© Libro N° 12944. El Vendedor De Ecos. Twain, Mark. Emancipación. Septiembre
1 de 2024
Título original: ©
El Vendedor De Ecos. Mark Twain
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Original: © El Vendedor
De Ecos. Mark Twain
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL VENDEDOR DE ECOS
Mark Twain
El
Vendedor De Ecos
Mark
Twain
¡Desdichado
caminante! Su actitud humilde, su mirada triste, su ropa, de buena tela y buen
corte, pero hecha jirones —último resto de un antiguo esplendor—, conmovieron
aquella
cuerda, solitaria y perdida, que llevo en lo más oculto de mi corazón, desierto
ahora. Vi
la
cartera que el forastero tenía bajo el brazo y me dije:
—¡Contempla,
alma mía! ¡Has caído una
vez más
en las garras de un viajante de
comercio!
¿Cómo
librarme de él? ¡Vano intento!
¿Quién se
libra de ninguno de ellos? Todos tienen un no sé qué, algo misterioso que
interesa.
No me di
cuenta de la agresión; recuerdo sólo el momento en que era todo oídos, todo
simpatía
para escuchar las palabras del hombre de la cartera.
Su
narración comenzaba así:
—Era yo
muy niño, ¡ay!, cuando quedé huérfano de padre y madre. Mi tío Ituriel era
bueno y
afectuoso. En él encontré un tierno apoyo. Era el único pariente con que yo
contaba
en esta
inmensa soledad de la tierra. Mi tío poseía bienes de fortuna y disponía de
ellos generosamente. No sólo me educó, sino que satisfizo todos mis deseos, o,
por lo menos, me proporcionó los goces que pueden comprarse con oro.
"Terminados
mis estudios, partí para hacer un viaje por el extranjero. Iba acompañado de un
secretario y de un ayuda de cámara. Durante cuatro años, mi alma sensible fue
una mariposa que revoloteó por los jardines maravillosos de las playas lejanas.
¿Me perdonará usted el empleo de esta expresión?
Soy un
hombre que siempre ha hablado el lenguaje de la poesía. En esta ocasión me
siento más libre para hablar así, porque en los ojos de usted adivino una
chispa de fuego divino. Viajando por los países lejanos, mis labios probaron la
ambrosía encantadora que fecunda el alma, el pensamiento y el corazón. Pero lo
que,
sobre todo, me interesó, lo que solicitó el amor que mi naturaleza tributa a lo
bello, fue la costumbre que tienen los ricos de coleccionar
objetos
elegantes y raros. Y así fue como en una hora funesta sugerí a mi tío Ituriel
la idea de que se dedicara al pasatiempo exquisito del coleccionista.
"Le
escribí una carta en la que mencionaba la colección de conchas formada por un
caballero, y otra de pipas de espuma de mar. Refería mi visita a un nabad que
tenía millares de autógrafos indescifrables, de esos que adora un espíritu
naturalmente dispuesto a las cosas nobles. Y gradualmente mi correspondencia
fue
de un
interés cada vez mayor, pues no había carta en que no mencionase las chinas
únicas, los millones de sellos postales, los zuecos de campesinos de todos los
países, los botones de hueso, las navajas de afeitar... Tardé poco en darme
cuenta de que mis descripciones habían producido los frutos que yo esperaba de
ellas. Mi tío empezó a buscar un objeto digno de
interesarle
como coleccionista. Usted sabe, sin duda, la rapidez con que se desarrolla un
gusto
de este
género. El de mi tío no fue gusto; fue furor, antes de que yo tuviese
conocimiento exacto de los avances de aquella pasión dominadora. Supe que mi
tío no se ocupaba ya en su gran establecimiento para la compra y venta de
puercos. Pocos meses después se retiraba de los negocios, no para descansar, no
para recibir el premio de sus afanes, sino para consagrarse, con una rabia
delirante, a la busca de objetos curiosos. He dicho que mi tío era
rico;
pero debo agregar que era fabulosamente
rico.
Puso toda su fortuna al servicio de la nueva afición que lo devoraba. Comenzó
por
coleccionar
cencerros. En su casa, que era inmensa, había cinco salones llenos de
cencerros. Se diría que en aquella colección había ejemplares de todos los
cencerros del mundo. Sólo faltaba uno, modelo antiquísimo, propiedad de otro
coleccionista. Mi tío hizo ofertas enormes por ese precioso cencerro; pero
el rival
no quiso desprenderse de su tesoro. Ya sabe usted la consecuencia de esto.
Colección
incompleta
es colección enteramente nula. El verdadero coleccionista la desprecia; su
noble corazón se despedaza; pero, así y todo, vende en un día lo que ha reunido
en veinte años.
¿Para qué
conservar una causa de tortura? Prefiere volver su mente hacia un campo de
actividad virgen aún.
"Esa
fue la resolución que tomó mi tío cuando vio que era imposible adquirir el
cencerro
final. Coleccionó ladrillos. Formó un lote colosal, del interés más palpitante.
Pero volvió a presentarse la misma dificultad y volvió a romperse el corazón
del grande hombre. Un día vendió su colección al afortunado bolsista que,
después de retirarse de los negocios, tuvo la dicha de adquirir el ladrillo
único, el que sólo existía en su museo.
Mi tío
probó entonces las hachas de sílex y otros objetos que remontan a la época del
hombre
prehistórico; pero casualmente descubrió que la misma fábrica de antigüedades
proveía a otros coleccionistas en condiciones idénticas. ¿Qué hacer? Se refugió
en las inscripciones aztecas y en las ballenas disecadas. Nuevo fracaso,
después de fatigas y gastos increíbles. Cuando su colección parecía perfecta,
llegó de Groenlandia una ballena disecada, y a la vez se recibió de la América
Central una inscripción que dejaba reducidas a
cero
todas las adquisiciones anteriores de mi tío. Éste hizo esfuerzos inimaginables
para quedarse con la ballena y con la inscripción. Logró, en efecto, adquirir
la ballena; pero otro aficionado se adueñó de la inscripción. Sabéis que un
auténtico jeroglífico azteca es de tal valor, que si alguien llega a
adquirirlo, antes sacrificará su familia que perder tal tesoro. Mi
tío
vendió las inscripciones, inútiles por falta de la inscripción definitiva. Su
encanto se había
desvanecido.
En una sola noche, el cabello de aquel hombre, que era negro como el carbón, se
quedó más blanco que la nieve.
"Mi
tío reflexionó. Un nuevo desengaño lo mataría. Resolvió entonces tomar como
objeto
de su
experiencia algo que nadie coleccionaría. Pesó cuidadosamente el pro y el
contra de la decisión que iba a tomar, y una vez más bajó a la arena para
luchar con denuedo. Se había propuesto iniciar una colección de ecos. —¿De qué?
—pregunté.
—De ecos,
señor; de ecos. Primero compró
un eco de
Georgia. Era un eco de cuatro voces. Después compró uno de seis en Maryland.
Hecho esto, tuvo la fortuna de encontrar uno de trece repeticiones en Maine. En
Tennessee le vendieron, muy barato, uno de catorce, y se lo vendieron barato
porque necesitaba reparaciones, pues una parte de la roca de reflexión estaba
partida y se había caído. Supuso que, mediante algunos millares de dólares,
podría reconstruir la roca y elevarla para aumentar su poder de repetición.
Desgraciadamente, el arquitecto no había hecho jamás un solo eco, y en vez de
perfeccionar el de mi tío, lo echó a perder completamente. Antes de que se
emprendiera el trabajo el eco hablaba más que una suegra; después podía
confurdírselo con una escuela de sordomudos. Mi tío no se desanimó y compró un
lote de ecos
de dos
golpes, diseminados en varios Estados y territorios de la Unión. Obtuvo un
descuento del 20 por 100, en atención a que compraba todo el lote. La fortuna
empezó a sonreírle, pues encontró un eco que era un cañón Krupp. Estaba situado
en Oregón, y le costó una fortuna. Usted sabrá, sin duda, que en el mercado de
ecos, la escala de precios es acumulativa, como la escala de quilates en los
diamantes. Las expresiones son casi las mismas
en uno y
otro comercio. El eco de un quilate vale diez dólares más que el terreno en que
está
situado.
Un eco de dos quilates, o voces, vale treinta dólares, más el precio del
terreno; un eco de cinco quilates vale novecientos cincuenta dólares; uno de
diez, trece mil dólares. El eco que mi tío tenía en Oregón,
bautizado
por él con el nombre de "Eco Pitt", porque competía con el célebre
orador, era una
piedra
preciosa de veintidós quilates, y le costó ciento dieciséis mil dólares. El
terreno salió
libre,
porque estaba a cuarenta millas de todo lugar habitado.
"Yo
entretanto había seguido un sendero de rosas. Era el afortunado pretendiente de
la
única y
bellísima hija de un lord inglés, y estaba locamente enamorado. En la cara
presencia de
la
beldad, mi existencia era un océano de ventura. La familia me recibía bien,
pues se sabía que yo sería el único heredero de mi tío, cuya fortuna pasaba de
cinco millones de dólares. Por otra parte, todos ignorábamos que mi tío se
hubiese hecho coleccionista, o, por lo menos, lo creíamos poseído de una
afición inofensiva, hija del deseo de buscar las emociones del arte.
"Pero
sobre mi cabeza inocente se acumulaban las nubes tempestuosas del infortunio.
Un eco sublime, conocido después en el mundo con el nombre del Kohinoor o
"Montaña
de la Repetición Múltiple", acababa de ser descubierto por los
exploradores. ¡Era
una joya
de sesenta y cinco quilates! Parece fácil decirlo. Pronunciaba usted una
palabra, y si no había tempestad, oía usted esa palabra durante quince minutos.
Pero aguarde usted. A
la vez
surgió otro hecho. ¡Había un rival! Cierto coleccionista se levantaba frente a
mi tío, en
actitud
amenazadora. Ambos se precipitaron para concluir aquel negocio único. La
propiedad se componía de dos colinas, con un valle de poca profundidad que las
separaba. Quiso la suerte que los dos compradores llegaran simultáneamente a
aquel paraje remoto del Estado de Nueva York. Mi tío ignoraba la existencia y
pretensiones de su enemigo. Para mayor desgracia, el eco era de dos
propietarios: el señor Williamson Bolívar
Jarvis
poseía la colina oriental, y la otra estaba situada en un terreno del señor
Harbison J.
Bledso.
La línea divisoria pasaba por la cañada
intermedia.
Mi tío compró la colina de Jarvis por tres millones doscientos ochenta y cinco
mil
dólares;
en el mismo instante, el rival compraba la colina de Bledso por una suma algo
mayor.
"No
le será a usted muy difícil darse cuenta de lo que seguiría. La mejor y más
admirable
colección
de ecos se había truncado para siempre, mutilado como estaba el rey de los ecos
del universo. Ninguno de los dos coleccionistas quiso ceder, y ninguno de los
dos consideraba de valor la parte de eco que había adquirido. Se profesaron
desde entonces un odio cordial; disputaron; hubo amenazas por una y por otra
parte. Finalmente, el coleccionista enemigo, con una maldad que sólo es
concebible en un coleccionista, y eso cuando quiere dañar a su hermano en
aficiones, empezó a demoler la colina que había comprado.
"Quería
todo el eco para sí; nada dejaría en manos del enemigo. Quitando su colina y
llevándosela,
el eco de mi tío quedaría sin eco.
Mi tío
pretendió oponerse. El malvado repuso: 'Soy propietario de la mitad del eco, y
me place suprimirla. Usted es dueño de la otra mitad, y puede hacer con ella lo
que le convenga'.
"La
oposición de mi tío fue llevada ante un tribunal. La parte contraria apeló ante
un tribunal de orden más elevado. De allí pasó el asunto a un tercer tribunal,
y así sucesivamente hasta llegar a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Esto
no dio claridad al negocio. Dos de los magistrados del Tribunal Supremo
dictaminaron que un eco es propiedad mueble, por no ser visible ni palpable. Se
lo puede vender y cambiar; se le puede imponer una contribución,
independientemente del fondo en que produce su sonido. Otros dos magistrados
opinaron que un eco es inmueble, pues no se lo puede separar del terreno a que
se halla adherido. Los miembros que no eran de uno u otro parecer declararon
que un eco no
constituye
propiedad mueble o inmueble, y que no se lo puede hacer objeto lícito de un
contrato.
"La
resolución final dejó establecido como verdad legal que el eco es propiedad y
las colinas también; que los dos coleccionistas eran propietarios, distintos e
independientes, cada uno de la colina que había comprado, pero que el eco es
una propiedad invisible, por lo que el demandado tenía pleno derecho para la
demolición de su colina, puesto que le pertenecía en plena propiedad, si bien
debía pagar una indemnización calculada sobre la base de tres millones de
dólares por los daños que pudieran resultar a la parte de eco perteneciente al
demandante. En el mismo fallo se prevenía a mi tío que no podía hacer uso de
la colina
de la parte contraría para la reflexión de su eco sin el consentimiento del
interesado.
Si el eco
de mi tío no funcionaba, el tribunal lo sentía mucho, pero no podía remediar la
situación,
derivada de un estado de derecho. A su vez el otro propietario debía abstenerse
de emplear la colina de mi tío con el mismo fin de
reflejar
sonidos reflejados primero en su propia colina, a menos que se le diese el
consentimiento
del caso. Naturalmente, ninguno de los dos quiso dar ese consentimiento en
favor del vecino y adversario. El noble y maravilloso eco, soberano de todos
los ecos, dejó de resonar con su voz grandiosa. La inestimable propiedad quedó
sin uso ni valor.
"Faltaba
una semana para la boda, y estaba yo más engolfado que nunca, nadando en el
piélago de mi ventura, cuando llegó la noticia de la muerte de mi tío. Toda la
nobleza de los alrededores y de otras muchas partes del reino se preparaba para
asistir a mi unión con la hija del ilustre conde. Pero, ¡ay!, mi bienhechor
había desaparecido. Todavía hoy siento el
corazón
atribulado, recordando aquel momento. A la vez que la noticia de la defunción,
llegó el testamento del difunto. Yo era su heredero universal. Tendí el pliego
al conde para que lo leyera. Yo no podía hacerlo,
pues el
llanto nublaba mis ojos. El noble anciano leyó aquel documento, y me dijo con
tono
severo: '¿A esto llama usted riqueza? Tal vez lo sea en el vanidoso país de
donde usted procede. Veo, caballero, que la única herencia de usted es una
inmensa colección de ecos, si se puede llamar colección algo que está disperso
en todo un continente. Aún hay más: las deudas de usted le llegan hasta arriba
de las orejas. Todos los ecos están hipotecados. Yo no soy duro ni egoísta,
pero debo velar por el porvenir de mi hija. Si usted fuera dueño siquiera de un
solo eco libre de todo gravamen, si pudiera usted retirarse con mi hija a vivir
tranquilo en un rincón apartado y ganar el
sustento,
cultivando humilde y penosamente ese eco, yo daría de buena gana mi
consentimiento para el matrimonio; pero usted está en las fronteras de la
mendicidad, y yo sería un criminal si le diera a mi hija. Parta usted,
caballero. Llévese usted sus ecos hipotecados, y le ruego que no se presente
más en esta casa'.
"Celestina,
la encantadora y noble hija del conde, lloraba desconsoladamente, y se colgaba
de mi cuello con sus amantes brazos. Juraba que se casaría conmigo, aunque yo
no tuviese el eco más insignificante en este mundo. Sus ruegos, sus lágrimas,
su desesperación fueron inútiles. Se nos separó. Ella languidecía en su hogar,
y un año después dejaba de existir. Yo triste y solo, arrastrándome penosamente
por el camino de la vida, busco el reposo que nos
reúna en
el reino de los bienaventurados. Allí la maldad no tiene imperio; allí los
desgraciados
encuentran
la morada de la paz. Si quiere usted dirigir una mirada a estos planos que
traigo en la cartera, podrá adquirir un eco en mejores condiciones que
cualquiera de los que le ofrezcan en el mercado. Aquí hay uno que costó diez
dólares hace treinta años. No hay maravilla igual en Tejas. Se la dejaré a
usted por...—Permítame usted que lo interrumpa.
Hasta
este momento, querido amigo mío, mi existencia ha sido un continuo martirio,
causado
por los agentes viajeros. He comprado una máquina de coser que no necesitaba,
puesto que soy soltero. He comprado una carta geográfica que contiene
falsedades hasta en sus datos más insignificantes. He comprado una campana que
no suena. He comprado veneno para las ratas, y éstas lo prefieren a cualquier
otro alimento, pues las engorda más que el mejor queso de Flandes. He comprado
una infinidad de inventos impracticables. Es
imposible
sufrir más de lo que he sufrido. Aun cuando me regale usted sus ecos, no los
quiero. ¿Ve usted ese fusil? Lo tengo para los viajantes de comercio. Aproveche
usted la oportunidad, y huya antes de que la cólera me ciegue. No quiero
derramar sangre humana.
Él sonrió
dulcemente, con expresión de profunda tristeza, y entró en consideraciones de
orden filosófico.
—Usted
sabe —me dijo— que quien abre
su puerta
a un viajante de comercio, debe sufrir las consecuencias. El mal está hecho.
Discutimos, pues, durante una hora, y al cabo de ella, yo acabé por transigir. Compré un par de ecos de dos voces cada uno, en condiciones que no eran del todo malas. Para mostrarme su gratitud, el viajante me dio otro eco que, según me dijo, no tenía salida, pues sólo hablaba ale-mán. Había sido políglota, pero quedó reduci-do a aquel idioma gutural por desperfectos en el órgano de reflexión.
FIN


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