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Libro N° 12966. Agrietar El Capitalismo. El Hacer Contra El Trabajo. Holloway, John.

Libro N° 12966. Agrietar El Capitalismo. El Hacer Contra El Trabajo. Holloway, John.


© Libro N° 12966. Agrietar El Capitalismo. El Hacer Contra El Trabajo. Holloway, John. Emancipación. Septiembre 14 de 2024

 

Título original: © Agrietar El Capitalismo. El Hacer Contra El Trabajo. John Holloway

 

Versión Original: ©  Agrietar El Capitalismo. El Hacer Contra El Trabajo. John Holloway

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AGRIETAR EL CAPITALISMO

El Hacer Contra El Trabajo

John Holloway

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agrietar El Capitalismo

El Hacer Contra El Trabajo

John Holloway

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El año 2011 comenzó con la lucha de la Asamblea Ciudadana de Magallanes como la expresión del pueblo movilizado en el sur de Chile que logra un importante triunfo. En el norte de África se vive un proceso de revolución popular que empezando en Túnez, continuó en Egipto y ahora se centra en Libia. Son rupturas y grietas que se extienden y se profundizan en el resto de los países árabes y hermanan las luchas de diversos continentes. Es el agrie-tarse del capitalismo por la fuerza de la insumisión de los pueblos. Es el esta-llido del volcán,es la visibilización del magma alimentado por la tensión y la lucha cotidiana del hacer humano que desea liberarse de la esclavitud del tra-bajo alienado capitalista en medio del surgimiento de nuevos movimientos sociales autónomos que luchan sin líderes ni partidos que los “guíen”.

 

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo abreva en todas las luchas y resistencias,desde las más pequeñas e invisibles hasta las masivas y explo-sivas.Trata de aprender de la realidad cotidiana conjugando la teoría crítica del marxismo abierto con su propia praxis social que desafía las formulacio-nes académicas y los textos sagrados del marxismo ortodoxo y descubre a la gente común como los protagonistas del cambio social.

 

Esta nueva obra de John Holloway,en el décimo aniversario de la insumi-sión argentina de 2001,se presenta como un preámbulo más para continuar reflexionando sobre los caminos del cambio social a la vez que alienta nues-tra propia participación en él.En ese sentido bien puede ser considerada como la continuación,o tal como lo dice el propio autor,la hija del libro que la pre-cedió y que Ediciones Herramienta publicó en 2002, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

John Holloway

 

Nació en Dublín, Irlanda. Es abogado, doctor en Ciencias Políticas, egresado de la Universidad de Edimburgo y diploma-do en altos estudios europeos en el Collège d’Europe. Es profesor e investi-gador del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universi-dad Autónoma de Puebla, México.

 

En la Argentina, con Ediciones Herra-mienta, ha publicado como autor: Cam-biar el mundo sin tomar el poder (2002); Keynesianismo: una peligrosa ilusión (2003); Contra y más allá del capital

 

(2006). Como compilador o coautor: Clase =˜ lucha (2004); Marxismo abierto (2 volúmenes, 2005 y 2007); Negatividad y revolución (2007); Zapatismo (2008); Pensar a contrapelo (2010).

 

Varios de sus libros han sido publica-dos en inglés, francés, portugués, alemán, italiano, turco, neerlandés, griego, sueco, esloveno, danés, coreano, japonés, pola-co y búlgaro.

 

En América Latina existen ediciones en Bolivia, Brasil, México y Venezuela. Chi-le y Perú tienen obras en preparación. En el Estado Español se suman las Ediciones de Intervención Cultural, de Barcelona.

 

Actualmente, se encuentra en prepara-ción una selección de sus obras dirigidas por el autor y a cargo de Ediciones Capi-tal Intelectual de Buenos Aires.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agrietar El Capitalismo

 

 

El Hacer Contra El Trabajo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Agrietar el capitalismo

 

El hacer contra el trabajo

 

John Holloway

 

Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo © 2011 Ediciones Herramienta

 

Título original: Crack capitalism

 

Traducción del original inglés: Francisco T. Sobrino

 

Revisión de la traducción: Luciana Ghiotto

 

Referencias e indexación: Daniel Contartese y María Belén Sopransi

 

Diseño de tapa: Mario a. de Mendoza

 

Diseño de interior: Gráfica del Parque

 

Coordinador de edición: Néstor A. H. López

 

Revisión de textos y corrección: Carlos Cuéllar

 

Ediciones Herramienta

 

Av. Rivadavia 3272 – 1/B – (C1204AAP) Buenos Aires, Argentina Tel. (+5411) 4982-4146

Correo electrónico: revista@herramienta.com.ar www.herramienta.com.ar

 

Printed in Argentina

 

Impreso en la Argentina, abril de 2011

 

Todos los derechos reservados

 

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

 

ISBN: 978-987-1505-19-7

 

 

La traducción al idioma español de esta obra ha sido financiada parcialmente por el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Bene-mérita Universidad Autónoma de Puebla (México).

 

 

Holloway, John

 

Agrietar el capitalismo : el hacer contra el trabajo. - 1a. ed. -

 

Buenos Aires : Herramienta, 2011.

 

336 p. ; 23x15 cm.

 

Traducido por: Francisco Sobrino

 

ISBN 978-987-1505-19-7

 

1. Ciencias Sociales. 2. Conflictos. I. Sobrino, Francisco, trad.

 

II. Título

 

CDD 303.6

 

 

 

 

Índice

 

 

Presentación de los editores ......................................................................   ix

Prólogo del autor .......................................................................................   xi

Nota de los editores ...................................................................................   xiii

 

Parte I. La ruptura

 

1.    Romper, queremos romper. Queremos crear un mundo diferente, ahora. Nada más común, nada más obvio, nada más sencillo,

       nada más difícil .................................................................................... 3

2.    Nuestro método es el método de la grieta..........................................   8

3.    Ya es hora de aprender el nuevo lenguaje de una nueva lucha........     11

       Parte II. Las grietas: la antipolítica de la dignidad

4.    Las grietas comienzan con un no, a partir del cual crece la dignidad, 

       una negación-y-creación .......................................................................       19

5.    Una grieta es la creación perfectamente común de un espacio  

       o momento en el que afirmamos un modo diferente del hacer .....       24

6.    Las grietas rompen dimensiones, rompen la dimensionalidad .......     31

7.    Las grietas son exploraciones en una antipolítica de la dignidad ...     44

       Parte III.Lasgrietas existen al borde de la imposibilidad 

8.    La dignidad es nuestra arma en contra de un mundo de destrucción    55

9.    Las grietas chocan con la síntesis social del capitalismo ...................  57

10.  Las grietas existen al borde de la imposibilidad, pero existen. 

       Existen en movimiento: la dignidad es una danza ligera .................    81

       Parte IV. El carácter dual del trabajo 

11.  Las grietas son la revuelta de una forma de hacer contra otra:  

       la revuelta del hacer contra el trabajo ................................................  93

12.  La abstracción del hacer en trabajo es el tejido social     

       en el capitalismo .................................................................................. 98

13.  La abstracción del hacer en trabajo es un proceso histórico de 

       transformación que ha creado la síntesis social del capitalismo:

       la acumulación primitiva ...................................................................... 113

       Parte V. Trabajo abstracto: el gran cercamiento   

14.  El trabajo abstracto encierra nuestros cuerpos y nuestras mentes ...    121

15.  La abstracción del hacer en trabajo es un proceso de personificación,

       la creación de máscaras, la formación de la clase obrera .................    126

16.  La abstracción del hacer en trabajo es la creación del trabajador        

       varón y la dimorfización de la sexualidad...........................................  131

17. La abstracción del hacer en trabajo es la constitución de la naturaleza

como objeto       137

18. La abstracción del hacer en trabajo es la externalización de nuestro

poder-hacer y la creación del ciudadano, la política y el Estado       143

19. La abstracción del hacer en trabajo es la homogeneización

del tiempo 148

20. La abstracción del hacer en trabajo es la creación de la totalidad ..       155

21. El trabajo abstracto domina: la abstracción del hacer en trabajo es la

creación de una totalidad cohesiva regida por leyes sostenidas

por la explotación del trabajo 160

22. El movimiento obrero es el movimiento del trabajo abstracto     167

Parte VI. La crisis del trabajo abstracto

23. La abstracción no es sólo un proceso del pasado, sino también

del presente        181

24. El hacer concreto desborda el trabajo abstracto, existe

en-contra-y-más-allá del trabajo abstracto 189

25. El hacer es la crisis del trabajo abstracto       195

26. La irrupción del hacer en contra del trabajo nos arroja a un nuevo

mundo de lucha  216

Parte VII. El hacer en contra del trabajo: las melodías

de la revolución intersticial

27. El hacer disuelve la totalidad, la síntesis, el valor    223

28. El hacer es el movimiento de la mulier abscondita contra las máscaras.

 

Somos la mulier abscondita   233

 

29. El hacer disuelve la homogeneización del tiempo   250

 

Parte VIII. ¿Un tiempo de nacimiento?

30. Somos las fuerzas de producción: nuestro poder es el poder

del hacer   269

31. Somos la crisis del capitalismo, el no caber y el desbordar

de nuestro poder hacer, la irrupción de otro mundo, quizá      274

32. Dejemos de hacer el capitalismo 277

33. [Sin título]    287

Gracias     289

Índice analítico   291

Índice de autores 295

Referencias bibliográficas      299

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentación de

los editores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este nuevo libro de John Holloway se publica a diez años del movimiento insumiso que recorrió la Argentina a partir del 2001 que aceleró el desarrollo de los movimientos sociales nacidos de las luchas de los años noventa, facilitando el surgimiento de cen-tenares de asambleas barriales en las principales ciudades de la Argentina y dando un nuevo impulso al desarrollo del movimien-to de fábricas recuperadas por sus trabajadores. En estos diez años ese movimiento pasa por una ofensiva gubernamental centrada en la cooptación e institucionalización de esos núcleos, pero pese a ello la insumisión permanece latente y cuando reaparece la experiencia de organización horizontal se hace presente basando su funcionamiento en la autodeterminación, en la autonomía, rechazando toda organización verticalista y obviamente a las insti-tuciones del Estado, los sindicatos, partidos, etcétera. Esto estaba muy nítido en 2001 y de allí que su consigna central y común fuera el ya famoso: ¡Que se vayan todos!

 

En aquel marco de movilización social publicamos en julio de 2002 el libro de John, Cambiar el mundo sin tomar el poder, que tuvo una amplia repercusión porque rechazaba la teoría estadocéntri-ca que sostiene que para cambiar el mundo se debe empezar por tomar del poder.

 

Los fracasos del socialismo real obligaban a repensar otros caminos. La aparición del zapatismo en la escena de la lucha de clases, del feminismo, de la lucha antiglobalización, las experien-cias de las movilizaciones de los pueblos de Europa oriental, y muchas otras indicaban que la lucha de los oprimidos no cesaba y abría nuevos rumbos, se formaban y se desarrollaban verdaderas grietas en el capitalismo. El “caminando-preguntamos”, el “man-dar-obedeciendo”, la horizontalidad, eran adoptados en las luchas y posibilitaban la construcción de espacios de diálogo y experi-mentación que permitieron avanzar en la incertidumbre reinante. La aparición de Cambiar el mundo sin tomar el poder provocó un debate muy importante sobre los caminos de la revolución, deba-te que se refleja en la página web de la revista Herramienta (www.herramienta.com.ar) y en el libro Contra y más allá del capi-tal. Reflexiones a partir del debate sobre el libro “Cambiar el mundo sin tomar el poder” que en 2006 también coeditamos con la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 

A diez años del 2001 Holloway nos convoca nuevamente a seguir profundizando el pensar y el actuar, en la resistencia cotidia-na, en las luchas que a veces no se visualizan fácilmente, pero que están presentes como tensión en el propio proceso cotidiano del trabajo asalariado y que son parte de la revolución aquí y ahora.

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo refleja las luchas y las resistencias que desde entonces se han venido desarrollando con todas sus vicisitudes. Diez años de aprendizaje de la lucha con-tra el capitalismo, que van desde las insurrecciones antiguberna-mentales, pasando por los levantamientos de los pueblos origina-rios de toda América Latina, la resistencia a los planes de las multinacionales mineras como en Esquel, frente a la deforestación de la Amazonía, o a la contaminación ambiental como la lucha del pueblo y de la Asamblea de Gualeguaychú, y muchas otras más.

 

El panorama internacional del primer mes de 2011 destaca a dos luchas que siguenabriendogrietas en el capitalismo: la Asamblea Ciudadana de Magallanescomo la expresión del pueblo movilizado en el sur de Chile provoca el primer hecho importante al frenar el aumento del gas decretado por el gobierno de Piñera y, más recien-temente, en el norte de África un proceso de movilización popular que empezó en Túnez, tuvo su continuidaden Egipto y se extiende y profundiza en el resto de los países árabes. Vemos agrietarse el capitalismo por la fuerza de la insumisión de los pueblos.

Este libro, que abreva en estas luchas, trata de aprender de la propia realidad conjugando la teoría crítica del marxismo abierto en la propia praxis social que desafía las formulaciones académi-cas y los textos sagrados.

 

Esta nueva obra de John Holloway se presenta en el décimo aniversario del 2001, como un preámbulo más para continuar reflexionando sobre los caminos de la revolución. Ediciones Herramienta al ponerlo en manos de nuestros amigos y lectores, vuelve a sentir un escozor parecido a cuando años atrás publica-mos Cambiar el mundo sin tomar el poder porque seguimos caminan-do y seguimos preguntando.

 

Buenos Aires, marzo de 2011

 

 

x

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo del autor

 

 

 

 

 

 

¿Un prólogo para la edición argentina de Agrietar el capitalismo? ¿Qué puedo decir? Obvio.

Obvio porque el libro es la hija (sé que me van a decir que un libro tiene que ser hijo, no hija, pero ni modo, éste es hija) de una madre, de otro libro que se llama Cambiar el mundo sin tomar el poder (y no tomar el poder sin cambiar el mundo, como a veces se piensa). La hija es independiente, uno no tiene que conocer a la madre para conocer a la hija. Pero la relación hace más fácil escri-bir este prólogo argentino, porque fue en la Argentina que Cambiar el mundo se volvió más que un libro, que se convirtió en el centro de un torbellino, fue ahí que se desató un debate mundial sobre el significado de la revolución y sobre si realmente se puede pensar en una revolución que no tenga como eje la toma del poder estatal. (¡Qué absurda idea! Pero de eso se trata, la idea de que pueda haber un futuro para la humanidad ya se ha vuelto absurda.)

 

¿Por qué en la Argentina? Por los tiempos, por supuesto. El libro se publicó en 2002, tiempo de esperanza, tiempo de locura. No solamente por el momento: también por el entusiasmo de Néstor López y todos los compañeros de Herramienta que hicie-ron tanto para estimular el pensamiento y el debate. Y también por los argentinos, claro, con su combinación única de compro-miso político y sofisticación teórica.

 

Por todo eso me emociona mucho regresar a la Argentina ahora con la hija, con este nuevo libro. El primero, Cambiar el mundo, dejó a la lectora (y también al lector) en el aire de forma reprobable. El libro nunca reveló una receta para hacer la revolu-ción, dejó la pregunta abierta. El nuevo libro ofrece la respuesta tanto tiempo esperada: ¡agrieten el capitalismo! ¡Rómpanlo, róm-panlo en pedazos! ¡Creen fisurasque se extiendan y se multipliquen y confluyan! Nada nuevo, puesto que es lo que ya venimos hacien-do en millones de formas diferentes.

 

Nada más que la respuesta, cuando uno la ve de cerca, se va disolviendo en una multiplicidad de preguntas.

 

John Holloway, Puebla, febrero de 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre las dificult ades en el uso del término trabajo

 

Es necesario aclarar que en inglés la palabra trabajo se traduce de dos maneras diferentes: work, que significa disfrutar, beneficiar, bordar, tallar una piedra, producir, obrar, investigar, resolver un problema, mover, hacer andar, abrirse camino. En cambio, labour significa trabajo, labor, sudor, pena, fatiga, tarea, apuro, aprieto, dolores de parto. Como se advierte, existen dos connotaciones, una positiva y otra negativa para una misma palabra en castellano, cuando en inglés se las diferencia con mayor claridad. Existe por lo tanto, una confusión donde se le atribuye intrínsecamente al trabajo un doble aspecto, como creación y como sufrimiento ocul-tando que lo penoso del mismo se debe a las condiciones de su producción, y son precisamente estas condiciones las que tornan penosa la creación y la transforman en sufrimiento.

 

Sobre las dificult ades de asumir la cuestión de género

 

Además de la alegría y el entusiasmo que nos ha generadoel queha-cer relacionado con este nuevo libro de John Holloway, existen otros pliegues del mismo proceso que corren el riesgo de quedar ocultos. Quisiéramos abrir un diálogo con nuestros lectores y hacerlos partícipes necesarios de algunas de las dificultades que se nos han planteado en este difícil equilibrio de ser fieles al pen-samiento del autor y al mismo tiempo amigablemente comprensi-bles en la acogida del destinatario final del esfuerzo colectivo. Pensamos en la traducción de la versión original en inglés a nues-tro idioma, pero no sólo en ella. Hay una variedad de cuestiones con las que se ha ido tejiendo un entramado de complicidades:

 

un hilo invisible de Ariadna que nos ha permitido ir y volver, reco-rrer los textos en búsqueda de pulir frases, eliminar repeticiones, destacar conceptos, rehacer expresiones y otras cuestiones del mismo tipo. En ese fluir nos hemos encontrado con el filósofo, con el político y con el esteta. Y allí nos hemos topado también frente a las dificultades de construcciones gramaticales y lingüísti-cas: éstas no pueden menos que reflejar culturas y etapas históri-cas que las impregnan y moldean inexorablemente. También las tensiones, los choques y los cambios se van abriendo paso, muchas veces de forma lenta y plagada de contradicciones en esos cuer-pos vivos que son nuestros medios de comunicación. John Holloway, como no podría ser de otra manera, es parte de aque-llos autores que rescata la crisis y rebelión del género como parte del hacer de los oprimidos contra las reglas impuestas por el machismo cultural que ha sellado –y que las pretende eternas e inamovibles–, el capital en sus siglos de dominación.

 

Comprendemos y saludamos este hermoso y emocionante desafío que sobrepasa fronteras y formalidades academicistas. Nos sentimos parte inseparable de ese movimiento y, sin embargo, debemos confesar que no logramos resolver esta cuestión sin vol-vernos en contra de nosotros mismos. Tal vez esto se deba al hecho de que estemos transitando sólo en los albores de estos procesos de cambio y por eso mismo suene más pretensioso aún intentar resolverlos por simple imposición o acuerdo de volunta-des de unos pocos privilegiados. Después de largos meses de tra-bajo en equipo, de traducciones, revisiones, consultas y búsque-das en nuestras bibliotecas y en internet, la obra debe entrar a imprenta para publicarse. Debemos desatar el nudo gordiano y, por lo tanto, aunque sea de modo provisorio, hemos decidido mantener la construcción gramatical clásica con relación al géne-ro. Nos ha guiado la intención de no agregar dificultades suple-mentarias a la sustantiva lectura y comprensión de estos textos, queremos facilitar un discurrir lo más ágil y claro posible, es decir, que no corra riesgos de malograrse el contenido del mensaje.

 

Tal vez en otros idiomas, como el inglés o el alemán otras sean las dificultades y posibilidades y otras sean las alternativas que puedan plantearse frente a las formas sexistas del idioma. Trasladamos, por lo tanto, el convite del autor a aquellos lectores que sabemos no meros receptores pasivos sino constructores acti-vos y depositarios últimos de estos esfuerzos. Serán ellos, los hace-dores de grietas, quienes deban de reelaborar, reconstruir y relanzar este texto que ponemos en sus manos. Les pedimos a ambos, entonces, comprensión por nuestra incapacidad de romper con las ataduras del idioma, de subvertirlo siguiendo no sólo las insis-tencias del autor, sino también las prácticas del zapatismo en este terreno, de tantos y tantas que lo están intentando a diario utili-zando diversas variantes y subterfugios lingüísticos. Como parte de una construcción social inacabada, serán la fuerza del impulso y la creatividad colectivos los que inclinen el curso de estos textos hacia la belleza y la armonía, inevitablemente unidas a la creación de un mundo nuevo.

 

 

Sobre esta edición . Nuestros agradecimientos

 

Esta edición de Agrietar el capitalismo, el hacer contra el trabajo ve la luz del día gracias a un nuevo y valioso acuerdo editorial entre Edi-ciones Herramienta de Buenos Aires y el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Más allá de este hecho institu-cional, hay un invalorable trabajo colectivo que ha formado parte durante meses de un equipo humano que ha dado lo mejor de sí en el terreno profesional y esencialmente en el fluir de su humani-dad. Una etapa preliminar se construyó en torno a una primera traducción de batalla que fue fundamentalpara encarar la discusión de los borradores de John. Allí hubo traductores y traducciones lle-nas de dudas y de párrafos abiertos a la reelaboración del resto. Hubo reuniones de discusión y debate. Intercambios entre noso-tros y con el autor. Gracias a las nuevas tecnologías de internet y a las viejas obcecaciones personales por superar obstáculos logramos intercambiar entre diferentes ciudades y acortar distancias sin demasiados problemas. Estas preocupaciones, tareas y sueños com-partidos están presentes en cada una de las páginas que el lector tiene entre sus manos.

 

Al recordar a quienes no figuran en los créditos correspondien-tes, pero compartieron este proyecto en distintos momentos y en un arcoíris de haceres corremos el riesgo de que alguno se nos tras-papele, pero aun así preferimos hacerlo; entonces, vaya aquí nuestro agradecimiento infinito para Verónica Maceira, Alejandra Beccaria, Eric Meyer, Chiche Vázquez, Gabriela Ferreyra, Rodrigo Pascual, Luis Menéndez y Marita López.

 

 

 

 

 

 

 

Parte I.

 

La ruptura

 

 

Romper, queremos romper. Queremos crear un mundo diferente, ahora. Nada más común, nada más obvio,

nada más sencillo, nada más difícil

 

<tesis 1>

 

 

 

 

Romper, queremos romper. Queremos romper el mundo tal como es. Un mundo de injusticia, de guerra, de violencia, de discrimina-ción, de Gaza y Guantánamo, un mundo de multimillonarios y de mil mil lones de per sonas q ue viven y mue ren de ham bre, u n mundo en el cual la humanidad se está aniquilando a sí misma , masacrando las formas de vida no humanas, destruyendo las con-diciones d e s u propia existencia. U n m undo dom inado por e l dinero, dominado po r el c apital. Un mu ndo de frustraci ón, de potencial despilfarrado.

 

Queremos crear un mundo diferente. Protestamos, por supuesto, protestamos. Protestamos co ntra la guerra, c ontra e l crec iente uso de la tortura en el mundo, contra la transformación de toda vida en una mercancía para ser comprada y vendida. Protestamos contra el tratamiento inhumano a los inmigrantes, contra la des-trucción del mundo en aras de las ganancias.

 

Protestamos y hacemos algo más, lo hacemos y debemos hacer-lo. Si sólo protestáramos, permitiríamos que los poderosos impusie-sen su programa. Si todo lo que hiciéramos fuese oponernos a lo que ellos intentan hacer, entonces, sencillamente seguiríamos sus pasos. Romper significa que hacemos más que eso, que tomamos la iniciativa, que imponemos el orden del día. Negamos, pero a partir de nuestra negación crece una creación, un otro hacer: una activi-dad que no está determinada por el dinero, una actividad que no está configurada por las reglas del poder. A menudo, la alternativa parte de la necesidad. El funcionamiento del mercado capitalista no nos permite sobrevivir, y necesitamos hallar otras formas de vida, formas de solidaridad y cooperación. A menudo, surge de una elec-ción; rechazamos someter nuestras vidas al dominio del dinero, nos dedicamos a lo que consideramos necesario o deseable. De uno u otro modo, vivimos el mundo que queremos crear.

 

Ahora. Hay urgencia en todo esto. ¡Ya basta! Ya estamos hartos de vivir en un mundo de explotación, violencia y hambre, y tam-bién de reproducirlo. Ahora existe una nueva urgencia, la urgen-cia que nos dicta el tiempo mismo. Es evidente que nosotros, los seres humanos, estamos destruyendo las condiciones naturales de nuestra existencia, y es improbable que pueda revertirse esta ten-dencia en una sociedad donde la fuerza dominante sea la búsque-da de la gan ancia. Las dimensiones temporales del pensamiento radical y r evolucionario han cambiado. Nosotros colocamos una calavera sobre nuestros escritorios, como los monjes de la antigüe-dad, no para glorificar la muerte, sino para centrarnos en el peli-gro latente e intensificar la lucha por la vida. Ya no tiene más sen-tido habl ar de la paci encia co mo un a virtud re volucionaria, o hablar de la revolución del futuro. ¿De qué futur o? Necesitamos la revolución ahora, aquí y ahora. Es tan absurdo, tan necesario, tan obvio.

 

Nada más común, nada más obvio. No hay nada especial en ser un r evolucionario anticapitalista. É sta e s la hi storia de muc ha gente, de millones, quizás de miles de millones.

 

Es la historia del compositor de Londres que expresa su enojo y su sueño por una sociedad mejor a través de la música que crea. Es la historia del jardinero de Cholula que cultiva un jardín para luchar contra la destrucción de la naturaleza. Del trabajador de la planta automotriz en Birmingham que va por la noche a su huer-ta comunitaria para desarrollar alguna actividad que le otorgue sentido y p lacer. De los camp esinos indígena s de Oven tic, en Chiapas, qu e organizan un espa cio autónomo de gobiern o y lo defienden todos los días contra el hostigamiento de los paramili-tares. Del profesor universitario de Atenas que programa un semi-nario por fu era d e l a estructura universitaria pa ra incentivar el pensamiento crítico. Del editor de libros de Barcelona que privile-gia su actividad en la publicación de libros contra el capitalismo.De los amigos de Porto Alegre que constituyen un coro, tan sóloporque disfrutan cantando. De los m aestros de Puebla que en frentan la represión policial para luchar por un tipo diferente de escuela, por una educación diversa. De la directora teatral de Viena que decide utilizar su talento para abrir un mundo diferente al públi-co que asiste a sus puestas escéni cas. Del trabajador del call-center de Sidney que ocupa plenamente sus momentos libres tramando cómo e ncarar la l ucha por una sociedad m ejor. Del pueblo de Cochabamba, que se une y l ibra una batalla contra el gobierno y el ejército para que el agua no sea privatizada, sino sometida a su control comunitario. De la enfermera de S eúl que h ace hasta lo imposible para cu idar a s us p acientes. De los trabajadores de Neuquén que ocupan la fábrica y l a recuperan para sí. Del estu - diante de Nueva York que decide que la universidad es una opor-tunidad p ara cue stionar el mundo. Del joven de la ciuda d d e México que indignado por la brutalidad del capitalismo se va a la selva para organizar la lucha armada en pos de cambiar el mundo. De la maestra jubilada de Berlín que dedica su vida a la lucha con-tra la globalización capitalista. De la empleada pública de Nairobi que dedica su tiempo libre a la lucha contra el sida. De la profeso-ra universitaria de Leeds que usa el margen aún existente en algu-nas universidades para organizar un curso sobre activismo y cam-bio s ocial. Del anciano que v ive en un m iserable edificio de departamentos en los suburbios de Beirut y que cultiva plantas en el alfeízar de la ventana como una rebelión contra el asfalto qu e nos rodea. De la muchacha en Liubliana, del joven en Floren cia que, co mo tanto s otr os en t odo el mundo, d edican sus vidas a esbozar nuevas formas de lucha por un mundo mejor. Del campe-sino d e Huejotzingo que se r ehúsa a perm itir que su pequeña huerta sea anexada a un enorme depósito de comercialización de automóviles. Del grupo de amigos sin techo de Roma que ocupan una ca sa abandonada y se reh úsan al pa go de un alquiler . Del entusiasta en Buenos Aires que dedica su gran energía a abrir nue-vas perspectivas p ara un mund o di ferente. De la mucha cha en Tokio que se plantea no ir a trabajar hoy, y va a un parque a sen-tarse pa ra le er u n l ibro ( éste o cu alquier otro). D el jo ven en Francia que se dedica a construir baños secos como una forma de contribuir al camb io radical de la relación entre los seres hu ma-nos y la naturaleza. Del i ngeniero en comun icaciones de Jalapa que deja su empleo para pasar más t iempo con sus hijos. De la mujer de Edimburgo que en todo lo que ella hace expresa su rabia mediante la creación de un mundo de amor y de apoyo mutuo.

 

 

Ésta es la historia de gente común; a algunos los conozco; de algunos d e ell os he oí do habl ar, y a a lgunos lo s he inventado. Gente común, rebeldes, revolucionarios quizá. Dicen los zapatis-tas en su más profundo y difí cil desafío: “Somos mujeres y ho m-bres, niños y ancianos comunes, es decir, rebeldes, inconformes, incómodos, soñadores” (Marcos, 1999).

 

La gente c omún de nu estra lista e s m uy di ferente en tre sí. Puede parecer extraño colocar al trabajador de la automotriz que va a su huerta comunitaria por las noches junto al joven que se va a       la selva a organizar la l ucha armada contra el capitalismo. Sin embargo, existe una continuidad. Lo que ambos tienen en común es que comparten un movimiento de rechazo-y-creación, rechazo del mundo actual, creación d e otro. Ellos son re beldes, no vícti-mas; sujetos, no objetos. En el caso del trabajado r d e la p lanta automotriz es individual y sólo por las noches y los fines de sema-na. En el caso del joven en la selva es un compromiso muy peligro-so con una vida de rebelión. Muy diferentes y, sin e mbargo, con una línea de afinidad que sería muy equivocado pasar por alto.

Nada más senci llo. El teórico francés del sigl o XVI, Étienne de La Boétie, expresó la simplicidad de la revolución con gran clari-dad en su Discurso de la servidumbre voluntaria (2006: 26 y 28):

 

Vosotros sembráis vuestros campos para que él los devaste; amo-bláis y l lenáis vu estras ca sas para darle past o a sus saqu eos, al i-mentáis a vuestras hijas para que tenga con qué saciar su lujuria; y a vuestros hijos para que los convierta en soldados (¡y lo felices que están!), los conduzca a sus guerras, los lleve a la carni cería, los transfigure en los ministros de sus codicias y los ejecutores de sus venganzas; os matáis trabajando para que él pueda repantigar-se en sus delicias y revolcarse en los sucios y feos placeres; os debi-litáis, para volverlo más fuerte y duro y poder teneros con las rien-das más cortas. Y d e tantas ignominias que los mismos animales no tolerarían o padecerían, podríais libraros si lo intentarais, no de libraros, sino tan sólo de querer hacerlo.

 

Decidíos a [no servir más]*, y ya os veréis libres; no pretendo que lo empujéis o lo sacudáis, sino tan sólo que dejéis de sostenerlo, y veréis que, cual un gran coloso a quien se sustrajo su base, por su propio peso, se derrumbará y se romperá.

 

Todo lo que el tirano tiene proviene de nosotros y de la explo-tación a que nos somete. Sólo tenemos que dejar de trabajar para él y él dejará de ser un tirano, porque la base material de su tira - nía habrá desaparecido. Hacemos al tirano; para ser libres de be-mos dejar de hacer al tirano. La clave para nuestra emancipación, para convertirnos completamente humanos, es sencilla: rehusar, desobedecer. Decidíos a no servir más, y ya os veréis libres.

 

 

*      En esta frase se ha elegido una versión diferente de la citación de referen-cia (La Boétie, 2006) con el objetivo de reflejar más fielmente el sentido del fran-cés antiguo original. Fuente disponible en <www.scribd.com/doc/17122778/De-La-Boetie-Etienne-Discurso-sobre-la-servidumbre-voluntaria-15> [NdE].

 

 

Nada más dif ícil, sin embargo. Podemos rehusarnos a realizar el trabajo que crea al tirano, podemos dedicarnos a un tipo dife-rente de actividad. En lugar de doblegar nuestros cuerpos “traba-jando para que él pueda repantigarse en sus delicias y revolcarse en los sucios y feos placeres”, podemos hacer algo que considera-mos i mportante o de seable. Nada es má s obvio y, sin embarg o, sabemos que no es tan sencillo. Si no dedicamos nuestras vidas al trabajo que crea el capital, enfrentamos la pobreza, hasta el ham-bre y, a menudo la represión física. Un poco más allá desde donde estoy escribiendo este texto el pueblo de Oaxaca impuso su con-trol sobre la ciudad durante un período de cinco meses contra un gobernador corrupto y brutal. En definitiva, su rebelión pacífica fue reprimida con violencia y m uchos fueron torturados, a busa-dos sexualmente, amenazados con ser arrojados desde helicópte-ros, a algunos les quebraron sus dedos y otros, simplemente, fue-ron desaparecidos. Para mí, Oaxaca está apenas un poco más allá. Pero para ti, estimado lector, no está mucho más lejos y existen tantos otros “apenas un poco más allá” donde se cometen atroci-dades en tu nombre. Abu Ghraib, Guantánamo… y hay muc hos, muchos más que también podríamos elegir.

 

A menudo, esto parece algo que no tiene remedio: como tan-tas revoluciones fracasadas, tantos e xperimentos em ocionantes, apasionados ejemplos de anticapitalismo que han termi nado en frustración y r ecriminación. S e ha dicho q ue “hoy es más fác il imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo” (Turbulence, 20 08: 3 ). H emos alcanzado un a e tapa e n l a q ue es más fác il p ensar en la to tal aniq uilación de la humanida d que imaginar un cambio en la organización de una sociedad manifies-tamente injusta y destructiva. ¿Qué podemos hacer?

 

 

 

Nuestro método es el método de la grieta

 

<tesis 2>

 

 

 

 

La imagen que si gue viniendo a mi mente es la de una pesadilla inspirada en el cuento “El pozo y el péndulo” de Edgar Allan Poe (2009). Estamos todos en una habitación de cua tro paredes, un techo, un piso y no hay ventan as ni puer tas. La habitac ión está amueblada y algunos estamos sentados cómodamente, otros no. Las paredes van avanzando hacia el medio de modo gradual, unas veces de form a más lenta , otr as más rá pido, i ncomodándonos cada vez más, avanzando todo el tiempo, amenazando aplastarnos hasta la muerte.

 

Se generan discusiones en la habitación, pero en lo esencial se centran sobre cómo arreglar el mobiliario. La gente no parece ver el avance de las paredes. De vez en cuando se organizan elec-ciones acerca de cómo colocar los muebles. Estas ele cciones no carecen de importancia, con ellas algunos se sienten más cóm o-dos, otros menos, pueden, incluso, afectar la ve locidad con que se están moviendo las paredes, pero no hacen nada por parar su inexorable avance.

 

A medida que las paredes se van acercando, hay quienes reac-cionan de diferentes maneras. Algunos se rehúsan absolutamente de verlo, encerrándose en el mundo de Disney y defendiendo con tenacidad las sillas que ocupan. Otros ven el peligro y lo denun-cian, construy en un p artido c on un programa radic al y miran hacia un día del futuro en el que no habrá más paredes. Otros, y entre ellos me incluyo, se lanzan contra las paredes y tratan deses-peradamente de hallar grietas o fallas por debajo de la superficie o de crearlas golpeando las paredes. Esta búsqueda –y creación– de grietas es una ac tividad práctico-teórica, un arrojarnos física-mente contra las paredes y t ambién un detenernos a reflexionar y buscar las grietas o las fallas en la superficie. Las dos actividades son complementarias, la teoría sólo tiene sentido si se la entiende

 

 

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La ruptura

 

 

 

como parte del esfuerzo desesperado por hal lar una salida, por crear grietas que desafíen el avance aparentemente imparable del capital, d e las p aredes q ue nos están empujando hac ia n uestra destrucción.

 

Estamos locos, por supuesto. Desde el punto de vista de quie-nes defienden sus sillones y discuten la disposición del mobiliario en el período previo de la próxima elección, estamos indudable-mente locos. Quienes corremos buscando, viendo grietas que son invisibles a los ojos de los que permanecen sentados en sus sillo-nes (incluso si llegaran a verlas –si es que lo logran–, las aprecia-rán como cambios en el dise ño del empapelado y las bautizarán como “nuevos movimientos sociales”). Lo más inquietante es que tal vez ellos tengan razón: quizá nosotros estemos locos, quizá no haya salida, quizá las grietas que vemos ex istan sólo en nuestra fantasía. La vieja certeza revolucionaria ya n o puede resistir. No hay absolutamente garantía alguna de un final feliz.

 

La apertura de las grietas es la apertura de un mundo que se nos presenta como cerrado, es la apertura de categorías que en la superficie niegan el poder del ser humano para descubrir en s u núcleo fundamental el hacer que ellas niegan y e ncarcelan1. En palabras de Marx ésta es una crítica ad hominem, es decir, el inten-to por irrumpir a través de las apariencias de un mundo de cosas y de fuerzas incontrolables para comprender el mundo en térmi-nos del poder del hacer humano2. El método de la grieta es dia-léctico, no en el s entido de presentar un nítido flujo de tes is, antítesis y sínt esis, sino en el sentido de una dialéctica negativa, de una dialéctica de la inadecuación3. Muy sencillamente, pensa-mos el mundo a partir de nuestra inadecuación.

 

El método de l a grieta es el método de la crisis: quisiéramos comprender a la pared, pero no a partir de su solidez, sino desde sus grietas. Queremos comprender al capitalismo pero no como

 

 

1     Sobre la apertura de categorías y s u importancia véase la introducción a Bonefeld, Gunn y Psychopedis, 1992a.

2     Escribe Marx (1965: 30): “La teoría es capaz de apoderarse de las masas en cuanto se demuestra ad hominem. Y se demuestra ad hominem en cuanto se hace radical. Ser radical es atacar las cosas en la raíz; pero para el hombre la raíz es el hombre mismo”.

 

3     Sobre la dialéctica negativa véase Adorno (1986); para una discusión sobre la imp ortancia p olítica de l a dia léctica ne gativa véase Hollo way, Ma tamoros y Tischler (2007); sobre la importancia de la negatividad como la base del pensa-miento crítico véase Agnoli (1999).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

dominación, sino desde la perspectiva de sus crisis, contradiccio-nes, sus debilidades, y queremos entender cómo nosotros mismos somos esas contradicciones. Ésta es teoría crítica, teoría de crisis. La teoría crítica o de crisis es la teoría de nuestro choque con el entorno. La humanidad –en to dos sus se ntidos– choca cada vez más con el capitalismo, se le hace cada vez más y más difícil con-formarse a medida que el capital exige más y más. Sencillamente, cada vez más gente no encaja con el sistema o, si tratamos de ajus-tarnos al capital com o al le cho cada vez m ás peq ueño de Procusto, lo hacemos con frecuencia al costo de dejar atrás frag - mentos de nosotros mismos. Ésta es la base de nuestras grietas y de la creciente importancia de una dialéctica de la inadecuación. Queremos comprender la fuerza de nuestra inadecuación, quere-mos saber cómo golpeando una y otra vez nuestra cabeza contra la pared lograremos derribarla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ya es hora de aprender el nuevo lenguaje de una nueva lucha

 

<tesis 3>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay una gran angustia en todo esto. Es la angustia del qué podemos hacer. Vemos y sentimos las injusticias del capitalismo a nuestro alrededor: los seres humanos durmiendo en las calles hasta en las ciudades más ricas1. Los millones que viven al borde del hambre hasta que mueren de ella. Vemos los efectos de nuestro sistema social en el mundo natural, la colosal acumulación de basura, el calentamiento g lobal pa ra el que puede ya no hab er re medio. Vemos a los poderosos en la televisión y queremos gritarles. Todo el tiempo nos repetimos infinitamente: ¿qué podemos hacer2?

 

Este libro es el hijo de otro: Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002) donde se afirmaba que la necesidad del cambio social radi-cal –la revolución– es más urgente y más obvia que nunca, pero no sabemos cómo llevarla a cabo. Sabemos por experiencia y ref le-xión que no podemos hacerlo t omando el poder estatal. Pe ro, entonces, ¿c ómo? E l ec o vue lve y re torna una y o tra vez: p ero, entonces, ¿cómo? En una reunión tras otra se plantea que es cier-to, que no queremos q uedar atrapados en el falso y de structivo mundo de la política estatal, pero, entonces ¿cómo y qué podemos hacer? Hicimos un gran experimento en Oaxaca donde el pueblo tomó el control de la ciudad durante cinco meses, pero luego fui-mos brut almente reprimidos, e ntonces, ahora, ¿adón de vam os? Ahora, co n la c risis manif iesta d el c apitalismo la c uestión llega cada vez con más urgencia: pero, entonces, ¿cómo y qué hacemos?

 

 

1     Dice Davis (2006: 36): “Los Ángeles es la capital del primer mundo de los sin techo, con una estimación de ci en mil pe rsonas sin tech o, incluyendo una cantidad creciente de familias acampando en las calles del centro o viviendo fur-tivamente en parques y en medio del paisaje de las autopistas”.

 

2     No se trata en absoluto de la formulación leninista clásica, pero imperso-nal, del ¿qué hacer?, que sugiere ya un distanciamiento de su propia responsabi-lidad, sino que es más bien un ¿qué podemos hacer nosotros?

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

El hijo es totalmente independiente de su madre: no es nece-sario leer a su predecesor para entender el argumento que desa-rrollamos en estas páginas. Todavía, la preocupación es la misma: ¿cómo podemos pensar en c ambiar el mundo de modo radical cuando esto parece ser imposible? ¿Qué podemos hacer?

 

Este libro ofrece una r espuesta sencilla: agrietar el capitalismo. Romperlo de tantas maneras como podamos y tratar de expandir y multiplicar las grietas e impulsar su confluencia.

 

La respuesta no es una invención de este libro. Por el contra-rio, este libro, como todos los libros, es parte de un momento his-tórico, parte del flujo de la lucha. La respuesta que ofrece refleja un movimiento que ya está en marcha. En este mundo en el que el cambio r adical parece ta n impen sable, ya hay un mill ón de experimentos en b úsqueda de cambios radicales, en hacer cosas de una manera totalmente diferente. Esto no es nuevo, las proyec-ciones experim entales que a puntan hacia un mun do diferen te son, con toda probabilidad, tan antiguas como el mismo capitalis-mo. Pero ha habido un resurgimiento en los años recientes, una creciente percepción de que no podemos esperar a la gran revo - lución, que tenemos que comenzar por crear algo diferente aquí y ahora. Estos experimentos son, posiblemente, los embriones de un n uevo mundo, los movimie ntos inte rsticiales a partir de l os cuales podría crecer una nueva sociedad.

 

La argumentación es, entonces, que la única manera posible de concebir la r evolución sea como un proc eso inte rsticial. A menudo, se sostiene que la transición del capitalismo a una socie-dad poscapitalista, a diferencia de la que se dio entre el feudalis-mo y el capitalismo, no puede ser un movimiento intersticial. Esta opinión ha sido reafirmada hace poco por Hillel Ticktin (2008): “El cambio del socialismo al capitalismo es cualitativamente dife-rente del que tuvo lugar entre el feudalismo y el capitalismo por-que el socialismo no puede nacer en los intersticios del capitalis-mo. La nueva sociedad sólo puede nacer cuando sea derribado el sistema mundial capitalista”3. Aquí se argumenta que, por el con-trario, el reemplazo revoluc ionario de un sistema por otro es imposible e indeseable. La única manera de pensar en cambiar el

 

 

3     Para ser justos con este autor, transcribimos la continuación de esas pala-bras: “pero antes de ese momento pueden existir formas seudosocialistas y pro-tosocialistas. No son socialistas, pero chocan con el capitalismo, al mismo tiempo que lo apuntalan”.

 

 

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La ruptura

 

 

 

mundo radicalmente es como una multiplicidad de movimientos intersticiales, partiendo desde lo particular.

 

Es en los intersticios donde hallaremos la gente común, que son los héroes de este libro. Enseguida se levantan objeciones rotundas al carácter común y ordinario de nuestra gente: el trabajador metal-mecánico que va a la huerta comunitaria, la muchacha que lee su libro en el parque, los amigos que se juntan para formar un coro, el ingeniero que abandona el trabajo para cuidar a sus hijos, ¿cómo es posible considerarlos como protagonistas de una revolución anti-capitalista? Sin embargo, cuando pensamos que el cambio revolu-cionario es neces ariamente inter sticial la res puesta es sen cilla: ¿quiénes pro vocaron l a tra nsformación so cial d el fe udalismo al capitalismo? ¿Fueron Danton y Robespierre o fueron los miles de burgueses olvidados y, con toda probabilidad, aburridos que senci-llamente empezaron a producir de una forma diversa y a vivir sus vidas de acuerdo con criterios y valores diferentes? En otras palabras, el cambio social no es producido por los activistas, por más impor-tante que pueda ser –o no– el activismo en este proceso. El cambio social es más bien el resultado de la transformación apenas visible de las actividades cotidianas de millones de personas4. Debemos buscar más allá del activismo, entonces, para descubrir los millones y millones de rechazos y de otros-haceres, millones y millones de grietas que constituyen la base material del cambio radical posible.

 

Sin embargo, nos debe quedar claro que la respuesta esboza-da en este volumen –agrietar el capitalismo–, puede ser una respues-ta-no-respuesta. Quizá se a c omo un hologra ma que parece tan sólido que uno quiere extender la mano para tocarlo, y cuando lo hacemos ya no está allí. ¿Podemos en verdad agrietar el capitalis-mo? ¿Qué significa? ¿El capitalismo es realmente una superfici e dura que podemos agrietar, o es sólo un lodo viscoso que cuando tratamos de agrietarlo vuelve a su lugar, tan repugnante y entero como siempre?

 

 

4     En un tono similar leemos en Papadopulos, Stephenson y Tsianos (2008: xii): “Buscamos el cambio social en los hechos aparentemente insignificantes de la vida”. También el Trapese Collective (2007: 2 ) expresa: “Cuando la protesta de masas contra el actual sistema económico ha rebotado en todo el mundo, desde Seattle a Cancún, más allá del espectáculo de las banderas, del gas lacrimógeno y de las manifestaciones, cuando las calles se silencien otra vez; la gente común está haciendo cosas extraordinarias, aprendiendo al hacer, imaginando y construyen-do los cimientos de otros mundos posibles. Podemos resistir el mundo en que vivi-mos, mientras que al mismo tiempo creamos el mundo que queremos ver”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

¿O acaso hay algo que nuestros cansados ojos no ven? ¿Podría ser que nuestros intentos de ruptura estén creando algo hermoso que está surgi endo de l as pro fundidades del lodo ? ¿Al go qu e nuestros ojos tienen dificultad en ver, y n uestros oídos e n escu-char, algo que habla con una voz que no entendemos?

Si la madre y el hijo tartamudean y farfullan de forma incohe-rente, quizá sea debido a que están aguzando sus sentidos para ver, oír, hablar un nuevo lenguaje de una emergente constelación de lucha. Existen momentos en que los modelos, las pautas de conflic-to cambian, aparecen signos ex teriores de defe ctos estructurales subyacentes, manifestaciones de crisis. El problema es qu e c ada cambio significativo en el modelo trae problemas de comprensión, porque nues tras mentes están acostumbradas al viej o mod elo, pero si aplicamos los viejos co nceptos existe el peligro de que, a pesar de nuestras intenciones, y por más militantes que sean nues-tros compromisos con el comunismo –o lo que sea–, nuestro pen-samiento se convierta en un obstáculo para las nue vas formas de lucha. Nuestra tarea es aprender el nuevo lenguaje de la lucha y, aprendiendo, participar en su formación. Posiblemente, lo que ya ha sido dicho en estas primeras páginas, sea un paso vacilante en el aprendizaje y la formación de este lenguaje. Ésa es mi más alta ambición, ésa es la apuesta de este libro.

 

El aprendizaje de un nuevo lenguaje, es un proceso vacilante, un caminamos-preguntando, un intento por crear conceptos-pre-guntas abiertos en lugar de establecer un paradigma para la com-prensión de la presente etapa del capitalismo5. El libro está orga-nizado en tesis, siendo cad a un a de e llas un a preg unta bajo la forma de un desafío, una provocación. Las tesis pueden ser vistas como una serie de retos, en los que te desafío, amab le lector, a avanzar has ta el s iguiente punto de la argume ntación. A vece s siento como que el li bro fue se un viaje en tren, do nde e stoy haciendo todo lo posible para empujar a los lectores que viajan en él para que lo abandonen en las sucesivas estaciones: entonces, si se ac eptan todos los a rgumentos, puede ser que no lo s h aya empujado con la fuerza necesaria.

 

En todo esto ex isten inquie tudes, dudas, pelig ros. Cuando aguzamos nuestra vista y nuestro oído para percibir algo que ape-nas vemos, que apenas discernimos o distinguimos, puede ser que

 

 

5     En este sentido, se puede confrontar este enfoque con el de Hardt y Negri (2001, 2004 y 2009).

 

 

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La ruptura

 

 

 

estemos ejercitando nuestros sentidos o puede ser que sólo este-mos fantaseando y que eso que apenas vemos y oímos realmente no exista, que sea tan sólo e l pr oducto de nuestras ilusio nes. Quizá. Pero necesitamos actuar, hacer algo, romper el terror de nuestra estampida hacia la destrucción. Preguntando caminamos, pero cami nando, no q uedándonos quietos, es co mo desarroll a-mos nuestras preguntas. Mejor es salir, encaminarse hacia lo que puede ser la mala dirección, e ir creando el camino, en lugar de quedarse y es tudiar detenidamente un mapa que no existe. Entonces, guardemos nuestro s temore s y dudas, y miremo s la s fuentes de la esperanza, el millón de intentos por romper con la lógica de la destrucción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parte II.

 

Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

Las grietas comienzan con un no, a partir del cual crece la dignidad, una negación-y-creación

 

<tesis 4>

 

 

 

 

 

 

 

 

Imaginemos una capa de hielo cubriendo un oscuro lago de posi-bilidades y que gritamos un ¡no! tan fuerte que el hielo comienza a agrietarse. ¿Qué es lo que se descubre? ¿Qué es ese líquido oscu-ro que –a veces, no siempre– lenta o rápidamente sale a borbotones por la grieta? Lo llamaremos dignidad. La grieta en el hielo se des-plaza, imprevisible, a v eces con rapidez, a veces más lenta, a veces ensanchándose o estrechándose, a veces congelándose de nuevo y desapareciendo o r eapareciendo otra vez. Alrededor d e todo el lago hay personas haciendo lo mismo que nosotros, gritando ¡no! tan fuerte como es posible, creando grietas que se mueven como lo hacen las grietas en el hielo, en forma imprevisible, extendién-dose, buscando unirse con otras grietas, y alg unas congelándose de nuevo. Cuanto má s fuerte es la corriente de la dignidad e n ellas, más fuerte será la fuerza de las grietas.

 

Decidíos a no servir más –nos dice La Boétie– y ya os v eréis libres. La ruptura comienza con el rechazo, con el no. No, no cui-daremos tus ovejas, no araremos tus campos, no construiremos tu automóvil, no rendiremos tus exámenes. Se revela aquí la verdad de la relación de poder: el poderoso depende de aquellos que no tienen pod er. E l se ñor depe nde de sus siervos, e l capi talista depende de los trabajadores que crean su capital.

 

Sin embargo, la fuerza real del no servir más llega cuando en su lugar hacemos otra cosa: no sirváis más, y luego, ¿qué? Si sólo nos cruzamos de bra zos y no hacemos nada en absol uto, pro nto enfrentaremos el problema del hambre. El no servir más, si no con-duce a ot ro-hacer, a u na actividad alternativa, pu ede fácilmente convertirse en una negociación sobre los términos de la esclavitud. Los obreros que dicen no y se cruzan de brazos o van a la huelga, implícitamente están ex presando “ no, no o bedeceremos e sta orden” o bien “no seguiremos trabajando bajo estas condiciones”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Esto no excluye la continuación de la esclavitud –de la relación de empleo– bajo otras condiciones. El no servir más se convierte en un paso en la negociación de nuevas condiciones de esclavitud.

Es una cuestión diferente cuando la negación se convierte en una negación-y-creación1. Se trata de un desafío más serio: los tra-bajadores dicen no y ocupan la fábrica, dec laran que ello s no necesitan patrón y comienzan a exigir o a convocar a un mundo sin patrones2.

 

Pensemos en la triste historia de mister Peel, quien, como nos lo ha contado Marx (1983, I: 957):

 

Se llevó con él al río Swan en la nueva Holanda medios de subsistencia y de producción por un importe equivalente a cincuenta mil libras esterli-nas. El señor Peel era tan previsor que trasladó, además, tres mil perso-nas pertenecientes a la clase obrera: hombres, mujeres y niños. Una vez que hubieron arribado al lugar de destino, el señor Peel se quedó sin un sirviente que le ten diera la cama o que le tr ajera agu a d el r ío. Infortunado señor Peel que todo lo había previsto, menos la exportación de las relaciones de producción inglesas al río Swan.

 

Lo que sucedió fue que la tierra, en la comarca del río Swan, estaba libremente disponible, de modo que los tres mil trabajado-res partieron a cultivar sus propias tierras. Podemos imaginarnos la escena de ataque de ira del infortunado mister Peel cuando los trabajadores rehusaron obedecer sus órdenes, y có mo este enojo se fue conv irtiendo en desesper ación cuando lo s vio irse pa ra desarrollar una vida alternativa y libre de amos. El he cho de que la tierra fuera fácilmente disponible posibilitó que esos trabajado-res convirtieran su rechazo en una ruptura decisiva, con el desa - rrollo de una actividad en un todo diferente a la que mister Peel había planeado para ellos.

 

Pensemos en la emo cionante historia de los maestros de Puebla3. Cuando el gobierno anunció en 2008 la creación de un

 

 

1     La idea de una negación de la negación con fuerza creativa es menciona-da, a veces, como la segunda negación (Dunayevskaya, 2009).

2 Véase e l si gnificativo tí tulo del li bro edit ado por el c olectivo La vaca (2004), s obre la s experiencias de l as dife rentes fábricas en la Ar gentina: Sin patrón.

 

3     Si los ejemplos que cito provienen de forma desproporcionada de México, América Latina y de Europa, sólo se debe a que es donde he vivido y vivo. Es evi-dente, sin embargo, que ejemplos similares se pueden hallar en todo el mundo. Quizá el lector, donde quiera que viva, debería tratar de pensar en cinco (o cien)

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

nuevo esquema con el argumento de mejorar la calidad de la edu-cación, imponiendo un mayor individualismo, más fuerte compe-tencia entre los estudiantes, una evaluación más estricta del trabajo de los maestros y otras medidas, los maestros dijeron: “No, no lo aceptaremos”. Cuando el gobierno se rehusó a escuchar, los maes-tros disidentes fueron más allá del simple rechazo y, tras consultar con miles de estudiantes y de padr es de e studiantes, elaboraron su propia propuesta para mejorar la calidad de la educación, pro-moviendo una mayor cooperación entre estudiantes, más énfasis en el pensamiento crítico, la preparación para el trabajo coopera-tivo n o directamente sub ordinado al capital, y co menzaron a investigar formas de implementar su esquema en oposición a las directivas estatales, tomando control de las escuelas (véase SNTE, 2009) 4. Aquí también el rechazo inicial comienza a abrirse hacia algo más, a u na a ctividad educacional que n o só lo resi ste, sino que rompe con la lógica del capital.

 

En ambos casos el no, está respaldado por otro- hacer. Ésta es la dignidad que puede llenar las grietas creadas por el rechazo. El no original no es un cierre, sino una apertura a una actividad dife-rente, el umbral a un contra mundo con una lógica diferente y un lenguaje diferente5. El no se abre a un e spacio-tiempo en el q ue tratamos de vivir como sujetos en lugar de objetos, éstos son tiem-pos o espacios en los que afirmamos nuestra capacidad para deci-dir por nosotros mismos lo que deberíamos hacer, ya sea, cantar, hablar con nuestros amigos, jugar con nuestros hijos, cultivar l a tierra de una forma diferente, desarrollar e implementar proyec-tos para una educación crítica. Éstos son tiempos o espacios en los que tomamos control de nuestras propias vidas, asumimos la res-ponsabilidad de nuestra propia humanidad.

 

La dignidad es el desarrollo de la poten cia del poder del no. Nuestro rechazo nos enfrenta con la oportunidad, la necesidad y la p osibilidad d e desar rollar n uestras propias c apacidades. Las mujeres y hombres que dejaron a mister Peel en la estaca da se

 

 

de otros casos por cada uno de los mencionados aquí. Para una selección más completa de ejemplos véase Notes from Nowhere (2003). También una fuente exce-lente de información sobre las grietas en el mundo ente ro es la publicación ita-liana Carta (www.carta.org).

 

4     Escribo en agosto de 2009. Sobre la educación alternativa en la sierra de Puebla véase Pieck Gochicoa, Messina Raimondi y Colectivo Docente (2008).

5     Sobre la noci ón del e spacio emancipatorio c omo espacio umbra l véase Stavridis (2007 y 2009).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

encontraron con la oportunidad y necesidad de desarrollar capa-cidades reprimidas, dada su condición previa de servidumbre. Los maestros que rechazan los li bros de te xtos estatales están obliga-dos a desarrollar otra educación. El asumir la responsabilidad por nuestras vidas es en sí m ismo un a ru ptura c on la lógica de la dominación. Esto no significa que todo saldrá perfecto. La digni-dad es una ruptura, una negación, un movimiento, una explora-ción. Debemos ser cuidadosos en no convertirla en un concepto positivo, dándole así un a quie tud morteci na. Las m ujeres y lo s hombres que abandona ron a mi ster Pe el pudiero n muy bie n haberse transformado en peq ueños propieta rios de tierra que defenderían sus propiedades contra todos los recién llegados. Los maestros que toman sus escuelas para crear una educación crítica pueden posiblemente reproducir prácticas autoritarias tan malas como las que están rechazando. Lo importante es el movimiento, el moverse contra-y-más-allá: el negar-y-crear de quienes abando-naron a mister Peel, más que los nuevos espacios que crearon. La toma de las escuelas por parte de los maestros más que las escue-las que tomaron. Lo prin cipal es la asunción de nue stra propia responsabilidad, aunque l os resultados bie n puedan ser co ntra-dictorios6.

 

La dignidad, el movimiento de ne gar-y-crear, de tom ar con - trol de nuestr as vidas no es una cuestión sim ple. Es, co mo lo hemos dicho, un líquido oscuro saliendo a borbotones de un lago de posibilidades. Otorgarle solidez positiva a lo que sólo puede ser un movimiento de rechazo, creación y exploración nos puede lle-var fácilmente a la desilusión. Un colectivo prozapatista, un cen-tro social o un grupo de piqueteros terminan en conflicto y desor-ganizados y, entonces, llegamos a la conclusión de que todo fue una ilusión, en lugar de percibir que esas dignidades son inevita-blemente contradictorias y experimentales. Las grie tas siempre son preguntas, nunca respuestas.

 

Es importante no idealizar las grietas o adjudicarles una poten-cia pos itiva q ue no poseen . Sin e mbargo, es allí d esde donde comenzamos, desde las grietas, las fisuras, los cismas, los espacios

 

 

6     El linchamiento es un buen ejemplo: cuando los habitantes de una ciudad o pueblo se unen para tratar colectivamente en forma sumaria a un criminal están rechazando, de modo explícito, un sistema judicial corrupto e ineficiente y asu - miendo el control de su propia vida, aunque la explosión de vida colectiva no siem-pre, obviamente, crea la base para una mejor sociedad (véase Fuentes Díaz, 2006).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

de negación-y-creación rebelde. Partimos de lo particular, no de la totalidad. Partimos de nue stra inadecuación al m undo, de la multiplicidad de las rebeliones, dignidades, grietas partic ulares, no d e l a gran lu cha uni ficada que sim plemente no e xiste, no desde e l s istema de dominación. Partimos del e star e nojados e intentando crear algo más, otra cosa; porque allí es don de vivi-mos, ah í es d onde estamos. Quizá sea un lug ar e xtraño para comenzar, pero estamos buscando algo extraño, estamos buscan-do la esperanza en una noche oscura7. Estamos tratando de teori-zar la esperanza-contra-toda-esperanza. Ésta es la única pregunta teórica que queda planteada para la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7     Para una búsqueda similar véase Rebecca Solnit (2004).

 

 

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Una grieta es la creación perfectamente común de un espacio o momento en el que afirmamos un modo diferente de hacer

 

<tesis 5>

 

 

 

 

 

 

“No, en este espacio, en este mo mento no vamos a hacer lo que la sociedad capitalista espera de nosotros. Vamos a hacer aquello que consideramos necesario o deseable.” Tomamos el momento o el espacio en nuestras manos y tratamos de hacer allí un lugar de autodeterminación rehusán donos a permitir que e l dinero – o cualquier otra fuerza extraña– determine lo que hacemos.

 

Seguramente eso e s lo que esta gente com ún, mencionada al comienzo del libro, tiene en común: el rechazo a permitir que la lógica del dinero configure su actividad. La decisión de tomar un espacio o un mo mento en sus p ropias manos y estru cturar sus vidas de acue rdo con s us propias decisiones1. E n algunos casos, esto es una acción directa y no teorizada, por ejemplo, los amigos que forman un coro por e l pl acer de canta r, la en fermera que trata de ayudar con plenitud a sus pacientes, el trabajador de la automotriz que disfruta el mayo r tiempo posible en cultivar su huerta comunitaria. En otros casos esto es parte de una compren-sión de que el dominio del dinero es el centro de un entero sis - tema de dominación social, un sistema de sometim iento al que llamamos capitalismo. En ese caso, el rechazo a p ermitir que e l dinero domine nuestra actividad es parte de una negativa cons-ciente al capitalismo y es ente ndido como parte de la lucha con-tra é l, como la direc tora de te atro en Viena, el pueblo de Cochabamba en lucha contra la privatización del agua, los cam - pesinos en Chiapas que luchan para cambiar sus comunida des, etcétera. No es que haya una clara división entre quienes tienen

 

 

1     Para un panorama de la amplia gama de grietas o autonomías o prácticas no capitalistas y, de la creciente literatura sobre el tema vé ase, por ejemplo, De Angelis (2007); Trapese Collective (2007); Carlsson (2008); David Solnit (2004); Habermann (2009), y Böhm, Dinerstein y Spicer (2010).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

conciencia de cla se y quienes carecen de ell a. Hay, más bie n, u n espectro variable de conciencia de las resonancias y de las conse-cuencias de aquello q ue e stán h aciendo, una concie ncia que puede estar sólo indirectamente relacionada con el impacto de las acciones mismas. El trabajador de l a automotriz que va a su huerta por la noche puede muy bien haber leído El capital y estar meditando sobre los males del capitalismo y la nece sidad urgen-te de un cambio radical en la relación entre los seres humanos y otras formas de vida mientras riega sus plantas, al mismo tiempo, la mujer que choca con el ejército para i mpedir la privati zación del agua puede estar, sencillamente, pensando en cómo ali men-tar a su familia más que en la lucha global contra la mercantiliza-ción de las necesidades básicas. Hay una di námica en todo e sto. La cue stión de las grietas es que corren y pue den move rse en forma rápida e impre decible. Es por eso que no tie ne sentido hacer distinciones drásti cas. El trabajador automotriz hoy est á

 

regando sus pl antas, pe ro mañana puede esta r en las cal les luchando contra Monsanto. La mujer que lucha e n el pre sente por el agua puede al día siguiente comenzar a reflexionar sobre las formas en que el capitalismo está destruyendo al mundo. El movimiento de las grietas es un movimiento de experiencia, muy a menudo un aprendizaje-en-lucha (véase Ghiotto, 2005) , aunque nos equivocaríamos si pensáramos en el movimiento como unidi-reccional, también sucede que los seres humanos se cansan y que las grietas se congelan de nuevo.

 

Toda esta gente rechaza, de una manera u otra, que el dinero determine su actividad, y opo nen a esa lógica otro concepto del hacer, u n otro-hacer, que ellos mi smos busc an con figurar en forma individual o colectiva. Ellos tratan de hacer lo que ellos mis-mos c onsideran de seable o nec esario. Por supuesto, e sto no es autodeterminación pura porque lo que consideramos deseable o necesario está afectado por la sociedad en la que vivimos y debi - do a que no controlamos el ambiente en el que actuamos. Aun así, se trata de un impulso hacia la autodeterminación social, es un impulso no sólo contra sino también más allá de la determinación de nuestras vidas por el capital.

 

La grieta no se encuentra aislada. Muy a menudo es un exce-so, el des borde de una luc ha más l imitada. Lo s m aestros en Puebla luchan contra la reestructuración neoliberal de la educ a-ción que busca imponer el gobierno, y cuando el gobierno recha-za su propuesta, ellos redac tan su propio pla n alternativo pa ra

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

mejorar el sistema educacional (véase Salom, 2009)2. Se anuncia un cierre de fábrica y los trab ajadores comienzan a ne gociar los términos de la indemnización, cuando no consiguen lo que quie-ren deciden ocupar la fábrica y hacerla funcionar como una coo-perativa y, entonces, comienzan a exigir un mundo sin patrones. Los estudiantes protestan c ontra la in troducción de la matrícula o contra los aranceles y cuando no hay respuesta sacan a la calle sus bancos y comienzan a constr uir un tipo dife rente de educa-ción. En cada uno de es tos c asos, las grietas, lo s espac ios o momentos en los que rechazamos la autoridad externa y afirma - mos que “aquí y ahora mandamos nosotros” son ramificaciones de luchas más limitadas. Nos acercamos hacia los límites del siste-ma y la ira que es inherente a todo conflicto nos impulsa más allá de esos límites a afirmar una lógica diferente, una lógica –o quizá una antilógica– de la autodeterminación. La lógica de las deman-das cede lugar a la simple afirmación de nuestro propio dominio.

 

Las grietas no siempre son un desborde directo de luchas más limitadas. A veces surgen de una decisión consciente de un grupo de personas de rechazar las limitaciones o restricciones del capi-talismo. Puede ser un grupo de estudian tes que de ciden que no quieren someter sus vida s a las exigencias del c apital y hallarán una forma de vivir contra y más allá del sistema hasta donde pue-dan. O distintos grupos uniéndose para fundar un centro social, que podrá s er tanto un centro par a la actividad anti capitalista como un espacio para desarrollar otras relaciones sociales. O un grupo de amigos que decide que la m ejor manera de frenar la destrucción de la natural eza es vivir en e l campo y produc ir sus propios alimentos en forma biointensiva. A menudo, esas activida-des son de tiempo parcial3: la gente en el centro social, por ejem-plo, dedica tanto tiempo como sea posible a la lucha anticapitalis-ta, per o tam bién em prende trab ajos, al me nos oc asionalmente, para poder sobrevivir; o los amigos que deciden vivir cultivando su propio alimento y crean su comunidad ideal usando las jubila-ciones que ya han ganado por sus trabajos. Aquí no hay pureza,

 

 

2     Información disponible en <www.tamachtini.org> y en <w ww.educacion contracorriente.org/portal/index.php?option=com_content&view=article&id=7 5:reunion-de-maestros-&catid=48:gabriel-salom> [consultados el 13/12/09].

3     Esto es cierto para muchos de los ejemplos discutidos por Carlsson (2008). El libro de este autor es una fuente extremadamente rica y estimulante para la dis-cusión de una amplia variedad de grietas o para lo que él llama ahoratopías (now-topias): programadores piratas, jardineros de lotes baldíos y muchos otros más.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

sino un rechazo común a la lógica cohesiva de l capitalismo y el intento de crear algo diferente.

 

Las grietas pueden ser, entonces, el resultado de una opción consciente, y tam bién pueden ser el resultado de un a expulsión forzada de las relaciones sociales capitalistas. Más y más personas están siendo despedidas de sus empleos, o descubren que no tie-nen manera alguna de conseguir un empleo, o que si lo logran sólo será sobre una base muy e ventual y precaria. Se ven obliga-dos a h acer sus vidas de otras maneras. Los sistemas estatales de subsidios de desempleo y de asistencia social –allí donde existen– están diseñados para extender la disciplina del empleo hasta a los desocupados, para asegurarse de que éstos func ionen realmente como un ejército de reserva industrial. No obstante, la mayoría de los desocupados o parados en el mundo caen por fuera de estos sistemas y tienen que hallar una forma de sobrevivir sobre la base de alguna combinación de empleo eventual u ocasional, pequeños comercios o servicios –vendiendo golosinas o baratijas o limpiando parabrisas de los automóviles en las esquinas, por ejemplo –, o desa-rrollando formas de solidaridad entre los miembros de la familia, amigos o vecinos. El poder del dinero y de las mercancías sigue siendo enorme en esos casos, aunque las formas de solidaridad social a m enudo generan formas de vida y organización que se contraponen a la lógica del capital. Si una gran parte de la pobla-ción mundial sobrevive con menos de 1 dólar diario, es debido a que por lo general han construido formas de solidaridad mutu a, de apoyo mutuo que en lo habitual no existen en las partes m ás avanzadas del mundo4. En muchas partes del mundo la construc-ción de relaciones sociales alternativas es simplemente una nece-sidad: el empleo capitalista es irrelevante y el Estado capitalista no funciona ni siquiera como policía ni para construir caminos. Para el Estado y para el capital éstas son áreas prohibidas, no necesaria-mente debido a ninguna rebelión política, sino por algo más sen-cillo: la policía teme entrar en ellas.

 

La s imple s upervivencia e xige q ue las perso nas s e reúna n y asuman la organización de su pr opia vecindad o ciudad, y en el proceso se construyen frecuentemente relaciones solidarias radi-cales. Un importante ejemplo de esto es El Alto, la ciudad indíge-na que creció en las afueras de La Paz en Bolivia, y se convirtió en

 

 

4     Este tema fue tratado en la contracumbre de 2007 en Rostock (Alemania) por Wangui Mbatia, del Parlamento Popular de Kenya.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

el c entro de los m ovimientos de r ebelión en los último s años. Raúl Zibechi (2006 y 2007) argumenta que estos arrabales, que se han difundido con gran rapidez como resultado de la destrucción neoliberal de la agricultura, han creado grietas en la dominación capitalista y en el control estatal, y que, a su vez, estas grietas han estado en el cen tro de los e stallidos de re belión en Amé rica Latina en los últimos veinte años.

 

¿Vamos a d ecir, entonces, q ue to da co nstrucción de otra forma de organización por fuera de la corriente dominante de las relaciones sociales capitalistas debería ser considerada como una grieta en la dominación capitalista? No, si pensamos en la grieta como un espacio o momento de negación-y-creación, de rechazo y de otro-hacer. Estar desocupado o vivir en un arrabal de Bombay, no significa, necesariamente, ningún rechazo del capitalismo, es más bien que las relaciones de apoyo mutuo que se crean en esas condiciones, pueden convertirse sin hesitación en una base mate-rial para una suerte de inversión, un verdadero y profundo desvío de ruta, en el que las víctimas emergen súbitamente como rebel-des y las estructuras de sufrimiento, de pronto, se transforman en anticipaciones de u n mundo mejor. Esto ha sucedido, por ejem - plo, con el movimiento piquetero, el movimiento de trabajadores desempleados en la Argentina, donde algunos grupos –com o el Movimiento de Trabajadores Deso cupados de Solano– cambia - ron radicalmente desde la exigencia de emp leos a argumentar que ellos no qu erían ser empleados ni explota dos y qu e querí -

 

an dedicar su s v idas a algun a actividad que tuviera sentido y fuera eleg ida por ellos 5. Un cambio s imilar puede v erse en menor escala c on el mov imiento alemán de l os Gluckliche

 

Arbeitslose, los d esocupados felices (véase P aoli, 2002). El ejem-plo ya mencionado de El Alto, en Bol ivia, es otro caso importa n-te: las estructuras de apoyo mu tuo desarrolladas para enfrentar la insoportable pobreza y la negli gencia gubernamental –no por los restos de comunidades rurales, sino desarrolladas para satisfa-cer las demandas de la vida urbana– se convirtieron en la base de uno de los más importantes movimientos de rebelión de los últi -

 

 

5 Véase MT D de S olano y Co lectivo Si tuaciones (2002: 247 y ss.); Habermann (2004); Gordon y Ch atterton (2004); sobre la ide a de “desempleo desobediente” véase Rebón (2004 y 2007). La misma t ransformación de la idea de desempleo fue descrita por Flores (2005) como un movimiento de la culpa a la autodeterminación.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

mos años6. Algo similar ha sucedido con los movimientos negros, gay e indígenas: lo que antes era visto como una marca vergonzo-sa se convierte, súbitamente, en una insignia de orgullo. En todos estos casos hay una exclusión de lo convencional y corriente que se revierte cuando estos excluidos declaran que no quieren ser incluidos, que prefieren seguir su propio camino. La exclusión se convierte en rechazo y los modelos de relaciones sociales alterna-tivas construidas para enfrentar la exclusión, se convierten en ver-daderas g rietas, poderosos espac ios de rechazo-y-creación, el mundo es puesto patas arriba.

 

Ciertamente, hay diferencias entre las grietas creadas por una opción consciente, tal como la de un grupo de amigos que deci-de formar un centro social, y las q ue surgen de l vuelco de una exclusión (como en el caso de los grupos piqueteros). Sin embar-go, no d eberían exagerarse las dife rencias. Con fre cuencia, es difícil distinguir l a ele cción de l a necesidad: una decisión p or parte de programadores de computación de no trabajar para la industria armamentista sino dedicar su tiem po a l a creación de software para ser compartido en forma libre y gratuita, puede ser una respuesta a l o que e llos experimentan como una necesidad existencial. Lo que es i mportante es n o trazar líneas divisoria s sino ver las líneas de continuidad. La enormemente exitosa cam-paña contra el impuesto directo individual en el Rei no Unido, a comienzos de los años noventa, fue levantada alrededor de la con-signa “No p uedo pagar, no qui ero pagar”, se ñalando la unida d entre quienes no podían pagar el impuesto y aque llos que toma-ban la decisión de no pagarlo por considerarlo injusto. Del mismo modo, quizá deberíamos pensar en estos rechazos del capitalismo como un veloz calidoscopio de insubordinación en el cual tiene poco sentido establecer diferencias claras.

 

La cuestión central es la contraposición, aquí y ahora, de una lógica diferente a la lógica del capitalismo. No hay nad a raro en esto: es parte de la vida cotidiana. Es la antilógica de lo que conce-bimos como humanidad, decencia, dignidad, y hasta en los ejem-plos en apariencia más inofensivos existe siempre subyacente una insubordinación o una no subordinación. La dignidad no esperará, la grieta es una insubordinación del aquí-y-ahora, no un proyecto para el futuro. No se trata de un “después de la revolución nuestras

 

 

6     Véase Zibechi (2006); para un análisis de la organización local en El Alto y su papel en las luchas en Bolivia véase Mamani Ramírez (2005), y Gómez (2006).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

vidas no estarán subordinadas al capital”, sino de un “aquí y ahora rehusamos subor dinar nuest ra a ctividad al do minio d el c apital. Podemos y queremos, y estamos haciendo otra cosa”. Hay un cam-bio en la te mporalidad de la rebelión. En muchas maneras, la urgencia de la situación de la humanidad imprime su marca sobre la forma en que luchan los seres humanos. La vieja idea de planifi-car para una revolución en el futuro suena vacía cuando sabemos que sólo puede haber un futuro muy limitado. El comunismo7 –o como quiera que se lo llame– se vuelve una necesidad inmediata, no una futura etapa de desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7     A pe sar de s u hi storia o , q uizá pe rversamente d ebido a el la, la pa labra comunismo retiene una fuerza provocativa que el té rmino socialismo no ti ene. Sobre el tema de abandonar este último vocablo véase Es teva (2007c); Cleaver (2001), y Negri (2007).

 

 

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Las grietas rompen dimensiones, rompen la dimensionalidad

 

<tesis 6>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Quizá la forma más obvia de pensar las grietas es en términos espa-ciales: “aquí en la selva Lacandona –o en Oaxaca, en El Alto, en ese centro social, en aquella fábrica ocupada, en este municipio autó-nomo– no aceptaremos el dominio del capital o del Estado y sere-mos nosotros que determinaremos nuestra actividad”.

Se ha argumentado que en los últimos dos decenios la territo-rialidad ha sido crucial para el desarrollo de los nuevos movimien-tos de rebelión. Zibechi (2007: 23) escribe:

 

El arraigo territorial es el ca mino recorrido por los Sin Tierra, mediante la creación de infinidad de pequeños islotes autogestio-nados; por lo s i ndígenas e cuatorianos, que exp andieron sus comunidades ha sta reconstruir sus ancestrales “territ orios ét ni-cos” y po r l os i ndios chiapanecos qu e colonizaron la Selva Lacandona […]. E sta es trategia, originada en el medio rural , comenzó a imponerse en las franjas de desocupados urbanos: los excluidos comenzaron a crear asentamientos en las periferias de las grandes ciudades, mediante la toma y ocupación de predios. En todo el continente, varios millones de hectáreas han sido recu-peradas y conquistadas por los pobres, haciendo entrar en crisis las territorialidades in stituidas y remodelando los es pacios físi - cos de la resistencia […]. Desde sus territorio s, los nuevos acto-res enarbolan proyectos de largo aliento, entre los que d estaca la capacidad de producir y reproducir la vida, a la vez que estable-cen alianzas con otras fracciones de los sectores populares y de las capas medias.

 

Este ú ltimo pun to es c rucial, po rque proporciona una b ase material para el movimiento hacia la autonomía (Zibechi, 2007).

No hay dudas de que la c reación de una base territorial para desarrollar r elaciones so ciales dife rentes, sea esta base la selva Lacandona, los ase ntamientos de lo s campesinos sin ti erra en el

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Brasil, o un centro social en Milán, puede dar una fuerza particu-lar a l os movi mientos de negación-y-creación. Sin e mbargo, si ponemos énfasis exclusivamente sobre la territorialidad surge un problema, ya que se corre el riesgo de excluir a muchas personas que au n si endo ardientes r ebeldes puede n carec er de arr aigos fuertes con un territorio que se encuentre al borde de la rebelión. La rebeldía puede fácilmente desviarse hacia la solidaridad: dado que M unich, E dimburgo, Nueva York, o donde quiera que uno viva, no se están preparando como para declararse ciudades autó-nomas y anticapitalistas, entonces, iré a dar mi apoyo a esos terri-torios donde están pasando cosas emocionantes, iré y pasaré tres meses en una comunidad zapatista. Esto puede ser una verdadera ayuda para los zapatistas y puede ayudar a construir un movimien-to internacional, pero elude la c uestión central de cómo asumi-mos desde donde vi vimos l a responsabilidad de ro mper c on el capital aquí y ahora.

 

No hay razón, sin embargo, para que debamos pensar en las grietas solamente en términos de rupturas espaciales. La lucha por desmercantilizar un determinado tipo de actividad y someterlo a un control popular, puede ser pensada en términos similares: aquí tam-bién hay una lucha por eliminar un área de actividad respecto del funcionamiento capitalista y organizarla siguiendolineamientos dife-rentes. Así, por ejemplo, la Coordinadora en Defensa del Agua y de la Vida que luchó en contra de la privatización del agua en Cocha-bamba, afirmó que ellos habían abierto “un resquicio en el modelo neoliberal imperante en AméricaLatina y el mundo” (Ceceña, 2005: 27; véase también Gutiérrez Aguilar, 2008; Olivera y Lewis, 2004). Hay luchas importantes que se libran en todo el mundo para eli minar de la lógica del capital en áreas tales como el agua, los recursos naturales, la educación, la salud, la comunicación, la música o el software (véase Bollier, 2008). Éstos pueden ser considerados como intentos por crear áreas de exclusión, por construir sectores pro-tegidos don de se f ijen carteles alr ededor con la a dvertencia: “Prohibida la entrada al capital”1. Estas luchas surgen en muchas formas: como rebeliones populares contra la privatización del agua (como en Coc habamba), co mo huelgas estudiantiles contra la introducción de aranceles, o la privatización de las universidades

 

 

1     Esto no l o enti endo co mo la nacionalización, que generalmente es un medio de reconciliar esas exigencias con la reproducción del capitalismo, sino, en cambio, como el control real de estas áreas por las personas afectadas.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

(como en Grecia, la ciudad de México o Buenos Aires), como la organización de radioemisoras alternativas que buscan establecer un diferente tipo de comunicación (crucial en el levantamiento en Oaxaca y de creciente importancia en todo el mundo), tanto la creación de escuelas como centros para el aprender la dignidad y la rebelión (el MST en el Brasil o los zapatistas en Chiapas), como la instalación de ollas populares en las calles de Buenos Aires, o el simple postulado cotidiano, por parte de millones de personas de que las leyes de propiedad in telectual puede n ser cuestionadas (bajar música, videos, software y copiar libros gratuitamente, por ejemplo).

 

A veces, es el simple ¡no! lo que se hace más evidente en esas luchas, p ero hay, a m enudo – o q uizá siempre– , un otro-h acer implícito en el no. Cuando los pobladores de Atenco se le vanta-ron contra la construcción sobre sus tierras del nuevo aeropuerto de la c iudad de Méx ico –y ga naron–, implícitamente, estab an diciendo “rehusamos aceptar la lógica del dinero, continuaremos haciendo lo que sabemos y nos gusta, es decir, cultivando nuestra tierra”. Lo mismo sucedió cuando estallaron las luchas contra el trazado de las líneas del tren de alta velocidad (TAV) en la Italia septentrional: el eje central ha sido la consigna No TAV, pero está implícita la defensa de la recuperación de un otro-hacer, un vivir con otro ritmo. No obstante, a veces, el otro-ha cer cobra impor-tancia explícita, como en las escuelas alternativas, donde los rebel-des dicen de modo claro que están cre ando otro tipo d e educa-ción para re emplazar l a educación a utoritaria o a lienada implantada por el Estado.

 

Este tipo de grieta, relacionada con actividades o relacionada con los recursos, a veces, es considerada como la defensa o crea-ción de un bie n co mún. El capitalismo, desde su c omienzo, ha sido siempre un movimiento de cercamiento, un mo vimiento de convertir lo que era d e disfrute o u so común en una pr opiedad privada. El ejemplo más obvio, proveniente del capitalismo de los primeros tiempos, es el cercamiento de las tierras, pero toda forma de propiedad privada implica un cercamiento, una apropiación, una separación de algo que antes era de disfru te o uso común. La fase neoliberal del capitalismo ha sido testigo de una a celera-ción de este proceso de cercamiento y ha engendrado una enor-me can tidad d e luc has para defender lo que es po seído en común. Dyer-Witherford (2007: 82) sugiere que conviene pensar en tres tipos de bienes comunes, aparte de la tierra:

 

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Pero hoy lo en-común también nombra la posibilidad de propie-dad colectiva, y no privada, en otros terr enos: lo ecológico en-común (el agua, la atmósfera, la pesca y los bosques); lo social en-común (la p revisión pública con res pecto a l bi enestar, l a salud, la educación, etcétera); lo en-común en red (el acceso a los medios de comunicación).

 

Los bienes comunes pueden ser considerados como la forma embrionaria de una nueva sociedad: “Si la célula del capitalismo es la mercancía, la célula de la sociedad capaz de trascender al capi-tal es lo en-común” (Dyer-Witherford, 2007: 82). Estas áreas comu-nes, al menos en la medida en que existe un control social verda-dero y no sólo la propiedad estatal, pueden ser consideradas como otras tantas grietas en la dominación del capital, otras tantas áreas prohibidas en donde no se impone el mandato del capital, como desgarros en el tejido de la dominación. O más bien, si el c apital es un m ovimiento de cercamient o, lo s bienes comunes so n un movimiento inconexo hacia lo común, un moverse en la dirección opuesta, un rechazo al encierro, al menos en sectores específicos.

 

Una tercera dimensión para pensar sobre las grietas es la del tiempo, una dimensión de lucha crucial. Para quienes vivimos en las ciudades, a menudo es muy difícil pensar en grietas en térmi-nos espaciales, al menos en el corto plazo. Para muchos de noso-tros, declarar zona autónoma a nuestra ciudad o a nuestra locali-dad es u n sueño i nalcanzable. En m uchos espacio s urbanos no existe el sentido de comunidad que haría de este sueño algo rea-lista o factible a corto pla zo. Ciertamente, abundan grietas e spa-ciales en las ciuda des, c entros soc iales, casas oc upadas, huertas comunales, espacios de disfrute o esparcimiento público, pero, a menudo, n uestras com unidades están conforma das so bre una base temporal2. N os reunimos y compartimos un proyec to de algún tipo, en un espacio, una reunión o una serie de reuniones, o salimos a la calle en un momento de celebración o de furia. Más tarde, qui zá, nos dispersemo s y c ada uno vaya a lo suyo, pero mientras es tamos jun tos nuestro proyecto, c elebración o furia puede crear una otredad, una forma diferente de hacer o relacio-narse. El argentinazo del 19 y 20 de diciembre de 2001 en las ciu-

 

 

2     Un ejemplo interesante de las grietas urbanas puede observarse en las deno-minadas Jornadas Krax, 2009, en Barcelona. Disponible en <http://krax. citymi-ned.org/> [consultado el 17/06/10].

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

dades de la Argentina no fue sólo una grieta espacial, fue también una grieta temporal, un momento de furia y celebración, cuando la gente salió a las calles con sus cacerolas para gritar que estaban hartos, que todos los políticos debían irse –¡que se vayan todos!– y debía haber un cambio radical3. Se liberó una gran cantidad de energía social, se crearon diferentes maneras de relacionarse. Esto fue una grieta temporal en las formas de dominación. Lo mismo podría decirse de cualquier otro levantamiento o explosión popu-lar, por ejemplo, el gran acontecimiento mundial, al que común-mente nos referimos como 1968. A menudo, esas explosiones son vistas como fracasos porque no conducen a un cambio permanen-te, pero no es cierto, tienen una validez propia, independiente de sus consecuencias a lar go plazo . Como un relá mpago, iluminan un mundo d iferente, un mun do creado, quizá, po r unas pocas horas, pero la impresión que nos queda en la cabeza y en los sen-tidos es la imagen de un mundo que podemos crear (y lo hemos hecho). E l m undo q ue toda vía no e xiste se de spliega com o u n mundo que existe todavía-no4.

 

El carnaval, al menos en el mundo medieval, puede ser visto como una grieta temporal en la forma de dominación, un tiempo en el que las relaciones jerárquicas normales no sólo se invierten, sino que son abolidas. Esto no representa sólo una fuga de vapor funcional que reproduce la dominación, sino que es algo mucho más profundo. Tischler (2007b: 23), citando a Bajtín, escribe:

 

El carnaval “era el triunfo de una especie de liberación transito-ria” que suponía “la abolición provisional de las relaciones jerár-quicas, privilegios, reglas, tabúes. Se oponía a toda perpetuación, a todo perfeccionamiento y reglamentación, apuntaba a un por-venir aún incompleto”.

 

Una grieta, entonces, un momento de ruptura de las relacio-nes de dominación y de creación de otras relaciones. Éste es un

 

 

3     Para una importante reflexión sobre la importancia del 19 y 20 de diciem-bre de 2001 véas e el libro 19 y 20: Apuntes par a el nue vo protagonismo s ocial del Colectivo Situaciones (2002). Este colectivo forma por su parte un a interesante grieta, una real grieta consciente en las pautas de elaboración teórica. Sobre dos estimulantes exhibiciones y una selección de artículos inspirados por los aconte-cimientos en la Argentina véase ExArgentina (2004 y 2006).

 

4     Para Ernest Bloch (1980) la actual existencia todavía-n o del mundo que todavía no existe es la fuente de la esperanza.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

tiempo también en el que la risa se abre paso a través la seriedad del mundo de la domin ación y de la sumisión, no la risa indivi-dual, sino una risa colectiva que se extiende hacia otro mundo.

 

La risa carnavalesca es vehículo de una humanización concreta, en el tiempo real y simultáneamente utópico del carnaval; es el len-guaje de la vida que no admite la separación entre sujeto y objeto, y de secha la a bstracción c omo her ramienta de poder y s ometi-miento (Tischler, 2007b: 24).

 

Esta idea de “la risa como principio revolucionario” (ibíd.: 21)5 es adoptada en muchas luchas recientes, tales como el londinense “Carnaval contra el capital” del 18 de junio de 1999 (véase June 18 Collective: 1999) y el Ejército Payaso Clandestino Insurgente, que desempeña un papel significativo en las protestas europeas (véase Shukaitis, 2009)6. El levantamiento de 2001 en la Argentina viene caracterizado por Cafassi (2002: 79) como una explosión de “furia alegre”. La rebelión nunca ha estado lejos del carnaval, pero esto se ha hecho más explícito en los años recientes.

 

Desde los años sesenta los levantamientos se han vuelto más explí-citamente carnavalescos, quizá en parte porque la rebelión ahora no es sólo contra el cercamiento de los bienes comunes económi-cos y físicos, sino también de los bienes comunes sociales y cultu-rales (Solnit, 2005: 17).

 

Los desastres, quizá de forma extraña, constituyen otro ejem-plo de las grietas. Los desastres –tales como los terremotos, hura-canes, tsunamis, guerras, y otros–, no sólo puede n traer el sufri-miento humano, sino también una ruptura de relaciones sociales y el súbito surgimiento de relaciones totalmente diferentes entre los s eres human os, relaci ones de apoyo y soli daridad. Re becca Solnit (ídem: 1, 5) transcribe las palabras de una víctima del hura-cán Juan en Halifax (Canadá): “Desaparecieron muchos límites de la alienación, se levantaron las rutinas de nuestra vida cotidia-na, de los medios de comunicación, de las propiedades y, por eso, había una sensación de alivio”. Más adelante, la autora comenta:

 

 

5     Sobre l a ambigüedad política del c arnaval véase E hrenreich (2007, en especial el capítulo 5).

6     Sobre e l ro l d e l os payasos en l a contracumbre del G-8 en Gle neagles (Escocia) véase Harvie y otros (2007).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

Los desastres su spenden el tiempo ordinario y con él n uestros roles y destinos cotidianos, se caen los límites, las líneas argumen-tales de nuestra vida se quiebran, despertamos a otras posibilida-des de lo que podríamos hacer, de con quién podríamos hablar, de hacia dónde pod rían ir n uestras vidas, inc luso de quiénes podríamos ser (y la familiaridad con la muerte a gran escala, a menudo intensifica el placer de estar vivos). Las ansiedades y dese-os cotidianos ya n o t ienen importancia […] hay algo excitante acerca d e l as pos ibilidades pu es el j úbilo de e stas ocasiones, es tanto por lo que puede venir que por lo que ya ha pasado, un pla-cer antes desconocido en la incertidumbre. Las secuelas del desas-tre son vistas a menudo como peculiarmente esperanzadoras.

 

El conjunto de nuestras expectativas sobre el t iempo, y s obre cómo funcionan las cosas son destruidas de repente, el Estado, a menudo, queda como totalmente incompetente –o sólo como un obstáculo corrupto–, y las personas se ayudan, desarrollan formas alternativas de o rganización s ocial para afrontar la situ ación de quienes sufren. El mundo es puesto al revés, tal como en el carna-val: no sólo en el mundo material, sino también en el social7. Por eso es que los desastres naturales, a menudo, suponen una amena-za para los gobiernos: a través y más allá del sufrimiento, abren una ventana a la posibilidad de otro mundo y dejan al desnudo las mise-rias del mundo existente. Solnit, basándose en la descripción que hizo Henri Lefebvre de la Comuna de París, señala la íntima rela-ción que hay entre los desastres, los carnavales y los levantamientos:

 

Henri Lefe bvre escribe de la C omuna d e París de 1 871: “U na espontaneidad funda mental separa los se dimentos depositados por los siglos: el Estado, la burocracia, las instituciones, la cultura muerta. [… ] S e metamorfosea d e un salto en com unidad, en comunión, en el seno de la cual el trabajo, la alegría, el ocio, la satisfacción de la s nece sidades – y ante tod o de las nec esidades sociales y d e l as necesidades d e sociabilidad– no se sepa rarán más”. […] De jan a u n la do ca pas d e sedime nto. S e r ompe un

 

 

7     Hay mu chos ejemplos a lo s q ue se podría hace r refere ncia aquí. Dos impresionantes s on el b ombardeo de Londre s dur ante l a S egunda Guerra Mundial, que pasó a ser considerado como un símbolo de solidaridad social y el de la construcción de un nuevo mundo de posg uerra que nun ca volvería a las miserias de la Gran Depresión; y el terremoto de la ciudad de México en 1985, que es considerado por lo general como la plataforma de lanzamiento de una nueva oleada de luchas sociales.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

dique, una inundación arrastra con violencia todo lo que encuen-tra a su paso: el desastre y la revolución se sirven mutuamente de metáforas (Solnit, 2005: 8)8.

 

La noción de una grieta temporal en la dominación es alg o parecido al concepto acuñado por Hakim Bey (1985) de las zonas autónomas temporales. Su ar gumento es que no pode mos espe-rar hasta una futura revolución9, porque la idea misma de una revolución en el futuro se ha vuelto enemiga de la emancipación. Sin embargo, ahora podemos crear enclaves libres o zonas autó-nomas temporarias, mom entos de le vantamientos: “un l evanta-miento es como una experiencia máxima en oposición a los nive-les habituales de co nciencias y ex periencias comunes. […] Esos momentos de in tensidad da n forma y senti do a toda una vida” (Bey, 1985). Esos levantamientos son temporales y ni siquiera tra-tan de ser permanentes.

 

La zona autónoma temporal es un levantamiento que no se rel a-ciona directamente con el Estado, una operación guerrillera que libera un área (de tierra, de tiempo, de imaginación) y luego se disuelve para reconfigurarse en otro sitio, otro t iempo, antes de que el Estado pueda aplastarla (Bey, 1985).

 

La búsqueda de autonomía implica un desplazamiento nóma-da entre –o l a creación de– estas zonas transitorias de libertad e intensidad de experiencia. El eslabón entre las zonas lo constituye la red de internet: “la estructura alternativa, horizontal y abierta de intercambio de información, la red no jerárquica” (Bey, 1985). Los ejemplos que ofrece este autor cubren un amplio espectro:

 

La fiesta nocturna es ya “la semilla de la nueva sociedad tomando

 

forma d entro d el  caparazón  de la  vieja” (pre ámbulo d e

Trabajadores I ndustriales del M undo, Industrial Workers of t he World, IWW). Las “reuniones tribales” al estilo de los años sesen - ta, el cónclave e n e l b osque de lo s e cosaboteadores, el i dílico

 

 

8     Agradezco a Rebecca Solnit por el intercambio donde expuso las ideas de este párrafo.

9     Bey (1985) escribe: “La consigna ¡Revolución! ha mutado de un toque a rebato por las campanadas de m uerte, a una maligna trampa del destino pseu-doagnóstica, a una pesadilla en la cual por más que luch emos nunca podemos escapar a esa malvada eternidad. Ese íncubo, el Estado, un Estado tras otro, cada cielo gobernado por un ángel aún más perverso”.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

Beltane* de los neopaganos, las conferencias anarquistas, los círcu-los de brujas, las rent parties** en el Harlem de los años veinte, los night-clubs, los banquetes, los picnics libertarios o anarqui stas de la vieja época; deberíamos tomar conciencia que todas éstas son de alguna forma “zonas liberadas”, o al menos potenciales zonas autónomas temporales (Bey, 1985).

 

La noción de zona autónoma temporal, a veces, se relaciona con el movimiento de las macrofiestas tecno de los años ochenta y noventa (véase Gibson, 2006, por ejemplo), pero, para aquellos de nosotros más apacibles, las zonas autónomas temporales, pre-sumiblemente, podr ían i dentificarse tam bién con un día en el parque o alguna tarde tranquila de lectura de un buen libro o de una ch arla con a migos, po r n o me ncionar un a re presentación teatral o algún concierto10.

 

Quizá podemos avanzar un paso más y, siguiendo una suge-rencia de Horkheimer, considerar que ya sólo e l hacer algo por-que sí, por su propio valor, puede ser visto como una grieta anti-capitalista, por la si mple razón de que rompe la cadena instrumental d e razonam iento típica del capitalismo, en l a qu e todo debe ser justificado como un medio para un fin:

 

Cada vez, se hace menos y menos una cosa por su propio valor. Una excursión saca fuera de la ciudad a un hombre y lo lleva a las orillas de un río o a la cumbre de una montaña, sería irracional e idiota, juzgada por las pautas utilitarias, pues él se está dedicando

 

a      un pasatiempo tonto o destructivo. Para la razón f ormalizada una acción es razonable sólo si sirve a otro propósit o, por ejem-plo a la salud o a la relajación, que ayuda a restaurar su fuerza de trabajo (Horkheimer, 2004: 25).

 

 

 

10   Horkheimer evoca bien esos momentos mágicos, pero los ve como rema-nentes d el p asado: “Esas vi ejas formas de vida que arden co mo brasas bajo l a superficie de la civilización moderna todavía cons tituyen, en muchos casos, la

calidez i nherente en cualquier del eite, en cualquier amor a un a c osa po r sí misma, más que a otra cosa” (2004: 24). Prefiero verlos más bien como memo-rias insatisfechas o anticipaciones presentes de un futuro potencial, momentos que creamos contra las presiones del capitalismo cotidiano.

 

*      Antigua celebración celta en el 1º de mayo en Escocia e Irlanda que seña-laba el comienzo del verano [NdE].

**    Fiestas con el objetivo de recaudar aportes para pagar el alquiler de l a vivienda [NdE].

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Ir a una excursión o sentarse a leer un buen libro o concurrir

 

a      una fiesta que durará toda la noc he, ¿acaso pueden ser vistos como un a cto de ins umisión y s er co mparados co n la re belión zapatista o el levantamiento de diciembre de 2001 en la Argentina? Ésta es una pregunta crucial que surge repetidamente. Es eviden-te que pasar una tarde tranquila leyendo un buen libro no tiene el mismo impacto sobre la soci edad que organizar la ocupación de varias ciudades por parte de miles de campesinos indígenas. Sin embargo, ignoramos –por nuestra cuenta y rie sgo–, las líneas de continuidad que existen entre ambas. El subcomandante Marcos

(1994) argumenta algo similar:

 

Marcos es gay en San Francisco, negro en Sudáfrica, asiático en Europa, chicano en San Isidro, anarquista en España, pa lestino en Israel, indígena en las calles de San Cristóbal, chavo banda en Neza, rockero en Cu[ba], judío en Alemania, ombudsman en la Sedena, feminista en los partidos políticos, comunista en la post guerra fría, preso en Cintalapa, pacifista en Bosnia, mapuche en los Andes, maestro en la CNTE, artista sin galería ni portafolios, ama de casa un sábado por la noche en cualquier colonia de cual-quier ciudad de cualquier México, guerrillero en el México de fin del siglo XX, huelguista en la CTM, reportero de nota de relleno en interiores, machista en el movimiento feminista, mujer sola en el metro a las 10 p.m., jubilado en el plantón en el Zócalo, cam-pesino sin tierra, editor marginal, obrero desempleado, médico sin plaza, estudiante inconforme, disidente en el neoliberalismo, escritor sin libros ni lectores, y, es seguro, zapatista en el sureste mexicano. En fin, Marcos es un ser humano, cualquiera, en este mundo.

 

 

Sin embargo, la izquierda se suicida una y otra vez, al ignorar, negar o des truir estas lín eas de c ontinuidad: para co ndenar e l reformismo usan un lenguaje que sólo entienden los iniciados, o incluso re curren a la violenc ia en un modo que ale ja a m ucha gente11. En lugar de crear divisiones drásticas –entre el líder de la guerrilla y el ama de casa solitaria en una noche de verano , por ejemplo–, necesitamos hallar formas de hacer visibles y fortalecer estas líneas de continuidad que, a menudo, están tan sumergidas. Ésta es la cuestión al hablar de las grie tas, comprender nue stras

 

 

11   Sobre la cuestión de l as acciones del denominado bloque n egro véase Holloway y Sergi (2007).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

múltiples rebeliones y c reaciones alternativas c omo relacionadas por l íneas d e fal las g eológicas e n la sociedad; líneas de falla a menudo invisibles o casi invisibles, rápidamente mutables.

 

La noción de la grieta, a diferencia de la idea de Bey sobre la zona au tónoma te mporal, man tiene viva la perspec tiva de un a transformación total de la sociedad. Mientras que cada rebelión tiene una v alidez pr opia y no ne cesita justific arse en lo que s e refiere a su contribución a la revolución del futuro, sigue siendo cierto que la existencia del c apitalismo es un a taque constante a la posibilidad de determinar nuestras vidas. Aunque una grieta no debería ser considerada como un medio para un fin, siempre hay una insuficiencia en ella, una falta de plenitud, una inquietud, un descontento. Una grieta no es un paso en el camino de la revolu-ción, sino que es una apertura hacia afuera. Es un faro de digni-dad que brilla en una noche oscura, una emiso ra de radio que transmite la rebelión a no importa quién. Nunca está totalmente cerrada, aun cuando sea reprimida con violencia. La Comuna de París sigue viviendo, a pesar de la masacre de tantos de sus parti - cipantes: una inspiración, una deuda pendiente. De igual mane-ra, 1968 también vive, como un sabor a libertad que se convierte en un deseo, tantas luchas del pasado que no han pasado, sino que están en el aire, vibraciones de esperanzas incumplidas, pro-mesas de un futuro posible. Tantos experimentos sin terminar en el deseo de un mundo que podría ser.

 

Desde estas grietas hay un impulso hacia afuera. Son centros de transgresión ondas de rebelión que se irradian, no de acuerdo con un modelo predeterminado –pues éstos no funcionan–, sino siempre de modo experimental, creativamente. Nuestras grietas no son espacios independientes, sino rebeliones que se recono-cen entre sí, sienten afinidades, extienden sus brazos entre sí. La necesidad de librarse del capitalismo, la nec esidad de una tra ns-formación verdadera y radical de la sociedad es más urgente que nunca, pero la única forma de conseguir esto es mediante el reco-nocimiento, la creación, expansión y multiplicación aquí y ahora de todo tipo de grietas en la estructura de la dominación.

 

La f uerza de las g rietas rompe la di mensionalidad. A quí hemos mencionado tres dimensiones: la espacial, aquella basada en la actividad o recursos, y la temporal. El objetivo, sin embargo, no es establecer una tipología o una clasificación: lo importante es ver más bien las múltiples formas de rebelión en la vida cotidia-na. Vivimos en una sociedad capitalista, estamos do minados por

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

el capital y, sin embargo, todo el tiempo y en un millón de formas diferentes tratamos de romper la lógica del cap ital. Redactar un listado de l as diferentes dimensiones puede ayudarnos a pe nsar en las muchas y diferentes formas en que lo hacemos, pero quizá rebelarnos contra el capital es rebelarnos contra la dimensionali-dad misma12. En este sentido, el surrealismo es un aspecto de las grietas: la ruptura de la dim ensionalidad y la proyecc ión en un mundo diferente, en un mundo que va más allá del capitalismo13. Hay u n herm oso pasaj e de J ohn Berger (200 1: 4 -5) e n e l que sugiere la dimensionalidad-otra de las grietas:

 

Sin embargo, puede suceder que, de pronto, de forma inespera-da y más frecuentemente a la media luz de un atisbo se hace visi-ble algo de otro orden que se intercepta con el nuestro y no tiene nada que ver con él. La velocidad de una película cinematográfi-ca es de veinticinco fotogramas por segundo; Dios sabe c uántos fotogramas p or s egundo pasan e n nue stra p ercepción di aria. Pero es como s i en los muy breves momentos de los qu e estoy hablando, de pronto y en forma desconcertante pudiéramos ver entre los fotogramas. Llegamos a una p arte de lo visible que no estaba destinada para nosotros. Quizá estaba destinada para las aves nocturnas, los renos, los hurones, las anguilas, las ballenas…

 

No estoy sugiriendo que las grietas anticapitalistas estén desti-nadas solamente para los hurones y las ballenas, sino que, a menu-do, su exis tencia puede ser dete ctada sólo por un a sensibilidad especial, y que ellas nos introducen a un mundo que rompe con las dimensiones ordinarias de la vida. Quizá rebelarnos contra el

 

 

12 Zibechi (2006: 33) e xpresa m uy bien las rupturas de l as dimen siones: “Los tiempos de desbordes, de intensa creatividad colectiva –durante los cuales los grupos sociales liberan gigantescas energías–, actúan como relámpagos capa-ces de iluminar las sociabilidades subterráneas, moleculares, sumergidas, ocultas por el velo de las inercias cotidianas en las que se imponen los tiempos y los espa-cios de la dominación y la subordinación”.

 

13   El surrealismo puede ser considerado como un intento radical de vivir el mundo q ue to davía no existe r ompiendo con la mis ma dime nsionalidad del capitalismo. Sobre la enorme riqueza y las terribles contradicciones del mundo surrealista véase Vaneigem (1999) y Löwy (2006). Para una excelente discusión de estas cuestiones véase Muñoz (2009). Sobre William Blake y la importancia de romper la dimensionalidad véase Cyril Smith (2005), es pecialmente el capítulo sobre “ Marx y l a cuá druple vi sión de William Blake” (también dis ponible en <www.marxists.org/reference/archive/smith-cyril/works/articles/ blake.htm> [consultado el 18/06/10]).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

capital es p asar a través de un espejo y comenzar a vivi r en u n mundo que todavía no existe –y, en consecuencia, existe todavía no–, un mundo con una dimen sionalidad totalmente diferente, un mundo que sólo estamos comenzando a comprender.

 

Luchar no sólo en contra sino en-contra-y-más allá es siempre cruzar un umbral hacia un más allá, una suerte de co ntramun-do14, que es un experimento y una apuesta, un más all á que es surrealista en el sentido que nos proyecta más allá de la re alidad existente. La Free Association (2007: 26) expresa claramente esta cuestión:

 

Imaginando un mundo diferente, actuando en un mundo diver-so, en r ealidad co nvocamos a ese mundo. Es sólo p orque n os hemos alejado, al menos parcialmente, de lo que tiene sentido en el viejo mundo que ese otro mundo puede comenzar a te ner su propio sentido. Tomemos el ejemplo de Rosa Parks, quie n sim-plemente rehusó desplazarse al fondo del autobús: ella no estaba exigiendo n ada, ni siquiera s e op onía, simplemen te es taba actuando en un mundo diferente.

 

Esa acción, que desencadenó el movimiento de los derechos civiles en los Estados Unidos, se nos ocurre ahora como la simple afirmación de uno de los derechos humanos, pero en su momen-to f ue un a ap uesta atre vida y ex perimental. El traspasar un umbral hacia un mundo que podía o no llegar a existir 15. Eso está en la naturaleza de nue stras gr ietas: son la rea lización de un mundo que no existe, la esperanza de que realizándolo podamos verdaderamente darle vida, o más bien, sabiendo que éste es e l único camino para darle vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

14   Véase Contramundos, el s ugestivo título del libro de Re ithofer, Krese y Kühberger (2007).

15   Esto no significa que haya sido, simplemente, una acción espontánea: en realidad, fue muy bien preparada. Agradezco a Chris Wright por señalarme este aspecto.

 

 

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Las grietas son exploraciones

en una antipolítica de la dignidad

 

<tesis 7>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las grietas son exploraciones-creaciones de un mundo que toda-vía no existe. Pasamos por el umbral a un contra mundo en el que la exploración es indistinguible de la creación: los únicos caminos son los que hacemos al andar1.

Lo importante en la grieta o contra mundo no es el qué, sino el cómo: “ no, no h aremos lo que el dinero nos o rdena hacer , sino lo que consideramos necesario o deseable”. El qué en ambos casos no tien e contenido, lo importante e s la forma en q ue se toma la decisión, ya sea como una imposición o coacción externa, o como e l i ntento de deci dir po r n osotros lo que deberíamos hacer. La gr ieta es, simpl emente, un impulso hacia la autodeter-minación. Obviamente, esto excluye una predeterminación de los contenidos de las grietas, puesto que toda la cuestión consiste en que las p ersonas comprometidas determinen los co ntenidos. La descripción detallada de las utopías puede ser estim ulante, pero si las tomamos en serio como un modelo de cómo debería orga-nizarse la sociedad, inmediatamente se vuelven opresivas2. Quizá lo que más podemos decir sobre el contenido de las grietas es lo que puede av eriguarse a par tir de las luchas que ya e xisten, y, como hemos visto, estas luc has cubren una enorme variedad de diferentes actividades.

 

En lugar de hablar del contenido de las grie tas deberíamos concentrarnos en el cómo. En términos generales, el contenido es,

 

 

1     Antonio Machado, en su poema “Caminante” (2007), e scribe: “caminan-te, no hay camino, se hace camino al andar”.

2     Gunn ( 1995) co nsidera l as ut opías como acciones pol iciales co ntra un pensamiento apocalíptico. También Adorno (1975:168, citado por Jay, 1984: 264) escribe: “El impulso utópico en el pensamiento es más fuerte cuando menos se objetiva como utopía”.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

simplemente, un contenido vacío para ser llenado de determina-da manera: por la autodeterminación. Pero ¿qué significa la auto-determinación, y cómo está organizada?

 

Algunos de los e jemplos m encionados –leer un li bro en el parque, ir a la pequeña huerta comunitaria– nos sugieren la auto-determinación individual (la “ libertad” en un sentido lib eral). Esta experiencia de elección individual no debería ser desestima-da ligeramente, pero es evidente que no nos conduce muy lejos, simplemente porque lo que sea que hagamos es parte de un flujo social del hacer en el cual es difícil –o imposible– separar el hacer de una persona del hacer de l as otras. Si el movimiento de este flujo social del hacer no es configurado conscientemente, enton-ces, siempre aparecerá como una coacción externa, comúnmente expresada en forma de dinero, que hace de nuestra libre autode-terminación u na farsa. La única autodetermina ción verdadera sería el control social del flujo social del hacer, y puesto que este flujo social del h acer es un flujo global, esto sig nifica, necesaria-mente, el comunismo mundial, o sea, una forma de organización en la que los seres humanos del mundo determinarían activamen-te el flujo del hacer en el mundo. Por el momento, esto es difícil siquiera imaginarlo. Ahora se trata no de la autodeterminación plena, sino de un impulso constante hacia la autodeterminación, que sólo puede ser comprendido como un proceso social.

 

Hablar de las grietas como impulsos hacia la autodetermina-ción tendría poco sentido si ello no se reflejara en su organización interna. La grieta es, en primer lugar, una ruptura con las relacio-nes sociales capitalistas. No hay un modelo a se r aplicado, pero hay un principio fundamental de asimetría en relación con esa s relaciones sociales. Si el capital es la negación de la autodeter - minación, en tonces, el i mpulso haci a esta autonomía debe s er fundamentalmente diferente en sus formas de org anización. Si nuestra lucha no es asimétrica al capital en sus formas, entonces, simplemente reproduce las r elaciones sociales c apitalistas, inde-pendientemente de su contenido3.

 

 

3     Por e jemplo, Emilio, de l a asamblea v ecinal de Tie rra del Sur e n l a

 

Argentina, entr evistado po r Marina Sitrin (2005: 213) e xpresa: “N o esta mos construyendo lo opuesto, a partir del no a lo opuesto estamos construyendo algo diferente. No estamos construyendo lo opue sto al sistema capita lista, eso ya se practicó y no funcionó. Lo opuesto no funciona. Estamos construyendo algo que es diferente. Qué, no sé, no tiene nombre y ojalá que nunca lo tenga”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Las grietas, entonces, son exploraciones en la asimetría, inves-tigaciones en la antipolítica de la dignidad4. La dignidad es la afir-mación inmediata de la subjetividad negada, la afirmación de que –contra un mun do que nos trata como objetos y n iega n uestra capacidad de determinar nuestras vidas–, somos sujetos capaces y dignos para decidir por nosotros mismos. La dignidad en este sen-tido signi fica n o sólo la afi rmación de nuestra propia di gnidad sino también con lleva el rec onocimiento de la dignidad de los otros. Central para l a grieta es la idea de que el r econocimiento mutuo no debe espera r hasta el fin de l a histo ria, sin o que y a podemos comenzar ahora, combatiendo constantemente la nega-ción de nuestro mutuo reconocimiento como personas. Donde el capitalismo nos trata como a medios para un fin, o como abstrac-ciones, o como gru pos que pue den se r etiquetados, el impulso hacia el mutuo reconocimiento significa el rechazo a ac eptar el sexismo, el racismo, la discriminación por edad y todas esas prác-ticas que tratan a los seres humanos no como personas, sino como la encarnación de etiquetas, definiciones, clasificaciones. Aunque en la práctica no siempre se lo observa, el rechazo a estas formas de etiquetamiento se ha convertido en un principio universal de los movimientos anticapitalistas en el mundo entero. La creación de relaciones soci ales ba sadas en el recon ocimiento y respeto mutuo se halla en el corazón de la otra política que está luchando por desarrollar el movimiento zapatista y tantos otros movimien-tos a lo largo del mundo. La otra política significa tratarnos y tra-tar a los otr os como hac edores, c omo suje tos antes q ue co mo objetos, y h allar formas a propiadas de organización para ex pre-sarlo. En un mundo que niega constantemente nuestra dignidad, la otra política significa, inevitablemente, un proceso de explora-ción y de cr eación perman entemente renova das de las forma s organizacionales.

 

Sin embargo, esta creación renovada permanentemente de for-mas organizacionales se basa en una larga tradición. La idea de que nuestras formas de organización so n radicalmen te diferen tes de sus formas de organización está profundamente arraigada en toda la his toria del antica pitalismo. L as organizacio nes ca pitalistas están marcadas por l a jerarquía y la búsqueda de eficiencia. La

 

 

4     Un dramático ejemplo de la asimetría de la lucha es la confrontación entre los payasos y la policía que se convertido en un rasgo de muchas de las grandes manifestaciones anticapitalistas en Europa.

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

tradición anti capitalista de l a q ue hablamos e stá cara cterizada por el respeto por todos los actores, la promoción de la partici-pación activa, la democracia directa y el com pañerismo. Ésta es la tradición de la comuna, el consejo, el sóv iet o la asamble a. Es una f orma de o rganización e logiada por Marx e n su di scusión sobre la Comuna de París en La guerra civil en Francia; una forma que a parece, co n vari antes, e n to do levantamie nto important e contra el capitalismo: en los sóviets de la revolución rusa, los con-sejos o breros de Ital ia y Al emania, en la guerra ci vil española , recientemente e n l os consejos comunales de los zapati stas, l os cabildos en B olivia, las asambleas barriales en la Argentina y las formas de organización horizontal –o antivertical– adoptadas por grupos en todo el mundo. Éstas son formas no instrumentales de organización que se concentran en la articulación de las opinio-nes d e t odos l os pa rticipantes e n las l uchas, abriéndose pa so desde ahí hacia afuera, antes que retroceder en la meta que bus-can alcanza r. El c onsejo, en tonces, es tota lmente diferen te de l partido, que e s una forma de organización concebida como un medio para un fin, el fin de conquistar el poder del Estado. En el consejo, lo importante es la articulación efectiva de la autodeter-minación colectiva; en el partid o, lo im portante es alcanzar un objetivo predeterminado.

 

El consejo no sólo es algo que surge en las situaciones revolu-cionarias. El tipo de r elación que se halla en la base del con sejo está profundamente arraigada en la lucha cotidiana, es decir, en la vida cotidiana. Salimos para comer con un grupo de amigos y tomamos l a d ecisión de dó nde ir m ediante una discu sión que busca respetar las preferencias de cada uno. Este tipo de toma de decisiones es parte integral de la vida común y ordinaria. La con-sideramos como amistad o compañerismo. Por supuesto, este últi-mo es u n concepto con profundas y poderosas raíc es en to da la tradición comu nista, socialista, anarqui sta y antic apitalista: un concepto crucial, aunque frecuentemente sea subordinado u olvi-dado. En los relatos sobre luchas contra el capital, la camaradería recibe, a menudo, un lugar subordinado. Así, se suele de cir que en la gran huelga minera en el Reino Unido, los mineros lucha-ron contra la cl ausura de las minas, y en ese proceso se creó un gran sentimiento de compañerismo. En otras palabras, la camara-dería es considerada como un subproducto de la lucha. Pero si se escucha a los p articipantes, el én fasis es, a me nudo, dife rente: ellos subrayan que la parte más importante de la experiencia ha

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

sido el sentimiento de compañerismo y de comunidad que se esta-bleció entre los huelguistas, y su pérdida cuando al quebrarse la huelga las comunidades se dividieron. Po r cie rto, t oda huelg a genera nuevas relaciones d e amistad y solidaridad y le da a los huelguistas la experiencia práctica de un mundo sin patrones: la creación de un mundo de dife rentes re laciones s ociales q ue va más allá de lo que se había previsto al inicio del conflicto.

 

La centralidad de la calidad de las relaciones sociales –en otras palabras, la camaradería– no es nueva, pero en los últimos años ha adquirido un nuevo reconocimiento. Se ha desplazado la atención desde el objetivo instrumental de tomar el poder a la cr eación o fortalecimiento en el presente de relaciones incompatibles con el capitalismo. La dignidad se ha convertido en un concepto central. La amorosidad es otra palabra usada a veces para expresar las rela-ciones que se están creando en estas luchas. Las relaciones genera-das son relaciones de amor que fortalecen al movimiento y permi-ten a los participantes superar y respetar sus desacuerdos. Como lo señala un piquetero, esto no es fácil: “Es difícil, imaginate vos en un barrio de La Matanza, de hombres duros que tienen que pasar situaciones de violencia con un alto grado de machismo hablar de amorosidad, no es fácil decirlo y practicarlo” (Sitrin, 2005: 58-59). La vieja c amaradería o compañerismo se ha d esplazado hacia e l centro de la escena, pero ha perdido su image n masculina y ha declarado que su nombre es amor5.

 

Esto es lo que está siendo subrayado en muchas luchas: que, por sobre y más allá de los objetivos inmediatos y su conquista –o no–, hay un residuo crucial de relaciones sociales diferentes crea-

 

do o recuperado. Así, luego de la Guerra de l Agu a en Cochabamba, en la que el pueblo de la ciudad se unió para impe-dir la privatización del agua, uno de los participantes concluye:

 

Aprendimos muchas lecciones realmente. Yo creo qu e más allá de conquistar el agua para los cochabambinos ha sido u n reen-cuentro con la vida, un reencuentro con la solidaridad, la frater-nidad y donde hemos ido desarrollando amistades muy val iosas muy duraderas, a veces entre v ecinos, nos miramos, y “¿có mo está?”, pero ahora hubo oportunidad de hablar hasta de los hijos, de los p roblemas… e n tant as ho ras de vig ilia. Volvimos a ser humanos (Ceceña, 2005: 146).

 

 

5 Sobre l a i mportancia central del amor véase Har dt (2 009) y Free Association (2010).

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

O de nuevo, de uno de los participantes en el levantamiento del 19 y 20 de diciembre de 2001 en la Argentina:

 

Hay un quiebre importante. Que es esto que me junto con mi vecino a hablar en la plaza de mi barrio, la esquina x de mi barrio y a contarnos nuestros problemas […] en parte también se recu-peraron v iejos espacios d e s ociabilidad que se habían pe rdido

 

[…] Y una de las primeras cosas que se recupera con el 19 y el 20 es el cara a cara. Es la comunidad misma (Sitrin, 2005: 5).

 

El mundo que tratamos de crear, a veces, se lo describe en tér-minos de s istemas de valor es opue stos. Rechazamos los valores deshumanizantes que encarna el capital y creamos un mundo de acuerdo con valores diferentes, ideas distintas de lo que es bueno y lo que es malo. Massimo De Angelis describe la experiencia de la acción de la contracumbre del G-8 en Gleneagles (Escocia) en julio de 2005 en estos términos:

 

El campamento de Stirling se convirtió en un lugar en el que otros valores es taban domina ndo a la cooperación o cop roducción social […]. En última instancia, la política de alternativas es una política de v alores, una política p ara estable cer lo que son l as

 

prácticas de valores, o s ea es as p rácticas sociales y re laciones correspondientes que articulan los individuos y las totalidades de los grupos sociales (2007: 19, 25).

 

El énfasis sobre el valor nos ayuda a comprender que la fuer-za de esta otra política reside en la superaci ón de la separac ión entre la ética y la política. Se abandona la diferenciación maquia-vélica entre los medios y lo s fines que es tan caracte rística de l a concepción leninista de la política. Vivir ahora el mundo que que-remos crear con sus “prácticas sociales y rela ciones co rrespon-dientes” rompe la separación instrumental de los medios y el fin: el medio es el fin. Esta visión de la lucha, a me nudo, es criticada como ingenua o irrealista, sin embargo, la experiencia de los últi-mos años sugiere que encierra una fuerza tremenda. Es más bien cuando los mov imientos r etroceden hacia la separac ión entre medios y fines, entre la ética y la po lítica, que se debilitan consi-derablemente.

 

El compañerismo, la dignidad, la amorosidad, el amor, la soli-daridad, la fraternidad, la amistad, la ética: todos estos conceptos contrastan con l as relaciones m ercantilizadas, monetizadas de l

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

capitalismo, todos desc riben rela ciones de sarrolladas en luch as contra el capitalismo y pueden se r consideradas como anticipan-do o creando una sociedad más allá del capitalismo. Se contrapo-nen a l as r elaciones mercanti lizadas del capitali smo no com o alternativas atemporales, sino como una lucha-e n-contra. No e s que haya alguna cualidad transhistórica de la dignidad: la digni-dad no es otra cosa que la lucha contra y m ás allá de su propia negación. De aquí también se deduce que hablar de grietas como exploraciones de l a antipolítica de la dignidad no signi fica que tengamos la esperanza de llegar un día a una dignidad preexisten-te, sino que la dignidad es una exploración, un proceso cambian-te de crear relaciones sociales en-contra-y-más allá del capital.

 

Por con siguiente, no pue de hab er reglas c laras sobre c ómo trasladar es tos principios a la o rganización, pero una idea muy remarcada en la práctica es la de la horizontalidad. La horizontali-dad es pa rte de l a afirmación de nuestra propia subje tividad, el rechazo a l as estructuras verticales, las cadenas de co mando que nos dicen qué hacer, las q ue hacen de nosotros el o bjeto de las tomas de decis iones de otros, sean quiene s sean esos o tros. La idea de horizontalidad es que todos deben participar en los pro - cesos de tomas de decisiones sobre una base de igualdad y que no debería haber dirigentes. En la práctica es difícil hacer que esto funcione en términos absolutos, de modo que, probablemente, sea más útil pensar en la horizontalidad no como una regla abso-luta, sino como una lucha constante contra la verticalidad. Raquel Gutiérrez Aguilar, en su investigación sobre las luchas en Bolivia (2008), enfatiza que lo importante no es la adopción de ningún modelo particular, sino la producción de horizontes de significa-do comp artido mediante u n e fectivo proceso de delib eración colectiva. O, como dice el Colectivo Situaciones en una entrevista con M arina Si trin (2 005: 49 ): “ La horizontal idad es un a h erra-mienta del contrapoder cuando es una pregunta. Y la horizonta-lidad es una herramienta del poder cuando es una respuesta”.

 

En el principio zapatista de mandar obedeciendo se expresa una idea relacionada, aunque ligeramente diferente: el princ ipio de que los que están en posición de autoridad siempre deben obede-cer a qu ienes s e enc uentran ba jo el ejercicio de esa autoridad. Aquí se acepta un gra do de no ho rizontalidad, pero el c lásico principio consejista de rend ición de cuentas y revocab ilidad ins-tantánea asegura que quienes –temporalmente– ocupan posicio-nes de responsabilidad deben obedecer los deseos de la co muni-

 

 

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Las grietas: la antipolítica de la dignidad

 

 

 

dad. En muchos casos –por ejemplo, en la tradición de las comu-nidades indígenas–, esto se complementa con la idea de rotación de responsabilidades: parte de la pertenencia a una comunidad es aceptar que uno puede ser convocado por ésta para asumir deter-minadas r esponsabilidades c omunales por determinados pe río-dos, pero siempre obedeciendo a los deseos de la comunidad.

 

Esto expresa el rechazo a la d emocracia representativa como una forma de organización que excluye a los representados. Todas las formas organizacionales que hemos mencionado pueden ser consideradas como desarrollos de la democracia directa, no como un conjunto de reglas, sino como un proceso constante de experi-mentar con las formas democráticas, formas de superar las inhibi-ciones de las personas, formas de controlar las agresiones o los pre-juicios s existas o r acistas. E l d esafío ce ntral es cóm o articu lar efectivamente el nosotros hacemos que es el núcleo fundamental de las grietas: cómo articular el nosotros que es el sujeto del movimien-to, como un nosotros cohesivo y, sin embargo, abierto, y cómo articu-lar el hacemos, el nosotros como sujeto, como hacedor. El “mandar obedeciendo” zapatista no sólo ofrece una solución a estas pregun-tas, sino que indica oximorónicamente un verdadero campo de ten-sión y desafíos6. Que el proceso tiene que ser comprendido tanto de forma exploratoria como abierto lo subraya otro principio cen-tral de los zapatistas: “preguntando caminamos”.

 

Podemos con siderar esto s e jemplos como ejemplos de un a política prefigurativa, la idea de que la luc ha por una sociedad diferente debe crear esa sociedad mediante sus formas de lucha.

 

[Este concepto] describe la idea d e que si p uedes e ncarnar el cambio por el que luchas, ya has triunfado; no por la lucha, sino por t u transformación. La org anización Re claim th e S treets [RTS] ha llevado a la re alidad esto en forma hermosa, recono-ciendo que si los activistas de RTS se oponían a la privati zación, la alienación y el aislamiento, una fiesta callejera no sólo era una protesta contra e stas condiciones, sino un triunfo t emporario sobre ellas (Solnit, 2005: 23).

 

Se ha ganado una enorme experiencia, especialmente en los últi-mos años, en esta política prefigurativa o política otra, esta política de

 

 

6     La discusión de todas estas cuestiones ha salido a la luz de la experiencia de los ú ltimos a ños: véase, por ejemplo, Sitrin (2005), Thw aites Rey (2004) y Nunes (2007).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

la dignidad7. Esto incluye tanto a la experiencia en la organización de las grandes reuniones contracumbres del movimiento altergloba-lización como la organización de los foros sociales, tanto mundiales como regionales, pero también la creación menos espectacular de huertas comunitarias, escuelas al ternativas, emisoras de radio en resistencia, teatro en la calle, y otros más. La idea que está ganando terreno es la de que la única forma de cambiar el mundo es hacerlo nosotros mismos aquí y ahora8. No obstante, los intentos por crear ahora el otro mundo que decimos posible nunca se dan sin proble-mas: en una sociedad basada en la negación de la dignidad, la políti-ca de la dignidad constituye siempre una lucha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7     Graeber (2002: 148) afirma: “El resultado es una rica y creciente panoplia de instrumentos organizativos –consejos de portavoces, grupos de afi nidad, téc-nicas de dinamización, peceras [espacios abiertos a la participación], discusiones por pequeños grupos, resolución de situaciones de bloqueo co lectivo, observa - ción externa de las atmósferas del grupo, etcétera– encaminada en su totalidad a la creación de formas de procesos democráticos que permitan que las iniciati-vas surjan desde abajo y alcancen la máxima solidaridad efectiva, sin ahogar a las voces discrepantes y sin crear posiciones de liderazgo u obligar a nadie a hacer algo a lo que no haya dado su libre consentimiento”.

 

8     Sobre las posibilidades de hacerlo nosotros mismos véase el importante libro del Trapese Collective (2007); véase también los detallados relatos de lo s muchos y diferentes experimentos de vivir en forma dife rente en Habermann (2009).

 

 

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Parte III.

 

Las grietas existen

al borde de la imposibilidad

 

 

La dignidad es nuestra arma

en contra de un mundo de destrucción

 

<tesis 8>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las grietas rompen con la lógica de la socie dad capitalista. A esa lógica oponemos una forma diferente de hacer cosas. Queremos romper el sistema, la cohesión social que nos sujeta y nos obliga a actuar en determinadas formas.

 

La dignidad es un filo cortante que rasga el firme y compacto tejido de la dominación capitalista. La dignidad es un rompehie-los, y su aguda proa va cortando, fragmentando una enorme masa de hielo maciz a: e l h orror aparentemente inque brantable q ue denominamos capitalismo. La dignidad es un a piqueta empuña-da en contra de las paredes invasoras que amenazan con aplastar a toda la sociedad. La dignidad es un machete que corta los hilos de la telaraña que nos tiene atrapados.

 

El a rma de l a dign idad es la otredad, el otro viv ir, el otro hacer. La otredad de la dignidad es un arma, una otredad-contra, una inadecuación dirigida – de modo explícito o no– en contra de eso donde no encajamos, es decir, en contra de un mundo de explotación y destrucción.

 

Los espacios y momentos q ue hemos llamado g rietas so n, a menudo, descritos como espacios autónomos o espacios de éxodo o evasión. Nosotros aquí hemos tendido a evitar esos términos, sen-cillamente porque distraen la atención de la cuestión crucial, el con-flicto entre estos espacios-momentos y el mundo que los rodea. Es importante cantar las glorias de los mundos que están siendo crea-dos, de las nuevas relaciones sociales y las nuevas formas de hacer cosas, pero no podemos ir muy lejos sin hablar del enfrentamiento con el mundo al que se oponen estas dignidades. Hay un antagonis-mo constante, una presión constante por hacer que la otredad se rinda a la enorme fuerza c ohesiva de la soc iedad que nos r odea. Estos espacios no son territorios autónomos, aunque aspiran a serlo. Son más bien grietas, los picos agudos de un conflicto social.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

La dignidad es un ataque al ca pitalismo, pero no ne cesaria-mente es un a confrontación. Confrontar al c apital es permitirle que fije el orden del día. En cambio, la dignidad consiste en pre-sentar nuestra propia iniciativa: esto es lo que haremos, de forma independiente del capital. Si el capital decide reprimirnos, coop-tarnos, imitarnos, que así sea, pero pongamos en claro que somos nosotros q uienes m anejamos la batuta. Esto, por supuesto, no puede significar que dejemos de luchar en contra del capitalismo, sino que, en la m edida de lo posible, tomamos la iniciativa, fija-mos el orden del día, ponemos bien en claro que el capita lismo está luchando en contra de nosotros, de nuestras vidas, de nues-tros proyectos, de nuestra humanidad.

 

La dignidad es rechazar-y-crear, es el rechazo a hace r el capi-talismo y es la creación de un nuevo mundo. En un artículo sobre el movimiento en Oaxaca, Gustavo Esteva (2007d: 7; véase tam - bién 2007a, 2007b, y 2009) comenta:

 

Miles, millones d e personas asumen a hora que ha llega do e l momento de ca minar nuestr o propio ca mino. C omo dice n lo s zapatistas, cambiar el mundo es muy difícil, si no imposible. Una actitud más pragmática exige la construcción de un nuevo mundo. Eso es lo que estamos tratando de hacer, como si ya hubiéramos ganado.

 

Construir un nuevo mundo, por supuesto, significa cambiar el existente, pero la inversión en el énfasis es crucial: en lugar de concentrar nuestra atenc ión en la destrucción de l c apitalismo, nos concentramos en la creación de otra cosa. Ésta es una inver-sión de la perspectiva revolucionaria tradicional, que pone en pri-mer lugar la destrucción del c apitalismo, y e n segundo lugar la construcción de una nueva sociedad.

 

Hacer un nuevo mundo significa cortar la telaraña que nos ata a la fuerza cohesiva de la sociedad capitalista para que poda-mos c rear algo diferente. El e nemigo es l a síntesis social de la sociedad capitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las grietas chocan con la síntesis social del capitalismo

 

<tesis 9>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a)    Nuestr as grietas son vu lnerables a la succión gelatinos a de la síntesis cap italista

 

Empuñamos nuestra dignidad como una piqueta contra las pare-des invasoras de la destrucción y, entonces, nos sentimos un poco confundidos y desanimados cuando esta piqueta se hunde en una jalea pegajosa.

 

Todas las metáforas son juegos peligrosos que pueden tener que abandonarse e n algún momento, per o no p or ah ora. Queremos romper: esa es la idea de la grieta que se expresa en pri-mer lugar. No la debemos perder de vista. Se trata de la ruptura. Queremos romper no sólo para hacer las cosas un poco mejor, no sólo para tenerlo a Obama en lugar de Bush, los Kirchner en lugar de Menem, a Ló pez Obrador en lu gar de Calde rón. Que remos construir no sólo un movimiento, frenar la privatización del agua o el petróleo: eso lo queremos, por supuesto, pero queremos más. Queremos romper al capitalismo, quebrar la dinámica de un siste-ma que nos está destruyendo. Es, precisamente, cuando la idea de la ruptura parece tan desesperada que necesitamos reafirmarla.

Esto es lo que, a veces, parece tan terriblemente difícil. Todos nuestros intentos por romper parecen ser absorbidos por el siste-ma, cuando no son reprimidos de modo abierto. No es suficiente elogiar la grieta, debemos hablar también sobre sus problemas1.

 

El argumento está claro: la única forma de pensar acerca de la revolución es en términos de la creación, expansión y mu ltiplica-ción de grietas sobre la dominación capitalista. Esta no es una abs-tracción vacía porque estos momentos o espacios de rebelión y de

 

 

1 Véase un a i nteresante di scusión so bre las grie tas y sus difi cultades e n Pleyers (2010), en especial los capítulos 2 y 4.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

otro hacer ya existen en miles de lugares en todo el mundo y por-que en los últimos años han estado a la vanguardia de la lucha anti-capitalista. Sin embargo, en los últimos años es cada vez más eviden-te que estas grietas enfrentan grandes problemas. Por ejemplo, la “Otra campaña” –iniciada por los zapatistas como un intento por difundir su movimiento más allá de Chiapas de una forma organiza-da– no ha progresado tan rápido como muchos de nosotros esperá-bamos. El gran levantamiento de la lucha alternativa en la Argentina en 2001 y 2002 no pudo mantener su impulso frente a la estrategia de cooptación y cr iminalización d el gobierno d el mat rimonio Kirchner. La lucha popular-comunitaria en Bolivia ha sido desviada por la lucha nacional-popular del gobierno de Evo Morales (véase Gutiérrez Aguilar, 2008). Las múltiples formas de movimientos por otro mundo han enfrentado una creciente represión estatal global después de los hechos del 11 de septiembre de 2001 y de la bruta-lidad policial en Génova (Italia); muchos pequeños grupos alterna-tivos han terminado en la confusión y la disolución. Quienes afir-man que la única forma de cambiar el mundo es a través de la toma del poder estatal –o incluso quienes dicen que es imposible destruir al capitalismo– tienen, sin duda, mucho espacio para exhibir ejem-plos y señalarnos: “se los habíamos dicho”.

 

Apenas si sorprende que las grietas deban enfrentar dificulta-des ya que en su conjunto son rebeliones en contra de la síntesis social existente, intentos por romper y salir del sistema de la cohe-sión social que está actualmente destruyendo a la humanidad ente-ra. Toda s ociedad está bas ada en alg ún tipo de cohesión social, alguna f orma de relación en tre las actividades de lo s mu chos y diferentes seres humanos. En la sociedad capitalista esta cohesión tiene una lógica particular descrita con frecuencia en términos de las leyes del desarrollo capitalista. Hay un cierre sistémico que le da a la cohesión social una particular fuerza y la hac e muy difícil de romper. Para subrayar el carácter íntimamente entramado de la cohesión social de la soci edad capitalista, la denomino como una síntesis social2.

 

En tod a rebeli ón hay un profundo dilem a. La re belión es siempre irracional, si la juzgamos desde la racionalidad dominan-

 

 

2     La noción de síntesis social la retomo de Alfred Sohn Rethel (1980), con la diferencia que él la aplica a todas las sociedades , mientras que yo la reservo para la cohesión social fuertemente entramada del capitalismo. Para una discu-sión actual sobre la interpretación de Sohn Rethel véase Reitter (2007).

 

 

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Las grietas existen al borde de la imposibilidad

 

 

 

te. Y la racionalidad dominante es apoyada por las condicione s materiales de supervivencia: la aceptación de esa racionalidad es una condición para poder viv ir en cond iciones razonables, o e n muchos casos, aunque sólo sea para poder vivir. El movimiento en contra de la globalización capitalista es mencionado con fre-cuencia c omo el m ovimiento p or la justicia g lobal, pe ro todos sabemos que salvo en un sentido ridículamente formal es absurdo buscar justicia global en el mundo real del capitalismo. Entre los piqueteros en la Argentina hay q uienes dicen q uerer practic ar una activ idad si gnificativa, dedicarse a lo q ue e llos consideran necesario o d eseable, pero todo s sabemos que eso también es absurdo, carece li teralmente de se ntido e n el mundo real del capitalismo. Entonces, ¿cómo se puede evitar que lo absurdo sea tragado por la racionalidad del capitalismo?

 

La p resión uni versal para conformarnos y qu e ac tuemos d e acuerdo con las normas dominantes proviene de la cohesión social de las rel aciones sociales c apitalistas. Podemos p rotestar, gritar, arrojar piedras, pero luego la totalidad de las relac iones sociales capitalistas parecen fluir a nuestro alrededor y nos su ccionan de nuevo al sistema. Vamos y lanzamos nuestra furia a las re uniones del G-8, pero luego, ¿qué? Todavía tenemos que comer y tenemos que vender nuestra fuerza de trabajo o, rendirnos de alguna forma ante el c apital para cons eguir dinero para comp rar c omida. Podemos ocupar una fábrica, pero luego, ¿qué? Todavía tenemos que hallar una forma de vender nuestros productos si queremos seguir produciendo, todavía tenemos que rendirnos ante la fuerza del mercado. Podemos derrocar al gobierno, quizá, si todos salimos a las calles y protestamos lo suficiente, pero luego, ¿qué? ¿Qué suce-de después de nuestro momento de rebelión, de nuestro momen-to de explosión? Todavía tenemos que hallar una forma de reinser-tarnos en el orden mundial, y ese orden mundial es capitalista.

Combatir el y luego, ¿qué? es c ombatir p or lo p articular q ue rehúsa a adecuarse. Es combatir por un mundo de particularida-des, un mundo de muchos mundos. Estamos arrojando particulari-dades contra la totalidad, pero, a menudo, parece que la totalidad, la síntesis social se ríe de nosotros, absorbiéndolo todo. ¿Cómo lo podemos evitar? ¿Cómo evitamos ser reabsorbidos en el funciona-miento cotidiano del capitalismo? ¿Cómo evitamo s que nu estras grietas se c onviertan, sencillamente, en medios para reso lver las tensiones o contradicciones del capitalismo, un elemento más de la resolución de l a crisis del sis tema? ¿Cómo sabemos qu e nuestras

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

grietas no son sólo grietas en la ladera de un volcá n, válvulas de escape que garantizan la estabilidad del todo?

 

El enemigo, hemos dicho, es la síntesis social del capitalismo, la l ógica peculi armente com pacta de la cohesió n so cial e n la sociedad capitalista. Esta cohesión nos vuelve a atrapar entre sus brazos en diferentes formas. Las más obvias son quizá el Estado y nuestras pr opias debilidades personales, pero la más insidiosa y poderosa es el valor. Consideremos cada una de estas formas.

 

b)    Las g rietas chocan co n el Estado

 

La fuerza más obvia de cohesión social que enfrentan las grie-tas es el Estado. La amenaza de represión violenta por el Estado está siempre presente. Un informe que se publicó en el periódico mexicano La Jornada3 lo pone de manifiesto dramáticamente:

 

Unos 120 efectivos de la Policía Federal Preventiva, provisto s de armas largas, irrumpieron esta noche en las instala ciones de la radio comunitaria Tierra y Libertad, emisora de un vatio de poten-cia, con alcance de unos cuatro kilómetros entre asentamientos de clases populares al poniente de la ciudad. […] Por su parte, la Procuraduría General de la República (PGR) señaló en un bole-tín que la operación se dio debido a que la emisora operaba sin concesión legal en Monterrey, Nuevo León.

 

La violencia de este ejemplo es grotesca, pero resalta la cre - ciente brutalidad e intolerancia, no sólo del Estado mexicano sino de todos los Estados. La violenta represión de grietas no violentas, en nombre de la propiedad o la ley y el orden, es algo que ocurre diariamente en to das part es d el mundo. E l desa lojo d e Ungdomshuset, una tradicional comuna en Copenhague, se refle-jó en los titulares del mundo en marzo de 2007, así como también la destrucción del jardín comunitario conocido como la G ranja del Su r C entro en L os Án geles (E stados Unido s) en juni o de 2006, donde las topadoras de la policía entraron para “destruir la milpa, las flores, las plantas medicinales, los vegetales, las frutas y algunos de los 600 árboles que durante más de 14 años han sido cultivados con dedicación, amor y trabajo por los campesinos, en su mayoría inm igrantes m exicanos” (Margarita S alazar, 1 4 de

 

 

 

3 La Jornada, México, 7 de jun io de 2008 , página 1 3. Dis ponible en <www.jornada.unam.mx/2008/06/07/index.php?section=politica&article=013n 1pol> [consultado el 29/07/10].

 

 

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Las grietas existen al borde de la imposibilidad

 

 

 

junio de 20064). Una suerte similar sufrió la Huerta Orgázmika de Caballito, un barrio céntrico de Buen os Aires* hace unos pocos meses –mayo de 2009–, y hay muc hos otros casos más. En todos lados el i ntento de ha cer las c osas de una fo rma di ferente, el intento de romper las relaciones sociales capitalistas es considera-do como una amenaza a la sociedad –en verdad apunta a ello– y está sujeto a sufrir distintos grados de represión violenta5.

 

Esto plantea de inmediato las cuestiones de la legalidad y de la autodefensa. La misma noción de la grieta significa una falta de respeto por la ley, puesto que es una fuerza de cohesión social que rechazamos. La ley, por su forma, independientemente de su con-tenido, es una im posición ex terna. El h echo de que la desobe - diencia a la ley tenga mayor o menor sentido sólo puede ser juz - gado en el contexto de una lucha particular. Las personas que se reúnen para constituir un centro social como un centro de oposi-ción anticapitalista deben decidir si ocupar sin permiso un edi fi-cio –y arr iesgar un de salojo violento– o hace rlo de modo leg al, mediante el p ago de un alquiler o a través de alguna forma de ayuda es tatal. Esto no e s una cuestión a bstracta de si de bemos obedecer la ley, sino una cuestión práctica para evitar ser reprimi-dos o, incluso, el sufrir daños físicos sobre otras personas: en algu-nos contextos, la ocupación ilegal es una opción per fectamente práctica; en otros casos, es verosímil pensar que sufriría una inme-diata represión policial, el cierre del centro, el arresto y la even-tual tortura de los participantes 6. Lo mismo puede decirse, con toda probabilidad, de cualquier tipo de acción anticapitalista: no tiene sen tido p lantearse ob edecer la l ey co mo una c uestión d e principios, pero las consecuencias prácticas de cualquier acción en particular siempre dependerán del contexto.

 

 

 

4     “Miles se movilizan en Los Ángeles para impedir la destrucción total de la huerta comunitaria del área Sur Centro”, disponible en el sitio web de The Narco News Bulletin: <www.narconews.com/Issue41/articulo1893.html> [consultado el 22/06/10].

 

5     Cada uno puede agregar su propia lista de ejemplos.

 

6     Un ej emplo reciente es la represión d e los si n t echo en Mar del Plata (Argentina), en abril de 20 09. Información disponible en <www . md psinte-

 

cho.blogspot.com/> y tam bién un docu mento grá fico en <www. youtu-be.com/watch?v=pvJlnuWHejo> [consultados el 22/06/10].

 

*      Informaciones sob re e l des alojo po licial d e l a H uerta O rgázmika de Caballito disponibles en <http://orgazmika.blogspot.com/2009/05/el-desalojo-de-la-huerta-fue-ilegal.html> [consultado el 18/07/10] [NdE].

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

La legalidad, por lo común, es usada como un punto de refe-rencia para justificar la represión violenta del Estado, pero, por supuesto, en muchos casos no es una garantía absoluta contra la represión. Legal o ilegal, cualquier grieta que plantee una amena-za s ignificativa al capital atr aerá, pr obablemente, una respuesta violenta por parte de las fuerzas del orden, al menos si el contex-to social lo perm ite. ¿Cómo respondemos a l a violencia estatal? ¿Significa la revolución, de mo do ine vitable, el derroca miento violento del capital ismo? ¿Nec esitamos crear una o rganización armada?

 

Sin d uda, l a vi olencia se h a tornado cad a vez más atrac tiva como un medio para enfrentar a un capitalismo crecientemente violento. No es extraño que las manifestaciones en contra de algu-nos acont ecimientos tales c omo las reun iones del G- 8 se hayan vuelto cada vez más violentas en los últimos año s y que la vi olen-cia provenga no sólo de la policía, sino q ue sea in iciada por los manifestantes7. Y sin embargo, hay muchos problemas al pensar en nuestras luchas en contra del capital en términos de violencia. Para empezar, es probable que nosotros no seamos muy expertos en temas de violencia. La violencia no es parte de la sociedad que queremos crear y, es improbable que podamos siquiera igualar a las fuerzas capitalistas en cuanto a violencia. La violencia no es un terreno neutral, sino el terreno de las fuerzas de dominación, nos introduce en las relaci ones y formas sociales de c onducta q ue repudiamos: las estructuras jerárquicas dominadas por los hom - bres8. La dignidad es nuestro terreno y la violencia es la negación de la dignidad, venga de donde venga.

 

Quizá la cuestión central no sea la violencia, sino el estableci-miento del orden del día, el retomar la iniciativa. La c lave de l a grieta es una ruptura, no sólo una respuesta a la agresión capita-lista, sino el intento de ir más allá de ella, de crear ahora un con-junto de diferentes relaciones sociales. Tomar la iniciativa signifi-ca ir más allá de la confrontación: es el determinar nuestra acción de acuerdo con nuestras necesidades. Dejemos que el capital y el

 

 

7     En particular, recuerdo las manifestaciones contra la cumbre del G-8 en Rostock (Alemania) en julio de 2007. Para una discusión sobre estos hechos y la cuestión de la violencia véase Holloway y Sergi (2007); Free Association (2010), y United Colours of Resistance (2007).

 

8     Ésta e s, seguramente, l a re spuesta más sólida al argumento de Frantz Fanon (2007) sobre la necesidad de la violencia.

 

 

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Estado corran detrás de nosotros, dejemos que traten de cooptar-nos o reprimirnos. La cuestión de cómo defendemos y expandi-mos nuestra grieta sin perder la iniciativa ni ser arrojados a un terreno ajeno es muy difícil de resolver. Con frecuencia, la violen-cia estatal es una forma de retomar la iniciativa para forzar nos a frenar nuestra rebelión y que nos veamos obligados a hacer cam-pañas por la liberación de los presos9.

 

Aquí, entonces, no se trata de un argumento completamente pacifista, ya qu e debemos pensar en cómo no s defendemos con-tra la violencia estatal. Escribo esto no mucho después de la terri-ble represión llevada a cabo por el Estado mexicano en Oaxaca, y la cuestión es inevitable. Si queremos pensar en romper las rela-ciones sociales capitalistas, entonces, tenemos que plantearnos la cuestión de l a au todefensa. E n muchos ca sos, puede no h aber peligro de represión estatal directa, al menos en las circunstancias actuales, pero la tendencia en el mundo es a que la represión vio-lenta se c onvierta en una re spuesta cada ve z más común a tod o tipo de desafío al sistema existente de dominación.

 

Sin embargo, la autodefensa no es lo mismo que la defensa armada y, sin duda alguna, no es lo mismo que el derrocamiento violento del c apitalismo. Aunq ue puede habe r un sól ido arg u-mento para algún tipo de organización armada en algunos casos, es probable que se a un er ror pensar en las armas c omo la clave para la autodefensa. El hecho de que los zapatistas están organi-zados y armados como un ejército ha sido un elemento importan-te de disuasión de una represión militar de gran escala contra el levantamiento en Chiapas10. Empero, es probable que la forma más efectiva de violencia haya sido la fuerza de la resonancia de

 

 

 

9     Un ejemplo notable es la brutal represión estatal en Atenco, localidad cer-cana a la ciudad de México, a comienzos de mayo de 2006, que demostró ser una forma muy eficaz de desviar la iniciativa de la Otra campaña de l os zapatistas.

 

10   Sobre la importancia de concebir a los zapatistas como un ejército, con

 

un énfasis ligeramente diferente del que se presenta aq uí, véase Sergi (2009). El Subcomandante Marcos en una charla en el Festival de la Digna Rabia del 2 de enero de 2009 dijo: “Cada lucha, cada movimiento, en sus muy particulares geografías y ca lendarios, debe re currir a diversas formas de luc ha. No es l a única y probablemente no sea la mejor, pero la violencia es una de ellas. Es un gesto bello el enfrentar con flores los cañones de los fusi les, vaya, hasta ha y fotos eternizando el acto. Pero a veces es necesar io hacer que esos fusiles cam-bien de objetivo y se dirijan hacia arriba”. Texto disponible en <http:// digna - rabia.ezln.org.mx/?p=426#Marcos> [visitado el 03/03/201 0].

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

su movimiento en México y en todo el mundo. Probablemente sea la calidad del movimiento mismo, o sea, la calidad de la trans-formación de la vida cotidiana lo que para todo movimiento con-forme la más sólida autodefensa, y esto se contrapo ne sin am bi-güedades a la or ganización y viol encia armada. Co mo escrib e, apenas unas pocas semanas antes de la rep resión sobre Oaxaca, Raoul Vaneigem (2006): “Cada vez que una revolución ha despre-ciado considerar como su objetivo prioritario la tarea de enrique-cer la vida cotidiana de todos, ha dado armas a la represión”11.

 

La violencia estatal nos impone ciertas relaciones sociales, y mayor efectividad adquiere cuanto más imitamo s su acc ión res-pondiendo con la violencia. Ésta es sólo un aspecto de la forma en que el E stado n os retrotrae c onstantemente hacia la co hesión social del capitalismo, logrando que nos com portemos en deter-minadas formas, adoptemos ciertas categorías de pensam iento y formas de organización. En el e jercicio de la vio lencia como en todas su s actividades el E stado es una forma de l as relaci ones sociales, una forma de hacer cosas.

 

No es s ólo con la represión física directa q ue el Estado reac-ciona frente los intentos por romper la cohesión social del capita-lismo. Mediante la ley y todas sus formas de acción nos canaliza en determinadas formas de comportamiento, nos encierra dentro de límites establecidos. Es difícil evitar por completo el contacto con esto. Aunque tengamos claro que no podemos cambiar la so cie-dad de modo radical a través del Estado, aún así es di fícil evitar algún contacto con el Estado 12. Evidentemente, este contacto no es neutral, tiende a m eternos en determinadas formas de hacer las cosas. Vamos a una escuela o universidad estatal que nos traza determinado tipo de educación. Recibimos una beca estatal para estudiar o para otros fi nes y esto también tiende a i mponernos determinadas condiciones. Un a fáb rica ocupad a busca e vitar la represión pidiendo reconocimiento legal de su estatus, pero para hacerlo tiene que satisfacer determinados requisitos, llenar deter-minados formularios, adoptar un c ierto lenguaje. Ocupamos un depósito vacío y organizamos un ce ntro social y luego descubri-mos que podemos solicitar un subsidio estatal para mejorar el edi-ficio; que será más fácil que lo recibamos si no molestamos dema-

 

 

11   Para un argumento en contrario véase Gelderloos (2007).

 

12   Quien escribe este libro y, probablemente, muchos de sus lectores en el caso de que los hubiese perciben sus ingresos del Estado.

 

 

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siado al gobierno local. Hay muchos otros ejempl os. En alg unos casos, parece necesario algún tipo de financiamiento estatal para poder llevar a la práctica nuestro proyecto colectivo de un hacer alternativo, ¿ cómo no s relac ionamos, e ntonces, c on el Estado y con el financiamiento estatal?

 

Los zapatistas han tomado la posición radical de rehusar todo subsidio es tatal y e vitar c ualquier contacto c on e l Estado en l a medida de lo posible, creando sus propias escuelas y sistemas de atención sanitarias13. Otros grupos radicales –por ejemplo, algu-nos de los grupos piqueteros de la A rgentina– sostienen la o pi-nión opuesta, es decir, que recibir dinero del Estado es, sencilla-mente, r ecuperar una pequeña pa rte de la rique za soc ial qu e hemos creado, y que, la cuestión importante no es de dónde pro-viene el dinero –dado que toda la riqueza proviene de los trabaja-dores–, sino hallar formas de afirmar un control social y efectivo sobre el dinero, rehusando las condiciones estatales y organizan-do formas de control directamente democrático de su uso 14. No intentamos aquí dictaminar cuál de estas opiniones es la equivo-cada o la correcta. Es probable que lo importante sea la manera en que se toman las decisiones (que se someten constantemente a reconsideración). Su relación con la apertura o cierre de la grie-ta en cuestión, dependerá del contexto de la luc ha y no debería pasar a ser un nuevo dogma. Sobre todo, esto no es una cuestión de pureza. En la lucha en-contra-y-más allá del capitalismo no hay pureza: lo que importa más bien es la dirección en que se desarro-lla la lucha, el movimiento en-contra-y-más allá.

 

Entonces, ¿puede ser la respuesta tomar el control del Estado y neutralizarlo con l a finalidad de usar lo para ex tender nuestras grietas? ¿No podemos convertir al Estado mismo en una grieta anti-capitalista? Es más, ¿no deberíamos enfocar nuestra actividad orga-nizándonos para ganar el control del Estado y convertirlo en una grieta anticapitalista? ¿No es esto lo que está sucediendo en Cuba, Venezuela y Bolivia, por ejemplo?

 

El Estado n o es sólo una o rganización cualquiera, s ino un a forma p articular de or ganización. Conce ntrar la lucha para e l

 

 

13   Sobre lo que esto significa en términos de las dificultades cotidianas véase Juquila González (2009).

14   Véase MTD de Solano y Colectivo Situaciones (2002); sobre los contrastes entre el MTD de Solano y el MTD La Matanza véase Habermann (2004); sobre los debates con la izquierda del movimiento piquetero véase Navarro Trujillo (2008).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

cambio so bre el Estado tiene pr ofundas consec uencias para el movimiento en contra del c apital. El Estado es una fo rma de hacer las cosas: la forma de hacerlas mal15. El Estado es una forma de organización desarrollada durante siglos como parte inte gral del s istema capitalista. E l capita l es, sobre todo, un proceso de separación; de s eparación d el objeto de cr eación respe cto del sujeto creador, separación del sujeto de sí mismo y de quienes lo rodean, separación de lo que ha sido creado respecto del proce-so de creación, etcétera16. El Estado es parte de este proceso de separación. Es la separación de lo público respecto de lo privado, de los asuntos comunes de la comunidad respecto de la comu ni-dad misma. El Estado es una organización separada de la comu-nidad, nutrida principalmente por funcionarios de tie mpo com-pleto. Su lenguaje y sus prác ticas expresa n esa sep aración: el lenguaje de la administración, las p rácticas que siguen procedi-mientos y formalidades establecidos. La separación respecto de la sociedad e s s upervisada po r r eglas y jerarquías que aseg uran e l mantenimiento de las formas de conductas establecidas. La rela - ción del Estado con la sociedad es una relación externa, se rela - ciona co n las p ersonas com o ciudadanos –o no ciudadanos–, como individuos abstraídos d e su contexto soci al y d e las pa rti-cularidades d e su hacer . Es sól o como esos átomos abstra ctos que los ciudadanos pueden ser representados; las pasiones y par-ticularidades de l a gente r eal no pueden ser representadas. El Estado, por su misma forma e ind ependientemente del conteni - do de su acción, confirma y reproduce la negación de la subjet i-vidad sobre la que se basa el capital. Se rel aciona con los seres humanos no como sujetos sino como objetos o –y esto equ ivale

 

a      lo mi smo– como s ujetos red ucidos al es tatus de simples abs - tracciones.

 

Una organización p olítica q ue enfoca su acción sobre el Estado, inevitablemente reproduce esas características. Para ganar influencia o tomar lo que aparenta ser el control sobre el Estado, la organización debe adoptar esa forma de conducta y pensamien-to que son características de éste. Así, los partidos políticos aunque sean de izq uierda, o i ncluso revolucionarios, se caracteri zan p or

 

 

15   Scott (1998) desarrolla un sólido argumento para considerar al Estado como la forma de hacer mal las cosas.

16   Para una discusión más completa del Es tado como un a forma peculiar-mente capitalista de organización véase Holloway (2002 y 2006).

 

 

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estructuras jerárquicas y tienden a adoptar determinadas formas de lenguaje y conductas que se ensamblan con las del Estado. La relación externa con la sociedad se reproduce en el concepto de las masas: una cantidad de átomos indiferenciados, abstractos, con capacidades limitadas y necesitadas de un liderazgo.

 

Estos partidos de izquierda pueden ser anticapitalistas en sus intenciones, pero en sus formas de organización y acción tienden a reproducir la objetivación de la persona que está en el núcleo fun-damental de las relaciones sociales capitalistas. Esto no es la políti-ca de la dignidad porque no parte del reconocimiento de la fuer-za creativa del sujeto oprimido. Por el otro lado, el compro miso con el cambio radical es, a menudo, muy auté ntico. A e ste com-promiso se lo en tiende como la lucha por la liberación del pue-blo; siendo visto el pueblo como un otro externo. La revolución a través de los ojos del Estado o de una organización estadocéntri-ca sólo puede ser una revolución en nombre de otros, en be nefi-cio del pueblo, no una revolución llevada a cabo por el puebl o mismo. Esto no es una política de la dignidad, sino una política de la pobreza, n o una polí tica de diálogo, sino una política de monólogo (como se refleja, por ejemplo, en la duració n de los discursos de los líderes políticos). Las personas son concebidas no como hacedores, sino como víctimas: la pobre gente17.

 

No hay que subestimar el atractivo de esta concepción. Ésta se desarrolla desde la percepción auténtica de un mundo de pobre-za y humillación terrible y espanto sa y, nos propo ne resolver el problema a través de la construcción de una revolución en nom-bre de las víctimas del capitalismo, para la cual el Estado e s, evi-dentemente, la forma organizativa apropiada. No hay dudas de que aun desde el in terior del sistema capitalista mundial puede hacerse mucho para aliviar la pobreza y sus efectos. Un titular en La Jornada, de 5 de enero de 2008, nos recuerda que Cuba posee la tasa de m ortalidad infantil más baja de A mérica Lati na. Desestimar este hecho como algo poco importante sería grotesco.

 

Sin em bargo, est o no es suficie nte. P arece i mprobable q ue pueda llevarse a cabo una verdadera ruptura con el capitalismo en nombre de las masas sufrientes, y, aun en el caso de que así se hiciera, es probable que el resultado no sería una sociedad muy atractiva. Actuar en nombre del pueblo, o en su beneficio, inevitablemente

 

 

17   Sobre u n a nálisis ce ntrado en el conc epto d e la víc tima véas e D ussel

 

(2006).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

conlleva un grado de represión: si el pueblo no tiene la misma idea que el Estado, entonces, tiene que haber algún medio para impo-ner el bienestar del pueblo aun en contra de sus propios deseos. El movimiento r evolucionario se vuelve repres ivo y t ambién se debilita al perder el apoyo ac tivo. No hace falta decir má s: esta obra ya ha sido representada muchas veces.

Pero, entonces, ¿qué decir de Bolivia y Ve nezuela? ¿Pueden ser ellos considerados como grietas en la dominación capitalista?

Probablemente, en to dos lo s mo vimientos revo lucionarios confluyen muchos movimientos de seres humanos que luchan en diferentes form as y por difer entes razo nes. He mos si mplificado esta multiplicidad subrayando dos formas de lucha: la política de la dignidad y la política de la pobreza. La política de los consejos o asambleas y la política de los par tidos centrados en el Estado. Estas dos luchas se entremezclan a menudo, se amalg aman con frecuencia en la misma org anización o incluso en el mismo indi-viduo, pero la forma en la que interactúan tendrá profundas con-secuencias para el movimiento por el cambio. La revolución rusa, por ejemplo, fue una combinación compleja de organización con-sejista o s oviética y de o rganización e stadocéntrica. La ten sión entre las dos formas de organización condujo a la supresión de los sóviets y a l desarrollo de un r égimen opresivo bajo la paradójica denominación de Unión Soviética. En otros casos el desarrollo ha sido menos desastroso y m enos sangriento, pero h a prevalecido indudablemente la polític a del m onólogo: Cub a es un notab le ejemplo.

 

En el caso de Bolivia y Venezuela los procesos están todavía abiertos al momento de escribir este libro, pero con un claro pre-dominio del Es tado. Raquel Gutiér rez A guilar, en su profundo análisis de las luchas en Bolivia (2008), distingue entre la luch a nacional-popular y la lucha c omunitaria-popular18. Esta última proviene de, a l a vez que desarrolla, las forma s tradicionales comunitarias de democracia directa. Además, tiene en su centro la afirmación de la dignidad, que rechaza aceptar l a dominación ajena. Ésta fue la fuerza motriz de las luchas desde 2000 a 2 005. Pero esta lucha por la dignidad fue recubierta, teñida por la lucha nacional-popular que se centra en el Estado y puja por co ncretar las conquistas de las luch as en la forma de un nuevo gobierno.

 

 

18   Para una crítica similar de la lucha nacional-popular véase Tischler, en Holloway, Matamoros y Tischler (2008).

 

 

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De ese modo, se canalizaron las luchas en la forma parti do –el Movimiento al So cialismo, M AS–, un proce so que fi nalmente llevó a l a elecci ón de E vo Mo rales como preside nte de Bolivi a. Esto trae importantes reformas al E stado pero co nlleva una des - movilización y d esradicalización de l m ovimiento original. El levantamiento por parte del pue blo mismo es convertido en u n movimiento en nombre del pueblo y esto conduce inevitablemen-te a la reproducción de prácticas estatales y a la adecuación a los intereses del capital.

 

En el caso de Venezuela el curso de las luchas ha sido diferen-te p ero tam bién encontramos la coexisten cia de los dos m ovi-mientos: el basado en las comunidades de la lucha desde abajo y el de la lucha estadocéntrica desde arriba. Aquí ha sido muc ho más evidente que la lucha ha sido dominada por el Estado desde el comienzo; p ero, al meno s desde el abortado g olpe c ontra Chávez en 200 2, se ha hecho incuestionable que la fue rza del movimiento de conjunto depende mucho del empuje del movi-miento desde abajo. El proceso de transformación es visto como un movimiento conformado por las dos partes, el arriba y el abajo, y sus líderes hablan de la necesidad de superar el Estado burgués y crear un “tipo comunal de Estado”19. La creación y promoción de consejos comunales se halla en el núcleo fundamental de este movimiento20.

 

Esto plantea la cuestión de cómo concebir la abolición o diso-lución del Estado. ¿Tiene que suceder a través de la creac ión de

 

 

19   Un ejemplo notable de las contradicciones presentes en el proceso vene-zolano se expresa en un discurso del alcalde de Caracas, J uan Barreto Cipriani (2007: 14): “El poder comunal debe ser capaz de e jercerse sobre la sociedad, disolviendo las instituciones estatales constituidas. A sumiéndose como autogo - bierno. Ese es el papel que tenemos que jugar nosotros, porque el Estado exis-tente es la forma jurídica del tiempo de la explotación. Es el Estado del capital, es el poder de la fuerza articuladora alrededor de un discurs o que se opone al ejercicio real del poder de los ciudadanos y las ciudadanas. Es, en fin, un conjun-to de concesiones y prácticas que hay que desmontar. Así como la lógica estatis-ta de las instituciones es perversa, la lógica política de partido pensado como apa-

 

rato ins trumental del poder, t ambién lo es. N o es posible des estatizar sin despartidizar. Mientras existan círculos que privaticen o con fisquen las decisio-nes que deben ser colectivas y se apropien de aparatos del Estado, poco podre-mos avanzar en la construcción de un tipo de sociedad que no sea estatista y par-tidista”. Agradezco a Dario Azzellini por esta contribución.

 

20   Sobre la fortaleza y las dificultades de este proceso véase la excelente obra de Azzellini (2006 y 2010).

 

 

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formas no es tatales de o rganización –comunale s o c onsejistas– por fuera del E stado, es decir, básicamente, lo que los zapatistas están tratando de hacer, y que también ha sucedido, en alguna medida, en la Argentina, Bolivia y Ecuador? ¿O podemos pensar en l a d isolución del Estado como ocurri endo en el seno del Estado mismo, o sea, los revolucionarios que toman el poder esta-tal para disolver el Estado desde adentro? ¿O alguna combinación de los dos procesos? Muchos consideran la revolución bolivariana en Venezuela en estos término s, como una co mbinación de un movimiento desde arriba y desde abajo.

 

¿Es esto facti ble? Ésta es una pr egunta importante que toca, no sólo a V enezuela, sin o a lo s intentos desde el in terior del Estado p or superar al Estado en o tras parte s de l mundo –tale s como Porto Alegre, Venecia, Manchester Este (Gran Bretaña), y otros– median te la prom oción de la dem ocracia partici pativa (véase Wainwright, 2003; Sullo, 2002; De Sousa Santos, 2003). ¿Es posible, como dice N icanoff (2007: 12), resignificar el Estado o, como sostiene Mazzeo (2007), sintetizar las dinámicas de la sobe-ranía y de la autonomía? A veces, se defiende este enfoque en tér-minos de poder popular insistie ndo en que e l poder viene del pueblo (véase Mazzeo, 2007, y también Dussel, 2006). Ésta es una formulación atractiva, pero la c ategoría de pueb lo, de hec ho, oculta que la fuente del poder es el hacer: la categoría de pueblo hace abstracción de la organización de la actividad hum ana y de su existencia antagónica. Este antagonismo es tratado muy super-ficialmente en las formulaciones que piensan en una fácil combi-nación entre un movimiento desde arriba y uno desde abajo.

 

Que el Estado deba ser disuelto desde adentro o como resul-tado combin ado de presion es desde adentro y desde afuera es difícil imaginarlo, debido al peso de la estructura y formas de con-ducta heredadas, a la separación de los funcionarios pagados por el Estado respecto del resto de la población, y tam bién a las pre-siones para garantizar el funcionamiento de la economía (como si ésta no fuese un sistema de explotación). Si esto llegara a ser posi-ble, entonces, el factor crucial no sería el compromiso revolucio-nario de los funcionarios estatales o de los mismos po líticos, sino la fuerza de las luchas libradas por fuera del aparato estatal con miras a una forma diferente de organización social. El movimien-to desde arriba y desde abajo es, inevitablemente, un proceso antagó-nico, aunque los con tornos de este a ntagonismo puede n no seguir demarcaciones institucionales: puede ser desplazado hacia

 

 

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el interior del apar ato estatal mi smo. Evidentem ente, el mov i-miento de la h istoria desafía a la teoría de fo rma constante; sin embargo, el término poder popular oculta los verdaderos antagonis-mos y dificultades.

 

Una rebelión no deja de ser rebelión sólo porque sea canali-zada hacia el Estado. El impulso hacia la autodeterminación sigue vivo, aunque es probable que sea reprimido de un modo gradual hasta el punto en que se consoliden las estructuras estatales. Una revolución estadocéntrica es un proceso altamente autoantagóni-co, una grieta que se ensancha y se cierra al mismo ti empo. Si la mano que cierra la grieta logra derrotar a la mano que la abre, y en qué mom ento lo har á, e sto ser á siempre resultado de una lucha: la lucha por la autodeterminación por un lado, y la lucha por contenerlo dentro de formas de determinación ajena por el otro21. Por cierto, al criticar las rebeliones estadocéntricas, debe-ríamos tener cuenta que todas las rebeliones son autocontradicto-rias, que en el seno de los movimientos antiestatales pueden apa-recer las prácticas centradas en el Estado. No hay pureza, no hay respuestas de antemano.

 

La cuestión, finalmente, no es sobre intenciones, sino sobre las formas de organización, es decir, sobre las prácticas reales de organización. Toda forma de organización que se co ncentra en cambiar la sociedad en nombre de los trabajadores –los pobres, el pueblo, o quienes sean– tenderá, con independencia de sus pro-clamadas intenciones, a proyectar los actos de rebelión de nuevo hacia la síntesis social del capitalismo. El Estado es el ejemplo más obvio de ese tipo de organización22.

 

El argumento de que la única manera de concebir la re volu-ción anticapitalista es un proceso intersticial, debería ser indiscuti-ble. Desde la teoría revolucionaria tradicional, la cuestión aparece

 

 

21   Al momento de escribir este libro considero qu e el pr oceso venezolano todavía es un proceso abierto, por el contrario, en el caso de Cuba, hace tiempo la mano que cierra ha logrado doblegar la mano que abre la g rieta. Sin embar-go, sería totalmente equivocado pensar que esto es un cierre final.

 

22   Raúl Zibechi p resenta una notable estadística para il ustrar el en orme poder integrador del Estado, en especial en el caso de los “gobiernos progresis-tas”. En una conferencia en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en diciembre de 2008, explicó que en el Brasil existían doscientos setenta mil organizaciones no gubernamen-tales contratadas por el gobierno operando en diversas ciudades: todas ellas esta-ban abrumadoramente nutridas por ex militantes de la izquierda de ese país.

 

 

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oscurecida porque se identifica al Estado con la totalid ad de las relaciones sociales. Pero, una vez que se reconoce que hay muchos Estados apoyando a una única sociedad capitalista se vuelve evi - dente que las revoluciones estadocéntricas son también intersticia-les. La cuestión no es, entonces, si la revolución debería ser conce-bida c omo in tersticial –p ues d ebe s erlo–, sino cuál es la forma apropiada del intersticio. La discusión anterior nos lleva a concluir que el Estado no es una forma intersticial adecuada sencillamente porque, como una forma de relaciones sociales, es parte de la sín-tesis social que estamos rechazando: el Estado es parte de la suc-ción cohesiva del capital. La única respuesta, entonces, es pensar en términos de formas intersticiales no estatales: o sea, grietas.

 

 

c)     Las gr ietas chocan contra nos otros mis mos

 

Creamos nuestras grietas, nuestros espacios de dignidad, y ellas son inmediatamente amenazadas por e l mundo que nos rodea. Pero ese mundo no es sólo exterior: lo llevamos en nuestro interior.

 

Construimos n uestra com unidad autóno ma en la selva Lacandona, creamos nuestro centro social en Edimburgo, vamos a una fiesta tecno que dura toda la noche en Berlín. Decimos: “aquí no, aquí no aceptamos el dominio del capital, aquí haremos otra cosa, aquí creamos un espacio de dignidad, horizontalidad, amor”. Pero, obviamente, esto no es tan simple. Le cortamos una rebana-da al capitalismo, pero ésta no es una rebanada de pureza. En nues-tros espacios no sexistas, no r acistas, los hábitos sexistas y racistas reaparecen. Dentro de nuestras asambleas horizontales, emergen patrones de poder que son aún más preocupantes por el hecho de no ser regulados o incluso ni siquiera reconocidos. Los más elo - cuentes enc uentran caminos para imponer su voluntad. E n las grandes asambleas, a menudo, son los grupos con experiencia polí-tica militante en los viejos partidos de izquierda los que pueden imponer su línea. En nuestras áreas de responsabilidad comparti-da, el traba jo continúa cay endo en sólo unos pocos m iembros (véase Sandoval, 2007, y Figueroa, 2008). Los viejos modelos se rea-firman a sí mismos. Marina Sitrin (2005: 139) entrevista y le da la palabra a Martín K., de una asamblea vecinal en Buenos Aires:

 

 

La realidad es que cuando queremos hacerlo de otra manera, nos encontramos haciéndolo de la mis ma, y es como e l pr oblema

 

 

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desde adentro también […]. Como si hubiera tamb ién una memoria de l a vert icalidad, de la rep resentación, de l a d elega-ción, que se juga ra casi inconscientemente, que de repente por más que digamos somos autónomos, hay un punto donde siem-pre estamos esperando que otro haga, que ot ro diga, la acepta-ción de otro23.

 

Las nuevas relaciones sociales no se crean por decreto: hasta aquellos grupos que ponen al frente de sus programas la creación de relaciones s ociales difere ntes en tre sus m iembros, algunas veces terminan con rencorosas discusiones y una agobiante sensa-ción de desilusión. A veces, la intensidad del e sfuerzo por cons-truir algo diferente queda reflejada en la intensa amargura de las animosidades que surgen.

 

Nuestras grietas no son grietas puras, nuestras dignidades no son dignidades puras. Tratamos de romper con la sociedad capi-talista, pero nuestra ruptura todavía lleva consigo sus marcas de nacimiento. Por mucho que intentamos hacer algo diferente, las contradicciones del capitalismo se reproducen dentro de nuestra rebelión. No somos sujetos puros, por muy rebeldes que podamos ser. Las grietas, como espacios de liberación y co mo estructuras dolorosas, también se abren en nuestro interior.

 

Probablemente, estos problemas sean inevitables. El propósi-to de las grietas no es el de crear una comunidad de santos, sino el de establecer una forma diferente de relacionamiento entre las personas. Estas relaciones no se pueden basar en la pureza o en el puritanismo. Todo intento por basarlas en una idea de autosacri-ficio resulta desastroso; si no son espacios, momentos atractivos, si no ejercen una atracción magnética, nunca podrán convertirse en grietas, pues no se difundirán24. En alguna medida, estos proble-mas p ueden s er tr atados po r me dios organiza tivos. M uchos, o quizá la may oría de lo s grupos alte rnativos o autón omos h an experimentado con diferentes formas de organización que toman en cuenta las contr adicciones h umanas sin re caer en mé todos autoritarios. D e este m odo, l os zapatistas tienen un sistema de rápida rotación en la composición de sus “Juntas de buen gobier-no”, no sólo para que más y más personas se co mprometan en el

 

 

23   Para una reflexión general sobre las asambleas vecinales del levantamien-to argentino véase Ouviña (2002).

24   Sobre la importancia de rechazar la noción de sacrificio como fundamen-to del anticapitalismo véase Vaneigem (1994).

 

 

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autogobierno de sus com unidades sino, tamb ién, para e liminar los peligros de la corrup ción. Cecosesola, la anti gua cooperativa de Barquisimeto (Venezuela), que coordina la distribución de los productos cooperativos y organiza los mercados populares, dedi-ca gran cantidad de tiempo a la discusión colectiva de los proble-mas que surgen del sexismo, el racismo, el autoritarismo, etcéte-ra, y ad opta l a confianza c omo e l pri ncipio o rganizacional central25. Estos problemas son efectivamente reales, y no deben ser pasados por alto, pero no se los debe plantear como si fueran parte de un concepto inmutable de la naturaleza humana26.

 

d)    Las g rietas chocan co n el domini o del valor

 

Más allá del Estado, más allá de nuestra reproducción personal de las mismas relaciones sociales que rechazamos, hay otra fuerza que nos jala hacia atrás y que reabsorbe nuestros intentos por romper.

 

No es el Estado el que crea la síntesis social que nos rodea, aunque a men udo se nos presenta como haciéndolo. El Estado reprime y coopta para defen der algo más. Somo s reprimidos o cooptados por otra cosa que va más allá del Estado. La verdadera fuerza d e coh esión se en cuentra detrás del Estado: es e l mo vi-miento del dinero. El dinero hace girar al mundo, como dice el refrán. Más precisamente, la síntesis social se establece a través de lo que se expresa en el dinero: el valor27.

 

El valor es lo que mantiene a la sociedad unida bajo e l capi-talismo. Es una f uerza q ue n adie controla. El capital ismo e stá compuesto de una enorme cantidad de unida des independien-tes que producen y venden mercancías en el merca do. La inter-conexión so cial entre las actividades de la s personas se estable - ce mediante la venta y compra de mercancías o, en otras palabras, mediante el valor de las mercancías, expresado a través del dine-ro. El valor –manifestado en dinero– constituye la síntesis social

 

 

25   Sobre lo s p rincipios de organización la coope rativa h a publi cado un libro: Cecosesola (2003).

26   Sobre la reproducción de problemas psicológicos en el contexto especí-fico de los grupos prozapatistas en Guadalajara véase Sandoval (2007); sobre la compleja relación ent re re belión y subje tividad en e l le vantamiento en l a Argentina véase Fernández y otros (2006).

 

27   Uso aquí el término valor en el sentido de la crítica de Marx a la econo-mía política. Sobre el valor en éste y otros sentidos véase De Angelis (2007).

 

 

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en la soc iedad c apitalista, aquello que la man tiene unida a la s muchas y di ferentes actividades descoordinadas (vé ase Rubin , 1985; Sohn Rethel, 1980). El Estado se presenta a sí mismo como si fuera el punto focal de l a cohesión social, pero, de he cho, el Estado depende del dinero y poco puede hacer por influir en su movimiento28.

 

Es la existencia del dinero como la fuerza sintetizadora lo que hace que el capitalismo sea tan gelatinoso, tan esponjoso. El dine-ro es la sutil telaraña que nos mantiene atrapados. Cuando lo gol-peamos no se rompe en pedazos, sino que brota nuevamente alre-dedor de nuestro puño, burlándose de nosotros.

 

Detrás del dinero está el valor, el impulso conquistador omní-modo d e la mercancía b arata, de la mercancía pr oducida en e l menor tiempo. Esto es muy difícil de resistir. “Los precios bajos de sus mercancías [de la burguesía] son la artillería pesada con laque derriba t odas las mur allas chinas”, como dijeron Mar x y Engels (2008: 30). No necesitamos volver a la época de Marx y Engels para ver esto. ¿Qué sucedió con la revolución vietnamita que inspiró al mundo en los años sesenta y setenta? No pudo ser derrotada por el ejército más poderoso del mundo, pero ha sido efec tivamente socavada por el valor. La gran revolución china ha sido converti-da a nivel mundial en el símbolo de la mercancía barata. La des-trucción de todas las revoluciones del siglo XX por el valor se erige como una advertencia inequívoca. Podemos declarar la indepen-dencia para Escocia o E uskadi o donde sea , pero, mie ntras el valor no sea cuestionado, su efec to será muy limitado . Podemos ocupar fábricas, c rear nuestr os siste mas alternativos de pro duc-ción, pero n o podre mos igualar los precios de las mercan cías capitalistas, no podremos producir cosas de un modo tan barato y tan rápido, y si consiguiéramos hacerlo, sería lo más pro bable que esto se debiese a que, justamente, ya estamos produciéndolas de la misma manera que los capitalistas.

 

El valor es i ncompatible c on la auto determinación; es m ás, con ninguna forma de deter minación consciente. El valor es el dominio del tiempo de trabajo necesario, del más corto tiempo necesario para producir una mercancía. Nadie c ontrola el valor, los capitalistas son capitalistas no porque controlan el valor, sino porque están a su servicio.

 

 

28   Sobre la relación entre el Estado y el valor véase el debate sobre la deri-vación del Estado, en especial, Holloway y Picciotto (1978).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

¿Cómo podemos resistir el dominio de la mercancía barata y todo lo que trae co nsigo, espe cialmente cuan do la luch a por sobrevivir configura las vidas de tantos seres hum anos e n el mundo? La respuesta tradicional plantea que la única forma es un sistema de producción planificado, el cual sería aún más eficiente que el capitalismo y respondería a las verdaderas necesidades del pueblo. El a nálisis socialista tradicional contras ta l a an arquía del mercado con la racionalidad de la planificación centralizada, pero en la práctica ésta nunc a ha sido racional ni ce ntralizada y de ningún modo ha sido un ejemplo de autodeterminación29.

 

Desde la perspectiva de nuestra multiplicidad de grietas en el capitalismo, ¿qué posibilidad tenemos de pensar en un sistema de planeamiento? Sin embargo, el valor se aprovecha de la fragmen-tación: ése es un v erdadero problema. Si n o hay pla neamiento central, entonces, ¿cómo coordinamos nuestros diferentes proce-sos de creación o producción sino mediante el mercado? Y si pro-ducimos para el mercado, ¿qué nos diferencia de c ualquier otra empresa capitalista?

 

Cualquiera que sea la grieta, cualquiera que sea la forma de lucha p or r omper con el c apitalismo, el valor la s sitia, no sólo como una fuerza externa sino mediante la fue rza corrosiva, des-tructora del dinero. El dinero encarna la racionalidad del capita-lismo que se levanta contra lo absurdo de la rebelión. Bajo el capi-talismo es el movi miento de l valo r lo que determina qué deb e hacerse y cómo debe hacerse: ningún ser humano, ni siquiera la clase capitalista, toma esas determinaciones.

 

El valor ataca como una fuerza que opera a nuestras espaldas, como el poder si lencioso del diner o, introduciendo mercancías baratas, seduciendo a los seres humanos con la esperanza de esca-

 

 

 

29   No ha sido racional porque siempre ha sido p laneamiento estatal. Y no puede ser central debido a que, incluso en unidades territoriales tan grandes como la ex U nión Soviética o l a República Popular China, siguen siendo frag-mentos de la sociedad mundial. Ninguno de estos dos grandes países pudo resis-tir e l asalto del valor: e n ambos cas os, el valor ha e mergido triunfante. En el colapso de la Unión Soviética por un lado, en el caso de la mercantilización de la sociedad china por el otro. En el caso de Cuba el valor y su encarnación, el dinero h a si tiado a l a i sla en f orma aún más efe ctiva que e l bl oqueo de lo s Estados Unidos. La idea del planeamiento estatal como un a alternativa a la ley del valor está basada en la idea totalmente falaz de que el Estado es universal, que cada Estado encierra a su sociedad. Ahora está más claro que nunca que no es así, pero, de hecho, nunca lo fue.

 

 

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par de la pobreza. Como mercado, se levanta ante nosotros como un límite palpable a lo que podemos hacer.

 

Las fábricas ocupadas, como las más de cien ocupadas en la Argentina en los últimos años, inmediatamente enfrentan la cues-tión de su relación con el mercado. En general, las fábricas ocu-padas –o recu peradas– se enfrentaban con el cierre antes de la ocupación. El motivo del cierre era la incapacidad de sus propie-tarios de vender sus productos en el mercado. Cuando los traba-jadores toman una fábrica, se encuentran con el dilema de tener que producir las mismas mercancías para vender en el mercado: esa es la única forma en la que pueden asegurar su supervivencia física. Posiblemente, se puede generar diferentes relaciones labo-rales en la fábri ca o lugar de trabajo, su primir las jerarquías o introducir la rotac ión de tareas; puede ser posible usar el lugar después de las horas de trabajo para reuniones políticas o activida-des culturales. Pero todos esos cambios –aunque indudablemente importantes– t ienen lugar dentro del contexto de las pre siones generadas por la necesidad de vender los productos como mer-cancías en el mercado. Se podría, quizá, cambiar la naturaleza de las mercancías producidas, fabricar productos que tengan objeti-vos sociales más beneficiosos, pero esto dependerá de la habilidad de los obreros y del equipamiento a su disposición y, en todo caso, todo pr oducto alternativo no rmalmente requ erirá ser v endido como mercancía en el mercado.

 

La acción del valor puede ser muy sutil y gradual. Combatirla es mucho más difícil que arrojar piedras a la policía. Muchos gru-pos radicales han considerado la producción cooperativa para el mercado como alternativa al trabajo para una empresa capitalista o al aceptar fondos del Estado. Es una alternativa, pero ¿en qué momento el mercado logrará imponerse para crear el mismo tipo de p resiones que e xiste en cualquier em presa capitalista? ¿H ay alguna manera de evadirse?

 

No es sólo el mercado en general, sino también el mercado laboral en particular, que parece tenernos firmemente atrapados. Todo individuo o grupo que dice no al empleo capitalista y decide dedicarse a a lguna a ctividad qu e cons idera más s ignificativa, enfrenta condiciones similares. Si no vendemos nuestra fuerza de trabajo, ¿cómo sobrevivimos? En algunos países puede ser posible lograrlo aprovechando los s istemas estatales de as istencia social, pero éste no es el caso de la mayoría de ellos y significa, en el mejor de los casos, aceptar una vida de pobreza y de vigilancia. Muchos de

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

los habitantes de las grietas más visibles, al menos en las ciudades, sobreviven g racias a al guna combinación de trabajos eve ntuales, beneficios estatales y subsidios de los padres. Pero todas estos con-dicionantes, sin duda, imponen límites a la capacidad de desarro-llar nuestro poder para hacer cosas en forma diferente.

Hay formas a través de las que se puede hacer frente a algu-nos de estos problemas. La más obvia es buscar alguna fuente de financiación, ya sea del Esta do o de algún tipo de fundación no estatal. Por ejemplo, muchos grupos radicales en América Latina reciben algún apoyo de funda ciones relacionadas con la Iglesia católica u otras. Está claro que cualquier contribución de este tipo conlleva riesgos, en el sentido de que probablemente, de modo directo o indirecto, impondrán limitaciones sobre las actividades de los grupos receptores, o crearán determinadas relaciones socia-les –por ejemplo, entre los que tienen la habilidad necesaria para recaudar fondos y los otros–, en el interior de los grupos30. Una forma más tr adicional, quizá superficia lmente m ás ra dical, de financiar las actividades anticapitalistas es mediante secuestros y asaltos a bancos. Sin embargo, aunque ese dinero, por lo general, llega libre de condiciones, la verdadera recaudación de fondos en sí misma es probable que genere p autas de conducta y organiza-ción tendentes a reproducir el capitalismo contra el que estamos luchando. Lo importante es ver que aquí no hay pureza. Para crear un mundo diferente necesitamos sobrevivir físicamente y, a menos que cultivemos la tierra para pro veernos de nuestros propios ali-mentos –una po sibilidad rea l dentro de grupo s revoluc ionarios campesinos, pero difícil en las ciudades–, esto requiere algún tipo de acceso al dinero. Y el dinero, ya sea que provenga de financiación externa, o de las expropiaciones, o de algún tipo de empleo, siem-pre trae consigo limitaciones y contradicciones. Siempre el desafío es ver hasta qué medida podemos usar el dinero sin ser usado por él, sin permitir que nuestras actividades y relaciones sean determi-nadas por él.

 

El financiamiento puede ser visto como una forma particular de construir o crear estructuras de apoyo mutuo. Una forma más directa de hacerlo es construir vínculos de asistencia mutua entre las diferentes grietas. El grupo italiano “¡Ya basta!” organiza inicia-tivas d e apoyo financiero y pr áctico para instalar un g enerador

 

 

30   Sobre los problemas que surgen a partir de recibir fondos de fundacio-nes no estatales véase INCITE! (2007).

 

 

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eléctrico en una comunidad zapatista. Los trabajadores de Zanón, la fábrica recuperada más grande de la Patagonia argentina, com-pran sus materiales a las cooperativas mapuches en Chile y de esta forma le dan su apoyo al movimiento mapuche (véase A izicson, 2009). Las in terconexiones en tre l as re beliones en el mun do toman la forma de redes informales y en constante cambio31, a menudo suministrando un importante apoyo práctico.

 

Los vínculos son muchas veces contradictorios. Si el apoyo es unidireccional puede dar por resultado una pérdida de autode-terminación para el grupo apoyado, aunque no es necesariamen-te así. Más en general, la solidaridad puede significar dilución. Si se la entiende como apoyo a la lucha de otros, es probab le que contenga la lucha dentro de ciertos límites. Sólo si se la entiende como parte de nuestra lucha es que pued e haber una verdade ra unión de grietas32.

 

La construcción de vínculos de apoyo mutuo entre las diferen-tes grietas en la dominación capitalista, a veces, es considerada en términos de la estructuración de una economía alternativa o de una economía solidaria. Esto hace referencia a una economía que no esté dominada por el valor o la búsqueda de ganancias. Éste es un desarrollo importante, pero aun así también nos encontramos con problemas. En primer lugar, la noción de una economía alternativa ya parece imponer una definición sobre la organización de las acti-vidades. Si digo “No, no se guiré la lógica de l capital, haré ot ra cosa”, entonces, no considero que mi otro-hacer sea algo económi-co, sino, más bien, un evasión de lo económico. Además, la noción de una economía alternativa o una economía solidaria puede fácil-mente oscurecer el hecho de que nuestro otro-hacer es un acto de rebelión, un ir en-contra-y-más allá. Si esta contrariedad se pasa por alto, la economía alternativa puede, sencillamente, convertirse en un complemento de la producción capitalista. Si éste fuese el caso, entonces, lejos de constituir una g rieta en las relacio nes sociales

 

 

31   Acontecimientos como las demostraciones co ntracumbre y l os foro s sociales mundiales o regionales juegan un papel importante en la formación de redes de apoyo.

 

32   De Angelis (2000: 17) escribe: “más que el viejo paradigma de la solidari-dad, una mejor descripción de la forma en que diferentes grupos y movimientos tienden a entrar en relación entre sí, es la que proporciona una aborigen cuan-do dijo a quienes llegaron a su pueblo a ofrecer solidaridad: si vinieron aquí para ayudarme, están perdiendo su tiempo, pero si han ve nido porque su liberación está íntimamente relacionada con la mía, entonces, trabajemos juntos”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

capitalistas, estaría ayudando a sustentarlas (véase Mance, 2007). Lo que queremos es una conexión social basada en la confianza, la s olidaridad, la gen erosidad, el regalo, en lug ar de la s íntesis social del v alor, pero, por e l momento, esto sólo puede e xistir como un ataque al valor, no como un complemento a la p roduc-ción del valor.

 

El valor es el en emigo, pero un enemigo invisible, la mano invisible que mantiene unido al capitalismo y rompe el mundo en pedazos. El valor crea un campo poderoso y complejo de tensión alrededor de todos nuestros intentos de ruptura con el capitalis-mo, en el que es difícil trazar claras líneas entre lo revolucionario y lo reformista. Más allá del Esta do, más allá de n uestras contradic-ciones personales, el valor, el poder del mercado, de la mercancía barata, del dinero, es lo que amenaza todo el tiempo con aplastar nuestras grietas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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de la imposibilidad, pero existen. Existen en movimiento: la dignidad es una danza ligera

 

<tesis 10>

 

 

 

 

 

Por un lad o, el i mpulso par a r omper l a ló gica del capital, el esfuerzo p or cr ear mo mentos y espacios de rech azo-y-creación, dignidades. Por el otro lado, la enorme fuerza cohesiva del capi-tal, la gran succión que nos retrotrae a la conformidad, que reab-sorbe nuestros esfuerzos por escaparnos, que nos dice una y otra vez: “corre si quieres, ésta es una sociedad libre, pero no hay esca-pe, no hay huída, no hay evasión”.

 

Un choque real y constante. Nos arrojamos una y otra vez con-tra las paredes que avanzan y nos herimos. Gritamos hasta que el hielo se rompe y luego contemplamos mientras el hielo se conge-la de nuevo. Nuestras grietas existen, pero existen al borde de la imposibilidad. E l desen canto y la desilusión nunc a están lejo s: están gr abados e n el in tento por crear otro m undo1. Esto no debería s orprendernos, pue s o bjetivamente, ahí es do nde esta - mos, siempre empujando los límites, siempre tratando de hacer lo imposible, siempre tr atando de ro mper la lógic a del sistem a, siempre con algún temor de que quizá tengan razón, quizá este-mos l ocos. P asamos a ños c onstruyendo un espac io alte rnativo, luego nos damos cuenta de que no es tan alternativo, de que las otras r elaciones soci ales que estam os construyendo no so n tan otras, después de todo. Gastamos todas nuestras energías en rom-per la lógica del capital, luego, años después, miramos a nuestro alrededor y nos preguntamos ¿dónde está la ruptura? Este cami-nar al borde del desencanto es lo que significa la dignidad en una sociedad basada en su negación.

 

La lógica del capital, la g ran fuerza de structiva de la síntesis social, nos dice que no hay espacio para la dignidad en una socie-dad basada en la negación de la dignidad. Todo debe encajarse o

 

 

1     Para una reflexión bastante diferente sobre las dificultades del movimien-to en la actualidad véase Colectivo Situaciones (2009).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

adecuarse y eso es, justamente, lo genial del dinero, es una forma tan flexible de adecuar las cosas que todo tipo de actividades pue-den ser sometidas a su dominio.

 

Y, sin embargo, no es así. El mundo está lleno de inadecuacio-nes, de personas que dicen: no nos adecuamos y no nos adecua-remos jamás. Hemos v isto la enorme fuerza cohesiva del capital, cómo median te el Estado, a través de nuestras prác ticas, sobre todo del dinero, nos arrastra o nos retrotrae, o nos arrastra hacia atrás, h acia su lóg ica. Halla un c amino de e mpalmar nue stras rebeliones en el rom pecabezas implacable del sistema. Y, sin embargo, ahí están, en todos lados, esos pedazos q ue no se ade-cuan, que no encajan. Una y otra vez la lógica nos dice que nues-tras rebeliones son inútiles y que debemos someternos; sin embar-go, ahí estamos, en mil sitio s. Estas locuras que empujan a un mundo diferente, esta s dig nidades que no e sperarán hasta des - pués de la revolución.

 

Ahí están, así es y así debe ser. Así debe ser porque no es sólo una lógica de capital sino, también, una antilógica de la humani-dad, del rechazo, del movimiento dentro, en-contra-y-más-allá del capital. La rebelión es inseparable de la obediencia, como la ina-decuación lo es de la adecuación.

 

Empezamos desde el impulso de rabia, de esperanza y de crea-tividad. Tratamos de romper las restricciones de la soc iedad que nos opr ime, de desbordar l a dom inación que nos sofo ca, para crear algo más. No es un a cuestión de pureza, pues toda g rieta reproducirá lo agrietado en su interior. Es una cuestión, de movi-miento, de dirección. El movimiento es lo que import a, la posibilida d de las grietas está en su movimiento.

 

Pensemos en las fábricas ocupadas, o cooperativas, por eje m-plo. Aisladamente, la toma de una fábrica o su gestión bajo con-trol obrero tiene una importancia limitada. Todas las presiones del mer cado ten derán a imponer restricciones que limiten el alcance de los objetivos de lo s trabajadores para alterar radi cal-mente la n aturaleza de su a ctividad en la fábrica o empresa. Es sólo como parte de un movimiento de lucha que la ocupación de la fábrica se vuelve importante, porque entonces se hace posible abrir nuevas formas de relaciones con los usuarios de los produc-tos. De este modo, el tra bajo no es para un mercad o anónimo, sino que está orientado a la satisfacción de determinadas necesi-dades sociales. La ocupación obrera de la fábrica no crea un espa-cio no capitalista estable, pero puede ser una parte importante de

 

 

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un movimiento en contra del capital y en contra de la imposición de la disciplina social capitalista. Lo importante es comprender esta intensidad presente –la ocupación de la fábrica–, como un presente en movimiento y abierto, no como un instante cerrado y aislado. Los obreros toman el control de la fábrica: eso es impor-tante con independencia de lo que suceda después. Pero, si toda una serie de ocupaciones de fábrica tiene lugar, entonces, la expe-riencia adquiere una nueva dimensión. Prendemos una vela, es o da luz y calor, pero si vuela una chispa y se prende fuego todo un bosque, entonces, la llama adquiere un sig nificado dife rente. Cuando me rehúso a ir a trabajar y voy a sentarme en el parque a leer un libro, esto es un placer que no requiere justificación, pero, si todos los demás deciden hacer lo mismo, entonces, el capitalis-mo colapsará.

 

La v alidez de la ruptura no de pende del futuro, pero si es parte de u n m ovimiento redi mensiona su tras cendenci a. Arrojamos una piedra a la c apa de hi elo que cub re el lag o de l a posibilidad. La piedra hace un agujero en el h ielo, pero el hie lo es grueso, el día está frío y pronto se vuelve a congelar. Quedamos con la memoria inspiradora de algo hermoso, hemos vislumbrado un futuro posible. Arrojamos otra piedra, y esta vez no sólo hace-mos un agujero sino que las gr ietas se disparan e n difere ntes direcciones, algun as de el las j untándose con las grieta s que se irradian hacia el exterior desde otro agujero hecho por una pie-dra que arrojó alguien más. Para que el hielo se rompa por com-pleto, ésta es la única forma en que puede suceder: por la mucha gente qu e arroja piedr as y po r la difusión de las grie tas que, a veces, se juntan.

 

La rebelión g enera o ndas de c hoque, on das expansivas de antagonismo. Las grietas resultantes nunca son rectas y su m ovi-miento raramente es pre decible. Corren a lo largo de líneas de fallas más o m enos invisibles, debilidades en la e structura de l hielo. Existe algo en la forma en cual la sociedad está organizada que genera ciertas líneas de debilidades o de fragilidades en par-ticular. El sometimiento de nuestra acti vidad cotidiana al domi-nio de l di nero –c apital–, sig nifica que hay una frustración qu e corre a través de nuestras vidas cotidianas, un antagonismo que toma muchas y diferentes formas, y exi ste como una m ultiplici-dad de líneas de fallas interconectadas. Ésta es la red de las líneas de fallas que queremos tocar, las grietas actuales y las potenciales que queremos abrir.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Observemos una grieta en la pared. En un extremo es v isible con toda claridad, en el otro extremo es tan delgado tan pequeño que debemos esforzar nuestros ojos para ver dónde termina.Pero la grieta se extiende y se ensancha a lo largo de esa delgada línea que apenas podemos ver. Si nos concentramos sólo en el extremo que es claramente visible, entonces, no comprendemos nada acerca del potencial de la grieta, acerca de cómo se podría extender. Hay una línea de continuidad entre lo obvio y lo escasamente visible. Las líneas de continuidad son las líneas del movimiento potencial y de posibles confluencias. El extremo obvio de la grieta es el levantamiento zapa-tista o las grandes manifestaciones contra las reuniones cumbre. El extremo delgado es la mujer que se sienta a la mesa de su cocina leyendo con entusiasmo sobre las últimas manifestaciones antiimpe-rialistas, o la muchacha que, en lugar de ir a trabajar, se sienta enel parque a leer un libro, sencillamente por placer. Estas finas fisuras, ¿tienen el potencial para devenir grandes grietas? No lo sabemos, no lo podemos saber por adelantado. La mujer leyendo en la mesa de su cocina puede salir y unirse a la próxima manifestación o puede no hacerlo. La muchacha que está leyendo su libro en el p arque puede llegar a la conc lusión de que hay algo fundamentalmente malo en una sociedad que no tiene el placer como su principio, o puede no llegar a esa conclusión. Pero éstas son las líneas de conti-nuidad de las que depende el futuro del mundo. Aquí es donde se libra la guerra. El capital es un proceso constante de bloqueo de estas continuidades, de dividir a los seres humanos en bloques, de decir-le a la mujer que está en la mesa en la cocina que su frustración no tiene nada que ver con la ira de losmanifestantes contra el G-8. Y en este pr oceso, la izquierda, con sus definiciones y clasificaciones, juega con frecuencia un papel activo.

 

¿No hay un problema aquí? ¿No tenemos también acaso que establecer diferencias, líneas de división? El libro comenzó con el grito angustiado de: ¿qué po demos hacer? ¿Qué podem os hacer para cambiar el mundo? ¿Es la re spuesta “ve y si éntate en el par-que”, o “ únete a un coro” o “vete a un paseo en las montañas”? No. La r espuesta es m ás bien: rebelarse en todas l as formas que podamos. Pero lo que m ás impo rta no es sólo el g rito de odio revolucionario en contra del capitalismo, sino las formas que tra-tamos de desarrollar en nuestra práctica cotidiana actividades que no se adapten a la succión cohesiva de la actividad capitalista.

No obstante, ¿cómo sabemos si nuestra actividad es una ina - decuación o si, simplemente, complementa el desarrollo del capi-

 

 

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Las grietas existen al borde de la imposibilidad

 

 

 

talismo? Lo terrible es que no lo sabemos. Lo analizamos y lo pen-samos, pero no podemos saberlo con seguridad. Más aún, nuestra evaluación de lo que rompe y lo que complementa el capitalismo va cambiando todo e l tie mpo. En el siglo pasado, mi les, quizá millones, de personas dieron su vida por la lucha para romper la lógica del capital y crear una sociedad diferente. Y ahora conside-ramos l os r esultados: la U nión So viética, la R epública Po pular China, etcétera, y sospechamos que esas luchas hicieron más por fortalecer el capitalismo que por dañarlo. A ve ces, parece que el capitalismo es i nfinitamente fle xible, ete rnamente absorbente y que reabsorberá toda r ebelión. M ira 1968, no s dicen: toda esa rabia, tod a esa cre atividad c reó, sim plemente, la base para u n nuevo estilo de capitalismo2. Mira todos esos grupos autónomos que comienzan como rebeliones en contra del capitalismo y que, luego, con la ayuda de algunos pocos subsidios amables y un poco de asesoramiento y formación profesional, terminan como orga-nizaciones no gubernamentales, elementos claves para la g ober-nabilidad del neoliberalismo (véase Böh m, Dine rstein y Spicer, 2010; B irkner, 20 07; Bir kner y Foltin, 2006 ). Mira toda s e sas revueltas contra el rígido control de la puntualidad de la jornada laboral y cómo el capital las ha absorbido, simplemente flexibili-zando la jornada laboral y extendiéndola al conjunto de los seres humanos. No seas tan ingenuo, dicen, no hay evasión posible.

 

Pero no, no es a sí. No es así , en pr imer lugar porque la vali-dez y la necesidad de nuestra rebelión no dependen de su futuro. El acontecimiento que conocemos como 1968 liberó una alegría

y     creatividad que no necesitaron ninguna justificación con refe-rencia a sus resultados finales. En segundo lugar, no es así porque no es cierto que el capitalismo sea infinitamente flexible. Es una forma particular de organizar nuestras interrelaciones sociales y nuestra actividad. Y muchos de lo s ejemplos que ya hemo s visto sugieren que se está volviendo más rígi do y m enos to lerante, menos cap az d e abso rber l a reb elión. La inadec uación, el n o caber, se está convirtiendo cada vez más en una parte central de nuestra existencia cotidiana. Aunque es difícil decir con certeza si una acc ión en pa rticular r ompe c on el capital, sí te nemos una clara imagen de lo que rechazamos, de las acciones y fo rmas de conducta que contribuyen de forma evidente a la re producción

 

 

2     Sobre e l i mpacto de 1 968 en e l des arrollo capitalista véa se Boltanski y Chiapello (2007).

 

 

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del cap ital: el trata miento d e las personas co mo medio s para generar ganancias, el tratamiento de los individuos como objetos y no como sujetos, como si fueran medios para un fin y no fines en sí mismos. Nuestras dignidades son siempre un mo viéndose-en-contra, un explora ndo-más-allá, en lo que arri esgamos nues - tras vidas para romper con lo que rechazamos con certidumbre y crear algo a lo que a spiramos con incertidumbre. La incertidum-bre de nuestra creación no es motivo para abandonarla, pues está basada en la certidumbre de nuestro rechazo.

 

En tercer lugar, no es así porque incluso si el capital pudiera absorber la may oría de l as cosas con el tie mpo, eso no importa, porque para entonces ya no s habremos movido hacia adelante. Nosotros guiamos la danza, y el capital nos sigue. La dignidad es una danza ligera y cuanto más li gera es, más difícil l e resulta al capital seguirla. La identidad es la identificación constante de la no identidad, pero la no identidad siempre sigue estando un paso adelante. L a dignidad es u n b rincar, un deslizarse, un b ailar, nunca un marchar. Y eso par a el ca pital es difícil de seg uir y de absorber.

 

No n ecesitamos líneas dur as, entonces, porque las líneas duras y las divisiones tajantes entorpecen la danza de la dignidad. Hay una diferencia evidente e ntre un gran le vantamiento popu-lar y la muchacha que está sentada en un banco del parque leyen-do su libro; en un caso, es una rebelión declarada en forma abier-ta y pública; en el otro, es un momento de placer completamente privado y despolitizado. Pero, si limitamos nuestra mirada sólo a lo que es público y abierto, entonces, estaremos haciendo justamen-te eso: limitando nuestra propia visión y, con ello, el impacto de nuestras dignidades. Estaremos, de hecho, reproduciendo la dife-renciación capitalista entre lo público y lo pri vado, mientras que nuestro objetivo es superar esa división. Quizá querríamos que la muchacha en el parque se rebelase y luchase junto con otros por un mundo en el que todos podamos pasar mucho más tiempo en el parque leyendo nuestros libros o haciendo lo que quisiéramos, pero, si no s omos ca paces d e r econocer y re spetar el po tencial presente de esa lucha en la simple lectura del libro por la mucha-cha, entonces, es tamos cer rando nuestros ojos al movimie nto potencial de nuestra grieta y encerrándonos en un gueto.

 

Éste es el peligro de la militancia o el activismo. Los grandes despliegues pú blicos de rebelión o de dig nidad –co mo en Gleneagles (Escocia), Heiligendamm (Alemania), y otros– son, por

 

 

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supuesto, el resultado de la entrega de una militancia o del activis-mo, el resultado de la ac tividad de mucha gente que dedica gran parte de sus vidas a organizar acciones anticapitalistas. La mayoría de ellos no son revolucionarios profesionales al viejo estilo, pero son personas que hacen de la organización de las luchas en contra del cap ital un a a lta pr ioridad en sus vidas. Sin esa dedicación, muchas de estas grandes protestas no habrían tenido lugar3. Sin embargo, el peligro es que puede crearse un mundo autorreferen-cial de militancia y activismo. Esto puede tomar una forma obvia que se institucionaliza en la conformación de un partido o alguna otra organización permanente, pero, aun d onde se r echaza este tipo de institucionalización, el peligro sigue en pie. La concentra-ción en los grandes despliegues públicos de dignidad puede fácil-mente conducir a una falta de sensibilidad o a una completa falta de respeto por los despliegues menos visibles de la rebelión. S i sucediera esto, nos encontraríamos en una situación de vanguar-dismo, por más fuerte que sea el compromiso antivanguardista de los militantes (véase Zadnikar, 2007; Leeds May Day Group, 2004; Holloway y Sergi, 2 007). E l mu ndo quedaría dividid o entre lo s que luchan por el cambio por un lado, y la gran masa de gente que debe ser convencida por el otro. Aquí no estamos discutien-do ni a tacando la i mportancia de lo que hacen l os activistas. Se trata más bien de “romper con la división entre activistas y no acti-vistas” (Trott, 2007: 231)4.

 

Podemos pensar la relación entre las rebeliones visibles y l as invisibles –o apenas visibles– de dos formas. En la primera, sólo hay que tomar en serio las rebeliones visibles, públicas. Más allá de ellas existe una barrera o brecha, tras la cual queda la g ran mayoría d el p ueblo. A esta mayoría h ay que l legar mediante l a enseñanza, la explicación, la conversación. La cuestión central es la conciencia y la falta de conciencia.

 

La otra forma de pensar es que no hay una brecha o barrera, sino líneas de continuidad que corren desde las grandes insubor-dinaciones hasta las peque ñas, aparentem ente insig nificantes insubordinaciones. La cuestión central no es la conciencia, sino la

 

 

3     Las grandes protestas son preparadas con frecuencia por activistas com-prometidos con una intensa planificación durante más de un año. Para conocer varios i nformes d e lo s e sfuerzos sobre la or ganización de la c ontracumbre de Gleneagles véase Harvie y otros (2007).

 

4     Véase también el documento escrito por Andrew X (1999), “Abandonar el activismo”, después de la manifestación del 18 de junio de 1999 en Londres.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

sensibilidad: la capacidad para rec onocer las insubordinaciones que no son obvias y la capacidad para palpar esas insubordinacio-nes. Por cierto, l a conciencia o entendimiento juega u n papel importante, pero la cuestión no puede pasar por traer la concien-cia desde afuera, sino por extraer lo que ya está presente en forma vaga, de traer y poner diferentes experiencias en resonancia mutua. Esto nos lleva a una polít ica no de hablar, sino de escuchar, o de escuchar-y-hablar, una política de diálogo más que de monólogo.

 

Una política de escuchar difícilmente se pueda reconciliar con cualquier forma de institucionalización, ya sea un partido o no. Las instituciones tienden a tener reglas o prácticas quedefinen expecta-tivas y sintonizan a determinadas voces, pero no a otras. Las institu-ciones no son muy aptas para escuchar aun cuando lo intenten. Las líneas de antagonismo –la lucha de clases, si se quiere– se mueven más rápido que cualquier institución; y todo intento por institucio-nalizarlas o inmovilizarlas probablemente constituya un impedi - mento y una sordera p ara ese movimiento. Hay que hac er una importante diferenciación entre la institucionalización, que proyec-ta el presente hacia el futuro e impone definiciones y límites, y la organización, que tiene como su núcleo fundamental la coordina-ción abierta y efectiva del hacer5. Es evidente que necesitamos for-mas de organización, pero lo importante es que las formas organiza-tivas permanezcan tan abiertas y tan receptivas como sea posible. La confluencia de nuestras dignidades es importante, pero quizá debe-ría ser pensada como una confluencia de resonancias, de intentos de jugar o tocar en el mismo tono: los músicos de jazz que se reúnen para divertirse sin un director, aprenden a unirse en la misma melo-día, cada uno con su estilo particular de desarrollar temas y variacio-nes, moviéndose juntos en una armonía discordante.

 

Podría pensarse que todo intento por escuchar, o compartir la experiencia de las pequeñas fisur as –por ejemp lo, la muc hacha leyendo su libro en el parque– signifique una pérdida de radicali-dad, una conversión de la revolución en algo blando y vacilante6. No e s así en abs oluto. Las r ebeliones pequeñas, subterráneas, pueden ser mucho más radicales en su pote ncial que la manifes-tación más ruidosa. La m uchacha que lee su libro en el parque

 

 

5     En forma similar, Zibechi (2006: 124 y ss.) diferencia entre movimiento como institución y movimiento como moverse. Sobre la cuestión de creación de redes como una forma de confluencia de los movimientos véase Juris (2008).

 

6     Para un enfoque muy diferente véase Žižek (2004).

 

 

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está diciendo en sil encio: “Vivam os par a el place r, n o para el dolor”, una consigna mucho más radical que las consignas de las masivas m anifestaciones antiyanq uis que tie nen lugar e n e se mismo momento en algún lugar del planeta. No se trata de una cuestión de grados de radicalidad, sino de c onmover sentimien-tos, de canalizar iras y sueños, de hallar resonancias.

Nuestras di gnidades so n dignidades en m ovimiento, grietas que se extienden7. Pero la extensión no es una cuestión de aumen-tar la afiliación o de inscribir más adherentes. Tampoco es princi-palmente una c uestión de predicar o ha blar, aunque esto puede jugar un papel. Es probable que sea más útil pensar en el contagio, la emulación y la resonancia. El movimiento por centros sociales se ha extendido básicamente en esta forma: no a través de los miem-bros de un centro social que van a otras ciudades para convencer a otras personas de organizar un nuevo centro social, sino mediante la gente que escuchando, habiendo visto u oído hablar del primer centro social, quedaron sensibilizados y decidieron organizar algo similar en su p ropio me dio (véase Free As sociation, 200 6; Hodkinson y Ch atterton, 2006). En este p roceso de contagio, el orador en el estrado está siendo complementado o reemplazado por el teatro callejero. Si la cuestión central no es tanto la de com-prender o explicar, sino la de tocar malestares que ya están ahí, entonces, el arte, el teatro y la música juegan una parte muy impor-tante. Y e s seguramente por eso que el eleme nto estético de las manifestaciones de rebelión ha llegado a jugar un papel tan impor-tante en los últimos años (véase Kastner y Spörr, 2008). El teatro, la poesía y el humor han sido un elemento clave en el impacto de los zapatistas y otros movimientos: no c omo instrumentos d el movi-miento, sino como un elemento central del movimiento mismo.

 

Las grietas en la dominación capitalista existen. Lógicamente, quizá, no existen y no pueden existir. Pero sí existen. Existen y, a menudo, poseen una energía y creatividad extraordinaria lleván-donos a n uevas dimensiones de perce pción y co mprensión8.

 

 

7     De este modo, los miembros de la Cooperativa Nuevo Horizonte de Guate-mala dicen: “que nazcan muchos horizontes a nivel nacional porque si no noso-tros seríamos como una gota de agua dulce en medio del océano, o sea, desapare-ceríamos”. Transcripción de un vídeo disponible en <http://intercontinentalcry.org/ nuevo-horizonte/> [consultado el 21/06/10].

 

8     Escribo est o l uego de l a e xperiencia de una semana extraordinaria e impresionante en el pueblo zapatista de Oventic intercambiando ideas con jóve-nes de la nueva generación de rebeldes.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Grietas e n e l pavimento: som os l a m aleza q ue se va abriendo camino. En un mundo frío somos el sol que brilla sobre el hielo, creando grietas que se pueden mover con una velocidad aterra-dora e impredecible. O no.

 

Las vi ejas certeza s r evolucionarias han desapa recido. Ya no podemos proclamar con confianza que nuestra victoria es inevita-ble. Aceptamos que se vive en un mundo de incertidumbre y con-fusión. Pero, ¿podemos hallar una forma de comprender nuestra incertidumbre y c onfusión? N o h ay certidumbre en la histo ria, pero ¿hay alguna forma en la que podamos entender la multipli-cación d e las gr ietas –o incluso e l he cho de q ue estamos aquí escribiendo/leyendo sobre las grietas– como parte de una pode - rosa corriente histórica o antihistórica? ¿Podemos comprender las grietas no sólo como series interminables de ataques a la síntesis social del capitalismo, sino como la crisis de esa síntesis?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parte IV.

 

El carácter dual del trabajo

 

Las grietas son la revuelta

de una forma de hacer contra otra:

la revuelta del hacer contra el trabajo

 

<tesis 11>

 

 

 

 

 

 

 

 

Centrar el foco e n las grietas nos ll eva de aq uí para a llá, de l a euforia a la d esesperación, de la dese speración a la e speranza y determinación, y así sucesivamente. Las rupturas c hocan con la síntesis social y son absorbidas o reprimidas. N os enfurec emos contra la máquina, pero queremos más que eso: queremos rom-perla y queremos crear otra cosa.

 

La tradición d el marxismo ortod oxo nos dice que la única manera de avanzar es rompi endo el sistema de conjunto, toma r el poder estatal, desm antelar el p oder del capitalismo y con s-truir e l s ocialismo. Pero eso no funciona, no ha func ionado. Nuestra única opción es pelear desde lo particular, pero entonces chocamos contra la fuerza de la totalidad. Sería estupendo olvidar la fuerza de la tot alidad, pero está allí, la fuerza real, aplastante, de la síntesis social.

 

Nos balanceamos entr e la de sesperación y la es peranza, d e aquí para allá, ida y vuelta. ¿Estamos locos para rebelarnos o exis-te alguna v erdadera fuerza en nuestra a ctividad en co ntra del capitalismo? ¿ Somos tr ágicos q uijotes fuera de contacto con la realidad histórica, o somos las primeras golondrinas de una pró-xima primavera?

 

Y los buscadores del paso erguido en cada momento determina-do l o ar rastran consigo en e l sentido admonitorio de q ue nos habla Ludw ig B örne en s us Fragmentos y a forismos: “Antes de ponerse en camino una época, envía por delante hombres capa-ces y dignos de co nfianza para que deslinden e l nu evo asent a-miento. Si s e dejara en lib ertad a e stos ex ploradores, si se les siguiera y o bedeciera, pronto se sabría cuál es e l objetivo de la época. Pero esto es lo que no se hace, sino que se les llama agita-dores, corruptores, ex altados y s e les retie ne por la fu erza” (Bloch, 1980, III: 492).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Pero ¿ cómo s abemos nosotros, presuntos h eraldos de una nueva era, que no somos locos alborotadores? Quizá ellos tengan razón. Quizá los libros como éste sean un verdadero disparate, o peor que eso, hasta puedan ser perjudiciales.

 

Éste e s un di lema práctico y urg ente. L as gr ietas ex isten. Muchas, muchas personas están dedicando su vida a r omper las reglas, a tratar de vivir de una forma que no se adecua a las pautas de las relaciones sociales capitalistas. ¿Qué les decimos? ¿Les adver-timos que no irán muy lejos porque tarde o temprano prevalecerá el sistema, y que el único fu turo es conformarse o luchar por el derrocamiento del sistema capitalista de conjunto? ¿O les decimos que sigan empujando, haciendo las grietas tan grandes como sea posible, porque las grietas son la crisis del sistema, la única forma en que el sistema pueda ser derribado? Una pregunta escalofrian-te, porque hay gente que se es tá jugando la vida en su res puesta. Golpear nuestra cabeza contra la realidad puede ser doloroso.

Para tr atar de h allar una manera de avan zar, volvemos a lo que ya hemos subrayado como el corazón de la grieta: “una grie-ta es la creación perfectamente común de un espacio o momento en el que afirmamos un tipo diferente de hacer” (véase la tesis 5, supra). Partimos de dos tipos antagónicos de hacer: el que recha-zamos y el que tratamos de crear. Las grietas son rebeliones de un tipo de hacer contra otro tipo de hacer.

 

“No haremos lo que exige el capital, haremos lo que conside-ramos necesario o deseable”. Esa es la esencia de una grieta en la dominación capitalista. “No haremos A, haremos B”. Sin emb ar-go, no es as í: esta formulación es equivocada por co mpleto. La primera opción (A, lo que exige el capital) es fundamentalmente diferente de la s egunda opción (B, lo que consideramos necesa-rio o deseable). Hacer en el primer caso (hacer lo que exige el capital) es diferente en abs oluto del hacer en el se gundo caso (hacer l o que consideram os necesario o dese able). H acer alg o sobre lo que no tenemos ningún control es una experiencia por completo diferente de la de hacer algo que sí hemos elegido.

 

En realidad, necesitamos dos palabras diferentes para las do s formas de hacer. En inglés existe el término labour para indicar un hacer que es desagradable o sometido a la compulsión o determi-nación exterior1. Es más difícil hallar una palabra adecuada para

 

 

1     Engels agregó una aguda observación como nota al pie de El capital: “La lengua inglesa tiene la ventaja de poseer dos palabras distintas para esos dos dife-

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

la actividad que está autodeterminada o, al menos, tiende hacia la autodeterminación, así que retendremos el hacer como un térmi-no general para indicar una actividad que no está necesariamen-te sometida a una determinación ajena, una actividad que está en potencia autodeterminándose2.

 

La esencia de nuestra grieta puede ser reformulada: “no traba-jaremos bajo la autoridad del capital, haremos lo que consideramos necesario o deseable”. La grieta es la rebelión del hacer en contra del trabajo.

 

La rebelión del hacer en cont ra del trabajo es la rebelión de una forma de actividad que elegimos, contra otra forma de activi-dad que rechazamos. Rechazamos el trabajo porque es desagrada-ble hacer algo como resultado de una obligación externa y también porque podemos ver que es el trabajo el que crea al capital, o sea, que crea un mundo de injusticia que está destruyendo la humani-dad. El hacer que elegimos es más agradable en virtud del hecho de que nosotros elegimos llevarlo a cabo, y es también un intento de dejar de crear el capitalismo y crear un mundo diferente.

 

 

rentes aspectos del trabajo. El trabajo que crea valores de uso y que está determi-nado cualitativamente se denomina work, por oposición a labour que es el que crea valor y al que sólo se mide cuantitativamente, labour por oposición a work” (Marx, 1983: 58). Para subrayar esta diferenciación con mayor solidez, prefiero utilizar hacer en lugar de trabajar [work] que todavía nos tran smite parte de l a desagradable resonancia de trabajar [labour].

 

2     Chris Arthur (1986) dedica una sección muy útil del primer capítulo de su Dialectics of Labour a una reseña del uso del concepto labour por el joven Marx y concluye que, “en textos como los Manuscritos de 1844 y La ideología alemana Marx [1845] restringe el término a la actividad productiva llevada a c abo bajo el dominio de la propiedad privada. No es el término que usa cuando desea tematizar esa acti-

 

vidad q ue es el fu ndamento o ntológico universal de la v ida social”. Todavía menos lo aplica a la futura libre actividad no alienada. Y cita a Marx (2004: 125): “La relación de la propiedad privada contiene latente en sí […]. La producción de la actividad humana como trabajo, es decir, como una actividad totalmente ajena al hombre y a la naturaleza”. Arthur señala que, en la época en que Marx escribió El capital estaba usando el término alemán Arbeit (trabajo) en un senti-do más general. Sin embargo, es evidente que lo que Marx entonces llamaba la “naturaleza bifacética del trabajo” siguió sie ndo su pre ocupación central, y de esta form a, lo que est aba en cues tión era mucho más que un a contradicción entre la productividad y la producción de valor, como luego algunos afirmarían.

 

Véase e n es pecial el h ermoso capí tulo V del prime r tomo de El capital sobre “Proceso de trabajo y proceso de valorización” , y tambi én la s ección de

 

“Resultados del proceso inmediato de la producción” sobre la “Producción capi-talista como producción de plusvalía” (1990: 3 y ss.).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

La historia de las grietas es la historia de un hacer que no cabe dentro un mundo dominado por el trabajo. Las grietas son inade-cuaciones, haceres inapropiados. Decir que las grietas son rebelio-nes t otalmente c omunes es expresar q ue el inadecuado no es alguien o a lgo que es margina l, sino que está en el mismo cen - tro de l a sociedad. La inadecuación es una parte centra l de la experiencia cotidiana. Part imos desde ahí porque es est e fraca-so o rechazo a adecuarse a u na socieda d opresiva lo que sie nta las bases de la esperanza en que podemos cambiarla. Si vemos a través de l os ojos de la dominación o pa rtimos del análisis del capital, estas inadecuaciones sencillamente no existen. Poner las grietas en el centro nos da un punto de vista diferente: partimos de lo que no se adecua, que no cabe, de aquello que desborda, de lo que no está contenido, d e lo que existe no sólo d entro, sino también en-contra-y-más-allá. No part imos de la quietud de la identidad, s ino d el m ovimiento d e la no i dentidad, o mejor dicho, de la anti identidad. Comenzamos di alécticamente, pero no de una dialéctica comprendid a como interacción, sino más bien como la inquietud negativa de lo que no cabe, de la insuf i-ciencia3.

 

El pivote o punto de apoyo central es nuestro hacer: la crea-ción humana. Una forma del hacer, el trabajo, crea el capital, la base de la s ociedad que nos está destruyendo. Otra forma del hacer, la que de modo simple llamamos hacer, presiona contra la creación de capital y hacia la creación de una sociedad diferente. En ambos casos nuestro hacer está en el centro. Al focalizarnos en nuestro h acer ponemos nue stra pr opia fue rza en e l cen tro d e nuestra comprensión de la sociedad: nuestro poder-hacer (y, en consecuencia, nuestro pod er de n o hacer, y n uestro poder de hacer en form a diferen te). Co ncentrándonos en e l hace r, tam-bién afirmamos de m odo evidente que lo que este lib ro discute, no es el objetivo de lograr más democracia, sino una reorganización radical de nuestra actividad cotidiana, sin la c ual, el reclamo de más democracia no significa absolutamente nada4.

 

 

3     Adorno (1986: 13): “El nombre de dialéctica comienza diciendo sólo que los objetos son más que su concepto […]. La contradicción […] es índice de lo que hay de falso en la identidad, en la adecuación de lo concebido con el concepto”.

 

4     Algunos autores, como Hardt y Negri (2004), en especial, se deslizan de una crítica del capitalismo al énfasis de la lucha por la democracia, pero la democracia significa muy poco si nuestras vidas las dedicamos a la producción del capital.

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

El dilema insoluble de nuestras grietas, el ir y venir entre la esperanza y la desesperación, n o está compue sto por fuerzas externas, sino que tiene que ver con la orga nización de nuestra propia práctica. Creamos la sociedad de la que queremos liberar-nos. Eso es terrible, pero también es la fuente de la esperanza. Si creamos el capitalismo, entonces también podemos dejar de crear-lo y hacer otra cosa en su lugar. La esperanza reside en el carácter dual, auto-antagónico del hacer humano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es el tejido social en el capitalismo

 

<tesis 12>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí acudimos a Mar x. Tenemos que hacerlo. Esto no e s una excusa, sino un reconocimiento de que algunos lectores –si es que los hubiera– pueden tener alguna reticencia en buscar ayuda en Marx. La actual ola de luc has en contra de la g lobalización capi-talista ha prestado relativamente poca atención a la teoría marxis-ta, y gran parte de los escritos dentro de la tradición marxista ha quedado divorciada del movimiento de lucha. En lo que he mos discutido hasta ahora he insistido en la importancia de partir de las luchas particulares, las grietas en la dominación capitalista, en lugar de partir de un análisis del capitalismo como un todo, como lo han hecho la mayoría de las obras de la tradición marxista. Esto no se debe a que rec hace el marxismo, sino, por el contrario, a que comprendo el marxismo como una crítica, un disolvente, un ácido que disuelve las rigideces sociales que nos enfrentan, el sis-tema aparentemente inconmovible contra el que seguimos cho-cando. En la actual etapa de la discusión, eso es justo lo que nece-sitamos: un ácido para di solver la dureza de la síntesis social que nos ahoga sin cesar. En las líneas que siguen, sugeriré que la clave del poder disolvente del marxismo es su análisis de la naturaleza dual del hacer.

 

En la crítica marxiana del capitalismo es central la “naturale-za bifacética del traba jo”. Al comienzo de la segunda sección del primer capítulo del tom o I de El capital, se lee muy cla ramente: “este punto, la naturaleza dual del trabajo contenido en las mer-cancías, es el eje en torno al cual gira la comprensión de la eco-nomía política” (Marx, 1983: 51). Luego de la publicación del pri-mer tomo, Mar x le escri be a En gels ( 1987: 19 1): “lo s m ejores puntos de mi libro son: 1) el doble carácter del trabajo según que sea expresado en valor de uso o en valor de cambio (toda la compren-sión de los hechos depende de esto, se subraya de inmediato en

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

el primer cap ítulo)”1. A pes ar de la fuer za y la relev ancia que Marx le dio a este punto, éste ha pasado casi desape rcibido en la tradición marxista, de modo que insistir sobre su importancia es, inevitablemente, proponer una relectura de sus obras.

 

Marx introduce la idea de la naturaleza dual del trabajo en su obra juvenil, los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Uno de los más famosos –e importantes– pasajes de sus escritos es la sección sobre el trabajo alienado. Para comprender la “interrelación esencial existente” (2004: 105) entre los fenómenos de la sociedad capitalista, Marx recurre al trabajo tal como existe en la sociedad capitalista, al que caracteriza como trabajo alienado (o enajenado). “El objeto que produce el trabajo, su producto, se enfrenta al trabajo como un ser ajeno, como una fuerza independiente del productor” ( ibíd.: 106). Esta alienación no es sólo e l resultado fi nal del tra bajo, sino que es inherente al proceso de trabajo mismo.

 

Pero la alienación se muestra no sólo en el resultado, sino en el acto de producción, dentro de la propia actividad productora. ¿Cómo podría enfrentarse e l t rabajador al product o de su a ctividad como a algo ajeno, si él mismo no se alienara de sí mism o en el propio acto de producción? […] Si, pues, el producto del trabajo es la e najenación, la p roducción misma debe ser la enajen ación activa, la enajenación de la actividad, la actividad de la enajena-ción (ibíd.: 109).

 

El trabajo, como trabajo alienado, es una separación del noso-tros respecto de nosotros mismos, una ruptura e n pedazos entre nosotros y nuestra actividad.

 

Es a través de nuestro trabajo enajenado que produc imos a nuestro amo. Marx dice del trabajador que realiza trabajo enaje-nado lo siguiente:

 

Así como convierte su propia producción en su desrealización, en su castigo; así como convierte su pro pio prod ucto en pér-dida, en un prod ucto que no le pertenece, así tam bién genera el dominio de aquel que no produce, en la pr oducción y en el

 

 

1     El texto continúa: “2) el tratamiento de la plusvalía independientemente de sus formas particulares, beneficio, interés, renta del suelo, etcétera”, pero esto no nos

interesa a quí. O bservemos q ue M arx también consideraba es ta contribución suya como distintiva: “He sido el primero en exponer críticamente esa naturale-za bifacética del trabajo contenido en las mercancías” (1983: 191).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

producto. Así como se ve alienado de su propia actividad, así tam-bién se apodera de una actividad que no le es propia […] La rela-ción del trabajador con el trabajo genera la relación con dicho trabajo d el cap italista, o como q uiera qu e se desee desi gnar al dueño del trabajo (Marx, 2004: 116-117).

 

El trabajador produce al amo, no por cualquier forma de acti-vidad, sino desarrollando o haciendo un trabajo alienado o enaje-nado.

 

Marx se centra en el trabajo alienado, pero el mismo concepto significa un contraste con el trabajo no alienado o, como podría-mos decir, el hacer no alienado. Marx ( ibíd.: 112-114) no usa el término de tr abajo no a lienado o de hacer no alie nado, pe ro habla de l a alienación c omo la alie nación de la ac tividad vital consciente del hombre.

 

La libre actividad consciente es el carácter genérico del hombre

 

[…]. La actividad vital consciente diferencia inmediatamente al hombre de la actividad vital animal […]. Sin du da, también, el animal produce. Se construye un nido, viviendas, como la abeja, el castor, la hormiga, etcétera, sólo que únicamente produce lo que necesita inmediatamente para sí o para su cría; produce uni-lateralmente, mientras que el hombre produce de modo univer-sal; el animal produce sólo bajo la coacción de la necesidad física inmediata, mie ntras que e l ho mbre p roduce también l ibre de necesidad física, y s ólo p roduce ve rdaderamente cuando está libre de esa necesidad […] es justamente a través d e la e labora-ción del mundo objetivo que el hombre se prueba verdaderamen-te en cuanto ser genérico. Esta producción es su vida genérica acti-

 

va […] en l a medida e n qu e el trabajo a lienado de spoja al hombre del objeto de su producción, lo despoja de su vida genéri-ca, su verdadera objetividad genérica y transforma su preeminen-cia por sobre el animal en la desventaja de que le es arrebatada su vida inorgánica, la naturaleza.

 

Marx no se detiene en la actividad vital consciente: es el otro lado, el lado oscuro de la luna, el punto de referencia inevitable del concepto del traba jo alienado, pero un pun to de referencia que tiene más bien una existencia oscura, misteriosa, como la ver-dad per dida de la huma nidad, c omo futuro pote ncial, co mo lucha presente. Es el trabajo alienado lo que se halla en el primer plano. El trabajo alienado es lo que rechazamos, es una actividad que no controlamos, una actividad que produce al amo, que pro-

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

duce el capital. El trabajo –alienado– es el enemigo: no queremos trabajar. Pero, en el fondo, en el segundo plano hay otra posibili-dad (¿potencial, sueño?): encarar una actividad libre y conscien-te, una actividad vital consciente. Aquí no hay sólo un contraste, sino un antagonismo entre el trabajo alienado y la actividad vital consciente.

 

Marx no discute el estatus presente de la actividad vital cons-ciente2. El trabajo alienado es, evidentemente, visible como la rea-lidad presente de la sociedad capitalista, pero ¿cuál es con exacti-tud el es tatus de la ac tividad vital conscien te: es un futu ro potencial –la vida en el comunismo– o la lucha presente? De todas formas, está claro que el hacer-en-contra-del-trabajo, que es carac-terístico de nuestras grietas, aspira a constituirse en actividad vital consciente: una actividad vital que supera la diferenciación entre el trabajo y el no trabajo, y presiona en la dirección de la determi-nación consciente.

 

En El capital Marx ya no habla más del trabajo alienado y de la actividad vital consciente, pero, como hemos visto, coloca la “natu-raleza bifacética del trabajo” en el mismo centro de su crítica de la economía política. La “naturaleza bifacética del trabajo” se refie-re a la distinción entre el trabajo útil o con creto y el traba jo abs-tracto.

 

El trabajo útil –o concreto– produce valores de uso, cosas que son útiles. El trabajo útil es inse parable de sus cualidades especí-ficas.

 

La chaqueta es un valor de uso que satisface una necesidad especí-fica. Para producirla, se requiere determinado tipo de actividad produc-tiva. Ésta se halla determinada por su finalidad, modo de operar, objeto, medio y resultado. Llamamos sucintamente trabajo útil al trabajo cuya actividad se representa así en el valor de uso desu pro-ducto o en que su producto sea un valor de uso (ídem, 1983: 51).

 

El trabajo útil es “actividad productiva especial orientada a un fin” (ibíd.: 52). Este tipo de tra bajo es, “independientemente de todas las formaciones sociales, condición de la existencia huma-na, necesidad natural y eter na de m ediar el me tabolismo que se da entre hombre y la naturaleza, y por consiguiente, de mediar la

 

 

2     Marx también usa el término autoactividad para designar la “actividad vital consciente”. Sobre la cuestión de la terminología véase una interesante discusión en Arthur (1986, capítulo 1).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

vida humana” (Marx, 1983: 53). Más adelante, cuando habla del proceso laboral –el proc eso del trabajo útil–, Marx (ídem, 1987:

223) dice, con mayor precisión:

 

El proceso del trabajo […] es una actividad orientada a un fin, el de la producción d e v alores de us o, ap ropiación de l o natural para las necesidades humanas, condición general del metabolis-mo entre el hombre y la naturaleza, eterna condición natural de la vida humana y por tanto independiente de toda forma de esa vida [o, más bien, común a todas las formas*] de sociedad.

 

Esta au tocorrección e s muy impo rtante. Si el trabajo útil o concreto fuera independiente de cada forma de sociedad, esto con-llevaría un concepto transhistórico, la idea de que el trabajo útil es algo que puede ser estudiado independientemente de sus for-mas históricas. Si por el otro lado, el trabajo útil o concreto es común a todas las formas de sociedad, esto significa un concepto histórico, o sea, la idea de que el trabajo útil cambia en cada época histórica y sólo puede ser comprendido en su contexto histórico. Aunque algún tipo de trabajo útil o actividad productiva es nece-sario en cualquier sociedad, toma diferentes formas en diferentes sociedades: no se halla fuera de las diferentes formas de sociedad.

 

En la sociedad capitalista, los productos no son simplemente producidos como valores de uso: son producidos como mercan-cías, o sea, son producidos para el intercambio. Lo que le intere-sa al productor no es la utilidad – o valor de uso– del producto, sino su intercambiabilidad o valor. El sastre produce una chaque-ta, no porque que quiera usarla, sino porque quiere cambiarla. El tejedor p roduce lino, no porque quiere usarlo , sino po rque él también quiere cambiarlo. En el proceso de intercambio entre la chaqueta y el lino, dos trabajos útiles y concretos, cualitativamen-te diferentes son puestos en contacto y se estable ce una me dida proporcional entre ellos, de mo do que una chaq ueta es igual a veinte yardas de lino, por ejemplo. Lo que se mide en la ecuación no es una relación cualitativa entre dos tipos diferentes de activi-dad, sino una relación cuantitativa entre dos trabajos que son con-siderados abstrayendo sus cualidades específicas. Desde el punto de vista del intercambio, o sea, desde el punto de vista del valor, lo

 

 

 

 

*      La traducción de esta frase ha sido ligeramente modificada para mantener el sentido de la citación original [NdE].

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

único que importa sobre el trabajo es su cantidad, no su cualidad

 

o     características particulares. El trabajo que produc e valor no es trabajo útil o concreto, sino trabajo abstracto, trabajo visto abstra-yendo sus características concretas. La mercancía

 

ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determina-do. Con el carácter útil de los productos del trabajo, se desvane-ce el carácter útil de lo s tr abajos representados en ell os y, por ende, se desvanece también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totali-dad a trabajo humano indiferenciado, a trab ajo abstractamente humano (Marx, 1983: 47).

 

“El trabajo que genera la sustancia de los valores es trabajo huma-no indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo” (ibíd.: 48). Esto “es un a abstracción que se hac e cotidianamente en el proceso social de producción” (ídem, 1970: 129).

El trabajo útil o concreto existe, entonces, en cualquier socie-dad. En l a sociedad c apitalista o , para ser má s p recisos, e n la sociedad pr oductora de m ercancías, adqui ere una fo rma soc ial específica: la forma del trabajo abstracto3. El trabajo útil continúa existiendo, pero en relación con otros trabajos sólo se lo conside-ra cuantitativamente, como una cierta cantidad de trabajo abstra-ída de sus cualidades específicas. Cuando se intercambian las mer-cancías lo que importa es la r elación cuan titativa e ntre ella s (medida en general por la cantidad de dinero que recibo por la chaqueta que he producido). Esta relación cuantitativa está deter-minada p or la cantidad de tr abajo re querido para producir la mercancía en cuestión: no só lo la cantidad de tie mpo que gasté en realidad en ella, sino la cantidad de trabajo socialmente nece-sario para producir la mercancía. La cantidad del valor de la mer-cancía es tá d eterminada por la c antidad de tiemp o de tr abajo socialmente necesario requerida para producirla: el tiempo de tra-bajo socialmente necesario establece la medida por la que se com-paran los d iferentes t rabajos. El trabajador p uede trabajar con amor y con cuidado y con verdadera dedicación a su oficio, pero si el artículo producido no se vende –o no se vende a un precio

 

 

3     Para una muy cuidadosa discusión de los recientes debates sobre el traba-jo abstracto véase Bonefeld (2010).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

que asegure la supervivencia del trabajador– éste tendrá que cam-biar su relación con su t rabajo y pr oducir lo que se vend a, a u n ritmo y en un a forma que asegure su pro pia rep roducción. La imposición mediante el mercado del tiempo de trabajo socialmen-te nec esario e xigido para p roducir una mer cancía es al mismo tiempo la abstracción del trabajo, la separación del trabajador res-pecto de su proceso de producción. El proceso de intercambio –la operación del mercado– impone una abstracción que repercute sobre la forma en la que se desarrolla el trabajo concreto.

 

Preparo un pastel. Disfruto al hac erlo, disfruto com iéndolo, disfruto compartiéndolo con mis amigos y me siento orgulloso del pastel que hice. Entonces, decido que trataré de ganarme la vida cocinando pasteles. Los preparo y los vendo en el mercado. De modo gradual, el pastel se convierte en un medio para ganar un ingreso suficiente para permitirme vivir. Tengo que producir el pastel, a c ierta velocidad y en cierta forma, de modo q ue pueda mantener el precio lo sufic ientemente bajo para ve nderlo. El deleite que antes sentía en hacerlo ya no es parte del proceso de cocinar el pastel. Luego de u n tiempo me doy cuenta de que no estoy ganando suficiente dinero y pie nso que, dado que la pro - ducción de los pasteles es, e n todo caso y de m odo sencillo, un medio para un fin, una forma de ga nar dinero, podría también hacer otra cosa que se vendiera mejor. Mi hacer se ha convertido en algo indiferente por completo a su contenido, ha habido una abstracción plena de sus ca racterísticas concretas. El o bjeto que produzco ahora está tan completamente enajenado de mí mismo que ya no me importa si es un pastel o un ven eno para ratas, e n la medida en que se venda.

 

A este ejemplo se lo puede discutir tanto con referencia a la alienación como a la abstracción. Mi hacer –el cocinar– está alie-nado o abstraído, y esta alienación o abstracción lo convierte en trabajo: el hacer está alienado, o abstraído en trabajo. En lo esen-cial, entonces, la abstracción del trabajo discutida en El capital, es la enajenación del tra bajo discutida en los Manuscritos de 18444. Todas las características del trabajo alienado, el hecho de que “el trabajador se relaciona con el producto de su tra bajo como con un objeto ajeno” ( Marx, 2 004: 1 07), o la “rela ción […] que e xiste entre el trabajador y su propia actividad como algo ajeno” (ibíd.:

 

 

4     Para una discusión que llega a conclusiones similares véase Postone (2006, en especial 159 y ss.).

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

111), la enajenación del trabajador de su ser genérico –aquello que lo hace humano–, su enajenación de los otros trab ajadores, etcétera; todo esto reaparece en la crítica que hace Marx del tra-bajo abstracto en El capital. El argumento de El capital descansa en la misma diferenciación entre seres humanos y an imales, que es tan central para los Manuscritos de 1844. Es un hacer con una fina-lidad lo que nos distingue de los animales “una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maes-tro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor de las abejas es que él primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera” (1983: 216). El capitalismo nos roba la unidad de proyecto y ejecución, el fin, y el hacer: nos roba, en consecuencia, lo que caracteriza nue stra humanidad5.

 

Sin embargo, todavía hay algo importante en el desplazamien-to del trabajo alienado al trabajo abstracto. La noción de trabajo abstracto nos enfrenta más directamente con la c uestión que es central para nosotros: la relación entre la cualidad de lo que hace-mos y su integración en el contexto social. La alienación tiende a centrar nuestra atención en la experiencia misma, mientras que la abstracción dirige nuestra atención también sobre el c arácter social del trabajo: nos plantea la cuestión de la cohesión social.

 

La c ualidad de nues tro h acer está í ntimamente r elacionada con su carácter social. La abstracción no es exterior a la actividad misma. La forma en la que nuestra actividad particular es puesta en relación con ot ras a ctividades r epercute sobre n uestra actividad, moldeándola hasta la mé dula. Ya hemos visto esto en el ejemp lo del pastel: aquí hay un proceso gradual de abstracción, una trans-formación paulatina de una actividad gratificante a un trabajo en un todo indiferente a su contenido, una mera actividad configurada por la búsqueda de dinero. Esto no es una cuestión moral, sino una cuestión de valor y de tiempo de trabajo socialmente necesario. Para vender mi pastel, debo poder producirlo tan rápido y de forma tan

 

 

5     El argumento de que no hay que hacer una diferenciación esencial entre seres humanos y otros animales –y que en consecuencia deberíamos rechazar la distinción que hace Marx entre el maestro albañil y la abeja– me parece peligroso. No son las ovejas o los caballos los que están destruyendo las posibilidades de la vida en la tierra, sino nosotros los seres humanos. Por lo tanto, tenemos una clara

 

responsabilidad p ara tratar de detener esta destrucción. En resu men, los s eres humanos tienen un poder creativo y destructivo que nos diferencia de los demás animales (véase Wilding, 2008, y en especial 2010).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

eficiente como lo hacen otros pasteleros: si no lo logro me veré for-zado –por mi propia necesidad de sobrevivir– a cobrar más que los otros pasteleros por productos de la misma calidad, y mis clientes potenciales los comprarán en otro lado. El hecho de queestoy pro-duciendo para el mercado me obliga a producir en una determina-da forma. La abstracción es abstracción de la actividad misma, un proceso por el cual me vuelvo indiferente al contenido de mi pro-pia actividad. La abstracción no es sólo una abstracción del inter-cambio sino una abstracción real. La relación entre la abstracción implícita en el intercambio y la tr ansformación de la a ctividad misma en trabajo abstracto no es un proceso totalmente automáti-co –pensemos, por ejemplo, en las cooperativas, que luchan para transformar sus procesos de tr abajo aun cuando mientra s tanto producen para el mercado–, pero existe siempre como una fuerte tendencia o presión.

 

Preparo algunos pasteles, los vendo y con el dinero c ompro una chaqueta. Mi actividad como pastelero y la actividad del sas-tre que h ace la ch aqueta e ntran en rela ción, pe ro lo hacen mediante un proceso de abstracción, a través de la negación de las características particulares de la repostería o de la con fección de ropa. Ésta es una abstracción mediada por el dinero que es del todo indiferente a las sutilezas de l a pastelería y de la sastrería, y así otr os cas os. Aquí n o sól o estam os hablan do de la re lación entre el pastelero y el sastre, sino de la forma en la que las activi-dades de las personas en su conjunto se relacionan entre sí, y, en consecuencia, de la forma en que esas actividades son configura-das. Lo que hace tan difícil agrietar el capitalismo, es la forma en que están entretejidas nuestras actividades (nuestras vidas). Este entretejido no se realiza a través del Estado –como aparenta ser el caso–, sino mediante la abst racción del trabajo (el Estado no es más que una suerte de capa protectora que aplica un pegamento extra al tejido de la abstracción). Éste es el modo en que se con-forma la totalidad de las relaciones sociales: la sínte sis social se realiza a través de la abstracción del hacer en trabajo.

 

La abstracción es el tejido específicamente capitalista de la s relaciones sociales, el tejido capitalista concreto de l o particular en la totalidad. Es un pro ceso que nadie controla. El hecho de que nadie lo controle hace que sea absolutamente imprescindible romperlo: no sólo es la negación de la autodeterminación huma-na, sino que también es evidente que su dinámica nos está llevan-do ha cia el autoaniquilamiento hum ano. Al m ismo ti empo, el

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

hecho de que nadie lo controla es lo que lo ha ce tan difícil de romper, pues nos en frenta como una telaraña perfec ta y fluid a. Esta totalidad de las relaciones sociales, tejidas por el trabajo abs-tracto, es la síntesis social que de modo constante enfrenta nues-tras grietas, la síntesis que invariablemente nos retrotrae a la acep-tación en la práctica, a reproducir de nuevo el mismo sistema que queremos romper.

 

Sin embargo, es nuestro hacer, nuestra creatividad la que está en el centro. Es el trabajo abstracto que constituye la realidad de las relaciones sociales. Podríamos decir que es el intercambio lo que une todas nuestras actividades, o el valor, o el dinero, y todas estas formulaciones serían correctas. Todavía Marx tiene razón al insistir en que el carácter dual del trabajo es el eje en torno al cual gira la comprensión de esta cuestión. Es el eje sencillamente por-que nosotros somos el e je. Nuestra actividad e s la “interrelac ión esencial existente” (Marx, 2004: 105), entre los fenómenos de la sociedad cap italista. Es por nue stra a ctividad que n osotros, l os seres humanos, creamos la sociedad en la que vivimos, de modo que es importante comprender la sociedad y su pote ncial en tér-minos de nuestra actividad creativa y su organización, y no sólo en términos de las relaciones sociales que hemos creado (valor, dine-ro, capital, y otros). Esto es central para ir más allá de la teoría del valor a una teoría de lo que crea el valor, el trabajo abstracto. Esto es lo que Marx llama la crítica ad hominem, una crítica que trae todos los fenómenos de nuevo al sujeto humano, a la forma en que se organiza la actividad humana. Si n osotros lo h acemos, nosotros lo podemos romper6.

 

Ir a la raíz de las cosas, y comp render esa raíz c omo nuestra propia actividad es crucial. Pensemos otra vez en la discusión pre-via sobre el poder del valor y la forma en la que se nos impone la síntesis social (véase la sección d) de la tesis 9, supra). Escribir esta sección fue algo muy deprimente para mí, y tal vez lo sea también su lectura, debido a la sensación de que no hay salida posible. En el momento en que abrimos el valor y nos preguntamos ¿qué es lo que produce el valo r?, vemos que la respuesta no es otra que nue stra

 

 

6     Postone ( 2006: 228) es cribe: “L as est ructuras de domin ación ab stracta constituidas por determinados tipos de práctica social dan pie a procesos socia-les que escapan al control humano y, aun así, según el análisis de Marx, también amparan la posibilidad histórica de que las per sonas puedan controlar lo que socialmente han constituido de manera alienada”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

propia actividad, n uestro trabajo abstracto. Es ento nces cuando comienza a despertarse el entusiasmo, comenzamos a ver que hay una salida, sencillamente porque no es una cosa –el valor– , sino nuestra actividad la que está en el centro. Hay un mundo de dife-rencia, entonces, entre un análisis que toma el valor como eje de referencia y uno que –como éste que exponemos aquí– ubica el carácter dual del trabajo en su centro.

 

Sin embargo, ex iste un pero. Analizar to do en tér minos de acción humana nos da una sensación de nuestro p oder de crear un mundo diferente, pero –todavía– no nos libera. El trabajo abs-tracto que hacemos es real: crea, de hecho, una sociedad que nos mantiene atrapados, una síntesis social o totalidad de relaciones sociales que tiene una fuerza tan cohesiva que parece funcionar automáticamente, parece oper ar de acuer do co n las “leyes del desarrollo capitalista”. El carácter abstracto del trabajo capitalista significa que las interconexiones sociales se constituyen más allá de toda forma de control social. La síntesis o totalidad social adquiere una autonomía propia y se er ige ante nosotros como una fuerza ajena, su carácter incontrolado e inco ntrolable se expresa en su forma más visible en el movimiento constante y frenético del dine-ro, que es el medio a través del cual se ex presa el carácter social total del capital. La existencia de una totalidad social, en este senti-do, como una fuerza cohesiva regida por leyes independientes de toda dirección humana consciente, es algo peculiar del capitalis-mo (véase Postone, 2006). Creamos esta totalidad, tejemos la tela-raña que nos mantiene prisioneros: comprender esto nos ayuda a ver que podemos dejar de tejer la telaraña y hacer otra cosa. Pero la totalidad retiene su fuerza, la telaraña está todavía ahí.

 

Repitamos el argumento: creamos la sociedad que nos mantie-ne atrapados. El capitalismo lo hacemos así debido a que la forma en la que s e unen nuestras a ctividades, mediante el inte rcambio, nos impone determinadas formas decomportamiento sobre las que ni nosotros, ni nadie, ejerce el control. La forma en que se unen nuestras actividades nos da una ilusión de libertad, pero, de hecho, nuestras actividades tejen una telaraña –a l a que hemos llamado cohesión social o síntesis social– que no es contr olada por nadie, dominada por la necesidad de producir cosas de modo tan eficien-te como sea posible en el tiempo de trabajo socialmente necesario. Marx se refiere a esto cuando habla del trabajo abstracto.

Sin embargo, hay algo más en nuestra actividad que la crea-ción de esta síntesis social: también actuamos en formas que no se

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

ajustan, que se rebelan, que no se adecuan y q ue chocan con la síntesis social. Nuestro hacer no está subsumido por completo en el trabajo abstracto. A ve ces, parece que no hay otra c osa en l a vida que el trabaj o abstracto del capitalismo, pero sabe mos que no es así, y todo lo que hemos discutido en relación con las grie-tas nos dice qu e no es así. Marx insiste e n la naturale za dual del trabajo, no sólo en el trabajo abstracto7.

 

La cu estión c rucial que inten taremos a frontar de ahora e n adelante es la relación entre los dos aspectos del trabajo: entre el trabajo abstracto y lo que, a falta de una palabra más adecuada, hemos llamado hacer. El joven Marx hace referencia a un contras-te e ntre el trabajo al ienado y la actividad vital consciente. Es te contraste puede ser comprendido de diferentes formas, la activi-dad vital consciente puede ser comprendida como algo del pasa-do (u n paraíso per dido) o del futuro (la acti vidad c omunista). Ninguna d e est as in terpretaciones e s suficiente: el concepto mismo de al ienación no te ndría sentido si no tuviéramos un a experiencia p resente de algo que apunta más allá de la alie na-ción. En otras palabras, la actividad vital consciente debe referir-se de alguna forma a la experiencia presente. El contraste entre el trabajo alienado y la actividad vital consciente es un antagonismo vivo. En relación con el presente, sin embargo , la actividad vital no puede ser consciente en su plenitud, porque en la soc iedad capitalista no controlamos nuestra actividad vital: es más bien una aspiración a la actividad vital consciente la que choca con el movi-miento contrario, la alienación que nos priva de nuestra actividad determinada conscientemente. El antagonismo expresado por el joven Marx, así entendido, puede ser visto como el choque entre el i mpulso p or la autodeterminación y la síntesis so cial, que hemos visto como algo típico de las grietas.

 

En El capital avanzamos un paso con el desplazamiento del tra-bajo alienado al trabajo abstracto. Aquí se evidencia que el trabajo abstracto es la constitución de la síntesis social, que la abstracción es de forma simultánea una alienación de nuestra actividad y la cons-titución del nexo social, el entretejer de la sociedad capitalista.A la otra parte, sin embargo, se la formula con meno s fuerza que la “actividad vital consciente” del joven Marx. Ahora hace referencia

 

 

7     Es sorprendente que hasta los autores que insisten en la importancia que Marx adjudicó a la naturaleza dual del trabajo, continúan centrándose exclusiva-mente en un único aspecto de esta ambivalencia, en el trabajo abstracto.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

a ella como “trabajo útil o concreto”. Este trabajo es “común […] a todas sus formas de sociedad”, una “eterna condición natural de la vida humana”. Esto nos enfrenta de inmediato con un proble-ma terminológico, sencillamente porque sabemos que el trabajo como actividad diferenciada, separada de otras actividades vitales, no es característico de todas las sociedades. El trabajo, como acti-vidad diferenciada, de hecho está constituido por la abstracción típica del capitalismo. Si, entonces, queremos mantener la noción de que una actividad humana es común a todas las formas de exis-tencia human a, debemos a doptar un término más g eneral tal como hacer. El término útil también se encuentra con problemas similares, porque la clara diferenciación entre lo útil y lo no útil, entre las actividades útiles y no útiles es también característica de la r azón i nstrumental típi ca de l c apitalismo. Pa rece prefe rible, entonces, pensar en la naturaleza dual del trabajo que menciona Marx, como un contraste entre el trabajo abstracto y el hacer con-creto. El hacer concreto, entonces, es una actividad que es común a todas las formas de la existenc ia humana, pero existe de diver-sas formas en las diferentes sociedades. En la sociedad capitalista el hacer concreto existe en la forma del trabajo abstracto.La cues-tión central no es sobre los términos que usamos, sino la diferen-cia entre los dos aspec tos de la actividad h umana y la relac ión entre ellos. El argumento que debemos desarrollar aquí es que la relación entre los dos aspectos del trabajo –o hacer– es una rela-ción de no iden tidad, de in adecuación, de vivo anta gonismo: es un antagonismo viviente constante entre el traba jo abstracto y el hacer concreto. Esta cuestión es central para la discusión de este libro y va contra el peso abr umador de la tra dición, que, c omo veremos más adelante, lo considera como una relación no proble-mática. La cuestión reside, por una parte, en la experiencia de la rebelión constante de la actividad humana contra las restricciones del trabajo abstracto, en la tensión constante entre nuestro poder-hacer y el modo por el c ual ese poder es moldeado por el domi-nio del va lor (el dom inio del tiempo del trab ajo socia lmente necesario). Por el otro lado , reside e n un a c omprensión de la relación dialéctica entre la for ma y el conte nido, tanto en Marx como en la vida. Decir que algo existe en la forma de algo más sig-nifica que existe en esa forma, pero que no está contenido en ella sin más: que se desborda de la forma, o existe en-contra-y-más-allá de la forma. Suponer que el hacer concreto existe sencillamente en la forma del trabajo abstracto es negar esa relación dialéctica y

 

 

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

al mismo tiempo cerrar nuestros ojos al antagonismo de la expe-riencia cotidiana.Podemos expresar esto en otras palabras, dicien-do que la relación entre el hacer concreto y el trabajo abstracto es extática8. El hacer concreto es el éxtasis del trabajo abstracto: el éxtasis c omo ek-stasis, estar afuer a de l trabajo abstracto aunq ue existiendo en su seno. Estar afuera como otredad real y potencial. Soy un maestro que produce fuerzas de trabajo para vender en el mercado, pero al mismo tiempo, aliento en mis estudiantes el pen-sar crítico sobre la sociedad. Soy una enfermera en un hospita l privado y p roduzco ga nancias para m is emple adores, pe ro a l mismo tiempo, trato de ayudar a mis pacientes en algunos de los momentos más difíciles de sus vi das. Trabajo en una ca dena de montaje en una planta automotriz y cada uno de los pocos segun-dos q ue tengo libres, mis dedos están ocupados practicando los acordes que estaré tocando en mi guitarra esta noche con la banda. Trabajo en una máquina de coser, haciendo pantalones vaqueros, pero mi mente está en otro lado, construyendo una nueva habita-ción para mí y mis hijos . Soy un estudiante e sforzándome para tener buenas notas en mis exámenes, pero quiero hallar una mane-ra de aprovechar mis conocimientos contra el capitalismo y hacia la creación de un mundo mejor. En todos estos casos, hay u n estar fuera del trabajo capitalista, una proyección en contra y más allá de mi encarcelamiento dentro d el t rabajo abstracto. Hay u n hacer concreto q ue ex iste en-cont ra-y-más-allá, q ue e xiste en r elación extática con el trabajo abstracto, que ya empuja más allá del traba-jo abstracto, sea como proyecto o como práctica real. Esta relación extática es una cuestión de experiencia cotidiana, no es la inven - ción de intelectuales izquierdistas ni la experiencia privilegiada de sacrificados militantes. Es desde este estar-fuera-y-más-allá –este ek-stasis– que nacerá otro mundo o no nacerá en absoluto9. Este espa-cio extático es un espacio de dignidad, la sustancia de las grietas10.

 

 

 

8     En general, podemos decir de Marx que la relación entre la forma y el con-tenido es una relación extática. La forma contiene y no conti ene al contenido. El contenido existe en-contra-y-más-allá de la forma, la desborda.

 

9     De un bebé en gestación, en los últimos días del embarazo, podría decir-se que es el éxtasis de su madre, pues ya existe no sólo en su seno, sino ya en-con-tra-y-más-allá de su madre.

 

10   Chris Carlsson (2008: 39) expresa muy bien esta idea en el título de uno de los capítulos de su libro Nowtopía: “Lo que me ves h acer no es lo que hago”. Desarrolla el tema señalando la creciente bifurcación de la naturaleza de la vida: “Es difícil o imposible ganarse la vida a partir de muchas de las cosas que la gente

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

En las líneas que siguen, en primer lugar, nos concentraremos sobre el si gnificado del t rabajo abstracto, aquel que entreteje la cohesión social que nos mantiene atrapados, antes de pasar al tra-bajo concreto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

quiere realmente hacer –por ejemplo, el arte, la danza, la mús ica, la historia, la filosofía–, y de este modo ha habido un rápido incremento de personas que viven una vida bifurcada. Por una parte está la aplastante necesidad de hacer dinero y por la otra está la urgencia creativa de hallar un trabajo que sirva, sea o no sea pagado […]. El capital es una relación de poder social que corrompe las relacio-nes hu manas c on su l ógica perversa per o enfrenta una resisten cia persistente

 

[…]. La gente resiste estas fuerzas en sus vidas cotidianas normales, procurándo-se espacios de autonomía en los que actúan en forma concertadamente fuera –y a menudo en c ontra– de los intentos del capital por mercantil izar sus activida-des”. Este autor (ibíd.: 42) dice que el núcleo de su libro es “la guerra semicons-ciente entre estas conductas afirmadoras de vida, autoemancipadoras, y la domi-

 

nación coercitiva d el dinero, la propiedad y la supe rvivencia en me dio de la escasez forzada”.

 

 

112

 

La abstracción del hacer en trabajo es un proceso histórico

de transformación que ha creado la síntesis social del capitalismo: la acumulación primitiva

 

<tesis 13>

 

 

 

El trabajo no existió siempre. No en todas las sociedades hay una actividad específica considerada como trabajo que es puesta por fuera del hacer general de los seres humanos. Sin duda, para con-seguir ali mentos y otros r equerimientos básico s de la vida , s e necesita de algún tipo de actividad, pero no necesariamente debe ser una actividad considerada onerosa o separada en el tiempo de otras actividades. Así, Marshall Sahlins (2004: 23), en su Economía de la edad de piedra transcribe una citación de Lee (1969: 74):

 

Ése es el ritmo paleolítico característico: un d ía o dos adent ro y un día o dos afuera (estos últimos pasados en forma indolente en el refugio). Aunque la recolección de alimentos es la actividad productiva m ás importante, [ …] la mayoría de l tiem po de l a gente (entre cuatro o cinco días por semana) se de dica a otras actividades tales como descansar o visitar otros refugios.

 

También cita a un observador –en el siglo XIX– de los pueblos indígenas de A ustralia: “En todas las tempo radas normales [ …] ellos pueden obtener en dos o tres horas suficiente cantidad de alimentos para el día, pero su c ostumbre habitual es vagar indo-lentemente de un lugar a otro, ociosamente recolectando lo que encuentran en su camino” (Grey, 1841: vol. 2, 263). En ese tipo de sociedad no hay una separación clara entre el trabajo y el ocio, lo que significa que no existe ni lo uno ni lo otro. En las sociedades precapitalistas, las a ctividades requeridas para la re producción social no s e endurecían en algo llamado trabajo, ni o cupaban la misma cantidad de tiempo. En la Francia del siglo XV, uno de cada cuatro días d el año er a una festividad oficial de algún tipo , y Ehrenreich (2007: 92) comenta que “a pesar de la reput ación de lo que comúnmente es l lamada la Edad Media com o una época de miseria y de temor, el período que va de los siglo s XIII al XV,

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

puede ser visto, por lo menos en comparación con la época puri-tana que le siguió, como una larga fiesta al aire libre, interrumpi-da por períodos de trabajo duro”. El Grupo Krisis (2002, sección 9) argumenta:

 

En las culturas precapitalistas y no capitalistas, tanto dentro como fuera de Europa, el tiempo diario y anual de actividad productiva era muy inferior incluso al actual de los “empleados” modernos de fábricas y oficinas. Y esta producción no era ni mucho menos tan condensada como en la sociedad del trabajo, sino que estaba impregnada por una marcada cultura del ocio y de una rel ativa “lentitud”. Dejando de lado las catástrofes naturales, las necesida-des materiales primarias estaban mucho me jor cubiertas para la mayoría que en largos períodos de la histo ria de la moderni za-ción; y, en cualquier caso, mejor que en los suburbios espantosos del mundo en crisis actual.

 

En las sociedades precapitalistas las relaciones sociales están tejidas de una manera diferente: las actividades de las personas se unen socialmente sobre la base de la cualidad de las carac terísti-cas concretas de las actividades desarrolladas, no sobre la abstrac-ción de esas especificidades. Si se piensa en una simple sociedad comunal, por ejemplo, ha y una socialización de a ctividades. S e distribuyen las tareas, la s personas hacen cosas para el beneficio de otras pero el principio de sociabilidad es la destreza particular del carpintero, del herrero o del cocinero. Marx (1970: 33-34) nos dice: “En este caso el carácter social del trabajo no es efectuado, evidentemente, por el trabajo del individuo tomando la forma abs-tracta del trabajo universal o su producto que asumía la forma de un equivalente general”. Lo mismo sucede con la sociedad feudal o una sociedad basada en la esclavitud: la distribución de tareas es jerárquica, pero está basada en las cualidades particulares de la actividad que se lleva a cabo.

 

El trabajo y la soci abilidad abstracta del trab ajo no e stán dados por la naturaleza. Son el resultado de un proceso histórico que conlleva la monetización de las relaciones sociales y la propa-gación del mercado que, a veces, tiene lugar sin conflicto abier-to1, pero que, en esencia, es un proceso sangriento y hasta geno-

 

 

1     De ahí, entonces, el sorprendente comentario de Postone (2006: 212) de que “nos enfrentamos con un nuevo tipo de interdependencia que emerge his-tóricamente de manera lenta, espontánea y contingente”.

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

cida2. Como Marx (1983: 950) lo dijo: el capital se presenta en el mundo “chorreando sangre y lodo por todos lo s poros, desde la cabeza a los pies”.

 

Marx describe este proceso al final del primer tomo de El capi-tal, en su análisis de la acumulación primitiva u originaria, donde habla de los orígenes del capitalismo. La esencia de la transición del feu dalismo al c apitalismo es un movimiento de sepa ración. Mediante el proceso de cercamiento de las tierras, los campesinos son separados de los medios de supervivencia (de producción y consumo). Son arrancados de las viejas formas feudales de socia-lización, en las que producían para un número muy limitado de personas –y d ependían de ellas– para ser introduc idos de fo rma forzada en una nueva forma de socialización en la que pasaron a depender directa o indirectamente del mercado para su superv i-vencia. A menudo, este proceso de separación de las personas res-pecto de la tierra fue llevado a cabo con gran brutalidad, aunque a veces ha sido el resultado de la huida de los siervos de la comu-nidad feudal: los siervos huían de los señores tal como los señores expulsaban a los siervos, es decir, ambos huían de las viejas formas de relaciones sociales. De una manera u otra, el resultado fue la creación y la expansión intersticial de una nueva forma de socia-lización en la que las personas se relacionaban entre sí a través del mercado, mediante el intercambio de mercancías.

 

Esto significó la transfor mación de la acti vidad hum ana, l a abstracción del hacer en trabajo. L a separación de las pers onas respecto de la tierra, fue en simultáneo la sep aración del traba-jo respecto d e o tras for mas del hacer, el apren dizaje de un a nueva forma de actividad llamada trabajo. No fue una cuestión fácil.

 

No siempre ha estado tan inte riorizada como en el p resente la exigencia de empeñar la mayor parte de la energía vital en un fin absoluto ajeno. Han hecho falta varios siglos de violencia pura en grandes cantidades para que la gente, literalmente bajo tortura, acepte ponerse al servicio incondicional del ídolo trabajo (Grupo Krisis, 2002, sección 9).

 

 

2     Sobre la transición al capitalismo, escribe Federici (2004: 62): “el término

 

[…] sugiere un desarrollo histórico gradual y lineal, mientras que el período al que le dan ese nombre se encuentra entre los más sangrientos y los más irregu-lares de la historia mundial”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

El cercamiento de lo s b ienes c omunes, la abol ición de los derechos tradicionales de caza, de pesca y de recolección de leña en los bosques, la serie de leyes contra la vagancia, la ley de pobres y la creación de la s casas de trabajo, la represión armada de un a rebelión tras otra, estos fuer on los pasos que crearon una socie-dad basada en el traba jo, ésta fue la re alidad de la abstracción comprometida en la creación del trabajo abstracto. El cercamien-to de la tierra fue tam bién un c ercamiento de l os cuerpos en la fábrica, la creación de la prisión del trabajo.

La imposición del trabajo, a menudo, significó la eliminación de poblaciones enteras. Néstor López (2006) me nciona el e jem-plo de los yámana, los habit antes originales de Tierra del Fuego (Argentina) que habían vivido ahí, pescando y c azando, por diez mil años antes de la llegada de los europeos. Los europeos mata-ron las focas, que había sido el principal sustento de la dieta yáma-na, e impusieron la cría de ovejas en esas tierras, ahora redefinidas como propiedad privada. Muchos de los yámana fueron asesina-dos porque simplemente estorbaban en el camino de este desarro-llo, otros fueron convertidos en trabajadores y, sin embargo, como sugiere el pre sente i nforme d e Gusinde (1961: 27) c itado p or Sahlins (2004: 41-42), no eran muy buenos para el “trabajo”:

 

Los yámana no son capaces de mantener un trabajo duro y cons-tante, h echo q ue p rovoca la co nsternación d e los granj eros y patrones eur opeos para quienes suelen traba jar. Su tr abajo depende más bien de arranques, y en esos esfuerzos ocasionales pueden desarrollar una energía considerable durante un cierto tiempo. D espués de esto, s in e mbargo, muest ran de seos de un período de descanso cuya duración no es posible calcular y que consiste en quedarse tirados por allí sin hacer nada y sin mostrar grandes signos de fatiga… No cabe duda de que repetidas irregu-laridades de este tipo desesperan al patrón europeo, pero el indio no puede evitarlo. Se trata de una disposición natural.

 

 

Hacia la segunda mitad del siglo XX los yámanas ya e staban extinguidos por completo: todo un puebl o eliminado por la vio-lencia del trabajo.

 

En general, la imposición del trabajo asumió l a forma de la imposición del trabajo asalariado. Los siervos que fueron echados de la tierra encontraron que la únic a manera en la q ue podrían sobrevivir era vendiendo cosas en el mercado. Pero, muy a menu-do, la única cosa que podí an vender era su propia ca pacidad de

 

 

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El carácter dual del trabajo

 

 

 

desarrollar trabajo. Se integraron en el m ercado, no vendiendo chaquetas o lino, sino su propia fuerza de trabajo a quienes tenían suficiente dinero para comprarlo. Se convirtieron en los trabaja-dores empleados por los nuevos capitalistas. Esto los puso bajo las órdenes directas de su nuevo empleador, fueron obligados a obe-decer las órdenes del capitalista. Lo que la te oría liberal saluda como la liberación de los siervos, fue un cambio en la naturaleza de su servidumbre. De ser siervos bajo el dominio de su señor, se convirtieron en trab ajadores bajo el dominio del capitalista. Es verdad que ellos podían cambiar de un capitalista a otro, pero fue –y es– difícil para la mayoría sobrevivir por largo tiempo sin ven-der su fuerza de trabajo. Históricamente esto significó la imposi-ción –a tr avés de siglos de l ucha capitalista, la promulgación de legislaciones que reglamentan el trabajo, el uso de la fuerza poli-cial, el ap oyo a la r eligión y la e ducación, y e l uso de técnicas gerenciales cada vez más sofisticadas– de una nueva disciplina en el lugar de trabajo, la creación del trabajo como un hábito social. Los antiguos siervos aprendieron a trabajar.

 

El trabajo ha sido impuesto mediante la expansión del traba-jo asalariado3. Esto es importante porque aclara que lo que está en cuestión no son sólo las formas de las actividades de las perso-nas, sino toda la estructura de la socialización. Cuando vendo mi fuerza de trabajo al capitalista, mi fuerza de trabajo se convierte en una mercancía. En consecuencia, esto conlleva una mercanti-lización radical de todos los aspectos de las relaciones sociales. Ya no tengo el tiempo, ni los medios, para cultivar mi propia comida o confeccionar mi propia ropa, de modo que de la única manera que puedo conseguirla es comprándola con dinero a alguien que se especializa en su producción y venta. Cuando la fuerza de tra-bajo se convierte en una mercancía y nace la producción capita-lista se genera la mercantilización general de las relaciones socia-les. Todo en la sociedad tiende a ser tra nsformado en un a mercancía, y la relación entre los diferentes procesos de trab ajo es puramente cuantitativa, mensurable en dinero. Se establece la relación a través de la abstracción de las particularidades de cada

 

 

 

3     Postone (2006) tiene razón en insistir en que las categorías presentadas en el primer capítulo de El capital presuponen el trabajo asalariado. El trabajo abs-tracto no es históricamente anterior al trabajo asalariado. Lo que Postone no ve es que el carácter conflictivo que es obvio en el caso del trabajo asalariado es tam-bién constitutivo del trabajo abstracto, aunque sea menos obvio.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

actividad. La transformación de nuestro hacer en trabajo está en el centro de una nueva síntesis social.

 

El hecho de que el trabajo sea impuesto a través de la relación salarial es tambi én extrem adamente e ngañoso en dife rentes aspectos. Lo que aparece como más importante para nuestra dis-cusión es que en el seno de la tradición anticapitalista se ha crea-do la ilusión de que el problema con el capitalismo es la relación salarial, en lugar de que lo sea el trabajo mismo. Como lo dice el Grupo Krisis (2002, sección 6): “el escándalo no era […] el traba-jo, sino meramente su explotación por el capital”. En la tradición comunista clásica, la lucha revolucionaria pasó a ser vista como la lucha por la abolición de la relación salarial, pero no como la lucha por la abolición del trabajo. Muy por el contrario, como veremos más adelante con mayor detenimiento, la lucha pasó a ser enten-dida como la lucha del trabajo en contra del capital. Mientras que nuestro argumento aquí es lo opuesto: la creación de trabajo y la creación de capital son el m ismo proceso4, y la luch a en c ontra del capital es la luch a en contra de lo que lo produce , la lucha contra el trabajo.

 

El trabajo crea el capital y éste crea el capitalismo, un mundo estructurado sobre el trabajo. El trabajo es cruel y deshumanizante, todo lo contrario de esa actividad vital consciente que es en poten-cia la base de nuestra humanidad, pero el trabajo es más que eso. El trabajo es una araña que teje una intrincada telaraña de relacio-nes sociales. Mientras desarrollamos el trabajo tejemos una comple-ja prisión para nosotros mismos. Esto es lo que hace tan difícil esca-parse sencillamente del capital: no servir más y derribar al tirano. El término abstracto nos recuerda eso. El trabajo que desarrollamos en la fábrica, en la oficina, en la universidad, no sólo es ru tinario: es una actividad tejedora de una telaraña, un proceso de autoatrapar-nos. Pero el término trabajo abstracto también nos recuerda algo más: que es sólo una cara del carácter dual del hacer, y que la otra cara todavía nos espera en las sombras. En lo que sigue considera-remos la telaraña del trabajo abstracto antes de volcarnos a la parte oscura, a nosotros mismos. Considerando las distintas caras de la dominación del trabajo abstracto, es importante tener en cuenta que hay otro lado, y que está acumulando fuerzas.

 

 

4     Véase Marx (1983): “El capital presupone el trabajo asalariado, y el traba-jo asalariado presupone al capital. Uno es condición necesaria para la existencia del otro y, mutuamente, se llaman a la existencia”.

 

 

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Parte V.

 

Trabajo abstracto:

el gran cercamiento

 

 

El trabajo abstracto encierra nuestros cuerpos y nuestras mentes

 

<tesis 14>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El argumento es sencillo. Nosotros hacemos el capitalismo: noso-tros debemos dejar de hacerlo y hacer algo más. Sig nifica poner el hacer con tra e l trabajo ab stracto: esto es lo que debemos y podemos hacer, esto es lo que ya estamos haciendo.

 

El argumento es simple y, sin embargo, tiene sus complejida-des. El trabajo abstracto teje un mundo complejo, y es importan-te r econocer la c omplejidad de e ste tej ido para com prender l a unidad subyacente de luchas aparentemente no relacionadas con-tra el mundo tal como existe y ver qué es lo que estamos tratando de desenredar y de tej er en forma dife rente. En esta parte del libro nos concentraremos en la complejidad del tejido , antes de volcarnos a desenredarlo.

 

El trabajo aprisiona nuestros cuerpos de una manera obvia: los encierra en fáb ricas, o ficinas o escuelas durante una gran parte de nuestra vida de vigilia, o los ata a las computadoras y a los teléfonos móviles. Empero, de una forma menos obvia, la abstrac-ción que constituye el trabajo capitalista también crea una prisión igualmente profunda, una prisión que encierra nuestra mente: la forma en que pensamos, los conceptos que usamos. Hay una rup-tura en el núcleo central de nuestra existencia, la separación de nosotros mismos de la dete rminación de lo que hac emos y esta ruptura afecta todos los aspectos de nuestras vidas.

A este cercamiento Marx lo llamó fetichismo, e hizo de su crí-tica la cuestión central de El capi tal. Cua ndo producimos una mercancía, producimos algo para vender en e l mercado. Lo que producimos y la forma en que lo hacemos –nuestros pasteles, por ejemplo–, está d eterminado por el mercado. El mercado es l a negación de la autodeterminación. Cuando vendo mi producto en el mer cado y c ompro el producto de alg ún otro, establ ezco una relación entre nuestras dos diferentes actividades creativas,

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

pero n o establezco la rela ción e n forma directa . La rela ción se establece a través de las cosas, como una relación entre cosas: “Las relaciones en tre el trab ajo de un individuo y e l de l resto se le s ponen de manifiesto como lo que son, vale decir, no como relacio-nes directamente sociales trabadas entre las personas mismas, en sus trabajos, sino por el contrario como relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas” (Marx, 1983: 89). Cuando compro un automóvil, por ejemplo, mi relación con las personas que lo hicieron, es una relación entre mi dinero y el automóvil, no una relación de amor y gratitud entre q uienes hicieron el automóvil y yo, que puedo disfrutar los beneficios de su cuidadosa actividad. Comenzamos a pensar el mundo en térmi-nos de cosas, no en términos de relaciones entre personas.

 

El hecho de ver mi relación con los trabajadores que constru-yen mi automóvil en términos de cosa, no es un error o una mera ilusión. La relación entre mi hacer y sus haceres existe realmente en la forma de una relaci ón entre cosas. Las re laciones sociales existen realmente en la forma de cosas. El automóvil en este caso es una relación social entre la actividad de los obreros de la indus-tria automotriz y la mía. El dinero que pago por e l automóvil es también una relación social entre mi hacer y sus haceres. Estamos rodeados por cosas que par ecen cercarnos (y nos cercan). Para pensar en cambiar el mundo necesitamos disolver la coseidad de estas cosas, compr enderlas como r elaciones soc iales, co mpren-derlas como las form as de existencia de n uestra subje tividad social, de nuestro hacer. Esto significa criticar estas cosas como for-mas de relaciones sociales, sometiéndolas a lo que Marx llamó una crítica ad hominem, una crí tica que reintegra todo hacia el hacer humano y su organización.

 

La existencia de l as relaciones entre los h acedores humanos como cosas significa que el mundo a nuestro alre dedor adquiere una fijeza, una permanencia. Las relaciones sociales adquieren rigi-dez. Somos conscientes que en la vida cotidiana nuestras relaciones más intensas, amistades y afectos cambian constantemente, mien-tras que, en un ámbito más general, una vez que estas relaciones se han convertido en cosas, una vez que se han reificado o fetichiza-do, aparecen como permanentes. Adquieren el car ácter de sólo estar ahí y esto dificulta incluso imaginar una sociedad sin ellas. El dinero, el Estado o el capit al, por ejemplo: en lu gar de ser vistos como r elaciones soc iales q ue hemos creado con otr as personas –que creamos y recreamos cada día, y que podemos dejar de crear–,

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

el dinero y el E stado parecen ser hechos inevitables de la vida y hasta nos cuesta imaginar una vida sin ellos. O el trabajo, por tomar otro ejemplo, es visto como una categoría atemporal, transhistóri-ca, como el inevitable acompañante de nuestra existencia en esta tierra, en lugar de ser una forma histórica especifica de actuar y de relacionarse con otros1. Estas cosas, aparentemente atemporales, mantienen nuestra mente en cautiverio, encierran nuestro pensa-miento con la misma firmeza que la fábrica o la oficina o como la simple necesidad de vender el producto de nuestro trabajo aprisio-nan nuestros cuerpos y limitan de forma cotidiana nuestro hacer.

 

La reificación puede ser vista como un proceso de identifica-ción, de crear identidades. La abstracción del hacer en trabajo res-tringe lo que hacemos. Hacemos, pero nuestro hacer es canalizado en líneas estrictas, líneas que prolongan el presente. Nos converti-mos de hacedores en seres. El mundo de las cosas es el mundo que es. Todos los aspectos de la vida adquieren una eseidad, una identi-dad. La identidad se convierte en la categoría clave para conceptua-lizar el mundo, la ca tegoría cla ve del p ensamiento bur gués. La identidad es el núcleo de la prisión que nos mantiene atrapados, el ingrediente clave en la telaraña que nosotros mismos tejemos.

 

El hacer es un flujo, un flujo de vida, en el que no hay claras líneas divisorias, en el que el hacer de una persona fluye en el hacer de otra y no se deja concebir sin el hacer de otros. Tu lectura de este libro –si en verdad lo estás leyendo– sería imposible sin el hacer del escritor (en este caso, yo), pero eso no sería posible sin todo un mundo de haceres previos, de leer, escribir, fabricar computadoras, generar electricidad, construir muebles, y muchos otros, ad infini-tum. La abstracción del trabajo convierte una parte de ese hacer en una acción separada. Rompe ese flujo del hacer. Rompiendo el flujo social del hacer, rompe también al hacedor social, el nosotros, en una multiplicidad de sujetos individuales, una multiplicidad de identida-des. La ruptura de lacooperación social en un sistema de intercam-bio mercantil produce los individuos que intercambian estas mer-cancías: para que el intercambio tenga lugar,

 

los ho mbres no n ecesitan má s q ue enf rentarse, implícitamente como propietarios privados de esas cosas enajenables, enfrentán-dose, precisamente por eso, como personas independientes entre

 

 

1     Postone (2006: 238) tiene razón cuando habla de la categoría transhistó-rica del trabajo como “el núcleo fundamental del fetichismo capitalista”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

sí. Tal relación de ajenidad recíproca, sin embargo, no existe para los miembros de una entidad comunitaria de origen natural, ya tenga la forma de una familia patriarcal, una comunidad índica antigua, un Estado inca (Marx, 1983: 107).

 

El concepto mismo de i ndividuo es producto de la propaga-ción del intercambio m ercantil y el crecimiento de la so ciedad capitalista. Pero el ca pitalismo no sólo produce e l individuo, rompe el nosotros-hacedor, y rompe el flujo del h acer social. El fluir conjunto de los haceres sociales se convierte en un sustanti-vo, la sociedad, con sus fo rmas definidas de coh esión social. La sociedad, entonces, se compone de una multitud de personas que están fragmentadas, identidades todas ellas limitadas y definida s en su hacer.

 

Las identidades dan lugar al pensamiento identitario, que es la forma de pens ar que se basa en la e xistencia indiscutida de la identidad e identidades, y construye sobre la base de ser en lugar del hacer. Comenzar a partir de las identidades significa crear una base p ositiva para el pensami ento, m ientras que c omprender estas identidades como formas históricas específicas de relaciones sociales coloca el pensam iento inmediatamente en una se nda negativa. Comenzar a partir de las identidades es comenzar a par-tir de l a idea de que somo s o e llos son, mujere s, trabajado res, irlandeses, mexicanos, ga ys, j udíos, capitalistas, y con struir un mundo a partir de ahí. Por otra parte, comprender estas diferen-tes identidades como formas de relaciones sociales, es pensar que estamos formados como mujeres, irlandeses, gays, etcétera, y esto de forma inmediata nos conduce a ver detrás de esas identidades, a preguntar qué es lo que nos ha constituido como mujeres, gays, trabajadores y, a partir de ahí, a plantear la insuficiencia de estas formas, la posibilidad de ser más. Proclamar una identidad sin al mismo tiempo develar su in suficiencia, darnos una identidad sin al mismo tiempo decir que existimos en-contra-y-más-allá de ella es fortalecer las paredes de la prisión capitalista.

 

El pensamiento identitario adquiere una solidez particular en el pensamiento estructuralista, la comprensión del mundo en tér-minos de estr ucturas que de scansan sobre los portadores de esas estructuras, pers onas com prendidas se ncillamente e n térmi nos de sus roles, personas comprendidas como personi ficaciones de sus funciones sociales. Este enfoque puede ser atractivo en el sen-tido de ofrecer un complejo retrato de las estructuras de la opre-

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

sión, pero no ofrece salida, dado que el sujeto está reducido a ser un portador de relaciones sociales capitalistas. El estructuralismo es l a id eología de C asandra, e l in telectual de i zquierda q ue s e lamenta del mundo y su destino, pero supone que nada se puede hacer al respecto.

 

La i dentificación o reif icación es u na f uerza enormemente destructiva en la lucha cotidiana. Le ponemos a nuestras protestas un nombre, una etiqueta, un límite. Nuestra lucha es la lucha de las mujeres, de los gays, de los trabajadores, de los desempleados, es la lucha por los derechos indígenas, por la alimentación no con-taminada, por la paz. Puede ser que nosotros seamos conscientes, al menos de forma vaga, de que nuestras luchas son parte de un todo más amplio, quizá hasta del hecho de que son el producto de la forma en la que el hacer humano está organizado en el mundo, pero, precisamente, debido a que esa forma de organización pare-ce permanente –“es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”–, encerramos nuestras luchas en límites, en u na identidad. Y así tenemos un mundo lleno de protestas, un mundo de personas conscientes de alguna manera de que hay algo funda-mentalmente mal con la forma en que está organizada la sociedad, y, sin embargo tantas paredes separando esas luchas, tantos diques impidiendo que fluyan entre sí. Todas estas paredes son identifica-ciones, la gran identificación estructural del capitalismo-que-es-y-siempre-será, y la s identificaciones menores de que “som os gays, somos mujeres, somos indígenas, somos vascos, somos zapa-tistas, somos anarquistas, somos comunistas”. Todas estas identida-des se convierten fácilmente en la base para el sectarismo, la peren-ne autodestrucción de la izquierda que alivia la vida a la p olicía. Mucho más efectivo que ningún sistema de policía secreta, la iden-tidad es la reproducción del capital en la lucha anticapitalista2.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2     Sobre la reificación e identificación e n g eneral véas e Hol loway (2 002 y

 

2006).

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es un proceso de personificación, la creación de máscaras,

la formación de la clase obrera

 

<tesis 15>

 

 

 

 

 

 

La creación del trabajo es la creación del trabajador. No puede ser de otra manera: el trabajo no puede ser hecho si no hay un traba-jador que lo haga.

 

Pensemos en los yámana de Tierra del F uego, quienes, des - pués de realizar algún esfuerzo concent rado fuera de lo común descansaban por un largo tiempo sin hacer absolutamente nada. Ellos no podían desempeñar ningún trabajo porque no eran tra-bajadores. Incluso se intentó, a principios del siglo XIX, trasladar un grupo de yámana a Inglaterra para enseñarles a hablar inglés y tomar el té, vestirlos de forma apropiada y, en térm inos gene-rales, civilizarlos. Pero este intento no p rodujo resultados, senci - llamente, debido a que cuando fu eron llevados de regreso a su tierra natal se quitaron sus ropas y volvieron a sus costumbres sal-vajes1.

 

El trabajador, así como el trabajo, es el producto de siglos de lucha. Los hacedores, los salvajes, son forzados por el hambre, por la represión, por la educación, por la disciplina a adoptar ciertas formas de comportamiento, a aprender a trabajar2. Se convierten en trabajadores, personas que trabajan durante ciertas horas del día, que obedecen las órdenes de sus em pleadores o sino, cum-plen lo que exige el mercado. Los seres humanos fueron forzados a adecuarse a la función que les fue impuesta por la nueva forma de socialización. Quienes no se adecuaron –como los yámana– se extinguieron.

 

 

1     Sobre la historia de Jemmy Buttom véase López (2006).

 

2     Federici (2004: 136) escribe: “Los campesinos expropiados no estuvieron de acuerdo pacíficamente en trabajar por un salario. Muy a menudo se volvían

 

mendigos, vaga bundos o criminales. E xigiría un largo proces o produci r una fuerza de trabajo disciplinada”. Véase también la historia detallada de la discipli-na en Foucault (2005).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Esta adecuación a la función social que se nos impone puede ser vista como personificación3. Venimos a personificar una rela-ción social. Marx (1983) insiste en ver al capitalista y al trabajador como personificaciones de l capita l y de l trab ajo. “El capitali sta funciona solamente como capital personificado, capital como una persona, así como el trabajador no es más que trabajo personifica-do. Ese trabajo es para él sólo esfuerzo y tortura, mientras que per-tenece al capitalista como una sustancia que crea e incrementa la riqueza”. E l cap italista pue de ser un a muy agradab le person a y bueno con sus hijos pero, si no se dedica a cumplir su fun ción como personificación del capital, maximizando sus ganancias –en última in stancia m aximizando la pl usvalía me diante l a explo ta-ción del trabajo–, perderá su negocio y ces ará de ser capi talista. Lo mismo sucede con el trabajador: si n o trabaja ni obe dece las órdenes del empleador, pronto perderá su empleo y dejará de ser un trabajador. Cualesquiera sean nuestras inclinaciones persona-les, estamos forzados a adoptar un rol, representar una personifi-cación, ponernos una máscara4.

 

No son sólo el tr abajador y el c apitalista quienes están forza-dos a asu mir determinados r oles. L a a bstracción del trab ajo, como hemos visto, es una separación de actividades de su contex-to, la ruptura del flujo social del hacer, de modo que cada activi-dad adquiere una identidad particular y cada hacedor tiende a asumir la corr espondiente másc ara: como maestro, estudia nte, burócrata, trabajador social, guardia de seguridad, lo que sea5.

 

 

3     En el camino en el cual el intercambio de mercancías genera una relación jurídica entre dos poseedores individuales de mercancías, Marx (1983: 103-104) afirma: “Aquí las personas sólo existen unas para otras como representantes de la mercancía, y por ende, como poseedores de mercancías. En el curso ulterior de nues-tro análisis veremos que las mascaras que en lo económico asumen las personas, no son más que personificaciones de las relaciones económicas como portadoras de las cuales dichas personas se enfrentan mutuamente”.

 

4     Sobre la relación entre el ascenso histórico de la idea de “jugar un papel” y la propagación de la depresión véase Ehrenreich (2007, en especial el capítu-lo VII). El producto del trabajo abstracto es, por cierto, como ella sugiere, el “yo ansioso”, el “alma atormentada”. El término “máscara” aparece en la edición ale-mana de El capital, pero en las ediciones inglesas, en general, aparece como “per-sonaje”. Para un reciente debate sobre el significado de la máscara véase Schandl (2006) y Lohoff (2008).

 

5     La fragmentación del flujo del hacer social en una multitud de trabajos abs-tractos tiene enormes consecuencias para todos nosotros. Somos los productos de esta fragmentación. Nuestra subjetividad se transforma desde una participación

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Estos roles tienen una fuer za real. No son só lo una cuestión de elección personal, sino que nos los impone la estructura de las relaciones sociales. El m aestro que no evalúe el rendim iento de sus estudiantes pronto enfrentará problemas. También el guardia de seguridad que no a ccione la alarma cuando se roba algo o el funcionario estatal que no participe en el proceso de exclusión intrínseco al Estado. Las compulsiones que surgen de la estructu-ra d e l as relaciones sociales a menudo las a sumimos como una elección personal: queremos ser un capitalista exitoso, un b uró-crata eficien te, o a lguna otra vari ante. N os id entificamos c on nuestro papel, lo asum imos como una identidad, nos amalgama-mos a la máscara que nos hemos puesto en la cara. ¿Tú qué eres? Un profesor universitario, un estudiante, un trabajador social.

 

Estas personificaciones nos limitan. En tanto que soy un maes-tro un iversitario, hago determinad as cosas, y no o tras. Nue stra identidad es limitada y, también clasificable. Dentro de mis límites como profesor universitario caigo en u na determinada clase, la clase de los docentes universitarios. El mundo de la pe rsonifica-ción es un mundo ordenado, un mundo que puede ser clasificado, un mundo en que las personas cumplen sus funciones sociales, un mundo que puede ser compr endido en términos funcionalistas, un mundo en el que la revolución no tiene lugar.

Entonces, tenemos un pro blema. ¿Cómo podem os, en un mundo en el que las p ersonas so n personi ficaciones de su fun - ción social , pensar en cambi ar el mundo de form a radical ? Si estamos atrapados en roles generados por el capitalism o, ¿cómo podemos pensar en ro mper el molde de las relaciones social es, formados por estos roles? Esto toca en particular las cuestiones de clase y la naturaleza revolucionaria de la cla se obrera. Si pensa - mos en la clase obrera como seres humanos que encajan dentro de determinada clasificación –como asalariados, como producto-res de plus valía–, entonces, l os t ratamos co mo se res intrí nseca-mente limitados, como personificaciones de la posición social que ocupan, como portadores de ciertas relaciones sociales, relacio-nes sociales capitalistas. ¿Có mo pueden los trabajadore s, como personificaciones del trabajo, constituir una clase revolucionaria, una clase que derribará el trabajo?

 

 

 

del flujo del hacer en un protagonismo individual. Nuestra subjetividad social es reprimida y nos convertimos en los sujetos amados de Hollywood, sujetos indivi-duales que tienen una identidad, un nombre, un género.

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Hay tres respuestas sencillas a este dilema, pero ninguna de ellas es satisfactoria. La primera es un argumento estructuralista. Elcon-cepto estructuralista del mundo ve a la sociedad como la interacción de estas máscaras, como el antagonismo estructural de estos porta-dores de relaciones sociales. Los seres humanos son reducidos a lo que el capitalismo hace de ellos. O más bien, desde la perspectiva estructuralista, no hay reducción aquí: los seres humanos son aque-llo que el capitalismo hace de ellos. Somos los sujetos creados por el capitalismo. La clase obrera es la cara variable del trabajo abstracto, el personaje generado por las cambiantes formas de la organización capitalista. La única posibilidad de revolución reside, entonces, en un cambio en la estructura como un todo que conduce a un cambio en el significado de las personae sociales. De este modo, una crisis del capitalismo puede conducir a un cambio en el carácter de la clase obrera que conduciría a un cambio radical. La clase obrera, enton-ces, podría cumplir su función histórica de derribar el capitalismo. La dificultad con este argumento es que, en la medida en que las personas son comprendidas como seres definidos por su posición en el capitalismo, sigue siendo difícil ver cómo pueden –mediante su propio movimiento–, romper y liberarse de estas definiciones.

 

La s egunda res puesta, o sea el argumento le ninista clásic o (véase Lenin, 1965b), es mucho más directa. Ésta todavía ve a los trabajadores como seres determinados por su posición estructural: la clase obrera está limitada en su comprensión y en su conciencia, debido a que, en efecto, está encerrada dentro de la máscara del tra-bajo. En consecuencia, la única manera en que podemos pensar la revolución es en términos de la intervención de una fuerzaexterior, un grupo que, por una razón u otra, no está encerrado dentro de las personae del capitalismo. En otras palabras, necesitamos un parti-do revolucionario. Es una solución perfectamente lógica. Si los tra-bajadores son la personificación del trabajo abstracto, entonces, la única manera posible de pensar en ellos como una fuerza revolucio-naria es bajo el liderazgo de un grupo que no ha sido sometido a esta personificación6. El problema es, en primer lugar, que no está claro de dónde provienen estos revolucionarios que han roto y se

 

 

6     Esta identificación de la clase obrera está construida sobre nociones de cultura de la clase obrera y la glorificación de una cierta imagen del trabajador. El concepto identitario de la clase obrera avanza un paso más en las figuras del revolucionario profesional, el militante y el héroe, todos conceptos claves en la organización revolucionaria del siglo pasado.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

han liberado de las restricciones del trabajo abstracto, y, en segun-do lugar, que es una concepción intrínsecamente jerárquica de la revolución en la que los trabajadores, –las masas– son comprendi-dos más como el objeto que c omo el sujeto de la r evolución. La experiencia histórica de este tipo de revolución no es alentadora.

Una tercera respuesta consiste en, sencillamente, decir que la clase obrera no es –o ya no lo es más– una clase revolucionaria. La personificación i ntrínseca en el trabajo abstr acto ha llegado al punto donde el trabajador se ha convertido en un “hombre unidi-mensional”, de acuerdo con la frase gráfica de Marcuse. El hombre unidimensional es, en efecto, incapaz de una revolución, de modo que la única forma de pensar en un agente del cambio social radi-cal es buscar en otro lado, en los márgenes de la s ociedad. Esta visión es tal vez más influyente en las recientes luchas anticapitalis-tas que la posición leninista, pero el problema es que comparte el mismo punto de partida, la identificación de los trabajadores con su persona de clase: esto puede conducir de modo fácil al recrude-cimiento de las posiciones elitistas, vanguardistas, aun en grupos sólidamente co mprometidos con una p olítica an tivanguardista7. Mientras que la vasta mayoría de la población sigamos estando for-zados a vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, toda con-cepción de la revolución q ue nos exc luya sobre la base de qu e somos unidimensionales resulta altamente problemática.

 

En t odas es tas respuestas, se supone de dife rentes m aneras que hay una identidad entre las personas y la posición estructural que ocupan en la sociedad, que los seres humanos, de hecho, están subsumidos en su máscara. La única salida sería cuestionar la fuer-za de la personificación, tratar de arrancar la máscara de la cara de los que la llevan y ver si ha y algo tr as ella, ver a quien la llevaba como existiendo no sólo dentro, sino también en-contra-y-más-allá de la máscara. La clase obrera, entonces, sólo puede ser considera-da como revolucionaria en la medida en que existe no únicamen-te dentro, sin o también e n-contra-y-más-allá de sí mism a como clase obrera, sólo en la medida en que logra arrojar su má scara, que lucha contra su propia existencia como clase trabajadora.

 

 

7 Sobre los p eligros de un nuevo vanguar dismo vé ase, por ej emplo, Zadnikar (2007). Un argumento a veces usado para justificar las tácticas violen-tas del denominado Black Block en las grandes manifestaciones urbanas es que no importa l o qu e pien sa el públ ico e n ge neral, porque está tan in tegrado a la estructura del capitalismo que no hay posibilidad alguna de que éste sea la fuen-te del cambio radical (Holloway y Sergi, 2007).

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es la creación del trabajador varón y la dimorfización de la sexualidad

 

<tesis 16>

 

 

 

 

 

 

 

 

El trabajo está constituido por su separaci ón o a bstracción de la actividad vital. Esta separación se apoya sobre una subordinación radical de la activ idad vital a las exigencias del trabajo. La activi - dad vital –tener hijos, criarlos, conseguir los alimentos, preparar-los, y demás– continúa existiendo fuera de la dominación inmedia-ta de la producción de valor, pero su subordinación al trabajo está asegurada por la dependencia del salario del trabajador (o de l a venta de otras mercancías producidas).

La c onstitución del tr abajo es la c onstitución de una n ueva jerarquía entre el trabajo y otras actividades1. La creación del tra-bajador es, al mismo tiempo, la creación de una nueva jerarquía entre él y quienes tienen como responsabilidad primaria cumplir esas otras actividades de reproducción. En otras palabras, la acu-mulación primitiva e s la c reación bruta l y sangrie nta de un a nueva jerarquía entre los hombres y las mujeres.

Esto no quiere decir que el patriarcado no haya existido en las sociedades p recapitalistas, sino q ue n o existía la m isma se para-ción entre el trabajo y las otras actividades, ni la misma dependen-cia de las otras actividades respecto del salario del trabajador. Así, sobre la aldea feudal dice Federici (2004: 25):

 

Las siervas eran menos dependientes de sus familiares varone s, menos diferenciadas de ellos física, social y psicológic amente. Y menos serviles a las necesidades de los hombres que l o que las “mujeres li bres” i ban a ser má s ta rde en la sociedad capitalista

 

 

1     Notemos que, como sugiere Massimo De Angelis (2007), entre el trabajo y otras actividades no inmediatamente productivas de capital se establece una rela-ción jerárquica, una relación de subordinación y no sólo de coexistencia. En otras palabras, estas otras actividades –el hacer– existen dentro, en contra y más allá del trabajo y no por fuera de él. Hay una relación de ruptura y no de externalidad.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

[…]. En la aldea feudal no existía una separación social entre la producción de mercancías y la reproducción de la fuerza de tra-bajo; todo trabajo contribuía al sustento de la f amilia. Las muje - res trabajaban en los campos, además de criar los hijos, c ocinar, lavar, hilar y mantener una huerta; sus actividades domésticas no estaban devaluadas y no comportaban relaciones sociales diferen-tes de la de los hombres, como después lo sería en una economía monetaria […]. Si también tenemos en cuenta que en la sociedad medieval las relaciones colectivas prevalecían sobre las familiares, y la ma yoría d e las ta reas q ue l as sie rvas cump lían […] era n hechas en coop eración con otras mujeres, entonces, nos da mos cuenta que la división sexual del trabajo, lejos de ser una fuente de aislamiento era una fuente de poder y de protección para las mujeres.

 

Esto cambia de mo do radical en l os siglos sigui entes. Una actividad pa rticular – el t rabajo– fue sepa rada de las otras y, en general, ubicada en un lugar diferente –la fábrica– y ésta fue con-siderada c omo una actividad para hombres. Las muje res conti - nuaron haciéndose cargo de las actividades de la reproducción, pero ya no tuvieron un acceso directo a la tierra para cultivar ni a la tierra común para criar an imales ni el mismo apoyo colabo - rativo de otras mujeres. En una economía monetaria, el salario del hombre definió las c ondiciones de la fami lia y e l trabajo de reproducción pasó a ser considerado como poco importante. Las mujeres fueron excluidas del salario de diferentes modos: siendo excluidas del empleo pagado, recibiendo sa larios m ucho más bajos cuando hacían trabajo asalariado y, aun en much os casos, el sa lario de la mujer era p agado di rectamente a su marido (Federici, 2004: 98).

 

La implantación de la nue va jerarquía no se logró de modo sencillo. Significó una redefinición del rol de las mujeres en la sociedad e in cluso del significado mismo de se r m ujer. Tomó siglos de lucha, con la promulgación de leyes para re stringir los derechos de las mujeres, la intervención de las iglesias, la insensibi-lidad, brutalidad y, en el mejor de los casos, la complicidadde los asa-lariados masculinos –y masculinizados– y, centralmente, la matanza de más de cien mil mujeres condenadas como brujas, la tortura de muchas otras y el amedrentamiento de millones más. Así es como las mujeres fueron reducidas a la invisibilidad, al estado de no per-sonas. El capitalismo fue construido sobre una sangrienta y brutal misoginia.

 

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Esto también fue un c ercamiento, no sólo de los cuerpos de las muj eres2, s ino de s u h acer. La rec ientemente c reada muj er ama de casa no tuvo su hac er contenido de forma directa en el trabajo asalariado, pero fue contenido en forma igualmente efec-tiva dentro de las restricciones del servicio y la reproduc ción del trabajo asalariado. La acumulación primitiva significó una dobl e personificación: la personificación del trabajo y la personificación del que ayuda al trabajo. Este doble encerramiento fue –y es– una doble mutilación3, la creación de dos personas, de dos identida-des (que deben ser aceptadas o rechazadas a través de la lucha).

 

La mutilación es jerárquica, la creación del trabajo es la creación del trabajador varón. Esto se refiere no a la composición sexual de la fuerza del trabajo, sino al proceso de mutilación comprendido en la creación del trabajador capitalista. La mujer que entra al mundo del trabajo asalariado entra a un mundo donde, a menudo, es muy difícil distinguir la lógica masculina de la lógica del capital.

La mutilación va aún má s lejos: no es sól o el establec imiento de una jerarquía entre hombres y mujeres, sino la misma creación de mujeres y hombres. La sexualidad fue central para las cazas de brujas, que fueron un elemento tan importante en la transición al capitalis-mo. Un elemento de éstos fue la guerra contra el control por las muje-res de sus pro pios c uerpos y de s u pr opia fe rtilidad: to do l o q ue tuviera que ver con la contracepción o el aborto, o aun el conoci-miento de hierbas y sus usos, era suficiente para fundamentar una acusación de brujería. La perversión sexual, también figuró en forma prominente en las acusaciones contra las brujas4. Se puede ver estas acusaciones simplemente como parte del espectáculo y legitimación de la terrible matanza de tantas mujeres –hombres también, pero, sobre todo, mujeres–, mas también puede argumentarse que la represión de

 

 

 

2     Federici (2004: 184) escribe: “Así como en los cercamientos se apropiaron del campesinado, es decir, le expropiaron la tierra comunal, de la misma forma, en la caza de brujas se apropiaron de las mujeres, es decir, les expropiaron sus cuerpos, que fueron entonces liberados de todos los obstáculos que les impedían funcionar como máquinas para la producción de trabajo”.

 

3     Como lo expresan Horkheimer y Adorno: “La humanidad se ha tenido que hacer cosas espantosas antes de conseguir crear el sí mismo, el carácter idén-tico, instrumental, masculino del ser humano, y algo de eso se repite todavía en cada infancia” (citado por el Grupo Krisis, 2002, sección 7).

 

4     Federici (2004: 192-198): “La caza de brujas […] fue el primer paso en la

 

larga m archa h acia un sexo l impio e ntre sábanas limpi as y la t ransformación de la actividad sexual femenina en trabajo, un servicio a los hombres, y procreación”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

la perversión sexual fue una parte importante y necesaria de la abs-tracción del hacer en trabajo, de la transición al capitalismo.

La perversión se refiere a todo lo que es visto como anormal, de modo que la persecución significó al mismo tiempo la consti-tución por la v iolencia de una nueva normalidad. Esta normali-dad se con centra en el sex o c omo procre ación o procrea ción potencial, de modo que, cualquier otra forma de sexualidad pasa a ser definida como perversión. Federici (2004: 194) afirma:

 

Los juicios a las brujas, suministran una lista instructiva de las for-mas de sexualidad que estaban prohibidas como no productivas: la homosexualidad, el sexo entre jóvenes y viejos, sexo entre perso-nas de diferentes clases, el coito anal o el coito por detrás, (según se decía, conducía a relaciones estériles), la desnudez y las dan-zas. También fue proscripta la sexualidad pública colectiva que había prevalecido en la Edad Media, como en los festivales prima-verales de orígenes paganos que, en el siglo XVI, todavía se cele-braban en toda Europa.

 

La nueva normalidad sexual ha sido indudablemente relacio-nada con la promoción de la procreación entendida como el sumi-nistro abundante de fuerza de trabajo (Federici, 2004: 85 y ss .), pero también fue parte de la creación del trabajador, esa mutilada personificación del trab ajo abs tracto. La cr eación del trabajador significó la necesaria subordinación del principio del placer al prin-cipio de la rea lidad, y no sólo del principio de la realidad que es parte de la vida en cualquier contexto social, sino el principio rea-firmado de la realidad o “principio de actuación” –así lo denomina Marcuse– que es inseparable de una sociedad basada en el trabajo. “El principio del placer fue destronado no sólo porque militaba con-tra el p rogreso en l a ci vilización, sino ta mbién porque m ilitaba contra la civilización cuyo progreso perpetúa la dominación y el esfuerzo” (Marcuse, 1983: 52). En este contexto, lo que es impor-tante sobre la perversión sexual, no es el contenido particular de los actos, sino sencillamente que proclamaba al placer como el fin del sexo, l o que es incompatible con la creació n del trabajador. “Contra una sociedad que emplea la sexualidad como medio para un fin útil, las perversiones desarrollan la sexualidad como un fin en sí mismo; así se sitúan a sí mismas fuera del dominio del princi-pio de actuación y desafían su misma base” (ibíd.: 60).

 

La nor malización del sexo e n té rminos de pro creación, de modo inevitable, significa la g enitalización de l a sex ualidad. El

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

sexo pasa a ser definido en términos del contacto genital que con-duce potencialmente a la procreación. La sexualidad pasa de ser polimorfa y d ifundida en todo el c uerpo a concentrarse en l os genitales. Se log ra una “desexualización del cuerpo socialmente necesaria: la libido llega a estar concentrada en una sola parte del cuerpo, dejando casi todo el resto libre para ser usado c omo ins-trumento de trabajo” (Marcuse, 1983: 59).

 

La ge nitalización de la sexualidad conduce al dimorfismo sexual5, la idea de que hay dos y sólo dos sexos. Si la sexu alidad fuera pensada como –y dis frutada– en tér minos del placer poli - morfo, el toque de la piel con la piel, por ejemplo, no habría razón para pensar a los seres humanos como divididos en dos sexos.

 

La interpretación de los cuerpos humanos de acuerdo con exac-tamente dos categorías, ni más ni menos que dos, es lógicamen-te el resultado de l a reducción de l as zonas del cuerpo percibi-das como erógena s a a quellas que sirven pa ra la a ctividad reproductora: l a receptividad de la s zonas co rporales qu e s on irrelevantes para la reproducción es negada y además convertida posiblemente en t abú. Del mismo modo, es tas zonas corporales de-sexuadas se vuelven irrelevantes también para la clasificación de los cuerpos. El concepto de “los dos sexos”, el uno y el otro, es, por consiguiente, un ef ecto d e la heterosexualidad como n orma

 

social. Par ece que en las sociedades europeas antes de la era moderna existía una dicotomización menos clara entre heterose-xualidad y homosexualidad. Se suponía (o más bien se esperaba) que todos perpetrarían actos homosexuales aparte de los hetero-sexuales, y que aquéllos serían perseguidos y castigados de mane-ra más o menos severa. Sin embargo, desde el siglo XIX los actos homosexuales pasan a considerarse automáticamente una expre-sión de la naturaleza homosexual del que toma par te en el acto, quien ya no es un ser humano perpetrando actos pecadores homo-sexuales (un sodomita), sino un homosexual, es decir, un miembro de una especie humana particular. El discurso se traslada de si, ocómo, deben ser castigados los actos homosexuales a si los homosexuales como tales, como una especie diferente, deben ser perseguidos, tra-tados psiquiátricamente o tolerados (Stoetzler, 2007:174).

 

 

5     Aun así, aproximadamente una persona de cada mil nace con genitales que no son femeninos ni masculinos de modo neto. En esos casos la definición como masculino o fe menino está da da, a menudo, po r la inte rvención médica (véase Baird, 2007: 124 y ss.). Más adelante, la misma autora (ibíd.: 133) escribe: “la deno-minada línea biológica entre lo masculino y femenino es francamente muy confusa”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Esto sugiere, entonces, que la mujer y el hombre no deben ser con-siderados como categorías transhistóricas, sino como formas especí-ficamente capitalistas de relaciones sociales, similares al valor o al dinero o al Estado 6. Hombre y mujer –y de hecho, homosexual y hete-rosexual– son identificaciones, aspectos de la sociedad de la identi-dad, parte de la mutilación que conlleva la creación del trabajador, el actor del trabajo. Una clasificación que debe ser combatida.

El trabajo es una abstracción, una separación del trabajo res-pecto del mundo del hacer o de la actividad vital. Esta fragmenta-ción de nuestra actividad vital es una fragmentación de n uestras vidas en todos los aspectos. La separación de la sexualidad respec-to del cuerpo como un todo y su concentración en los genitales se impuso históricamente al m ismo tiempo q ue la abstracc ión del trabajo contribuyó de manera fundamental a la creación del cuer-po como una máquina para trabajar y es parte del proceso gene-ral de abstracción o separación, del proceso de limitación, clasifi-cación e identificación7.

 

Las pautas p articulares de la do minación, ento nces, no son algo que nos sucede o que ellos –los hombres, los capitalistas, o quien sea– nos imponen, sino pautas de dominación que nosotros creamos a través de nuestra actividad y la forma en la que está organizada. Ésta es la importancia de la crítica ad hominem (o ad mulierem, o ad humanum): sólo trayendo de nuevo todo a nuestro hacer, nuestro poder creativo, es que podremos abrir la cuestión de cómo hace-mos otra co sa. N o somos mujeres u hombres, homosexua les o heterosexuales: no sotros hacemos las mujeres y los hom bres, la masculinidad y la fem inidad, tal c omo hacemos la ho mosexuali-dad y la heterosexualidad: no sólo como una elección individual, sino como una práctica social. Esta práctica social es parte de un complejo tejido de prácticas, una telaraña de abstracciones; pero, a p esar de lo complejo que e s, el núcl eo fundamental e s q ue somos nosotros quienes lo hacemos. Creamos el mundo que nos está matando, y si lo creamos, entonces, podemos dejar de crear-lo para hacer, en cambio, otra cosa.

 

 

 

 

6     Esto no significa que mujeres y hombres no existieran antes del capitalismo, sino que la fuerza específica de su separación y clasificación es algo peculiar al capi-talismo. Así, por ejemplo, la autorrepresentación de las muj eres como hombres sólo llegó a ser considerada un delito con el advenimiento del capitalismo.

7     Este pr oceso p uede s er vi sto com o la sup resión de l o dion isíaco (véase Ehrenreich, 2007).

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es la constitución de la naturaleza como objeto

 

<tesis 17>

 

 

 

 

 

 

 

 

La expulsión de seres humanos de la tierra sentó las bases para la creación de u n proletariado separado de los me dios de produc-ción y d e supervivencia, y c on ello facilitó la g eneralización del trabajo abstracto y de l surgimiento del capitalismo. En el centro de la discusión de M arx so bre la acumulación prim itiva está l a “expulsión violenta a los campesinos de la tierra” y “la usurpación de las tierras comunales” que comenzaron en el último tercio del siglo XV (1983: 898)1. Éste fue –y es–, un proceso violento. Marx (1983: 913) cita los tristemente famosos despejamientos en Escocia:

 

Como un ejemplo de los métodos imper antes en el sig lo XIX, baste me ncionar lo s despejamientos hechos por la duqu esa de Sutherland. Est a d ama, ver sada en econom ía polít ica, a penas advino a la dignidad ducal decidió aplicar una cur a económica radical y transformar en p asturas d e oveja s el c ondado en tero, cuyos habitantes ya se habían visto reducidos a 15 .000 debido a procesos ant eriores d e índole similar. De 1 814 a 182 0, e sos 15.000 pobladores –aproximadamente 3.000 familias– fueron sis-temáticamente e xpulsados y d esarraigados. Se d estruyeron e incendiaron todas sus aldeas, todos sus campos se transformaron en praderas.

 

Nosotros –habitantes de la s c iudades durante generaciones con toda probabilidad– leemos esto y nos sentimos conmociona-dos. “Pobre gente, cómo sufrieron”, y no entendemos. No enten-demos que la pobre gente somos nosotros mismos.

 

 

1     Tomás Moro (2009: 30) denuncia los cercamientos a comienzos del si-glo XVI: “[Las ovejas] tan mansas y tan acostumbradas a alimentarse con sobriedad son ahora, según dicen, tan voraces y asilvestradas que devoran a los mismos hom-bres, devastando campos y asolando casas y aldeas”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

La separación violenta de los seres humanos respecto de la tie-rra, es quizá, el pecado original e irremediable del capitalismo. Es un despedazamiento, una violenta separación de los seres huma-nos y las condiciones naturales de su existencia.

 

El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la natura-leza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso con-tinuo a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiri - tual del hombre depende de la naturaleza, no significa otra cosa, sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hom-bre es una parte de la na turaleza (Marx, s.f ., citado por F oster, 2000: 158).

 

El intercambio c onstante – o re lación m etabólica– entre l os seres humanos y la naturaleza es fundamental para la e xistencia humana. Cuando M arx (1983: 215) se refiere al trabajo útil – el proceso de trabajo en oposición al proceso de valorizació n– dice que “el trabajo es, en primer lugar, un proceso entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y con-trola su m etabolismo con la naturaleza”. La in teracción c on la naturaleza es un aspecto central del hacer humano.

 

En las sociedades precapitalistas la relación con el mundo vivo y no vivo que nos rodeaba generalmente se basaba en al idea de que era importante mantener algún tipo de equilibrio. Antes de cortar un árbol, el leñador le pedía perdón. Aunque pueda parecer absur-do para nosotros, era un reco nocimiento de la interdependencia de las diferentes formas de v ida en este p laneta. A menudo, esta relación era comprendida en t érminos mágicos o religiosos. “La base de la magia era una concepción animista de la naturaleza que no admitía ninguna separación entre la materia y el espíritu, y así imaginaba el cosmos como un organismo vivo, poblado por fuerzas ocultas donde cada elemento estaba en una relación solidaria con el resto” (Federici, 2004: 142). Éstas eran ciertamente formas de pen-samiento enca ntadas, fet ichizadas qu e interponían a los dioses, deas y otros espíritus como mediadores en la relación de los seres humanos con el mundo no humano (y una parte integral de las pautas de dominación en esas sociedades). No obstante, estas for-mas mágicas o religiosas daban un basamento para un cierto equi-librio entre los seres humanos y el mundo que lo rodeaba. El hacer humano, antes del surgimiento del trab ajo capitalista, es taba en general basado en el respeto por este equilibrio.

 

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

La expulsión de los seres humanos de la tierra significa sepa-rarlos a la fuerza de su ambiente natural, la ruptura del equilibrio necesario p ara la super vivencia humana. Esto es lo que Marx mencionaba como e l “ desgarramiento metabó lico”2 entre los seres humanos y la naturaleza de la que somos parte, el desgarra-miento metabólico que ahora amenaza de forma tan obvia la exis-tencia misma de la humanidad3. Este desgarramiento es insepara-ble de la abstracción del hacer en trabajo. Los antiguos campesinos expulsados de sus tierras no tienen otra alternativa que no sea la de vender su fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de pro-ducción. Se transforma el significado mismo de la actividad huma-na: el d iálogo cotidiano co n la na turaleza se transforma en el vacío cumplimiento de las instrucciones, el hacer se convierte en trabajo. La alienación del trabajo es, al mismo tiempo, alienación de la naturaleza (Foster, 2000: 72).

 

El desgarramiento es un d esencantamiento de la naturaleza4. La naturaleza se convierte en un objeto para los seres humanos, un objeto de estudio científico, un objeto de trabajo, separado de la magia y la religión. No fue sólo un vuelco en el pensamiento, sino de hecho un pro ceso la rgo y v iolento í ntimamente lig ado a l a represión y a la redefinición de las mujeres. La caza de brujas que fue una parte muy importante de la acumulación primitiva, signifi-có un ataque a la visión mágica del mundo y las prácticas asociadas con él (Federici, 2004: 200 y ss.). Esto fue acompañado con el sur-gimiento de un nuevo racionalismo científico que tenía en su base la constitución de la naturaleza como un objeto del todo separado de los seres humanos, un objeto gobernado por leyes que podían

 

 

2     Aquí sigo a Foster (2000: 155) que cita la traducción [al inglés] de El capi-tal por Ben Fowkes (Londres, Penguin, 1976: 949-950): la gran propiedad terri-torial “engendra condiciones que provocan un de sgarramiento insanable en la continuidad del metabolismo social, prescrito por las leyes naturales de la vida”. Sobre la importancia del concepto de desgarramiento metabólico véase también Wilding (2008).

 

3     De modo oportuno, Foster (2000: 1) comienza su libro sobre la Ecología de Marx con una cita reveladora de los Grundrisse (Marx, 2001: vol. I, 449): “Lo que necesita explicación, o es resultado de un proceso histórico, no es la unidad del hombre viviente y actuante, [por un lado,] con las condiciones inorgánicas, natu-rales, de su metabolismo con la naturaleza, [por el otro,] y, por lo tanto, su apro-piación de la naturaleza, sino la separación entre estas condiciones inorgánicas de la existencia humana y esta existencia activa, una separación que por primera vez es puesta plenamente en la relación entre trabajo asalariado y capital”.

 

4     Véase Horkheimer y Adorno (1987). Para una crítica véase Wilding (2008).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

ser descubiertas por la razón5. Nuestra relación con el mundo que nos rodea, pasó a ser vista como una relación de separación, de dis-tancia, de conocimiento sobre y de uso o explotación.

 

Esto tiene consecuencias profundas, Marx y E ngels hablaron del “idiotismo de la vida rural” resultante (2008: 30), de la separa-ción de la población rural de “todo intercambio con el mundo y, en consecuencia, con toda cultura” (Marx, 1958). Pero, el problema más serio es quizá, no tanto las consecuencias que la s eparación tuvo sobre la población rural, sino las que pesaron sobre la pobla-ción urbana, a aquellos privados del contacto con la tierra. Est a separación “convierte a unos en limitado s animales urbanos y a otros en limitados animales rústicos” (ídem, 1958), y es quizá, el limi-tado animal de la ciudad el que hace el daño mayor, y sufre la pér-dida mayor6. Ehrenreich (2007: 129 y ss.) habla de una “epidemia de melancolía” en la Eur opa del siglo XVII, a la cual considera un aspecto de la represión del gozo colectivo, pero, no parece invero-símil relacionar la melancolía ampliamente difundida y la represión del gozo colectivo con la separación de las personas respecto de la tierra, la pérdida del efecto terapéutico del contacto con otras for-mas de vida y la pérdida de la vitalidad de las comunidades aldeanas. El cercamiento de la tierra no sólo suministra una abundante ofer-ta de fuerza de trabajo a disposición del capitalismo naciente: crea un mundo de r esidentes urbanos d eprimidos, e mpobrecidos e insensibilizados por su pérdida de contacto con la naturaleza.

 

El cercamiento de la tierra está lejos de ser só lo un e pisodio del pasado: en términos mundiales, la eliminación de los campe - sinos respecto de la tierra, nunca ha sido tan torrencial como lo es hoy. Davis (2006: 17) afirma:

 

Las fuerzas globales que están “empujando” a los seres humanos del campo –la mecanización de la agricultura en Java y en la India, las importaciones de alimentos en México, Haití y Kenya, la guerra civil y las sequías a lo largo de toda África, y en todos lados la con-solidación de las tenencias pequeñas en tenencias más grandes y la competencia de los agronegocios a escala industrial– parece soste-

 

 

5     Sobre el cambio en el significado adjudicado a la “naturaleza” véase Williams (1976: 187-188). Federici (2004: 203) menciona “la prof unda alienación que la ciencia m oderna ha in stituido entre los sere s humanos y l a naturaleza”. Probablemente, sería más exacto decir que la ciencia consolidó más que instituyó esta alienación, que fue parte de la transformación de la actividad humana.

 

6     Las citas de Marx y Engels en este párrafo fueron tomadas de Foster (2000).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

ner la urbanización aun cuando la “atracción” de las ciudades está drásticamente debilitada por la deuda y la depresión económica.

 

Todo esto si gnifica n o só lo miser ia pa ra l os s eres h umanos partícipes, sino que el desgarramiento metabólico entre los seres humanos y la naturaleza está creciendo de modo constante.

 

Al producir y reproducir esta separación entre los seres huma-nos y el resto de la naturaleza, producimos y reproducimos la des-trucción de nuestras propias condiciones de existencia; en otra s palabras, producimos y reproducimos las condiciones de nuestra propia destrucción. En este proceso los seres humanos comparti-mos una responsabilidad particular que nos separa de o tras for-mas de vida. El desgarramiento metabólico que no sólo amenaza nuestra propia existencia, sino la existencia de muchísimas –posi-blemente, todas– las otras formas de vida, es la consecuencia de la acción humana y sólo puede ser superada por una transformación de la manera en la que viven los seres humanos.

Se ha vuelto muy evidente que nuestra interacción metabóli-ca con otras for mas de vida y nuestro m edio amb iente natural resulta una condición para la ex istencia humana y que el futuro de la humanidad depende de nuestra capacidad por supe rar el desgarramiento que hemos creado. Esto no signi fica, sin em bar-go, que s eamos lo mismo que otros animales. Se ha hecho muy popular afirmar en que no hay diferencia esencial entre los seres humanos y otras formas de vida. Me parece que esto es equivoca-do y peligroso. Somos nosotros, los humanos –no los cerdos, ni las hormigas– los que estamos destruyendo las perspectivas de vida en la tierra, y esto refleja el carácter distintivo de nuestro poder creativo y destructivo. El hacer que es central para este libro es dis-tintivamente el hacer humano, no el hacer animal. Es necesario reconocer nuestra difer encia c on los a nimales para asumi r p or completo nuestra particular responsabilidad en la superación del desgarramiento metabólico: no podemos contar con los cerdos o las hormigas para que lo hagan7.

 

No es de extrañar, entonces, que muchos de los movimientos de los últimos años hayan puesto en el centro de sus luchas la supe-ración de la separación entre los seres humanos y otras formas de vida. É sta e s l a sustancia d e mu chas de las gr ietas: el des arrollo –mediante la j ardinería orgánica, la permacultura, la creación de

 

 

7     Véase la excelente crítica de Latour realizada por Wilding (2010).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

jardines botánicos, baños secos, lo que sea– de una forma de vivir, de hacer, basada en una di ferente relación con la naturaleza8. La rebelión del hacer en contra del trabajo abstracto replica como un eco el grito de l revolucionario del sig lo XVI, Thom as Mün tzer: “todas las criaturas deben ser libres” (citado por Marx, 1965: 13, y en Foster, 2000: 74).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8     Gran parte d e este l ibro h a si do e scrito en e l me dio de l J ardín Etnobotánico de San Andrés, Cholula (México), un hermoso lugar creado por Eloína Peláez y d edicado a la lucha por una re lación diferente entre los seres humanos y las formas no humanas de vida, la lucha contra la constitución de la naturaleza como un objeto. Esta tesis y todo el li bro provienen de un constante diálogo práctico y teórico con Eloína.

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es la externalización de nuestro poder-hacer y la creación

del ciudadano, la política y el Estado

 

<tesis 18>

 

 

 

 

 

 

La abstracción es un desplazamiento, una extracción, un despojo.

 

Todo eso y algo aún más terrible: la abstracción es una entrega.

 

Hago un pas tel para m í y mi s ami gos. Parte del p lacer d e hacerlo es l a sensación de mi poder. Me doy cuenta de que soy capaz de hacer un pastel delicioso, y que tengo el poder de hacer algo que disfruto. En l a siguiente ocasión, llamo a mis amigos y hacemos pasteles juntos: nuevamente nos deleitamos en nuestras capacidades, en nu estro poder-hacer. Percibimos nuestro pode r como un verbo, como un ser-capaces-de1. Entonces, como hemos visto, decido ha cer pa steles para vender los e n el m ercado. Después de un t iempo me doy cuenta de que para vivir necesito producir en det erminada f orma y a un de terminado ritmo . E l mercado evalúa mi preparación de pasteles y esa evaluación reper-cute sobre mi actividad. Mi hacer, ya lo hemos visto, se ha trans - formado en trabajo y a l mism o ti empo m i p oder-hacer se ha transformado en otra cosa: en un poder impersonal sobre noso-tros. Ya no ejercemos más el poder sobre nuestra propia activi-dad. He mos ex ternalizado nue stro propio pode r y, a l hacerl o, hemos convertido nuestro poder-hacer en su opuesto: el pode r-sobre nosotros. Nuestro poder como verbo, nue stro ser-capaces-de ha sido transformado en poder como sustantivo, una cosa exte-rior a nosotros. Cuando vemos lo que hemos hecho, nos quejamos y rechinamos los dientes, pero lo terrible es que seguimos repro-duciendo lo hecho, una y otra vez externalizamos nuestro poder, convertimos nu estro po der cre ativo en un poder impersonal,

 

 

1     Sobre la cuestión del poder, véase la entrevista de Marina Sitrin (2005: 195) con Neka del MTD de Solano y Sergio de Lavaca: “Neka: El poder como capacidad y no como lugar de mando. Sergio: A diferencia de un nombre sustantivo llegar al poder, obtener el poder, como si fuera una cosa y el poder como verbo”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

externo a nosot ros mismos. Lo hacemos repetidamente porque no vemos otra forma para sobrevivir2.

La conversión del hacer en trabajo abstracto tiene lugar, en lo esencial, mediante la expansión del trabajo asalariado. La exterio-rización del poder es lo mismo, pero aún más palpable. Hago un pastel, disfruto haciéndolo, percibo mi poder-hacer. Esta vez deci-do que no venderé mis pasteles al mercado de modo directo, sino que venderé mi capacidad de hacer pasteles, mi poder de cocinar a una gran pastelería, y a c ambio recibiré un salario . Esta vez no es el mercado, sino mi empleador quien evalúa mi trabajo e impo-ne los ritmos que él considera necesarios para que se puedan ven-der los pasteles en el mercado. El poder-sobre tiene una cara per-sonal, pero el capitali sta es sen cillamente la pe rsonificación de fuerzas impersonales que él no controla. Otra vez hemos exterio-rizado nuestro propio poder y al hacerlo, hemos convertido nues-tro p oder-hacer en un poder -sobre n osotros. Así lo repetimos, nuevamente, día tras día: exteriorizamos nuestro poder-hacer y lo convertimos en un poder-sobre nosotros, ajeno . ¿Qué otra cosa podríamos hacer cuando hemos sido separados de los medios de producción, de los medios de supervivencia?

 

Después de un tiempo olvidamos el placer del hacer creativo. Hasta olvidamos que nuestro poder-hacer es la sustancia del poder-sobre, que el poder-sobre del capital depende totalmente de nues-tro po der-hacer, o sea que so mos nosotros q uienes creamos el poder que se ejercita sobre nosotros. Nuestro poder-hacer se vuel-ve invisible, el poder se convierte en u n sustantivo, sinónimo del poder del poderoso, el poder del capital, el poder del sistema.

La exteriorización repetida y múl tiple de n uestro po der – y por lo tanto de la metam orfosis de l pode r-hacer en e l poder-sobre– crea una telaraña compleja de cohesión social: las relacio-nes sociales capitalistas. Esta red de cohesión social es producida y reproducida por la miríada de procesos de abstracción de nues-tro hacer, la exteriorización de nuestro poder-hacer, y pasa a cons-tituir u na compleja estruc tura de poder-sobre, un a te laraña de obligaciones, compulsion es y do minación. Ésta es la sociedad capitalista que se planta contra nosotros, la cohesión o la síntesis social que se burla de nuestro s intentos de hacer otra cosa, no s dice que nuestras grietas son las grietas de la locura.

 

 

2     Sobre la diferencia entre poder-hacer y poder-sobre véase Holloway (2002, capítulo 3).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

La sociedad, que está constituida por el trabajo abstracto, es decir, por la repetida transformación de nuestro ser-ca paces-de, en un pod er s obre nosotros, es u na sociedad antagónica. Se basa en la frustración de nuestro hacer, de nuestro impulso por hacer lo que consideramos necesario o deseable. Esta frustración fundamental es a l mismo tiempo un an tagonismo de c lase, u n antagonismo entre quienes son creados por –y se benefician del– trabajo abstracto (los capitalistas) y quienes están forzados a cum-plir el trabajo abs tracto (los tr abajadores). La “te diosa co mpul-sión d e las relaciones económicas” (Marx, 198 3) nun ca es sufi - ciente para contener este antagonismo: debe ser respaldada por el uso de la fuerza. La exteriorización de nuestro poder adquiere una d imensión adi cional. El po der-sobre, ese mo nstruo crea do por la metamor fosis de nuestro poder-hacer se duplica. Llega a existir en dos formas distintivas: la económica y la política. Con el tiempo se d esarrolla al lí una instan cia se parada de la soc iedad que procura asegurar el orden social necesario para e l dominio del trabajo abstracto. Esta instancia es el Estado.

 

No siempre fue a sí. En la sociedad feudal, por ejemplo, no había ni la misma exteriorización de nuestro poder, ni la m isma separación de lo económico y lo político. El siervo estaba forzado, bajo pen a d e c astigo, a ej ercer sus c apacidades en no mbre d el señor, pero no había pérdida de la especificidad de la actividad, y no había una separación entre la explotación y el uso o la amena-za d e l a fu erza n ecesaria par a m antenerla. La dom inación e ra directamente personal y abiertamente jerárquica. Una sociedad feudal es una sociedad fragmentada en parc elas, donde la cohe - sión social se establece en la comunidad y bajo la dominación per-sonal y tradicional del señor.

 

Esto cambió cuando los señores expulsaron a los campesinos para hacer lugar a las ovejas y, a su vez, los campesinos huían de la tiranía de los señores. Los vínculos personales ya no mantuvieron unida a la sociedad. La nueva cohesión centrada en la abstracción del hacer en trabajo creó un nuevo sujeto abstracto. Los sie rvos, subordinados como comunidad a s u señor, se transformaron en individuos, vendedores de mercancías y, en especial, proveedores de la mercancía central: la fuerza de trabajo. Como vendedoresindi-viduales de mercancías, necesariamente gozaban de derechos igua-les, derechos como propietarios iguales, sin los cuales hubiera sido imposible el contrato de intercambio. Se transformaron en sujetos legales (véase Pashukanis, 1976). Se convirtieron –a travé s de un

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

proceso de luch as– en ciudadanos iguales gozando de derec hos iguales. Ésta es una igualdad formal, abstracta, que no nos dice nada de su situación real en la vida. La ciudadanía es una abstrac-ción, la consolidación de la individualidad abstracta intrínseca en la abstracción del hacer en trabajo. Como trabajadores abstractos, somos todos ig uales, todos formamos parte de la produc ción social de la sociedad mercantil, una sociedad basada en la abstrac-ción, en la indiferencia al significado y a la particularidad. Como individuos abstractos –y sólo como individuos a bstractos– somos ciudadanos y podemos ser representados.

El Estado se caracteriza por su separación de la sociedad. No establece la cohesión social, pero sí actúa como un complemento necesario para el esta blecimiento de e sa cohesión medi ante el proceso de intercambio. Es un a forma derivada del trabajo abs - tracto, c onstituida por la a bstracción de l h acer e n trabajo . La constitución del Estado es, al mismo tiempo, la constitución de lo económico y lo político como esferas separadas. A partir de la sepa-ración de estas esferas, la abstracción del hacer en trabajo, es decir, la trans formación d e nuestr o ser-capaces-de en un pode r-sobre nosotros, desaparece de la vista.

 

Lo político atrae nuestro fuego, distrae nuestra atención de la cuestión fundamental de n uestro poder-hacer. El Estado , por su misma exis tencia, di ce, en e fecto: “soy la fuerza de c ohesión social, soy el centro de la determinación social. Si quieres cambiar la sociedad debes co ncentrarte en mí, debes ganar mi control”. Esto no es cierto. El determinante real de la sociedad está oculto detrás del Estado y de la economía: es la forma en que se organi-za nuestra actividad cotidiana, la subordinación de nuestro hacer a los dictados del trabajo abstracto, o sea, del valor, del dinero, de la ganancia. Es esta abstracción la que, después de todo, se erige como la base misma de la existencia del Estado. Si queremos cam-biar la sociedad debemos dejar de subordinar nuestra actividad al trabajo abstracto, hacer otra cosa.

 

Sin embargo, el canto de sire na del Estado es en ormemente poderoso. Una y otra vez n os llama, nos afirma que si queremos lograr algo, si queremos cambiar la sociedad, debemos verlo a él. Desvía nuestros esfuerzos. La existencia del Estado como una ins-tancia separada o particular es una constante seducción, un cons-tante llamamiento que nos c onvoca a una esfera separada de la política. Aun si rechazamos el partido como una forma de organi-zación, aun si decimos que no queremos tomar el poder, todavía

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

sigue l a voz con stantemente diciendo: “e s lo político lo que es importante, olvida el contenido de tu actividad cotidiana, es lo polí-tico lo que importa”. Incluso muchos grupos autonomistas han sido arrastrados a esto: se concentran en la construcción de “otra políti-ca”, sin ver que la “otra política” debe basarse en la crítica de la misma separación de la política respecto del resto de nuestra acti-vidad cotidiana, en la super ación de la separación de la polític a respecto del hacer3.

 

El Estado nos arrastra a un falso terreno. Pero eso significa que la política nos arrastra a un falso terreno: la misma aceptación de la política como una esfera distintiva nos conduce por el mal camino. Retornemos al inicio, vol vamos a nue stra ac tividad, a nuestro hacer y a la forma en que está organizada, a lo que hace-mos cada día. Cuanto más avanzamos en nuestro argumento, con mayor claridad vemos la importancia de la insistencia de Marx en la c rítica ad hominem, la co mprensión y el cambio del mundo desde la perspectiva de la actividad humana.

 

El Estado y, en consecuencia, la política entendida como una esfera diferente, es una separación, un desplazamiento, un apartarse de nuestra lucha por un mundo diferente. Pero más que eso, es una creación, es una entrega por nuestra parte. La existencia del Estado es parte de la exteriorización del poder intrínseca en la abstracción del hacer en trabajo, parte de la transformación de nuestro poder-hacer en su po der-sobre. L o cr eamos y recr eamos pagando los impuestos, obedeciendo las leyes, votando en las elecciones: pero también constituyendo una esfera distintiva de lo político separada de la vida cotidiana. El Estado no es una fuerza exterior sino una fuerza exteriorizada. Creamos el Estado exteriorizando nuestro poder: su poder sobre nosotros es la transformación de nuestro poder-hacer. La crítica del Estado, entonces, es la crítica de la exteriorización de nuestro poder, de nues tra constante creación y recreación del Estado como una autoridad que se sitúa por fuera de nosotros, y de la política como una esfera distintiva separada de nuestras vidas coti-dianas, de nuestro hacer, comer y amar4.

 

 

3     Lo mismo puede decirse de la noción de una “otra eco nomía” que sólo tiene sentido en la medida en que se focaliza la superación de la escisión de la economía respecto de la vida.

4     Hay muchas formas en las que podemos externalizar nuestro poder, o sea, dar a otros el poder sobre nosotros, en nuestra relación con los médicos, los alba-ñiles, nuestros afectos, amistades, y demás, pero aquí nos detenemos en la cues-tión del Estado.

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es la homogeneización del tiempo

 

<tesis 19>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Uno de los elementos más sutiles y, sin embargo, más poderosos de la telaraña que tejemos para atraparnos es el mismo tiempo. El trabajo abstracto produce el tiempo abstracto. El trab ajo abstrac-to crea el reloj.

 

El reloj habla de la duración, de la homogeneización del tiem-po. Desde la perspectiva del r eloj un m inuto es l o mismo que el siguiente. El reloj camina y camina, cuantificando el tiempo, con-tando los mi nutos de felic idad de la misma forma que los minu-tos de desesperación, proyectando el pasado en el futuro. Para el reloj mañana será lo mismo que hoy o que ayer. Para el reloj, la única revolución concebible es la que da vueltas y vueltas, sin cam-biar nada1.

 

Todo sistema de dominación depe nde de la duració n, del supuesto de que, por el sólo hec ho de que algo existe en un momento dado, continuará ex istiendo en e l sigui ente. El amo supone que, debido a que do minó ayer, continuará dominando mañana. El esclavo sueña con un mañana diferente pero, a menu-do, lo sitúa más allá de la vida y de la muerte, en el cielo. Supone que no hay nada que pueda hacer para cambiar su situación. El poder del hacer está subordinado a lo que se es. Si hoy se es un esclavo, mañana lo seguirá siendo, y pasado mañ ana también, y así, por la eternidad.

 

Miramos a n uestro alr ededor. Vemos a los po líticos y a lo s capitalistas. Vemos sus grandes edificios y su policía y sus ejércitos.

 

 

1     Como dice Lukács (1970: 117): “El tiempo pierde así su carácter cualitati-vo, c ambiante, f luido: se i nmoviliza en un continuum exactamente delimitado, cuantitativamente conmensurable, lleno de ‘cosas’ cuantitativamente conmensu-

 

rables (l os ‘t rabajos rea lizados’ po r el trabajador, cosificados, mec ánicamente objetivados, separados con precisión del conjunto de la personal idad humana): en un espacio”. Sobre la reificación del tiempo véase también Tischler (2004).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Vemos un mu ndo de g ran complejidad y corrupción . Sabemos que es injusto, violento, destructivo y queremos que sea diferente. Pero suponemos que todavía seguirá así mañana, y pasado maña-na, siempre.

 

El reloj sigue haciendo su tic tac, diciéndonos que es así, que el tiempo es una vida de mañanas, todas repeticiones del hoy. La vida es así, así son las c osas. Para el reloj no hay pasado q ue sea diferente del presente, así c omo tampoco hay futuro que pueda ser diferente del presente. El reloj habla de un present e perma-nente, pero es un pr esente que es totalmente vacío, porque n o contiene ninguna posibilidad de un mundo diferente. No hay un hacer en el tiempo del reloj, sólo el ser vacío, sólo el es repetido al infinito.

 

El reloj nos habla de duración, de continuidad, de imposibili-dad d el cambio ra dical. L a dur ación entra e n nuestras mente s. Asumimos que las cosa s cont inúen como son. Sabemos, quizá, que no es cierto, que ha y desastres que s e ciernen so bre no so-tros sobre los cuales no tenemos ni ngún control: la guerra y s u imagen especular, el terror, y desastres naturales y sociales. El reloj nos adormece: nos obnubila frente al peligro del desastre, pero nos obnubila sobre todo frente a la posibilidad de que nosotros mismos podamos cambiar las cosas de modo radical.

 

No siempre ha sido así, el reloj no ha dominado desde siem-pre. Antes del surgimiento del reloj, el hacer estaba en el centro del tiempo, el principal medio de medir el tiempo. Esto, a veces, es mencionado como el tiempo medido de acuerdo con las tareas. Así, Thompson (1967: 58) nos dice:

 

En Madagascar el tiempo podía ser medido por la c occión del

arroz (alrededor de m edia h ora) o l a fritura de una     langos ta

(un mome nto). Los n ativos d e Cross River han sido c itados

como diciendo que “el hombre murió en meno s tiempo que lo

que tarda el maíz en tostarse completamente” (menos de quin-ce minutos) […]. El Oxford English Dictionary nos da ejemplos ingleses del tiempo del pater noster wyle, del miserere whyle (1450) y (en el New E nglish Dictionary, pero no en el Oxford E nglish Dictionary) el tiempo de hacer pis, una medida un t anto arbi-traria.

 

El tiempo del hacer –u orientado a las tareas– es la forma pre-dominante del tiempo en sociedades en la que el hacer no ha sido transformado en trabajo:

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Una comunidad en la que la orientación a las tareas es c omún, parece mostrar l a m enor d elimitación ent re “el trabajo ” y “l a vida”. El intercambio social y el trabajo están entremezclados –la jornada laboral se alarga o se contrae de acuerdo con la tarea– y no hay una gran sensación de conflicto entre el trabajo y “el pasar el día” (Thompson, 1967: 60).

 

El surgimiento del reloj acompaña el surgim iento de la abs-tracción del h acer en tra bajo. Se trata de un largo proceso que abarcó siglos de lucha. La difusión de los relojes desde el siglo XIV en adelante, al princ ipio está r elacionada con la e xpansión del intercambio mercantil, con un “tiempo de los comerciantes”, dife-rente del tiempo de la iglesia medieval (véase Thompson, ibíd.: 56). La difusión de l os relojes y con posterioridad de los reloje s más pequeños y de ma yor precisión (los minuteros se i ntroduje-ron sólo en el siglo XVIII)2 estuvo í ntimamente aso ciada c on la imposición de la disci plina del trabajo, primero en el cam po y luego en la fábrica. El tiempo orientado a las tareas, o el tiempo del hacer, no resulta adecuado cuando el hacer es un hacer para otro, un hacer resistido. Cuando el hacer se convierte en trabajo, la actividad deviene externa y se impone al hacedor. Entonces, el tiempo mismo se convierte en exterior e impuesto. El tiempo ya no surge del hacer, sino que debe ser impuesto sobre el hac er para asegurar que el hac er se c umpla. El re loj es el medio para lograrlo. La difusión del reloj es no sólo la expresión de una nece-sidad para la sincronización de tiempos cada vez m ás complejos, sino que permite, de modo simultáneo, la imposición de la disci-plina, tal c omo insiste Thompson (ibíd.: 80): “Estamo s hablando simultáneamente de l a sen sación del tiempo e n su condiciona-miento tecnológico y de la medida del tiempo como un medio de la explotación del trabajo”.

 

No se l ogró imponer con facilidad el tiempo del reloj: exigió una larga lucha, que comprendió no sólo la afirmación de la disci-plina en el tr abajo y el ca stigo para quienes llegaban ta rde al mismo, sino también la constante afirmación de la virtud de la pun-tualidad por parte de los moralistas y predicadores y, para coronar esto e inculcar buenos hábitos desde una temprana edad, la intro-ducción de la educación pública. El enemigo a vencer era la pérdi-da de tiempo, y el rechazo a aceptar la urgencia del tic tac del reloj.

 

 

2     Sobre la historia de los relojes véase Mayr (1989).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Thompson ( 1967: 83) n os dic e cómo un clér igo del siglo XVIII observa con horror que “las iglesias y la s calles [ están] pobladas con cantidades de espectadores a los casamientos y funerales, quie-nes, a pesar de las miserias de sus condiciones hambrientas no tie-nen escrúpulos en perder l as mejores h oras del día por el sólo gusto de mirar”. Sin embargo, este mismo autor nota un cam bio gradual en la resistencia al tiempo a medida que los trabajadores comienzan a organizarse contra el capital.

 

El asalto, desde tantas d irecciones, sobre los viejos hábitos labo-rales de la gente, no dejó, por supuesto, de ser enfrentado. En la primera etapa, hallamos simple resistencia, pero, en la siguiente, mientras se imponía la nueva disciplina del tiempo , los trabaja-dores comenzaron a luchar, no contra el tiempo , sino sobre él (ibíd.: 85).

 

Los trabajadores comenzaron a luchar, en otras palabras, por una jornada laboral más corta y ya no por el de recho a usar su tiempo en mirar pasar el día o a medir su día simplemente en fun-ción de lo qu e se les antojara hacer. Sin lugar a dudas, éste es el comienzo del nacimi ento de la lucha del tr abajo ab stracto: s e aceptan las formas y los ritmos de trabajo en las fábricas y en otros lugares de trabajo. La lucha en contra del capital continúa, pero dentro de las r eglas fundame ntales establecidas por el capi tal. Thompson (ibíd.: 86) concluye:

 

La primera generación de trabajadores fabriles aprendió de sus amos la importancia del tiempo; la segunda generación formó sus comités para acortar el tiempo de trabajo en el movimiento de las diez horas; la tercera generación luchó por l as horas e xtras o el tiempo-y-medio. Ya habían aceptado las categorías de sus emplea-dores y aprendieron a reaccionar dentro de ellas. Habían apren-dido su l ección, q ue e l tiempo es dinero, sólo que la ha bían aprendido demasiado bien.

 

El nuevo tiempo es el tiem po del trabajo alienado, abstracto (véase Bonefeld, 2010, y Posto ne, 2006). El tiempo abstracto es inseparable del trabajo abstracto. Cuando se comparan diferentes productos en el me rcado se estab lece una re lación cuanti tativa entre ellos –el valor de cambio de las mercancías– y esta relación está determinada por el tiempo de trabajo socialmente necesario exigido para producir las mer cancías. Hab lar de la ab stracción

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

del hacer en trabajo es hablar, por fu erza, de la a bstracción del tiempo del hacer en el tiempo de trabajo socialmente necesario, exterior y de subjetivado. El dominio del tiempo de trabajo socialmente n ecesario es de modo inev itable el dominio del tiempo exterior a nosotros, abstraído de la cualidad de nuestro hacer. Cuando decimos que el trabajo abstracto teje la sociedad capitalista, a firmamos que el tiempo abst racto del reloj es una parte esencial e inevitable de ese tejido (véase Bonefeld, 2010, y Postone, 2006).

 

Éste es el tiempo de la durac ión, el tiem po de la separació n del tiempo de nuestro hacer. Los relojes no sólo representan la disciplina laboral, no sólo la puntualidad, sino toda una forma de vivir y comprender el mundo. El tiempo del reloj, el tiempo de la duración, es el tiempo de separar al sujeto del objeto, a la consti-tución de la existencia, al h acer de lo hecho. Creamos algo y la cosa que creamos se separa de nosotros. Toma una nueva existen-cia en la que se niega nuestra constitución o creación de la cosa y se suprime nuestro tiempo de hacer. Hacemos una silla con amor y dedicación y la silla se planta ahí como una mercancía para ser vendida, se olvida nuestra amorosa creatividad, y en su pre cio se borra el tiempo que gastamos en su creación. Se olvida el tiempo de la constitución, toma su lugar el tiempo de la existencia: la silla tiene dos años de antigüedad, diez años, cien años. Éste es el tiem-po de la exi stencia-separada-de-la-constitución, el tiempo de las cosas, para las que un día es lo mismo que el anterior o el poste-rior. La silla no crea, no se enamora, no se enoja ni grita. El tiem-po de la silla es el tiempo del reloj, el tiempo-cosa, el tiempo-obje-to. El t iempo-cos a es la n egación del ti empo-persona, el tiempo-objeto es la negación del tiempo-sujeto. El tiempo-reloj es el tiempo de nuestra im potencia, de nuestra subordinación a las cosas. Es el tiempo no de la vida, sino de la su pervivencia, del lento transcurrir día tras día, el tiempo del tedio.

 

El tiempo-reloj es el tiempo-en-que vivimos. Vivimos y actuamos en el tiempo. Bonefeld (ibíd.) escribe: “Del tic al tac, el tiempo del reloj mide la actividad humana independientemente de su conteni-do específico. En el tiempo del reloj, el gasto de trabajo no ocurre en el tiempo. Sucede en el interior del tiempo”. El tiempo contie-ne nuestras vidas, una estructura sobre la que no tenemos control. Con suerte, viviremos ochenta o quizá noventa años: ese rango es una estimación aproximada de nuestro tiempo de vida. Éste es el tiempo de la identidad. El tiempo, separado del hacer, está hecho

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

de unidades idénticas, unidades de identidad: unidades autónomas separadas entre sí, unidades en las que estamos contenidos3.

 

El tiempo-reloj es el tiempo de la institucionalización. La insti-tucionalización es una extensión de la separación entre existencia y constitución. Creamos algo y este algo adquie re una existencia independiente de nosotros, una vida propia. Constituimos un par-tido político y el par tido sigue e xistiendo, af irmando que n os representa, que todavía tiene la misma relación con nosotros como en el mo mento de su c reación. Creamos un Estado y el Estado existe, independiente de nosotros, con su propio tiempo, historia, conmemoraciones. No s casamos y nue stra rel ación de a mor adquiere su propia e xistencia, separada de los sentimientos del momento, adquiere una temporalidad medida por aniversarios y ya no por segundos de infinita fragilidad. La prisión es la suprema expresión de la separación del tiempo respecto del significado. Los presos simplemente hacen tiempo, y el tiempo que hacen está fuera de su control de modo absoluto.

 

El tiempo-reloj es el tiempo de un mundo que no controlamos, un mundo que no responde a nuestras pasiones e intensidades. Es tiempo exterior a nosotros. Es tiempo histórico, pero el tiempo de una historia exterior a nosotros, la historia de un mundo que nos es ajeno. Ésta es una historia real, la historia real de un mundo que realmente no controlamos: una historia medida en años, una his-toria de sucesivas estructuras, una historia dividida en períodos que tienen un comienzo y un fin, una historia con una clar a división entre pasado, presente y futuro. Éste es el tiempo del progreso, un tiempo que corre hacia adelante, a lo largo de carriles predetermi-nados. Éste es el tiempo real, ésta es la hi storia real, per o no es nuestro tiempo y no es nuestra historia4.

 

Éste es el tiempo de la gratificación diferida5. El reloj nos dice que ésta no es la hora de pararse en la calle y mirar pasar el día.

 

 

3     Debord (1995: capítulo 6, párrafo 147) escribe: “El tiempo de la produc-ción, tiempo-mercancía, es una acumulación infinita de intervalos equivalentes. Es la abstracción del tiempo irreversible, en que todos los segmentos deben pro-bar sobre el cronómetro su igualdad cuantitativa única. Este tiempo es, en toda su realidad efectiva, lo que es en su carácter intercambiable. En esta dominación social del tiempo-mercancía ‘el tiempo lo es todo, el hombre n o es nada; a lo sumo es el esqueleto del tiempo’ (Miseria de la filosofía). Es el tiempo desvaloriza-do, la inversión completa del tiempo como campo del desarrollo humano”.

 

4     Sobre una diferente escritura de la historia véase Tischler (2009).

 

5     Sobre el diferimiento de la gratificación y la represión del gozo colectivo véase Ehrenreich (2007: 100).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Si trabajamos duro durante las horas de trabajo, entonces, quizá después pod remos permi tirnos e l placer de mirar pasar el día. Mientras tan to, debemo s sac rificar nuestros deseos6. Sacrificio

ahora, gozo después. Pero el reloj es, sobre todo, el tiempo del sacrificio ahora, del trabajo medido, del trabajo que no puede ser nunca d isfrutable senc illamente po rque está con trolado por el reloj. La gratificación diferida está más allá del re loj, por encima del arcoíris. Es un postre para comer en el cielo. Éste es el tie m-po de la revolución del futuro: un absurdo lógico porque está fun-dado en el tiempo abstracto del trabajo abstracto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6     Sobre las consecuencias fatales de la tradición del sacrificio para la lucha anticapitalista véase Vaneigem (1994: capítulo 12).

 

 

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La abstracción del hacer en trabajo es la creación de la totalidad

 

<tesis 20>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Toda sociedad depende de alg ún tipo de interrelación entre las actividades d e los seres h umanos: debe de haber alg ún tipo d e tejido en común. Sohn-Rethel (1980: 14) escribe:

 

Sus actividades deben estar interrelacionadas para constituir una sociedad y deben contener un m ínimo de homogeneidad para que la sociedad funcione como un todo. Est a coherencia puede ser consciente o no, pero debe existir, de lo contrario la sociedad dejaría de ser viable y los individuos que la componen no podrían ejercer s us funciones d ebido a las m últiples i nterdependencias que se habrían establecido entre ellos.

 

En las sociedades precapitalistas este tejido en común se esta-blece sobre la base de las características concretas de la actividad. Puede ser sobre la base de la costumbre, mando o decisión comu-nitaria, y éstas, a su vez, se relacionan con una actividad específica: el amo le dice al esclavo que construya una pared, la costumbre en la aldea es que el tallador debe hacer una estatua para la ig lesia cada determinado período. Las actividades se reúnen socialmente sobre la base de una combinación de aquello que se percibe como una necesidad social y las capacidades sociales existentes.

 

Bajo el capitalismo todo esto cambia: ese tejido en común no se construye a través de la costumbre, del mando o de la decisión comunitaria, s ino m ediante e l intercam bio de producto s. S in duda, en las empresas capitalistas la coordinación la hace la auto-ridad interna, pero en la sociedad de conjunto la única a utori-dad es el mov imiento incontrolado e inconsciente de l din ero, el medio de l int ercambio. El hecho de que yo h aga pa steles para otros e s el resul tado no de la costu mbre ni del mando o decisión comunitaria, sino sencillamente el resultado d e mi per-

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

cepción de que puedo venderlos, o sea, cambiarlos por dinero. Si descubro que ya no pu edo cambiarlos más por dinero, me veré obligado a ca mbiar de actividad. Entonces, el te jido social d e las actividades tiene lugar, no sobre la base de las características con-cretas de las actividades, sino sobre la b ase de la abstracc ión de estas mismas características, sobre la base de que todas las diferen-tes actividades son tratadas como trabajo abstracto y homogéneo. La cohesión social se logra mediante el tratamiento de todas nues-tras actividades, todos nuestros haceres particulares, como trabajo homogéneo, cuantificable, mensurable e intercambiable. La socia-lización del trabajo es, al mis mo tiempo, la homogenización del trabajo, a diferencia de las sociedades anteriores1.

 

Esto tiene consecuencias importantes para el significado de la cohesión social. Hay una integración mucho más estrecha entre las actividades particulares de una persona y la sociedad como un todo. Que yo produzca automóviles o pasteles o no haga nada en absoluto, será el resultado del movimiento del dinero –el merca-do– sobre el cual no tengo co ntrol en absoluto. Esta ciega cone-xión arroja a las mujeres y a los hombres de un tipo de actividad a otro: de hacer automóviles a ar mar computadoras o preparar hamburguesas. El establecimiento de la cohesión social mediante la abstracción también significa que las conexiones sociales son ilimitadas en el espacio y el tiempo. Mientras que en una sociedad feudal las conexiones sociales son establecidas en un espacio limi-tado, la mediación del intercambio supone que no hay límites en absoluto. Mi pastel –si se locongela– puede ser consumido en China o en Alemania, mañana o dentro de tres semanas. Una reducción del tiempo de trabaj o necesario para producir un automóvil en China arrojará a la desocupac ión a un sector obrero de las fábri-cas automotrices en los Estados Unidos.

 

La actual cohesión social, entonces, es cuali tativamente dife-rente a la que existía en las sociedades precapitalistas. Cubre todo el planeta, determina los contenidos de la actividad de los seres humanos de form a much o má s ab arcadora y existe c omo un a fuerza e xterior independiente de todo cont rol c onsciente.

 

 

1     Rubin (1985: 196) afirma: “La transformación del trabajo privado en traba-jo social, sólo puede efectuarse mediante la transformación del trabajo concreto en trabajo abstracto. […] El trabajo abstracto no es sólo trabajo socialmente igualado, esto es, abstraído de sus propiedades concretas, trabajo impersonal y homogéneo. Es trabajo que se hace social sólo como trabajo impersonal y homogéneo”.

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

Podemos subrayar esta diferencia señalando que en el capitalismo la cohesión social existe como una síntesis social o una totalidad, cosa que no sucede en las sociedades no capitalistas.

El trabajo abstracto constituye una totalidad que es indepen-diente de la determinación consciente. Tiene su propia lógica, sus propias leyes de desarrollo: la lógica del capital, con sus leyes que operan a espaldas de los productores. Hago pasteles, pero si esto me ocupa más tiempo que el tiempo de trabajo socialmente nece-sario exigido para hacerlos, entonces, no podré venderlos (a un precio que refleje mi trabajo). ¿Cómo sé si he cumplido las exi-gencias del tiempo de trabajo socialmente necesario? Sólo viendo si puedo vender mis pasteles o no: las leyes del trabajo abstracto operan a mi s es paldas. La inter acción de las ac tividades de l a gente está más allá de su control, opera de acuerdo con una lógi-ca de interacción propia.

 

Como todos los demás aspec tos de la transformación del hacer en trabajo abstracto, la constitución de la totalidad es un proceso histórico y violento en extremo. La constitución del mer-cado mu ndial n o fue –y no es– un proceso tran quilo, rac ional, sino una dinámica que ha condenado a millones de personas a la miseria y a una sensación de redundancia social, un proceso que ha borrado culturas y pueblos enteros. La totalidad –o sea, la par-ticular cohesión social del c apitalismo– es la eli minación de for-mas alternativas de hacer y formas alternativas de vivir, de todo lo que no se adapte a las ciegas leyes del trabajo abstracto.

 

El trabajo abstracto constituye una totalidad, pero lo hace de una f orma que n o e s obvia. Prec isamente, porque la cohesión social no es el resultado de ningún proceso consciente, la soc ie-dad parece ser una masa de detalles incoherentes, de fenómenos no r elacionados en tre sí. A prim era vista , l a cone xión e ntre e l dimorfismo sexual –por ejemplo– y la destrucción de otras for-mas de vida no es o bvia. Parecen ser dos fenómenos no rela cio-nados entre sí. Sólo si se comprenden ambos como parte de una sociedad conformada por el trabajo abstracto podemos entender cómo la lucha contra el dimorfismo sexual está relacionada con la lucha contra la destrucción de otras formas de vida y la lucha por la abolición del trabajo abstracto. Frente a un mundo que se presenta como una m asa de de talles y pa rticularidades, la totali-dad es una categoría fundamental de la crítica. Esto es crucial, no sólo porque arroja lu z sobre l as interconexiones de la dom ina-ción capitalista –la conexión, por ejemplo, entre la ayuda para el

 

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

desarrollo y l a venta de armas– y la unidad-en-la-separación de nuestras propias luchas.

 

La totalidad, entonces, ha sido una categoría central de la crí-tica marxista, apuntando a la relación entre fenómenos en apa-riencia no relacionados en la sociedad capitalista. Hay, sin embar-go, un grave peligro aquí: de ser una categoría crítica, la totalidad puede ser tr ansformada con facilidad en una cate goría positiva2. Esto sucede si la totalidad es comprendida como una c ategoría transhistórica.

 

Esto es importante porque si c onvertimos la to talidad en un concepto positivo y transhistórico, entonces, tenderemos a verla como algo que debe ser li berado de su forma capitalista incons-ciente y fr agmentada3. E ste desplazamiento desde la total idad como concepto crítico hacia la totalidad como un concepto posi-tivo está as ociado especialmente con Lukács y su lib ro Historia y conciencia de cl ase (1970). En dic ha obra su autor afirma, en una frase célebre, que el marxismo es el “punto de vista de la totali-dad”4. En la medida en que la totalidad es la crítica de la fragmen-tación y de todos los fenómenos que ocultan el papel central de la cr eación hum ana, esto es muy im portante; no ob stante, el mismo Lukács va más allá e interpreta la totalidad con referencia al proletariado como el suj eto-objeto de la historia. La lucha en contra del capitalismo se convierte en lucha por la emancipación de la totalidad de su fragmentación, y esto está asociado de forma íntima con la idea del partid o –como representativo de la totali-dad– y de la planificación socialista centralizada. En la actualidad, la totalidad es fragmentada y anárquica: lo que se necesita es una totalidad unificada y soci almente controlada. No es de extrañar que muchos consideren que esa perspectiva es escalofriante.

 

Sin embargo, si vemos la totalidad como el producto del tra - bajo abstracto, entonces, la lucha en contra del capitalismo no es

 

 

2     Escribe Adorno (citado por Jay, 1984: 266-267): “La totalidad no es una categoría afirmativa sino una categoría crítica. La cr ítica dialéctica procura res-catar o ayudar a establecer lo que no obedece a la totalidad, lo que s e le opone o lo que se forma primero como el potencial de una individual ización aún no existente […] Una humanidad liberada, de ningún modo, sería una totalidad”.

 

3     Para una sólida crítica de l a positivización de la totalidad véase Tischler (2007a).

4     Lukács (1970: 17): “Lo que distingue de modo decisivo al marxismo de la ciencia burguesa no es el predominio de las motivaciones económicas en la expli-cación de la historia, sino el punto de vista de la totalidad”.

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

sólo una lucha contra la fragmentación y la pérdida o falta de con-trol social, sino la lucha contra la totalidad como tal. Esto abre perspectivas muy diferentes, tanto en el corto como en el largo plazo. Las grietas de las que hemos hablado no son una lucha por establecer una totalidad alternativa, sino para rompe r la existen-te. Si el trabajo abstracto totaliza, entonces, la lucha en contra del trabajo abstracto es una lucha en contra de la to talización5. Éste es un punto práctico importante, simplemente porque el concep-to positivo de la totalidad es una o bjeción que se le vanta una y otra vez contra los movimientos autonomistas de los últimos años: ¿dónde está tu programa, tu plan nacional, tu estrategia, tu teoría de la tr ansición? U na y otr a vez se nos invita a conceptualizar nuestras luchas desde la perspectiva de la totalidad comprendida de forma positiva, o sea, a incorporarlas justamente en la ló gica que rechazamos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5     Postone (2006: 222): “La superación del capitalismo s upondría la aboli-ción –no la realización– de la sustancia, del papel del trabajo como constituyen-te de una mediación social y, por tanto, la abolición de la totalidad”.

 

 

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El trabajo abstracto domina:

 

la abstracción del hacer en trabajo es la creación de una totalidad cohesiva regida por leyes sostenidas por la explotación del trabajo

 

<tesis 21>

 

 

 

 

 

Gran parte de la historia relatada en las secciones previas podría ser –y ha sido– analizada de diferentes maneras. La creación de la sociedad moderna, con todo lo que esto conlleva, en términos de trabajo, de pensamiento racional científico, de sexualidad dimor-fa dominada por el varón, la o bjetivación de la na turaleza, la homogeneización del tiem po, el cerc amiento en un sistema omniabarcador, y muchos otros más: todo esto pue de ser –y ha sido– vi sto simplemente c omo la modern ización, co mo la cre a-ción de una sociedad industrial moderna. De modo más c rítico, puede ser discutido en términos del establecimiento de una socie-dad disciplinada (véase Foucault, 2005), o en términos de la críti-ca al Iluminismo (véase Horkheimer y Adorno, 1987), o en forma fascinante, como la “lucha entre Penteo y Dionisio” por la repre - sión del gozo colectivo (véase Ehrenreich, 2007: 248).

 

Aquí insistimos en que el establecimiento de la sociedad en la que vivimos debe ser visto como creación del trabajo abstracto (la abstracción del hacer en tra bajo). Éste es un intento por po ner nuestra actividad, lo que hacemos en el día a día en el centro del análisis. Esto puede ser visto como la crítica ad hominem o, como mero materialismo: de manera muy simple, el materialismo es la comprensión de qu e n osotros, los seres human os, c reamos el mundo en el que vivimos (véase Marx, 1958). No es la cultura, no es una fuerza exterior la que crea la sociedad que nos está destru-yendo: somos n osotros mismos, nuestra actividad particularmen-te deformada, el trabajo abstracto. “Los seres humanos producen, a través de su propio trabajo, una realidad que cada vez los escla-viza más” (Horkheimer, 1972, cit. en Werner Bonefeld, 2007: 40). Si somos nosotros quienes creamos esta sociedad, entonces, pode-mos dejar de crearla y hacer en su lugar otra cosa.

 

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

El trabajo abstracto domina, por lo tanto.

Creamos un a soc iedad que de fo rma si stemática oc ulta el hecho de que somos nosotros quienes la cream os. Creamos una sociedad que se mueve de acuerdo con una lógi ca dinámica que ni nosotros n i n adie co ntrola. Cr eamos un a soc iedad q ue está basada en nuestra explotación. Cada una de estas afirmaciones es una fuente de desesperación, una fuente de esperanza. Las toma-remos de una a una.

 

En primer lugar, creamos una sociedad que, sistemáticamen-te, ocul ta el hecho de q ue som os nosotros q uienes la cre amos. Esto ya lo hemos visto: creamos un mundo fetichizado, reificado, un mundo de cosas. Nosotros, como sujetos, creamos un mundo que nos convierte en objetos. Vic eversa, este mundo e n el que somos tratados como objetos es el producto de nuestra creación subjetiva.

 

En segu ndo lugar, crea mos una sociedad que se mueve d e acuerdo con una lógica dinámica que ni nosotros ni nadie contro-la. El mundo reificado que creamos no se mueve de acuerdo con la voluntad de nadie. Sigue su propia lógica. En la medida en que las relaciones sociales son realmente transformadas en relaciones entre cosas, sigue sus propias leyes de desarrollo. La totalidad que creamos es una totalidad regida por leyes. Esto es lo que posibili-ta el estudio de la economía, y cualquier otra disciplina que trate de entender las leyes del de sarrollo soci al. La to talidad so cial tiene una cierta e structura, un a c ierta lógi ca, una de terminada dinámica, r esumida e n l a exclamación de M arx ( 1983: 7 35): “¡Acumulad, acumulad! ¡H e ahí a Moisé s y lo s profetas!”. Para existir, el capital debe acumular, debe expandirse. El capital que creamos es v alor que se c rea a sí m ismo, qu e se ex pande a sí mismo. El capital, aunque es creado por seres humanos, adquiere una fuerza independiente de toda fuerza humana. No es contro-lado por los capitalistas: éstos son capitalistas sólo en la medida en que l ogran obedecer la ló gica del capital. El c apital, ob jeto de nuestra creación, es un “sujeto automático” – como l o llam ó Marx–, el sujeto de la sociedad capitalista (véase Bonefeld, 2007). Es la historia de Frankestein, la historia del aprendiz de hechice-ro. Al construir el capitalismo, creamos un sistema que no contro-lamos, un sistema con sus propias leyes de desarrollo. Creamos el capitalismo y nos arrojamos a un mundo terrorífico. Nos encerra-mos en un “mundo encantado, pervertido, puesto patas arriba” (Marx, ibíd.: 830) regido por la muerte.

 

 

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

La totalidad constituida por el trabajo abstracto es una totali-dad sin sentido. Hay una asociación de actividades, pero las acti-vidades mismas son abstraídas de su sentido: el c ontenido de la actividad –sea cocinar o fab ricar veneno para ratas– es del todo indiferente. La cadena de conexiones es una cadena cuantitativa, establecida mediante el dinero. Toda actividad adquiere significa-do sólo en relación con otra actividad, como un medio para con-seguir un fin. Cocinar porque nos gusta, porque es divertido no tiene sentido en el mundo del trabajo abstracto. En este mundo cocinar tiene sentido sólo como un me dio para lo grar un fin: hacer dinero. Su fin es un s entido sin sentido, vacío de significa-do (de modo que cocinar pasteles puede ser sustituido por fabri-car veneno, escribir libros, lo que sea). La conca tenación de las actividades es puramente instrumental, pero la instrumental idad está vacía. Esta serie formal, instrumental de conexiones da lugar a un razonamiento formal instrumental1. El trabajo abstracto es la base de la razón instrumental, la formalización de la razó n que emergió desde el iluminismo para convertirse en la base del pen-samiento burgués moderno, en el que la verdad tiene significado sólo como una medida de la efectividad de los medios para llegar a un fin, en el que las mismas personas pasan a ser vistas sencilla-mente como me dios para un f in. En esta totalidad, el único sig - nificado es cu antitativo: la t asa d e crecimiento económico, la cantidad de puentes constru idos, la canti dad de kilómetros de autopistas, el número de delincu entes presos; el p rogreso, en otras palabras2.

 

El capitalismo es una sociedad regida por leyes, una sociedad con sus leyes de desarrollo, y este hecho significa que ésta se carac-teriza por rigideces. No es la sociedad infinitamente flexible que a veces parece ser. A veces, parece que es capaz de absorber cual-quier c osa que l e la ncemos, de c onvertir al Ch e y a Ma rcos en diseños para camisetas y remeras, de convertir la gran rebelión de 1968 en un nuevo estilo de dominación. Sin embargo, no es así. El capital tiene sus límites, tiene que seguir det erminadas leyes, de las cuales la básica es la de: ¡acumulad, acumulad! Tiene senti-

 

 

1     Así como en el trabajo abstracto, en la “lógica formal, el pensamiento es indiferente hacia sus objetos”, Marcuse (1993: 164).

2     La crítica de la razón instrumental es uno de los temas centrales desarro-llados po r l os au tores vin culados a la E scuela de Frankfurt. V éase en espe cial Horkheimer (1973), y Marcuse (1993).

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

do, entonces, hablar de romper o agrietar el c apital. No es un a lámina de cristal, pero mantiene su rigidez, por más flexible y adap-table que nos pueda parecer: el capital es un conjunto de leyes que canalizan el flujo de nuestra actividad. Para romper el capital rom-pemos sus leyes. ¿Cómo las rompemos? Solía haber reglas sobre cómo hacerlo, pero ellas se han roto, afortunadamente.

 

En tercer lugar, creamos una sociedad que se basa en nuestra propia explotación. El mundo que creamos tiene en su centro la explotación del trabajo por el capital. La abstracción del hace r en trabajo se generaliza en toda la sociedad sólo cu ando la fuer - za de tr abajo misma se convierte en una mercancía. En otra s palabras, como hemos visto, es mediante la expansión del trabajo asalariado que el trabajo abstracto se establece como el principio organizador de la sociedad. El trabajo asalariado significa que el obrero vende su fuerza de trabajo a un capitalista a cambio de un salario (el equivalente monetario del valor de su fu erza de traba-jo); el capitalista pone al obrero a trabajar y éste produce más valor que el de su fuerza de trabajo, esto es, la plusvalía que se apropia el capitalista. Éste es el proceso de la ex plotación capitalista. La generalización del trabajo abstracto es simultáneamente la genera-lización de la explotación capitalista. La explotación existió en las sociedades precapitalistas: en las sociedades feudales, por ejemplo, el siervo es obligado a trabajar para proveer no sólo a sus propias necesidades, sino también a las exigencias de su señor. Con la tran-sición al capitalismo –el sangriento proceso de la acumulación pri-mitiva–, se reconstituye la explotación sobre la base del trabajo abs-tracto. La t ransformación del hacer en trabaj o ab stracto es una precondición de la explotación capitalista. Sin el trabajo abstracto, no puede haber producción de capital; sin producción de valor no puede haber producción de plusvalía. La producción de plusvalía y de capital es, a su vez, necesaria para la reproducción del hacer como trabajo abstracto, pero la abstracción del hacer en trabajo es, lógicamente, lo que inicia el proceso.

 

El trabajo abstracto crea, en consecuencia, una sociedad divi-da en clases. El antagonismo de clases, como la explotación, exis-tía antes del capitalismo, pero es reconstituido sobre la base d el trabajo abstracto. El proceso de la producció n de plusva lía crea dos clases antagónicas: la clase de quienes con su traba jo crean plusvalía –el p roletariado, la clase obrera– y la clase de quie nes explotan este trabajo. El antagonismo inherente en el proceso de explotación –el p roceso capitalista de producción– estructura a l

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

conjunto de la sociedad y la tiñe con el mismo antagonismo. Esta división de la sociedad, este proceso de clasificación, es un aspec-to de la fetich ización/identificación/clasificación de la sociedad que ya hemos visto como uno de los momentos de los procesos de abstracción (véase Holloway, 2002: capítulo 8, y 2009).

El trabajo abstracto, entonces, constituye un sistema de cohe-sión social que es g obernado por leyes objetivas de desarrollo exteriores a nuestro control, y que tiene en su núcleo fundamen-tal una r elación de explota ción: la producci ón de plusvalía. Esta relación es de antag onismo e ntre el trabajo a bstracto q ue está siendo explotado y el c apital que es producido por esa explota-ción: este an tagonismo se n os presenta com o un antagonismo entre las personificaciones del trabajo abstracto (el proletariado) y las del capital (los capitalistas).

 

Es imp ortante tener en c uenta e stas dos dimen siones: si vemos al trabajo abstracto como constituyendo de modo simpl e un sistema de compulsión social regido por leyes, entonces, pode-mos fácilmente perder de vista la dinámica antagónica que está en el centro de este s istema3; si, por el otro lado, nos concentramos sólo en la relación de explotación, perdemos de vista la abstrac - ción del hacer en trabajo que es la precon dición de todo el siste-ma de explotación.

Aquí hay dos antagonismos cruciales. En el capi talismo, este mundo creado por el trabaj o ab stracto, hay un eje c entral de explotación, el antagonismo entre el trabajo y el capital. Pero el proceso que crea este mundo, la abstracción del hacer en trabajo es también un proceso antagónico, un proceso sangriento y vio-lento. La existencia del capitalismo –un sistema social basado en la explotación del trabaj o y co n su propia dinámi ca antagónica– está basada en una prec ondición, l a conversión a ntagónica del hacer en trabajo abstracto.

 

Aquí el camino se bifurca en dos formas de pensar el cambio radical. El s ignificado de la acum ulación primi tiva, larg amente tratado como una cuestión marginal por la teoría marxista –inclu-so en la presentación de Mar x de El capital– se c onvierte en una cuestión central.

 

El primer enfoque considera la acumulación primitiva c omo un hech o del pasado, com o el ag ua que ya h a pasado ba jo el puente. Lo que está hecho está hecho: ahora vivimos en el mundo

 

 

3     Véase la crítica de Bonefeld (2004) a Postone.

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

constituido p or la abstracción del hacer en trabajo . Po r c onsi-guiente, la abstracción del hacer en trabajo puede ser con sidera-da ya com o algo dado po r sentado y, entonces, ni siquiera h ay necesidad de hablar del carácter dual del trabajo , puesto que el trabajo abstracto es el único trabajo relevante bajo el capitalismo: podemos hablar sólo del tra bajo y de jar en el olvido l o que dijo Marx sobre l a importancia del carácter dual de l trabajo. La a cu-mulación p rimitiva fue un episo dio violen to en el pa sado, que creó un mundo capitalista en el que hay un antagonismo central, el que existe entre el trabajo y el capital. Es desde aquí que tene-mos que pensar sobre las posibilidades de cambio.

 

El segundo enfoque es argumentar que si tomamos al trabajo abstracto como alg o dado, ento nces, nos e ncerramos en el mundo constituido por el trabajo abstracto, y de esta manera, no hay sali da: tanto la l ógica c omo la trágica expe riencia h istórica nos dice que es así. La alternativa es cuestionar la abstracción del hacer en trabajo: la acumulación primitiva no debe ser vista como un p roceso cer rado, al go q ue ha sucedido en e l pasado, sin o como algo que está abierto, un antagonismo vivo.

 

El trabajo abstracto do mina, pe ro ha y a lgo más que de cir. Desde el comienzo, el trabajo abstracto anuncia su propia antíte-sis. El trabajo abstracto es una cara del “carácter dual del trabajo”. Pero aún no hemos hablado de la otra cara, de la cara oscura, de la cara para la qu e, en realidad, ni siquiera tenemos un n ombre satisfactorio, aunque por el momento nos conformaremos con el “hacer concreto-creativo”.

 

El lado oscuro se cuela entre las grietas. El trabajo abstracto, como hemos visto, es una forma constituida de relaciones socia-les4, u na f orma consti tuida de l a ac tividad huma na. Siglos de lucha han conducido a la constitución del trabajo abstracto. Pero si es o f uera t odo, no podríamos c riticarlo, no te ndríamos un punto de vista desde don de fi jar una mira da crít icamente. El hecho de que lo criticamos sugiere que hay algo más que el tra-bajo abstracto, qu e la transfo rmación del hacer en trabajo abs-tracto no está cerrada, no es completa. Somos algo más que los actores deformados del trabajo abstracto. Es este “más que”, este remanente, esta inadecuación, lo que constituye la fuente de la esperanza.

 

 

4     Sobre la cuestión crucial de l a constitución de las formas de re laciones sociales véase Bonefeld (2007).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

No podemos hablar de trabajo abstracto sin hablar de aque-llo q ue no enc aja, de ese hac er concreto-creativo, de eso que cabe y al mismo tiempo no cabe dentro del trabajo abstracto, eso que est á contenido y al mismo tiempo desborda a l trabajo abs - tracto. Esto es hacia donde debemos ir, a la otra cara del carácter dual del tr abajo. Pe ro prime ro de bemos con siderar el terrible control del trabajo abstracto sobre el movimiento anticapitalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El movimiento obrero es

el movimiento del trabajo abstracto

 

<tesis 22>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a) En la tradici ón marxista, el antagonismo entre el hac er ú til y el trabajo abstracto casi desaparecen

 

A primera vista, resulta extraordinario que, aunque Marx asigna-ra tanta importancia al c arácter dual del trabajo, la cuestión sea casi totalmente ignorada por la gran mayoría de la literatura que toma a El capital como su punto de partida. Rubin hizo el mismo comentario a principios de la década de 1920: “Cuando vemos la importancia decisiva que Marx otorgó a la teoría del trabajo abs-tracto, debemos preguntarnos por qué esta teoría ha recibido tan poca atención en la literatura marxista” (1985: 185). Sin emb ar-go, este comentario suyo no logró cambiar la situación.

 

Posiblemente, esto tenga algo que ver con el método de Marx. En su crítica a la economía pol ítica, Ma rx fija su mirada en el objeto de la crítica: el trabajo abstracto y las categorías de la eco - nomía políti ca a las que éste d io pi e. Él considera el mundo a través de los ojos del hacer concreto o d e la actividad vital cons - ciente que son negados por la abstracción del trabajo. Es obvio, entonces, que el hacer concreto no cobra relevancia en su crítica: tiene puesta la atención en el trabajo abstracto que es el objeto de la crítica. Sin embargo, esto no parece una explicación suficiente, pues el comentario de Marx (1983: 51) al comienzo del primer capítulo, es suficientemente obvio: “Este punto es el eje en torno al cual gira la comprensión de la economía política”. Parece difí-cil pasar por alto una afirmación tan tajante y, sin embargo, esto es exactamente lo que hace toda la tradición marxista y, en particu-lar, la tradición de la economía marxista.

 

En los dos tomos de A History of Marxian Economics de Howard y King (1989 y 1992), justamente, se mencio na sólo una vez, al pasar, la diferencia entre el trabajo abstracto y el trabajo concreto

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

o útil, aunque este punto no es de sarrollado en absoluto. Parece ser una reflexión precisa de la obra de quienes han tratado de desarrollar una economía marxista, en lugar de una crític a de la economía política. Así, por ej emplo, Ernest Mandel, en su m uy influyente Tratado de economía marxista, no menciona el contraste entre el trabajo abstracto y el trabajo útil: tiene una pequeña sec-ción sobre el trabajo libre y trabajo alienado (1969: 160), pero no lo relaciona con la abstracción y el tema no juega un papel impor-tante en su arg umento. E n fo rma sim ilar, Paul Matti ck (1 974 y 1981), un comunista consejista y crítico permanente del leninis-mo así como tam bién uno de los economistas marxistas sobresa-lientes del siglo pasado, ta mpoco tiene nada que decir sob re la naturaleza dual del trabajo. La tradición de la economía marxista está dominada por un concepto unitario y transh istórico del tra-bajo. Esto no es s orprendente, quizá, pues la mi sma no ción de una economía marxista significa la total subordinación del traba-jo concreto al trabajo abstracto: sólo en la medida en que tiene lugar realmente esta subordinación es posible hablar de una eco-nómica regida por leyes. La sola idea de una e conomía marxista cierra la categoría del trabajo que había abierto Marx.

 

Debemos considerar a quienes han enfatizado la importancia de comprender la obra de Marx no como una economía política sino como crítica de la economía política, para hallar alguna men-ción a la naturaleza dual del trab ajo. Pero aun aquí sucede algo extraño: la naturaleza dual del trabajo es tratada como si fue ra única, no doble, refiriéndose exclusivamente al trabajo abstracto. Aquí este campo está dirigido, como hemos visto, por Rubin, que publicó sus Ensayos sobre l a teoría marxista de l va lor en la U nión Soviética a pri ncipios de la década de 1920, y luego desapareció en las purgas de S talin. Isaak Illich Rubin (198 5: 185) insiste en que “Marx otorgó importancia decisiva a la diferencia entre traba-jo concreto y trabajo abstracto”, y dedica todo un c apítulo al tra-bajo abstracto: el capítulo no está dedicado a la na turaleza dual del trabajo, sino al trabajo abstracto. Él supone que el trabajo con-creto está en efecto subordin ado al tra bajo abstracto pero no comprende esa relación como antagónica.

 

En los últimos años otros autores han seguido el mismo cami-no que Rubin en enfatizar la doble naturaleza del trabajo y luego concentrarse exclusivamente en el trabajo abstracto. Derek Sayer (1979), en su libro Marx’s Method, dedica u na sección al trabajo útil y al trabajo abstrac to, pero tiene muy poco que dec ir acerca

 

 

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del primero: “Este c oncepto [el tr abajo útil] no es un co ncepto que genere una dificultad particular, por la simple razón de que lo que describe es el trabajo en su forma natural. Sin embargo, no se puede decir lo mismo del otro término [trabajo abstracto].” En forma similar, Michael Heinrich (2005: 45), en su clara e influyen-te exposición de la crítica de Marx a la economía política, desta-ca la importancia que Marx le otorga a la naturaleza dual del tra-bajo, pero lo hace en una sec ción dedicada al trabajo abstracto que p resta mu y poca atención al otro aspec to de la naturaleza dual, al trabajo concreto o útil.

 

Dejamos de lado algunas de las discusiones más recientes para discutirlas en el contexto d e la crisis del trabajo abstra cto, pero aun t eniéndolas en c uenta, sigue siendo cierto que casi sin excepción, l a tradición marxista, e n con tradicción c on la c lara afirmación de Marx en las pr imeras páginas de El capital trata al trabajo como una categoría unitaria. Donde se menciona la natu-raleza dual del trabajo, se supone que la r elación entre los dos aspectos del trabajo es no antagónica y no problemática1.

 

En la tradición dominante del marxismo ortodoxo, este tra-bajo no problematizado pasa, entonces, a ser con siderado como una fuerza positiva, la fuente de la esperanza. La lucha en contra del capital es considerada como la lucha del trabajo en contra del

 

 

1     Se puede hallar una excepción en las últimas líneas del artículo “La teoría valor del tra bajo” de Diane Elson (1979: 1 74), donde comienza en l a misma dirección tomada por este volumen: “El capital […] analiza [… ] la determina-ción del trabajo como un proceso histórico de formación de lo que intrínseca-mente no est á formado; argumentando que lo e specifico del capitalismo es la dominación de un aspe cto del t rabajo, e l trabajo abstracto, o bjetivado c omo valor. Sobre esta base, es posible comprender por qué el capital puede parecer ser el sujeto dominante, y los individuos simples portadores de relaciones capita-listas de producción; pero también es posible establecer por qué esto es sólo la mitad de la verdad. Pues el análisis de Marx también reconoce los límites a la ten-dencia a reducir a los individuos a portadores de formas-valor. Lo hace incorpo-rando en el análisis los aspectos subjetivos, conscientes, particulares del trabajo en los conceptos del trabajo privado y concreto; y el aspecto colectivo del traba-jo en el concepto del trabajo social […]. De esta manera, el argumento de El capi-tal incorpora una base material para la acción política. Se reconocen los aspec-tos subjetivos, conscientes y colectivos de la humanidad. El problema político es reunir estos aspectos privados, concretos y sociales del trabaj o sin la mediación de las formas valor, para poder crear una actividad particular, consciente, colec-tiva, dirigida contra la explotación. La teoría de la explotación de Marx contie-ne esta posibilidad”. He aquí un extraordinario fragmento que nada poderosa-mente contra la corriente del marxismo unilateral.

 

 

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capital. El trabajo no sólo es tratado como una categoría unitaria, sino también como una categoría transhistórica. Desde esta pers-pectiva, el trabajo es considerado como una actividad mediadora entre los seres humanos y la naturaleza que t ransforma la mate - ria con arreglo a un fin y es una condición de la vida social. El tra-bajo así entendido es considerado como “una actividad que trans-forma la materia de cara a un fin y es una condición de toda vida social. El trabajo, entendido de este modo, es p ostulado como la fuente de la riqueza en toda s las sociedades y c omo aquello que constituye lo verdaderamente universal y social” (Postone, 2003: 5). El problema del capitalismo no es , entonces, que exista el traba-jo, s ino que el tr abajo ha sid o apris ionado y est á impedid o d e alcanzar su com pleto desarrollo. El objetivo d e la revolu ción es liberar el trabajo de sus cadenas.

 

Podría pensarse que esto es, sencillamente, una c uestión de palabras, que la intención de la tradición dominante es argumen-tar que la revolución emancipará al trabajo útil de su abstracción. Sin embargo, dado que esa tradición pasa por alto la n aturaleza dual del trabajo, no puede hacer esa diferenciación. En la prácti-ca, es in útil r eiterarlo, esto no h a sido hecho : las revolucio nes comunistas no hicieron nada por transformar el trabajo.

 

Nos vemos forzados a volver una y otra vez a la misma cuestión: ¿por qué el ca rácter dual del trabajo, al qu e Marx as ignó tanta importancia, efectivamente, desapareció de la discusión de El capi-tal y del movimiento comunista? ¿Por qué la categoría del trabajo útil –o el hacer– ha sido suprimida de hecho? Esto no fue debido a que los autores en cuestión no hubieran leído a Marx con suficien-te cuidado ni reflexionado sobre el texto. Para hallar una explica-ción debemos considerar el desarrollo de la misma lucha de clases.

 

 

b)    La abolición teóric a del antago nismo entre el h acer y e l traba jo

 

es u n momento del predominio e n l a pr áctica d e la lu cha d el trab ajo abstracto

 

Para entender la eliminación efectiva de la cate goría de trabajo concreto para describir una actividad a la vez subordinada y anta-gónica al tr abajo ab stracto es nec esario distin guir e ntre los do s niveles de lucha que ya hemos señalado en las tesis anteriores.

 

En primer lugar está el conflicto que hemos subrayado a lo largo de este volumen y al que Marx (1983: 51) describió como el

 

 

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“eje en torno al cual gira la comprensión de la economía políti-ca”, es decir, el conflicto entre el trabajo abstracto y el hacer crea-tivo. Éste es un conflicto irreconciliable. El hacer consciente es la negación del trabajo abstracto, mientras que la abstracción del tra-bajo es la subordinación del hacer consciente a la producción para el mercado: por un lado, el hacer socialmente autodeterminado en potencia; por el otro, el trabajo sometido a una determinación ajena.

 

Esta abstracción del hacer en trabajo genera un segundo nivel de conflicto, el que se desarrolla entre el trabajo y e l capital. El trabajo abstracto se generaliza como un principio de la actividad social sólo cuando la fuerza de trabajo se convierte en mercancía y hay una generalización de la relación salarial, y en consecuencia de la explotación. Normalmente, experimentamos la pérdida d e control s obre n uestra propia ac tividad n o c omo un resultado directo de la venta de nuestros productos al mercado, sino como resultado del hecho de que tenemos que ven der nuestra c apaci-dad de trabajar a cambio de un salario y realizar el trabajo que nos asignan. El trabajo abstracto que, en primer lugar, toma la forma de producción de valor, ahora toma la forma de produc ción de plusvalía (produciendo una plusvalía que nuestro empleador rea-liza como ganancia). El conflicto inicial entre el trabajo útil –el hacer– y el trabajo abstracto es velado por un c onflicto entre el trabajo asalariado y el capital, que está centrado en la explotación. El interés del capital es explotar a los asalariados tanto como sea posible: alar gando la jo rnada l aboral, re duciendo lo s salarios , incrementando la productividad, y otros recursos. La lucha de los asalariados es p or sub ir los salar ios, a cortar la jo rnada labo ral, obtener m ejores co ndiciones de tr abajo y, en últi ma i nstancia, también abolir la explotación.

 

¿Estamos hablando aquí de dos niveles diferentes de lucha de clases, o d os d iferentes c oncepciones de la luc ha de c lases? Hablamos de ambas cosas.

 

En realidad, hay dos niveles diferentes de lucha de clases. La producción capitalista está basada en la abstracción del hacer en trabajo y en la explotación del trabajo abstracto. Sin la abstracción del hacer en trabajo, la explotación no sería posible; por el otro lado, es m ediante el proceso de explota ción q ue se impo ne y reimpone la abstracción del trabajo (o no, según los casos). Las dos formas de lucha están íntimamente entrelazadas y, sin embar-go, son d istintas. La diferenciación es importante porque en un

 

 

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caso estamos hablando de la lucha del hacer en contra del trabajo y, en el otro, de la lucha del trabajo en contra del capital2.

 

En efecto, hay dos niveles diferentes de lucha de clases, pero estas dos esferas distintas dan lugar a dos diversas interpretaciones de la lucha de clases, con consecuencias de largo alcance para la lucha en contra del capitalismo3.

 

La interpretación dominante, sin duda, centra su atención en la relación de explotac ión, en l a lucha del trabajo en co ntra del capital. Con referencia a la lectura de El capital, analiza la produc-ción de la plusvalía como cuestión central, y tiende a considerar la discusión de la mercancía y la naturaleza dual del trabajo –si es que la toma en cuenta– como un preludio para la discusión más importante. Este enfoque evalúa el trabajo como el sujeto revolu-cionario y comprende el trabajo como la clase obrera, definida como quienes producen plusvalía o como quienes venden su fuer-za de trabajo al capital. El término trabajo es usado como un tér-mino general, sin hacer diferencia alguna entre trabajo abstracto y trabajo úti l. E n esta pe rspectiva, la acumulación primiti va, la transformación del hacer en trabajo abstracto es un episodio del pasado, una triste h istoria que está cerrada; de mo do que sólo queda una contradicción: la que hay entre el trabajo y el capital.

 

El enfoque alternativo, much o menos ex tendido y m enos desarrollado, se concentra en el conflicto entre el hacer concreto y el trabajo abstracto, en la l ucha del hacer en contra del trabajo. Con referencia a la lectura de El capital, le asigna una gran impor-tancia al prim er capítulo y ve e l análisis posterior de la produc - ción de la plusvalía como un desarrollo fundamental en la luch a entre el hacer y el trabajo abstracto4. En este enfoque, la transfor-

 

 

2     Marx (Marx y Engels, 1958) también comprendió el movimiento comunis-ta como un movimiento en contra del trabajo: “La revolución comunista está diri-gida contra el modo de actividad anterior y acaba con el trabajo”. Y de nuevo, “el problema no es la liberación sino la abolición del trabajo”. Marcuse (1999: 286) transcribe ambas citaciones en la sección “La abolición del trabajo ”. Véase tam-bién Arthur (1986: capítulo 1).

 

3     Postone (2006: 46) también hace una clara distinción “entre dos tipos de análisis críticos radicalmente diferentes: una crítica al capitalismo desde el pu nto de vista del trabajo, por un lado, y una crítica del trabajo en el capitalismo, por el otro”. Lo que Postone no aclara es de dónde provie ne la crítica del trabajo: en su análisis falta el otro lado (véase la sección d) de la tesis 25, infra).

4     Es erróneo pensar que las cuestiones analizadas en el primer capítulo de El cap ital están necesariamente centradas e n la circulación (véas e Hanloser y Reitter, 2008) ya que es allí donde se introduce la naturaleza dual del trabajo.

 

 

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Trabajo abstracto: el gran cercamiento

 

 

 

mación del hacer en trabajo no es un capítulo ce rrado, sino un antagonismo viviente. El sujeto revolucionario es el hacer –la acti-vidad vital consciente– y el enemigo a elim inar es el trabajo abs-tracto: la lucha del hacer es la lucha de la clase obrera en contra de su propia existencia como clase obrera. Entonces, no es posi-ble definir a la cla se obrera, puesto que e l antagonismo entre el hacer y el tr abajo atraviesa todos los aspectos de nuestra existen-cia, y de hecho, porque el proceso de definición es un momento del p roceso de abstracción del trabajo (véase Hol loway, 20 02: capítulo 4).

 

En este sentido, los dos enfo ques son diametralmente opues-tos, ya que uno considera el anticapitalismo como la lucha del tra-bajo, mientras que para el otro es la lucha en contra del trabajo; sin embargo, no d eberíamos prec ipitarnos a trazar líneas nítid as entre ellos: en la práctica, se elude de modo constante esta sepa-ración, s e d esborda de ma nera per manente desde la fo rma d e lucha más restringida a aquélla más amplia.

 

La interpretación de la lucha de clases como la lucha del tra-bajo contra el capital ha dominado tanto la práctica como la teo-ría de la lucha contra el capital, al menos hast a hace muy poco5. Esto ha traído enormes consecuencias para la teoría y la práctica de la lucha. Entre otras cosas, ha conducido al abandono total de la “naturaleza dual del trabajo”, a suprimir teórica y prácticamen-te el hacer útil, a relegar el antagonismo entre el hacer y el trabajo al pasado histórico, a los días de antaño de la acumulación primiti-va. El marxismo de finales del siglo XIX y de casi todo el siglo XX ha sido parte de la lucha de clases, pero, de una particular forma de la lucha de clases en la que el antagonismo entre el hacer y el trabajo abstracto fue relativamente velado, d ando como resulta-do que esta teoría no había percibido la naturaleza bifacética del

 

 

Entonces, la cuestión es la diferencia crucial entre el análisis del valor y un aná-lisis centrado en la naturaleza dual del trabajo.

 

5     El Grupo Krisis (2002, sección 6) argumenta: “La izquierda política siem-pre ha rendido honores al trabajo con especial celo. No sólo ha elevado el traba-jo a esencia del ser humano, sino que también lo ha mistificado así al supuesto principio opuesto al capital. El escándalo no era para ella el trabajo, sino mera-mente su explotación por el capital. Por eso el programa de todos los partidos de trabajadores era la liberación del trabajo y no liberarse del trabajo. La oposición social entre capital y trabajo, sin embargo, no es más que una mera oposición de inte-reses distintos (con poderes ciertamente también distintos) dentro del fin abso-luto capitalista”.

 

 

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trabajo. El marxismo tradicional –no s ólo el leninismo en todas sus variantes, sino todo un e spectro que va b astante más allá de éste– se identificó con la teor ía de la lucha del trabajo en contra del capital.

 

Esta forma de m arxismo ahora está en crisis, s encillamente porque esta forma de lucha está en crisis. Esto es lo que necesita-mos investigar, la crisis de las formas de lucha de clase nos obliga a explorar una nueva teoría revolucionaria, un nuevo marxismo: la teoría no de la lucha del trabajo contra el capital, sino de la lucha del hacer en contra del trabajo y, en consecuencia, en contra del capital.

 

 

c)     La dominación del trabajo abstr acto es el autoen cierro del movimient o anticapitalist a

 

El movimiento del trabajo abstracto contra el capital es el acerta-damente den ominado m ovimiento ob rero*. E n el m ovimiento obrero, la existencia del trabajo abstracto es típicamente dada por sentada, de modo que allí reina un concepto unitario de trabajo. La dicotomía entre el hacer útil y el trabajo abstracto es ignorada por completo, tanto en l a teoría como en la práctica: la supera-ción del trabajo abstracto –si es que se pone en discusión– se pro-yecta hacia el futuro.

 

Desde los primeros días del capitalismo industrial, los trabaja-dores empleados por los capitalistas se han unido para luchar por mejores c ondiciones, salari os más altos, jorna das laborale s más cortas, y otras reivindicaciones. La forma típica de organización es el s indicato, una forma de organización jerárquica y en g eneral burocrática. La lucha del trabajo abstracto es ante todo una lucha por el empleo: una lucha por mejores condiciones de empleo, por salarios más altos, por más empleo, una lucha contra la desocupa-ción. Estas luch as son importantes y afectan l as co ndiciones de vida de millones de personas en todo el mundo. No obstante, son luchas que dan por senta da la r eproducción de la dom inación capitalista, la subordinación de nuestro hacer al control ajeno, la constante abstracción del hacer en trabajo.

 

La lucha sindical no es la única forma de lucha del trabajo en contra del capital. Los revolucionarios siempre han argumentado

 

 

*      En inglés “Labour movement”; en referencia al movimien to del trabajo abstracto [NdE].

 

 

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que la lucha sin dical n o es sufic iente, que la luc ha sindical no hace má s qu e defende r las c ondiciones del trabajo asalariado, mientras que es necesario luchar por la abolición del trabajo asa-lariado y la explotación. La lucha sindical es una lucha económi-ca que necesita ser c omplementada con l a lucha política. Es ta lucha pol ítica es la lucha por tomar el poder e statal y, así, mediante el poder del Estado, socializar los medios de produ c-ción y ab olir el trabajo asalariado. Éste es el modelo clásico de revolución de la Segunda, la Tercera y la Cuarta Internacional. Es el modelo no s ólo de Lenin, sino de todos los principales revolu-cionarios de finales del siglo XIX y de la primera parte del siglo XX. La separación entre lucha sindical o económica por un lado y lucha política o revolucionaria por el otro es una piedra angular en la teo-ría de la revolución de Lenin, tal como fue es bozada en el ¿Qué hacer? de 1902. Pero no se trata sólo de Lenin: Rosa Luxemburg es un interesante ejemplo a tomar, no para criticarla en particular, sino, sencillamente, porque ella es quizá –y de forma comprensi-ble– la r evolucionaria más ampl iamente admirada del pe ríodo clásico. En 1906 Luxemburg insiste –incluso en su panfleto sobre La huelga de masas (1970)–, en la separación entre la lucha políti-ca y la lucha económica.

 

En la separación entre la lucha política y la lucha económica la transformación de nuestro hacer en trabajo abstracto –que está en el centro del capitalismo–, simplemente se pierde de vista. No está presente en la idea de la lucha económica porque la luc ha económica trata de mejorar las c ondiciones del trabajo asalaria-do. Y no está presente en la lucha política porque la lucha políti-ca da por sentada la lucha económica, como la b ase de la cons-trucción de un movimiento revolucionario. En la lucha política el trabajo abstracto sólo aparece –si es que aparece– como algo a ser abolido en el futuro, es decir, luego de la toma del poder, pero no como lucha p resente. E n la pr áctica, sin emba rgo, la toma del poder por l os movimientos revolucionarios nunca ha conducido a la transformación del proceso laboral, a la em ancipación del hacer respecto del trabajo. La misma idea de revolución socialis-ta o comu nista se ncillamente se desvinculó d e toda noción d e liberar el hacer. El c oncepto de la naturaleza dual del trab ajo desaparece no sólo de la teoría, sino tambi én de la práctica. Es famoso el apoyo de Lenin a la adopción de l taylorismo en l a Unión Soviética, la proclamación abierta de la con tinuación del dominio del tiempo de trabajo socialmente necesario.

 

 

 

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Una lucha dividida en luchas económicas y políticas no puede cuestionar el trabajo abstracto, por la simple razón de que el tra-bajo abstracto es la base de la separación entre lo económico y lo político. El trabajo abstracto está ya presupuesto cuando hacemos una diferenciación entre la lucha económica y política, de modo que la complementación de lo económico con la luch a política no desafía la existencia del tr abajo abstracto, sino que la confir-ma. No supera los l ímites del movimiento sindical, sino que los consolida. El tr abajo abstracto es la base del fetichismo sobre el que se basa la separación de lo económico y lo político: la misma separación de lo eco nómico y l o político es un mome nto de la abstracción del trabajo.

 

Considerar el trabajo asalariado –o simplemente el trabajo– como la base del movimiento anticapitalista es, de modo sencillo, encerrar ese movimiento dentro del capital. Todos los rasgos del trabajo abstracto que fueron señalados en la discusión previa son característicos del m ovimiento obrero: la reificación de las re la-ciones sociales; la reproduc ción de la jerarquía entre hombres y mujeres y la dimorfización de la sexualidad; la objetivación de la naturaleza; l a aceptac ión del c oncepto capitalista de tiem po, sobre todo, la orientación hacia el Estado y la idea de influenciar-lo o de tomar el poder estatal. Podríamos seguir y seguir, pero la cuestión es clar a. En la m edida en que el trabajo a bstracto sea tomado c omo l a ba se in discutible del movimien to obrero o e l movimiento r evolucionario, ese movimi ento adoptará to dos los conceptos y formas reificadas del comportamiento que surgen de la abstracción del hacer en trabajo.

 

Entonces, podemos ver que el no reconocimiento del carácter dual del trabajo es el corazón de un problema mayor en la tradición marxista. Del mismo mod o en qu e el tr abajo abstracto cre a un mundo cerrado de cosas y de leyes de desarrollo, una teoría que da por sentada la abstracción del hacer en trabajo y se basa en un con-cepto unit ario de l traba jo se enc ierra c onceptualmente en ese mismo mundo. En e se mundo conceptual, los seres humanos se convierten en los portadores de relaciones sociales; las clases se con-vierten en grupos definibles y definidos de personas: el dinero, el capital, el interés, y otros, se co nvierten en las categorías clave de una nueva ec onomía política centrada en la c omprensión de las leyes del desarrollo capitalista. Éste es el marxismo de la economía marxista, de la sociología marxista, de la filo sofía marxista, de la ciencia política marxista, etcétera. Se olvida la crítica, y el marxismo

 

 

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es tratado como una ciencia positiva, una especie de funcionalismo estructural dedicado al estudio de las estructuras de la sociedad apic-talista y las relaciones funcionales entre ellas6. Dado que la categoría crucial del trabajo es unidimensional, somos llevados a un marxismo unidimensional que se focaliza en el análisis del capital y de su lógi-ca, o las estructuras y movimientos de la dominación capitalista. El marxismo, de ser una teoría de la lucha, se convierte en una teoría de la dominación. No es que se olvide la lucha, sino que se la ve por fuera de las categorías centrales del marxismo. La acumulación de capital, por ejemplo, es entendida no como una lucha, sino como el contexto en donde tiene lugar la lucha; la crisis capitalista no e s comprendida como una intensificación de la lucha, sino como un momento que proporciona oportunidades para luchar. Las catego-rías son comprendidas como elementos cerrados en lugar de se r conceptualizaciones de relaciones antagónicas, como relaciones de lucha y, e n consecuencia, r elaciones abiertas. Todo esto ya se ha dicho antes, y es más, es central para el argumento del “marxismo abierto”. Lo que es nuevo para mí, quizá, es la consciencia de que la categoría central en este proceso es el trabajo. Un concepto cerrado y unitario del trabajo genera una comprensión cerrada de todas las categorías, mientras que interpretar el trabajo como un antagonis-mo abierto da lugar a interpretar todas las ca tegorías como anta-gonismos abiertos. Si el t rabajo es concebido como velando u n antagonismo vivo entre el hacer lo que queremos y el trabajar bajo el dictado del capital, entonces, así todas las categorías deben tam-bién ser consideradas como ocultando determinadas luchas: éstos son los campos de batalla de nuestra vida o muerte.

 

El trabajo abstracto ha encarcelado el movimiento contra el capitalismo durante cien to c incuenta años. Al de cir e sto n o menospreciamos las luchas de todos aquellos que han dedicado –y a menudo sacrificado– sus vidas a la lucha por un mundo mejor. Muy por el contrario. Si el sueño de un mundo mejor sigue vivo, es gracias a esas luchas: un libro como éste es necesariamente una declaración de profunda gratitud y admiración por sus vidas de rebelión7. La tragedia es que estas rebeliones fueron atrapadas en

 

 

6     Véase una excelente crítica del funcionalismo estructural que caracteriza a un segmento tan grande de la literatura marxista reciente en Clarke (1977 y 1991).

7     Por el hecho de vivir en América Latina, me es imposible olvidar esto ni siquiera por un instante. En este aspecto, he aprendido mucho de mis amigos y colegas guatemaltecos Sergio Tischler y Carlos Figueroa.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

una estructura organizativa y c onceptual levantada sobre la base del trabajo abstracto.

 

Sin embargo, sie mpre ha h abido un desbo rdamiento de la lucha anticapitalista por parte del movimiento obrero, siempre ha habido “otro m ovimiento ob rero” ( Roth, 1974 ). Las lucha s en contra del capitalismo han sido sie mpre en-contra-y-más-allá del movimiento obrero, pero en lo s últimos años el ir e n-contra-y-más-allá se ha vuelto cada vez m ás importante. A medida que el trabajo abstracto es menos capaz de contener la fuerza del hacer también el movimiento construido sobre el trabajo abstracto, el movimiento obrero, es m enos capaz de contene r nuestra cólera contra el mundo existente. La crisis del trabajo abstracto es la cri-sis del movimiento obrero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parte VI.

 

La crisis

 

del trabajo abstracto

 

La abstracción no es sólo un proceso del pasado, sino también del presente

 

<tesis 23>

 

 

 

 

 

 

 

 

Estamos encerrados, atrapados. Encerrados por el dinero, por la violencia, atrapados por la lógica de la co hesión social de l capi-talismo.

 

Somos n osotros quiene s creamos la prisión. Es e l producto del trabajo abstracto. El tra bajo ab stracto es el q ue re alizamos como resultado de “la tr ansición al capi talismo”, esos si glos de lucha histórica que trajeron una transformación de la forma en la que actúan y piensan los seres humanos.

 

El hecho de que construimos nuestra propia prisión es tanto una fuente de esperanza como de profunda depresión. El hecho de que hagamos el mundo que nos mantiene atrapados significa que podemos deshacerlo. Es por ello que fue tan importante para Marx mostr ar que los he chos e n apariencia eternos de la vida como el dinero, el capital o el Estado, son formas históricamente específicas de relaciones sociales, momentos de la forma en qu e se o rganiza n uestra a ctividad. Po r e l otro lado, si c onstruimos nuestra propia prisión, entonces, es evidente q ue algo malo nos sucede. Ésta es quizá la causa de que la teoría crítica esté, a veces, teñida de un profundo pesimismo: estamos tan profundamente lisiados por el tr abajo abstracto y todo lo que esto significa que parece no haber en absoluto esperanzas de un cambio radical.

El enfoque sobre el trabajo abstracto es un gran salto adelante comparado con l a simple suposición de un trabajo unitario. Nos permite ver que el enemigo es, en primer lugar, el trabajo abstrac-to que crea el capital, en lugar de alguna fuerza exterior, y también nos permite abrir un cuadro mucho más rico d e la dominación capitalista, como hemos visto. Pero la misma riqueza del cuadro nos encierra: mientras investigamos este proceso de cómo se construye la prisión, tomamos conciencia de su inmensa complejidad y poder. El hecho de que nuestra actividad esté organizada de determinada

 

 

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forma –el hecho de que noso tros llevemos a c abo el trabajo ab s-tracto– crea un tejido complejo de identidad, sexualidad, tiempo-reloj, destrucción de la naturaleza, etcétera. El cambio de las rela-ciones sociales no puede red ucirse a ca mbiar la propiedad de los medios de producción: significa una transformación de todos los aspectos de nu estra vida. La complejidad de la domin ación parece abrumarnos.

 

La única salida para este dilema es embestir contra el tiempo mismo.

 

La historia que hemos narrado hasta ahora es el relato ortodoxo de la acumulación originaria. La transición histórica del feuda-lismo al capitalismo creó una nueva organización de la actividad humana como el trabajo abstracto, y esto trajo consigo una trans-formación del tiempo, de la sexualidad, de la persona, de todos los aspectos de la vida. Éste es un proceso del pasado que ha creado una s ociedad de identidad, una sociedad unidim ensional, una sociedad dominada por el reloj. Las formas capitalistas de relacio-nes sociales no existirán necesariamente para siempre, pero, por el momento, son las que nos gobiernan.

 

Pero, s i s upusiésemos q ue no es así , si supusiésemo s que e l pasado no es el pasado, sino también el presente y que la acumu-lación originaria no es sólo u n proceso del pasado, sino tamb ién del presente… Eso abriría la puerta a una política y a una teoría muy diferente.

 

La acumulación originaria es considerada comúnmente como un pr oceso pas ado de l ucha violenta para establ ecer las bases sociales del capitalismo. El mismo Marx (1983: 893) parece haber pensado de esta forma al hablar de ella como “la prehistoria del capital” y sugiriendo que el esta blecimiento violento inicial de las condiciones capitalistas da lugar luego a la “coerción sorda de las relaciones económicas”, y que ahora “sigue usándose, siempre, la violencia directa, […] pero sólo excepcionalmente” (ibíd.: 922). Sin embargo, no puede ser así. Hay, es obvio, cambios en la forma de la acumulación, pero parece equivocado sugerir que en algún momento a la vio lencia d irecta d e la acumulac ión originaria la sucede una nueva etapa y que la “coerción sorda de las relaciones económicas” es suficiente para mantener el orden capitalista1.

 

 

1     Como Werner Bonefeld (2009a: 77) dice en r espuesta al argumento de que Marx haya pensado en la acumulación originaria simplemente como la tran-sición al capitalismo en el pasado: “Si Marx, en realidad, nunca se refirió a la acu-

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

En su núcleo fundamental, la acumulación originaria es un proceso histórico de escisión entre el productor y sus me dios de producción (Marx, 1983: 893). Pero esta separación no es un pro-ceso cerrado. Es algo que se repite cada día. Por un lado, existe una lucha constante por extender el cercamiento de la propie-dad: pensemos en el agua, en los recursos genéticos, o en la pro - piedad intelectual, por ejemplo. Pensemos en la expulsión masi-va y acelerada del campesinado de la tierra en todo el mundo, y el gran crecimiento de las ciudades en los últimos cincuenta años2. Sin embargo, no es sólo una cuestión de la creación de una nueva propiedad privada, y no es que la acumulación originaria sólo sea relevante en los márgenes del capitalismo3. La antigua propiedad, establecida en el pasado, está también constantemente en cues-tión. Incluso la propiedad de la tierra cercada hac e tresci entos años está constituida sólo me diante un proceso de rei teración constante, una separación o cercamiento constantemente renova-dos. La acu mulación misma del capital, la acum ulación de la s ganancias, es un proceso constante de separación de los produc-tores respecto de su propio producto, y, en consecuencia, de los medios de producción. La violencia real y amenazante que exigió producir y reproducir la se paración de los produc tores respecto de l os med ios d e producción e s en la actualidad posib lemente mucho mayor que lo que hubiera imaginado Marx. El cercamien-to de la tierra y el respeto por la propiedad privada exige un enor-me ejército para su aplicación. Si contamos no sólo a los guardias de seguridad, la polic ía y e l ej ército, sino también a lo s jueces, abogados, trabajadores sociales y maestros –por n o mencionar a los padres–, entonces, una parte muy considerable de la pobl a-ción mundial se ocupa de la separación permanentemente reite-rada de los trabajadores respecto de los medios de producción. La frase “coerción sorda de las re laciones económicas” no describe

 

 

mulación originaria de otra manera que considerándola como una transición, en mi opi nión, int eresa po co. Si de ve rdad no lo hizo, en tonces, e videntemente debió haberlo hecho”.

2     Sobre las consecuencias de esto véase Davis (2006).

 

3     A veces, se argumenta que todavía existe la acumulación originaria, pero sólo en la expansión de la acumulación del capital en nuevas áreas, en otras pala-bras, que en el capitalismo moderno hay una c oexistencia entre la acumulación normal y la acumulación originaria (véase De Angelis, 2007, especialmente el capí-tulo 10; y, desde otra posición, Harvey, 2007). Consideramos aquí que no puede hacerse esa diferencia (en el mismo sentido véase Bonefeld, 2009b y 2009c).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

de modo apropiado la naturaleza activa y constantemente cuestio-nada de la apropiación capitalista4.

Lo mismo puede decirse no sólo de la acumulación originaria en su sentido estricto, sino también de todas las formas de relacio-nes sociales que son momentos de la abstracción del traba jo. Como dice Marcel Stoetzler (2007: 177-178), en un artículo sobre la creación de la separación entre las mujeres y los hombres:

 

Cuando Hegel señaló que la lectura cotidiana d e un periódico específico constituía uno de los actos reiterativos que producen lo que parece haber estado siempre allí, lo mismo se puede decir de los “plebiscitos cotidianos” de Renan y de los actos cotidianos de “reiteración performativa” de Judith Butler que producen la (verdadera) ilusión del sexo.

 

Quizá puede decirse que la acumulación originaria es una rei-teración performativa: de la misma forma en que la separación –y de ese modo la definición– de los muchachos y muchachas es un producto de una constante repetición, así también la separación de las personas respecto de los medios de producción es el resul-tado de la reiteración cotidiana que constituye la propiedad pri-vada como tal.

 

La abstracción del hacer en trabajo, entonces, no es sólo un proceso del pasado: es luch a presente, cotidiana, la luch a de la que depende la existencia del capital.

 

Lo mismo puede decirse con referencia a la constitución y la existencia. El fetichismo es la separación de constitución y existen-cia. Hacemos una mercancía y, una vez hecha, ésta adquiere una existencia independiente, niega el pro ceso de su p ropia constitu-ción. La camisa que compramos en u na tienda no nos dice nada acerca de cómo fue hecha. La separación de constitución y existen-cia es el establecimiento de una clara ruptura entre el pasado y el presente, central para la homogeneización del tiempo. Esto signifi-ca que dar por sentada la separación entre constitución y existen-cia es aceptar la homogeneización del tiempo, es ubicarnos en los

 

 

4     Hay un vívido debate sobre la importancia actual de la acumulación ori-

 

ginaria: véase los ar tículos o riginalmente publi cados en i nternet en The Commoner, y con pos terioridad co mpilados e n Bonefeld (200 9a), y también

 

Harvey (2007). Es crucial comprender que la acumulación origi naria en el pre-sente no representa un aspecto marginal del capitalismo, sino simplemente la constitución y reconstitución constante del capital.

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

fundamentos del pensamiento fetichizado. Tomar la acumulación originaria simplemente como un hecho histórico pasado es caer en la visión real pero ilusoria de la historia producida por la mis ma acumulación originaria. Criticar la acumulación originaria es criti-car la t emporalidad q ue és ta pro duce, criticar la s eparación de constitución y existencia, la s eparación de pas ado y pre sente. La constitución del capitalismo no es un episodio cerrado en el pasa-do: el capitalismo existe mediante su reconstitución constante.

 

Se puede formular el mismo argumento –la insistencia en este punto se debe a que es el eje del libro– diciendo que las formas de las relaciones sociales deben ser comprendidas como formas-proce-sos. Todas las diferentes formas de relaciones sociales que hemos mencionado –el dinero, el Estado, el capital, la mercancía, el tiem-po del reloj, la mujer, el hombre, y otras– no son sólo formas que se establecieron en la t ransición al capitalismo, sino procesos de formación de relaciones sociales que están constantemente activos y permanentemente en cuestión. El dinero no es sólo una forma establecida, sino un proceso de monetización de relaciones sociales que es c onstantemente repetido y permanentemente impugnado (por ejemplo, por quienes se apropian de las mercancías sin pagar por ellas, sean éstos niños o ladrones). El Estado no está sólo ahí, sino que es un proceso permanente de estatificación, de canaliza-ción del conflicto social en determinadas formas, u n proceso en constante cuestionamiento cuando quienes luchan tratan de man-tener o d esarrollar ot ras f ormas (v éase Holloway, 19 80, 20 02 y 2006). El hombre no es una forma establecida de las relaciones socia-les, sino el resultado de pr ácticas constantemente repetidas, que también están permanentemente bajo ataque: todas las relaciones sociales son campos de batalla activos, antagonismos vivos.

 

La det erminación po r las fo rmas, e ntonces, n unca es t otal: siempre es una lucha. La determinación de nu estras actividades por las formas de las relaciones capitalistas no está dada, sino que es una batalla constante. En cualquier situación, la rebelión es siem-pre una opción. El maestro siempre se puede rehusar a enseñar lo que busca imponer el capital. El estudiante siempre puede criticar. El trabajador siempre puede negarse a obedecer. El soldado siem-pre puede rehusarse a matar. Es por eso que el capital invierte tanta energía y recursos en t ratar de asegurar que esto no su ceda. Sin embargo, en definitiva, la decisión, y la responsabilidad, es nuestra: no como una decisión individual y libre, sino c omo parte d e la lucha por el futuro de la humanidad. La rebelión es siempre una

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

opción, pero, mucho más que eso, es una parte integral de la vida cotidiana. Es por eso que la existencia del capitalismo está basada en su constante reconstitución, la constante recreación de sus for-mas de relaciones sociales.

 

Todas las formas de relaciones sociales son procesos: procesos de lucha, antagonismos vivos. Nuestro hacer creativo existe en for-mas ajenas , for mas que ni egan s u exist encia. C omo s eñala Richard Gunn (2005: 115), el decir que algo existe en la forma de otra c osa significa que ex iste “ en e l modo de ser neg ado”. Comprender la forma como una forma-proceso es insistir en que lo que exis te en el modo de ser negado e xiste en un a rebelión constante contra su propia negación: la relación en tre el hacer y el trabajo abstracto es una relación de tensión y rebelión.

La cuestión no es nueva, ya que fue puesta en términos teoló-gicos por Juan Escoto Eriúgena, el teólogo heterodoxo del siglo IX nacido en Irlanda, quien argumentaba que dios había c reado al hombre no sólo al comienzo de la historia humana, sino como un proceso constantemente repetido, que crea y recrea al hombre de forma permanente. Esto hace abrir una enorme fragilidad en nues-tras vidas: nuestra existencia, entonces, depende de un momento al siguiente del proceso activo de la creación divina5.

 

Lo mi smo p odría reformularse en té rminos del valor de la memoria como verdad (Marcuse, 1983). La imposición del traba-jo abstr acto ex igió sig los de luc has, a me nudo, viole ntas. Las luchas de las mujeres y los hombres que resistieron se encuentran en el pasado, pero también viven en el presente, como memoria. La fuerza presente o la memoria como verdad, sea del individuo o de la sociedad, “yace en la específica función de la memoria de preservar promes as y poten cialidades que so n traic ionadas e inclusive proscriptas por el individuo m aduro, civilizado, pero que han sido satisfechas alguna vez en su te nue pasado y n unca son olvidadas por completo” (ibíd: 33). El psicoanálisis freudiano nos enseña que a través de la memoria el pasado vive en el presen-te. En la esfera social ocurre lo mismo: las lucha s irredentas del pasado, las promesas y potenc ialidades n o cum plidas, so n un a fuerza presente6. “Teman a la ira de los muertos”, dice Odysseus

 

 

5     Podría decirse que este libro es doblemente eriugénico.

 

6     Sobre la fuerza presente y el pasado no redimido véase Benjamin, especial-mente sus Sobre el concepto de la historia. Tesis y fra gmentos (2007); sobre la impor-tancia de la memoria véase también Tischler (2005) y Matamoros (2009).

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

Elytis (1974: 42) en su poema “Axion Esti” (c itado por Mem os, 2009: 65). De forma similar, se puede decir del futuro posible que el mundo que todaví a n o es per o podría se r existe todavía-n o como antic ipación real e n las l uchas del pasado y del prese nte (véase Bloch, 1980). La frase “las brujas existen” no es pura retó-rica, sino la fuerza real de la memoria y del futuro po sible en el presente.

 

El hacer-otro está reprimido pero no extinto. De acuerdo con la mitología i rlandesa, cuan do lo s m ilesios invadieron Irlanda, los habitantes originarios, los tuatha dé danann, no fueron exter-minados en su totalidad, sino que se refugiaron bajo tierra, donde continuaron viviendo y hac iendo magia. La victoria del trabajo abstracto no e xtinguió otras fo rmas de con ducta, sin o que sim - plemente las sepultó bajo tierra, donde siguen viviendo reprimi-das y en rebeldía. Lo que nos interesa es el retorno de lo repri mido, que, de acuerdo con Marcuse (1983: 31), “da forma a l a historia prohibida y subterránea de la civilización”: no el pasado reprimi-do, sino lo que es irredento en el pasado, la potencialidad de un futuro diferente7.

 

Todas estas formulaciones apuntan a l a existencia actual de un otro lado. Si el dinero es un pro ceso, entonces, es un proceso de monetizar algo, así como el Estado es un proceso de estatizar algo, a sí co mo la acu mulación origi naria es la transformación constantemente reiterada de algo. Detrás del d inero, del Estado, del hombre, de la mujer, etcétera, hay algo oculto, un lado oscu-ro, invisible, un algo que está siendo procesado, q ue está siendo formado, algo que no ha sido –todavía– absorbido en su totalidad en las formas capitalistas y no está monetizado en su totalidad ni estatizado ni mercantilizado n i sex ualmente dimorfiza do. H ay algo que no e ncaja: nosotros mismos. Y el mismo hecho de que criticamos estas formas significa que hay algo que existe más allá de ellas. Como escribe Ernst Bloch (1964, II: 113): “La alienación no podría ser ni siquiera vista, y co ndenada de roba r a los ser es humanos su libertad y de privar al mundo de su alma, si no exis-tiera alguna i ndicación de su o puesto, de ese posible l legar-a-uno-mismo, ser- con-uno-mismo, c ontra el cual poder compa rar la alienación”.

 

 

7     Sobre la persistente importancia del concepto de represión en el contex-to de los actuales debates, o sea, a pesar de los ataque s estructuralistas y po ses-tructuralistas a este concepto véase Kastner (2006).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Este otro lado no es mero potencial o posibilidad. El otro lado es potencial, es una a nticipación del mundo que podría e xistir, pero tratarlo como mera posibilidad nos deja peligrosamente flo-tando en el aire, posterga una vez más la realización de ese poten-cial hacia algún futuro vag o e indeterminado. Un potencial que no sea un antagonismo vivo, una lucha viva, n o vale nada. Todos tenemos el potencial de c onvertirnos en juga dores famo sos de básquetbol o en distinguidos neurocirujanos, pero si este poten - cial no tiene expresión material se convierte en un sueño ilusorio. Comprender la abstracción como un proceso presente significa que el objeto de la abstracción existe no sólo como potencial, sino como fuerza real en el presente.

 

Es en este lado oscuro que estamos interesados, no sólo como simple poten cial, sin o com o fuer za pre sente. Esto nos trae de regreso a nuestro punto de partida : el carácter dual del trabajo , como trabajo abstracto y trab ajo útil o con creto o co mo trabajo alienado y acti vidad vital consciente. A lo largo de este vo lumen nos hemos c oncentrado en el tr abajo abstr acto como la fuerza que teje la telaraña de l a dominación. Ahora es e l momento de incursionar en el otro aspecto: el trabajo útil o concreto, la activi-dad vital consciente, el hacer concreto. Éste es e l punto de infle-xión en la discusión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hacer concreto desborda

 

el trabajo abstracto, existe en-contra-y-más-allá del trabajo abstracto

 

<tesis 24>

 

 

 

 

 

 

 

 

El trabajo abstracto domina. Es una forma de conducta y de in-terrelación establecida al comienzo del capitalismo. Es la base de un sistema de cohesión social independiente de la volunta d hu-mana que, una vez establecido, “adquiere un carácter necesario y sistemático” (Postone, 2006: 212).

 

El trabajo abstracto es la forma histórica en la que el hacer con-creto existe bajo el capitalismo. Como lo hemos visto, aun por los pocos autores que mencionan el carácter dual del trabajo, la rela-ción entre el trabajo abstracto y el concreto –o el hacer concreto– es universalmente considerada como no p roblemática: el trabajo concreto es visto, de modo simple, como contenido al interior de la forma del trabajo abstracto. El trabajo abstracto y e l concreto, se dice, son sencillamente dos aspectos del mismo proceso1.

 

Y, sin embargo, no puede ser así. Aunque nos quedemos solos en nuestro argumento, no puede ser que haya una total subordi-nación del trabajo concreto al trabajo abstracto. La experiencia y la reflexión teórica nos dicen que esto no es y no puede ser así.

 

En lo esencial, la tensión entre el hacer concreto y el trabajo abstracto es un hecho de la experiencia cotidiana. Si somos maes-tros, sentimos la tensión entre enseñar bien y estimular la promo-ción de los alumnos o producir la cantidad predeterminada de

 

 

1     Postone (2006: 207) afirma que la distinción “no hace referencia a dos tipos distintos de trabajo, sino a dos aspectos del mismo trabajo en una sociedad deter-minada por la mercancía”. Con un argumento aún más sólido, Marx (1990: 21) en los “Resultados del proceso inmediato de producción” dice: “Si consideramos el proceso de producción desde dos puntos de vista diferentes, 1) como proceso de trabajo, 2) como proceso de valorización, ello implica que aquél es tan sólo un proce-so de trabajo único, indivisible”. Sin embargo, la revolución es, precisamente, la división de esta unión indivisible, la emancipación del proceso de trabajo respec-to del proceso de valorización, del hacer respecto del trabajo abstracto.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

graduados. Si somos carpinteros, sentimos la tensión entre hacer una buena mesa y producir una mercancía que se venda. Si somos telefonistas en un call-center, sentimos la tensión entre la posibili-dad de tener una charla amistosa con alguien y las disciplinas del trabajo, si trabaj amos en una c adena de montaje , sentimos el impulso a otro-hacer como una frustración insoportable.

 

En la primera parte de este volumen vimos que esta tensión lleva a much a gente a n egarse a subordinar su actividad a las demandas del trabajo abstracto y a hallar formas de lib erarse de las demandas del dinero.

 

Es verdad que en el capitalismo el hacer concreto existe en la forma del trabajo abstracto, pero la relación de la forma y el con-tenido no puede ser com prendida como una relación de simple identidad o con tención. Como hemos visto previ amente, las for-mas de las relaciones capitalistas deben ser compren didas como formas-procesos: el trabajo abstracto es un proceso activo de con-figurar nuestra actividad, de abstraer el hacer concreto. Eso signi-fica que h ay necesariamente una relación de no identidad entre ellos, una inadecuación, una tensión, una resistencia, un antago-nismo. El tr abajo concreto y el trabajo abstracto pueden ser dos aspectos del mis mo trabajo, pero son aspectos c ontradictorios y antagónicos.

 

El hacer concreto no está, y no p uede estar, subordinado de modo total al trabajo abstracto. Hay entre ellos una no identidad. El hacer no se adecua al trabajo abstracto sin u n r emanente. Siempre hay un excedente, un desborde. Siempre hay un impulso en diferentes direcciones. El impulso de la abstracción es el dine-ro: lo que importa es la valid ación social del trabajo mediante el dinero. El impulso del trabajo concreto es hacia el hacer bien la actividad, ya sea enseñar o fabr icar un automóvil o d iseñar una página web. Esto conlleva un impulso hacia la autodeterminación. El hacer algo bien significa tratar de ejercitar nuestro criterio con respecto a lo que está bien o está mal hecho. En la medida en que reconocemos que nuestra actividad, como cualquier actividad, es una actividad social, nuestro impulso hacia la autodeterminación es en lo esencial un impulso hacia la autodeterminación social. El trabajo abstracto significa un imp ulso hacia la d eterminación de nuestra actividad por el dinero, mientras que el trabajo útil conlle-va un impulso hacia la autodeterminación social.

 

Podemos pensar en el antagonismo en términos de tiempo de trabajo socialmente necesario. Para que el productor de mercan-

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

cías vend a s u m ercancía, deb e ha berla producido c on niveles socialmente establecidos de eficiencia: el valor de la mercancía está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario reque-rido para producirla. Lo que crea al valor es “trabajo indiferencia-do, socialmente necesario, general, trabajo totalmente indiferente res-pecto a tod o contenido particular. Por lo cual […] alcanza una expresión común a todas las mercancías, diferenciable sólo por la cantidad”, tal com o lo dice Marx en los “Resultados del proceso inmediato de producción” (1990: 23). En otras palabras, la impo-sición del tiempo de trabajo socialmente necesario y la abstracción del trabajo son una y la misma cosa. La abstracción, la determina-ción del trabajo por el dinero, significa en la práctica la necesidad de produ cir en el t iempo m ás c orto posible. E sto significa u na reestructuración constante del proceso de trabajo y un con flicto constante con el trabajo concreto, que no conoce esas restriccio-nes del tiempo. El productor de mercancías individual vivirá este conflicto c omo una cont radicción entr e lo s requerimientos del mercado y su s h ábitos establecidos. Donde los q ue producen la mercancía son los asalariados, es obvio que el conflicto se conver-tirá en un conflicto abierto entre las exigencias del empleador y la lucha de los trabajadores por hacer las cosas a su propio ritmo.

 

La abstracción, entonces, es inseparable del conflicto. Donde el trabajo abstracto ex iste c omo trabajo asalariado , el co nflicto toma la forma de un c onflicto e ntre tr abajadores y c apitalistas. Marx (ibíd.: 20) escribe:

 

Se trata del proceso de enajenación de su p ropio t rabajo. Aquí e l obrero está desde un principio en un plano superior al del capi-talista, por cuanto este último ha echado raíces en ese proceso de enajenación y encuentra en él s u satisfacción absoluta, mientras que por el contrario el obrero, en su condición de víctima del proceso, se ha lla de e ntrada en u na situación de rebel día y lo siente como un proceso de avasallamiento.

 

La lucha es una lucha en contra del trabajo abstracto o alienado, y e sta lu cha proviene de q uienes más sufren e sta abstracc ión o alienación.

 

Si la abstracción es un proceso conflictivo, entonces, su relación con el hacer concreto no puede ser comprendida de otro modo que como antagónica. La rebelión contra la abstracción es un: “No, no haremos eso, no lo haremos de esa forma. Lo haremos en la forma que pensamos que es mejor. Haremos lo que q ueremos

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

hacer, lo que consideramos necesario o deseable”. La rebelión en contra del trabajo abstracto es el hacer concreto en movimiento.

El hacer concreto, entonces, no está del todo subordinado al trabajo abs tracto, como sup one la m ayor parte de la literatura. Está claro que existe en el trabajo abstracto: el trabajo abstracto es la forma en la que existe el hacer concreto en la sociedad capita-lista. El hacer que está comprendido en cualquier tipo de produc-ción está sometido directa o indirectamente a los requisitos o exi-gencias de tener que producir para el mercado: las exigencias de la pr oducción de valo r. El aspec to cualitati vo de l trabajo e stá subordinado al cuantitativo. Lo que importa es que los trabajado-res no gasten más que el tiempo de trabajo socialmente necesario para p roducir l as mercancías. El aspecto cuali tativo del traba jo sólo cuenta como productividad, como la habilidad de los traba-jadores para producir de mo do eficiente2. Somos muy conscien-tes de esto, de todo el tiempo que dedicamos a las actividades que no determinamos, sea a justando un pe rno en una c adena de montaje, calificando exámenes o vendiendo hamburguesas.

 

Pero el h acer existe tambi én en rebelión en c ontra del tra - bajo abstracto: en cada rechazo de la autoridad ajena, en cada inten-to por ganar el control sob re e l proceso del trabajo, e n cada intento por desarrollar ac tividades vali osas ya sea fue ra de la s horas de empleo o como una alternativa al empleo, a veces, tam-bién como explosiones de rechazo: carnavales, disturbios, rebelio-nes. Hay una tensión constante: el hacer útil no es sólo dominado por s u p ropia abstracc ión, sin o q ue tam bién e stá en c onstante rebelión contra ella. Esta tensión se manifiesta en las neurosis, en las frustraciones y en las constantes luchas de todo trabajador que trata de trabajar de modo creativo, o tan sólo desea hacer las cosas bien en contra de las restricciones del tiempo y del dinero3.

 

El hacer es una figura sutil y sombría, pero existe, y no sólo en el trabajo –bajo la forma del trabajo abstracto–, sino que existe en contra del trabajo y también más allá del trabajo (en nuestros sue-ños, en nuestras prácticas alternativas). La abstracción es un proce-so, constantemente repetido, pero mucho de lo que hacemos esca-

 

 

2     Véase, por ejemplo, Postone (2006: 361-365), quien trata la relación entre el trabajo abstracto y el trabajo útil en términos de la cuestión de la productividad.

3     Una opinión muy diferente es expresada por Negri (2003: 56): “en la sub-sunción real totalitaria de la sociedad en el capital, e sta relativa independencia (del valor de uso) ya no es más concebible”.

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

pa o desborda del proceso de abstracción. Cuando hacemos cosas que disfrutamos o consideramos importantes, cuando la pasamos bien con quienes amamos, cuando nos relajamos y pensamos que sí, que así debería ser la vida: todos éstos son momentos en que a nuestro hacer no se lo ab strae de su cua lidad ni de l fin que nos hemos trazado. Hay también muchísima gente en el mundo cuyo hacer no es convertido en trabajo abstracto, sea porque sus modos de vivir establecidos no han sido –aún– trastocados por completo por la organización capitalista o porque simplemente no se ade-cuan a la estructura de la explotación capitalista4. Entre quienes han sido excluidos, o incluidos sólo de forma ocasional –y preca-ria– en la explotación y abstracción del trabajo, muchos tratan de modo reflexivo convertir su exclusión en el desarrollo de activida-des –a menudo, con una práctica colectiva– que consideran dese-ables o im portantes. U na cosa es criticar el som etimiento d el hacer ú til al trabajo ab stracto – como lo hac e M arx–, y otra es suponer que no hay más hacer útil que el que ha sido subsumido en su propia abstracción.

 

Esto no es lo mismo que decir que a todas estas actividades no las afecta el trabajo abstracto o que están de alguna manera por fuera del proceso de abstracción (para una interpretación diferen-te, cf. De Angelis, 2007). Todas son contradictorias, forman parte de una sociedad domi nada por el capital. Se guramente es un a tentación el p ensar q ue nuestr os e spacios-momentos de hac er-otro existen por fuera del capital, que cuando nos sentam os con nuestros amigos en el jardín, o bailamos toda la noche con quie-nes amamos estamos viviendo por fuera del capital. Los espacios de otredad aparecen como diferencias más que como contradic-ciones. Sin embargo, esto es pel igroso. El capital –el trabajo abs-tracto– es mucho más voraz de lo que podamos pensar, invadien-do c ada as pecto de la manera en la qu e actuamos y p ensamos. Nuestros espacios de otredad están siempre amenazados, siempre en peligro de ser eliminados por el movimiento del trabajo abstrac-to. Seamos conscientes o no, nuestro hacer-otro existe desafiando los reclamos del dinero, en contra de la exigencia de que toda activi-dad huma na debe c onvertirse en trabajo ab stracto. Nuest ros

 

 

4     Véase la reflexión de Federici (2004: 9) sobre su experiencia en Nigeria: “También me di cuenta de lo limitada que es la victoria que h a logrado en este planeta la disciplina laboral capitalista, y de cuánta gente aún considera sus vidas en forma totalmente antagónica a las exigencias de la producción capitalista”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

momentos o espacios de no subordinación son insubordinaciones, desafíos. Las dif erencias apare ntes son contradicciones (véase Bonnet, 2007). Esto es importante si queremos comprender la uni-dad de nuestros abigarrados de seos de vivir com o queremos: la unidad es negativa, anticapitalista.

Hemos caracterizado la relación entre el hac er concreto y el trabajo abstracto como extática5. El hacer es el éxtasis del trabajo abstracto: éxtasis como ek-stasis, es el estar por fuera del trabajo abs-tracto al mismo tiempo que se existe en él, el estar afuera como real y p otencial otredad. Es muy c ierto decir que el trabajo abs-tracto y el trabajo concreto –o el hacer– son aspectos del mismo proceso, pero la rela ción entre los dos aspe ctos es e xtática, una relación de contención-rebelión-y-desborde, una relación de estar en-contra-y-más-allá. Debemos tener cuidado de no dar una falsa positividad al hacer útil, o de atribuirle un carácter esencial ahis-tórico. Existe como luc ha, como la lucha por esc apar de su a bs-tracción. Sus momen tos de l ibertad son fr ecuentemente contra-dictorios y efím eros, como los castillos construidos en la arena a orillas del mar. La libertad no debería ser pensada en términos de autonomías estables, sino más bien como la fuerza de lo que es todavía-no, r elámpagos de un mundo q ue podría ser. Pe ro, a pesar de lo efímeras que puedan ser estas huidas, sean las del tra-bajador de la cadena de montaje rasgueando su guitarra imagina-ria, del profesor universitario soñando que puede hacer algo más que formar a los funcionarios del trabajo abstracto o de l os indí-genas de Chiapas creando y manteniendo por a ños sus propias municipalidades autónomas, es decir, a pesar de lo efímeros que puedan ser estos desbordes del hacer concreto-creativo, digamos claramente que ahí es don de vivimos, ahí e s donde estamos, ése es el p unto a partir del cual de bemos pen sar la posibi lidad de crear un mundo diferente. Estos desbordes son las grietas a partir de las cuales hemos comenzado.

 

 

 

 

 

 

 

 

5 En ge neral, pod emos deci r, pensando en Marx, que la relación en tre forma y contenido es una relación extática: la forma con tiene y n o contiene al contenido. El contenido está por fuera-y-más-allá de la forma, la desborda.

 

 

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El hacer es la crisis del trabajo abstracto

 

<tesis 25>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay una lucha constante del hacer en-contra-y-más-allá del traba-jo abstr acto. L a pr egunta es si estas luchas son sólo arrebatos románticos condenados desde el principio a ser reabsorbidos en el imparable flu jo de l valo r-trabajo-abstracto-capital. O si ex iste alguna forma en que estas luchas, por más patéticas que puedan parecer a veces, constituyan la crisis del capital y los comienzos de una nueva sociedad.

 

 

a)    Hay una tensión constante entre el hacer y el tra bajo ab stracto

 

Dice el refrán inglés que todos jalamos de la correa del amo en un intento de autodeterminar nue stro camino. En e fecto, todo el tiempo queremos desprendernos de la actividad ajena, sea tratan-do de escap ar de el la –por enfe rmedad, jubilac ión, huelgas, ausentismo, y otras– o rec onfigurándola en la medida e n que podemos. El hacer es la fr agilidad de la abstracción, una amena-za constante a la disciplina del trabajo. En este sentido, podemos hablar del hacer como la c risis permanente del capitalismo. La frustración es el núc leo fundamental del capitalismo, su con tra-dicción central, explosiva1.

Normalmente, esta frustración, este impulso del hacer contra el trabajo es invisible. Es más evidente en las fuerzas que intentan

 

 

1     La frustración remite a la co ntradicción entre lo q ue hacemos y lo q ue podríamos hacer, entre nuestra realidad y nuestro potencial. Pero es crucial que se interprete esta contradicción como un antagonismo viviente. Divorciar la contra-dicción del antagonismo, como hace Postone (2006: 68, por ejemplo) es caer en la lógica del marxismo tradicional que él mismo critica.

 

 

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contenerlo. E l conjun to de la administración empresarial está enfocada en c ontener l a ten sión, forzar a l a ene rgía del hac er para que ceda bajo la disciplina del trabajo. La expansión del cré-dito en los últimos cincuenta años también contribuye en forma importante a mantener la frustración bajo control. También está la policía, los psiquiatras y psicólogos, los maestros y trabajadores sociales, y los padres: todo un mundo que nos dic e que no hay alternativa al trabajo. Cuando terminamos la escuela, no se nos indica que podemos elegir, que podemos dedicar nuestras vidas a trabajar bajo el dictado del dinero, o bien a alguna actividad que, quizá junto a quien es nos ro dean, elijamos co mo más g rata o importante. La elección es invisible: simplemente, se nos dice que ahora somos adultos y debemo s ganarnos la vida trabajando. El trabajo abs tracto se im pone a través de la invisibili zación del hacer. El trabaj o dom ina sie ndo uni tario, prese ntándose com o trabajo-sin-alternativa, de mo do q ue hasta h ablar de l carác ter dual d el t rabajo o del anta gonismo entre e l ha cer y el trabajo sugiere una pizca de locura2. Y, sin embargo, está en el centro de nuestras preocupaciones, todo el tiempo.

 

 

b)    La tensión entre el hace r y el tr abajo es intrínsec a y cruci almente inest able

 

La abstracción del hacer en trabajo es, como hemos visto, insepa-rable de la presión para producir mercancías en el tiempo de tra-bajo socialmente necesario. Lo que determina que las mercancías sean vendibles en el mercado es la cantidad de tiempo necesario para p roducirlas. A través d e la co mpetencia se de sarrolla un a presión constante para reducir ese tiempo necesario para produ-cir mercancías. Si yo, como capitalista, puedo producir la mercan-cía más rápi do que mi co mpetidor, e ntonces, te ndré mayores ganancias. Si no me puedo mantener al nivel de mis competido-res en cuan to al tiem po ex igido para producir l as merca ncías, pronto iré a la quiebra. La actividad que producía valor hace cien años, o incluso hace veinte o diez años, resultaría ahora con toda probabilidad inútil para el capital, simplemente porque el signifi-cado d el tr abajo a bstracto ya no es el mismo. En conse cuencia estoy obligado a reducir de modo constante el tiempo de trabajo

 

 

2¡No es de extrañar que la tradición marxista haya preferido olvidar a Marx!

 

 

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exigido para producir mis mercancías, intensificando el proces o de trabajo y también expulsando trabajo y reemplazándolo por maquinarias. La abstracción del hacer en trabajo es una constan-te vuelta de tuerca, una per sistente desestabilización de la tensa relación entre el hacer y el trabajo.

 

La constante vuelta de tuerca del trabajo socialmente necesa-rio intensifica la inade cuación so cial. A me dida que e l c apital exige más y más, se hace cada vez más difícil adecuarse a sus exi-gencias. La inadecuación intensificada se ex presa en una doble huida d el trabaj o. Desde la pe rspectiva del capita l, el i mpulso constante a reducir el tiempo de trabajo necesario lleva a la expul-sión de los trabajadores del proceso de trabajo y a su reemplazo por maquinaria. Esto conduce a lo que Marx llama el crecimiento de la composición orgánica del capital, el incremento progresivo en la relación entre el gasto en maquinaria y el gasto en fuerza de trabajo en el proceso de producción capitalista. El capital depende del trabajo para su producción, pero constantemente huye de esa dependencia reemplazando trabajo por maquinaria, reemplazan-do trabajo vivo por trabajo muerto. Huye de la dependencia, pero no escapa de ella, pues todavía depende del trabajo para la produc-ción de valor y de ganancia. Para el capital en su conjunto –aunque no de modo necesario para el capitalista individual–, la huida del trabajo conduce a una caída en la tasa general de ganancia, y esto se traduce para el capitalista individual en una intensificación de la competencia y en un intento cada vez más frenético por reducir el tiempo de trabajo necesario a través de la intensificación del proce-so de trabajo y del reemplazo del trabajo por maquinaria.

 

Del otro lado también hay una huida del trabajo, pero, mien-tras que la huida del capital respecto del trabajo es una huida hacia un vacío vertiginoso –porque no puede existir sin el trabajo–, del lado de los trabajadores la huida del trabajo es una huida hacia el hacer. Esto puede ser voluntario, cuando los seres humanos tratan de e scapar de l as p resiones d el proceso d e t rabajo capitalista, o puede ser involuntario: quienes son expulsados del proceso de tra-bajo, o quienes nunca son absorbidos en el empleo capitalista en primer lugar, tienen que hallar otras formas de su pervivencia. A menudo, esta lucha por sobrevivir conlleva un sometimiento aún más directo al mercado –por ejemplo, la venta de chicles, globos, juguetes bajo los semáforos de las grandes ciudades–, pero también genera estructuras de apoyo mutuo entre familias, comunidades o grupos de amigos, y, en ese sentido, se transforma en un retirarse

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

del trabajo abstracto y en el crecimiento de un hacer socialmente autodeterminado.

 

La constante intensificación que es inherente al trabajo abs - tracto tiende a socavar su propia existencia. Hay una expulsión y repulsión progresiva: los trabajadores son expulsados y repelidos. El trabajo –no sólo el capital– pasa a ser visto como enemigo, y las personas, por elección o por necesidad, buscan formas diferentes de vivir, formas diferentes de organizar su actividad. El hacer con-tenido en el trabajo, que el trabajo hace invisible, comienza a afir-marse. Se escinde el carácter unitario del trabajo.

 

La dinámica del capitalismo es una doble huida del trabajo. Por el lado del capital, la huida sólo puede terminar en el trabajo y su intensificación. Por el lado de los trabajadores, la huida del trabajo abre perspectivas de un mundo diferente organizado sobre la base de un hacer conscientemente diseñado. De ambas partes, la huida del trabajo significa la crisis del capital, pues es el trabajo abstracto el que produce el valor, la sustancia de la ganancia capitalista, y esel trabajo abstracto el que suministra la cohesión social que mantiene unido al capitalismo. Sin embargo, hay dos salidas de la crisis: la solución capitalista –intensificación y expu lsión del trabajo– cava más hondo el pozo y prepara elcamino para una crisis aún más pro-funda la próxima vez, mientras que la solución anticapitalista sepa-ra al hacer del trabajo abstracto y abre directa e inmediatamente las perspectivas de un mundo muy diferente.

 

 

c)     La cri sis del capital es la e scisión de l carácter unitario de l traba jo: ésta es la crisis en la que estamo s viviendo

 

El momen to culminante del tr abajo abstracto fue el mome nto culminante del movimi ento o brero. El pe ríodo posterior a l a Segunda Guerra Mundial se caracterizó por una rápida acumula-ción de capital, posibilitada por la derrota masiva de la clase obre-ra a manos del fascismo y de la guerra, que permitió, a su vez, la introducción gen eralizada de nu evos mé todos de produc ción. Éste es el período a menudo conocido como fordismo, caracteri-zado p or fábri cas masivas y técnicas de producció n altam ente automatizadas en las que los trabajadores se convierten más que nunca en simples apéndices de la máquina, en posiciones en la cadena de m ontaje. Bajo el fordismo la abstracción del hacer es empujada hasta sus límites: el trabajo es vaciado de todo significa-

 

 

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do. A cambio d e ell o, lo s tr abajadores reciben sueldos relativa-mente altos, son apoyados por políticas de pleno empleo y por el desarrollo del Estado benefactor, al menos en los países más ricos, lo que a su vez incrementa el consumo y la reproducción de todo el sistema de producción capitalista. Ésta es la edad de oro de los sindicatos, de la aparente reducción del antagonismo entre el tra-bajo y e l capital a rondas anuales de negociacion es salariales, y de íntimas rela ciones entre los sindicatos y los Estados. Es la edad de oro del movimiento obrero y de todo lo que hemos visto asociado con el tr abajo ab stracto (el pe nsamiento po sitivista, la sexualidad d imorfa dominada por e l varón, la sub ordinación indiscutida d e l a n aturaleza al progreso, la inte rpretación del cambio en términos de una to talidad identificada con el Estado, entre otros). Con el pleno empleo se cierra la jaula, se completa el dominio del trabajo abstracto y unitario: la actividad vital es el empleo, es el trabajo abstracto. No hay alternativas.

 

Este tejido apretado y tenso se fractura en 19683 cuando una generación ya no tan domesticada por la experiencia del fascismo y de la guerra se levantó y dijo “no, no dedicaremos nuestras vidas al dominio del dinero. No dedicaremos todos los días de nuestras vidas al trabajo abstracto, haremos otra cosa en su lugar”. La rebe-lión en contra del capital se expresa abiertamente en lo que siem-pre es y debe ser: una rebelión en contra del trabajo. Se evidencia que no podemos pensar en la lucha de clases como el trabajo con-tra el capital porque el trabajo está del mismo lado que el capital, el trabajo produce el capital. Esto es lo que se expresó en las uni-versidades, en la s fábricas, en las calles en 1 968. Esto es lo qu e imposibilita que el capital aumente la tasa de ex plotación de tal forma como para mantener su tasa de ganancia y so stener al for-dismo. Es una rebelión que se dirige en contra de todos los aspec-tos de la abstracción del trabajo: no sólo de la alienación del traba-jo en sentido estricto, sino también de la fetichización del sexo, la naturaleza, el tiempo, el espacio, y también en contra de las formas de orga nización es tadocéntricas, q ue son parte d e esa fe tichiza-ción. Hay una liberación, una emancipación: ahora es posible pen-sar y hacer cosas que antes no eran posibles. La fuerza de la explo-sión, la f uerza de la lu cha escinde y abr e la categoría del trabajo –abierta po r Marx, p ero c errada en la pr áctica por la tradición marxista– y con ello todas las otras categorías del pensamiento.

 

 

3     O sea, alrededor de 1968, en muchas partes del mundo.

 

 

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La escisión de la categoría del trabajo nos arroja a un nuevo mundo. Esto no es enteramente nuevo, por supuesto: el rechazo del trabajo es una corriente que ya corría a lo largo de toda la his-toria de la lucha anticapitalista4. Lo nuevo es la c entralidad que esto adquiere con la crisis del fordismo.

 

A primera vista, la c risis del trabajo5 parece ser una derrota para nosotros. De m odo inevitable, la crisis de l trabajo ab stracto es la crisis del m ovimiento construido sobre la base del trabajo abstracto: el movimiento obrero. Que existe una c risis del m ovi-miento obrero es algo que se ve c laramente: la dec linación del movimiento sindical en todo el mundo, la erosión catastrófica de muchas de las conquistas m ateriales ganadas por e l movimiento obrero en el pasado; la desaparición virtual de los partidos social-demócratas con un c ompromiso verdadero co n una refo rma social radical; el colapso de la Unión Soviética y de otros países comunistas y la integración de C hina al capitalismo mun dial; la derrota de los m ovimientos de liberación n acional en América Latina y en África; la crisis del mar xismo en las universidade s y, sobre todo, su crisis como teoría de lucha.

 

En general, esto es apreciado como una derrota histórica para la clase obrera. Derrota histórica, sin dudas, pero, cabe preguntar-se: ¿derrota de qué? Una derrota para el movimiento obrero, para el movimiento basado en el trabajo abstracto. Una derrota para un movimiento atrapado en l as formas fetichizadas de l traba jo ab s-tracto. Una derrota para la lucha del trabajo contra el capital. Y, posiblemente, una apertura para la lucha del hacer contra el tra-bajo-y-el-capital. S i éste fuese el c aso, entonc es, no sería una derrota para la lucha de clases, sino un cambio hacia un estadio más profundo de lucha de clases.

 

La crisis del trabajo –y, en consecuencia, de la lucha del traba-jo contra el capital– nos precipita a un mun do c on di ferentes dimensiones. La lucha de clases continúa siendo central. Todavía estamos en el capitalismo, en una sociedad dirigida por la búsque-da de la ganancia y basada, en consecuencia, en la lucha constan-te por subordinar la actividad humana a las exigencias de la pro-ducción de la ganancia, y en la luc ha contraria por libe rar a la actividad humana de est a dete rminación. La luc ha de clases es

 

 

4     Un tema particularmente desarrollado por la tradición anarquista.

 

5     Para una cuidadosa discusión sobre la crisis del trabajo desde diferentes puntos de vista véase Exner y otros (2005).

 

 

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central, pero ha cambiado y está cambiando. Ya no es más adecua-do pensar en ella como en la luc ha del trabajo contra el capital (puesto que esta formulación deja el carácter unitario del trabajo intocable). Nos vemos forzados a aprender un nuevo lenguaje de lucha con una nueva co nceptualidad. Estam os, como lo dic e Sergio Ti schler, e n la pe numbra del umbr al, luchando todavía por d iscernir con cla ridad las nue vas paut as de luch a, por ver nuestra senda hacia adelante. Ésta es una época de dudas e incer-tidumbres, d e posibles ape rturas a un n uevo mun do, o de su imposibilidad o neg ación. Preguntando es la únic a forma en l a que podemos caminar6.

 

Los términos generales de la lucha se desprenden del análisis de la crisis como la crisis del trabajo abstracto, o sea la crisis de la abstracción del hacer en trabajo. Del lado capitalista, la resolución de la crisis significa reencauzar el hacer en los parámetros del tra-bajo abstracto y contenerlo dentro de ellos. En su forma más sim-ple, significa emplear y mantener la disciplina en el proceso labo-ral, en o tras pa labras, o bligar a lo s ser es humanos a realizar e l trabajo abstracto. Para quienes no están empleados, esto significa imponer una disciplina social que asegure que su actividad perma-nezca dentro de la estructura general determinada por el trabajo abstracto. P ara el capital lo imp ortante e s sellar nu evamente el carácter unitario del trabajo, para mostrar que no hay alternativas a la producción del valor, al trabajo para hacer dinero. No debe haber escape del trabajo. En los países con un sistema de Estado benefactor, es crucial ajustar las reglas para asegurarse de que no suministran refugios para quienes podrían querer hacer otra cosa con sus vidas. Lo mismo sucede en las universidades: no debe per-mitirse q ue se transformen en lugares para relajarse o – incluso peor– pensar. Es esencial ajustar el sistema educacional, acelerar el proceso de aprendizaje y, sobre todo, evaluar la productividad de los maestros y los estudiantes todo el tiempo, de modo que su acti-vidad esté contenida dentro del trabajo abstracto (véase Harvie, 2006; Cunninghame, 2009; De Angelis y Harvie, 2009). El neolibe-ralismo, el posfordismo, el posmodernismo son nombres dados a diferentes aspectos de esta lucha por subordinar el hacer humano bajo el dominio del dinero, para restablecer la idea de que no hay alternativa al trabajo, de que toda posible actividad hum ana está comprendida dentro del dominio del trabajo.

 

 

6     Este libro aspira a ser parte de este proceso de preguntar.

 

 

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Ésta es u na lu cha pr olongada y co nstante. No es un nuevo patrón estable de dominación, aunque los términos mencionados –neoliberalismo, posfordismo, posmodernismo– puedan presen-tarlo como t al. Un factor cru cial en la lucha por reimponer a l trabajo es la expansión del crédito. El crédito crea un mundo de ficción, un mundo basado en las expectativas de la plusvalía futu-ra. Permite a los capitales individuales evitar que caigan en banca-rrota y, en este sentido, suavizan el col apso de la jaula de l pleno empleo, el trabajo ab stracto. E l mundo ficticio del crédito, así pues, suaviza las asperezas de la disciplina del trabajo abstrac to, pero también las extiende y las pr ofundiza. La empresa que está pesadamente endeudada busca con desesperación hacer más efi-ciente el trabajo que está bajo sus órdenes. Y la persona endeuda-da está efectiv amente atad a a vende r su fuerz a de traba jo por dinero para pagar la deuda. L a expansión de la deuda crea una imagen de estabi lidad, que es, al mismo tiempo y en su esencia, una si tuación inestable por que e stá basada en una e xpectativa que puede no ser realizada.

Si la lucha, desde el punto de vista del capital, es el intento por impedir la posibilidad de una organización dife rente de la actividad humana, par a sell ar e l c arácter unita rio del trabajo , entonces, la lucha en contra del capital debe ser para abrir la esci-sión, para romper el cemento que mantiene aprisionada la activi-dad humana, para ha cer todo lo que podamos para ma terializar la posibilidad de un hacer diferente.

 

En el centro de este proceso está la precariedad del trabajo. En todo el mundo ha declinado la estabilidad relativa del empleo que, para muchos, caracterizó al período fordista. Las concesio-nes ganadas por la lucha sindical han sido desmanteladas en todo el mundo por una nueva legislación laboral. El empleo se ha vuel-to mucho más precario, es m ucho más probable que se b ase en contratos a corto plazo y horarios variables. Esto sig nifica dificul-tades materiales y emo cionales considerables pa ra mi llones de personas. Y, s in embargo, si nos c oncentramos só lo en el sufri - miento que conlleva todo esto, perdemos de vista lo que es obvio, a saber, que la precariedad del trabajo es precisamente lo que su nombre sugiere: precariedad del c apital, y del trabajo que crea capital. Los seres humanos son forzados a desarrollar otras formas de relaciones socia les y otra s fo rmas de a ctividad c omo la base para la supervivencia. El sufrimiento intrínseco en la precariedad puede deslizarse –y se está desli zando– a su opuesto, a un creci-

 

 

 

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miento del hacer-en-contra-del-trabajo. Algo similar sucede con el desempleo: el cre cimiento del desempleo significa enormes difi-cultades para millones y millones de personas; sin embargo, recla-mar una vuelta al pleno empleo, como hace y se ve obligado a hacer el movimiento sindical, es reclamar un cerramiento del tra-bajo unitario, proclamar que el empleo –al menos por el momen-to– es la única salida para la actividad humana, que el hacer debe estar su bordinado al trab ajo ab stracto. La al ternativa, co mo l o han hech o g rupos r adicales de desocupados e n la A rgentina y otros lugares, desbordando la lucha de los desempleados, es plan-tear que no queremos volver al empleo y la explotación que éste significa; que que remos re modelar nuestra propia acti vidad de acuerdo con lo que consideramos deseable o necesario.

 

Es difícil ver la salida, los caminos son difíciles de crear, pero es evidente que la precariedad del trabajo en todos sus sentidos es la cuestión crucial, que el futuro del mundo depende de la esci-sión y apertura del carácter unitario del trabajo.

 

 

d) La cr isis del trabajo ab stracto es la crisis de su teo ría

 

Inevitablemente, la crisis del trabajo abstracto es la crisis de la teo-ría que se basa en la lucha del trabajo contra el capital. El marxis-mo ortodoxo, es decir, ese marxismo que se basa en un concepto unitario del trabajo –con todo lo que ello significa–, se ha distan-ciado cada vez más del movimiento de la lucha anticapitalista y ha sido ampliamente criticado no sólo por sus oponentes burgueses de siempre, sino por quienes cuestionan su relevancia en la lucha contemporánea.

 

La crisis de la vieja teoría es la apertura de un nuevo y rico fer-mento teórico, una multiplicidad de intentos por teorizar nuestras luchas y por pensar cómo demonios podemos salir del desastre en el que estamos metidos. Éste no es el lugar para revisar esas teorías, pero hay tres corrientes en particular que son impor tantes y q ue nos pueden ayudar a clarificar el argumento que estamos desarro-llando.

 

En primer lugar, la crisis del trabajo abstracto y de su teoría se refleja en l a cr eciente influen cia del an arquismo y de la te oría anarquista. A esto se lo puede c onsiderar como un “nuevo anar-quismo” (Graeber, 2002) en el que la vieja y rígida h ostilidad al marxismo ya n o juega un papel relevante. Muchas de las formas

 

 

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de acción que rompen con las tradiciones del movimiento obrero provienen d e u na vertient e anar quista: “ La n oción m isma de acción directa, co n su rechazo de una pol ítica qu e llame a los gobiernos a modificar su comportamiento y en favor de una inter-vención física contra el poder estatal de tal forma que esta acción prefigure de suyo una alternativa: todo ello surge directamente de la tradición libertaria” (Graeber, 2002). La tradición anarquista es en esencia trascendental para el conjunto de la discusión sobre las grietas, tema especialmente desarrollado en la segunda parte de este volumen, y es probable que muchos de los autores citados en esta discusión se consideren como parte de esa tradición. Es más, podría decirse que mientras el marxismo ortodoxo, partiendo de un concepto unitario del trabajo, ha teorizado sobre la base de la lucha del trabajo abstracto, la teoría anarquista se ha concentrado más claramente en el hacer con creto, al menos en el sentido de romper aquí y ahora con las restricciones del trabajo abstracto.

 

Entonces, ¿es el razonamiento presentado aquí un argumento anarquista7? No importa, en parte, porque las viejas distinciones se han derrumbado y, en todo caso, el etiquetado se contrapone al pensamiento8. El encasillamiento es una expresión burda del pro-ceso de identificación y cla sificación que, com o hemos visto, es generado por el trabajo abstracto. Pero, más en sustancia, el argu-mento que se presenta aquí va tanto contra la tradición anarquis-ta c omo c ontra la m arxista. De hecho, la crític a a la tradició n anarquista y a la mar xista está pr ofundamente grabada e n la estructura de nuestro argumento. Partimos de los rechazos-y-cre-aciones, de lo que no se adecua al sistema capitalista: ahí es donde el marxismo con su énfasis en el análisis de la dominación ha esta-do débil y el an arquismo ha estado fuerte. No obstante, luego la reflexión sobre las luchas y sus pr oblemas nos lleva a la cuestión de la cohesión social y sus contradicciones: nos lleva al análisis del

 

 

7     A veces, se sugiere (véase Day, 2005: 157) que el argumento en mi Cambiar el mundo (2002, y también 2006) es, centralmente, un argumento anarquista que carece de la delicadeza o la gentileza de citar las fuentes anarquistas. Mi respues-ta es que la etiqueta que se ponga al argumento no tiene importancia; al mismo tiempo, pido disculpas por la mezquindad en mis referencias. Así como expliqué en una anterior nota al pie que mis referencias a ejemplos concretos está teñida por el hecho de que vivo en América Latina, mis citaciones sobre referencias teó-ricas están teñidas por el hecho de que he estado viviendo en el seno –o quizá en-contra-y-más-allá– de la teoría marxista durante muchos años.

 

8     Bloch (1980, vol. III: capítulo XII) afirma: “Pensar significa traspasar”.

 

 

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carácter dual del trabajo. Aquí es do nde dejamos el anarqu ismo atrás y entramos en debates más relevantes para la tradición marxis-ta. Sin embargo, nuestro punto de partida sigue siendo central y nos hace nadar contra la corriente principal del pensamiento mar-xista. De modo que, si quisiéramos precisar en dónde encaja nues-tro argumento, en cuál de las tradiciones, la respuesta no podría ser otra que: es fiel a su sujeto, o sea, no se adecua.

 

Un segundo elemento en el nuevo fermento de la teoría ha sido una renovada conciencia de la cuestión del carácter dual del rabajot en las discusiones marxistas de los últimos años. Particularmente importante en los debates actuales es el libro de Moishe Postone (2006), Tiempo, trabajo y dominación social, en donde adelanta “una reinterpretación de la teoría crítica de Marx” que está basada e n una crítica del concepto transhistórico y unitario del trabajo que caracteriza a la tradición marxista. Es evidente, entonces, que lapre-ocupación central del libro de Postone está relacionada de forma íntima con las cuestiones centrales de la discus ión que e stamos desarrollando aquí. Precisamente, debido a que es un libro impor-tante y riguroso, es necesario explicar las diferencias en nuestros argumentos.

 

De nuevo, aquí se afirma la importancia central del punto de partida. La principal diferencia entre el enfoque de Postone y el argumento de este libro puede ser vista con respecto a nue stro punto de partida9. Postone ( ibíd.: 44) comienza presentando su conceptualización del capitalismo:

 

en términos de una interdependencia social de carácter imperso-nal y aparentemente objetivo, históricamente específica. Este tipo de interdependencia es fruto de las formas históricamente singu-lares de unas relaciones sociales constituidas por d eterminadas prácticas sociales y q ue, s in emb argo, d evienen cu asiindepen-dientes de la gente implicada en dichas prácticas.

 

Comparto esa conceptualización, y, como Postone, veo el tra-bajo abstracto constituyendo esa forma históricamente específica de i nterdependencia. L a d iferencia r eside e n el he cho de q ue nuestro libro no comienza por la cuestión de cómo conceptualizar

 

 

9     Reitter (2004: 16) defiende el mismo punto de vista e n su crítica al libro de Pos tone: “Mi principal pr oblema, sin e mbargo, e s que el lib ro es tá escri to desde el punto de vista del denominado saber objetivo, científico, y no desde el punto de vista de la rebelión”.

 

 

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el capitalismo, sino por una tosca inadecuación, un grito, una deter-minación de romper aquí y ahora con la forma históricamente espe-cífica de interdependencia. Esta inadecuación no es un preámbu-lo liviano para introducir una discusión teórica más consistente, sino que ella es el mismo corazón de la teoría. Lo que buscamos no es c omprender la int erdependencia so cial, sino u na teo ría sobre c ómo ro mperla. Partiendo de esa inadec uación, la ú nica forma en que podemos entender las formas capitalistas de las rela-ciones sociales –y en su centro, el trabajo abstracto– es como for-mas preñadas de su propia negación, formas que no contienen su contenido, sino q ue son cons tantemente desbo rdadas p or éste. Postone (2006: 68) distingue de forma neta entre contradicción y antagonismo, mientras que el p unto de par tida de nuestro argu-mento hace imposible esa diferenciación. Para Postone, el trabajo concreto existe como contradicción dentro del trabajo abstracto, pero no como antagonismo viviente, mientras que aquí el hacer concreto se presenta como un estrepitoso antagonismo desde el mismo c omienzo10. Postone no comp rende la r elación extática entre el trabajo abstracto y el trabajo concreto, de modo que una vez más, la naturaleza du al d el t rabajo, que él c on ta nta razón subraya, se reduce en la práctica a un trabajo abstracto de carácter unilateral. En consecuencia, la perspectiva de una forma de activi-dad más a llá d el t rabajo abst racto se presenta c onstantemente como posibilidad en lugar de ser presentada como lucha presente. Este último punto tiene importantes consecuencias políticas pues nos lleva –una vez más– a una teoría del capitalismo divorciada de la lucha actual. A pesar de la naturaleza radical de su crítica al mar-xismo tradicional, Postone reproduce la separación entre el capi-tal y la lucha de clases, uno de los rasgos característicos de esa tra-dición. Ést e e s u n p roblema que también e ncontramos e n la elaboración del Grupo Krisis, asimismo muy importante y con una perspectiva teórica similar.

Una tercera corriente que se tiene que considerar en las recien-tes discusiones se centra en el concepto de autovalorización. El tér-mino ha sido acuñado por Toni Negri, pero es particularmente ins-tructivo anal izar l a obra de Ha rry Cleaver (1 985 y 199 2). Es é l quien, entre todos los comentaristas marxistas, trata explícitamen-

 

 

10   Un aspecto del enfoque de Po stone es que él compr ende la dialéctica como una interacción, más que como una dialéctica negativa y antagónica de la inadecuación.

 

 

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te el sig nificado político de la naturaleza dual del trabajo. En su libro Una lectura política de El capital, dedica un capítulo al tema y abre la cuestión de cómo “interpretar esta dicotomía entre el traba-jo út il y el trabajo abstracto en s entido político” (Cleaver, 1985: 281). Él supone, sin embargo, que el trabajo útil está completamen-te subordinado al trabajo abstracto. Escribe Cleaver (ibíd.: 282):

 

La el iminación del trabajo capitalista o trabajo abstracto sólo puede significar la eliminación del trabajo útil concreto, por cuan-to ésta es una actividad impuesta como una forma de control social.

 

[…] El trabajo útil en la industria, ya sea del período de la manu-factura o del período de la maquinaria, siempre está moldeado por las necesidades del capital de controlar la clase. Dado que el tra-bajo útil es en esta forma el productor de control y del valor de uso, no puede ser “liberado”. El trabajo útil debe ser aplastado en sus formas actuales para aplastar al valor mismo.

 

En un artículo posterior, Cleaver (1992) adjudica a la catego-ría de autovalorización algunas de las características que han sido conceptualizadas aquí en términos del movimiento del hacer en contra del tr abajo. La auto valorización, de a cuerdo con Cleaver (ibíd.: 17-18), “indica un proceso de valorización que es autóno-mo respecto de la valorización capitalista, un proceso que se auto-define, se autodetermina y que va más allá de la mera resistencia a la valorización capitalista hasta un proyecto positivo de autoconsti-tución”. Más adelante, en el mismo artículo (ibíd.: 23) menciona los numerosos “procesos de auto valorización o autoconstitución que escapan al control del capital”.

 

Es evidente que estam os hablando de –y tra tando de com-prenderlos– más o m enos los mismos proc esos de reb elión. Cleaver prefiere conceptualizarlos como procesos de autovalori-zación, mientras que yo los considero como expresiones del anta-gonismo entre el hacer concreto y el trabajo ab stracto. ¿Dónde reside la diferencia? Ésta es una cuestión que concierne al conjun-to del argumento de este libro. Cuando ya existe un término esta-blecido c omo el de auto valorización, ¿p or q ué dejarlo de lado para reafirmar, en cambio, el carácter dual del trabajo? ¿Por qué insistir –contra todo el peso de la tradición– en que la relación entre el trabajo abstracto y el trabajo concreto debe ser conside-rada un antagonismo vivo?

 

La cuestión central es la de la exterioridad entre el capital y la l ucha de cl ases. He mos visto que el marxismo tradicional se

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

caracteriza por separar el capital y la lucha, y que la misma dife - renciación –en última insta ncia, estructuralista– aparece en la crítica de Postone a la tradi ción marxista . Cle aver –junto con Negri y la tradición operaísta– enfocan la cuestión desde el otro lado, debido a que ellos colocan la lucha en primer plano, pe ro las categorías mismas jamás son comprendidas como conce ptua-lizaciones de la lucha11, de modo que la exterioridad permane-ce12. En esto, el rechazo de Cleaver a la naturaleza dual del tra - bajo com o u na r elación antagónica y su defen sa del con cepto de autovalor ización co mo “un p roceso d e v alorización que es autónomo respecto a la valorización capitalista” es significativo. Y continúa diciendo que “el rechazo del trabajo […] aparece como el fundamento necesario de la autovalorización” (1992: 17-18).

 

Esta exterioridad importa simplemente porque separa la auto-valorización de la experienc ia cotidiana del trabajo. Se convierte en algo especial, más que en la e xperiencia rutinaria del hac er cotidiano en-contra-y-más-allá del trabajo. Quizá el gran atractivo y la fuerza y debilidad de la teoría autonomista u operaísta es que es una teoría para activistas, una teoría del activismo, pero de un activismo se parado de la e xperiencia de la vida coti diana. Queremos llegar más allá de eso y fundamentar nuestra compren-sión de la rebelión en la vida cotidiana. Aquí argumentamos –con-tra toda tradición– que el eje en torno al cual gira la comprensión no sólo de la economía política, sino del antagonismo social es la naturaleza dual del trabajo, y que esta naturaleza dual del trabajo es el antagonismo intrínseco y constante del h acer y el vivir dia - rios. E n form a m uy simple, la vida e s el a ntagonismo entre el hacer y el trabajo abstracto13. Y el activismo es una me ra expre-

 

 

11   Para una crítica de la tradición autonomista u ope raísta véase Holloway (2002 y 2006). La corriente, a menudo, conocida como Marxismo abierto (véase los dos volúmenes bajo ese título: Bonnet y otros, 2005, y Bonefeld y otros, 2007; también los tres volúmenes originales de Bonefeld y otros: 1992a, 1992b y 1995) tiene como argumento central la interpretación de categorías como conceptua-lizaciones de lucha social. Para recientes discusiones críticas sobre el Marxismo abierto véase Altamira (2006), y Birkner y Foltin (2006).

 

12   Lo mismo puede decirse en gran parte en relación con la insistencia de De Angelis (2007) en que esas actividades y relaciones sociales deberían ser con-sideradas como estando por fuera del capital.

 

13   En otras palabras, la vida no debe ser tomada como una categoría trans-histórica, como se lo hace a menudo. Para una crítica de esta noción como parte de una crítica más general de la tradición deleuziana véase Bonnet (2007).

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

sión, particularmente intensa, de ese antagonismo que penetra en todos lados, y del cual se separa por su cuenta y riesgo14.

 

e)     La crisi s del t rabajo abs tracto está abierta

 

Hay quienes argumentan que la rebelión contra el trabajo ya se ha cerrado.

 

La interpretación autonomista u operaísta de las crisis de los años sesenta y los seten ta adjudica una importancia central a la rebelión de los trabajadores contra el trabajo. Los trabajadores ya no estaban más preparados para aceptar la extrema alienación del trabajo que significaba la organización fordista de la producción. Entonces el d esbordamiento del movim iento ob rero, sie mpre presente, se volvió torrencial. Más y más trabajadores tomaron la acción por fuera de los límites de los sindicatos y contra los sindi-catos. Cada vez más, los objetivos de las acciones no eran sólo para negociar salarios más altos, sino en contra del trabajo como tal: el ausentismo y el sabotaje crecieron de forma sig nificativa. El acti - vismo en las plantas automotrices de Italia, organizado y prepara-do teóricamente por el operaísmo de los años sesenta y setenta fue el pico de un rechazo mucho más profundo no sólo del fordismo, sino del trabajo capitalista15.

 

Y entonces, ¿qué? Para algunos de los principales autores que se reconocen en el mo vimiento o peraísta – hoy co n frec uencia mencionado com o po soperaísta– la crisis del fordismo h a sid o superada y s e h a estab lecido un n uevo patró n posfordista de dominación. Así, por ejemplo, Virno (2003: 118) argumenta:

 

En las décadas de 1960 y 1970 se dio en Occidente una revolución derro-tada. La primera revolución no insurreccional contra la pobreza y el atra - so, más específicamente, contra el modo de producción capitalista, por lo tanto, contra el trabajo asalariado […]. El posfordismo, es decir, el comu-nismo del capital, es la respuesta a aquella revolución derrotada.

 

 

 

14   El propósito de este párrafo no es trazar líneas infranqueables o pegar eti-quetas, sino más bien estimular el debate y explicar por qué es central concen-trarse en el carácter dual del trabajo como la clave para repensar la teoría revo-lucionaria.

 

15   Sobre el operaísmo en general véase Wright (2002), y Birkner y Foltin

 

(2006).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

El posfordismo es la “ superación de la soc iedad del trabajo” (Virno, 2003 : 10 6) en el c apitalismo mismo, una socie dad en donde la riqueza no se produc e por el trabajo de los individuos, sino por la ciencia o el “general intellect” (ibíd.: 106), una socie-dad en la que “ya no hay nada que distinga al tiempo de trabajo del resto de las actividades humanas” (ibíd.: 108) y ya no hay dife-rencia alguna entre el tiempo de trabajo y el tiempo de no traba-jo. En forma similar, “desde el punto de vista de qué cosa se hace y del cómo se hace no hay nin guna diferencia sustancial entre ocu-pación y desocupación. Podemos decir: la desocupación es traba-jo no r emunerado; el trabaj o, po r su parte, es de socupación remunerada” (ibíd.: 108). La gran ola de insubordinación de los años sesenta y setenta ha modificado profundamente al capitalis-mo (tanto que V irno, ibíd.: 116, habla del posfordismo como “el comunismo del capital”). “La obra maestra del capitalismo italia-no ha sido haber transform ado en recur so pr oductivo precisa-mente los com portamientos que, e n un prime r momento, se manifestaban con la semblanza del conflicto radical” (ibíd.: 103). La insubordinación, parecería haber sido sofoc ada; el hacer útil completamente subordinado al trabajo abstracto (aunque nunca se explicita la diferenci a en este análisis): la ún ica posibilidad es la fuga, el éxodo.

 

Y el análisis, sin dudas, suscita cierto reconocimiento. Es cier-to que la adopción de los horarios flexibles y prácticas más infor-males es una práctica gerencial establecida en muchos lugares de trabajo. Además, los adelantos en la tecnología de la información y el uso de los equipos portátiles han hecho que trabajar desde el hogar sea mucho más común, de modo que la demarcación estric-ta del lugar y el tiempo de trabajo se ha vu elto más bo rrosa. Sin embargo, partir de esa observación para concluir que “ya no hay ninguna diferencia entre el tiempo de trabajo y el de no trabajo” es con toda ev idencia un a exageración. Para la mayoría de la gente todavía hay una clara diferencia entre el tiempo de trabajo y el de no trabajo. En forma similar, aunque podría decirse que se ha desdibujado la diferenciación entre el trabajo y otras activida-des, decir que “ya no hay nada que distinga el trabajo del resto de las actividades humanas”, sin lugar a dudas, no es cierto. Las afir-maciones podrían ser defen didas con re lación a l o que N egri llama “el método de la tendencia”, es decir, la idea de que el teóri-co debería trazar tendencias en acontecimientos contemporáneos y trazarlas en un cuadro o paradigma coherente del patrón evolu-

 

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

tivo de la dominación. De este modo, las caracte rísticas mencio-nadas por Virno son compatibles con la idea de la “fábrica social” adelantada por Negri: la idea de que en el capitalismo moderno la disciplina de la fábrica ha sido extendida efectivamente al con-junto de l a s ociedad (una ide a desarrollada c omo “capitalismo mundial integrado” por Guattari y Negri, 1990, y c omo imperio en la obra de Hardt y Negri, 2001). La atracción de estos análisis reside en el hecho de que señalan tendencias reales y subrayan la drástica naturaleza del actual desarrollo capitalista. El pro blema es que ellos cierran –o empujan a los márgenes mismos– las posi-bilidades del cambio revolucionario. Dicho simplem ente, la ten-dencia del desarrollo actual es que la humanidad será aniquilada.

 

Al subrayar las tendencias de la dominación, hay una clausura más que apresurada de la crisis. Se reconoce la importancia de la crisis del fordismo, pero la atención se concentra de inmediato en la estructura de los nuevos patrones de la dominación que están recién emergiendo. Ha colapsado una estructura, así que debemos teorizar inmediatamente el nuevo paradigma de la dominación (posfordismo, imperio, posmodernismo, llámese como se quiera). El rey ha muerto, ¡viva el rey! Se enfatiza la continuidad, la ruptu-ra se convierte en una imposibilidad teórica (o en una posibilidad externa, como siempre ha sido en la teoría leninista ortodoxa). La continuidad que se subraya es la continuidad de la estructura: hay una reestructuración, pe ro la nue va e structura e s tan cerrada como la anterior. El pensamiento estructuralista, que es uno de los aspectos de la dominación del trabajo abstracto, se extiende a tra-vés de la crisis del trabajo abstracto para reafirmar la dominación absoluta del trabajo abstracto. Si “ya no hay nada más que distinga el trabajo del resto de las actividades humanas”, entonces, el hacer concreto queda totalmente absorbido dentro del trabajo abstracto y no hay posibilidad de que se dé un en-contra-y-más-allá. Lo que se pierde es la grieta, el éxtasis del hacer concreto, el estar-fuera-y-más-allá del hacer útil respecto del trabajo abstracto, la apertura. Los teóricos posoperaístas y p osestructuralistas extienden dentro de la crisis del trabajo abstracto la prisión del pensamiento que era parte de la dominación del trabajo abstracto. Tan pronto como el mundo se ab re, ellos s altan para c errarlo, no p orque apoyen al capital, sino porque es lo que se concluye de la interpretación que hacen del método científico.

 

 

El método adoptado en nuestro libro es totalmente diferente. Como se explicó en la primera parte, es el método de la grieta, el

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

método de la crisis. Lo que se pregunta aquí n o es cómo com-prender los patrones de la dominación, sino cómo encontramos la e speranza en la n oche negra. ¿ Cómo vemos la c risis donde parece que n o hay crisis? No para caer en un optimi smo irreal, sino para seguir las líneas de la posibilidad real. Entonces, cuan-do partimos de una crisis manifiesta del trabajo c omo la de los años setenta, no preguntamos cuál es el nuevo patrón de domina-ción, sino que, por el contrario, indagamos de qué mo do pode-mos seguir las líneas de continuidad de dicha crisis en el presen-te. ¿Cómo podemos desarrollar y completar el antagonismo entre el hacer y el trabajo que se hizo visible de forma contundente en 1968?

 

Un enfoque más cercano al que proponemos aquí, al menos en la parte que insiste sobre la continua centralidad de la crisis del trabajo, es el del Grupo Krisis16. Ellos también ven la crisis del for-dismo como una crisis del tr abajo, pero como una crisis perma - nente e i nsuperable: “Con la tercera revolución industrial de la microelectrónica, l a so ciedad de l tr abajo tropieza con su límite histórico absoluto” (2002, sección 11). A esta c risis la consideran el resultado inevitable de una contradicción fundamental:

 

Era de prever que se llegaría antes o después a ese límite. Porque el sistema de producción de mercancías adolece desde su na ci-miento de una contradicción incurable. Por un lado, vive de chu-par energía humana en cantidades masivas mediante la dilapida-ción de mano de obra en su maquinaria, cuanta más me jor. Por otro lado, la ley de la competitividad empresarial impone un cre-cimiento constante de la productividad, en la que la fuerza de tra-bajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos científicos (Grupo Krisis, ibíd., sección 11).

 

Como resultado de la revolución microelectrónica,

 

se desvanece el anterior mecanismo de compensación mediante expansión. Aunque mediante la microelectrónica también se aba-ratan, por supuesto, muchos productos y se crean otros nu evos (sobre todo en el ámbito de la comunicación); por primera vez, el ritmo de innovación de procesos supera el ritmo de innovación de productos. Por primera vez, se elimina más trabajo por moti-

 

 

16   Para una presentación clarificadora de la argumentación del Grupo Krisis sobre el trabajo abstracto véase Trenkle (2007).

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

vos de racionalización del que se puede reabsorber con la expan-sión de los mercados. Como consecuencia lógica de la racionali-zación, la robótica electrónica sustituye la e nergía humana y l as nuevas tecnologías de comunicación hacen el t rabajo innecesa-rio. Se arruinan sectores y ámbitos enteros de la construcción, la producción, el marketing, el almacenamiento, la distribución e incluso de la gestión. Por primera vez, el ídolo trabajo se somete involuntariamente a sí mismo a una estricta dieta permanente. Y con ella pone las bases de su propia muerte (Grupo Krisis, 2002, sección 11).

 

Como resultado de la crisis, “el capitalismo se está convirtien-do en un espectáculo global para minorías” (ibíd., sección 11).

 

En el análisis de este grupo, esta crisis del trabajo –manifesta-da en el creciente desempleo estructural y también en la crisis de toda la estructura social y política asociada con la sociedad del tra - bajo– no pu ede ser super ada. L a apa rente recupe ración e s una simulación basada en la expansión del crédito: “El ídolo trabajo está clínicamente mue rto, per o se le m antiene co n respiració n artificial gracias a la expansión aparentemente independiente de los mercados financieros” (ibíd., sección 13). Esta expansión ficti-cia no puede ser mantenida para siempre porque está basada en el supuesto de una futura explotación que nunca tendrá lugar.

 

El análisis del grupo coincide con nuestro argumento sobre el énfasis central puesto en concebir el trabajo como un elem ento clave de la dominación capitalista y su insistencia en “la identidad lógica de capital y trabajo como categorías sociales funcionales de una forma fetich e común a la so ciedad” ( ibíd., sección 15). La diferencia reside en la completa ausencia de un análisis del carác-ter d ual d el traba jo, o sea, en no me ncionar el hac er conc reto como existiendo en el antagonismo presente en-contra-y-más-allá del trabajo abstracto. El resultado es que la actividad emancipada aparece sólo como una posibilidad futura vaciada de todo funda-mento real en la sociedad de hoy17. Sin una concepción de la acti-vidad emancipada como una lucha del presente, los miembros de la sociedad del trabajo parecen los pe rros de Pav lov, de los que sólo nos quedaría la esperanza de que de alguna manera puedan romper su condicionamiento: “No podemos saber si log raremos la liberación de esta existencia condicionada. Queda abierto si el

 

 

17   El mismo pr oblema q ue vi mos en el aná lisis de Postone en la sección anterior.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

ocaso del trabajo traerá consigo la superación de la locura del tra-bajo o el final de la civilización” (Grupo Krisis, 2002, sección 17).

Otra manera de puntualizar nuestra diferencia con el análisis del Grupo Krisis es evidenciar que ellos ven la crisis del trab ajo como un colapso que muestr a la necesida d de la revoluc ión, es decir, que no la conciben como siendo simultánea e inmediatamen-te la irrupción potencial de un a actividad diferente, de un hacer humano existente no sólo en, sin o también en co ntra y más allá del trabajo. A pesar de su crítica al marxismo ortodoxo por ser la teoría del trabajo, siguen la lógica de esa tradició n al h acer una separación entre el capital y la lucha de clases, y de ahí, sucede lo mismo entre la crisis y la lucha. En esta lógica, la crisis del capital sólo puede presentar una oportunidad para el cambio revolucio-nario o apun tar a la necesidad de l ca mbio revoluci onario: el impulso por el cambio no es concebido como la sustanci a de la crisis. Ver el hacer –o el trabajo concreto– como la crisis del traba-jo abstracto es ver el impulso por el cambio como e l núcleo fun-damental de es a crisis: l a crisis, entonces, no es un co lapso, sino una irrupción potencial.

 

Frente a estos argumentos, es imp ortante reiterar el razona-miento que presentamos aquí.

 

Existe un antagonismo permanente entre el trabajo abstracto y el hacer, es decir, entre la abstracción del hacer en trabajo y el impulso del hacer ha cia la autodeterminación: esto e s lo que remarca Mar x cuan do ha bla del carácter dual de l trabajo . Hay una relación de tensión constante entre los dos tipos de actividad, pero está oculta por la dominación del trabajo abstracto. El traba-jo abstracto parece ser el único tipo posible de actividad: prevale-ce un concepto unitario del trabajo. La abstracción del hacer en trabajo –y el concepto unitario del trabajo– está constantemente amenazada por la dinámica intrínseca de la abstracción misma, la vuelta de tuerca constante que es inherente al impulso del tiem-po d e trabaj o s ocialmente nec esario. El carácte r uni tario de la categoría del trabajo está escindido y abierto a una escala masiva por las luchas de los años sesenta y setenta: hay un reconocimien-to de la lucha de y por un hacer alternativo en contra del trabajo. Esta escisión de la categoría del trabajo abre toda la configuración del tr abajo abstracto y toda s las ca tegorías que l o c omponen. Todos los fetiches revelan ser batallas entre un proceso de fetichi-zación y un proceso de antifetichización: la sexualidad, el Estado, la naturaleza, el dinero, la totalidad, el tiempo, y otros. Estas bata-

 

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

llas se continúan dando en una enorme variedad de formas y de lugares. Ésta es la sustancia de las grietas en el orden capitalista.

La masiva expansión del crédito y de la deuda luego de l os años setenta creó una apariencia de resolución de la crisis del tra-bajo. Esta expansión del crédito facilita una reimposición real de las disciplinas del trabajo, pero también crea un mundo que des-cansa sobre una base muy frágil. La aparente resolución de la cri-sis descansa sobre una apuesta, sobre la expec tativa de la futu ra producción d e p lusvalía. El peligro de hab lar de esta apare nte resolución como un nuevo paradigma de do minación (como lo hacen Hardt y Negri, 2001) es que le da una falsa solidez a lo que es una situación frágil y abierta. La fragilidad de la resolución se ha hecho evidente con la crisis financiera mundial que explotó en 2008. La mediación del crédito ha convertido lo que era abierta-mente una crisis del trabajo –en los años setenta– en lo que ahora aparece como una crisis financiera, pero la base de la crisis sigue siendo la misma: la debilidad de la abstracción del hacer en traba-jo, la dificultad de contener la actividad h umana de ntro de los confines del trabajo abstracto.

 

El hacer es la crisis del trabajo. Es importante no abandonar esta noción, porque el concepto de crisis como colapso no condu-ce a nin gún l ado, más allá de una de sesperada co njunción de necesidad urgente y posibilidad vacía. Sólo si pensamos en la cri-sis como irrupción, c omo el mo vimiento del hac er en c ontra y más allá del trabajo, es que podemos abrir las perspectivas de un mundo diferente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La irrupción del hacer en contra del trabajo nos arroja a un nuevo mundo de lucha

 

<tesis 26>

 

 

 

 

 

 

 

 

Es evidente que el movimiento del hacer útil contra el trabajo abs-tracto no puede ser reducido en ningún sentido estricto a meras luchas sobre el trabajo. Hemos visto que el trabajo abstracto estruc-tura cada aspecto de la sociedad capitalista, teje una prisión elabo-rada y compleja de fetichismo, identidad, tiempo-reloj, sexualidad dimorfa, separación de la naturaleza, etcétera. El trabajo abstracto nos presenta un mundo de es tabilidad, un mundo de puntos de referencias fijados en el que el dinero es el dinero, el Estado es el Estado, las mujeres son las mujeres y los hombres son los hombres. Éste es el mundo en el que vivimos: un mundo violento, opresivo, falso, construido sobre la mentira de la identidad.

 

Atacar al trabajo ab stracto es a tacar a e ste mundo estable, es tirar abajo los pilares que mantienen el techo sobre nuestras cabe-zas. Atacar al trabajo abstracto es atacar al mundo del esto es y tra-tar de liberar el mundo –contenido y no conten ido– del nosotros hacemos. Es to s ignifica abar car un m undo vertigin oso en el que todo está en cuestión , pero en este mundo, c omo dice Adorno (1986: 40), “el vértigo que da es index veri”. Esto es emocionante y estremecedor.

El capitalismo es un tejido complejo de dominación que es generado por la forma en la que está estructurada nuestra activi-dad como trabajo abstracto. Este tejido de dominación está cons-tantemente bajo ataque desde muchos ángulos diferentes. En las fábricas y en las oficinas los trabajadores luchan por horarios más cortos, por un menor sometimiento de sus vidas a la autoridad del valor. Los activistas en política sexual no sólo luchan por los dere-chos de las mujeres o de los gays, sino que cuestiona n el conjun-to conceptual de mujeres y hombres. Otros luchan con pasión para crear una diferente relación con las plantas y los animal es, algu-nos luchan contra la pobreza o la discriminación, otros contra la

 

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

guerra. En las luchas particulares, siempre hay un exceso, un des-bordamiento. No hay nada inusual en la lucha contra el capitalis-mo: la lucha anticapitalista nos rodea por todas partes. En todas estas luchas, el potencial del nosotros hacemos es lanzado contra el statu quo, el mundo del esto es. Todas ellas tienen en común la idea de que es posible un mundo diferente, y de que podemos detener la aniquilación de la humanidad. Todas estas luchas son anticapita-listas al menos en el sentido de que están dirigidas contra aspectos particulares de la sociedad capitalista, pero la reificación general de las relaciones sociales, a menudo, hace difícil ver qué es lo que las une. L a rebelió n del hacer c rea una nueva c onstelación de muchas lu chas que a menudo no se recon ocen en tre sí como parte de la m isma c onstelación (véa se Tischler, 2007a; A dorno, 1986; Benjamin, 2007). Al insistir aquí en q ue el hilo conductor unificador es la abstracción del hacer en trabajo, el propósito no es crear una jerarquía de luchas o privilegiar una forma de lucha sobre otras, sino profundizar las g rietas, acercarlas entre sí, con-tribuir a su confluencia. Si la losa de hielo que es el capitalismo está siendo agrietada desde distintos lados, probablemente tiene poco sentido decir “tú estás agrietando en el lugar equivocado; ven y agrieta aquí”. Es mejor decir: “Todas estas grietas están tra-tando de romper el mismo hielo, veamos si podemos trazar líneas de conexión haciendo y reflexionando sobre nuestro hacer”. En lugar de decirle a todo el mundo por dónde deberían empezar las luchas, es mejor reconocer la miríada de formas de lucha y buscar formas de conectarlas (no necesariamente unirlas, sino conectar-las, ayudar a que resuenen entre ellas)1.

 

Lo mis mo pue de dec irse co n r eferencia a la c rítica. Ma rx, como hemos visto, insistía en la importancia de la crítica ad homi-nem o crítica genética: la comprensión de los fenómenos buscan-do qué es lo que lo s genera, o –lo que es lo mismo– el traer los fenómenos sociales de nuevo al hombre, o sea, a la organización de la actividad humana. De esta manera, él relaciona una y otra vez la crítica de la religión y la crítica de la economía política: dios y el valor son ambos productos del trabajo abstracto, de personas cuya actividad no está bajo su propio control. Lo mismo podría decirse

 

 

1     Consideremos la importante conclusión de Zibechi (2007: 53): “a la luz de las principales luchas sociales de los últimos 15 años […] podemos decir que no sabemos cómo se produce y se generaliza un movimiento –y más adelante agrega– orga-nizar la rebeldía es una contradicción”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

del hombre, la mujer, la naturaleza, el tiempo-reloj. En otras pala-bras, en cada caso estamos partiendo de una crítica social formu-lada en términos generales (no genéticos) –la naturaleza no es una cosa, el reloj es opresivo– y reformulando estas críticas genéticamen-te (“la naturaleza reificada y el reloj son las creaciones del traba-jo abstracto”). De aquí d esprendemos estas críticas hacia una fuerza común generadora que , en efecto, podemos cam biar: la organización a ctual de la actividad humana como trabajo abs - tracto. Aunque sea sólo de modo provisional, trazamos líneas en la losa de hielo mostrando c ómo están conectadas las diferentes grietas.

 

Hay algo más que una fuerza intelectual detrás de esta crítica. Detrás de todas las luchas mencionadas está el impulso contra el trabajo abstracto. El impulso a hacer cosas en una forma diferen-te, l a fuerz a de nuestro p oder hacer cos as diferentement e. Nuestro poder -hacer está perv ertido bajo el cap italismo en un poder-sobre, el poder del capitalismo de decirnos qu é hacer con nuestras vida s. Sin embargo, existe no sól o com o poder-sobre, sino también c omo imp ulso en -contra-y-más-al lá del poder-sobre (véase Holloway, 2002: en espe cial el capítulo 3). El impul-so de nuestro poder-hacer dentro, en contra y más allá del poder-sobre es el movimiento del hacer dentro, en contra y más allá del trabajo abstracto.

 

Se ha abierto un nuevo mundo de luchas. En su corazón se halla la lucha en contra del trabajo, del trabajo capitalista, del tra-bajo qu e pr oduce capi tal. Esc ribo e ste párrafo al fin al de una semana de manifestaciones en Grecia, en la que uno de los comu-nicados emitidos por los estudiantes decía: “En esta coyuntura his-tórica de crisis, cólera y rechazo a las instituciones en las que nos encontramos, lo único que puede convertir la desregulación siste-mática en una revolución social es el total rechazo al trabajo”2. El giro de la l ucha anticapitalista en contra del trabajo nos obliga a repensar las categorías de la lucha. Debemos aprender un nuevo lenguaje de anticapitalismo.

 

Es d ifícil p ensar e n este nuevo lenguaje com o estructurado por una gramática3, dado que la g ramática conlleva reglas, y la

 

 

2     Para un análisis de l as manifestaciones en Grecia véase Memos (2009) y Stavridis (2009).

3     En este aspecto difiero de Virno: véase su Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de la vida contemporánea (2003).

 

 

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La crisis del trabajo abstracto

 

 

 

única r egla de un len guaje de l hac er es romper la s re glas. Qui zá sería mejor s i pensáramos en una antigramática o, mejo r, en rit-mos o melodías. Aprender las melodías del nuevo lenguaje es un proceso de explorar, preguntar, provocar, discutir4. Por supuesto, es el movimiento de la lucha el que crea las melodías, pero preci-samente porque estamos en la penumbra de un umbral tratando de ver nuestro camino hacia delante, la reflexión teórica tiene un papel importante que jugar. La m odesta propuesta de este libro es que el eje central de estas nue vas melodías de la lucha es l a rebelión del hacer contra el trabajo.

 

Gran parte de lo que se propone aquí, en particular la crítica del trabajo abstracto, ya ha sido adelantado por la teoría crítica clá-sica –la teoría de la Escuela de Frankfurt–, pero su crítica al capi-talismo proviene de un punto de vista no explicitado. O más bien, ellos tuvieron dificultades en reconocer su propio punto de vista. Lejos de s er la voz de inte lectuales privilegiado s – como dec ían Adorno y Horkheimer respecto de su propio trabajo–, el de ellos es la voz del hacer, la voz de la actividad vital consciente que toda-vía no existe, que existe todavía no, como anticipaciones, en las grietas5. La teoría crítica es teoría de la crisis: la teoría del hacer como la crisis del trabajo abstracto.

 

En el centro de las nuevas melodías hay una contradicción. No la contradicción entre el trabajo y el capital, sino el conflicto más profundo –lógica y existencialmente anterior– entre el hacer

 

y     el t rabajo. Est a contradicción es un antagonismo social vivo, palpitante, la lucha constante e inevitable que es la vida misma. La contradicción es luc ha. Los conceptos son, inevitable mente, conceptualizaciones de l antagonismo social en el que vi vimos y pensamos. Es por e so que todo s los conceptos tie nen que se r comprendidos como conceptos abiertos, conceptualizaciones de un proceso de lucha abierto, no resuelto. La no identida d es la rebelión del hacer en contra del trabajo abstracto, es la lucha de clases.

 

 

4 Para u na exploración i nteresante e imaginativa de las n uevas melo días véase Sal inari (2007 ); s obre l a epi stemología emerge nte de l a O tra c ampaña zapatista véase Gómez Carpinteiro (2009).

 

5     Una vez que entendemos la teoría crítica como la voz del hacer, y de ahí, el hacer como el eje de la teoría crítica, el antiguo problema de la relación entre

 

la t eoría y la práctica –tan angustiosa en el caso de A dorno, po r ej emplo– comienza a reso lverse por s í mismo. Sobr e esta cuestión véa se los en sayos de Holloway, Matamoros y Tischler (2007), y también Schwarzböck (2008).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Por el momento, trataremos de avanzar en la exploración de estas nuevas melodías. Todos los elementos que hemos visto como dimensiones del trabajo abstracto entran en juego, pero nos con-centraremos en ellos no de modo individual, sino en el contexto de tres grandes temas que e stán íntimamente interrelacionados: la particularidad, la subjetividad y el tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Parte VII.

 

El hacer en contra

 

del trabajo: las melodías de la revolución intersticial

 

El hacer disuelve la totalidad, la síntesis, el valor

 

<tesis 27>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a) El hacer fluye hacia afuera desde lo par ticular, en c ontra y más allá

 

La autodeterminación fluye de nosotros hacia afuera. Preparo un pastel porque disfruto haciéndolo o porque tengo hambre o por-que quiero invitar a mis amigos. Les pido a mis hijos y algunos de mis amigos que participen, y discutimos juntos qué sabor debería tener el pastel. Decidimos que nos gustaría preparar un pastel con harina orgánica, y uno de mis amigos afirma que tiene un amigo que cultiva trigo orgánico y hace su propia harina, de modo que decidimos invitarlo para que se una a nosotros.

 

Éste es el impulso hacia afuera del hacer hacia la autodetermi-nación. No es una autodeterminación completa porque hay tantas cosas que no controlamos, tantas formas en las que nuestro hacer depende del hacer de otros de un modo que no determinamos: la calidad del hor no, la mantequilla, la sal, la f ruta qu e usamos, y demás. Ni siquiera tenemos la libertad para dedicar el tiempo que deseamos para cocinar el pastel, porque por la mañana tendremos que ir a trabajar para ganarnos la vida. Nuestro impulso choca con-tra las r estricciones que f luyen d e la to talidad de las relac iones sociales, de la forma en que está organizada la sociedad.

Junto a algunos amigos, decido cultivar una huerta para que podamos s embrar ver duras, flo res y árboles. Ca si de inmed iato nos enfrentaremos con un obstáculo: no somos pro pietarios de tierra alguna. Hay un terreno baldío en las cercanías, así que deci-dimos ocu parlo y tran sformarlo en un a huerta. Un p oco m ás tarde se nos p resenta un seg undo obstáculo: la poli cía trata de expulsarnos por la fuerza del terreno. Sin embargo, ya nos hemos movilizado buscando el apoyo de nuestros vecinos y toda la comu-nidad se vuelca a enfrentar a la policía.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Disfruto leyendo a Marx, pero encuentro que El capital es un poco dif ícil d e c omprender. Junto a al gunos ami gos formamos un grupo de lectura y empezamos a leerlo juntos. Somos estudian-tes, algunos de economía, otros de filosofía, otros de sociología, y queremos dedicar todo el tie mpo necesario para leer El capi tal. Pero enseguida nos encontramos con un obstáculo: Marx no está incluido en nuestros cursos regulares, y las presio nes de los estu-dios nos dejan poco tiempo para otra cosa.

 

Junto a la gente de nuestra ciudad, tomamos el contro l del suministro del agua y echamos a la com pañía privada q ue había recibido una concesión de pa rte del Estado. El Estado e nvía al ejército para reprimir nuestra acción, pero la solida ridad de los habitantes de la ciudad es tan grande que logramos imponernos luego de varios días de enfrentamientos con las tropas. Tomamos todas nuestras decisiones en asambleas populares que abarcan a todos los que están participando en la lucha1.

 

En cada uno de estos casos hay un impulso hacia afuera que va h acia la autodetermin ación. E n cada ca so, el impulso se encuentra con obstáculos: falta de dine ro, fuerzas armadas, falta de control s obre l os ing redientes necesario s. Hay un fl ujo de l hacer hacia la autodeterminación que se enfrenta con distinta s manifestaciones de una totalidad que no controlamos. Tratamos de encontr ar fo rmas de flui r alrededor, o de despla zarnos más allá de los obstáculos.

 

 

b)    El hacer revier te el flujo de la de terminación

 

Ya hemos v isto lo q ue l a a bstracción produce so bre el hac er. Disfruto cocinando pasteles y decido ganarme la vida vendiéndo-los. Pronto me doy cuenta de que el mercado está evaluando mis pasteles, determinando el precio al que l os puedo vende r y, en consecuencia, determinando la velo cidad a la que debo trabajar para sobrevivir. En algún momento hay un cambio en el flujo de la de terminación. Al principio yo de termino mi actividad; des-pués de algún tiempo, me doy cuenta de que mi propia actividad está siendo determinada por alguna fuerza ajena sobre la que no tengo control.

 

 

1     Este ejemplo está inspirado en la “Guerra del agua” de 2000 en Cochabamba (Bolivia).

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

Disfruto leyendo a Hegel, Marx, Bloch y Adorno. Decido estu-diar filosofía en la universidad. Pronto me doy cuenta de que esos autores, generalmente, no están incluidos en los cursos de filosofía, y que, aun cuando lo estén, tengo que leerlos en cierta forma y a un cierto ritmo. Mi estudio es evaluado por exámenes, que determi-nan el contenido y la velocidad a la que debo trabajar para poder aprobar. Aquí también hay una reversión en el flujo de la determi-nación: la actividad que al principio era parte de mi determinación se convierte en un trabajo impuesto por una fuerza ajena.

 

En el primer caso es claro que el valor se impone. El valor, la sín-tesis social peculiar d el capitalismo, lo qu e ma ntiene u nida a la sociedad capitalista se impone sobre el cocinero de pasteles a través del mercado. En el segundo caso, el de las actividades no directa-mente sometidas al mercado, como estudiar filosofía, la misma sín-tesis social se impone de modo cada vez más directo mediante un proceso de constantes evaluaciones que imitan las operaciones del mercado. La imposición –directa o indirecta– del trabajo abstracto es apoyada donde sea necesario por la fuerza abierta, como en el caso de la huerta comunitaria o de la provisión de agua en nues-tros ejemplos anteriores. En todos los casos hay una subordinación –o intento de subordinación– de nuestra actividad a las reglas y rit-mos de una totalidad social que ni nosotros ni nadie controla.

Bajo el capitalismo, la abstracción del ha cer en tra bajo y la socialización son indistinguibles. La abstracción es la formación de una cohesión social o síntesis social de tal forma que el flujo de la determinación se vuelve contra nosotros. Cuando nuestra acti-vidad se socializa, perdemos control sobre ella y deviene más fuer-te la imposición de un control ajeno. La abstracción-socialización es la reversión del flujo de la determinación. La formación de la totalidad social es, al mismo tiempo, la pérdida de la dete rmina-ción social. Ninguna estructura formalmente democrática puede alterar este hecho.

 

La lucha del hacer es l a lucha por mantener el impulso del flujo de la determinación.

 

 

c)     La totalidad no pu ede ser tomada de sde arriba

 

El choque del flujo con el contra flujo de la determinación no s enfrenta con un dilema. El impulso desde abajo confronta obs - táculos que expresan la fuerza de la totalidad social. Esta misma

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

confrontación nos invita a pegar un salto, a tratar de controlar esa totalidad.

 

Éste es el punto de vista del marxismo tradici onal. El argu - mento comunista tradicional presenta la alternativa al capitalismo no como una ruptura de la síntesis social, sino como la construc-ción de una síntesis social alternativa. Un tipo de totalidad debe ser reemplazada por otro, basado, por supuesto, no en el dinero y el capital, sino en la planificación popular. La lucha se concen-tra en el derrocamiento de un sistema y su reemplazo por otro. La perspectiva del movimiento obrero revolucionario es la de la tota-lidad2. Esto significa que el movimiento revolucionario requiere de una organización que pueda adoptar el punto de vista de la totalidad: el partido.

 

Esto no funciona, no puede funcionar. ¿Por qué? Porque la abstracción, el movimiento que c onstituye la to talidad, proviene de abajo y s ólo puede ser r emovido de sde abajo. El flujo de l a determinación que proviene de la totalidad capitalista de las rela-ciones sociales está constituido por la forma en que nuestros hace-res se relacionan entre sí. Es el hecho de que mi hacer se relacio-na con tu hacer mediante el intercambio de nuestros productos como mercancías lo que crea la totalidad que no podemos con-trolar. La totalidad que real y apar entemente se encuentra fuera de nosotros está constituida por la forma en que nosotros nos uni-mos con otras personas. Es esta forma en que nos relacionamos la que necesita ser cambiada, y esto no puede ser hecho desde el punto de vista de la totalidad. Sólo puede ser hecho desde abajo.

El salto desde el empuje ascendente de la lucha hacia arriba para llegar al punto de vista de la totalidad configura las formas de organización y las formas de pensar. Desde el punto de vista orga-nizativo, la perspectiva de la totalidad tiende, en la práctica, a que nuestro enfoque se centre sobre el Estado. El Estado es, de hecho, una totalidad falsa, ilusoria. No son los Estados los que constituyen la síntesis social: más bien ellos protegen el proceso por el que se establece esa síntesis. Su existencia como una instancia distintiva, sin embargo, crea la ilusión de que es el Estado el qu e mantiene unida a la sociedad o son los Estados los que mantienen unidas a

 

 

2     Todavía, la voz más importante de esa tradición, L ukács (1970: 17) nos

 

dice: “Lo que distingue de modo decisivo al marxismo de la ciencia burguesa no es el predominio de las motivaciones económicas en la explicació n de la histo-ria, sino el punto de vista de la totalidad”.

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

las distintas sociedades. Poner el foco sobre la totalidad conduce a la concepción ilusoria del mundo como si éste estuviera compues-to por una cantidad de totalidades estatales, cada una de las cuales organiza las relaciones sociales dentro de sus límites. De aquí pro-viene la idea de que el mundo puede ser cambiado ganando el con-trol de una totalidad estatal tras otra (un proceso al que, con fre-cuencia, se l o r elaciona con la “revolución permanente”). El fracaso inevitable d e este método de camb iar el mund o radical-mente e s, ent onces, int erpretado c omo una serie d e trai ciones, mientras q ue el verdadero fundamento d el reiterado fracaso en cambiar el mundo a través de la t oma del poder es simplemente que la síntesis social no reside donde parece residir. Esto se ha ido haciendo c ada vez más obvio en los últimos años: mientras que podría haber sido comprensible considerar al Estado como el cen-tro de la sociedad –¡cada Estado el centro de su sociedad!– un siglo atrás, la actual globalización intensificada del capital ha puesto en evidencia que esto no es así. La ilusión de la totalidad-Estado se ha revelado en el movimiento histórico como una ilusión, tanto por las revoluciones fracasadas como por la creación de un tejido cada vez más estrecho de las relaciones sociales globales.

 

Sin embargo, la perspectiva de la totalidad –junto a todos los otros fetiches– se reg enera constantemente por la ex istencia del trabajo abstracto. El Estado continúa ofreciéndose como el camino al cambio, un espejismo de esperanza en un desierto de desespera-ción. Aun cuando el E stado sea de scartado, aparece l a nació n como una categoría de la totalidad. “Debemos tener un programa nacional, un plan nacional”, se argumenta. Pero lo nacional es una totalidad tan falsa como la del Estado, e incluso resulta muy difícil separarlo del Estado. Se puede, en verdad, concebir una lucha de la nación contra el Estado, pero aun así es evidente que las relacio-nes sociales no están constituidas en la esfera de la nación, ytambién que el concepto de nación está tan profundamente entretejido con el de Estado que no es realista separarlos políticamente3. Es mejor, entonces, aceptar que lo nacional –y lo nacional popular– es irreme-diablemente el terreno del capital, y asumir la crisis del trabajo abs-tracto como la crisis de todas las totalidades y seudototalidades.

 

La totalidad está en crisis. La crisis del trabajo abstracto es tam-bién la crisis de la síntesis social basada en el trabajo abstracto. Cada

 

 

3 Véase la discusión sobre la nación y los zapatistas en REDaktion (1997).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

vez más, en l os últim os año s, los movimientos antic apitalistas están poniendo la cuestión del cambio radical en términos de la confluencia n o estruc turada de luchas de sde abajo , el caminar juntos de las luchas particulares. Este caminar juntos es visto en tér-minos de formas organizativas sin estructura formal y habitualmen-te temporales, más que como unacreación formal y permanente de instituciones nacionales o internacionales. Sin embargo, el concep-to de la totalidad o la idea del cambio desde arriba siguen reapare-ciendo. Un argumento actualmente influyente, propuesto por los seguidores críticos de la revolución bolivariana en Venezuela (véase Azzellini, 2010y 2006), y, porejemplo, en la Argentina por el Frente Popular Darío Santillán4, es la opinión de que debemos pensar el cambio radical como un proceso simultáneo desde arriba y desde abajo. Quienes proponen este razonamiento, por lo común, enfati-zan la lucha desde abajo y, al mismo tiempo, argumentan que los movimientos desdeabajo no son suficientes y que, tal como lo advier-te Raúl Zibechi (2006: 26): “falta la otra mitad, su capacidad detener una estrategia, de ser ejecutivos, de alcanzar el poder estatal para realizar su programa”5. Este argumento es superficialmente atracti-vo debido a que parece unir las diferentes formas de lucha en una alianza para cambiar la sociedad. Lo que no examina su ficiente-mente, sin embargo, es la na turaleza intrínsecamente antagónica de la relación entre el desde arriba y el desde abajo. El movimiento desde abajo es el impulso desde lo particular hacia la autodetermi-nación; por el contrario, cualquier desde arriba, cualquiera repre-sentación de l a t otalidad en u n mundo to davía cap italista s ólo puede ser un impulso que se mueve en la dirección opuesta, un contraflujo que, a pesar de lo bien intencionado que sea, desmovi-liza el impulso hacia la autodeterminación.

 

 

d)    Nos movemos desde lo part icular, pe ro esto n o sig nific a una micropol ítica

 

El cambio des de arriba no puede desenredar la abstracción del hacer en trabajo que mantiene todo más allá de nuestro control. La constitución de un sistema de planificación estatal, como exis-

 

 

4     Para una estimulante presentación de este argumento véase Mazzeo (2007).

 

5     Su argumento, en coincidencia con el que expresamos en este libro, es contrario a esta opinión.

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

tía en los antiguos países del socialismo real, no hizo nada en abso-luto por crear una sociedad autodeterminada. De igual modo, la idea de la autodeterminación nacional no tiene sentido: el problema de la autodeterminación sólo puede ser comprendido en térmi-nos de la organización de nuestra actividad cotidiana.

Para desenredar la abstracción del hacer en trabajo debemos partir desde abajo. Contra la fuerza de la abstracción unificadora y opresiva, nos movemos desde muchos y muy diferentes puntos de partida. El hacer concreto se da en una variedad infinita de formas y de tamaños: es la abstracción la que impone su rigidez homoge-neizadora. Esto genera la impresión de que el nuestro es un movi-miento de u na mu ltitud de dif erencias, lo q ue ha cond ucido a algunos a abandonar toda idea de contradicción y d e dialéctica. Esto es un error, porque lo que une las diferencias es el hecho de que son todos movimientos-en-contra, en contra de la rigidez alie-nada y alienante del trabajo abstracto: lo que une las diferencias es que son contradicciones, antagonismos (véase B onnet, 2007). Sin lugar a dudas, el movimiento del hacer concreto es una explo-sión de diferencias, de muchos diversos colores y de ahí el atrac-tivo indudable del concepto de multitud (vé ase Hardt y N egri, 2004; Virno, 2003), pero es un movimiento en contra, un antago-nismo vivo.

 

En todo esto, el movimiento es decisivo porque toda inmovili-dad, por más radical que pueda parecer ser al comienzo, e s fácil-mente reabsorbida por las relaciones capitalistas de dominación. No se trata de argumentar a favor de la adopción de una micropo-lítica. Las insubordinaciones que se aíslan o encierran por propia decisión o por circunstancias ajenas, tienden a frustrarse, y la frus-tración conduce con facilidad al conflicto interno y la desintegra-ción. Tienden a frustrase porque el hacer se mueve. Nuestro poder-hacer tiene una dinámica, es un movimiento constante en contra y más allá de lo que es. Es por eso que la realización de una utopía –en el sentido de una comunidad modelo preplanificada– no fun-cionaría: nuestra autorrealización como hacedores humanos signi-fica el cambio creativo. La autodeterminación, aun en una socie-dad eman cipada, n o podrí a ser estática: n o pued e se r la determinación repetida infinitamente de “elegimos seguir siendo los mismos” o, aun si cada día se tomara esa decisión, la autodeter-minación requeriría que al menos cada día fuese puesta en cuestio-namiento. S i el es pacio autónomo no se mueve constantemente más allá de sí mismo, entonces, se convierte en una prisión, en un

 

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

control sobre el impulso hacia la creación. Nuestro punto de parti-da es la ruptura. Sin embargo, la ruptura no es estable, sino fugaz: su existencia como ruptura depende de su movimiento.

 

El poder del h acer es an tisintético. Re siste al e ncierro, se mueve contra el encierro, ya sea el encierro de un pequeño grupo con in tenciones radicales o el encierro de l trab ajo a bstracto. Partir de lo particular es eso: el rechazo del encierro. No significa que nos quedamos en el ámbito de lo particular, más bien encar-na un constante empujar hacia afuera, un constante impulso con-tra el capital y contra todos los encierros, las rigideces, los fetiches que apoyan al régim en del c apital y frustran nuestro hac er. El movimiento del hacer es el movimiento crítico y práctico del anti-fetichismo, la r ecuperación de nuestro poder-hacer, nuestro ser-capaces-de. Es un movimiento de grietas, no un movimie nto de autonomías. El cambio no puede provenir de agregar las rebelio-nes separadas, sino sólo de su flujo, su confluencia, del movimien-to de las grietas que irrumpen con fuerza a lo largo de las v enas ocultas de la furia.

 

El i mpulso de n uestro poder-hacer hacia la autode termina-ción no significa un impulso hacia la totalidad en el viejo sentido. La totalidad encierra, y no hay r azón para pensar el comunismo como el teji do part icularmente apre tado de relaciones sociales con que se lo ha asociado en el pasado. La globalización capitalis-ta es un tejido cada vez más apretado de relaciones sociales hecho por el trabajo abstracto, pero un mundo más allá del capitalismo no necesita caracterizarse por un tejido similarmente denso. Ésta es una de las críticas hechas con razón a los denominados Estados socialistas: que asociaron la idea del socialismo a un ajustado teji-do d e rel aciones socia les q ue dej aba muy poc o espa cio para l a determinación desde abajo: en este sentido, eran totalitarios. La misma densidad del tejido de relaciones sociales –producción en masa, planificación de la organización social detallada hasta un alto grado– es probablemente difícil de conciliar con la determi-nación social efectiva desde abajo. La mayoría de las luchas anti-capitalistas de los últimos años apunta hacia una integración más informal de conexiones sociales, un mundo dond e q uepan m uchos mundos, como dice la consigna zapatista. La configuración de este mundo sólo puede ser el resultado de la lucha, pero hay que supo-ner que se basaría en unidades de producción fundamentalmen-te p equeñas y con un alto g rado de a utonomía (véase Esteva, 2009). Un mundo donde qu epan muchos mundos no sería una

 

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

nueva totalid ad, sino una cam biante constelac ión o c onfedera-ción de particularidades. No un comunismo, sino un comunizar6.

Sin embargo, ¿qué decimos de cuestiones que parecen reque-rir una solución unificada a escala mundial, tales como el cambio climático o la eliminación de las armas nucleares? La inminencia de la catástrofe parece empujarnos hacia una concepción posit i-va de la totalidad, a lguna idea de que necesitamos u n Estado mundial. Ciertamente, alguna forma de coordinación global sería deseable en una sociedad poscapitalista. Pero las formas de coor-dinación global que existen en el presente están tan ligadas al capi-tal y a la búsqueda de ganancia que ofrecen muy poca esperanza de solución. Es cada vez más evidente que toda solución al proble-ma del cambio climático sólo puede provenir de un cambio radi-cal de la forma en que vivimos, y que el cambio no puede prove-nir de un Estado o de algún tipo de organismo mundial, sino sólo del rechazo del trabajo abstracto, de asumir nuestra propia res-ponsabilidad por la forma en que vivimos7.

 

El desafío conceptual y organizacional es poner al mundo al revés y trasladar las luchas particulares hacia afuera, contra y más allá: seguir el flujo del hacer contra y más allá de su rigidización como trabajo. La lucha en contra del capital es necesariamente la liberación del hacer de las c adenas de la abstracción. Allí donde la abstracción impone límites, vinculándonos al valor, el hacer es in-finito, inacabado, un movimiento en contra y más allá de todos los límites.

 

¿Cómo se mueven las grietas? No lo sabemos. Cuando pensa-mos en cómo unir o propagar luchas particulares, se reafirma una y otra vez la tendencia a totalizar: el impulso a formar una organi-zación reg ional, nac ional o inter nacional para atraer toda s l as luchas p articulares y c oordinarlas. Sin embargo, aun que esas organizaciones puedan ser úti les en suministrar c ontactos, l a experiencia sugiere que no es mediante este tipo de organización como, de hecho, se unen las luchas: para que una lucha desborde en otra o actúe como la chispa que enciende otro fuego, lo que se necesita es u na cierta re sonancia, y e sas reso nancias n o sigue n líneas formal es orga nizacionales y, a me nudo, so n difíciles de

 

 

6     Para un u so ligeramente diferente de este té rmino véase Call, Anónimo

 

(s.d.).

7     Sobre el movimiento sobre el cambio climático y la necesidad de la acción directa véase Sumburn (2007).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

entender. Una grieta toca alguna falla estructural oculta y, enton-ces, abre otra grieta y se extiende: esto no puede ser planificado y comúnmente no puede ser pr evisto con ning una e xactitud. Es más, en el capitalismo hay una falla estructural central, una falla que se manifiesta en las líneas contagiosas de la rebelión. La línea de la falla central no corre a lo largo de líneas territoriales –como pretende la teoría antiimperialista–, ni tampoco a lo largo de la división entre el capital y el trabajo –como lo propone la teoría tradicional–, sino a lo largo de la línea del antagonismo entre el hacer y el trabajo. Pero ésta es una línea de fallas que no es fácil de visibilizar y que es i mposible de institucionalizar: es una líne a que hacemos andando. En el mundo del hacer-en-contra-del-tra-bajo no existen las certezas, y, si las hubiese, serían encierros que habría que quebrar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El hacer es el movimiento

 

de la mulier abscondita contra las máscaras.

Somos la mulier abscondita

 

<tesis 28>

 

 

 

 

 

 

a)    La latencia es la sustancia de la revolución

 

Vivimos en las sombras, tras una máscara, nuestro hacer-en-con-tra-y-más-allá-del-trabajo es in visible, no reconocido ni siq uiera por la teoría revolucionaria.

 

La máscara es la máscara del trabajo abstracto. La abstracción del trabajo, he mos vi sto, es la abstracción del sujeto, la imposi-ción de una máscara, la transformación de las mujeres y los hom-bres en personificaciones. Los capitalistas se convierten en la per-sonificación del capital, los tr abajadores se co nvierten e n las personificaciones del trabajo. El ser humano, con toda su imprevi-sible di mensionalidad, se reduce al hombre un idimensional, al trabajador con conciencia tradeunionista, al portador de relacio-nes sociales.

 

Esta imposición de la máscara es muy real. Es dolorosamente evidente en el momento en que un presidente o primer ministro, aunque h aya comenzado c omo tr abajador, indígena, ne gro o mujer, asume la máscara del po lítico, del estadista. Todos tende-mos hacia la p ersonificación de nuestros role s en la so ciedad: el profesor radical no menos que cualquier otro.

La máscara es una imagen teatral: el so metimiento de nues-tro hacer al trabajo abstracto crea un teatro, un escenario en el que lo s personaje s se mue ven en una in tensa actividad.

 

Dirigimos nuestros ojos al e scenario y vemos todo un complejo de conflictos: entre obreros y capitalistas, entr e mujeres y h om-bres, en tre gays y heter osexuales, entre otro s. E stos co nflictos son reales, y también la co mpleja interacción de antagonismos reales entre los diferentes personajes. A nalizamos es tos conflic-tos, trat amos de comprenderlos en térmi nos de los inte reses estructurales comprometidos y olvidamos. Olvidamos que lo que

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

estamos viendo es teatro, que estos personajes son sólo eso: per-sonas obligadas a cumplir ciertos papeles. Olvidamos que hay un conflicto más profundo, el conflicto que crea al te atro, que obli-ga a l as personas a ponerse sus más caras. Ésta es la lucha p or imponer la abstracción sobre el hacer cotidiano de sujetos activos, la lucha por subordinar el hacer concreto o creativo al trabajo abs-tracto (y, en c onsecuencia, al cap ital). Ésta no es una lucha que haya concluido al amanecer del capitalismo, sino una lucha que se repite d iariamente. La obra teatral no es una cons trucción del siglo XVIII o XIX, sino una construcción de ho y, una muy fr ágil construcción. Por detrás de la lucha sobre el escenario hay una lucha ante rior: la lu cha por n o s alir a e scena, por no someter nuestro h acer a l tr abajo a bstracto, el deseo de l os actores de arrojar sus máscaras aun estando en el escenario: la lucha, no de una identidad, s ino contra la identificación. L a r evolución e s una batalla no entre los p ersonajes del escenario, sino entre los actores y sus máscaras.

 

En otras pa labras, no p uede habe r un a ide ntidad completa entre los seres humanos y la posición estructural que ocupan en la sociedad, no puede ser que las muj eres y los hombres sean ente-ramente subsumi dos en sus m áscaras. La sola idea de l hom bre unidimensional significa que existe alguien que no es unidimen-sional, alguien que puede criticar la unidimensionalidad. La pre-gunta, como siempre, es: ¿dónde está ese crítico? ¿Quién es? ¿Se trata del intelectual privilegiado al que se refier en Ado rno y

Horkheimer1? ¿O e s el sustrato de lo s parias y los marginados, como argumenta Marcuse (1993: 285) en El hombre unidimensional? La res puesta má s sencilla es , s eguramente, que somos no sotros mismos los críticos de nuestra propia unidimensionalidad.

 

No somos tan un idimensionales como parecemos: detrás de nuestra unidimensionalidad aparece una crítica polifónica, poli-morfa. Detrás de –o contra-y-más-allá– la personificación del traba-jo abstracto se encuentra el hacedor, el audaz hacedor que baila. Debajo de la superficie de la d ominación está hirviendo la re be-lión. Emp ujando en contra y más allá d e la identidad, está la

 

 

1     Escribe Horkheimer (1972: 237): “Bajo las condiciones del capitalismo tar-dío y la impotencia de los trabajadores ante el aparato opresivo del Estado auto-ritario, la verdad ha buscado refugio entre pequeños grupos de hombres admi-rables”. Para Adorno (1986: 48), en la sociedad moderna “la crítica del privilegio se convierte en privilegio”.

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

inquietud interminable de la antiidentidad. En el interior del sal-vaje-convertido-en-trabajador danza el salvaje-en-rebelión2.

La posibilidad del cambio radical depende, no de la gente que asuma sus máscaras –de que el proletariado asuma su papel revolu-cionario–, sino por e l contrario, d e la dis tancia extática entre la gente y las máscaras que ellas llevan, del hecho de que la gente exis-te no sólo en, sino también en contra y más allá de sus roles sociales.

 

La latencia: ésa es la sustancia de la r evolución (véase Bloch, 1980).

 

La latencia es un tema constante en la literatura sobre la revo-lución y el sujeto revolucionario. Bajo las nociones identitarias del sujeto corre una corriente más oscura y más profunda. Los zapa-tistas usan el pasamontañas para llamar la atención sobre su invi-sibilidad. El de ellos es un movimiento de lo invisible e inaudible, de los sin rostro, sin voz. Son “los guardianes de la noche, los vigi-lantes de la sombra” (Subcomandante Marcos, 10 de abril d e 20063). La mayor A na María, e n su discurso en l a “reun ión Intergaláctica” de 1996, describe al EZLN (1996) como:

 

La voz que se arma para hacerse oír. El rostro que se esconde para mostrarse. El no mbre q ue se calla p ara ser nombrad o. La roja estrella que llama al hombre y al mundo para que escuchen, para que vean, para que nombren. El mañana que se cosecha en el ayer. Detrás de nuestro rostro negro. Detrás de nuestra voz arma-da. Detrás de nuestro innombrable nombre. Detrás de los noso-tros que ustedes ven. Detrás estamos ustedes4.

 

También en el movimiento de las mujeres la cuestión de la invi-sibilidad es central. Una parte importante de la lucha es contra la

 

 

2     Afirma Postone (2006: 230): “Al igual que la mercancía, el individuo cons-tituido en la sociedad capitalista adquiere un carácter dual”.

3     Disponible en: <www.narconews.com/Issue41/articulo1727.html>, [con-sultado el 02/08/10].

4     Otro extracto del mismo discurso nos dice: “Abajo, en las ciudades y en las haciendas, nosotros no existíamos. Nuestras vidas valían menos que las máquinas y los animales. Éramos como piedras, como plantas que hay en los caminos. No teníamos palabra. No teníamos rostro. No teníamos nombre. No teníamos maña-na. Nosotros no exi stíamos. Para el poder, ése que hoy se viste mundialmente con el nombre de neoliberalismo, nosotros no contábamos, n o producíamos, no

 

comprábamos, no ven díamos. Éramos un núme ro inútil para las c uentas del gran capital”. Un tema similar se hace eco en el movimiento de los indocumenta-dos de Francia y en los borrados de Eslovenia. Sobre estos últimosčč y las “políticas intersticiales” en diferentes lugares del mundo véase Gregor i (2008).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

invisibilidad de la mujer; su invisibilidad en el pasado histórico y en la práctica cotidiana del presente o, más aún, su visibilidad sólo como objetos del deseo de los hombres, pero no como ujeto,s no como per-sona. La rebelión es siempre rebelión contra la i nvisibilidad: no necesariamente contra la invisibilidad total, sino contra la invisibili-dad como personas, como sujetos, como hacedores. De este modo, hasta las rebeliones en las prisiones, donde los internados son alta-mente visi bles, pero sólo como objetos, p ueden ser vistas co mo rebeliones contra su invisibilidad como personas5.

 

Marx (1983: 214) , en El ca pital, introduce l a cue stión de la clase en tér minos de in visibilidad. Para comprende r la relac ión entre “el poseedor de dinero y el poseedor de la fuerza de traba-jo” como una relación antagónica de clase, “ab andonamos, por tanto, esa ruidosa esfera [de la circulación] instalada en la super-ficie y acces ible a to dos los ojos, para diri girnos siguiéndoles los pasos hacia la ocult a sede de l a producción, en cuyo din tel puede leerse: Prohibida la entrada, salvo por negocios”. Es a la oculta esfera de la producción donde debemos ir para “descubrir el mis-terio que envuelve la producción de la plusvalía”.

 

En este caso, la invisibilidad se refiere al hecho de que lo que sucede en l a fábrica está oculto a la vista del público. Tenemos que dejar la superficie de la sociedad para comprender la rea li-dad de las relaciones de clase. Pero hay algo más que eso: todo el argumento de M arx, co n su é nfasis s obre la su perficie, sobre la personificación y las máscaras nos señala constantemente un sustra-to oculto. En una sociedad en la que las relaciones entre los hace-dores son establecidas mediante el intercambio de mercancías, las relaciones entre las personas se transforman en relaciones entre las cosas: las relaciones entre los productores existen en la forma de relaciones en tre sus pro ductos, y los productore s m ismos se vuelven invisibles o, más bien, aparecen como intercambiadores de cosas, como agentes de l a circulación, pero no como produc-tores y hacedores. Su subjetividad es invisible. Las personas como hacedores quedan en terradas baj o todo un edificio de formas sociales construido sobre esta negación inicial del sujeto. A esto se refiere Marx cuando habla de fetichismo.

 

La teoría, entonces, es el descubrimiento de lo que está ocul-to. En otras palabras, la teoría es crítica, crítica de las formas que

 

 

5     Sobre la cuestión de la subjetividad invisible y el movimiento piquetero en la Argentina véase Dinerstein (2009).

 

 

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ocultan la actividad humana y, sin em bargo, son g eneradas por esta misma activ idad humana. L a crítica es crítica ad homine m, recuperación de la subjetividad creativa escondida de las pe rso-nas, o, dado que el sujeto al que se refiere la crítica es necesaria-mente un sujeto oculto, deberíamos decir que e s una c rítica ad hominem absconditum.

 

La teoría revolucionaria es parte de la lucha de lo que e stá oculto –el hacer– contra su propia invisibilidad. O quizá debería-mos hablar de la latencia más q ue de una total in visibilidad. El hacer es visible pero como trabajo abstracto. Es la sustancia ocul-ta o latente del trabajo abstracto. Los hacedores también son visi-bles, pero en l a forma en q ue so n visibles los ac tores sob re u n escenario: como máscaras, como roles. El hace r y los hace dores existen en la forma de algo diferente, es decir, en el “modo de ser negados”. Lo que vemos es su propia negación, así como en un actor sobre el escenario aparece su propia negación como perso-na, su representación como alguien que no es. De trás de la má s-cara hay una fuerza latente, una amenaza, un potencial.

 

La latencia no es ausencia, pero, por supuesto, si algo está ocul-to o latente, entonces, no estamos absolutamente seguros de que esté ahí. Construir sobre eso que está latente conlleva un elemento de riesgo, un grado de incertidumbre inevitable: la rebelión siem-pre surge de lo invisible pero, precisamente porque es invisible, no podemos co nocer c on seguridad la fuerza d e l a r ebelión y ni siquiera si ésta existe. Por el otro lado, insistir en algún tipo de cer-tidumbre mensurable simplemente excluiría lo latente de la consi-deración y nos condenaría a un falso encierro en lo visible.

La latencia no es marginalización. Algunas veces, se supone

 

que en fatizar la lat encia de l o invisible es ver la lucha como si

 

proviniera d e lo s má rgenes invisib les de la socie dad6. Nue stro argumento es, exactamente, lo o puesto: lo invi sible es la fuerza creativa que está en el mismo centro de la sociedad. Lo latente es el hacer que existe en el modo de ser negado, en la forma del tra-bajo abstracto7.

 

 

6     Sobre esta suposición véase, por ejemplo, Zibechi (2006 y 2007), y Palmer

 

(2000).

7     Lo latente tiene su propio lenguaje: el lenguaje de la alegoría, de lo cifra-do, el lenguaje de la poesía. Éste es el lenguaje del todavía no, el de lo no idénti-co: de ahí proviene f recuentemente l a s ugerente y difícil b elleza de Bloch y Adorno.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

b)    Detrás d e la máscara se encuen tra la mulier a bscondita

 

¿Qué o quién está tras la máscara? ¿Qué o quién es lo que ex iste en la forma de ser negado, como amenaza, como potencia?

Tras la máscara no hay un sujeto puro, el alma be lla. El actor está dañado por el papel que desempeña. El rostro que ha sido sometido a l a fuerza por una máscara se oculta tambi én porque ha sido desfigurado: arranca la máscara y hallarás un rostro defor-mado por la máscara y por su resentimiento hacia la máscara8. No hay un noble s alvaje oculto bajo los quinientos años de discrimi-nación y opresi ón; no hay una mujer perfecta en espera de ser reconocida cuando s e elimine la dominación masculina, no hay un hacer puro oculto bajo el trabajo abstracto. Pero eso no signi-fica que el sujeto pueda ser reducido a la máscara. El hacer existe en la forma del trabajo abstracto, pero existe, en consecuencia, como resentimiento-de, como tensión-contra, rebelión-contra el trabajo abstracto, como amenaza, como potencia: una figura sutil y sombría, pero crucial, extáticamente diferente de la forma en la que existe, diferente de la máscara que lleva.

 

Éste es el problema teórico y práctico: esta figura sutil y som-bría, diferente de la m áscara y desfigurada por ella. El trabaja - dor no constituye simplemente una posición estructural, un por-tador de relaciones sociales, un vendedor de fuerza de trabajo. Si lo fuera, la revolución sería impensable (o quizá tan aburrida que ni valdría la pena pensar en ella). Pero tampoco es el héroe revo-lucionario rompiendo las cadenas que ha sido descrito por gene-raciones de rom ánticos “ realistas” sociali stas. La re spuesta de Lenin al problema f ue romper el sujeto en dos: po r un lado, el trabajador limitado a un a conciencia estructural tradeunionista; por el otro, el revolucionario como héroe portador de la verdade-ra conciencia a los trabajadores. El problema con esta argumenta-ción es que conlleva una relación autoritaria entre los líderes y las masas con lo cual, si mplemente, desplaza el probl ema del alma bella hacia los dirigentes. ¿Cómo adquieren los líderes la verdade-ra conciencia?

 

¿Qué o qu ién e s, e ntonces, esta figura suti l y somb ría? ¿S e trata de una ún ica fig ura (po r ejemplo, la clase o brera) o de muchas (trabajadores, mujeres, gays, negros, indígenas)?

 

 

8     De ahí la caracterización, pergeñada por Adorno, de l individuo bajo el capitalismo como “un sistema de cicatrices” (véase Bonnet, 2007: 57).

 

 

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Aquí tenemos un problema con el lenguaje. No existe realmen-te un nombre para la figura –o figuras– sutil y sombría tras la más-cara. Si la denominamos clase obrera esto es confuso, simplemente porque el término no hace diferencia entre la máscara identitaria –una clase obrera definible– y la figura sutil y sombría antiidentita-ria en las sombras detrás de ella. Lo mismo podría decirse de cual-quier o tra m áscara q ue se e lija; mujeres, gays, negros u otr os. Nombrar es identificar, y lo que aquí nos concierne es lo qu e va en contra y m ás allá de la identidad. El movimie nto de la antii - dentidad es, necesariamente, una revolución sin nombre 9. Para hablar de ella necesitamos algún tipo de nombre, pero tiene que ser un nom bre qu e sugiera su propia inadecua ción. A dorno habla del movimiento de la no identidad, Bloch del todavía no: ambos son conceptos negativos, conceptos inquietos que apu n-tan en contra-y-más-allá.

 

La dificultad de nom brar h a estado siempre pres ente e n la religión, como lo s eñala Bloch. Dios, como creador, es incognos-cible y, propiamente, innombrable, un dios ocul to, latente, deus absconditus. Si decimos que no hay dios, hay dos posib ilidades. O bien decimos que si no hay dios tampoco hay nada incognoscible ni innombrable y, entonces, todo puede ser identificado, se puede dar un nombre a todo. Pero, entonces, rompemos con la creación y ponemos en su lugar un mundo positivista, estructuralista y, en última instancia, recursivo. Éste es el mundo medido y finito del trabajo abstracto, el mundo de las definiciones y clasificaciones. La alternativa es plantear que si dios no existe, entonces, somos los únicos creadores, nosotros somos los que empujamos todo el tiempo en contra-y-más-allá de lo que es, somos el impulso contra la i dentidad, la fue rza de la an tiidentidad y , en c onsecuencia, incognoscible, innombrable. La antropologización de la religión, el reemplazo de dios por los seres humanos, no significa que deus absconditus sea reemplazado por una persona conocida o identifi-cable, sino más bien que el lugar del dios latente y oculto es toma-do por un ser humano latente y oculto, homo abs conditus (véase

 

 

 

9     Vaneigem (1977: 117) escribe: “Transformar el mundo y reinventar la vida es la consigna efectiva de l os m ovimientos insurr eccionales. L a reivi ndicación que ningún teórico ha creado puesto que es la única que fundamenta la creación política. La revolución se realiza todos los días en contra de los revolucionarios especializados, una revolución sin nombre, como todo lo que brota de lo vívido, pre-parando, en la clandestinidad cotidiana de los gestos y los sueños, su coherencia explosiva”.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Bloch, 1980: vol. III, capítulo 53). La figura tras la máscara es, por supuesto, homo absconditus, el hombre oculto: oculto porque está reprimido, oculto porque es creador, oculto porque está incom-pleto en su devenir. Éste es el hacedor, reprimido, no devenido, in-finito, indefinible.

¿No d ebería se r l a mulier a bscondita, la muje r o culta? Por supuesto. Por homo se entiende claramente al hombre en sentido de ser humano: es un caso en que e l hombre abarca a la mujer, el él incluye a la ella. Pero, como todos hemos tomado conciencia en los úl timos trein ta añ os, ésta es una e xpresión ling üística de la supresión social de las mujeres. La subjetividad identitaria es una subjetividad dominada po r lo s varones; e l sujeto identitario es indudablemente un él con muchas de las características asociadas a la masculinidad. La crisis del él y las críticas a la subjetividad mas-culina pueden s er co nsideradas como parte de un a crisis má s general de la subjetividad identitaria y, en última instancia, de la crisis del trabajo abstracto. El hacedor no es del mism o género que el trabajador. El hacer conlleva un concepto mucho más rico de la actividad humana, la ac tividad vari ada y multiforme tradi-cionalmente asociada con las mujeres, antes que la más estrecha

 

y     monotemática actividad típica de los hombres. Si debemos asignarle un género al hacedor, entonces, evidentemente, debe - ríamos pensarla como una ella antes que como un él: es la mulier abscondita.

Esto corresponde a un c ambio real en la com posición de la lucha anticapital ista que h a sido se ñalado a menudo . M ientras que el mundo tradicional del movimiento obrero, de los sindica-tos y de los partidos revo lucionarios es e vidente que está fue rte-mente dominado por los h ombres, las mujeres juegan un pape l mucho más obvio en la nueva ola de luchas anticapitalistas: ya sea las luchas por el agua en las ciudades latinoamericanas, las luchas contra la destrucción de la naturaleza, las luchas contra la guerra o la luchas de la alterglob alización por otro mundo . Y es imposi-ble pasar por alto el papel del mo vimiento de las muje res en la apertura de una nueva concepción de lo que significa la lucha, las formas de organización, el concepto del tiempo y del cambio.

Pero ¿necesitamos asignar un género a nuestra fi gura sutil y sombría? Para la exposición, es más fácil hacerlo así: esto no resol-vería el problema por que estam os h ablando de la subjetividad humana, y él o ella (o el uso cada vez más generalizado de la arro-ba) tampoco lo resuelven, porque esto sugiere un pronombre que

 

 

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reclama ser atemporalmente correcto, pero al hacerlo oculta un verdadero cambio en la composición de gén ero del sujeto. Ha y un sentido en que el trabajador realmente es un él y la hacedora realmente es una ella, de este modo, cuando hablamos de la rebe-lión del h acer contr a el tr abajo estamos ha blando de un mo vi-miento real de ella contra él. Donde sea necesario usar el pronom-bre, nos referiremos a los trabajadores como ellos y a las hacedoras como ellas. Sin embargo, la misma división de las personas en dos géneros claramente definidos es parte del proceso más general de identificación, un aspecto del mundo del trabajo abstracto. La sus-titución de un género por otro, en consecuencia, no es realmente la respuesta. Nuestra figura sutil y sombría, e l sujeto antiidentita-rio, es también un sujeto antigénero, un movimiento en-contra-y-más-allá de la di visión de l a soc iedad en dos géneros claro s. Marge Piercy, en s u novela Mujeres e n e l lím ite d el tiempo (1976), usa el término per como un pronombre para represe ntar el suje-to sin género, pero esto se refiere a un a sociedad imaginaria en la q ue l as divisiones de género están realme nte superadas 10. Quizá, entonces, deberíamos decir que, simplemente, tras el él de la máscara, se encue ntra una figura sutil y sombría que es ella,

 

pero esta ella no es un género diferente, sino la crisis de la eidad con un él o una ella antepuestos, la crisis del dimorfismo sexual, la rebelión erótica de la perversidad polimórfica (véase Marcuse, 1983)11.

 

c)     Nosotros, los esquizofrénicos y r eprimidos, somos el sujeto revolucionario

 

La figura sutil y sombría –la mulier abscondita– somos, sencillamen-te, nosotros. Es un nosotros, debido a que el uso de la tercera per-sona, ya sea él, ella o ellos, nos excluye, y escribimos y leemos no desde afu era d el pr oblema de c ómo cambi ar el mun do, sin o

 

 

10   Los zapatistas han adoptado el término “compañeroas” como forma de tratar esta cuestión.

11   Quizá esto tiene algo en común con el “comunismo gay” propugnado por Mieli (1980), en el que el sujeto es liberado de las identidades de la heterose-xualidad y la homosexualidad, de la masculinidad y de la femineidad y el “obje-tivo político del comunismo gay es la expansión general de la a ctitud gay, donde las pa labras regresan a su s ignificado más antiguo y más amplio: la felicidad” (Soetzler, 2007: 169).

 

 

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desde dentro de él. La tercera persona identifica, aun si es un ellos vago, debido a que traza una línea definitoria que nos excluye12. Nosotros, por el otro lado, es abierto, es una pregunta13. Nosotros podemos ser un nosotros definitorio, identitario –nosotros los pro-fesores universitarios, nosotros los irlandeses, nosotros los hom-bres–, pero no es necesariamente así: sin una calificación, el noso-tros es indefinido y abierto. Decir que nosotros somos el sujeto, la figura sutil y sombría tras la máscara, es también decir que la teo-ría no puede ser separada de la práctica: el nosotros que leemos o escribimos este libro no estamos solamente reflexionando sobre cambiar el mun do, no est amos teorizando sobre e so co mo si pudiera ser alg o separado de nosotros: nos guste o no , somos parte del proceso, nuestra l ectura o escritura es parte del mo vi-miento.

 

En inglés el término nosotros (we) no tiene género; no esta-mos divididos de antemano en dos campos genéricos. El nosotros de la figura sutil y sombr ía, sin embargo, no es sólo sin g énero, sino antigénero, opuesto a las divisiones genéricas de la máscara. Y dado que el mundo divid ido en géneros de la máscara es un mundo dominado por uno de esos géneros, quizá lo que necesi-tamos es un nosotras, con un acento femenino. En las lenguas en que el nosotros tiene una caracterización genérica –como el espa-ñol con su nosotros y nosotras–, es evidente que nosotras es una mejor caracterización de la figura sutil y sombría, una n osotras comprendida quiz á no c omo afir mación de femin eidad, sino como rebelión contra la masculinidad.

 

Nosotros –las nosotras-hacedoras que estamos detrás la másca-ra-del-trabajador– somos pl urales: no en el sent ido de un g rupo definido o colectividad, sin o en el se ntido de un fl ujo abie rto. Fluimos dentro de ustedes (y de ellos): “detrás estamos ustedes”, como lo dicen tan hermosamente los zapatistas. Fluimos unos en otros porque n uestro h acer –to dos nuestros hac eres– fo rman parte del flujo social del ha cer, ese entretejido de haceres cons-cientes o inconscientes, planificados o no, estrechamente entrela-zados o con hilos sueltos, que constituyen nuestra socialidad.

 

 

12   La tercera persona es, por cierto, una persona mas culina cualquiera sea su género aparente, que es seguramente la causa por la que la teorí a feminista ha reafirmado con tanto énfasis la primera persona.

13   Sobre la formación del nosotros véase Lewkowicz (2004: 216 ss. y capítu-

 

lo 11).

 

 

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No s omos u na mas a homogénea, le jos estamos de s erlo. Tampoco somos una multitud de diferencias. Somos más bien la rebelión del h acer contra e l tr abajo abstra cto, l a rebe lión de la heterogeneidad contra la ho mogeneización, la re belión de la diferencia contra la contradicción14, la rebelión del más-allá con-tra y más allá del mero estar en contra. La abstracción del hacer en trabajo es su homogeneización: se logra mediante la imposic ión de la equivalencia sobre actividades no equivalentes. La lucha del hacer contra el trabajo es una rebelión contra esta homogeneiza-ción, u na afi rmación de la diferencia de nue stros haceres, un intento de romper a través del antagonismo binario del capital y emancipar nuestros haceres de la abstracción impuesta mediante el dinero. La heterogeneidad no es una característica ontológica, es más bien nuestra lucha contra la abstracción del trabajo y e s central a esa lucha.

 

El heterogéneo empuje hac ia el m ás all á no es un i mpulso que lleva de la socialidad al individualismo, no es un impulso más allá del flujo social del hac er, aunque pueda pa recerlo. Es, m ás bien, un impulso en contra y más allá de una forma particular de socialidad, en contr a y más allá de la sínte sis soc ial del capit al, hacia una for ma di ferente de so cialidad. Una forma q ue ya no sería u na s íntesis so cial, una soc ialidad que abriría e n vez de cerrar: no, entonces, un plan central, sino un flujo social de entre-lazamientos y d e hilos suel tos. No hay ra zón por la que, con nuestra capacidad social para suministrarnos los elementos bás i-cos para la vida –con el a ctual desarrollo de las fuerzas produc - tivas, para decirlo en un lenguaje más antiguo–, no podamos vivir muy felices con un entretejido social que tenga mu chos elemen-tos d esordenados y ter minales libr es, actividade s hetero géneas que no conduzcan en forma obvia alguna a un be neficio social reconocible, o donde el único beneficio social directo sea la liber-tad de hacer cada uno lo suyo propio.

 

Somos, inevitablemente, un nosotros autodividido, autoanta-gónico. Viv imos e n una sociedad autoantagónica, un a so ciedad dividida en clases. Si considerásemos la contradicción o la división central de esta sociedad como la contradicción entre el trabajo y el capital, entonces, sería posible imaginar la sociedad como divi-dida en d os grupos separados y antagónicos: la clase obrera y l a

 

 

14   No tiene sentido hablar de diferencia más que como una rebelión contra la contradicción: véase Bonnet (2007).

 

 

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clase capitalista. El antagonismo social, entonces, sería exterior a cada uno de nosotros. Sin embargo, si decimos que el antagonis-mo ent re el trabajo y el capital es sencillamente la expre sión superficial de un conflicto más profundo, el que e xiste entre el hacer concreto y el trabajo abstracto, se e videncia de inmediato que el antagonismo social corre a través de cada uno de nosotros. Todos y cada uno de nosotros somos, al mismo tiempo, hacedores

 

y     trabajadores abstractos ( aunque n o te ngamos una relac ión directa de empleo). Somos, todos y cada uno, l as máscaras y la figura sutil y sombría detrás de la máscar a. Somos, todos y c ada uno, el él-hombre –¿o la ella-mujer?– de la máscara y la ella anti-género de la figura sutil y sombría. Cuando decimos que el hacer existe como resentimiento-de, como tensión-contra, rebelión-en-contra del trabajo abstracto, como amenaza, como potencia, esta-mos hablando de nues tro antagonismo interno: existimos como resentimiento-de, tensión -contra, r ebelión-contra noso tros mis - mos, como amenaza, como potencial.

 

Aquí no se parte del supuesto de que las personas son básica-mente buenas: la fig ura oculta está desfigurada e n cualquiera de sus formas por la máscara impuesta por el capital. Nuestro argu-mento es m ás bien que en una sociedad basada en el antago nis-mo de clases, estamos todos impregnados por este antagonismo, somos todos autocontradictorios, estamos internamente partidos por la lucha entre la reproducción de las relaciones capitalistas y el i mpulso a-r ehusar-y-crear. La luc ha de clase s sig nifica to mar posición en este conflicto que existe tanto dentro como fuera de nosotros mismos.

 

¿Queremos decir que no hay diferencias entre un capitalista y un trabajador? No. Ellos usan máscaras diferentes. ¿Y detrás de las máscaras? Detrás de las máscaras no hay un verdadero ser huma-no puro, sino, simplemente, una figura sutil y sombría desfigura-da por –y en tensión con– la máscara. Allí donde la másc ara sea cómoda, habrá poco incentivo para rebelarse contra ella: esto no significa que el dueño del capital se reduzca por entero a su más-cara, empero es improbable que se rebele con firmeza contra ella. Ciertamente, Engels, aunque era un capitalista, tomó la posición de la lucha contra el capital, pero hay relativamente pocos ejem-plos de esto. Donde la máscara sea incómoda o insoportable, la fuerza de la rebelión contra ella será mucho más fuerte. Por eso el trabajador tiene muchas más razones para rebelarse contra la máscara que el capitalista. La tensión entre la máscara y la figura

 

 

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sutil y som bría e xiste e n ambo s casos, pe ro co n una dife rente intensidad. La división de clase –el antagonismo entre el hacer y el trabajo abstr acto– los atr aviesa a am bos, pero de dife rente forma15.

De modo similar, se podría decir que, aunque muchos hom-bres se rebelen contra la división de género y la máscara masculi-na, las mujeres tienen más razones para hacerlo. Lo mismo suce-de con el racismo: no se necesita ser n egro para ser antirracista, pero la intensidad de la r eacción contra el rac ismo es proba ble-mente mayor. A sí p odemos seguir p ensando e n más caso s. ¿Significa esto, entonces, que deberíamos concebir a la sociedad capitalista como estructurada por todo un espectro de diferentes conflictos, no sólo de clases, sino también todo tipo de conflictos de carácter no clasista? En el nivel superficial –y real– de las más-caras, así se da, por cierto, la situación: en esta esfera hay todo tipo de formas en las que se puede comprender el conflicto. Siempre está, sin embargo, la cuestión anterior de qué es lo que genera las máscaras, qué produce las dife rentes identidades que entran e n conflicto, como varón o mujer, blanco o negro. Esto nos trae de vuelta al antagonismo fundamental de la organización de nuestro hacer entre el trabajo abstracto y el impulso –sutil y sombrío– hacia un hacer autodeterminado. Es la represión del hacer por el traba-jo abstracto lo que genera al varón y la mujer, al blanco y el negro como identidades, como máscaras conflictivas. No es que el conflic-to de género, por ejemplo, deba ser agregado o sumado al con-flicto de clase para entender la sociedad: más bien podemos decir que el mismo concepto de una división binaria de géneros entre hombres y mujeres es el producto de la abstracción del hacer en trabajo. En este sentido, el conflicto entre el hacer y el trabajo es anterior a otros conflictos16.

 

Somos los hacedores-contra-el-trabajo, el verdadero proleta-riado. Somos los hacedores-contra-el -trabajo, las sombras-con - tra-las-máscaras. Sea mos tr abajadores o cap italistas, mujeres u hombres, negros o blancos, estamos autodivididos, autoantagóni-cos, aunque la intensidad y la naturaleza del antagonismo difiere

 

 

15   Véase el importante artículo de Gunn (2004).

 

16   En este sentido, podemos decir que el conflicto de clase es anterior al de género o racial, pero sólo si comprendemos al conflicto de clase como el conflic-to entre el hacer y el trabajo, el conflicto sobre la clasificación de los hacedores como trabajadores. Véase Holloway (2002 y 2004).

 

 

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de acuerdo con el rol que rechazamos o acepta mos, o rechaza-mos-y-aceptamos. Somos frágiles, inestables, situacional o tempo-ralmente es quizofrénicos. Ado ptamos una personali dad en una situación, otra en una situación diferente. En un momento somos un hacedor en rebelión contra el trabajo, en otro somos un traba-jador dócil y obediente. Esta mutabilidad, a menudo vista c omo una anormalidad o hasta c omo una trai ción al movimie nto, en realidad es muy normal. El antagonismo entre el hacer y el traba-jo está con stantemente c ambiando. Somos todo s autoantag óni-cos, pero el antagonismo no es estable en el tiempo: ciertas situa-ciones –la composición de las relaciones sociales que nos rodean– ponen en evidencia uno u otro aspecto de este antagonismo. Así, el entrenamiento militar está diseñado para fortalecer la máscara y suprimir todo ti po de impulso oculto hacia la humanidad, y el ejército es un a situac ión que fo rtalece este pro ceso. Lo m ismo puede decirse de la disciplina fabril y de la fábrica, y, más aún, de todo tipo de disciplina institucional y de cualquier institución. El partido también: el partido revolucionario crea situaciones o con-textos en los que adoptamos un cierto rol o máscara y suprimimos nuestro impulso hacia el hacer creativo. (Este papel, esta máscara del mil itante o del r evolucionario profesio nal está en crisis ahora.)

 

¿Esto significa que toda forma de institucionalización crea un rol o un a máscara que desfig ura y c ongela? El haced or-en-rebe-lión, el rebelde, el joven iracundo, la feminista, pueden fácilmen-te convertirse en un papel, una imagen que se congela y define a la figura sutil y sombría que se mueve detrás. La lucha contra el rol puede ser considerada como una lucha por la autenticidad, pero la autenticidad puede también volverse un rol, una nueva identi-dad que se congela17. La sociedad capitalista, una sociedad carac-terizada por la abstracción del hacer en trabajo, genera constante-mente estos papeles y los arro ja sobre nosotros: ahí va el teórico revolucionario, ahí está el militante. Queremos oponernos a ellos con autenticidad, con sinceridad, para dar cuerpo a la figura sutil y sombría al acecho tras esos roles. Pero la figura sutil y sombría en las s ombras sigu e s iendo eso , mis teriosa, oscu ra, ne gativa, un rechazo a las máscaras que se les pone a la fuerza: ella/nosotros no podemos ser una identidad alternativa. La figura sutil y sombría es

 

 

17   Para una crítica de la autenticidad –y de un concepto idealista de la dig-nidad– véase Adorno (1992).

 

 

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un grito, una pregunta, una crisis, una amenaza, un potencial, un nosotros, un flujo. El hacer fluye: cualquier definición de éste será una abstracción. La lucha contra las máscaras se mueve más rápi-do que e l concepto: todo intento por fijarla dándole una defin i-ción contribuye involuntariamente a su recaptura.

 

Toda institucionalización de la lucha es problemática, simple-mente porque hay un flujo de la lucha que no respeta los límites institucionales, aunque puede ser entorpecido por ellos. Esto no es sólo un problema de organización partidaria. A veces tendemos a pensar que el rechazo al partido como una forma d e organiza-ción resuelve todos los problemas, pero muchos de éstos se repro-ducen en la institucionalización de formas de lucha no partidarias. La institucionalización busca dar un cierto curso a la luc ha, pero la lucha misma tiene una dinámica que no es fácil de canalizar. Tratamos de darle forma como la Otra campaña, por ejemplo, y la lucha surge en otras formas que no se adecuan a nuestros precon-ceptos institucionales. Las formas de la organización necesitan ser abiertas y flexibles para evitar crear identificaciones que entorpe-cen el movimiento de la lucha. La única forma en que podemos fortalecer la subversión es constantemente subvirtiéndola18.

Somos reprimidos. La figura sutil y sombría detrás de la másca-ra es una figura reprimida. Nuestro punto de partida, nuestro eje en torno al cual gira la relación entre el hacer útil o concreto y el trabajo abstracto, es una relación de represión. Nuestro potencial, nuestro poder hacer, nuestra capacidad para determinar social-mente nuestro hacer son un potencial, un poder y una capacidad reprimidos. Existimos en el modo de ser negados, como máscaras. Si existimos en el modo de ser negados, no existimos fuera de esa negación, pero no estamos totalmente subsumidos en e sa nega-ción: decir que existimos en el modo de ser negados es decir que existimos también en el modo de negar esa negación; esta doble negación no nos conduce a un nosotros positivo, sino a un noso-tros extático, un nosotros en rebelión.

 

La revolución, entonces, es el retorno de lo reprimido (véase Marcuse, 1 983: 31). No sól o de los se ctores re primidos de l a

 

 

18   Véase el título del libro de Raquel Gutiérrez Aguilar y Jaime Iturri Salmón

 

(1995): Entre hermanos: porque queremos seguir siendo rebeldes es necesaria la subversión de la subversión; sobre un sentido similar de la importancia de la subversión cons-

 

tante véase La polít ica como s ubversión de Mattini (2000), y Subversive T heorie de Agnoli (1999).

 

 

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población –proletarios, mujeres, indígenas, negros, y otros–, sino de lo que es reprimido dentro de nosot ros mismos. Es la rebe - lión de lo que existe en contra y empuja más allá. Es la rebelión del hacer creativo que existe contra la determinación ajena y empu-ja más allá hacia la autodeterminación social. Pero el hacer creati-vo no es sólo la creación de lo que existe fuera de nosotros, sino la autocreación, la creación de nuestra propia sexualidad, nu estra propia cultura, nuestro propio pensamiento y sentimientos.

 

El retorno de lo reprimido no se refiere sólo a lo reprimido conscientemente, sino al inconsciente reprimido. La figura sutil y sombría tras la má scara no es só lo invisible e inaudible –sin voz, sin rostro, como dicen los zapatistas –, sino también, en parte al menos, inconsciente. No cono cemos n uestro potencial reprimi - do. El impulso de la antiidentidad es un movimie nto constante más allá del concepto; c onstantemente va m ás a llá de nuestro conocimiento consciente.

 

La teoría y la p ráctica revolucionarias, entonces, no pue den ser pensadas en términos de aportar conciencia al pueblo (o a la clase obrera). Tampoco tiene sentido pensar en los límites de la acción p olítica en térmi nos de la conciencia de las pe rsonas. Nuestra conciencia es al tamente contradictoria, una mul tiplici-dad de saberes, de vagas conciencias, de intuiciones y reacciones contra. La política de aportar conciencia es parte del mundo de las máscaras, el mundo de las identidades. El impulso de nuestra figura sutil y s ombría –un grito, una pregunta, una crisis, una amenaza, un potencial, un nosotros, un flujo– contra la máscara no puede ser comprendida en términos de aportación de la con-ciencia. Es mucho más una cuestión de sacar afuera lo que ya está presente en forma reprimida y contradictoria. La tarea es como la del psicoanalista que trata de hacer consciente lo que está incons-ciente y reprimido. Pero no hay un psicoan alista ubicado fuera del sujeto: el psicoanálisis sólo puede ser un auto análisis colecti-vo. La única terapia posible es la autoterapia.

 

Esto conlleva una po lítica, no de hablar, sino de escuchar, o mejor, de hablar-escuchar. El proceso revolucionario es un llegar-a-la-erupción colectiva de volcanes sofocados. El lenguaje y el pen-samiento de la revolución no pueden ser una prosa que conside-re a los vo lcanes como montañas: es necesariam ente una poesía que concibe a las montañas como volcanes, una imaginación que alcanza hacia pasiones invisibles, capacidades invisibles, saberes y poder-haceres invisibles, dignidades invisibles. Ésta e s una políti-

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

ca dialógica en lugar de la política-de-hablar monológica del movi-miento revolucionario tradicional. Pero es más q ue eso, pues un diálogo podría ser un diálogo entre máscaras, y de lo que estamos hablando aquí es de un diálogo en el que cada uno trata de ver, de oír y tocar las figuras sutiles y sombrías que están detrás de la más-cara. Es una cuestión de sentir y de intentar tocar valores ocultos. La teoría revolucionaria, entonces, se mezcla con el arte, el teatro, la música y la poesía: todos, en su mejor m omento, son intentos por romper el mundo de las máscaras y dar voz y tocar las pasio-nes y las dignidades que yacen abajo. La pr áctica revolucionaria siempre se ha mezclado con el arte, pero quizá nunca tanto como en los últimos años, donde la expresión artística y teatral ha pasa-do a formar una parte integral de cualquier manifestación de pro-testa: los zapatistas o e l E jército Payaso R ebelde Insurgen te Clandestino19 son sólo dos de los miles de e jemplos que se arre-molinan en mi mente.

 

Tocar l os n ervios escondidos no es un a c uestión sol amente del proceso racional, un proceso de discusión o aprendizaje racio-nal. Es u na búsqueda de lo que ya está presente , un oír los “dis - cursos ocultos”20. Esto no significa que sea un proceso irracional; por el contrario, el núcleo fundamental es una crítica racional. Vivimos en “un mundo encantado y distorsionado” (Marx, 1981: 1052) en el qu e nuestra subjetividad, nuestro poder hacer, está oculta por las relaciones reificadas generadas por la organización de nuestro hacer como trabajo abstracto. La c rítica racional de estas formas r eificadas es central para el descub rimiento de la figura sutil y sombría, del flujo del hacer que se rebela contra su represión. Pero la reflexión teórica cobra fuerzas sólo como una parte de la lucha general.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

19   Sobre el pa pel de l os paya sos e n las protestas e n ocasión del G-8 en Gleneagles véase los diversos artículos en Harvie y otros (2007).

20 Éste es un concepto desarrollado por Scott (2000) en su importante obra sobre la rebelión latente.

 

 

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El hacer disuelve

la homogeneización del tiempo

 

<tesis 29>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

a)    El tiempo-r eloj está en cr isis

 

El trabajo abstracto es inseparable del tiempo abstracto. La crisis del trabajo abstracto es también la crisis del tiem po abstracto. A cierto nivel, es una crisis permanente: somos la crisis permanente del tiempo del trabajo abstracto, con nuestros rechazos, nuestras pasiones, nuestras intensidades. El tiempo-del-hacer existe en la forma del tiempo-reloj, pero también existe contra y más allá de ese tiempo. La transformación de la lucha contra el tiempo en una lucha sobre el tiempo, tal como lo señaló Thompson, nunca fue concluida. Los sindicatos comenzaron la lucha sobre la exten-sión de la jornada laboral, pero la lucha sobre la puntualida d y, sobre todo, s obre la perm eabilidad de la jornada l aboral es una lucha que es inseparable de la imposición del trabajo capitalista. Quienes son pagados para pasar sus día s trabajando para o tro siempre tratan de hallar formas de imponer su propio ritm o, de crear espacios para soñar, para hablar con sus amigos, para fumar un cigarrillo o comer algo, hacer lo que sea. Algo de esto se refle-ja en las disputas contractuales –sobre la extensión de las pausas laborales para el té o el café, por ejemplo–, pero gran parte de esto se pelea en u n ámbito individual o colectivo que depende de su invisibilidad para que sea efectivo. Un aspecto importante de la administración capitalista es cerrar estos momentos creados por los trabajadores. Por supuesto , la crisis permanente del tiem po-reloj no se limita al lug ar del tr abajo. N uestras vidas, nuestras pasiones, la forma en que nos relacionamos con nuestros amigos: todo está ligado al tiempo vivido, tiempo-del-hacer, a la silenciosa lucha cotidiana por otras formas de vivir, otras formas de hacer y relacionarse.

 

 

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Sin em bargo, ¿hay alg o más que una cri sis perm anente del tiempo-reloj?, ¿algo m ás que lo cr ónicamente inac abado en el sometimiento a lo s ritmos capitalistas? ¿Podemos decir que hay ahora una intensificación de la crisis del tiempo-reloj?

 

Thompson, c omo hemos visto, mues tra c ómo la luc ha p or establecer el capitalismo significó una larga lucha por imponer un nuevo concepto del tiempo. La lucha de clases fue la lucha entre dos tiempos, entre dos conceptos y prácticas del tiempo: uno, cen-trado en nosotros, nuestro hacer, nuestro vivir, y el otro, un tiem-po cuantitativo, medido, objetivo, que se abstrae completamente de nuestras vidas e intereses. Argumenta también que, a medida que el capitalismo se va estableciendo, al menos en los países más desarrollados, existe una g eneralizada inte rnalización del tie mpo abstracto, que la lucha se enfo ca en las cue stiones cuantitativas del tiempo en lugar de sobre la cualidad del tiempo mismo. Sin embargo, luego de subrayar el rol del puritanismo en imponer la internalización del tiempo-reloj, Thompson (1967: 95) pregunta:

 

Si el puritanismo fue la parte necesaria del ethos del trabajo que permitió a l mundo industrializado romper con las economías asoladas por la pobreza del pasado, ¿la evaluación pu ritana del tiempo comenzará a descomponerse a medida que se alivien las presiones de la p obreza? ¿Ya se está de scomponiendo? ¿Comenzarán los hombres a perder esa urgencia incansable, ese deseo de consumir el tiempo en función de un fin, que la mayo-ría de las personas llevan puesto como se pone un re loj en sus muñecas? […] Pero si el registro del uso del tiempo en función de un fin pierde su carácter compulsivo, entonces, los ho mbres tendrían que reaprender algunas de las artes de vivir perdidas en la revolución industrial: cómo llenar los inte rsticios de sus dí as con relaciones personales y s ociales e nriquecidas, más ociosas; cómo romper una vez más las barreras entre el trabajo y la vida.

 

 

¿Existe, entonces, una descomposición del tiempo-reloj? Si así fuera, entonces ¿por qué? ¿Se trata de un relajamiento de las pre-siones de la pobreza, como sugiere Thompson? ¿O de alguna otra razón? ¿Qué significaría una descomposición del tiempo del reloj? Este autor sugiere que un elemento central sería la ruptura de las barreras entre el trabajo y la vida. Sin embargo, podríamos verlo de una manera totalmente diferente, es decir, como la extensión del dominio del tiempo del reloj. En este sentido, Virno, Hardt y Negri argumentan que hay una extensión de la disciplina del tiempo de

 

 

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trabajo hacia la totalidad de las 24 horas del día. De esta manera, Virno (2003: 102) dice: “Para la multitud posfordista cada vez hay menos diferencia cualitativa entre tiempo de trabajo y de no-traba-jo”. ¿Adónde nos lleva esto?

 

Lo que planteamos en este libro es que estamos atravesando una crisis del trabajo abstracto y que esto transforma el significado de la lucha de clases. En esta transformación de la lucha de clases, la cualidad –y no sólo la cantidad– del tiempo se convierte nueva-mente en un punto central y abierto de conflicto. En la medida en que la realidad y el concepto de la lucha de clases estuvieron domi-nados p or el conflicto entre el trabajo abstra cto y el ca pital, la cualidad del tiempo no fue puesta en cuestión. No podía se rlo, simplemente, porque la abstracción del hacer en trabajo es insepa-rable de la abstracción del tiempo. Sólo con la crisis del trabajo abs-tracto es que la cualidad del tiempo pasa al primer plano y nueva-mente se hace evidente que la lucha de clases puede –y debe– ser concebida no sólo como un conflicto cuantitativo sobre el tiempo, sino como un conflicto cualitativo, o sea, como un conflicto entre dos diferentes conceptos y prácticas del tiempo. Existe su tiempo, el tiempo del capital: la abstracción del tiempo de nuestras vidas, la negación por el tiempo de nuestra humanidad. Y existe nuestrotiem-po, un tiempo que se desprende de nuestras vidas, no un tiempo-en-el-que vivimos, sino un tiempo-como-el-que vivimos. Su tiempo con-tra el nuestro; nuestro tiempo contra el de ellos: ése es el conflicto, y es ahora un conflicto abierto e intenso presente en cada momen-to de la existencia. Para nosotros, el desafío es romper su tiempo, disparar contra los relojes1. Pero ¿qué es nuestro tiempo, y cómo podemos alimentarlo de mo do t al que rompa con el tiempo d e ellos? Los siguientes puntos tratan de sugerir un camino.

 

 

b)    Nuestr o tiempo rompe la duraci ón

 

En la famosa h istoria de Mary She lley (2001), el do ctor Frankenstein crea una criatura, y ésta adquiere una existencia inde-

 

 

1     Benjamin, en la tesis XV de sus Sobre el concepto de la historia. Tesis y fragmen-tos (2007: 36), relata un incidente que ocurrió durante la revolución de julio de 1830: “Cuando cayó la noche del primer día de combate ocurrió que en muchos lugares de París, independientemente y al mismo tiempo, hubo disparos contra los relojes de las torres”.

 

 

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pendiente, una existencia que para perdurar no depende de la acti-vidad de su c reador. En otra historia, “Las ruinas circulares”, de Jorge Luis Borges (2005a: 63-76), un hombre crea otro hombre, pero no en un laboratorio, sino en sus sueños. El hombre creado tiene toda la apariencia de un hombre normal, con una existencia independiente y perdurable, pero, en realidad, sólo lo mantiene vivo la constante actividad creativa, el sueño del primer hombre. En ninguno de los dos casos, la existencia del ser creado es una ilusión, pero en el segundo caso su duración sí es una ilusión: su existencia depende en cada momento de la actividad creativa del soñador.

Con frecuencia, se toma la historia de Frankenstein como una metáfora del capitalismo. Hemos creado una soc iedad que está más allá de nuestro control y que amenaza destruirnos; la única forma en qu e p odemos sob revivir e s destruye ndo esa socie dad. ¿Es posible concebir el capitalismo más bien en los términos del cuento de Borges? Hemos creado una sociedad que parece estar completamente por fuera de nuestro control, pero que en real i-dad depende de nuestro acto de recreación constante. El reto no es destruir esa sociedad, sino dejar de crearla. El capitalismo exis-te hoy no porque lo hayamos creado hace cien o doscientos años, sino porque lo creamos hoy mismo. Si mañana nosotros no lo cre-amos, no existirá2.

 

Nosotros creamos el capitalismo. ¿Podemos decir que su exis-tencia depende en cada momento de nuestro acto continuo de creación?

 

La crítica es el punto de partida para combatir la duración donde ésta reside, es de cir, en la separaci ón entre el sujeto y el objeto. Si la criatura de Frankenstein tiene una pe rmanencia, es porque se ha separado de su hacedor, mientras que la criatura en

 

 

2 En un sentido sim ilar, Sal man Rush die (2 009: 4 9), en La se ductora de Florencia, cuenta que la esposa favorita del rey es la creación de su propia imagi-nación. La reina se preocupa sobre las consecuencias de esto en términos teoló-gicos y personales: “Si Dios diera la espalda a su cre ación, el hombre, ¿dejaría éste de existir? Ésa era la versión a gran escala de la cuestión, pero eran las ver-siones egoístas, a pequeña escala las que le preocupaban. ¿Era su voluntad libre del hombre que había decidido que existiera? ¿Ella existía sólo debido a que él abandonó su incredulidad en la posibilidad de su e xistencia?”. Ése es el terror mortal del capitalista: si quienes creamos al capitalismo damos vuelta la cara en contra de nuestra creación, éste cesará de existir. Es este terror lo que es la clave para comprender la policía, los ejércitos, la violencia del mundo, por no mencio-nar sus sistemas educativos, sus universidades.

 

 

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el cuento de Borges no disfruta de la misma separación del soña-dor. En ambos casos, el sujeto-creador es negado y olvidado, pero en el último caso la dependencia real del objeto respecto del suje-to continúa. En el capitalismo también, el sujeto-creador es nega-do y ol vidado: la me rcancía, para citar el segundo párrafo de El capital de Marx (1983: 43), “es, en primer lugar, un objeto exte-rior”. El método de la c rítica de M arx ataca la autopresentación de la mercancía como independiente de su productor, conside-rando que su valor depende del tr abajo que la creó. La mercan-cía se presenta como independiente de nosotros, nos niega y nos olvida, pero, en realidad, es nuestra creación y no existiría si noso-tros, mediante nuestro trabajo, no la hubiéramos creado. La críti-ca, para Marx, es una crítica genética, el intento de comprender los fenómenos en términos del hacer que los produce. La teoría del valor-trabajo es esa crítica. En su núcleo fundame ntal, la teo-ría del valor-trabajo nos revela que: “La mercancía niega nuestro hacer, pero nosotros la hicimos”. De e sta manera, se restaura al sujeto –nuestro hacer– al centro del cuadro. El objeto afirma ser independiente del sujeto, pero, de hecho, depende del sujeto.

 

La crítica restaura al sujeto en su c entralidad. A través de l a crítica, los humanos decimos: “Somos los creadores negados, pero rechazamos esa negación. Todos los fenómenos sociales existen porque nosotros los hemos hecho: el dinero o el Estado son pro-ductos humanos al igual que el automóvil. Dependen de nuestra creación para su existencia. Y si no sotros los hemos construido, nosotros podemos también cambiarlos”.

 

Sin embargo, todavía existe un interrogante. Hemos creado el mundo social que nos rodea, pero ¿estamos cautivados por nues-tras pr opias creac iones (Fr ankenstein) o ell as depe nden de nuestra constante recreación (Borges)? ¿Tenemos que distinguir entre algunas creaciones (por ejemplo, el Estado, el dinero) y otras (como los automóviles, por ejemplo)?

 

El dinero es u na forma de las re laciones sociales, una forma en la que nos relacionamos entre nosotros. Cuando compramos algo y p agamos con dinero, establecemos una cierta forma de relación con el productor del objeto que compramos. Si robamos la cosa, establecemos un tipo diferente de relación con él, y si l a recibimos como un regalo será una relación diferente. El tipo de relación que establ ecemos no depe nde de la co sa c omprada, robada o recibida, ni de l a materialidad del dine ro considerado (billetes o m onedas). Cuan do de cimos que e l dinero es una

 

 

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forma de relaciones sociales, decimos, entonces, que es una forma que c reamos y re creamos, una fo rma que de pende no só lo de nuestra creación inicial, sino de nuestra constante recreación. Lo mismo puede decirse del Estado o del capital.

 

¿Es un automóvil, entonces, una forma de las relaciones socia-les que, c onstantemente, creamos y recrea mos? Evidentemente, los automóviles tienen una cierta materialidad, y también el dine-ro tiene una cierta materialidad. Sin embargo, el automóvil es asi-mismo una forma en la que nos relacionamos con otras personas; con las personas que lo produjeron, cuando lo compramos, y tam-bién con las personas que nos rodean, nuestra familia y amigos, la gente en la calle o en la ciudad, cuando lo usamos. Podríamos usarlo como una escultura o para cultivar flores, en cuyo caso ya no estaríamos recreando las r elaciones sociales indicadas por el concepto de automóvil.

 

Para decirlo en otros términos: la crítica es la recuperación de los verbos. Nuestra visión del mundo está dominada por los sustan-tivos, por las cosas: dinero, Estado, automóvil, pared, computador, alimento, y o tras más . El hacer, crear, pintar, cocinar, organizar, poner ladrillos, enseñar, etcétera, son olvidados. Cada su stantivo significa la supresión de un verbo, al menos en tanto que concep-tualiza el resultado de una acción humana. Cada sustantivo da una apariencia de autonomía al re sultado de la acci ón, separando al resultado de la acción respecto de la acción misma, lo hecho res-pecto del hacer. De este modo, el término automóvil oculta al pro-ceso que lo produce, como el de libro oculta lo que estoy hacien-do en este momento, la pr opiedad encubre la aprop iación, y e l dinero vela la monetización de la interacción entre las personas. Una sociedad que conscientemente tuviera nuestro hacer en su centro, es decir, una sociedad autodeterminada o comunista, pro-bablemente poseería un lenguaje en el que los verbos serían lo principal: el estar juntos significaría hablar del hacer. Podría argu-mentarse q ue la literatura ant icapitalista de bería aban donar lo s sustantivos y sólo usar verbos, pero eso sería muy difícil para escri-bir y pro bablemente poco fácil de entender. Borges (2005b: 25), en otro cuento en el que imagina el mundo de Tlön, en el que el Ursprache o la lengua original no tiene sustantivos, da un ejemplo, explicando que la figura de “surgió la luna sobre el río”, se expre-sa así: “hacia arriba detrás duradero-fluir luneció”. La cuestión, sin embargo, es que un mundo de verbos abriría un universo de posi-bilidades: lo s re sultados de n uestros hace res ya no tend rían la

 

 

 

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misma aparente fijeza, el mundo sería obviamente mucho más frá-gil, mucho más abierto al cambio y a la creación. Sería un mundo de una intensidad mucho mayor.

 

La crítica, entonces, si la entendemos como crítica genética, crítica ad hominem, crítica que trata de recobrar el poder y la cen-tralidad del hacer humano, nos conduce a una crítica general de los sustantivos (al menos en ta nto se refieren al resultado de las acciones humanas). La crí tica de Marx de la economía política debería lógicamente conducir a una crítica de los sustantivos: la economía política es sólo una expresión del pensamiento fetichi-zado, los sustan tivos son una expresión mucho más general del mismo proceso de feti chización. U na crítica de los sustantivos, por s upuesto, n o haría desa parecer los sustantivos: evidenc iaría que la supresión o el encierro de los verbos por los sustantivos es sólo un aspecto del fetichismo de la mercancía, y que el fetichis-mo s urge del h echo de que las re laciones entre los hac edores están mediadas por las cosas a través del intercambio de las mer-cancías. La fuerza de los sustantivos en nuestro le nguaje es una expresión de la dominación real de las cosas en nuestras vidas. En otras palabras, los sustanti vos c omo valor, como dinero, como Estado, son r elaciones sociales: el sustantivo, tal c omo el valor, es “una relación propia de cosas entre las personas” (Marx, 1983: 89). O, mej or aún: el sustantivo e s un re lacionarse entre hace res expresado como una relación entre cosas.

 

En un mundo de verbos, la duración pierde su fuerza comple-tamente (como, en efecto, hace la ontología). Si cada cosa –cada cosa social– es un hecho, un resultado del hacer, y si a la existen-cia presente de cada h echo se la c oncibe como un rel acionarse entre hacedores, entonces, cada momento adquiere una particu-laridad en la que todo está en cuestión. Tenemos en nuestro bol-sillo un pedazo de papel que ha sido monetizado –convertido en dinero– por la práctica social. No se trata de que es dinero: es un pedazo de papel monetizado por la práctica. Hemos participado en su monetización, pero la próxima vez que salimos podemos conti-nuar monetizándolo –usándolo como dinero– o podemos decidir desmonetizarlo, rechazando usarlo como un medio en nuestras relaciones con otras personas, y usarlo pa ra encender un cigarri-llo. Lo mismo podría decirse de un automóvil: tenemos un peda-zo de metal que ha sido convertido en un automóvil por la inten-ción de sus fabricantes y la práctica de sus usuarios. No se trata de que es un automóvil; es un pedazo de metal automovilizado por la

 

 

 

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práctica, y m añana bien po demos continuar esa práctic a –co n todo lo que significa en términos de contaminación y de pe ligro para otros– o podemos desautomovilizarlo, rehusándonos a relacio-narnos con otras pe rsonas de esa manera y usándolo , por ejem-plo, como un rec eptáculo para cultivar flo res o zanahorias. Hacemos el dinero usando el papel de esa forma y podemos dejar de hacerlo. Nosotros hacemos el automóvil y n osotros podemos dejar de hacerlo. En forma similar, nosotros hacemos el capitalis-mo y nosotros podemos dejar de hacerlo.

 

Recobrando al suj eto ahogado por el objeto la crítica pone nuestro poder-hacer y nuestro pode r-no-hacer en el c entro. L a crítica desafía al sustantivo y recupera al verbo, el hacer que está –y no está– contenido en el sustantivo, que desborda en contra y más allá del sustantivo. Los verbos son el lenguaje de la no identi-dad, el estallar más allá de lo que es. La identi dad establece un tiempo continuo, un tiempo de duración, una extendida eseidad, pero la fuerza de nuestro hacer dice “no, no hay continuidad, no hay dur ación, cad a momento tie ne su partic ularidad, cada momento es un momento de crear”. Nuestro tiempo, tiempo-de-hacer, es el tiempo de abrir cada momento en contra de la fuerza de la duración.

 

 

c)     Nuest ro tiempo abre cada mo mento

 

La crítica, recuperando el hacer en una sociedad que lo niega, abre la parti cularidad dis tintiva de c ada momento. A diferencia de l tiempo-reloj, en el que cada momento es indistinguible del siguien-te, nuestro tiempo está caracterizado por el carácter distintivo de cada momento. El hacer configura cada momento y lo hace dif e-rente. Cada momento no está desconectado de otros momentos, sino que es diferente de ellos. En el tiempo-reloj cada momento es idéntico; en nuestro tiempo, cada momento es no idéntico.

 

Nuestro t iempo es un tiempo de resistencia, de rebelión. Se rebela en contra del tiempo de duración. La duración cierra cada momento, nos dice que cada momento es una mera continuación del anterior, y nuestro tiempo se rebela, abre cada momento como un momento de posibilidad, como un momento de posible realiza-ción, posible desastre. En lugar de una construcción paciente para el futuro, tal como se refleja en la no rebelión de los partidos revo-lucionarios, la nuestra es una rebelión en contra del tiempo mismo

 

 

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que eleva cada momento desde la continuidad de la duración y lo da vuelta, hace de él un mo mento de hacer en ve z de un marco para el hacer. Carpe diem, como un principio revolucionario, pero no el carpe diem que simplemente abstrae a las noches del viernes y del sábado de disfrute con respecto al tiempo abstracto de la sema-na y no cambia nada, sino un carpe diem que se vuelve contra la abs-tracción y hace aparecer el potencial latente de cada momento3.

 

Éste es el tiempo del niño, el tiempo en el que ca da momen-to es diferente del anterior, en el que cada momento se colma de maravilla, de as ombro y de po sibilidad. Y de horror: vem os el exterminio de la gente –por la vio lencia, por el hambre–, el apa-garse de la gente –por el aburrimiento, por la represión– y cuan-do lo vemos, asombrados exclamamos: “¡no puede ser!”. Nos desha-cemos de las anteojeras q ue no s ayu dan a sobrevivir en esta sociedad de horror y abrimos nuestros ojos con la ingenuidad de un niño y pensamos: no, esto no puede seguir ni un momento más, el cambio debe ser ahora, no en el lejano futuro revolucio-nario. “Las jornadas del niño –dice Vaneigem (1977: 233)– esca-pan al tiempo de los adultos, constituyen un tiempo hinchado por la subjetividad, por la pasión, por el sueño habita do de lo real.” Aun luego de que el n iño ha aprendido la disciplina escolar, cre-cido y ha sido hecho prisionero por el tiempo adulto, “llevará la infancia en el cor azón como una herida abierta”. La lucha por nuestro tiem po, la luch a con tra la duración, es e l despe rtar de esta herida abierta, el despertar de un tiempo reprimido, un tiem-po en el que toda la existencia está en cuestión en cada momen-to. Lenin tendría razón en car acterizar a este pensamiento revo-lucionario como una enfermedad infantil4. Es infantil, debe ser infantil y estar orgulloso de serlo5.

 

Éste no es el tiempo del matrimonio, sino el del amor. El matri-monio tie nde un a capa de d uración so bre un relacionarse qu e

 

 

3     Para una discusión sobre el carpe diem como un principio revolucionario y sus peligros véase Bloch (1980: capítulo 20).

4     Véase el título de la obra de Lenin (1965a): Sobre el infantilismo de “izquier-da” y el espíritu pequeño burgués.

 

5     Vaneigem escribe en un artículo en La Jornada del 2 de enero de 2008: “No tengo la pretensión del ¡Venceremos!, deseo tan sólo que cada vez más cobre fuer-za en cada mujer y en cada hombre ese Queremos vivir, que es el grito espontáneo de la infancia. Es de esa infancia que nacerá la infancia del mun do al que aspi-

 

ramos”. Más en gen eral, so bre l a i nfancia y la filosofía, véase Ko han (2003) y Agamben (2001).

 

 

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sólo existe si es constantemente creado y recreado, que, más que cualquier otra experiencia, existe como la herida abierta del tiem-po de la niñez en el adulto. Nuestro tiempo, entonces, es un tiempo antiinstitucional. Las instituciones procuran congelar las relaciones, hacer que el tiempo se detenga o que corra por carriles preestable-cidos, que hoy quede atado a las reglas de ayer, mañana a las ruti-nas de hoy. Las instituciones no siempre tienen un nombre o una constitución: la institucionalización es la práctica del tiempo-reloj que se desliza sobre nosotros y absorbe la pasión de cada momen-to. El rechazo de la ins titucionalización no e s sólo un principio abstracto, sino una necesidad práctica de la org anización revolu-cionaria. Si pensamos, por ejemplo, en la hermosa traducción del sustantivo de la democracia a la expresión verbal –y oximorónica– del “mandar obedeciendo” d e los zapatistas, está claro que esto funcionará sólo si es verdaderamente verbal y antiinstitucional. No es suficiente que las decisiones difíciles –como el rechazo a todo subsidio estatal– hayan sido tomadas democráticamente en el pasa-do; si no son constantemente renovadas –o cambiadas– es proba-ble que el apoyo original se erosione. Toda institución que no sea constantemente cuestionada y rec reada se vuelve op resiva: sean ellas organizaciones revolucionarias o matrimonios.

 

Para recobrar el sujeto negado por la objetividad, para eman-cipar el p oder-hacer me tamorfoseado e n po der-sobre, h ay q ue luchar por abrir cada momento como un mo mento de posibil i-dad. En u na entrevista ( La J ornada, Mé xico, 2 5 de ag osto de 1996), cuando al Subcomandante Marcos se le pregunta cuál es su sueño de una sociedad futura, él responde que la sociedad por la que luchan los zapatistas sería como una cartelera de cine en el que cada día podrían elegir vivir una película diferente, que la razón por la que se han rebelado es que durante los últimos qui-nientos años, han sido forzados a vivir la misma película una y otra vez. Nosotros también podríamos decir que en los últimos cien años h emos es tado viviendo la misma película , la pe lícula d el capitalismo, y que es un film muy malo, muy aburrido, que deshu-maniza a todos lo que la miran. Y ahora debemos vivir una pelícu-la diferente o, más bien, una multiplicidad de películas que crea-remos en el proceso de vivirlas. Hacemos el capitalismo creando y recreando las relaciones sociales del capitalismo: debemos dejar de hacerlo; debemos hacer otra cosa, vivir relaciones sociales dife-rentes. La revolución es simplemente eso: dejar de hacer el capi-talismo y hacer otra cosa en su lugar. La lucha no es una lucha por

 

 

 

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la supervivencia –que es la verdadera lucha del trabajo abstracto–, sino una lucha por vivir (véase Vaneigem, 1994).

 

 

d)    Nuestr a lu cha es l a búsque da de la intensidad abs oluta. La revolución, más que u tópica, e s apocalíptica

 

Tendemos a pensar en la revolución en términos espaciales, como la captura y transformación de los espacios, y en la teoría tradicio-nal se c onciben esos esp acios como Esta dos. Qui zá, e n prime r lugar, deberíamos pensar en la revolución más bien como la cap-tura y la transformación del tiempo. Deberíamos pensar no sólo en tomar un espacio –ya sea Estado, ciudad o centro social– y trans-formar las relaciones dentro de ese espacio, sino más bien –o tam-bién– en tomar un tiempo y transformar las relaciones dentro de ese tiempo. Romper con la duración significa ver cada momento como diferente, como lleno de posibilidades: la realización de esas posibilidades puede significar dirigir cada momento más allá de sus límites, más allá de todos los límites, hasta el punto en el cual se desprenda del tiempo mismo y se confunda con la eternidad.

 

Esto quebraría la instrumentalidad del tiempo. La teoría tra-dicional ve cada momento en términos de su utilidad para la cons-trucción de un futuro. Los actos de rebelión son juzgados en fun-ción de si contribuyen o no a la c onstrucción de una revolución perdurable. Pero si rompemo s la duración y cada m omento e s diferente, entonces, no ha y necesidad de que lo s actos de rebe-lión deban presentarse ante el tribunal del tiempo instrumental. Cada momento es su propia justificación, cada momento de rebe-lión se erige con orgullo en su propia dignidad.

 

La revolución, entonces, es el impulso de cada momento más allá de toda instrumentalidad y más allá de todos los límites. Es apo-calíptica, más que utópica. Las utopías tienden a definir la sociedad perfecta en tér minos espaciales; el p ensamiento apo calíptico lo localiza en el tiempo, o, más bien, el pensamiento apocalíptico se focaliza en la ruptura y la transformación del tiempo. El tiempo del apocalipsis no es un tiempo-en- el-que, sino u n t iempo-como-el-que6. “El tiempo sólo existe como el ritmo y la estructura de lo que decidimos hacer.” La autodeterminación significa elevar el momen-to presente desde el continuum de la historia y abolir el pasado.

 

 

6     Aquí, como en muchos otros pasajes, sigo a Richard Gunn.

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

Según la expresión sucinta de Hegel, “no hay pasado”. El pasado vive “en las profundidades del presente”, no en el sentido de que determina el presente, sino en el sentido d e q ue sie mpre hay alguna acción libre y específica que, como su contexto o antece-dente, hace que aparezca una interpretación particular del pasa-do […] La acción en el tiempo está determinada por e l pasado, mientras que la acción que es tiempo no sabe nada de un pasado que la determina, sino sólo de un futuro hacia el que se dirige (Gunn, 1995: 11-12).

 

La lucha por la autodeterminación es la l ucha por el tiempo-como-el-que. El tiempo, entonces, salta del reloj, deja atrás al tiem-po-en-que y busca la eternidad. Gunn, recordando el argumento de Lenin según el cual El capital de Marx sólo podría ser comprendi-do leyendo la Lógica de Hegel, sugiere que “Marx y Hegel sólo se los puede comprender leyendo El consuelo de la filosofía de Boecio”. Boecio, un teólogo del siglo IV, concebía la eternidad como el nunc stans, el momento de “la posesión perfecta al mismo tiempo de la vida eterna” (citado en Honderich, 1995: 97), un momento en el que “todos los momentos de la historia son presentados contempo-ráneamente ante la mirada de Dios” (Gunn, ibíd.: 9)7.

 

Es el Jetztzeit o tiempo-ahora de Benjamin, o la constante bús-queda por Bloch del momento faustiano de la pe rfección en el que decimos al momento mismo: “quédate un rato, eres tan her - mosa”. Para Bloch, el impulso revolucionario, el impulso hacia la autodeterminación, puede ser rastreado en todos esos momentos de creatividad que rompen con lo que es y se a bren a un mundo que todavía no existe. El tercer tomo de su gran obra, El principio esperanza (1980), está dedic ado total mente a la búsq ueda del momento de perfección, el nunc stans, sugiriendo que ésta es la forma en la que deberíamos pensar la revolución y el comunismo. Para Benjamin, esta ruptura del tiempo es un relámpago, un des-tello de intenso presente que rompe lo-que-es y abre un presente diferente, un intenso ahora.

 

Estos son lo s “moment os d e e xceso”8 característicos de lo s actos de rebelión. Todo gran acto de rebelión es un momento de

 

 

7     Recordemos que la idea del comunismo como la búsqueda del nunc stans es una idea central en la filosofía de Bloch (1964: I, 107, y 1980: en especial vol. III, capítulo 53).

 

8     Nombre de un panfleto del Leeds May Day Group (2004), véase también la discusión sobre la intensidad de los acontecimientos en Free Association (2005).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

exceso en el que se quiebran las inhibiciones y los patrones de con-ducta s ocial, un relámpago q ue no s per mite ver la h istoria y la sociedad en una forma diferente, un momento en el que perde-mos todo sentido del tiempo. Así es como se mueve la rebelión, no de acuerdo con el reloj, sino mediante estos momentos de exceso

a      menudo imp revistos e imp revisibles, pero a ve ces planeado s como grandes hechos que pueden –o no– hacerse incendio: como Seattle, Gé nova, Gl eneagles, He iligendamm, y o tros. La revo lu-ción, la transformación radical de la sociedad, no es, entonces, una cuestión de construir el part ido, sino una serie de rebeliones, a veces orquestadas y a veces no, que en el mej or de los casos van acumulando fuerza, pero ninguno de los cuales necesita ser justi-ficado por algún desarrollo a largo plazo. Estos momentos de exce-so son el “espacio-tiempo de los momentos, de la cre atividad, del placer, del orgasmo” (Vaneigem, 1977: 238). Son en sí como rup-turas del tiempo-reloj, como grietas en el metrónomo de la domi-nación capitalista. Como afirma Vaneigem (ibíd.: 239): “el espacio-tiempo unitariamente vivido es el primer foco de guerrilla”.

 

Éste es un tiempo de actuación, tiempo de bailar, tiempo con-centrado en el que el tiempo mismo es totalmente absorbido por el ritmo de nuestro hacer, en el q ue el reloj y el ca lendario pier-den todo sentido.

 

e)     El tiempo del h acer no es sólo l a in tensidad d e los momen tos de exceso, t ambién es el tiempo de la creación p aciente

 

Dijimos, citando a Gunn, que el tiempo-como-el-que “sólo existe como el ritmo y la estruc tura de lo que ele gimos hacer”. Pero, a menudo, elegimos hacer cosas en forma tranquila, o sólo seguir el r itmo que parece a propiado a la actividad. No todos lo s momentos son momentos de actuación, hay también tiempos de preparación, y hay much as acti vidades que n o req uieren a ctua-ción, si no sólo un paci ente pro ceso de creació n. Si l a pri mera temporalidad es ti empo-actuación o ti empo-danza, entonces, quizá podemos pensar esta segunda temporalidad como tiempo-de-jardinería o tiempo-de-tejeduría9.

Crear otra sociedad no puede ser sólo una cuestión de acon-tecimientos e intensidades. Más allá de romper la duración, más

 

 

9     La Free Association (2006), siguiendo a Deleuze y Guattari, se refiere a esto como el tiempo de abstención.

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

allá de las discontinuidades del exceso, está también la c uestión de crear otras r elaciones sociales, de hacer cosas en una forma diferente, al ritmo de nuestra elección. Probablemente, necesita-mos pensar en la revolución en función de ambas temporalida-des: por un lado, la te mporalidad del d elirio-y-la-cólera, de l a actuación-y-la-danza, y por el otro, la temporalidad de la creación paciente, de la jardinería-y-tejeduría. Ésta no e s la vieja virtud de la p aciencia revolucionaria, basada en la idea de q ue de bemos esperar hasta que estén maduras las condiciones objetivas. Éste es un tipo diferente de paciencia que dice: “no esperemos; empece-mos ah ora cons truyendo un mundo di ferente. Pero n o e s alg o que pueda ser creado en una explosión de furia. Necesita, y siem-pre necesitará, un proceso de creación paciente”.

 

Éste es un tiempo más afectivo, un tiempo quizá no tanto de pasión, sino de amor y de amistad. Sugiere un proceso más lento, más largo, pero por supuesto no es el tiempo de la duración. Éste no es un tiempo que esté separado de nuestro hacer o de las rela-ciones sociales que estamos creando, es realmente un tiempo nues-tro, un tiempo que creamos y recreamos, pero que no se separa de nuestra creación-recreación. Éste también es un “espacio-tiempo vivido en forma unitaria” del que habla Vaneigem. Es, quizá, tam-bién otr a cara del nunc s tans, e l momento de mezclarse c on l a eternidad, entendido ahora no como un orgasmo, sino como un momento ocioso de disfrute con amigos, cuando nos sentamos y deseamos que el día transcurra lentamente.

 

El levantamiento zapatista comenzó con el grito de ¡Ya basta! Pero también ellos tienen un dicho que expresa la segunda tem-poralidad: “ caminamos, no corremos, porque vamos muy lejos”. Éste es el tiempo de las comunidades zapatistas, de las escuelas, de las clínicas, las cooperativas, las Juntas de Buen Gobierno: la pacien-te construcción de otro mundo que es el núcleo fundamental del movimiento zapatista.

 

Éste es el tiempo en el que la dignidad se mueve más allá de la rabia, el tiempo de recorrer los caminos que creamos andando.

 

 

f)     El tiempo-del-hacer rompe el progreso y serpentea de mod o errático

 

El tiempo-reloj, ya hemos visto, es el tiempo del progreso, del desa-rrollo e ntendido en mediciones cuantitativas, en el crec imiento porcentual del producto bruto interno. El progreso es una fuerza

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

exterior: la que impone la necesidad de construir carreteras, aero-puertos, servicios turísticos, porque si no, quedaremos rezagados. El progreso es l a tecnología que debemos introducir para que la abstracción del hacer en trabajo sea efectiva, para cumplir con las exigencias del tiempo de trabajo socialmente necesario.

Es sorprendente que muchas de las luchas anticapitalistas de los últimos años hayan sido opuestas explícitamente al progreso: a la construcción de carreteras, de trenes de alta velocidad (porejem-plo, el movimiento No TAV en Italia), o de ae ropuertos (como Atenco en México). Ésta es una de las razones por la que los movi-mientos indígenas han ganado tanta importancia: su oposición a la integración de sus dif erentes culturas en la cor riente dominante del progreso conmueve las fibras sensibles y despierta la simpatía aun entre personas que nunca han oído hablar de esas culturas.

El tiempo-del-hacer está inevitablemente opuesto al pro greso en este sentido. A la presión externa de q ue “debemos avanzar, debemos progresar”, opone el “debemos reunirnos y hablar sobre qué camino queremos tomar”. Éste es el tiempo de “preguntando caminamos” más que aquel de “queremos llegar allá rápidamente”. El impulso hacia la autodeterminación probablemente significa que hagamos cosas a un ritmo más suave, simplemente porque tomamos un tiempo para considerar qué queremos hacer y porque resistimos a las presiones de la producción del valor, el dominio del tiempo de trabajo socialmente necesario. Si esto se generalizara, no hay razón alguna por la que esto debería conducir a una mayor pobreza –o lo que sea que signifique eso–, simplemente, porque la gran cantidad de personas actualmente empleadas en tareas de supervisión y vigi-lancia podría dedicar sus energías a actividades que ellos mismos consideraran necesarias o deseables.

El tiempo-del-hacer serpe ntea, dea mbula. N o es la m archa hacia adelante del plan quin quenal. La auto determinación debe incluir la posibilidad de cuestionar decisiones que ya hemos toma-do, poder experimentar y cambiar nuestro curso. El tiempo-del-hacer es un tiempo en el que tomamos nuestro tiempo para hacer, y da do qu e el mundo que q ueremos es un mundo de muc hos mundos, el tiempo-del-hacer debe ser un entrelazado informal o quizá sólo de mutuo respeto, de muchos tiempos.

 

El tiempo-del-hacer no es la marcha hacia adelante de la his - toria, si no j ustamente lo op uesto. Es el grito c olectivo cada día más y más alto: “¡No! ¡Paren! ¡El tren está yendo demasiado rápi-do, y en l a dirección equivocada, se está dirigiendo hacia el abis-

 

 

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El hacer en contra del trabajo y la revolución intersticial

 

 

 

mo!” O, como dijo Benjamin (1974: 1232, citado por Wilding, 2007: 129): “Marx dice que las r evoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero, tal vez, sea completamente diferen-te. Tal vez, las revoluciones sean las perso nas que se encuentran en esos trenes tratando de alcanzar el freno de emergencia”.

 

 

g)    El tie mpo-del -hacer es vivi r ahora el mundo que existe tod avía no. Así, determinamos lo s ritmos y nos convertimos en nuestro verd adero sol

 

Nuestro tiempo es el tiempo de vivir nuestro mundo, el mundo que todavía no existe y existe todavía no.

 

Viviéndolo, c reamos el m undo que todavía no e xiste. Simplemente, a firmamos nuestro propio mundo. Los j ardineros orgánicos del mundo no esperan a la revolución para crear una rela-ción menos agresiva con las plantas: lo hacen ahora. El movimien-to por un sistema de transporte gratuito en Oslo no presiona al gobierno por una reducción de tarifas, simplemente organiza a las personas para no pagar. La maestra crítica no espera un cam - bio en el programa de estudios para introducir un concepto dife-rente de ap render y de enseñar: simplemente, lo hace. Los oc u-pantes ilegales no esperan la abolición de la propiedad privada y los alquileres para habitar en casas abandonadas: simplemente, lo hacen. M uchísimos inmigrantes no e speran l a a bolición de los controles fronterizos antes de pasar las fronteras de un país a otro; ellos, simplemente, lo hacen.

 

Este concepto se opone a la política de exigencias. Una exi-gencia se dirige a alguien y pide que haga algo en nuestro nom-bre en el fu turo, mientras que en la políti ca de vivir aho ra el mundo que queremos crear –o crear ahora el mundo en el cual queremos vivir– no hay exigencias. No pedimos permiso a nadie ni esperamos nada del futuro; simplemente, rompemos el tiempo y afirmamos ahora otro tipo de hac er, otra fo rma de relaciones sociales. El Estado o el partido dejan de ser un intermediario que nos separa de lo que queremos lograr: simplemente, asumimos nuestra propia responsabilidad y lo hacemos. La campaña contra el impuesto electoral en Gran Bretaña –que, eventualmente, con-dujo a la caída del gobierno Thatcher– asumió esta forma: no estu-vo centrada en la exigencia de que el gobierno derogara el impues-to, sino en el rechazo absoluto a pagar, sin mediación, el vivir de un mundo en el que el impuesto no existía.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

A este respecto, la experiencia zapatista es interesante. Su origi-nal ¡Ya basta! de 1994 fue acompañado de una lista de exigencias, y una serie de diálogos con el Estado mexicano condujo a la firma de un acuerdo sobre derechos indígenas. Aunque los zap atistas comenzaron a construir sus propios municipios, escuelas y clínicas autónomas desde lo s pr imeros d ías, es sólo des pués de q ue el Estado mexicano –en 2001– no cumplió en absoluto con los acuer-dos sobre derechos indígenas, que el movimiento zapatista abando-na por completo la po lítica de exigencias y, junto con ello, to do contacto con el Estado, y, entonces, la creación de su propia vida comunal se convierte claramente en el corazón del movimiento.

 

Afirmando nuestro propio mundo, determinamos el ritmo, el calendario de la lucha. Un importante problema de la izq uierda, aun de la iz quierda radical, es que sigue el plan impuesto por el capital. Los movimientos como el movimiento contra la propuesta Gelmini en Italia, el movimient o contra la g uerra en el Iraq, las movilizaciones contra las cumbres de los países industrializados de los últimos diez años; todos se movilizan para acabar con las peores barbaridades del do minio capitalista, p ero permiten imponer su programa al capital. Todos estos movimientos han sido muy impor-tantes y han sido más que una reacción al capital; más bien, la reac-ción desborda la causa inmediata. Sigue siendo cierto, sin embargo, que le permiten al capital imponer el calendario del conflicto. Por el otro lado, para la emancipación del hacer respecto del trabajo abstracto es e sencial alterar radicalmente la perspectiva. Poner el hacer en el centro es autoubicarnos en el cent ro del universo. El joven Marx (1965: 10-11) dice de la crítica de la religión: “La críti-ca de la religión quita al hombre las ilusiones a fin de que piense, actúe y amolde su realidad como un hombre sin ilusiones que ha alcanzado la razón, a fin de que se mueva alrededor de sí mismo y, por consiguiente, alrededor d e s u verdadero sol”. La luc ha que posiciona el hacer en el centro, impone una inversión copernicana sobre el capital: lo obliga a girar explícitamente en torno a noso-tros. El capital es siempre una reacción a la lucha anticapitalista10, pero es importante hacerlo explícito frente al capital y a noso tros mismos, como precondición de la emancipación. La revolución es precisamente eso: la afirmación de nosotros mismos como nuestro verdadero sol.

 

 

 

 

10   Ésta es la gran aportación de la corriente operaísta del marxismo.

 

 

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Parte VI.

 

¿Un tiempo

 

de nacimiento?

 

Somos las fuerzas de producción:

nuestro poder es el poder del hacer

 

<tesis 30>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Somos el calor que abre grietas en el hielo. Somos las malezas que rompen el pavimento. ¿Podría ser éste un tiempo de nacimiento y no sólo un tiempo de muerte y destrucción?

 

Marx (1983: 953) presenta una potente imagen de la revolu-ción como un nuevo mundo que avanza:

 

El monopolio ejercido por el capital se convierte en traba del modo de pro-ducción que ha florecido con él y bajo él. La concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar. Suena la hora postrera de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados.

 

¿Es esto lo que está sucediendo? ¿Son las grietas el estallido que hace saltar la corteza capitalista y avanzan hacia la creación de un nuevo mundo?

 

El marxismo tradicional presenta esta ruptura de la corteza en términos de choque entre las fuerzas de producción y las relacio-nes de producción. Como Marx (1970: 9) lo manifiesta en el pre-facio a la Contribución a la crítica de la economía política:

 

Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las f uerzas pro - ductivas materiales de la sociedad entran en con tradicción con las relaciones de producción existentes […] dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuer-zas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.

 

La dificultad c on la i nterpretación tra dicional de l as fuerzas productivas es qu e se las presenta c omo una fue rza ex terior – la fuerza del desarrollo tecnológico–, que tiene una dinámica inde-

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

pendiente de las relac iones soc iales. Esto se co ntrapone a dos puntos que han sido centrales en el argumento de este libro (y en el d e M arx): en primer lugar , que nosotros los seres h umanos somos la fuerza creativa en l a sociedad; y en segundo lugar, que nuestro fuerza creativa no se desar rolla en forma independiente de su contexto social, sino más bien en una relación de estar den-tro-en-contra-y-mas-allá. La relación del contenido y la forma no es ni una relación de independencia –como fuerzas aut ónomas de producción c hocando c ontra las re laciones de pr oducción–, ni de total contención –las fuerzas de producción estando completa-mente contenidas en, y determ inadas por, las relaciones de pro-ducción–, sino siempre una relación extática, una relación de con-tención, antagonismo e impulso hacia el más allá. De esta manera, el hacer –el trabajo útil– existe dentro-en-contra-y-más-allá del tra-bajo abstracto; el valor de uso existe dentro-en-contra-y-más-allá del valor, y las fuerzas de pr oducción existen dentro-en-contra-y-más-allá de las relaciones de producción.

 

Otra expresión que Marx usa frecuentemente nos aleja de la interpretación tradicional, de la apa rente separación de las fue r-zas producción respecto del poder creativo humano: en El capital habla de las “fuerzas productivas del trabajo social” o “fuerzas pro-ductivas sociales del tra bajo”. Aquí es evidente que e stamos

 

hablando del poder de la c reatividad hum ana, del poder d el hacer, d e n uestro poder-hacer, nuestro ser-capac es-de. Bajo e l capitalismo, nuestro poder-hacer se separa de nosotros y aparece como algo ajeno, como el poder del capital, o como el poder de la tecnología capitalista:

 

Al desarrollarse el plusvalor relativo en el propio modo espe cífi-camente capitalista de producción, con lo cual se desarrollan las fuerzas productivas sociales del trabajo, estas fuerzas productivas y las conexiones sociales del trabajo aparecen en el proceso labo-ral directo como desplazadas del trabajo al cap ital. De esta suer-te, el capital ya se vuelve un ente místico en g rado sumo, puesto que todas las fuerzas productivas sociales del trabajo se presentan como fuerzas que le pertenecen al capital y no al trabajo en cuan-to tal, y que retoñan de su propio seno (Marx, 1981: 1052).

 

La crítica es la recuperación de las fuerzas producti vas socia-les para nosot ros, l a comp rensión de las fuerzas productivas sociales c omo nuestro poder-hacer. Entonces, somos las fuerzas de producción. Nuestras son las “fuerzas productivas del trabajo

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

social”. La “fuerza productiva del trabajo social” es la existencia de nuestro poder-hacer bajo el capitalismo, nuestro poder hacer en-contra-y-más-allá del trabajo.

 

Somos las fue rzas de pro ducción, el d esarrollo de n uestra fuerza creativa en-contra-y-más-allá-del-capit al. La visión ortodo-xa observa a esta fuerza creativa como desarrollándose armonio-samente dentro del capital hasta que alcanza cierto nivel de anta-gonismo, protagonizando así una ruptura que abre el mundo de la creatividad más allá de las relaciones sociales capitalistas: dentro, en contra y más allá están claramente separados, conceptualmente y en el tiempo. Evidentemente, esto no puede ser así: la frustración es algo constitutivo del capitalismo desde el mismo comienzo. El capital, desde el principio, les dice a la gente: “tu creatividad es váli-da sólo dentro de los límites de la producción de valor; si no pro-duces valor, tu creatividad no cuenta para nada.” Y desde el prin-cipio la gente ha obedecido-y-rebelado. La fuerza creativa –y, en consecuencia, d estructiva– d el ha cer h umano se ha expan dido enormemente en este constante deslizamiento entre la obediencia y la rebelión, este antagonismo entre el empuje de la creatividad contra los límites del sistema y la expansión de estos límites pa ra contener algo –pero no todo– del impulso creativo dentro de los límites de la producción capitalista. A medida que crece la fuerza productiva y d estructiva del hacer humano, también lo hace la sensación de molestia, el do lor ext ático de f rustración, el se nti-miento de que el desarrollo progresivo de nuestra fuerza creativa nos está llevando en la dirección equivocada. Por supuesto, no quere-mos rechazar nuestro creciente poder-hacer, nuestro creciente ser-capaz-de, pues este ser-capaz-de es también un ser capaz-de-hacer las cosas de otra forma. En otras palabras, las capacidades tecnoló-gicas que hemos desarrollado en-contra-y-más-allá del capital so n también la capacidad real de un hacer-diferente. Aquí existe nosólo una posibilidad vacía1, sino el impulso real, expresado en el impul-so de muchísima gente a usar sus talentos para llevar al mundo en

 

 

 

1     Véase la cuidadosa discusión de Postone sobre las fuerzas de producción en el capítulo noveno de su libro (2006: en especial 444), posición que se debi-lita por el hecho de no considerar la relación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, entre el trabajo abstracto y el trabajo concreto como un antagonismo vivo, una relación extática de en-contra-y-más-allá, de suerte que “la transformación posible de la producción y el trabajo” sigue s iendo sólo eso, posible, no fundamentada en las luchas del presente.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

una dirección diferente, como el desarrollo de tecnologías alter-nativas, el uso de los conocimientos de computación en una forma diferente, etcétera. Cita ndo e l ejemplo de la perm acultura, Carlsson (2008: 56-58) argumenta que la “esfera de la ciencia y la tecnología es un lugar crucial para la actual batalla entre los valores humanos y colectivos y los del capital […] Entre los científicos y tec-nólogos disidentes el poder de pensar está reco nfigurándose en direcciones que van más allá de los estrechos confines del capital”.

 

Somos las fuerzas de producción, y el des arrollo de nuestra fuerza productiva, nuestro poder-hacer, está íntimamente ligado a su socialización. Cuanto más nos unimos con los otros, mayor es nuestra fuerza creativa. El problema, como hemos visto, es que bajo el ca pitalismo la soc ialización e xiste co mo ab stracción: e s mediante la abstr acción que se establece la un ión so cial de lo s diferentes haceres. No es de sorprender, entonces, que la rebelión contra el trabajo abstracto tome la forma de una rebelión contra la s ocialización: h aciendo lo nue stro, e xpresándonos, cr eando pequeños proyectos. El c oncepto tradicional del socialismo aquí parece de poca relevancia pues propone una imagen de la socie-dad p oscapitalista com o una sociedad carac terizada por una mayor socialización de la producción, con unidades de producción aún más grandes, y reduce la cuestión de la autodeterminación a la idea totalmente abstracta de un plan, de la planificación, en lugar de vincularlos con el proceso real del hacer.

 

El desarrollo de nuestro poder-hacer no debe ser e ntendido como un rechazo a la socialización . Más bien, el desafío es con s-truir mediante las grietas u na socialización diferente, una sociali-zación que esté basada en u n tejido más infor mal que la sín tesis social del capitalismo y en el reconocimiento total de las particula-ridades d e nuestras actividades ind ividuales y colect ivas y de s u impulso hacia la autodeterminación. Existen ya muchas iniciativas en esta dirección. La insistencia del denominado “movimiento anti-globalización” de que no se opone a la globalización, sino que favo-rece un tipo diferente de globalización y que, en consecuencia, es un movimiento de alterglobalización, explica de forma precisa la cuestión d e q ue la l ucha no tie ne co mo obj etivo u n retor no romántico a las unidades aisladas, sino a una especie diferente de interconexión social. La horizontalidad, la dignidad, la economía alternativa, los bienes comunes: todos estos términos se relacionan con exploraciones en l a construcción de una fo rma diferente de socialización.

 

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

La irrupción es la de nuestro poder-hacer social, nuestro ser-capaz-de social, pero lo que está sucediendo no se c orresponde con el imaginario tradicional socialista de la irrupción de las fuer-zas de producción. No to ma la forma de la imposic ión de un a nueva totalidad; antes bien, es una ruptura múltiple del viejo sis-tema. Los ataqu es a la o rganización existente de la actividad humana y el impulso hacia un hacer diferente provienen de todos lados: de los millones de seres humanos que se han proyectado en las páginas de este libro y muchísimos otros. Éste es el hacer que está en el centro, no un nuevo discurso, no una nueva forma de pensar, no una nueva forma de organizarse, no un nuevo ismo: es el hacer. Porque es nuestro hacer aquí y ahora que produce el capitalismo y l a de strucción, o , por el contrario, construye u n mundo adecuado para la vida humana y no humana. La revol u-ción es simplemente eso: el asumir nuestra responsabilidad como los creadores de la realidad social, la asunc ión social de nuestro poder-hacer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

273

 

Somos la crisis del capitalismo, el no caber y el desbordar

de nuestro poder hacer, la irrupción de otro mundo, quizá

 

<tesis 31>

 

 

 

 

 

 

El capital se halla en su más profunda crisis en muchos años. Otra vez nos preguntamos: ¿podría ser que éste sea un tiempo de naci-miento y no sólo de muerte y destrucción? ¿Podría ser que la cri-sis no signifique sólo un colapso del capitalismo, sino la irrupción de otro mundo?

 

Las manifestaciones en todo e l m undo proc laman que los capitalistas s on la causa de la c risis. Y sin e mbargo, h asta a quí, nuestro argumento nos di ce q ue e sto no puede ser así. S omos nosotros, y no los capitalistas, la causa de la crisis. El capital es una relación de subordinación; conduce a la subordin ación de todos los aspectos de nuestra vida a la lógica del capital. Si está en crisis, lo está debido a nuestra insubordinación, debido a q ue estamos diciendo “No, basta ya”.

 

Existe una d inámica inherente a la relación del c apital: e l capital es una vuelta de tuerca constante, una constante intensifi-cación de la subordinación del hacer al trabajo abstracto. La abs-tracción es la subordinación de nuestro hacer a las exigencias del tiempo de trabajo socialmente necesario, y la cantidad de tiempo de trabajo exigida para producir cualquier mercancía está siendo reducida día a día, minuto a minuto. A cada minuto que pasa la abstracción del h acer en trab ajo e xige una subordinación más ajustada de n uestra ac tividad a l os rit mos de la pro ducción de valor: si no se logra esto, el tr abajo de sarrollado re sultará ser socialmente innecesario e inútil desde el punto de vista del c api-tal, una subordinación inadecuada.

 

La implacable di námica de l tie mpo de trabajo soc ialmente necesario –el impulso a “producir más y más rápido, más y más de prisa”– se expresa en la tendencia hacia la cri sis. La inten sifica-ción constante de la productividad se logra no sólo con la discipli-na del c apataz, s ino c on l a intr oducción constante de nue vas

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

maquinarias. Esto no hace que el capital sea menos exigente: por el contrario, el crecimiento relativo en la i nversión en maquina-rias significa que el capital requiere una tasa siempre creciente de explotación para mantener su tasa de ganancia. Éste es e l argu-mento de Marx en su análisis de la tendencia a la caída de la tasa de ganancia1.

 

Se mire como se mire, la caída en la tasa de ganancia tiene en su b ase una n o sub ordinación, un no poder sub ordinarnos a l grado que nos exige el capital, un “basta, no puedes presionarnos más, somos humanos y no máquinas, humanos con nuestras vidas

 

y     amores, n uestros hi jos, nuestros amigos, nuestros padres”. E l simple tratar de ser humano –de hablar con nuestros amigos, de enamorarnos–, se convierte por la dinámica del capital –esa cons-tante vuelta d e t uerca– en un ac to de insubo rdinación. Y a l a inversa: es es te tra tar de ser human o lo que con stituye nue stra esperanza revolucionaria, el avance potencial de otro mun do, otro hacer, otra forma de relacionarnos.

 

La ley del valor, el dominio del tiempo de trabajo socialmen-te ne cesario, es un ajuste perm anente del le cho de Procrust o, una constante redefinición del trabajador que exige el capital. El problema d el c apital es e l que h a tenido desde su nac imiento: transformar al salvaje en trabajador. La redefinición constante del trabajo –de la producción de valor y lo que esto ex ige– significa que el cap ital se enfrenta siempre con la tarea de o bligar a los seres humanos a adecuarse a sus exigencias. La crisis capitalista es siempre una crisis de adecuación: los salvajes no harán lo que el capital exige de ellos (de nosotros). “¡Adáptate o vete al in fier-no!”, grita el capital. “Si no te adaptas, no n os sirves: estás dema-siado viejo, demasiado preñada, demasiado inestable emocional-mente, sabes demasiada filo sofía, tus hijos se en ferman, h ablas con tus vecinos, no hablas inglés, piensas muy poco en el dinero y demasiado en otras cosas”. Cada vez más gente responde: “Sí, es cierto, no nos adaptamos, no cabemos”. La crisis es una explosión de no caber, de no e ncajar debido a que los seres huma nos no encajan en las exigencias de la producción de valor, es la manifes-tación dramática de este no encajar. “Es cierto –repe timos–, no encajamos”. Sin embargo, en la punta de la lengua tenemos algo más, queremos agregar algo más. Y de e ste algo más depen de el

 

 

1     Véase la discusión en los capítulos 13 a 15 de El capital, tomo III (Marx,

 

1981).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

futuro del mundo. Si bajamos la cabeza y decimos: “Sí, es cierto, no encajamos, pero nos vamos a esforzar, aprenderemos mejor el inglés, mejoraremos nuestro s co nocimientos de com putación, echaremos a la basura nuestr os pueriles libros de Marx y de Bakunin, prohibiremos a nuestros hijos que se enfermen, dejare-mos de estar demasiado viejos, tantas veces embarazadas, demasia-do ex tranjeros, dema siado enamorados, demasiado inestab les, nos adaptaremos”. Si a lzamos la cabeza y de cimos: “Sí, es cierto, no encajamos. ¿Y sabes algo? No queremos encajar. No queremos adecuarnos a est e mundo d e de strucción. ¿Quieres sabe r a lgo más? Tu crisis es tu incapacidad de contener nuestro poder-hacer, tu c risis es el av ance de nuestra fue rza creativa-productiva. Nuestra inadecuación es nuestro desborde, el desbordamiento de nuestra creatividad, nuestro magnífico ser-capaz-de. Así que vete al basurero de la h istoria, c apital, y déjanos s eguir hac iendo de nuevo el mundo”.

 

Ésta es la dicotomía que nos enfrenta, más tajante ahora que nunca. Es la elección entre la lucha del trabajo y la lucha en con-tra del trabaj o, entre la luc ha po r el e mpleo y la luc ha por u n hacer más allá del trabajo abstracto. No es fácil, pero ahí es donde estamos, ahí es donde vivimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Dejemos de hacer el capitalismo

 

<tesis 32>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Con qué ganas habría escrito un libro c on un final feliz! Poder ofrecer en él todas las respuestas. Afirmar que el bien t riunfaría sobre el mal. Que podríamos cerrar la dialéctica, terminar con una síntesis, llegar al hogar. Que podríamos asegurar que la historia está de nuestro lado. Que, como que dos y dos son cuatro, el comunis-mo ocupará el lugar del capitalismo. Que la hora más oscura pre-cede inmediatamente al amanecer. Que nuestras grietas, con toda seguridad son las precursoras de una nueva sociedad.

 

Pero no, no es así. No hay seguridad. La dialéctica es abierta, negativa, llena de peligros. La hora es oscura, pero puede estar precediendo a otra más oscura aún, y el amanecer puede no lle-gar nunca. Y nosotros, los tontos que vivimos en las grietas, pode-mos ser sólo eso: tontos.

 

Sin embargo, con lo tontos que somos, pensamos que vemos emerger algo nuevo. Estamos en la parte oscura de un umbra l, tratando de ver y comprender lo que se está abriendo ante noso-tros. No lo c omprendemos muy bien, pero h emos podido oí r –especialmente en las t esis previas–, fragmentos de nuevas melo-días d e lu cha qu e e mergen, entrever los ati sbos de una nuev a dirección en el flujo de la rebeldía.

 

Cuando miramos más allá del umbral y examinamos estos frag-mentos, miramos a través de una lente que es el centro de la discu-sión que ofrece este libro. En ese centro está lo que suelo pens ar como un salto mortal eriugénico, aunque una buena amiga lo com-para más prosaicamente con el dar vuelta o poner al revés un cal-cetín1. El salto mortal –dejemos de lado el calcetín– consiste en ver que todas las formas de relaciones sociales son formas-proceso, que todas las c ategorías están preñadas extáticamente por su propia

 

 

1     Gracias a Raquel Gutiérrez Aguilar.

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

negación, o simp lemente, que cada obediencia es portadora de una desobediencia que no puede contener. Ponemos en el centro un hacer que abre, un hacer que irrumpe a través del trabajo abs-tracto y su t iempo abstr acto. E l sal to mortal teórico no es un a invención académica, sino, simplemente, parte de un cambio en el flujo de la lucha anticapitalista: la emergencia y el crecimiento de la lucha en contra del trabajo como la esencia de la lucha en con-tra del capital.

 

En esta tesis casi final del libro, señalamos algunos de los ele-mentos emergentes de la nueva poesía de la lucha, como sugeren-cias, como provocaciones.

 

Dejemos de hac er el capitalismo. Éste es el eje fundamental de nuestro salto mortal, su centro de levedad. El hacer que lanza-mos en contra del trabajo es la lucha por abrir cada momento, afirmar n uestra determ inación c ontra toda predeterminación, contra todas las leyes objetivas del desarrollo. Se nos presenta un capitalismo preexistente que dictam ina que de bemos actuar de determinadas formas, y a esto respondemos: “No, no hay c apita-lismo preexistente, só lo ha y el capi talismo que hace mos –o no hacemos– hoy”. Y elegimos no hacerlo. Nuestra lucha es por abrir cada momento y llenarlo con una actividad que n o contribuya a la repr oducción del ca pital. Deja de hacer el capita lismo y haz otra cosa, algo con sentido, algo hermoso y disfrutable. Dejemos de crear e l s istema que nos está destruyendo. Só lo vivimos una vez: ¿por qué us ar nuestro tiempo para destruir nue stra propia existencia? Seguramente, podemos hacer algo mejor con nuestras vidas.

 

La revolución no es cuestión de destruir el capitalismo, sino de rehusar c rearlo. P lantear la r evolución c omo la d estrucción d el capitalismo es reproducir la abstracción del tiempo que es tan cru-cial para la reproducción del capitalismo: es derrotarnos a noso - tros mismos. Pensar en d estruir e l capitalismo es er igir frente a nosotros un gran monstruo, tan aterrador que o bien abandona-mos la idea, desesperados, o bien concluimos que la única forma en la que p odemos matar al monstruo es construyendo un gran partido con líderes heroicos que se sacrifican a sí mismos, y a todos los que los rodean, por el bien de la revolución. Nos autoderrota-mos otra ve z, ahora construyendo una gran fábula de heroísmo, liderazgo, sacrificio, disciplina, autoridad y paciencia, una fábula habitada po r s antos: L enin, Trotsky, Rosa, M ao, Che , Marco s u otros, reproducimos lo que queremos destruir. Plantear la revolu-

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

ción como la destrucción del capitalismo es distanciarnos de noso-tros mismos y posponer el futuro. La cuestión de la revolución no está en el futuro. Está aquí y ahora: ¿cómo dejamos de producir el sistema por el cual estamos destruyendo la humanidad?

 

Reformular la cuestión de la r evolución como el dejemos d e hacer el capitalismo no nos da las respuestas. Existen presiones muy reales –la represión, el hambre– que nos impulsan a reproducir el capitalismo cada día. Lo que esta reformulación hace es redirigir nuestra atención. E n prime r lug ar, nos hace c oncentrarnos en nosotros mismos como los creadores y los potenciales no creado-res d el capitalismo. E n seg undo lugar, atrae n uestra atenc ión hacia la tensión extática entre el hacer y el trab ajo, que e s una cuestión de la experiencia cotidiana y e l espacio en el que sigue atrapada nuestra c apacidad de c rear otro mundo. És ta es un a especie d e burbuja c ristalina e ncantada. S i pu diéramos mirar desde el exterior podríamos vernos, a través de un cristal, a noso-tros mismos desarrollando –felices o no– acciones que están des-truyendo la humanidad. Nos vemos a nosotros mismos en nuestras rutinas cotidianas y nuestros ojos se abren con un estupor infan-til: queremos golpear so bre el cristal y gritar “¡de ja de h acerlo, deja d e d estruir l a h umanidad, deja de h acer el c apitalismo!” Empero, no estamos en el exterior, estamos dentro y participan-do en la destrucción de la humanida d, conscientes-o-inconscien-tes de lo que estamos haciendo. ¿Cómo iluminamos nuestros ojos con el asombro, cómo sacudimos esa semiinconsciencia, esa ten - sión, esa distancia extática, cómo la enfocamos claramente, cómo la ampliamos, cómo la abrimos, cómo fortalecemos, expandimos y m ultiplicamos todas esas re beliones en las q ue un polo de l a relación extática (el hacer) rechaza con todas sus fuerzas al otro polo (el trabajo)? Ésa es la cuestión de la revolución.

 

 

Preguntando caminamos. El gran problema es que no sabe-mos las res puestas, no sabemos cómo dejar de hacer el capitalis-mo. En realidad, no sabemos. Históricamente, nos encontramos en el umbral de un mundo de lucha y todavía estamos aprendien-do. No hay recetas para aplicar.

 

No es sólo que históricamente no sabemos, sino que el no saber es un pr incipio del conocimiento que e s central p ara el n uevo modelo de luchas. El m ovimiento del h acer en contra-y-más-allá del trabajo es un descongelar, un fluir social que rom pe las defi-niciones, un flujo en el que el hacer de una person a se mezcla y se confunde en forma indefinible con el hacer de otras. El sab er

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

que es parte de este h acer es par te del mismo movimiento: tam-bién un deshielo, un flujo social que rompe definiciones, un flujo en el que el saber de una persona se mezcla y confunde en forma indefinible con el sab er de lo s otros2. El saber es un proceso de construcción colectiva –aunque, a veces, se limite a la privacidad de nuestros escritorios–, un diálogo más que un monólogo, un preguntando-caminamos que no es necesariamente educ ado, y en ocasiones una provoca ción, per o sie mpre una provo cación que abre, no una que da órdenes y fija leyes.

 

Admitir que no sabemos es tanto un principio del saber como un p rincipio de organización q ue procur a l a parti cipación de todos en el pr oceso de determinar nuestro hacer indi vidual y colectivo. El saber conduciría a una estructura organizativa dife-rente, una estructura de monólogo con líderes establecidos e ins-tituciones hechas para sostenerlos.

 

No sabemos, y, sin embargo, hay una desesperación creciente: ¿qué hacemos?, ¿cómo dejamos de hacer el capitalismo?, ¿cómo cambiamos el mundo?, ¿cómo detenemos esta horrible destruc - ción que nos rodea?

 

No existe una respuesta correcta, sólo millones de experimen-tos. No h ay una úni ca respue sta c orrecta a la desespe rada –y ancestral– pregunta del qué hacer. Quizá, la mejor respuesta que se pueda dar sea: “Piensa por ti y por vosotros, usa d vuestra ima - ginación, seguid vuestras inclinaciones y haced lo que consideréis necesario o disfrutable, siempre con el lema de ir en contra-y-más-allá del capital”. Para algunos, esto significará lanzarse a preparar la próxima co ntracumbre co n mot ivo d e la reu nión d el G-8. P ara otros, significará abrir perspectivas de un mundo diferente para los niños a quienes enseñan en la escuela. Otros se unirán a sus veci-nos para crear un a huerta co munitaria, o para participar en las actividades del centro soc ial del barrio. Algunos dedicarán todas sus energías para organizar la oposición a la exte nsión de un a carretera que amenaza la calidad de vida de miles de campesinos, algunos se dedicarán a la permacultura o a crear un software gra-tuito, otros sólo jugarán con sus hijos y amig os o escribi rán un libro sobre cóm o cam biar el mundo. Todos é stos son g ritos de esperanza, proyecciones hacia una forma diferente de vivir, inten-tos de hacer algo mejor con nuestras vidas que se guir creando

 

 

 

2     De allí la violencia del contraataque capitalista de la propiedad intelectual: la desesperada tendencia a separar y definir saberes.

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

capitalismo. Pueden no tener todos iguales impactos, pero, afor - tunadamente, n o te nemos pautas para evaluarlos. ¿Quié n va a decir que formar parte del denominado “bloque negro” en un a manifestación contra el G-8 es más o menos efectivo como medio de lucha que crear una huerta contra la masacre por parte de los humanos de otras formas de vida?

 

No existe un a ún ica respuesta correcta, l o q ue no si gnifica que esta infinidad de luchas estén atomizadas. Hay entre ellas una resonancia, un reconocimiento mutuo como partes de un mover contra-y-más-allá, un constante compartir ideas e información3. El no compartido por los muc hos síes es una co nexión práctica, el permanente teji do de un nosotros, la configura ción de un flujo común d e h acer y de re belión. E sta reson ancia compartida n o quiere decir que todos estemos de acuerdo: por e l contrario, el desacuerdo y la di scusión son cruciales en la formaci ón de es e nosotros resonante.

 

Para nuestra inmensa fortuna, nunca encontraremos la plena pureza en estos experimentos. Todos son contradictorios. El revo-lucionario dedicado que abandona sus hijos para ir a luchar por la gran ca usa; la o rganización indígena que ac epta fondos de u na iglesia que, a su vez, se dedica a la subordinación y a la misoginia; el profesor radical que participa en la evaluación cuantitativa del trabajo de los estudiantes; la cooperativa que vende sus productos en el mercado; el obrero de la planta automotriz que pasa la mayor parte de su tiempo produciendo objetos que matan y contaminan, y luego, por las noches y durante los fines de semana, organiza una huerta comunitaria; el estudiante que planifica manifestaciones, pero no cuestiona las categorías de la temática que está estudian-do: todos somos autocontradictorios, y estamos comprometidos en la recreación de las relaciones sociales que tratamos de superar. No puede ser de otro modo en una sociedad capitalista. El movi-miento del hacer no es un movimiento puro, sino un moverse den-tro-en-contra-y-más-allá del trabajo. Aquí no existe la pureza: trata-mos de superar las contradicciones, tratamos de rebelarnos contra nuestra propia complicidad, tratamos en todas las formas de dejar de h acer el c apitalismo, t ratamos de dirigir e l flujo de nue stras

 

 

3     Puede no ser una línea correcta, pero es muy útil tener claras sugerencias sobre cómo organizar una huerta comunitaria o montar una emisora de radio alternativa ( véase T rapese Col lective, 20 07, tambi én Carls son, 2008, y Habermann, 2009).

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

vidas tan efectivamente como podemos hacia la c reación de una sociedad basada en la dignidad. Somos parte del flujo social de la rebeldía (véase Tischler, 2009), y en este flujo no hay espacio para rigideces ni líneas duras. Los conceptos de lo correcto y, su comple-mento, la traición, tan arraigados en la cultura de la izquierda, son obstáculos al flujo de la r ebeldía. Crear rigideces y do gmas como “no ha blamos con ellos po rque son reformistas” o “ no t enemos nada que ver con ellos porque beben Coca-Cola” o “no cooperare-mos con ellos porque son sectarios” es tomar una parte activa en el congelamiento del flujo de la rebeldía, reproducir las definiciones, clasificaciones y fetiches del pensamiento capitalista.

 

Somos gente común. Si pensamos que somos especiales, dis-tintos de las masas que se hallan felizmente integradas en el siste-ma capitalista, inmediatamente excluimos la posibilidad del cam-bio radical. Lo cierto es lo contrario: ser revolucionario es la cosa más común del mundo, es simplemente parte de vivir en la socie-dad capitalista.

 

Todos h acemos, y todos hac emos c ontra e l tra bajo. De una forma u otra, empuja mos co ntra la de terminación de nuestras vidas por fuerzas que no c ontrolamos, o al men os soñamos con hacerlo, o lamentamos no hacerlo. Si la revolución es la rebelión del hacer en contra del trabajo, entonces, la cuestión no es traer la conciencia revolucionaria a las masas, sino desarrollar la sensi-bilidad para reconocer las rebeliones que existen en todas partes, y hallar formas de tocarlas, resonar con ellas, prolongarlas, parti-cipar en el deshielo y en la confluencia de lo que está congelado.

Nuestra fu erza reside en el c arácter co mún y ordinario de nuestra existencia. Aquellos gr upos que pien san que te ner un dogma puro y quizá buenas armas y disciplina militar es la mejor autodefensa no podrían estar más equivocados. La mejor defensa –sea que seamos un grupo de guerrilleros o un centro social en un edificio ocupado– es mezclarnos con nuestros vecinos: no sólo como una táctica inteligente, sino porque la resonancia mutua de las rebeldías cotidianas es la única base posible para una revolu - ción comunizante.

 

Hagámoslo nosotros mismos4: Éste es quizá el corazón de la rebe-lión del hacer en contra del trabajo. Asumimos nuestra responsa-bilidad aquí y ahora y lo hacemos nosotros mismos. No tiene sen-

 

 

4     Véase la muy práctica guía para hacerlo nosotros mismos, en toda clase de formas, en Trapese Collective (2007).

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

tido culpar a n uestros líderes políticos cuando nos meten en la guerra o promueven el progreso capitalista que está destruyendo la vida sobre la tierra: si hay alguien a quien c ulpar, deberíamos culparnos nosotros p or pens ar qu e e llos son n uestros líde res o representantes. ¡Que se vayan todos! Somos los únicos que podemos parar la autoaniquilación humana: la responsabilidad es nuestra. Éste h a sid o durante mucho tiempo e l ar gumento de lo s m ovi-mientos ecologistas ra dicales, po r e jemplo: n os corresponde a nosotros vivir de una forma diferente, cambiar nuestras hue llas ecológicas, desarrollar una relación diferente con las otras for - mas de vida. Seguramente, este empujar-más-allá a una diferente forma de vida debe ser comprendido no sólo como una elección personal, sino como un empujar en contra de la organización capi-talista de nue stra actividad que e stá destruyendo el mundo – en otras palabras, como anticapitalista–, pero, el punto central es cru-cial: el an ticapitalismo es asumir nuestras responsabilidades, rea-propiarnos de nue stras vidas, dejar de lad o al capi tal que es la expropiación c onstante no sólo d e n uestros pr oductos, sino de nuestro hacer, pensar, decidir y vivir.

 

Determinemos l os ritmos. Que lo hagamos nosotros mismos significa que determinemos los ritmos, las pa utas. Demasiado a menudo pensamos en el anticapitalismo como las protestas contra las últimas barbaridades del sistema. Marchamos contra la guerra, protestamos contra el G-8, manifestamos por la liberación de los pre-sos políticos o hacemos piquetes contra la embajada peruana para que dejen de asesinar a los indígenas defensores de la selva amazóni-ca. Todo esto es muy necesario, pero le permite al capital imponer el programa pa ra determinar los rit mos. La r ebelión del hacer en contra del trabajo no sólo es una defensa contra los horrores del capitalismo, sino que también significa tomar la iniciativa y cons-truir ahora las anticipaciones de otro mundo. Hagamos que ellos corran detrás de nosotros en lugar de nosotros c orrer detrás de ellos. Oc upamos u n lote de tierra baldío y creamos un jardín. Hacemos un centro social como un foco de resistencia anticapita-lista en nuestro barrio. Insistimos como estudiantes en que la cues-tión de parar la autodestrucción de la humanidad debe ser discuti-da e n nuestras clases. Ocupamos seis ciudades y d ecimos ¡basta! Instalamos una emisora de radio comunitaria. ¡Ya basta! No pedi-mos permiso y no formulamos exigencias. Hacemos.

 

Construimos otro mundo. Lo hacemos, aquí y ahora. Aquí hay un cambio de enfoque. Los hechos espectaculares, como aquellos

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

que se organ izan c ontra las c umbres y los fo ros so ciales, son importantes, pero lo son no por lo que puedan log rar en térmi-nos de cambiar políticas gubernamentales, sino sobre todo como puntos de confluencia de los diferentes movimientos: espacios en los que apren demos en tre nosotros y nos inspiramos uno s de otros. Lo más importante de todo es el movimiento menos visible de rechazo y creación. Ésta no es una cuestión de lo local contra lo global o lo micro contra lo macro, es más bien una cuestión de comprender que la fu erza del fluj o soci al de rebe ldía depend e finalmente de nuestra capacidad de reapropiarnos del flujo social del hacer o evitar su expr opiación. Los grande s e ventos son importantes, pero no pueden r eemplazar la búsqueda constante de formas de hacer en contra y más allá del trabajo.

 

Hagamos contra el tr abajo. Si va a haber un futuro para la humanidad, debemos vi vir d e fo rma diferente , debe mos a ctuar de forma diferente, debem os relacionarnos uno s co n otros de forma d iferente y tam bién c on las otras fo rmas de vida y el ambiente natural que n os rodea. Debemos desarrollar un hac er diferente. Entonces, es evid ente que la vie ja c oncepción de la revolución centrada en la socialización de los medios de produc-ción es horriblemente inadecuada. Las revoluciones del siglo XX no fracasaron por h aber sid o demasiado radic ales, sino por no haber sido lo suficientemente radicales. El centro de la revolución anticapitalista es muy simplemente, el hacer. Hacer diferentemen-te, hacer de modo muy diferente o no habrá futuro para la huma-nidad. Esto significa hacer contra el trabajo, porque es sobre todo la disciplina del trabajo la que obliga a nuestra actividad cotidia-na a recorrer un camino que destruye literalmente la humanidad en todos los sentidos de l a palabra. Una revolución que no está fundamentada en la transformación de la actividad humana no es en absoluto una revolución.

 

Sabemos que esto n o es fácil. No es fácil porque puede aca-rrear represión o conducir a la po breza. Pero tampoco es fácil porque las líneas divisorias no son siempre claras. Podemos dedi-carnos a algo que consideramos una forma importante de protes-ta y luego descubrimos que la forma de protesta se hace popular y se transforma en una forma de hacer dinero: pensemos en los primeros punks y en la primera música rap, por ejemplo. Las líne-as a menudo se hacen borrosas y, sin embargo, la tensión entre el hacer y e l tr abajo es una pr eocupación constante en n uestras vidas. Nuestras respuestas a esta tensión son siempre contradicto-

 

 

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¿Un tiempo de nacimiento?

 

 

 

rias, pero cuanto más nos unimos con otros o nos damos cuenta de que nuestra rebelión contra el trabajo es parte de un flujo más general, más fácil se hace hallar soluciones prácticas.

 

Haz de form a diferen te, haz contra el trab ajo. No hay ot ro camino hacia delante.

 

Rompamos las paredes. Abramos lo encerrado. El mundo del trabajo abstracto es un mun do de cercamientos, un mundo de paredes físicas y metafóricas. Éstas son las paredes invasoras de la metáfora qu e pr esentamos a l co mienzo del lib ro. Las pared es invasoras están h aciendo inso portable la vida para millones y millones de h umanos, y las c osas amenazan con e mpeorar aún más. Pero esto genera una c ontrafuerza, una tr emenda presión contra las paredes, lo que nos da esperanzas de que las paredes se resquebrajen y s e d esmoronen. ¿C uántos millones de p ersonas deberán morir de hambre antes de que ceda la pared de la propie-dad privada? Ya está siendo quebrada en tantas diferentes formas, a menudo por robos y violencias que ofrecen pocas perspectivas para el futuro, pero a veces por la ocupación consciente de la tie-rra –como en el gran movimiento de los campesinos sin tierra, el MST, en el Brasil– o la ocupación de fábricas o en la generalizada falta de respeto por los derechos a la propiedad intelectual en la música o el software.

 

El hacer es un torrente co ntra to do c ercamiento. Nues tro poder h acer cosa s de m odo diferente, nuestro poder de cre ar otro mu ndo, es una c orriente q ue ejerce una c reciente fue rza contra las paredes que nos rodean, un constante abrir brechas en esas paredes. El capital c orre de un lado a o tro reparando estas brechas –conc ediendo r eformas ag rarias, re definiendo las nor - mas de la sexualidad, por ejemplo–, pero la corriente de nuestro poder no será contenido, simplemente porque nuestra vida colec-tiva depende de ello.

 

Nos toca romper las paredes, entonces. Romper los cercos de la tierra, revertir el cercamiento de la tierra que inició el desastre que es el capitalismo, crear las bases para una superación de la separación entre la ciudad y el campo, entre los humanos y otras formas de v ida. Romper las pare des que rodean nuestra sex uali-dad de modo de que podamos disfrutar nuestros cuerpos con ple-nitud. Romper las paredes constituidas por los Estados, que han causado la muerte de millones y millones de seres humanos en las guerras del último siglo y l a miseria actual de una cifra c ada vez mayor de emigrantes. Romper las parede s de las prision es que,

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

encarcelando a tantos, nos encarcela a todos. Romper las paredes de nuestro pensamiento, la rigidez del pensamiento que surge del trabajo abstr acto y es r eforzada en las e scuelas y unive rsidades. Romper las paredes por las que los sustantivos encierran la pode-rosa dinámica de los verbos. Romper las paredes de nuestro hacer rechazando toda expropiación de los medios de hacer, medios de producción, medios de vivir. R omper las parede s c ada vez que podamos y donde quiera que po damos. Romper las paredes con el rechazo a construirlas.

 

Agrietemos el ca pitalismo. Luchemos de sde lo partic ular, luchemos desde donde estamos, aquí y ahora. Crear espacios o momentos de otredad, espacios o momentos que van en la direc-ción opuesta, que no encajan. Hacer agujeros en nuestra re itera-da c reación del capi talismo. Cr ear grietas y dejarlas ex pandir, dejarlas multiplicar, dejarlas r esonar, dejarlas fluir juntas. Crear dimensiones en las que n o seamos más servidores y co ntemple-mos al tirano capital, “como un gran coloso cuyo pedestal ha sido destrozado, caer por su propio peso y partirse en pedazos”.

 

¡Rehusar-y-crear! ¡Re husar-y-crear! Eso, pa ra nosotros, es Moisés y l os profetas. Salvo que no tenemos ningún Moisés, no tenemos ningún profeta, sólo nos tenemos a nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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<tesis 33>

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ésta es la historia de muchísima gente. Es la historia de los millo-nes que han tejido su camino dentro y fuera de estas páginas, en forma visible e invisible, audible e inaudible, consciente e incons-cientemente. De los millones que quieren configurar sus propias vidas. De los millones que quieren poner fin a la miseria, la pobre-za y la explotación. De los millones que no quieren seguir partici-pando en la destrucción de la vida human a y no humana. De los millones que quieren dejar de hacer el capitalismo.

 

Ésta es la historia de la m uchacha en el parque que, cansada de todas las controversias provocadas por su simple ac to de l eer un libro –este libro–, pero emocionada por lo que ha leído, toma una lapicera y continúa este párrafo con más y más, infinidad de ejemplos de gente común cuyo no caber es un desbordar. Y luego sigue, pues ella sabe que el libro está sin terminar.

Ésta es tu h istoria y la historia de todos nuestros amables lec-tores. Q uizá seas tú la muc hacha del parque. Desde lue go, ya sabes que estás frente a un libro inconcluso. Déjalo abierto ahora y lanza un alarido de alegría rabiosa mientras partes para dejar de hacer el capitalismo y, preguntando, hacer el mundo de nuevo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Gracias

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Gracias, muchas, muchas gracias porque la escritura de este libro, como todo hacer, es pa rte de un flujo soci al y po co gramatical, donde el hacer, el vivir y el amar de uno fluye en el hacer, el vivir y el amar de los demás, un flujo que viene a veces con nombres y a veces sin ellos, un flujo que para mí tiene un vórtice central en Eloína Peláez, ya que sin ella no podría haber concebido el tiem-po tanto com o l a fr agilidad infin ita de un segundo y co mo el empuje duro y paciente de la creación colectiva; y otros, muchos otros, como el m aravillosamente estimulante de S ergio Tischler, con quien he compartido un seminario desde hace más de doce años; y luego Fernando Matamoros, por supuesto y ahora Antonio Fuentes y Francisco Gómez Carpenteiro que nos acompañan en la coordinación del seminario, y los muchos estudiantes, profeso-res y visitantes que h an co mpartido nue stros de bates en estos doce años, y Agustín Grajales, Carlos Figueroa y Nancy Churchill que han hecho tanto para crear un ambiente de apoyo mutuo en el Instituto d e C iencias Sociales y H umanidades Al fonso Vélez Pliego y su Posgrado de Sociología, y, por supuesto, Néstor López, que rompe el capitalismo con su entusiasmo y energía y ha hecho mucho para abrir la Argentina y América del Sur para este proyec-to, y a Pipo Cuéllar por su apoyo tranquilo y constante tan impor-tante desde el principio y a quienes se han unido a Néstor y a Pipo en la discusión de los borradores de este libro en Buenos Aires: Luis Me néndez, M aría Belé n S opransi, Danie l Co ntartese, Gabriela Ferreyra, Eric Meyer, Alba Invernizzi y Luciana Ghiotto; y los otros que me han hecho llegar comentarios por escrito sobre el borrador del libro, que van desde el muy útil “que es fabuloso” (justo lo que quería escuchar) a las críticas detalladas y tambié n muy útiles: Werner Bonefeld, Dorothea Härlin, Chris Wright, Ana Dinerstein, Ad rian Wildi ng, Ma rcel Stoe tzler, Raquel Gutié rrez,

 

 

 

 

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Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

Michael Kasen bacher, Mari na S itrin, Alejandro M erani, Si mon Susen, Pa ul Ch atterton, David- Brian-Keir-and-Nette de la Free Association, Sabu Kohso, Chri s Carlsson y M aggie Sin clair; y Antonio Ortiz que ha sabido escuchar y comprender mis explica-ciones, y Hierson Rojas, que me ayuda de modo permanente en el trato con el mundo universitario, y Vi rginia Castillo también, siempre dando su apoyo, y también los estudiantes de doctorado a quienes aún no he mencionado y he tenido el privilegio de ase-sorar en el últi mos a ños, espec ialmente Lars Stub be, Vitto rio Sergi, Alberto Bonn et, Rafael Sandoval, Manuel Ma rtínez, Mina Navarro, Nas hyeli F igueroa, Dario Azzelin i, Ma riana Muñ oz, Juquila Gon zález, y a Chiche Vázquez y todo el e quipo de Herramienta por su apoyo de siempre; y mis hijos no tan niños, Aidan, Anna-Maeve Holloway y M ariana, que irradian mi vida, y Richard Gunn, que siempre está ahí, incluso cuando no estemos en contacto directo, mi agradecimiento también a los m illones que son los héroes de este libro y a los miles que han participado en los debates de la madre de este libro, Cambiar el mundo sin tomar el poder , l o que me sumerge en un mundo de de bate te órico y práctico que existe en contra y, cada vez más, más allá de las uni-versidades, en un mundo de grietas, en los numerosos foros crea-dos por la inquietud del pensami ento rebelde: los foros socia les mundiales y regionales, los eventos zapatistas, los “otros” semina-rios, la m aravillosa sema na q ue he mos pasado construyendo la palabra común en la comunidad zapatista de Oventic, las reunio-nes con los piqueteros y los maestros disidentes y grupos autóno-mos de varias formas y tam años, y las muchas personas, muc hos de los que a sabiendas o sin saberlo, me han inspirado y sin quie-nes este libro sería inconcebible, y los Espirales y los ex Espirales, los Solano y los ex Solano y los Jóvenes en Resistencia Activa por no hablar de los pizzeros de Pue bla, y, último pero no por ell o menor, mi agradecimiento a ti, querido lector, que has llegado a esta última página, o que tal vez hayas abierto el libro desde atrás, un atrás que es un adelante, un final que es un principio...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

290

 

Índice analítico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1968, los acontecimientos de 35,

41, 86, 162, 199, 212

 

11 de septiembre de 2001, atenta-do del 58

 

Abu Ghraib, tortura y abuso de prisioneros 7

 

Actividad vital (consciente) 100, 101, 107, 109, 110, 118, 131, 136, 167,173, 188, 199, 219 Activismo /activistas 5, 13, 51, 86,

87, 208, 216

 

Acumulación primitiva / acumu-lación originaria 115, 131, 133, 137, 139, 163, 164, 165, 173, 182, 183, 184, 185, 187

 

Agua (lucha contra la privatiza-ción) 5, 20, 24, 25, 32, 34, 48, 57, 183, 224, 225, 240

 

Alienación / trabajo alienado 36, 51, 99, 101, 104, 105, 109, 139, 151, 168, 187, 191, 199, 209, 229

 

Amor (relaciones basadas en el) / amorosidad 48, 49, 72, 122, 152, 153, 193, 258, 263, 275

 

Anarquismo / Anarquistas 39, 47, 125, 203, 204, 205

Apocalipsis 260

Argentinazo / 19 y 20 de diciem-bre de 2001 35, 40, 49

Asimetría 45, 46

Atenco 33, 264

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autodeterminación 25, 26, 45, 47, 71, 75, 76, 95, 121, 171, 190, 198, 214, 223, 224, 228, 229, 230, 245, 260, 261, 264, 272

 

Autonomía / grupos autónomos 4, 31, 32, 34, 38, 45, 55, 70, 73, 85, 108, 147, 159, 194, 229, 230, 266

Autovalorización 206, 207, 208

 

Bienes comunes / en-común 33, 34, 36, 116

 

Black Block / Bloque Negro 281 Bolivia 27, 47, 50, 58, 65, 68, 69 Brujas 132, 133, 134, 139 Bush, George W. 57

 

Calderón, Felipe 57 Campaña contra el impuesto

 

directo individual en el Reino Unido 29

 

Carnaval 35, 36, 192 Cecosesola, Barquisimeto

(Venezuela) 74

 

Centros sociales 22, 26, 29, 32, 61, 64, 72, 89, 260, 280, 282, 283

 

Chávez, Hugo 69 China 86, 156, 200

 

Clasificación 41, 55, 128, 136, 164, 204, 239, 282

 

Cochabamba 4, 24, 32, 48 Cohesión social 55, 58, 60, 61, 64,

 

75, 105, 108, 112, 124, 144, 145,

 

 

291

 

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

 

146, 157, 164, 189, 198, 204,

225

 

Compañerismo, camaradería 47, 48, 49

 

Comuna de París 37, 41, 47 Comunismo 14, 30, 40, 45, 48,

101, 109, 118, 168, 170, 175,

200, 209, 226, 230, 231, 255,

261, 277

Comunización 231, 282

Concepto unitario de trabajo 168,

169, 174, 176, 177, 181, 196,

198, 199, 200, 201, 202, 203,

203, 205, 214, 215, 262

Contradicción 10, 73, 78, 172, 189, 193, 195, 204, 206, 219, 229, 243, 244, 281

 

Crédito 196, 202, 213, 215 Crisis 10, 11, 31, 60, 90, 94, 129,

169, 174, 177, 179, 195, 196,

198, 200, 201, 203, 209, 210,

215, 219, 227, 240, 241, 250,

252, 274, 275, 276

 

Crítica ad hominem 9, 107, 136, 147

 

Danton 13

Democracia / formas democráticas 47, 51, 68, 70, 96, 259

 

Desastres 36, 37, 114, 231 Desempleo / desocupación 27, 28,

29, 31, 40, 156, 174, 203, 210,

213

Desgarramiento metabólico 139, 140, 141

 

Despejamientos en Escocia 137 Dialéctica 9, 96, 110, 111, 229, 277 Dignidad 19, 21, 29, 33, 41, 46, 48,

 

50, 52, 55, 56, 62, 68, 81, 86, 111,

 

260, 263, 264, 272, 281

Don Quijote 93

 

Duración / permanencia 148, 149, 151, 152, 153, 154, 156, 157, 158, 159, 260, 262, 263

 

Economía alternativa (solidaria) 79

 

 

 

Ecuador 70

Educación 4, 21, 22, 25, 26, 33, 33, 64, 117, 126, 150

 

Ejército Payaso Rebelde Insurgente Clandestino 36, 249

 

El Alto (Bolivia) 27, 28 En-contra-y-más-allá 96, 110, 111,

 

124, 130, 178, 189, 194, 195, 208,

 

211, 213, 218, 232-235, 239, 241,

 

243, 248, 257, 270, 271, 280 Eriugénico 167, 277 Estructuralismo 125, 129, 208, 211,

239

Evaluación / medición 21, 102, 103, 117, 143, 144, 149, 150, 152, 154, 162, 201, 224, 225, 239, 251, 263, 281

 

Explotación 4, 6, 55, 70, 127, 140, 145, 150, 160, 161, 163, 164, 171, 172, 175, 193, 199, 203, 213, 275, 287

Éxtasis / ek-stasis 111, 194, 211

 

Fábricas recuperadas / ocupadas 5, 20, 26, 31, 59, 64, 75, 77, 79, 82, 83

 

Feminismo / feminista 40, 246 Fetichismo / fetichización / for-

 

mas fetichizadas 121, 176, 184, 199, 200, 216, 230, 236, 256

Financiamiento 65, 78

 

Fordismo 199, 200, 202, 209, 210, 211

 

Forma-proceso 185, 186, 190, 277 Foro Social 52, 284 Frankenstein 161, 252, 253, 254 Frente Popular Darío Santillán 228 Frustración 3, 7, 145, 190, 192,

196, 230, 271

 

Fuerzas de producción 243, 269-273

 

Gaza 3

Génova 58, 262

Gente común 5, 13, 24, 282, 287

 

 

292

 

Índice analítico

 

 

 

 

Gleneaglcs 49, 86, 262 Gluckliche Arbeitslose 28 Granja del Sur Centro en Los

Ángeles 60

Grecia, diciembre de 2008 218 Grietas, su dimensión temporal

34-41

Guantánamo 3, 7

Guevara, Che 162, 278

 

Heiligendamm 86, 262 Horizontalidad 47, 50, 72, 272 Huelga minera en el Reino Unido

47

Huerta comunitaria 4, 6, 13, 25, 34, 45, 52, 141, 223, 225, 280, 281

 

Huerta Orgázmika de Caballito 61 Identidad / no identidad / antii-dentidad 86, 96, 110, 123-125, 128, 130, 133, 136, 152, 153,

182, 190, 213, 216, 219, 234,

235, 239-242, 245, 246, 248,

257, 280

Inadecuación 9, 10, 23, 55, 82, 84, 85, 96, 110, 165, 190, 197, 206, 275, 276

 

Instituciones / institucionaliza-ción 37, 70, 87, 88, 153, 228, 232, 246, 247, 259

 

Invisibilidad 9, 40, 80, 83, 132, 144, 187, 196, 198

 

Juntas de Buen Gobierno 73, 263

 

Kirchner, Néstor 57, 58

 

Leninismo 49, 129, 130, 168, 175 Ley / legalidad 33, 61, 62, 64,

116, 132, 145

 

Leyes del desarrollo capitalista 58, 108, 157, 161-164, 168, 177, 275, 278

 

Líneas de continuidad 6, 29, 40, 41, 83, 84, 87

 

 

 

López Obrador, Andrés Manuel 57

 

Lucha contra el trabajo 118, 169, 171-174, 200, 278

 

Lucha de clases 171-175, 199, 200, 206, 208, 214, 219, 244, 251, 252

 

Maestros 4, 5, 20, 22, 25, 40, 111, 127, 183, 185, 189, 196, 201, 265

 

Maestros de Puebla 4, 20, 25 Mandar obedeciendo 50, 259 Mao 278

 

Marcos, Subcomandante Insurgente 40, 62, 235, 259, 278

 

Máscara 127-130, 233-235, 238-240, 242, 244, 245-249

Mayor Ana María 235

Memoria 83, 186, 187

Mister Peel 20, 22

Momentos de exceso 261, 262

Morales, Evo 58, 59

MST del Brasil 31, 33, 285 MTD La Matanza 48 MTD Solano 28 Müntzer, Thomas 142 Multitud 229, 252

 

No servir más 6, 20,118, 286 No-TAV 33, 264

Nunc stans 261, 263

 

Oaxaca 7, 11, 31, 33, 56, 63 Obama, Barack 57 Operaísmo 208, 209 Otra campaña 58, 247

 

Partido 47, 69, 87, 88, 129, 146, 153, 158, 226, 246, 247, 262, 265

 

Personificación 124, 126-130, 133, 134, 144, 233, 234

 

Piqueteros 22, 28, 48, 59, 65 Poder popular 70, 71

 

 

293

 

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

 

Poder-hacer 38, 70, 96, 109, 110, 141, 143-148, 218, 230, 247, 248, 249, 256, 257, 259, 270-273, 276, 285

 

Poder-sobre 143-147, 218, 259 Poesía 89, 249

 

Preguntando caminamos 14, 51, 201, 264, 279, 280

 

Progreso 153, 263, 264 Psicoanálisis 186, 248

 

Razón instrumental 39, 110, 162, 260

 

Reclaim the Streets (RTS) 51 Reconocimiento mutuo 46, 281 Reificación 123, 125, 161, 176,

217, 249

Reiteración performativa 184 Retorno de lo reprimido 187, 247,

248

Reunión cumbre 84, 266, 281, 283

Revolución intersticial 12, 71, 72

Revolución rusa 47, 68

Risa 36

Robespierre 13

Rosa Parks 43

 

Sacrificio 154, 278

Seattle 262

 

Selva amazónica 283 Sindicatos / lucha sindical 174,

175, 176, 199, 200, 202, 209,

250

Síntesis social 56, 58, 60, 72, 74, 80, 93, 98, 106, 107, 108, 157, 225, 226, 227, 243

 

Socialismo 12, 47, 76, 93, 175, 230, 238, 272

Stalin 168

Surrealismo 42

Sustantivos / verbos 124, 143,

144, 255, 256, 257, 259, 286

 

 

 

Taylorismo 175

Teatro 4, 24, 39, 52, 89, 233, 234, 249

 

Teoría crítica 9, 181, 219 Territorialidad 31

 

Tiempo de trabajo socialmente necesario 75, 103, 106, 110, 151, 157, 175, 191, 196, 197, 264, 274, 275

 

Tiempo-en-el-que vivimos / tiem-po-como-el-que-vivimos 152, 252, 260, 261, 262

 

Todavía-no 37, 43, 44, 187, 239, 261, 265

 

Totalidad 59, 72, 106, 108, 155, 157, 158, 159, 199, 223-231, 273

 

Trabajo alienado (véase Alienación)

 

Trabajo precario 27, 202 Trotsky 278

Tuatha Dé Danann 187

 

Ungdomshuset 61

Universidades 4, 5, 32, 64, 118,

128, 194, 199, 201, 225, 286

Utopía 44, 229, 260

 

Venezuela 65, 68, 69, 74, 228

Viet Nam 75

Violencia 3, 4, 7, 40, 48, 60, 61,

63, 64, 116, 133, 137-149, 157,

164, 181, 182, 183, 216, 258,

285

 

Yámana 116, 117, 126

 

Zanón 79

Zapatistas 5, 22, 32, 40, 46, 50, 51, 56, 58, 63, 70, 73, 79, 125, 230, 235, 242, 259, 263, 266

 

Zonas autónomas temporales 38, 39, 41

 

 

 

 

294

 

Índice de autores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ADORNO, Theodor W. 9, 44, 96,

133, 139, 158, 160, 216, 217,

219, 225, 234, 236, 238, 246

AGAMBEN, Giorgio 258

AGNOLI, Johannes 9, 247

AIZICZON, Fernando 79

ALTAMIRA, César 208

ANDREW X 87

ANÓNIMO 231

ARTHUR, Chris 95, 101 AZZELINI, Dario 69, 228

 

BAIRD, Vanessa 135

BAJTÍN, Mijaíl Mijáilovich 35

 

BAKUNIN, Mijaíl Alexándrovich 276

 

BARRETO CIPRIANI, Juan 69

BENJAMIN, Walter 186, 217, 252, 265

 

BERGER, John 42

BEY, Hakim 38, 39, 41

BIRKNER, Martin 85, 208, 209

BLOCH, Ernst 35, 93, 187, 204,

225, 235, 236, 239, 140, 258,

261

BOECIO 261

BÖHM, Steffen 24, 85 BÖRNE, Ludwig 93 BOLLIER, David 32 BOLTANSKI, Luc 85

 

BONEFELD, Werner 9, 102, 151, 152, 160, 161, 164, 165, 182, 183, 184, 208

 

BONNET, Alberto 194, 208, 229, 238, 243

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BORGES, Jorge Luis 253, 254, 255 BUTLER, Judith 184

 

CAFASSI, Emilio 36

CARLSSON, Chris 24, 26, 111, 272,

 

281

CECEÑA, Ana Esther 32, 48

CECOSESOLA 74

CHATTERTON, Paul 28, 89

CHIAPELLO, Eve 85

CLARKE, Simon 177

CLEAVER, Harry 30, 206, 207, 208

COLECTIVO DOCENTE 21

COLECTIVO SITUACIONES 28, 35, 65,

81

CUNINGHAME, Patrick 201

 

DAVIS, Mike 11, 140, 183

DAY, Richard J.F. 204

DE ANGELIS, Massimo 24, 49, 74,

79, 131, 183, 193, 201, 208

DEBORD, Guy 153

DE SOUSA SANTOS, Boaventura 70

DELEUZE, Gilles 262

DINERSTEIN, Ana 24, 85, 236

DUNAYEVSKAYA, Raya 20

DUSSEL, Enrique 67, 70

DYER-WITHERFORD, Nick 33, 34

 

EHRENREICH, Barbara 36, 113, 127,

 

136, 140, 153

EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN

 

NACIONAL (EZLN) 235 ELSON, Diane 169

 

 

295

 

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

ELYTIS, Odysseus 187 215, 229, 251

ENGELS, Friedrich 75, 94, 140, 172         HARVEY, David 183, 184

ESCOTO ERÍUGENA, Juan 186    HARVIE, David 36, 87, 201, 249

ESTEVA, Gustavo 30, 56, 230        Hegel, G.W.F. 184, 225, 261

EXARGENTINA 35    HEINRICH, Michael 169

EXNER, Andreas 200  HODKINSON, Stuart 89

       HOLLOWAY, John 9, 40, 62, 66, 68,

FANON, Frantz 62      75, 87, 125, 130, 144, 164, 173,

FEDERICI, Silvia 115, 126, 131, 132,      185, 204, 208, 218, 219, 245

133, 134, 138, 139, 140, 193  HONDERICH, Ted 261

FERNÁNDEZ, Ana María 74 HORKHEIMER, Max 39, 133, 139,

FIGUEROA, Nashyeli 72      160, 162, 234

FLORES, Toty 28        HOWARD, Michael Charles 167

FOLTIN, Robert 208, 209    

FOSTER, John Bellamy 138, 139,   INCITE! WOMEN OF COLOR

140, 142   AGAINST VIOLENCE 78

FOUCAULT, Michel 126, 160        ITURRI SALMÓN, Jaime 247

FREE ASSOCIATION 43, 48, 62, 89,      JAY, Martin 44

261, 262   JUNE 18 COLLECTIVE 36

FREUD, Sigmund 187 JURIS, Jeffrey S. 88

FUENTES DÍAZ, Antonio 22 KASTNER, Jens 89, 187

GELDERLOOS, Peter 64     

       KING, John E. 167

GHIOTTO, Luciana 25 KOHAN, Walter O. 258

GIBSON, Chris 39       KRESE, Marusa 43

GÓMEZ, Luis 29         KÜHBERGER, Leo 43

GÓMEZ CARPINTEIRO, Francisco 219  LA BOÉTIE, Étienne 6, 19

GONZÁLEZ, Juquila 65      

GORDON, Natasha 28 LAVACA 20

GRAEBER, David 52, 204    LATOUR, Bruno 141

GREGORčIč, Marta 235       LEE, Richard 113

GREY, Sir George 113 LEEDS MAY DAY GROUP 87, 261

GRUPO KRISIS 114, 115, 118, 133,        LEFEBVRE, Henri 37

173, 212, 213, 214       LENIN, Vladimir Illich 129, 238,

GUATTARI, Félix 211, 262  258

GUNN, Richard 9, 44, 186, 245,     LEWIS, Tom 32

260, 261   LEWKOWICZ, Ignacio 242

GUSINDE, Martin 116 LOHOFF, Ernst 127

GUTIÉRREZ AGUILAR, Raquel 32, 58,  LÓPEZ, Néstor 116, 126

68, 247, 277       LÖWY, Michael 42

       LUKÁCS, Georg 148, 158, 226

HABERMANN, Friederike 24, 52, 65,      LUXEMBURG, Rosa 175

281 MACHADO, Antonio 44

HANLOSER, Gerhard 172   

HARDT, Michael 14, 48, 96, 211,   MAMANI RAMÍREZ, Pablo 29

 

 

296

 

Índice de autores

 

 

 

 

MANCE, Euclides André 80 MANDEL, Ernest 168

MARCOS, SUBCOMANDANTE

INSURGENTE 5, 40, 63, 235, 259

MARCUSE, Herbert 130, 134, 135,

162, 186, 187, 234, 247

MARX, Karl 9, 20, 47, 95, 98-105,

107, 109, 110, 114, 115, 118,

121-124, 127, 137-140, 142, 145,

 

147, 160, 161, 164, 165, 167-

170, 172, 181, 182, 183, 189,

191, 197, 199, 217, 224, 225,

236, 249, 254, 256, 261, 265,

266, 269, 270, 275, 276

MATAMOROS, Fernando 9, 68, 186,

219

MATTICK, Paul 168

MATTINI, Luis 247

MAYR, Otto 150

MAZZEO, Miguel 70, 228

MEMOS, Christos 187, 218

MESSINA RAIMONDI, Graciela 21

MIELI, Mario 241

MORO, Tomás 137

MTD DE SOLANO 28, 65

MUÑOZ, Mariana 42

 

NAVARRO TRUJILLO, Mina Lorena 65

 

NEGRI, Antonio 14, 30, 96, 192,

206, 208, 210, 211, 215, 229, 251

 

NICANOFF, Sergio 70

NOTES FROM NOWHERE 21

NUNES, Rodrigo 51

 

OLIVERA, Oscar 32 OUVIÑA, Hernán 73

 

PALMER, Bryan 236

PAOLI, Guillaume 28

PAPADOPOULOS, Dimitris 13

PASHUKANIS, Evgeny 145

PICCIOTTO, Sol 75

 

PIECK GOCHICOA, Enrique 21 PIERCY, Marge 241 PLEYERS, Geoffrey 57

 

 

 

POE, Edgar Allan 8

POSTONE, Moishe 103, 105, 108, 114, 117, 124, 151, 152, 159, 170, 172, 189, 192, 195, 205, 206, 213, 235, 271

PSYCHOPEDIS, Kosmas 9

 

REBÓN, Julián 28

REDAKTION 227

REITHOFER, Robert 43

REITTER, Karl 58, 172, 205

RENAN, Ernest 184

ROTH, Karl Heinz 178

RUBIN, Isaak Illich 75, 156, 167,

168

RUSHDIE, Salman 253

 

SAHLINS, Marshall 113, 116

SALINARI, Raffaele 219

SALOM, Gabriel 26

SANDOVAL, Rafael 72, 74

SAYER, Derek 168

SCHANDL, Franz 127

SCHWARZBÖCK, Silvia 219

SCOTT, James C. 66, 249

 

SERGI, Vittorio 40, 62, 63, 87, 130

 

SHELLEY, Mary 252

SHUKAITIS, Stevphen 36

SINDICATO NACIONAL DE

TRABAJADORES DE LA EDUCACIÓN

(SNTE) 21

 

SITRIN, Marina 45, 48, 49, 50, 51, 72, 143

SMITH, Cyril 42

SOHN-RETHEL, Alfred 58, 75, 155 SOLNIT, David 24

 

SOLNIT, Rebecca 23, 36, 38, 51 SPICER, André 24, 85

SPÖRR, Elisabeth Bettina 89

STAVRIDIS, Stavros 21, 218

 

STOETZLER, Marcel 135, 184, 241

 

STEPHENSON, Niamh 13

SULLO, Pierluigi 70

SUMBURN, Paul 231

THOMPSON, Edward Palmer 149,

 

 

297

 

Agrietar el capitalismo: el hacer contra el trabajo -John Holloway

 

 

 

150, 151, 250, 251       VIRNO, Paolo 209, 210, 211, 218,

THWAITES REY, Mabel 51 229, 251, 252

TICKTIN, Hillel 12

TISCHLER, Sergio 9, 35, 36, 68, 148,      WAINWRIGHT, Hilary 70

153, 158, 186, 217, 219, 282  WILDING, Adrian 104, 139, 141,

TRAPESE COLLECTIVE 13, 24, 52,       265

281, 282   WILLIAMS, Raymond 140

TRENKLE, Norbert 212        WRIGHT, Steve 209

TROTT, Ben 87

TSIANOS, Vassilis 13 ZADNIKAR, Darij 130

TURBULENCE 7        ZIBECHI, Raúl 28, 29, 31, 42, 71,

UNITED COLOURS OF RESISTANCE 62       88, 217, 228, 236

VANEIGEM, Raoul 42, 64, 73, 154,         ŽIŽEK, Slavoj 88

239, 258, 260, 262

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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