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© Libro N° 12942. El Último Hombre. Volumen II. Shelley, Mary. Emancipación. Septiembre 1 de 2024

 

Título original: © El Último Hombre. Volumen II. Mary Shelley

 

Versión Original: ©  El Último Hombre. Volumen II. Mary Shelley

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© Edición, reedición  y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO HOMBRE

Volumen II

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Último Hombre

Volumen II

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

Durante nuestro viaje, cuando en las noches serenas conversábamos en cubierta, observando el vaivén de las olas y el cielo mudable, descubrí el cambio absoluto que los desastres de Raymond habían operado en la mente de mi hermana. ¿Eran las aguas del mismo amor, últimamente frías y cortantes como el hielo, las que ahora, liberadas de sus gélidas cadenas, recorrían las regiones de su alma con agradecida y abundante exuberancia? Perdita no creía que estuviera muerto, pero sabía que se encontraba en peligro, y la esperanza de contribuir a su liberación y la idea de aliviar con ternura los males que pudieran haberle sobrevenido, elevaban y aportaban armonía a las anteriores estridencias de su ser. Yo, por mi parte, no me sentía tan optimista como ella respecto del resultado de nuestra misión, aunque en realidad ella se mostrara más segura que optimista. La esperanza de volver a ver al amante que había rechazado, al esposo, al amigo, al compañero de su vida, del que llevaba tanto tiempo alejada, envolvía sus sentidos en dicha, su mente en placidez. Era empezar a vivir de nuevo: era dejar atrás las arenas desiertas para ir en pos de una morada de fértil belleza; era un puerto tras una tempestad, una adormidera tras muchas noches en vela, un despertar feliz tras una pesadilla.

 

La pequeña Clara nos acompañaba. La pobre niña no comprendía bien qué sucedía. Había oído que nos dirigíamos a Grecia, donde vería a su padre, y ahora, por vez primera en mucho tiempo, se atrevía a hablar de él con Perdita.

 

Al llegar a Atenas constatamos que nuestras dificultades aumentaban: Ni la historiada tierra ni el clima balsámico podían inspirarnos entusiasmo o placer mientras Raymond se hallara en peligro. Ningún otro hombre había despertado un interés público tan grande, algo que resultaba evidente incluso entre los flemáticos ingleses, con los que no trataba hacía tiempo. Los atenienses esperaban que su héroe regresara triunfante. Las mujeres habían enseñado a sus hijos a susurrar su nombre seguido de una expresión de agradecimiento. Su belleza viril, su valor, la devoción que había sentido siempre por su causa, lo hacían aparecer a sus ojos casi como una de las deidades antiguas de aquellas tierras, bajado de su Olimpo para defenderlos. Cuando se referían a su probable muerte y a su cautividad segura, lloraban a lágrima viva. Del mismo modo que las madres de Siria habían llorado a Adonis, las esposas y las madres de Grecia plañían a nuestro Raymond inglés. Atenas era una ciudad de lamentos.

 

Todas aquellas muestras de desconsuelo llenaron a Perdita de espanto. Mientras se hallaba lejos de la realidad, sus expectativas, mezcla de optimismo y confusión, engendradas por el deseo, habían creado en su mente una imagen

 

de cambio instantáneo que se produciría apenas pisara suelo griego. Imaginaba que Raymond ya habría sido liberado y que sus dulces atenciones borrarían incluso el recuerdo de su mala fortuna. Pero su destino seguía siendo incierto, y ella empezó a temer lo peor y a sentir que las esperanzas de su alma se habían vertido en un azar que podía revelarse adverso. La esposa y la encantadora hija de lord Raymond fueron desde el principio objeto de profundo interés en Atenas. Las puertas de su residencia eran constantemente asediadas, y desde ellas se murmuraban oraciones para el regreso del héroe. Todas aquellas circunstancias llenaban a Perdita de zozobra y temores.

 

Yo, por mi parte, no cejaba en mi empeño. Transcurrido un tiempo abandoné Atenas y me uní al ejército, acampado en la localidad tracia de Kishan. Mediante sobornos, amenazas e intrigas, no tardé en descubrir que Raymond estaba vivo y que, como prisionero, sufría los rigores de un encierro severo y era sometido a toda clase de crueldades. A partir de ese momento pusimos en marcha todos los mecanismos de la política y el dinero para redimirlo de su infortunio.

 

El carácter impaciente de mi hermana regresó a ella, crecido por el arrepentimiento, azuzado por la culpa. La perfección del clima primaveral en Grecia no hacía sino potenciar la tortura de sus sensaciones. La incomparable belleza de la tierra, tapizada de flores, el sol benigno, las agradables sombras, las melodías de los pájaros, la majestuosidad de los bosques, el esplendor de las ruinas marmóreas, el claro resplandor de las estrellas por la noche, la combinación de todo lo que era emocionante y voluptuoso en aquella tierra trascendente, que aceleraba su espíritu vital y le excitaba los sentidos en todos los poros de su piel, no hacía más que agudizar su dolor. Contaba el lento transcurrir de las horas y el sufrimiento de su amado ocupaba todos sus pensamientos. Se abstenía de comer. Se echaba en tierra desnuda y trataba de imitar en todo los tormentos de Raymond, esforzándose por comulgar con su dolor distante. Recuerdo que, en uno de sus momentos más difíciles, un comentario mío le había causado irritación y desdén.

 

-Perdita -le había dicho yo-, algún día descubrirás que hiciste mal al arrojar a Raymond a las espinas de la vida. Cuando la decepción haya mancillado su belleza, cuando las desgracias del soldado hayan ajado su virilidad, cuando la soledad le vuelva amargos incluso sus triunfos, entonces te arrepentirás. Y lamentarás el cambio irreparable

 

que en corazones hoy pétreos

 

moverá al fenecido remordimiento del amor.

 

Aquel agudo «remordimiento del amor» desgarraba ahora su corazón. Se culpaba del viaje que Raymond había emprendido a Grecia, de los peligros que había corrido, de su encarcelamiento. Imaginaba la angustia de su soledad,

 

recordaba con qué impaciencia y dicha le había comunicado sus alegres esperanzas, con qué inmenso afecto había aceptado que ella se preocupara por él. A su mente regresaban las muchas ocasiones en que había declarado que la soledad era el peor de todos los males, y que a él la muerte le infundía más miedo y dolor cuando se imaginaba la tumba sola. «Mi niña buena -le había dicho- me alivia de mis peores fantasías. Unido a ella, amado por su dulce corazón, no volveré a conocer la tristeza de hallarme solo. Y si muero antes que tú, mi Perdita, conserva mis cenizas hasta que puedan mezclarse con las tuyas. Se trata de una idea absurda para alguien que no es materialista, pero creo que, incluso en esa celda oscura, tal vez sienta que mi polvo inanimado se funde con el tuyo, y de ese modo, cuando me marchite, tendré tu compañía.» En sus días de resentimiento, recordaba aquellas palabras con acrimonia y desprecio. Pero también ahora, apaciguada, la visitaban, privándola del sueño, suprimiendo toda esperanza de su mente inquieta.

 

Así transcurrieron dos meses, hasta que al fin obtuvimos la promesa de su liberación. El encierro y las dificultades habían minado su salud. Los turcos temían el cumplimiento de las amenazas del gobierno inglés si moría en su poder; creían imposible su restablecimiento y lo entregaron moribundo, dejándonos gustosamente a nosotros la tarea de celebrar los ritos funerarios.

 

Llegó por mar a Atenas desde Constantinopla. El viento, aunque favorable, soplaba con tal fuerza que no pudimos recibirlo en alta mar, como era nuestro deseo. La torre de vigía de Atenas se veía asediada por los curiosos y se escrutaba la aparición de todas las velas. Hasta que el primer día de mayo apareció en lontananza la gallarda fragata, cargada con un tesoro más preciado que todas las riquezas que, traídas de Méjico, engullía el Pacífico, o que las que surcaban sus tranquilas aguas para enriquecer la corona de España. Al amanecer se vio que el barco arribaba a la costa, y se dedujo que echaría el ancla a cinco millas de tierra.

 

La noticia se propagó por toda Atenas y la ciudad en pleno se congregó a las puertas del Pireo, tras descender camino del puerto por las calles, a través de los viñedos, de los olivares y los campos de higueras. La algarabía del populacho, los colores vistosos de sus atuendos, el tumulto de carruajes y caballos, el avance de los soldados, todo se mezclaba con el ondear de las banderas y el sonido de las músicas marciales, que se sumaban a la gran excitación de la escena, puntuada por la solemne majestad de las ruinas antiguas que nos rodeaban. A nuestra derecha se levantaba la Acrópolis, testigo de mil cambios, de antigua gloria, del dominio turco, de la restauración de la ansiada libertad; esparcidos por todas partes, los cenotafios y las tumbas cubiertos de una vegetación siempre reverdecida. Los poderosos muertos acechaban desde sus monumentos y, en el entusiasmo de las multitudes, contemplaban la repetición de unas escenas de las que ellos habían sido

 

actores. Perdita y Clara viajaban en un carruaje cerrado. Yo las seguía a caballo. Finalmente llegamos al puerto. Me impresionó la magnitud del oleaje. La playa, por lo que podía distinguirse, estaba llena de una muchedumbre movediza que, empujada por quienes avanzaban hacia el mar, se retiraba cada vez que las grandes olas se acercaban a ellos. Miré por el catalejo y vi que la fragata ya había echado el ancla, temerosa de acercarse más a la costa de sotavento. Bajaron un bote y vi con aprensión que Raymond era incapaz de descender solo por el casco del buque y que tenían que bajarlo sentado en una silla y envuelto en mantos.

 

Desmonté y pedí a unos marineros que remaban por el puerto que me llevaran. En ese mismo instante Perdita descendió de su carruaje y me agarró del brazo.

 

-¡Llévame contigo! -exclamó, temblorosa y pálida. Clara se abrazaba con fuerza a ella.

 

-No debes ir. El mar está muy agitado. Muy pronto estará aquí. ¿No ves su nave? -La barca de remos que había mandado acercarse ya había atracado. Sin darme tiempo a detenerla, ayudada por los marineros, mi hermana montó en ella. Clara siguió a su madre y mientras abandonábamos el resguardado muelle, un grito unánime se alzó desde la multitud. Perdita, en la proa, se aferraba a uno de los hombres, que miraba por el catalejo, y le hacía mil preguntas, sin importarle el agua que la salpicaba, sorda, ciega a todo salvo al punto lejano que, apenas visible sobre las olas, se aproximaba a nosotros, que avanzábamos hacia él con toda la fuerza que seis remeros podían proporcionarnos. Los uniformes pintorescos de los soldados que formaban en la playa, los sonidos de la vigorosa música, los estandartes que la fuerte brisa hacía ondear, las exclamaciones constantes de la multitud, de piel oscura y atuendo extranjero, claramente oriental; la visión del peñasco coronado por el templo, el mármol blanco del edificio que reverberaba al contacto con el sol y se recortaba claramente contra el perfil de las montañas imponentes que se erguían detrás; el rugido cercano del mar, el chasquido de los remos, el salpicar del agua... Todo envolvía mi alma en un delirio jamás sentido, ni imaginado siquiera en el curso de una vida común. Tembloroso, no podía mirar ya por el catalejo con el que había seguido los movimientos de la tripulación desde que el bote de la fragata entró en contacto con el mar. Nos acercábamos deprisa y no tardamos en distinguir a simple vista las formas de los tripulantes y en saber cuántos eran. Su tamaño crecía por momentos, y el golpear de sus remos contra el mar empezaba a resultarnos audible. Al fin veía la forma lánguida de mi amigo que, al ver que nos aproximábamos, trató de incorporarse.

 

Las preguntas de Perdita habían cesado. Agarrándome del brazo, jadeando, la intensidad misma de su emoción le impedía el llanto. Nuestro bote se

 

aborloó al otro. En un último esfuerzo, mi hermana hizo acopio de todo su tesón, pasó de una barca a la otra y entonces, ahogando un grito, se abalanzó sobre Raymond, se hincó de rodillas a su lado y, pegando los labios a la mano que buscaba, el rostro cubierto por su larga cabellera, se abandonó a las lágrimas.

 

Raymond se había alzado un poco al ver que nos acercábamos, pero incluso aquel movimiento le he había supuesto una gran fatiga. Con las mejillas hundidas y los ojos ausentes, pálido y flaco, apenas reconocí al amor de Perdita. Permanecí largo rato asombrado y mudo, mientras él contemplaba sonriente a la pobre muchacha. Sí, aquella era su sonrisa. Un rayo de sol iluminando un valle oscuro muestra sus líneas hasta ese momento ocultas; ahora aquella sonrisa, la misma con la que pronunció sus primeras palabras de amor a Perdita, la misma con la que había aceptado el Protectorado, asomándose a su demacrado semblante, me hizo saber en lo más profundo de mi corazón, que se trataba de Raymond.

 

Me alargó la otra mano, y en su muñeca desnuda distinguí las marcas de unas manillas. Oí los sollozos de mi hermana y pensé en la suerte de las mujeres, que pueden llorar, y que con caricias apasionadas se libran del peso de sus emociones, mientras que al hombre le frenan el pudor y la compostura natural. Habría dejado brotar las palabras de la infancia, lo habría apretado contra mi pecho, me habría llevado su mano a los labios, habría llorado, sí, abrazándome a él; mi corazón, desbordado, me oprimía la garganta. No podía controlar el torrente de mis lágrimas que, rebelándose contra mí, se agolpaban en mis ojos, de modo que me volví y las vertí sobre el mar. Cada vez brotaban con más fuerza, y sin embargo mi vergüenza menguó cuando constaté que aquellos curtidos marineros también se habían emocionado y que los ojos de Raymond eran los únicos que permanecían secos. Yacía en esa calma bendita que siempre procura la convalecencia, y disfrutaba de la serena tranquilidad que le daban la libertad recobrada y el encuentro con la mujer a la que adoraba. Perdita, al fin, controló su arrebato de pasión y se puso en pie. Buscó con la mirada a Clara que, asustada, sin reconocer a su padre, ignorada por nosotros, se había acurrucado en el otro extremo del bote. Acudió a la llamada de su madre, que se la presentó a Raymond. Sus primeras palabras fueron:

 

-Amado, abraza a nuestra hija.

 

-Ven aquí, querida mía -dijo su padre-. ¿No me conoces?

 

La pequeña reconoció su voz, y se arrojó en sus brazos algo pudorosa, pero con incontrolable emoción.

 

Percibiendo la debilidad de Raymond, yo temía que la multitud que le aguardaba en tierra pudiera desbordarse. Pero su cambio de aspecto dejó sin habla a todo el mundo. A nuestra llegada la música cesó y los vítores se

 

interrumpieron al punto. Los soldados habían liberado un espacio en el que dispusieron un carruaje. Condujeron hasta él a Raymond. Perdita y Clara se montaron con él y sus escoltas lo rodearon. Un murmullo sordo, como el de las olas cercanas, recorrió la muchedumbre, que se echaba hacia atrás para abrirle paso, temerosa de lastimar con sus vítores a aquél a quien había acudido a dar la bienvenida, y se limitaba a inclinar la cabeza al paso del carruaje, que avanzaba despacio por el camino del Pireo, dejando atrás templos antiguos y tumbas heroicas bajo el empinado peñasco de la ciudadela. El rumor de las olas quedó atrás, pero el de la multitud seguía a intervalos, amortiguado, sordo. Y aunque en la ciudad las casas, las iglesias y los edificios públicos estaban decorados con pendones y estandartes; aunque la soldadesca formaba en las calles y los habitantes se congregaban por millares para gritarle su bienvenida, el mismo silencio solemne se mantenía, los soldados le presentaban armas -los estandartes a media asta, muchas manos blancas empuñando banderolas- y en vano buscaban distinguir al héroe en su vehículo que, cerrado y rodeado de guardias, se dirigía al palacio que le habían dispuesto.

 

Raymond se sentía débil, exhausto, y sin embargo el interés que suscitaba su persona le llenaba de orgullo. El amor que los demás le profesaban estaba a punto de matarlo. Cierto que el pueblo se refrenaba, pero el rumor y el bullicio de la muchedumbre congregada alrededor de palacio, sumados al estrépito de los fuegos de artificio, a los frecuentes disparos de las armas, al repicar de los cascos de los caballos, de cuya efervescencia era él la causa, dificultaban su recuperación. De modo que, al poco, decidimos trasladarnos por un tiempo a Eleusis, donde el reposo y los cuidados lograron que nuestro enfermo recobrara fuerzas prontamente. Las atenciones que le prodigaba Perdita eran la primera causa de su rápido restablecimiento. Pero la segunda era sin duda la felicidad que sentía por el afecto y la buena voluntad que le profesaban los griegos. Se dice que amamos mucho a aquellos a los que causamos un gran bien. Raymond había luchado y conquistado territorios para los atenienses. Había sufrido por ellos, se había expuesto a los peligros, al cautiverio y a las dificultades. Su gratitud le conmovía profundamente y en lo más hondo de su corazón anhelaba ver su destino unido para siempre al de aquel pueblo que sentía por él tal devoción.

 

El amor y la comprensión de la sociedad constituían un rasgo marcado de mi carácter. En mi primera juventud, el drama vivo que se había desarrollado a mi alrededor había llevado a mi corazón y a mi alma hasta su vórtice. Ahora me percataba de cierto cambio. Amaba, esperaba, disfrutaba. Pero había algo más. Me mostraba inquisitivo respecto a los principios internos de las acciones de aquéllos que me rodeaban, impaciente por interpretar correctamente sus ideas, ocupado siempre en adivinar sus planteamientos más recónditos. Todos los acontecimientos, además de interesarme profundamente, aparecían ante mí

 

en forma de pinturas. Otorgaba el lugar justo a cada personaje de un grupo, el equilibrio justo a cada sentimiento. Esa corriente subterránea de pensamiento solía calmarme en momentos de zozobra o agonía. Confería idealismo a algo que, tomado en su verdad más despojada, hubiera repugnado al alma. Dotaba de colores pictóricos la tristeza y la enfermedad, lo que con frecuencia me aliviaba de la desesperación en momentos de pérdida. Aquella facultad, o instinto, volvió a despertar en mí. Observaba la renacida devoción de mi hermana, la admiración tímida pero indudable que Clara sentía por su padre, el hambre de reconocimiento de Raymond, la importancia que para él tenían las demostraciones de afecto de los atenienses. Así, observando con atención los hechos de aquel capítulo del libro, no me sorprendió demasiado el relato que leí al volver la página.

 

El ejército turco se encontraba en ese momento asediando Rodosto. Y los griegos, apresurándose en sus preparativos y enviando refuerzos todos los días, estaban a punto de obligar al enemigo a entrar en batalla. Todo el mundo consideraba la lucha inminente como un episodio decisivo en gran medida, pues en caso de victoria, el paso siguiente sería el asedio griego de Constantinopla. Raymond, algo más repuesto, se dispuso a retomar su mando en el ejército.

 

Perdita no se opuso a su decisión y se limitó a estipular que le permitiera acompañarlo. No se había marcado ninguna pauta de conducta para sí misma, pero ni aun queriendo hubiera podido oponerse al más banal de sus deseos ni hacer otra cosa que aceptar de buen grado todos sus planes. Una palabra, en realidad, la hubiera alarmado más que las batallas y los sitios, pues confiaba en que, durante éstos, la destreza de Raymond lo libraría de todo peligro. Y aquella palabra, que por entonces para ella no era más que eso, era «peste». Ese enemigo de la raza humana había empezado, a principios de junio, a alzar su cabeza de serpiente en las orillas del Nilo y había afectado ya a zonas de Asia por lo general libres de semejante mal. La plaga alcanzó Constantinopla, pero como la ciudad recibía todos los años la misma visita, se prestó poca atención a los relatos que afirmaban que allí ya habían muerto más personas de las que normalmente eran presa de ella en los meses más cálidos. Sin embargo, ni la peste ni la guerra impedirían a Perdita seguir a su señor ni la llevarían a plantear objeción alguna a sus planes. Estar cerca de él, recibir su amor, sentir que volvía a ser suyo, constituían el colmo de sus deseos. El objeto de su vida era darle placer. Así había sido antes, pero con una diferencia; en el pasado, sin preverlo ni pensarlo, le había hecho feliz siéndolo ella también, y ante cualquier decisión consultaba sus propios deseos, pues no se diferenciaban de los de su amado. Ahora, en cambio, no se tenía en cuenta a sí misma, sacrificando incluso la inquietud que le causaba su salud y bienestar, decidida como estaba a no oponerse a ninguno de sus planes. A Raymond le espoleaban el amor del pueblo griego, la sed de gloria y el odio que sentía por

 

el gobierno bárbaro bajo el que él mismo había sufrido hasta casi la muerte. Deseaba devolver a los atenienses el amor que le habían demostrado, mantener vivas las imágenes de esplendor asociadas a su nombre y erradicar de Europa un poder que, mientras todas las demás naciones avanzaban en civilización, permanecía inmóvil, como monumento de antigua barbarie. Yo, por mi parte, habiendo logrado la reconciliación de Raymond y Perdita, me sentía impaciente por regresar a Inglaterra. Pero su petición sincera, unida a mi curiosidad creciente y a una angustia indefinida por presenciar la catástrofe, al parecer inminente, de la larga historia bélica de Grecia y Turquía, me llevaron a consentir en prolongar mi periodo de residencia en suelo heleno hasta el otoño.

 

Tan pronto como la salud de Raymond estuvo lo bastante restablecida se preparó para unirse al campamento griego, que se había concentrado cerca de Kishan, ciudad de cierta importancia situada al este del río Hebrus. En ella se instalarían Perdita y Clara hasta que se produjera la esperada batalla. Salimos de Atenas el segundo día de junio. Raymond había ganado peso y color. Si bien yo ya no veía el brillo lozano de la juventud en su rostro maduro, si bien las preocupaciones habían surcado su frente, y en el campo de su belleza profundas trincheras cavado, si bien en su pelo, ligeramente teñido de gris, y en su mirada, serena incluso en la impaciencia, se leían los años y los sufrimientos vividos, había no obstante algo conmovedor en alguien que, recientemente arrebatado de las garras de la muerte, reemprendía su carrera negándose a doblegarse a la enfermedad y al desastre. Los atenienses no veían en él, como antes, al joven heroico ni al hombre desesperado dispuesto a morir por ellos, sino al comandante prudente que, por el bien de ellos, cuidaba de su propia vida y ponía en segundo plano sus tendencias guerreras a favor del plan de acción que desde las instancias políticas se hubiera trazado.

 

La ciudad toda nos acompañó durante varias millas. A nuestra llegada, hacía un mes, nos había recibido silenciada por la tristeza y el miedo, pero el día de nuestra partida fue una fiesta para todos. Los gritos resonaban en el aire y las ropas pintorescas, de vivos colores, brillaban al sol. Los gestos expresivos y las palabras rápidas de los lugareños se correspondían con su aspecto indómito. Raymond estaba en boca de todos, era la esperanza de toda esposa, madre o prometida cuyo esposo, hijo o novio, integrado en el ejército griego, debía ser conducido por él a la victoria.

 

A pesar del azaroso objeto de nuestro viaje, mientras recorríamos los valles y las colinas de aquel país divino constatábamos que los intereses románticos eran muchos. Raymond se sentía inspirado por las intensas sensaciones suscitadas por su salud recobrada. Se daba cuenta de que, al ser general de los atenienses, ocupaba un cargo digno de su ambición, y que en su esperanza de tomar Constantinopla participaba en un acontecimiento que resultaría

 

trascendental durante siglos, una hazaña inigualada en los anales del hombre, cuando una ciudad de tan grandes resonancias históricas, la belleza de cuya ubicación era la maravilla del mundo, y que durante muchos cientos de años había sido plaza fuerte de los musulmanes, fuera liberada de la esclavitud y la barbarie y devuelta a un pueblo ilustre por su genio, su civilización y su espíritu de libertad. Perdita reposaba en su recobrada compañía, en su amor, en sus esperanzas y su fama, como un sibarita sobre su lujoso triclinio. Todos sus pensamientos eran compartidos, todas sus emociones se impregnaban de un elemento coincidente y balsámico.

 

Llegamos a Kishan el séptimo día de julio. Durante el trayecto el tiempo había sido benigno. Todos los días, antes del amanecer abandonábamos el campamento nocturno y veíamos retirarse las sombras de valles y colinas y acercarse el esplendor dorado del sol. Los soldados que nos acompañaban saludaban con la vivacidad propia de su país la visión de las bellezas naturales. La salida del astro del día se recibía con cantos triunfantes, mientras las aves, con sus trinos, completaban los intervalos de la música. A mediodía plantábamos las tiendas en algún valle sombreado o bajo el palio de algún bosque encajonado entre montañas, en el que algún riachuelo, conversando con los guijarros, nos inducía al sueño reparador. Nuestro avance vespertino, más pausado, resultaba sin embargo más agradable que el de la mañana, cuando los ánimos se hallaban más exaltados. Si la banda de música tocaba, instintivamente escogía piezas de más moderada pasión: al adiós del amor, al lamento de la ausencia seguía algún himno solemne que armonizaba con la encantadora serenidad del atardecer y elevaba el alma hacia ideas nobles y religiosas. A menudo, no obstante, todo sonido quedaba en suspenso para que pudiéramos deleitarnos con el canto del ruiseñor, mientras las luciérnagas danzaban con su brillo y el suave lamento del aziolo anunciaba buen tiempo a los viajeros. ¿Cruzábamos un valle? Suaves sombras nos engullían y las peñas se teñían de hermosos colores. Si atravesábamos una montaña, Grecia, mapa viviente, se extendía abajo, sus célebres pináculos rasgando el éter, sus ríos tejiendo con hilo de plata la tierra fértil. Casi temerosos de respirar, nosotros, viajeros ingleses, contemplábamos con éxtasis ese paisaje espléndido, tan distinto a los tonos sobrios y a las gracias melancólicas de nuestra tierra natal. Cuando abandonamos Macedonia, las fértiles llanuras de Tracia nos depararon menos bellezas, aunque el viaje siguió resultando interesante. Una avanzadilla informaba de nuestra llegada y las gentes campesinas no tardaban en ponerse en marcha para hacer los honores a lord Raymond. Las aldeas se adornaban con arcos triunfales tapizados de verdor de día e iluminados con antorchas al ponerse el sol. De las ventanas pendían tapices y el suelo aparecía salpicado de flores. El nombre de Raymond se unía al de Grecia y ambos resonaban en los vítores de los paisanos griegos.

 

 

Cuando llegamos a Kishan nos informaron de que, al conocer el avance de

 

lord Raymond y de su destacamento, el ejército turco se había retirado de Rodosto, pero que una vez allí, y tras pedir refuerzos, había desandado sus pasos. Entretanto Argyropylo, el comandante en jefe de los griegos, se había adelantado y se encontraba entre los turcos y Rodosto. Se decía que la batalla era inevitable. Perdita y su hija debían quedarse en Kishan. Raymond me preguntó si yo quería acompañarlos.

 

-¡Por los montes de Cumbria -exclamé-, por el vagabundo y el cazador furtivo que hay en mí, me quedaré a tu lado y alzaré mi espada por la causa griega, y me recibirán victorioso a tu lado!

 

Toda la llanura, desde Kishan hasta Rodosto -una distancia de dieciséis millas- era un hervidero en que a las tropas se sumaba la gran cantidad de personas que se trasladaban con el campamento. Todo el mundo se movía ante la inminencia de la batalla. Pequeñas guarniciones llegaban desde varias ciudades y plazas fuertes y se incorporaban al ejército principal. Nos cruzábamos con carros de equipajes, y con muchas mujeres de todo rango que regresaban a Fairy o a Kishan para aguardar allí la llegada del día esperado. Cuando llegamos a Rodosto descubrimos que el campo había sido tomado, y el plan de batalla trazado. El sonido de disparos, a primera hora del día siguiente, nos informó de que las avanzadillas de los dos ejércitos ya habían tomado posiciones. Se inició entonces el avance ordenado de los regimientos, sus estandartes ondeando al viento, al son de las bandas de música. Plantaron los cañones sobre una especie de túmulos, únicas elevaciones en esa tierra llana, y formaron en columna y en ángulo recto, mientras los pioneros levantaban pequeños montículos para su protección.

 

Así que esos eran los preparativos para la batalla, y no sólo los preparativos, sino la batalla misma, tan distinta a todo lo que mi imaginación había recreado. Leemos sobre falanges y manípulos en la historia griega y romana; imaginamos un lugar, plano como una mesa, y unos soldados pequeños como piezas de ajedrez. E iniciamos la partida de un modo en que hasta el más ignorante es capaz de descubrir ciencia y orden en la disposición de las fuerzas. Cuando me encontré con la realidad y vi a los regimientos desfilar hacia nuestra izquierda, perdiéndose de vista, comprobé la distancia que mediaba entre los batallones y me fijé en que apenas unas tropas seguían lo bastante cerca de mí como para poder observar sus movimientos, renuncié a todo intento de comprensión, a todo intento incluso de presenciar una batalla, y me limité a unirme a Raymond y a seguir con gran interés sus acciones. Él se mostraba digno, gallardo e imperial. Transmitía sus órdenes de modo conciso y su intuición de los acontecimientos del día me resultaba milagrosa. Entretanto el cañón rugía y la música elevaba a intervalos sus voces de aliento. Y nosotros, en el más elevado de los montículos que he mencionado, demasiado lejos para ver las espigas segadas que la muerte acumulaba en sus

 

silos, observábamos ora los regimientos perdidos entre el humo, ora los estandartes y las lanzas asomándose sobre la nube, mientras los gritos y los clamores ahogaban cualquier otro sonido.

 

A primera hora del día Argyropylo fue herido de gravedad y Raymond asumió el mando de todo el ejército. Dio pocas instrucciones hasta que, al observar, valiéndose del catalejo, las consecuencias de una orden que había dado, su rostro, tras unos instantes de vacilación, adquirió un gesto radiante.

 

-El día es nuestro -exclamó-. Los turcos huyen de nuestras bayonetas.

 

Y entonces, sin perder un segundo, envió a sus ayudas de campo para que ordenaran una carga de caballería contra el enemigo en retirada. La derrota fue total; el cañón dejó de rugir, la infantería se retiró y la caballería siguió a los turcos que, en desbandada, corrían por la lúgubre llanura. Los oficiales de Raymond partieron en distintas direcciones para realizar observaciones y transmitir órdenes. Incluso a mí se me envió a una zona lejana del campo de batalla.

 

El terreno en que había tenido lugar era llano, tanto que desde los túmulos se divisaba la línea ondulante de montañas que se alzaba en el lejano horizonte. El espacio intermedio no presentaba la menor irregularidad, salvo por unas ondulaciones que se asemejaban a las olas del mar. Toda esa parte de Tracia había sido escenario de contiendas durante tanto tiempo que seguía sin cultivar y presentaba un aspecto baldío, siniestro. La orden que yo había recibido consistía en otear, desde una elevación que quedaba al norte, en la dirección que podía haber tomado un destacamento enemigo. La totalidad del ejército turco, seguido del griego, se había encaminado hacia el este. En la zona que observaba yo sólo quedaban los muertos. Desde lo alto del montículo miré a lo lejos. Todo estaba desierto y en silencio.

 

Los últimos rayos del sol poniente se proyectaban desde la lejana cumbre del monte Athos. El mar de Mármara aún brillaba, reflejándolos, mientras que la costa asiática, más lejana, se hallaba medio oculta tras el velo de una nube baja. Muchos eran los cascos, las bayonetas y las espadas esparcidos aquí y allá, caídos de manos inertes, en los que reverberaba el rayo moribundo. Desde el este, una bandada de cuervos, viejos habitantes de los cementerios turcos, se acercaba a su cosecha planeando. Es la hora del día, de melancolía dulce aún, que siempre me ha parecido más propicia para comulgar con los poderes superiores, pues nuestra determinación mortal nos abandona y una dócil complacencia invade el alma. Pero ahora, en medio de los heridos y los muertos, ¿cómo podía apoderarse de uno solo de los asesinos un solo pensamiento celestial, una sola sensación de paz? Durante el día, ocupada, mi mente se había entregado, esclava complacida, al estado de las cosas que le presentaban sus congéneres, y la asociación histórica, el odio al enemigo y el

 

entusiasmo militar me habían dominado. Pero ahora observaba la estrella vespertina que pendía oscilante, serenamente, destacando entre los tonos anaranjados del ocaso. Me volví hacia la tierra cubierta de cadáveres y sentí vergüenza de mi especie. Tal vez también la sintieran los plácidos cielos, pues no tardaron en cubrirse de neblina, cambio al que contribuyó la rápida desaparición de la luz habitual en el sur. Unas nubes densas se aproximaban desde el este y sus bordes oscuros se iluminaban con relámpagos rojos y turbulentos. Se levantó un viento que agitaba las ropas de los muertos y que se enfriaba al pasar sobre sus gélidos perfiles. La oscuridad se apoderaba de todo; apenas distinguía ya los objetos que me rodeaban. Abandoné mi puesto elevado y, con cierta dificultad, avancé a caballo tratando de no pisar a los cadáveres.

 

De pronto oí un grito desgarrado. Una forma pareció alzarse de la tierra, avanzó rápidamente hacia mí y se hundió una vez más en el suelo, más cerca de donde me hallaba. Todo sucedió tan deprisa que me costó tirar de las riendas del caballo para que se detuviera y no pisara al ser que yacía allí postrado. Las ropas de aquella persona eran las de un soldado, pero el cuello desnudo y los brazos, así como los gritos continuos, revelaban que se trataba de una mujer disfrazada. Desmonté para ayudarla mientras ella, entre lamentos, la mano en un costado, resistía mi intento de levantarla. Con las prisas del momento había olvidado que me hallaba en Grecia, y en mi lengua natal traté de aliviar sus sufrimientos. Entre terribles gritos de dolor, la agonizante Evadne (pues se trataba de ella), reconoció la lengua de su amado. El dolor y la fiebre causados por la herida habían hecho mella en su cordura, y sus exclamaciones y débiles intentos de escapar me movían a la compasión. En su delirio desbocado pronunció el nombre de Raymond y me acusó de impedirle reunirse con él, mientras los turcos, con sus temibles instrumentos de tortura, estaban a punto de quitarle la vida. Y entonces, de nuevo, se lamentó tristemente de su sino, de que una mujer, con corazón y sensibilidad femeninas, se hubiera visto arrastrada por un amor desesperado y unas esperanzas vanas a tomar las armas y a padecer unas privaciones masculinas superiores a sus fuerzas, a entregarse al trabajo y al dolor... Mientras balbuceaba, su mano seca y caliente se aferraba a la mía y su frente y sus labios ardían, encendidos por el fuego que la consumía.

 

Las fuerzas le fallaban por momentos. La levanté del suelo; su cuerpo desgarrado colgaba casi inerte entre mis brazos, y apoyó su cara hundiéndola en mi pecho. Con voz sepulcral murmuró:

 

-¡Este es el fin del amor! ¡Pero no es el fin! -El delirio le dio fuerzas para elevar un brazo en dirección al cielo-: ¡Allí está el fin! Ahí volvemos a vernos. Muchas muertes en vida he sufrido por ti, oh Raymond, y ahora expiro, convertida en tu víctima. Con mi muerte te poseo. ¡Mira! Los instrumentos de

 

la guerra, el fuego y la peste son mis servidores. Me atreví y los vencí a todos. Hasta ahora. Me he vendido a la muerte con la sola condición de que tú me siguieras. Fuego, guerra y peste unidos para tu destrucción. ¡Oh, Raymond! ¡No estarás a salvo!

 

Con el corazón en un puño yo escuchaba los vaivenes de su delirio. Con varios mantos improvisé un lecho para ella. Su cólera remitió. La frente, perlada de sudoroso rocío, se sumaba a la palidez de la muerte, que se había abierto paso tras el rubor febril. La tumbé sobre los mantos. Ella seguía balbuciendo sobre su rápido encuentro con su amado en la tumba, sobre su muerte inminente. A veces declaraba solemne que mandaran llamarlo. Otras veces se lamentaba del triste futuro que le aguardaba. Su voz se debilitaba por momentos, sus palabras se interrumpían. Al poco le sobrevinieron unas convulsiones y relajó los músculos. Las extremidades perdieron fuerza, suspiró profundamente una vez y la vida abandonó su cuerpo.

 

La alejé de la proximidad de los demás muertos. Envuelta en mantos, la deposité debajo de un árbol. Volví a contemplar su rostro alterado. La última vez que la había visto tenía dieciocho años, hermosa como la visión de un poeta y espléndida como una sultana oriental. Habían transcurrido doce años desde entonces, doce años de cambios, de penas e infortunios. Su rostro radiante se había ensombrecido, ajado. Sus miembros habían perdido la redondez de la juventud y la feminidad. Tenía los ojos hundidos.

 

hundida, extenuada

 

las horas su sangre habían consumido

 

y surcado su frente de líneas y arrugas.

 

Con tembloroso horror velé a ese monumento de pasión y desgracia humanas. La cubrí con todas las banderas y ropajes de que pude hacer acopio, para protegerla de las aves y las alimañas hasta que pudiera proporcionarle una sepultura digna. Triste, lentamente, seguí mi camino entre montañas de cadáveres y, guiado por las luces parpadeantes de la ciudad, llegué al fin a Rodosto.

 

 

 

 

CAPÍTULO II

 

 

A mi llegada, descubrí que el ejército ya había recibido órdenes de avanzar de inmediato hacia Constantinopla, y que las tropas que menos habían sufrido en la batalla ya se habían puesto en marcha. La ciudad era un hervidero de actividad. Las heridas de Argyropylo, que lo incapacitaban para el mando, convertían a Raymond en comandante de todos los ejércitos. Recorría la

 

ciudad a caballo visitando a los heridos, dando las órdenes necesarias para iniciar el asedio tal como lo había planeado. A primera hora de la mañana, todo el ejército estaba ya en marcha. Con las prisas del momento, apenas tuve tiempo de celebrar los últimos oficios de Evadne. Ayudado sólo por mi asistente, cavé una tumba profunda junto al árbol y, sin despojarla de sus ropas de soldado, la deposité en ella y cubrí el sepulcro con un montículo de piedras. El sol cegador y la intensa luz del día privaron a la escena de toda solemnidad. Desde la tumba de Evadne me uní a Raymond y a su destacamento, que ya se dirigían a la Ciudad Dorada.

 

Constantinopla ya había sido sitiada, se habían excavado trincheras y se habían realizado incursiones. Toda la flota griega la bloqueaba por mar. En tierra, dese el río Kyat Kbanah, cerca de las Aguas Dulces, hasta la Torre de Mármara, a orillas del Helesponto, siguiendo todo el trazado de las antiguas murallas, se habían dispuesto las zanjas del asedio. Pera ya estaba en nuestro poder; el Cuerno de Oro mismo, la ciudad, cuyo bastión era el mar, y los muros de los emperadores griegos, cubiertos de hiedra, eran toda la Europa que los mahometanos podían reclamar como suya. Nuestro ejército veía en la capital una presa segura. Calcularon el número de soldados que permanecían en la guarnición; no era posible su relevo, y cada ruptura de las defensas era una victoria. Aunque los turcos se mostraban triunfantes, la pérdida de hombres que habían sufrido constituía una herida irreparable.

 

En compañía de Raymond, subí a caballo una mañana hasta la alta colina de Top Kapou (la puerta del cañón), en la que Mehmet había plantado su estandarte, y desde allí contemplé la ciudad por primera vez. Las mismas cúpulas y alminares se alzaban entre los muros tapizados de verdor, allí donde Constantinopla había muerto cuando el Turco había entrado en la ciudad. La llanura que la rodeaba estaba salpicada de cementerios otomanos, griegos y armenios en los que crecían los cipreses. Además, otros bosques de aspecto menos lúgubre conferían variedad al paisaje. Entre ellos había acampado el ejército turco y sus escuadrones se movían por todas partes, ya en ordenada formación, ya en rápida carrera.

 

Los ojos de Raymond seguían clavados en la ciudad.

 

-He contado las horas de su vida -dijo-. Un mes más y caerá. Quédate conmigo hasta entonces. Aguarda hasta ver la cruz sobre Santa Sofía. Después podrás volver a tu apacible campiña.

 

-¿Y tú? -le pregunté-. ¿Te quedarás en Grecia?

 

-Sin duda -respondió-. Y sin embargo, Lionel, aunque te digo esto, ten por seguro que pienso con nostalgia en la vida tranquila que llevábamos en Windsor. Yo sólo soy soldado a medias. Adoro el prestigio de la guerra, pero no sus prácticas. Antes de la batalla de Rodosto, albergaba grandes esperanzas

 

y mantenía el ánimo. Conquistar la ciudad, y después tomar Constantinopla, era la esperanza, la meta, el colmo de mis ambiciones. Ahora he perdido el entusiasmo, no sé por qué. Tengo la sensación de estar adentrándome en un abismo oscuro. El espíritu ardoroso del ejército me irrita, y el éxtasis del triunfo no me dice nada.

 

Se detuvo, perdido en sus pensamientos. La seriedad de su semblante me devolvió a la mente, por asociación, a la medio olvidada Evadne, y aproveché la ocasión para averiguar algo más sobre su extraño destino. Le pregunté si, entre la tropa, había visto alguna vez a alguien que se pareciera a ella; si, desde su regreso a Grecia, había sabido algo de aquella mujer.

 

Se sobresaltó al oír su nombre y me miró, incómodo.

 

-Sabía que me hablarías de ella. La tenía olvidada desde hacía mucho, mucho tiempo. Pero desde que hemos acampado aquí visita mis pensamientos todos los días, hora tras hora. Cuando alguien me habla, es su nombre el que espero oír; pienso que formará parte de todas las conversaciones. Finalmente tú has roto el encantamiento. Dime qué sabes de ella.

 

Le relaté nuestro último encuentro. Tuve que repetirle una y otra vez la historia de su muerte. Con interés sincero y doliente me preguntó por las profecías que había vertido respecto de él. Yo traté de exponerlas como los delirios de una loca.

 

-No, no -me dijo-, no te engañes. A mí no puedes ocultármelo. No dijo nada que yo no supiera ya, aunque ésta es la confirmación. ¡El fuego, la espada y la peste! Las tres cosas puedo hallarlas en esta ciudad. Y las tres recaerán sólo sobre mi ser.

 

Desde ese día la melancolía se apoderó de Raymond. Se mantenía solo siempre que las obligaciones de su cargo se lo permitían. Cuando se hallaba en compañía, y a pesar de sus esfuerzos, la tristeza asomaba a su rostro, y se sentaba, ausente y mudo, entre la ajetreada multitud que lo rodeaba. Perdita se acercaba a él, y en su presencia se obligaba a mostrarse alegre pues ella, como un espejo, reflejaba todos sus cambios, y si se mostraba nervioso y callado, ella se preocupaba y le preguntaba qué le sucedía, y trataba de eliminar la causa de sus cuitas. Perdita estaba instalada en el palacio de las Dulces Aguas, un serrallo de verano del sultán. La belleza del paisaje circundante, a salvo de la guerra, y el frescor del río, hacían doblemente agradable el lugar. Raymond no sentía alivio alguno, no obtenía el menor placer del espectáculo de los cielos y la tierra. Con frecuencia se despedía de mi hermana y caminaba solo por las inmediaciones. O, en una chalupa ligera, se dejaba llevar, ocioso, por las aguas puras, mientras se entregaba a profundas meditaciones. Yo me unía a él a veces. Siempre se mostraba taciturno y abatido. Parecía aliviarle algo mi compañía y conversaba con cierto interés sobre los asuntos de la jornada. Se

 

hubiera dicho que algo le rondaba por la mente. Y sin embargo, cuando estaba a punto de hablar de lo que más afligía su corazón, se volvía de pronto y, con un suspiro, trataba de ahuyentar aquella idea dolorosa.

 

Había sucedido en más de una ocasión que cuando, como ya he dicho, Raymond se ausentaba del salón que ocupaba Perdita, Clara venía a verme y, llevándome discretamente aparte, me decía:

 

-Papá se ha ido. ¿Vamos con él? Diría que se alegrará de verte.

 

Según me lo permitieran las circunstancias, yo aceptaba o declinaba su propuesta.

 

Una noche se congregó en el palacio un gran número de oficiales griegos. Palli el intrigante, Karazza el expeditivo, Ypsilanti el guerrero, se contaban entre los principales. Conversaron de los acontecimientos del día, de las escaramuzas, de las bajas de los infieles, de su derrota y huida. Y transcurrido un tiempo abordaron la posibilidad de tomar la Ciudad Dorada. Trataban de imaginar lo que sucedería a continuación y hablaban en términos grandilocuentes de la prosperidad que bendeciría Grecia si Constantinopla se convertía en su capital. La conversación se centró entonces en las noticias que llegaban desde Asia, en los estragos que la peste causaba en sus principales ciudades. Se conjeturaba si la enfermedad podía haber llegado ya a la ciudad sitiada.

 

Raymond se había sumado a la primera parte de la conversación. Con vehemencia había demostrado el lamentable estado a que había quedado reducida Constantinopla; el agotamiento y precario estado de las tropas, a pesar de su aspecto feroz, presas del hambre y la peste que se abría paso entre ellas, y que pronto obligaría a los infieles a buscar refugio en su única esperanza: la rendición. De pronto, en medio de su arenga, se detuvo, como asaltado por una idea dolorosa. Se puso en pie con dificultad y abandonó el salón, buscando algo de aire fresco en el largo pasillo. Ya no regresó. Clara se acercó discretamente a mí para proponerme su acostumbrada invitación. Consentí al punto y, tomándola de la mano, fuimos tras de Raymond. Lo encontramos a punto subirse al bote y aceptó de buen grado que lo acompañáramos. Tras los calores del día, la brisa fresca rizaba las aguas del río y henchía nuestra pequeña vela. La ciudad, por el sur, ya se veía oscura, mientras las numerosas luces encendidas en las costas cercanas y el hermoso aspecto de las orillas, sumidas en la placidez de la noche, con el reflejo de las luces celestes en el agua, conferían al precioso caudal un manto de belleza que bien pudiera identificarse con el paraíso. Nuestro barquero se ocupaba de la vela. Raymond iba al timón. Clara se sentó a sus pies, rodeándose las rodillas con los brazos, apoyando en ellas la cabeza. Fue Raymond quien inició la conversación de modo algo brusco.

 

-Amigo mío, esta es probablemente la última vez en que tendremos ocasión de conversar libremente. Mis planes ya se han iniciado, y cada vez dispondré de menos tiempo. Además, deseo transmitirte de inmediato mis deseos y expectativas, para no volver a abordar jamás un tema que me resulta tan doloroso. En primer lugar quiero agradecerte, Lionel, que hayas permanecido aquí a petición mía. Fue la vanidad la que al principio me llevó a solicitártelo. La llamo vanidad, aunque en ella veo la mano del destino. Tu presencia no tardará en resultar necesaria. Serás el último recurso para Perdita, su protector, su consuelo. Tú la llevarás de vuelta a Windsor.

 

-No sin ti -observé yo-. ¿No pretenderás separarte de ella otra vez?

 

-No te engañes -respondió-. Esta vez no está en mi mano impedir la separación que ha de producirse. Mis días están contados. ¿Puedo confiar en ti? Durante muchos días he deseado compartir los misteriosos presentimientos que me acechan, aunque temo que tú te burles de ellos. Mas no lo hagas, mi querido amigo, pues aunque son infantiles, irracionales, se han convertido en parte de mí y no creo poder librarme de ellos.

 

»Con todo, ¿cómo voy a pretender que me comprendas? Tú eres de este mundo, yo no. Extiendes tu mano, que es una parte de ti mismo. Y aun así no separas el sentimiento de identidad de la forma mortal que modela a Lionel. ¿Cómo, entonces, vas a comprenderme? La tierra para mí es una tumba, el firmamento, una cripta que envuelve mera corrupción. El tiempo ya no es, pues he traspasado el umbral de la eternidad. Cada hombre que veo me parece un cadáver, que pronto se verá despojado de la chispa que lo anima, en la vigilia de la descomposición y la podredumbre.

 

Cada piedra una pirámide levanta

 

y cada flor construye un monumento

 

cada edificio es un sepulcro altivo,

 

cada soldado un esqueleto vivo.

 

Pronunciaba sus palabras en tono fúnebre. Suspiró profundamente.

 

-Hace unos meses -prosiguió- creía que iba a morir. Pero la vida se hizo fuerte en mí. Mis afecciones eran humanas. La esperanza y el amor eran las estrellas que guiaban mi vida. Ahora... sueñan que la frente del conquistador de los infieles está a punto de ser coronada de laureles triunfantes; hablan de recompensas honoríficas, de títulos, poder y riqueza; y todo lo que yo le pido a Grecia es una tumba. Que levanten un túmulo sobre mi cuerpo inerte, que se mantenga en pie cuando la cúpula de Santa Sofía se haya derrumbado.

 

»¿De dónde proceden estos sentimientos? En Rodosto estaba lleno de esperanza. Pero cuando vi Constantinopla por primera vez, ese sentimiento me

 

abandonó, acompañado de todas mis otras alegrías. Las últimas palabras de Evadne han sido el lacre que sentencia mi muerte segura. Y sin embargo no pretendo achacar mi estado de ánimo a ningún suceso concreto. Todo lo que puedo decirte es que así me siento. La peste que, según dicen, ha llegado a Constantinopla... Tal vez haya aspirado sus efluvios, tal vez la enfermedad sea la verdadera causa de mis pronósticos. Importa poco por qué o de qué modo me vea afectado, pues ningún poder puede evitar el mazazo, y la sombra de la mano alzada del destino ya me ensombrece.

 

»A ti, Lionel, te confío a tu hermana y a su hija. Nunca menciones ante ella el nombre fatal de Evadne. Ella se lamentaría doblemente por el extraño eslabón que me encadena a ella y obliga a mi espíritu a obedecer su voz agónica, a seguirla, como está a punto de hacer, hasta el país desconocido.

 

Le escuché asombrado. Pero su aspecto triste y lo solemne de sus palabras me convencieron de la verdad e intensidad de sus sentimientos. Debía, con chanzas y burlas cariñosas, tratar de disipar sus temores. Pero, fuera lo que fuese lo que estaba a punto de responder, las poderosas emociones de Clara me lo impidieron. Raymond había hablado sin reparar en su presencia y ella, pobre niña, escuchó, crédula y horrorizada, la profecía de su muerte. El violento desconsuelo de la pequeña conmovió a su padre, que la estrechó en sus brazos, consolándola, aunque con palabras solemnes y temerosas.

 

-No llores, dulce niña -le dijo-, la próxima muerte de aquél a quien apenas has conocido. Tal vez muera, pero ni en la muerte olvidaré ni abandonaré jamás a mi Clara. En tus penas y en tus alegrías, piensa que el espíritu de tu padre andará cerca, para salvarte o comprenderte. Enorgullécete de mí y atesora tu recuerdo infantil de mi persona. Así, querida, parecerá que no habré muerto. Una cosa debes prometerme: no hablar con nadie, más que con tu tío, de la conversación que acabas de oír. Cuando me haya ido, consolarás a tu madre, y le dirás que mi muerte me fue amarga sólo porque me separó de ella; que mis últimos pensamientos se los dedicaré a ella. Pero mientras viva, prométeme que no me traicionarás, prométemelo, mi querida hija.

 

Con voz quebrada Clara pronunció su promesa, sin separarse de su lado, y presa de dolor. Regresamos pronto a la orilla. Yo trataba de obviar la impresión causada en la mente de la pequeña tomándome a la ligera los temores de Raymond. Y ya no volvimos a hablar de ellos pues, como él mismo había asegurado, el asedio, que llegaba a su final, se convirtió en centro de su interés y ocupaba todo su tiempo y atenciones.

 

El imperio de los mahometanos en Europa tocaba a su fin. La flota griega, que bloqueaba todos los puertos de Estambul, impedía la llegada de refuerzos desde Asia. Todas las salidas por tierra eran impracticables, y los intentos desesperados de traspasar las murallas sólo lograban reducir los efectivos de

 

nuestros enemigos, sin causar la menor pérdida en nuestras filas. La guarnición turca había menguado tanto que parecía evidente que la ciudad habría sucumbido a un ataque violento. Sin embargo, la humanidad y la política dictaban un proceder más lento. No había apenas duda de que, si la incursión se llevaba al extremo, los palacios de la ciudad, sus templos y todos sus tesoros serían destruidos al calor del triunfo y la derrota. Los ciudadanos, indefensos, ya habían padecido bastante la barbarie de los jenízaros y, en caso de ataque, tumulto y masacre, la belleza, la infancia y la decrepitud se verían sacrificadas por igual a manos de la ferocidad brutal de los soldados. El hambre y el bloqueo eran medios ciertos de conquista, y en ellos basábamos nuestras esperanzas de victoria.

 

Todos los días los soldados de la guarnición asaltaban nuestros puestos de avance y nos impedían completar los trabajos. Desde los diversos puertos se lanzaban barcos incendiados, mientras nuestras tropas, en ocasiones, debían retirarse ante las muestras de valor absoluto desplegadas por hombres que no perseguían seguir viviendo, sino vender caras sus vidas. Aquellas escaramuzas se veían agravadas por la estación del año en que nos encontrábamos. Era verano, y los vientos del sur, procedentes de Asia, llegaban cargados de un calor insufrible. Los arroyos se secaban en sus lechos poco profundos y el mar parecía abrasarse bajo los rayos implacables del astro del solsticio. La noche no acudía para refrescar la tierra, nos negaba el rocío; no crecían hierbas ni flores, hasta los árboles languidecían; y el verano adoptaba la apariencia marchita del invierno, mientras avanzaba silencioso y abrasador, escamoteando los medios de subsistencia de los hombres. En vano se esforzaba el ojo por avistar una nube solitaria que llegara desde el norte, náufraga en el empíreo inmaculado, que avivara las esperanzas de un cambio y aportara humedad a la atmósfera opresiva y sin viento. Todo se mantenía sereno, ardiente, aniquilador. Nosotros, los que asediábamos, sufríamos comparativamente pocos males. Los bosques que rodeaban la ciudad nos daban sombra, el río nos aseguraba el suministro constante de agua. Además, algunos destacamentos se ocupaban de proveer al ejército de hielo, del que habían hecho acopio en los montes Haemus, en el monte Athos y en las cumbres de Macedonia. Con él se refrescaban frutas y alimentos básicos, que renovaban la fuerza de los trabajadores y nos permitían sobrellevar con menor impaciencia la carga del aire asfixiante. Pero en la ciudad las cosas eran muy distintas. Los rayos del sol se reflejaban en pavimentos y edificios. Las fuentes públicas habían sido cerradas y la mala calidad de los alimentos, así como su escasez, producían un estado de sufrimiento agravado por el azote de la enfermedad. Además, los soldados de la guarnición se arrogaban el derecho a cualquier capricho, añadiendo el despilfarro y los desórdenes a los males inevitables del momento. Pero, a pesar de todo, la capitulación no llegaba.

 

De pronto se produjo un cambio en la táctica bélica del enemigo. Los

 

asaltos cesaron y pudimos proseguir con nuestros planes sin interrupción alguna, ni de día ni de noche. Más extraño aún resultaba que cuando nuestras tropas se aproximaban a la ciudad, hallaban las murallas desprotegidas, vacías, y constataban que los cañones no apuntaban contra los intrusos. Cuando Raymond tuvo noticia de tales circunstancias, ordenó que se realizaran observaciones minuciosas de lo que sucedía intramuros, y cuando los enviados regresaron, informando sólo del silencio prolongado y la desolación de la ciudad, ordenó que el ejército se congregara ante las puertas. Nadie apareció en las murallas. Los portales, aunque cerrados con rastrillos, no parecían custodiados. Más arriba, las numerosas cúpulas y las doradas lunas crecientes rasgaban el cielo. Los viejos muros, supervivientes de siglos, con torres coronadas de enredaderas y contrafuertes cubiertos de malas hierbas, se alzaban como peñascos en una tierra baldía. Del interior de la ciudad no llegaba grito alguno, ni nada más que el ladrido de algún perro, que rompía la quietud del mediodía. Incluso a nuestros soldados les asombraba tal quietud. La música de las bandas cesaba y el chasquido de las armas iba acallándose. Todos preguntaban en susurros a sus camaradas por el motivo de una paz tan repentina. Mientras, Raymond, desde un lugar elevado trataba, con su catalejo, de descubrir y observar la estrategia del enemigo. Sobre las terrazas de las casas no se divisaba a nadie; en las partes más altas de la ciudad no se distinguía una sola sombra que revelara la presencia de algún ser vivo. Ni los árboles se movían, y parecían imitar, burlones, la quietud de los edificios.

 

Al fin se oyó el galopar de unos caballos. Se trataba de una tropa enviada por Karazza, el almirante, que traía despachos del general. El contenido de los documentos era de gran importancia. La noche anterior, el vigía de uno de los buques más pequeños anclados cerca del muro del Serrallo, oyó el chapoteo sordo de unos remos. Dio la voz de alarma. Doce barcas pequeñas, con tres jenízaros montados en cada una de ellas, fueron avistadas mientras intentaban abrirse paso a través de la flota, en dirección a la orilla opuesta de Scutari. Al saberse descubiertos, dispararon sus mosquetones, y algunas de las barcas se avanzaron para cubrir a los demás, cuyas tripulaciones, haciendo acopio de todas sus fuerzas, trataban de escapar con sus ligeras embarcaciones entre los cascos oscuros que les rodeaban. Al cabo todos se hundieron y, con excepción de dos o tres prisioneros, los jenízaros se ahogaron. Poco pudo sonsacarse a los supervivientes, pero sus cautas respuestas llevaron a sospechar que varias incursiones habían precedido a la suya, y que varios turcos de alto rango habían llegado a la costa asiática. Los hombres, altivos, negaron que los suyos hubieran desertado de la defensa de su ciudad, y uno de ellos, el más joven, en respuesta a la provocación de un marinero, exclamó:

 

-¡Tomadlos, perro cristiano! ¡Tomad los palacios, los jardines, las mezquitas, las moradas de nuestros padres! Y tomad la peste con ellos. La pestilencia es el mal del que huimos. Si es vuestra amiga, abrazadla y lleváosla

 

al pecho. La maldición de Alá ha caído sobre Estambul, compartid con ella su destino.

 

Aquella era la relación de los hechos que envió Karazza a Raymond. Pero un relato lleno de exageraciones monstruosas, aunque basado en ella, empezó a circular entre la tropa. Se alzó un murmullo: la ciudad era presa de la plaga. Un poderoso mal había sometido ya a sus habitantes. La Muerte se había convertido en Señora de Constantinopla.

 

He oído describir una pintura en la que todos los habitantes de la tierra aparecen dibujados de pie, temerosos, aguardando la llegada de la muerte. Los débiles y decrépitos escapan; los guerreros se retiran, aunque amenazantes incluso en su huida; los lobos, los leones y otros monstruos del desierto rugen al verla; mientras, la siniestra Irrealidad acecha desde lo alto moviendo su dardo espectral, asaltante solitario pero invencible. Pues bien, lo mismo sucedía con el ejército griego. Estoy convencido de que si las miríadas de soldados esparcidos por Asia hubieran cruzado el Helesponto y hubieran defendido la Ciudad Dorada, todos y cada uno de los griegos habrían atacado a un ejército muy superior en número y se habrían entregado a la causa con furia patriótica. Pero allí no había muralla de bayonetas, ni mortífera artillería, ni formidable hilera de bravos soldados. Las murallas, sin custodia, permitían la entrada: palacios vacíos, lujosas moradas. Y sin embargo, sobre la cúpula de Santa Sofía, los griegos supersticiosos veían la Pestilencia, y se arredraban ante ella.

 

A Raymond, por el contrario, le movían sentimientos muy distintos. Descendió colina abajo con rostro triunfante, y señalando las puertas con la espada, ordenó a sus tropas que abatieran aquellas barricadas, los únicos obstáculos que los separaban de la victoria más completa. Los soldados respondieron titubeantes y con ojos temerosos a sus entusiastas palabras. Instintivamente se echaron hacia atrás, y Raymond cabalgó hasta las filas de vanguardia.

 

-Juro por mi espada -dijo- que no os aguarda emboscada ni estratagema alguna. El enemigo ya ha sido derrotado. Los lugares agradables, las moradas nobles y el botín de la ciudad ya son vuestros. ¡Forzad la puerta, entrad y tomad posesión de la sede de vuestros antepasados, de vuestra propia herencia!

 

Un escalofrío universal, un murmullo temeroso recorrió las filas, y ni un solo soldado se movió.

 

-¡Cobardes! -exclamó el general, exasperado-. ¡Dadme un hacha! ¡Entraré yo solo! Yo plantaré vuestra bandera. Cuando la veáis ondear en el más alto de los alminares, tal vez recuperéis el coraje y os congreguéis en torno a ella.

 

Uno de los oficiales se acercó a él.

 

-General -dijo-, nosotros no tememos el coraje, ni las armas, ni el ataque abierto, ni la emboscada secreta de los musulmanes. Estamos dispuestos a exponer nuestros pechos, a exponerlos diez mil veces ante las balas y las cimitarras de los infieles, y a caer por Grecia cubiertos de gloria. Pero no moriremos a montones, como perros envenenados en verano, por el aire pestilente de la ciudad. ¡No nos atrevemos a luchar contra la Peste!

 

Si a un grupo de hombres débiles y sin energía, sin voz, sin cabecilla, se les da un jefe, recuperan la fuerza que les confiere su número. Así, ahora, mil voces inundaron el aire, y el grito de aplauso se hizo unánime. Raymond captó el peligro. Estaba dispuesto a salvar a sus tropas del delito de desobediencia, pues sabía que, una vez iniciadas las disputas entre el comandante y su ejército, cada palabra y cada acto debilitaba a aquél y fortalecía a éste. Así, ordenó la retirada, y los regimientos retrocedieron, ordenadamente, hasta el campamento.

 

Yo me apresuré a informar a Perdita de lo sucedido, y Raymond no tardó en unirse a nosotros, abatido y ensimismado. Mi relato impresionó a mi hermana.

 

-Los dictados del cielo, asombrosos, inexplicables -observó-, superan en mucho la imaginación del hombre.

 

-No seas necia -exclamó Raymond airadamente-. ¿Tú también te dejas invadir por el pánico, como mis valientes soldados? Dime, te lo ruego, qué tiene de inexplicable algo que no es sino un hecho natural. ¿Acaso no visita la peste todos los años la ciudad de Estambul? ¿Qué asombro puede causar que en esta ocasión, cuando, según se nos dice, se ha producido con una virulencia sin precedentes en Asia, haya ocasionado estragos redoblados en la ciudad? ¿Qué asombro puede causar que, en tiempos de asedio, escasez, calor extremo y sequía, se haya cebado especialmente en la población? Y menos asombro aún despierta que la guarnición, sin poder resistir más, se haya aprovechado de la negligencia de nuestra flota para huir prontamente de nuestro asedio y captura. ¡No es la peste! ¡Por Dios que no lo es! No es la plaga ni el peligro inminente lo que nos lleva a abstenernos de hacernos con una presa fácil, como las aves que, en tiempo de cosecha, se asustan ante la presencia de un espantapájaros. Es vil superstición. Y así, la meta de los valientes se convierte en vaivén de necios; la noble ambición de personas elevadas, en juguete de esas liebres domesticadas. ¡Pero Estambul será nuestra! Por mis empeños pasados, por la tortura y la cárcel que por ellos sufrí, por mis victorias, por mi espada, juro -por mi esperanza de fama, por mis antiguas renuncias que ahora esperan recompensa-, juro solemnemente que estas manos plantarán la cruz en esa mezquita.

 

-Pero Raymond, querido -le interrumpió Perdita en tono de súplica.

 

Él no dejaba de caminar de un lado a otro por aquel salón del palacio revestido de mármol. Sus labios, pálidos de ira, temblaban y daban forma a sus coléricas palabras; echaba fuego por los ojos, y sus gestos parecían moderados por la vehemencia de aquéllas.

 

-Perdita -prosiguió, impaciente-. Ya sé qué vas a decirme. Sé que me amas, que eres buena y dulce. Pero esto no es cosa de mujeres. Ningún corazón femenino adivinaría nunca el huracán que me desgarra por dentro.

 

Parecía algo asustado de su propia violencia, y súbitamente abandonó el salón. La expresión de Perdita revelaba su zozobra, y decidí ir tras él. Lo hallé caminando por el jardín. Sus pasiones habían alcanzado un estado de extrema turbulencia.

 

-¿Debo ser siempre -exclamaba- el capricho de la fortuna? ¿Debe el hombre, escalador de cielos, ser víctima eterna de los ejemplares rastreros de su especie? Si fuera como tú, Lionel, y anhelara vivir muchos años, encadenar una sucesión de días iluminados por el amor, gozar de placeres refinados y renovadas esperanzas, tal vez cediera y, rompiendo mi vara de mando, buscara reposo en los prados de Windsor. Pero voy a morir. No, no me interrumpas. Voy a morir pronto. Estoy a punto de abandonar esta tierra tan poblada, la comprensión de los hombres, los escenarios más queridos de mi juventud, la bondad de mis amigos, el afecto de mi único amor, Perdita. Así lo quiere el destino. Tal es el decreto dictado por el Altísimo, para el que no hay apelación posible, y al que me someto. Pero perderlo todo... Perder la vida y el amor, y además la gloria... ¡No ha de ser así!

 

»Yo, y en pocos años todos vosotros -este ejército atenazado por el pánico y toda la población de la noble Grecia-, dejaremos de existir. Pero nacerán otras generaciones, y nuestras acciones presentes les harán más felices, y nuestro valor les dará mayor gloria. Durante mi juventud rezaba para hallarme entre quienes escriben pasajes de esplendor en las páginas de la historia, quienes exaltan la raza humana y convierten este pequeño orbe en morada de los poderosos. Y ¡ah! Para Raymond, esa plegaria de juventud queda desatendida, y las esperanzas de su edad adulta anuladas.

 

»Desde mis mazmorras, en esta misma ciudad, exclamaba: «¡Pronto seré tu señor!» Cuando Evadne pronunció mi muerte, pensé que el título de Conquistador de Constantinopla se escribiría sobre mi tumba. ¡Y no ha de ser así! ¿No saltó Alejandro las murallas de la ciudad de los oxidracae para indicar a sus cobardes tropas el camino a la victoria, encontrándose solo con las espadas de sus defensores? También yo desafiaré a la peste, y aunque nadie me siga, plantaré la bandera griega en lo alto de Santa Sofía.

 

Nada podía la razón contra sentimientos tan elevados. En vano traté de convencerle de que, cuando llegara el invierno, el frío disiparía el aire pestilente y devolvería el coraje a los griegos.

 

-¡No hables de otra estación que de ésta! -exclamó-. Yo ya he vivido mi último invierno, y la fecha de este año, 2092, quedará grabada sobre mi sepulcro. Ya veo -prosiguió, alzando la vista, lúgubre- la meta y el precipicio de mi existencia desde donde me arrojaré al tenebroso misterio de la vida futura. Estoy preparado, y dejaré tras de mí una estela de luz tan radiante que ni mis peores enemigos podrán ensombrecerla. Se lo debo a Grecia, a ti, a Perdita, que ha de sobrevivirme, y a mí mismo, víctima de la ambición.

 

Nos interrumpió un criado, que anunció que el estado mayor de Raymond se hallaba reunido en la cámara del consejo. Mi amigo me pidió que saliera a cabalgar por el campamento, que observara cuál era el ánimo de los soldados y le informara de él a mi regreso. Acto seguido se ausentó. Los acontecimientos del día me habían causado gran excitación, incrementada ahora por el discurso apasionado de Raymond. ¡Ah! ¡Razón Humana! Acusaba a los griegos de superstición. ¿Qué nombre daba entonces a la fe que depositaba en las profecías de Evadne? Abandoné el palacio de las Dulces Aguas y, tras dirigirme a la llanura en que se había levantado el campamento, hallé a sus ocupantes en estado de gran conmoción. La llegada de varios integrantes de la flota cargados de historias maravillosas; las exageraciones vertidas sobre lo que ya se conocía; los relatos de antiguas profecías, cuentos temibles sobre regiones enteras engullidas aquel mismo año por la pestilencia, alarmaban y ocupaban a las tropas. Todo atisbo de disciplina había desaparecido. El ejército huía en desbandada y las personas, antes integradas en un gran todo que avanzaba al unísono, recobraban la individualidad que la naturaleza les había concedido y pensaban sólo en ellas mismas. Al principio escapaban solos o en parejas, a las que paulatinamente se sumaban otros hasta formar grupos más numerosos, batallones enteros que, sin que los oficiales trataran de impedirlo, buscaban el camino que conducía a Macedonia.

 

Hacia medianoche regresé al palacio para reunirme con Raymond. Lo encontré solo y aparentemente compuesto, con esa compostura de quien trata de mantener unas mínimas pautas de conducta. Escuchó con calma las noticias sobre la disolución del ejército y me dijo:

 

-Ya conoces, Verney, mi firme determinación de no abandonar este lugar hasta que, a la luz del día, Estambul se declare nuestra. Si los hombres que van conmigo no se atreven a acompañarme, encontraré a otros más valerosos. Ve tú antes de que amanezca, lleva estos despachos a Karazza y ruégale que me envíe a sus marinos y fuerza naval. Si logro que me secunde un solo regimiento, el resto seguirá. Haz que me envíe un regimiento. Espero tu regreso en el mediodía de mañana.

 

No me parecía una buena idea, pero le aseguré mi celo y obediencia. Me retiré a descansar unas horas. Con las primeras luces del alba me vestí para partir a caballo. Aguardé unos instantes, deseoso de despedirme de Perdita, y desde mi ventana observé que el sol estaba a punto de salir. Surgía un esplendor dorado y la fatigada naturaleza despertaba para sufrir otro día de calor y sed. No había flores que, cargadas de rocío, alzaran los pétalos al encuentro de la mañana. La hierba seca se había agostado en las llanuras. En los ardientes campos del aire no volaban los pájaros, y sólo las cigarras, hijas del sol, entonaban su atronador sonsonete entre cipreses y olivos. Me fijé en que el caballo albardón de Raymond, negro como el azabache, era conducido a las puertas del palacio. Poco después llegó una pequeña compañía de oficiales, con el miedo y la aprensión dibujados en sus rostros, en los ojos soñolientos. Vi entonces que Raymond y Perdita estaban juntos. Él admiraba la salida del sol mientras rodeaba con un brazo la cintura de su amada. Ella contemplaba el sol de su vida con una expresión que era mezcla de ansiedad y ternura. Raymond se sobresaltó al verme.

 

-¿Todavía estás aquí? -me preguntó colérico-. ¿Es éste el celo que prometes?

 

-Perdóname, ahora mismo me iba.

 

-No, perdóname tú -replicó él-. No tengo derecho a ordenarte ni a reprocharte nada. Pero mi vida depende de tu partida y de tu raudo regreso. ¡Adiós!

 

Su voz había recobrado el tono amable, pero una nube negra todavía se cernía sobre su semblante. Hubiera querido demorarme un poco más, recomendar precaución a Perdita, pero la presencia de Raymond me coartaba. Mi retraso carecía de justificación, por lo que, despidiéndome de él, le estreché la mano, fría y sudorosa.

 

-Cuídate mucho, mi señor -le dije.

 

-No -intervino Perdita-. De esa tarea me ocuparé yo. Regresa pronto, Lionel.

 

Con aire ausente, Raymond jugaba con los mechones castaños del cabello de Perdita, mientras ella se abrazaba a él. En dos ocasiones me volví a mirarlos, y en las dos los hallé así unidos. Al fin, con pasos lentos y vacilantes, abandoné el palacio y de un salto me subí al caballo. En ese instante apareció Clara, y se vino corriendo hacia mí.

 

-¡Regresa pronto, tío! -exclamó, aferrada a mi rodilla-. Querido tío, tengo unos sueños espantosos. No me atrevo a contárselos a mi madre. No te demores.

 

Le aseguré que volvería lo antes posible, y entonces, acompañado de mi pequeña escolta, cabalgué por la llanura hacia la torre de Mármara.

 

Cumplí con mi misión. Vi a Karazza, al que sorprendió algo mi petición. Vería qué podía hacer, dijo, aunque le llevaría un tiempo. Raymond me había pedido que regresara a mediodía. Era imposible concretar nada en tan corto intervalo. Debía permanecer allí hasta el día siguiente. O regresar tras haber informado del estado de las cosas al general. No me costó decidirme. La inquietud, el miedo por lo que estaba a punto de suceder, la duda sobre las intenciones de Raymond, me instaban a regresar sin demora a su cuartel general. Abandoné las Siete Torres y me dirigí al este, hacia las Dulces Aguas. Me desvié al llegar al monte antes mencionado, para divisar la ciudad desde lo alto. Llevaba conmigo el catalejo. La ciudad recibía el azote del sol del mediodía y las viejas murallas delimitaban su pintoresco perfil. Frente a mí, en la distancia, se alzaba Top Kapou, la puerta junto a la que Mehmet abrió la brecha que le permitió entrar en la ciudad. Cerca crecían unos árboles gigantescos y centenarios. Ante la puerta distinguí a varias figuras humanas en movimiento, y con gran curiosidad miré por el anteojo. Vi a lord Raymond montado a su caballo albardón. A su alrededor se había congregado una pequeña compañía de oficiales y tras él se distinguía un variopinto grupo de soldados y subalternos sin la menor disciplina y en posición de descanso. No sonaba ninguna música ni ondeaban estandartes. La única bandera la portaba Raymond, y con ella señalaba la puerta de la ciudad. El círculo congregado a su alrededor se retiró. Con gestos airados Raymond bajó del caballo y, tomando un hacha que colgaba de la silla, se dirigió a la puerta con aparente intención de derribarla. Unos pocos hombres acudieron en su ayuda, y progresivamente su número aumentó. La unión de sus esfuerzos logró vencer el obstáculo, y la puerta, el peine y la reja fueron demolidas. Iluminado por el sol, el camino que conducía a la ciudad quedaba expedito frente a ellos. Los hombres retrocedieron. Parecían asustados por lo que habían hecho, como si temieran que un Fantasma Poderoso se alzara, ofendido, majestuoso, ante la entrada. Raymond montó de un salto en su caballo, agarró el estandarte y, con palabras que yo no oía (aunque los gestos que las acompañaban eran enérgicos, apasionados), pareció invocar su ayuda y compañía. Pero a pesar de sus palabras, los hombres seguían retrocediendo. Presa de la indignación, y con expresiones que yo suponía airadas y desdeñosas, apartó la vista de sus cobardes seguidores y se dispuso a entrar solo en la ciudad. Incluso su caballo parecía querer alejarse de la siniestra puerta. Su perro, su perro fiel, se plantó frente a él, aullando e impidiéndole el paso. Pero al punto él clavó las estrellas de sus espuelas en los costados de la montura, que inició la marcha y, una vez franqueada la puerta, avanzó al galope por la calle ancha y desierta.

 

 

Hasta ese instante toda el alma se me había agolpado en los ojos. Había observado la escena con un asombro mezcla de temor y entusiasmo, un

 

entusiasmo que por momentos se imponía en mí.

 

-¡Me voy contigo, Raymond! -Exclamé. Pero una vez aparté el ojo del catalejo, apenas distinguía las formas diminutas de la multitud que, a una milla de donde me encontraba, rodeaba la puerta. La figura de Raymond se había perdido. Azuzado por la impaciencia, espoleé a mi caballo y sacudí las riendas mientras ascendía por la ladera, pues deseaba hallarme junto a mi noble y divino amigo antes de que surgiera algún peligro. Varios edificios y árboles me impedían, ya en la llanura, ver la ciudad. Y fue entonces cuando oí un estruendo. Como un rayo, reverberaba en el cielo, mientras el aire se ensombrecía. Al cabo de un instante las viejas murallas de la ciudad volvieron a aparecer ante mis ojos y vi que sobre ellas ascendía una nube negra. Fragmentos de edificios se arremolinaban en el aire, medio ocultos por el humo, y más abajo empezaban a alzarse llamaradas, mientras continuas explosiones llenaban el aire de terroríficos rugidos. Surgiendo de entre las ruinas que se elevaban sobre las altas murallas y abatían sus torreones cubiertos de hiedra, un grupo de soldado se abría paso en dirección al camino por el que yo avanzaba. Me rodearon, me acorralaron y ya no pude seguir. Mi impaciencia crecía por momentos. Extendí las manos hacia ellos, les supliqué que regresaran a salvar a su general, el conquistador de Estambul, el libertador de Grecia. Mis ojos se llenaban de lágrimas, tal era la destrucción. Y todo lo que oscurecía el aire parecía llevar un pedazo de Raymond martirizado. Entre la densa nube que cubría la ciudad surgían ante mí escenas horribles, y mi único consuelo consistía en tratar por todos los medios de acercarme a la puerta. Pero cuando al fin logré mi propósito, descubrí que, intramuros, la ciudad se hallaba envuelta en llamas. La vía abierta por la que Raymond había entrado a caballo desaparecía tras el humo y el fuego. Transcurrido un intervalo, las explosiones cesaron, pero los incendios seguían ardiendo en distintas zonas. La cúpula de Santa Sofía había desaparecido. Y, extrañamente (tal vez como resultado de la presión ejercida en el aire por las explosiones), unas inmensas nubes blancas de tormenta aparecieron en el horizonte, por el sur, y avanzaron hasta situarse sobre nosotros. Eran las primeras que veía en meses, y en medio de tanta desolación y desesperanza su visión resultaba consoladora. El firmamento se oscureció y los nubarrones empezaron a iluminarse con relámpagos, seguidos al instante por ensordecedores truenos. Cayó entonces una lluvia intensa, y las llamas que asolaban la ciudad se plegaron bajo su azote, y el humo y el polvo que se elevaban sobre las ruinas se disiparon.

 

Apenas hube constatado que las llamas menguaban, movido por un impulso irrefrenable, traté de penetrar en la ciudad. Sólo podía hacerlo a pie, pues las ruinas imposibilitaban el avance de los caballos. No conocía el lugar y sus caminos me eran nuevos. Las calles estaban bloqueadas, los edificios derruidos humeaban. Subí a lo alto de un montículo, que me permitió ver una

 

sucesión de otros más. Nada me indicaba dónde podía hallarse el centro de la ciudad ni hacia qué punto podía haberse dirigido Raymond. La lluvia cesó. Las nubes se hundieron en el horizonte. Atardecía ya, y el sol descendía velozmente por poniente. Avancé un poco más, hasta que di con una calle en la que se alineaban casas de madera a medio incendiar, pues la lluvia había sofocado las llamas, pero que afortunadamente se habían librado de la pólvora. Ascendí por ella. Hasta ese momento no había encontrado el menor atisbo de presencia humana. Pero ninguna de las deformes figuras humanas que aparecían ahora ante mí podía pertenecer a Raymond. De modo que apartaba los ojos de ellas, profundamente turbado. Llegué a un espacio abierto con una inmensa montaña de cascotes en su centro, que indicaba que alguna gran mezquita había ocupado parte de su espacio. Esparcidos aquí y allá descubrí objetos de gran valor y lujo calcinados, destruidos, pero que en ciertas partes mostraban lo que habían sido: joyas, ristras de perlas, ropajes bordados, pieles raras, tapices brillantes, ornamentos orientales, que parecían haberse dispuesto en forma de pira para su destrucción, una destrucción que la lluvia había interrumpido.

 

Pasé horas vagando por aquel escenario desolado en busca de Raymond. En ocasiones topaba con tal acumulación de escombros que debía retroceder. Los fuegos que todavía ardían me asfixiaban. El sol se puso y el aire adquirió un aspecto turbio. La estrella vespertina ya no brillaba en soledad. El resplandor de las llamas atestiguaba el avance de la destrucción, y en aquel interregno de luz y oscuridad, las ruinas que me rodeaban adquirían proporciones gigantescas y formas temibles. Me abandoné unos instantes a la fuerza creativa de la imaginación, y ésta, transitoriamente, me alivió con las ficciones sublimes que me presentaba. Los latidos de mi corazón me devolvieron a la cruda realidad. «¿Dónde, en este desierto de muerte, te encuentras, Raymond, ornamento de Inglaterra, libertador de Grecia, héroe de una historia no escrita”? ¿Dónde, en este caos en llamas, se esparcen tus nobles reliquias?» Pronuncié su nombre a voces; a través de la oscuridad de la noche, sobre las ruinas humeantes de la Constantinopla conquistada, se escuchó su nombre. Pero nadie me respondió, pues hasta el eco había enmudecido.

 

El cansancio se apoderó de mí. La soledad abatía mi espíritu. El aire denso, impregnado de polvo, el calor y el humo de los palacios incendiados, entumecían mis miembros. De pronto sentí hambre. La excitación que hasta entonces me había mantenido en alerta desapareció. Como un edificio que pierde sus apoyos y cuyos cimientos oscilan, y se tambalea y cae, así, cuando el entusiasmo me abandonó, también lo hizo mi fuerza. Me senté sobre el único peldaño en pie de un edificio que, a pesar de hallarse en ruinas, seguía mostrándose enorme y magnífico. Algunas paredes caídas pero íntegras, que habían escapado a la destrucción de la pólvora, componían combinaciones

 

fantásticas, y una llama brillaba en lo alto de la pila. Durante largo rato el hambre y el sueño libraron su batalla, hasta que las constelaciones aparecieron ante mis ojos un momento y luego se esfumaron. Traté de incorporarme, pero mis párpados se cerraron y mis miembros, exhaustos, clamaron reposo. Apoyé la cabeza sobre la piedra entregándome a la agradable sensación de abandono. Y en aquel escenario de desolación, en aquella noche desesperada, me dormí.

 

 

 

 

CAPÍTULO III

 

 

Las estrellas todavía brillaban en el cielo cuando desperté, y Tauro, en las alturas del firmamento, me indicó que era medianoche. Había tenido sueños turbadores. Creía que me habían invitado al último banquete de Timón. Yo llegaba con gran apetito. Se alzaban las tapaderas, el agua caliente enviaba al aire sus desagradables vapores y yo huía ante la cólera del anfitrión, que adoptaba la forma de Raymond. Mientras, en mi enfermiza ensoñación, los buques que éste enviaba tras de mí aparecían impregnados de fétidos vapores, y la forma de mi amigo, distorsionada de mil maneras, se expandía hasta convertirse en un fantasma gigante, que llevaba escrita en su frente la señal de la peste. Su sombra creciente se elevaba más y más, hinchándose, y parecía querer reventar la bóveda que sostenía y conformaba el mundo. La pesadilla se convertía en tortura: con gran esfuerzo abandoné el sueño e invoqué a la razón para que recobrara las funciones que había suspendido. Mi primer pensamiento fue para Perdita. Debía regresar a ella. Debía apoyarla, llevándole el alimento que aplacara su desesperación y que aliviara su corazón herido, apartándola de los salvajes excesos del dolor mediante las leyes austeras del deber y la suave ternura del pesar.

 

La posición de las estrellas era mi única guía. Me alejé de la horrible ruina de la Ciudad Dorada, y tras grandes esfuerzos, logré dejar atrás sus murallas. Junto a ellas encontré una compañía de soldados. A uno de ellos le pedí prestado su caballo y me apresté a reunirme con mi hermana. Durante aquel breve intervalo, el aspecto de la llanura había cambiado. El campamento aparecía desmantelado y los restos del ejército en desbandada formaban pequeños grupos aquí y allá. Todos los rostros eran sombríos, todos los gestos hablaban de asombro y horror.

 

Con gran pesar en mi corazón entré en palacio, temeroso de seguir avanzando, de hablar, de mirar. En el centro del salón hallé a Perdita, sentada sobre el suelo de mármol, la cabeza hundida en el pecho, despeinada, las manos entrelazadas, el gesto agónico. Al sentir mi presencia alzó la vista, inquisitiva. Sus ojos, medio iluminados por la esperanza, eran pozos de

 

tristeza. Mis palabras murieron antes de que pudiera articularlas. Sentí que una horrendo rictus curvaba mis labios. Ella comprendió mi gesto y volvió a bajar la cabeza y a entrelazar las manos. Al fin recobré el habla, pero mi voz la aterrorizó. La desdichada muchacha había comprendido mi mirada y no pensaba consentir que el relato de su profunda tristeza fuera modelado y confirmado por unas palabras duras e irrevocable. Y no sólo eso, pues parecía querer distraer mis pensamientos de la cuestión.

 

-Calla -me susurró, poniéndose en pie-. Clara se ha dormido después de mucho llorar. No debemos molestarla.

 

Se sentó entonces en la misma otomana en la que la había dejado al amanecer, con la cabeza apoyada en el pecho de su Raymond. No me atrevía a acercarme a ella y tomé asiento en una esquina alejada, observando sus gestos bruscos y alterados.

 

-¿Dónde está? -me preguntó finalmente, sin preámbulos-. ¡Oh! No temas... No temas que albergue la menor esperanza. Pero dime, ¿lo has encontrado? Sostenerlo una vez más en mis brazos, verlo una vez más, aunque esté cambiado, es todo lo que deseo. Aunque Constantinopla entera se amontone sobre él como una tumba, debo hallarlo. Después nos cubriremos los dos con el peso de la ciudad, una montaña apilada sobre nosotros. No me importa, mientras el mismo sepulcro guarde a Raymond y a Perdita. -Sollozó, acercándose a mí, y me abrazó-. Llévame junto a él, Lionel. Eres malo. ¿Por qué me retienes aquí? Yo sola no puedo encontrarlo. Pero tú sabes dónde yace. Llévame hasta allí.

 

Al principio sus agónicos lamentos me movieron a una irrefrenable compasión. Mas con todo traté de disuadirla de sus ideas. Le relaté mis aventuras de la noche, mis esfuerzos por encontrarlo, mi decepción. Guiando de ese modo sus pensamientos, les di un objeto con que sacarlos de la locura. Con aparente calma me habló del lugar más probable donde podríamos encontrarlo y planeó los medios a los que recurrir para alcanzar tal fin. Luego, al saber del apetito y el cansancio que sentía, ella misma me trajo alimento. Busqué el instante propicio y traté de despertar en ella algo que la sacara del mortífero sopor de la pena. Mientras hablaba, me dejé llevar por mis palabras: la admiración profunda, el pesar, la consecuencia del más sincero afecto, el desbordamiento de un corazón lleno de comprensión por todo lo que había sido grande y sublime en la carrera de mi amigo, me inspiraban mientras pronunciaba sus alabanzas.

 

-¡Ay de nosotros! -exclamé-, que hemos perdido este último honor del mundo. ¡Amado Raymond! Se ha ido a las naciones de los muertos. Se ha convertido en uno de los que, morando en ellas, iluminan las oscuras tumbas. Ha transitado la senda que conduce a esas regiones y se ha unido a las

 

poderosas almas que lo precedieron. Cuando el mundo se hallaba en su infancia, la muerte debe de haber sido algo terrible, y el hombre abandonaba a familiares y amigos para morar, extranjero solitario, en un país desconocido. Pero ahora el que muere se encuentra con muchos compañeros que se fueron antes que él y que se preparan para recibirlo. Lo pueblan los más grandes de las pasadas eras, y el héroe aclamado de nuestros días se cuenta entre sus habitantes, mientras la vida se convierte, doblemente, en «desierto y soledad».

 

»Qué noble criatura era Raymond, el primero entre los hombres de nuestro tiempo. Por la grandeza de sus ideas, por la hermosa osadía de sus actos, por su ingenio y su belleza, se ganó y gobernó las mentes de todos. Sólo un reproche podría haberse elevado en su contra, pero la muerte lo deja sin efecto. He oído hablar de su inconstancia en el propósito: cuando renunció, en aras el amor, a la esperanza de convertirse en soberano, y cuando abdicó del Protectorado de Inglaterra, hubo quien lo culpó de falta de firmeza. Ahora su muerte ha coronado su vida, y hasta el fin de los tiempos se recordará que se entregó, víctima voluntaria, a la mayor gloria de Grecia. La decisión fue suya; contaba con morir. Previó que abandonaría esta tierra alegre, estos cielos despejados, y tu amor, Perdita. Y sin embargo jamás vaciló ni se arredró, y siguió avanzando en dirección al sello de su fama. Mientras la tierra exista, sus actos serán ensalzados. Las doncellas griegas, con gran devoción, depositarán flores en su tumba, y el aire reverberará con el canto de himnos en los que su nombre alcanzará los máximos honores.

 

Vi que el gesto de Perdita se dulcificaba. La dureza del dolor cedía ante la ternura. Proseguí.

 

-Así, honrarlo es el deber sagrado de quienes le sobrevivimos. Mantener su nombre limpio como un santuario, apartarlo, con nuestras alabanzas, de todo ataque hostil, arrojando sobre él las flores del amor y la pena, protegiéndolo de la decadencia y brindándolo, inmaculado, a la posteridad. Tal es el deber de sus amigos. A ti te corresponde otro más noble, Perdita, madre de su hija. ¿Recuerdas con qué arrobo contemplabas a Clara cuando nació, reconociendo en ella el ser que era unión de ti misma y de Raymond? Ahora debes regocijarte al ver en este templo vivo la manifestación de vuestro amor eterno. Pues ella sigue siéndolo. Dices que has perdido a Raymond. ¡Oh, no! En ella, vive contigo, lo mismo que en ti. Pues nació de él, carne de su carne, hueso de sus huesos. Y no te limites, como hasta ahora, a ver en su mejilla suave, en sus miembros delicados, una afinidad con Raymond; extiéndela a sus afectos entusiastas, a las dulces cualidades de su mente, y descubrirás que el bueno, el grande, el amado Raymond pervive aún. Cuídate de alimentar esas similitudes, cuídate de hacerla digna de él, para que, cuando se enorgullezca de sus orígenes, no se avergüence de lo que es.

 

Percibí que al recordar a mi hermana sus deberes en la vida, no me

 

escuchaba con la misma paciencia de antes. Parecía sospechar que deseaba consolarla, y ella, entregada a su pena recién nacida, se rebelaba contra ese consuelo.

 

-Hablas del futuro -me dijo- cuando para mí el presente lo es todo. Déjame encontrar la morada terrenal de mi amado. Rescatémoslo del polvo común para que en tiempos venideros los hombres puedan señalar su tumba sagrada y decir que es suya. Después ya pensaré en otras cosas, en el nuevo rumbo de mi vida, o en aquello que el destino, en su cruel tiranía, me haya dispuesto.

 

Tras reposar un rato decidí partir para satisfacer sus deseos. Pero antes se nos unió Clara, cuya palidez y mirada asustada denotaban la honda impresión que la pena había causado en su joven mente. Parecía alterada por algo que no era capaz de expresar con palabras. Pero, aprovechando una ausencia de Perdita, me suplicó que la llevase hasta donde pudiera contemplar la puerta por la que su padre había entrado en Constantinopla. Me prometió no cometer ninguna extravagancia, mostrarse dócil en todo momento y regresar de inmediato. No pude negarme; Clara no era una niña cualquiera. Su sensatez e inteligencia ya le habían conferido los derechos de una mujer adulta. De modo que, llevándola sentada ante mí, en mi caballo, asistidos sólo por el sirviente que debía llevarla de regreso, nos dirigimos a Top Kapou. Encontramos a un grupo de soldados congregados. Escuchaban algo con gran atención.

 

-¡Son gritos humanos! -dijo uno.

 

-Más bien parecen aullidos de perro -replicó otro.

 

Y volvieron a concentrarse para distinguir aquellos lamentos lejanos que provenían del interior de la ciudad en ruinas.

 

-Esa, Clara -dije yo-, es la puerta, y esa la calle por la que tu padre cabalgó ayer, de mañana.

 

Fuera la que fuese la intención de la pequeña cuando me pidió que la llevara conmigo, la presencia de los soldados la arredró. Con mirada intensa contempló el laberinto de escombros humeantes que había sido la ciudad y expresó su disposición a regresar a casa. En aquel instante un lamento melancólico llegó a nuestros oídos, y se repitió al instante.

 

-¡Oíd! -exclamó Clara-. Está ahí. Es Florio, el perro de mi padre.

 

A mí me resultaba inconcebible que fuera capaz de reconocer el sonido, pero ella insistió hasta que se ganó el crédito de los allí presentes. Sería, al menos, una buena acción rescatar a aquel ser que sufría, fuera humano o animal, de la desolación de la ciudad. De modo que, tras enviar a Clara de regreso a casa, volví a entrar en Constantinopla. Alentados por la impunidad de mi anterior visita, varios soldados que formaban parte de la guardia

 

personal de Raymond, y que lo adoraban y lloraban sinceramente su pérdida, decidieron acompañarme.

 

Resulta imposible determinar por qué extraño encadenamiento de hechos llegamos a recuperar el cuerpo sin vida de mi amigo. En esa parte de la ciudad, en la que el fuego lo había destruido casi todo la noche anterior, y que ahora se mostraba arrasada, negra, fría, el perro agonizante de Raymond se acurrucaba junto a la figura mutilada de su amo. En momentos como ése la pena carece de voz. La aflicción, domada por su propia vehemencia, permanece muda. El pobre animal me reconoció, me lamió la mano, se acercó más a su señor, y sólo entonces expiró. Sin duda algún cascote había caído sobre la cabeza de Raymond y le había hecho caer del caballo, desfigurándolo por completo. Me incliné sobre su cuerpo y acerqué una mano al borde de su capa, menos destrozada en apariencia que el cuerpo humano que cubría. Me la llevé a los labios mientras los rudos soldados nos rodeaban y lloraban a la presa más valiosa de la muerte, como si el pesar y los lamentos sin fin pudieran avivar la llama extinguida o devolver a aquella desgarrada prisión de carne su espíritu liberado. Ayer aquellos miembros valían un universo, pues encerraban un poder trascendente cuyas intenciones, palabras y actos merecían ser grabados en letras de oro. Ahora, sólo la superstición del afecto podía dar valor a un mecanismo descompuesto que, inerte e incapaz, ya no se asemejaba a Raymond más de lo que la lluvia caída se asemeja a la anterior mansión de nubes con la que ascendió a los más altos cielos y, dorada por el sol, atraía todas las miradas y saciaba los sentidos con su excedente de belleza.

 

Y así, tal como estaba, con sus ropas terrenales, desfigurado, roto, lo envolvimos con nuestras capas y, levantándolo en brazos, lo alejamos de aquella ciudad de los muertos. Surgió la duda de dónde depositarlo. Camino del palacio pasamos junto a un cementerio griego. Y allí, sobre una losa de mármol negro, dispuse que lo tendieran. Los cipreses se mecían en las alturas y su color lúgubre se correspondía con lo exangüe de su estado. Cortamos unas ramas de los árboles fúnebres, las colocamos sobre él y encima de ellas depositamos su espada. Ordené que un guardia permaneciera allí, custodiando aquel tesoro de polvo, y que hubiera antorchas siempre encendidas.

 

Cuando me reuní de nuevo con Perdita, supe que ya había sido informada del éxito de mi misión. Él, su amado, el único y eterno objeto de su ternura y su pasión, le había sido devuelto. Pues en esos términos exaltados se expresaba su entusiasmo. ¡Qué importaba que aquellos miembros ya no se movieran, que aquellos labios ya no pudieran articular expresiones de sabiduría y amor! ¡Qué importaba que, como el alga arrancada del mar estéril, fuera presa de la corrupción! Seguía siendo el mismo cuerpo que había acariciado, y aquellos eran los mismos labios que se habían unido a los suyos, que habían bebido el espíritu del amor mezclados con su aliento. Aquél era el

 

mismo mecanismo terrenal de barro efímero que ella llamaba suyo. Sí, era cierto, ella deseaba ya iniciar otra vida, el espíritu ardiente del amor le parecía inextinguible en la eternidad. Pero en ese momento, con devoción humana, se aferraba a todo lo que sus sentidos le permitieran ver y sentir de una parte de Raymond.

 

Pálida como el mármol, blanca, resplandeciente como él, escuchó mi relato y me preguntó por el lugar en el que había depositado el cuerpo. Su semblante había perdido el rictus del dolor. Sus ojos habían recuperado el brillo y se diría que todo su ser se había ensanchado. No obstante, la excesiva palidez de su piel, casi transparente, y una cierta oquedad en su voz, revelaban que no era la tranquilidad, sino el exceso de emoción lo que causaba la serenidad aparente que bañaba su rostro. Le pregunté dónde debía ser enterrado.

 

-En Atenas. En la Atenas que amaba. Fuera de la ciudad, en el monte Himeto, existe un repecho rocoso que me indicó como el lugar en el que deseaba reposar.

 

Mi único deseo, ciertamente, era que no se moviera del lugar donde ahora reposaba. Pero la voluntad de Perdita, claro está, debía cumplirse, y le rogué que se preparara sin tardanza para nuestra partida.

 

Contemplad ahora la procesión melancólica atravesar las llanuras de Tracia, serpentear por los desfiladeros, ascender por los montes de Macedonia, surcar las aguas claras del Peneo, cruzar la planicie de Larissa, dejar atrás los estrechos de las Termópilas, ascender sucesivamente por el Oerta y el Parnaso, descender hasta la fértil vega de Atenas. Las mujeres sobrellevaban con resignación las largas fatigas, pero para el espíritu inquieto de los hombres el lento avance de la marcha, el tiempo de reposo melancólico de los mediodías, la presencia permanente del sudario dispuesto sobre el ataúd de Raymond, la monótona sucesión de días y noches sin esperanzas ni expectativas de cambio, todas las circunstancias de nuestra cabalgata nos resultaban intolerables. Perdita, ensimismada, hablaba poco, y viajaba en un carruaje cerrado. Cuando reposábamos, permanecía sentada, apoyando la mejilla pálida en una mano blanca y fría, con la vista clavada en el suelo, entregándose a pensamientos que se negaba a compartir.

 

Al descender del monte Parnaso, tras cruzar sus numerosos pliegues, pasamos por Livadia camino del Ática. Perdita no deseaba entrar en Atenas y, al llegar a Maratón, me indicó el lugar que había escogido como hogar sagrado de los restos de Raymond. Se trataba de un repecho cercano a la cabecera de un torrente, al sur del Himeto. El precipicio, profundo, oscuro, cubierto de vegetación, descendía verticalmente desde la cima hasta la base. En las fisuras de la roca crecían el mirto y el tomillo, alimento de muchas clases de abejas. Enormes salientes surgían de las paredes, algunos perpendiculares a éstas. A

 

los pies de aquel sublime abismo, un valle fértil iba de un mar a otro, y más allá se extendía el Egeo azul, salpicado de islas, las suaves olas meciéndose bajo el sol. Cerca del lugar en el que nos hallábamos se erguía una roca solitaria, alta, de forma cónica que, separada por todos sus lados de la montaña, parecía una pirámide natural. No costó mucho trabajo reducirla a su forma perfecta. Debajo se cavó un hueco estrecho en el que Raymond fue depositado, y en la piedra se grabó una inscripción con su nombre, la fecha de su muerte y el motivo.

 

Todo se ejecutó con presteza, bajo mis órdenes. Acepté que la máxima autoridad de la iglesia de Atenas se ocupara de adecentar y custodiar la tumba, y a finales de octubre preparé mi regreso a Inglaterra. Lo hablé con Perdita. Dolía tener que apartarla del último escenario que hablaba de su pérdida, pero permanecer allí por más tiempo era absurdo, y mi alma, impaciente, anhelaba el reencuentro con Idris y mis hijos. Por toda respuesta, Perdita me rogó que la acompañara al caer la tarde del día siguiente a la tumba de Raymond. Hacía días que no visitaba el lugar. El sendero que conducía a ella había sido ensanchado y unos peldaños excavados en la roca facilitaban el acceso. La plataforma sobre la que se alzaba la pirámide también se había ampliado y, mirando hacia el sur, en un repecho sombreado por las ramas abiertas de una higuera, vi que se estaban excavando unos cimientos y que se levantaban contrafuertes y vigas, sin duda las bases para la construcción de una casa. Desde su umbral inconcluso la tumba quedaba a nuestra derecha, y el torrente, la llanura y el mar azul se extendían ante nosotros. Las piedras negras proyectaban el brillo del sol, que reverberaba sobre el valle cultivado, y teñía de púrpura y naranja el plácido oleaje. Nos sentamos sobre una elevación rocosa, y contemplé con arrobo la belleza de un paisaje de colores vivos y cambiantes que modificaba e intensificaba las gracias de la tierra y el mar.

 

-¿No hice bien -dijo Perdita- al pedir que me amado reposara aquí? A partir de ahora ésta será la Cinosura de Grecia. En este lugar la muerte se libera de la mitad de sus terrores, e incluso el polvo inanimado parece formar parte del espíritu de belleza que bendice esta región. Lionel, él descansa ahí. Ésta es la tumba de Raymond, a quien primero amé en mi juventud, a quien mi corazón acompañó en los días de separación e ira, a quien ahora estoy unida para siempre. Nunca, óyeme bien, nunca abandonaré este lugar. Creo que su espíritu permanece aquí lo mismo que el polvo de su cuerpo, que, por incomprensible que parezca, es más valioso en su extinción de lo que nada que la tierra viuda cobije en su triste pecho. Los mirtos, el tomillo, los pequeños ciclámenes, que observan desde las fisuras de la roca, todo lo que habita este rincón, se parece a él. La luz que baña las colinas participa de su esencia, y el cielo y las montañas, el mar y el valle se impregnan de la presencia de su espíritu. ¡Aquí viviré y moriré aquí!

 

»Regresa tú a Inglaterra, Lionel. Regresa junto a la dulce Iris y al querido Adrian, y que mi hija, huérfana, sea como tu propia hija en vuestra casa. Considérame muerta, porque si la muerte es un mero cambio de estado, entonces yo estoy muerta. Este es un mundo distinto del que habitaba, del que ahora es tu hogar. Aquí sólo comulgo con lo que ha sido y con lo que está por venir. Regresa tú a Inglaterra y deja que me quede en el único lugar en el que puedo tolerar vivir los días que por desgracia aún me quedan.

 

Un torrente de lágrimas puso fin a su triste arenga. Yo ya esperaba que pronunciara alguna proposición extravagante y permanecí un rato en silencio, reflexionando sobre el mejor modo de rebatir su fantasioso plan.

 

-Albergas ideas lúgubres, mi querida Perdita -le dije-, y no me sorprende que, durante un tiempo, tu buen juicio se vea afectado por el intenso dolor y una imaginación turbada. Incluso yo siento adoración por esta última morada de Raymond. Y sin embargo debemos abandonarla.

 

-Ya lo esperaba -exclamó Perdita-. Ya suponía que me considerarías loca y necia. Pero no te engañes. Esta casa se construye según mis órdenes. Y aquí me quedaré hasta que me llegue la hora de compartir con él su feliz reposo.

 

-¡Querida niña!

 

-¿Qué tienen de extraño mis pretensiones? Podría haberte mentido. Podría haberte hablado hace unos meses de mi deseo de permanecer aquí, y de ese modo, en tu impaciencia por regresar a Windsor, me habrías dejado hacerlo, y sin reproches ni disuasiones podría haber llevado a cabo mi plan. Pero desdeñé el artificio. O, más bien, en mi desolación, creí que mi único consuelo era abrirte mi corazón a ti, que eres mi hermano y mi único amigo. ¿Disputarás conmigo? Ya sabes lo terca que es tu pobre, tu abatida hermana. Llévate a mi hija contigo. Aléjala de las visiones y los pensamientos tristes. Que la hilaridad infantil visite de nuevo su corazón e ilumine sus ojos, algo que no podrá suceder- le si se queda conmigo. Será mucho mejor para todos vosotros que no volváis a verme. En cuanto a mí, no puedo ir voluntariamente al encuentro de la muerte, o, mejor dicho, no lo haré mientras conserve autoridad sobre mí misma. Y aquí puedo conservarla. Pero si me alejas de este país desaparecerá, y no respondo de la violencia que mi agonía me lleve a infligirme.

 

-Perdita -repliqué-, revistes tus intenciones de palabras poderosas, pero aun así esas intenciones resultan egoístas e indignas de ti. A menudo te has mostrado de acuerdo conmigo en que sólo existe una solución al embrollado enigma de la vida: mejorarnos a nosotros mismos y contribuir a la felicidad de los demás. Y ahora, en la plenitud de tu vida, abandonas tus principios y te encierras en inútil soledad. ¿Acaso en Windsor, escenario de vuestra felicidad primera, pensarás menos en Raymond? ¿Comulgarás menos con su espíritu

 

mientras observas a su hija y cultivas sus excepcionales dones? Has conocido la triste visita de la muerte. No me sorprende que algo parecido a la locura te empuje al desasosiego y a las ideas desbocadas. Pero un hogar de amor te aguarda en tu Inglaterra natal. Mi ternura y mi afecto te aliviarán. La compañía de los amigos de Raymond será para ti mayor solaz que tus lúgubres pensamientos. Todos convertiremos en nuestra prioridad, en nuestra tarea más querida, contribuir a tu felicidad.

 

Perdita negó con la cabeza.

 

-Si así pudiera ser -respondió-, haría muy mal en rechazar tu ofrecimiento. Pero no está en mi mano, no puedo elegir. Sólo aquí puedo vivir. Pertenezco a este paisaje. Todos y cada uno de sus elementos forman parte de mí. No se trata de un capricho repentino; vivo por él. El conocimiento de que estoy aquí despierta conmigo todas las mañanas y me permite soportar la luz; se mezcla con mi alimento, que de otro modo sería veneno; camina, duerme conmigo, me acompaña siempre. Aquí tal vez deje incluso de lamentarme, y llegue, aunque con retraso, a sumar mi consentimiento al decreto que se lo ha llevado de mi lado. Él habría preferido morir de una muerte que quedará en la historia para siempre que haber llegado a la vejez anónimo, sin honores. Tampoco yo puedo desear nada mejor que, tras haber sido la elegida por él, por él amada, aquí, en la plenitud de sus años jóvenes, antes de que el tiempo marchitara los mejores sentimientos de mi naturaleza, contemplar su tumba y unirme prestamente a él en su bendito reposo.

 

»Querido Lionel, tantas cosas he dicho con intención de persuadirte de que obro bien, que si todavía no te he convencido, nada más puedo añadir a modo de argumento, y sólo me queda declararte mi más firme convicción. Aquí me quedo, y sólo me iré a la fuerza. Y ni siquiera así. Si me llevas, regresaré. Si me confinas y me encarcelas, escaparé y volveré a Grecia. ¿Acaso prefiere mi hermano atar el corazón destrozado de Perdita con cadenas de loca que permitir que descanse en paz bajo la sombra de su compañía, en este retiro que amo y que he escogido?

 

Reconozco que todo aquello me parecía producto de una locura organizada. Creía que era mi deber imperativo apartarla de unos escenarios que la obligaban a recordar su pérdida. Tampoco dudaba que, en Windsor, en la tranquilidad de nuestro círculo familiar, recuperaría hasta cierto punto el buen juicio y, finalmente, la felicidad. Mi amor por Clara también me llevaba a oponerme a aquellos sueños de enfermiza pesadumbre. Su sensibilidad ya había sido azuzada en exceso. Su inconsciencia infantil se había tornado sensatez profunda y angustia. El plan extraño y romántico de su madre podía llevarla a afianzar y perpetuar una visión doliente de la vida que a edad tan temprana la había visitado.

 

Al regresar a casa, el capitán del paquebote de vapor con el que había acordado viajar vino a informarme de que, por circunstancias accidentales, debía adelantar la partida y de que, si quería viajar con él, debía presentarme a bordo a las cinco de la mañana del día siguiente. Acepté al punto, y con la misma celeridad ideé un plan por el que obligaría a Perdita a acompañarme. Creo que la mayoría de las personas, en mi situación, habría actuado del mismo modo. Y sin embargo esta consideración no logra aplacar, o al menos no lo logró después, los reproches de mi conciencia. En aquel momento me sentía convencido de obrar bien y de que todo lo que hacía era correcto y necesario.

 

Me senté con Perdita y la tranquilicé al ceder, al menos en apariencia, a su alocado plan. Ella recibió mi decisión complacida y una y mil veces dio las gracias a su mentiroso hermano. Al llegar la noche, su humor, animado por mi cambio imprevisto, recobró una vivacidad casi olvidada. Fingí preocuparme por el rubor febril de sus mejillas y la convencí para que bebiera una medicina que le haría bien. Se la serví, y ella, obediente, la tomó. La falsedad y el engaño son tan odiosos por sí mismos que, aunque seguía creyendo que obraba correctamente, de mí se apoderó un sentimiento de vergüenza y culpa. Me retiré, y al poco oí que dormía profundamente bajo la influencia del láudano que le había administrado. De ese modo, inconsciente, fue trasladada a bordo del barco, que levó anclas y, gracias a los vientos favorables, no tardó en llegar a alta mar. Con todas las velas desplegadas y asistidos por la fuerza del vapor, surcábamos a gran velocidad el húmedo elemento.

 

Perdita no despertó hasta bien avanzado el día, y pasó algo más de tiempo hasta que, saliendo del sopor causado por la adormidera, se percató del cambio de situación. De un respingo se incorporó del sillón y se dirigió al ojo de buey de su camarote. Ante ella el mar azul y embravecido pasaba a gran velocidad, inmenso, sin que en el horizonte se divisara costa alguna. La cubierta se protegía con una red y el rápido movimiento del cielo al pasar por ella revelaba la gran velocidad a la que nos alejábamos de la tierra. El crujir de los mástiles, el chapoteo de las aspas, la trampilla en lo alto, la convencieron de que ya se encontraba a gran distancia de las orillas de Grecia.

 

-¿Dónde estamos? -preguntó-. ¿Adónde vamos?

 

La doncella a la que yo había contratado para que la vigilara le respondió.

 

-A Inglaterra...

 

-¿Y mi hermano?

 

-Está en cubierta, señora.

 

-¡Ingrato, ingrato! -exclamó la pobre víctima, tras suspirar profundamente ante la visión del mar inabarcable. Y entonces, sin añadir nada, se echó en el

 

sofá y, cerrando los ojos, permaneció inmóvil. Excepto por los profundos suspiros que daba, podría haberse dicho que dormía.

 

Tan pronto como supe que había despertado envié a Clara a visitarla, para que la visión de su encantadora hija le inspirara ideas de bondad y amor. Pero ni la presencia de la niña ni mi posterior visita, sirvieron para lograr que abandonara su postración. A Clara la miró con gesto torvo, pero no le habló. Cuando aparecí yo, apartó de mí su rostro, y en respuesta a mis preguntas se limitó a decir:

 

-Sabes bien lo que has hecho.

 

Quise creer que su laconismo se debía sólo a la batalla que libraba su decepción contra su afecto natural, y que en cuestión de días se reconciliaría con su destino.

 

Al terminar la jornada, rogó a Clara que durmiera en otra cabina. Su criada, no obstante, permaneció con ella. Hacia la medianoche, Perdita le habló y le dijo que había tenido una pesadilla, tras lo que le rogó que fuera a ver a su hija y comprobara si dormía plácidamente. La mujer obedeció.

 

La brisa, que había amainado con la puesta del sol, arreciaba de nuevo. Yo me hallaba en cubierta, disfrutando de nuestro rápido avance. El chapoteo de las aguas, que la quilla del barco separaba; el murmullo de las velas henchidas e inmóviles; el viento que soplaba entre las sogas, el rumor del motor, no lograban perturbar la quietud del momento. El mar, poco agitado, mostraba apenas alguna cresta blanca que se fundía pronto en el azul constante. Las nubes habían desaparecido y el éter oscuro se cernía sobre el vasto océano, en el que las constelaciones buscaban en vano su acostumbrado espejo. Nuestra velocidad debía rondar los ocho nudos.

 

De pronto oí un chasquido en el agua. Los marineros de guardia se dirigieron a toda prisa a un costado del barco, al grito de «¡Hombre al agua!»

 

-No ha sido desde cubierta -dijo el timonel-. Algo ha caído desde el camarote de popa.

 

Más lejos, alguien pidió que se arriara el bote. Yo me dirigí corriendo al camarote de mi hermana. Estaba vacío.

 

Con las velas contra el viento, los motores parados, el barco permaneció detenido a su pesar hasta que, tras una hora de búsqueda, la pobre Perdita fue devuelta a cubierta. Pero ningún cuidado bastó para reanimarla y ninguna medicina logró que volviera a abrir sus hermosos ojos, o que su sangre latiera de nuevo en su inmóvil corazón. En un puño cerrado sostenía un pedazo de papel en el que había escrito: «A Atenas». Para asegurar que la llevaran hasta allí e impedir que su cuerpo se perdiera en las profundidades del mar, había

 

tomado la precaución de atarse un largo chal a la cintura, que, a su vez, había anudado a los barrotes de la ventana de su camarote. Se había hundido bajo la quilla de la embarcación, y al desaparecer de la superficie, la recuperación de su cuerpo se había demorado más. Así murió la desdichada niña, víctima de mi imprudencia. Y así, de madrugada, nos dejó para reunirse con los muertos, y prefirió compartir la pétrea tumba de Raymond que seguir disfrutando del escenario animado que la tierra le ofrecía y de la compañía de sus amigos. Murió con veintinueve primaveras, habiendo disfrutado de unos pocos años de la felicidad del paraíso, y tras sufrir un revés que su espíritu impaciente y su naturaleza apasionada no le permitieron asumir. Al fijarme en la expresión serena que se instaló en su semblante en la hora de la muerte, sentí que, a pesar del remordimiento, a pesar de la tristeza que me partía el corazón, era mejor morir así que soportar largos y tristes años de reproches e inconsolable dolor.

 

La violencia de una tempestad nos arrastró hasta el golfo del Adriático, y como nuestra embarcación no estaba preparada para tales condiciones atmosféricas, nos refugiamos en el puerto de Ancona. Allí me encontré con Georgia Palli, vicealmirante de la flota griega, antiguo amigo y camarada de Raymond. Entregué a su cuidado los restos de mi Perdita, con el encargo de que los hiciera llevar al monte Himeto y los depositara en la cámara que, bajo la pirámide, Raymond ya ocupaba. Todo se hizo según mis deseos, y no tardó en reposar junto a su amado. En el sepulcro están inscritos, juntos, los nombres de Raymond y Perdita.

 

Tomé entonces la decisión de proseguir viaje por tierra. El dolor y los remordimientos desgarraban mi corazón. El temor a que Raymond se hubiera ido para siempre, a que su nombre, asociado para siempre al pasado, se borrara de cualquier iniciativa de futuro, había empezado a hacer mella en mí. Siempre había admirado su talento, sus nobles aspiraciones, sus elevadas ideas de gloria, la majestad de su ambición, su absoluta falta de mezquindad, su fortaleza y su osadía. En Grecia había aprendido a amarlo. Su misma terquedad y su entrega a los impulsos de la superstición me lo hacían doblemente cercano: tal vez se tratara de una debilidad, pero lo situaba en los antípodas de toda sumisión y egoísmo. A ese dolor se añadía la muerte de Perdita, condenada por mi maldita obcecación y mi engaño. Mi querida Perdita, mi única familia, de cuyo progreso había sido testigo, desde su más tierna infancia y a través del sendero variado de la vida, y a la que siempre había visto como dechado de integridad, devoción y afecto verdadero, pues todo ello constituye la gracia peculiar del carácter femenino. Y a la que, al final, había contemplado como víctima de un exceso de amor, de un vínculo demasiado constante con lo perecedero y perdido. Ella, en su orgullo de belleza y vida, había abandonado la percepción placentera del mundo aparente en aras de la irrealidad de la tumba, y había dejado huérfana a la pobre Clara.

 

Yo oculté a la pobre niña que la muerte de su madre había sido voluntaria y trataba por todos los medios de alegrar algo su espíritu empapado de tristeza.

 

En mi intento de recobrar el ánimo, la primera decisión fue decir adiós al mar. Su odioso vaivén renovaba una y otra vez en mí la idea de la muerte de mi hermana. Su rugido era un canto fúnebre. En todos los cascos oscuros que surcaban su inconstante pecho, veía un catafalco que llevaría a la muerte a todos los que se entregaran a su sonrisa traicionera. ¡Adiós al mar! Ven, Clara mía, siéntate junto a mí en esta nave aérea, que suave y velozmente surca el azul del cielo y con ligera ondulación flota sobre la corriente del aire. O, si la tormenta sacude su frágil mecanismo, halla tierra debajo y puede descender y refugiarse en el continente sólido. Aquí arriba, compañeros de las aves veloces, surcamos el elemento etéreo con gran presteza y sin temor. La nave ligera no se balancea ni recibe el embate de las olas mortales. El éter se abre ante la proa, y la sombra del globo que la sostiene nos protege del sol del mediodía. Más abajo se extienden las llanuras de Italia o las vastas ondulaciones de los Apeninos. Fértiles aparecen sus muchos valles y los bosques coronan sus cimas. El campesino, libre y feliz, no perturbado por los austriacos, lleva el producto de su doble cosecha al granero; y los ciudadanos refinados cultivan sin temor el árbol de la ciencia en este jardín del mundo.

 

Nos elevamos sobre los picos de los Alpes y por sobre sus profundas y rugientes quebradas entramos en las llanuras de la dulce Francia, y tras un viaje aéreo de seis días aterrizamos en Dieppe, plegamos las alas cubiertas de plumas y deshinchamos el globo de nuestra pequeña nave. Una lluvia intensa hacía incómodo proseguir el viaje por aire, de modo que nos embarcamos en un pequeño vapor, y tras una breve travesía arribamos a Portsmouth.

 

Al llegar, descubrimos que una curiosa historia acaparaba la atención general. Hacía unos días, un barco arrastrado por una tempestad había aparecido frente al puerto. El casco se veía hendido y resquebrajado, las velas desgarradas y, enredadas de cualquier manera, las sogas se habían roto. Avanzaba a la deriva, en dirección a los muelles, pero quedó varado en las arenas de la embocadura. A la mañana siguiente los oficiales de aduanas, junto con un grupo de ociosos, se acercaron a inspeccionarlo. Al parecer, un solo miembro de la tripulación parecía haber arribado a salvo. Había llegado a tierra y, tras dar unos pasos en dirección a la ciudad, vencido por la enfermedad y la muerte inminente, se desplomó sobre la playa inhóspita. Lo encontraron agarrotado, los puños cerrados y apretados contra el pecho. Tenía la piel ennegrecida y el pelo y la barba enmarañados indicaban que había soportado su desgracia por tiempo prolongado. Se rumoreaba que había muerto de peste. Nadie se atrevió a subir al barco y se decía que, de noche, extrañas visiones aparecían en cubierta y colgando de los mástiles y las sogas. El casco no tardó en desmembrarse. Me llevaron al lugar en el que había

 

encallado y vi unos tablones sueltos empujados por las olas. El cuerpo del hombre que había llegado a tierra había sido enterrado a mucha profundidad, bajo la arena. Y nadie supo decirme nada más, salvo que el barco había sido fletado en América y que varios meses antes el Fortunatus había zarpado desde Filadelfia, de donde, a partir de ese momento, no volvieron a recibirse noticias.

 

 

 

 

CAPÍTULO IV

 

 

Regresé a la finca familiar en el otoño del año 2092. Mi corazón llevaba con ellos desde siempre, y ahora se regocijaba en la esperanza de volver a verlos. La región que habitaban parecía la morada del espíritu bondadoso. La felicidad, el amor y la paz recorrían los senderos de los bosques y templaban la atmósfera. Después de toda la agitación y el pesar que había soportado en Grecia, me dirigía a Windsor como el ave que, llevada por la tormenta, busca un nido donde cobijarse tranquila y plegar las alas.

 

¡Qué insensatos habían sido los viajeros que, abandonando su refugio, se habían enredado en la maraña de la sociedad y adentrado en lo que los hombres de mundo llaman «vida», ese laberinto de mal, ese plan de tortura mutua? Según ese sentido que se da al mundo, para poder vivir debemos también sentir; no debemos ser meros espectadores de la acción, debemos actuar; no debemos describir, sino convertirnos en sujetos de la descripción. El profundo pesar debe haber sido el prisionero de nuestro pecho; el fraude debe habernos acechado, a la espera; el mentiroso debe habernos engañado; la duda enfermiza y la esperanza vana deben haber llenado de incertidumbre nuestros días; la hilaridad y la dicha, que se arriman en éxtasis al alma, deben en ocasiones habernos poseído. ¿Quién, si sabe lo que es la «vida», perseguiría esas enfebrecidas modalidades de existencia? Yo he vivido. He pasado días y noches de fiesta. Me he unido a ambiciosas esperanzas y me he exultado en la victoria. Ahora... cierro la puerta del mundo y elevo un alto muro que me separará de las escenas turbulentas que se representan en él. Vivamos los unos para los otros, y para la felicidad. Busquemos la paz en nuestro amado hogar, cerca del murmullo de los arroyos, del vaivén gracioso de los árboles, de las hermosas vestimentas de la tierra, del boato sublime de los cielos. Renunciemos a la «vida», para poder vivir.

 

Idris se mostró más que de acuerdo con mi decisión. Su vivacidad innata no precisaba de emociones imprevistas, y su corazón plácido reposaba satisfecho en mi amor, en el bienestar de sus hijos y en la belleza natural circundante. Su orgullo y su ambición intachable consistían en provocar

 

sonrisas a su alrededor y en dar reposo a la existencia frágil de su hermano. A pesar de sus tiernos cuidados, la salud de Adrian declinaba perceptiblemente. Los paseos a pie o a caballo, ocupaciones comunes de la vida, le fatigaban en extremo. No sentía dolor, pero parecía hallarse siempre tembloroso, al borde de la aniquilación. Sin embargo, como llevaba meses viviendo en tal estado, no nos inspiraba un temor inmediato, aunque él hablara de la muerte como de un hecho del todo familiar en sus pensamientos. No dejaba de esforzarse por hacer felices a los demás ni por cultivar sus asombrosas capacidades mentales.

 

Así transcurrió el invierno, y la primavera, impulsada por los meses, insufló vida a la naturaleza toda. El bosque se vistió de verde. Las jóvenes terneras pastaban la hierba nueva; las sombras de unas nubes ligeras, llevadas por el viento, recorrían veloces los verdes campos de maíz. El cuclillo repetía su monótono canto; el ruiseñor, ave del amor y compañero de la estrella vespertina, inundaba los bosques con sus trinos, mientras Venus se demoraba en el cálido ocaso y el verdor recién estrenado de los árboles se destacaba sobre el claro horizonte.

 

La dicha despertaba en todos los corazones, la dicha y la exultación, pues la paz reinaba en todo el mundo. El templo de Jano Universal mantenía cerrados los portones y ningún hombre murió ese año a manos de otro hombre.

 

-Si esto dura otros doce meses -dijo Adrian-, la tierra se convertirá en un paraíso. Los esfuerzos del hombre se concentraban antes en la destrucción de su propia especie. Ahora persigue su liberación y preservación. El hombre no es capaz de estarse quieto, y ahora sus aspiraciones traerán el bien en vez del mal. Los países favorecidos del sur se liberarán del yugo de la servidumbre; la pobreza nos abandonará y, con ella, la enfermedad. ¿Qué no han de lograr las fuerzas, nunca hasta ahora unidas, de la libertad y la paz, en la morada del hombre?

 

-¡Sueños, siempre sueños, Windsor! -exclamó Ryland, antiguo adversario de Raymond y candidato al Protectorado en las elecciones que ya estaban próximas-. Tenga por seguro que la tierra no es el cielo, ni lo será nunca, y que las semillas del infierno son consustanciales a su suelo. Cuando las estaciones se igualen, cuando el aire no nos traiga desórdenes, cuando su superficie no dependa de cosechas perdidas y sequías, sólo entonces desaparecerá la enfermedad. Cuando mueran las pasiones del hombre, la pobreza desaparecerá. Cuando el odio no se iguale al amor, existirá la fraternidad entre los hombres. Aún nos encontramos muy lejos de ese estado.

 

-No tanto como usted supone -observó un viejo astrónomo de corta estatura llamado Merrival-. Los polos avanzan lenta pero constantemente. En unos cientos de miles de años...

 

-Ya estaremos todos bajo tierra -le interrumpió Ryland.

 

-El eje de la tierra coincidirá con el de la elíptica -prosiguió el astrónomo-, se producirá una primavera universal y la tierra será un paraíso.

 

-Y todos, claro está, nos beneficiaremos del cambio -observó Ryland, desdeñoso.

 

-Qué noticia más extraña -intervine yo, con un periódico abierto entre las manos. Como de costumbre, me había interesado por las noticias que llegaban de Grecia-. Parece que la destrucción total de Constantinopla, y la suposición de que el invierno había purificado el aire de la ciudad caída, alentaron a los griegos a visitar el lugar e iniciar su reconstrucción. Pero nos cuentan que la maldición de Dios permanece en el lugar, pues todos los que se han aventurado en él han sido atacados por la peste; que la enfermedad se ha propagado por Tracia y Macedonia; y que ahora, por temor a la virulencia de la infección en los meses de calor, se ha trazado un cordón sanitario en las fronteras de Tesalia y se ha decretado una cuarentena estricta.

 

Aquella noticia nos alejó de la idea del paraíso que se esperaba para dentro de unos centenares de miles de años y nos devolvió al dolor y a la miseria que, en nuestro tiempo, se enseñoreaban de la tierra. Conversamos sobre los estragos que la peste había causado en todos los rincones del mundo. Y sobre las consecuencias devastadoras que tendría una segunda visita. Abordamos los mejores medios de prevenir la infección y de preservar la salud y la actividad en una ciudad afectada por ella. En Londres, por ejemplo. Merrival no participaba en aquella conversación. Se había sentado junto a Idris y seguía exponiéndole que la feliz idea de un paraíso en la tierra, alcanzado tras unos centenares de miles de años, se veía ensombrecida, en su caso, por el conocimiento de que, transcurrido cierto tiempo más, a éste le seguiría un infierno o un purgatorio terrenales, que se producirían cuando la elíptica y el ecuador se hallaran en ángulo recto. Finalmente, la reunión llegó a su fin.

 

-Esta mañana todos nos dedicamos a soñar -dijo Ryland-. Tanto sentido tiene tratar sobre la visita de la plaga a nuestra bien gobernada metrópoli como calcular los siglos que han de transcurrir hasta que podamos cultivar piñas aquí, al aire libre.

 

Pero, aunque parecía absurdo temer la llegada de la peste a Londres, yo no podía dejar de pensar con gran dolor en la desolación que aquel mal causaría en Grecia. Los ingleses, en su mayor parte, se referían a Tracia y Macedonia como lo habrían hecho de algún territorio lunar que, ignoto para ellos, no suscitaba idea o interés alguno a sus mentes. Pero yo había hollado sus suelos. Los rostros de muchos de sus habitantes me resultaban familiares. En las ciudades, llanuras, colinas y desfiladeros de aquellas regiones había gozado de una indecible felicidad durante mi viaje por ellas el año anterior. En mi mente aparecían alguna aldea romántica, alguna casa de campo o mansión elegante

 

allí situadas, habitadas por gentes encantadoras y bondadosas, y me asaltaba la duda de si hasta allí habría llegado la plaga. El mismo monstruo invencible que se cernía sobre Constantinopla y la devoraba, aquel demonio más cruel que la tempestad, más rebelde que el fuego vaga, ¡ay! suelto por ese hermoso país... Aquellas reflexiones no me daban reposo.

 

La situación política de Inglaterra se complicaba ante la proximidad de la nueva elección del Protector. El acontecimiento suscitaba gran interés, pues se decía que si el candidato popular (Ryland), resultaba ganador, la abolición de los rangos hereditarios y demás vestigios del pasado se sometería a la consideración del Parlamento. Durante nuestra reunión de aquel día no se pronunció una palabra sobre ninguno de aquellos asuntos. Todo dependía de la elección del Protector y de las elecciones del año siguiente. Y sin embargo aquel silencio resultaba terrible y demostraba el gran peso que se atribuía a la cuestión, así como el temor de los partidos a lanzar un ataque prematuro y de que, una vez iniciado, la contienda resultara feroz.

 

Pero aunque Saint Stephen no resonaba con la voz que llenaba todos los corazones, los periódicos no se ocupaban de nada más, y los corros privados las conversaciones, versaran sobre lo que versasen, no tardaban en converger sobre aquel aspecto central, mientras las voces se convertían en susurros y los interlocutores arrimaban más sus sillas. Los nobles no dudaban en expresar sus temores. El otro partido intentaba abordar la cuestión con ligereza.

 

-Vergüenza debería sentir un país -afirmó Ryland- que se preocupa tanto por las palabras y la naderías. La cuestión es del todo fútil; se reduce a la pintura de los emblemas de los carruajes, al bordado de las levitas de los lacayos.

 

sin embargo, ¿podía Inglaterra realmente despojarse de sus arreos de nobleza y conformarse con el estilo democrático de América? ¿Debían el orgullo de los ancestros, el espíritu patricio, la gentil cortesía y las metas refinadas -atributos espléndidos del rango-, borrarse de nosotros? Nos decían que ello no sucedería, que éramos por naturaleza un pueblo poético, una nación fácilmente engañada por las palabras, dispuesta a organizar las nubes de forma esplendorosa, a conceder honores al polvo. Jamás perderíamos ese espíritu; y era para difundir ese espíritu concentrado en la cuna por lo que debía aprobarse la nueva ley. Se nos aseguraba que cuando el nombre y el título de inglés fuera la única patente de nobleza, todos seríamos nobles; que cuando ningún hombre nacido bajo el influjo inglés sintiera que otro era superior a él en rango, la cortesía y el refinamiento se convertirían en derechos de cuna de todos los ciudadanos. Que Inglaterra no imagine que podrá vivir sin sus nobles, nobleza verdadera de la naturaleza, que lleva su patente en su conducta digna, que desde la cuna se eleva sobre sus demás congéneres, porque son mejores que el resto. Entre la raza de los hombres independientes,

 

generosos y cultivados, en un país en que la imaginación es emperatriz de las mentes de los hombres, no ha de temerse que queramos una sucesión perpetua de nobles y personas de alcurnia. Sin embargo, ese partido, que apenas podía considerarse una minoría en el reino, que constituía el ornamento de la columna, «el capitel corintio de la sociedad pulida», apelaba a prejuicios sin fin, a viejos vínculos y a esperanzas jóvenes; a la expectativa de miles que tal vez un día se convirtieran en pares; azuzaban un espantapájaros, el espectro de todo lo que era sórdido, mecánico y bajo en las repúblicas comerciales.

 

La peste había llegado a Atenas. Cientos de residentes ingleses regresaron a su país. Los adorados atenienses de Raymond, el pueblo noble y libre de la más divina ciudad griega, caían como mazorcas de maíz maduro bajo la implacable hoz de su adversario. Sus agradables lugares quedaban desiertos. Sus templos y palacios se convertían en tumbas. Sus esfuerzos, hasta entonces orientados a los objetos más altos de la ambición humana, se veían obligados a converger en un mismo punto: la protección contra la lluvia de flechas de la plaga.

 

En cualquier otro momento el desastre hubiera despertado una profunda compasión entre nosotros. Pero en aquellos meses pasó desapercibido, enfrascados como estábamos en la inminente controversia. No era así en mi caso, y las cuestiones sobre rango y derecho se tornaban insignificantes a mis ojos cuando imaginaba la escena de la sufriente Atenas. Había oído hablar de la muerte de hijos únicos; de maridos y esposas que se profesaban gran devoción; del desgarro de unos lazos que, al romperse, arrancaban los corazones, de amigos que perdían a amigos, de madres jóvenes que perdían a sus hijos recién nacidos. Y todas aquellas conmovedoras desgracias se agrupaban en mi mente, y mi mente las dibujaba con el conocimiento de aquellas personas, con el afecto y la estima que profesaba por quienes las sufrían. Eran los admiradores, los amigos, los camaradas de Raymond, las familias que habían acogido a Perdita en Grecia y llorado con ella la muerte de su señor, quienes caían abatidos y se reunían con él en la fosa común.

 

La peste, en Atenas, vino precedida del contagio en Levante y fue causada por él. La escena de destrucción y muerte seguía representándose en aquel lugar a una escala pavorosa. La esperanza de que el brote de aquel año fuera el último mantenía a los mercaderes en contacto con aquellos países. Pero sus habitantes eran presas de la desesperanza, o de una resignación que, nacida del fanatismo, adoptaba el mismo tono siniestro. A América también habían llegado los males, y ya se tratara de fiebre amarilla, ya de peste, la epidemia demostraba una virulencia sin precedentes. La devastación no se limitaba a las ciudades, y se extendía por todo el país. El cazador moría en los bosques, el campesino en los campos de maíz, y el pescador en sus aguas natales.

 

Desde el este nos llegó una historia extraña, a la que se habría concedido

 

poco crédito de no haberla presenciado multitud de testigos en diversas partes del mundo. Se decía que el veintiuno de junio, una hora antes del solsticio, se elevó por el cielo un sol negro; un orbe del tamaño del astro, pero oscuro, definido, cuyos haces eran sombras, ascendió desde el oeste. En una hora había alcanzado el meridiano y eclipsado a su esplendoroso pariente diurno. La noche cayó sobre todos los países, una noche repentina, opaca, absoluta. Salieron las estrellas, derramando en vano sus brillos sobre una tierra viuda de luz. Pero el orbe tenue no tardó en pasar por encima del sol y en dirigirse al cielo del este. Mientras descendía, sus rayos crepusculares se cruzaban con los del sol, brillantes, opacándolos o distorsionándolos. Las sombras de las cosas adoptaban formas raras y siniestras. Los animales salvajes de los bosques eran presa del terror cuando contemplaban aquellas formas desconocidas que se dibujaban sobre la tierra, y huían sin saber dónde. Los ciudadanos sentían un gran temor ante la convulsión que «arrojaba leones a las calles»; pájaros, águilas de poderosas alas, cegadas de pronto, caían en los mercados, mientras los búhos y los murciélagos hacían su aparición, saludando a la noche precoz. Gradualmente el objeto del temor fue hundiéndose en el horizonte, y hasta el final irradió sus haces oscuros en un aire por lo demás transparente. Ese fue el relato que nos llegó de Asia, del extremo oriental de Europa y de África, desde un lugar tan lejano como la Costa de Oro.

 

Tanto si la historia era verdadera como si no, sus consecuencias fueron indudables. Por toda Asia, desde las orillas del Nilo hasta las costas del mar Caspio, desde el Helesponto hasta el mar de Omán, se propagó el pánico. Los hombres llenaban las mezquitas; las mujeres, cubiertas con sus velos, acudían apresuradamente a las tumbas a depositar ofrendas a los muertos para que protegieran a los vivos. Todos se olvidaron de la peste, pues el nuevo temor lo causaba aquel sol negro. Y, aunque las muertes se multiplicaron y las calles de Ispahán, Pequín y Delhi se llenaban de cadáveres infestados de pestilencia, los hombres pasaban junto a ellos, observando el cielo en busca de malos presagios, sin prestar atención a la muerte que tenían bajo los pies. Los cristianos acudían a sus iglesias; doncellas cristianas, incluso durante la fiesta de las rosas, se vestían de blanco y se tocaban con velos brillantes, y en largas procesiones acudían a los lugares consagrados a su religión, llenando el aire con sus himnos; entonces, de los labios de alguna pobre plañidera entre la multitud ascendía un grito de dolor y el resto alzaba la vista al cielo, imaginando que veía alas de ángeles que volaban sobre la tierra, lamentando los desastres que estaban a punto de abatirse sobre la humanidad.

 

En la soleada Persia, en las ciudades atestadas de la China, entre los matorrales aromáticos de Cachemira, por las costas meridionales del Mediterráneo, sucedían tales cosas. Incluso en Grecia la historia del sol de las tinieblas acrecentaba los temores y la desesperación de la multitud agonizante. Nosotros, en nuestra isla neblinosa, nos hallábamos muy lejos del peligro, y lo

 

único que nos acercaba a aquellos desastres era la llegada diaria de buques procedentes del Medio Oriente llenos de emigrantes, en su mayoría ingleses. Pues los musulmanes, aunque el miedo a la muerte estuviera muy extendido entre ellos, se mantenían en su sitio, juntos, en la creencia de que, si habían de morir (y, si ello ocurría, la muerte acudiría a su encuentro lo mismo en mar abierto, en la lejana Inglaterra o en Persia), si habían de morir, era preferible que sus huesos descansaran en una tierra sacramentada por los restos de verdaderos creyentes. La Meca no se había visto jamás tan rebosante de peregrinos, pues hasta los árabes renunciaban al pillaje de las caravanas y, humildes y desarmados, se unían a las procesiones, rezando a Mahoma para que alejara la peste de sus campamentos y sus desiertos.

 

No acierto a describir la alegría que sentía cuando, apartándome tanto de las trifulcas políticas de mi país como de los males físicos que acechaban aquellos lugares remotos, regresaba a mi amado hogar, a la morada selecta de bondad y amor, a la paz y al intercambio de toda sagrada comprensión. Si nunca hubiera abandonado Windsor, mis emociones no habrían alcanzado la misma intensidad. Pero en Grecia había sido presa del miedo y los cambios deplorables. En Grecia, tras un periodo de angustia y pesar, había visto partir a dos seres cuyos nombres eran símbolo de grandeza y virtud. Ahora, no iba a permitir que aquellas desgracias se inmiscuyeran en mi círculo doméstico en el que, rodeados de nuestro querido bosque, vivíamos tranquilos. El paso de los años, sin duda, provocaba pequeños cambios en nuestro refugio. Y el tiempo, como es su costumbre, grababa las señales de la mortalidad en nuestros placeres y expectativas.

 

Idris, la esposa, hermana y amiga más afectuosa, era una madre tierna y abnegada. Para ella, a diferencia de lo que sucedía con muchas, aquellos sentimientos no eran un pasatiempo, sino una pasión. Habíamos tenido tres hijos. El segundo de ellos murió mientras yo me hallaba en Grecia. Aquella pérdida tiñó de pesadumbre y temor las emociones triunfantes y arrobadas de su maternidad. Antes de que aquello sucediera, los tres pequeños nacidos de sus entrañas, jóvenes herederos de su vida efímera, parecían poseedores de una existencia inquebrantable. Ahora, sin embargo, Idris temía que la implacable destructora le arrebatara a los pequeños que le quedaban, igual que había hecho con su hermano. La menor enfermedad de alguno de ellos le causaba pavor, y su tristeza era infinita si debía separarse de los pequeños por el más breve periodo. Custodiaba el tesoro de su felicidad en el seno de su frágil ser y vigilaba de continuo, no fuera la insidiosa ladrona a robarle sus preciadas joyas. Por fortuna, apenas tenía motivos para temer nada. Alfred, que ya había cumplido nueve años, era un muchacho esbelto y varonil, de frente despejada, ojos tiernos y carácter amable, aunque independiente. El pequeño era todavía un bebé, pero a sus redondos mofletes asomaban las rosas de la salud, y su vivacidad despreocupada llenaba nuestra casa de risas

 

inocentes.

 

Clara había llegado a esa edad que, dejando atrás su muda ignorancia, era la fuente de los temores de Idris. Sentía un gran afecto por Clara, como todos. Su inteligencia, que era mucha, se combinaba con inocencia, su sensatez con prudencia, su seriedad con un gran sentido del humor, y su belleza trascendente, unida a una deliciosa sencillez, era tal, que colgaba como una perla en el templo de nuestras posesiones, tesoro de maravilla y excelencia.

 

Al principio del invierno nuestro Alfred, que ya tenía nueve años, ingresó en la escuela de Eton. A él le parecía que aquel era su primer paso hacia la vida adulta y se sentía inmensamente complacido. Aquella combinación de estudio y diversiones iba desarrollando las mejores cualidades de su carácter, su constancia, su generosidad, su bien gobernada firmeza. ¡Qué emociones tan profundas y sagradas crecen en el pecho de un padre cuando se convence de que el amor que siente por su hijo no es sólo producto del instinto, sino que se trata de algo plenamente merecido, y que otros, menos cercanos a él, participan de su aprobación! Para Idris y para mí mismo constituía motivo de suprema felicidad que la franqueza reflejada en la frente despejada de Alfred, la inteligencia de sus ojos, la sensatez templada de su voz, no fueran engaños, sino indicadores de talentos y virtudes que «crecerían con su crecimiento, y fortalecerían su fuerza». Es en ese momento del fin del amor animal de un progenitor por sus hijos, cuando se inicia el verdadero afecto. Ya no vemos en esa parte tan querida de nosotros mismos una tierna planta que necesita de nuestros cuidados, ni un juguete para los ratos de ocio. Nos basamos en sus facultades intelectuales, fijamos nuestras esperanzas en sus tendencias morales. Su debilidad todavía impregna de temor este sentimiento, su ignorancia impide una intimidad completa; pero empezamos a respetar al futuro hombre y tratamos de asegurarnos su estima como si fuera nuestro igual. ¿Qué puede valorar más un padre que la buena opinión de su hijo? En toda nuestra relación con él nuestro honor debe quedar intacto, la integridad de nuestro parentesco, inmaculado. El destino y las circunstancias pueden, cuando alcance la madurez, separarnos para siempre, pero cuando su guía se halle en peligro, su consuelo en momentos de zozobra, al ardiente joven han de acompañarle siempre, en el duro sendero de la vida, el amor y el honor de sus padres.

 

Llevábamos tanto tiempo viviendo en las inmediaciones de Eton que su población de muchachos jóvenes nos era bien conocida. Muchos de ellos habían sido amigos de juegos de Alfred antes de convertirse en compañeros de escuela. Ahora observábamos a aquel grupo de jóvenes con redoblado interés. Distinguíamos las diferencias de carácter entre los chicos y tratábamos de adivinar cómo serían los futuros hombres que se ocultaban en ellos. Nada resulta más encantador, y en nada se regocija más el corazón, que un

 

muchacho libre de espíritu, amable, valiente y generoso. Varios de los alumnos de Eton poseían estas características. Todos se distinguían por su sentido del honor y su capacidad de iniciativa. En algunos, al acercarse a la madurez, aquellas virtudes degeneraban en presunción. Pero los más jóvenes, niños poco mayores que el nuestro, eran notorios por su disposición gallarda y dulce.

 

Entre ellos se encontraban los futuros gobernantes de Inglaterra. Los hombres que, cuando nuestro ardor se hubiera enfriado y nuestros proyectos hubieran culminado o hubieran sido destruidos para siempre; cuando, representado ya nuestro drama, nos despojáramos del atuendo del momento y nos ataviáramos con el uniforme de la edad, o de la muerte igualadora; allí estarían los seres que debían seguir operando la vasta maquinaria de la sociedad; allí los amantes, los esposos, los padres; allí el señor, el político, el soldado. Algunos imaginaban que ya estaban listos para salir a escena, impacientes por participar del dramatis personae de la vida activa. No hacía tanto que yo mismo había sido uno de aquellos imberbes participantes; cuando mi hijo ocupara el lugar que ahora me correspondía a mí, yo ya sería un viejo arrugado de pelo cano. ¡Curioso sistema! ¡Asombroso enigma de la Esfinge! El hombre permanece, mientras que los individuos pasan. Así funciona, por recurrir a las palabras de un escritor elocuente y filosófico, «el sistema de la existencia decretado para un cuerpo permanente compuesto de piezas transitorias en el que, según disposición de una sabiduría extraordinaria, que unifica la misteriosa variedad de la raza humana, el conjunto resultante no es, simultáneamente, nunca viejo, ni de mediana edad ni joven, sino que, en un estado de constancia inalterada, avanza a través del tenor variado de una permanente decadencia, caída, renovación y progreso».

 

¡Con gusto te cedo mi lugar, querido Alfred! Avanza, retoño del dulce amor, hijo de nuestras esperanzas. Avanza como un soldado por el camino por el que yo he sido tu pionero. Haré un lugar para ti. Yo ya he abandonado la inconsciencia de la infancia, la frente lisa, el gesto vivaz de los primeros años. Que todo ello te adorne a ti. Avanza, que yo he de desprenderme de más cosas en tu beneficio. El tiempo me robará las gracias de la madurez, me arrebatará el fuego de los ojos, la agilidad de los miembros; me privará de la mejor parte de la vida, de las impacientes expectativas, del amor apasionado, y lo derramará todo, doblemente, sobre tu hermosa cabeza. ¡Avanza! Haceos merecedores del regalo, tú y tus camaradas. Y en la obra que estáis a punto de representar, no deshonréis a aquéllos que os animaron a subir a escena, a pronunciar cabalmente los papeles que se os asignaron. Que tu progreso sea constante y seguro. Nacido en la corriente primaveral de las esperanzas humanas, que alcances un verano tras el que el invierno no llegue jamás.

 

CAPÍTULO V

 

 

Parecía evidente que algún trastorno se había infiltrado en el curso de los elementos, alterando su fluir benigno. El viento, príncipe del aire, rugía en su reino, encrespando el mar furioso y sometiendo a la tierra rebelde a cierta obediencia.

 

Airadas plagas desde las alturas el dios envía de hambruna y pestilencia a montones perecen y de nuevo en venganza de su ira cae sobre sus grandes huestes,

 

y sus tambaleantes muros resquebraja;

 

detiene sus flotas en la llanura del mar

 

y a sus profundidades las envía.

 

Su poder mortífero azotaba los países florecientes del sur, y durante el invierno, incluso nosotros, desde nuestro retiro septentrional, empezamos a agitarnos bajo sus efectos.

 

Considero injusta esa fábula que proclama la superioridad del sol sobre el viento. Quién no ha visto la tierra ligera, la atmósfera balsámica, la naturaleza alegre tornarse oscura, fría e inhóspita cuando el viento, aletargado, despierta por el este o, cuando las nubes grises encapotan el cielo y cortinas de lluvia, inagotables, descienden hasta que la tierra empapada, incapaz de absorber más agua, y forma charcos en su superficie; o cuando la antorcha del día parece un meteoro que podría sofocarse. Y quién no ha visto levantarse el viento del norte que empuja los nubarrones, y aparecer el cielo veteado, y al poco surgir una abertura en los vapores del ojo del viento, a través del cual brilla el azul más intenso Las nubes pierden grosor; se forma un arco que asciende sin fin y, retirándose el velo del muro universal, el sol envía sus rayos, reanimado y alimentado por la brisa.

 

De modo que muy poderoso eres, ¡oh, viento!, que ocupas el trono por sobre todos los demás virreyes del poder de la naturaleza: ya llegues destructor desde el este, o preñado de vida elemental desde el oeste, a ti te obedecen las nubes; el sol es tu sirviente; el océano sin costa es esclavo tuyo. Barres la tierra y los robles centenarios se someten a tu hacha ciega; la nieve se esparce sobre los pináculos de los Alpes, las avalanchas atruenan en sus valles; custodias las llaves de la escarcha y tienes potestad para encadenar primero, y después liberar, el agua de los arroyos; bajo tu amable gobierno nacen las hojas y los capullos, que también por ti florecen.

 

¿Por qué aúllas así, oh viento? Ni de día ni de noche ha cesado tu rugido en los últimos cuatro meses. En las costas se suceden los naufragios, la superficie del mar no es ya navegable, la tierra se ha despojado de su belleza obedeciendo tus órdenes, el frágil globo ya no osa surcar los aires agitados. Tus ministras, las nubes, inundan la tierra con sus lluvias, los ríos abandonan sus cauces, el torrente desbocado desgarra el sendero de montaña. Los llanos, los bosques y los claros olvidan sus encantos y hasta nuestras ciudades se echan a perder por tu causa. ¡Ay! ¿Qué será de nosotros? Se diría que las olas gigantes del océano, los inmensos brazos del mar, están a punto de arrancar de su centro nuestra isla, tan firmemente anclada en él, para arrojarla, convertida en ruina y escombro, contra los campos del Atlántico.

 

¿Qué somos nosotros, los habitantes de esta esfera, insignificantes entre los muchos que pueblan el espacio ilimitado? Nuestras mentes abrazan el infinito, pero el mecanismo visible de nuestro ser está sujeto al más pequeño accidente (no hay más remedio que corroborarlo día a día). Aquél a quien un rasguño afecta, aquél que desaparece de la vida visible bajo el influjo de los agentes hostiles que operan a nuestro alrededor, ostentaba los mismos poderes que yo... Yo también existo sujeto a las mismas leyes. Y a pesar de todo ello nos llamamos a nosotros mismos señores de la creación, dominadores de los elementos, maestros de la vida y de la muerte, y alegamos, como excusa a esta arrogancia, que aunque el individuo se destruye, el hombre perdura siempre.

 

Así, perdiendo nuestra identidad, de la que somos muy conscientes, nos vanagloriamos en la continuidad de nuestra especie y aprendemos a ver la muerte sin terror. Pero cuando la nación entera se convierte en víctima de los poderes destructores de agentes externos, entonces, ciertamente, el hombre mengua hasta la insignificancia, siente que su posesión de la vida peligra, que su herencia en la tierra desaparece.

 

Recuerdo que, tras presenciar los efectos devastadores de un fuego, durante un tiempo no era capaz de hallarme en presencia del más pequeño de ellos, encendido en algún brasero, sin sentir temor. Las llamas se retorcían alrededor del edificio en su caída. Se insinuaban en las sustancias que les rodeaban, y todo lo que hallaba a su paso se rendía a su tacto. ¿Podíamos, entonces, tomar partes integrales de aquel poder, y no pasar a ser súbditos de sus operaciones? ¿Podíamos domesticar a un cachorro de aquella bestia salvaje, y no sentir temor cuando creciera y se convirtiera en ejemplar adulto?

 

Así empezábamos a sentirnos respecto de los muchos rostros de la muerte que vagaba libre por los selectos distritos de nuestra hermosa morada, y sobre todo respecto de la peste. Temíamos el verano que se avecinaba. Los países que compartían frontera con otros ya infectados comenzaban a adoptar planes serios para mantener alejado al enemigo. Nosotros, pueblo comercial, nos veíamos obligados, cuando menos, a tenerlos en cuenta, y la cuestión del

 

contagio se convirtió en tema de acaloradas discusiones.

 

Estaba demostrado que la peste no era lo que comúnmente se conoce como enfermedad contagiosa, como los son la escarlatina o la viruela. Se consideraba una epidemia. Pero la gran pregunta que seguía sin respuesta era cómo se generaba y se propagaba aquella epidemia. Si la infección dependía del aire, el aire estaba expuesto a la infección. Como sucede, por ejemplo, en el caso de un tifus llevado por un barco hasta una ciudad portuaria; la misma gente que lo ha llevado hasta allí no logra contagiarlo a una ciudad situada de manera más afortunada. Pero, ¿cómo vamos nosotros a juzgar sobre el aire, a pronunciarnos sobre si en tal ciudad la peste será improductiva y en esta otra la naturaleza proporcionará una buena cosecha? Del mismo modo, un individuo puede escapar de ella noventa y nueve veces y recibir el golpe mortal la centésima, pues los cuerpos se hallan en ocasiones en un estado que rechaza la infección, mientras que en otras parecen ávidos de empaparse de ella. Todas esas reflexiones llevaban a nuestros legisladores a mostrarse prudentes respecto de las leyes que debían aprobar. El mal se extendía de tal modo, con tal violencia y crueldad, que ninguna prevención, ningún cuidado, podía juzgarse superfluo, pues tal vez precisamente éstos fueran los que acabaran salvándonos.

 

Se trataba, en cualquier caso, de un ejercicio de prudencia, ya que no había necesidad urgente de tomar medidas. Inglaterra seguía resultando un lugar seguro. Francia, Alemania, Italia y España se interponían aún -muros sin brecha- entre nosotros y la plaga. Nuestros barcos eran, ciertamente, juguete de los vientos y las olas, del mismo modo que Gulliver lo era de los gigantes brobdinagianos, pero nosotros, en nuestra estable morada, quedábamos a salvo de las heridas de aquella naturaleza en erupción. No conocíamos el temor. Y sin embargo, un sentimiento de respeto, de asombro, la dolorosa sensación de que la humanidad se iba degradando, anidaba en todos los corazones. La naturaleza, nuestra madre, nuestra amiga, volvía hacia nosotros su rostro amenazante. Nos demostraba sencillamente que, aunque nos permitía asignarle leyes y someter sus poderes aparentes, ella, moviendo apenas un dedo, podía hacernos temblar. Podía tomar nuestro planeta salpicado de montañas, rodeado de atmósfera, morada de nuestro ser, así como todo lo que la mente del hombre fuera capaz de inventar o su fuerza de alcanzar; podía tomar aquella esfera con una sola mano y arrojarla al espacio, donde la vida se consumiría y los hombres y todos sus esfuerzos resultarían aniquilados.

 

Todas aquellas especulaciones proliferaban entre nosotros. Y sin embargo manteníamos nuestras ocupaciones diarias y nuestros planes, cuyo logro exigía el transcurso de muchos años. Ninguna voz se alzaba pidiéndonos que nos detuviéramos. Cuando las desgracias extranjeras llegaban a nuestros oídos a través de los canales del comercio, nos afanábamos en buscar remedios. Se

 

realizaban suscripciones para auxiliar a los emigrantes y mercaderes arruinados por culpa del fracaso del comercio. El espíritu inglés operaba a toda máquina y, como siempre, se disponía a oponerse al mal y resistirse a la herida de caos y muerte que la naturaleza enferma había infligido en unos límites y orillas que hasta entonces se habían mantenido al margen.

 

A principios de verano llegaron hasta nosotros las primeras noticias de que el daño que se había producido en países lejanos era mayor de lo que en un principio se sospechó. Quito había sido destruido por un terremoto. Méjico, arrasado por los efectos combinados de tormentas, peste y hambrunas. Europa occidental recibía a multitud de emigrantes y nuestras islas se habían convertido ya en refugio de miles de ellos. Entretanto, a Ryland lo habían nombrado Protector. Había asumido el cargo con gran ímpetu y pensaba dedicar todos sus esfuerzos a la supresión de los órdenes privilegiados de nuestra comunidad. Sus medidas, no obstante, se vieron obstaculizadas, y sus planes interrumpidos, por aquel nuevo estado de cosas. Muchos de los extranjeros se hallaban en una situación desesperada, y su número creciente acabó por convertir en ineficaces los métodos de auxilio habituales. La imposibilidad de realizar intercambios entre nuestros puertos y los de América, India, Egipto y Grecia supuso la interrupción de la actividad comercial. En la rutina de nuestras vidas se abrió una brecha. Nuestro Protector y sus partidarios trataron en vano de ocultar la verdad; en vano día tras día estipulaban un periodo para debatir las nuevas leyes relativas al rango hereditario y los privilegios; en vano trataban de presentar el mal como algo transitorio y parcial. Aquellos desastres hacían nido en muchos pechos y, a través de las distintas vías comerciales, llegaban a todas las clases y las divisiones de la sociedad, hasta el punto de convertirse, inevitablemente, en la cuestión más relevante del Estado, en el tema principal al que debíamos dedicar nuestras atenciones.

 

¿Es posible -nos preguntábamos unos a otros con asombro y pesar- que los desórdenes naturales hayan causado la ruina de países enteros, la aniquilación de naciones enteras? Las grandes ciudades de América, las fértiles llanuras del Indostán, las atestadas viviendas de los chinos, viven amenazadas por la destrucción total. Allá donde antes las multitudes se congregaban en busca de placer o provecho, ahora sólo resuenan los lamentos y la tristeza. El aire está emponzoñado y los seres humanos respiran muerte, aunque sean jóvenes, sanos, y se hallen en la flor de sus esperanzas. Recordábamos la peste de 1348, cuando se calculaba que un tercio de la humanidad fue destruida. Sin embargo, por el momento Europa occidental se mantenía a salvo. ¿Sería así por mucho tiempo?

 

¡Oh, sí, no temáis, ciudadanos, así seguirá siendo! En las llanuras de América aún sin cultivar, ¿acaso puede sorprender que, entre otros

 

destructores gigantes, la peste se haya hecho un sitio? Ésta ha sido desde siempre nativa de Oriente, hermana del tornado, el terremoto y el simún. Hija del sol, retoño de los trópicos, expirará en esos climas. Bebe la sangre oscura de los habitantes meridionales pero nuca se alimenta del celta de pálido rostro. Si, por azar, algún asiático infectado llegara a nosotros, la plaga moriría con él, incomunicada, inocua. Lloremos por nuestros hermanos, pero sepamos que su desgracia jamás se abatirá sobre nosotros. Lamentémonos por los hijos del jardín de la tierra y brindémosles nuestra ayuda. Antes envidiábamos sus moradas, sus huertos de especias, sus fértiles planicies, su abundante belleza. Pero en esta vida mortal los extremos siempre se tocan. La espina crece con la rosa, el árbol del veneno y el de la canela entrelazan sus ramas. Persia, con sus tejidos de oro, sus salones de mármol y su infinita riqueza es hoy una tumba. La tienda de los árabes ha caído sobre la arena y su caballo recorre la tierra sin brida ni silla. Los lamentos resuenan en los valles de Cachemira. Sus claros y sus bosques, sus frescas fontanas, sus rosaledas, se ven contaminados por los muertos. En Circasia y Georgia, el espíritu de la belleza llora sobre las ruinas de su templo favorito: el cuerpo femenino.

 

Nuestras propias desgracias, aunque causadas por la reciprocidad ficticia del comercio, aumentaban proporcionalmente. Se arruinaron banqueros, mercaderes y fabricantes cuyo negocio dependía de las exportaciones y el intercambio de la riqueza. Se trata de reveses que, cuando suceden individualmente, afectan sólo al entorno más inmediato. Pero ahora la prosperidad de la nación se veía amenazada por pérdidas frecuentes y extensivas. Familias acostumbradas a la opulencia y el lujo quedaban a expensas de la caridad. La propia situación pacífica de la que nos vanagloriábamos resultaba engañosa: no había medios para emplear a los ociosos ni para enviar los excedentes de población fuera del país. Incluso la fuente de las colonias se había secado, pues en Nueva Holanda, la Tierra de Van Diemen y el Cabo de Buena Esperanza la peste se propagaba con gran virulencia. ¡Ah! ¡Que alguna medicina purgara nuestro mal y devolviera a la tierra su salud acostumbrada!

 

Ryland era hombre de fuertes convicciones, rápido y sensato en su decisión cuando las condiciones eran normales, pero permanecía paralizado ante la gran cantidad de males que nos acechaban. ¿Debía aumentar los tributos sobre la tierra para asistir a la población que dependía del comercio? Para hacerlo debía ganarse el favor de los terratenientes, los aristócratas del campo, que eran sus enemigos declarados. Y para ello, a su vez, debía abandonar su más ambicioso plan de igualdad y confirmar a los aristócratas sus derechos sobre la tierra. Debía olvidarse de sus más preciados proyectos tendentes a alcanzar un bien duradero para su país, a cambio de un alivio temporal. Debía renunciar a su objeto más ambicionado y, bajando los brazos, rendirse sin haber logrado alcanzar, de momento, la meta última de sus esfuerzos. En esa tesitura llegó a

 

Windsor para exponernos el asunto. Cada día añadía nuevas dificultades a las ya existentes: la llegada de nuevos barcos cargados de emigrantes, el cese total del comercio, las multitudes hambrientas que se agolpaban a las puertas del palacio del Protectorado, eran circunstancias que no podían obviarse. En efecto, el golpe ya había sido asestado y los aristócratas obtuvieron todo lo que deseaban a cambio de suscribir una ley que, con vigencia de doce meses, incrementaba en un veinte por ciento los impuestos que debían pagar los propietarios.

 

La calma regresó a la metrópolis y a las ciudades más populosas, antes presas de la desesperación. Y volvimos a contemplar las calamidades desde la distancia, a preguntarnos si el futuro nos depararía algo de alivio a sus excesos. Era agosto, de modo que no se albergaban grandes esperanzas de mejora durante la estación calurosa. Por el contrario, la enfermedad cobró mayor virulencia, mientras las hambrunas proseguían con su labor acostumbrada. Miles de personas morían sin que nadie las llorara, pues junto a los cuerpos aún calientes, quienes se lamentaban de la pérdida enmudecían también, vencidos por la muerte.

 

El 18 de ese mes llegaron a Londres noticias de que la plaga había hecho acto de presencia en Francia y en Italia. Al principio se trataba de susurros que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. Cuando alguien se encontraba con un amigo en la calle, se limitaba a exclamar, sin detenerse siquiera: «Ya lo sabes, ¿verdad?», mientras que el otro, con expresión de miedo y terror, respondía: «¿Qué va a ser de nosotros?» Finalmente la información apareció en un periódico, intercalada en una página poco leída: «Lamentamos informar de que ya no existe duda sobre la presencia de la peste en Livorno, Génova y Marsella». A la noticia no seguía comentario alguno, y cada lector, asustado, aportaba el suyo. Éramos como ese hombre que se entera de que su casa está ardiendo y aun así avanza por la calle sin perder la esperanza de que se trate de un error, hasta que dobla la esquina y ve el tejado envuelto en llamas. Hasta ese momento se había tratado de un rumor; pero ahora, en palabras indelebles, impresa en letras definitivas, innegables, la noticia se abría paso. Su lugar tan poco destacado en el periódico redundaba, paradójicamente, en su visibilidad. Las letras diminutas adquirían proporciones gigantescas a los ojos perplejos del temor. Parecían grabadas con pluma de hierro, impresas con fuego, tejidas en las nubes, estampadas en la cubierta del universo.

 

Los ingleses, ya se tratara de viajeros o de expatriados, regresaban en riadas imparables. Y con ellos llegaban multitud de italianos y españoles. Nuestra pequeña isla parecía a punto de reventar. En un primer momento los emigrantes pusieron en circulación gran cantidad de moneda. Pero no había manera de que aquella gente obtuviera nada a cambio de lo que gastaba. A medida que avanzaba el verano y la enfermedad se propagaba, los alquileres

 

quedaban sin pagar y las remesas de dinero no llegaban. Resultaba imposible ver a aquellas criaturas desgraciadas y moribundas, hasta hacía poco hijas del lujo, y no tender una mano para salvarlas. Como había sucedido a finales del siglo xviii, cuando los ingleses abrieron sus despensas de hospitalidad para alivio de aquellos exiliados de sus casas a causa de la revolución política, tampoco ahora dejamos de prestar ayuda a las víctimas de una calamidad más extendida. Nosotros contábamos con muchos amigos extranjeros a los que, una vez localizados, tratamos de aliviar de su terrible penuria. Nuestro castillo se convirtió en asilo de los infelices y no pocos se refugiaron entre sus muros. Los beneficios de su dueño, que siempre había hallado un modo de invertirlos de acuerdo con su naturaleza generosa, se gastaban ahora con mayor cuidado, para que resultaran de mayor utilidad. Con todo, el dinero faltaba sólo en parte, y lo que más escaseaban eran los productos esenciales de la vida. Resultaba difícil hallar un remedio inmediato, pues las importaciones -el recurso más habitual- habían quedado interrumpidas. En aquella situación de emergencia, para alimentar a las personas a las que habíamos dado cobijo tuvimos que entregar nuestros jardines y parques al arado y la azada. La gran demanda en el mercado hizo disminuir ostensiblemente el número de cabezas de ganado en el país. Incluso los pobres ciervos, nuestros astados más consentidos, debían sacrificarse para que sobrevivieran unos huéspedes más valiosos que ellos. Los trabajos necesarios para el cultivo del campo los realizaban hombres que habían sido despedidos de las cada vez más escasas fábricas.

 

Adrian no se conformaba con el esfuerzo que pudiera llevar a cabo en sus propias posesiones y apeló a los ricos terratenientes. Realizó propuestas parlamentarias que poco podían satisfacer a los que más tenían. Pero sus sinceras súplicas y benévola elocuencia eran irresistibles. Ceder terrenos de ocio a la agricultura, disminuir el número de caballos que en todo el país se mantenían con finalidades suntuarias, eran buenas ideas, aunque desagradables para algunos. Con todo, en honor a los ingleses debe decirse que, aunque la reticencia natural les llevó a demorarse un poco, cuando la desgracia de sus congéneres se hizo evidente, una generosidad entusiasta inspiró sus decretos. Quienes vivían con más lujo fueron los primeros en apartarse de sus bienes. Como suele suceder en toda colectividad, los primeros marcaron la tendencia. Las damas de la alta sociedad se habrían considerado desgraciadas si hubieran gozado de lo que antes llamaban una necesidad, es decir, de un carruaje. Las sillas de manos, como en los viejos tiempos, y los palanquines indios, volvieron a usarse para las más débiles. Por lo demás, no era raro ver a mujeres de rango acudir a pie a los lugares de moda. Y más común todavía era que los propietarios de tierras se retiraran a sus fincas, asistidos por tropas completas de indigentes que talaban sus bosques para construirse viviendas provisionales y parcelaban los parques, los parterres y los jardines, que

 

cultivaban las familias necesitadas. Ahora muchas de ellas, de desahogada posición en sus países de origen, trabajaban la tierra, arado en mano. Finalmente hubo de ponerse algo de freno a tanto espíritu de sacrificio y recordar a aquéllos cuya generosidad se convertía en despilfarro, que hasta que la situación por la que atravesábamos se hiciera permanente -lo que no era probable-, constituía un error acelerar los cambios hasta un punto tal que se hiciera difícil el regreso a la situación anterior. La experiencia demostraba que en uno o dos años la peste remitiría. Era aconsejable que entre tanto no destruyéramos nuestras bellas razas de caballos o modificáramos radicalmente los espacios ornamentales del país.

 

Puede imaginarse que el estado de las cosas debía de ser lo bastante grave como para que aquel espíritu de bondad echara unas raíces tan profundas. La infección se propagaba ahora por las provincias meridionales de Francia. Pero aquel país contaba con tal riqueza de recursos agrícolas que el desplazamiento de la población de un lugar a otro y el aumento de la emigración extranjera tuvieron menos efecto que entre nosotros. El principal daño parecía causado más por el pánico que por la enfermedad y sus consecuencias naturales.

 

Se convocó al invierno, doctor infalible. Los bosques sin follaje, los ríos rebosantes de agua, las nieblas nocturnas y las escarchas matutinas fueron recibidos con gratitud. Los efectos del frío purificante se sintieron de inmediato y las cifras de muertos en el extranjero se reducían semana tras semana. Muchos de nuestros visitantes nos dijeron adiós. Aquellos cuyos hogares se hallaban situados al sur escaparon encantados de los rigores de nuestro invierno, en pos de su tierra nativa, seguros de hallar en ella abundancia, a pesar de la temible y reciente visita. Volvíamos a respirar. No sabíamos qué nos depararía el siguiente verano, pero los meses que teníamos por delante eran nuestros y depositábamos grandes esperanzas en el fin de la peste.

 

 

 

 

CAPÍTULO VI

 

 

Me he demorado hasta ahora en otra orilla, en la desolada lengua de arena que se adentra en el arroyo de la vida tras coquetear apenas con la sombra de la muerte. Hasta ahora he mecido mi corazón en el recuerdo de la felicidad pasada, del tiempo de la esperanza. ¿Por qué no seguir así? No soy inmortal, y el ovillo de mi historia podría seguir devanándose hasta trascender los límites de mi existencia. Pero no. El mismo sentimiento que me ha conducido a recrear escenas repletas de tiernas remembranzas me empuja ahora a apresurarme. El mismo anhelo de este corazón exhausto, que me ha llevado a

 

poner por escrito mi juventud errante, mi serena edad adulta, las pasiones de mi alma, me disuade ahora de mayores demoras. Debo completar mi obra.

 

Así, aquí me encuentro, como he dicho, junto a las aguas bravas de los años que fluyen y desaparecen. ¡Arriad las velas y remad con fuerza por congostos oscuros, empinados rápidos, hasta llegar al mar de desolación en que me hallo! Pero antes, todavía un instante, un breve intervalo antes de zarpar. Dejadme una vez más, una sola, imaginarme cómo era en 2094, en mi morada de Windsor. Dejadme cerrar los ojos e imaginar que las inmensas ramas de los robles todavía me cobijan en los alrededores del castillo. Que la mente recree el feliz escenario del 20 de junio tal como mi doliente corazón aún lo recuerda.

 

Las circunstancias me habían llevado a Londres. Allí oí que a algunos hospitales de la ciudad habían acudido enfermos con síntomas de peste. Regresé a Windsor apesadumbrado. Accedí a Little Park, como era mi costumbre, por la puerta de Frogmore, camino del castillo. Gran parte de esas tierras se dedicaban ahora al cultivo, y aquí y allá surgían campos de patatas y maizales. Los grajos graznaban con estridencia sobre los árboles cercanos. Entre sus gritos agudos llegó a mí una música animada. Era el cumpleaños de Alfred. Los jóvenes, sus compañeros de Eton y los hijos de los nobles de las inmediaciones, habían organizado un simulacro de feria al que habían invitado a toda la vecindad, y el parque se veía salpicado de tenderetes de colores vivos flanqueados por banderas estrambóticas que ondeaban al sol y aportaban su nota festiva a la escena. Sobre una tarima instalada bajo la terraza bailaban algunos jóvenes. Me apoyé en un árbol y me dediqué a observarlos. La orquesta tocaba la animada aria orientalizante de Abon Hassan, de Weber. Sus volátiles notas daban alas a los pies de los danzantes, y quienes los observaban marcaban el ritmo sin percatarse de ello. En un primer momento me dejé arrastrar por la alegría y durante unos instantes mis ojos recorrieron la maraña de cuerpos en movimiento. Entonces una idea se clavó en mi corazón como el acero: «todos vais a morir -pensé-. Ya cavan vuestra tumba alrededor de vosotros. Por el momento, como contáis con los dones de la agilidad y la fuerza, imagináis que estáis vivos. Pero frágil es la «enramada de carne» que aprisiona la vida; quebradiza la cadena de plata que os une a ella. El alma feliz, que va de placer en placer montada en el agraciado mecanismo de unos miembros bien formados, sentirá de pronto que el eje cede, que la rueda y el muelle se disuelven en el polvo. Ni uno solo de vosotros -¡oh, desdichado grupo!- escapará. Ni uno solo. ¡Ni mi Idris ni sus hijos! ¡Horror y desgracia! La alegre danza concluyó de pronto, el prado verde quedó cubierto de cadáveres y el aire azul se impregnó de vapores fétidos y letales. ¡Resonad, clarines! ¡Atronad, agudas trompetas! Sumad un canto fúnebre a otro, tocad acordes lúgubres, que el aire reverbere con hórridos lamentos, que en las alas del viento viajen los aullidos discordantes. Ya me parece oírlos, mientras los

 

ángeles de la guarda, que velan por la humanidad, se retiran veloces una vez cumplida su misión, su partida anunciada por sonidos melancólicos. Unos rostros llorosos más allá del decoro me obligaron a abrir los ojos; cada vez más aprisa, más rostros desencajados se congregaban a mi alrededor y exhibían todas las variedades del pesar, rostros conocidos que alternaban con otros distorsionados, producto de la fantasía. Con palidez cenicienta, Raymond y Perdita se hallaban sentados, alejados del resto, observándolo todo con una sonrisa triste. El semblante de Adrian pasaba entonces ante mí fugazmente, teñido de muerte. Idris, con los párpados lánguidamente cerrados, los labios lívidos, avanzaba, a punto de meterse en la ancha tumba. La confusión crecía. Las expresiones de tristeza se convertían en gestos de burla: movían la cabeza asintiendo al ritmo de la música, que subía de tono hasta resultar ensordecedora.

 

Creí ser presa de la locura y, adelantándome para librarme de ella, me uní a la multitud. Idris se fijó en mí y vino a mi encuentro con paso leve. La estreché entre mis brazos sintiendo, al hacerlo, que en ellos sostenía lo que para mí era el mundo entero, pero que a la vez resultaba tan frágil como la gota de agua que el sol del mediodía ha de beberse en la copa de un nenúfar. A mi pesar sentí los ojos arrasados en lágrimas. La alegre bienvenida de mis hijos, el dulce saludo de Clara, el apretón de manos de Adrian... Todo se aliaba para desencajarme. Los sentía cerca, los sentía a salvo, y a la vez pensaba que todo aquello era un engaño: la tierra se movía bajo mis pies, los árboles se balanceaban a pesar de tener las raíces profundamente ancladas en el suelo. Me sentía tan mareado que me tendí sobre la hierba.

 

Mis seres queridos se alarmaron hasta tal punto que no me atreví a pronunciar la palabra «peste» que me asomaba ya a la punta de la lengua, por temor a que pensaran que mis síntomas se debían a ella y que mi desfallecimiento lo causaba la infección. Me había recuperado algo, y con forzada hilaridad había devuelto las sonrisas a mi reducido círculo, cuando vi que Ryland se aproximaba a mí.

 

El nuevo Protector tenía en su complexión algo de granjero, de hombre cuyos músculos y físico se hubieran desarrollado bajo la influencia del ejercicio físico vigoroso y la exposición a los elementos. Y hasta cierto punto así era, pues aunque propietario de una gran finca, en tanto que proyectista y persona de naturaleza activa e industriosa, se entregaba a las labores agrícolas en sus terrenos. Cuando fue nombrado embajador del país en los Estados del Norte de América, se planteó durante un tiempo instalarse en el país, y llegó a realizar varios viajes hacia el oeste de aquel inmenso continente con el fin de escoger el lugar idóneo para establecerse. La ambición le apartó de aquellos planes, una ambición que, abriéndose paso a través de varios obstáculos y reveses, le había llevado al fin al colmo de sus esperanzas, convirtiéndolo en

 

señor Protector de Inglaterra.

 

Su expresión era dura pero denotaba inteligencia: la frente despejada, los ojos grises, despiertos, que parecían protegerse de sus propios planes y de la oposición de los enemigos. Hablaba con voz estentórea y agitaba mucho las manos durante las discusiones, como si con su gigantesco cuerpo quisiera advertir a sus interlocutores de que las palabras no eran sus únicas armas. Eran pocos los que habían descubierto cierta cobardía y una considerable falta de firmeza bajo aquel aspecto imponente. A nadie se le daba mejor que a él aplastar a un adversario más débil, del mismo modo que nadie era más capaz de ejecutar una rápida retirada ante un adversario poderoso. Ése había sido el secreto de su renuncia cuando se produjo la elección de lord Raymond. Aunque la mayoría los desconocía, aquellos defectos podían intuirse apenas en su mirada no siempre franca, en su afán exagerado por conocer las opiniones de los demás, en la poca firmeza de su letra. Ahora él era nuestro Protector. Se había entregado a una feroz campaña para alcanzar el cargo. Su Protectorado iba a distinguirse por la introducción de toda clase de renovaciones tocantes a la aristocracia. Pero había tenido que cambiar aquella tarea por otra muy distinta: la de enfrentarse a la ruina causada por las convulsiones de la naturaleza. Pero no contaba con ningún sistema coherente para abordar aquellos males y se limitaba a solicitar informe tras informe, sin decidirse a poner en práctica solución alguna hasta que todas ellas dejaban de resultar eficaces.

 

Sin duda el Ryland que avanzaba hacia nosotros en ese instante se parecía muy poco al cazador de votos poderoso, irónico y en apariencia valeroso que aspiraba a ocupar la dignidad de primer mandatario entre los ingleses. Nuestro «roble autóctono», como lo llamaban sus partidarios, parecía haber encogido a causa del embate de algún frío invernal. Parecía haber menguado hasta la mitad de su tamaño y caminaba torpemente, como si las piernas no fueran capaces de soportar su peso. El gesto contrariado, la mirada perdida, ponían en su rostro una mezcla de cobardía y temor.

 

En respuesta a nuestras ávidas preguntas, sólo pronunció una palabra, que se diría que involuntariamente se le había escapado de los labios:

 

-Peste... ¿Dónde?... En todas partes... Debemos huir, huir, pero ¿adónde?... Nadie lo sabe. No existe refugio en la tierra, nos ataca como mil manadas de lobos. Debemos huir todos. ¿Dónde iréis? ¿Dónde podemos ir?

 

El hombre de acero había hablado con voz temblorosa.

 

-¿De veras huiría usted? -le preguntó Adrian-. Debemos permanecer aquí y hacer todo lo posible por ayudar a los ciudadanos que sufren.

 

-¡Ayudar! -exclamó Ryland-. No hay ayuda posible. ¡Por Dios! ¿Quién

 

habla de ayuda? ¡El mundo entero es presa de la peste!

 

-Entonces, para evitarla, debemos abandonar el mundo -observó Adrian esbozando una sonrisa sosegada.

 

Ryland emitió una especie de gruñido. Un sudor frío bañaba su frente. Era inútil oponerse a su paroxismo de terror, pero de todos modos nosotros tratamos de calmarlo y animarlo. Así, transcurridos unos minutos, algo más sereno, logró explicarnos con más calma el motivo de su alarma, pues había vivido un caso bastante próximo. Uno de sus criados, mientras lo esperaba, había caído muerto en el acto. El médico dictaminó que había fallecido a causa de la peste. Intentamos calmarlo, sí, pero la zozobra se apoderaba de nuestros corazones. Vi que Idris me miraba primero a mí y después a los niños, pidiéndome en silencio mi opinión. Adrian se hallaba sumido en la meditación. En cuanto a mí, reconozco que las palabras de Ryland resonaban en mis oídos: todo el mundo estaba infectado. ¿En qué reclusión pura podría guarecer mis amados tesoros hasta que la sombra de la muerte hubiera dejado atrás la tierra? Permanecimos todos en silencio, un silencio que se nutría de los relatos y los pronósticos lúgubres de nuestro invitado.

 

Nos habíamos apartado un poco del resto de asistentes a la celebración y ahora subíamos por la escalinata de la terraza, camino del castillo. Nuestro cambio de humor intrigó a los que se hallaban más cerca de nosotros. Además, a través de los criados de Ryland no tardó en saberse que éste había escapado de la peste que ya afectaba a Londres. Los alegres invitados se dispersaron en corrillos susurrantes. El espíritu festivo desapareció al instante: la música cesó y los jóvenes abandonaron sus ocupaciones y se congregaron. El ánimo liviano que les había llevado a vestirse con disfraces, a decorar los tenderetes, a reunirse en grupos fantásticos, les parecía ahora un pecado, una provocación al destino horrible que había posado su mano temblorosa sobre la esperanza y la vida. La dicha de aquel día resultaba una burla sacrílega de las penas del hombre. Los extranjeros que vivían entre nosotros y que habían huido de sus países por culpa de la epidemia veían invadido su último refugio. El miedo los volvía locuaces, ante un auditorio ávido de noticias describían las desgracias que habían contemplado en las ciudades visitadas por la calamidad y se entregaban a detallados y horribles relatos sobre la naturaleza insidiosa e irremediable de la pestilencia.

 

Entramos en el castillo. Idris se acercó a una ventana que miraba al parque. Con ojos maternales buscaba a nuestros hijos entre la multitud. Un muchacho italiano había congregado un corrillo a su alrededor y con gesto vehemente describía alguna escena espeluznante. Alfred permanecía inmóvil frente a él, absorto en sus palabras. El pequeño Evelyn había tratado de convencer a Clara para que se lo llevara a jugar a otra parte, pero la historia del italiano la fascinaba y, sin quitarle la vista de encima, cada vez se acercaba más a él. Bien

 

observando a los invitados del jardín, bien sumidos en sus reflexiones, todos guardaban silencio. Ryland, solo, se apoyaba en una ventana; Adrian caminaba de un lado a otro rumiando alguna idea nueva y poderosa, hasta que se detuvo de pronto y dijo:

 

-Llevo tiempo temiendo que sucediera esto. ¿Acaso cabía esperar que la isla se mantuviera al margen de la visita universal? El mal ha venido a visitarnos a nuestra casa y no debemos arredrarnos ante el destino. ¿Cuáles son sus planes, señor Protector, para el bien del país?

 

-Por el amor de Dios, Windsor -exclamó Ryland-. No se mofe de mí con ese título. La muerte y la enfermedad igualan a todos los hombres. Ni pretendo proteger a nadie ni dirijo un hospital... que es en lo que pronto se convertirá Inglaterra.

 

-¿Pretende entonces abandonar sus deberes en esta hora de peligro?

 

-¿Deberes? Hable cabalmente, milord. Cuando sea un cadáver carcomido por la peste, ¿cuáles serán mis deberes? ¡Que cada palo aguante su vela! Que el diablo asuma el Protectorado, si asumiéndolo yo voy a ponerme en peligro.

 

-¡Hombre débil de espíritu! -dijo Adrian, presa de la indignación-. Sus conciudadanos depositan su confianza en usted, y usted los traiciona.

 

-¿Los traiciono? -inquirió Ryland-. Es la peste la que me traiciona a mí. ¿Débil de espíritu? Está bien. Usted, encerrado en su castillo, se jacta de no conocer el temor. Que asuma quien quiera el Protectorado. Yo renuncio a él ante Dios.

 

-¡Y ante Dios -exclamó su contrincante con fervor- yo lo recibo! Nadie se postulará para el cargo en estas circunstancias, nadie envidiará el peligro que he de correr ni las tareas a las que voy a entregarme. Deposite su poder en mis manos. Largo tiempo he luchado con la muerte, y mucho (extendió una mano escuálida), mucho he sufrido en la batalla. No es huyendo del enemigo, sino enfrentándose a él, como podremos conquistarlo. Si ahora estoy a punto de iniciar mi último combate, si voy a perderlo, que así sea.

 

»Pero Ryland, reconsidere su posición. Los hombres, hasta ahora, lo han tenido por magnánimo y sabio. ¿Arrojará esos títulos por la borda? Piense en el pánico que causará su huida. Regrese a Londres. Yo le acompañaré. Aliente al pueblo con su mera presencia. Yo incurriré en el peligro. Vergüenza debería darle ser el primero en desatender sus deberes, siendo como es el primer mandatario del país.

 

Entretanto el ánimo festivo había desaparecido por completo de los invitados que poblaban el jardín. Como las moscas a las que, en verano, ahuyenta el aguacero, así nuestro grupo, hasta hacía muy poco ruidoso y feliz,

 

iba menguando entre tristes y melancólicos murmullos. Al ponerse el sol y acercarse la noche, el jardín quedó casi desierto. Adrian y Ryland seguían enzarzados en su discusión. Habíamos preparado un banquete para nuestros invitados en el salón de la planta baja del castillo, y hacia allí nos dirigimos Idris y yo para recibir a los pocos que quedaban. Nada resulta más melancólico que una reunión festiva convertida en velada triste. Los atuendos de gala, los ornamentos, alegres en otras circunstancias, se revisten de un aspecto solemne y fúnebre. Y si ese cambio ya resultaba doloroso ante causas menores, su peso ante aquélla se nos hacía intolerable, pues sabíamos que la Destructora de la tierra, como un demonio, había traspasado al fin, discretamente, los límites erigidos por nuestra precaución, y que, definitivamente, se había instalado en el corazón palpitante de nuestro país. Idris se sentó a la cabecera de la mesa medio vacía. Pálida y llorosa, le costaba no olvidar sus deberes de anfitriona. Mantenía la vista fija en nuestros hijos. El aire serio de Alfred demostraba que seguía rumiando sobre la historia que había oído contar al muchacho italiano. Evelyn era la única criatura alegre entre los presentes. Sentado sobre el regazo de Clara, entregado a sus propias fantasías, no dejaba de reírse en voz alta. Su voz infantil reverberaba en el techo abovedado. Su pobre madre, que llevaba largo rato reprimiendo toda expresión de angustia, no pudo más, estalló en llanto y, sosteniendo a su pequeño en brazos, se alejó precipitadamente del salón. Clara y Alfred la siguieron. Mientras, los demás asistentes, perplejos, iniciaron un murmullo que iba subiendo de tono y era expresión de sus temores.

 

Los jóvenes se congregaron a mi alrededor para pedirme consejo. Y de quienes tenían amigos en Londres se iba apoderando una gran intranquilidad, pues ignoraban el alcance de la epidemia en la ciudad. Yo, tratando de animarlos como mejor podía, les aseguraba que, por el momento, la peste había causado muy pocas bajas. Para tranquilizarlos, les sugería que, siendo como éramos los últimos en recibir su visita, era probable que la epidemia hubiera perdido virulencia antes de llegar a nuestras tierras. La limpieza, los hábitos ordenados y las construcciones de nuestras ciudades eran elementos que jugaban a favor nuestro. Por tratarse de una epidemia, su fuerza principal derivaba de las características perniciosas del aire, por lo que, en un país donde éste era naturalmente salubre, no se esperaba que causara grandes estragos. En un primer momento me dirigí sólo a los que se hallaban cerca de mí, pero gradualmente fue congregándose más gente a mi alrededor, y constaté que todos me escuchaban.

 

-Amigos -proseguí-, el riesgo que corremos es ordinario, de modo que las precauciones que tomemos también lo han de ser. Si la valerosa hombría y la resistencia pueden salvarnos, entonces nos salvaremos. Lucharemos contra el enemigo hasta el final. La plaga no hallará en nosotros una presa fácil; le disputaremos cada palmo del terreno y, con leyes metódicas e inflexibles,

 

pondremos trabas invencibles al avance de nuestro enemigo. Tal vez en ninguna otra parte del mundo se haya topado con oposición tan sistemática y testaruda. Tal vez a ningún otro país haya dotado la naturaleza de mejor protección natural contra nuestro invasor, y tal vez en ningún otro la mano del hombre pueda contribuir tanto a la tarea de la naturaleza. No desesperaremos. No somos cobardes ni fatalistas; creemos que Dios ha puesto en nuestras manos los medios para nuestra supervivencia y vamos a sacarles el máximo provecho. Recordad que la limpieza, la sobriedad e incluso el buen humor y la benevolencia son nuestras mejores medicinas.

 

Poco podía añadir a aquella exhortación general. La peste había llegado a Londres pero aún no había hecho mella entre nosotros. Pedí a los invitados que se retiraran y me obedecieron, tristes, a la espera de lo que pudiera sucederles.

 

Fui entonces en busca de Adrian, impaciente por conocer el resultado de su conversación con Ryland. En cierto sentido la discusión la había ganado él: el Protector aceptó regresar a Londres unas semanas, tiempo suficiente para que la situación se enderezara algo y su renuncia no causara tanta consternación. Hallé juntos a Adrian y a Idris. De la tristeza con que aquél había recibido la noticia de la llegada de la peste a Londres no quedaba ni rastro. Su presencia de ánimo infundía fuerza a su cuerpo y la alegría solemne del entusiasmo y la entrega iluminaba su semblante. La debilidad de su condición física parecía haberle pasado de largo, como la nube de humanidad, en la antigua fábula, pasó de largo ante el amante divino de Semele. Trataba de infundir valor a su hermana, lograr que viera sus intenciones bajo una luz menos trágica, para lo que, con apasionada elocuencia, le exponía sus razones.

 

-Permíteme, en primer lugar -le dijo-, que libere tu mente de todo temor que puedas sentir por causa mía. No pienso forzarme más allá de mi resistencia ni buscaré los peligros innecesariamente. Creo saber qué debe hacerse y, dado que mi presencia es necesaria para el cumplimiento de mis planes, pondré especial cuidado en conservar mi vida.

 

»Voy a asumir un cargo adecuado para mí. No soy capaz de intrigar, de abrirme camino por las sendas tortuosas del laberinto que forman los vicios y las pasiones del hombre. Pero sí puedo aportar paciencia y comprensión, y toda la ayuda que permite el arte, al lecho del enfermo. Sí puedo alzar del suelo al triste huérfano y despertar nuevas esperanzas en el corazón cerrado del doliente. Sí puedo confinar a la peste dentro de unos límites, establecer un plazo a la desgracia que pueda ocasionar. Coraje, resistencia y vigilancia son las fuerzas que yo aporto a esta gran obra.

 

»¡Oh! ¡Ahora seré alguien! Desde mi nacimiento he aspirado a ser águila, pero, a diferencia de ella, me fallaron las alas, y la ceguera se apoderó de mis

 

ojos. La decepción y la enfermedad, hasta hoy, me han dominado. Nacidos al nacer yo, gemelos míos, mi «podrías» se veía siempre encadenado a mi «no podrás». Un pastor cuidando de su rebaño en los montes participaba más que yo de la sociedad. Felicítame, pues, por haber encontrado una meta adecuada a mis fuerzas. A menudo he considerado ofrecer mis servicios a ciudades italianas o francesas invadidas por la peste. Pero el temor a lastimarte y la premonición de esta catástrofe me coartaban. A Inglaterra y a los ingleses me dedico. Si logro salvar uno solo de sus poderosos espíritus del mazazo de la muerte, si logro apartar la enfermedad de una de sus mansiones sonrientes, no habré vivido en vano.

 

¡Extraña ambición la suya! Y sin embargo así era Adrian. Parecía dado a la contemplación, negado a las excitaciones en todas sus formas, estudiante infatigable, hombre de visiones... Pero si se topaba con un asunto que considerara digno,

 

como alondra que, al alba

 

vuela sobre la tierra tenebrosa

 

y a las puertas del cielo

 

sus himnos canta,

 

así él también se alzaba de sus pensamientos exangües e improductivos y alcanzaba la más alta cima de la acción virtuosa.

 

Con él viajaban el entusiasmo, la decisión férrea, el ojo capaz de mirar a la muerte sin pestañear. Entre nosotros, en cambio, habitaban la tristeza, la angustia, la insoportable espera del mal. Francis Bacon afirma que el hombre que tiene esposa e hijos entrega rehenes a la fortuna. Vano resultaba todo razonamiento filosófico -vana toda fortaleza-, vana, vana toda confianza en un bien probable. Por más que yo cargara un platillo de la balanza con lógica, valor y resignación, un solo temor por Idris y nuestros hijos colocado en el otro bastaba para decantarla de su lado.

 

¡La peste había llegado a Londres! Necios habíamos sido por no preverlo antes. Llorábamos la ruina de los inmensos continentes de Oriente, la desolación del mundo occidental, mientras imaginábamos que el estrecho canal que separaba nuestra isla del resto de la tierra nos mantendría alejados de la muerte. Entre Calais y Dover no había más que un paso. El ojo distingue sin dificultad la tierra hermana. En otro tiempo ambas estuvieron unidas. Y el angosto sendero que transita entre ellas parece, visto en un mapa, apenas un camino trazado en la hierba. Y no obstante ese pequeño intervalo debía salvarnos. El mar debía alzar un muro de diamante: del otro lado, la enfermedad y la desgracia; de éste, un refugio del mal, un rincón del jardín del Edén, una partícula de suelo celestial que ningún mal podía invadir. ¡Qué sabia

 

demostró ser, ciertamente, nuestra generación al imaginar todas aquellas cosas!

 

Ahora, sin embargo, ya hemos despertado. La peste ha llegado a Londres. El aire de Inglaterra está contaminado y sus hijos cubren la tierra insalubre. Ahora se diría que las aguas del mar, hasta hace poco nuestra defensa, son los barrotes de nuestra prisión. Acorralados por sus golfos, moriremos como los habitantes desnutridos de una ciudad sitiada. Otras naciones hallan camaradería en la muerte, mas nosotros, privados de toda vecindad, hemos de enterrar a nuestros propios muertos, y la pequeña Inglaterra se convierte en un vasto sepulcro.

 

En mí, ese sentimiento de tristeza universal adoptaba forma concreta cuando pensaba en mi esposa y mis hijos. La idea de que pudieran verse en peligro me llenaba de espanto. ¿Cómo podría salvarlos? Pergeñaba mil y un planes. Ellos no morirían. Antes de que la infección se acercara a los ídolos de mi alma, yo quedaría reducido a la nada. Caminaría descalzo por el mundo para hallar un lugar libre de pestilencia; construiría una casa sobre tablones zarandeados por las olas, a la deriva en el océano desnudo y sin confines; me instalaría con ellos en la guarida de alguna bestia salvaje, donde unas crías de tigre -a las que sacrificaría- se hubieran criado sanas y salvas; buscaría un nido de águila en la montaña y viviríamos años suspendidos en el repecho inaccesible de algún acantilado marino. Ningún esfuerzo era demasiado grande, ningún plan demasiado descabellado, si me traían la promesa de conservarles la vida. ¡Oh, hilos de mis entretelas! ¿Podíais romperos en pedazos sin que mi alma se agotara en lágrimas de sangre y pesar?

 

Pasado el primer impacto, Idris recobró cierta fortaleza. Se cerró deliberadamente a toda idea de futuro y sumergió el corazón en sus presentes bendiciones. No perdía de vista a sus hijos en ningún momento, y siempre y cuando los viera, saludables, a su alrededor, se mantenía conforme y esperanzada. A mí, en cambio, me invadía un intenso desasosiego, que me resultaba más intolerable por tener que ocultarlo. Mis temores respecto de Adrian no cesaban. Ya era agosto, y los síntomas de la peste se propagaban con celeridad por Londres. Todos los que tenían capacidad para trasladarse a otro lugar desertaban de la ciudad. En cambio él, mi hermano, se veía expuesto a los peligros de los que huían todos, salvo los esclavos encadenados por las circunstancias. Adrian, desprotegido el flanco, solo en sus esfuerzos, permanecía para combatir al enemigo. La infección podía haberle alcanzado y moriría desatendido y sin compañía. Aquellas ideas me perseguían día y noche. Decidí trasladarme a Londres para verlo y, de ese modo, aplacar mi agonía con la dulce medicina de la esperanza o con el láudano de la desesperación.

 

Hasta que llegué a Brentford no percibí demasiados cambios en la faz del

 

país. Las casas más nobles se veían cerradas a cal y canto. El tráfago habitual de la ciudad languidecía. Los pocos peatones con los que me crucé avanzaban con paso nervioso y observaban mi carruaje asombrados: era el primero que veían circular en dirección a Londres desde que la peste se había apoderado de sus locales selectos y sus calles comerciales. Varios funerales salieron a mi encuentro, muy poco concurridos, y quienes los presenciaban los veían como malos augurios. Algunos observaban aquellas procesiones con gran interés, otros huían discretamente y había quien rompía en sollozos.

 

La principal misión de Adrian, después del auxilio inmediato de los enfermos, había sido camuflar los síntomas y el avance de la epidemia entre los habitantes de Londres. Sabía que el miedo y los malos presagios eran poderosos asistentes de la enfermedad; que la desesperanza y la obsesión hacían al hombre particularmente sensible al contagio. Por ello en la ciudad no se apreciaban cambios notables: las tiendas, por lo general, seguían abiertas, y hasta cierto punto la gente seguía desplazándose. Pero, a pesar de que se evitaba que la ciudad mostrara aspecto de lugar contaminado, a mis ojos, que no la habían contemplado desde el inicio del brote, Londres sí había cambiado. Ya no circulaban carruajes y en las calles la hierba había crecido considerablemente. Al aspecto desolado de las casas, con la mayoría de las contraventanas cerradas, se sumaba la expresión asustada de la gente con la que me cruzaba, muy distinta del habitual gesto apresurado de los londinenses. Mi vehículo solitario atraía las miradas en su avance hacia el palacio del Protectorado. Las calles que conducían a él mostraban un aspecto más siniestro aún, más desolado. A mi llegada encontré atestada la antecámara de Adrian: era la hora de la audiencia. Como no era mi intención interrumpir sus tareas, me dispuse a esperar observando las entradas y salidas de los demandantes pertenecientes a las clases medias y bajas de la sociedad, cuyos medios de subsistencia habían desaparecido con la interrupción del comercio y el cese de la actividad financiera que, en todas sus variantes, eran características de nuestro país. Quienes llegaban mostraban angustia, y en ocasiones terror, en sus rostros, sentimientos que contrastaban con el semblante resignado e incluso satisfecho de los que acababan de ser recibidos en audiencia. En sus movimientos ágiles y sus gestos alegres veía la indudable influencia de mi amigo. Dieron las dos, hora a partir de la cual no se admitían más entradas. Los que se habían quedado a las puertas del edificio dieron media vuelta, cabizbajos y tristes, mientras yo entraba en la cámara de audiencias.

 

Me sorprendió constatar una notable mejora en la salud de Adrian. Ya no caminaba encorvado, como una planta de primavera regada en exceso que, creciendo más allá de sus fuerzas, no resiste el peso de su flor. Le brillaban los ojos y miraba con gesto contenido. Todo su ser parecía revestido de un aire de energía y determinación que difería en todo de su languidez anterior. Estaba

 

sentado a la mesa junto a varios secretarios que organizaban las peticiones o registraban las notas que habían tomado durante la audiencia. En la sala todavía quedaban dos o tres solicitantes. Yo no podía sino admirar su justicia y su paciencia. A quienes tenían la posibilidad de vivir fuera de Londres, él les aconsejaba que partieran de inmediato y les facilitaba los medios para hacerlo. A otros, cuyos negocios resultaban beneficiosos para la ciudad o que no contaban con otro lugar de refugio, los instruía en el mejor modo de evitar la epidemia: liberando la carga de familias muy numerosas, llenando los huecos dejados en otras por la muerte. El orden, el consuelo e incluso la salud proliferaban bajo su influencia, se diría que surgidos como por arte de magia.

 

-Me alegro de que hayas venido -me dijo cuando nos quedamos a solas-. Dispongo sólo de unos pocos minutos, y tengo tanto que contarte... La peste avanza. Resulta inútil cerrar los ojos a la realidad. Las muertes aumentan semana tras semana. No sé decirte qué es lo que está por venir. Por el momento, gracias a Dios me defiendo en el gobierno de la ciudad y me concentro sólo en el presente. Ryland, a quien he retenido durante tanto tiempo, ha decidido que partirá antes de que termine el mes. El diputado elegido por el Parlamento para sustituirlo ha muerto, y ha de nombrarse otro. Yo he presentado mi candidatura y creo que no contaré con ningún competidor. Esta noche se decidirá el asunto, pues el Parlamento ha convocado una sesión extraordinaria a tal efecto. Debes postularme tú, Lionel. Ryland, por vergüenza, no se atreve a aparecer, pero tú, amigo mío, ¿me prestarás este servicio?

 

¡Qué extraordinaria resulta la devoción! Frente a mí se hallaba un joven de regia cuna, envuelto en lujos desde la infancia, reacio por naturaleza a las refriegas ordinarias de la vida pública que ahora, en tiempos de peligro, en un momento en que sobrevivir constituía la más alta meta de los ambiciosos, él, el amado y heroico Adrian, se ofrecía simplemente a sacrificarse por el bien público. La idea misma resultaba noble y generosa pero, más allá de ella, la modestia de sus maneras, su entera falta de presunción en la virtud, convertía aquel acto en algo diez veces más conmovedor. Yo me habría opuesto a su petición, pero había visto con mis propios ojos el bien que había propagado y me parecía que no debía oponerme a sus intenciones, de modo que, a regañadientes, consentí en lo que me pedía. Él me estrechó la mano con gran afecto.

 

-Gracias -dijo-, me has librado de un doloroso dilema y eres, como siempre has sido, el mejor de mis amigos. Adiós. Debo ausentarme unas horas. Ve a conversar con Ryland. Aunque abandona su puesto en Londres, puede sernos de gran utilidad en el norte de Inglaterra recibiendo y auxiliando a los viajeros y contribuyendo a suministrar alimentos a la metrópolis. Despierta en él, te lo ruego, algún sentido del deber.

 

Adrian se despidió para iniciar, según supe luego, su visita diaria a los hospitales y su inspección de las zonas más pobladas de Londres. Fui al encuentro de Ryland y lo encontré muy alterado, mucho más que el día que vino a vernos a Windsor. El miedo permanente había mermado su complexión y hacía temblar su cuerpo todo. Le hablé de lo que iba a suceder esa noche y sentí que sus músculos se relajaban al instante; deseaba abandonar Londres. Vivía diariamente con el temor de contraer la enfermedad, pero no se atrevía a resistirse a las vehementes peticiones de Adrian para que prolongara su estancia. En cuanto éste fuera elegido legalmente como representante suyo, escaparía a algún lugar seguro. Con aquella idea en mente, escuchó mis palabras y, alegre casi ante la idea de una próxima partida, me habló de los planes que adoptaría en su propio condado, olvidando por un momento su decisión de encerrarse en su finca y rehuir todo contacto.

 

Esa noche Adrian y yo nos dirigimos a Westminster. De camino, él se dedicó a recordarme lo que debía decir y hacer, aunque yo, por extraño que parezca, entré en la cámara sin haber reflexionado en absoluto sobre mi propósito. Adrian permaneció en el salón del café mientras yo, para cumplir sus deseos, tomaba asiento en Saint Stephen. Un silencio raro reinaba en la cámara, que yo no visitaba desde el Protectorado de Raymond, época en que la concurrencia era abundante, los participantes eran conocidos por su elocuencia y tenían lugar acalorados debates. Ahora, en cambio, los escaños aparecían vacíos; los que por costumbre ocupaban los miembros hereditarios se encontraban vacantes. Los representantes de la ciudad sí se encontraban allí: miembros de las localidades comerciales, algunos terratenientes y pocos de los que accedían al Parlamento para hacer carrera. El primer tema del día que ocupaba la atención de la cámara era la petición del Protector, que les rogaba que eligieran a un delegado suyo para que asumiera sus funciones durante su ausencia necesaria.

 

El silencio se mantuvo hasta que uno de los miembros se acercó a mí y me susurró que el conde de Windsor le había comunicado que debía ser yo quien postulara su candidatura, en ausencia de la persona que en primer lugar había escogido para ello. Sólo entonces fui consciente del verdadero alcance de mi misión y me sentí abrumado por la responsabilidad. Ryland había desertado de su puesto por temor a la infección, un temor que era general y que dejaba a Adrian sin competidores. Yo, el familiar más próximo del conde de Windsor, debía proponer su elección. Debía arrojar a mi mejor amigo -una persona sin igual- a un cargo de máximo peligro. ¡Imposible! La suerte estaba echada. Me postularía yo mismo como candidato.

 

Los pocos miembros presentes habían acudido más por zanjar el asunto, asegurándose una presencia legal, que con ánimo de debatir. Yo me había puesto en pie de manera mecánica. Me temblaban las piernas y, con voz

 

vacilante, pronuncié algunas palabras sobre la necesidad de escoger a una persona adecuada para hacer frente a las peligrosas tareas que se planteaban. Pero cuando se me ocurrió la idea de presentarme yo mismo en lugar de mi amigo, toda vacilación y angustia desaparecieron de mí. Mis balbuceos cesaron y mi voz recobró su tono firme y rápido. Me concentré en lo que Adrian ya había logrado y prometí el mismo empeño en la ejecución de todas sus ideas. Esbocé una imagen conmovedora de su precaria salud, al tiempo que me jactaba de mi propia fuerza. Les rogué que salvaran, incluso de sí mismo, al vástago de la familia más noble de Inglaterra. Mi alianza con él era prueba de mi sinceridad, y mi matrimonio con su hermana, mis hijos, sus probables herederos, los rehenes de mi verdad.

 

Adrian fue informado al momento de aquel vuelco en el debate y entró a toda prisa en la sala, a tiempo de oír las frases finales de mi apasionada arenga. Yo, por mi parte, no lo vi, pues mi alma toda estaba puesta en mis palabras y mis ojos no percibían más que una imagen del cuerpo de Adrian, mordido por la peste, hundiéndose en la muerte.

 

Cuando dejé de hablar, me tomó de la mano.

 

-¡Ingrato! -exclamó-. ¡Me has traicionado!

 

Y entonces, dando un paso al frente, con el aire de quien tiene derecho a ostentar el mando, reclamó para sí el cargo de delegado. Lo había comprado - dijo- con peligro y lo había pagado con esfuerzo. Su ambición estaba depositada en él y, tras un tiempo dedicado a los intereses de su país, ¿pensaba yo inmiscuirme y robarle los beneficios? Que recordaran todos cómo se encontraba Londres a su llegada: el pánico reinante causaba el hambre y los lazos morales y legales empezaban a disolverse. Él había restaurado el orden, tarea que había requerido perseverancia, paciencia y energía. Y sólo había dormido y despertado por el bien de su país. ¿Alguien se atrevía a cuestionárselo? ¿Le arrebatarían el trofeo que tanto le había costado ganar para entregárselo a alguien que, no habiendo participado jamás en la vida pública, demostraría ser lego en un arte en que él era experto? Creía tener derecho a exigir el puesto de delegado. Ryland había dado muestras de preferirlo él, a él que nunca hasta entonces, a pesar de haber nacido heredero al trono de Inglaterra, había pedido favor de honor a quienes hoy eran sus iguales, pero que podrían haber sido sus súbditos. ¿Se lo negarían ahora? ¿Serían capaces de alejar de la senda de distinción y noble ambición al heredero de sus antiguos reyes, añadiendo una decepción más a la corona caída?

 

Nadie había oído nunca a Adrian apelar a sus derechos dinásticos. Nadie había sospechado que el poder, o el sufragio de muchos, pudiera interesarle. Había iniciado su discurso con vehemencia pero lo concluyó con sincera

 

cordialidad, realizando su petición con la misma humildad que habría demostrado al pedir ser el primero en riqueza, honor y poder entre los ingleses, y no, como era el caso, al suplicar convertirse en el primero en someterse a horribles trabajos y a una muerte inevitable. Un murmullo de aprobación se elevó en la sala tras su discurso.

 

-¡No lo escuchen! -exclamé yo-. No dice la verdad, se engaña a sí mismo...

 

Me interrumpieron. Una vez se hizo el silencio, nos ordenaron, como era costumbre, que nos retiráramos mientras los asistentes tomaban su decisión. Yo quería creer que vacilaban y que yo albergaba aún ciertas posibilidades. Pero me equivocaba. Apenas habíamos abandonado la cámara cuando mandaron llamar a Adrian y lo proclamaron delegado del Protector.

 

Regresamos juntos al palacio.

 

-¿Por qué, Lionel? -me preguntó Adrian-. ¿Qué pretendías? Sabías que no podías ganar, y sin embargo me has proporcionado el dolor de vencer derrotando a mi mejor amigo.

 

-Te entregas a una burla -respondí yo-. Tú, el adorado hermano de Idris, el ser que, de entre todos los que pueblan el mundo, nos resulta más querido, te entregas a una muerte prematura.

 

Y yo debía impedirlo. Mi muerte sería un mal menor o no habría llegado nunca, mientras que la tuya no podrá evitarse.

 

-En cuanto a la probabilidad de sobrevivir -observó Adrian-, en diez años las frías estrellas pueden brillar sobre los sepulcros de todos nosotros. Pero en cuanto a mi propensión concreta a verme infectado, no debería costarme demostrar, tanto lógica como físicamente, que en medio del contagio, mis probabilidades de sobrevivir son superiores a las tuyas.

 

»Este cargo es mío. Yo nací para ocuparlo, para gobernar Inglaterra en la anarquía, para salvarla del peligro, para entregarme a ella. La sangre de mis antepasados grita con fuerza en mis venas y me arrastra a ser el primero entre mis conciudadanos. O, si esta forma de hablar te ofende, lo diré de otro modo: que mi madre, reina orgullosa, me inculcó desde temprana edad un amor por la distinción y que, si la debilidad de mi condición física y mis opiniones peculiares no lo hubieran impedido, tal vez llevaría mucho tiempo luchando por la herencia perdida de mi raza. Pero ahora mi madre, o si lo prefieres, sus lecciones, han despertado en mí. No puedo encaminarme a la batalla. No puedo, mediante intrigas y traiciones, erigir de nuevo el trono sobre el naufragio del espíritu público de Inglaterra. Pero seré el primero en apoyar y proteger a mi país, ahora que estos terribles desastres y esta ruina han puesto sus manos sobre él.

 

»Este país y mi adorada hermana son todo lo que tengo. Protegeré aquél; ésta queda a tu recaudo. Si yo sobrevivo y ella muere, preferiré estar muerto. De modo que cuídala; sé bien que lo harás. Y si necesitas de mayor acicate, piensa que, cuidándola, me cuidas a mí. Su naturaleza perfecta, la suma de sus perfecciones, se envuelve en sus afectos: si éstos se resintieran, se marchitaría como una florecilla seca, y el menor daño que sufran será para ella como una escarcha atroz. Ya ahora está sufriendo por nosotros. Teme por sus hijos, a los que adora, y por ti, padre, amado, esposo, protector. Tú debes permanecer junto a ella en todo momento para apoyarla y animarla. Regresa, pues, a Windsor, hermano mío, pues lo eres por todos los lazos. Llena el doble vacío que mi ausencia te impone y deja que yo, a pesar de mis sufrimientos, vuelva los ojos hacia vuestro delicioso lugar de reclusión y diga: «La paz existe».

 

 

 

 

CAPÍTULO VII

 

 

Regresé a Windsor, en efecto, aunque no con la intención de permanecer allí, sino pensando en obtener el consentimiento de Idris para volver a Londres y asistir a mi extraordinario amigo, compartir con él sus tareas y salvarlo, a expensas de mi vida si era necesario. Sin embargo, la angustia que mi decisión pudiera despertar en mi esposa me preocupaba sobremanera. Me había jurado a mí mismo no hacer nada que lograra ensombrecer su gesto, aunque fuera con un dolor pasajero. ¿Iba a contradecirme en aquella hora de inmensa necesidad? Había emprendido el viaje con grandes prisas, pero al poco hubiera preferido que el desplazamiento se demorara días, meses. Deseaba evitar la necesidad de acción. Anhelaba escapar de los pensamientos de futuro, pero era en vano, pues éstos, como oscuras imágenes fantasmagóricas, se acercaban más y más, hasta que sumían la tierra toda en las tinieblas.

 

Una circunstancia menor me llevó a alterar mi ruta habitual y a regresar a casa atravesando Egham y Bishopgate. Me detuve junto a la antigua morada de Perdita, su casa de campo. Pedí al cochero que siguiera sin mí, decidido a recorrer a pie el parque que me separaba del castillo. Aquel lugar, escenario de los más dulces recuerdos, aquella casa desierta y el jardín abandonado, se compadecían bien con mi melancolía. En nuestros días más felices Perdita había decorado su morada con la ayuda que las artes podían prestar a todo aquello que la naturaleza propiciaba. Con el mismo espíritu de exceso, en el momento de separarse de Raymond lo descuidó todo. Y ahora se hallaba en estado de ruina: los ciervos habían pasado sobre las verjas rotas y reposaban entre las flores. La hierba crecía en el umbral y las celosías, que el viento hacía crujir, daban cuenta de la absoluta desolación del lugar. El cielo estaba muy azul y el aire se impregnaba de la fragancia de flores raras que crecían

 

entre las malas hierbas. Los árboles se mecían, más arriba, despertando la melodía favorita de la naturaleza, pero el aspecto triste de los senderos descuidados, los arriates de flores cubiertos de maleza, ensombrecían aquella alegre escena estival. La época en la que, orgullosos, felices y seguros nos reuníamos en aquella casa, ya no existía, y pronto las horas presentes se unirían a las pasadas, mientras las sombras de los futuros momentos se erguirían, oscuras y amenazantes, desde las entrañas del tiempo, su cuna y su catafalco. Por primera vez en mi vida envidiaba el sueño de los muertos y pensaba con placer en el lecho que nos aguarda bajo la tierra, pues en él carecen de poder el miedo y el pesar. Me colé por un hueco de la verja rota, ignorando las lágrimas que me oprimían la garganta, y me interné deprisa en el bosque. ¡Oh, muerte y cambio, gobernantes de nuestra vida! ¿Dónde estáis, para ir a vuestro encuentro? ¿Qué, en nuestra calma, excitó vuestra envidia? ¿Qué, en nuestra dicha, para que os propusierais destruirla? Éramos felices, amábamos y éramos amados. El cuerno de Amaltea no contenía bendición que no derramara sobre nosotros, pero, ¡ay!

 

la fortuna

 

deidad bárbara, importuna,

 

hoy cadáver y ayer flor

 

no permanece jamás.

 

Mientras caminaba sumido en aquellos pensamientos me crucé con varios campesinos. Parecían preocupados, y las pocas palabras de su conversación que llegaron hasta mí me llevaron a acercarme a ellos y averiguar más. Un grupo de personas que abandonaban Londres -algo habitual en aquellos días-habían remontado el Támesis en una barca. Nadie en Windsor les había dado cobijo por lo que, alejándose un poco más rumbo al norte, habían pasado la noche en un cobertizo abandonado cercano al canal conocido como Bolter’s Lock. A la mañana siguiente reemprendieron la marcha dejando tras ellos a un miembro de la expedición enfermo de peste. Una vez se conoció ese hecho, nadie se atrevió a aproximarse a menos de media milla de aquel lugar, y el enfermo, abandonado a su suerte, tuvo que luchar solo contra la enfermedad y la muerte. Y así yo, movido por la compasión, me dirigí a toda prisa hasta el chamizo a fin de comprobar su estado y ponerme a su servicio.

 

Mientras avanzaba por el bosque iba cruzándome con grupos de campesinos que conversaban acaloradamente sobre el suceso: a pesar de lo lejos que se hallaban del demostrado contagio, llevaban el temor impreso en los semblantes. Me encontré con un grupo de aquellos seres aterrorizados en el sendero que conducía directamente al cobertizo. Uno de ellos me detuvo y, dando por supuesto que yo ignoraba la circunstancia que nos ocupa, me conminó a no seguir avanzando, pues un apestado se hallaba postrado a escasa

 

distancia.

 

-Lo sé -repuse yo-, y me dirijo a ver en qué estado se encuentra el pobre hombre. -Un murmullo de sorpresa y horror recorrió el grupo-. Esa pobre persona está sola y va a morir sin que nadie le brinde auxilio. En estos tiempos desgraciados sólo Dios sabe lo pronto que tal vez todos nosotros nos hallaremos en su misma situación. De modo que voy a hacer lo que me gustaría que hicieran conmigo.

 

-Pero ya nunca podrá regresar al castillo... a lady Idris... a sus hijos...

 

Así se expresaron varios de ellos atropelladamente, y sus palabras llegaron a mis oídos.

 

-¿No sabéis, amigos míos -proseguí-, que el conde mismo, ya convertido en Protector, visita a diario no sólo a quienes tal vez hayan contraído la enfermedad, sino los hospitales y los asilos de apestados, acercándose y llegando a tocar a los enfermos? Y a pesar de ello jamás ha gozado de tan buena salud. Estáis por completo equivocados sobre la naturaleza de la epidemia. Pero no temáis, que no os pido que me acompañéis, ni siquiera que me creáis hasta que haya regresado sano y salvo de visitar a mi paciente.

 

Allí los dejé, y seguí mi camino. No tardé en llegar al cobertizo. La puerta estaba entornada. Entré, y un rápido vistazo me bastó para saber que su antiguo ocupante había dejado ya este mundo. Yacía sobre un montón de paja, frío y rígido, y sus perniciosos efluvios impregnaban la estancia. Algunas manchas y marcas indicaban la virulencia del trastorno.

 

Yo no había visto hasta entonces a nadie que hubiera muerto víctima de la peste. Todas las mentes sentían horror por sus efectos, pero también una especie de fascinación que nos llevaba a empaparnos de la descripción de Defoe, así como de las ilustraciones magistrales del autor de Arthur Mervyn. Las imágenes impresas en ambas obras poseían tal viveza que parecíamos conocer por experiencia directa los efectos en ellas descritos. Pero, por más intensas que resultaran, por más que describieran la muerte y la desgracia de miles de personas, las sensaciones excitadas por las palabras eran frías comparadas con lo que yo sentí al contemplar el cadáver de aquel infeliz. En efecto, aquello era la peste. Alcé sus miembros rígidos y me fijé en su rictus desencajado, en los ojos pétreos, ciegos. El horror me helaba la sangre, me erizaba el vello, me hacía temblar. Presa de una demencia pasajera, hablé con el muerto:

 

-De modo que la peste te ha matado -susurré-. ¿Y cómo ha sido? ¿Has sentido dolor? Parece que el enemigo te hubiera sometido a tortura antes de asesinarte.

 

Y entonces, sin transición, salí precipitadamente del cobertizo antes de que

 

la naturaleza revocara sus leyes y unas palabras inorgánicas brotadas de los labios del difunto pronunciaran una respuesta.

 

Al regresar al sendero vi a lo lejos al mismo grupo de paisanos que se habían cruzado en mi camino. Apenas me vieron se alejaron a toda prisa. Mi gesto agitado no hacía sino incrementar el miedo que sentían por tener que acercarse a alguien que había estado a punto de contagiarse.

 

Alejados de los hechos, solemos extraer conclusiones que parecen infalibles y que, sin embargo, sometidas al veredicto de la realidad, se desvanecen como sueños ficticios. Yo había ridiculizado los temores de los campesinos, pues se los suscitaban otros. Pero ahora que era yo su causante, me detuve. Sentía que había cruzado el Rubicón y consideraba adecuado reflexionar sobre qué debía hacer, hallándome ya en la otra orilla de la enfermedad y el peligro. Según la superstición vulgar, mi vestido, mi persona, el aire que respiraba, ya suponían un peligro mortal para mí y para los demás. ¿Debía regresar al castillo con mi esposa y mis hijos si cargaba con aquella mancha? Si me había infectado, sin duda no debía hacerlo. Pero estaba seguro de no haberme contagiado. En cualquier caso unas pocas horas bastarían para dilucidarlo, de modo que las pasaría en el bosque meditando sobre lo que iba a suceder, sobre cuáles debían ser mis acciones futuras. Ante la impactante visión de aquel muerto por la epidemia había olvidado los acontecimientos que tanta emoción me habían causado en Londres. Perspectivas nuevas, y más dolorosas, se mostraban gradualmente ante mí, libres de la neblina que hasta entonces las había velado. Ya no se trataba de saber si compartiría la labor de Adrian y su peligro, sino de determinar el modo en que, en Windsor y sus inmediaciones, podía recrear la prudencia y el celo que, bajo su gobierno, llevaban orden y abundancia a Londres, así como el mecanismo por el que, ahora que la peste se había propagado más, podría mantener la salud de mi familia.

 

Extendí mentalmente el mapa del mundo ante mí. En ningún punto de su superficie podía plantar un dedo y afirmar: «aquí me hallaría a salvo». Al sur la enfermedad, virulenta e intratable, casi había aniquilado la raza humana; las tormentas y las inundaciones, los vientos emponzoñados, la pérdida de las cosechas, elevaban grandemente el sufrimiento de las gentes. En el norte la situación era peor: la exigua población declinaba gradualmente y el hambre y la peste no daban tregua a los supervivientes, que, indefensos y débiles, se convertían en presas fáciles.

 

Me concentré entonces en Inglaterra. La vasta metrópoli, corazón de la poderosa Inglaterra, se hallaba exhausta. Todo escenario de la ambición o el placer se había esfumado; en las calles crecía la hierba, las casas estaban vacías. Los pocos que por necesidad seguían en ella parecían mostrar ya la marca inevitable de la enfermedad. En las grandes ciudades manufactureras la

 

misma tragedia se había producido, a una escala, aunque menor, más desastrosa. En ellas no había un Adrian que supervisara y dirigiera y bandadas de pobres contraían la enfermedad y perecían.

 

Pero no íbamos a morir todos. En realidad, aunque diezmada, la raza del hombre perduraría, y con los años la gran plaga se convertiría en tema de asombro y estudio histórico. Sin duda aquella epidemia era inédita en cuanto a extensión, y por ello resultaba más necesario que nunca que tratáramos de frenar su avance. Antes esos mismos hombres salían por diversión a matarse a miles, a decenas de miles; pero ahora el hombre se había convertido en criatura escasa, preciada. La vida de uno solo valía más que los llamados tesoros de los reyes. Contemplad ese rostro pensante, esos miembros gráciles, esa frente majestuosa, ese mecanismo asombroso... El prototipo, el modelo de la mejor obra de Dios, no puede arrinconarse como una vasija rota. Perdurará, y sus hijos y los hijos de sus hijos llevarán el nombre y la forma del hombre hasta el fin de los tiempos.

 

Sobre todo debía ocuparme de aquéllos que la naturaleza y el destino me habían concedido para su custodia. Y, sin duda, si entre mis congéneres debía escoger a los que pudieran erigirse en ejemplos humanos de grandeza y bondad, no escogería sino a los unidos a mí por los lazos más sagrados. De toda la familia humana algunos miembros debían sobrevivir, y su supervivencia iba convertirse en mi misión; cumplirla a costa de mi vida era apenas un pequeño sacrificio. Así, allí en el castillo -en el castillo de Windsor, lugar de nacimiento de Idris y mis hijos- se hallaría la ensenada, el refugio de aquel tablón salvado del naufragio que era la sociedad humana. Su bosque sería nuestro mundo, su jardín nos proporcionaría sustento. Dentro de sus muros instauraría el reino de la salud. Yo era un descastado, un vagabundo, cuando Adrian arrojó sobre mí la red plateada del amor y la civilización, uniéndome inextricablemente a la caridad y la excelencia humanas. Yo era alguien que, aunque aspirante a la bondad y fervoroso amante de la sabiduría, todavía no me había enrolado en ninguna misión digna de mérito cuando Idris, de principesca cuna, personificación de todo lo que en una mujer había de divino; ella, que caminaba por la tierra como el sueño de un poeta, como diosa esculpida y dotada de sentidos, como santa pintada en un lienzo; ella, la más digna de valor, me escogió y se entregó a mí, regalo incalculable.

 

Durante varias horas seguí meditando de ese modo hasta que el hambre y la fatiga me devolvieron al presente, veteado ya por las sombras alargadas del sol poniente. Sin percatarme de ello había caminado en dirección a Bracknell, alejándome considerablemente de Windsor. La sensación de bienestar físico que me invadía me llevó a convencerme de que estaba libre de contagio. Recordé que Idris ignoraba mi paradero. Tal vez hubiera tenido noticia de mi regreso de Londres y de mi visita a Bolter’s Lock, y relacionando ésta con mi

 

prolongada ausencia hubiera empezado a preocuparse enormemente. Regresé a Windsor por el Gran Paseo, y al acercarme a la población, camino del castillo, encontré a sus gentes en un estado de gran agitación y turbulencia.

 

«Es demasiado tarde para la ambición -afirma sir Thomas Browne-. No podemos albergar la esperanza de vivir con nuestros nombres tanto como algunos han vivido con sus personas; un rostro de Jano no guarda proporción con el otro.» A partir de este texto habían surgido muchos fanáticos que profetizaban que el fin del mundo estaba cerca. Renació el espíritu supersticioso del naufragio de nuestras esperanzas y peligrosas y desbocadas pantomimas se representaban en el gran teatro de la vida, mientras el negro futuro menguaba hasta casi desaparecer a ojos de los adivinos. Mujeres débiles de espíritu morían de temor escuchando sus vaticinios; hombres de complexión robusta y aparente entereza sucumbían a la idiotez y la demencia arrastrados por el miedo a la inminente eternidad. Uno de aquellos embaucadores derramaba con elocuencia su desesperación entre los habitantes de Windsor cuando yo llegué. La escena de aquella mañana y mi visita al muerto, ampliamente divulgada, habían alarmado a los paisanos, convertidos en instrumentos que aquel loco pulsaba a su antojo.

 

El pobre desgraciado había perdido a su joven mujer y a su bebé por culpa de la peste. Era mecánico e, incapaz de acudir al trabajo con el que cubría sus necesidades, el hambre se había sumado a sus demás miserias. Abandonó el cuarto que daba cobijo a su esposa e hijo -que ya no eran su esposa y su hijo, sino «tierra muerta sobre la tierra»-, y presa del hambre, el temor y la pena, su imaginación enfermiza le hizo creer que era un enviado de los cielos para predicar el fin de los tiempos en el mundo. Entraba en las iglesias y, ante las congregaciones, predecía su pronto traslado a las criptas subterráneas. Aparecía en los teatros como el espíritu olvidado del tiempo e instaba al público a regresar a casa y morir. Lo habían detenido y encerrado, pero había logrado escapar y, en su huida de Londres pasaba por los pueblos vecinos y, con gestos frenéticos y palabras electrizantes, descubría los temores ocultos de todos y daba voz a los pensamientos sordos que nadie se atrevía a formular. Ahora, bajo la logia del ayuntamiento de Windsor, encaramado a la escalinata, arengaba a la temblorosa multitud.

 

-Escuchad, vosotros, habitantes de la tierra -exclamó-, escuchad al cielo que todo lo ve y que es inclemente. Y escucha también tú, corazón arrastrado por la tempestad, que respiras estas palabras pero te desvaneces bajo su significado: ¡la muerte habita entre nosotros! La tierra es hermosa y está tapizada de flores, pero es nuestro sepulcro. Las nubes del cielo lloran por nosotros, las estrellas son nuestras antorchas fúnebres. Hombres de pelo cano, esperáis gozar de unos años más en vuestra conocida morada, mas ya vence el contrato, debéis desalojarla; niños, vosotros no alcanzaréis la madurez, ahora

 

mismo cavan ya vuestras pequeñas tumbas; madres, aferraos a ellos y una sola muerte os abrazará a los dos.

 

Temblando, extendió las manos, los ojos vueltos hacia el cielo y tan abiertos que parecían a punto de salírsele de las órbitas, como si siguiera el movimiento aéreo de unas figuras que a nosotros nos resultaban invisibles.

 

-Ahí están -prosiguió -. ¡Los muertos! Se alzan cubiertos con sus sudarios, avanzan en callada procesión hacia la lejana tierra de su condenación. Sus labios, vacíos de sangre, no se mueven, y siguen avanzando. Ya venimos - exclamó, dando un respingo-, pues ¿para qué habríamos de esperar más? Daos prisa, amigos míos, vestíos en el pasillo de la muerte. La peste os conducirá hasta su presencia. ¿Por qué aguardar tanto? Ellos, los buenos, los sabios, los más queridos, se fueron antes. Madres, dad vuestros últimos besos; esposos, que ya no sois protectores de nada, guiad a los compañeros de vuestros muertos. ¡Venid! ¡Venid mientras los seres queridos aún son visibles, pues pronto habrán pasado de largo y ya nunca podréis reuniros con ellos!

 

Tras éxtasis como aquél, se sumía de pronto en un recogimiento en el que, con palabras comedidas pero terroríficas, pintaba los horrores de nuestro tiempo: con gran profusión de detalles describía los efectos de la peste en los cuerpos y relataba casos desgarradores de familiares separados por la muerte - el sollozo desesperado sobre el lecho de muerte de los seres más queridos- con tal realismo que arrancaba el llanto y los gritos de la multitud. Un hombre, apostado en las primeras filas, observaba fijamente al profeta con la boca abierta, los miembros agarrotados, el rostro una sucesión de todos los colores - amarillo, azul, verde- del miedo. El loco vio que lo miraba y le clavó la vista, como la serpiente de cascabel que atrae a su víctima temblorosa hasta que se abalanza sobre ella con las fauces abiertas. Hizo una pausa, se irguió más. Su semblante irradiaba autoridad. Seguía observando al campesino, que había empezado a temblar pero no dejaba de mirarlo. Juntaba a intervalos las rodillas y le castañeteaban los dientes, hasta que en determinado momento cayó al suelo, presa de convulsiones.

 

-Este hombre tiene la peste -declaró el loco sin inmutarse. Un alarido brotó de los labios de aquel pobre desgraciado, que acto seguido quedó inmóvil. Todos los allí presentes comprendieron que estaba muerto.

 

Gritos de horror inundaron el lugar; todo el mundo trataba de escapar, y en cuestión de minutos el espacio destinado a mercado quedó desierto. El cadáver yacía en el suelo, y el visionario, sosegado y exhausto, se sentó junto a él y apoyó la mano en su mejilla hundida. Al poco aparecieron unos hombres, a quienes los magistrados habían encomendado la retirada del cadáver. El loco, creyendo que eran carceleros, huyó precipitadamente, mientras yo seguía mi camino en dirección al castillo.

 

La muerte, cruel e implacable, había traspasado ya sus muros. Una vieja criada, que había cuidado a Idris de niña y vivía con nosotros más como familiar reverenciada que como doméstica, había acudido días antes a visitar a una hija casada que vivía en las inmediaciones de Londres. La noche de su regreso enfermó de peste. Idris había heredado algunos rasgos del carácter altivo e inflexible de la condesa de Windsor. Aquella buena mujer había sido para ella como una madre, y sus lagunas de educación y conocimiento, que la convertían en un ser humilde e indefenso, nos la hacían más querida y la favorita de los niños. Así, a mi llegada -y no exagero- encontré a mi amada esposa enloquecida por el miedo y la tristeza. Desesperada, no se separaba del lado de la enferma, a la que no tranquilizaba ver a los pequeños, pues temía infectarlos. Mi llegada fue como el avistamiento de la luz de un faro para unos navegantes que trataran de sortear un peligroso cabo. Idris compartió conmigo sus terribles dudas y, fiándose de mi juicio, se sintió confortada por mi participación en su dolor. Pero el aya no tardó en expirar, y a la angustia de mi amada por la incertidumbre le siguió un hondo pesar, que, aunque más doloroso al principio, sucumbía más fácilmente a mis intentos de consolarla. El sueño, bálsamo soberano, consiguió sumergir sus ojos llorosos en el olvido.

 

Idris dormía. La quietud invadía el castillo, cuyos habitantes habían sido conminados a reposar. Yo estaba despierto, y durante las largas horas de aquella noche muerta, mis pensamientos rodaban en mi cerebro como diez mil molinos rápidos, agudos, indomables. Todos dormían -toda Inglaterra dormía-; y desde mi ventana, ante la visión del campo iluminado por las estrellas, vi que la tierra se extendía plácida, reposada. Yo estaba despierto, vivo, mientras el hermano de la muerte se apoderaba de mi raza. ¿Y si la más poderosa de aquellas deidades fraternales dominara a la otra? En verdad, y por paradójico que resulte, el silencio de la noche atronaba en mis oídos. La soledad me resultaba intolerable. Posé la mano sobre el corazón palpitante de Idris y acerqué el oído a su boca para sentir su aliento y cerciorarme de que seguía existiendo. Dudé un instante si debía despertarla, pues un terror femenino invadía todo mi cuerpo. ¡Gran Dios! ¿Habrá de ser así algún día? ¿Algún día todo, salvo yo mismo, se extinguirá, y vagaré solo por la tierra? ¿Han sido éstas voces de aviso, cuyo sentido inarticulado y premonitorio debe hacerme creer?

 

Y sin embargo

 

voces de aviso yo no las llamaría

 

que sólo lo inevitable nos anuncian.

 

Como el sol, antes del alba,

 

pinta a veces su imagen en el cielo,

 

también así, a menudo,

 

antes de los sucesos importantes

 

los espectros de éstos aparecen,

 

y en el hoy

 

ya camina el mañana.

 

 

 

 

CAPÍTULO VIII

 

 

Tras un largo intervalo, el infatigable espíritu que hay en mí me conmina una vez más a proseguir el relato. Pero he de alterar la modalidad que hasta ahora he adoptado. Los detalles contenidos en las páginas anteriores, aparentemente triviales, pesan sin embargo como el plomo en la triste balanza de las aflicciones humanas. Esta tediosa demora en las penas de los otros, cuando las mías las causaba sólo la aprensión; este lento despojarme de las heridas de mi alma; este diario de muerte; este sendero largo y tortuoso que conduce a un océano de incontables lágrimas, me devuelve una vez más a un pesar fúnebre. Había usado esta historia como adormidera; mientras describía a mis amados amigos, llenos de vida y radiantes de esperanza, asistentes activos de la escena, sentía alivio. Todavía mayor habrá de ser el placer melancólico de dibujar el fin de todo ello. Pero los pasos intermedios, el ascenso por la muralla que se alza entre lo que era y lo que es, mientras yo, aún del otro lado, no veía el desierto que se ocultaba más allá, constituye una tarea que desborda mis fuerzas. El tiempo y la experiencia me han elevado hasta una cumbre desde la que contemplo el pasado como un todo: y así es como debo describirlo, recreando los principales incidentes y arrojando luces y sombras para formar un retrato en cuya misma oscuridad se halle armonía.

 

Sería innecesario narrar todos estos sucesos desastrosos, para los que podrían hallarse paralelos en episodios menos graves de nuestra gigantesca calamidad. ¿De veras desea el lector conocer relatos de asilos para apestados en que la muerte era el mayor consuelo; del avance siniestro de los coches fúnebres; de la insensibilidad de los indignos y la angustia de los corazones amorosos; de los gritos desgarradores y los abrumadores silencios; de las muchas formas que adoptaba la enfermedad, de las huidas, del hambre, de la desesperación y de la muerte? Existen muchos libros con los que saciar el apetito de todas esas cosas. Recúrrase para ello a los escritos de Boccaccio, Defoe y Browne. La vasta aniquilación que lo ha engullido todo -la soledad muda de una tierra otrora bulliciosa-, el estado de soledad en que me hallo, han privado incluso a esos detalles de su punzante realismo, y mezclando los

 

sórdidos tintes de angustias pasadas con tonos poéticos, he pretendido escapar del mosaico de la circunstancia, percibiendo y recreando los colores agrupados y combinados del pasado.

 

Regresé de Londres imbuido de la sensación íntima, convencido, de que mi principal deber consistía en asegurar, en la medida de mis posibilidades, el bienestar de mi familia, y a continuación regresar a mi puesto, junto a Adrian. Pero los acontecimientos que se sucedieron tras mi llegada a Windsor me llevaron a cambiar de idea. La epidemia no sólo afectaba a Londres; se había extendido por todas partes. En palabras de Ryland, había llegado a nosotros como mil jaurías de lobos que aullaran en la noche invernal, acechadores y fieros. Cuando la enfermedad alcanzaba las zonas rurales sus efectos resultaban más graves, más devastadores, y la curación resultaba más difícil que en las ciudades. En éstas existía la compañía en el sufrimiento, los vecinos se vigilaban constantemente unos a otros e, inspirados por la benevolencia activa de Adrian, se socorrían y dificultaban el avance de la destrucción. Pero en el campo, entre las granjas dispersas, en las mansiones solitarias, en los prados y en los pajares, las tragedias causaban más dolor en el alma y se producían sin ser vistas ni oídas. La ayuda médica era más difícil de conseguir, así como los alimentos, y los seres humanos, no refrenados por la vergüenza, pues sus conciudadanos no los observaban, se entregaban en mayor medida a fechorías o sucumbían con mayor facilidad a abyectos temores.

 

También se conocían actos heroicos, actos cuya sola mención llena de orgullo los corazones y de lágrimas los ojos. Así es la naturaleza humana: en ella la belleza y la deformidad suelen ir de la mano. Al estudiar historia nos asombra a menudo la generosidad y la entrega que avanzan siguiendo los talones del crimen y cubren con flores supremas las manchas de sangre. Tales actos no escaseaban a bordo del siniestro carro que tiraba de la plaga.

 

Los habitantes de Berkshire y Bucks sabían desde hacía tiempo que la epidemia había llegado a Londres, Liverpool, Bristol, Manchester, York y las ciudades más pobladas de Inglaterra. No se sorprendieron nada al tener conocimiento de que ya había hecho mella en ellos. En medio de aquel terror se sentían airados e impacientes. Deseaban hacer algo, lo que fuera, para alejar el mal que los acorralaba, pues en la acción creían que se hallaba el remedio; así, los habitantes de las ciudades más pequeñas dejaban sus hogares, montaban tiendas en los campos y vagaban separados sin importarles el hambre ni las inclemencias del tiempo, suponiendo que de ese modo evitarían el contagio mortal. Los granjeros y los dueños de las fincas, por el contrario, presas del miedo a la soledad y ansiosos por contar con ayuda médica, se dirigían a las ciudades.

 

Pero el invierno se acercaba, y con él la esperanza. En agosto la epidemia se había detectado en la campiña inglesa, y en septiembre había causado sus

 

estragos. Hacia mediados de octubre empezó a remitir, y en cierto modo se vio reemplazada por el tifus, que atacó con una virulencia apenas menor. El otoño se reveló cálido y lluvioso. Los enfermos y los más débiles murieron. Felices ellos: muchos jóvenes rebosantes de salud y de futuro palidecieron por culpa de la enfermedad y acabaron por convertirse en moradores de los sepulcros. La cosecha se había perdido y la poca calidad del maíz y la falta de vinos extranjeros facilitaban la proliferación del mal. Antes de Navidad la mitad de Inglaterra quedó bajo las aguas. Las tormentas del verano anterior se repitieron, aunque la disminución del transporte marítimo nos llevara a creer que las tempestades habían sido menos en el mar. Las inundaciones y los aguaceros causaron daños más graves en el continente europeo que en nuestro país, constituyendo el mazazo final a las calamidades que lo habían destruido. En Italia, los escasos campesinos no bastaban para vigilar los ríos, y como bestias que huyen de sus guaridas cuando se acercan los cazadores y sus perros, el Tíber, el Arno y el Po se abalanzaron sobre las llanuras, acabando con su fertilidad. Pueblos enteros fueron arrasados por las aguas. Roma, Florencia y Pisa se anegaron y sus palacios de mármol, antes reflejados en sus tranquilas aguas, vieron sus cimientos empapados con la crecida invernal. En Alemania y Rusia los daños fueron aún más graves.

 

Pero la escarcha y la helada al fin llegaron, y con ellas la renovación de nuestro contrato con la tierra. El hielo limaría las flechas de la peste y encadenaría a los furiosos elementos. Y el campo, en primavera, se despojaría de su vestido de nieve, libre de la amenaza de la destrucción. Con todo, las tan esperadas señales del invierno no se presentaron hasta febrero. La nieve cayó durante tres días, el hielo detuvo la corriente de los ríos y las aves abandonaron las ramas de los árboles cubiertos de escarcha. Pero al cuarto día todo desapareció. Los vientos del suroeste trajeron lluvias, y más tarde salió un sol que, burlándose de las leyes naturales, parecía abrasar con fuerza estival a pesar de lo temprano de la estación. No había nada que hacer, pues con las primeras brisas de marzo los caminos se llenaron de violetas, los árboles frutales florecieron, el maíz brotó y nacieron las hojas, obligadas por el calor anticipado. Nos asustaban el aire balsámico, el cielo sin nubes, el campo cuajado de flores, los deliciosos bosques, pues ya no veíamos el material del universo como nuestra morada, sino como nuestra tumba, y la tierra fragante, tamizada por nuestro temor, olía a gran camposanto.

 

Pisando la tierra dura

 

de continuo el hombre está

 

y cada paso que da

 

es sobre su sepultura.

 

Con todo, a pesar de esas desventajas el invierno suponía un alivio, e

 

hicimos lo posible por sacarle el mayor partido. Tal vez la epidemia no regresara con el verano, pero si lo hacía, nos hallaría preparados. Está en la naturaleza humana la adaptación, a partir de la costumbre, incluso al dolor y a la tristeza. La peste se había convertido en parte de nuestro futuro, de nuestra existencia, era algo de lo que había que protegerse, como había que protegerse del desbordamiento de los ríos, de la crecida de los mares y de las inclemencias del tiempo. Tras prolongados sufrimientos y experiencias amargas, tal vez se descubriera la panacea. Por el momento, todo el que contraía la infección, moría. Pero no todo el mundo se infectaba. Así, nuestra misión debía consistir en cavar bien los cimientos y alzar bien alta la barrera que separara a los contagiados de los sanos; en introducir un orden que condujera al bienestar de los supervivientes y que diera cierta esperanza y algo de felicidad a quienes presenciaran aquella tragedia, en caso de que ésta se renovara. Adrian había introducido procedimientos sistemáticos en la metrópolis que, aunque no habían logrado detener el avance de la muerte, sí habían impedido otros males, vicios y locuras que sólo habrían servido para ennegrecer más el trágico destino de nuestro tiempo. Yo deseaba seguir su ejemplo, pero la gente está acostumbrada a moverse al unísono, si es que se mueve y no hallaba el modo de lograr que los habitantes de las aldeas y pueblos, que olvidaban mis palabras o no las escuchaban, y que resultaban más cambiantes que los vientos, modificaran el menor de sus actos.

 

De modo que adopté otro plan. Los escritores que han imaginado un reino de paz y felicidad en la tierra, han tendido a situarlo en un paisaje rural, donde el gobierno se halla en manos de los ancianos y los sabios. Aquella sería, pues, la clave de mi idea. En casi todas las aldeas, por pequeñas que sean, existe un jefe, uno de entre ellos mismos que es venerado, cuyo consejo se busca en tiempos de dificultad y cuyas buenas opiniones son tenidas en cuenta. Mi experiencia personal me llevaba a saber que así era.

 

En la aldea de Little Marrow vivía una anciana que gobernaba de tal modo la comunidad. Había vivido algunos años en un hospicio, y los domingos, si el tiempo lo permitía, su puerta se veía siempre asediada por una multitud que acudía en busca de sus consejos, dispuesta a escuchar sus admoniciones. Había sido esposa de un soldado y había visto mundo. La enfermedad, inducida por unas fiebres que contrajo en moradas insalubres, la había minado prematuramente, y apenas se movía de su camastro. La peste llegó a la aldea y el espanto y el dolor privaron a sus habitantes del poco juicio que poseían. Pero la vieja Martha dio un paso al frente y dijo:

 

-Yo ya he vivido en una ciudad atacada por la peste.

 

-¿Y escapaste?

 

-No, pero me recuperé.

 

Después de aquello, el prestigio de Marta no hizo sino crecer, y con él el amor que los demás le profesaban. Entraba en las casas de los enfermos y aliviaba sus sufrimientos con sus propias manos. Parecía no sentir temor alguno y contagiaba de su coraje innato a quienes la rodeaban. Acudía a los mercados e insistía en que le entregaran alimentos para los que eran tan pobres que no podían comprarlos. Les demostraba que del bienestar de cada uno de ellos dependía la prosperidad de todos. No permitía que se descuidaran los jardines, que las flores enredadas a las celosías de las casas se marchitaran por falta de cuidados. La esperanza, aseguraba, era mejor que la receta de un médico, y todo lo que sirviera para mantener el ánimo valía más que los remedios y las pócimas.

 

Fueron mis conversaciones con Martha, así como la visión de Little Marlon, lo que me llevó a la formulación de mi plan. Yo ya había visitado las fincas rurales y las mansiones de los nobles, y había constatado que a menudo los habitantes actuaban movidos por la mayor benevolencia, dispuestos a ayudar en todo a sus arrendatarios. Pero eso no bastaba. Se echaba de menos una comprensión íntima, generada por esperanzas y temores similares, por similares experiencias y metas. Los pobres percibían que los ricos contaban con unos medios de preservación de los que ellos carecían, que podían vivir apartados y, hasta cierto punto, libres de preocupación. No podían confiar en ellos y preferían recurrir a los consejos y auxilios de sus iguales. Por tanto, resolví ir de pueblo en pueblo en busca del arconte rústico del lugar para, mediante la sistematización de sus ideas y el perfeccionamiento de sus opiniones, incrementar tanto la eficacia como el uso de éstas entre los habitantes de su misma aldea. En aquellas elecciones reales y espontáneas se producían muchos cambios: los derrocamientos y las abdicaciones eran frecuentes, y en lugar de los viejos y prudentes se destacaban los ardorosos jóvenes, ávidos de acción e ignorantes del peligro. Y también sucedía a menudo que la voz a la que todos atendían se silenciaba de pronto, la mano tendida se cerraba, lo mismo que los ojos, y los aldeanos temían aún más una muerte que había escogido aquella víctima, que había enviado a la tumba aquel corazón que había latido por ellos, reduciendo a la incomunicación irreversible una mente siempre ocupada de su bienestar.

 

Quien trabaja por los demás suele encontrarse con que la ingratitud, regada por el vicio y la locura, brota del grano que él ha sembrado. La muerte, que en nuestra juventud hollaba la tierra como «ladrón en la noche», alzándose de su bóveda subterránea, ungida de poder, haciendo ondear el negro estandarte, avanzaba conquistadora. Muchos veían, sentada sobre el trono de su virreinato, a la suprema Providencia, que dirigía sus huestes y guiaba su avance, e inclinaban la cabeza en señal de resignación, o al menos de obediencia. Otros percibían sólo una casualidad pasajera, preferían la despreocupación al temor y se entregaban a la vida licenciosa para evitar los

 

aguijonazos del peor de los temores. Y así, mientras los sabios, los buenos y los prudentes se ocupaban en tareas de bondad, la tregua del invierno causaba otros efectos en los jóvenes, los inconscientes y los viciosos. Durante los meses más fríos, muchas personas se trasladaron a Londres en busca de diversión; la opinión pública se relajó. Muchos, hasta entonces pobres, se hacían ricos; eran multitud los que habían perdido a sus padres, los custodios de su moral, sus mentores, sus frenos. Hubiera resultado inútil oponerse a aquellos impulsos poniendo barreras, que sólo habrían servido para lograr que quienes los sentían se entregaran a indulgencias aún más perniciosas. Los teatros seguían abiertos y se veían siempre atestados; los bailes y las fiestas nocturnas gozaban siempre de gran concurrencia; en muchas de ellas se violaba el decoro y proliferaban unos males hasta entonces relacionados con un estado avanzado de civilización. Los alumnos abandonaban sus libros, los artistas sus talleres. Las ocupaciones de la vida habían desaparecido, pero las distracciones perduraban. Los goces podían prolongarse casi hasta la tumba. Todo disimulo desaparecía -la muerte se alzaba como la noche- y, protegidos por sus sombras sórdidas, el rubor de la timidez, la reserva del orgullo y el decoro de la prudencia solían despreciarse por considerarse velos inútiles.

 

Pero esta tendencia no era universal. Entre personas más elevadas, la angustia y el temor, el miedo a la separación eterna, el asombro natural causado por aquella calamidad sin precedentes, llevaban a estrechar lazos con familiares y amigos. Los filósofos planteaban sus principios como barreras contra la proliferación del libertinaje o la desesperación, como únicas murallas capaces de proteger el territorio invadido de la vida humana; los religiosos, con la esperanza de obtener su recompensa, se aferraban a sus credos como a tablones que, flotando en el tempestuoso mar del sufrimiento, los llevaran a la seguridad de un puerto situado en el Continente Ignoto. Los corazones amorosos, obligados a concentrar su campo de actuación, dedicaban por triplicado su desbordante afecto a las pocas personas que quedaban. Pero incluso entre ellas, el presente, como una posesión inalienable, era el único tiempo en que se atrevían a depositar sus esperanzas.

 

La experiencia, desde épocas inmemoriales, nos había enseñado a contar nuestros goces por años y a extender nuestras perspectivas de vida sobre un periodo dilatado de progreso y decadencia. El largo camino tejía un vasto laberinto, y el Valle de la Sombra de la Muerte, en el que concluían, quedaba oculto por objetos interpuestos. Pero un terremoto había cambiado el paisaje - la tierra había bostezado bajo nuestros mismos pies- y el abismo se había abierto, profundo y vertical, dispuesto a engullirnos, mientras las horas nos conducían al vacío. Mas ahora era invierno, y debían transcurrir meses hasta que nos viéramos otra vez privados de seguridad. Nos habíamos convertido en mariposas efímeras, y el lapso entre la salida y la puesta del sol era para nosotros como un año entero de tiempo ordinario. No veríamos a nuestros

 

hijos alcanzar la madurez ni arrugarse sus mejillas carnosas, ni sus despreocupados corazones ser presas de la pasión o las cuitas; gozábamos de ellos ahora porque vivían, y nosotros también. ¿Qué más podíamos desear? Con aquellas enseñanzas mi pobre Idris trataba de acallar los crecientes temores, y hasta cierto punto lo lograba. No era como en verano, cuando el destino fatal podía llegar de una hora para otra. Hasta la llegada del verano nos sentíamos a salvo. Y aquella certeza, por breve que fuera, satisfizo por un tiempo su ternura maternal. No sé cómo expresar o comunicar la sensación de elevación intensa y concentrada, aunque evanescente, que se apoderó de nosotros en aquellos días. Nuestras alegrías eran más profundas, pues veíamos su final; eran más agudas, pues sentíamos todo su valor; eran más puras, pues su esencia era la comprensión. Y así como un meteoro brilla más que una estrella, así la dicha de aquel invierno contenía en sí misma las delicias destiladas de una vida larga, muy larga.

 

¡Qué adorable resulta la primavera! Al contemplar desde la terraza de Windsor los dieciséis condados fértiles que se extendían a nuestros pies, salpicados de hermosas mansiones y pueblos ricos, todo parecía, como en años anteriores, hermoso y alegre. El campo estaba arado, las tiernas espigas de trigo asomaban entre la tierra oscura, los frutales florecían, los campesinos trabajaban sus parcelas, las lecheras regresaban a casa con los cubos rebosantes, los gorriones y los martinetes rozaban las albercas soleadas con sus alas largas y apuntadas, los corderos recién nacidos reposaban sobre la hierba joven, las hojas tiernas

 

elevan su hermosa cabeza en el aire y alimentan

 

un espacio silencioso con botones siempre verdes.

 

Hasta los hombres parecían regenerarse, y sentían que la escarcha del invierno daba paso a una cálida y elástica renovación de la vida. La razón nos decía que las cuitas y las penas avanzarían con el año, pero ¿cómo creer aquella voz agorera que respiraba sus vapores pestilentes desde la tenebrosa caverna del miedo, mientras la naturaleza, riéndose y esparciendo flores, frutas y aguas chispeantes desde su verde regazo, nos invitaba a unirnos a la alegre mascarada de la vida joven que se derramaba sobre aquel escenario?

 

¿Dónde estaba la peste? «Aquí, en todas partes», exclamó una voz impregnada de temor y espanto, cuando en los agradables días de un mayo soleado la Destructora del hombre volvió a cabalgar sobre la tierra, obligando al espíritu a abandonar su crisálida orgánica para penetrar en una vida ignorada. Con un solo movimiento de su arma poderosa, toda precaución, todo cuidado, toda prudencia, fueron aniquilados. La muerte se sentaba a las mesas de los notables, se tendía en el jergón del granjero, atrapaba al cobarde que huía, abatía al valiente que resistía. La desazón se apoderaba de todos los

 

corazones, la pena velaba todos los ojos.

 

Las visiones lúgubres empezaban a resultarme familiares, y si hubiera de relatar toda la angustia y el dolor que presencié, dar cuenta de los sollozos desesperados de aquellos días, de las sonrisas de la infancia, más horribles aún, esbozadas en el pecho del horror, mi lector se echaría a temblar y, con el vello erizado, se preguntaría por qué, presa de una locura repentina, no me arrojé por algún precipicio, logrando así cerrar los ojos para siempre ante el triste fin del mundo. Pero los poderes del amor, la poesía y la imaginación creativa habitan incluso junto a los apestados, junto a los escuálidos, a los moribundos. Un sentido de devoción, de deber, de propósito noble y constante, me elevaba. Una extraña alegría inundaba mi corazón. En medio de aquella pena tan grande yo parecía caminar por los aires, y el espíritu del bien vertía a mi alrededor una atmósfera de ambrosía que limaba las aristas de la incomprensión y limpiaba el aire de suspiros. Si mi alma cansada flaqueaba en su empeño, pensaba en mi hogar querido, en el cofre que contenía mis tesoros, en el beso de amor y en la caricia filial; entonces mis ojos se llenaban del rocío más puro y mi corazón sentía al momento una ternura renovada.

 

El afecto maternal no había vuelto egoísta a Idris. Al inicio de nuestra calamidad, con imprudente entusiasmo se había entregado al cuidado de enfermos y desahuciados. Pero, al desaconsejárselo yo, ella me obedeció. Le conté que el temor por los peligros a los que se sometía me paralizaba en mis esfuerzos, y que saber que se hallaba a salvo, en cambio, fortalecía mis nervios. Le demostré los riesgos que corrían nuestros hijos durante sus ausencias. Y ella, finalmente, aceptó no alejarse del recinto del castillo. Con todo, en el interior de su recinto habitaba una nutrida colonia de seres infelices abandonados por sus familiares, los bastantes como para ocupar su tiempo y sus atenciones, mientras su incansable entrega a mi bienestar y a la salud de los niños, por más que se esforzara en camuflarla u ocultarla, absorbía todos sus pensamientos y consumía gran parte de sus energías. Además de su labor de vigilancia y cuidado, su segunda preocupación consistía en ocultarme a mí su angustia y sus lágrimas. Yo regresaba al castillo todas las noches, y en él hallaba, esperándome, amor y reposo. Con frecuencia permanecía junto al lecho de muerte de algún enfermo hasta la medianoche, y en noches oscuras y lluviosas recorría a caballo muchas millas. Si lo resistía era sólo por una cosa: la seguridad y el descanso de mis seres queridos. Si alguna escena agónica me impresionaba más de la cuenta y perlaba mi frente de sudor, apoyaba la cabeza en el regazo de Idris y el latido tempestuoso de mis sienes regresaba a su ritmo temperado. Su sonrisa era capaz de sacarme del desasosiego y su abrazo bañaba mi corazón pesaroso en un bálsamo de paz.

 

El verano avanzaba y, coronada por los potentes rayos del sol, la peste arrojaba sus certeros dardos sobre la tierra. Las naciones que se hallaban bajo

 

su influencia inclinaban la cabeza y morían. El maíz que había brotado en abundancia se agostaba y se pudría en los campos, mientras que el pobre infeliz que había acudido a buscar pan para sus hijos yacía, rígido y apestado, en una zanja. Los verdes bosques agitaban sus ramas majestuosamente y los moribundos se tendían bajo su sombra, respondiendo a la solemne melodía con sus lamentos disonantes. Los pájaros de colores revoloteaban en la penumbra. El ciervo, ignorante de todo, reposaba a salvo sobre los helechos. Los bueyes y los caballos escapaban de los establos abandonados y pacían en los campos de trigo, pues sólo sobre los hombres se abatía la muerte.

 

Con la llegada del verano y el regreso de la mortandad, nuestros temores crecieron. Mi pobre amor y yo nos miramos y miramos a nuestros hijos.

 

-Los salvaremos, Idris -dije yo-. Los salvaré. Dentro de unos años les hablaremos de nuestros temores, que ya habrán desaparecido. Aunque ellos sean los únicos que sobrevivan en la tierra, vivirán, y ni sus mejillas palidecerán ni languidecerán sus voces.

 

Nuestro hijo mayor entendía hasta cierto punto las escenas que presenciaba a su alrededor y en ocasiones, con gesto serio me preguntaba sobre el motivo de tan vasta desolación. Pero sólo tenía diez años y la hilaridad de la juventud no tardaba en desfruncirle el ceño. Evelyn, querubín sonriente, niño juguetón, sin idea alguna de lo que era el dolor o la pena, lograba, mientras se apartaba los tirabuzones de los ojos, que en los todos salones resonara el eco de su alegría y atraía nuestra atención con miles de artimañas. Clara, nuestra adorada y bondadosa Clara, era nuestro sostén, nuestro solaz, nuestra delicia. Se había empeñado en asistir a los enfermos, en consolar a los tristes, en ayudar a los ancianos, y además participaba de las actividades de los jóvenes y de su alegría. Iba de sala en sala como un espíritu bueno enviado por el reino celestial para iluminarnos en aquella hora oscura con su esplendor ultraterreno. La gratitud y el elogio se alzaban a su paso. Y sin embargo, cuando con gran sencillez jugaba en nuestra presencia con nuestros hijos, o con entrega infantil realizaba pequeñas tareas para Idris, nos preguntábamos en qué rasgos de su encanto puro, en qué tonos suaves de su melodiosa voz, residía, tanto heroísmo, sagacidad y benevolencia.

 

El verano transcurría tedioso, pues nosotros confiábamos en que el invierno acabara al fin con la enfermedad. Que ésta desapareciera por completo era una esperanza demasiado íntima, demasiado sentida como para expresarla en palabras. Cuando alguien, inconsciente, la pronunciaba en voz alta, quienes la escuchaban entre lágrimas y sollozos demostraban lo profundo de sus temores, lo frágil de su propia fe. En cuanto a mí, mi misión en aras del bien común me permitía observar con más detalle que otros la virulencia renovada de nuestro enemigo ciego y los estragos que causaba. En un solo mes había destruido un pueblo, y si en mayo había enfermado la primera persona,

 

en junio los senderos aparecían llenos de cadáveres insepultos. En las casas sin dueño las chimeneas no elevaban su humo al aire, y los relojes de las amas de casa marcaban sólo la hora en que la muerte había obtenido su triunfo. En ocasiones, de tales escenarios rescataba yo a algún niño desvalido, apartaba a alguna madre joven de la presencia inerte de su recién nacido o consolaba a un robusto bracero que lloraba desconsolado ante a su extinta familia.

 

Julio había pasado. Agosto debía pasar, y tal vez entonces, a mediados de septiembre, hubiera alguna esperanza. Contábamos los días con impaciencia. Los habitantes de las ciudades, para que su espera resultara más llevadera se arrojaban en brazos de la disipación, y con fiestas desbocadas, en las que creían hallar placer, trataban de abolir el pensamiento y de adormecer su desasosiego. Nadie excepto Adrian hubiera podido aplacar a la variopinta población de Londres que, como una manada de caballos salvajes galopando hacia sus pastos, había abandonado el temor a las cosas pequeñas debido a la intervención del mayor de los temores. Incluso Adrian se había visto obligado a ceder en algo para poder seguir, si no guiando, al menos estableciendo límites a la permisividad de los tiempos. Así, los teatros se mantenían abiertos y los lugares de asueto público seguían viéndose muy concurridos, aunque él tratara de modificar aquel estado de cosas para aplacar, de la mejor manera posible, la excitación de los espectadores, y a la vez impedir una reacción de tristeza cuando esa excitación terminara. Las obras favoritas eran las grandes tragedias. Las comedias suponían un contraste demasiado pronunciado con la desesperación interna; cuando se intentaba poner alguna en escena, no era raro que algún comediante, en medio de las carcajadas suscitadas por su histriónica representación, recordara alguna palabra o idea que le devolviera a su desgracia y pasara de la bufonada a las lágrimas y los sollozos, mientras los espectadores, con gesto mimé- tico, estallaban el llanto, tornando la pantomima ficticia en exhibición real de trágica pasión.

 

No se hallaba en mi naturaleza extraer consuelo de tales lugares: de los teatros, cuyas falsas risotadas y alegría discordante despertaban una simpatía forzada, o donde las lágrimas y los lamentos ficticios se burlaban de la pena real; de las fiestas o las reuniones concurridas, donde la hilaridad nacía de los peores sentimientos de nuestra naturaleza o donde la exaltación de los mejores parecía fijada con un barniz de estridencia y falsedad; de las reuniones de personas plañideras disfrazadas de personas festivas. Sin embargo, en una ocasión presencié una escena de gran interés en un teatro, una escena en que la naturaleza superó al arte, del mismo modo que una poderosa catarata se burla de una ridícula cascada artificial, hasta ese momento alimentada con parte del caudal de aquélla.

 

Había acudido a Londres para visitar a Adrian, pero a mi llegada constaté que no se encontraba en el palacio. Aunque sus asistentes ignoraban su

 

paradero, creían que no regresaría hasta última hora de la noche. No habían dado aún las siete de aquella agradable tarde de verano y yo me dedicaba a pasear por las calles vacías de la ciudad. Ahora me desviaba para evitar un funeral que se aproximaba, luego la curiosidad me llevaba a observar el estado de algún lugar concreto. Pero aquel paseo me llenaba de tristeza, pues el silencio y el abandono se apoderaban de todo lo que veía, y las escasas personas con que me cruzaba presentaban un aspecto pálido y desmejorado, tan marcado por la desconfianza y la zozobra que, temeroso de encontrarme sólo con aquellos signos de desgracia, desanduve mis pasos y me encaminé a casa.

 

Una vez en Holborn, pasé frente a una posada llena de grupos ruidosos cuyas canciones, risotadas y gritos me parecieron más tristes que el rostro pálido y el silencio de las plañideras. Precisamente una de ellas pululaba por las inmediaciones. El lamentable estado de su atuendo proclamaba su pobreza; estaba muy pálida y cada vez se acercaba más. Primero miró por la ventana y después por la puerta, como temerosa y al mismo tiempo deseosa de entrar. En uno de los corrillos empezaron a cantar y a reírse y la mujer sintió aquellas muestras de alegría como aguijonazos en el corazón. «¿Cómo puede ser capaz?», murmuró, y entonces, haciendo acopio de valor, cruzó el umbral. La casera la interceptó en la entrada. La pobre criatura le preguntó:

 

-¿Está aquí mi esposo? ¿Puedo ver a George?

 

-Verlo, sí -respondió la casera-, si va adonde se encuentra. Ayer noche se lo llevaron. Tiene la peste y lo trasladaron al hospital.

 

Aquella pobre desgraciada se apoyó en la pared y dejó escapar un grito amortiguado.

 

-¿Tan cruel es usted para haberlo enviado ahí?

 

La otra mujer se alejó, pero una tabernera, más compasiva, le explicó con detalle lo sucedido, que no era mucho: a su esposo, enfermo y tras una noche de jolgorio, sus amigos lo habían llevado al hospital de Saint Bartholomew. Yo presencié toda la escena, pues había en aquella pobre mujer una dulzura que me cautivaba. La vi salir del local y caminar tambaleante por Holborn Hill. Pero al poco le fallaron las fuerzas y hundió la cabeza en el pecho, palideciendo aún más. Me acerqué a ella y le ofrecí mis servicios. Ella apenas alzó la vista.

 

-No puede ayudarme -me dijo-. Debo ir al hospital. Eso si no muero antes de llegar.

 

Todavía quedaban en las calles de la ciudad algunos coches de punto esperando clientes, más por costumbre que por expectativa de negocio. De modo que la subí a uno de ellos y la acompañé hasta el hospital para

 

asegurarme de que llegaba sana y salva. El trayecto era corto y ella habló poco, más allá de pronunciar algunas expresiones soterradas de reproche al hombre que la había abandonado y a algunos de sus amigos, así como sus esperanzas de hallarlo con vida. Había una sinceridad sencilla y natural en ella que me llevaba a interesarme por su suerte, un interés que creció cuando aseguró que su esposo era la mejor persona del mundo, o que lo había sido hasta que la falta de trabajo, en aquellos tiempos difíciles, lo había empujado frecuentar malas compañías.

 

-No soportaba volver a casa -dijo- y ver que nuestros hijos morían. Los hombres carecen de la paciencia de las madres con los que son de su misma sangre.

 

Llegamos a Saint Bartholomew y entramos en el edificio de aquella casa de enfermedad. La pobre criatura se apretó contra mí al ver la frialdad y la rapidez con que trasladaban a los muertos desde las salas comunes hasta una estancia cuya puerta entreabierta dejaba ver gran número de cadáveres, visión monstruosa para alguien no acostumbrado a tales escenas. Nos condujeron a las dependencias a la que habían llevado a su esposo tras su ingreso y donde, según la enfermera, seguía aún, aunque no sabía si con vida. La mujer empezó a recorrer la estancia, cama por cama, hasta que en un extremo, tendida en un camastro, distinguió a una criatura escuálida y demacrada que agonizaba sometida a la tortura de la infección. Se abalanzó sobre él y lo abrazó, agradeciendo a Dios que le hubiera conservado la vida.

 

El entusiasmo que le infundía semejante alegría la cegaba también ante los horrores que se mostraban a su alrededor, pero a mí éstos me resultaban intolerables. Los efluvios que flotaban en aquella sala encogían mi corazón en dolorosos espasmos. Se llevaban a los muertos y traían a los enfermos con idéntica indiferencia. Algunos de éstos gritaban de dolor, otros se reían, presas de los delirios. A algunos los acompañaban familiares llorosos; otros llamaban con voces desgarradoras y tiernas o con tonos de reproche a sus amigos ausentes. Las enfermeras iban de cama en cama, imágenes encarnadas de la desesperación, el abandono y la muerte. Incapaz de soportarlo por más tiempo, entregué unas monedas de oro a mi desgraciada acompañante, la encomendé al cuidado de las enfermeras y sin más demora abandoné el hospital. Pero mi imaginación, atormentándome, no dejaba de recrear imágenes de mis seres queridos postrados en aquellos lechos, desatendidos de ese modo. El país no podía permitirse tanto horror. Muchos desventurados morían solos en los campos, y en una ocasión hallé a un único superviviente en un pueblo desierto, luchando contra el hambre y la infección. Con todo, la asamblea de la peste, el salón de los banquetes de la muerte, se reunía sólo en Londres.

 

Seguí caminando, con el corazón en un puño. Las dolorosas emociones me impedían toda concentración. De pronto me hallé frente al teatro de Drury

 

Lane. La obra que se representaba era Macbeth, y el actor más importante de la época ejercía sus poderes para adormecer al público y distraerlo de sus pesares. Yo mismo deseaba probar aquella medicina, de modo que entré. El teatro estaba bastante concurrido. Shakesperare, cuya popularidad llevaba cuatro siglos bien asentada, no había perdido su vigencia en aquellos tiempos difíciles y seguía siendo Ut magus, el brujo que mandaba en nuestros corazones y gobernaba nuestra imaginación. Yo había llegado durante una pausa, entre los actos tercero y cuarto. Eché un vistazo al público. Las mujeres pertenecían en su mayoría a las clases inferiores, pero había hombres de todos los estamentos que acudían para olvidar momentáneamente las dilatadas escenas de desgracia que les aguardaban en sus hogares miserables. Se alzó el telón y en el escenario apareció la caverna de las brujas. El armazón sobrenatural e imaginario de Macbeth era garantía de que la representación tendría poco que ver con nuestra realidad presente. La compañía se había esforzado al máximo para lograr la mayor autenticidad posible. La extremada penumbra de la escena, cuya única fuente de luz provenía del fuego encendido bajo la caldera, se sumaba a una especie de neblina que flotaba en el ambiente y que lograba dotar a los cuerpos fantasmagóricos de las brujas de un halo oscuro y lúgubre. No eran tres arpías decrépitas inclinadas sobre una olla en la que vertían los repugnantes ingredientes de su poción mágica, sino seres temibles, irreales, imaginarios. La entrada de Hécate y la música estridente que siguió nos transportaron más allá de este mundo. La forma de caverna que adoptaba el escenario, las piedras en lo alto, acechadoras, el resplandor del fuego, las sombras neblinosas que cruzaban en ocasiones la escena, la música asociada a todas las imágenes de la brujería, permitían a la imaginación explayarse sin temor a ser contradicha, a oír la réplica de la razón o del corazón. La aparición de Macbeth tampoco destruyó la ilusión, pues de él se apoderaban las sensaciones que también nos invadían a nosotros, y así, mientras aquel acto mágico seguía avanzando, nosotros nos identificábamos con su asombro y su osadía y entregábamos por completo nuestra alma al influjo del engaño escénico. Yo ya sentía el resultado benéfico de tales emociones en la renovación de mi entrega a la imaginación, una entrega de la que llevaba mucho tiempo alejado. Los efectos de aquella escena encantada transmitieron parte de su fuerza a la siguiente, y así nos olvidamos de que Malcolm y Macduff eran meros seres humanos, inspirados por unas pasiones tan simples como las que latían en nuestros pechos. Con todo, gradualmente fuimos recobrando el interés real de la escena. Una sacudida, como la que se hubiera producido tras una descarga eléctrica recorrió el teatro cuando Ross exclamó, en réplica a «¿Sigue Escocia como la dejé?»:

 

 

Sí, pobre nación, casi con miedo de reconocerse a sí misma.

 

No se la puede llamar nuestra madre, sino nuestra tumba,

 

donde no se ve jamás sonreír sino a quien no sabe nada: donde los suspiros, gemidos y gritos que desgarran el aire, surgen sin ser observados:

 

donde la violenta tristeza parece un humor cualquiera:

 

el redoble por los muertos, apenas se pregunta por quién es, y las vidas de los hombres buenos se extinguen antes que las flores que llevan en el sombrero

 

muriendo sin enfermedad.

 

Cada palabra cobraba sentido y tañía como la campana de nuestra vida efímera. Nadie se atrevía a mirar a los demás y todos manteníamos la vista en el escenario, como si nuestros ojos, sólo con eso, se volvieran inocuos. El hombre que interpretaba el papel de Ross se dio cuenta de pronto del peligroso terreno que pisaba. Se trataba de un actor mediocre, pero ahora la verdad lo convertía en excelente. Siguió declamando, anunciando a Macduff la muerte de su familia, y mientras lo hacía sentía temor, y temblaba al pensar que fuera el público, y no su compañero de escena, quien estallara en llanto. Pronunciaba cada palabra con dificultad; una angustia verdadera se pintaba en sus gestos y un horror repentino inundaba sus ojos, que mantenía clavados en el suelo. Aquella muestra de terror hacía que el nuestro aumentara, y con él ahogábamos el grito, alargando mucho el cuello, modificando nuestra expresión cuando él lo hacía, hasta que al fin Macduff, concentrado en su papel y ajeno a la absoluta identificación del público, exclamaba con pasión bien interpretada:

 

¿Todos mis queridos pequeños?

 

¿Has dicho todos? ¡Oh, milano infernal! ¿Todos? ¿Qué, todos mis lindos polluelos, y su madre, bajo su garra feroz?

 

Una punzada de dolor irrefrenable encogió todos los corazones, y de todos los labios brotó un sollozo de desesperación. Yo también me había dejado arrastrar por el sentimiento general, había sido absorbido por los terrores de Ross. Así, también yo reproduje el lamento de Macduff, y al punto salí de allí como de un infierno de tortura, para hallar sosiego en contacto con el frescor del aire, bajo los árboles mudos.

 

Pero ni el aire era fresco ni los árboles callaban. ¡Cómo habría querido en ese instante gozar del consuelo de la madre Naturaleza, al sentir que mi corazón herido recibía entonces otra estocada, en esta ocasión en forma de la

 

algarabía despreocupada que provenía de la taberna y de la visión de los borrachos que se dirigían tambaleantes hacia sus casas, olvidado el recuerdo de lo que hallarían en ella, y de los saludos más escandalosos de los seres melancólicos para quienes la palabra «hogar» no era más que una burla! Me alejé de allí lo más rápido que pude hasta que, sin saber cómo, me encontré en las inmediaciones de la abadía de Westminster y me sentí atraído por el sonido grave y prolongado de un órgano. Entré con temor reverencial en el presbiterio iluminado, escuchando los solemnes cánticos religiosos que hablaban de paz y esperanza para los desventurados. Las notas, cargadas de las plegarias eternas de los hombres, resonaban en las altas naves, y un bálsamo celestial bañaba las heridas sangrantes del alma. A pesar de la desgracia que yo despreciaba, y que no alcanzaba a comprender; a pesar de los hogares apagados del gran Londres y de los campos cubiertos de cadáveres de mi tierra natal; a pesar de todas las intensas emociones que había experimentado esa misma tarde, creía que, en respuesta a nuestras melodiosas invocaciones, el Creador se compadecería de nosotros y nos prometería alivio. El horrible lamento de aquella música celestial parecía una voz adecuada para comunicarse con el Altísimo; me apaciguaban sus sonidos, y también la visión junto a mí de tantos otros seres humanos elevando sus prédicas y sometiéndose. Una sensación parecida a la felicidad seguía a la absoluta entrega del ser de uno a la custodia del Señor del mundo. Pero ¡ay! Con el fin de los cánticos solemnes, el espíritu elevado regresó de nuevo a la tierra. Súbitamente un miembro del coro falleció. Lo retiraron de su asiento, abrieron apresuradamente las puertas de la cripta y, tras pronunciar unas oraciones breves, lo depositaron en la tenebrosa caverna, morada de miles que la habían ocupado antes que él, y que ahora abría sus fauces para recibir también a todos los que participaban en los ritos fúnebres. En vano me alejé de aquel escenario bajo naves oscuras y altas bóvedas en las que reverberaban melodiosas alabanzas. Sólo en el exterior del templo hallé algún alivio. Entre las hermosas obras de la Naturaleza, su Dios recuperaba el atributo de la benevolencia, y allí podía confiar de nuevo en que quien había creado las montañas, plantado los bosques y trazado los ríos, erigiría otra finca para la humanidad perdida, donde nosotros despertaríamos de nuevo a nuestros afectos, nuestra dicha y nuestra fe.

 

Afortunadamente para mí, aquellas circunstancias se producían sólo en las escasas ocasiones en que me trasladaba a Londres, y mis deberes se limitaban al distrito rural que se divisaba desde nuestro castillo elevado. Allí, el lugar del pasatiempo lo ocupaba el trabajo, que ayudaba a los paisanos a mantenerse en gran medida al margen de la tristeza y la enfermedad. Yo insistía mucho en que se concentraran en sus cosechas y actuaran como si la epidemia no existiera. En ocasiones se oía el chasquido de las hoces, aunque los segadores, ausentes, se olvidaban de trasladar el trigo una vez cortado. Los pastores, una vez esquiladas las ovejas, dejaban que los vientos esparcieran la lana, pues no

 

encontraban sentido a fabricarse ropas para el siguiente invierno. Sin embargo, en ocasiones el espíritu de la vida despertaba con aquellas ocupaciones: el sol, la brisa refrescante, el olor dulce del heno, el crujido de las hojas y el rumor de los arroyos traían reposo al pecho y derramaban una sensación parecida a la felicidad sobre los temerosos. Y, por extraño que parezca, en aquellos tiempos también se disfrutaba de los placeres. Parejas jóvenes que se habían amado sin esperanza y por largo tiempo veían desaparecer los impedimentos y crecer las riquezas a partir de la muerte de algún familiar. El mismo peligro los unía más. El riesgo inmediato les instaba a aprovechar las ocasiones inmediatas. Con prisas, apasionadamente, buscaban conocer las delicias que la vida les brindaba antes de entregarse a la muerte, y

 

robando sus placeres con gran esfuerzo

 

y sacándolos por las rejas de la vida,

 

desafiaban a la peste a que destruyera lo que había existido o a que borrara de sus pensamientos, en el lecho de muerte, la felicidad que había sido suya.

 

De uno de esos casos tuvimos conocimiento por aquel entonces: una joven de alcurnia había entregado su corazón, años atrás, a un hombre de extracción humilde. Se trataba de un compañero de escuela y amigo de su hermano, y solía pasar parte de sus vacaciones en la mansión de su padre, que era duque. Habían jugado juntos de niños, habían sido confidentes de secretos mutuos, se habían ayudado y consolado en momentos de dificultad y tristeza. El amor había surgido entre ellos imperceptiblemente, silencioso, sin temor en un primer momento, hasta que los dos sintieron que su vida se hallaba atada a la vida del otro, y al mismo tiempo supieron que debían separarse. Su juventud extrema, la pureza de su unión, les llevaba a oponer menor resistencia a la tiranía de las circunstancias. El padre de la buena Juliet los separó, aunque no sin antes lograr que el joven prometiera mantenerse alejado de su hija hasta que se hubiera hecho digno de ella. La joven, por su parte, prometió preservar virgen su corazón -tesoro de su amado- hasta que él regresara para reclamarla y poseerla.

 

Llegó la peste, amenazando con destruir de golpe las ambiciones y las esperanzas del amor. Durante mucho tiempo el duque de L... se negó a admitir que pudiera correr peligro si se mantenía recluido y tomaba ciertas precauciones. Hasta el momento había sobrevivido. Pero en aquel segundo verano la Destructora dio al traste de un solo golpe con sus precauciones, su seguridad y su vida. La pobre Juliet vio cómo su padre, su madre, sus hermanos y hermanas, enfermaban y morían uno tras otro. La mayoría de los criados huyeron tras la primera aparición de la enfermedad, y los que permanecieron en la casa sucumbieron a la infección mortal. Ningún vecino, ningún campesino se atrevía a acercarse a la finca por temor al contagio. Por

 

una rara vuelta del destino, sólo Juliet escapó, y hasta el fin cuidó de sus familiares y los veló en la hora de su muerte. Llegó el momento en que el último habitante de la casa recibió el último mazazo: la joven superviviente de su raza se sentaba sola entre los muertos. Ningún otro ser humano se hallaba cerca para consolarla ni para apartarla de aquella horrenda compañía. Cuando ya declinaba el calor de septiembre, una noche se formó una tormenta con vientos huracanados, truenos y granizo, que se abatió sobre la casa, entonando con fantasmagórica armonía un canto fúnebre por su familia. Y Juliet, sentada sobre la tierra, inmersa en una desesperación muda, creyó oír que alguien pronunciaba su nombre entre las ráfagas de viento y lluvia. ¿De quién podía ser aquella voz que le resultaba conocida? De ningún miembro de su familia, pues todos ellos, tendidos a su alrededor, la contemplaban con ojos pétreos. Su nombre volvió a oírse y ella se estremeció al pensar que tal vez estuviera volviéndose loca o muriendo, ya que oía las voces de los fallecidos. Pero entonces otra idea atravesó su mente, rauda como una flecha, y Juliet se acercó a la ventana. El destello de un rayo le proporcionó la visión que esperaba: su amante asomándose a los arbustos. La alegría le proporcionó las fuerzas necesarias para bajar la escalera y abrir la puerta. Se desmayó en sus brazos.

 

Mil veces se reprochó a sí misma, como si de un crimen se tratara, que reviviera la felicidad con él. La mente humana se aferra de modo natural a la vida y a la dicha; en su joven corazón aquellos sentimientos se hallaban en la plenitud de sus facultades, y Juliet se entregó con ímpetu al hechizo. Se casaron, y en sus rostros radiantes vi encarnarse por última vez el espíritu del amor, de la entrega absoluta, que en otro tiempo había sido la vida del mundo.

 

Les envidiaba, sí, pero sabía que me resultaba imposible impregnarme del mismo sentimiento, ahora que los años habían multiplicado mis lazos con el mundo. Sobre todo, la madre angustiada que era mi amada y exhausta Idris reclamaba mis abnegadas atenciones. No podía reprocharle el temor que jamás abandonaba su corazón y me esforzaba por apartarla de una observación demasiado detallada de la verdad de las cosas, de la cercanía de la enfermedad, la desgracia y la muerte, de la expresión desgarrada de nuestros sirvientes, con la que revelaban que una muerte, y otra más, nos habían alcanzado. Con respecto a esto último empezó a suceder algo nuevo que trascendía en horror a todo lo que había sucedido antes. Seres desgraciados acudían arrastrándose para morir bajo nuestro techo acogedor. Los habitantes del castillo menguaban día tras día, mientras que los supervivientes se acurrucaban juntos y temerosos; y como en un barco donde reinara el hambre y flotara a la deriva a merced de las olas indómitas e interminables, todos escrutaban los rostros de todos, tratando de adivinar quién sería el siguiente en sucumbir a la muerte. Todo ello intentaba ocultárselo yo a Idris, para que no le causara tan honda impresión. Y sin embargo, como ya he dicho, mi valor sobrevivía incluso a mi desesperación: tal vez fuera derrotado, pero no me

 

rendiría.

 

Un día -era 9 de septiembre- pareció llegar para entregarse a todo desastre, a todo hecho doloroso. A primera hora supe de la llegada al castillo de la abuela, muy anciana, de una de nuestras criadas. Aquella vieja había alcanzado los cien años. Tenía la piel muy arrugada, caminaba encorvada y se hallaba sumida en una decrepitud extrema, pero pasaban los años y ella seguía existiendo, sobreviviendo a muchos que eran más jóvenes y más fuertes que ella, hasta el punto de empezar a sentir que iba a vivir eternamente. Llegó la peste y los habitantes de su aldea murieron. Aferrándose, con la cobardía y mezquindad propias de algunos ancianos, a los restos de su vida gastada, cerró a cal y canto las puertas y las ventanas de su casa, negándose a comunicarse con nadie. Salía de noche a conseguir alimento y regresaba a casa, satisfecha por no haberse cruzado con nadie que pudiera haberle contagiado la enfermedad. A medida que la desolación se apoderaba de la tierra, aumentaban sus dificultades para garantizarse el sustento. Al principio, y hasta que murió, su hijo, que vivía cerca, la ayudaba dejándole algunos productos en su camino. Pero aun amenazada por el hambre, su temor a la epidemia era enorme, y su mayor preocupación seguía siendo mantenerse alejada de otras personas. Su debilidad aumentaba día a día, y al mismo tiempo, día a día debía trasladarse a mayor distancia para encontrar alimentos. La noche anterior había llegado a Datchet y, merodeando, había encontrado abierta y sola la panadería del lugar. Cargada con su botín, las prisas por regresar la llevaron a perderse. Era una noche cálida, nublada, nada ventosa. La carga que transportaba le resultaba demasiado pesada y, una tras otra, fue deshaciéndose de las barras de pan con la idea de seguir avanzando, aunque su paso lento se convirtió en cojera y su debilidad, al cabo, le impidió seguir caminando.

 

Se tendió en un maizal y se quedó dormida. A medianoche la despertó un ruido de algo que se movía junto a ella. Se habría incorporado, sobresaltada, si sus miembros agarrotados se lo hubieran permitido. Entonces oyó un lamento grave emitido junto a su oreja, y los chasquidos se hicieron más audibles. Oyó que una voz acallada susurraba: «¡Agua, agua!», y lo repetía varias veces. Después, un suspiro brotó de lo más hondo de aquel ser sufriente. La anciana se estremeció y con gran esfuerzo logró sentarse. Pero le castañeteaban los dientes, le temblaban las piernas. Cerca, muy cerca de ella, había tendida una persona medio desnuda, apenas distinguible en la penumbra, una persona que volvió a emitir un gemido y a pedir agua. Los movimientos de la anciana atrajeron al fin la atención de su acompañante desconocido, que le agarró la mano con inusitada fuerza.

 

-Al fin has venido -fueron las palabras que brotaron de aquellos labios, aunque el esfuerzo que hubo de hacer para pronunciarlas las convirtió en las últimas del moribundo. Los miembros se distendieron, el cuerpo se echó hacia

 

atrás y un gemido leve, el último, indicó el instante de la muerte. Amanecía, y la anciana contempló junto a ella el cadáver, marcado por la enfermedad fatal. La muerte abrió la mano que se había aferrado a su muñeca. En ese preciso instante se sintió atacada por la peste. Su cuerpo envejecido no era capaz de alejarse de allí con la suficiente rapidez. Ahora, creyéndose infectada, ya no temía relacionarse con los demás, de modo que en cuanto pudo fue a visitar a su nieta al castillo de Windsor, para lamentarse y morir en él. La visión era horrible: seguía aferrándose a la vida y lloraba su mala suerte con gritos y alaridos terroríficos. Mientras, el rápido avance de la pestilencia demostraba lo que era un hecho: que no sobreviviría muchas horas más.

 

Clara entró en la sala en el momento en que yo ordenaba que se le proporcionaran los cuidados necesarios. Estaba temblorosa y muy pálida. Cuando, inquieto, le pregunté por la causa de tal agitación, ella se arrojó en mis brazos y exclamó:

 

-Tío, querido tío, no me odies eternamente. Debo decírtelo porque debes saberlo, que Evelyn, el pequeño Evelyn... -La voz se le quebró en un sollozo.

 

El temor ante una calamidad tan poderosa como era la pérdida de nuestro adorado hijito hizo que se me helara la sangre. Pero el recuerdo de su madre me devolvió la presencia de ánimo. Me acerqué al pequeño lecho de mi amado hijo, aquejado de fiebre. Mantenía la esperanza. Con temor pero con entrega, confiaba en que no hubiera síntomas de la peste. No había cumplido los tres años y su enfermedad parecía uno de esos accesos característicos de la infancia. Lo observé largo rato, con detalle: sus párpados entrecerrados, sus mejillas ardientes, el movimiento incesante de sus deditos. La fiebre era muy alta, el sopor absoluto, y en cualquier caso, incluso de no haber existido el temor a la peste, su estado habría sido suficiente por sí solo para causar alarma. Idris no debía verlo en ese estado. Clara, a pesar de tener apenas doce años, y a causa de su extrema sensatez, se había convertido en una persona tan prudente y cuidadosa que me sentía seguro dejando a mi hijo a su cargo. Mi tarea consistiría en impedir que Idris notara su ausencia. Tras administrar a mi hijo los remedios necesarios, dejé que mi adorada sobrina se ocupara de él, con la orden de que me informara de cualquier cambio que se produjera en su estado.

 

Acto seguido fui a ver a mi esposa. De camino, intentaba buscar alguna excusa que me permitiera justificar que ese día me quedaría en el castillo, y trataba de disipar el gesto de preocupación de mi semblante. Por suerte Idris no se encontraba sola. Merrival la acompañaba. El astrónomo se hallaba demasiado absorto en sus ideas sobre la humanidad como para preocuparse por las bajas del día, y vivía rodeado por la enfermedad sin ser consciente de su existencia. Aquel pobre hombre, tan instruido como Laplace, ingenuo y despreocupado como un niño, había estado varias veces a punto de morir de

 

hambre, él, su pálida esposa y sus numerosos hijos, aunque nunca tenía apetito ni daba muestras de alterarse. Sus teorías astronómicas lo absorbían por completo: anotaba sus cálculos con carbón en las paredes de su desván. No sentía remordimiento alguno al cambiar una guinea ganada con esfuerzo, o alguna prenda de ropa, por un libro. No oía llorar a sus hijos ni se fijaba en el cuerpo deformado de su esposa y el exceso de desgracias equivalía, para él, a una noche nublada en la que habría dado el brazo derecho por poder observar los fenómenos celestes. Su esposa era una de esas criaturas maravillosas, que sólo se dan entre el género femenino, cuyos afectos no disminuyen con las desgracias. Su mente se repartía entre un amor ilimitado por su esposo y una ternura angustiada por sus hijos: atendía a Merrival, trabajaba para todos ellos y jamás se lamentaba, aunque tantas atenciones hacían de su vida un sueño largo y melancólico.

 

Él se había dado a conocer a Adrian cuando éste, en una ocasión, había solicitado observar a través de su telescopio algunos movimientos planetarios. Mi amigo detectó al momento su pobreza y puso los medios para aliviarla. El astrónomo nos daba a menudo las gracias por los libros que le prestábamos o por permitirle el uso de nuestros instrumentos, pero jamás nos hablaba de los cambios en su hogar ni en sus circunstancias cotidianas. Su esposa nos aseguraba que no había observado más diferencia que la relativa a los niños, que ya no ocupaban su estudio y a los que, para infinita sorpresa de aquella mujer, echaba de menos, pues aseguraba que todo le parecía demasiado silencioso.

 

Aquel día había llegado al castillo para anunciarnos que había terminado su ensayo sobre los movimientos pericíclicos del eje de la Tierra y la precedencia de los puntos equinocciales. Si un romano de la época republicana hubiera resucitado y nos hubiera hablado de la inminente elección de algún cónsul laureado o de la última batalla contra Mitrídates, sus ideas no hubieran resultado menos ajenas a los tiempos que la conversación de Merrival. El hombre, que había perdido la necesidad de sentirse comprendido, vestía sus pensamientos con señales visibles. Además ya no quedaban lectores. Mientras todos, tras resistir la espada con apenas un escudo, aguardaban la llegada de la peste, Merrival conversaba sobre el estado de la humanidad dentro de seis mil años. Y lo mismo podría -suscitando en nosotros el mismo interés- haber añadido un comentario describiendo los desconocidos e inimaginables rasgos de las criaturas que ocuparían entonces la morada de los hombres. Nadie se atrevía a desengañar al pobre viejo, y cuando yo entré en la sala, él le leía a Idris partes de su obra y le preguntaba qué respuesta podía darse a esta o aquella posición.

 

Ella no podía evitar sonreírse mientras lo escuchaba. Ya le había sonsacado que su familia se encontraba bien de salud. Aunque yo notaba que no lograba

 

olvidar el precipicio del tiempo al borde del cual se hallaba, me daba cuenta también de que en aquel momento estaba divirtiéndose gracias al contraste entre la visión limitada que sobre la vida humana habíamos mantenido durante tanto tiempo y las zancadas de siete leguas con que Merrival avanzaba hacia la próxima eternidad. Me alegré al verla contenta, pues ello me aseguraba que ignoraba por completo el peligro que corría su hijo, pero me estremecí al pensar en el impacto que le causaría el descubrimiento de la verdad. Mientras Merrival hablaba, Clara entreabrió con cuidado la puerta que quedaba a espaldas de Idris y, con gesto triste, me pidió que saliera. Pero un espejo permitió a mi esposa ver a nuestra sobrina, y al punto se sobresaltó. Sospechar que sucedía algo malo, deducir que debía de afectar a Evelyn, pues Alfred se hallaba con nosotros, salir corriendo de la sala y entrar en los aposentos del pequeño fue todo cuestión de segundos. Una vez allí contempló a su niño atacado por las fiebres, inmóvil. Yo la seguí y traté de inspirar en ella más esperanza de la que yo mismo albergaba. Pero ella negaba con la cabeza, presa de la desolación. La angustia le impedía mantener la presencia de ánimo. Nos dejó a Clara y a mí los papeles de médico y enfermera y ella se sentó junto al lecho, sosteniendo la manita ardiente de su hijo; y sin apartar de él los ojos llorosos, pasó el día en aquella agonía fija. No era la peste la que se había apoderado con tal intensidad del pequeño, pero ella no atendía a mis razones. El temor la privaba de la capacidad de juicio y raciocinio. La menor alteración en el semblante de Evelyn la hacía temblar. Si éste se movía, ella temía una crisis inminente; si permanecía quieto, en su sopor veía la muerte y su gesto se ensombrecía al momento.

 

De noche la fiebre de nuestro hijo aumentó. La idea de tener que pasar las largas horas de oscuridad junto al lecho de un enfermo resulta temible, por no recurrir a peor término, y más si el paciente es un niño que no sabe explicar su dolor y cuya vida parece la llama de una vela a punto de extinguirse

 

cuyo mínimo fuego

 

el viento agita, y a cuyo límite

 

la oscuridad, ávida, acecha.

 

Con inquietud uno se vuelve en dirección al este, con airada impaciencia acecha la tiniebla inviolada; el canto de un gallo, ese sonido alegre durante el día, llega como un lamento átono; se oye el crujido de las vigas, el ligero revoloteo de algún insecto invisible, y ese sonido encarna el sentimiento de la desazón. Clara, vencida por el cansancio, se había sentado a los pies del lecho de su primo, y a pesar de sus esfuerzos, el sopor le cerraba los párpados. En dos o tres ocasiones trató de desprenderse de él, pero al fin la venció el sueño. Iris, junto a la cama, no soltaba la mano de Evelyn. Temíamos dirigirnos la palabra. Yo observaba las estrellas, me acercaba a nuestro pequeño, le tomaba

 

el pulso, me acercaba a su madre, volvía a la ventana... Al alba, un ligero suspiro del enfermo me atrajo hacia él. El rubor de sus mejillas se había suavizado y el corazón le latía lenta y regularmente. El sopor había dado paso al sueño. Al principio no quise permitirme la esperanza, pero al observar que su respiración se mantenía constante y que el sudor perlaba su frente, supe que la enfermedad mortal le había abandonado; y me atreví a compartir la noticia con Idris, que tardó bastante en convencerse de que decía la verdad.

 

Pero ni mi convicción ni la pronta recuperación de nuestro hijo lograron devolverle parte de la calma de que antes había disfrutado. Su temor había calado demasiado hondo, la había absorbido demasiado por completo como para poder tornarse en seguridad. Se sentía como si antes, cuando estaba tranquila, hubiera estado soñando, y como si ahora hubiera despertado. Era

 

como quien

 

en torre de vigía solitaria

 

despertara de balsámicas visiones del hogar que ama y temblara al oír el airado rugido de las olas,

como quien, empujado por una tormenta, despierta y descubre que su barco se hunde. Antes recibía zarpazos de temor, y ahora ya no disfrutaba del menor intervalo de esperanza. Las sonrisas de su corazón ya no iluminaban su hermoso semblante. A veces se obligaba a esbozar una, pero al momento las lágrimas asomaban a sus ojos y un mar de dolor se abalanzaba sobre los restos del naufragio de su felicidad pasada. Con todo, cuando me hallaba a su lado su desesperación no era completa -confiaba del todo en mí- y no parecía temer mi muerte ni plantearse su posibilidad. Dejaba en mis manos todo el peso de sus ansiedades, se guarecía en mi amor, como el cervatillo atacado por el viento se guarece apretándose contra su madre, como un aguilucho herido se cobija bajo el ala de quien le ha dado la vida, como una bar- quita rota, temblorosa, busca la protección de un sauce. Entretanto, yo, con menos aplomo que en nuestros días de felicidad pero con la misma ternura, y feliz con la conciencia del consuelo que le brindaba, estrechaba en mis brazos a mi amada y trataba de apartar de su naturaleza sensible todo pensamiento doloroso, toda circunstancia adversa.

 

A finales de ese verano tuvo lugar otro incidente. La condesa de Windsor, reina depuesta de Inglaterra, regresó de Alemania. Al iniciarse la época estival había abandonado una Viena desierta e, incapaz de entregar su mente a nada que se pareciera a la sumisión, pasó un tiempo en Hamburgo. Cuando al fin llegó a Londres, pasaron varias semanas hasta que se dignó informar a Adrian de su retorno. A pesar de su frialdad y de lo prolongado de su ausencia, nuestro amigo la recibió con calidez, demostrando con su afecto que pretendía

 

restañar pasadas heridas de orgullo y tristeza. Pero ella demostraba una falta absoluta de comprensión. Idris, por su parte, sintió gran alegría al enterarse de la vuelta de su madre. Sus propios sentimientos maternales eran tan vivos que suponía que ella, en aquel mundo agonizante, se habría desprendido de su orgullo y altivez y recibiría con placer sus atenciones filiales. Sin embargo el primer indicio de que la majestad caída de Inglaterra no había cambiado llegó a través de una notificación formal en la que declaraba que no pensaba recibirme a mí. Consentía, eso sí, en perdonar a su hija y en reconocer a sus nietos, pero no debían esperarse mayores concesiones de ella.

 

A mí su proceder me parecía (si se me permite un término tan ligero) extremadamente caprichoso. Ahora que la raza humana había perdido, de hecho, toda distinción o rango, aquel orgullo resultaba doblemente fatuo. Ahora que todos sentíamos un parentesco fraterno, natural, con todos los que llevaban impreso el sello de la humanidad, aquella airada reminiscencia de un pasado perdido para siempre parecía un gesto de locura. Idris se sentía demasiado poseída por sus propios temores como para enfadarse y apenas le dio importancia, pues le parecía que la causa de aquel rencor sostenido debía de ser la insensibilidad. Aquello no era del todo así, aunque era cierto que la determinación de aquella señora adoptaba las armas y el disfraz de un sentimiento endurecido, y que la dama altiva se negaba a mostrar en público el menor atisbo de las luchas que libraba. Esclava de su orgullo, imaginaba que sacrificaba su felicidad en aras de unos principios inmutables.

 

Todo aquello era falso, todo menos los afectos de nuestra naturaleza y la relación entre nuestra comprensión y el placer o el dolor. Sólo existían un bien y un mal en la tierra: la vida y la muerte. La pompa del rango, la idea de poder, las posesiones de la riqueza se esfumaban como la neblina de la mañana. Un mendigo vivo había llegado a valer más que una asamblea nacional de lores muertos, de héroes, de patriotas, de genios muertos. Y había tanta degradación en todo ello... Pues incluso el vicio y la virtud habían perdido sus atributos. La vida, la vida, la continuidad de nuestro mecanismo animal, era el alfa y el omega de los deseos, las plegarias, la ambición postrada de la raza humana.

 

 

 

 

CAPÍTULO IX

 

 

Cuando llegó octubre y los vientos del equinoccio barrieron la tierra y enfriaron los ardores de la estación insalubre, la mitad de Inglaterra se hallaba en un estado de desolación. El verano, que había resultado excepcionalmente caluroso, se había demorado hasta el principio de ese mes cuando, el día 18, un súbito cambio nos hizo pasar de la temperatura veraniega a la helada

 

invernal. La peste, entonces, se concedió un respiro en su carrera en pos de la muerte. Jadeantes, sin atrevernos a dar nombre a nuestras esperanzas, y sin embargo rebosantes de intensa expectación, nos alzamos, como el marinero de un barco hundido se alza sobre un islote desierto en medio del océano observando una nave distante, imaginando que se aproxima y que luego vuelve a desaparecer de su vista. La promesa de un nuevo contrato con la vida enternecía a los más duros, y, por el contrario, llenaba a los más blandos de aridez y sentimientos antinaturales. Cuando parecía inevitable que todos íbamos a morir, no nos importaba el cómo y el cuándo; pero ahora que la virulencia de la enfermedad menguaba, y ésta parecía dispuesta a salvar a unos pocos, todos deseábamos hallarnos entre los elegidos y nos aferrábamos a la vida con cobarde tenacidad. Los casos de deserción se hicieron más frecuentes, e incluso los asesinatos, los relatos de los cuales horrorizaban a quienes los escuchaban, pues el temor al contagio había alzado en armas a unos miembros de la misma familia en contra de otros. Con todo, las tragedias menores y aisladas estaban a punto de rendirse ante un interés más poderoso, y mientras se nos prometía el cese de los influjos infecciosos, una tempestad más desbocada que los vientos se alzó sobre nosotros, una tempestad criada por las pasiones del hombre, alimentada por sus más violentos impulsos, inédita, terrible.

 

Varias personas procedentes de Norteamérica, reliquias de aquel populoso continente, habían zarpado rumbo al este con el loco deseo de cambiar, dejando atrás sus llanuras natales por tierras no menos diezmadas que las suyas. Varios centenares arribaron a Irlanda el primero de noviembre y tomaron posesión de todas las viviendas desocupadas que encontraron y se hicieron con el excedente de alimento y con el ganado suelto. Cuando agotaron toda la producción del lugar, se trasladaron a otro. No tardaron en enfrentarse a los habitantes de la isla. Su gran número les permitía expulsar a los nativos de sus moradas y robarles lo que habían almacenado para pasar el invierno. Varios sucesos de la misma índole terminaron por avivar la naturaleza fiera de los irlandeses, que atacaron a los invasores. Algunos murieron, pero en su mayor parte escaparon gracias a acciones rápidas y ordenadas. El peligro aguzaba su ingenio y su reserva. Distribuyeron con mayor eficacia sus efectivos y se ocultaron unos a otros las bajas sufridas. Avanzando en orden, y aparentemente dados a la diversión, despertaban la envidia de los irlandeses. Los americanos permitieron a algunos de ellos unirse a su banda, y los reclutados ya superaban en número a los extranjeros. Pero aquéllos no se sumaban a ellos en la emulación del orden admirable mantenido por los jefes del otro lado del Atlántico, que les confería a la vez seguridad y fuerza. Los irlandeses les seguían los pasos en multitudes desorganizadas que aumentaban día a día y que día a día se volvían más indómitas. Los americanos, deseosos de escapar de aquel ambiente que ellos mismos habían

 

creado, llegaron a las costas orientales de la isla y embarcaron rumbo a Inglaterra. Su incursión apenas se habría sentido de haber llegado solos. Pero los irlandeses, congregados en número exagerado, no tardaron en ser presas del hambre, y también se dirigieron a nuestro país. La travesía por mar no detendría su avance. Los puertos de las desoladas villas marineras del oeste de Irlanda estaban llenos de naves de todos los tamaños, desde el buque de guerra hasta la pequeña barca de pescadores, que, varada sin tripulación, se pudría a la orilla del mar. Los emigrantes embarcaban a cientos y, desplegando las velas con manos torpes, estropeaban sin querer las jarcias y las boyas. Los que, más modestos, montaban en embarcaciones de menor tamaño, lograban en su mayoría culminar con éxito la travesía. Algunos, presas del verdadero espíritu de la aventura, abordaron una nave de ciento veinte cañones. El enorme casco avanzaba a la deriva movido por la marea, y así abandonó la protección de la bahía. Sólo tras muchas horas su tripulación, formada por hombres de tierra adentro, logró desplegar gran parte del velamen; el viento lo hinchaba y mientras los miles de errores cometidos por el timonel ponían la proa mirando primero a un lado y después al otro, los vastos campos de lona que formaban las velas chasqueaban con un sonido que recordaba al de una inmensa catarata, o al de un bosque costero cuando se ve azotado por los vientos equinocciales del norte. Los ojos de buey iban abiertos y con cada golpe de mar la embarcación cabeceaba y entraban toneladas de agua. Las dificultades aumentaban porque se había levantado un viento frío que silbaba entre las velas y las movía de un lado a otro, rasgándolas. Se trataba de un viento como el que podría haber visitado los sueños de Milton cuando éste imaginaba el despliegue de las alas del Maligno, e incrementaba el estruendo y el caos. Aquellos sonidos se mezclaban con el rugido del océano, el golpear de las olas contra los costados, el chapoteo del agua en las bodegas. La tripulación, cuyos miembros en su mayoría no habían visto nunca el mar, sentía que el cielo y la tierra se unían cuando la proa se hundía entre el oleaje o, cabeceando, ascendía por los aires. Sus gritos los silenciaban el clamor de los elementos y los crujidos atronadores de su ingobernable embarcación. Sólo entonces descubrieron que el agua los vencía, y se afanaron con las bombas para achicarla. Pero su tarea era tan inútil como vaciar el mar entero mediante el llenado de cubos. Cuando el sol empezó a descender, la galerna arreció. El barco parecía presentir el peligro: inundado por completo de agua, dio varios avisos del naufragio inminente. La bahía se hallaba atestada de embarcaciones cuyas tripulaciones, en su mayor parte, observaban los esfuerzos inútiles de aquella máquina indomable, y presenciaban su hundimiento gradual. Las aguas se elevaban ya por encima de las cubiertas más bajas, y entonces, en apenas un abrir y cerrar de ojos, la nave había desaparecido por completo y ya no se distinguía el punto exacto en que el mar la había engullido. Algunos miembros de la tripulación se salvaron, pero la mayoría, aferrándose a jarcias

 

y mástiles, se hundieron con ella, y ya sólo se alzarían cuando la muerte los soltara.

 

Aquel hecho causó que muchos de los que estaban a punto de hacerse a la mar volvieran a tierra firme, más dispuestos a darse de bruces con el mal que a lanzarse a las fauces abiertas del despiadado océano. Con todo, su número era pequeño comparado con el de quienes sí culminaron la travesía. Muchos de ellos llegaron hasta Belfast para asegurarse un trayecto más breve por mar; y luego, mientras viajaban por Escocia, en dirección al sur, se les unían los paisanos más pobres de ese país, y todos se acercaban a Inglaterra con la misma intención.

 

Aquellas incursiones llenaban de espanto a los ingleses, sobre todo en aquellas poblaciones en las que existía aún una población suficiente como para percibir el cambio. Ciertamente, en nuestro desgraciado país había sitio para el doble de las personas que nos invadían, pero el espíritu indómito de éstas las hacía proclives a la violencia. Se jactaban de echar de las casas a sus dueños; de ocupar mansiones lujosas cuyos nobles habitantes se habían encerrado por temor a la peste; de obligar a aristócratas de ambos sexos a trabajar para ellos como criados y proveedores. Y todo ello hasta que, consumada la ruina de un lugar, en su avance de plaga de langostas, llegaban a otro. Si no hallaban resistencia, su pillaje se propagaba a lo largo y ancho del país. En caso de peligro se agrupaban, y gracias a su mayor número derrotaban a su débil y desolado enemigo. Procedían del este y del norte y seguían su camino sin objeto aparente, aunque unánimemente se dirigieran hacia nuestra desdichada capital.

 

La epidemia de peste había interrumpido en gran medida las comunicaciones, de modo que la caravana invasora ya había avanzado hasta Manchester y Derby cuando nosotros tuvimos noticia de su aproximación. Sus miembros arrasaban el país como un ejército invasor, quemando, diezmando, asesinando. Se les unían los ingleses de las clases más ínfimas y los vagabundos. Algunos de los pocos señores de los condados que habían sobrevivido trataban de reclutar sus milicias, pero las filas menguaban por momentos, el pánico se apoderaba de todo el mundo y la escasa resistencia presentada sólo servía para multiplicar la audacia y la crueldad del enemigo, que hablaba ya de la toma de Londres, de la conquista de Inglaterra, y nos traía a la memoria heridas que durante mucho tiempo se habían creído olvidadas. Con aquellos actos de fanfarronería demostraban más sus debilidades que sus fuerzas, pero aun así eran capaces de causar graves daños que, si culminaban en su aniquilación, los convertirían al fin en objeto de compasión y remordimiento.

 

Se nos había enseñado que al principio de los tiempos la humanidad dotaba a sus enemigos de atributos imposibles y que, a partir de detalles que se

 

propagaban de boca en boca, ésta podía -como el Rumor siempre creciente de Virgilio- tocar el cielo con su frente y agarrar a Eósforo y Lucifer con sus manos extendidas. La Gorgona y el Centauro, dragón y león de pezuñas férreas, monstruo marino e hidra gigantesca, eran sólo ejemplos de los relatos raros y terroríficos que sobre nuestros invasores llegaban a Londres. No se sabía cuándo invadirían, pero ya se encontraban a cien millas de Londres y los campesinos huían antes de su llegada, y todos ellos exageraban el número, la furia y la crueldad de los asaltantes. Los tumultos llenaban las calles hasta hacía poco tranquilas; las mujeres y los niños abandonaban sus hogares y escapaban, aunque no sabían adónde ir; los padres, esposos e hijos temblaban de miedo, no por ellos mismos, sino por sus familiares indefensos. A medida que las gentes del campo atestaban Londres, los habitantes de la ciudad se desplazaban hacia el sur, se encaramaban a los edificios más altos, suponiendo que, desde ellos, lograrían divisar el humo y las llamas que los enemigos propagaban a su alrededor. Como Windsor quedaba, en gran medida, dentro de la línea de avance desde el oeste, trasladé a mi familia a Londres, dispuse la Torre como lugar de residencia y, reuniéndome con Adrian, me sumé a la lucha inminente en calidad de teniente.

 

Dedicamos sólo dos días a los preparativos, pero hicimos buen uso de ellos. Se hizo acopio de artillería y armas. Se reagruparon efectivos de regimientos que habían quedado dispersos y se les dio una apariencia de disciplina militar que serviría tanto para infundir valor a nuestro bando como para impresionar al desorganizado enemigo. Incluso contábamos con música. Los estandartes ondeaban al viento y gaitas y trompetas emitían sus acordes de aliento y de victoria. Un observador avezado hubiera descubierto tal vez cierta vacilación en el paso de los soldados, pero ésta no se debía tanto al miedo al adversario como al temor que la enfermedad les causaba, a la tristeza, a los lúgubres pronósticos que con frecuencia afectaban más a los valientes y sometían a los corazones viriles a una postración abyecta.

 

Adrian conducía las tropas lleno de prevenciones. Para él era poco consuelo que nuestra disciplina nos llevara al éxito en un conflicto como ése. Mientras la epidemia siguiera acechando para igualar a conquistadores y conquistados, no era la victoria lo que él deseaba, sino una paz sin sangre. En nuestro avance nos encontrábamos con bandas de campesinos cuyas precarias condiciones, cuya desesperación y horror, nos hablaban al instante de la naturaleza fiera del enemigo que se acercaba. El insensato espíritu de conquista y la sed de saqueo los cegaba, y con furia demente llevaban el país a la ruina. La visión de los militares devolvía la esperanza a los que huían y la venganza ocupaba el lugar del miedo, una venganza que contagiaban a los soldados. La desazón se tornaba en ardor guerrero, el paso cansino en rápida marcha, y el murmullo sordo de la multitud, inspirado por un sentimiento de muerte, llenaba el aire, amortiguando el chasquido de las armas y los sonidos

 

de la música. Adrian percibía el cambio y temía que resultara difícil impedirles descargar su terrible furia sobre los irlandeses. Avanzaba a caballo hacia las líneas enemigas, ordenaba a los oficiales que reprimieran a las tropas, exhortaba a los soldados, restablecía el orden, apaciguaba en algo la violenta agitación que henchía los pechos.

 

Fue en Saint Albans donde nos encontramos con algunos irlandeses rezagados. Se batían en retirada y, uniéndose a otros compañeros, avanzaban en busca del cuerpo central de su expedición. Hicieron de Buckingham su cuartel general y enviaron una avanzadilla para que averiguara nuestra posición. Nosotros pasamos la noche en Luton. A la mañana siguiente un movimiento simultáneo nos llevó a las dos partes a avanzar. Amanecía, y el aire, impregnado de un olor purísimo, parecía jugar, burlón, con nuestros estandartes, y llevaba hasta el enemigo la música de las bandas, el relinchar de los caballos, el paso firme de la infantería. Los primeros sonidos de instrumentos marciales que llegaron a nuestros oídos desde las filas del desorganizado enemigo nos causaron una sorpresa no exenta de temor. Yo hablé de días pasados, de días de concordia y orden, asociados a épocas en que la peste no existía y el hombre vivía más allá de la sombra de su destino inminente. La pausa fue momentánea. No tardamos en oír el clamor de unos gritos bárbaros, el paso irregular de miles de personas avanzando en desbandada. Sus tropas se acercaban ya a nosotros por campo abierto o por estrechos senderos. Entre nosotros se extendía una vasta extensión de tierras de labranza. Avanzamos hasta la mitad de éstas y allí nos detuvimos. Desde aquel punto algo más elevado divisamos todo el espacio que ocupaban. Cuando sus jefes vieron que no seguíamos avanzando, ellos también dieron la orden de parar y trataron de lograr que sus hombres se alinearan en algo parecido a una formación militar. Los integrantes de las primeras filas llevaban mosquetes y había hombres a caballo, pero sus armas eran las que habían confiscado en su avance, y sus monturas las que habían arrebatado a los campesinos. Carecían de uniformidad y casi por completo de obediencia, pero sus gritos y gestos salvajes daban muestra del espíritu indomable que les inspiraba. Nuestros soldados recibieron la orden y avanzaron rápidamente pero en perfecta formación. Sus uniformes, el resplandor de sus armas pulidas, su silencio y sus semblantes serios, cargados de odio, impresionaban más que el clamor salvaje de nuestros muchos enemigos. Y así, acercándose cada vez más unos a otros, los alaridos y los gritos de los irlandeses se hacían más audibles; los ingleses avanzaban obedeciendo las órdenes de sus generales, hasta que estuvieron lo bastante cerca como para distinguir el rostro de sus oponentes, una visión que alentó su furia. A la voz de un grito que desgarró el cielo y resonó hasta las filas más alejadas, iniciaron la carga. Negándose a disparar una sola bala, optaron por hender las bayonetas en los cuerpos de los enemigos, mientras las filas se abrían a intervalos y los artilleros prendían las

 

mechas delos cañones, que con sus rugidos ensordecedores y su humo cegador teñían de horror la escena.

 

Yo me hallaba detrás de Adrian. Hacía un instante que éste había ordenado el alto a las tropas y permanecía algo retirado de nosotros, sumido en honda meditación. Planeaba a toda prisa un plan de acción para impedir más derramamiento de sangre. De pronto el ruido de los cañones, el repentino avance de las tropas y los gritos del enemigo lo sobresaltaron.

 

-¡Ninguno de ellos debe morir! -exclamó con ojos encendidos. Y hundiendo las espuelas en los lomos de su caballo, se acercó al galope hacia los bandos enfrentados. Nosotros, sus comandantes, le seguimos para rodearlo y protegerlo, pero a una orden suya nos retiramos un poco. La soldadesca, al verlo, detuvo su avance. No se protegía de las balas que pasaban rozándole y seguía cabalgando entre las dos filas contrarias. El silencio siguió al clamor. Unos cincuenta hombres yacían en el suelo, muertos o agonizantes. Adrian levantó la espada, dispuesto a hablar.

 

-¿En cumplimiento de qué orden -preguntó, dirigiéndose a sus tropas-avanzáis? ¿Quién os ha ordenado atacar? ¡Atrás! Estos hombres confundidos no morirán mientras yo sea vuestro general. Envainad vuestras armas. Son vuestros hermanos, no cometáis un fratricidio. Pronto la peste no dejará a nadie con quien saciar vuestra sed de venganza. ¿Vais a mostraros más despiadados que la plaga? Si me respetáis, si adoráis a Dios, a cuya imagen también los creó a ellos, si amáis a vuestros hijos y a vuestros amigos, no derraméis ni una gota de esta escasa sangre humana.

 

Pronunció aquellas palabras con la mano extendida y voz apasionada y, al terminar, volviéndose a los invasores con gesto serio, les ordenó deponer las armas.

 

-¿Creéis -les dijo- que porque hemos sido diezmados por la plaga podéis derrotarnos? La peste también se halla entre vosotros, y cuando el hambre y la enfermedad os venzan, los fantasmas de aquéllos a quienes habéis asesinado se alzarán para negaros toda esperanza tras la muerte. Abandonad las armas, hombres bárbaros y crueles, hombres que tenéis las manos manchadas de sangre de inocentes y el alma oprimida por el llanto de los huérfanos. Nosotros venceremos, pues la razón está de nuestro lado. Vuestras mejillas ya palidecen, ya soltáis las armas. Dejadlas en el suelo, compañeros. ¡Hermanos! El perdón, el auxilio y el amor fraterno os aguardan tras el arrepentimiento. Os queremos, pues lleváis en vosotros la frágil forma de la humanidad. Todos vosotros hallaréis a un amigo, a un anfitrión, en nuestro ejército. ¿Debe el hombre ser enemigo del hombre, mientras la peste, enemiga de todos nosotros, dominándonos, se impone a nuestra carnicería, pues es más cruel que ella?

 

Los dos bandos se habían detenido. En el nuestro, los soldados sostenían

 

sus armas con firmeza y observaban con semblante hosco al enemigo, que tampoco se había desprendido de las suyas, más por temor que por ánimo de lucha. Todos se miraban, deseosos de que alguien diera ejemplo. Pero carecían de jefe. Adrian se bajó del caballo y se acercó a uno de los que acababan de morir.

 

-Era un hombre -exclamó-, y ahora está muerto. ¡Oh, rápido! ¡Vendad las heridas de los caídos! ¡No dejéis que muera nadie más! Que ni una sola alma más escape por vuestros despiadados cortes y relate ante el trono de Dios la historia de nuestro fratricidio. Vendad sus heridas, devolvédselos a sus amigos. Despojaos del corazón de tigre que os abrasa el pecho, soltad esos instrumentos de crueldad y odio. En esta pausa del destino exterminador, que todo hombre sea hermano, guardián y sostén de los otros. Desprendeos de estas armas manchadas de sangre y apresuraos a vendar estas heridas.

 

Mientras hablaba, se arrodilló en el suelo y tomó en sus brazos a un hombre por cuyo costado hendido escapaba el tibio torrente de la vida. El pobre infeliz ahogó un grito, y el silencio que se había hecho entre los dos bandos era tal que aquel grito se oyó perfectamente, y todos los corazones, hasta hacía nada fieramente entregados a la masacre universal, latían ahora impacientes, llenos de temor y esperanza, preguntándose cuál sería la suerte de ese hombre. Adrian partió en dos el pañuelo de su uniforme y lo anudó alrededor del herido. Pero ya era demasiado tarde: el hombre suspiró profundamente, echó la cabeza hacia atrás y sus miembros perdieron su fuerza.

 

-¡Está muerto! -exclamó Adrian cuando el cadáver, escurriéndosele entre los brazos, cayó al suelo; inclinó la cabeza hacia él en un gesto de respeto y tristeza. El destino del mundo parecía encerrarse en la muerte de aquel único hombre. Los miembros de ambos ejércitos soltaron las armas, e incluso los más veteranos lloraron. Nuestros soldados tendieron las manos a los enemigos, mientras una marea de amor y amistad profunda henchía los corazones. Mezclándose, desarmados, estrechándose las manos, hablando sólo del mejor modo de brindarse ayuda, los adversarios se reconciliaban y todos se arrepentían, los unos de sus pasadas crueldades, los otros de su reciente muestra de violencia. Y, obedeciendo las órdenes del general, se dirigieron juntos hacia Londres.

 

Adrian estaba obligado a ejercer la máxima prudencia, primero para acallar la posible oposición, y después para atender a aquella muchedumbre de invasores, a quienes se condujo hacia diversas zonas situadas en los condados del sur y se instaló en pueblos abandonados. Una parte de ellos fue devuelta a su isla natal, mientras el invierno nos devolvía a nosotros algo de energía y nos permitía defender las fronteras del país y limitar cualquier aumento de su número.

 

Fue en aquellas circunstancias cuando Idris y Adrian volvieron a verse, tras casi un año de separación. Él llevaba mucho tiempo ocupado en su ardua y dolorosa tarea, familiarizándose con todas las formas de la desgracia humana, y había constatado que sus fuerzas no se adecuaban a la magnitud de la empresa y que su ayuda servía de bien poco. Con todo, su determinación, su energía y su ardiente resolución le impedían caer en el desconsuelo. Parecía haber vuelto a nacer, y la virtud, más poderosa que la alquimia de Medea, le dotaba de salud y fortaleza. Idris apenas reconocía al ser frágil que parecía combarse incluso ante la brisa estival, en el hombre enérgico cuyo exceso mismo de sensibilidad le capacitaba para cumplir mejor con su misión de capitanear una Inglaterra azotada por la tormenta.

 

No era ése el caso de Idris. Ella no se quejaba, pero el alma misma del miedo había hecho nido en su corazón. Su delgadez era extrema, lo mismo que su palidez. Las lágrimas, sin previo aviso, arrasaban sus ojos, y se le quebraba la voz. Trató de disimular el cambio que sabía que su hermano debía de observar en ella, pero su esfuerzo fue en vano. Al quedarse a solas con él, sin poder reprimir los sollozos dio rienda suelta a sus temores y a su pena. Con gran viveza, le describió la angustia incesante que con apetito atroz devoraba su alma; comparó la persistencia de aquella infatigable espera del mal con la del buitre que se alimentaba del corazón de Prometeo. Bajo la influencia de esta inquietud eterna y de las luchas interminables que libraba para combatirla y ocultarla, se sentía -dijo- como si todos los resortes y engranajes de su maquinaria animal funcionaran a doble velocidad y se consumieran más deprisa. El sueño no era sueño, pues sus pensamientos, refrenados durante la vigilia por los restos de su razón y por la visión de sus hijos, felices y saludables, se transformaban en pesadillas en las que todos sus terrores se materializaban y todos sus miedos alcanzaban su plenitud. Para aquel estado no existía esperanza ni alivio posible, a menos que la tumba recibiera deprisa la presa que le estaba destinada y a ella se le permitiera morir; pues prefería morir a soportar mil muertes en vida con la pérdida de sus seres queridos. Como no quería preocuparme, a mí me ocultaba lo mejor que sabía el alcance de sus miserias, pero al encontrarse con su hermano tras tan prolongada ausencia no pudo reprimir la expresión de su dolor, y con toda la viveza de la imaginación, que en la tristeza siempre abunda, compartió las emociones de su alma con su amado y comprensivo hermano.

 

 

Su visita a Londres parecía agravar sus inquietudes, pues en la ciudad se mostraban en toda su dimensión los estragos ocasionados por la peste, y apenas conservaba el aspecto de lugar habitado. La hierba crecía libremente en las calles; las plazas eran campos de maleza, las casas aparecían cerradas y el silencio y la soledad se habían adueñado de las zonas más concurridas de la ciudad. Y sin embargo, en medio de tanta desolación, Adrian había mantenido el orden y las gentes seguían cumpliendo con las leyes y las costumbres,

 

instituciones humanas que habían sobrevivido, como si fueran divinas, y aunque el decreto de la población se derogaba, la propiedad seguía siendo sagrada. Se trataba de una reflexión triste; y a pesar de la disminución del mal causado, dolía en el corazón como una burla cruel. Toda idea de recurrir al placer, a los teatros y las fiestas había pasado.

 

-El próximo verano -dijo Adrian cuando nos despedimos para regresar a Windsor- se decidirá el sino de la raza humana. No cejaré en mis empeños hasta entonces. Pero si la peste regresa, habrá de cesar toda lucha en su contra, y ya sólo nos quedará ocuparnos en elegir sepulcro.

 

No he de olvidarme de un incidente que ocurrió durante aquella estancia en Londres. Las visitas de Merrival a Windsor, antes frecuentes, habían terminado abruptamente. En aquella época, en que la vida y la muerte se hallaban separadas por una línea más delgada que un cabello, temía que nuestro amigo hubiera sido víctima de aquel mal todopoderoso. Por eso, imaginando lo peor, me acerqué a su domicilio para ver si podía ser de alguna ayuda a los miembros de su familia que pudieran haber sobrevivido. Hallé la casa desierta y constaté que había sido una de las asignadas por el gobierno a alojar a los invasores extranjeros llegados a Londres. Vi que sus instrumentos astronómicos eran usados de modos raros, que sus globos terráqueos estaban destrozados y que sus papeles, llenos de abstrusos cálculos, se esparcían rotos por todas partes. Los vecinos apenas supieron decirme nada, hasta que di con una pobre mujer que ejercía de enfermera en aquellos tiempos difíciles. Ella me contó que toda la familia había muerto, excepto el propio Merrival, que había enloquecido. Eso fue lo que me dijo la mujer, aunque, al insistir- le yo, me dio a entender que su locura no era más que el delirio causado por el exceso de dolor. El anciano que, ya con un pie en la tumba, prolongaba sus expectativas mediante millones de años calculados; aquel visionario que no había percibido los indicios de la hambruna en las formas escuálidas de su esposa e hijos, ni la peste en las visiones y los sonidos horribles que aparecían a su alrededor; aquel astrónomo, aparentemente muerto para la tierra, vivo sólo en el movimiento de las esferas, amaba a su familia con un afecto invisible pero intenso. A través de un hábito largamente cultivado, se habían convertido en parte de sí mismo. Su falta de conocimientos mundanos, su ausencia de malicia, su inocencia infantil, le hacían del todo dependiente de ellos. Pero él no percibió el peligro hasta que uno de ellos murió. La peste fue llevándoselos a todos, uno a uno. Y su esposa, su ayudante, su sostén, más necesaria para él que sus propios brazos, que su propio cuerpo, y a la que apenas habían enseñado a ocuparse de sí misma, la compañera amable que siempre lo apaciguaba con su voz dulce, también cerró los ojos, arrastrada por la muerte. El anciano sintió que el sistema de la naturaleza universal, que llevaba tanto tiempo estudiando y adorando, desaparecía bajo sus pies, y él permaneció de pie entre los difuntos, y alzó la voz y maldijo. No es de

 

extrañar que la enfermera interpretara como gesto de locura las imprecaciones de aquel viejo golpeado por el pesar.

 

Había empezado mi búsqueda a última hora de ese día, un día de noviembre, que no tardó en traer un atardecer de llovizna y viento melancólico. Me volvía para marcharme cuando apareció Merrival, o la sombra de lo que había sido. Menguado y demente, pasó junto a mi lado y fue a sentarse en la escalinata que daba acceso a su casa. La brisa agitaba los mechones grises que poblaban sus sienes, la lluvia le empapaba la cabeza descubierta, pero él seguía ahí, ocultando la cara en manos arrugadas. Le rocé el hombro para llamar su atención, pero él no se movió.

 

-Merrival -le dije-, hace tiempo que no le vemos. Debe regresar a Windsor conmigo. Lady Idris desea verle, supongo que no rechazará su invitación. Venga conmigo a casa.

 

El astrónomo me respondió con voz hueca.

 

-¿Por qué engañar a un viejo indefenso? ¿Por qué hablar hipócritamente a alguien que está medio loco? Windsor no es mi casa. Yo ya he encontrado mi verdadero hogar, el hogar que el Creador me tiene preparado.

 

Su tono de amargo cinismo me venció.

 

-No trate de hacerme hablar -añadió-. Mis palabras le asustarían. En un universo de cobardes me atrevo a pensar, entre las tumbas del camposanto, entre las víctimas de su tiranía despiadada me atrevo a reprocharle algo al Mal Supremo. ¿Cómo puede castigarme? Que muestre su brazo desnudo y me transfigure con su rayo, ése es también uno de sus atributos...

 

El anciano se echó a reír y se puso en pie. Lo seguí hasta un camposanto cercano, donde se echó sobre el suelo mojado.

 

-Aquí están -exclamó-, hermosas criaturas, criaturas que respiraban, que hablaban, que amaban. Ella, que día y noche adoraba a su amor de juventud, gastado por los años; ellos, carne de mi carne, mis hijos... aquí están. Llámelos, grite sus nombres en la noche. No le responderán. -Se aferraba a los pequeños montículos que indicaban el lugar de las tumbas-. Yo sólo pregunto una cosa. No temo el infierno, pues ya lo tengo aquí. No deseo el cielo. Lo que quiero es morir y que me entierren junto a ellos. Sólo quiero, cuando haya muerto, sentir que mi carne se pudre y se mezcla con la suya. Prométame -y, tras alzarse trabajosamente, me agarró el brazo-, prométame que me enterrará con ellos.

 

-Se lo prometo, siempre que Dios me ayude a mí y a los míos -respondí-, a condición de que me acompañe a Windsor.

 

-¡A Windsor! -repitió él con voz aguda-. ¡Jamás! Nunca me alejaré de este

 

lugar. Mis huesos, mi carne, yo mismo, estamos ya enterrados aquí, y lo que ve de mí es arcilla corruptible, como ellos. Aquí yaceré y aquí me quedaré hasta que la lluvia y el granizo, hasta que el relámpago y la tormenta, destruyéndome, unan mi sustancia a la de ellos, que se oculta abajo.

 

Concluiré el relato de esta tragedia en pocas palabras. Tuve que ausentarme de Londres y fue Adrian quien se ocupó de vigilarlo. Su tarea no se prolongó mucho más, pues la edad, el dolor y el tiempo inclemente se aliaron para acallar sus penas y llevar el reposo a su corazón, cuyos latidos eran su tortura. Murió abrazado al barro, que se amontonaba en su pecho cuando lo depositaron junto a los seres a los que lloró con tal desolación.

 

Regresé a Windsor cumpliendo los deseos de Idris, que parecía creer que sus hijos se hallaban más a salvo en aquel lugar. Además, habiendo asumido la custodia del distrito, no pensaba abandonarla mientras siguiera con vida uno solo de sus habitantes. Al hacerlo también cumplía con los planes de Adrian, que pretendía mantener agrupada a la población, pues estaba convencido de que sólo mediante el ejercicio de las virtudes sociales podría mantenerse a salvo la humanidad superviviente.

 

Nos llenaba de melancolía regresar a aquel lugar tan querido, a los escenarios de una felicidad antes apenas valorados y que ahora presenciaban la extinción de nuestra especie, y sobre cuyo suelo fértil y adorado se grababan, indelebles, los pasos de la enfermedad. El aspecto del campo había cambiado de tal modo que parecía imposible acometer las tareas otoñales de arar y sembrar. Además la estación ya había concluido y había dado paso a un invierno que había llegado con inusitada severidad. Heladas y deshielos, seguidos de inundaciones, volvían impracticable el terreno. Intensas nevadas daban un aire ártico al paisaje. Los tejados de las casas se combaban con el peso del manto blanco. El sencillo chamizo y la gran mansión, ambos desiertos, permanecían incomunicados por igual, sus entradas llenas de nieve. El granizo rompía los cristales de las ventanas, y los vientos del noreste dificultaban en gran medida las actividades al aire libre. El estado alterado de la sociedad convertía esos accidentes naturales en causa de verdaderas desgracias. Se habían perdido tanto el privilegio del mando como las atenciones de la servidumbre. Cierto es que la merma de población hacía que las necesidades mínimas pudieran ser cubiertas, pero para garantizarlas se requería mucha mano de obra, y hundidos por la enfermedad y temerosos del futuro, nos faltaba energía para adoptar ningún sistema con absoluta convicción.

 

Y hablo por mí mismo, a quien no fallaba la energía. La vida intensa que me aceleraba el pulso y animaba mi ser no me arrojaba a los laberintos de la vida activa, sino que exaltaba mi torpeza y otorgaba dimensiones gigantescas a objetos insignificantes. Podría haber llevado de igual modo una vida de

 

campesino; mis ocupaciones menores crecían hasta convertirse en hitos importantes. Mis afectos eran pasiones impetuosas y fascinantes, y la naturaleza, con todos sus cambios, parecía investida de atributos divinos. El espíritu mismo de la mitología griega habitaba en mi corazón. Deificaba las tierras altas, los claros de los bosques, los arroyos.

 

Vi a Proteo llegando desde el mar

 

y al viejo Tritón soplando su floreada caracola.

 

Resulta curioso que, mientras la tierra había seguido su monótono curso, yo habitara con asombro siempre renovado en sus leyes antiguas, y que ahora que, con giros excéntricos, se adentraba en un sendero no hollado, yo sintiera desvanecerse su espíritu. Luchaba contra la frialdad y el cansancio, pero éstos, como una neblina, me asfixiaban. Tal vez, tras los esfuerzos y las extraordinarias emociones del verano, la calma del invierno y las tareas casi domésticas que traía consigo resultaran, por reacción natural, doblemente irritantes. Ya no existía la intensa pasión del año anterior, que aportaba vida e individualidad a todos los momentos; ya no existían las intensas punzadas de dolor causadas por las desgracias de la época. La absoluta inutilidad que había seguido a todos mis esfuerzos extraía de ellos la emoción habitual que los acompañaba, y la desesperación anulaba el bálsamo que antes me aportaba el elogio propio. Deseaba regresar a mis anteriores ocupaciones, pero ¿qué utilidad tenían? Leer era absurdo, escribir, un acto de vanidad. La tierra, antes un ancho circo para la exhibición de dignas obras, vasto teatro para la representación de magníficos dramas, era ahora un espacio vacío, un escenario desierto, pues ni para los actores ni para los espectadores había ya nada que decir o escuchar.

 

Nuestro pequeño pueblo de Windsor, en el que se habían congregado casi todos los supervivientes de los condados vecinos, presentaba un aspecto melancólico. Sus calles estaban cubiertas de nieve, los pocos viandantes se veían paralizados y ateridos por la inhóspita visita del invierno. Escapar de aquellos males era el fin de todos nuestros esfuerzos. Familias antes dedicadas a la consecución de elevadas metas, ricas, florecientes, jóvenes, menguando en número y con el corazón lleno de temores, se acurrucaban junto a un fuego, egoístas y vencidos por el sufrimiento. Sin la ayuda de criados, debían acometer ellos las tareas domésticas. Así, manos desacostumbradas a tales menesteres debían amasar el pan o, en ausencia de harina, tanto el señor como el cortesano perfumado debían hacer las veces de carniceros. Ahora los pobres y los ricos eran iguales o, mejor dicho, aquéllos eran superiores, pues se entregaban a esas tareas con energía y experiencia. Por el contrario, la ignorancia, la ineptitud y los hábitos de reposo hacían que esas mismas tareas fatigaran a los acostumbrados al lujo, humillaran a los orgullosos y resultaran desagradables a aquéllos cuyas mentes, adiestradas en la mejora intelectual,

 

consideraban su privilegio verse exentos de velar por sus necesidades animales.

 

Pero en todo cambio la bondad y el afecto hallan campo abonado para el esfuerzo y el ejemplo. En algunos, dichos cambios producían una devoción y una capacidad de sacrificio que resultaban a la vez nobles y heroicas, algo hermoso de contemplar para los amantes de la raza humana. Como también hermoso era ver, como en épocas antiguas, las maneras patriarcales con que parientes y amigos de toda condición cumplían con sus deberes. Los jóvenes, aristócratas de la tierra, se dedicaban a labores domésticas con envidiable buen ánimo, para ayudar a sus madres y hermanas. Bajaban hasta el río a romper el hielo y sacar agua; se unían en expediciones destinadas a obtener alimentos o, hacha en mano, abatían árboles para convertirlos en leña. Las mujeres los recibían, a su regreso, con una bienvenida simple y afectuosa hasta hacía poco reservada a las habitantes de las granjas más humildes: el hogar limpio, el fuego encendido, la cena preparada con manos amorosas, la gratitud por las provisiones que garantizaban el alimento del día siguiente... Goces raros para los ingleses de alcurnia, que si embargo se habían convertido en sus únicos lujos, unos lujos que mucho les costaban, y que por ello valoraban más.

 

Nadie encarnaba mejor que nuestra Clara aquella dócil sumisión a las circunstancias, aquella noble humildad, aquel don imaginativo que le permitía colorear aquellas tareas con tintes románticos. Ella era testigo de mi apatía y de las angustias de Idris. Su ocupación constante era aliviarnos a nosotros del trabajo y verter consuelo e incluso elegancia en nuestro alterado modo de vida. Nosotros aún contábamos con algunos criados que la epidemia había ignorado y que se sentían muy unidos a nuestra familia. Pero Clara se sentía celosa de sus servicios y se empeñaba en ser la única doncella de Idris, la única encargada de atender a sus primos. Nada le proporcionaba más placer que ocuparse de nosotros, y se anticipaba a nuestros deseos sincera, diligente y sin fatigarse...

 

Abra aparecía antes de que dijéramos su nombre

 

y aunque otro dijéramos, venía Abra.

 

Mi tarea consistía en visitar a diario a las diversas familias reunidas en nuestra localidad, y cuando el tiempo lo permitía, me gustaba alargar mis paseos a caballo y, a solas, reflexionaba sobre todos los cambios que nos había deparado el destino, tratando de aprender las lecciones del pasado para aplicarlas al futuro. La impaciencia que, mientras me veía acompañado de otros, me causaban los males de mi especie, la suavizaba la soledad, cuando el sufrimiento individual se fundía con la calamidad general y, por extraño que parezca, su contemplación resultaba menos dolorosa. Así, con frecuencia, abriéndome paso con dificultad por las estrechas calles cubiertas de nieve,

 

cruzaba el puente y me acercaba a Eton. Los apasionados muchachos ya no formaban alegres corrillos junto al portal del colegio. Un silencio triste invadía las aulas y los patios, otrora concurridos. Seguía cabalgando hacia Salt Hill, rodeado de nieve por todas partes. ¿Eran aquéllos los campos fértiles que tanto amaba? ¿Era aquélla la sucesión de suaves colinas y llanuras cultivadas, antes cubiertas de maizales ondulantes, salpicadas de imponentes árboles, regadas por los meandros del Támesis? Un manto blanco lo cubría todo, y el recuerdo amargo me decía que los corazones de sus habitantes se mantenían tan fríos como la tierra vestida de invierno. Me encontraba con manadas de caballos, rebaños de vacas y ovejas que vagaban a su antojo, acurrucándose aquí contra una bala de heno para guarecerse del frío y para alimentarse, metiéndose allí en alguna casa abandonada.

 

En una ocasión, en un día de helada, llevado por mis incesantes y lúgubres pensamientos, me acerqué hasta uno de mis lugares favoritos, un bosquecillo cercano a Salt Hill. Allí, a un lado, un arroyo cantarín salta sobre unas piedras y unos pocos olmos y hayas conceden al lugar, tal vez sin merecerlo, el nombre de bosque. El escenario tenía para mí encantos únicos. Había sido un paisaje predilecto para Adrian. Se trataba de un rincón aislado, y me había contado que muchas veces, durante su infancia, había pasado allí sus horas más felices. Tras escapar del control riguroso de su madre, se sentaba en los toscos peldaños que conducían al arroyo, ahora leyendo algún libro favorito, ahora reflexionando y sumiéndose en especulaciones impropias de su tierna edad sobre la madeja aún no deshilada de la ética o la metafísica. Un presentimiento melancólico me aseguraba que no regresaría más a ese lugar, de modo que traté de fijar en mi mente cada árbol, cada recodo del riachuelo, cada irregularidad del suelo, para recordarlo mejor cuando me hallara ausente. Un petirrojo descendió al arroyo helado desde las ramas escarchadas de un árbol. Su respiración trabajosa y sus ojos entornados me decían que agonizaba. En el cielo apareció un halcón y el temor se apoderó de la pequeña criatura que, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, se echó hacia atrás y extendió las patas, impotente, tratando de defenderse de su poderoso enemigo. Entonces yo intervine, lo sostuve en mis manos y me lo acerqué al pecho. Lo alimenté con unas migas de galleta, hasta que poco a poco fue reviviendo y sentí que su corazón tembloroso, tibio, latía contra mi cuerpo. No sé por qué relato este suceso insignificante, pero la escena sigue presente en mi memoria: los campos cubiertos de nieve vistos través de los troncos plateados de las hayas; el arroyo, en los días felices reguero de aguas vivas y chispeantes, ahora asfixiado por el hielo; los árboles desnudos, cubiertos de escarcha; los perfiles de las hojas del verano, recortados en el suelo duro por la mano helada del invierno; el cielo gris, el temible frío, el silencio absoluto... Mientras, cerca de mi pecho, mi enfermo con plumas entraba en calor y, sintiéndose a salvo, cantaba su alegría con trinos ligeros. Los recuerdos dolorosos se apoderaban

 

de mí y llevaban mi mente a un estado de gran turbación. Fría y fúnebre como los campos nevados era la tierra toda, y sumida en la desgracia la vida de sus habitantes. ¿Por qué iba a resistirme yo a la catarata de destrucción que nos arrastraba? ¿Por qué controlar mis nervios y renovar mis fatigados esfuerzos? ¿Por qué? No, que mi firme valentía y mis esfuerzos alegres protejan a la amada que escogí en la primavera de mi vida; que a pesar de que mi corazón se llene de dolor, a pesar de que mis esperanzas de futuro se hayan helado, mientras tu adorada cabeza, amor mío, repose en paz sobre mi pecho, y mientras de él extraigas atenciones, consuelo y esperanzas, mis luchas no cesarán y no me consideraré del todo derrotado.

 

En una hermosa mañana de febrero en que el sol había recobrado parte de su amable poder, salí con mi familia a pasear por el bosque. Era uno de esos días invernales que demuestran la capacidad de la naturaleza para derramar su belleza sobre la desnudez. Los árboles, despojados de hojas, alzaban sus ramas fibrosas contra el cielo azul. Con sus sinuosos e intrincados trazos se asemejaban a delicadas algas. Los ciervos hozaban la nieve en busca de hierbas escondidas. El sol reverberaba en ella con gran intensidad, y la falta de follaje hacía que los troncos de los árboles destacaran más y aparecieran como el laberinto de columnas de algún vasto templo. Resultaba imposible no obtener placer ante la visión de aquellas cosas. Nuestros hijos, libres de las ataduras del invierno, caminaban delante de nosotros persiguiendo algún ciervo o tratando de sacar a los faisanes y las perdices de sus escondrijos. Idris se apoyaba en mi brazo. Su tristeza cedía ante las sensaciones placenteras que experimentaba. Nos encontramos con otras familias en el Gran Paseo, familias que, como la nuestra, disfrutaban del regreso de la estación amable. Yo me sentía despertar por momentos y me sacudía la apatía de los meses pasados. La tierra presentaba un nuevo aspecto y mi visión del futuro se aclaró de pronto.

 

-¡He descubierto el secreto! -exclamé.

 

-¿Qué secreto?

 

En respuesta a esa pregunta, describí nuestra tenebrosa vida invernal, nuestras tristes cuitas, nuestras labores domésticas.

 

-Este lugar septentrional no es propicio para nuestra menguada raza. Cuando los hombres eran pocos, no era aquí donde luchaban con los poderosos agentes de la naturaleza ni donde se les permitió poblar la tierra con sus descendientes. Debemos ir en busca de un paraíso natural, de algún jardín del Edén en la tierra donde nuestras necesidades básicas estén garantizadas y el disfrute de un clima delicioso nos compense por los placeres sociales que hemos perdido. Si sobrevivimos a este verano, no pasaré el próximo invierno en Inglaterra. Y vosotros tampoco.

 

Había hablado sin pensar mucho en lo que decía, y apenas concluí me

 

asaltaron las dudas. ¿Sobreviviría alguno de nosotros al verano siguiente? Constaté que el semblante de Idris se ensombrecía y volví a sentir que viajábamos encadenados al carro del destino y que no ejercíamos el menor control sobre sus caballos. Ya no podíamos decir «haremos esto, no haremos esto otro». Un poder superior al humano había surgido para destruir nuestros planes o para culminar la obra que nosotros evitábamos. Planificar nada para el invierno próximo era una locura. Aquella había sido nuestra última estación fría. El verano inminente era el horizonte más lejano que alcanzaba nuestra vista. Y cuando llegáramos allí, en lugar de seguir avanzando por el largo camino, se abriría un abismo por el que sin quererlo nos precipitaríamos. Nos veríamos despojados de la última bendición de la humanidad. No podíamos mantener la menor esperanza. ¿Puede el loco, mientras agita las cadenas que lo oprimen, seguir esperando? ¿Puede el infeliz que se dirige al patíbulo, cuando apoya la cabeza en la piedra y distingue la sombra doble que forman él mismo y el verdugo que levanta con sus manos el hacha, seguir esperando? ¿Puede el náufrago, que exhausto de tanto nadar oye tras de él, muy cerca, el chapoteo de un tiburón que surca las aguas del Atlántico, persiguiéndolo, seguir esperando? Pues su misma esperanza era la nuestra.

 

El viejo mito nos cuenta que ese espíritu gentil abandonó la caja de Pandora, por lo demás rebosante de males. Pero éstos eran invisibles e insignificantes, mientras que todo el mundo admiraba el encanto contagioso de la joven Esperanza. Los corazones de todos los hombres se convirtieron en su morada y fue coronada reina de nuestras vidas, entonces y para siempre. Fue deificada y venerada, declarada incorruptible y eterna. Pero como todos los demás dones que el Creador derramó sobre los hombres, la Esperanza es mortal. Su vida ha llegado a su hora final. Nosotros hemos cuidado de ella, hemos velado por su frágil existencia. Y ahora ha pasado sin transición de la juventud a la decrepitud, de la salud a la enfermedad incurable. Y aunque nos agotamos luchando por su restablecimiento, muere. La noticia alcanza todas las naciones: «¡Ha muerto la Esperanza!» Sólo somos plañideras en su cortejo fúnebre. ¿Qué esencia inmortal o creación perecedera se negará a unirse a la triste procesión que acompaña hasta el sepulcro a la consoladora de la humanidad, ya difunta?

 

¿Acaso no oculta el sol su luz? Y el día,

 

como fina exhalación, se desvanece;

 

ambos rodean sus haces con nubes

 

que plañideras son, también,

 

en estas exequias.

 

 

 

 

 

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