© Libro N° 12941. El Último Hombre. Volumen I. Shelley,
Mary. Emancipación. Septiembre 1 de 2024
Título original: ©
El Último Hombre. Volumen I. Mary Shelley
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Hombre. Volumen I. Mary Shelley
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
EL ÚLTIMO HOMBRE
Volumen I
Mary Shelley
El Último
Hombre
Volumen I
Mary
Shelley
CAPÍTULO
I
Soy el
hijo de un confín rodeado por el mar, de una tierra ensombrecida por las nubes
que, si en mi mente represento la superficie del planeta, con sus vastos
océanos y sus continentes vírgenes, aparece sólo como una mota desdeñable en la
inmensidad del todo, y que sin embargo, cuando la deposito en las balanzas de
la mente, supera con creces el peso de países de mayor extensión y población
más numerosa, pues cierto es que la mente humana ha sido la creadora de todo lo
bueno y lo grande para el hombre, y que la naturaleza ha actuado sólo como un
primer ministro. Inglaterra, alzada en medio del turbulento océano, muy al
norte, visita ahora mis sueños adoptando la forma de un buque inmenso, bien
comandado, que dominaba los vientos y navegaba orgulloso sobre las olas. En mis
días infantiles, ella era mi universo todo. Cuando, en pie sobre las colinas de
mi país natal, contemplaba las llanuras y los montes que se perdían en la
distancia, salpicados de las moradas de mis paisanos, que con su esfuerzo
habían hecho fértiles, el centro mismo de la tierra se hallaba, para mí,
anclado en aquel lugar, y el resto no era más que una fábula que no me habría
costado trabajo alguno olvidar en mi imaginación ni en mi entendimiento.
Mi suerte
ha sido, desde un buen principio, ejemplo del poder que la mutabilidad ejerce
sobre el variado tenor de la vida de un hombre. En mi caso, ello me viene dado
casi por herencia. Mi padre era uno de esos hombres sobre quienes la naturaleza
derrama con gran prodigalidad los dones del ingenio y la imaginación para dejar
luego que esos vientos empujen la barca de la vida, sin poner de timonel a la
razón, ni al juicio de piloto de la travesía. La oscuridad envolvía sus
orígenes. Las circunstancias lo arrastraron pronto a una vida pública, y no
tardó en gastar el patrimonio paterno en el mundo de modas y lujos del que
formaba parte. Durante los años irreflexivos de su juventud, los más
distinguidos frívolos de su tiempo lo adoraban, lo mismo que el joven monarca,
que escapaba de las intrigas de palacio y de los arduos deberes de su oficio
real y hallaba constante diversión y esparcimiento del alma en su don de
gentes. Los impulsos de mi padre, que jamás controlaba, lo metían siempre en
unos aprietos de los que no era capaz de salir recurriendo sólo a su ingenio. Y
así, la acumulación de deudas de honor y peculio, que hubieran supuesto el
derrumbamiento de cualquiera, las sobrellevaba él con gran ligereza e
implacable hilaridad; entretanto, su compañía había llegado a resultar tan
imprescindible en las mesas y reuniones de los ricos que sus desmanes se
consideraban veniales, y él mismo los recibía como embriagadores elogios.
Esa clase
de popularidad, como cualquier otra, resulta evanescente, y las dificultades de
toda condición con que debía contender aumentaban en
alarmante
proporción comparadas con los escasos medios a su alcance para eludirlas. En
aquellas ocasiones el rey, que profesaba gran entusiasmo por él, acudía a su
rescate, y amablemente lo ponía bajo su protección. Mi padre prometía
enmendarse, pero su disposición sociable, la avidez con que buscaba su ración
diaria de admiración y, sobre todo, el vicio del juego, que lo poseía por
completo, convertían en pasajeras sus buenas intenciones y en vanas sus
promesas. Con la agudeza y la rapidez propias de su temperamento, percibió que
su poder, en el círculo de los más brillantes, comenzaba a declinar. El rey se
casó.
Y la
altiva princesa de Austria, que como reina de Inglaterra pasó a convertirse en
faro de las modas, veía con malos ojos sus defectos y con desagrado el aprecio
que el rey le profesaba. Mi padre percibía que su caída se avecinaba, pero
lejos de aprovechar esa calma final anterior a la tormenta para salvarse, se
dedicaba a ignorar un mal anticipado realizando aún mayores sacrificios a la
deidad del placer, árbitro engañoso y cruel de su destino.
El rey,
que era hombre de excelentes aptitudes, pero fácilmente gobernable, pasó a
convertirse en abnegado discípulo de su consorte y se vio inducido por ella a
juzgar con extrema desaprobación primero, y con desagrado después, la
imprudencia y las locuras de mi padre. Cierto es que su presencia disipaba los
nubarrones. Su cálida franqueza, sus brillantes ocurrencias y sus complicidades
lo hacían irresistible. Y sólo cuando, distante él, nuevos relatos de sus
errores llegaban a oídos reales, volvía a perder su influencia. Los hábiles
manejos de la reina sirvieron para dilatar aquellas ausencias y acumular
acusaciones. Finalmente el rey llegó a ver en él una fuente de perpetua
zozobra, pues sabía que habría de pagar con tediosas homilías el placer breve
de su frecuentación, y que a él seguirían llegando los relatos dolorosos de
unos excesos cuya veracidad no era capaz de refutar. Así, el soberano decidió
concederle un último voto de confianza; si le fallaba, perdería su favor para
siempre.
La escena
hubo de resultar de gran interés e intensamente apasionada. Un monarca
poderoso, conocido por una bondad que hasta entonces le había llevado a
mostrarse voluble, y después muy serio en sus admoniciones, alternando la
súplica con la reprimenda, rogaba a su amigo que se ocupara de sus verdaderos
intereses, que evitara resueltamente esas fascinaciones que, en realidad,
desertaban de él con rapidez, y dedicara sus inmensos dones a cultivar algún
campo digno, en el que él, su soberano, sería su apoyo, su sostén, su seguidor.
Toda aquella bondad alcanzó a mi padre, y durante un momento ante él desfilaron
sueños de ambición: pensó que sería bueno cambiar sus planes presentes por
deberes más nobles. De modo que, con sinceridad y fervor, prometió lo que se le
requería. Como prenda de aquel favor renovado, recibió de su señor real una
suma de dinero para cancelar sus
apremiantes
deudas y comenzar su nueva vida bajo buenos auspicios. Aquella misma noche,
todavía henchido de gratitud y buenos propósitos, perdió el doble de aquella
suma en la mesa de juego. En su afán por recuperar las primeras pérdidas,
realizó apuestas a doble o nada, con lo que incurrió en una deuda de honor que
de ningún modo podía asumir. Demasiado avergonzado para recurrir de nuevo al
rey, se alejó de Londres, de sus falsas delicias y sus miserias duraderas y,
con la pobreza por única compañía, se enterró en la soledad de los montes y los
lagos de Cumbria. Su ingenio, sus bon mots, el recuerdo de sus atractivos
personales, perduraron largo tiempo en las memorias y se transmitían de boca en
boca. Si se preguntaba dónde se hallaba aquel paladín de la moda, aquel
compañero de los nobles, aquel haz de luz superior que brillaba con esplendor
ultraterreno en las reuniones de los alegres cortesanos, la respuesta era que
se encontraba bajo un nubarrón, que era un hombre extraviado. Nadie creía que
le correspondiera prestarle un servicio a cambio del placer que él les había
proporcionado, ni que su largo reinado de ingenio y brillantez mereciera una
pensión tras su retiro. El rey lamentó su ausencia; le encantaba repetir sus
frases, relatar las aventuras que habían vivido juntos, ensalzar sus talentos.
Pero ahí concluía su tributo.
Entretanto,
olvidado, mi padre no conseguía olvidar. Lamentaba la pérdida de lo que
necesitaba más que el aire o el alimento: la emoción de los placeres, la
admiración de los nobles, la vida de lujo y refinamiento de los grandes. La
consecuencia de todo ello fueron unas fiebres nerviosas, que le curó la hija de
un granjero pobre, bajo cuyo techo se cobijaba. La muchacha era encantadora,
amable y, sobre todo, buena con él. No ha de sorprender que un ídolo caído de
alcurnia y belleza pudiera, aun en aquel estado, resultar elevado y maravilloso
a ojos de la campesina. Su unión dio lugar a un matrimonio condenado desde el
principio, del que yo soy el vástago.
A pesar
de la ternura y la bondad de mi madre, su esposo no podía dejar de deplorar su
propio estado de degradación. Nada acostumbrado al trabajo, ignoraba de qué
modo podría contribuir al mantenimiento de su creciente familia. A veces
pensaba en recurrir al rey, pero el orgullo y la vergüenza se lo impedían. Y,
antes de que sus necesidades se hicieran tan imperiosas como para forzarlo a
trabajar, murió. Durante un breve intervalo, antes de la catástrofe, pensó en
el futuro y contempló con angustia la desolada situación en que dejaría a su
esposa y a sus hijos. Su último esfuerzo consistió en una carta escrita al rey,
conmovedora y elocuente, salpicada de los ocasionales destellos de aquel
espíritu brillante inseparable de él. En ella ponía a su viuda y sus huérfanos
a merced de su regio señor y expresaba la satisfacción de saber que, de ese
modo, su prosperidad quedaría más garantizada tras su muerte de lo que había
estado en vida suya. Confió la carta a un noble que, no lo dudaba, le haría el
último y nada costoso favor de entregarla al monarca en mano.
Así, mi
padre murió endeudado, y sus acreedores embargaron inmediatamente su escasa
hacienda. Mi madre, arruinada y con la carga de dos hijos, aguardó respuesta
semana tras semana, mes tras mes, con creciente impaciencia, pero ésta no llegó
jamás. Carecía de toda experiencia más allá de la granja de su padre, y la
mansión del dueño de la finca en que ésta se encontraba era lo más parecido al
lujo que era capaz de concebir. En vida de mi padre se había familiarizado con
los nombres de la realeza y de la corte. Pero aquellas cosas, perniciosas según
su experiencia personal, le parecían, tras la pérdida de su esposo -que era
quien les otorgaba sustancia y realidad-vagas y fantásticas. Si, bajo cualquier
circunstancia, tal vez se hubiera armado del suficiente valor como para
dirigirse a los aristócratas que éste mencionaba, el poco éxito obtenido por él
en su intento le llevaba a desterrar la idea de su mente. Así, no veía
escapatoria a la penuria. Su dedicación perpetua, seguida del pesar por la
pérdida del ser maravilloso por el que seguía profesando ardiente admiración,
así como el trabajo duro y una salud delicada por naturaleza, terminaron por
liberarla de la triste repetición de necesidades y miserias.
La
condición de sus hijos huérfanos era particularmente desolada. Su propio padre
había emigrado desde otra zona del país y llevaba bastante tiempo muerto.
Carecían de parientes que los llevaran de la mano; se habían convertido en
seres descastados, paupérrimos y sin amigos, para quienes el sustento más parco
era cuestión del favor de otros y a quienes se trataba simplemente como a hijos
de campesinos, aunque más pobres que los más pobres, unos campesinos que, al
morir, los habían dejado -herencia ingrata- a merced de la avara caridad de la
tierra.
Yo, el
mayor de los dos, tenía cinco años cuando murió mi madre. El recuerdo de las
conversaciones de mis progenitores y el de las palabras que ella se esforzaba
por inculcarme en la memoria en relación con los amigos de mi padre, con la
pobre esperanza de que, algún día, llegara a sacar provecho de aquel
conocimiento, flotaban como un sueño indefinido en mi mente. Me figuraba que yo
era superior a mis protectores y compañeros, pero no sabía ni en qué modo ni
por qué. La sensación de herida, asociada al nombre del rey y a la nobleza,
perduraba en mí, pero de aquellos sentimientos no podía extraer conclusiones
que me sirvieran de guía para mis acciones. El primer conocimiento verdadero de
mí mismo fue, así, el de un huérfano indefenso entre los valles y páramos de
Cumbria. Me hallaba al servicio de un granjero y, con un cayado en la mano y mi
perro junto a mí, pastoreaba un rebaño de ovejas numeroso en las tierras altas
de las inmediaciones. No he de cantar las excelencias de dicha vida, pues los
sufrimientos que inflige superan con creces los placeres que proporciona.
Existía, sí, una libertad en ella, la compañía de la naturaleza, y una soledad
despreocupada. Pero esas cosas, por más románticas que fueran, se compadecían
poco con el deseo de acción y el afán de ser
aceptado
por los demás que son propios de la juventud. Ni el cuidado de mi rebaño ni el
cambio de las estaciones bastaban para domesticar mi espíritu inquieto; mi vida
al aire libre y el tiempo que pasaba desocupado fueron las tentaciones que no
tardaron en llevarme al desarrollo de unos hábitos delictivos. Me asocié con
otros que, como yo, también carecían de amistades y con ellos formé una banda
de la que yo era cabecilla y capitán. Pastores todos, mientras los rebaños
pacían diseminados por los prados, nosotros planeábamos y ejecutábamos
numerosas fechorías, que nos granjeaban la ira y la sed de venganza de los
paisanos. Yo era el jefe y protector de mis camaradas, y como destacaba sobre
ellos, muchas de sus malas obras se me atribuían a mí. Pero si bien soportaba
castigos y dolor por salir en su defensa con espíritu heroico, también exigía,
a modo de recompensa, sus elogios y obediencia.
Con
semejante escuela, fui adquiriendo un carácter rudo y firme. El hambre de
admiración y mi poca capacidad para controlar los propios actos, que había
heredado de mi padre, alimentadas por la adversidad, me hicieron atrevido y
despreocupado. Era duro como los elementos, y poco instruido como las bestias a
las que cuidaba. Con frecuencia me comparaba con ellas, y al hallar que mi
principal superioridad se basaba en el poder, no tardé en convencerme de que
era únicamente en poder en lo que yo era inferior a los mayores potentados de
la tierra. Así, ignorante de la refinada filosofía y perseguido por una
incómoda sensación de degradación producto de la verdadera situación social en
que me hallaba, vagaba por las colinas de la civilizada Inglaterra tan indómito
y salvaje como aquel fundador de Roma amamantado por una loba. Obedecía sólo a
una ley, que era la del más fuerte, y mi mayor virtud era no someterme jamás.
Permítaseme,
con todo, retractarme de la frase que acabo de enunciar sobre mí mismo. Mi
madre, al morir, además de sus otras lecciones medio olvidadas y jamás puestas
en práctica, me hizo prometerle con gran solemnidad que velaría fraternalmente
por su otro retoño, y yo cumplía con ese deber lo mejor que podía, con todo el
celo y el afecto del que mi naturaleza era capaz. Mi hermana era tres años
menor que yo. Me ocupé de ella desde su nacimiento, y cuando nuestra diferencia
de sexos, que nos llevó a recibir distintos empleos, nos separó en gran medida,
ella siguió siendo objeto de mi amor y mis cuidados. Huérfanos en toda la
extensión de la palabra, éramos los más pobres entre los pobres, los más
despreciados entre los olvidados. Si mi osadía y arrojo me valían cierta
aversión respetuosa, su juventud y su sexo, ya que no movían a la ternura, al
hacerla débil eran la causa de sus incontables mortificaciones. Además, su
carácter le impedía atenuar los efectos perniciosos de su baja extracción.
Se
trataba de un ser singular y, como yo, había heredado mucha de la disposición
peculiar de nuestro padre. Su rostro, todo expresión; sus ojos, sin
ser
oscuros, resultaban impenetrables, por lo profundos. En su mirada inteligente
parecían descubrirse todos los espacios, y uno sentía que el alma que la
habitaba abarcaba todo un universo de pensamiento. De tez muy blanca, los
cabellos dorados le caían por las sienes y la intensidad de su tono contrastaba
con el mármol viviente sobre el que se posaban. Su tosco vestido de campesina,
que parecería desentonar con los sentimientos refinados que su rostro
expresaba, le sentaba sin embargo, y curiosamente, de lo más bien. Era como una
de esas santas de Guido, con el cielo en el corazón y en la mirada, de manera
que, al verla, sólo pensabas en el interior, y las ropas e incluso los rasgos
se tornaban secundarios ante la inteligencia que irradiaba de su semblante.
Y, sin
embargo, a pesar de todo su encanto y nobleza de sentimientos, mi pobre Perdita
(pues tal era el fantasioso nombre que le había impuesto su padre moribundo) no
era del todo santa en su disposición. Sus modales resultaban fríos y retraídos.
De haber sido criada por quienes la hubieran contemplado con afecto, tal vez
habría sido distinta, pero sin amor, abandonada, pagaba con desconfianza y
silencio la bondad que no recibía. Se mostraba sumisa con aquellos que ejercían
la autoridad sobre ella, pero una nube perpetua fruncía su ceño. Parecía
esperar la enemistad de todo el que se le acercaba, y sus acciones se veían
instigadas por el mismo sentimiento. Siempre que podía pasaba su tiempo en
soledad. Llegaba a los lugares menos frecuentados, escalaba hasta peligrosas
alturas, con tal de hallar en los espacios más recónditos la ausencia total de
compañía de la que gustaba envolverse. Solía pasar horas enteras caminando por
los senderos de los bosques. Trenzaba guirnaldas de flores y hiedras y
contemplaba el temblor de las sombras y el mecerse de las hojas; a veces se
sentaba junto a los arroyos y, con el pensamiento detenido, se dedicaba a
arrojar pétalos o guijarros a las aguas y a ver cómo éstos se hundían y
aquéllos flotaban. También fabricaba barquitos hechos de cortezas de árbol, o
de hojas, con plumas por velas, y se dedicaba a observar su navegación entre
los rápidos y los remansos de los riachuelos. Mientras lo hacía, su desbordante
imaginación creaba mil y una combinaciones: soñaba «con terribles desgracias en
el mar y en campaña», se perdía con delicia en aquellos caminos por ella
inventados, para regresar a regañadientes al anodino detalle de la vida
ordinaria.
La
pobreza era la nube que ocultaba sus excelencias, y todo lo que era bueno en
ella parecía a punto de perecer por falta del rocío benefactor del afecto. Ni
siquiera gozaba de la misma ventaja que yo en el recuerdo de sus padres; se
aferraba a mí, su hermano, como a su único amigo, pero esa unión le valía aún
más el rechazo que le profesaban sus protectores, que magnificaban sus errores
hasta convertirlos en crímenes. De haber sido educada en esa esfera de la vida
a la que, por herencia, su delicada mente y su persona correspondían, habría
sido objeto casi de adoración, pues sus virtudes
resultaban
tan eminentes como sus defectos. Todo el genio que ennoblecía la sangre de su
padre ilustraba la suya; una generosa marea corría por sus venas; el artificio,
la envidia y la avaricia se hallaban en los antípodas de su naturaleza. Sus
rasgos, cuando los alumbraban sentimientos benévolos, podrían haber pertenecido
a una reina; sus ojos brillaban y, en aquellos momentos, su mirada desconocía
todo temor.
Aunque
por nuestra situación y disposiciones nos hallábamos casi del todo privados de
las formas usuales de relación social, formábamos un fuerte contraste el uno
respecto del otro. Yo siempre precisaba del estímulo de la compañía y el
aplauso, mientras que Perdita se bastaba a sí misma. A pesar de mis malos
hábitos, mi disposición era sociable, a diferencia de la suya, retraída. Mi
vida transcurría entre realidades tangibles, la suya era un sueño. De mí podría
decirse incluso que amaba a mis enemigos, pues al espolearme, ellos, en cierto
modo, me proporcionaban felicidad. A Perdita, en cambio, casi le desagradaban
sus amigos, pues interferían en sus estados de ánimo visionarios. Todos mis
sentimientos, incluso los de exultación y triunfo, se tornaban en amargura si
de ellos no participaban otros. Perdita huía hacia la soledad incluso estando
alegre, y podía pasar un día y otro sin expresar sus emociones ni buscar
sentimientos afines a los suyos en otras mentes. Y no sólo eso: era capaz de
adorar el aspecto y la voz de alguna amiga y demorarse en ella con ternura,
mientras su gesto expresaba la más fría de las reservas. En ella, una sensación
se convertía en sentimiento, y jamás hablaba hasta que había mezclado sus
percepciones de objetos externos con otros que eran creación de su mente. Era
como un suelo fértil que se impregnaba de los aires y los rocíos del cielo y
los devolvía a la luz transformados en frutos y flores. Pero, como el suelo,
también se mostraba con frecuencia oscura y desolada, arada, sembrada una vez
más con semillas invisibles.
Perdita
vivía en una granja de césped bien cortado, que descendía hasta el lago de
Ullswater. Un bosque de hayas trepaba colina arriba, tras la casa, y un arroyo
murmurante corría manso, siguiendo la pendiente, sombreado por los álamos que
flanqueaban sus orillas hasta el lago. Yo vivía con un campesino cuya casa se
hallaba más arriba, entre los montes. Tras ella se alzaba un risco en cuyas
grietas, expuestas al viento del norte, la nieve perduraba todo el verano.
Antes del alba conducía mi rebaño de ovejas hasta los pastos, y lo custodiaba
durante todo el día. Se trataba de una vida muy dura, pues la lluvia y el frío
abundaban más que los días soleados. Pero yo me enorgullecía de despreciar los
elementos. Mi perro fiel se ocupaba del rebaño mientras yo me escapaba para
reunirme con mis camaradas, con los que perpetraba mis fechorías. Al mediodía
volvíamos a encontrarnos, y tras deshacernos de nuestros alimentos de
campesinos, encendíamos una hoguera que manteníamos viva para asar en ella las
piezas de ganado que robábamos en las propiedades vecinas. Después contábamos
historias de huidas por los pelos, de
combates
con perros, de emboscadas y fugas, mientras, como los gitanos, compartíamos la
cazuela. La búsqueda de algún cordero perdido, o los medios por los que
eludíamos o pretendíamos eludir los castigos, ocupaban las horas de la tarde.
Al caer la noche mi rebaño regresaba a su corral y yo me dirigía a casa de mi
hermana.
Eran
raras las ocasiones en que ciertamente escapábamos sanos y salvos, como suele
decirse. Nuestro exquisito manjar solía costarnos golpes y cárcel. En una
ocasión, con trece años, me enviaron un mes a la prisión del condado. Si
moralmente salí de ella tal como había entrado, mi sentimiento de odio hacia
mis opresores se multiplicó por diez. Ni el pan ni el agua aplacaron mi sangre,
y la soledad de mi encierro no llegó a inspirarme buenos pensamientos. Me
sentía colérico, impaciente, triste. Mis únicas horas de felicidad eran las que
dedicaba a urdir planes de venganza, que perfeccionaba durante mi soledad
forzosa, de modo que durante toda la estación siguiente - me liberaron a
principios de septiembre- no dejé nunca de obtener grandes cantidades de exquisitos
alimentos para mí y para mis camaradas. Aquel fue un invierno glorioso. La fría
escarcha y las intensas nevadas aturdían el ganado y mantenían a los ganaderos
junto a sus hogares. Robábamos más piezas de las que podíamos comer, y hasta mi
perro fiel se puso más lustroso a fuerza de devorar nuestras sobras.
De ese
modo fueron transcurriendo los años. Y los años no hacían sino añadir a mi
existencia un amor renovado por la libertad, así como un profundo desprecio por
todo lo que no fuera tan silvestre y tan rudo como yo. A los dieciséis años mi
aspecto era el de un hombre hecho y derecho. Alto y atlético, me había
acostumbrado a ejercer la fuerza y a resistir los embates de los elementos. El
sol había curtido mi piel y andaba con paso firme, consciente de mi poder.
Ningún hombre me inspiraba temor, pero tampoco sentía amor por ninguno. En
épocas posteriores, al volver la vista atrás contemplaría con asombro lo que
entonces era, lo indigno que hubiera llegado a ser de haber perseverado en mi
vida delictiva. Mi existencia era la de un animal y mi mente se hallaba en
peligro de degenerar hasta convertirse en lo que conforma la naturaleza de los
brutos. Hasta ese momento, mis hábitos salvajes no me habían causado daños
irreparables, mis fuerzas físicas habían crecido y florecido bajo su influencia
y mi mente, sometida a la misma disciplina, se hallaba curtida por las virtudes
más duras. Con todo, la independencia de que hacía gala me instigaba a diario a
cometer actos de tiranía, y mi libertad se convertía en libertinaje. Me hallaba
en los límites del hombre. Las pasiones, fuertes como los árboles de un bosque,
ya habían echado raíces en mí y estaban a punto de ensombrecer, con su
desbordante crecimiento, la senda de mi vida.
Ansiaba
dedicarme a empresas que fueran más allá de mis hazañas
infantiles
y me formaba sueños enfermizos de acciones futuras. Evitaba a mis antiguos
camaradas y no tardé en perder su amistad. Todos llegaron a la edad en que
debían cumplir con los destinos que la vida les deparaba. Yo, un desheredado,
sin nadie que me sirviera de guía o tirara de mí, me hallaba estancado. Los
viejos empezaron a señalarme como mal ejemplo, los jóvenes a verme como a un
ser distinto a ellos. Yo los odiaba a todos, y en la última y peor de mis
degradaciones, empecé a odiarme a mí mismo. Me aferraba a mis hábitos feroces,
aunque al tiempo los despreciaba a medias. Proseguía mi guerra contra la
civilización y a la vez albergaba el deseo de pertenecer a ella.
Regresaba
una y otra vez al recuerdo de todo lo que mi madre me había contado sobre la
existencia pasada de mi padre. Contemplaba las pocas reliquias que conservaba
de él, y que hablaban de un refinamiento mucho mayor del que podía hallarse en
aquellas granjas de montaña. Pero nada de todo ello me servía de guía para
conducirme a otra forma de vida más agradable. Mi padre se había relacionado
con los nobles, pero lo único que yo sabía de aquella relación era el olvido
que le había seguido. Sólo asociaba el nombre del rey -al que mi padre,
agonizante, había elevado sus últimas súplicas, bárbaramente desoídas por él- a
las ideas de crueldad e injusticia, así como al resentimiento que éstas me
causaban. Yo había nacido para ser algo más grande de lo que era, y más grande
habría de ser. Pero la grandeza, al menos para mi percepción distorsionada, no
tenía por qué identificarse con la bondad, y mis ideas más descabelladas no se
detenían ante consideraciones morales de ninguna clase cuando se agolpaban en
mis delirios de distinción. Así, yo me hallaba en lo alto de un pináculo, sobre
un mar de maldad que se extendía a mis pies, a punto de precipitarme y
sumergirme en él, de abalanzarme como un torrente sobre todos los obstáculos
que me impedían alcanzar el objeto de mis deseos, cuando la influencia de un
desconocido vino a posarse en la corriente de mi fortuna, alterando su indómito
rumbo, transformándolo en algo que, por contraste, era como el fluir apacible
de un riachuelo que describiera meandros sobre un prado.
CAPÍTULO
II
Yo vivía
alejado de los tráfagos de los hombres, y el rumor de las guerras y los cambios
políticos llegaba a nuestras moradas montañesas convertido en débil sonido.
Inglaterra había sido escenario de importantes batallas durante mi primera
infancia. En el año 2073, el último de sus reyes, el anciano amigo de mi padre,
había abdicado en respuesta a la serena fuerza de las protestas expresadas por
sus súbditos, y se había constituido una república. Al monarca destronado y a
su familia se les aseguró la propiedad de grandes haciendas;
recibió
el título de conde de Windsor, y el castillo del mismo nombre, perteneciente
desde antiguo a la realeza, con sus extensas tierras, siguió formando parte del
patrimonio que conservó. Murió poco después, dejando hijo e hija.
La que
fue reina, princesa de la casa de Austria, llevaba mucho tiempo persuadiendo a
su esposo para que se opusiera a los designios de los tiempos. Se trataba de
una mujer desdeñosa y valiente, apegada al poder y que sentía un desprecio
amargo por el hombre que se había dejado desposeer de su reino. Sólo por el
bien de sus hijos consintió en convertirse, desprovista de su rango real, en
miembro de la república inglesa. Tras enviudar, dedicó todos sus esfuerzos a la
educación de su hijo Adrian, segundo conde de Windsor, para que éste llevara a
la práctica sus ambiciosos fines; la leche con que lo amamantó le transmitió ya
el único propósito para el que fue educado: reconquistar la corona perdida.
Adrian había cumplido ya los quince años. Vivía dedicado al estudio y
demostraba unos conocimientos y un talento que excedían los propios de sus
años. Se decía que ya había empezado a oponerse a las ideas de su madre y que
compartía principios republicanos. Pero por más que así fuera, la altiva
condesa no confiaba a nadie los secretos de su educación. Adrian se criaba en
soledad, apartado de la compañía que es natural en los hombres de su edad y de
su rango. Pero entonces alguna circunstancia desconocida indujo a su madre a
apartarlo de su tutela directa; y hasta nuestros oídos llegó que se disponía a
visitar Cumbria. Abundaban las historias en las que se daba cuenta de la
conducta de la condesa de Windsor en relación con su hijo. Probablemente
ninguna de ellas fuera cierta, pero con el paso de los días parecía claro que
el noble vástago del último monarca inglés viviría entre nosotros.
En
Ullswater se alzaba una mansión rodeada de terreno que pertenecía a su familia.
Uno de sus anexos lo formaba un gran parque, diseñado con exquisito gusto y
bien provisto de animales de caza. Yo había perpetrado con frecuencia en
aquellos pagos mis actos de depredación; el estado de abandono del lugar
facilitaba mis incursiones. Cuando se decidió que el conde de Windsor visitara
Cumbria, acudieron obreros dispuestos a adecentar la casa y sus aledaños antes
de su llegada. Devolvieron a los aposentos su esplendor original y, una vez
reparados los desperfectos, el parque comenzó a ser objeto de cuidados
anómalos.
Aquella
noticia me turbó en grado sumo, despertando todos mis recuerdos durmientes, mis
sentimientos de ultraje, que se hallaban en suspenso, y que, al avivarse,
dieron origen a otros de venganza. No era capaz de hacerme cargo de mis
ocupaciones; olvidé todos mis planes y estratagemas. Parecía a punto de iniciar
una vida nueva, y no precisamente bajo los mejores auspicios. El embate de la
guerra, pensaba yo, no tardaría en producirse. Él llegaría
triunfante
a la tierra a la que mi padre había huido con el corazón destrozado. Y en ella
hallaría a sus infortunados hijos, confiados en vano a su real padre, pobres y
miserables. Que llegara a saber de nuestra existencia, y que nos tratara de
cerca con el mismo desdén que su padre había practicado desde la distancia y la
ausencia, me parecía a mí la consecuencia cierta de todo lo que había sucedido
antes. Así pues, yo conocería a ese joven de alta alcurnia, el hijo del amigo
de mi padre. Llegaría rodeado de sirvientes; sus compañeros eran los nobles y
los hijos de los nobles. Toda Inglaterra vibraba con su nombre y su llegada,
como las tormentas, se oía desde muy lejos. Yo, por mi parte, iletrado y sin
modales, si entraba en contacto con él, me convertiría en la prueba tangible, a
ojos de sus cortesanos, de lo justificado de aquella ingratitud que me había
convertido en el ser degradado que era.
Con la
mente ocupada por entero en esas ideas, se diría que incluso fascinado por el
proyecto de asaltar la morada escogida por el joven conde, observaba el avance
de los preparativos y me acercaba a los carros de los que descargaban artículos
de lujo traídos desde Londres, que entraban en la mansión. Rodear a su hijo de
una magnificencia principesca formaba parte del plan de la que fue reina. Yo
observaba mientras disponían las gruesas alfombras y las cortinas de seda, los
ornamentos de oro, los metales profusamente cincelados, los muebles blasonados,
todo acorde a su rango, de modo que nada que no se revistiera de esplendor
regio llegara a alcanzar el ojo de un descendiente de reyes. Sí, lo observaba
todo y luego volvía la mirada hacia mis raídas ropas. ¿De dónde nacía esa
diferencia? ¿De dónde, sino de la ingratitud, de la falsedad, del abandono, por
parte del padre del príncipe, de toda noble simpatía, de todo sentimiento de
generosidad? Sin duda a él también, pues por sus venas circulaba asimismo la sangre
de su orgullosa madre, a él, reconocido faro de la riqueza y la nobleza del
reino, le habrían enseñado a repetir con desprecio el nombre de mi padre, y a
desdeñar mis justas pretensiones de protección. Me esforzaba en pensar que toda
esa grandeza no era sino una infamia indigna, y que, al plantar su bandera
bordada en oro junto a mi gastado y deshilachado estandarte, no estaba
proclamando su superioridad, sino su caída.
Y aun así
lo envidiaba. Sus preciosos caballos, sus armas de intrincados relieves, los
elogios que le precedían, la adoración, la prontitud en el servicio, el alto
rango y la alta estima en que lo tenían, yo consideraba que de todo ello me
habían despojado a mí por la fuerza, y lo envidiaba todo con renovada y
atormentada amargura.
Para
coronar la vejación de mi espíritu, Perdita, la visionaria Perdita, pareció
despertar a la vida real cuando, transportada por la emoción, me informó de que
el conde de Windsor estaba a punto de llegar.
-¿Y ello
te complace? -le pregunté, ceñudo.
-Por
supuesto que sí, Lionel -me respondió ella-. Ansío verle. Es el descendiente de
nuestros reyes y el primer noble de nuestra tierra. Todos le admiran y le aman
y se dice que su rango es el menor de sus méritos; que es generoso, valiente y
afable.
-Has
aprendido una lección, Perdita -le dije- y la repites tan al pie de la letra
que olvidas por completo las pruebas de las virtudes del conde; su generosidad
se manifiesta sin duda en nuestra abundancia, su valentía en la protección que
nos brinda, y su afabilidad en el caso que nos dispensa. ¿Su rango es el menor
de sus méritos, dices? Todas sus virtudes derivan sólo de su extracción; por
ser rico lo llaman generoso; por ser poderoso, valiente; por hallarse bien
servido se lo considera afable. Que así lo llamen, que toda Inglaterra crea que
lo es. Nosotros lo conocemos. Es nuestro enemigo, nuestro penoso, traicionero y
arrogante enemigo. Si hubiera sido agraciado con una sola partícula de todas
las virtudes que le atribuyes, obraría justamente con nosotros, aunque sólo
fuera para demostrar que, si ha de luchar, no ha de hacerlo contra un enemigo
caído. Su padre hirió a mi padre; su padre, inalcanzable en su trono, osó
despreciarlo, a él que sólo se inclinaba ante sí mismo, cuando se dignó
asociarse con el ingrato monarca. Nosotros, descendientes de uno y de otro,
debemos ser también enemigos. Él descubrirá que me duelen las heridas y
aprenderá a temer mi venganza.
El conde
llegó días más tarde. Los habitantes de las casas más miserables fueron a
engrosar la muchedumbre que se agolpaba para verle. Incluso Perdita, a pesar de
mi reciente filípica, se acercó al camino para ver con sus propios ojos al
ídolo de todos los corazones. Yo, medio enloquecido al cruzarme con grupos y
más grupos de campesinos que, con sus mejores galas, descendían por las colinas
desde cumbres ocultas por las nubes, observando las rocas desiertas que me
rodeaban, exclamé: «Ellas no gritan “¡Larga vida al Conde!”» Cuando llegó la
noche, acompañada de frío y de llovizna, no regresé a casa. Pues sabía que en
todas las moradas se elevarían loas a Adrian. Sentía mis miembros entumecidos y
helados, pero el dolor servía de alimento a mi aversión insana; casi me
regocijaba en él, pues parecía concederme motivo y excusa para odiar al enemigo
que ignoraba que lo era. Todo se lo atribuía a él, ya que yo confundía hasta
tal punto las nociones de padre e hijo que pasaba por alto que éste podía
ignorar del todo el abandono en que nos había dejado su padre. Así, llevándome
la mano a la cabeza, exclamé: «¡Pues ha de saberlo! ¡Me vengaré! ¡No pienso
sufrir como un spaniel! ¡Ha de saber que yo, mendigo y sin amigos, no me
someteré dócil al escarnio!»
El paso
de los días, de las horas, no hacía sino incrementar los agravios. Las
alabanzas que le dedicaban eran mordeduras de víbora en mi pecho vulnerable. Si
lo veía a lo lejos, montando algún hermoso corcel, la sangre me hervía de
rabia. El aire parecía emponzoñado con su sola presencia y mi
lengua
nativa se tornaba jerga vil, pues cada frase que oía contenía su nombre y su
alabanza. Yo resoplaba para aliviar ese dolor en mi corazón, y ardía en deseos
de perpetrar algún desmán que le hiciera percatarse de la enemistad que sentía.
Era su mayor ofensa que, causándome esas sensaciones intolerables, no se
dignara siquiera demostrar que sabía que yo vivía para sentirlas.
No tardó
en conocerse que Adrian se complacía grandemente en su parque y sus cotos de
caza, aunque nunca la practicaba, y se pasaba horas observando las manadas de
animales casi domesticados que los poblaban, y ordenaba que se les dedicaran
los mayores cuidados. Allí vi yo campo abonado para mi ofensiva, e hice uso de
él con todo el ímpetu brutal derivado de mi modo de vida. Propuse a los escasos
camaradas que me quedaban -los más decididos y malhechores del grupo- la
empresa de cazar furtivamente en sus posesiones; pero todos ellos se arredraron
ante el peligro, de modo que tendría que consumar la venganza en solitario. Al
principio mis incursiones pasaron desapercibidas, por lo que empecé a mostrarme
cada vez más osado: huellas en la hierba cuajada de rocío, ramas rotas y
rastros de las piezas libradas acabaron delatándome ante los custodios de los
animales, que incrementaron la vigilancia. Al fin me descubrieron y me llevaron
a prisión. Entré en ella en un arrebato de éxtasis triunfal: «¡Ahora ya sabe de
mí! -exclamé-. ¡Y así seguirá siendo una y otra vez!» Mi confinamiento duró
apenas un día y me liberaron por la noche, según me dijeron, por orden expresa
del mismísimo conde.
Aquella
noticia me hizo caer desde el pináculo de honor que yo mismo había erigido. «Me
desprecia -pensé-; pero ha de saber que yo lo desprecio a él, y que siento el
mismo desprecio por sus castigos que por su clemencia.» Dos noches después de
mi liberación volvieron a sorprenderme los custodios de los animales, que me
encarcelaron de nuevo. Y de nuevo volvieron a soltarme. Tal era mi pertinacia
que, transcurridas cuatro noches, me hallaron de nuevo en el parque. Aquella
obstinación parecía enfurecer más a los guardianes que a su señor. Habían
recibido órdenes de que, si volvían a sorprenderme, debían llevarme ante el
conde, y su lenidad les hacía temer una conclusión que consideraban poco acorde
con mi delito. Uno de ellos, que desde el principio se había destacado como
jefe de quienes me habían apresado, resolvió dar satisfacción a su propio
resentimiento antes de entregarme a su superior.
La luna
se había ocultado tarde y la precaución extrema que me vi obligado a adoptar en
mi tercera expedición me consumió tanto tiempo que, al constatar que la negra
noche daba paso al alba, el temor se apoderó de mí. Me hinqué de rodillas y
avancé a cuatro patas, en busca de los recodos más umbríos del sotobosque; los
pájaros despertaban en las alturas y trinaban inoportunos, y la brisa fresca de
la mañana, que jugaba con las ramas, me
llevaba a
sospechar pasos a cada vuelta del camino. Mi corazón latía más deprisa a medida
que me aproximaba al cercado; ya tenía una mano apoyada en él, y me bastaba
apenas un salto para hallarme del otro lado cuando dos guardianes emboscados se
abalanzaron sobre mí. Uno de ellos me abatió y empezó a azotarme con un látigo.
Yo me incorporé sosteniendo un cuchillo, se lo clavé en el brazo derecho, que
tenía levantado, y le infligí una herida ancha y profunda en la mano. Los
gritos iracundos del herido, las imprecaciones de su camarada, que yo respondía
con igual furia y descaro, resonaban en el claro del bosque. La mañana se
acercaba más y más, incongruente, en su belleza, con nuestra batalla tosca y
ruidosa. Mi enemigo y yo seguíamos peleando cuando aquél exclamó: «¡El conde!»
De un salto me zafé del abrazo hercúleo del guardián, jadeando a causa del
esfuerzo y dedicando miradas furiosas a mis captores, y me situé detrás del
tronco de un árbol, resuelto a defenderme hasta el final. Llevaba las ropas
hechas jirones y, lo mismo que las manos, manchadas de la sangre del hombre al
que había herido. Con la izquierda sostenía las aves que había abatido -mis
presas con tanto esfuerzo obtenidas- y con la derecha el cuchillo. Llevaba el
pelo enmarañado y a mi rostro asomaba la expresión de una culpa que también
goteaba, acusadora, desde el filo del arma a la que seguía aferrado; mi
apariencia toda era desmañada y escuálida. Alto y fornido como era, debía
parecerles -y no se equivocaban- el mayor rufián que hubiera hollado la tierra.
La
mención al conde me sobresaltó, y toda la sangre indignada que encendía mi
corazón fue a agolparse en mis mejillas. Era la primera vez que lo veía y
supuse que se trataría de un joven altivo e inflexible que, si se dignaba
dirigirme la palabra, zanjaría la cuestión con la arrogancia de la
superioridad. Yo ya tenía lista la respuesta: un reproche que, según creía, se
le clavaría en el corazón. Pero entonces se acercó a nosotros y su aspecto
desterró al instante, como un soplo de brisa de poniente, mi sombría ira: ante
mí se hallaba un muchacho alto, delgado, de tez muy blanca, que en sus rasgos
expresaba un exceso de sensibilidad y refinamiento. Los rayos matutinos del sol
teñían de oro sus sedosos cabellos, esparciendo luz y gloria sobre su rostro
resplandeciente.
-¿Qué es
esto? -gritó. Los hombres se aprestaron a iniciar sus defensas, pero él los
apartó-. Dos a la vez contra un muchacho. ¡Qué vergüenza! -Se acercó a mí-.
Verney -gritó-. Lionel Verney. ¿Es ésta la primera vez que nos vemos? Nacimos
para ser amigos, y aunque la mala fortuna nos ha separado, ¿no reconoces el
vínculo hereditario de amistad que confío en que, de ahora en adelante, nos
lleve a unirnos?
A medida
que hablaba, con sus ojos sinceros fijos en mí, parecía leerme el alma; mi
corazón, mi corazón salvaje y sediento de venganza, sintió que el manto de una
calma dulce se posaba sobre él. Mientras, su voz apasionada,
como la
más dulce de las melodías, despertaba un eco mudo en mi interior y confinaba a
las profundidades toda la sangre de mi cuerpo. Hubiera querido responderle,
reconocer su bondad, aceptar la amistad que me proponía; pero el rudo montañés
carecía de palabras a la altura de las suyas; hubiera querido extenderle la
mano, pero la sangre acusadora que las manchaba me lo impedía. Adrian se apiadó
de mi menguante aplomo.
-Ven
conmigo -me dijo-. Tengo mucho que contarte. Ven conmigo a casa. ¿Sabes quién
soy?
-Sí -le
respondí-. Ahora creo conocerte, y que perdonarás mis errores... mi delito.
Adrian
sonrió amablemente y, después de transmitir algunas órdenes a los guardianes
del coto, se acercó a mí, entrelazó su brazo al mío y partimos juntos hacia la
mansión.
No fue su
rango; tras todo lo que he dicho, no creo que nadie sospeche que fuera el rango
de Adrian lo que, desde el primer momento, sedujo mi corazón de corazones y
logró que todo mi espíritu se postrara ante él. Ni yo era el único en sentir
con tal intensidad sus perfecciones, pues su sensibilidad y cortesía fascinaban
a todos. Su vivacidad, inteligencia y espíritu benévolo culminaban la
conquista. A pesar de su juventud era un hombre muy instruido e imbuido del
espíritu de la más alta filosofía, que confería un tono de irresistible
persuasión a su trato con los demás y lo asemejaba a un músico inspirado que
tañera, con absoluta maestría, la «lira de la mente» y de ese modo causara una
divina armonía. En persona apenas parecía ser de este mundo: a su delicada
figura se imponía el alma que la habitaba; era todo mente: «Dirige sólo un
junco» contra su pecho y conquistarás su fuerza; pero el poder de su sonrisa
hubiera bastado para amansar a un león hambriento o para lograr que una legión
de hombres armados posara las armas a sus pies.
Pasé todo
el día con él. Al principio no mencionó el pasado ni se refirió a ningún hecho
personal. Tal vez deseara inspirarme confianza y darme tiempo para poner en
orden mis pensamientos dispersos. Me habló de temas generales y expresó ideas
que yo jamás había concebido. Nos hallábamos en su biblioteca y me contó cosas
sobre los sabios de la antigua Grecia y el poder que habían llegado a ejercer
sobre las mentes de los hombres gracias exclusivamente a la fuerza del amor y
la sabiduría. La sala estaba decorada con los bustos de muchos de ellos, y fue
describiéndome sus características. A medida que hablaba yo iba sometiéndome a
él, y todo mi orgullo y mi fuerza quedaban subyugados por los dulces acentos de
aquel muchacho de ojos azules. El ordenado y vallado coto de la civilización,
que hasta entonces yo, desde mi densa jungla, había considerado inaccesible, me
abría sus puertas por intercesión suya, y yo me adentré en él y sentí, al
hacerlo, que hollaba mi
suelo
natal.
Avanzada
la tarde se refirió al pasado.
-He de
relatarte algo -me dijo-, y debo darte muchas explicaciones sobre el pasado.
Tal vez tú puedas ayudarme a acotarlo. ¿Te acuerdas de tu padre? Yo no gocé
nunca de la dicha de verlo, pero su nombre es uno de mis primeros recuerdos; y
permanece escrito en las tablillas de mi mente como representación de todo lo
que, en un hombre, resulta galante, cordial y fascinador. Su ingenio no se
hacía notar menos que la desbordante bondad de su corazón, y con tal
prodigalidad la esparcía sobre sus amigos que, ¡ah!, bien poca le quedaba para
sí mismo.
Alentado
por su panegírico, procedí, en respuesta a su pregunta, a relatarle lo que
recordaba de mi progenitor, y él me refirió el relato de las circunstancias que
habían llevado al extravío de la misiva testamentaria de mi padre. Cuando, en
momentos posteriores, el padre de Adrian, a la sazón rey de Inglaterra, sentía
que su situación se tornaba más peligrosa y su línea de acción más
comprometida, una y otra vez deseaba contar con la presencia de su amigo, que
hubiera supuesto un parapeto contra las iras de su impetuosa reina y habría
mediado entre él y el Parlamento. Desde el momento en que había abandonado
Londres, en la noche fatal de su derrota en la mesa de juego, el rey no había
recibido noticias de él. Y cuando, transcurridos los años, se empeñó en saber
de su paradero, todo rastro se había borrado ya. Lamentándolo más que nunca, se
aferró a su recuerdo y encomendó a su hijo que, si jamás daba con su apreciado
amigo, le brindara en nombre suyo todo el auxilio que pudiera precisar y le
asegurara que, hasta el último momento, su vínculo había sobrevivido a la
separación y el silencio.
Poco
antes de la visita de Adrian a Cumbria, el heredero del noble al que mi padre
había confiado su última petición de ayuda dirigida a su real señor, puso en
manos del joven conde aquella carta, con el lacre intacto. La había encontrado
entre un montón de papeles viejos, y sólo el azar la había sacado a la luz.
Adrian la leyó con profundo interés y en ella halló el espíritu viviente del
genio y el ingenio de aquél de quien en tantas ocasiones había oído elogios.
Descubrió el nombre del lugar en que mi padre se había retirado y donde había
muerto. Supo de la existencia de sus huérfanos y, durante el breve intervalo
que transcurrió entre su llegada a Ullswater y nuestro encuentro en el coto, se
ocupó de realizar averiguaciones sobre nosotros, así como de poner en marcha
planes que redundaran en nuestro beneficio, antes de presentarse ante nosotros.
El modo
en que se refería a mi padre halagaba mi vanidad: el velo con que cubría su
benevolencia, alegando el cumplimiento de un deber para con las últimas
voluntades del monarca, constituía un alivio para mi orgullo. Otros
sentimientos,
menos ambiguos, los concitaban sus maneras conciliadoras y la generosa calidez
de sus expresiones, un respeto rara vez demostrado por nadie hacia mí hasta ese
momento, admiración y amor; había rozado mi pétreo corazón con su poder mágico
y había hecho brotar de él un afecto imperecedero y puro. Nos despedimos al
atardecer. Me estrechó la mano.
-Volveremos
a vernos. Regresa mañana.
Yo apreté
la suya y traté de responder, pero mi ferviente «Dios te bendiga» fue la única
frase que mi ignorancia me permitió pronunciar, y me alejé a toda prisa,
abrumado por mis nuevas emociones.
No
hubiera podido descansar, de modo que vagué por las colinas, barridas por un
viento del oeste. Las estrellas brillaban sobre ellas. Corrí, sin fijarme en
las cosas que me rodeaban, con la esperanza de aplacar la inquietud de mi
espíritu mediante la fatiga física.
«Ese es
el verdadero poder -pensaba-. No ser fuerte de miembros, duro de corazón, feroz
y osado, sino amable, compasivo y dulce.»
Me detuve
en seco, entrelacé las manos y, con el fervor de un nuevo prosélito, grité:
-¡No
dudes de mí, Adrian, yo también llegaré a ser sabio y bondadoso!
Y
entonces, abrumado, lloré ruidosamente.
Una vez
pasado ese arrebato de pasión me sentí más entero. Me tumbé en el suelo y,
dando rienda suelta a mis pensamientos, repasé mentalmente mi vida pasada.
Pliegue a pliegue, fui recorriendo los muchos errores de mi corazón y descubrí
lo brutal, lo salvaje y lo insignificante que había sido hasta ese momento. Con
todo, en ese instante no podía sentir remordimientos, pues me parecía que acaba
de nacer de nuevo; mi alma expulsó la carga de sus pecados anteriores para
iniciar un nuevo camino de inocencia y amor. No quedaba nada duro o áspero en
ella que nublara los sentimientos dulces que las transacciones del día me
habían inspirado; era como un niño balbuceando la devoción que siente por su
madre, y mi alma maleable cambiaba por mano del maestro, sin desear ni poder
resistirse a ello.
Así
comenzó mi amistad con Adrian, y debo recordar ese día como el más afortunado
de mi vida. Ahora empezaba a ser humano. Era admitido en el interior del
círculo sagrado que separa la naturaleza intelectual y moral del hombre de
aquello que caracteriza a los animales. Mis mejores sentimientos habían sido
convocados para responder convenientemente a la generosidad, sabiduría y
cordialidad de mi nuevo amigo. Él, poseedor de una noble bondad, se regocijaba
infinitamente al esparcir, generoso, los tesoros de su mente y su fortuna sobre
el largamente olvidado hijo del amigo de su padre, el vástago de
aquel ser
excepcional cuyas excelencias y talentos había oído ensalzar desde su infancia.
Desde su
abdicación, el difunto rey se había retirado de la esfera política, aunque
hallaba poco placer en su entorno familiar. La reina destronada carecía de
virtudes para la vida doméstica, y el valor y la osadía que sí ostentaba no le
servían de nada tras el derrocamiento de su esposo, al que despreciaba y a
quien no se molestaba en ocultar sus sentimientos. El rey, para satisfacer sus
exigencias, se había alejado de sus viejas amistades, pero bajo su guía no
había adquirido otras nuevas. En aquella escasez de comprensión, había
recurrido a su hijo de tierna edad. El temprano desarrollo de su talento y
sensibilidad hizo de Adrian un depositario digno de la confianza de su padre.
Nunca se cansaba de escuchar los relatos -con frecuencia reiterados- que éste
refería sobre los viejos tiempos, en los que mi padre representaba un papel
destacado; le repetía sus comentarios agudos, y el niño los retenía; su
ingenio, su poder de seducción, incluso sus defectos, se magnificaban al calor
del afecto perdido, una pérdida que lamentaba sentidamente. Ni siquiera la
aversión que la reina sentía por su favorito bastaba para privarle de la
admiración de su hijo: era amarga, sarcástica, despectiva, pero a pesar de
verter su implacable censura tanto sobre sus virtudes como sobre sus errores,
sobre su amistad devota y sobre sus amores extraviados, sobre su desinterés y
su generosidad, sobre la atractiva gracia de sus maneras y sobre la facilidad
con que cedía a las tentaciones, su doble disparo se revelaba pesado en exceso y
no alcanzaba el blanco deseado. Aquel desdén iracundo de la reina tampoco había
impedido a Adrian identificar a mi padre, como él mismo había dicho, con la
personificación de todo lo que, en un hombre, resultaba galante, cordial y
fascinador. Así, no era de extrañar que al saber de la existencia de los hijos
de aquella personalidad célebre, hubiera ideado un plan para concederles todos
los privilegios que su rango le permitiera. Y ni siquiera flaqueó su bondad
cuando me halló vagabundeando por las colinas, pastor y cazador furtivo,
salvaje iletrado. Además de considerar que su padre era, hasta cierto punto,
culpable del abandono en que nos encontrábamos, y de que su intención era
reparar la injusticia en la medida de lo posible, se complacía en afirmar que bajo
toda mi rudeza brillaba una elevación de espíritu que no podía confundirse con
el mero valor animal, y que había heredado la expresión de mi padre, lo que
demostraba que sus virtudes y talentos no habían muerto con él. Fueran los que
fuesen los que me habían sido dados, mi noble y joven amigo estaba empeñado en
que no se perdieran por no cultivarlos.
Actuando
según su plan, en nuestro siguiente encuentro logró que yo deseara participar
de una cultura que revestía con gracia su propio intelecto. Mi mente activa,
una vez subyugada por esa nueva idea, se dedicó al empeño con avidez extrema.
Al principio la gran meta de mi ambición era rivalizar con los méritos de mi
padre, para hacerme merecedor de la amistad de Adrian.
Pero la
curiosidad y un sincero deseo de aprender no tardaron en despertar en mí, y me
llevaron a pasar días y noches dedicado a la lectura y el estudio. Yo ya estaba
familiarizado con lo que podría denominar el panorama de la naturaleza, el
cambio de las estaciones y los aspectos diversos de los cielos y la tierra.
Pero no tardé en verme sorprendido y encantado ante la ampliación repentina de
mis nociones, cuando se alzó el telón que me privaba del goce del mundo
intelectual y contemplé el universo no sólo tal como se presentaba a mis
sentidos externos, sino como aparecía ante los hombres más sabios. La poesía
con sus creaciones, la filosofía con su investigación y sus clasificaciones,
despertaban por igual las ideas que se hallaban dormidas en mi mente y
desencadenaban otras nuevas.
Me sentía
como el marinero que, desde el palo mayor de su carabela, fue el primero en
descubrir las costas de América; y, como él, me apresuré a hablar a mis
compañeros de mis descubrimientos en las regiones ignotas. Con todo, no logré
excitar en otros pechos el mismo apetito desbocado por el conocimiento que
existía en el mío. Ni siquiera Perdita era capaz de comprenderme. Yo había
vivido en lo que generalmente se llama mundo de la realidad, y despertaba en un
nuevo país para descubrir que existía un significado más profundo en todo lo
que percibía, más allá de lo que mis ojos me mostraban. La visionaria Perdita
veía en todo aquello sólo un nuevo barniz para una lectura vieja, y su mundo
era lo bastante inextinguible como para contentarla. Me escuchaba como había
hecho cuando le narraba mis aventuras, y en ocasiones se mostraba interesada
por la información que le proporcionaba; pero, a diferencia de lo que me
sucedía a mí, no lo veía como parte integral de su ser, como algo que, una vez
obtenido, no podía ignorarse más de lo que podía ignorarse, por ejemplo, el
sentido del tacto.
Los dos
conveníamos, eso sí, en adorar a Adrian, aunque como ella no había salido de la
infancia no podía apreciar, como yo, el alcance de sus méritos ni sentir la
misma comprensión por sus metas y opiniones. Yo frecuentaba siempre su
compañía. Había una sensibilidad y una dulzura en su disposición que
proporcionaban un tono tierno y elevado a nuestras conversaciones. También era
alegre como una alondra que cantara desde su alta torre, y se elevaba sobre los
pensamientos como un águila, y era inocente como una tórtola de ojos mansos.
Era capaz de conjurar la seriedad de Perdita y de extraer el aguijón que
torturaba mi naturaleza activa en exceso. Yo volvía la vista atrás y veía mis
deseos inquietos y mis dolorosas luchas con mis antiguos compañeros como quien
recuerda un mal sueño, y me sentía tan cambiado como si hubiera transmigrado a
otra forma cuyo sensorio y mecanismo nervioso hubiesen alterado el reflejo de
un universo aparente en el espejo de la mente. Pero no era así. Seguía siendo
el mismo en fortaleza, en la búsqueda sincera de la comprensión de los demás,
en mi anhelo de un ejercicio activo. No me habían abandonado mis virtudes
masculinas, por las
que
Urania había cortado su larga cabellera a Sansón mientras éste reposaba a sus
pies; pero todo se veía aplacado y humanizado. Adrian no me instruía sólo en
las frías verdades de la historia y la filosofía. A través de ellas me enseñaba
a dominar mi espíritu despreocupado e inculto, plantaba ante mi visión la
página viviente de su propio corazón y me dejaba sentir y comprender su
maravilloso carácter.
La reina
de Inglaterra, ya desde la más tierna infancia de su hijo, había perseguido la
implantación de planes arriesgados y ambiciosos en su mente. Veía que poseía
genio y un talento desbordante, y se había dedicado a cultivarlos para poder
usarlos luego en beneficio de sus propias visiones. Lo alentaba a adquirir
conocimientos y a propiciar su impetuoso valor; incluso toleraba su indomable
amor a la libertad, con la esperanza de que éste, como sucede en tantas
ocasiones, le condujera a una ambición de poder. Perseguía inculcarle un
resentimiento hacia quienes habían propiciado la abdicación de su padre, así
como un deseo de venganza. Pero en ambas cosas fracasó. Aunque distorsionadas,
al joven le llegaban noticias de una nación grande y sabía que ejercía su
derecho a gobernarse a sí misma, y aquello excitaba su admiración. Ya a
temprana edad se convirtió en republicano por principio. Con todo, su madre no
desesperaba. Al ansia de poder y al altivo orgullo de cuna añadía perseverancia
en la ambición, paciencia y autocontrol. Se entregó al estudio de la naturaleza
de su hijo. Mediante la aplicación del elogio, la censura y la exhortación,
trataba de hallar y pulsar las cuerdas adecuadas; y aunque la melodía que
obtenía le parecía discordante, construía sus esperanzas sobre la base de los
talentos de su hijo y se mostraba convencida de que al fin lograría sus
propósitos. El ostracismo que ahora experimentaba él nacía de otras causas.
La reina
tenía también una hija, de doce años de edad. Su hermana hada, como a Adrian le
gustaba llamarla, era una criatura encantadora, animada y diminuta, toda
sensibilidad y verdad. Con sus dos hijos, la noble viuda residía en Windsor y
no recibía visitas, salvo las de sus propios partidarios, viajeros llegados de
su Alemania natal y algunos ministros extranjeros. Entre ellos, y altamente
distinguido por ella, se encontraba el príncipe Zaimi, embajador en Inglaterra
de los Estados Libres de Grecia. Su hija, la joven princesa Evadne, pasaba
largas temporadas en el castillo de Windsor. En compañía de aquella vivaz e
inteligente muchacha griega, la condesa se relajaba y abandonaba su tensión
habitual. La visión que tenía de sus propios hijos la llevaba a controlar todas
sus palabras y las acciones relativas a ellos, pero Evadne era un juguete al
que no temía en modo alguno, y los talentos y alegría de la niña constituían no
poco alivio en la monótona vida de la condesa.
Evadne
tenía dieciocho años. Aunque pasaban mucho tiempo juntos en Windsor, la extrema
juventud de Adrian impedía cualquier sospecha sobre la
naturaleza
de su relación. Pero él mostraba una pasión y una ternura de corazón que
excedían en mucho las comunes del hombre, y ya había aprendido a amar. La
hermosa griega, por su parte, dedicaba al muchacho sonrisas bondadosas. A mí,
que aunque mayor que Adrian jamás había amado, me resultaba extraño presenciar
el sacrificio del corazón de mi amigo. No había celos, inquietud ni
desconfianza en sus sentimientos. Era todo devoción y fe. Su vida se consumía
en la existencia de su amada y su corazón sólo palpitaba al unísono con los
latidos que vivificaban el corazón de ella. Aquella era la ley secreta que
regía su vida: amaba y era amado. El universo, para él, era la morada en la que
habitaba con ella, y ningún ardid de la sociedad, ningún encadenamiento de
hechos, era capaz de causarle felicidad o infligirle desgracia. ¡Qué jungla
infestada de tigres era la vida, aunque ésta y el sistema de relaciones
sociales fuera un erial! A través de sus errores, en las profundidades de sus
inhóspitas simas, existía un camino despejado y lleno de flores, a través del
cual podrían viajar seguros y felices. Su camino sería como el paso del mar
Rojo, que cruzarían sin mojarse los pies, aunque un muro de destrucción se
alzara amenazante a ambos lados.
¡Ah! ¿Por
qué he de recordar el triste engaño de ese inigualable espécimen de la
humanidad? ¿Qué, en nuestra naturaleza, nos lleva siempre hacia el dolor y la
desgracia? No estamos hechos para el goce, y por más que nos abramos a la
recepción de emociones placenteras, la decepción es el piloto eterno de la
barca de nuestra vida, y nos conduce implacable hacia los bajíos. ¿Quién podía
estar mejor dotado para amar y ser amado que ese joven de talento, para
cosechar la dicha inalienable de una pasión pura? Si su corazón hubiera seguido
adormilado unos años más, tal vez se habría salvado; pero despertó durante su
infancia; tenía poder, pero no conocimiento; y quedó arrasado como la flor que
brota prematura y se la lleva la escarcha asesina.
No acuso
a Evadne de hipocresía ni de deseo de engañar a su amante, pero la primera
carta que leí de ella me llevó al convencimiento de que no lo amaba. Estaba
escrita con gracia y, considerando que era extranjera, con un gran dominio del
lenguaje. La letra era exquisita, hermosa; había algo en el papel y en sus
pliegues que incluso a mí, que no amaba y era del todo lego en aquellos
asuntos, me parecía elegante. Había mucha amabilidad, gratitud y dulzura en su
expresión, pero no amor. Evadne era dos años mayor que Adrian; ¿quién, a los
dieciocho, amaba a alguien mucho más joven? Comparé sus serenas misivas con las
cartas pasionales que le había escrito él. El alma de Adrian parecía destilada
en las palabras que escribía, palabras que respiraban sobre el papel, llevando
consigo una porción de la vida del amor, que era su vida. Su mera escritura lo
dejaba exhausto y lloraba sobre ellas, por el exceso de las emociones que
despertaban en su corazón.
Adrian
llevaba el alma pintada en el semblante, y el ocultamiento y el
engaño se
hallaban en los antípodas de la atrevida franqueza de su disposición. Evadne le
pidió que no revelara a su madre el relato de sus amores y, tras cierta
discusión, él se lo concedió. Mas la concesión fue en vano, pues su modo de
proceder reveló el secreto a ojos de la reina. Con la cautela que la
caracterizaba, no comentó nada sobre su descubrimiento, pero se apresuró a
apartar a su hijo de la esfera de la bella griega. Lo envió a Cumbria. Con
todo, lo que sí lograron ocultarle fue la intención, promovida por Evadne, de
intercambiar correspondencia. Así, la ausencia de Adrian, concebida con la idea
de separarlos, sirvió para estrechar más sus lazos. A mí me hablaba sin cesar
de su amada jonia. Su país, sus antiguas hazañas, sus recientes luchas memorables,
todo participaba de su gloria y excelencia. Él había aceptado separarse de
ella, pues ella le había ordenado tal aceptación pero bajo su influencia del
mismo modo hubiera proclamado su unión ante toda Inglaterra y hubiera
resistido, con constancia inquebrantable, la oposición de su madre. La
prudencia femenina de Evadne percibía la inutilidad de cualquier decisión que
pudiera tomar Adrian, al menos hasta que algunos años más añadieran peso a su
poder. Tal vez la acechara también cierto desagrado ante la idea de
comprometerse con alguien a quien no amaba; a quien no amaba, al menos, con el
entusiasmo apasionado que su corazón le decía que tal vez llegara a sentir por
otro hombre. Él acató sus restricciones y aceptó pasar un año exiliado en
Cumbria.
CAPÍTULO
III
Felices,
tres veces felices fueron los meses, las semanas y las horas de ese año. La
amistad, de la mano de la admiración, la ternura y el respeto construyeron una
enramada de dicha en mi corazón, hasta entonces silvestre como un bosque no
hollado de América, como un viento sin morada, como un mar desierto. Mi sed
insaciable de conocimientos y mi afecto sin límites por Adrian se unían para
mantener ocupado mi corazón y mi intelecto y, en consecuencia, era feliz. No
hay felicidad más verdadera y diáfana que la alegría desbordante y habladora de
los jóvenes. En nuestra barca, surcando el lago de mi tierra natal, junto a los
arroyos y los pálidos álamos que los flanqueaban; en un valle, sobre una
colina, ya sin mi cayado, pues ahora me ocupaba de un rebaño mucho más noble
que el compuesto por unas tontas ovejas, un rebaño de ideas recién nacidas,
leía o escuchaba hablar a Adrian; y su discurso me fascinaba por igual, ya se
refiriera a su amor o a sus teorías sobre la mejora del hombre. A veces
regresaba mi ánimo indomable, mi amor por el peligro, mi resistencia a la
autoridad. Pero era siempre en su ausencia. Bajo el benévolo influjo de sus
ojos, era obediente y bueno como un niño de
cinco
años, que hace lo que le ordena su madre.
Tras casi
doce meses residiendo en Ullswater, Adrian se trasladó a Londres y regresó
lleno de unos planes que habían de beneficiarnos. «Debes empezar a vivir -me
dijo-: tienes diecisiete años, y retrasar más el momento sólo serviría para que
el necesario aprendizaje te resultara más farragoso.» Anticipaba que su vida
iba a ser una sucesión de luchas y deseaba que compartiera con él sus
esfuerzos. A fin de prepararme mejor para la tarea, debíamos separarnos. Creía
que mi nombre podría abrirme puertas, y me procuró el puesto de secretario del
embajador en Viena, donde ingresaría en la carrera diplomática bajo los mejores
auspicios. Transcurridos dos años, regresaría a mi país con un nombre labrado y
una reputación sólida.
¿Y
Perdita? Perdita se convertiría en pupila, amiga y hermana menor de Evadne. Con
su tacto habitual, Adrian se había asegurado de que mi hermana mantuviera su
independencia en tal situación. ¿Cómo rechazar los ofrecimientos de tan
generoso amigo? Yo, al menos, no deseaba rechazarlos, y en mi corazón de
corazones prometí dedicar mi vida, mis conocimientos y mi poder -si en algo
valían, su valor era el que él les había concedido-, a él y sólo a él.
Eso me
prometí a mí mismo mientras me dirigía a mi destino con grandes expectativas:
las expectativas de cumplir todo lo que, sobre poder y diversión, nos
prometemos a nosotros mismos, durante la infancia, alcanzar en la madurez. Yo
creía que había llegado la hora de ingresar en la vida, una vez las ocupaciones
infantiles habían quedado atrás. Incluso en los Campos Elíseos, Virgilio
describe las almas de los dichosos ávidas de beber de la ola que había de
devolverles a su círculo mortal. Los jóvenes apenas se hallan en el Elíseo,
pues sus deseos, que desbordan lo posible, los vuelven más pobres que un
acreedor arruinado. Los filósofos más sabios nos hablan de los peligros del
mundo, de los engaños de los hombres y de las traiciones de nuestro propio
corazón. Pero aun así, sin temor ninguno zarpamos del puerto a bordo de nuestra
frágil barca, izamos la vela y remamos, para resistir las turbulentas
corrientes del mar de la vida. Qué pocos son los que, en el vigor de la
juventud, varan sus naves sobre las «doradas arenas» y se dedican a recoger las
conchas de colores que las salpican. Casi todos, al morir el día, con brechas
en el casco y las velas rasgadas, se dirigen a la costa y naufragan antes de
alcanzarla o hallan una ensenada batida por las olas, alguna playa desierta
sobre la que se tienden y mueren sin que nadie les llore.
¡Tregua a
la filosofía! La vida se extiende ante mí, y yo me apresto a tomar posesión de
ella. La esperanza, la gloria, el amor y una ambición sin culpa son mis guías,
y mi alma no conoce temor alguno. Lo que ha sido, por más dulce que sea, ya no
es; el presente sólo es bueno porque está a punto de cambiar, y lo que está por
venir me pertenece por completo. ¿Temo acaso el latido de mi
corazón?
Altas aspiraciones hacen correr mi sangre; mis ojos parecen penetrar en la
brumosa medianoche del tiempo y distinguir en las profundidades de su oscuridad
el goce de todos los deseos de mi alma.
Pero,
¡detente! Durante mi viaje tal vez sueñe, y con ligeras alas alcance la cumbre
del alto edificio de la vida. Ahora que he llegado a su base, con las alas
plegadas, los macizos peldaños se alzan ante mí y, paso a paso, debo ascender
por el imponente templo.
¡Hablad!
¿Qué puerta está abierta?
Miradme a
mí en mi nuevo puesto. Diplomático. Partícipe de una sociedad que va en busca
del placer, residente en una ciudad alegre. Un joven con futuro, protegido del
embajador. Todo era raro y admirable para el pastor de Cumbria. Con mudo
asombro hice mi entrada en la alegre escena, cuyos actores eran los lirios del
campo, gloriosos como Salomón que no tejen ni hilan.
Tardé muy
poco en incorporarme a la mareante rueda, olvidando mis horas de estudio y la
amistad de Adrian. El deseo apasionado de compañía, la ardiente búsqueda de un
objeto ansiado, seguían caracterizándome. La visión de la belleza me
arrebataba, y las maneras atractivas de hombres y mujeres acaparaban mi entera
confianza. Cuando una sonrisa hacía latir mi corazón yo lo llamaba rapto; y
sentía que la sangre de la vida hormigueaba en mi cuerpo cuando me aproximaba
al ídolo que transitoriamente veneraba. El mero correr de las emociones era el
paraíso, y al caer la noche sólo deseaba que se reanudaran aquellos engaños
embriagadores. La luz cegadora de los salones ornamentados; las esculturas
encantadoras alineadas con sus espléndidos ropajes; los movimientos de una
danza, los tonos voluptuosos de músicas exquisitas, acunaban mis sentidos,
induciéndolos a un delicioso sueño.
¿Acaso no
es eso, en sí mismo, la felicidad? Apelo a los moralistas y a los sabios. Les
pregunto si en el sosiego de sus mesuradas ensoñaciones, si en las profundas
meditaciones que llenan sus horas, sienten al joven lego de la escuela del
placer. ¿Pueden los haces tranquilos de sus ojos, que buscan los cielos,
igualar los destellos de las pasiones combinadas que les ciegan, o la
influencia de la fría filosofía sumerge su alma en una dicha igual a la suya,
inmersa en esa amada obra de jovial ensoñación?
Pero en
realidad ni las solitarias meditaciones del eremita ni los raptos tumultuosos
del soñador bastan para satisfacer el corazón del hombre. Pues de unas
obtenemos turbadora especulación y de los otros, hartazgo. La mente flaquea
bajo el peso del pensamiento y se hunde en contacto con aquellos cuya sola meta
es la diversión. No existe goce en su amabilidad hueca, y bajo las sonrientes
ondas de esas aguas poco profundas acechan afiladas rocas.
Así me
sentía yo cuando la decepción, el cansancio y la soledad me devolvían a mi
corazón, para extraer de él la alegría de la que estaba privado. Mi fatigado
corazón pedía que algo le hablara de afectos y, al no hallarlo, me derrumbaba.
De ese modo, y a pesar de la delicia inconsciente que me aguardaba en los
inicios, la impresión que conservo de mi vida en Viena es melancólica. Como
dijo Goethe, en nuestra juventud no podemos ser felices a menos que amemos. Y
yo no amaba. Pero me devoraba un deseo incesante de ser algo para los demás. Me
convertí en víctima de la ingratitud y la coquetería fría, y entonces me
desesperé e imaginé que mi descontento me daba derecho a odiar el mundo.
Regresé a mi soledad. Me quedaban mis libros, y mi deseo renovado de gozar de
la compañía de Adrian se convirtió en sed ardiente.
La
emulación, que en su exceso casi adoptaba las propiedades de la envidia,
espoleaba esos sentimientos. En aquel periodo, el nombre y las hazañas de uno
de mis compatriotas causaban gran admiración en el mundo. Los relatos de sus
éxitos, las conjeturas sobre sus acciones futuras, constituían los temas
recurrentes del momento. No era por mí por quien me enfurecía, pero me parecía
que las loas que aquel ídolo cosechaba eran hojas arrancadas de unos laureles
destinados a Adrian. Pero he de dejar constancia aquí, ahora, de ese amante de
la fama, de ese favorito de un mundo que busca asombrarse.
Lord
Raymond era el único descendiente vivo de una familia noble pero venida a
menos. Desde una edad muy temprana se había complacido en su linaje, y
lamentaba amargamente sus estrecheces materiales. Su mayor deseo era
enriquecerse, y los medios que pudieran llevarle a alcanzar ese fin no eran
sino consideraciones secundarias. Altivo y a la vez ávido de cualquier
demostración de respeto; ambicioso pero demasiado orgulloso para demostrar su
ambición; dispuesto a alcanzar honores, y al tiempo devoto del placer; así hizo
su entrada en la vida. Apenas en el umbral oyó un insulto proferido contra él,
real o imaginario; alguna muestra de repulsa donde menos la esperaba; o cierta
decepción, difícil de tolerar para su orgullo. Se retorcía bajo una herida que
no podía vengar; y abandonó Inglaterra con la promesa de no volver hasta que,
llegado el momento, su país reconociera en él un poder que ahora le negaba.
Se
convirtió en aventurero de las guerras griegas. Su arrojo y su genio absoluto
atrajeron la atención de muchos. Se convirtió en héroe amado por aquel pueblo
alzado en armas. Sólo su origen extranjero y su negativa a renegar de los lazos
con su país natal le impidieron alcanzar los puestos de mayor responsabilidad
en el Estado. Pero, aunque tal vez otros figuraran más alto en título y
ceremonia, lord Raymond había alcanzado un rango superior al de todos ellos.
Condujo a los ejércitos griegos hasta la victoria y todos sus triunfos se
debieron a él. Cuando aparecía, pueblos enteros salían a las calles a
recibirlo; se escribían nuevas letras de los himnos nacionales para glosar su
gloria,
su valor y munificencia.
Entre
turcos y griegos se firmó una tregua. Entre tanto, lord Raymond, gracias a un
azar inesperado, heredó una inmensa fortuna en Inglaterra, a la que regresó,
coronado de gloria, para recibir el mérito del honor y la distinción que antes
le habían sido negados. Su orgulloso corazón se rebeló contra ese cambio. ¿En
qué era distinto al despreciado Raymond? Si la adquisición de poder en forma de
riqueza era la causante, ese poder habrían de sentirlo como un yugo de hierro.
El poder era, al fin, la meta de todos sus actos; el enriquecimiento, el blanco
contra el que siempre apuntaba. Tanto en la ambición claramente mostrada como
en la velada intriga, su fin era el mismo: llegar a lo más alto en su propio
país.
A mí,
aquel relato me llenaba de curiosidad. Los acontecimientos que se sucedieron a
su llegada a Inglaterra me sirvieron para aclarar más mis propios sentimientos.
Entre sus otras virtudes, lord Raymond era extraordinariamente apuesto; todo el
mundo lo admiraba. Era el ídolo de las mujeres. Se mostraba cortés, se
expresaba con dulzura y era ducho en artes fascinantes. ¿Qué no había de lograr
un hombre así en la ajetreada Inglaterra? A un cambio sucede otro cambio. La
historia completa no me fue revelada, pues Adrian había dejado de escribir, y
Perdita se mostraba lacónica en sus cartas. Se decía que Adrian se había vuelto
-cómo escribir la palabra fatal- loco; que lord Raymond era el favorito de la
reina, y el esposo escogido por ella para su hija. Y aún más: que aquel noble
aspirante planteaba de nuevo la pretensión de los Windsor de ocupar el trono.
De ese modo, si la enfermedad de Adrian se revelaba incurable y él se casaba
con su hermana, la frente de Raymond podría ceñir la corona mágica de la realeza.
Aquel
relato corría de boca en boca propagando su fama; aquel relato hacía
intolerable mi permanencia en Viena, lejos del amigo de mi juventud. Ahora yo
debía cumplir mi promesa, acudir en su ayuda y convertirme en su aliado y en su
apoyo, hasta la muerte. Adiós al placer cortesano, a la intriga política, al
laberinto de pasiones y locuras. ¡Salud, Inglaterra! ¡Inglaterra natal, recibe
a tu hijo! Tú eres el escenario de todas mis esperanzas, el poderoso teatro
donde se representa el acto del único drama que puede, con el corazón y el
alma, llevarme con él en su avance. Una voz irresistible, un poder omnipotente,
me llevaba hacia ella. Tras una ausencia de dos años, arribé a sus orillas sin
atreverme a preguntar nada, temeroso de hacer cualquier comentario. Primero
visitaría a mi hermana, que vivía en una pequeña casa de campo, parte del
regalo de Adrian, y que lindaba con el bosque de Windsor. Por ella conocería la
verdad sobre nuestro benefactor. Sabría por qué se había alejado de la
protección de la princesa Evadne y me enteraría de la influencia que aquel
Raymond, cada vez más poderoso, ejercía en los designios de mi amigo.
Nunca
hasta entonces me había hallado en las inmediaciones de Windsor.
La
fertilidad y la belleza del campo que lo rodeaba me llenaron de una admiración
que aumentaba a medida que me aproximaba al antiguo bosque. Las ruinas de los
majestuosos robles que habían crecido, florecido y envejecido a lo largo de los
siglos indicaban la extensión que había llegado a alcanzar, mientras que las
vallas destartaladas y las malas hierbas demostraban que aquella zona había
sido abandonada en favor de plantaciones más jóvenes que habían visto la luz a
principios del siglo xix y que ahora se alzaban en todo el esplendor de su
madurez. La humilde morada de Perdita se hallaba en los límites de aquel
territorio más antiguo; ante ella se extendía Bishopgate Heath, que hacia el
este parecía interminable, y por el oeste moría en Chapel Wood y el huerto de
Virginia Water. Detrás sombreaban la casa los padres venerables de aquel
bosque, bajo los cuales los ciervos se acercaban a pacer, y que, en su mayor
parte huecos por dentro y resecos, formaban grupos fantasmales que contrastaban
con la belleza regular de los árboles más jóvenes. Éstos, retoños de un periodo
posterior, se alzaban erectos y parecían dispuestos para avanzar sin temor
hacia los tiempos venideros. Aquéllos, rezagados y exhaustos, quebrados, se
retorcían y se aferraban los unos a los otros, con sus débiles ramas suspirando
ante el azote del viento, batallón golpeado por los elementos.
Una verja
discreta cercaba el jardín de la casa de techo bajo, que parecía someterse a la
majestad de la naturaleza y acobardarse ante los restos venerables de un tiempo
olvidado. Las flores, hijas de la primavera, adornaban aquel jardín y los
alféizares de las ventanas. En medio de aquella rusticidad se respiraba un aire
de elegancia que revelaba el buen gusto de su ocupante. El corazón me latía con
fuerza cuando franqueé la verja. Permanecí junto a la entrada y oí su voz, tan
melodiosa como siempre, que antes de poder verla me permitió saber que se
encontraba bien.
Al cabo
de un momento Perdita apareció ante mí, lozana, con el frescor de su jovial
feminidad, distinta y a la vez la misma muchacha montañesa a la que había dicho
adiós. Sus ojos no podían ser más profundos de lo que habían sido en su
infancia, ni su rostro más expresivo. Pero su gesto sí había cambiado, para
mejorar. La inteligencia había hecho nido en su frente. Cuando sonreía, la
sensibilidad más fina embellecía su semblante y su voz, grave y modulada,
parecía hecha para el amor. Su cuerpo era un ejemplo de proporción femenina. No
era alta, pero su vida en las montañas había conferido libertad a sus
movimientos, por lo que apenas oí sus pasos ligeros cuando se acercó al
vestíbulo para recibirme. Cuando nos separamos, la había estrechado contra mi
pecho con gran afecto, y ahora que volvíamos a vernos se despertaron en mí
nuevos sentimientos. Nos observamos mutuamente: la infancia había quedado atrás
y éramos dos actores hechos y derechos de la cambiante escena. La pausa duró
apenas un momento: el torrente de asociaciones y sentimientos naturales que se
había detenido, retomó su pleno avance en nuestros
corazones,
y con la emoción más tierna nos entregamos al abrazo.
Una vez
amansada la pasión del momento, nos sentamos juntos con la mente serena y
conversamos sobre el pasado y el presente. Yo le pregunté por la frialdad de
sus cartas, pero los escasos minutos que habíamos pasado juntos bastaron para
explicar el origen de su reserva. En ella habían aflorado nuevos sentimientos,
que no podía expresar por escrito a alguien a quien sólo había conocido en la
infancia; pero ahora volvíamos a vernos, y nuestra intimidad se renovaba como
si nada hubiera intervenido para detenerla. Yo le relaté los detalles de mi
estancia en el extranjero, y a continuación le pregunté por los cambios que se
habían producido en casa, por las causas de la ausencia de Adrian y por la vida
retirada que llevaba.
Las
lágrimas que asomaron a los ojos de mi hermana cuando mencioné a nuestro amigo,
así como el rubor que tiñó su rostro, parecían avalar la verdad de las noticias
que habían llegado hasta mí. Pero las implicaciones de ello eran tan terribles
que no quise dar crédito instantáneo a mis sospechas. ¿Reinaba de veras la
anarquía en el universo sublime de los pensamientos de Adrian? ¿Había
dispersado la locura sus otrora bien formadas legiones, y ya no era dueño y
señor de su propia alma? Querido amigo: este mundo enfermo no era clima
propicio para tu espíritu amable. Entregaste su gobierno a la falsa humanidad,
que lo despojó de sus hojas antes que el mismo invierno, y dejó desnuda su vida
temblorosa al pairo maligno de los vientos más fuertes. ¿Han perdido aquellos
ojos, aquellos «canales del alma» su sentido, o sólo a su luz aclararían el
relato horrible de sus aberraciones? ¿Esa voz ya no «pronuncia música tan
elocuente»? ¡Horrible, horribilísimo! Me cubro los ojos con las manos,
aterrorizado ante el cambio, y mis lágrimas son testigos del dolor que me causa
esa ruina inimaginable.
En
respuesta a mi pregunta, Perdita me detalló las circunstancias melancólicas que
condujeron a esos hechos.
La mente
franca e inocente de Adrian, dotada como estaba de todas las gracias naturales,
poseedora de los poderes trascendentes del intelecto, carente de la sombra de
defecto alguno (a menos que su valiente independencia de ideas pudiera
considerarse como tal), vivía entregado -incluso como víctima de sacrificio- a
Evadne. Le confiaba los tesoros de su alma, sus aspiraciones una vez alcanzada
la excelencia, sus planes para el mejoramiento de la humanidad. A medida que
despertaba a la edad adulta, sus proyectos y teorías, lejos de modificarse en
aras de la prudencia y los motivos personales, adquirían nueva fuerza otorgada
por los poderes que sentía crecer en su interior. Y su amor por Evadne se
consolidaba más y más, como si con el paso de los días adquiriera más certeza
de que el sendero que perseguía estaba lleno de dificultades y que debía hallar
su recompensa no en el aplauso o la gratitud de sus congéneres, ni en el éxito
de sus planes, sino en la aprobación de su
propio
corazón y en el amor y la comprensión de su amada, que había de iluminar todos
sus trabajos y recompensar todos sus sacrificios.
En
soledad, lejos de los lugares más frecuentados, maduraba sus ideas para la
reforma del gobierno inglés y la mejora del pueblo. Todo habría ido bien si
hubiera mantenido ocultos sus sentimientos hasta que se hubiera visto en
posesión del poder que aseguraría su desarrollo práctico. Pero era impaciente
ante los años que debía esperar y sincero de corazón, y no conocía el miedo. No
sólo se negó de plano a los planes de su madre, sino que dio a conocer su
intención de usar su influencia para minimizar el poder de la aristocracia,
alcanzar una mayor igualdad en riquezas y privilegios e introducir en
Inglaterra un sistema perfecto de gobierno republicano. En un primer momento su
madre consideró aquellas teorías como los sueños desbocados de la
inexperiencia. Pero los exponía tan sistemáticamente y los argumentaba con tal
coherencia que, aunque aún parecía mostrarse incrédula, empezó a temerle. Trató
de razonar con él pero, al saberlo inflexible, aprendió a odiarlo.
Por raro
que parezca, aquel sentimiento resultó ser contagioso. Su entusiasmo por un
bien que no existía; su desprecio por lo sagrado de la autoridad; su ardor e
imprudencia, se hallaban en los antípodas de la rutina habitual de la vida; los
más mundanos lo temían; los jóvenes e inexpertos no comprendían la férrea
severidad de sus opiniones morales, y desconfiaban de él por considerarlo
distinto a ellos. Evadne participaba, aunque fríamente, de sus teorías. Creía
que hacía bien en manifestar su voluntad, pero hubiera preferido que ésta
resultara más inteligible a las multitudes. Ella carecía del espíritu del
mártir y no le entusiasmaba la idea de tener que compartir la vergüenza y la
derrota de un patriota caído. Conocía la pureza de sus motivos, la generosidad
de su carácter, la verdad y el ardor de los sentimientos que le profesaba, y
ella, a su vez, le tenía gran afecto. Él le devolvía aquella dulzura con la
mayor de las gratitudes y la convertía en custodia del tesoro de sus
esperanzas.
Fue
entonces cuando lord Raymond regresó de Grecia. No podían existir dos personas
más distintas que Adrian y él. A pesar de todas las incongruencias de su
carácter, Raymond era, enfáticamente, un hombre de mundo. Sus pasiones eran
violentas, y como solían dominarlo, no siempre lograba ajustar su conducta al
cauce de su propio interés, aunque justificarse a sí mismo era, en su caso, su
objetivo primordial. Veía en la estructura social parte del mecanismo en que se
apoyaba la red sobre la que transcurría su vida. La tierra se extendía como
ancho camino tendido para él: el cielo era su palio.
Adrian,
por su parte, sentía que pertenecía a un gran todo. No sólo se sentía afín a la
humanidad, sino a toda la naturaleza. Las montañas y el cielo eran sus amigos;
los vientos y los vástagos de la tierra, sus compañeros de juegos; siendo
apenas el foco de ese poderoso espejo, sentía que su vida se fundía con
el
universo de la existencia. Su alma era comprensión y se dedicaba a venerar la
belleza y la excelencia. Adrian y Raymond entraron entonces en contacto y un
espíritu de aversión mutua se alzó entre ellos. Adrian rechazaba las estrechas
miras del político y Raymond sentía un profundo desprecio por las benévolas
visiones del filántropo.
Con la
aparición de Raymond se formó la tormenta que arrasó de un solo golpe los
jardines de las delicias y los senderos protegidos que a Adrian tanto le
gustaban y que se había asegurado como refugio contra la derrota y la ofensa.
Raymond, el salvador de Grecia, el soldado dotado de todas las gracias, que en
sus maneras exhibía rasgos de todo lo que, característico de su clima natal,
Evadne más apreciaba; Raymond obtuvo el amor de Evadne. Desbordada por sus
nuevas sensaciones, no se detuvo a examinarlas ni a modelar su conducta con más
sentimientos que los del más tirano de todos ellos, que súbitamente usurpó el
imperio de su corazón. Sucumbió a su poder, y la consecuencia natural para una
mente poco acostumbrada a esas emociones fue que las atenciones de Adrian
empezaron a desagradarle. Se volvió caprichosa. La amabilidad que le había
demostrado hasta entonces se tornó aspereza y frialdad repulsiva. Cuando
percibía la desbocada o patética súplica en su expresivo semblante, se
apiadaba, y por un tiempo breve regresaba a su antigua amabilidad. Pero esas
fluctuaciones hundían el alma de aquel joven sensible en las simas más
profundas. Ya no le parecía que por poseer el amor de Evadne dominaba el mundo;
ahora sentía en cada uno de sus nervios que las más funestas tormentas del
universo mental estaban a punto de cernirse sobre su frágil ser, que temblaba
ante la visión de su llegada.
Perdita,
que por entonces residía con Evadne, era testigo de la tortura que soportaba
Adrian. Ella lo amaba como a un hermano mayor, un familiar que la guiaba,
protegía e instruía pero sin ejercer la tiranía tan frecuente de la autoridad
paterna. Adoraba sus virtudes y, con una mezcla de desprecio e indignación,
veía cómo Evadne le hacía sufrir por otro que apenas se fijaba en ella. En la
desesperación de su soledad, Adrian iba con frecuencia en busca de mi hermana y
con circunloquios le hablaba de su tristeza, mientras la fortaleza y la agonía
dividían el trono de su mente. ¡Una de las dos no tardaría en conquistarla! La
ira no formaba parte de sus emociones. ¿Con quién iba a mostrarse airado? No
con Raymond, que era inconsciente de la tristeza que le ocasionaba. Tampoco con
Evadne, pues su alma lloraba lágrimas de sangre; pobre muchacha confundida, que
era esclava y no tirana. Así, en su propia angustia, Adrian lloraba también por
lo que el destino pudiera deparar a la princesa griega. En una ocasión, un escrito
suyo cayó en manos de Perdita. Estaba húmedo de lágrimas y cualquiera hubiera
añadido las suyas al leerlo.
«La vida
-así empezaba- no es como la describen en las novelas; pasar por las medidas de
una danza y, tras varias evoluciones llegar a una conclusión,
tras lo
cual los bailarines se sientan y reposan. Mientras existe vida existen la
acción y el cambio. Seguimos adelante, y cada pensamiento se vincula al que le
sirvió de padre, y cada acción se vincula a un acto previo. Ninguna alegría,
ninguna tristeza muere sin descendencia, que siempre generada y generándose,
teje la cadena que forma nuestra vida.
Un día
llama a otro día
y así
llama, y encadena
llanto a
llanto, y pena a pena.
»En
verdad, la decepción es la deidad custodia de la vida humana; tiene su sede en
el umbral de un tiempo no nacido y dirige los acontecimientos a medida que
aparecen. En otro tiempo mi corazón reposaba, ligero, en mi pecho; toda la
hermosura del mundo me era doblemente hermosa, pues irradiaba de la luz del sol
que brotaba de mi propia alma. ¡Oh! ¿Por qué razón el amor y la ruina se unen
eternamente en este nuestro sueño mortal? Pues cuando hacemos de nuestros
corazones guarida para la bestia de aspecto amable, su compañera entra con ella
y sin piedad destruye lo que podría haber sido un hogar y un refugio.»
Gradualmente
su tristeza fue minando su salud, y después fue su inteligencia la que sucumbió
a la misma tiranía. Sus modales se asilvestraron; en ocasiones se mostraba
feroz y en ocasiones absorto en una melancolía muda. Sin previo aviso, Evadne
abandonó Londres para trasladarse a París. Él fue tras ella y le dio alcance
cuando su nave estaba a punto de zarpar. Nadie sabe qué sucedió entre ellos,
pero Perdita ya no volvió a verlo. Adrian vivía en reclusión, nadie sabía
dónde, servido por personas que su madre había contratado a tal efecto.
CAPÍTULO
IV
PRIMERA
PARTE
Un día
después lord Raymond se detuvo en casa de Perdita camino del castillo de
Windsor. El rubor en el rostro de mi hermana, y el brillo de sus ojos me
revelaron a medias su secreto. Con gran contención y haciendo gala de una gran
cortesía se dirigió a nosotros, y al momento pareció hacerse un sitio en
nuestros sentimientos y fundirse con ella y conmigo. Me dediqué a observar su
fisonomía, que variaba mientras hablaba y que, en todos sus cambios, se
mostraba hermosa. La expresión habitual de sus ojos era dulce, aunque en
ocasiones
brillaban con fiereza. De piel muy pálida, todos sus rasgos hablaban de un gran
dominio de sí mismo; su sonrisa agradable, exhibía sin embargo, con frecuencia,
la curva del desdén en sus labios; labios que a ojos femeninos representaban el
mismo trono de la belleza y el amor. Su voz, por lo general suave, sorprendía
en ocasiones con una nota súbita y discordante, que indicaba que su tono grave
habitual era más obra del estudio que de la naturaleza. Lleno de
contradicciones, inflexible y altivo, amable pero fiero, tierno y a la vez
desdeñoso, por algún extraño arte le resultaba fácil obtener la admiración de
las mujeres, tratándolas con dulzura o tiranizándolas según su estado de ánimo,
pero déspota en todos sus cambios.
En aquel
instante, sin duda, Raymond deseaba mostrarse amigable. En su conversación se
alternaban el ingenio con la hilaridad y la profunda observación, y pronunciaba
todas sus frases con la rapidez de un destello de luz. No tardó en conquistar
mi distante reticencia. Me propuse observarlos a él y a Perdita y tener
presente todo lo que había oído en su contra. Pero todo parecía tan ingenioso,
y tan fascinante, que me olvidé de todo excepto del placer que el contacto con
él me proporcionaba. Con la idea de introducirme en los círculos políticos y
sociales de Inglaterra, de los que pronto habría de formar parte, me relató
algunas anécdotas y me describió a muchos personajes. Su conversación, rica y
entretenida, impregnaba mis sentidos de placer. Habría triunfado en todo, menos
en una sola cosa: se refirió a Adrian con el tono de absoluto desprecio que los
sabios mundanos vinculan siempre al entusiasmo. Percibía que el nubarrón se
aproximaba y trataba de disiparlo. La fuerza de mis sentimientos no me permitía
pasar a la ligera sobre aquel tema sagrado, de modo que le hablé con gran
aplomo.
-Permíteme
declarar que me siento devotamente unido al conde de Windsor, que es mi mejor
amigo y benefactor. Reverencio su bondad, coincido con sus opiniones y lamento
amargamente su actual, y espero que pasajera, enfermedad. Lo peculiar de su
dolencia hace que me resulte especialmente doloroso oír que se habla de él en
términos que no son los del respeto y el afecto.
Raymond
respondió, aunque en su respuesta no había nada conciliatorio. Comprendí que,
en su corazón, despreciaba a quienes se entregaban a otros ídolos que los
mundanos.
-Todo
hombre -dijo- sueña con algo, con amor, honor y placer; tú sueñas con la
amistad y te entregas a un loco; muy bien, si esa es tu vocación, sin duda
estás en tu derecho de seguirla... -su pensamiento pareció azuzarlo, y el
espasmo de dolor que por un momento atormentó su semblante, sirvió de freno a
mi indignación-. ¡Felices los soñadores! -prosiguió-. ¡Que nadie los despierte!
¡Ojalá pudiera soñar yo! Pero el largo y luminoso día es el elemento en el que
habito; el deslumbrante brillo de la realidad invierte, en mi caso, la
escena.
Incluso el fantasma de la amistad me ha abandonado, y el amor... -se le quebró
la voz. Yo no sabía si el desdén que curvaba sus labios lo motivaba la pasión
que sentía o si iba dirigido contra sí mismo, por ser su esclavo.
La
narración de este encuentro puede tomarse como muestra de mi relación con lord
Raymond. Nos hicimos íntimos, y los días que pasábamos juntos me permitían
admirar más y más sus poderosos y versátiles talentos, que junto con su
elocuencia, ingeniosa y sutil, y su fortuna, ahora inmensa, lo convertían en un
ser más temido, amado y odiado que cualquier otro en suelo inglés.
Mi
ascendencia, que despertaba interés, si no respeto, mi anterior vínculo con
Adrian, el favor del embajador, de quien había sido secretario, y ahora mi
intimidad con lord Raymond me facilitaron el acceso a los círculos sociales y
políticos de Inglaterra. A causa de mi inexperiencia, al principio me pareció
que nos hallábamos en vísperas de una guerra civil; las partes se mostraban
violentas, vehementes e inflexibles. El Parlamento se hallaba dividido en tres
facciones: los aristócratas, los demócratas y los realistas. Después de que
Adrian declarara su preferencia por la república como forma de gobierno, esta
formación estuvo a punto de desaparecer, pues se quedó sin jefe, sin guía. Pero
cuando lord Raymond decidió encabezarla, revivió con fuerza. Algunos eran
realistas por prejuicio y antiguo afecto, y muchos de sus partidarios más
moderados temían por igual la caprichosa tiranía del partido del pueblo que el
despotismo férreo de los aristócratas. Más de un tercio de los miembros se
agrupaba con Raymond, y la cifra no dejaba de aumentar. Los aristócratas
basaban su esperanza en el poder de sus riquezas y en su influencia, y los
reformistas, en la fuerza de la nación misma. Los debates eran violentos, y más
violentos aún eran los discursos pronunciados por unos políticos que se reunían
para medir sus fuerzas. Se proferían epítetos oprobiosos, se amenazaba incluso
con la muerte. Las concentraciones del populacho alteraban el orden del país.
Si no a una guerra, ¿a qué otra cosa podía conducir todo aquello? Pero aunque
las llamas de la destrucción estaban listas para prender, yo mismo las vi
arredrarse, sofocadas por la ausencia de los militares, por la aversión de
todos a cualquier forma de violencia que no fuera la del discurso y por la
amabilidad cordial y hasta la amistad de los líderes cuando se reunían en
privado. Por mil motivos me sentía atraído a presenciar atentamente el
desarrollo de los acontecimientos, y observaba cada uno de ellos con extrema
ansiedad.
No podía
dejar de constatar que Perdita amaba a Raymond, y me parecía que él veía con
admiración y ternura a la hija de Verney. Y sin embargo sabía bien que seguía
adelante con sus planes de casarse con la supuesta heredera al condado de
Windsor, sabedor de las ventajas que el enlace le reportaría. Todos los amigos
de la reina destronada eran amigos suyos, y no había semana en que no se
reuniera con ella en su castillo.
Yo no
había visto nunca a la hermana de Adrian. Había oído que se trataba de una
joven encantadora, dulce y fascinante. ¿Cómo haría para verla? Hay momentos en
los que nos asalta la sensación indefinible de que un cambio inminente, para
mejor o para peor, va a surgir de un hecho. Y, para mejor o para peor, tememos
ese cambio y evitamos el hecho. Ese era el motivo que me llevaba a mantenerme
alejado de aquella damisela de alta cuna. Para mí ella lo era todo y no era
nada. Su nombre, pronunciado por cualquier otro, me sobresaltaba y me hacía
temblar. El interminable debate sobre su unión con lord Raymond era para mí una
verdadera agonía. Me parecía que, ahora que Adrian vivía apartado de la vida
activa, y de aquella hermosa Idris, víctima seguramente de las ambiciones de su
madre, yo debía acudir en su protección, librarla de las malas influencias,
impedir su infelicidad y garantizar su libertad de elección, derecho de todo
ser humano. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Ella misma rechazaría mi intromisión. Si
lo hacía, me convertiría en objeto de su indiferencia o su desprecio, por lo
que mejor sería evitarla, no exponerme ante ella ni ante el mundo,
representando el papel de un Ícaro loco y entregado.
Un día,
varios meses después de mi regreso a Inglaterra, abandoné Londres para visitar
a mi hermana. Su compañía era mi principal solaz y delicia. Y mi ánimo siempre
se elevaba cuando pensaba en verla. Salpicaba siempre su conversación de
comentarios agudos y razonados; en su agradable sala, que olía a flores y
estaba adornada con magníficos bronces, jarrones antiguos y copias de las
mejores pinturas de Rafael, Correggio y Claude pintadas por ella misma, yo me
deleitaba en la lejanía fantástica de lugar, inaccesible a las ruidosas
polémicas de los políticos y a los vaivenes frívolos de las modas. En aquella
ocasión mi hermana no estaba sola. Reconocí al punto a su acompañante: se
trataba de Idris, el objeto hasta entonces velado de mi loca idolatría.
¿Qué
términos de asombro y delicia serán los más adecuados, qué expresiones he de
escoger, qué flujo suave del lenguaje me permitirá expresarme con más belleza,
con más conocimiento, mejor? ¿Cómo, mediante la pobre unión de unas palabras,
podré recrear el halo de gloria que la rodeaba, las mil gracias que perduraban
intactas en ella? Lo primero que sorprendía al contemplar aquel encantador
rostro era su bondad y sinceridad perfectas; el candor habitaba en su frente
despejada, la simplicidad en sus ojos, la benignidad celestial en su sonrisa.
Su figura alta y esbelta se combaba con gracia como un álamo a la brisa del
oeste, y sus movimientos, divinos, eran los de un ángel alado iluminado desde
lo alto de los cielos. La blancura perlada de su piel estaba salpicada de
pureza; su voz parecía el grave y seductor tañido de una flauta. Tal vez sea
más fácil describirla por contraste. He detallado ya las perfecciones de mi
hermana. Y sin embargo ella era en todo distinta a Idris. Perdita, a pesar de
amar, se mostraba reservada y tímida; Idris, en cambio era franca y confiada.
Aquélla se retiraba a sus soledades para guarecerse de las
decepciones
y las heridas; ésta avanzaba en pleno día, segura de que nadie podía
lastimarla. Wordsworth ha comparado a una mujer amada con dos bellos objetos de
la naturaleza, pero sus versos siempre me han parecido más una expresión de
contraste que de similitud.
Violeta
junto a piedra
por el
musgo cubierta
medio
oculta a la vista,
radiante
como una estrella
cuando
sola en el cielo brilla.
Esa
violeta era la dulce Perdita, que temblaba incluso al asomarse al aire, que se
acobardaba ante la observación, y sin embargo, a su pesar, a la superficie
asomaban todas sus excelencias, y pagaba con sus mil gracias el esfuerzo de
quienes se acercaban a su jardín solitario. Idris era la estrella, esplendor
único de la tenue guirnalda del anochecer balsámico; dispuesta a iluminar y
deleitar al mundo sometido, protegida de toda mancha por su inimaginable
distancia de todo lo que no sea como ella, celeste.
Y yo
hallé esa visión de la belleza en la sala de Perdita, en animada conversación
con su anfitriona. Cuando mi hermana me vio, se puso en pie al momento y,
tomándome de la mano, dijo:
-Aquí
está, solícito a nuestros deseos; este es Lionel, mi hermano.
Idris
también se alzó y posó en mí sus ojos de un azul celeste.
-Apenas
necesita presentación -dijo con peculiar gracia-. Contamos con un retrato,
venerado por mi padre, que declara al momento cuál es su nombre. Verney,
supongo que reconoce el vínculo, y en tanto que amigo de mi hermano, siento que
puedo confiar en usted. -Entonces, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa,
prosiguió-. Queridos amigos, no os parezca extraño que hoy que os visito por
primera vez venga a solicitar vuestra ayuda y os confíe mis deseos y temores.
Sólo a vosotros me atrevo a hablar. He oído hablar bien de vosotros a
espectadores imparciales, y sois amigos de mi hermano, por lo que habéis de ser
también amigos míos. ¿Qué puedo decir? Si os negáis a ayudarme, ¡estoy perdida!
-Alzó la vista, mientras sus interlocutores permanecían mudos de asombro. Y
entonces, como transportada por sus sentimientos, exclamó:
-¡Mi
hermano, mi amado y desdichado Adrian! ¿Cómo hablaros de sus desgracias? Sin
duda ya habréis oído contar lo que de él se dice, y tal vez habéis creído esos
infundios. ¡Pero no está loco! Aunque un ángel descendiera desde los mismos
pies del trono de Dios para revelármelo, ni así lo creería. Ha sido engañado,
traicionado, encarcelado, ¡Salvadlo! Verney, debe hacerlo; dé
con él
allí donde se encuentre, en el rincón de la isla en que se halle preso;
encuéntrelo, rescátelo de sus perseguidores, logre que vuelva a ser quien era,
pues en todo el mundo no tengo a nadie más a quien amar.
Su
sincera súplica, expresada con tal dulzura y vehemencia, me llenó de asombro y
comprensión; y cuando añadió con voz arrebatada y mirada fija: «¿Consiente en
asumir la empresa?», yo prometí, sincera y fervientemente, dedicar mi vida y mi
muerte a restaurar el bienestar de Adrian. Entonces conversamos sobre el plan
que habría de seguir, y abordamos cómo podríamos dar con su paradero. Mientras
seguíamos hablando, lord Raymond entró sin que nadie lo anunciara y vi que
Perdita temblaba y palidecía, y que el rubor se apoderaba de las mejillas de
Idris. Lord Raymond debió de sentir gran asombro al presenciar nuestro
cónclave, o gran turbación, mejor dicho. Pero no permitió que nada de ello
aflorara a su gesto: saludó a mis acompañantes y se dirigió a mí con gran
cordialidad. Idris pareció quedar suspendida unos instantes, y entonces, con
suma dulzura, dijo:
-Lord
Raymond, confío en su bondad y en su honor.
Esbozando
una sonrisa altiva, él inclinó la cabeza.
-¿De
veras confía en ellos, lady Idris? -preguntó.
Ella
trató de leerle el pensamiento, antes de responderle con dignidad.
-Como
guste. Sin duda siempre es mejor no comprometerse a ocultar nada.
-Discúlpeme
-dijo él-, si la he ofendido. Tanto si confía en mí como si no, haré todo lo
que esté en mi mano para cumplir sus deseos, sean cuales sean.
Idris le
dio las gracias con una sonrisa, y se levantó para marcharse. Lord Raymond
solicitó su permiso para acompañarla al castillo de Windsor, a lo que ella
consintió. Salieron juntos de la casa. Mi hermana y yo nos quedamos allí como
dos necios que imaginan que han encontrado un tesoro de oro hasta que la luz
del día les convence de que no era sino plomo, dos moscas tontas y sin suerte
que, jugando con los rayos del sol, se ven atrapadas en una telaraña. Me apoyé
en el alféizar de la ventana y observé a aquellas criaturas gloriosas hasta que
se perdieron en el bosque. Sólo entonces me volví. Perdita no se había movido.
Los ojos clavados en el suelo, pálidas las mejillas, los labios muy blancos,
rígida e inmóvil, seguía sentada, la zozobra impresa en todos sus gestos. Algo
asustado, hice ademán de tomarle de la mano, pero ella, temblando, retiró la
suya, esforzándose por componer el semblante. Traté de que me hablara.
-Ahora no
-replicó-, y no me hables tú tampoco, querido Lionel. No puedes decir nada
porque no sabes nada. Te veré mañana. Hasta entonces, adiós. -Se puso en pie
para ausentarse, se dirigió a la puerta y al llegar a ella se detuvo y,
apoyándose
en el quicio, como si el peso de sus pensamientos le hubiera privado de la
fuerza para sostenerse por sí misma, añadió-: Es probable que lord Raymond
regrese. ¿Le dirás que me disculpe hoy, pues no me siento bien? Si lo desea, lo
recibiré mañana, y también a ti. Será mejor que regreses a Londres con él. Allí
podrás iniciar las averiguaciones sobre el conde de Windsor a las que te has
comprometido, y mañana puedes volver a visitarme antes de proseguir tu viaje.
Hasta entonces, me despido.
Le
costaba hablar, y al terminar emitió un profundo suspiro. Con un movimiento de
cabeza acepté lo que me proponía. Me sentía como si, desde el orden del mundo
sistemático, hubiera descendido hasta el caos, oscuro, opuesto, ininteligible.
Que Raymond pudiera casarse con Idris me resultaba más intolerable que nunca. Y
aun así mi pasión, gigante desde el momento mismo de su nacimiento, era
demasiado extraña, indómita e impracticable como para sentir al instante la
tristeza que había percibido en Perdita. ¿Cómo debía actuar? Ella no me había
confiado lo que sucedía; a Raymond no podía pedirle explicaciones sin
arriesgarme a traicionar lo que tal vez fuera su secreto más preciado. Al día
siguiente sabría la verdad. Y mientras me hallaba ocupado en aquellos pensamientos,
lord Raymond regresó. Preguntó por mi hermana y yo le transmití su mensaje.
Entonces me preguntó si me disponía a regresar a Londres y me invitó a
acompañarle. Yo acepté. Parecía pensativo y permaneció en silencio durante gran
parte del trayecto.
-Debes
disculpar que me halle tan abstraído -dijo al fin-. Lo cierto es que la moción
de Ryland se presenta hoy mismo y estoy considerando cuál ha de ser mi
respuesta.
Ryland
encabezaba el partido popular. Se trataba de un hombre muy obstinado y a su
manera muy elocuente. Se había salido con la suya en su intento de presentar a
votación una ley que convirtiera en traición cualquier plan para alterar el
estado del gobierno inglés y las leyes vigentes de la república. Ese ataque iba
dirigido contra Raymond y sus maquinaciones encaminadas a la restauración de la
monarquía.
Raymond
me pidió que le acompañara al Parlamento esa noche. Recordé que debía recabar
información sobre Adrian y, consciente de que la misión me llevaría mucho
tiempo, me disculpé.
-Entiendo
-dijo mi acompañante-, y yo mismo voy a liberarte de lo que te impide
acompañarme. Sé que pretendes averiguar el paradero del conde de Windsor. De
modo que yo mismo te diré que se encuentra en casa del duque de Athol, en
Dunkeld. Durante las primeras fases de su trastorno se dedicó a viajar de un
lugar a otro, hasta que, al llegar a aquel romántico refugio, se negó a
abandonarlo. Nosotros lo dispusimos todo, de acuerdo con el duque, para que
pudiera quedarse allí.
Me dolió
el tono insensible con que me facilitó la información.
-Debo
agradecerte el dato -le respondí fríamente-, que ha de serme de utilidad.
-Lo será,
Verney -dijo él-, y si perseveras en tu empeño, yo mismo te facilitaré el
camino. Pero antes te pido que presencies el combate de esta noche, y el
triunfo que estoy a punto de obtener, si me permites que así lo exprese, aunque
temo que esa victoria sea una derrota para mí. ¿Qué puedo hacer? Mis mayores
esperanzas parecen estar a punto de materializarse. La reina me concede a
Idris; Adrian es del todo incapaz de asumir el título de conde, y el condado,
en mis manos, se convierte en reino. Por el Dios de los cielos que es cierto.
El exiguo condado de Windsor no basta a quien heredará los derechos que
pertenecerán para siempre a la persona que los posea. La condesa no olvidará
nunca que fue reina, y no soporta dejar a sus hijos una herencia tan exigua.
Con su poder y mi ingenio reconstruiremos el trono, y la corona real ceñirá
esta frente. Puedo hacerlo, puedo casarme con Idris...
Calló
súbitamente, el semblante oscurecido de pronto, y su gesto cambió, movido por
su pasión interna.
-¿Y lady
Idris te ama? -le pregunté.
-Qué
pregunta -exclamó él entre risotadas-. Me amará, por supuesto, como yo la amaré
a ella, cuando estemos casados.
-Pues
empezarás tarde -observé yo, irónico-. Normalmente el matrimonio se considera
la tumba del amor, no su cuna. ¿De modo que estás a punto de amarla, pero
todavía no la amas?
-No me
sermonees, Lionel. Cumpliré mi deber con ella, no lo dudes. ¡El amor! Contra él
he de proteger mi corazón, sacarlo de su fortaleza, rodearlo con barricadas. La
fuente del amor debe dejar de fluir, sus aguas han de secarse, y todas las
ideas pasionales que dependen de él han de perecer. Me refiero al amor que me
gobernaría a mí, no al que yo pueda gobernar. Idris es una joven amable, dulce
y hermosa. Es imposible no sentir afecto por ella, y el que yo le tengo es
sincero. Pero no me hables de amor, de ese tirano que somete al tirano; el
amor, hasta ahora mi conquistador, es hoy mi esclavo. El fuego hambriento, la
bestia indomable, la serpiente de afilados colmillos... No, no, no quiero saber
nada de ese amor. Y dime, Lionel, ¿consientes tú que me case con la joven?
Posó sus
ojos vivaces en mí, y mi corazón, incontrolable, dio un vuelco en mi pecho. Le
respondí con voz sosegada, aunque la imagen que mis palabras conformaban
careciera de todo sosiego.
-¡Nunca!
Jamás consentiré que lady Idris se una a alguien que no la ama.
-Porque
la amas tú.
-Puedes
ahorrarte la burla. Yo no la amo, no me atrevo.
-Al menos
-prosiguió él, altivo-, ella no te ama a ti. No me casaría con una soberana a
menos que supiera sin duda que su corazón es libre. Pero, ¡Lionel! La palabra
reino es poder, y los términos que componen el estilo de la realeza se
presentan con sonidos amables. ¿Acaso no eran reyes los hombres más poderosos
de la antigüedad? Alejandro lo era. Salomón, el más sabio entre los hombres, lo
era también. Napoleón fue rey. César murió en su empeño de llegar a serlo, y
Cromwell, el puritano y asesino de un monarca, aspiraba a la corona. El padre
de Adrian ostentó el cetro de Inglaterra, ya roto. Pero yo devolveré a la vida
el árbol caído, uniré sus piezas separadas y lo ensalzaré por sobre todas las
flores del campo... No debe extrañarte que te haya revelado libremente el
paradero de Adrian. No supongas que soy malvado o que estoy tan loco como para
fundar mi soberanía sobre un fraude, y menos si la verdad o la falsedad sobre
la locura del conde puede saberse tan fácilmente. Yo mismo acabo de estar con
él. Antes de decidir mi matrimonio con Idris, he decidido ir a verle una vez
más para dilucidar si su restablecimiento resulta probable. Pero su locura es
irreversible.
Aspiré
hondo.
-No te
revelaré -prosiguió Raymond-, los detalles de su melancolía. Tú mismo los verás
y juzgarás a partir de ellos. Aunque me temo que esa visita, que a él va a
serle del todo inútil, ha de causarte a ti un sufrimiento insoportable. A mí me
ha afectado grandemente. A pesar de que se muestra correcto y amable aun
habiendo perdido la razón, yo no lo venero como lo veneras tú, y sin embargo
renunciaría a toda esperanza de alcanzar la corona y a mi mano derecha por
verlo a él en el trono.
Su voz
expresaba una compasión profunda.
-Eres un
ser enigmático -exclamé-. ¿Adónde te conducirán tus acciones, en todo ese
laberinto de intenciones en el que pareces perdido?
-Ciertamente,
adónde. A una corona, a una corona de oro y piedras preciosas, espero, y sin
embargo no me atrevo a confiar en alcanzarla, y aunque sueño con una corona y
despierto pensando en ella, una vocecilla diabólica no deja de susurrarme que
lo que busco no es más que el sombrero de un loco, y que si fuera listo lo que
haría sería pisotearla y tomar, en su lugar, lo que vale por todas las coronas
de oriente y las presidencias de occidente.
-¿A qué
te refieres?
-Si me
decanto por ello, lo sabrás. Por el momento no me atrevo a hablar,
ni
siquiera a pensar en ello.
Permaneció
de nuevo en silencio unos instantes y de nuevo, tras una pausa, volvió a
hablarme entre risas. Cuando no era la burla la que inspiraba su regocijo,
cuando era una alegría sincera la que iluminaba sus gestos con expresión feliz,
su belleza divina se apoderaba de todo.
-Verney
-prosiguió-, mi primera acción, cuando me convierta en rey de Inglaterra, será
unirme a los griegos, tomar Constantinopla y someter toda Asia. Pretendo ser
guerrero, conquistador; el nombre de Napoleón se inclinará ante el mío. Los más
entusiastas, en lugar de visitar su tumba rocosa y exaltar los méritos de los
caídos, adorarán mi majestad y magnificarán mis ilustres hazañas.
Yo
escuchaba a Raymond con vivo interés. ¿Podía no hacerlo, ante alguien que
parecía gobernar la tierra con su imaginación, y que sólo se arredraba cuando
trataba de gobernarse a sí mismo? De su palabra y voluntad dependía mi
felicidad, el destino de todo lo que me era querido. Me esforzaba por adivinar
el significado oculto de sus palabras. No mencionó a Perdita, y sin embargo no
me cabía duda de que el amor que sentía por ella era el causante de las dudas
que mostraba. ¿Y quién era más digna de amor que mi hermana, aquella mujer de
nobles pensamientos? ¿Quién merecía la mano de ese autoproclamado rey más que
ella, cuya mirada pertenecía a una reina de naciones, que lo amaba como él la
amaba? A pesar de ello, la decepción asfixiaba la pasión de Perdita, y la
ambición libraba un duro combate con la de Raymond.
Acudimos
juntos al Parlamento aquella noche. Raymond, a pesar de saber que sus planes e
ideas se discutirían y decidirían durante el debate previsto, se mostraba
alegre y despreocupado. Un rumor como el causado por diez mil panales de abejas
zumbadoras nos sorprendió cuando entramos en el salón del café. Corrillos de
políticos de expresión nerviosa conversaban con voz grave y profunda. Los
miembros del Partido Aristocrático, formado por las personas más ricas e
influyentes de Inglaterra, parecían menos alterados que los demás, pues la
cuestión iba a discutirse sin su intervención. Junto a la chimenea se hallaban
Ryland y sus partidarios. Ryland era un hombre de origen incierto e inmensa
fortuna, heredada de su padre, que había sido fabricante. De joven había sido
testigo de la abdicación del rey, así como de la unión de las dos cámaras, la
Casa de los Lores y la de los Comunes. Había simpatizado con aquellos
movimientos populares y había dedicado su vida y sus esfuerzos a consolidarlos
y extenderlos. Desde entonces la influencia de los terratenientes había
aumentado; en un primer momento Ryland no observaba con preocupación las
maquinaciones de lord Raymond, que atraían a muchos de sus oponentes. Pero las
cosas estaban llegando demasiado lejos. La nobleza empobrecida reclamaba el
retorno de la monarquía, considerando que ello les
devolvería
su poder y sus derechos perdidos. El espíritu medio extinto de la realeza
resurgía en las mentes de los hombres que, esclavos voluntarios, sujetos hechos
y derechos, estaban dispuestos a dejarse uncir el yugo. Quedaban todavía
algunos espíritus rectos y viriles, que eran los pilares del Estado. Pero la
palabra «república» había perdido frescura al oído vulgar y muchos -el acto de
esa noche demostraría si eran mayoría- añoraban el oropel y el boato de la
realeza. Ryland se alzaba en resistencia y afirmaba que sólo su sufrimiento
había permitido el crecimiento de su partido. Pero el tiempo de la indulgencia
había pasado, y con un solo movimiento de su brazo apartaría las telarañas que
cegaban a sus conciudadanos.
Cuando
Raymond entró en el salón del café su presencia fue saludada por sus amigos
casi con un grito. Congregándose a su alrededor contaron cuántos eran, y cada
uno expuso los motivos que les llevaban a pensar que su número aumentaría, pues
éste o aquel miembro no había mostrado aún sus preferencias. Tras dar por
concluidos ciertos asuntos menores en la cámara, los líderes tomaron asiento en
sus respectivos puestos. El clamor de voces proseguía, hasta que, cuando Ryland
se puso en pie para tomar la palabra, se hizo un silencio tan absoluto que
podían oírse hasta los susurros. Todos los ojos se clavaron en él que, sin ser
agraciado, resultaba imponente. Yo aparté la vista de su rostro severo y la
posé en el de Raymond que, velado por una sonrisa, ocultaba su preocupación.
Con todo, sus labios temblaban ligerísimamente y su mano se aferraba a
intervalos con fuerza al banco en que se sentaba, lo que hacía que sus músculos
se tensaran y destensaran.
Ryland
inició su discurso ensalzando el estado del imperio británico. Refrescó la
memoria de los asistentes sobre los años pasados; las tristes contiendas que,
en tiempos de sus padres, habían llevado al país al borde de la guerra civil,
la abdicación del difunto rey y la fundación de la república, que pasó a
describir; expuso que Inglaterra era más poderosa, sus habitantes más valerosos
y sabios, gracias a la libertad de que gozaban. Mientras hablaba, los corazones
se henchían de orgullo y el rubor teñía las mejillas de quienes recordaban que
allí todo el mundo era inglés, y que apoyaba y contribuía al feliz estado de
las cosas que ahora se conmemoraba. El fervor de Ryland aumentó y, con ojos
encendidos y voz apasionada, siguió relatando que había un hombre que deseaba
alterar todo aquello y devolvernos a nuestros días de impotencia y contiendas,
un hombre que osaba arrogarse el honor que correspondía a quien demostrara
haber nacido en suelo inglés, y situar su nombre y su estilo por encima del
nombre y el estilo de su país. En ese momento me fijé en que el rostro de
Raymond mudaba de color. Apartó la vista del orador y la clavó en el suelo. Los
asistentes dejaron de observar a Ryland para mirarlo a él, aunque sin dejar de
oír la voz que atronaba su denuncia y llenaba sus sentidos. La gran franqueza
de sus palabras le confería autoridad: todos sabían que decía la verdad, una
verdad conocida, aunque no
reconocida.
Arrancó la máscara que ocultaba la realidad y los propósitos de Raymond, que
habían avanzado hasta entonces agazapados en la penumbra, asomaron como un
ciervo asustado, acorralado, evidente el cambio de su gesto para quienes lo
miraban. Ryland acabó declarando que todo intento de restablecer el poder real
debía ser declarado traición, y traidor a quien persiguiera el cambio de la
forma de gobierno vigente. Al término de su intervención, los asistentes
estallaron en vítores y aplausos.
Una vez
defendida su moción, lord Raymond se puso en pie inexpresivo, la voz melodiosa,
sus maneras delicadas, su gracia y su dulzura semejantes al tañer de una flauta
que llegara tras la voz poderosa de su adversario, que atronaba como un órgano.
Dijo alzarse para hablar a favor de la moción del honorable miembro, aunque
deseando introducir una ligera enmienda. No dudó él también en recordar los
viejos tiempos, en conmemorar las luchas de nuestros padres y la abdicación de
nuestro rey. Con gran nobleza y generosidad, dijo, nuestro ilustre y último
soberano de Inglaterra se había sacrificado por el bien aparente de su país y
se había despojado de un poder que sólo podía mantener a costa de la sangre de
sus súbditos. Y esos súbditos suyos que ya no lo eran, sus amigos e iguales, en
señal de gratitud habían concedido ciertos favores y distinciones a él y a su
familia a perpetuidad. Se les entregó una espaciosa finca y se les reconoció el
rango más elevado entre los pares de Gran Bretaña. Sin embargo, podía conjeturarse
que no habían olvidado su antigua herencia.
Y era muy
duro que su heredero sufriera del mismo modo que cualquier otro pretendiente si
trataba de obtener de nuevo lo que por herencia le pertenecía. No es que él
opinara que hubiera de favorecerse semejante intento. Lo que afirmaba era que
un intento semejante resultaría venial, y que si el aspirante no llegaba a
declarar la guerra ni a izar una bandera en el reino, su falta debía tomarse
con cierta indulgencia. Por lo tanto, en su enmienda proponía que la ley
contemplase una excepción a favor de cualquier persona que reclamara el poder
soberano para los condes de Windsor.
Raymond
no concluyó su intervención sin pintar con colores vivos y brillantes el
esplendor de un reino en oposición al espíritu comercial del republicanismo.
Afirmó que todo individuo, amparado bajo la monarquía inglesa, era, como lo era
ahora, capaz de alcanzar alto rango y poder, con una única excepción, el cargo
de máximo gobernante; un rango más alto y más noble del que podía ofrecer una
comunidad timorata y dedicada al trueque. ¿Merecía la pena sacrificar tanto
para evitar apenas aquella excepción? La naturaleza de la riqueza y la
influencia reducía forzosamente la lista de candidatos a unos pocos entre los
más ricos.
Y podía
temerse que el mal humor y el descontento causados por esa lucha que se repetía
cada tres años contrarrestaran las ventajas objetivas. No puedo
dar
constancia exacta de las palabras y los elegantes giros del lenguaje que daban
vigor y convicción a su discurso, su ingenio y su gracia. Sus maneras, tímidas
al principio, se tornaron firmes, y su rostro cambiante se iluminó con un
brillo sobrenatural. Su voz, variada como la música, causaba, como ésta, el
encantamiento de quienes lo escuchaban.
Sería
inútil reproducir el debate que siguió a su arenga. Los partidos pronunciaron
sus discursos, que revistieron la cuestión de jerga y ocultaron su simple
significado tras un viento de palabras tejidas. La moción no fue aprobada.
Ryland se retiró presa de una mezcla de cólera y desazón. Y Raymond, feliz y
exultante, se retiró a soñar con su futuro reino.
SEGUNDA
PARTE
¿Existe
el amor a primera vista? Y, de existir, ¿en qué difiere del amor basado en la
larga observación y el lento crecimiento? Tal vez sus efectos no sean tan
permanentes, pero mientras duran resultan al menos igualmente violentos e
intensos. Transitamos sin alegría por los laberintos sin senderos de la
sociedad hasta que damos con esa pista que nos conduce al paraíso a través de
esa maraña. Nuestra naturaleza se oscurece como bajo una antorcha apagada,
duerme en la negrura informe hasta que el fuego la alcanza. Es vida de la vida,
luz para la luna y gloria para el sol. ¿Qué importancia tiene que el fuego se
encienda con sílex y acero, que se alimente con esmero hasta convertirlo en
llama, en lenta comunicación con la mecha oscura, o que súbitamente el poder
radiante de la luz y su calor se transmitan desde un poder afín y prendan al
instante el faro y la esperanza? En la fuente más profunda de mi corazón, mi
pulso se había agitado; a mi alrededor, por encima, por debajo, la Memoria se
aferraba a mí como un manto que me envolviera. En ningún momento del tiempo
venidero me sentiría como me había sentido en el pasado. El espíritu de Idris
se hallaba suspendido en el aire que respiraba; sus ojos me miraban siempre; su
sonrisa recordada cegaba mi vago mirar y me obligaba a caminar como si también
yo fuera un espíritu, no por causa de un eclipse, de la oscuridad o el vacío,
sino de una luz nueva y brillante, demasiado reciente, demasiado deslumbrante
para mis sentidos humanos. En cada hoja, en cada pequeña división del universo
(como sobre el jacinto en el que aparece grabado el « »), el talismán de mi
existencia aparecía impreso: ¡ELLA VIVE! ¡ELLA EXISTE! Todavía no tenía tiempo
para analizar mi sentimiento, para ponerme manos a la obra y encadenar mi
indómita pasión. Todo era una única idea, un único sentimiento, un único
conocimiento: ¡era mi vida!
Pero la
suerte ya estaba echada: Raymond se casaría con Idris. Las alegres campanadas
de boda resonaban en mis oídos; oía ya las felicitaciones de la nación tras el
enlace. El ambicioso noble se elevaba con veloz vuelo de águila desde el suelo
raso hasta la supremacía real, hasta el amor de Idris. Y sin
embargo,
¡no sería así! Ella no lo amaba. Me había llamado amigo. Me había sonreído. Y a
mí había confiado la mayor esperanza de su corazón, el bienestar de Adrian. Ese
recuerdo derretía mi sangre helada, y una vez más la marea de la vida y el amor
fluían impetuosos en mi interior, para retirarse de nuevo a medida que mi
atribulada mente vacilaba.
El debate
terminó a las tres de la madrugada. Mi alma se hallaba en gran zozobra. Cruzaba
las calles con grandes prisas. A decir verdad, aquella noche estaba loco. El
amor, al que he declarado gigante desde su nacimiento, luchaba contra la
desesperación. Mi corazón, su campo de batalla, recibía la herida del acero de
uno, las lágrimas torrenciales de la otra. Amaneció el nuevo día, que me
resultaba odioso. Me retiré a mis aposentos. Me eché sobre un sofá y me dormí;
¿dormí realmente?, pues mis pensamientos seguían vivos. El amor y la
desesperación proseguían su combate y yo me consumía en un dolor insufrible.
Desperté
medio aturdido. Sentía una fuerte opresión en mi ser, pero no sabía de dónde
procedía. Accedí, por así decirlo, al cónclave de mi cerebro y pregunté a
varios ministros del pensamiento allí reunidos: no tardé en recordarlo todo.
Mis miembros no tardaron en temblar bajo el peso del poder que me atormentaba.
Pronto, demasiado pronto, supe que ya era un esclavo.
De
pronto, sin anunciarse, lord Raymond entró en mi estancia y, muy alegre, se
puso a cantar el himno tirolés a la libertad. Me saludó con un elegante
movimiento de cabeza y se desplomó sobre un sofá dispuesto junto a la
reproducción de un busto del Apolo de Belvedere. Tras uno o dos comentarios
intrascendentes, a los que respondí parcamente, exclamó, mirando la escultura:
-Me haré
llamar como ese Víctor. No es mala idea. Ese busto me servirá para acuñar
nuevas monedas y será un anuncio de mi futuro éxito a todos mis sumisos
súbditos. -Lo dijo en el tono más alegre y benévolo, y sonrió, no desdeñoso,
sino como burlándose de sí mismo. Pero casi de inmediato su semblante se
ensombreció, y con aquel tono agudo que le era característico, añadió-: Ayer
noche libré una buena batalla, una conquista que las llanuras de Grecia no me
vieron alcanzar. Ahora soy el hombre más importante del Estado, tema de todas
las baladas, objeto de devoción de todas las ancianas. ¿En qué piensas? Tú, que
te crees capaz de leer el alma humana, como vuestro lago natal lee todos y cada
uno de los pliegues y las cavidades de las colinas circundantes, dime qué
piensas de mí. ¿Aspirante a rey? ¿Ángel? ¿Demonio? ¿Cuál de las dos cosas?
Su tono
irónico no convenía a mi corazón acelerado y en ebullición. Su insolencia me
espoleó, y le respondí con amargura.
-Existe
un espíritu que no es ni ángel ni demonio y que se ve meramente
condenado
al limbo. -Palideció al momento y sus labios sin color temblaron ligeramente.
Su ira no logró sino encenderme más, y clavé con decisión mis ojos en los
suyos, que me fulminaban. De pronto los retiró, bajo la vista y creí ver que
una lágrima asomaba a sus oscuras pestañas. Aquella muestra de emoción
involuntaria me aplacó-. No digo que el tuyo lo sea, mi querido señor.
Me
interrumpí, algo sorprendido por la agitación que evidenciaba.
-Sí -dijo
al fin, poniéndose en pie y mordiéndose el labio, en un intento de disimular su
estado-: ¡Ése soy yo! Tú no me conoces, Verney; ni tú ni la audiencia de
anoche, ni toda Inglaterra sabe nada de mí. Pareciera que aquí estoy, ya rey
electo. Esta mano está a punto de aferrarse al cetro. Los nervios de esta
frente se anticipan a la imposición de la corona. Parece que soy poseedor de la
fuerza, el poder, la victoria. Erguido como se yergue una columna que soporta
el peso de una cúpula. ¡Y no soy sino un junco! Tengo ambición, y la ambición
persigue su meta; mis sueños nocturnos se hacen realidad, mis esperanzas de
vigilia se cumplen. Un reino aguarda mi aceptación, mis enemigos son vencidos.
Pero aquí dentro -y se golpeó el pecho con fuerza- habita el rebelde, el
obstáculo; este corazón que me domina, y del que, por más que extraiga de él
toda la sangre, mientras quede en él una débil pulsación, seré esclavo.
Habló con
voz entrecortada. Al terminar bajó la cabeza y, ocultándola entre las manos, se
echó a llorar. Yo aún estaba recuperándome de mi propia decepción, y sin
embargo aquella escena me llenaba de terror y no me veía capaz de detener su
arrebato de pasión que, de todos modos, acabó por remitir. Se echó de nuevo en
el sofá y permaneció en silencio, inmóvil. Sólo los cambios de su expresión
evidenciaban un profundo conflicto interior. Al cabo se puso en pie y me habló
con su tono de voz habitual.
-El
tiempo se nos echa encima, Verney, y debo irme. Pero no quiero olvidar la razón
por la que he venido a verte. ¿Quieres acompañarme a Windsor mañana? Mi
compañía no te va a deshonrar, y éste es seguramente el último servicio, o
flaco favor, que puedes hacerme. ¿Me concederás lo que te pido?
Me tendió
la mano con gesto casi tímido. Al momento pensé: «sí, seré testigo de la última
escena del drama». Además su zozobra me conquistó, y un sentimiento de afecto
hacia él volvió a apoderarse de mi corazón. Le pedí que me condujera hasta
allí.
-Sí, eso
haré -dijo él alegre-; ahora hablo yo. Reúnete conmigo mañana a las siete; sé
discreto y leal. Y no tardarás en convertirte en ayuda de cámara.
Tras
pronunciar aquellas palabras se ausentó apresuradamente, montó en
su
caballo y, extendiendo la mano como si pretendiera que se la besara, volvió a
despedirse de mí entre risas. Una vez solo me esforcé por adivinar el motivo de
su petición y prever los acontecimientos del día siguiente. Las horas pasaban
lentamente. Me dolía la cabeza de tanto pensar y la zozobra me atenazaba los
nervios. Me sujeté la frente, como si mi mano febril pudiera servir de alivio
al dolor.
Llegué
puntual a la cita al día siguiente, y hallé a lord Raymond esperándome. Subimos
a su carruaje y nos dirigimos a Windsor. Yo me había aleccionado bien a mí
mismo y estaba decidido a no mostrar ningún signo externo de la emoción que
agitaba mi interior.
-¡Qué
error cometió Ryland -dijo Raymond- al pensar que podía derrotarme la otra
noche! Habló bien, muy bien, una arenga con la que habría logrado su propósito
en mayor medida si me la hubiera dirigido sólo a mí, y no a los necios y
mentirosos allí congregados. De haberme encontrado allí yo solo, le habría
escuchado con el deseo de oír sus razones, pero al intentar desbancarme en mi
propio territorio, con mis propias armas, me infundió valor, y el desenlace fue
el que cualquiera hubiera esperado.
Sonreí
incrédulo, antes de responder.
-Yo
pienso lo mismo que Ryland y, si así lo deseas, te repetiré todos sus
argumentos. Veremos hasta qué punto te convencen y cambias la visión monárquica
por la patriótica.
-La
repetición sería inútil -dijo Raymond-, pues recuerdo bien los argumentos, y
cuento con muchos otros de mi propia cosecha, que hablarían con irrebatible
persuasión.
No se
explicó más ni yo apostillé nada.
Nuestro
silencio se prolongó algunas millas, hasta que el paisaje, con sus campos
abiertos, sus densos bosques, sus parques, se asomó, agradable, a nuestra
vista. Tras varias observaciones sobre el paisaje y los lugares, Raymond dijo:
-Los
filósofos han llamado al hombre «microcosmos de la naturaleza», y en la mente
interior hallan un reflejo de toda esta maquinaria que vemos funcionar a
nuestro alrededor. Esta teoría ha sido con frecuencia fuente de diversión para
mí, y he pasado más de una hora ociosa ejercitando mi ingenio en la búsqueda de
similitudes. ¿No dice lord Bacon que «el paso de la discordancia a la
concordancia, que produce gran dulzura en la música, se da también en nuestras
afecciones, que resultan mejores tras algún disgusto»? ¡Qué otra cosa sino un
mar es la marea de pasión cuyas fuentes se hallan en nuestra propia naturaleza!
Nuestras virtudes son arenas movedizas, que con las aguas sosegadas y bajas se
muestran a sí mismas. Pero cuando las olas
regresan
y los vientos las abofetean, el pobre diablo que esperaba que fueran duraderas,
descubre que se hunden bajo sus pies. Las modas del mundo, sus exigencias,
educaciones y metas, son los vientos que manejan nuestra voluntad, como las
nubes que avanzan todas en la misma dirección. Pero cuando surge una tormenta
en forma de amor, odio o ambición, el engranaje gira en sentido contrario e
impulsa triunfante el aire que lo empuja.
-Y sin
embargo -repliqué- la naturaleza siempre aparece ante nuestros ojos con un
aspecto pasivo, mientras que en el hombre se da un principio activo capaz de
gobernar la fortuna y, al menos, de resistir la galerna, hasta que de algún
modo logra vencerla.
-Hay más
de plausible que de cierto en tu distinción -observó mi acompañante-. ¿Acaso
nos formamos a nosotros mismos, escogiendo nuestras disposiciones y nuestros
poderes? Yo, por ejemplo, me siento como un instrumento, con sus cuerdas y sus
trastes, pero sin el poder de girar las clavijas o de adaptar mis pensamientos
a una clave más alta o más baja.
-Tal vez
otros hombres -apunté- sean mejores músicos.
-No hablo
de los demás, sino de mí, y soy tan buen ejemplo como cualquier otro. No puedo
acoplar mi corazón a una melodía determinada ni aplicar cambios deliberados a
mi voluntad. Nacemos. No escogemos a nuestros padres ni nuestra posición
social. Nos educan otras personas o las circunstancias del mundo, y esa
formación, al combinarse con nuestra disposición innata, es el suelo en el que
crecen nuestros deseos, pasiones y motivos.
-Hay
mucha razón en lo que dices -admití-. Y sin embargo nadie actúa según esa
teoría. ¿Quién, al tomar una decisión, dice: «Así lo escojo porque lo
necesito»? ¿Acaso, por el contrario, no siente en su interior un libre albedrío
que, aunque pueda considerarse falaz, lo mueve a actuar mientras toma la
decisión?
-Exacto
-dijo Raymond-, otro eslabón de la cadena. Si yo fuera ahora a cometer un acto
que aniquilara mis esperanzas, que apartara el manto real de mis miembros
mortales para vestirlo con las fibras más vulgares, ¿crees tú que actuaría
movido por mi libre albedrío?
Mientras
así conversábamos, percibí que no nos dirigíamos a Windsor por el camino
habitual, sino a través de Englefield Green, en dirección a Bishopgate Heath.
Empecé a sospechar que Idris no era el objeto de nuestro viaje, sino que me
llevaba a presenciar la escena que decidiría el destino de Raymond y Perdita.
Sin duda Raymond había vacilado durante el trayecto, y la duda seguía marcada
en todos y cada uno de sus gestos cuando nos acercamos a la casa de mi hermana.
Yo lo observaba con curiosidad, decidido, si su
vacilación
se prolongaba, a ayudar a Perdita a sobreponerse, a enseñarle a desdeñar el
poderoso amor que sentía por alguien que dudaba entre poseer una corona y
poseerla a ella, cuya excelencia y afecto trascendía el valor de todo un reino.
La
hallamos en su saloncito salpicado de flores. Leía en el periódico la noticia
sobre el debate parlamentario, y al parecer el resultado la había sumido en la
desesperanza. El sentimiento se dibujaba en sus ojos hundidos y en su apatía.
Una nube ocultaba su belleza y sus frecuentes suspiros eran señal de su
inquietud. Aquella visión tuvo en Raymond un efecto inmediato: la ternura
iluminó sus ojos y el remordimiento revistió sus maneras de franqueza y verdad.
Se sentó junto a ella y, quitándole el periódico de las manos, le dijo:
-Mi dulce
Perdita no debe leer ni una palabra más de esa contienda de necios y de locos.
No permitiré que se informe del alcance de mi engaño, no fuera a despreciarme;
aunque, créame, el deseo de aparecer ante usted no derrotado, sin victorioso,
me inspiró durante mi guerra de palabras.
Perdita
lo miró asombrada. La expresión de su semblante brilló con dulzura un instante.
Pero un pensamiento amargo nubló su alegría; clavó la vista en el suelo,
tratando de controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarla. Raymond
seguía hablándole.
-No
pienso representar un papel con usted, querida niña, ni pretendo aparecer más
que como lo que soy, un ser débil e indigno que sirve para despertar más su
desprecio que su amor. Y sin embargo usted me ama. Siento y sé que es así, y
por tanto mantengo mis más nobles esperanzas. Si la guiara el orgullo, o
incluso la razón, debería rechazarme. Hágalo, si su corazón puro, incapaz de
soportar mi inconstancia, rechaza someterse a la bajeza del mío. Aléjese de mí
si quiere, si puede. Si su alma entera no la empuja a perdonarme, si todo su
corazón no abre de par en par sus puertas para admitirme hasta lo más profundo
de él, abandóneme, no vuelva a hablar nunca más conmigo. Yo, aunque he pecado
contra usted sin remisión, también soy orgulloso. No debe haber reserva en su
perdón ni reticencia en el regalo de su afecto.
Perdita
bajó la vista, confusa pero complacida. Mi presencia la incomodaba tanto que no
se atrevía a girarse para mirar a los ojos de su amado ni a confirmar con
palabras el afecto que le tenía. El rubor cubría sus mejillas y su aire
desconsolado se convirtió en una expresiva y profunda dicha. Raymond le rodeó
la cintura con el brazo y prosiguió.
-No niego
que he dudado entre usted y la más alta esperanza que los mortales pueden
albergar. Pero ya no dudo más. Tómeme, moldéeme a su antojo, posea mi corazón y
mi alma para la eternidad. Si se niega a contribuir a mi felicidad, abandono
Inglaterra esta misma noche y jamás volveré a pisarla.
-Lionel,
también usted lo ha oído. Sea mi testigo. Persuada a su hermana para que
perdone la herida que le he infligido. Persuádala para que sea mía.
-No me
hace falta más persuasión -pronunció Perdita, ruborizada- que la de sus
queridas promesas y la de mi corazón, más que predispuesto, que me susurra que
son verdaderas.
Aquella
misma tarde los tres paseamos juntos por el bosque y, con la locuacidad que la
alegría inspira, me relataron con detalles la historia de su amor. Me divertía
ver al altivo Raymond y a la reservada Perdita convertidos, por obra del amor,
en niños parlanchines y contentos, perdida en ambos casos su característica
prudencia gracias a la plenitud de su dicha. Hacía una o dos noches, lord
Raymond, con el gesto compungido y el corazón oprimido por los pensamientos,
había dedicado todas sus energías a silenciar o persuadir a los legisladores de
Inglaterra de que el cetro no era una carga demasiado pesada para sostenerla él
entre sus manos, mientras visiones de dominio, guerra y triunfo flotaban ante
él. Ahora, juguetón como el niño travieso que se mueve ante la mirada
comprensiva de su madre, las esperanzas de su ambición se completaban cuando
acercaba a sus labios la mano blanca y diminuta de Perdita. Ella, por su parte,
radiante de felicidad, contemplaba el estanque inmóvil no para ver en él su
reflejo, sino para recrearse con delicia en la visión de su amado junto a ella,
unidos por primera vez en hermosa conjunción.
Me alejé
de ellos. Si el rapto de una unión confirmada les pertenecía a los dos, yo
disfrutaba de una esperanza restaurada. Pensaba en los torreones regios de
Windsor: «Altos son los muros y fuertes las barreras que me separan de mi
Estrella de Belleza. Pero no impasibles. Ella no será de él. Mora unos años más
en tu jardín nativo, dulce flor, hasta que yo, con el tiempo y el esfuerzo,
adquiera el derecho de reunirme contigo. ¡No desesperes ni me hundas a mí en la
desesperación! ¿Qué debo hacer? En primer lugar, ir en busca de Adrian y lograr
que se reúna con ella. La paciencia, la dulzura y un afecto constante lo
sacarán de su locura, si es cierto que la sufre, tal como afirma Raymond. Y si
su confinamiento es injusto, la energía y el valor lo rescatarán.»
Una vez
los enamorados acudieron a mi encuentro, cenamos juntos en el salón. En verdad
se trató de una cena de cuento de hadas, pues aunque en el aire flotaban los
perfumes del vino y las frutas, ninguno de nosotros probó bocado ni bebió, e
incluso la belleza de la noche pasó inadvertida. Su éxtasis no podían
aumentarlo objetos externos, y yo me veía envuelto en mis ensoñaciones. Hacia
la medianoche, Raymond y yo nos despedimos de mi hermana para regresar a la
ciudad. Él era todo alegría. De sus labios brotaban fragmentos de canciones, y
todos los pensamientos de su mente, todos los objetos que nos rodeaban,
brillaban bajo el sol de su dicha. A mí me acusó de melancólico, malhumorado y
envidioso.
-En
absoluto -le respondí-, aunque confieso que mis pensamientos no me resultan tan
gratos como a ti los tuyos. Me prometiste facilitar mi visita a Adrian. Ahora
te insto a cumplir con tu promesa. No puedo demorarme aquí. Ansío aliviar, tal
vez curar, la dolencia de mi primer y mejor amigo. Debo partir de inmediato
para Dunkeld.
-Tú, ave
nocturna -replicó Raymond-, qué eclipse arrojas sobre mis alegres pensamientos
que me obliga a recordar esa ruina melancólica que se alza en medio de la
desolación mental, más irreparable que un fragmento de columna labrada que yace
sobre un campo, cubierta por la hierba. ¿Sueñas con curarlo? Dédalo nunca tejió
un error más inextricable alrededor del Minotauro que el que la locura ha
tejido alrededor de su razón encarcelada. Ni tú ni ningún otro Teseo puede
salir del laberinto del que tal vez alguna Ariadna cruel tenga la clave.
-Ha
aludido a Evadne Zaimi. ¡Pero no se encuentra en Inglaterra!
-Y aunque
aquí se hallara -dijo Raymond-, no le recomendaría que lo viera. Es mejor
marchitarse en el delirio absoluto que ser víctima de la sinrazón metódica de
un amor no correspondido. Tal vez la duración de su enfermedad haya borrado de
su mente todo vestigio de la griega. Y es muy posible que no vuelva a grabarse
en ella. Lo hallarás en Dunkeld. Amable y tratable, vaga por las colinas y los
bosques o se sienta a escuchar junto a alguna cascada. Tal vez lo veas -el pelo
adornado con flores silvestres-, los ojos llenos de significados
incomprensibles, la voz rota, su persona malgastada y convertida en sombra.
Recoge flores y plantas y teje con ellas guirnaldas, o hace navegar hojas secas
y ramas por los arroyos, y se alegra cuando flotan, y llora cuando naufragan.
El mero recuerdo de todo ello casi me enerva. ¡Por los cielos! Las primeras
lágrimas que he derramado desde que era niño brotaron a mis ojos cuando lo vi.
Este
último relato no hizo sino espolear mi deseo de visitarlo. Mi única duda era si
debía tratar de ver a Idris antes de mi partida. Y mi duda se resolvió al día
siguiente. A primera hora de la mañana Raymond vino a verme. Le habían llegado
noticias de que Adrian se encontraba gravemente enfermo, y parecía imposible
que sus mermadas fuerzas fueran a permitirle la recuperación.
-Mañana
-me dijo- su madre y hermana viajarán a Escocia para verle una vez más.
-Y yo
parto hoy mismo -exclamé-. Ahora mismo contrataré un globo y estaré allí en
cuarenta y ocho horas a más tardar, tal vez menos si el viento es favorable.
Adiós, Raymond. Alégrate de haber escogido la mejor parte de la vida. Este
vuelco de la fortuna me resucita. Yo temía la locura, no la enfermedad.
Presiento que Adrian no va a morir, tal vez su dolencia sea una
crisis y
se recupere.
Todo se
alió a mi favor durante el viaje. El globo se elevó una media milla por encima
de la tierra e, impulsado por el viento, navegó por el aire, sus aspas
recubiertas de plumas surcando la atmósfera propicia. A pesar del motivo
melancólico de mi viaje, me sentía elevado por una creciente esperanza, por el
avance veloz del vehículo aéreo, por la balsámica visita del sol. El piloto
apenas movía el timón plumado, y el fino mecanismo de las alas, del todo
desplegadas, emitía un murmullo suave y sedante. Abajo se distinguían llanuras
y colinas mientras nosotros, sin resistencias, avanzábamos seguros y rápidos,
como el cisne silvestre en su migración primaveral. La máquina obedecía el
menor movimiento del timón y, con el viento constante, no había impedimento
ninguno a nuestro avance. Tal es el poder del hombre sobre los elementos; un
poder largamente perseguido y al fin alcanzado; y sin embargo ya anticipado en
tiempos remotos por el príncipe de los poetas, cuyos versos citaba yo para
asombro de mi piloto cuando le revelé los siglos que llevaban escritos:
Oh,
ingenio humano, capaz de muchos males inventar.
Buscas
extrañas artes: quién había de pensar
que
harías como a un ave ligera
a un
hombre pesado volar
y su
camino por cielos despejados encontrar.
Aterricé
en Perth. Y aunque me sentía muy fatigado por la exposición continuada al aire,
no quise descansar, sino que cambié un medio de transporte por otro. Seguí por
tierra lo que había iniciado por el aire y me dirigí a Dunkeld. Amanecía cuando
llegué al pie de las colinas. Tras la revolución de las eras, la colina de
Birnam volvía a estar cubierta de vegetación joven, mientras que algunos pinos
más viejos, plantados a principios del siglo xix por el duque de Athol,
conferían solemnidad y belleza al paisaje. El sol naciente tiñó primero las
copas de los árboles. Y mi mente, que mi infancia transcurrida en las montañas
había vuelto sensible a las gracias de la naturaleza, y ahora a punto de
reunirse con mi amado y tal vez agonizante amigo, se conmovió al momento con la
visión de aquellos rayos distantes: sin duda eran un buen presagio, y como tal
los contemplaba; buenos presagios para Adrian, de cuya vida dependía mi
felicidad.
¡Pobre
compañero mío! Tendido en el lecho de su enfermedad, las mejillas encendidas
por el rubor de la fiebre, los ojos entrecerrados, la respiración inconstante y
difícil. Y sin embargo se me hizo menos difícil verlo así que hallarlo
satisfaciendo ininterrumpidamente las funciones animales, con la mente enferma.
Me instalé junto a su cama y ya no lo abandoné ni de día ni de
noche.
Tarea amarga la de contemplar como su espíritu se debatía entre la vida y la
muerte; sentir sus mejillas ardientes y saber que el fuego que las abrasaba con
fiereza era el mismo que consumía su fuerza vital; oír los lamentos de su voz,
que tal vez no volviera a articular palabras de amor y sabiduría; ser testigo
de los movimientos inútiles de sus miembros, que tal vez pronto acabaran
envueltos en su mortaja. Y así, durante tres días y tres noches fue
consumiéndome la fatiga que el destino había puesto en mi camino, y de tanto
sufrir y tanto observar mi aspecto empeoró, y yo mismo parecía un espectro. Al
fin, transcurrido ese tiempo, Adrian entreabrió los ojos y miró como si
volviera a la vida. Pálido y muy débil, la inminente convalecencia suavizaba la
rigidez de sus facciones. Supo quién era yo. ¡Qué copa rebosante de dichosa
agonía fue contemplar su rostro iluminado por aquel destello de reconocimiento,
sentir que se aferraba a mi mano, ahora más febril que la suya, oír que
pronunciaba mi nombre! En él no quedaba ni rastro de locura para teñir de pesar
mi alegría.
Esa misma
tarde llegaron su madre y su hermana. La condesa de Windsor era por naturaleza
una mujer llena de sentimientos y energía, pero a lo largo de su vida apenas
había permitido que las emociones concentradas de su corazón asomaran a su
rostro. La estudiada inmovilidad de su semblante, sus maneras lentas e
inmutables, su voz suave pero poco melodiosa, eran una máscara que ocultaba sus
pasiones desbocadas y la impaciencia de su carácter. No se parecía en nada a
sus dos hijos. Sus ojos negros y centelleantes, iluminados por el orgullo,
diferían en todo de los de Adrian e Idris, que eran azules, de expresión franca
y benévola. Había algo aristocrático y majestuoso en su porte, pero nada
persuasivo, nada amigable. Alta, delgada y severa, su rostro aún elegante, su
pelo negro azabache apenas salpicado de gris, su frente arqueada y hermosa, las
cejas algo despobladas, era imposible no sentirse impresionado por ella,
temerla casi. Idris parecía el único ser capaz de resistir a su madre, a pesar
de la extrema dulzura de su disposición. Pero había en ella cierto arrojo y
franqueza que revelaba que no arrebataría la libertad de nadie y que defendería
la suya propia como algo sagrado e inexpugnable.
La
condesa no contempló con indulgencia mi cuerpo fatigado, aunque más tarde
agradeció fríamente mis atenciones. No así Idris, cuya primera mirada fue para
su hermano. Le tomó la mano, le besó los párpados y permaneció junto a él
mirándolo con compasión y amor. Sus ojos se bañaron de lágrimas cuando me dio
las gracias, y la hermosura de su gesto, lejos de disminuir, aumentó con su
fervor, que la llevaba casi a tartamudear mientras hablaba. Su madre, toda ojos
y oídos, no tardó en interrumpirnos. Y yo vi que deseaba echarme discretamente,
como a alguien cuyos servicios, ahora que los familiares habían llegado, ya no
eran de utilidad a su hijo. Me sentía exhausto y enfermo, pero decidido a no
abandonar mi puesto, aunque dudaba sobre cómo mantenerme en él. Y entonces
Adrian pronunció mi nombre y,
cogiéndome
de la mano, me rogó que no me ausentara. Su madre, en apariencia distraída,
comprendió al instante lo que pretendía, y viendo el poder que teníamos sobre
ella, nos concedió el punto.
Los días
que siguieron estuvieron llenos de dolor para mí, tanto que en ocasiones
lamenté no haber cedido de inmediato a las pretensiones de la altiva dama, que
escrutaba todos mis movimientos y convertía la dulce tarea de cuidar de mi
amigo en una irritante agonía. Jamás he visto a una mujer tan determinada como
la condesa de Windsor. Sus pasiones habían sometido a sus apetitos e incluso a
sus necesidades naturales. Dormía poco y apenas comía. Era evidente que
contemplaba su propio cuerpo como una mera máquina cuya salud requería para el
cumplimiento de sus planes, pero cuyos sentidos no participaban de su
diversión. Hay algo temible en quien conquista de ese modo la parte animal de
su naturaleza cuando la victoria no es resultado de una virtud consumada. No
sin algo de ese temor contemplaba yo la figura de la condesa, despierta cuando
los demás dormían, ayunando cuando yo, frugal en condiciones normales, atacado
por la fiebre que se cebaba en mí, me veía obligado a ingerir alimentos. Ella
se mostraba decidida a impedir o dificultar en todo momento mi influencia sobre
sus hijos y obstaculizaba mis planes con una determinación callada, seca y
testaruda que no parecía propia de un ser de carne y hueso. Al fin parecía
haberse declarado la guerra entre nosotros. Libramos muchas batallas soterradas
en las que no mediaban palabras y apenas nos mirábamos, pero en las que los dos
pretendíamos someter al otro. La condesa contaba con la ventaja de su posición,
de modo que yo era derrotado, aunque no sometido.
Mi
corazón enfermó. Mi rostro se teñía con los tonos de mi malestar y mi vejación.
Adrian e Idris se percataban de ello. Me instaban a reposar y a cuidarme, pero
yo les respondía con toda sinceridad que mi mejor medicina eran sus buenos
deseos, así como la feliz convalecencia de mi amigo, que mejoraba día a día. El
color regresaba tímidamente a sus mejillas. La palidez cenicienta que amenazaba
con matarlo abandonaba su frente y sus labios. Tales eran las recompensas de
mis infatigables atenciones, y el cielo, pródigo, añadía un premio más si me
concedía también las gracias y las sonrisas de Idris.
Tras un
lapso de varias semanas abandonamos Dunkeld. Idris y su madre regresaron
directamente a Windsor, mientras que Adrian y yo emprendimos el viaje con más
calma, realizando frecuentes paradas debido a la debilidad de su estado.
Mientras recorríamos los distintos condados de la fértil Inglaterra, todo
adoptaba un aspecto novedoso a ojos de mi acompañante, tras tanto tiempo
apartado, por causa de su enfermedad, de los placeres del clima y el paisaje.
Atrás quedaban pueblos bulliciosos y llanuras cultivadas. Los granjeros
recogían sus cosechas y las mujeres y los niños, ocupados en tareas rústicas
más
livianas, formaban grupos de personas felices y saludables, cuya mera visión
llenaba de alegría nuestros corazones. Un atardecer, tras abandonar nuestra
posada, paseamos por un camino umbrío y ascendimos una loma cubierta por la
hierba, hasta alcanzar la cima, desde la que se divisaba una vista de valles y
colinas, ríos sinuosos, densos bosques y aldeas iluminadas. El sol se ponía y
las nubes, que surcaban el cielo como ovejas recién esquiladas, recibían el
tono dorado de los rayos del ocaso. Las tierras altas, más lejanas, captaban
aún la luz, y el rumor ajetreado de la noche llegaba hasta nuestros oídos,
unificado por la distancia. Adrian, que sentía que el nuevo frescor de su salud
recobrada inundaba su espíritu, unió las manos, dichoso, y exclamó con arrobo:
-¡Oh,
tierra feliz! ¡Oh, habitantes felices de la tierra! ¡Un gran palacio ha
construido Dios para vosotros! ¡Oh, hombre! ¡Digno eres de tu morada! Contempla
el verdor de la alfombra que se extiende a tus pies y el palio azul sobre tu
cabeza. Los campos de la tierra que crean y nutren las cosas, el sendero de
cielo que lo contiene y lo engarza todo. Y ahora, en esta hora del crepúsculo,
en este momento propicio para el reposo y la reflexión, parece que todos los
corazones respiran un himno de amor y agradecimiento, y nosotros, como
sacerdotes antiguos en lo alto de las colinas, damos voz a su sentimiento.
»Sin duda
el poder más bondadoso erigió la majestuosa construcción que habitamos y
redactó las leyes por las que se rige. Si la mera existencia, y no la
felicidad, hubiera sido el fin último de nuestro ser, ¿qué necesidad habría
habido de crear los profusos lujos de que gozamos? ¿Por qué nuestra morada
habría de ser tan encantadora, y por qué los instintos naturales habrían de
depararnos sensaciones placenteras? El mero sostén de nuestra maquinaria animal
se nos hace agradable. Y nuestro sustento, las frutas de los campos, se pintan
de tonalidades trascendentes, se impregnan de olores gratos y resultan
deliciosas a nuestro gusto. ¿Por qué habría de ser así si él no fuera bueno?
Necesitamos casas para guarecernos de los elementos, y ahí están los materiales
que se nos proporcionan; la gran cantidad de árboles con el adorno de sus
hojas. Y las rocas que se apilan sobre las llanuras confieren variedad a la
tarea con su agradable irregularidad.
»Nosotros
no somos meramente objetos, receptáculos del Espíritu del Bien. Fijémonos en la
mente del hombre, donde la sabiduría reina en su trono; donde la imaginación,
pintora, toma asiento, con su pincel impregnado de unos colores más hermosos
que los del atardecer, adornando la vida que le es conocida con tonos
brillantes. ¡Qué noble es la imaginación, digna de quien nos la entrega! Extrae
de la realidad los tonos más oscuros. Envuelve todo pensamiento y sensación en
un velo radiante, y con una mano de belleza nos conduce desde los mares
estériles de la vida hasta sus jardines, sus pérgolas y
sus
prados de dicha. ¿Y no es acaso el amor un regalo divino? El amor y su hija, la
Esperanza, que puede infundir riqueza a la pobreza, fuerza a la debilidad y
felicidad al sufrimiento.
»Mi sino
no ha sido afortunado. He departido largamente con la tristeza, me he internado
en el laberinto tenebroso de la locura y he resurgido, aunque sólo medio vivo.
Y aun así doy gracias a Dios por haber vivido; le doy las gracias por haber
visto los cambios de su día; por poder contemplar su trono, que es el cielo, y
la tierra, que es su sede; por poder contemplar el sol, fuente de luz, y la
dulce luna viajera; por haber visto el fuego que mana de las flores del cielo y
las estrellas floreadas de la tierra; por haber presenciado la siembra y la
cosecha; me alegro de haber amado y de haber conocido la comprensión de mis
congéneres en la alegría y en la pena; me alegro de sentir ahora el torrente de
ideas que recorren mi mente como la sangre recorre las articulaciones de mi
cuerpo. La mera existencia es un placer y yo le doy gracias a Dios por estar
vivo.
»Y
vosotras, criaturas todas de la madre tierra, ¿no repetís mis palabras?
Vosotras que vivís unidas por los lazos afectivos de la naturaleza;
¡compañeros, amigos, amantes! Padres que trabajáis alegres para vuestros
retoños; mujeres que al contemplar las formas vivas de vuestros hijos olvidáis
los dolores de la maternidad; niños que no trabajáis ni os esforzáis, sino que
amáis y sois amados.
»Oh, que
la muerte y el odio sean desterrados de nuestro hogar en la tierra. Que el
odio, la tiranía y el miedo no hallen refugio en el corazón humano. Que todos
los hombres encuentren un hermano en su prójimo y un nido de reposo en las
vastas llanuras de su herencia. Que se seque la fuente de las lágrimas y que
los labios no vuelvan a formar expresiones de dolor. Así dormidos bajo el ojo
benevolente de los cielos, ¿puede el mal visitarte, oh, tierra? ¿O el dolor
mecer en sus tumbas a tus desdichados hijos? Susurremos que no, y que los
demonios lo oigan y se regocijen. La decisión es nuestra. Si lo deseamos,
nuestra morada se convertirá en paraíso. Pues la voluntad del hombre es
omnipotente, esquiva las flechas de la muerte, alivia el lecho de la
enfermedad, seca las lágrimas de la agonía. ¿Y qué vale cada ser humano, si no
aporta sus fuerzas para ayudar a su prójimo? Mi alma es una chispa menguante,
mi naturaleza frágil como una ola tras romper. Pero dedico todo mi intelecto y
la fuerza que me queda a una única misión y asumo la tarea, mientras pueda, de
llenar de bendiciones a mis congéneres.
Con voz
temblorosa, mirando al cielo, las manos entrelazadas, algo encorvado como por
el peso excesivo de su emoción, el espíritu de la vida parecía pervivir en su
persona, como una llama moribunda, en un altar, parpadea en las brasas de un
sacrificio aceptado.
CAPÍTULO
V
Cuando
llegamos a Windsor supe que Raymond y Perdita habían partido rumbo a Europa.
Tomé posesión de la casa de campo de mi hermana, feliz por poder ver desde allí
el castillo de Windsor. Resulta curioso que en esa época, cuando por el
matrimonio de mi hermana había entroncado con una de las personas más ricas de
Inglaterra y me unía una íntima amistad con su noble más destacado, me hallara
en la más grave situación de pobreza que he experimentado jamás. Mi
conocimiento de los principios de lord Raymond me hubiera impedido recurrir a
él por difíciles que hubieran sido mis circunstancias. Y en vano me repetía a
mí mismo que Adrian acudiría en mi ayuda si se lo pedía, pues su monedero
estaba abierto para mí y, hermanos del alma como éramos, también debíamos
compartir nuestras fortunas. Porque, mientras siguiera a su lado, jamás podría
pensar en su abundancia como remedio a mi pobreza. Así, rechazaba al punto
todos sus ofrecimientos de ayuda y le mentía al asegurarle que no la
necesitaba. ¿Cómo iba a decirle a ese ser generoso: «Mantenme ocioso. Tú, que
has dedicado los poderes de tu mente y tu fortuna al beneficio de tu especie,
errarás en tu empeño hasta el punto de apoyar en su inutilidad a los fuertes,
sanos y capaces?»
Tampoco
me atrevía a pedirle que recurriera a su influencia para ayudarme a obtener
algún puesto honorable, pues en ese caso me hubiera visto obligado a abandonar
Windsor. Merodeaba siempre en torno a sus muros, vagaba a la sombra de sus
matorrales. Mis únicos compañeros eran mis libros y mis pensamientos amorosos.
Estudiaba la sabiduría de los antiguos y contemplaba los muros felices tras los
que se hallaba mi amada. Mi mente, sin embargo, seguía ociosa. Yo la llenaba
con la poesía de épocas antiguas; estudiaba la metafísica de Platón y de
Berkeley; leía las historias de Grecia y Roma, así como la de los periodos
anteriores de Inglaterra, y observaba los movimientos de la señora de mi
corazón. De noche distinguía su sombra en las paredes de sus aposentos; de día
la divisaba en su jardín o montando a caballo en el parque con sus acompañantes
habituales. Creía que el encantamiento se rompería si me veían, pero hasta mí
llegaba la música de su voz, y me sentía feliz. Ponía su rostro, su belleza y
sus inigualables excelencias a todas las heroínas sobre las que leía; a
Antígona cuando guiaba a Edipo, ciego, hasta el recinto sagrado de las
Euménides, y cuando celebraba el funeral por Polinices; a Miranda en la cueva
solitaria de Próspero; a Haidee, en las arenas de la isla jónica. El exceso de
devoción pasional me hacía perder el juicio, pero el orgullo, indómito como el
juego, formaba parte de mi naturaleza, y me impedía ponerme en evidencia con
palabras o miradas.
Por
entonces, mientras me deleitaba de aquel modo con esos ricos ágapes
mentales,
hasta un campesino hubiera desdeñado mi escasísimo alimento, que en ocasiones
robaba a las ardillas del bosque. Admito que a menudo me vi tentado de recurrir
a las travesuras de mi infancia para abatir a los faisanes casi domesticados
que poblaban los árboles y posaban sus ojos en mí. Pero eran propiedad de
Adrian y estaban protegidos por Idris. Y así, aunque mi imaginación, aguzada
por las privaciones, me llevaba a pensar que más servicio harían asándose en mi
cocina que convirtiéndose en hojas del bosque sin embargo reprimí mi altiva
voluntad y no comí.
Me
alimentaba de sentimientos y soñaba en vano con «esos dulces pedazos» que no
lograba durante la vigilia.
Pero en
esa época todo el plan de mi existencia estaba a punto de cambiar. Hijo
huérfano de Verney, me hallaba muy próximo a unirme al engranaje de la sociedad
colgado de una cadena de oro, de acceder a todos los deberes y afecciones de la
vida. Los milagros iban a obrarse a mi favor, y la maquinaria de la vida
social, con gran esfuerzo, empezaría a girar en sentido inverso. Atiende, ¡oh,
lector!, mientras te relato este cuento de maravillas.
Un día,
mientras Adrian e Idris estaban cabalgando por el bosque, en compañía de su
madre y de los habituales, Idris, llevándose consigo a Adrian aparte y
haciéndose acompañar por él durante el resto del paseo, le preguntó de pronto:
-¿Y qué
ha sido de tu amigo, Lionel Verney?
-Desde
este mismo lugar donde nos encontramos veo su casa.
-¿De
veras? ¿Y por qué, si está tan cerca, no viene a vernos y frecuenta nuestro
círculo de amigos?
-Yo lo
visito con frecuencia -le informó Adrian-. Pero no te costará adivinar los
motivos que lo mantienen alejado del lugar en que su presencia podría disgustar
a alguno de nosotros.
-Los
adivino -dijo Idris-, y, siendo los que son, no me atrevería a combatirlos.
Dime, con todo, ¿en qué ocupa su tiempo? ¿Qué hace y en qué piensa en el retiro
de su casa?
-No lo
sé, hermana mía -respondió Adrian-, me preguntas más de lo que puedo
responderte. Pero si sientes interés por él, ¿por qué no vas a visitarlo? Él se
sentirá muy honrado, y de ese modo podrás devolverle parte de la deuda que
contraje con él, y le compensarás por las heridas que la fortuna le ha
infligido.
-Te
acompañaré a su morada con gran placer -dijo la dama-, aunque no pretendo
saldar con mi visita la deuda que con él tenemos, pues, siendo ésta nada menos
que tu vida, no podríamos cancelarla nunca. Pero vayamos.
Mañana
saldremos a cabalgar juntos y, acercándonos a esa parte del bosque, le haremos
una visita.
Así, la
tarde siguiente, a pesar de que el cambiante otoño había traído frío y lluvia,
Adrian e Idris se llegaron hasta mi casa. Me hallaron como a Curio Dentato,
cenando frugalmente, aunque los regalos que me llevaron excedían los sobornos
de oro de los sabinos; además, yo no podía rechazar el valioso cargamento de
amistad y delicia que me proporcionaron. Sin duda los gloriosos gemelos de
Latona no fueron mejor recibidos en la infancia del mundo, cuando fueron
alumbrados para embellecer e iluminar este «promontorio estéril», que aquella
encantadora pareja cuando se asomó a mi humilde morada y a mi alegre corazón.
Conversamos de asuntos ajenos a las emociones que claramente nos ocupaban, pero
los tres adivinábamos los pensamientos de los demás, y aunque nuestras voces
hablaban de cosas indiferentes, nuestros ojos, con su lenguaje mudo, contaban
mil historias que nuestros labios no habrían podido pronunciar.
Se
despidieron de mí al cabo de una hora. Yo quedé contento, indescriptiblemente
feliz. Los sonidos de la lengua humana no hacían falta para contar la historia
de mi éxtasis. Idris me ha visitado. He de volver a verla... Mi imaginación no
se apartaba de la plenitud de esa idea. Mis pies no tocaban el suelo. No había
duda, temor o esperanza que me perturbaran. Mi alma rozaba la dicha absoluta,
satisfecha, colmada, beatífica.
Durante
muchos días Adrian e Idris siguieron visitándome y, en el transcurso de
nuestros encuentros felices, el amor, disfrazado de amistad entusiasta, nos
infundía más y más su espíritu omnipotente. Idris lo sentía. Sí, divinidad del
mundo, yo leía tus caracteres en sus miradas y gestos; oía tu voz melodiosa
resonar en la suya... Nos preparaste un sendero mullido y floreado adornado por
pensamientos amables. Tu nombre, oh Amor, no se pronunciaba, pero te alzabas
como el Genio de la Hora, velado, y sería tal vez el tiempo, y no la mano
humana, el que retirara el telón. No había órganos de sonidos armónicos que
proclamaran la unión de nuestros corazones, pues las circunstancias externas no
nos daban oportunidad de expresar lo que acudía a nuestros labios.
¡Oh,
pluma mía! Apresúrate a escribir lo que fue, antes de que el pensamiento de lo
que es detenga la mano que te guía. Si alzo la vista y veo la tierra desierta,
y siento que esos amados ojos han perdido su brillo, y que esos hermosos labios
callan, sus «hojas carmesíes» marchitas, enmudezco para siempre.
Pero tú
vives, mi Idris, ahora mismo te mueves ante mí. Había un prado, oh lector, un
claro en el bosque. Los árboles, al retirarse, habían creado una extensión de
terciopelo que era como un templo del amor. El plateado Támesis
lo
bordeaba por uno de sus lados, y un sauce, inclinándose, hundía en el agua sus
cabellos de náyade, alborotados por la mano ciega del viento. Los robles que
allí se alzaban eran morada de los ruiseñores... Allí mismo me encuentro ahora;
Idris, en el esplendor de su juventud, se halla a mi lado... Recuerda, tengo
apenas veintidós años y sólo diecisiete primaveras han rozado a la amada de mi
corazón. El río, crecido por las lluvias otoñales, ha inundado las tierras
bajas, y Adrian, en su barca favorita, se ocupa en el peligroso pasatiempo de
arrancar la rama más alta de un roble sumergido bajo las aguas. ¿Estás tan
cansado de la vida, Adrian, que así juegas con el peligro?
Ya había
obtenido su premio y guiaba el bote sobre la tierra inundada. Nuestros ojos
temerosos se clavaban en él, pero la corriente lo arrastraba, alejándolo. Tuvo
que amarrarlo río abajo y regresar recorriendo una distancia considerable.
-¡Está a
salvo! -exclamó Idris al ver que alcanzaba la orilla de un salto y agitaba la
rama sobre su cabeza como prueba del éxito de su hazaña-. Le esperaremos aquí.
Estábamos
solos, juntos. El sol se había puesto. Los ruiseñores iniciaban sus cantos. La
estrella vespertina brillaba, destacada entre la franja de luz que todavía
iluminaba por poniente. Los ojos azules de mi niña angelical se clavaban en
aquel dulce emblema de ella misma.
-Cómo
titila la luz -dijo-, que es la vida de la estrella. Su brillo vacilante parece
decirnos que su estado, como el de los que habitamos la tierra, es inconstante
y frágil. Se diría que ella también teme y ama.
-No
contemples la estrella, querida y generosa amiga -exclamé yo-. No hagas
lecturas sobre el amor en sus rayos temblorosos. No observes mundos lejanos. No
hables de la mera imaginación de un sentimiento. Llevo mucho tiempo en
silencio, tanto tiempo que he llegado a enfermar por tener que callar lo que
deseaba decirte, y entregarte mi alma, mi vida, todo mi ser. No contemples la
estrella, amor querido, o hazlo, sí, y deja que esa chispa eterna te suplique
en mi nombre. Que ella sea mi testigo y mi defensa, en el silencio de su
brillo; el amor es para mí como la luz de esa estrella: pues mientras siga
brillando, no eclipsada por la aniquilación, yo seguiré amándote.
Velada
para siempre a la mirada marchita del mundo ha de quedar la emoción de ese
momento. Todavía siento su gracioso perfil apretado contra mi corazón
acongojado. Todavía mi vista, mi pulso y mi aliento se estremecen y flaquean
con el recuerdo de ese primer beso. Lentamente, en silencio, fuimos al
encuentro de Adrian, al que oíamos acercarse.
Convencí
a mi amigo para que viniera a verme una vez hubiera dejado a su hermana en
casa. Y esa misma noche, mientras paseábamos por los senderos
del
bosque, iluminados por la luna, le confié lo que oprimía mi corazón, sus
emociones y esperanzas. Durante un momento pareció alterado.
-Debí
haberlo supuesto -dijo-. Cuántas dificultades surgirán. Perdóname, Lionel, y no
te extrañes si te digo que la contienda que, imagino, iniciará mi madre, me
desagrada. En lo demás, confieso con agrado que, al confiar a mi hermana a tu
protección, se cumple lo que yo más esperaba ver cumplido. Por si aún no lo
sabías, pronto descubrirás el odio profundo que mi madre siente por el nombre
de Verney. Hablaré con Idris. Y luego haré todo lo que puede hacer un amigo. A
ella le corresponde representar el papel de la amada, si es capaz de asumirlo.
Mientras
los dos hermanos dudaban sobre el mejor modo de guiar a su madre hacia su
terreno, ella, que había empezado a sospechar de nuestros encuentros, les acusó
de mantenerlos. Acusó a su inocente hija de engañarla, de relacionarse de modo
indigno con alguien cuyo único mérito era ser hijo de un hombre disoluto, el
favorito de su imprudente padre, y que sin duda era tan ruin como aquél de
quien se enorgullecía de descender. Los ojos de Idris centellearon al oír
semejante acusación.
-No niego
que amo a Verney. Demuéstreme que es indigno y no volveré a verlo.
-Querida
señora -intervino Adrian-, permítame convencerla para que lo conozca, para que
cultive su amistad. Si lo hace, se maravillará, como me maravillo yo, del
alcance de sus méritos y del brillo de sus talentos. (Disculpa, querido lector,
pues esto no es inútil vanidad; en todo caso no inútil, pues saber que Adrian
sentía de ese modo regocija incluso ahora mi corazón solitario.)
-¡Necio y
loco muchacho! -exclamó la dama, airada-. Con sueños y teorías te han propuesto
derrocar los planes que tengo para tu propio beneficio. Pero no derribarás los
que he ideado referentes a tu hermana. Entiendo perfectamente la fascinación
que los dos sentís. Pues ya libré la misma batalla con vuestro padre, para
lograr que repudiara al progenitor de ese joven, que perpetraba sus malas
acciones con la sutileza y la astucia de una víbora. Cuántas veces oí hablar de
sus virtudes en aquellos días, de sus conocidas conquistas, de su ingenio, de
sus maneras refinadas. Cuando sólo son las moscas las que caen en las
telarañas, no tiene importancia. Pero ¿deben los nacidos de alta cuna y los
poderosos someterse al frágil yugo de sus hueras pretensiones? Si tu hermana
fuera la persona insignificante que merecería ser, de buen grado la abandonaría
a su suerte, la entregaría a su infeliz destino de esposa de un hombre cuya
sola persona, tan parecida a la de su malvado padre, debería recordaros la
locura y el vicio que encarna... Pero recuerda, lady Idris, no es sólo la
sangre otrora real de Inglaterra la que corre por tus venas.
También
eres princesa de Austria, y cada gota de esa sangre desciende de emperadores y
monarcas. ¿Crees ser la compañera apropiada para un pastor ignorante, cuya sola
herencia es el nombre gastado de quien le precedió?
-Sólo
puedo plantear una defensa -respondió Idris-, que es la misma que ya le ha
ofrecido mi hermano: reciba a Lionel, converse con mi pastor...
La
condesa, indignada, la interrumpió.
-¡Tu
pastor! -exclamó. Y antes de proseguir pasó del gesto apasionado a una sonrisa
desdeñosa-. Ya hablaremos de ello en otra ocasión. Lo único que te pido por el
momento, lo único que tu madre te pide, Idris, es que no veas a ese advenedizo
durante el plazo de un mes.
-No puedo
complacerla -dijo Idris-. Le causaría demasiado dolor. No tengo derecho a jugar
de ese modo con sus sentimientos, aceptar el amor que me confiesa y luego
castigarlo con mi indiferencia.
-Esto
está llegando demasiado lejos -respondió su madre con labios temblorosos y ojos
llenos de ira.
-No,
señora -intervino Adrian-, a menos que mi hermana consienta en no volver a
verlo, será sin duda un tormento inútil separarlos un mes.
-Por
supuesto -respondió la reina con tono amargo y burlón-, su amor y sus escarceos
infantiles deben compararse en todo a mis años de esperanzas y temores, a los
deberes que corresponden a los descendientes de reyes, a la conducta intachable
y digna que alguien de su rango debe perseguir. Pero sería rebajarme tratar de
discutir o lamentarme. ¿Tal vez serás tan amable como para prometerme que no
contraerás matrimonio en este tiempo?
Lo
preguntó con tono algo irónico, e Idris se preguntó por qué su madre quería
arrancarle la promesa solemne de que no hiciera algo que ni se le había pasado
por la cabeza. Con todo, la promesa se había solicitado y ella accedió a
cumplirla.
Todo
prosiguió alegremente a partir de entonces. Nos encontrábamos como de costumbre
y conversábamos sin temor de nuestros planes de futuro. La condesa se mostraba
tan amable y, ajena a su costumbre, incluso tan afectuosa con sus hijos, que
éstos empezaron a albergar esperanzas de que, con el tiempo, acabara cediendo a
sus deseos. Se trataba de una mujer muy distinta a ellos, en todo alejada de
sus gustos, y los jóvenes no hallaban placer en su compañía ni en la idea de
cultivarla, pero sí se alegraban de ver que se mostraba conciliadora y amable.
Incluso en una ocasión Adrian se atrevió a proponerle que me recibiera. Ella
declinó con una sonrisa, recordándole que su hermana le había prometido ser
paciente.
Un día,
cuando el lapso de un mes estaba a punto de expirar, Adrian
recibió
carta de un amigo de Londres en la que requería su presencia inmediata para
tratar de un asunto de cierta importancia. Inocente como era, no sospechó
ningún engaño. Yo le acompañé a caballo hasta Staines. Estaba de buen humor y,
como yo no podría ver a Idris durante su ausencia, me prometió regresar pronto.
Su alegría, que era extrema, logró el raro efecto de despertar en mí los
sentimientos contrarios. El presentimiento de algo malo no me abandonaba. Me
demoré en mi regreso, contando las horas que me faltaban para ver de nuevo a
Idris. ¿Cuándo sería? ¿Qué cosas malas podían suceder entretanto? ¿Acaso no
podía su madre aprovechar la ausencia de Adrian para acorralarla más allá de
sus fuerzas, o incluso para encerrarla? Resolví que, sucediera lo que
sucediese, iría a su encuentro al día siguiente y conversaría con ella. Aquella
decisión me tranquilizó algo. «Mañana, encantadora y bella, esperanza y dicha
de mi vida, mañana te veré.» Necio es el que sueña con un momento postergado.
Me retiré
a descansar. Pasada la medianoche me despertaron unos golpes violentos en mi
puerta. Era invierno y nevaba. El viento silbaba entre las ramas desnudas de
los árboles, despojándolas de los copos blancos que descendían. Aquel lamento
temible y los insistentes golpes, se mezclaban libremente con mis sueños, hasta
que al fin desperté. Tras vestirme a toda prisa me apresuré a descubrir la
causa de aquel revuelo y me dispuse a abrir la puerta al visitante inesperado.
Pálida como la nieve que caía sobre ella, con las manos entrelazadas, Idris
apareció ante mí.
-¡Sálvame!
-exclamó, y se habría desplomado en el suelo de no haberla sostenido yo. Con
todo, se repuso al momento y, con energía renovada, casi con violencia, me
pidió que ensillara los caballos y la llevara lejos, a Londres, junto a su
hermano, o al menos que la salvara.
Pero yo
no tenía caballos.
Idris no
dejaba de retorcerse las manos.
-¡Qué
puedo hacer! -gritó-. Estoy perdida. Los dos estamos perdidos para siempre.
Pero ven, ven conmigo, Lionel. Aquí no debo quedarme. Tomaremos una calesa en
la primera posta. Tal vez todavía estemos a tiempo. ¡Oh, ven conmigo, sálvame y
protégeme!
Al oír
sus lastimeras súplicas, que pronunciaba mientras, con sus maltrechas ropas,
despeinada y con el gesto desencajado, se retorcía las manos, una idea recorrió
mi mente: «¿También ella está loca?»
-Dulce
amada mía -le dije estrechándola contra mi pecho-. Será mejor que descanses y
no te aventures más allá. Descansa, mi amor, que yo encenderé el fuego. Estás
helada.
-¡Descansar!
-exclamó ella-. ¡No sabes lo que dices! Si te demoras,
estamos
perdidos. Ven, te lo ruego, a menos que quieras perderme para siempre.
Que
Idris, nacida de cuna principesca, rodeada de riquezas y de lujos, hubiera
venido hasta mi casa desafiando la tormentosa noche de invierno, abandonando su
regia morada y, de pie junto a mi puerta, me rogara que huyera con ella
cruzando la oscuridad y la ventisca debía de ser, sin duda, un sueño; pero su
tono desesperado, la contemplación de su belleza, me aseguraban que no se
trataba de ninguna visión. Mirando con aprensión a su alrededor, como si
temiera que pudieran oírla, susurró:
-He
descubierto que mañana -es decir, hoy-, antes del amanecer, unos extranjeros,
austriacos, mercenarios, vendrán para llevarme a Alemania, o a una cárcel, o a
casarme, o a lo que sea, lejos de ti y de mi hermano. ¡Llévame contigo o pronto
estarán aquí!
Su
vehemencia me asustaba y supuse que, en su relato incoherente debía de haberse
colado algún error. Pero no vacilé en obedecerla. Había llegado sola desde el
castillo, a tres millas de distancia, de noche, desafiando la ventisca.
Debíamos llegar hasta Englefield Green, a una milla y media de donde nos
encontrábamos, para tomar el carruaje. Me dijo que había conservado las fuerzas
y el valor hasta llegar a mi casa, pero que ahora ambos le fallaban. Apenas
podía caminar. A pesar de sujetarla yo, no se sostenía y, cuando llevábamos
recorrida media milla, tras muchas paradas y desvanecimientos momentáneos en
los que tiritaba de frío, se separó de mi abrazo sin que yo pudiera evitarlo y
cayó sobre la nieve, y entre un torrente de lágrimas declaró que debía llevarla
yo, que no podía seguir por su propio pie. La levanté en brazos y apoyé su
cuerpo frágil contra mi pecho. No sentía más carga que las emociones contrarias
que contendían en mi interior. Una creciente alegría me dominaba. Sus miembros
helados me rozaban como torpedos, y yo también temblaba, sumándome a su dolor y
a su espanto. Su cabeza reposaba en mi hombro, su aliento me ondulaba los
cabellos, su corazón latía cerca del mío, la emoción me hacía estremecer, me
cegaba, me aniquilaba... Hasta que un lamento acallado, que surgía de sus
labios, o el castañetear de sus dientes, que trataba en vano de reprimir, o
alguna de las otras señales del sufrimiento que padecía, me devolvían a la
necesidad de apresurarme a socorrerla. Finalmente pude anunciarle:
-Esto es
Englefield Green. Ahí está la posada. Pero, querida Idris, si alguien te ve en
estas circunstancias, tus enemigos no tardarán en saber de nuestra huida. ¿No
sería mejor que fuera yo solo a tomar el carruaje? Te dejaré a buen recaudo
mientras tanto, y regresaré a ti de inmediato.
Convino
en la sensatez de mis palabras, y permitió que hiciera con ella lo que
considerara mejor. Observé que la puerta de una pequeña casa estaba
entreabierta,
la abrí y, con algo de paja esparcida en el suelo, formé un colchón, tendí su
exhausto cuerpo sobre él y la cubrí con mi capa. Temía dejarla sola, pues
estaba exangüe y desmayada, pero no tardó en recobrar la energía y, con ella,
el miedo. Volvió a implorarme que no me demorara. Despertar a los que se
ocupaban de la posada y obtener el carruaje y los caballos me llevó bastantes
minutos, todos ellos como si fueran siglos. Avancé un poco con el vehículo,
esperé a que los encargados de la posada se retiraran y ordené al muchacho de
la posta que detuviera el carruaje en el lugar en que aguardaba en pie Idris,
impaciente y más recuperada. La subí al coche, asegurándole que, con nuestros
cuatro caballos, seguramente llegaríamos a Londres antes de las cinco de la
mañana, hora a la que, cuando fueran a buscarla, descubrirían su desaparición.
Le rogué que se calmara y se echó a llorar. Las lágrimas la aliviaron un poco,
y poco después empezó a referirme su relato de temor y peligro.
Esa misma
noche, tras la partida de Adrian, su madre había tratado de disuadirla de la
conveniencia de nuestra relación. En vano expuso sus motivos, sus amenazas, sus
airadas críticas. Parecía considerar que, por mi culpa, ella había perdido a
Raymond. Yo era la influencia maligna de su vida. Me acusó incluso de haber
aumentado y confirmado la loca y vil apostasía de Adrian respecto de toda idea
de avance y grandeza. Y ahora ese montañés miserable que yo era pretendía
robarle a su hija. En ningún momento, según me contó Idris, la encolerizada
señora se dignó recurrir a la amabilidad ni a la persuasión. De haberlo hecho,
la labor de resistencia habría resultado exquisitamente dolorosa. Pero, de ese
otro modo, la dulce muchacha, de naturaleza generosa, se vio obligada a
defenderme y a aliarse con mi denostada causa. Su madre concluyó la
conversación con un gesto de desprecio y triunfo encubierto, que por un
instante despertaron las sospechas de Idris. Antes de acostarse, la condesa se
despidió de ella diciéndole:
-Espero
que tu tono sea otro mañana. Que te muestres más compuesta. Te he alterado.
Acuéstate y descansa. Ordenaré que te lleven la medicina que yo siempre tomo
cuando me siento inquieta. Te ayudará a dormir.
Cuando,
presa de inquietantes ideas, Idris apoyó apenas la mejilla en la almohada, la
criada de su madre le trajo un brebaje. La sospecha volvió a cruzar su mente
ante lo atípico del procedimiento y la alarmó hasta el punto de llevarla a
decidir que no tomaría la poción. Con todo, su aversión a los problemas, y el
deseo de descubrir si sus conjeturas eran fundadas, la llevaron, casi
instintivamente, a ir en contra de su sinceridad habitual, y fingió beber la
medicina. Después, inquieta a causa de la vehemencia demostrada por su madre y
de los temores desacostumbrados que la asaltaban, notó que no tenía sueño y que
cualquier ruido la sobresaltaba. Al poco oyó que la puerta se abría despacio, y
al incorporarse oyó una voz que susurraba:
-Todavía
no duerme.
La puerta
volvió a cerrarse.
Aguardó
la siguiente visita con el corazón en un puño, y cuando, transcurrido cierto
tiempo, sintió de nuevo invadida su cámara, después de cerciorarse de que las
intrusas eran su madre y una asistenta, decidió fingirse dormida. Unos pasos se
acercaron al lecho y ella, sin osar moverse, esforzándose por serenar los
latidos de su pecho, que cada vez resonaban con más fuerza, oyó murmurar a su
madre:
-Pequeña
necia, qué poco imaginas que tu juego ha terminado para siempre.
Por un
momento la pobre muchacha imaginó que su madre creía que había ingerido el
veneno: ya estaba a punto de levantarse de la cama cuando la condesa, que se
había alejado un poco de su lado, habló en voz baja a su acompañante, e Idris
volvió a oír:
-Apresúrate
-dijo-, no hay tiempo que perder, ya han dado las once. A la cinco estarán
aquí. Coge sólo las ropas imprescindibles para el viaje, y su joyero.
La
sirvienta obedeció. Intercambiaron algunas palabras más sobre ella, que todo lo
escuchaba con creciente interés. Oyó que mencionaban el nombre de su propia
ayuda de cámara.
-No, no
-dijo su madre-. Ella no viene con nosotras. Lady Idris debe olvidar Inglaterra
y todo lo que a ella pertenece.
Y al poco
le oyó decir:
-No
despertará hasta bien entrado el día, y para entonces ya se hallará en alta
mar.
-Todo
está dispuesto -anunció al cabo la criada. La condesa volvió a acercarse
entonces al lecho de su hija.
-En
Austria, al menos -dijo-, obedecerás. En Austria, donde la obediencia se impone
por la fuerza y no tendrás más opciones que una cárcel honrosa o un matrimonio
conveniente.
Las dos
se retiraron, y mientras lo hacían, la condesa añadió:
-Despacio.
Que todos duerman. Aunque no a todos los he inducido al sueño, como a ella. No
quiero que nadie sospeche, pues tal vez ella podría desvelarse y ofrecer
resistencia, o incluso escapar. Acompáñame a mis aposentos. Aguardaremos allí
hasta que llegue la hora convenida.
Salieron.
Idris, presa del pánico pero desvelada e incluso fortalecida por el
gran
temor que sentía, se vistió apresuradamente y, bajando un tramo de las
escaleras traseras, para evitar la proximidad de los aposentos de su madre,
logró escapar por una de las ventanas bajas del castillo y, a pesar de la
nieve, el viento y la oscuridad, llegó a mi casa. No le abandonó el coraje
hasta que se halló ante mí y, depositando su destino en mis manos, se entregó a
la desesperación y al cansancio que la abrumaban.
La
consolé lo mejor que pude. Me sentía feliz y emocionado por tenerla conmigo y
poder salvarla. Y sin embargo, para no despertar una nueva agitación en ella,
dominé mi entusiasmo, «per non turbar quel bel viso sereno». Hacía esfuerzos
por detener el baile inquieto de mi corazón. Aparté de ella los ojos, que tanta
ternura irradiaban, y murmuré con orgullo a la negra noche y a la atmósfera
inclemente las expresiones de mi emoción.
Creo que
llegamos a Londres muy temprano, mas no lamenté nuestras prisas al ser testigo
del éxtasis con que mi amada niña se fundía en un abrazo con su hermano, a
salvo de todo mal, bajo su protección.
Adrian
escribió una breve nota a su madre informándole de que Idris se hallaba bajo su
protección y cuidados. Transcurrieron varios días y al fin llegó la respuesta,
que enviaba desde Colonia. «No servirá de nada -escribió la altiva y
decepcionada dama- que el duque de Windsor y su hermana vuelvan a dirigirse a
su madre herida, cuya única esperanza de tranquilidad deriva de que olviden su
existencia.» Sus deseos habían sido aplastados, sus planes, desbaratados. No se
quejaba. En la corte de su hermano hallaría, si no compensación por la
desobediencia (el desdén filial no la admitía), al menos un estado de cosas y
un modo de vida que tal vez contribuyeran a aceptar su destino. Bajo aquellas
circunstancias, declinaba absolutamente toda comunicación con ellos.
Esos
fueron los extraños e increíbles acontecimientos que finalmente propiciaron mi
unión con la hermana de mi mejor amigo, con mi adorada Idris. Haciendo gala de
gran simplicidad y valor, ella ignoró los prejuicios y la oposición que eran
los obstáculos de mi felicidad y no dudó en dar la mano a aquél a quien ya
había entregado su corazón. Ser digno de ella, elevarme hasta su altura
mediante el ejercicio de mis talentos y virtudes, pagarle con devoción e
infatigable ternura el amor que me profesaba, eran en las únicas muestras de
agradecimiento que podía ofrecerle ante tan inmenso regalo.
CAPÍTULO
VI
Que ahora
el lector, sobrevolando un breve periodo de tiempo, penetre en
nuestro
feliz círculo. Adrian, Idris y yo nos establecimos en el castillo de Windsor.
Lord Raymond y mi hermana se instalaron en una mansión que éste había
construido al borde del Gran Parque, cerca de la casa de Perdita, como
seguíamos llamando a aquella morada de techo bajo donde tanto ella como yo,
pobres incluso en esperanzas, habíamos recibido la confirmación de nuestra
felicidad respectiva. Manteníamos ocupaciones distintas pero compartíamos
diversiones. A veces pasábamos jornadas enteras bajo el follaje del bosque, que
era nuestro palio, en compañía de nuestros libros y nuestra música. Ocurría
sobre todo en los días, excepcionales en nuestro país, en que el sol erige su
trono etéreo en un cielo sin nubes, y reina sobre una atmósfera sin viento,
apacible como un baño de aguas cristalinas y serenas, envolviendo con su
tranquilidad todos los sentidos. Cuando las nubes velaban el cielo y el viento
las esparcía por él, rasgando sus hebras y esparciendo sus fragmentos a través
de las llanuras aéreas, salíamos a caballo en busca de nuevos lugares de
belleza y reposo. Y cuando las frecuentes lluvias nos obligaban a permanecer en
casa, el esparcimiento de las noches seguía al estudio diurno, de la mano de la
música y las canciones. Idris poseía un talento musical innato, y su voz,
cultivada con esmero, sonaba dulce y poderosa. Raymond y yo participábamos en
el concierto, mientras que Adrian y Perdita asistían a él como público
entregado. Por aquel entonces éramos felices como insectos de verano,
juguetones como niños. Siempre nos recibíamos con la sonrisa en los labios y
leíamos la alegría y la dicha en los semblantes de los demás. Nuestras mejores
fiestas se celebraban en casa de Perdita, y nunca nos cansábamos de hablar del
pasado ni de soñar con el futuro. Desconocíamos los celos y las inquietudes, y
ni el temor ni la esperanza de cambios alteraban jamás nuestra paz. Tal vez
otros dijeran: «podríamos ser felices»; nosotros decíamos: «Lo somos».
Cuando
alguna vez nos separábamos, por lo general Idris y Perdita salían a pasear
juntas, y nosotros nos quedábamos a debatir sobre el estado de las naciones y
la filosofía de la vida. Nuestras diferencias de opinión aportaban vigor a
nuestras conversaciones. Adrian contaba con la superioridad de su formación y
su elocuencia, pero Raymond poseía rapidez y capacidad de penetración, así como
un conocimiento práctico de la existencia que solía mostrarse en oposición a
Adrian, lo que mantenía viva la danza de la discusión. En otras ocasiones
realizábamos excursiones que duraban varios días y recorríamos el país para
visitar algún lugar reconocido por su belleza o importancia histórica. A veces
nos llegábamos hasta Londres, donde gozábamos de las distracciones y el
ajetreo. También nuestro retiro era invadido por personas que venían a
visitarnos desde la ciudad. Aquellos cambios nos hacían más conscientes de las
delicias que nos proporcionaba el contacto íntimo de nuestro pequeño círculo,
de la tranquilidad de nuestro bosque divino, de las felices veladas que
pasábamos en los salones de nuestro amado castillo.
El
carácter de Idris era un derroche de franqueza, dulzura y afecto. Siempre
estaba de buen humor. Y aunque firme y resuelta en todo lo que le llegara al
corazón, se plegaba a los deseos de sus seres queridos. La naturaleza de
Perdita era menos perfecta, pero la ternura y la felicidad habían influido para
bien en su ánimo, suavizando su reserva natural. Su capacidad de comprensión
era grande, y su imaginación, muy vívida. Se mostraba sincera, generosa y
razonable. Adrian, mi insuperable hermano del alma, el sensible y excelente
Adrian, amaba a todos y era amado por todos, y sin embargo parecía destinado a
no encontrar su otra mitad, la que le aportaría una felicidad completa. A
menudo nos dejaba y se internaba solo en los bosques, o salía a navegar en su pequeño
bote, con sus libros por toda compañía. Con frecuencia era el más alegre de
todos nosotros, y a la vez el único que sucumbía a arrebatos de tristeza. Su
delgadez parecía abrumada por el peso de la vida, y su alma, más que unida a su
cuerpo, parecía habitar en él. Yo sentía apenas más devoción por Idris que por
su hermano y ella lo amaba como maestro, amigo y benefactor que había hecho
posible la materialización de sus mayores deseos. Raymond, el ambicioso e
inquieto Raymond, se encontraba en mitad del gran camino de la vida, y se
alegraba de haber abandonado todas sus ideas de soberanía y fama para unirse a
nosotros, flores del campo. Su reino era el corazón de Perdita, sus súbditos,
los pensamientos de su amada. Ella lo adoraba y lo respetaba como a un ser
superior, lo obedecía en todo, lo servía. No existía misión, devoción o
vigilancia que le resultara fastidiosa si se refería a él. Perdita se sentaba
algo alejada del resto y lo contemplaba. Lloraba de alegría al pensar que era
suyo. En lo más hondo de su ser había erigido un templo en su honor, y todas
sus facultades eran sacerdotisas entregadas a su culto. A veces se mostraba
exagerada y caprichosa, pero su arrepentimiento era sincero, su propósito de
enmienda absoluto, e incluso lo inconstante de su carácter encajaba bien con
Raymond, que por naturaleza no estaba hecho para flotar tranquilamente sobre la
corriente de la vida.
Durante
su primer año de matrimonio, Perdita le dio a Raymond una preciosa hija.
Resultaba curioso descubrir en aquel modelo en miniatura los mismos rasgos de
su padre. Los mismos labios algo desdeñosos, la sonrisa triunfante, los mismos
ojos inteligentes, la misma frente, el pelo castaño. Incluso sus manos, sus
deditos, eran idénticos a los de él. ¡Cuánto la amaba Perdita! Con el paso del
tiempo, yo también me convertí en padre, y nuestros pequeños, que eran nuestros
juguetes y motivo de nuestra dicha, nos descubrían mil sentimientos nuevos y
felices.
Así
pasaron los años, unos años plácidos. A cada mes sucedía otro mes, y a cada año
otro año como el que dejábamos atrás. Nuestras vidas eran un comentario vivo al
hermoso sentimiento descrito por Plutarco, para quien «nuestras almas sienten
una inclinación natural a amar, y nacen para amar tanto como para sentir,
razonar, comprender y recordar». Hablábamos de
cambios,
de metas por alcanzar, pero seguíamos en Windsor, incapaces de violar el
encanto que nos unía a nuestra vida retirada.
Pareamo
aver qui tutto il ben racocolto che fra mortale in più parte si rimembra.
Y ahora
que nuestros hijos nos mantenían ocupados, hallábamos excusas para el
mantenimiento de nuestra ociosidad, pues nuestra idea era proporcionarles una
vida más espléndida. Finalmente nuestra paz se vio alterada y el curso de los
acontecimientos, que durante cinco años había avanzado con tranquilidad serena,
se halló con impedimentos y obstáculos que nos apartaron de nuestro sueño
feliz.
Iba a
tener lugar la elección del nuevo Señor Protector de Inglaterra y, a instancias
de Raymond, nos trasladamos a Londres para presenciar las votaciones e incluso
tomar parte en ellas. Si Raymond se hubiera unido a Idris, ese puesto habría
sido la palanca hacia cargos de mayor autoridad; y su deseo de poder se hubiera
coronado en su más alta medida. Pero había cambiado el cetro por el laúd, un
reino por Perdita.
¿Pensaba
en todo ello mientras nos dirigíamos a la ciudad? Yo lo observaba, pero él
revelaba poco de sus emociones. Se mostraba especialmente alegre, jugaba con su
hijita y se volvía para repetir, orgulloso, todas las palabras que ésta
pronunciaba. Tal vez lo hacía porque veía la sombra de la inquietud en la
frente de su esposa. Ella trataba de mantener el ánimo, pero de vez en cuando
las lágrimas asomaban a sus ojos y parecía preocupada por Raymond y su pequeña,
como si temiera que algún mal fuera a alcanzarlos. Eso, precisamente, era lo
que sentía. Un mal presagio pendía sobre ella. Contemplaba los bosques desde la
ventanilla, y los torreones del castillo. Al ver que éstos se ocultaban tras el
paisaje, exclamó apasionadamente:
-¡Escenarios
de felicidad! ¡Lugares sagrados, dedicados al amor! ¿Cuándo volveré a veros? Y
cuando regrese a vosotros, ¿seré todavía la amada y feliz Perdita, o con el
corazón destrozado, hundida, vagaré por entre vuestros jardines como fantasma
de lo que fui?
-¿Por qué
hablas así, tonta? -exclamó Raymond-. ¿En qué está pensando tu cabecita, que de
pronto te sientes tan triste? Alégrate, o te enviaré con Idris y pediré a
Adrian que se monte en nuestro carruaje, pues veo, por sus gestos, que su humor
coincide con el mío.
En ese
instante Adrian, que iba a caballo, se acercó al coche, y su alegría, unida a
la de Raymond, ahuyentó la melancolía de su hermana. Llegamos a Londres por la
tarde, y nos dirigimos a nuestras respectivas moradas, en las inmediaciones de
Hyde Park.
A la
mañana siguiente lord Raymond vino a visitarme temprano.
-Vengo a
verte -dijo- sin estar del todo seguro de si me asistirás en mi plan, pero
decidido a llevarlo a cabo tanto si me apoyas como si no. En cualquier caso
prométeme discreción, pues si no contribuyes a mi éxito, al menos no debes
impedirlo.
-Cuenta
con ella.
-Y ahora,
mi querido compañero, ¿para qué hemos venido a Londres? ¿Para presenciar la
elección del Protector y dar nuestro sí o nuestro no a su torpe Excelencia, el
duque de ...? ¿O a ese escandaloso Ryland? ¿Crees de veras, Verney, que os he
traído a la ciudad para eso? No, el Protector saldrá de entre nosotros.
Escogeremos a un candidato y nos aseguraremos su triunfo. Nominaremos a Adrian
y haremos lo posible por conferirle el poder que le corresponde por nacimiento
y que merece por sus virtudes.
»No
respondas. Conozco tus objeciones y responderé a ellas ordenadamente. En primer
lugar, la de si él consentirá o no convertirse en un gran hombre. Déjame sobre
este punto a mí la tarea de persuadirlo. No te pido que me ayudes en ello. En
segundo lugar, la de si debe cambiar su empleo de recolector de moras y médico
de perdices heridas en el bosque por el de dirigente de la nación. Mi querido
amigo, nosotros somos hombres casados, y hallamos ocupación suficiente
entreteniendo a nuestras esposas y bailando con nuestros hijos. Pero Adrian
está solo, no tiene esposa, hijos ni ocupación. Llevo mucho tiempo observándolo
y sé que anhela interesarse por algo. Su corazón, exhausto por sus pasados
sufrimientos, reposa como una extremidad recién curada, y se abstiene de toda
emoción. Pero su buen juicio, su caridad, sus virtudes, necesitan de un campo
en el que ejercitarse y actuar. Y eso se lo procuraremos nosotros. Además, ¿no
es una lástima que el genio de Adrian desaparezca de la tierra sin dar fruto,
como una flor en un sendero remoto? ¿Acaso crees que la naturaleza creó su
incomparable maquinaria sin objeto? Créeme, está destinado a ser el autor de un
bien infinito para su Inglaterra natal. ¿No le ha regalado ella tan
generosamente todos sus dones? ¿Cuna, riqueza, talento, bondad? ¿No lo ama y
admira todo el mundo? Vamos, veo que ya te he persuadido, y que me secundarás
cuando proponga su nombre esta noche.
-Has
expuesto todos tus argumentos en un orden excelente -respondí-, y si Adrian
consiente, resultan irrebatibles. Sólo te pondría una condición: que no
hicieras nada sin su consentimiento.
-Confía
en mí -insistió él-. Mantendré una estricta neutralidad.
-Por mi
parte -proseguí yo-, estoy del todo convencido de la valía de nuestro amigo, y
de la inmensa cosecha que Inglaterra recogería con su
Protectorado,
como para privar a mis compatriotas de semejante bendición, si él acepta
administrársela.
Por la
tarde Adrian vino a visitarnos.
-¿También
tú conspiras contra mí? -dijo, riéndose-. ¿Y harás causa común con Raymond
para, arrastrando a un pobre visionario desde las nubes que le rodean,
plantarlo entre los fuegos artificiales y los destellos de la grandeza
terrenal, apartándolo así de los rayos y los aires celestes? Creía que me
conocías mejor.
-Te
conozco lo bastante -apostillé- como para saber que no serías muy feliz en tal
situación. Pero el bien que harías a los demás podría inducirte a aceptar, pues
seguramente ha llegado el momento de que pongas en práctica tus teorías y
propicies la reforma y los cambios que han de conducir a la consecución del
sistema de gobierno perfecto que tanto te gusta esbozar.
-Hablas
de un sueño casi olvidado -dijo Adrian, el gesto algo velado por la tristeza-.
Las visiones de mi infancia se han desvanecido hace tiempo a la luz de la
realidad. Ahora sé que no soy un hombre capacitado para gobernar naciones.
Bastante tengo con mantener íntegro el pequeño reino de mi propia moral.
»¿Es que
no comprendes, Lionel, la intención de nuestro noble amigo? Una intención que
tal vez ni él mismo conoce, pero que a mis ojos resulta evidente. Lord Raymond
no nació nunca para ser zángano en un panal, ni para hallar contento en nuestra
vida pastoral. Él cree que debe conformarse con ésta. Imagina que su situación
presente impide sus posibilidades de engrandecimiento. Y por tanto, ni siquiera
en lo más profundo de su corazón piensa en cambiar. Pero ¿no ves que, tras la
idea de exaltarme a mí, está dibujando una nueva senda para sí mismo? ¿Una
senda de acción de la que lleva mucho tiempo apartado?
»Acudamos
en su ayuda. Él, el noble, el guerrero, el más grande en todas las cualidades
que adornan la mente y el cuerpo de un hombre... Él está capacitado para ser el
Protector de Inglaterra. Si yo, es decir, si nosotros lo proponemos para el
cargo, sin duda saldrá electo, y hallará, en el desempeño del cargo, terreno
para ejercer los crecientes poderes de su ingenio. Incluso Perdita se alegrará.
Perdita, en cuya ambición anidaba un fuego acallado hasta que se casó con
Raymond, evento que durante un tiempo colmó todas sus esperanzas... Perdita se
alegrará de la gloria y el ascenso de su señor y, tímida y bella, no rechazará
la parte que le corresponda. Entretanto nosotros, los sabios del campo,
regresaremos a nuestro castillo y, como Cincinato, nos ocuparemos de nuestras
tareas ordinarias hasta que nuestro amigo requiera nuestra presencia y ayuda
aquí.
Cuanto
más razonaba Adrian en relación con ese plan, más factible me parecía. La
terquedad con que defendía su no participación en la vida pública era
inexpugnable, y su delicado estado de salud parecía suficiente argumento a
favor de tal decisión. Su siguiente paso era lograr que Raymond confesara sus
deseos secretos de reconocimiento y fama. Éste se presentó ante nosotros
mientras nos hallábamos conversando. El modo en que Adrian había recibido su
plan de proponerlo como candidato al Protectorado, así como sus propias
respuestas, habían logrado que despertara ya en su mente el tema que ahora
debatíamos. Su semblante y sus gestos delataban indecisión y nerviosismo. Pero
éste surgía del temor a que no secundáramos o a que no tuviera éxito nuestra
idea; y aquélla lo hacía de una duda, la de si debíamos arriesgarnos a una
derrota. Unas pocas palabras nuestras bastaron para que tomara la decisión, y
la esperanza y la alegría brillaron en sus ojos. La idea de iniciar una carrera
tan acorde con sus primeros hábitos y más recónditos deseos hizo aflorar su
naturaleza más briosa y atrevida. Conversamos sobre sus posibilidades de ganar,
sobre los méritos de los demás candidatos y sobre la predisposición de los
votantes.
Pero
habíamos errado en el cálculo. Raymond había perdido gran parte de su
popularidad, y sus peculiares partidarios habían desertado de él. Su ausencia
de la escena pública había propiciado el olvido de la gente. Sus anteriores
apoyos parlamentarios eran sobre todo de realistas que, cuando se había tratado
de presentarse como heredero del condado de Windsor, se mostraron dispuestos a
convertirlo en su ídolo, pero que en realidad le profesaron indiferencia cuando
se presentó ante ellos sin más atributos ni distinciones que los que ellos, en
su opinión, también compartían. Con todo, conservaba muchos amigos, admiradores
de sus conocidos talentos. Su presencia, elocuencia, aplomo e imponente belleza
se combinaban para producir un efecto electrizante. También Adrian, a pesar de
sus hábitos solitarios y sus teorías, tan contrarias al espíritu de partido,
contaba con muchos amigos, a los que sería fácil convencer para que votaran al
candidato que él proclamara.
El duque
de ..., así como el señor Ryland, viejo antagonista de Raymond, eran los otros
candidatos. Al duque lo apoyaban todos los aristócratas de la república, que lo
consideraban su representante natural. Ryland era el candidato popular. Cuando,
en un primer momento, el nombre de lord Raymond se añadió a la lista, sus
posibilidades parecían escasas. Abandonamos el debate que siguió a su
nominación: nosotros, sus postulantes, mortificados, y él desanimado en exceso.
Perdita nos regañó duramente. Habíamos alentado exageradamente sus
expectativas. En su momento, ella no sólo no se había opuesto a nuestros
planes, sino que se había mostrado claramente complacida por ellos. Pero el
evidente fracaso de éstos había modificado el curso de sus ideas. Creía que, una
vez despertado, Raymond ya
no
regresaría de buen grado a Windsor. Excitados sus viejos hábitos, su mente
inquieta desvelada de su sopor, la ambición sería ya su compañera de por vida.
Y si no alcanzaba el éxito en aquel primer intento, preveía que la infelicidad
y un descontento incurable se apoderarían de él. Tal vez su propia decepción
añadía dolor a sus pensamientos y palabras. No se calló nada, y nuestras
propias ideas no hacían sino empeorar nuestra zozobra.
Debíamos
promocionar a nuestro candidato, persuadir a Raymond para que se presentara
ante los electores la tarde siguiente. Él se mantuvo obstinado largo rato. Se
montaría en un globo; navegaría hasta un confín lejano del mundo, donde su
nombre y su humillación no se conocieran. Pero todo fue inútil. Su candidatura
ya se había registrado; su propósito, dado a conocer al mundo. Su vergüenza
jamás se borraría del recuerdo de los hombres. Era preferible fracasar tras
someterse al combate que huir ahora, al inicio de su empresa.
Desde que
adoptó esa idea, todo en él cambió. Se esfumaron de un plumazo el desánimo y el
nerviosismo. Pasó a ser pura vida y actividad. La sonrisa de triunfo brillaba
de nuevo en su rostro. Decidido a perseguir su objetivo hasta el fin, sus
gestos y expresiones parecían presagiar el logro de sus deseos. No era ése el
caso de Perdita. La excitación de su esposo la asustaba, pues temía que, al
final, se tornara en una decepción mayor. Si a nosotros su alegría nos infundía
esperanza, en ella sólo alentaba la zozobra de su mente. Le daba miedo
perderlo, aunque no se atrevía a decir nada sobre los cambios que observaba en
su carácter. Lo escuchaba atentamente, pero no se sustraía de dar a sus
palabras un significado distinto del que tenían, lo que minaba aún más sus
expectativas. No tendría valor para presenciar la contienda y permanecería en
casa, presa de aquella doble preocupación. Lloraría con su hijita en brazos. Su
mirada, sus palabras, demostraban que temía el advenimiento de una horrible
calamidad. Los efectos de su agitación incontrolable la llevaban a enloquecer.
Lord
Raymond se presentó en la cámara con absoluta confianza y maneras seductoras.
Una vez el duque de ... y el señor Ryland hubieron concluido sus parlamentos,
comenzó su intervención. Sin duda, no la llevaba preparada y al principio
vaciló, deteniéndose para meditar sus ideas y escoger las expresiones que
consideraba más adecuadas. Gradualmente adquirió soltura. Sus palabras brotaban
con fluidez, llenas de vigor, y su voz ganaba en persuasión. Se refirió a su
vida pasada, a sus éxitos en Grecia, al favor de que había gozado en su país.
¿Por qué había de perderlo, ahora que los años transcurridos, la prudencia
acumulada y los votos que, con su matrimonio, había contraído con su país,
lejos de mermar su confianza, no hacían sino aumentarla? Habló del estado de
Inglaterra. De las medidas que era necesario adoptar para garantizar su
seguridad y potenciar su prosperidad. Trazó un retrato muy vívido de su
situación
presente. A medida que hablaba, los asistentes enmudecían y seguían sus
palabras con absoluta atención. Su elocuencia encadenaba los sentidos de los
allí congregados. En cierto modo, él era el hombre adecuado para unir a las
diversas facciones. Por su nacimiento complacía a la aristocracia. Y ser el
candidato propuesto por Adrian, un hombre íntimamente ligado al partido
popular, hacía que muchos, que no se sentían especialmente representados por el
duque ni por Ryland, se alinearan con él.
El debate
fue intenso e igualado. Ni Adrian ni yo mismo nos habríamos mostrado más
inquietos si nuestro propio éxito hubiera dependido de nuestro esfuerzo. Pero
habíamos empujado a nuestro amigo a la empresa, y nos correspondía a nosotros
asegurar su triunfo. Idris, que tenía en gran aprecio sus habilidades, se
mostraba muy interesada en el desarrollo de los acontecimientos. Y mi pobre
hermana, que no se atrevía a esperar nada, y a quien el miedo sumía en un
estado lamentable, parecía presa de una inquietud febril.
Transcurrían
los días. Planeábamos qué hacer por las noches, que ocupábamos en debates en
los que no alcanzábamos conclusión alguna. Por fin llegó el momento crítico: la
noche en que el Parlamento, que ya había demorado en exceso la elección, debía
decidirse: cuando dieran las doce y llegara el nuevo día, habría de disolverse,
según la Constitución, su poder extinto.
Convocamos
a nuestros partidarios en casa de Raymond. A las cinco y media nos dirigimos al
Parlamento. Idris se esforzaba por calmar a Perdita, pero la agitación de la
pobre niña era tal que no lograba controlarse. Caminaba de un lado a otro de la
sala, contemplaba con ojos desbocados a cualquiera que entrara, imaginando que
tal vez le trajera la noticia de su condena. Para hacer justicia a mi dulce
hermana, diré que no era por ella por quien agonizaba. Sólo ella sabía la
importancia que Raymond otorgaba a su propio éxito. Fingía tanta alegría y
esperanza, y las fingía tan bien, que nosotros no adivinábamos las secretas
preocupaciones de su mente. A veces un temblor nervioso, una breve disonancia
en la voz, o cierta abstracción pasajera revelaban a Perdita la violencia que
ejercía contra sí mismo. Pero nosotros, concentrados en nuestros planes,
observábamos sólo su risa siempre presta, las bromas que nos dedicaba a la
menor ocasión, la marea alta de su buen humor, que parecía no retirarse nunca.
Perdita, en cambio, seguía a su lado cuando se retiraba. Ella era testigo del
cambio de humor que llegaba tras su hilaridad. Sabía que le costaba dormir, que
se mostraba irritable... En una ocasión lo descubrió llorando. Desde entonces,
desde que fue testigo de aquel llanto causado por su orgullo herido, un orgullo
que sin embargo era incapaz de desterrar, las lágrimas de ella apenas dejaban
de asomar a sus ojos. No era de extrañar, entonces, que sus sentimientos
hubieran alcanzado aquellos extremos. Al menos yo trataba de
explicarme
así su estado de agitación. Pero eso no era todo, y el desenlace nos reveló
otra causa.
Antes de
partir nos demoramos un poco para despedirnos de nuestras amadas niñas. Yo
albergaba pocas esperanzas de éxito, y rogué a Idris que se ocupara de mi
hermana. Al acercarme a Perdita, ella me tomó de la mano y me llevó a otra
estancia de la casa. Allí se arrojó en mis brazos y lloró largo rato,
amargamente. Yo traté de calmarla. Apelé a su esperanza. Le pregunté qué era
aquello tan tremendo que temía, incluso en el caso de que fracasáramos en
nuestros planes.
-¡Hermano
mío! -exclamó ella-. ¡Protector de mi infancia, mi querido Lionel, mi destino
pende de un hilo! Ahora os tengo a todos a mi lado, a ti, compañero de mi
infancia, a Adrian, al que quiero como si me unieran a él lazos de sangre. A
Idris, hermana de mi corazón, y a su adorado retoño. Esta... esta puede ser la
última vez que os tenga a todos conmigo.
Entonces
se detuvo de pronto y dijo:
-¿Qué es
lo que he dicho? ¡Qué necia y qué falsa soy!
Me miró
con ojos desbocados y, serenándose de pronto, se disculpó por lo que definió
como palabras sin sentido, diciendo que debía de estar loca pues, mientras
Raymond viviera, ella sería feliz. Y acto seguido, aunque no dejaba de
sollozar, me aseguró que podía irme tranquilo. Cuando Raymond se despidió de
ella apenas le sostuvo la mano y le dedicó una mirada intensa. Ella le
respondió sin palabras, asintiendo, comprensiva.
¡Pobre
muchacha! ¡Cuánto debió de haber sufrido! Nunca perdonaré del todo a Raymond
las pruebas que le impuso, ocasionadas, como lo estaban, por unos sentimientos
egoístas. Había planeado, si fracasaba en el empeño que le ocupaba, embarcarse
para Grecia sin despedirse de ninguno de nosotros y no regresar jamás a
Inglaterra. Perdita había accedido a sus deseos, pues complacerlo era la sola
meta de su vida, el colmo de su dicha. Pero abandonar a todos sus compañeros, a
las personas amadas con las que había compartido sus años más felices y,
mientras llegaba el momento, ocultar aquella temible decisión, era una misión
que casi consumió toda su fuerza mental. Llevaba un tiempo preparando su
partida. Le había prometido a Raymond, durante aquella tarde decisiva, que
aprovecharía nuestra ausencia para avanzarse en su primera etapa del viaje. Él,
tras su derrota, se ausentaría de nuestro lado y se uniría a ella.
Aunque al
tener conocimiento de semejante plan me sentí ofendido en gran manera por lo
poco que Raymond había tenido en cuenta los sentimientos de mi hermana, pasado
el tiempo reflexioné y pensé que en realidad había actuado bajo el peso de tal
excitación que no pensaba en lo que hacía y que,
por
tanto, debía quedar exento del peso de la culpa. Si nos hubiera permitido ser
testigos de su agitación, se habría hallado más bajo la guía de la razón; pero
su empeño en mantener la compostura actuaba con tal violencia sobre sus nervios
que destruía su capacidad de autodominio. Estoy convencido de que, en el peor
de los casos, habría regresado desde la costa para despedirse de nosotros y
hacernos partícipes de sus planes. Pero la tarea que impuso a Perdita no era
menos dolorosa. Había obtenido de ella promesa de mantener el secreto, y su
papel en el drama, que debía representar sola, debía de causarle una agonía
inimaginable. Pero debo regresar a mi relato.
Los
debates, hasta el momento, habían sido largos y acalorados, en ocasiones
dilatados con el único objeto de retrasar la decisión. Pero ahora todo el mundo
parecía temer que el momento fatal llegara sin que la elección se hubiera
consumado. Un silencio atípico reinaba en la cámara, cuyos miembros hablaban en
susurros. Los procedimientos habituales se zanjaban sin revuelo y con premura.
Durante la primera etapa de la elección, el duque de ... había quedado
eliminado, de modo que la decisión estaba entre lord Raymond y el señor Ryland.
Éste se había mostrado seguro de la victoria hasta la aparición en escena de
lord Raymond. Pero desde que el nombre de éste se había añadido a las
candidaturas, aquél se había dedicado a una intensa campaña para la obtención de
apoyos. Aparecía todas las noches, la impaciencia y la ira dibujadas en su
gesto, censurándonos desde el otro extremo de Saint Stephen, como si fruncir el
ceño le bastara para eclipsar nuestras esperanzas.
Todo en
la Constitución inglesa se había redactado pensando en el mantenimiento de la
paz. Así, el último día sólo se permitía que quedaran dos candidatos en liza.
Además, para evitar en lo posible la lucha final entre ellos, se ofrecía un
soborno a aquel de los dos que renunciara voluntariamente a sus pretensiones.
Se le reservaba un cargo que le reportaba honor y pingües ingresos, y el éxito
garantizado en una futura elección. Con todo, por curioso que parezca, ese caso
no se había dado nunca hasta el momento y la ley había quedado obsoleta
(nosotros ni siquiera la habíamos tenido en cuenta en el curso de nuestras
conversaciones). Por tanto, supuso para todos una sorpresa mayúscula que, una
vez se nos hubo pedido que nos constituyéramos en comité para la elección del
Lord Protector, el miembro que había nominado a Ryland se alzara y nos
informara de que su candidato había renunciado a sus pretensiones. En un primer
momento aquella noticia fue recibida con el silencio. A éste le siguió un
murmullo confuso que, cuando el presidente declaró a lord Raymond oficialmente
electo, se convirtió en aplauso y ovación de victoria. Parecía que, si
ignorando todo temor a la derrota el propio señor Ryland no hubiera presentado
su renuncia, todas las voces se habrían unido igualmente a favor de nuestro
candidato. De hecho, una vez la idea de la competición se hubo disipado, los
corazones regresaron al respeto y la admiración anteriores para con nuestro
amigo. Todo el mundo sentía que
Inglaterra
no había contado jamás con un Protector tan capaz de cumplir con los
responsabilidades de su alto cargo. Una sola voz, hecha de muchas voces, resonó
en toda la cámara, gritando el nombre de Raymond.
El
aludido hizo entonces acto de presencia. Yo me hallaba en uno de los escaños
más elevados y le vi recorrer el pasillo en dirección al estrado. La discreción
natural de su carácter se imponía sobre su alegría por el triunfo. Miró
tímidamente a su alrededor. Una tenue neblina parecía velar sus ojos. Adrian,
que se hallaba junto a mí, se apresuró a reunirse con él y, saltando entre los
bancos, no tardó nada en llegar a su lado. Su presencia animó a nuestro amigo.
Y cuando le llegó el turno de hablar y actuar, desvanecidas ya sus
vacilaciones, brilló, supremo en su majestad y en su victoria. El anterior
Protector le tomó juramento y le impuso la insignia del cargo, en cumplimiento
de la ceremonia de traspaso de poderes. El Parlamento quedó disuelto. Los más
altos dignatarios del Estado se congregaron alrededor del nuevo gobernante y lo
condujeron al palacio del Protectorado. De pronto Adrian se esfumó y, cuando
los partidarios de Raymond ya no eran más que unos pocos amigos íntimos,
regresó en compañía de Idris, que quería felicitar a su amigo por el éxito
obtenido.
Pero,
¿dónde estaba Perdita? Concentrado en asegurarse una pronta y discreta retirada
en caso de fracaso, Raymond había olvidado organizar el modo de que su esposa
pudiera enterarse de su éxito. Y a ella, demasiado alterada, también le había
pasado por alto aquella circunstancia. Cuando Idris fue a hablarle, hasta tal
punto se hallaba él fuera de sí que le preguntó por mi hermana. Un solo
comentario, que le informó de su misteriosa desaparición, le hizo recordarlo
todo. Adrian, cierto es, había acudido ya en busca de la fugitiva, imaginando
que su indomable angustia la habría conducido a las inmediaciones del
Parlamento, y que algún contratiempo la había retenido. Pero Raymond, sin
darnos explicación alguna, se ausentó de pronto, y al instante oímos el galope
de su caballo por las calles, a pesar del viento y la lluvia que la tormenta
esparcía sobre la tierra. Como desconocíamos adónde se dirigía y cuánto
tardaría en regresar, abandonamos el lugar, suponiendo que tarde o temprano
regresaría con Perdita, y que no lamentarían verse solos.
Mi
hermana, entretanto, había llegado con su hija a Dartford, llorando
desconsoladamente. Ordenó que todo se dispusiera para poder proseguir viaje y,
acostando a su pequeña en una cama, pasó varias horas de agudo sufrimiento. A
veces observaba la violencia con que descargaban los elementos y pensaba que la
atacaban a ella. Oía el golpeteo de la insistente lluvia, que la sumía en la
tristeza y la desesperación. En ocasiones sostenía a su hija en brazos,
buscándole parecidos con su padre, temerosa de que más adelante demostrara
también las mismas pasiones e impulsos incontrolables que tan infeliz la
hacían. Pero volvía a constatar con una mezcla de orgullo y
delicia
que al rostro de su pequeña asomaba la misma sonrisa hermosa que con frecuencia
iluminaba el semblante de Raymond. Su visión la aliviaba. Pensaba en el tesoro
que poseía al contar con el afecto de su señor; en sus hazañas, que superaban
todas las de sus coetáneos, en su genio, en su devoción por ella. Y se le
ocurrió que renunciaría de buen grado a todo lo que poseía en el mundo, salvo a
él, como ofrenda propiciatoria que le asegurara el bien supremo que con él
conservaba. Y no tardó en imaginar que el destino exigía de ella ese sacrificio
como prueba de que vivía entregada a Raymond, y que debía hacerlo con alegría.
Se imaginó su vida en la isla griega que él había escogido para su retiro, y
donde ella trataría de aliviar su dolor. Imaginó que allí cuidaría de su
hermosa hija Clara, que allí cabalgarían juntos, que allí se dedicaría a
consolarlo. Y la imagen se formó ante ella con colores tan vivos que empezó a
temer precisamente lo contrario, la vida de magnificencia y poder en Londres,
donde Raymond ya no sería sólo suyo ni ella la única fuente de felicidad para
él. Por lo que a ella respectaba, empezó a desear que su esposo saliera
derrotado. Sólo teniéndolo en cuenta a él sus sentimientos vacilaron cuando oyó
el galope de su caballo en el patio de la posada. Que acudiera a su encuentro a
solas, empapado por la lluvia, pensando sólo en el modo de llegar antes, ¿qué
podía significar sino que, derrotado y solitario, debía emprender la marcha de
su Inglaterra natal, el escenario de su vergüenza, y ocultarse junto a ella
entre los mirtos de las islas griegas?
De pronto
se hallaba en sus brazos. El conocimiento de su éxito había impregnado su ser
hasta tal punto, que a Raymond no le pareció necesario transmitir la noticia a
su amada. Ella sólo sintió en su abrazo la seguridad de que, mientras él la
poseyera, no desesperaría.
-Qué
bueno eres -exclamó ella-. Qué noble, mi amado. No temas la desgracia ni los
reveses de la fortuna mientras estés con tu Perdita. No temas la tristeza
mientras nuestra hija viva y sonría. Vayamos donde tú quieras. El amor que nos
acompaña ahuyentará nuestros pesares.
Rodeada
por sus brazos habló de ese modo, y echó hacia atrás la cabeza en busca de un
asentimiento a sus palabras en los ojos de su esposo. Y vio que éstos lanzaban
destellos de alegría.
-¿Cómo
decís, pequeña Protectora? -preguntó él, burlón-. ¿Qué es lo que habláis? ¿Qué
oscuros planes de exilios y tinieblas has urdido, cuando una tela más
brillante, tejida con hilos de oro, es la que, en verdad, deberías estar
contemplando?
Raymond
le besó la frente, pero ella, lamentando a medias su triunfo, agitada por
tantos cambios súbitos en su pensamiento, ocultó el rostro en su pecho y lloró.
Él la consoló al momento, le transmitió sus propias esperanzas y deseos, y el
rostro de Perdita no tardó en iluminarse. ¡Qué felices fueron esa
noche!
¡Cómo rebosaba su alegría!
CAPÍTULO
VII
Tras
dejar a nuestro amigo instalado en su nuevo puesto, volvimos los ojos hacia
Windsor. Su cercanía de Londres atenuaba el dolor de tener que separarnos de
Raymond y Perdita. Nos despedimos de ellos en el palacio del Protectorado. Me
impresionó bastante ver a mi hermana tratando de interpretar su papel,
intentando ocupar su nuevo cargo con su acostumbrada dignidad. Su orgullo
interior y su sencillez de modales se hallaban, más que nunca, en guerra. Su
timidez no era un rasgo artificial, surgía del temor a no ser lo bastante
apreciada, de cierta conciencia de la indiferencia con que la trataba el mundo,
que también caracterizaba a Raymond. Pero ella pensaba en los demás con más
insistencia que él, y parte de su retraimiento nacía del deseo de extraer de quienes
la rodeaban un sentimiento de inferioridad, un sentimiento que a ella no se le
pasaba por la cabeza. A causa de su cuna y de su educación, Idris hubiera
estado mejor capacitada para las actividades ceremoniales, pero la naturalidad
con que ella acompañaba tales acciones, surgida del hábito, se las hacía
tediosas, mientras que, a pesar de todas las dificultades, no había duda de que
Perdita disfrutaba de su posición. Estaba demasiado llena de nuevas ideas como
para sentir pesar cuando nos dijimos adiós. Se despidió de nosotros
afectuosamente y prometió acudir a visitarnos pronto. Pero no lamentaba las
circunstancias causantes de nuestra separación. Raymond se mostraba exultante:
no sabía qué hacer con el poder recién adquirido. Mil planes bullían en su mente,
aunque todavía no había decidido poner ninguno en práctica. Con todo, se
prometía a sí mismo, y prometía a sus amigos y al mundo entero, que su
Protectorado estaría marcado por algún acto de inigualable gloria. Así,
menguados en número, conversando sobre ello, regresamos al castillo de Windsor.
Nos alegraba enormemente alejarnos del tumulto político que dejábamos atrás, y
anhelábamos volver a nuestras soledades con energías redobladas. No echábamos
de menos las ocupaciones. En mi caso, mis intereses se centraban exclusivamente
en el ejercicio intelectual. Había descubierto que el estudio serio era una
excelente medicina para curar las fiebres del espíritu que, de haberme
mantenido indolente, sin duda me hubieran asaltado. Perdita nos había permitido
llevarnos a Clara al castillo, y ella y mis dos preciosos hijos eran motivo de
interés y distracción permanentes.
La única
circunstancia que perturbaba nuestra paz era la salud de Adrian. Su deterioro
era claro, aunque ninguno de sus síntomas nos llevaba a adivinar la enfermedad
que padecía. Pero algo en el brillo de sus ojos, en su expresión
arrebatada,
en el color de sus mejillas, nos hacía temer que estuviera consumiéndose. Con
todo, nuestro amigo no sentía dolor ni miedo alguno. Se entregaba con ardor a
la lectura y descansaba del estudio en compañía de sus seres más queridos, su
hermana y yo. A veces se acercaba a Londres para reunirse con Raymond y ser
testigo del desarrollo de los acontecimientos. Solía llevarse a Clara en
aquellas visitas, en parte para que pudiera ver a sus padres y en parte porque
a Adrian le fascinaban el parloteo y el gesto inteligente de aquella niña
encantadora.
Entretanto,
en la capital todo marchaba bien. Las nuevas elecciones se habían celebrado. El
Parlamento se reunía y Raymond vivía ocupado en mil planes de mejora. Se
proyectaban canales, acueductos, puentes, edificios estatales, así como varias
instalaciones de utilidad pública. Siempre estaba rodeado de proyectistas y
proyectos destinados a hacer de Inglaterra escenario de fertilidad y
magnificencia. La pobreza iba a ser erradicada. Los hombres se trasladarían de
un lugar a otro casi con la misma facilidad que los príncipes Hussein, Alí y
Ahmed en Las mil y una noches. El estado físico del hombre pronto dejaría de
depender de la benevolencia de los ángeles. La enfermedad sería abolida y de
los trabajos se suprimirían las cargas más pesadas. Nada de todo ello parecía
extravagante. Las artes de la vida y los descubrimientos de la ciencia, habían
aumentado en una proporción que hacía imprevisible todo cálculo. Los alimentos,
por así decirlo, brotaban espontáneamente; existían máquinas que suministraban
fácilmente todo lo que la población necesitaba. Pero la tendencia al mal
sobrevivía y los hombres no eran felices, no porque no pudieran, sino porque no
se alzaban para superar los obstáculos que ellos mismos habían creado. Raymond
había de inspirarlos con su voluntad benéfica, y el engranaje de la sociedad,
una vez sistematizado según reglas precisas, ya nunca sucumbiría al desorden.
Para el logro de tales esperanzas había abandonado la ambición que durante tan
largo tiempo había alimentado: pasar a los anales de las naciones como un
guerrero victorioso. Renunciando a la espada, la paz y sus glorias duraderas se
convirtieron en su meta, y el título al que ahora aspiraba era el de benefactor
de su país.
Entre las
obras de arte que promovía se encontraba la construcción de una Galería
Nacional dedicada a la escultura y la pintura. Él mismo poseía muchas obras,
que planeaba ceder a la República. Y, como el edificio estaba llamado a
convertirse en la perla de su Protectorado, se mostraba muy puntilloso en
cuanto al diseño de su construcción. Se le presentaron cientos de planes, que
rechazaba sin excepción. Llegó a enviar a dibujantes a Italia y Grecia para que
realizaran bocetos. Pero como la Galería debía caracterizarse por la
originalidad, además de por la perfección de su belleza, durante cierto tiempo
sus esfuerzos no hallaron recompensa. Al fin le enviaron un dibujo anónimo,
aunque con una dirección de contacto. El diseño resultaba nuevo y elegante, aunque
contenía defectos. Tantos que, aunque los trazos eran hermosos y
elegantes,
resultaba evidente que no era obra de un arquitecto. Raymond lo contempló
encantado. Cuanto más le gustaba, más complacido se sentía, a pesar de que a
cada inspección los errores se multiplicaban. Escribió a la dirección indicada
expresando su deseo de reunirse con el dibujante para proponerle cambios, unos
cambios que se le sugerirían en el transcurso del encuentro.
Llegó un
griego. Se trataba de un hombre de mediana edad y físico tan ordinario que
Raymond dudaba de que pudiera tratarse de un proyectista, a pesar de su
expresión inteligente. Él mismo reconoció no ser arquitecto, pero la idea de
aquel edificio se había apoderado de él y había decidido enviarla sin esperanza
alguna de que fuera aceptada. Era hombre de pocas palabras. Raymond le
formulaba preguntas, pero la parquedad de sus respuestas le llevó a
concentrarse en el dibujo. Le señaló los errores y los cambios que deseaba
introducir. Ofreció al griego un lápiz para que pudiera realizar los cambios
allí mismo, pero el visitante rehusó, asegurando que había comprendido
perfectamente lo que le solicitaba y que prefería trabajar en casa. Finalmente
Raymond le dejó marchar. Regresó al día siguiente con el boceto modificado.
Pero seguían apareciendo muchos defectos y había malinterpretado algunas de las
instrucciones.
-Vamos
-dijo Raymond-. Ayer cedí a su petición. Hoy le conmino a que acepte mi
propuesta. Tome este lápiz. -El griego obedeció, pero su manera de sostenerlo
delataba que no era artista.
-Le
confieso, señor -admitió al cabo-, que yo no soy el autor de los bocetos. Pero
es imposible que vea al verdadero dibujante. Sus instrucciones debo
transmitírselas yo. Le ruego, pues, que sea paciente con mi ignorancia y me
exponga a mí sus deseos. Estoy seguro de que, con el tiempo, se sentirá
satisfecho.
Raymond
le interrogó en vano. El misterioso griego no reveló nada más. ¿El artista
aceptaría recibir la visita de un arquitecto? También se negaba a ello. Raymond
reiteró sus instrucciones y el visitante se ausentó. A pesar de todo, nuestro
amigo se negaba a renunciar a su deseo. Sospechaba que la causa del misterio
estaba en una pobreza extrema, y que el artista no deseaba que nadie fuera
testigo de la miseria de sus ropas y de su morada. Todo aquello no hacía sino
excitar la curiosidad de Raymond por descubrir de quién se trataba. Espoleado
por el interés que sentía por los talentos ocultos, ordenó a alguien experto en
tales menesteres que siguiera al griego la próxima vez que le visitase y
observara la casa en que entrara. Su emisario lo hizo así y volvió para
transmitirle la información. Había seguido al hombre hasta una de las calles
más destartaladas de la metrópoli. A Raymond no le extrañaba que, en aquella
situación, el artista prefiriera mantenerse en el anonimato, pero el dato no le
llevó a cambiar de opinión.
Aquella
misma tarde se presentó sólo en la dirección indicada. La pobreza, la suciedad
y la miseria caracterizaban el lugar. «¡Ah! -pensó-. Me queda tanto por hacer
antes de que Inglaterra se convierta en un paraíso...» Llamó a la puerta, que
se abrió cuando alguien, desde arriba, tiró de una cuerda. La escalera
cochambrosa y decrépita apareció ante él, pero nadie salió a recibirlo. Volvió
a llamar, en vano, e impaciente por el retraso, decidió subir a oscuras el
primer tramo de peldaños rotos. Su principal deseo, sobre todo después de haber
visto con sus propios ojos el estado de abyección en que se encontraba la
morada del artista, era ayudar a alguien que, dotado de talento, carecía de
todo lo demás. Se representó en la imaginación a un joven de ojos brillantes,
revestido de genio pero menguado por el hambre. Temía que su visita no le
agradara, pero confiaba en saber administrar su generosa bondad con delicadeza,
para no despertar rechazo en él. ¿Qué corazón humano se cierra del todo a la
amabilidad? Y aunque la pobreza, cuando es excesiva, puede volver a quien la
padece incapaz de aceptar la supuesta degradación de un beneficio, el celo de
su benefactor ha de lograr al fin que muestre agradecimiento. Aquellos
pensamientos alentaron a Raymond, que se hallaba ya frente a la puerta del
último piso del edificio. Tras intentar sin éxito acceder a las otras
habitaciones de la planta, percibió, justo en el rellano de ésta, unas babuchas
turcas. La puerta estaba entreabierta, pero tras ella reinaba el silencio. Era
probable que el inquilino se hubiera ausentado, pero seguro de haber dado con
la dirección correcta, nuestro intrépido Protector sintió la tentación de
entrar para dejar una bolsa de monedas sobre la mesa antes de abandonar
discretamente la estancia. Resuelto a hacerlo así, empujó despacio la puerta y
al momento descubrió que el cuarto estaba habitado.
Raymond
no había visitado nunca las viviendas de los más necesitados, y la visión que
se presentó ante él le causó un fuerte impacto: el suelo estaba hundido en
varios lugares, las paredes desconchadas y desnudas, el techo manchado de
humedad. En un rincón vio una cama destartalada. Sólo había dos sillas en el
cuarto, además de una mesa vieja y rota, sobre la que reposaba una palmatoria
de hojalata con una vela encendida. Y sin embargo, en medio de toda aquella
siniestra y abrumadora miseria asomaba un aire de orden y limpieza que le
sorprendió. Aquel fue un pensamiento fugaz, pues su atención se desvió al
momento hacia la habitante de aquella triste morada. Se trataba de una mujer
que, sentada a la mesa, se protegía con una mano los ojos de la luz de la vela.
Con la otra sostenía un lápiz. Observaba fijamente el boceto que tenía delante,
y que Raymond reconoció al momento como el mismo que le habían presentado el
día anterior. El aspecto de aquella joven despertaba su más vivo interés.
Llevaba los cabellos morenos peinados en gruesas trenzas, como en un tocado de
estatua griega. Vestía con modestia, pero su actitud la convertía en modelo de
gracia. Raymond recordaba vagamente haber visto a alguien parecido. Se acercó a
ella, que no alzó la vista del papel y se limitó a
preguntarle,
en romaico, quién era.
-Un amigo
-respondió Raymond en el mismo dialecto. Ella alzó la cabeza entonces,
sorprendida, y él descubrió que se trataba de Evadne Zaimi. Evadne, en otro
tiempo ídolo de los afectos de Adrian y que, por causa del visitante que ahora
llegaba, había desdeñado al noble joven y luego, rechazada por el objeto de su
amor, con las esperanzas rotas y atenazada por el dolor punzante de la
desgracia, había regresado a su Grecia natal. ¿Qué revolución de la fortuna la
había llevado de vuelta a Inglaterra y la había instalado en semejante
cuartucho?
Cuando
Raymond la reconoció, sus maneras pasaron de la amable benevolencia a las más
cálidas manifestaciones de amabilidad y comprensión. Viéndola en aquella
situación sentía su alma atravesada por una flecha. Se sentó junto a ella, le
tomó la mano y le dijo mil cosas, movido por la compasión y el afecto. Evadne
no respondía. Sin alzar los ojos oscuros en ningún momento, finalmente una
lágrima asomó a sus pestañas.
-La
amabilidad logra así -exclamó- lo que la necesidad y la miseria jamás han
conseguido: que me deshaga en llanto.
Vertió
entonces muchas lágrimas, y sin saber qué hacía apoyó la cabeza en el hombro de
Raymond. Él le tomó la mano y le besó la mejilla hundida y húmeda. Le aseguró
que sus sufrimientos habían terminado. Nadie era mejor que él en las artes del
consuelo, pues no razonaba ni peroraba, sino que se limitaba a mirar con ojos
comprensivos. Recreaba imágenes agradables que plantaba en la mente de quien
sufría. Sus caricias no despertaban desconfianza, pues nacían del mismo
sentimiento que lleva a la madre a besar a su hijo herido: un deseo de
demostrar de todos los modos posibles la verdad de sus emociones, una necesidad
de verter bálsamo en la mente lacerada del infortunado.
Cuando
Evadne recobró la compostura, Raymond empezó a mostrarse casi alegre. Algo le
decía que no eran los males de la pobreza los que oprimían su corazón, sino más
bien la bajeza y la desgracia consecuencia de aquélla. Mientras conversaban, él
fue despojándola de ambas. A veces le hablaba de su fortaleza con grandes
elogios. En otras ocasiones, aludiendo a su estado anterior, la llamaba
«princesa camuflada». Le ofreció su ayuda sincera. Ella estaba demasiado
ocupada con otros pensamientos como para aceptarla o rechazarla. Al cabo
Raymond se fue, no sin prometerle que volvería a visitarla al día siguiente. Y
regresó a casa lleno de sentimientos contradictorios, del dolor que la
desgracia de Evadne le despertaba y del placer ante la idea de poder aliviarla.
Alguna razón que ni siquiera él lograba explicarse le llevó a ocultarle lo
sucedido a Perdita.
Al día
siguiente se cubrió con una capa para pasar desapercibido y volvió a
visitar a
Evadne. De camino compró una cesta de frutas caras, como las que se cultivaban
en su país y, decorándola con flores, la llevó personalmente hasta el miserable
desván de su amiga.
-Mire -le
dijo al entrar- qué alimento de pájaros he traído para la golondrina del
tejado.
Ese día
Evadne le relató la historia de sus infortunios. Su padre, a pesar de su origen
aristocrático, había dilapidado su fortuna e incluso acabado con su reputación
e influencia a causa de su vida disoluta. Su salud se resintió sin remedio, y
antes de morir expresó su más ferviente deseo de mantener a su hija alejada de
la pobreza que la acecharía cuando quedara huérfana. De modo que aceptó la
propuesta de matrimonio de un rico mercader griego instalado en Constantinopla
y la conminó a ella a aceptarla a su vez. Abandonó entonces su Grecia natal. Su
padre falleció. Ella gradualmente fue perdiendo el contacto y los lazos con sus
compañías de juventud.
La
guerra, que hacía un año había estallado entre Grecia y Turquía, supuso grandes
reveses de fortuna. Su esposo se arruinó y posteriormente, durante un tumulto y
entre amenazas de masacre proferidas por los turcos, se vieron obligados a huir
a medianoche, y montados en un bote alcanzaron un buque inglés que los condujo
a la isla. Las pocas joyas que habían logrado conservar les sirvieron para
sobrevivir un tiempo. Evadne dedicaba toda su fortaleza de espíritu a animar a
su esposo, cada vez más abatido por el desánimo. La pérdida de sus propiedades,
la desesperanza sobre su futuro, la ociosidad a que la pobreza lo condenaba, se
aliaron para reducirlo a un estado rayano en la locura. Cinco meses después de
su llegada a Inglaterra, el hombre se quitó la vida.
-Me
preguntará en qué me he ocupado desde entonces -prosiguió Evadne-. Por qué no
he pedido auxilio a los griegos acaudalados que viven aquí. Por qué no he
regresado a mi Grecia natal. Mi respuesta a estas preguntas ha de parecerle sin
duda insatisfactoria, pero a mí me ha bastado para soportar día a día todos los
reveses que he sufrido, en lugar de obtener ayuda por tales medios. ¿Acaso la
hija del noble aunque pródigo Zaimi, ha de aparecer como una mendiga ante sus
iguales o inferiores, pues superiores a ella no tenía? ¿Debo inclinar la cabeza
en su presencia y, con gesto servil, vender mi nobleza para siempre? Si tuviera
un hijo, o algún vínculo que me atara a la existencia, tal vez me rebajara a
ello pero en mi caso el mundo ha sido para mí como una madrastra avara. Gustosa
abandonaría yo la morada que ella parece reclamarme, y en la tumba olvidaría mi
orgullo, mis luchas, mi desesperación. El momento no tardará. El pesar y el
hambre ya han minado los cimientos de mi ser. En breve habré fallecido. Limpio de
la mancha de la autodestrucción, libre del recuerdo de la degradación, mi
espíritu se librará del su mísero envoltorio y hallará la recompensa que
merecen la fortaleza y la resignación.
Tal vez a
usted le parezca locura, y sin embargo también usted siente orgullo y
resolución. No se asombre, pues si en mí aquél es indomable y ésta inalterable.
Tras
completar su relato, tras explicar lo que estimó oportuno de su historia, de
los motivos que la habían llevado a abstenerse de pedir ayuda a sus paisanos,
Evadne hizo una pausa, aunque parecía tener más que decir, algo que no era
capaz de expresar con palabras. Entretanto era Raymond el que se mostraba
elocuente. Le animaba el deseo de devolver a su amiga al rango social al que
pertenecía, así como sus propiedades perdidas, y se sentía lleno de energía,
con todos sus deseos e intenciones concentrados en la resolución de ese asunto.
Pero se sentía atado: Evadne le había hecho prometer que ocultaría a todos sus
amigos su estancia en Inglaterra.
-Los
familiares del conde de Windsor -dijo altiva- creen sin duda que le causé una
herida. Tal vez el conde mismo sería el primero en perdonarme, pero seguramente
no merezco el perdón. Actué entonces, como siempre, movida por el impulso.
Quizás al menos esta penosa morada sea la prueba que demuestre el desinterés
que ha impulsado mi conducta. No importa. No deseo defender mi causa ante
ninguno de ellos, ni siquiera ante su señoría, si no me hubiera descubierto. El
tenor de mis acciones demostrará que prefería morir a convertirme en blanco de
burlas: «¡Mirad todos a la orgullosa Evadne vestida con harapos! ¡Mirad a la
princesa mendiga!» La mera idea está cargada de veneno de áspid. Prométame que
no violará mi secreto.
Raymond
así lo hizo. Y acto seguido se enzarzaron de nuevo en la conversación. Evadne
requería de él otro compromiso: que no aceptara ningún beneficio para ella sin
su consentimiento y que no le ofreciera ningún alivio a su situación.
-No me
degrade ante mis propios ojos -dijo-. La miseria ha sido mi nodriza durante
largo tiempo. Su rostro es duro, pero es honesta. Si el deshonor, o lo que yo
entiendo como deshonor, se acerca a mí, estoy perdida.
Raymond
trató de disuadirla recurriendo a su poder de convicción y a mil argumentos,
sin éxito. Y acalorada por el rumbo del debate, en el que participaba con
pasión y vehemencia, Evadne prometió solemnemente que huiría y se ocultaría
donde él no pudiera encontrarla, donde el hambre no tardara en acabar con su
vida y sus pesares, si él insistía en sus pretensiones. Según dijo, podía
mantenerse por sí misma. Y mostrándole varios dibujos y pinturas, le contó que
así era como se ganaba el pan. Raymond cedió de momento. Estaba seguro de que
cuando llevara un tiempo animándola y alentándola, la amistad y la razón
acabarían ganando la partida.
Pero los
sentimientos que movían a Evadne estaban anclados en lo más profundo de su ser
y eran de tal naturaleza que él no podía entenderlos. Evadne amaba a Raymond.
Él era el héroe de su imaginación, la imagen que el
amor
había grabado en la fibra inalterada de su corazón. Hacía siete años, en la
cima de su juventud, se había sentido unida a él, que había servido a su país
contra los turcos. En tierra griega había adquirido aquella gloria militar que
tan querida resultaba a los helenos, pues todavía se veían obligados a luchar
palmo a palmo por su seguridad. Y sin embargo, cuando regresó a su país y se
dio a conocer públicamente en Inglaterra, el amor que sentía por él no le fue
correspondido, pues Raymond vacilaba entre Perdita y la corona. Mientras se
hallaba en aquella indecisión ella abandonó Inglaterra. En Atenas recibió la
noticia de su boda, y sus esperanzas, capullos de flor mal regados, se
marchitaron y cayeron. La gloria de la vida se esfumó para ella. El halo rosado
del amor, que había teñido con sus tonos todos los objetos, desapareció. Se
conformaba con tomarse la vida tal como se le presentaba, con sacar el mejor
partido de una realidad pintada de gris. Se casó y, trasladando a otros
escenarios la infatigable energía de su carácter, concentró sus pensamientos en
la ambición de lograr el título de princesa de Valaquia, así como la autoridad
que de él emanaba. Satisfacía sus sentimientos patrióticos pensando en el bien
que podría hacer a su país cuando su esposo gobernara el principado. Pero la
experiencia le demostró que sus ambiciones eran una ilusión tan vana como el
amor. Sus intrigas con Rusia para la consecución de su meta excitaron los celos
del gobierno otomano, así como la animosidad del griego. Ambos la consideraron
culpable de traición, a lo que siguió la ruina de su esposo. Evitaron la muerte
sólo porque huyeron a tiempo, y ella cayó de las alturas de sus deseos a la
penuria en Inglaterra. Gran parte de ese relato se lo ocultó a Raymond. Tampoco
le confesó que la repulsa y la negación, como las que se arrojan sobre un
criminal acusado del peor de los delitos, el de traer la hoz del despotismo
extranjero para erradicar las nuevas libertades que afloraban por todo el país,
habrían seguido a todo intento suyo de ponerse en contacto con sus
compatriotas.
Sabía que
ella era la causante de la ruina absoluta de su esposo y se esforzaba por
asumir las consecuencias: los reproches que en su agonía le hacía o, peor aún,
la depresión incurable y no combatida que sumía su mente en el sopor y que no
resultaba menos dolorosa por presentarse callada e inmóvil. Ella se reprochaba
a sí misma el crimen de su muerte. La culpa y sus castigos parecían acecharla;
en vano trataba de aplacar los remordimientos con el recuerdo de su integridad;
el resto del mundo, incluida ella misma, juzgaba sus acciones por las
consecuencias de éstas. Rezaba por el alma de su esposo, rogaba al Altísimo que
la culpara a ella del crimen de su suicidio, y prometía vivir para expiar su
pecado.
En medio
de toda aquella zozobra, que no habría tardado en consumirla por completo, sólo
en una idea hallaba consuelo. Vivía en el mismo país, respiraba el mismo aire
que Raymond. Su nombre, una vez proclamado Protector, estaba en boca de todos.
Sus logros, sus proyectos y su
magnificencia
eran el tema de todas las conversaciones. Nada es tan precioso al corazón de
una mujer como la gloria y la excelencia del hombre al que ama. Así, ante todos
sus horrores, Evadne se regocijaba en la fama y la prosperidad de Raymond.
Mientras su esposo vivía, ella se avergonzaba de aquellos sentimientos, los
reprimía, se arrepentía de ellos. Cuando murió, la marea de su amor recobró su
antiguo vaivén, le inundó el alma con sus olas tumultuosas y la convirtió en
presa de su incontrolable fuerza.
Pero
nunca, nunca consentiría que la viera en aquel estado de degradación en que se
encontraba. Él no había de presenciar jamás la caída desde el orgullo de su
belleza hasta aquel desván miserable que ocupaba, con un nombre que, en su
propia alma, se había convertido en reproche y en sinónimo de pesada culpa.
Pero, aunque invisible a ojos del Protector, el cargo público de éste le
permitía a ella estar al corriente de sus actividades, de su vida cotidiana,
incluso de sus conversaciones. Evadne se permitía un solo lujo: leía los
periódicos todos los días y celebraba enormemente las alabanzas que recibía
Raymond, así como sus actos, aunque su alegría no estuviera exenta del
correspondiente pesar. El nombre de Perdita iba siempre unido al suyo. Su
felicidad conyugal la celebraba incluso el testimonio auténtico de los hechos.
Estaban siempre juntos, y la desdichada Evadne no podía leer el nombre de
Raymond sin que simultáneamente se le presentara la imagen de ella, compañera
fiel de todos sus esfuerzos y placeres. Ellos, «Sus Excelencias», aparecían en
todas las líneas que leían, conformando una pócima maligna que envenenaba su
sangre.
Fue
precisamente en el periódico donde halló la convocatoria del concurso para la
Galería Nacional. Combinando su gusto personal con el recuerdo de los edificios
que había admirado en Levante, y gracias a su esfuerzo creador, que los dotó de
unidad de diseño, ejecutó los planos que había hecho llegar al Protector. Se
regocijaba en la idea de proporcionar, desconocida y olvidada, un beneficio al
hombre a quien amaba. Y con entusiasmo y orgullo aguardaba impaciente la
construcción de una obra suya que, inmortalizada en piedra, pasaría a la
posteridad unida al nombre de Raymond. Aguardó inquieta a que regresara el
mensajero que había enviado a palacio. Escuchó con avidez el relato que éste le
refirió de todas y cada una de las palabras del Protector, de cada uno de sus
gestos. Se sentía dichosa comunicándose así con su amado, aunque él no supiera
a quién enviaba sus instrucciones. El propio boceto se convirtió para ella en
un objeto estimadísimo. Él lo había visto y lo había ensalzado. Y luego ella lo
retocó, y cada trazo de su lápiz era como el acorde de una música encantada,
que le hablaba de la idea de erigir un templo para celebrar la emoción más
profunda y más impronunciable de su alma. En aquellas meditaciones se hallaba
cuando la voz de Raymond llegó por sorpresa hasta sus oídos, aquella voz que,
una vez percibida, no podía olvidarse. Dominando el torrente de sentimientos
que la atenazaban, le dio la bienvenida
con
sosegada amabilidad.
Su
orgullo y su ternura libraban una batalla que acabó en tablas. Aceptaría ver a
Raymond porque el destino lo había guiado hasta ella y porque su propia
constancia y devoción merecían su amistad. Pero sus derechos respecto a él y el
mantenimiento de su independencia, no debían mancharse con la idea del interés
ni con la intervención de unos sentimientos complejos basados en las
obligaciones pecuniarias, ni con la posición dispar que ocupaban benefactor y
beneficiaria. La mente de Evadne mostraba una fortaleza poco común. Era capaz
de someter sus necesidades emocionales y sus deseos mentales, y de sufrir frío,
hambre y miseria, por no dar la razón a la fortuna en su reñido combate. ¡Ah!
¡Qué lástima que, en la naturaleza humana, semejante muestra de disciplina
mental, de desprecio altivo a la naturaleza misma, no se acompañara de
excelencia moral! Pero la resolución que le permitía soportar el dolor de las
privaciones nacía de la desbordante energía de sus pasiones: y la fortaleza de
espíritu de que hacía gala, y que era una de las manifestaciones de aquélla,
estaba destinada a destruir incluso a su ídolo, para la preservación de cuyo
respeto se entregaría a tal nivel de miseria.
Su
relación continuó. Evadne fue relatando a su amigo los pormenores de su
historia, la mancha que su nombre había recibido en Grecia, el peso del pecado
a que se había hecho acreedora con la muerte de su esposo. Cuando Raymond se
ofreció a limpiar su reputación y a demostrar al mundo entero su sincero
patriotismo, ella declaró que era sólo a través de su sufrimiento como esperaba
aliviar en algo los embates de su conciencia; que, en su estado mental, por más
perturbada que a él le pareciera, la necesidad de entregarse a una ocupación
era una medicina saludable. Acabó arrancándole la promesa de que, por espacio
de un mes, él se abstendría de hablar a nadie de sus intereses, y ella, por su
parte, se comprometió, transcurrido ese tiempo, a plegarse parcialmente a sus
deseos. No podía ocultarse a sí misma que cualquier cambio que se produjera la
separaría de él. De momento lo veía todos los días. Él nunca le hablaba de su
relación con Adrian y Perdita. Para ella él era un meteoro, una estrella
solitaria, que a la hora convenida se alzaba en su hemisferio y cuya presencia
le aportaba felicidad, y que, aunque se ocultara, no se eclipsaba jamás. Acudía
todos los días a su morada de penurias y su presencia la transformaba en un
templo impregnado de dulzura, iluminado por la luz del propio cielo. Él
participaba de su delirio: «Construyeron un muro entre ellos y el mundo». Fuera
revoloteaban mil arpías, el remordimiento y la miseria, aguardando el momento
propicio para abalanzarse sobre ella; dentro reinaba una paz como de inocencia,
una ceguera despreocupada, una dicha engañosa, una esperanza cuya serena ancla
reposaba en aguas plácidas pero inconstantes.
Y así,
mientras Raymond se hallaba envuelto en visiones de poder y fama,
mientras
ansiaba dominar por completo los elementos y las mentes de los hombres, el
territorio de su propio corazón escapaba a su control. Y de aquella fuente
imprevista surgiría el poderoso torrente que dominaría su voluntad y
arrastraría hasta el mar inmenso la fama, la esperanza y la felicidad.
CAPÍTULO
VIII
¿Qué
hacía entretanto Perdita?
Durante
los primeros meses de Protectorado, Raymond y ella habían sido inseparables. Él
le pedía opinión sobre todos los proyectos y todos los planes debían ser
aprobados por ella. Jamás vi a nadie más feliz que mi dulce hermana. Sus ojos
expresivos eran dos estrellas, y su amor, los destellos que emitían. La
esperanza y la despreocupación se dibujaban en su frente despejada. A veces
incluso se le saltaban lágrimas de alegría al ensalzar la gloria de su señor.
Su existencia toda era un sacrificio en su honor, y si en la humildad de su
corazón sentía cierta auto- complacencia, ésta nacía de pensar que había hecho
suyo al héroe absoluto de su tiempo, y que lo había conservado durante años,
incluso después de que el tiempo hubiera apartado del amor su alimento más
común. Ella, por su parte, seguía sintiendo exactamente lo mismo que al
principio. Cinco años no habían bastado para destruir la deslumbrante
irrealidad de su pasión. La mayoría de los hombres rasgaban despiadadamente el
velo sagrado de que se reviste el corazón femenino para adornar el ídolo de sus
afectos. No así Raymond. Él era un ser encantador, y su reinado jamás menguaba;
un rey cuyo poder nunca se suspendía. Aunque se le siguiera por los senderos de
la vida cotidiana, el mismo encanto de su gracia y su majestad los adornaba.
Tampoco se despojaba jamás de la deificación innata con que la naturaleza lo
había investido. Perdita ganaba en belleza y excelencia bajo su mirada. Yo
apenas reconocía ya a la hermana abstraída y reservada en la fascinante y abierta
esposa de Raymond. Al genio que iluminaba su rostro se sumaba ahora una
expresión de benevolencia que confería una perfección divina a su hermosura.
La
felicidad es, en su grado máximo, hermana de la bondad. El sufrimiento y la
amabilidad pueden ir de la mano, y a los escritores les encanta representar tal
conjunción; existe una armonía enternecedora y humana en esa representación.
Pero la felicidad perfecta es un atributo de los ángeles. Y quien la posee
parece un ser angelical. Se ha dicho que el miedo es pariente de la religión, e
incluso que la religión es su generadora, la que conduce a sus fieles a
sacrificar víctimas humanas en sus altares. Pero la religión que nace de la
felicidad es de una clase mejor: la religión que nos hace exclamar fervorosos
agradecimientos
y nos hace derramar el excedente del alma ante el creador de nuestro ser; la
que es progenitora de la imaginación y alimento de su poesía; la que otorga una
inteligencia benévola a los mecanismos visibles del mundo y convierte la tierra
en un templo cuyo pináculo es el cielo; esa felicidad, esa bondad y esa
religión habitaban en la mente de Perdita.
Durante
los cinco años que habíamos pasado juntos, en la comunión de nuestra dicha, la
suerte que había tenido en la vida era tema recurrente de conversación para mi
hermana. La costumbre y el afecto natural la llevaban a preferirme a mí, más
que a Adrian o a Idris, como interlocutor en aquellas muestras desbordantes de
alegría. Tal vez, aunque en apariencia fuéramos tan distintos, algún punto
secreto de similitud, consecuencia de la consanguinidad, inducía su
preferencia. Con frecuencia, cuando anochecía, paseaba con ella por los
senderos umbríos del bosque, y la escuchaba alegre y comprensivo. La seguridad
confería dignidad a sus pasiones, la certeza de una correspondencia plena no
dejaba lugar en ella para deseos insatisfechos. El nacimiento de su hija,
reproducción exacta de Raymond, supuso el colmo de su dicha y creó un vínculo
sagrado e indisoluble entre ellos. A veces se sentía orgullosa de que la
hubiera preferido a ella a las esperanzas de una corona. En ocasiones recordaba
que había experimentado gran angustia cuando él se mostró vacilante en su
elección. Pero el recuerdo de aquella desazón no hacía sino subrayar su alegría
presente. Lo que había obtenido con esfuerzo le resultaba, una vez alcanzado,
doblemente encomiable. Lo observaba desde lejos con el mismo arrobamiento («Oh,
no, con un arrobamiento mucho más intenso») que podría sentir alguien que,
vencidos los peligros de una tempestad, se viera frente al puerto deseado.
Avanzaba a toda prisa hacia él para sentir con más certidumbre, entre sus brazos,
la realidad de su dicha. La calidez del afecto de Raymond, sumada a lo profundo
de la comprensión de Perdita y a la brillantez de su imaginación la convertían,
más allá de las palabras, en un ser adorado por su esposo.
Si alguna
insatisfacción la visitaba alguna vez, ésta nacía de la idea de que él pudiera
no ser feliz del todo. No en vano la característica de su juventud había sido
el deseo de fama y la ambición presuntuosa. Aquélla la había adquirido en
Grecia, y ésta la había sacrificado en aras del amor. Su intelecto hallaba
suficiente campo para ejercitarse en su círculo doméstico, cuyos miembros,
todos ellos adornados por el refinamiento y la literatura, también se
distinguían, o al menos muchos de ellos, por su genio. Con todo, la vida activa
era el abono para sus virtudes, y en ocasiones sufría el tedio de la monotonía
con que se sucedían los hechos en nuestro retiro. El orgullo le impedía
quejarse, y la gratitud y el afecto que sentía por Perdita solían actuar como
adormidera contra todos sus deseos salvo el de ser digno de su amor. Todos nos
percatábamos de que le asaltaban aquellos sentimientos, y nadie los lamentaba
más que Perdita. Su vida, que consagraba a él, era un sacrificio
menor
comparado con la decisión que él había tomado, pero aquello no era suficiente.
¿Acaso necesitaba él alguna gratificación que ella no podía darle? Ésa era la
única nube en el cielo azul de su felicidad.
Su acceso
al poder estuvo lleno de dolor para ambos, aunque, él, al menos, satisfacía así
sus deseos, cumplía con aquello para lo que la naturaleza parecía haberlo
moldeado. Su actividad se veía colmada por completo, sin que se produjeran
cansancio ni saciedad. Su gusto y su genio hallaban expresión plena en todos y
cada uno de los modos que los seres humanos han inventado para captar y
manifestar el espíritu de la belleza. La bondad de su corazón nunca se cansaba
de procurar el bienestar de su prójimo. Su alma generosa y sus aspiraciones de
conseguir el respeto y el amor de la humanidad daban al fin sus frutos. Cierto;
su exaltación era temporal. Tal vez fuera mejor así. El hábito no adormecería
su disfrute del poder, y las luchas, decepciones y derrotas no le aguardarían
al final de todo lo que expirase al alcanzar su madurez. Estaba decidido a
extraer y condensar toda la gloria, todo el poder, todos los logros que
pudieran conseguirse en un reinado largo, y ejecutarlos en los tres años que
durara su Protectorado.
Raymond
era un ser eminentemente social. Todo aquello de lo que ahora disfrutaba habría
estado exento de placer para él si no hubiera podido compartirlo con otros.
Pero en Perdita poseía todo lo que su corazón deseaba. Del amor que ella le
profesaba nacía la comprensión; la inteligencia que demostraba la llevaba a
entenderlo sin necesidad de que entre ellos mediaran las palabras. Durante los
primeros años de su unión, sus cambios de humor, matizados por la contención
que aplacaba su carácter, habían supuesto en Raymond cierto freno a la plenitud
de sus sentimientos. Pero ahora que su serenidad inalterable y su conformismo
tranquilo se sumaban a sus demás cualidades, el respeto que sentía por ella era
tanto como su amor. Los años transcurridos favorecían la solidez de su unión.
Ya no debían adivinar, avanzar a tientas tratando de intuir el mejor modo de
complacer al otro, esperando que su dicha se prolongara, y a la vez temiendo
que terminara. Cinco años aportaban sobria certeza a sus emociones sin privarlos
por ello de lo etéreo de su emoción. Habían tenido un hijo, lo que no había
hecho menguar en absoluto el atractivo personal de mi hermana. Su timidez, que
en ella casi había equivalido a incomodidad, se convirtió en aplomo sutil, y la
franqueza sustituyó a la reserva como característica destacada de su fisonomía.
Su voz iba adquiriendo un tono suave, interesante. Acababa de cumplir los
veintitrés, y el orgullo de su feminidad llenaba sus preciosos deberes de
esposa y madre y le otorgaba todo lo que su corazón siempre había deseado.
Raymond era diez años mayor. A su belleza, dignidad y aspecto noble, añadía
ahora gentil benevolencia, irresistible ternura y una atención delicada y
franca a los deseos de los demás.
El primer
secreto que existió entre ellos fueron las visitas de Raymond a Evadne. La
fortaleza y la hermosura de la infortunada griega le habían causado asombro. Al
descubrir que ella demostraba por él un aprecio inquebrantable, él le preguntó,
sorprendido, por cuál de sus actos merecía ser objeto de su amor apasionado y
no correspondido. Así, Evadne se convirtió, durante un tiempo, en el objeto
único de sus ensoñaciones. Y Perdita se dio cuenta de que los pensamientos y el
tiempo de su amado se ocupaban en asuntos de los que ella no participaba. Mi
hermana era por naturaleza ajena a los celos angustiados e infundados. El
tesoro que poseía en el afecto de Raymond le era más necesario que la sangre
que corría por sus venas, y con más motivo que Otelo podría haber afirmado:
Estar
dudoso una vez
es
decidirse una vez.
En
aquella ocasión no sospechó ninguna alienación de sus afectos, y más bien creía
que el misterio se debía a alguna circunstancia relacionada con el alto cargo
que ocupaba. Se sentía desconcertada y dolida. Empezó a contar los largos días,
y los meses, y los años que habrían de transcurrir hasta que él regresara a la
esfera de lo privado y se entregara de nuevo a ella sin reservas. Pero no se
acostumbraba a que él le ocultara nada, y con frecuencia se lamentaba. Con
todo, mantenía inalterada la convicción de que era la única que ocupaba un
lugar en sus afectos.
Y cuando
estaban juntos, libre de temores, abría su corazón a la más completa dicha.
El tiempo
pasaba. Raymond, en plena carrera, se detuvo a reflexionar sobre las
consecuencias de sus actos. Y, contemplando así el futuro, ante él aparecieron
dos conclusiones: que debía mantener en secreto su relación con Evadne, y que
si no lo hacía así Perdita acabaría por enterarse. La precaria situación de su
amiga le impedía plantearse la posibilidad de alejarse de ella. Desde el primer
momento había renunciado a mantener una conversación franca con la compañera de
su vida, franqueza con que habría podido ganarse su complicidad. Ahora, el velo
debía ser más grueso que el inventado por los celos turcos, y el muro más alto
que el del torreón inexpugnable de Vathek, para ocultarle las cuitas de su
corazón y los secretos de sus acciones. Pero la idea le resultaba dolorosa
hasta lo intolerable. La franqueza y la participación de lo social constituían
la esencia de la naturaleza de Raymond. Sin ellas, sus cualidades desaparecían
y, sin sus cualidades, la gloria que prodigaba en su relación con Perdita se esfumaría,
y su decisión de renunciar a un trono por su amor se convertiría en algo tan
débil y vacío como los colores del arco iris, que desaparecen cuando se oculta
el sol. Sin embargo, no había remedio. Ni el genio, ni la devoción ni el
coraje, que eran los adornos de su mente, ejercidos
al
unísono y con el mayor de sus esfuerzos, bastarían para hacer retroceder un
ápice las ruedas del carro del tiempo. Lo que había sido estaba escrito con la
pluma diamantina de la realidad en el volumen eterno del pasado. Y no había
agonía ni lágrimas suficientes para borrar una sola coma del acto consumado.
Pero ése
era el mejor aspecto de la cuestión. ¿Qué sucedería si las circunstancias
llevaran a Perdita a sospechar, y a zanjar la sospecha? Todas las fibras de su
cuerpo cedieron y un sudor frío le cubrió la frente al pensarlo. Muchos hombres
se burlarían de ese temor. Pero él leía el futuro, y la paz de Perdita le
importaba demasiado, aunque la agonía muda resultara demasiado cierta,
demasiado temible como para no alterarlo. No tardó en decidirse: si sucedía lo
peor, si ella descubría la verdad, no soportaría sus reproches ni sería testigo
de su expresión de dolor. La abandonaría, dejaría atrás Inglaterra, a sus
amigos, los escenarios de su juventud, las esperanzas del porvenir, e iría en
busca de otro país, y en otros escenarios empezaría a vivir de nuevo. Cuando lo
hubo decidido, se sintió más sosegado. Pensaba conducir con prudencia los
corceles del destino por la senda tortuosa que había escogido, y pondría todo
su empeño en ocultar lo que no era capaz de alterar.
La
confianza absoluta que seguía existiendo entre Perdita y él hacía que lo
compartieran todo. Uno abría las cartas de la otra pues, incluso entonces, sus
corazones no se ocultaban mutua-mente ni sus pliegues más recónditos. Así, un
día llegó una carta inesperada y Perdita la abrió. De haber contenido la
confirmación, ella habría quedado aniquilada. Pero la misiva no era tan
explícita y ella, temblorosa, fría y pálida, fue en busca de Raymond, que se
encontraba solo, estudiando unas peticiones presentadas últimamente al
gobierno. Entró sin hacer ruido, se sentó en un sofá, frente a él, y lo observó
con tal expresión de desesperación que los gritos más estridentes y los
lamentos más descarnados habrían sido desvaídas demostraciones de dolor
comparadas con la encarnación viva de éste que mostraba ella.
En un
primer momento, él no levantó la vista de los documentos. Pero cuando lo hizo,
le asustó la zozobra dibujada en sus mejillas y, olvidando por un instante sus
propios actos y temores, le preguntó, consternado:
-¿Qué
ocurre, querida? ¿Qué te sucede?
-Nada
-respondió ella al momento-. Aunque en realidad sí... -Pronunciaba sus palabras
cada vez más atropelladamente-. Tienes secretos, Raymond. ¿Dónde has estado
últimamente? ¿A quién has visto, qué me ocultas? ¿Por qué ya no gozo de tu
confianza? Pero no es esto lo que... No pretendo acorralarte con preguntas. Una
me basta... ¿Tan mala soy?
Con mano
temblorosa le alargó la carta y volvió a sentarse, pálida e inmóvil,
observándolo mientras él la leía. Raymond reconoció al instante la letra de
Evadne y se ruborizó. A gran velocidad imaginó el contenido de la
carta.
Ahora todo pendía de un hilo. La falsedad y el artificio eran minucias
comparadas con su inminente ruina. Debía disipar de un plumazo las sospechas de
Perdita o abandonarla para siempre.
-Querida
niña -dijo-, soy culpable, pero debes perdonarme. No debí iniciar este engaño,
pero lo hice para ahorrarte sufrimientos, y cada día se me hacía más difícil
alterar mi plan. Además, la infortunada autora de estas pocas líneas me
inspiraba discreción.
Perdita
ahogó un grito.
-¡Continúa!
-exclamó-. ¡Continúa!
-Eso es
todo... esta carta lo dice todo. Me encuentro en la más difícil de las
circunstancias. He obrado lo mejor que he sabido, y aun así tal vez he obrado
mal. Mi amor por ti se mantiene inviolado.
Perdita
negó con la cabeza, vacilante.
-No puede
ser -dijo-. Sé que no es así. Tú quieres engañarme, pero yo no me dejaré
engañar. Te he perdido, me he perdido, he perdido mi vida.
-¿No me
crees? -le preguntó Raymond, altivo.
-Para
creerte -exclamó ella-, renunciaría a todo y moriría feliz, para sentir,
después de muerta, que lo que dices es cierto. Pero no puede ser.
-Perdita
-prosiguió Raymond-. No ves el precipicio frente al que te hallas. Tal vez
creas que no accedí a la línea de conducta que he seguido recientemente sin
vacilaciones ni dolor. Sabía que era posible que despertara tus sospechas. Pero
confiaba en que mi sola palabra bastara para disiparlas. Construí mi esperanza
sobre tu confianza. ¿Crees que aceptaré ser interrogado y que mis respuestas se
rechacen sin más? ¿Crees que aceptaré que se sospeche de mí, que tal vez se me
vigile, que se me someta a escrutinio y que se desconfíe de mi testimonio?
Todavía no he caído tan bajo. Mi honor no está aún tan manchado. Tú me has
amado. Yo te he adorado. Pero todos los sentimientos humanos llegan a su fin.
Dejemos que expire nuestro afecto, pero no consintamos en convertirlo en
desconfianza y recriminación. Hasta ahora hemos sido amigos, amantes; no nos
convirtamos en enemigos, en espías mutuos. No puedo vivir siendo objeto de
sospecha, y tú no puedes creerme. ¡Separémonos entonces!
-¡Exacto!
-exclamó Perdita-. ¡Sabía que acabaría así! ¿Acaso ya no estamos separados?
¿Acaso entre nosotros no se abre un río tan ancho como el mar, tan hondo como
una sima?
Raymond
se puso en pie y, con voz entrecortada, los rasgos tensos, el gesto sereno,
como el del aire antes de un temblor de tierra, respondió:
-Me
alegro de que te tomes mi decisión tan filosóficamente. Sin duda representarás
admirablemente el papel de esposa ultrajada. A veces te asaltará la sensación
de que te has equivocado conmigo, pero la condolencia de tus familiares, la
lástima del mundo, el bienestar que la conciencia de tu propia inocencia
inmaculada te concederá, será un bálsamo excelente... ¡A mí no volverás a
verme!
Raymond
se acercó a la puerta. Olvidó que todas y cada una de las palabras que había
pronunciado eran falsas. Representaba su inocencia con tal convicción que a sí
mismo se engañaba. ¿No lloran los actores cuando actúan sus pasiones
imaginarias? Un sentimiento más intenso que la realidad de la ficción se
apoderaba de él. Hablaba con orgullo. Se sentía herido. Perdita alzó la vista y
vio la ira en su mirada. Raymond apoyaba la mano en el tirador de la puerta. Se
puso en pie y se arrojó a su cuello sollozando, gimoteando. Él le tomó la mano,
la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado. Ella le apoyó la cabeza en el
hombro, temblorosa, mientras ráfagas abrasadoras y heladas recorrían
alternativamente su ser. Observando su emoción, Raymond le habló con tono pausado.
-El golpe
se ha asestado. No me alejaré de ti sintiendo este disgusto. Te debo demasiado.
Te debo seis años se felicidad sin fisuras. Pero esos años ya han terminado. No
viviré bajo sospecha, siendo objeto de los celos. Te amo demasiado. En nuestra
separación eterna sólo podemos esperar dignidad y rectitud de acción. Por
tanto, no nos degradarán nuestros verdaderos personajes. La fe y la devoción
han sido hasta hoy la esencia de nuestra relación. Perdidas ambas, no nos
aferremos al caparazón estéril de la vida, al grano sin semilla. Tú tienes a la
niña, a tu hermano, a Idris, a Adrian...
-¡Y tú
-exclamó Perdita- a la autora de esta carta!
Un rayo
de indignación incontrolable recorrió la mirada de Raymond.
Sabía
que, al menos esa acusación, era falsa.
-Alimenta
esa creencia -dijo-, mécela en tu corazón, conviértela en almohada donde repose
tu cabeza, en opio para tus ojos. Yo me conformo. Pero, por el Dios que me
creó, el infierno no es más falso que las palabras que acabas de pronunciar.
A Perdita
le impresionó la seriedad impávida de sus afirmaciones.
-No me
niego a creerte, Raymond -respondió, sincera-; al contrario. Prometo demostrar
una fe implícita en tu mera palabra. Asegúrame sólo que no has violado nunca tu
amor y tu fe por mí. Y la sospecha, la duda y los celos se disiparán al
momento. Seguiremos como siempre, un solo corazón, una sola esperanza, una sola
vida.
-Ya te he
asegurado mi fidelidad -dijo Raymond con frialdad desdeñosa-.
Una
triple afirmación no vale de nada cuando se desprecia a alguien. No diré más,
pues nada puedo añadir a lo que ya he dicho, y que tú despectivamente has
puesto en duda. Esta disputa es indigna de los dos, y confieso estar cansado de
tener que responder a unos cargos que son a la vez infundados y crueles.
Perdita
trató de leer en su rostro, que él apartó, airado. Había tanta verdad y
naturalidad en su resentimiento que sus dudas se disiparon. El gesto de ella,
que durante años no había expresado más que emociones ligadas al afecto, volvió
a mostrarse radiante y satisfecho. Con todo, no le resultó nada fácil ablandar
y apaciguar a Raymond. En un primer momento él se negó a quedarse para
escucharla. Pero no hubo modo de disuadirla. Segura de su amor inalterado,
estaba dispuesta a entregarse a cualquier esfuerzo, a usar cualquier artimaña,
para apartarlo de su enfado. Finalmente él accedió a escucharla y se sentó en
silencio, altivo. Primero ella le aseguró que sentía una confianza ilimitada en
él. Eso debía saberlo bien, pues de no ser así no pretendería retenerlo.
Enumeró entonces sus años de felicidad. Recreó para él escenas pasadas de
intimidad y dicha. Imaginó en voz alta su vida futura, mencionó a su hijita y
las lágrimas, inoportunas, inundaron sus ojos. Trató de contenerlas sin éxito y
un sollozo quebró su voz. Hasta ese momento no había llorado. Raymond no pudo
soportar aquellas muestras de dolor. Se sentía tal vez algo avergonzado del
papel de hombre ultrajado que representaba, cuando en realidad era él el
causante del ultraje. Y en ese instante sintió un amor absoluto por Perdita. La
curva de su nuca, los rizos resplandecientes, el ángulo de su cuerpo eran para
él motivo de profunda ternura y admiración. Mientras hablaba, su voz melodiosa
se apoderaba de su alma, y no tardó en compadecerse de ella, en consolarla y
acariciarla, tratando de convencerse a sí mismo de que jamás la había engañado.
Raymond
abandonó el despacho tambaleante, como quien acaba de ser sometido a tortura y
aguarda impaciente que vuelvan a infligírsela. Había pecado contra su propio
honor afirmando, jurando algo que era, sencillamente, falso. Cierto que había
engañado a una mujer, lo que tal vez pudiera considerarse menos vil... para
otros, no para él. Pues, ¿a quién había engañado? A Perdita, la mujer que
confiaba en él, que lo adoraba, que con su fe generosa lo hería doblemente cada
vez que recordaba la exhibición de inocencia que había desplegado ante él. La
mente de Raymond no era tan dura, ni las circunstancias de la vida lo habían
tratado con tanta crudeza como para volverlo inmune a tales consideraciones. Al
contrario, sentía los nervios destrozados, y el espíritu en llamas que
menguaban y se disipaban al contagiarse de los vaivenes de un ambiente viciado.
Pero ahora ese contagio se había incorporado a su esencia y el cambio resultaba
más doloroso. La verdad y la falsedad, el amor y el odio, habían perdido sus
fronteras eternas, el cielo se aprestaba a mezclarse con el infierno. Y
mientras, su mente sensible, en
medio del
campo de batalla, sintió el aguijonazo de la locura. Se despreciaba
profundamente a sí mismo, estaba enfadado con Perdita, y la idea de Evadne se
acompañaba de todo lo que resultaba odioso y cruel. Sus pasiones, que siempre
lo habían dominado, hacían acopio de nuevas fuerzas desde el largo sueño en que
el amor las había acunado, y el peso inminente del destino lo abatía; se sentía
lanceado, torturado, en extremo impaciente por la irrupción de la peor de las
desgracias: el remordimiento. Ese estado de congoja le llevó, gradualmente, a
una animosidad taciturna primero, y luego al desánimo. Sus inferiores, e
incluso sus iguales, si es que en el cargo que ocupaba tenía alguno, se
sorprendieron al hallar ira, amargura y sarcasmo en quien antes destacaba por
su dulzura y benevolencia. Se ocupaba de los asuntos públicos con desagrado y
se refugiaba en cuanto podía en una soledad que era a la vez su desgracia y su
alivio. Montaba un caballo brioso, el mismo que le había llevado a la victoria
en Grecia. Se fatigaba practicando ejercicios extenuantes, procurando olvidar
los zarpazos de una mente angustiada mediante la entrega a sensaciones
animales.
Fue
recuperándose lentamente y, al fin, como si de vencer los efectos de un veneno
se tratara, alzó la cabeza por sobre los vapores de la fiebre y la pasión y
alcanzó la atmósfera serena de la reflexión sosegada. Meditó sobre qué era lo
mejor que podía hacer. En primer lugar le sorprendió constatar el tiempo que
había transcurrido desde que la locura, más que cualquier impulso razonable, se
había erigido en árbitro de sus acciones. Había pasado un mes, y durante todo
ese tiempo no había visto a Evadne. La fortaleza de la joven griega, vinculada
a algunas de las emociones duraderas del corazón de Raymond, había decaído en
gran medida. Él ya no era su esclavo, ya no era su amante. Ya no volvería a
verla más y, por lo absoluto de su enmienda, merecía recuperar la confianza de
Perdita.
Y sin
embargo, a pesar de su determinación, en su fantasía imaginaba la miserable
morada de la griega. Una morada que, movida por sus nobles y elevados
principios, se negaba a cambiar por otra más lujosa. Pensaba en la gracia que
irradiaba su aspecto la primera vez que la vio; fantaseaba con su vida en
Constantinopla, rodeada de magnificencia oriental en toda circunstancia,
pensaba en su penuria presente, en sus trabajos cotidianos, en su penoso
estado, en sus mejillas pálidas y hundidas por el hambre. La compasión le
henchía el pecho. Volvería a verla una vez más, una sola. Idearía un plan para
restituirla a la sociedad y lograr que volviera a disfrutar de todo lo que era
propio de su rango. Y una vez lo hubiera hecho, de manera inevitable, se
produciría la separación.
También
pensó en que, durante ese mes, había evitado a Perdita, apartándose de ella
como de los aguijones de su propia conciencia. Pero ahora había despertado y
debía poner remedio a aquella situación. Con su devoción
futura
borraría aquella mancha única en la serenidad de su vida. Al pensar en ello se
sintió más animado, y con seriedad y resolución fue trazando la línea de
conducta que habría de adoptar. Recordó que había prometido a Perdita asistir
esa misma noche (diecinueve de octubre, aniversario de su elección como
Protector) a la fiesta que se organizaba en su honor, una fiesta que había de
ser un buen augurio de los años de felicidad futura. Pero antes se ocuparía de
Evadne. No se quedaría con ella, pero le debía una explicación, una
compensación por su larga e inesperada ausencia. Y después regresaría a
Perdita, al mundo olvidado, a los deberes de la sociedad, al esplendor del
rango, al disfrute del poder.
Tras la
escena descrita en las páginas precedentes, Perdita había asistido a un cambio
radical en las maneras y la conducta de su esposo. Ella esperaba volver a la
libertad de comunicación y al afecto en su relación, un afecto que había
constituido la delicia de su vida. Pero Raymond no se había unido a ella en sus
advocaciones. Se ocupaba de sus asuntos cotidianos lejos de ella, se ausentaba
de casa y ella no sabía adónde iba. El dolor infligido por aquella decepción
era intenso y le daba tormento. Ella lo veía como un sueño engañoso y trataba
de apartarlo de su conciencia. Pero como la camisa de Neso, se aferraba a su
carne y ávidamente consumía su principio vital. Poseía aquello (aunque tal
afirmación pueda parecer una paradoja) que pertenece sólo a unos pocos, la
capacidad de ser feliz. Su delicada estructura y su imaginación creativa la
hacían especialmente susceptible de sentir emociones placenteras. La calidez
desbordante de su corazón, que convertía el amor en una planta de raíces
profundas y majestuoso crecimiento, había dispuesto su alma toda para la
recepción de la felicidad, y entonces había encontrado en Raymond todo lo que
podía adornar el amor y satisfacer su imaginación. Pero si el sentimiento sobre
el que se apoyaba el tejido de su existencia se volvía algo manido por culpa de
la participación, de la interminable sucesión de atenciones y acciones
benéficas depositadas en otros -el universo de amor de Raymond arrancado de
ella-, entonces la felicidad se ausentaba de ella y se convertía en su contrario.
Las mismas peculiaridades de su carácter convertían sus penas en agonías; su
imaginación las magnificaba, su sensibilidad la dejaba siempre expuesta a la
misma impresión renovada; el amor envenenaba el aguijón que se clavaba en el
corazón. No había sumisión, paciencia ni entrega en su dolor. Ella lo combatía,
luchaba contra él, y con su resistencia volvía más duros los zarpazos. La idea
de que él amaba a otra regresaba a ella una y otra vez. Para hacerle justicia,
admitía que Raymond sentía por ella un tierno afecto, pero conceder un premio
menor a alguien que, en la lotería de la vida futura, ha soñado con poseer
decenas de miles, es causarle una decepción mayor que si no ganara nada. El
afecto y la amistad de él podía resultar inestimable, pero, más allá de ese
afecto, más profundo que la amistad, se ocultaba el tesoro indivisible del
amor. La suma completa era de tal magnitud
que
ningún aritmético sería capaz de calcular su valor. Y si se sustraía de ella la
porción más pequeña, si se daba nombre a sus partes, si se separaba por grados
y secciones, como la moneda del mago, como el oro falso de la mina, se
convertía en la sustancia más vil. El ojo del amor encierra un significado;
existe una cadencia en su voz, una irradiación en su sonrisa, el talismán cuyo
encantamiento sólo uno puede poseer. Su espíritu es elemental, su esencia,
simple, su divinidad, unitaria. El corazón y el alma misma de Raymond y Perdita
se habían fundido, como dos arroyos de montaña que se unen en su descenso y
murmuran y discurren sobre los guijarros resplandecientes, junto a flores que
son como estrellas. Pero si uno de los dos abandona su carrera esencial, o
queda retenido por algún obstáculo, el otro ve menguar su caudal. Perdita
sentía aquella disminución de la marea que alimentaba su vida. Incapaz de
soportar el lento marchitarse de sus esperanzas, se le ocurrió un plan con el
que pensaba poner fin a ese periodo de tristeza y recobrar la felicidad tras
los recientes y desastrosos acontecimientos.
Estaba a
punto de cumplirse un año del nombramiento de Raymond como Protector. Era
costumbre celebrar ese día con una fiesta espléndida. Eran varios los
sentimientos que impulsaban a Perdita a duplicar la magnificencia del evento. Y
sin embargo, mientras se preparaba para la velada, se preguntaba por qué se
tomaba tantas molestias en celebrar tan suntuosamente un hecho que, a sus ojos,
marcaba el inicio de sus sufrimientos. La desgracia se cernió sobre aquel día,
pensó, la desgracia, las lágrimas y los lamentos cayeron sobre la hora en que
Raymond albergó más esperanzas que la esperanza del amor, más deseos que el
deseo de mi devoción. Y tres veces dichoso será el momento en que me será
devuelto. Dios sabe que deposito mi confianza en sus promesas, y creo en la fe
que ha proclamado, y sin embargo, de ser así, no perseguiría lo que estoy
resuelta a conseguir. ¿Deben transcurrir dos años más de este modo, nuestra
alienación aumentando día a día, cada acto convertido en una piedra que sirve
para levantar el muro que nos separa? No, Raymond mío, mi único amado, sola
posesión de Perdita. Esta noche, durante la espléndida recepción, en estas
suntuosas estancias, en compañía de tu llorosa niña nos reuniremos todos para
celebrar tu abdicación. Por mí, en una ocasión, renunciaste a la corona. Fue en
los días primeros de nuestro amor, cuando no podía estar segura de nuestra
felicidad y me alimentaba sólo de esperanzas. Ahora ya conoces por experiencia
todo lo que puedo darte, la devoción de mi alma, el amor inmaculado, mi
sumisión inquebrantable a ti. Debes escoger entre todo ello y tu Protectorado.
Ésta, noble orgulloso, es tu última noche. Perdita ha puesto en ella todo lo
magnífico y deslumbrante que tu corazón más ama, pero cuando salga el sol
deberás alejarte de estos espléndidos aposentos, de la asistencia de los
notables, del poder y la elevación, para regresar a nuestra morada del campo.
Yo no aceptaría una inmortalidad de dicha si para lograrla hubiera de soportar
aquí una semana más.
Meditando
su plan, dispuesta a proponérselo, llegada la hora, y decidida a insistir en
que él lo aceptara, segura de que la complacería, el corazón de Perdita se
sintió liberado de su carga, exaltado. El color volvió a sus mejillas con la
emoción de la espera. Sus ojos brillaban con la promesa del triunfo en la
batalla. Habiéndose jugado el destino a una sola carta, y con la seguridad de
ganar la partida, ella, de quien he escrito que llevaba el sello de reina de
naciones en la frente, se alzó entonces por encima de la humanidad y, revestida
de un poder sereno, pareció detener con un solo dedo la rueda de los hados.
Nunca como en ese instante fue tan encantadora, tan divina.
Nosotros,
los pastores arcadios del relato, habíamos manifestado nuestra intención de
asistir a la fiesta, pero Perdita nos escribió para pedirnos que no lo
hiciéramos y que nos ausentáramos de Windsor, pues ella (que no nos reveló sus
planes) pensaba regresar a nuestro querido refugio a la mañana siguiente, para
retomar el curso de una vida en la que había hallado la felicidad completa. Más
tarde, aquella noche entró en los aposentos dispuestos para la celebración.
Raymond había abandonado el palacio la noche anterior con la promesa de acudir
a la velada, pero todavía no había regresado. Sin embargo, ella estaba segura
de que finalmente llegaría. Y cuanto más parecía abrirse la brecha de la
crisis, más segura estaba ella de que lograría cerrarla para siempre.
Era, como
he dicho, diecinueve de octubre, bien entrado el lúgubre otoño. El viento
ululaba, los árboles medio desnudos se despojaban del recuerdo de su ornato
estival. El aire, que inducía a la agonía de la vegetación, aparecía hostil a
toda alegría y esperanza. La decisión que había tomado Raymond le había
alegrado el ánimo, pero a medida que moría el día, su humor se ensombrecía.
Primero debía visitar a Evadne, y después dirigirse deprisa al palacio del
Protectorado. Mientras caminaba por las callejuelas del barrio donde vivía la
desdichada griega, su corazón se le encogía al pensar en lo mal que se había
portado con ella. En primer lugar, había consentido que permaneciera en aquel
estado de degradación; y después, tras una breve ensoñación desbocada, la había
abandonado a su triste soledad, su ansiosa conjetura, su amarga, insatisfecha
esperanza. ¿Qué habría hecho ella mientras tanto? ¿Cómo habría resistido su
ausencia y abandono? La luz se extinguía en aquellos callejones, y cuando se
abrió la puerta que tan bien conocía, la escalera apareció envuelta en
tinieblas. Subió por ella a tientas, entró en el desván y encontró a Evadne
tendida en el lecho, muda, casi sin vida. Llamó a voces a los vecinos, pero
éstos no supieron decirle nada, salvo que nada sabían. Para él su historia
estaba clara, clara y diáfana como el remordimiento y el horror que clavaba en
él sus zarpas. Cuando se vio desamparada por él, perdió las ganas de recurrir a
sus advocaciones más frecuentes. El orgullo le impedía pedirle ayuda a él. Dio
la bienvenida al hambre, que para ella era la custodia de las puertas de la
muerte, entre cuyos pliegues, sin pecado, no
tardaría
en hallar reposo. Nadie acudía a verla mientras sus fuerzas flaqueaban.
Si moría,
¿dónde se hallaría constancia de un asesinato que pudiera compararse, en su
crueldad, al que él habría cometido? ¿Qué ser abyecto más cruel en su maldad,
qué alma condenada más merecedora de la perdición eterna? Mandó buscar a un
médico. Pasaban las horas, que la incertidumbre convertía en siglos. A la
oscuridad de la larga noche otoñal siguió el día, y sólo entonces su vida
pareció a salvo. Entonces ordenó su traslado a un lugar más cómodo y permaneció
a su lado para asegurarse de que seguía reponiéndose.
Cuando se
hallaba así atenazado por la zozobra y el miedo, había recordado la fiesta que
Perdita había organizado en su honor. En su honor, mientras la desgracia y la
muerte se iban grabando, indelebles, sobre su nombre, en su honor, cuando por
sus crímenes merecía el cadalso. Aquella era la peor de las burlas. Y sin
embargo Perdita lo esperaba. Escribió unas líneas inconexas en un pedazo de
papel en las que le informaba de que se encontraba bien, y ordenó a la casera
que lo llevara a palacio y lo pusiera en manos de la esposa del Protector. La
mujer, que no lo había reconocido, le preguntó desdeñosa cómo creía que iba a
recibirla la primera dama, nada menos que el día en que tenía lugar una
celebración. Raymond le entregó su anillo para asegurarle el crédito de los
sirvientes. Así, mientras Perdita se ocupaba de los invitados y aguardaba
impaciente la llegada de su señor, un mayordomo le hizo llegar la alianza y le
informó de que una mujer pobre traía una nota que debía entregarle en mano.
La misión
que le había sido encomendada azuzó la vanidad de la vieja chismosa, a pesar de
no comprender su alcance pues, en realidad, seguía sin sospechar que el
visitante de Evadne fuera lord Raymond. Perdita temía que se hubiera caído del
caballo o que hubiera sufrido algún otro accidente, hasta que las respuestas de
la mujer despertaron en ella otros miedos. Recreándose en un engaño ejercido a
ciegas, la mensajera entrometida, si no maligna, no le habló de la enfermedad
de Evadne. Pero sí le hizo un relato detallado de las frecuentes visitas de
Raymond, salpicando su narración de unos detalles que, además de llevar a
Perdita a convencerse de su veracidad, acentuaban la crueldad y la perfidia de
Raymond. Y lo peor del caso era que su ausencia de la fiesta, que en su mensaje
ni siquiera mencionaba, le parecía, a partir de las desgraciadas insinuaciones
de aquella mujer, el más mortífero de los insultos. Observó de nuevo el anillo,
con un pequeño rubí engarzado cuya forma se asemejaba a un corazón, y que ella
misma le había regalado. Observó la letra del mensaje, que le resultaba
inconfundible, y repitió sus palabras para sus adentros: «Te ordeno, te ruego,
que no permitas que los invitados se extrañen de mi ausencia.» Mientras, la
vieja arpía seguía hablando y le llenaba la
cabeza de
una mezcla rara de verdades y mentiras. Finalmente Perdita le pidió que se
retirara.
La pobre
muchacha regresó a la reunión, donde su ausencia no había sido advertida. Buscó
refugio en un rincón algo apartado, y apoyándose en una columna decorativa
trató de recobrar la compostura. Se sentía paralizada. Posó la vista en las
flores de un jarrón tallado. Ella misma las había dispuesto allí por la mañana,
flores preciosas y exóticas. Incluso ahora, abrumada como estaba, observaba sus
colores brillantes, sus formas angulosas.
-¡Divina
encarnación del espíritu de la belleza! -exclamó-. No os marchitéis ni os
lamentéis. Que la desesperanza que oprime mi corazón no se os contagie. ¿Por
qué no seré yo partícipe de vuestra insensibilidad, de vuestro sosiego?
Se
detuvo. «Y ahora, a mis tareas -prosiguió mentalmente-. Mis invitados no deben
percatarse de la verdad, ni en lo que concierne a él ni en lo que concierne a
mí. Obedezco. Nadie sabrá nada, aunque caiga muerta apenas el último de los
asistentes abandone el palacio. Ellos contemplarán los antípodas de lo que es
real, pues yo, ante ellos, apareceré viva, cuando en verdad estoy...
muerta.»
Tuvo que hacer acopio de toda su presencia de ánimo para reprimir las lágrimas
que aquella idea le provocaba. Lo logró tras mucho esfuerzo, y se volvió para
reunirse con los demás.
Todo su
empeño se concentraba ahora en camuflar su conflicto interior. Debía
representar el papel de la anfitriona atenta; departir con todos los presentes;
brillar como llama de alegría y gracia. Debía hacerlo aunque en su profunda
aflicción ansiaba verse sola, y habría cambiado gustosamente los salones
atestados por los recodos más umbríos de algún bosque, por un lúgubre monte
engullido por las tinieblas. A pesar de ello, se mostraba alegre. No podía
mantenerse en el término medio ni aparecer, como era su costumbre, como una
joven plácida y conformada. Todo el mundo comentaba lo exaltado de su ánimo, y
como toda acción de los más encumbrados por el rango se ve con buenos ojos, sus
invitados elogiaban su felicidad aparente, aunque su risa sonara forzada y sus
comentarios ingeniosos resultaran algo bruscos, cosas ambas que habrían bastado
a un observador atento para desvelar su secreto. Ella mantenía la farsa,
sintiendo que si se detenía un instante, las aguas represadas de su tristeza le
inundarían el alma, que sus esperanzas rotas se elevarían en lamentos feroces,
y que todos los que ahora ensalzaban su dicha se alejarían, temerosos, en
presencia de las convulsiones de su desesperación. Sólo le proporcionaba
consuelo, mientras contravenía con tal violencia su estado natural, la
observación de un reloj iluminado, que le servía para contar el tiempo que
había de transcurrir hasta que volviera a estar sola.
Finalmente
los salones empezaron a vaciarse. Burlándose de sus propios
deseos,
regañaba a los invitados que se ausentaban temprano. Uno a uno, todos acabaron
por marcharse, y llegó el momento de estrechar la mano del último.
-¡Qué
mano más húmeda y más fría! -le dijo su amigo-. Está demasiado fatigada.
Acuéstese pronto.
Perdita
esbozó una sonrisa vaga. El último invitado se marchó. El traqueteo del
carruaje, que se perdía en la calle, confirmaba que al fin estaba sola.
Entonces, como si algún enemigo quisiera darle alcance, como si tuviera alas en
los pies, corrió hasta sus aposentos, ordenó a los criados que se retiraran,
cerró las puertas y se tendió en el suelo. Mordiéndose los labios para sofocar
los gritos, permaneció largo rato presa del buitre de la desesperación,
esforzándose por no pensar, pero un remolino de ideas hacía nido en su corazón.
Unas ideas, horrendas como furias, crueles como víboras, que pasaban por él tan
vertiginosamente que parecían empujarse y herirse unas a otras, transportándola
a ella a la locura.
Transcurrido
largo rato se puso en pie, ya más entera, no menos triste. Se acercó a un gran
espejo y observó su imagen en él reflejada. El vestido etéreo y elegante; las
piedras preciosas que adornaban sus cabellos, rodeaban sus brazos y su cuello;
sus pequeños pies, revestidos de satén; el tocado, brillante e intrincado; todo
aparecía ante su semblante descompuesto y desgraciado como el hermoso marco que
abrazara la pintura de una tempestad. «Soy un jarrón -pensó-, un jarrón
rebosante de la esencia más amarga del desconsuelo. Adiós, adiós, Perdita,
pobre niña. Ya nunca volverás a verte así. El lujo y las riquezas ya no son
tuyos. En el exceso de su pobreza envidiarás al mendigo sin techo. Yo, más que
él, carezco de hogar. Habito un desierto baldío que, ancho e infinito, no da ni
flor ni fruto. En su centro se alza una roca solitaria a la que tú, Perdita,
estás encadenada, y ves su extensión temible perderse en la lejanía.»
Abrió de
par en par la ventana que daba al jardín del palacio. La luz libraba un combate
con la oscuridad, y unas franjas de oro y rosa pálido teñían el cielo por el
este. Solo una estrella titilaba en las profundidades de la atmósfera apenas
encendida. El aire de la mañana sopló, fresco, sobre las hojas cubiertas de
rocío y penetró en la estancia caldeada. «Todo sigue su curso -pensó Perdita-.
Todo avanza, se marchita y muere. Cuando el mediodía termina y el día,
fatigado, conduce sus bueyes hasta los establos de poniente, los fuegos del
cielo se alzan por oriente y siguen su sendero acostumbrado, ascendiendo y
descendiendo por las colinas celestes. Cuando completan su ciclo, la esfera
empieza a proyectar por el oeste una sombra incierta: los párpados del día se
abren y las aves y las flores, la vegetación desconcertada, la brisa fresca,
despiertan. El sol aparece al fin, y en majestuosa procesión asciende hasta el
capitolio del cielo. Todo sigue su curso, cambia y muere, excepto la tristeza
que
siento en mi corazón doliente.
»Ah, todo
avanza y cambia. ¿Puede sorprender entonces que el amor se dirija hacia su
ocaso y que el señor de mi vida haya variado? Decimos que son fijas las
estrellas del firmamento, y sin embargo vagan por llanuras lejanas, y si
volviera a mirar donde miraba hace una hora, hallaría alterado el eterno rostro
celestial. La luna voluble y los planetas inconstantes modifican todas las
noches su errática danza; el propio sol, soberano de las alturas, abandona a
diario su trono y deja sus dominios a la noche y el invierno. La naturaleza
envejece y tiembla sobre sus miembros gastados. ¡La creación se arruina! ¿Puede
sorprender, entonces, que el eclipse y la muerte hayan traído destrucción a la
luz de tu vida, oh, Perdita?»
CAPÍTULO
IX
Así de
tristes y desordenados eran los pensamientos de mi pobre hermana cuando en ella
se disipó toda duda de la infidelidad de Raymond. Sus virtudes y sus defectos
se aliaron para que el golpe recibido fuera incurable. El afecto que profesaba
por mí, su hermano, por Adrian y por Idris estaba sujeto, en realidad, a la
pasión que dominaba su corazón: incluso su ternura maternal tomaba prestada la
mitad de sus fuerzas de la dicha que sentía al recrear los rasgos y la
expresión de Raymond en el semblante de su hija. Durante su infancia había sido
reservada e incluso seria, pero el amor había suavizado las asperezas de su
carácter, y su unión con Raymond había hecho que afloraran sus talentos y
afectos. Ahora, traicionados unos y perdidos los otros, en cierto sentido
retornó a su disposición anterior. El orgullo concentrado de su naturaleza,
olvidado durante su sueño de felicidad, salió de su letargo, y con él lo
hicieron los colmillos viperinos que llevaba clavados en el corazón. La
humildad de su espíritu potenciaba la fuerza del veneno; la estima que sentía
por sí misma aumentó mientras se vio distinguida con el amor de su hombre; pero
¿qué valía ahora que él la había apartado de sus preferencias? Se había ufanado
de haberlo ganado para sí, y de mantenerlo, pero ahora otra se lo había
arrebatado, y su confianza en sí misma se había enfriado más que un carbón
empapado de agua.
Nosotros,
en nuestro retiro, nos mantuvimos durante largo tiempo ignorantes de su
desgracia. Poco después de la fiesta pidió que le mandaran a su hijita, y luego
pareció olvidarnos. Adrian observó un cambio en ella durante una visita
posterior. Pero no supo concretar su alcance ni adivinar sus causas. Marido y
mujer seguían apareciendo juntos en público y vivían bajo el mismo techo.
Raymond se mostraba cortés, como siempre, aunque en ocasiones
aflorara
una altivez repentina o cierta brusquedad en sus maneras, que desconcertó a su
buen amigo. Nada parecía nublar su frente, pero una vaga desidia habitaba sus
labios y cierta aspereza asomaba a su voz. Perdita era todo amabilidad y
atenciones para con su señor, pero apenas hablaba y se mostraba triste. Había
adelgazado, se la veía pálida y con frecuencia los ojos se le llenaban de
lágrimas. A veces observaba a Raymond como diciéndole: «¿Por qué tiene que ser
así?» En otras ocasiones su semblante expresaba: «Seguiré haciendo todo lo que
esté en mi mano para hacerte feliz». Pero Adrian leía a ciegas el carácter
reflejado en su rostro, y podía equivocarse. Clara siempre la acompañaba, y
parecía sentirse más cómoda cuando, en algún rincón apartado, podía sentarse
sosteniendo la mano de su hija, callada y solitaria. A pesar de todo, Adrian no
fue capaz de adivinar la verdad. Les invitó a visitarlos en Windsor, y ellos
prometieron hacerlo durante el mes siguiente.
A su
llegada se adelantó el mes de mayo, que pobló de hojas los árboles del bosque y
los senderos de miles de flores. Supimos de su visita con un día de antelación,
y a la mañana siguiente, muy temprano, Perdita llegó acompañada de su hija.
Raymond no tardaría en reunirse con ellos, nos dijo; algunos asuntos lo habían
retenido. Por lo que Adrian nos había explicado esperaba hallarla triste, pero,
por el contrario, llegó con el mejor de los ánimos. Era cierto que había
perdido peso, y que su mirada parecía algo perdida, y sus mejillas algo más
hundidas, aunque teñidas de un resplandor brillante. Se mostró encantada de
vernos. Acarició a nuestros hijos y se maravilló ante lo mucho que habían
crecido y aprendido. Clara también se alegró de encontrarse de nuevo con su
joven amigo, Alfred. Jugamos a mil cosas con ellos, y Perdita participó de
buena gana. Nos transmitía su alegría, y mientras nos divertíamos en la terraza
del castillo, se habría dicho que no era posible reunir grupo más alegre.
-Esto es
mucho mejor, mamá -dijo Clara- que vivir en ese horrible Londres, donde tantas
veces lloras, donde nunca ríes como ahora...
-Calla,
tontita -replicó su madre-, y recuerda que todo el que mencione Londres será
castigado con una hora en Coventry.
Raymond
llegó poco después. No se sumó, como de costumbre, a nuestro espíritu festivo,
y trabó conversación con Adrian y conmigo; gradualmente fuimos separándonos de
nuestras compañeras. Finalmente, sólo Idris y Perdita se quedaron con los
niños. Raymond nos habló de sus nuevos edificios, de su plan para mejorar la
educación de los pobres. Como de costumbre, Adrian y yo empezamos a discutir, y
el tiempo fue transcurriendo sin que nos diéramos cuenta.
Volvimos
a reunirnos por la tarde. Perdita insistió en que tocáramos algo
de
música. Dijo que quería ofrecernos una muestra de sus nuevos talentos, pues
desde que vivía en Londres se había aplicado en su estudio, y cantaba, no con
gran potencia, pero sí con dulzura. No nos permitió que seleccionáramos para
ella melodías que no fueran alegres. De modo que recurrimos a todas las óperas
de Mozart, de las que escogimos las arias más divertidas. Entre muchos otros
atributos, la música de Mozart posee, más que ninguna otra, la apariencia de
nacer del corazón; accedes a las pasiones que él expresa y te transporta hasta
el dolor, la dicha, la ira o la confusión, de acuerdo con lo que él, maestro de
nuestra alma, decida inspirarnos. Por un tiempo el espíritu de la hilaridad se
mantuvo en lo más alto. Pero al fin Perdita se retiró del piano, pues Raymond
se había sumado al trío de «Taci ingiusto core», de Don Giovanni, cuya
condescendiente súplica él suavizó hasta hacerla tierna, y llenó su corazón de
los recuerdos de un pasado que ya no existía. Era la misma voz, el mismo tono,
los mismos sonidos y palabras que tantas veces, antes, él le había dedicado
como homenaje de amor por ella. Pero ya no era así. Y la armonía del sonido, en
discordancia con lo que expresaba, la llenó de pesar y desesperación. Poco
después, Idris, que tocaba el arpa, atacó la apasionada y triste aria de Fígaro
«Porgi, amor, qualche ristoro», en que la condesa, abandonada, lamenta el
cambio del infiel Almaviva. En ella se expresa un alma tierna, doliente, y la
dulce voz de Idris, sostenida sobre los acordes sentimentales de su
instrumento, añadía emoción a las palabras. Durante la súplica con que, llena
de patetismo, ésta concluye, un sollozo ahogado nos hizo volver la vista hacia
Perdita. Los últimos compases la hicieron volver en sí, y abandonó a toda prisa
la sala.
Fui tras
ella. En un primer momento pareció que quería estar sola, pero ante mi
insistencia sincera, acabó cediendo, se arrojó a mis brazos y exclamó:
-Una vez
más, una vez más sobre tu pecho amigo, mi amado hermano, puede Perdita, la
perdida, verter sus penas. Me he impuesto a mí misma la ley del silencio, y la
he mantenido durante meses. Ahora mismo me equivoco al llorar, y me equivoco
aún más al poner palabras a mi dolor. ¡No hablaré! Ha de bastarte con saber que
soy desgraciada, ha de bastarte con saber que el velo de vida que llevo pintado
es falso, que me hallo siempre envuelta en oscuridad y tinieblas, que soy
hermana de la pena, y compañera del lamento.
Traté de
consolarla. No le pregunté nada más y me limité a acariciarla, a transmitirle
el más profundo de mis afectos y mi más sincero interés por los cambios de su
fortuna.
-Palabras
amables -exclamó ella entre lágrimas-, expresiones de amor que regresan a mis
oídos como los sonidos de una música olvidada que en otro tiempo amé. Sé que
son inútiles, inútiles del todo en su intento de aliviarme o consolarme.
Querido Lionel: no puedes imaginar lo mucho que he sufrido en estos largos
meses. Por mis lecturas he sabido de las plañideras de la
antigüedad,
que se cubrían con tela de saco, se arrojaban polvo sobre la cabeza, comían el
pan mezclado con cenizas y moraban en lo alto de montañas desoladas,
reprochando al cielo y a la tierra sus desgracias. Pues ése es el único lujo de
la pena, poder ir de día en día acumulando extravagancias, recrearse en la
parafernalia de las miserias, unirse a todos los complementos de la
desesperación. ¡Ah! Debo ocultar para siempre la desdicha que me consume. Debo
tejer un velo de cegadora falsedad para ocultar mi pena a ojos vulgares,
serenar el gesto, pintarme los labios con sonrisas engañosas... Ni siquiera
estando sola me atrevo a pensar en lo extraviada que me hallo, por miedo a
enloquecer y delatarme.
Las
lágrimas y la agitación de mi pobre hermana hacían imposible que volviera con
el resto, de modo que la convencí para que me dejara llevarla a los jardines.
Mientras paseábamos por ellos, la persuadí para que me relatara su desgracia,
con el argumento de que así aliviaría algo su pesada carga y de que, si existía
algún remedio para su mal, podríamos encontrarlo y administrárselo.
Habían
transcurrido varias semanas desde la fiesta de aniversario y ella no había
logrado serenar su mente ni someter sus pensamientos al curso normal. En
ocasiones se reprochaba a sí misma tomarse tan a pecho lo que muchos
considerarían un mal imaginario. Pero aquel asunto no correspondía a la razón
e, ignorante como era de los motivos y de la verdadera conducta de Raymond, las
cosas para ella adquirían un aspecto aún peor que el que la realidad le
mostraba. Su esposo apenas permanecía en palacio, y sólo lo hacía cuando el
cumplimiento de sus deberes públicos le aseguraba que no habría de quedarse a
solas con Perdita. Casi nunca se dirigían la palabra, evitando darse
explicaciones, temiendo ambos cualquier justificación del otro. Sin embargo, de
pronto las maneras de Raymond cambiaron. Parecía propiciar ocasiones para
mostrarse de nuevo amable, y buscaba recobrar la intimidad. Su amor por ella
parecía volver a fluir. No conseguía olvidar la devoción que había sentido por
la mujer a la que había convertido en santuario y depósito en el que guardaba
todas sus ideas, todos sus sentimientos. La vergüenza parecía retenerlo, y sin
embargo era evidente que deseaba renovar su confianza y afecto. Desde que
Perdita se había recuperado lo bastante como para trazar un plan de acción,
ideó uno que entonces se dispuso a poner en práctica. Recibía amablemente
aquellas muestras de amor y no rehuía su compañía. Pero se empeñaba en alzar
una barrera que impedía una relación familiar o una discusión dolorosa, y
Raymond, avergonzado y orgulloso a partes iguales, no lograba vencerla.
Gradualmente él empezó a dar muestras de ira e impaciencia, y Perdita
comprendió que no podía mantener el sistema que había adoptado. Debía darle
alguna explicación, y como no reunía el valor para hablarle, le escribió esto:
Te ruego
que leas esta carta con paciencia. No contiene ningún reproche. Pues sin duda
el reproche es una palabra vana. ¿Qué habría de reprocharte?
Permíteme
que trate de explicarte algo de mis sentimientos, pues si no lo hago, los dos
avanzamos a tientas en la oscuridad, confundiéndonos, errando en el sendero que
tal vez conduzca a uno de nosotros, al menos, hacia un modo de vida más
deseable que el que ambos hemos seguido en estas últimas semanas.
Te he
amado -te amo-, y ni la ira ni el orgullo me dictan estas líneas, sino un
sentimiento que va más allá de ellos, que es más profundo y más inalterable que
ellos. Mis afectos están heridos y veo imposible su curación. Cesa en tu vano
empeño, si es a eso a lo que tiende. ¡El perdón! ¡El regreso! ¡Palabras vanas!
Perdono el dolor que sufro, pero el sendero recorrido no puede volver a
recorrerse.
El afecto
común puede haberse satisfecho con los usos comunes. Yo creía que tú sabías
leer en mi corazón y que sabías de su devoción, de su inalienable fidelidad
hacia ti. Nunca he amado a ningún otro hombre. Tu llegaste a mí convertido en
la personificación de mis sueños más deseados. El elogio de los hombres, el
poder y las más altas aspiraciones te aguardaban en tu carrera. El amor que
sentía por ti bañaba mi mundo de luces encantadas. Ya no caminaba sobre la
tierra, la madre tierra común, que sólo proporciona la repetición manida y
rancia de objetos y circunstancias que son viejas y gastadas. Yo vivía en un
templo glorificado por la más intensa sensación de devoción y entrega. Como un
ser consagrado caminaba contemplando sólo tu poder, tu excelencia.
Pues, oh,
como mi juventud, te hallabas junto a mí transformando mi realidad en sueño
revistiendo lo palpable y familiar
con el
dorado aliento del alba.
«Mi vida
se ha marchitado», no existe día en esta noche perpetua. Al sol poniente de
este amor no le sigue sol naciente. En aquellos días el resto del mundo no era
nada para mí. Jamás consideré a los demás hombres, ni me fijé en lo que eran.
Ni te veía como a uno de ellos. Separado de ellos, exaltado en mi corazón,
poseedor único de mis afectos, objeto exclusivo de mis esperanzas, la mejor
mitad de mí misma.
¡Ah,
Raymond! ¿No éramos felices? ¿Brillaba el sol sobre alguien que gozara de su
luz con dicha más pura y más intensa? No fue, no es, de una infidelidad
ordinaria de lo que me lamento. Es de la desunión de un todo que no tenía
partes. Es de la despreocupación con que te has despojado del manto de
divinidad con que a mis ojos te hallabas investido, y te has convertido en
uno entre
tantos. No sueñes siquiera con alterar esto. ¿Acaso no es el amor una
divinidad, pues es inmortal? ¿Acaso no me veía yo santificada, incluso ante mí
misma, porque este amor había escogido mi corazón por templo? Yo te he
contemplado mientras dormías, me he emocionado hasta las lágrimas al pensar que
todo lo que poseía yacía acurrucado en aquellos rasgos idealizados pero
mortales que aparecían ante mí. E incluso entonces reprimía mis crecientes
temores con una idea: no he de temer la muerte, pues las emociones que nos unen
deben ser inmortales.
Y ahora
no temo la muerte. Cerraré con gusto los ojos y no volveré a abrirlos más. Más
sí la temo, como siento temor de todo, pues en cualquier estado del ser
encadenado a este recuerdo, la felicidad no ha de regresar. Incluso en el
paraíso debo sentir que tu amor era menos duradero que los latidos mortales de
mi frágil corazón, cuyos mazazos golpean con fuerza.
La nota
fúnebre del amor
bien
enterrado, sin resurrección.
No, no,
miserable de mí. ¡Para el amor extinto no hay resurrección! Y sin embargo te
amo. Y sin embargo, y por siempre, contribuiré con todo lo que tengo para
lograr tu bien. Por las habladurías. Por el bien de mi... de nuestra hija, me
quedaría a tu lado, Raymond, compartiría tu suerte, formaría parte de tu
consejo. ¿Ha de ser así? Ya no somos amantes, ni puedo considerarme amiga tuya
ni de nadie pues, perdida como estoy, no tengo tiempo más que para mi
desgracia. Pero me complacerá verte todos los días. Oír que la voz pública te
alaba, ser testigo del amor paternal que prodigas a nuestra niña, oír tu voz,
saber que me hallo cerca de ti, aunque ya no seas mío.
Si deseas
romper las cadenas que nos unen, dilo y así se hará. Yo cargaré con las culpas
de la insensibilidad y la crueldad a ojos del mundo.
Pero,
como ya he dicho, hallaré placer, al menos por el momento, viviendo contigo
bajo el mismo techo. Cuando la fiebre de mi juventud se apague, cuando la edad
plácida aplaque al buitre que me devora, tal vez regrese la amistad, ya muertos
el amor y la esperanza. ¿Podrá ser cierto? ¿Podrá mi alma, inextricablemente
unida a este cuerpo perecedero, aletargarse y enfriarse a medida que este
mecanismo sensible pierda su elasticidad juvenil? Entonces, con ojos apagados,
canas en el pelo y la frente arrugada, aunque ahora las palabras suenen huecas
y carentes de sentido, entonces, tambaleándome al borde de mi tumba tal vez
vuelva a ser... tu amiga sincera y cariñosa.
Perdita
La
respuesta de Raymond fue breve. ¿Qué respuesta podía dar a sus quejas, a los
lamentos en los que celosamente se recreaba, excluyendo toda posibilidad de
reparación? «A pesar de tu amarga carta -le escribió-, pues así
debo
llamarla, eres la persona más importante de mi estimación, y es tu felicidad la
que principalmente me mueve. Haz lo que estimes mejor para ti. Y si recibes más
gratificación con un modo de vida que con otro, no permitas que yo suponga
ningún obstáculo. Preveo que el plan que describes en tu carta no durará mucho.
Pero eres dueña de ti misma, y es mi más sincero deseo contribuir, hasta donde
tú me permitas, a tu felicidad.»
-Raymond
ha sido buen profeta -dijo Perdita-, pues ah, así ha de ser. La vida que
llevamos no puede durar mucho, aunque no seré yo la que proponga alterarla. Él
ve en mí a alguien a quien ha herido de muerte. Y yo no extraigo ninguna
esperanza de su amabilidad. Ni la mejor de sus intenciones bastaría para hacer
posible un cambio. Así como Cleopatra se hubiera podido adornar con el vinagre
que contenía su perla en él disuelta, así yo me conformaré con el amor que
Raymond puede ofrecerme.
Admito
que yo no veía su infortunio con sus mismos ojos. Creía firmemente que la
herida podía sanar y que, si seguían juntos, así acabaría siendo. Por tanto,
traté de aliviar y suavizar su mente, aunque tras múltiples intentos desistí de
esa tarea imposible. Perdita me escuchó con impaciencia y me respondió con
cierta aspereza.
-¿Crees
que alguno de tus argumentos me es nuevo? ¿O que mis fervientes deseos y mi
intensa angustia no me los han sugerido todos mil veces, con más convicción y
sutileza de las que tú puedes poner en ellos? Lionel, tú no puedes entender qué
es el amor de una mujer. En los días felices me repetía con frecuencia, con
corazón agradecido y espíritu exaltado, que Raymond lo había sacrificado todo
por mí. Yo era una muchacha pobre, sin educación, sin amigos, una montañesa a
la que él había sacado de la nada. Todos los lujos de la vida que poseía, los
poseía gracias a él. Él me dio un nombre ilustre y una noble posición. El
respeto que me tenía el mundo nacía de su gloria. Y todo ello, sumado a su amor
infatigable, me inspiraba por él unas sensaciones tan intensas como las que
sentimos por quien nos ha dado la vida. Yo sólo le daba amor. Me entregué a él
con devoción. Imperfecta como era, me esforcé en la tarea de llegar a ser digna
de él. Moderé mi humor cambiante, controlé la impaciencia de mi carácter,
eduqué mis pensamientos egocéntricos, formándome hasta alcanzar la mayor
perfección de que era capaz, para que el fruto de mis esfuerzos le hiciera
feliz. No me atribuyo ningún mérito en ello, pues todo el mérito es suyo; todo
el esfuerzo, toda la devoción, todo el sacrificio. Yo habría escalado unos
inescalables Alpes para coger una flor que le gustara; estaba dispuesta a
abandonaros a todos vosotros, mis amados y excepcionales compañeros, y a vivir
por y para él. No podía ser de otro modo, aunque yo misma lo hubiera querido,
porque si se afirma que tenemos dos almas, él era la mejor de las dos que yo
poseía, y la otra era su eterna esclava. Sólo una cosa me debía, a cambio. Una
fidelidad recíproca. Me la había
ganado,
la merecía. Por haber nacido en las montañas, sin relación con los nobles y los
ricos, ¿cree que puede pagarme degradando mi nombre y condición? Que se quede
ambas, pues sin su amor no son nada para mí. A mis ojos, su único valor era que
le pertenecían.
Perdita
siguió hablando con la misma pasión. Cuando planteé su posible separación
definitiva, ella respondió:
-¡Que así
sea! Algún día llegará ese momento. Lo sé, lo siento. Pero en esto soy cobarde.
Esta relación imperfecta, esta farsa que es nuestra unión, me resulta
extrañamente querida. Admito que me resulta dolorosa, destructiva,
impracticable. Contagia mis venas de una fiebre constante; hurga en mi herida
incurable; destila veneno. Y sin embargo debo aferrarme a ella. Tal vez me mate
pronto, y así me brinde un último servicio.
Entretanto
Raymond se había quedado con Adrian e Idris. Su franqueza natural, unida a lo
prolongado de mi ausencia y la de Perdita, le llevaron a buscar alivio a la
tensión de los últimos meses en la confidencia compartida con sus dos amigos.
Les relató la situación en que había hallado a Evadne. Al principio, por
consideración hacia Adrian, les ocultó su nombre, que de todos modos reveló en
el transcurso de su relato. Quien fue su enamorado escuchó con gran agitación
la historia de sus sufrimientos. En su día, Idris había compartido con Perdita
su mala opinión sobre la griega. Pero las explicaciones de Raymond la
suavizaron, y se interesó por su suerte. La constancia de Evadne, su fortaleza,
incluso su amor no correspondido, eran motivo de admiración y lástima. Y más
cuando, según lo sucedido el diecinueve de octubre, parecía claro que la joven
prefería el sufrimiento y la muerte a la degradación que, a sus ojos, le
supondría recurrir a la conmiseración y la ayuda de su amado. Su comportamiento
posterior no podía sino causar un aumento de ese interés por su persona. Al
principio, liberada del hambre y de la muerte, cuidada por Raymond con gran
tesón y dulzura, imbuida de esa sensación de serenidad que da la convalecencia,
Evadne se dejó arrastrar por el amor y el agradecimiento extático. Pero con la
salud regresó el juicio: le preguntó por los motivos que habían causado su
prolongada ausencia. Planteaba sus dudas con sutileza griega y llegó a sus
conclusiones con la decisión y la firmeza que eran propias de su carácter. No
imaginaba que la brecha que había abierto entre Raymond y Perdita era ya
insalvable, pero sabía que, si las cosas seguían como estaban, se ensancharía
cada vez más, y que la felicidad de su amado se destruiría, desgarrada por las
zarpas del remordimiento. Desde el instante mismo en que vislumbró el camino
correcto que debía seguir, decidió emprenderlo y alejarse de Raymond para
siempre. Sus pasiones conflictivas, su amor largamente esperado, la decepción
que ella misma se infligía, le hacían contemplar la muerte como el único
refugio contra sus desdichas. Pero los mismos sentimientos y opiniones que
antes la habían
reprimido,
actuaban ahora con fuerza redoblada. Pues sabía que la conciencia de que había
sido él el causante de su muerte le perseguiría toda la vida, envenenando toda
alegría, nublando toda posibilidad de futuro. Además, aunque la intensidad de
su angustia le hacía odiar la vida, todavía no había causado en ella esa
sensación monótona, letárgica, de tristeza perpetua que es la que, en gran
medida, lleva al suicidio. Su presencia de ánimo la empujaba a seguir
combatiendo contra los infortunios de la vida, e incluso los relativos al amor
no correspondido se presentaban más como adversario a batir que como victorias
a las que debía someterse. Además contaba con el recuerdo de muestras de
ternura, sonrisas, palabras e incluso lágrimas con las que consolarse, pues
aunque las recordaría con pena y dolor, las prefería al olvido con que las
cubriría la tumba. Era imposible adivinar qué planeaba. La carta que escribió a
Raymond no revelaba nada al respecto; en ella le aseguraba que no tenía
intención de abandonar este mundo y le prometía perseverar para, tal vez, algún
día presentarse ante él en un estado más digno de ella. Y concluía, recurriendo
a la elocuencia de la desesperación y el amor inalterable, despidiéndose de él
para siempre.
Ahora
Adrian e Idris quedaban al corriente de todas aquellas circunstancias. Raymond
lamentaba el inconsciente daño que había infligido a Perdita. Y declaró que, a
pesar de la dureza, de la frialdad de su esposa, seguía queriéndola. Ya en una
ocasión se había mostrado dispuesto, con la humildad de un penitente, con el
deber de un vasallo, a rendirse a ella, a abandonar el alma misma a su tutela,
a convertirse en su pupilo, su esclavo, su lacayo. Ella había rechazado
aquellas aproximaciones, y el tiempo de aquella absoluta sumisión, que debe
basarse en el amor y alimentarse de él, había pasado. A pesar de ello, sus
deseos y esfuerzos los orientaba a que ella alcanzara la paz, y su principal
inquietud nacía de sentir que se empeñaba en vano. Si ella seguía manteniéndose
inflexible en el comportamiento que demostraba, deberían separarse. La
combinaciones y posibilidades de la absurda relación que mantenían lo estaban
llevando a la locura. Con todo, no pensaba proponer él la separación. Lo
atormentaba el miedo de causar la muerte a cualquiera de las personas
implicadas en aquellos hechos; y no se decidía a dirigir el curso de los
acontecimientos, no fuera a suceder que, ignorante de la tierra que atravesaba,
condujera a la ruina a quienes le acompañaban en el viaje.
Tras
aquellas explicaciones, que se demoraron durante varias horas, se despidió de
sus amigos y regresó a la ciudad, pues no deseaba reunirse con Perdita en
nuestra presencia, consciente, como nosotros, de las ideas que ocuparían las
mentes de ambos. Perdita se mostró dispuesta a seguirle, acompañada de su hija.
Idris trató de convencerla para que se quedara. Mi pobre hermana observaba con
aprensión a su consejera. Sabía que Raymond había conversado con ella. ¿Le
habría instigado él a hacer aquella petición? ¿Iba a ser aquél el preludio de
su separación definitiva? Ya he escrito que los
defectos
de su carácter despertaron y adquirieron nuevo vigor a causa de la posición
nada natural en que se encontraba. La invitación de Idris suscitaba sus
sospechas. Me abrazó, como si también estuviera a punto de verse privada de mi
afecto. Diciéndome que yo era algo más que su hermano, que era su único amigo,
su última esperanza, me rogó con gran patetismo que no dejara de quererla, y
con creciente angustia partió hacia Londres, el escenario y la causa de todas
sus desgracias.
Las
escenas que siguieron la convencieron de que no había alcanzado aún el fondo
del abismo insondable en que había caído. Su infelicidad adoptaba nuevas formas
cada día. Y cada día algún hecho inesperado parecía culminar la sucesión de
calamidades que se cernían sobre ella, aunque éstas en realidad seguían
produciéndose.
La pasión
más destacada del alma de Raymond era la ambición. La rapidez de su talento, su
capacidad para adivinar y encabezar las disposiciones de los hombres, el deseo
sincero de destacar eran instigador y alimento de aquella ambición. Pero otros
ingredientes se mezclaban con éstos, y le impedían convertirse en la persona
calculadora y decidida que conforma al héroe de éxito. Era obstinado sin ser
firme; benevolente en sus primeros pasos; duro e implacable cuando se lo
provocaba. Y sobre todo carecía de remordimientos y no cedía en la persecución
de cualquier objeto de su deseo, aunque fuera indigno. El amor por el placer y
los estímulos voluptuosos de la naturaleza constituían una parte prominente de
su carácter y conquistaban al conquistador, reteniéndolo en el momento mismo en
que había de alcanzar su objetivo, retirándole la red de su ambición,
haciéndole olvidar el esfuerzo de semanas por culpa de un momento de
indulgencia, de entrega al nuevo objeto de sus deseos. Obedeciendo a esos
impulsos se había casado con Perdita; alimentándose de ellos, se había visto
convertido en amante de Evadne. Y ahora las había perdido a las dos. Carecía
del consuelo que proporciona la renuncia asumida y que nace de la constancia, y
también de la sensación voluptuosa de entrega a la pasión prohibida pero
embriagadora. Su corazón había quedado exhausto tras los recientes
acontecimientos, y sentía destruido su goce de la vida por el resentimiento de
Perdita y la huida de Evadne. La inflexibilidad de aquélla grabó el último sello
sobre la aniquilación de sus esperanzas. Mientras su desunión se había
mantenido en secreto, albergaba el sueño de despertar de nuevo la antigua
ternura en su pecho. Pero ahora que todos estábamos al corriente de lo sucedido
y de que Perdita, tras declarar sus intenciones a otros, en cierto modo se
comprometía a mantenerlas, renunció a la idea de la reconciliación y persiguió
sólo -ya que era incapaz de persuadirla para que cambiara- conformarse con el
mantenimiento de aquel estado de cosas. Hizo votos contra el amor y su sucesión
de luchas, desengaños y remordimientos, y en el mero goce sensual buscó el
remedio a los caminos injuriosos de la pasión.
El
embrutecimiento del carácter es la consecuencia de tales tendencias. Y sin
embargo, en su caso no habría sobresalido con tanta inmediatez si Raymond
hubiera seguido aplicándose en la ejecución de sus planes para el beneficio
público y en cumplimiento de sus deberes de Protector. Pero, extremo en todo,
entregado a las impresiones más inmediatas, se zambulló con ahínco en su nueva
búsqueda de placeres y se entregó a las incongruentes intimidades ocasionadas
por ella sin previsión ni reflexión alguna. La cámara del consejo quedó
desierta; las multitudes que acudían a él en tanto que agentes de sus varios
proyectos eran ignoradas. Las fiestas, e incluso el libertinaje, estaban a la
orden del día.
Perdita
asistía con espanto al creciente desorden. Durante un tiempo le pareció que
podría detener el torrente, que Raymond atendería a sus razones. ¡Vana
esperanza! Los tiempos de su influencia habían quedado atrás. La escuchó con
altivez, le replicó desdeñoso y, si en algo logró despertar su conciencia, fue
precisamente para empujarlo más aún al desorden con que trataba de olvidar los
zarpazos del remordimiento. Con su determinación natural, Perdita trató
entonces de suplantar su puesto. Su unión aparente había de permitirle hacer
mucho. Pero a fin de cuentas ninguna mujer podía aportar el remedio a la
creciente negligencia del Protector, un protector que, al parecer sumido en un
paroxismo de demencia, despreciaba toda ceremonia, todo orden, todo deber, y se
entregaba a la vida licenciosa.
Noticias
de aquel proceder extraño llegaron a nuestros oídos, y dudábamos sobre qué
método adoptar para devolver a nuestro amigo a sí mismo y al país cuando
Perdita vino a vernos. Nos detalló el deterioro de su conducta y nos suplicó a
Adrian y a mí que nos trasladáramos a Londres y tratáramos de poner remedio al
creciente mal.
-Decidle
-nos rogó- decidle a lord Raymond que mi presencia no le molestará más. Que no
debe entregarse más a esa disipación destructiva para causarme disgusto y
conseguir que lo abandone. Ha logrado su propósito: no volverá a verme más.
Pero dejadme, es lo último que os pido, dejadme que busque justificar la
decisión que tomé en mi juventud en las alabanzas de sus conciudadanos y en la
prosperidad de Inglaterra.
Mientras
nos dirigíamos a la ciudad, Adrian y yo conversamos y discutimos sobre la
conducta de Raymond, sobre su abandono de las esperanzas de excelencia
permanente que había mantenido, y que nos había llevado a compartir. Mi amigo y
yo nos habíamos educado en la misma escuela o, mejor dicho, yo había sido
alumno suyo en la opinión de que la adhesión inquebrantable a los principios
era el único camino hacia el honor; que una estricta observancia de las leyes
de utilidad general constituía la única meta razonada de la ambición humana.
Pero aunque los dos compartíamos esas ideas, diferíamos en su aplicación. El
resentimiento se añadía, en mi caso,
a mi
censura, y reprobaba la conducta de Raymond en términos severos. Adrian se
mostraba más benévolo, más considerado. Admitía que los principios que yo
defendía eran los mejores, pero negaba que fueran los únicos. Recurriendo a una
cita del Libro: «En la casa de mi padre muchas moradas hay», insistía en que
los modos de llegar a ser bueno, o grande, variaban tanto como las
disposiciones de los hombres, de quienes podía decirse que, como las hojas de
los árboles del bosque, no había dos iguales.
Llegamos
a Londres sobre las once de la noche. A pesar de lo que habíamos oído, creíamos
que lo hallaríamos en Saint Stephen, y allí nos dirigimos. La cámara estaba
llena, pero del Protector no había ni rastro, y en los semblantes de los
dirigentes asomaba un contenido malestar que, combinado con los susurros y los
comentarios quedos de sus inferiores, no hacían presagiar nada bueno. Nos
dirigimos con presteza al palacio del Protectorado, donde hallamos a Raymond
con otras seis personas. Las botellas circulaban alegremente y su contenido ya
había logrado entorpecer el entendimiento de una o dos de ellas. El que había
tomado asiento junto a Raymond contaba una historia que causaba las risotadas
convulsas de los demás.
Aunque
Raymond se hallaba sentado entre ellos y participaba de la animación de la
velada, no desertaba de su natural dignidad. Podía mostrarse alegre, jocoso,
encantador, pero no iba más allá del decoro natural ni del respeto que se debía
a sí mismo, por más atrevidos que fueran sus agudos comentarios. Sin embargo
reconozco que, teniendo en cuenta la tarea que había asumido al convertirse en
Protector de Inglaterra, y las obligaciones que le correspondía atender, sentí
una creciente consternación al observar a las personas indignas con las que
malgastaba su tiempo, así como su espíritu jovial, por no decir ebrio, que
parecía a punto de despojarlo de lo mejor de sí mismo. Permanecí de pie,
contemplando la escena, mientras Adrian avanzaba como una sombra entre los
presentes y, con una sola palabra y una mirada sobria, trataba de restaurar el
orden en la reunión. Raymond se mostró encantado de verlo y lo invitó a sumarse
a la velada festiva.
La
reacción de Adrian me enfureció, pues aceptó sentarse a la misma mesa que los
compañeros de Raymond, hombres de carácter débil, o carentes por completo de
él, deshechos de alta cuna, deshonra de su país.
-Permítanme
instar a Adrian -exclamé- a que no acepte, y a que se una a mi intento de
apartar a lord Raymond de este escenario y devolverlo a otras compañías.
-Querido
camarada -dijo Raymond-. Este no es momento ni lugar para pronunciar una
lección de moral. Deberá bastarte mi palabra si te aseguro que mis diversiones
y mis compañías no son tan malas como imaginas. Nosotros
no somos
hipócritas ni necios. En cuanto a los demás, «¿crees acaso que, por ser tú
virtuoso, no ha de haber más pasteles ni cerveza?»
Aparté la
vista de él, airado.
-Verney
-dijo Adrian-, te muestras muy cínico, siéntate. O no lo hagas, pues, como no
eres un visitante asiduo, tal vez lord Raymond te complazca y, tal como
habíamos acordado ya, nos acompañe al Parlamento. -Raymond lo miró fijamente;
sólo veía bondad en sus dulces rasgos. Se volvió hacia mí, observando burlón mi
gesto adusto y serio-. Vamos -prosiguió Adrian-. Me he comprometido por ti, así
que permíteme cumplir mi palabra. Ven con nosotros.
Raymond
se revolvió en su silla, incomodado.
-¡No iré!
-fue su respuesta.
Entretanto
el grupo se había dispersado. Unos miraban las pinturas que colgaban de las
paredes, otros se trasladaban a otros aposentos, sugerían una partida de
billar... Uno a uno fueron desapareciendo. Raymond caminaba por la estancia de
un lado a otro, enfurecido. Yo estaba dispuesto a soportar sus reproches y a
devolvérselos. Adrian se apoyó en la pared.
-Esto es
del todo ridículo -exclamó-. Ni siendo colegiales podríais comportaros de modo
más absurdo. No comprendéis -prosiguió- que esto forma parte de un sistema, de
un plan de tiranía al que no me someteré nunca. ¿Acaso por ser el Protector de
Inglaterra debo ser el único esclavo del imperio? ¿Mi privacidad ha de verse
invadida? ¿Mis acciones censuradas, mis amigos insultados? Pero pienso librarme
de todo esto. Vosotros seréis testigos -se arrancó del pecho la estrella,
insignia de su cargo, y la arrojó sobre la mesa-. Renuncio a mi cargo, abdico
de mi poder... ¡Que lo asuma quien quiera!
-Deja que
lo asuma -declaró Adrian- aquél que se pronuncie superior a ti o aquél a quien
el mundo así lo pronuncie. No existe hombre en Inglaterra con semejante
presunción. Conócete a ti mismo, Raymond, y tu indignación cesará, y tu
complacencia regresará. Hace unos meses, cuando rezábamos por la prosperidad de
nuestro país, de nosotros mismos, rezábamos al mismo tiempo por la vida y la
salud del Protector, que estaba indisolublemente unido a aquélla. Dedicabas tus
días a nuestro beneficio, tu ambición era obtener nuestra aprobación.
Embellecías nuestras ciudades con edificios, nos entregabas establecimientos
útiles, sembrabas nuestro suelo de fertilidad y abundancia. Los poderosos y los
injustos se acobardaban ante los pasos de tu buen juicio, y los pobres y los
oprimidos se alzaban como flores matutinas bajo el sol de tu protección. ¿Te
sorprende que nos sintamos todos horrorizados y tristes al constatar que todo
parece haber cambiado? Pero ven, este arrebato tuyo ya ha pasado. Retoma tus
funciones. Tus partidarios lo
celebrarán.
Tus detractores guardarán silencio. Volveremos a manifestarte nuestro amor,
honor y deber. Domínate a ti mismo, Raymond, y el mundo se someterá a ti.
-Todo lo
que dices sería muy sensato si lo hubieras dicho de otro -replicó Raymond-.
Aplícate a ti mismo la lección, y tú, primer noble del país, podrás convertirte
en soberano. Tú, el bueno, el sabio, el justo, gobernarás todos los corazones.
Ahora me percato, demasiado pronto para mi propia felicidad, demasiado tarde
para el bien de Inglaterra, de que asumí una tarea que me supera. No sé ni
gobernarme a mí mismo. Me dominan mis pasiones, mi más pequeño impulso es mi
tirano. ¿Crees que renunciaría al Protectorado, y he renunciado a él, en un
arrebato de ira? Como hay Dios juro que no volveré a lucir esta insignia. No
volveré a cargar sobre mis espaldas el peso de la preocupación y la desgracia
de la que esa estrella es signo visible. En otro tiempo deseé ser rey. Fue en
el cénit de mi juventud, en el orgullo de mi locura infantil. Me conocía cuando
renuncié a serlo. Mi renuncia me trajo una ganancia, no importa cuál, pues
ahora también la he perdido. Durante muchos meses me he entregado a esta farsa
de majestad, a esta bufonada solemne. Pero basta de necedades. Seré libre.
»He
perdido lo que adornaba y confería dignidad a mi existencia, lo que me unía a
los otros hombres. Vuelvo a ser un solitario. Y volveré a ser, como en mis
primeros años, un viajero, un soldado de la fortuna. Amigos míos, pues a ti,
Verney, te siento amigo, no tratéis de disuadirme. Perdita, casada con una
quimera, inconsciente de lo que se oculta tras el velo, con un carácter en
verdad imperfecto y vil, ha renunciado a mí. Con ella me bastaba para
representar el papel de soberano. Y en los recodos de vuestro bosque amado
jugábamos a las máscaras y nos creíamos pastores de la Arcadia, entregándonos a
la imaginación momentánea. De modo que acepté, más por Perdita que por mí
mismo, asumir el personaje de uno de los grandes de la tierra, conducirla a los
escenarios de la grandeza, alterar su vida con un acto breve de magnificencia y
poder. Con él pondríamos el color; el amor y la confianza, por su parte, serían
la sustancia de nuestra vida. Pero debemos vivir nuestras vidas, no
representarlas. Siguiendo una sombra, perdí la realidad. Ahora renuncio a
ambas.
»Adrian,
me dispongo a regresar a Grecia, a convertirme de nuevo en soldado, tal vez en
conquistador. ¿Me acompañarás? Contemplarás nuevos paisajes, conocerás a otras
gentes, serás testigo de la poderosa lucha que allí libran la civilización y la
barbarie, presenciarás, y tal vez dirigirás los esfuerzos de una población
joven y vigorosa por alcanzar la libertad y el orden. Ven conmigo. Te esperaba.
Esperaba este momento, todo está dispuesto. ¿Me acompañarás?
-Lo haré
-respondió Adrian.
-¿Inmediatamente?
-Mañana
mismo, si así lo deseas.
-¡Reflexionad!
-exclamé yo.
-¿Para
qué? -preguntó Raymond-. Mi querido amigo, llevo todo el verano reflexionando
sobre este asunto. Y no dudes de que Adrian ha condensado una era de reflexión
en este breve instante. No hables de reflexión: a partir de este momento,
reniego de ella. Este es mi único momento de felicidad en mucho tiempo. Debo
ir, Lionel, los dioses me lo ordenan, y debo hacerlo. No trates de privarme de
mi compañero, de mi amigo desheredado.
»Una
palabra más sobre la cruel e injusta Perdita. Durante un tiempo pensé que,
observando obediencia durante un momento, alimentando las cenizas aún
calientes, podría devolverle el fuego del amor. Pero hay más frío en ella que
en una hoguera abandonada por los gitanos en invierno, cuyos carbones apagados
yacen bajo una pirámide de nieve. Luego, tratando de ir en contra de mi
naturaleza, no logré sino empeorar las cosas. Con todo, sigo pensando que el
tiempo, e incluso la ausencia, me la devolverá. Recuerda que sigo amándola, que
mi mayor esperanza es que vuelva a ser mía. Aunque ella lo ignora, yo sí sé
cuán falso es el velo con que ha cubierto la realidad. No trates de rasgar esa
capa de engaño, mas retírala lentamente. Ponla frente a un espejo para que pueda
conocerse. Y cuando sea ducha en esa ciencia necesaria pero difícil, se
preguntará por el error que ahora comete, y se aprestará a devolverme lo que
por derecho me pertenece, su perdón, sus buenos pensamientos, su amor.
CAPÍTULO
X
Tras
aquellos acontecimientos, tardamos largo tiempo en recobrar cierto grado de
compostura. Una tempestad moral había hundido nuestra pesada barca y nosotros,
supervivientes de una menguada tripulación, nos sentíamos aterrorizados por las
pérdidas y los cambios que habíamos vivido. Idris amaba apasionadamente a su
hermano, y mal podía tolerar una ausencia de duración incierta. A mí mismo, su
querida compañía me hacía mucha falta; había iniciado con gusto una ocupación
literaria bajo su tutela y asistencia; la tolerancia de sus planteamientos, sus
razonamientos sólidos y la amistad entusiasta que prodigaba lo convertían en el
mejor ingrediente, en el espíritu exaltado de nuestro círculo. Incluso los
niños lamentaron la pérdida de su bondadoso compañero de juegos. Perdita se
hallaba sumida en una pena aún más profunda. A pesar de su resentimiento, ni de
día ni de noche dejaba de imaginar las fatigas y los peligros de los viajeros.
Raymond ausente, luchando
contra
las dificultades, perdido el poder y el rango que le otorgaba el Protectorado,
expuesto a los avatares de la guerra, se había convertido en objeto de su
zozobra e interés. No es que deseara su regreso, si por regreso se entendía una
vuelta a su anterior unión, pues tal escenario le resultaba inconcebible. Así,
mientras eso creía, y lamentaba angustiada que las cosas hubieran llegado hasta
ese punto, no dejaba de sentir ira e impaciencia por el causante de sus
desgracias. Aquellas perplejidades y lamentaciones la llevaban a empapar la
almohada con lágrimas nocturnas y a convertir su persona y su mente en vaga
sombra de lo que había sido. Procuraba estar sola y nos evitaba cuando, alegres
y derrochando afecto, nos reuníamos en familia. Sus únicos pasatiempos eran la
reflexión solitaria, los largos paseos y la música solemne. Incluso descuidaba
a su hija; cerrando su corazón a toda ternura, se mostraba reservada conmigo,
su mejor y más entregado amigo.
Yo no
podía verla de ese modo sin tratar de remediar su mal, que no tenía remedio, lo
sabía, a menos que lograra reconciliarla con Raymond. Antes de la partida de
éste recurrí a todos los argumentos, a todas las persuasiones, para inducirla a
que impidiera aquel viaje. Ella respondía a éstas con un torrente de lágrimas,
asegurándome que la vida y los bienes de la vida no bastaban para persuadirla.
No era voluntad lo que le faltaba, sino capacidad; declaraba una y otra vez que
resultaría más fácil encadenar el mar, poner riendas a las ráfagas invisibles
del viento, que hacerle tomar por verdad la falsedad, por sinceridad el engaño,
por amor fiel y verdadero la unión cruel. A mis razonamientos replicaba con
mayor brevedad, declarando, desdeñosa, que la razón era suya; y que hasta que
pudiera convencerla de que el pasado podía deshacerse, de que la madurez podía
retroceder hasta la cuna y de que todo lo que era podía tornarse en lo que no
había sido nunca, resultaría inútil que le asegurara que en su destino no había
tenido lugar ningún cambio. Y así, con terco orgullo consintió que se fuera,
aunque las fibras mismas de su corazón se rasgaron cuando se consumó la
partida, que alejaba de su vida todo lo que estimaba valioso.
Para que
se aireara, y para que nosotros también cambiáramos de aires, cubiertos como
estaban por la nube que se había posado sobre nuestras cabezas, convencí a las
dos compañeras que me restaban que sería mejor que nosotros también nos
ausentáramos por un tiempo de Windsor. Visitamos el norte de Inglaterra, mi
Ullswater natal, y nos recreamos en unos paisajes que despertaban mis
recuerdos. Proseguimos viaje hasta Escocia para conocer los lagos Katrine y
Lomond. Desde allí nos dirigimos a Irlanda, donde, en la vecindad de Killarney,
nos instalamos durante varias semanas. El cambio de escenario operó en gran
medida las modificaciones que esperaba. Tras un año de ausencia, Perdita volvió
a mostrarse más amable y más dócil que en Windsor. Pero el regreso la alteró de
nuevo por un tiempo. Allí todos los lugares parecían cargados de unos recuerdos
que se habían vuelto amargos
para
ella. Los claros del bosque, los helechos, las lomas cubiertas de hierba, el
paisaje cultivado y alegre que se extendía junto al camino plateado del
Támesis, todo le hablaba al unísono inspirado por la memoria, cargado de
pesares y lamentos.
Pero mi
intento de devolverla a una percepción más lúcida de sí misma no se detuvo ahí.
Perdita seguía siendo, en gran medida, una persona sin formación. Cuando
abandonó su vida campesina y pasó a residir con la culta y elegante Evadne, el
único arte en el que alcanzó cierta perfección fue el de la pintura, para el
que poseía unas aptitudes rayanas en la genialidad. Con ella se había
entretenido en su casa solitaria, cuando abandonó la protección de su amiga
griega. Pero ahora paleta y caballete permanecían olvidados; cuando trataba de
pintar los recuerdos la atormentaban, la mano le temblaba y los ojos se le
anegaban en llanto. Junto con aquella ocupación, había renunciado también a
casi todas las demás. Y su mente se reconcomía en sí misma hasta conducirla
casi a la locura.
Yo, por
mi parte, desde los tiempos en que Adrian abandonó mi remota morada en busca de
su propio paraíso de orden y belleza, me había empapado de literatura. Estaba
convencido de que, por más que las cosas hubieran sido de otro modo en épocas
remotas, en el presente estadio del mundo las facultades del hombre no podían
desarrollare, los principios morales del hombre no podían progresar, sin que
existiera un contacto continuado con los libros. Para mí éstos equivalían a una
carrera activa, a la ambición, así como a otras emociones palpables que
resultan necesarias para la mayoría. La asimilación de opiniones filosóficas,
el estudio de hechos históricos, la adquisición de lenguas, se convirtieron a
la vez en mi pasatiempo y en la meta más seria de mi vida. Yo mismo me convertí
en escritor, aunque mis creaciones fueran poco pretenciosas. Se limitaban a
biografías de mis personajes históricos favoritos, en especial de aquéllos a
los que creía que no se había hecho justicia, o ante los que alzaba un telón de
oscuridad y duda.
A medida
que mi creación literaria progresaba, iba adquiriendo nuevos intereses y
placeres. Hallaba otro eslabón valioso que me unía a mi prójimo; mi punto de
vista se ensanchaba, y las inclinaciones y capacidades de todos los seres
humanos iban resultándome cada vez más interesantes. Se ha llamado a los reyes
«padres de su pueblo». Y yo, de pronto, me sentía como si fuera el padre de
toda la humanidad. La posteridad se convirtió en mi heredera. Mis pensamientos
eran piedras preciosas con las que enriquecer el tesoro de las posesiones
intelectuales del hombre. Cada sentimiento era un regalo valioso que le
entregaba. Mis aspiraciones no deben atribuirse a la vanidad. No se expresaban
en palabras ni adoptaban forma definida en mi propia mente, aunque sin duda
henchían mi alma y exaltaban mis pensamientos, iluminándome con su resplandor,
conduciéndome por la calzada oscura por la
que hasta
entonces había caminado y llevándome hacia la senda despejada de la humanidad,
bañada de luz, que me convertía en ciudadano del mundo, candidato a honores
inmortales, aspirante ávido del elogio y la comprensión de mis iguales.
Nadie
gozaba tanto como yo de los placeres de la creación. Si abandonaba los bosques,
la música solemne de las ramas mecidas por la brisa, el templo majestuoso de la
naturaleza, buscaba refugio en los vastos salones del castillo, y desde ellos
contemplaba la extensa y fértil Inglaterra, que se extendía bajo nuestra regia
colina, mientras escuchaba incitadores pasajes musicales. En aquellas ocasiones
las solemnes armonías de unas arias que elevaban el espíritu daban alas a mis
pensamientos confinados, permitiéndoles, creía yo, traspasar el último velo de
la naturaleza y de su Dios, y mostrar la más elevada belleza en una expresión
visible a la comprensión del hombre. Mientras proseguía la música, mis ideas
parecían abandonar su morada mortal; se liberaban de sus engranajes y
emprendían el vuelo, navegando por las plácidas corrientes del pensamiento,
llenando la creación de nueva gloria, avivando imaginaciones sublimes que de
otro modo hubieran permanecido adormecidas, mudas. Y entonces me precipitaba
sobre la mesa y tejía la tela mental recién hallada con textura firme y colores
vivos, dejando para un momento de mayor sosiego la ordenación de aquellos
materiales.
Pero este
relato, que tanto podría pertenecer a un periodo anterior de mi vida como al
momento presente, me lleva demasiado lejos. Fue el placer que obtenía con la
literatura, la disciplina mental que veía surgir de ella, lo que me incitaba a
lograr que Perdita se aventurara por el mismo camino. Empecé con mano ligera y
sutil fascinación, excitando primero su curiosidad y luego satisfaciéndola de
manera que, además de hacerle olvidar sus penas dándole una ocupación, llegara
a encontrar en las horas siguientes un revulsivo de bondad y tolerancia.
Aunque no
orientada hacia los libros, la actividad intelectual había formado siempre
parte de la naturaleza de mi hermana. Se había manifestado de manera temprana
en su vida, conduciéndola a la reflexión solitaria en sus montañas natales, lo
que a su vez la había llevado a formarse incontables combinaciones a partir de
los objetos cotidianos, y había conferido fuerza a sus percepciones y rapidez a
su juicio. El amor llegó, como la vara de un profeta, y acabó con todos sus
defectos menores. El amor duplicó todas sus excelencias y tocó su genio con una
diadema. ¿Iba entonces a dejar de amar? Sería tan difícil apartar a Perdita del
amor como extraer los colores y los perfumes de las rosas, como convertir en
hiel y veneno el dulce alimento de la leche materna. Lloraba la pérdida de
Raymond con una congoja que exiliaba toda sonrisa de sus labios y surcaba su
hermosa frente con arrugas de tristeza. Y sin embargo el paso de los días
parecía alterar la naturaleza de su
sufrimiento,
y las horas transcurridas la obligaban a alterar (si así puede decirse) el
vestido de luto que cubría su alma. Durante un tiempo la música pareció saciar
el apetito de su mente y las ideas melancólicas se renovaban con cada nuevo
acorde, se alteraban con cada cambio de ritmo. La formación intelectual que le
propuse la acercó a los libros, y si la música había sido alimento de su pena,
las obras de los sabios se convirtieron en su medicina.
El
aprendizaje de nuevas lenguas resultaba una ocupación demasiado tediosa para
quien refería toda expresión a su universo interior y no leía, como hacen
muchos, meramente para pasar el rato, sino que seguía interrogándose a sí misma
y al autor, modelando cada idea de mil modos, deseosa de descubrir una verdad
en cada frase. Ella perseguía mejorar su comprensión. Y así, de manera
automática, bajo aquella beneficiosa disciplina, su corazón y sus disposiciones
se suavizaron y se dulcificaron. Con el tiempo descubrió que, entre todos sus
conocimientos recién adquiridos, su propio carácter, que hasta entonces creía
conocer en profundidad, pasó a ocupar el lugar más preeminente entre todas sus
terrae incognitae, se convirtió en la selva más impenetrable de un país no
cartografiado. Errática, extrañamente, inició la tarea de examinarse y juzgarse
a sí misma. Y de nuevo adquirió conciencia de sus propias excelencias y empezó
a equilibrar mejor la balanza de lo bueno y lo malo que había en ella. Yo, que
ansiaba en grado sumo devolverle la felicidad que aún le quedaba por disfrutar,
observaba con impaciencia el resultado de sus procesos internos.
Pero el
hombre es un animal raro. No pueden medirse sus fuerzas como si de una máquina
se tratara. Y aunque un impulso actúe con una fuerza de cuarenta caballos sobre
lo que parece dispuesto a plegarse a uno, el movimiento, depreciando todo
cálculo, no llega a producirse. Así, ni el dolor, ni la filosofía ni el amor
lograron que Perdita suavizara su opinión sobre el descuido de Raymond. Volvía
a gustar de mi compañía, y por Idris sentía y demostraba de nuevo total
aprecio. Una vez más derramaba sobre su hija gran ternura y permanentes
cuidados. Pero en sus comentarios yo detectaba un profundo resentimiento contra
Raymond, una inextinguible sensación de herida sin cicatrizar que me alejaba de
toda esperanza cuando más cerca me creía de materializarla. Entre otras
dolorosas restricciones, había convertido en ley de obligado cumplimiento entre
nosotros el que jamás mencionáramos el nombre de Raymond en su presencia. Se
negaba a leer cualquier noticia procedente de Grecia y me había pedido que me
limitara a mencionarle si llegaba alguna, y si los viajeros se encontraban
bien. Resultaba curioso que incluso Clara acatara esa ley impuesta por su
madre. La encantadora niña tenía casi nueve años. Había sido siempre una
pequeña feliz, fantasiosa, alegre e infantil, pero tras la marcha de su padre
su gesto quedó marcado por la seriedad. Los niños, poco hábiles en el uso del
lenguaje, no suelen hallar palabras para expresar sus pensamientos, y ninguno
de nosotros sabía decir de
qué modo
se habían grabado en su mente los últimos acontecimientos. Pero sin duda habría
realizado observaciones profundas mientras se daba cuenta de los cambios que se
sucedían a su alrededor. Nunca mencionaba a su padre en presencia de Perdita,
parecía algo asustada cuando me hablaba a mí de él, y aunque yo trataba de
tranquilizarla en relación con el tema, disuadiéndola de los temores que teñían
las ideas que manifestaba en relación con él, no lo lograba. Aun así, esperaba
con impaciencia la llegada de sus cartas, distinguía a la perfección los
timbres griegos y no me quitaba los ojos de encima mientras yo las leía. Con
frecuencia la descubría leyendo en el periódico artículos sobre el país heleno.
No hay
visión más dolorosa que la de un niño prematuramente preocupado, más aún, como
resultaba evidente en el caso que nos ocupa, cuando esa preocupación aparece en
el ánimo de alguien que hasta ese momento se ha mostrado alegre. Y a pesar de
todo Clara derrochaba una dulzura y docilidad que movían a la admiración. Y si
es cierto que la pureza de alma pinta las mejillas de belleza y dota de gracia
los movimientos, no había duda de que sus visiones debían de ser celestiales,
pues su semblante era el colmo del encanto y sus movimientos resultaban más
armónicos que los elegantes saltos de los cervatillos de su bosque natal. A
veces yo abordaba con Perdita el tema de su reserva, pero ella rechazaba mis
consejos, por más que la sensibilidad de su hija le suscitara una ternura más
apasionada aún que la mía.
Transcurrido
más de un año, Adrian regresó de Grecia.
Cuando
nuestros dos exiliados llegaron a aquel país, turcos y griegos respetaban una
tregua, una tregua que era como el sueño para el cuerpo, preludio de una
actividad renovada tras el despertar. Con los numerosos soldados de Asia, con
todos los arsenales militares, los barcos y las máquinas bélicas de que el
poder y el dinero podían hacer acopio, los turcos decidieron aplastar sin
dilación a un enemigo que, avanzando paso a paso desde su plaza fuerte de
Morea, había conquistado Tracia y Macedonia y había conducido a sus ejércitos
hasta las puertas mismas de Constantinopla. Las activas relaciones comerciales
de los griegos con las naciones europeas hacían que éstas contemplaran su éxito
con gran interés. Grecia se preparó para mantener una vigorosa resistencia y se
alzó como un solo hombre. Las mujeres, sacrificando sus valiosos ornamentos,
armaron a sus hijos para la guerra instándolos, con el espíritu de madres
espartanas, a vencer o morir. Los talentos y el coraje de Raymond eran
altamente estimados por los griegos. Nacido en Atenas, la ciudad lo reclamaba
como hijo propio y le había concedido el mando de su división en el ejército.
Sólo el comandante en jefe poseía más poder que él. Considerado uno de sus
ciudadanos, su nombre se añadió a la lista de héroes griegos. Su buen juicio,
su capacidad de acción, su consumada valentía justificaban la decisión. El
conde de Windsor, por su
parte, se
convirtió en voluntario a las órdenes de su amigo.
-Bien
está -dijo Adrian- hablar de guerra bajo estas sombras plácidas, y con gran
profusión de palabras convertirlo en espectáculo, pues muchos miles de
congéneres nuestros abandonan con dolor este aire dulce y su tierra natal. No
soy sospechoso de ir en contra de la causa griega; sé y siento su necesidad.
Es, más que ninguna otra, una buena causa, que he defendido con mi espada.
Estaba dispuesto a morir en su defensa. La libertad vale más que la vida, y los
griegos hacen bien en defender su privilegio hasta la muerte. Pero no nos
engañemos. Los turcos son hombres. Todas sus fibras, todos sus miembros sienten
igual que los nuestros, y tanto turcos como griegos sienten, en su corazón o en
su cerebro, los espasmos mentales o físicos con la misma intensidad. La última
acción que presencié fue la toma de ... Los turcos resistieron hasta el fin, la
guarnición pereció en las murallas y nosotros entramos al asalto. Todas las
criaturas que aún respiraban intramuros fueron masacradas. ¿Creéis que, entre
los gritos de la inocencia violada y la infancia desesperada, no oía yo, con
todos mis sentidos, el llanto de mi prójimo? Antes que mahometanos, quienes así
sufrían eran hombres y mujeres, y cuando se levanten, sin turbante, de la
tumba, ¿en qué, excepto en sus acciones, buenas o malas, serán mejores o peores
que nosotros? Dos soldados peleaban por una muchacha, cuya gran belleza y ricos
ropajes excitaban los bajos instintos de aquellos malhechores, tal vez buenos
hombres en familia, a quienes la furia del momento había convertido en
encarnación del demonio. Un viejo de barba plateada, decrépito y calvo, que tal
vez fuera su abuelo, se interpuso entre ellos y la joven para salvar a ésta, y
el hacha de guerra de uno de los dos se hundió en su cráneo. Yo acudí en su
defensa, pero la ira los cegaba y los volvía sordos. No repararon en mi atuendo
cristiano ni escucharon mis voces. Las palabras eran armas sin filo entonces,
pues mientras la guerra gritaba «destrucción», y el asesinato cumplía sus
órdenes, ¿cómo podía yo
revertir
la marea de los males, aliviando el error
con leve
ofrecimiento de elocuencia balsámica?
Uno de
los dos tipos, indignado por mi intromisión, me golpeó en el costado con su
bayoneta y caí al suelo, inconsciente.
-Esta
herida tal vez acorte mi vida, pues ha sacudido mi cuerpo, ya de por sí frágil.
Pero acato la muerte. En Grecia he aprendido que un hombre más o menos importa
poco mientras queden cuerpos humanos para reemplazar las filas menguantes de la
soldadesca. Y he aprendido también que la identidad de un individuo puede
ignorarse, siempre y cuando el pelotón siga completo. Todo esto tuvo un efecto
distinto sobre Raymond. Él es capaz de tener en cuenta el ideal de la guerra,
mientras que yo soy sensible sólo a sus realidades. Él es soldado, general.
Ejerce influencia sobre las alimañas de la guerra
sedientas
de sangre, mientras que yo me resisto en vano a sus impulsos. La razón es
sencilla. Burke ha afirmado que «en todos los cuerpos, aquellos que ordenan
deben, en no poca medida, obedecer». Y yo no puedo obedecer, pues no simpatizo
con sus sueños de masacre y gloria... Obedecer y ordenar en semejante carrera
está en la naturaleza de la mente de Raymond. Siempre triunfa, y parece
probable que, al tiempo que adquiere honores y cargos para sí, asegure la
libertad de los griegos, y tal vez un imperio extenso.
La mente
de Perdita no se serenó al oír aquel relato, pues pensó que Raymond podía ser
feliz y grande sin ella. «¡Ojalá yo también tuviera una carrera! ¡Ojalá yo
también pudiera fletar un barco nuevo con todas mis esperanzas, energías y
deseos, y lanzarlo al océano de la vida, dirigirme con él a algún punto
alcanzable, con la ambición o el placer por timón! Pero vientos adversos me
retienen en la orilla. Como Ulises, me siento al borde del agua y derramo
lágrimas. Pero mis manos inertes no son capaces de talar árboles ni de cortar
tablones.» Influida por aquellos pensamientos melancólicos, se enamoró más que
nunca de la desdicha. Con todo, la presencia de Adrian le hizo algún bien, pues
al instante el recién llegado rompió la ley del silencio que pesaba sobre
Raymond. Al principio se sobresaltó al oír su desusado nombre, pero no tardó en
acostumbrarse a él, en amarlo, y escuchaba con avidez el relato de sus logros.
Clara también se libró de su recato; Adrian y él habían sido compañeros de
juegos, y ahora, mientras caminaban o cabalgaban juntos, él cedía a sus
sinceras súplicas y le repetía por enésima vez ésta o aquélla descripción del
acto de coraje, munificencia o justicia de su padre.
Entretanto,
todos los buques llegaban portadores de noticias emocionantes sobre Grecia. La
presencia de un amigo en sus ejércitos y su gobierno nos llevaba a seguir con
entusiasmo la evolución de los acontecimientos. Y en alguna carta breve que nos
enviaba en contadas ocasiones, Raymond nos relataba lo inmerso que se hallaba
en los intereses de su país de adopción. El comercio era de gran relevancia
para los griegos, y se habrían conformado con sus posesiones territoriales si
los turcos no los hubieran invadido. Pero los patriotas, que obtuvieron
victorias, se impregnaron del espíritu de conquista hasta el punto de ver ya
Constantinopla como suya. La estimación que profesaban por Raymond no dejaba de
crecer. Pero en el ejército había un hombre que mandaba más que él. Era célebre
por su conducta y por haber elegido una posición determinada en una batalla
librada en las llanuras de Tracia, a orillas del Hebrus, que había de decidir
el destino del islam. Los mahometanos fueron derrotados y expulsados enteramente
del territorio que quedaba al oeste del río. La batalla fue sanguinaria, la
pérdida de los turcos, al parecer, irreparable. Los griegos, por el contrario,
perdieron a un solo hombre, pero ello les bastó para olvidarse de la multitud
anónima esparcida sobre el campo ensangrentado, y renunciaron a celebrar una
victoria que les supuso perder a... Raymond.
En la
batalla de Makri, éste había dirigido la carga de caballería y persiguió a los
fugitivos hasta orillas del Hebrus. Tras el combate hallaron a su caballo
favorito paciendo en la ribera del manso río. No se supo si había caído entre
los soldados desconocidos. Pero no se encontraron ornamentos rotos ni arreos
manchados que revelaran cuál había sido su suerte. Se sospechaba que los
turcos, hallándose en posesión de tan ilustre cautivo, decidieron satisfacer su
crueldad más que su avaricia, y temerosos de la intervención de Inglaterra,
optaron por ocultar para siempre el asesinato a sangre fría del soldado más
odiado y temido de los escuadrones enemigos.
Raymond
no fue olvidado en Inglaterra. Su abdicación del Protectorado había causado una
consternación sin precedentes.
Y cuando
sus planes magníficos y bien ideados se contrastaron con la estrechez de miras
de los políticos que le sucedieron, el periodo de su mandato empezó a
recordarse con nostalgia. La constante mención de su nombre, unida a los
testimonios honrosos que llenaban las gacetas griegas, mantenían despierto el
interés que había despertado. Parecía el hijo predilecto de la fortuna, y su
prematura pérdida eclipsó al mundo y dejó al resto de la humanidad huérfana de
brillo. La gente se aferraba a la esperanza de que siguiera con vida. Se instó
al representante consular en Constantinopla a realizar las averiguaciones
pertinentes y, en caso de que pudiera verificarse que no había muerto, exigiera
su liberación. Cabía esperar que sus esfuerzos dieran fruto y que, aunque
prisionero, blanco de crueldad y odio, pudiera ser rescatado del peligro y
devuelto a la felicidad, el poder y el honor que merecía.
El efecto
que causó la noticia en mi hermana fue asombroso. En ningún momento dio crédito
a la historia de su muerte. Resolvió al instante trasladarse a Grecia. Tratamos
de razonar con ella, de disuadirla, pero Perdita no consintió que ningún
impedimento, ningún retraso, se interpusiera en su decisión. En honor a la
verdad debe decirse que si los argumentos y las súplicas logran apartar a
alguien de un propósito desesperado cuyos motivos y fin se basan exclusivamente
en la intensidad de las emociones, entonces está bien que así sea, pues tal
renuncia demuestra que ni el motivo ni el fin eran lo bastante fuertes para
resistir los obstáculos que se interpusieran en su consecución. Si, por el
contrario, resisten los intentos disuasorios, esa misma terquedad presagia ya
el éxito; y se convierte en deber de aquéllos que aman a ese alguien contribuir
a allanar los impedimentos que surjan en su camino. Con esos sentimientos
actuamos en nuestro pequeño grupo. Comprendiendo que Perdita se mantendría
insobornable, nos dedicamos a proporcionarle los mejores medios para alcanzar
su propósito. No podía ir sola a un país donde carecía de amigos, donde tal
vez, apenas llegara, confirmaría la temible noticia, que sin duda la sumiría en
el más hondo de los pesares y los remordimientos. Adrian, cuya salud siempre
había sido frágil, se resentía,
además,
del agravio de su reciente herida. Idris se veía incapaz de abandonarlo en ese
estado, y no era adecuado que nos ausentáramos los dos, ni que nos lleváramos a
nuestros hijos en un viaje de aquella naturaleza. Finalmente decidí que sólo yo
acompañaría a mi hermana. La separación de mi Idris me resultó muy dolorosa,
pero la necesidad nos consolaba en cierto modo. La necesidad y la esperanza de
salvar a Raymond, de devolverle la felicidad, de devolvérselo a Perdita. No
había tiempo que perder. Dos días después de tomada la decisión llegamos a
Portsmouth y embarcamos. Era el mes de mayo y no se preveían tormentas. Se nos
prometió un viaje próspero. Albergando las más fervientes esperanzas,
adentrándonos en el vasto mar, observamos maravillados alejarse las costas de
Inglaterra, y en las alas del deseo desplegamos las velas, henchidas de viento,
rumbo al sur. Nos impulsaban las olas livianas, y el viejo océano sonreía con
el peso del amor y la esperanza puestos a su recaudo; amansando con delicadas
caricias sus llanuras tempestuosas, el sendero se allanaba apara nosotros. De
día y de noche, el viento de popa impulsaba constante nuestra quilla, y ni
galerna rugiente ni arena traidora ni peñasco destructor interpusieron
obstáculo alguno entre mi hermana y la tierra en la que iba a entregarse de
nuevo a su primer amor, al confesor amado de su corazón, al corazón que latía
dentro de su corazón.


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