œnica salida posible ser’a a travŽs de una fuerza externa, es decir, de un partido vanguardista. En este sen - tido, me considero parte de la tradici—n autonomista u opera’sta.

 

Sin embargo, hay dos formas diferentes de entender esta in - versi—n: una forma positiva y una negativa. Es sobre esta diferen - ciaci—n y su significado que quisiera aqu’ extenderme.

 

2.    El autonomismo positivo: En esta interpretaci—n, la inversi—n autonomista llega nada m‡s que a la mitad del camino: no hay ninguna revoluci—n conceptual.

 

La clase trabajadora es el punto de partida, pero es entendi-da como sujeto positivo. Hay un movimiento de composici—n -des-composici—n -recomposici—n . La clase trabajadora reemplaza al

 

 

 

*      Una versi—n ligeramente diferente de este texto fue presentada como ponen - cia en el coloquio sobre La autonom’a posible, en la Universidad Aut—noma de la Ciudad de MŽxico, el 25 de octubre de 2006.

 

Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   John Holloway

 

 

 

capital como fuerza motriz del capitalismo. Lucha en contra del ca-pital desde cierta composici—n de clase; el capital responde, tratan - do de descomponer a la clase trabajadora, lo que conduce a una recomposici—n de la clase trabajadora y una nueva ola de lucha, una nueva descomposici—n, etcŽtera. El capitalismo se desarrolla bajo el impulso de las luchas de la clase trabajadora, y la clase tra-bajadora se recompone, a su vez, con cada ola de lucha.

 

Parece que este movimiento disuelve todo lo fijo y, hasta cier-to punto, as’ es. Pero, en realidad, ya que no hay ningœn cuestio-namiento de la positividad de las categor’as, la atenci—n se centra casi exclusivamente en la composici—n de la clase trabajadora. Es-to reproduce dentro de la inversi—n autonomista el concepto identitario de la clase trabajadora que caracteriza el marxismo or-todoxo. As’:

 

¥     El flujo de composici—n -descomposici—n -recomposici—n queda remplazado en la pr‡ctica por un concepto de com-posici—n est‡tico, es decir, por el intento de identificar la composici—n actual de la composici—n de clase, de clasifi-car, de construir paradigmas. As’ van surgiendo una serie de definiciones que van saltando: de f‡brica social a capita-lismo integrado mundial a imperio, por ejemplo, todas congelaciones y exageraciones de tendencias reales. Este enfoque de paradigmas conlleva el rechazo expl’cito a la dialŽctica como mŽtodo te—rico y comporta borrar el anta-gonismo entre teor’a capitalista y teor’a anticapitalista.

 

¥     Hay un deslizamiento en este pensamiento paradigm‡tico desde el Žnfasis en la fuerza de la lucha hacia una caracte-rizaci—n de la fase actual del capitalismo. Es decir, que el punto de partida de Tronti se va olvidando o, m‡s bien, se hace casi una reverencia al impulso inicial autonomista, pero, en realidad, se enfoca en el an‡lisis de la domina-ci—n: uno puede pensar en Hardt y Negri o en Virno como ejemplos.

 

¥     Ya que la conceptualizaci—n del sujeto es positiva, el anta-gonismo polar que da sentido a este sujeto se pierde. La contradicci—n se disuelve en una multiplicidad de diferen - cias, la lucha en contra del capital se diluye en una lucha por una democracia genuina.

 

¥     Ya que la centralidad de la lucha en contra del capital se pierde, la lucha puede muy f‡cilmente reaparecer en la

 

 

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Aut onom ism o posit ivo y negat ivo

 

 

 

forma de una lucha entre diferentes expresiones del capi-talismo: s—lo as’ se puede explicar, por ejemplo, el apoyo que Negri ha expresado por los gobiernos de Kirchner y Lula.

 

 

3.    El autonomismo negativo: Este enfoque empieza desde una in - terpretaci—n mucho m‡s radical de la inversi—n inicial. El punto de partida no es solamente la clase trabajadora en lugar del capi-tal, sino tambiŽn la negatividad en lugar de la positividad.

 

El punto de partida es la lucha de la clase trabajadora y el punto de partida es el n o, el grito. Es decir que el punto de parti-da es la clase trabajadora como negaci—n, no como sujeto positi-vo, sino como sujeto negativo.

 

La clase trabajadora existe como la negaci—n del capital, es decir, como crisis. El Žnfasis no est‡ en la reestructuraci—n del ca-pital (como en el autonomismo positivo), sino en la crisis. La cri-sis no es tanto una afirmaci—n emp’rica, sino una opci—n te—rica. La crisis es el centro del pensamiento porque lo que nos interesa no es la estabilidad del capitalismo, sino su inestabilidad, su fra-gilidad. El marxismo no es una teor’a de la reproducci—n del ca-pitalismo, sino de su crisis.

 

La clase trabajadora es la negaci—n y crisis del capitalismo y, por lo tanto, la negaci—n y crisis de s’ misma. Negar el capital es negar lo que crea el capital, es decir, negar el trabajo abstracto o enajenado. Negar el trabajo abstracto es luchar por la emancipaci—n de lo que est‡ negado de forma cotidiana por el trabajo abstracto, es decir, por la emancipaci—n del hacer œtil o creativo, ese hacer que empu-ja hacia su propia autodeterminaci—n . El hacer es la negaci—n del trabajo abstracto y, por lo tanto, la negaci—n del capital. La lucha de clases no es solamente la lucha del trabajo en contra del capital, sino, a un nivel m‡s profundo, la lucha del hacer en contra del tra-bajo y, en consecuencia, contra el capital (entendiendo por traba-jo, el trabajo abstracto o enajenado) . Y eso quiere decir la lucha en contra de todo el edificio de clasificaci—n que est‡ construido so-bre el trabajo abstracto, es decir, contra la propia clase trabajadora en tanto clase y como trabajadora.

 

El sujeto de la lucha es, por lo tanto, un sujeto anti-identitario. Lo podemos llamar clase trabajadora, pero teniendo presente que es una clase trabajadora anti-clase y anti-trabajadora. O bien, pode-mos llamar al sujeto simplemente nosotros, pero entendiendo noso-tros no como una identidad, sino como una anti-identidad, como

 

 

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Negat ividad y revoluci —n -  Adorno y la pol’t ica ¥   John Holloway

 

 

 

negaci—n, como pregunta abierta. O nos podemos llamar la anti-identidad, el sujeto sin nombre.

 

Como anti-identidad no buscamos definir, sino movernos en contra de toda definici—n . Definimos, pero vamos m‡s all‡ de la definici—n en el mismo aliento. Somos ind’genas, pero somos m‡s que eso. Somos mujeres, pero somos m‡s que eso. Somos gays, pero somos m‡s que eso. Si la negaci—n de la definici—n no se incluye en la definici—n misma, la definici—n se vuelve reaccio-naria. Conceptualizamos porque no podemos pensar sin concep-tos, pero negamos el concepto en el mismo momento porque ca-da concepto es inadecuado, cada concepto se erige como obst‡culo al movimiento y, por lo tanto, a la lucha de clases. To-do concepto contiene, pero no contiene, y nosotros somos la fuerza de aquello que no se deja contener, nosotros somos el des-bordamiento.

 

El movimiento de la anti-identidad abre. El movimiento de la anti-identidad no es simplemente negativo. Es un movimiento que abre hacia otro hacer, es un movimiento en contra-y-m‡s-all‡, un movimiento de negaci—n y creaci—n, un movimiento de crear grietas en el tejido de la dominaci—n, espacios o momentos de creaci—n alternativa: grietas que se van expandiendo y multi-plicando.

 

La anti-identidad ataca las identidades y las abre, buscando el movimiento de la anti-identidad que la identidad contiene y no contiene. Ataca las categor’as de la econom’a pol’tica, las abre para descubrir el antagonismo entre el trabajo abstracto y el ha-cer œtil o creativo que las categor’as contienen y no contienen . Ataca todas las categor’as fetichizadas del pensamiento burguŽs en una cr’tica ad hominem, una cr’tica que busca siempre el hacer humano y su existencia contradictoria como fuente de todo mo-vimiento. Ataca los sustantivos para liberar los verbos que estos sustantivos mantienen encarcelados, congelados. Ataca los relo-jes que contienen y no contienen los ritmos creadores, plenos del hacer, y dispara contra ellos, demostrando que la œnica revo-luci—n es la revoluci—n aqu’ y ahora, que la idea de una revolu-ci—n futura es un sinsentido. Ataca el Estado y lo abre para en - contrar en Žl la lucha del capital para contener el movimiento hacia la autodeterminaci—n, una contenci—n que no logra conte-ner. Abre los llamados gobiernos de izquierda y all’ ve no sola-mente un determinado gobierno de izquierda, sino una lucha entre dos formas de organizaci—n: por un lado, un impulso revo-

 

 

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Aut onom ism o posit ivo y negat ivo

 

 

 

lucionario hacia la creaci—n de comunidades autodeterminantes y, por el otro, el intento de contener este impulso dentro de la forma Estado, una contenci—n que contiene y no contiene. Abre a las masivas manifestaciones populares contra el fraude electo-ral de 2006 en la plaza del Z—calo de la Ciudad de MŽxico y ve no solamente los l’deres, sino tambiŽn las muchas voces discor-dantes de la desesperaci—n .

 

El movimiento de la anti-identidad es, para usar una expre-si—n de Vaneigem, el movimiento de la revoluci—n sin nombre.

 

4.    Dos autonomismos, entonces, uno positivo y el otro negativo. ÀImporta? S’, importa, importa mucho. Importa porque la revo-luci—n es un movimiento en contra-y-m‡s-all‡ del capital, movi-miento del hacer en contra-y-m‡s-all‡ del trabajo abstracto. No hay que definir, no hay que cerrar. El capital es el movimiento de la clausura y la definici—n . El anti-capitalismo es el movimiento opuesto, el movimiento de la apertura en contra de la definici—n . Definici—n y anti-capitalismo son incompatibles. La definici—n de la revoluci—n es la fetichizaci—n de la izquierda, la infiltraci—n del capital dentro del movimiento anticapitalista, el sectarismo. La revoluci—n anti-identitaria es una revoluci—n sin nombre, una re-voluci—n sin definici—n, el florecimiento del hacer creativo en contra de la disciplina del trabajo abstracto.

Preguntando caminamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El esp’ritu del mundo en las alas de un cohete

 

La cr’tica del progreso en Adorno*

 

Michael  Lšwy y Eleni  Varikas

 

 

 

 

 

 

 

La ideolog’a del progreso n acida Ðen su forma modern aÐ con el Ilumin ismo en cuen tra su suprema expresi—n filos—fica en la con - cepci—n de la h istoria de H egel. Cada acon tecimien to era in ter-pretado como un momen to en el camin o de la h uman idad h acia la libertad: cuan do Napole—n h izo su en trada triun fal en su ciu - dad, H egel estaba con ven cido de h aber visto Òel esp’ritu del mun - do [Weltgeist] mon tado a caballoÓ.

 

Es en las an t’podas de este optimismo progresista e iden tifi-cado con la march a con quistadora de la Raz—n domin adora don - de se ubica el pen samien to de Adorn o. Duran te la Segun da Gue-rra Mun dial parodi— la met‡fora h egelian a en un ir—n ico y amargo pasaje de Minima moralia: ÒH e visto el esp’ritu del mun - do, n o a caballo, pero s’ con alas y sin cabezaÓ1 ( Adorn o, 1998:

 

53)  . Segœn Žl, la h istoria del siglo XX es la m‡s dram‡tica refuta-ci—n de la filosof’a de H egel.

 

Adorn o n un ca trat— de forma sistem‡tica o espec’fica la pro-blem‡tica del progreso, a excepci—n de un a con feren cia de 1962. No obstan te, la cr’tica de las ilusion es progresistas atraviesa el con - jun to de su obra. Este elemen to, cen tral en su visi—n de la h isto-ria, con tribuye tambiŽn de forma determin an te a la elaboraci—n de sus ideas sobre el arte, la literatura y la cultura.

 

Es obvio que la cr’tica del progreso n o era algo n ovedoso en la cultura y filosof’a de Europa cen tral. La reflexi—n de Adorn o, cuyas ra’ces se en cuen tran en el con jun to de un a tradici—n polŽ-mica, a men udo acerba, en con tra de la modern idad burguesa,

 

* Un a versi—n de este texto apareci— en la Revue des sciences humaines ( Villen eu - ve dÕAscq, Lille, Fran cia) , n œm . 229, en ero-marzo de 1993. Traducci—n : Syl-vie Bosserelle. Revisi—n : Carlos CuŽllar.

 

1.    ÒJÕai vu lÕesprit du mon de, n on ˆ ch eval, mais sur les ailes dÕune fusŽe.Ó

 

Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       Mi chael  Lšwy y El eni  Vari kas

 

 

 

est‡ ligada a una profunda corriente que atraviesa la historia de la cultura alemana ( y europea) desde finales del siglo XVIII hasta nuestros d’as: el roman ticismo, no en el sentido restrictivo de la es-cuela literaria, sino como concepci—n del mundo [Weltan schau u n g] cimentada en la cr’tica a la civilizaci—n industrial-capitalista moder-na a partir de valores sociales y culturales precapitalistas. Los dos momentos significativos de la evoluci—n de esta corriente son el ro-manticismo cl‡sico a principios del siglo XIX y el n eorroman ticismo que predomina, en particular, en los ‡mbitos universitarios a fina-les de ese mismo siglo. Ambos son la principal fuente de la refle-xi—n adorniana en cuanto al progreso; fuentes obviamente reinter-pretadas y filtradas por una filosof’a que, a pesar de todo, no deja de reclamarse de la herencia del Iluminismo.

 

As’ es como Adorn o recon oce la legitimidad Ðparcial y limita-da, desde luegoÐ de las cr’ticas formuladas por los rom‡n ticos en con tra de la modern idad y del Ilumin ismo: como pura in stru - men talidad, Òcomo pura con strucci—n de medios, el Ilumin ismo es tan destructivo como lo afirman sus en emigos rom‡n ticosÓ

 

(      Adorn o y H orkh eimer, 1969: 58-59) . H asta el roman ticismo m‡s reaccion ario Ðcomo, por ejemplo, la con trarrevoluci—n cat—licaÐ ten ’a raz—n con tra el Ilumin ismo [Au fklŠru n g] liberal al demos-trar c—mo la libertad se tran sformaba en su con trario gracias a la econ om’a de mercado.

 

Aun cuan do Adorn o se demarcaba radicalmen te por su op - ci—n social marxista, en ciertos aspectos, su modern ismo estŽtico y su rechazo a todo tipo de restauraci—n de los privilegios aristo-cr‡ticos del pasado ( Lunn, 1986: 243-245) ten’a rasgos comunes con los mandarines universitarios alemanes de finales del siglo XIX en su elitismo cultural, su h ostilidad a los valores positivistas y uti-litarios de un a sociedad de masas modern a domin ada por la tec-n olog’a y el mercado2.

ÀNo h abr‡ sido esta postura con tradictoria con el progresis-mo marxista? Todo depen de de la in terpretaci—n de los textos de Marx, por cierto, sujetos a tan diversas lecturasÉ La lectura de Adorn o ( 1984a: 172) valora el h ech o que, en su cr’tica al progra-ma de Goth a, Marx rech az— Òla absolutizaci—n de la din ‡mica en la doctrin a del trabajo como œn ica fuen te de la riqueza social; y admiti— la posibilidad de un regreso a la barbarieÓ. Por medio

 

 

2.    Segœn Lun n , Adorn o era un Òman dar’n de izquierdaÓ motivado por un an ti-capitalismo Òaristocr‡tico-socialistaÓ.

 

 

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La cr’t i ca del  progreso en Adorno

 

 

 

de esta in terpretaci—n Ðselectiva, pero n o forzosamen te err—n eaÐ el fil—sofo fran cfortŽs pudo reducir las ten sion es en tre su sin cera y profun da adh esi—n al proyecto marxista de eman cipaci—n social y su simpat’a por las cr’ticas culturales del progreso. Su amigo, Walter Ben jamin , cuyos escritos son , probablemen te, la fuen te m‡s importan te y m‡s directa de su reflexi—n en este campo, le precedi— en esta lectura del marxismo.

 

La gran deza y los l’mites de la cr’tica con servadora o reaccion a-ria del progreso son ilustradas, a los ojos de Adorn o, en los escri-tos de dos autores del siglo XX que Žl examin — deten idamen te: Al-dous H uxley y O swald Spen gler. Tan to en la DialŽctica del Iluminismo como en Minima moralia presen ta a H uxley ( jun to con Jaspers y O rtega y Gasset) como un t’pico ejemplo de cr’tica reac-cionaria de la civilizaci—n , en n ombre de la n ostalgia al pasado y en defen sa de la cultura ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 17, y Ador-n o, 1998: 148-150) . Este an ‡lisis, desarrollado en un a con feren cia de 1942 y retomado en Prismes ( 1986b) , pasa por el cedazo el con - ten ido de la cŽlebre n ovela dist—pica: Un mundo feliz ( H uxley, 1999) . Para Adorn o esta obra expresa el sen timien to de p‡n ico del in telectual con fron tado al ch oque de la maquin aria de la re-laci—n mercan til exclusiva y un iversal. H uxley tien e el mŽrito de rech azar toda con cesi—n con la creen cia in fan til segœn la cual Òlos supuestos excesos de la civilizaci—n tŽcn ica se equilibran por s’ mismos en el con stan te progresoÓ; en su utop’a, las Òobservacio-n es del actual estado de la civilizaci—n son llevadas h asta la evi-den cia de su mon struosidadÓ. Sin embargo, despuŽs de todo, su libro es un fracaso reaccion ario que Òdescon oce la promesa h u - man ista de la civilizaci—n Ó y la dimen si—n positiva ( Òdesde luego, problem‡tica e in suficien teÓ) de la reificaci—n ; puritan o, n o h ace distin ci—n en tre la liberaci—n y la degradaci—n de la sexualidad; cercan o a los Òfilisteos rom‡n ticosÓ, opon e la tŽcn ica a la h uma-n idad, la m‡quin a al h ombre, y con fun de un a Òlimitaci—n de las con dicion es de la producci—n , de la en tron izaci—n , determin ada por el prin cipio del ben eficio del aparato productivoÓ con un a Òpropiedad de las fuerzas productivas tŽcn icas y h uman asÓ. Fin al-men te, se trata de Òun in dividualismo sin reflexi—n Ó, de un ro-man ticismo tard’o y de un a moral nihilista por que Òn o asuma, adem‡s, en la reflexi—n el momen to de un a praxis capaz de re-ven tar el in fame con tin uoÓ ( Adorn o, 1984b: 98-127) .

 

Un o n o puede dejar de pen sar que se trata de un a cr’tica bas-tan te in justa y demasiado parcial para dar cuen ta de la riqueza y

 

 

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fuerza de la n ovela, adem‡s de ser basada en tesis muy pocoÉ adorn ian as: Àcon siderar’a reproch arles a Beckett o a Kafka por n o h aber in tegrado en su reflexi—n la idea de un a praxis tran sfor-madora? En este curioso texto, se en cuen tran pasajes que n os lle-van a pen sar, m‡s bien , en los ataques de un Luk‡cs con tra el n i-hilismo de los escritores modern os que a la estŽtica literaria del fil—sofo de la dialŽctica n egativaÉ

 

Parad —jicamen te, Adorn o es m‡s in dulgen te con O swald Spen gler, el Òsocialista prusian oÓ ( an tes de volverse n acion al-so-cialista) e ide—logo con servador, que con el n ovelista in glŽs. Por cierto, las posicion es de Spen gler se orien tan h acia las clases do-min an tes y su filosof’a de la h istoria legitima el orden existen te:

 

[      S] egœn Comte, h a h ech o del positivismo un a metaf’sica, del so-metimien to al en te h a h ech o un amor fati, del absurdo h a h ech o misterio y de la n egaci—n de la verdad h a h ech o la verdad . [ Sin embargo,] Spen gler debe con tarse en tre aquellos te—ricos de la extrema reacci—n cuya cr’tica al liberalismo h a resultado ser en much os pun tos superior a la cr’tica progresiva del mismo. ( Ador-n o, 1984b: 45)

 

Al mismo tiempo, n un ca tom — en serio las posibilidades pre-sen tes de un a reca’da en la barbarie.

 

No se justifica el olvido en el que cay— el autor de La deca-dencia de Occidente despuŽs de su muerte: ÒSpen gler n o h a en - con trado pr‡cticamen te n in gœn con trin can te a su altura: el olvi-do es un a escapatoriaÓ ( Adorn o, op. cit.: 26) ; si se examin an las cr’ticas h asta 1922, n otamos Òh asta quŽ pun to fracas— el esp’ritu alem‡n an te un con tradictor que parec’a recoger todo el poder h ist—rico del pasado de aquel esp’rituÓ ( op. cit.: 26-27) . La agu - deza in telectual de Spen gler le permiti— adivin ar Òla ambigŸe-dad de la Ilustraci—n en esta Žpoca de domin io un iversalÓ ( op. cit.: 31) . ÒNo men os asombrosas son las profec’as espec’ficasÓ

 

(      op. cit.: 32) de Spen gler: ya sean de arte, de pren sa, de guerra, de econ om’a, el tran scurso de los acon tecimien tosÉ No pode-mos opon Žrn osle en n ombre de la fe en el progreso con tin uo, ÒŽsta se cumple aœn m‡s visiblemen te en la est‡tica de la cultu - raÓ ( op. cit.: 33) : la œn ica posible respuesta al desaf’o espen gle-rian o es la protesta de aquellos que la h istoria desplaza y an iqui-la, protesta desesperada que con stituye Òla sola esperan za de que el destin o y el poder n o ten gan la œltima palabra en el mun - doÓ ( op. cit.: 56) .

 

 

 

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A pesar de todo lo que se pueda pen sar de esta sorpren den te sobrestimaci—n de Spen gler3 ( y, simult‡n eamen te, un a excesiva subestimaci—n de H uxley) , es obvio que Adorn o toma en serio es-te tipo de cr’tica rom‡n tica de las ideolog’as con formistas del progreso Ðsin aceptar en lo absoluto sus premisas an ti-ilumin istas retr—gradas y con servadoras. Su estrategia fren te a esta corrien te in telectual se en cuen tra defin ida en un magn ’fico y esclarecedor pasaje de Minima moralia: ÒDe las tareas que el pen samien to tien e por delan te, n o es la œltima la de pon er todos los argumen tos reaccion arios con tra la cultura occiden tal al servicio de la ilustra-ci—n progresistaÓ ( Adorn o, 1998: 192) . Se puede con siderar toda la filosof’a de la h istoria de Adorn o ( 1984a: 165) y, en particular, su reflexi—n en cuan to al progreso, como un a ten tativa de pon er en march a este programa, que tambiŽn formula en la con feren - cia sobre el progreso en 1962 en la proposici—n siguien te: Òun a teor’a del progreso deber‡ in tegrar todo lo que h ay de pertin en - te en las in vectivas relacion adas con la fe en el progreso como an - t’doto de la misma mitolog’a que lo socavaÓ.

 

Esta estrategia con lleva un a actitud h acia el pasado que se dis-tin gue profun damen te de aquella de los restauracion istas rom‡n - ticos: el objetivo n o es la con servaci—n del pasado, sin o la realiza-ci—n de las esperanzas del pasado. Esto sign ifica que aquello que sobrevive de lo an tiguo, de lo pre-burguŽs n o tien e otro valor que el de ser fermento de lo nuevo ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 7, y Adorn o, 1998: 196) 4.

 

Curiosamente, en su consideraci—n del campo de los cr’ticos rom‡nticos del progreso, Adorno distingue œnicamente la corrien - te reaccionaria, conservadora, contrarrevolucionaria y pareciera no tomar en cuenta que, en ese mismo ‡mbito cultural, existe una sensibilidad rom‡ntica-revolucionaria desde Jean Jacques Rous-seau y William Blake hasta Ernst Bloch y Walter Benjamin . Este he-cho resulta todav’a m‡s sorprendente si se considera que este œlti-mo es Ða pesar de las divergencias que los separanÐ una referencia central en la elaboraci—n de su propia concepci—n del progreso.

 

Es muy probable que, de toda la obra de Benjamin, las Tesis so-bre el concepto de historia (1940) sea el texto que m‡s profundamente

 

 

3.    ÒSu apreciaci—n con troversial y muy matizada de Spen gler y de otras figuras osten siblemen te reaccion arias testimon ian su deseo de salvar lo que queda de v‡lido en un a cr’tica rom‡n tica de la modern izaci—n Ó ( Jay, 1984: 17) .

 

4.    Estas dos ideas son cen trales en los escritos de Ben jamin de los a– os trein ta.

 

 

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influy— en Adorno, en particular la tesis VII en la cual una tempes-tad propulsa a un ‡ngel de la historia hacia el porvenir, alej‡ndolo del para’so; tempestad que provoca desastres y ruinas y cuyo nom-bre es Òel progresoÓ. Casi palabra por palabra encontramos esta ale-gor’a en la DialŽctica del Iluminismo (Adorno y Horkheimer, 1969:

 

213) : ÒEl ‡ngel de la espada flam’gera que ha expulsado a los hom-bres del para’so y los ha puesto en el camino del progreso tŽcnico es, Žl mismo, el s’mbolo de este progresoÓ.

 

En su con feren cia de 1962 sobre el progreso Adorn o ( 1984a:

 

156) se refiere a las tesis de Ben jamin : Òsin duda, el pen samien to m‡s pertin en te sobre la cr’tica de la idea del progreso emitida por aquellos que, de un a man era un poco apresurada, fueron cla-sificados pol’ticamen te en tre los progresistasÓ. Comparte con su amigo el rech azo a con fun dir el progreso de las tŽcn icas y del co-n ocimien to con el progreso de la h uman idad y est‡ con ven cido, como Ben jamin , que, aun secularizado, el momen to de la reden - ci—n est‡ presen te en el autŽn tico progreso. Sin embargo, Ador-n o rech aza por Òteolog’a ah ist—ricaÓ cualquier ten tativa de asimi-laci—n directa en tre los dos momen tos, tal como lo plan te— San Agust’n , Òla reden ci—n y la h istoria n o van la un a sin la otra y n o se con fun den Ó ( Adorn o, op. cit.: 159) .

 

Si Adorn o parece ten er un a actitud m‡s sutil y, a veces, m‡s positiva que su amigo con relaci—n al progreso, su reflexi—n que-da atravesada por un a ten si—n perman en te, es decir, por un re-ch azo a ser categ—rico. Pero, este rech azo forma parte de su pro-pio en foque, fiel a su profun da sospech a en cuan to a la con ceptualizaci—n abstracta, y que rech aza un con cepto totalizan - te del progreso. No h acer de Žste un a categor’a conclusiva o conclui-da releva del Òtabœ dialŽctico sobre los con ceptos fetich esÓ que ca-racterizan el Ilumin ismo [AufklŠrung] cr’tico del mismo y del cual Žl se reclama, a pesar de todo ( Adorn o, op. cit.: 172) .

 

En este sen tido, lo que aparece en sus escritos, m‡s que un a h esitaci—n en tre un a evaluaci—n positiva o n egativa, es un a verda-dera dialŽctica del progreso que, a su vez, se n utre de la dialŽcti-ca del Ilumin ismo. Un a dialŽctica cuyas h uellas se pueden ras-trear en la sospech a que tien e del racion alismo occiden tal en sus escritos de prin cipios de los a– os trein ta (La actualidad de la filoso-f’a). En tre los miembros del estrech o c’rculo de la Escuela de Fran kfurt, el men os con fiado en la din ‡mica progresista de la ra-z—n era, probablemen te, Adorn o, a la man era de Ben jamin ( cf. Buck-Morss, 1981 y Wolin , 1987) . La DialŽctica del Iluminismo que

 

 

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h ace aparecer al progreso con los rasgos de un a domin aci—n pro-gresiva es, seguramen te, el pun to culmin an te de este escepticis-mo. Desde luego, esa obra es el resultado de un a reflexi—n com - partida con H orkh eimer, cuyos escritos posteriores quedaron impregn ados por esta orien taci—n h ist—rico-filos—fica n egativa (DialŽctica del Iluminismo). Pero, este œltimo estuvo men os directa-men te preocupado por las con secuen cias epistemol—gicas de la cr’tica del Ilumin ismo [AufklŠrung]; por lo con trario, a partir de los a– os cuaren ta, Žstas devien en un a con stan te de la reflexi—n adorn ian a. En ese cuadro de preocupacion es se plan tea como ta-rea primordial de la filosof’a la reflexi—n sobre sus propias apo-r’as desarrolladas sobre la idea de un a dialŽctica del progreso.

 

Si la dialŽctica del Iluminismo presupone un punto de vista a la vez interno y cr’tico del Iluminismo [AufklŠrung], tambiŽn la dia-lŽctica del progreso con lleva un pun to de vista cr’tico de la idea del progreso sin elimin arla del h orizon te con ceptual. En ese sen - tido, Adorn o ( op. cit.: 154) in terpreta y retoma para s’ mismo la cr’tica benjaminiana del progresismo socialdem—crata: Òsegœn la imagin aci—n del cacumen socialdem —crata, el progreso era [ É] un progreso de la h uman idad misma ( n o de sus aptitudes y con o-cimien tos) Ó. Segœn Adorn o, este pasaje plan tea un a cierta visi—n del progreso y n o la volun tad de excluir el progreso de la teor’a cr’tica5. ƒsta n o podr’a pasar por alto la n oci—n de progreso por-tadora de la esperan za de Òque las cosas van a mejorar, que algœn d’a los h ombres podr‡n respirarÓ ( Adorn o, op. cit.: 159) . No h ay posibilidad de bien n i de n ada que se le parezca sin progreso. Me-jor dich o, Žste radica en la guerra en con tra del triun fo del mal radical, la resisten cia al con stan te peligro de regresi—n , la posibi-lidad de evitar la cat‡strofe in tegral.

 

Si la con tradicci—n dialŽctica del Ilumin ismo se susten ta en la posici—n Žtica que n o toma como medida el pun to de desarrollo de los con ocimien tos n i su œn ico poten cial de eman cipaci—n h u - man a, pero s’ el grado de cumplimien to de esas promesas de eman cipaci—n , pasa lo mismo que con la dialŽctica del progreso. Es el rech azo de disociar el progreso del con ocimien to y el pro-greso de la h uman idad lo que revela el Òdoble car‡cterÓ de un a

 

 

5.    Segœn Adorn o ( 1984a: 156) el con cepto de progreso en Ben jamin Òen cuen - tra su legitimaci—n en la teor’a de la represen taci—n de la felicidad de las ge-n eracion es aœn n o n acidas Ðsin las cuales n o podr’amos h ablar de progresoÐ se acompa– a, in evitablemen te, de aquella de la reden ci—n Ó.

 

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din‡mica Òque siempre va desarrollando el potencial de la libertad de consumo con la realidad de la opresi—nÓ (Adorno, 1998: 146) .

 

ÒTodo progreso de la civilizaci—n h a ren ovado, jun to con el domin io, tambiŽn la perspectiva de mitigarloÓ ( Adorn o y H ork-h eimer, 1969: 56) .

 

El doble car‡cter del progreso se man ifiesta, en primer lugar, en el desarrollo tecn ol—gico y cien t’fico. Ya sea que se trate de la in troducci—n de la m‡quin a, de la evoluci—n , de los medios de co-mun icaci—n o del per feccion amien to de la divisi—n del trabajo, el progreso n un ca pudo escapar de tran sformarse en regresi—n . La imbricaci—n en tre progreso y regresi—n se vuelve eviden te: Òc—mo se en samblan h oy el progreso y la regresi—n , lo vemos en el con - cepto de las posibilidades tŽcn icasÓ ( Adorn o, 1998: 117) . Si toma-mos el ejemplo de la reproducci—n mec‡n ica, podemos con statar que el progreso de los modos de reproducci—n se h ace a costa de un a producci—n defin ida por las n ecesidades y, por el con trario, coin cide con un a adaptaci—n -avasallamien to real de las n ecesida-des a los procedimien tos mismos. Peor todav’a: cuan do se trata de la producci—n de bien es culturales o materiales, son los proce-dimien tos en s’, desarrollados de forma in depen dien te de lo que reproducen , y n o por su poten cial de satisfacer n ecesidades, lo que les vuelve se– ales del progreso.

 

La modern izaci—n y la racion alizaci—n calculadora, correlati-vas al progreso tŽcn ico, sign ificaron un a pŽrdida, un ocaso, un a degradaci—n respecto a las sociedades premodern as. La tecn ifica-ci—n quit— a los gestos h uman os Òtoda demora, todo cuidado, to-da civilidadÓ ( op. cit.: 37) ; producien do la Òextin ci—n de la espe-ran zaÓ ( ib’d.: 37) y la Òdecaden cia del don Ó ( op. cit.: 219) . En resumen , con el progreso Òen la cultura, lo h uman o, lo m‡s in me-diato, lo que represen ta su ser propio respecto al mun do se h a vuelto extra– o para los h ombresÓ ( op. cit.: 146-147) . El gran arte modern ista, ya sea la obra de Kafka o de Beckett, ofrece un testi-mon io an gustiado sobre el ocaso del sujeto h uman o en la vida modern a. Por eso, para Adorn o, tien e importan cia aquello que sobrevive de los elemen tos precapitalistas que se en cuen tran en Europa, aun en el siglo XX, al con trario de lo que ocurre en la so-ciedad n orteamerican a, totalmen te modernizada. Por ejemplo, en Aleman ia, las in stitucion es culturales y art’sticas como las un iver-sidades, los teatros, los museos quedaron por fuera del mecan is-mo del mercado: Òlos poderes pol’ticos [ É] que h ab’an recibido estas in stitucion es en h eren cia del absolutismo les h ab’an dejado

 

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su parte de aquella in depen den cia respecto a las relacion es, fuer-za expl’cita en el mercado que les h ab’a sido con cedida a pesar de todo h asta fin ales del siglo XIX por los pr’n cipes y se– ores feu - dalesÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 160-161) . Por el con trario, en AmŽrica, las an tin omias del progreso se revelan con toda su parad —jica in h uman idad:

 

[      L] a can dorosa ausen cia de todo esn obismo respecto a lo con tra-rio al h on or Ðen el sen tido feudalÐ de las relacion es de mercado y la democracia del prin cipio adquisitivo con tribuyen a la perpe-tuaci—n del elemen to an tidemocr‡tico por excelen cia, de la in - justicia econ —mica, de la degradaci—n h uman a. A n adie se le ocu - rre pen sar que podr’a h acer algun a cosa n o expresable en valor de cambio. ( Adorn o, 1998: 196)

 

De la misma forma en que la raz—n , desviada de su fin alidad eman cipadora, ren un cia a su cumplimien to, al igual que el pro-greso tecn ol—gico, que es su medio privilegiado, se tran sforma en progreso del poder en cuan to se auton omiza de los fin es a los que, supuestamen te, sirve. En este sen tido, n o es la evoluci—n de la cien cia o de la tecn olog’a que permite la tran sformaci—n de la m‡quin a en mecan ismo de domin aci—n , pero s’ su adaptaci—n al poder. La man ipulaci—n de la con cien cia colectiva por parte de lo que Adorn o llama la in dustria cultural y la utilizaci—n brutal de las tŽcn icas m‡s sofisticadas por la barbarie fascista son dos aspec-tos esen ciales de esta sin iestra in versi—n del progreso cien t’fico.

 

Sin embargo, el doble car‡cter del progreso se– ala n o simple-men te un mal uso de la cien cia, sin o m‡s radicalmen te la existen - cia de un poten cial de desh uman izaci—n en las mismas ra’ces de la empresa cien t’fica. Al h acer remon tar la dialŽctica de la raz—n

 

a      la emergen cia del racion alismo occiden tal, Adorn o y H orkh ei-mer esbozaban un a ten den cia a la domin aci—n progresiva ligada a la articulaci—n de dos aspectos con stitutivos del proyecto cien t’fico: la reducci—n de lo cualitativamen te diferen te a un a iden tidad cuan titativa que en con trar‡ su apogeo en el precepto ÒLa cien cia es medidaÓ [Science is measurement] y en el domin io de la n aturale-za. La man ipulaci—n in strumen tal de la n aturaleza llevaba in exo-rablemen te a la in strumen talizaci—n del h ombre, as’ como la tran sformaci—n del mun do en puro objeto y lleva a la reificaci—n de las relacion es h uman as ( Jay, 1974) . Con dici—n n ecesaria del progreso cien t’fico, la ceguera fren te al dolor y los sufrimien tos que causa el domin io de la n aturaleza se dan vuelta con tra el

 

 

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h ombre como revan ch a de la n aturaleza violen tada. A pesar de su sorpren den te actualidad y, m‡s que un a reflexi—n ecol—gica, este an ‡lisis se refiere, esen cialmen te, a las desastrosas repercusion es de la alien aci—n del h ombre sobre s’ mismo, y n o s—lo de la n atu - raleza sobre la cual ejerce su domin io, sin o tambiŽn de lo que en Žl mismo existe de n aturaleza. Al desmitificar las supersticion es del mun do an imista que otorgaba un alma a las cosas, el progre-so acab— por someterse a un a mitificaci—n todav’a m‡s temible, la de un mun do que tran sforma en cosa el alma del h ombre. Al ol-vidar su an tigua un idad con el mun do n atural, el h ombre moder-n o qued — como embrujado: toda reificaci—n Ðescrib’an Adorn o y H orkh eimerÐ es un olvido.

 

El tema del Òregreso a la n aturalezaÓ n o deja de pen sarse en la reflexi—n de Adorn o en cuan to al progreso, a veces como revan - cha de la naturaleza violentada, a veces como n ecesidad de reconci-liaci—n . En ÒJuliette o Ilumin ismo y moralÓ, el regreso de la naturale-za n o es un a simple regresi—n a un estado an terior a la civilizaci—n y al progreso, sin o un momen to de la civilizaci—n misma: ÒJuliet-te [ É] n o en carn a en tŽrmin os psicol—gicos la libido n o sublima-da n i un a libido en regresi—n , sin el placer in telectual de la regre-si—n , el amor intellectualis diaboli, el gusto de destruir la civilizaci—n con sus mismas armasÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 117) . En el Elipse de la raz—n H orkh eimer ( 1974: 130-131) lo iba a formular di-feren temen te, describien do el fascismo como Òun a s’n tesis sat‡n i-ca de la raz—n y la n aturaleza, como un a recon ciliaci—n de los dos extremos, lo que la filosof’a siempre so– —Ó.

 

Segœn Adorn o, el destin o reservado a las mujeres en la civili-zaci—n modern a tien e el valor paradigm‡tico de la desh uman iza-ci—n que en tra– a esta doble con dici—n previa al progreso: la n ive-laci—n o el rech azo de lo cualitativamen te diferen te y el domin io de la n aturaleza. Llevan do las marcas in delebles de un a diferen - cia in asimilable impuestas por la n aturaleza, la mujer se vuelve objeto predilecto de la domin aci—n ; ella represen ta a la n aturale-za en un a civilizaci—n que se en orgullece de oprimirla y que llega

 

a      ser, en ton ces, Òsubstrato de in fin ita subsun ci—n en la idea, de in - fin ita sumisi—n en la realidadÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 136) . Como sign o m‡s visible de la imposibilidad de auton om’a absoluta del ser h uman o respecto a la n aturaleza ella atrae un odio sin l’mite, cuya violen cia y dimen si—n se revelan en Sade mu - ch o m‡s que toda la ben evolen cia con la cual se en altece el pater-n alismo burguŽs. La domin aci—n de la mujer es emblem‡tica del

 

 

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destin o de los h ombres modern os en un a sociedad gobern ada por la coerci—n y la reificaci—n . Despojada de cualquier acceso al estatuto de in dividuo ella resulta ser, œn icamen te, un ejemplo social de la especie, de la misma forma que los h ombres modern os despo-jados de su in dividualidad se vuelven Òlos represen tan tes de un a especie vueltos todos semejan tes por el aislamien toÓ ( Adorn o y H orkh eimer, op. cit.: 119) .

 

As’, como los pueblos origin arios de las colon ias o los jud’os en tre los arios, su in capacidad de defen derse Òle con fiere un t’tu - lo legal a la opresi—n Ó ( op. cit.: 121) . Por lo mismo, las mujeres re-presen tan un a min or’a aun cuan do son mayoritarias. Ah ora bien , esta impoten cia con jugada a su larga ausen cia del ejercicio del poder con firma, a su vez, su proximidad con la n aturaleza. Pero, esta proximidad, as’ como la naturaleza femenina, en realidad, son el h ech o de la opresi—n . Esto, en la l—gica patriarcal y en Òlo que den tro del sistem‡tico en mascaramien to burguŽs se den omin a, en gen eral, n aturaleza es, simplemen te, la cicatriz que deja la mu - tilaci—n producida por la sociedadÓ ( Adorn o, 1998: 94) . Lejos de ser ligada al instinto, la femin eidad Òcon stituye en todos los casos el ideal por el que cada mujer debe, violen tamen te Ðcon violen - cia masculin aÐ, esforzarseÓ (ib’d.). Dich o de otra forma, Òla mujer, en tan to que ser supuestamen te n atural, es un producto de la h is-toria que la desn aturalizaÓ (op. cit.).

 

Profundamente pesimista, este an‡lisis es el balance de un progreso que, lejos de pacificar lo destructor y malŽfico de la na-turaleza, acerc— las amenazas de una destrucci—n final. En la Dia-lŽctica negativa, Adorno ( 1986a: 318) se– alaba, amargamente, que Òno hay historia universal que gu’e desde el salvaje al [ hombre ci-vilizado] , pero s’ de la honda a la superbombaÓ. De esta sombr’a evaluaci—n surge un desesperado llamamiento a una reconcilia-ci—n nutrida de nostalgia por un lejano pasado en el cual el hom-bre viv’a en armon’a con la naturaleza. Si el momento mimŽtico del arte posee una dimensi—n ut—pica es porque preserva la me-moria de esta armon’a perdida y porque, al mismo tiempo, cons-tituye la prefiguraci—n de una posible restauraci—n de esta condi-ci—n en el porvenir ( Jay, 1984) . El recuerdo de una felicidad m‡s lejana y remota de una Òprehistoria sin dominaci—n y sin discipli-naÓ ( Jay, 1984: 156) atormenta las p‡ginas de la DialŽctica del Ilumi-nismo. Pero, como lo nota, muy a prop—sito, Martin Jay ( 1974: 285-357, y 1984: 64-65) , a pesar del tono profundamente nost‡lgico, no se trata, para Adorno, de un llamamiento a la reconciliaci—n

 

 

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completa con la naturaleza, en el sentido de una identidad total. Aun cuando tal identidad fuera posible, Žsta no ser’a oportuna porque no se trata de someter al hombre a las fuerzas naturales, sino, dentro de lo posible6, conservar viva la memoria de su uni-dad primera con la naturaleza como ant’doto al sortilegio de la reificaci—n . M‡s que la naturaleza en s’, es el recuerdo de la natu-raleza el enemigo de la dominaci—n .

 

Las destruccion es provocadas por el progreso deber’an ser reparables Ògracias a sus propias fuerzas, pero sin jam‡s retroce-der a la situaci—n an teriorÓ ( Adorn o, 1984a: 155) . El rech azo de la ilusi—n retrograda de un regreso al pasado est‡ ligado a un a do-ble preocupaci—n de salvar las promesas y el poten cial eman cipa-dor del progreso y, al mismo tiempo, la memoria de la an tigua in - justicia con tra la cual se h ab’a levan tado. Promesas en cuan to al adven imien to de un mun do mejor, en cuan to a la posibilidad de abolir el h ambre en la tierra, promesas de Òeste elemen to socia-lista del progresoÓ ( Adorn o, op. cit.: 166) que permite a cualquie-ra ejercer algun a fun ci—n in distin ta. Aun la l—gica cuan titativa del in tercambio y del pensamiento identificante ( Adorn o, 1986a: 151) y su corolario, la comparaci—n , en cubr’an como promesa el ideal de un in tercambio libre y justo; es cierto que ese ideal sirvi— de pretexto a la in justicia. TambiŽn es cierto que la comparaci—n , en tan to que categor’a de medida, fue utilizada para reducir lo cua-litativamen te diferen te a un con jun to de determin acion es cuan - tificables, arrojan do en un a alteridad in feriorizan te todo lo que n o se somet’a a sus n ormas cuan titativas. Pero, al mismo tiempo, con stituy— el œn ico terren o que permiti— afirmar con legitimidad la igualdad de todos los seres h uman os m‡s all‡ de su h uman idad comœn . Al volver leg’tima un a comparaci—n de la posici—n social de los oprimidos con la de los opresores, al abrir a los primeros la posibilidad de decir Òn osotros tambiŽn Ó, el prin cipio de la iden tidad demostr— su afin idad subterr‡n ea con la ten den cia an - tiautoritaria de la Raz—n que, como lo subrayaron Adorn o y H orkh eimer, Òn o presta al domin io aquellos servicios que le pres-taron siempre las an tiguas ideolog’asÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 115) . Efectivamen te, el golpe dado a la legitimidad de la domin aci—n es quiz‡s el œn ico progreso logrado en la h istoria, ya que h a n utrido todas las rebelion es con tra la opresi—n y la in jus-

 

 

6.    No se puede evitar por completo el olvido: vŽase la carta del 23 de febrero de

1940 de Adorn o a Walter Ben jamin ( cit. en Jay, 1974: 285-357) .

 

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ticia. Ren un ciar a la comparaci—n , con el pretexto del respeto h a-cia el irreductiblemen te cualitativo, ser’a para Adorn o ( 1986a:

 

150) Òbuscar excusas para recaer en la in justicia an teriorÓ. H oy en d’a, cuan do el Òderech o a la diferen ciaÓ se est‡ en feudan do in - tegralmen te a la ilegalidad, al racismo y la xen ofobia, este llama-mien to en cuen tra su plen o sen tido.

 

Desde el pun to de vista h ist—rico, el balan ce de la dialŽctica del progreso era ampliamen te n egativo, ya que Òmien tras la h is-toria real se h alla con stituida por sufrimien tos reales, que n o dis-min uyen de n in gœn modo en proporci—n al aumen to de los me-dios para abolirlosÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 56) , la realizaci—n de las perspectivas del progreso h uman o perman e-c’an todav’a como poten cialidad o promesa. La lecci—n que ex-trae Adorn o h a sido el rech azo de toda filosof’a positivista de la h istoria que con lleva un a fin alidad, leyes preestablecidas y un a temporalidad lin eal. Si la h istoria est‡ lejos de ser un a progresi—n h acia la libertad y la eman cipaci—n , tampoco pod’a con sider‡rse-la como un descen so escalon ado a los in fiern os. Con ten ’a la po-sibilidad de rupturas que in terrumpen su curso an terior y que se abren sobre algo radicalmen te diferen te. Posibilidad amen azado-ra que experimen t— el fil—sofo de la Escuela de Fran kfurt despuŽs de Dach au y de H irosh ima. Pero esa posibilidad n o exclu’a la irrupci—n del momen to mesi‡n ico tan preciado a su amigo Wal-ter Ben jamin . En esta visi—n de la h istoria el pasado pod’a irrum - pir en cualquier momen to, ya sea como reaparici—n de lo etern a-mente igual ( Adorn o, 1986a: 62) Ðla domin aci—n que n un ca dej— de asediar a la h uman idadÐ o como memoria de las esperan zas mesi‡n icas en un cambio radical ( Jay, 1984: 104) .

 

Cualquiera sea el grado de su pesimismo, Adorn o se obstin a-r‡ en su rech azo a on tologizar n o solamen te el progreso, sin o tambiŽn su debacle. Es eviden te que en el cen tro de su argumen - taci—n dialŽctica se en cuen tra la cr’tica del Ilumin ismo [AufklŠ-rung], pero tambiŽn las repercusion es epistemol—gicas y pol’ticas de esta cr’tica. Esta postura ya se an un ciaba en los a– os trein ta cuan do afirmaba: Òla in terpretaci—n de cualquier realidad dada est‡ ligada a su abolici—n Ó. En la medida que se aleja la esperan - za de un a praxis realmen te tran sformadora, la n ecesidad de un pen samien to que resiste a la realidad existen te se impon e como œn ico recurso. Esta preocupaci—n an ima su rigurosa cr’tica de las filosof’as progresistas y an tiprogresistas de la h istoria: ambas ame-n azan en legitimar el orden existen te al borrar para siempre lo

 

 

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Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       Mi chael  Lšwy y El eni  Vari kas

 

 

 

que en la conciencia de su posible transformaci—n represen ta la utop’a. Las primeras, por n aturalizar lo que existe, todo lo que la human idad h a creado y que al deven ir un h ech o positivo se im - pon e a la con cien cia h uman a como algo cotidian o o in eluctable,

 

a      tal pun to que h asta Òla fan tas’a revolucion aria se avergŸen za de s’ como utopismo y degen era en pasiva con fian za en la ten den cia objetiva de la h istoriaÓ ( Adorn o y H orkh eimer, 1969: 58) . Las se-gun das, al tran sformar Òla desesperaci—n h ist—rica en n orma que h abr‡ que respetar [ É] ya que si h asta la fech a n o h ubo progre-so n o lo podr‡ h aberÓ. Las dos proceden de la misma postura po-sitivista que Òplan tea que lo n o logrado por los h ombres les h a si-do n egado on tol—gicamen teÓ ( Adorn o, 1984a: 158-159, 164-165, y 1977: 129) .

 

Fiel a su mŽtodo fragmen tario, Adorn o n o h izo en sus escri-tos un a cr’tica sistem‡tica del progreso, tampoco un a teor’a de la h istoria que pueda servir de base a tal cr’tica. Por el con trario, al proceder por toques sucesivos, bosquej— un a ten tativa admirable-men te rica y matizada de problematizaci—n dialŽctica de la n oci—n de progreso. M‡s all‡ de los mitos burgueses y de las n ostalgias reac-cion arias, del optimismo in s’pido de los marxistas-positivistas y de la apolog’a mistificadora de los liberales en foca las con tradiccio-n es y an tin omias, los peligros y promesas con ten idas en el progre-so. Trabajado por ten sion es in tern as, su pen samien to n o descan - sa n un ca y n o puede satisfacerse con con clusi—n algun a. Lejos de la melan col’a y el pesimismo, el ton o predomin an te de esta sin - fon ’a in con clusa es el rech azo de sucumbir al can to seductor de las siren as del progreso y de la modern idad .

 

Su reflexi—n tien e como pun to de partida la experien cia h is-t—rica de su gen eraci—n , m‡s precisamen te, la con fron taci—n del in telectual jud’o de Europa cen tral con dos figuras perversas ( por cierto, muy diversas) del progreso en el siglo XX: el fascismo y la civilizaci—n american a. No es un a casualidad que la n ota pe-simista m‡s aguda se en cuen tre en sus escritos del per’odo 1944-1948, DialŽctica del Iluminismo y Minima moralia, redactadas duran - te su exilio en los Estados Un idos y bajo el impacto directo de la Segun da Guerra Mun dial.

 

Pero el con jun to de sus escritos provien en de un a misma pos-tura dialŽctica y un a ten tativa desesperada por salvar la esperan - za de un porven ir eman cipado del c’rculo m‡gico de la fatalidad progresista-regresiva.

 

 

 

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La cr’t i ca del  progreso en Adorno

 

 

 

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Adorno: La c‡rcel conceptual del sujeto, el fetichismo pol’tico y la lucha de clases

 

 

Sergio Tischler Visquerra

 

 

 

 

 

 

I

 

Si el punto de partida te—rico de la cr’tica al capitalismo es la lu-cha de clases, como lo es en nuestro caso, entonces, Àtendr‡ Adorno algo importante que decir al respecto?

 

Nos parece que la cr’tica adorniana al positivismo, a la dialŽc-tica hegeliana, y, en general, a todo el pensamiento identitario es un punto de partida fundamental para pensar en clave no identi-taria la lucha de clases. En ese sentido, la idea adorniana de suje-to negativo, entendido como lucha que no culmina en una s’nte-sis nueva, o totalidad positiva de distinto signo, es un aspecto central de ese proceso te—rico.

 

Para Adorno el concepto central de la dialŽctica de negaci—n de la negaci—n, al encontrarse subordinado a la s’ntesis o a la iden - tidad, es parte de una constelaci—n de poder que prolonga la forma abstracta material y simb—lica de la dominaci—n . En ese sentido, el sujeto negativo, no-identitario, es una cr’tica a la for-ma sintŽtica de producci—n de las categor’as del cambio social, cen tralmen te a la n oci—n de sujeto revolucion ario como figura de totalidad y s’n tesis. Raz—n por la cual, en Adorn o la catego-r’a de particularidad adquiere el rango de principal categor’a cr’tica. Siguiendo su argumentaci—n, en la particularidad se ex-presa el plu s de lo existente frente a lo dominante o sistema, plu s o exceden te engendrado por el antagonismo social.

 

En tal sentido, la particularidad es entendida en su funci—n dialŽctica (negativa) como crisis de la totalidad. El cambio social, visto de esa manera, hace de la particularidad su principal catego-r’a, a diferencia de la dialŽctica positiva Ðcuya cœspide es HegelÐ en donde la totalidad y la s’ntesis son protagonistas principales.

 

Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       Sergi o Ti schl er

 

 

 

Dicho en otros tŽrminos, para Adorno la superaci—n del capi-talismo (el sistema) conlleva la cr’tica del horizonte conceptual de la forma burguesa de la ciencia y la filosof’a. El desmontaje de la forma identitaria del concepto, parte constitutiva de la subjetividad burguesa, es central en Adorno en la cr’tica al fetichismo te—rico. Si bien esto es cierto, para Žste Marx es el gran cr’tico de dicha for-ma y hay en Žl desarrollos te—ricos insuficientes que se pagaron y se continœan pagando al precio de una mala pr‡ctica, y que han per-mitido que la forma burguesa de pensamiento no haya sido radi-calmente superada por el pensamiento marxista y revolucionario.

 

La cr’tica adorniana al absolutismo de la funci—n identificante del concepto es un horizonte que abre las posibilidades para pen - sar c—mo incluso un concepto revolucionario como el de lucha de clases puede llegar a ser prisionero de una forma conceptual mis-tificante. En ese sentido, Adorno permite hacer la distinci—n entre la negatividad, el no, y las figuras espec’ficas de organizaci—n pol’-tica, diferenciaci—n fundamental para pensar en forma abierta la dialŽctica entre organizaci—n y lucha, y no reducir el no a una s’n - tesis organizativa. Asimismo consideramos que Adorno representa una apertura te—rica muy importante que permite una lectura no identitaria de Marx. Como veremos, en el centro de dicha lectura se encuentra el planteamiento te—rico de la crisis de la forma valor, lo cual conlleva un despliegue conceptual a partir del valor de uso y del trabajo vivo como categor’as cr’ticas fundamentales.

 

II

 

Uno de los temas principales de La dialŽctica negativa es la cr’tica a la versi—n hegeliana del marxismo lukacsiano1. Para Luk‡cs (1969) el concepto revolucionario de lucha de clases est‡ ’ntima-mente ligado al de totalidad. El proletariado, desde esa perspec-tiva, es una clase revolucionaria porque es la personificaci—n de una nueva totalidad cuyo fin es superar la totalidad del capital. Este movimiento de transformaci—n estar’a mediado por la con - ciencia de clase. Por tal raz—n, el tema filos—fico de la conciencia de clase, ligado al de la totalidad, se convierte en Luk‡cs en el prin - cipal tema del materialismo hist—rico.

 

 

1.    El marxismo de Luk‡cs forma parte del acontecimiento de la Revoluci—n Ru-sa de 1917. Se puede considerar que sus planteamientos expresan el punto filos—fico m‡s agudo de ese acontecimiento.

 

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Adorno: Suj et o, f et i chi sm o pol ’t i co y l ucha de cl ases

 

 

 

A diferencia de Hegel, para quien la totalidad es un asunto del movimiento real del mundo que el fil—sofo aprehende, Luk‡cs ha-ce coincidir dicha categor’a con la figura del partido y del proleta-riado. De tal manera, el sujeto ya no es la forma burguesa reificada en la figura del esp’ritu absoluto, sino el proletariado. Pero no es el proletariado a secas, como objeto de la explotaci—n capitalista, sino el proletariado redefinido como sujeto por la transformaci—n operada en Žl por la conciencia de clase. Si en Hegel la unidad de sujeto/ objeto se produce en una s’ntesis subjetiva, s’ntesis realiza-da por el sujeto en la forma de esp’ritu absoluto (idealismo objeti-vo), en Luk‡cs dicha unidad ocurre a partir de la superaci—n de la forma burguesa por la intervenci—n del proletariado; el cual, en virtud de sus caracter’sticas objetivas, estar’a en posibilidades de producir una unidad real del desgarramiento del mundo, una ver-dadera identidad entre sujeto y objeto.

 

Se puede plantear que Luk‡cs se propuso realizar una suerte de superaci—n de Hegel reteniendo y preservando el mŽtodo de Žste. La verdadera s’ntesis no es el esp’ritu absoluto, sino el pro-letariado convertido en clase dominante. En dicho sentido, la res-puesta al tema de la totalidad y el sujeto se resuelve en Luk‡cs a partir de la centralidad del proletariado y la conciencia de clase en el proceso hist—rico2.

 

Quiz‡s por esa herencia hegeliana se pueden advertir en Lu-k‡cs dos modos, a veces contradictorios, de pensar la totalidad: por un lado, como categor’a cr’tica y, por el otro, como categor’a positiva. Primero, como categor’a cr’tica, la totalidad es vista por Luk‡cs como conocimiento unitario de una realidad desgarrada

 

 

2.    Habr’a que se– alar, que el tema de la totalidad y de la conciencia de clase se plantea en Luk‡cs en varios planos. En el plano del conocimiento de la rea-lidad, se argumenta que s—lo desde la perspectiva del proletariado (un pro-letariado con conciencia de clase) se puede pensar la totalidad. El concepto de capital como relaci—n social antag—nica, es decir, como totalidad hist—rica es algo que se puede visualizar a partir de la perspectiva del proletariado. En contraste, la burgues’a ser’a una clase ciega en este aspecto, y sus in telectu ales org‡n icos, para emplear un concepto de Gramsci, producir’an la noci—n de una totalidad espiritualizada, es decir, una unidad en el campo del discurso y de la filosof’a. Pero nunca una visi—n de la totalidad como antagonismo que debe ser superado por otra totalidad no antag—nica. Es decir, que la vivencia y la conciencia del antagonismo son centrales para poder abrir el pensamien - to a la totalidad como categor’a cr’tica. En Luk‡cs el aspecto gnoseol—gico es-t‡ inscrito dentro del antagonismo, de tal suerte que nombrar la totalidad co-mo parte del antagonismo es ya un punto de partida cr’tico.

 

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y contradictoria. Este conocimiento, como se plante—, no es asun - to de individuos aislados. Su nœcleo es la conciencia (te—rica) del sujeto social (el proletariado) que enfrenta al capital. La totali-dad, no es, entonces, una categor’a gnoseol—gica desligada de la praxis revolucionaria. Dicho en otros tŽrminos: la totalidad es lu-cha, lucha de clases3.

 

Desde otro lado, al hablar del proletariado como el sujeto que puede pensar la totalidad porque Žl mismo es una suerte de tota-lidad alternativa, Luk‡cs tiende a darle un giro positivo a la cate-gor’a. Como se dijo con anterioridad, cuando Žl habla del prole-tariado como el sujeto no refiere a todo el proletariado (el proletariado emp’rico), sino a una parte que ha asumido la con - ciencia de clase, es decir, al proletariado revolucionario. Asume, no obstante, la tesis de que todo el proletariado tiene las posibili-dades objetivas de transformarse en un proletariado revoluciona-rio. La conciencia revolucionaria es una conciencia posible para todo el proletariado. Sin embargo, en los hechos, s—lo una frac-ci—n del proletariado es la que adquiere la conciencia de clase, y ese proceso exige una mediaci—n fundamental: el partido de cla-se. De tal suerte, que la elaboraci—n del concepto de sujeto va des-liz‡ndose del proletariado en su conjunto a una fracci—n ilumina-da del mismo, a una vanguardia. Esa vanguardia ser’a una suerte de s’ntesis del proletariado. El sujeto, entonces, es entendido en tŽrminos de una nueva s’ntesis: la organizaci—n revolucionaria.

 

Un problema central que se le puede atribuir a dicha argu-mentaci—n es que la s’ntesis pensada de esa manera forma parte de una abstracci—n: la forma pol’tica que se separa y autonomiza para producir una nueva figura de organizaci—n jer‡rquica. Aqu’ la s’ntesis no supera la escisi—n sujeto/ objeto, sino que la prolon - ga como unidad de poder y dominio; una cuesti—n af’n al campo hegeliano del concepto, a su vez dirigida a la producci—n de un sujeto homogŽneo, el cual tiene por nœcleo te—rico una totalidad normativa o abstracta (Jay, 1984: 115) .

 

Sin embargo, lo importante aqu’ es que la teorizaci—n de Lu-k‡cs expresa de manera muy elaborada un modo de organizaci—n conceptual a partir del cual se piensa la lucha de clases. La s’ntesis

 

 

3.    Entre otras cosas, dicho concepto de totalidad era una cr’tica a la dicotom’a t’picamente sociol—gica entre estructura y acci—n del concepto objetivista de lucha de clases, un concepto que reproduc’a la epistemolog’a moderna de la escisi—n sujeto/ objeto.

 

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Adorno: Suj et o, f et i chi sm o pol ’t i co y l ucha de cl ases

 

 

 

es el principal personaje: la clase, el partido, el Estado son figuras de Žsta. Eso quiere decir que la teor’a de la primac’a de pol’tica respecto a lo social, en donde este œltimo aspecto es definido en tŽrminos de subordinaci—n respecto al primero, es parte de ese modo de organizaci—n conceptual, el cual, por otro lado, es cons-titutivo de la teorizaci—n sobre la dialŽctica entre clase y partido en el ÀQuŽ hacer? de Lenin (1981), y en la manera (leninista) de concebir de forma vanguardista la lucha de clases.

 

De esta forma, la cr’tica de Adorno al concepto hegeliano de totalidad es fundamental porque est‡ dirigida contra el modo de organizaci—n conceptual que permite pensar de forma van - guardista el cambio social.

 

III

 

En el pr—logo a la DialŽctica negativa Adorno plantea su programa te—rico como un esfuerzo por liberar la dialŽctica de la primac’a del principio de identidad. ÒYa en la dialŽctica plat—nica el instru-mento l—gico est‡ al servicio de un resultado positivo; la figura de la negaci—n de la negaci—n fue siglos despuŽs un nombre preg-nante de lo mismo.Ó Este texto intenta Òliberar la dialŽctica de una tal naturaleza afirmativa, sin perder lo m‡s m’nimo en preci-si—nÓ (Adorno, 1986: 7) .

 

La dialŽctica negativa presupone la totalidad, pero lejos de ponerla en el centro del conocimiento y de la elaboraci—n de una teor’a revolucionaria del sujeto como en Luk‡cs, hace de lo ne-gado en la totalidad el punto de partida epistemol—gico. Desde este principio, ya no va a ser posible pensar el cambio radical de la sociedad en tŽrminos de una totalidad alternativa plenamente identificada con el sujeto4.

 

Como ya se plante—, uno de los focos de la dialŽctica negativa es la cr’tica a la teor’a lukacsiana del sujeto, montada al final de cuentas en la totalidad hegeliana. Entre otras cosas, dicha cr’tica est‡ dirigida a desmontar la forma de poder y de dominaci—n que encierra y encubre el concepto como expresi—n del principio de identidad. De all’ que Adorno haga de la contradicci—n el princi-pio fundamental de la dialŽctica, en clara oposici—n a la centrali-dad que la categor’a de totalidad tiene para la dialŽctica positiva.

 

 

4.    Adorno cuestion — la posibilidad de una plena identidad entre sujeto y obje-to (cf. Jay, 1984, 1988) .

 

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Ahora bien, la cr’tica adorniana a la centralidad epistŽmica de la totalidad no equivale al aniquilamiento conceptual de la misma. Significa pensar la totalidad en clave negativa, es decir, a partir de su crisis. Dicho en otros tŽrminos, la negaci—n de la negaci—n no se mueve hacia la s’ntesis, hacia una nueva totalidad representa-da por un sujeto abstracto y homogŽneo. Lo nuevo surge de la crisis de la totalidad y tiene sus principales figuras en la particu-laridad y la constelaci—n .

 

Las categor’as de la cr’tica al sistema son, a la vez, las que com-prenden lo particular. Aquello que en el sistema ha llegado leg’-timamente a superar lo singular tiene su lugar fuera del sistema. La mirada que seculariza la metaf’sica es la que al interpretar el fen —meno descubre lo que es, gracias a que percibe en Žl m‡s de lo que meramente es. S—lo una filosof’a en forma de fragmentos realizar’a de verdad las m—nadas que el idealismo dise–— ilusoria-mente. Ser’an im‡genes de la totalidad que, como tal, es irrepre-sentable en lo particular. (Adorno, 1986: 36)

 

Para Adorno la particularidad es la categor’a cr’tica por exce-lencia. Es el excedente al sistema, y dicho excedente puede ser entendido como crisis de la totalidad organizada como sistema5. De tal manera, el centro de la cuesti—n del sujeto en Adorno se desplaza radicalmente a la particularidad, dejando la totalidad positiva como aquello que debe ser superado6. Es decir, la supe-raci—n de la totalidad no conlleva otra totalidad no igual pero si-mŽtrica en su estructura l—gica, sino el despliegue del excedente negado en la totalidad7.

 

 

5.    ÒEl sistema, la forma de exposici—n de una totalidad fuera de la cual ya no hay nada, absolutiza el pensamiento frente a todos sus contenidos y volatili-za el contenido en pensamientos es idealista antes de argumentar a favor del idealismo.Ó (Adorno, 1986: 32)

 

6.    En discusi—n con Karl Popper y sus disc’pulos, Adorno plantear’a: ÒM‡s que una categor’a positiva [affirmative] la totalidad es una categor’a cr’tica. La cr’-tica dialŽctica busca salvar o ayudar a establecer lo que no obedece a la tota-lidad, lo que se le opone, o las formas potenciales de una forma de individua-lizaci—n todav’a no existente [É] El ser humano liberado de ningœn modo debe ser una totalidad.Ó Citado por Jay (1984: 266-267) .

 

7.    Habr’a que decir que en Adorno la totalidad es parte del tema de la identi-dad. Se podr’a argumentar, siguiendo su pensamiento, que la totalidad es identidad porque en su centro se encuentra un nœcleo de poder y de domi-nio que determina la forma de la realidad y la forma del concepto. En parte, por esa raz—n, la totalidad se identifica con el sistema.

 

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Adorno: Suj et o, f et i chi sm o pol ’t i co y l ucha de cl ases

 

 

 

En la argumentaci—n de Luk‡cs la totalidad capitalista es supe-rada por otra totalidad que es el proletariado. La totalidad cambia de una totalidad mala o perversa a otra donde se realiza la unidad sujeto-objeto; de tal manera, el mundo social se libera de la explo-taci—n, la dominaci—n y las formas enajenadas de existencia. En di-cha argumentaci—n, la estructura l—gica permanece sin alteraci—n: se piensa la totalidad en tŽrminos de identidad. En el capitalismo la identidad sujeto-objeto no puede producirse por el antagonis-mo de clase, pero el comunismo es su realizaci—n . La meta que se persigue es la totalidad plena, la plena identidad. El sujeto es pen - sado como totalidad, y mediante figuras de la totalidad: clase, par-tido, Estado. De tal manera, que la liberaci—n del antagonismo de clase ser’a, al mismo tiempo, la producci—n de una s’ntesis identi-taria plasmada en las nuevas figuras de la totalidad.

 

Por el contrario, para Adorno pensar el cambio social radical mediante figuras de totalidad es parte de un proceso de perver-si—n y fetichizaci—n de la idea del cambio revolucionario. Imagi-narlo de esa manera, lleva a identificar totalidad con sistema, es decir, a renunciar a la totalidad como categor’a destinada a disol-verse con la emancipaci—n .

 

De tal suerte, la categor’a de totalidad es cr’tica s—lo si es pen - sada como contradictoria, es decir, a partir de su rebasamiento o excedente, como ya se ha dicho. Se puede plantear, entonces, que la particularidad, vista como crisis de la totalidad, es el esfuer-zo te—rico por pensar el rebasamiento en tŽrminos no identita-rios, o en tŽrminos de anti-sistema. Su utop’a es la abolici—n de la sociedad como reificaci—n que subsume al individuo. Por eso, pa-ra Adorno, una filosof’a del futuro no estar’a amarrada a la tota-lidad y la dialŽctica (Jay, 1984: 267) .

 

La cr’tica adorniana a la totalidad se mueve haciendo visible lo que est‡ negado en la s’ntesis. Y es en este punto donde Ador-no introduce la centralidad del dolor como figura negada en el concepto y por el concepto.

 

Pero ÀquŽ es el dolor? El dolor es un quiŽn: el oprimido y ne-gado por el sistema. El dolor es un nosotros (Holloway, 2007) . Por-que para Adorno (1986: 14): ÒLo que hay de doloroso en la dialŽc-tica es el dolor, elevado a concepto, por la pobreza [del] mundoÓ.

 

En otras palabras, para Adorno el punto de partida es el suje-to negado por la realidad objetiva transformada en sistema, es de-cir, en una Òobjetividad negativa, no el sujeto positivoÓ ( op. cit.: 28) . Dicha Òobjetividad negativaÓ, es decir, objetividad que niega

 

 

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al Òsujeto positivoÓ dicta las pautas de lo universal como dominio y represi—n . Por tal raz—n, la dialŽctica negativa Òdesarrolla la di-ferencia que dicta lo universal entre Žl y lo particularÓ ( op. cit.:

 

15)  . Una diferencia que es contradicci—n y antagonismo, porque la dialŽctica es el Òdesgarr—n entre sujeto y objeto, que se ha abierto paso hasta la concienciaÓ (ib’d). Su objetivo es la reconci-liaci—n por la v’a de la emancipaci—n de lo no idŽntico, es decir, de lo reprimido y subordinado en la totalidad, lo cual Òse– alar’a por primera vez la pluralidad de lo distinto sobre la que la dialŽc-tica ya no tiene poder algunoÓ (ib’d).

 

Es decir, en la dialŽctica negativa el concepto est‡ al servicio de la no-identidad, esto es, del excedente de realidad que des-borda la unidad conseguida a costa de la mutilaci—n que impli-ca la homogeneidad. La particularidad, como categor’a anti identitaria, es el grito de rebeli—n elevado a concepto contra el sistema.

 

Para Adorno, la imposibilidad de la dialŽctica positiva para poder pensar la particularidad8 sin subordinarla a la totalidad tu-vo un efecto hist—rico perverso en las pr‡cticas revolucionarias. Ese efecto tuvo tambiŽn su expresi—n en la imposibilidad de pen - sar autŽnticamente la individualidad como figura cultural. Al res-pecto, es interesante traer a colaci—n c—mo Bajt’n (2003: 45-47), en su cŽlebre ensayo sobre Dostoievsky, establece su teor’a de la novela polif—nica se– alando, acertadamente, la imposibilidad de imaginar la figura cultural de la individualidad a partir de la dia-lŽctica de corte hegeliano.

 

IV

 

Habr’a que se– alar que la cr’tica adorniana a la dialŽctica positiva en particular, y al pensamiento identitario en general, es simult‡-neamente una develaci—n de la constelaci—n burguesa que ese con - cepto encierra9. Por un lado, es una cr’tica a la homogeneidad, co-

 

 

8.    Hegel nunca pudo darle contenido propio a la categor’a de particularidad porque siempre fue subordinada a lo universal (cf. Adorno, 1986: 36) . ÒNo hay que filosofar sobre lo concreto, sino a partir de elloÓ ( op. cit.: 41) . Se po-dr’a decir: no hay que pensar la particularidad, sino a partir de ella.

 

9.    En Benjamin y en Bloch se puede encontrar tambiŽn el esfuerzo te—rico por superar la idea hegeliana del concepto. En el primero, a partir de la cr’tica de una dialŽctica que tiene como presupuesto la temporalidad homogŽnea a la cual opone el tiempo mesi‡nico. En Bloch ( 2004: 26-31) , esta cr’tica es m‡s

 

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mo ya fue planteado; por otro, implica el develamiento de una sub-jetividad impregnada por el miedo de clase. Al respecto, dice:

 

La misma ratio que, en consonancia con el interŽs de la clase bur-guesa, destruy— el orden feudal y su forma de reflexi—n, la onto-log’a escol‡stica, sinti— enseguida angustia ante el caos cuando se encontr— con las ruinas, su propia obra. Esa ratio tiembla ante lo que perdura amenazadoramente por debajo de su ‡mbito de do-minio y crece proporcionalmente con su mismo poder. Este mie-do marc— en sus comienzos la forma de conducta que en conjun - to es constitutiva para el pensamiento burguŽs: neutralizar a toda prisa cualquier paso que conduzca a la emancipaci—n, reafirman - do la necesidad del orden . (Adorno, 1986: 29)

 

El miedo es parte del proceso te—rico que lleva a la autono-mizaci—n del concepto y a la idea de sistema como Òobjetividad aut—nomaÓ (ib’d.). En otras palabras, la Òcosificaci—n del concep-toÓ ( op. cit. 20) es una forma de par‡lisis producida por la natura-leza antag—nica de la sociedad burguesa. Es decir, que el pensa-miento identitario tiene la funci—n de cerrar el antagonismo a travŽs del fetichismo del concepto. En otras palabras, Adorno es-t‡ diciendo que con el pensamiento identitario, con la dialŽctica hegeliana en especial es imposible pensar radicalmente el mun - do: el hegelianismo es parte de una constelaci—n burguesa, de una subjetividad de ese signo.

 

La prolongaci—n de Hegel en una filosof’a de Estado (el ma-terialismo dialŽctico y el materialismo hist—rico), se podr’a decir Ðsiguiendo a AdornoÐ, es parte de una constelaci—n de poder es-pec’fica donde no se ha producido la emancipaci—n humana. El despliegue de un pensamiento identitario es parte de una rela-ci—n social basada en relaciones de dominaci—n y en la jerarqu’a. Usando la terminolog’a de Benjamin, el Ònœcleo temporalÓ10 al

 

 

abierta. Cuando este œltimo plantea que Òpensar es traspasarÓ y que el con - cepto ha sido parte de lo ÒdadoÓ, es decir, de una realidad ya concluida, es-t‡ diciendo que la dialŽctica hegeliana ve hacia el pasado, y que no se pue-de pensar el futuro con ese tipo de concepto.

 

10.  Para Benjamin (2005: 465) el marxismo adolec’a de una teorizaci—n dialŽc-tica sobre la relaci—n entre concepto y tiempo, cuesti—n que era fundamen - tal superar. ÒHay que apartarse decididamente del concepto de Ôverdad atemporalÕ. Sin embargo, la verdad no es Ðcomo afirma el marxismoÐ œnica-mente una funci—n temporal del proceso de conocimiento, sino que est‡ unida a un nœcleo temporal, escondido a la vez tanto en lo conocido como en el conocedor. Tan verdadero es esto, que lo eterno es en todo caso m‡s bien el volado de un vestido que una idea.Ó

 

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que se refiere el concepto es una situaci—n hist—rica donde el pro-yecto de emancipaci—n fall—11. De tal suerte que la producci—n conceptual deriv— en ideolog’a, en una subjetividad del poder.

 

La dialŽctica materialista odiaba de tal modo toda Weltan - schau u n g, que prefiri— aliarse con la ciencia. Pero en su decaden - cia como medio pol’tico de dominaci—n se convirti— ella misma en burda Weltan schau u n g. [É] All’ donde el materialismo ha al-canzado el poder pol’tico, se ha vendido a esa praxis tanto como el mundo que en otro tiempo quiso cambiar. En vez de compren - der y transformar la conciencia, la sigue esclavizando. El terror de las maquinarias estatales se hace fuerte en una instituci—n du-radera bajo la gastada excusa, desde hace cincuenta a– os, de la dictadura de un proletariado al que hace tiempo no se gobierna sino burocr‡ticamente. ( op. cit.: 201, 205)

 

 

Como parte de ese proceso hist—rico, la teor’a se habr’a vuel-to sirvienta de la pr‡ctica, y la gnoseolog’a transformado en una Òteor’a de la reproducci—nÓ12 ( op. cit.: 206) . En otras palabras, se podr’a decir que para Adorno la pr‡ctica no es plana y clara sino contradictoria; necesita de la teor’a como momento de autocr’ti-ca. Lo cual implica la existencia de un sujeto de cambio que no se ha reificado o suspendido en el movimiento de transformaci—n del mundo. Por el contrario, se podr’a decir que la forma Estado, la forma partido, la totalidad ligada a las figuras de la s’ntesis son para Adorno la expresi—n de constelaciones de poder enfrenta-das a la emancipaci—n de la humanidad y al libre despliegue del individuo.

 

 

 

 

11. Se tiene en mente el proceso hist—rico de perversi—n y burocratizaci—n de la Revoluci—n Rusa y el reformismo de la socialdemocracia.

 

12. Esta observaci—n no se le puede hacer a Luk‡cs, cuya teor’a de la totalidad est‡ destinada a la cr’tica del reduccionismo objetivista y del economicismo. En ese sentido, Luk‡cs representa el aporte filos—fico m‡s importante rela-cionado con la Revoluci—n Rusa. Sin embargo, esa cr’tica, que le vali— al fil—sofo hœngaro la censura estalinista, est‡ hecha bajo el embrujo del con - cepto hegeliano. Se podr’a decir que la experiencia rusa no fue lo suficien - temente radical como para producir un material hist—rico sobre el cual ela-borar  una  teor’a  del  sujeto  no  contaminada  con  el  material  filos—fico tradicional existente. Al respecto, vŽase Luk‡cs (2000) , as’ como el postfacio

«`«` ,

de Slavoj Zizek  (2000) .

 

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V

 

Pensar, entonces, la particularidad vista como crisis de la totali-dad nos lleva a la cr’tica que Walter Benjamin hab’a adelantado respecto al marxismo de su Žpoca, la cual ser’a decisiva en la ela-boraci—n adorniana de la particularidad y de la constelaci—n . Por eso nos permitimos una nota al respecto. Segœn Benjamin (1982:128-129):

 

 

Al pensamiento no le pertenece s—lo el movimiento de las ideas, sino tambiŽn la detenci—n de Žstas. Cuando el pensamiento se de-tiene de golpe en una constelaci—n cargada de tensiones, le im-parte un golpe por el cual la constelaci—n se cristaliza en una m—-nada. El materialista hist—rico afronta un objeto hist—rico œnica y solamente cuando Žste se le presenta como m—nada. En dicha es-tructura reconoce el signo de una detenci—n mesi‡nica del acae-cer o, dicho de otra forma, de una chan ce revolucionaria en la lu-cha por el pasado oprimido. La toma para hacer saltar una Žpoca determinada del curso de la historia, as’ como para hacer saltar una determinada vida de la Žpoca o una determinada obra de la obra general. El resultado de su procedimiento reside en que en la obra se halla conservada y suprimida la obra general, en la obra general la Žpoca y en la Žpoca el entero curso de la historia.

 

Desde esta perspectiva, pensar es romper con el concepto de una temporalidad de dominio penetrada por la abstracci—n y la homogeneidad. Esta posibilidad es un atributo, segœn Benjamin, del sujeto revolucionario, que es la clase en lucha. De tal suerte, que el concepto es el golpe que hace surgir lo negado en la tota-lidad homogŽnea y vac’a del tiempo como con tin u u m de domina-ci—n . Por tal raz—n, es necesario, segœn Benjamin, liberar al mar-xismo de la idea de progreso, una representaci—n ligada a dicho tipo de temporalidad (homogŽnea y vac’a) . En ese sentido, la m—nada benjaminiana puede interpretarse como forma concep-tual revolucionaria pues est‡ constituida por tiempo vivido, plen o, en contraposici—n a la categor’a de totalidad. La m—nada de Ben - jamin no es una totalidad que se enfrenta a otra como resultado del movimiento de las contradicciones objetivas de la realidad. Por el contrario, la m—nada expresa la temporalidad de la rebe-li—n, el corte con la temporalidad abstracta de la totalidad. En otras palabras, la m—nada es la clase en lucha como sujeto hete-rogŽneo, mœltiple, que interrumpe, como un rayo, la historia.

 

 

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Porque la clase revolucionaria no es una s’ntesis como la burgues’a, si-no la constelaci—n de luchas contra la s’ntesis del capital.

 

La clase se puede pensar, entonces, como una comunidad de luchas, diversos modos de resistencia colectiva. Esa posici—n va contra la idea de la clase como una forma social homogŽnea y sin - tŽtica. La unidad de la m—nada no es la homogeneidad, sino, se podr’a decir, la comunidad concreta. Entonces, la comunidad con - creta es la irrupci—n del tiempo mesi‡nico en el continuum de la co-munidad abstracta. En dicho sentido, los conceptos de m—nada y constelaci—n son una rebeli—n contra la unidad basada en la pre-servaci—n de la abstracci—n material y conceptual como forma de dominio, es decir, contra el sujeto abstracto: el capital, el Estado, la naci—n, la historia.

 

Ahora bien, ser’a dif’cil, cuando no imposible, encontrar en Adorno un nexo expl’cito entre clase-lucha-constelaci—n como en Benjamin . Sin embargo, la categor’a de particularidad, que, como ya se plante—, es la categor’a cr’tica fundamental de Ador-no, se nutre abundantemente del pensamiento benjaminiano en tanto que forma conceptual de rebeli—n contra la totalidad y la abstracci—n, entendidas Žstas como trama de dominaci—n social.

 

VI

 

Si los planteamientos expuestos se vinculan con el tema de la lu-cha de clases, entonces se podr’a llegar a la conclusi—n de que la lucha de clases ha sido en su forma conceptual dominante, orto-doxa, prisionera del fetichismo de la totalidad, un concepto iden - titario. En todo caso, un concepto insuficientemente elaborado que, por tal, se hizo prisionero de la epistemolog’a dominante: ÒLo que en Hegel y Marx fue insuficiente te—ricamente, se comu-nic— a la praxis hist—ricaÓ (Adorno, 1986: 148) .

 

ÀSe podr‡ pensar, entonces, la lucha de clases en tŽrminos no reificados recurriendo a la categor’a adorniana de particulari-dad? La respuesta no es sencilla, sobre todo si se tiene en cuenta que en Adorno el tema de la explotaci—n pareciera estar ausente, o desdibujado; no es el centro de su reflexi—n cr’tica, en todo ca-so. ƒsa es una de las razones por lo que con el mŽtodo microl—gi-co de Adorno, heredado de Kracauer y Benjamin (Jay, 1988: 79), se puede correr el riesgo de transformar la particularidad en feti-che (Eagleton, 1998: 145) y producir una suerte de deslizamien - to hacia la completa indeterminaci—n del sujeto en la teor’a del

 

 

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cambio revolucionario y de la lucha de clases. Sin embargo, de quedarnos paralizados en ese peligro corremos el riesgo de perder de vista la fuerza revolucionaria del pensamiento de Adorno y ce-rrarnos la posibilidad de pensar la lucha de clases desde la pers-pectiva de la no identidad.

 

ÀC—mo seguir? Nos parece que el camino te—rico recorrido ha llegado a un punto en que es necesario retornar a Marx, pero no como precaria tabla de salvaci—n, sino como posibilidad de su lectura desde la perspectiva de la teor’a cr’tica, en particular de la dialŽctica negativa. Sostenemos que los planteamientos de Ador-no permiten una lectura m‡s profunda y radical de Marx, y que esa posibilidad de interpretaci—n hab’a estado congelada por el modo de organizaci—n conceptual dominante sobre la lucha de clases. Como se ha visto, uno de los grandes mŽritos de Adorno es haber exhibido las limitaciones conceptuales y de clase de di-cho modo de organizaci—n, cuesti—n hasta hoy poco comprendi-da y cuyo resultado ha sido una suerte de interpretaci—n de Marx desde la trama epistŽmica de la forma valor.

 

VII

 

La cr’tica de Marx a la econom’a pol’tica est‡ centrada en el de-velamiento del capital como una relaci—n social determinada, la cual entra– a una forma hist—rica de explotaci—n y relaciones de dominaci—n correspondientes. La explotaci—n y la dominaci—n tienen la caracter’stica de ser impersonales, lo cual implica una forma de poder hist—ricamente espec’fica basada en la racionali-dad funcional y en la abstracci—n material.

 

El capital es una dominaci—n real fundada en dicho tipo de abstracci—n . El nœcleo es el trabajo general o trabajo abstracto: un metabolismo social que transforma la heterogeneidad consti-tutiva de la forma natural del trabajo en unidades homogŽneas de tiempo. De tal suerte, que el capital es una relaci—n social que produce una temporalidad espec’fica y, al mismo tiempo, la racio-nalidad de dicha temporalidad est‡ marcada por la apropiaci—n privada de tiempo general. M‡s que una l—gica de apropiaci—n de cosas, el capital es apropiaci—n de tiempo por medio de co-sas, pues lo que las cosas tienen en comœn en esta forma social es que son el resultado de una actividad humana destilada como tra-bajo general o tiempo homogŽneo. La explotaci—n no es nada m‡s la apropiaci—n de productos arrancados a sus productores.

 

 

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Lo espec’fico de la explotaci—n es que se basa en la organizaci—n del tiempo en funci—n de la apropiaci—n del tiempo: la fuerza de trabajo del trabajador no es un objeto que se apropia el capital, sino un tiempo que le pertenece al capital. Sin embargo, para que el capital pueda apropiarse de ese tiempo Žste se tiene que objetivar en cosas, en productos œtiles. Ahora bien, dichos pro-ductos ya no guardan una relaci—n directa con la forma natural del trabajo, la satisfacci—n de necesidades, sino son como fantas-mas que quieren despojarse de su forma corp—rea porque Žsta no los deja descansar: una verdadera esquizofrenia.

 

La mercanc’a es esa forma social de esquizofrenia. Por un la-do, es un objeto œtil, pero esta caracter’stica se encuentra subor-dinada a una sustancia social radicalmente diferente de su forma corp—rea: el valor o trabajo abstracto. Esa sustancia social, el ca-pital, se mueve con sus propios pies. De tal manera, la riqueza, cu-ya fuente fundamental es el trabajo, se transforma en una reifi-caci—n que adopta la forma de fetichismo. Las cosas se mueven segœn la l—gica aparente de un sistema aut—nomo, precisamente porque lo heterogŽneo de sus cuerpos est‡ dominado por lo ho-mogŽneo de la dichosa sustancia social. Esa sustancia social es una abstracci—n, pero no una abstracci—n l—gica formal, sino la abstracci—n de una l—gica social. De tal suerte que, como vimos anteriormente, la autonomizaci—n del concepto entra– a la l—gica social de la abstracci—n como forma espec’ficamente burguesa de explotaci—n y de dominaci—n, es decir, la abstracci—n como poder social totalizante que se expresa en la figura del sistema. Como lo plantea Stavros Tombazos (cit. en Bensa•d, 2003: 144): ÒEl capital es justamente una organizaci—n conceptual del tiempo. No es ni una cosa, ni una simple relaci—n social, sino una racionalidad vi-va, un concepto activo, la abstracci—n in actu Ó.

 

Por lo expuesto en este trabajo, resulta obvio que el tema de la homogeneidad y de la abstracci—n como l—gica formal y l—gica social es de central importancia en la cr’tica adorniana a la no-ci—n de sistema y de totalidad positiva. Se podr’a decir, que Ador-no centra la cr’tica a la categor’a positiva de totalidad, precisa-mente, develando la naturaleza totalitaria de la racionalizaci—n burguesa del mundo.

 

Sin embargo, encontramos en Marx mucho m‡s claramente el nœcleo de la racionalizaci—n totalitaria del mundo: el trabajo abstracto, la sustancia social que gobierna el mundo, un tipo radi-calmente nuevo y perverso de objetividad, en apariencia aut—no-

 

 

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ma, y que tiene su propia subjetividad: el fetichismo. ƒste es la apariencia de autonom’a de la objetividad, porque dicha aparien - cia no es m‡s que la objetividad reificada en un nosotros negado. En Marx, el nosotros negado se encuentra en la figura del trabajo vi-vo13, del valor de uso14 del trabajador subordinado y enfrentado al metabolismo homogeneizante de la valorizaci—n del capital (cf. Tischler, 2006) .

 

Teniendo en cuenta el aporte de Adorno, se podr’a decir que la reflexi—n de Marx sobre el capital no se suspende en la forma valor, sino que la forma valor es pensada desde su negaci—n . La forma valor es una negaci—n de la forma natural del trabajo, pe-ro, a su vez, el trabajo en esa negaci—n no se transforma en obje-to dominado plenamente. Por el contrario, el trabajo aparece co-mo sujeto contra su reificaci—n en una materialidad objetiva, abstracta y homogŽnea.

 

En este sentido, la teor’a del sujeto en Marx no se deriva de la forma valor, sino es el proceso de su negaci—n . En otras palabras, el sujeto se piensa en tŽrmino de crisis de la forma valor. La lucha de clases, entonces, no es algo que tenga que derivar de una de-terminada objetividad o estructura independientes del sujeto; la lucha de clases est‡ inscrita en la objetividad misma, porque dicha objetividad es lucha de clases. De tal suerte, el sujeto ser’a el reba-samiento de la objetividad como explotaci—n y forma de dominio desde la crisis de la objetividad, la contradicci—n in acto.

 

VIII

 

Se puede decir que en Marx la lucha de clases es teorizada a par-tir de la forma antag—nica que entra– a la relaci—n capitalista. El ca-pital es precisamente el pensamiento m‡s conspicuo del antago-nismo como forma de existencia social. Ciertamente, esto se puede plantear de manera regulacionista: el capital como anta-gonismo abierto y din‡mico en la figura de la reproducci—n . Sin embargo, en Marx el antagonismo es siempre un excedente a la

 

 

13.  La parte central de nuestro argumento comparte mucho con las reflexiones de John Holloway.

 

14.  Desde nuestro punto de vista, se puede decir que el trabajo vivo como capa-cidad general de trabajo se encuentra en la forma capitalista en la forma del valor de uso del trabajo. Lo cual entra– a la contradicci—n capital/ trabajo y la posibilidad de liberar al trabajo vivo de la forma valor de subordinaci—n . Conlleva, entonces, la posibilidad de la forma emancipada del trabajo.

 

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forma capitalista: la figura del sujeto rebelde y del traspasar, pa-ra usar la terminolog’a de Ernst Bloch ( 2004) . El antagonismo como sujeto es siempre apertura de mundo, una apertura que se hace desde la negatividad del sujeto: el n o que existe en todas las acciones de resistencia. Este n o es pensado como nosotros en la medida que la lucha desfetichiza la realidad ( cf. Holloway, 2002) y la sustancia general ( valor) que la domina pierde autonom’a y poder.

 

De tal manera, el movimiento de la lucha de clases es un mo-vimiento contra el poder aut—nomo de la objetividad, contra la forma material abstracta de la dominaci—n que produce una for-ma social concreta, el capital, en cuyo coraz—n est‡ el metabolis-mo del trabajo abstracto. La producci—n de una reificaci—n no objetivada, de un nosotros como sujeto, va en la l’nea de la supe-raci—n de la totalidad como forma de dominio. En dicho sentido, podemos pensar en un concepto de lucha de clases que va en contra de la s’ntesis. Quebrar el trabajo abstracto no es un asun - to de una nueva s’ntesis, sino de la disoluci—n de la s’ntesis como forma de poder. Pensar el concepto a partir de la categor’a cr’ti-ca de valor de uso, supone un movimiento de emancipaci—n que es la construcci—n de un nosotros que pone en crisis la categor’a de homogeneidad, porque es la conciencia de que las figuras de la homogeneidad niegan a la verdadera universalidad fincada en el trabajo emancipado.

 

De tal suerte, la lucha de clases se puede pensar como una lucha contra las abstracciones materiales como formas de domi-nio y poder. La categor’a de valor de uso, de trabajo vivo, permi-te entonces eludir el lastre metaf’sico que ronda las categor’as de particularidad y de constelaci—n . Pero, a su vez, la categor’a de particularidad como crisis de la totalidad permite pensar la lucha de clases en clave antiidentitaria y trabajar el valor de uso como categor’a cr’tica fundamental.

 

Entre otras cosas, la perspectiva expuesta permite pensar en las limitaciones gnoseol—gicas de nuevas formas de pensar la cla-se en el mundo actual, particularmente la categor’a multitud de Hardt y Negri (2004) . Dicha categor’a, claramente, se despliega desde la forma valor. Por eso los autores, aunque reconocen la primac’a del principio de la lucha, termin an por derivar la cate-gor’a de la forma del capitalismo actual. No es la luch a la que va abrien do las formas, sin o la luch a en tendida en tŽrminos de una nueva figura pol’tica positiva. La multitud, en ese sentido, es

 

 

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vista como una suerte de nueva s’ntesis emergente, con los rasgos caracter’sticos de la forma de valorizaci—n actual. En Virno (2003) , a pesar de la categor’a multitud encuentra una argumen - taci—n diferente, tambiŽn se puede encontrar el esfuerzo de deri-varla de la forma del capitalismo posfordista.

 

Un proceso diferente es el que se expresa en el mŽtodo del Òcaminar preguntandoÓ zapatista, un mŽtodo que inaugura una nueva forma de la lucha de clases a travŽs de la potenciaci—n del valor de uso (Tischler, 2006), lo cual se puede apreciar en el nue-vo tipo de acci—n pol’tica que los caracteriza.

 

Una de las cuestiones fundamentales que distinguen al zapa-tismo de cualquier otra organizaci—n revolucionaria es que saben distinguir entre el movimiento de insubordinaci—n y las formas espec’ficas de organizaci—n . Se mueven en la contradicci—n entre el verticalismo propio de una estructura pol’tico-militar y el des-pliegue de una pol’tica de autonom’a de las comunidades ind’ge-nas como forma de lucha contra el capital, as’ como el respeto y potenciaci—n de los diversos modos de organizar la resistencia en los diferentes espacios sociales y geogr‡ficos.

 

Los zapatistas son y quieren ser conscientes de que lo militar debe ser disuelto por la organizaci—n aut—noma de los sujetos en lucha. No promueven una pol’tica de homogenizaci—n y de cen - tralizaci—n de la acci—n pol’tica, es decir, no se proponen ser una s’ntesis. En otras palabras, el zapatismo no reduce el n o de la re-sistencia y de la insubordinaci—n a una figura pol’tica positiva. El n o va m‡s all‡ de esa figura y la estrategia de su captura en una s’ntesis organizativa es algo que conscientemente se rechaza, por-que tal reducci—n es la mutilaci—n del movimiento emancipato-rio: la historia revolucionaria que hay que superar.

 

 

 

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Praxis y constitucionalidad:

Notas sobre Adorno*

 

Werner Bonefeld

 

 

 

 

 

 

 

 

Ellos [los partidarios del materialismo dialŽctico] no cuestiona-ron las ideas de la humanidad, la libertad y la justicia como tales, sino que meramente contradijeron a nuestra sociedad, que afir-ma representar la realizaci—n de estas ideas. Aunque trataron a las ideolog’as como ilusiones, las consideraron ilusiones de la propia verdad. Esto prest— un esplendor reconciliador, si no a las tendencias existentes, al menos a sus tendencias objetivas. Su doc-trina del aumento de los antagonismos sociales y sus declaracio-nes sobre la reca’da potencial en la barbarie apenas se tomaban en serio. Las ideolog’as eran desenmascaradas y presentadas co-mo ocultaciones apologŽticas. Sin embargo, muy pocas veces eran concebidas como poderosos instrumentos que funcionaban con el fin de cambiar la sociedad liberal competitiva en un siste-ma de opresi—n inmediata. La pregunta de c—mo es posible que lo existente sea cambiado precisamente por sus v’ctimas, psicol—-gicamente mutiladas por su impacto, ha sido planteada muy po-cas veces, con la excepci—n de dialŽcticos de la tradici—n hegelia-na, como Georg von Luk‡cs [É] Sobre todo los cr’ticos de tendencias izquierdistas no lograron comprender que las propias ideas en su forma abstracta no son meramente im‡genes de la verdad que se materializar‡ m‡s adelante, sino que tambiŽn es-t‡n enfermas, afligidas por las mismas injusticias bajo las cuales fueron concebidas y atadas al mundo contra el cual se han diri-gido. (Adorno, 1941: 318-319)

 

 

 

 

*      Se present— una versi—n m‡s temprana de este texto en la conferencia ÒLa filosof’a hoyÓ, que tuvo lugar en el Departamento de Filosof’a de la Universi-dad de Creta (Grecia) en noviembre de 2005, en memoria de Kosmas Psycho-pedis. Agradezco a los numerosos participantes por sus comentarios. Quiero dar las gracias, especialmente, a Joe Fracchia, Helmut Reichelt y Stavroula Tsinorema. Son pertinentes los t’picos descargos de responsabilidad. Traduc-ci—n: Anna-Maeve Holloway.

 

Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       Werner Bonef el d

 

 

 

I ntroducci —n

 

Luk‡cs es uno de los marxistas occidentales m‡s estudiados, a pe-sar de su defensa del partido de vanguardia de Lenin como el lu-gar de pr‡ctica revolucionaria. Su concepto de la revoluci—n era anatema para Adorno, quien consideraba que Luk‡cs era cŽlebre por su teor’a de la reificaci—n . Se podr’a sostener, como de hecho hace Fracchia (2005), que la teor’a de la reificaci—n de Luk‡cs proporcion — a Adorno (y a Horkheimer) un programa de inves-tigaci—n que los condujo al descubrimiento de la reificaci—n en cada aspecto de la vida social. Al contrario de Luk‡cs, Adorno no se pregunt— c—mo cambiar el mundo. Su dialŽctica negativa exi-ge la praxis emancipadora, pero se muestra reacia a actuar segœn su propia exigencia. Sin embargo, ÀquŽ es lo que queda del con - cepto de praxis de Luk‡cs en la ausencia de la forma ahora desa-creditada del partido revolucionario? ÀQuŽ pas— con el concepto del partido que siempre sabe lo que es mejor? Sin la presencia del partido de vanguardia, su teor’a de la reificaci—n es, de hecho, simplemente esto: una teor’a de la reificaci—n . Sin embargo, Lu-k‡cs consideraba el partido de vanguardia como el lugar para la conciencia de clase no reificada del proletariado. Adorno (y Horkheimer) no ten’an tiempo para las formas leninistas de or-ganizaci—n de la praxis. Se refugiaron en la teor’a y sostuvieron que era el lugar que conservaba la promesa de un mundo huma-no cuyo momento de realizaci—n hab’a pasado. Luk‡cs (1985) piensa que el trabajador puede luchar efectivamente contra la reificaci—n por medio de la resistencia consciente con el lideraz-go del partido. Considera asimismo que en la forma partido, el al-ma del trabajador escapa a los influjos de la reificaci—n y es capaz de visualizar al enemigo de clase. Para Adorno (2004a), no exis-te posibilidad para tal hu ida:

 

S—lo cuando el proceso que empieza con la metamorfosis de la fuerza de trabajo en una mercanc’a haya impregnado por comple-to a los hombres y haya convertido en objeto a cada uno de sus im-pulsos, como variaciones formalmente conmensurables de las re-laciones de intercambio, es posible que la vida se reproduzca bajo las relaciones de producci—n prevalecientes. Su organizaci—n con - sumada exige la coordinaci—n de personas que est‡n muertas.

 

De este modo, en vez del partido leninista de Luk‡cs que per-sonificaba y manten’a viva la promesa de la trascendencia, Ador-

 

 

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no sostuvo que la reproducci—n social es posible s—lo a condici—n de que los seres vivos hayan sido reemplazados por los muertos, es decir, que cada actividad social es ya la actividad de lo que Marx hab’a llamado las m‡scaras de personajes de cosas objetivas

 

o     personificaciones de categor’as econ —micas. As’, el Ò68Ó equiva-l’a, segœn su opini—n, a nada m‡s que pseu doactividad, una activi-dad que fing’a ser pr‡ctica humana que se opone a las cosas y a sus relaciones constituidas de poder, pero que, de hecho, simple-mente operaba dentro de ellas, alentando el destacamento del potencial de barbarie de la sociedad burguesa (Adorno, 1969b) . Parece sugerir que el mundo reificado s—lo permite actividad rei-ficada y que, por lo tanto, la pr‡ctica humana es, meramente, una pr‡ctica fingida: se enga– a a s’ misma declar‡ndose a favor de la emancipaci—n cuando, en realidad, simplemente, imita y refuer-za aquello a lo que se opone. La noci—n de praxis de Adorno no es realmente praxis, es una noci—n de desesperaci—n, sosten’a que era Òel momento para una praxis que combata a la barbarieÓ (citado en Bšckelmann 1969: 31), s—lo para desesperarse ante el conocimiento de que tal praxis era imposible puesto que Òcual-quier cosa que uno haga es falsaÓ (ib’d.). Al final, Òtodo es lo mis-moÓ (Adorno, 2004b) . Sin embargo, ser’a err—neo decir que no particip— en el Ò68Ó. S’ lo hizo. Cuando los estudiantes ocuparon el Instituto de Investigaci—n Social, Adorno llam— a la polic’a pa-ra que los desalojara por la fuerza.

 

En mi opini—n, el rechazo de parte de Agnoli de la acci—n de Adorno es acertado. Como Žl mismo dijo, Òel Adorno que llam— a la polic’a ya era su sucesorÓ (Agnoli, 1969: 202) . Hans-JŸrgen Krahl (1971) se pronunci— de manera similar. Agnoli y Krahl comparan su dialŽctica negativa con la obra de un topo que cava la tierra ba-jo nuestros pies, preparando de este modo la insurrecci—n en el momento de su retirada forzada. Cuando el tiempo de interpretar el mundo pasa y llega el momento de cambiar el mundo, la filoso-f’a se va. La dialŽctica negativa estaba por delante de sus tiempos y cuando lleg— su momento pr‡ctico, la realidad fue m‡s r‡pida que la cr’tica de Adorno, quien en vez de intentar concretar su dialŽc-tica negativa en tŽrminos de su dimensi—n revolucionaria pr‡ctica, empez— a lamentarse. Segœn Krahl, la dialŽctica negativa de Ador-no es una teor’a de la emancipaci—n sin revisi—n o ritualizaci—n dogm‡tica; se considera pr‡ctica de la manera m‡s enf‡tica. Prime-ro, est‡ el trabajo del topo que hace desaparecer lo que parece fuerte y estable. Y luego est‡ el tema pr‡ctico y el cuestionamiento

 

 

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de la praxis revolucionaria: ÀquŽ significa decir no en la totalidad falsa de la sociedad burguesa?

 

Sobre todo en tiempos amargos, tiene sentido volver la mira-da hacia la dialŽctica negativa de Adorno para ver el topo traba-jar, para apreciar su destrucci—n filos—fica y preguntarse sobre la dimensi—n pr‡ctica de sus esfuerzos. Krahl (1971: 292) tiene ra-z—n en constatar que la conceptualidad [Begrifflichkeit] es uno de los elementos m‡s importantes de la dialŽctica negativa de Ador-no; mejor aœn, es un elemento clave. ÀCu‡l es el concepto del concepto [Begriff]? La secci—n que sigue desarrolla en tŽrminos m‡s amplios algunos aspectos del Òconcepto del conceptoÓ de Adorno; el objetivo no es regurgitar su argumento, sino explicar-lo. La conclusi—n se centra en las consecuencias pr‡cticas: la difi-cultad de decir n o.

 

I

 

En la tradici—n cr’tica, la conceptualidad no significa exponer metateor’as que, por medio de la regresi—n infinita, acaban pare-ciŽndose a la doctrina de la mano invisible, con concepciones de’stas de existencia social. M‡s bien, ubica las bases de la existen - cia de principios invisibles en las relaciones sociales humanas y sostiene que son Žstas las que producen y se pierden en lo invisi-ble, sea en sus formas religiosas o seculares. Adem‡s, no significa la explicaci—n de una cosa mediante la referencia a otra. Este ti-po de pensamiento se mueve de una cosa a otra en un intento por legitimar su tŽrmino por medio de la referencia externa. El Estado se explica con referencia a lo econ —mico y lo econ —mico mediante la referencia al Estado, y viceversa. Del mismo modo, la oferta explica la demanda y la demanda la oferta. Por medio, en - tonces, de una circularidad viciosa, la explicaci—n se vuelve tauto-l—gica. Es m‡s, la conceptualidad no equivale al descubrimiento de leyes naturales como, por ejemplo, la tendencia natural del hombre hacia el trueque, como sosten’a Adam Smith . El que el hombre tenga que comer nada nos dice de su modo de subsisten - cia, ni de las necesidades sociales de un modo de subsistencia.

 

Conceptuar significa traer una cosa a su concepto [die Sache auf den Begriff bringen, der Begriff der Sache]. La conceptualidad tie-ne que ver con el reconocimiento de la realidad y no con el an‡-lisis de conceptos. Se exige de los conceptos que reconozcan la realidad. La conceptuaci—n va m‡s all‡ de la percepci—n inmedia-

 

 

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ta de la realidad para comprender lo que se esconde en su inme-diatez o apariencia. Una apariencia, Àde quŽ es apariencia? Los conceptos pertenecen a la realidad y existen a travŽs de la reali-dad. No llevan una vida propia, desprendida de la realidad. Un concepto sin contenido no tiene realidad y, por lo tanto, es vac’o: es el concepto de ninguna cosa. La conceptualidad, pues, es la manera de volver concreta a la realidad, es nuestra manera de comprender la realidad mediante el pensamiento y la experien - cia. Se centra en la experiencia de la realidad y piensa desde den - tro de la realidad. Los conceptos son, por lo tanto, momentos de una realidad que requiere de su formaci—n . En pocas palabras, el pensamiento conceptual es un asunto cr’tico. Subvierte el sujeto cr’tico denunciando su propia forma enga– osa, segœn la cual su naturaleza reificada es un fen —meno natural o algo autoconstitui-do. Denuncia preguntando Òpor quŽ este contenido (las relacio-nes sociales humanas) cobran esta forma (la forma de capital)Ó (cf. Marx, 2000) . Esto significa tambiŽn que la calidad cr’tica del pensamiento no depende de las respuestas que da, sino de las preguntas que formula.

 

La comprensi—n de las cosas no es lo mismo que su definici—n por medio de la identificaci—n, o su registro en un sistema gober-nado, por ejemplo, por tipos ideales. La comprensi—n conceptual de una cosa significa percibir su momento individual en su cone-xi—n no con otras cosas sino en y a travŽs de ellas. El pensamiento en tŽrminos de la definici—n o la identificaci—n es perfectamente ca-paz de decir a quŽ categor’a pertenece algo, quŽ es lo que ilustra, ejemplifica o representa. Sin embargo, no dice quŽ es. El pensa-miento, segœn Adorno (1969a) es, en esencia, la negaci—n de la in - mediatez de las cosas, de su car‡cter inmediatamente perceptible. La conceptuaci—n, entonces, equivale a la disoluci—n de la aparien - cia inmediata de las cosas para as’ reconocer la cosa en su inmedia-tez ahora pre– ada: una inmediatez mediada [vermittelte Unmittelbar-keit]. La conceptuaci—n disuelve lo que en un principio parec’a duro y s—lido. Cada acto de conceptuaci—n conlleva este esfuerzo. La conceptuaci—n es un acto de rebeld’a contra la inmediatez. No se inclina ante las cosas. Quiere conocer lo que son, y lo que son se encuentra dentro de ellas. No considera que la apariencia inme-diata de las cosas no sea real; tampoco es que niegue el mundo de las apariencias como si no fuera m‡s que un velo que esconde el verdadero ser humano en sus relaciones sociales. M‡s bien recono-ce la realidad tal como es: el hombre en sus relaciones sociales. El

 

 

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que estas relaciones sociales estŽn reificadas no las hace menos hu-manas. La reificaci—n no es algo objetivamente dado. Es un produc-to social. Su inmediatez, entonces, es real, al ser una apariencia co-sificada [gegenstŠndlicher Schein]. La conceptuaci—n es necesaria para descifrar esta ilusi—n, para revelar su gŽnesis social hist—rica o su constituci—n social. En el contexto de la forma constituida de su apariencia, su gŽnesis existe contra s’ misma en el modo de ser ne-gada (cf. Gunn, 2005) .

 

La conceptuaci—n, pues, no significa pensar sobre las cosas. M‡s bien significa pensar fuera de las cosas (cf. Adorno, 1986) . Si se tratara, realmente, de pensar sobre las cosas, la conceptuaci—n se-r’a externa a este tema; el pensamiento ser’a aplicado a algo que se da por supuesto como un hecho. El pensamiento pues, se re-laciona con su mundo como una herramienta que puede ser uti-lizada en relaci—n con la sociedad. Tal pensamiento ser’a un pen - samiento sin concepto [begriffslos]: la cosa o realidad se da por supuesta como algo externo al pensamiento y viceversa. Sin em-bargo, la externalidad es m‡s de lo que parece. El pensamiento que entra en su objeto no reconoce su objeto. Al contrario, abor-da su objeto como una hip—tesis y al hacerlo, lo analiza como un y si. En pocas palabras, al hipotetizar el mundo objetivo se hipo-tetiza a s’ mismo como un derivado de objetos. Este tipo de pen - samiento es capaz de nombrar y ordenar las cosas, pero no las puede reconocer; en su versi—n vulgar, opera como una Žtica si-milar a una caja registradora: indiferente en cuanto a su propia sustancia, ansiosa por calcular.

 

El pensar partiendo de las cosas es preguntarse sobre su cons-tituci—n social. La conceptuaci—n tiene como objetivo descubrir la esencia escondida. En otras palabras, el objetivo es descubrir den - tro de las cosas lo que no son, y de este modo enfrentar lo que afirman ser con lo que realmente son . ÀEs el Òprecio del trabajo [É] algo tan irracional como un logaritmo amarilloÓ (Marx, 2000, vol.

 

III)   o cinco libras esterlinas por hora son un precio justo y equi-tativo por un trabajo? Independientemente de si las cinco libras esterlinas son un precio justo por una hora de trabajo, el pensa-miento anal’tico no trae la cosa a su concepto. Da la cosa por su-puesta y la describe en tŽrminos anal’ticos, pero no la reconoce. ÀPor quŽ la existencia social humana ha adquirido la forma de una mercanc’a? ÀY quŽ leyes de necesidad existen en una socie-dad cuya fuerza de trabajo es algo que se puede vender? ÀCoinci-den los intereses de los vendedores y los compradores de la fuer-

 

 

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za de trabajo? Estas preguntas sugieren que la reificaci—n es, en realidad, s—lo un epifen —meno. ÀQuŽ es lo que est‡ reificado, y la reificaci—n, de quŽ es? La cr’tica de Marx de la religi—n sostie-ne que Dios no necesita de ninguna explicaci—n . Esto no sucede porque Dios no pueda ser explicado, sino porque la explicaci—n de Dios se basa en la comprensi—n de las relaciones sociales que revelan a Dios como una santidad abstracta que controla e intimi-da a las relaciones sociales de las cuales surge. Igualmente, las co-sas reificadas no requieren de una explicaci—n por s’ mismas y de s’ mismas. Su comprensi—n se basa en el entendimiento de las re-laciones sociales que requieren la s’ntesis en formas reificadas. Su existencia reificada es una necesidad; la pregunta, entonces, es: Àpor quŽ la reificaci—n es el modo de la pr‡ctica humana? ÀQuŽ es lo que hace que el modo particular de la pr‡ctica humana exis-ta contra s’ mismo a modo de objeto?

 

El reductio ad hominem que para Adorno (1973) caracteriza el intento cr’tico de la obra de Marx no conlleva el reemplazo del objeto por el sujeto. Equivale a la comprensi—n del objeto como un modo de existir del sujeto. As’ como la existencia de un obje-to sin un sujeto es un sinsentido, ser sujeto sin un objeto no es na-da. La pr‡ctica humana no s—lo constituye el mundo social; tam-biŽn constituye el hombre como un ser social. El hombre es un concepto social, no es un hecho biol—gico ni tampoco la sociedad es el resultado del instinto; el hombre no est‡ hecho por Dios, ni tampoco la sociedad est‡ regulada por un sujeto social total [ge-samtgesellschaftliches Subjekt] que gobierna la reproducci—n social a travŽs de medios invisibles. Para que uno pueda comprender las cosas, debe estar dentro de ellas. De este modo, la noci—n de He-gel del trabajo del concepto [die Arbeit des Begriffs] conlleva una co-nexi—n interna entre el concepto y la cosa, entre la experiencia y la sustancia. El concepto, por supuesto, no trabaja. Nosotros s’ lo hacemos. El trabajo del concepto, pues, significa ser llevado por el pensamiento sin temor a d—nde nos pueda llevar. El trabajo del concepto significa reconocer la vida interior de la naturaleza rei-ficada de la sociedad, participar en sus contradicciones y, de este modo, comprender no s—lo la necesidad de su movimiento, sino tambiŽn su capacidad. ÀQuŽ es lo que pertenece a la conceptuali-dad constituida de, digamos, el Estado? ÀDe quŽ es capaz? ÀQuŽ es lo que se encuentra dentro de este concepto? Revelar la con - ceptualidad constituida de las cosas conlleva el descubrimiento de su vida interna, la comprensi—n de la necesidad de su modo de

 

 

 

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movimiento [Bewegu n gsweise], de la capacidad de su poder [M acht], sus medios y sus objetivos. La conceptuaci—n, pues, signi-fica articular lo que est‡ activo en las cosas, revelar su constituci—n y movimiento contradictorios, y comprender de quŽ son capaces cuando la situaci—n se pone dif’cil. La excepci—n revela la violen - cia que se esconde tras su apariencia civilizada y que sustenta es-ta misma apariencia; la libertad de contrato esconde la coacci—n econ —mica, la libertad esconde la coerci—n que se necesita para separar el trabajo de sus medios, la igualdad establece la desigual-dad en la propiedad en la forma de las relaciones de igual inter-cambio, etcŽtera (cf. Benjamin, 1965) . Sin embargo, esto signifi-ca que la conceptuaci—n Ðel trabajo del conceptoÐ trabaja en contra de su propia tendencia. Su intento cr’tico tiene el objetivo de desmitificar el fetiche. No obstante, conceptuar tambiŽn signi-fica identificar. La identificaci—n no destroza el fetiche; lo reafir-ma. La propia conceptuaci—n, entonces, es contradictoria: tiene que pensar contra s’ misma. Para que la cosa pueda ser tra’da a su concepto [Sache auf den Begriff bringen], el concepto no debe abarcar la cosa [aufgehen in der Sache]. Debe ser m‡s que la cosa y este m‡s tambiŽn tiene que estar dentro de la cosa. Si la cosa y el concepto coincidieran, la ciencia ser’a superflua.

 

 

II

 

Toda vida social es esencialmente pr‡ctica.

 

Esta frase de la octava tesis sobre Feuerbach de Marx engloba el pensamiento. El pensamiento es parte de la vida social y, sin ninguna excepci—n, la vida social es esencialmente pr‡ctica. La tesis continœa: todo misterio que lleva la teor’a al misticismo en - cuentra su explicaci—n racional en la pr‡ctica humana y en la comprensi—n de esta pr‡ctica. La tesis es clara y a la vez muy dif’-cil. La parte f‡cil es que el pensamiento puede desmitificar la rea-lidad y la desmitificaci—n depende de la comprensi—n de la pr‡c-tica humana. El propio pensamiento es considerado pr‡ctico y, por lo tanto, algo que no transciende a la realidad: toda vida so-cial es esencialmente pr‡ctica. Es m‡s, para que el pensamiento sea pensamiento tiene que ver a travŽs de las cosas, revelar su constituci—n en la pr‡ctica humana. De este modo, la pr‡ctica es considerada esencial, y el pensamiento debe traerla a primera plana. El pensamiento, entonces, es una tarea subversiva. Piensa en contra de la apariencia de las cosas, revela su esencia y, al ha-

 

 

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cerlo, las desmitifica. El aspecto dif’cil es Žste: as’ como la reali-dad a travŽs de la cual existe, el pensamiento puede reforzar el misticismo en contra del cual Ðaparentemente y como pensa-mientoÐ opera. Para que el pensamiento sea pensamiento, debe comprender la pr‡ctica humana: su comprensi—n desmitifica. Y aqu’ empiezan las dificultades: ÀquŽ pr‡ctica humana tiene en mente Marx? ÀC—mo puede ser revelada y d—nde se puede encon - trar? La apariencia de la pr‡ctica humana en el mundo tal como lo conocemos no muestra la pr‡ctica humana cuya comprensi—n supuestamente explica, por s’ sola, la apariencia del mundo. Si lo hiciera, no habr’a necesidad para la desmitificaci—n, puesto que la esencia y la apariencia coincidir’an . La tesis de Marx parece su-gerir que la pr‡ctica humana debe ser descubierta por el pensa-miento para que se pueda comprender el misticismo de su pro-pia apariencia en formas que la niegan . En pocas palabras, la comprensi—n de la pr‡ctica humana desmitifica, pero Žsta no es-t‡ inmediatamente dada en su apariencia. ÀQuŽ tipo de pr‡ctica humana debemos comprender para que la desmitificaci—n ocu-rra en un sentido v‡lido? ÀPuede su validez ser probada por me-dio de la verificaci—n experimental, o es que se necesita otro tipo de pru eba? ÀEs v‡lida a condici—n de que sea cierta en la pr‡ctica (cf. Reichelt, 2005)? ÀQuŽ significa que algo sea cierto en la pr‡c-tica? ÀQuŽ pr‡ctica se considera v‡lida?

 

Este problema est‡ abordado satisfactoriamente por Helmut Reichelt (2002: 143) . Comentando la cr’tica de Marx del fetichis-mo Ðlas relaciones humanas aparecen contradictoriamente como relaciones entre cosas, y esta apariencia es verdaderaÐ Reichelt sostiene que, segœn las relaciones de intercambio capitalista, los sujetos se encuentran en el mercado actuando de manera racio-nal para realizar sus intereses racionales, mientras que, de hecho, actœan como autoridades supremas de leyes sociales abstractas que fueron generadas hist—ricamente por ellos mismos, que se si-guen reproduciendo mediante su comportamiento racional y so-bre las cuales no tienen ningœn control. En este contexto, Marx habla del hombre como una personificaci—n de una categor’a econ —mica: una abstracci—n real de una actividad sensual y, por consiguiente, una actividad que desaparece en su abstracci—n: el hombre es gobernado por abstracciones y de ellas recibe lo que en ellas ha invertido.

 

La circunstancia de que el comportamiento racional subjeti-vo subsista mediante un contexto de irracionalidad objetiva, es

 

 

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decir, m‡s all‡ del control de la raz—n humana, a menudo, se to-ma como una afirmaci—n de que la praxis social humana se mue-ve dentro de un marco objetivo de estructuras aparentemente ex-tramundanas. Estas estructuras no son consideradas estructuras de pr‡ctica humana, mejor aœn: formas invertidas [verkehrte] y pervertidas [verrŸ ckte] de pr‡ctica humana. Se plantean, m‡s bien, como el marco objetivo dentro del cual se desenvuelve la ac-ci—n humana. Son sus leyes objetivas de desarrollo las que estruc-turan el comportamiento y las acciones de los grupos sociales (cf. Hirsch y Roth, 1986) . La acci—n humana, por lo tanto, da por su-puestas estas estructuras, existe dentro de ellas y realiza su fuerza objetiva en entornos espec’ficos. Esta opini—n es ampliamente compartida: desde los elogios de Hayek a la l—gica del mercado como el mejor marco posible para la bœsqueda de la autonom’a individual, a la teor’a de Althusser de las consecuencias no inten - cionadas de la lucha de clases y la opini—n de Hirsch de que la lu-cha social se desenvuelve en el seno de un marco objetivo que Žl define como la ley de acumulaci—n capitalista. Si, como sostiene Marx, la clave para la comprensi—n de la existencia social es la compren si—n de la pr‡ctica h uman a, Àpuede Žsta ser un deri-vado de las mismas cosas cuya comprensi—n se considera depen - diente de la comprensi—n de la pr‡ctica humana? En vez de ser desmitificado, el mundo de las cosas ser’a afirmado de cada mane-ra concebible. La idea mitol—gica del destino no se vuelve menos m’tica cuando es convertida Òen una Ôl—gica de cosasÕ secularÓ (Adorno, 1986) .

 

La derivaci—n de la pr‡ctica social humana a partir de estruc-turas sociales presupuestas, es decir hipotŽticas, acepta lo que la tradici—n cr’tica se dispone a subvertir a modo de desmitifica-ci—n: acepta el fetichismo de la mercanc’a como algo que es, a la vez, inmediatamente v‡lido y m‡s all‡ de la comprensi—n; no bus-ca la desmitificaci—n a travŽs de la comprensi—n de la pr‡ctica hu-mana, sino mediante la derivaci—n de la acci—n humana a partir de leyes objetivas. En estricta oposici—n a esta afirmaci—n de las cosas como entidades secularizadas que poseen un poder divino, se plantea la l—gica de las cosas que se deriva a partir de las rela-ciones entre los hombres. El hombre no es revelado ni por Dios ni por las cosas objetivas. M‡s bien, es la pr‡ctica humana la que lo revela. Hipotetizando el mundo constituido de las cosas como una an atom’a ya existente y definida o un marco objetivo de ac-ci—n, el entendimiento de que la sociedad tiene que ver con el

 

 

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hombre es reducida a la noci—n de que los hombres son poco m‡s que un derivado de las cosas (cf. Adorno, 1975: 32) . ÀCu‡l es, entonces, la pr‡ctica humana cuya comprensi—n, segœn Adorno, desmitifica el mundo social? Desde luego, no puede ser la acci—n de categor’as econ —micas y de agentes humanos encargados de ellas; tampoco puede ser la acci—n de un sujeto humano que ope-ra, tal como debe, como una personificaci—n o m‡scara de estas mismas categor’as. La muy celebrada dialŽctica entre estructura y agente no ayuda. Da por supuesto lo que se dispone a explicar. Da por supuesta la pr‡ctica humana en la forma de un agente es-tructural y de esta manera supone la existencia de la explicaci—n dentro de lo que ha de ser explicado. La dialŽctica de estructura y agente da una mala reputaci—n a la dialŽctica. Se mueve en c’rcu-los viciosos, saltando de la estructura al agente y, a la inversa, del agente a la estructura; y en vez de comprender lo que son, cada uno es dado por supuesto en un movimiento tautol—gico del pen - samiento: ninguno de los dos es explicado.

 

La tesis de Marx de que la comprensi—n del mundo de las co-sas requiere la comprensi—n de la pr‡ctica humana da a entender que esta pr‡ctica es constitutiva. Sin embargo, tambiŽn esta for-mulaci—n est‡ plagada de peligros. Desde el principio considera que existe una soluci—n definitiva al problema planteado. Si la pr‡ctica social constituye, Àes primitiva u original [u rsprŸ n glich]? Si constituye, Àpermanece externa a su creaci—n? ÀPuede perma-necer inocente en el mundo pervertido que ha creado? Negri (y Guattari, 1999) dice que el capital es una Òfuerza cautivadoraÓ, cuyo poder es tal que el sujeto constituyente es atrapado y absor-bido por el capital. El sujeto constituyente es, meramente, un su-puesto sujeto. Parece que el verdadero poder no est‡ en el sujeto constituyente sino en el sujeto constituido; mejor aœn, en el suje-to m’tico. Los conceptos, en efecto, llevan una vida peligrosa. Co-mo dice Debord (1976): Òen un mundo que est‡ realmente pues-to del revŽs, la verdad es un momento de falsedadÓ. La verdad, entonces, parece existir en el modo de ser negada, una falsedad existente que, sin embargo, es igualmente real.

 

En los debates convencionales, la relaci—n entre pr‡ctica so-cial y formas capitalistas pervertidas se discute de dos maneras mu-tuamente excluyentes y, a la vez, interdependientes (cf. Bonefeld, 1994-2003) . Sin embargo, el subjetivismo y el objetivismo, el exis-tencialismo y el estructuralismo no son, en efecto, mutuamente excluyentes. No se relacionan en una din‡mica de oposici—n, sino

 

 

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de dependencia. Cada uno depende de su tŽrmino contrastante para lograr la coherencia. Por ejemplo, el marxismo autonomista se basa en la idea de que la explotaci—n es el intento del capital por escapar de Òsu subordinaci—n de facto a la clase de los trabaja-dores-productoresÓ (Tronti, 2001: 244-262) . De esta manera, la su-puesta autonom’a del trabajo, su poder constituyente, es contradi-cha por el capital que aparece como un sujeto por derecho propio, que engatusa el trabajo para que sirva a la causa capitalis-ta (cf. Negri y Guattari, 1999) . En contraste con la adhesi—n auto-nomista al sujeto constituyente que es enga– ado por el capital (!), el estructuralismo se especializa en el an‡lisis de un sujeto objeti-vo. ÒEl capital es el sujetoÓ (Jessop, 1994: 157-178) . Sin embargo, para que este sujeto pueda operar, se requieren portadores huma-nos [TrŠger]. El sujeto portador del capital debe, a la vez, ser el suje-to que lo transformar‡. Sin embargo, para los estructuralistas, se pue-de transformar el capital s—lo reproduciŽndolo, llevando el capital a saltar como una liebre de un modo de regulaci—n a otro; el por-tador human o opera en el sen o de un marco objetivo, cuyos arre-glos concretos (modo de regulaci—n) pueden ser modificados s—lo como manifestaciones concretas de sus metaformas gobernantes. El Òcapital que huyeÓ de Tronti y el Òcapital que saltaÓ de Jessop no son diferentes. El estructuralismo se declara a favor del sujeto-ca-pital y sostiene que su reproducci—n requiere de portadores hu-manos; la postura autonomista se declara a favor del sujeto del tra-bajo, ahora reformulado como la multitud, Áy sostiene que es cautivado por el sujeto-capital! Cada uno depende del otro para que su sujeto escogido pueda ser coherente.

 

III

 

Toda ciencia ser’a superflua si la apariencia externa de las cosas y su esencia coincidieran directamente. (Marx, 2000, vol. III)

 

La apariencia de una cosa puede, por supuesto, no ser lo mismo que su esencia, pero no pueden pertenecer a dos realidades dis-tintas. La esencia y la apariencia s’ coinciden, pero no de manera directa. La apariencia inmediata, o exterior, de la realidad no coin - cide con su esencia. La separaci—n entre sujeto y objeto es verda-dera y aparente [Schein]. La conceptuaci—n, entonces, equivale al proceso de descifrar la esencia de las cosas a partir de su aparien - cia. La esencia debe aparecer. Si no lo hace, no es esencia y, a la

 

 

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inversa, la apariencia debe ser la apariencia de la esencia, de otro modo no es nada. La esencia y la apariencia no pertenecen a dos realidades distintas. Existe s—lo una realidad: una realidad de fal-ta de unidad, de contradicci—n, de fisuras y de antagonismo. La distinci—n entre esencia y apariencia existe dentro de las cosas por medio de una unidad inquieta, irreconciliable y antagonista. Si no hubiera diferenciaci—n, separaci—n, fisuras, contradicciones y an - tagonismo, no har’a falta ninguna noci—n de unidad. Lo que se une en el concepto no es la similitud, sino la diferencia. Lo particu-lar existe mediante lo universal como contradicci—n . Lo universal une a los particulares, pero no los convierte en lo mismo, es decir, el valor plantea la similitud s—lo bajo la condici—n de que tambiŽn plantea los valores de uso. S—lo existe una realidad y esta realidad es de falta de unidad en la forma de la unidad. O sea, la esencia y la apariencia pertenecen a la misma realidad. Su unidad existe co-mo falta de unidad, y Žsta se da en el marco del concepto de uni-dad. De este modo, la realidad no se reconcilia con s’ misma y su concepto no est‡ en paz con s’ mismo. Para que esta realidad pue-da ser concebida conceptualmente el antagonismo debe ser un momento del propio concepto, un concepto desgarrado por la contradicci—n en una batalla antagonista. Precisamente, en el marco de este concepto, en su car‡cter interno e inmanente, a no-coincidencia de esencia y apariencia existe en la forma de la unidad. Esta no-coincidencia ejerce presi—n sobre el concepto, que parece obligado a operar contra s’ mismo. Su inteligibilidad parece depender de algo que no es este mismo y que no parece pertenecer a ello. Es decir, parece depender de algo no-concep-tual. Esto no-conceptual, sin embargo, no es menos real que lo conceptual. De hecho, da a lo conceptual su significado y su rele-vancia, as’ como la apariencia es apariencia s—lo si es la apariencia de la esencia. Sin la esencia, la apariencia no es nada.

 

La esencia y la apariencia forman una Òconexi—n internaÓ (Marx, 2000, vol. I) de tipo antagonista. Es decir, en Òla determi-naci—n simple del valor de cambio y del dinero se encuentra laten - te la ant’tesis entre trabajo asalariado y capitalÓ (Marx, 1986) . El antagonismo no es s—lo una relaci—n de enfrentamiento. TambiŽn es una relaci—n de dependencia mutua, de unidad social. El con - cepto de realidad, pues, est‡ dividido en su interior: la dependen - cia mutua existe como antagonismo y la unidad existe como falta de unidad. Su contenido se da por supuesto en sus formas. ƒstas niegan su sustancia y, sin embargo, contienen en su seno lo que

 

 

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niegan, es decir, la lucha antagonista que amenaza con obligar a la realidad a que se divida, a que vaya m‡s all‡ de s’ misma. Y, no obstante, el concepto no es un concepto de antagonismo, sino de unidad. Es como si su marcha revolucionaria en el mundo estuvie-se forzada a ser subterr‡nea para que el concepto pueda conser-var su aire de normalidad civilizada y respetabilidad burguesa.

 

La distinci—n entre esencia y apariencia existe en la realidad, puesto que se trata de una realidad que es internamente, en s’ misma, dividida en esencia y apariencia. La esencia y la aparien - cia, entonces, no est‡n separadas la una de la otra como si fueran a vivir una vida completamente separada en niveles diferentes de existencia. La noci—n de Hegel de que la esencia tiene que apa-recer no significa que el sujeto humano aparece al afirmarse a s’ mismo contra el mundo de las cosas, como, en palabras de Clar-ke (1992), una lucha de clases que irrumpe desde fuera en la re-laci—n del capital durante per’odos de crisis (cf. Bonefeld, 1995) . Cuando Hegel sostiene que la esencia debe aparecer, quiere de-cir que Žsta carece de la elecci—n de no aparecer. Est‡ obligada a aparecer: es casi como si ella fuera coaccionada a aparecer en su mundo inh —spito. Lo que hace que Žsta sea esencial subsiste en y a travŽs de su apariencia. Su aparici—n, entonces, es al mismo tiempo su desaparici—n . Est‡ obligada a aparecer y la necesidad de su aparici—n hace que su apariencia desaparezca. La ley de la esencia es su desaparici—n, a modo de aparici—n . En el mundo Òencantado y pervertidoÓ del capital (Marx, 2000, vol. III), la esencia aparece en la forma de su negaci—n como Òreificaci—n, re-laci—n reificada, valor de cambio reificadoÓ (’dem, 1986) . La exis-tencia del hombre en el modo de ser negado es tan real como el hecho de que, por el otro lado, no habr’a Ònada sin los individuos y sus espontaneidadesÓ (Adorno, 1986) . La reificaci—n, entonces, Òencuentra su limitaci—n en el hombre reificado [M en sch]Ó (Ador-no, 1975: 25), es decir, la realidad dentro de la cual se mueve el individuo social d’a tras d’a no tiene ningœn car‡cter invariante, algo que exista independientemente del hombre. Cuando Hork-heimer (2000) define la cr’tica de Marx de la econom’a pol’tica como un Òjuicio sobre la existenciaÓ expresa la misma idea funda-mental, a saber, que las relaciones sociales capitalistas vuelven in - visible al ser humano. Sin embargo, por muy invisible que pueda llegar a ser, el mundo de las cosas no tiene una existencia indepen - diente de la pr‡ctica social humana. Es, por completo, un mundo de pr‡ctica humana (cf. Adorno, 1973) y, por lo tanto, un mun -

 

 

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do humano. La realidad en la que se mueve el individuo social d’a tras d’a no tiene un car‡cter invariable, es decir, algo que exis-ta independientemente de ella. Por lo tanto, la cr’tica de la eco-nom’a pol’tica equivale a una praxis conceptuada [begriffene pra-xis] (cf. Schmidt, 1974), o sea a una comprensi—n de la totalidad de la pr‡ctica social humana que constituye y contradice el mun - do del capital.

 

En resumen, la pr‡ctica humana existe en apariencia, Òen el modo de ser negadaÓ (cf. Gunn, 2005) . La conceptualidad de las cosas existe a travŽs de lo que niegan . O sea, Òla esencia existe dentro de lo que se esconde tras la fachada de la inmediatez, de los supuestos hechos, y hace que los hechos sean lo que sonÓ (Adorno, 1986) . Lo que se esconde en los hechos les da su signi-ficado. El car‡cter positivo de los hechos es un enga– o. Oculta lo que son y cuando se ve confrontado con lo que realmente son, su car‡cter positivo se vuelve comprensible y, debido a ello, se di-suelve, pero no sin resistencia. La verdad no hizo da– o a nadie, salvo al mensajero.

 

La apariencia de las cosas oculta su ÒgŽnesisÓ (Adorno, 1973) y vuelve su contenido humano invisible en la forma de un sujeto objetivo. Como un topo que cava bajo nuestros pies, la explica-ci—n de las cosas a modo de cr’tica las trae a la luz. Muestra que reprimen lo que son: pr‡ctica humana en la forma de objeto y, por lo tanto, perversiones constituidas. Descifrar las relaciones de las cosas equivale a determinarlas como Òrelaciones entre huma-nosÓ (Marx, 2000) . Adorno ( et al.: 1973) tuvo raz—n al considerar este reductio ad hominem como el nœcleo esencial de la cr’tica de Marx de la econom’a pol’tica. Comprende las Òformas desconcer-tantesÓ del valor como formas Òasumidas por las relaciones socia-les entre hombre y hombreÓ (Marx, 2000, vol. I) y revela su cons-tituci—n social en el peculiar car‡cter social del trabajo que Òse vuelve productivo s—lo mediante la producci—n de su opuestoÓ, es decir, el capital (Marx, 1986) . En otras palabras, la esencia apare-ce al mismo tiempo que permanece escondida en su apariencia. El sujeto objetivo es el Òsujeto alienadoÓ (cf. Backhaus, 1992) .

 

Descifrar la esencia de las cosas no significa, por lo tanto, que la esencia aparece y la apariencia desaparece. Las formas de la respetabilidad burguesa quedan, peligrosamente, al desnudo. El paso que hay entre la quema de libros y la masacre industrializa-da de millones de personas es muy peque– o. La realidad es lo que es, no por magia, sino por c—mo se constituyen las relaciones

 

 

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sociales. La cr’tica, simplemente, vuelve visible lo que se oculta en las cosas. Comprende la esencia en su apariencia, es decir, co-mo una esencia desaparecida. Adorno capta esta desaparici—n como apariencia cuando sostiene que la esencia [Wesen ] es, ante todo, la travesura [Un wesen ] funesta de un mundo que rebaja a los hom-bres a medios de las abstracciones reales que los gobiernan (cf. Adorno, 1986) . La propuesta impl’cita de que la sociedad se divide en la sociedad humana y el gobierno de las cosas, en mundo de sistema versu s mundo de vida, es un momento del movimien - to interno de la esencia como travesura. La pr‡ctica sensual hu-mana subsiste contra s’ misma en su apariencia pervertida de, di-gamos, la libertad como esclavitud del salario. La apariencia y la esencia difieren en su unidad. En pocas palabras, la esencia debe aparecer y aparece en la forma de ser negada. Estas formas de ne-gaci—n son formas reales y necesarias. Llevar las relaciones de las cosas a sus conceptos significa, por lo tanto, reconocerlas por lo que realmente son: formas de praxis humana constituida, una pr‡ctica alienada y, de all’, una pr‡ctica que es realmente ajena: la cosa se convierte en sujeto para la persona y la persona se con - vierte en objeto para la cosa.

 

Los conceptos son abstracciones, abstracciones reales. Sin em-bargo, no son abstracciones de fen —menos o cosas. Tal abstracci—n da por supuesta la cosa y se abstrae de ella para Òdescubrir, me-diante el an‡lisis, al nœcleo terrenal de las creaciones nebulosas de la religi—nÓ (Marx, 2000, vol. I) . Al contrario, las abstracciones rea-les son abstracciones determinadas. Son abstracciones en y a tra-vŽs de fen —menos, es decir, abstracciones que Òdesarrollan, a partir de las relaciones reales de la vida, las formas celestiales co-rrespondientes de estas relacionesÓ (op. cit.). Las abstracciones de-terminadas no son herramientas anal’ticas, son abstracciones exis-tentes y activas. La Òexistencia-en -la-pr‡ctica (por muy alienada que pueda ser la pr‡ctica) es el criterio con el que debe cumplir la abstracci—n determinadaÓ (Gunn, 2005: 126) . Es decir, la abs-tracci—n es algo s—lo si es una abstracci—n determinada. En resu-men, el mundo de las cosas se realiza a espaldas de los individuos y, sin embargo, es obra de ellos.

 

El significado de ser objeto excluye la posibilidad de que pueda tambiŽn ser un sujeto. Sin embargo, ser objeto forma par-te del significado de ser sujeto. La subjetividad puede tomar la for-ma del objeto. La apariencia [Schein] Òes el encantamiento del sujeto en su propio mundoÓ (Adorno, 1969b: 159) . La circunstan -

 

 

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cia de que la reificaci—n del sujeto exista como alienaci—n no sig-nifica, por lo tanto, que existe una l—gica que todav’a no se ha des-cubierto o, de hecho, no se puede descubrir, que se encuentra so-lamente dentro de la propia cosa. El objeto puede ser objeto s—lo si es un objeto socialmente determinado ( op. cit.: 157) . La coope-raci—n humana existe en forma invertida, en la forma de las rela-ciones del intercambio capitalista. El mundo irracional es un mundo racional. La raz—n existe de forma irracional, es decir, en el modo de ser negada. La irracionalidad no es una funci—n ma-ligna de la cognici—n . Existe dentro de la realidad. Pero la esencia de la realidad es el propio hombre. El hombre no es algo abstrac-to. El hombre es todos nosotros: la sociedad, y esto no s—lo inclu-ye las formas pervertidas de existencia a travŽs de las cuales existe el hombre en el modo de ser negado; tambiŽn incluye la creaci—n del hombre como un ser social a travŽs de la pr‡ctica humana.

 

IV

 

La desaparici—n del sujeto en la forma de su apariencia significa que es imposible reducir el mundo a puntos de vista subjetivos e inamovibles: el ser en s’. ÒLa separaci—n del en -s’ y del para-s’, de la sustancia y del sujeto, constituye un misticismo abstractoÓ (Marx, 1981: 265) . El sujeto existe como reificaci—n [VergegenstŠndli-chung]. El hombre es un ser social y, por lo tanto, un ser como rei-ficaci—n . El hombre es siempre un hombre objetivado. La cues-ti—n que la reificaci—n y la alienaci—n, o incluso el fetichismo, traen a primera plana no es la reificaci—n, sino su modo alienado o reificado. Por lo tanto, la inmediatez del mundo objetivo no es realmente una inmediatez de cosas. Es la inmediatez de las cosas a modo de una apariencia cosificada: la reificaci—n del sujeto existe en forma invertida, en la forma de un mundo objetivo que aparece como una relaci—n entre cosas. La inmediatez del mun - do objetivo, entonces, contiene m‡s de lo que parece a primera vista. Es decir, la inmediatez aparente del mundo objetivo ya es, de hecho, siempre un todo mediado [vermitteltes Ganzes]. La me-diaci—n no conlleva una relaci—n externa entre sujeto y objeto; la mediaci—n no es el punto de colisi—n entre sujeto y objeto. Tam-poco es el punto medio entre dos extremos, ni un punto de re-conciliaci—n entre sujeto y objeto. La mediaci—n significa media-ci—n de sujeto y objeto en su movimiento inverso, donde cada uno existe como el otro, donde cada uno es idŽntico al otro y

 

 

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donde la identidad existe s—lo contra s’ misma, como contradic-ci—n y falta de unidad, es decir, como no-identidad. Cada catego-r’a es, a la vez, una categor’a negada. La mediaci—n, por lo tanto, significa que el mundo de las cosas es el modo de existencia del sujeto, que existe en la forma de cosas en el modo de ser negado. Hay, entonces, un cambio continuo de forma entre objeto y suje-to, donde ambos son formas in vertidas de una realidad social que vuelve in visible al hombre en sus relaciones sociales. La mediaci—n equivale a una unidad de conceptualidad y no-conceptualidad. La Òforma absurda y disparatadaÓ [verrŸ ckte] del valor (Marx, 2000, vol. I) presenta, en otras palabras, el modo de existencia de la actividad decididamente humana en la forma de relaciones im-personales, incluido el trabajo asalariado y el capital. El capital encuentra su conceptualidad en el trabajo y en la negaci—n de ese trabajo. Se constituye a s’ mismo como la expansi—n incesante de la riqueza s—lo a condici—n de mantener su relaci—n con el traba-jo, al mismo tiempo que va m‡s all‡ del trabajo: es el movimien - to de la constituci—n inquietante como abolici—n . En el concepto del capital como valor que se autovalora se oculta la conceptuali-dad del trabajo social. La necesidad de su afirmaci—n como des-trucci—n Ða la que Marx se refiere, a veces, como la dialŽctica en - tre las fuerzas y las relaciones de producci—nÐ pertenece a la existencia constituida del trabajo social en la forma del capital. El trabajo social es m‡s que su forma capitalista de existencia y es por ello que la destrucci—n es inherente a su forma social. Lo no-conceptual rompe los l’mites de su forma constituida. Su conten - ci—n dentro de los l’mites de su conceptualidad constituida plan - tea la cat‡strofe como un medio de reproducci—n continua.

 

El capital no libra batallas. El hombre s’ lo hace. A la vez, la exis-tencia pervertida del hombre en la forma de relaciones sociales con stituidas de man era capitalista plan tea la n ecesidad de la destrucci—n como un medio para su reproducci—n . La destruc-ci—n es la pesadilla con stituida del modo capitalista de repro-ducci—n social:

 

La sociedad se ve retrotra’da repentinamente a un estado de bar-barie moment‡nea; dir’ase que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmada, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio est‡n a punto de perecer. ÀY to-do por quŽ? Porque la sociedad posee demasiada civilizaci—n, de-masiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomen -

 

 

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tar el rŽgimen burguŽs de la propiedad; son ya demasiado pode-rosas para servir a este rŽgimen, que embaraza su desarrollo. Y tan pronto como logran vencer este obst‡culo, siembran el de-sorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el rŽ-gimen burguŽs de la propiedad. Las condiciones sociales burgue-sas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ÀC—mo se sobrepone a las crisis la burgues’a? De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquist‡ndose nuevos mercados, a la par que procurando explotar m‡s concienzudamente los mercados antiguos. Es decir, que remedia unas crisis preparando otras m‡s extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas. (Marx y Engels, 2003: 33)

 

Este comentario sobre la globalizaci—n de Marx a sus 27 a– os de edad no es una brillante anticipaci—n que, al final, result— ser demasiado optimista. M‡s bien, conceptœa el sujeto cr’tico y, al hacerlo, muestra lo que se encuentra dentro de ello. Lo que se encuentra dentro del concepto son sus necesidades determina-das. ƒstas pertenecen al sujeto cr’tico y constituyen su conceptua-lidad, por muy dependientes que puedan ser las circunstancias concretas de su manifestaci—n . La creaci—n como destrucci—n es una necesidad v‡lida de las relaciones sociales capitalistas, perte-nece a su conceptualidad. ÒLa conceptualidad expresa el hecho de que, independientemente de cu‡nta culpa se pueda atribuir a la contribuci—n del sujeto, el mundo concebido no es de Žl, si-no que es un mundo hostil hacia ŽlÓ (Adorno, 1986) . Sin embar-go, no es el hombre el que est‡ alienado de su objeto. El hombre no puede alienarse a s’ mismo de su modo de existencia. El tŽrmino autoalienaci—n no tiene sentido. M‡s bien, la alienaci—n significa que el hombre desaparece en su propio mundo y, por lo tanto, existe contra s’ mismo como una personificaci—n de categor’as econ —micas: un derivado humano de cosas, un derivado que constituye esas mismas cosas y, a la vez, se pierde y es negado en ellas.

 

V

 

El que los seres humanos se relacionen entre s’ como personifi-caciones de cosas sugiere que su propio mundo social es externo a ellos. El sujeto desaparece en el modo de su apariencia, una apariencia de cosas personificadas. Por lo tanto, la postura de que

 

 

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el pensamiento se adecua a su contenido conlleva m‡s de lo que se espera. Su adecuaci—n no se puede establecer por medio de la verificaci—n experimental. No existe ningœn es verificable. El de-cir que algo es ya siembra la duda sobre la identificaci—n procla-mada de lo que es. Para traer las cosas a su concepto es necesario que estos conceptos estŽn abiertos a la experiencia de la cosa. La libertad del contrato asalariado desaf’a el concepto de la libertad en su experiencia. La dialŽctica abre los conceptos.

 

La dialŽctica no es un procedimiento o mŽtodo formal que se aplique a la realidad. Al contrario, se centra en los contenidos so-ciales moviŽndose en el marco de sus formas sociales. La dialŽcti-ca es inmanente en su contexto social. Conoce que no existe una segunda realidad. La dialŽctica no se enga– a fingiendo que la apa-riencia es algo distinto de la esencia, como si la realidad consistie-ra en una dualidad de una adusta l—gica de sistema, por un lado, y un mundo de vida creativo, por el otro. Tampoco es una tr’ada donde la tesis confronta a su ant’tesis, reconciliando a los dos por medio de la s’ntesis. La dialŽctica concreta la realidad por medio de una negaci—n determinada; piensa en la unidad desunida de las cosas, se mueve con la constituci—n contradictoria de la reali-dad y descifra la realidad de las cosas al revelar lo no-conceptual como el Òfuego que da la formaÓ al concepto (Marx, 1986) . La dia-lŽctica Òno dice, para empezar, otra cosa m‡s que los objetos no pueden ser agotados por sus conceptosÓ (Adorno, 1986) . Esto es: el objeto es m‡s que el concepto porque el concepto establece una norma (una norma conceptual o, si se prefiere, una defini-ci—n) que no es adecuada a la vida interna del objeto. Resumien - do, lo que Hegel llam— la pura inquietud de la vida vive dentro y a travŽs del objeto, el objeto como objeto no revela esta inquietud sino que, como todas las buenas definiciones, la suprime y, al mis-mo tiempo depende de ella. Esto es: el objeto es m‡s que su con - cepto en la medida en que como la pura inquietud de la vida que constituye el objeto, se desvanece en la apariencia del objeto co-mo cosa autoconstituida. As’, entonces, el objeto est‡ en contra-dicci—n consigo mismo: aparece como una cosa autoconstituida y se muestra como tal s—lo porque suprime aquello de lo cual de-pende: la pura inquietud de la vida. Esta inquietud que hace posi-ble el objeto, existe por encima y debajo de su apariencia. Es, por lo tanto, un tipo de Òconfrontaci—n cogitativa de concepto y cosaÓ (Adorno, op. cit.). Confrontar la cosa significa descifrar lo no-con - ceptual a la vez que se conceptœa. Por ejemplo, la conceptualidad

 

 

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del trabajador asalariado como una personificaci—n del capital va-riable confronta lo que niega Ðel ser humano sensualÐ y esta no-conceptualidad pertenece al concepto de trabajo asalariado y, por lo tanto, lo persigue y lo contradice. El ser sensual existe en el se-no del concepto del capital variable como ser negado. Es m‡s, pa-ra que el capital variable pueda funcionar, requiere de la ingenui-dad y espontaneidad de la pr‡ctica decidida humana. Sin embargo, Žsta tambiŽn es negada en su concepto planteado. La negaci—n determinada del capital variable no niega su car‡cter po-sitivo; m‡s bien, lo disuelve mediante la comprensi—n de su nece-sidad constituida. Lo que es negado en el concepto no tiene una existencia separada del concepto. Vive no s—lo en y a travŽs del concepto, sino tambiŽn en contra de Žl. La dialŽctica, entonces, no es una forma de pensamiento que apacigua la contradicci—n, sea por medio de la reconciliaci—n, la integraci—n, la incorpora-ci—n o, simplemente, la indiferencia formalista hacia sus conteni-dos sociales. La dialŽctica trae la contradicci—n a la luz, sigue su movimiento y revela los secretos de su modo pervertido de exis-tencia. La desmitificaci—n es su intento iluminador.

 

La noci—n de Adorno (op. cit.) acerca de que Òla dialŽctica es la sensaci—n constante de la no-identidadÓ no se refiere a algo ex-tern o a las cosas. Es un a n o-iden tidad in tern a. La in gen uidad del trabajo desaparece en su aparien cia como capital variable y existe contra s’ misma en esta forma. El concepto del capital va-riable, por lo tanto, tiene que plantear lo que hace desaparecer. La conceptualidad y la no-conceptualidad se entretejen . Althus-ser ten’a raz—n al sostener que el hombre no existe. En el mun - do invertido del capital, el hombre es, en efecto, una no-concep-tualidad. Sin embargo, Àsignifica esto que la cr’tica de la econom’a pol’tica no es, en efecto, m‡s que una mitolog’a secularizada de la Òl—gica de las cosasÓ? Con el respeto que se merece la idea de Alt-husser de que el capital se contradice a s’ mismo en la forma de contradicciones estructurales:

 

El hombre [es] quien, como un solo individuo, como un grupo o una masa, se comprende a s’ mismo como un sujeto y se defien - de a s’ mismo contra una existencia de mero objeto: en la pol’ti-ca, la religi—n, la filosof’a. Se podr’a decir que la subversi—n es un fen —meno verdaderamente humano. El hombre se opone a ser un simple partido de fœtbol del todopoderoso. Aqu’ es un mero objeto. Del mismo modo, como siervo del se– or es un mero obje-to, independientemente de si lo concebimos en tŽrminos sociales

 

 

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o religiosos. El hombre nunca se encuentra en el centro de la po-l’tica (como dicen los partidos pol’ticos), sino que es un medio para la pol’tica [É] Y sigue siendo un objeto, sobre todo cuando es mantenido en un estado de ignorancia [É] La subversi—n ope-ra en contra de sistemas de pensamiento, sistemas pol’ticos y eco-n —micos, que amenazan siempre a la naturaleza y, por tanto, tam-biŽn al hombre. (Agnoli, 1996: 29)

 

En otras palabras, lo no-conceptual es la fuerza negativa del concepto. La realidad se desarrolla por fuerza de su negaci—n (Agnoli, 2001: 169) . El capital variable, pues, no hace huelgas. Los humanos s’, y a la vez existen realmente como personificaciones del capital variable. El fetichismo es real pero su concepto contie-ne m‡s de lo que revela. Lo que es no-idŽntico al concepto dirige el concepto. No existe ninguna realidad secreta m‡s all‡ de su concepto, ni alguna posici—n ventajosa de la cual lanzar el ata-que. La realidad se divide dentro de s’ misma. La soluci—n al con - texto dialŽctico de la inmanencia es el propio contexto. El todo es incierto. El todo se tiene que ir.

 

Finalmente, el Òcar‡cter constitutivo de lo no-conceptual en el conceptoÓ (Adorno, 1986) conlleva el reconocimiento de la realidad por medio de una negaci—n determinada. El fundamen - to de la existencia humana s—lo puede ser el propio hombre. La medida de la cr’tica es el ser humano, su dignidad y sus posibili-dades. La cr’tica, pues, tiene que devolver el mundo de las cosas al propio ser humano, mostrando que las formas del capital son constituidas por la pr‡ctica social de la Òhumanidad activaÓ (Marx, 1986) y subsisten a travŽs de ella. Su conceptuaci—n como formas de relaciones sociales no significa que el hombre sea un individuo abstracto, sino un miembro de una forma concreta de sociedad. La cr’tica determinada busca descifrar el contenido hu-mano de las cosas reificadas y, de este modo, reconocer al hom-bre en sus relaciones sociales, por muy pervertidas que Žstas pue-dan ser. Se resiste a la represi—n de este contenido humano y, en vez de derivar la pr‡ctica humana a partir de cosas presupuestas e hipotŽticas, reconoce lo que estas cosas son: pr‡ctica social hu-mana a modo de categor’as econ —micas y, por lo tanto, en el mo-do de ser negadas (cf. Backhaus, 2005) .

 

La idea de que la negaci—n de la negaci—n es algo positivo no tiene sentido alguno. Esta idea Òse puede mantener s—lo por al-guien que da por supuesta la naturaleza positivaÓ (Adorno, 1986) . El negarse a aprobar las cosas como son significa ser irre-

 

 

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conciliable: la negaci—n de la negaci—n no niega lo que ha sido negado. Niega la condici—n humana negativa, una condici—n go-bernada por las cosas. En pocas palabras, Òlo negativo es negativo hasta que haya pasadoÓ (Adorno, op. cit.) . Buscar esta din‡mica del car‡cter constituyente de lo no-conceptual en el concepto no es una cuesti—n te—rica, es una cuesti—n pr‡ctica. La existencia del hombre como una categor’a econ —mica no conlleva la reducci—n de la conciencia a conciencia econ —mica. Entra– a el concepto de la econom’a y la conciencia econ —mica como un concepto expe-rimentado y una conciencia experimentada (cf. Fracchia, 2005) . La conciencia econ —mica es, cuanto menos, una conciencia infe-liz. Es esta conciencia la que exige la reconciliaci—n: Òla libertad se vuelve concreta en las formas cambiantes de represi—n como re-sistencia a la represi—n . Ha habido tanta libre voluntad como hom-bres con la voluntad de ser libresÓ (Adorno, 1986) .

 

 

Concl usi —n

 

El concepto de Adorno de la conceptualidad est‡ vivo y vigente. Su dialŽctica negativa es una cr’tica sostenida y constante de la realidad. Detesta cualquier forma de afirmaci—n . Las consecuen - cias pr‡cticas de esta dialŽctica negativa son formidables. Lo que es falso, es falso. No puede haber ninguna reconciliaci—n con condiciones negativas. Estas condiciones deben ser negadas. El todo es falso, el todo se tiene que ir. Sin embargo, si el todo es falso, entonces cualquier cosa que uno haga es falsa. No existe ninguna posici—n de ventaja desde la cual se pueda revolucionar el todo. La actitud irreconciliable de la dialŽctica negativa hacia las condiciones negativas parece volver impotente su dimensi—n pr‡ctica.

 

La explicaci—n avanza como cr’tica, una cr’tica que descifra el misticismo de las formas objetivas sobre una base humana. La conceptualidad de las cosas no es m‡s que la pr‡ctica humana en y a travŽs del modo de objeto, y tambiŽn contra Žl. Por muy aut—-nomas que se hayan vuelto las formas de la pr‡ctica humana en relaci—n con el individuo, siguen siendo formas humanas. Su pra-xis constituida es la praxis de la necesidad objetiva. La propia pr‡ctica humana se vuelve objeto no s—lo en formas pervertidas, sino tambiŽn en su propia pr‡ctica como una personificaci—n de categor’as econ —micas. Como plante— Helmut Reichelt (2005:

 

 

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65)  Òla pr‡ctica sensual humana subsiste a travŽs de su existencia hipersensible en la autonomizaci—n de la sociedad como objeto y, a la vez, sujeto de su pr‡ctica social pervertidaÓ. Aunque las ca-tegor’as econ —micas son v‡lidas, la validez pertenece œnicamente a sujetos humanos. Algo puede ser v‡lido œnicamente para suje-tos humanos. Desde dentro de estas categor’as econ —micas, el su-jeto econ —mico es un mero fastidio metaf’sico. La cr’tica de Adorno muestra que este fastidio es, de hecho, la esencia de las cosas, por lo tanto su concepci—n de la realidad es distinta. Segœn Luk‡cs (1985), el trabajador puede resistir la reificaci—n puesto que, mientras se rebele conscientemente ante ella, Òsu humani-dad y su alma no se convierten en mercanc’asÓ. Que el alma del trabajador-en -resistencia sea el partido, no nos interesa en este punto. Sin embargo, lo que es importante es que la deshumani-zaci—n no afecta el alma del trabajador, como si el alma no fuera de este mundo, sino que estuviera ya de camino al cielo. Luk‡cs, entonces, deriva el sujeto revolucionario, lo nombra como la to-talidad del sujeto proletario representado por el partido a partir de algo que es y permanece externo a su existencia reificada. Ernst Bloch concibi— lo des-reificado dentro de la reificaci—n co-mo la Òtrascendencia interna de la materiaÓ; y Oskar Negt y Ale-xander Kluge lo consideraron un Òinstinto materialistaÓ. ÀY Ador-no? Nada de eso cabe en su pensamiento. La sola idea de que existe all’ fuera un mundo que todav’a no ha sido colonizado por la l—gica de las cosas no tiene sentido. En vez de un concepto de la sociedad, la diferenciaci—n de la sociedad en un mundo de vida y un mundo sistŽmico separa a lo que realmente existe en conjun - to. En efecto, independientemente de quŽ formulaci—n favorez-camos, todas engloban la idea de un sujeto que no es concebido en su constituci—n social, sino en contraposici—n a la sociedad. El sujeto planteado no es un sujeto social. El sujeto planteado es un sujeto afirmado. Se supone que debe hacer lo que la sociedad antagonista se considera que ya no puede hacer, es decir, hacer realidad el sujeto social en lucha contra el mundo del capital.

 

La noci—n de Adorno de la conceptualidad no permite exter-nalidades. La pr‡ctica humana sigue en y a travŽs de formas so-ciales pervertidas. Dejando de lado la desesperaci—n de Adorno ÐÒse permite a s’ mismo la esperanza s—lo a condici—n de que to-da esperanza estŽ desaparecidaÓ (Bšckelmann, 1969: 22)Ð su in - trospecci—n en la naturaleza de la bestia es enf‡ticamente pr‡cti-ca. Tal como sucede en Marx, la obra de Adorno se burla de los

 

 

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Praxi s y const i t uci onal i dad: Not as sobre Adorno

 

 

 

que presentan el socialismo como la realizaci—n de los ideales de la sociedad bu rgu esa. Como dice Marx (1986, vol. I):

 

Lo que distingue a estos se– ores de los apologistas burgueses es, por un lado, el atisbo de las contradicciones insertas en el siste-ma; por otro, el utopismo, el no comprender la diferencia nece-saria entre la conformaci—n real y la conformaci—n ideal de esa sociedad burguesa y, de ah’, el querer acometer la vana empresa de realizar la expresi—n ideal de esa sociedad, expresi—n que es tan s—lo la imagen refleja de tal realidad.

 

O, en palabras de Adorno (2004a; vŽase tambiŽn 1941: 318-

 

319) , Òel todo es falsoÓ. Su pesimismo pr‡ctico es una consecuen - cia de su comprensi—n radical de la sociedad burguesa. Compren - de de quŽ es capaz esta sociedad y su cr’tica presenta la bestia. La bestia es falsa en su totalidad y esto quiere decir que todo es falso. No existe ninguna posici—n de ventaja de la cual se pueda organi-zar la transformaci—n del todo en un museo de historia de acuer-do con algœn plan maestro basado en la comprensi—n cient’fica, el instinto materialista o la materia trascendente. De hecho, si el to-do es falso, entonces, uno realmente no puede Òvivir de forma ho-nesta en la totalidad falsa de la sociedad burguesaÓ (cf. Adorno, 2004a) . La concepci—n de Adorno de la sociedad burguesa nos obli-ga a pensar en lo que significa decir no en un mundo negativo.

 

Decir no a algo es simple. Lo dif’cil es explicar lo que es el no. El no, en primer lugar, no sale de la sociedad, sino que es un no en el marco del movimiento de la totalidad falsa de la sociedad. En la medida en que lo no-conceptual constituye el mundo de las cosas, el no empuja el mundo negativo hacia delante. Es m‡s, de-cir lo que es el no, compromete el no en el sentido de que se vuel-ve positivo en su s’ afirmativo a algo. ÀQuŽ podr’a este algo ser y de d—nde viene? El no pertenece al concepto de la sociedad falsa. La frase de Horkheimer (1981: 150) Òpuedo decir lo que est‡ mal pero no lo que est‡ bienÓ es apropiada. El no equivale a la incer-tidumbre y la cuesti—n de la revoluci—n plantea la incertidumbre. La dialŽctica negativa de Adorno reflexiona sobre esta incerti-dumbre, no la puede aceptar y, por lo tanto, la rechaza: el desmo-ronamiento de la pol’tica de la clase obrera ante el fascismo y el nazismo ha dejado una huella duradera. La noci—n de concep-tualidad de Adorno trae el concepto de la realidad a la experien - cia del concepto. Para Žl, la experiencia del concepto es Ausch - witz. La barbarie pertenece al concepto de la sociedad burguesa.

 

 

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Adorno exige una praxis que combata la barbarie, pero no pue-de vivir con la incertidumbre que tal praxis conlleva. Sin embar-go, la incertidumbre y la conciencia infeliz permanecen juntas. La afirmaci—n de Adorno de que uno no puede vivir de forma ho-nesta en la totalidad falsa de la sociedad burguesa es, por lo tan - to, correcta s—lo en parte; una vida honesta empieza ya en la lu-cha contra la falsedad de la sociedad burguesa (Negt, 1984: 90) .

 

Para concluir, la dialŽctica negativa de Adorno debe ser estu-diada, sobre todo en tiempos amargos. Su manera valiente de presentar el concepto de la sociedad burguesa revela la bestia. Su concepto de la realidad opera como el topo proverbial que, se-gœn Marx, prepara el momento de la revoluci—n cavando su ca-mino a travŽs de las defensas. El topo es un topo filos—fico. Una vez que ha terminado su trabajo, se va. El contraste que hace Adorno entre el concepto de la realidad y su experiencia tiene, por lo tanto, que ser rebajado a la Òactividad de vida realÓ (cf. Marx y Engels, 2005) de la conciencia infeliz. Tal experiencia de la realidad es una experiencia de la realidad de la lucha. La ela-boraci—n de este punto significa dejar de lado a Adorno y recu-rrir a una de las figuras m‡s importantes, pero casi olvidadas, de la negaci—n, una figura que ni siquiera aparece en la lista oficial de los marxistas occidentales: Rosa Luxemburg.

 

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Todo lo fluido se convierte en piedra: sexo e individuo en el contexto moderno*

 

Marcel  Stoetzler

 

 

 

 

Este cap’tulo explora algunos de los comentarios dispersos de Adorno sobre la relaci—n entre los sexos [GeschlechterverhŠltn is] entre hombres y mujeres y sobre la homosexualidad, y c—mo Žs-tos se relacionan con las nociones modernas de individualidad y subjetividad. Se centra en el car‡cter moderno de la idea de que existen exactamente dos sexos Ðcomprendidos como dos espe-cies o esencias diferentesÐ y en algunas de las implicaciones y re-percusiones de esta idea. El estudio se basa en la obra de un cuer-po de marxistas radicales que se produce sobre todo a partir de los decenios de 1970 y 1980, y parece compatible (en diferentes medidas) con los escritos de Adorno sobre este tema, si no direc-tamente influida por ellos. La idea central es que el dimorfismo sexual es un aspecto o expresi—n de la creciente organizaci—n ge-nital de la sexualidad, por un lado, y de la sublimaci—n del Eros en el servicio de la subsunci—n real capitalista, por el otro. Ambos son, y siguen siendo, parte del mismo proceso hist—rico.

 

 

Eco y abandono

 

No hay amor que no sea un eco [la felicidad es] como cosa no precisamente sujeta a intercambio, ni tampoco demandable.

(Adorno, 1998: 218-219)

 

Es una forma de la utop’a sexual el querer no ser uno mismo, o, tambiŽn, el no amar, en la amada, sino a uno mismo. [El amor supone] la negaci—n del principio del yo [la negaci—n de la] ne-cesidad de identificaci—n . [É] En la centralizaci—n genital en el yo, y en la manera de encarar de igual forma a los otros, para los

 

 

 

* Traducci—n: Anna-Maeve Holloway.

 

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cuales se puso, no por azar, el nombre de pareja, se da una for-ma de narcisismo. (Adorno, 1969: 96)

 

Mientras que el amor y el matrimonio burgueses parec’an ser, en sus etapas iniciales, una promesa de libertad1 Ðla salida de la Òservidumbre en la casa del padreÓÐ en el tiempo de la Ògran in - dustriaÓ las condiciones han cambiado a tal punto que el Òdesaf’o a la familia deja de ser una osad’a, lo mismo que la relaci—n con el amigo [boy-frien d] en el tiempo no abre de por s’ el sŽptimo cie-loÓ (Adorno y Horkheimer, 1994: 153) . Las personas adoptan una Òactitud racional y calculada hacia su propia sexualidadÓ, basada en una versi—n m‡s superficial, pero m‡s efectiva, de la separa-ci—n radical de mente y cuerpo que existe debajo del libertinaje celebrado por Sade en el corto verano de radicalismo burguŽs, el per’odo de la Revoluci—n Francesa:

 

Me parece que son cosas muy diferentes amar y gozar [É] Por-que los sentimientos de cari– o se conceden a las relaciones de humor y de conveniencia, pero no se debe de ninguna manera a la belleza de un seno o al bonito redondeado de un culo. (Sade, citado en Adorno y Horkheimer, 1994: 153)

 

El razonamiento de Sade Ðun cartesianismo llevado a extre-mos absurdos y, de hecho, volcado en contra de su propio inten - to emancipadorÐ es completamente err—neo, como muestran Adorno y Horkheimer (y como Adorno (1980: 87-109) expondr’a m‡s adelante, en su tratamiento de la Òbelleza naturalÓ en su Teo-r’a estŽtica): el cartesianismo de Sade Òdisminuye no s—lo la exube-rancia ut—pica del amor, sino tambiŽn su placer f’sicoÓ (Adorno y Horkheimer, 1994: 153-154):

 

La belleza del cuello y la redondez de las caderas actœan sobre la sexualidad no como hechos ahist—ricos, naturales, sino como im‡genes en las que se encierra toda la experiencia social, y en esta experiencia vive la intenci—n hacia aquello que es distinto a la naturaleza: el amor no limitado al sexo.

 

 

1.    ÒLa jerarqu’a de los sexos, el yugo impuesto al car‡cter femenino por el orde-namiento masculino de la propiedad, fue idealizado por el cristianismo en el matrimonio como uni—n de corazones, y as’ se bagateliz— el recuerdo de la edad prepatriarcal como pasado mejor del sexoÓ (Adorno y Horkheimer, 1994: 152) . Por eso, el matrimonio ha sido la expresi—n jur’dica de un tipo de compromiso hist—rico entre los sexos, el cual ha llegado a ser descartable, en alguna medida.

 

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Sexo e i ndi vi duo en el  cont ext o m oderno

 

 

 

Ni siquiera el placer f’sico es, de hecho, physis, sino que su con - tenido real, a saber, social, es experiencia hist—rica solidificada, in - cluido un momento de presentimiento de la utop’a, el estado —p-timo de las cosas, proyectado por el color del cristal con que se mira el Òbonito redondeado de un culoÓ. Quiz‡s Adorno y Hork-heimer hayan tenido en mente la cita de Shakespeare con la que Marx concluye el cap’tulo sobre fetichismo en el primer volumen de El capital: ser apuesto es una cuesti—n de circunstancia, mientras que leer y escribir vienen por naturaleza (Marx, 1999: 47) .

 

ÒNada complac’a m‡s a Adorno que el hecho de que un ami-go llegara a percepciones similares de manera independiente, ya que consideraba esto como una validaci—n de su correcci—nÓ (Buck-Morss, 1981: 183) . Quiz‡s, entonces, se hubiera sentido sa-tisfecho al leer que Mario Mieli, uno de los fundadores del movi-miento gay radical en el Reino Unido e Italia en el decenio de 1970 y defensor del comunismo gay, lleg— Ðpor un camino diferen - teÐ a la misma conclusi—n de que el Òamor es la tendencia a la ani-quilaci—n de las categor’as frustradas, neur—ticas y Ego’stas del su - jeto y del objetoÓ (Mieli, 1979: 88) 2. O la demanda del comunista francŽs Dominique Karamazov (publicada en francŽs en 1977, el mismo a– o que el texto italiano de Mieli) de que lo sexual sea di-suelto en relaciones de amor en vez de ser conceptualmente se-parado del amor. En la sociedad capitalista, Òla ternura y el apre-cio s—lo abren camino para el sexo, incluso constituyen una forma de truequeÓ, en tŽrminos de ternura por disponibilidad se-xual (Karamazov, 1998: 31; 33 y 40-41) 3:

 

El abandono, la sumisi—n que implica una relaci—n de amor, ina-ceptable porque constituye una contradicci—n a todo un estilo de

 

 

2.    Durante su residencia en Londres entre 1970 y 1971 Mario Mieli fue activis-ta del Gay Liberation Front. A su regreso en Italia ayud— a fundar la organi-zaci—n radical gay FUORI! Su libro Homosexualidad y liberaci—n fue publicado en Tur’n en 1977, y en inglŽs en 1980 en Londres. El cap’tulo conclusivo del libro ÒHacia el comunismo gayÓ circul— tambiŽn como separata (sin fecha, su-puestamente de finales de los a– os ochenta) . Yo me enterŽ a travŽs de Enri-ca Capussotti de que Mieli es visto como el fundador sans phrase del movi-miento gay en Italia por el simple hecho de que nunca se materializ— un movimiento liberal en oposici—n al movimiento radical gay (como sucedi— en el Reino Unido, por ejemplo) .

 

3.    Hay que mencionar que este texto fue publicado en una revista de una sec-ci—n de la extrema izquierda francesa que, poco despuŽs, adhiri— al Ònegacio-nismoÓ de Faurisson . Una discusi—n œtil de este affaire se encuentra en La Banquise, nœm. 2 de 1983 (ÒLe roman de nos originesÓ) .

 

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vida [la realidad cotidiana del intercambio omnipresente de equivalentes] regresa en la forma de una dominaci—n exterior violenta, impuesta, temida y deseada a la vez.

 

[É]   Para Hite y compa– ’a, las relaciones sexuales se reducen a la ayuda mutua hacia el placer, al prestar mutuamente un servicio, mezclando naturalmente la salsa con la ternura indispensable. La masturbaci—n rec’proca ser’a lo ideal. Lo que no consiguen captar es la posibilidad del abandono propio en el otro [É] . Si se trata œnicamente de una cuesti—n de intensidad del placer, entonces no puede caber duda de que la m‡quina tocadora y succionadora vencer‡ a la masturbaci—n nueve veces de cada diez.

 

Segœn esta postura, todos los sujetos de la burgues’a tard’a parecen estar so– ando a ser Sade, pero Ðdebido al principio de realidad del intercambio de equivalentesÐ deben incluir cierta cantidad de ternura en el trato: un ejemplo de la cŽlebre capaci-dad de la sociedad burguesa para civilizar y domesticar las barba-ries que ella misma produce. Karamazov, como Adorno, defiende en lenguaje marxiano la dimensi—n revolucionaria del romanti-cismo contra la l—gica instrumental del utilitarismo liberal de iz-quierdas, que sugiere la cuantificaci—n y acumulaci—n del placer y el intercambio de porciones equivalentes de Žste, basado en el c‡lculo del beneficio mutuo. Para Adorno (1998: 177-178):

 

La deformaci—n burguesa del sexo, de su turbia mescolanza con todo tipo de intereses materiales, [el] matrimonio como indigno compromiso, [É] lo institucional, lo permitido, lo montado, la falsa inmanencia del placer dentro de un orden que lo regula y lo vuelve mortalmente triste en el momento mismo en que lo or-dena [crea una ÒrepugnanciaÓ que puede llevar incluso a la Òcompleta retiradaÓ del Žxtasis y] aumentar de tal modo que al fi-nal toda embriaguez, entre tantas renuncias, prefiere quedar sus-pendida que asesinar su concepto al realizarlo.

 

Aunque Òel mandato de la fidelidad que imparte la sociedad es un medio para la privaci—n de libertad, mas s—lo mediante la fidelidad materializa la libertad la insubordinaci—n contra el mandato de la sociedadÓ (Adorno, op. cit.: 173) .

 

El capitalismo desarrollado supone malas noticias para el amor rom‡ntico. La integraci—n de la sociedad Òdetermina a los sujetos de forma cada vez m‡s exclusiva como momentos parcia-les en el contexto de la producci—n materialÓ ( op. cit.: 231) hasta el punto de que:

 

 

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Sexo e i ndi vi duo en el  cont ext o m oderno

 

 

 

La composici—n org‡nica del hombre se ampl’a [É] lo que hace que los sujetos estŽn determinados en s’ mismos como medios de producci—n y no como seres vivientes, aumenta del modo como lo hace la participaci—n de las m‡quinas con respeto al capital varia-ble. [El] proceso que se implanta con la conversi—n de la fuerza de trabajo en mercanc’a se impone a todos los hombres sin excep-ci—n y objetiviza y hace a la vez conmensurables a priori cada uno de sus movimientos en un juego de relaciones de intercambio.

 

Bajo el a priori de lo mercantil, lo vivo en cuanto vivo se ha con - vertido a s’ mismo en cosa, en equipamiento. El yo pone, cons-cientemente, al hombre entero a su servicio como un aparato. En esta reorganizaci—n, el yo como organizador da tanto de s’ mismo al yo como medio de explotaci—n que se torna entera-mente abstracto, mero punto de referencia: la autoconservaci—n pierde su prefijo. Las cualidades [É] ya no constituyen al sujeto, sino que el sujeto se conforma a ellas como a un objeto interno suyo [É] Tal es la patogŽnesis social de la esquizofrenia. La sepa-raci—n de las cualidades tanto del fondo instintivo como del yo que las comanda donde antes las manten’a unidas, hace pagar al hombre su creciente organizaci—n interna con una creciente de-sintegraci—n . La divisi—n del trabajo efectuada en el individuo, su radical objetivaci—n, termina produciendo una escisi—n patol—gi-ca. De ah’ el Òcar‡cter psic—ticoÓ, presupuesto antropol—gico de todos los movimientos totalitarios de masas. Precisamente, el tr‡nsito de las cualidades fijas a las formas inestables de conduc-ta [É] es la expresi—n de la creciente composici—n org‡nica [É] en los reflejos de m‡s pronto efecto y menor resistencia, el suje-to est‡ completamente borrado. ( op. cit.: 231-233)

 

Adorno ( op. cit.: 168) sostiene que:

 

El amor parcialmente se opuso a lo largo de la Žpoca burguesa [al principio del intercambio de equivalentes], hasta el presente [(el escrito es de 1945)]: La relaci—n de intercambio [É] ha aca-bado por absorberlo. [Si el amor era] la œltima inmediatez, [ha ca’do] v’ctima de la lejan’a de todos los contratantes entre s’. El amor se enfr’a con el valor que el propio yo se adjudica.

 

Cuanto m‡s se proyecta la libido en los escaparates de la so-ciedad, menos puede, en efecto, constituir una base firme para las relaciones:

 

La disoluci—n objetiva de la sociedad se manifiesta subjetivamen - te en que el impulso er—tico se ha debilitado demasiado como para unir las m—nadas autosuficientes. [É] Cuando Casanova

 

 

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[en el siglo XIX] dec’a de una mujer que no ten’a prejuicios, que-r’a decir que ninguna convenci—n religiosa le imped’a entregar-se; hoy una mujer sin prejuicios ser’a la que ya no cree m‡s en el amor y no da ocasi—n a que la enga– en invirtiendo m‡s de lo que pueda esperar a cambio [É] Cuando la organizaci—n de la vida ya no deja tiempo para el placer consciente de s’ mismo y lo sus-tituye por las ocupaciones fisiol—gicas, el propio sexo desinhibi-do se desexualiza. (Adorno, op. cit.: 169) 4

 

La presencia de una explotaci—n continua y siempre renova-da (sexual y de otro tipo) mantiene la memoria de la violencia vi-va y actualizada, y obliga a cada individuo que adopte el utilitaris-mo autoprotector y calculador del intercambio justo y equitativo de unidades de placer. La realidad del amor bajo tales condicio-nes sociales destruye la propia base del amor, el abandono.

 

El placer propio tiene como condici—n un rebajarse sin l’mi-tes, situaci—n de la que las mujeres, por su temor arcaico, son tan poco due– as como los hombres en su presunci—n . No s—lo la po-sibilidad objetiva, sino tambiŽn la capacidad subjetiva de felicidad pertenecen primariamente a la libertad (Adorno, op. cit.: 89) .

 

En un movimiento t’pico de Žl, reconociendo la importancia de la historia del cuerpo Ðincluida nuestra prehistoria como ani-malesÐ Adorno (ib’d.) introduce la observaci—n 5 de que las hem-bras del reino animal experimentan la copulaci—n:

 

desde la falta de libertad y no lo conocen, sino como objeto de coacci—n . [É] Algo de esto ha permanecido en las mujeres, es-pecialmente en las de la peque– a burgues’a, hasta la era indus-trial tard’a [É] La sociedad continœa reduciendo la entrega fe-menina a la condici—n de sacrificio de la que liber— a las mujeres.

 

Aqu’ nos vemos arrojados de vuelta a la dialŽctica familiar de la sociedad burguesa: segœn sus propias normas, deja abierta la posibilidad Ðpor primera vez en la historia de la humanidadÐ de un eco y un abandono inspirados por el amor; sin embargo, pues-

 

 

4.    Es cierto que Adorno no finge escribir desde otra perspectiva diferente a la masculina, de lo que resulta que algunas partes no suenan pol’ticamente co-rrectas desde las convenciones actuales. La falta de la feminizaci—n inclusiva del lenguaje es, en parte, responsable de la impresi—n arcaica que da el tex-to, pero tambiŽn es expresi—n del hecho de basarse en la experiencia senti-mental del escritor y su historicidad.

 

5.    ÀO deber’amos decir afirmaci—n en vez de observaci—n ?

 

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to que a la vez niega esta posibilidad, no s—lo destruye el potencial de trascendencia que proporciona, sino tambiŽn la base para la verdadera Òexperiencia del placerÓ6. ÒNo hay emancipaci—n posi-ble sin la emancipaci—n de la sociedadÓ (Adorno, op. cit.: 174) .

 

 

Genitalidad y naturaleza

 

Adorno observ— Ðen el ambiente masculino de un club inglŽs, probablemente en OxfordÐ que los Òhombres durosÓ [he-men] ha-bituados a beber whisky y fumar puros despreciaban a las muje-res por no oler a humo, cuero y espuma de afeitar: ÒMientras el sujeto perece niega todo cuanto no es de su condici—n [WŠhrend das Subjekt zugrunde geht, negiert es alles, was nicht seiner eigen Art ist]. [Para estos hombres masoquistas,] la homosexualidad reprimida es la œnica forma que aprueba el heterosexualÓ ( op. cit.: 44) . Los hombres duros no son capaces ni de una cosa ni de la otra.

 

Parece que el pensar sobre la sexualidad siempre ha sido fun - damentalmente condicionado por la manera obvia, pero descon - certarte, con que el acto sexual confunde, o carga, el deseo con la procreaci—n . Es f‡cil considerar que el deseo tender’a a habitar el reino de la libertad y el esp’ritu y la procreaci—n aquŽl de la nece-sidad y la materia. Esto no puede sino repercutir en el hecho so-cial de que los conceptos de hombre y mujer son cargados de mane-ra similar. La dicotom’a conceptual de naturaleza y esp’ritu, de forma y materia, tiene sus ra’ces en Òel deseo por escapar de la na-turaleza, de la cual, sin embargo, la vida de uno dependeÓ (Krahl, 1971: 116) 7. Se form— en la Grecia cl‡sica, cuando el dominio del

 

 

6.    Los planteamientos m‡s program‡ticos sobre la cuesti—n de la mu jer en la Dia-lŽctica de la Ilustraci—n se hallan en la tercera parte del cap’tulo sobre ÒJuliet-teÓ (Adorno y Horkheimer, 1994: 149-163) . Adorno y Horkheimer parecen referirse a la mujer en primer lugar como Òrepresentante de la posibilidad de exclusi—n entendido como una fuga Ôdel sistema todo-incluyente del poderÕ, su potencial exenci—n de la totalidadÓ (Hewitt, 1992: 147) . Aunque la forma condensada de su argumento depende de hacer de la mujer una cifra [chif-fre], la noci—n de que la marginalizaci—n de la mujer contiene el potencial de una experiencia y una percepci—n espec’fica (incluso un elemento ut—pico no accesible a los sujetos que est‡n totalmente incluidos) es la misma que ha llegado a ser crucial en el feminismo de Beauvoir.

 

7.    Krahl era uno de los estudiantes m‡s destacados de Adorno, quien lo estima-ba mucho (Claussen, 2003: 397) . Muri— en un accidente en enero del 1970, medio a– o despuŽs de Adorno.

 

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hombre sobre la naturaleza todav’a no era completo e irreversi-ble. El esp’ritu se concibe como algo puro e idŽntico consigo mis-mo mediante la negaci—n del hecho de que la vida humana y la li-bertad no pueden existir de manera independiente de la materia y la naturaleza, es decir, mediante la negaci—n del hecho de que el esp’ritu no es idŽntico a s’ mismo. Esta estrategia de negaci—n se ve reforzada por el intento de pensar en la sociedad y la cultura como algo Òanclado en relaciones naturales entre los humanos, para hacer parecer a aquŽlla como algo irreversible y a Žsta como algo indestructibleÓ (ib’d.). En la filosof’a plat—nica, el principio del placer [Lu stprin zip] y el acto de la procreaci—n [Zeu gu n gsakt] se ven radicalmente separados: este es parte del mundo material, no idŽntico y carente de esp’ritu. En este contexto de dominaci—n burguesa todav’a incierta, Òamar a las mujeres es una vergŸenzaÓ

 

(      op. cit.: 117), una necesidad procreadora, impuesta por el Òprin - cipio de realidadÓ, mientras que el amor verdadero es s—lo el amor homosexual y pederasta, que no forma parte de la procreaci—n ba-nal de la materia. (El que los hombres puedan tener relaciones se-xuales no procreadoras con mujeres no parec’a habŽrsele ocurri-do a Plat—n . La reducci—n de las mujeres a instrumentos de procreaci—n y de all’ su distanciamiento del esp’ritu est‡ impl’cito en este razonamiento.) Arist—teles, quien parec’a m‡s dispuesto a reconocer que la cultura y la sociedad ten’an que ser mediados por la naturaleza, Òaborda la heterosexualidad de manera positi-vaÓ. Esto parece reflejar una mayor seguridad en el dominio de la cultura sobre la naturaleza: la cultura (esp’ritu, hombres) tiene ahora la suficiente seguridad para admitir su dependencia de la naturaleza (materia, mujeres) . Krahl subraya que no es hasta el si-glo XIX que la ecuaci—n de la verdad con la identidad (la noci—n de la identidad propia del esp’ritu como su pureza, no tocada por la materia) pierde su control sobre la filosof’a. La sociedad bur-guesa desarrollada se ha vuelto tan segura de su dominio sobre la naturaleza que parece sentirse suficientemente a salvo para admi-tir (en la econom’a pol’tica) que la existencia humana s—lo se pue-de producir en mediaci—n con la naturaleza. El cristianismo pau-lino encontr— una manera alternativa de revisar la noci—n plat—nica: la carne es Òmateria pecadoraÓ opuesta a la Òpura iden - tidadÓ de Dios Òen su trinidadÓ, el acto sexual es un Òmero deberÓ, una concesi—n a la necesidad natural que no debe proporcionar placer. La sexualidad no procreadora se ve marginada. Una vez m‡s, es la homosexualidad Ðla sexualidad en la esfera de la iden -

 

 

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tidadÐ la que proporciona la œnica fuente leg’tima de placer: sin embargo, en el marco cristiano, a diferencia del plat—nico, s—lo Dios y Jesœs (que era el hijo de Dios) tienen el derecho al amor (espiritualizado) homosexual (pederasta, incestuoso) . ÒMediante esta reorientaci—n [É] el erotismo se convierte en Europa en neu-rosis, en homosexualidad reprimidaÓ (ib’d.).

 

La contribuci—n decisiva de la homosexualidad a la civilizaci—n humana se encuentra en la afirmaci—n inequ’voca de la falta de objetivo de la sexualidad. A pesar de tener el conocimiento, pare-ce recaptar parte de la inocencia que debe haber reinado en la se-xualidad humana antes de que los humanos descubrieran que exist’a una relaci—n causal entre el acto sexual y el embarazo. Adorno (1969: 102) se– ala que el homosexual se convierte en Òsig-nos fatales de una sexualidad ajena a todo fin [Menetekel zweckent-fremdeter SexualitŠt]Ó. Sin embargo, alienar a la sexualidad de su su-puesto objetivo Ðla procreaci—nÐ es precisamente la meta de su emancipaci—n, y ser su presagio es lo que sitœa a la homosexualidad en un lugar tan prominente en los debates y las luchas sobre la li-beraci—n y la alienaci—n de la sexualidad. No obstante, si la eman - cipaci—n de la sexualidad equivale necesariamente a su alienaci—n de Ðlo que la sociedad considera que esÐ su objetivo, el dimorfis-mo de gŽnero tambiŽn pierde, en este proceso, su verdadera base.

 

ÒLa mujer como presunto ser natural es producto de la histo-ria que la desnaturaliza [denaturiert]Ó, sostienen Adorno y Hork-heimer (1994: 156) . La Òl—gica masculinaÓ (un ejemplo concreto de lo que Adorno llama l—gica de la identidad) se refiere a las mujeres œnicamente como representantes de una especie que, supuestamente, representa la naturaleza. De esta manera, niega el car‡cter natural de cada mujer particular, que consiste Ðen la medida que se pueda utilizar el tŽrmino natural de manera signi-ficativaÐ en su individualidad, a saber, en la identidad de cual-quier individuo contra su propia identificaci—n (como sostendr’a m‡s adelante Adorno en su DialŽctica negativa) . En M’nima mora-lia, Adorno (1998: 94-95) escribe:

 

El car‡cter femenino y el ideal de feminidad conforme al cual se halla modelado, son productos de la sociedad masculina [É] El car‡cter femenino es una copia del ÒpositivoÓ de la dominaci—n . As’ resulta tan mala como Žste. Lo que dentro del sistem‡tico en - mascaramiento burguŽs se denomina en general naturaleza, es simplemente la cicatriz que deja la mutilaci—n producida por la so-ciedad [É] lo que en la civilizaci—n se entiende por naturaleza es

 

 

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sustancialmente lo m‡s alejado de toda naturaleza [É] la propia mujer es ya el efecto del l‡tigo [É] La glorificaci—n del car‡cter fe-menino trae consigo la humillaci—n de todas las que lo poseen .

 

Oscar Wilde afirm— en una cita cŽlebre que Òlo œnico que se conoce realmente sobre la naturaleza humana es que cambiaÓ (en El alma del hombre bajo el socialismo, citado en Weeks, 1989: 199); es-t‡ en la naturaleza de los humanos cambiar su propia naturaleza: somos natura naturans tanto como natura naturata. En el contexto del siglo XIX era ampliamente aceptado que lo que hace que los seres humanos sean humanos es que han empezado a jugar con sus condiciones naturales, Òsea que uno hable de cambiar el curso de un r’o o del uso sexual de un orificio que no fue creado por natu-raleza con esta intenci—nÓ (An —nimo, s/ f: 3) . En el contexto mo-dernista, natural no significa lo Òque no se puede cambiarÓ sino, al contrario, lo que los humanos pueden y deben cambiar y lo que ya est‡n cambiando. No debemos olvidar esto cuando leemos, por ejemplo, la cita de Marx (1982: 617) en la que Òla relaci—n entre hombre y mujer es la m‡s natural de las relaciones entre uno y otro ser humanoÓ. Marx ( op. cit.: 616-617) explica que:

 

La relaci—n entre var—n y hembra [É] se manifiesta, pues, de un modo sensible, reducido a un hecho tangible, y muestra hasta quŽ punto la esencia humana se ha convertido en naturaleza para el hombre, o la naturaleza ha pasado a ser la esencia humana del hombre. Partiendo de esta relaci—n, podemos pues enjuiciar to-do el nivel de cultura del hombre. Del car‡cter de esta relaci—n se desprende en quŽ medida el hombre ha llegado a ser y se con - cibe como ser genŽrico, como ser humano; [É] se revela, pues, has-ta quŽ punto el comportamiento natural del hombre se ha hecho humano, hasta quŽ punto la naturaleza humana ha pasado a ser su naturaleza.

 

Marx hace aqu’ una diferenciaci—n entre el estado natural de la Ònaturaleza humanaÓ, que es un punto de partida casi preexis-tente a la civilizaci—n, y la naturaleza humana, o esencia humana, que se crea en el proceso de civilizaci—n . Presenta la relaci—n de gŽ-nero como su piedra de toque. Esto deja claro que la idea de que el hombre debe regresar a una naturaleza humana original no es m‡s que una postura reaccionaria. La naturaleza humana Ðlo hu-manoÐ deber’a convertirse en la naturaleza del mundo humano, sin embargo, por ahora existe s—lo como potencialidad, en los poros

 

 

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y los intersticios de una realidad inhumana. La forma contempo-r‡nea de su inhumanidad puede ser captada en gran medida a tra-vŽs del concepto del modo capitalista de producci—n . El comenta-rio que sigue, referente al concepto moderno de la naturaleza, formulado por Marx en una carta a Engels (18/ 06/ 1862, citado en Schmidt, 1976: 42), es de gran importancia aqu’:

 

Es notable c—mo Darwin vuelve a reconocer bajo las bestias y las plantas su sociedad inglesa con su divisi—n del trabajo, la compe-tencia, la apertura de nuevos mercados, las in ven cion es y la lu cha por la existencia maltusiana [É] el bellum omnium contra omnes y re-cuerda lo que dice Hegel [É] mientras en Darwin el reino ani-mal aparece como sociedad burguesa.

 

Darwin divisa la sociedad en la naturaleza y no lo contrario. Gilbert Herdt (1996: 25) escribi— que uno de los supuestos b‡si-cos de Darwin era que:

 

El comportamiento sexual serv’a los objetivos de la reproducci—n y la capacidad selectiva de los individuos en la evoluci—n . [Subra-ya que] este Žnfasis en el dimorfismo revela la atribuci—n de una mayor importancia a la reproducci—n como paradigma de la cien - cia y la sociedad.

 

La insistencia en el concepto de la reproducci—n se– ala el pa-pel predominante de la econom’a pol’tica en el pensamiento bur-guŽs del siglo XIX: ÒLos te—ricos que abrazaban el Žnfasis persisten - te de Darwin sobre la reproducci—n consideraban t’picamente la selecci—n sexual como una propiedad innata y natural tambiŽn de nuestra propia especieÓ ( op. cit.: 26) . Este punto de vista alberga la idea de que lo masculino y lo femenino son Òestructuras innatas en todas formas de vida, incluidos los seres humanos, y que la he-terosexualidad es la forma teleol—gicamente necesaria y m‡s alta de la evoluci—n sexualÓ ( op. cit.: 27) . Esto signific— abordar inclu-so la vida sexual de las flores en tŽrminos heterosexuales.

 

Sin embargo, la cr’tica de la consideraci—n de la heterosexua-lidad como la norma natural debe evitar el mismo tratamiento de cualquier trayectoria alternativa. Jean -Paul Sartre sostuvo en El ser y la nada que la noci—n de la Òlibido que necesita ser liberadaÓ se basa en un Òerror de categor’a sobre la acci—n humanaÓ. Connell (1995: 384) parafrase— los argumentos de Sartre de este modo:

 

Actuamos de man era sexual, n os h acemos sexuales, pero n o so-mos con stituidos desde el prin cipio como seres sexuales. No

 

 

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ten demos, ni podemos actuar para liberar lo que se encuentra en el proceso de ser constituido. El objetivo de la pol’tica radical, entonces, no puede ser la Òliberaci—n de la sexualidadÓ de las res-tricciones sociales. No podemos liberar a la libido as’ como no podemos liberar a la ra’z cuadrada de menos uno. No existe all’ ninguna cosa a liberar.

 

La sexu alidad no puede ser liberada, pero los individuos s’ se pueden liberar de la opresi—n 8.

 

Adorno (1969: 92-93) abord— el v’nculo entre la sublimaci—n, la integraci—n y la gen italizaci—n de la sexualidad en su ensayo so-bre los tabœes sexuales. ÒLa sociedad burguesa domin — la amena-za del proletariado al incorporarloÓ y, de la misma manera, inte-gr— el sexu s, al cual institucionaliz—, domestic—, neutraliz— y toler—. ÒLo que no pudo ser sometido, aquello que tiene un au-tŽntico aroma sexual [das eigentlich sexuelle Aroma], permaneci— siendo aborrecido por la sociedadÓ. La sexualidad genital como forma dominante de sexualidad es, segœn Freud, el Òresultado de una integraci—nÓ (Adorno, op. cit.: 93 y 95) . Se trata de una s’nte-sis hist—ricamente espec’fica, empobrecida y reducida, del con - junto de libidos parciales y causa la desexualizaci—n del sexo, convir-tiendo, a la vez, los instintos sexuales [Partialtriebe] en tabœes. En la sociedad tradicional, los tabœes iban dirigidos tanto contra los im-pulsos parciales como contra la sexualidad genital. En el contex-

 

 

8.    Connell ( op. cit.: 169) subraya que esta liberaci—n tendr’a que ser revoluciona-ria, Òrevolucionaria en un sentido literal y no metaf—rico. Requiere el derro-camiento de instituciones, depende de las acciones masivas y se– ala un orden social profundamente alterado. La implicaci—n de una verdadera revoluci—n era algo que los activistas de la liberaci—n de las mujeres y de los homosexua-les del decenio de 1970 ten’an muy claro y esto es precisamente lo que se ha perdido en la evoluci—n de la teor’a desde entonces. Las f—rmulas tempranas de la liberaci—n sexual, que basaron su modelo de poder y revoluci—n en un marxismo libresco, eran poco convincentes. Sin embargo, ten’an un enten - dimiento firme del alcance del cambio implicadoÓ. Mieli en algunas ocasio-nes usa una ret—rica ambivalente que conlleva una naturaleza subyacente, originaria, transhist—rica, a la cual podemos recurrir tras una liberaci—n . Estas ocasiones son una sugerencia para Òvolver a dar forma y esencia humana y li-bertad a los contenidos de la vidaÓ (Mieli, 1979: 143 y 146) o Òla (re)conquis-ta de nuestro ser misterioso profundoÓ. No obstante, su posici—n expl’cita es cr’tica: ÒLa lucha por la liberaci—n del deseo, del deseo profundo, es lucha por la (re)conquista de la vida, [pero] no se trata de recuperar al bon sauva-ge (que tambiŽn es un mito burguŽs), sino nuestra potencialidad estŽtica y co-munista, nuestro deseo de comunidad y de placer crecido en la latencia du-rante mileniosÓ ( op. cit.: 241) .

 

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to de la libertad formal, los tabœes cobran formas diferentes. Los tabœes m‡s eficaces llegan en la forma de la liberalizaci—n: ÒSe ocupa de ello tambiŽn el ideal de lo natural, que, bajo la forma de una cultura al aire libre, trata de llegar a una pura genitalidadÓ (Adorno, op. cit.: 97) . La liberaci—n en el nombre de lo natural Ðel nudismo, por ejemploÐ lucha Òcontra toda forma de refina-mientoÓ ÐAdorno utiliza el francŽs raffinementÐ en el que los ins-tintos sexuales pudieran encontrar su lugar.

 

La desublimaci—n de los instintos sexuales mediante la desgeni-talizaci—n de la sexualidad es tambiŽn central en el concepto de Mieli del comunismo gay. Mieli ( 1979: 86) critic— las identidades tanto de la heterosexualidad como de la homosexualidad y tam-biŽn rechaz— a la bisexualidad por ser Òun compromiso, muchas veces mezquino entre norma represiva y transexualidadÓ. Si tan - to la homosexualidad como la heterosexualidad son negaciones de ciertos aspectos de la vida, la actitud gay es la n egaci—n de la n ega-ci—n . Mieli con stata el paralelismo con el comun ismo en la n e-gaci—n de este monstruo autom‡tico, el capital. El objetivo pol’ti-co del comun ismo gay es la expan si—n gen eral de la actitud gay, donde las palabras regresan a su significado m‡s antiguo y m‡s amplio: la felicidad*. El comunismo gay incluye Ònuevas relacio-nes gay entre mujeres y hombres, relaciones totalmente alterna-tivas respecto a la pareja tradicionalÓ (Mieli, op. cit.: 299) 9. El Òob-jetivo [É] no es en absoluto el obtener una aceptaci—n del homoerotismo por parte del statu quo hetero-capitalista, sino el

 

 

 

*      El significado original de la palabra inglesa gay es alegre. Sin embargo, en la actualidad ha pasado a utilizarse para referirse a los homosexuales. [NdT]

 

9.    Es importante mencionar que el editor de la traducci—n al inglŽs a– adi— ya en 1980 que el movimiento gay no logr— mantener y desarrollar una pol’tica m‡s radical porque adopt— un concepto de sexo biol—gico como la Òbase ma-terialÓ del gŽnero, y no logr— superar las discusiones (feministas) de ese en - tonces (Mieli, 1979: 12) . Esto parece indicar que el movimiento gay ya esta-ba planteando una cr’tica a la distinci—n entre sexo y gŽnero a finales de los a– os setenta (distinci—n desarrollada posteriormente por Butler, 1990) . Tam-biŽn merece atenci—n la siguiente expresi—n de Baudrillard (1976: 104): ÒLo masculino/ femenino: ningœn ser est‡ Òpor naturalezaÓ asignado a un sexo. La ambivalencia sexual [É] debe ser reducida, ya que escapa como tal a la organizaci—n genital y al orden social. Esta realidad irreducible [es dispersa-da] en una gran estructura distintiva masculino/ femenino: sexos plenos, dis-tintos y opuestos el uno al otro, apoyada sobre la coartada de los —rganos bio-l—gicos y sobre todo ajustados a grandes modelos culturales que tienen por funci—n separar los sexos con privilegio absoluto del uno sobre el otroÓ.

 

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transformar la monosexualidad en Eros realmente polimor fo y mœltipleÓ ( op. cit.: 148) .

 

La existencia de este deseo ha sido constatada notoriamente por Freud: ÒNuestra libido oscila normalmente toda la vida, en - tre el objeto masculino y el femeninoÓ (citado en Mieli, op. cit.:

 

22)  10. El deseo homosexual reprimido est‡ todav’a presente, transformado en varias ocasiones en las que el contacto f’sico en - tre miembros del mismo sexo est‡ permitido (como es el caso de los deportes), o donde se celebra el falo simb—lico m‡s que el ver-dadero: en el patriotismo y la embriaguez, Òlas compa– ’as, las bandas, los racket pol’ticosÓ y el culto a la estrella del rock, la reli-gi—n (una Òneurosis obsesiva universalÓ de la humanidad, en par-te porque se veneran las figuras paternas, resultado de un deseo del hijo por un padre) ( op. cit.: 152, 155-157 y 193) .

 

Equiparables a los hijos del m’tico padre primitivo freudiano, que despuŽs de haberse unido en relaci—n homosexual encuentran la fuerza de matarlo, y a continuaci—n son v’ctimas del remordi-miento e instauran en memoria y sustituci—n del padre el T—tem, el fetiche f‡lico, los homosexuales que se reœnen en grupos de li-beraci—n se convierten en gran parte en impotentes por el ataque del sœper-yo que inmediatamente les asalta, y se ven obligados a instaurar en sus jefes figuras f‡licas y carism‡ticas que les man den, personificando la autoridad del sœper-yo que vincula cada miem-bro individual del grupo al sentido de culpa. (Mieli, op. cit.: 137)

 

La nueva lectura del famoso mito de Freud por parte de Mie-li se atribuye a todos los grupos revolucionarios o izquierdistas, sobre todo a los que son homosexuales en el sentido de que son integrados mayoritariamente por hombres (a menos que se com-pongan, por supuesto, de mujeres) atra’dos por cierto deseo os-curo, casi plat—nico (por leer, por ejemplo) y, habitualmente, ma-tan y reinventan a los padres, Òfiguras f‡licas y carism‡ticasÓ.

 

El argumento a favor de la desublimaci—n revolucionaria se complica un poco con el descubrimiento de la Òdesublimaci—n re-presivaÓ (Marcuse), segœn la cual Òel capital permite que aparezca

 

 

10.  ÒDada la transexualidad originaria y subyacente, y reconociendo la disposi-ci—n polimorfa y perversa del ni– o a un erotismo que no distingue de mane-ra exclusiva acerca del sexo del objeto de la pulsi—n libidinal, es evidente que en cada uno de nosotros se oculta una atracci—n er—tica hacia aquel sexo que (casi nunca o n u n ca) es tomado en consideraci—n por nuestro deseo conscienteÓ (Mieli, op. cit.: 151) .

 

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(el inconsciente) en determinadas formas alienadas, para subsu-mirloÓ ( op. cit.: 146-147) . Mieli ( op. cit.: 131) se– ala el voyeurismo como una de las Òperversiones m‡s comercializadas por el capitalÓ.

 

La perversi—n es vendida al detalle y al por mayor, es estudiada, re-partida, valorada, comercializada, aceptada, discutida [É] Se convierte en cultura, ciencia, papel impreso, dinero [É] Si du-rante milenios, pues, la sociedad ha reprimido los componentes llamados perversos del Eros para sublimarlos en el trabajo, el sis-tema liberaliza actualmente las perversion es, con el fin de explo-tarlos posteriormente en la esfera econ —mica. ( op. cit.: 295)

 

Segœn Mieli, las perversiones deben ser reprimidas para poder ser liberalizadas y fetichizadas en productos de consumo sexuales y comercializables y en identidades que uno puede asumir11.

 

Tweedledee,  Tweedledum

 

ÒLa libertad consiste no en elegir entre blanco y negro, sino en escapar de toda alternativa preestablecidaÓ, escribe Adorno (1998: 131) en Minima moralia. ÀTiene sentido defender la postu-ra de que uno pueda renunciar a la Òelecci—n obligatoriaÓ entre ser hombre o mujer? ÀEl hombre y la mujer aparecieron en el cur-so de la historia? ÀCabr’a, adem‡s, suponer que desaparecer‡n?

 

Quiz‡s la opini—n m‡s impactante sobre este tema sea la de la novelista y te—rica francesa Monique Wittig, quien se– al— la obra de Marx, donde las categor’as dialŽcticas,

 

como el Uno y el Otro, el Amo y el Esclavo, no estaban all’ de ma-nera permanente ni ten’an algo de metaf’sico o esencial, sino que deb’an ser le’das y comprendidas en tŽrminos hist—ricos. [É] De este modo, las categor’as que hoy en d’a se llaman, de esta mane-ra tan solemne, categor’as de diferencia [É] eran para Marx [É] categor’as de conflictos sociales que, supuestamente, se iban a des-trozar entre s’ a travŽs de la lucha de clases. (Wittig, 1992: 52)

 

El no cuestionar las categor’as de hombre y mujer dificulta la lucha por su desaparici—n . El objetivo del feminismo es el de abolir

 

 

11.  Este aspecto del argumento de Mieli es paralelo al de Foucault en el primer tomo de Historia de la sexualidad, que fue publicado simult‡neamente.

 

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la clase de los hombres, aboliendo simult‡neamente la clase de las mujeres, Òpuesto que no puede haber siervos sin amosÓ ( op. cit.: 5) . En la obra de Wittig, las lesbianas, Òlo sepan o noÓ, se encuentran m‡s all‡ de la categor’a del sexo, de la misma manera que el prole-tariado en la obra de Marx se encuentra m‡s all‡ de la categor’a de clase. Ambos significan la negaci—n de una existencia negativa12.

 

El crecimiento de la religi—n evangŽlica, la teor’a pol’tica de la Ilustraci—n, el desarrollo de nuevos tipos de espacios pœblicos en el siglo XVII, las ideas de Locke sobre el matrimonio como con - trato, las dr‡sticas posibilidades de cambio social abiertas por la revoluci—n francesa, el conservadurismo posrevolucionario, el fe-minismo subsiguiente a la Revoluci—n, el sistema fabril con su reestructuraci—n de la divisi—n sexual del trabajo, el crecimiento de una econom’a de libre mercado de servicios y mercanc’as, el nacimiento de las clases, todas estas cosas influyeron por s’ mis-mas o en combinaci—n: ninguna de ellas fue causa de la construc-ci—n de un nuevo cuerpo sexuado. Antes bien, la reconstrucci—n del cuerpo es intr’nseca a cada uno de estos desarrollos. (La-queur, 1994: 33)

 

Muchos autores, de diferentes contextos y creencias, coinci-den en que a finales del siglo XVIII Òla naturaleza sexual humana cambi—Ó (en palabras de Virginia Wolf citada en Laqueur, 1994:

 

22)  . Se sosten’a que no s—lo los sexos eran diferentes, sino que adem‡s eran Òdistintos en todos los aspectos imaginables del cuerpo y del almaÓ. La diferencia sexual se consideraba ahora Òen clase, no de gradoÓ ( op. cit.: 23-24) 13. Es en este contexto que Òel

 

 

12.  Wittig (m‡s que Mieli) parece dar por supuesta la existencia de un ser hu-mano esencial, ahist—rico, no sexuado, que es dicotomizado, sometido y se-xuado s—lo en segundo lugar por la sociedad. Butler utiliza la cr’tica de Fou-cault de los seguidores de Wilhelm Reich del decenio de 1970 para sostener que no existe esencia humana anterior a la historia y la sociedad. El punto de cr’tica m‡s importante contra Wittig no se aplicar’a tanto a Mieli: ÒLa dis-yuntiva radical de Wittig entre heterosexual y homosexual reproduce el tipo de disyuntiva binaria que ella misma caracteriza como el gesto filos—fico de divisi—n que hace la mente heterosexual [É] el ideal de una heterosexuali-dad coherente que describe Wittig como la norma y medida del contrato he-terosexual es un ideal imposible, un fetiche como ella misma se– alaÓ (Butler, 1990: 122) . La dialŽctica inherente en las posturas tanto de Wittig como de Mieli (el car‡cter real-abstracto de las relaciones sociales fetichizadas) pare-ce no estar en el radar de Butler la mayor parte del tiempo.

 

13.  Por ejemplo, no fue hasta 1759 que alguien se preocup— por reproducir un esqueleto femenino detallado en un libro de anatom’a con el fin de ilustrar

 

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discurso sobre el dimorfismo empieza a dar forma a la teor’a so-cialÓ (Herdt, 1996: 35) . Todav’a en el contexto del Renacimiento Òno era un sexo esencial, verdadero y profundo el que diferencia-ba al hombre cultural de la mujerÓ (Laqueur, 1994: 219) . Duran - te la Žpoca en que se desarrollaron Òafirmaciones de tipo de que los negros ten’an nervios m‡s fuertes y toscos que los europeos porquŽ ten’an los cerebros m‡s peque– os, y que esos hechos ex-plicaban la inferioridad de su culturaÓ, apareci— tambiŽn la no-ci—n de que Òel œtero predispone naturalmente a las mujeres a la vida caseraÓ ( op. cit.: 268) .

 

ÒHist—ricamente, las diferenciaciones de gŽnero precedieron

 

a      las del sexoÓ ( op. cit.: 120) . En los discursos anteriores al si-glo XVIII, Òel cuerpo era mucho menos fijo y limitado por catego-r’as de diferencias biol—gicasÓ ( op. cit.: 191) que a partir de enton - ces. ÒEn tŽrminos de las tradiciones milenarias de la medicina oc-cidental, que los genitales se convirtieran en signos de la oposici—n sexual es cosa de la semana pasadaÓ ( op. cit.: 52) . S—lo durante el siglo XVIII se desarroll— la estrategia de Òescapar a un supuesto sustrato biol—gicoÓ ( op. cit.: 27); las ense– anzas superio-res de la cosmolog’a no ten’an ninguna necesidad de la biolog’a. La ventaja del discurso anterior, sin embargo, era la creencia de que: Ònada mortal llega a existir sin el placerÓ (citado en op. cit.: 20) (un caso extra– o de pensamiento optimista) . Este aforismo muestra la suposici—n anterior a la Ilustraci—n de que el orgasmo femenino era tan necesario para una concepci—n exitosa como el masculino. Gracias a esta falta de precisi—n cient’fica (posterior-mente corregida por la medicina moderna), el placer sexual de la mujer todav’a manten’a un lugar en el orden l—gico de las co-sas, aunque la sexualidad se encontrara ya (al menos en la teor’a) subsumida en la noci—n de que su objetivo era producir hijos14.

 

 

la diferencia entre Žste y uno masculino (Laqueur, op. cit.: 31) . Hasta enton - ces los libros de anatom’a ense– aban una estructura b‡sica del cuerpo hu-mano, la masculina.

 

14.  Laqueur (1994: 11) observ— que Òla desaparici—n del placer en los informes mŽdicos sobre la concepci—n tuvo lugar m‡s o menos al mismo tiempo que el cuerpo femenino dej— de ser considerado como una versi—n menor del masculino (modelo de un solo sexo) para pasar a ser un opuesto de mucha menor entidad (modelo de dos sexos) . [É] Los —rganos que hab’an sido considerado versiones interiores de los masculinos exteriores Ðla vagina co-mo pene y el œtero como escrotoÐ se interpretaron en el siglo XVIII como de naturaleza completamente distintaÓ.

 

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La interpretaci—n de los cuerpos humanos de acuerdo con exactamente dos categor’as, ni m‡s ni menos que dos, es l—gica-mente el resultado de la reducci—n de las zonas del cuerpo perci-bidas como er—genas a aquellas que sirven para la actividad repro-ductora: la receptividad de las zon as corporales que son irrelevantes para la reproducci—n es negada y adem‡s convertida posiblemente en tabœ. Del mismo modo, estas zonas corporales de-sexu adas se vuelven irrelevantes tambiŽn para la clasificaci—n de los cuerpos. El concepto de Òlos dos sexosÓ, el u n o y el otro, es, por consiguiente, un efecto de la heterosexualidad como norma so-cial. Parece que en las sociedades europeas antes de la era moder-na exist’a una dicotomizaci—n menos clara entre heterosexualidad y homosexualidad. Se supon’a (o m‡s bien se esperaba) que todos perpetrar’an actos homosexuales aparte de los heterosexuales, y que aquŽllos ser’an perseguidos y castigados de manera m‡s o me-nos severa. Sin embargo, desde el siglo XIX los actos homosexua-les pasan a considerarse autom‡ticamente una expresi—n de la na-turaleza homosexual del que toma parte en el acto, quien ya no es un ser humano perpetrando actos pecadores homosexuales (un sodomita), sino un homosexu al, es decir, un miembro de una espe-cie humana particular. El discurso se traslada de si, o c—mo, deben ser castigados los actos homosexuales a si los homosexuales como tales, como una especie diferente, deben ser perseguidos, tratados psiqui‡tricamente, o tolerados15. As’ como se considera que la ra-za determina autom‡tica y espont‡neamente el individuo raciali-zado, el sexo es entendido como una urgencia espec’fica e irredu-cible. El sexo y la raza son esencias extrahist—ricas que subyacen a la esencia de una especie. Independientemente del significado que pueda haber tenido el sexo antes, en la sociedad moderna se convierte, como la raza, en esencia.

 

Como escribe Connell ( 1987: 287) , la abolici—n de la Òvincu - laci—n de los campos de la pr‡ctica social con la divisi—n repro-ductoraÓ har’a que la diferencia sexual fuera, simplemente, un complemento de la funci—n de la reproducci—n y no una divi-si—n c—smica o un destino social. No habr’a ninguna raz—n para que esto estructurara las relaciones emocionales, de modo que las categor’as de heterosexual y homosexual se volver’an insig-nificantes.

 

 

15.  Este p‡rrafo resume parte del argumento de Foucault en el primer volumen de la Historia de la sexualidad.

 

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Lo que sostuvo Ernest Renan (1990: 19) respecto a la nacionalidad es tambiŽn cierto para la imposici—n del sexo dicotomizado: tiene que apa-recer como un Òplebiscito cotidianoÓ, pero a la vez como algo que uno siempre ha sido, algo que uno ha olvidado activamente haber llegado a ser, adem‡s de haber olvidado la manera tan cruel por la que uno ha lle-gado a serlo. La historia violenta de la formaci—n del objeto Òya no apare-ce junto con ese objeto. Por lo tanto, el sexoes el efecto-realidad de un pro-ceso violento que es ocultado por ese mismo efectoÓ (Butler, 1990: 193); en otras palabras, lo que Marx (y Adorno) hubieran llamado un fetiche.

En una sociedad que se basa en la separaci—n y el aislamiento de los individuos como ‡tomos, tristemente encadenados el uno al otro sobre la base de un conjunto de proyecciones neur—ticas (na-ci—n, religi—n, etcŽtera), no parece sorprendente que Tweedledee tenga sexo ocasionalmente, quiz‡s cada vez m‡s, sin la participa-ci—n de Tweedledum, o incluso de otro Tweedledee. Aunque esta tendencia es de esperar en el marco de la dialŽctica de la sociedad burguesa, hace que sus defensores y los terapeutas recurran al lla-mado Òproblema de Adam SmithÓ: la masturbaci—n amenaza la me-dida saludable de neurosis que llamamos cohesi—n social. Ha sido vilipendiada por la sociedad burguesa como una forma antisocial de identidad de sujeto-objeto16 que refuta a la heterosexualidad y pasa por encima de la vaca sagrada del dimorfismo sexual, o inclu-so la vuelve irrelevante. El poder del tabœ sobre el Òvicio solitarioÓ se puede adivinar por su fuerte presencia incluso en las opiniones de los progresistas m‡s radicales de la sociedad burguesa. Richard Carlile, editor de las obras de Tom Paine y de Red Republican [Re-publicano rojo], desat— en su ÒEvery Woman«s Book or What is Lo-ve, etcŽteraÓ [El libro de cada mujer o QuŽ es el amor, etcŽtera] de 1828 un Òun ataque en regla a la moralidad sexual convencionalÓ (Laqueur, 1994: 389), abogando por el control de natalidad y en pro de los ÒTemplos de VenusÓ para la Òsatisfacci—n extraconyugal controlada y sana del deseo femeninoÓ. Su motivaci—n se encontra-ba, segœn Laqueur, en la promoci—n del Òcomercio natural y salu-dable entre los sexosÓ, que tambiŽn lo llev— a rechazar la masturba-ci—n de una manera especialmente estridente. Su preocupaci—n era de tipo moral: el vicio solitario es un vicio porque es solitario.

 

 

16.  Una sociedad basada en una cadena de actos incesantes de intercambio equiva-lente de objetos no idŽnticos s—lo puede permitir la identidad de sujeto-objeto como una idea filos—fica, como una distracci—n que confunde a los que buscan una salida de la totalidad del intercambio. En realidad, no existe tal cosa.

 

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El debate acalorado sobre la masturbaci—n iniciado a media-dos del siglo XIX podr’a, por tanto, entenderse como parte de un debate m‡s general acerca de la liberaci—n del deseo en una eco-nom’a comercial y sobre la posibilidad de la comunidad humana en tales circunstancias (Laqueur, op. cit.: 390) .

 

Laqueur se refiere a esto como una versi—n sexual del cl‡sico problema de Adam Smith: sin cuestionar realmente los principios del modo capitalista de producci—n, que evidentemente produ-cen individuos que son m—nadas ego’stas y calculadoras, Àc—mo me puedo asegurar de que el grado de comunidad que se necesi-ta para su funcionamiento se reproducir‡ por s’ s—lo de manera espont‡nea y continua, es decir, sin un Estado del tipo de Hobbes o Leviat‡n? Hasta nuestros d’as, esta pregunta que persegu’a a Smith no ha perdido nada de su control casi universal sobre el pensamiento liberal, en el sentido m‡s amplio de la palabra.

 

El discurso sobre la prostituci—n podr’a constituir un caso pa-ralelo: como la masturbaci—n, la prostituci—n fue considerada el mal antisocial por primera vez en el siglo XIX ( op. cit.: 391) . La ob-sesi—n moderna con las campa– as contra la prostituci—n se debe a que se considera una Òconfusi—n entre el mundo peligrosamente asocial del intercambio comercial y el mundo socialmente sano del amor conyugalÓ ( op. cit.: 392) . Laqueur hace aqu’ un paralelismo sorprendente entre el discurso del siglo XIX sobre la prostituci—n y la campa– a papal del siglo XII contra la usura (que, posteriormen - te, volvi— a emerger en las diferentes formas del antisemitismo mo-derno), una respuesta temprana Òa una econom’a de mercado emergenteÓ. La jerarqu’a de la Iglesia, bas‡ndose en la filosof’a to-mista, denunci— el cobro usurario de interŽs porque Òcon ello no se ganaba nada realmenteÓ. En el catolicismo tomista, el capital del usurero es ileg’timo porque se genera s—lo en la esfera de la circu-laci—n: no es el resultado de un trabajo productivo (que en este contexto significa agricultor) . Laqueur se– ala que el mismo patr—n argumentativo se dirige en el siglo XIX contra la prostituci—n: el di-nero ganado con la prostituci—n es ileg’timo porque Òno se produ-ce nadaÓ. Como la usura, la prostituci—n es Òpuro intercambioÓ ( op. cit.: 394); como la homosexualidad, es improductiva y sin objeti-vo17. Laqueur no se refiere aqu’ a Adorno y Horkheimer y no de-

 

 

17.  La preocupaci—n por una cohesi—n social y una separaci—n clara entre las es-feras del intercambio y del amor, la privacidad, etcŽtera, colisiona en el ca-so de la prostituci—n con la tendencia de las relaciones mercantilistas por

 

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sarrolla las implicaciones te—ricas de su observaci—n, sin embargo, su intento por pensar en el antisemitismo y la sexualidad en con - junto, en el marco de una cr’tica del concepto de producci—n, se alinea claramente con la idea central de la DialŽctica de la Ilustraci—n.

 

 

Sustancia y subsunci—n

 

En DialŽctica negativa Adorno (1986: 355) cita un pasaje de la Fi-losof’a del Derecho de Hegel, en la que Žste expresa de manera elo-cuente una de las paradojas fundamentales del concepto del Es-tado moderno:

 

Pero, si hay algo simplemente esencial, es que una Constituci—n, aunque producida en el tiempo, no sea sostenida como un algo realizado; puesto que, m‡s bien, una Constituci—n es lo que œnica-mente es en s’ y para s’, que debe considerarse por lo tanto como lo divino y permanente, por encima de la esfera de lo hecho.

 

Adorno constata que Hegel describe aqu’ de manera afirma-tiva lo que Marx criticar’a m‡s adelante como fetichismo. La ob-servaci—n de Hegel de que el Estado (representado aqu’ pars pro toto, por su Constituci—n) debe aparecer como si no fuera el arte-facto que todos conocen que es, reaparece bajo muchos disfraces en muchos discursos diferentes pero relacionados: se encuentra detr‡s de la afirmaci—n famosa de Ernest Renan de que Òuno de-be haber olvidadoÓ las numerosas crueldades que fueron necesa-rias para la construcci—n de la naci—n, del gran pacificador que es tan esencial para el pensamiento pol’tico burguŽs; o en la opi-ni—n de Simone de Beauvoir de que ser una mujer significa llegar a ser lo que una (supuestamente) siempre ha sido. Cuando Hegel se– al— que la lectura cotidiana de un peri—dico espec’fico consti-tu’a uno de los actos reiterativos18 que producen lo que parece haber estado siempre all’, lo mismo se puede decir de los Òplebis-citos cotidianosÓ de Renan y de los actos cotidianos de Òreitera-ci—n performativaÓ de Judith Butler que producen la (verdadera)

 

 

Òrealmente subsumirÓ a todos los aspectos de la vida. La sociedad burguesa no puede sostener consistentemente que la producci—n de valor es el œnico valor que respeta; debe intentar mantener valores (vida familiar, amor heterose-xual, el calor de los padres, etcŽtera) socavados por la producci—n de valor.

 

18.  ÒHegel observ— que los peri—dicos sirven al hombre moderno como un sus-tituto de las plegarias matutinasÓ (Anderson, 1993: 60) .

 

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ilusi—n del sexo. El concepto marxiano de fetichismo es la herra-mienta para clarificar lo mencionado.

 

Se deber’a notar, sin embargo, que las consecuencias de raza y sexo no necesitan ser insinuadas en el concepto de manera in - tencionada; siempre han estado all’. El fil—sofo alem‡n Max MŸ-ller se quej—, en una conferencia de 1878, de que la propia teo-r’a del fetichismo se debat’a en todo un abanico de discursos, a tal punto que Òse hab’a convertido ella misma en un fetiche cien - t’ficoÓ (Pettinger, 1993: 90) . Marx reflej— el fetichismo del feti-chismo en su propia adopci—n del concepto. La palabra en s’ Ðre-lacionada y similar en cuanto a su sentido a la de artefacto, es decir, algo que se ha hecho, un productoÐ se utiliz— durante la Edad Media para referirse a talismanes populares, aparatos herŽ-ticos e ilegales. Los exploradores portugueses tempranos y los co-lonialistas emplearon el tŽrmino para describir Òlos amuletos que llevaban las personas que encontraron en la costa de çfrica occi-dentalÓ ( op. cit.: 87), equiparando las costumbres indeseadas en casa a las de las colonias utilizando la misma palabra. En un tex-to de 1704 un oficial holandŽs en las Antillas, Willem Bosman, in - form— a su pa’s de que varios sœbditos coloniales hab’an cometi-do una masacre de cerdos despuŽs de que un cerdo comiera una serpiente, animal que result— ser el mayor fetiche de esta regi—n

 

(      op. cit.: 88) . Este caballero progresista desaprob— fuertemente de tal comportamiento antiecon —mico en el cual el Òvalor verdade-ro, comercial de las cosas se oculta por un respeto sentimental hacia ciertos animalesÓ. A mediados del siglo XIX, el fetichismo era ya algo racializado y denotaba, en palabras del antrop—logo Ed-ward B. Tyler, Òla l—gica limitada del b‡rbaroÓ ( op. cit.: 84) . Sin em-bargo, los eruditos burgueses se daban cuenta de que tambiŽn ha-b’a fetichismo en su patria. El propio Tyler se– al— la colecci—n de Òsellos poco comunesÓ o de Òbastones extra– osÓ como los fetichis-mos de los caballeros ingleses. Sin embargo, los fetichismos euro-peos contaban como rarezas extra– as o supersticiones anacr—ni-cas, mientras que la mente del salvaje estaba constituida por el fetichismo. En 1888 el psic—logo francŽs Alfred Bidet introdujo el concepto del fetichismo en el discurso de la sexualidad. Bidet se refiri— a Òdegenerados que experimentaban una intensa excita-ci—n genital con la contemplaci—n de ciertos objetos que no afec-tar’an a ninguna persona normalÓ ( op. cit.: 85) 19. A travŽs de esta

 

 

19.  El tŽrmino parece desempe– ar un papel menor en el psicoan‡lisis freudia-no. Freud aborda el fetichismo en el segundo cap’tulo del primero de los

 

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evoluci—n, entonces, desde el herŽtico hasta el salvaje y el perver-tido sexual, el concepto del fetichismo sirvi— en la sociedad bur-guesa (emergente y establecida) para denotar lo que se conside-ra que, ciertamente, no es. El poder ret—rico en la adopci—n de Marx de este tŽrmino se encuentra en su ir—nica inversi—n: para Marx, el fetichismo no es la excepci—n o el anacronismo, sino la verdad y la esencia de la sociedad burguesa moderna20.

 

Una mercanc’a puede ser utilizada como equivalente de otras mercanc’as solamente porque es un producto del trabajo. La for-ma equivalente representa el trabajo abstracto que se Òha inverti-do en ellaÓ. El producto del trabajo concreto se reduce, por con - siguiente, a la forma de la apariencia de una cantidad de trabajo abstracto, que asume una forma algo superior de veracidad: la abstracci—n se convierte en la esencia o el alma de lo concreto, de lo cual fue abstra’do en un principio. Es en base a este Òesencia-lismoÓ (no es terminolog’a de Marx) que Òpor mucho que se abroche los botones, el lienzo descubre en ella [la levita] el alma palpitante de valor hermana de la suyaÓ (Marx, 1999: 18) .

 

Marx presenta otro paralelismo: un rey es un rey Òporque otros hombres se comportan con respeto a Žl como sœbditos. Pero ellos,

 

 

Tres ensayos sobre la teor’a sexual, ÒAberraciones sexualesÓ. M‡s adelante, el fe-tichismo cobra importancia en el contexto de la teor’a del miedo a la castra-ci—n, presentada, por ejemplo, en el octavo cap’tulo del Compendio del psicoa-n‡lisis. Es m‡s, existe un ensayo de 1927 llamado ÒFetichismoÓ.

 

20.  La forma semidesarrollada del concepto, el cual claramente se– ala sus or’ge-nes, se evidencia en un art’culo de octubre 1842. Marx se burla de un debate en la Dieta renana sobre una ley que castiga los robos de le– a (obviamente manejado en el interŽs de los arist—cratas, propietarios de los bosques) . Marx argumenta que los derechos sociales y legales de los seres humanos son sacri-ficados en aras del Ògenio tutelar de la le– a personificadoÓ (Debates sobre la ley castigando los robos de le– a en: Marx, 1982: 260) . En sus conclusiones, Marx usa el concepto del fetichismo contra la asamblea provincial, subrayan - do expl’citamente las implicaciones coloniales del concepto: ÒLos ind’genas cubanos ve’an en el oro el fetiche de los espa–oles. Celebraron una fiesta en su honor, le entonaron canciones y despuŽs lo arrojaron al mar. Si hubieran asis-tido a estas sesiones de la Dieta renana, aquellos salvajes hubieran visto en la le–a el fetiche de los renanos. Pero en otras sesiones de la misma Dieta habr’an aprendido que el fetichismo lleva consigo el culto al animal y habr’an arroja-do al mar a las liebres para salvar a los hombresÓ ( op. cit.: 283) . Este art’culo se dirige en contra del particularismo no de la sociedad burguesa, sino de la aristocracia provincial, la cual subvierte y boicotea el establecimiento de la ley general, no particular y racional, y el Estado nacional moderno (y capitalis-ta) . Marx ataca en este texto temprano el atraso renano (su lugar de origen) por obstaculizar el progreso (prusiano burguŽs) .

 

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a su vez, creen ser sœbditos porque el otro es el reyÓ ( op. cit.: 24) . El rey es una relaci—n social (los actores dicen: Òel rey siempre es in - terpretado por otroÓ) . El rey no es el ser (esencia) de la persona que es rey, sino el conjunto de efectos que constituyen las relacio-nes entre el rey y los sœbditos. El comportamiento normal de los sœbditos leales es reificar o esencializar la naturaleza del rey en el rey y comportarse como si la naturaleza de rey del rey fuera la cau-sa de su condici—n de sœbditos. El fetichismo significa (entre otras cosas) que una categor’a relacional se transfigura en una catego-r’a esencial: algo que realmente consiste en relaciones entre las per-sonas se presenta como Ðy en cierta medida realmente se vuelveÐ una caracter’stica esencial, intr’nseca y espont‡nea de una cosa que a su vez se convierte en el mero portador de esta esencia.

 

Al mismo momento hist—rico en que la matanza del rey fran - cŽs abri— la puerta a una Òsociedad de igualesÓ, se lleg— a conside-rar que los grupos humanos eran formados por un dictado irrever-sible de la naturaleza (Guillaumin, 1995: 56) que convert’a a los Ògrupos en fetiches, fosilizados en alguna forma intr’nseca de serÓ

 

(      op. cit.: 63) que, supuestamente, pose’a cualidades inalterables y homogŽneas. La idea tradicional de Òuna gran sociedad del Hom-bre, [É] sujeta a Dios y contrastada con ƒlÓ ( op. cit.: 72) fue reem-plazada por las concepciones cient’ficas de numerosos grupos dife-rentes Òesparcidos por el tiempo y el espacioÓ. La sociedad moderna cre— un individuo liberado de la finca y de la jerarqu’a (y tambiŽn liberado de los medios de subsistencia) pero lo envolvi— con las cadenas del determinismo corporal-genŽtico ( op. cit.: 72) . Este argumento que desarroll— Colette Guillaumin teniendo en mente tanto a la raza como al sexo, puede ayudar a cimentar hist—-ricamente la cr’tica m‡s genŽrica al ÒesencialismoÓ y la ÒidentidadÓ. Los conceptos contempor‡neos sobre las identidades sexuales, cul-turales, raciales, Žtnicas, nacionales o de cualquier otro tipo llevan la huella del siglo XVIII, al dar por supuesto que los grupos sociales tienen una esencia intr’nseca y se relacionan con otros grupos pa-recidos de manera œnicamente secundaria y accidental, como las m—nadas de Leibniz: el conjunto de relaciones sociales es externo a la esencia del grupo. La historia se encuentra fuera de la esencia, la esencia fuera de la historia. Este esencialismo, o Òendodetermi-nismoÓ21 de (en terminolog’a de Horkheimer) la Òteor’a tradicio-

 

 

21.  Mientras que, al principio, el color ÒnegroÓ de la piel hab’a sido el signo (ar-bitrario) de una posici—n social particular (esclavitud), fue subsiguiente-

 

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nalÓ no es un caso accidental de Òconciencia falsaÓ. El individuo se convierte realmente en un mero ejemplo de una categor’a, una cla-se, imaginada como una entidad sustancial que posee una esencia que parece determinar espont‡neamente, por s’ sola, el objetivo inherente del individuo. La esencia de la clase es tambiŽn la esen - cia o identidad de todos los que se incluyen en ella (aunque, a la vez, nunca lo es) 22.

 

Los miembros de una raza moderna son una masa indiferen - ciada, una aglomeraci—n de contempor‡neos yuxtapuestos en el espacio o, como gustan decir los periodistas y los pol’ticos que ca-zan inmigrantes, gotas en el ocŽano. Todas las gotas en un ocŽa-no son idŽnticas y en su reducci—n a una esencia comœn y abstrac-ta (el agua, la raza) se parecen a la gran acumulaci—n de mercanc’as que crea el capital. Los miembros, las m—nadas de una raza, com-parten su esencia racial de la misma manera que las masas moder-nas de mercanc’as comparten la cualidad de ser portadores de valor (el alma del abrigo, en la imagen de Marx) . Es m‡s, el indi-viduo racializado se caracteriza por la misma dialŽctica precaria entre identidad (esencia racial: detestable) y diferencia (aparien - cia in dividual: a veces aceptable o al men os œtil) . Esto es lo que h ace que el racismo sea modern o, un producto t’pico de la so-ciedad democr‡tica e in dividualista23. Guillaumin sostien e que la palabra mu jer se refiere a un a clase o categor’a de este tipo. Mon ique Wittig escribi— en este mismo esp’ritu que, mientras

 

 

 

mente interpretado como la causa de esta relaci—n social (Guillaumin, op. cit.: 142): primero se dio la casualidad de que los que proven’an de las zonas donde se pod’an tomar esclavos con facilidad y con buenas ganancias eran negros, y m‡s tarde aparec’a como si fueran esclavos porqu e eran negros (su piel negra sustituy— a su esencia racial, que tambiŽn, y quiz‡s de manera m‡s importante, ti–— sus almas) . En lo que Guillaumin llama Òdeterminismo en - d—genoÓ la marca es m‡s que una marca (arbitraria): es una expresi—n de la naturaleza del objeto. Una naturaleza particular es Òdirectamente producti-va de una pr‡ctica socialÓ y de relaciones sociales. La esencia produce la apa-riencia sin mediaciones e inflexiones exteriores; es una naturaleza espont‡-nea. Se imagina que un grupo social posee una su stan cia invariable que se hereda de generaci—n a generaci—n .

 

22.  Pashukanis (1976: 79) cita una frase de Marx de La sagrada familia donde sostiene que Òsean estos ‡tomos solamente en la representaci—n, en el cielo de su imaginaci—n, [É] es decir, [los miembros de la sociedad civil son] no ego’s-tas divinos, sino hombres ego’stasÓ y que Žstos son Òentes enormemente distin - tos de los ‡tomosÓ.

 

23.  Esta postura ha sido sostenida, repetidamente, por ƒtienne Balibar.

 

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que la declaraci—n de color ha llegado a considerarse un acto de discriminaci—n, la declaraci—n del sexo todav’a no se cuestiona: se ha puesto fin, en gran medida, a que la gente llame a ciertas per-sonas n egros, pero se sigue llamando a ciertas personas mu jeres (Wittig, 1992: 199f) . Asimismo Connell (1987: 147) escribe:

 

Mientras que el comportamiento homosexual de cierto tipo es universal, esto no implica autom‡ticamente la existencia de per-sonas que se identifican a s’ mismas o son pœblicamente etique-tadas como homosexuales [É] el homosexual representa la de-finici—n moderna de un nuevo tipo de hombre adulto.

 

Este argumento refleja la observaci—n de Foucault (1977: 50) de que, mientras que la sodom’a hab’a sido una categor’a de ac-tos prohibidos perpetrados por cualquier ser humano como un pecado que llevar’a o no a esta persona a la hoguera, el homose-xual moderno es una especie que necesita de un tratamiento es-pecial, incluida una variedad de expertos, desde el trabajador so-cial h asta el psiquiatra y el en cargado del campo de concentraci—n 24. El acto homosexual ya no cuenta como un pe-cado ocasional, sino como algo que expresa la naturaleza com-pulsiva, la identidad del perpetrador. El reemplazo del pecado por la esencia puede conducir a tratamientos m‡s indulgentes o m‡s brutales. Foucault y Mieli, pr‡cticamente, coinciden en afir-mar que el sexo es el resultado de relaciones y pr‡cticas sociales que llegan a ser tratadas como una esencia, un impulso o un ins-tinto natural y transhist—rico. El concepto fetichista de la sexuali-dad se encuentra en el eje central de la transformaci—n de la fa-milia y del Estado moderno normalizador con sus pr‡cticas racistas. Como parte del mismo proceso, la subsunci—n de toda la vida humana al monstruo autom‡tico (es decir, el capital) norma-liza la sexualidad en identidades sexuales, en Òser lo mismoÓ, un proceso fetichista de negaci—n y reducci—n 25. La divisi—n del

 

 

24.  Que la Òhomosexualidad tal y como la conocemos es un complejo institucio-nal relativamente modernoÓ fue insinuado ya en 1968 por Mary McIntosh y despuŽs, de manera aparentemente simult‡nea, por Michel Foucault y Jef-frey Weeks en 1977 (Rubin, 1989: 131) .

 

25.  Mario Mieli escribi— bajo la influencia del ultraizquierdismo en la tradici—n de Amadeo Bordiga y Jacques Camatte. Mieli tom— de Camatte Il capitale to-tale de 1976 el concepto marxiano de subsunci—n real, el cual describe un proceso hist—rico donde el capital no solamente subsume al trabajo en el sentido estricto de la palabra (las actividades que son trabajo asalariado en

 

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mundo social en esferas aparentemente aut—nomas parece de es-pecial importancia en este proceso: Òla divisi—n de las esferas pœ-blicas y domŽsticasÓ, a su vez Òun producto de la expansi—n de las relaciones sociales mercantilizadas y del Estado liberal [ha] su-perpuesto estas funciones, cada vez m‡s polarizadas, a nociones tradicionales sobre las relaciones de gŽneroÓ (Paige, 2000: 15) 26.

 

Esta cr’tica de la esencia-como-identidad y de su v’nculo subya-cente al proceso hist—rico de la Òsubsunci—n realÓ, fundamental para tradiciones intelectuales, por lo dem‡s bastante diferentes, se escon-de tambiŽn detr‡s de la formulaci—n temprana de la teor’a cr’tica de Horkheimer, un marco que, como Adorno, nunca abandon—:

 

Marx estaba en lo correcto al intentar eliminar la convicci—n de que existe una esencia del ser que invade todas las Žpocas y so-ciedades y les presta su significado. Era precisamente este ele-mento de la filosof’a hegeliana que le parec’a una ilusi—n idealis-ta. S—lo los propios seres h uman os Ðn o la esen cia de la humanidad, sino los seres humanos reales en un momento hist—-rico concreto, dependientes el uno del otro y de la naturaleza ex-terior e interiorÐ son los actores y los sujetos sufridores de la his-toria. (cf. Horkheimer, 2000)

 

 

el capitalismo), sino tambiŽn subsume Òtodo el proceso vital de los hombresÓ (Mieli, 1979: 141) .

 

El concepto de la Òsubsunci—n realÓ fue desarrollado en una parte del pri-mer volumen del El capital que Marx no incluy— en el texto publicado (ÒRe-sultados del proceso inmediato de producci—nÓ); la primera edici—n en es-pa– ol fue publicada en 1971 con el t’tulo El capital, libro I, cap’tulo VI (inŽdito). La subsunci—n real es definida en las p‡ginas 59 a 90 de este texto (Marx, 1983) . En el texto publicado de El capital el concepto de subsunci—n real s—-lo es mencionado una vez (Marx, 1999: 426) . En algunas traducciones se usa la expresi—n Òsupeditaci—n realÓ. Mieli, adem‡s, se refiere a los Grundrisse (Marx, 1980, tomo II: 228), donde el concepto hace referencia al proceso mediante el cual el capital subsume la Òfuerza productiva general, [del hom-bre] [É] el desarrollo del individuo socialÓ. La subsunci—n real lleva hac’a Òun modo de producci—n espec’ficamente capitalista, sobre cuya base y al mismo tiempo se desarrollan las relaciones de producci—nÓ (Marx, 1983: 59) . El capital desarrolla (obviamente) una fuerza productiva independiente, lo que es la fuerza productiva social del trabajo.

 

26.  S—lo en el contexto moderno se han convertido Òla racionalidad, la instru-mentaci—n y la impersonalidadÓ en cualidades masculinas ( op. cit.: 14) . An - thony Fletcher cita una publicaci—n inglesa de 1770 que afirmaba que un Ònuevo tipo de animal, ni macho ni hembra, una cosa de gŽnero neutro, ha aparecido entre nosotros [É] habla sin sentido, sonr’e sin gracia, come sin apetito, monta sin ejercicio, puta– ea sin pasi—nÓ (Fletcher, 1999: 320, citado en Paige, 2000: 14) .

 

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Sin embargo, en palabras de Adorno (1986: 337): Òapenas ha-br’a sido posible estabilizar la irracionalidad de los fines de la so-ciedad burguesa sin el recurso a eficientes mŽtodos irracionalesÓ.

 

 

Los hombres y las cosas

 

La sexualidad como esencia social y mental cristalizada

termina de desposeer a lo cotidiano; es su aportaci—n

al terrorismo.

(Lefebvre, 1984: 210)

 

Si los hombres dejaran de tener que igualarse con las cosas, ni necesita-r’an de una superestructura cosista, ni tendr’an que proyectarse como esencias inmutables segœn el modelo de la coseidad. [La] reducci—n del trabajo humano al abstracto concepto universal del tiempo medio de trabajo, tiene un hondo parentesco con el principio de identificaci—n, [est‡] ’ntimamente relacionada con el principio de la identificaci—n: [logra que] el cambio [haga] conmensurables, idŽnticos, a seres y accio-nes aislados que no lo son . (Adorno, 1986: 100 y 150)

 

As’ como:

 

Las variedades concretas del humano se disuelven en el trabajo humano abstracto, como creador de valor, as’ tambiŽn [É] todas las peculiaridades concretas que distinguen a un representante de la especie homo sapiens de otro se disuelven en la abstracci—n del hombre en general, del hombre como sujeto jur’dico. (Pa-shukanis, 1976: 108)

 

En palabras de Pashukanis, el sujeto adquiere bajo las condi-ciones modernas, en compensaci—n por haber Òca’do en una de-pendencia de esclavo, [un] singular presente: una voluntad jur’-dicamente presumida que lo vuelve absolutamente libre e igual entre los dem‡s propietarios de mercanc’asÓ. Hay algœn consue-lo en el hecho de que la mayor’a de los sujetos burgueses no po-seen esclavos, f‡bricas, tierras de labranza, etcŽtera: Fichte se– al— que Òcada uno posee su cuerpo como libre instrumento de su vo-luntadÓ (citado en Pashukanis, op. cit.: 109-110) . La rearticulaci—n enf‡tica que hace Fichte del concepto de Descartes del individuo pensador como algo separado de su cuerpo, nos trae de vuelta al problema central de Simone de Beauvoir del convertirse del suje-to, el problema del potencial humano por trascender y reinven - tar Ðo rearticularÐ el cuerpo, y el debate sobre Wittig, Butler y otros que surgieron de Žl.

 

 

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Pashukanis ( op. cit.: 114) describe un fetichismo jur’dico espe-c’fico que complementa el fetichismo de la mercanc’a. Escribe que:

 

Las relaciones de los hombres en el proceso de producci—n [É] por una parte, aparecen como relaciones entre cosas (mercan - c’as), y por la otra, como relaciones de voluntad entre unidades independientes unas de las otras, iguales entre s’: como relacio-nes entre sujetos jur’dicos.

 

Aunque esto no es m‡s que una reformulaci—n del problema cl‡sico de la libertad y la determinaci—n Ðen lenguaje sociol—gico, capacidad de acci—n y estructuraÐ Pashukanis ( op. cit.: 114-116) se– ala la forma espec’ficamente capitalista de lo que llama el su-jeto legal: la subjetividad legal en el sentido moderno y burguŽs de la palabra es abstra’da de cada afirmaci—n concreta, mientras que en el contexto feudal, cada derecho era un privilegio.

 

Solamente en la econom’a mercantil [É] la capacidad general de tener derechos se separa de las pretensiones jur’dicas concre-tas. S—lo la transferencia continua de derechos que tiene lugar en el mercado crea la idea de un portador inmutable de esos de-rechos. ( op. cit.: 114)

 

La abstracci—n de afirmaciones concretas s—lo es posible a tra-vŽs de la experiencia cotidiana del propietario de la mercanc’a que Òcambia papeles, instant‡neamente, de solicitante a deudorÓ. El vendedor de una mercanc’a, incluso cuando se trata s—lo de fuer-za de trabajo, ser‡, al momento siguiente, el comprador de otra mercanc’a. El trabajador que pasa su d’a en la f‡brica quiz‡s pa-se a comandar los servicios de otro trabajador asalariado por la tarde. Esta fluidez moderna en lo concreto posibilita y engendra la idea del sujeto abstracto, fijo e inalienable Òcomo portador de todas las pretensiones jur’dicas concretasÓ ( op. cit.: 114) . Es debido a que las relaciones son fluidas que se convierten en piedra, y s—-lo debido a su car‡cter fosilizado (su apariencia retra’da) pueden exigir el derecho a la igualdad (su alma universal):

 

La idea del valor supremo y de la igualdad de principio de las personas humanas tiene una larga historia: de la filosof’a del es-toicismo pas— a los usos de los juristas romanos, a los dogmas de la Iglesia cristiana y luego a la doctrina del derecho natural. [É] Pero cualquiera que sea la forma que haya podido revestir esta

 

 

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idea, se encuentra en ella œnicamente la expresi—n del hecho de que las diferentes variedades concretas del trabajo social œtil se reducen al trabajo en general, desde el momento en que los pro-ductos del trabajo son intercambiados como mercanc’as. En to-das las dem‡s relaciones, la desigualdad de los hombres entre s’ (desigualdades de sexo, de clase, etcŽtera) salta a la vista de ma-nera tan evidente en el curso de la historia que hay que asom-brarse, [É] que, antes de Marx, nadie se haya interrogado sobre las causas hist—ricas que favorecieron el nacimiento de ese pre-juicio del derecho natural. Pues si en el curso de los siglos el pen - samiento humano ha vuelto con tal obstinaci—n a la tesis de la igualdad de los hombres y la ha elaborado de mil maneras, es porque tras esa tesis deb’a haber alguna relaci—n objetiva. (Pa shukanis, op. cit.: 159-160)

 

Esta realidad es el intercambio de mercanc’as, un asunto que durante milenios apenas afect— a la mayor’a de las personas, pe-ro que en la Žpoca moderna ha llegado a constituir la sociedad humana en su totalidad.

 

Sin embargo, el hombre Òno es s—lo lo que era y es, sino tam-biŽn aquello que puede llegar a serÓ (Adorno, 1986: 57 y 127-128).

 

 

Es imposible decir lo que es el hombre. El de hoy [É] Todas las mutilaciones que viene padeciendo desde hace milenios se las arrastra con sigo como un a h eren cia de la sociedad. Para boi-cotear la posibilidad de la condici—n humana no hay m‡s que descifrar Žsta a partir de su constituci—n actual.

 

La forma razonable de sociedad en la que los hombres ya no tendr‡n que Òigualarse con las cosasÓ traer‡ aquella otra moder-nidad en la que la identidad ser‡ liberada de ser convertida en piedra por la identificaci—n: ÒSi se acortara radicalmente el tiem-po de trabajo, lo que quedase socialmente de especializaci—n per-der’a el horror de moldear completamente a los individuosÓ ( op. cit.: 276) .

 

En ÒEl ensayo como formaÓ Adorno (2003) se refiri— al Òocio del ni– oÓ como una caracter’stica del ensayo, que era, claramen - te, su forma m‡s caracter’stica de escribir. La vida en la forma ra-zonable de sociedad ser‡ m‡s como un ensayo que como un tra-tado, y se dispondr‡ con plenitud del goce del ocio de los ni– os. Sin embargo Ðcomo siempre hac’a y adem‡s de manera diferen - te de otros te—ricos menos dialŽcticos (y m‡s populares), como

 

 

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Marcuse o BenjaminÐ, Adorno no llega tampoco a aprobar la idea del Òocio del ni– oÓ: en la important’sima secci—n 150 de M i-nima moralia, Adorno advierte que la defensa de la readmisi—n de los impulsos parciales, un elemento de hacerse infantil, es una parte esencial de la modernidad como es y, aunque es obvio que siente simpat’a por el pluralismo de impulsos parciales (como se representan en los escritos de Baudelaire, que para Adorno ilus-tran este tema), avisa que su adopci—n no debe equivaler a la re-gresi—n . La idea de la modernidad, segœn Baudelaire, contiene la falsa promesa de que la autodestrucci—n del Òmonismo de la ra-z—n burguesaÓ es la esperanza de la modernidad. Sin embargo, simplemente produce un pluralismo al estilo de un Òdeslumbran - te espejismo [fata morgana]Ó, respondiendo a los impulsos parcia-les del ni– o, as’ como el culto a la sensaci—n y a la percepci—n in - mediata de lo supuestamente nuevo (incluidas las Òansias de notoriedadÓ y otras adicciones) es, meramente, una respuesta im-potente al hecho de que la modernidad capitalista significa, m‡s que cualquier otra cosa, monoton’a, identidad y repetici—n neu-r—tica y compulsiva. Efectœa la descomposici—n del sujeto y absor-be todo lo que hay de fijo en los caracteres. Sin embargo, la debi-lidad del ego, la falta de fe y la Òp‡tica apelaci—n a la situaci—nÓ no vencer‡n al sistema (Adorno, 1998: 139-140) .

 

Hay dos explicaciones evidentes, complementarias e indirec-tamente relacionadas para la emergencia del concepto moderno del binarismo sexual: una, m‡s macro, la considera un efecto, un reflejo o expresi—n de la divisi—n entre lo pœblico y lo privado, es decir, del tallado del mundo social en esferas, de forma supuesta Ðpero nunca realmenteÐ, independientes; la otra, m‡s micro, la en - tiende como un efecto, reflejo o expresi—n de la imposici—n casi exclusiva de la sexualidad genital, que a su turno forma parte del esfuerzo disciplinante m‡s amplio que cre— el sujeto moderno. La domesticaci—n de los impulsos parciales en la forma de la organi-zaci—n genital de la sexualidad, la vigilancia precaria del capital contra la regresi—n al tiempo libre infantil de sus sœbditos, cre— la forma moderna de la idea de que existen exactamente dos sexos, los hombres y las mujeres, y que ser uno o el otro organiza y forma cada aspecto de todo ser humano individual. La trayectoria hacia una forma razonable de sociedad (o m‡s bien, un estado de cosas despuŽs y m‡s all‡ de la sociedad-el Estado-el individuo) tendr’a que incluir la cr’tica de la organizaci—n genital de la sexualidad. La importancia de la homosexualidad, en este contexto, es que

 

 

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tiende a ser genitalmente organizada de manera menos estricta, por la raz—n obvia de que no se encuentra subordinada a lo que la sociedad considera que es el objetivo funcional de la sexualidad, la procreaci—n (aunque s’ puede, por supuesto, ser igualmente su-bordinada a la reproducci—n social en un sentido m‡s amplio, es decir, m‡s all‡ de la reproducci—n de cuerpos trabajadores: de all’ los fen —menos legales-ideol—gicos como el matrimonio entre ho-mosexuales, etcŽtera) .

 

Todos los aspectos de la subjetividad moderna burguesa son elementos intr’nsecos de un conjunto de relaciones sociales, el modo capitalista de producci—n que puede ser superado s—lo co-mo un conjunto. La sociedad de la identidad tiene una barriga

 

(      puesto que es todav’a el viejo monstruo de Leviat‡n bajo un dis-fraz diferente) y siempre puede encontrar razones por las que un elemento particular de no-identidad tenga que ser devorado. Del mismo modo que el racismo normal, comœn, tranquilo e im-pl’cito en la forma de la naci—n algunas veces se calienta, el mun - do heterosexual de ambos sexos se permite, de vez en cuando, pegar unas palizas a algunos homosexuales, por muy respetable que se haya vuelto la homosexualidad-como-identidad. Puesto que lo no idŽntico nunca se acomoda por completo en identi-dad alguna, tanto el homosexual como el heterosexual jam‡s se encuentran completamente a salvo de olas de homosexualidad Ðla disoluci—n de la sexu alidadÐ, del mismo modo que ningœn Òcompromiso hist—ricoÓ y rŽgimen social-democr‡tico-nacional puede erradicar totalmente olas de proletarian ismo, la disoluci—n de la clase. Todos los aspectos del rŽgimen capitalista permane-cen precarios. Las buenas noticias son que siempre, en todas partes, hay lugar para la antipol’tica.

 

 

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Solidaridad con la ca’da

 

de la metaf’sica: negatividad y esperanza

 

Fernando Matamoros Ponce

 

 

 

 

Una reflexi—n con la mirada puesta en el  pasado

 

Acercarnos a la cr’tica propuesta de Adorno (2006) es solidarizar-nos con la metaf’sica para salvar la cr’tica del concepto mismo desde la negatividad y potencialidad inscritas en los sujetos. En el mundo contempor‡neo, destacar las esperanzas negadas y escon - didas dialŽcticamente en la realidad conceptuada ser‡ pensar m‡s all‡ de las conceptualizaciones del movimiento teleologizado por el pensamiento del desarrollo y el progreso. En la din‡mica del creer y El esp’ritu de la utop’a (Bloch, 1977) se encuentra la metaf’-sica como cr’tica, la posibilidad de ir m‡s all‡ de las experiencias antropol—gicas conocidas por las palabras de lo reificante, identi-ficado y homogeneizado por el poder del capital. Somos nombres y condenas de los discursos institucionalizados: mujer-esposa-rol, homosexual-enfermo-degenerado, indio-atrasado-salvaje, desarro-llado o subdesarrollado. Pero somos m‡s que las designaciones, condenas y destinos anunciados en las extensiones de la domina-ci—n, contenemos antagonismos y tensiones sociales, posibilidades de romper identidades que son tambiŽn no-identidades. Somos objeto y a la vez sujeto en construcci—n contra los destinos y las vio-lencias que se contienen en las palabras.

 

En la misma forma enga– osa de lo nombrado y presentado como natural en el progreso y sus diversas modalidades discursivas (desarrollo, civilizaci—n, etcŽtera), quiz‡s, como veremos m‡s ade-lante, podemos reflexionar con la Òmetaf’sicaÓ o el ÒmesianismoÓ (cf. Adorno, 1986, y Benjamin, 2000) las subjetividades de los deseos de otro mundo anhelado e inscrito en la historia. Se trata de la esperanza como cr’tica de la realidad impuesta por los racio-nalismos y positivismos reinantes en las certezas objetivas-subjeti-vas de las ciencias sociales y sus estad’sticas. Como metodolog’a, por no decir anti-metodolog’a e historia a contrapelo, proponemos

 

Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       Fernando Mat am oros

 

 

 

una visi—n que considere la con stelaci—n, pues nos permite verificar que las experiencias del pasado, actuando en nuestro presente, son dimensiones mediadas por las relaciones sociales y la lucha de clases. Como las palabras, los conceptos y categor’as de las ciencias sociales viven en crisis, son mediatizados por la objetividad del mundo y sus contradicciones. No solamente contienen en su inte-rior la lucha como s’ntesis del poder, sino tambiŽn las potenciali-dades de enfrentar las condenas enmarcadas en los destinos anun - ciados en la verdad y el mito de su reificaci—n .

 

ÀC—mo reflexionar los conceptos y las representaciones de identidades desde el mismo centro de las configuraciones de la cultura, pero con las constelaciones dialŽcticas de la metaf’sica como rebeld’a y acci—n pol’tica? ÀLas subjetividades del pasado s—lo estar‡n en la historia oficial y sus archivos como estableci-miento y legitimidad del poder del mito de la ley y su verdad, o existen en ellas las constelaciones de la lucha de clases? En lo esencial de lo emp’rico creado en los espacios de la punta de la pir‡mide del poder (instituciones y representaciones de verdad), Òabajo y a la izquierdaÓ, como dicen los zapatistas en MŽxico, se construyen alternativas imaginarias presentes en las luchas de los movimientos sociales. Es insoportable creer que todo lo inaguan - table del universo en su destrucci—n evidente (Òdevorar o ser devoradoÓ) se reproduzca en el futuro religioso, pol’tico, econ —-mico, seguir resistiendo sin rebeld’a o seguir tolerando lo inso-portable. ÒQuien odia lo destructivo tiene que odiar tambiŽn la vida: s—lo lo muerto se asemeja a lo viviente no deformado [É] La repugnancia al nihilismo que hay en sus palabras no es s—lo la condici—n psicol—gica, sino tambiŽn la condici—n de la humani-dad como utop’aÓ (Adorno, 2004: 83) .

 

Theodor W. Adorno nunca termin — de interrogarse sobre la constelaci—n que recubre la experiencia y la ontolog’a emp’rica del realismo vulgarizado por la ciencia y la filosof’a. Para respon - der, sin concluir con las clasificaciones del positivismo y para caminar actuando, nos propone reflexionar lo pensado en las verdades de lo cotidiano y destacar la necesidad de la solidaridad con la metaf’sica y el pensamiento (como objeto ligado al sujeto frente al deseo y el cambio) . Su pensamiento cr’tico no es la repe-tici—n del marxismo, sino una perspectiva epistemol—gica de teo-r’a cr’tica y subjetividad social pensada como posibilidades y potencialidades del pasado en la misma realidad presente que va constituyendo a los sujetos como negatividad a los discursos posi-

 

 

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tivistas de la civilizaci—n capitalista y la identidad con sus conse-cuencias desastrosas en la historia de los siglos XVI al XXI. Las cuentas de la muerte del otro son desastrosas en las exterminacio-nes de los pueblos originarios de AmŽrica, el Caribe y de Australia, y la esclavizaci—n determinada por la colonizaci—n con los efectos etnocidas y genocidas (Ferro, 2003) .

 

A partir de los regimenes de verdad y del interior subjetiva-do del exterior objetivado, cada mundo construye las significa-ciones de las palabras de la historia para definir las fronteras que no coinciden necesariamente con las de la objetividad del poder. Hay que subrayar que las palabras pueden asfixiar un pensa-miento. La adici—n de un calificativo cambia el peso y las conse-cuencias en su utilizaci—n, por ejemplo, genocidio no organizado, no deseado. Cuando se presenta un efecto de exterminaci—n o desaparici—n de una cultura como errores o locuras de indivi-duos aislados ( Hern‡n CortŽs, Hitler o Pinochet, etcŽtera) , no estructurados por el pensamiento hist—rico de una sociedad con objetivos de explotaci—n y extensi—n de su dominaci—n, se pier-den las subjetividades de clase que los constituyen como socie-dad. En este sentido, aceptar o negar una palabra nos permite comprender los antagonismos y las par‡lisis de un pensamiento. Marc AugŽ ( 1998: 10 y 12) afirma que todas las palabras, a pesar de estar domesticadas, Òguardan un fondo salvajeÓ, contienen la crisis en su interior. Apenas se desentorpecen o entibian sus alas en la luz del d’a y del sue– o, vuelven a repensarse en los Òreinos de las sombrasÓ y en los carnavales y rituales de los imaginarios reconfigurados en las luchas sociales. ÒMetaf’sica de los lugares, es usted quien mece a los ni– os, es usted que habita sus sue– osÓ

 

(      Arag—n, 1953: 19) . Sin embargo, AugŽ dice que el ÒpajareroÓ profesional del pensamiento, antes de encerrar las potencias de una palabra, aprender‡ primero a desconfiar de ellas, pues Òalgunas muerdenÓ. Se ejercita en des-cubrir sus nidos escondi-dos en el fondo de la selva de lo salvaje, las anestesia con otras palabras para poderlas observar y seguirlas de cerca, controlar hacia quŽ direcci—n se dirigen, d—nde se refugian o se liberan del peso de las mallas organizadas por las ciencias de lo definido de los diccionarios que las catalogan y controlan . As’, podemos subrayar la afirmaci—n de Adorno ( 2004: 74-75) : no hay que ame-drentarse frente a las constataciones de las verdades domesticadas, pues atr‡s de los datos clasificados y confirmados en la subjetivi-dad siempre esta la arbitrariedad y, desde luego, el temor de los

 

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argumentos positivistas a la objetividad, los antagonismos en los sujetos conservados.

 

QuŽ sea objetivamente la verdad, es bien dif’cil decidirlo, pero en el trato con los hombres no hay que dejarse aterrorizar por ello. Hay criterios que para lo primero son suficientes. Uno de los m‡s seguros consiste en que a uno se le objete que una aser-ci—n suya es Òdemasiado subjetivaÓ. Pero si se lo emplea sobre todo con aquella indignaci—n en la que resuena la furiosa armo-n’a de todas las gentes razonables, entonces hay raz—n para que-dar unos instantes en paz con uno mismo. Los conceptos de lo subjetivo y lo objetivo se han invertido por completo. Lo objeti-vo es la parte incontrastable del fen —meno, su efigie incuestio-nablemente aceptada, la fachada compuesta de datos clasifica-dos, en suma lo subjetivo.

 

Ante los hechos y la determinaci—n social del pasado domes-ticado, todo parece normal y natural. En las im‡genes de la gŽne-sis del poder, hasta el dolor como destino y condena, seguimos con -form‡ndonos con la identificaci—n de la repetici—n . En la universitas literarum (cf. Adorno, 2004: 76) todo es un a priori entre los esp’ritus que se comunican entre si, todas las celebrida-des del conocimiento validan irrefutablemente las concepciones en la objetividad de lo emp’rico. Ante la fuerza de tal conformis-mo, la formalizaci—n positivista de la objetividad acostumbrada, perdemos, olvidamos, reprimimos otros aspectos interiorizados del deseo de la vida. La sociedad y el poder nos machucan y tra-gan . ÒTodos los conceptos-puente, todas las conexiones y opera-ciones l—gicas auxiliares que no pertenecen al asunto, todas las inferencias secundarias y no impregnadas de la experiencia del objeto, deben eliminarseÓ (ib’d.). En este sentido, pensar lo pen - sado con los imaginarios y deseos en el mundo moderno exige tomar distanciamiento de las verdades emp’ricas interiorizadas en los sujetos, manipuladas y repetidas por los medios de comu-nicaci—n . Configuradas en la llamada cultura de masas, Žstas son medi‡ticamente instrumentalizadas por la ideolog’a de su cultu-ra posmoderna. En la vida misma, como angustia, en la pretensi—n de la seriedad de los juicios cient’ficos, constataremos que es en su propio terreno donde se desvanecen las prevenciones de su ilusi—n emp’rica. Como lo ha subrayado Adorno ( op. cit.: 75), los c‡lculos del positivismo y de la industria cultural se frustran con - forme avanza su objetividad velada. ÒFrente a Žsta, la raz—n se ha

 

 

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refugiado toda ella, y en completa reclusi—n, en las idiosincrasias, a las que la arbitrariedad de los poderosos acusa de arbitrariedad porque quieren la impotencia de los sujetos; y ello por temor a la objetividad, que s—lo en tales sujetos est‡ conservadaÓ.

 

As’, desde la perspectiva marxista de la cr’tica a la econom’a pol’tica, Adorno nos ayuda a pensar, junto con Marx, la decons-trucci—n de la idea del mundo totalitario del progreso y la acu-mulaci—n del capital1. Penetra los conceptos y representaciones de los discursos filos—ficos de la cultura de la civilizaci—n -b‡rbara para ir m‡s all‡ de lo que es como fen —meno y verdad. El ejem-plo de civilizaci—n occidental, camino y modelo a seguir como etapa necesaria para los pa’ses en v’as de desarrollo, muestra sus fragilidades al fotografiarse la tierra-mundo, destrucci—n del medio ambiente, guerras racistas y territoriales, pobreza interna y externa ligada a la internacionalizaci—n del capital y a un indi-vidualismo reforzado que reduce la eficacia de la solidaridad social y comunitaria.

 

En las Tesis sobre Feuerbach, Karl Marx critica el pensamiento l—gico e idealista de Hegel (cf. Sohn -Rethel, 2001: 22) y plantea que lo necesario de la cr’tica materialista no es solamente com-prender el mundo y sus ideas preconstruidas, la cultura del feti-che de la mercanc’a, sino crear, como el origen de la filosof’a y la metaf’sica, las posibilidades de una praxis liberadora: ÒLos fil—so-fos no han hecho m‡s que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarloÓ (Marx y Engels, s/ f) . En este sentido, la obra de Adorno es paradoxal, rea-lista y ut—pica. No podemos encontrar los signos negativos de los sue– os fuera del mundo, pero, como la lengua, Žsta se construye en las condiciones concretas socio-hist—ricas de la cat‡strofe del presente, es inacabada pues es utop’a-negativa y creativa en el mundo y fuera de Žl.

 

Para hacer resaltar las irregularidades y anormalidades de un discurso y su reificaci—n, debemos acercarnos al pasado, o m‡s bien comprender al pasado como posibilidades acumuladas de deseos. Walter Benjamin (1991: 74) advierte una dimensi—n de lo divino en el lenguaje. Es el mŽdium por el cual se comunica la esen - cia espiritual como acumulaci—n de experiencias. Es un centinela

 

 

1.    Karl Marx (2000) menciona en El capital (vol. III, cap. XXIV) que Òla llama-da acumulaci—n originariaÓ del capitalismo mundial floreci— con sangre para alcanzar sus objetivos de desarrollo y civilizaci—n .

 

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que atesora la espera contra el mito hecho ley. Esta constelaci—n que est‡ en nuestro cuerpo, lenguaje y manos como poder-hacer (Holloway, 2002), como potencialidad negativa para la transfor-maci—n, es tambiŽn se– alada por Adorno (1986: 166):

 

Percibir la constelaci—n en que se halla la cosa es lo mismo que descifrarla como la constelaci—n que lleva en s’ en cuanto pro-ducto del devenir. A su vez la separaci—n radical entre interior y exterior se halla condicionada hist—ricamente. El œnico saber capaz de liberar la historia encerrada en el objeto es el que tiene en cuenta el puesto hist—rico de Žste en su relaci—n con otros, el que actualiza y concentra algo ya sabido transform‡ndolo. Conocer el objeto en su constelaci—n es saber el proceso que ha acumulado. El pensamiento te—rico rodea en forma de constela-ci—n al concepto que quiere abrir, esperando que salte de golpe un poco como la cerradura de una refinada caja fuerte: no con una sola llave o con un solo nœmero, sino gracias a una combi-naci—n de nœmeros.

 

 

Con la constelaci—n podemos verificar que los conceptos con los que vivimos est‡n en crisis. Para comprender las im‡genes fugitivas en las significaciones sociales de la lucha de clases habr’a que desbaratar o din amitar los conceptos modernos reificados y mitificados, las palabras y sus significados. Ayudar a su rompi-miento nos permitir’a comprender que son parte de conflictos con sus componentes dialŽcticos en momentos hist—ricos. Es decir, tenemos que preguntarnos si los acontecimientos-sucedi-dos inmersos en los conceptos de la escritura hecha mito, o lo que se expresa en las esculturas y los muros de la historia no exis-t’an anteriormente en las tradiciones del lenguaje y el conflicto, en las cosmogon’as construidas a partir de geograf’as-espacios-concretos e historias del pasado: mitos que participan con las potencialidades negativas de los discursos religiosos y pol’ticos y sus constelaciones que re-significan lo todav’a no existente de la his-toria, la utop’a, un carpe diem en un presente autŽntico (Bloch, 1991, vol., I: 367-379) .

 

Por su parte, Karl Marx (y Ruge, 1970: 69) resaltaba esta pul-si—n permanente en el presente: ÒResultar‡ claro que no se trata de trazar una recta del pasado al futuro, sino de realizar las ideas del pasado. Veremos que la humanidad no se iniciar‡ en un nuevo trabajo, sino que realizar‡ desde el principio, consciente-mente, su trabajo antiguoÓ. En otras palabras, no se trata de un

 

 

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romanticismo para la conservaci—n del pasado, sino sobre todo de la realizaci—n de esperanzas acumuladas en nuestra nueva constelaci—n . Desde el punto de vista de Adorno, aunque tam-biŽn de Benjamin, eso significa en la pr‡ctica que las cr’ticas al progreso preburguŽs no tienen otro valor que como abono para las certezas de lo nuevo2.

 

Cabr’a destacar que la pregunta temporal no es ni punto de partida de los or’genes, ni mucho menos punto de llegada de una l’nea recta de la evoluci—n humana, sino movimiento. Por lo tanto, tratamos del cambio impl’cito en lo vivido y pensado en las inflexiones del tiempo. As’, podremos preguntar por quŽ Adorno (1986: 405) termina sus aportaciones te—ricas a la DialŽctica negati-va con la urgente necesidad de pensar la solidaridad con la ca’da de la metaf’sica como posibilidad de la pol’tica y la vida-pensa-miento como acci—n de la filosof’a. ÀAcaso sirve de algo pensar la subjetividad del yo y el nos-otros desde la metaf’sica, lo que se lla-mar’a en el racionalismo la especulaci—n de lo no existente en los paradigmas del escenario del espect‡culo social? ÀAcaso la aliena-ci—n en la vida real, organizada en lo oculto de las alturas irra-diantes de la industria reproductiva y posmoderna del olvido y del espect‡culo de las mercanc’as que transmiten la unidad de la mise-ria del mundo (Debord, 1992: 58) es un freno a las negatividades de otro mundo? ÀServir‡ de algo pensar los deseos y aspiraciones emanados en la negaci—n del mundo como verdad y carencia desde los conceptos de cultura e identidad en el presente? ÀPara quŽ servir‡ pensar desde las mœltiples representaciones culturales de la actualidad si s—lo son reflejo de una genealog’a del saber como poder y dominaci—n? Para intentar responder estas pregun - tas debemos situarnos en el espacio, quiz‡s como Thomas Mann (1987) en La monta–a m‡gica, pues, al leer a Adorno aparece un desiratum frente a la sociedad enferma. Surgen preguntas sobre las urgencias desesperadas del tiempo del nos-otros contra el tiempo del capital. Estas interrogaciones no provienen de los archivos de la historia, tampoco de la resignaci—n inscrita en el pesimismo estruc-turalista, ni siquiera del presente dominado por las ontolog’as verificadas en las ciencias emp’ricas. Las aportaciones de Adorno y de otros miembros de la Teor’a cr’tica se sitœan en un m‡s all‡, en

 

 

2.    VŽase en el presente volumen el texto de Lšwy y Varikas (2007): ÒEl esp’ritu del mundo en las alas de un cohete. La cr’tica del progreso en AdornoÓ (p‡gs. 95-109) .

 

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una utop’a fuera del mundo de la alienaci—n que permite romper las experiencias del ser normalizado por los discursos filos—ficos dominantes y las instituciones disciplinarias de la identidad que compara, jerarquiza, homogeiniza y excluye (cf. Foucault, 1989:

 

188) . Para hacerse existente en las estructuraciones disciplinarias del poder, ese m‡s all‡ deber‡ expandirse dentro de lo que se anhela como inexistente en lo positivo de lo emp’rico (Adorno, 1986: 405).

 

Este deseo impregna a sus trabajos un con tin u u m de la meta-f’sica como una enorme herencia de las tradiciones mesi‡nicas que, parad—jicamente, por ser tradiciones y cultura, conservan las im‡genes del pasado como potencialidades de cambio ( cf. Echeverr’a, 2001), son los rayos de la historia aplastada por la cul-tura de la barbarie. La metaf’sica por su propio concepto no se deja atrapar en lo clasificado y estandarizado de las tradiciones aprisionadas por el conformismo. Es experta en deseos no clasi-ficados, se encuentra fuera de lo aceptado como normal y bueno o racion al y demostrable para pensar en las encuestas y estad’sticas de la verdad. Cada vez que se manifiesta es satan izada y alejada de lo existente. Sin embargo, hay que subrayar que este m‡s all‡ no deber‡ ser pensado y actuado como lo absolu to y absolutamente diferente de lo concreto real del pensar ordenado, sino como constelaci—n legible de las esperanzas existentes. Si se rompe el concepto de la identidad como algo absolu to, la metaf’sica apare-cer‡ desde su interior como movimiento y posibilidad de cambio. ÒA la esencia de la dialŽctica negativa pertenece que no se trans-forme en s’ misma como si fuese total; tal es su forma de espe-ranzaÓ (Adorno, 1986: 404) .

 

 

M ediaciones metaf’sicas y dialŽctica del vŽrtigo en el tiempo

 

Todos los d’as salimos, caminamos, so– amos pregunt‡ndonos ante la guerra y la miseria del mundo. Nos escondemos atr‡s de las m‡scaras y en los disfraces del capital, en nuestros autos o frente a la televisi—n que nos vicia de repetici—n y aburrimiento. Otros, nos rebelamos con nuestro tiempo de insumisi—n con pre-guntas urgentes a responder ante la abismal ca’da de la maligna continuidad del progreso. Nuestro intento de responder a las pre-guntas iniciales de los cuestionamientos del mundo se centrar‡n

 

 

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en la metaf’sica planteada por Adorno en los doce a– os de refle-xi—n de su DialŽctica negativa. Las conclusiones de esta obra nos presentan la necesidad de una autorreflexi—n de la dialŽctica negativa para pensar la solidaridad con la ca’da de la metaf’sica dentro del terreno ca—tico civilizatorio de las verdades objetivas del mundo (Adorno, 1986: 402-405) . Al pensar con las mediacio-nes sociales y culturales de la metaf’sica (vŽase la tercera parte de la DialŽctica negativa, cap’tulo ÒMeditaciones sobre la metaf’sicaÓ, p‡gs. 361-405), podemos constatar que la inspiraci—n de la dimensi—n ut—pica de este autor est‡ en el centro de lo que quie-ro pensar como necesidad del hacer frente a la muerte. Adorno con la dialŽctica negativa no es solamente expresi—n de las influen - cias hist—ricas de las cat‡strofes del progreso y sus implicaciones totalitarias (fascismo y estalinismo) . Su pensamiento metate—rico de los posibles es tambiŽn ruptura con la resignaci—n y el olvido. Como Walter Benjamin, intenta frenar-parar el ÒtrenÓ de la modernidad que lleva a la destrucci—n, la humillaci—n y la muer-te de quien se oponga.

 

La dificultad de comprensi—n de la DialŽctica negativa radica en la retractaci—n y cr’tica de las conceptualizaciones y estructu-raciones hechas verdad. Se esquiva, no se deja atrapar, est‡ fuera y dentro de este mundo. Adorno insiste en pensar las categor’as y clasificaciones culturales de identidad del pensamiento cient’fi-co, regulando los conflictos. No s—lo se sitœa en la misma reali-dad, sino en el m‡s all‡ del camino existente, en la figura de la negatividad como constelaci—n de la esperanza, la que se escon - de en lo a-normal y en resistencia a las jerarqu’as del valor de la homogeneidad estructurante.

 

Se trata de un s’ que se disimula constantemente en el no maravilloso contra la domesticaci—n cotidiana de las im‡genes. El no conlleva el s’, en realidad varios s’, pero esos s’ est‡n enraiza-dos en el no a la sociedad existente, se fundan en una Ògram‡ti-ca de la negatividadÓ (Holloway, 2006: 17) . No es un s’ como afir-maci—n positiva de lo existente (o la aceptas como vedette absoluta y totalitaria de la ley o desapareces en los corredores de la rebel-d’a), sino como una de-negaci—n freudiana o lacaniana de la deconstrucci—n del no para existir con un s’ diferente y actuante creativo de la transformaci—n del mundo. Es el desiratum de des-cubrir en la verdad ontol—gica de lo visible y humillante de lo real, somatizado neur—ticamente por el trabajo como ley. Es la negatividad que puede cambiar el mundo y su pensamiento. Es

 

 

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un s’ anclado en el n o del gestu s de la acci—n de la dignidad como modo de vida contra la muerte. Al final del camino, entre las pre-guntas surgidas del n o a las verdades matem‡ticas clasificatorias del saber de las ciencias humanas, como efecto de lo visto como posi-tivo (Foucault, 1997: 338-345), aparecer‡ el s’ de la dignidad, aquel que est‡ contra el castigo y la vigilan cia de lo inventariado como normal o patol—gico del sufrimiento individual. Al pensar el lenguaje de la cotidianidad antropol—gica como el organ on del mundo, Adorno no acepta las intenciones de la superioridad de un pensamiento objetivo y ontol—gico del ser. Se rebela contra el mito de la verdad y la ley como objetivo repetitivo, denuncia la tortura y angustia del mundo.

 

Al evitar las clasificaciones, Adorno abre los conceptos, los hace participes de las grietas estructurales que socavan el sistema-mu n do capitalista. ÀEs en las excepciones donde podemos descu-brir-nos de la regla que nos mide en la regla de la ley que determi-na nuestras acciones? Pensamos que es en la articulaci—n de las verdades establecidas como reglas y leyes econ —micas donde podemos, epistemol—gicamente, descentrar las discursividades como reglas del poder y la dominaci—n . No se trata de desvalidar la articulaci—n de los discursos y sus verdades en el ultim‡tum de la repetici—n de la identidad, sino de contestar las preguntas opti-mistas y militantes del devenir hacia el todav’a-no del novum plan - teado por Ernst Bloch (1991, vol., I: 241) . En efecto, para retomar a Marx, no se trata de realizar los ideales abstractos del ser y la filosof’a, sino de liberar las intuiciones oprimidas de la sociedad humanizada, es decir, la sociedad concreta, la lucha de clases determinando los factores subjetivos anclados en las objetivacio-nes de las tendencias econ —micas totalitarias del capitalismo.

 

La DialŽctica negativa nos permite romper las verdades en su estado puro, actualizar con la perspectiva de la crisis una lucha de clases material de la espiritualidad refinada (Benjamin, 2000, vol. III:

 

430) . Nos ayuda a preguntarnos para comprender cr’ticamente las sobredeterminaciones de las contradicciones sociales actuantes en los rompimientos y posibilidades de liberaci—n . En las mismas legi-timidades de los mitos se encuentran los descentramientos discur-sivos del mundo. En este sentido, con Marx y m‡s all‡ de Žl, es en las mismas categor’as de la econom’a pol’tica, pensadas como reflexi—n de lo pensado, donde podemos encontrar las posibilida-des de lo pensado como devenir del capital. Como ya lo hemos insinuado, no se trata de leer a Marx en la repetici—n, ni a Adorno

 

 

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en el dogmatismo, sino en la articulaci—n de la teor’a cr’tica, por ejemplo, las Tesis sobre Feuerbach y la Cr’tica de la econom’a pol’tica. Se trata de una interpretaci—n del mundo desde su propia tragedia, una cr’tica de lo pensado para resaltar las perturbaciones inscritas en las esperanzas que actœan, como lo ense– aba Pascal, con el auxilio de lo transindividual de la historia. Es la apuesta del creer en el Žxito (Goldmann, 1985: 398) . Es la posibilidad existente de lo olvidado en el deseo del todav’a no consciente pensado, acumulado en el recuerdo y actuado por generaciones enteras para la trans-formaci—n (Bloch, 1991, vol. I: 158-163) . En œltima instancia, recu-rrir a la ciencia para hacer anticiencia, pensando el lenguaje y la reificaci—n, es quiz‡s el descubrimiento de lo encerrado por las categor’as clasificatorias que cubren a la lucha de clases con la estandarizaci—n y reificaci—n . Recurrir al conocimiento ayudar’a a sacar ese olvido de las penumbras, permitir’a potenciar el recuer-do con el genio creador de la revoluci—n, ser’a el germen del des-pertar del mundo hacia otra ma– ana.

 

 

La cien cia en el sentido materialista, es tal vez, antes que el todo, el descubrimiento de la infinita recurrencia de la falsa conciencia que los hombres tienen de su mundo y, m‡s generalmente, de la historia que hacen sin que jam‡s hagan conocimiento de sus cau-sas. (Moutot, 2004: 35)

 

ÀC—mo pensar cr’ticamente desde el mismo pensamiento dominante empirista de las determinaciones estructurales de la verdad del esp’ritu del mundo? ÀSirve de algo seguirse cuestio-nando dialŽcticamente en -con -contra-y-m‡s-all‡ de la naturaleza hecha ley y poder, exterior del pasado impreso en el interior de los objetos y mitos de lo est‡tico de la verdad emp’rica del mundo real?

 

Consideramos que las preguntas y pensamientos como refle-xiones e inflexiones coordinadas en movimiento son cuestiones y propuestas adornianas para la acci—n cultural de las identidades. Cuando Adorno sue– a lanzar una botella con un papel de su filo-sof’a del exilio en el mar californiano (Holl, 2001: 508) piensa en no perder sus inflexiones sobre la identidad en la represi—n o el olvido. En las sombras de la miseria cotidiana, la comunicaci—n del poder-hacer enfrenta, como los hŽroes paganos, las determinaciones de la vigilancia y la balanza de los dioses, de las clasificaciones de la identidad y sus consecuencias. As’, como lo afirma Hans-GŸnter

 

 

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Holl ( op. cit.: 506) en la nota final a la DialŽctica negativa, podemos pensar que la escritura metaf—rica de Adorno vive en constante shock, desgarramiento con el Esp’ritu del mundo, con la filosof’a dominante que parece lo m‡s serio de las ciencias sociales, pero que, finalmente, est‡ llena de no-verdades. La fuerza de su pen - samiento se encuentra, justamente, en esa exigencia metaf’sica y filos—fica de pensar las potencialidades de lo posible dentro de lo imposible de las verdades establecidas. Su pensamiento decons-truye el proceso de construcci—n del advenimiento reificante del capital como las posibilidades de la dialŽctica negativa para rom-per con los establecimientos comerciales de la verdad y del cono-cimiento. Esos pensamientos cr’ticos, que se vuelven delirios frente a las verdades totalitarias, no pueden liberarse solos. Deben saber esperar, con su tiempo de insubordinaci—n, resis-tencia y estrategia, las posibilidades de lo inexistente, el m‡s all‡ necesario para no seguir viviendo con el dolor cotidiano aliena-do de la mercanc’a.

 

Es aqu’ y ahora, en los acercamientos entre la teor’a, pensa-miento y reflexi—n como inflexiones, y la praxis como camino de la libertad, donde encontramos no s—lo la esencia del pensamiento de Adorno, sino, tambiŽn la de la Escuela de Frankfurt (P‡ez D’az de Le—n, 2001) . Podemos decir que la exigencia del conoci-miento se inscribe en la misma reclamaci—n de objetividad (RŽflexivitŽ rŽflexe) de Pierre Bourdieu (1999: 527-543) para com-prender el dolor de los excluidos del interior de la miseria del mundo: entender que, en el fondo de las conductas, existe la estructura social que determina las posibilidades. Las identidades que se viven en el universal concreto no se estatizan en un mundo sin conflictos y transformaciones. Al mismo tiempo que identificaci—n con el objeto de ser explotados, son crisis y por lo tanto ruptura y capacidad de acci—n negativa. Su construcci—n implica el cambio y una reinvenci—n del status simb—lico para continuar a vivir.

 

Las negatividades y sus posibilidades individuales (existen diferentes variaciones e interpretaciones sobre mundo en las encuestas sociol—gicas) no se elaboran en la soledad de las iden - tidades, sino en lo que debe ser pensado en y al otro lado del muro de la ley que nos mueve. Es en la configuraci—n transindivi-dual del pasado en el presente donde se determinan objetiva-mente las variaciones de la Žtica y de la acci—n de nuestras apues-tas y riesgos para el cambio de los bienes finitos y males terrestres

 

 

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(Marx) o del mal diab—lico de Goethe (cf. Goldmann, 1985, 397) . Con la interiorizaci—n de la fe y de la esperanza en el mundo objetivo, un d’a, el silencio se vuelve el grito del estoy harto y fas-tidiado: Áya basta! del destino y del mito de la ley. Al mediod’a, los hombres y mujeres se encuentran en las trincheras de la vida colectiva luchando por la dignidad. Al final de una jornada, se llora en la soledad la impotencia frente al poderoso. Al otro d’a, hay exclamaciones con corrientes profundas que se entrecruzan en la madrugada para asistir en la ma– ana al enfrentamiento, tal vez a la muerte. En una Žpoca surge la rebeli—n, ma– ana, inevi-tablemente, deber‡ surgir de las catacumbas lo que no es ahora sino una intuici—n, un deseo metaf’sico del m‡s all‡ del instante v’vido, el todav’a-no como acumulaci—n de deseos, frustraciones y errores del pasado. No es solamente una queja de la neurosis acu-mulada, tambiŽn es una fuerza del sujeto luchando en la trans-formaci—n del mundo.

 

Aunque el motivo esencial de la cr’tica de Adorno se encuen - tra en las cr’ticas a la cultura de la barbarie y la identidad genoci-da del capitalismo como esp’ritu del mundo, debemos destacar que la metaf’sica no debe buscarse en otra filosof’a de la estŽtica: esa que se sustituye a la filosof’a de la muerte del otro. Como Walter Benjamin, debemos buscarla no en las esencialidades metaf’sicas del capitalismo y Òel esp’rituÓ, sino en el combate entre el capita-lismo y el proletariado en tanto fuerzas sociales (cf. Traverso, 2004: 174), espacios del trabajo donde se construyen la subjetivi-dad del sujeto y su teor’a cr’tica. En ÒMorir hoyÓ (Adorno, 1986: 368-373) se plantea que hay que cuestionar y profundizar en la apariencia de la cultura de la muerte, realidad recubierta con la culpabilidad y la verdad. Si, como afirma Adorno ( op. cit.: 371), Òdesde Auschwitz, temer la muerte significa temer algo peor que la muerteÓ, entonces lo que queda en el fondo del placer y el arte de la creaci—n como negatividad es la metaf’sica que quiere exis-tir como posibilidad de cambio de lo esencial de los apriorismos emp’ricos de la verdad y la identidad del capital y sus guerras. Si la relaci—n de ceguera que encadena a los hombres es tan pode-rosa, tambiŽn, dialŽcticamente, surge de all’ la parte imaginaria de romper desde la m’stica aquel velo de la escritura, como la tra-dici—n jud’a de la c‡bala (cf. Adorno, op. cit.: 372, y Benjamin, 2000, vol. III: 443) e ir mesi‡nicamente, como lo har’a Walter Benjamin en su ÒTesis sobre el concepto de la historiaÓ ( op. cit.: 426-443), m‡s all‡ del mundo y su desesperanza con el tiempo de

 

 

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la intuici—n de lo que est‡ por llegar. Este movimiento hist—rico de la desesperanza y su ideolog’a es tambiŽn socialmente condi-cionado por el itinerario del conocimiento de la metaf’sica, her-mana solidaria de la filosof’a en la ca’da de su humanidad. Lo que est‡ por llegar en el tiempo no es ni homogŽneo ni vac’o de esperanzas humanas, cada segundo del presente hacia el futuro es la puerta por donde puede entrar el Mes’as (Benjamin, op. cit.: 443) .

 

En efecto, Adorno ve’a la cat‡strofe humana de Auschwitz como el producto de la civilizaci—n, como la racionalidad del capi-tal y las identidades llevadas instrumentalmente por el progreso y la tŽcnica hasta las consecuencias del fascismo. Para Žl, el nazismo no era un pasaje dentro de la democracia, viv’a dentro de las for-mas democr‡ticas que lo hicieron nacer, era la reificaci—n como vida y m‡scara de la muerte del mercado. Al igual que Benjamin, Adorno consider— el progreso como viento tormentoso de la civili-zaci—n hacia la cat‡strofe. Sin embargo, su mirada melanc—lica (en algunos momentos rom‡ntica) y sombr’a (fundada cr’ticamente en el presente) buscaba los puntos de anclaje de tal sociedad y su existencia, el mercado de la cultura (reproducci—n tŽcnica), el pro-ducto industrial (la mercanc’a fetichizada) y el consumo (como œnica forma de placer en la vida) para abrir las miradas hacia otro futuro. Busc— la esencia dentro de lo esencial de la cosa v’vida en el discurso universalista y corporizado en la humanidad.

 

Aunque Adorno se muestra escŽptico frente al pensamiento ontol—gico del esp’ritu del mundo, su cr’tica social de la filosof’a nos permite repensar la eficacia simb—lica del discurso y del conocimiento; profundizar en la comprensi—n de las causas socia-les de la angustia y la cat‡strofe. Deconstruye los conceptos del mundo para encontrar en lo subterr‡neo de nuestra existencia las procedencias de los discursos y los rel‡mpagos de la historia. Al deshacerlos con la trasgresi—n, rompemos el espejo de la iden - tidad del dolor en millones de part’culas: son el Òmundo con muchos mundosÓ de insubordinaci—n . Con esta ruptura episte-mol—gica aparece un sinnœmero de ilusiones acumuladas en el tiempo con la metaf’sica, de lo aparentemente no existente en el mundo emp’rico de las definiciones m’sticas del diccionario de la Real Academia Espa– ola, de lo dif’cil de comprender porque est‡ en el mito misterioso de m‡s all‡, fuera del mundo.

 

Lo que es claro en la reflexi—n del vŽrtigo de Adorno (1986: 39-40) es una lucha dolorosa contra los modelos ontol—gicos. Su pensamiento se desliza como las l’neas de las artes de las resis-

 

 

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tencias. Para romper el hielo de la identidad del conocimiento, para no ser sujetado por la falsificaci—n de las escuelas cient’ficas que se devoran entre ellas para confirmar y estandarizar el pen - samiento tradicional y las costumbres del buen sentido, el pensa-miento heterodoxo de Adorno no se deja encerrar en las clasifi-cacion es. El pen samien to de Adorn o se reflexion a como sentimientos de lo anormal de la representaci—n . Se compensa en la tortura diaria al margen de la vida reproductiva del capital y de la existencia del tiempo aut—nomo como repliegue-y-des-pliegue de la negatividad.

 

Si para Adorno el vŽrtigo del libro de la verdad del mundo real es el index veri, tambiŽn es la posibilidad de apertura del con - cepto que encierra las verdades que son, a la vez, no-verdades. El shock de la inauguraci—n de lo nuevo es la negatividad que se renueva con el pasado en el presente recubierto con lo mismo de la realidad de la no-verdad: lo no-verdadero de la sociedad-espec-t‡culo. La ventaja del vŽrtigo, del sufrimiento de la existencia de la negatividad en las sombras de la realidad de la verdad del esp’-ritu universalista del mundo, es que nuestro saber no se conforma con las verdades objetivas, parciales y provisorias del conoci-miento del poder y sus sue– os totalitarios. Se puede constatar al vampiro de la ficci—n, este Seigneur du monde, nutriŽndose del movimiento sangu’neo de la no-verdad de las visiones comunes que son la repetici—n y el aburrimiento cotidiano. Mitologizada en el mundo emp’rico, la racionalidad de la verdad se transforma en la repetici—n de la imbecilidad de los entornos de las im‡genes, re-conocimiento de la responsabilidad y el est’mulo del trabajo en la conciencia. La inhibici—n de la conciencia como pr‡ctica y voluntad constitutiva del ser se vuelve reproducci—n sistŽmica de la verdad reproductiva del con formismo autocomplacien te (Roitman Ronsenmann, 2004: 3) .

 

Sin embargo, la existencia de las realidades de los espect‡cu-los construidos deja un margen de movimiento a las negativida-des hacia la libertad. ònicamente los que se mantienen hasta el final como parte de la lucha contra la realidad, los que siguen negando el mundo seguro de la reproducci—n tŽcnica como auto-satisfacci—n y nihilismo posmoderno siguen apostando como Pascal para ganar con el riesgo de perder. Es el punto de partida, el despliegue de la Žtica como comportamiento aut—nomo de lo transindividual, una Òsuave certeza de lo peorÓ (Benasayag y Charlton, 1991), un riesgo de pensar lo pensado como ruptura

 

 

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del pensamiento dominante que proclama los racionalismos de las opiniones del sentido comœn viviendo en las ideolog’as del posmodernismo del fin de las utop’as con sus constelaciones de-seadas y perduradas en la actualidad.

 

Muchos cient’ficos se aseguran en encuestas y constataciones de una sociedad enferma de su posmodernidad del mercado y su libertad y, supuestamente, tienen la veracidad: la seriedad del objeto construido en lo antropol—gicamente emp’rico y cohe-rente con el mundo. No buscan otro lugar. No escrutan los cami-nos de ese lugar deseado inexistente en lo real, la utop’a como cuarto de la fantas’a renovada con el alma. Solamente quieren diagnosticar, rastrear s’ntomas para curar a la sociedad y a sus enfermos, proponer soluciones en el mundo del mercado. En su delirio de agon’a, los moribundos de la sociedad enferma tienen sed de vida. Rasgan las pantallas para abrir ventanas sobre los posibles y soltar su alma en un nuevo tiempo. Si la sociedad del vŽrtigo de Adorno es una realidad reificada con la palabra y la indiferenciaci—n de la m‡scara cient’fica y filos—fica, para Charles Baudelaire (1961: 303) Òla vida es un hospital donde cada enfer-mo est‡ pose’do del deseo de cambiar de cama. Pienso que siem-pre estar’a bien all‡ donde no estoy, y esta cuesti—n de cambio la discuto continuamente con mi almaÓ. Podr’amos decir que esos instantes metaf’sicos de ruptura son esos deseos inscritos en los Peque– os equ’vocos sin importancia de Antonio Tabucchi (1999) . M‡s que la resignaci—n son las alegor’as de la emancipaci—n, son los fantasmas de la vida con el amor del tiempo nuestro, los que est‡n presentes en las monta– as m‡gicas de la vida luchando con - tra la muerte. Parad—jicamente, esos tiempos son peque– os pero, multiplicados, son tan grandes y vol‡tiles como los suspiros y miradas del mundo donde habitamos: Òalrededor de ti la hora es vasta, solemne, grande como el espacio: una hora inm—vil que no est‡ se– alada en el cuadrante y, sin embargo, es ligera como un suspiro, r‡pida como una miradaÓ ( op. cit.: 88) .

 

El tiempo de nosotros no es un tiempo aut—nomo del pasado, tampoco una l’nea recta, sino un carrusel de acontecimientos directamente ligados a nuestro quŽ-hacer. Si nuestro tiempo fuera independiente del mundo de los fantasmas del pasado, seria la nada, el movimiento habr’a desaparecido sin los cambios espera-dos y ansiados cotidianamente. Sin embargo, ÀquŽ es el tiempo?, preguntaba Thomas Mann (1987: 246 y 352) en la Monta–a m‡gi-ca: son inflexiones del tiempo como movimiento y cambio; es un

 

 

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acontecer del tiempo construido por nosotros como eternidad de la duraci—n dirigida hacia otro mundo; es un jam‡s hacia atr‡s. El tiempo es la esperanza del cambio de realidad frente a la muerte.

 

[      Es] un misterio sin realidad propia y omnipresente. Es una condici—n del mundo fenomenal, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movi-miento [É] . El tiempo es activo, produce. ÀQuŽ produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aqu’ no es el all’, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimien-to por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre s’ mismo, ese movimiento y ese cambio se podr’an calificar perfectamente de reposo y de inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el all‡ se repite en el aqu’ [É]. El tiempo es un don de los dioses, prestado al hombre para que de Žl saque un partido œtil.

 

Finalmente, junto con Jacques PrŽvert (1968: 56) en su poema El acento grave, podemos conjugar la pregunta esencial de la vida con los verbos ser y estar y reconfigurar el tiempo del pro-pio ser que no quiere estar o nada m‡s estar. Quiere tambiŽn ser donde no est‡, cuestiones dialŽcticas cotidianas cuando nos pre-guntamos el porquŽ somos lo que no queremos ser: racistas, sexistas, arbitrarios, agresivos, etcŽtera, subjetividades impuestas y manipuladas en las encuestas de la verdad como totalidad. Malestares somatizados cotidianamente mediante las neurosis que, muchas veces, no se expresan sino en el suicidio de lo social, en el enfrentamiento de los sue– os con la realidad o el abando-no de las aspiraciones de lo colectivo como bien -estar. Entonces, la intuici—n se protege con los escudos de la vida, vuelve a esperar con el tiempo de la flecha y la espada el momento oportuno para romper las cadenas de la condena.

 

En este sentido Ðsiguiendo las huellas poŽticas de Charles Baudelaire (1961)Ð en la metaf’sica, inscrita en el mundo pre-sente (no existe otro), siempre habr‡ una afirmaci—n de aleja-miento y de exilio hacia otro lugar: no importa cu‡l, pero para vivir y so– ar siempre hay que viajar fuera del mundo3. Como los

 

 

3.    ÒDis-moi, mon ‰me, pauvre ‰me refroidie que penserais-tu dÕhabiter ˆ Lisbonne? Il doit y faire chaud, et tÕy ragaillardirais comme un lŽzard. [É] Voilˆ un paysage selon ton gožt; un paysage fait avec la lumi•re et le minŽ-ral, et le liquide pour les rŽflŽchir. [É] Enfin, mon ‰me fait explosion, et sagement elle me crie: ÔNÕimporte o•! nÕimporte o•! pourvu que ce soit hors de ce monde!ÕÓ (Baudelaire, 1961: 303-304) .

 

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que se alejan hacia el desierto para pensar lo cierto con la subje-tividad subterr‡nea, se reflexiona los paisajes del presente con el pasado de la esperanza, se busca en lo in -cierto de la vida coti-diana. Benjamin, en los trenes entre Alemania y Francia, escrib’a Par’s, capital del siglo XIX (1971), buscaba los puentes de las resis-tencias con los siglos del pasado para pensar la constelaci—n que pudiera salvarnos de la cat‡strofe dolorosamente anunciada. Finalmente, en esos instantes de la vida cotidiana del terror, ampliado por los totalitarismos inscritos en las instituciones y en las palabras de la identidad, el amor se desliza en el pensamiento e instaura la inteligencia con la amistad y la bondad de una comu-nidad deseada y embellecida.

 

 

 

Sombra y movimiento de la metaf’sica, los dioses y la negatividad

 

El pensamiento tr‡gico de Adorno en la DialŽctica negativa refleja el dolor ocasionado por la culpa de la identidad y el racismo con sus consecuencias en la guerra, la destrucci—n, los etnocidios y genocidios. Adorno regresa al marxismo por la puerta epistemo-l—gica de la relaci—n materia y pensamiento. Profundiza en lo pensado para descentrar lo escondido en las materializaciones y los pensamientos fetichizados de la filosof’a y del capital. Se da cuenta de los peligros que existen en los procesos de racionaliza-ci—n de lo racionalizado en los conceptos. Con la dialŽctica negati-va, penetra dentro de esas racionalizaciones de la identidad y la identificaci—n para cuestionarse sobre los posibles al interior de los imposibles afirmativos del mundo emp’rico racional.

 

Como hombre pagano negativo, se da cuenta que es mejor que las significaciones del dolor de los dioses sigan existiendo para negar un mundo real de sufrimiento, carencia, desempleo y hambre. Sin embargo, en la clandestinidad y en el secreto, como hŽroes de la AntigŸedad, o como los que buscan parecerse a los dioses en potencia creadora, bajan a la tierra y se confunden materialmente con los hombres para recrear el mundo y las luces de las estrellas. Son los b‡rbaros que no intentan en ningœn momento de su presente restaurar el mundo, igual que antes, en caden ado por la disciplin a de la vigilan cia y el castigo (Foucault, 1989: 139-230) . Como los ÒgladiadoresÓ creativos de Walter Benjamin en la lucha de los propios deseos (como esceni-

 

 

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ficaci—n de las pr‡cticas del placer), en su caminar enso– ado de libertad, todo es posible en el con flicto y el combate. Detienen los golpes con el escudo del tiempo de lo nuevo, el rescate del eter-no retorno de la lucha de los hŽroes de la modernidad capitalis-ta (cf. Weigel, 1999: 71-72) . Incluso, vuelan bajo el suelo, en las catacumbas, en los s—tanos de los de abajo para enfrentar la rea-lidad y la condena. Son capaces de levantar monta– as, dominar las fuerzas de la naturaleza en provecho de la humanidad, ser m‡s realistas buscando lo imposible, ese todav’a-no latente en los sue– os de una ma– ana siempre mejor. As’, por ejemplo, en una situaci—n de ÒGuerra de los diosesÓ, Prometeo, Jesœs-Cristo, Topiltzin -Quetzalc—atl4 son significaciones dialŽcticas de los dio-ses transformados en promesa terrestre. Ellos son parte del hombre concreto y material, puntos cr’ticos preparando la constante con - versi—n de la persona f’sica en conciencia visible (m‡scara) de la colectividad como necesidad de cambio. Son parte de la historia natural de la conversi—n de la naturaleza en hombre mediante el signo de la palabra en el pensamiento para la acci—n . Desde la autonom’a de la humanidad, como resistencia y ruptura, los ven - cidos construyen su tiempo de ruptura, imaginan otro mundo, resucitan en las comunidades que se levantan y engrandecen sus sue– os y sus creencias para expandir su libertad. Dentro de su mismo yo que es un nosotros (en el sentido transindividual) cues-tionan las mismas determinaciones estructurales. Miran y buscan alrededor para ver por d—nde escapar a las normalizaciones y naturalizaciones de los vencedores.

 

Aun con el misticismo que puede alejar los deseos en el m‡s all‡ inexistente, la cultura pol’tica y religiosa de liberaci—n en los mismos mitos sigue siendo un terreno fŽrtil para seguir pregun - tando por el m‡s all‡ construido en el presente. Resignarse al rea-lismo del mundo factual y sus contingencias, es aceptar el nuevo mito de la posmodernidad neoliberal como organizadora del olvido de la lucha de clases. Someterse a estos designios m’ticos del fin de la historia y la ontolog’a del pensamiento œnico univer-sal de las multitudes, sin referencias de clase y sin relaci—n con el pasado, ser’a constatar que la oscuridad del poder y su apolog’a

 

 

4.    Es conocido que en MŽxico el mito de Quetzalcoatl, dios de los cuatro pun - tos cardinales, reconstruy— durante la colonia y en la contemporaneidad puentes culturales, nuevas im‡genes rel‡mpagos contra la condena capitalis-ta (Matamoros, 2005: 40) .

 

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han logrado aplastar toda la esperanza del sujeto constituyŽndose en otro orden social alternativo. Pero, podemos constatar que cada d’a nuevas grietas se abren y profundizan la crisis dentro del poder y su dominaci—n, surgen campa– as de combate. Como se– a-la Sergio Tischler (2005: 45-46), para seguir constituyŽndose en sujeto, estos hombres y mujeres de la clandestinidad deber‡n for-talecer los nexos profundos de las generaciones pasadas en el pre-sente. Es decir, Òconfigurar una nueva constelaci—n con el tiempo roto, pero no muerto, de los revolucionariosÓ, esa fuerza mesi‡ni-ca del pasado actuando profunda y secretamente como herencia de las tradiciones en la Guerra de los dioses (Lšwy, 1998: 9-10) .

 

En todas las civilizaciones, las significaciones delineadas en los dioses paganos, como signos negativos (lo que falta) ante la naturaleza y la carencia, fueron y son parte del genio creador cul-tural del poder-hacer en el instante mismo de lo cotidiano. En su interior, contienen la utop’a que los hizo nacer. Es en la observa-ci—n del mundo y la crisis permanente del concepto donde se construyen las posibilidades del hacer, producci—n y cultura que es la sociedad, una crisis permanente en la definici—n de la tradi-ci—n como crisis de sus procedencias y definiciones posibles (Echeverr’a, 2001: 273) . En esos mœltiples gritos enraizados en el no a la carencia y la inclinaci—n al fetiche, las convicciones Žticas y sociales en el imaginario de otro mundo mejor para lo mejor, siguen floreciendo otros mundos posibles gracias a la constela-ci—n de la memoria del pasado re-activada en las resistencias. Como las esculturas mexicanas encontradas por Walter Benjamin (1988: 117) en un sue– o de expedici—n cient’fica en unas grutas en MŽxico, los dioses siguen siendo esencia como trascendencia del poder hacer. Al mirarlos est‡ticos en sus representaciones, con hombres que se inclinan ante ellos, Benjamin percibe las sig-nificaciones del movimiento de sus cabezas de derecha a izquier-da en signo de rechazo. Constata que la dialŽctica del no sigue manifest‡ndose contra las reverencias a los mitos y sus violencias del pasado en el presente.

 

ÀEn el ser antropol—gico, mediado por la cultura de los discur-sos universales del capital, podemos pensar el arte de las resisten - cias y alternativas contra Žste, l’neas de escape frente a la categor’a de belleza hecha ley? ÀEl pensar negativo es una resignaci—n a la condena m’tica de las leyes y de los dioses o es la dignidad del tiem-po de la resistencia, piedra angular de los gestos de la comunidad formando sus redes de movimiento y comunicaci—n? No es nece-

 

 

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sariamente en el misticismo donde surgen las posibilidades de los hombres transformados en dioses y hŽroes (cristos-hombres-negros y blancos, prometeos-hŽroes, quetzalcoatls-topiltzins, etcŽte-ra) . Es en el mismo juego de las apuestas y las cr’ticas mediadas con la universalidad concreta donde el concepto de cultura se recons-truye como mesianismo y utop’a. Crea un espacio de innovaci—n para rescatar las formas tradicionales, no con el compromiso de conservarlas tal cual, sino salvarlas del desastre del poder y la domi-naci—n que repite y reproduce la positividad hecha verdad en la realidad. Es la memoria que recorre los rincones de la tierra sin - cretiz‡ndose en el conflicto de las creencias y tradiciones locales. Es en la naturaleza, en la luz del sol y de la luna y en el sacrificio de los dioses para crear el mundo, donde los primeros hombres y sus posibilidades abrieron esperanzas. Los peque– os, los vencidos, los que caminan en la noche, esperan la ca’da del poder del sol para renovar con los sue– os de la noche las posibilidades del sue– o des-pierto de la ma– ana5. Como el mito de la AntigŸedad de los gigan - tes, van m‡s all‡ de los l’mites del poder de la naturaleza y sus incle-mencias. Lo enfrentan y luchan con los sue– os despiertos, construyen la resistencia y alternativa con su tiempo. Edifican las maravillas piramidales del arte y de su cosmovisi—n para controlar la naturaleza. Se levantan entre ruinas para posibilitar su alrededor.

 

 

Palabra,  tiempo de  ensue–o y movimiento

 

ÀMetaf’sicamente, podemos so– ar otra realidad que las aparentes contradicciones de las sombras del mundo o la metaf’sica es sola-mente especulaci—n irracional de lo divino inexistente, de lo

 

 

5.    ÒCuentan estos antiguos que era el Yaco– ooy un guerrero peque– o, pero valiente y audaz, que nada tem’a, por grande y poderoso que pareciera [É] Ri— el sol, confiado en su poder y fortaleza, e ignor— al peque– o ser que, desde el suelo, lo retaba. Yaco– ooy volvi— a desafiarlo y as’ dijo: ÔNo me espanta la fuerza de tu luz, tengo por arma el tiempo que en mi coraz—n maduraÕ, y tens— su arco, apuntando la flecha al centro mismo del soberbio sol. Ri— de nuevo el sol y apret— entonces el meridiano cintur—n de fuego de su calor en torno al rebelde, para as’ m‡s empeque– ecer al peque– o. Pero el Yaco– ooy se protegi— con su escudo y ah’ resisti— mientras el mediod’a ced’a su lugar a la tarde. Impotente ve’a el sol c—mo su fuerza disminu’a al paso del tiempo, y el peque– o rebelde segu’a ah’, protegido y resistiendo bajo su escu-do, esperando el tiempo del arco y la flechaÓ. Subcomandante Marcos, en La Jorn ada (MŽxico), 3 de febrero de 2003.

 

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imposible en las visiones cient’ficas del mundo y los problemas reales? ÀEl hombre alienado ser‡ œnicamente reflejo-sujeto entre las sombras, nudo de las redes del poder, o es en la oscuridad y la misma alienaci—n donde surge la palabra que Michel de Certeau (1994: 150) llamaba lo ÒinvisibleÓ, la negatividad del grand esprit, lo silencioso en la autonom’a-estrategia y en la palabra-t‡ctica, proyectada en el presente hacia el porvenir? Lo sublime de la belleza del arte y la creaci—n es el mismo hombre y la conciencia metaf’sica de lo m‡s elevado (pues abstracto e invisible e inal-canzable por la racionalidad emp’rica del poder), recreado en lo an —nimo y, por eso mismo, aut—nomo de un œnico y lineal desa-rrollo universal totalizador. Sin embargo, es en la mediaci—n dia-lŽctica del tiempo del valor de uso y del valor de la palabra como cr’tica negativa que se articula el mundo concreto del presente. Toda sociedad contiene en sus rasgos las dimensiones de la cul-tura, su relaci—n con la tierra (la fertilidad, madre que da frutos) y sus dioses paganos o b‡rbaros (por todos lados surgen nuevos san - tos enmascarados y v’rgenes locales que se rebelan contra las ver-dades universales de las iglesias planetarias) . Vivimos, sufrimos y morimos a travŽs de palabras y escritos, en relaci—n con un pasa-do y un presente objetivados en acciones racionalizadas, concre-tizadas y ritualizadas hacia fines precisos. En las lenguas y sus estruc-turas podemos cerner palabras relacionadas al tiempo y al espacio, territorios densos de historia y su permanencia, densi-dad de significaciones antiguas, conceptos generados fuera de los mecanismos de producci—n capitalista.

 

Son tiempos discordantes dentro de la esencia de la cr’tica del mundo material. De ah’ surge la palabra como subjetividad. Crea el cosmos y lo transforma. Por un lado, la cr’tica es la mate-ria prima del mundo que produce y reproduce la naturaleza, por otro, es la cr’tica que nace como pr‡ctica del mundo. As’, desde las preguntas originales, cuestionamos las determinaciones de la culpa y condena del ahora de la carencia como determinaci—n lineal y homogŽnea de la verdad. Desde luego que, aunque el pasado y los sue– os forjadores de constelaciones se pierden en lo f‡ctico del realismo de la oscuridad del presente, los recuerdos de experiencias hacen resurgir las posibilidades de la urgencia del tiempo de la pr‡ctica para enfrentar el presente y sus conde-nas de lo est‡tico de los cuentos de la historia repetida del Òas’ fue, as’ es y as’ ser‡Ó. Al contrario, la metaf’sica es la ruptura como posibilidad, como concepto de crisis y lucha de clases. En

 

 

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efecto, los deseos de la metaf’sica son los sue– os de otra cosa ine-xistente en lo real, se vuelve posible por la constataci—n de un tiempo quieto y vac’o en las verdades f‡cticas. Las racionalidades de los juzgamientos hechos a la metaf’sica siguen queriŽndola enterrar, pues como concepto y realidad es una especulaci—n intelectual de lo que no existe en lo real. Sin embargo, a pesar del empirismo de las ciencias que la niegan como posibilidad en el mundo, sigue siendo un obst‡culo para el pensamiento domi-nante ya que es parte de las constelaciones del movimiento, pasa-do legible en la historia de las posibilidades de pensar en el tiem-po con futuro, m‡s all‡ del dolor en la vida cotidiana.

 

As’ pues, el tiempo no es concebible sin ese movimiento de la metaf’sica de la rebeli—n, la revoluci—n, el cambio tan deseado en la re-creaci—n . Para hacerse configuraci—n en el espacio concreto necesita extenderse sobre aquello que desea, aquello que vive an - helando y amando lo inexistente. As’ es como desde la contem-placi—n del deseo se nombra y se objetiva el mundo y los deseos que la animan como metaf’sica. Es lo contrario de la oscuridad de lo v’vido. Es la ra’z de la experiencia del movimiento que nie-ga la vida como continuidad del instante, es la discontinuidad que ocasiona el creer en otra cosa aqu ’ y ahora. En el instante del deseo se ubica la locura de la palabra de la noche, prohibida y ais-lada del ensue– o de otro mundo en el mundo real de lo cotidia-no del en ton ces. De esta manera, en el reto de las culturas y sus identidades hay un compromiso irrenunciable con el pasado y los sue– os que vitalizaron las formas de sociedad.

 

[Mi] sue– o me lo ha revelado claramente, de manera que ya lo sŽ. S’, estoy encantado y animado. Mi coraz—n late por la misma raz—n que las u– as de un cad‡ver continœan creciendo, late humana-mente, y en verdad se siente Feliz. Es un libro esa palabra de sue– o, mejor que el oporto y que la cerveza, y me circula por las venas como el amor y la vida, y por eso no deseo arrancarme a mi sue– o y a mi so– ar [É] ÁAbiertos, abiertos! ÁLos ojos abiertos! ÁEsos son tus propios miembros, tus pies en la nieve! ÁRec—gelos y ponte en pie! ÁTomaÉ! ÁHace buen tiempo! (Mann, 1987: 499)

 

 

Tiempo,  mito y dominaci—n

 

En el mismo mito del tiempo de los poderosos, hŽroes, repre-sentaciones e im‡genes del pasado, se encuentra la sangre ca’da

 

 

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de los sacrificios, son ellos y su sangre lo que hizo-hace-y-har‡ el tiempo de la rebeli—n . Sin ellos el tiempo no existe, ser’a la muer-te como determinaci—n y destino inscritos en la ley y el derecho. Parad—jicamente, esa manifestaci—n espont‡nea de la violencia en el mito contiene dimensiones dialŽcticas definidas. No se trata de una rebeli—n con medios hacia fines precisos. Al principio todo es manifestaci—n de un no a la ley y su mito, ya sea contra la fuerza de la naturaleza o contra la naturalizaci—n de las relacio-nes sociales de dominaci—n . Hay mœltiples ejemplos en las leyen - das de los hŽroes que son clarificantes de la manifestaci—n mesi‡-nica y ut—pica del coraje y desaf’o del placer ancestral de existir. No surgen como expresi—n del suicidio ante la imposible posibi-lidad de cambiar el mundo, nacen y mueren para re-emerger en la germinaci—n de la esperanza de aportar a los hombres una pro-mesa de lo n u evo. Como lo se– ala Karl Mannheim (1941: 205), podemos decir que las posibilidades del sujeto social en su confi-guraci—n hist—rica y simb—lica no es un producto artificial, como la planta y sus frutos crecen a partir de la semilla y su cuidado. En realidad, esos hombres que desaf’an el mundo poderoso de la objetividad de la ley encarnan en su cuerpo y esp’ritu lo que la comunidad ha rebuscado ayer, hoy y ma– ana, el todav’a-no-aœn inexistente de los deseos de luchas anteriores y actuales. Como Jorge Luis Borges (s/ f), mirando la luna que ha visto tan - tas l‡grimas, el s—lo hecho de ver con las ventanas de los ojos, es pensar para hacer palpitar el coraz—n que nutre los deseos de percibir otra luz entre las tinieblas del mundo. ÒHay tanta sole-dad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna / que vio el primer Ad‡n . Los largos siglos / de la vigilia humana la han col-mado / de antiguo llanto. M’rala. Es tu espejoÓ.

 

A pesar de la fuerza del mito de la mercanc’a reificando rela-ciones sociales, surgen preguntas y acciones que muestran oposi-ci—n y coordinaci—n para el reforzamiento de la potencia libera-dora. Frente a los discursos dominantes universales surgen mœltiples formas de resistencia y negatividad acumuladas en los rel‡mpagos de la historia. En el centro de los comportamientos, ligados a la cosa-naturalizada por la sociedad del espect‡culo, constatamos que el pensar contiene ese deseo-querer inscrito en la insatisfacci—n de algo que falta en el concepto. En aquellos que niegan la condena de la raz—n del derecho y la ley como instru-mentalizaci—n de la violencia (Guerra Justa hacia fines justicie-ros) se expresa el ÁYa basta! Como nos sugieren Adorno y Walter

 

 

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Benjamin, disponen teol—gicamente y pol’ticamente de la sobe-ran’a subjetiva del no, una posibilidad de facto de la violencia de lo divino contra la violencia sagrada organizada por los podero-sos. Como una necesidad vital para la vida pueden rechazar la vio-lencia m’tica fundadora del derecho como condena. Con el pasa-do m‡s cercano, las distancias creadas en el tiempo con el presente se confirman en los puentes de la solidaridad que unen los variados caminos de la resistencia en movimiento. Sin embar-go, aun con las barreras creadas por los poderosos, los muros de la vergŸenza asfixiantes entre Norte y Sur, las totalidades de sen - tido del poder son derrumbadas con la fuerza del movimiento de la necesidad vital. Desesperadamente aislados, en mil resistencias, los pobres-miserables hacen explotar la totalidad.

 

As’, parafraseando a Benjamin y Adorno, la dialŽctica negativa ve la ca’da de la metaf’sica y los derrumbes de la civilizaci—n -b‡r-bara con la mirada del ‡ngel pasmado ante las cat‡strofes huma-nas. Luchar por lo imposible es participar en el crecimiento de la solidaridad del hombre, ese deseo constante de lo nuevo que en - frenta la repetici—n de lo inm—vil como dogma universal. Su reali-zaci—n es justamente porque la vida de la humanidad piensa en el lugar de lo posible de los vencidos, jam‡s realizado, pero desea-do potencialmente en las mœltiples representaciones de la cultu-ra y la identidad que son la negatividad del mundo y la potencia liberadora por lo bello de lo no existente. La subjetividad antici-pa otro arte de vivir para crear lo nuevo como necesidad vital y co-tidiana de la palabra solidaridad.

 

Aqu’ encontramos la necesidad de pensar el car‡cter de lo m’tico y lo sagrado de la violencia, el Estado y su filosof’a. Al refle-xionar con Adorno sobre la oscuridad del mundo, se rechaza la violencia del discurso universal y el mito del derecho dando cabi-da al instante de la resistencia, la necesidad de la violencia revo-lucionaria, siempre se– alando un camino hacia adelante. En Para una cr’tica de la violencia Walter Benjamin (2000, vol. I: 242-243) afirma que en el mundo real del derecho, con sus normas del poder que limpia la falta, se conoce la violencia m’tica m‡s no la divinidad del deseo. En el instante del ahora del poderoso bast—n del derecho que aplasta las formas divinas de la violencia, se vuel-ven soberanos los signos inscritos en la subjetividad. Llaman a la libertad para sobrevivir en el mundo de la violencia administra-da discrecionalmente en la comunicaci—n, el control y la vigilan - cia del mito del derecho y la violencia legalizada.

 

 

 

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Pregunta  en el  movimiento de la  desesperanza

 

Cabe subrayar que el pensamiento de Adorno no est‡ aislado, no es el resultado de una mente brillante. La cr’tica de la DialŽctica negativa es parte de un proceso de acumulaci—n de muchas expe-riencias dram‡ticas, lugares de apocalipsis y profec’as contra los males. Sin embargo, si el decir no contiene el querer y desear otra cosa, tambiŽn se oscurece dentro de las dolorosas historias hechas humo en los hornos de la identidad. La clave inmediata de respuestas rec’procas al mundo v’vido de la identidad y la negaci—n del Otro, es enfrentar cr’ticamente la violencia y el abu-rrimiento de la repetici—n preguntando: ÀquŽ es justicia o quŽ es lo justo? La pregunta nace en la misma identidad conceptual del mundo, es el nacimiento de la filosof’a como pregunta y conoci-miento doloroso, se encamina al cuestionamiento del aqu’ y ahora que se conjuga con un movimiento hacia el m‡s all‡ en resisten - cia y en ruptura con mœltiples espejos del mundo real: la verdad de la justicia que es no-verdad de la justicia es la inmediatez del mundo y la ruptura.

 

Al penetrar desde nuestro interior la conciencia del car‡cter ilusorio de la totalidad, como identidad y contradicci—n, notamos la culpabilidad como centro del pensar con la dominaci—n, pero tambiŽn un punto de partida de su ruptura que es negatividad del mundo y sus formas. Al final, del lado de la vida, se confirma que es en el cuerpo mismo donde se puntea la ausencia de lo deseado en el cuerpo v’vido como paisaje. Una mirada cr’tica que se sitœa en el mundo emp’rico, que deja atr‡s el pasado como ayer est‡tico, ver‡ solamente una dialŽctica de la s’ntesis del poder, de la subjetividad aparente. Es necesario pensar distintiva-mente el tiempo del presente homogŽneo y vac’o del poder tam-biŽn como una condensaci—n de a-presentes (Benjamin, 2000, vol.

 

III:   439 y 442), pues lo anterior, como excepci—n, resurge de las huellas en los escombros de lo establecido.

 

Desde luego que la metaf’sica, como desesperanza, se origina en el mundo. No es el camino del suicidio como negaci—n pura y simple, expresi—n del bloqueo de las ideas del movimiento. Debe verse como el punto de partida de la cultura, una posibilidad del movimiento de la existencia humana. A pesar de la fuerza del mito hecho violencia, desde el inicio, la cultura y sus relaciones socia-les es la pregunta violentada, es el suspiro del oprimido agobiado por la fuerza de la naturaleza hecha dolor y carencia, es el inicio

 

 

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del grito de la esperanza en la desesperanza, la lucha y la organi-zaci—n por y hacia un mundo mejor. En ese instante del deseo, la cr’tica profunda que subyace en el enunciado nacido de la pre-gunta estar‡ en la construcci—n del sujeto en acci—n . En la doble realidad de la negatividad, las carencias, el hambre y el dolor ser‡n participantes de una hermenŽutica profunda que cuestio-na, nombra y vuelve a preguntar en la cultura misma de la domi-naci—n: Àpara quŽ vivo, para morir en la condena del mito del derecho hecho poder? ÁNo!, responden los oprimidos desde la dign idad (Holloway, 2002), cuestionan, rompen en mil pedazos el espejo para abrir las puertas de lo posible.

 

Es en la ruptura con la violencia de las nuevas Žpocas de guerras leg’timas y justas donde surgen las resistencias fundadoras de lo nuevo, rompen el circulo vicioso para participar en las preguntas del pasado en el presente. Las significaciones y representaciones en un espacio y tiempo alterno a la crisis han sido el inicio de un camino de cuestionamientos iniciados con la reflexi—n y negaci—n inscritas en las l’neas de escape hacia la metaf’sica. Son inflexiones o rel‡mpagos de la historia frente al mundo de la carencia. Si nos preguntamos por la herencia del tiempo del pasado y sus significa-ciones, inflexiones dentro del significante, la pregunta esencial es el comienzo del exilio del mundo, es la locura del alejamiento a lo anormal para la bœsqueda de lo divino del sue– o de otro mundo. Los cuerpos l‡nguidos de la realidad repetitiva de la miseria del mundo cuestionan sufriendo el deseo de otro mundo.

 

Para responder y cuestionar su mundo, el apocalipsis como configuraci—n del deseo es la crisis tormentosa de la utop’a mile-narista anunciada en el mesianismo como una profec’a en tanto espera. Las preguntas se alejan del mal para pensar ese mismo mal, toman conciencia del bien deseado y el movimiento hecho acci—n . El alejamiento abre perspectivas frente al mundo, el movimiento y la vida contra la muerte rompen los esquemas de la verdad concluyente del as’ es y as’ ser‡, para pensar la no-ver-dad desde el interior de sus mismas conclusiones. En este sentido la metaf’sica con su espera mesi‡nica no es cerrada y est‡tica. Moviliza las voluntades, abre brechas para poder vivir y caminar, no en la carencia, sino con otros sue– os, constelaci—n de infle-xiones que permiten configurar otro futuro.

 

La cr’tica son las luchas que se constituyeron en la cultura, la subjetividad y la negaci—n de un mundo de necesidad hecho de muerte del Otro. En el momento de la ca’da de la metaf’sica, el

 

 

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pensamiento y preguntas de Adorno son solidarios al pensa-miento dialŽctico cr’tico. Su anticiencia es parte de las reflexio-nes rebeldes, mesi‡nicas y cr’ticas a la violencia. Entre culpa y condena, olvido y memoria, sufre las posibilidades de hacer explotar las identidades manipuladas e impuestas por las ciencias y su cultura. Pensar los deseos y aspiraciones de liberaci—n mesi‡-nica y redenci—n de la historia es desear la utop’a intramundana para rasgar las pinturas genŽricas de la identidad. La certeza es la violencia de lo divino y mesi‡nico como negatividad frente al mundo, la que se niega a rebajarse a los discursos universales y las identidades ligadas al poder. En este sentido, la violencia divina es aut—noma y soberana de las verdades absolutas del poder y la dominaci—n . Segœn Benjamin (2000, vol. I: 243) la cr’tica de la vio-lencia est‡ en el centro del mito de la violencia, es signo y repre-sentaci—n distintivo de la dignidad.

 

Las configuraciones mesi‡nicas de la espera, fragmentos de las luchas, han sido muchas veces derrotadas por la fuerza del poder. Sin embargo, muchos cristos crucificados y hŽroes-estatuas son parte de la metaf’sica que los hizo nacer, son parte del no y de la pregun-ta que irrumpe en el enunciado de otra cosa que los hizo exist-ir.

 

 

Religi—n y memoria  como esperanza

 

Aunque las figuras societales estŽn ligadas al poder del mito y de lo divino como contradicci—n, debemos constatar la existencia de las verdades en la vida, al mismo tiempo que la dialŽctica de las no-verdades como resistencias aut—nomas de los movimientos. Existe una cita secreta entre las generaciones del pasado y las del presente en los carnavales dialŽcticos de lo cotidiano. En los sig-nificantes del lenguaje, en las edificaciones, en las creaciones art’sticas, en los poemas de la magia [fŽerie] benjaminiana existen esos ’ndices secretos de las capacidades ut—picas, una estrella de la redenci—n , la puerta por donde puede llegar el mes’as (Benjamin, 2000, vol. III: 430) . As’, podemos decir que en las simplicidades del lenguaje y de la irracionalidad poŽtica y metaf’sica de la pala-bra podemos encontrar las l’neas de la imaginaci—n de lo posible, una racionalidad de lo diferente. Se trata del no impl’cito en la literatura y las pasiones negativas de la vida6, est‡ presente en los

 

 

6. Sobre los laberintos del no como negaci—n del mundo vŽase Vila-Matas (2005) .

 

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antagonismos de clase, puede explotar como los volcanes en cual-quier in stan te, se expresa en los intersticios del tiempo extraviado de los cambiantes escondrijos de la oscuridad de lo vivido. Se trata del tiempo de la redenci—n de los olvidados, los peque– os momentos cotidianos de la historia acumulada por los n egados en la gloria del progreso.

 

Como lo propone Adorno, por cierto desde la perspectiva de Walter Benjamin, la metaf’sica en el seno de la cultura debe per-mitirnos penetrar los mismos conceptos y representaciones del mito de la identidad para hacer re-saltar lo irregular, lo anormal, lo que no entra en las identificaciones de la ciencia del mu n du s in telligibilis. Si la vida no es solamente lo que existe como deses-peraci—n, entonces en la constelaci—n nos re-encontramos con los caminos anteriores, lo que perdura y emerge en la dialŽctica de las representaciones como deseos de liberaci—n contra la carencia inscrita en las mutaciones socio-tecnol—gicas. Se trata de las tensiones que se encuentran en el sue– o-despierto de Ernst Bloch, es la esperanza como potencia que est‡ luchando en -con - tra-y-m‡s all‡ del mito de la cosa, de la verdad-apariencia de lo ins-titucional como indestructible, como espacio y centro de refle-xi—n . As’, podemos decir que el pensamiento negativo como constelaci—n es utop’a (confrontaci—n), crisis y alternativa. Se dis-tancia dentro de la misma cultura pol’tica establecida como lucha subterr‡nea contra el peso secreto e inquietante de la actualidad como s’ntesis social en los cuerpos y subjetividades.

 

ÀPor quŽ en los momentos de grandes transformaciones de paradigmas del presente surgen nuevos movimientos m‡gico-reli-giosos? ÀPor quŽ los cient’ficos sociales se preocupan del surgi-miento de nuevas sectas reconstruyŽndose en -y-con las viejas tŽc-nicas de la tradici—n y el creer? ÀPara quŽ servir‡ identificar, clasificar y homogeneizar como m‡s o menos peligrosas las pr‡c-ticas del creer en otro mundo que el conocido como instituci—n y verdad? Para acercarnos a la comprensi—n de las nuevas formas del creer, hay que mencionar que estamos inmersos en los mi-tos de la historia y del poder para evidenciar las tensiones ut—pi-cas que se entretejen al interior de lo religioso y la realidad, la dialŽctica marxista del opio del pueblo y el suspiro de liberaci—n . Si ciertos movimientos liberacionistas y racionalistas explican lo reli-gioso de manera un’voca, desde el poder que lo recupera y lo cautiva, no ven, no escuchan esos suspiros contenidos por el opri-mido en un contexto econ —mico e hist—rico. No ven que dentro

 

 

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del mito de la violencia de la condena y la culpa se encuentran tambiŽn las significaciones simb—licas de las lamentaciones de los miserables de la tierra.

Aunque la tragedia de la indiferencia metaf’sica se esta adue-

 

– ando de nosotros, siempre existe la intuici—n que otro mundo posible existe. Es cierto que en el mundo real queremos verdades y seguridades del yo individualizado concreto. Cada vez nos ale-jamos m‡s unos de otros, desconocemos el mundo del amor y la solidaridad como gestos principales de la duraci—n del tiempo de la esperanza para la vida. Sin embargo, hay esta certeza potencial que otra cosa existe pues, nos cuestiona y mueve diariamente. No podemos vivir sin los sue– os de otra realidad, nos movemos cons-tan temen te h acia un todav’a-n o deseado. Como men cion a Ernesto S‡bato (2000: 12): ÒHay algo que no falla y es la convic-ci—n de que МnicamenteÐ los valores del esp’ritu [la metaf’sica como esperanza] nos pueden salvar de este terremoto que ame-naza la condici—n humanaÓ.

 

En algœn lugar de la memoria algo se adue– a de nosotros. La culpa y la condena del derecho no son el final del camino del hombre, an —nimo y prisionero de los laberintos del poder. TambiŽn ese hombre es la luz de la metaf’sica proyectada en las sombras de la realidad de la noche sin estrellas. Con la dialŽctica negativa podemos resaltar las saturaciones del tiempo. Los deseos y las posibilidades cercanas a la salvaci—n se resignifican en luchas de la no-identidad en el presente. Con la categor’a del tiempo creado por la rebeld’a, el pasado se reactualiza en el presente y en el futuro. En la reapropiaci—n de las potencialidades del pasa-do en la presencia-negatividad de lo negado, la constelaci—n hace explotar la violencia fundadora y administradora del derecho que tambiŽn busca reactualizarse en el mundo del presente.

 

As’, en la dialŽctica de la imagen, hay que reunir o desmon - tar las significaciones de las im‡genes heroicas y mesi‡nicas para comprender las experiencias cotidianas como resignificaciones socio-hist—ricas de los choques con lo moderno. A partir de los montajes hist—ricos de los conceptos y de sus representaciones con sus im‡genes de futuro, debemos proponernos desmontar para-d—jicamente esas mismas formas para evidenciar, con la metaf’si-ca, las l’neas y fragmentos de lo posible. No hay ley de causa y efecto en el conjunto de significantes pues corresponden a signi-ficaciones sociales inscritas en las tensiones sociales. En efecto, en el hombre que actœa hay interacci—n de los campos del exterior

 

 

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e interior. De manera importante, el hombre puede tomar y decodificar el exterior desde su interior y llevar ese campo inte-rior al exterior de manera nueva. As’, la subjetividad del interior es objetivaci—n del exterior y coincide en la cr’tica de la cultura que fundamenta lo nuevo.

 

Adorno (1986: 365-368) afirma que lo que el esp’ritu del mundo de la dominaci—n quer’a hacer como su parecido (sujeto-objeto), se mueve constantemente con lo que no se le reconoce como cultura y esp’ritu. La metaf’sica, considerada como el mal absoluto, se escon de de la dominaci—n, no quiere ser parte del mundo materialista y filosof’a de la oficialidad. En ese proceso de circulaci—n material cient’fica, como el dinero y su poder, la metaf’sica adorniana, con el esp’ritu estŽtico ante lo feo del mundo, vuelve a ser el punto de escape ante la verdad del dinero y la ciencia positiva que niega lo humano como potencia de trans-formaci—n .

 

El esp’ritu cr’tico se rebela como Prometeo. No acepta la enfer-medad social ni la condena como mal absoluto. Tampoco la resig-naci—n del tiempo de la realidad, sue– a otro mundo, otra cultu-ra, otra vida con la duraci—n del tiempo de la cr’tica, la estŽtica y la Žtica como movimiento y cambio. No se debe intentar remon - tar el tiempo de las artes de la conversi—n y los valores sociales rom‡nticamente hacia atr‡s, sino constatar que las constelaciones est‡n en el presente de nos-otros. Subrayar que actœan secreta-mente en el recorrido de las resistencias del tiempo de la insu-bordinaci—n . Como dice Jorge Luis Borges (2003: 26) en T lšn , uqbar, orbis tertius: Òel presente es indefinido, el futuro no tiene realidad, sino como esperanza presente, el pasado no tiene reali-dad, sino como recuerdo presenteÓ, es decir, segœn nos-otros, los a-presentes del tiempo del espejo roto en mil pedazos como negaci—n y redenci—n de la esperanza y la utop’a.

 

 

 

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Distancia y m’mesis en la teor’a estŽtica de Adorno y en el arte y la literatura contempor‡neos

 

 

JosŽ Manuel  Mart ’nez

 

 

 

 

 

 

Los espacios de arte y de cultura urban a con tempor‡n ea in cor-poran , corrien temen te, en su programaci—n la cr’tica social y la difusi—n y promoci—n de las formas m‡s radicales del pen samien - to y de la luch a an tisistema. Esto es as’, en parte, por un a con tin - gen cia: la articulaci—n de redes y espacios posibles. Pero tambiŽn h ay un a relaci—n sign ifican te m‡s ’n tima en tre las con figuracio-n es con tempor‡n eas del arte y la literatura y su n egaci—n de todos los sistemas que parece ser la parad —jica fun ci—n cultural asign ada a los cen tros de arte y cultura: la cr’tica del todo social. Su propia ausen cia en un a ciudad es grave, en tan to que es un s’n toma que delata un a clausura. Por cierto, esto tien e con se-cuen cias para el arte y sus formas de exh ibici—n y producci—n , pero sobre todo afecta a la forma del espacio de comun icaci—n ÐÀlas luch as con tempor‡n eas crean un h ’per-espacio comun icati-vo abierto? ( Brea) Ð y de las redes de luch a. La asociaci—n en tre revoluci—n y van guardias estŽticas n o h ab’a parecido como pro-blema h asta que el prin cipio de con servaci—n Ðla Òm’mesis de la rigidez de la n aturalezaÓ en la termin olog’a de H orkh eimer y Adorn oÐ se aplic— a la propia revoluci—n y el arte o bien se pleg— a las exigen cias de la cooperaci—n social o bien fue calificado de arte degen erado; eso sucedi— aproximadamen te en la Žpoca del giro del futurismo h acia el fascismo y la in terrupci—n de la colec-tivizaci—n demorada h acia las n uevas pol’ticas econ —micas que ya n un ca m‡s fueron aban don adas. Ya n o dej— de plan tearse la rup - tura en tre las luchas pol’ticas y lo nuevo cultural aun que, posible-men te, sea la memoria del arte y su apego a los objetos materia-les y el cuerpo vivo de los h ombres y las mujeres, su m’mesis con el placer y el dolor, su distan cia con lo dado, lo que man tuvo un a ten si—n n egativa radical fren te a los sistemas y la pol’tica.

 

Negat i vi dad y revol uci —n -  Adorno y l a pol ’t i ca ¥       JosŽ Manuel  Mart ’nez

 

 

 

El lugar de los sujetos puestos en filas Ðapegados a la m’mesis protectora de la h orda ( Can etti-H orkh eimer) Ð pas— a ser la forma in vertida de la alin eaci—n pol’tica, h asta el pun to en que h oy bien puede un o pregun tarse por el car‡cter art’stico de las luch as in org‡n icas an tisistema que, por otro lado, tampoco se sustraen a la en trop’a del fren es’ mimŽtico del rito. Este es un o de los pun tos que un a teor’a de la estŽtica con tempor‡n ea podr’a aportar a un a dialŽctica de las luch as con tempor‡n eas y podr’a an alizarse toman do la h istoria con tempor‡n ea del arte como un modelo: Àlas van guardias, el len guaje de las van guardias, las obras van guardistas, actœan todas con el mismo tipo de estrategia? Parece que las h ay que buscan en la simplicidad de las comun i-dades agrarias ( como el viejo Marx y los j—ven es expresion istas) las estructuras elemen tales de in tercambio y la in ten sidad del rito: un o de los primeros pasos de las van guardias de comien zos del siglo XX fue la in dagaci—n de las im‡gen es del mito: el toro, las m‡scaras rituales african as y, particularmen te, en AmŽrica Latin a esa asociaci—n alcan z— n iveles irrepetibles ( pien so en cl‡-sicos como Asturias y GuillŽn , aun que en casos como el de Tamayo la bœsqueda pl‡stica parte de las formas y colores tradi-cion ales de O axaca e in daga m‡s all‡ en aspectos espaciales y for-males que, indudablemente, plantean otra relaci—n entre forma y contenido tradicional; algo parecido podr’a decirse de Carpentier, y en Cort‡zar ya casi todos los con ten idos dejan de repetir su lugar cultural previo, jugan do con ellos, en todo caso, como en la parataxis y la iron ’a: el jazz, el barrio, la presen cia de un tigre en la casa ya n o remite a Quiroga, Adorn o se con vierte en un obis-po y es el n ombre de un gato) . O tras van guardias remiten al gesto ambiguo de Duch amp: se trata de propon er n uevas sin ta-xis, n uevos sign ificados, h acer polivalen tes los bien es de in ter - cambio, romper espejos, alterar la relaci—n en tre los materiales y las series del sujeto, ten der l’n eas que rompan el dualismo de las ideas y los cuerpos. H acer un estudio exh austivo requerir’a de todo un programa de in vestigaci—n . Por ah ora quiero se– a-lar que la repetici—n , el s’n toma freudian o, los tipos de acci—n , dan cuen ta de fen —men os de su perficie que requieren un an ‡li-sis de profu n didad.

 

Es posible partir de algun o de los polos de la disociaci—n o partir de la cr’tica de los sistemas de con servaci—n de las formas y la en erg’a social. Es decir, es n ecesario criticar las doctrin as socia-les que describen el estado del mun do real, sus relacion es in tra-

 

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sistŽmicas ( H abermas) , dar su gŽn esis ideal tambiŽn es oportun o

 

(      Negri) . Claro que es n ecesario ten er en cuen ta que para el an ‡-lisis de las formas de la teor’a econ —mica o de la teor’a jur’dica alcan za con un a filosof’a del len guaje al uso, pero puede cuestio-n arse el recurso a extrapolacion es de la teor’a de las matem‡ticas o de la f’sica ( Deleuze) para el pasaje de la teor’a social a la teo-r’a literaria y tampoco resultan admisibles similares saltos de can - tidad a calidad ( Len in ) o similares pasajes en un a teor’a de la luch a como un a cuesti—n de in ten sidad n egativa ( Negri) . La obra, como la mercan c’a en tiempos de Marx, parece ser un objeto cul-tural prometedor para la cr’tica: se con creta en un a materialidad, la del sistema y sus isomor fismos: algun as veces la m’mesis del dolor se apropia del mismo cuerpo del artista, da– ‡n dolo de un modo irrepetible y ef’mero, su materialidad n o h ace con cesion es al prin cipio de con servaci—n . An titŽticamen te n o ser’a h uman o pedirle a la luch a pol’tica que n o tuviera en cuen ta ese prin cipio; pero la piedad, el registro del dolor n o es cosa de la pol’tica. La compasi—n ya era m‡s propia del arte desde la tragedia. La obra, que n o sufre las mismas limitacion es in ten sivas que la luch a social y econ —mica en tan to que lu gar de con exi—n en tre las formas de lo social, de la psique y la experimen taci—n de todos sus extre-mos, puede dar cuen ta, si se quiere en la forma del modelo, de la direcci—n de las luch as, de sus opacidades e ilusion es, de su direc-ci—n , de sus espacios y sus tiempos. Los mun dos posibles n o son s—lo espacios l—gicos de in terpretaci—n , los espacios posibles, como sus tiempos y sujetos ya n o guardan relaci—n con vectores h egelian os n i con tin uidades ideales. ÁTodo es posible! Quiz‡s la ruptura de los a– os vein te ya n o importe. Si h ay algo de lo que el arte con tempor‡n eo n o padece es de un a tristeza melan c—lica, la Žpoca de la n ostalgia del au ra de lo sagrado perdido ya est‡ muy lejos en el tiempo.

 

Pero siempre con vien e h acer un a suerte de arqueolog’a e in dagar en esos momen tos formativos como tambiŽn en el orden de lo te—rico. Las dos œltimas obras importan tes de Adorn o ÐTeor’a estŽtica y DialŽctica negativaÐ guardan con las formas del arte con tempor‡n eo, el de la sociedad globalizada y del sujeto despuŽs de la muerte del sujeto esa relaci—n arqueol—gica, la de correspon der a un a cr’tica de su per’odo formativo Ðlas van guar-dias, pero tambiŽn el modern ismoÐ y un a cr’tica de las formas epigon ales de la filosof’a modern a y su pol’tica: la metaf’sica y el fascismo. La n oci—n de m’mesis est‡ presen te en toda su cr’tica de

 

 

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la forma art’stica y la sociolog’a de la cultura y es un puen te ten - dido en tre lo arcaico y lo modern o. No es mi prop —sito h acer un in ven tario cr’tico de todos los usos que Adorn o da a ese tŽrmin o que tien e, fun damen talmen te, su origen en la estŽtica y en la teo-r’a de la literatura por un lado, y en la an tropolog’a cultural por otro: s—lo quiero se– alar que su apego cr’tico al n omin alismo modern o y al n ih ilismo con stitutivo de la subjetividad con tempo-r‡n ea le proporcion a un a amplitud de aplicaci—n sorpren den te que es esclarecedora de las formas b‡sicas de superviven cia m’ti-ca en la crisis de la cultura y el sujeto en las sociedades de masas. La filosof’a del ser y el fascismo muy arraigados en formas n atu ra-lizadas de la cultura europea y su m’mesis arcaica: su n egaci—n de la distan cia resultan irreducibles median te un a cr’tica de las in ten - sidades que n o ren un cia al in man en tismo espin ocista que ya se quiere modern o a pesar de su apego m’stico a n ocion es como sus-tan cia y poten cia: el argumen to on tol—gico prevalece y puede cambiar la idea del dios. Las ra’ces de la cultura europea iden ti-taria fueron puestas en duda m‡s por Joyce e Ibsen que por Alth usser. El cartesian ismo al uso, la fen omen olog’a requer’an un a cr’tica radical que deb’a dirigirse con tra la teor’a social y la metaf’sica, pero n o desde el aire o en el aire, sin o a partir de la cr’tica cultural llevada a cabo por la literatura y el arte. La DialŽctica negativa y la Teor’a estŽtica ( publicada Žsta p —stumamen - te) tien en un a un idad de prop —sito y se complemen tan un a a la otra, dialŽcticamen te, siguen esa metodolog’a.

 

Esas obras fueron escritas duran te la pausa ut—pica que atra-ves— la h istoria un os vein te a– os despuŽs de la derrota del fascis-mo de las poten cias cen trales y un os cin cuen ta a– os despuŽs del derrumbe de la cultura europea en la primera guerra total. La segun da obra, que tien e estructuras con ceptuales que ya apare-c’an en la cr’tica musical, a la que Adorn o dedic— buen a parte de su vida pœblica, sobre todo al retorn ar a Aleman ia, con struye, a mi juicio, un a teor’a dialŽctica del len guaje que posibilita la arti-culaci—n sem‡n tica y sin t‡ctica de un estado de cosas en la que el h orror que se h izo sen tir, y de un modo extremo, siempre puede actualizarse en la forma de la memoria, del vestigio cultural in man en te y en los simples h ech os. La caden a de los h orrores es disjun ta Ðn o h ay un h orror que sea la repetici—n de otros h orro-resÐ, pero la falta de memoria y de articulaci—n lin gŸ’stica del espan to impide su elaboraci—n y su evitaci—n in man en te. La falta de un a teor’a del len guaje del h orror tambiŽn impide su comu -

 

 

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n icaci—n adecuada, m‡s all‡ del grito sustra’do ( ÀMun ch ?) . La cuesti—n de la distan cia n o clausura la presen cia y de esto es con scien te el arte que trabaja su objeto como un a relaci—n en tre espacios y formas distan ciados e in man en cia subjetiva y expresiva. La articulaci—n de los sistemas de h orror es con dici—n formal y sustan tiva de la posibilidad de un a luch a que n o se arti-cula simplemen te como un a luch a en tre con trarios ( m‡s y men os) absolutos o derivados un o del otro: el amo y el esclavo

 

(      H egel) o el capital y el trabajo ( Marx) , sin o que in cluye en su con cepto la domin aci—n sistŽmica, la alien aci—n del sujeto, el car‡cter total de los sistemas, los partidos y las n acion es, verda-deros obst‡culos a la libertad, a la igualdad de gŽn ero, a la limi-taci—n del h orror y el dolor y a lo natural; en suma: es n ecesario articular la prioridad del objeto y de la m’mesis de lo uno m‡s all‡ de los sistemas combin atorios y de las pulsion es pasion ales por lo otro. La estŽtica n o agota la sem‡n tica de un a cr’tica n egativa, sin embargo, en la estetizaci—n que caracteriza lo social en un a socie-dad de comun icaci—n ( Baudrillard) , con forma un modelo de cr’-tica que, dif’cilmen te, pueden alcan zar la an tropolog’a, la eco-n om’a o la pol’tica como cien cias.

 

Ni la teor’a del len guaje de Ch omsky, n i el an ‡lisis de la comun icaci—n de H abermas, n i el estructuralismo, n i el formalis-mo son dialŽcticos: en ten dien do por dialŽctica n o un sistema de progreso h acia algœn objeto on tol—gico o ideal, sin o la n egaci—n con creta de los sistemas culturales iden tificatorios. Sin embargo, esas fueron las gram‡ticas del an tiimperialismo. Tampoco se trata de postular n uevas l—gicas dialŽcticas fun dadas en la n egaci—n del prin cipio de n o con tradicci—n , sin o de un a lectura en lo que todav’a es oscuro a lo que el arte y la literatura con tempor‡n eos vien en dedican do ya bastan te m‡s de un siglo. ÀPuede leerse la

 

DialŽctica negativa sin el recurso a los Tres estudios sobre Hegel? ÀC—mo puede leerse la Teor’a estŽtica sin el apoyo textual del drama n ih ilista? La lectura de la DialŽctica negativa como un a teo-r’a cr’tica de la ideolog’a es an acr—n ica cuan do ya n o queda n ada que develar ( Sloterdij) . Ciertamen te, la DialŽctica negativa pudo leerse separada de la Teor’a estŽtica, como un a teor’a de la luch a y, si acaso, como un a teor’a nocturna de la luch a. Como un a teor’a de las luchas perdidas y perdidas de an teman o. Ese fue el malen - ten dido fun damen tal de los a– os seten ta, cuan do la lectura se h izo orien tada h acia el pasado, ya n o tan in mediato, de los a– os vein te y sus modelos de percepci—n colectiva; es n ecesaria, en

 

 

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cambio, un a lectura proyectiva Ðsi se quiere al modo de un a pro-fec’a laica y ben jamin ian a referida a fen —men os que en su momen to de producci—n apen as se en un ciaban Ð y, adem‡s, a par-tir de los particu lares de la cultura; la in sisten cia de Adorn o en un a mon adolog’a de las obras Мn icas y aut—n omasÐ es isomor fa a su n egaci—n de la metaf’sica del ser como un a un iformaci—n sin t‡c-tico-fun cion al en el sistema. Su cr’tica n o puede ser aleg—rica, como sostien en algun os te—ricos del arte posmodern o porque ya n o h ay n in gœn sistema del cielo, n i un a gen eralidad de la muerte, cada obra es un a n ueva n egaci—n y cada cr’tica con figura un a n ueva constelaci—n . Desde un a perspectiva n ih ilista y n omin alista de lo particular es relevan te el resto de in man en cia, de m’mesis: cada forma merece ser con fron tada con sus aspectos mimŽticos y con siderada a la distan cia del con cepto.

 

La m’mesis que Adorno encuentra en las obras de arte tam-biŽn remite a nexos con la vida y por la definici—n misma de vida a la lucha para evitar la dispersi—n entr—pica en un contexto uni-versal de disgregaci—n sistŽmica de lo particular, de integraci—n de lo diferente. Conspiran contra la comprensi—n de ese aspecto irre-ducible de la dialŽctica de Adorno algunas tesis estŽticas que la neutralizan: hoy d’a la tesis comœn entre los cr’ticos de que el arte no pertenece ya a la esfera kantiana del gusto significar’a que la cr’-tica dialŽctica del arte contempor‡neo, al disociarse de esa esfera del placer y de lo bello, se alineara con la ilusi—n fundamental de la fenomenolog’a y de la ontolog’a existencialistas: el desecho en el que se apoya la gram‡tica profunda de la lucha despuŽs de los a– os cincuenta. ÀEsa tesis se autocancela? ÀEs una duplicaci—n cr’tica de las obras? El mayor peligro de cancelaci—n del car‡cter productivo y ag—nico de la DialŽctica negativa y la Teor’a estŽtica viene de una cr’-tica que parte axiom‡ticamente de la imposibilidad de un arte imi-tativo de lo bello, aunque la Teor’a estŽtica se aparta conscientemen - te de cualquier forma cl‡sica y de cualquier esperanza fundada en lo bello ( Bloch) tiene un lugar para lo bello natural. ÀDeber’a ser una belleza producida si es que toda la naturaleza sirve ya instru-mentalmente a la dominaci—n? La cr’tica no encuentra nada espe-cial en los restos de lo bello, en esa poes’a posible despuŽs de Auschwitz. Pero la clave no est‡ en hacer del Òtodo valeÓ ( Danto) un programa plano: la ciencia no reclama tanto para s’. Es que no se trata de interpretar el nominalismo de la cultura como un mero reflejo de la aceleraci—n y el flujo de los actos de comercio en la esfera global ( Jameson) : el propio mercado mantiene la contra-

 

 

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dicci—n de las Òauras dŽbilesÓ del arte bello ( Brea) . El programa arcaico del esteticismo de lo bello es, naturalmente, anacr—nico, pero eso no remite el fen —meno estŽtico a un puro acto percepti-vo indiferente, el propio acto perceptivo es cognitivo y lleva en s’ Ðigual que el acto del productor y que la obra mismaÐ la inteli-gencia de su forma y sentido y, a la vez, la inteligencia de la forma y la falta de sentido de los sistemas del mundo.

 

Creo que Žsa es la compren si—n b‡sica de la Teor’a estŽtica que n o puede ser actualizada a partir de un programa cogn itivo del desorden productivo-perceptivo del arte con tempor‡n eo ( Vilar) . Esa distancia de la falta de explicaci—n es m‡s mimŽtica de lo iden - titario que los restos de m’mesis arcaica de la obra, que n o se en trega a s’ misma como lo dado. La obra es siempre lo distinto, distan te. ÒTodo valeÓ tambiŽn tien e un sen tido radical. La pro-ducci—n de n uevas operacion es de percepci—n y las s’n tesis m‡s arriesgadas con stituyen el desaf’o dialŽctico. El desaf’o de la obra n o es en con trar un a imposible verdad en el acto de quitar las h ojas de cebolla que ocultan la esen cia detr‡s de la apariencia. El residuo de m’mesis, que el arte n o deja de con ten er, n o guarda con la apariencia n in gun a relaci—n n ecesaria, salvo que necesaria-mente las formas deben aparecer en toda su sin gularidad expresiva

 

(      Wellmer) . La obra de arte tien e su verdad, pero esa verdad n i se agota en la m’mesis n i en la forma sen sible; la forma de la obra se despliega libremen te y en su propio len guaje in traducible: todav’a m‡s libre en su in dagaci—n que las teor’as, guarda con la representaci—n de lo que n o es la propia obra s—lo los con tactos m’n imos requeridos en cada caso por la n egaci—n de toda natu - raleza en s’. ÀEs para s’ tambiŽn en las obras de vocaci—n ecol—gica o n aturalista? En ese acto de sign ificar, la obra se con sume como su valor de uso, ef’mero. Siempre es n ecesaria un a n ueva obra, n o s—lo un a n ueva disposici—n composicion al. In terpreto que las con stelacion es adorn ian as en que se organ izan los con ceptos de n ih ilismo, n omin alismo y m’mesis tien en en las obras un a aplica-ci—n cr’tica que va m‡s all‡ de s’ mismas. En ese sen tido es que la cr’tica se refiere al car‡cter aleg—rico de la interpretaci—n estŽtica en Adorn o, pero esa in terpretaci—n es in suficien te para Adorn o: queda demasiado apegada a aspectos muy arcaicos de la moder-n idad, propios de la in dagaci—n ben jamin ian a del drama barro-co. Adorn o es irreducible a Ben jamin , tambiŽn y fun damen tal-men te en su estŽtica: h ay un a gran diferen cia en tre la dialŽctica de la imagen y la mon adolog’a de las obras en Adorn o.

 

 

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No h ay un a dialŽctica de las puras formas estŽticas en Adorn o. La dialŽctica es distin ta de la composici—n de formas por el ojo. El lugar de los sen tidos ya es un lugar cultural. No h ay n ada en la percepci—n que n o h aya pasado por la cultura, este aspecto de la m’mesis de la obra y su recepci—n n o s—lo diferen - cia a Adorn o de la con cepci—n ben jamin ian a del mu seo, sin o que tambiŽn la distan cia de la con cepci—n f’sico-in ten siva del son ido o de los flu idos en Deleuze. La mon adolog’a de la obra es sign ifi-can te ( sin supon er un a exterioridad y un a in terioridad de las obras) . La dialŽctica de la obra en Adorn o tien e un momen to h egelian o: el del con ten ido, pero Ðin sistoÐ si ese con ten ido fuera œn ico y con el car‡cter de la un iversalidad, como en la alegor’a, si estuviera como un a n ota a pie de obra ya n o sign ificar’a n ada, n o ten dr’a alcan ce algun o para compren der las obras con tempo-r‡n eas, el min imalismo, el con ceptualismo, la per formatividad del arte sin objeto extern o al artista. Aquel giro in terpretativo que remite a un a lectura epocal de la DialŽctica del Iluminismo, como un a mera reflexi—n sobre el n azismo, h ace un a petici—n de prin cipio: que el h orror h a termin ado, toda referen cia al mismo en la teor’a ser’a epocal o ret—rica; n o h abr’a n ada que n o permi-tiera volver a pen sar la teor’a de la sociedad en tŽrmin os webe-rian os de Žtica de la respon sabilidad, y la obra de arte ser’a otra vez un a actualizaci—n de in stan cias m‡s o men os ideales si el arte y la literatura y la cr’tica se separaran de ello ser’a por su propio caprich o n ih ilista n ietzsch ean o ( H abermas) . Eso ven dr’a a decir algo as’ como que en s’ n ada tien en que ver el arte con tempor‡-n eo y la sociedad . Pero el arte persiste, ten azmen te, en su car‡c-ter degenerado en los subjetivismos modernistas, en la iron ’a, en el n ih ilismo radical que n o es compatible con la imagin er’a metaf’-sica sobre la que siguen reclaman do la aten ci—n del pen samien to los programas de estudio que vuelven un a y otra vez a plan tearse el abordaje de las obras a partir de H eidegger y Sartre; tampoco se relacion a con proh ibicion es ic—n icas trascen den tes, el arte n o acepta proh ibicion es sagradas, estŽn escritas en el c—digo que estŽn : el len guaje del arte es no derivable de prin cipios n ormativos.

 

En tre las n ormas que Adorn o descon oc’a en su Teor’a estŽtica est‡ la de la diferen cia de gŽn eros; sus an ‡lisis sobre el len guaje del arte y la literatura se imbrican , la n egaci—n de un prin cipio compositivo formal en la mœsica pierde su car‡cter de n egaci—n regional ya que puede reaparecer en la con cepci—n literaria del tiempo o ten er un car‡cter espacial y sin soporte espec’fico como ya

 

 

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es comœn con cebir el espacio con tempor‡n eo del arte, el n et-art como un a red que se autosostien e, en el len guaje deleuzean o desde territorios aut—nomos. El espacio del arte, sin supon er un a exterioridad y un a in terioridad de las obras, con quista la ubicui-dad, es in asequible al arte como in stituci—n y sus formas estabiliza-das. Esto va much o m‡s all‡ del desorden del gusto ( Vilar) ya que el arte h asta puede permitirse su n egaci—n como arte sin belleza y recordar el mimetismo de la belleza natural, tecn ol—gicamen te mediado, ya que n o es tiempo de pin celes n aturalistas y la reali-dad f’sica ya n o tien e aura ni subjetividad ( la del idealismo alem‡n o el romanticismo poŽtico inglŽs) , pero queda un espacio para la fotograf’a de los fen —men os f’sicos m‡s aislados, m‡s vac’os de habitantes, de las morenas glaciares, de la poes’a de Cementerio marino, que Adorno apreciaba como un a de las mejores con cep - cion es de la relaci—n en tre con ten ido y la forma en el arte con - tempor‡n eo, ese Pierrot lunar que se resist’a a asimilar cualquier carrera de observaci—n cient’fica para con servar su con ten ido de ver-dad n egativa de la propagan da. El lugar de la literatura, en la Teor’a estŽtica n o es s—lo explicativo Ðaleg—rico en ese sen tidoÐ como en La dialŽctica del Iluminismo que buscaba ilumin ar las for-mas arcaicas del fascismo en la m’mesis del domin ador: la Odisea, y sus formas modernas en la m’mesis del terror protector: Juliette. La Teor’a estŽtica estaba destin ada a ser proyectada h acia la obra del vac’o del sujeto, estar’a dedicada a Beckett. Adorn o con sideraba que n adie como Žl h ab’a sabido describir la sociedad con tempo-r‡n ea como un campo de con cen traci—n . No h ay n ada que expli-car en un poema de Celan ÒNo busques en mis labios tu bocaÓ [Nicht an meinem Lippe suche deinen Mund].

 

 

KRI STA L L

 

La DialŽctica negativa es como un eco abstracto de H amm pre-gun t‡n dose por un mun do all‡ afuera ÀdespuŽs de un a guerra n uclear? jugan do a ser el amo y Clov, que lo aban don a, n o lo aban don a, lo aban don a, pero H amm y Clov son aspectos de un espacio de relacion es, n o es n ecesaria n in gun a guerra n uclear, o bacteriol—gica, n i efectos especiales. Se trata s—lo de actos simples y repetidos don de cuerpos atareados, resign ados o ven cidos luch an por salir de un espacio social cerrado en el que son eso: meros cuerpos sujetos a un a normativa de circulaci—n . La propiedad

 

 

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es miserable, son los objetos del apoderamien to los que rodean al moribun do, y el len guaje, n ombres que dice el In n ombrable. Si la con cepci—n de la forma en Adorn o tambiŽn puede pen sarse a partir de Cementerios marinos, y su vac’o total y bello, completa-men te formal, o su n egaci—n de la presen tificaci—n con stan te y de la in man en cia absoluta de lo social, median te la con cepci—n del tiempo de Proust, la con cepci—n de la luch a en Adorn o n o es extra– a a la cr’tica de la moral paran oide del h Žroe ( Brand: Ibsen ) : los sujetos precursores de los n azis ya estaban en un espa-cio distin to del que supon ’a Luk‡cs, la cr’tica de Man n al entu - siasmo cl‡sico ya h ac’a supon er que n o es cosa buen a que los j—ve-n es aban don en la monta– a m‡gica ( resto positivo de la m’mesis de la belleza n atural) por defender los in tereses de sus n acion es, n i con struir catedrales de h ielo ( Bran d muere bajo la avalan ch a de n ieve: otra expresi—n mimŽtica n o m’tica de fuerzas n aturales bellas, pero fr’as y mortales) n ada tien e un a justificaci—n trascen - den tal. Ya n o h ay person ajes.

 

Los  prin cipios   cr’ticos       n o     son    prin cipios  legitimadores

 

(      Dan to) aun que parezcan an al’ticamen te semejan tes a los prin - cipios de la metaŽtica.

 

La DialŽctica negativa es el residuo que puede quedar de un a filosof’a despuŽs de Ausch witz. M’n ima. Por eso es fun damen tal-men te cr’tica de la filosof’a.

 

La œn ica ratio formal que Adorn o acepta en la relaci—n tri‡di-ca en tre la obra, el mun do y el sujeto es la de la fan tas’a exacta, pero esta relaci—n tampoco es del tipo Roms ( sien do que R = rela-ci—n ; o = obra/ s; m = mun do, y s = sujeto) dada la in estabilidad in terpretativa de la obra de arte con tempor‡n ea arriba apun ta-da, al n egar su car‡cter aleg—rico, se trata mejor de un a relaci—n n -‡dica: el mun do es un a in fin idad de proyeccion es del mundo real de tipo n egativo y h asta de tipo bello; el autor no clausura su significado, como quer’an los realistas ( Brecht) en el cl‡sico deba-te con Adorno. TambiŽn los sujetos son, si se quiere, deleuzeanos: cada sujeto puede ser una serie de actitudes subjetivas; los suje-tos no se agrupan en ÒtiposÓ de sujetos a la manera de los colecti-vos etol—gicos; la obra adorn ian a es abierta ( Eco) ; su caracter’sti-ca es el ÒvŽrtigoÓ que ya acompa– aba a la subjetividad ( Poe) y a la n aturaleza ( Kan t-Friedrich ) desde los or’gen es del roman ticis-mo. Las in stalacion es que rodean al receptor e impiden su repre-sen taci—n un ’voca: el v’deo-arte de n -v’deos simult‡n eos, an un - ciados por las m‡quin as del futurismo y los m —viles de Calder ya

 

 

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tien en ese car‡cter in estable que Adorn o adjudicaba a toda la poes’a modern a despuŽs de Baudelaire, cuan do los valores en tu - siasman y h ast’an sucesivamen te o, al mismo tiempo, aun que la distan cia del mun do religioso ya h aya con gelado las flores y Àya n o se padezca de delirios religiosos o Žticos?; las auras fr’as n o siempre se producen como en Celan , todav’a h ay espacio para la expresi—n . Toda luch a es expresi—n y el expresion ismo con su propia decepci—n sirvi—, justamen te, para demostrar la limitaci—n de un a remisi—n a ultramun dos, la expresi—n mun dan a de la in fin idad de mun dos posibles es suficien te expresi—n altern ativa de mu n do. An te un a lectura depon ten ciada de la obra de arte como Òtran s-figuraci—n de un lugar comœn Ó ( Dan to) y la respectiva depoten - ciaci—n de la lectura de Adorn o ( Vilar) puede aceptarse que leer con stituye sign ificar [reading constitutes meaning] ( Goeh r) .

 

Puedo aceptar, con Vilar, n o s—lo un a en trop’a pol’tico-moral, me resulta algo m‡s dif’cil con cebir un a en trop’a cogn iti-va y un a en trop’a estŽtica; creo que est‡ justificado poten cializar la lectura de Adorn o pen s‡n dola como un a luch a cogn itivo-pr‡c-tica de tipo dialŽctico. La propia cr’tica contempor‡nea va en ese sentido adorniano analizando la estructura de la apariencia, la rela-ci—n entre hechos, ficci—n y pron —sticos, reconociendo la diversi-dad de los lenguajes del arte y sus maneras de hacer-mundos

 

(      Goodman ) . ÀPuede citar la mœsica, como afirman las teor’as del origen del len guaje en la imitaci—n del son ido, o su tipo de m’me-sis va m‡s all‡ de un a relaci—n un o a un o con los objetos mun da-n os? El realismo cl‡sico estaba por lo primero, igual que ciertas formas de mimetismo rom‡ntico. Pero las in n umerables n -versio-n es de mun do son todas correctas, el trabajo las h ace equivalen - tes y disjun tas, las obras de arte n o son etiquetas que ejemplifican objetos por m‡s que algun as veces puedan fun cion ar como tales tampoco son ejemplares. La dialŽctica de tipo h egelian o ya h ab’a perdido el gozo cl‡sico y el arrebato rom‡n tico del agon en tre j—ven es campeon es en Žpoca de Man n y Adorn o; pero las formas con tempor‡n eas de Òcuerpos que explotan Ó en la represen taci—n de un a Òilusi—n trascen den talÓ n o ejemplarizan n ada ya que todos los mun dos posibles son in man en tes, por eso s—lo es posible un rastro de m’mesis respecto de cada un o de ellos. La realidad pide al arte su forma de expresi—n . No h ay ser, s—lo h ay n -en tidades como n -formas de en tidades posibles, o aspectos de un en te x o de un sujeto y cualesquiera: H amm, Clove. No h ay otra raz—n para que Adorn o se h ubiera en sa– ado con H eidegger, y ello a

 

 

 

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pesar de la cr’tica de H orkh eimer a la Òraz—n in strumen talÓ. Un programa de poiesis despuŽs de Ausch witz tampoco puede fun - darse en la in man en cia absoluta y la n egaci—n del len guaje como quer’a Artaud, aun que todo se h ubiera origin ado en la misma experien cia b‡sica [von Sensen gesprochen], la m’mesis es s—lo resi-dual y la expresi—n n o es en f‡tica, n o h ay un lugar para in versio-n es sustan tivas b‡sicas median te mitolog’as mimŽticas, la falta de distan cia, la repetici—n son s’n tomas.

 

No h ay un ir m‡s all‡ del en te, n i pueden adjudicarse al h om - bre las poten cias que otrora se con llevaban en el argumen to on tol—gico ( Spin oza) . Que el mun do es un locus in dustrial lo sabe el arte mejor que n ada y Adorn o ya h ab’a puesto Žn fasis en la tec-n olog’a en la producci—n de la obra, y en las luch as, claro. A lo sumo, toda obra de arte es un enigma en el sen tido arriba apun - tado Ro( ( n m) n s) . El arte media en tre los n -mun dos y los n -suje-tos como trabajo que es, dan do forma a un objeto. La pluralidad perceptiva de la obra de arte con tempor‡n ea ya n o se reduce a un a cuesti—n de perspectiva ( Vel‡zquez-Foucault) , sin o que, como el Grand verre de Duch amp, el espejo se rompe y se produ - cen mœltiples realidades.

 

El objeto es in dustrial, y h asta los animales adquieren un car‡cter n o salvaje ( Wagman ) aun que la expresi—n reclame un a acci—n salvaje del artista ( Beuys) como con dici—n receptiva de expresividad, que n o es posible regresar a un mun do an terior, natural; ello ya n o es plan teable n i como h ip —tesis, los excesos de expresi—n n aturalista ( accion ismo vien Žs) se fun dan precisamen - te en la n ecesidad de sobre-expresar todo mun do o sujeto z cuya relaci—n con la situaci—n n o deseada o deseable resulte n eutrali-zada por el acostumbramien to. Ph aidon public—, con un comen - tario de Petras, un a colecci—n de obras sobre el Òcomer o n o comerÓ. Se vuelve con ello a un materialismo expresivamen te n aturalista, primitivo, eso es imposible, claro, y ya lo sab’a el con s-truccion ismo, y lo sabe el len guaje del arte con tempor‡n eo de proceso que n o se muestra como el saber de un a regi—n absoluta del con ocimien to, n i siquiera de un a regi—n primordial, sin o como un a in vestigaci—n en la forma y en lo in forme, en lo n egro, en el espacio y en sus formas de con formaci—n de sujetos, en el movi-mien to y sus con dicion es de posibilidad, en la corporalidad y sus l’mites, en las cuestion es de la iden tidad, de la violen cia, de la diferen cia, de las in ten sidades, en lo h orrible y en esa in vestiga-ci—n con tin uada, globalizada y n egativa; la Teor’a estŽtica y la

 

 

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DialŽctica negativa ocupan el lugar de un organon dialŽctico que se apoya en ese canon de la cultura modernista en sen tido lato, al que se pliega como su metalen guaje.

 

Las obras aut—n omas son capaces de realizar su propia cr’tica como con dici—n de posibilidad para la articulaci—n de un ÒgritoÓ

 

(      H olloway) . No h ay puro grito, n i grito puro en la escen a del tea-tro off o de un a can ci—n de Cage. No se trata s—lo de un a cuesti—n de in ten sidad del grito, aun que las in ten sidades, n aturalmen te, cuen tan para la recepci—n y tran smisi—n de un a expresi—n , pero eso es relativo. Adorn o con sideraba que ciertas obras expresionistas de Sh oemberg val’an m‡s que sus obras serialistas por su frescura cr’tica, por su n ovedad compositiva, n o por su expresi—n ; en defi-n itiva, si val’an m‡s era por su forma y el valor con ceptual de con - tenido de esa forma. En esa articulaci—n del grito, n ecesaria para dar a la luch a un sen tido cogn itivo, la cr’tica a las tesis de algun os estudiosos de Adorn o, como la tesis del desorden estŽtico ( Vilar) es primordial. El arte con tempor‡n eo tien e un a forma mœltiple: a veces ÒgritaÓ, otras veces n iega median te la ausen cia casi com - pleta de son ido o de forma perceptible: Adorn o ya daba particu - lar importan cia a la diferen cia en tre caos y asonancia y en tre aso-nancia cr’tica y serialismo y el lugar de la pura serie es el que se va a en fatizar cr’ticamen te por todo el arte con tempor‡n eo a partir de Sch oemberg, al men os h asta el min imal; resumien do much o, es el lugar de presen taci—n del sujeto: ya lo h ab’a observado Freud con su con cepto de Òrepetici—n Ó. Con cedamos que pare-ciera que la in ten sidad debiera acompa– ar a la n egaci—n : n egar es n egar en f‡ticamen te y de un modo representativo. Pero Àpor quŽ n o fr’amen te? Para la tradici—n del teatro comprometido la n ega-ci—n era un a cosa de gran des carteles ( Brech t) . Adorn o n egaba que eso fuera un a n egaci—n radical. Con tempor‡n eamen te, pare-ce h aber revivido en las estŽticas de izquierda aquel debate del realismo, aun que las ten den cias del arte con tempor‡n eo esta vez h an sido cada vez m‡s y m‡s fr’as. Se discuti— much o acerca del sen tido social del min imalismo, se discuti— su casi ausen cia de objetualidad y su serialidad represen tativa; el arte min imalista era con siderado, por la izquierda, como un formalismo n o cr’tico. Pero, en ton ces, Àel caso del min imal con stituye un a suerte de experien cia te—rica crucial refutadora de la filosof’a de Adorn o?

 

Claro que la difusi—n y aceptaci—n del con ceptualismo supu - so un desaf’o para las con cepcion es estŽticas de la izquierda. Lo mismo que el aban don o casi total de formas Òrepresen tativasÓ del

 

 

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agon . El arte con ceptual o, en gen eral, ese arte del que puede pre-dicarse su entrop’a cognitiva por su falta de represen taci—n directa de los objetos del mundo real es un desaf’o para toda estŽtica o filosof’a cogn itiva: en con secuen cia, o bien la Teor’a estŽtica y la DialŽctica negativa daban cuen ta anticipadamente de esa forma de arte o bien quedaban can celadas en su poten cia cogn itiva y se ratificaba la tesis de la temporalidad de su referen cia: limitada a las van guardias y el n azismo. La literatura de izquierda acerca del arte con ceptual parece h aber despejado esa in c—gn ita a favor de un a in terpretaci—n como la que ven go expon ien do: pen san do el arte con ceptual como un arte cr’tico para el que vale un a gram‡-tica del arte como la expuesta por Adorn o ( O sborn e) , d‡n dole al arte con ceptual el car‡cter de un a filosof’a, cuan do ya n o h ay filo-sof’as, sin o h istoria de la filosof’a: esto n o fue el fin del arte, sin o el fin de la filosof’a [this was not artÕs end but philosophyÕs end]

 

(      Goeh r) . Meyer in terpret— que la opacidad ligada al trabajo de literalidad formal de los con ceptualistas sign ificaba un a con cien - cia dialŽctica de parte del artista min imalista como la de ciertas pr‡cticas de la avant-garde, ah ora en el con texto del capitalismo avan zado, y que esa opacidad remit’a a un a postura claramen te n egativa. Comen tan do el arte de Dan Grah am, particularmen te la serie Homes for America, mostr— c—mo el con ten ido literal ( foto-gr‡fico) de sus im‡gen es seriales con stituyen el n œcleo ( mimŽti-co, podr’a decir Adorn o) perceptivo al que se asocia un a pr‡cti-ca van guardista de desvin culaci—n ( distan cia) de las im‡gen es de su con texto in mediato ( lo que vien e a con stituir para Meyer un a expresi—n de con cien cia dialŽctica) que con lleva un a postura n egacion al: la opacidad referen cial. TambiŽn Peter BŸrger se refi-ri— al arte min imalista dicien do que sus trabajos comun ican , muy al modo de Beckett, precisamen te en su falta de comun icaci—n . Esa expresi—n beckettian a radica en su rech azo de las altas verda-des, de cualquier verdad m‡s all‡ de la propia experien cia de la obra misma.

 

Se trata de que el objeto conceptual rech ace el sign ificado a dos n iveles: el del con cepto y el del objeto representativo y Žse es, pre-cisamen te, su sign ificado. No h ay teor’a del len guaje que n o sea la dialŽctica adorn ian a que h aya expuesto la capacidad de comu - n icaci—n del len guaje art’stico de un modo tan claro. Era n ecesa-rio que el estado de cosas del mun do produjera sujetos o tran s-sujetos que n ecesitaran de v’as comun icativas que fueran m‡s all‡ de las verdades del in tercambio sin t‡ctico y sem‡n tico de los len -

 

 

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guajes n aturales y formales del tipo de las matem‡ticas y las geo-metr’as, aun que su variedad y desn aturalizaci—n ya avan zaba en el mismo sen tido n egativo.

 

Esto dejaba un a en orme lagun a en los len guajes de las izquierdas: Cavell en alusi—n a Brech t distin gue en tre el tipo de iden tificaci—n n atu ralista y la abstracci—n dram‡tica fun dada en la distan cia que comien za en el drama modern o a partir de Sh akespeare. Dice que, a diferen cia del teatro n aturalista, el tea-tro modern o n o es un a represen taci—n fun cion al de la realidad . Brech t y Beckett se comun ican in directamen te, a travŽs de la opa-cidad de sus articulacion es y tramas que n o se resuelve. El cen tro privilegiado de in terŽs del arte y la literatura es la distan cia ( la con cien cia de que esto es teatro) despuŽs de Sh akespeare, Brech t y Beckett. La DialŽctica negativa y la Teor’a estŽtica aparecen como el caso pr‡cticamen te œn ico en la pr‡ctica filos—fica con tempor‡-n ea don de la cuesti—n de la distan cia se en fatiza de un modo n o ut—pico en el sen tido de Marx. El teatro modern o y el teatro de van guardia importan , n o son en treten imien to como su h eredera depoten ciada la televisi—n , saben de s’ mismos y n o quieren en ga-

 

– ar al receptor acerca de su car‡cter de obra n o-real, en eso se diferen cian n etamen te del teatro-rito que tan to in teres— a Ben jamin ( el drama alem‡n barroco) que tra’a a la memoria de un modo sacramen tal un h ech o verdadero para el mito ( an ‡loga-men te puede in terpretarse el caso de los mitos n acion ales en el ciclo wagn erian o del Rh in ) : ese teatro es n omin alista, es n ih ilista, pero, por eso mismo, tien e coraz—n ( Cordelia) , un resto mimŽti-co aislable de la forma distan te y tr‡gica.

 

El especial’simo lugar de la m’mesis de la falsedad Ðcasi siem - pre olvidado por la pol’tica positiva que reclama para s’ el lugar de la ret—rica de la verdadÐ tien e en el teatro un lugar de estudio privilegiado: desde el Rey Lear h asta H amm y desde la Teor’a estŽ-tica y la DialŽctica negativa h asta el artivism, la posible con stituci—n de lugares aut—n omos de poder tien e que con siderar y criticar la apariencia y desaparici—n del sujeto del teatro del mun do, plan tean - do al receptor la reflexi—n y el silen cio, un tiempo de represen - tacion es de la n -relacion es del mun do con el sujeto que la obra propon e. Algo muy semejan te a la m’mesis de la falsedad es plan - teado por la m’mesis repetitiva de los motivos pop, el organon de Adorn o parece h aber sido tan an ticipador en ese aspecto como en relaci—n al min imal: en Warh ol, por ejemplo, la h ori-zon talizaci—n de la serie de los mitos con tempor‡n eos an ticipa su

 

 

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trivializaci—n y depoten ciaci—n , cr’ticamen te: la obra en el mejor de los sen tidos adorn ian os critica su propia estructura y remite desde su auton om’a a otro orden de cosas, social, que median te un a operaci—n cr’tica el receptor queda en disposici—n de n egar. Las obras Ðen la con cepci—n de Adorn oÐ son como m —n adas sin ven tan as; como las m —n adas de Leibn itz reproducen en s’ todo el un iverso, n o al modo de la represen taci—n , n o al modo de los es-pejos del arte mimŽtico represen tativo. El aspecto rizom‡tico

 

(      Deleuze) de las cuestion es plan teadas est‡ dado, justamen te, por el plan teo de con stelacion es con ceptuales, siempre in estables, acerca de las obras y de los textos, pero en tan to que in stan cias que procuran con stituirse au t—n omamen te en realidades altern ati-vas: ( Òesto n o es teatroÓ) como postulan algun as corrien tes y obras del n et-art. La cuesti—n de la aparien cia en la obra de Ador-n o va m‡s all‡ de la cuesti—n de un a cr’tica de las ideolog’as, es con stitutiva de las obras y de las luch as mismas y en ese aspecto tan resbaladizo se juega el pasaje defin itivo del orden de las rela-cion es Roms a las luch as por n uevas con stitucion es de mun do, ar-ticul‡n dose sobre la dimen si—n tecn ol—gica e imagin ativa de la obra de arte con tempor‡n ea y su sujeto: el papel de las series, los flujos y la in mersi—n y la separaci—n de los mun dos aut—n omos.

 

Los espacios de auton om’a autorreferidos de la obra que son creadores de otra realidad paran oica que reclama para s’ lo que n o tien e en s’ otro papel que la represen taci—n de lo falso ( la esci-si—n de lo social y el sujeto) pueden actuar como modelo de in terpretaci—n de lo social y como forma de proyecci—n de las relacion es de luch a en tre el mun do y el sujeto. Las Rlms ( rela-cion es de luch a mun do-sujeto) se pueden proyectar Òdescarga-dasÓ ( Geh len ) de toda presi—n in mediata en la fascin aci—n de las Roms, la libertad del arte revierte, en ton ces, en su auton egaci—n como legitimaci—n de un a separaci—n imagin aria de la luch a, sus espacios y realidades tran s-subjetivas para recordar con el Adorn o de la DialŽctica negativa el peso de lo real y la respon sabilidad por lo real a pesar de las limitacion es colectivas y subjetivas de tipo serial y repetitivo y el sufrimien to subjetivo que todo lo en tr—pico supon e. Las obras se articulan , en ton ces, como una afirmaci—n de la posibilidad de lucha en los espacios de la esfera pœblica y sub-jetiva m‡s all‡ de la ilusi—n de realidad de otras realidades subcul-turales de tipo tribal o de tipo tecn ol—gico transpersonal; al mismo tiempo n iegan lo real de las series de impoten cia derivadas de la autopoiesis de los sistemas econ —micos y pol’ticos, sin por ello postular in stan cias m’ticas, o poten cias metaf’sicas del ser, sin o la cr’tica con creta de la cultura, en todas sus esferas, de la que la cr’-tica de las obras del arte con tempor‡n eo globalizado ocupa el lugar paradigm‡tico que en El capital ocupaba la cr’tica al feti-ch ismo de la mercan c’a, en la tradici—n del mismo Adorn o. Volver a leer las œltimas obras de Adorn o como un metalen guaje de los particulares de la cultura con tempor‡n ea puede descargarnos del peso de much os malen ten didos y sobre todo puede volvern os in teligibles algun as de las n Roms y n Rlms respecto de las cuales actuamos como receptores-actores in mediatos.

 

 

Bibliograf’a  recomendada

 

BREA, JosŽ L. ( 2001) La era postmedia - Acci—n comunicativa, pr‡cticas (post) art’sticas y dispositivos neomediales. Salaman ca ( Espa– a) , Con sorcio Salaman ca.

ÐÐÐÐÐÐÐ ( 1991) Las auras fr’as. Barcelon a, An agrama.

DANTO , Arth ur C. ( 1999) El cuerpo. Madrid, S’n tesis.

ÐÐÐÐÐÐÐ ( 1997) DespuŽs del fin del arte. Barcelon a, Paid —s.

 

GO EH R, Lydia ( 2005) For the Birds - Against the Birds - T he Modernist Narra-tives of Danto and Adorno (Cage), documen to de con feren cia. Barce-lon a, Un iversidad Aut—n oma.

O SBO RNE, Peter ( 2002) Conceptual art. Lon dres, Ph aidon .

 

VILAR, Gerard ( 2000) El desorden estŽtico. Rosell—n ( Catalu – a) , Editorial Idea Books.

 

 

 

 

 

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