© Libro N° 12942. El Último Hombre. Volumen II. Shelley, Mary. Emancipación.
Septiembre 1 de 2024
Título original: ©
El Último Hombre. Volumen II. Mary Shelley
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Hombre. Volumen II. Mary Shelley
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL ÚLTIMO HOMBRE
Volumen II
Mary Shelley
Volumen II
Mary Shelley
CAPÍTULO
I
Durante
nuestro viaje, cuando en las noches serenas conversábamos en cubierta,
observando el vaivén de las olas y el cielo mudable, descubrí el cambio
absoluto que los desastres de Raymond habían operado en la mente de mi hermana.
¿Eran las aguas del mismo amor, últimamente frías y cortantes como el hielo,
las que ahora, liberadas de sus gélidas cadenas, recorrían las regiones de su
alma con agradecida y abundante exuberancia? Perdita no creía que estuviera
muerto, pero sabía que se encontraba en peligro, y la esperanza de contribuir a
su liberación y la idea de aliviar con ternura los males que pudieran haberle
sobrevenido, elevaban y aportaban armonía a las anteriores estridencias de su
ser. Yo, por mi parte, no me sentía tan optimista como ella respecto del
resultado de nuestra misión, aunque en realidad ella se mostrara más segura que
optimista. La esperanza de volver a ver al amante que había rechazado, al
esposo, al amigo, al compañero de su vida, del que llevaba tanto tiempo
alejada, envolvía sus sentidos en dicha, su mente en placidez. Era empezar a
vivir de nuevo: era dejar atrás las arenas desiertas para ir en pos de una
morada de fértil belleza; era un puerto tras una tempestad, una adormidera tras
muchas noches en vela, un despertar feliz tras una pesadilla.
La
pequeña Clara nos acompañaba. La pobre niña no comprendía bien qué sucedía.
Había oído que nos dirigíamos a Grecia, donde vería a su padre, y ahora, por
vez primera en mucho tiempo, se atrevía a hablar de él con Perdita.
Al llegar
a Atenas constatamos que nuestras dificultades aumentaban: Ni la historiada
tierra ni el clima balsámico podían inspirarnos entusiasmo o placer mientras
Raymond se hallara en peligro. Ningún otro hombre había despertado un interés
público tan grande, algo que resultaba evidente incluso entre los flemáticos
ingleses, con los que no trataba hacía tiempo. Los atenienses esperaban que su
héroe regresara triunfante. Las mujeres habían enseñado a sus hijos a susurrar
su nombre seguido de una expresión de agradecimiento. Su belleza viril, su
valor, la devoción que había sentido siempre por su causa, lo hacían aparecer a
sus ojos casi como una de las deidades antiguas de aquellas tierras, bajado de
su Olimpo para defenderlos. Cuando se referían a su probable muerte y a su
cautividad segura, lloraban a lágrima viva. Del mismo modo que las madres de
Siria habían llorado a Adonis, las esposas y las madres de Grecia plañían a
nuestro Raymond inglés. Atenas era una ciudad de lamentos.
Todas
aquellas muestras de desconsuelo llenaron a Perdita de espanto. Mientras se
hallaba lejos de la realidad, sus expectativas, mezcla de optimismo y
confusión, engendradas por el deseo, habían creado en su mente una imagen
de cambio
instantáneo que se produciría apenas pisara suelo griego. Imaginaba que Raymond
ya habría sido liberado y que sus dulces atenciones borrarían incluso el
recuerdo de su mala fortuna. Pero su destino seguía siendo incierto, y ella
empezó a temer lo peor y a sentir que las esperanzas de su alma se habían
vertido en un azar que podía revelarse adverso. La esposa y la encantadora hija
de lord Raymond fueron desde el principio objeto de profundo interés en Atenas.
Las puertas de su residencia eran constantemente asediadas, y desde ellas se
murmuraban oraciones para el regreso del héroe. Todas aquellas circunstancias
llenaban a Perdita de zozobra y temores.
Yo, por
mi parte, no cejaba en mi empeño. Transcurrido un tiempo abandoné Atenas y me
uní al ejército, acampado en la localidad tracia de Kishan. Mediante sobornos,
amenazas e intrigas, no tardé en descubrir que Raymond estaba vivo y que, como
prisionero, sufría los rigores de un encierro severo y era sometido a toda
clase de crueldades. A partir de ese momento pusimos en marcha todos los
mecanismos de la política y el dinero para redimirlo de su infortunio.
El
carácter impaciente de mi hermana regresó a ella, crecido por el
arrepentimiento, azuzado por la culpa. La perfección del clima primaveral en
Grecia no hacía sino potenciar la tortura de sus sensaciones. La incomparable
belleza de la tierra, tapizada de flores, el sol benigno, las agradables
sombras, las melodías de los pájaros, la majestuosidad de los bosques, el
esplendor de las ruinas marmóreas, el claro resplandor de las estrellas por la
noche, la combinación de todo lo que era emocionante y voluptuoso en aquella
tierra trascendente, que aceleraba su espíritu vital y le excitaba los sentidos
en todos los poros de su piel, no hacía más que agudizar su dolor. Contaba el
lento transcurrir de las horas y el sufrimiento de su amado ocupaba todos sus
pensamientos. Se abstenía de comer. Se echaba en tierra desnuda y trataba de
imitar en todo los tormentos de Raymond, esforzándose por comulgar con su dolor
distante. Recuerdo que, en uno de sus momentos más difíciles, un comentario mío
le había causado irritación y desdén.
-Perdita
-le había dicho yo-, algún día descubrirás que hiciste mal al arrojar a Raymond
a las espinas de la vida. Cuando la decepción haya mancillado su belleza,
cuando las desgracias del soldado hayan ajado su virilidad, cuando la soledad
le vuelva amargos incluso sus triunfos, entonces te arrepentirás. Y lamentarás
el cambio irreparable
que en
corazones hoy pétreos
moverá al
fenecido remordimiento del amor.
Aquel
agudo «remordimiento del amor» desgarraba ahora su corazón. Se culpaba del
viaje que Raymond había emprendido a Grecia, de los peligros que había corrido,
de su encarcelamiento. Imaginaba la angustia de su soledad,
recordaba
con qué impaciencia y dicha le había comunicado sus alegres esperanzas, con qué
inmenso afecto había aceptado que ella se preocupara por él. A su mente
regresaban las muchas ocasiones en que había declarado que la soledad era el
peor de todos los males, y que a él la muerte le infundía más miedo y dolor
cuando se imaginaba la tumba sola. «Mi niña buena -le había dicho- me alivia de
mis peores fantasías. Unido a ella, amado por su dulce corazón, no volveré a
conocer la tristeza de hallarme solo. Y si muero antes que tú, mi Perdita,
conserva mis cenizas hasta que puedan mezclarse con las tuyas. Se trata de una
idea absurda para alguien que no es materialista, pero creo que, incluso en esa
celda oscura, tal vez sienta que mi polvo inanimado se funde con el tuyo, y de
ese modo, cuando me marchite, tendré tu compañía.» En sus días de
resentimiento, recordaba aquellas palabras con acrimonia y desprecio. Pero
también ahora, apaciguada, la visitaban, privándola del sueño, suprimiendo toda
esperanza de su mente inquieta.
Así
transcurrieron dos meses, hasta que al fin obtuvimos la promesa de su
liberación. El encierro y las dificultades habían minado su salud. Los turcos
temían el cumplimiento de las amenazas del gobierno inglés si moría en su
poder; creían imposible su restablecimiento y lo entregaron moribundo,
dejándonos gustosamente a nosotros la tarea de celebrar los ritos funerarios.
Llegó por
mar a Atenas desde Constantinopla. El viento, aunque favorable, soplaba con tal
fuerza que no pudimos recibirlo en alta mar, como era nuestro deseo. La torre
de vigía de Atenas se veía asediada por los curiosos y se escrutaba la
aparición de todas las velas. Hasta que el primer día de mayo apareció en
lontananza la gallarda fragata, cargada con un tesoro más preciado que todas
las riquezas que, traídas de Méjico, engullía el Pacífico, o que las que
surcaban sus tranquilas aguas para enriquecer la corona de España. Al amanecer
se vio que el barco arribaba a la costa, y se dedujo que echaría el ancla a
cinco millas de tierra.
La
noticia se propagó por toda Atenas y la ciudad en pleno se congregó a las
puertas del Pireo, tras descender camino del puerto por las calles, a través de
los viñedos, de los olivares y los campos de higueras. La algarabía del
populacho, los colores vistosos de sus atuendos, el tumulto de carruajes y
caballos, el avance de los soldados, todo se mezclaba con el ondear de las
banderas y el sonido de las músicas marciales, que se sumaban a la gran
excitación de la escena, puntuada por la solemne majestad de las ruinas
antiguas que nos rodeaban. A nuestra derecha se levantaba la Acrópolis, testigo
de mil cambios, de antigua gloria, del dominio turco, de la restauración de la
ansiada libertad; esparcidos por todas partes, los cenotafios y las tumbas
cubiertos de una vegetación siempre reverdecida. Los poderosos muertos
acechaban desde sus monumentos y, en el entusiasmo de las multitudes,
contemplaban la repetición de unas escenas de las que ellos habían sido
actores.
Perdita y Clara viajaban en un carruaje cerrado. Yo las seguía a caballo.
Finalmente llegamos al puerto. Me impresionó la magnitud del oleaje. La playa,
por lo que podía distinguirse, estaba llena de una muchedumbre movediza que,
empujada por quienes avanzaban hacia el mar, se retiraba cada vez que las
grandes olas se acercaban a ellos. Miré por el catalejo y vi que la fragata ya
había echado el ancla, temerosa de acercarse más a la costa de sotavento.
Bajaron un bote y vi con aprensión que Raymond era incapaz de descender solo
por el casco del buque y que tenían que bajarlo sentado en una silla y envuelto
en mantos.
Desmonté
y pedí a unos marineros que remaban por el puerto que me llevaran. En ese mismo
instante Perdita descendió de su carruaje y me agarró del brazo.
-¡Llévame
contigo! -exclamó, temblorosa y pálida. Clara se abrazaba con fuerza a ella.
-No debes
ir. El mar está muy agitado. Muy pronto estará aquí. ¿No ves su nave? -La barca
de remos que había mandado acercarse ya había atracado. Sin darme tiempo a
detenerla, ayudada por los marineros, mi hermana montó en ella. Clara siguió a
su madre y mientras abandonábamos el resguardado muelle, un grito unánime se
alzó desde la multitud. Perdita, en la proa, se aferraba a uno de los hombres,
que miraba por el catalejo, y le hacía mil preguntas, sin importarle el agua
que la salpicaba, sorda, ciega a todo salvo al punto lejano que, apenas visible
sobre las olas, se aproximaba a nosotros, que avanzábamos hacia él con toda la
fuerza que seis remeros podían proporcionarnos. Los uniformes pintorescos de
los soldados que formaban en la playa, los sonidos de la vigorosa música, los
estandartes que la fuerte brisa hacía ondear, las exclamaciones constantes de
la multitud, de piel oscura y atuendo extranjero, claramente oriental; la
visión del peñasco coronado por el templo, el mármol blanco del edificio que reverberaba
al contacto con el sol y se recortaba claramente contra el perfil de las
montañas imponentes que se erguían detrás; el rugido cercano del mar, el
chasquido de los remos, el salpicar del agua... Todo envolvía mi alma en un
delirio jamás sentido, ni imaginado siquiera en el curso de una vida común.
Tembloroso, no podía mirar ya por el catalejo con el que había seguido los
movimientos de la tripulación desde que el bote de la fragata entró en contacto
con el mar. Nos acercábamos deprisa y no tardamos en distinguir a simple vista
las formas de los tripulantes y en saber cuántos eran. Su tamaño crecía por
momentos, y el golpear de sus remos contra el mar empezaba a resultarnos
audible. Al fin veía la forma lánguida de mi amigo que, al ver que nos aproximábamos,
trató de incorporarse.
Las
preguntas de Perdita habían cesado. Agarrándome del brazo, jadeando, la
intensidad misma de su emoción le impedía el llanto. Nuestro bote se
aborloó
al otro. En un último esfuerzo, mi hermana hizo acopio de todo su tesón, pasó
de una barca a la otra y entonces, ahogando un grito, se abalanzó sobre
Raymond, se hincó de rodillas a su lado y, pegando los labios a la mano que
buscaba, el rostro cubierto por su larga cabellera, se abandonó a las lágrimas.
Raymond
se había alzado un poco al ver que nos acercábamos, pero incluso aquel
movimiento le he había supuesto una gran fatiga. Con las mejillas hundidas y
los ojos ausentes, pálido y flaco, apenas reconocí al amor de Perdita.
Permanecí largo rato asombrado y mudo, mientras él contemplaba sonriente a la
pobre muchacha. Sí, aquella era su sonrisa. Un rayo de sol iluminando un valle
oscuro muestra sus líneas hasta ese momento ocultas; ahora aquella sonrisa, la
misma con la que pronunció sus primeras palabras de amor a Perdita, la misma
con la que había aceptado el Protectorado, asomándose a su demacrado semblante,
me hizo saber en lo más profundo de mi corazón, que se trataba de Raymond.
Me alargó
la otra mano, y en su muñeca desnuda distinguí las marcas de unas manillas. Oí
los sollozos de mi hermana y pensé en la suerte de las mujeres, que pueden
llorar, y que con caricias apasionadas se libran del peso de sus emociones,
mientras que al hombre le frenan el pudor y la compostura natural. Habría
dejado brotar las palabras de la infancia, lo habría apretado contra mi pecho,
me habría llevado su mano a los labios, habría llorado, sí, abrazándome a él;
mi corazón, desbordado, me oprimía la garganta. No podía controlar el torrente
de mis lágrimas que, rebelándose contra mí, se agolpaban en mis ojos, de modo
que me volví y las vertí sobre el mar. Cada vez brotaban con más fuerza, y sin
embargo mi vergüenza menguó cuando constaté que aquellos curtidos marineros
también se habían emocionado y que los ojos de Raymond eran los únicos que
permanecían secos. Yacía en esa calma bendita que siempre procura la
convalecencia, y disfrutaba de la serena tranquilidad que le daban la libertad
recobrada y el encuentro con la mujer a la que adoraba. Perdita, al fin,
controló su arrebato de pasión y se puso en pie. Buscó con la mirada a Clara
que, asustada, sin reconocer a su padre, ignorada por nosotros, se había
acurrucado en el otro extremo del bote. Acudió a la llamada de su madre, que se
la presentó a Raymond. Sus primeras palabras fueron:
-Amado,
abraza a nuestra hija.
-Ven
aquí, querida mía -dijo su padre-. ¿No me conoces?
La
pequeña reconoció su voz, y se arrojó en sus brazos algo pudorosa, pero con
incontrolable emoción.
Percibiendo
la debilidad de Raymond, yo temía que la multitud que le aguardaba en tierra
pudiera desbordarse. Pero su cambio de aspecto dejó sin habla a todo el mundo.
A nuestra llegada la música cesó y los vítores se
interrumpieron
al punto. Los soldados habían liberado un espacio en el que dispusieron un
carruaje. Condujeron hasta él a Raymond. Perdita y Clara se montaron con él y
sus escoltas lo rodearon. Un murmullo sordo, como el de las olas cercanas,
recorrió la muchedumbre, que se echaba hacia atrás para abrirle paso, temerosa
de lastimar con sus vítores a aquél a quien había acudido a dar la bienvenida,
y se limitaba a inclinar la cabeza al paso del carruaje, que avanzaba despacio
por el camino del Pireo, dejando atrás templos antiguos y tumbas heroicas bajo
el empinado peñasco de la ciudadela. El rumor de las olas quedó atrás, pero el
de la multitud seguía a intervalos, amortiguado, sordo. Y aunque en la ciudad
las casas, las iglesias y los edificios públicos estaban decorados con pendones
y estandartes; aunque la soldadesca formaba en las calles y los habitantes se
congregaban por millares para gritarle su bienvenida, el mismo silencio solemne
se mantenía, los soldados le presentaban armas -los estandartes a media asta,
muchas manos blancas empuñando banderolas- y en vano buscaban distinguir al
héroe en su vehículo que, cerrado y rodeado de guardias, se dirigía al palacio
que le habían dispuesto.
Raymond
se sentía débil, exhausto, y sin embargo el interés que suscitaba su persona le
llenaba de orgullo. El amor que los demás le profesaban estaba a punto de
matarlo. Cierto que el pueblo se refrenaba, pero el rumor y el bullicio de la
muchedumbre congregada alrededor de palacio, sumados al estrépito de los fuegos
de artificio, a los frecuentes disparos de las armas, al repicar de los cascos
de los caballos, de cuya efervescencia era él la causa, dificultaban su
recuperación. De modo que, al poco, decidimos trasladarnos por un tiempo a
Eleusis, donde el reposo y los cuidados lograron que nuestro enfermo recobrara
fuerzas prontamente. Las atenciones que le prodigaba Perdita eran la primera
causa de su rápido restablecimiento. Pero la segunda era sin duda la felicidad
que sentía por el afecto y la buena voluntad que le profesaban los griegos. Se
dice que amamos mucho a aquellos a los que causamos un gran bien. Raymond había
luchado y conquistado territorios para los atenienses. Había sufrido por ellos,
se había expuesto a los peligros, al cautiverio y a las dificultades. Su
gratitud le conmovía profundamente y en lo más hondo de su corazón anhelaba ver
su destino unido para siempre al de aquel pueblo que sentía por él tal
devoción.
El amor y
la comprensión de la sociedad constituían un rasgo marcado de mi carácter. En
mi primera juventud, el drama vivo que se había desarrollado a mi alrededor
había llevado a mi corazón y a mi alma hasta su vórtice. Ahora me percataba de
cierto cambio. Amaba, esperaba, disfrutaba. Pero había algo más. Me mostraba
inquisitivo respecto a los principios internos de las acciones de aquéllos que
me rodeaban, impaciente por interpretar correctamente sus ideas, ocupado
siempre en adivinar sus planteamientos más recónditos. Todos los
acontecimientos, además de interesarme profundamente, aparecían ante mí
en forma
de pinturas. Otorgaba el lugar justo a cada personaje de un grupo, el
equilibrio justo a cada sentimiento. Esa corriente subterránea de pensamiento
solía calmarme en momentos de zozobra o agonía. Confería idealismo a algo que,
tomado en su verdad más despojada, hubiera repugnado al alma. Dotaba de colores
pictóricos la tristeza y la enfermedad, lo que con frecuencia me aliviaba de la
desesperación en momentos de pérdida. Aquella facultad, o instinto, volvió a
despertar en mí. Observaba la renacida devoción de mi hermana, la admiración
tímida pero indudable que Clara sentía por su padre, el hambre de
reconocimiento de Raymond, la importancia que para él tenían las demostraciones
de afecto de los atenienses. Así, observando con atención los hechos de aquel
capítulo del libro, no me sorprendió demasiado el relato que leí al volver la
página.
El
ejército turco se encontraba en ese momento asediando Rodosto. Y los griegos,
apresurándose en sus preparativos y enviando refuerzos todos los días, estaban
a punto de obligar al enemigo a entrar en batalla. Todo el mundo consideraba la
lucha inminente como un episodio decisivo en gran medida, pues en caso de
victoria, el paso siguiente sería el asedio griego de Constantinopla. Raymond,
algo más repuesto, se dispuso a retomar su mando en el ejército.
Perdita
no se opuso a su decisión y se limitó a estipular que le permitiera
acompañarlo. No se había marcado ninguna pauta de conducta para sí misma, pero
ni aun queriendo hubiera podido oponerse al más banal de sus deseos ni hacer
otra cosa que aceptar de buen grado todos sus planes. Una palabra, en realidad,
la hubiera alarmado más que las batallas y los sitios, pues confiaba en que,
durante éstos, la destreza de Raymond lo libraría de todo peligro. Y aquella
palabra, que por entonces para ella no era más que eso, era «peste». Ese
enemigo de la raza humana había empezado, a principios de junio, a alzar su
cabeza de serpiente en las orillas del Nilo y había afectado ya a zonas de Asia
por lo general libres de semejante mal. La plaga alcanzó Constantinopla, pero
como la ciudad recibía todos los años la misma visita, se prestó poca atención
a los relatos que afirmaban que allí ya habían muerto más personas de las que
normalmente eran presa de ella en los meses más cálidos. Sin embargo, ni la
peste ni la guerra impedirían a Perdita seguir a su señor ni la llevarían a
plantear objeción alguna a sus planes. Estar cerca de él, recibir su amor,
sentir que volvía a ser suyo, constituían el colmo de sus deseos. El objeto de
su vida era darle placer. Así había sido antes, pero con una diferencia; en el
pasado, sin preverlo ni pensarlo, le había hecho feliz siéndolo ella también, y
ante cualquier decisión consultaba sus propios deseos, pues no se diferenciaban
de los de su amado. Ahora, en cambio, no se tenía en cuenta a sí misma,
sacrificando incluso la inquietud que le causaba su salud y bienestar, decidida
como estaba a no oponerse a ninguno de sus planes. A Raymond le espoleaban el
amor del pueblo griego, la sed de gloria y el odio que sentía por
el
gobierno bárbaro bajo el que él mismo había sufrido hasta casi la muerte.
Deseaba devolver a los atenienses el amor que le habían demostrado, mantener
vivas las imágenes de esplendor asociadas a su nombre y erradicar de Europa un
poder que, mientras todas las demás naciones avanzaban en civilización,
permanecía inmóvil, como monumento de antigua barbarie. Yo, por mi parte,
habiendo logrado la reconciliación de Raymond y Perdita, me sentía impaciente
por regresar a Inglaterra. Pero su petición sincera, unida a mi curiosidad
creciente y a una angustia indefinida por presenciar la catástrofe, al parecer
inminente, de la larga historia bélica de Grecia y Turquía, me llevaron a
consentir en prolongar mi periodo de residencia en suelo heleno hasta el otoño.
Tan
pronto como la salud de Raymond estuvo lo bastante restablecida se preparó para
unirse al campamento griego, que se había concentrado cerca de Kishan, ciudad
de cierta importancia situada al este del río Hebrus. En ella se instalarían
Perdita y Clara hasta que se produjera la esperada batalla. Salimos de Atenas
el segundo día de junio. Raymond había ganado peso y color. Si bien yo ya no
veía el brillo lozano de la juventud en su rostro maduro, si bien las
preocupaciones habían surcado su frente, y en el campo de su belleza profundas
trincheras cavado, si bien en su pelo, ligeramente teñido de gris, y en su
mirada, serena incluso en la impaciencia, se leían los años y los sufrimientos
vividos, había no obstante algo conmovedor en alguien que, recientemente
arrebatado de las garras de la muerte, reemprendía su carrera negándose a
doblegarse a la enfermedad y al desastre. Los atenienses no veían en él, como
antes, al joven heroico ni al hombre desesperado dispuesto a morir por ellos,
sino al comandante prudente que, por el bien de ellos, cuidaba de su propia
vida y ponía en segundo plano sus tendencias guerreras a favor del plan de
acción que desde las instancias políticas se hubiera trazado.
La ciudad
toda nos acompañó durante varias millas. A nuestra llegada, hacía un mes, nos
había recibido silenciada por la tristeza y el miedo, pero el día de nuestra
partida fue una fiesta para todos. Los gritos resonaban en el aire y las ropas
pintorescas, de vivos colores, brillaban al sol. Los gestos expresivos y las
palabras rápidas de los lugareños se correspondían con su aspecto indómito.
Raymond estaba en boca de todos, era la esperanza de toda esposa, madre o
prometida cuyo esposo, hijo o novio, integrado en el ejército griego, debía ser
conducido por él a la victoria.
A pesar
del azaroso objeto de nuestro viaje, mientras recorríamos los valles y las
colinas de aquel país divino constatábamos que los intereses románticos eran
muchos. Raymond se sentía inspirado por las intensas sensaciones suscitadas por
su salud recobrada. Se daba cuenta de que, al ser general de los atenienses,
ocupaba un cargo digno de su ambición, y que en su esperanza de tomar
Constantinopla participaba en un acontecimiento que resultaría
trascendental
durante siglos, una hazaña inigualada en los anales del hombre, cuando una
ciudad de tan grandes resonancias históricas, la belleza de cuya ubicación era
la maravilla del mundo, y que durante muchos cientos de años había sido plaza
fuerte de los musulmanes, fuera liberada de la esclavitud y la barbarie y
devuelta a un pueblo ilustre por su genio, su civilización y su espíritu de
libertad. Perdita reposaba en su recobrada compañía, en su amor, en sus
esperanzas y su fama, como un sibarita sobre su lujoso triclinio. Todos sus
pensamientos eran compartidos, todas sus emociones se impregnaban de un
elemento coincidente y balsámico.
Llegamos
a Kishan el séptimo día de julio. Durante el trayecto el tiempo había sido
benigno. Todos los días, antes del amanecer abandonábamos el campamento
nocturno y veíamos retirarse las sombras de valles y colinas y acercarse el
esplendor dorado del sol. Los soldados que nos acompañaban saludaban con la
vivacidad propia de su país la visión de las bellezas naturales. La salida del
astro del día se recibía con cantos triunfantes, mientras las aves, con sus
trinos, completaban los intervalos de la música. A mediodía plantábamos las
tiendas en algún valle sombreado o bajo el palio de algún bosque encajonado
entre montañas, en el que algún riachuelo, conversando con los guijarros, nos
inducía al sueño reparador. Nuestro avance vespertino, más pausado, resultaba
sin embargo más agradable que el de la mañana, cuando los ánimos se hallaban
más exaltados. Si la banda de música tocaba, instintivamente escogía piezas de
más moderada pasión: al adiós del amor, al lamento de la ausencia seguía algún
himno solemne que armonizaba con la encantadora serenidad del atardecer y
elevaba el alma hacia ideas nobles y religiosas. A menudo, no obstante, todo
sonido quedaba en suspenso para que pudiéramos deleitarnos con el canto del
ruiseñor, mientras las luciérnagas danzaban con su brillo y el suave lamento
del aziolo anunciaba buen tiempo a los viajeros. ¿Cruzábamos un valle? Suaves
sombras nos engullían y las peñas se teñían de hermosos colores. Si
atravesábamos una montaña, Grecia, mapa viviente, se extendía abajo, sus célebres
pináculos rasgando el éter, sus ríos tejiendo con hilo de plata la tierra
fértil. Casi temerosos de respirar, nosotros, viajeros ingleses, contemplábamos
con éxtasis ese paisaje espléndido, tan distinto a los tonos sobrios y a las
gracias melancólicas de nuestra tierra natal. Cuando abandonamos Macedonia, las
fértiles llanuras de Tracia nos depararon menos bellezas, aunque el viaje
siguió resultando interesante. Una avanzadilla informaba de nuestra llegada y
las gentes campesinas no tardaban en ponerse en marcha para hacer los honores a
lord Raymond. Las aldeas se adornaban con arcos triunfales tapizados de verdor
de día e iluminados con antorchas al ponerse el sol. De las ventanas pendían
tapices y el suelo aparecía salpicado de flores. El nombre de Raymond se unía
al de Grecia y ambos resonaban en los vítores de los paisanos griegos.
Cuando
llegamos a Kishan nos informaron de que, al conocer el avance de
lord
Raymond y de su destacamento, el ejército turco se había retirado de Rodosto,
pero que una vez allí, y tras pedir refuerzos, había desandado sus pasos.
Entretanto Argyropylo, el comandante en jefe de los griegos, se había
adelantado y se encontraba entre los turcos y Rodosto. Se decía que la batalla
era inevitable. Perdita y su hija debían quedarse en Kishan. Raymond me
preguntó si yo quería acompañarlos.
-¡Por los
montes de Cumbria -exclamé-, por el vagabundo y el cazador furtivo que hay en
mí, me quedaré a tu lado y alzaré mi espada por la causa griega, y me recibirán
victorioso a tu lado!
Toda la
llanura, desde Kishan hasta Rodosto -una distancia de dieciséis millas- era un
hervidero en que a las tropas se sumaba la gran cantidad de personas que se
trasladaban con el campamento. Todo el mundo se movía ante la inminencia de la
batalla. Pequeñas guarniciones llegaban desde varias ciudades y plazas fuertes
y se incorporaban al ejército principal. Nos cruzábamos con carros de
equipajes, y con muchas mujeres de todo rango que regresaban a Fairy o a Kishan
para aguardar allí la llegada del día esperado. Cuando llegamos a Rodosto
descubrimos que el campo había sido tomado, y el plan de batalla trazado. El
sonido de disparos, a primera hora del día siguiente, nos informó de que las
avanzadillas de los dos ejércitos ya habían tomado posiciones. Se inició
entonces el avance ordenado de los regimientos, sus estandartes ondeando al
viento, al son de las bandas de música. Plantaron los cañones sobre una especie
de túmulos, únicas elevaciones en esa tierra llana, y formaron en columna y en
ángulo recto, mientras los pioneros levantaban pequeños montículos para su
protección.
Así que
esos eran los preparativos para la batalla, y no sólo los preparativos, sino la
batalla misma, tan distinta a todo lo que mi imaginación había recreado. Leemos
sobre falanges y manípulos en la historia griega y romana; imaginamos un lugar,
plano como una mesa, y unos soldados pequeños como piezas de ajedrez. E
iniciamos la partida de un modo en que hasta el más ignorante es capaz de
descubrir ciencia y orden en la disposición de las fuerzas. Cuando me encontré
con la realidad y vi a los regimientos desfilar hacia nuestra izquierda,
perdiéndose de vista, comprobé la distancia que mediaba entre los batallones y
me fijé en que apenas unas tropas seguían lo bastante cerca de mí como para
poder observar sus movimientos, renuncié a todo intento de comprensión, a todo
intento incluso de presenciar una batalla, y me limité a unirme a Raymond y a
seguir con gran interés sus acciones. Él se mostraba digno, gallardo e
imperial. Transmitía sus órdenes de modo conciso y su intuición de los
acontecimientos del día me resultaba milagrosa. Entretanto el cañón rugía y la
música elevaba a intervalos sus voces de aliento. Y nosotros, en el más elevado
de los montículos que he mencionado, demasiado lejos para ver las espigas
segadas que la muerte acumulaba en sus
silos,
observábamos ora los regimientos perdidos entre el humo, ora los estandartes y
las lanzas asomándose sobre la nube, mientras los gritos y los clamores
ahogaban cualquier otro sonido.
A primera
hora del día Argyropylo fue herido de gravedad y Raymond asumió el mando de
todo el ejército. Dio pocas instrucciones hasta que, al observar, valiéndose
del catalejo, las consecuencias de una orden que había dado, su rostro, tras
unos instantes de vacilación, adquirió un gesto radiante.
-El día
es nuestro -exclamó-. Los turcos huyen de nuestras bayonetas.
Y
entonces, sin perder un segundo, envió a sus ayudas de campo para que ordenaran
una carga de caballería contra el enemigo en retirada. La derrota fue total; el
cañón dejó de rugir, la infantería se retiró y la caballería siguió a los
turcos que, en desbandada, corrían por la lúgubre llanura. Los oficiales de
Raymond partieron en distintas direcciones para realizar observaciones y
transmitir órdenes. Incluso a mí se me envió a una zona lejana del campo de
batalla.
El
terreno en que había tenido lugar era llano, tanto que desde los túmulos se
divisaba la línea ondulante de montañas que se alzaba en el lejano horizonte.
El espacio intermedio no presentaba la menor irregularidad, salvo por unas
ondulaciones que se asemejaban a las olas del mar. Toda esa parte de Tracia
había sido escenario de contiendas durante tanto tiempo que seguía sin cultivar
y presentaba un aspecto baldío, siniestro. La orden que yo había recibido
consistía en otear, desde una elevación que quedaba al norte, en la dirección
que podía haber tomado un destacamento enemigo. La totalidad del ejército
turco, seguido del griego, se había encaminado hacia el este. En la zona que
observaba yo sólo quedaban los muertos. Desde lo alto del montículo miré a lo
lejos. Todo estaba desierto y en silencio.
Los
últimos rayos del sol poniente se proyectaban desde la lejana cumbre del monte
Athos. El mar de Mármara aún brillaba, reflejándolos, mientras que la costa
asiática, más lejana, se hallaba medio oculta tras el velo de una nube baja.
Muchos eran los cascos, las bayonetas y las espadas esparcidos aquí y allá,
caídos de manos inertes, en los que reverberaba el rayo moribundo. Desde el
este, una bandada de cuervos, viejos habitantes de los cementerios turcos, se
acercaba a su cosecha planeando. Es la hora del día, de melancolía dulce aún,
que siempre me ha parecido más propicia para comulgar con los poderes
superiores, pues nuestra determinación mortal nos abandona y una dócil
complacencia invade el alma. Pero ahora, en medio de los heridos y los muertos,
¿cómo podía apoderarse de uno solo de los asesinos un solo pensamiento
celestial, una sola sensación de paz? Durante el día, ocupada, mi mente se
había entregado, esclava complacida, al estado de las cosas que le presentaban
sus congéneres, y la asociación histórica, el odio al enemigo y el
entusiasmo
militar me habían dominado. Pero ahora observaba la estrella vespertina que
pendía oscilante, serenamente, destacando entre los tonos anaranjados del
ocaso. Me volví hacia la tierra cubierta de cadáveres y sentí vergüenza de mi
especie. Tal vez también la sintieran los plácidos cielos, pues no tardaron en
cubrirse de neblina, cambio al que contribuyó la rápida desaparición de la luz
habitual en el sur. Unas nubes densas se aproximaban desde el este y sus bordes
oscuros se iluminaban con relámpagos rojos y turbulentos. Se levantó un viento
que agitaba las ropas de los muertos y que se enfriaba al pasar sobre sus
gélidos perfiles. La oscuridad se apoderaba de todo; apenas distinguía ya los
objetos que me rodeaban. Abandoné mi puesto elevado y, con cierta dificultad,
avancé a caballo tratando de no pisar a los cadáveres.
De pronto
oí un grito desgarrado. Una forma pareció alzarse de la tierra, avanzó
rápidamente hacia mí y se hundió una vez más en el suelo, más cerca de donde me
hallaba. Todo sucedió tan deprisa que me costó tirar de las riendas del caballo
para que se detuviera y no pisara al ser que yacía allí postrado. Las ropas de
aquella persona eran las de un soldado, pero el cuello desnudo y los brazos,
así como los gritos continuos, revelaban que se trataba de una mujer
disfrazada. Desmonté para ayudarla mientras ella, entre lamentos, la mano en un
costado, resistía mi intento de levantarla. Con las prisas del momento había
olvidado que me hallaba en Grecia, y en mi lengua natal traté de aliviar sus
sufrimientos. Entre terribles gritos de dolor, la agonizante Evadne (pues se
trataba de ella), reconoció la lengua de su amado. El dolor y la fiebre
causados por la herida habían hecho mella en su cordura, y sus exclamaciones y
débiles intentos de escapar me movían a la compasión. En su delirio desbocado
pronunció el nombre de Raymond y me acusó de impedirle reunirse con él,
mientras los turcos, con sus temibles instrumentos de tortura, estaban a punto
de quitarle la vida. Y entonces, de nuevo, se lamentó tristemente de su sino,
de que una mujer, con corazón y sensibilidad femeninas, se hubiera visto
arrastrada por un amor desesperado y unas esperanzas vanas a tomar las armas y
a padecer unas privaciones masculinas superiores a sus fuerzas, a entregarse al
trabajo y al dolor... Mientras balbuceaba, su mano seca y caliente se aferraba
a la mía y su frente y sus labios ardían, encendidos por el fuego que la
consumía.
Las
fuerzas le fallaban por momentos. La levanté del suelo; su cuerpo desgarrado
colgaba casi inerte entre mis brazos, y apoyó su cara hundiéndola en mi pecho.
Con voz sepulcral murmuró:
-¡Este es
el fin del amor! ¡Pero no es el fin! -El delirio le dio fuerzas para elevar un
brazo en dirección al cielo-: ¡Allí está el fin! Ahí volvemos a vernos. Muchas
muertes en vida he sufrido por ti, oh Raymond, y ahora expiro, convertida en tu
víctima. Con mi muerte te poseo. ¡Mira! Los instrumentos de
la
guerra, el fuego y la peste son mis servidores. Me atreví y los vencí a todos.
Hasta ahora. Me he vendido a la muerte con la sola condición de que tú me
siguieras. Fuego, guerra y peste unidos para tu destrucción. ¡Oh, Raymond! ¡No
estarás a salvo!
Con el
corazón en un puño yo escuchaba los vaivenes de su delirio. Con varios mantos
improvisé un lecho para ella. Su cólera remitió. La frente, perlada de sudoroso
rocío, se sumaba a la palidez de la muerte, que se había abierto paso tras el
rubor febril. La tumbé sobre los mantos. Ella seguía balbuciendo sobre su
rápido encuentro con su amado en la tumba, sobre su muerte inminente. A veces
declaraba solemne que mandaran llamarlo. Otras veces se lamentaba del triste
futuro que le aguardaba. Su voz se debilitaba por momentos, sus palabras se
interrumpían. Al poco le sobrevinieron unas convulsiones y relajó los músculos.
Las extremidades perdieron fuerza, suspiró profundamente una vez y la vida
abandonó su cuerpo.
La alejé
de la proximidad de los demás muertos. Envuelta en mantos, la deposité debajo
de un árbol. Volví a contemplar su rostro alterado. La última vez que la había
visto tenía dieciocho años, hermosa como la visión de un poeta y espléndida
como una sultana oriental. Habían transcurrido doce años desde entonces, doce
años de cambios, de penas e infortunios. Su rostro radiante se había
ensombrecido, ajado. Sus miembros habían perdido la redondez de la juventud y
la feminidad. Tenía los ojos hundidos.
hundida,
extenuada
las horas
su sangre habían consumido
y surcado
su frente de líneas y arrugas.
Con
tembloroso horror velé a ese monumento de pasión y desgracia humanas. La cubrí
con todas las banderas y ropajes de que pude hacer acopio, para protegerla de
las aves y las alimañas hasta que pudiera proporcionarle una sepultura digna.
Triste, lentamente, seguí mi camino entre montañas de cadáveres y, guiado por
las luces parpadeantes de la ciudad, llegué al fin a Rodosto.
CAPÍTULO
II
A mi
llegada, descubrí que el ejército ya había recibido órdenes de avanzar de
inmediato hacia Constantinopla, y que las tropas que menos habían sufrido en la
batalla ya se habían puesto en marcha. La ciudad era un hervidero de actividad.
Las heridas de Argyropylo, que lo incapacitaban para el mando, convertían a
Raymond en comandante de todos los ejércitos. Recorría la
ciudad a
caballo visitando a los heridos, dando las órdenes necesarias para iniciar el
asedio tal como lo había planeado. A primera hora de la mañana, todo el
ejército estaba ya en marcha. Con las prisas del momento, apenas tuve tiempo de
celebrar los últimos oficios de Evadne. Ayudado sólo por mi asistente, cavé una
tumba profunda junto al árbol y, sin despojarla de sus ropas de soldado, la
deposité en ella y cubrí el sepulcro con un montículo de piedras. El sol
cegador y la intensa luz del día privaron a la escena de toda solemnidad. Desde
la tumba de Evadne me uní a Raymond y a su destacamento, que ya se dirigían a
la Ciudad Dorada.
Constantinopla
ya había sido sitiada, se habían excavado trincheras y se habían realizado
incursiones. Toda la flota griega la bloqueaba por mar. En tierra, dese el río
Kyat Kbanah, cerca de las Aguas Dulces, hasta la Torre de Mármara, a orillas
del Helesponto, siguiendo todo el trazado de las antiguas murallas, se habían
dispuesto las zanjas del asedio. Pera ya estaba en nuestro poder; el Cuerno de
Oro mismo, la ciudad, cuyo bastión era el mar, y los muros de los emperadores
griegos, cubiertos de hiedra, eran toda la Europa que los mahometanos podían
reclamar como suya. Nuestro ejército veía en la capital una presa segura.
Calcularon el número de soldados que permanecían en la guarnición; no era
posible su relevo, y cada ruptura de las defensas era una victoria. Aunque los
turcos se mostraban triunfantes, la pérdida de hombres que habían sufrido
constituía una herida irreparable.
En
compañía de Raymond, subí a caballo una mañana hasta la alta colina de Top
Kapou (la puerta del cañón), en la que Mehmet había plantado su estandarte, y
desde allí contemplé la ciudad por primera vez. Las mismas cúpulas y alminares
se alzaban entre los muros tapizados de verdor, allí donde Constantinopla había
muerto cuando el Turco había entrado en la ciudad. La llanura que la rodeaba
estaba salpicada de cementerios otomanos, griegos y armenios en los que crecían
los cipreses. Además, otros bosques de aspecto menos lúgubre conferían variedad
al paisaje. Entre ellos había acampado el ejército turco y sus escuadrones se
movían por todas partes, ya en ordenada formación, ya en rápida carrera.
Los ojos
de Raymond seguían clavados en la ciudad.
-He
contado las horas de su vida -dijo-. Un mes más y caerá. Quédate conmigo hasta
entonces. Aguarda hasta ver la cruz sobre Santa Sofía. Después podrás volver a
tu apacible campiña.
-¿Y tú?
-le pregunté-. ¿Te quedarás en Grecia?
-Sin duda
-respondió-. Y sin embargo, Lionel, aunque te digo esto, ten por seguro que
pienso con nostalgia en la vida tranquila que llevábamos en Windsor. Yo sólo
soy soldado a medias. Adoro el prestigio de la guerra, pero no sus prácticas.
Antes de la batalla de Rodosto, albergaba grandes esperanzas
y
mantenía el ánimo. Conquistar la ciudad, y después tomar Constantinopla, era la
esperanza, la meta, el colmo de mis ambiciones. Ahora he perdido el entusiasmo,
no sé por qué. Tengo la sensación de estar adentrándome en un abismo oscuro. El
espíritu ardoroso del ejército me irrita, y el éxtasis del triunfo no me dice
nada.
Se
detuvo, perdido en sus pensamientos. La seriedad de su semblante me devolvió a
la mente, por asociación, a la medio olvidada Evadne, y aproveché la ocasión
para averiguar algo más sobre su extraño destino. Le pregunté si, entre la
tropa, había visto alguna vez a alguien que se pareciera a ella; si, desde su
regreso a Grecia, había sabido algo de aquella mujer.
Se
sobresaltó al oír su nombre y me miró, incómodo.
-Sabía
que me hablarías de ella. La tenía olvidada desde hacía mucho, mucho tiempo.
Pero desde que hemos acampado aquí visita mis pensamientos todos los días, hora
tras hora. Cuando alguien me habla, es su nombre el que espero oír; pienso que
formará parte de todas las conversaciones. Finalmente tú has roto el
encantamiento. Dime qué sabes de ella.
Le relaté
nuestro último encuentro. Tuve que repetirle una y otra vez la historia de su
muerte. Con interés sincero y doliente me preguntó por las profecías que había
vertido respecto de él. Yo traté de exponerlas como los delirios de una loca.
-No, no
-me dijo-, no te engañes. A mí no puedes ocultármelo. No dijo nada que yo no
supiera ya, aunque ésta es la confirmación. ¡El fuego, la espada y la peste!
Las tres cosas puedo hallarlas en esta ciudad. Y las tres recaerán sólo sobre
mi ser.
Desde ese
día la melancolía se apoderó de Raymond. Se mantenía solo siempre que las
obligaciones de su cargo se lo permitían. Cuando se hallaba en compañía, y a
pesar de sus esfuerzos, la tristeza asomaba a su rostro, y se sentaba, ausente
y mudo, entre la ajetreada multitud que lo rodeaba. Perdita se acercaba a él, y
en su presencia se obligaba a mostrarse alegre pues ella, como un espejo,
reflejaba todos sus cambios, y si se mostraba nervioso y callado, ella se
preocupaba y le preguntaba qué le sucedía, y trataba de eliminar la causa de
sus cuitas. Perdita estaba instalada en el palacio de las Dulces Aguas, un
serrallo de verano del sultán. La belleza del paisaje circundante, a salvo de
la guerra, y el frescor del río, hacían doblemente agradable el lugar. Raymond
no sentía alivio alguno, no obtenía el menor placer del espectáculo de los
cielos y la tierra. Con frecuencia se despedía de mi hermana y caminaba solo
por las inmediaciones. O, en una chalupa ligera, se dejaba llevar, ocioso, por
las aguas puras, mientras se entregaba a profundas meditaciones. Yo me unía a
él a veces. Siempre se mostraba taciturno y abatido. Parecía aliviarle algo mi
compañía y conversaba con cierto interés sobre los asuntos de la jornada. Se
hubiera
dicho que algo le rondaba por la mente. Y sin embargo, cuando estaba a punto de
hablar de lo que más afligía su corazón, se volvía de pronto y, con un suspiro,
trataba de ahuyentar aquella idea dolorosa.
Había
sucedido en más de una ocasión que cuando, como ya he dicho, Raymond se
ausentaba del salón que ocupaba Perdita, Clara venía a verme y, llevándome
discretamente aparte, me decía:
-Papá se
ha ido. ¿Vamos con él? Diría que se alegrará de verte.
Según me
lo permitieran las circunstancias, yo aceptaba o declinaba su propuesta.
Una noche
se congregó en el palacio un gran número de oficiales griegos. Palli el
intrigante, Karazza el expeditivo, Ypsilanti el guerrero, se contaban entre los
principales. Conversaron de los acontecimientos del día, de las escaramuzas, de
las bajas de los infieles, de su derrota y huida. Y transcurrido un tiempo
abordaron la posibilidad de tomar la Ciudad Dorada. Trataban de imaginar lo que
sucedería a continuación y hablaban en términos grandilocuentes de la
prosperidad que bendeciría Grecia si Constantinopla se convertía en su capital.
La conversación se centró entonces en las noticias que llegaban desde Asia, en
los estragos que la peste causaba en sus principales ciudades. Se conjeturaba
si la enfermedad podía haber llegado ya a la ciudad sitiada.
Raymond
se había sumado a la primera parte de la conversación. Con vehemencia había
demostrado el lamentable estado a que había quedado reducida Constantinopla; el
agotamiento y precario estado de las tropas, a pesar de su aspecto feroz,
presas del hambre y la peste que se abría paso entre ellas, y que pronto
obligaría a los infieles a buscar refugio en su única esperanza: la rendición.
De pronto, en medio de su arenga, se detuvo, como asaltado por una idea
dolorosa. Se puso en pie con dificultad y abandonó el salón, buscando algo de
aire fresco en el largo pasillo. Ya no regresó. Clara se acercó discretamente a
mí para proponerme su acostumbrada invitación. Consentí al punto y, tomándola
de la mano, fuimos tras de Raymond. Lo encontramos a punto subirse al bote y
aceptó de buen grado que lo acompañáramos. Tras los calores del día, la brisa
fresca rizaba las aguas del río y henchía nuestra pequeña vela. La ciudad, por
el sur, ya se veía oscura, mientras las numerosas luces encendidas en las
costas cercanas y el hermoso aspecto de las orillas, sumidas en la placidez de
la noche, con el reflejo de las luces celestes en el agua, conferían al
precioso caudal un manto de belleza que bien pudiera identificarse con el
paraíso. Nuestro barquero se ocupaba de la vela. Raymond iba al timón. Clara se
sentó a sus pies, rodeándose las rodillas con los brazos, apoyando en ellas la
cabeza. Fue Raymond quien inició la conversación de modo algo brusco.
-Amigo
mío, esta es probablemente la última vez en que tendremos ocasión de conversar
libremente. Mis planes ya se han iniciado, y cada vez dispondré de menos
tiempo. Además, deseo transmitirte de inmediato mis deseos y expectativas, para
no volver a abordar jamás un tema que me resulta tan doloroso. En primer lugar
quiero agradecerte, Lionel, que hayas permanecido aquí a petición mía. Fue la
vanidad la que al principio me llevó a solicitártelo. La llamo vanidad, aunque
en ella veo la mano del destino. Tu presencia no tardará en resultar necesaria.
Serás el último recurso para Perdita, su protector, su consuelo. Tú la llevarás
de vuelta a Windsor.
-No sin
ti -observé yo-. ¿No pretenderás separarte de ella otra vez?
-No te
engañes -respondió-. Esta vez no está en mi mano impedir la separación que ha
de producirse. Mis días están contados. ¿Puedo confiar en ti? Durante muchos
días he deseado compartir los misteriosos presentimientos que me acechan,
aunque temo que tú te burles de ellos. Mas no lo hagas, mi querido amigo, pues
aunque son infantiles, irracionales, se han convertido en parte de mí y no creo
poder librarme de ellos.
»Con
todo, ¿cómo voy a pretender que me comprendas? Tú eres de este mundo, yo no.
Extiendes tu mano, que es una parte de ti mismo. Y aun así no separas el
sentimiento de identidad de la forma mortal que modela a Lionel. ¿Cómo,
entonces, vas a comprenderme? La tierra para mí es una tumba, el firmamento,
una cripta que envuelve mera corrupción. El tiempo ya no es, pues he traspasado
el umbral de la eternidad. Cada hombre que veo me parece un cadáver, que pronto
se verá despojado de la chispa que lo anima, en la vigilia de la descomposición
y la podredumbre.
Cada
piedra una pirámide levanta
y cada
flor construye un monumento
cada
edificio es un sepulcro altivo,
cada
soldado un esqueleto vivo.
Pronunciaba
sus palabras en tono fúnebre. Suspiró profundamente.
-Hace
unos meses -prosiguió- creía que iba a morir. Pero la vida se hizo fuerte en
mí. Mis afecciones eran humanas. La esperanza y el amor eran las estrellas que
guiaban mi vida. Ahora... sueñan que la frente del conquistador de los infieles
está a punto de ser coronada de laureles triunfantes; hablan de recompensas
honoríficas, de títulos, poder y riqueza; y todo lo que yo le pido a Grecia es
una tumba. Que levanten un túmulo sobre mi cuerpo inerte, que se mantenga en
pie cuando la cúpula de Santa Sofía se haya derrumbado.
»¿De
dónde proceden estos sentimientos? En Rodosto estaba lleno de esperanza. Pero
cuando vi Constantinopla por primera vez, ese sentimiento me
abandonó,
acompañado de todas mis otras alegrías. Las últimas palabras de Evadne han sido
el lacre que sentencia mi muerte segura. Y sin embargo no pretendo achacar mi
estado de ánimo a ningún suceso concreto. Todo lo que puedo decirte es que así
me siento. La peste que, según dicen, ha llegado a Constantinopla... Tal vez
haya aspirado sus efluvios, tal vez la enfermedad sea la verdadera causa de mis
pronósticos. Importa poco por qué o de qué modo me vea afectado, pues ningún
poder puede evitar el mazazo, y la sombra de la mano alzada del destino ya me
ensombrece.
»A ti,
Lionel, te confío a tu hermana y a su hija. Nunca menciones ante ella el nombre
fatal de Evadne. Ella se lamentaría doblemente por el extraño eslabón que me
encadena a ella y obliga a mi espíritu a obedecer su voz agónica, a seguirla,
como está a punto de hacer, hasta el país desconocido.
Le
escuché asombrado. Pero su aspecto triste y lo solemne de sus palabras me
convencieron de la verdad e intensidad de sus sentimientos. Debía, con chanzas
y burlas cariñosas, tratar de disipar sus temores. Pero, fuera lo que fuese lo
que estaba a punto de responder, las poderosas emociones de Clara me lo
impidieron. Raymond había hablado sin reparar en su presencia y ella, pobre
niña, escuchó, crédula y horrorizada, la profecía de su muerte. El violento
desconsuelo de la pequeña conmovió a su padre, que la estrechó en sus brazos,
consolándola, aunque con palabras solemnes y temerosas.
-No
llores, dulce niña -le dijo-, la próxima muerte de aquél a quien apenas has
conocido. Tal vez muera, pero ni en la muerte olvidaré ni abandonaré jamás a mi
Clara. En tus penas y en tus alegrías, piensa que el espíritu de tu padre
andará cerca, para salvarte o comprenderte. Enorgullécete de mí y atesora tu
recuerdo infantil de mi persona. Así, querida, parecerá que no habré muerto.
Una cosa debes prometerme: no hablar con nadie, más que con tu tío, de la
conversación que acabas de oír. Cuando me haya ido, consolarás a tu madre, y le
dirás que mi muerte me fue amarga sólo porque me separó de ella; que mis
últimos pensamientos se los dedicaré a ella. Pero mientras viva, prométeme que
no me traicionarás, prométemelo, mi querida hija.
Con voz
quebrada Clara pronunció su promesa, sin separarse de su lado, y presa de
dolor. Regresamos pronto a la orilla. Yo trataba de obviar la impresión causada
en la mente de la pequeña tomándome a la ligera los temores de Raymond. Y ya no
volvimos a hablar de ellos pues, como él mismo había asegurado, el asedio, que
llegaba a su final, se convirtió en centro de su interés y ocupaba todo su
tiempo y atenciones.
El
imperio de los mahometanos en Europa tocaba a su fin. La flota griega, que
bloqueaba todos los puertos de Estambul, impedía la llegada de refuerzos desde
Asia. Todas las salidas por tierra eran impracticables, y los intentos
desesperados de traspasar las murallas sólo lograban reducir los efectivos de
nuestros
enemigos, sin causar la menor pérdida en nuestras filas. La guarnición turca
había menguado tanto que parecía evidente que la ciudad habría sucumbido a un
ataque violento. Sin embargo, la humanidad y la política dictaban un proceder
más lento. No había apenas duda de que, si la incursión se llevaba al extremo,
los palacios de la ciudad, sus templos y todos sus tesoros serían destruidos al
calor del triunfo y la derrota. Los ciudadanos, indefensos, ya habían padecido
bastante la barbarie de los jenízaros y, en caso de ataque, tumulto y masacre,
la belleza, la infancia y la decrepitud se verían sacrificadas por igual a
manos de la ferocidad brutal de los soldados. El hambre y el bloqueo eran
medios ciertos de conquista, y en ellos basábamos nuestras esperanzas de
victoria.
Todos los
días los soldados de la guarnición asaltaban nuestros puestos de avance y nos
impedían completar los trabajos. Desde los diversos puertos se lanzaban barcos
incendiados, mientras nuestras tropas, en ocasiones, debían retirarse ante las
muestras de valor absoluto desplegadas por hombres que no perseguían seguir
viviendo, sino vender caras sus vidas. Aquellas escaramuzas se veían agravadas
por la estación del año en que nos encontrábamos. Era verano, y los vientos del
sur, procedentes de Asia, llegaban cargados de un calor insufrible. Los arroyos
se secaban en sus lechos poco profundos y el mar parecía abrasarse bajo los
rayos implacables del astro del solsticio. La noche no acudía para refrescar la
tierra, nos negaba el rocío; no crecían hierbas ni flores, hasta los árboles
languidecían; y el verano adoptaba la apariencia marchita del invierno,
mientras avanzaba silencioso y abrasador, escamoteando los medios de
subsistencia de los hombres. En vano se esforzaba el ojo por avistar una nube
solitaria que llegara desde el norte, náufraga en el empíreo inmaculado, que
avivara las esperanzas de un cambio y aportara humedad a la atmósfera opresiva
y sin viento. Todo se mantenía sereno, ardiente, aniquilador. Nosotros, los que
asediábamos, sufríamos comparativamente pocos males. Los bosques que rodeaban
la ciudad nos daban sombra, el río nos aseguraba el suministro constante de
agua. Además, algunos destacamentos se ocupaban de proveer al ejército de
hielo, del que habían hecho acopio en los montes Haemus, en el monte Athos y en
las cumbres de Macedonia. Con él se refrescaban frutas y alimentos básicos, que
renovaban la fuerza de los trabajadores y nos permitían sobrellevar con menor
impaciencia la carga del aire asfixiante. Pero en la ciudad las cosas eran muy
distintas. Los rayos del sol se reflejaban en pavimentos y edificios. Las
fuentes públicas habían sido cerradas y la mala calidad de los alimentos, así
como su escasez, producían un estado de sufrimiento agravado por el azote de la
enfermedad. Además, los soldados de la guarnición se arrogaban el derecho a
cualquier capricho, añadiendo el despilfarro y los desórdenes a los males
inevitables del momento. Pero, a pesar de todo, la capitulación no llegaba.
De pronto
se produjo un cambio en la táctica bélica del enemigo. Los
asaltos
cesaron y pudimos proseguir con nuestros planes sin interrupción alguna, ni de
día ni de noche. Más extraño aún resultaba que cuando nuestras tropas se
aproximaban a la ciudad, hallaban las murallas desprotegidas, vacías, y
constataban que los cañones no apuntaban contra los intrusos. Cuando Raymond
tuvo noticia de tales circunstancias, ordenó que se realizaran observaciones
minuciosas de lo que sucedía intramuros, y cuando los enviados regresaron,
informando sólo del silencio prolongado y la desolación de la ciudad, ordenó
que el ejército se congregara ante las puertas. Nadie apareció en las murallas.
Los portales, aunque cerrados con rastrillos, no parecían custodiados. Más
arriba, las numerosas cúpulas y las doradas lunas crecientes rasgaban el cielo.
Los viejos muros, supervivientes de siglos, con torres coronadas de enredaderas
y contrafuertes cubiertos de malas hierbas, se alzaban como peñascos en una
tierra baldía. Del interior de la ciudad no llegaba grito alguno, ni nada más
que el ladrido de algún perro, que rompía la quietud del mediodía. Incluso a
nuestros soldados les asombraba tal quietud. La música de las bandas cesaba y
el chasquido de las armas iba acallándose. Todos preguntaban en susurros a sus
camaradas por el motivo de una paz tan repentina. Mientras, Raymond, desde un
lugar elevado trataba, con su catalejo, de descubrir y observar la estrategia
del enemigo. Sobre las terrazas de las casas no se divisaba a nadie; en las
partes más altas de la ciudad no se distinguía una sola sombra que revelara la
presencia de algún ser vivo. Ni los árboles se movían, y parecían imitar,
burlones, la quietud de los edificios.
Al fin se
oyó el galopar de unos caballos. Se trataba de una tropa enviada por Karazza,
el almirante, que traía despachos del general. El contenido de los documentos
era de gran importancia. La noche anterior, el vigía de uno de los buques más
pequeños anclados cerca del muro del Serrallo, oyó el chapoteo sordo de unos
remos. Dio la voz de alarma. Doce barcas pequeñas, con tres jenízaros montados
en cada una de ellas, fueron avistadas mientras intentaban abrirse paso a
través de la flota, en dirección a la orilla opuesta de Scutari. Al saberse
descubiertos, dispararon sus mosquetones, y algunas de las barcas se avanzaron
para cubrir a los demás, cuyas tripulaciones, haciendo acopio de todas sus
fuerzas, trataban de escapar con sus ligeras embarcaciones entre los cascos
oscuros que les rodeaban. Al cabo todos se hundieron y, con excepción de dos o
tres prisioneros, los jenízaros se ahogaron. Poco pudo sonsacarse a los
supervivientes, pero sus cautas respuestas llevaron a sospechar que varias
incursiones habían precedido a la suya, y que varios turcos de alto rango
habían llegado a la costa asiática. Los hombres, altivos, negaron que los suyos
hubieran desertado de la defensa de su ciudad, y uno de ellos, el más joven, en
respuesta a la provocación de un marinero, exclamó:
-¡Tomadlos,
perro cristiano! ¡Tomad los palacios, los jardines, las mezquitas, las moradas
de nuestros padres! Y tomad la peste con ellos. La pestilencia es el mal del
que huimos. Si es vuestra amiga, abrazadla y lleváosla
al pecho.
La maldición de Alá ha caído sobre Estambul, compartid con ella su destino.
Aquella
era la relación de los hechos que envió Karazza a Raymond. Pero un relato lleno
de exageraciones monstruosas, aunque basado en ella, empezó a circular entre la
tropa. Se alzó un murmullo: la ciudad era presa de la plaga. Un poderoso mal
había sometido ya a sus habitantes. La Muerte se había convertido en Señora de
Constantinopla.
He oído
describir una pintura en la que todos los habitantes de la tierra aparecen
dibujados de pie, temerosos, aguardando la llegada de la muerte. Los débiles y
decrépitos escapan; los guerreros se retiran, aunque amenazantes incluso en su
huida; los lobos, los leones y otros monstruos del desierto rugen al verla;
mientras, la siniestra Irrealidad acecha desde lo alto moviendo su dardo
espectral, asaltante solitario pero invencible. Pues bien, lo mismo sucedía con
el ejército griego. Estoy convencido de que si las miríadas de soldados
esparcidos por Asia hubieran cruzado el Helesponto y hubieran defendido la
Ciudad Dorada, todos y cada uno de los griegos habrían atacado a un ejército
muy superior en número y se habrían entregado a la causa con furia patriótica.
Pero allí no había muralla de bayonetas, ni mortífera artillería, ni formidable
hilera de bravos soldados. Las murallas, sin custodia, permitían la entrada:
palacios vacíos, lujosas moradas. Y sin embargo, sobre la cúpula de Santa
Sofía, los griegos supersticiosos veían la Pestilencia, y se arredraban ante
ella.
A
Raymond, por el contrario, le movían sentimientos muy distintos. Descendió
colina abajo con rostro triunfante, y señalando las puertas con la espada,
ordenó a sus tropas que abatieran aquellas barricadas, los únicos obstáculos
que los separaban de la victoria más completa. Los soldados respondieron
titubeantes y con ojos temerosos a sus entusiastas palabras. Instintivamente se
echaron hacia atrás, y Raymond cabalgó hasta las filas de vanguardia.
-Juro por
mi espada -dijo- que no os aguarda emboscada ni estratagema alguna. El enemigo
ya ha sido derrotado. Los lugares agradables, las moradas nobles y el botín de
la ciudad ya son vuestros. ¡Forzad la puerta, entrad y tomad posesión de la
sede de vuestros antepasados, de vuestra propia herencia!
Un
escalofrío universal, un murmullo temeroso recorrió las filas, y ni un solo
soldado se movió.
-¡Cobardes!
-exclamó el general, exasperado-. ¡Dadme un hacha! ¡Entraré yo solo! Yo
plantaré vuestra bandera. Cuando la veáis ondear en el más alto de los
alminares, tal vez recuperéis el coraje y os congreguéis en torno a ella.
Uno de
los oficiales se acercó a él.
-General
-dijo-, nosotros no tememos el coraje, ni las armas, ni el ataque abierto, ni
la emboscada secreta de los musulmanes. Estamos dispuestos a exponer nuestros
pechos, a exponerlos diez mil veces ante las balas y las cimitarras de los
infieles, y a caer por Grecia cubiertos de gloria. Pero no moriremos a
montones, como perros envenenados en verano, por el aire pestilente de la
ciudad. ¡No nos atrevemos a luchar contra la Peste!
Si a un
grupo de hombres débiles y sin energía, sin voz, sin cabecilla, se les da un
jefe, recuperan la fuerza que les confiere su número. Así, ahora, mil voces
inundaron el aire, y el grito de aplauso se hizo unánime. Raymond captó el
peligro. Estaba dispuesto a salvar a sus tropas del delito de desobediencia,
pues sabía que, una vez iniciadas las disputas entre el comandante y su
ejército, cada palabra y cada acto debilitaba a aquél y fortalecía a éste. Así,
ordenó la retirada, y los regimientos retrocedieron, ordenadamente, hasta el
campamento.
Yo me
apresuré a informar a Perdita de lo sucedido, y Raymond no tardó en unirse a
nosotros, abatido y ensimismado. Mi relato impresionó a mi hermana.
-Los
dictados del cielo, asombrosos, inexplicables -observó-, superan en mucho la
imaginación del hombre.
-No seas
necia -exclamó Raymond airadamente-. ¿Tú también te dejas invadir por el
pánico, como mis valientes soldados? Dime, te lo ruego, qué tiene de
inexplicable algo que no es sino un hecho natural. ¿Acaso no visita la peste
todos los años la ciudad de Estambul? ¿Qué asombro puede causar que en esta
ocasión, cuando, según se nos dice, se ha producido con una virulencia sin
precedentes en Asia, haya ocasionado estragos redoblados en la ciudad? ¿Qué
asombro puede causar que, en tiempos de asedio, escasez, calor extremo y
sequía, se haya cebado especialmente en la población? Y menos asombro aún
despierta que la guarnición, sin poder resistir más, se haya aprovechado de la
negligencia de nuestra flota para huir prontamente de nuestro asedio y captura.
¡No es la peste! ¡Por Dios que no lo es! No es la plaga ni el peligro inminente
lo que nos lleva a abstenernos de hacernos con una presa fácil, como las aves
que, en tiempo de cosecha, se asustan ante la presencia de un espantapájaros.
Es vil superstición. Y así, la meta de los valientes se convierte en vaivén de
necios; la noble ambición de personas elevadas, en juguete de esas liebres
domesticadas. ¡Pero Estambul será nuestra! Por mis empeños pasados, por la
tortura y la cárcel que por ellos sufrí, por mis victorias, por mi espada, juro
-por mi esperanza de fama, por mis antiguas renuncias que ahora esperan
recompensa-, juro solemnemente que estas manos plantarán la cruz en esa
mezquita.
-Pero
Raymond, querido -le interrumpió Perdita en tono de súplica.
Él no
dejaba de caminar de un lado a otro por aquel salón del palacio revestido de
mármol. Sus labios, pálidos de ira, temblaban y daban forma a sus coléricas
palabras; echaba fuego por los ojos, y sus gestos parecían moderados por la
vehemencia de aquéllas.
-Perdita
-prosiguió, impaciente-. Ya sé qué vas a decirme. Sé que me amas, que eres
buena y dulce. Pero esto no es cosa de mujeres. Ningún corazón femenino
adivinaría nunca el huracán que me desgarra por dentro.
Parecía
algo asustado de su propia violencia, y súbitamente abandonó el salón. La
expresión de Perdita revelaba su zozobra, y decidí ir tras él. Lo hallé
caminando por el jardín. Sus pasiones habían alcanzado un estado de extrema
turbulencia.
-¿Debo
ser siempre -exclamaba- el capricho de la fortuna? ¿Debe el hombre, escalador
de cielos, ser víctima eterna de los ejemplares rastreros de su especie? Si
fuera como tú, Lionel, y anhelara vivir muchos años, encadenar una sucesión de
días iluminados por el amor, gozar de placeres refinados y renovadas
esperanzas, tal vez cediera y, rompiendo mi vara de mando, buscara reposo en
los prados de Windsor. Pero voy a morir. No, no me interrumpas. Voy a morir
pronto. Estoy a punto de abandonar esta tierra tan poblada, la comprensión de
los hombres, los escenarios más queridos de mi juventud, la bondad de mis
amigos, el afecto de mi único amor, Perdita. Así lo quiere el destino. Tal es
el decreto dictado por el Altísimo, para el que no hay apelación posible, y al
que me someto. Pero perderlo todo... Perder la vida y el amor, y además la
gloria... ¡No ha de ser así!
»Yo, y en
pocos años todos vosotros -este ejército atenazado por el pánico y toda la
población de la noble Grecia-, dejaremos de existir. Pero nacerán otras
generaciones, y nuestras acciones presentes les harán más felices, y nuestro
valor les dará mayor gloria. Durante mi juventud rezaba para hallarme entre
quienes escriben pasajes de esplendor en las páginas de la historia, quienes
exaltan la raza humana y convierten este pequeño orbe en morada de los
poderosos. Y ¡ah! Para Raymond, esa plegaria de juventud queda desatendida, y
las esperanzas de su edad adulta anuladas.
»Desde
mis mazmorras, en esta misma ciudad, exclamaba: «¡Pronto seré tu señor!» Cuando
Evadne pronunció mi muerte, pensé que el título de Conquistador de
Constantinopla se escribiría sobre mi tumba. ¡Y no ha de ser así! ¿No saltó
Alejandro las murallas de la ciudad de los oxidracae para indicar a sus
cobardes tropas el camino a la victoria, encontrándose solo con las espadas de
sus defensores? También yo desafiaré a la peste, y aunque nadie me siga,
plantaré la bandera griega en lo alto de Santa Sofía.
Nada
podía la razón contra sentimientos tan elevados. En vano traté de convencerle
de que, cuando llegara el invierno, el frío disiparía el aire pestilente y
devolvería el coraje a los griegos.
-¡No
hables de otra estación que de ésta! -exclamó-. Yo ya he vivido mi último
invierno, y la fecha de este año, 2092, quedará grabada sobre mi sepulcro. Ya
veo -prosiguió, alzando la vista, lúgubre- la meta y el precipicio de mi
existencia desde donde me arrojaré al tenebroso misterio de la vida futura.
Estoy preparado, y dejaré tras de mí una estela de luz tan radiante que ni mis
peores enemigos podrán ensombrecerla. Se lo debo a Grecia, a ti, a Perdita, que
ha de sobrevivirme, y a mí mismo, víctima de la ambición.
Nos
interrumpió un criado, que anunció que el estado mayor de Raymond se hallaba
reunido en la cámara del consejo. Mi amigo me pidió que saliera a cabalgar por
el campamento, que observara cuál era el ánimo de los soldados y le informara
de él a mi regreso. Acto seguido se ausentó. Los acontecimientos del día me
habían causado gran excitación, incrementada ahora por el discurso apasionado
de Raymond. ¡Ah! ¡Razón Humana! Acusaba a los griegos de superstición. ¿Qué
nombre daba entonces a la fe que depositaba en las profecías de Evadne?
Abandoné el palacio de las Dulces Aguas y, tras dirigirme a la llanura en que
se había levantado el campamento, hallé a sus ocupantes en estado de gran
conmoción. La llegada de varios integrantes de la flota cargados de historias
maravillosas; las exageraciones vertidas sobre lo que ya se conocía; los
relatos de antiguas profecías, cuentos temibles sobre regiones enteras
engullidas aquel mismo año por la pestilencia, alarmaban y ocupaban a las
tropas. Todo atisbo de disciplina había desaparecido. El ejército huía en
desbandada y las personas, antes integradas en un gran todo que avanzaba al
unísono, recobraban la individualidad que la naturaleza les había concedido y
pensaban sólo en ellas mismas. Al principio escapaban solos o en parejas, a las
que paulatinamente se sumaban otros hasta formar grupos más numerosos,
batallones enteros que, sin que los oficiales trataran de impedirlo, buscaban
el camino que conducía a Macedonia.
Hacia
medianoche regresé al palacio para reunirme con Raymond. Lo encontré solo y
aparentemente compuesto, con esa compostura de quien trata de mantener unas
mínimas pautas de conducta. Escuchó con calma las noticias sobre la disolución
del ejército y me dijo:
-Ya
conoces, Verney, mi firme determinación de no abandonar este lugar hasta que, a
la luz del día, Estambul se declare nuestra. Si los hombres que van conmigo no
se atreven a acompañarme, encontraré a otros más valerosos. Ve tú antes de que
amanezca, lleva estos despachos a Karazza y ruégale que me envíe a sus marinos
y fuerza naval. Si logro que me secunde un solo regimiento, el resto seguirá.
Haz que me envíe un regimiento. Espero tu regreso en el mediodía de mañana.
No me
parecía una buena idea, pero le aseguré mi celo y obediencia. Me retiré a
descansar unas horas. Con las primeras luces del alba me vestí para partir a
caballo. Aguardé unos instantes, deseoso de despedirme de Perdita, y desde mi
ventana observé que el sol estaba a punto de salir. Surgía un esplendor dorado
y la fatigada naturaleza despertaba para sufrir otro día de calor y sed. No
había flores que, cargadas de rocío, alzaran los pétalos al encuentro de la
mañana. La hierba seca se había agostado en las llanuras. En los ardientes
campos del aire no volaban los pájaros, y sólo las cigarras, hijas del sol,
entonaban su atronador sonsonete entre cipreses y olivos. Me fijé en que el
caballo albardón de Raymond, negro como el azabache, era conducido a las puertas
del palacio. Poco después llegó una pequeña compañía de oficiales, con el miedo
y la aprensión dibujados en sus rostros, en los ojos soñolientos. Vi entonces
que Raymond y Perdita estaban juntos. Él admiraba la salida del sol mientras
rodeaba con un brazo la cintura de su amada. Ella contemplaba el sol de su vida
con una expresión que era mezcla de ansiedad y ternura. Raymond se sobresaltó
al verme.
-¿Todavía
estás aquí? -me preguntó colérico-. ¿Es éste el celo que prometes?
-Perdóname,
ahora mismo me iba.
-No,
perdóname tú -replicó él-. No tengo derecho a ordenarte ni a reprocharte nada.
Pero mi vida depende de tu partida y de tu raudo regreso. ¡Adiós!
Su voz
había recobrado el tono amable, pero una nube negra todavía se cernía sobre su
semblante. Hubiera querido demorarme un poco más, recomendar precaución a
Perdita, pero la presencia de Raymond me coartaba. Mi retraso carecía de
justificación, por lo que, despidiéndome de él, le estreché la mano, fría y
sudorosa.
-Cuídate
mucho, mi señor -le dije.
-No
-intervino Perdita-. De esa tarea me ocuparé yo. Regresa pronto, Lionel.
Con aire
ausente, Raymond jugaba con los mechones castaños del cabello de Perdita,
mientras ella se abrazaba a él. En dos ocasiones me volví a mirarlos, y en las
dos los hallé así unidos. Al fin, con pasos lentos y vacilantes, abandoné el
palacio y de un salto me subí al caballo. En ese instante apareció Clara, y se
vino corriendo hacia mí.
-¡Regresa
pronto, tío! -exclamó, aferrada a mi rodilla-. Querido tío, tengo unos sueños
espantosos. No me atrevo a contárselos a mi madre. No te demores.
Le
aseguré que volvería lo antes posible, y entonces, acompañado de mi pequeña
escolta, cabalgué por la llanura hacia la torre de Mármara.
Cumplí
con mi misión. Vi a Karazza, al que sorprendió algo mi petición. Vería qué
podía hacer, dijo, aunque le llevaría un tiempo. Raymond me había pedido que
regresara a mediodía. Era imposible concretar nada en tan corto intervalo.
Debía permanecer allí hasta el día siguiente. O regresar tras haber informado
del estado de las cosas al general. No me costó decidirme. La inquietud, el
miedo por lo que estaba a punto de suceder, la duda sobre las intenciones de
Raymond, me instaban a regresar sin demora a su cuartel general. Abandoné las
Siete Torres y me dirigí al este, hacia las Dulces Aguas. Me desvié al llegar
al monte antes mencionado, para divisar la ciudad desde lo alto. Llevaba
conmigo el catalejo. La ciudad recibía el azote del sol del mediodía y las
viejas murallas delimitaban su pintoresco perfil. Frente a mí, en la distancia,
se alzaba Top Kapou, la puerta junto a la que Mehmet abrió la brecha que le
permitió entrar en la ciudad. Cerca crecían unos árboles gigantescos y
centenarios. Ante la puerta distinguí a varias figuras humanas en movimiento, y
con gran curiosidad miré por el anteojo. Vi a lord Raymond montado a su caballo
albardón. A su alrededor se había congregado una pequeña compañía de oficiales
y tras él se distinguía un variopinto grupo de soldados y subalternos sin la
menor disciplina y en posición de descanso. No sonaba ninguna música ni
ondeaban estandartes. La única bandera la portaba Raymond, y con ella señalaba
la puerta de la ciudad. El círculo congregado a su alrededor se retiró. Con
gestos airados Raymond bajó del caballo y, tomando un hacha que colgaba de la
silla, se dirigió a la puerta con aparente intención de derribarla. Unos pocos
hombres acudieron en su ayuda, y progresivamente su número aumentó. La unión de
sus esfuerzos logró vencer el obstáculo, y la puerta, el peine y la reja fueron
demolidas. Iluminado por el sol, el camino que conducía a la ciudad quedaba
expedito frente a ellos. Los hombres retrocedieron. Parecían asustados por lo
que habían hecho, como si temieran que un Fantasma Poderoso se alzara,
ofendido, majestuoso, ante la entrada. Raymond montó de un salto en su caballo,
agarró el estandarte y, con palabras que yo no oía (aunque los gestos que las
acompañaban eran enérgicos, apasionados), pareció invocar su ayuda y compañía.
Pero a pesar de sus palabras, los hombres seguían retrocediendo. Presa de la
indignación, y con expresiones que yo suponía airadas y desdeñosas, apartó la
vista de sus cobardes seguidores y se dispuso a entrar solo en la ciudad.
Incluso su caballo parecía querer alejarse de la siniestra puerta. Su perro, su
perro fiel, se plantó frente a él, aullando e impidiéndole el paso. Pero al
punto él clavó las estrellas de sus espuelas en los costados de la montura, que
inició la marcha y, una vez franqueada la puerta, avanzó al galope por la calle
ancha y desierta.
Hasta ese
instante toda el alma se me había agolpado en los ojos. Había observado la
escena con un asombro mezcla de temor y entusiasmo, un
entusiasmo
que por momentos se imponía en mí.
-¡Me voy
contigo, Raymond! -Exclamé. Pero una vez aparté el ojo del catalejo, apenas
distinguía las formas diminutas de la multitud que, a una milla de donde me
encontraba, rodeaba la puerta. La figura de Raymond se había perdido. Azuzado
por la impaciencia, espoleé a mi caballo y sacudí las riendas mientras ascendía
por la ladera, pues deseaba hallarme junto a mi noble y divino amigo antes de
que surgiera algún peligro. Varios edificios y árboles me impedían, ya en la
llanura, ver la ciudad. Y fue entonces cuando oí un estruendo. Como un rayo,
reverberaba en el cielo, mientras el aire se ensombrecía. Al cabo de un
instante las viejas murallas de la ciudad volvieron a aparecer ante mis ojos y
vi que sobre ellas ascendía una nube negra. Fragmentos de edificios se
arremolinaban en el aire, medio ocultos por el humo, y más abajo empezaban a
alzarse llamaradas, mientras continuas explosiones llenaban el aire de
terroríficos rugidos. Surgiendo de entre las ruinas que se elevaban sobre las
altas murallas y abatían sus torreones cubiertos de hiedra, un grupo de soldado
se abría paso en dirección al camino por el que yo avanzaba. Me rodearon, me
acorralaron y ya no pude seguir. Mi impaciencia crecía por momentos. Extendí
las manos hacia ellos, les supliqué que regresaran a salvar a su general, el
conquistador de Estambul, el libertador de Grecia. Mis ojos se llenaban de
lágrimas, tal era la destrucción. Y todo lo que oscurecía el aire parecía
llevar un pedazo de Raymond martirizado. Entre la densa nube que cubría la ciudad
surgían ante mí escenas horribles, y mi único consuelo consistía en tratar por
todos los medios de acercarme a la puerta. Pero cuando al fin logré mi
propósito, descubrí que, intramuros, la ciudad se hallaba envuelta en llamas.
La vía abierta por la que Raymond había entrado a caballo desaparecía tras el
humo y el fuego. Transcurrido un intervalo, las explosiones cesaron, pero los
incendios seguían ardiendo en distintas zonas. La cúpula de Santa Sofía había
desaparecido. Y, extrañamente (tal vez como resultado de la presión ejercida en
el aire por las explosiones), unas inmensas nubes blancas de tormenta
aparecieron en el horizonte, por el sur, y avanzaron hasta situarse sobre
nosotros. Eran las primeras que veía en meses, y en medio de tanta desolación y
desesperanza su visión resultaba consoladora. El firmamento se oscureció y los
nubarrones empezaron a iluminarse con relámpagos, seguidos al instante por
ensordecedores truenos. Cayó entonces una lluvia intensa, y las llamas que
asolaban la ciudad se plegaron bajo su azote, y el humo y el polvo que se
elevaban sobre las ruinas se disiparon.
Apenas
hube constatado que las llamas menguaban, movido por un impulso irrefrenable,
traté de penetrar en la ciudad. Sólo podía hacerlo a pie, pues las ruinas
imposibilitaban el avance de los caballos. No conocía el lugar y sus caminos me
eran nuevos. Las calles estaban bloqueadas, los edificios derruidos humeaban.
Subí a lo alto de un montículo, que me permitió ver una
sucesión
de otros más. Nada me indicaba dónde podía hallarse el centro de la ciudad ni
hacia qué punto podía haberse dirigido Raymond. La lluvia cesó. Las nubes se
hundieron en el horizonte. Atardecía ya, y el sol descendía velozmente por
poniente. Avancé un poco más, hasta que di con una calle en la que se alineaban
casas de madera a medio incendiar, pues la lluvia había sofocado las llamas,
pero que afortunadamente se habían librado de la pólvora. Ascendí por ella.
Hasta ese momento no había encontrado el menor atisbo de presencia humana. Pero
ninguna de las deformes figuras humanas que aparecían ahora ante mí podía
pertenecer a Raymond. De modo que apartaba los ojos de ellas, profundamente
turbado. Llegué a un espacio abierto con una inmensa montaña de cascotes en su
centro, que indicaba que alguna gran mezquita había ocupado parte de su
espacio. Esparcidos aquí y allá descubrí objetos de gran valor y lujo
calcinados, destruidos, pero que en ciertas partes mostraban lo que habían
sido: joyas, ristras de perlas, ropajes bordados, pieles raras, tapices
brillantes, ornamentos orientales, que parecían haberse dispuesto en forma de
pira para su destrucción, una destrucción que la lluvia había interrumpido.
Pasé
horas vagando por aquel escenario desolado en busca de Raymond. En ocasiones
topaba con tal acumulación de escombros que debía retroceder. Los fuegos que
todavía ardían me asfixiaban. El sol se puso y el aire adquirió un aspecto
turbio. La estrella vespertina ya no brillaba en soledad. El resplandor de las
llamas atestiguaba el avance de la destrucción, y en aquel interregno de luz y
oscuridad, las ruinas que me rodeaban adquirían proporciones gigantescas y
formas temibles. Me abandoné unos instantes a la fuerza creativa de la
imaginación, y ésta, transitoriamente, me alivió con las ficciones sublimes que
me presentaba. Los latidos de mi corazón me devolvieron a la cruda realidad.
«¿Dónde, en este desierto de muerte, te encuentras, Raymond, ornamento de
Inglaterra, libertador de Grecia, héroe de una historia no escrita”? ¿Dónde, en
este caos en llamas, se esparcen tus nobles reliquias?» Pronuncié su nombre a
voces; a través de la oscuridad de la noche, sobre las ruinas humeantes de la
Constantinopla conquistada, se escuchó su nombre. Pero nadie me respondió, pues
hasta el eco había enmudecido.
El
cansancio se apoderó de mí. La soledad abatía mi espíritu. El aire denso,
impregnado de polvo, el calor y el humo de los palacios incendiados, entumecían
mis miembros. De pronto sentí hambre. La excitación que hasta entonces me había
mantenido en alerta desapareció. Como un edificio que pierde sus apoyos y cuyos
cimientos oscilan, y se tambalea y cae, así, cuando el entusiasmo me abandonó,
también lo hizo mi fuerza. Me senté sobre el único peldaño en pie de un
edificio que, a pesar de hallarse en ruinas, seguía mostrándose enorme y
magnífico. Algunas paredes caídas pero íntegras, que habían escapado a la
destrucción de la pólvora, componían combinaciones
fantásticas,
y una llama brillaba en lo alto de la pila. Durante largo rato el hambre y el
sueño libraron su batalla, hasta que las constelaciones aparecieron ante mis
ojos un momento y luego se esfumaron. Traté de incorporarme, pero mis párpados
se cerraron y mis miembros, exhaustos, clamaron reposo. Apoyé la cabeza sobre
la piedra entregándome a la agradable sensación de abandono. Y en aquel
escenario de desolación, en aquella noche desesperada, me dormí.
CAPÍTULO
III
Las
estrellas todavía brillaban en el cielo cuando desperté, y Tauro, en las
alturas del firmamento, me indicó que era medianoche. Había tenido sueños
turbadores. Creía que me habían invitado al último banquete de Timón. Yo
llegaba con gran apetito. Se alzaban las tapaderas, el agua caliente enviaba al
aire sus desagradables vapores y yo huía ante la cólera del anfitrión, que
adoptaba la forma de Raymond. Mientras, en mi enfermiza ensoñación, los buques
que éste enviaba tras de mí aparecían impregnados de fétidos vapores, y la
forma de mi amigo, distorsionada de mil maneras, se expandía hasta convertirse
en un fantasma gigante, que llevaba escrita en su frente la señal de la peste.
Su sombra creciente se elevaba más y más, hinchándose, y parecía querer reventar
la bóveda que sostenía y conformaba el mundo. La pesadilla se convertía en
tortura: con gran esfuerzo abandoné el sueño e invoqué a la razón para que
recobrara las funciones que había suspendido. Mi primer pensamiento fue para
Perdita. Debía regresar a ella. Debía apoyarla, llevándole el alimento que
aplacara su desesperación y que aliviara su corazón herido, apartándola de los
salvajes excesos del dolor mediante las leyes austeras del deber y la suave
ternura del pesar.
La
posición de las estrellas era mi única guía. Me alejé de la horrible ruina de
la Ciudad Dorada, y tras grandes esfuerzos, logré dejar atrás sus murallas.
Junto a ellas encontré una compañía de soldados. A uno de ellos le pedí
prestado su caballo y me apresté a reunirme con mi hermana. Durante aquel breve
intervalo, el aspecto de la llanura había cambiado. El campamento aparecía
desmantelado y los restos del ejército en desbandada formaban pequeños grupos
aquí y allá. Todos los rostros eran sombríos, todos los gestos hablaban de
asombro y horror.
Con gran
pesar en mi corazón entré en palacio, temeroso de seguir avanzando, de hablar,
de mirar. En el centro del salón hallé a Perdita, sentada sobre el suelo de
mármol, la cabeza hundida en el pecho, despeinada, las manos entrelazadas, el
gesto agónico. Al sentir mi presencia alzó la vista, inquisitiva. Sus ojos,
medio iluminados por la esperanza, eran pozos de
tristeza.
Mis palabras murieron antes de que pudiera articularlas. Sentí que una horrendo
rictus curvaba mis labios. Ella comprendió mi gesto y volvió a bajar la cabeza
y a entrelazar las manos. Al fin recobré el habla, pero mi voz la aterrorizó.
La desdichada muchacha había comprendido mi mirada y no pensaba consentir que
el relato de su profunda tristeza fuera modelado y confirmado por unas palabras
duras e irrevocable. Y no sólo eso, pues parecía querer distraer mis
pensamientos de la cuestión.
-Calla
-me susurró, poniéndose en pie-. Clara se ha dormido después de mucho llorar.
No debemos molestarla.
Se sentó
entonces en la misma otomana en la que la había dejado al amanecer, con la
cabeza apoyada en el pecho de su Raymond. No me atrevía a acercarme a ella y
tomé asiento en una esquina alejada, observando sus gestos bruscos y alterados.
-¿Dónde
está? -me preguntó finalmente, sin preámbulos-. ¡Oh! No temas... No temas que
albergue la menor esperanza. Pero dime, ¿lo has encontrado? Sostenerlo una vez
más en mis brazos, verlo una vez más, aunque esté cambiado, es todo lo que
deseo. Aunque Constantinopla entera se amontone sobre él como una tumba, debo
hallarlo. Después nos cubriremos los dos con el peso de la ciudad, una montaña
apilada sobre nosotros. No me importa, mientras el mismo sepulcro guarde a
Raymond y a Perdita. -Sollozó, acercándose a mí, y me abrazó-. Llévame junto a
él, Lionel. Eres malo. ¿Por qué me retienes aquí? Yo sola no puedo encontrarlo.
Pero tú sabes dónde yace. Llévame hasta allí.
Al
principio sus agónicos lamentos me movieron a una irrefrenable compasión. Mas
con todo traté de disuadirla de sus ideas. Le relaté mis aventuras de la noche,
mis esfuerzos por encontrarlo, mi decepción. Guiando de ese modo sus
pensamientos, les di un objeto con que sacarlos de la locura. Con aparente
calma me habló del lugar más probable donde podríamos encontrarlo y planeó los
medios a los que recurrir para alcanzar tal fin. Luego, al saber del apetito y
el cansancio que sentía, ella misma me trajo alimento. Busqué el instante
propicio y traté de despertar en ella algo que la sacara del mortífero sopor de
la pena. Mientras hablaba, me dejé llevar por mis palabras: la admiración
profunda, el pesar, la consecuencia del más sincero afecto, el desbordamiento
de un corazón lleno de comprensión por todo lo que había sido grande y sublime
en la carrera de mi amigo, me inspiraban mientras pronunciaba sus alabanzas.
-¡Ay de
nosotros! -exclamé-, que hemos perdido este último honor del mundo. ¡Amado
Raymond! Se ha ido a las naciones de los muertos. Se ha convertido en uno de
los que, morando en ellas, iluminan las oscuras tumbas. Ha transitado la senda
que conduce a esas regiones y se ha unido a las
poderosas
almas que lo precedieron. Cuando el mundo se hallaba en su infancia, la muerte
debe de haber sido algo terrible, y el hombre abandonaba a familiares y amigos
para morar, extranjero solitario, en un país desconocido. Pero ahora el que
muere se encuentra con muchos compañeros que se fueron antes que él y que se
preparan para recibirlo. Lo pueblan los más grandes de las pasadas eras, y el
héroe aclamado de nuestros días se cuenta entre sus habitantes, mientras la
vida se convierte, doblemente, en «desierto y soledad».
»Qué
noble criatura era Raymond, el primero entre los hombres de nuestro tiempo. Por
la grandeza de sus ideas, por la hermosa osadía de sus actos, por su ingenio y
su belleza, se ganó y gobernó las mentes de todos. Sólo un reproche podría
haberse elevado en su contra, pero la muerte lo deja sin efecto. He oído hablar
de su inconstancia en el propósito: cuando renunció, en aras el amor, a la
esperanza de convertirse en soberano, y cuando abdicó del Protectorado de
Inglaterra, hubo quien lo culpó de falta de firmeza. Ahora su muerte ha
coronado su vida, y hasta el fin de los tiempos se recordará que se entregó,
víctima voluntaria, a la mayor gloria de Grecia. La decisión fue suya; contaba
con morir. Previó que abandonaría esta tierra alegre, estos cielos despejados,
y tu amor, Perdita. Y sin embargo jamás vaciló ni se arredró, y siguió
avanzando en dirección al sello de su fama. Mientras la tierra exista, sus
actos serán ensalzados. Las doncellas griegas, con gran devoción, depositarán
flores en su tumba, y el aire reverberará con el canto de himnos en los que su
nombre alcanzará los máximos honores.
Vi que el
gesto de Perdita se dulcificaba. La dureza del dolor cedía ante la ternura.
Proseguí.
-Así,
honrarlo es el deber sagrado de quienes le sobrevivimos. Mantener su nombre
limpio como un santuario, apartarlo, con nuestras alabanzas, de todo ataque
hostil, arrojando sobre él las flores del amor y la pena, protegiéndolo de la
decadencia y brindándolo, inmaculado, a la posteridad. Tal es el deber de sus
amigos. A ti te corresponde otro más noble, Perdita, madre de su hija.
¿Recuerdas con qué arrobo contemplabas a Clara cuando nació, reconociendo en
ella el ser que era unión de ti misma y de Raymond? Ahora debes regocijarte al
ver en este templo vivo la manifestación de vuestro amor eterno. Pues ella
sigue siéndolo. Dices que has perdido a Raymond. ¡Oh, no! En ella, vive
contigo, lo mismo que en ti. Pues nació de él, carne de su carne, hueso de sus
huesos. Y no te limites, como hasta ahora, a ver en su mejilla suave, en sus
miembros delicados, una afinidad con Raymond; extiéndela a sus afectos
entusiastas, a las dulces cualidades de su mente, y descubrirás que el bueno,
el grande, el amado Raymond pervive aún. Cuídate de alimentar esas similitudes,
cuídate de hacerla digna de él, para que, cuando se enorgullezca de sus
orígenes, no se avergüence de lo que es.
Percibí
que al recordar a mi hermana sus deberes en la vida, no me
escuchaba
con la misma paciencia de antes. Parecía sospechar que deseaba consolarla, y
ella, entregada a su pena recién nacida, se rebelaba contra ese consuelo.
-Hablas
del futuro -me dijo- cuando para mí el presente lo es todo. Déjame encontrar la
morada terrenal de mi amado. Rescatémoslo del polvo común para que en tiempos
venideros los hombres puedan señalar su tumba sagrada y decir que es suya.
Después ya pensaré en otras cosas, en el nuevo rumbo de mi vida, o en aquello
que el destino, en su cruel tiranía, me haya dispuesto.
Tras
reposar un rato decidí partir para satisfacer sus deseos. Pero antes se nos
unió Clara, cuya palidez y mirada asustada denotaban la honda impresión que la
pena había causado en su joven mente. Parecía alterada por algo que no era
capaz de expresar con palabras. Pero, aprovechando una ausencia de Perdita, me
suplicó que la llevase hasta donde pudiera contemplar la puerta por la que su
padre había entrado en Constantinopla. Me prometió no cometer ninguna
extravagancia, mostrarse dócil en todo momento y regresar de inmediato. No pude
negarme; Clara no era una niña cualquiera. Su sensatez e inteligencia ya le
habían conferido los derechos de una mujer adulta. De modo que, llevándola
sentada ante mí, en mi caballo, asistidos sólo por el sirviente que debía
llevarla de regreso, nos dirigimos a Top Kapou. Encontramos a un grupo de
soldados congregados. Escuchaban algo con gran atención.
-¡Son
gritos humanos! -dijo uno.
-Más bien
parecen aullidos de perro -replicó otro.
Y
volvieron a concentrarse para distinguir aquellos lamentos lejanos que
provenían del interior de la ciudad en ruinas.
-Esa,
Clara -dije yo-, es la puerta, y esa la calle por la que tu padre cabalgó ayer,
de mañana.
Fuera la
que fuese la intención de la pequeña cuando me pidió que la llevara conmigo, la
presencia de los soldados la arredró. Con mirada intensa contempló el laberinto
de escombros humeantes que había sido la ciudad y expresó su disposición a
regresar a casa. En aquel instante un lamento melancólico llegó a nuestros
oídos, y se repitió al instante.
-¡Oíd!
-exclamó Clara-. Está ahí. Es Florio, el perro de mi padre.
A mí me
resultaba inconcebible que fuera capaz de reconocer el sonido, pero ella
insistió hasta que se ganó el crédito de los allí presentes. Sería, al menos,
una buena acción rescatar a aquel ser que sufría, fuera humano o animal, de la
desolación de la ciudad. De modo que, tras enviar a Clara de regreso a casa,
volví a entrar en Constantinopla. Alentados por la impunidad de mi anterior
visita, varios soldados que formaban parte de la guardia
personal
de Raymond, y que lo adoraban y lloraban sinceramente su pérdida, decidieron
acompañarme.
Resulta
imposible determinar por qué extraño encadenamiento de hechos llegamos a
recuperar el cuerpo sin vida de mi amigo. En esa parte de la ciudad, en la que
el fuego lo había destruido casi todo la noche anterior, y que ahora se
mostraba arrasada, negra, fría, el perro agonizante de Raymond se acurrucaba
junto a la figura mutilada de su amo. En momentos como ése la pena carece de
voz. La aflicción, domada por su propia vehemencia, permanece muda. El pobre
animal me reconoció, me lamió la mano, se acercó más a su señor, y sólo
entonces expiró. Sin duda algún cascote había caído sobre la cabeza de Raymond
y le había hecho caer del caballo, desfigurándolo por completo. Me incliné
sobre su cuerpo y acerqué una mano al borde de su capa, menos destrozada en apariencia
que el cuerpo humano que cubría. Me la llevé a los labios mientras los rudos
soldados nos rodeaban y lloraban a la presa más valiosa de la muerte, como si
el pesar y los lamentos sin fin pudieran avivar la llama extinguida o devolver
a aquella desgarrada prisión de carne su espíritu liberado. Ayer aquellos
miembros valían un universo, pues encerraban un poder trascendente cuyas
intenciones, palabras y actos merecían ser grabados en letras de oro. Ahora,
sólo la superstición del afecto podía dar valor a un mecanismo descompuesto
que, inerte e incapaz, ya no se asemejaba a Raymond más de lo que la lluvia
caída se asemeja a la anterior mansión de nubes con la que ascendió a los más
altos cielos y, dorada por el sol, atraía todas las miradas y saciaba los
sentidos con su excedente de belleza.
Y así,
tal como estaba, con sus ropas terrenales, desfigurado, roto, lo envolvimos con
nuestras capas y, levantándolo en brazos, lo alejamos de aquella ciudad de los
muertos. Surgió la duda de dónde depositarlo. Camino del palacio pasamos junto
a un cementerio griego. Y allí, sobre una losa de mármol negro, dispuse que lo
tendieran. Los cipreses se mecían en las alturas y su color lúgubre se
correspondía con lo exangüe de su estado. Cortamos unas ramas de los árboles
fúnebres, las colocamos sobre él y encima de ellas depositamos su espada.
Ordené que un guardia permaneciera allí, custodiando aquel tesoro de polvo, y
que hubiera antorchas siempre encendidas.
Cuando me
reuní de nuevo con Perdita, supe que ya había sido informada del éxito de mi
misión. Él, su amado, el único y eterno objeto de su ternura y su pasión, le
había sido devuelto. Pues en esos términos exaltados se expresaba su
entusiasmo. ¡Qué importaba que aquellos miembros ya no se movieran, que
aquellos labios ya no pudieran articular expresiones de sabiduría y amor! ¡Qué
importaba que, como el alga arrancada del mar estéril, fuera presa de la
corrupción! Seguía siendo el mismo cuerpo que había acariciado, y aquellos eran
los mismos labios que se habían unido a los suyos, que habían bebido el
espíritu del amor mezclados con su aliento. Aquél era el
mismo
mecanismo terrenal de barro efímero que ella llamaba suyo. Sí, era cierto, ella
deseaba ya iniciar otra vida, el espíritu ardiente del amor le parecía
inextinguible en la eternidad. Pero en ese momento, con devoción humana, se
aferraba a todo lo que sus sentidos le permitieran ver y sentir de una parte de
Raymond.
Pálida
como el mármol, blanca, resplandeciente como él, escuchó mi relato y me
preguntó por el lugar en el que había depositado el cuerpo. Su semblante había
perdido el rictus del dolor. Sus ojos habían recuperado el brillo y se diría
que todo su ser se había ensanchado. No obstante, la excesiva palidez de su
piel, casi transparente, y una cierta oquedad en su voz, revelaban que no era
la tranquilidad, sino el exceso de emoción lo que causaba la serenidad aparente
que bañaba su rostro. Le pregunté dónde debía ser enterrado.
-En
Atenas. En la Atenas que amaba. Fuera de la ciudad, en el monte Himeto, existe
un repecho rocoso que me indicó como el lugar en el que deseaba reposar.
Mi único
deseo, ciertamente, era que no se moviera del lugar donde ahora reposaba. Pero
la voluntad de Perdita, claro está, debía cumplirse, y le rogué que se
preparara sin tardanza para nuestra partida.
Contemplad
ahora la procesión melancólica atravesar las llanuras de Tracia, serpentear por
los desfiladeros, ascender por los montes de Macedonia, surcar las aguas claras
del Peneo, cruzar la planicie de Larissa, dejar atrás los estrechos de las
Termópilas, ascender sucesivamente por el Oerta y el Parnaso, descender hasta
la fértil vega de Atenas. Las mujeres sobrellevaban con resignación las largas
fatigas, pero para el espíritu inquieto de los hombres el lento avance de la
marcha, el tiempo de reposo melancólico de los mediodías, la presencia
permanente del sudario dispuesto sobre el ataúd de Raymond, la monótona
sucesión de días y noches sin esperanzas ni expectativas de cambio, todas las
circunstancias de nuestra cabalgata nos resultaban intolerables. Perdita,
ensimismada, hablaba poco, y viajaba en un carruaje cerrado. Cuando
reposábamos, permanecía sentada, apoyando la mejilla pálida en una mano blanca
y fría, con la vista clavada en el suelo, entregándose a pensamientos que se
negaba a compartir.
Al
descender del monte Parnaso, tras cruzar sus numerosos pliegues, pasamos por
Livadia camino del Ática. Perdita no deseaba entrar en Atenas y, al llegar a
Maratón, me indicó el lugar que había escogido como hogar sagrado de los restos
de Raymond. Se trataba de un repecho cercano a la cabecera de un torrente, al
sur del Himeto. El precipicio, profundo, oscuro, cubierto de vegetación,
descendía verticalmente desde la cima hasta la base. En las fisuras de la roca
crecían el mirto y el tomillo, alimento de muchas clases de abejas. Enormes
salientes surgían de las paredes, algunos perpendiculares a éstas. A
los pies
de aquel sublime abismo, un valle fértil iba de un mar a otro, y más allá se
extendía el Egeo azul, salpicado de islas, las suaves olas meciéndose bajo el
sol. Cerca del lugar en el que nos hallábamos se erguía una roca solitaria,
alta, de forma cónica que, separada por todos sus lados de la montaña, parecía
una pirámide natural. No costó mucho trabajo reducirla a su forma perfecta.
Debajo se cavó un hueco estrecho en el que Raymond fue depositado, y en la
piedra se grabó una inscripción con su nombre, la fecha de su muerte y el
motivo.
Todo se
ejecutó con presteza, bajo mis órdenes. Acepté que la máxima autoridad de la
iglesia de Atenas se ocupara de adecentar y custodiar la tumba, y a finales de
octubre preparé mi regreso a Inglaterra. Lo hablé con Perdita. Dolía tener que
apartarla del último escenario que hablaba de su pérdida, pero permanecer allí
por más tiempo era absurdo, y mi alma, impaciente, anhelaba el reencuentro con
Idris y mis hijos. Por toda respuesta, Perdita me rogó que la acompañara al
caer la tarde del día siguiente a la tumba de Raymond. Hacía días que no
visitaba el lugar. El sendero que conducía a ella había sido ensanchado y unos
peldaños excavados en la roca facilitaban el acceso. La plataforma sobre la que
se alzaba la pirámide también se había ampliado y, mirando hacia el sur, en un
repecho sombreado por las ramas abiertas de una higuera, vi que se estaban
excavando unos cimientos y que se levantaban contrafuertes y vigas, sin duda
las bases para la construcción de una casa. Desde su umbral inconcluso la tumba
quedaba a nuestra derecha, y el torrente, la llanura y el mar azul se extendían
ante nosotros. Las piedras negras proyectaban el brillo del sol, que
reverberaba sobre el valle cultivado, y teñía de púrpura y naranja el plácido
oleaje. Nos sentamos sobre una elevación rocosa, y contemplé con arrobo la
belleza de un paisaje de colores vivos y cambiantes que modificaba e
intensificaba las gracias de la tierra y el mar.
-¿No hice
bien -dijo Perdita- al pedir que me amado reposara aquí? A partir de ahora ésta
será la Cinosura de Grecia. En este lugar la muerte se libera de la mitad de
sus terrores, e incluso el polvo inanimado parece formar parte del espíritu de
belleza que bendice esta región. Lionel, él descansa ahí. Ésta es la tumba de
Raymond, a quien primero amé en mi juventud, a quien mi corazón acompañó en los
días de separación e ira, a quien ahora estoy unida para siempre. Nunca, óyeme
bien, nunca abandonaré este lugar. Creo que su espíritu permanece aquí lo mismo
que el polvo de su cuerpo, que, por incomprensible que parezca, es más valioso
en su extinción de lo que nada que la tierra viuda cobije en su triste pecho.
Los mirtos, el tomillo, los pequeños ciclámenes, que observan desde las fisuras
de la roca, todo lo que habita este rincón, se parece a él. La luz que baña las
colinas participa de su esencia, y el cielo y las montañas, el mar y el valle
se impregnan de la presencia de su espíritu. ¡Aquí viviré y moriré aquí!
»Regresa
tú a Inglaterra, Lionel. Regresa junto a la dulce Iris y al querido Adrian, y
que mi hija, huérfana, sea como tu propia hija en vuestra casa. Considérame
muerta, porque si la muerte es un mero cambio de estado, entonces yo estoy
muerta. Este es un mundo distinto del que habitaba, del que ahora es tu hogar.
Aquí sólo comulgo con lo que ha sido y con lo que está por venir. Regresa tú a
Inglaterra y deja que me quede en el único lugar en el que puedo tolerar vivir
los días que por desgracia aún me quedan.
Un
torrente de lágrimas puso fin a su triste arenga. Yo ya esperaba que
pronunciara alguna proposición extravagante y permanecí un rato en silencio,
reflexionando sobre el mejor modo de rebatir su fantasioso plan.
-Albergas
ideas lúgubres, mi querida Perdita -le dije-, y no me sorprende que, durante un
tiempo, tu buen juicio se vea afectado por el intenso dolor y una imaginación
turbada. Incluso yo siento adoración por esta última morada de Raymond. Y sin
embargo debemos abandonarla.
-Ya lo
esperaba -exclamó Perdita-. Ya suponía que me considerarías loca y necia. Pero
no te engañes. Esta casa se construye según mis órdenes. Y aquí me quedaré
hasta que me llegue la hora de compartir con él su feliz reposo.
-¡Querida
niña!
-¿Qué
tienen de extraño mis pretensiones? Podría haberte mentido. Podría haberte
hablado hace unos meses de mi deseo de permanecer aquí, y de ese modo, en tu
impaciencia por regresar a Windsor, me habrías dejado hacerlo, y sin reproches
ni disuasiones podría haber llevado a cabo mi plan. Pero desdeñé el artificio.
O, más bien, en mi desolación, creí que mi único consuelo era abrirte mi
corazón a ti, que eres mi hermano y mi único amigo. ¿Disputarás conmigo? Ya
sabes lo terca que es tu pobre, tu abatida hermana. Llévate a mi hija contigo.
Aléjala de las visiones y los pensamientos tristes. Que la hilaridad infantil
visite de nuevo su corazón e ilumine sus ojos, algo que no podrá suceder- le si
se queda conmigo. Será mucho mejor para todos vosotros que no volváis a verme.
En cuanto a mí, no puedo ir voluntariamente al encuentro de la muerte, o, mejor
dicho, no lo haré mientras conserve autoridad sobre mí misma. Y aquí puedo
conservarla. Pero si me alejas de este país desaparecerá, y no respondo de la
violencia que mi agonía me lleve a infligirme.
-Perdita
-repliqué-, revistes tus intenciones de palabras poderosas, pero aun así esas
intenciones resultan egoístas e indignas de ti. A menudo te has mostrado de
acuerdo conmigo en que sólo existe una solución al embrollado enigma de la
vida: mejorarnos a nosotros mismos y contribuir a la felicidad de los demás. Y
ahora, en la plenitud de tu vida, abandonas tus principios y te encierras en
inútil soledad. ¿Acaso en Windsor, escenario de vuestra felicidad primera,
pensarás menos en Raymond? ¿Comulgarás menos con su espíritu
mientras
observas a su hija y cultivas sus excepcionales dones? Has conocido la triste
visita de la muerte. No me sorprende que algo parecido a la locura te empuje al
desasosiego y a las ideas desbocadas. Pero un hogar de amor te aguarda en tu
Inglaterra natal. Mi ternura y mi afecto te aliviarán. La compañía de los
amigos de Raymond será para ti mayor solaz que tus lúgubres pensamientos. Todos
convertiremos en nuestra prioridad, en nuestra tarea más querida, contribuir a
tu felicidad.
Perdita
negó con la cabeza.
-Si así
pudiera ser -respondió-, haría muy mal en rechazar tu ofrecimiento. Pero no
está en mi mano, no puedo elegir. Sólo aquí puedo vivir. Pertenezco a este
paisaje. Todos y cada uno de sus elementos forman parte de mí. No se trata de
un capricho repentino; vivo por él. El conocimiento de que estoy aquí despierta
conmigo todas las mañanas y me permite soportar la luz; se mezcla con mi
alimento, que de otro modo sería veneno; camina, duerme conmigo, me acompaña
siempre. Aquí tal vez deje incluso de lamentarme, y llegue, aunque con retraso,
a sumar mi consentimiento al decreto que se lo ha llevado de mi lado. Él habría
preferido morir de una muerte que quedará en la historia para siempre que haber
llegado a la vejez anónimo, sin honores. Tampoco yo puedo desear nada mejor
que, tras haber sido la elegida por él, por él amada, aquí, en la plenitud de
sus años jóvenes, antes de que el tiempo marchitara los mejores sentimientos de
mi naturaleza, contemplar su tumba y unirme prestamente a él en su bendito reposo.
»Querido
Lionel, tantas cosas he dicho con intención de persuadirte de que obro bien,
que si todavía no te he convencido, nada más puedo añadir a modo de argumento,
y sólo me queda declararte mi más firme convicción. Aquí me quedo, y sólo me
iré a la fuerza. Y ni siquiera así. Si me llevas, regresaré. Si me confinas y
me encarcelas, escaparé y volveré a Grecia. ¿Acaso prefiere mi hermano atar el
corazón destrozado de Perdita con cadenas de loca que permitir que descanse en
paz bajo la sombra de su compañía, en este retiro que amo y que he escogido?
Reconozco
que todo aquello me parecía producto de una locura organizada. Creía que era mi
deber imperativo apartarla de unos escenarios que la obligaban a recordar su
pérdida. Tampoco dudaba que, en Windsor, en la tranquilidad de nuestro círculo
familiar, recuperaría hasta cierto punto el buen juicio y, finalmente, la
felicidad. Mi amor por Clara también me llevaba a oponerme a aquellos sueños de
enfermiza pesadumbre. Su sensibilidad ya había sido azuzada en exceso. Su
inconsciencia infantil se había tornado sensatez profunda y angustia. El plan
extraño y romántico de su madre podía llevarla a afianzar y perpetuar una
visión doliente de la vida que a edad tan temprana la había visitado.
Al
regresar a casa, el capitán del paquebote de vapor con el que había acordado
viajar vino a informarme de que, por circunstancias accidentales, debía
adelantar la partida y de que, si quería viajar con él, debía presentarme a
bordo a las cinco de la mañana del día siguiente. Acepté al punto, y con la
misma celeridad ideé un plan por el que obligaría a Perdita a acompañarme. Creo
que la mayoría de las personas, en mi situación, habría actuado del mismo modo.
Y sin embargo esta consideración no logra aplacar, o al menos no lo logró
después, los reproches de mi conciencia. En aquel momento me sentía convencido
de obrar bien y de que todo lo que hacía era correcto y necesario.
Me senté
con Perdita y la tranquilicé al ceder, al menos en apariencia, a su alocado
plan. Ella recibió mi decisión complacida y una y mil veces dio las gracias a
su mentiroso hermano. Al llegar la noche, su humor, animado por mi cambio
imprevisto, recobró una vivacidad casi olvidada. Fingí preocuparme por el rubor
febril de sus mejillas y la convencí para que bebiera una medicina que le haría
bien. Se la serví, y ella, obediente, la tomó. La falsedad y el engaño son tan
odiosos por sí mismos que, aunque seguía creyendo que obraba correctamente, de
mí se apoderó un sentimiento de vergüenza y culpa. Me retiré, y al poco oí que
dormía profundamente bajo la influencia del láudano que le había administrado.
De ese modo, inconsciente, fue trasladada a bordo del barco, que levó anclas y,
gracias a los vientos favorables, no tardó en llegar a alta mar. Con todas las
velas desplegadas y asistidos por la fuerza del vapor, surcábamos a gran
velocidad el húmedo elemento.
Perdita
no despertó hasta bien avanzado el día, y pasó algo más de tiempo hasta que,
saliendo del sopor causado por la adormidera, se percató del cambio de
situación. De un respingo se incorporó del sillón y se dirigió al ojo de buey
de su camarote. Ante ella el mar azul y embravecido pasaba a gran velocidad,
inmenso, sin que en el horizonte se divisara costa alguna. La cubierta se
protegía con una red y el rápido movimiento del cielo al pasar por ella
revelaba la gran velocidad a la que nos alejábamos de la tierra. El crujir de
los mástiles, el chapoteo de las aspas, la trampilla en lo alto, la
convencieron de que ya se encontraba a gran distancia de las orillas de Grecia.
-¿Dónde
estamos? -preguntó-. ¿Adónde vamos?
La
doncella a la que yo había contratado para que la vigilara le respondió.
-A
Inglaterra...
-¿Y mi
hermano?
-Está en
cubierta, señora.
-¡Ingrato,
ingrato! -exclamó la pobre víctima, tras suspirar profundamente ante la visión
del mar inabarcable. Y entonces, sin añadir nada, se echó en el
sofá y,
cerrando los ojos, permaneció inmóvil. Excepto por los profundos suspiros que
daba, podría haberse dicho que dormía.
Tan
pronto como supe que había despertado envié a Clara a visitarla, para que la
visión de su encantadora hija le inspirara ideas de bondad y amor. Pero ni la
presencia de la niña ni mi posterior visita, sirvieron para lograr que
abandonara su postración. A Clara la miró con gesto torvo, pero no le habló.
Cuando aparecí yo, apartó de mí su rostro, y en respuesta a mis preguntas se
limitó a decir:
-Sabes
bien lo que has hecho.
Quise
creer que su laconismo se debía sólo a la batalla que libraba su decepción
contra su afecto natural, y que en cuestión de días se reconciliaría con su
destino.
Al
terminar la jornada, rogó a Clara que durmiera en otra cabina. Su criada, no
obstante, permaneció con ella. Hacia la medianoche, Perdita le habló y le dijo
que había tenido una pesadilla, tras lo que le rogó que fuera a ver a su hija y
comprobara si dormía plácidamente. La mujer obedeció.
La brisa,
que había amainado con la puesta del sol, arreciaba de nuevo. Yo me hallaba en
cubierta, disfrutando de nuestro rápido avance. El chapoteo de las aguas, que
la quilla del barco separaba; el murmullo de las velas henchidas e inmóviles;
el viento que soplaba entre las sogas, el rumor del motor, no lograban
perturbar la quietud del momento. El mar, poco agitado, mostraba apenas alguna
cresta blanca que se fundía pronto en el azul constante. Las nubes habían
desaparecido y el éter oscuro se cernía sobre el vasto océano, en el que las
constelaciones buscaban en vano su acostumbrado espejo. Nuestra velocidad debía
rondar los ocho nudos.
De pronto
oí un chasquido en el agua. Los marineros de guardia se dirigieron a toda prisa
a un costado del barco, al grito de «¡Hombre al agua!»
-No ha
sido desde cubierta -dijo el timonel-. Algo ha caído desde el camarote de popa.
Más
lejos, alguien pidió que se arriara el bote. Yo me dirigí corriendo al camarote
de mi hermana. Estaba vacío.
Con las
velas contra el viento, los motores parados, el barco permaneció detenido a su
pesar hasta que, tras una hora de búsqueda, la pobre Perdita fue devuelta a
cubierta. Pero ningún cuidado bastó para reanimarla y ninguna medicina logró
que volviera a abrir sus hermosos ojos, o que su sangre latiera de nuevo en su
inmóvil corazón. En un puño cerrado sostenía un pedazo de papel en el que había
escrito: «A Atenas». Para asegurar que la llevaran hasta allí e impedir que su
cuerpo se perdiera en las profundidades del mar, había
tomado la
precaución de atarse un largo chal a la cintura, que, a su vez, había anudado a
los barrotes de la ventana de su camarote. Se había hundido bajo la quilla de
la embarcación, y al desaparecer de la superficie, la recuperación de su cuerpo
se había demorado más. Así murió la desdichada niña, víctima de mi imprudencia.
Y así, de madrugada, nos dejó para reunirse con los muertos, y prefirió
compartir la pétrea tumba de Raymond que seguir disfrutando del escenario
animado que la tierra le ofrecía y de la compañía de sus amigos. Murió con
veintinueve primaveras, habiendo disfrutado de unos pocos años de la felicidad
del paraíso, y tras sufrir un revés que su espíritu impaciente y su naturaleza
apasionada no le permitieron asumir. Al fijarme en la expresión serena que se
instaló en su semblante en la hora de la muerte, sentí que, a pesar del
remordimiento, a pesar de la tristeza que me partía el corazón, era mejor morir
así que soportar largos y tristes años de reproches e inconsolable dolor.
La
violencia de una tempestad nos arrastró hasta el golfo del Adriático, y como
nuestra embarcación no estaba preparada para tales condiciones atmosféricas,
nos refugiamos en el puerto de Ancona. Allí me encontré con Georgia Palli,
vicealmirante de la flota griega, antiguo amigo y camarada de Raymond. Entregué
a su cuidado los restos de mi Perdita, con el encargo de que los hiciera llevar
al monte Himeto y los depositara en la cámara que, bajo la pirámide, Raymond ya
ocupaba. Todo se hizo según mis deseos, y no tardó en reposar junto a su amado.
En el sepulcro están inscritos, juntos, los nombres de Raymond y Perdita.
Tomé
entonces la decisión de proseguir viaje por tierra. El dolor y los
remordimientos desgarraban mi corazón. El temor a que Raymond se hubiera ido
para siempre, a que su nombre, asociado para siempre al pasado, se borrara de
cualquier iniciativa de futuro, había empezado a hacer mella en mí. Siempre
había admirado su talento, sus nobles aspiraciones, sus elevadas ideas de
gloria, la majestad de su ambición, su absoluta falta de mezquindad, su
fortaleza y su osadía. En Grecia había aprendido a amarlo. Su misma terquedad y
su entrega a los impulsos de la superstición me lo hacían doblemente cercano:
tal vez se tratara de una debilidad, pero lo situaba en los antípodas de toda
sumisión y egoísmo. A ese dolor se añadía la muerte de Perdita, condenada por
mi maldita obcecación y mi engaño. Mi querida Perdita, mi única familia, de
cuyo progreso había sido testigo, desde su más tierna infancia y a través del
sendero variado de la vida, y a la que siempre había visto como dechado de
integridad, devoción y afecto verdadero, pues todo ello constituye la gracia
peculiar del carácter femenino. Y a la que, al final, había contemplado como
víctima de un exceso de amor, de un vínculo demasiado constante con lo
perecedero y perdido. Ella, en su orgullo de belleza y vida, había abandonado
la percepción placentera del mundo aparente en aras de la irrealidad de la
tumba, y había dejado huérfana a la pobre Clara.
Yo oculté
a la pobre niña que la muerte de su madre había sido voluntaria y trataba por
todos los medios de alegrar algo su espíritu empapado de tristeza.
En mi
intento de recobrar el ánimo, la primera decisión fue decir adiós al mar. Su
odioso vaivén renovaba una y otra vez en mí la idea de la muerte de mi hermana.
Su rugido era un canto fúnebre. En todos los cascos oscuros que surcaban su
inconstante pecho, veía un catafalco que llevaría a la muerte a todos los que
se entregaran a su sonrisa traicionera. ¡Adiós al mar! Ven, Clara mía, siéntate
junto a mí en esta nave aérea, que suave y velozmente surca el azul del cielo y
con ligera ondulación flota sobre la corriente del aire. O, si la tormenta
sacude su frágil mecanismo, halla tierra debajo y puede descender y refugiarse
en el continente sólido. Aquí arriba, compañeros de las aves veloces, surcamos
el elemento etéreo con gran presteza y sin temor. La nave ligera no se balancea
ni recibe el embate de las olas mortales. El éter se abre ante la proa, y la
sombra del globo que la sostiene nos protege del sol del mediodía. Más abajo se
extienden las llanuras de Italia o las vastas ondulaciones de los Apeninos. Fértiles
aparecen sus muchos valles y los bosques coronan sus cimas. El campesino, libre
y feliz, no perturbado por los austriacos, lleva el producto de su doble
cosecha al granero; y los ciudadanos refinados cultivan sin temor el árbol de
la ciencia en este jardín del mundo.
Nos
elevamos sobre los picos de los Alpes y por sobre sus profundas y rugientes
quebradas entramos en las llanuras de la dulce Francia, y tras un viaje aéreo
de seis días aterrizamos en Dieppe, plegamos las alas cubiertas de plumas y
deshinchamos el globo de nuestra pequeña nave. Una lluvia intensa hacía
incómodo proseguir el viaje por aire, de modo que nos embarcamos en un pequeño
vapor, y tras una breve travesía arribamos a Portsmouth.
Al
llegar, descubrimos que una curiosa historia acaparaba la atención general.
Hacía unos días, un barco arrastrado por una tempestad había aparecido frente
al puerto. El casco se veía hendido y resquebrajado, las velas desgarradas y,
enredadas de cualquier manera, las sogas se habían roto. Avanzaba a la deriva,
en dirección a los muelles, pero quedó varado en las arenas de la embocadura. A
la mañana siguiente los oficiales de aduanas, junto con un grupo de ociosos, se
acercaron a inspeccionarlo. Al parecer, un solo miembro de la tripulación
parecía haber arribado a salvo. Había llegado a tierra y, tras dar unos pasos
en dirección a la ciudad, vencido por la enfermedad y la muerte inminente, se
desplomó sobre la playa inhóspita. Lo encontraron agarrotado, los puños
cerrados y apretados contra el pecho. Tenía la piel ennegrecida y el pelo y la
barba enmarañados indicaban que había soportado su desgracia por tiempo
prolongado. Se rumoreaba que había muerto de peste. Nadie se atrevió a subir al
barco y se decía que, de noche, extrañas visiones aparecían en cubierta y
colgando de los mástiles y las sogas. El casco no tardó en desmembrarse. Me
llevaron al lugar en el que había
encallado
y vi unos tablones sueltos empujados por las olas. El cuerpo del hombre que
había llegado a tierra había sido enterrado a mucha profundidad, bajo la arena.
Y nadie supo decirme nada más, salvo que el barco había sido fletado en América
y que varios meses antes el Fortunatus había zarpado desde Filadelfia, de
donde, a partir de ese momento, no volvieron a recibirse noticias.
CAPÍTULO
IV
Regresé a
la finca familiar en el otoño del año 2092. Mi corazón llevaba con ellos desde
siempre, y ahora se regocijaba en la esperanza de volver a verlos. La región
que habitaban parecía la morada del espíritu bondadoso. La felicidad, el amor y
la paz recorrían los senderos de los bosques y templaban la atmósfera. Después
de toda la agitación y el pesar que había soportado en Grecia, me dirigía a
Windsor como el ave que, llevada por la tormenta, busca un nido donde cobijarse
tranquila y plegar las alas.
¡Qué
insensatos habían sido los viajeros que, abandonando su refugio, se habían
enredado en la maraña de la sociedad y adentrado en lo que los hombres de mundo
llaman «vida», ese laberinto de mal, ese plan de tortura mutua? Según ese
sentido que se da al mundo, para poder vivir debemos también sentir; no debemos
ser meros espectadores de la acción, debemos actuar; no debemos describir, sino
convertirnos en sujetos de la descripción. El profundo pesar debe haber sido el
prisionero de nuestro pecho; el fraude debe habernos acechado, a la espera; el
mentiroso debe habernos engañado; la duda enfermiza y la esperanza vana deben
haber llenado de incertidumbre nuestros días; la hilaridad y la dicha, que se
arriman en éxtasis al alma, deben en ocasiones habernos poseído. ¿Quién, si
sabe lo que es la «vida», perseguiría esas enfebrecidas modalidades de
existencia? Yo he vivido. He pasado días y noches de fiesta. Me he unido a
ambiciosas esperanzas y me he exultado en la victoria. Ahora... cierro la
puerta del mundo y elevo un alto muro que me separará de las escenas
turbulentas que se representan en él. Vivamos los unos para los otros, y para
la felicidad. Busquemos la paz en nuestro amado hogar, cerca del murmullo de
los arroyos, del vaivén gracioso de los árboles, de las hermosas vestimentas de
la tierra, del boato sublime de los cielos. Renunciemos a la «vida», para poder
vivir.
Idris se
mostró más que de acuerdo con mi decisión. Su vivacidad innata no precisaba de
emociones imprevistas, y su corazón plácido reposaba satisfecho en mi amor, en
el bienestar de sus hijos y en la belleza natural circundante. Su orgullo y su
ambición intachable consistían en provocar
sonrisas
a su alrededor y en dar reposo a la existencia frágil de su hermano. A pesar de
sus tiernos cuidados, la salud de Adrian declinaba perceptiblemente. Los paseos
a pie o a caballo, ocupaciones comunes de la vida, le fatigaban en extremo. No
sentía dolor, pero parecía hallarse siempre tembloroso, al borde de la
aniquilación. Sin embargo, como llevaba meses viviendo en tal estado, no nos
inspiraba un temor inmediato, aunque él hablara de la muerte como de un hecho
del todo familiar en sus pensamientos. No dejaba de esforzarse por hacer
felices a los demás ni por cultivar sus asombrosas capacidades mentales.
Así
transcurrió el invierno, y la primavera, impulsada por los meses, insufló vida
a la naturaleza toda. El bosque se vistió de verde. Las jóvenes terneras
pastaban la hierba nueva; las sombras de unas nubes ligeras, llevadas por el
viento, recorrían veloces los verdes campos de maíz. El cuclillo repetía su
monótono canto; el ruiseñor, ave del amor y compañero de la estrella
vespertina, inundaba los bosques con sus trinos, mientras Venus se demoraba en
el cálido ocaso y el verdor recién estrenado de los árboles se destacaba sobre
el claro horizonte.
La dicha
despertaba en todos los corazones, la dicha y la exultación, pues la paz
reinaba en todo el mundo. El templo de Jano Universal mantenía cerrados los
portones y ningún hombre murió ese año a manos de otro hombre.
-Si esto
dura otros doce meses -dijo Adrian-, la tierra se convertirá en un paraíso. Los
esfuerzos del hombre se concentraban antes en la destrucción de su propia
especie. Ahora persigue su liberación y preservación. El hombre no es capaz de
estarse quieto, y ahora sus aspiraciones traerán el bien en vez del mal. Los
países favorecidos del sur se liberarán del yugo de la servidumbre; la pobreza
nos abandonará y, con ella, la enfermedad. ¿Qué no han de lograr las fuerzas,
nunca hasta ahora unidas, de la libertad y la paz, en la morada del hombre?
-¡Sueños,
siempre sueños, Windsor! -exclamó Ryland, antiguo adversario de Raymond y
candidato al Protectorado en las elecciones que ya estaban próximas-. Tenga por
seguro que la tierra no es el cielo, ni lo será nunca, y que las semillas del
infierno son consustanciales a su suelo. Cuando las estaciones se igualen,
cuando el aire no nos traiga desórdenes, cuando su superficie no dependa de
cosechas perdidas y sequías, sólo entonces desaparecerá la enfermedad. Cuando
mueran las pasiones del hombre, la pobreza desaparecerá. Cuando el odio no se
iguale al amor, existirá la fraternidad entre los hombres. Aún nos encontramos
muy lejos de ese estado.
-No tanto
como usted supone -observó un viejo astrónomo de corta estatura llamado
Merrival-. Los polos avanzan lenta pero constantemente. En unos cientos de
miles de años...
-Ya
estaremos todos bajo tierra -le interrumpió Ryland.
-El eje
de la tierra coincidirá con el de la elíptica -prosiguió el astrónomo-, se
producirá una primavera universal y la tierra será un paraíso.
-Y todos,
claro está, nos beneficiaremos del cambio -observó Ryland, desdeñoso.
-Qué
noticia más extraña -intervine yo, con un periódico abierto entre las manos.
Como de costumbre, me había interesado por las noticias que llegaban de
Grecia-. Parece que la destrucción total de Constantinopla, y la suposición de
que el invierno había purificado el aire de la ciudad caída, alentaron a los
griegos a visitar el lugar e iniciar su reconstrucción. Pero nos cuentan que la
maldición de Dios permanece en el lugar, pues todos los que se han aventurado
en él han sido atacados por la peste; que la enfermedad se ha propagado por
Tracia y Macedonia; y que ahora, por temor a la virulencia de la infección en
los meses de calor, se ha trazado un cordón sanitario en las fronteras de
Tesalia y se ha decretado una cuarentena estricta.
Aquella
noticia nos alejó de la idea del paraíso que se esperaba para dentro de unos
centenares de miles de años y nos devolvió al dolor y a la miseria que, en
nuestro tiempo, se enseñoreaban de la tierra. Conversamos sobre los estragos
que la peste había causado en todos los rincones del mundo. Y sobre las
consecuencias devastadoras que tendría una segunda visita. Abordamos los
mejores medios de prevenir la infección y de preservar la salud y la actividad
en una ciudad afectada por ella. En Londres, por ejemplo. Merrival no
participaba en aquella conversación. Se había sentado junto a Idris y seguía
exponiéndole que la feliz idea de un paraíso en la tierra, alcanzado tras unos
centenares de miles de años, se veía ensombrecida, en su caso, por el conocimiento
de que, transcurrido cierto tiempo más, a éste le seguiría un infierno o un
purgatorio terrenales, que se producirían cuando la elíptica y el ecuador se
hallaran en ángulo recto. Finalmente, la reunión llegó a su fin.
-Esta
mañana todos nos dedicamos a soñar -dijo Ryland-. Tanto sentido tiene tratar
sobre la visita de la plaga a nuestra bien gobernada metrópoli como calcular
los siglos que han de transcurrir hasta que podamos cultivar piñas aquí, al
aire libre.
Pero,
aunque parecía absurdo temer la llegada de la peste a Londres, yo no podía
dejar de pensar con gran dolor en la desolación que aquel mal causaría en
Grecia. Los ingleses, en su mayor parte, se referían a Tracia y Macedonia como
lo habrían hecho de algún territorio lunar que, ignoto para ellos, no suscitaba
idea o interés alguno a sus mentes. Pero yo había hollado sus suelos. Los
rostros de muchos de sus habitantes me resultaban familiares. En las ciudades,
llanuras, colinas y desfiladeros de aquellas regiones había gozado de una
indecible felicidad durante mi viaje por ellas el año anterior. En mi mente
aparecían alguna aldea romántica, alguna casa de campo o mansión elegante
allí
situadas, habitadas por gentes encantadoras y bondadosas, y me asaltaba la duda
de si hasta allí habría llegado la plaga. El mismo monstruo invencible que se
cernía sobre Constantinopla y la devoraba, aquel demonio más cruel que la
tempestad, más rebelde que el fuego vaga, ¡ay! suelto por ese hermoso país...
Aquellas reflexiones no me daban reposo.
La
situación política de Inglaterra se complicaba ante la proximidad de la nueva
elección del Protector. El acontecimiento suscitaba gran interés, pues se decía
que si el candidato popular (Ryland), resultaba ganador, la abolición de los
rangos hereditarios y demás vestigios del pasado se sometería a la
consideración del Parlamento. Durante nuestra reunión de aquel día no se
pronunció una palabra sobre ninguno de aquellos asuntos. Todo dependía de la
elección del Protector y de las elecciones del año siguiente. Y sin embargo
aquel silencio resultaba terrible y demostraba el gran peso que se atribuía a
la cuestión, así como el temor de los partidos a lanzar un ataque prematuro y
de que, una vez iniciado, la contienda resultara feroz.
Pero
aunque Saint Stephen no resonaba con la voz que llenaba todos los corazones,
los periódicos no se ocupaban de nada más, y los corros privados las
conversaciones, versaran sobre lo que versasen, no tardaban en converger sobre
aquel aspecto central, mientras las voces se convertían en susurros y los
interlocutores arrimaban más sus sillas. Los nobles no dudaban en expresar sus
temores. El otro partido intentaba abordar la cuestión con ligereza.
-Vergüenza
debería sentir un país -afirmó Ryland- que se preocupa tanto por las palabras y
la naderías. La cuestión es del todo fútil; se reduce a la pintura de los
emblemas de los carruajes, al bordado de las levitas de los lacayos.
sin
embargo, ¿podía Inglaterra realmente despojarse de sus arreos de nobleza y
conformarse con el estilo democrático de América? ¿Debían el orgullo de los
ancestros, el espíritu patricio, la gentil cortesía y las metas refinadas
-atributos espléndidos del rango-, borrarse de nosotros? Nos decían que ello no
sucedería, que éramos por naturaleza un pueblo poético, una nación fácilmente
engañada por las palabras, dispuesta a organizar las nubes de forma
esplendorosa, a conceder honores al polvo. Jamás perderíamos ese espíritu; y
era para difundir ese espíritu concentrado en la cuna por lo que debía
aprobarse la nueva ley. Se nos aseguraba que cuando el nombre y el título de
inglés fuera la única patente de nobleza, todos seríamos nobles; que cuando
ningún hombre nacido bajo el influjo inglés sintiera que otro era superior a él
en rango, la cortesía y el refinamiento se convertirían en derechos de cuna de
todos los ciudadanos. Que Inglaterra no imagine que podrá vivir sin sus nobles,
nobleza verdadera de la naturaleza, que lleva su patente en su conducta digna,
que desde la cuna se eleva sobre sus demás congéneres, porque son mejores que
el resto. Entre la raza de los hombres independientes,
generosos
y cultivados, en un país en que la imaginación es emperatriz de las mentes de
los hombres, no ha de temerse que queramos una sucesión perpetua de nobles y
personas de alcurnia. Sin embargo, ese partido, que apenas podía considerarse
una minoría en el reino, que constituía el ornamento de la columna, «el capitel
corintio de la sociedad pulida», apelaba a prejuicios sin fin, a viejos
vínculos y a esperanzas jóvenes; a la expectativa de miles que tal vez un día
se convirtieran en pares; azuzaban un espantapájaros, el espectro de todo lo
que era sórdido, mecánico y bajo en las repúblicas comerciales.
La peste
había llegado a Atenas. Cientos de residentes ingleses regresaron a su país.
Los adorados atenienses de Raymond, el pueblo noble y libre de la más divina
ciudad griega, caían como mazorcas de maíz maduro bajo la implacable hoz de su
adversario. Sus agradables lugares quedaban desiertos. Sus templos y palacios
se convertían en tumbas. Sus esfuerzos, hasta entonces orientados a los objetos
más altos de la ambición humana, se veían obligados a converger en un mismo
punto: la protección contra la lluvia de flechas de la plaga.
En
cualquier otro momento el desastre hubiera despertado una profunda compasión
entre nosotros. Pero en aquellos meses pasó desapercibido, enfrascados como
estábamos en la inminente controversia. No era así en mi caso, y las cuestiones
sobre rango y derecho se tornaban insignificantes a mis ojos cuando imaginaba
la escena de la sufriente Atenas. Había oído hablar de la muerte de hijos
únicos; de maridos y esposas que se profesaban gran devoción; del desgarro de
unos lazos que, al romperse, arrancaban los corazones, de amigos que perdían a
amigos, de madres jóvenes que perdían a sus hijos recién nacidos. Y todas
aquellas conmovedoras desgracias se agrupaban en mi mente, y mi mente las
dibujaba con el conocimiento de aquellas personas, con el afecto y la estima
que profesaba por quienes las sufrían. Eran los admiradores, los amigos, los
camaradas de Raymond, las familias que habían acogido a Perdita en Grecia y
llorado con ella la muerte de su señor, quienes caían abatidos y se reunían con
él en la fosa común.
La peste,
en Atenas, vino precedida del contagio en Levante y fue causada por él. La
escena de destrucción y muerte seguía representándose en aquel lugar a una
escala pavorosa. La esperanza de que el brote de aquel año fuera el último
mantenía a los mercaderes en contacto con aquellos países. Pero sus habitantes
eran presas de la desesperanza, o de una resignación que, nacida del fanatismo,
adoptaba el mismo tono siniestro. A América también habían llegado los males, y
ya se tratara de fiebre amarilla, ya de peste, la epidemia demostraba una
virulencia sin precedentes. La devastación no se limitaba a las ciudades, y se
extendía por todo el país. El cazador moría en los bosques, el campesino en los
campos de maíz, y el pescador en sus aguas natales.
Desde el
este nos llegó una historia extraña, a la que se habría concedido
poco
crédito de no haberla presenciado multitud de testigos en diversas partes del
mundo. Se decía que el veintiuno de junio, una hora antes del solsticio, se
elevó por el cielo un sol negro; un orbe del tamaño del astro, pero oscuro,
definido, cuyos haces eran sombras, ascendió desde el oeste. En una hora había
alcanzado el meridiano y eclipsado a su esplendoroso pariente diurno. La noche
cayó sobre todos los países, una noche repentina, opaca, absoluta. Salieron las
estrellas, derramando en vano sus brillos sobre una tierra viuda de luz. Pero
el orbe tenue no tardó en pasar por encima del sol y en dirigirse al cielo del
este. Mientras descendía, sus rayos crepusculares se cruzaban con los del sol,
brillantes, opacándolos o distorsionándolos. Las sombras de las cosas adoptaban
formas raras y siniestras. Los animales salvajes de los bosques eran presa del
terror cuando contemplaban aquellas formas desconocidas que se dibujaban sobre
la tierra, y huían sin saber dónde. Los ciudadanos sentían un gran temor ante
la convulsión que «arrojaba leones a las calles»; pájaros, águilas de poderosas
alas, cegadas de pronto, caían en los mercados, mientras los búhos y los
murciélagos hacían su aparición, saludando a la noche precoz. Gradualmente el
objeto del temor fue hundiéndose en el horizonte, y hasta el final irradió sus
haces oscuros en un aire por lo demás transparente. Ese fue el relato que nos
llegó de Asia, del extremo oriental de Europa y de África, desde un lugar tan
lejano como la Costa de Oro.
Tanto si
la historia era verdadera como si no, sus consecuencias fueron indudables. Por
toda Asia, desde las orillas del Nilo hasta las costas del mar Caspio, desde el
Helesponto hasta el mar de Omán, se propagó el pánico. Los hombres llenaban las
mezquitas; las mujeres, cubiertas con sus velos, acudían apresuradamente a las
tumbas a depositar ofrendas a los muertos para que protegieran a los vivos.
Todos se olvidaron de la peste, pues el nuevo temor lo causaba aquel sol negro.
Y, aunque las muertes se multiplicaron y las calles de Ispahán, Pequín y Delhi
se llenaban de cadáveres infestados de pestilencia, los hombres pasaban junto a
ellos, observando el cielo en busca de malos presagios, sin prestar atención a
la muerte que tenían bajo los pies. Los cristianos acudían a sus iglesias;
doncellas cristianas, incluso durante la fiesta de las rosas, se vestían de
blanco y se tocaban con velos brillantes, y en largas procesiones acudían a los
lugares consagrados a su religión, llenando el aire con sus himnos; entonces,
de los labios de alguna pobre plañidera entre la multitud ascendía un grito de
dolor y el resto alzaba la vista al cielo, imaginando que veía alas de ángeles
que volaban sobre la tierra, lamentando los desastres que estaban a punto de
abatirse sobre la humanidad.
En la
soleada Persia, en las ciudades atestadas de la China, entre los matorrales
aromáticos de Cachemira, por las costas meridionales del Mediterráneo, sucedían
tales cosas. Incluso en Grecia la historia del sol de las tinieblas acrecentaba
los temores y la desesperación de la multitud agonizante. Nosotros, en nuestra
isla neblinosa, nos hallábamos muy lejos del peligro, y lo
único que
nos acercaba a aquellos desastres era la llegada diaria de buques procedentes
del Medio Oriente llenos de emigrantes, en su mayoría ingleses. Pues los
musulmanes, aunque el miedo a la muerte estuviera muy extendido entre ellos, se
mantenían en su sitio, juntos, en la creencia de que, si habían de morir (y, si
ello ocurría, la muerte acudiría a su encuentro lo mismo en mar abierto, en la
lejana Inglaterra o en Persia), si habían de morir, era preferible que sus
huesos descansaran en una tierra sacramentada por los restos de verdaderos
creyentes. La Meca no se había visto jamás tan rebosante de peregrinos, pues
hasta los árabes renunciaban al pillaje de las caravanas y, humildes y
desarmados, se unían a las procesiones, rezando a Mahoma para que alejara la
peste de sus campamentos y sus desiertos.
No
acierto a describir la alegría que sentía cuando, apartándome tanto de las
trifulcas políticas de mi país como de los males físicos que acechaban aquellos
lugares remotos, regresaba a mi amado hogar, a la morada selecta de bondad y
amor, a la paz y al intercambio de toda sagrada comprensión. Si nunca hubiera
abandonado Windsor, mis emociones no habrían alcanzado la misma intensidad.
Pero en Grecia había sido presa del miedo y los cambios deplorables. En Grecia,
tras un periodo de angustia y pesar, había visto partir a dos seres cuyos
nombres eran símbolo de grandeza y virtud. Ahora, no iba a permitir que
aquellas desgracias se inmiscuyeran en mi círculo doméstico en el que, rodeados
de nuestro querido bosque, vivíamos tranquilos. El paso de los años, sin duda,
provocaba pequeños cambios en nuestro refugio. Y el tiempo, como es su
costumbre, grababa las señales de la mortalidad en nuestros placeres y
expectativas.
Idris, la
esposa, hermana y amiga más afectuosa, era una madre tierna y abnegada. Para
ella, a diferencia de lo que sucedía con muchas, aquellos sentimientos no eran
un pasatiempo, sino una pasión. Habíamos tenido tres hijos. El segundo de ellos
murió mientras yo me hallaba en Grecia. Aquella pérdida tiñó de pesadumbre y
temor las emociones triunfantes y arrobadas de su maternidad. Antes de que
aquello sucediera, los tres pequeños nacidos de sus entrañas, jóvenes herederos
de su vida efímera, parecían poseedores de una existencia inquebrantable.
Ahora, sin embargo, Idris temía que la implacable destructora le arrebatara a
los pequeños que le quedaban, igual que había hecho con su hermano. La menor
enfermedad de alguno de ellos le causaba pavor, y su tristeza era infinita si
debía separarse de los pequeños por el más breve periodo. Custodiaba el tesoro
de su felicidad en el seno de su frágil ser y vigilaba de continuo, no fuera la
insidiosa ladrona a robarle sus preciadas joyas. Por fortuna, apenas tenía motivos
para temer nada. Alfred, que ya había cumplido nueve años, era un muchacho
esbelto y varonil, de frente despejada, ojos tiernos y carácter amable, aunque
independiente. El pequeño era todavía un bebé, pero a sus redondos mofletes
asomaban las rosas de la salud, y su vivacidad despreocupada llenaba nuestra
casa de risas
inocentes.
Clara
había llegado a esa edad que, dejando atrás su muda ignorancia, era la fuente
de los temores de Idris. Sentía un gran afecto por Clara, como todos. Su
inteligencia, que era mucha, se combinaba con inocencia, su sensatez con
prudencia, su seriedad con un gran sentido del humor, y su belleza
trascendente, unida a una deliciosa sencillez, era tal, que colgaba como una
perla en el templo de nuestras posesiones, tesoro de maravilla y excelencia.
Al
principio del invierno nuestro Alfred, que ya tenía nueve años, ingresó en la
escuela de Eton. A él le parecía que aquel era su primer paso hacia la vida
adulta y se sentía inmensamente complacido. Aquella combinación de estudio y
diversiones iba desarrollando las mejores cualidades de su carácter, su
constancia, su generosidad, su bien gobernada firmeza. ¡Qué emociones tan
profundas y sagradas crecen en el pecho de un padre cuando se convence de que
el amor que siente por su hijo no es sólo producto del instinto, sino que se
trata de algo plenamente merecido, y que otros, menos cercanos a él, participan
de su aprobación! Para Idris y para mí mismo constituía motivo de suprema
felicidad que la franqueza reflejada en la frente despejada de Alfred, la inteligencia
de sus ojos, la sensatez templada de su voz, no fueran engaños, sino
indicadores de talentos y virtudes que «crecerían con su crecimiento, y
fortalecerían su fuerza». Es en ese momento del fin del amor animal de un
progenitor por sus hijos, cuando se inicia el verdadero afecto. Ya no vemos en
esa parte tan querida de nosotros mismos una tierna planta que necesita de
nuestros cuidados, ni un juguete para los ratos de ocio. Nos basamos en sus
facultades intelectuales, fijamos nuestras esperanzas en sus tendencias
morales. Su debilidad todavía impregna de temor este sentimiento, su ignorancia
impide una intimidad completa; pero empezamos a respetar al futuro hombre y
tratamos de asegurarnos su estima como si fuera nuestro igual. ¿Qué puede
valorar más un padre que la buena opinión de su hijo? En toda nuestra relación
con él nuestro honor debe quedar intacto, la integridad de nuestro parentesco,
inmaculado. El destino y las circunstancias pueden, cuando alcance la madurez,
separarnos para siempre, pero cuando su guía se halle en peligro, su consuelo
en momentos de zozobra, al ardiente joven han de acompañarle siempre, en el
duro sendero de la vida, el amor y el honor de sus padres.
Llevábamos
tanto tiempo viviendo en las inmediaciones de Eton que su población de
muchachos jóvenes nos era bien conocida. Muchos de ellos habían sido amigos de
juegos de Alfred antes de convertirse en compañeros de escuela. Ahora
observábamos a aquel grupo de jóvenes con redoblado interés. Distinguíamos las
diferencias de carácter entre los chicos y tratábamos de adivinar cómo serían
los futuros hombres que se ocultaban en ellos. Nada resulta más encantador, y
en nada se regocija más el corazón, que un
muchacho
libre de espíritu, amable, valiente y generoso. Varios de los alumnos de Eton
poseían estas características. Todos se distinguían por su sentido del honor y
su capacidad de iniciativa. En algunos, al acercarse a la madurez, aquellas
virtudes degeneraban en presunción. Pero los más jóvenes, niños poco mayores
que el nuestro, eran notorios por su disposición gallarda y dulce.
Entre
ellos se encontraban los futuros gobernantes de Inglaterra. Los hombres que,
cuando nuestro ardor se hubiera enfriado y nuestros proyectos hubieran
culminado o hubieran sido destruidos para siempre; cuando, representado ya
nuestro drama, nos despojáramos del atuendo del momento y nos ataviáramos con
el uniforme de la edad, o de la muerte igualadora; allí estarían los seres que
debían seguir operando la vasta maquinaria de la sociedad; allí los amantes,
los esposos, los padres; allí el señor, el político, el soldado. Algunos
imaginaban que ya estaban listos para salir a escena, impacientes por
participar del dramatis personae de la vida activa. No hacía tanto que yo mismo
había sido uno de aquellos imberbes participantes; cuando mi hijo ocupara el
lugar que ahora me correspondía a mí, yo ya sería un viejo arrugado de pelo
cano. ¡Curioso sistema! ¡Asombroso enigma de la Esfinge! El hombre permanece,
mientras que los individuos pasan. Así funciona, por recurrir a las palabras de
un escritor elocuente y filosófico, «el sistema de la existencia decretado para
un cuerpo permanente compuesto de piezas transitorias en el que, según
disposición de una sabiduría extraordinaria, que unifica la misteriosa variedad
de la raza humana, el conjunto resultante no es, simultáneamente, nunca viejo,
ni de mediana edad ni joven, sino que, en un estado de constancia inalterada,
avanza a través del tenor variado de una permanente decadencia, caída,
renovación y progreso».
¡Con
gusto te cedo mi lugar, querido Alfred! Avanza, retoño del dulce amor, hijo de
nuestras esperanzas. Avanza como un soldado por el camino por el que yo he sido
tu pionero. Haré un lugar para ti. Yo ya he abandonado la inconsciencia de la
infancia, la frente lisa, el gesto vivaz de los primeros años. Que todo ello te
adorne a ti. Avanza, que yo he de desprenderme de más cosas en tu beneficio. El
tiempo me robará las gracias de la madurez, me arrebatará el fuego de los ojos,
la agilidad de los miembros; me privará de la mejor parte de la vida, de las
impacientes expectativas, del amor apasionado, y lo derramará todo, doblemente,
sobre tu hermosa cabeza. ¡Avanza! Haceos merecedores del regalo, tú y tus
camaradas. Y en la obra que estáis a punto de representar, no deshonréis a
aquéllos que os animaron a subir a escena, a pronunciar cabalmente los papeles
que se os asignaron. Que tu progreso sea constante y seguro. Nacido en la
corriente primaveral de las esperanzas humanas, que alcances un verano tras el que
el invierno no llegue jamás.
CAPÍTULO
V
Parecía
evidente que algún trastorno se había infiltrado en el curso de los elementos,
alterando su fluir benigno. El viento, príncipe del aire, rugía en su reino,
encrespando el mar furioso y sometiendo a la tierra rebelde a cierta
obediencia.
Airadas
plagas desde las alturas el dios envía de hambruna y pestilencia a montones
perecen y de nuevo en venganza de su ira cae sobre sus grandes huestes,
y sus
tambaleantes muros resquebraja;
detiene
sus flotas en la llanura del mar
y a sus
profundidades las envía.
Su poder
mortífero azotaba los países florecientes del sur, y durante el invierno,
incluso nosotros, desde nuestro retiro septentrional, empezamos a agitarnos
bajo sus efectos.
Considero
injusta esa fábula que proclama la superioridad del sol sobre el viento. Quién
no ha visto la tierra ligera, la atmósfera balsámica, la naturaleza alegre
tornarse oscura, fría e inhóspita cuando el viento, aletargado, despierta por
el este o, cuando las nubes grises encapotan el cielo y cortinas de lluvia,
inagotables, descienden hasta que la tierra empapada, incapaz de absorber más
agua, y forma charcos en su superficie; o cuando la antorcha del día parece un
meteoro que podría sofocarse. Y quién no ha visto levantarse el viento del
norte que empuja los nubarrones, y aparecer el cielo veteado, y al poco surgir
una abertura en los vapores del ojo del viento, a través del cual brilla el
azul más intenso Las nubes pierden grosor; se forma un arco que asciende sin
fin y, retirándose el velo del muro universal, el sol envía sus rayos,
reanimado y alimentado por la brisa.
De modo
que muy poderoso eres, ¡oh, viento!, que ocupas el trono por sobre todos los
demás virreyes del poder de la naturaleza: ya llegues destructor desde el este,
o preñado de vida elemental desde el oeste, a ti te obedecen las nubes; el sol
es tu sirviente; el océano sin costa es esclavo tuyo. Barres la tierra y los
robles centenarios se someten a tu hacha ciega; la nieve se esparce sobre los
pináculos de los Alpes, las avalanchas atruenan en sus valles; custodias las
llaves de la escarcha y tienes potestad para encadenar primero, y después
liberar, el agua de los arroyos; bajo tu amable gobierno nacen las hojas y los
capullos, que también por ti florecen.
¿Por qué
aúllas así, oh viento? Ni de día ni de noche ha cesado tu rugido en los últimos
cuatro meses. En las costas se suceden los naufragios, la superficie del mar no
es ya navegable, la tierra se ha despojado de su belleza obedeciendo tus
órdenes, el frágil globo ya no osa surcar los aires agitados. Tus ministras,
las nubes, inundan la tierra con sus lluvias, los ríos abandonan sus cauces, el
torrente desbocado desgarra el sendero de montaña. Los llanos, los bosques y
los claros olvidan sus encantos y hasta nuestras ciudades se echan a perder por
tu causa. ¡Ay! ¿Qué será de nosotros? Se diría que las olas gigantes del
océano, los inmensos brazos del mar, están a punto de arrancar de su centro
nuestra isla, tan firmemente anclada en él, para arrojarla, convertida en ruina
y escombro, contra los campos del Atlántico.
¿Qué
somos nosotros, los habitantes de esta esfera, insignificantes entre los muchos
que pueblan el espacio ilimitado? Nuestras mentes abrazan el infinito, pero el
mecanismo visible de nuestro ser está sujeto al más pequeño accidente (no hay
más remedio que corroborarlo día a día). Aquél a quien un rasguño afecta, aquél
que desaparece de la vida visible bajo el influjo de los agentes hostiles que
operan a nuestro alrededor, ostentaba los mismos poderes que yo... Yo también
existo sujeto a las mismas leyes. Y a pesar de todo ello nos llamamos a
nosotros mismos señores de la creación, dominadores de los elementos, maestros
de la vida y de la muerte, y alegamos, como excusa a esta arrogancia, que
aunque el individuo se destruye, el hombre perdura siempre.
Así,
perdiendo nuestra identidad, de la que somos muy conscientes, nos vanagloriamos
en la continuidad de nuestra especie y aprendemos a ver la muerte sin terror.
Pero cuando la nación entera se convierte en víctima de los poderes
destructores de agentes externos, entonces, ciertamente, el hombre mengua hasta
la insignificancia, siente que su posesión de la vida peligra, que su herencia
en la tierra desaparece.
Recuerdo
que, tras presenciar los efectos devastadores de un fuego, durante un tiempo no
era capaz de hallarme en presencia del más pequeño de ellos, encendido en algún
brasero, sin sentir temor. Las llamas se retorcían alrededor del edificio en su
caída. Se insinuaban en las sustancias que les rodeaban, y todo lo que hallaba
a su paso se rendía a su tacto. ¿Podíamos, entonces, tomar partes integrales de
aquel poder, y no pasar a ser súbditos de sus operaciones? ¿Podíamos domesticar
a un cachorro de aquella bestia salvaje, y no sentir temor cuando creciera y se
convirtiera en ejemplar adulto?
Así
empezábamos a sentirnos respecto de los muchos rostros de la muerte que vagaba
libre por los selectos distritos de nuestra hermosa morada, y sobre todo
respecto de la peste. Temíamos el verano que se avecinaba. Los países que
compartían frontera con otros ya infectados comenzaban a adoptar planes serios
para mantener alejado al enemigo. Nosotros, pueblo comercial, nos veíamos
obligados, cuando menos, a tenerlos en cuenta, y la cuestión del
contagio
se convirtió en tema de acaloradas discusiones.
Estaba
demostrado que la peste no era lo que comúnmente se conoce como enfermedad
contagiosa, como los son la escarlatina o la viruela. Se consideraba una
epidemia. Pero la gran pregunta que seguía sin respuesta era cómo se generaba y
se propagaba aquella epidemia. Si la infección dependía del aire, el aire
estaba expuesto a la infección. Como sucede, por ejemplo, en el caso de un
tifus llevado por un barco hasta una ciudad portuaria; la misma gente que lo ha
llevado hasta allí no logra contagiarlo a una ciudad situada de manera más
afortunada. Pero, ¿cómo vamos nosotros a juzgar sobre el aire, a pronunciarnos
sobre si en tal ciudad la peste será improductiva y en esta otra la naturaleza
proporcionará una buena cosecha? Del mismo modo, un individuo puede escapar de
ella noventa y nueve veces y recibir el golpe mortal la centésima, pues los
cuerpos se hallan en ocasiones en un estado que rechaza la infección, mientras
que en otras parecen ávidos de empaparse de ella. Todas esas reflexiones
llevaban a nuestros legisladores a mostrarse prudentes respecto de las leyes
que debían aprobar. El mal se extendía de tal modo, con tal violencia y
crueldad, que ninguna prevención, ningún cuidado, podía juzgarse superfluo,
pues tal vez precisamente éstos fueran los que acabaran salvándonos.
Se
trataba, en cualquier caso, de un ejercicio de prudencia, ya que no había
necesidad urgente de tomar medidas. Inglaterra seguía resultando un lugar
seguro. Francia, Alemania, Italia y España se interponían aún -muros sin
brecha- entre nosotros y la plaga. Nuestros barcos eran, ciertamente, juguete
de los vientos y las olas, del mismo modo que Gulliver lo era de los gigantes
brobdinagianos, pero nosotros, en nuestra estable morada, quedábamos a salvo de
las heridas de aquella naturaleza en erupción. No conocíamos el temor. Y sin
embargo, un sentimiento de respeto, de asombro, la dolorosa sensación de que la
humanidad se iba degradando, anidaba en todos los corazones. La naturaleza,
nuestra madre, nuestra amiga, volvía hacia nosotros su rostro amenazante. Nos
demostraba sencillamente que, aunque nos permitía asignarle leyes y someter sus
poderes aparentes, ella, moviendo apenas un dedo, podía hacernos temblar. Podía
tomar nuestro planeta salpicado de montañas, rodeado de atmósfera, morada de
nuestro ser, así como todo lo que la mente del hombre fuera capaz de inventar o
su fuerza de alcanzar; podía tomar aquella esfera con una sola mano y arrojarla
al espacio, donde la vida se consumiría y los hombres y todos sus esfuerzos
resultarían aniquilados.
Todas
aquellas especulaciones proliferaban entre nosotros. Y sin embargo manteníamos
nuestras ocupaciones diarias y nuestros planes, cuyo logro exigía el transcurso
de muchos años. Ninguna voz se alzaba pidiéndonos que nos detuviéramos. Cuando
las desgracias extranjeras llegaban a nuestros oídos a través de los canales
del comercio, nos afanábamos en buscar remedios. Se
realizaban
suscripciones para auxiliar a los emigrantes y mercaderes arruinados por culpa
del fracaso del comercio. El espíritu inglés operaba a toda máquina y, como
siempre, se disponía a oponerse al mal y resistirse a la herida de caos y
muerte que la naturaleza enferma había infligido en unos límites y orillas que
hasta entonces se habían mantenido al margen.
A
principios de verano llegaron hasta nosotros las primeras noticias de que el
daño que se había producido en países lejanos era mayor de lo que en un
principio se sospechó. Quito había sido destruido por un terremoto. Méjico,
arrasado por los efectos combinados de tormentas, peste y hambrunas. Europa
occidental recibía a multitud de emigrantes y nuestras islas se habían
convertido ya en refugio de miles de ellos. Entretanto, a Ryland lo habían
nombrado Protector. Había asumido el cargo con gran ímpetu y pensaba dedicar
todos sus esfuerzos a la supresión de los órdenes privilegiados de nuestra
comunidad. Sus medidas, no obstante, se vieron obstaculizadas, y sus planes
interrumpidos, por aquel nuevo estado de cosas. Muchos de los extranjeros se
hallaban en una situación desesperada, y su número creciente acabó por
convertir en ineficaces los métodos de auxilio habituales. La imposibilidad de
realizar intercambios entre nuestros puertos y los de América, India, Egipto y
Grecia supuso la interrupción de la actividad comercial. En la rutina de
nuestras vidas se abrió una brecha. Nuestro Protector y sus partidarios
trataron en vano de ocultar la verdad; en vano día tras día estipulaban un
periodo para debatir las nuevas leyes relativas al rango hereditario y los privilegios;
en vano trataban de presentar el mal como algo transitorio y parcial. Aquellos
desastres hacían nido en muchos pechos y, a través de las distintas vías
comerciales, llegaban a todas las clases y las divisiones de la sociedad, hasta
el punto de convertirse, inevitablemente, en la cuestión más relevante del
Estado, en el tema principal al que debíamos dedicar nuestras atenciones.
¿Es
posible -nos preguntábamos unos a otros con asombro y pesar- que los desórdenes
naturales hayan causado la ruina de países enteros, la aniquilación de naciones
enteras? Las grandes ciudades de América, las fértiles llanuras del Indostán,
las atestadas viviendas de los chinos, viven amenazadas por la destrucción
total. Allá donde antes las multitudes se congregaban en busca de placer o
provecho, ahora sólo resuenan los lamentos y la tristeza. El aire está
emponzoñado y los seres humanos respiran muerte, aunque sean jóvenes, sanos, y
se hallen en la flor de sus esperanzas. Recordábamos la peste de 1348, cuando
se calculaba que un tercio de la humanidad fue destruida. Sin embargo, por el
momento Europa occidental se mantenía a salvo. ¿Sería así por mucho tiempo?
¡Oh, sí,
no temáis, ciudadanos, así seguirá siendo! En las llanuras de América aún sin
cultivar, ¿acaso puede sorprender que, entre otros
destructores
gigantes, la peste se haya hecho un sitio? Ésta ha sido desde siempre nativa de
Oriente, hermana del tornado, el terremoto y el simún. Hija del sol, retoño de
los trópicos, expirará en esos climas. Bebe la sangre oscura de los habitantes
meridionales pero nuca se alimenta del celta de pálido rostro. Si, por azar,
algún asiático infectado llegara a nosotros, la plaga moriría con él,
incomunicada, inocua. Lloremos por nuestros hermanos, pero sepamos que su
desgracia jamás se abatirá sobre nosotros. Lamentémonos por los hijos del
jardín de la tierra y brindémosles nuestra ayuda. Antes envidiábamos sus
moradas, sus huertos de especias, sus fértiles planicies, su abundante belleza.
Pero en esta vida mortal los extremos siempre se tocan. La espina crece con la
rosa, el árbol del veneno y el de la canela entrelazan sus ramas. Persia, con
sus tejidos de oro, sus salones de mármol y su infinita riqueza es hoy una
tumba. La tienda de los árabes ha caído sobre la arena y su caballo recorre la
tierra sin brida ni silla. Los lamentos resuenan en los valles de Cachemira.
Sus claros y sus bosques, sus frescas fontanas, sus rosaledas, se ven
contaminados por los muertos. En Circasia y Georgia, el espíritu de la belleza
llora sobre las ruinas de su templo favorito: el cuerpo femenino.
Nuestras
propias desgracias, aunque causadas por la reciprocidad ficticia del comercio,
aumentaban proporcionalmente. Se arruinaron banqueros, mercaderes y fabricantes
cuyo negocio dependía de las exportaciones y el intercambio de la riqueza. Se
trata de reveses que, cuando suceden individualmente, afectan sólo al entorno
más inmediato. Pero ahora la prosperidad de la nación se veía amenazada por
pérdidas frecuentes y extensivas. Familias acostumbradas a la opulencia y el
lujo quedaban a expensas de la caridad. La propia situación pacífica de la que
nos vanagloriábamos resultaba engañosa: no había medios para emplear a los
ociosos ni para enviar los excedentes de población fuera del país. Incluso la
fuente de las colonias se había secado, pues en Nueva Holanda, la Tierra de Van
Diemen y el Cabo de Buena Esperanza la peste se propagaba con gran virulencia.
¡Ah! ¡Que alguna medicina purgara nuestro mal y devolviera a la tierra su salud
acostumbrada!
Ryland
era hombre de fuertes convicciones, rápido y sensato en su decisión cuando las
condiciones eran normales, pero permanecía paralizado ante la gran cantidad de
males que nos acechaban. ¿Debía aumentar los tributos sobre la tierra para
asistir a la población que dependía del comercio? Para hacerlo debía ganarse el
favor de los terratenientes, los aristócratas del campo, que eran sus enemigos
declarados. Y para ello, a su vez, debía abandonar su más ambicioso plan de
igualdad y confirmar a los aristócratas sus derechos sobre la tierra. Debía
olvidarse de sus más preciados proyectos tendentes a alcanzar un bien duradero
para su país, a cambio de un alivio temporal. Debía renunciar a su objeto más
ambicionado y, bajando los brazos, rendirse sin haber logrado alcanzar, de
momento, la meta última de sus esfuerzos. En esa tesitura llegó a
Windsor
para exponernos el asunto. Cada día añadía nuevas dificultades a las ya
existentes: la llegada de nuevos barcos cargados de emigrantes, el cese total
del comercio, las multitudes hambrientas que se agolpaban a las puertas del
palacio del Protectorado, eran circunstancias que no podían obviarse. En
efecto, el golpe ya había sido asestado y los aristócratas obtuvieron todo lo
que deseaban a cambio de suscribir una ley que, con vigencia de doce meses,
incrementaba en un veinte por ciento los impuestos que debían pagar los
propietarios.
La calma
regresó a la metrópolis y a las ciudades más populosas, antes presas de la
desesperación. Y volvimos a contemplar las calamidades desde la distancia, a
preguntarnos si el futuro nos depararía algo de alivio a sus excesos. Era
agosto, de modo que no se albergaban grandes esperanzas de mejora durante la
estación calurosa. Por el contrario, la enfermedad cobró mayor virulencia,
mientras las hambrunas proseguían con su labor acostumbrada. Miles de personas
morían sin que nadie las llorara, pues junto a los cuerpos aún calientes,
quienes se lamentaban de la pérdida enmudecían también, vencidos por la muerte.
El 18 de
ese mes llegaron a Londres noticias de que la plaga había hecho acto de
presencia en Francia y en Italia. Al principio se trataba de susurros que nadie
se atrevía a pronunciar en voz alta. Cuando alguien se encontraba con un amigo
en la calle, se limitaba a exclamar, sin detenerse siquiera: «Ya lo sabes,
¿verdad?», mientras que el otro, con expresión de miedo y terror, respondía:
«¿Qué va a ser de nosotros?» Finalmente la información apareció en un
periódico, intercalada en una página poco leída: «Lamentamos informar de que ya
no existe duda sobre la presencia de la peste en Livorno, Génova y Marsella». A
la noticia no seguía comentario alguno, y cada lector, asustado, aportaba el
suyo. Éramos como ese hombre que se entera de que su casa está ardiendo y aun
así avanza por la calle sin perder la esperanza de que se trate de un error,
hasta que dobla la esquina y ve el tejado envuelto en llamas. Hasta ese momento
se había tratado de un rumor; pero ahora, en palabras indelebles, impresa en
letras definitivas, innegables, la noticia se abría paso. Su lugar tan poco
destacado en el periódico redundaba, paradójicamente, en su visibilidad. Las
letras diminutas adquirían proporciones gigantescas a los ojos perplejos del
temor. Parecían grabadas con pluma de hierro, impresas con fuego, tejidas en
las nubes, estampadas en la cubierta del universo.
Los
ingleses, ya se tratara de viajeros o de expatriados, regresaban en riadas
imparables. Y con ellos llegaban multitud de italianos y españoles. Nuestra
pequeña isla parecía a punto de reventar. En un primer momento los emigrantes
pusieron en circulación gran cantidad de moneda. Pero no había manera de que
aquella gente obtuviera nada a cambio de lo que gastaba. A medida que avanzaba
el verano y la enfermedad se propagaba, los alquileres
quedaban
sin pagar y las remesas de dinero no llegaban. Resultaba imposible ver a
aquellas criaturas desgraciadas y moribundas, hasta hacía poco hijas del lujo,
y no tender una mano para salvarlas. Como había sucedido a finales del siglo
xviii, cuando los ingleses abrieron sus despensas de hospitalidad para alivio
de aquellos exiliados de sus casas a causa de la revolución política, tampoco
ahora dejamos de prestar ayuda a las víctimas de una calamidad más extendida.
Nosotros contábamos con muchos amigos extranjeros a los que, una vez
localizados, tratamos de aliviar de su terrible penuria. Nuestro castillo se
convirtió en asilo de los infelices y no pocos se refugiaron entre sus muros.
Los beneficios de su dueño, que siempre había hallado un modo de invertirlos de
acuerdo con su naturaleza generosa, se gastaban ahora con mayor cuidado, para
que resultaran de mayor utilidad. Con todo, el dinero faltaba sólo en parte, y
lo que más escaseaban eran los productos esenciales de la vida. Resultaba
difícil hallar un remedio inmediato, pues las importaciones -el recurso más
habitual- habían quedado interrumpidas. En aquella situación de emergencia,
para alimentar a las personas a las que habíamos dado cobijo tuvimos que
entregar nuestros jardines y parques al arado y la azada. La gran demanda en el
mercado hizo disminuir ostensiblemente el número de cabezas de ganado en el
país. Incluso los pobres ciervos, nuestros astados más consentidos, debían
sacrificarse para que sobrevivieran unos huéspedes más valiosos que ellos. Los
trabajos necesarios para el cultivo del campo los realizaban hombres que habían
sido despedidos de las cada vez más escasas fábricas.
Adrian no
se conformaba con el esfuerzo que pudiera llevar a cabo en sus propias
posesiones y apeló a los ricos terratenientes. Realizó propuestas
parlamentarias que poco podían satisfacer a los que más tenían. Pero sus
sinceras súplicas y benévola elocuencia eran irresistibles. Ceder terrenos de
ocio a la agricultura, disminuir el número de caballos que en todo el país se
mantenían con finalidades suntuarias, eran buenas ideas, aunque desagradables
para algunos. Con todo, en honor a los ingleses debe decirse que, aunque la
reticencia natural les llevó a demorarse un poco, cuando la desgracia de sus
congéneres se hizo evidente, una generosidad entusiasta inspiró sus decretos.
Quienes vivían con más lujo fueron los primeros en apartarse de sus bienes.
Como suele suceder en toda colectividad, los primeros marcaron la tendencia.
Las damas de la alta sociedad se habrían considerado desgraciadas si hubieran
gozado de lo que antes llamaban una necesidad, es decir, de un carruaje. Las
sillas de manos, como en los viejos tiempos, y los palanquines indios,
volvieron a usarse para las más débiles. Por lo demás, no era raro ver a
mujeres de rango acudir a pie a los lugares de moda. Y más común todavía era
que los propietarios de tierras se retiraran a sus fincas, asistidos por tropas
completas de indigentes que talaban sus bosques para construirse viviendas
provisionales y parcelaban los parques, los parterres y los jardines, que
cultivaban
las familias necesitadas. Ahora muchas de ellas, de desahogada posición en sus
países de origen, trabajaban la tierra, arado en mano. Finalmente hubo de
ponerse algo de freno a tanto espíritu de sacrificio y recordar a aquéllos cuya
generosidad se convertía en despilfarro, que hasta que la situación por la que
atravesábamos se hiciera permanente -lo que no era probable-, constituía un
error acelerar los cambios hasta un punto tal que se hiciera difícil el regreso
a la situación anterior. La experiencia demostraba que en uno o dos años la
peste remitiría. Era aconsejable que entre tanto no destruyéramos nuestras
bellas razas de caballos o modificáramos radicalmente los espacios ornamentales
del país.
Puede
imaginarse que el estado de las cosas debía de ser lo bastante grave como para
que aquel espíritu de bondad echara unas raíces tan profundas. La infección se
propagaba ahora por las provincias meridionales de Francia. Pero aquel país
contaba con tal riqueza de recursos agrícolas que el desplazamiento de la
población de un lugar a otro y el aumento de la emigración extranjera tuvieron
menos efecto que entre nosotros. El principal daño parecía causado más por el
pánico que por la enfermedad y sus consecuencias naturales.
Se
convocó al invierno, doctor infalible. Los bosques sin follaje, los ríos
rebosantes de agua, las nieblas nocturnas y las escarchas matutinas fueron
recibidos con gratitud. Los efectos del frío purificante se sintieron de
inmediato y las cifras de muertos en el extranjero se reducían semana tras
semana. Muchos de nuestros visitantes nos dijeron adiós. Aquellos cuyos hogares
se hallaban situados al sur escaparon encantados de los rigores de nuestro
invierno, en pos de su tierra nativa, seguros de hallar en ella abundancia, a
pesar de la temible y reciente visita. Volvíamos a respirar. No sabíamos qué
nos depararía el siguiente verano, pero los meses que teníamos por delante eran
nuestros y depositábamos grandes esperanzas en el fin de la peste.
CAPÍTULO
VI
Me he
demorado hasta ahora en otra orilla, en la desolada lengua de arena que se
adentra en el arroyo de la vida tras coquetear apenas con la sombra de la
muerte. Hasta ahora he mecido mi corazón en el recuerdo de la felicidad pasada,
del tiempo de la esperanza. ¿Por qué no seguir así? No soy inmortal, y el
ovillo de mi historia podría seguir devanándose hasta trascender los límites de
mi existencia. Pero no. El mismo sentimiento que me ha conducido a recrear
escenas repletas de tiernas remembranzas me empuja ahora a apresurarme. El
mismo anhelo de este corazón exhausto, que me ha llevado a
poner por
escrito mi juventud errante, mi serena edad adulta, las pasiones de mi alma, me
disuade ahora de mayores demoras. Debo completar mi obra.
Así, aquí
me encuentro, como he dicho, junto a las aguas bravas de los años que fluyen y
desaparecen. ¡Arriad las velas y remad con fuerza por congostos oscuros,
empinados rápidos, hasta llegar al mar de desolación en que me hallo! Pero
antes, todavía un instante, un breve intervalo antes de zarpar. Dejadme una vez
más, una sola, imaginarme cómo era en 2094, en mi morada de Windsor. Dejadme
cerrar los ojos e imaginar que las inmensas ramas de los robles todavía me
cobijan en los alrededores del castillo. Que la mente recree el feliz escenario
del 20 de junio tal como mi doliente corazón aún lo recuerda.
Las
circunstancias me habían llevado a Londres. Allí oí que a algunos hospitales de
la ciudad habían acudido enfermos con síntomas de peste. Regresé a Windsor
apesadumbrado. Accedí a Little Park, como era mi costumbre, por la puerta de
Frogmore, camino del castillo. Gran parte de esas tierras se dedicaban ahora al
cultivo, y aquí y allá surgían campos de patatas y maizales. Los grajos
graznaban con estridencia sobre los árboles cercanos. Entre sus gritos agudos
llegó a mí una música animada. Era el cumpleaños de Alfred. Los jóvenes, sus
compañeros de Eton y los hijos de los nobles de las inmediaciones, habían
organizado un simulacro de feria al que habían invitado a toda la vecindad, y
el parque se veía salpicado de tenderetes de colores vivos flanqueados por
banderas estrambóticas que ondeaban al sol y aportaban su nota festiva a la
escena. Sobre una tarima instalada bajo la terraza bailaban algunos jóvenes. Me
apoyé en un árbol y me dediqué a observarlos. La orquesta tocaba la animada
aria orientalizante de Abon Hassan, de Weber. Sus volátiles notas daban alas a
los pies de los danzantes, y quienes los observaban marcaban el ritmo sin
percatarse de ello. En un primer momento me dejé arrastrar por la alegría y
durante unos instantes mis ojos recorrieron la maraña de cuerpos en movimiento.
Entonces una idea se clavó en mi corazón como el acero: «todos vais a morir
-pensé-. Ya cavan vuestra tumba alrededor de vosotros. Por el momento, como
contáis con los dones de la agilidad y la fuerza, imagináis que estáis vivos.
Pero frágil es la «enramada de carne» que aprisiona la vida; quebradiza la
cadena de plata que os une a ella. El alma feliz, que va de placer en placer
montada en el agraciado mecanismo de unos miembros bien formados, sentirá de
pronto que el eje cede, que la rueda y el muelle se disuelven en el polvo. Ni
uno solo de vosotros -¡oh, desdichado grupo!- escapará. Ni uno solo. ¡Ni mi
Idris ni sus hijos! ¡Horror y desgracia! La alegre danza concluyó de pronto, el
prado verde quedó cubierto de cadáveres y el aire azul se impregnó de vapores
fétidos y letales. ¡Resonad, clarines! ¡Atronad, agudas trompetas! Sumad un
canto fúnebre a otro, tocad acordes lúgubres, que el aire reverbere con
hórridos lamentos, que en las alas del viento viajen los aullidos discordantes.
Ya me parece oírlos, mientras los
ángeles
de la guarda, que velan por la humanidad, se retiran veloces una vez cumplida
su misión, su partida anunciada por sonidos melancólicos. Unos rostros llorosos
más allá del decoro me obligaron a abrir los ojos; cada vez más aprisa, más
rostros desencajados se congregaban a mi alrededor y exhibían todas las
variedades del pesar, rostros conocidos que alternaban con otros
distorsionados, producto de la fantasía. Con palidez cenicienta, Raymond y
Perdita se hallaban sentados, alejados del resto, observándolo todo con una
sonrisa triste. El semblante de Adrian pasaba entonces ante mí fugazmente,
teñido de muerte. Idris, con los párpados lánguidamente cerrados, los labios
lívidos, avanzaba, a punto de meterse en la ancha tumba. La confusión crecía.
Las expresiones de tristeza se convertían en gestos de burla: movían la cabeza
asintiendo al ritmo de la música, que subía de tono hasta resultar
ensordecedora.
Creí ser
presa de la locura y, adelantándome para librarme de ella, me uní a la
multitud. Idris se fijó en mí y vino a mi encuentro con paso leve. La estreché
entre mis brazos sintiendo, al hacerlo, que en ellos sostenía lo que para mí
era el mundo entero, pero que a la vez resultaba tan frágil como la gota de
agua que el sol del mediodía ha de beberse en la copa de un nenúfar. A mi pesar
sentí los ojos arrasados en lágrimas. La alegre bienvenida de mis hijos, el
dulce saludo de Clara, el apretón de manos de Adrian... Todo se aliaba para
desencajarme. Los sentía cerca, los sentía a salvo, y a la vez pensaba que todo
aquello era un engaño: la tierra se movía bajo mis pies, los árboles se
balanceaban a pesar de tener las raíces profundamente ancladas en el suelo. Me
sentía tan mareado que me tendí sobre la hierba.
Mis seres
queridos se alarmaron hasta tal punto que no me atreví a pronunciar la palabra
«peste» que me asomaba ya a la punta de la lengua, por temor a que pensaran que
mis síntomas se debían a ella y que mi desfallecimiento lo causaba la
infección. Me había recuperado algo, y con forzada hilaridad había devuelto las
sonrisas a mi reducido círculo, cuando vi que Ryland se aproximaba a mí.
El nuevo
Protector tenía en su complexión algo de granjero, de hombre cuyos músculos y
físico se hubieran desarrollado bajo la influencia del ejercicio físico
vigoroso y la exposición a los elementos. Y hasta cierto punto así era, pues
aunque propietario de una gran finca, en tanto que proyectista y persona de
naturaleza activa e industriosa, se entregaba a las labores agrícolas en sus
terrenos. Cuando fue nombrado embajador del país en los Estados del Norte de
América, se planteó durante un tiempo instalarse en el país, y llegó a realizar
varios viajes hacia el oeste de aquel inmenso continente con el fin de escoger
el lugar idóneo para establecerse. La ambición le apartó de aquellos planes,
una ambición que, abriéndose paso a través de varios obstáculos y reveses, le
había llevado al fin al colmo de sus esperanzas, convirtiéndolo en
señor
Protector de Inglaterra.
Su
expresión era dura pero denotaba inteligencia: la frente despejada, los ojos
grises, despiertos, que parecían protegerse de sus propios planes y de la
oposición de los enemigos. Hablaba con voz estentórea y agitaba mucho las manos
durante las discusiones, como si con su gigantesco cuerpo quisiera advertir a
sus interlocutores de que las palabras no eran sus únicas armas. Eran pocos los
que habían descubierto cierta cobardía y una considerable falta de firmeza bajo
aquel aspecto imponente. A nadie se le daba mejor que a él aplastar a un
adversario más débil, del mismo modo que nadie era más capaz de ejecutar una
rápida retirada ante un adversario poderoso. Ése había sido el secreto de su
renuncia cuando se produjo la elección de lord Raymond. Aunque la mayoría los
desconocía, aquellos defectos podían intuirse apenas en su mirada no siempre
franca, en su afán exagerado por conocer las opiniones de los demás, en la poca
firmeza de su letra. Ahora él era nuestro Protector. Se había entregado a una
feroz campaña para alcanzar el cargo. Su Protectorado iba a distinguirse por la
introducción de toda clase de renovaciones tocantes a la aristocracia. Pero
había tenido que cambiar aquella tarea por otra muy distinta: la de enfrentarse
a la ruina causada por las convulsiones de la naturaleza. Pero no contaba con
ningún sistema coherente para abordar aquellos males y se limitaba a solicitar
informe tras informe, sin decidirse a poner en práctica solución alguna hasta
que todas ellas dejaban de resultar eficaces.
Sin duda
el Ryland que avanzaba hacia nosotros en ese instante se parecía muy poco al
cazador de votos poderoso, irónico y en apariencia valeroso que aspiraba a
ocupar la dignidad de primer mandatario entre los ingleses. Nuestro «roble
autóctono», como lo llamaban sus partidarios, parecía haber encogido a causa
del embate de algún frío invernal. Parecía haber menguado hasta la mitad de su
tamaño y caminaba torpemente, como si las piernas no fueran capaces de soportar
su peso. El gesto contrariado, la mirada perdida, ponían en su rostro una
mezcla de cobardía y temor.
En
respuesta a nuestras ávidas preguntas, sólo pronunció una palabra, que se diría
que involuntariamente se le había escapado de los labios:
-Peste...
¿Dónde?... En todas partes... Debemos huir, huir, pero ¿adónde?... Nadie lo
sabe. No existe refugio en la tierra, nos ataca como mil manadas de lobos.
Debemos huir todos. ¿Dónde iréis? ¿Dónde podemos ir?
El hombre
de acero había hablado con voz temblorosa.
-¿De
veras huiría usted? -le preguntó Adrian-. Debemos permanecer aquí y hacer todo
lo posible por ayudar a los ciudadanos que sufren.
-¡Ayudar!
-exclamó Ryland-. No hay ayuda posible. ¡Por Dios! ¿Quién
habla de
ayuda? ¡El mundo entero es presa de la peste!
-Entonces,
para evitarla, debemos abandonar el mundo -observó Adrian esbozando una sonrisa
sosegada.
Ryland
emitió una especie de gruñido. Un sudor frío bañaba su frente. Era inútil
oponerse a su paroxismo de terror, pero de todos modos nosotros tratamos de
calmarlo y animarlo. Así, transcurridos unos minutos, algo más sereno, logró
explicarnos con más calma el motivo de su alarma, pues había vivido un caso
bastante próximo. Uno de sus criados, mientras lo esperaba, había caído muerto
en el acto. El médico dictaminó que había fallecido a causa de la peste.
Intentamos calmarlo, sí, pero la zozobra se apoderaba de nuestros corazones. Vi
que Idris me miraba primero a mí y después a los niños, pidiéndome en silencio
mi opinión. Adrian se hallaba sumido en la meditación. En cuanto a mí,
reconozco que las palabras de Ryland resonaban en mis oídos: todo el mundo
estaba infectado. ¿En qué reclusión pura podría guarecer mis amados tesoros
hasta que la sombra de la muerte hubiera dejado atrás la tierra? Permanecimos
todos en silencio, un silencio que se nutría de los relatos y los pronósticos
lúgubres de nuestro invitado.
Nos
habíamos apartado un poco del resto de asistentes a la celebración y ahora
subíamos por la escalinata de la terraza, camino del castillo. Nuestro cambio
de humor intrigó a los que se hallaban más cerca de nosotros. Además, a través
de los criados de Ryland no tardó en saberse que éste había escapado de la
peste que ya afectaba a Londres. Los alegres invitados se dispersaron en
corrillos susurrantes. El espíritu festivo desapareció al instante: la música
cesó y los jóvenes abandonaron sus ocupaciones y se congregaron. El ánimo
liviano que les había llevado a vestirse con disfraces, a decorar los
tenderetes, a reunirse en grupos fantásticos, les parecía ahora un pecado, una
provocación al destino horrible que había posado su mano temblorosa sobre la
esperanza y la vida. La dicha de aquel día resultaba una burla sacrílega de las
penas del hombre. Los extranjeros que vivían entre nosotros y que habían huido
de sus países por culpa de la epidemia veían invadido su último refugio. El
miedo los volvía locuaces, ante un auditorio ávido de noticias describían las
desgracias que habían contemplado en las ciudades visitadas por la calamidad y
se entregaban a detallados y horribles relatos sobre la naturaleza insidiosa e
irremediable de la pestilencia.
Entramos
en el castillo. Idris se acercó a una ventana que miraba al parque. Con ojos
maternales buscaba a nuestros hijos entre la multitud. Un muchacho italiano
había congregado un corrillo a su alrededor y con gesto vehemente describía
alguna escena espeluznante. Alfred permanecía inmóvil frente a él, absorto en
sus palabras. El pequeño Evelyn había tratado de convencer a Clara para que se
lo llevara a jugar a otra parte, pero la historia del italiano la fascinaba y,
sin quitarle la vista de encima, cada vez se acercaba más a él. Bien
observando
a los invitados del jardín, bien sumidos en sus reflexiones, todos guardaban
silencio. Ryland, solo, se apoyaba en una ventana; Adrian caminaba de un lado a
otro rumiando alguna idea nueva y poderosa, hasta que se detuvo de pronto y
dijo:
-Llevo
tiempo temiendo que sucediera esto. ¿Acaso cabía esperar que la isla se
mantuviera al margen de la visita universal? El mal ha venido a visitarnos a
nuestra casa y no debemos arredrarnos ante el destino. ¿Cuáles son sus planes,
señor Protector, para el bien del país?
-Por el
amor de Dios, Windsor -exclamó Ryland-. No se mofe de mí con ese título. La
muerte y la enfermedad igualan a todos los hombres. Ni pretendo proteger a
nadie ni dirijo un hospital... que es en lo que pronto se convertirá
Inglaterra.
-¿Pretende
entonces abandonar sus deberes en esta hora de peligro?
-¿Deberes?
Hable cabalmente, milord. Cuando sea un cadáver carcomido por la peste, ¿cuáles
serán mis deberes? ¡Que cada palo aguante su vela! Que el diablo asuma el
Protectorado, si asumiéndolo yo voy a ponerme en peligro.
-¡Hombre
débil de espíritu! -dijo Adrian, presa de la indignación-. Sus conciudadanos
depositan su confianza en usted, y usted los traiciona.
-¿Los
traiciono? -inquirió Ryland-. Es la peste la que me traiciona a mí. ¿Débil de
espíritu? Está bien. Usted, encerrado en su castillo, se jacta de no conocer el
temor. Que asuma quien quiera el Protectorado. Yo renuncio a él ante Dios.
-¡Y ante
Dios -exclamó su contrincante con fervor- yo lo recibo! Nadie se postulará para
el cargo en estas circunstancias, nadie envidiará el peligro que he de correr
ni las tareas a las que voy a entregarme. Deposite su poder en mis manos. Largo
tiempo he luchado con la muerte, y mucho (extendió una mano escuálida), mucho
he sufrido en la batalla. No es huyendo del enemigo, sino enfrentándose a él,
como podremos conquistarlo. Si ahora estoy a punto de iniciar mi último
combate, si voy a perderlo, que así sea.
»Pero
Ryland, reconsidere su posición. Los hombres, hasta ahora, lo han tenido por
magnánimo y sabio. ¿Arrojará esos títulos por la borda? Piense en el pánico que
causará su huida. Regrese a Londres. Yo le acompañaré. Aliente al pueblo con su
mera presencia. Yo incurriré en el peligro. Vergüenza debería darle ser el
primero en desatender sus deberes, siendo como es el primer mandatario del
país.
Entretanto
el ánimo festivo había desaparecido por completo de los invitados que poblaban
el jardín. Como las moscas a las que, en verano, ahuyenta el aguacero, así
nuestro grupo, hasta hacía muy poco ruidoso y feliz,
iba
menguando entre tristes y melancólicos murmullos. Al ponerse el sol y acercarse
la noche, el jardín quedó casi desierto. Adrian y Ryland seguían enzarzados en
su discusión. Habíamos preparado un banquete para nuestros invitados en el
salón de la planta baja del castillo, y hacia allí nos dirigimos Idris y yo
para recibir a los pocos que quedaban. Nada resulta más melancólico que una
reunión festiva convertida en velada triste. Los atuendos de gala, los
ornamentos, alegres en otras circunstancias, se revisten de un aspecto solemne
y fúnebre. Y si ese cambio ya resultaba doloroso ante causas menores, su peso
ante aquélla se nos hacía intolerable, pues sabíamos que la Destructora de la
tierra, como un demonio, había traspasado al fin, discretamente, los límites
erigidos por nuestra precaución, y que, definitivamente, se había instalado en
el corazón palpitante de nuestro país. Idris se sentó a la cabecera de la mesa
medio vacía. Pálida y llorosa, le costaba no olvidar sus deberes de anfitriona.
Mantenía la vista fija en nuestros hijos. El aire serio de Alfred demostraba
que seguía rumiando sobre la historia que había oído contar al muchacho
italiano. Evelyn era la única criatura alegre entre los presentes. Sentado
sobre el regazo de Clara, entregado a sus propias fantasías, no dejaba de
reírse en voz alta. Su voz infantil reverberaba en el techo abovedado. Su pobre
madre, que llevaba largo rato reprimiendo toda expresión de angustia, no pudo
más, estalló en llanto y, sosteniendo a su pequeño en brazos, se alejó
precipitadamente del salón. Clara y Alfred la siguieron. Mientras, los demás
asistentes, perplejos, iniciaron un murmullo que iba subiendo de tono y era
expresión de sus temores.
Los
jóvenes se congregaron a mi alrededor para pedirme consejo. Y de quienes tenían
amigos en Londres se iba apoderando una gran intranquilidad, pues ignoraban el
alcance de la epidemia en la ciudad. Yo, tratando de animarlos como mejor
podía, les aseguraba que, por el momento, la peste había causado muy pocas
bajas. Para tranquilizarlos, les sugería que, siendo como éramos los últimos en
recibir su visita, era probable que la epidemia hubiera perdido virulencia
antes de llegar a nuestras tierras. La limpieza, los hábitos ordenados y las
construcciones de nuestras ciudades eran elementos que jugaban a favor nuestro.
Por tratarse de una epidemia, su fuerza principal derivaba de las
características perniciosas del aire, por lo que, en un país donde éste era naturalmente
salubre, no se esperaba que causara grandes estragos. En un primer momento me
dirigí sólo a los que se hallaban cerca de mí, pero gradualmente fue
congregándose más gente a mi alrededor, y constaté que todos me escuchaban.
-Amigos
-proseguí-, el riesgo que corremos es ordinario, de modo que las precauciones
que tomemos también lo han de ser. Si la valerosa hombría y la resistencia
pueden salvarnos, entonces nos salvaremos. Lucharemos contra el enemigo hasta
el final. La plaga no hallará en nosotros una presa fácil; le disputaremos cada
palmo del terreno y, con leyes metódicas e inflexibles,
pondremos
trabas invencibles al avance de nuestro enemigo. Tal vez en ninguna otra parte
del mundo se haya topado con oposición tan sistemática y testaruda. Tal vez a
ningún otro país haya dotado la naturaleza de mejor protección natural contra
nuestro invasor, y tal vez en ningún otro la mano del hombre pueda contribuir
tanto a la tarea de la naturaleza. No desesperaremos. No somos cobardes ni
fatalistas; creemos que Dios ha puesto en nuestras manos los medios para
nuestra supervivencia y vamos a sacarles el máximo provecho. Recordad que la
limpieza, la sobriedad e incluso el buen humor y la benevolencia son nuestras
mejores medicinas.
Poco
podía añadir a aquella exhortación general. La peste había llegado a Londres
pero aún no había hecho mella entre nosotros. Pedí a los invitados que se
retiraran y me obedecieron, tristes, a la espera de lo que pudiera sucederles.
Fui
entonces en busca de Adrian, impaciente por conocer el resultado de su
conversación con Ryland. En cierto sentido la discusión la había ganado él: el
Protector aceptó regresar a Londres unas semanas, tiempo suficiente para que la
situación se enderezara algo y su renuncia no causara tanta consternación.
Hallé juntos a Adrian y a Idris. De la tristeza con que aquél había recibido la
noticia de la llegada de la peste a Londres no quedaba ni rastro. Su presencia
de ánimo infundía fuerza a su cuerpo y la alegría solemne del entusiasmo y la
entrega iluminaba su semblante. La debilidad de su condición física parecía
haberle pasado de largo, como la nube de humanidad, en la antigua fábula, pasó
de largo ante el amante divino de Semele. Trataba de infundir valor a su
hermana, lograr que viera sus intenciones bajo una luz menos trágica, para lo
que, con apasionada elocuencia, le exponía sus razones.
-Permíteme,
en primer lugar -le dijo-, que libere tu mente de todo temor que puedas sentir
por causa mía. No pienso forzarme más allá de mi resistencia ni buscaré los
peligros innecesariamente. Creo saber qué debe hacerse y, dado que mi presencia
es necesaria para el cumplimiento de mis planes, pondré especial cuidado en
conservar mi vida.
»Voy a
asumir un cargo adecuado para mí. No soy capaz de intrigar, de abrirme camino
por las sendas tortuosas del laberinto que forman los vicios y las pasiones del
hombre. Pero sí puedo aportar paciencia y comprensión, y toda la ayuda que
permite el arte, al lecho del enfermo. Sí puedo alzar del suelo al triste
huérfano y despertar nuevas esperanzas en el corazón cerrado del doliente. Sí
puedo confinar a la peste dentro de unos límites, establecer un plazo a la
desgracia que pueda ocasionar. Coraje, resistencia y vigilancia son las fuerzas
que yo aporto a esta gran obra.
»¡Oh!
¡Ahora seré alguien! Desde mi nacimiento he aspirado a ser águila, pero, a
diferencia de ella, me fallaron las alas, y la ceguera se apoderó de mis
ojos. La
decepción y la enfermedad, hasta hoy, me han dominado. Nacidos al nacer yo,
gemelos míos, mi «podrías» se veía siempre encadenado a mi «no podrás». Un
pastor cuidando de su rebaño en los montes participaba más que yo de la
sociedad. Felicítame, pues, por haber encontrado una meta adecuada a mis
fuerzas. A menudo he considerado ofrecer mis servicios a ciudades italianas o
francesas invadidas por la peste. Pero el temor a lastimarte y la premonición
de esta catástrofe me coartaban. A Inglaterra y a los ingleses me dedico. Si
logro salvar uno solo de sus poderosos espíritus del mazazo de la muerte, si
logro apartar la enfermedad de una de sus mansiones sonrientes, no habré vivido
en vano.
¡Extraña
ambición la suya! Y sin embargo así era Adrian. Parecía dado a la
contemplación, negado a las excitaciones en todas sus formas, estudiante
infatigable, hombre de visiones... Pero si se topaba con un asunto que
considerara digno,
como
alondra que, al alba
vuela
sobre la tierra tenebrosa
y a las
puertas del cielo
sus
himnos canta,
así él
también se alzaba de sus pensamientos exangües e improductivos y alcanzaba la
más alta cima de la acción virtuosa.
Con él
viajaban el entusiasmo, la decisión férrea, el ojo capaz de mirar a la muerte
sin pestañear. Entre nosotros, en cambio, habitaban la tristeza, la angustia,
la insoportable espera del mal. Francis Bacon afirma que el hombre que tiene
esposa e hijos entrega rehenes a la fortuna. Vano resultaba todo razonamiento
filosófico -vana toda fortaleza-, vana, vana toda confianza en un bien
probable. Por más que yo cargara un platillo de la balanza con lógica, valor y
resignación, un solo temor por Idris y nuestros hijos colocado en el otro
bastaba para decantarla de su lado.
¡La peste
había llegado a Londres! Necios habíamos sido por no preverlo antes. Llorábamos
la ruina de los inmensos continentes de Oriente, la desolación del mundo
occidental, mientras imaginábamos que el estrecho canal que separaba nuestra
isla del resto de la tierra nos mantendría alejados de la muerte. Entre Calais
y Dover no había más que un paso. El ojo distingue sin dificultad la tierra
hermana. En otro tiempo ambas estuvieron unidas. Y el angosto sendero que
transita entre ellas parece, visto en un mapa, apenas un camino trazado en la
hierba. Y no obstante ese pequeño intervalo debía salvarnos. El mar debía alzar
un muro de diamante: del otro lado, la enfermedad y la desgracia; de éste, un
refugio del mal, un rincón del jardín del Edén, una partícula de suelo
celestial que ningún mal podía invadir. ¡Qué sabia
demostró
ser, ciertamente, nuestra generación al imaginar todas aquellas cosas!
Ahora,
sin embargo, ya hemos despertado. La peste ha llegado a Londres. El aire de
Inglaterra está contaminado y sus hijos cubren la tierra insalubre. Ahora se
diría que las aguas del mar, hasta hace poco nuestra defensa, son los barrotes
de nuestra prisión. Acorralados por sus golfos, moriremos como los habitantes
desnutridos de una ciudad sitiada. Otras naciones hallan camaradería en la
muerte, mas nosotros, privados de toda vecindad, hemos de enterrar a nuestros
propios muertos, y la pequeña Inglaterra se convierte en un vasto sepulcro.
En mí,
ese sentimiento de tristeza universal adoptaba forma concreta cuando pensaba en
mi esposa y mis hijos. La idea de que pudieran verse en peligro me llenaba de
espanto. ¿Cómo podría salvarlos? Pergeñaba mil y un planes. Ellos no morirían.
Antes de que la infección se acercara a los ídolos de mi alma, yo quedaría
reducido a la nada. Caminaría descalzo por el mundo para hallar un lugar libre
de pestilencia; construiría una casa sobre tablones zarandeados por las olas, a
la deriva en el océano desnudo y sin confines; me instalaría con ellos en la
guarida de alguna bestia salvaje, donde unas crías de tigre -a las que
sacrificaría- se hubieran criado sanas y salvas; buscaría un nido de águila en
la montaña y viviríamos años suspendidos en el repecho inaccesible de algún
acantilado marino. Ningún esfuerzo era demasiado grande, ningún plan demasiado
descabellado, si me traían la promesa de conservarles la vida. ¡Oh, hilos de
mis entretelas! ¿Podíais romperos en pedazos sin que mi alma se agotara en
lágrimas de sangre y pesar?
Pasado el
primer impacto, Idris recobró cierta fortaleza. Se cerró deliberadamente a toda
idea de futuro y sumergió el corazón en sus presentes bendiciones. No perdía de
vista a sus hijos en ningún momento, y siempre y cuando los viera, saludables,
a su alrededor, se mantenía conforme y esperanzada. A mí, en cambio, me invadía
un intenso desasosiego, que me resultaba más intolerable por tener que
ocultarlo. Mis temores respecto de Adrian no cesaban. Ya era agosto, y los
síntomas de la peste se propagaban con celeridad por Londres. Todos los que
tenían capacidad para trasladarse a otro lugar desertaban de la ciudad. En
cambio él, mi hermano, se veía expuesto a los peligros de los que huían todos,
salvo los esclavos encadenados por las circunstancias. Adrian, desprotegido el
flanco, solo en sus esfuerzos, permanecía para combatir al enemigo. La
infección podía haberle alcanzado y moriría desatendido y sin compañía.
Aquellas ideas me perseguían día y noche. Decidí trasladarme a Londres para
verlo y, de ese modo, aplacar mi agonía con la dulce medicina de la esperanza o
con el láudano de la desesperación.
Hasta que
llegué a Brentford no percibí demasiados cambios en la faz del
país. Las
casas más nobles se veían cerradas a cal y canto. El tráfago habitual de la
ciudad languidecía. Los pocos peatones con los que me crucé avanzaban con paso
nervioso y observaban mi carruaje asombrados: era el primero que veían circular
en dirección a Londres desde que la peste se había apoderado de sus locales
selectos y sus calles comerciales. Varios funerales salieron a mi encuentro,
muy poco concurridos, y quienes los presenciaban los veían como malos augurios.
Algunos observaban aquellas procesiones con gran interés, otros huían
discretamente y había quien rompía en sollozos.
La
principal misión de Adrian, después del auxilio inmediato de los enfermos,
había sido camuflar los síntomas y el avance de la epidemia entre los
habitantes de Londres. Sabía que el miedo y los malos presagios eran poderosos
asistentes de la enfermedad; que la desesperanza y la obsesión hacían al hombre
particularmente sensible al contagio. Por ello en la ciudad no se apreciaban
cambios notables: las tiendas, por lo general, seguían abiertas, y hasta cierto
punto la gente seguía desplazándose. Pero, a pesar de que se evitaba que la
ciudad mostrara aspecto de lugar contaminado, a mis ojos, que no la habían
contemplado desde el inicio del brote, Londres sí había cambiado. Ya no
circulaban carruajes y en las calles la hierba había crecido considerablemente.
Al aspecto desolado de las casas, con la mayoría de las contraventanas
cerradas, se sumaba la expresión asustada de la gente con la que me cruzaba,
muy distinta del habitual gesto apresurado de los londinenses. Mi vehículo
solitario atraía las miradas en su avance hacia el palacio del Protectorado.
Las calles que conducían a él mostraban un aspecto más siniestro aún, más
desolado. A mi llegada encontré atestada la antecámara de Adrian: era la hora
de la audiencia. Como no era mi intención interrumpir sus tareas, me dispuse a
esperar observando las entradas y salidas de los demandantes pertenecientes a
las clases medias y bajas de la sociedad, cuyos medios de subsistencia habían
desaparecido con la interrupción del comercio y el cese de la actividad financiera
que, en todas sus variantes, eran características de nuestro país. Quienes
llegaban mostraban angustia, y en ocasiones terror, en sus rostros,
sentimientos que contrastaban con el semblante resignado e incluso satisfecho
de los que acababan de ser recibidos en audiencia. En sus movimientos ágiles y
sus gestos alegres veía la indudable influencia de mi amigo. Dieron las dos,
hora a partir de la cual no se admitían más entradas. Los que se habían quedado
a las puertas del edificio dieron media vuelta, cabizbajos y tristes, mientras
yo entraba en la cámara de audiencias.
Me
sorprendió constatar una notable mejora en la salud de Adrian. Ya no caminaba
encorvado, como una planta de primavera regada en exceso que, creciendo más
allá de sus fuerzas, no resiste el peso de su flor. Le brillaban los ojos y
miraba con gesto contenido. Todo su ser parecía revestido de un aire de energía
y determinación que difería en todo de su languidez anterior. Estaba
sentado a
la mesa junto a varios secretarios que organizaban las peticiones o registraban
las notas que habían tomado durante la audiencia. En la sala todavía quedaban
dos o tres solicitantes. Yo no podía sino admirar su justicia y su paciencia. A
quienes tenían la posibilidad de vivir fuera de Londres, él les aconsejaba que
partieran de inmediato y les facilitaba los medios para hacerlo. A otros, cuyos
negocios resultaban beneficiosos para la ciudad o que no contaban con otro
lugar de refugio, los instruía en el mejor modo de evitar la epidemia:
liberando la carga de familias muy numerosas, llenando los huecos dejados en
otras por la muerte. El orden, el consuelo e incluso la salud proliferaban bajo
su influencia, se diría que surgidos como por arte de magia.
-Me
alegro de que hayas venido -me dijo cuando nos quedamos a solas-. Dispongo sólo
de unos pocos minutos, y tengo tanto que contarte... La peste avanza. Resulta
inútil cerrar los ojos a la realidad. Las muertes aumentan semana tras semana.
No sé decirte qué es lo que está por venir. Por el momento, gracias a Dios me
defiendo en el gobierno de la ciudad y me concentro sólo en el presente.
Ryland, a quien he retenido durante tanto tiempo, ha decidido que partirá antes
de que termine el mes. El diputado elegido por el Parlamento para sustituirlo
ha muerto, y ha de nombrarse otro. Yo he presentado mi candidatura y creo que
no contaré con ningún competidor. Esta noche se decidirá el asunto, pues el
Parlamento ha convocado una sesión extraordinaria a tal efecto. Debes
postularme tú, Lionel. Ryland, por vergüenza, no se atreve a aparecer, pero tú,
amigo mío, ¿me prestarás este servicio?
¡Qué
extraordinaria resulta la devoción! Frente a mí se hallaba un joven de regia
cuna, envuelto en lujos desde la infancia, reacio por naturaleza a las
refriegas ordinarias de la vida pública que ahora, en tiempos de peligro, en un
momento en que sobrevivir constituía la más alta meta de los ambiciosos, él, el
amado y heroico Adrian, se ofrecía simplemente a sacrificarse por el bien
público. La idea misma resultaba noble y generosa pero, más allá de ella, la
modestia de sus maneras, su entera falta de presunción en la virtud, convertía
aquel acto en algo diez veces más conmovedor. Yo me habría opuesto a su
petición, pero había visto con mis propios ojos el bien que había propagado y
me parecía que no debía oponerme a sus intenciones, de modo que, a regañadientes,
consentí en lo que me pedía. Él me estrechó la mano con gran afecto.
-Gracias
-dijo-, me has librado de un doloroso dilema y eres, como siempre has sido, el
mejor de mis amigos. Adiós. Debo ausentarme unas horas. Ve a conversar con
Ryland. Aunque abandona su puesto en Londres, puede sernos de gran utilidad en
el norte de Inglaterra recibiendo y auxiliando a los viajeros y contribuyendo a
suministrar alimentos a la metrópolis. Despierta en él, te lo ruego, algún
sentido del deber.
Adrian se
despidió para iniciar, según supe luego, su visita diaria a los hospitales y su
inspección de las zonas más pobladas de Londres. Fui al encuentro de Ryland y
lo encontré muy alterado, mucho más que el día que vino a vernos a Windsor. El
miedo permanente había mermado su complexión y hacía temblar su cuerpo todo. Le
hablé de lo que iba a suceder esa noche y sentí que sus músculos se relajaban
al instante; deseaba abandonar Londres. Vivía diariamente con el temor de
contraer la enfermedad, pero no se atrevía a resistirse a las vehementes
peticiones de Adrian para que prolongara su estancia. En cuanto éste fuera
elegido legalmente como representante suyo, escaparía a algún lugar seguro. Con
aquella idea en mente, escuchó mis palabras y, alegre casi ante la idea de una
próxima partida, me habló de los planes que adoptaría en su propio condado,
olvidando por un momento su decisión de encerrarse en su finca y rehuir todo
contacto.
Esa noche
Adrian y yo nos dirigimos a Westminster. De camino, él se dedicó a recordarme
lo que debía decir y hacer, aunque yo, por extraño que parezca, entré en la
cámara sin haber reflexionado en absoluto sobre mi propósito. Adrian permaneció
en el salón del café mientras yo, para cumplir sus deseos, tomaba asiento en
Saint Stephen. Un silencio raro reinaba en la cámara, que yo no visitaba desde
el Protectorado de Raymond, época en que la concurrencia era abundante, los
participantes eran conocidos por su elocuencia y tenían lugar acalorados
debates. Ahora, en cambio, los escaños aparecían vacíos; los que por costumbre
ocupaban los miembros hereditarios se encontraban vacantes. Los representantes
de la ciudad sí se encontraban allí: miembros de las localidades comerciales,
algunos terratenientes y pocos de los que accedían al Parlamento para hacer
carrera. El primer tema del día que ocupaba la atención de la cámara era la
petición del Protector, que les rogaba que eligieran a un delegado suyo para
que asumiera sus funciones durante su ausencia necesaria.
El
silencio se mantuvo hasta que uno de los miembros se acercó a mí y me susurró
que el conde de Windsor le había comunicado que debía ser yo quien postulara su
candidatura, en ausencia de la persona que en primer lugar había escogido para
ello. Sólo entonces fui consciente del verdadero alcance de mi misión y me
sentí abrumado por la responsabilidad. Ryland había desertado de su puesto por
temor a la infección, un temor que era general y que dejaba a Adrian sin
competidores. Yo, el familiar más próximo del conde de Windsor, debía proponer
su elección. Debía arrojar a mi mejor amigo -una persona sin igual- a un cargo
de máximo peligro. ¡Imposible! La suerte estaba echada. Me postularía yo mismo
como candidato.
Los pocos
miembros presentes habían acudido más por zanjar el asunto, asegurándose una
presencia legal, que con ánimo de debatir. Yo me había puesto en pie de manera
mecánica. Me temblaban las piernas y, con voz
vacilante,
pronuncié algunas palabras sobre la necesidad de escoger a una persona adecuada
para hacer frente a las peligrosas tareas que se planteaban. Pero cuando se me
ocurrió la idea de presentarme yo mismo en lugar de mi amigo, toda vacilación y
angustia desaparecieron de mí. Mis balbuceos cesaron y mi voz recobró su tono
firme y rápido. Me concentré en lo que Adrian ya había logrado y prometí el
mismo empeño en la ejecución de todas sus ideas. Esbocé una imagen conmovedora
de su precaria salud, al tiempo que me jactaba de mi propia fuerza. Les rogué
que salvaran, incluso de sí mismo, al vástago de la familia más noble de
Inglaterra. Mi alianza con él era prueba de mi sinceridad, y mi matrimonio con
su hermana, mis hijos, sus probables herederos, los rehenes de mi verdad.
Adrian
fue informado al momento de aquel vuelco en el debate y entró a toda prisa en
la sala, a tiempo de oír las frases finales de mi apasionada arenga. Yo, por mi
parte, no lo vi, pues mi alma toda estaba puesta en mis palabras y mis ojos no
percibían más que una imagen del cuerpo de Adrian, mordido por la peste,
hundiéndose en la muerte.
Cuando
dejé de hablar, me tomó de la mano.
-¡Ingrato!
-exclamó-. ¡Me has traicionado!
Y
entonces, dando un paso al frente, con el aire de quien tiene derecho a
ostentar el mando, reclamó para sí el cargo de delegado. Lo había comprado -
dijo- con peligro y lo había pagado con esfuerzo. Su ambición estaba depositada
en él y, tras un tiempo dedicado a los intereses de su país, ¿pensaba yo
inmiscuirme y robarle los beneficios? Que recordaran todos cómo se encontraba
Londres a su llegada: el pánico reinante causaba el hambre y los lazos morales
y legales empezaban a disolverse. Él había restaurado el orden, tarea que había
requerido perseverancia, paciencia y energía. Y sólo había dormido y despertado
por el bien de su país. ¿Alguien se atrevía a cuestionárselo? ¿Le arrebatarían
el trofeo que tanto le había costado ganar para entregárselo a alguien que, no
habiendo participado jamás en la vida pública, demostraría ser lego en un arte
en que él era experto? Creía tener derecho a exigir el puesto de delegado.
Ryland había dado muestras de preferirlo él, a él que nunca hasta entonces, a
pesar de haber nacido heredero al trono de Inglaterra, había pedido favor de
honor a quienes hoy eran sus iguales, pero que podrían haber sido sus súbditos.
¿Se lo negarían ahora? ¿Serían capaces de alejar de la senda de distinción y
noble ambición al heredero de sus antiguos reyes, añadiendo una decepción más a
la corona caída?
Nadie
había oído nunca a Adrian apelar a sus derechos dinásticos. Nadie había
sospechado que el poder, o el sufragio de muchos, pudiera interesarle. Había
iniciado su discurso con vehemencia pero lo concluyó con sincera
cordialidad,
realizando su petición con la misma humildad que habría demostrado al pedir ser
el primero en riqueza, honor y poder entre los ingleses, y no, como era el
caso, al suplicar convertirse en el primero en someterse a horribles trabajos y
a una muerte inevitable. Un murmullo de aprobación se elevó en la sala tras su
discurso.
-¡No lo
escuchen! -exclamé yo-. No dice la verdad, se engaña a sí mismo...
Me
interrumpieron. Una vez se hizo el silencio, nos ordenaron, como era costumbre,
que nos retiráramos mientras los asistentes tomaban su decisión. Yo quería
creer que vacilaban y que yo albergaba aún ciertas posibilidades. Pero me
equivocaba. Apenas habíamos abandonado la cámara cuando mandaron llamar a
Adrian y lo proclamaron delegado del Protector.
Regresamos
juntos al palacio.
-¿Por
qué, Lionel? -me preguntó Adrian-. ¿Qué pretendías? Sabías que no podías ganar,
y sin embargo me has proporcionado el dolor de vencer derrotando a mi mejor
amigo.
-Te
entregas a una burla -respondí yo-. Tú, el adorado hermano de Idris, el ser
que, de entre todos los que pueblan el mundo, nos resulta más querido, te
entregas a una muerte prematura.
Y yo
debía impedirlo. Mi muerte sería un mal menor o no habría llegado nunca,
mientras que la tuya no podrá evitarse.
-En
cuanto a la probabilidad de sobrevivir -observó Adrian-, en diez años las frías
estrellas pueden brillar sobre los sepulcros de todos nosotros. Pero en cuanto
a mi propensión concreta a verme infectado, no debería costarme demostrar,
tanto lógica como físicamente, que en medio del contagio, mis probabilidades de
sobrevivir son superiores a las tuyas.
»Este
cargo es mío. Yo nací para ocuparlo, para gobernar Inglaterra en la anarquía,
para salvarla del peligro, para entregarme a ella. La sangre de mis antepasados
grita con fuerza en mis venas y me arrastra a ser el primero entre mis
conciudadanos. O, si esta forma de hablar te ofende, lo diré de otro modo: que
mi madre, reina orgullosa, me inculcó desde temprana edad un amor por la
distinción y que, si la debilidad de mi condición física y mis opiniones
peculiares no lo hubieran impedido, tal vez llevaría mucho tiempo luchando por
la herencia perdida de mi raza. Pero ahora mi madre, o si lo prefieres, sus
lecciones, han despertado en mí. No puedo encaminarme a la batalla. No puedo,
mediante intrigas y traiciones, erigir de nuevo el trono sobre el naufragio del
espíritu público de Inglaterra. Pero seré el primero en apoyar y proteger a mi
país, ahora que estos terribles desastres y esta ruina han puesto sus manos
sobre él.
»Este
país y mi adorada hermana son todo lo que tengo. Protegeré aquél; ésta queda a
tu recaudo. Si yo sobrevivo y ella muere, preferiré estar muerto. De modo que
cuídala; sé bien que lo harás. Y si necesitas de mayor acicate, piensa que,
cuidándola, me cuidas a mí. Su naturaleza perfecta, la suma de sus
perfecciones, se envuelve en sus afectos: si éstos se resintieran, se
marchitaría como una florecilla seca, y el menor daño que sufran será para ella
como una escarcha atroz. Ya ahora está sufriendo por nosotros. Teme por sus
hijos, a los que adora, y por ti, padre, amado, esposo, protector. Tú debes
permanecer junto a ella en todo momento para apoyarla y animarla. Regresa,
pues, a Windsor, hermano mío, pues lo eres por todos los lazos. Llena el doble
vacío que mi ausencia te impone y deja que yo, a pesar de mis sufrimientos,
vuelva los ojos hacia vuestro delicioso lugar de reclusión y diga: «La paz
existe».
CAPÍTULO
VII
Regresé a
Windsor, en efecto, aunque no con la intención de permanecer allí, sino
pensando en obtener el consentimiento de Idris para volver a Londres y asistir
a mi extraordinario amigo, compartir con él sus tareas y salvarlo, a expensas
de mi vida si era necesario. Sin embargo, la angustia que mi decisión pudiera
despertar en mi esposa me preocupaba sobremanera. Me había jurado a mí mismo no
hacer nada que lograra ensombrecer su gesto, aunque fuera con un dolor
pasajero. ¿Iba a contradecirme en aquella hora de inmensa necesidad? Había
emprendido el viaje con grandes prisas, pero al poco hubiera preferido que el
desplazamiento se demorara días, meses. Deseaba evitar la necesidad de acción.
Anhelaba escapar de los pensamientos de futuro, pero era en vano, pues éstos,
como oscuras imágenes fantasmagóricas, se acercaban más y más, hasta que sumían
la tierra toda en las tinieblas.
Una
circunstancia menor me llevó a alterar mi ruta habitual y a regresar a casa
atravesando Egham y Bishopgate. Me detuve junto a la antigua morada de Perdita,
su casa de campo. Pedí al cochero que siguiera sin mí, decidido a recorrer a
pie el parque que me separaba del castillo. Aquel lugar, escenario de los más
dulces recuerdos, aquella casa desierta y el jardín abandonado, se compadecían
bien con mi melancolía. En nuestros días más felices Perdita había decorado su
morada con la ayuda que las artes podían prestar a todo aquello que la
naturaleza propiciaba. Con el mismo espíritu de exceso, en el momento de
separarse de Raymond lo descuidó todo. Y ahora se hallaba en estado de ruina:
los ciervos habían pasado sobre las verjas rotas y reposaban entre las flores.
La hierba crecía en el umbral y las celosías, que el viento hacía crujir, daban
cuenta de la absoluta desolación del lugar. El cielo estaba muy azul y el aire
se impregnaba de la fragancia de flores raras que crecían
entre las
malas hierbas. Los árboles se mecían, más arriba, despertando la melodía
favorita de la naturaleza, pero el aspecto triste de los senderos descuidados,
los arriates de flores cubiertos de maleza, ensombrecían aquella alegre escena
estival. La época en la que, orgullosos, felices y seguros nos reuníamos en
aquella casa, ya no existía, y pronto las horas presentes se unirían a las
pasadas, mientras las sombras de los futuros momentos se erguirían, oscuras y
amenazantes, desde las entrañas del tiempo, su cuna y su catafalco. Por primera
vez en mi vida envidiaba el sueño de los muertos y pensaba con placer en el
lecho que nos aguarda bajo la tierra, pues en él carecen de poder el miedo y el
pesar. Me colé por un hueco de la verja rota, ignorando las lágrimas que me
oprimían la garganta, y me interné deprisa en el bosque. ¡Oh, muerte y cambio,
gobernantes de nuestra vida! ¿Dónde estáis, para ir a vuestro encuentro? ¿Qué,
en nuestra calma, excitó vuestra envidia? ¿Qué, en nuestra dicha, para que os
propusierais destruirla? Éramos felices, amábamos y éramos amados. El cuerno de
Amaltea no contenía bendición que no derramara sobre nosotros, pero, ¡ay!
la
fortuna
deidad
bárbara, importuna,
hoy
cadáver y ayer flor
no
permanece jamás.
Mientras
caminaba sumido en aquellos pensamientos me crucé con varios campesinos.
Parecían preocupados, y las pocas palabras de su conversación que llegaron
hasta mí me llevaron a acercarme a ellos y averiguar más. Un grupo de personas
que abandonaban Londres -algo habitual en aquellos días-habían remontado el
Támesis en una barca. Nadie en Windsor les había dado cobijo por lo que,
alejándose un poco más rumbo al norte, habían pasado la noche en un cobertizo
abandonado cercano al canal conocido como Bolter’s Lock. A la mañana siguiente
reemprendieron la marcha dejando tras ellos a un miembro de la expedición
enfermo de peste. Una vez se conoció ese hecho, nadie se atrevió a aproximarse
a menos de media milla de aquel lugar, y el enfermo, abandonado a su suerte,
tuvo que luchar solo contra la enfermedad y la muerte. Y así yo, movido por la
compasión, me dirigí a toda prisa hasta el chamizo a fin de comprobar su estado
y ponerme a su servicio.
Mientras
avanzaba por el bosque iba cruzándome con grupos de campesinos que conversaban
acaloradamente sobre el suceso: a pesar de lo lejos que se hallaban del
demostrado contagio, llevaban el temor impreso en los semblantes. Me encontré
con un grupo de aquellos seres aterrorizados en el sendero que conducía
directamente al cobertizo. Uno de ellos me detuvo y, dando por supuesto que yo
ignoraba la circunstancia que nos ocupa, me conminó a no seguir avanzando, pues
un apestado se hallaba postrado a escasa
distancia.
-Lo sé
-repuse yo-, y me dirijo a ver en qué estado se encuentra el pobre hombre. -Un
murmullo de sorpresa y horror recorrió el grupo-. Esa pobre persona está sola y
va a morir sin que nadie le brinde auxilio. En estos tiempos desgraciados sólo
Dios sabe lo pronto que tal vez todos nosotros nos hallaremos en su misma
situación. De modo que voy a hacer lo que me gustaría que hicieran conmigo.
-Pero ya
nunca podrá regresar al castillo... a lady Idris... a sus hijos...
Así se
expresaron varios de ellos atropelladamente, y sus palabras llegaron a mis
oídos.
-¿No
sabéis, amigos míos -proseguí-, que el conde mismo, ya convertido en Protector,
visita a diario no sólo a quienes tal vez hayan contraído la enfermedad, sino
los hospitales y los asilos de apestados, acercándose y llegando a tocar a los
enfermos? Y a pesar de ello jamás ha gozado de tan buena salud. Estáis por
completo equivocados sobre la naturaleza de la epidemia. Pero no temáis, que no
os pido que me acompañéis, ni siquiera que me creáis hasta que haya regresado
sano y salvo de visitar a mi paciente.
Allí los
dejé, y seguí mi camino. No tardé en llegar al cobertizo. La puerta estaba
entornada. Entré, y un rápido vistazo me bastó para saber que su antiguo
ocupante había dejado ya este mundo. Yacía sobre un montón de paja, frío y
rígido, y sus perniciosos efluvios impregnaban la estancia. Algunas manchas y
marcas indicaban la virulencia del trastorno.
Yo no
había visto hasta entonces a nadie que hubiera muerto víctima de la peste.
Todas las mentes sentían horror por sus efectos, pero también una especie de
fascinación que nos llevaba a empaparnos de la descripción de Defoe, así como
de las ilustraciones magistrales del autor de Arthur Mervyn. Las imágenes
impresas en ambas obras poseían tal viveza que parecíamos conocer por
experiencia directa los efectos en ellas descritos. Pero, por más intensas que
resultaran, por más que describieran la muerte y la desgracia de miles de
personas, las sensaciones excitadas por las palabras eran frías comparadas con
lo que yo sentí al contemplar el cadáver de aquel infeliz. En efecto, aquello
era la peste. Alcé sus miembros rígidos y me fijé en su rictus desencajado, en
los ojos pétreos, ciegos. El horror me helaba la sangre, me erizaba el vello,
me hacía temblar. Presa de una demencia pasajera, hablé con el muerto:
-De modo
que la peste te ha matado -susurré-. ¿Y cómo ha sido? ¿Has sentido dolor?
Parece que el enemigo te hubiera sometido a tortura antes de asesinarte.
Y
entonces, sin transición, salí precipitadamente del cobertizo antes de que
la
naturaleza revocara sus leyes y unas palabras inorgánicas brotadas de los
labios del difunto pronunciaran una respuesta.
Al
regresar al sendero vi a lo lejos al mismo grupo de paisanos que se habían
cruzado en mi camino. Apenas me vieron se alejaron a toda prisa. Mi gesto
agitado no hacía sino incrementar el miedo que sentían por tener que acercarse
a alguien que había estado a punto de contagiarse.
Alejados
de los hechos, solemos extraer conclusiones que parecen infalibles y que, sin
embargo, sometidas al veredicto de la realidad, se desvanecen como sueños
ficticios. Yo había ridiculizado los temores de los campesinos, pues se los
suscitaban otros. Pero ahora que era yo su causante, me detuve. Sentía que
había cruzado el Rubicón y consideraba adecuado reflexionar sobre qué debía
hacer, hallándome ya en la otra orilla de la enfermedad y el peligro. Según la
superstición vulgar, mi vestido, mi persona, el aire que respiraba, ya suponían
un peligro mortal para mí y para los demás. ¿Debía regresar al castillo con mi
esposa y mis hijos si cargaba con aquella mancha? Si me había infectado, sin
duda no debía hacerlo. Pero estaba seguro de no haberme contagiado. En
cualquier caso unas pocas horas bastarían para dilucidarlo, de modo que las
pasaría en el bosque meditando sobre lo que iba a suceder, sobre cuáles debían
ser mis acciones futuras. Ante la impactante visión de aquel muerto por la
epidemia había olvidado los acontecimientos que tanta emoción me habían causado
en Londres. Perspectivas nuevas, y más dolorosas, se mostraban gradualmente
ante mí, libres de la neblina que hasta entonces las había velado. Ya no se
trataba de saber si compartiría la labor de Adrian y su peligro, sino de
determinar el modo en que, en Windsor y sus inmediaciones, podía recrear la
prudencia y el celo que, bajo su gobierno, llevaban orden y abundancia a
Londres, así como el mecanismo por el que, ahora que la peste se había propagado
más, podría mantener la salud de mi familia.
Extendí
mentalmente el mapa del mundo ante mí. En ningún punto de su superficie podía
plantar un dedo y afirmar: «aquí me hallaría a salvo». Al sur la enfermedad,
virulenta e intratable, casi había aniquilado la raza humana; las tormentas y
las inundaciones, los vientos emponzoñados, la pérdida de las cosechas,
elevaban grandemente el sufrimiento de las gentes. En el norte la situación era
peor: la exigua población declinaba gradualmente y el hambre y la peste no
daban tregua a los supervivientes, que, indefensos y débiles, se convertían en
presas fáciles.
Me
concentré entonces en Inglaterra. La vasta metrópoli, corazón de la poderosa
Inglaterra, se hallaba exhausta. Todo escenario de la ambición o el placer se
había esfumado; en las calles crecía la hierba, las casas estaban vacías. Los
pocos que por necesidad seguían en ella parecían mostrar ya la marca inevitable
de la enfermedad. En las grandes ciudades manufactureras la
misma
tragedia se había producido, a una escala, aunque menor, más desastrosa. En
ellas no había un Adrian que supervisara y dirigiera y bandadas de pobres
contraían la enfermedad y perecían.
Pero no
íbamos a morir todos. En realidad, aunque diezmada, la raza del hombre
perduraría, y con los años la gran plaga se convertiría en tema de asombro y
estudio histórico. Sin duda aquella epidemia era inédita en cuanto a extensión,
y por ello resultaba más necesario que nunca que tratáramos de frenar su
avance. Antes esos mismos hombres salían por diversión a matarse a miles, a
decenas de miles; pero ahora el hombre se había convertido en criatura escasa,
preciada. La vida de uno solo valía más que los llamados tesoros de los reyes.
Contemplad ese rostro pensante, esos miembros gráciles, esa frente majestuosa,
ese mecanismo asombroso... El prototipo, el modelo de la mejor obra de Dios, no
puede arrinconarse como una vasija rota. Perdurará, y sus hijos y los hijos de
sus hijos llevarán el nombre y la forma del hombre hasta el fin de los tiempos.
Sobre
todo debía ocuparme de aquéllos que la naturaleza y el destino me habían
concedido para su custodia. Y, sin duda, si entre mis congéneres debía escoger
a los que pudieran erigirse en ejemplos humanos de grandeza y bondad, no
escogería sino a los unidos a mí por los lazos más sagrados. De toda la familia
humana algunos miembros debían sobrevivir, y su supervivencia iba convertirse
en mi misión; cumplirla a costa de mi vida era apenas un pequeño sacrificio.
Así, allí en el castillo -en el castillo de Windsor, lugar de nacimiento de
Idris y mis hijos- se hallaría la ensenada, el refugio de aquel tablón salvado
del naufragio que era la sociedad humana. Su bosque sería nuestro mundo, su
jardín nos proporcionaría sustento. Dentro de sus muros instauraría el reino de
la salud. Yo era un descastado, un vagabundo, cuando Adrian arrojó sobre mí la
red plateada del amor y la civilización, uniéndome inextricablemente a la
caridad y la excelencia humanas. Yo era alguien que, aunque aspirante a la
bondad y fervoroso amante de la sabiduría, todavía no me había enrolado en
ninguna misión digna de mérito cuando Idris, de principesca cuna,
personificación de todo lo que en una mujer había de divino; ella, que caminaba
por la tierra como el sueño de un poeta, como diosa esculpida y dotada de
sentidos, como santa pintada en un lienzo; ella, la más digna de valor, me
escogió y se entregó a mí, regalo incalculable.
Durante
varias horas seguí meditando de ese modo hasta que el hambre y la fatiga me
devolvieron al presente, veteado ya por las sombras alargadas del sol poniente.
Sin percatarme de ello había caminado en dirección a Bracknell, alejándome
considerablemente de Windsor. La sensación de bienestar físico que me invadía
me llevó a convencerme de que estaba libre de contagio. Recordé que Idris
ignoraba mi paradero. Tal vez hubiera tenido noticia de mi regreso de Londres y
de mi visita a Bolter’s Lock, y relacionando ésta con mi
prolongada
ausencia hubiera empezado a preocuparse enormemente. Regresé a Windsor por el
Gran Paseo, y al acercarme a la población, camino del castillo, encontré a sus
gentes en un estado de gran agitación y turbulencia.
«Es
demasiado tarde para la ambición -afirma sir Thomas Browne-. No podemos
albergar la esperanza de vivir con nuestros nombres tanto como algunos han
vivido con sus personas; un rostro de Jano no guarda proporción con el otro.» A
partir de este texto habían surgido muchos fanáticos que profetizaban que el
fin del mundo estaba cerca. Renació el espíritu supersticioso del naufragio de
nuestras esperanzas y peligrosas y desbocadas pantomimas se representaban en el
gran teatro de la vida, mientras el negro futuro menguaba hasta casi
desaparecer a ojos de los adivinos. Mujeres débiles de espíritu morían de temor
escuchando sus vaticinios; hombres de complexión robusta y aparente entereza
sucumbían a la idiotez y la demencia arrastrados por el miedo a la inminente
eternidad. Uno de aquellos embaucadores derramaba con elocuencia su
desesperación entre los habitantes de Windsor cuando yo llegué. La escena de
aquella mañana y mi visita al muerto, ampliamente divulgada, habían alarmado a
los paisanos, convertidos en instrumentos que aquel loco pulsaba a su antojo.
El pobre
desgraciado había perdido a su joven mujer y a su bebé por culpa de la peste.
Era mecánico e, incapaz de acudir al trabajo con el que cubría sus necesidades,
el hambre se había sumado a sus demás miserias. Abandonó el cuarto que daba
cobijo a su esposa e hijo -que ya no eran su esposa y su hijo, sino «tierra
muerta sobre la tierra»-, y presa del hambre, el temor y la pena, su
imaginación enfermiza le hizo creer que era un enviado de los cielos para
predicar el fin de los tiempos en el mundo. Entraba en las iglesias y, ante las
congregaciones, predecía su pronto traslado a las criptas subterráneas.
Aparecía en los teatros como el espíritu olvidado del tiempo e instaba al
público a regresar a casa y morir. Lo habían detenido y encerrado, pero había logrado
escapar y, en su huida de Londres pasaba por los pueblos vecinos y, con gestos
frenéticos y palabras electrizantes, descubría los temores ocultos de todos y
daba voz a los pensamientos sordos que nadie se atrevía a formular. Ahora, bajo
la logia del ayuntamiento de Windsor, encaramado a la escalinata, arengaba a la
temblorosa multitud.
-Escuchad,
vosotros, habitantes de la tierra -exclamó-, escuchad al cielo que todo lo ve y
que es inclemente. Y escucha también tú, corazón arrastrado por la tempestad,
que respiras estas palabras pero te desvaneces bajo su significado: ¡la muerte
habita entre nosotros! La tierra es hermosa y está tapizada de flores, pero es
nuestro sepulcro. Las nubes del cielo lloran por nosotros, las estrellas son
nuestras antorchas fúnebres. Hombres de pelo cano, esperáis gozar de unos años
más en vuestra conocida morada, mas ya vence el contrato, debéis desalojarla;
niños, vosotros no alcanzaréis la madurez, ahora
mismo
cavan ya vuestras pequeñas tumbas; madres, aferraos a ellos y una sola muerte
os abrazará a los dos.
Temblando,
extendió las manos, los ojos vueltos hacia el cielo y tan abiertos que parecían
a punto de salírsele de las órbitas, como si siguiera el movimiento aéreo de
unas figuras que a nosotros nos resultaban invisibles.
-Ahí
están -prosiguió -. ¡Los muertos! Se alzan cubiertos con sus sudarios, avanzan
en callada procesión hacia la lejana tierra de su condenación. Sus labios,
vacíos de sangre, no se mueven, y siguen avanzando. Ya venimos - exclamó, dando
un respingo-, pues ¿para qué habríamos de esperar más? Daos prisa, amigos míos,
vestíos en el pasillo de la muerte. La peste os conducirá hasta su presencia.
¿Por qué aguardar tanto? Ellos, los buenos, los sabios, los más queridos, se
fueron antes. Madres, dad vuestros últimos besos; esposos, que ya no sois
protectores de nada, guiad a los compañeros de vuestros muertos. ¡Venid! ¡Venid
mientras los seres queridos aún son visibles, pues pronto habrán pasado de
largo y ya nunca podréis reuniros con ellos!
Tras
éxtasis como aquél, se sumía de pronto en un recogimiento en el que, con
palabras comedidas pero terroríficas, pintaba los horrores de nuestro tiempo:
con gran profusión de detalles describía los efectos de la peste en los cuerpos
y relataba casos desgarradores de familiares separados por la muerte - el
sollozo desesperado sobre el lecho de muerte de los seres más queridos- con tal
realismo que arrancaba el llanto y los gritos de la multitud. Un hombre,
apostado en las primeras filas, observaba fijamente al profeta con la boca
abierta, los miembros agarrotados, el rostro una sucesión de todos los colores
- amarillo, azul, verde- del miedo. El loco vio que lo miraba y le clavó la
vista, como la serpiente de cascabel que atrae a su víctima temblorosa hasta
que se abalanza sobre ella con las fauces abiertas. Hizo una pausa, se irguió
más. Su semblante irradiaba autoridad. Seguía observando al campesino, que
había empezado a temblar pero no dejaba de mirarlo. Juntaba a intervalos las
rodillas y le castañeteaban los dientes, hasta que en determinado momento cayó
al suelo, presa de convulsiones.
-Este
hombre tiene la peste -declaró el loco sin inmutarse. Un alarido brotó de los
labios de aquel pobre desgraciado, que acto seguido quedó inmóvil. Todos los
allí presentes comprendieron que estaba muerto.
Gritos de
horror inundaron el lugar; todo el mundo trataba de escapar, y en cuestión de
minutos el espacio destinado a mercado quedó desierto. El cadáver yacía en el
suelo, y el visionario, sosegado y exhausto, se sentó junto a él y apoyó la
mano en su mejilla hundida. Al poco aparecieron unos hombres, a quienes los
magistrados habían encomendado la retirada del cadáver. El loco, creyendo que
eran carceleros, huyó precipitadamente, mientras yo seguía mi camino en
dirección al castillo.
La
muerte, cruel e implacable, había traspasado ya sus muros. Una vieja criada,
que había cuidado a Idris de niña y vivía con nosotros más como familiar
reverenciada que como doméstica, había acudido días antes a visitar a una hija
casada que vivía en las inmediaciones de Londres. La noche de su regreso
enfermó de peste. Idris había heredado algunos rasgos del carácter altivo e
inflexible de la condesa de Windsor. Aquella buena mujer había sido para ella
como una madre, y sus lagunas de educación y conocimiento, que la convertían en
un ser humilde e indefenso, nos la hacían más querida y la favorita de los
niños. Así, a mi llegada -y no exagero- encontré a mi amada esposa enloquecida
por el miedo y la tristeza. Desesperada, no se separaba del lado de la enferma,
a la que no tranquilizaba ver a los pequeños, pues temía infectarlos. Mi
llegada fue como el avistamiento de la luz de un faro para unos navegantes que
trataran de sortear un peligroso cabo. Idris compartió conmigo sus terribles
dudas y, fiándose de mi juicio, se sintió confortada por mi participación en su
dolor. Pero el aya no tardó en expirar, y a la angustia de mi amada por la
incertidumbre le siguió un hondo pesar, que, aunque más doloroso al principio,
sucumbía más fácilmente a mis intentos de consolarla. El sueño, bálsamo
soberano, consiguió sumergir sus ojos llorosos en el olvido.
Idris
dormía. La quietud invadía el castillo, cuyos habitantes habían sido conminados
a reposar. Yo estaba despierto, y durante las largas horas de aquella noche
muerta, mis pensamientos rodaban en mi cerebro como diez mil molinos rápidos,
agudos, indomables. Todos dormían -toda Inglaterra dormía-; y desde mi ventana,
ante la visión del campo iluminado por las estrellas, vi que la tierra se
extendía plácida, reposada. Yo estaba despierto, vivo, mientras el hermano de
la muerte se apoderaba de mi raza. ¿Y si la más poderosa de aquellas deidades
fraternales dominara a la otra? En verdad, y por paradójico que resulte, el
silencio de la noche atronaba en mis oídos. La soledad me resultaba
intolerable. Posé la mano sobre el corazón palpitante de Idris y acerqué el
oído a su boca para sentir su aliento y cerciorarme de que seguía existiendo.
Dudé un instante si debía despertarla, pues un terror femenino invadía todo mi
cuerpo. ¡Gran Dios! ¿Habrá de ser así algún día? ¿Algún día todo, salvo yo
mismo, se extinguirá, y vagaré solo por la tierra? ¿Han sido éstas voces de
aviso, cuyo sentido inarticulado y premonitorio debe hacerme creer?
Y sin
embargo
voces de
aviso yo no las llamaría
que sólo
lo inevitable nos anuncian.
Como el
sol, antes del alba,
pinta a
veces su imagen en el cielo,
también
así, a menudo,
antes de
los sucesos importantes
los
espectros de éstos aparecen,
y en el
hoy
ya camina
el mañana.
CAPÍTULO
VIII
Tras un
largo intervalo, el infatigable espíritu que hay en mí me conmina una vez más a
proseguir el relato. Pero he de alterar la modalidad que hasta ahora he
adoptado. Los detalles contenidos en las páginas anteriores, aparentemente
triviales, pesan sin embargo como el plomo en la triste balanza de las
aflicciones humanas. Esta tediosa demora en las penas de los otros, cuando las
mías las causaba sólo la aprensión; este lento despojarme de las heridas de mi
alma; este diario de muerte; este sendero largo y tortuoso que conduce a un
océano de incontables lágrimas, me devuelve una vez más a un pesar fúnebre.
Había usado esta historia como adormidera; mientras describía a mis amados
amigos, llenos de vida y radiantes de esperanza, asistentes activos de la escena,
sentía alivio. Todavía mayor habrá de ser el placer melancólico de dibujar el
fin de todo ello. Pero los pasos intermedios, el ascenso por la muralla que se
alza entre lo que era y lo que es, mientras yo, aún del otro lado, no veía el
desierto que se ocultaba más allá, constituye una tarea que desborda mis
fuerzas. El tiempo y la experiencia me han elevado hasta una cumbre desde la
que contemplo el pasado como un todo: y así es como debo describirlo, recreando
los principales incidentes y arrojando luces y sombras para formar un retrato
en cuya misma oscuridad se halle armonía.
Sería
innecesario narrar todos estos sucesos desastrosos, para los que podrían
hallarse paralelos en episodios menos graves de nuestra gigantesca calamidad.
¿De veras desea el lector conocer relatos de asilos para apestados en que la
muerte era el mayor consuelo; del avance siniestro de los coches fúnebres; de
la insensibilidad de los indignos y la angustia de los corazones amorosos; de
los gritos desgarradores y los abrumadores silencios; de las muchas formas que
adoptaba la enfermedad, de las huidas, del hambre, de la desesperación y de la
muerte? Existen muchos libros con los que saciar el apetito de todas esas
cosas. Recúrrase para ello a los escritos de Boccaccio, Defoe y Browne. La
vasta aniquilación que lo ha engullido todo -la soledad muda de una tierra
otrora bulliciosa-, el estado de soledad en que me hallo, han privado incluso a
esos detalles de su punzante realismo, y mezclando los
sórdidos
tintes de angustias pasadas con tonos poéticos, he pretendido escapar del
mosaico de la circunstancia, percibiendo y recreando los colores agrupados y
combinados del pasado.
Regresé
de Londres imbuido de la sensación íntima, convencido, de que mi principal
deber consistía en asegurar, en la medida de mis posibilidades, el bienestar de
mi familia, y a continuación regresar a mi puesto, junto a Adrian. Pero los
acontecimientos que se sucedieron tras mi llegada a Windsor me llevaron a
cambiar de idea. La epidemia no sólo afectaba a Londres; se había extendido por
todas partes. En palabras de Ryland, había llegado a nosotros como mil jaurías
de lobos que aullaran en la noche invernal, acechadores y fieros. Cuando la
enfermedad alcanzaba las zonas rurales sus efectos resultaban más graves, más
devastadores, y la curación resultaba más difícil que en las ciudades. En éstas
existía la compañía en el sufrimiento, los vecinos se vigilaban constantemente
unos a otros e, inspirados por la benevolencia activa de Adrian, se socorrían y
dificultaban el avance de la destrucción. Pero en el campo, entre las granjas
dispersas, en las mansiones solitarias, en los prados y en los pajares, las tragedias
causaban más dolor en el alma y se producían sin ser vistas ni oídas. La ayuda
médica era más difícil de conseguir, así como los alimentos, y los seres
humanos, no refrenados por la vergüenza, pues sus conciudadanos no los
observaban, se entregaban en mayor medida a fechorías o sucumbían con mayor
facilidad a abyectos temores.
También
se conocían actos heroicos, actos cuya sola mención llena de orgullo los
corazones y de lágrimas los ojos. Así es la naturaleza humana: en ella la
belleza y la deformidad suelen ir de la mano. Al estudiar historia nos asombra
a menudo la generosidad y la entrega que avanzan siguiendo los talones del
crimen y cubren con flores supremas las manchas de sangre. Tales actos no
escaseaban a bordo del siniestro carro que tiraba de la plaga.
Los
habitantes de Berkshire y Bucks sabían desde hacía tiempo que la epidemia había
llegado a Londres, Liverpool, Bristol, Manchester, York y las ciudades más
pobladas de Inglaterra. No se sorprendieron nada al tener conocimiento de que
ya había hecho mella en ellos. En medio de aquel terror se sentían airados e
impacientes. Deseaban hacer algo, lo que fuera, para alejar el mal que los
acorralaba, pues en la acción creían que se hallaba el remedio; así, los
habitantes de las ciudades más pequeñas dejaban sus hogares, montaban tiendas
en los campos y vagaban separados sin importarles el hambre ni las inclemencias
del tiempo, suponiendo que de ese modo evitarían el contagio mortal. Los
granjeros y los dueños de las fincas, por el contrario, presas del miedo a la
soledad y ansiosos por contar con ayuda médica, se dirigían a las ciudades.
Pero el
invierno se acercaba, y con él la esperanza. En agosto la epidemia se había
detectado en la campiña inglesa, y en septiembre había causado sus
estragos.
Hacia mediados de octubre empezó a remitir, y en cierto modo se vio reemplazada
por el tifus, que atacó con una virulencia apenas menor. El otoño se reveló
cálido y lluvioso. Los enfermos y los más débiles murieron. Felices ellos:
muchos jóvenes rebosantes de salud y de futuro palidecieron por culpa de la
enfermedad y acabaron por convertirse en moradores de los sepulcros. La cosecha
se había perdido y la poca calidad del maíz y la falta de vinos extranjeros
facilitaban la proliferación del mal. Antes de Navidad la mitad de Inglaterra
quedó bajo las aguas. Las tormentas del verano anterior se repitieron, aunque
la disminución del transporte marítimo nos llevara a creer que las tempestades
habían sido menos en el mar. Las inundaciones y los aguaceros causaron daños
más graves en el continente europeo que en nuestro país, constituyendo el
mazazo final a las calamidades que lo habían destruido. En Italia, los escasos
campesinos no bastaban para vigilar los ríos, y como bestias que huyen de sus
guaridas cuando se acercan los cazadores y sus perros, el Tíber, el Arno y el
Po se abalanzaron sobre las llanuras, acabando con su fertilidad. Pueblos
enteros fueron arrasados por las aguas. Roma, Florencia y Pisa se anegaron y
sus palacios de mármol, antes reflejados en sus tranquilas aguas, vieron sus
cimientos empapados con la crecida invernal. En Alemania y Rusia los daños
fueron aún más graves.
Pero la
escarcha y la helada al fin llegaron, y con ellas la renovación de nuestro
contrato con la tierra. El hielo limaría las flechas de la peste y encadenaría
a los furiosos elementos. Y el campo, en primavera, se despojaría de su vestido
de nieve, libre de la amenaza de la destrucción. Con todo, las tan esperadas
señales del invierno no se presentaron hasta febrero. La nieve cayó durante
tres días, el hielo detuvo la corriente de los ríos y las aves abandonaron las
ramas de los árboles cubiertos de escarcha. Pero al cuarto día todo
desapareció. Los vientos del suroeste trajeron lluvias, y más tarde salió un
sol que, burlándose de las leyes naturales, parecía abrasar con fuerza estival
a pesar de lo temprano de la estación. No había nada que hacer, pues con las
primeras brisas de marzo los caminos se llenaron de violetas, los árboles
frutales florecieron, el maíz brotó y nacieron las hojas, obligadas por el
calor anticipado. Nos asustaban el aire balsámico, el cielo sin nubes, el campo
cuajado de flores, los deliciosos bosques, pues ya no veíamos el material del
universo como nuestra morada, sino como nuestra tumba, y la tierra fragante,
tamizada por nuestro temor, olía a gran camposanto.
Pisando
la tierra dura
de
continuo el hombre está
y cada
paso que da
es sobre
su sepultura.
Con todo,
a pesar de esas desventajas el invierno suponía un alivio, e
hicimos
lo posible por sacarle el mayor partido. Tal vez la epidemia no regresara con
el verano, pero si lo hacía, nos hallaría preparados. Está en la naturaleza
humana la adaptación, a partir de la costumbre, incluso al dolor y a la
tristeza. La peste se había convertido en parte de nuestro futuro, de nuestra
existencia, era algo de lo que había que protegerse, como había que protegerse
del desbordamiento de los ríos, de la crecida de los mares y de las
inclemencias del tiempo. Tras prolongados sufrimientos y experiencias amargas,
tal vez se descubriera la panacea. Por el momento, todo el que contraía la
infección, moría. Pero no todo el mundo se infectaba. Así, nuestra misión debía
consistir en cavar bien los cimientos y alzar bien alta la barrera que separara
a los contagiados de los sanos; en introducir un orden que condujera al
bienestar de los supervivientes y que diera cierta esperanza y algo de
felicidad a quienes presenciaran aquella tragedia, en caso de que ésta se
renovara. Adrian había introducido procedimientos sistemáticos en la metrópolis
que, aunque no habían logrado detener el avance de la muerte, sí habían
impedido otros males, vicios y locuras que sólo habrían servido para ennegrecer
más el trágico destino de nuestro tiempo. Yo deseaba seguir su ejemplo, pero la
gente está acostumbrada a moverse al unísono, si es que se mueve y no hallaba
el modo de lograr que los habitantes de las aldeas y pueblos, que olvidaban mis
palabras o no las escuchaban, y que resultaban más cambiantes que los vientos,
modificaran el menor de sus actos.
De modo
que adopté otro plan. Los escritores que han imaginado un reino de paz y
felicidad en la tierra, han tendido a situarlo en un paisaje rural, donde el
gobierno se halla en manos de los ancianos y los sabios. Aquella sería, pues,
la clave de mi idea. En casi todas las aldeas, por pequeñas que sean, existe un
jefe, uno de entre ellos mismos que es venerado, cuyo consejo se busca en
tiempos de dificultad y cuyas buenas opiniones son tenidas en cuenta. Mi
experiencia personal me llevaba a saber que así era.
En la
aldea de Little Marrow vivía una anciana que gobernaba de tal modo la
comunidad. Había vivido algunos años en un hospicio, y los domingos, si el
tiempo lo permitía, su puerta se veía siempre asediada por una multitud que
acudía en busca de sus consejos, dispuesta a escuchar sus admoniciones. Había
sido esposa de un soldado y había visto mundo. La enfermedad, inducida por unas
fiebres que contrajo en moradas insalubres, la había minado prematuramente, y
apenas se movía de su camastro. La peste llegó a la aldea y el espanto y el
dolor privaron a sus habitantes del poco juicio que poseían. Pero la vieja
Martha dio un paso al frente y dijo:
-Yo ya he
vivido en una ciudad atacada por la peste.
-¿Y
escapaste?
-No, pero
me recuperé.
Después
de aquello, el prestigio de Marta no hizo sino crecer, y con él el amor que los
demás le profesaban. Entraba en las casas de los enfermos y aliviaba sus
sufrimientos con sus propias manos. Parecía no sentir temor alguno y contagiaba
de su coraje innato a quienes la rodeaban. Acudía a los mercados e insistía en
que le entregaran alimentos para los que eran tan pobres que no podían
comprarlos. Les demostraba que del bienestar de cada uno de ellos dependía la
prosperidad de todos. No permitía que se descuidaran los jardines, que las
flores enredadas a las celosías de las casas se marchitaran por falta de
cuidados. La esperanza, aseguraba, era mejor que la receta de un médico, y todo
lo que sirviera para mantener el ánimo valía más que los remedios y las
pócimas.
Fueron
mis conversaciones con Martha, así como la visión de Little Marlon, lo que me
llevó a la formulación de mi plan. Yo ya había visitado las fincas rurales y
las mansiones de los nobles, y había constatado que a menudo los habitantes
actuaban movidos por la mayor benevolencia, dispuestos a ayudar en todo a sus
arrendatarios. Pero eso no bastaba. Se echaba de menos una comprensión íntima,
generada por esperanzas y temores similares, por similares experiencias y
metas. Los pobres percibían que los ricos contaban con unos medios de
preservación de los que ellos carecían, que podían vivir apartados y, hasta
cierto punto, libres de preocupación. No podían confiar en ellos y preferían
recurrir a los consejos y auxilios de sus iguales. Por tanto, resolví ir de
pueblo en pueblo en busca del arconte rústico del lugar para, mediante la
sistematización de sus ideas y el perfeccionamiento de sus opiniones,
incrementar tanto la eficacia como el uso de éstas entre los habitantes de su
misma aldea. En aquellas elecciones reales y espontáneas se producían muchos
cambios: los derrocamientos y las abdicaciones eran frecuentes, y en lugar de
los viejos y prudentes se destacaban los ardorosos jóvenes, ávidos de acción e
ignorantes del peligro. Y también sucedía a menudo que la voz a la que todos
atendían se silenciaba de pronto, la mano tendida se cerraba, lo mismo que los
ojos, y los aldeanos temían aún más una muerte que había escogido aquella
víctima, que había enviado a la tumba aquel corazón que había latido por ellos,
reduciendo a la incomunicación irreversible una mente siempre ocupada de su
bienestar.
Quien
trabaja por los demás suele encontrarse con que la ingratitud, regada por el
vicio y la locura, brota del grano que él ha sembrado. La muerte, que en
nuestra juventud hollaba la tierra como «ladrón en la noche», alzándose de su
bóveda subterránea, ungida de poder, haciendo ondear el negro estandarte,
avanzaba conquistadora. Muchos veían, sentada sobre el trono de su virreinato,
a la suprema Providencia, que dirigía sus huestes y guiaba su avance, e
inclinaban la cabeza en señal de resignación, o al menos de obediencia. Otros
percibían sólo una casualidad pasajera, preferían la despreocupación al temor y
se entregaban a la vida licenciosa para evitar los
aguijonazos
del peor de los temores. Y así, mientras los sabios, los buenos y los prudentes
se ocupaban en tareas de bondad, la tregua del invierno causaba otros efectos
en los jóvenes, los inconscientes y los viciosos. Durante los meses más fríos,
muchas personas se trasladaron a Londres en busca de diversión; la opinión
pública se relajó. Muchos, hasta entonces pobres, se hacían ricos; eran
multitud los que habían perdido a sus padres, los custodios de su moral, sus
mentores, sus frenos. Hubiera resultado inútil oponerse a aquellos impulsos
poniendo barreras, que sólo habrían servido para lograr que quienes los sentían
se entregaran a indulgencias aún más perniciosas. Los teatros seguían abiertos
y se veían siempre atestados; los bailes y las fiestas nocturnas gozaban
siempre de gran concurrencia; en muchas de ellas se violaba el decoro y
proliferaban unos males hasta entonces relacionados con un estado avanzado de
civilización. Los alumnos abandonaban sus libros, los artistas sus talleres.
Las ocupaciones de la vida habían desaparecido, pero las distracciones
perduraban. Los goces podían prolongarse casi hasta la tumba. Todo disimulo
desaparecía -la muerte se alzaba como la noche- y, protegidos por sus sombras
sórdidas, el rubor de la timidez, la reserva del orgullo y el decoro de la
prudencia solían despreciarse por considerarse velos inútiles.
Pero esta
tendencia no era universal. Entre personas más elevadas, la angustia y el
temor, el miedo a la separación eterna, el asombro natural causado por aquella
calamidad sin precedentes, llevaban a estrechar lazos con familiares y amigos.
Los filósofos planteaban sus principios como barreras contra la proliferación
del libertinaje o la desesperación, como únicas murallas capaces de proteger el
territorio invadido de la vida humana; los religiosos, con la esperanza de
obtener su recompensa, se aferraban a sus credos como a tablones que, flotando
en el tempestuoso mar del sufrimiento, los llevaran a la seguridad de un puerto
situado en el Continente Ignoto. Los corazones amorosos, obligados a concentrar
su campo de actuación, dedicaban por triplicado su desbordante afecto a las
pocas personas que quedaban. Pero incluso entre ellas, el presente, como una
posesión inalienable, era el único tiempo en que se atrevían a depositar sus
esperanzas.
La
experiencia, desde épocas inmemoriales, nos había enseñado a contar nuestros
goces por años y a extender nuestras perspectivas de vida sobre un periodo
dilatado de progreso y decadencia. El largo camino tejía un vasto laberinto, y
el Valle de la Sombra de la Muerte, en el que concluían, quedaba oculto por
objetos interpuestos. Pero un terremoto había cambiado el paisaje - la tierra
había bostezado bajo nuestros mismos pies- y el abismo se había abierto,
profundo y vertical, dispuesto a engullirnos, mientras las horas nos conducían
al vacío. Mas ahora era invierno, y debían transcurrir meses hasta que nos
viéramos otra vez privados de seguridad. Nos habíamos convertido en mariposas
efímeras, y el lapso entre la salida y la puesta del sol era para nosotros como
un año entero de tiempo ordinario. No veríamos a nuestros
hijos
alcanzar la madurez ni arrugarse sus mejillas carnosas, ni sus despreocupados
corazones ser presas de la pasión o las cuitas; gozábamos de ellos ahora porque
vivían, y nosotros también. ¿Qué más podíamos desear? Con aquellas enseñanzas
mi pobre Idris trataba de acallar los crecientes temores, y hasta cierto punto
lo lograba. No era como en verano, cuando el destino fatal podía llegar de una
hora para otra. Hasta la llegada del verano nos sentíamos a salvo. Y aquella
certeza, por breve que fuera, satisfizo por un tiempo su ternura maternal. No
sé cómo expresar o comunicar la sensación de elevación intensa y concentrada,
aunque evanescente, que se apoderó de nosotros en aquellos días. Nuestras
alegrías eran más profundas, pues veíamos su final; eran más agudas, pues
sentíamos todo su valor; eran más puras, pues su esencia era la comprensión. Y
así como un meteoro brilla más que una estrella, así la dicha de aquel invierno
contenía en sí misma las delicias destiladas de una vida larga, muy larga.
¡Qué
adorable resulta la primavera! Al contemplar desde la terraza de Windsor los
dieciséis condados fértiles que se extendían a nuestros pies, salpicados de
hermosas mansiones y pueblos ricos, todo parecía, como en años anteriores,
hermoso y alegre. El campo estaba arado, las tiernas espigas de trigo asomaban
entre la tierra oscura, los frutales florecían, los campesinos trabajaban sus
parcelas, las lecheras regresaban a casa con los cubos rebosantes, los
gorriones y los martinetes rozaban las albercas soleadas con sus alas largas y
apuntadas, los corderos recién nacidos reposaban sobre la hierba joven, las
hojas tiernas
elevan su
hermosa cabeza en el aire y alimentan
un
espacio silencioso con botones siempre verdes.
Hasta los
hombres parecían regenerarse, y sentían que la escarcha del invierno daba paso
a una cálida y elástica renovación de la vida. La razón nos decía que las
cuitas y las penas avanzarían con el año, pero ¿cómo creer aquella voz agorera
que respiraba sus vapores pestilentes desde la tenebrosa caverna del miedo,
mientras la naturaleza, riéndose y esparciendo flores, frutas y aguas
chispeantes desde su verde regazo, nos invitaba a unirnos a la alegre mascarada
de la vida joven que se derramaba sobre aquel escenario?
¿Dónde
estaba la peste? «Aquí, en todas partes», exclamó una voz impregnada de temor y
espanto, cuando en los agradables días de un mayo soleado la Destructora del
hombre volvió a cabalgar sobre la tierra, obligando al espíritu a abandonar su
crisálida orgánica para penetrar en una vida ignorada. Con un solo movimiento
de su arma poderosa, toda precaución, todo cuidado, toda prudencia, fueron
aniquilados. La muerte se sentaba a las mesas de los notables, se tendía en el
jergón del granjero, atrapaba al cobarde que huía, abatía al valiente que
resistía. La desazón se apoderaba de todos los
corazones,
la pena velaba todos los ojos.
Las
visiones lúgubres empezaban a resultarme familiares, y si hubiera de relatar
toda la angustia y el dolor que presencié, dar cuenta de los sollozos
desesperados de aquellos días, de las sonrisas de la infancia, más horribles
aún, esbozadas en el pecho del horror, mi lector se echaría a temblar y, con el
vello erizado, se preguntaría por qué, presa de una locura repentina, no me
arrojé por algún precipicio, logrando así cerrar los ojos para siempre ante el
triste fin del mundo. Pero los poderes del amor, la poesía y la imaginación
creativa habitan incluso junto a los apestados, junto a los escuálidos, a los
moribundos. Un sentido de devoción, de deber, de propósito noble y constante,
me elevaba. Una extraña alegría inundaba mi corazón. En medio de aquella pena
tan grande yo parecía caminar por los aires, y el espíritu del bien vertía a mi
alrededor una atmósfera de ambrosía que limaba las aristas de la incomprensión
y limpiaba el aire de suspiros. Si mi alma cansada flaqueaba en su empeño,
pensaba en mi hogar querido, en el cofre que contenía mis tesoros, en el beso
de amor y en la caricia filial; entonces mis ojos se llenaban del rocío más
puro y mi corazón sentía al momento una ternura renovada.
El afecto
maternal no había vuelto egoísta a Idris. Al inicio de nuestra calamidad, con
imprudente entusiasmo se había entregado al cuidado de enfermos y desahuciados.
Pero, al desaconsejárselo yo, ella me obedeció. Le conté que el temor por los
peligros a los que se sometía me paralizaba en mis esfuerzos, y que saber que
se hallaba a salvo, en cambio, fortalecía mis nervios. Le demostré los riesgos
que corrían nuestros hijos durante sus ausencias. Y ella, finalmente, aceptó no
alejarse del recinto del castillo. Con todo, en el interior de su recinto
habitaba una nutrida colonia de seres infelices abandonados por sus familiares,
los bastantes como para ocupar su tiempo y sus atenciones, mientras su
incansable entrega a mi bienestar y a la salud de los niños, por más que se
esforzara en camuflarla u ocultarla, absorbía todos sus pensamientos y consumía
gran parte de sus energías. Además de su labor de vigilancia y cuidado, su
segunda preocupación consistía en ocultarme a mí su angustia y sus lágrimas. Yo
regresaba al castillo todas las noches, y en él hallaba, esperándome, amor y
reposo. Con frecuencia permanecía junto al lecho de muerte de algún enfermo
hasta la medianoche, y en noches oscuras y lluviosas recorría a caballo muchas
millas. Si lo resistía era sólo por una cosa: la seguridad y el descanso de mis
seres queridos. Si alguna escena agónica me impresionaba más de la cuenta y
perlaba mi frente de sudor, apoyaba la cabeza en el regazo de Idris y el latido
tempestuoso de mis sienes regresaba a su ritmo temperado. Su sonrisa era capaz
de sacarme del desasosiego y su abrazo bañaba mi corazón pesaroso en un bálsamo
de paz.
El verano
avanzaba y, coronada por los potentes rayos del sol, la peste arrojaba sus
certeros dardos sobre la tierra. Las naciones que se hallaban bajo
su
influencia inclinaban la cabeza y morían. El maíz que había brotado en
abundancia se agostaba y se pudría en los campos, mientras que el pobre infeliz
que había acudido a buscar pan para sus hijos yacía, rígido y apestado, en una
zanja. Los verdes bosques agitaban sus ramas majestuosamente y los moribundos
se tendían bajo su sombra, respondiendo a la solemne melodía con sus lamentos
disonantes. Los pájaros de colores revoloteaban en la penumbra. El ciervo,
ignorante de todo, reposaba a salvo sobre los helechos. Los bueyes y los
caballos escapaban de los establos abandonados y pacían en los campos de trigo,
pues sólo sobre los hombres se abatía la muerte.
Con la
llegada del verano y el regreso de la mortandad, nuestros temores crecieron. Mi
pobre amor y yo nos miramos y miramos a nuestros hijos.
-Los
salvaremos, Idris -dije yo-. Los salvaré. Dentro de unos años les hablaremos de
nuestros temores, que ya habrán desaparecido. Aunque ellos sean los únicos que
sobrevivan en la tierra, vivirán, y ni sus mejillas palidecerán ni
languidecerán sus voces.
Nuestro
hijo mayor entendía hasta cierto punto las escenas que presenciaba a su
alrededor y en ocasiones, con gesto serio me preguntaba sobre el motivo de tan
vasta desolación. Pero sólo tenía diez años y la hilaridad de la juventud no
tardaba en desfruncirle el ceño. Evelyn, querubín sonriente, niño juguetón, sin
idea alguna de lo que era el dolor o la pena, lograba, mientras se apartaba los
tirabuzones de los ojos, que en los todos salones resonara el eco de su alegría
y atraía nuestra atención con miles de artimañas. Clara, nuestra adorada y
bondadosa Clara, era nuestro sostén, nuestro solaz, nuestra delicia. Se había
empeñado en asistir a los enfermos, en consolar a los tristes, en ayudar a los
ancianos, y además participaba de las actividades de los jóvenes y de su
alegría. Iba de sala en sala como un espíritu bueno enviado por el reino
celestial para iluminarnos en aquella hora oscura con su esplendor
ultraterreno. La gratitud y el elogio se alzaban a su paso. Y sin embargo,
cuando con gran sencillez jugaba en nuestra presencia con nuestros hijos, o con
entrega infantil realizaba pequeñas tareas para Idris, nos preguntábamos en qué
rasgos de su encanto puro, en qué tonos suaves de su melodiosa voz, residía,
tanto heroísmo, sagacidad y benevolencia.
El verano
transcurría tedioso, pues nosotros confiábamos en que el invierno acabara al
fin con la enfermedad. Que ésta desapareciera por completo era una esperanza
demasiado íntima, demasiado sentida como para expresarla en palabras. Cuando
alguien, inconsciente, la pronunciaba en voz alta, quienes la escuchaban entre
lágrimas y sollozos demostraban lo profundo de sus temores, lo frágil de su
propia fe. En cuanto a mí, mi misión en aras del bien común me permitía
observar con más detalle que otros la virulencia renovada de nuestro enemigo
ciego y los estragos que causaba. En un solo mes había destruido un pueblo, y
si en mayo había enfermado la primera persona,
en junio
los senderos aparecían llenos de cadáveres insepultos. En las casas sin dueño
las chimeneas no elevaban su humo al aire, y los relojes de las amas de casa
marcaban sólo la hora en que la muerte había obtenido su triunfo. En ocasiones,
de tales escenarios rescataba yo a algún niño desvalido, apartaba a alguna
madre joven de la presencia inerte de su recién nacido o consolaba a un robusto
bracero que lloraba desconsolado ante a su extinta familia.
Julio
había pasado. Agosto debía pasar, y tal vez entonces, a mediados de septiembre,
hubiera alguna esperanza. Contábamos los días con impaciencia. Los habitantes
de las ciudades, para que su espera resultara más llevadera se arrojaban en
brazos de la disipación, y con fiestas desbocadas, en las que creían hallar
placer, trataban de abolir el pensamiento y de adormecer su desasosiego. Nadie
excepto Adrian hubiera podido aplacar a la variopinta población de Londres que,
como una manada de caballos salvajes galopando hacia sus pastos, había
abandonado el temor a las cosas pequeñas debido a la intervención del mayor de
los temores. Incluso Adrian se había visto obligado a ceder en algo para poder
seguir, si no guiando, al menos estableciendo límites a la permisividad de los
tiempos. Así, los teatros se mantenían abiertos y los lugares de asueto público
seguían viéndose muy concurridos, aunque él tratara de modificar aquel estado
de cosas para aplacar, de la mejor manera posible, la excitación de los espectadores,
y a la vez impedir una reacción de tristeza cuando esa excitación terminara.
Las obras favoritas eran las grandes tragedias. Las comedias suponían un
contraste demasiado pronunciado con la desesperación interna; cuando se
intentaba poner alguna en escena, no era raro que algún comediante, en medio de
las carcajadas suscitadas por su histriónica representación, recordara alguna
palabra o idea que le devolviera a su desgracia y pasara de la bufonada a las
lágrimas y los sollozos, mientras los espectadores, con gesto mimé- tico,
estallaban el llanto, tornando la pantomima ficticia en exhibición real de
trágica pasión.
No se
hallaba en mi naturaleza extraer consuelo de tales lugares: de los teatros,
cuyas falsas risotadas y alegría discordante despertaban una simpatía forzada,
o donde las lágrimas y los lamentos ficticios se burlaban de la pena real; de
las fiestas o las reuniones concurridas, donde la hilaridad nacía de los peores
sentimientos de nuestra naturaleza o donde la exaltación de los mejores parecía
fijada con un barniz de estridencia y falsedad; de las reuniones de personas
plañideras disfrazadas de personas festivas. Sin embargo, en una ocasión
presencié una escena de gran interés en un teatro, una escena en que la
naturaleza superó al arte, del mismo modo que una poderosa catarata se burla de
una ridícula cascada artificial, hasta ese momento alimentada con parte del
caudal de aquélla.
Había
acudido a Londres para visitar a Adrian, pero a mi llegada constaté que no se
encontraba en el palacio. Aunque sus asistentes ignoraban su
paradero,
creían que no regresaría hasta última hora de la noche. No habían dado aún las
siete de aquella agradable tarde de verano y yo me dedicaba a pasear por las
calles vacías de la ciudad. Ahora me desviaba para evitar un funeral que se
aproximaba, luego la curiosidad me llevaba a observar el estado de algún lugar
concreto. Pero aquel paseo me llenaba de tristeza, pues el silencio y el
abandono se apoderaban de todo lo que veía, y las escasas personas con que me
cruzaba presentaban un aspecto pálido y desmejorado, tan marcado por la
desconfianza y la zozobra que, temeroso de encontrarme sólo con aquellos signos
de desgracia, desanduve mis pasos y me encaminé a casa.
Una vez
en Holborn, pasé frente a una posada llena de grupos ruidosos cuyas canciones,
risotadas y gritos me parecieron más tristes que el rostro pálido y el silencio
de las plañideras. Precisamente una de ellas pululaba por las inmediaciones. El
lamentable estado de su atuendo proclamaba su pobreza; estaba muy pálida y cada
vez se acercaba más. Primero miró por la ventana y después por la puerta, como
temerosa y al mismo tiempo deseosa de entrar. En uno de los corrillos empezaron
a cantar y a reírse y la mujer sintió aquellas muestras de alegría como
aguijonazos en el corazón. «¿Cómo puede ser capaz?», murmuró, y entonces,
haciendo acopio de valor, cruzó el umbral. La casera la interceptó en la
entrada. La pobre criatura le preguntó:
-¿Está
aquí mi esposo? ¿Puedo ver a George?
-Verlo,
sí -respondió la casera-, si va adonde se encuentra. Ayer noche se lo llevaron.
Tiene la peste y lo trasladaron al hospital.
Aquella
pobre desgraciada se apoyó en la pared y dejó escapar un grito amortiguado.
-¿Tan
cruel es usted para haberlo enviado ahí?
La otra
mujer se alejó, pero una tabernera, más compasiva, le explicó con detalle lo
sucedido, que no era mucho: a su esposo, enfermo y tras una noche de jolgorio,
sus amigos lo habían llevado al hospital de Saint Bartholomew. Yo presencié
toda la escena, pues había en aquella pobre mujer una dulzura que me cautivaba.
La vi salir del local y caminar tambaleante por Holborn Hill. Pero al poco le
fallaron las fuerzas y hundió la cabeza en el pecho, palideciendo aún más. Me
acerqué a ella y le ofrecí mis servicios. Ella apenas alzó la vista.
-No puede
ayudarme -me dijo-. Debo ir al hospital. Eso si no muero antes de llegar.
Todavía
quedaban en las calles de la ciudad algunos coches de punto esperando clientes,
más por costumbre que por expectativa de negocio. De modo que la subí a uno de
ellos y la acompañé hasta el hospital para
asegurarme
de que llegaba sana y salva. El trayecto era corto y ella habló poco, más allá
de pronunciar algunas expresiones soterradas de reproche al hombre que la había
abandonado y a algunos de sus amigos, así como sus esperanzas de hallarlo con
vida. Había una sinceridad sencilla y natural en ella que me llevaba a
interesarme por su suerte, un interés que creció cuando aseguró que su esposo
era la mejor persona del mundo, o que lo había sido hasta que la falta de
trabajo, en aquellos tiempos difíciles, lo había empujado frecuentar malas
compañías.
-No
soportaba volver a casa -dijo- y ver que nuestros hijos morían. Los hombres
carecen de la paciencia de las madres con los que son de su misma sangre.
Llegamos
a Saint Bartholomew y entramos en el edificio de aquella casa de enfermedad. La
pobre criatura se apretó contra mí al ver la frialdad y la rapidez con que
trasladaban a los muertos desde las salas comunes hasta una estancia cuya
puerta entreabierta dejaba ver gran número de cadáveres, visión monstruosa para
alguien no acostumbrado a tales escenas. Nos condujeron a las dependencias a la
que habían llevado a su esposo tras su ingreso y donde, según la enfermera,
seguía aún, aunque no sabía si con vida. La mujer empezó a recorrer la
estancia, cama por cama, hasta que en un extremo, tendida en un camastro,
distinguió a una criatura escuálida y demacrada que agonizaba sometida a la
tortura de la infección. Se abalanzó sobre él y lo abrazó, agradeciendo a Dios
que le hubiera conservado la vida.
El
entusiasmo que le infundía semejante alegría la cegaba también ante los
horrores que se mostraban a su alrededor, pero a mí éstos me resultaban
intolerables. Los efluvios que flotaban en aquella sala encogían mi corazón en
dolorosos espasmos. Se llevaban a los muertos y traían a los enfermos con
idéntica indiferencia. Algunos de éstos gritaban de dolor, otros se reían,
presas de los delirios. A algunos los acompañaban familiares llorosos; otros
llamaban con voces desgarradoras y tiernas o con tonos de reproche a sus amigos
ausentes. Las enfermeras iban de cama en cama, imágenes encarnadas de la
desesperación, el abandono y la muerte. Incapaz de soportarlo por más tiempo,
entregué unas monedas de oro a mi desgraciada acompañante, la encomendé al
cuidado de las enfermeras y sin más demora abandoné el hospital. Pero mi
imaginación, atormentándome, no dejaba de recrear imágenes de mis seres
queridos postrados en aquellos lechos, desatendidos de ese modo. El país no
podía permitirse tanto horror. Muchos desventurados morían solos en los campos,
y en una ocasión hallé a un único superviviente en un pueblo desierto, luchando
contra el hambre y la infección. Con todo, la asamblea de la peste, el salón de
los banquetes de la muerte, se reunía sólo en Londres.
Seguí
caminando, con el corazón en un puño. Las dolorosas emociones me impedían toda
concentración. De pronto me hallé frente al teatro de Drury
Lane. La
obra que se representaba era Macbeth, y el actor más importante de la época
ejercía sus poderes para adormecer al público y distraerlo de sus pesares. Yo
mismo deseaba probar aquella medicina, de modo que entré. El teatro estaba
bastante concurrido. Shakesperare, cuya popularidad llevaba cuatro siglos bien
asentada, no había perdido su vigencia en aquellos tiempos difíciles y seguía
siendo Ut magus, el brujo que mandaba en nuestros corazones y gobernaba nuestra
imaginación. Yo había llegado durante una pausa, entre los actos tercero y
cuarto. Eché un vistazo al público. Las mujeres pertenecían en su mayoría a las
clases inferiores, pero había hombres de todos los estamentos que acudían para
olvidar momentáneamente las dilatadas escenas de desgracia que les aguardaban
en sus hogares miserables. Se alzó el telón y en el escenario apareció la
caverna de las brujas. El armazón sobrenatural e imaginario de Macbeth era
garantía de que la representación tendría poco que ver con nuestra realidad
presente. La compañía se había esforzado al máximo para lograr la mayor
autenticidad posible. La extremada penumbra de la escena, cuya única fuente de
luz provenía del fuego encendido bajo la caldera, se sumaba a una especie de
neblina que flotaba en el ambiente y que lograba dotar a los cuerpos
fantasmagóricos de las brujas de un halo oscuro y lúgubre. No eran tres arpías
decrépitas inclinadas sobre una olla en la que vertían los repugnantes
ingredientes de su poción mágica, sino seres temibles, irreales, imaginarios.
La entrada de Hécate y la música estridente que siguió nos transportaron más
allá de este mundo. La forma de caverna que adoptaba el escenario, las piedras
en lo alto, acechadoras, el resplandor del fuego, las sombras neblinosas que
cruzaban en ocasiones la escena, la música asociada a todas las imágenes de la
brujería, permitían a la imaginación explayarse sin temor a ser contradicha, a
oír la réplica de la razón o del corazón. La aparición de Macbeth tampoco
destruyó la ilusión, pues de él se apoderaban las sensaciones que también nos
invadían a nosotros, y así, mientras aquel acto mágico seguía avanzando,
nosotros nos identificábamos con su asombro y su osadía y entregábamos por
completo nuestra alma al influjo del engaño escénico. Yo ya sentía el resultado
benéfico de tales emociones en la renovación de mi entrega a la imaginación,
una entrega de la que llevaba mucho tiempo alejado. Los efectos de aquella
escena encantada transmitieron parte de su fuerza a la siguiente, y así nos
olvidamos de que Malcolm y Macduff eran meros seres humanos, inspirados por
unas pasiones tan simples como las que latían en nuestros pechos. Con todo,
gradualmente fuimos recobrando el interés real de la escena. Una sacudida, como
la que se hubiera producido tras una descarga eléctrica recorrió el teatro
cuando Ross exclamó, en réplica a «¿Sigue Escocia como la dejé?»:
Sí, pobre
nación, casi con miedo de reconocerse a sí misma.
No se la
puede llamar nuestra madre, sino nuestra tumba,
donde no
se ve jamás sonreír sino a quien no sabe nada: donde los suspiros, gemidos y
gritos que desgarran el aire, surgen sin ser observados:
donde la
violenta tristeza parece un humor cualquiera:
el
redoble por los muertos, apenas se pregunta por quién es, y las vidas de los
hombres buenos se extinguen antes que las flores que llevan en el sombrero
muriendo
sin enfermedad.
Cada
palabra cobraba sentido y tañía como la campana de nuestra vida efímera. Nadie
se atrevía a mirar a los demás y todos manteníamos la vista en el escenario,
como si nuestros ojos, sólo con eso, se volvieran inocuos. El hombre que
interpretaba el papel de Ross se dio cuenta de pronto del peligroso terreno que
pisaba. Se trataba de un actor mediocre, pero ahora la verdad lo convertía en
excelente. Siguió declamando, anunciando a Macduff la muerte de su familia, y
mientras lo hacía sentía temor, y temblaba al pensar que fuera el público, y no
su compañero de escena, quien estallara en llanto. Pronunciaba cada palabra con
dificultad; una angustia verdadera se pintaba en sus gestos y un horror
repentino inundaba sus ojos, que mantenía clavados en el suelo. Aquella muestra
de terror hacía que el nuestro aumentara, y con él ahogábamos el grito,
alargando mucho el cuello, modificando nuestra expresión cuando él lo hacía,
hasta que al fin Macduff, concentrado en su papel y ajeno a la absoluta
identificación del público, exclamaba con pasión bien interpretada:
¿Todos
mis queridos pequeños?
¿Has
dicho todos? ¡Oh, milano infernal! ¿Todos? ¿Qué, todos mis lindos polluelos, y
su madre, bajo su garra feroz?
Una
punzada de dolor irrefrenable encogió todos los corazones, y de todos los
labios brotó un sollozo de desesperación. Yo también me había dejado arrastrar
por el sentimiento general, había sido absorbido por los terrores de Ross. Así,
también yo reproduje el lamento de Macduff, y al punto salí de allí como de un
infierno de tortura, para hallar sosiego en contacto con el frescor del aire,
bajo los árboles mudos.
Pero ni
el aire era fresco ni los árboles callaban. ¡Cómo habría querido en ese
instante gozar del consuelo de la madre Naturaleza, al sentir que mi corazón
herido recibía entonces otra estocada, en esta ocasión en forma de la
algarabía
despreocupada que provenía de la taberna y de la visión de los borrachos que se
dirigían tambaleantes hacia sus casas, olvidado el recuerdo de lo que hallarían
en ella, y de los saludos más escandalosos de los seres melancólicos para
quienes la palabra «hogar» no era más que una burla! Me alejé de allí lo más
rápido que pude hasta que, sin saber cómo, me encontré en las inmediaciones de
la abadía de Westminster y me sentí atraído por el sonido grave y prolongado de
un órgano. Entré con temor reverencial en el presbiterio iluminado, escuchando
los solemnes cánticos religiosos que hablaban de paz y esperanza para los
desventurados. Las notas, cargadas de las plegarias eternas de los hombres,
resonaban en las altas naves, y un bálsamo celestial bañaba las heridas
sangrantes del alma. A pesar de la desgracia que yo despreciaba, y que no
alcanzaba a comprender; a pesar de los hogares apagados del gran Londres y de
los campos cubiertos de cadáveres de mi tierra natal; a pesar de todas las
intensas emociones que había experimentado esa misma tarde, creía que, en
respuesta a nuestras melodiosas invocaciones, el Creador se compadecería de
nosotros y nos prometería alivio. El horrible lamento de aquella música
celestial parecía una voz adecuada para comunicarse con el Altísimo; me
apaciguaban sus sonidos, y también la visión junto a mí de tantos otros seres
humanos elevando sus prédicas y sometiéndose. Una sensación parecida a la
felicidad seguía a la absoluta entrega del ser de uno a la custodia del Señor del
mundo. Pero ¡ay! Con el fin de los cánticos solemnes, el espíritu elevado
regresó de nuevo a la tierra. Súbitamente un miembro del coro falleció. Lo
retiraron de su asiento, abrieron apresuradamente las puertas de la cripta y,
tras pronunciar unas oraciones breves, lo depositaron en la tenebrosa caverna,
morada de miles que la habían ocupado antes que él, y que ahora abría sus
fauces para recibir también a todos los que participaban en los ritos fúnebres.
En vano me alejé de aquel escenario bajo naves oscuras y altas bóvedas en las
que reverberaban melodiosas alabanzas. Sólo en el exterior del templo hallé
algún alivio. Entre las hermosas obras de la Naturaleza, su Dios recuperaba el
atributo de la benevolencia, y allí podía confiar de nuevo en que quien había
creado las montañas, plantado los bosques y trazado los ríos, erigiría otra
finca para la humanidad perdida, donde nosotros despertaríamos de nuevo a
nuestros afectos, nuestra dicha y nuestra fe.
Afortunadamente
para mí, aquellas circunstancias se producían sólo en las escasas ocasiones en
que me trasladaba a Londres, y mis deberes se limitaban al distrito rural que
se divisaba desde nuestro castillo elevado. Allí, el lugar del pasatiempo lo
ocupaba el trabajo, que ayudaba a los paisanos a mantenerse en gran medida al
margen de la tristeza y la enfermedad. Yo insistía mucho en que se concentraran
en sus cosechas y actuaran como si la epidemia no existiera. En ocasiones se
oía el chasquido de las hoces, aunque los segadores, ausentes, se olvidaban de
trasladar el trigo una vez cortado. Los pastores, una vez esquiladas las
ovejas, dejaban que los vientos esparcieran la lana, pues no
encontraban
sentido a fabricarse ropas para el siguiente invierno. Sin embargo, en
ocasiones el espíritu de la vida despertaba con aquellas ocupaciones: el sol,
la brisa refrescante, el olor dulce del heno, el crujido de las hojas y el
rumor de los arroyos traían reposo al pecho y derramaban una sensación parecida
a la felicidad sobre los temerosos. Y, por extraño que parezca, en aquellos
tiempos también se disfrutaba de los placeres. Parejas jóvenes que se habían
amado sin esperanza y por largo tiempo veían desaparecer los impedimentos y
crecer las riquezas a partir de la muerte de algún familiar. El mismo peligro
los unía más. El riesgo inmediato les instaba a aprovechar las ocasiones
inmediatas. Con prisas, apasionadamente, buscaban conocer las delicias que la
vida les brindaba antes de entregarse a la muerte, y
robando
sus placeres con gran esfuerzo
y
sacándolos por las rejas de la vida,
desafiaban
a la peste a que destruyera lo que había existido o a que borrara de sus
pensamientos, en el lecho de muerte, la felicidad que había sido suya.
De uno de
esos casos tuvimos conocimiento por aquel entonces: una joven de alcurnia había
entregado su corazón, años atrás, a un hombre de extracción humilde. Se trataba
de un compañero de escuela y amigo de su hermano, y solía pasar parte de sus
vacaciones en la mansión de su padre, que era duque. Habían jugado juntos de
niños, habían sido confidentes de secretos mutuos, se habían ayudado y
consolado en momentos de dificultad y tristeza. El amor había surgido entre
ellos imperceptiblemente, silencioso, sin temor en un primer momento, hasta que
los dos sintieron que su vida se hallaba atada a la vida del otro, y al mismo
tiempo supieron que debían separarse. Su juventud extrema, la pureza de su
unión, les llevaba a oponer menor resistencia a la tiranía de las
circunstancias. El padre de la buena Juliet los separó, aunque no sin antes
lograr que el joven prometiera mantenerse alejado de su hija hasta que se
hubiera hecho digno de ella. La joven, por su parte, prometió preservar virgen
su corazón -tesoro de su amado- hasta que él regresara para reclamarla y
poseerla.
Llegó la
peste, amenazando con destruir de golpe las ambiciones y las esperanzas del
amor. Durante mucho tiempo el duque de L... se negó a admitir que pudiera
correr peligro si se mantenía recluido y tomaba ciertas precauciones. Hasta el
momento había sobrevivido. Pero en aquel segundo verano la Destructora dio al
traste de un solo golpe con sus precauciones, su seguridad y su vida. La pobre
Juliet vio cómo su padre, su madre, sus hermanos y hermanas, enfermaban y
morían uno tras otro. La mayoría de los criados huyeron tras la primera
aparición de la enfermedad, y los que permanecieron en la casa sucumbieron a la
infección mortal. Ningún vecino, ningún campesino se atrevía a acercarse a la
finca por temor al contagio. Por
una rara
vuelta del destino, sólo Juliet escapó, y hasta el fin cuidó de sus familiares
y los veló en la hora de su muerte. Llegó el momento en que el último habitante
de la casa recibió el último mazazo: la joven superviviente de su raza se
sentaba sola entre los muertos. Ningún otro ser humano se hallaba cerca para
consolarla ni para apartarla de aquella horrenda compañía. Cuando ya declinaba
el calor de septiembre, una noche se formó una tormenta con vientos
huracanados, truenos y granizo, que se abatió sobre la casa, entonando con
fantasmagórica armonía un canto fúnebre por su familia. Y Juliet, sentada sobre
la tierra, inmersa en una desesperación muda, creyó oír que alguien pronunciaba
su nombre entre las ráfagas de viento y lluvia. ¿De quién podía ser aquella voz
que le resultaba conocida? De ningún miembro de su familia, pues todos ellos,
tendidos a su alrededor, la contemplaban con ojos pétreos. Su nombre volvió a
oírse y ella se estremeció al pensar que tal vez estuviera volviéndose loca o
muriendo, ya que oía las voces de los fallecidos. Pero entonces otra idea
atravesó su mente, rauda como una flecha, y Juliet se acercó a la ventana. El
destello de un rayo le proporcionó la visión que esperaba: su amante asomándose
a los arbustos. La alegría le proporcionó las fuerzas necesarias para bajar la
escalera y abrir la puerta. Se desmayó en sus brazos.
Mil veces
se reprochó a sí misma, como si de un crimen se tratara, que reviviera la
felicidad con él. La mente humana se aferra de modo natural a la vida y a la
dicha; en su joven corazón aquellos sentimientos se hallaban en la plenitud de
sus facultades, y Juliet se entregó con ímpetu al hechizo. Se casaron, y en sus
rostros radiantes vi encarnarse por última vez el espíritu del amor, de la
entrega absoluta, que en otro tiempo había sido la vida del mundo.
Les
envidiaba, sí, pero sabía que me resultaba imposible impregnarme del mismo
sentimiento, ahora que los años habían multiplicado mis lazos con el mundo.
Sobre todo, la madre angustiada que era mi amada y exhausta Idris reclamaba mis
abnegadas atenciones. No podía reprocharle el temor que jamás abandonaba su
corazón y me esforzaba por apartarla de una observación demasiado detallada de
la verdad de las cosas, de la cercanía de la enfermedad, la desgracia y la
muerte, de la expresión desgarrada de nuestros sirvientes, con la que revelaban
que una muerte, y otra más, nos habían alcanzado. Con respecto a esto último
empezó a suceder algo nuevo que trascendía en horror a todo lo que había
sucedido antes. Seres desgraciados acudían arrastrándose para morir bajo
nuestro techo acogedor. Los habitantes del castillo menguaban día tras día,
mientras que los supervivientes se acurrucaban juntos y temerosos; y como en un
barco donde reinara el hambre y flotara a la deriva a merced de las olas
indómitas e interminables, todos escrutaban los rostros de todos, tratando de
adivinar quién sería el siguiente en sucumbir a la muerte. Todo ello intentaba
ocultárselo yo a Idris, para que no le causara tan honda impresión. Y sin
embargo, como ya he dicho, mi valor sobrevivía incluso a mi desesperación: tal
vez fuera derrotado, pero no me
rendiría.
Un día
-era 9 de septiembre- pareció llegar para entregarse a todo desastre, a todo
hecho doloroso. A primera hora supe de la llegada al castillo de la abuela, muy
anciana, de una de nuestras criadas. Aquella vieja había alcanzado los cien
años. Tenía la piel muy arrugada, caminaba encorvada y se hallaba sumida en una
decrepitud extrema, pero pasaban los años y ella seguía existiendo,
sobreviviendo a muchos que eran más jóvenes y más fuertes que ella, hasta el
punto de empezar a sentir que iba a vivir eternamente. Llegó la peste y los
habitantes de su aldea murieron. Aferrándose, con la cobardía y mezquindad
propias de algunos ancianos, a los restos de su vida gastada, cerró a cal y
canto las puertas y las ventanas de su casa, negándose a comunicarse con nadie.
Salía de noche a conseguir alimento y regresaba a casa, satisfecha por no
haberse cruzado con nadie que pudiera haberle contagiado la enfermedad. A
medida que la desolación se apoderaba de la tierra, aumentaban sus dificultades
para garantizarse el sustento. Al principio, y hasta que murió, su hijo, que
vivía cerca, la ayudaba dejándole algunos productos en su camino. Pero aun
amenazada por el hambre, su temor a la epidemia era enorme, y su mayor
preocupación seguía siendo mantenerse alejada de otras personas. Su debilidad
aumentaba día a día, y al mismo tiempo, día a día debía trasladarse a mayor
distancia para encontrar alimentos. La noche anterior había llegado a Datchet
y, merodeando, había encontrado abierta y sola la panadería del lugar. Cargada
con su botín, las prisas por regresar la llevaron a perderse. Era una noche
cálida, nublada, nada ventosa. La carga que transportaba le resultaba demasiado
pesada y, una tras otra, fue deshaciéndose de las barras de pan con la idea de
seguir avanzando, aunque su paso lento se convirtió en cojera y su debilidad,
al cabo, le impidió seguir caminando.
Se tendió
en un maizal y se quedó dormida. A medianoche la despertó un ruido de algo que
se movía junto a ella. Se habría incorporado, sobresaltada, si sus miembros
agarrotados se lo hubieran permitido. Entonces oyó un lamento grave emitido
junto a su oreja, y los chasquidos se hicieron más audibles. Oyó que una voz
acallada susurraba: «¡Agua, agua!», y lo repetía varias veces. Después, un
suspiro brotó de lo más hondo de aquel ser sufriente. La anciana se estremeció
y con gran esfuerzo logró sentarse. Pero le castañeteaban los dientes, le
temblaban las piernas. Cerca, muy cerca de ella, había tendida una persona
medio desnuda, apenas distinguible en la penumbra, una persona que volvió a
emitir un gemido y a pedir agua. Los movimientos de la anciana atrajeron al fin
la atención de su acompañante desconocido, que le agarró la mano con inusitada
fuerza.
-Al fin
has venido -fueron las palabras que brotaron de aquellos labios, aunque el
esfuerzo que hubo de hacer para pronunciarlas las convirtió en las últimas del
moribundo. Los miembros se distendieron, el cuerpo se echó hacia
atrás y
un gemido leve, el último, indicó el instante de la muerte. Amanecía, y la
anciana contempló junto a ella el cadáver, marcado por la enfermedad fatal. La
muerte abrió la mano que se había aferrado a su muñeca. En ese preciso instante
se sintió atacada por la peste. Su cuerpo envejecido no era capaz de alejarse
de allí con la suficiente rapidez. Ahora, creyéndose infectada, ya no temía
relacionarse con los demás, de modo que en cuanto pudo fue a visitar a su nieta
al castillo de Windsor, para lamentarse y morir en él. La visión era horrible:
seguía aferrándose a la vida y lloraba su mala suerte con gritos y alaridos
terroríficos. Mientras, el rápido avance de la pestilencia demostraba lo que
era un hecho: que no sobreviviría muchas horas más.
Clara
entró en la sala en el momento en que yo ordenaba que se le proporcionaran los
cuidados necesarios. Estaba temblorosa y muy pálida. Cuando, inquieto, le
pregunté por la causa de tal agitación, ella se arrojó en mis brazos y exclamó:
-Tío,
querido tío, no me odies eternamente. Debo decírtelo porque debes saberlo, que
Evelyn, el pequeño Evelyn... -La voz se le quebró en un sollozo.
El temor
ante una calamidad tan poderosa como era la pérdida de nuestro adorado hijito
hizo que se me helara la sangre. Pero el recuerdo de su madre me devolvió la
presencia de ánimo. Me acerqué al pequeño lecho de mi amado hijo, aquejado de
fiebre. Mantenía la esperanza. Con temor pero con entrega, confiaba en que no
hubiera síntomas de la peste. No había cumplido los tres años y su enfermedad
parecía uno de esos accesos característicos de la infancia. Lo observé largo
rato, con detalle: sus párpados entrecerrados, sus mejillas ardientes, el
movimiento incesante de sus deditos. La fiebre era muy alta, el sopor absoluto,
y en cualquier caso, incluso de no haber existido el temor a la peste, su
estado habría sido suficiente por sí solo para causar alarma. Idris no debía
verlo en ese estado. Clara, a pesar de tener apenas doce años, y a causa de su
extrema sensatez, se había convertido en una persona tan prudente y cuidadosa
que me sentía seguro dejando a mi hijo a su cargo. Mi tarea consistiría en
impedir que Idris notara su ausencia. Tras administrar a mi hijo los remedios
necesarios, dejé que mi adorada sobrina se ocupara de él, con la orden de que
me informara de cualquier cambio que se produjera en su estado.
Acto
seguido fui a ver a mi esposa. De camino, intentaba buscar alguna excusa que me
permitiera justificar que ese día me quedaría en el castillo, y trataba de
disipar el gesto de preocupación de mi semblante. Por suerte Idris no se
encontraba sola. Merrival la acompañaba. El astrónomo se hallaba demasiado
absorto en sus ideas sobre la humanidad como para preocuparse por las bajas del
día, y vivía rodeado por la enfermedad sin ser consciente de su existencia.
Aquel pobre hombre, tan instruido como Laplace, ingenuo y despreocupado como un
niño, había estado varias veces a punto de morir de
hambre,
él, su pálida esposa y sus numerosos hijos, aunque nunca tenía apetito ni daba
muestras de alterarse. Sus teorías astronómicas lo absorbían por completo:
anotaba sus cálculos con carbón en las paredes de su desván. No sentía
remordimiento alguno al cambiar una guinea ganada con esfuerzo, o alguna prenda
de ropa, por un libro. No oía llorar a sus hijos ni se fijaba en el cuerpo
deformado de su esposa y el exceso de desgracias equivalía, para él, a una
noche nublada en la que habría dado el brazo derecho por poder observar los
fenómenos celestes. Su esposa era una de esas criaturas maravillosas, que sólo
se dan entre el género femenino, cuyos afectos no disminuyen con las
desgracias. Su mente se repartía entre un amor ilimitado por su esposo y una ternura
angustiada por sus hijos: atendía a Merrival, trabajaba para todos ellos y
jamás se lamentaba, aunque tantas atenciones hacían de su vida un sueño largo y
melancólico.
Él se
había dado a conocer a Adrian cuando éste, en una ocasión, había solicitado
observar a través de su telescopio algunos movimientos planetarios. Mi amigo
detectó al momento su pobreza y puso los medios para aliviarla. El astrónomo
nos daba a menudo las gracias por los libros que le prestábamos o por
permitirle el uso de nuestros instrumentos, pero jamás nos hablaba de los
cambios en su hogar ni en sus circunstancias cotidianas. Su esposa nos
aseguraba que no había observado más diferencia que la relativa a los niños,
que ya no ocupaban su estudio y a los que, para infinita sorpresa de aquella
mujer, echaba de menos, pues aseguraba que todo le parecía demasiado
silencioso.
Aquel día
había llegado al castillo para anunciarnos que había terminado su ensayo sobre
los movimientos pericíclicos del eje de la Tierra y la precedencia de los
puntos equinocciales. Si un romano de la época republicana hubiera resucitado y
nos hubiera hablado de la inminente elección de algún cónsul laureado o de la
última batalla contra Mitrídates, sus ideas no hubieran resultado menos ajenas
a los tiempos que la conversación de Merrival. El hombre, que había perdido la
necesidad de sentirse comprendido, vestía sus pensamientos con señales
visibles. Además ya no quedaban lectores. Mientras todos, tras resistir la
espada con apenas un escudo, aguardaban la llegada de la peste, Merrival
conversaba sobre el estado de la humanidad dentro de seis mil años. Y lo mismo
podría -suscitando en nosotros el mismo interés- haber añadido un comentario
describiendo los desconocidos e inimaginables rasgos de las criaturas que
ocuparían entonces la morada de los hombres. Nadie se atrevía a desengañar al
pobre viejo, y cuando yo entré en la sala, él le leía a Idris partes de su obra
y le preguntaba qué respuesta podía darse a esta o aquella posición.
Ella no
podía evitar sonreírse mientras lo escuchaba. Ya le había sonsacado que su
familia se encontraba bien de salud. Aunque yo notaba que no lograba
olvidar
el precipicio del tiempo al borde del cual se hallaba, me daba cuenta también
de que en aquel momento estaba divirtiéndose gracias al contraste entre la
visión limitada que sobre la vida humana habíamos mantenido durante tanto
tiempo y las zancadas de siete leguas con que Merrival avanzaba hacia la
próxima eternidad. Me alegré al verla contenta, pues ello me aseguraba que
ignoraba por completo el peligro que corría su hijo, pero me estremecí al
pensar en el impacto que le causaría el descubrimiento de la verdad. Mientras
Merrival hablaba, Clara entreabrió con cuidado la puerta que quedaba a espaldas
de Idris y, con gesto triste, me pidió que saliera. Pero un espejo permitió a
mi esposa ver a nuestra sobrina, y al punto se sobresaltó. Sospechar que sucedía
algo malo, deducir que debía de afectar a Evelyn, pues Alfred se hallaba con
nosotros, salir corriendo de la sala y entrar en los aposentos del pequeño fue
todo cuestión de segundos. Una vez allí contempló a su niño atacado por las
fiebres, inmóvil. Yo la seguí y traté de inspirar en ella más esperanza de la
que yo mismo albergaba. Pero ella negaba con la cabeza, presa de la desolación.
La angustia le impedía mantener la presencia de ánimo. Nos dejó a Clara y a mí
los papeles de médico y enfermera y ella se sentó junto al lecho, sosteniendo
la manita ardiente de su hijo; y sin apartar de él los ojos llorosos, pasó el
día en aquella agonía fija. No era la peste la que se había apoderado con tal
intensidad del pequeño, pero ella no atendía a mis razones. El temor la privaba
de la capacidad de juicio y raciocinio. La menor alteración en el semblante de
Evelyn la hacía temblar. Si éste se movía, ella temía una crisis inminente; si
permanecía quieto, en su sopor veía la muerte y su gesto se ensombrecía al momento.
De noche
la fiebre de nuestro hijo aumentó. La idea de tener que pasar las largas horas
de oscuridad junto al lecho de un enfermo resulta temible, por no recurrir a
peor término, y más si el paciente es un niño que no sabe explicar su dolor y
cuya vida parece la llama de una vela a punto de extinguirse
cuyo
mínimo fuego
el viento
agita, y a cuyo límite
la
oscuridad, ávida, acecha.
Con
inquietud uno se vuelve en dirección al este, con airada impaciencia acecha la
tiniebla inviolada; el canto de un gallo, ese sonido alegre durante el día,
llega como un lamento átono; se oye el crujido de las vigas, el ligero
revoloteo de algún insecto invisible, y ese sonido encarna el sentimiento de la
desazón. Clara, vencida por el cansancio, se había sentado a los pies del lecho
de su primo, y a pesar de sus esfuerzos, el sopor le cerraba los párpados. En
dos o tres ocasiones trató de desprenderse de él, pero al fin la venció el
sueño. Iris, junto a la cama, no soltaba la mano de Evelyn. Temíamos dirigirnos
la palabra. Yo observaba las estrellas, me acercaba a nuestro pequeño, le
tomaba
el pulso,
me acercaba a su madre, volvía a la ventana... Al alba, un ligero suspiro del
enfermo me atrajo hacia él. El rubor de sus mejillas se había suavizado y el
corazón le latía lenta y regularmente. El sopor había dado paso al sueño. Al
principio no quise permitirme la esperanza, pero al observar que su respiración
se mantenía constante y que el sudor perlaba su frente, supe que la enfermedad
mortal le había abandonado; y me atreví a compartir la noticia con Idris, que
tardó bastante en convencerse de que decía la verdad.
Pero ni
mi convicción ni la pronta recuperación de nuestro hijo lograron devolverle
parte de la calma de que antes había disfrutado. Su temor había calado
demasiado hondo, la había absorbido demasiado por completo como para poder
tornarse en seguridad. Se sentía como si antes, cuando estaba tranquila,
hubiera estado soñando, y como si ahora hubiera despertado. Era
como
quien
en torre
de vigía solitaria
despertara
de balsámicas visiones del hogar que ama y temblara al oír el airado rugido de
las olas,
como
quien, empujado por una tormenta, despierta y descubre que su barco se hunde.
Antes recibía zarpazos de temor, y ahora ya no disfrutaba del menor intervalo
de esperanza. Las sonrisas de su corazón ya no iluminaban su hermoso semblante.
A veces se obligaba a esbozar una, pero al momento las lágrimas asomaban a sus
ojos y un mar de dolor se abalanzaba sobre los restos del naufragio de su
felicidad pasada. Con todo, cuando me hallaba a su lado su desesperación no era
completa -confiaba del todo en mí- y no parecía temer mi muerte ni plantearse
su posibilidad. Dejaba en mis manos todo el peso de sus ansiedades, se guarecía
en mi amor, como el cervatillo atacado por el viento se guarece apretándose
contra su madre, como un aguilucho herido se cobija bajo el ala de quien le ha
dado la vida, como una bar- quita rota, temblorosa, busca la protección de un
sauce. Entretanto, yo, con menos aplomo que en nuestros días de felicidad pero
con la misma ternura, y feliz con la conciencia del consuelo que le brindaba,
estrechaba en mis brazos a mi amada y trataba de apartar de su naturaleza
sensible todo pensamiento doloroso, toda circunstancia adversa.
A finales
de ese verano tuvo lugar otro incidente. La condesa de Windsor, reina depuesta
de Inglaterra, regresó de Alemania. Al iniciarse la época estival había
abandonado una Viena desierta e, incapaz de entregar su mente a nada que se
pareciera a la sumisión, pasó un tiempo en Hamburgo. Cuando al fin llegó a
Londres, pasaron varias semanas hasta que se dignó informar a Adrian de su
retorno. A pesar de su frialdad y de lo prolongado de su ausencia, nuestro
amigo la recibió con calidez, demostrando con su afecto que pretendía
restañar
pasadas heridas de orgullo y tristeza. Pero ella demostraba una falta absoluta
de comprensión. Idris, por su parte, sintió gran alegría al enterarse de la
vuelta de su madre. Sus propios sentimientos maternales eran tan vivos que
suponía que ella, en aquel mundo agonizante, se habría desprendido de su
orgullo y altivez y recibiría con placer sus atenciones filiales. Sin embargo
el primer indicio de que la majestad caída de Inglaterra no había cambiado
llegó a través de una notificación formal en la que declaraba que no pensaba
recibirme a mí. Consentía, eso sí, en perdonar a su hija y en reconocer a sus
nietos, pero no debían esperarse mayores concesiones de ella.
A mí su
proceder me parecía (si se me permite un término tan ligero) extremadamente
caprichoso. Ahora que la raza humana había perdido, de hecho, toda distinción o
rango, aquel orgullo resultaba doblemente fatuo. Ahora que todos sentíamos un
parentesco fraterno, natural, con todos los que llevaban impreso el sello de la
humanidad, aquella airada reminiscencia de un pasado perdido para siempre
parecía un gesto de locura. Idris se sentía demasiado poseída por sus propios
temores como para enfadarse y apenas le dio importancia, pues le parecía que la
causa de aquel rencor sostenido debía de ser la insensibilidad. Aquello no era
del todo así, aunque era cierto que la determinación de aquella señora adoptaba
las armas y el disfraz de un sentimiento endurecido, y que la dama altiva se
negaba a mostrar en público el menor atisbo de las luchas que libraba. Esclava
de su orgullo, imaginaba que sacrificaba su felicidad en aras de unos
principios inmutables.
Todo
aquello era falso, todo menos los afectos de nuestra naturaleza y la relación
entre nuestra comprensión y el placer o el dolor. Sólo existían un bien y un
mal en la tierra: la vida y la muerte. La pompa del rango, la idea de poder,
las posesiones de la riqueza se esfumaban como la neblina de la mañana. Un
mendigo vivo había llegado a valer más que una asamblea nacional de lores
muertos, de héroes, de patriotas, de genios muertos. Y había tanta degradación
en todo ello... Pues incluso el vicio y la virtud habían perdido sus atributos.
La vida, la vida, la continuidad de nuestro mecanismo animal, era el alfa y el
omega de los deseos, las plegarias, la ambición postrada de la raza humana.
CAPÍTULO
IX
Cuando
llegó octubre y los vientos del equinoccio barrieron la tierra y enfriaron los
ardores de la estación insalubre, la mitad de Inglaterra se hallaba en un
estado de desolación. El verano, que había resultado excepcionalmente caluroso,
se había demorado hasta el principio de ese mes cuando, el día 18, un súbito
cambio nos hizo pasar de la temperatura veraniega a la helada
invernal.
La peste, entonces, se concedió un respiro en su carrera en pos de la muerte.
Jadeantes, sin atrevernos a dar nombre a nuestras esperanzas, y sin embargo
rebosantes de intensa expectación, nos alzamos, como el marinero de un barco
hundido se alza sobre un islote desierto en medio del océano observando una
nave distante, imaginando que se aproxima y que luego vuelve a desaparecer de
su vista. La promesa de un nuevo contrato con la vida enternecía a los más
duros, y, por el contrario, llenaba a los más blandos de aridez y sentimientos
antinaturales. Cuando parecía inevitable que todos íbamos a morir, no nos
importaba el cómo y el cuándo; pero ahora que la virulencia de la enfermedad
menguaba, y ésta parecía dispuesta a salvar a unos pocos, todos deseábamos
hallarnos entre los elegidos y nos aferrábamos a la vida con cobarde tenacidad.
Los casos de deserción se hicieron más frecuentes, e incluso los asesinatos,
los relatos de los cuales horrorizaban a quienes los escuchaban, pues el temor
al contagio había alzado en armas a unos miembros de la misma familia en contra
de otros. Con todo, las tragedias menores y aisladas estaban a punto de
rendirse ante un interés más poderoso, y mientras se nos prometía el cese de
los influjos infecciosos, una tempestad más desbocada que los vientos se alzó
sobre nosotros, una tempestad criada por las pasiones del hombre, alimentada
por sus más violentos impulsos, inédita, terrible.
Varias
personas procedentes de Norteamérica, reliquias de aquel populoso continente,
habían zarpado rumbo al este con el loco deseo de cambiar, dejando atrás sus
llanuras natales por tierras no menos diezmadas que las suyas. Varios
centenares arribaron a Irlanda el primero de noviembre y tomaron posesión de
todas las viviendas desocupadas que encontraron y se hicieron con el excedente
de alimento y con el ganado suelto. Cuando agotaron toda la producción del
lugar, se trasladaron a otro. No tardaron en enfrentarse a los habitantes de la
isla. Su gran número les permitía expulsar a los nativos de sus moradas y
robarles lo que habían almacenado para pasar el invierno. Varios sucesos de la
misma índole terminaron por avivar la naturaleza fiera de los irlandeses, que
atacaron a los invasores. Algunos murieron, pero en su mayor parte escaparon
gracias a acciones rápidas y ordenadas. El peligro aguzaba su ingenio y su
reserva. Distribuyeron con mayor eficacia sus efectivos y se ocultaron unos a
otros las bajas sufridas. Avanzando en orden, y aparentemente dados a la
diversión, despertaban la envidia de los irlandeses. Los americanos permitieron
a algunos de ellos unirse a su banda, y los reclutados ya superaban en número a
los extranjeros. Pero aquéllos no se sumaban a ellos en la emulación del orden
admirable mantenido por los jefes del otro lado del Atlántico, que les confería
a la vez seguridad y fuerza. Los irlandeses les seguían los pasos en multitudes
desorganizadas que aumentaban día a día y que día a día se volvían más
indómitas. Los americanos, deseosos de escapar de aquel ambiente que ellos
mismos habían
creado,
llegaron a las costas orientales de la isla y embarcaron rumbo a Inglaterra. Su
incursión apenas se habría sentido de haber llegado solos. Pero los irlandeses,
congregados en número exagerado, no tardaron en ser presas del hambre, y
también se dirigieron a nuestro país. La travesía por mar no detendría su
avance. Los puertos de las desoladas villas marineras del oeste de Irlanda
estaban llenos de naves de todos los tamaños, desde el buque de guerra hasta la
pequeña barca de pescadores, que, varada sin tripulación, se pudría a la orilla
del mar. Los emigrantes embarcaban a cientos y, desplegando las velas con manos
torpes, estropeaban sin querer las jarcias y las boyas. Los que, más modestos,
montaban en embarcaciones de menor tamaño, lograban en su mayoría culminar con
éxito la travesía. Algunos, presas del verdadero espíritu de la aventura,
abordaron una nave de ciento veinte cañones. El enorme casco avanzaba a la
deriva movido por la marea, y así abandonó la protección de la bahía. Sólo tras
muchas horas su tripulación, formada por hombres de tierra adentro, logró
desplegar gran parte del velamen; el viento lo hinchaba y mientras los miles de
errores cometidos por el timonel ponían la proa mirando primero a un lado y
después al otro, los vastos campos de lona que formaban las velas chasqueaban
con un sonido que recordaba al de una inmensa catarata, o al de un bosque
costero cuando se ve azotado por los vientos equinocciales del norte. Los ojos
de buey iban abiertos y con cada golpe de mar la embarcación cabeceaba y
entraban toneladas de agua. Las dificultades aumentaban porque se había
levantado un viento frío que silbaba entre las velas y las movía de un lado a
otro, rasgándolas. Se trataba de un viento como el que podría haber visitado
los sueños de Milton cuando éste imaginaba el despliegue de las alas del
Maligno, e incrementaba el estruendo y el caos. Aquellos sonidos se mezclaban
con el rugido del océano, el golpear de las olas contra los costados, el
chapoteo del agua en las bodegas. La tripulación, cuyos miembros en su mayoría
no habían visto nunca el mar, sentía que el cielo y la tierra se unían cuando
la proa se hundía entre el oleaje o, cabeceando, ascendía por los aires. Sus
gritos los silenciaban el clamor de los elementos y los crujidos atronadores de
su ingobernable embarcación. Sólo entonces descubrieron que el agua los vencía,
y se afanaron con las bombas para achicarla. Pero su tarea era tan inútil como
vaciar el mar entero mediante el llenado de cubos. Cuando el sol empezó a
descender, la galerna arreció. El barco parecía presentir el peligro: inundado
por completo de agua, dio varios avisos del naufragio inminente. La bahía se
hallaba atestada de embarcaciones cuyas tripulaciones, en su mayor parte,
observaban los esfuerzos inútiles de aquella máquina indomable, y presenciaban
su hundimiento gradual. Las aguas se elevaban ya por encima de las cubiertas
más bajas, y entonces, en apenas un abrir y cerrar de ojos, la nave había
desaparecido por completo y ya no se distinguía el punto exacto en que el mar
la había engullido. Algunos miembros de la tripulación se salvaron, pero la
mayoría, aferrándose a jarcias
y
mástiles, se hundieron con ella, y ya sólo se alzarían cuando la muerte los
soltara.
Aquel
hecho causó que muchos de los que estaban a punto de hacerse a la mar volvieran
a tierra firme, más dispuestos a darse de bruces con el mal que a lanzarse a
las fauces abiertas del despiadado océano. Con todo, su número era pequeño
comparado con el de quienes sí culminaron la travesía. Muchos de ellos llegaron
hasta Belfast para asegurarse un trayecto más breve por mar; y luego, mientras
viajaban por Escocia, en dirección al sur, se les unían los paisanos más pobres
de ese país, y todos se acercaban a Inglaterra con la misma intención.
Aquellas
incursiones llenaban de espanto a los ingleses, sobre todo en aquellas
poblaciones en las que existía aún una población suficiente como para percibir
el cambio. Ciertamente, en nuestro desgraciado país había sitio para el doble
de las personas que nos invadían, pero el espíritu indómito de éstas las hacía
proclives a la violencia. Se jactaban de echar de las casas a sus dueños; de
ocupar mansiones lujosas cuyos nobles habitantes se habían encerrado por temor
a la peste; de obligar a aristócratas de ambos sexos a trabajar para ellos como
criados y proveedores. Y todo ello hasta que, consumada la ruina de un lugar,
en su avance de plaga de langostas, llegaban a otro. Si no hallaban
resistencia, su pillaje se propagaba a lo largo y ancho del país. En caso de
peligro se agrupaban, y gracias a su mayor número derrotaban a su débil y
desolado enemigo. Procedían del este y del norte y seguían su camino sin objeto
aparente, aunque unánimemente se dirigieran hacia nuestra desdichada capital.
La
epidemia de peste había interrumpido en gran medida las comunicaciones, de modo
que la caravana invasora ya había avanzado hasta Manchester y Derby cuando
nosotros tuvimos noticia de su aproximación. Sus miembros arrasaban el país
como un ejército invasor, quemando, diezmando, asesinando. Se les unían los
ingleses de las clases más ínfimas y los vagabundos. Algunos de los pocos
señores de los condados que habían sobrevivido trataban de reclutar sus
milicias, pero las filas menguaban por momentos, el pánico se apoderaba de todo
el mundo y la escasa resistencia presentada sólo servía para multiplicar la
audacia y la crueldad del enemigo, que hablaba ya de la toma de Londres, de la
conquista de Inglaterra, y nos traía a la memoria heridas que durante mucho
tiempo se habían creído olvidadas. Con aquellos actos de fanfarronería
demostraban más sus debilidades que sus fuerzas, pero aun así eran capaces de
causar graves daños que, si culminaban en su aniquilación, los convertirían al
fin en objeto de compasión y remordimiento.
Se nos
había enseñado que al principio de los tiempos la humanidad dotaba a sus
enemigos de atributos imposibles y que, a partir de detalles que se
propagaban
de boca en boca, ésta podía -como el Rumor siempre creciente de Virgilio- tocar
el cielo con su frente y agarrar a Eósforo y Lucifer con sus manos extendidas.
La Gorgona y el Centauro, dragón y león de pezuñas férreas, monstruo marino e
hidra gigantesca, eran sólo ejemplos de los relatos raros y terroríficos que
sobre nuestros invasores llegaban a Londres. No se sabía cuándo invadirían,
pero ya se encontraban a cien millas de Londres y los campesinos huían antes de
su llegada, y todos ellos exageraban el número, la furia y la crueldad de los
asaltantes. Los tumultos llenaban las calles hasta hacía poco tranquilas; las
mujeres y los niños abandonaban sus hogares y escapaban, aunque no sabían
adónde ir; los padres, esposos e hijos temblaban de miedo, no por ellos mismos,
sino por sus familiares indefensos. A medida que las gentes del campo atestaban
Londres, los habitantes de la ciudad se desplazaban hacia el sur, se
encaramaban a los edificios más altos, suponiendo que, desde ellos, lograrían
divisar el humo y las llamas que los enemigos propagaban a su alrededor. Como
Windsor quedaba, en gran medida, dentro de la línea de avance desde el oeste,
trasladé a mi familia a Londres, dispuse la Torre como lugar de residencia y,
reuniéndome con Adrian, me sumé a la lucha inminente en calidad de teniente.
Dedicamos
sólo dos días a los preparativos, pero hicimos buen uso de ellos. Se hizo
acopio de artillería y armas. Se reagruparon efectivos de regimientos que
habían quedado dispersos y se les dio una apariencia de disciplina militar que
serviría tanto para infundir valor a nuestro bando como para impresionar al
desorganizado enemigo. Incluso contábamos con música. Los estandartes ondeaban
al viento y gaitas y trompetas emitían sus acordes de aliento y de victoria. Un
observador avezado hubiera descubierto tal vez cierta vacilación en el paso de
los soldados, pero ésta no se debía tanto al miedo al adversario como al temor
que la enfermedad les causaba, a la tristeza, a los lúgubres pronósticos que
con frecuencia afectaban más a los valientes y sometían a los corazones viriles
a una postración abyecta.
Adrian
conducía las tropas lleno de prevenciones. Para él era poco consuelo que
nuestra disciplina nos llevara al éxito en un conflicto como ése. Mientras la
epidemia siguiera acechando para igualar a conquistadores y conquistados, no
era la victoria lo que él deseaba, sino una paz sin sangre. En nuestro avance
nos encontrábamos con bandas de campesinos cuyas precarias condiciones, cuya
desesperación y horror, nos hablaban al instante de la naturaleza fiera del
enemigo que se acercaba. El insensato espíritu de conquista y la sed de saqueo
los cegaba, y con furia demente llevaban el país a la ruina. La visión de los
militares devolvía la esperanza a los que huían y la venganza ocupaba el lugar
del miedo, una venganza que contagiaban a los soldados. La desazón se tornaba
en ardor guerrero, el paso cansino en rápida marcha, y el murmullo sordo de la
multitud, inspirado por un sentimiento de muerte, llenaba el aire, amortiguando
el chasquido de las armas y los sonidos
de la
música. Adrian percibía el cambio y temía que resultara difícil impedirles
descargar su terrible furia sobre los irlandeses. Avanzaba a caballo hacia las
líneas enemigas, ordenaba a los oficiales que reprimieran a las tropas,
exhortaba a los soldados, restablecía el orden, apaciguaba en algo la violenta
agitación que henchía los pechos.
Fue en
Saint Albans donde nos encontramos con algunos irlandeses rezagados. Se batían
en retirada y, uniéndose a otros compañeros, avanzaban en busca del cuerpo
central de su expedición. Hicieron de Buckingham su cuartel general y enviaron
una avanzadilla para que averiguara nuestra posición. Nosotros pasamos la noche
en Luton. A la mañana siguiente un movimiento simultáneo nos llevó a las dos
partes a avanzar. Amanecía, y el aire, impregnado de un olor purísimo, parecía
jugar, burlón, con nuestros estandartes, y llevaba hasta el enemigo la música
de las bandas, el relinchar de los caballos, el paso firme de la infantería.
Los primeros sonidos de instrumentos marciales que llegaron a nuestros oídos
desde las filas del desorganizado enemigo nos causaron una sorpresa no exenta
de temor. Yo hablé de días pasados, de días de concordia y orden, asociados a
épocas en que la peste no existía y el hombre vivía más allá de la sombra de su
destino inminente. La pausa fue momentánea. No tardamos en oír el clamor de unos
gritos bárbaros, el paso irregular de miles de personas avanzando en
desbandada. Sus tropas se acercaban ya a nosotros por campo abierto o por
estrechos senderos. Entre nosotros se extendía una vasta extensión de tierras
de labranza. Avanzamos hasta la mitad de éstas y allí nos detuvimos. Desde
aquel punto algo más elevado divisamos todo el espacio que ocupaban. Cuando sus
jefes vieron que no seguíamos avanzando, ellos también dieron la orden de parar
y trataron de lograr que sus hombres se alinearan en algo parecido a una
formación militar. Los integrantes de las primeras filas llevaban mosquetes y
había hombres a caballo, pero sus armas eran las que habían confiscado en su
avance, y sus monturas las que habían arrebatado a los campesinos. Carecían de
uniformidad y casi por completo de obediencia, pero sus gritos y gestos
salvajes daban muestra del espíritu indomable que les inspiraba. Nuestros
soldados recibieron la orden y avanzaron rápidamente pero en perfecta
formación. Sus uniformes, el resplandor de sus armas pulidas, su silencio y sus
semblantes serios, cargados de odio, impresionaban más que el clamor salvaje de
nuestros muchos enemigos. Y así, acercándose cada vez más unos a otros, los
alaridos y los gritos de los irlandeses se hacían más audibles; los ingleses
avanzaban obedeciendo las órdenes de sus generales, hasta que estuvieron lo
bastante cerca como para distinguir el rostro de sus oponentes, una visión que
alentó su furia. A la voz de un grito que desgarró el cielo y resonó hasta las
filas más alejadas, iniciaron la carga. Negándose a disparar una sola bala,
optaron por hender las bayonetas en los cuerpos de los enemigos, mientras las
filas se abrían a intervalos y los artilleros prendían las
mechas
delos cañones, que con sus rugidos ensordecedores y su humo cegador teñían de
horror la escena.
Yo me
hallaba detrás de Adrian. Hacía un instante que éste había ordenado el alto a
las tropas y permanecía algo retirado de nosotros, sumido en honda meditación.
Planeaba a toda prisa un plan de acción para impedir más derramamiento de
sangre. De pronto el ruido de los cañones, el repentino avance de las tropas y
los gritos del enemigo lo sobresaltaron.
-¡Ninguno
de ellos debe morir! -exclamó con ojos encendidos. Y hundiendo las espuelas en
los lomos de su caballo, se acercó al galope hacia los bandos enfrentados.
Nosotros, sus comandantes, le seguimos para rodearlo y protegerlo, pero a una
orden suya nos retiramos un poco. La soldadesca, al verlo, detuvo su avance. No
se protegía de las balas que pasaban rozándole y seguía cabalgando entre las
dos filas contrarias. El silencio siguió al clamor. Unos cincuenta hombres
yacían en el suelo, muertos o agonizantes. Adrian levantó la espada, dispuesto
a hablar.
-¿En
cumplimiento de qué orden -preguntó, dirigiéndose a sus tropas-avanzáis? ¿Quién
os ha ordenado atacar? ¡Atrás! Estos hombres confundidos no morirán mientras yo
sea vuestro general. Envainad vuestras armas. Son vuestros hermanos, no
cometáis un fratricidio. Pronto la peste no dejará a nadie con quien saciar
vuestra sed de venganza. ¿Vais a mostraros más despiadados que la plaga? Si me
respetáis, si adoráis a Dios, a cuya imagen también los creó a ellos, si amáis
a vuestros hijos y a vuestros amigos, no derraméis ni una gota de esta escasa
sangre humana.
Pronunció
aquellas palabras con la mano extendida y voz apasionada y, al terminar,
volviéndose a los invasores con gesto serio, les ordenó deponer las armas.
-¿Creéis
-les dijo- que porque hemos sido diezmados por la plaga podéis derrotarnos? La
peste también se halla entre vosotros, y cuando el hambre y la enfermedad os
venzan, los fantasmas de aquéllos a quienes habéis asesinado se alzarán para
negaros toda esperanza tras la muerte. Abandonad las armas, hombres bárbaros y
crueles, hombres que tenéis las manos manchadas de sangre de inocentes y el
alma oprimida por el llanto de los huérfanos. Nosotros venceremos, pues la
razón está de nuestro lado. Vuestras mejillas ya palidecen, ya soltáis las
armas. Dejadlas en el suelo, compañeros. ¡Hermanos! El perdón, el auxilio y el
amor fraterno os aguardan tras el arrepentimiento. Os queremos, pues lleváis en
vosotros la frágil forma de la humanidad. Todos vosotros hallaréis a un amigo,
a un anfitrión, en nuestro ejército. ¿Debe el hombre ser enemigo del hombre,
mientras la peste, enemiga de todos nosotros, dominándonos, se impone a nuestra
carnicería, pues es más cruel que ella?
Los dos
bandos se habían detenido. En el nuestro, los soldados sostenían
sus armas
con firmeza y observaban con semblante hosco al enemigo, que tampoco se había
desprendido de las suyas, más por temor que por ánimo de lucha. Todos se
miraban, deseosos de que alguien diera ejemplo. Pero carecían de jefe. Adrian
se bajó del caballo y se acercó a uno de los que acababan de morir.
-Era un
hombre -exclamó-, y ahora está muerto. ¡Oh, rápido! ¡Vendad las heridas de los
caídos! ¡No dejéis que muera nadie más! Que ni una sola alma más escape por
vuestros despiadados cortes y relate ante el trono de Dios la historia de
nuestro fratricidio. Vendad sus heridas, devolvédselos a sus amigos. Despojaos
del corazón de tigre que os abrasa el pecho, soltad esos instrumentos de
crueldad y odio. En esta pausa del destino exterminador, que todo hombre sea
hermano, guardián y sostén de los otros. Desprendeos de estas armas manchadas
de sangre y apresuraos a vendar estas heridas.
Mientras
hablaba, se arrodilló en el suelo y tomó en sus brazos a un hombre por cuyo
costado hendido escapaba el tibio torrente de la vida. El pobre infeliz ahogó
un grito, y el silencio que se había hecho entre los dos bandos era tal que
aquel grito se oyó perfectamente, y todos los corazones, hasta hacía nada
fieramente entregados a la masacre universal, latían ahora impacientes, llenos
de temor y esperanza, preguntándose cuál sería la suerte de ese hombre. Adrian
partió en dos el pañuelo de su uniforme y lo anudó alrededor del herido. Pero
ya era demasiado tarde: el hombre suspiró profundamente, echó la cabeza hacia
atrás y sus miembros perdieron su fuerza.
-¡Está
muerto! -exclamó Adrian cuando el cadáver, escurriéndosele entre los brazos,
cayó al suelo; inclinó la cabeza hacia él en un gesto de respeto y tristeza. El
destino del mundo parecía encerrarse en la muerte de aquel único hombre. Los
miembros de ambos ejércitos soltaron las armas, e incluso los más veteranos
lloraron. Nuestros soldados tendieron las manos a los enemigos, mientras una
marea de amor y amistad profunda henchía los corazones. Mezclándose,
desarmados, estrechándose las manos, hablando sólo del mejor modo de brindarse
ayuda, los adversarios se reconciliaban y todos se arrepentían, los unos de sus
pasadas crueldades, los otros de su reciente muestra de violencia. Y,
obedeciendo las órdenes del general, se dirigieron juntos hacia Londres.
Adrian
estaba obligado a ejercer la máxima prudencia, primero para acallar la posible
oposición, y después para atender a aquella muchedumbre de invasores, a quienes
se condujo hacia diversas zonas situadas en los condados del sur y se instaló
en pueblos abandonados. Una parte de ellos fue devuelta a su isla natal,
mientras el invierno nos devolvía a nosotros algo de energía y nos permitía
defender las fronteras del país y limitar cualquier aumento de su número.
Fue en
aquellas circunstancias cuando Idris y Adrian volvieron a verse, tras casi un
año de separación. Él llevaba mucho tiempo ocupado en su ardua y dolorosa
tarea, familiarizándose con todas las formas de la desgracia humana, y había
constatado que sus fuerzas no se adecuaban a la magnitud de la empresa y que su
ayuda servía de bien poco. Con todo, su determinación, su energía y su ardiente
resolución le impedían caer en el desconsuelo. Parecía haber vuelto a nacer, y
la virtud, más poderosa que la alquimia de Medea, le dotaba de salud y
fortaleza. Idris apenas reconocía al ser frágil que parecía combarse incluso
ante la brisa estival, en el hombre enérgico cuyo exceso mismo de sensibilidad
le capacitaba para cumplir mejor con su misión de capitanear una Inglaterra
azotada por la tormenta.
No era
ése el caso de Idris. Ella no se quejaba, pero el alma misma del miedo había
hecho nido en su corazón. Su delgadez era extrema, lo mismo que su palidez. Las
lágrimas, sin previo aviso, arrasaban sus ojos, y se le quebraba la voz. Trató
de disimular el cambio que sabía que su hermano debía de observar en ella, pero
su esfuerzo fue en vano. Al quedarse a solas con él, sin poder reprimir los
sollozos dio rienda suelta a sus temores y a su pena. Con gran viveza, le
describió la angustia incesante que con apetito atroz devoraba su alma; comparó
la persistencia de aquella infatigable espera del mal con la del buitre que se
alimentaba del corazón de Prometeo. Bajo la influencia de esta inquietud eterna
y de las luchas interminables que libraba para combatirla y ocultarla, se
sentía -dijo- como si todos los resortes y engranajes de su maquinaria animal
funcionaran a doble velocidad y se consumieran más deprisa. El sueño no era
sueño, pues sus pensamientos, refrenados durante la vigilia por los restos de
su razón y por la visión de sus hijos, felices y saludables, se transformaban
en pesadillas en las que todos sus terrores se materializaban y todos sus
miedos alcanzaban su plenitud. Para aquel estado no existía esperanza ni alivio
posible, a menos que la tumba recibiera deprisa la presa que le estaba
destinada y a ella se le permitiera morir; pues prefería morir a soportar mil
muertes en vida con la pérdida de sus seres queridos. Como no quería
preocuparme, a mí me ocultaba lo mejor que sabía el alcance de sus miserias,
pero al encontrarse con su hermano tras tan prolongada ausencia no pudo
reprimir la expresión de su dolor, y con toda la viveza de la imaginación, que
en la tristeza siempre abunda, compartió las emociones de su alma con su amado
y comprensivo hermano.
Su visita
a Londres parecía agravar sus inquietudes, pues en la ciudad se mostraban en
toda su dimensión los estragos ocasionados por la peste, y apenas conservaba el
aspecto de lugar habitado. La hierba crecía libremente en las calles; las
plazas eran campos de maleza, las casas aparecían cerradas y el silencio y la
soledad se habían adueñado de las zonas más concurridas de la ciudad. Y sin
embargo, en medio de tanta desolación, Adrian había mantenido el orden y las
gentes seguían cumpliendo con las leyes y las costumbres,
instituciones
humanas que habían sobrevivido, como si fueran divinas, y aunque el decreto de
la población se derogaba, la propiedad seguía siendo sagrada. Se trataba de una
reflexión triste; y a pesar de la disminución del mal causado, dolía en el
corazón como una burla cruel. Toda idea de recurrir al placer, a los teatros y
las fiestas había pasado.
-El
próximo verano -dijo Adrian cuando nos despedimos para regresar a Windsor- se
decidirá el sino de la raza humana. No cejaré en mis empeños hasta entonces.
Pero si la peste regresa, habrá de cesar toda lucha en su contra, y ya sólo nos
quedará ocuparnos en elegir sepulcro.
No he de
olvidarme de un incidente que ocurrió durante aquella estancia en Londres. Las
visitas de Merrival a Windsor, antes frecuentes, habían terminado abruptamente.
En aquella época, en que la vida y la muerte se hallaban separadas por una
línea más delgada que un cabello, temía que nuestro amigo hubiera sido víctima
de aquel mal todopoderoso. Por eso, imaginando lo peor, me acerqué a su
domicilio para ver si podía ser de alguna ayuda a los miembros de su familia
que pudieran haber sobrevivido. Hallé la casa desierta y constaté que había
sido una de las asignadas por el gobierno a alojar a los invasores extranjeros
llegados a Londres. Vi que sus instrumentos astronómicos eran usados de modos
raros, que sus globos terráqueos estaban destrozados y que sus papeles, llenos
de abstrusos cálculos, se esparcían rotos por todas partes. Los vecinos apenas
supieron decirme nada, hasta que di con una pobre mujer que ejercía de
enfermera en aquellos tiempos difíciles. Ella me contó que toda la familia
había muerto, excepto el propio Merrival, que había enloquecido. Eso fue lo que
me dijo la mujer, aunque, al insistir- le yo, me dio a entender que su locura
no era más que el delirio causado por el exceso de dolor. El anciano que, ya
con un pie en la tumba, prolongaba sus expectativas mediante millones de años
calculados; aquel visionario que no había percibido los indicios de la hambruna
en las formas escuálidas de su esposa e hijos, ni la peste en las visiones y
los sonidos horribles que aparecían a su alrededor; aquel astrónomo,
aparentemente muerto para la tierra, vivo sólo en el movimiento de las esferas,
amaba a su familia con un afecto invisible pero intenso. A través de un hábito
largamente cultivado, se habían convertido en parte de sí mismo. Su falta de
conocimientos mundanos, su ausencia de malicia, su inocencia infantil, le
hacían del todo dependiente de ellos. Pero él no percibió el peligro hasta que
uno de ellos murió. La peste fue llevándoselos a todos, uno a uno. Y su esposa,
su ayudante, su sostén, más necesaria para él que sus propios brazos, que su
propio cuerpo, y a la que apenas habían enseñado a ocuparse de sí misma, la
compañera amable que siempre lo apaciguaba con su voz dulce, también cerró los
ojos, arrastrada por la muerte. El anciano sintió que el sistema de la
naturaleza universal, que llevaba tanto tiempo estudiando y adorando,
desaparecía bajo sus pies, y él permaneció de pie entre los difuntos, y alzó la
voz y maldijo. No es de
extrañar
que la enfermera interpretara como gesto de locura las imprecaciones de aquel
viejo golpeado por el pesar.
Había
empezado mi búsqueda a última hora de ese día, un día de noviembre, que no
tardó en traer un atardecer de llovizna y viento melancólico. Me volvía para
marcharme cuando apareció Merrival, o la sombra de lo que había sido. Menguado
y demente, pasó junto a mi lado y fue a sentarse en la escalinata que daba
acceso a su casa. La brisa agitaba los mechones grises que poblaban sus sienes,
la lluvia le empapaba la cabeza descubierta, pero él seguía ahí, ocultando la
cara en manos arrugadas. Le rocé el hombro para llamar su atención, pero él no
se movió.
-Merrival
-le dije-, hace tiempo que no le vemos. Debe regresar a Windsor conmigo. Lady
Idris desea verle, supongo que no rechazará su invitación. Venga conmigo a
casa.
El
astrónomo me respondió con voz hueca.
-¿Por qué
engañar a un viejo indefenso? ¿Por qué hablar hipócritamente a alguien que está
medio loco? Windsor no es mi casa. Yo ya he encontrado mi verdadero hogar, el
hogar que el Creador me tiene preparado.
Su tono
de amargo cinismo me venció.
-No trate
de hacerme hablar -añadió-. Mis palabras le asustarían. En un universo de
cobardes me atrevo a pensar, entre las tumbas del camposanto, entre las
víctimas de su tiranía despiadada me atrevo a reprocharle algo al Mal Supremo.
¿Cómo puede castigarme? Que muestre su brazo desnudo y me transfigure con su
rayo, ése es también uno de sus atributos...
El
anciano se echó a reír y se puso en pie. Lo seguí hasta un camposanto cercano,
donde se echó sobre el suelo mojado.
-Aquí
están -exclamó-, hermosas criaturas, criaturas que respiraban, que hablaban,
que amaban. Ella, que día y noche adoraba a su amor de juventud, gastado por
los años; ellos, carne de mi carne, mis hijos... aquí están. Llámelos, grite
sus nombres en la noche. No le responderán. -Se aferraba a los pequeños
montículos que indicaban el lugar de las tumbas-. Yo sólo pregunto una cosa. No
temo el infierno, pues ya lo tengo aquí. No deseo el cielo. Lo que quiero es
morir y que me entierren junto a ellos. Sólo quiero, cuando haya muerto, sentir
que mi carne se pudre y se mezcla con la suya. Prométame -y, tras alzarse
trabajosamente, me agarró el brazo-, prométame que me enterrará con ellos.
-Se lo
prometo, siempre que Dios me ayude a mí y a los míos -respondí-, a condición de
que me acompañe a Windsor.
-¡A
Windsor! -repitió él con voz aguda-. ¡Jamás! Nunca me alejaré de este
lugar.
Mis huesos, mi carne, yo mismo, estamos ya enterrados aquí, y lo que ve de mí
es arcilla corruptible, como ellos. Aquí yaceré y aquí me quedaré hasta que la
lluvia y el granizo, hasta que el relámpago y la tormenta, destruyéndome, unan
mi sustancia a la de ellos, que se oculta abajo.
Concluiré
el relato de esta tragedia en pocas palabras. Tuve que ausentarme de Londres y
fue Adrian quien se ocupó de vigilarlo. Su tarea no se prolongó mucho más, pues
la edad, el dolor y el tiempo inclemente se aliaron para acallar sus penas y
llevar el reposo a su corazón, cuyos latidos eran su tortura. Murió abrazado al
barro, que se amontonaba en su pecho cuando lo depositaron junto a los seres a
los que lloró con tal desolación.
Regresé a
Windsor cumpliendo los deseos de Idris, que parecía creer que sus hijos se
hallaban más a salvo en aquel lugar. Además, habiendo asumido la custodia del
distrito, no pensaba abandonarla mientras siguiera con vida uno solo de sus
habitantes. Al hacerlo también cumplía con los planes de Adrian, que pretendía
mantener agrupada a la población, pues estaba convencido de que sólo mediante
el ejercicio de las virtudes sociales podría mantenerse a salvo la humanidad
superviviente.
Nos
llenaba de melancolía regresar a aquel lugar tan querido, a los escenarios de
una felicidad antes apenas valorados y que ahora presenciaban la extinción de
nuestra especie, y sobre cuyo suelo fértil y adorado se grababan, indelebles,
los pasos de la enfermedad. El aspecto del campo había cambiado de tal modo que
parecía imposible acometer las tareas otoñales de arar y sembrar. Además la
estación ya había concluido y había dado paso a un invierno que había llegado
con inusitada severidad. Heladas y deshielos, seguidos de inundaciones, volvían
impracticable el terreno. Intensas nevadas daban un aire ártico al paisaje. Los
tejados de las casas se combaban con el peso del manto blanco. El sencillo
chamizo y la gran mansión, ambos desiertos, permanecían incomunicados por
igual, sus entradas llenas de nieve. El granizo rompía los cristales de las
ventanas, y los vientos del noreste dificultaban en gran medida las actividades
al aire libre. El estado alterado de la sociedad convertía esos accidentes
naturales en causa de verdaderas desgracias. Se habían perdido tanto el
privilegio del mando como las atenciones de la servidumbre. Cierto es que la
merma de población hacía que las necesidades mínimas pudieran ser cubiertas,
pero para garantizarlas se requería mucha mano de obra, y hundidos por la
enfermedad y temerosos del futuro, nos faltaba energía para adoptar ningún
sistema con absoluta convicción.
Y hablo
por mí mismo, a quien no fallaba la energía. La vida intensa que me aceleraba
el pulso y animaba mi ser no me arrojaba a los laberintos de la vida activa,
sino que exaltaba mi torpeza y otorgaba dimensiones gigantescas a objetos
insignificantes. Podría haber llevado de igual modo una vida de
campesino;
mis ocupaciones menores crecían hasta convertirse en hitos importantes. Mis
afectos eran pasiones impetuosas y fascinantes, y la naturaleza, con todos sus
cambios, parecía investida de atributos divinos. El espíritu mismo de la
mitología griega habitaba en mi corazón. Deificaba las tierras altas, los
claros de los bosques, los arroyos.
Vi a
Proteo llegando desde el mar
y al
viejo Tritón soplando su floreada caracola.
Resulta
curioso que, mientras la tierra había seguido su monótono curso, yo habitara
con asombro siempre renovado en sus leyes antiguas, y que ahora que, con giros
excéntricos, se adentraba en un sendero no hollado, yo sintiera desvanecerse su
espíritu. Luchaba contra la frialdad y el cansancio, pero éstos, como una
neblina, me asfixiaban. Tal vez, tras los esfuerzos y las extraordinarias
emociones del verano, la calma del invierno y las tareas casi domésticas que
traía consigo resultaran, por reacción natural, doblemente irritantes. Ya no
existía la intensa pasión del año anterior, que aportaba vida e individualidad
a todos los momentos; ya no existían las intensas punzadas de dolor causadas
por las desgracias de la época. La absoluta inutilidad que había seguido a
todos mis esfuerzos extraía de ellos la emoción habitual que los acompañaba, y
la desesperación anulaba el bálsamo que antes me aportaba el elogio propio.
Deseaba regresar a mis anteriores ocupaciones, pero ¿qué utilidad tenían? Leer
era absurdo, escribir, un acto de vanidad. La tierra, antes un ancho circo para
la exhibición de dignas obras, vasto teatro para la representación de
magníficos dramas, era ahora un espacio vacío, un escenario desierto, pues ni
para los actores ni para los espectadores había ya nada que decir o escuchar.
Nuestro
pequeño pueblo de Windsor, en el que se habían congregado casi todos los
supervivientes de los condados vecinos, presentaba un aspecto melancólico. Sus
calles estaban cubiertas de nieve, los pocos viandantes se veían paralizados y
ateridos por la inhóspita visita del invierno. Escapar de aquellos males era el
fin de todos nuestros esfuerzos. Familias antes dedicadas a la consecución de
elevadas metas, ricas, florecientes, jóvenes, menguando en número y con el
corazón lleno de temores, se acurrucaban junto a un fuego, egoístas y vencidos
por el sufrimiento. Sin la ayuda de criados, debían acometer ellos las tareas
domésticas. Así, manos desacostumbradas a tales menesteres debían amasar el pan
o, en ausencia de harina, tanto el señor como el cortesano perfumado debían
hacer las veces de carniceros. Ahora los pobres y los ricos eran iguales o,
mejor dicho, aquéllos eran superiores, pues se entregaban a esas tareas con
energía y experiencia. Por el contrario, la ignorancia, la ineptitud y los
hábitos de reposo hacían que esas mismas tareas fatigaran a los acostumbrados
al lujo, humillaran a los orgullosos y resultaran desagradables a aquéllos
cuyas mentes, adiestradas en la mejora intelectual,
consideraban
su privilegio verse exentos de velar por sus necesidades animales.
Pero en
todo cambio la bondad y el afecto hallan campo abonado para el esfuerzo y el
ejemplo. En algunos, dichos cambios producían una devoción y una capacidad de
sacrificio que resultaban a la vez nobles y heroicas, algo hermoso de
contemplar para los amantes de la raza humana. Como también hermoso era ver,
como en épocas antiguas, las maneras patriarcales con que parientes y amigos de
toda condición cumplían con sus deberes. Los jóvenes, aristócratas de la
tierra, se dedicaban a labores domésticas con envidiable buen ánimo, para
ayudar a sus madres y hermanas. Bajaban hasta el río a romper el hielo y sacar
agua; se unían en expediciones destinadas a obtener alimentos o, hacha en mano,
abatían árboles para convertirlos en leña. Las mujeres los recibían, a su
regreso, con una bienvenida simple y afectuosa hasta hacía poco reservada a las
habitantes de las granjas más humildes: el hogar limpio, el fuego encendido, la
cena preparada con manos amorosas, la gratitud por las provisiones que
garantizaban el alimento del día siguiente... Goces raros para los ingleses de
alcurnia, que si embargo se habían convertido en sus únicos lujos, unos lujos
que mucho les costaban, y que por ello valoraban más.
Nadie
encarnaba mejor que nuestra Clara aquella dócil sumisión a las circunstancias,
aquella noble humildad, aquel don imaginativo que le permitía colorear aquellas
tareas con tintes románticos. Ella era testigo de mi apatía y de las angustias
de Idris. Su ocupación constante era aliviarnos a nosotros del trabajo y verter
consuelo e incluso elegancia en nuestro alterado modo de vida. Nosotros aún
contábamos con algunos criados que la epidemia había ignorado y que se sentían
muy unidos a nuestra familia. Pero Clara se sentía celosa de sus servicios y se
empeñaba en ser la única doncella de Idris, la única encargada de atender a sus
primos. Nada le proporcionaba más placer que ocuparse de nosotros, y se
anticipaba a nuestros deseos sincera, diligente y sin fatigarse...
Abra
aparecía antes de que dijéramos su nombre
y aunque
otro dijéramos, venía Abra.
Mi tarea
consistía en visitar a diario a las diversas familias reunidas en nuestra
localidad, y cuando el tiempo lo permitía, me gustaba alargar mis paseos a
caballo y, a solas, reflexionaba sobre todos los cambios que nos había deparado
el destino, tratando de aprender las lecciones del pasado para aplicarlas al
futuro. La impaciencia que, mientras me veía acompañado de otros, me causaban
los males de mi especie, la suavizaba la soledad, cuando el sufrimiento
individual se fundía con la calamidad general y, por extraño que parezca, su
contemplación resultaba menos dolorosa. Así, con frecuencia, abriéndome paso
con dificultad por las estrechas calles cubiertas de nieve,
cruzaba
el puente y me acercaba a Eton. Los apasionados muchachos ya no formaban
alegres corrillos junto al portal del colegio. Un silencio triste invadía las
aulas y los patios, otrora concurridos. Seguía cabalgando hacia Salt Hill,
rodeado de nieve por todas partes. ¿Eran aquéllos los campos fértiles que tanto
amaba? ¿Era aquélla la sucesión de suaves colinas y llanuras cultivadas, antes
cubiertas de maizales ondulantes, salpicadas de imponentes árboles, regadas por
los meandros del Támesis? Un manto blanco lo cubría todo, y el recuerdo amargo
me decía que los corazones de sus habitantes se mantenían tan fríos como la
tierra vestida de invierno. Me encontraba con manadas de caballos, rebaños de
vacas y ovejas que vagaban a su antojo, acurrucándose aquí contra una bala de
heno para guarecerse del frío y para alimentarse, metiéndose allí en alguna
casa abandonada.
En una
ocasión, en un día de helada, llevado por mis incesantes y lúgubres
pensamientos, me acerqué hasta uno de mis lugares favoritos, un bosquecillo
cercano a Salt Hill. Allí, a un lado, un arroyo cantarín salta sobre unas
piedras y unos pocos olmos y hayas conceden al lugar, tal vez sin merecerlo, el
nombre de bosque. El escenario tenía para mí encantos únicos. Había sido un
paisaje predilecto para Adrian. Se trataba de un rincón aislado, y me había
contado que muchas veces, durante su infancia, había pasado allí sus horas más
felices. Tras escapar del control riguroso de su madre, se sentaba en los
toscos peldaños que conducían al arroyo, ahora leyendo algún libro favorito,
ahora reflexionando y sumiéndose en especulaciones impropias de su tierna edad sobre
la madeja aún no deshilada de la ética o la metafísica. Un presentimiento
melancólico me aseguraba que no regresaría más a ese lugar, de modo que traté
de fijar en mi mente cada árbol, cada recodo del riachuelo, cada irregularidad
del suelo, para recordarlo mejor cuando me hallara ausente. Un petirrojo
descendió al arroyo helado desde las ramas escarchadas de un árbol. Su
respiración trabajosa y sus ojos entornados me decían que agonizaba. En el
cielo apareció un halcón y el temor se apoderó de la pequeña criatura que,
haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se echó hacia atrás y extendió las
patas, impotente, tratando de defenderse de su poderoso enemigo. Entonces yo
intervine, lo sostuve en mis manos y me lo acerqué al pecho. Lo alimenté con
unas migas de galleta, hasta que poco a poco fue reviviendo y sentí que su
corazón tembloroso, tibio, latía contra mi cuerpo. No sé por qué relato este
suceso insignificante, pero la escena sigue presente en mi memoria: los campos
cubiertos de nieve vistos través de los troncos plateados de las hayas; el
arroyo, en los días felices reguero de aguas vivas y chispeantes, ahora
asfixiado por el hielo; los árboles desnudos, cubiertos de escarcha; los
perfiles de las hojas del verano, recortados en el suelo duro por la mano
helada del invierno; el cielo gris, el temible frío, el silencio absoluto...
Mientras, cerca de mi pecho, mi enfermo con plumas entraba en calor y,
sintiéndose a salvo, cantaba su alegría con trinos ligeros. Los recuerdos
dolorosos se apoderaban
de mí y
llevaban mi mente a un estado de gran turbación. Fría y fúnebre como los campos
nevados era la tierra toda, y sumida en la desgracia la vida de sus habitantes.
¿Por qué iba a resistirme yo a la catarata de destrucción que nos arrastraba?
¿Por qué controlar mis nervios y renovar mis fatigados esfuerzos? ¿Por qué? No,
que mi firme valentía y mis esfuerzos alegres protejan a la amada que escogí en
la primavera de mi vida; que a pesar de que mi corazón se llene de dolor, a
pesar de que mis esperanzas de futuro se hayan helado, mientras tu adorada
cabeza, amor mío, repose en paz sobre mi pecho, y mientras de él extraigas
atenciones, consuelo y esperanzas, mis luchas no cesarán y no me consideraré
del todo derrotado.
En una
hermosa mañana de febrero en que el sol había recobrado parte de su amable
poder, salí con mi familia a pasear por el bosque. Era uno de esos días
invernales que demuestran la capacidad de la naturaleza para derramar su
belleza sobre la desnudez. Los árboles, despojados de hojas, alzaban sus ramas
fibrosas contra el cielo azul. Con sus sinuosos e intrincados trazos se
asemejaban a delicadas algas. Los ciervos hozaban la nieve en busca de hierbas
escondidas. El sol reverberaba en ella con gran intensidad, y la falta de
follaje hacía que los troncos de los árboles destacaran más y aparecieran como
el laberinto de columnas de algún vasto templo. Resultaba imposible no obtener
placer ante la visión de aquellas cosas. Nuestros hijos, libres de las ataduras
del invierno, caminaban delante de nosotros persiguiendo algún ciervo o
tratando de sacar a los faisanes y las perdices de sus escondrijos. Idris se
apoyaba en mi brazo. Su tristeza cedía ante las sensaciones placenteras que
experimentaba. Nos encontramos con otras familias en el Gran Paseo, familias
que, como la nuestra, disfrutaban del regreso de la estación amable. Yo me
sentía despertar por momentos y me sacudía la apatía de los meses pasados. La
tierra presentaba un nuevo aspecto y mi visión del futuro se aclaró de pronto.
-¡He
descubierto el secreto! -exclamé.
-¿Qué
secreto?
En
respuesta a esa pregunta, describí nuestra tenebrosa vida invernal, nuestras
tristes cuitas, nuestras labores domésticas.
-Este
lugar septentrional no es propicio para nuestra menguada raza. Cuando los
hombres eran pocos, no era aquí donde luchaban con los poderosos agentes de la
naturaleza ni donde se les permitió poblar la tierra con sus descendientes.
Debemos ir en busca de un paraíso natural, de algún jardín del Edén en la
tierra donde nuestras necesidades básicas estén garantizadas y el disfrute de
un clima delicioso nos compense por los placeres sociales que hemos perdido. Si
sobrevivimos a este verano, no pasaré el próximo invierno en Inglaterra. Y
vosotros tampoco.
Había
hablado sin pensar mucho en lo que decía, y apenas concluí me
asaltaron
las dudas. ¿Sobreviviría alguno de nosotros al verano siguiente? Constaté que
el semblante de Idris se ensombrecía y volví a sentir que viajábamos
encadenados al carro del destino y que no ejercíamos el menor control sobre sus
caballos. Ya no podíamos decir «haremos esto, no haremos esto otro». Un poder
superior al humano había surgido para destruir nuestros planes o para culminar
la obra que nosotros evitábamos. Planificar nada para el invierno próximo era
una locura. Aquella había sido nuestra última estación fría. El verano
inminente era el horizonte más lejano que alcanzaba nuestra vista. Y cuando
llegáramos allí, en lugar de seguir avanzando por el largo camino, se abriría
un abismo por el que sin quererlo nos precipitaríamos. Nos veríamos despojados
de la última bendición de la humanidad. No podíamos mantener la menor
esperanza. ¿Puede el loco, mientras agita las cadenas que lo oprimen, seguir
esperando? ¿Puede el infeliz que se dirige al patíbulo, cuando apoya la cabeza
en la piedra y distingue la sombra doble que forman él mismo y el verdugo que
levanta con sus manos el hacha, seguir esperando? ¿Puede el náufrago, que
exhausto de tanto nadar oye tras de él, muy cerca, el chapoteo de un tiburón
que surca las aguas del Atlántico, persiguiéndolo, seguir esperando? Pues su
misma esperanza era la nuestra.
El viejo
mito nos cuenta que ese espíritu gentil abandonó la caja de Pandora, por lo
demás rebosante de males. Pero éstos eran invisibles e insignificantes,
mientras que todo el mundo admiraba el encanto contagioso de la joven
Esperanza. Los corazones de todos los hombres se convirtieron en su morada y
fue coronada reina de nuestras vidas, entonces y para siempre. Fue deificada y
venerada, declarada incorruptible y eterna. Pero como todos los demás dones que
el Creador derramó sobre los hombres, la Esperanza es mortal. Su vida ha
llegado a su hora final. Nosotros hemos cuidado de ella, hemos velado por su
frágil existencia. Y ahora ha pasado sin transición de la juventud a la
decrepitud, de la salud a la enfermedad incurable. Y aunque nos agotamos
luchando por su restablecimiento, muere. La noticia alcanza todas las naciones:
«¡Ha muerto la Esperanza!» Sólo somos plañideras en su cortejo fúnebre. ¿Qué
esencia inmortal o creación perecedera se negará a unirse a la triste procesión
que acompaña hasta el sepulcro a la consoladora de la humanidad, ya difunta?
¿Acaso no
oculta el sol su luz? Y el día,
como fina
exhalación, se desvanece;
ambos
rodean sus haces con nubes
que
plañideras son, también,
en estas
exequias.


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