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© Libro N° 12943. El Último Hombre. Volumen III. Shelley, Mary. Emancipación. Septiembre 1 de 2024

 

Título original: © El Último Hombre. Volumen III. Mary Shelley

 

Versión Original: ©  El Último Hombre. Volumen III. Mary Shelley

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO HOMBRE

Volumen III

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Último Hombre

Volumen III

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

¿No oís el fragor de la tempestad que se avecina? ¿No veis abrirse las nubes y descargar la destrucción pavorosa y fatal sobre la tierra desolada? ¿No asistís a la caída del rayo ni os ensordece el grito del cielo que sigue a su descenso? ¿No sentís la tierra temblar y abrirse con agónicos rugidos, mientras el aire, preñado de alaridos y lamentos, anuncia los últimos días del hombre?

 

¡No! Ninguna de esas cosas acompañó nuestra caída. El aire balsámico de la primavera, llegado desde la morada de la Naturaleza, sede de la ambrosía, se posaba sobre la hermosa tierra, que despertaba como la madre joven a punto de mostrar orgullosa su bella camada a un padre largo tiempo ausente. Las flores asomaban a los árboles y tapizaban la tierra; de las ramas oscuras rebosantes de savia brotaban las hojas, y el multicolor follaje de la primavera, combándose y cantando al paso de la brisa, se regocijaba en la tibieza amable del despejado empíreo. Los arroyos corrían susurrantes, el mar estaba en calma y los acantilados que se alzaban frente a él se reflejaban en sus aguas plácidas. Los pájaros renacían en los bosques y de la tierra oscura nacía abundante alimento para hombres y bestias. ¿Dónde se hallaban el dolor y el mal? No en el aire sereno ni en el mar ondulante. No en los bosques ni en los fértiles campos, ni entre las aves que inundaban las florestas con sus cantos, ni entre los animales que, rodeados de abundancia, dormitaban al sol. Nuestro enemigo, como la Calamidad de Homero, hollaba nuestros corazones y ni un solo sonido nacía de sus pasos, y he aquí que se esparcen innumerables males entre los hombres, y llenan la tierra y cubren el mar; noche y día abruman las enfermedades a los hombres, trayéndoles en silencio todos los dolores porque el sabio Zeus les ha negado la voz.

 

En otro tiempo el hombre fue el favorito del Creador, como cantó el salmista real: «Lo has hecho poco menor que los ángeles y lo coronaste de gloria y de honra. Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies». En otro tiempo fue así. ¿Ahora es el hombre el señor de la creación? Miradlo. ¡Ja! ¡Yo en su lugar veo a la peste! Ella ha adoptado su forma, se ha encarnado en él, se ha fundido con su ser y ciega sus ojos, que se alzan hacia el cielo. Tiéndete, ¡oh, hombre!, en la tierra cuajada de flores. Renuncia a reclamar tu herencia, pues todo lo que poseerás de ella será la diminuta celda que los muertos precisan.

 

La peste es la compañera de la primavera, del sol y la abundancia. Nosotros ya no luchamos contra ella. Hemos olvidado qué hacíamos cuando ella no existía. Hemos olvidado los viejos navíos que surcaban las olas gigantescas de los océanos, entre el Índico y el Polo, en busca de superfluos

 

artículos de lujo. Los hombres se embarcaban en peligrosas travesías para apropiarse de los espléndidos caprichos de la tierra, de piedras preciosas y de oro. El esfuerzo humano se malgastaba, la vida humana no valía nada. Y ahora la vida es lo único que codiciamos: que este autómata de carne, con sus miembros y articulaciones en buen estado, pueda ejecutar sus funciones, que la morada de su alma sea capaz de contener a su habitante. Nuestras mentes, que antes viajaban lejos a través de incontables esferas y combinaciones infinitas, se recluían ahora tras los muros de la carne y aspiraban sólo a conservar su bienestar. Sin duda era bastante lo que nos habíamos degradado.

 

Al principio la mayor incidencia de la enfermedad en primavera supuso un mayor esfuerzo para aquellos de nosotros que, todavía vivos, dedicábamos nuestro tiempo y pensamientos a nuestro prójimo. Nos entregábamos a la tarea: en medio de la desesperación, llevábamos a cabo las tareas de la esperanza. Salíamos decididos a contender con nuestro enemigo. Ayudábamos a los enfermos, y consolábamos a los dolientes. Volviéndonos de los muchos muertos a los pocos supervivientes, con una fuerza del deseo que se asemejaba mucho al poder, les conminábamos: ¡vivid! Mas la epidemia se enseñoreaba de todo y, burlona, se reía de nosotros.

 

¿Alguna vez han observado mis lectores las ruinas de un hormiguero inmediatamente después de su destrucción? En un primer momento éste parece desierto de sus anteriores habitantes. Al poco se ve una hormiga avanzando penosamente por el montículo arrasado. Luego salen de dos en dos, de tres en tres, y corren de aquí para allá en busca de sus compañeras perdidas. Lo mismo éramos nosotros sobre la tierra, vagando aturdidos ante los efectos de la peste. Nuestras moradas vacías seguían en pie, pero sus habitantes se congregaban en la penumbra de las tumbas.

 

A medida que iban perdiendo efecto las reglas del orden y la presión de las leyes, hubo quienes empezaron a transgredir los usos acostumbrados de la sociedad, al principio con tiento y vacilación. Había muchos palacios desiertos y los pobres osaron al fin, sin que nadie les reprendiera por ello, internarse en aquellos aposentos espléndidos, cuyos muebles y ornamentos eran un mundo desconocido para ellos. Se constató que, aunque el freno a toda circulación de propiedades decretado al principio había llevado a la pobreza repentina a quienes antes se apoyaban en la escasez artificial de la sociedad, cuando desaparecieron los límites de la propiedad privada, los productos del trabajo humano existentes en el momento excedían en mucho lo que aquella menguada generación era capaz de consumir. Para algunos de entre los pobres aquello fue objeto de gran regocijo. Ahora sí éramos todos iguales. Magníficas residencias, alfombras lujosas, lechos de plumas se hallaban disponibles para todos. Carruajes y caballos, jardines, pinturas, estatuas, bibliotecas principescas, de todo había en abundancia para todos, e incluso sobraba. Y no

 

había nada que impidiera a nadie tomar posesión de su parte. Sí, ahora éramos todos iguales. Pero muy cerca de nosotros nos aguardaba algo que nos igualaría aún más, un estado en que la belleza, la fuerza y la sabiduría resultarían tan vanas como las riquezas y la alcurnia. La tumba abría sus fauces bajo nuestros pies y aquella idea nos impedía a todos disfrutar de la abundancia que, de aquel modo tan horrible, se presentaba ante nosotros.

 

Y sin embargo el rubor no abandonaba la tez de mis pequeños. Clara crecía en años y en estatura sin sucumbir a la enfermedad. No teníamos razones para considerar Windsor como un lugar especialmente saludable, pues muchas otras familias habían expirado bajo ese mismo techo. Vivíamos sin tomar especiales precauciones, pero al parecer nos hallábamos a salvo. Si Idris perdía peso y estaba pálida era por la angustia que le provocaban los cambios, una angustia que yo no lograba aliviar. De sus labios no salía una queja, pero dormía mal y nunca tenía apetito. Una fiebre lenta se alimentaba de sus venas, su color era fantasmal y a menudo lloraba a escondidas. Los lúgubres pronósticos, la preocupación y un temor agónico devoraban su principio vital. Yo no dejaba de percibir ese cambio. Pensaba con frecuencia que habría sido mejor permitirle hacer lo que le placiera, pues de ese modo se habría entregado al cuidado de los demás, lo que tal vez le hubiera servido como distracción. Pero ya era demasiado tarde. Además, con la práctica extinción de la raza humana todos nuestros esfuerzos se acercaban a su fin, y ella se sentía demasiado débil. La consunción, si así puede llamarse, o mejor dicho el exceso de vida en su interior que, como en el caso de Adrian, devoraba su combustible vital en las primeras horas de la mañana, privaba a sus miembros de fuerza. De noche, cuando creía que se ausentaba de mi lado sin que yo lo notara, vagaba por toda la casa o se plantaba junto a los lechos de sus hijos. Y de día caía en un sopor alterado, en el que sus murmullos y sobresaltos revelaban que se veía asaltada por sueños incómodos. A medida que se confirmaba aquel infeliz estado, y a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, éste se hacía más evidente y yo luchaba en vano por infundir en ella algo de valor y de esperanza. No me sorprendía la vehemencia de su preocupación: su alma misma era ternura; esperaba no sobrevivirme si se convertía en presa de la vasta calamidad, y aquella idea, a veces, le proporcionaba algún alivio. Durante muchos años habíamos transitado por la senda de la vida cogidos de la mano, y unidos de ese modo nos adentraríamos en las tinieblas de la muerte. Pero era un consuelo para ella saber que sus hijos, sus encantadores, juguetones y alegres hijos -seres nacidos de sus entrañas, porciones de su ser, depositarios de nuestro amor-, incluso si nosotros moríamos, seguirían participando en la carrera acostumbrada del hombre. Mas no sería así. Jóvenes y esplendorosos como eran, morirían, y se verían apartados para siempre de las esperanzas de la madurez, del orgulloso nombre de la hombría alcanzada. A menudo, con afecto maternal ella se había dedicado a imaginar los méritos y

 

talentos que poseerían en todas las etapas de su vida. ¡Ay de esos últimos días! El mundo había envejecido y todos sus habitantes participaban de su decrepitud. ¿Para qué hablar de infancia, edad adulta o vejez? Todos compartíamos por igual los últimos estertores de una naturaleza ajada por el tiempo. Llegados al mismo estadio de la edad del mundo, no existían diferencias entre nosotros. Los nombres para designar a padres y a hijos habían perdido su significado; los muchachos y las doncellas se hallaban al mismo nivel que los hombres. Todo esto era cierto, pero no por ello resultaba menos doloroso llegar a casa con la advertencia.

 

¿Adónde podíamos volvernos para no encontrar una desolación preñada con la siniestra lección del ejemplo? Los campos habían dejado de cultivarse, las malas hierbas y las flores más raras surgían en ellos. Y allí donde los escasos trigales mostraban las esperanzas vivas del granjero, la labor había quedado a medio terminar, pues el labrador había muerto junto a su arado. Los caballos habían abandonado sus cercados y los vendedores de semillas no se acercaban a los muertos. El ganado, desatendido, vagaba por los campos y los caminos. Los mansos habitantes de los corrales, desprovistos de su ración diaria, se habían asilvestrado; los corderos jóvenes descansaban sobre arriates de flores y las vacas se recogían en los salones del placer. Enfermas y escasas, las gentes del campo ya no acudían a sembrar ni a cosechar y paseaban por los prados o se tendían bajo los setos cuando el cielo inclemente no los llevaba a refugiarse bajo techo. Muchos de los supervivientes se aislaban en sus casas. Algunos habían hecho tal acopio de provisiones que no necesitaban abandonarlas para nada. Otros abandonaban a esposa e hijos con la esperanza de que la soledad absoluta les garantizara la salud. Aquel había sido el plan de Ryland, a quien hallaron muerto y medio devorado por los insectos en una casa que distaba muchas millas de cualquier otra, con montañas de alimentos almacenados inútilmente. Otros realizaban largos viajes para reunirse con sus seres queridos, y a su llegada los encontraban sin vida.

 

La población de Londres no superaba el millar de personas, cifra que no dejaba de disminuir. En su mayor parte campesinos que habían acudido a la ciudad con el único objeto de cambiar de aires. Los londinenses, por su parte, se habían instalado en el campo. El este de la ciudad, por lo general bullicioso, se hallaba sumido en el silencio, excepto en aquellos lugares en los que, en parte por avaricia, en parte por curiosidad, los almacenes habían sido más registrados que saqueados. En el suelo, sin abrir, seguían las cajas llenas de productos llegados de la India, mantones caros, joyas y especias. En algunos lugares el propietario había mantenido la vigilancia de sus mercancías hasta el final, y había muerto ante las rejas cerradas de su establecimiento. En las iglesias, los inmensos portones sin cerrar chirriaban y había algunas personas muertas en el suelo. Una pobre desgraciada, víctima indefensa de la brutalidad más vulgar, había entrado en el baño de una dama de alcurnia y, tras acicalarse

 

con los afeites del esplendor, había muerto frente al espejo donde, sólo para ella, se reflejaba su nuevo aspecto. Algunas mujeres, tan ricas que apenas habían pisado el suelo en toda su vida, habían huido despavoridas de sus casas y, tras perderse en las calles solitarias de la metrópoli, habían perecido en el umbral de la pobreza. Los corazones se encogían ante la variada visión de la miseria, y cuando me hallaba frente a alguna víctima de aquellos cambios crueles sentía un dolor en el alma, pues no podía evitar pensar qué podía sucederles a mi amada Idris y a los niños. Si llegaban a sobrevivirnos a Adrian y a mí, ¿quedarían sin protección en este mundo? Hasta entonces sólo la mente había sufrido, pero ¿podía posponer yo perpetuamente el momento en que el cuerpo delicado y los nervios enfermos de la niña de mi prosperidad, la proveedora de mi rango y riqueza, mi compañera, se vieran atacados por el hambre, la adversidad y la epidemia? Mejor que muriera ya, mejor clavar un puñal en su pecho antes de que la temible adversidad se acercara a ella, y después clavármelo yo mismo. ¡Pero no! En tiempos de desgracias debemos luchar contra nuestros destinos y esforzarnos por que éstos no nos venzan. No me rendiría, y hasta mi último aliento defendería a mis seres queridos contra la pena y el dolor. Y si finalmente era derrotado, mi derrota sería honrosa. De pie en la trinchera, resistiendo al enemigo, al enemigo invisible, impalpable, que tanto tiempo llevaba asediándonos y que todavía no había abierto ninguna brecha entre nosotros. Mi misión consistiría en que siguiera sin lograr, a pesar de cavar en secreto, surgir en las puertas mismas del templo del amor, en cuyo altar yo, día tras días, rendía sacrificio.

 

El apetito de la muerte crecía, pues su alimento menguaba. ¿O tal vez fuera que antes, por ser más los que sobrevivían, no se prestaba tanta atención al número de muertos? Ahora cada vida era una piedra preciosa, cada aliento humano encerraba mucho más valor que la más hermosa de las joyas talladas, y la disminución de almas que se producía día a día, hora a hora, sumía los corazones en la más profunda tristeza. Ese verano fue testigo de la extinción de nuestras esperanzas, el buque de la sociedad naufragó, y la destartalada balsa encargada de llevar a los pocos supervivientes por el mar de la desgracia se desarmaba y recibía los embates de las tempestades. Los hombres vivían de dos en dos, de tres en tres; me refiero a individuos que dormían, despertaban y satisfacían sus necesidades animales. Porque el hombre, en sí mismo débil, pero más poderoso que el viento o el océano cuando se congregaba en grandes números, el que aplacaba los elementos, el señor de la naturaleza creada, el igual de los semidioses, ese hombre ya no existía.

 

¡Adiós a la escena patriótica, al amor a la libertad y al terreno bien ganado de la aspiración virtuosa! ¡Adiós al senado concurrido donde resonaban los consejos de los sabios, cuyas leyes resultaban más penetrantes que el filo de las espadas templadas en Damasco! ¡Adiós a la pompa real y a los desfiles militares; las coronas yacen en el polvo y quienes las lucían descansan en sus

 

sepulcros! ¡Adiós al afán de mando y a la esperanza de victoria; a las altas ambiciones, a la sed de elogios, al deseo de contar con el sufragio de los compañeros! ¡Ya no existen las naciones! No hay senado que se reúna en consejo por los muertos. No hay vástago de alguna dinastía otrora venerada que se esfuerce por gobernar a los habitantes de un osario. La mano del general está fría, y para el soldado cavan a toda prisa una tumba en su campo natal y lo entierran sin honores, aunque ha muerto joven. El mercado permanece vacío, el candidato al favor popular no halla a nadie a quien representar. ¡Adiós a las cámaras de un Estado exangüe! ¡Adiós a los sueños de medianoche, a la representación pictórica de la belleza, a los vestidos costosos y a las celebraciones de cumpleaños, a los títulos y a las diademas doradas! ¡Adiós!

 

Adiós a los gigantescos poderes del hombre, al conocimiento, capaz de conducir la pesada barca por las aguas bravas de un vastísimo océano, a la ciencia que eleva el sedoso globo por un aire sin senderos, al poder capaz de frenar las poderosas aguas y de poner en movimiento ruedas, vigas y grandes engranajes capaces de partir bloques de granito o mármol y de aplanar montañas.

 

Adiós a las artes: a la elocuencia, que es a la mente humana lo que los vientos son al mar, que agitan y luego aplacan. Adiós a la poesía y a la alta filosofía, porque la imaginación del hombre es fría, y su mente curiosa ya no logra explayarse en las maravillas de la vida, pues «en la tumba, adonde vas, no existe obra, mecanismo, conocimiento ni sabiduría» Adiós a los hermosos edificios, que en sus perfectas proporciones trascendían las formas rudas de la naturaleza, el intrincado gótico y el macizo pilar sarraceno, el arco espléndido y la gloriosa bóveda, la columna esbelta con su capitel dórico, jónico o corintio, el peristilo y el bello arquitrabe, cuya armonía de formas resulta tan agradable al ojo como la melodía al oído. Adiós a la escultura, donde el mármol puro se burla de la carne humana, y en la expresión plástica de las excelencias reunidas de la forma humana brillan los dioses. Adiós a la pintura, al sentimiento elevado y al conocimiento profundo de la mente del artista trasladados al lienzo, a las escenas paradisíacas en las que los árboles nunca pierden las hojas y el aire balsámico mantiene eternamente su brillo dorado; a las formas detenidas de las tempestades, al rugido terrorífico de la naturaleza universal encerrada entre los ángulos de un marco. ¡Adiós! Adiós a la música y al sonido de las canciones, al maridaje de los instrumentos que, en concordia de suavidad y dureza, crea una armonía dulce y da alas al público arrobado, que cree subir al cielo y conocer los placeres ocultos de la vida eterna. Adiós a los viejos escenarios, pues una tragedia verdadera se representa en el mundo y la pena fingida inspira vergüenza. Adiós a la alta comedia y a las groserías del bufón. ¡Adiós! El hombre ya no volverá a reír.

 

¡Ay! Enumerar los adornos de la humanidad que hemos perdido demuestra lo supremo y lo grande que el hombre llegó a ser. Y todo ha terminado. Ahora de él no queda ya sino su ser solitario. Como nuestros primeros padres expulsados del Paraíso, vuelve la vista atrás para ver lo que abandona. Los altos muros del sepulcro y la centelleante espada de la peste se levantan entre él y lo que ha perdido. Y como nuestros primeros padres, toda la tierra se extiende ante él, un vasto desierto. Sin apoyos, débil, que vague por los campos, donde el trigo no segado se alza en yerma abundancia, por entre los arbustos plantados por sus padres, por ciudades construidas para su uso. Ya no hay posteridad. La fama, la ambición, el amor, son palabras vacías de significado. Lo mismo que el ganado que pace en las praderas, así tú, ser abandonado, tiéndete al atardecer, ignorante del pasado, despreocupado ante el futuro, pues sólo en ese acogedor desconocimiento podrás hallar algo de alivio.

 

La dicha pinta con sus colores todos los actos y las ideas. Los felices no sienten la pobreza, pues la alegría es como una túnica dorada, y los reviste de piedras preciosas de incalculable valor. La diversión es ingrediente de sus alimentos y lleva a la embriaguez con sus bebidas. El gozo llena de rosas los camastros más duros y hace livianos los trabajos.

 

La pena, en cambio, duplica la carga de las espaldas encorvadas, hunde espinas en los cojines más duros, sumerge hiel en el agua, añade sal al pan amargo viste a los hombres con harapos y arroja cenizas calientes sobre sus cabezas desnudas. En nuestra situación desesperada, cualquier inconveniente menor nos abordaba con fuerza redoblada. Habíamos reforzado nuestros cuerpos para resistir el peso titánico puesto sobre nosotros, pero nos hundíamos si nos arrojaban una pluma ligera, y «la langosta era una carga». Muchos de los supervivientes habían sido criados en el lujo y ahora carecían de criados, y sus poderes de mando se habían desvanecido como sombras ficticias. Los pobres sufrían aún más privaciones, y la idea de otro invierno como el anterior nos causaba pavor. ¿No bastaba con que tuviéramos que morir, había que añadir sufrimiento a nuestra muerte? ¿Debíamos preparar nuestro alimento fúnebre con esfuerzo, y con indigna monotonía arrojar combustible sobre nuestros hogares abandonados? ¿Debíamos, con manos serviles, fabricar los ornamentos que no tardarían en adornar nuestros sudarios?

 

¡No! Si hemos de morir, permítasenos entonces disfrutar al máximo de lo que quede de nuestras vidas. ¡Aléjate, preocupación sórdida! Los trabajos domésticos, dolores leves en sí mismos, aunque gigantescos para nuestras fuerzas vencidas, no formarán parte de nuestras efímeras existencias. En el principio de los tiempos, cuando, como ahora, los hombres vivían en familias, y no en tribus o naciones, habitaban en climas propicios, donde no era

 

menester arar la tierra para que ésta diera frutos, y el aire balsámico envolvía sus miembros reposados con un calor más placentero que el de los lechos de plumas. En el sur se encuentra la tierra natal de la raza humana, la tierra de los frutos, más generosa con el hombre que la más parca Ceres del norte; la tierra de árboles cuyas ramas son como tejados palaciegos, de lechos de rosas y de la viña que la sed aplaca. Allí no hay que temer el frío ni el hambre.

 

¡Fijaos en Inglaterra! La hierba crece muy alta en los prados, pero húmeda y fría, no nos sirve de colchón. De maíz carecemos, y los escasos frutos que en ella crecen no nos bastan. Debemos buscar el fuego en las entrañas de la tierra, pues de otro modo la atmósfera severa nos llena de reuma y de dolor. El esfuerzo de centenares de miles podría hacer de este rincón del mundo un lugar adecuado para la vida de un solo hombre. ¡Así que rumbo al sur, rumbo al sol! Allí la naturaleza es amable, allí Júpiter ha vertido el contenido del cuerno de Amaltea y la tierra es un jardín.

 

Inglaterra, antes cuna de excelencia y escuela de los sabios, tus hijos han muerto, tu gloria se ha esfumado. Tú, Inglaterra, fuiste el triunfo del hombre. Escaso favor ha demostrado el Creador contigo, Isla del Norte. Lienzo rasgado por la naturaleza, pintado por el hombre con colores ajenos. Mas los tonos que te prestó se han deslucido, y ya no han de renovarse. De modo que debemos abandonarte, maravilla del mundo. Diremos adiós a tus nubes y a tu frío para siempre. Tus viriles corazones no laten. Tu historia de poder y libertad ya concluye. Desnuda de hombres, ¡oh, pequeña isla!, las olas del océano te azotarán y el cuervo batirá sus alas sobre ti. Tu suelo será morada de las malas hierbas y tu cielo palio de desnudez. Nunca fuiste célebre por las rosas de Persia, ni por las bananas de Oriente, ni por las abundantes especias de la India, ni por las plantaciones de azúcar de América, ni por tus viñedos, ni por tus dobles cosechas, ni por tus aires primaverales, ni por tu sol del solsticio. Lo fuiste por tus hijos, por su infatigable esfuerzo y sus nobles aspiraciones. Y ahora que ellos ya no existen, tú vas tras ellos, siguiendo el sendero hollado que conduce al olvido.

 

Adiós, Isla triste, tu gloria fatal

 

se cierra, concluye y se cancela en esta historia.

 

 

 

 

CAPÍTULO II

 

 

En el otoño de ese año, 2096, el impulso migratorio se instaló entre los pocos supervivientes que, procedentes de varias partes de Inglaterra, se congregaron en Londres. Se trataba de un impulso que existía como un aliento,

 

un deseo, una idea algo descabellada, hasta que Adrian, una vez tuvo conocimiento de ella, la revistió de ardor y al instante se empeñó en su ejecución. El temor a una muerte inmediata desapareció con los calores de septiembre. Otro invierno se extendía ante nosotros y podíamos escoger el mejor modo de pasarlo. Tal vez, filosóficamente, la emigración fuera el plan más racional, pues nos alejaría del escenario inmediato de nuestra desgracia y, trasladándonos a países agradables y pintorescos, aplacaría por un tiempo nuestra desesperación. Una vez planteada la idea, todos nos mostrábamos impacientes por llevarla a término.

 

Seguíamos en Windsor. Nuestras renovadas esperanzas aliviaban la angustia que se había apoderado de nosotros tras las recientes tragedias. La muerte de muchos de nuestros vecinos nos había disuadido definitivamente de la idea de que nuestro castillo se hallaba a salvo de la peste. Pero habíamos renovado por unos meses más nuestro contrato con la vida e incluso Idris erguía la cabeza, como un lirio tras una tormenta cuando un último rayo de sol roza su copa plateada. Y en aquellas circunstancias Adrian vino a vernos. Su aspecto exultante nos indicaba que planeaba algo. Al punto me llevó a un aparte y me expuso con rapidez su plan para abandonar el país.

 

¡Irse de Inglaterra para siempre! Alejarse de sus campos emponzoñados, de sus huertos, poner mar de por medio, alejarse como el marinero se aleja del islote adonde ha sido arrastrado tras el naufragio, cuando aparece el barco salvador. Ése era el plan.

 

Abandonar el país de nuestros padres, por sus tumbas sagrado. No lo sentíamos como uno de aquellos exilios de la antigüedad, cuando por placer o conveniencia un hombre olvidaba su suelo natal. Aunque miles de millas lo separaran de ella, Inglaterra seguía formando parte de él, lo mismo que él de ella. Se mantenía al corriente de lo que en ella sucedía y sabía que, si regresaba y volvía a ocupar su lugar en la sociedad, tendría la puerta abierta, y dependía de su voluntad el rodearse de nuevo, sin más dilación, de las relaciones y los hábitos de su infancia. Con nosotros, los supervivientes, no sucedía lo mismo. Nosotros no dejábamos a nadie atrás que nos representara, a nadie que repoblara la tierra baldía, y el nombre de Inglaterra moriría cuando la abandonáramos en errante pos de una temerosa seguridad.

 

¡Mas partamos! Inglaterra yace cubierta por su sudario, no nos encadenemos a un cadáver. Partamos, el mundo es ahora nuestra patria, y como residencia escogeremos su rincón más fértil. En sus desiertos salones, bajo este cielo invernal, ¿nos sentaremos con los ojos cerrados y las manos entrelazadas a esperar la muerte? Mejor partir a su encuentro, con gallardía. O tal vez -si todo este planeta pendular, esta piedra preciosa en la diadema del cielo no ha sido infectado del todo por la peste-, tal vez, en algún lugar remoto, en una eterna primavera de árboles mecidos por la brisa y arroyos

 

saltarines, hallemos Vida. El mundo es inmenso, e Inglaterra, aunque sus muchos campos y espaciosos bosques parezcan interminables, no es sino una pequeña porción de él. Tras un día de marcha ascendiendo altas montañas y a través de valles cubiertos de nieve, tal vez nos encontremos con gentes sanas, y tras poner a su cargo a nuestros seres queridos, podamos replantar el árbol de la humanidad, arrancado de raíz, y garantizar posteridad al relato de la raza anterior a la peste, de los héroes y los sabios del estado perdido de las cosas.

 

La esperanza nos guía y la tristeza nos apura, el corazón late con la fuerza de la expectativa, y este intenso deseo de cambio debe de ser un presagio de nuestro éxito. ¡Venid a despediros de los muertos! ¡Decid adiós a las tumbas de aquéllos a quienes amasteis! ¡Adiós al gigantesco Londres, al manso Támesis, a los ríos y montañas de las bellas regiones, cuna de sabios y bondadosos, al bosque de Windsor y a su castillo antiguo! Ya no son sino temas para relatos, y nosotros debemos trasladarnos a otro lugar.

 

Aquellos eran los argumentos de Adrian, pronunciados con gran entusiasmo y rapidez irrebatible. En su corazón se alojaba algo más, algo que no se atrevía a pronunciar. Sentía que había llegado el fin del mundo. Sabía que iríamos desapareciendo uno por uno hasta disolvernos en la nada. No era recomendable aguardar la llegada de esa extinción en nuestro país natal. El viaje nos proporcionaría un motivo diario que apartaría nuestros pensamientos del inminente fin de las cosas. Si nos trasladábamos a Italia, a la Roma eterna y sagrada, tal vez nos sometiéramos con más resignación al mismo decreto que había arrasado sus poderosas torres. Tal vez nos libráramos de nuestra pena egoísta ante la contemplación de su desolación sublime. Todo aquello se ocultaba en la mente de Adrian. Pero pensaba en mis hijos, y en lugar de compartir conmigo aquellas fuentes de su desasosiego, decidió describirme la imagen de salud y vida que hallaríamos al llegar no sabía dónde, ni cuándo. Y si nunca la encontrábamos, nunca dejaríamos de buscarla. No le costó ganarme en cuerpo y alma para su causa.

 

Me correspondió a mí comunicar nuestro plan a Idris. Las imágenes de bienestar y esperanza que esbocé para ella pintaron en su rostro una sonrisa y dio su consentimiento. Aceptaba alejarse del país del que jamás se había ausentado, del lugar donde había vivido desde su más tierna infancia, del bosque de altos árboles, de los senderos y los claros en los que había jugado de niña y en los que tan feliz había sido en su juventud. Todo lo dejaría atrás sin lamentarse, pues esperaba, con ello, preservar la vida de sus hijos, que eran su vida. A ellos los amaba más que a esa tierra consagrada al amor, más que a todo lo que la tierra contenía. Los pequeños supieron de nuestro traslado y lo recibieron con gran alegría. Clara preguntó si viajaríamos a Atenas.

 

-Es posible -respondí, y su semblante se iluminó al momento. Allí visitaría la tumba de sus padres y un territorio lleno de los recuerdos de la gloria de

 

Raymond. Silenciosa pero constantemente, había imaginado la escena una y otra vez. Era el recuerdo de sus padres lo que había convertido en seriedad su alegría infantil, lo que había infundido en ella ideas elevadas e inquebrantables.

 

Había muchos amigos a los que, a pesar de su humildad, no podíamos dejar atrás. Y estaba el caballo brioso y obediente que lord Raymond había regalado a su hija. Debíamos tener también en cuenta al perro de Alfred, así como a un águila adiestrada que, con los años, había perdido visión. Pero no podíamos dejar de sentir tristeza ante aquella lista de elegidos para viajar con nosotros, pues inevitablemente nos venían al recuerdo todas las pérdidas sufridas y suspirábamos por las muchas cosas que debíamos dejar atrás. Las lágrimas asomaban a los ojos de Idris cada vez que Alfred y Evelyn nos traían ahora su rosal favorito, ahora un jarrón de mármol hermosamente tallado, e insistían en que debíamos llevarlos con nosotros, y exclamaban que era una lástima no poder trasladar también el castillo y el bosque, los ciervos y los pájaros y todos los objetos que nos rodeaban.

 

-Pobres infelices -dije yo-; hemos perdido para siempre tesoros más valiosos que éstos. Y los abandonamos para preservar otros ante los que, por comparación, no son nada. Tengamos siempre presentes nuestro objeto y nuestra esperanza, y éstos formarán un muro que impedirá que nos inunde la tristeza por la pérdida de las cosas superfluas.

 

Los niños se distraían fácilmente y pensaban en las diversiones que les aguardaban en el futuro. Idris, que trataba de ocultar sus debilidades, había desaparecido. Tras abandonar el castillo, había descendido hasta el jardín en busca de una soledad que le permitiera entregarse a las lágrimas. La encontré apoyada en un viejo roble, presionando los labios contra el tronco rugoso, vertiendo un mar de lágrimas y sollozando incontrolablemente. Me partía el corazón ver llorar de ese modo a mi ser más amado. La atraje hacia mí y, besándole los párpados, rodeándola con mis brazos, logré que recordara lo que todavía poseía.

 

-Eres muy amable por no hacerme reproches -me dijo-. Lloro, y un dolor insoportable rasga mi alma. Y sin embargo soy feliz. Hay madres que se lamentan por la pérdida de sus hijos, esposas que han perdido a sus maridos, mientras que yo os conservo a todos. Sí, soy feliz, soy la persona más feliz del mundo por poder llorar por penas imaginarias y porque la pequeña pérdida de mi adorado país no se vea menguada ni aniquilada por mayores desgracias. Llévame adonde quieras, adonde estéis tú y mis hijos, pues para mí allí estará Windsor, y cualquier país será Inglaterra. Que estas lágrimas que derramo no sean por mí, feliz e ingrata como soy, sino por el mundo muerto, por nuestro país perdido, por todo el amor, la vida y la dicha que ahora se ahogan en las polvorientas cámaras de los difuntos.

 

Hablaba deprisa, como si quisiera convencerse a sí misma. Apartó la vista de los árboles y los senderos que tanto amaba. Ocultó el rostro en mi pecho y los dos -ausente mi firmeza masculina- derramamos juntos lágrimas de consuelo, y después, ya más calmados, casi alegres, regresamos al castillo.

 

Los primeros fríos del octubre inglés nos llevaron a acelerar los preparativos. Persuadí a Idris para que nos trasladáramos a Londres, donde podría ocuparse mejor de las gestiones necesarias. No le revelé que, para ahorrarle el dolor de separarse de los objetos inanimados -que eran los únicos que quedaban ya-, había decidido que ninguno de nosotros regresaríamos a Windsor. Por última vez contemplábamos la vasta extensión de los campos desde la terraza y veíamos los últimos rayos de sol teñir los bosques coloreados por todos los tonos del otoño. Las tierras de labranza abandonadas y las casas sin fuego en el hogar se extendían más abajo; el Támesis surcaba la extensa llanura y la venerable mole del colegio de Eton se alzaba, prominente, recortándose en la oscuridad. Los graznidos de los miles de grajos que poblaban los árboles del jardín, cuando en columna o en apretada formación se abalanzaban sobre sus nidos, rasgaban el silencio del anochecer. La naturaleza era la misma, la misma que cuando se mostraba como una madre amable de la raza humana. Ahora, sin hijos, desolada, su fertilidad parecía una burla; su amor, una máscara que ocultara su deformidad. ¿Por qué la brisa seguía meciendo suavemente los árboles, si el hombre no sentía su refrescante alivio? ¿Por qué la noche oscura se adornaba de estrellas, si el hombre no podía verlas? ¿Por qué seguían existiendo los frutos, las flores y los arroyos, si el hombre no seguía allí para gozar de ellos?

 

 

Idris, a mi lado, entrelazaba su mano con la mía. Su gesto era radiante y sonreía.

 

-El sol está solo -dijo-, pero nosotros no. Una estrella rara, Lionel mío, regía en nuestro nacimiento. Con tristeza y horror podemos ver la aniquilación del hombre, pero nosotros nos mantenemos, el uno por el otro. ¿He buscado yo alguna vez, en todo el vasto mundo, a alguien salvo a ti? Y si en el vasto mundo tú perduras, ¿por qué he de lamentarme? Tú y la naturaleza todavía me sois sinceros. Bajo las sombras de la noche, y a través del día, cuya luz inclemente muestra nuestra soledad, tú seguirás aquí, a mi lado, y ni siquiera lamentaré alejarme de Windsor.

 

Había optado por viajar a Londres de noche, con la idea de que los cambios y la desolación del paisaje resultaran menos observables. Nos conducía el único de nuestros criados que seguía con vida. Dejamos atrás la colina empinada y nos adentramos en la oscura avenida del Gran Paseo. En ocasiones como ésa circunstancias nimias adquieren proporciones gigantescas y majestuosas; así, la mera apertura de la verja blanca que daba acceso al bosque acaparó mi atención y mi interés. Se trataba de una acción cotidiana

 

que ya nunca volvería a repetirse. La luna creciente, a punto de ponerse ya, brillaba entre los árboles, a nuestra derecha, y cuando entramos en el parque asustamos a una manada de ciervos que, brincando, se ocultaron entre las sombras del bosque. Nuestros dos hijos dormían plácidamente. Entonces, antes de que el camino doblara y nos ocultara la vista, me volví y contemplé el castillo. Sus ventanas reflejaban la luz de la luna y su marcado perfil se recortaba contra el cielo. Los árboles cercanos, zarandeados por la brisa, entonaban cantos fúnebres, solemnes. Idris, apoyada en el respaldo, me cogió de las dos manos y me miró con semblante sereno, como si no le importara lo que dejaba atrás al recordar lo que todavía conservaba.

 

Mis pensamientos eran tristes y solemnes, aunque no únicamente dolorosos. Los mismos excesos de nuestra desgracia se acompañaban de cierto alivio, un alivio que hacía sublime y elevada la pena. Sentía que me acompañaban mis seres más queridos. Y, tras la prolongada separación, me alegraba el reencuentro con Adrian. Ya nunca nos separaríamos. Sentía que abandonaba lo que amaba, no lo que me amaba a mí. Los muros del castillo, los grandes árboles de siempre, no oían con tristeza el último adiós que pronunciaban las ruedas de nuestro carruaje. Y mientras notara la proximidad de Idris y escuchara la respiración sosegada de mis hijos, no podía ser desgraciado. Clara, por su parte, era presa de una intensa emoción. Con ojos llorosos, trataba de reprimir los sollozos. Apoyándose contra la ventanilla, contemplaba su Windsor natal por última vez.

 

Adrian nos dio la bienvenida a nuestra llegada. Era todo animación, y en su aspecto saludable era imposible distinguir al ser enfermizo y sufriente. Por su sonrisa y su voz alegre no podía adivinarse que estaba a punto de llevarse de su país natal a los supervivientes de la nación inglesa, para conducirlos hasta los reinos deshabitados del sur, donde morirían uno tras otro, hasta que el último hombre se alzara sobre el mundo mudo y vacío.

 

Adrian, impaciente ante la partida, había avanzado notablemente en los preparativos. Su sabiduría nos iluminaba a todos. Su preocupación era el alma que movía a la infeliz muchedumbre, que confiaba plenamente en él. Era inútil cargar con demasiadas cosas, pues hallaríamos abundantes provisiones en todas las ciudades. Adrian deseaba evitar todo trabajo, dar un aire festivo a nuestra comitiva fúnebre, formada por menos de dos mil personas. No todas se hallaban en Londres, y todos los días presenciábamos la llegada de nuevos viajeros. Quienes vivían en las ciudades vecinas habían recibido la orden de congregarse en el mismo lugar el veinte de noviembre. Se habían proporcionado caballos y carruajes a todos. Se habían escogido capitanes y suboficiales y toda la operación había sido organizada con rigor. Todos obedecían al Señor Protector de la moribunda Inglaterra, todos lo admiraban. Se escogió su consejo, formado por cincuenta personas. Para su elección no se

 

tuvo en cuenta su clase ni su distinción. Entre nosotros no existía más clase que aquélla que la bondad y la prudencia nos otorgaban, ni más distinción que la que separaba a los vivos de los muertos. Aunque deseábamos abandonar Inglaterra antes de que el invierno avanzara, no lo hacíamos aún, pues se habían enviado expediciones a distintas partes de Inglaterra en busca de personas que hubieran podido quedar rezagadas. No nos iríamos hasta estar seguros de que, con toda probabilidad, no abandonábamos a su suerte a ningún ser humano.

 

A nuestra llegada a Londres descubrimos que la anciana condesa de Windsor se había trasladado a vivir con su hijo en el palacio del Protectorado. Nosotros nos instalamos en nuestra residencia habitual, junto a Hyde Park. Por primera vez en muchos años Idris veía a su madre, y estaba impaciente por constatar si el infantilismo de la vejez se habría mezclado, en su caso, con su orgullo de antaño y la dama de noble cuna seguiría demostrando por mí una animadversión inveterada. La edad y las preocupaciones habían hundido sus mejillas y encorvado su cuerpo. Pero seguía observando con ojos vivaces y sus modales eran aún autoritarios. Recibió a su hija con frialdad, aunque demostró más afecto al estrechar a sus nietos en sus brazos. El deseo de perpetuar nuestras maneras e ideas en nuestros descendientes forma parte de nuestra naturaleza. La condesa había fracasado en los planes que había trazado para sus hijos, pero tal vez esperara resarcirse con parientes más dóciles. En una ocasión en que Idris mencionó mi nombre de pasada, su madre frunció el ceño y, con voz temblorosa e impregnada de odio, dijo:

 

-Yo valgo ya muy poco en este mundo. Los jóvenes se muestran impaciente por expulsar de la escena a los ancianos. Pero Idris, si no deseas ver a tu madre expirar a tus pies, no vuelvas a mencionar el nombre de esa persona. Todo lo demás puedo soportarlo, y ya me he resignado a la destrucción de mis más altas esperanzas. Pero considero excesivo que se me pida que ame al instrumento que la providencia dotó de propiedades asesinas para causar mi destrucción.

 

Era aquél un monólogo raro, ahora que, en el escenario vacío, cada uno podía representar su papel sin que el otro se lo impidiera. Pero la altiva reina destronada opinaba, como Octavio César y Marco Antonio, que

 

no cabíamos los dos

 

en esta tierra.

 

El día de nuestra partida se fijó para el veinticinco de noviembre. El clima era templado. De noche caía una lluvia mansa y de día brillaba el sol invernal. Nuestro grupo avanzaría en comitivas distintas y seguiría distintas rutas, que se unirían de nuevo en París. Adrian y su división, formada en su totalidad por quinientas personas, viajarían hasta Dover, y de allí a Calais.

 

El 20 de noviembre Adrian y yo recorrimos a caballo por última vez las calles de Londres, cubiertas de hierba y desoladas. Las puertas abiertas de las mansiones vacías chirriaban. En los peldaños de las casas se acumulaban el polvo y plantas marchitas. Los chapiteles mudos de las iglesias se clavaban en un aire exento de humo. Los templos permanecían abiertos, pero en sus altares no rezaban los fieles. El moho y la humedad ya habían manchado sus ornamentos, y pájaros y animales domésticos, ahora sin hogar, habían escogido aquellos lugares santos para construir sus nidos y sus madrigueras. Pasamos junto a la catedral de San Pablo. Londres, que se había extendido mucho en suburbios construidos en todas direcciones, había quedado algo desierto en su centro, y gran parte de lo que en épocas anteriores había oscurecido aquel inmenso edificio había sido demolido. Su imponente mole, su piedra ennegrecida, su alta cúpula, la hacían parecer, más que un templo, un sepulcro. Sobre su pórtico había una lápida grabada con el epitafio de Inglaterra. Nos dirigimos hacia el este, conversando de los asuntos solemnes que los tiempos dictaban. No se oía paso alguno ni se veía a nadie. Grupos de perros, abandonados por sus amos, pasaban junto a nosotros. Y de vez en cuando algún caballo, sin silla ni bridas, se acercaba a nosotros e intentaba atraer la atención de los nuestros, como incitándolos a recobrar su libertad. Un buey desuncido que había estado alimentándose en un granero abandonado se asomó de pronto a una entrada estrecha. Aunque todo estaba desierto, no había nada en ruinas. Y aquella combinación de edificios intactos y lujosas residencias en perfecto estado contrastaba con el silencio solitario de las calles despobladas.

 

La noche se acercaba y comenzó a llover. Nos disponíamos a regresar a casa cuando llamó nuestra atención una voz humana. Se trataba de una voz infantil que entonaba un canto alegre. No se oía nada más. Habíamos atravesado Londres, desde Hyde Park hasta las Minories, donde nos hallábamos, y no habíamos encontrado a nadie ni habíamos oído pasos o voces. Unas risas, seguidas de una conversación, interrumpieron el canto. Jamás un estribillo alegre se pronunció en momento tan triste, ni unas risas se asemejaron tanto al llanto. La puerta de la casa de la que procedían aquellos sonidos estaba abierta, y vimos que las estancias de la planta superior se hallaban iluminadas, como si hubiera de celebrarse alguna fiesta. Se trataba de una residencia magnífica en la que sin duda había vivido algún mercader rico. El canto volvió a sonar y resonó en las estancias de altos techos, mientras nosotros ascendíamos en silencio por la escalera. Las luces parecían guiarnos. Y una sucesión prolongada de salones espléndidos, luminosos, nos causó aún mayor asombro. Su único habitante, una niña pequeña, bailaba y cantaba evolucionando por ellos, seguida por un gran perro de Terranova que se abalanzaba juguetón sobre ella, interrumpiéndola. La pequeña a veces se enojaba y a veces se reía, y en ocasiones se echaba al suelo para retozar con él.

 

Iba vestida de manera grotesca, con ropas de colores chillones y chales de mujer. Aparentaba unos diez años. Adrian y yo permanecimos junto a la puerta contemplando aquella extraña escena hasta que el perro, percatándose de nuestra presencia, ladró sonoramente. La muchacha se giró y nos vio. Abandonando su alegría anterior, compuso un gesto serio y se echó hacia atrás, al parecer planteándose la huida. Yo me acerqué a ella y le tomé la mano. Ella no me lo impidió, pero con semblante adusto, raro en una niña, y del todo alejado de su anterior hilaridad, permaneció inmóvil, con la vista clavada en el suelo.

 

-¿Qué haces aquí? -le pregunté amablemente-. ¿Quién eres?

 

Ella no respondió nada y empezó a temblar con violencia.

 

-Mi pobre niña, ¿estás sola? -le preguntó Adrian con un tono tan dulce que se ganó su confianza. La pequeña entonces se soltó de mi mano y se arrojó en sus brazos, aferrándose a su cuello y exclamando:

 

-¡Sálvame! ¡Sálvame! -mientras, con gran pesar, se deshacía en llanto.

 

-Yo te salvaré -respondió él-. ¿De qué tienes miedo? De mi amigo no debes tenerlo, no va a hacerte ningún daño. ¿Estás sola?

 

-No, León está conmigo.

 

-¿Y tus padres...?

 

-No los tuve nunca. Soy huérfana y vivo de la caridad. Todos se han ido, se han ido y no volverán en muchos, muchos días, pero si regresan y me encuentran, me pegarán mucho.

 

En aquellas tristes palabras se resumía su desdichada vida. Huérfana, supuestamente acogida por caridad, maltratada y envilecida, sus opresores habían muerto. Sin comprender lo que había sucedido a su alrededor, se encontraba sola. No se había atrevido a salir a la calle, y en la persistencia de su soledad su coraje había renacido, su vivacidad infantil la había llevado a entregarse a mil juegos, y con su compañero fiel había vivido unas largas vacaciones, sin más temor que el regreso de las voces duras y los usos crueles de quienes se decían sus protectores. De modo que, cuando Adrian le propuso que se viniera con nosotros, aceptó sin dudarlo.

 

Entretanto, mientras servíamos de contrapunto a las penas ajenas, a una soledad que asombraba a nuestros ojos, no a nuestro corazón, mientras imaginábamos todos los cambios y sufrimientos que se habían producido en aquellas calles otrora bulliciosas, antes de que, despobladas y desiertas, se hubieran convertido en meras guaridas de perros; mientras leíamos la muerte del mundo sobre el templo oscuro, y nos consolábamos al recordar que nosotros conservábamos todo lo que nos era querido...

 

Habíamos llegado desde Windsor a principios de octubre y llevábamos en Londres unas seis semanas. Día a día, durante aquel tiempo, la salud de mi amada Idris había declinado. Su corazón se había roto. Ni el sueño ni el apetito, guardianes de la salud, se ocupaban de su cuerpo exhausto. Su único pasatiempo consistía en vigilar a sus hijos, en sentarse a mi lado a empaparse de las esperanzas que yo trataba de infundir en ella. Su vivacidad, tanto tiempo mantenida, sus cariñosas muestras de afecto, su alegría, su simpatía, la habían abandonado. No podía ocultarme a mí mismo, ni ella podía esconderlo, que la tristeza consumía su vida. Con todo, tal vez el cambio de escenario y las esperanzas renovadas lograran devolverla a su anterior estado. Yo sólo temía a la peste, y ésta la había mantenido intacta.

 

La había dejado sola aquella tarde, descansando del esfuerzo de los preparativos. Clara se encontraba a su lado, contando un cuento a nuestros dos niños. Mi amada tenía los ojos cerrados, pero Clara percibió un cambio en el aspecto del mayor: sus pesados párpados velaron sus ojos, un color extraño tiñó sus mejillas y se le aceleró la respiración. Clara miró a la madre que, aunque dormía, se sobresaltó al sentir la pausa en la narración. Por temor a despertarla y alarmarla, y a instancias del pequeño Evelyn, que no se había percatado de lo que sucedía, Clara prosiguió con el cuento, pronunciando con voz temblorosa y mirando sucesivamente a Idris y a Alfred, hasta que vio que éste estaba a punto de desvanecerse. Se adelantó a tiempo, lo interceptó, y su grito despertó a Idris, que miró a su hijo y vio la muerte reflejada en su semblante. Lo tendió en un lecho y humedeció sus labios resecos.

 

Podría salvarse. Si yo estuviera allí, tal vez pudiera salvarse. Tal vez no fuera la peste. Sin nadie que la aconsejara, ¿qué podía hacer? Quedarse a su lado y verlo morir. ¿Por qué, en ese momento, me hallaba yo ausente?

 

-Cuida de él, Clara -exclamó-. Regreso enseguida.

 

Preguntó a los compañeros de nuestro viaje que se habían instalado en nuestra residencia. Pero éstos apenas supieron decirle que había salido con Adrian. Les rogó entonces que fueran en mi busca y regresó a su hijo, que se hallaba sumido en un horrible sopor. Volvió a precipitarse escaleras abajo. Todo estaba oscuro, desierto y silencioso. Abandonando toda compostura, corrió hasta la calle y gritó mi nombre. Sólo obtuvo respuesta de la llovizna y el viento ululante. El miedo desbocado dio alas a sus pies y siguió avanzando en mi busca, sin saber adónde iba. Concentrando en la velocidad todos sus pensamientos, toda su energía, todo su ser, corría en una dirección equivocada, sin sentir, ni temer, ni detenerse. Corría y corría, hasta que las fuerzas la abandonaron tan repentinamente que no le dio tiempo a salvarse. Las piernas le fallaron y cayó de bruces en el suelo.

 

Permaneció aturdida unos instantes, pero al cabo se puso en pie y, aunque

 

dolorida, siguió caminando, derramando un torrente de lágrimas, tropezando a veces, caminando sin rumbo, pronunciando mi nombre con un hilo de voz de vez en cuando, y declarando, entre desgarradoras exclamaciones, que yo era un ser cruel y malvado. No se hallaba otro ser humano en las inmediaciones que pudiera responderle, y lo inclemente de la noche había llevado a los animales errantes a las guaridas que habían usurpado. La lluvia había empapado su fino vestido y el pelo mojado se le aferraba a la nuca. Siguió vagando por las calles oscuras hasta que, golpeándose el pie con algún obstáculo invisible, volvió a caer al suelo. En esa ocasión no pudo levantarse. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero, alzando los brazos, se rindió a la furia de los elementos y al dolor punzante de su propio corazón. Susurró una plegaria para morir rápidamente, pues ya sólo en la muerte hallaría alivio. Y abandonando toda esperanza de salvarse, dejó de lamentarse por la muerte de su hijo y lloró amargamente al pensar en el dolor que me causaría su pérdida.

 

Mientras yacía casi sin vida en el suelo, sintió una mano tibia y suave en la frente, y una voz femenina y dulce le preguntó con gran ternura si no podía ponerse en pie. Que otro ser humano, solidario y amable, existiera y se encontrara a su lado, la animó. Incorporándose a medias, entrelazó las manos y se echó a llorar de nuevo. Rogó a su salvadora que fuera en mi busca y me pidiera que acudiera deprisa al auxilio de nuestro hijo agonizante. ¡Y que lo salvara, por el amor del cielo, que lo salvara!

 

La mujer la ayudó a incorporarse y la llevó a guarecerse bajo un techo. Trató de convencerla para que regresara a casa, alegando que tal vez yo ya me encontrara allí. Idris cedió fácilmente a sus persuasiones y, apoyándose en el brazo de su amiga, se es-forzaba por caminar, pero una gran debilidad la llevaba a detenerse una y otra vez.

 

Espoleados por la tormenta, que arreciaba, nosotros habíamos apresurado nuestro regreso. Adrian llevaba a la pequeña en su caballo, montada delante de él. Al llegar descubrimos a una multitud de personas congregada bajo el pórtico, y por sus gestos deduje instintivamente que había sucedido alguna nueva desgracia. Alarmado, rápido, temeroso de preguntar nada, desmonté de un salto. Los presentes me vieron, me reconocieron al momento y en tenso silencio se apartaron para cederme el paso. Yo le arrebaté una lámpara a alguien y corrí escaleras arriba. Oí entonces un gemido, y sin pensar abrí la primera puerta que apareció ante mí. La oscuridad era intensa, pero al entrar un olor maligno asaltó mis sentidos y me provocó unas náuseas y un malestar que se abrió paso hasta mi corazón. Sentí que alguien me agarraba la pierna y emitía otro gemido. Bajé la lámpara y vi a un negro semidesnudo, consumido por la enfermedad, aferrándose a mí entre convulsiones. Con una mezcla de horror e impaciencia, al tratar de soltarme caí sobre el enfermo, que en ese instante me rodeó con sus brazos desnudos y purulentos. Su rostro se hallaba

 

casi pegado al mío, y su aliento, cargado de muerte, penetraba en mis pulmones. Por un momento me sentí desfallecer, presa de las náuseas. Pero al punto recobré la capacidad de reacción y me incorporé de un salto, apartando de mí al pobre infeliz. Abandoné la habitación, subí a toda prisa por la escalera y entré en la cámara que generalmente ocupaba mi familia. Una luz muy tenue me mostró a Alfred tendido en un sofá; Clara, temblorosa y más blanca que la nieve, lo mantenía incorporado, pasándole el brazo por la espalda, y acercaba un vaso de agua a sus labios. Vi con claridad que en aquel cuerpo arruinado no habitaba el menor hálito de vida, que su expresión era rígida, sus ojos opacos, y que su cabeza colgaba hacia atrás, inerte. Lo cogí en mis brazos y lo tendí suavemente en la cama. Besé su boca fría, pequeña, y empecé a susurrarle cosas en vano, porque ni el estallido atronador de un cañonazo habría alcanzado su morada inmaterial.

 

¿Dónde estaba Idris? Que hubiera salido a buscarme y no hubiera regresado era una pésima noticia, pues la lluvia y el viento golpeaban los cristales y rugían alrededor de la casa. Además, una repulsiva sensación de enfermedad se apoderaba de mí por momentos. Si quería volver a verla, no había tiempo que perder. Monté en mi caballo y fui en su busca. En cada racha de viento creía oír su voz, acallada por la fiebre y el dolor.

 

Cabalgué bajo la lluvia, a oscuras, a través de la madeja de calles desiertas de Londres. Mi hijo muerto en casa, las semillas de mi enfermedad mortal habían echado raíces en mi pecho. Iba en busca de Idris, mi adorada, que vagaba sola mientras las aguas frías descendían del cielo como cataratas, empapaban su cabeza y sus hermosos miembros se agarrotaban de frío. Al pasar junto una casa al galope, distinguí a una mujer de pie bajo un portal, que me llamaba. No era Idris, de modo que no me detuve, hasta que una suerte de segunda visión, un reflejo de lo que había visto apenas marcado en mis sentidos, me llevó a convencerme de que otra figura, delgada, esbelta, alta, se aferraba a la persona que la sostenía. En cuestión de segundos ya me hallaba junto a la suplicante, en cuestión de segundos recibía en mis brazos el cuerpo agonizante de Idris. La levanté y la tendí sobre el caballo. Le faltaban fuerzas para sostenerse por sí misma, de modo que monté detrás de ella, la apreté con fuerza contra mi pecho y la envolví con mi capa, mientras la mujer que la había auxiliado (su rostro, aunque cambiado, me era conocido, y resultó no ser otra que Juliet, la hija del duque de L...) no habría podido, en aquel momento de horror, despertar en mí más que una fugaz mirada de compasión. Tomó las riendas de mi montura y nos condujo a casa. ¿Me atreveré a decirlo? Aquel fue mi último momento de felicidad; pero sí, era feliz. Idris debía morir, pues su corazón estaba destrozado. Yo debía morir, pues me había infectado con la peste. La tierra era un escenario desolado; la esperanza, una locura; la vida se había casado con la muerte y ahora eran una sola cosa. Pero, mientras sostenía entre mis brazos a mi agonizante amor, sintiendo que yo mismo no tardaría en

 

morir, me deleitaba en la sensación de poseerla una vez más. La besé una y otra vez y la acerqué mucho a mi corazón.

 

Llegamos a casa y la ayudé a descabalgar. La subí a la primera planta y le pedí a Clara que le cambiara las ropas empapadas. Brevemente le aseguré a Adrian que nos encontrábamos bien y le pedí que nos dejara reposar. Como el avaro que con manos temblorosas cuenta su dinero una y otra vez, yo también atesoraba todos los momentos pasados con Idris y lamentaba los que había vivido sin su compañía. Regresé deprisa a la cámara donde reposaba la vida de mi vida, pero antes de entrar en ella me detuve unos segundos y traté de examinar mi estado: la enfermedad y los temblores se apoderaban de mí. Me pesaba la cabeza, sentía una opresión en el pecho y me flaqueaban las piernas. Con todo, desdeñé los síntomas de mi mal, que crecían por momentos, y me reuní con Idris con ánimo sereno e incluso alegre. La hallé tendida en un sofá. Tras cerrar la puerta para evitar que pudieran interrumpirnos, me senté a su lado, nos abrazamos, y nuestros labios se fundieron en un beso largo que nos dejó sin aliento. Ojalá aquél hubiera sido mi último momento.

 

El sentimiento maternal despertó entonces en el pecho de mi pobre niña.

 

-¿Y Alfred? -me preguntó entonces.

 

-Idris -respondí yo-. Nos tenemos el uno al otro y estamos juntos, no dejes que ninguna otra idea te aparte de ello. Yo soy feliz. Incluso en esta noche fatal me declaro feliz, más allá de las palabras, de los pensamientos. ¿Qué más podemos pedir, dulce amor mío?

 

Idris me comprendió. Apoyó la cabeza en mi hombro y lloró.

 

-¿Por qué tiemblas así, Lionel? ¿Qué te agita de este modo?

 

-Cómo no he de temblar -dije-, si me siento feliz. Nuestro niño ha muerto y este momento es oscuro y lúgubre. Claro que tiemblo, pero soy feliz, mi Idris, el más feliz del mundo.

 

-Te comprendo, mi dulce amor -dijo Idris-, así, pálido como estás de pesar por nuestra pérdida. Temblando y aterrorizado, pretendes calmar mi dolor con palabras. Yo no soy feliz -y las lágrimas asomaron a sus ojos y resbalaron por sus párpados entrecerrados-, pues somos moradores de una cárcel miserable, y no hay dicha para nosotros. Pero el amor verdadero que te profeso me permitirá soportar esta pérdida y todas las demás.

 

-Hemos sido felices juntos, al menos -dije yo-. Ninguna desgracia futura podrá privarnos de nuestro pasado. Llevamos muchos años siendo sinceros, desde que mi dulce princesa enamorada llegó bajo la nieve hasta la humilde granja del heredero pobre y arruinado de Verney. Incluso ahora, cuando la eternidad se extiende ante nosotros, extraemos nuestras esperanzas sólo de la

 

presencia del otro. Idris, ¿crees que cuando muramos nos separaremos?

 

-¡Morir! ¡Cuando muramos! ¿Qué pretendes decir? ¿Qué secreto se me oculta tras esas temibles palabras?

 

-¿Acaso no hemos de morir todos, amada mía? -le pregunté, esbozando una sonrisa triste.

 

-¡Dios Santo! ¿Estás enfermo, Lionel, que hablas de la muerte? Mi único amigo, corazón de mi corazón, ¡habla!

 

-No creo -respondí yo- que a ninguno de los dos nos quede mucho por vivir. Y cuando caiga el telón de esta escena mortal, ¿crees que volveremos a encontrarnos?

 

Mi tono despreocupado y mi aspecto serenaron a Idris, que respondió:

 

-No te costará creer que durante este prolongado avance de la peste he pensado con frecuencia en la muerte, y me he preguntado, ahora que toda la humanidad ha muerto para esta vida, a qué otra vida puede haber nacido. Hora tras hora he habitado en estos pensamientos y he tratado de formarme una conclusión racional sobre el misterio de un estado futuro. Qué espantapájaros sería la muerte si apartáramos meramente la sombra en la que ahora andamos y, adentrándonos en el cielo despejado del conocimiento y el amor, reviviéramos con los mismos compañeros, los mismos afectos, y alcanzáramos la culminación de nuestras esperanzas, dejando nuestros temores en la tumba, junto a nuestra vestimenta terrenal. ¡Ay! La misma sensación profunda que me hace estar segura de que no moriré del todo, me impide creer que vaya a vivir tan plenamente como lo hago ahora. Y a pesar de todo, Lionel, nunca, nunca, podré amar a otro. Por toda la eternidad desearé tu compañía y, como soy inocente del mal causado a otros, y como confío tanto como mi naturaleza mortal me lo permite, espero que el Gobernante del mundo nunca nos separe.

 

-Tus comentarios son como tú misma, mi amor -observé yo-. Dulces y bondadosos. Atesoremos esa creencia y apartemos la angustia de nuestras mentes. Pero, amada mía, hemos sido formados de tal modo (y no existe el pecado, si Dios creó nuestra naturaleza para que se plegara a sus órdenes), hemos sido formados de tal modo que debemos amar la vida y aferrarnos a ella. Debemos amar la sonrisa viva, la caricia amiga, la voz emocionada, que son características de nuestro engranaje mortal. No descuidemos el presente por la seguridad del más allá. Este momento, por corto que sea, forma parte de la eternidad y es su mejor parte, pues es nuestro, inalienablemente. Tú, esperanza de mi futuro, eres mi dicha presente. Déjame entonces que te mire a los ojos, a tus hermosos ojos, y leyendo el amor en ellos, beba hasta embriagarme el placer que me causan.

 

Tímidamente, pues mi vehemencia la asustaba un poco, Idris me miró. Yo

 

tenía los ojos inyectados en sangre, algo hinchados. Sentí que todas las arterias de mi cuerpo latían audiblemente, que todos y cada uno de mis músculos se agitaban, que mis nervios se estremecían. Su expresión de espanto me indicó que ya no podía mantener mi secreto oculto por más tiempo.

 

-Así es, amada mía -le dije-, ha llegado la última de muchas horas felices y ya no podemos ignorar por más tiempo el destino inevitable. No viviré mucho más, pero una y otra vez te digo que este momento es nuestro.

 

Más pálida que el mármol, los labios blancos, el gesto desencajado, Idris cobró conciencia de mi situación. Sin levantarme, le rodeé la cintura con un brazo y ella sintió la fiebre en la palma de mi mano y en el corazón que ésta apretaba.

 

-Un momento -susurró en voz muy baja, tanto que apenas la oía-. Sólo un momento...

 

Se arrodilló y, ocultando el rostro entre las manos, pronunció una oración breve pero sincera, rogó a Dios que le diera fuerzas para cumplir con su deber, para cuidarme hasta el final. Mientras hubo esperanzas, la agonía había sido insoportable. Pero ahora todo había terminado. Sus sentimientos se tornaron solemnes y sosegados. Como Epicaris, imperturbable y firme al ser sometida a los instrumentos de la tortura, así Idris, reprimiendo todo suspiro y señal de dolor, se dispuso a recibir sus tormentos, de los que son símbolos el potro y la rueda.

 

Me sentí cambiar. La cuerda firme que me oprimía con tanta dureza se aflojó apenas Idris participó de mi conocimiento de nuestra verdadera situación. Las ondas alteradas de mi mente se amansaron y quedó sólo la intensa corriente que seguía avanzando, suprimida ya toda manifestación de sus molestias, hasta que rompiera en la costa remota hacia la que me dirigía apresuradamente.

 

-Es cierto que me encuentro enfermo -dije-, y que tu compañía es mi única medicina. Ven y siéntate a mi lado.

 

Ella me pidió que me tendiera en el sofá y, acercando a él una otomana baja, se sentó muy cerca de mi almohada. Tomó entre sus manos frías las mías, que ardían. Aplacó mi desasosiego febril y me dejó hablar, y me habló de asuntos extraños para dos seres que observaban y veían el fin de lo que habían amado en el mundo. Hablamos de épocas pasadas. Del feliz periodo de nuestro amor primero. De Raymond, Perdita y Evadne. Hablamos de lo que sería de aquella tierra desierta si, salvándose sólo dos o tres personas, llegaba a repoblarse lentamente. Hablamos de lo que había más allá de la tumba. Y como el ser humano, con su forma humana, se hallaba prácticamente extinguido, sentíamos con la certeza de la fe que otros espíritus, otras mentes,

 

otros seres perceptivos, invisibles a nuestros ojos, deberían poblar con sus ideas y su amor este universo hermoso e imperecedero.

 

Hablamos no sé cuánto tiempo, pero al alba desperté de un sueño doloroso y profundo. La mejilla pálida de Idris reposaba sobre mi almohada. Los párpados de sus grandes ojos estaban entreabiertos y mostraban a medias dos luceros de un azul intenso. Murmuraba con la boca abierta y su tono indicaba que incluso en sueños sufría. «Si estuviera muerta -pensé-, ¿qué diferencia habría?, ahora que la forma es el templo de una deidad residente; estos ojos son las ventanas de su alma; toda la gracia, el amor y la inteligencia se asientan en este pecho hermoso. Si estuviera muerta, ¿dónde se hallaría esa mente, la mitad más adorada de mi persona? Pues muy pronto las bellas proporciones de ese edificio quedarían más destruidas que las ruinas de los templos de Palmira, engullidas por el desierto.»

 

 

 

 

CAPÍTULO III

 

 

Idris se movió y despertó. Pero, ¡ay!, despertó a la desgracia. Vio las señales de la enfermedad en mi rostro y se preguntó cómo había permitido que pasara la larga noche sin procurarme, no ya cura, pues la cura era imposible, sino alivio a mis sufrimientos. Llamó a Adrian y al poco el sofá se vio rodeado de amigos y asistentes, y de los medicamentos que se juzgó adecuado administrarme. Era característica distintiva y terrible de aquella epidemia que nadie a quien hubiera atacado se había recuperado jamás. El primer síntoma de la enfermedad era, pues, la sentencia de muerte, que en ningún caso había venido seguida del perdón o el indulto. Así, ni un atisbo de esperanza iluminaba los rostros de mis amigos.

 

Mientras, la fiebre me causaba sopor y fuertes dolores, se posaba con el peso del plomo sobre mis miembros y agitaba mi pecho. Yo me mostraba insensible a todo salvo a mi dolor, y al final ni ante él reaccionaba. A la cuarta mañana desperté como de un sueño sin sueños. Sólo sentía una sed irritante, y cuando trataba de hablar o moverme las fuerzas me abandonaban por completo.

 

Durante tres días con sus noches Idris no se había movido de mi lado. Ella velaba por todas mis necesidades y no dormía ni descansaba. Así, ni siquiera trataba de extraer información de la expresión del médico ni de escrutar mi rostro en busca de síntomas de restablecimiento, pues sus cinco sentidos se concentraban en cuidar de mí hasta el final, y entonces tenderse a mi lado y dejarse morir. Al llegar la tercera noche toda animación cesó en mí, y al ojo y al tacto se diría que había muerto. Con emotivas súplicas Adrian trató de alejar

 

de mi lado a Idris. Apeló a todo lo apelable, al bienestar de su hijo, al suyo propio. Pero ella negaba con la cabeza y se secaba una lágrima furtiva que resbalaba por su mejilla. No cedía. Su intención era que le permitieran pasar esa noche velándome, sólo esa noche, y lo pidió con tal convicción y tristeza que logró su propósito. Así, permaneció sentada, inmóvil, salvo cuando, azuzada por algún recuerdo intolerable, me besaba los ojos cerrados y los pálidos labios y se acercaba mis manos agarrotadas al corazón.

 

En plena noche, cuando, a pesar de ser invierno, el gallo cantó a las tres de la madrugada, heraldo que anunciaba la llegada del amanecer, mientras ella se inclinaba sobre mí y me lloraba en silencio, y pensaba con amargura en la pérdida de todo el amor que, por ella, yo había albergado en mi corazón -su pelo despeinado sobre el rostro, los largos tirabuzones sobre el lecho-, Idris sintió que un rizo se le movía apenas, que sus cabellos se mecían como movidos por un soplo de aire. «No puede ser -pensó-, pues él ya jamás volverá a respirar.» Pero el hecho se repitió en diversas ocasiones y, aunque ella no dejaba de hacerse la misma reflexión, en un momento un mechón se retiró con fuerza, y ella creyó ver que mi pecho ascendía y descendía. Su primera emoción fue de gran temor, y el sudor perló su frente. Abrí entonces los ojos y, segura ya, Idris habría exclamado «¡Está vivo!». Pero las palabras se ahogaron en un espasmo y cayó al suelo emitiendo un gemido.

 

Adrian se encontraba en la estancia. Tras largas horas de vigilancia, el sueño lo había vencido. Despertó sobresaltado y observó a su hermana, inconsciente en el suelo, manchada por el hilo de sangre que le brotaba de la boca. En cierta medida los signos de vida que, cada vez con más fuerza, presentaba yo, podían explicar su estado. La sorpresa, el estallido de alegría, la conmoción de todo sentimiento, habían tensado en exceso su cuerpo frágil, agotado tras largos meses de preocupaciones, zarandeado al fin por toda clase de desgracias y trabajos. Y ahora corría un peligro mucho mayor que el mío, pues los muelles y los engranajes de mi vida habían vuelto a ponerse en marcha y recobraban su elasticidad tras la breve suspensión. Durante largo tiempo nadie creyó que yo fuera a seguir viviendo. Mientras había durado el reinado de la peste en la tierra, ni una sola persona atacada por la letal enfermedad se había recuperado. Así, mi restablecimiento se veía como un engaño. En todo momento se esperaba que los síntomas malignos retornaran con virulencia redoblada. Pero finalmente la confirmación de la convalecencia, la ausencia total de fiebre o dolor y el incremento de mis fuerzas trajeron la convicción gradual de que, en efecto, me había curado de la peste.

 

La convalecencia de Idris era más problemática. Cuando a mí me atacó la enfermedad sus mejillas ya se veían hundidas y su cuerpo muy desmejorado. Pero ahora el recipiente, roto por los efectos de una agitación extrema, no se

 

había recuperado del todo, y era como un canal que gota a gota drenaba de ella el torrente saludable que vivificaba su corazón. Sus ojos apagados y su semblante ajado le conferían un aspecto fantasmal; sus pómulos, su frente despejada, la prominencia excesiva de la boca, infundían temor. Todos los huesos de su anatomía se mostraban bajo la piel y las manos colgaban, inertes. Las articulaciones se marcaban en exceso y la luz penetraba en ellas cada vez más. Resultaba extraño que la vida pudiera alojarse en un cuerpo que se mostraba desgastado hasta tal punto que se asemejaba mucho más a una forma de muerte.

 

Mi última esperanza para su recuperación era apartarla de aquellas desgarradoras escenas, procurar que olvidara la desolación del mundo mediante la contemplación de una gran variedad de objetos que el viaje le proporcionaría, lograr que recobrara sus menguadas fuerzas en el clima templado hacia el que habíamos decidido orientarnos. Los preparativos para la partida, suspendidos durante mi enfermedad, se retomaron. Durante mi convalecencia, mi salud no se mostró vacilante, y, como el árbol en primavera, que siente que por sus miembros agarrotados corre la savia que renueva su verdor, así el renacido vigor de mi cuerpo, el alegre torrente de mi sangre y la recobrada elasticidad de mis miembros conferían a mi mente una alegre resistencia y la dotaban de ideas positivas. Mi cuerpo, antes peso muerto que me ataba a la tumba, se mostraba ahora rebosante de salud, y los ejercicios comunes resultaban insuficientes para mis fuerzas recobradas. Sentía que era capaz de emular al caballo de carreras, discernir en el aire objetos que se hallaran a gran distancia, oír las acciones que la naturaleza ejecutaba en su muda morada, pues hasta ese punto se habían aguzado mis sentidos tras recuperarme de mi enfermedad mortal.

 

La esperanza, entre otras bendiciones, tampoco me era ajena, y confiaba sinceramente en que mis infatigables atenciones me devolverían a mi adorada niña, por lo que aguardaba impaciente a que culminaran los preparativos. Según nuestro primer plan, debíamos haber abandonado Londres el 25 de noviembre. Para su cumplimiento, dos tercios de nuestra gente -la gente, toda la que quedaba en Inglaterra- había partido ya y llevaba varias semanas en París. Mi enfermedad primero, y después la de Idris, había retenido a Adrian y su división, formada por trescientas personas, de modo que nosotros partimos el primer día de enero de 2098. Era mi deseo mantener a Idris lo más alejada posible del ajetreo y el clamor de la multitud, ocultarle las visiones que pudieran obligarla a recordar cuál era nuestra situación real. Tuvimos que separarnos en gran medida de Adrian, obligado a dedicar todo su tiempo a los asuntos públicos. La condesa de Windsor viajaba con su hijo. Clara, Evelyn y una mujer que hacía las veces de asistenta eran las únicas personas con las que manteníamos contacto. Ocupábamos un espacioso carruaje y nuestra sirvienta oficiaba de cochera. Un grupo formado por unas veinte personas nos precedía

 

a escasa distancia. Eran los encargados de buscar y preparar los lugares donde debíamos pasar la noche. Habían sido seleccionados entre gran número de personas que se habían ofrecido para desempeñar la misma tarea en virtud de la sagacidad del hombre que ejercía de guía de la expedición.

 

Inmediatamente después de nuestra partida constaté con gran alegría que en Idris se operaba cierto cambio, que esperaba que constituyera un augurio de mejores resultados. Toda la buena disposición y la amabilidad que formaban parte de su naturaleza revivieron en ella. Su debilidad era extrema, y aquella alteración se mostraba más en miradas y tonos de voz que en actos. Pero era permanente y verdadera. Mi curación de la peste y la confirmación de mi salud infundían en ella la creencia firme de que, a partir de ese momento, se vería libre del temible enemigo. Me dijo que albergaba una absoluta seguridad en su propia curación, que tenía el presentimiento de que la marea de calamidades que había inundado nuestra raza infeliz comenzaba a descender. Que quienes habían conservado la vida sobrevivirían, entre ellos los objetos amados de sus tiernos afectos. Y que en algún lugar viviríamos todos juntos, en feliz compañía.

 

-Que mi debilidad no te confunda -añadió-; siento que estoy mejor. Una vida nueva se abre paso en mí, así como un espíritu de anticipación que me asegura que he de formar parte de este mundo durante largo tiempo. Me libraré de esta degradante languidez física que llena de debilidad hasta mi mente y volveré asumir mis deberes. Me ha entristecido irme de Windsor, pero ahora ya me he despojado de esa atadura local. Me alegro de trasladarme a un clima más templado en el que completaré mi restablecimiento. Confía en mí, amor mío, jamás te abandonaré, ni a mi hermano, ni a los niños. Mi firme determinación de permanecer contigo hasta el fin y de seguir contribuyendo a tu bienestar y felicidad me mantendría con vida incluso si la lúgubre muerte se hallara más cerca de lo que en verdad se halla.

 

Sus palabras sólo me convencieron a medias. No creía que el acelerado fluir de la sangre por sus venas fuera un signo de salud ni que sus mejillas encendidas denotaran restablecimiento. Pero no sentía temor ante una catástrofe inminente. Es más, me convencí a mí mismo de que acabaría por recuperarse. Y así, la alegría reinaba en nuestro círculo cerrado. Idris conversaba animadamente sobre mil temas. Su principal deseo era que mantuviéramos la mente alejada de recuerdos melancólicos, de manera que invocaba imágenes encantadoras de una soledad tranquila, de un retiro hermoso, de los modos sencillos de nuestra pequeña tribu y de la hermandad patriarcal del amor, que sobreviviría a las ruinas de las naciones populosas que habían existido hasta fechas recientes. Manteníamos el presente alejado de nuestros pensamientos y apartábamos los ojos de los lúgubres paisajes por los que transitábamos. El invierno, tenebroso, se enseñoreaba de todo. Los árboles

 

desnudos se recortaban, inmóviles, contra el cielo gris. Las formas de la escarcha, que imitaban el follaje estival, salpicaban el suelo. En los senderos crecía la vegetación y la maleza se apoderaba de los maizales abandonados. Las ovejas se agrupaban a las puertas de las granjas los bueyes asomaban su cornamenta por las ventanas. El viento era gélido y las frecuentes tormentas de aguanieve añadían melancolía al aspecto invernal.

 

Llegamos a Rochester, donde un accidente nos obligó a detenernos un día entero. Durante aquel tiempo sucedió algo que alteró nuestros planes y que, ¡ay!, produjo un resultado que alteró para siempre el curso de los acontecimientos, llevándome de la esperanza nueva que había surgido en mí a un desierto oscuro y tenebroso. Pero antes de seguir narrando la causa final de nuestro cambio de planes debo ofrecer una breve explicación y referirme de nuevo a esa época en que el hombre hollaba la tierra sin temor, antes de que la Peste se hubiera convertido en Reina del Mundo.

 

En las inmediaciones de Windsor residía una familia muy humilde pero que había sido objeto de nuestro interés a causa de una de las personas que la integraban. La familia Clayton había conocido mejores tiempos, pero tras una serie de reveses el padre había muerto arruinado, y la madre, destrozada e inválida, se retiró con sus cinco hijos a una pequeña casa de campo situada entre Eton y Salt Hill. La mayor de ellos, que tenía trece años, pareció revestirse de pronto, a la luz de la adversidad, de una sagacidad y unos principios propios de alguien de edad más madura. La salud de su progenitora empeoraba por momentos, pero Lucy se ocupaba de ella y ejercía de madre abnegada para sus hermanos menores, sin dejar de mostrarse en todo momento de buen humor, sociable y benevolente, algo que le granjeaba el amor y el respeto del vecindario.

 

Además Lucy poseía una belleza extraordinaria, de modo que al cumplir los dieciséis años, como era de suponer y a pesar de su pobreza, le surgieron admiradores. Uno de ellos era el hijo de un predicador rural. Se trataba de un joven generoso y sincero, con un ferviente amor por el conocimiento y exento de malos hábitos. Aunque Lucy era iletrada, la conversación y los modales de su madre le habían procurado un gusto por los refinamientos superior al que su situación actual le permitía gozar. Amaba a aquel joven incluso sin saberlo, aunque sí sabía que ante cualquier dificultad recurría a él de modo natural, y también que los domingos despertaba con un aleteo en el corazón, pues sabía que él vendría a buscarla y la acompañaría en el paseo semanal que daba con sus hermanas. La joven contaba con otro admirador, uno de los camareros de la posada de Salt Hill. Tampoco él carecía de pretensiones de superioridad urbana, aprendida de los criados y las doncellas de los señores que, iniciándolo en la jerga del servicio de la alta sociedad, añadía vehemencia a un carácter ya de por sí arrogante. Lucy no lo rechazaba, era incapaz de algo así. Pero se

 

sentía mal cuando lo veía acercarse y resistía calladamente todos sus intentos de establecer una intimidad entre ambos. El joven no tardó en descubrir que ella prefería a su rival, y aquel hecho convirtió lo que en un principio no había sido más que una admiración casual en una pasión que se alimentaba de envidia y del deseo vil de privar a su competidor de la ventaja que disfrutaba respecto de él.

 

La historia de la pobre Lucy era común. El padre de su amado murió y él quedó sin medios de subsistencia. Aceptó la oferta de un caballero y se trasladó a la India con él, seguro de que no tardaría en establecerse por su cuenta, tras lo que regresaría a pedir la mano de su amada. Pero se vio inmerso en la guerra que tenía lugar en el país, lo hicieron prisionero y pasaron años antes de que a su tierra natal llegaran noticias de su paradero. Entretanto la pobreza más absoluta atenazaba a Lucy. Su pequeña casa de campo, rodeada de celosías por las que trepaban los jazmines y las madreselvas, se incendió, y perdió lo poco que poseía. ¿Dónde llevaría a los suyos? ¿Mediante qué trabajos lograría procurarles otra morada? Su madre, casi postrada en la cama, no sobreviviría a otro embate de la hambruna o la miseria. En aquellas circunstancias su otro admirador acudió en su ayuda y renovó su oferta de matrimonio. Había ahorrado dinero y pensaba abrir una pequeña posada en Datchet. Aquella oferta no le resultaba nada atractiva a Lucy, salvo por el hogar que garantizaba a su madre. Además la aparente generosidad de la proposición era un punto a favor de quien la hacía, así que acabó por aceptar, sacrificándose en aras de la comodidad y el bienestar de su madre.

 

Cuando nosotros la conocimos, la pareja llevaba algunos años casada. Una tormenta nos llevó a guarecernos en la posada, donde fuimos testigos del comportamiento brutal y pendenciero del esposo, así como de la paciencia con que ella lo soportaba. No había tenido mucha suerte. Su primer pretendiente había regresado con la intención de hacerla suya, y por casualidad la había encontrado en el puesto de tabernera de su localidad, esposa de otro hombre. Desolado, partió hacia el extranjero. Las cosas le fueron mal hasta que logró regresar a Inglaterra herido y enfermo. Pero incluso así a Lucy no se le permitió que cuidara de él. La disposición agria de su esposo se veía agravada por su debilidad ante las numerosas tentaciones que su puesto le procuraba, con el consecuente desbaratamiento de sus asuntos. Afortunadamente no tenían hijos, pero el corazón de ella se sentía ligado a sus hermanos menores, a los que el posadero, movido por la avaricia y el mal genio, no tardó en echar de su casa. Se dispersaron por todo el país y se vieron obligados a ganarse el pan con esfuerzo y sudor. Aquel hombre parecía incluso querer librarse de la madre, aunque en aquel punto Lucy se mostró firme. Se había sacrificado por ella, vivía para ella, de modo que no lograría separarlas. Si su madre se iba, ella también lo haría; mendigaría pan para ella, moriría con ella, pero jamás la abandonaría. La presencia de Lucy resultaba tan necesaria para mantener el

 

orden en la casa y para impedir la ruina del establecimiento, que él no podía permitirse perderla. De modo que cedió en ese punto, aunque durante sus arrebatos de ira, o cuando se emborrachaba, volvía a sacar el tema y zahería a la pobre Lucy con oprobiosos epítetos dedicados a su madre.

 

Con todo, las pasiones, si son del todo puras, absolutas y correspondidas, procuran su propio consuelo. Lucy sentía una devoción profunda y sincera por su madre. Su única meta en la vida era el bienestar y la preservación de la persona que le había dado la vida. Aunque lamentaba el resultado de su decisión, no se arrepentía de haberse casado, a pesar de que su primer pretendiente hubiera regresado para reclamarla. Habían transcurrido tres años. ¿Cómo, en ese tiempo y en su estado de ruina, habría podido subsistir su madre? Aquella mujer excelente era merecedora de la devoción de su hija. Entre ellas existía una confianza y una amistad perfectas. Además, la madre no era en absoluto iletrada: y Lucy, cuya mente se había educado algo en el trato de su anterior pretendiente, encontraba ahora en ella a la única persona que podía comprenderla y valorarla. Así, aunque sufría, no era del todo desgraciada, y cuando, durante los días más hermosos del verano, acompañaba a su madre por las calles sombreadas y llenas de flores cercanas a su casa, un brillo de dicha absoluta iluminaba su semblante. Veía que la anciana era feliz y sabía que aquella felicidad era creación suya.

 

Entretanto los asuntos de su esposo se complicaban por momentos. La ruina estaba próxima y ella se sabía a punto de perder el fruto de tantos sacrificios cuando la peste vino a cambiar el aspecto del mundo. El posadero sacó provecho de la desgracia universal, pero a medida que el desastre avanzaba, su naturaleza delictiva se apoderó de él. Abandonó su casa para gozar de los lujos que Londres le prometía, y allí halló su sepultura. El primer pretendiente de Lucy había sido una de las primeras víctimas de la enfermedad. Pero Lucy siguió viviendo por y para su madre. Su valor sólo flaqueaba cuando temía que algo malo pudiera sucederle a ella o que la muerte le impidiera cumplir con las obligaciones a las que se entregaba con total devoción.

 

Cuando dejamos Windsor para trasladarnos a Londres como paso previo para nuestra emigración final, fuimos a visitar a Lucy para organizar con ella el plan de su evacuación y la de su madre. A la hija le entristecía tener que abandonar sus calles y su aldea natal, tener que apartar a su achacosa progenitora de las comodidades de un hogar para arrastrarla a las vastas extensiones de una tierra despoblada. Pero era demasiado disciplinada ante la adversidad y de carácter demasiado dócil como para quejarse por lo que era inevitable.

 

Las circunstancias subsiguientes, mi enfermedad y la de Idris, la alejaron de nuestro recuerdo, al que regresó casi al final. Llegamos a la conclusión de

 

que habrían sido de las pocas en llegar desde Windsor para unirse a los emigrantes y que ya debían de encontrarse en París. Así, cuando llegamos a Rochester nos sorprendió recibir, de manos de un hombre que acababa de llegar desde Slough, una carta de aquella sufridora ejemplar. Según el relato del emisario, en su viaje desde su tierra natal había pasado por Datchet y se sorprendió al ver humo salir de la chimenea de la posada. Suponiendo que en su interior hallaría a otros caminantes con los que seguir viaje, llamó a la puerta y le abrieron. Excepto Lucy y su madre, allí no había nadie. Ésta se veía privada del uso de piernas y brazos por culpa de un ataque de reumatismo, de modo que los habitantes de la localidad habían ido abandonándolas uno tras otro, dejándolas solas. Lucy trató de que el hombre se quedara con ella. En una semana o dos su madre se habría recuperado lo bastante como para emprender el viaje. Si se quedaban allí, indefensas y olvidadas, perecerían. El hombre respondió que su esposa e hijos ya se hallaban entre los emigrantes y que por tanto le resultaba imposible permanecer allí más tiempo. Lucy, como último recurso, le entregó una carta para Idris, con el ruego de que se la entregara allí donde nos encontrara. El hombre cumplió al menos con aquel encargo, e Idris recibió con emoción la siguiente misiva:

 

Respetada señora:

 

Estoy segura de que me recuerda y se compadece de mí, y me atrevo a solicitar su ayuda. ¿Qué otra esperanza me queda? Disculpe mi manera de escribir, me siento tan desorientada... Hace un mes mi madre perdió la movilidad en sus extremidades. Ya se siente mejor, y tengo la seguridad de que en un mes más podrá emprender el viaje que usted, tan amablemente, organizó para nosotras. Pero ahora todo el mundo se ha ausentado, todo el mundo. La gente me decía que tal vez mi madre mejoraría antes de que todos se ausentaran, pero hace tres días fui a ver a Samuel Woods, que acaba de tener un hijo y se había quedado en el pueblo hasta el final. Como se trata de una familia numerosa, creía que lograría persuadirlos para que nos esperaran un poco más. Sin embargo, hallé la casa vacía. Desde entonces no había visto ni un alma, hasta que ha aparecido este buen hombre. ¿Qué va a ser de nosotras? Mi madre ignora nuestro estado. Está tan enferma que se lo he ocultado.

 

¿Podría enviar a alguien a buscarnos? Sé que si nos quedamos aquí moriremos sin remisión. Si tratara de trasladar a mi madre inmediatamente, fallecería en el camino. Y si cuando mejore, no sé cómo, encontráramos el modo de dar con los caminos correctos y recorrer las muchas, muchas millas que nos separan del mar, ustedes ya habrían llegado a Francia y nos separaría un mar inmenso, que incluso para los marineros resulta hostil. ¿Qué no sería para mí, una mujer que jamás en su vida ha navegado, que jamás ha visto el océano? El mar nos aprisionaría en esta tierra y quedaríamos solas, solas, sin ayuda. Mejor morir donde estamos. Apenas puedo escribir; no logro detener

 

mis lágrimas, que no vierto por mí. Deposito mi confianza en Dios. Y si llegara lo peor, creo que podría soportarlo incluso sola. Pero mi madre, mi madre enferma, mi madre querida, que nunca, desde que nací, me ha dedicado una mala palabra, que se ha mostrado paciente ante mis muchos sufrimientos...

 

Apiádese de ella, señora, pues si no lo hace morirá una muerte miserable. La gente habla de ella sin respeto porque es vieja y está enferma, como si no hubiéramos todos de pasar por lo mismo, llegados a su edad. Y entonces, cuando los jóvenes envejezcan, pensarán que alguien debe cuidar de ellos. Pero qué absurdo por mi parte escribirle en estos términos. Con todo, cuando la oigo tratando de no lamentarse, cuando la veo sonreír para consolarme, aunque yo sé que sufre; cuando pienso que ignora lo peor, aunque no tardará en saberlo; cuando recuerdo que incluso en ese caso no se lamentará... Y yo trato de adivinar lo que tendrá que soportar, el hambre, la desgracia, y siento que mi corazón está a punto de partirse y no sé qué decir ni qué hacer. Madre mía, madre que tanto me ha dado, que Dios te preserve de este destino. Presérvela usted de él, señora, y Él la bendecirá. Y yo, criatura pobre y desgraciada, se lo agradeceré y rezaré por usted mientras viva.

 

Su infeliz y abnegada servidora,

 

Lucy Martin

 

30 de diciembre de 2097

 

La carta afectó profundamente a Idris, que al momento propuso que regresáramos a Datchet en auxilio de Lucy y su madre. Yo acepté partir hacia allí sin más dilación, pero le supliqué que ella y los niños se reunieran con su hermano, y en su compañía aguardaran mi regreso. Sin embargo, Idris se sentía muy animada ese día, y llena de esperanza. Declaró que no consentiría separarse de mí y que además no había razón para ello, pues el movimiento del carruaje le hacía bien y la distancia a recorrer era poca. Podíamos enviar mensajeros a Adrian para informarle de la modificación de nuestros planes. Se expresaba con gran convicción, imaginando la gran alegría que proporcionaríamos a Lucy, y declaró que, si iba yo, ella debía acompañarme, y que le desagradaría confiar la misión de rescatarla a otras personas que tal vez la llevaran a cabo fría o inhumanamente. La vida de aquella mujer había sido un camino de devoción y virtud y era bueno que ahora cosechara la pequeña recompensa de descubrir que su bondad era apreciada y sus necesidades cubiertas por aquéllos a quienes respetaba y honraba.

 

Aquellos y otros argumentos los planteaba con amable pertinacia, con un deseo ardiente de obrar todo el bien que estuviera en su poder, ella, Idris, cuya mera expresión de un deseo, cuya petición más nimia, habían sido siempre órdenes para mí. De modo que, como no podía ser de otro modo, consentí desde el momento en que constaté que había puesto su corazón en ello.

 

Enviamos a la mitad de la partida que nos acompañaba al encuentro de Adrian. Y, junto con la otra mitad, nuestro carruaje dio media vuelta y emprendió el camino de regreso a Windsor.

 

Hoy me pregunto cómo pude estar tan ciego, ser tan insensato como para poner así en peligro la vida de Idris. Pues si hubiera tenido ojos habría visto el implacable aunque engañoso avance de la muerte en su mejilla febril, en su debilidad creciente. Pero ella me aseguró que se sentía mejor, y yo la creí. La extinción no podía hallarse cerca de una mujer cuya vivacidad e inteligencia aumentaban hora a hora, cuyo cuerpo se veía dotado de un intenso (yo lo creía sinceramente), fuerte y permanente espíritu de vida. ¿Quién, tras un desastre grave, no ha vuelto la vista atrás con asombro ante la inconcebible torpeza de comprensión que le impidió percibir las numerosas hebras diminutas con que el destino teje la red inextricable de nuestros destinos, hasta que se ve atrapado en ella?

 

Los caminos en los que ahora nos adentrábamos se hallaban en un estado aún peor que el de las calzadas, echadas a perder por falta de mantenimiento. Aquel inconveniente parecía amenazar con la destrucción del frágil cuerpo de Idris. Tras pasar por Hartford, y después de dos días de viaje, llegamos a Hampton. A pesar de lo breve del tiempo transcurrido la salud de mi amada había empeorado ostensiblemente, aunque seguía de buen humor y recibía mis muestras de preocupación con alegres ocurrencias. En ocasiones, una idea surgía en mi mente -«¿Se está muriendo?»- cuando posaba su mano blanca, esquelética, en la mía, o cuando tenía ocasión de observar la dificultad con que llevaba a cabo las acciones cotidianas de la vida. Y aunque apartaba aquel pensamiento de mí, como si fuera la demencia la que me lo sugiriera, el pensamiento regresaba a mí una y otra vez, y sólo la animación que mostraba lograba disuadirme de su verdad.

 

Hacia el mediodía, tras abandonar Hampton, nuestro carruaje se rompió. Idris se desmayó del susto, pero volvió en sí y, tras aquel percance, no se produjeron más contratiempos. Nuestro grupo de ayudantes se había adelantado, como de costumbre, y el cochero fue en busca de otro vehículo, ya que el nuestro había quedado inservible. El único lugar cercano era una aldea modesta en la que sólo encontró una especie de caravana con capacidad para cuatro personas, aunque bastante incómoda y en mal estado. También pudo hacerse con un cabriolé excelente. No tardamos en idear un plan: yo conduciría a Idris en éste y los niños irían en aquél con el cochero. Con todo, las nuevas disposiciones consumieron parte de nuestro tiempo. Habíamos acordado seguir esa noche hasta Windsor, y hacia allí habían partido nuestros asistentes. Antes de aquel punto nos resultaría difícil encontrar alojamiento, y después de todo, la distancia a recorrer, de diez millas, no era considerable. Mi caballo era bueno, de modo que avanzaría a buen paso, con Idris, y permitiría

 

que nuestros pequeños siguieran a una velocidad más acorde con el maltrecho estado de su vehículo.

 

La noche llegó deprisa, mucho más deprisa de lo que yo esperaba. Apenas se había puesto el sol cuando empezó a nevar intensamente. En vano trataba de proteger a mi amada de la ventisca, que nos azotaba el rostro. La nieve se acumulaba en el suelo, dificultando en gran medida nuestro avance, y la noche era tan negra que, de no ser por el manto blanco que cubría la tierra, apenas habríamos visto el suelo que teníamos delante. La caravana había quedado muy rezagada y transcurrió un largo rato hasta que constaté que me había alejado de la ruta y me hallaba a varias millas de donde debía encontrarme. Mi conocimiento del terreno me permitió encontrar el camino, pero en lugar de pasar, tal como habíamos acordado, por un atajo que atravesaba Stanwell para llegar a Datchet, me vi obligado a tomar la calzada de Egham y Bishopgate. De modo que, sin duda, no iba a encontrarme con el otro vehículo y no veríamos a nadie hasta que llegáramos a Windsor.

 

La parte posterior de nuestro cabriolé era abierta, y yo colgué una pelliza en ella para proteger a mi sufriente amada del aguanieve. Ella se apoyaba en mi hombro, cada vez más lánguida y débil. Al principio respondía a mis palabras con expresiones de agradecimiento tiernas y alegres. Pero gradualmente fue sumiéndose en el silencio. La cabeza le pesaba cada vez más y yo sólo sabía que seguía con vida por su respiración irregular y sus suspiros frecuentes. Pensé en parar, en colocar el coche en dirección contraria a la fuerza de la tormenta, en guarecernos lo mejor posible de ella hasta que llegara el alba. Pero el viento era gélido y lacerante, y como Idris tiritaba de vez en cuando, y yo sentía también mucho frío, llegué a la conclusión de que no era una buena idea. Al fin me pareció que mi amada se dormía; sueño fatal, inducido por la escarcha. Y en ese momento creí distinguir la forma maciza de una casa de campo recortada en el horizonte oscuro, cerca de donde nos encontrábamos.

 

-Amor mío -susurré-, resiste un poco más y hallaremos cobijo. Nos detendremos aquí y trataré de abrir la puerta de esta bendita morada.

 

Mientras pronunciaba aquellas palabras mi corazón se sentía transportado y mis sentidos nadaban en una dicha y un agradecimiento inmensos. Apoyé la cabeza de Idris contra el carruaje y, de un salto, me arrojé sobre la nieve que rodeaba la vivienda, cuya puerta estaba abierta. Disponía de los medios para proporcionarme luz, y al encenderla vi que había llegado a una estancia cómoda, con una pila de leña en una esquina, de aspecto ordenado, salvo por la nieve que la puerta abierta había permitido que se acumulara frente a la entrada. Regresé al cabriolé y el súbito paso de la luz a la oscuridad me cegó momentáneamente. Cuando recuperé la vista... ¡Dios eterno de este mundo sin ley! ¡Muerte suprema! No perturbaré tu reino silencioso ni mancharé mi re-

 

lato con estériles exclamaciones de horror... Vi a Idris, que había caído de la silla al suelo del coche: la cabeza echada hacia atrás, el pelo largo, como descolgado, un brazo extendido hacia un lado. Sacudido por un espasmo de horror, la tomé en mis brazos y la levanté. No le latía el corazón y de sus labios exangües no brotaba el menor hálito. Entré con ella en la casa y la tendí en el lecho. Encendí el fuego para que sus miembros, cada vez más rígidos, entraran en calor. Durante dos horas traté de devolverle la vida, que ya la había abandonado. Y cuando mi esperanza estaba tan muerta como mi amada, cerré con mano temblorosa sus ojos pétreos. No albergaba dudas sobre lo que debía hacer. En la confusión que había seguido a mi enfermedad, la misión de enterrar a nuestro querido Alfred había recaído sobre su abuela, la reina destronada, y ella, fiel a su afán de mando, lo había trasladado a Windsor y había ordenado que le dieran sepultura en la cripta familiar, en la capilla de Saint George. De modo que yo también debía seguir hasta el castillo para tranquilizar a Clara, que ya estaría esperándonos, nerviosa... Aunque no podría ahorrarle el desgarrador espectáculo de la muerte de Idris, que llegaba sin vida al término del viaje. Así que primero dejaría a mi amada junto a su hijo, en la cripta, y después acudiría en busca de los pobres niños, que ya estarían esperándome.

 

Encendí los faroles del carruaje, la envolví en pieles y la coloqué tendida en el asiento. Entonces, tomando las riendas, ordené a los caballos que se pusieran en marcha. Avanzábamos sobre la nieve, que se acumulaba en montículos dificultando el camino, mientras los copos que caían con fuerza redoblada sobre mí me cegaban. El dolor ocasionado por los elementos airados, sumado al frío acero del hielo que me abofeteaba el rostro y penetraba en mi carne doliente, me parecían un alivio, pues adormecían el sufrimiento de mi mente. Los caballos resbalaban y las riendas se me escapaban de las manos. Con frecuencia pensaba en apoyar la cabeza junto al rostro dulce y frío de mi ángel perdido y entregarme así al sopor que me conquistaba. Pero no podía dejarla allí, presa de las aves rapaces. Debía cumplir mi decisión y enterrarla en el sepulcro de sus antepasados, donde un Dios piadoso tal vez me permitiera reposar a mí también.

 

El camino que transcurría a través de Egham me era familiar, pero el viento y la nieve obligaban a los caballos a arrastrar su carga lenta y torpemente. Súbitamente el viento giró de suroeste a oeste y acto seguido a noroeste. Y lo mismo que Sansón, haciendo acopio de todas sus fuerzas, derribó las columnas que soportaban el templo de los filisteos, así la galerna se sacudió los densos vapores acumulados en el horizonte y me mostró, entre la telaraña rasgada, el claro empíreo y las estrellas que titilaban a una distancia inconmensurable de los campos cristalinos y vertían sus finísimos rayos sobre la nieve. Incluso los caballos se sintieron revivir y tiraron con más fuerza del coche. Entramos en el bosque de Bishopgate, y al final del Gran Paseo divisé

 

el castillo, el «orgulloso Torreón de Windsor, alzándose en la majestad de sus proporciones, rodeado por el doble cinto de sus torres semejantes y coetáneas.» Contemplaba con reverencia la estructura, casi tan antigua como la roca sobre la que se alzaba, morada de reyes, motivo de admiración de los sabios. Con gran respeto y doloroso afecto lo veía como el refugio del gran préstamo de amor que había disfrutado en él junto al tesoro de polvo perecedero e incomparable que ahora yacía frío a mi lado. Y en ese instante podría haber cedido a mi naturaleza frágil y haber llorado. Y, como una mujer, haber emitido amargos lamentos, mientras ante mí aparecían, uno por uno, los árboles tan conocidos, los ciervos, la hierba tantas veces hollada por sus pies etéreos. La verja blanca que se erguía al final del camino estaba abierta de par en par y, tras franquear la primera puerta de la torre feudal, accedí a la ciudad desierta. Ante mí se alzaba la capilla de Saint George, con sus laterales ennegrecidos y calados. Me detuve al llegar frente a la puerta, que estaba abierta. Entré y deposité sobre el altar mi lámpara encendida. Retrocedí y, con gran delicadeza, llevé a Idris hasta el presbiterio y la tendí sobre la alfombra que cubría los peldaños que llevaban a la mesa de la comunión. Los estandartes de los caballeros de la orden de la Jarretera y sus espadas a medio desenvainar pendían en inútiles blasones sobre los asientos del coro. La enseña de la familia también colgaba allí, todavía rematada por la corona real. ¡Adiós a la gloria heráldica de Inglaterra! Di la espalda a todas aquellas muestras de vanidad sin poder evitar asombrarme al pensar que aquellas cosas pudieran haber despertado el interés de la humanidad. Me incliné sobre el cadáver de mi amada y, mientras contemplaba su rostro, percibí que el rigor de la muerte le contraía los rasgos, y sentí que todo el universo visible se había vuelto tan sombrío, inane y desconsolado como la imagen fría de barro que reposaba junto a mí. Por unos instantes se apoderó de mí una sensación intolerable de negación, de rechazo de las leyes que gobiernan el mundo. Pero la calma aún visible en el rostro de mi amada trajo a mi mente un tono más sosegado y me dispuse a cumplir con el último servicio que era capaz de brindarle. No podía lamentarme por ella, pues la envidiaba por poder disfrutar de «la triste inmunidad de la tumba».

 

La cripta se había abierto hacía poco para alojar a nuestro Alfred en su interior. La ceremonia, tan habitual en aquellos tiempos, se había celebrado como correspondía, y el suelo de la capilla por el que se accedía al sepulcro no había sido sustituido por otro tras haber sido levantado. Descendí por la escalera y avancé por el largo pasadizo hasta la cripta que contenía los restos de los antepasados de mi Idris. Allí distinguí el pequeño ataúd de mi niño. Con manos apresuradas, temblorosas, construí un catafalco junto a él y coloqué sobre la estructura algunas pieles y mantones de la India, los mismos que habían envuelto a Idris en su último viaje. Encendí la lámpara, que parpadeaba en aquella húmeda morada de los muertos. Deposité a mi amada sobre su

 

lecho final, disponiendo sus miembros en gesto digno, y la cubrí con un manto, dejando sólo el rostro sin velar, un rostro que seguía siendo encantador y plácido. Parecía reposar tras un gran cansancio, sus ojos bellos sumidos en un dulce sueño. Mas no era así. ¡Estaba muerta! Con qué intensidad deseé entonces tenderme a su lado, demorarme allí hasta que la muerte me concediera a mí el mismo reposo.

 

Pero la muerte no acude a la llamada del desgraciado. Yo me había recuperado hacía poco de una enfermedad mortal y mi sangre no había circulado jamás con un flujo tan constante, y mis miembros no habían estado jamás tan llenos de vida. Sentía que mi muerte debía ser voluntaria. ¿Y qué podía haber más natural que el hambre, mientras observaba aquella cámara de mortandad, situada en el mundo de los difuntos, junto a la esperanza perdida de mi existencia? Pero mientras contemplaba su rostro, sus rasgos, que se asemejaban a los de su hermano Adrian, me llevaron a acordarme de los vivos, de su querida amiga, de Clara y de Evelyn, que probablemente ya habrían llegado a Windsor y aguardarían nuestra llegada llenos de impaciencia.

 

Creí oír un ruido, unos pasos en la capilla lejana, que resonaron en el techo abovedado y llegaron a mí a través de los pasillos huecos. ¿Habría visto Clara mi carruaje al pasar por la ciudad y habría acudido en mi busca? Si era así, debía ahorrarle al menos la horrible escena que tenía lugar en la cripta. Subí a toda prisa por la escalera y vi una figura femenina, encorvada por los años, vestida con ropas de luto, que avanzaba tambaleante por la capilla en penumbra, a pesar de ayudarse de un fino bastón. Alzó la vista al oírme. La lámpara que sostenía iluminaba mi cuerpo, y los rayos de luna, que se abrían paso a través de las vidrieras, caían sobre su rostro demacrado y surcado de arrugas, al que sin embargo asomaba un gesto autoritario y una mirada severa. Reconocí al instante a la condesa de Windsor, que con voz sorda me preguntó:

 

-¿Dónde está la princesa?

 

Le señalé el estrabo levantado y ella, tras acercarse al lugar, clavó la vista en la densa oscuridad, pues la cripta se hallaba demasiado lejos para que la luz de la lámpara que había dejado en ella llegara hasta nosotros.

 

-Tu luz -me ordenó. Se la di, y ella permaneció un tiempo observando los peldaños, ahora visibles, pero muy empinados, como calculando si sería capaz de descender por ellos. Instintivamente, con un gesto mudo me ofrecí a ayudarla. Pero ella me apartó con ademán desdeñoso y me habló con voz arisca, apuntando abajo.

 

-Al menos ahí lograré que dejes de molestarla.

 

Inició el descenso mientras yo, vencido, triste más allá de las palabras, de las lágrimas, de los lamentos, me tendía en el suelo. El cuerpo de Idris, cada

 

vez más rígido, cerca de mí el semblante mudo, atacado por la muerte, sumido en el reposo eterno, debajo de donde me hallaba. Para mí aquello era el final de todo. Apenas un día antes había imaginado varias aventuras, la unión con mis amigos transcurrido un tiempo. Ese tiempo ya había pasado volando y había alcanzado el límite y la meta de la vida. Así envuelto en tinieblas, encerrado, emparedado, cubierto de un presente omnipotente, me sobresaltaron unos pasos en los peldaños de la cripta, y entonces recordé a la que había olvidado por completo: a mi airada visitante. Su alta figura se alzó despacio del sepulcro como una estatua viviente, rebosante de odio y rencor apasionado. Creí ver que había alcanzado ya el pavimento de la nave. Permaneció inmóvil, tratando de hallar algún objeto con la mirada, hasta que, percibiendo que me hallaba cerca, alargó la mano y la posó en mi brazo.

 

-¡Lionel Verney, hijo mío!

 

Que la madre de mi ángel se refiriera a mí con aquel término y en aquellas circunstancias me infundió por la desdeñosa dama más respeto del que jamás había sentido. Incliné la cabeza y le besé la mano arrugada. Al constatar que temblaba violentamente, la conduje hasta el final del presbiterio, donde se sentó en el peldaño por el que se llegaba al trono real. Lo hizo con esfuerzo, y sin soltarme la mano apoyó la cabeza en el trono, mientras los rayos de luna, teñidos por los diversos colores de las vidrieras, se reflejaban en sus ojos húmedos. Consciente de su debilidad y tratando de recobrar al momento el porte digno que siempre había mantenido, se secó las lágrimas. Pero éstas volvieron a asomar a sus ojos cuando me dijo, a modo de excusa:

 

-Está tan hermosa, y se ve tan plácida, incluso en la muerte. Ni un solo mal sentimiento nubló jamás su rostro sereno. ¿Y cómo la traté yo? Hiriendo su corazón gentil con frialdad salvaje. En los últimos años no le demostré compasión. ¿Me perdonará ahora? De qué poco sirve hablar de arrepentimiento con los muertos. Si en vida suya hubiera atendido sus dulces deseos y amoldado mi huraña naturaleza a su placer, hoy no me sentiría como me siento.

 

Idris y su madre eran muy distintas. El pelo moreno, los ojos negros y profundos, los rasgos prominentes de la reina contrastaban enormemente con la cabellera rubia, la mirada azul, las líneas delicadas del semblante de su hija. Y sin embargo, en los últimos tiempos la enfermedad había privado a mi niña del perfil delineado de su tez, reduciéndola al hueso que asomaba por debajo. Y en la forma de su cara, en su barbilla ovalada, sí había un parecido con su madre. No, en cierto sentido sus gestos no eran tan distintos, lo que no podía resultar tan asombroso, pues habían vivido juntas muchos años.

 

Existe un poder mágico en las semejanzas. Cuando alguien a quien amamos muere, deseamos volver a encontrarlo en otro estado y albergamos a

 

medias la esperanza de que la imaginación consiga recrearlo con el mismo aspecto de su vestimenta mortal. Pero ésas son sólo ideas de la mente. Sabemos que el instrumento se ha roto, que la imagen sensible se encuentra tristemente fragmentada, disuelta en la nada polvorienta; una mirada, un gesto o una forma de los miembros similares a la del muerto, contemplados en una persona viva, pulsan una nota emocionante, cuya armonía sagrada suena en los refugios más recónditos y queridos del corazón. Así yo, curiosamente conmovido, postrado ante aquella imagen espectral, esclavizado por la fuerza de una sangre que se manifestaba en un parecido de gestos y movimientos, permanecía, tembloroso, en presencia de la arisca, orgullosa y hasta entonces nada querida madre de Idris.

 

¡Pobre mujer! ¡Qué equivocada estaba! Pensaba que recibiría con una sonrisa su ternura exhibida hacía un instante, y con una sola palabra, con aquel gesto de reconciliación, pretendía pagar por todos sus años de severidad. Como la edad ya no le permitía seguir ejerciendo su poder, había aterrizado de pronto en la espinosa realidad de las cosas y sentía que ni las sonrisas ni las caricias eran capaces de alcanzar a quien yacía inconsciente en la cripta ni de ejercer la menor influencia sobre su felicidad. Esta convicción, acompañada del recuerdo de respuestas amables a comentarios venenosos, de gestos bondadosos a cambio de miradas coléricas; de la percepción de la falsedad, insignificancia y futilidad de sus sueños más deseados de cuna y poder; del conocimiento ineludible de que el amor y la vida eran los verdaderos emperadores de nuestra condición mortal, todo, como una marea, cobraba fuerza y llenaba su alma de tormentosa y desconcertante confusión. Y me correspondía a mí ejercer una poderosa influencia sobre ella, aplacar el fiero embate de aquellas olas tumultuosas. De modo que hablé con ella y le hice recordar lo feliz que había sido Idris, el aprecio y el reconocimiento que sus pasadas virtudes y numerosos dones habían suscitado. Ensalcé al ídolo venerado por mi corazón, al ideal admirado de la perfección femenina. Con ferviente y exuberante elocuencia alivié mi corazón del peso que lo oprimía y desperté a la sensación de un nuevo placer en la vida mientras pronunciaba mi elegía. Luego me referí a Adrian, su amado hermano y único hijo que le quedaba con vida. Declaré -casi las había olvidado-, cuáles eran mis obligaciones respecto de aquellas adoradas porciones de ella misma, y logré que la madre, triste y arrepentida, pensara en el mejor modo de expiar el maltrato que había deparado a los muertos, que no era otro que ofrecer a los supervivientes un amor redoblado. Al consolarla a ella mis propias penas se aplacaron, y mi sinceridad la convenció por completo.

 

 

Se volvió para mirarme. La mujer dura, inflexible, persecutora, compuso un gesto dulce y me dijo:

 

-Si nuestro amado ángel nos está viendo ahora, le alegrará ver que, aunque

 

tarde, te hago justicia. Has sido digno de ella. Y desde lo más hondo de mi corazón me alegro de que te llevaras el suyo lejos de mí. Perdona, hijo mío, por los muchos males que te he causado. Olvida mis palabras crueles y mi trato distante. Llévame contigo y gobiérname a tu antojo.

 

Aproveché lo sereno del momento para proponerle que abandonáramos la iglesia.

 

-Cubramos antes la entrada de la cripta -sugirió la condesa.

 

Nos acercamos a ella.

 

-¿Deberíamos bajar a verla una vez más? -le pregunté.

 

-Yo no puedo -respondió-. Y te ruego que tampoco lo hagas tú. No conviene que nos torturemos contemplando el cuerpo sin alma, mientras su espíritu vivo se halla enterrado en nuestros corazones y su belleza sin igual está esculpida en ellos. Duerma o vele, siempre estará presente entre nosotros.

 

Permanecimos unos instantes en solemne silencio sobre la cripta abierta. Yo consagraría mi vida futura a mantener intacto su amado recuerdo. Juré servir a su hermano y a su hijo hasta mi muerte. El sollozo ahogado de mi acompañante me hizo abandonar mis letanías internas. Arrastré las losas hasta el acceso a la tumba y cerré el abismo que contenía la vida de mi vida. Y entonces, ayudando a caminar a la decrépita plañidera, abandonamos despacio la capilla. Al percibir en el rostro el aire frío sentí que dejaba atrás la guarida feliz de mi reposo para adentrarme en una selva atroz, en un sendero tortuoso; que iniciaba amargamente, sin alegría, una peregrinación desesperada.

 

 

 

 

CAPÍTULO IV

 

 

Nuestro escolta se había adelantado para completar los preparativos que nos permitirían pasar la noche en la posada que había junto a la pendiente del castillo. No visitaríamos, siquiera brevemente, los salones familiares y las estancias de nuestro hogar. Habíamos abandonado para siempre los claros de Windsor y todos los arbustos, los setos floridos y los arroyos cantarines que modelaban y fortalecían el amor que sentíamos por nuestro país, así como el afecto casi supersticioso que profesábamos a nuestra Inglaterra natal. Nuestra intención era, originalmente, dormir en la posada de Lucy, en Datchet, y tranquilizarla con promesas de ayuda y protección antes de retirarnos a nuestros aposentos a pasar la noche. Pero ahora, al abandonar la condesa y yo la pronunciada pendiente del castillo, vimos a los niños, que acababan de detener su caravana y se hallaban junto a la puerta de la posada. Habían pasado por Datchet sin detenerse. Yo temía el momento de encontrarme con

 

ellos y tener que relatarles mi trágica historia, de modo que, al verlos ocupados en las operaciones de la llegada, los abandoné apresuradamente y, abriéndome paso entre la nieve y el cortante aire iluminado por la luna, avancé todo lo deprisa que pude por el camino de Datchet, que tan familiar me resultaba.

 

En efecto, todas las casas se alzaban en su lugar acostumbrado, todos los árboles mantenían el aspecto de siempre. La costumbre había grabado en mi memoria todos los recodos y los objetos del trayecto. A poca distancia, más allá del Pequeño Parque, se erguía un olmo casi abatido por una tormenta hacía unos diez años. Y sin embargo, con sus ramas cargadas de nieve se extendía sobre todo el sendero, que serpenteaba a través de un prado, junto a un arroyo poco profundo que la escarcha amordazaba. Aquella linde, aquella verja blanca, aquel roble hueco, que sin duda en otro tiempo perteneció al bosque y que ahora silbaba a la luz de la luna; y al que, por su forma caprichosa, que al atardecer se asemejaba a una figura humana, los niños habían bautizado Falstaff; todos aquellos objetos me resultaban tan conocidos como la chimenea helada de mi hogar desierto, y así como una pared cubierta de musgo y un terreno de bosque cultivado parecen, a ojos inexpertos, idénticos como corderos gemelos, así a mis ojos surgían las diferencias, las distinciones, los nombres. Inglaterra perduraba, aunque se hubiera perdido. Lo que yo contemplaba era el fantasma de una Inglaterra alegre, a la sombra de cuyo follaje se habían cobijado seguras y alegres generación tras generación. Al doloroso reconocimiento de aquellos lugares se añadía una sensación experimentada por todos y comprendida por nadie, algo así como que en cierto estado menos visionario que un sueño, en alguna existencia pasada, real, yo ya hubiera visto todo lo que veía, y que al verlo hubiera sentido lo mismo; como si todas mis sensaciones fueran un espejo que reflejara una revelación anterior. Para liberarme de aquella sensación opresiva traté de detectar algún cambio en aquel tranquilo lugar. Y, en efecto, mi ánimo mejoró cuando me vi obligado a prestar más atención a los objetos que me causaban dolor.

 

Llegué a Datchet, a la humilde morada de Lucy, otrora bulliciosa los sábados, o limpia y ordenada los domingos por la mañana, testigo de los trabajos y la pulcritud de su dueña. La nieve ocultaba a medias el umbral, como si la puerta llevara bastantes días sin abrirse. «¿Qué escena de muerte debía representar ahora Roscius?», murmuré para mis adentros al contemplar las ventanas oscuras. En un primer momento me pareció distinguir luz en una de ellas, pero resultó ser sólo el reflejo de la luna en un cristal. El único sonido era el de las ramas de los árboles agitadas por un viento que sacudía de ellas la nieve acumulada. La luna surcaba libre y despejada el éter interminable y la sombra de la casa se proyectaba en el jardín trasero. Entré en él por una abertura y examiné todas las ventanas. Al fin vislumbré un rayo de luz que apenas se filtraba por un postigo cerrado, en una de las habitaciones de la

 

planta superior. Acercarse a una casa y constatar que en ella vivían las mismas personas que antes era toda una novedad. La puerta de entrada no estaba cerrada con llave, de modo que la abrí, entré y ascendí por la escalera iluminada por la luna. La puerta de la habitación de la que provenía la luz estaba entornada, lo que me permitió ver a Lucy trabajando a una mesa sobre la que reposaba un quinqué y diversos objetos de costura. Pero tenía la mano apoyada en el regazo y sus ojos, clavados en el suelo, indicaban que su mente vagaba lejos de allí. La preocupación y el sufrimiento, visibles en su rostro, le restaban parte de su atractivo, pero la sencillez de su vestido y su tocado, su actitud reservada y la única vela que proyectaba luz sobre ella, confirieron por un momento una imagen pintoresca al conjunto. Una realidad temible se impuso a mi pensamiento: sobre la cama yacía una figura cubierta con una sábana. Su madre estaba muerta, y Lucy, separada del mundo, abandonada y sola, velaba el cadáver en la noche cerrada. Entré en el cuarto y mi inesperada aparición provocó un grito de espanto en la única superviviente de una nación difunta. Mas no tardó en reconocerme y se compuso al momento, acostumbrada como estaba a ejercer el control sobre sí misma.

 

-¿No me esperaba? -le pregunté con la voz queda que la presencia de los muertos nos hace adoptar de manera instintiva.

 

-Es usted muy bueno -respondió ella- por haber venido personalmente.

 

Jamás podré agradecérselo lo bastante. Pero es demasiado tarde.

 

-¿Demasiado tarde? -exclamé yo-. ¿Qué quiere decir? No es demasiado tarde para sacarla de este lugar desierto, para llevarla a...

 

Mi propia pérdida, que había olvidado mientras me dirigía a ella, me obligó a volverme para que no me viera; las lágrimas me impedían hablar. Abrí la ventana y observé el círculo menguante, fantasmal, tembloroso, en lo alto del cielo, y la tierra helada y blanca que se extendía debajo. ¿Vagaba el espíritu de la dulce Idris por el aire cristalizado de luna? No. Seguro que su morada sería más apacible y hermosa.

 

Me sumí unos instantes en aquellas meditaciones y volví a dirigirme a Lucy, que se había acercado a la cama e, inclinada sobre ella, adoptaba una expresión de desolación resignada, de tristeza absoluta con la que parecía conformarse, lo que resulta siempre más conmovedor que las muestras desbocadas de dolor y las exageradas gesticulaciones de la pena. Mi deseo era alejarla de allí, pero ella se oponía a mi deseo. Las personas cuya imaginación y sensibilidad nunca se han apartado del estrecho círculo que se presenta ante ellas, si es que poseen esas cualidades en alguna medida, poseen la capacidad de ejercer su influencia en las mismas realidades que parecen destruirlas y de aferrarse a ellas con tenacidad doble, al no ser capaces de concebir nada más allá. Así, Lucy, sola en Inglaterra, en un mundo muerto, deseaba llevar a cabo

 

las ceremonias fúnebres habituales en las zonas rurales inglesas cuando la muerte era una visita escasa y nos dejaba tiempo para recibir su temible usurpación con pompa y circunstancia, avanzando en procesión para entregarle en mano las llaves de las tumbas. Con algunos de aquellos ritos ya había cumplido, a pesar de hallarse sola, y la labor en que la descubrí inmersa a mi llegada no era sino la confección del sudario de su madre. Se me encogió el corazón ante aquel lúgubre detalle, que las mujeres soportan algo mejor, pero que al espíritu de los hombres resulta más doloroso que el más feroz de los combates o que los zarpazos de una agonía intensa pero pasajera.

 

Aquello no podía ser, le dije. Y entonces, para mejor persuadirla, le hablé de mi pérdida reciente y le sugerí que debía acompañarme para hacerse cargo de los niños huérfanos, a los que la muerte de Idris había privado de los cuidados de una madre. Lucy jamás ignoraba la llamada del deber, de modo que aceptó y, tras cerrar las contraventanas y las puertas con cuidado, me acompañó a Windsor. Durante el trayecto me refirió los detalles de la muerte de su madre. Ya fuera porque el azar la había llevado a descubrir la carta que su hija había escrito a Idris, ya fuera porque había oído su conversación con el campesino encargado de entregársela en mano, lo cierto es que la anciana tuvo conocimiento de la horrible situación en que se encontraban ella y su hija, y su envejecido cuerpo no resistió la angustia y el horror que aquel descubrimiento le inspiraban. No se lo comunicó a Idris, pero pasaba las noches en vela, hasta que la fiebre y el delirio, veloces heraldos de la muerte, revelaron el secreto. Su vida, que durante tanto tiempo había avanzado, tambaleante, hacia la extinción, se rindió al punto a los efectos combinados de la desgracia y la enfermedad, y esa misma mañana había muerto.

 

Tras las emociones tumultuosas del día, me alegró descubrir, a nuestro regreso a la posada, que mis compañeros de viaje ya se habían retirado a descansar. Dejé a Lucy a cargo de la criada de la condesa, y yo mismo busqué reposo a mis frentes diversos e impacientes reproches. Por unos momentos los acontecimientos del día recorrieron mi mente en desastrosa procesión, hasta que el sueño los sumió en el olvido. Cuando amaneció y desperté, me pareció que mi sueño había durado años enteros.

 

Mis acompañantes no gozaron del mismo olvido. Los ojos de Clara indicaban que había pasado la noche llorando. La condesa parecía exhausta y ajada. Su espíritu firme no había hallado alivio en las lágrimas y su sufrimiento era mayor por culpa de los recuerdos dolorosos y los terribles remordimientos que la acechaban. Partimos de Windsor tan pronto como se hubo celebrado la ceremonia fúnebre por la madre de Lucy y, urgidos por el deseo impaciente de cambiar de escenario, nos dirigimos a Dover sin más demora, gracias a los caballos de que nuestro escolta nos había provisto. Se trataba de monturas que encontró bien en los cálidos establos en los que

 

instintivamente se habían refugiado a la llegada del frío, bien de pie, ateridos en los campos gélidos, dispuestos a entregar su libertad a cambio de la mazorca que él les alargaba.

 

Durante nuestro trayecto la condesa me relató las circunstancias extraordinarias que la llevaron a ponerse de mi parte en el presbiterio de la capilla de Saint George, para gran asombro mío. La última vez que había visto a Idris, al despedirse de ella y contemplar su rostro pálido, su cuerpo exangüe, tuvo de pronto el convencimiento de que aquélla era la última vez que la veía. Le resultaba muy duro separarse de su hija dominada por aquella sensación, de modo que, por última vez, trató de persuadirla para que se entregara a sus cuidados, dejando que yo me uniera a Adrian. Pero Idris rechazó cortésmente su ofrecimiento, y así se separaron. La idea de que ya no volverían a verse regresó a la mente de la condesa y ya no volvió a abandonarla. Mil veces pensó en dar media vuelta y unirse a nosotros, pero el orgullo y la ira de las que era esclava se lo impedían. Altiva de corazón como era, de noche empapaba la almohada con su llanto y de día se veía poseía de una agitación nerviosa y creía presentir el temido suceso, temor al que no lograba poner freno. Me confesó que en esa época el odio que sentía por mí no conocía límites, pues me consideraba el único obstáculo para el logro de su mayor deseo: cuidar de su hija en sus últimos momentos. Deseaba expresar sus temores a Adrian y buscar consuelo en su comprensión o valor en el rechazo de sus augurios.

 

Tras su llegada a Dover pasearon juntos por la playa, y gradualmente, tanteando el terreno, guio la conversación hasta el punto deseado, momento en el que, cuando se disponía a comunicarle sus temores a Adrian, el mensajero que les llevaba mi carta informando de nuestro regreso temporal a Windsor se presentó ante ellos. El hombre realizó una somera descripción del estado en que nos había dejado y añadió que a pesar de la alegría y el coraje de lady Idris, temía que no llegara con vida a Windsor.

 

-¡Cierto! -exclamó la condesa-. ¡Tus temores son fundados, está a punto de expirar!

 

Mientras hablaba, mantenía los ojos fijos en el hueco de un acantilado que por su forma se asemejaba a una tumba, y en ese momento, según me contó ella misma, vio a Idris avanzar lentamente hacia la cueva. Se alejaba de ella, con la cabeza gacha y el mismo vestido blanco que solía llevar, aunque en este caso se tocaba la cabellera rubia con un velo que parecía de gasa y que la ocultaba como una neblina ligera y transparente. Parecía vencida, entregada dócilmente a un poder que la arrastraba. Y entraba en la caverna, sumisa, y se perdía en su oscuridad.

 

-De haber sido yo dada a las visiones -prosiguió la venerable dama-, habría

 

dudado de lo que veían mis ojos y habría condenado mi propia credulidad. Pero la realidad es el mundo en el que vivo, y no me cabe duda de que lo que

 

vi    poseía una existencia más allá de mí misma. Desde ese instante no hallé descanso. Merecía la pena arriesgar mi vida por verla una vez más antes de su muerte. Sabía que no lo lograría, pero debía intentarlo. Partí de inmediato rumbo a Windsor, y aunque sabía que viajábamos a gran velocidad, me parecía que avanzábamos a paso de serpiente y que los retrasos surgían sólo para perjudicarme a mí. Seguía acusándote y acumulaba en tu cabeza las cenizas encendidas de mi ardiente impaciencia. No fue, pues, una decepción -aunque sí me causó un hondo dolor- que me mostraras su última morada. Las palabras no sirven para expresar el desprecio que sentí en ese momento hacia tu persona, impedimento triunfante de mis más fervientes deseos. Pero al verla, la ira, el odio y la injusticia murieron en aquel catafalco y dieron lugar, al ausentarse, a un remordimiento (¡Dios santo, cuánto remordimiento sentía!) que durará mientras duren mi memoria y mis sentimientos.

 

Para aplacar ese remordimiento, para impedir que el amor que nacía, que la nueva amabilidad produjeran el mismo fruto amargo que el odio y la antipatía habían creado, dediqué todos mis esfuerzos a calmar a la venerable penitente. El nuestro era un grupo melancólico. Todos nos sentíamos poseídos por el pesar de lo irremediable. La ausencia de su madre ensombrecía incluso la alegría infantil de Evelyn. Sumándose a todo lo demás, acechaba la incertidumbre por nuestro futuro. Antes de entregarse a un cambio voluntario de gran envergadura la mente vacila, ahora aliviándose en la ferviente expectación, ahora arredrándose ante obstáculos que parecen no haberse presentado nunca con aspecto tan temible. Un temor involuntario se apoderaba de mí cuando pensaba que, transcurrido un día, podíamos haber cruzado ya la barrera de agua e iniciar nuestro vagar desesperado e interminable, que escaso tiempo atrás yo veía como único alivio a nuestra tristeza que nuestra situación nos permitía.

 

Nuestra aproximación a Dover fue recibida con los rugidos de un mar invernal, que oímos ya varias millas antes de acercarnos a la costa y que, con su excepcional estruendo, transmitía a nuestras moradas estables una sensación de inseguridad y peligro. Al principio casi no nos permitimos pensar que aquella guerra tremenda de aire y agua podía causarla alguna erupción anormal de la naturaleza y quisimos creer que lo que oíamos era lo que ya habíamos oído mil veces antes, al observar las olas coronadas de espuma, empujadas por los vientos, que arribaban con sus lamentos de muerte a playas desoladas y acantilados rocosos. Pero al avanzar un poco más descubrimos que Dover se hallaba inundado; muchas de las casas no habían resistido los embates de unas aguas que llenaban las calles y que, con espantosos rugidos, se retiraban a veces, dejando el suelo de la ciudad desnudo, hasta que de nuevo el flujo del océano empujaba y las olas regresaban con su sonido atronador a

 

ocupar el espacio usurpado.

 

Apenas menos alterada que el tempestuoso mundo de las aguas se hallaba la congregación de seres humanos que, temerosos, desde el acantilado observaban el avance del oleaje. La mañana de la llegada de los emigrantes que viajaban bajo la tutela de Adrian, el mar había amanecido sereno, liso como un espejo, y las escasas ondas reflejaban los rayos de sol, que bañaban con su brillo el aire azul, claro, gélido. El aspecto plácido de la naturaleza se tomó como buen augurio para el viaje, y el jefe de la expedición se dirigió al momento al muelle para examinar dos barcos de vapor que se encontraban allí atracados. Pero en la noche siguiente, cuando todos dormían, una pavorosa tormenta de viento, lluvia torrencial y granizo los sorprendió, y alguien, en la calle, empezó a gritar que debían despertar todos o se ahogarían. Y todos salieron a medio vestir para descubrir el motivo de la alarma, y vieron que la pleamar, más crecida de lo que era habitual, se adentraba en la ciudad. Subieron a lo alto del acantilado, pero la oscuridad sólo les permitía distinguir la espuma de las olas, mientras el viento atronador combinaba sus gritos, en siniestra armonía, con las desbocadas embestidas del oleaje. El imponente estado de las aguas, la inexperiencia absoluta de muchos, que jamás habían visto el mar, los gritos de las mujeres y los llantos de los niños se añadían al horror del tumulto.

 

La misma escena se mantuvo durante todo el día siguiente. Con la bajamar la localidad quedó seca, pero al subir de nuevo la marea, ésta creció incluso más que la noche anterior. Las grandes embarcaciones que se pudrían, varadas en tierra, eran arrancadas de sus amarres y arrastradas contra los acantilados, mientras que los barcos atracados en el puerto iban a parar a tierra como algas muertas, y allí se partían en pedazos al estrellarse contra la orilla. Las olas morían contra el acantilado, que si en algún punto tenía alguna roca algo suelta, cedía, y los espectadores, aterrorizados, veían que porciones de tierra se desmoronaban y caían con gran estrépito al agua. Aquel espectáculo afectaba de modo distinto a la gente. La mayor parte lo atribuía al juicio de Dios, que trataba así de impedir o castigar nuestra emigración de la tierra que nos había visto nacer. Pero muchos se mostraban doblemente dispuestos a escapar de aquel confín del mundo que se había convertido en su cárcel y que parecía incapaz de resistir los ataques de unas olas gigantescas.

 

Cuando nuestro grupo llegó a Dover, tras un día de viaje agotador, a todos nos hacía falta reposar y dormir. Pero la escena que tenía lugar a nuestro alrededor no tardó en disuadirnos de nuestro propósito. Junto con la mayor parte de nuestros compañeros, nos sentimos atraídos hacia el borde del acantilado para escuchar el rugido del mar y entregarnos a mil conjeturas. La niebla reducía nuestro horizonte a un cuarto de milla, aproximadamente, y aquel velo, frío y denso, envolvía cielo y tierra con idéntica penumbra. Lo que

 

incrementaba nuestra inquietud era el hecho de que dos tercios del total de viajeros nos aguardaran ya en París, lo que, sumándose a los demás contratiempos, llenaba sin duda de temor a nuestra división, lo mismo que a nosotros, al ver que el mar indómito e implacable se extendía ante nosotros. Al fin, tras caminar de un lado a otro del acantilado durante horas, nos retiramos al castillo de Dover, bajo cuyo techo nos guarecíamos todos los que respirábamos aire inglés y buscábamos entregarnos a un sueño reparador de cuerpo y espíritu, de fuerzas y valor.

 

A primera hora de la mañana del día siguiente Adrian me despertó con la buena noticia de que los vientos habían cambiado y ya no eran del suroeste, sino del noreste. El cielo, con el vendaval, había amanecido despejado de nubes, y la marea, en su receso, se había retirado por completo de la ciudad. Con todo, el cambio del viento había enfurecido más el mar, que no obstante había abandonado el tono oscuro y profundo de los últimos días por un verde intenso y brillante. A pesar de que su clamor no disminuía, su aspecto más alegre inspiraba esperanza y placer. Dedicamos todo el día a contemplar el incesante oleaje, y hacia el ocaso, el deseo de descifrar la promesa del mañana en el sol poniente nos llevó a congregarnos todos al borde del acantilado. Cuando el poderoso astro se hallaba a escasos grados del horizonte enturbiado por una tormenta, súbitamente, ¡oh, maravilla!, otros tres soles, brillantes y ardientes por igual, surgieron de varios cuadrantes del cielo hacia el gran orbe, arremolinándose en su derredor. El resplandor de la luz nos deslumbraba y el sol parecía sumarse a la danza, mientras el mar reverberaba como un horno, como un Vesubio en erupción cuya lava incandescente fluyera a sus pies. Hubo caballos que, aterrorizados, abandonaron sus establos, y vacas que, presas del pánico, corrieron hasta el borde del acantilado y, cegadas por la luz, se arrojaron al vacío y cayeron al agua entre mugidos de espanto. El tiempo que duró la aparición de aquellos meteoros fue relativamente breve. De pronto los tres falsos soles se unieron en uno solo y se hundieron en el mar. Segundos después un chapoteo ensordecedor, sostenido, espantoso, nos llegó desde el punto por el que habían desaparecido.

 

Entretanto el sol, libre de sus extraños satélites, avanzaba con su acostumbrada majestad hacia su hogar de poniente. Cuando -ya no nos fiábamos de nuestros ojos, deslumbrados, pero eso parecía- el mar se alzó para ir su encuentro, ascendió más y más, hasta que la esfera ardiente se oscureció, a pesar de lo cual el muro de agua siguió elevándose sobre el horizonte. Parecía como si de pronto el movimiento de la tierra nos resultara perceptible, como si ya no estuviéramos sujetos a antiguas leyes y fuéramos a la deriva en una región ignota del espacio. Muchos gritaban en voz alta que no se trataba de meteoros, sino de globos de materia incandescente que habían incendiado la tierra y provocado que la inmensa caldera que ardía bajo nuestros pies hirviera y elevara unas olas gigantescas. Sostenían que había llegado el día del

 

Juicio y que en muy breve tiempo seríamos llevados ante el severo rostro del juez omnipotente. Mientras, los menos dados a los terrores visionarios, aseguraban que dos borrascas en conflicto eran las causantes del fenómeno que acabábamos de observar. Para avalar su opinión hacían notar que el viento del este había cesado y que las ráfagas procedentes del oeste unían su desgarrador aullido al rugir de las olas. ¿Resistiría el acantilado ese nuevo embate? ¿No era la ola gigante que se acercaba más alta que el precipicio? ¿No quedaría nuestra pequeña isla inundada tras su ataque? La multitud huía despavorida, se dispersaba por los campos, se detenía de vez en cuando para mirar atrás, presa del horror. Una sublime sensación de temor reverencial apaciguaba los latidos veloces de mi corazón. Aguardaba la llegada de la destrucción augurada con la resignación solemne que nace de una necesidad inevitable. El océano adoptaba un aspecto cada vez más terrorífico y el atardecer se veía tamizado por la red que el viento del oeste extendía sobre el cielo. Con todo, gradualmente, y a medida que la ola avanzaba, su apariencia se volvía menos amenazadora. Alguna corriente subterránea, algún obstáculo en el lecho de las aguas, frenaba su avance, e iba perdiendo fuerza paulatinamente. Al ir disolviéndose en ella, despacio, toda la superficie del mar se elevaba. Ese cambio nos libró del temor a una catástrofe inmediata, aunque seguíamos preocupados por lo que acabaría sucediendo. Pasamos la noche observando la furia del mar y el avance de las nubes, entre cuyos claros unas pocas estrellas brillaban con fuerza. El estruendo causado por los elementos en conflicto nos impedía conciliar el sueño.

 

La misma situación se mantuvo durante tres días y tres noches. Los corazones más duros se arredraban ante la enemistad desbocada de la naturaleza. Empezaban a escasear las provisiones, aunque todos los días salían grupos a buscarlas por las aldeas vecinas. En vano tratábamos de convencernos de que no existía nada anómalo en lo que presenciábamos. Nuestro destino abrumador y desastroso volvía cobardes a los más valientes de entre nosotros. La muerte llevaba demasiados meses acechándonos y nos había acorralado en aquella estrecha franja de tiempo en la que ahora nos alzábamos. Muy estrecha, sí, y asediada por las tormentas, era nuestra cornisa colgada sobre el gran mar de la calamidad...

 

Como un acantilado que, orientado al norte,

 

está por todas partes batido por las olas durante el invierno,

 

así también contra éste se abaten violentamente terribles desgracias que, acompañándole siempre, se rompen como olas,

 

unas desde donde se pone el sol,

 

otras desde donde se levanta.

 

Hacía falta algo más que energía humana para resistir las amenazas de destrucción que nos rodeaban por todas partes.

 

Tras aquellos tres días la galerna se extinguió, la gaviota volvió a navegar sobre el pecho sereno de la atmósfera en calma y la última hoja amarilla de la rama más alta del roble permaneció inmóvil. El mar ya no se agitaba con furia, aunque aún se henchía a intervalos en su avance hacia la costa, y tras barrer la orilla rompía sordamente en la arena, olvidado ya el rugido constante de los días pasados. El cambio nos infundía esperanzas y no dudábamos de que, transcurridas algunas jornadas, el agua recobraría su tranquilidad. El atardecer del cuarto día vino a reforzar nuestra idea, pues el sol se puso en un cielo claro y dorado. Mientras contemplábamos el mar púrpura, radiante, más abajo nos sentimos atraídos por un espectáculo inédito: una mancha negra -que al acercarse resultó ser una barca- cabalgaba en lo alto de las olas, descendía a intervalos sus pronunciadas laderas y se perdía en sus valles. Seguimos su rumbo con inquietud y curiosidad, y al ver que, sin duda, se acercaba a nuestra costa, descendimos al único amarre practicable y plantamos una señal para indicárselo. Con ayuda de lentes distinguimos a la tripulación, formada por nueve hombres, ingleses, que en realidad pertenecían a las dos divisiones de nuestra gente, las que nos habían precedido, que llevaban varias semanas en París. Como paisanos que no esperan encontrarse en un país lejano, recibimos a nuestros visitantes, a su llegada, con los brazos abiertos y grandes muestras de alegría. Ellos, por su parte, no parecían querer saludarnos con la misma calidez y estaban huraños y resentidos, tanto como el mar iracundo que habían atravesado con gran peligro, aunque al parecer menos enojados con nosotros que entre ellos. Resultaba raro ver a aquellos seres humanos, que parecían haber brotado de la tierra como plantas extraordinarias e inestimables, dominados por las pasiones violentas y el espíritu de la confrontación. Su primera exigencia fue presentarse ante el señor Protector de Inglaterra, pues así llamaron a Adrian, aunque éste hubiera renunciado ya a aquel título desprovisto de sentido, pues le parecía una burla amarga de la sombra a la que el Protectorado había quedado reducida. Y así, los condujeron al castillo de Dover, desde cuya torre del homenaje Adrian había observado la aproximación de la barca. Los recibió con interés y asombro por lo inesperado de la visita. Como todos deseaban hablar primero y trataban de imponerse airadamente sobre los demás, tardamos un tiempo en averiguar el significado de aquella escena. Gradualmente, a partir de las furiosas declamaciones de uno, de las vehementes interrupciones de otro, de los comentarios despectivos de un tercero, supimos que eran los representantes de nuestra colonia en París, de las tres facciones allí formadas, y que, dada su enconada rivalidad, habían sido enviados a ver a Adrian, que debía oficiar de árbitro. Así, habían viajado desde París hasta Calais, atravesando ciudades desiertas y paisajes desolados,

 

dedicándose unos a otros sus manifestaciones de odio violento. Y ahora exponían sus varios litigios con sectarismo renovado.

 

Interrogando a los tres representantes por separado y tras muchas pesquisas, llegamos a conocer el verdadero estado de las cosas en París. Desde que el Parlamento lo había escogido como representante de Ryland, todos los ingleses supervivientes se habían sometido a Adrian. Él era nuestro comandante, el que debía alejarnos de nuestro país natal para llevarnos a tierras desconocidas, nuestro legislador, nuestro salvador. En el diseño de nuestro primer plan de emigración no contemplamos una separación prolongada de nuestros miembros; el mando de todo el contingente, en su ascenso gradual de poder, tenía su ápice en el conde de Windsor. Pero circunstancias imprevistas nos habían obligado a cambiar de planes, lo que hizo que gran parte de los emigrantes se vieran separados de su jefe supremo por el espacio de casi dos meses. Habían viajado en dos grupos segregados, y a su llegada a París habían surgido diferencias.

 

Los emigrantes encontraron desierta la capital de Francia. Al principio, cuando se declaró la peste, el regreso de viajeros y mercaderes y las comunicaciones por carta nos mantenían informados de los estragos que la enfermedad causaba en el continente. Pero con el incremento de la mortalidad, el intercambio de noticias declinó hasta desaparecer. Incluso en territorio inglés, la correspondencia entre las diversas partes del país resultaba lenta y escasa. Ningún barco recorría el canal que separaba Dover de Calais, y si algún viajero melancólico, deseoso de saber si sus familiares seguían con vida o habían muerto, se aventuraba y zarpaba de la costa francesa para regresar a su país, era frecuente que mar hambriento se tragara su pequeño bote, o que tras un día o dos sintiera los efectos de la infección y muriera sin tiempo para relatar la desolación que se vivía en Francia. Así, vivíamos hasta cierto punto ignorantes del estado de las cosas en el continente y no desesperábamos por completo de hallar a numerosos compañeros en su vasto espacio. Pero las mismas causas que habían diezmado tan pavorosamente la nación inglesa se habían ensañado con mayor ahínco en la tierra hermana. Francia estaba arrasada. En la larga calzada que unía Calais con París no habían encontrado a un solo ser humano. En París sí había algunos, tal vez un centenar que, resignados a su inminente destino, vagaban por las calles de la capital y se reunían a conversar sobre los viejos tiempos con esa vivacidad e incluso alegría que raramente abandona a los individuos de ese país.

 

Los ingleses habían tomado posesión de París sin la menor resistencia. Sus altos edificios y sus calles estrechas estaban muertos. Algunas figuras pálidas aparecían en la zona de las Tulle- rías, y se preguntaban por qué los isleños se dirigían a su ciudad condenada, pues en los excesos de la desgracia, quienes la sufren siempre imaginan que la parte de la calamidad que les ha tocado es la

 

peor, como cuando alguien siente un dolor intenso en una zona del cuerpo, y preferiría cambiar su tortura particular por cualquier otra que afectara a otra zona. Así, los franceses escuchaban la explicación de los emigrantes -que les hablaban de sus motivos para abandonar su tierra natal- encogiéndose de hombros, casi desdeñosos, y les aconsejaban que regresaran a su isla. «Volved, volved -les decían- allá donde las brisas marinas y la lejanía del continente conceden cierta promesa de salud. Si la peste entre vosotros ha abatido a cientos, aquí ha abatido a miles. ¿No veis que vuestro número es superior al nuestro? Hace un año habríais hallado sólo a los enfermos enterrando a los muertos. Ahora nos sentimos más felices, pues la batalla principal ya se ha librado, y los pocos que veis aquí aguardamos pacientes el golpe final. Pero vosotros, que no os conformáis con la muerte, no respiréis más el aire de Francia o pronto formaréis parte de su suelo.»

 

Así, amenazando con usar la espada, habrían apartado a los que hubieran escapado del fuego. Pero mis compatriotas consideraban inminente el peligro que dejaban atrás, y el que se presentaba ante ellos, dudoso y distante. Y pronto surgieron otros sentimientos que hicieron olvidar el miedo o que lo sustituyeron por pasiones que no deberían haber tenido lugar entre la hermandad de supervivientes de un mundo agonizante.

 

La división más numerosa de emigrantes, que fue la que llegó primero a París, asumió la superioridad de rango y poder. La segunda, por su parte, impuso su independencia. Un tercer grupo fue fundado por un sectario, un autoproclamado profeta que, aunque atribuía todo poder y autoridad a Dios, luchaba por que sus camaradas dejaran en sus manos el mando real. Esta tercera división era la que estaba formada por un número menor de individuos, pero su unidad de propósito era mayor, lo mismo que su grado de obediencia a su guía y que su fortaleza y coraje.

 

Mientras la peste causaba sus estragos en el mundo, los maestros de religión fueron adquiriendo un gran poder, un poder para hacer el bien, si se dirigía correctamente, o para causar incalculables males si el fanatismo y la intolerancia guiaban sus esfuerzos. En aquel caso concreto, era el peor de los dos poderes el que movía al profeta. Se trataba de un impostor en todos los sentidos de la palabra. Un hombre que a una edad temprana había perdido, por culpa de su sumisión al vicio, todo sentido de la rectitud y la autoestima. Alguien que, cuando la ambición despertó en él, se rindió a su influencia libre de todo escrúpulo. Su padre había sido predicador metodista, un hombre entusiasta de intenciones sencillas, pero cuyas doctrinas perniciosas habían contribuido a destruir todo atisbo de conciencia en su hijo. Durante el avance de la peste, éste había ideado varios planes para obtener adeptos y poder. Adrian había tenido conocimiento de ellos y los había sofocado. Pero en París, Adrian se hallaba ausente. El lobo se vestía con piel de cordero y el rebaño

 

consentía el engaño. Había formado una facción durante las semanas que llevaba en París, una secta que propagaba con gran celo la creencia en su divina misión y que creía que sólo alcanzarían la seguridad y la salvación quienes depositaran su confianza en él.

 

Una vez surgido el espíritu de disensión, las causas más frívolas lo activaban. La primera de las divisiones, a su llegada a París, había tomado posesión de las Tullerías. La conveniencia y un sentimiento de camaradería habían llevado a la segunda a buscar alojamiento en sus inmediaciones. Surgió entonces un litigio respecto de la distribución del pillaje: los jefes del primer grupo exigían que todo les fuera entregado a ellos, algo que el segundo se negó a cumplir. Y así, cuando los integrantes de ese segundo grupo emprendieron una expedición de saqueo, los del primero cerraron las puertas de la ciudad y los dejaron fuera. Tras superar aquel contratiempo, se dirigieron en formación hacia las Tulle- rías, donde descubrieron que sus enemigos ya habían sido expulsados por los Elegidos, como se llamaban a sí mismos los integrantes de aquella secta fanática, que se negaban a admitir en el palacio a nadie que no abjurara antes de toda obediencia que no fuera obediencia a Dios y a su representante en la tierra, su jefe. Aquel fue, pues, el origen de la trifulca, que alcanzó tales dimensiones que las tres divisiones, armadas, se encontraron en la Place Vendóme, las tres decididas a someter por la fuerza la resistencia de sus adversarios. Se congregaron, los mosquetones estaban cargados y con ellos incluso apuntaban al pecho de quienes consideraban enemigos. Una palabra habría bastado. Y allí, los últimos individuos de la humanidad habrían enterrado sus almas en el crimen del asesinato y se habrían manchado las manos con la sangre de sus congéneres. Al fin, una sensación de vergüenza, así como el recuerdo de que no era sólo su causa la que estaba en juego, sino también la existencia misma de la raza humana, se abrió paso en el pecho del jefe de la división más numerosa. Era consciente de que si se producían bajas en las filas de todos, no podrían reclutar a más soldados; de que cada hombre era una piedra preciosa engarzada en una corona real que, si se destruía, ni de las entrañas mismas de la tierra podría extraerse otra igual. Él era un hombre joven y había actuado sólo por presunción, por imponer su rango y su superioridad a los demás aspirantes. Pero ahora se arrepentía de su comportamiento y sentía que toda la sangre que estaba a punto de ser derramada caería sobre su conciencia. En un impulso repentino, espoleó su caballo para que se situara entre las dos facciones y, tras atar un pañuelo blanco a la punta de la espada, lo alzó indicando que deseaba parlamentar. Los jefes de las partes contrarias acataron su señal. El joven habló con emoción: les recordó la promesa que todos habían pronunciado, la de someterse al señor Protector. Declaró que su encuentro era un acto de traición y amotinamiento. Admitió que se había dejado llevar por la pasión pero que se había serenado a tiempo. Propuso que las tres facciones enviaran representantes a encontrarse

 

con el conde de Windsor, para dirimir con él sus diferencias y someterse a su decisión. Su propuesta fue aceptada y los jefes convinieron en retirarse y en reunirse de nuevo en algún lugar neutral -una vez los grupos hubieran sido llamados a consultas- para ratificar la tregua. En la reunión que posteriormente celebraron los tres jefes, el plan se ultimó. El dirigente de los fanáticos se negó a admitir el arbitrio de Adrian. Así, no enviaría representantes, sino más bien embajadores, y lo haría para exponer sus exigencias, y no para pedir permiso sobre nada.

 

La tregua se mantendría hasta el uno de febrero, fecha en que las facciones volverían a encontrarse en la Place Vendóme. Era, por tanto, de gran importancia que Adrian llegara a París antes de esa fecha, pues la balanza podía decantarse por muy poca diferencia y tal vez la paz, asustada por las luchas intestinas, no regresara sino para encontrarse con la silenciosa muerte. Era 28 de enero y ninguno de los barcos anclados en las inmediaciones de Londres había resistido la furia de las tormentas que acabo de relatar. Con todo, nuestro viaje no admitía demora. Aquella misma noche Adrian y yo, junto con otras doce personas, entre asistentes y amigos, zarpamos de la costa inglesa en la embarcación que había traído a los representantes. Nos turnamos a los remos, y el motivo inmediato de nuestra partida, al proporcionarnos abundantes temas de conjetura y conversación, impidió que la sensación de que abandonábamos nuestro país natal, la Inglaterra despoblada, por última vez, calara muy hondo en las mentes de la mayoría de los tripulantes. La noche era serena y estrellada y la silueta oscura de nuestro país seguía mostrándosenos a intervalos, cuando las olas levantaban el casco de nuestra embarcación. Yo remaba con fuerza para impulsarla y, mientras las aguas lamían los costados con un sonido triste, alcé la mirada y contemplé Inglaterra con melancólico afecto, por última vez, rodeada de mar, y forcé los ojos para no perder de vista aún el alto acantilado, que se erguía para proteger aquella tierra de heroísmo y belleza de los embates del océano que, turbulento como se había mostrado últimamente, requería de unas murallas ciclópeas que lo detuvieran. Una gaviota solitaria volaba en círculos sobre nuestras cabezas, en busca de su nido en algún saliente del precipicio. «Sí, tú volverás a visitar la tierra en que naciste -pensé-. ¡Pero nosotros no, nunca más! Tumba de Idris, adiós. Cripta donde mi corazón queda sepultado, adiós para siempre.»

 

Pasamos doce horas en el mar, pues el oleaje nos obligó a consumir todas nuestras fuerzas. Al fin, impulsados sólo por nuestros remos, llegamos a la costa francesa. Las estrellas casi no alumbraban y la mañana gris arrojaba un delgado velo sobre los cuernos plateados de la luna. El sol salió, grande, rojo, desde el mar, mientras nos hallábamos en los arenales de Calais. Nuestra principal preocupación era proveernos de caballos, y aunque fatigados tras una noche entera de vigilia y esfuerzos, varios miembros de nuestro grupo partieron de inmediato a su encuentro en los campos de la llanura abierta y

 

ahora desolada que se extendía ante Calais. Como hacían los marineros, nos dividimos en turnos, y algunos reposaron mientras los demás preparaban el alimento matutino. La avanzadilla regresó a mediodía con sólo seis caballos, a lomos de los cuales Adrian, yo y otros cuatro miembros de nuestra expedición proseguimos viaje hacia la gran ciudad, que sus habitantes habían declarado capital del mundo civilizado. Nuestras monturas, a causa de su prolongada libertad, se habían asilvestrado casi por completo, y atravesamos la llanura de Calais a gran velocidad. Desde un alto cercano a Boulogne me volví una vez más para contemplar Inglaterra. La naturaleza la había cubierto con un manto de neblina, los acantilados quedaban ocultos y entre ella y nosotros se extendía aquella barrera marina que ya nunca cruzaríamos. Yacía sobre la planicie del océano

 

en medio del gran lago, de cisnes nido.

 

Destruido el nido, ¡ay!, los cisnes de Albión habían muerto para siempre. Una roca deshabitada en el ancho Pacífico que hubiera permanecido desierta desde la creación, sin nombre, sin lugar en el mapa, contaría tanto en la historia futura como la desolada Inglaterra.

 

Nuestro viaje se vio interrumpido por mil obstáculos. Cuando nuestros caballos se cansaron, tuvimos que buscar otros. Perdimos horas y fuerzas tratando de convencer a aquellos esclavos libertos del hombre para que regresaran de nuevo al yugo o yendo de pueblo en pueblo, buscando en los establos alguno que no hubiera olvidado dónde hallar refugio. Pero fracasábamos una y otra vez en nuestro intento, y ello nos obligaba a ir dejando atrás a alguno de nuestros compañeros. De ese modo, el primer día de febrero Adrian y yo, sin más compañía, entramos en París. Despuntaba el alba de un día sereno cuando llegamos a Saint Denis, y el sol estaba ya alto cuando oímos el primer clamor de voces y el chasquear de lo que temíamos que fueran armas, que nos guiaron hasta la Place Vendóme, donde nuestros compatriotas se hallaban congregados. Pasamos entre un corrillo de franceses que hablaban abiertamente sobre la locura de sus invasores insulares, y luego, dolando una esquina de la plaza, contemplamos el destello del sol en los filos de las espadas y en las bayonetas, mientras gritos e imprecaciones inundaban el aire. Se trataba de una escena de confusión muy poco habitual en aquellos días de despoblación. Encendidos por agravios imaginarios y palabras insultantes, las dos facciones enfrentadas se habían lanzado al ataque las unas de las otras, mientras que los Electos, algo apartados, parecían aguardar la ocasión de caer con más probabilidades de éxito sobre sus enemigos una vez éstos se hubieran debilitado mutuamente. Pero entonces, entre ellos se interpuso una fuerza clemente y no se derramó ni una gota de sangre. Pues mientras la turba se disponía a enzarzarse en un ataque, las mujeres, esposas, madres e hijas de los congregados aparecieron de pronto, tomaron las riendas de los caballos, se

 

arrojaron sobre las piernas de los jinetes, rodearon con sus brazos los cuellos de los soldados y arrebataron las armas a sus enfurecidos familiares. Los chillidos agudos de las mujeres se mezclaban con los gritos de los hombres y formaban un clamor que fue el que nos recibió a nuestra llegada.

 

Nuestras voces no se oían en medio del tumulto. Adrian, con todo, resultaba bien visible gracias al caballo blanco que montaba. Espoleándolo, se situó apresuradamente en el centro de la muchedumbre. Lo reconocieron al punto, y al punto se elevaron vítores en su honor y en el de Inglaterra. Quienes hasta hacía nada habían sido adversarios, confortados ante su visión, se unieron en una masa confusa y lo rodearon. Las mujeres le besaban las manos y la ropa, e incluso su caballo recibía el tributo de sus abrazos. Algunos lloraban al verlo. Parecía el ángel de la paz que hubiera descendido sobre ellos. El único peligro era que, si sus amigos le demostraban su afecto con demasiada vehemencia, acabara asfixiado, poniendo en evidencia su naturaleza mortal. Al fin su voz se impuso y fue obedecida. La multitud se echó hacia atrás. Sólo los jefes permanecieron junto a él, rodeándolo. Yo había visto a lord Raymond avanzar a caballo entre sus tropas. Su gesto victorioso, su expresión mayestática, le valían el respeto y la obediencia de todos. Pero aquel no era el aspecto de Adrian ni la clase de influencia que imponía. Su figura menuda, su mira-da fervorosa, su ademán, que era más de deprecación que de mando, constituían pruebas de que el amor, exento de miedo, le proporcionaba el dominio sobre los corazones de los presentes, que sabían que él jamás se había arredrado ante el peligro y que siempre había actuado movido por la preocupación que el bien común le despertaba. Ya no apreciaba división alguna entre las dos facciones, hasta hacía poco dispuestas a derramar la sangre de los demás, pues aunque ninguna de las dos pensara someterse a la otra, ambas rendían tributo de obediencia al conde de Windsor.

 

Sin embargo, todavía quedaba un grupo, separado del resto, que no participaba de la alegría suscitada por la llegada de Adrian ni parecía impregnado del espíritu pacífico que se había derramado como el rocío sobre los corazones aplacados de sus compatriotas. Encabezando aquel grupo se hallaba un hombre corpulento y siniestro, cuya mirada maligna escrutaba, con perverso regocijo, las expresiones serias de sus correligionarios. Hasta el momento se habían mantenido inactivos, pero percibiéndose ignorados en medio del júbilo general, avanzaron con gestos amenazadores. Nuestros amigos de las dos divisiones se habían atacado los unos a los otros, por así decirlo, en una contienda sin motivos. Sólo bastaba que se les dijera que su causa era común para que, en efecto, se convirtiera en causa común. Su ira mutua había prendido -y se había apagado- como la paja, comparada con el odio de llama lenta que ambos sentían por aquellos otros sediciosos, que aspiraban a hacerse con una porción del mundo que estaba por llegar, para atrincherarse y encastillarse en ella, y desde allí predicar sus miedos, sus

 

ocurrencias y sus escandalosas denuncias a los hijos de la tierra. El primer avance del pequeño ejército de los Electos avivó la cólera de los otros, que agarraron sus armas y esperaban sólo la señal de su comandante para iniciar el ataque. Pero entonces se oyó la voz clara de Adrian, y aquella voz les dijo que se echaran hacia atrás. Nuestros amigos obedecieron entre murmullos confusos, lo mismo que las olas se retiran de las arenas que han cubierto. Adrian se interpuso entonces, solo, montado en su caballo, entre los dos bandos enfrentados. Se acercó al jefe hostil como para indicarle que siguiera su ejemplo. Pero éste no lo hizo, y avanzó, seguido por toda su tropa, formada por no pocas mujeres, que parecían más dispuestas y decididas que los hombres. Todos ellos se congregaron alrededor de su jefe para protegerlo, mientras lanzaban sobre él toda clase de alabanzas y epítetos de veneración. Adrian siguió avanzando hacia ellos, y finalmente éstos se detuvieron.

 

-¿Qué buscáis? -les preguntó-. ¿Necesitáis de nosotros algo que nos neguemos a daros, y por ello os veis obligados a obtenerlo mediante las armas y la guerra?

 

Sus preguntas obtuvieron por respuesta un clamor general del que destacaban palabras aisladas, como «elección», «pecado» y «brazo derecho de Dios».

 

Adrian miró fijamente a aquel falso profeta.

 

-¿No eres capaz siquiera de hacer callar a tus propios seguidores? Ya ves que los míos sí me obedecen.

 

Aquel hombre respondió con una mueca de desdén, y entonces, tal vez temeroso de que sus hombres oyeran la discusión que estaba a punto de producirse, les ordenó que se echaran hacia atrás, y sólo él se adelantó.

 

-Vuelvo a preguntártelo -insistió Adrian-. ¿Qué requieres de nosotros?

 

-Arrepentimiento -respondió el hombre, cuyo rostro siniestro se ensombrecía por momentos-. Obediencia a la voluntad del Altísimo, que ha sido revelada a su Pueblo Electo. ¿Acaso no morimos todos por causa de vuestros pecados, oh, generación de incrédulos? ¿Y acaso no tenemos derecho a exigiros arrepentimiento y obediencia?

 

-Y si nos negamos, ¿qué haréis? -le preguntó su interlocutor sin acritud.

 

-¡Cuidado! -atronó el hombre-. Dios te oye y aplastará con su ira tu corazón de piedra. ¡Sus flechas envenenadas vuelan ya, sus perros de la muerte se han librado de sus cadenas! Nosotros no moriremos sin vengar. Y nuestro vengador será muy poderoso cuando descienda en visible majestad y esparza la destrucción entre vosotros.

 

-Mi buen amigo -replicó Adrian con sutil sorna-, ojalá fueras sólo

 

ignorante. Creo que no costaría demasiado demostrarte que hablas de lo que no comprendes. Sin embargo, en la presente ocasión me basta con saber que no buscas nada de nosotros. Y el cielo es testigo de que nosotros no buscamos nada de vosotros. Lamentaría amargar por culpa de una confrontación los pocos días que tal vez nos queden en este mundo a todos los que aquí estamos. Ahí -y señaló al suelo- ya no podremos pelear, mientras que aquí no tenemos necesidad de hacerlo. Regresad a casa o quedaos. Rezad a vuestro Dios como mejor os parezca. Vuestros amigos pueden hacer lo mismo. Mis súplicas son la paz y la buena voluntad, la resignación y la esperanza. ¡Adiós!

 

Inclinó ligeramente la cabeza ante su airado contendiente, que estuvo a punto de replicar algo. Dio la vuelta y, enfilando la Rue Saint Honoré, ordenó a sus hombres que le siguieran. Avanzaba despacio para dar tiempo a todos a unirse a él en el Barrier, y entonces ordenó que quienes le profesaran obediencia se congregaran en Versalles. Entretanto él permanecería intramuros de París, hasta que se hubiera asegurado de la llegada de todos. En cuestión de quince días, el resto de los emigrantes abandonó Inglaterra y llegó a París, desde donde se dirigió a Versalles. Se prepararon unos aposentos en el Grand Trianon para uso del Protector, y allí, tras la intensidad de todos aquellos sucesos, reposamos entre los lujos de los antiguos Borbones.

 

 

 

 

CAPÍTULO V

 

 

Tras un descanso de varios días celebramos un consejo para decidir nuestros movimientos futuros. Nuestro primer plan había sido abandonar nuestras latitudes natales, sumidas en el invierno, y ofrecer a nuestra escasa población los lujos y las delicias de un clima meridional. No habíamos establecido un lugar concreto como destino de nuestro vagar, pero en la imaginación de todos flotaba la imagen vaga de una eterna primavera, campos fragantes y arroyos cantarines. Varias causas nos habían detenido en Inglaterra y ya nos encontrábamos a mediados de febrero. Si seguíamos adelante con nuestro plan, podíamos vernos en una situación peor que la anterior, pues cambiaríamos nuestro clima habitual por los calores intolerables de los veranos en Egipto o Persia. De modo que nos vimos obligados a alterar nuestro proyecto, dadas las inclemencias del tiempo, y se decidió que aguardaríamos la llegada de la primavera donde nos encontrábamos, y que luego pondríamos rumbo a Suiza para pasar los meses estivales en sus gélidos valles, dejando para el siguiente otoño nuestro avance hacia el sur, si es que vivíamos para contemplar esa nueva estación.

 

El palacio y la localidad de Versalles nos permitían a todos un alojamiento

 

espacioso, y grupos de avituallamiento se turnaban para satisfacer nuestras necesidades. Entre los últimos de nuestra raza se vivían situaciones de lo más variopintas, raras e incluso escandalosas. En un principio yo las comparaba con las de una colonia que, trasladada a ultramar, empezara a echar raíces en un país nuevo. Pero ¿dónde estaban el bullicio y la industria propios de aquellas concentraciones humanas? ¿Las viviendas construidas de cualquier modo, provisionales, que cumplían su función hasta que se construyeran moradas más cómodas? ¿El deslinde de los campos? ¿Los intentos de cultivarlos? ¿La impaciente curiosidad por descubrir plantas y animales desconocidos? ¿Las expediciones emprendidas con el fin de explorar el nuevo territorio? Nuestra vivienda era regia; nuestros alimentos se almacenaban en los graneros; no había necesidad de trabajar, ni la menor curiosidad, ni el deseo de seguir avanzando. Si nos hubieran asegurado que todos los supervivientes seguiríamos con vida, habría existido mayor vivacidad y esperanza en nuestras reuniones. Habríamos abordado asuntos como cuánto tiempo durarían las provisiones de alimentos con que contábamos y qué modo de vida adoptaríamos cuando éstas se agotaran. Deberíamos habernos preocupado más por nuestros planes de futuro y haber discutido sobre el lugar en el que habíamos de asentarnos más adelante. Pero el verano y la peste se acercaban y no osábamos mirar al frente. Los corazones enfermaban ante la perspectiva de todo entretenimiento. Si los más jóvenes de entre nosotros, movidos por una hilaridad adolescente y desbocada, sentían el impulso de bailar o cantar, tratando con ello de aplacar su melancolía, se detenían de pronto cuando alguien, presa del dolor y la pérdida, adoptaba un aspecto fúnebre o emitía un suspiro de agonía y se negaba a sumarse al resto. Aunque las risas resonaban bajo nuestro techo, los corazones latían vacíos de dicha. Y cuando el azar me llevaba a presenciar alguno de aquellos intentos de distracción, sentía que mi tristeza, en vez de disminuir, aumentaba. En medio del grupo que iba en busca del placer, cerraba los ojos y veía ante mí la oscura caverna donde la mortalidad de Idris se conservaba, y en torno a la cual los muertos se congregaban, marchitándose en callado reposo. Cuando volvía a tener conciencia del momento presente, la melodía de una flauta o los intrincados movimientos de una hermosa danza me resultaban peores que el coro demoníaco del Valle del Lobo y que los avances de los reptiles que rodeaban el círculo mágico.

 

Mi momento más preciado de paz se producía cuando, liberado de la obligación de relacionarme con los demás, reposaba en los aposentos ocupados por mis hijos. Recurro al plural, pues eran las más tiernas emociones de la paternidad las que me unían a Clara, que había cumplido ya catorce años. La pena, y una comprensión profunda de lo que sucedía a su alrededor, aplacaban el espíritu inquieto de su juventud, y el recuerdo de su padre, al que idolatraba, así como el respeto que sentía por Adrian y por mí, imbuía su joven

 

corazón de un gran sentido de la responsabilidad. Mas, aunque seria, no era una muchacha triste. El deseo impaciente que nos hace a todos, cuando somos jóvenes, ahuecar las alas y estirar los cuellos, para alcanzar más deprisa la madurez, se veía en ella tamizado por sus precoces experiencias. Si, tras entregarse al recuerdo amado de sus padres y dedicarse al cuidado de sus familiares vivos, le sobraba algo de dedicación, se la entregaba a la religión, que era la ley oculta que gobernaba su alma, pues la escondía con reserva infantil y la atesoraba más por ser secreta. ¿Qué fe hay más entera, qué caridad más pura, qué esperanza más ferviente que las de la primera juventud? Y ella, toda amor, ternura y confianza; ella, que desde la infancia había sido arrojada al mar bravío de la pasión y la desgracia, veía la mano de la aparente divinidad en todo, y su mayor esperanza era hacerse digna del poder que veneraba. Evelyn, por su parte, sólo tenía cinco años. Su corazón contento no conocía la tristeza y animaba nuestra casa con la alegría propia de su edad.

 

La anciana condesa de Windsor había descendido desde su sueño de poder, rango y grandeza y, repentinamente, había abrazado la convicción de que el amor era lo único bueno de la vida, y la virtud la única distinción noble, el único bien valioso. Aquella lección la había aprendido de los labios muertos de la hija a la que había abandonado, y ahora, con la fiera intensidad de su carácter, se dedicaba en cuerpo y alma a obtener el amor de los miembros vivos de su familia. En los primeros años de su vida, el corazón de Adrian se había mostrado gélido con ella. Y aunque le demostraba el debido respeto, la frialdad de su madre, combinada con el recuerdo de la decepción y la locura, le habían llevado a sentir incluso dolor en su presencia. Era consciente de ello y, decidida como estaba a obtener su afecto, aquel obstáculo no hacía sino alimentar en mayor medida sus pretensiones. Así como Enrique, emperador de Alemania, se tendió sobre la nieve, frente a la puerta del papa León, durante tres días y tres noches, así ella también aguardó con humildad ante las barreras heladas de su corazón cerrado a que él, servidor del amor, príncipe de tierna cortesía, las abriera y le permitiera su entrada y le rindiera, con fervor y gratitud, el tributo del afecto filial que ella merecía. Su inteligencia, coraje y presencia de ánimo se convirtieron en poderosas ayudas para él en la difícil tarea de gobernar a la muchedumbre desobediente, sujeta a su control de manera extremadamente precaria.

 

Las principales circunstancias que perturbaban nuestra tranquilidad durante aquel intervalo las causaba la proximidad del profeta impostor y sus adeptos que, aunque seguían residiendo en París, enviaban con frecuencia misioneros a visitar Versalles. El poder de sus afirmaciones era tal que, por más que éstas fueran falsas, su repetición vehemente, ejercida sobre los crédulos, los ignorantes y los temerosos, lograba casi siempre atraer hacia su secta a algunos de nuestros hombres. Casos como ésos, de los que teníamos inmediato conocimiento, nos llevaban a plantearnos el desgraciado estado en que

 

dejaríamos a muchos de nuestros compatriotas cuando, con la aproximación del verano, nos viéramos obligados a trasladarnos a Suiza, dejando a una multitud engañada en manos de aquel jefe sin escrúpulos. La sensación de que nuestro contingente menguaba, y el temor a que siguiera haciéndolo, ejercía sobre nosotros una notable presión, y si nos felicitábamos por añadir una persona más a nuestro grupo, nos alegraría el doble rescatar de la influencia perniciosa de la superstición y la infatigable tiranía a las víctimas que ahora, aunque encadenadas voluntariamente, se lamentaban bajo su dominio. Si hubiéramos considerado al predicador sincero en la creencia de sus propias denuncias, o al menos movido en parte por la bondad en el ejercicio de los poderes que se había arrogado a sí mismo, nos habríamos dirigido a él sin dilación para tratar de ablandar y humanizar sus puntos de vista con nuestros mejores argumentos. Pero era la ambición la que lo instigaba, y un deseo de mandar sobre los últimos rezagados de la muerte. Sus planes le habían llevado incluso a calcular que si sobrevivían algunos individuos de los restos de la humanidad y surgía una nueva raza, él, agarrando con fuerza las riendas de la creencia, podría ser recordado por aquella humanidad posterior a la peste como un patriarca, un profeta, una deidad, lo que para quienes sobrevivieron al diluvio universal fue Júpiter el Conquistador, Serapis el Legislador y Vishnu el Preser- vador. Aquellas ideas lo volvían inflexible en su defensa y violento en su odio a cualquiera que pretendiera compartir con él su imperio usurpado.

 

Es un hecho curioso pero incontestable que el filántropo que, ardiente en su deseo de obrar bien, paciente, razonable y gentil, se niega a recurrir a más argumentos que la verdad, influye menos en las mentes de los hombres que el que, avaro y egoísta, no renuncia a adoptar ningún método, a despertar ninguna pasión ni a difundir ninguna falsedad, si ello supone el avance de su causa. Si eso había sido así desde tiempos inmemoriales, el contraste resultaba infinitamente mayor ahora que uno podía aprovecharse de los miedos terribles y las esperanzas de trascendencia, mientras que el otro albergaba pocas esperanzas de futuro y no podía influir en la imaginación de los demás para minimizar unos temores que ese uno era el primero en albergar. El predicador había persuadido a sus adeptos de que su inmunidad ante la epidemia, la salvación de sus hijos y el surgimiento de una nueva raza de hombres a partir de su semilla dependían de su fe en él, de su sometimiento a él. Y ellos había asumido aquella creencia con gran avidez. Su credulidad, siempre creciente, los disponía incluso a convertir a otros a su misma fe.

 

Cómo convencer a aquellas personas del fraude en que vivían era tema recurrente del pensamiento y las conversaciones de Adrian, que para la consecución de tal fin ideaba muchos planes. Pero la atención a sus propias tropas, para asegurarse su fidelidad y bienestar, consumía todo su tiempo. Además el predicador era un hombre tan cruel como cauto y prudente. Sus víctimas vivían sometidas a estrictas leyes y reglas, que o bien los mantenían

 

prisioneros en las Tullerías, o bien los liberaban sólo en un pequeño número, y controlados siempre por otros jefes, lo que imposibilitaba toda controversia. A pesar de todo ello, había una mujer entre ellos a la que yo estaba decidido a salvar. La habíamos conocido en días más felices, Idris la adoraba, y lo excepcional de su carácter hacía doblemente lamentable que se viera sacrificada a la voluntad implacable de aquel caníbal de almas.

 

El predicador contaba en total con entre doscientos y trescientos adeptos enrolados bajo su estandarte. Más de la mitad de ellos eran mujeres. Había también unos cincuenta niños de distintas edades y no más de ochenta hombres, procedentes todos de lo que, cuando tales distinciones existían, se denominaban las clases bajas de la sociedad. La excepción eran algunas mujeres de alcurnia que, presas del pánico y doblegadas por la pena, se habían unido a él. Entre ellas una dama joven, encantadora y entusiasta, cuya misma bondad la había convertido en víctima propicia. La he mencionado antes. Se trataba de Juliet, la hija menor, y ahora única reliquia de la casa ducal de L...

 

Existen en este mundo algunas criaturas a las que el destino parece escoger para verter sobre ellas, más allá de toda proporción, frascos enteros de ira, y a las que cubre de desgracia hasta los labios. La infortunada Juliet era una de ellas. Había perdido a sus amorosos padres, a sus hermanos y hermanas, compañeros de su juventud. De un solo zarpazo habían sido arrancados de su lado. Y sin embargo había osado considerarse feliz de nuevo. Unida a su admirador, que poseía su corazón todo y lo llenaba por completo, se entregó al olvido del amor y sentía y conocía sólo su vida y su presencia. En el preciso instante en que recibía con placer las promesas de la maternidad, el único sostén de su vida se vino abajo y su esposo murió abatido por la peste. Durante un tiempo vivió sumida en la demencia. El nacimiento de su hija la devolvió a la cruel realidad de las cosas, pero le dio, al tiempo, un motivo para conservar la vida y la razón. Todos sus amigos y familiares habían fallecido y se veía rodeada de soledades y penurias. Una profunda melancolía, combinada con cierta impaciencia airada, nublaba su razón y le impedía convencerse de la conveniencia de compartir sus desgracias con nosotros. Cuando tuvo conocimiento del plan de emigración universal decidió permanecer en Inglaterra con su hijo y sola en el país vivir o morir, según decretara el destino, junto a la tumba de su amado. Se había ocultado en una de las muchas viviendas vacías de Londres. Fue ella la que rescató a mi amada Idris aquel fatal veinte de noviembre, aunque el peligro inmediato que corrí yo, seguido de la enfermedad de Idris, nos llevaron a olvidar a nuestra desconsolada amiga. Aquella circunstancia, sin embargo, le devolvió el contacto con sus congéneres. Una enfermedad menor de su pequeña le demostró que seguía unida a la humanidad por un lazo indestructible, y preservar la vida de su recién nacida se convirtió en meta de su existencia. Así, se unió a la primera división de emigrantes que partieron hacia París.

 

Se convirtió en presa fácil del metodista, pues su sensibilidad y sus agudos temores la hacían accesible a todo impulso. El amor que sentía por su hija la llevaba a aferrarse a cualquier clavo ardiendo que le permitiera salvarlo. Su mente, otrora inexpugnable y ahora modelada por las manos más rudas e inarmónicas, se había vuelto crédula: hermosa como una diosa de fábula, con una voz incomparablemente dulce, fervorosa en su nuevo entusiasmo, se convirtió en firme prosélito y en poderosa ayudante del jefe de los Electos. El día en que nos encontramos con ellos en la Place Vendóme la distinguí entre la multitud y, recordando de pronto el rescate providencial de mi amada a ella debido aquel 20 de noviembre, me reproché a mí mismo mi olvido y mi ingratitud y me sentí impelido a intentar todo lo que estuviera en mi mano para rescatarla de las garras de aquel destructor hipócrita y devolverle lo mejor de sí misma.

 

No relataré ahora los artificios de que me valí para penetrar en el asilo de las Tullerías ni ofreceré un recuento tedioso de mis estratagemas, engaños e insistentes artimañas. Lo cierto es que logré acceder a aquel recinto y recorrí sus salones y corredores con la esperanza de hallar a la conversa. Al atardecer traté de confundirme con la congregación, que se había reunido en la capilla para escuchar la retorcida y elocuente arenga de su profeta. Vi que Juliet se encontraba cerca de él. Sus ojos oscuros, imbuidos de la mirada inquieta y temible de la locura, se posaban en él. Sostenía en brazos a su pequeña, que aún no había cumplido un año, y sólo sus cuidados distraían su atención de las palabras que escuchaba devotamente. Cuando el sermón tocó a su fin, la congregación se dispersó. Todos, excepto la mujer a la que buscaba, abandonaron la capilla. Su pequeño se había dormido, de modo que lo tendió sobre un almohadón y se sentó en el suelo, junto a él, para verlo dormir tranquilamente.

 

Me presenté ante ella. Por un momento sus sentimientos naturales la llevaron a expresar alegría al verme, una alegría que desapareció casi al momento. Entonces yo, con ardiente y afectuosa exhortación, le pedí que me acompañara y huyera de aquella guarida de superstición y desgracia. Al punto ella regresó al delirio del fanatismo y, de no ser porque su naturaleza amable se lo impedía, me habría cubierto de insultos. Con todo, llegó a maldecirme y me ordenó que me fuera de allí.

 

-¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Huya ahora que todavía puede! Ahora está a salvo, pero en ocasiones me llegan sonidos raros e inspiraciones, y si el Eterno me revela su voluntad con susurro terrible y me dice que para salvar a mi hijo debo sacrificarlo a usted, yo se lo comunicaré a sus satélites, a quienes usted llama tiranos. Ellos lo destrozarán miembro a miembro. Y yo no derramaré una sola lágrima por la muerte de aquél a quien Idris amaba.

 

Hablaba deprisa, con la voz inexpresiva y la mirada perdida. Su hija

 

despertó y, asustada, empezó a llorar. Sus sollozos se clavaban en el corazón maltratado de su madre y mezclaba las expresiones de afecto que dedicaba a su pequeña con sus órdenes airadas que me instaban a marcharme de allí. De haber contado con los medios lo habría arriesgado todo, la habría sacado por la fuerza de la madriguera de aquel asesino y la habría expuesto al bálsamo reparador de la razón y el afecto. Pero no me quedaba alternativa ni podía seguir discutiendo con ella. Oí unos pasos en la galería y la voz del predicador más cerca. Juliet, abrazando con fuerza a su hija, escapó por otro pasaje. Incluso entonces la habría seguido, pero mi enemigo y sus secuaces entraron y, tras rodearme, me hicieron prisionero.

 

Recordé la amenaza de la infeliz Juliet y temí que tanto la venganza de aquel hombre como la ira desbocada de sus adeptos cayeran sobre mí. Me interrogaron. Mis respuestas fueron simples y sinceras.

 

-Se condena por su propia boca -exclamó el impostor-. Confiesa que su intención era apartar del camino de la salvación a nuestra amada hermana en Dios. ¡Llevadlo a las mazmorras! Mañana morirá. Es conveniente que lo usemos como ejemplo, un ejemplo que cause temor y asombro y que aleje a los hijos del pecado de este refugio de los salvados.

 

Se me revolvió el corazón al oír aquella jerga hipócrita. Pero consideraba indigno rebatir con palabras a aquel rufián y mi respuesta fue fría, pues lejos de dejarme vencer por el miedo, creía que incluso en la peor de las situaciones un hombre fiel a sí mismo, valeroso y decidido, puede imponerse y vencer, incluso desde el cadalso y ante una manada de necios errados.

 

-Recuerde quién soy -dije-. Y tenga por seguro que mi muerte no quedará sin vengar. Su superior legal, el Protector, está al corriente de mi plan y sabe que me encuentro aquí. El grito de mi sangre llegará hasta él y usted y sus pobres víctimas lamentarán largamente la tragedia que están a punto de desencadenar.

 

Mi antagonista no se dignó a responderme y no me dedicó siquiera una mirada.

 

-Ya conocéis las órdenes -dijo a sus camaradas-. Obedecedlas.

 

Al momento me vi en el suelo, atado y con los ojos vendados. Sólo recuperé la movilidad y la visión cuando, rodeado por los muros de la mazmorra oscura e inexpugnable, me encontré prisionero y solo.

 

Tal fue el resultado que obtuve al tratar de rescatar a los adeptos de aquel criminal. No creía que fuera capaz de acabar con mi vida, aunque sin duda estaba en sus manos. El sendero de su ambición había sido siempre siniestro y cruel. Su poder se basaba en el miedo. Tal vez le fuera más fácil pronunciar la palabra que hubiera de causar mi muerte silenciosa y muda, consumada en la

 

oscuridad de mi cautiverio, que tener piedad de mí. Quizá no se arriesgara a someterme a una ejecución pública, pero un asesinato privado lograría aterrorizar a mis compañeros, disuadirlos de intentar algo parecido, al tiempo que lo discreto de su acción le permitiría evitar las pesquisas y la venganza de Adrian.

 

Hacía dos meses, en una cripta más oscura que la que ahora ocupaba, había contemplado la posibilidad de tenderme y dejarme morir, pero ahora temblaba ante la idea de mi destino cercano. Mi mente se entretenía imaginando la clase de muerte que me infligiría. ¿Me mataría de hambre? ¿O introduciría veneno en mis alimentos? ¿Acabaría conmigo mientras durmiera o habría de luchar hasta el fin con mis rivales, aun a sabiendas de que ellos obtendrían la victoria? Vivía en un mundo cuya exigua población podría contar un niño con escasos conocimientos de cálculo. Había pasado muchos meses con la muerte rondando en mis inmediaciones, mientras a intervalos la sombra de su esqueleto ensombrecía mi camino. Había llegado a creer que despreciaba a aquel fantasma de rictus sonriente y me reía de sus burlas.

 

Cualquier otro destino lo habría saludado con coraje, e incluso habría acudido a su encuentro con gallardía. Pero ser asesinado de ese modo, en plena noche, a sangre fría, sin una sola mano amiga que cerrara mis ojos o recibiera mis últimas bendiciones; morir en el combate, en el odio y el desprecio; ¡ah!, mi ángel amado, ¿por qué me devolviste la vida cuando ya me había adentrado en el umbral de la tumba, sólo para, al poco tiempo, arrojarme a ella convertido en cadáver desfigurado?

 

Pasaban las horas, los siglos. De poder expresar con palabras los muchos pensamientos que ocuparon mi mente en interminable sucesión durante aquel intervalo, llenaría volúmenes enteros. El aire estaba enrarecido, el suelo de la mazmorra mohoso y helado. Me asaltó un hambre atroz y no oía ni el más leve sonido del exterior. Aquel rufián había declarado que al día siguiente moriría. ¿Cuándo llegaría el amanecer? ¿Por qué no clareaba de una vez?

 

Mi puerta estaba a punto de abrirse. Oí girar la llave y el movimiento de barrotes y cerrojos. La apertura de pasadizos intermedios permitió que llegaran hasta mí sonidos procedentes del interior del palacio y oí que un reloj daba la una. Pensé que venían a matarme. Lo intempestivo de la hora no hacía pensar en una ejecución pública. Me arrimé a la pared más alejada de la entrada e hice acopio de todas mis fuerzas y mi valor; no me ofrecería como presa fácil. Lentamente la puerta se abrió, y ya estaba a punto de lanzarme a forcejear con el intruso cuando vi algo que cambió por completo el curso de mi mente. Ante mí se hallaba Juliet, pálida y temblorosa, con una lámpara en la mano en la puerta de mi celda, mirándome con un semblante triste que al momento cambió por un gesto más contenido. Sus ojos lánguidos también recuperaron su brillo anterior.

 

-He venido a salvarle, Verney -me susurró.

 

-Y a salvarse usted también -exclamé yo-. Querida amiga, ¿cree de veras que podemos salvarnos?

 

-No diga nada y sígame.

 

Obedecí al instante. Avanzamos de puntillas por muchos pasadizos, ascendimos por varias escaleras y recorrimos largas galerías. Al final de una de ellas abrió un portal bajo. Una bocanada de aire apagó la lámpara, pero en su lugar recibimos la bendición de la luna y el rostro abierto del cielo. Sólo entonces Juliet volvió a dirigirse a mí.

 

-Ya está a salvo. Dios le bendiga. Adiós.

 

A pesar de su resistencia, le agarré la mano.

 

-Querida amiga -le dije-, víctima errada, ¿no pretende escapar conmigo? ¿No lo ha arriesgado todo para facilitarme la huida? ¿Cree que permitiré que regrese y sufra sola las consecuencias de la ira de ese desalmado? ¡Jamás!

 

-No tema por mí -respondió pesarosa la encantadora joven-, y no suponga que sin el consentimiento de nuestro guía se hallaría usted fuera de esas cuatro paredes. Es él quien lo ha salvado. Él me ha asignado a mí la misión de traerlo hasta aquí, porque conozco mejor sus motivos para haberse aventurado hasta nuestra casa y soy capaz de apreciar mejor su piedad al permitir su huida.

 

-¿Y se deja usted engañar por ese hombre? -exclamé yo-. Me teme con vida, pues soy su enemigo, y si muero teme a mis vengadores. Propiciando mi huida clandestina conserva algo de crédito entre sus seguidores. Pero la piedad se halla muy lejos de su corazón. ¿Olvida usted sus artificios, su crueldad, su fraude? Es usted tan libre como lo soy yo. Venga, Juliet, la madre de la difunta Idris la acogerá con los brazos abiertos, el noble Adrian se alegrará de recibirla. Hallará paz y amor y más esperanza de la que el fanatismo concede. Venga sin temor. Antes de que amanezca estaremos en Versalles. Cierre la puerta de esta morada del crimen, huya, dulce Juliet, aléjese de la hipocresía y la culpa y frecuente la compañía de los afectuosos y los bondadosos.

 

Hablé apresuradamente, aunque con fervor. Y mientras con amabilidad y empeño la apartaba del portal, algún pensamiento, algún recuerdo de pasadas escenas de su juventud y su felicidad, la llevó a escucharme y sucumbir a mi persuasión. Pero de pronto se soltó de mí y emitió un grito agudo:

 

-¡Mi hija! ¡Mi hija! Él tiene a mi hija. Mi niña es su rehén.

 

Se apartó de mí y volvió a meterse en el pasadizo. La reja se cerró entre nosotros y ella quedó atrapada en las fauces de aquel criminal, prisionera, expuesta a inhalar el aire pestilente que exudaba su naturaleza demoníaca. La brisa ligera me rozaba las mejillas, la luna me iluminaba, tenía el camino

 

expedito. Feliz por haber escapado, aunque triste a la vez, regresé a Versalles.

 

 

 

 

CAPÍTULO VI

 

 

Y así, plagado de percances, transcurrió el invierno, alivio de nuestros males. Gradualmente el sol, que con sus haces oblicuos había ido ganando terreno al dilatado reino de la noche, alargaba su viaje diurno y ascendía al trono más elevado, prodigando al instante una nueva belleza sobre la tierra y permitiendo la existencia de su amante. Nosotros, que como las moscas que se congregan sobre una roca en la bajamar habíamos jugado caprichosamente con el tiempo, permitiendo que nuestras pasiones, nuestras esperanzas y nuestros deseos insensatos nos gobernaran, oíamos ahora el rugido de aquel océano de destrucción que se aproximaba, y debíamos huir volando en busca de alguna grieta protegida antes de que la primera ola rompiera contra nosotros. Sin más demora resolvimos emprender nuestro viaje a Suiza. Nos sentíamos impacientes por abandonar Francia. Bajo las bóvedas heladas de los glaciares; a la sombra de unos abetos tan cubiertos de nieve que el viento no mecía sus ramas; junto a unos arroyos tan fríos que proclamaban que su origen se hallaba en la fusión del agua congelada de las cumbres; entre tormentas frecuentes que purificaban el aire, encontraríamos salud, a menos que la salud misma hubiera enfermado.

 

Al principio nos entregamos a los preparativos con entusiasmo. No nos despedíamos de nuestro país natal, de los sepulcros de nuestros seres queridos, de las flores, arroyos y árboles que habían vivido junto a nosotros desde nuestra infancia, de modo que el pesar que se apoderaría de nuestros corazones al abandonar París no sería menor. Aquél había sido el escenario de nuestra vergüenza, si recordábamos nuestras últimas contiendas, y nos incomodaba pensar que dejábamos atrás a una manada de víctimas miserables y engañadas, sometidas a la tiranía de un impostor egoísta, de modo que poco habría de dolernos alejarnos de los jardines, los bosques y los palacios de los Borbones en Versalles que, según creíamos, no tardarían en verse manchados por la muerte, sobre todo porque ansiábamos llegar a unos valles más encantadores que cualquier jardín, a estancias y bosques construidos no para la majestad mortal sino para la naturaleza, por muros los Alpes de blancor marmóreo, por tejado el cielo.

 

Y sin embargo nuestros ánimos flaqueaban a medida que se acercaba el día que habíamos fijado para nuestra partida. Visiones de penurias y malos augurios, si tales cosas existían, proliferaban a nuestro alrededor, de modo que por más que los hombres, en vano, dijeran:

 

todo esto tiene causa, y es natural,

 

sentíamos que el destino era poco propicio y temíamos los acontecimientos futuros a ellos encadenados. Que el búho noctívago silbara poco antes del mediodía, que el murciélago de alas duras volara en círculos sobre el lecho de la belleza, que el trueno prolongado rasgara el aire despejado de primavera, que los árboles y los arbustos se marchitaran y murieran de pronto eran hechos físicos, aunque desacostumbrados, menos horribles que las creaciones mentales de un miedo todopoderoso. Algunos creían ver procesiones fúnebres, rostros bañados en lágrimas que recorrían las largas avenidas de los jardines, y en plena noche descorrían las cortinas de quienes dormían. Había quienes oían lamentos y alaridos que herían el aire; un cántico lúgubre se elevaba por la atmósfera tenebrosa, como si los espíritus, desde las alturas, entonaran un réquiem por la raza humana. ¿Qué había de cierto en todo aquello, más allá del miedo, que nos dotaba de nuevos sentidos y nos hacía ver, oír y percibir lo que no existía? ¿Qué era todo aquello sino la acción de una imaginación enferma y una credulidad infantil? En efecto, tal vez fuera así, pero no podía negarse la realidad de aquellos temores, de las miradas sobresaltadas de horror, de los rostros bañados de palidez fantasmal, de las voces interrumpidas por un temor doloroso, de quienes veían y oían aquellas cosas. Entre ellos se contaba Adrian, que era consciente del engaño, y sin embargo no podía apartar de sí el creciente espanto que de él se apoderaba. Incluso los niños, ignorantes de todo, parecían, con sus gritos temerosos y sus convulsiones, certificar la presencia de poderes invisibles. Debíamos partir. Con el cambio de escenario, de ocupación, y gracias a la seguridad que esperábamos hallar, descubriríamos una cura para la combinación de tantos horrores.

 

Al congregarnos todos descubrimos que nuestra compañía estaba formada por mil cuatrocientas almas, entre hombres, mujeres y niños. Así, por el momento nuestro número no había disminuido, exceptuando las deserciones de quienes se habían unido al profeta-impostor y habían decidido quedarse en París. Unos cincuenta franceses se unieron a nosotros. No tardamos en planear un plan de marcha. Los malos resultados de la anterior división llevaron a Adrian a optar por mantener unidos a todos los emigrantes en un solo cuerpo. Cien hombres encabezados por mí irían delante y actuarían de avanzadilla en busca de provisiones y lugares de reposo. Seguiríamos la Cote d’Or, que recorría Auxerre, Dijon, Dole y, atravesando la cordillera del Jura, llegaba a Ginebra. Mi misión debía consistir en detenerme cada diez millas en busca de alojamiento para tantas personas como creyera que cada localidad estaba en disposición de recibir. Allí dejaría a un mensajero con una orden escrita de mi puño y letra que especificaría cuántas personas podían pernoctar allí. El resto de nuestro grupo se dividió en bandas formadas por cincuenta individuos; dieciocho hombres y el resto mujeres y niños. Cada una de ellas iba dirigida por un oficial que custodiaba la lista con los nombres de todos, que debía

 

verificar diariamente. Si el grupo se separaba de noche, los que iban adelantados debían esperar a los rezagados. En todas las ciudades importantes arriba mencionadas, debíamos reunirnos todos, y un cónclave de los principales oficiales se reuniría para velar por el bienestar general. Como digo, yo partiría primero. Adrian sería el último en abandonar Versalles. Su madre, con Clara y Evelyn bajo su protección, también irían con él. Y así, una vez estipulado el orden a seguir, me puse en marcha. Mi plan consistía en llegar, como máximo, a Fontainebleau, donde en cuestión de pocos días se me uniría Adrian y desde donde, sólo entonces, yo proseguiría camino hacia el este.

 

Mi amigo me acompañó algunas millas desde Versalles. Estaba triste y con tono distanciado, poco habitual en él, pronunció una oración en la que rogaba por que llegáramos lo antes posible a los Alpes y se lamentaba en vano por no hallarnos ya allí.

 

-En ese caso -observé yo- podríamos acelerar nuestro avance. ¿Por qué cumplir un plan cuyo procedimiento dilatorio ya desapruebas?

 

-No -respondió-. Es demasiado tarde. Hace un mes hubiéramos sido amos de nosotros mismos. Ahora... -Dejó de mirarme; aunque la penumbra del ocaso ya me velaba su rostro, lo apartó más de mí-. ¡Un hombre murió de peste ayer noche!

 

Lo dijo en voz baja y, entrelazando las manos, añadió:

 

-Deprisa, muy deprisa se acerca nuestra última hora. Así como las estrellas se desvanecen en presencia del sol, así también su avance ha de destruirnos. He hecho todo lo que he podido. Apretando mucho las manos, valiéndome de mi fuerza impotente, me he aferrado a las ruedas del carro de la peste; pero ella me arrastra en su avance mientras, como el Juggernaut, sigue aplastando el ser de todos los que transitan por la noble senda de la vida. Si todo terminara, si su procesión llegara a su fin, todos entraríamos juntos en la tumba.

 

Las lágrimas brotaban de sus ojos.

 

-Una vez y otra más -prosiguió- se representará la tragedia. Una vez más oiré los gemidos de los moribundos, los lamentos de los supervivientes. Volveré a presenciar los dolores que, consumiéndonos a todos, rodearán de eternidad su existencia evanescente. ¿Por qué se me reserva para algo así? ¿Por qué, cordero herido del rebaño, no soy de los primeros en caer sobre la tierra? Es duro, muy duro, para un mortal soportar todo lo que yo soporto.

 

Hasta ese instante, con espíritu infatigable y un inmenso sentido del deber y del valor, Adrian había cumplido con la misión que él mismo se había impuesto. Yo lo había contemplado con respeto y un infructuoso deseo de imitación. Ahora le ofrecí unas pocas palabras de aliento y comprensión. Él

 

enterró el rostro en las manos y, mientras trataba de serenarse, exclamó:

 

-¡Que durante unos meses, durante unos meses más, no me falle el corazón, Dios mío, y que mi coraje no se venga abajo! Que las visiones de tristeza intolerable no lleven a la demencia a mi cerebro ya enloquecido a medias ni logren que este frágil corazón palpite más allá de su prisión y estalle. He creído que era mi destino guiar y gobernar los restos de la raza humana hasta que la muerte extinguiera mis fuerzas; y a ese destino me someto.

 

»Discúlpame, Verney, pues te causo molestias. Ya no me lamentaré más. Ya vuelvo a ser el mismo de antes, o mejor aún que antes. Sabes que desde la infancia contendieron en mí las más altas aspiraciones y deseos con la mala salud y un exceso de sensibilidad, hasta que éstas salieron victoriosas. Sabes que he colocado mi mano débil y gastada sobre el timón abandonado del gobierno humano. En ocasiones he recibido la visita de la duda. Pero hasta ahora sentía como si un espíritu superior e infatigable me hubiera tomado por morada o se hubiera incorporado a mi ser más débil. Y ahora ese visitante sagrado lleva un tiempo dormido, tal vez para demostrarme lo impotente que soy sin su inspiración. Yo te pido, Poder de la Bondad y la Fuerza, que te quedes en mí un poco más. Que no desdeñes aún este gastado templo de mortalidad carnal. ¡Oh Fuerza inmortal! Mientras viva un ser humano al que pueda brindarse algo de ayuda, quédate conmigo y pon en marcha tu engranaje destartalado.

 

Su vehemencia y su voz interrumpida por suspiros irreprimibles me llegaron al alma. Sus ojos brillaban en la oscuridad de la noche como dos luceros terrenales, su cuerpo parecía henchirse y su rostro resplandecer, casi como si verdaderamente, mientras pronunciaba su súplica elocuente, un espíritu sobrenatural hubiera penetrado en su ser y lo elevara más allá de la humanidad.

 

Se volvió deprisa hacia mí y me tendió la mano.

 

-Adiós, Verney -exclamó-. Hermano de mi amor, adiós. Ninguna otra expresión de debilidad brotará de estos labios; he vuelto a la vida. ¡A nuestras tareas! ¡A nuestro combate contra el enemigo invencible! Hasta el fin lucharé contra él.

 

Se aferró a mi mano y me miró fijamente, con más fervor y vida que si me hubiera sonreído. Luego, tras girar con las bridas la cabeza de su caballo, rozó al animal con la espuela, y al momento había desaparecido de mi vista.

 

Un hombre había muerto esa noche a causa de la peste. La aljaba no estaba vacía ni el arco sin cuerda. Nosotros nos alzábamos como dianas mientras la Peste Parta apuntaba y disparaba, sedienta de conquista, sin que los

 

montículos de cadáveres le supusieran el menor obstáculo. Una enfermedad del alma, que contagió incluso a mi mecanismo físico, se apoderó de mí. Me temblaban las piernas, me castañeteaban los dientes y mi sangre, helada de pronto, trataba con esfuerzo de abandonar mi corazón. No temía por mí mismo, pero me entristecía profundamente pensar que ni siquiera lograríamos salvar a los pocos supervivientes; que mis seres más amados podían, en pocos días, tornarse más fríos que Idris en su sepulcro antiguo. Ni la fortaleza de los cuerpos ni la energía de las mentes bastarían para librarnos del golpe. Me invadió una sensación de degradación. ¿Dios había creado al hombre para que al final se convirtiera en polvo en medio de una vegetación saludable y esplendorosa? ¿Era tan poco importante para su creador como un campo de maíz quemado? ¿Debían morir nuestros orgullosos sueños? Nuestro nombre estaba escrito «apenas por debajo de los ángeles», y sin embargo no éramos mejores que las efímeras. Nos habíamos llamado a nosotros mismos «paradigma de animales», y ¡mirad!, éramos la «quintaesencia del polvo». Nos vanagloriábamos de que las pirámides hubieran sobrevivido al cuerpo embalsamado de su constructor. ¡Ay! La modesta choza de paja del pastor junto a la que transitábamos en nuestro avance contenía en su estructura el principio de una longevidad mayor que la de toda la raza humana. ¡Cómo reconciliar ese triste cambio de nuestras aspiraciones pasadas con nuestros poderes aparentes!

 

De pronto una voz interior, clara, bien pronunciada, pareció decirme: así se decretó desde la eternidad, los corceles que tiran del tiempo llevaban esta hora y su cumplimiento encadenados desde que el vacío les procuró su carga. ¿Leerás al revés las leyes inmutables de la Necesidad?

 

¡Madre del mundo! ¡Servidora del Omnipotente! ¡Necesidad eterna, invariable! Que con dedos incansables tejes siempre las cadenas indisolubles de los acontecimientos. No murmuraré nada sobre tus actos. Si mi mente humana no es capaz de reconocer que todo lo que es, es correcto, y que, como es, debe ser, me sentaré entre las ruinas y sonreiré. Pues sin duda no nacimos para gozar, sino para someternos y esperar.

 

¿No se fatigará el lector si describo con detalle nuestro viaje de París a Ginebra? Si día a día anotara en forma de diario las crecientes desgracias de nuestro grupo, ¿podría mi mano escribir, o en la lengua hallaría palabras para expresar la variedad de nuestros sufrimientos, el encadenamiento, la acumulación de hechos deplorables? ¡Paciencia, oh, lector! Seas quien seas, mores donde mores, ya seas de raza espiritual o hayas surgido de una pareja superviviente, tu naturaleza será humana y tendrás por morada la tierra. Aquí vas a leer los hechos de una raza extinta, y te preguntarás con asombro si ellos, los que sufrieron lo que tú hallas escrito, eran de la misma carne frágil y el mismo cuerpo blando que tú. Sin duda lo eran, así que llora por ellos, pues es

 

seguro que a ti, ser solitario, te inspirarán lástima. Derrama lágrimas de compasión. Pero mientras lo haces presta atención al relato y conoce las obras y los padecimientos de tus predecesores.

 

Con todo, los últimos sucesos que marcaron nuestro avance por Francia se vieron tan llenos de extraño horror y desgracia fantasmal que no me atrevo a demorarme demasiado en la narración. Si hubiera de diseccionar cada incidente, cada pequeña fracción de segundo contendría una historia atroz, cuya palabra más leve bastaría para espesar la sangre que corre por tus jóvenes venas. Conviene que, para tu instrucción, erija este monumento a la raza perdida, pero no que te arrastre por los salones de un hospital ni bajo las bóvedas secretas de un osario. Por ello este relato transcurrirá deprisa. Imágenes de destrucción, esbozos de desesperación, la procesión del último triunfo de la muerte, aparecerán ante ti, veloces como las nubes arrastradas por los vientos del norte, que salpican el cielo esplendoroso.

 

Campos descuidados cubiertos de malas hierbas, ciudades desoladas, caballos asilvestrados, desbocados, que venían a nuestro encuentro, se habían convertido en escenas habituales. Y otras mucho peores, de muertos insepultos, de formas humanas alineadas en los márgenes de los caminos y en los peldaños de otrora frecuentadas viviendas, donde

 

a través de la carne que perece bajo el sol abrasador

 

sobresalen blancos los huesos

 

y en polvo se descomponen.

 

Visiones como ésas se habían vuelto tan frecuentes que habíamos dejado de temblar ante ellas, de espolear los caballos para que aceleraran el paso al pasar junto a ellas. Francia, en sus mejores días -al menos la parte de Francia que recorríamos- había sido un campo abierto dedicado al cultivo, y la ausencia de lindes, de casas de campo e incluso de campesinos resultaba triste para el viajero procedente de la soleada Italia o la ajetreada Inglaterra. Sin embargo abundaban las ciudades bulliciosas, y la amabilidad cordial y la sonrisa pronta de los paisanos, calzados con sus zuecos de madera, devolvían el buen humor a los más irritables. Ahora la anciana no se sentaba a la puerta con su rueca, el mendigo flaco ya no pedía limosna con sus frases zalameras, ni en los días de fiesta los campesinos se entregaban con gracia a los lentos pasos de sus danzas. El silencio, novio melancólico de la muerte, avanzaba en procesión junto a ella, de pueblo en pueblo, por toda la vasta región.

 

Llegamos a Fontainebleau y al punto nos preparamos para recibir a nuestros amigos. Al pasar lista esa noche descubrí que faltaban tres. Cuando pregunté por ellos, el hombre con quien hablaba pronunció la palabra «peste» y acto seguido cayó al suelo, presa de convulsiones: también él se había

 

infectado. Veía rostros curtidos a mi alrededor, pues entre mi tropa había marineros que habían cruzado el océano un sinfín de veces, soldados que en Rusia y en la lejana América habían padecido hambre, frío y peligros de todas clases y hombres de características aún más duras, otrora depredadores nocturnos en nuestra inmensa metrópoli; hombres sacados de su cuna para ver que toda la maquinaria de la sociedad se había puesto en marcha para destruirlos. Observé a mi alrededor y vi en los rostros de todos el horror y la desesperación escritos con grandes letras.

 

Pasamos cuatro días en Fontainebleau. Varios de los nuestros enfermaron y murieron, y en ese tiempo ni Adrian ni ninguno de nuestros amigos hizo acto de presencia. Mi propia tropa era presa de la conmoción: llegar a Suiza, sumergirse en ríos de nieve, habitar en cuevas de hielo, se convirtió en el loco deseo de todos. Pero habíamos prometido esperar al conde, y él no venía. Mi gente exigía seguir avanzando. La rebelión -si así podía llamarse a lo que no era más que liberarse de unas cadenas de paja- surgía de forma manifiesta entre ellos. Sin un jefe no durarían. Nuestra única opción de mantenernos a salvo, nuestra única esperanza de seguir al margen de toda forma de sufrimiento indescriptible, era seguir unidos. Así lo expresé a todos, pero los más decididos entre ellos me respondieron, adustos, que podían cuidar de sí mismos, y recibieron mis súplicas con burlas y amenazas.

 

Al fin, al quinto día llegó un mensajero con una carta de Adrian en la que nos instaba a seguir hasta Auxerre y aguardar allí su llegada, pues sólo se demoraría unos días. En efecto, aquel era el contenido de la misiva pública que envió. Las que me escribió a mí a título personal detallaban las dificultades de su situación y dejaban a mi discreción las decisiones sobre mis planes futuros. Su relato del estado de cosas en Versalles era breve, pero la comunicación directa con el mensajero me llevó a obtener un conocimiento más detallado de lo sucedido y me demostró que alrededor de mi amigo confluían los más temibles peligros. En un primer momento se trató de ocultar el resurgir de la plaga. Pero con el aumento de las muertes el secreto se divulgó, y a la destrucción ya perpetrada vinieron a sumarse los temores de los supervivientes. Algunos emisarios de los enemigos de la humanidad, los malditos impostores, se hallaban entre ellos y se dedicaban a propagar su doctrina, según la cual la seguridad y la vida sólo podían garantizarse mediante la sumisión a su jefe. Su éxito fue tal que, al poco, en lugar de desear seguir viaje hasta Suiza, la mayor parte de la multitud, mujeres débiles y hombres cobardes, querían regresar a París para, tras ponerse bajo la bandera del llamado profeta y mediante el culto cobarde del principio del mal, obtener, como esperaban, el salvoconducto que los librara de la muerte. La discordia y los tumultos causados por esos temores y pasiones conflictivas paralizaban a Adrian, que debió hacer acopio de todo su ardor en la persecución de su meta, y de toda su paciencia ante las dificultades, para calmar y animar a un número

 

de seguidores que sirviera de contrapeso al resto y lo llevara de vuelta a los únicos medios de los que podía extraerse cierta seguridad. Su primera intención había sido seguir tras de mí inmediatamente, pero al verse derrotado en sus pretensiones, envió al mensajero para instarme a garantizar la seguridad de mi propia tropa, pues hallándonos nosotros lejos de Versalles, el riesgo de que se contagiara del espíritu de rebelión era menor. También me prometía unirse a mí en cuanto las circunstancias fueran favorables para apartar a la mayoría de los emigrantes de la influencia perniciosa bajo la que se hallaban en ese momento.

 

Las noticias me causaron una dolorosa incertidumbre. Mi primer impulso fue ordenar el regreso a Versalles para ayudar a nuestro jefe a librarse de los peligros. Para ello reuní a mi tropa y le propuse que, en vez de proseguir viaje hasta Auxerre, emprendiéramos el retorno. Pero todos sin excepción se negaron a obedecerme. Entre ellos se había propagado el rumor de que eran los estragos de la peste los que retenían al Protector. A mi petición opusieron la orden dada por éste y decidieron que proseguirían sin mí, en caso de que yo me negara a acompañarlos. Las discusiones y las súplicas no servían de nada con aquellos cobardes. La constante mengua de su número, causada por la epidemia, les llevaba a mostrarse reacios a cualquier demora, y mi oposición sólo sirvió para llevar su determinación hasta un punto de no retorno: aquella misma tarde partieron hacia Auxerre. Aunque habían hecho votos de obediencia, como los que los soldados dedican a sus generales, no los cumplieron. Yo, por mi parte, también había prometido no abandonarlos, y me parecía inhumano cargar sobre ellos el peso de mis infracciones. El mismo espíritu que los había llevado a levantarse contra mí los impulsaría a rebelarse unos contra otros, y los más horribles sufrimientos serían consecuencia de emprender el viaje en las condiciones de desorden y anarquía con que partían. Como aquellos sentimientos dominaban sobre los demás, finalmente resolví acompañarlos hasta Auxerre.

 

Llegamos aquella misma noche a Villeneuve-la-Guiard, ciudad distante cuatro postas de Fontainebleau. Cuando mis acompañantes se retiraron a descansar y yo me hallaba a solas, dando vueltas a las noticias que Adrian me había comunicado por carta, se me planteó otro punto de vista sobre el asunto. ¿Qué estaba haciendo yo? ¿Cuál era el objeto de mis movimientos? Aparentemente era el encargado de conducir a aquella tropa de hombres egoístas e indómitos hacia Suiza, dejando atrás a mi familia y a mi mejor amigo, a los que, sometidos como constantemente estaban a la muerte que nos amenazaba a todos, tal vez no volviera a ver. ¿Acaso no era mi deber primero auxiliar al Protector, dando un ejemplo de fidelidad y cumplimiento del deber? En momentos críticos como el que vivía yo resulta muy difícil sopesar correctamente los intereses enfrentados, y aquél hacia el que nuestras inclinaciones nos conducen asume con obstinación la apariencia de egoísmo

 

incluso cuando lo estimamos un sacrificio. En esos casos tendemos a optar por una vía intermedia, y eso fue lo que hice en aquella coyuntura: resolví cabalgar esa misma noche hasta Versalles. Si a mi llegada descubría que la situación no era tan desesperada como yo suponía, regresaría sin demora junto a mi tropa. Suponía que mi llegada causaría un impacto más o menos fuerte, del que podríamos sacar provecho en nuestro intento de poner en marcha a nuestra vacilante multitud. No había tiempo que perder. Me acerqué a nuestros establos, ensillé mi caballo favorito y, subiéndome a su grupa, sin concederme más tiempo para la reflexión o la duda, abandoné Villeneuve-la-Guiard camino de Versalles.

 

Me alegraba de escapar de mi tropa rebelde, perder de vista por un tiempo aquella lucha del bien y el mal en la que éste siempre salía victorioso. Ignorar la suerte de Adrian me llevaba casi a la locura, y no me importaba nada salvo lo que pudiera suceder- le a mi amigo. Con el corazón en un puño, buscando alivio en la rapidez de mi avance, cabalgaba de noche hacia Versalles. Espoleaba a mi caballo, que corría con absoluta libertad alzando orgulloso, la cabeza. Las constelaciones pasaban velozmente sobre mi cabeza, los árboles, las piedras, los hitos, quedaban atrás en mi veloz carrera. Llevaba la cabeza descubierta y el viento bañaba mi frente con delicioso frescor. Al perder de vista Villeneuve- la-Guiard olvidé el drama triste de la miseria humana, me pareció que para la felicidad bastaba con vivir, sensible siempre a la belleza de la tierra cubierta de verdor, del cielo cuajado de estrellas, del viento indómito que todo lo animaba. El caballo se cansaba y yo, sin prestar atención a su fatiga, lo animaba con mi voz, lo azuzaba con las espuelas. Se trataba de un animal gallardo y no deseaba cambiarlo por ningún otro que el azar pusiera en mi camino, abandonándolo para no verlo más. Avanzamos durante toda la noche. De mañana, mi montura se percató de que nos aproximábamos a Versalles y, para alcanzar su morada, hizo acopio de sus escasas fuerzas. La distancia que habíamos recorrido no era inferior a las cincuenta millas, y sin embargo recorrió los largos bulevares veloz como una flecha. Pobre animal: cuando desmonté, a las puertas del palacio, cayó de rodillas, los ojos cubiertos de una película traslúcida, se echó de costado, jadeante, y no tardó en morir. Lo vi expirar presa de una angustia que ni yo mismo lograba explicarme, pues la tortura de sus últimos estertores me resultó, aunque breve, del todo intolerable. Aun así, lo abandoné para cruzar el gran portal abierto, subí la escalinata señorial de aquel castillo de victorias y oí la voz de Adrian.

 

¡Oh, necio! ¡Oh ser afeminado y despreciable! Oí su voz y estallé en sollozos y convulsiones. Entré a toda prisa en el Salón de Hércules, donde él se encontraba, rodeado por una multitud cuyos ojos, vueltos con asombro hacia mí, me recordaron que en el escenario del mundo un hombre debe reprimir esos éxtasis de muchacha. Hubiera dado el mundo por poder abrazarlo, pero no me atrevía. En parte vencido por el cansancio y en parte

 

voluntariamente, me arrojé al suelo. ¿Osaré revelar por qué lo hice ante el amable vástago de la soledad? Sí; lo hice para poder besar el suelo sagrado que él pisaba.

 

Lo encontré todo en estado de gran alteración. Un emisario del jefe de los Electos vivía tan dominado por su profeta y por su propio credo fanático que había llegado a atentar contra la vida del Protector, el encargado de preservar a la humanidad perdida. Detuvieron su mano cuando trataba de apuñalar al conde. Aquella circunstancia había causado el clamor que oí yo a mi llegada y la reunión confusa de gentes a las que hallé congregadas en el Salón de Hércules. Aunque la superstición y la furia diabólica se habían apoderado sigilosamente de los emigrantes, algunos todavía demostraban fidelidad a su noble jefe. Y muchos a quienes el miedo no había hecho variar su fe ni su amor, sintieron redoblado su afecto por él tras aquel detestable incidente. Una falange de pechos leales cerró filas a su alrededor. El malvado que, aunque preso y maniatado, se vanagloriaba de su intento y reclamaba su corona de mártir, habría muerto descuartizado de no haber mediado su víctima. Adrian, dando un paso al frente, lo protegió con su propio cuerpo y ordenó con vehemencia a sus seguidores que se sometieran a él. Fue entonces cuando aparecí yo.

 

La disciplina y la paz regresaron al fin al castillo. Y entonces Adrian fue de casa en casa, de tropa en tropa, para serenar los ánimos de sus seguidores y recordarles su antigua obediencia. Pero el temor a una muerte inmediata seguía siendo intenso entre los supervivientes de la destrucción de un mundo. El horror ocasionado por el intento de asesinato había pasado y todas las miradas se volvían hacia París. Los hombres necesitan hasta tal punto aferrarse a algo que son capaces de plantar las manos sobre una lanza envenenada. Eso era él, el impostor que, con el miedo al infierno por látigo, lobo hambriento, jugaba a conducir a un rebaño crédulo.

 

Fue un momento de suspense que incluso vio peligrar la firmeza del amigo irreductible del hombre. Adrian pareció a punto de ceder, de cesar la lucha, de abandonar, con unos pocos adeptos, a la multitud engañada, dejándola allí, convertida en presa triste de sus pasiones y del siniestro tirano que las alimentaba. Pero, una vez más, después de una breve fluctuación de propósito, recobró su valor y su determinación, que se apoyaban en su único fin y en el incansable espíritu de benevolencia que lo animaba. En ese momento, a modo de presagio favorable, su malvado enemigo atrajo la destrucción sobre su propia cabeza, destruyendo con sus propias manos el dominio que había erigido.

 

La gran influencia que ejercía sobre las mentes de los hombres se basaba en la doctrina que les inculcaba y que afirmaba que quienes creyeran en él y le siguieran, serían los supervivientes de la raza humana, mientras que el resto de

 

la humanidad perecería. Ahora, como en tiempos del Diluvio, el Omnipotente se arrepentía de haber creado al hombre, y así como antes hizo con el agua, ahora con las flechas de la peste estaba a punto de aniquilar a todos menos a los que obedecieran sus mandamientos, promulgados por el autoproclamado profeta. Resulta imposible saber sobre qué bases construía aquel hombre sus esperanzas de mantener tal impostura. Es probable que fuera plenamente consciente de la mentira que la naturaleza asesina podía otorgar a sus afirmaciones y creyera que no sería sino el azar el que decidiría si, en épocas venideras, sería venerado como delegado clarividente de los cielos o reconocido como impostor por la moribunda generación de su tiempo. En cualquier caso había decidido representar el drama hasta el último acto. Cuando, con la aproximación del verano, la enfermedad fatal volvió a causar estragos entre los seguidores de Adrian, el impostor, exultante, proclamó que su congregación se hallaba a salvo de la calamidad universal. Y lo creyeron. Sus seguidores, hasta entonces encerrados en París, habían llegado a Versalles. Mezclados con la banda de cobardes allí congregada, se dedicaban a vilipendiar a su admirable jefe y a asegurarse su superioridad, su inmunidad.

 

Pero al fin la peste, lenta pero segura en su avance quedo, destruyó aquella ilusión, invadiendo la congregación de los Electos y desencadenando sobre ellos la muerte promiscua. El falso profeta trató de ocultar el hecho. Contaba con algunos seguidores que, sabedores de los arcanos de su maldad, podían ayudarle a ejecutar sus planes malévolos. Los que enfermaban eran retirados de inmediato, subrepticiamente, y depositados para siempre en tumbas cavadas a medianoche, mientras se inventaba alguna excusa plausible para justificar su ausencia. Al fin una mujer, cuya vigilancia maternal resistió incluso los efectos de los narcóticos que le administraban, fue testigo de aquellos planes asesinos perpetrados en la carne de su única hija. Loca de horror, habría irrumpido entre sus engañados compañeros y entre alaridos de dolor habría despertado sus oídos entumecidos con la historia de aquel crimen demoníaco. Pero entonces el Impostor, en su último acto de ira y desesperación, le clavó una daga en el pecho. Herida de muerte, el vestido chorreando de sangre, con su hijita estrangulada en brazos, hermosa y joven como era, Juliet (pues, en efecto, se trataba de ella) denunció al grupo de adeptos engañados la maldad de su guía. El falso profeta contempló los rostros asombrados de aquellos hombres y mujeres, que pasaban del horror a la furia, mientras los parientes de los ya sacrificados repetían sus nombres, seguros ya de la suerte que habían corrido. Con la perspicacia que lo había llevado tan lejos en su carrera hacia el mal, el canalla vio el peligro que se avecinaba y decidió evadirse de sus formas más dañinas: se acercó a toda prisa a uno de los más adelantados, le arrebató la pistola que llevaba al cinto, y sus risotadas burlonas se mezclaron con el estruendo del disparo con el que acabó con su vida.

 

Nadie movió los restos de aquel miserable. Depositaron el cadáver de la pobre Juliet sobre un catafalco, junto al de su hijita, y todos, con los corazones invadidos por el más triste de los pesares, en larga procesión se dirigieron hacia Versalles. En el camino se encontraron con los que habían abandonado la benigna protección de Adrian y se disponían a unirse a los fanáticos. Éstos les contaron su relato de terror y todos regresaron. Así, finalmente, acompañados por toda la humanidad superviviente y precedidos por la enseña lóbrega de su razón recobrada, se presentaron ante Adrian y volvieron a jurar obediencia eterna a sus órdenes y fidelidad a su causa.

 

 

 

 

CAPÍTULO VII

 

 

Aquellos acontecimientos consumieron tanto tiempo que junio había dejado atrás la mitad de sus días cuando iniciamos de nuevo nuestro viaje largamente postergado. Tras mi llegada a Versalles, seis hombres, de entre los que había dejado en Villeneuve-la-Guiard hicieron su aparición y nos informaron de que el resto había seguido camino de Suiza. Nosotros emprendimos la marcha siguiendo el mismo camino.

 

Resulta curioso, una vez transcurrido cierto tiempo, volver la vista atrás sobre una época que, aunque breve en sí misma, parecía, mientras se desarrollaba, de duración interminable. Hacia mediados de julio llegamos a Dijon, y a finales de ese mes, aquellos días y semanas se habían confundido con el océano de un tiempo olvidado que en su transcurrir rebosaba de sucesos fatales y penas agonizantes. A finales de julio apenas había transcurrido poco más de un mes, si la vida del hombre había de medirse recurriendo a las salidas y las puestas del sol. Pero, ¡ay!, en ese intervalo a la ardiente juventud le habían salido canas. Arrugas profundas e indelebles surcaban las mejillas sonrosadas de la joven madre; los miembros elásticos de los hombres jóvenes, paralizados por la carga de los años, adoptaban la decrepitud de la edad. Transcurrían noches durante cuya fatal oscuridad el sol envejecía antes de salir de nuevo, y días ardientes que aguardaban la llegada de un atardecer balsámico que sofocara el calor malvado, pero que, venido de climas orientales, llegaba desgastado e inútil; días en los que el reloj, radiante en su posición de mediodía, no movía su sombra ni una sola hora, hasta que una vida entera de tristeza llevaba al sufriente a una tumba prematura.

 

De Versalles salimos mil quinientas almas el 18 de junio. Avanzábamos en una lenta procesión que incluía todos los lazos de parentesco, amor y amistad existentes en la sociedad. Padres y esposos, extremando los cuidados, reunían a sus familias en derredor suyo. Las madres y las esposas buscaban el apoyo

 

de los hombres que las acompañaban, y luego, con ternura y prevención, se volvían hacia los niños. Se sentían tristes pero no desesperadas. Todos creían que alguien se salvaría. Todos, con ese optimismo que caracterizó hasta el fin a nuestra naturaleza humana, creían que sus familiares se hallarían entre los supervivientes.

 

Atravesamos Francia y la encontramos vacía de habitantes. Uno o dos lugareños subsistían en las ciudades más grandes, por las que vagaban como fantasmas. Así, nuestra expedición no vio incrementado su número con aquellas incorporaciones, sino que menguaba enormemente por culpa de la mortandad, hasta el punto de que resultaba más fácil contar a los escasos vivos que a los muertos. Como nunca abandonábamos a los enfermos hasta que su muerte nos permitía dejar sus cadáveres a recaudo de sus tumbas, nuestro viaje se demoraba, mientras día a día en nuestras tropas se abría una brecha espantosa y sus miembros morían por decenas, por cientos. La muerte no nos demostraba la menor piedad. Habíamos dejado de esperarla y todos los días recibíamos la salida del sol con la sensación de que ya no volveríamos a ver otro amanecer.

 

Los terrores nerviosos y las visiones temibles que se habían apoderado de nosotros durante la primavera siguieron visitando a nuestras huestes acobardadas mientras duró el triste viaje. Cada noche traía consigo sus nuevas creaciones de espectros; un fantasma aparecía junto a cada árbol agostado y detrás de los arbustos acechaban toda clase de formas espantosas. Gradualmente nos acostumbrábamos a aquellas maravillas comunes, y entonces surgían otras. En determinado momento se tuvo la certeza de que el sol salía una hora más tarde de lo que, por estación, le correspondía. Poco después se descubrió que cada vez brillaba menos y que las sombras adoptaban una apariencia atípica. Era imposible imaginar los terribles efectos que esas ilusiones extravagantes habrían producido en la vida ordinaria que los hombres habíamos experimentado antes. En realidad nuestros sentidos carecen hasta tal punto de valor, cuando no se apoyan en el testimonio de otros, que a mí mismo me costaba mantenerme al margen de la creencia en hechos sobrenaturales, a los que la mayor parte de nuestra gente concedía crédito instantáneo. Siendo un cuerdo entre un grupo de locos, apenas me atrevía a decir lo que pensaba: que el astro rey no había experimentado cambio alguno, que las sombras de la noche no adoptaban las formas del espanto y el terror; o que el viento, al soplar entre los árboles o al rodear algún edificio vacío, no llegaba preñado de lamentos desesperados. A veces las realidades asumían formas fantasmales y era imposible que la sangre no se nos helara cuando percibíamos con absoluta claridad una mezcla de lo que sabíamos que era cierto con la semejanza visionaria de todo lo que temíamos.

 

Una vez, al anochecer, vimos a una figura toda vestida de blanco, de una

 

estatura que parecía superior a la humana, haciendo reverencias en medio de la calzada, ahora alzando los brazos, ahora dando unos saltos asombrosos en el aire, y que después se ponía a dar vueltas sin parar, y luego se incorporaba del todo y gesticulaba con gran vehemencia. Nuestra tropa, siempre dispuesta a descubrir lo sobrenatural y a creer en ello, se detuvo a cierta distancia de aquel ser. Y a medida que oscurecía aquel espectro solitario se revestía de algo que incluso a los incrédulos nos causaba cierto temor. Aunque sus evoluciones no resultaban precisamente espirituales, parecían hallarse sin duda más allá de las facultades humanas. Entonces, de un gran salto, pasó por sobre un seto de considerable altura y un momento después se plantó frente a nosotros, en la calzada. Cuando yo me dirigí a él, el temor que inspiraba a los demás presentes se hizo manifiesto en la huida de algunos y en el hecho de que los demás se apretujaran los unos contra los otros. Sólo entonces se percató aquel gnomo de nuestra presencia. Se acercó y, al echarnos nosotros hacia atrás, nos dedicó una reverencia. Aquella visión resultaba absurda en exceso incluso para nuestro atemorizado grupo, y su muestra de educación fue recibida con una risotada general. Entonces, haciendo un último esfuerzo, dio otro salto y acto seguido se echó al suelo, volviéndose casi invisible en la penumbra del ocaso. Aquella circunstancia hizo enmudecer de miedo al grupo. Al fin los más valientes avanzaron un poco y, alzando el cuerpo moribundo de aquel infeliz, descubrieron la explicación trágica de aquella escena desconcertante. Se trataba de un bailarín de ópera y se contaba entre los miembros de mi tropa que habían desertado en Villeneuve-la-Guiard. Tras enfermar, sus compañeros lo habían abandonado, y en un arrebato de delirio había imaginado que se hallaba en escena y, pobre hombre, sus sentidos agonizantes anhelaban el último aplauso humano que merecían su gracia y su agilidad.

 

En otra ocasión nos sentimos perseguidos varios días por una aparición, a la que nuestra gente bautizó como el Negro Espectro. Sólo lo veíamos de noche, cuando su corcel negro azabache, sus ropas de luto y su penacho de plumas negras le conferían un aspecto temible y majestuoso. Alguien aseguraba que su rostro, que había atisbado un instante, poseía una palidez cenicienta. Al rezagarse del resto del grupo, en un recodo del camino, había visto al Negro Espectro acercarse a él. Presa del miedo, logró esconderse, y caballo y jinete pasaron de largo mientras la luz de la luna iluminaba el rostro de aquel ser y mostraba su color ultraterreno. A veces, en plena noche, mientras atendíamos a los enfermos, oíamos el galope de un caballo que cruzaba la ciudad: era el Negro Espectro que venía como heraldo de la muerte inevitable. A los ojos comunes adquiría proporciones gigantescas y, según se decía, lo envolvía un aire gélido. Cuando lo oían acercarse los animales temblaban y los moribundos sabían que había llegado su hora. Se aseguraba que era la muerte misma, que se hacía visible para someter la tierra y acabar de una vez con los pocos que quedábamos, únicos rebeldes a su ley. Un día, a

 

mediodía, vimos una mole negra ante nosotros, en la calzada, y al acercarnos distinguimos al Negro Espectro, que se había caído del caballo y, agonizando, se retorcía en el suelo. No sobrevivió muchas horas más y sus últimas palabras nos revelaron el secreto de su conducta misteriosa. Se trataba de un aristócrata francés que, a causa de la peste, había quedado solo en su distrito. Durante muchos meses había recorrido el país de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, en busca de algún superviviente con quien sentirse acompañado, pues detestaba la soledad a la que vivía condenado. Cuando descubrió nuestra tropa, el temor al contagio fue más fuerte que su necesidad de compañía. No se atrevía a unirse a nosotros pero no quería perdernos de vista, pues éramos los únicos seres humanos que, junto con él, habitábamos Francia. De modo que nos acompañaba con el atuendo espectral que he descrito, hasta que la peste lo llevó a presencia de una congregación mayor, la de la Humanidad Muerta.

 

Si aquellos terrores vanos hubieran apartado nuestros pensamientos de males más tangibles, su aparición habría resultado beneficiosa. Pero eran tan espantosos y se producían en tal cantidad que penetraban en todos nuestros pensamientos, en todos los momentos de nuestras vidas. En ocasiones nos veíamos obligados a detenernos durante días, mientras uno, y otro, y otro más, se convertían en polvo y regresaban al polvo que en otro tiempo había sido nuestra madre viviente. Así, proseguimos viaje durante la estación más calurosa. Y no fue hasta el primero de agosto cuando nosotros, los emigrantes -sólo ochenta habíamos sobrevivido, lector-, entramos en Dijon.

 

Habíamos esperado ese momento con impaciencia, pues ya habíamos dejado atrás la peor parte de nuestro viaje atroz. Y Suiza se hallaba muy cerca. Mas ¿cómo íbamos a congratularnos por algo alcanzado con tanta imperfección? ¿Eran esos seres infelices que, exhaustos y maltrechos, avanzaban en pesaroso peregrinar, los únicos supervivientes de una raza humana que, como tras un diluvio, en otro tiempo se esparcieron por toda la tierra, poseyéndola? El agua había descendido cristalina y libre desde la montaña primigenia de Ararat, y de riachuelo insignificante se había tornado en vasto río perenne, fluyendo incesante generación tras generación. Y aunque cambiante, seguía creciendo, crecía y avanzaba hacia el océano receptor, cuyas menguadas costas ahora nosotros alcanzábamos. No había sido más que un juguete de la naturaleza, cuando al principio surgió a la luz desde el vacío amorfo. Pero el pensamiento trajo poder y conocimiento y, ataviada con ellos, la raza del hombre asumió dignidad y autoridad. Ya no era sólo el hortelano de la tierra o el pastor de sus rebaños. «Llevaba consigo un aspecto imponente y majestuoso; contaba con alcurnia e ilustres ancestros; poseía su galería de retratos, sus inscripciones monumentales, sus registros y sus títulos.»

 

Todo ello había terminado, ahora que el océano de muerte había arrastrado

 

hacia sí la marea menguante y su fuente se había secado. Habíamos dicho adiós a un estado de cosas que, al haber existido durante miles de años, parecía eterno. El gobierno, la obediencia, el tráfico, la vida doméstica, habían modelado nuestros corazones y nuestras facultades desde que nuestra memoria conservaba recuerdo. Y también nos despedíamos del celo patriótico, de las artes, de la reputación, de la fama perdurable. Veíamos partir toda esperanza de reencontrarnos con nuestro antiguo estado; toda expectativa, excepto la frágil idea de salvar nuestra vida individual del naufragio del pasado. Para ello habíamos abandonado Inglaterra, que ya no era Inglaterra, pues sin sus hijos, ¿qué nombre podía reclamar aquella isla desolada? Con mano tenaz nos aferrábamos a las leyes y el orden que mejor sirvieran para salvarnos y confiábamos en que, si se preservaba una pequeña colonia, ello bastaría para, con el tiempo, restaurar la comunidad perdida de la humanidad.

 

¡Pero el juego ha terminado! Todos debemos morir. No dejaremos a superviviente ni heredero la vasta herencia de la tierra. ¡Todos debemos morir! La especie humana perecerá. Su cuerpo, obra maestra; el asombroso mecanismo de sus sentidos; la noble proporción de sus miembros divinos; su mente, reina coronada de todo ello... todo perecerá. ¿Mantendrá la Tierra su lugar entre los planetas? ¿Seguirá girando alrededor del Sol con absoluta regularidad? ¿Cambiarán las estaciones, se adornarán con hojas los árboles, las flores esparcirán su aroma en soledad? ¿Permanecerán inmóviles las montañas? ¿Seguirán los arroyos descendiendo en dirección a los vastos abismos? ¿Subirán y bajarán las mareas? ¿Ventilarán los vientos la tierra universal? ¿Pacerán las bestias, volarán los pájaros, nadarán los peces cuando el hombre, el señor, el dueño, el perceptor, el cronista de todas esas cosas, haya muerto, como si jamás hubiera existido? ¡Oh! ¡Qué burla es ésta! Sin duda la muerte no es muerte y la humanidad no se ha extinguido, sino que ha adoptado otras formas, y ya no se halla sujeta a nuestras percepciones. La muerte es un vasto portal, un ancho camino hacia la vida. Aceleremos el paso: no existamos más en esta muerte en vida y muramos, pues, para poder vivir.

 

Habíamos deseado con todas nuestras fuerzas llegar a Dijon, pues desde el principio la habíamos considerado una especie de punto de inflexión en nuestro avance. Pero ahora nos adentrábamos en ella envueltos en un sopor más doloroso que un sufrimiento agudo. Lenta pero inexorablemente habíamos comprendido que nuestros mayores esfuerzos no bastarían para mantener con vida a un solo ser humano. Así, soltamos el timón al que tan largo tiempo nos habíamos aferrado y la barca frágil en la que flotábamos pareció, una vez libre de todo gobierno, apresurarse y encarar la proa hacia el oscuro abismo de las olas. Tras la pena, la profusión de lágrimas, los lamentos vanos, la ternura desbocada, el aferrarse apasionada pero infructuosamente a los pocos que quedaban, siguieron la languidez y la desolación.

 

Durante nuestro desastroso viaje perdimos a todos aquellos con los que, aun sin ser de nuestra familia, nos sentíamos especialmente vinculados. No estaría bien convertir este relato en un mero catálogo de pérdidas, y sin embargo no me sustraigo a la necesidad de mencionar a los más queridos entre ellos: la pequeña a la que Adrian había rescatado del abandono más absoluto, durante nuestro paseo por Londres aquel 20 de noviembre, falleció en Auxerre. La pobre niña nos había tomado mucho cariño, y lo repentino de su muerte nos sumió en una tristeza aún mayor. Por la mañana la habíamos visto aparentemente saludable, y esa misma noche, Lucy, antes de que nos retiráramos a descansar, visitó nuestros aposentos para informarnos de que había muerto. La pobre Lucy apenas le sobrevivió hasta nuestra llegada a Dijon. Se había entregado en cuerpo y alma al cuidado de los enfermos y los desamparados. Su cansancio excesivo le causó unas fiebres lentas que culminaron en la temida enfermedad, cuyo ataque no tardó en librarla de sus sufrimientos. Sus dones y su entereza ante sus muchas adversidades nos habían llevado a adorarla. Cuando la enterramos nos pareció que también decíamos adiós a todas las virtudes femeninas que tanto destacaban en ella. Iletrada y sencilla como era, se distinguía por su paciencia, su resignación y su dulzura. Aquellos dones, sumados a sus virtudes típicamente inglesas, ya no revivirían en nosotros, pues todo lo que en las campesinas de mi país era digno de admiración, quedaba sepultado bajo la tierra desolada de Francia. Perderla de vista para siempre fue como separarnos por segunda vez de nuestro país.

 

La condesa de Windsor falleció asimismo durante nuestra estancia en Dijon. Una mañana me informaron de que deseaba verme, y sólo entonces caí en la cuenta de que llevaba varios días sin visitarla. Tal circunstancia había tenido lugar con frecuencia durante nuestro viaje, cuando yo quedaba algo rezagado para asistir a algún camarada desahuciado en sus últimos momentos y el resto de la tropa me adelantaba. Pero algo en el tono del mensajero me llevó a sospechar que alguna cosa sucedía. A mi imaginación, caprichosa, le dio por temer que alguna desgracia se hubiera abatido sobre Clara o Evelyn, y no sobre la anciana dama. Nuestros miedos, siempre despiertos, exigían su alimento de horror. Y ya nos parecía demasiado natural, demasiado similar a lo que sucedía en los viejos tiempos, que un anciano muriera antes que un joven.

 

Hallé a la venerable madre de mi Idris tendida en un sofá, corpulenta, demacrada, exangüe; el rostro ladeado, del que la nariz destacaba en pronunciado perfil, y sus ojos grandes, oscuros, vacíos y profundos, se iluminaban con la luz de una nube de tormenta al atardecer. Todo en ella, salvo aquellos dos luceros, se veía ajado y reseco. También se había operado un cambio siniestro en su voz, cuando me hablaba a intervalos.

 

-Me temo -dijo- que es egoísta por mi parte haberte pedido que vuelvas a

 

visitar a esta anciana antes de que muera. Y sin embargo tal vez te habría causado mayor sorpresa oír de pronto que había muerto sin haberme visto antes así.

 

Le tomé la mano temblorosa.

 

-¿De veras se siente tan enferma? -le pregunté.

 

-¿No percibes la muerte en mi rostro? Es extraño. Debería haber esperado esto, pero confieso que me ha tomado por sorpresa. Jamás me aferré a la vida, ni la disfruté, hasta estos últimos momentos, en que me hallo entre aquéllos a quienes tan insensatamente abandoné. Y me cuesta admitir que voy a ser alejada de ellos en breve. Con todo, me alegro de no morir víctima de la peste. Seguramente habría muerto igual, en este momento, aunque el mundo siguiera siendo como era durante mi juventud.

 

Le costaba articular las palabras y percibí que lamentaba la necesidad de la muerte, más aún de lo que se atrevía a admitir. Y sin embargo no debía lamentar un acortamiento anormal de su existencia, pues su persona exhausta demostraba que, en su caso, la vida se había agotado por sí misma. Al principio estábamos los dos solos, pero al rato entró Clara. La condesa se volvió hacia ella con una sonrisa y tomó la mano de la encantadora joven. Su palma sonrosada, sus dedos blancos, contrastaban con la piel arrugada y el tono amarillento de los de la anciana dama. Se incorporó un poco para besarla y sus labios marchitos se encontraron con la boca cálida y tersa de la juventud.

 

-Verney -dijo la condesa-. No hace falta que encomiende a esta querida niña a tu recaudo, pues sé que la protegerás. Si el mundo fuera como era, tendría mil sabios consejos que darle para que una persona tan sensible, bondadosa y bella escapara de los peligros que solían acechar para causar la destrucción de los justos, de los mejores. Pero ahora ya nada de eso importa.

 

»Te entrego, amable enfermera, a los cuidados de tu tío. A los tuyos encomiendo la más querida reliquia de mí misma. Sé para Adrian, dulce niña, lo que has sido para mí. Alivia su tristeza con tus ocurrencias; cuando yo muera, aplaca su angustia con palabras serenas y razonadas. Cuida de él como lo has hecho conmigo.

 

Clara se echó a llorar.

 

-No llores, niña -dijo la condesa-. No llores por mí. Te quedan muchos amigos.

 

-Sí, pero habla también de su muerte -exclamó Clara entre sollozos-. Resulta muy cruel. ¿Cómo podría vivir yo si ellos murieran? Si mi amado protector falleciera antes que yo, no podría cuidar de él; sólo podría morir yo también.

 

La dama venerable vivió apenas veinticuatro horas más. Era el último vínculo que nos ataba al estado anterior de las cosas. Resultaba imposible mirarla y no recordar, tal como eran, sucesos y personas, tan ajenos a nuestra situación presente como las disputas de Temístocles y Arístides o la Guerra de las Rosas en nuestra tierra natal. La corona de Inglaterra había ceñido su frente. La memoria de mi padre y sus desgracias, las luchas vanas del difunto rey, imágenes de Raymond, Evadne y Perdita en el esplendor de la vida regresaban con viveza a nuestra mente. La entregamos a la tumba, recelosos. Y cuando me apartaba del sepulcro, Jano veló su rostro retrospectivo, pues había perdido la facultad de ver las generaciones futuras.

 

Tras permanecer una semana en Dijon, treinta más de los nuestros desertaron de las menguadas filas de la vida. Los demás proseguimos viaje hacia Ginebra. A mediodía del segundo día llegamos a los pies del Jura. Nos detuvimos a la espera de que remitiera el calor. Allí cincuenta seres humanos, cincuenta, los únicos que habían sobrevivido en una tierra rebosante de alimentos, se congregaron y vieron en los rostros de los demás las señales de la peste, o del cansancio de la tristeza o de la desesperación, o, peor aún, de la indiferencia ante los males presentes o futuros. Allí nos reunimos, a los pies de aquellos poderosos montes, bajo un gran nogal. Un arroyo cantarín refrescaba el prado con sus aguas y las cigarras cantaban entre los tomillos. Aguardamos muy juntos, infelices sufridores. Una madre acunaba con brazos débiles a su pequeño, el último de muchos, cuyos ojos vidriosos estaban a punto de cerrarse para siempre. Allí una mujer hermosa, que antes resplandecía con lustre juvenil, conscientemente ahora se ajaba y se abandonaba, arrodillándose para abanicar con movimientos vacilantes al amado, que se esforzaba por dibujar una sonrisa agradecida en sus gestos desfigurados por la enfermedad. Allí, un veterano de rasgos curtidos, tras prepararse la comida, tomó asiento y al punto su barbilla descendió hasta tocarle el pecho, y soltó el cuchillo inútil. Sus miembros se relajaron del todo mientras el recuerdo de su esposa e hijo, de sus familiares más queridos, todos difuntos, pasaba por su mente. También allí sentado se encontraba un hombre que durante cuarenta años había retozado al sol apacible de la fortuna. Sostenía la mano de su última esperanza, su amada hija, que acababa de alcanzar la pubertad. La observaba con ojos angustiados mientras ella trataba de sacar fuerzas de su desmayado espíritu para consolarlo. Y allí un criado, fiel hasta el final, aunque agonizante, se ocupaba de aquel que, aunque aún erguido y saludable, observaba con creciente temor las desgracias que se sucedían a su alrededor.

 

Adrian se apoyaba en un árbol. Sostenía un libro en sus manos, pero sus ojos abandonaban las páginas, buscaban los míos y me dedicaban miradas comprensivas. Su expresión indicaba que sus pensamientos habían abandonado las letras impresas y se habían adentrado en otras más llenas de sentido, más absorbentes, que se extendían ante él. En la orilla, apartada de

 

todos, en un claro sereno donde el riachuelo besaba dulcemente el prado verde, Clara y Evelyn jugaban, a veces golpeando el agua con una rama, a veces contemplando las moscas que zumbaban. Ahora Evelyn trataba de cazar una mariposa, luego arrancaba una flor para su prima. Y su risueña carita de querubín proclamaba que en su pecho latía un corazón alegre. Clara, aunque intentaba concentrarse en la diversión del pequeño, se distraía a veces y se volvía para mirarnos a Adrian y a mí. Había cumplido catorce años y conservaba su aspecto infantil, aunque por su altura ya fuera una mujer. Representaba con mi hijo huérfano el papel de la más amorosa de las madres. Al verla jugar con él, o ceder silenciosa y sumisamente a nuestros deseos, sólo se pensaba en su paciencia y docilidad. Pero en sus ojos bondadosos y en las cortinas venosas que los velaban, en lo despejado de su frente marmórea, en la tierna expresión de sus labios, había una inteligencia y una belleza que al momento inspiraban admiración y amor.

 

Cuando el sol descendió, camino del oeste, y las sombras del atardecer se hicieron más alargadas, nos preparamos para iniciar el ascenso a la montaña. Las atenciones que debíamos dedicar a los enfermos nos obligaban a avanzar despacio. El camino tortuoso y empinado nos deparaba vistas de campos rocosos y colinas, las unas ocultándose a las otras, hasta que nuestro ascenso nos permitió verlas todas en sucesión. Apenas hallábamos sombras que nos protegieran del sol bajo, cuyos rayos oblicuos parecían cargados de un calor que nos causaba gran fatiga. Hay ocasiones en que dificultades menores se vuelven gigantescas, ocasiones en que, como el poeta hebreo expresa con gran viveza, «la langosta es una carga», y eso sucedía con nuestra desventurada expedición aquella tarde. Adrian, por lo general el primero en hacer acopio de todo su ánimo y soportar fatigas y contratiempos, dejaba la elección del mejor camino al instinto de su caballo, mientras avanzaba con los miembros relajados y la cabeza gacha, que sólo a veces levantaba, cuando lo empinado del ascenso le obligaba a agarrarse mejor a la silla. De mí se apoderaban el miedo y el horror. ¿Su aspecto lánguido indicaba que también él se había contagiado? ¿Por cuánto tiempo más, cuando contemplara ese espécimen inigualado de mortalidad, percibiría que sus pensamientos respondían a los míos? ¿Por cuánto tiempo más aquellos miembros obedecerían a su espíritu? ¿Por cuánto tiempo más la luz y la vida habitarían en los ojos del único amigo que me quedaba? Así, avanzando despacio, remontábamos un monte sólo para descubrir que tras él se alzaba otro que también debíamos ascender. Tras cada saliente hallábamos otro, hermano del anterior, interminablemente. A veces la presión de la enfermedad en alguno de nosotros llevaba a detener toda la cabalgata. Alguien pedía agua o expresaba con vehemencia el deseo de reposar. El grito de dolor, el sollozo acallado de quien lloraba al difunto... Ésos eran nuestros tristes compañeros de viaje en nuestra travesía por el Jura.

 

Adrian iba primero. Lo vi al detenerme para aflojar la silla, en nuestra

 

lucha contra una pendiente muy pronunciada, más difícil, al parecer, que todas las que ya habíamos dejado atrás. Él llegó a la cima y su silueta negra se recortó contra el cielo. Parecía contemplar algo inesperado y maravilloso pues, inmóvil, alargaba la cabeza y extendía los brazos un instante, como si saludara una nueva visión. Instado por la curiosidad, me apresuré a unirme a él. Tras pelearme con el precipicio durante unos tediosos minutos, pude contemplar la escena que tanto asombro le había causado.

 

La naturaleza, o su preferida, que es esta hermosa tierra, exhibía sus bellezas únicas en tonos repentinos y resplandecientes. Mucho más abajo, en la lejanía, como en el abismo abierto del orbe inmenso, se perdía la extensión plácida y azul del lago Lemán. Lo rodeaban colinas cubiertas de viñas, y tras ellas oscuras montañas de formas cónicas o irregulares murallas ciclópeas lo defendían. Pero más allá, sobre todo lo demás, como si los espíritus del aire hubieran revelado de pronto sus vistosas moradas, elevándose hasta alturas inalcanzables en el cielo impoluto, besando los cielos, compañeros del éter imposible, se imponían los gloriosos Alpes, ataviados con los ropajes deslumbrantes de la luz del ocaso. Y, como si las maravillas del mundo no fueran a agotarse nunca, sus vastas inmensidades, sus abruptos salientes, su tonalidad rosácea, aparecían de nuevo reflejadas en el lago, hundiendo sus orgullosas cumbres bajo las mansas olas, palacios para las Náyades de las aguas plácidas. Ciudades y pueblos se esparcían a los pies del Jura, que con sus oscuras quebradas y negros promontorios extendía sus raíces por la extensión acuática que dominaba el llano. Transportado por la emoción, olvidé la muerte del hombre y al amigo vivo y amado que se hallaba junto a mí. Al volverme hacia él vi que las lágrimas resbalaban por sus mejillas y que, entrelazando las manos huesudas, componía un gesto de admiración.

 

-¿Por qué -exclamó al fin-, por qué, oh, corazón, me susurras pesares? Empápate de la belleza de este paisaje y posee una dicha que no está al alcance siquiera de un paraíso imaginado.

 

Lentamente los integrantes de la expedición remontaron la pendiente y se unieron a nosotros. Ni uno solo dejó de demostrar su asombro ante algo que excedía toda experiencia anterior. Uno de ellos exclamó:

 

-¡Dios nos revela su cielo! ¡Si morimos, lo haremos con su bendición!

 

Uno a uno, con exclamaciones entrecortadas y frases extravagantes, trataban de expresar el efecto embriagador de aquella maravilla natural. Permanecimos un tiempo más en aquel lugar, aligerándonos de la pesada carga del destino, tratando de olvidar la muerte, a cuya noche estábamos a punto de arrojarnos, sin recordar ya que nuestros ojos serían para siempre los únicos que percibirían la magnificencia divina de aquella exhibición terrenal. Un entusiasmo emocionado semejante a la felicidad se abrió paso, como un rayo

 

de sol inesperado, en nuestra vida sombría. Atributo único de la humanidad abatida por las desgracias, capaz de recrear emociones extáticas incluso ante las miserias y las privaciones que, despiadadas, arrasan toda esperanza.

 

Aquella noche estuvo marcada por otro suceso. Al pasar por Ferney, camino de Ginebra, desde la iglesia rural que se alzaba rodeada de árboles y casas deshabitadas nos llegó el sonido casi olvidado de una música. El lamento de un órgano, con sus tonos profundos, despertaba el aire mudo y reverberaba largo tiempo en él, fundiéndose con la intensa belleza que revestía los montes, bosques y aguas circundantes.

 

La música -lengua de los inmortales, se nos revelaba como testimonio de su existencia-; la música, «llave plateada de la fuente de las lágrimas», hija del amor, bálsamo de la pena, inspiradora de heroísmo y pensamientos radiantes. ¡Oh, música, en nuestra desolación te habíamos olvidado! Por las noches no nos alegraban las flautas, las armonías de las voces ni los acordes emotivos de las cuerdas. Pero entonces llegaste a nosotros, lo mismo que cuando se revelan otras formas del ser. Y así como la belleza natural nos había embargado, llevándonos a imaginar que contemplábamos la morada de los espíritus, ahora podíamos imaginar que oíamos sus melodiosas conversaciones. Nos detuvimos, paralizados por el mismo temor reverencial que podría haberse apoderado de una pálida sacerdotisa que visitara algún templo sagrado en plena noche y contemplara la imagen animada y sonriente del objeto de su veneración. Nos manteníamos en silencio y muchos se arrodillaron. Sin embargo, transcurridos unos minutos, unos acordes conocidos nos devolvieron a un asombro más humano. La música que sonaba era «La creación», de Haydn, y a pesar de que la humanidad ya se había vuelto vieja y arrugada, el mundo, nuevo aún como el primer día de la creación, podía seguir celebrándose con el mismo himno de alabanza. Adrian y yo entramos en la iglesia. La nave estaba vacía, aunque el humo del incienso se elevaba desde el altar y nos devolvía el recuerdo de inmensas congregaciones reunidas en catedrales atestadas. Subimos hasta la tribuna. Un anciano ciego se sentaba a los fuelles. Era todo oído y, concentrado en la música, el placer iluminaba su semblante, un rostro de ojos apagados, si bien sus labios entreabiertos y todas las arrugas de su rostro expresaban entusiasmo. Al teclado, una joven de unos veinte años, pelo castaño que descendía hasta sus hombros y frente despejada y hermosa que tenía los ojos arrasados en lágrimas. Los esfuerzos que hacía para acallar sus sollozos transmitían un temblor a todo su cuerpo y encendían sus pálidas mejillas. Su delgadez era extrema. La languidez y, ¡ay!, la enfermedad consumían su cuerpo.

 

 

Mi amigo y yo seguíamos allí, contemplándolos, sin prestar ya atención a la música. Hasta que sonó el último acorde y el sonido fue extinguiéndose en lentos ecos. La voz poderosa e inorgánica -pues en modo alguno podía

 

asociarse con el mecanismo de los fuelles o las teclas- acalló su tono sonoro y la muchacha, al volverse para ayudar a su anciano compañero, nos vio al fin.

 

Se trataba de su padre y ella, desde la infancia, había sido el lazarillo de sus oscuros pasos. Eran alemanes, de Sajonia, y se habían trasladado allí hacía unos años, creando nuevos lazos con los aldeanos de la región. Cuando llegó la peste se les unió un estudiante alemán. No costaba adivinar cómo se había desarrollado la sencilla historia: él, aristócrata, se había enamorado de la hija pobre del músico y los había seguido en su huida de los amigos de él, que los perseguían. Pero la Gran Igualadora no tardó en llegar con su afilada guadaña para segar, además de la hierba, las altas flores de los campos. El joven fue una de sus primeras víctimas. La muchacha sobrevivió por su padre. La ceguera de él le permitió mantenerlo engañado, y así se habían convertido en seres solitarios, únicos supervivientes de la tierra. Él desconocía el alcance de los cambios y no sabía que, cuando escuchaba la música que interpretaba su hija, las montañas mudas, el lago insensible y los árboles inconscientes eran, exceptuándolo a él, todo su público.

 

El mismo día de nuestra llegada la muchacha había sido víctima del ataque de la enfermedad. La idea de dejar solo en el mundo a su padre, anciano y ciego, la llenaba de horror. Pero le faltaba valor para revelarle la verdad, y el exceso mismo de su desesperación la llevaba a fatigarse más allá de sus fuerzas. A la hora vespertina acostumbrada, lo condujo a la capilla y, aunque temblorosa y dominada por el llanto, tocó puntualmente, sin fallar en una sola nota, el himno escrito para celebrar la creación de la tierra adornada que pronto sería su sepultura.

 

Así, nuestra llegada fue para ella tan providencial como la visita de unos seres venidos del cielo. Su valentía, la firmeza que ya apenas mantenía, desaparecieron al aparecer el alivio. Emitiendo un grito, se acercó a nosotros a toda prisa, se echó a las rodillas de Adrian y, entre sollozos y gritos histéricos, abriendo la presa largamente contenida de su tristeza, exclamó:

 

-¡Salve a mi padre!

 

¡Pobre muchacha! Su padre y ella reposan ya, juntos, bajo el nogal en que el amado de ella también yace, y que mientras agonizaba nos señaló con el dedo. ¿Y el padre? Consciente al fin del peligro que corría su hija, incapaz de ver los cambios de su amado rostro, le agarró la mano y no la soltó hasta que la rigidez y el frío se apoderaron de ella. No se movió ni dijo nada hasta que, doce horas después, la muerte, benévola, le trajo a él también el reposo eterno. Descansan bajo la tierra, con el árbol por mausoleo. Recuerdo con gran claridad ese lugar sagrado, bajo el palio del escarpado Jura. de los lejanos e inconmensurables Alpes. La aguja de la iglesia que frecuentaban sigue elevándose sobre los árboles circundantes. Y aunque su mano ya está fría,

 

todavía me parece que los sonidos de la música divina que tanto amaba resuenan en el aire y amansan sus plácidos espíritus.

 

 

 

 

CAPÍTULO VIII

 

 

Habíamos llegado a Suiza, por el momento la etapa final y la meta de nuestros esfuerzos. No sé por qué, pero habíamos visto con esperanza y placentera expectativa su congregación de montes y cumbres nevadas y habíamos abierto nuestros corazones con ánimo renovado al viento del norte, que incluso en pleno verano soplaba desde un glaciar cubierto de frío. Mas, ¿cómo podíamos albergar esperanzas de alivio? Como nuestra Inglaterra natal y la vasta extensión de la fértil Francia, aquella tierra cercada por montañas se hallaba desierta de habitantes. Si ni las desoladas cumbres de sus montañas, ni los riachuelos nacidos del deshielo, ni el biz, ese viento del norte cargado de frío, ni el trueno, domador de contagios, los había mantenido con vida a ellos, ¿cómo íbamos a pedir nosotros la exención?

 

¿Y quién, además, quedaban por salvar? ¿Qué tropa seguía en condiciones de resistir y combatir al conquistador? No éramos más que un precario residuo que aguardaba, sumiso, el golpe inminente. Un carruaje medio muerto ya por temor a la muerte, una tripulación desesperada, rendida, casi imprudente que, montada en el tablón de la vida, a la deriva, había olvidado el timón y se resignaba a la fuerza destructiva de los vientos. Así como las pocas mazorcas de un vasto campo que el granjero olvida cosechar son abatidas al poco por una tormenta invernal; así como unas pocas golondrinas, rezagadas de la bandada que, al sentir el primer aliento del otoño, emigra a climas más benignos, caen al suelo ante el primer embate helado de noviembre; así como la oveja perdida que vaga por la ladera de la colina, azotada por el aguanieve mientras el resto del rebaño se halla en el aprisco, muere antes del amanecer; así como una nube, igual a las muchas que cubren el cielo impenetrable, no acude a la llamada de su pastor, el viento del norte, que conduce a sus compañeras «a beber del mediodía de los antípodas», y ella se difumina y se disuelve en el claro éter, ¡así éramos nosotros!

 

Dejamos atrás la orilla izquierda del hermoso lago de Ginebra y nos adentramos en las quebradas alpinas. Viajábamos siguiendo el bravo Arve hasta su nacimiento, a través del valle rocoso de Servox, pasando junto a cascadas y a la sombra de picos inaccesibles. Mientras, el exuberante castaño cedía el paso al abeto oscuro, cuyas ramas musicales se mecían al viento y cuyas formas recias habían resistido mil tormentas, y la tierra reverdecida, el prado cubierto de flores, la colina ataviada de arbustos, se convertían

 

gradualmente en rocas sin semillas y sin huellas que rasgaban el cielo, en «huesos del mundo, aguardando verse revestidos de todo lo necesario para albergar vida y belleza». Resultaba extraño que buscáramos refugio allí. Parecía claro que, si en países en los que la tierra, madre amorosa, acostumbraba a alimentar a sus hijos, la habíamos visto convertida en destructora, no hacía falta que buscáramos nada allí donde, azotada por la penuria, parece temblar en sus venas pétreas. Y, en efecto, no nos equivocábamos en nuestras conjeturas. Buscábamos en vano los glaciares inmensos y siempre móviles de Chamonix, grietas de hielo colgante, mares de aguas congeladas, los campos de abetos retorcidos por las ventiscas, los prados, meros caminos para la avalancha estrepitosa, y las cimas de los montes, frecuentadas por tormentas eléctricas. La peste se enseñoreaba incluso de aquellos lugares. Cuando el día y la noche, como hermanos gemelos de idéntico crecimiento, compartían su dominio sobre las horas, una a una, bajo las grutas heladas, junto a las aguas procedentes del deshielo de nieves de mil inviernos, los escasos supervivientes de la raza del hombre cerraban los ojos a la luz para siempre.

 

Y a pesar de ello no errábamos del todo al buscar un paisaje como éste en que poner fin a nuestro drama. La naturaleza, siempre fiel, nos brindaba su consuelo en plena desgracia. La sublime grandeza de los objetos externos aliviaba nuestros corazones arrasados y se presentaba en armonía con nuestra desolación. Muchas tristezas han recaído sobre el hombre durante su azaroso avance. Y muchos se han convertido en únicos supervivientes de sus grupos. Nuestro infortunio extraía su forma majestuosa y sus tonalidades de la inmensa ruina que lo acompañaba y con la que se confundía. Así, sobre la hermosa tierra, muchas quebradas oscuras contienen arroyos cantarines sombreados por rocas románticas, bordeados por senderos musgosos, pero todos, excepto ése, carecían del poderoso contrapunto de los Alpes, cuyas cumbres nevadas y salientes desnudos nos elevaban desde nuestra morada mortal y nos conducían a los palacios de la naturaleza.

 

Aquella armonía solemne entre el acontecimiento y la situación regulaba nuestros sentimientos y proporcionaba, por así decirlo, un atuendo adecuado a nuestro último acto. La tristeza serena y la pompa trágica asistían al deceso de la desgraciada humanidad. La procesión fúnebre de monarcas antiguos se veía superada por nuestras espléndidas demostraciones. Cerca de las fuentes del Aveiron celebramos los ritos por el último de nuestra especie, exceptuando a cuatro de nosotros. Adrian y yo, tras dejar a Clara y a Evelyn sumidos en un sueño apacible e ignorante, llevamos el cuerpo hasta aquel lugar desolado y lo depositamos en las cuevas de hielo, bajo el glaciar, que crujía y se rasgaba con los sonidos más leves y traía la destrucción a todo lo que se adentrara en sus grietas. Allí, ni aves ni bestias carroñeras profanarían la forma helada. Así, con pasos amortiguados, en silencio, colocamos al muerto sobre un catafalco de

 

hielo, y al partir nos detuvimos sobre la plataforma rocosa, junto al nacimiento del río. A pesar de nuestra quietud la mera agitación del aire causada por el paso de nuestros cuerpos bastó para perturbar el reposo de aquella región congelada; apenas habíamos abandonado la caverna cuando unos gigantescos bloques de hielo, separándose del techo, se desplomaron sobre el cuerpo que habíamos depositado en su interior. Habíamos escogido una noche serena, pero el trayecto hasta allí había sido largo y la luna creciente ya se ocultaba tras las cimas de poniente cuando culminamos nuestra misión. Las montañas nevadas y los glaciares azules parecían emitir su propia luz. La abrupta quebrada, que formaba una ladera del monte Anvert, se hallaba frente a nosotros, y el glaciar a nuestro lado. A nuestros pies el Aveiron, blanco y espumeante, corría entre las piedras que salían a su paso y, salpicando y rugiendo sin cesar, alteraba la quietud de la noche. Unos relámpagos dorados jugaban en torno a la vasta cúpula del Mont Blanc, silenciosos como la mole cubierta de nieve que iluminaban. Todo aparecía desolado, indómito, sublime, y los abetos, con sus susurros melodiosos, dulcificaban aquella majestuosa aspereza. Pero ahora el corrimiento y la caída de los bloques de hielo rasgaron el aire y el estruendo del alud atronó en nuestros oídos. En países cuyos accidentes geográficos son de menor magnitud, la naturaleza manifiesta sus poderes vivos en el follaje de los árboles, en el crecimiento de la hierba, en el dulce murmullo de los ríos mansos. Aquí, dotada de atributos gigantescos, eran los torrentes, las tormentas eléctricas y los movimientos de grandes masas de agua los que demostraban su actividad. Ése era el camposanto, ése el réquiem, ésa la congregación eterna que velaba en el funeral de nuestro compañero.

 

No era sólo su forma humana la que habíamos depositado en su sepulcro eterno y cuyas exequias celebrábamos. Con aquella última víctima, la Peste se desvanecía de la tierra. La muerte nunca había precisado de armas para destruir la vida y nosotros, pocos como éramos y en el estado de debilidad en que nos hallábamos, seguíamos expuestos a todas las demás saetas que rebosaban de su aljaba. Pero no, la peste ya no se encontraba entre ellas. Durante siete años había exhibido un dominio absoluto sobre la tierra. Había hollado todos los recodos de nuestro espacioso orbe; se había fundido con la atmósfera, que como un manto envuelve a todas las criaturas -a los habitantes de nuestra Europa natal, a los asiáticos rodeados de lujos, a los oscuros africanos, a los libres americanos-, y a todas las había derrotado y destruido. Su bárbara tiranía llegaba a su fin allí, en la quebrada rocosa de Chamonix.

 

Aunque eran escenas aún recurrentes de tristeza y dolor, los frutos de su destrucción ya no formaban parte de nuestras vidas. La palabra «peste» ya no resonaba en nuestros oídos; su aspecto encarnado en el semblante humano ya no se presentaba ante nuestros ojos. A partir de ese momento ya no volví a ver a la Peste, que abdicó de su trono y, despojándose de su cetro imperial entre

 

los bloques de hielo que nos rodeaban, dejó a la soledad y el silencio como herederos de su reino.

 

Mis sensaciones presentes se confunden hasta tal punto con el pasado que no sé decir si ya tuvimos conocimiento de ese cambio mientras permanecíamos en aquel lugar estéril. Creo que así fue, que pareció como si una nube que pendía sobre nosotros se hubiera retirado, que del aire se hubiera apartado un peso; que a partir de ese momento respiraríamos sin tanto impedimento y que nuestras cabezas se alzarían, recobrando parte de nuestra anterior libertad. Y sin embargo no albergábamos esperanzas. Habitaba en nosotros la sensación de que nuestra raza estaba sentenciada pero que la peste no sería nuestra destructora. El tiempo que quedaba era como un poderoso río por el que desciende una barca encantada cuyo timonel mortal sabe que el peligro más obvio no es el que debe temer, pero que, con todo, el peligro se encuentra cerca; y que flota temeroso entre profundos precipicios, a través de aguas bravas y oscuras, y ve en la distancia formas más raras y amenazadoras hacia las que se ve impelido irremisiblemente. ¿Qué iba a ser de nosotros? ¡Ojalá un oráculo de Delfos, una sacerdotisa pitia, pronunciaran los secretos de nuestro futuro! ¡Ojalá un Edipo resolviera el enigma de la Esfinge! Como Edipo yo acabaría siendo, no porque adivinara ni una palabra del acertijo, sino porque, entre dolores agónicos, viviendo una vida impregnada de pesar, sería el mecanismo mediante el cual se desnudarían los secretos del destino y se revelaría el significado del enigma, cuya explicación pondría punto final a la historia de la humanidad.

 

Tenues fantasías como ésas acechaban nuestras mentes y nos imbuían de sentimientos no del todo ajenos al placer, mientras permanecíamos junto a aquella silenciosa tumba de la naturaleza, escoltados por aquellas montañas sin vida que se alzaban sobre sus venas vivas y asfixiaban su principio vital.

 

-Así quedamos -dijo Adrian-, dos árboles melancólicos, desahuciados, que se alzan donde antes se mecía todo un bosque. Nos queda lamentarnos, añorar y morir. Y sin embargo ahora mismo nos quedan por cumplir deberes que debemos conminarnos a cumplir: el deber de dar placer allá donde podamos y, mediante la fuerza del amor, iluminar con los colores del arco iris esta tormenta de pesar. No me quejaré si en esta hora extrema conservamos apenas lo que ahora poseemos. Algo me dice, Verney, que ya no hemos de temer a nuestro enemigo cruel, y me aferro con ganas a la voz de ese oráculo. Aunque extraño, será dulce presenciar el crecimiento de tu pequeño, el desarrollo del joven corazón de Clara. En medio de un mundo desierto, nosotros lo somos todo para ellos. Y si vivimos nuestra misión ha de consistir en lograr que este nuevo modo de vida les resulte feliz. De momento será fácil, pues sus ideas infantiles no se aventuran en el futuro, y el agudo anhelo de comprensión y todo el amor del que nuestra naturaleza es susceptible no han despertado aún

 

en ellos. No podemos adivinar qué sucederá entonces, cuando la naturaleza ejerza sus poderes sagrados e ineludibles. Pero mucho antes de que ello ocurra podemos estar todos fríos, como el que yace en esta tumba de hielo. Debemos preocuparnos sólo por el presente y tratar de llenar con imágenes agradables la imaginación inexperta de tu encantadora sobrina. Los escenarios que ahora nos rodean, a pesar de su inmensidad y maravilla, no son los que mejor pueden contribuir a la tarea. La naturaleza, aquí, se presenta como nuestra suerte, grande pero demasiado destructiva, desnuda y tosca como para permitir que en su joven imaginación surja la delicia. Dirijámonos a las soleadas llanuras de Italia. El invierno llegará pronto y vestirá estos parajes indómitos de una doble desolación. Pero nosotros cruzaremos estas áridas cumbres y la llevaremos a escenarios de fertilidad y belleza en los que su camino se verá adornado con flores y el ambiente alegre le inspirará placer y esperanza.

 

En cumplimiento de este plan abandonamos Chamonix al día siguiente. No había motivo para apresurar la marcha; más allá de nuestro círculo, no había nada que encadenara nuestra voluntad, de modo que cedíamos a todos los caprichos y nos parecía que invertíamos bien nuestro tiempo si lográbamos contemplar el paso de las horas sin horror. Nos demoramos en el encantador valle de Servox. Pasamos largas horas sobre el puente que, salvando la quebrada del Arve, domina una vista de sus profundidades tapizadas de abetos y de las montañas nevadas que la rodean. Avanzamos sin apresurarnos por la romántica Suiza. Mas el temor a que nos atrapara el invierno nos llevó finalmente a proseguir, y en los primeros días de octubre llegamos al valle de La Maurienne, que conduce hasta Cenis. No sé explicar los sentimientos enfrentados que nos asaltaron al abandonar aquella tierra de montañas. Tal vez fuera porque veíamos en los Alpes la frontera que separaba el pasado del futuro y queríamos aferrarnos a lo que, en nuestra vida anterior, tanto habíamos amado. Tal vez, como eran tan pocos los impulsos que nos instaban a elegir entre dos modos de proceder, nos complacía preservar la existencia de uno de ellos y preferíamos la idea de lo que estaba por hacer al recuerdo de lo que ya habíamos culminado. Sentíamos que, por ese año al menos, el peligro había pasado, y creíamos que durante algunos meses nos tendríamos los unos a los otros. Aquel pensamiento nos llenaba de una mezcla de agonía y placer; los ojos se inundaban de lágrimas y sentimientos tumultuosos desgarraban los corazones; más frágiles que la «nieve que cae sobre el río» éramos todos y cada uno de nosotros, pero tratábamos de dar vida e individualidad al curso meteórico de nuestras diversas existencias, y nos esforzábamos porque ningún momento se nos escapara sin haber gozado de él. Así, avanzando sobre ese límite borroso, éramos felices. ¡Sí! Sentados bajo los peñascos, junto a las cascadas, cerca de bosques tan antiguos como los montes de prados ondulantes, soleados, donde pacía el rebeco y la tímida ardilla acudía a declamar sobre los encantos de la naturaleza y a embriagarse de sus bellezas

 

inalienables, nosotros, en nuestro mundo vacío, nos sentíamos felices.

 

Pero, ¡oh, días de dicha! Días en que los ojos hablaban a los ojos y las voces, más dulces que la música de las ramas oscilantes de los pinos, que el murmullo sereno de los riachuelos, respondían a mi voz. ¡Oh, días desbordantes de beatitud, días de propicia compañía, días amados, perdidos, que no logro retener! Pasad ante mí, y en vuestro recuerdo hacedme olvidar lo que soy. Contemplad mis ojos llorosos que empapan este papel insensible, contemplad mis gestos que se tuercen en lamentos de agonía apenas regresáis a mi memoria, ahora que, solo, mis lágrimas se vierten, mis labios tiemblan, mis gritos llenan el aire sin nadie que me vea, que me consuele, que me oiga. ¡Oh, días de dicha! Permitidme morar en vuestras dilatadas horas.

 

Cuando el frío empezaba a recrudecerse, cruzamos los Alpes y llegamos a Italia. Cuando salía el sol desayunábamos, y con alegres comentarios o disquisiciones aprendidas expresábamos nuestras quejas. Vivíamos sin prisas, y aunque sin perder de vista la meta de nuestro viaje, no nos importaba el día exacto en que lo culminaríamos. Cuando al cielo asomaba la estrella vespertina y el sol anaranjado, por poniente, indicaba la posición de la tierra amada que habíamos abandonado para siempre, la conversación, que mantenía encadenados los pensamientos, hacía que las horas pasaran volando. ¡Ojalá hubiéramos vivido de ese modo por siempre jamás! ¿Qué importancia habría tenido para nuestros cuatro corazones, que eran las únicas fuentes de vida en todo el vasto mundo? Con respecto al sentimiento estrictamente individual, habríamos preferido permanecer unidos en esas circunstancias que, cada uno de nosotros perdido en un desierto populoso de gentes desconocidas, haber vagado sin compañía hasta el fin de la vida. Así tratábamos de consolarnos unos a otros, y así la verdadera filosofía nos enseñaba una lección.

 

A Adrian y a mí nos llenaba de dicha atender a Clara, a la que habíamos nombrado pequeña reina del mundo y de la que nosotros éramos humildes servidores. Cuando llegábamos a alguna ciudad, nuestra primera misión consistía en escoger para ella la morada más noble. Después nos asegurábamos de que no quedaran restos siniestros de sus anteriores ocupantes, le buscábamos alimentos y velábamos por sus necesidades con asidua ternura. Clara participaba en nuestro juego con entusiasmo infantil. Su principal ocupación era el cuidado de Evelyn, pero le encantaba vestirse con ropas magníficas, adornarse con piedras preciosas, fingir un rango principesco. Su religiosidad, profunda y pura, no le prohibía combatir de ese modo los agudos zarpazos del dolor. Y su vivacidad juvenil la llevaba a entregarse en cuerpo y alma a aquellas raras mascaradas.

 

Habíamos decidido pasar el invierno en Milán, pues, por ser una ciudad grande y lujosa, podría proporcionarnos variedad de alojamiento. Habíamos descendido desde los Alpes y habíamos dejado atrás sus inmensos bosques e

 

imponentes peñascos. Entramos en la sonriente Italia. Pastos y maizales se intercalaban en las llanuras y las viñas sin podar enroscaban sus indómitas ramas alrededor de los olmos. Las uvas, maduras en exceso, habían caído al suelo o colgaban, púrpuras o de un verde ajado, entre hojas de parra rojizas y amarillas. Los envoltorios vacíos de las mazorcas se mecían al viento. El follaje caído de los árboles, los arroyos cubiertos de malas hierbas, los olivos oscuros, ahora salpicados de sus frutos maduros; los castaños, de los que la ardilla era cosechadora. Toda abundancia y, ¡ay!, toda pobreza, pintaba con tonos asombrosos y fantásticos aquella tierra de hermosura. En las ciudades, en las ciudades mudas, visitábamos las iglesias, decoradas con pinturas, obras maestras del arte, o las galerías de estatuas, mientras en aquel clima benigno los animales, con su libertad recobrada, se paseaban por los lujosos palacios y apenas temían nuestra presencia ya olvidada. Los bueyes grises fijaban en nosotros sus ojos y seguían, despacio, su camino. Un asustado rebaño de ovejas salía a trompicones de alguna estancia antes dedicada al reposo de la belleza y se escurría, pasando a nuestro lado, por la escalera de mármol, camino de la calle, y de nuevo, al hallar una puerta abierta, tomaba posesión absoluta de algún templo sagrado o de la cámara del consejo de algún monarca. Aquellos hechos habían dejado hacía tiempo de causarnos asombro, lo mismo que otros cambios peores, como la constatación de que un palacio se hubiera convertido en mera tumba, impregnada de olores fétidos e infestada de cadáveres. Y percibíamos que la peste y el miedo habían representado pantomimas raras, llevando a la dama noble hasta los campos marchitos y las granjas desiertas y tumbando, sobre alfombras tejidas en la India, al rudo campesino o al mendigo deforme y apenas humano.

 

Llegamos a Milán y nos alojamos en el palacio del virrey. Allí dictamos leyes para nosotros mismos, dividiendo el día y estableciendo distintas ocupaciones para cada hora. Por las mañanas cabalgábamos por los campos cercanos o paseábamos por los palacios en busca de pinturas y antigüedades. Por las tardes nos reuníamos para leer o conversar. Eran pocos los libros que no nos inspiraran temor, pocos los que no arrancaran el barniz que aplicábamos a nuestra soledad al recordarnos relaciones y emociones que ya no volveríamos a experimentar. Llenaban nuestras horas obras sobre disquisiciones metafísicas; o de ficción, que, al alejarse de la realidad, se perdían en errores inventados; o la obra de poetas de tiempos tan remotos que leerlos era leer sobre la Atlántida y la Utopía, o a aquéllos que se referían sólo a la naturaleza y a las ideas de una única mente. Pero sobre todo hablábamos, charlábamos entre nosotros sobre temas diversos y siempre nuevos.

 

Aunque allí detuvimos nuestro avance hacia la muerte, el tiempo siguió su curso acostumbrado. La tierra seguía girando montada en el carro de la atmósfera, impulsada por la fuerza de los corceles de una necesidad infalible. Y ahora esa gota de rocío en el cielo, esa esfera cubierta de montañas,

 

esplendorosa de olas, dejando atrás la breve tiranía de Piscis y al frígido Capricornio, se adentró en la radiante finca de Tauro y Géminis. Y allí, oreado por aires primaverales, el Espíritu de la Belleza salió de su letargo frío y, extendiendo las alas al viento, con pie rápido y ligero rodeó la tierra con un cinto de verdor que se exhibía entre las violetas, se ocultaba entre el tierno follaje de los árboles y acompañaba a los arroyos radiantes en su viaje hacia un mar bañado por el sol. «Porque he aquí que ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue; las flores han brotado en la tierra, el tiempo del canto de los pájaros ha vuelto, y en nuestra tierra resuena el arrullo de la tórtola; la higuera ha dado sus primeros higos, y en las vides las uvas más tiernas exhalan un delicioso aroma.» Así era en los tiempos del antiguo poeta regio; y así era para nosotros.

 

¿Mas cómo íbamos nosotros, en nuestra tristeza, a saludar la llegada de la estación deliciosa? Esperábamos que esta vez la muerte no avanzara, como había hecho antes, agazapada en su sombra, y nos mirábamos con ojos expectantes, sin atrevernos siquiera a fiarnos de nuestros presentimientos, tratando de adivinar cuál de nosotros sobreviviría a los otros tres. Pasaríamos la estación estival en el lago de Como, y hacia allí nos dirigimos tan pronto como el verano alcanzó su madurez y la nieve desapareció de las cumbres. A diez millas de Como, bajo las escarpadas alturas de los montes orientales, a orillas del agua remansada, se alzaba una villa llamada La Pliniana por estar construida junto a una fuente cuyo periódico flujo y reflujo describió Plinio el Joven en sus cartas. La casa se hallaba prácticamente en estado de ruina hasta que, en 2090, un aristócrata inglés la compró y la dotó de todos los lujos. Dos grandes salones revestidos de espléndidos cortinajes y suelos de mármol daban a dos lados opuestos de un mismo patio. Uno de ellos moría en el lago oscuro y profundo, y el otro a los pies de un peñasco por uno de cuyos lados, con rumor constante, se descolgaba la célebre fuente. Coronaban la roca mirtos y otras planas aromáticas y unos cipreses afiladísimos se recortaban contra el cielo. Más allá grandes castaños decoraban las hondonadas de los montes. Allí fijamos nuestra residencia de verano. Disponíamos de un precioso bote en el que navegábamos, ahora dirigiéndonos al centro, ahora siguiendo la orilla recortada y exuberante de plantas que con sus hojas brillantes rozaban las aguas en muchos entrantes y quebradas de aguas oscuras y traslúcidas. Los naranjos estaban en flor, los pájaros entonaban sus cantos melodiosos y durante la primavera la fría serpiente surgía de entre las grietas de las rocas y se tendía al sol.

 

¿No éramos felices en este retiro paradisíaco? Si algún espíritu amable nos hubiera concedido el bálsamo del olvido, creo que habríamos llegado a serlo, pues allí las montañas verticales, casi sin senderos, nos impedían la visión de los campos desolados y, sin necesidad de ejercitar en exceso la imaginación, podíamos fantasear con que las ciudades seguían bullendo de actividad

 

humana, con que los campesinos seguían arando la tierra y con que nosotros, los ciudadanos libres del mundo, gozábamos de un exilio voluntario, en vez de la separación inevitable de nuestra especie extinta.

 

Ninguno de nosotros disfrutaba más que Clara de la belleza del paisaje. Antes de partir de Milán se había operado un cambio en sus hábitos y maneras. Había perdido la alegría y se mantenía alejada de toda actividad física; empezó a vestirse con sobriedad de vestal. Nos evitaba y se encerraba con Evelyn en alguna cámara retirada o en algún rincón alejado. Tampoco participaba de los pasatiempos del niño con su fervor acostumbrado; se sentaba a observarlo y esbozaba sonrisas tristes y tiernas, los ojos arrasados en lágrimas, aunque nunca llegaba a formular la menor queja. Se acercaba a nosotros con gran timidez, rehuía nuestras caricias y no se liberaba de la vergüenza que la dominaba hasta que algún debate serio o algún tema elevado lograban sacarla de su ensimismamiento. Su belleza crecía como una rosa que, abriéndose a las brisas estivales, revelara una tras otra todas sus hojas e inundara los corazones de dolor ante la contemplación de una hermosura tan excesiva. Un rubor leve y variable poblaba sus mejillas y sus movimientos parecían sincronizarse con una armonía oculta de dulzura extraordinaria. Nosotros redoblamos con ella nuestra ternura y atenciones, y ella las recibía con sonrisas de agradecimiento, tan fugaces que desaparecían más deprisa que los rayos del sol sobre las olas brillantes en un día de abril.

 

Nuestro único punto de comunicación con ella parecía ser Evelyn. El pequeño nos aportaba un consuelo y una alegría indescriptibles. Su carácter extrovertido y su inocente ignorancia de la horrible calamidad que se había apoderado de nosotros eran un bálsamo para todos, pues en nuestras ideas y sentimientos vivíamos dominados por la inmensidad de la tristeza. Adorarlo, acariciarlo, entretenerlo, eran tareas comunes a las que nos entregábamos. Clara, que en cierta medida se sentía como una madre para él, nos agradecía inmensamente el afecto que le profesábamos. Me lo agradecía a mí. A mí que en sus cejas finas y ojos tiernos veía los de la amada de mi corazón, mi Idris adorada y perdida, renacida en su rostro amable. Yo lo amaba hasta el dolor. Si lo estrechaba contra mi pecho me parecía sostener una parte real y viva de ella, de la mujer que se había refugiado en él durante largos años de jovial felicidad.

 

Adrian y yo adquirimos el hábito de salir de expedición con nuestro bote todos los días, en busca de objetos. Durante aquellos desplazamientos Clara y Evelyn casi nunca nos acompañaban, pero nuestro regreso se saludaba siempre con gran alegría. Evelyn saqueaba lo que hubiéramos encontrado con impaciencia infantil y nosotros siempre llegábamos con algún regalo para nuestro amado compañero. También descubríamos paisajes nuevos, encantadores, o palacios magníficos a los que nos trasladábamos todos por la

 

tarde. Nuestras excursiones en barca resultaban divinas; con el viento a favor surcábamos las olas, y si la conversación se interrumpía, acechada por oscuros pensamientos, yo sacaba mi clarinete y con sus ecos devolvía las mentes a su estado anterior. En aquellas ocasiones Clara regresaba a menudo a sus hábitos anteriores de extroversión y buen humor. Y aunque nuestros cuatro corazones eran los únicos que latían en el mundo, aquellos cuatro corazones eran felices.

 

Un día, al regresar de la ciudad de Como con el bote cargado, esperábamos que, como siempre, Clara y Evelyn nos esperaran en el embarcadero, y nos sorprendió un poco hallarlo desierto. En un primer momento no pensé que nada malo hubiera sucedido y atribuí su ausencia a la casualidad. No así Adrian, que al punto fue presa del pánico y, tembloroso, me conminó con vehemencia a que atracara deprisa, y cuando se halló cerca de la arena dio un salto y estuvo a punto de caer al agua. Ascendió a toda prisa por la pendiente y recorrió a grandes zancadas la estrecha franja de jardín, único espacio llano entre el lago y la montaña. Yo lo seguí sin dilación. El jardín y el patio interior estaban vacíos, lo mismo que la casa, que inspeccionamos habitación por habitación. Adrian llamó a Clara en voz alta, y ya estaba a punto de enfilar un sendero cercano cuando la puerta de un pabellón de verano que se alzaba en un extremo del jardín se abrió y apareció Clara, que no se acercó a nosotros, sino que se apoyó contra una columna del edificio, muy pálida, con gesto ausente. Adrian gritó de alegría, se acercó a ella a la carrera y la estrechó en sus brazos. Pero ella rechazó su muestra de afecto y sin mediar palabra volvió a entrar en el pabellón. Sus labios temblorosos, su corazón desesperado, le impedían pronunciar la desgracia que se había abatido sobre nosotros. El pobre Evelyn, mientras jugaba con ella, había sucumbido a una fiebre súbita y ahora yacía, adormecido y sin hablar, en el pequeño sofá de aquel aposento estival.

 

Dos semanas enteras pasamos velando al pobre niño, mientras, atacada por un tifus virulento, su vida se extinguía. Su cuerpo menudo y su rostro albergaban el embrión de la mente de un hombre que se abre al mundo. La naturaleza humana, rebosante de pasiones y afectos, habría echado raíces en su pequeño corazón, cuyos latidos se dirigían velozmente hacia su final. El mecanismo de sus manitas, ahora fláccidas e inmóviles, habría culminado obras de belleza y fuerza si éstas se hubieran revestido de los tendones y los músculos de la juventud. Sus pies tiernos, otrora sanos, hubieran hollado en su pubertad los bosques y los prados de la tierra. Pero todos aquellos pensamientos servían de muy poco, pues él, tumbado, abandonado de todo pensamiento y fuerza, aguardaba el golpe final sin oponer resistencia.

 

Nosotros lo observábamos junto al lecho, y cuando le sobrevenían los accesos de fiebre, ni hablábamos ni nos mirábamos, concentrados como estábamos en su respiración entrecortada, en el brillo mortal que teñía su

 

mejilla hundida, en el peso de la muerte que le cerraba los párpados. Resulta manido afirmar que las palabras no lograrían expresar la larga agonía que vivimos; sin embargo, ¿cómo van las palabras a recrear sensaciones cuya intensidad nos atormenta y, por así decirlo, nos devuelve a las profundas raíces y los cimientos ocultos de nuestra naturaleza, que sacude nuestro ser con el temblor de un seísmo, hasta el punto de que dejamos de confiar en las sensaciones acostumbradas que, como la madre tierra, nos sustentan, y nos aferramos a cualquier imaginación vana, a cualquier esperanza engañosa que no tarda en quedar sepultada bajo las ruinas causadas por el horror final? He dicho que fueron dos semanas las que pasamos asistiendo al avance de la enfermedad que consumía a mi hijo, y tal vez así fuera; de noche nos asombrábamos de que hubiera transcurrido otra jornada, aunque las horas nos parecían interminables. No distinguíamos los días de las noches. Apenas dormíamos y ni siquiera abandonábamos su cuarto, excepto cuando un arrebato de llanto se apoderaba de nosotros y nos ausentábamos durante un tiempo breve para ocultar nuestros sollozos y nuestras lágrimas. Tratábamos en vano de apartar a Clara de tan deplorable escena. Ella permanecía horas y horas observándolo, ahuecándole a veces la almohada, y mientras el pequeño mantuvo la facultad de tragar, administrándole bebidas. Al fin llegó el momento de su muerte: la sangre detuvo su curso, el niño abrió los ojos y volvió a cerrarlos. Sin convulsiones ni suspiros, su frágil morada quedó libre del espíritu que la habitaba.

 

He oído decir que la visión de los muertos confirma a los materialistas en sus creencias. A mí me sucedía lo contrario. ¿Era ése mi hijo, ese ser inmóvil, corruptible, inanimado? Mi hijo adoraba mis caricias, su voz encantadora revestía sus pensamientos con sonidos articulados de otro modo inaccesibles; su sonrisa era un rayo de alma y esa misma alma ocupaba el trono de sus ojos. Ya concluyo mi descripción fallida de lo que era. ¡Toma, tierra, tu deuda! Voluntariamente y por siempre te entrego el envoltorio que reclamas. Pero tú, dulce niño, hijo querido y bondadoso, irás -irá tu espíritu- en pos de una casa mejor, o, venerado en mi corazón, vivirás mientras mi corazón viva.

 

Depositamos sus restos bajo un ciprés, custodiados por la montaña. Y entonces Clara nos dijo:

 

-Si deseáis que viva, llevadme lejos de aquí. Hay algo en este paisaje de belleza trascendente, en estos árboles, colinas y aguas, que me susurra siempre: «abandona la carga de tu carne y únete a nosotros». Os ruego encarecidamente que me saquéis de aquí.

 

Así, el 15 de agosto dijimos adiós a nuestra villa, al vergel sombreado donde habitaba la belleza, a la bahía serena y a la cascada parlanchina. Nos despedimos de la tumba del pequeño Evelyn y a continuación, con el alma encogida, proseguimos nuestra peregrinación hacia Roma.

 

 

CAPÍTULO IX

 

 

Detente un poco. ¿Me encuentro ya tan cerca del final? ¡Sí! Ya todo ha terminado, un paso o dos sobre esas tumbas recientes y el fatigoso camino habrá concluido. ¿Podré culminar mi misión? ¿Podré llenar el papel con palabras dignas de la gran conclusión? ¡Levántate, Negra Melancolía! ¡Abandona tu soledad cimeria! Trae contigo las oscuras nieblas del infierno para que oscurezcan los días; trae contigo tierras marchitas y exhalaciones pestilentes que al penetrar en cavernas huecas y conductos subterráneos llenen sus venas pétreas de corrupción, para que no sólo dejen de florecer las plantas, se pudran los árboles y los ríos bajen llenos de hiel, sino también para que las montañas eternas se descompongan y la putrefacción alcance al poderoso océano; para que la atmósfera benigna que rodea el planeta pierda toda su capacidad de generar vida y sustento. Hazlo así, poder de semblante triste, mientras yo escribo, mientras unos ojos leen estas páginas.

 

¿Y quién las leerá? Cuidado, tierno vástago del mundo renacido. Cuidado, ser bondadoso de corazón humano, que sin embargo vives ajeno a la preocupación, frente humana aún no surcada por el tiempo. Cuidado, no vaya el torrente alegre de tu sangre a detenerse, no vayan a encanecer tus cabellos dorados, no vaya a tornarse tu franca sonrisa en arruga cincelada y profunda. Que el día no contemple estas páginas, no vayan sus alegres colores a desvaírse, palidecer y morir. Busca un campo de cipreses cuyas ramas ululen con la armonía adecuada; busca alguna caverna profunda en las entrañas de la tierra donde no penetre más luz que la que se abra paso, parpadeante y roja, a través de una única grieta y tiña la página que lees con el tono siniestro de la muerte.

 

En mi mente habita una dolorosa confusión que se niega a delinear con claridad los hechos sucesivos. A veces la sonrisa radiante y bondadosa de mi amigo aparece ante mí y siento que su luz se expande y llena la eternidad. Pero luego, de nuevo, oigo los últimos estertores...

 

Abandonamos Como y, en cumplimiento del mayor deseo de Adrian, nos dirigimos a Venecia en nuestro camino hacia Roma. Había algo en esa ciudad entronizada en una isla, rodeada de mar, que resultaba particularmente atractiva a los ingleses. Adrian no la había visitado antes. Descendimos en barca siguiendo los cursos del Po y el Brenta. De día el calor resultaba insoportable, de modo que descansábamos en los palacios que hallábamos junto a las orillas y viajábamos de noche, cuando la oscuridad borraba las orillas y difuminaba nuestra soledad; cuando la luna errante iluminaba las

 

ondas que se dividían al paso de la proa y la brisa nocturna hinchaba nuestras velas, y el murmullo de la corriente, el rumor de los árboles y el crujir de la lona se unían en armoniosa cadencia. Clara, presa del dolor durante tanto tiempo, había abandonado en gran medida su tímida reserva y recibía nuestras atenciones agradecida y tierna. Cuando Adrian, con fervor poético, declamaba sobre las gloriosas naciones de los muertos, sobre la tierra hermosa y el destino del hombre, ella se acercaba a él, sigilosa, y se empapaba de sus palabras con mudo placer. Desterrábamos de nuestras conversaciones, y en la medida de lo posible de nuestras mentes, la idea de nuestra desolación. Y al habitante de cualquier ciudad, a quien morara entre una multitud ajetreada, le resultaría increíble constatar hasta qué punto lo lográbamos. Como un hombre confinado en una mazmorra, cuya única rendija de luz, minúscula y cubierta por una reja, oscurece al principio, más si cabe, la escasa claridad, hasta que el ojo se acostumbra a ella y el preso, adaptándose a su escasez, descubre que un mediodía luminoso visita su celda, así nosotros, tríada única sobre la faz de la tierra, nos multiplicábamos unos a otros hasta alcanzar la totalidad. Nos alzábamos como árboles cuyas raíces el viento arranca, pero que se sostienen unos a otros apoyándose y aferrándose con fervor creciente mientras aúllan las tormentas invernales.

 

Así, descendimos flotando por el cauce cada vez más ancho del Po, durmiendo cuando cantaban las cigarras, despiertos cuando asomaban las estrellas. Llegamos a las orillas más estrechas del Brenta, y al amanecer de 6 de septiembre entramos en la Laguna. El astro brillante se alzó lentamente tras las cúpulas y las torres y derramó su luz penetrante sobre las aguas brillantes. En la playa de Fusina se veían góndolas hundidas y otras enteras. Embarcamos en una de ellas rumbo a la hija viuda del océano que, abandonada y caída, se alzaba olvidada sobre sus islotes, oteando las montañas lejanas de Grecia. Remamos despacio por la Laguna y nos adentramos en el Gran Canal. La marea se retiró lentamente de los portales destruidos y los salones violados de Venecia; algas y monstruos marinos quedaron a la vista sobre el mármol ennegrecido, mientras la sal corroía las inigualables obras de arte que adornaban las paredes y las gaviotas levantaban el vuelo desde los alféizares de las ventanas rotas. En medio de la siniestra ruina de todas aquellas obras del poder humano, la naturaleza imponía su influencia y, por contraste, lucía con mayor belleza. Las aguas radiantes apenas temblaban y sus ligeras ondulaciones eran como espejos de mil caras en los que se reflejaba el sol. La inmensidad azul, más allá del Lido, se perdía en la distancia, inalterada por barco alguno, tan tranquila, tan bella, que parecía invitarnos a abandonar una tierra salpicada de ruinas y a guarecernos de la tristeza y el miedo en su plácida extensión.

 

Contemplamos las ruinas de la ciudad desolada desde lo más alto del campanario de San Marcos, con la iglesia a nuestros pies, y volvimos nuestros

 

corazones doloridos hacia el mar que, aunque sea una tumba, no exhibe monumentos ni alberga ruinas. La tarde llegó deprisa. El sol se puso majestuoso y sereno tras los picos brumosos de los Apeninos y sus tonos dorados y rosáceos tiñeron los montes de la otra orilla.

 

-Esa tierra -dijo Adrian-, impregnada de las últimas glorias del día, es Grecia.

 

¡Grecia! Aquella palabra pulsó alguna tecla en el pecho de Clara, que al momento, y con gran vehemencia, nos recordó que le habíamos prometido llevarla de nuevo a Grecia, a la tumba de sus padres. ¿Por qué ir a Roma? ¿Qué íbamos a hacer allí? Podíamos montarnos en cualquiera de los barcos allí varados y poner rumbo a Albania.

 

Yo traté de disuadirla hablándole de los peligros del mar y de la distancia que existía entre Atenas y las montañas que nosotros veíamos, una distancia que, dado el estado silvestre del país, resultaría casi insalvable. Adrian, encantado con la propuesta de Clara, ignoró mis objeciones. La estación era favorable. El viento del noroeste nos llevaría al otro lado del golfo. Y luego tal vez encontráramos, en algún puerto, algún caique griego adaptado para esa clase de navegación; bordearíamos la costa de la Morea y sorteando el istmo de Corinto, sin las grandes fatigas de los viajes por tierra, nos hallaríamos en Atenas. A mí todo aquello me parecía descabellado; pero el mar, que refulgía con mil tonalidades púrpuras, parecía brillante y seguro. Mis amados compañeros estaban tan decididos, tan entusiasmados, que cuando Adrian dijo: «Bien, aunque no es exactamente lo que deseas, consiente para complacerme», no pude seguir negándome. Esa misma noche escogimos una embarcación que por su tamaño nos pareció adecuada para la travesía. Plegamos las velas y verificamos el estado de las jarcias. Esa noche dormimos en uno de los mil palacios de la ciudad, decididos a embarcar al alba.

 

Cuando las brisas que no mecen su serena superficie barren el mar azul, la tierra no amo más; sonrisas de las aguas serenas y tranquilas

 

mi mente inquieta tientan.

 

Eso dijo Adrian, citando una traducción de Mosco, cuando, con las primeras luces del día, remamos por la Laguna, dejamos atrás el Lido y llegamos a mar abierto. A continuación yo añadí:

 

Pero cuando en el abismo gris del océano

 

el rugido resuena

 

y la espuma se eleva sobre el mar, y grandes olas rompen.

 

Pero mis amigos declararon que aquellos versos eran un mal augurio. Y así, con buen ánimo, abandonamos las aguas poco profundas y, ya en alta mar, desplegamos e izamos las velas para impulsarnos con los vientos propicios. El aire risueño de la mañana las hinchaba mientras el sol bañaba tierra, cielo y mar; las plácidas olas se separaban al encuentro de la quilla y murmuraban su bienvenida. A medida que la tierra se alejaba, el mar azul, casi sin olas, hermano gemelo del Empíreo, facilitaba el gobierno de nuestra barca. Nuestras mentes, contagiadas de la tranquilidad balsámica del aire y las aguas, se imbuían de serenidad. Comparada con el océano impoluto, la tierra lúgubre parecía un sepulcro, sus altos acantilados e imponentes montañas monumentos, sus árboles los penachos de algún coche fúnebre, los arroyos y los ríos, portadores de las lágrimas vertidas por los muertos. Adiós a las ciudades desoladas, a los campos con su silvestre alternancia de maíz y malas hierbas, a las reliquias de nuestra especie extinguida, que no dejan de multiplicarse. Océano, a ti nos encomendamos. Aunque el patriarca antiguo flotara sobre el mundo anegado, permite que nos salvemos, ahora que nos entregamos a la inundación perenne.

 

Adrian iba al timón. Yo me ocupaba de los aparejos. La brisa, de popa, hinchaba las velas y surcábamos veloces el mar sereno. A mediodía el viento encalmó. Su escaso fuelle nos permitía apenas mantener el rumbo. Como marineros perezosos, gozando del buen tiempo, sin importarnos el tiempo, conversábamos alegremente sobre nuestro trayecto costero que nos llevaba a Atenas. Estableceríamos nuestro hogar en una de las Cícladas, y allí, entre campos de mirtos, en una eterna primavera dulcificada por saludables brisas marinas, viviríamos muchos años en unión beatífica. ¿Existía la muerte en el mundo?

 

El sol alcanzó su cenit y descendió por el inmaculado suelo de los cielos. Tumbado en la barca, de cara al sol, creía ver en su blanco azulado unas franjas de mármol, tan leves, tan inmateriales, que ahora me decía: «ahí están», y luego: «son imaginaciones mías». Un temor repentino se apoderó de mí mientras observaba, e incorporándome y corriendo hacia la proa -de pie, el cabello algo levantado sobre la frente-, una línea oscura de olas apareció por el este y se aproximó velozmente hacia nosotros. Mi advertencia asombrada a Adrian fue seguida de un ondear de velas, pues el viento que las azotaba era adverso, y la barca cabeceó. La tormenta, rápida como el habla, se situó al instante sobre nuestras cabezas, el sol enrojeció, el mar oscuro se cubrió de espuma y la barca empezó a subir y bajar a merced de unas olas cada vez mayores.

 

Contémplanos ahora en nuestra frágil morada, rodeados de un oleaje hambriento y rugiente, abofeteados por los vientos. Por el este, dos inmensos nubarrones negros que avanzaban en direcciones opuestas se encontraron.

 

Saltó el rayo, seguido del murmullo del trueno. Al sur las nubes respondieron y el garabato de fuego que, dividiéndose, recorría el cielo negro, nos mostró las pavorosas montañas de cúmulos, alcanzados ya, y exterminados, por las inmensas olas. ¡Santo Dios! Y nosotros solos, nosotros tres, solos, solos, únicos habitantes del mar y de la tierra, nosotros tres íbamos a perecer. El vasto universo, su miríada de mundos y las llanuras de tierra ilimitada que habíamos abandonado -la extensión de mar abierto que nos rodeaba- se empequeñecían ante mi vista; ello y todo lo que contenía se reducía a un solo punto, a la barca tambaleante, cargada de gloriosa humanidad.

 

La desesperación surcó el rostro amoroso de Adrian, que con los dientes apretados murmuró:

 

-Aun así se salvarán. -Clara, presa de un terror muy humano, pálida y temblorosa, se acercó a él como pudo, y Adrian le dedicó una sonrisa de aliento-. ¿Tienes miedo, niña? No lo tengas, que muy pronto llegaremos a puerto.

 

La oscuridad me impedía ver el cambio en su semblante, pero pronunció su respuesta con voz clara y dulce.

 

-¿Por qué habría de tenerlo? Ni el mar ni las tormentas pueden vencernos si el destino poderoso, o quien gobierna el destino, no lo permite. Además el punzante temor a sobrevivir a cualquiera de los dos no tiene aquí sentido, pues será una única muerte la que nos lleve a los tres a un tiempo.

 

Arriamos las velas, salvamos un foque y en cuanto pudimos variamos el rumbo e, impulsados por el viento, nos dirigimos a la costa italiana. La noche negra lo confundía todo y apenas discerníamos las crestas de las olas asesinas, excepto cuando los relámpagos creaban un breve mediodía y se bebían la tiniebla, mostrándonos el peligro que nos acechaba, antes de devolvernos a una oscuridad duplicada. Ninguno de los tres hablaba, salvo cuando Adrian, al timón, nos transmitía alguna palabra de ánimo. Nuestra pequeña cáscara de nuez obedecía sus órdenes con precisión milagrosa y avanzaba sobre las olas como si, hija del mar, su airada madre protegiera a su criatura, que se encontraba en peligro.

 

Yo iba sentado en la proa, observando nuestro avance, cuando súbitamente oí que las olas rompían con furia redoblada. Sin duda nos hallábamos cerca de la costa. En el instante mismo en que gritaba: «¡Por allí!», el resplandor de un relámpago prolongado llenó el cielo y nos mostró durante unos instantes la playa plana que se extendía ante nosotros, la arena fina e incluso los cañaverales bajos y salpicados de agua salada que crecían donde no alcanzaba la marea. La negrura regresó al momento y suspiramos con el mismo alivio de quien, mientras fragmentos de roca volcánica oscurecen el aire, ve una gran lengua surcando la tierra, muy cerca de sus pies. No sabíamos qué hacer, las

 

olas, aquí y allá, por todas partes, nos rodeaban, rugían y rodaban, nos salpicaban el rostro. Con considerable dificultad, exponiéndonos a un gran peligro, finalmente logramos alterar nuestro curso y quedamos encarados hacia la orilla. Advertí a mis compañeros de que se prepararan para el naufragio de nuestro pequeño caique y les insté a que se agarraran a algún remo o palo lo bastante grande como para mantenerlos a flote. Yo era un excelente nadador; la mera visión del mar solía provocarme las sensaciones que experimenta un cazador cuando oye el griterío de una jauría de perros; adoraba sentir las olas envolviéndome, tratando de revolcarme mientras yo, señor de mí mismo, me movía hacia un lado o hacia el otro a pesar de sus coléricos embates. También Adrian sabía nadar, pero su debilidad física le impedía disfrutar del ejercicio o mejorar con la práctica. Mas, ¿qué resistencia podía oponer el nadador más fuerte a la exagerada violencia de un océano que exhibía toda su furia? Mis esfuerzos para prevenir a mis compañeros se revelaron casi del todo inútiles, pues el rugido de las olas no nos permitía oírnos, y éstas, al pasar constantemente sobre el casco, me obligaban a dedicar todas mis energías a achicar agua a medida que iba entrando. La oscuridad, densa, palpable, impenetrable, nos rodeaba, alterada sólo por los relámpagos. En ocasiones unos rayos rojos, fieros, se zambullían en el mar, y a intervalos, de las nubes se descolgaban grandes mangas que agitaban unas olas que se alzaban para recibirlas. Mientras, la galerna impulsaba las nubes, que se confundían con la mezcla caótica de cielo y océano. El casco empezaba a romperse, nuestra única vela estaba hecha harapos, rota por la fuerza del viento. Habíamos cortado el mástil y tirado por la borda del caique todo lo que éste contenía. Clara me ayudaba a achicar agua y en un momento en que se volvió para contemplar el relámpago, vi, en el resplandor momentáneo, que en ella la resignación había vencido sobre el miedo. En las circunstancias más extremas existe en nosotros un poder que asiste a las mentes por lo general débiles y nos permite soportar las torturas más crueles con una presencia de ánimo que en nuestras horas felices no habríamos imaginado siquiera. Una calma, más aterradora aún que la tempestad, se apoderaba de los latidos de mi corazón, una calma que era como la del tahúr, la del suicida, la del asesino, cuando el último dado está a punto de lanzarse, cuando se lleva la copa envenenada a los labios, cuando se dispone a asestar el golpe mortal.

 

Así pasaron horas, horas que habrían cincelado surcos de vejez en rostros imberbes, que habrían cubierto de nieve el cabello sedoso de la infancia; horas en que, mientras duraban los caóticos rugidos, mientras cada ráfaga de viento era más temible que la anterior, nuestra barca colgaba de lo alto de las olas antes de desplomarse en sus abismos, y temblaba y giraba entre precipicios de agua que parecían cerrarse sobre nuestras cabezas. Por unos instantes el temporal cesó. El viento, que como un avezado atleta se había detenido antes de dar el gran salto, se abalanzó con furia sobre el mar, entre rugidos, y las

 

olas golpearon nuestra popa. Adrian gritó que el timón se había roto.

 

-¡Estamos perdidos! -exclamó Clara-. ¡Salvaos vosotros! ¡Oh, salvaos vosotros! -Otro relámpago me mostró a la pobre niña medio enterrada en el agua, al fondo de la barca. Mientras se hundía, Adrian la levantó y la sostuvo en sus brazos. Nos habíamos quedado sin timón y avanzábamos con la proa muy levantada, al encuentro de las inmensas olas que se alzaban ante nosotros, y que al romper inundaban nuestro pequeño caique. Oí un grito, un grito que decía que nos hundíamos, y que pronuncié yo. Me hallé en el agua. La oscuridad era total. Cuando el resplandor de la tempestad nos iluminó, vi la quilla de nuestro bote, volcado del revés, que se acercaba a mí. Me aferré a ella con dedos y con uñas mientras, aprovechando los intervalos de luz, trataba desesperadamente de distinguir a mis compañeros. Creí ver a Adrian a escasa distancia de donde me encontraba, sujeto a un remo. Me solté del casco y, sacando de donde no había una energía sobrehumana, me arrojé a las aguas, tratando de llegar a él. Al no lograrlo, el apego instintivo a la vida me alentó, así como un sentimiento de contienda, como si una voluntad hostil combatiera con la mía. Me impuse al oleaje, que lo apartaba de mí, como hubiera hecho con las fauces y las zarpas de un león a punto de devorar mi pecho. Cuando una ola me tumbaba, me alzaba contra la siguiente y sentía que una especie de orgullo amargo se apoderaba de mí.

 

La tormenta nos había llevado cerca de la costa y nos había mantenido en todo momento en sus proximidades. El resplandor de cada relámpago me permitía ver su perfil recortado. Sin embargo mi avance era minúsculo, pues las olas, al retirarse, me arrastraban hacia los abismos lejanos del océano. En un momento creía rozar la arena con el pie y al momento siguiente volvía a hallarme en aguas profundas. Mis brazos empezaban a flaquear, me faltaba el aire y mil y un pensamientos desbocados y delirantes pasaban por mi mente. Por lo que ahora recuerdo de ellos, el sentimiento dominante era: «qué dulce sería apoyar la cabeza en la tierra serena, donde las olas no siguieran golpeando mi cuerpo frágil, donde el rugido del mar no penetrara en mis oídos». Para alcanzar ese reposo -no para salvar la vida- realicé un último esfuerzo y la orilla se presentó accesible ante mí. Me levanté, volví a ser revolcado por las olas y el saliente de una roca, permitiéndome un punto de apoyo, me concedió un respiro. Entonces, aprovechando el reflujo de las olas, me adelanté hasta llegar corriendo a la arena seca y caí inconsciente sobre los juncos húmedos que la salpicaban.

 

Debí de permanecer largo tiempo privado de vida pues cuando, con gran sensación de aturdimiento, abrí los ojos, me recibió la luz de la mañana. Un gran cambio se había operado entre tanto: el amanecer gris teñía las nubes pasajeras, que avanzaban rasgándose a intervalos y mostrando vastas lagunas de un cielo azul purísimo. Por el este se alzaba un creciente arroyo de luz, tras

 

las olas del Adriático, que cambiaba el gris por un tono rosáceo y más tarde inundó cielo y mar con etéreos dorados.

 

Tras mi desvanecimiento siguió una especie de estupor. Mis sentidos vivían, pero había perdido la memoria. Con todo, aquel bendito alivio fue breve -una serpiente reptaba hacia mí para devolverme a la vida con su mordedura-, y con la primera emoción retrospectiva me sobresalté, pero mis miembros se negaron a obedecerme. Me temblaban las piernas y mis músculos habían perdido toda su fuerza. Seguía creyendo que podría encontrar a uno de mis amados compañeros, arrojado, como yo, sobre la playa, medio muerto pero vivo. Me esforzaba al máximo para devolver a mi cuerpo el uso de sus funciones animales. Me retorcí el pelo para escurrir el agua y el salitre y los rayos del sol naciente no tardaron de visitarme con su calor benévolo. Con el restablecimiento de mis poderes corporales, mi mente cobró cierta conciencia del universo de desgracia que a partir de ese momento sería su morada. Corrí hasta la orilla y grité los nombres de mis amigos. El océano se tragó mi voz débil y me respondió con su rugido despiadado. Me subí a un árbol cercano; todo lo que veía era la playa lisa flanqueada por los pinos y un mar circundado de horizonte. En vano amplié mi búsqueda por toda la playa. El mástil que habíamos desarbolado y echado por la borda estaba en la orilla con cabos enredados y los restos de la vela; era la única reliquia que la tierra había recibido de nuestro naufragio. En ocasiones permanecía inmóvil y me retorcía las manos. Acusaba a la tierra y al cielo, al mecanismo universal y al Todopoderoso que tan mal lo manejaba. Volví a arrojarme sobre la arena y entonces el viento, ululante, imitando un grito humano, me confundió y me devolvió una esperanza falaz y amarga. De haber contado con el menor pedazo de madera, con la más minúscula de las canoas, tengo por seguro que habría recorrido las salvajes llanuras del océano en pos de los amados restos de los seres que había perdido y, aferrándome a ellos, me habría adentrado en su sepulcro.

 

Así pasé todo el día. Cada momento contenía una eternidad, aunque cuando todas sus horas hubieron transcurrido me asombré de que el tiempo pasara tan velozmente. Y sin embargo ni siquiera entonces había bebido toda la poción amarga. Aún no estaba convencido de mi pérdida. Todavía no sentía en todos mis latidos, en todos mis nervios, en todos mis pensamientos, que era el único superviviente de mi raza, que era el último hombre.

 

Las nubes regresaron al atardecer y apenas se puso el sol empezó a lloviznar. Me pareció que incluso los cielos eternos lloraban mi desdicha. ¿Podía ser entonces motivo de vergüenza que un hombre mortal derramara lágrimas? Recordé las fábulas antiguas en que los seres humanos, con su llanto, se convertían en fuentes de caudal constante. ¡Ah! ¡Si así pudiera ser! Mi destino, entonces, se asemejaría en algo a la muerte húmeda de Adrian y

 

Clara. La pena es fantástica, pues teje una tela en que trazar la historia de su desgracia a partir de todas las formas que nos rodean, de todos los cambios que presenciamos; se introduce en todos los objetos de la naturaleza viva y halla sustento en todo. Como la luz, todo lo baña, y como la luz, a todo transmite sus colores.

 

En mi búsqueda había llegado a un lugar algo más alejado, donde se alzaba una torre de vigía de las que, a intervalos, salpican la costa italiana. Me alegré de hallar refugio, de encontrarme con el producto de una obra humana, tras tanto tiempo rodeado de aquella temible aridez natural. De modo que entré y ascendí por la tosca escalera de caracol que conducía a la estancia del vigía. El destino, en principio, se mostró amable conmigo al no enfrentarme a ningún resto de sus anteriores habitantes. Unos tablones colocados sobre caballetes de hierro, y sobre ellos hojas secas de maíz, constituían el lecho que se me ofrecía. Y un cajón abierto en el que se conservaban unas pocas galletas mohosas me despertó el apetito, que tal vez ya tuviera antes, pero del que, hasta ese momento, no había sido consciente. También me atormentaba la sed, violenta, seca, consecuencia de toda el agua de mar que había tragado y de mi cansancio. La naturaleza, amable, había dispuesto que la satisfacción de aquellas necesidades causara placer, de modo que incluso yo me sentí refrescado y saciado al comer aquel triste alimento y al beber algo del vino agrio que llenaba una botella olvidada en aquel lugar abandonado. Luego me tendí sobre el camastro, cómodo para alguien que acababa de sobrevivir a un naufragio. El intenso aroma a tierra y hojas secas fue como un bálsamo para mis sentidos tras el hedor de las algas. Olvidé mi soledad. No miraba hacia atrás ni hacia delante; el cansancio entumecía mis sentidos. Me dormí y soñé con hermosos paisajes de interior, con segadores, con un pastor que silbaba a su perro para pedirle ayuda, pues debía meter el rebaño en el corral; soñé con imágenes y sonidos característicos de la vida montañesa de mi infancia que creía olvidados.

 

Desperté sumido en un dolor agónico, pues imaginaba que el océano, desatado, arrastraba en su avance los continentes fijos, las montañas ancladas, y que junto con ellos se llevaba los arroyos que amaba, los bosques y los rebaños. Rugía colérico con el estruendo continuo que había acompañado al último naufragio de la humanidad. Gradualmente recobré los sentidos. Las paredes se alzaban a mi alrededor y la lluvia golpeaba el ventanuco. Qué lúgubre resulta emerger del olvido del sueño y recibir por todo saludo el lamento mudo del propio corazón desolado, regresar de la tierra de los sueños engañosos y llegar al conocimiento indudable de un desastre inalterado. Así me sucedía a mí en ese instante y así me sucedería siempre. Tal vez la punzada de otros pesares se limara con el tiempo y tal vez incluso los míos remitieran durante el día, ante algún placer inspirado por la imaginación o los sentidos. Pero ya nunca contemplaría la primera luz del día sin llevarme la mano a un

 

corazón desbocado, a un alma anegada por la marea incesante de la desgracia y la desesperación. Ahora despertaba por vez primera al mundo muerto - despertaba solo- y el lamento fúnebre del mar, oído entre la lluvia, me recordaba la ruina en que me había convertido. El sonido me llegaba como un reproche, como el aguijonazo de un remordimiento que se me clavara en el alma. Ahogué un grito. Las venas y los músculos de la garganta se me hincharon, asfixiándome. Me tapé los oídos con dos dedos y enterré la cabeza entre las hojas secas del camastro. Hubiera llegado al centro de la tierra para dejar de oír aquel lamento odioso.

 

Pero debía entregarme a otra tarea. Volví a visitar la detestada playa, volví a otear en vano el horizonte, volví a gritar unos nombres a los que nadie respondió, con una voz que era la única que ya rasgaría el aire mudo con sílabas humanas.

 

¡Qué ser desconsolado, infeliz y digno de compasión era yo! Mi aspecto y mi atuendo revelaban la historia de mi desolación. El pelo enredado y sucio, los miembros manchados de salitre. Cuando me arrojé al mar, durante el naufragio, me despojé de todas las ropas que me dificultaban el avance, y la lluvia empapaba las finas telas veraniegas que ahora me cubrían. Iba descalzo, los juncos y las conchas rotas se me clavaban en los pies mientras iba de un lado a otro, ahora acercándome a una roca lejana que, rodeada por la arena, adoptaba transitoriamente una apariencia engañosa, luego reprochando al mar asesino su crueldad ilimitada con los ojos encendidos.

 

Durante un momento me comparé a ese monarca de la desolación, Robinson Crusoe. Los dos habíamos sido arrojados a la soledad; él en las costas de una isla desierta, yo en las de un mundo despoblado. Yo era rico en los llamados bienes de la vida. Si me alejaba de aquel escenario inmediato, más desértico, y dirigía mis pasos a cualquiera de las muchísimas ciudades que llenaban la tierra, podía apoderarme de sus riquezas, almacenadas para mi comodidad: ropas, alimentos, libros y moradas dignas de los príncipes de otros tiempos. Podía elegir el clima que mejor me conviniera, mientras que él se veía obligado a esforzarse para cubrir sus necesidades básicas y vivía en una isla tropical, contra cuyos calores y tormentas apenas lograba guarecerse. Viendo así las cosas, ¿quién no habría preferido los placeres sibaríticos que yo podía procurarme, la holganza filosófica, los amplios recursos intelectuales, a su vida de trabajos y peligros? Y sin embargo Robinson Crusoe era mucho más feliz que yo, pues él mantenía la esperanza, y no esperaba en vano: el barco salvador llegó al fin para llevarlo de vuelta a sus paisanos, a sus iguales, allí donde los pormenores de su soledad se convirtieron en relato que contar al calor del hogar. Yo, en cambio, no podría contar jamás a nadie la historia de mi adversidad. Para mí no existía la esperanza. Él sabía que al otro lado del mar que rodeaba su isla solitaria vivían miles de personas a quienes alumbraba

 

el mismo sol que lo alumbraba a él. Bajo el sol del meridiano, bajo la luna cambiante, yo era el único ser de rasgos humanos. Sólo yo podía articular pensamientos, y cuando dormía, ni el día ni la noche eran contemplados por nadie. Él había escapado de sus compañeros y contempló con temor la aparición de una huella humana. Yo me hubiera arrodillado para verla mejor y la hubiera venerado. El cruel y salvaje caribe, el despiadado caníbal o, peor que ellos, el tosco, bruto y entregado practicante de los vicios de la civilización me habrían parecido compañeros ideales, tesoros preciados, pues su naturaleza sería igual a la mía, su forma habría sido forjada en el mismo molde; sangre humana correría por sus venas y una simpatía mutua nos uniría para siempre. Es imposible que no haya de contemplar nunca más a otro ser humano. ¡Nunca! ¡Nunca! Por más años que transcurran. ¿Despertaré y no hablaré con nadie? ¿Pasarán interminables las horas y mi alma aislada en el mundo será un punto solitario rodeado de vacío? ¿Un día sucederá a otro día de ese modo? ¡No! ¡No! Un Dios gobierna el mundo, la providencia no ha cambiado su cetro de oro por el aguijón de un áspid. ¡Lejos! ¡Lejos de esta tumba marina, partiré de este rincón desolado, cerrado a todo acceso por su propia desolación! Caminaré de nuevo por las calles empedradas, cruzaré los umbrales de las moradas de los hombres y esta idea me parecerá sin duda una horrible visión, un sueño demencial pero evanescente.

 

Llegué a Ravena (la ciudad más próxima a la playa a la que había sido arrojado por el mar) antes de que el segundo sol se hubiera puesto sobre el mundo vacío. Vi muchas criaturas vivientes: bueyes, caballos, perros, pero a ningún hombre entre ellas. Entré en una casa. Estaba deshabitada. Subí la escalinata de mármol de un palacio y hallé a los murciélagos y los búhos habitando en sus cortinajes. Avanzaba sin hacer ruido para no despertar a la ciudad dormida. Regañé a un perro que con sus ladridos alteraba la paz sagrada. No creía que todo era lo que parecía: el mundo no estaba muerto, era yo, que había enloquecido. Estaba ciego y sordo y había perdido el sentido del tacto. Actuaba bajo los efectos de un encantamiento que me permitía contemplar todas las visiones de la tierra excepto a sus habitantes humanos, que no obstante seguían con sus acciones cotidianas. Todas las casas tenían dueño, pero yo no los veía. Si hubiera podido persuadirme de algo así, me habrá sentido mucho más conformado. Pero mi cerebro, tenaz en sus razonamientos, se negaba a entregarse a tales imaginaciones, y aunque trataba de representarme a mí mismo esa farsa, sabía que yo, vástago del hombre, durante muchos años uno más entre muchos, me había convertido en el único superviviente de mi especie. El sol se ocultaba tras las colinas de poniente. No había probado alimento desde la noche anterior, pero aunque débil y cansado despreciaba la comida y seguía caminando por las calles solitarias porque todavía quedaba algo de luz. La noche llegó y unió a todas las criaturas vivientes, menos a mí, con otras de su especie. El único alivio a mi agonía lo

 

hallaba en el sacrificio: de los mil lechos disponibles, no escogí el lujo de ninguno de ellos y me eché en el suelo; un frío peldaño de mármol me sirvió de almohada. Llegó la medianoche y sólo entonces mis fatigados párpados, al cerrarse, me privaron de la visión de las estrellas titilantes y de su reflejo en el pavimento. Así pasé la segunda noche de mi desolación.

 

 

 

 

CAPÍTULO X

 

 

Desperté por la mañana, cuando en los pisos más altos de las casas nobles las ventanas recibían los primeros rayos del sol. Los pájaros cantaban apoyados en alféizares y dinteles. Desperté, y mi primer pensamiento fue: «Adrian y Clara están muertos». Ya no me darán los buenos días ni pasaré la larga jornada en su compañía. Jamás volveré a verlos. El mar me los ha robado, les ha arrancado del pecho los corazones amorosos y ha entregado a la corrupción aquello que yo adoraba más que la luz, la vida, la esperanza.

 

Yo era un muchacho, un pastor analfabeto cuando Adrian se dignó a concederme su amistad. Los mejores años de mi vida los pasé junto a él. Todo lo que poseí de los bienes del mundo, de la felicidad, del conocimiento y la virtud, se lo debía a él. Con su persona, su inteligencia y sus cualidades únicas había proporcionado gloria a mi existencia, una gloria que sin él jamás habría conocido. Más que nadie, él me enseñó que la bondad, pura y simple, puede ser un atributo del hombre. Los ángeles deberían haberse congregado para contemplarlo guiar, gobernar y consolar durante los últimos días de la raza humana.

 

También había perdido a mi adorada Clara, última de las hijas del hombre, que había mostrado todas las virtudes femeninas y juveniles que poetas, pintores y escultores han tratado de plasmar en sus distintos lenguajes. Y sin embargo, por ella misma, ¿podía lamentar acaso que con su muerte prematura hubiera evitado el advenimiento cierto de más desgracias? Ella era pura de alma y todos sus empeños eran sagrados. Pero su corazón era trono del amor, y la sensibilidad que su bello rostro expresaba era heraldo de muchas tristezas, no menos profundas y espantosas porque ella las hubiera ocultado siempre.

 

Aquellos dos seres de maravillosos dones se habían librado del desastre universal del último año de soledad y habían sido mis compañeros. Mientras vivieron conmigo sentí todo su valor. Era consciente de que todos los demás sentimientos, el reproche, la pasión, se habían fundido gradualmente en un anhelo, una añoranza creciente por ellos. No había olvidado a la dulce compañera de mi juventud, madre de mis hijos, a mi adorada Idris; pero al menos, en su hermano veía revivir parte de su espíritu; y después, cuando la

 

muerte de Evelyn me privó del recuerdo más preciado que de ella tenía, convertí a la persona de Adrian en un santuario dedicado a la memoria de mi amada, tratando de fundir las dos ideas. Sondeo las profundidades de mi corazón e intento en vano recordar las expresiones que puedan definir mi amor por aquellos dos restos de mi raza. Si el lamento y la pena me acechaban, como sucedía a veces en nuestro estado solitario e incierto, los tonos claros de la voz de Adrian y su mirada ferviente disipaban mi tristeza. O me alegraba sin saberlo al ser testigo de la serenidad y la dulce resignación expresadas en la frente despejada de Clara. Lo eran todo para mí: los soles de mi alma tenebrosa, el reposo de mi cansancio, el sueño reparador contra mi triste insomnio. Precaria, pálidamente, con palabras torpes, desnudas y débiles he expresado los sentimientos con que me aferraba a ellos. Me hubiera enroscado a ellos como una hiedra para que el mismo golpe nos abatiera a la vez. Habría penetrado en ellos, habría sido parte de ellos, para que

 

si la anodina sustancia de mi carne fuera pensamiento,

 

incluso así los habría acompañado yo hasta su nueva e inefable morada.

 

No volveré a verlos nunca. Me falta su conversación, no puedo verlos. Soy un árbol abatido por el rayo; la corteza jamás se cubrirá de fibras desnudas, y su vida temblorosa, rasgada por los vientos, no recibirá jamás el bálsamo de un solo momento de calma. Estoy solo en el mundo, pero esta expresión está menos preñada de miseria que esta otra: Adrian y Clara están muertos.

 

El vaivén de estas ideas y sentimientos sube y baja eternamente, sin cambio ninguno, aunque las orillas y las formas que me rodean y que gobiernan su curso, y los reflejos en las olas, sí varíen. Así, la sensación de pérdida inmediata decayó algo con el tiempo, mientras que la soledad absoluta e irremediable creció en mí con el paso de los días. Llevaba ya tres recorriendo Ravena, pensando sólo en mis seres amados, que dormían en las cuevas del océano o en el espacio en blanco que se extendía ante mí. Temblaba cada vez que debía dar un paso y me marchitaba ante cada cambio que marcaba el avance de las horas.

 

Tres días pasé recorriendo de un lado a otro la ciudad melancólica. Dedicaba horas enteras a ir de casa en casa, escuchando con atención por si detectaba alguna señal de existencia humana. En ocasiones llamaba a una campana, que resonaba en los salones abovedados. El silencio siempre sucedía a su tañido. Me consideraba a mí mismo desesperado, pero seguía albergando alguna esperanza y, por tanto, la decepción se colaba al cabo del tiempo y hundía de nuevo el acero frío y afilado que me había desgarrado antes en la herida abierta y dolorosa. Me alimentaba como una bestia salvaje que busca comida sólo cuando un hambre atroz la asalta. No me cambié de ropas ni busqué el refugio de un techo durante esos días, en los que me vi poseído por

 

calores ardientes, irritación nerviosa, un flujo incesante pero confuso de ideas, noches en blanco y días imbuidos de enfermiza agitación.

 

A medida que la fiebre se apoderaba de mi sangre me asaltaba el deseo irreprimible de caminar. Recuerdo que el sol se había puesto ya tras el quinto día de mi naufragio cuando, sin propósito ni destino, abandoné la ciudad de Ravena. Debía de hallarme muy enfermo. De haberme poseído más o menos delirios, tal vez ésa habría sido mi última noche, porque mientras seguía andando por las orillas del Mantone, cuyo curso ascendente yo seguía, observaba con anhelo el caudal del agua, pensando que sus ondas cristalinas podrían aliviar mis penas para siempre. No entendía que me hubiera demorado tanto en buscar en ellas protección contra las flechas envenenadas del pensamiento, que me desgarraban una y otra vez. Caminé sin detenerme gran parte de la noche, hasta que el cansancio excesivo venció mi repugnancia a entrar en los aposentos deshabitados de los de mi especie. La luna menguante, que acababa de salir, me mostró una casa de campo, cuya entrada pulcra y jardín bien cuidado me recordaron los de mi Inglaterra natal. Descorrí el cerrojo de la puerta y entré. Lo primero que encontré fue la cocina, donde guiado por los rayos de la luna, encontré los utensilios necesarios para encender una luz. Junto a la cocina había un dormitorio. La cama cubierta con sábanas de blancura nívea, la madera apilada en el hogar y la mesa dispuesta como si estuviera a punto de tener lugar una cena, casi me llevaron a creer que allí había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando: un superviviente, un compañero de soledades, un solaz a mi desesperación. Pero me resistí al engaño. El aposento en sí mismo estaba vacío, y me repetí que recorrer e inspeccionar el resto de la casa era sólo un acto de prudencia. Imaginaba que yo mismo era una prueba contra tal expectativa, pero de todos modos mi corazón latía con fuerza cada vez que acercaba la mano a un tirador, y se encogía de nuevo cuando hallaba las estancias vacías. Oscuras y silenciosas, eran como criptas. De modo que regresé a la primera cámara, preguntándome qué fantasma invisible lo habría dispuesto todo para mi cena y mi reposo. Acerqué la silla a la mesa y examiné las viandas que me disponía a comer. En realidad se trataba de un festín de la muerte. El pan se veía azul y mohoso, el queso se había convertido en un montículo de serrín. No me atreví a examinar el resto de los platos. Una tropa de hormigas avanzaba en formación doble sobre el mantel. Los utensilios estaban cubiertos por una pátina de polvo, con telarañas en las que colgaban miríadas de insectos muertos. Todos esos objetos demostraban lo falaz de mis expectativas. Las lágrimas asomaron a mis ojos. Sin duda esa era una muestra caprichosa del poder destructor. ¿Qué había hecho yo para que todos mis nervios sensibles fueran a diseccionarse de ese modo? sin embargo, ¿por qué quejarme más que antes? Esa casa vacía no mostraba ninguna desgracia nueva: el mundo estaba vacío. La humanidad estaba muerta, lo sabía bien; ¿por qué luchar entonces con una verdad sabida y

 

rancia? Con todo, como he dicho, en el corazón mismo de mi desesperación había albergado esperanzas, de modo que toda nueva impresión de la realidad descarna-da atacaba mi alma con un nuevo zarpazo, recitándome una lección aún no estudiada, y ni el cambio de lugar o de tiempo bastaba para aliviar mi tristeza. Así, lo mismo que entonces, debería seguir yendo de un lugar a otro, día tras día, mes tras mes, año tras año, mientras viviera. Apenas me atrevía a imaginar durante cuánto tiempo más seguiría existiendo. Cierto era que ya no me encontraba en la primera flor de la vida, pero tampoco llevaba mucho tiempo descendiendo por el valle de los años. Se decía que mi edad era la mejor de la vida: acababa de cumplir los treinta y siete. Mis miembros se encontraban en tan buena forma, mis articulaciones tan engrasadas como cuando trabajaba de pastor en las colinas de Cumbria. Con esas ventajas me disponía a iniciar la marcha por el camino solitario de la vida. Aquellas eran las reflexiones que se colaron de noche en mi sueño.

 

La comodidad de mi refugio de esa noche, así como el mayor reposo que logré, me devolvieron a la mañana siguiente más salud y resistencia de la que había acumulado desde el naufragio fatal. En las despensas que en mi búsqueda de la noche anterior había recorrido hallé bastantes uvas pasas, que me refrescaron al empezar el día, mientras abandonaba mi alojamiento y avanzaba hacia la ciudad que había divisado a poca distancia. Por lo que suponía, debía de tratarse de Forli. Accedí con gusto a sus calles amplias y cubiertas de hierba. Todo, cierto es, mostraba un exceso de desolación, pero me gustaba encontrarme en aquellos lugares que habían sido morada de mis congéneres. Adoraba atravesar calle tras calle, contemplar las altas casas y repetirme a mí mismo que en otro tiempo albergaron a seres parecidos a mí. Yo no había sido siempre el infeliz que ahora soy. La amplia plaza de Forli, la arcada que la circundaba, su aspecto ligero y agradable me animaron. Me alegraba pensar que si la tierra volvía a poblarse, nosotros, la raza perdida, gracias a los vestigios conservados demostraríamos a los recién llegados que nuestros poderes no habían sido pocos.

 

Entré en uno de los palacios y abrí la puerta de una sala magnífica. La sorpresa se apoderó de mí al instante. Volví a mirar con asombro renovado. ¿Qué salvaje indómito y descuidado se hallaba frente a mí?

 

Pero la sorpresa fue momentánea. Percibí que era yo mismo, que me miraba desde un gran espejo situado al fondo del salón. No era raro que el amante de la principesca Idris no se reconociera a sí mismo en el triste objeto allí proyectado. Mis ropas desgarradas eran las mismas con las que había caído al agua, con las que había nadado por el mar tempestuoso. Largos mechones de pelo enredado caían sobre mi frente y mis ojos oscuros, ahora hundidos y desorientados, brillaban bajo las cejas. La ictericia que por efecto de la desgracia y el abandono blanqueaba mis mejillas, impregnaba mi piel,

 

medio oculta por una barba de varios días.

 

¿Por qué cambiar de aspecto?, pensaba yo. El mundo está muerto, y este atuendo escuálido es mejor luto que los excesos de un traje negro. Creo que así habría seguido si la esperanza, sin la que creo que el hombre no es capaz de existir, no me hubiera susurrado que con ese aspecto sería un objeto de temor y aversión para el ser que, a pesar de saber que no existía, esperaba en el fondo que se encontrara conmigo. ¿Se burlarán mis lectores de la vanidad que me llevó a vestirme con cierto decoro pensando en aquel ser imaginario? ¿O perdonarán los delirios de una imaginación medio enloquecida? A mí no me cuesta disculparme: la esperanza, por vaga que fuera, me resultaba extraordinariamente necesaria, y los sentimientos placenteros se habían convertido en bienes tan escasos, que me entregaba sin dudarlo a toda idea que me los procurara o que prometiera el regreso de la esperanza a mi doliente corazón.

 

Tras ocuparme de ello recorrí todas las calles y rincones de Forli. Aquellas ciudades italianas presentaban un aspecto de desolación mayor que las de Inglaterra y Francia. La peste había aparecido en ellas antes y en ellas había culminado su misión y su obra mucho antes que en las nuestras. Tal vez el verano anterior ya no hubiera conocido a ningún ser humano con vida en el espacio incluido entre las costas de Calabria y los Alpes, al norte. Mi búsqueda fue del todo infructuosa, y sin embargo no desistí. Creía que la razón estaba de mi parte y no debía ignorar ninguna posibilidad de que en alguna parte de Italia existiera algún superviviente como yo, en aquella Tierra baldía y despoblada. Mientras así vagaba por la ciudad vacía fui pergeñando un plan para mis operaciones futuras. Proseguiría viaje hasta Roma. Tras asegurarme, mediante una búsqueda exhaustiva, de que no dejaba atrás seres humanos en las ciudades por las que pasara, en todas ellas, en algún lugar visible, escribiría con pintura blanca y en tres idiomas: «Verney, el último de la raza inglesa, habita en Roma».

 

Para llevar a cabo mi plan entré en el taller de un pintor y me procuré pintura. Resulta curioso que una ocupación tan trivial me hubiera consolado hasta el punto de animarme. Pero la pena dota de fantasía la infantil desesperación. A esa inscripción simple sólo añadí: «Ven, amigo Te espero», Deh, vieni! ti aspetto!

 

A la mañana siguiente, con algo parecido a la esperanza por compañera, salí de Forli camino de Roma. Hasta ese momento los dolorosos recuerdos y las expectativas siniestras me atenazaban cuando despertaba y me acunaban en mi reposo. En muchas ocasiones me había rendido a la tiranía de la angustia; muchas veces había decidido poner fin a mis desgracias. La muerte infligida con mis propias manos era un remedio, un remedio práctico que me daba consuelo. ¿Qué podía temer en el otro mundo? Si existía el infierno y yo era

 

condenado a él, me convertiría en adepto del sufrimiento de sus torturas. La acción sería fácil y constituiría el rápido y cierto fin de mi deplorable tragedia. Pero ahora esos pensamientos se desvanecían antes las nuevas expectativas. Proseguí mi camino pero no como antes, cuando sentía que cada hora, cada minuto, era una era llena de incalculable dolor.

 

Al avanzar por las llanuras, a los pies de los Apeninos, a través de sus valles, sobre sus cumbres desoladas, mi camino me llevaba por un país que había sido hollado por héroes, visitado y admirado por miles. Todos ellos se habían retirado como una marea, dejándome a mí desnudo y solo en el centro. Pero, ¿por qué lamentarse? ¿Acaso no mantenía la esperanza? Así me aleccionaba, incluso después de que el ánimo me hubiera abandonado y me viera obligado a hacer acopio de toda la fortaleza posible, que no era mucha, para impedir el regreso de mi desesperación, caótica e intolerable, que había seguido al triste naufragio, en el que se consumó todo miedo, en el que se aniquiló toda alegría.

 

Me levantaba todos los días al alba y abandonaba mis aposentos desolados. Mientras mis pies recorrían el país deshabitado, mi mente vagaba a través del universo y me sentía menos desgraciado cuando podía, absorto en mis ensoñaciones, olvidar el paso de las horas. Al caer la noche, y a pesar del cansancio, detestaba encerrarme en cualquier casa para pasar la noche. Y así, hora tras hora, seguía sentado a la puerta de la residencia que hubiera escogido, incapaz de abrir la puerta y encontrarme cara a cara con el vacío de su interior. Muchas noches, aunque las neblinas otoñales cubrían el paisaje, las pasaba bajo un acebo; en numerosas ocasiones había cenado sólo bayas y castañas, encendía una fogata en el suelo, como los gitanos-, porque el paisaje silvestre me recordaba con menos intensidad mi lamentable soledad. Contaba los días; llevaba un bastón hecho con la rama pelada de un sauce en el que marcaba los días que habían transcurrido desde el naufragio. Cada noche añadía una hendidura más a la suma.

 

Había llegado a lo alto de un monte desde el que se divisaba Spoleto. Alrededor se extendía la llanura, flanqueada por unos Apeninos cubiertos de castaños. Una quebrada oscura descendía por un lado, vencida por un acueducto de altos arcos que se hundían en el claro, más abajo, lo que atestiguaba que el hombre en otro tiempo se había dignado dedicar sus esfuerzos y sus ideas a aquel lugar, a adornar y civilizar la naturaleza. Naturaleza salvaje e ingrata, que con sus actos violentos destruía sus vestigios, mostrando su renovación constante y frágil de flores silvestres y plantas parásitas alrededor de esos edificios eternos. Me senté sobre una roca a contemplar. El sol había bañado en oro el aire por poniente, y al este las nubes capturaban el brillo y lo convertían en belleza fugaz. Me hallaba en un mundo que me contenía a mí como único habitante. Cogí el bastón y conté las

 

muescas. Veinticinco. Veinticinco días habían transcurrido sin que otra voz humana me alegrara los oídos, sin que mi mirada contemplara otro rostro. Veinticinco días largos, cansados, seguidos de noches oscuras, solitarias que, mezclándose con todos mis años pasados, se convertían en parte del pasado - esa nada que se recordaba-, una porción real e innegable de mi vida... Veinticinco largos, largos días.

 

¡Ni siquiera era un mes! ¿Por qué hablar de días, o de semanas, o de meses? Si quería representarme cabalmente el futuro, debía empezar a contar en años. Tres, cinco, diez, veinte, cincuenta aniversarios de esa época real podían transcurrir; cada uno de ellos formado por doce meses, todos ellos con más días en su cómputo que los veinticinco que habían pasado. ¿Podrá ser? ¿Será? Antes veíamos la muerte con temor. ¿Por qué? ¿Porque su lugar era oscuro? Más terrible, y mucho más oscuro, era el curso revelado de mi solitario futuro. Partí en dos el bastón y lo eché lejos de mí. No me hacía falta ningún recordatorio del lento transcurrir de mi vida yerma, cuando mis pensamientos intranquilos se entregaban a otras divisiones, distintas a las que regían los planetas. Y al volver la vista atrás y ver los siglos que habían transcurrido desde que estaba solo, no quise dar el nombre de días y horas a los estertores de agonía que en realidad los habían conformado.

 

Oculté el rostro entre las manos. El trino de los pájaros que se iban a dormir, los crujidos que trasmitían a los árboles, alteraban el silencio del aire vespertino. Cantaban los grillos, el aziolo ululaba a intervalos. Había estado pensando en la muerte, pero esos sonidos me hablaban de la vida. Alcé los ojos. Pasó un murciélago. El sol se había puesto tras la línea desnuda de montes y la luna pálida, creciente, surgía blanca, plateada, entre el ocaso anaranjado, en compañía de una estrella brillante, prolongando así el anochecer. Un rebaño de vacas pasó por el prado, más abajo, sin pastor, hacia su abrevadero. La brisa amable mecía la hierba y el verde marino de los olivares, bañados por la luz de la luna, contrastaba con la oscuridad de los castaños. Sí, ésta es la tierra. No hay cambios en ella, no hay ruina ni herida infligida en su extensión verde. Sigue girando una y otra vez, alternando día y noche, a través del cielo, aunque el hombre ya no la adorne ni la habite. ¿Por qué no podré olvidar yo, como uno de esos animales, y dejar de sufrir las desgracias que soporto? Y sin embargo, qué mortífera brecha se abre entre su estado y el mío. ¿Acaso no tienen ellos compañeros? ¿Acaso no se emparejan ellos, y engendran crías, y habitan en un hogar que, aunque no nos lo expresen con palabras, no lo dudo, les resulta querido, y se enriquece con la compañía de los congéneres que la naturaleza les ha dado? Solamente yo vivo en soledad, yo, en lo alto de esta colina, observando la llanura y los pliegues de las montañas, el cielo y su población de estrellas, escuchando todos los sonidos de la tierra, el aire, las olas susurrantes... Yo soy el único que no puede expresar sus muchos pensamientos a un compañero ni apoyar mi cabeza

 

fatigada sobre un pecho amado, ni beber de otros ojos el rocío embriagador, más dulce que el néctar fabuloso de los dioses. ¿No he de lamentarme entonces? ¿No he de maldecir el mecanismo asesino que ha segado a los hijos de los hombres, mis hermanos? ¿No he de maldecir a los demás retoños de la naturaleza, que osan vivir gozando, mientras yo vivo sufriendo?

 

¡Ah, no! Acostumbraré mi corazón doliente a alegrarme de vuestra dicha, seré feliz porque vosotros lo sois. Vivid, vivid, inocentes, primores escogidos de la naturaleza. No soy tan distinto de vosotros. Nervios, pulso, cerebro, articulaciones y carne, de ello estoy compuesto y las mismas leyes rigen para vosotros. Yo poseo algo más, pero puede considerarse un defecto, no un don, si me lleva a la tristeza, cuando vosotros, en cambio, sois felices.

 

En ese momento, de entre unos matorrales surgieron dos cabras con su cría y empezaron a pacer entre la hierba. Me acerqué a ellas, que no se habían percatado de mi presencia. Arranqué un puñado de brotes tiernos y se lo ofrecí. La pequeña se apretujó más contra su madre, que tímidamente inició la retirada. El macho dio unos pasos al frente, mirándome con fijeza. Me aproximé algo más alargando el alimento, mientras él, bajando la cabeza, me embistió con sus cuernos. Era necio por mi parte, lo sabía, pero aun así cedí a mi rabia y agarré una piedra de considerables dimensiones que habría bastado para aplastar a mi colérico enemigo. Levanté la piedra y apunté bien, pero me faltó valor. La arrojé lejos y, tras caer entre los arbustos, descendió rodando hasta el claro. Mis pequeños visitantes, espantados, buscaron refugio en el bosque mientras yo, con el corazón encogido, roto, me apresuraba a bajar de la colina, buscando escapar de mi propia tristeza mediante el ejercicio físico.

 

No, no. No viviré entre los paisajes silvestres de la naturaleza, enemiga de todo lo que vive. Iré en busca de las ciudades: Roma, la capital del mundo, corona de las hazañas del hombre. Entre sus calles historiadas, ruinas venerables y restos magníficos de los logros de la humanidad, no me sentiré, como aquí, rodeado de un paisaje que se olvida del hombre, que pisotea su recuerdo, destruye sus obras y proclama de colina en colina, de valle en valle - en los torrentes, libres ya de los límites que él le imponía, en la vegetación, ignorante de las leyes que él le dictaba, en las construcciones devoradas por las malas hierbas-, que su poder se ha perdido y su raza se ha extinguido para siempre.

 

Saludé al Tíber, que era como una posesión inalienable de la humanidad. Saludé a la silvestre Campania, pues en toda su extensión había sido hollada por el hombre, y su estado salvaje, sin cultivos, que no era reciente, no hacía sino proclamar con mayor claridad el poder de aquél, pues aquél le había dado un nombre honorable y un título sagrado a lo que de otro modo hubiera sido un terreno baldío y sin valor. Entré en la Roma eterna por la Porta del Popolo y con inmenso respeto saludé aquel espacio honrado por el tiempo. La amplia

 

plaza, las iglesias cercanas, la larga extensión del Corso, la destacada Trinita dei Monti, todo parecía producto de la fantasía, tan silencioso, tan sereno, tan hermoso. Caía la noche y la población animal que seguía existiendo en la ciudad poderosa se había retirado a procurarse el descanso. No se oía el más leve sonido, salvo el murmullo de sus muchas fuentes, cuya cadencia monótona sonaba a armonía en mis oídos. Saber que me encontraba en Roma me aliviaba. Aquella ciudad de las maravillas, apenas más ilustre por sus héroes y sus sabios que por el poder que ejercía sobre la imaginación de los hombres. Me acosté esa noche y sentí que el fuego que ardía en mi corazón se aplacaba y que mis sentidos se serenaban.

 

Inicié impaciente mis paseos a la mañana siguiente, en busca de distracción. Ascendí las muchas terrazas del jardín que adornaba el Palacio de Colonna, bajo cuyo techo me había cobijado para pasar la noche. Y al salir de él por su parte más elevada me hallé en el monte Cavallo. La fuente chispeaba al sol y el obelisco, más arriba, se clavaba en el cielo límpido, de un azul intenso. Las estatuas a ambos lados, las obras de Fidias y Praxíteles -según rezaban las inscripciones-, se alzaban en toda su grandeza, representaciones de Cástor y Pólux, que con poder mayestático aplacaban al animal que, a su lado, retrocedía. Si aquellos ilustres artistas habían cincelado en realidad aquellas formas, ¡a cuántas generaciones sucesivas habían sobrevivido aquellas gigantescas formas! Ahora las contemplaba el último individuo de una especie para cuya representación y deificación habían sido esculpidas. Yo, a mis propios ojos, menguaba hasta la insignificancia al pensar en la cantidad de seres a los que aquellos semidioses de piedra habían sobrevivido, aunque esa misma idea fue la que me devolvió la dignidad: la visión de la poesía eternizada en aquellas esculturas me quitó la espina del pensamiento y lo redujo sólo a su idealidad poética.

 

Me repetía una y otra vez: «¡Estoy en Roma!» Contemplo y en cierto modo converso con la maravilla del mundo, señora soberana de la imaginación, superviviente majestuosa y eterna de millones de generaciones de hombres extintos. Trataba de aplacar las penas de mi corazón doliente interesándome, incluso entonces, en lo que durante mi juventud tanto había anhelado ver. Todos los rincones de Roma rebosan de reliquias de tiempos pasados. Las calles más sencillas se ven salpicadas de fragmentos de columnas, capiteles rotos -jónicos y corintios-, así como de brillantes bloques de granito y pórfido. Los muros de las residencias más ruinosas encerraban un pilar esbelto, una piedra maciza, que en otro tiempo habían formado parte del palacio de los césares.

 

Y la voz de un tiempo muerto, con vibraciones acalladas, respiraba por aquellos objetos mudos, a los que el hombre había infundido vida y había glorificado.

 

Abracé las vastas columnas del templo de Júpiter Stator, que sobreviven en el espacio abierto que fue el Foro, y apoyando mi mejilla encendida contra su longevidad fría, traté de perder la sensación de desgracia presente y presente deserción, invocando en lo más hondo de mi mente los recuerdos de tiempos remotos. Me regocijé al lograrlo, pues imaginé a Camilo, a los Gracos, a Catón, y por último a los héroes de Tácito, que brillaron como meteoros de inigualable esplendor en la noche oscura del imperio. Mientras los versos de Horacio y Virgilio o los espléndidos periodos de Cicerón desfilaban por las puertas abiertas de mi mente, me sentía invadido por un entusiasmo largamente olvidado. Me alegraba saber que miraba el mismo paisaje que habían contemplado ellos, el paisaje que sus madres y esposas, así como multitud de personas anónimas, habían conocido, mientras, coetáneas suyas honraban, aplaudían o lloraban por aquellos especímenes inigualables de la humanidad. Así, al fin había hallado consuelo. No había buscado en vano los edificios historiados de Roma; había hallado una medicina para mis muchas y profundas heridas.

 

Me senté a los pies de esas vastas columnas. El Coliseo, cuya ruina desnuda la naturaleza recubre del velo radiante del verdor, se alzaba a mi derecha, bañado por el sol. No lejos de él, a la izquierda, se hallaba la Torre del Capitolio. Arcos triunfales y muros derruidos de muchos templos cubrían el suelo a mis pies. Traté de imaginar a las multitudes de plebeyos y a los patricios congregados a su alrededor. Y a medida que el diorama de los tiempos pasaba ante mi imaginación rendida, los iba reemplazando por romanos modernos. El papa, con su estola blanca, repartiendo bendiciones a los fieles arrodillados; el fraile con su hábito y su capucha; la niña de ojos negros, tocada con su mezzera; el campesino escandaloso, curtido por el sol, que conducía su manada de búfalos y bueyes al Campo Vaccino. El romanticismo con que, sumergiendo los pinceles en el arco iris del cielo y la naturaleza trascendente, nosotros, hasta cierto punto, pintábamos gratuitamente a los italianos, sustituía a la solemne grandeza de la antigüedad. Recordé al monje oscuro, las figuras levíticas de El italiano, y cómo mi corazón joven había latido con su descripción. Recordé a Corina ascendiendo por el Capitolio para ser coronada y, pasando de la heroína a su autora, pensé que el Encantador Espíritu de Roma había gobernado, soberano, las mentes de los imaginativos, hasta reposar en mí, único espectador vivo de sus maravillas.

 

 

Permanecí largo rato imbuido de aquellas ideas, pero la mente se cansa de volar sin descanso y, deteniendo su incesante giro alrededor del mismo punto, cayó de pronto a diez mil brazas de profundidad, en el abismo del presente, en el conocimiento de sí misma, en una tristeza diez veces mayor. Abandoné mis ensoñaciones y desperté. Y yo, que hacía un instante casi había oído los gritos de las multitudes romanas y había sido zarandeado por incontables multitudes, ahora contemplaba las ruinas desiertas de Roma durmiendo bajo su cielo azul.

 

Las sombras se alargaban, tranquilas, en el suelo; las ovejas pacían sobre el Palatino, y un búfalo avanzaba por la Vía Sacra, camino del Capitolio. Estaba solo en el Foro, solo en Roma, solo en el Mundo. ¿Ni un solo hombre vivo - compañero de mi fatigosa soledad- era digno de toda la gloria y el poder de aquella ciudad venerable? Un pesar doble, una tristeza engendrada en cavernas cimerias, revestía mi alma de ropas fúnebres. Las generaciones que había invocado en mi imaginación contrastaban más intensamente con el final de todo, con la punta afilada en la que, como en una pirámide, el poderoso tejido de la sociedad había concluido mientras yo, sobre su vertiginosa altura, contemplaba el espacio vacío a mi alrededor.

 

De esos lamentos vagos pasé a la contemplación de los pormenores de mi situación. Por el momento no había logrado alcanzar el objeto de mis deseos, que era encontrar a alguien que me acompañara en mi desolación. Aun así, no desesperaba. Era cierto que mi búsqueda se había limitado en gran parte a ciudades pequeñas y aldeas. Pero era posible que la persona que, como yo, pudiera encontrarse sola sobre una tierra despoblada, se hubiera dirigido a Roma. Cuanto más frágiles eran mis esperanzas, más me empeñaba en aferrarme a ellas y en orientar mis actos hacia la verificación de tales posibilidades, por remotas que fueran.

 

Así, debería instalarme en Roma cierto tiempo y mirar cara a cara mi desastre, sin entregarme al juego infantil de la obediencia sin sumisión, soportando la vida pero rebelándome contra las leyes por las que vivía.

 

Y sin embargo, ¿cómo iba a resignarme? Sin amor, sin comprensión, sin comunión con nadie, ¿cómo iba a recibir al sol de la mañana, y con él reseguir el tantas veces repetido viaje hasta las sombras del ocaso? ¿Por qué seguía viviendo, por qué no me libraba de la pesada carga del tiempo, y con mis propias manos liberaba al preso que se agitaba en mi pecho? No era la cobardía lo que me frenaba, pues la verdadera valentía consistía en resistir. Y la muerte se acompañaba de un sonido lenitivo, y no le costaría convencerme para que me internara en sus dominios. Pero no iba a hacerlo. En el momento mismo de reflexionar sobre el tema, me erigí en súbdito del destino y en siervo de la necesidad, de las leyes visibles del Dios invisible. Creía que mi obediencia era resultado de un razonamiento sensato, de un sentimiento puro, de una sensación exaltada que nacía de la verdadera excelencia y nobleza de mi naturaleza. De haber visto en esa tierra desierta, en las estaciones y su devenir, sólo la mano de un poder ciego, de buena gana me habría echado sobre la tierra y habría cerrado los ojos para siempre a su hermosura. Pero el destino me había dado la vida cuando la peste ya se había apoderado de su presa y, arrastrándome por los pelos, me había arrancado de sus fauces. Mediante aquellos milagros me había recobrado para sí. Yo admitía su autoridad y me plegaba a sus decretos. Si tras maduras consideraciones aquella

 

era mi decisión, resultaba doblemente necesario que no perdiera de vista la meta de mi vida, la mejora de mis facultades, y envenenara su flujo con lamentos incesantes. Mas ¿cómo no lamentarme, si no había mano cercana que extrajera de mi corazón de corazones la espina que llevaba clavada? Extendía mi mano y no tocaba a nadie cuyas sensaciones respondieran a las mías. Estaba atado, emparedado, enterrado bajo siete barreras de tristeza. Sólo alguna ocupación, si lograba entregarme a ella, sería la adormidera de mi pesar insomne. Habiendo decidido hacer de Roma mi morada al menos durante algunos meses, busqué una casa. El palacio Colonna se adaptaba bien a mi propósito. Su grandeza, su tesoro pictórico, sus salones magníficos, me aliviaban e incluso lograban emocionarme.

 

Hallé los graneros de Roma bien provistos de cereal, especialmente de maíz. Como aquel producto requería menos elaboración para convertirlo en alimento, lo escogí como mi sustento habitual. Y descubrí que podía sacar provecho de las penurias y la vida desordenada de mi juventud. Un hombre no puede olvidarse de hábitos que ha mantenido durante dieciséis años. Era cierto que desde esa edad había vivido rodeado de lujos, o al menos de las comodidades que la civilización permitía. Pero antes de eso había sido «tan indómito y salvaje como aquel fundador de Roma alimentado por una loba», y ahora, hallándome en Roma, mis tendencias de ladrón y pastor, semejantes, por cierto, a las de su fundador, resultaban una ventaja para su único habitante. Pasaba la mañana cabalgando y cazando en la Campania y dedicaba largas horas a visitar las diversas galerías. Admiraba todas las estatuas y me perdía en ensoñaciones ante muchas madonas bellas como ninfas. Recorría el Vaticano y me veía rodeado de figuras de mármol de belleza divina. Las deidades de piedra se revestían de una dicha sagrada, del goce eterno del amor. Me observaban con complacencia fría, y yo a menudo, con voz áspera, les reprochaba su indiferencia suprema, pues eran formas humanas y la divinidad de sus formas humanas se manifestaba en los miembros perfectos, en los rostros. La perfección de los perfiles traía consigo la idea del color y el movimiento. A menudo, en parte por burlarme amargamente y en parte por engañarme a mí mismo, acariciaba sus proporciones gélidas y, colocándome entre los labios de Cupido y Psique, presionaba su estéril mármol.

 

 

Trataba de leer y visitaba las bibliotecas de Roma. Escogía un volumen y, tras encontrar algún rincón apartado y umbrío a la orilla del Tíber o frente a un hermoso templo, en los Jardines de Vila Borghese o bajo la antigua pirámide de Cestio, intentaba alejarme de mí mismo y sumergirme en el tema tratado en las páginas que tenía delante. Como cuando en un mismo suelo se planta belladona y mirto y ambas plantas se apropian del terreno, la humedad y el aire disponibles para desarrollar sus diversas propiedades, así también mi dolor hallaba el sustento, la fuerza para existir y el crecimiento, en lo que había sido maná divino, y con él alimentaba meditaciones radiantes. ¡Ah!

 

Ahora que mancho este papel con el relato de lo que eran mis por mí llamadas ocupaciones -mientras recreo el esqueleto de mis días-, me tiemblan las manos, jadea mi corazón y mi cerebro se niega a dar con la expresión, la frase o la idea que permitan imaginar el velo de tristeza impronunciable que cubría esas realidades desnudas. ¡Oh, corazón cansado y palpitante! ¿He de diseccionar tus fibras y contar que en cada una de ellas existía un infortunio inextinguible, una desgracia extrema, lamentos y desesperación? ¿He de anotar tus muchos disparates, las maldiciones crueles que pronunciaba contra una naturaleza implacable, los días enteros que pasaba alejado de la luz y el alimento, alejado de todo excepto del infierno que quemaba en mi propio pecho?

 

Entretanto se me presentó otra ocupación, que era la que mejor me venía para disciplinar mis pensamientos melancólicos, que andaban hacia atrás para alcanzar muchas ruinas, muchos prados en flor e incluso muchos paisajes de montaña, que fueron los que me vieron nacer.

 

Durante una de mis incursiones por los edificios romanos hallé los manuscritos de un autor esparcidos sobre la mesa de un estudio. Contenían una disquisición erudita sobre la lengua italiana. Y en una página, una dedicatoria inconclusa a la posteridad, para cuyo bien el escritor había escogido los más bellos recursos de su armoniosa lengua, y a cuyos beneficios duraderos había entregado sus esfuerzos.

 

«¡Yo también escribiré un libro! -exclamé-. ¿Para que lo lea quién? ¿A quién estará dedicado?» Y entonces, con necia floritura (¿qué hay más caprichoso e infantil que la desesperación?), escribí:

 

DEDICATORIA

 

A LOS ILUSTRES MUERTOS.

 

SOMBRAS, ¡DESPERTAD Y LEED SOBRE VUESTRA CAÍDA!

 

CONTEMPLAD LA HISTORIA

 

DEL ÚLTIMO HOMBRE

 

Y sin embargo, ¿acaso no se repoblará el mundo, y los hijos de un par de amantes salvados en algún refugio por mí desconocido y para mí inalcanzable, tras vagar hasta estas prodigiosas reliquias de una raza anterior a la peste, desearán saber cómo unos seres tan asombrosos en sus logros, dotados de una imaginación infinita, partieron de su casa en pos de otro país desconocido?

 

Escribiré un relato de estas cosas y lo dejaré en esta ciudad antiquísima, en este «único monumento del mundo». Dejaré un monumento a la vida de Verney, el último hombre. En un principio pensé en hablar sólo de la peste, de la muerte, y por último de la deserción. Pero me entretuve con deleite en mis

 

años primeros y dejé constancia con celo sagrado de las virtudes de mis compañeros. Ellos me han acompañado en la consecución de mi tarea. Ya la concluyo. Alzo la vista del papel y vuelven a perderse. Y vuelvo a sentir que estoy solo.

 

Ha transcurrido un año desde que dejé de ocuparme de ello. Las estaciones se han sucedido, como es su costumbre, y han cubierto esta ciudad eterna con ropajes cambiantes de extraordinaria belleza. Ha transcurrido un año y yo ya no «imagino» cuál ha de ser mi estado, mis perspectivas. La soledad me es familiar, la pena, mi inseparable compañera. He tratado de resistir la tempestad, he tratado de enseñarme a ser fuerte, he buscado imbuirme de las lecciones de la sabiduría. Pero no lo he logrado. He encanecido casi por completo. Mi voz, desacostumbrada a emitir sonidos, suena extraña a mis oídos. Mi persona, con sus poderes y facultades humanos, me parece una excrecencia monstruosa de la naturaleza. ¿Cómo expresar con un lenguaje humano una aflicción que, hasta ahora, ningún ser humano había conocido? ¿Cómo dotar de expresión inteligible a un dolor que sólo yo comprendería? Nadie ha llegado a Roma. Nadie lo hará. Sonrío amargamente al pensar en el engaño que he mantenido durante tanto tiempo, y sigo sonriendo al pensar que lo he sustituido por otro tan engañoso como aquél, tan falso, pero al que ahora me aferro con la misma esperanza.

 

El invierno ha regresado. Los jardines de Roma han perdido sus hojas. El aire frío que sopla desde la Campania ha obligado a los animales a buscar refugio en las muchas estancias de la ciudad desierta. El hielo ha interrumpido el brotar de las fuentes y Trevi ha detenido su canto eterno. Mediante la observación de las estrellas realicé un cálculo aproximado por el que pretendía determinar cuál sería el primer día del nuevo año. En la edad antigua y desgastada, el Sumo Pontífice se dirigía, revestido de gran pompa, al templo de Jano, y hundiendo un clavo en su puerta señalaba el inicio del nuevo año. Así, yo, ese día ascendí hasta San Pedro y grabé en su piedra más alta el año 2100, el último del mundo.

 

Mi único compañero era un perro, un perro peludo, mezcla de pastor y de aguas, al que había hallado cuidando de un rebaño de ovejas en la Campania. Su amo había muerto, pero él seguía cumpliendo con su deber a la espera de su regreso. Si alguna oveja se apartaba del resto, él la obligaba a volver al rebaño, y con gran celo ahuyentaba a cualquier intruso. Cabalgando por la Campania di con su corral y durante un tiempo me dediqué a observar su repetición de lecciones aprendidas del hombre que, aunque ya inútiles, no había olvidado. Su alegría al verme fue exagerada. Me saltó a las rodillas y se puso a dar vueltas sin cesar, mientras meneaba la cola y emitía unos ladridos breves, complacidos. Abandonó el corral para seguirme y desde ese día no ha dejado de velar por mí, demostrándome su gratitud ruidosamente cada vez que

 

lo acaricio o le hablo. Y así, sólo sus pasos y los míos resonaron en la inmensa nave de San Pedro. Ascendimos los muchos peldaños juntos, y en lo alto de ellos cumplí con mi propósito, y con números toscos anoté la fecha del último año. Acto seguido me volví para contemplar la ciudad, dispuesto a abandonarla. Llevaba tiempo decidido a hacerlo, y en ese momento esbocé el plan que adoptaría en mi vida, una vez hubiera dejado atrás aquella morada de magnificencia.

 

Un ser solitario es errante por naturaleza, y en eso me convertiría yo. Con los cambios de lugar siempre se persigue una mejora, incluso un alivio de la carga de la vida. Me había equivocado permaneciendo en Roma tanto tiempo. En Roma, conocida por su malaria, célebre proveedora de muerte. Pero seguía siendo posible que, si llegaba a recorrer toda la extensión de la tierra, encontrara en algún confín a un superviviente. Y creía que la costa era el lugar más probable que escogería. Aunque se hubiera visto solo en una región interior, no habría permanecido en el mismo lugar que había presenciado la extinción de sus esperanzas: proseguiría el viaje, como yo, en busca de un compañero de su soledad, hasta que la barrera del mar detuviera su avance.

 

Y a ese mar -pues de mis pesares tal vez fuera la cura- me dirigiría. ¡Adiós, Italia! Adiós, ornamento del mundo, Roma sin par, retiro del solitario durante largos meses. Adiós a la vida civilizada, al hogar fijo y a la sucesión de días monótonos. A partir de ahora me arrojo en brazos del peligro y lo saludo como a un amigo. La muerte se cruzará constantemente en mi camino y yo saldré a su encuentro y la consideraré mi benefactora. Los percances, el tiempo inclemente y las tempestades serán mis camaradas. ¡Espíritus de la tormenta, recibidme! ¡Poderes de la destrucción, abrid bien vuestros brazos y estrechadme para siempre!, si una fuerza más benévola no ha decretado otro final, para que tras el prolongado esfuerzo coseche mi recompensa y vuelva a sentir que mi corazón late junto al de otro ser afín.

 

El Tíber, vía trazada por la mano de la naturaleza, se extendía a mis pies, y en sus orillas hallaría numerosas barcas. Embarcaría en una de ellas con algunos libros, provisiones y mi perro, y navegaría río abajo hasta llegar al mar. Entonces, sin alejarme nunca de la tierra, bordearía las hermosas costas y los promontorios soleados del Mediterráneo azul, pasaría por Nápoles y Calabria y desafiaría los peligros de Escila y Caribdis. Luego, con decisión, sin miedo (pues, ¿qué podía perder?), surcaría la superficie del mar en dirección a Malta y las lejanas Cícladas. Evitaría Constantinopla, la visión de cuyas recordadas torres y ensenadas pertenecía a un estado de la existencia distinto de mi presente. Bordearía Asia Menor y Siria y, dejando atrás el Nilo de siete brazos, pondría rumbo al norte una vez más hasta que, perdiendo de vista la olvidada Cartago y la desierta Libia, alcanzara los pilares de Hércules. Y entonces, no importaba dónde, las cuevas húmedas y las profundidades

 

silenciosas serían tal vez mi morada antes de proseguir mi postergado viaje o de que la flecha de la enfermedad encontrara mi corazón mientras yo flotaba en el Mediterráneo revuelto; o, en algún lugar al que arribara encontrase lo que busco, un compañero. Si no es así, hasta el fin de los tiempos, decrépito y canoso -la juventud ya enterrada junto la tumba de los seres que amé-, el solitario errante seguirá izando velas, agarrando el timón y entregándose a las brisas del cielo, rodeará uno y otro promontorio, anclará en una y otra bahía, seguirá surcando el mar, dejará tras de sí la tierra reverdecida de Europa, más abajo la costa bronceada de África, capeará las aguas bravías del Cabo de Buena Esperanza y tal vez vare su bote en un arroyo, sombreado por arbustos de especias, en las fragantes islas del Índico lejano.

 

Todo son sueños desbocados. Y sin embargo, desde que se apoderaron de mí, hace una semana, en la escalinata de San Pedro, han gobernado mi imaginación. He escogido una barca y he metido en ella mis escasas posesiones. He seleccionado algunos libros, Homero y obras de Shakespeare en su mayoría. Pero las bibliotecas del mundo se abren para mí. Ni la esperanza ni la dicha me guían; mis pilotos son la incansable desesperación y un inmenso deseo de cambio. Anhelo enfrentarme al peligro, excitarme con el miedo, tener algo que hacer, por poco que sea, por voluntario que sea, que me ayude a pasar los días. Seré testigo de toda la variedad de apariencias que los elementos son capaces de adoptar. Leeré el augurio en el arco iris, la amenaza en la nube, y todo me enseñará alguna lección que yo atesoraré en mi pecho. Así, recorriendo las costas de la tierra desierta, mientras el sol esté en lo alto y la luna crezca o mengüe, los ángeles, espíritus de los muertos, y el ojo siempre abierto del Altísimo, observarán la diminuta barca que lleva a bordo a Verney, el último hombre.

 

 

 

 

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