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© Libro N° 12941. El Último Hombre. Volumen I. Shelley, Mary. Emancipación. Septiembre 1 de 2024

 

Título original: © El Último Hombre. Volumen I. Mary Shelley

 

Versión Original: ©  El Último Hombre. Volumen I. Mary Shelley

 

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EL ÚLTIMO HOMBRE

Volumen I

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Último Hombre

Volumen I

Mary Shelley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO I

 

 

Soy el hijo de un confín rodeado por el mar, de una tierra ensombrecida por las nubes que, si en mi mente represento la superficie del planeta, con sus vastos océanos y sus continentes vírgenes, aparece sólo como una mota desdeñable en la inmensidad del todo, y que sin embargo, cuando la deposito en las balanzas de la mente, supera con creces el peso de países de mayor extensión y población más numerosa, pues cierto es que la mente humana ha sido la creadora de todo lo bueno y lo grande para el hombre, y que la naturaleza ha actuado sólo como un primer ministro. Inglaterra, alzada en medio del turbulento océano, muy al norte, visita ahora mis sueños adoptando la forma de un buque inmenso, bien comandado, que dominaba los vientos y navegaba orgulloso sobre las olas. En mis días infantiles, ella era mi universo todo. Cuando, en pie sobre las colinas de mi país natal, contemplaba las llanuras y los montes que se perdían en la distancia, salpicados de las moradas de mis paisanos, que con su esfuerzo habían hecho fértiles, el centro mismo de la tierra se hallaba, para mí, anclado en aquel lugar, y el resto no era más que una fábula que no me habría costado trabajo alguno olvidar en mi imaginación ni en mi entendimiento.

 

Mi suerte ha sido, desde un buen principio, ejemplo del poder que la mutabilidad ejerce sobre el variado tenor de la vida de un hombre. En mi caso, ello me viene dado casi por herencia. Mi padre era uno de esos hombres sobre quienes la naturaleza derrama con gran prodigalidad los dones del ingenio y la imaginación para dejar luego que esos vientos empujen la barca de la vida, sin poner de timonel a la razón, ni al juicio de piloto de la travesía. La oscuridad envolvía sus orígenes. Las circunstancias lo arrastraron pronto a una vida pública, y no tardó en gastar el patrimonio paterno en el mundo de modas y lujos del que formaba parte. Durante los años irreflexivos de su juventud, los más distinguidos frívolos de su tiempo lo adoraban, lo mismo que el joven monarca, que escapaba de las intrigas de palacio y de los arduos deberes de su oficio real y hallaba constante diversión y esparcimiento del alma en su don de gentes. Los impulsos de mi padre, que jamás controlaba, lo metían siempre en unos aprietos de los que no era capaz de salir recurriendo sólo a su ingenio. Y así, la acumulación de deudas de honor y peculio, que hubieran supuesto el derrumbamiento de cualquiera, las sobrellevaba él con gran ligereza e implacable hilaridad; entretanto, su compañía había llegado a resultar tan imprescindible en las mesas y reuniones de los ricos que sus desmanes se consideraban veniales, y él mismo los recibía como embriagadores elogios.

 

Esa clase de popularidad, como cualquier otra, resulta evanescente, y las dificultades de toda condición con que debía contender aumentaban en

 

alarmante proporción comparadas con los escasos medios a su alcance para eludirlas. En aquellas ocasiones el rey, que profesaba gran entusiasmo por él, acudía a su rescate, y amablemente lo ponía bajo su protección. Mi padre prometía enmendarse, pero su disposición sociable, la avidez con que buscaba su ración diaria de admiración y, sobre todo, el vicio del juego, que lo poseía por completo, convertían en pasajeras sus buenas intenciones y en vanas sus promesas. Con la agudeza y la rapidez propias de su temperamento, percibió que su poder, en el círculo de los más brillantes, comenzaba a declinar. El rey se casó.

 

Y la altiva princesa de Austria, que como reina de Inglaterra pasó a convertirse en faro de las modas, veía con malos ojos sus defectos y con desagrado el aprecio que el rey le profesaba. Mi padre percibía que su caída se avecinaba, pero lejos de aprovechar esa calma final anterior a la tormenta para salvarse, se dedicaba a ignorar un mal anticipado realizando aún mayores sacrificios a la deidad del placer, árbitro engañoso y cruel de su destino.

 

El rey, que era hombre de excelentes aptitudes, pero fácilmente gobernable, pasó a convertirse en abnegado discípulo de su consorte y se vio inducido por ella a juzgar con extrema desaprobación primero, y con desagrado después, la imprudencia y las locuras de mi padre. Cierto es que su presencia disipaba los nubarrones. Su cálida franqueza, sus brillantes ocurrencias y sus complicidades lo hacían irresistible. Y sólo cuando, distante él, nuevos relatos de sus errores llegaban a oídos reales, volvía a perder su influencia. Los hábiles manejos de la reina sirvieron para dilatar aquellas ausencias y acumular acusaciones. Finalmente el rey llegó a ver en él una fuente de perpetua zozobra, pues sabía que habría de pagar con tediosas homilías el placer breve de su frecuentación, y que a él seguirían llegando los relatos dolorosos de unos excesos cuya veracidad no era capaz de refutar. Así, el soberano decidió concederle un último voto de confianza; si le fallaba, perdería su favor para siempre.

 

La escena hubo de resultar de gran interés e intensamente apasionada. Un monarca poderoso, conocido por una bondad que hasta entonces le había llevado a mostrarse voluble, y después muy serio en sus admoniciones, alternando la súplica con la reprimenda, rogaba a su amigo que se ocupara de sus verdaderos intereses, que evitara resueltamente esas fascinaciones que, en realidad, desertaban de él con rapidez, y dedicara sus inmensos dones a cultivar algún campo digno, en el que él, su soberano, sería su apoyo, su sostén, su seguidor. Toda aquella bondad alcanzó a mi padre, y durante un momento ante él desfilaron sueños de ambición: pensó que sería bueno cambiar sus planes presentes por deberes más nobles. De modo que, con sinceridad y fervor, prometió lo que se le requería. Como prenda de aquel favor renovado, recibió de su señor real una suma de dinero para cancelar sus

 

apremiantes deudas y comenzar su nueva vida bajo buenos auspicios. Aquella misma noche, todavía henchido de gratitud y buenos propósitos, perdió el doble de aquella suma en la mesa de juego. En su afán por recuperar las primeras pérdidas, realizó apuestas a doble o nada, con lo que incurrió en una deuda de honor que de ningún modo podía asumir. Demasiado avergonzado para recurrir de nuevo al rey, se alejó de Londres, de sus falsas delicias y sus miserias duraderas y, con la pobreza por única compañía, se enterró en la soledad de los montes y los lagos de Cumbria. Su ingenio, sus bon mots, el recuerdo de sus atractivos personales, perduraron largo tiempo en las memorias y se transmitían de boca en boca. Si se preguntaba dónde se hallaba aquel paladín de la moda, aquel compañero de los nobles, aquel haz de luz superior que brillaba con esplendor ultraterreno en las reuniones de los alegres cortesanos, la respuesta era que se encontraba bajo un nubarrón, que era un hombre extraviado. Nadie creía que le correspondiera prestarle un servicio a cambio del placer que él les había proporcionado, ni que su largo reinado de ingenio y brillantez mereciera una pensión tras su retiro. El rey lamentó su ausencia; le encantaba repetir sus frases, relatar las aventuras que habían vivido juntos, ensalzar sus talentos. Pero ahí concluía su tributo.

 

Entretanto, olvidado, mi padre no conseguía olvidar. Lamentaba la pérdida de lo que necesitaba más que el aire o el alimento: la emoción de los placeres, la admiración de los nobles, la vida de lujo y refinamiento de los grandes. La consecuencia de todo ello fueron unas fiebres nerviosas, que le curó la hija de un granjero pobre, bajo cuyo techo se cobijaba. La muchacha era encantadora, amable y, sobre todo, buena con él. No ha de sorprender que un ídolo caído de alcurnia y belleza pudiera, aun en aquel estado, resultar elevado y maravilloso a ojos de la campesina. Su unión dio lugar a un matrimonio condenado desde el principio, del que yo soy el vástago.

 

A pesar de la ternura y la bondad de mi madre, su esposo no podía dejar de deplorar su propio estado de degradación. Nada acostumbrado al trabajo, ignoraba de qué modo podría contribuir al mantenimiento de su creciente familia. A veces pensaba en recurrir al rey, pero el orgullo y la vergüenza se lo impedían. Y, antes de que sus necesidades se hicieran tan imperiosas como para forzarlo a trabajar, murió. Durante un breve intervalo, antes de la catástrofe, pensó en el futuro y contempló con angustia la desolada situación en que dejaría a su esposa y a sus hijos. Su último esfuerzo consistió en una carta escrita al rey, conmovedora y elocuente, salpicada de los ocasionales destellos de aquel espíritu brillante inseparable de él. En ella ponía a su viuda y sus huérfanos a merced de su regio señor y expresaba la satisfacción de saber que, de ese modo, su prosperidad quedaría más garantizada tras su muerte de lo que había estado en vida suya. Confió la carta a un noble que, no lo dudaba, le haría el último y nada costoso favor de entregarla al monarca en mano.

 

Así, mi padre murió endeudado, y sus acreedores embargaron inmediatamente su escasa hacienda. Mi madre, arruinada y con la carga de dos hijos, aguardó respuesta semana tras semana, mes tras mes, con creciente impaciencia, pero ésta no llegó jamás. Carecía de toda experiencia más allá de la granja de su padre, y la mansión del dueño de la finca en que ésta se encontraba era lo más parecido al lujo que era capaz de concebir. En vida de mi padre se había familiarizado con los nombres de la realeza y de la corte. Pero aquellas cosas, perniciosas según su experiencia personal, le parecían, tras la pérdida de su esposo -que era quien les otorgaba sustancia y realidad-vagas y fantásticas. Si, bajo cualquier circunstancia, tal vez se hubiera armado del suficiente valor como para dirigirse a los aristócratas que éste mencionaba, el poco éxito obtenido por él en su intento le llevaba a desterrar la idea de su mente. Así, no veía escapatoria a la penuria. Su dedicación perpetua, seguida del pesar por la pérdida del ser maravilloso por el que seguía profesando ardiente admiración, así como el trabajo duro y una salud delicada por naturaleza, terminaron por liberarla de la triste repetición de necesidades y miserias.

 

La condición de sus hijos huérfanos era particularmente desolada. Su propio padre había emigrado desde otra zona del país y llevaba bastante tiempo muerto. Carecían de parientes que los llevaran de la mano; se habían convertido en seres descastados, paupérrimos y sin amigos, para quienes el sustento más parco era cuestión del favor de otros y a quienes se trataba simplemente como a hijos de campesinos, aunque más pobres que los más pobres, unos campesinos que, al morir, los habían dejado -herencia ingrata- a merced de la avara caridad de la tierra.

 

Yo, el mayor de los dos, tenía cinco años cuando murió mi madre. El recuerdo de las conversaciones de mis progenitores y el de las palabras que ella se esforzaba por inculcarme en la memoria en relación con los amigos de mi padre, con la pobre esperanza de que, algún día, llegara a sacar provecho de aquel conocimiento, flotaban como un sueño indefinido en mi mente. Me figuraba que yo era superior a mis protectores y compañeros, pero no sabía ni en qué modo ni por qué. La sensación de herida, asociada al nombre del rey y a la nobleza, perduraba en mí, pero de aquellos sentimientos no podía extraer conclusiones que me sirvieran de guía para mis acciones. El primer conocimiento verdadero de mí mismo fue, así, el de un huérfano indefenso entre los valles y páramos de Cumbria. Me hallaba al servicio de un granjero y, con un cayado en la mano y mi perro junto a mí, pastoreaba un rebaño de ovejas numeroso en las tierras altas de las inmediaciones. No he de cantar las excelencias de dicha vida, pues los sufrimientos que inflige superan con creces los placeres que proporciona. Existía, sí, una libertad en ella, la compañía de la naturaleza, y una soledad despreocupada. Pero esas cosas, por más románticas que fueran, se compadecían poco con el deseo de acción y el afán de ser

 

aceptado por los demás que son propios de la juventud. Ni el cuidado de mi rebaño ni el cambio de las estaciones bastaban para domesticar mi espíritu inquieto; mi vida al aire libre y el tiempo que pasaba desocupado fueron las tentaciones que no tardaron en llevarme al desarrollo de unos hábitos delictivos. Me asocié con otros que, como yo, también carecían de amistades y con ellos formé una banda de la que yo era cabecilla y capitán. Pastores todos, mientras los rebaños pacían diseminados por los prados, nosotros planeábamos y ejecutábamos numerosas fechorías, que nos granjeaban la ira y la sed de venganza de los paisanos. Yo era el jefe y protector de mis camaradas, y como destacaba sobre ellos, muchas de sus malas obras se me atribuían a mí. Pero si bien soportaba castigos y dolor por salir en su defensa con espíritu heroico, también exigía, a modo de recompensa, sus elogios y obediencia.

 

Con semejante escuela, fui adquiriendo un carácter rudo y firme. El hambre de admiración y mi poca capacidad para controlar los propios actos, que había heredado de mi padre, alimentadas por la adversidad, me hicieron atrevido y despreocupado. Era duro como los elementos, y poco instruido como las bestias a las que cuidaba. Con frecuencia me comparaba con ellas, y al hallar que mi principal superioridad se basaba en el poder, no tardé en convencerme de que era únicamente en poder en lo que yo era inferior a los mayores potentados de la tierra. Así, ignorante de la refinada filosofía y perseguido por una incómoda sensación de degradación producto de la verdadera situación social en que me hallaba, vagaba por las colinas de la civilizada Inglaterra tan indómito y salvaje como aquel fundador de Roma amamantado por una loba. Obedecía sólo a una ley, que era la del más fuerte, y mi mayor virtud era no someterme jamás.

 

Permítaseme, con todo, retractarme de la frase que acabo de enunciar sobre mí mismo. Mi madre, al morir, además de sus otras lecciones medio olvidadas y jamás puestas en práctica, me hizo prometerle con gran solemnidad que velaría fraternalmente por su otro retoño, y yo cumplía con ese deber lo mejor que podía, con todo el celo y el afecto del que mi naturaleza era capaz. Mi hermana era tres años menor que yo. Me ocupé de ella desde su nacimiento, y cuando nuestra diferencia de sexos, que nos llevó a recibir distintos empleos, nos separó en gran medida, ella siguió siendo objeto de mi amor y mis cuidados. Huérfanos en toda la extensión de la palabra, éramos los más pobres entre los pobres, los más despreciados entre los olvidados. Si mi osadía y arrojo me valían cierta aversión respetuosa, su juventud y su sexo, ya que no movían a la ternura, al hacerla débil eran la causa de sus incontables mortificaciones. Además, su carácter le impedía atenuar los efectos perniciosos de su baja extracción.

 

Se trataba de un ser singular y, como yo, había heredado mucha de la disposición peculiar de nuestro padre. Su rostro, todo expresión; sus ojos, sin

 

ser oscuros, resultaban impenetrables, por lo profundos. En su mirada inteligente parecían descubrirse todos los espacios, y uno sentía que el alma que la habitaba abarcaba todo un universo de pensamiento. De tez muy blanca, los cabellos dorados le caían por las sienes y la intensidad de su tono contrastaba con el mármol viviente sobre el que se posaban. Su tosco vestido de campesina, que parecería desentonar con los sentimientos refinados que su rostro expresaba, le sentaba sin embargo, y curiosamente, de lo más bien. Era como una de esas santas de Guido, con el cielo en el corazón y en la mirada, de manera que, al verla, sólo pensabas en el interior, y las ropas e incluso los rasgos se tornaban secundarios ante la inteligencia que irradiaba de su semblante.

 

Y, sin embargo, a pesar de todo su encanto y nobleza de sentimientos, mi pobre Perdita (pues tal era el fantasioso nombre que le había impuesto su padre moribundo) no era del todo santa en su disposición. Sus modales resultaban fríos y retraídos. De haber sido criada por quienes la hubieran contemplado con afecto, tal vez habría sido distinta, pero sin amor, abandonada, pagaba con desconfianza y silencio la bondad que no recibía. Se mostraba sumisa con aquellos que ejercían la autoridad sobre ella, pero una nube perpetua fruncía su ceño. Parecía esperar la enemistad de todo el que se le acercaba, y sus acciones se veían instigadas por el mismo sentimiento. Siempre que podía pasaba su tiempo en soledad. Llegaba a los lugares menos frecuentados, escalaba hasta peligrosas alturas, con tal de hallar en los espacios más recónditos la ausencia total de compañía de la que gustaba envolverse. Solía pasar horas enteras caminando por los senderos de los bosques. Trenzaba guirnaldas de flores y hiedras y contemplaba el temblor de las sombras y el mecerse de las hojas; a veces se sentaba junto a los arroyos y, con el pensamiento detenido, se dedicaba a arrojar pétalos o guijarros a las aguas y a ver cómo éstos se hundían y aquéllos flotaban. También fabricaba barquitos hechos de cortezas de árbol, o de hojas, con plumas por velas, y se dedicaba a observar su navegación entre los rápidos y los remansos de los riachuelos. Mientras lo hacía, su desbordante imaginación creaba mil y una combinaciones: soñaba «con terribles desgracias en el mar y en campaña», se perdía con delicia en aquellos caminos por ella inventados, para regresar a regañadientes al anodino detalle de la vida ordinaria.

 

La pobreza era la nube que ocultaba sus excelencias, y todo lo que era bueno en ella parecía a punto de perecer por falta del rocío benefactor del afecto. Ni siquiera gozaba de la misma ventaja que yo en el recuerdo de sus padres; se aferraba a mí, su hermano, como a su único amigo, pero esa unión le valía aún más el rechazo que le profesaban sus protectores, que magnificaban sus errores hasta convertirlos en crímenes. De haber sido educada en esa esfera de la vida a la que, por herencia, su delicada mente y su persona correspondían, habría sido objeto casi de adoración, pues sus virtudes

 

resultaban tan eminentes como sus defectos. Todo el genio que ennoblecía la sangre de su padre ilustraba la suya; una generosa marea corría por sus venas; el artificio, la envidia y la avaricia se hallaban en los antípodas de su naturaleza. Sus rasgos, cuando los alumbraban sentimientos benévolos, podrían haber pertenecido a una reina; sus ojos brillaban y, en aquellos momentos, su mirada desconocía todo temor.

 

Aunque por nuestra situación y disposiciones nos hallábamos casi del todo privados de las formas usuales de relación social, formábamos un fuerte contraste el uno respecto del otro. Yo siempre precisaba del estímulo de la compañía y el aplauso, mientras que Perdita se bastaba a sí misma. A pesar de mis malos hábitos, mi disposición era sociable, a diferencia de la suya, retraída. Mi vida transcurría entre realidades tangibles, la suya era un sueño. De mí podría decirse incluso que amaba a mis enemigos, pues al espolearme, ellos, en cierto modo, me proporcionaban felicidad. A Perdita, en cambio, casi le desagradaban sus amigos, pues interferían en sus estados de ánimo visionarios. Todos mis sentimientos, incluso los de exultación y triunfo, se tornaban en amargura si de ellos no participaban otros. Perdita huía hacia la soledad incluso estando alegre, y podía pasar un día y otro sin expresar sus emociones ni buscar sentimientos afines a los suyos en otras mentes. Y no sólo eso: era capaz de adorar el aspecto y la voz de alguna amiga y demorarse en ella con ternura, mientras su gesto expresaba la más fría de las reservas. En ella, una sensación se convertía en sentimiento, y jamás hablaba hasta que había mezclado sus percepciones de objetos externos con otros que eran creación de su mente. Era como un suelo fértil que se impregnaba de los aires y los rocíos del cielo y los devolvía a la luz transformados en frutos y flores. Pero, como el suelo, también se mostraba con frecuencia oscura y desolada, arada, sembrada una vez más con semillas invisibles.

 

Perdita vivía en una granja de césped bien cortado, que descendía hasta el lago de Ullswater. Un bosque de hayas trepaba colina arriba, tras la casa, y un arroyo murmurante corría manso, siguiendo la pendiente, sombreado por los álamos que flanqueaban sus orillas hasta el lago. Yo vivía con un campesino cuya casa se hallaba más arriba, entre los montes. Tras ella se alzaba un risco en cuyas grietas, expuestas al viento del norte, la nieve perduraba todo el verano. Antes del alba conducía mi rebaño de ovejas hasta los pastos, y lo custodiaba durante todo el día. Se trataba de una vida muy dura, pues la lluvia y el frío abundaban más que los días soleados. Pero yo me enorgullecía de despreciar los elementos. Mi perro fiel se ocupaba del rebaño mientras yo me escapaba para reunirme con mis camaradas, con los que perpetraba mis fechorías. Al mediodía volvíamos a encontrarnos, y tras deshacernos de nuestros alimentos de campesinos, encendíamos una hoguera que manteníamos viva para asar en ella las piezas de ganado que robábamos en las propiedades vecinas. Después contábamos historias de huidas por los pelos, de

 

combates con perros, de emboscadas y fugas, mientras, como los gitanos, compartíamos la cazuela. La búsqueda de algún cordero perdido, o los medios por los que eludíamos o pretendíamos eludir los castigos, ocupaban las horas de la tarde. Al caer la noche mi rebaño regresaba a su corral y yo me dirigía a casa de mi hermana.

 

Eran raras las ocasiones en que ciertamente escapábamos sanos y salvos, como suele decirse. Nuestro exquisito manjar solía costarnos golpes y cárcel. En una ocasión, con trece años, me enviaron un mes a la prisión del condado. Si moralmente salí de ella tal como había entrado, mi sentimiento de odio hacia mis opresores se multiplicó por diez. Ni el pan ni el agua aplacaron mi sangre, y la soledad de mi encierro no llegó a inspirarme buenos pensamientos. Me sentía colérico, impaciente, triste. Mis únicas horas de felicidad eran las que dedicaba a urdir planes de venganza, que perfeccionaba durante mi soledad forzosa, de modo que durante toda la estación siguiente - me liberaron a principios de septiembre- no dejé nunca de obtener grandes cantidades de exquisitos alimentos para mí y para mis camaradas. Aquel fue un invierno glorioso. La fría escarcha y las intensas nevadas aturdían el ganado y mantenían a los ganaderos junto a sus hogares. Robábamos más piezas de las que podíamos comer, y hasta mi perro fiel se puso más lustroso a fuerza de devorar nuestras sobras.

 

De ese modo fueron transcurriendo los años. Y los años no hacían sino añadir a mi existencia un amor renovado por la libertad, así como un profundo desprecio por todo lo que no fuera tan silvestre y tan rudo como yo. A los dieciséis años mi aspecto era el de un hombre hecho y derecho. Alto y atlético, me había acostumbrado a ejercer la fuerza y a resistir los embates de los elementos. El sol había curtido mi piel y andaba con paso firme, consciente de mi poder. Ningún hombre me inspiraba temor, pero tampoco sentía amor por ninguno. En épocas posteriores, al volver la vista atrás contemplaría con asombro lo que entonces era, lo indigno que hubiera llegado a ser de haber perseverado en mi vida delictiva. Mi existencia era la de un animal y mi mente se hallaba en peligro de degenerar hasta convertirse en lo que conforma la naturaleza de los brutos. Hasta ese momento, mis hábitos salvajes no me habían causado daños irreparables, mis fuerzas físicas habían crecido y florecido bajo su influencia y mi mente, sometida a la misma disciplina, se hallaba curtida por las virtudes más duras. Con todo, la independencia de que hacía gala me instigaba a diario a cometer actos de tiranía, y mi libertad se convertía en libertinaje. Me hallaba en los límites del hombre. Las pasiones, fuertes como los árboles de un bosque, ya habían echado raíces en mí y estaban a punto de ensombrecer, con su desbordante crecimiento, la senda de mi vida.

 

Ansiaba dedicarme a empresas que fueran más allá de mis hazañas

 

infantiles y me formaba sueños enfermizos de acciones futuras. Evitaba a mis antiguos camaradas y no tardé en perder su amistad. Todos llegaron a la edad en que debían cumplir con los destinos que la vida les deparaba. Yo, un desheredado, sin nadie que me sirviera de guía o tirara de mí, me hallaba estancado. Los viejos empezaron a señalarme como mal ejemplo, los jóvenes a verme como a un ser distinto a ellos. Yo los odiaba a todos, y en la última y peor de mis degradaciones, empecé a odiarme a mí mismo. Me aferraba a mis hábitos feroces, aunque al tiempo los despreciaba a medias. Proseguía mi guerra contra la civilización y a la vez albergaba el deseo de pertenecer a ella.

 

Regresaba una y otra vez al recuerdo de todo lo que mi madre me había contado sobre la existencia pasada de mi padre. Contemplaba las pocas reliquias que conservaba de él, y que hablaban de un refinamiento mucho mayor del que podía hallarse en aquellas granjas de montaña. Pero nada de todo ello me servía de guía para conducirme a otra forma de vida más agradable. Mi padre se había relacionado con los nobles, pero lo único que yo sabía de aquella relación era el olvido que le había seguido. Sólo asociaba el nombre del rey -al que mi padre, agonizante, había elevado sus últimas súplicas, bárbaramente desoídas por él- a las ideas de crueldad e injusticia, así como al resentimiento que éstas me causaban. Yo había nacido para ser algo más grande de lo que era, y más grande habría de ser. Pero la grandeza, al menos para mi percepción distorsionada, no tenía por qué identificarse con la bondad, y mis ideas más descabelladas no se detenían ante consideraciones morales de ninguna clase cuando se agolpaban en mis delirios de distinción. Así, yo me hallaba en lo alto de un pináculo, sobre un mar de maldad que se extendía a mis pies, a punto de precipitarme y sumergirme en él, de abalanzarme como un torrente sobre todos los obstáculos que me impedían alcanzar el objeto de mis deseos, cuando la influencia de un desconocido vino a posarse en la corriente de mi fortuna, alterando su indómito rumbo, transformándolo en algo que, por contraste, era como el fluir apacible de un riachuelo que describiera meandros sobre un prado.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO II

 

 

Yo vivía alejado de los tráfagos de los hombres, y el rumor de las guerras y los cambios políticos llegaba a nuestras moradas montañesas convertido en débil sonido. Inglaterra había sido escenario de importantes batallas durante mi primera infancia. En el año 2073, el último de sus reyes, el anciano amigo de mi padre, había abdicado en respuesta a la serena fuerza de las protestas expresadas por sus súbditos, y se había constituido una república. Al monarca destronado y a su familia se les aseguró la propiedad de grandes haciendas;

 

recibió el título de conde de Windsor, y el castillo del mismo nombre, perteneciente desde antiguo a la realeza, con sus extensas tierras, siguió formando parte del patrimonio que conservó. Murió poco después, dejando hijo e hija.

 

La que fue reina, princesa de la casa de Austria, llevaba mucho tiempo persuadiendo a su esposo para que se opusiera a los designios de los tiempos. Se trataba de una mujer desdeñosa y valiente, apegada al poder y que sentía un desprecio amargo por el hombre que se había dejado desposeer de su reino. Sólo por el bien de sus hijos consintió en convertirse, desprovista de su rango real, en miembro de la república inglesa. Tras enviudar, dedicó todos sus esfuerzos a la educación de su hijo Adrian, segundo conde de Windsor, para que éste llevara a la práctica sus ambiciosos fines; la leche con que lo amamantó le transmitió ya el único propósito para el que fue educado: reconquistar la corona perdida. Adrian había cumplido ya los quince años. Vivía dedicado al estudio y demostraba unos conocimientos y un talento que excedían los propios de sus años. Se decía que ya había empezado a oponerse a las ideas de su madre y que compartía principios republicanos. Pero por más que así fuera, la altiva condesa no confiaba a nadie los secretos de su educación. Adrian se criaba en soledad, apartado de la compañía que es natural en los hombres de su edad y de su rango. Pero entonces alguna circunstancia desconocida indujo a su madre a apartarlo de su tutela directa; y hasta nuestros oídos llegó que se disponía a visitar Cumbria. Abundaban las historias en las que se daba cuenta de la conducta de la condesa de Windsor en relación con su hijo. Probablemente ninguna de ellas fuera cierta, pero con el paso de los días parecía claro que el noble vástago del último monarca inglés viviría entre nosotros.

 

En Ullswater se alzaba una mansión rodeada de terreno que pertenecía a su familia. Uno de sus anexos lo formaba un gran parque, diseñado con exquisito gusto y bien provisto de animales de caza. Yo había perpetrado con frecuencia en aquellos pagos mis actos de depredación; el estado de abandono del lugar facilitaba mis incursiones. Cuando se decidió que el conde de Windsor visitara Cumbria, acudieron obreros dispuestos a adecentar la casa y sus aledaños antes de su llegada. Devolvieron a los aposentos su esplendor original y, una vez reparados los desperfectos, el parque comenzó a ser objeto de cuidados anómalos.

 

Aquella noticia me turbó en grado sumo, despertando todos mis recuerdos durmientes, mis sentimientos de ultraje, que se hallaban en suspenso, y que, al avivarse, dieron origen a otros de venganza. No era capaz de hacerme cargo de mis ocupaciones; olvidé todos mis planes y estratagemas. Parecía a punto de iniciar una vida nueva, y no precisamente bajo los mejores auspicios. El embate de la guerra, pensaba yo, no tardaría en producirse. Él llegaría

 

triunfante a la tierra a la que mi padre había huido con el corazón destrozado. Y en ella hallaría a sus infortunados hijos, confiados en vano a su real padre, pobres y miserables. Que llegara a saber de nuestra existencia, y que nos tratara de cerca con el mismo desdén que su padre había practicado desde la distancia y la ausencia, me parecía a mí la consecuencia cierta de todo lo que había sucedido antes. Así pues, yo conocería a ese joven de alta alcurnia, el hijo del amigo de mi padre. Llegaría rodeado de sirvientes; sus compañeros eran los nobles y los hijos de los nobles. Toda Inglaterra vibraba con su nombre y su llegada, como las tormentas, se oía desde muy lejos. Yo, por mi parte, iletrado y sin modales, si entraba en contacto con él, me convertiría en la prueba tangible, a ojos de sus cortesanos, de lo justificado de aquella ingratitud que me había convertido en el ser degradado que era.

 

Con la mente ocupada por entero en esas ideas, se diría que incluso fascinado por el proyecto de asaltar la morada escogida por el joven conde, observaba el avance de los preparativos y me acercaba a los carros de los que descargaban artículos de lujo traídos desde Londres, que entraban en la mansión. Rodear a su hijo de una magnificencia principesca formaba parte del plan de la que fue reina. Yo observaba mientras disponían las gruesas alfombras y las cortinas de seda, los ornamentos de oro, los metales profusamente cincelados, los muebles blasonados, todo acorde a su rango, de modo que nada que no se revistiera de esplendor regio llegara a alcanzar el ojo de un descendiente de reyes. Sí, lo observaba todo y luego volvía la mirada hacia mis raídas ropas. ¿De dónde nacía esa diferencia? ¿De dónde, sino de la ingratitud, de la falsedad, del abandono, por parte del padre del príncipe, de toda noble simpatía, de todo sentimiento de generosidad? Sin duda a él también, pues por sus venas circulaba asimismo la sangre de su orgullosa madre, a él, reconocido faro de la riqueza y la nobleza del reino, le habrían enseñado a repetir con desprecio el nombre de mi padre, y a desdeñar mis justas pretensiones de protección. Me esforzaba en pensar que toda esa grandeza no era sino una infamia indigna, y que, al plantar su bandera bordada en oro junto a mi gastado y deshilachado estandarte, no estaba proclamando su superioridad, sino su caída.

 

Y aun así lo envidiaba. Sus preciosos caballos, sus armas de intrincados relieves, los elogios que le precedían, la adoración, la prontitud en el servicio, el alto rango y la alta estima en que lo tenían, yo consideraba que de todo ello me habían despojado a mí por la fuerza, y lo envidiaba todo con renovada y atormentada amargura.

 

Para coronar la vejación de mi espíritu, Perdita, la visionaria Perdita, pareció despertar a la vida real cuando, transportada por la emoción, me informó de que el conde de Windsor estaba a punto de llegar.

 

-¿Y ello te complace? -le pregunté, ceñudo.

 

-Por supuesto que sí, Lionel -me respondió ella-. Ansío verle. Es el descendiente de nuestros reyes y el primer noble de nuestra tierra. Todos le admiran y le aman y se dice que su rango es el menor de sus méritos; que es generoso, valiente y afable.

 

-Has aprendido una lección, Perdita -le dije- y la repites tan al pie de la letra que olvidas por completo las pruebas de las virtudes del conde; su generosidad se manifiesta sin duda en nuestra abundancia, su valentía en la protección que nos brinda, y su afabilidad en el caso que nos dispensa. ¿Su rango es el menor de sus méritos, dices? Todas sus virtudes derivan sólo de su extracción; por ser rico lo llaman generoso; por ser poderoso, valiente; por hallarse bien servido se lo considera afable. Que así lo llamen, que toda Inglaterra crea que lo es. Nosotros lo conocemos. Es nuestro enemigo, nuestro penoso, traicionero y arrogante enemigo. Si hubiera sido agraciado con una sola partícula de todas las virtudes que le atribuyes, obraría justamente con nosotros, aunque sólo fuera para demostrar que, si ha de luchar, no ha de hacerlo contra un enemigo caído. Su padre hirió a mi padre; su padre, inalcanzable en su trono, osó despreciarlo, a él que sólo se inclinaba ante sí mismo, cuando se dignó asociarse con el ingrato monarca. Nosotros, descendientes de uno y de otro, debemos ser también enemigos. Él descubrirá que me duelen las heridas y aprenderá a temer mi venganza.

 

El conde llegó días más tarde. Los habitantes de las casas más miserables fueron a engrosar la muchedumbre que se agolpaba para verle. Incluso Perdita, a pesar de mi reciente filípica, se acercó al camino para ver con sus propios ojos al ídolo de todos los corazones. Yo, medio enloquecido al cruzarme con grupos y más grupos de campesinos que, con sus mejores galas, descendían por las colinas desde cumbres ocultas por las nubes, observando las rocas desiertas que me rodeaban, exclamé: «Ellas no gritan “¡Larga vida al Conde!”» Cuando llegó la noche, acompañada de frío y de llovizna, no regresé a casa. Pues sabía que en todas las moradas se elevarían loas a Adrian. Sentía mis miembros entumecidos y helados, pero el dolor servía de alimento a mi aversión insana; casi me regocijaba en él, pues parecía concederme motivo y excusa para odiar al enemigo que ignoraba que lo era. Todo se lo atribuía a él, ya que yo confundía hasta tal punto las nociones de padre e hijo que pasaba por alto que éste podía ignorar del todo el abandono en que nos había dejado su padre. Así, llevándome la mano a la cabeza, exclamé: «¡Pues ha de saberlo! ¡Me vengaré! ¡No pienso sufrir como un spaniel! ¡Ha de saber que yo, mendigo y sin amigos, no me someteré dócil al escarnio!»

 

El paso de los días, de las horas, no hacía sino incrementar los agravios. Las alabanzas que le dedicaban eran mordeduras de víbora en mi pecho vulnerable. Si lo veía a lo lejos, montando algún hermoso corcel, la sangre me hervía de rabia. El aire parecía emponzoñado con su sola presencia y mi

 

lengua nativa se tornaba jerga vil, pues cada frase que oía contenía su nombre y su alabanza. Yo resoplaba para aliviar ese dolor en mi corazón, y ardía en deseos de perpetrar algún desmán que le hiciera percatarse de la enemistad que sentía. Era su mayor ofensa que, causándome esas sensaciones intolerables, no se dignara siquiera demostrar que sabía que yo vivía para sentirlas.

 

No tardó en conocerse que Adrian se complacía grandemente en su parque y sus cotos de caza, aunque nunca la practicaba, y se pasaba horas observando las manadas de animales casi domesticados que los poblaban, y ordenaba que se les dedicaran los mayores cuidados. Allí vi yo campo abonado para mi ofensiva, e hice uso de él con todo el ímpetu brutal derivado de mi modo de vida. Propuse a los escasos camaradas que me quedaban -los más decididos y malhechores del grupo- la empresa de cazar furtivamente en sus posesiones; pero todos ellos se arredraron ante el peligro, de modo que tendría que consumar la venganza en solitario. Al principio mis incursiones pasaron desapercibidas, por lo que empecé a mostrarme cada vez más osado: huellas en la hierba cuajada de rocío, ramas rotas y rastros de las piezas libradas acabaron delatándome ante los custodios de los animales, que incrementaron la vigilancia. Al fin me descubrieron y me llevaron a prisión. Entré en ella en un arrebato de éxtasis triunfal: «¡Ahora ya sabe de mí! -exclamé-. ¡Y así seguirá siendo una y otra vez!» Mi confinamiento duró apenas un día y me liberaron por la noche, según me dijeron, por orden expresa del mismísimo conde.

 

Aquella noticia me hizo caer desde el pináculo de honor que yo mismo había erigido. «Me desprecia -pensé-; pero ha de saber que yo lo desprecio a él, y que siento el mismo desprecio por sus castigos que por su clemencia.» Dos noches después de mi liberación volvieron a sorprenderme los custodios de los animales, que me encarcelaron de nuevo. Y de nuevo volvieron a soltarme. Tal era mi pertinacia que, transcurridas cuatro noches, me hallaron de nuevo en el parque. Aquella obstinación parecía enfurecer más a los guardianes que a su señor. Habían recibido órdenes de que, si volvían a sorprenderme, debían llevarme ante el conde, y su lenidad les hacía temer una conclusión que consideraban poco acorde con mi delito. Uno de ellos, que desde el principio se había destacado como jefe de quienes me habían apresado, resolvió dar satisfacción a su propio resentimiento antes de entregarme a su superior.

 

La luna se había ocultado tarde y la precaución extrema que me vi obligado a adoptar en mi tercera expedición me consumió tanto tiempo que, al constatar que la negra noche daba paso al alba, el temor se apoderó de mí. Me hinqué de rodillas y avancé a cuatro patas, en busca de los recodos más umbríos del sotobosque; los pájaros despertaban en las alturas y trinaban inoportunos, y la brisa fresca de la mañana, que jugaba con las ramas, me

 

llevaba a sospechar pasos a cada vuelta del camino. Mi corazón latía más deprisa a medida que me aproximaba al cercado; ya tenía una mano apoyada en él, y me bastaba apenas un salto para hallarme del otro lado cuando dos guardianes emboscados se abalanzaron sobre mí. Uno de ellos me abatió y empezó a azotarme con un látigo. Yo me incorporé sosteniendo un cuchillo, se lo clavé en el brazo derecho, que tenía levantado, y le infligí una herida ancha y profunda en la mano. Los gritos iracundos del herido, las imprecaciones de su camarada, que yo respondía con igual furia y descaro, resonaban en el claro del bosque. La mañana se acercaba más y más, incongruente, en su belleza, con nuestra batalla tosca y ruidosa. Mi enemigo y yo seguíamos peleando cuando aquél exclamó: «¡El conde!» De un salto me zafé del abrazo hercúleo del guardián, jadeando a causa del esfuerzo y dedicando miradas furiosas a mis captores, y me situé detrás del tronco de un árbol, resuelto a defenderme hasta el final. Llevaba las ropas hechas jirones y, lo mismo que las manos, manchadas de la sangre del hombre al que había herido. Con la izquierda sostenía las aves que había abatido -mis presas con tanto esfuerzo obtenidas- y con la derecha el cuchillo. Llevaba el pelo enmarañado y a mi rostro asomaba la expresión de una culpa que también goteaba, acusadora, desde el filo del arma a la que seguía aferrado; mi apariencia toda era desmañada y escuálida. Alto y fornido como era, debía parecerles -y no se equivocaban- el mayor rufián que hubiera hollado la tierra.

 

La mención al conde me sobresaltó, y toda la sangre indignada que encendía mi corazón fue a agolparse en mis mejillas. Era la primera vez que lo veía y supuse que se trataría de un joven altivo e inflexible que, si se dignaba dirigirme la palabra, zanjaría la cuestión con la arrogancia de la superioridad. Yo ya tenía lista la respuesta: un reproche que, según creía, se le clavaría en el corazón. Pero entonces se acercó a nosotros y su aspecto desterró al instante, como un soplo de brisa de poniente, mi sombría ira: ante mí se hallaba un muchacho alto, delgado, de tez muy blanca, que en sus rasgos expresaba un exceso de sensibilidad y refinamiento. Los rayos matutinos del sol teñían de oro sus sedosos cabellos, esparciendo luz y gloria sobre su rostro resplandeciente.

 

-¿Qué es esto? -gritó. Los hombres se aprestaron a iniciar sus defensas, pero él los apartó-. Dos a la vez contra un muchacho. ¡Qué vergüenza! -Se acercó a mí-. Verney -gritó-. Lionel Verney. ¿Es ésta la primera vez que nos vemos? Nacimos para ser amigos, y aunque la mala fortuna nos ha separado, ¿no reconoces el vínculo hereditario de amistad que confío en que, de ahora en adelante, nos lleve a unirnos?

 

A medida que hablaba, con sus ojos sinceros fijos en mí, parecía leerme el alma; mi corazón, mi corazón salvaje y sediento de venganza, sintió que el manto de una calma dulce se posaba sobre él. Mientras, su voz apasionada,

 

como la más dulce de las melodías, despertaba un eco mudo en mi interior y confinaba a las profundidades toda la sangre de mi cuerpo. Hubiera querido responderle, reconocer su bondad, aceptar la amistad que me proponía; pero el rudo montañés carecía de palabras a la altura de las suyas; hubiera querido extenderle la mano, pero la sangre acusadora que las manchaba me lo impedía. Adrian se apiadó de mi menguante aplomo.

 

-Ven conmigo -me dijo-. Tengo mucho que contarte. Ven conmigo a casa. ¿Sabes quién soy?

 

-Sí -le respondí-. Ahora creo conocerte, y que perdonarás mis errores... mi delito.

 

Adrian sonrió amablemente y, después de transmitir algunas órdenes a los guardianes del coto, se acercó a mí, entrelazó su brazo al mío y partimos juntos hacia la mansión.

 

No fue su rango; tras todo lo que he dicho, no creo que nadie sospeche que fuera el rango de Adrian lo que, desde el primer momento, sedujo mi corazón de corazones y logró que todo mi espíritu se postrara ante él. Ni yo era el único en sentir con tal intensidad sus perfecciones, pues su sensibilidad y cortesía fascinaban a todos. Su vivacidad, inteligencia y espíritu benévolo culminaban la conquista. A pesar de su juventud era un hombre muy instruido e imbuido del espíritu de la más alta filosofía, que confería un tono de irresistible persuasión a su trato con los demás y lo asemejaba a un músico inspirado que tañera, con absoluta maestría, la «lira de la mente» y de ese modo causara una divina armonía. En persona apenas parecía ser de este mundo: a su delicada figura se imponía el alma que la habitaba; era todo mente: «Dirige sólo un junco» contra su pecho y conquistarás su fuerza; pero el poder de su sonrisa hubiera bastado para amansar a un león hambriento o para lograr que una legión de hombres armados posara las armas a sus pies.

 

Pasé todo el día con él. Al principio no mencionó el pasado ni se refirió a ningún hecho personal. Tal vez deseara inspirarme confianza y darme tiempo para poner en orden mis pensamientos dispersos. Me habló de temas generales y expresó ideas que yo jamás había concebido. Nos hallábamos en su biblioteca y me contó cosas sobre los sabios de la antigua Grecia y el poder que habían llegado a ejercer sobre las mentes de los hombres gracias exclusivamente a la fuerza del amor y la sabiduría. La sala estaba decorada con los bustos de muchos de ellos, y fue describiéndome sus características. A medida que hablaba yo iba sometiéndome a él, y todo mi orgullo y mi fuerza quedaban subyugados por los dulces acentos de aquel muchacho de ojos azules. El ordenado y vallado coto de la civilización, que hasta entonces yo, desde mi densa jungla, había considerado inaccesible, me abría sus puertas por intercesión suya, y yo me adentré en él y sentí, al hacerlo, que hollaba mi

 

suelo natal.

 

Avanzada la tarde se refirió al pasado.

 

-He de relatarte algo -me dijo-, y debo darte muchas explicaciones sobre el pasado. Tal vez tú puedas ayudarme a acotarlo. ¿Te acuerdas de tu padre? Yo no gocé nunca de la dicha de verlo, pero su nombre es uno de mis primeros recuerdos; y permanece escrito en las tablillas de mi mente como representación de todo lo que, en un hombre, resulta galante, cordial y fascinador. Su ingenio no se hacía notar menos que la desbordante bondad de su corazón, y con tal prodigalidad la esparcía sobre sus amigos que, ¡ah!, bien poca le quedaba para sí mismo.

 

Alentado por su panegírico, procedí, en respuesta a su pregunta, a relatarle lo que recordaba de mi progenitor, y él me refirió el relato de las circunstancias que habían llevado al extravío de la misiva testamentaria de mi padre. Cuando, en momentos posteriores, el padre de Adrian, a la sazón rey de Inglaterra, sentía que su situación se tornaba más peligrosa y su línea de acción más comprometida, una y otra vez deseaba contar con la presencia de su amigo, que hubiera supuesto un parapeto contra las iras de su impetuosa reina y habría mediado entre él y el Parlamento. Desde el momento en que había abandonado Londres, en la noche fatal de su derrota en la mesa de juego, el rey no había recibido noticias de él. Y cuando, transcurridos los años, se empeñó en saber de su paradero, todo rastro se había borrado ya. Lamentándolo más que nunca, se aferró a su recuerdo y encomendó a su hijo que, si jamás daba con su apreciado amigo, le brindara en nombre suyo todo el auxilio que pudiera precisar y le asegurara que, hasta el último momento, su vínculo había sobrevivido a la separación y el silencio.

 

Poco antes de la visita de Adrian a Cumbria, el heredero del noble al que mi padre había confiado su última petición de ayuda dirigida a su real señor, puso en manos del joven conde aquella carta, con el lacre intacto. La había encontrado entre un montón de papeles viejos, y sólo el azar la había sacado a la luz. Adrian la leyó con profundo interés y en ella halló el espíritu viviente del genio y el ingenio de aquél de quien en tantas ocasiones había oído elogios. Descubrió el nombre del lugar en que mi padre se había retirado y donde había muerto. Supo de la existencia de sus huérfanos y, durante el breve intervalo que transcurrió entre su llegada a Ullswater y nuestro encuentro en el coto, se ocupó de realizar averiguaciones sobre nosotros, así como de poner en marcha planes que redundaran en nuestro beneficio, antes de presentarse ante nosotros.

 

El modo en que se refería a mi padre halagaba mi vanidad: el velo con que cubría su benevolencia, alegando el cumplimiento de un deber para con las últimas voluntades del monarca, constituía un alivio para mi orgullo. Otros

 

sentimientos, menos ambiguos, los concitaban sus maneras conciliadoras y la generosa calidez de sus expresiones, un respeto rara vez demostrado por nadie hacia mí hasta ese momento, admiración y amor; había rozado mi pétreo corazón con su poder mágico y había hecho brotar de él un afecto imperecedero y puro. Nos despedimos al atardecer. Me estrechó la mano.

 

-Volveremos a vernos. Regresa mañana.

 

Yo apreté la suya y traté de responder, pero mi ferviente «Dios te bendiga» fue la única frase que mi ignorancia me permitió pronunciar, y me alejé a toda prisa, abrumado por mis nuevas emociones.

 

No hubiera podido descansar, de modo que vagué por las colinas, barridas por un viento del oeste. Las estrellas brillaban sobre ellas. Corrí, sin fijarme en las cosas que me rodeaban, con la esperanza de aplacar la inquietud de mi espíritu mediante la fatiga física.

 

«Ese es el verdadero poder -pensaba-. No ser fuerte de miembros, duro de corazón, feroz y osado, sino amable, compasivo y dulce.»

 

Me detuve en seco, entrelacé las manos y, con el fervor de un nuevo prosélito, grité:

 

-¡No dudes de mí, Adrian, yo también llegaré a ser sabio y bondadoso!

 

Y entonces, abrumado, lloré ruidosamente.

 

Una vez pasado ese arrebato de pasión me sentí más entero. Me tumbé en el suelo y, dando rienda suelta a mis pensamientos, repasé mentalmente mi vida pasada. Pliegue a pliegue, fui recorriendo los muchos errores de mi corazón y descubrí lo brutal, lo salvaje y lo insignificante que había sido hasta ese momento. Con todo, en ese instante no podía sentir remordimientos, pues me parecía que acaba de nacer de nuevo; mi alma expulsó la carga de sus pecados anteriores para iniciar un nuevo camino de inocencia y amor. No quedaba nada duro o áspero en ella que nublara los sentimientos dulces que las transacciones del día me habían inspirado; era como un niño balbuceando la devoción que siente por su madre, y mi alma maleable cambiaba por mano del maestro, sin desear ni poder resistirse a ello.

 

Así comenzó mi amistad con Adrian, y debo recordar ese día como el más afortunado de mi vida. Ahora empezaba a ser humano. Era admitido en el interior del círculo sagrado que separa la naturaleza intelectual y moral del hombre de aquello que caracteriza a los animales. Mis mejores sentimientos habían sido convocados para responder convenientemente a la generosidad, sabiduría y cordialidad de mi nuevo amigo. Él, poseedor de una noble bondad, se regocijaba infinitamente al esparcir, generoso, los tesoros de su mente y su fortuna sobre el largamente olvidado hijo del amigo de su padre, el vástago de

 

aquel ser excepcional cuyas excelencias y talentos había oído ensalzar desde su infancia.

 

Desde su abdicación, el difunto rey se había retirado de la esfera política, aunque hallaba poco placer en su entorno familiar. La reina destronada carecía de virtudes para la vida doméstica, y el valor y la osadía que sí ostentaba no le servían de nada tras el derrocamiento de su esposo, al que despreciaba y a quien no se molestaba en ocultar sus sentimientos. El rey, para satisfacer sus exigencias, se había alejado de sus viejas amistades, pero bajo su guía no había adquirido otras nuevas. En aquella escasez de comprensión, había recurrido a su hijo de tierna edad. El temprano desarrollo de su talento y sensibilidad hizo de Adrian un depositario digno de la confianza de su padre. Nunca se cansaba de escuchar los relatos -con frecuencia reiterados- que éste refería sobre los viejos tiempos, en los que mi padre representaba un papel destacado; le repetía sus comentarios agudos, y el niño los retenía; su ingenio, su poder de seducción, incluso sus defectos, se magnificaban al calor del afecto perdido, una pérdida que lamentaba sentidamente. Ni siquiera la aversión que la reina sentía por su favorito bastaba para privarle de la admiración de su hijo: era amarga, sarcástica, despectiva, pero a pesar de verter su implacable censura tanto sobre sus virtudes como sobre sus errores, sobre su amistad devota y sobre sus amores extraviados, sobre su desinterés y su generosidad, sobre la atractiva gracia de sus maneras y sobre la facilidad con que cedía a las tentaciones, su doble disparo se revelaba pesado en exceso y no alcanzaba el blanco deseado. Aquel desdén iracundo de la reina tampoco había impedido a Adrian identificar a mi padre, como él mismo había dicho, con la personificación de todo lo que, en un hombre, resultaba galante, cordial y fascinador. Así, no era de extrañar que al saber de la existencia de los hijos de aquella personalidad célebre, hubiera ideado un plan para concederles todos los privilegios que su rango le permitiera. Y ni siquiera flaqueó su bondad cuando me halló vagabundeando por las colinas, pastor y cazador furtivo, salvaje iletrado. Además de considerar que su padre era, hasta cierto punto, culpable del abandono en que nos encontrábamos, y de que su intención era reparar la injusticia en la medida de lo posible, se complacía en afirmar que bajo toda mi rudeza brillaba una elevación de espíritu que no podía confundirse con el mero valor animal, y que había heredado la expresión de mi padre, lo que demostraba que sus virtudes y talentos no habían muerto con él. Fueran los que fuesen los que me habían sido dados, mi noble y joven amigo estaba empeñado en que no se perdieran por no cultivarlos.

 

 

Actuando según su plan, en nuestro siguiente encuentro logró que yo deseara participar de una cultura que revestía con gracia su propio intelecto. Mi mente activa, una vez subyugada por esa nueva idea, se dedicó al empeño con avidez extrema. Al principio la gran meta de mi ambición era rivalizar con los méritos de mi padre, para hacerme merecedor de la amistad de Adrian.

 

Pero la curiosidad y un sincero deseo de aprender no tardaron en despertar en mí, y me llevaron a pasar días y noches dedicado a la lectura y el estudio. Yo ya estaba familiarizado con lo que podría denominar el panorama de la naturaleza, el cambio de las estaciones y los aspectos diversos de los cielos y la tierra. Pero no tardé en verme sorprendido y encantado ante la ampliación repentina de mis nociones, cuando se alzó el telón que me privaba del goce del mundo intelectual y contemplé el universo no sólo tal como se presentaba a mis sentidos externos, sino como aparecía ante los hombres más sabios. La poesía con sus creaciones, la filosofía con su investigación y sus clasificaciones, despertaban por igual las ideas que se hallaban dormidas en mi mente y desencadenaban otras nuevas.

 

Me sentía como el marinero que, desde el palo mayor de su carabela, fue el primero en descubrir las costas de América; y, como él, me apresuré a hablar a mis compañeros de mis descubrimientos en las regiones ignotas. Con todo, no logré excitar en otros pechos el mismo apetito desbocado por el conocimiento que existía en el mío. Ni siquiera Perdita era capaz de comprenderme. Yo había vivido en lo que generalmente se llama mundo de la realidad, y despertaba en un nuevo país para descubrir que existía un significado más profundo en todo lo que percibía, más allá de lo que mis ojos me mostraban. La visionaria Perdita veía en todo aquello sólo un nuevo barniz para una lectura vieja, y su mundo era lo bastante inextinguible como para contentarla. Me escuchaba como había hecho cuando le narraba mis aventuras, y en ocasiones se mostraba interesada por la información que le proporcionaba; pero, a diferencia de lo que me sucedía a mí, no lo veía como parte integral de su ser, como algo que, una vez obtenido, no podía ignorarse más de lo que podía ignorarse, por ejemplo, el sentido del tacto.

 

Los dos conveníamos, eso sí, en adorar a Adrian, aunque como ella no había salido de la infancia no podía apreciar, como yo, el alcance de sus méritos ni sentir la misma comprensión por sus metas y opiniones. Yo frecuentaba siempre su compañía. Había una sensibilidad y una dulzura en su disposición que proporcionaban un tono tierno y elevado a nuestras conversaciones. También era alegre como una alondra que cantara desde su alta torre, y se elevaba sobre los pensamientos como un águila, y era inocente como una tórtola de ojos mansos. Era capaz de conjurar la seriedad de Perdita y de extraer el aguijón que torturaba mi naturaleza activa en exceso. Yo volvía la vista atrás y veía mis deseos inquietos y mis dolorosas luchas con mis antiguos compañeros como quien recuerda un mal sueño, y me sentía tan cambiado como si hubiera transmigrado a otra forma cuyo sensorio y mecanismo nervioso hubiesen alterado el reflejo de un universo aparente en el espejo de la mente. Pero no era así. Seguía siendo el mismo en fortaleza, en la búsqueda sincera de la comprensión de los demás, en mi anhelo de un ejercicio activo. No me habían abandonado mis virtudes masculinas, por las

 

que Urania había cortado su larga cabellera a Sansón mientras éste reposaba a sus pies; pero todo se veía aplacado y humanizado. Adrian no me instruía sólo en las frías verdades de la historia y la filosofía. A través de ellas me enseñaba a dominar mi espíritu despreocupado e inculto, plantaba ante mi visión la página viviente de su propio corazón y me dejaba sentir y comprender su maravilloso carácter.

 

La reina de Inglaterra, ya desde la más tierna infancia de su hijo, había perseguido la implantación de planes arriesgados y ambiciosos en su mente. Veía que poseía genio y un talento desbordante, y se había dedicado a cultivarlos para poder usarlos luego en beneficio de sus propias visiones. Lo alentaba a adquirir conocimientos y a propiciar su impetuoso valor; incluso toleraba su indomable amor a la libertad, con la esperanza de que éste, como sucede en tantas ocasiones, le condujera a una ambición de poder. Perseguía inculcarle un resentimiento hacia quienes habían propiciado la abdicación de su padre, así como un deseo de venganza. Pero en ambas cosas fracasó. Aunque distorsionadas, al joven le llegaban noticias de una nación grande y sabía que ejercía su derecho a gobernarse a sí misma, y aquello excitaba su admiración. Ya a temprana edad se convirtió en republicano por principio. Con todo, su madre no desesperaba. Al ansia de poder y al altivo orgullo de cuna añadía perseverancia en la ambición, paciencia y autocontrol. Se entregó al estudio de la naturaleza de su hijo. Mediante la aplicación del elogio, la censura y la exhortación, trataba de hallar y pulsar las cuerdas adecuadas; y aunque la melodía que obtenía le parecía discordante, construía sus esperanzas sobre la base de los talentos de su hijo y se mostraba convencida de que al fin lograría sus propósitos. El ostracismo que ahora experimentaba él nacía de otras causas.

 

La reina tenía también una hija, de doce años de edad. Su hermana hada, como a Adrian le gustaba llamarla, era una criatura encantadora, animada y diminuta, toda sensibilidad y verdad. Con sus dos hijos, la noble viuda residía en Windsor y no recibía visitas, salvo las de sus propios partidarios, viajeros llegados de su Alemania natal y algunos ministros extranjeros. Entre ellos, y altamente distinguido por ella, se encontraba el príncipe Zaimi, embajador en Inglaterra de los Estados Libres de Grecia. Su hija, la joven princesa Evadne, pasaba largas temporadas en el castillo de Windsor. En compañía de aquella vivaz e inteligente muchacha griega, la condesa se relajaba y abandonaba su tensión habitual. La visión que tenía de sus propios hijos la llevaba a controlar todas sus palabras y las acciones relativas a ellos, pero Evadne era un juguete al que no temía en modo alguno, y los talentos y alegría de la niña constituían no poco alivio en la monótona vida de la condesa.

 

Evadne tenía dieciocho años. Aunque pasaban mucho tiempo juntos en Windsor, la extrema juventud de Adrian impedía cualquier sospecha sobre la

 

naturaleza de su relación. Pero él mostraba una pasión y una ternura de corazón que excedían en mucho las comunes del hombre, y ya había aprendido a amar. La hermosa griega, por su parte, dedicaba al muchacho sonrisas bondadosas. A mí, que aunque mayor que Adrian jamás había amado, me resultaba extraño presenciar el sacrificio del corazón de mi amigo. No había celos, inquietud ni desconfianza en sus sentimientos. Era todo devoción y fe. Su vida se consumía en la existencia de su amada y su corazón sólo palpitaba al unísono con los latidos que vivificaban el corazón de ella. Aquella era la ley secreta que regía su vida: amaba y era amado. El universo, para él, era la morada en la que habitaba con ella, y ningún ardid de la sociedad, ningún encadenamiento de hechos, era capaz de causarle felicidad o infligirle desgracia. ¡Qué jungla infestada de tigres era la vida, aunque ésta y el sistema de relaciones sociales fuera un erial! A través de sus errores, en las profundidades de sus inhóspitas simas, existía un camino despejado y lleno de flores, a través del cual podrían viajar seguros y felices. Su camino sería como el paso del mar Rojo, que cruzarían sin mojarse los pies, aunque un muro de destrucción se alzara amenazante a ambos lados.

 

¡Ah! ¿Por qué he de recordar el triste engaño de ese inigualable espécimen de la humanidad? ¿Qué, en nuestra naturaleza, nos lleva siempre hacia el dolor y la desgracia? No estamos hechos para el goce, y por más que nos abramos a la recepción de emociones placenteras, la decepción es el piloto eterno de la barca de nuestra vida, y nos conduce implacable hacia los bajíos. ¿Quién podía estar mejor dotado para amar y ser amado que ese joven de talento, para cosechar la dicha inalienable de una pasión pura? Si su corazón hubiera seguido adormilado unos años más, tal vez se habría salvado; pero despertó durante su infancia; tenía poder, pero no conocimiento; y quedó arrasado como la flor que brota prematura y se la lleva la escarcha asesina.

 

No acuso a Evadne de hipocresía ni de deseo de engañar a su amante, pero la primera carta que leí de ella me llevó al convencimiento de que no lo amaba. Estaba escrita con gracia y, considerando que era extranjera, con un gran dominio del lenguaje. La letra era exquisita, hermosa; había algo en el papel y en sus pliegues que incluso a mí, que no amaba y era del todo lego en aquellos asuntos, me parecía elegante. Había mucha amabilidad, gratitud y dulzura en su expresión, pero no amor. Evadne era dos años mayor que Adrian; ¿quién, a los dieciocho, amaba a alguien mucho más joven? Comparé sus serenas misivas con las cartas pasionales que le había escrito él. El alma de Adrian parecía destilada en las palabras que escribía, palabras que respiraban sobre el papel, llevando consigo una porción de la vida del amor, que era su vida. Su mera escritura lo dejaba exhausto y lloraba sobre ellas, por el exceso de las emociones que despertaban en su corazón.

 

Adrian llevaba el alma pintada en el semblante, y el ocultamiento y el

 

engaño se hallaban en los antípodas de la atrevida franqueza de su disposición. Evadne le pidió que no revelara a su madre el relato de sus amores y, tras cierta discusión, él se lo concedió. Mas la concesión fue en vano, pues su modo de proceder reveló el secreto a ojos de la reina. Con la cautela que la caracterizaba, no comentó nada sobre su descubrimiento, pero se apresuró a apartar a su hijo de la esfera de la bella griega. Lo envió a Cumbria. Con todo, lo que sí lograron ocultarle fue la intención, promovida por Evadne, de intercambiar correspondencia. Así, la ausencia de Adrian, concebida con la idea de separarlos, sirvió para estrechar más sus lazos. A mí me hablaba sin cesar de su amada jonia. Su país, sus antiguas hazañas, sus recientes luchas memorables, todo participaba de su gloria y excelencia. Él había aceptado separarse de ella, pues ella le había ordenado tal aceptación pero bajo su influencia del mismo modo hubiera proclamado su unión ante toda Inglaterra y hubiera resistido, con constancia inquebrantable, la oposición de su madre. La prudencia femenina de Evadne percibía la inutilidad de cualquier decisión que pudiera tomar Adrian, al menos hasta que algunos años más añadieran peso a su poder. Tal vez la acechara también cierto desagrado ante la idea de comprometerse con alguien a quien no amaba; a quien no amaba, al menos, con el entusiasmo apasionado que su corazón le decía que tal vez llegara a sentir por otro hombre. Él acató sus restricciones y aceptó pasar un año exiliado en Cumbria.

 

 

 

 

CAPÍTULO III

 

 

Felices, tres veces felices fueron los meses, las semanas y las horas de ese año. La amistad, de la mano de la admiración, la ternura y el respeto construyeron una enramada de dicha en mi corazón, hasta entonces silvestre como un bosque no hollado de América, como un viento sin morada, como un mar desierto. Mi sed insaciable de conocimientos y mi afecto sin límites por Adrian se unían para mantener ocupado mi corazón y mi intelecto y, en consecuencia, era feliz. No hay felicidad más verdadera y diáfana que la alegría desbordante y habladora de los jóvenes. En nuestra barca, surcando el lago de mi tierra natal, junto a los arroyos y los pálidos álamos que los flanqueaban; en un valle, sobre una colina, ya sin mi cayado, pues ahora me ocupaba de un rebaño mucho más noble que el compuesto por unas tontas ovejas, un rebaño de ideas recién nacidas, leía o escuchaba hablar a Adrian; y su discurso me fascinaba por igual, ya se refiriera a su amor o a sus teorías sobre la mejora del hombre. A veces regresaba mi ánimo indomable, mi amor por el peligro, mi resistencia a la autoridad. Pero era siempre en su ausencia. Bajo el benévolo influjo de sus ojos, era obediente y bueno como un niño de

 

cinco años, que hace lo que le ordena su madre.

 

Tras casi doce meses residiendo en Ullswater, Adrian se trasladó a Londres y regresó lleno de unos planes que habían de beneficiarnos. «Debes empezar a vivir -me dijo-: tienes diecisiete años, y retrasar más el momento sólo serviría para que el necesario aprendizaje te resultara más farragoso.» Anticipaba que su vida iba a ser una sucesión de luchas y deseaba que compartiera con él sus esfuerzos. A fin de prepararme mejor para la tarea, debíamos separarnos. Creía que mi nombre podría abrirme puertas, y me procuró el puesto de secretario del embajador en Viena, donde ingresaría en la carrera diplomática bajo los mejores auspicios. Transcurridos dos años, regresaría a mi país con un nombre labrado y una reputación sólida.

 

¿Y Perdita? Perdita se convertiría en pupila, amiga y hermana menor de Evadne. Con su tacto habitual, Adrian se había asegurado de que mi hermana mantuviera su independencia en tal situación. ¿Cómo rechazar los ofrecimientos de tan generoso amigo? Yo, al menos, no deseaba rechazarlos, y en mi corazón de corazones prometí dedicar mi vida, mis conocimientos y mi poder -si en algo valían, su valor era el que él les había concedido-, a él y sólo a él.

 

Eso me prometí a mí mismo mientras me dirigía a mi destino con grandes expectativas: las expectativas de cumplir todo lo que, sobre poder y diversión, nos prometemos a nosotros mismos, durante la infancia, alcanzar en la madurez. Yo creía que había llegado la hora de ingresar en la vida, una vez las ocupaciones infantiles habían quedado atrás. Incluso en los Campos Elíseos, Virgilio describe las almas de los dichosos ávidas de beber de la ola que había de devolverles a su círculo mortal. Los jóvenes apenas se hallan en el Elíseo, pues sus deseos, que desbordan lo posible, los vuelven más pobres que un acreedor arruinado. Los filósofos más sabios nos hablan de los peligros del mundo, de los engaños de los hombres y de las traiciones de nuestro propio corazón. Pero aun así, sin temor ninguno zarpamos del puerto a bordo de nuestra frágil barca, izamos la vela y remamos, para resistir las turbulentas corrientes del mar de la vida. Qué pocos son los que, en el vigor de la juventud, varan sus naves sobre las «doradas arenas» y se dedican a recoger las conchas de colores que las salpican. Casi todos, al morir el día, con brechas en el casco y las velas rasgadas, se dirigen a la costa y naufragan antes de alcanzarla o hallan una ensenada batida por las olas, alguna playa desierta sobre la que se tienden y mueren sin que nadie les llore.

 

¡Tregua a la filosofía! La vida se extiende ante mí, y yo me apresto a tomar posesión de ella. La esperanza, la gloria, el amor y una ambición sin culpa son mis guías, y mi alma no conoce temor alguno. Lo que ha sido, por más dulce que sea, ya no es; el presente sólo es bueno porque está a punto de cambiar, y lo que está por venir me pertenece por completo. ¿Temo acaso el latido de mi

 

corazón? Altas aspiraciones hacen correr mi sangre; mis ojos parecen penetrar en la brumosa medianoche del tiempo y distinguir en las profundidades de su oscuridad el goce de todos los deseos de mi alma.

 

Pero, ¡detente! Durante mi viaje tal vez sueñe, y con ligeras alas alcance la cumbre del alto edificio de la vida. Ahora que he llegado a su base, con las alas plegadas, los macizos peldaños se alzan ante mí y, paso a paso, debo ascender por el imponente templo.

 

¡Hablad! ¿Qué puerta está abierta?

 

Miradme a mí en mi nuevo puesto. Diplomático. Partícipe de una sociedad que va en busca del placer, residente en una ciudad alegre. Un joven con futuro, protegido del embajador. Todo era raro y admirable para el pastor de Cumbria. Con mudo asombro hice mi entrada en la alegre escena, cuyos actores eran los lirios del campo, gloriosos como Salomón que no tejen ni hilan.

 

Tardé muy poco en incorporarme a la mareante rueda, olvidando mis horas de estudio y la amistad de Adrian. El deseo apasionado de compañía, la ardiente búsqueda de un objeto ansiado, seguían caracterizándome. La visión de la belleza me arrebataba, y las maneras atractivas de hombres y mujeres acaparaban mi entera confianza. Cuando una sonrisa hacía latir mi corazón yo lo llamaba rapto; y sentía que la sangre de la vida hormigueaba en mi cuerpo cuando me aproximaba al ídolo que transitoriamente veneraba. El mero correr de las emociones era el paraíso, y al caer la noche sólo deseaba que se reanudaran aquellos engaños embriagadores. La luz cegadora de los salones ornamentados; las esculturas encantadoras alineadas con sus espléndidos ropajes; los movimientos de una danza, los tonos voluptuosos de músicas exquisitas, acunaban mis sentidos, induciéndolos a un delicioso sueño.

 

¿Acaso no es eso, en sí mismo, la felicidad? Apelo a los moralistas y a los sabios. Les pregunto si en el sosiego de sus mesuradas ensoñaciones, si en las profundas meditaciones que llenan sus horas, sienten al joven lego de la escuela del placer. ¿Pueden los haces tranquilos de sus ojos, que buscan los cielos, igualar los destellos de las pasiones combinadas que les ciegan, o la influencia de la fría filosofía sumerge su alma en una dicha igual a la suya, inmersa en esa amada obra de jovial ensoñación?

 

Pero en realidad ni las solitarias meditaciones del eremita ni los raptos tumultuosos del soñador bastan para satisfacer el corazón del hombre. Pues de unas obtenemos turbadora especulación y de los otros, hartazgo. La mente flaquea bajo el peso del pensamiento y se hunde en contacto con aquellos cuya sola meta es la diversión. No existe goce en su amabilidad hueca, y bajo las sonrientes ondas de esas aguas poco profundas acechan afiladas rocas.

 

Así me sentía yo cuando la decepción, el cansancio y la soledad me devolvían a mi corazón, para extraer de él la alegría de la que estaba privado. Mi fatigado corazón pedía que algo le hablara de afectos y, al no hallarlo, me derrumbaba. De ese modo, y a pesar de la delicia inconsciente que me aguardaba en los inicios, la impresión que conservo de mi vida en Viena es melancólica. Como dijo Goethe, en nuestra juventud no podemos ser felices a menos que amemos. Y yo no amaba. Pero me devoraba un deseo incesante de ser algo para los demás. Me convertí en víctima de la ingratitud y la coquetería fría, y entonces me desesperé e imaginé que mi descontento me daba derecho a odiar el mundo. Regresé a mi soledad. Me quedaban mis libros, y mi deseo renovado de gozar de la compañía de Adrian se convirtió en sed ardiente.

 

La emulación, que en su exceso casi adoptaba las propiedades de la envidia, espoleaba esos sentimientos. En aquel periodo, el nombre y las hazañas de uno de mis compatriotas causaban gran admiración en el mundo. Los relatos de sus éxitos, las conjeturas sobre sus acciones futuras, constituían los temas recurrentes del momento. No era por mí por quien me enfurecía, pero me parecía que las loas que aquel ídolo cosechaba eran hojas arrancadas de unos laureles destinados a Adrian. Pero he de dejar constancia aquí, ahora, de ese amante de la fama, de ese favorito de un mundo que busca asombrarse.

 

Lord Raymond era el único descendiente vivo de una familia noble pero venida a menos. Desde una edad muy temprana se había complacido en su linaje, y lamentaba amargamente sus estrecheces materiales. Su mayor deseo era enriquecerse, y los medios que pudieran llevarle a alcanzar ese fin no eran sino consideraciones secundarias. Altivo y a la vez ávido de cualquier demostración de respeto; ambicioso pero demasiado orgulloso para demostrar su ambición; dispuesto a alcanzar honores, y al tiempo devoto del placer; así hizo su entrada en la vida. Apenas en el umbral oyó un insulto proferido contra él, real o imaginario; alguna muestra de repulsa donde menos la esperaba; o cierta decepción, difícil de tolerar para su orgullo. Se retorcía bajo una herida que no podía vengar; y abandonó Inglaterra con la promesa de no volver hasta que, llegado el momento, su país reconociera en él un poder que ahora le negaba.

 

Se convirtió en aventurero de las guerras griegas. Su arrojo y su genio absoluto atrajeron la atención de muchos. Se convirtió en héroe amado por aquel pueblo alzado en armas. Sólo su origen extranjero y su negativa a renegar de los lazos con su país natal le impidieron alcanzar los puestos de mayor responsabilidad en el Estado. Pero, aunque tal vez otros figuraran más alto en título y ceremonia, lord Raymond había alcanzado un rango superior al de todos ellos. Condujo a los ejércitos griegos hasta la victoria y todos sus triunfos se debieron a él. Cuando aparecía, pueblos enteros salían a las calles a recibirlo; se escribían nuevas letras de los himnos nacionales para glosar su

 

gloria, su valor y munificencia.

 

Entre turcos y griegos se firmó una tregua. Entre tanto, lord Raymond, gracias a un azar inesperado, heredó una inmensa fortuna en Inglaterra, a la que regresó, coronado de gloria, para recibir el mérito del honor y la distinción que antes le habían sido negados. Su orgulloso corazón se rebeló contra ese cambio. ¿En qué era distinto al despreciado Raymond? Si la adquisición de poder en forma de riqueza era la causante, ese poder habrían de sentirlo como un yugo de hierro. El poder era, al fin, la meta de todos sus actos; el enriquecimiento, el blanco contra el que siempre apuntaba. Tanto en la ambición claramente mostrada como en la velada intriga, su fin era el mismo: llegar a lo más alto en su propio país.

 

A mí, aquel relato me llenaba de curiosidad. Los acontecimientos que se sucedieron a su llegada a Inglaterra me sirvieron para aclarar más mis propios sentimientos. Entre sus otras virtudes, lord Raymond era extraordinariamente apuesto; todo el mundo lo admiraba. Era el ídolo de las mujeres. Se mostraba cortés, se expresaba con dulzura y era ducho en artes fascinantes. ¿Qué no había de lograr un hombre así en la ajetreada Inglaterra? A un cambio sucede otro cambio. La historia completa no me fue revelada, pues Adrian había dejado de escribir, y Perdita se mostraba lacónica en sus cartas. Se decía que Adrian se había vuelto -cómo escribir la palabra fatal- loco; que lord Raymond era el favorito de la reina, y el esposo escogido por ella para su hija. Y aún más: que aquel noble aspirante planteaba de nuevo la pretensión de los Windsor de ocupar el trono. De ese modo, si la enfermedad de Adrian se revelaba incurable y él se casaba con su hermana, la frente de Raymond podría ceñir la corona mágica de la realeza.

 

Aquel relato corría de boca en boca propagando su fama; aquel relato hacía intolerable mi permanencia en Viena, lejos del amigo de mi juventud. Ahora yo debía cumplir mi promesa, acudir en su ayuda y convertirme en su aliado y en su apoyo, hasta la muerte. Adiós al placer cortesano, a la intriga política, al laberinto de pasiones y locuras. ¡Salud, Inglaterra! ¡Inglaterra natal, recibe a tu hijo! Tú eres el escenario de todas mis esperanzas, el poderoso teatro donde se representa el acto del único drama que puede, con el corazón y el alma, llevarme con él en su avance. Una voz irresistible, un poder omnipotente, me llevaba hacia ella. Tras una ausencia de dos años, arribé a sus orillas sin atreverme a preguntar nada, temeroso de hacer cualquier comentario. Primero visitaría a mi hermana, que vivía en una pequeña casa de campo, parte del regalo de Adrian, y que lindaba con el bosque de Windsor. Por ella conocería la verdad sobre nuestro benefactor. Sabría por qué se había alejado de la protección de la princesa Evadne y me enteraría de la influencia que aquel Raymond, cada vez más poderoso, ejercía en los designios de mi amigo.

 

Nunca hasta entonces me había hallado en las inmediaciones de Windsor.

 

La fertilidad y la belleza del campo que lo rodeaba me llenaron de una admiración que aumentaba a medida que me aproximaba al antiguo bosque. Las ruinas de los majestuosos robles que habían crecido, florecido y envejecido a lo largo de los siglos indicaban la extensión que había llegado a alcanzar, mientras que las vallas destartaladas y las malas hierbas demostraban que aquella zona había sido abandonada en favor de plantaciones más jóvenes que habían visto la luz a principios del siglo xix y que ahora se alzaban en todo el esplendor de su madurez. La humilde morada de Perdita se hallaba en los límites de aquel territorio más antiguo; ante ella se extendía Bishopgate Heath, que hacia el este parecía interminable, y por el oeste moría en Chapel Wood y el huerto de Virginia Water. Detrás sombreaban la casa los padres venerables de aquel bosque, bajo los cuales los ciervos se acercaban a pacer, y que, en su mayor parte huecos por dentro y resecos, formaban grupos fantasmales que contrastaban con la belleza regular de los árboles más jóvenes. Éstos, retoños de un periodo posterior, se alzaban erectos y parecían dispuestos para avanzar sin temor hacia los tiempos venideros. Aquéllos, rezagados y exhaustos, quebrados, se retorcían y se aferraban los unos a los otros, con sus débiles ramas suspirando ante el azote del viento, batallón golpeado por los elementos.

 

Una verja discreta cercaba el jardín de la casa de techo bajo, que parecía someterse a la majestad de la naturaleza y acobardarse ante los restos venerables de un tiempo olvidado. Las flores, hijas de la primavera, adornaban aquel jardín y los alféizares de las ventanas. En medio de aquella rusticidad se respiraba un aire de elegancia que revelaba el buen gusto de su ocupante. El corazón me latía con fuerza cuando franqueé la verja. Permanecí junto a la entrada y oí su voz, tan melodiosa como siempre, que antes de poder verla me permitió saber que se encontraba bien.

 

Al cabo de un momento Perdita apareció ante mí, lozana, con el frescor de su jovial feminidad, distinta y a la vez la misma muchacha montañesa a la que había dicho adiós. Sus ojos no podían ser más profundos de lo que habían sido en su infancia, ni su rostro más expresivo. Pero su gesto sí había cambiado, para mejorar. La inteligencia había hecho nido en su frente. Cuando sonreía, la sensibilidad más fina embellecía su semblante y su voz, grave y modulada, parecía hecha para el amor. Su cuerpo era un ejemplo de proporción femenina. No era alta, pero su vida en las montañas había conferido libertad a sus movimientos, por lo que apenas oí sus pasos ligeros cuando se acercó al vestíbulo para recibirme. Cuando nos separamos, la había estrechado contra mi pecho con gran afecto, y ahora que volvíamos a vernos se despertaron en mí nuevos sentimientos. Nos observamos mutuamente: la infancia había quedado atrás y éramos dos actores hechos y derechos de la cambiante escena. La pausa duró apenas un momento: el torrente de asociaciones y sentimientos naturales que se había detenido, retomó su pleno avance en nuestros

 

corazones, y con la emoción más tierna nos entregamos al abrazo.

 

Una vez amansada la pasión del momento, nos sentamos juntos con la mente serena y conversamos sobre el pasado y el presente. Yo le pregunté por la frialdad de sus cartas, pero los escasos minutos que habíamos pasado juntos bastaron para explicar el origen de su reserva. En ella habían aflorado nuevos sentimientos, que no podía expresar por escrito a alguien a quien sólo había conocido en la infancia; pero ahora volvíamos a vernos, y nuestra intimidad se renovaba como si nada hubiera intervenido para detenerla. Yo le relaté los detalles de mi estancia en el extranjero, y a continuación le pregunté por los cambios que se habían producido en casa, por las causas de la ausencia de Adrian y por la vida retirada que llevaba.

 

Las lágrimas que asomaron a los ojos de mi hermana cuando mencioné a nuestro amigo, así como el rubor que tiñó su rostro, parecían avalar la verdad de las noticias que habían llegado hasta mí. Pero las implicaciones de ello eran tan terribles que no quise dar crédito instantáneo a mis sospechas. ¿Reinaba de veras la anarquía en el universo sublime de los pensamientos de Adrian? ¿Había dispersado la locura sus otrora bien formadas legiones, y ya no era dueño y señor de su propia alma? Querido amigo: este mundo enfermo no era clima propicio para tu espíritu amable. Entregaste su gobierno a la falsa humanidad, que lo despojó de sus hojas antes que el mismo invierno, y dejó desnuda su vida temblorosa al pairo maligno de los vientos más fuertes. ¿Han perdido aquellos ojos, aquellos «canales del alma» su sentido, o sólo a su luz aclararían el relato horrible de sus aberraciones? ¿Esa voz ya no «pronuncia música tan elocuente»? ¡Horrible, horribilísimo! Me cubro los ojos con las manos, aterrorizado ante el cambio, y mis lágrimas son testigos del dolor que me causa esa ruina inimaginable.

 

En respuesta a mi pregunta, Perdita me detalló las circunstancias melancólicas que condujeron a esos hechos.

 

La mente franca e inocente de Adrian, dotada como estaba de todas las gracias naturales, poseedora de los poderes trascendentes del intelecto, carente de la sombra de defecto alguno (a menos que su valiente independencia de ideas pudiera considerarse como tal), vivía entregado -incluso como víctima de sacrificio- a Evadne. Le confiaba los tesoros de su alma, sus aspiraciones una vez alcanzada la excelencia, sus planes para el mejoramiento de la humanidad. A medida que despertaba a la edad adulta, sus proyectos y teorías, lejos de modificarse en aras de la prudencia y los motivos personales, adquirían nueva fuerza otorgada por los poderes que sentía crecer en su interior. Y su amor por Evadne se consolidaba más y más, como si con el paso de los días adquiriera más certeza de que el sendero que perseguía estaba lleno de dificultades y que debía hallar su recompensa no en el aplauso o la gratitud de sus congéneres, ni en el éxito de sus planes, sino en la aprobación de su

 

propio corazón y en el amor y la comprensión de su amada, que había de iluminar todos sus trabajos y recompensar todos sus sacrificios.

 

En soledad, lejos de los lugares más frecuentados, maduraba sus ideas para la reforma del gobierno inglés y la mejora del pueblo. Todo habría ido bien si hubiera mantenido ocultos sus sentimientos hasta que se hubiera visto en posesión del poder que aseguraría su desarrollo práctico. Pero era impaciente ante los años que debía esperar y sincero de corazón, y no conocía el miedo. No sólo se negó de plano a los planes de su madre, sino que dio a conocer su intención de usar su influencia para minimizar el poder de la aristocracia, alcanzar una mayor igualdad en riquezas y privilegios e introducir en Inglaterra un sistema perfecto de gobierno republicano. En un primer momento su madre consideró aquellas teorías como los sueños desbocados de la inexperiencia. Pero los exponía tan sistemáticamente y los argumentaba con tal coherencia que, aunque aún parecía mostrarse incrédula, empezó a temerle. Trató de razonar con él pero, al saberlo inflexible, aprendió a odiarlo.

 

Por raro que parezca, aquel sentimiento resultó ser contagioso. Su entusiasmo por un bien que no existía; su desprecio por lo sagrado de la autoridad; su ardor e imprudencia, se hallaban en los antípodas de la rutina habitual de la vida; los más mundanos lo temían; los jóvenes e inexpertos no comprendían la férrea severidad de sus opiniones morales, y desconfiaban de él por considerarlo distinto a ellos. Evadne participaba, aunque fríamente, de sus teorías. Creía que hacía bien en manifestar su voluntad, pero hubiera preferido que ésta resultara más inteligible a las multitudes. Ella carecía del espíritu del mártir y no le entusiasmaba la idea de tener que compartir la vergüenza y la derrota de un patriota caído. Conocía la pureza de sus motivos, la generosidad de su carácter, la verdad y el ardor de los sentimientos que le profesaba, y ella, a su vez, le tenía gran afecto. Él le devolvía aquella dulzura con la mayor de las gratitudes y la convertía en custodia del tesoro de sus esperanzas.

 

Fue entonces cuando lord Raymond regresó de Grecia. No podían existir dos personas más distintas que Adrian y él. A pesar de todas las incongruencias de su carácter, Raymond era, enfáticamente, un hombre de mundo. Sus pasiones eran violentas, y como solían dominarlo, no siempre lograba ajustar su conducta al cauce de su propio interés, aunque justificarse a sí mismo era, en su caso, su objetivo primordial. Veía en la estructura social parte del mecanismo en que se apoyaba la red sobre la que transcurría su vida. La tierra se extendía como ancho camino tendido para él: el cielo era su palio.

 

Adrian, por su parte, sentía que pertenecía a un gran todo. No sólo se sentía afín a la humanidad, sino a toda la naturaleza. Las montañas y el cielo eran sus amigos; los vientos y los vástagos de la tierra, sus compañeros de juegos; siendo apenas el foco de ese poderoso espejo, sentía que su vida se fundía con

 

el universo de la existencia. Su alma era comprensión y se dedicaba a venerar la belleza y la excelencia. Adrian y Raymond entraron entonces en contacto y un espíritu de aversión mutua se alzó entre ellos. Adrian rechazaba las estrechas miras del político y Raymond sentía un profundo desprecio por las benévolas visiones del filántropo.

 

Con la aparición de Raymond se formó la tormenta que arrasó de un solo golpe los jardines de las delicias y los senderos protegidos que a Adrian tanto le gustaban y que se había asegurado como refugio contra la derrota y la ofensa. Raymond, el salvador de Grecia, el soldado dotado de todas las gracias, que en sus maneras exhibía rasgos de todo lo que, característico de su clima natal, Evadne más apreciaba; Raymond obtuvo el amor de Evadne. Desbordada por sus nuevas sensaciones, no se detuvo a examinarlas ni a modelar su conducta con más sentimientos que los del más tirano de todos ellos, que súbitamente usurpó el imperio de su corazón. Sucumbió a su poder, y la consecuencia natural para una mente poco acostumbrada a esas emociones fue que las atenciones de Adrian empezaron a desagradarle. Se volvió caprichosa. La amabilidad que le había demostrado hasta entonces se tornó aspereza y frialdad repulsiva. Cuando percibía la desbocada o patética súplica en su expresivo semblante, se apiadaba, y por un tiempo breve regresaba a su antigua amabilidad. Pero esas fluctuaciones hundían el alma de aquel joven sensible en las simas más profundas. Ya no le parecía que por poseer el amor de Evadne dominaba el mundo; ahora sentía en cada uno de sus nervios que las más funestas tormentas del universo mental estaban a punto de cernirse sobre su frágil ser, que temblaba ante la visión de su llegada.

 

Perdita, que por entonces residía con Evadne, era testigo de la tortura que soportaba Adrian. Ella lo amaba como a un hermano mayor, un familiar que la guiaba, protegía e instruía pero sin ejercer la tiranía tan frecuente de la autoridad paterna. Adoraba sus virtudes y, con una mezcla de desprecio e indignación, veía cómo Evadne le hacía sufrir por otro que apenas se fijaba en ella. En la desesperación de su soledad, Adrian iba con frecuencia en busca de mi hermana y con circunloquios le hablaba de su tristeza, mientras la fortaleza y la agonía dividían el trono de su mente. ¡Una de las dos no tardaría en conquistarla! La ira no formaba parte de sus emociones. ¿Con quién iba a mostrarse airado? No con Raymond, que era inconsciente de la tristeza que le ocasionaba. Tampoco con Evadne, pues su alma lloraba lágrimas de sangre; pobre muchacha confundida, que era esclava y no tirana. Así, en su propia angustia, Adrian lloraba también por lo que el destino pudiera deparar a la princesa griega. En una ocasión, un escrito suyo cayó en manos de Perdita. Estaba húmedo de lágrimas y cualquiera hubiera añadido las suyas al leerlo.

 

«La vida -así empezaba- no es como la describen en las novelas; pasar por las medidas de una danza y, tras varias evoluciones llegar a una conclusión,

 

tras lo cual los bailarines se sientan y reposan. Mientras existe vida existen la acción y el cambio. Seguimos adelante, y cada pensamiento se vincula al que le sirvió de padre, y cada acción se vincula a un acto previo. Ninguna alegría, ninguna tristeza muere sin descendencia, que siempre generada y generándose, teje la cadena que forma nuestra vida.

 

Un día llama a otro día

 

y así llama, y encadena

 

llanto a llanto, y pena a pena.

 

»En verdad, la decepción es la deidad custodia de la vida humana; tiene su sede en el umbral de un tiempo no nacido y dirige los acontecimientos a medida que aparecen. En otro tiempo mi corazón reposaba, ligero, en mi pecho; toda la hermosura del mundo me era doblemente hermosa, pues irradiaba de la luz del sol que brotaba de mi propia alma. ¡Oh! ¿Por qué razón el amor y la ruina se unen eternamente en este nuestro sueño mortal? Pues cuando hacemos de nuestros corazones guarida para la bestia de aspecto amable, su compañera entra con ella y sin piedad destruye lo que podría haber sido un hogar y un refugio.»

 

Gradualmente su tristeza fue minando su salud, y después fue su inteligencia la que sucumbió a la misma tiranía. Sus modales se asilvestraron; en ocasiones se mostraba feroz y en ocasiones absorto en una melancolía muda. Sin previo aviso, Evadne abandonó Londres para trasladarse a París. Él fue tras ella y le dio alcance cuando su nave estaba a punto de zarpar. Nadie sabe qué sucedió entre ellos, pero Perdita ya no volvió a verlo. Adrian vivía en reclusión, nadie sabía dónde, servido por personas que su madre había contratado a tal efecto.

 

 

 

 

CAPÍTULO IV

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

Un día después lord Raymond se detuvo en casa de Perdita camino del castillo de Windsor. El rubor en el rostro de mi hermana, y el brillo de sus ojos me revelaron a medias su secreto. Con gran contención y haciendo gala de una gran cortesía se dirigió a nosotros, y al momento pareció hacerse un sitio en nuestros sentimientos y fundirse con ella y conmigo. Me dediqué a observar su fisonomía, que variaba mientras hablaba y que, en todos sus cambios, se mostraba hermosa. La expresión habitual de sus ojos era dulce, aunque en

 

ocasiones brillaban con fiereza. De piel muy pálida, todos sus rasgos hablaban de un gran dominio de sí mismo; su sonrisa agradable, exhibía sin embargo, con frecuencia, la curva del desdén en sus labios; labios que a ojos femeninos representaban el mismo trono de la belleza y el amor. Su voz, por lo general suave, sorprendía en ocasiones con una nota súbita y discordante, que indicaba que su tono grave habitual era más obra del estudio que de la naturaleza. Lleno de contradicciones, inflexible y altivo, amable pero fiero, tierno y a la vez desdeñoso, por algún extraño arte le resultaba fácil obtener la admiración de las mujeres, tratándolas con dulzura o tiranizándolas según su estado de ánimo, pero déspota en todos sus cambios.

 

En aquel instante, sin duda, Raymond deseaba mostrarse amigable. En su conversación se alternaban el ingenio con la hilaridad y la profunda observación, y pronunciaba todas sus frases con la rapidez de un destello de luz. No tardó en conquistar mi distante reticencia. Me propuse observarlos a él y a Perdita y tener presente todo lo que había oído en su contra. Pero todo parecía tan ingenioso, y tan fascinante, que me olvidé de todo excepto del placer que el contacto con él me proporcionaba. Con la idea de introducirme en los círculos políticos y sociales de Inglaterra, de los que pronto habría de formar parte, me relató algunas anécdotas y me describió a muchos personajes. Su conversación, rica y entretenida, impregnaba mis sentidos de placer. Habría triunfado en todo, menos en una sola cosa: se refirió a Adrian con el tono de absoluto desprecio que los sabios mundanos vinculan siempre al entusiasmo. Percibía que el nubarrón se aproximaba y trataba de disiparlo. La fuerza de mis sentimientos no me permitía pasar a la ligera sobre aquel tema sagrado, de modo que le hablé con gran aplomo.

 

-Permíteme declarar que me siento devotamente unido al conde de Windsor, que es mi mejor amigo y benefactor. Reverencio su bondad, coincido con sus opiniones y lamento amargamente su actual, y espero que pasajera, enfermedad. Lo peculiar de su dolencia hace que me resulte especialmente doloroso oír que se habla de él en términos que no son los del respeto y el afecto.

 

Raymond respondió, aunque en su respuesta no había nada conciliatorio. Comprendí que, en su corazón, despreciaba a quienes se entregaban a otros ídolos que los mundanos.

 

-Todo hombre -dijo- sueña con algo, con amor, honor y placer; tú sueñas con la amistad y te entregas a un loco; muy bien, si esa es tu vocación, sin duda estás en tu derecho de seguirla... -su pensamiento pareció azuzarlo, y el espasmo de dolor que por un momento atormentó su semblante, sirvió de freno a mi indignación-. ¡Felices los soñadores! -prosiguió-. ¡Que nadie los despierte! ¡Ojalá pudiera soñar yo! Pero el largo y luminoso día es el elemento en el que habito; el deslumbrante brillo de la realidad invierte, en mi caso, la

 

escena. Incluso el fantasma de la amistad me ha abandonado, y el amor... -se le quebró la voz. Yo no sabía si el desdén que curvaba sus labios lo motivaba la pasión que sentía o si iba dirigido contra sí mismo, por ser su esclavo.

 

La narración de este encuentro puede tomarse como muestra de mi relación con lord Raymond. Nos hicimos íntimos, y los días que pasábamos juntos me permitían admirar más y más sus poderosos y versátiles talentos, que junto con su elocuencia, ingeniosa y sutil, y su fortuna, ahora inmensa, lo convertían en un ser más temido, amado y odiado que cualquier otro en suelo inglés.

 

Mi ascendencia, que despertaba interés, si no respeto, mi anterior vínculo con Adrian, el favor del embajador, de quien había sido secretario, y ahora mi intimidad con lord Raymond me facilitaron el acceso a los círculos sociales y políticos de Inglaterra. A causa de mi inexperiencia, al principio me pareció que nos hallábamos en vísperas de una guerra civil; las partes se mostraban violentas, vehementes e inflexibles. El Parlamento se hallaba dividido en tres facciones: los aristócratas, los demócratas y los realistas. Después de que Adrian declarara su preferencia por la república como forma de gobierno, esta formación estuvo a punto de desaparecer, pues se quedó sin jefe, sin guía. Pero cuando lord Raymond decidió encabezarla, revivió con fuerza. Algunos eran realistas por prejuicio y antiguo afecto, y muchos de sus partidarios más moderados temían por igual la caprichosa tiranía del partido del pueblo que el despotismo férreo de los aristócratas. Más de un tercio de los miembros se agrupaba con Raymond, y la cifra no dejaba de aumentar. Los aristócratas basaban su esperanza en el poder de sus riquezas y en su influencia, y los reformistas, en la fuerza de la nación misma. Los debates eran violentos, y más violentos aún eran los discursos pronunciados por unos políticos que se reunían para medir sus fuerzas. Se proferían epítetos oprobiosos, se amenazaba incluso con la muerte. Las concentraciones del populacho alteraban el orden del país. Si no a una guerra, ¿a qué otra cosa podía conducir todo aquello? Pero aunque las llamas de la destrucción estaban listas para prender, yo mismo las vi arredrarse, sofocadas por la ausencia de los militares, por la aversión de todos a cualquier forma de violencia que no fuera la del discurso y por la amabilidad cordial y hasta la amistad de los líderes cuando se reunían en privado. Por mil motivos me sentía atraído a presenciar atentamente el desarrollo de los acontecimientos, y observaba cada uno de ellos con extrema ansiedad.

 

No podía dejar de constatar que Perdita amaba a Raymond, y me parecía que él veía con admiración y ternura a la hija de Verney. Y sin embargo sabía bien que seguía adelante con sus planes de casarse con la supuesta heredera al condado de Windsor, sabedor de las ventajas que el enlace le reportaría. Todos los amigos de la reina destronada eran amigos suyos, y no había semana en que no se reuniera con ella en su castillo.

 

Yo no había visto nunca a la hermana de Adrian. Había oído que se trataba de una joven encantadora, dulce y fascinante. ¿Cómo haría para verla? Hay momentos en los que nos asalta la sensación indefinible de que un cambio inminente, para mejor o para peor, va a surgir de un hecho. Y, para mejor o para peor, tememos ese cambio y evitamos el hecho. Ese era el motivo que me llevaba a mantenerme alejado de aquella damisela de alta cuna. Para mí ella lo era todo y no era nada. Su nombre, pronunciado por cualquier otro, me sobresaltaba y me hacía temblar. El interminable debate sobre su unión con lord Raymond era para mí una verdadera agonía. Me parecía que, ahora que Adrian vivía apartado de la vida activa, y de aquella hermosa Idris, víctima seguramente de las ambiciones de su madre, yo debía acudir en su protección, librarla de las malas influencias, impedir su infelicidad y garantizar su libertad de elección, derecho de todo ser humano. Pero, ¿cómo iba a hacerlo? Ella misma rechazaría mi intromisión. Si lo hacía, me convertiría en objeto de su indiferencia o su desprecio, por lo que mejor sería evitarla, no exponerme ante ella ni ante el mundo, representando el papel de un Ícaro loco y entregado.

 

Un día, varios meses después de mi regreso a Inglaterra, abandoné Londres para visitar a mi hermana. Su compañía era mi principal solaz y delicia. Y mi ánimo siempre se elevaba cuando pensaba en verla. Salpicaba siempre su conversación de comentarios agudos y razonados; en su agradable sala, que olía a flores y estaba adornada con magníficos bronces, jarrones antiguos y copias de las mejores pinturas de Rafael, Correggio y Claude pintadas por ella misma, yo me deleitaba en la lejanía fantástica de lugar, inaccesible a las ruidosas polémicas de los políticos y a los vaivenes frívolos de las modas. En aquella ocasión mi hermana no estaba sola. Reconocí al punto a su acompañante: se trataba de Idris, el objeto hasta entonces velado de mi loca idolatría.

 

¿Qué términos de asombro y delicia serán los más adecuados, qué expresiones he de escoger, qué flujo suave del lenguaje me permitirá expresarme con más belleza, con más conocimiento, mejor? ¿Cómo, mediante la pobre unión de unas palabras, podré recrear el halo de gloria que la rodeaba, las mil gracias que perduraban intactas en ella? Lo primero que sorprendía al contemplar aquel encantador rostro era su bondad y sinceridad perfectas; el candor habitaba en su frente despejada, la simplicidad en sus ojos, la benignidad celestial en su sonrisa. Su figura alta y esbelta se combaba con gracia como un álamo a la brisa del oeste, y sus movimientos, divinos, eran los de un ángel alado iluminado desde lo alto de los cielos. La blancura perlada de su piel estaba salpicada de pureza; su voz parecía el grave y seductor tañido de una flauta. Tal vez sea más fácil describirla por contraste. He detallado ya las perfecciones de mi hermana. Y sin embargo ella era en todo distinta a Idris. Perdita, a pesar de amar, se mostraba reservada y tímida; Idris, en cambio era franca y confiada. Aquélla se retiraba a sus soledades para guarecerse de las

 

decepciones y las heridas; ésta avanzaba en pleno día, segura de que nadie podía lastimarla. Wordsworth ha comparado a una mujer amada con dos bellos objetos de la naturaleza, pero sus versos siempre me han parecido más una expresión de contraste que de similitud.

 

Violeta junto a piedra

 

por el musgo cubierta

 

medio oculta a la vista,

 

radiante como una estrella

 

cuando sola en el cielo brilla.

 

Esa violeta era la dulce Perdita, que temblaba incluso al asomarse al aire, que se acobardaba ante la observación, y sin embargo, a su pesar, a la superficie asomaban todas sus excelencias, y pagaba con sus mil gracias el esfuerzo de quienes se acercaban a su jardín solitario. Idris era la estrella, esplendor único de la tenue guirnalda del anochecer balsámico; dispuesta a iluminar y deleitar al mundo sometido, protegida de toda mancha por su inimaginable distancia de todo lo que no sea como ella, celeste.

 

Y yo hallé esa visión de la belleza en la sala de Perdita, en animada conversación con su anfitriona. Cuando mi hermana me vio, se puso en pie al momento y, tomándome de la mano, dijo:

 

-Aquí está, solícito a nuestros deseos; este es Lionel, mi hermano.

 

Idris también se alzó y posó en mí sus ojos de un azul celeste.

 

-Apenas necesita presentación -dijo con peculiar gracia-. Contamos con un retrato, venerado por mi padre, que declara al momento cuál es su nombre. Verney, supongo que reconoce el vínculo, y en tanto que amigo de mi hermano, siento que puedo confiar en usted. -Entonces, con lágrimas en los ojos y voz temblorosa, prosiguió-. Queridos amigos, no os parezca extraño que hoy que os visito por primera vez venga a solicitar vuestra ayuda y os confíe mis deseos y temores. Sólo a vosotros me atrevo a hablar. He oído hablar bien de vosotros a espectadores imparciales, y sois amigos de mi hermano, por lo que habéis de ser también amigos míos. ¿Qué puedo decir? Si os negáis a ayudarme, ¡estoy perdida! -Alzó la vista, mientras sus interlocutores permanecían mudos de asombro. Y entonces, como transportada por sus sentimientos, exclamó:

 

-¡Mi hermano, mi amado y desdichado Adrian! ¿Cómo hablaros de sus desgracias? Sin duda ya habréis oído contar lo que de él se dice, y tal vez habéis creído esos infundios. ¡Pero no está loco! Aunque un ángel descendiera desde los mismos pies del trono de Dios para revelármelo, ni así lo creería. Ha sido engañado, traicionado, encarcelado, ¡Salvadlo! Verney, debe hacerlo; dé

 

con él allí donde se encuentre, en el rincón de la isla en que se halle preso; encuéntrelo, rescátelo de sus perseguidores, logre que vuelva a ser quien era, pues en todo el mundo no tengo a nadie más a quien amar.

 

Su sincera súplica, expresada con tal dulzura y vehemencia, me llenó de asombro y comprensión; y cuando añadió con voz arrebatada y mirada fija: «¿Consiente en asumir la empresa?», yo prometí, sincera y fervientemente, dedicar mi vida y mi muerte a restaurar el bienestar de Adrian. Entonces conversamos sobre el plan que habría de seguir, y abordamos cómo podríamos dar con su paradero. Mientras seguíamos hablando, lord Raymond entró sin que nadie lo anunciara y vi que Perdita temblaba y palidecía, y que el rubor se apoderaba de las mejillas de Idris. Lord Raymond debió de sentir gran asombro al presenciar nuestro cónclave, o gran turbación, mejor dicho. Pero no permitió que nada de ello aflorara a su gesto: saludó a mis acompañantes y se dirigió a mí con gran cordialidad. Idris pareció quedar suspendida unos instantes, y entonces, con suma dulzura, dijo:

 

-Lord Raymond, confío en su bondad y en su honor.

 

Esbozando una sonrisa altiva, él inclinó la cabeza.

 

-¿De veras confía en ellos, lady Idris? -preguntó.

 

Ella trató de leerle el pensamiento, antes de responderle con dignidad.

 

-Como guste. Sin duda siempre es mejor no comprometerse a ocultar nada.

 

-Discúlpeme -dijo él-, si la he ofendido. Tanto si confía en mí como si no, haré todo lo que esté en mi mano para cumplir sus deseos, sean cuales sean.

 

Idris le dio las gracias con una sonrisa, y se levantó para marcharse. Lord Raymond solicitó su permiso para acompañarla al castillo de Windsor, a lo que ella consintió. Salieron juntos de la casa. Mi hermana y yo nos quedamos allí como dos necios que imaginan que han encontrado un tesoro de oro hasta que la luz del día les convence de que no era sino plomo, dos moscas tontas y sin suerte que, jugando con los rayos del sol, se ven atrapadas en una telaraña. Me apoyé en el alféizar de la ventana y observé a aquellas criaturas gloriosas hasta que se perdieron en el bosque. Sólo entonces me volví. Perdita no se había movido. Los ojos clavados en el suelo, pálidas las mejillas, los labios muy blancos, rígida e inmóvil, seguía sentada, la zozobra impresa en todos sus gestos. Algo asustado, hice ademán de tomarle de la mano, pero ella, temblando, retiró la suya, esforzándose por componer el semblante. Traté de que me hablara.

 

-Ahora no -replicó-, y no me hables tú tampoco, querido Lionel. No puedes decir nada porque no sabes nada. Te veré mañana. Hasta entonces, adiós. -Se puso en pie para ausentarse, se dirigió a la puerta y al llegar a ella se detuvo y,

 

apoyándose en el quicio, como si el peso de sus pensamientos le hubiera privado de la fuerza para sostenerse por sí misma, añadió-: Es probable que lord Raymond regrese. ¿Le dirás que me disculpe hoy, pues no me siento bien? Si lo desea, lo recibiré mañana, y también a ti. Será mejor que regreses a Londres con él. Allí podrás iniciar las averiguaciones sobre el conde de Windsor a las que te has comprometido, y mañana puedes volver a visitarme antes de proseguir tu viaje. Hasta entonces, me despido.

 

Le costaba hablar, y al terminar emitió un profundo suspiro. Con un movimiento de cabeza acepté lo que me proponía. Me sentía como si, desde el orden del mundo sistemático, hubiera descendido hasta el caos, oscuro, opuesto, ininteligible. Que Raymond pudiera casarse con Idris me resultaba más intolerable que nunca. Y aun así mi pasión, gigante desde el momento mismo de su nacimiento, era demasiado extraña, indómita e impracticable como para sentir al instante la tristeza que había percibido en Perdita. ¿Cómo debía actuar? Ella no me había confiado lo que sucedía; a Raymond no podía pedirle explicaciones sin arriesgarme a traicionar lo que tal vez fuera su secreto más preciado. Al día siguiente sabría la verdad. Y mientras me hallaba ocupado en aquellos pensamientos, lord Raymond regresó. Preguntó por mi hermana y yo le transmití su mensaje. Entonces me preguntó si me disponía a regresar a Londres y me invitó a acompañarle. Yo acepté. Parecía pensativo y permaneció en silencio durante gran parte del trayecto.

 

-Debes disculpar que me halle tan abstraído -dijo al fin-. Lo cierto es que la moción de Ryland se presenta hoy mismo y estoy considerando cuál ha de ser mi respuesta.

 

Ryland encabezaba el partido popular. Se trataba de un hombre muy obstinado y a su manera muy elocuente. Se había salido con la suya en su intento de presentar a votación una ley que convirtiera en traición cualquier plan para alterar el estado del gobierno inglés y las leyes vigentes de la república. Ese ataque iba dirigido contra Raymond y sus maquinaciones encaminadas a la restauración de la monarquía.

 

Raymond me pidió que le acompañara al Parlamento esa noche. Recordé que debía recabar información sobre Adrian y, consciente de que la misión me llevaría mucho tiempo, me disculpé.

 

-Entiendo -dijo mi acompañante-, y yo mismo voy a liberarte de lo que te impide acompañarme. Sé que pretendes averiguar el paradero del conde de Windsor. De modo que yo mismo te diré que se encuentra en casa del duque de Athol, en Dunkeld. Durante las primeras fases de su trastorno se dedicó a viajar de un lugar a otro, hasta que, al llegar a aquel romántico refugio, se negó a abandonarlo. Nosotros lo dispusimos todo, de acuerdo con el duque, para que pudiera quedarse allí.

 

Me dolió el tono insensible con que me facilitó la información.

 

-Debo agradecerte el dato -le respondí fríamente-, que ha de serme de utilidad.

 

-Lo será, Verney -dijo él-, y si perseveras en tu empeño, yo mismo te facilitaré el camino. Pero antes te pido que presencies el combate de esta noche, y el triunfo que estoy a punto de obtener, si me permites que así lo exprese, aunque temo que esa victoria sea una derrota para mí. ¿Qué puedo hacer? Mis mayores esperanzas parecen estar a punto de materializarse. La reina me concede a Idris; Adrian es del todo incapaz de asumir el título de conde, y el condado, en mis manos, se convierte en reino. Por el Dios de los cielos que es cierto. El exiguo condado de Windsor no basta a quien heredará los derechos que pertenecerán para siempre a la persona que los posea. La condesa no olvidará nunca que fue reina, y no soporta dejar a sus hijos una herencia tan exigua. Con su poder y mi ingenio reconstruiremos el trono, y la corona real ceñirá esta frente. Puedo hacerlo, puedo casarme con Idris...

 

Calló súbitamente, el semblante oscurecido de pronto, y su gesto cambió, movido por su pasión interna.

 

-¿Y lady Idris te ama? -le pregunté.

 

-Qué pregunta -exclamó él entre risotadas-. Me amará, por supuesto, como yo la amaré a ella, cuando estemos casados.

 

-Pues empezarás tarde -observé yo, irónico-. Normalmente el matrimonio se considera la tumba del amor, no su cuna. ¿De modo que estás a punto de amarla, pero todavía no la amas?

 

-No me sermonees, Lionel. Cumpliré mi deber con ella, no lo dudes. ¡El amor! Contra él he de proteger mi corazón, sacarlo de su fortaleza, rodearlo con barricadas. La fuente del amor debe dejar de fluir, sus aguas han de secarse, y todas las ideas pasionales que dependen de él han de perecer. Me refiero al amor que me gobernaría a mí, no al que yo pueda gobernar. Idris es una joven amable, dulce y hermosa. Es imposible no sentir afecto por ella, y el que yo le tengo es sincero. Pero no me hables de amor, de ese tirano que somete al tirano; el amor, hasta ahora mi conquistador, es hoy mi esclavo. El fuego hambriento, la bestia indomable, la serpiente de afilados colmillos... No, no, no quiero saber nada de ese amor. Y dime, Lionel, ¿consientes tú que me case con la joven?

 

Posó sus ojos vivaces en mí, y mi corazón, incontrolable, dio un vuelco en mi pecho. Le respondí con voz sosegada, aunque la imagen que mis palabras conformaban careciera de todo sosiego.

 

-¡Nunca! Jamás consentiré que lady Idris se una a alguien que no la ama.

 

-Porque la amas tú.

 

-Puedes ahorrarte la burla. Yo no la amo, no me atrevo.

 

-Al menos -prosiguió él, altivo-, ella no te ama a ti. No me casaría con una soberana a menos que supiera sin duda que su corazón es libre. Pero, ¡Lionel! La palabra reino es poder, y los términos que componen el estilo de la realeza se presentan con sonidos amables. ¿Acaso no eran reyes los hombres más poderosos de la antigüedad? Alejandro lo era. Salomón, el más sabio entre los hombres, lo era también. Napoleón fue rey. César murió en su empeño de llegar a serlo, y Cromwell, el puritano y asesino de un monarca, aspiraba a la corona. El padre de Adrian ostentó el cetro de Inglaterra, ya roto. Pero yo devolveré a la vida el árbol caído, uniré sus piezas separadas y lo ensalzaré por sobre todas las flores del campo... No debe extrañarte que te haya revelado libremente el paradero de Adrian. No supongas que soy malvado o que estoy tan loco como para fundar mi soberanía sobre un fraude, y menos si la verdad o la falsedad sobre la locura del conde puede saberse tan fácilmente. Yo mismo acabo de estar con él. Antes de decidir mi matrimonio con Idris, he decidido ir a verle una vez más para dilucidar si su restablecimiento resulta probable. Pero su locura es irreversible.

 

Aspiré hondo.

 

-No te revelaré -prosiguió Raymond-, los detalles de su melancolía. Tú mismo los verás y juzgarás a partir de ellos. Aunque me temo que esa visita, que a él va a serle del todo inútil, ha de causarte a ti un sufrimiento insoportable. A mí me ha afectado grandemente. A pesar de que se muestra correcto y amable aun habiendo perdido la razón, yo no lo venero como lo veneras tú, y sin embargo renunciaría a toda esperanza de alcanzar la corona y a mi mano derecha por verlo a él en el trono.

 

Su voz expresaba una compasión profunda.

 

-Eres un ser enigmático -exclamé-. ¿Adónde te conducirán tus acciones, en todo ese laberinto de intenciones en el que pareces perdido?

 

-Ciertamente, adónde. A una corona, a una corona de oro y piedras preciosas, espero, y sin embargo no me atrevo a confiar en alcanzarla, y aunque sueño con una corona y despierto pensando en ella, una vocecilla diabólica no deja de susurrarme que lo que busco no es más que el sombrero de un loco, y que si fuera listo lo que haría sería pisotearla y tomar, en su lugar, lo que vale por todas las coronas de oriente y las presidencias de occidente.

 

-¿A qué te refieres?

 

-Si me decanto por ello, lo sabrás. Por el momento no me atrevo a hablar,

 

ni siquiera a pensar en ello.

 

Permaneció de nuevo en silencio unos instantes y de nuevo, tras una pausa, volvió a hablarme entre risas. Cuando no era la burla la que inspiraba su regocijo, cuando era una alegría sincera la que iluminaba sus gestos con expresión feliz, su belleza divina se apoderaba de todo.

 

-Verney -prosiguió-, mi primera acción, cuando me convierta en rey de Inglaterra, será unirme a los griegos, tomar Constantinopla y someter toda Asia. Pretendo ser guerrero, conquistador; el nombre de Napoleón se inclinará ante el mío. Los más entusiastas, en lugar de visitar su tumba rocosa y exaltar los méritos de los caídos, adorarán mi majestad y magnificarán mis ilustres hazañas.

 

Yo escuchaba a Raymond con vivo interés. ¿Podía no hacerlo, ante alguien que parecía gobernar la tierra con su imaginación, y que sólo se arredraba cuando trataba de gobernarse a sí mismo? De su palabra y voluntad dependía mi felicidad, el destino de todo lo que me era querido. Me esforzaba por adivinar el significado oculto de sus palabras. No mencionó a Perdita, y sin embargo no me cabía duda de que el amor que sentía por ella era el causante de las dudas que mostraba. ¿Y quién era más digna de amor que mi hermana, aquella mujer de nobles pensamientos? ¿Quién merecía la mano de ese autoproclamado rey más que ella, cuya mirada pertenecía a una reina de naciones, que lo amaba como él la amaba? A pesar de ello, la decepción asfixiaba la pasión de Perdita, y la ambición libraba un duro combate con la de Raymond.

 

Acudimos juntos al Parlamento aquella noche. Raymond, a pesar de saber que sus planes e ideas se discutirían y decidirían durante el debate previsto, se mostraba alegre y despreocupado. Un rumor como el causado por diez mil panales de abejas zumbadoras nos sorprendió cuando entramos en el salón del café. Corrillos de políticos de expresión nerviosa conversaban con voz grave y profunda. Los miembros del Partido Aristocrático, formado por las personas más ricas e influyentes de Inglaterra, parecían menos alterados que los demás, pues la cuestión iba a discutirse sin su intervención. Junto a la chimenea se hallaban Ryland y sus partidarios. Ryland era un hombre de origen incierto e inmensa fortuna, heredada de su padre, que había sido fabricante. De joven había sido testigo de la abdicación del rey, así como de la unión de las dos cámaras, la Casa de los Lores y la de los Comunes. Había simpatizado con aquellos movimientos populares y había dedicado su vida y sus esfuerzos a consolidarlos y extenderlos. Desde entonces la influencia de los terratenientes había aumentado; en un primer momento Ryland no observaba con preocupación las maquinaciones de lord Raymond, que atraían a muchos de sus oponentes. Pero las cosas estaban llegando demasiado lejos. La nobleza empobrecida reclamaba el retorno de la monarquía, considerando que ello les

 

devolvería su poder y sus derechos perdidos. El espíritu medio extinto de la realeza resurgía en las mentes de los hombres que, esclavos voluntarios, sujetos hechos y derechos, estaban dispuestos a dejarse uncir el yugo. Quedaban todavía algunos espíritus rectos y viriles, que eran los pilares del Estado. Pero la palabra «república» había perdido frescura al oído vulgar y muchos -el acto de esa noche demostraría si eran mayoría- añoraban el oropel y el boato de la realeza. Ryland se alzaba en resistencia y afirmaba que sólo su sufrimiento había permitido el crecimiento de su partido. Pero el tiempo de la indulgencia había pasado, y con un solo movimiento de su brazo apartaría las telarañas que cegaban a sus conciudadanos.

 

Cuando Raymond entró en el salón del café su presencia fue saludada por sus amigos casi con un grito. Congregándose a su alrededor contaron cuántos eran, y cada uno expuso los motivos que les llevaban a pensar que su número aumentaría, pues éste o aquel miembro no había mostrado aún sus preferencias. Tras dar por concluidos ciertos asuntos menores en la cámara, los líderes tomaron asiento en sus respectivos puestos. El clamor de voces proseguía, hasta que, cuando Ryland se puso en pie para tomar la palabra, se hizo un silencio tan absoluto que podían oírse hasta los susurros. Todos los ojos se clavaron en él que, sin ser agraciado, resultaba imponente. Yo aparté la vista de su rostro severo y la posé en el de Raymond que, velado por una sonrisa, ocultaba su preocupación. Con todo, sus labios temblaban ligerísimamente y su mano se aferraba a intervalos con fuerza al banco en que se sentaba, lo que hacía que sus músculos se tensaran y destensaran.

 

Ryland inició su discurso ensalzando el estado del imperio británico. Refrescó la memoria de los asistentes sobre los años pasados; las tristes contiendas que, en tiempos de sus padres, habían llevado al país al borde de la guerra civil, la abdicación del difunto rey y la fundación de la república, que pasó a describir; expuso que Inglaterra era más poderosa, sus habitantes más valerosos y sabios, gracias a la libertad de que gozaban. Mientras hablaba, los corazones se henchían de orgullo y el rubor teñía las mejillas de quienes recordaban que allí todo el mundo era inglés, y que apoyaba y contribuía al feliz estado de las cosas que ahora se conmemoraba. El fervor de Ryland aumentó y, con ojos encendidos y voz apasionada, siguió relatando que había un hombre que deseaba alterar todo aquello y devolvernos a nuestros días de impotencia y contiendas, un hombre que osaba arrogarse el honor que correspondía a quien demostrara haber nacido en suelo inglés, y situar su nombre y su estilo por encima del nombre y el estilo de su país. En ese momento me fijé en que el rostro de Raymond mudaba de color. Apartó la vista del orador y la clavó en el suelo. Los asistentes dejaron de observar a Ryland para mirarlo a él, aunque sin dejar de oír la voz que atronaba su denuncia y llenaba sus sentidos. La gran franqueza de sus palabras le confería autoridad: todos sabían que decía la verdad, una verdad conocida, aunque no

 

reconocida. Arrancó la máscara que ocultaba la realidad y los propósitos de Raymond, que habían avanzado hasta entonces agazapados en la penumbra, asomaron como un ciervo asustado, acorralado, evidente el cambio de su gesto para quienes lo miraban. Ryland acabó declarando que todo intento de restablecer el poder real debía ser declarado traición, y traidor a quien persiguiera el cambio de la forma de gobierno vigente. Al término de su intervención, los asistentes estallaron en vítores y aplausos.

 

Una vez defendida su moción, lord Raymond se puso en pie inexpresivo, la voz melodiosa, sus maneras delicadas, su gracia y su dulzura semejantes al tañer de una flauta que llegara tras la voz poderosa de su adversario, que atronaba como un órgano. Dijo alzarse para hablar a favor de la moción del honorable miembro, aunque deseando introducir una ligera enmienda. No dudó él también en recordar los viejos tiempos, en conmemorar las luchas de nuestros padres y la abdicación de nuestro rey. Con gran nobleza y generosidad, dijo, nuestro ilustre y último soberano de Inglaterra se había sacrificado por el bien aparente de su país y se había despojado de un poder que sólo podía mantener a costa de la sangre de sus súbditos. Y esos súbditos suyos que ya no lo eran, sus amigos e iguales, en señal de gratitud habían concedido ciertos favores y distinciones a él y a su familia a perpetuidad. Se les entregó una espaciosa finca y se les reconoció el rango más elevado entre los pares de Gran Bretaña. Sin embargo, podía conjeturarse que no habían olvidado su antigua herencia.

 

Y era muy duro que su heredero sufriera del mismo modo que cualquier otro pretendiente si trataba de obtener de nuevo lo que por herencia le pertenecía. No es que él opinara que hubiera de favorecerse semejante intento. Lo que afirmaba era que un intento semejante resultaría venial, y que si el aspirante no llegaba a declarar la guerra ni a izar una bandera en el reino, su falta debía tomarse con cierta indulgencia. Por lo tanto, en su enmienda proponía que la ley contemplase una excepción a favor de cualquier persona que reclamara el poder soberano para los condes de Windsor.

 

Raymond no concluyó su intervención sin pintar con colores vivos y brillantes el esplendor de un reino en oposición al espíritu comercial del republicanismo. Afirmó que todo individuo, amparado bajo la monarquía inglesa, era, como lo era ahora, capaz de alcanzar alto rango y poder, con una única excepción, el cargo de máximo gobernante; un rango más alto y más noble del que podía ofrecer una comunidad timorata y dedicada al trueque. ¿Merecía la pena sacrificar tanto para evitar apenas aquella excepción? La naturaleza de la riqueza y la influencia reducía forzosamente la lista de candidatos a unos pocos entre los más ricos.

 

Y podía temerse que el mal humor y el descontento causados por esa lucha que se repetía cada tres años contrarrestaran las ventajas objetivas. No puedo

 

dar constancia exacta de las palabras y los elegantes giros del lenguaje que daban vigor y convicción a su discurso, su ingenio y su gracia. Sus maneras, tímidas al principio, se tornaron firmes, y su rostro cambiante se iluminó con un brillo sobrenatural. Su voz, variada como la música, causaba, como ésta, el encantamiento de quienes lo escuchaban.

 

Sería inútil reproducir el debate que siguió a su arenga. Los partidos pronunciaron sus discursos, que revistieron la cuestión de jerga y ocultaron su simple significado tras un viento de palabras tejidas. La moción no fue aprobada. Ryland se retiró presa de una mezcla de cólera y desazón. Y Raymond, feliz y exultante, se retiró a soñar con su futuro reino.

 

SEGUNDA PARTE

 

¿Existe el amor a primera vista? Y, de existir, ¿en qué difiere del amor basado en la larga observación y el lento crecimiento? Tal vez sus efectos no sean tan permanentes, pero mientras duran resultan al menos igualmente violentos e intensos. Transitamos sin alegría por los laberintos sin senderos de la sociedad hasta que damos con esa pista que nos conduce al paraíso a través de esa maraña. Nuestra naturaleza se oscurece como bajo una antorcha apagada, duerme en la negrura informe hasta que el fuego la alcanza. Es vida de la vida, luz para la luna y gloria para el sol. ¿Qué importancia tiene que el fuego se encienda con sílex y acero, que se alimente con esmero hasta convertirlo en llama, en lenta comunicación con la mecha oscura, o que súbitamente el poder radiante de la luz y su calor se transmitan desde un poder afín y prendan al instante el faro y la esperanza? En la fuente más profunda de mi corazón, mi pulso se había agitado; a mi alrededor, por encima, por debajo, la Memoria se aferraba a mí como un manto que me envolviera. En ningún momento del tiempo venidero me sentiría como me había sentido en el pasado. El espíritu de Idris se hallaba suspendido en el aire que respiraba; sus ojos me miraban siempre; su sonrisa recordada cegaba mi vago mirar y me obligaba a caminar como si también yo fuera un espíritu, no por causa de un eclipse, de la oscuridad o el vacío, sino de una luz nueva y brillante, demasiado reciente, demasiado deslumbrante para mis sentidos humanos. En cada hoja, en cada pequeña división del universo (como sobre el jacinto en el que aparece grabado el « »), el talismán de mi existencia aparecía impreso: ¡ELLA VIVE! ¡ELLA EXISTE! Todavía no tenía tiempo para analizar mi sentimiento, para ponerme manos a la obra y encadenar mi indómita pasión. Todo era una única idea, un único sentimiento, un único conocimiento: ¡era mi vida!

 

Pero la suerte ya estaba echada: Raymond se casaría con Idris. Las alegres campanadas de boda resonaban en mis oídos; oía ya las felicitaciones de la nación tras el enlace. El ambicioso noble se elevaba con veloz vuelo de águila desde el suelo raso hasta la supremacía real, hasta el amor de Idris. Y sin

 

embargo, ¡no sería así! Ella no lo amaba. Me había llamado amigo. Me había sonreído. Y a mí había confiado la mayor esperanza de su corazón, el bienestar de Adrian. Ese recuerdo derretía mi sangre helada, y una vez más la marea de la vida y el amor fluían impetuosos en mi interior, para retirarse de nuevo a medida que mi atribulada mente vacilaba.

 

El debate terminó a las tres de la madrugada. Mi alma se hallaba en gran zozobra. Cruzaba las calles con grandes prisas. A decir verdad, aquella noche estaba loco. El amor, al que he declarado gigante desde su nacimiento, luchaba contra la desesperación. Mi corazón, su campo de batalla, recibía la herida del acero de uno, las lágrimas torrenciales de la otra. Amaneció el nuevo día, que me resultaba odioso. Me retiré a mis aposentos. Me eché sobre un sofá y me dormí; ¿dormí realmente?, pues mis pensamientos seguían vivos. El amor y la desesperación proseguían su combate y yo me consumía en un dolor insufrible.

 

Desperté medio aturdido. Sentía una fuerte opresión en mi ser, pero no sabía de dónde procedía. Accedí, por así decirlo, al cónclave de mi cerebro y pregunté a varios ministros del pensamiento allí reunidos: no tardé en recordarlo todo. Mis miembros no tardaron en temblar bajo el peso del poder que me atormentaba. Pronto, demasiado pronto, supe que ya era un esclavo.

 

De pronto, sin anunciarse, lord Raymond entró en mi estancia y, muy alegre, se puso a cantar el himno tirolés a la libertad. Me saludó con un elegante movimiento de cabeza y se desplomó sobre un sofá dispuesto junto a la reproducción de un busto del Apolo de Belvedere. Tras uno o dos comentarios intrascendentes, a los que respondí parcamente, exclamó, mirando la escultura:

 

-Me haré llamar como ese Víctor. No es mala idea. Ese busto me servirá para acuñar nuevas monedas y será un anuncio de mi futuro éxito a todos mis sumisos súbditos. -Lo dijo en el tono más alegre y benévolo, y sonrió, no desdeñoso, sino como burlándose de sí mismo. Pero casi de inmediato su semblante se ensombreció, y con aquel tono agudo que le era característico, añadió-: Ayer noche libré una buena batalla, una conquista que las llanuras de Grecia no me vieron alcanzar. Ahora soy el hombre más importante del Estado, tema de todas las baladas, objeto de devoción de todas las ancianas. ¿En qué piensas? Tú, que te crees capaz de leer el alma humana, como vuestro lago natal lee todos y cada uno de los pliegues y las cavidades de las colinas circundantes, dime qué piensas de mí. ¿Aspirante a rey? ¿Ángel? ¿Demonio? ¿Cuál de las dos cosas?

 

Su tono irónico no convenía a mi corazón acelerado y en ebullición. Su insolencia me espoleó, y le respondí con amargura.

 

-Existe un espíritu que no es ni ángel ni demonio y que se ve meramente

 

condenado al limbo. -Palideció al momento y sus labios sin color temblaron ligeramente. Su ira no logró sino encenderme más, y clavé con decisión mis ojos en los suyos, que me fulminaban. De pronto los retiró, bajo la vista y creí ver que una lágrima asomaba a sus oscuras pestañas. Aquella muestra de emoción involuntaria me aplacó-. No digo que el tuyo lo sea, mi querido señor.

 

Me interrumpí, algo sorprendido por la agitación que evidenciaba.

 

-Sí -dijo al fin, poniéndose en pie y mordiéndose el labio, en un intento de disimular su estado-: ¡Ése soy yo! Tú no me conoces, Verney; ni tú ni la audiencia de anoche, ni toda Inglaterra sabe nada de mí. Pareciera que aquí estoy, ya rey electo. Esta mano está a punto de aferrarse al cetro. Los nervios de esta frente se anticipan a la imposición de la corona. Parece que soy poseedor de la fuerza, el poder, la victoria. Erguido como se yergue una columna que soporta el peso de una cúpula. ¡Y no soy sino un junco! Tengo ambición, y la ambición persigue su meta; mis sueños nocturnos se hacen realidad, mis esperanzas de vigilia se cumplen. Un reino aguarda mi aceptación, mis enemigos son vencidos. Pero aquí dentro -y se golpeó el pecho con fuerza- habita el rebelde, el obstáculo; este corazón que me domina, y del que, por más que extraiga de él toda la sangre, mientras quede en él una débil pulsación, seré esclavo.

 

Habló con voz entrecortada. Al terminar bajó la cabeza y, ocultándola entre las manos, se echó a llorar. Yo aún estaba recuperándome de mi propia decepción, y sin embargo aquella escena me llenaba de terror y no me veía capaz de detener su arrebato de pasión que, de todos modos, acabó por remitir. Se echó de nuevo en el sofá y permaneció en silencio, inmóvil. Sólo los cambios de su expresión evidenciaban un profundo conflicto interior. Al cabo se puso en pie y me habló con su tono de voz habitual.

 

-El tiempo se nos echa encima, Verney, y debo irme. Pero no quiero olvidar la razón por la que he venido a verte. ¿Quieres acompañarme a Windsor mañana? Mi compañía no te va a deshonrar, y éste es seguramente el último servicio, o flaco favor, que puedes hacerme. ¿Me concederás lo que te pido?

 

Me tendió la mano con gesto casi tímido. Al momento pensé: «sí, seré testigo de la última escena del drama». Además su zozobra me conquistó, y un sentimiento de afecto hacia él volvió a apoderarse de mi corazón. Le pedí que me condujera hasta allí.

 

-Sí, eso haré -dijo él alegre-; ahora hablo yo. Reúnete conmigo mañana a las siete; sé discreto y leal. Y no tardarás en convertirte en ayuda de cámara.

 

Tras pronunciar aquellas palabras se ausentó apresuradamente, montó en

 

su caballo y, extendiendo la mano como si pretendiera que se la besara, volvió a despedirse de mí entre risas. Una vez solo me esforcé por adivinar el motivo de su petición y prever los acontecimientos del día siguiente. Las horas pasaban lentamente. Me dolía la cabeza de tanto pensar y la zozobra me atenazaba los nervios. Me sujeté la frente, como si mi mano febril pudiera servir de alivio al dolor.

 

Llegué puntual a la cita al día siguiente, y hallé a lord Raymond esperándome. Subimos a su carruaje y nos dirigimos a Windsor. Yo me había aleccionado bien a mí mismo y estaba decidido a no mostrar ningún signo externo de la emoción que agitaba mi interior.

 

-¡Qué error cometió Ryland -dijo Raymond- al pensar que podía derrotarme la otra noche! Habló bien, muy bien, una arenga con la que habría logrado su propósito en mayor medida si me la hubiera dirigido sólo a mí, y no a los necios y mentirosos allí congregados. De haberme encontrado allí yo solo, le habría escuchado con el deseo de oír sus razones, pero al intentar desbancarme en mi propio territorio, con mis propias armas, me infundió valor, y el desenlace fue el que cualquiera hubiera esperado.

 

Sonreí incrédulo, antes de responder.

 

-Yo pienso lo mismo que Ryland y, si así lo deseas, te repetiré todos sus argumentos. Veremos hasta qué punto te convencen y cambias la visión monárquica por la patriótica.

 

-La repetición sería inútil -dijo Raymond-, pues recuerdo bien los argumentos, y cuento con muchos otros de mi propia cosecha, que hablarían con irrebatible persuasión.

 

No se explicó más ni yo apostillé nada.

 

Nuestro silencio se prolongó algunas millas, hasta que el paisaje, con sus campos abiertos, sus densos bosques, sus parques, se asomó, agradable, a nuestra vista. Tras varias observaciones sobre el paisaje y los lugares, Raymond dijo:

 

-Los filósofos han llamado al hombre «microcosmos de la naturaleza», y en la mente interior hallan un reflejo de toda esta maquinaria que vemos funcionar a nuestro alrededor. Esta teoría ha sido con frecuencia fuente de diversión para mí, y he pasado más de una hora ociosa ejercitando mi ingenio en la búsqueda de similitudes. ¿No dice lord Bacon que «el paso de la discordancia a la concordancia, que produce gran dulzura en la música, se da también en nuestras afecciones, que resultan mejores tras algún disgusto»? ¡Qué otra cosa sino un mar es la marea de pasión cuyas fuentes se hallan en nuestra propia naturaleza! Nuestras virtudes son arenas movedizas, que con las aguas sosegadas y bajas se muestran a sí mismas. Pero cuando las olas

 

regresan y los vientos las abofetean, el pobre diablo que esperaba que fueran duraderas, descubre que se hunden bajo sus pies. Las modas del mundo, sus exigencias, educaciones y metas, son los vientos que manejan nuestra voluntad, como las nubes que avanzan todas en la misma dirección. Pero cuando surge una tormenta en forma de amor, odio o ambición, el engranaje gira en sentido contrario e impulsa triunfante el aire que lo empuja.

 

-Y sin embargo -repliqué- la naturaleza siempre aparece ante nuestros ojos con un aspecto pasivo, mientras que en el hombre se da un principio activo capaz de gobernar la fortuna y, al menos, de resistir la galerna, hasta que de algún modo logra vencerla.

 

-Hay más de plausible que de cierto en tu distinción -observó mi acompañante-. ¿Acaso nos formamos a nosotros mismos, escogiendo nuestras disposiciones y nuestros poderes? Yo, por ejemplo, me siento como un instrumento, con sus cuerdas y sus trastes, pero sin el poder de girar las clavijas o de adaptar mis pensamientos a una clave más alta o más baja.

 

-Tal vez otros hombres -apunté- sean mejores músicos.

 

-No hablo de los demás, sino de mí, y soy tan buen ejemplo como cualquier otro. No puedo acoplar mi corazón a una melodía determinada ni aplicar cambios deliberados a mi voluntad. Nacemos. No escogemos a nuestros padres ni nuestra posición social. Nos educan otras personas o las circunstancias del mundo, y esa formación, al combinarse con nuestra disposición innata, es el suelo en el que crecen nuestros deseos, pasiones y motivos.

 

-Hay mucha razón en lo que dices -admití-. Y sin embargo nadie actúa según esa teoría. ¿Quién, al tomar una decisión, dice: «Así lo escojo porque lo necesito»? ¿Acaso, por el contrario, no siente en su interior un libre albedrío que, aunque pueda considerarse falaz, lo mueve a actuar mientras toma la decisión?

 

-Exacto -dijo Raymond-, otro eslabón de la cadena. Si yo fuera ahora a cometer un acto que aniquilara mis esperanzas, que apartara el manto real de mis miembros mortales para vestirlo con las fibras más vulgares, ¿crees tú que actuaría movido por mi libre albedrío?

 

Mientras así conversábamos, percibí que no nos dirigíamos a Windsor por el camino habitual, sino a través de Englefield Green, en dirección a Bishopgate Heath. Empecé a sospechar que Idris no era el objeto de nuestro viaje, sino que me llevaba a presenciar la escena que decidiría el destino de Raymond y Perdita. Sin duda Raymond había vacilado durante el trayecto, y la duda seguía marcada en todos y cada uno de sus gestos cuando nos acercamos a la casa de mi hermana. Yo lo observaba con curiosidad, decidido, si su

 

vacilación se prolongaba, a ayudar a Perdita a sobreponerse, a enseñarle a desdeñar el poderoso amor que sentía por alguien que dudaba entre poseer una corona y poseerla a ella, cuya excelencia y afecto trascendía el valor de todo un reino.

 

La hallamos en su saloncito salpicado de flores. Leía en el periódico la noticia sobre el debate parlamentario, y al parecer el resultado la había sumido en la desesperanza. El sentimiento se dibujaba en sus ojos hundidos y en su apatía. Una nube ocultaba su belleza y sus frecuentes suspiros eran señal de su inquietud. Aquella visión tuvo en Raymond un efecto inmediato: la ternura iluminó sus ojos y el remordimiento revistió sus maneras de franqueza y verdad. Se sentó junto a ella y, quitándole el periódico de las manos, le dijo:

 

-Mi dulce Perdita no debe leer ni una palabra más de esa contienda de necios y de locos. No permitiré que se informe del alcance de mi engaño, no fuera a despreciarme; aunque, créame, el deseo de aparecer ante usted no derrotado, sin victorioso, me inspiró durante mi guerra de palabras.

 

Perdita lo miró asombrada. La expresión de su semblante brilló con dulzura un instante. Pero un pensamiento amargo nubló su alegría; clavó la vista en el suelo, tratando de controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarla. Raymond seguía hablándole.

 

-No pienso representar un papel con usted, querida niña, ni pretendo aparecer más que como lo que soy, un ser débil e indigno que sirve para despertar más su desprecio que su amor. Y sin embargo usted me ama. Siento y sé que es así, y por tanto mantengo mis más nobles esperanzas. Si la guiara el orgullo, o incluso la razón, debería rechazarme. Hágalo, si su corazón puro, incapaz de soportar mi inconstancia, rechaza someterse a la bajeza del mío. Aléjese de mí si quiere, si puede. Si su alma entera no la empuja a perdonarme, si todo su corazón no abre de par en par sus puertas para admitirme hasta lo más profundo de él, abandóneme, no vuelva a hablar nunca más conmigo. Yo, aunque he pecado contra usted sin remisión, también soy orgulloso. No debe haber reserva en su perdón ni reticencia en el regalo de su afecto.

 

Perdita bajó la vista, confusa pero complacida. Mi presencia la incomodaba tanto que no se atrevía a girarse para mirar a los ojos de su amado ni a confirmar con palabras el afecto que le tenía. El rubor cubría sus mejillas y su aire desconsolado se convirtió en una expresiva y profunda dicha. Raymond le rodeó la cintura con el brazo y prosiguió.

 

-No niego que he dudado entre usted y la más alta esperanza que los mortales pueden albergar. Pero ya no dudo más. Tómeme, moldéeme a su antojo, posea mi corazón y mi alma para la eternidad. Si se niega a contribuir a mi felicidad, abandono Inglaterra esta misma noche y jamás volveré a pisarla.

 

-Lionel, también usted lo ha oído. Sea mi testigo. Persuada a su hermana para que perdone la herida que le he infligido. Persuádala para que sea mía.

 

-No me hace falta más persuasión -pronunció Perdita, ruborizada- que la de sus queridas promesas y la de mi corazón, más que predispuesto, que me susurra que son verdaderas.

 

Aquella misma tarde los tres paseamos juntos por el bosque y, con la locuacidad que la alegría inspira, me relataron con detalles la historia de su amor. Me divertía ver al altivo Raymond y a la reservada Perdita convertidos, por obra del amor, en niños parlanchines y contentos, perdida en ambos casos su característica prudencia gracias a la plenitud de su dicha. Hacía una o dos noches, lord Raymond, con el gesto compungido y el corazón oprimido por los pensamientos, había dedicado todas sus energías a silenciar o persuadir a los legisladores de Inglaterra de que el cetro no era una carga demasiado pesada para sostenerla él entre sus manos, mientras visiones de dominio, guerra y triunfo flotaban ante él. Ahora, juguetón como el niño travieso que se mueve ante la mirada comprensiva de su madre, las esperanzas de su ambición se completaban cuando acercaba a sus labios la mano blanca y diminuta de Perdita. Ella, por su parte, radiante de felicidad, contemplaba el estanque inmóvil no para ver en él su reflejo, sino para recrearse con delicia en la visión de su amado junto a ella, unidos por primera vez en hermosa conjunción.

 

Me alejé de ellos. Si el rapto de una unión confirmada les pertenecía a los dos, yo disfrutaba de una esperanza restaurada. Pensaba en los torreones regios de Windsor: «Altos son los muros y fuertes las barreras que me separan de mi Estrella de Belleza. Pero no impasibles. Ella no será de él. Mora unos años más en tu jardín nativo, dulce flor, hasta que yo, con el tiempo y el esfuerzo, adquiera el derecho de reunirme contigo. ¡No desesperes ni me hundas a mí en la desesperación! ¿Qué debo hacer? En primer lugar, ir en busca de Adrian y lograr que se reúna con ella. La paciencia, la dulzura y un afecto constante lo sacarán de su locura, si es cierto que la sufre, tal como afirma Raymond. Y si su confinamiento es injusto, la energía y el valor lo rescatarán.»

 

Una vez los enamorados acudieron a mi encuentro, cenamos juntos en el salón. En verdad se trató de una cena de cuento de hadas, pues aunque en el aire flotaban los perfumes del vino y las frutas, ninguno de nosotros probó bocado ni bebió, e incluso la belleza de la noche pasó inadvertida. Su éxtasis no podían aumentarlo objetos externos, y yo me veía envuelto en mis ensoñaciones. Hacia la medianoche, Raymond y yo nos despedimos de mi hermana para regresar a la ciudad. Él era todo alegría. De sus labios brotaban fragmentos de canciones, y todos los pensamientos de su mente, todos los objetos que nos rodeaban, brillaban bajo el sol de su dicha. A mí me acusó de melancólico, malhumorado y envidioso.

 

-En absoluto -le respondí-, aunque confieso que mis pensamientos no me resultan tan gratos como a ti los tuyos. Me prometiste facilitar mi visita a Adrian. Ahora te insto a cumplir con tu promesa. No puedo demorarme aquí. Ansío aliviar, tal vez curar, la dolencia de mi primer y mejor amigo. Debo partir de inmediato para Dunkeld.

 

-Tú, ave nocturna -replicó Raymond-, qué eclipse arrojas sobre mis alegres pensamientos que me obliga a recordar esa ruina melancólica que se alza en medio de la desolación mental, más irreparable que un fragmento de columna labrada que yace sobre un campo, cubierta por la hierba. ¿Sueñas con curarlo? Dédalo nunca tejió un error más inextricable alrededor del Minotauro que el que la locura ha tejido alrededor de su razón encarcelada. Ni tú ni ningún otro Teseo puede salir del laberinto del que tal vez alguna Ariadna cruel tenga la clave.

 

-Ha aludido a Evadne Zaimi. ¡Pero no se encuentra en Inglaterra!

 

-Y aunque aquí se hallara -dijo Raymond-, no le recomendaría que lo viera. Es mejor marchitarse en el delirio absoluto que ser víctima de la sinrazón metódica de un amor no correspondido. Tal vez la duración de su enfermedad haya borrado de su mente todo vestigio de la griega. Y es muy posible que no vuelva a grabarse en ella. Lo hallarás en Dunkeld. Amable y tratable, vaga por las colinas y los bosques o se sienta a escuchar junto a alguna cascada. Tal vez lo veas -el pelo adornado con flores silvestres-, los ojos llenos de significados incomprensibles, la voz rota, su persona malgastada y convertida en sombra. Recoge flores y plantas y teje con ellas guirnaldas, o hace navegar hojas secas y ramas por los arroyos, y se alegra cuando flotan, y llora cuando naufragan. El mero recuerdo de todo ello casi me enerva. ¡Por los cielos! Las primeras lágrimas que he derramado desde que era niño brotaron a mis ojos cuando lo vi.

 

Este último relato no hizo sino espolear mi deseo de visitarlo. Mi única duda era si debía tratar de ver a Idris antes de mi partida. Y mi duda se resolvió al día siguiente. A primera hora de la mañana Raymond vino a verme. Le habían llegado noticias de que Adrian se encontraba gravemente enfermo, y parecía imposible que sus mermadas fuerzas fueran a permitirle la recuperación.

 

-Mañana -me dijo- su madre y hermana viajarán a Escocia para verle una vez más.

 

-Y yo parto hoy mismo -exclamé-. Ahora mismo contrataré un globo y estaré allí en cuarenta y ocho horas a más tardar, tal vez menos si el viento es favorable. Adiós, Raymond. Alégrate de haber escogido la mejor parte de la vida. Este vuelco de la fortuna me resucita. Yo temía la locura, no la enfermedad. Presiento que Adrian no va a morir, tal vez su dolencia sea una

 

crisis y se recupere.

 

Todo se alió a mi favor durante el viaje. El globo se elevó una media milla por encima de la tierra e, impulsado por el viento, navegó por el aire, sus aspas recubiertas de plumas surcando la atmósfera propicia. A pesar del motivo melancólico de mi viaje, me sentía elevado por una creciente esperanza, por el avance veloz del vehículo aéreo, por la balsámica visita del sol. El piloto apenas movía el timón plumado, y el fino mecanismo de las alas, del todo desplegadas, emitía un murmullo suave y sedante. Abajo se distinguían llanuras y colinas mientras nosotros, sin resistencias, avanzábamos seguros y rápidos, como el cisne silvestre en su migración primaveral. La máquina obedecía el menor movimiento del timón y, con el viento constante, no había impedimento ninguno a nuestro avance. Tal es el poder del hombre sobre los elementos; un poder largamente perseguido y al fin alcanzado; y sin embargo ya anticipado en tiempos remotos por el príncipe de los poetas, cuyos versos citaba yo para asombro de mi piloto cuando le revelé los siglos que llevaban escritos:

 

Oh, ingenio humano, capaz de muchos males inventar.

 

Buscas extrañas artes: quién había de pensar

 

que harías como a un ave ligera

 

a un hombre pesado volar

 

y su camino por cielos despejados encontrar.

 

Aterricé en Perth. Y aunque me sentía muy fatigado por la exposición continuada al aire, no quise descansar, sino que cambié un medio de transporte por otro. Seguí por tierra lo que había iniciado por el aire y me dirigí a Dunkeld. Amanecía cuando llegué al pie de las colinas. Tras la revolución de las eras, la colina de Birnam volvía a estar cubierta de vegetación joven, mientras que algunos pinos más viejos, plantados a principios del siglo xix por el duque de Athol, conferían solemnidad y belleza al paisaje. El sol naciente tiñó primero las copas de los árboles. Y mi mente, que mi infancia transcurrida en las montañas había vuelto sensible a las gracias de la naturaleza, y ahora a punto de reunirse con mi amado y tal vez agonizante amigo, se conmovió al momento con la visión de aquellos rayos distantes: sin duda eran un buen presagio, y como tal los contemplaba; buenos presagios para Adrian, de cuya vida dependía mi felicidad.

 

¡Pobre compañero mío! Tendido en el lecho de su enfermedad, las mejillas encendidas por el rubor de la fiebre, los ojos entrecerrados, la respiración inconstante y difícil. Y sin embargo se me hizo menos difícil verlo así que hallarlo satisfaciendo ininterrumpidamente las funciones animales, con la mente enferma. Me instalé junto a su cama y ya no lo abandoné ni de día ni de

 

noche. Tarea amarga la de contemplar como su espíritu se debatía entre la vida y la muerte; sentir sus mejillas ardientes y saber que el fuego que las abrasaba con fiereza era el mismo que consumía su fuerza vital; oír los lamentos de su voz, que tal vez no volviera a articular palabras de amor y sabiduría; ser testigo de los movimientos inútiles de sus miembros, que tal vez pronto acabaran envueltos en su mortaja. Y así, durante tres días y tres noches fue consumiéndome la fatiga que el destino había puesto en mi camino, y de tanto sufrir y tanto observar mi aspecto empeoró, y yo mismo parecía un espectro. Al fin, transcurrido ese tiempo, Adrian entreabrió los ojos y miró como si volviera a la vida. Pálido y muy débil, la inminente convalecencia suavizaba la rigidez de sus facciones. Supo quién era yo. ¡Qué copa rebosante de dichosa agonía fue contemplar su rostro iluminado por aquel destello de reconocimiento, sentir que se aferraba a mi mano, ahora más febril que la suya, oír que pronunciaba mi nombre! En él no quedaba ni rastro de locura para teñir de pesar mi alegría.

 

Esa misma tarde llegaron su madre y su hermana. La condesa de Windsor era por naturaleza una mujer llena de sentimientos y energía, pero a lo largo de su vida apenas había permitido que las emociones concentradas de su corazón asomaran a su rostro. La estudiada inmovilidad de su semblante, sus maneras lentas e inmutables, su voz suave pero poco melodiosa, eran una máscara que ocultaba sus pasiones desbocadas y la impaciencia de su carácter. No se parecía en nada a sus dos hijos. Sus ojos negros y centelleantes, iluminados por el orgullo, diferían en todo de los de Adrian e Idris, que eran azules, de expresión franca y benévola. Había algo aristocrático y majestuoso en su porte, pero nada persuasivo, nada amigable. Alta, delgada y severa, su rostro aún elegante, su pelo negro azabache apenas salpicado de gris, su frente arqueada y hermosa, las cejas algo despobladas, era imposible no sentirse impresionado por ella, temerla casi. Idris parecía el único ser capaz de resistir a su madre, a pesar de la extrema dulzura de su disposición. Pero había en ella cierto arrojo y franqueza que revelaba que no arrebataría la libertad de nadie y que defendería la suya propia como algo sagrado e inexpugnable.

 

La condesa no contempló con indulgencia mi cuerpo fatigado, aunque más tarde agradeció fríamente mis atenciones. No así Idris, cuya primera mirada fue para su hermano. Le tomó la mano, le besó los párpados y permaneció junto a él mirándolo con compasión y amor. Sus ojos se bañaron de lágrimas cuando me dio las gracias, y la hermosura de su gesto, lejos de disminuir, aumentó con su fervor, que la llevaba casi a tartamudear mientras hablaba. Su madre, toda ojos y oídos, no tardó en interrumpirnos. Y yo vi que deseaba echarme discretamente, como a alguien cuyos servicios, ahora que los familiares habían llegado, ya no eran de utilidad a su hijo. Me sentía exhausto y enfermo, pero decidido a no abandonar mi puesto, aunque dudaba sobre cómo mantenerme en él. Y entonces Adrian pronunció mi nombre y,

 

cogiéndome de la mano, me rogó que no me ausentara. Su madre, en apariencia distraída, comprendió al instante lo que pretendía, y viendo el poder que teníamos sobre ella, nos concedió el punto.

 

Los días que siguieron estuvieron llenos de dolor para mí, tanto que en ocasiones lamenté no haber cedido de inmediato a las pretensiones de la altiva dama, que escrutaba todos mis movimientos y convertía la dulce tarea de cuidar de mi amigo en una irritante agonía. Jamás he visto a una mujer tan determinada como la condesa de Windsor. Sus pasiones habían sometido a sus apetitos e incluso a sus necesidades naturales. Dormía poco y apenas comía. Era evidente que contemplaba su propio cuerpo como una mera máquina cuya salud requería para el cumplimiento de sus planes, pero cuyos sentidos no participaban de su diversión. Hay algo temible en quien conquista de ese modo la parte animal de su naturaleza cuando la victoria no es resultado de una virtud consumada. No sin algo de ese temor contemplaba yo la figura de la condesa, despierta cuando los demás dormían, ayunando cuando yo, frugal en condiciones normales, atacado por la fiebre que se cebaba en mí, me veía obligado a ingerir alimentos. Ella se mostraba decidida a impedir o dificultar en todo momento mi influencia sobre sus hijos y obstaculizaba mis planes con una determinación callada, seca y testaruda que no parecía propia de un ser de carne y hueso. Al fin parecía haberse declarado la guerra entre nosotros. Libramos muchas batallas soterradas en las que no mediaban palabras y apenas nos mirábamos, pero en las que los dos pretendíamos someter al otro. La condesa contaba con la ventaja de su posición, de modo que yo era derrotado, aunque no sometido.

 

Mi corazón enfermó. Mi rostro se teñía con los tonos de mi malestar y mi vejación. Adrian e Idris se percataban de ello. Me instaban a reposar y a cuidarme, pero yo les respondía con toda sinceridad que mi mejor medicina eran sus buenos deseos, así como la feliz convalecencia de mi amigo, que mejoraba día a día. El color regresaba tímidamente a sus mejillas. La palidez cenicienta que amenazaba con matarlo abandonaba su frente y sus labios. Tales eran las recompensas de mis infatigables atenciones, y el cielo, pródigo, añadía un premio más si me concedía también las gracias y las sonrisas de Idris.

 

Tras un lapso de varias semanas abandonamos Dunkeld. Idris y su madre regresaron directamente a Windsor, mientras que Adrian y yo emprendimos el viaje con más calma, realizando frecuentes paradas debido a la debilidad de su estado. Mientras recorríamos los distintos condados de la fértil Inglaterra, todo adoptaba un aspecto novedoso a ojos de mi acompañante, tras tanto tiempo apartado, por causa de su enfermedad, de los placeres del clima y el paisaje. Atrás quedaban pueblos bulliciosos y llanuras cultivadas. Los granjeros recogían sus cosechas y las mujeres y los niños, ocupados en tareas rústicas

 

más livianas, formaban grupos de personas felices y saludables, cuya mera visión llenaba de alegría nuestros corazones. Un atardecer, tras abandonar nuestra posada, paseamos por un camino umbrío y ascendimos una loma cubierta por la hierba, hasta alcanzar la cima, desde la que se divisaba una vista de valles y colinas, ríos sinuosos, densos bosques y aldeas iluminadas. El sol se ponía y las nubes, que surcaban el cielo como ovejas recién esquiladas, recibían el tono dorado de los rayos del ocaso. Las tierras altas, más lejanas, captaban aún la luz, y el rumor ajetreado de la noche llegaba hasta nuestros oídos, unificado por la distancia. Adrian, que sentía que el nuevo frescor de su salud recobrada inundaba su espíritu, unió las manos, dichoso, y exclamó con arrobo:

 

-¡Oh, tierra feliz! ¡Oh, habitantes felices de la tierra! ¡Un gran palacio ha construido Dios para vosotros! ¡Oh, hombre! ¡Digno eres de tu morada! Contempla el verdor de la alfombra que se extiende a tus pies y el palio azul sobre tu cabeza. Los campos de la tierra que crean y nutren las cosas, el sendero de cielo que lo contiene y lo engarza todo. Y ahora, en esta hora del crepúsculo, en este momento propicio para el reposo y la reflexión, parece que todos los corazones respiran un himno de amor y agradecimiento, y nosotros, como sacerdotes antiguos en lo alto de las colinas, damos voz a su sentimiento.

 

»Sin duda el poder más bondadoso erigió la majestuosa construcción que habitamos y redactó las leyes por las que se rige. Si la mera existencia, y no la felicidad, hubiera sido el fin último de nuestro ser, ¿qué necesidad habría habido de crear los profusos lujos de que gozamos? ¿Por qué nuestra morada habría de ser tan encantadora, y por qué los instintos naturales habrían de depararnos sensaciones placenteras? El mero sostén de nuestra maquinaria animal se nos hace agradable. Y nuestro sustento, las frutas de los campos, se pintan de tonalidades trascendentes, se impregnan de olores gratos y resultan deliciosas a nuestro gusto. ¿Por qué habría de ser así si él no fuera bueno? Necesitamos casas para guarecernos de los elementos, y ahí están los materiales que se nos proporcionan; la gran cantidad de árboles con el adorno de sus hojas. Y las rocas que se apilan sobre las llanuras confieren variedad a la tarea con su agradable irregularidad.

 

»Nosotros no somos meramente objetos, receptáculos del Espíritu del Bien. Fijémonos en la mente del hombre, donde la sabiduría reina en su trono; donde la imaginación, pintora, toma asiento, con su pincel impregnado de unos colores más hermosos que los del atardecer, adornando la vida que le es conocida con tonos brillantes. ¡Qué noble es la imaginación, digna de quien nos la entrega! Extrae de la realidad los tonos más oscuros. Envuelve todo pensamiento y sensación en un velo radiante, y con una mano de belleza nos conduce desde los mares estériles de la vida hasta sus jardines, sus pérgolas y

 

sus prados de dicha. ¿Y no es acaso el amor un regalo divino? El amor y su hija, la Esperanza, que puede infundir riqueza a la pobreza, fuerza a la debilidad y felicidad al sufrimiento.

 

»Mi sino no ha sido afortunado. He departido largamente con la tristeza, me he internado en el laberinto tenebroso de la locura y he resurgido, aunque sólo medio vivo. Y aun así doy gracias a Dios por haber vivido; le doy las gracias por haber visto los cambios de su día; por poder contemplar su trono, que es el cielo, y la tierra, que es su sede; por poder contemplar el sol, fuente de luz, y la dulce luna viajera; por haber visto el fuego que mana de las flores del cielo y las estrellas floreadas de la tierra; por haber presenciado la siembra y la cosecha; me alegro de haber amado y de haber conocido la comprensión de mis congéneres en la alegría y en la pena; me alegro de sentir ahora el torrente de ideas que recorren mi mente como la sangre recorre las articulaciones de mi cuerpo. La mera existencia es un placer y yo le doy gracias a Dios por estar vivo.

 

»Y vosotras, criaturas todas de la madre tierra, ¿no repetís mis palabras? Vosotras que vivís unidas por los lazos afectivos de la naturaleza; ¡compañeros, amigos, amantes! Padres que trabajáis alegres para vuestros retoños; mujeres que al contemplar las formas vivas de vuestros hijos olvidáis los dolores de la maternidad; niños que no trabajáis ni os esforzáis, sino que amáis y sois amados.

 

»Oh, que la muerte y el odio sean desterrados de nuestro hogar en la tierra. Que el odio, la tiranía y el miedo no hallen refugio en el corazón humano. Que todos los hombres encuentren un hermano en su prójimo y un nido de reposo en las vastas llanuras de su herencia. Que se seque la fuente de las lágrimas y que los labios no vuelvan a formar expresiones de dolor. Así dormidos bajo el ojo benevolente de los cielos, ¿puede el mal visitarte, oh, tierra? ¿O el dolor mecer en sus tumbas a tus desdichados hijos? Susurremos que no, y que los demonios lo oigan y se regocijen. La decisión es nuestra. Si lo deseamos, nuestra morada se convertirá en paraíso. Pues la voluntad del hombre es omnipotente, esquiva las flechas de la muerte, alivia el lecho de la enfermedad, seca las lágrimas de la agonía. ¿Y qué vale cada ser humano, si no aporta sus fuerzas para ayudar a su prójimo? Mi alma es una chispa menguante, mi naturaleza frágil como una ola tras romper. Pero dedico todo mi intelecto y la fuerza que me queda a una única misión y asumo la tarea, mientras pueda, de llenar de bendiciones a mis congéneres.

 

Con voz temblorosa, mirando al cielo, las manos entrelazadas, algo encorvado como por el peso excesivo de su emoción, el espíritu de la vida parecía pervivir en su persona, como una llama moribunda, en un altar, parpadea en las brasas de un sacrificio aceptado.

 

CAPÍTULO V

 

 

Cuando llegamos a Windsor supe que Raymond y Perdita habían partido rumbo a Europa. Tomé posesión de la casa de campo de mi hermana, feliz por poder ver desde allí el castillo de Windsor. Resulta curioso que en esa época, cuando por el matrimonio de mi hermana había entroncado con una de las personas más ricas de Inglaterra y me unía una íntima amistad con su noble más destacado, me hallara en la más grave situación de pobreza que he experimentado jamás. Mi conocimiento de los principios de lord Raymond me hubiera impedido recurrir a él por difíciles que hubieran sido mis circunstancias. Y en vano me repetía a mí mismo que Adrian acudiría en mi ayuda si se lo pedía, pues su monedero estaba abierto para mí y, hermanos del alma como éramos, también debíamos compartir nuestras fortunas. Porque, mientras siguiera a su lado, jamás podría pensar en su abundancia como remedio a mi pobreza. Así, rechazaba al punto todos sus ofrecimientos de ayuda y le mentía al asegurarle que no la necesitaba. ¿Cómo iba a decirle a ese ser generoso: «Mantenme ocioso. Tú, que has dedicado los poderes de tu mente y tu fortuna al beneficio de tu especie, errarás en tu empeño hasta el punto de apoyar en su inutilidad a los fuertes, sanos y capaces?»

 

Tampoco me atrevía a pedirle que recurriera a su influencia para ayudarme a obtener algún puesto honorable, pues en ese caso me hubiera visto obligado a abandonar Windsor. Merodeaba siempre en torno a sus muros, vagaba a la sombra de sus matorrales. Mis únicos compañeros eran mis libros y mis pensamientos amorosos. Estudiaba la sabiduría de los antiguos y contemplaba los muros felices tras los que se hallaba mi amada. Mi mente, sin embargo, seguía ociosa. Yo la llenaba con la poesía de épocas antiguas; estudiaba la metafísica de Platón y de Berkeley; leía las historias de Grecia y Roma, así como la de los periodos anteriores de Inglaterra, y observaba los movimientos de la señora de mi corazón. De noche distinguía su sombra en las paredes de sus aposentos; de día la divisaba en su jardín o montando a caballo en el parque con sus acompañantes habituales. Creía que el encantamiento se rompería si me veían, pero hasta mí llegaba la música de su voz, y me sentía feliz. Ponía su rostro, su belleza y sus inigualables excelencias a todas las heroínas sobre las que leía; a Antígona cuando guiaba a Edipo, ciego, hasta el recinto sagrado de las Euménides, y cuando celebraba el funeral por Polinices; a Miranda en la cueva solitaria de Próspero; a Haidee, en las arenas de la isla jónica. El exceso de devoción pasional me hacía perder el juicio, pero el orgullo, indómito como el juego, formaba parte de mi naturaleza, y me impedía ponerme en evidencia con palabras o miradas.

 

Por entonces, mientras me deleitaba de aquel modo con esos ricos ágapes

 

mentales, hasta un campesino hubiera desdeñado mi escasísimo alimento, que en ocasiones robaba a las ardillas del bosque. Admito que a menudo me vi tentado de recurrir a las travesuras de mi infancia para abatir a los faisanes casi domesticados que poblaban los árboles y posaban sus ojos en mí. Pero eran propiedad de Adrian y estaban protegidos por Idris. Y así, aunque mi imaginación, aguzada por las privaciones, me llevaba a pensar que más servicio harían asándose en mi cocina que convirtiéndose en hojas del bosque sin embargo reprimí mi altiva voluntad y no comí.

 

Me alimentaba de sentimientos y soñaba en vano con «esos dulces pedazos» que no lograba durante la vigilia.

 

Pero en esa época todo el plan de mi existencia estaba a punto de cambiar. Hijo huérfano de Verney, me hallaba muy próximo a unirme al engranaje de la sociedad colgado de una cadena de oro, de acceder a todos los deberes y afecciones de la vida. Los milagros iban a obrarse a mi favor, y la maquinaria de la vida social, con gran esfuerzo, empezaría a girar en sentido inverso. Atiende, ¡oh, lector!, mientras te relato este cuento de maravillas.

 

Un día, mientras Adrian e Idris estaban cabalgando por el bosque, en compañía de su madre y de los habituales, Idris, llevándose consigo a Adrian aparte y haciéndose acompañar por él durante el resto del paseo, le preguntó de pronto:

 

-¿Y qué ha sido de tu amigo, Lionel Verney?

 

-Desde este mismo lugar donde nos encontramos veo su casa.

 

-¿De veras? ¿Y por qué, si está tan cerca, no viene a vernos y frecuenta nuestro círculo de amigos?

 

-Yo lo visito con frecuencia -le informó Adrian-. Pero no te costará adivinar los motivos que lo mantienen alejado del lugar en que su presencia podría disgustar a alguno de nosotros.

 

-Los adivino -dijo Idris-, y, siendo los que son, no me atrevería a combatirlos. Dime, con todo, ¿en qué ocupa su tiempo? ¿Qué hace y en qué piensa en el retiro de su casa?

 

-No lo sé, hermana mía -respondió Adrian-, me preguntas más de lo que puedo responderte. Pero si sientes interés por él, ¿por qué no vas a visitarlo? Él se sentirá muy honrado, y de ese modo podrás devolverle parte de la deuda que contraje con él, y le compensarás por las heridas que la fortuna le ha infligido.

 

-Te acompañaré a su morada con gran placer -dijo la dama-, aunque no pretendo saldar con mi visita la deuda que con él tenemos, pues, siendo ésta nada menos que tu vida, no podríamos cancelarla nunca. Pero vayamos.

 

Mañana saldremos a cabalgar juntos y, acercándonos a esa parte del bosque, le haremos una visita.

 

Así, la tarde siguiente, a pesar de que el cambiante otoño había traído frío y lluvia, Adrian e Idris se llegaron hasta mi casa. Me hallaron como a Curio Dentato, cenando frugalmente, aunque los regalos que me llevaron excedían los sobornos de oro de los sabinos; además, yo no podía rechazar el valioso cargamento de amistad y delicia que me proporcionaron. Sin duda los gloriosos gemelos de Latona no fueron mejor recibidos en la infancia del mundo, cuando fueron alumbrados para embellecer e iluminar este «promontorio estéril», que aquella encantadora pareja cuando se asomó a mi humilde morada y a mi alegre corazón. Conversamos de asuntos ajenos a las emociones que claramente nos ocupaban, pero los tres adivinábamos los pensamientos de los demás, y aunque nuestras voces hablaban de cosas indiferentes, nuestros ojos, con su lenguaje mudo, contaban mil historias que nuestros labios no habrían podido pronunciar.

 

Se despidieron de mí al cabo de una hora. Yo quedé contento, indescriptiblemente feliz. Los sonidos de la lengua humana no hacían falta para contar la historia de mi éxtasis. Idris me ha visitado. He de volver a verla... Mi imaginación no se apartaba de la plenitud de esa idea. Mis pies no tocaban el suelo. No había duda, temor o esperanza que me perturbaran. Mi alma rozaba la dicha absoluta, satisfecha, colmada, beatífica.

 

Durante muchos días Adrian e Idris siguieron visitándome y, en el transcurso de nuestros encuentros felices, el amor, disfrazado de amistad entusiasta, nos infundía más y más su espíritu omnipotente. Idris lo sentía. Sí, divinidad del mundo, yo leía tus caracteres en sus miradas y gestos; oía tu voz melodiosa resonar en la suya... Nos preparaste un sendero mullido y floreado adornado por pensamientos amables. Tu nombre, oh Amor, no se pronunciaba, pero te alzabas como el Genio de la Hora, velado, y sería tal vez el tiempo, y no la mano humana, el que retirara el telón. No había órganos de sonidos armónicos que proclamaran la unión de nuestros corazones, pues las circunstancias externas no nos daban oportunidad de expresar lo que acudía a nuestros labios.

 

¡Oh, pluma mía! Apresúrate a escribir lo que fue, antes de que el pensamiento de lo que es detenga la mano que te guía. Si alzo la vista y veo la tierra desierta, y siento que esos amados ojos han perdido su brillo, y que esos hermosos labios callan, sus «hojas carmesíes» marchitas, enmudezco para siempre.

 

Pero tú vives, mi Idris, ahora mismo te mueves ante mí. Había un prado, oh lector, un claro en el bosque. Los árboles, al retirarse, habían creado una extensión de terciopelo que era como un templo del amor. El plateado Támesis

 

lo bordeaba por uno de sus lados, y un sauce, inclinándose, hundía en el agua sus cabellos de náyade, alborotados por la mano ciega del viento. Los robles que allí se alzaban eran morada de los ruiseñores... Allí mismo me encuentro ahora; Idris, en el esplendor de su juventud, se halla a mi lado... Recuerda, tengo apenas veintidós años y sólo diecisiete primaveras han rozado a la amada de mi corazón. El río, crecido por las lluvias otoñales, ha inundado las tierras bajas, y Adrian, en su barca favorita, se ocupa en el peligroso pasatiempo de arrancar la rama más alta de un roble sumergido bajo las aguas. ¿Estás tan cansado de la vida, Adrian, que así juegas con el peligro?

 

Ya había obtenido su premio y guiaba el bote sobre la tierra inundada. Nuestros ojos temerosos se clavaban en él, pero la corriente lo arrastraba, alejándolo. Tuvo que amarrarlo río abajo y regresar recorriendo una distancia considerable.

 

-¡Está a salvo! -exclamó Idris al ver que alcanzaba la orilla de un salto y agitaba la rama sobre su cabeza como prueba del éxito de su hazaña-. Le esperaremos aquí.

 

Estábamos solos, juntos. El sol se había puesto. Los ruiseñores iniciaban sus cantos. La estrella vespertina brillaba, destacada entre la franja de luz que todavía iluminaba por poniente. Los ojos azules de mi niña angelical se clavaban en aquel dulce emblema de ella misma.

 

-Cómo titila la luz -dijo-, que es la vida de la estrella. Su brillo vacilante parece decirnos que su estado, como el de los que habitamos la tierra, es inconstante y frágil. Se diría que ella también teme y ama.

 

-No contemples la estrella, querida y generosa amiga -exclamé yo-. No hagas lecturas sobre el amor en sus rayos temblorosos. No observes mundos lejanos. No hables de la mera imaginación de un sentimiento. Llevo mucho tiempo en silencio, tanto tiempo que he llegado a enfermar por tener que callar lo que deseaba decirte, y entregarte mi alma, mi vida, todo mi ser. No contemples la estrella, amor querido, o hazlo, sí, y deja que esa chispa eterna te suplique en mi nombre. Que ella sea mi testigo y mi defensa, en el silencio de su brillo; el amor es para mí como la luz de esa estrella: pues mientras siga brillando, no eclipsada por la aniquilación, yo seguiré amándote.

 

Velada para siempre a la mirada marchita del mundo ha de quedar la emoción de ese momento. Todavía siento su gracioso perfil apretado contra mi corazón acongojado. Todavía mi vista, mi pulso y mi aliento se estremecen y flaquean con el recuerdo de ese primer beso. Lentamente, en silencio, fuimos al encuentro de Adrian, al que oíamos acercarse.

 

Convencí a mi amigo para que viniera a verme una vez hubiera dejado a su hermana en casa. Y esa misma noche, mientras paseábamos por los senderos

 

del bosque, iluminados por la luna, le confié lo que oprimía mi corazón, sus emociones y esperanzas. Durante un momento pareció alterado.

 

-Debí haberlo supuesto -dijo-. Cuántas dificultades surgirán. Perdóname, Lionel, y no te extrañes si te digo que la contienda que, imagino, iniciará mi madre, me desagrada. En lo demás, confieso con agrado que, al confiar a mi hermana a tu protección, se cumple lo que yo más esperaba ver cumplido. Por si aún no lo sabías, pronto descubrirás el odio profundo que mi madre siente por el nombre de Verney. Hablaré con Idris. Y luego haré todo lo que puede hacer un amigo. A ella le corresponde representar el papel de la amada, si es capaz de asumirlo.

 

Mientras los dos hermanos dudaban sobre el mejor modo de guiar a su madre hacia su terreno, ella, que había empezado a sospechar de nuestros encuentros, les acusó de mantenerlos. Acusó a su inocente hija de engañarla, de relacionarse de modo indigno con alguien cuyo único mérito era ser hijo de un hombre disoluto, el favorito de su imprudente padre, y que sin duda era tan ruin como aquél de quien se enorgullecía de descender. Los ojos de Idris centellearon al oír semejante acusación.

 

-No niego que amo a Verney. Demuéstreme que es indigno y no volveré a verlo.

 

-Querida señora -intervino Adrian-, permítame convencerla para que lo conozca, para que cultive su amistad. Si lo hace, se maravillará, como me maravillo yo, del alcance de sus méritos y del brillo de sus talentos. (Disculpa, querido lector, pues esto no es inútil vanidad; en todo caso no inútil, pues saber que Adrian sentía de ese modo regocija incluso ahora mi corazón solitario.)

 

-¡Necio y loco muchacho! -exclamó la dama, airada-. Con sueños y teorías te han propuesto derrocar los planes que tengo para tu propio beneficio. Pero no derribarás los que he ideado referentes a tu hermana. Entiendo perfectamente la fascinación que los dos sentís. Pues ya libré la misma batalla con vuestro padre, para lograr que repudiara al progenitor de ese joven, que perpetraba sus malas acciones con la sutileza y la astucia de una víbora. Cuántas veces oí hablar de sus virtudes en aquellos días, de sus conocidas conquistas, de su ingenio, de sus maneras refinadas. Cuando sólo son las moscas las que caen en las telarañas, no tiene importancia. Pero ¿deben los nacidos de alta cuna y los poderosos someterse al frágil yugo de sus hueras pretensiones? Si tu hermana fuera la persona insignificante que merecería ser, de buen grado la abandonaría a su suerte, la entregaría a su infeliz destino de esposa de un hombre cuya sola persona, tan parecida a la de su malvado padre, debería recordaros la locura y el vicio que encarna... Pero recuerda, lady Idris, no es sólo la sangre otrora real de Inglaterra la que corre por tus venas.

 

También eres princesa de Austria, y cada gota de esa sangre desciende de emperadores y monarcas. ¿Crees ser la compañera apropiada para un pastor ignorante, cuya sola herencia es el nombre gastado de quien le precedió?

 

-Sólo puedo plantear una defensa -respondió Idris-, que es la misma que ya le ha ofrecido mi hermano: reciba a Lionel, converse con mi pastor...

 

La condesa, indignada, la interrumpió.

 

-¡Tu pastor! -exclamó. Y antes de proseguir pasó del gesto apasionado a una sonrisa desdeñosa-. Ya hablaremos de ello en otra ocasión. Lo único que te pido por el momento, lo único que tu madre te pide, Idris, es que no veas a ese advenedizo durante el plazo de un mes.

 

-No puedo complacerla -dijo Idris-. Le causaría demasiado dolor. No tengo derecho a jugar de ese modo con sus sentimientos, aceptar el amor que me confiesa y luego castigarlo con mi indiferencia.

 

-Esto está llegando demasiado lejos -respondió su madre con labios temblorosos y ojos llenos de ira.

 

-No, señora -intervino Adrian-, a menos que mi hermana consienta en no volver a verlo, será sin duda un tormento inútil separarlos un mes.

 

-Por supuesto -respondió la reina con tono amargo y burlón-, su amor y sus escarceos infantiles deben compararse en todo a mis años de esperanzas y temores, a los deberes que corresponden a los descendientes de reyes, a la conducta intachable y digna que alguien de su rango debe perseguir. Pero sería rebajarme tratar de discutir o lamentarme. ¿Tal vez serás tan amable como para prometerme que no contraerás matrimonio en este tiempo?

 

Lo preguntó con tono algo irónico, e Idris se preguntó por qué su madre quería arrancarle la promesa solemne de que no hiciera algo que ni se le había pasado por la cabeza. Con todo, la promesa se había solicitado y ella accedió a cumplirla.

 

Todo prosiguió alegremente a partir de entonces. Nos encontrábamos como de costumbre y conversábamos sin temor de nuestros planes de futuro. La condesa se mostraba tan amable y, ajena a su costumbre, incluso tan afectuosa con sus hijos, que éstos empezaron a albergar esperanzas de que, con el tiempo, acabara cediendo a sus deseos. Se trataba de una mujer muy distinta a ellos, en todo alejada de sus gustos, y los jóvenes no hallaban placer en su compañía ni en la idea de cultivarla, pero sí se alegraban de ver que se mostraba conciliadora y amable. Incluso en una ocasión Adrian se atrevió a proponerle que me recibiera. Ella declinó con una sonrisa, recordándole que su hermana le había prometido ser paciente.

 

Un día, cuando el lapso de un mes estaba a punto de expirar, Adrian

 

recibió carta de un amigo de Londres en la que requería su presencia inmediata para tratar de un asunto de cierta importancia. Inocente como era, no sospechó ningún engaño. Yo le acompañé a caballo hasta Staines. Estaba de buen humor y, como yo no podría ver a Idris durante su ausencia, me prometió regresar pronto. Su alegría, que era extrema, logró el raro efecto de despertar en mí los sentimientos contrarios. El presentimiento de algo malo no me abandonaba. Me demoré en mi regreso, contando las horas que me faltaban para ver de nuevo a Idris. ¿Cuándo sería? ¿Qué cosas malas podían suceder entretanto? ¿Acaso no podía su madre aprovechar la ausencia de Adrian para acorralarla más allá de sus fuerzas, o incluso para encerrarla? Resolví que, sucediera lo que sucediese, iría a su encuentro al día siguiente y conversaría con ella. Aquella decisión me tranquilizó algo. «Mañana, encantadora y bella, esperanza y dicha de mi vida, mañana te veré.» Necio es el que sueña con un momento postergado.

 

Me retiré a descansar. Pasada la medianoche me despertaron unos golpes violentos en mi puerta. Era invierno y nevaba. El viento silbaba entre las ramas desnudas de los árboles, despojándolas de los copos blancos que descendían. Aquel lamento temible y los insistentes golpes, se mezclaban libremente con mis sueños, hasta que al fin desperté. Tras vestirme a toda prisa me apresuré a descubrir la causa de aquel revuelo y me dispuse a abrir la puerta al visitante inesperado. Pálida como la nieve que caía sobre ella, con las manos entrelazadas, Idris apareció ante mí.

 

-¡Sálvame! -exclamó, y se habría desplomado en el suelo de no haberla sostenido yo. Con todo, se repuso al momento y, con energía renovada, casi con violencia, me pidió que ensillara los caballos y la llevara lejos, a Londres, junto a su hermano, o al menos que la salvara.

 

Pero yo no tenía caballos.

 

Idris no dejaba de retorcerse las manos.

 

-¡Qué puedo hacer! -gritó-. Estoy perdida. Los dos estamos perdidos para siempre. Pero ven, ven conmigo, Lionel. Aquí no debo quedarme. Tomaremos una calesa en la primera posta. Tal vez todavía estemos a tiempo. ¡Oh, ven conmigo, sálvame y protégeme!

 

Al oír sus lastimeras súplicas, que pronunciaba mientras, con sus maltrechas ropas, despeinada y con el gesto desencajado, se retorcía las manos, una idea recorrió mi mente: «¿También ella está loca?»

 

-Dulce amada mía -le dije estrechándola contra mi pecho-. Será mejor que descanses y no te aventures más allá. Descansa, mi amor, que yo encenderé el fuego. Estás helada.

 

-¡Descansar! -exclamó ella-. ¡No sabes lo que dices! Si te demoras,

 

estamos perdidos. Ven, te lo ruego, a menos que quieras perderme para siempre.

 

Que Idris, nacida de cuna principesca, rodeada de riquezas y de lujos, hubiera venido hasta mi casa desafiando la tormentosa noche de invierno, abandonando su regia morada y, de pie junto a mi puerta, me rogara que huyera con ella cruzando la oscuridad y la ventisca debía de ser, sin duda, un sueño; pero su tono desesperado, la contemplación de su belleza, me aseguraban que no se trataba de ninguna visión. Mirando con aprensión a su alrededor, como si temiera que pudieran oírla, susurró:

 

-He descubierto que mañana -es decir, hoy-, antes del amanecer, unos extranjeros, austriacos, mercenarios, vendrán para llevarme a Alemania, o a una cárcel, o a casarme, o a lo que sea, lejos de ti y de mi hermano. ¡Llévame contigo o pronto estarán aquí!

 

Su vehemencia me asustaba y supuse que, en su relato incoherente debía de haberse colado algún error. Pero no vacilé en obedecerla. Había llegado sola desde el castillo, a tres millas de distancia, de noche, desafiando la ventisca. Debíamos llegar hasta Englefield Green, a una milla y media de donde nos encontrábamos, para tomar el carruaje. Me dijo que había conservado las fuerzas y el valor hasta llegar a mi casa, pero que ahora ambos le fallaban. Apenas podía caminar. A pesar de sujetarla yo, no se sostenía y, cuando llevábamos recorrida media milla, tras muchas paradas y desvanecimientos momentáneos en los que tiritaba de frío, se separó de mi abrazo sin que yo pudiera evitarlo y cayó sobre la nieve, y entre un torrente de lágrimas declaró que debía llevarla yo, que no podía seguir por su propio pie. La levanté en brazos y apoyé su cuerpo frágil contra mi pecho. No sentía más carga que las emociones contrarias que contendían en mi interior. Una creciente alegría me dominaba. Sus miembros helados me rozaban como torpedos, y yo también temblaba, sumándome a su dolor y a su espanto. Su cabeza reposaba en mi hombro, su aliento me ondulaba los cabellos, su corazón latía cerca del mío, la emoción me hacía estremecer, me cegaba, me aniquilaba... Hasta que un lamento acallado, que surgía de sus labios, o el castañetear de sus dientes, que trataba en vano de reprimir, o alguna de las otras señales del sufrimiento que padecía, me devolvían a la necesidad de apresurarme a socorrerla. Finalmente pude anunciarle:

 

-Esto es Englefield Green. Ahí está la posada. Pero, querida Idris, si alguien te ve en estas circunstancias, tus enemigos no tardarán en saber de nuestra huida. ¿No sería mejor que fuera yo solo a tomar el carruaje? Te dejaré a buen recaudo mientras tanto, y regresaré a ti de inmediato.

 

Convino en la sensatez de mis palabras, y permitió que hiciera con ella lo que considerara mejor. Observé que la puerta de una pequeña casa estaba

 

entreabierta, la abrí y, con algo de paja esparcida en el suelo, formé un colchón, tendí su exhausto cuerpo sobre él y la cubrí con mi capa. Temía dejarla sola, pues estaba exangüe y desmayada, pero no tardó en recobrar la energía y, con ella, el miedo. Volvió a implorarme que no me demorara. Despertar a los que se ocupaban de la posada y obtener el carruaje y los caballos me llevó bastantes minutos, todos ellos como si fueran siglos. Avancé un poco con el vehículo, esperé a que los encargados de la posada se retiraran y ordené al muchacho de la posta que detuviera el carruaje en el lugar en que aguardaba en pie Idris, impaciente y más recuperada. La subí al coche, asegurándole que, con nuestros cuatro caballos, seguramente llegaríamos a Londres antes de las cinco de la mañana, hora a la que, cuando fueran a buscarla, descubrirían su desaparición. Le rogué que se calmara y se echó a llorar. Las lágrimas la aliviaron un poco, y poco después empezó a referirme su relato de temor y peligro.

 

Esa misma noche, tras la partida de Adrian, su madre había tratado de disuadirla de la conveniencia de nuestra relación. En vano expuso sus motivos, sus amenazas, sus airadas críticas. Parecía considerar que, por mi culpa, ella había perdido a Raymond. Yo era la influencia maligna de su vida. Me acusó incluso de haber aumentado y confirmado la loca y vil apostasía de Adrian respecto de toda idea de avance y grandeza. Y ahora ese montañés miserable que yo era pretendía robarle a su hija. En ningún momento, según me contó Idris, la encolerizada señora se dignó recurrir a la amabilidad ni a la persuasión. De haberlo hecho, la labor de resistencia habría resultado exquisitamente dolorosa. Pero, de ese otro modo, la dulce muchacha, de naturaleza generosa, se vio obligada a defenderme y a aliarse con mi denostada causa. Su madre concluyó la conversación con un gesto de desprecio y triunfo encubierto, que por un instante despertaron las sospechas de Idris. Antes de acostarse, la condesa se despidió de ella diciéndole:

 

-Espero que tu tono sea otro mañana. Que te muestres más compuesta. Te he alterado. Acuéstate y descansa. Ordenaré que te lleven la medicina que yo siempre tomo cuando me siento inquieta. Te ayudará a dormir.

 

Cuando, presa de inquietantes ideas, Idris apoyó apenas la mejilla en la almohada, la criada de su madre le trajo un brebaje. La sospecha volvió a cruzar su mente ante lo atípico del procedimiento y la alarmó hasta el punto de llevarla a decidir que no tomaría la poción. Con todo, su aversión a los problemas, y el deseo de descubrir si sus conjeturas eran fundadas, la llevaron, casi instintivamente, a ir en contra de su sinceridad habitual, y fingió beber la medicina. Después, inquieta a causa de la vehemencia demostrada por su madre y de los temores desacostumbrados que la asaltaban, notó que no tenía sueño y que cualquier ruido la sobresaltaba. Al poco oyó que la puerta se abría despacio, y al incorporarse oyó una voz que susurraba:

 

-Todavía no duerme.

 

La puerta volvió a cerrarse.

 

Aguardó la siguiente visita con el corazón en un puño, y cuando, transcurrido cierto tiempo, sintió de nuevo invadida su cámara, después de cerciorarse de que las intrusas eran su madre y una asistenta, decidió fingirse dormida. Unos pasos se acercaron al lecho y ella, sin osar moverse, esforzándose por serenar los latidos de su pecho, que cada vez resonaban con más fuerza, oyó murmurar a su madre:

 

-Pequeña necia, qué poco imaginas que tu juego ha terminado para siempre.

 

Por un momento la pobre muchacha imaginó que su madre creía que había ingerido el veneno: ya estaba a punto de levantarse de la cama cuando la condesa, que se había alejado un poco de su lado, habló en voz baja a su acompañante, e Idris volvió a oír:

 

-Apresúrate -dijo-, no hay tiempo que perder, ya han dado las once. A la cinco estarán aquí. Coge sólo las ropas imprescindibles para el viaje, y su joyero.

 

La sirvienta obedeció. Intercambiaron algunas palabras más sobre ella, que todo lo escuchaba con creciente interés. Oyó que mencionaban el nombre de su propia ayuda de cámara.

 

-No, no -dijo su madre-. Ella no viene con nosotras. Lady Idris debe olvidar Inglaterra y todo lo que a ella pertenece.

 

Y al poco le oyó decir:

 

-No despertará hasta bien entrado el día, y para entonces ya se hallará en alta mar.

 

-Todo está dispuesto -anunció al cabo la criada. La condesa volvió a acercarse entonces al lecho de su hija.

 

-En Austria, al menos -dijo-, obedecerás. En Austria, donde la obediencia se impone por la fuerza y no tendrás más opciones que una cárcel honrosa o un matrimonio conveniente.

 

Las dos se retiraron, y mientras lo hacían, la condesa añadió:

 

-Despacio. Que todos duerman. Aunque no a todos los he inducido al sueño, como a ella. No quiero que nadie sospeche, pues tal vez ella podría desvelarse y ofrecer resistencia, o incluso escapar. Acompáñame a mis aposentos. Aguardaremos allí hasta que llegue la hora convenida.

 

Salieron. Idris, presa del pánico pero desvelada e incluso fortalecida por el

 

gran temor que sentía, se vistió apresuradamente y, bajando un tramo de las escaleras traseras, para evitar la proximidad de los aposentos de su madre, logró escapar por una de las ventanas bajas del castillo y, a pesar de la nieve, el viento y la oscuridad, llegó a mi casa. No le abandonó el coraje hasta que se halló ante mí y, depositando su destino en mis manos, se entregó a la desesperación y al cansancio que la abrumaban.

 

La consolé lo mejor que pude. Me sentía feliz y emocionado por tenerla conmigo y poder salvarla. Y sin embargo, para no despertar una nueva agitación en ella, dominé mi entusiasmo, «per non turbar quel bel viso sereno». Hacía esfuerzos por detener el baile inquieto de mi corazón. Aparté de ella los ojos, que tanta ternura irradiaban, y murmuré con orgullo a la negra noche y a la atmósfera inclemente las expresiones de mi emoción.

 

Creo que llegamos a Londres muy temprano, mas no lamenté nuestras prisas al ser testigo del éxtasis con que mi amada niña se fundía en un abrazo con su hermano, a salvo de todo mal, bajo su protección.

 

Adrian escribió una breve nota a su madre informándole de que Idris se hallaba bajo su protección y cuidados. Transcurrieron varios días y al fin llegó la respuesta, que enviaba desde Colonia. «No servirá de nada -escribió la altiva y decepcionada dama- que el duque de Windsor y su hermana vuelvan a dirigirse a su madre herida, cuya única esperanza de tranquilidad deriva de que olviden su existencia.» Sus deseos habían sido aplastados, sus planes, desbaratados. No se quejaba. En la corte de su hermano hallaría, si no compensación por la desobediencia (el desdén filial no la admitía), al menos un estado de cosas y un modo de vida que tal vez contribuyeran a aceptar su destino. Bajo aquellas circunstancias, declinaba absolutamente toda comunicación con ellos.

 

Esos fueron los extraños e increíbles acontecimientos que finalmente propiciaron mi unión con la hermana de mi mejor amigo, con mi adorada Idris. Haciendo gala de gran simplicidad y valor, ella ignoró los prejuicios y la oposición que eran los obstáculos de mi felicidad y no dudó en dar la mano a aquél a quien ya había entregado su corazón. Ser digno de ella, elevarme hasta su altura mediante el ejercicio de mis talentos y virtudes, pagarle con devoción e infatigable ternura el amor que me profesaba, eran en las únicas muestras de agradecimiento que podía ofrecerle ante tan inmenso regalo.

 

 

 

 

CAPÍTULO VI

 

 

 

Que ahora el lector, sobrevolando un breve periodo de tiempo, penetre en

 

nuestro feliz círculo. Adrian, Idris y yo nos establecimos en el castillo de Windsor. Lord Raymond y mi hermana se instalaron en una mansión que éste había construido al borde del Gran Parque, cerca de la casa de Perdita, como seguíamos llamando a aquella morada de techo bajo donde tanto ella como yo, pobres incluso en esperanzas, habíamos recibido la confirmación de nuestra felicidad respectiva. Manteníamos ocupaciones distintas pero compartíamos diversiones. A veces pasábamos jornadas enteras bajo el follaje del bosque, que era nuestro palio, en compañía de nuestros libros y nuestra música. Ocurría sobre todo en los días, excepcionales en nuestro país, en que el sol erige su trono etéreo en un cielo sin nubes, y reina sobre una atmósfera sin viento, apacible como un baño de aguas cristalinas y serenas, envolviendo con su tranquilidad todos los sentidos. Cuando las nubes velaban el cielo y el viento las esparcía por él, rasgando sus hebras y esparciendo sus fragmentos a través de las llanuras aéreas, salíamos a caballo en busca de nuevos lugares de belleza y reposo. Y cuando las frecuentes lluvias nos obligaban a permanecer en casa, el esparcimiento de las noches seguía al estudio diurno, de la mano de la música y las canciones. Idris poseía un talento musical innato, y su voz, cultivada con esmero, sonaba dulce y poderosa. Raymond y yo participábamos en el concierto, mientras que Adrian y Perdita asistían a él como público entregado. Por aquel entonces éramos felices como insectos de verano, juguetones como niños. Siempre nos recibíamos con la sonrisa en los labios y leíamos la alegría y la dicha en los semblantes de los demás. Nuestras mejores fiestas se celebraban en casa de Perdita, y nunca nos cansábamos de hablar del pasado ni de soñar con el futuro. Desconocíamos los celos y las inquietudes, y ni el temor ni la esperanza de cambios alteraban jamás nuestra paz. Tal vez otros dijeran: «podríamos ser felices»; nosotros decíamos: «Lo somos».

 

Cuando alguna vez nos separábamos, por lo general Idris y Perdita salían a pasear juntas, y nosotros nos quedábamos a debatir sobre el estado de las naciones y la filosofía de la vida. Nuestras diferencias de opinión aportaban vigor a nuestras conversaciones. Adrian contaba con la superioridad de su formación y su elocuencia, pero Raymond poseía rapidez y capacidad de penetración, así como un conocimiento práctico de la existencia que solía mostrarse en oposición a Adrian, lo que mantenía viva la danza de la discusión. En otras ocasiones realizábamos excursiones que duraban varios días y recorríamos el país para visitar algún lugar reconocido por su belleza o importancia histórica. A veces nos llegábamos hasta Londres, donde gozábamos de las distracciones y el ajetreo. También nuestro retiro era invadido por personas que venían a visitarnos desde la ciudad. Aquellos cambios nos hacían más conscientes de las delicias que nos proporcionaba el contacto íntimo de nuestro pequeño círculo, de la tranquilidad de nuestro bosque divino, de las felices veladas que pasábamos en los salones de nuestro amado castillo.

 

El carácter de Idris era un derroche de franqueza, dulzura y afecto. Siempre estaba de buen humor. Y aunque firme y resuelta en todo lo que le llegara al corazón, se plegaba a los deseos de sus seres queridos. La naturaleza de Perdita era menos perfecta, pero la ternura y la felicidad habían influido para bien en su ánimo, suavizando su reserva natural. Su capacidad de comprensión era grande, y su imaginación, muy vívida. Se mostraba sincera, generosa y razonable. Adrian, mi insuperable hermano del alma, el sensible y excelente Adrian, amaba a todos y era amado por todos, y sin embargo parecía destinado a no encontrar su otra mitad, la que le aportaría una felicidad completa. A menudo nos dejaba y se internaba solo en los bosques, o salía a navegar en su pequeño bote, con sus libros por toda compañía. Con frecuencia era el más alegre de todos nosotros, y a la vez el único que sucumbía a arrebatos de tristeza. Su delgadez parecía abrumada por el peso de la vida, y su alma, más que unida a su cuerpo, parecía habitar en él. Yo sentía apenas más devoción por Idris que por su hermano y ella lo amaba como maestro, amigo y benefactor que había hecho posible la materialización de sus mayores deseos. Raymond, el ambicioso e inquieto Raymond, se encontraba en mitad del gran camino de la vida, y se alegraba de haber abandonado todas sus ideas de soberanía y fama para unirse a nosotros, flores del campo. Su reino era el corazón de Perdita, sus súbditos, los pensamientos de su amada. Ella lo adoraba y lo respetaba como a un ser superior, lo obedecía en todo, lo servía. No existía misión, devoción o vigilancia que le resultara fastidiosa si se refería a él. Perdita se sentaba algo alejada del resto y lo contemplaba. Lloraba de alegría al pensar que era suyo. En lo más hondo de su ser había erigido un templo en su honor, y todas sus facultades eran sacerdotisas entregadas a su culto. A veces se mostraba exagerada y caprichosa, pero su arrepentimiento era sincero, su propósito de enmienda absoluto, e incluso lo inconstante de su carácter encajaba bien con Raymond, que por naturaleza no estaba hecho para flotar tranquilamente sobre la corriente de la vida.

 

Durante su primer año de matrimonio, Perdita le dio a Raymond una preciosa hija. Resultaba curioso descubrir en aquel modelo en miniatura los mismos rasgos de su padre. Los mismos labios algo desdeñosos, la sonrisa triunfante, los mismos ojos inteligentes, la misma frente, el pelo castaño. Incluso sus manos, sus deditos, eran idénticos a los de él. ¡Cuánto la amaba Perdita! Con el paso del tiempo, yo también me convertí en padre, y nuestros pequeños, que eran nuestros juguetes y motivo de nuestra dicha, nos descubrían mil sentimientos nuevos y felices.

 

Así pasaron los años, unos años plácidos. A cada mes sucedía otro mes, y a cada año otro año como el que dejábamos atrás. Nuestras vidas eran un comentario vivo al hermoso sentimiento descrito por Plutarco, para quien «nuestras almas sienten una inclinación natural a amar, y nacen para amar tanto como para sentir, razonar, comprender y recordar». Hablábamos de

 

cambios, de metas por alcanzar, pero seguíamos en Windsor, incapaces de violar el encanto que nos unía a nuestra vida retirada.

 

Pareamo aver qui tutto il ben racocolto che fra mortale in più parte si rimembra.

 

Y ahora que nuestros hijos nos mantenían ocupados, hallábamos excusas para el mantenimiento de nuestra ociosidad, pues nuestra idea era proporcionarles una vida más espléndida. Finalmente nuestra paz se vio alterada y el curso de los acontecimientos, que durante cinco años había avanzado con tranquilidad serena, se halló con impedimentos y obstáculos que nos apartaron de nuestro sueño feliz.

 

Iba a tener lugar la elección del nuevo Señor Protector de Inglaterra y, a instancias de Raymond, nos trasladamos a Londres para presenciar las votaciones e incluso tomar parte en ellas. Si Raymond se hubiera unido a Idris, ese puesto habría sido la palanca hacia cargos de mayor autoridad; y su deseo de poder se hubiera coronado en su más alta medida. Pero había cambiado el cetro por el laúd, un reino por Perdita.

 

¿Pensaba en todo ello mientras nos dirigíamos a la ciudad? Yo lo observaba, pero él revelaba poco de sus emociones. Se mostraba especialmente alegre, jugaba con su hijita y se volvía para repetir, orgulloso, todas las palabras que ésta pronunciaba. Tal vez lo hacía porque veía la sombra de la inquietud en la frente de su esposa. Ella trataba de mantener el ánimo, pero de vez en cuando las lágrimas asomaban a sus ojos y parecía preocupada por Raymond y su pequeña, como si temiera que algún mal fuera a alcanzarlos. Eso, precisamente, era lo que sentía. Un mal presagio pendía sobre ella. Contemplaba los bosques desde la ventanilla, y los torreones del castillo. Al ver que éstos se ocultaban tras el paisaje, exclamó apasionadamente:

 

-¡Escenarios de felicidad! ¡Lugares sagrados, dedicados al amor! ¿Cuándo volveré a veros? Y cuando regrese a vosotros, ¿seré todavía la amada y feliz Perdita, o con el corazón destrozado, hundida, vagaré por entre vuestros jardines como fantasma de lo que fui?

 

-¿Por qué hablas así, tonta? -exclamó Raymond-. ¿En qué está pensando tu cabecita, que de pronto te sientes tan triste? Alégrate, o te enviaré con Idris y pediré a Adrian que se monte en nuestro carruaje, pues veo, por sus gestos, que su humor coincide con el mío.

 

En ese instante Adrian, que iba a caballo, se acercó al coche, y su alegría, unida a la de Raymond, ahuyentó la melancolía de su hermana. Llegamos a Londres por la tarde, y nos dirigimos a nuestras respectivas moradas, en las inmediaciones de Hyde Park.

 

A la mañana siguiente lord Raymond vino a visitarme temprano.

 

-Vengo a verte -dijo- sin estar del todo seguro de si me asistirás en mi plan, pero decidido a llevarlo a cabo tanto si me apoyas como si no. En cualquier caso prométeme discreción, pues si no contribuyes a mi éxito, al menos no debes impedirlo.

 

-Cuenta con ella.

 

-Y ahora, mi querido compañero, ¿para qué hemos venido a Londres? ¿Para presenciar la elección del Protector y dar nuestro sí o nuestro no a su torpe Excelencia, el duque de ...? ¿O a ese escandaloso Ryland? ¿Crees de veras, Verney, que os he traído a la ciudad para eso? No, el Protector saldrá de entre nosotros. Escogeremos a un candidato y nos aseguraremos su triunfo. Nominaremos a Adrian y haremos lo posible por conferirle el poder que le corresponde por nacimiento y que merece por sus virtudes.

 

»No respondas. Conozco tus objeciones y responderé a ellas ordenadamente. En primer lugar, la de si él consentirá o no convertirse en un gran hombre. Déjame sobre este punto a mí la tarea de persuadirlo. No te pido que me ayudes en ello. En segundo lugar, la de si debe cambiar su empleo de recolector de moras y médico de perdices heridas en el bosque por el de dirigente de la nación. Mi querido amigo, nosotros somos hombres casados, y hallamos ocupación suficiente entreteniendo a nuestras esposas y bailando con nuestros hijos. Pero Adrian está solo, no tiene esposa, hijos ni ocupación. Llevo mucho tiempo observándolo y sé que anhela interesarse por algo. Su corazón, exhausto por sus pasados sufrimientos, reposa como una extremidad recién curada, y se abstiene de toda emoción. Pero su buen juicio, su caridad, sus virtudes, necesitan de un campo en el que ejercitarse y actuar. Y eso se lo procuraremos nosotros. Además, ¿no es una lástima que el genio de Adrian desaparezca de la tierra sin dar fruto, como una flor en un sendero remoto? ¿Acaso crees que la naturaleza creó su incomparable maquinaria sin objeto? Créeme, está destinado a ser el autor de un bien infinito para su Inglaterra natal. ¿No le ha regalado ella tan generosamente todos sus dones? ¿Cuna, riqueza, talento, bondad? ¿No lo ama y admira todo el mundo? Vamos, veo que ya te he persuadido, y que me secundarás cuando proponga su nombre esta noche.

 

-Has expuesto todos tus argumentos en un orden excelente -respondí-, y si Adrian consiente, resultan irrebatibles. Sólo te pondría una condición: que no hicieras nada sin su consentimiento.

 

-Confía en mí -insistió él-. Mantendré una estricta neutralidad.

 

-Por mi parte -proseguí yo-, estoy del todo convencido de la valía de nuestro amigo, y de la inmensa cosecha que Inglaterra recogería con su

 

Protectorado, como para privar a mis compatriotas de semejante bendición, si él acepta administrársela.

 

Por la tarde Adrian vino a visitarnos.

 

-¿También tú conspiras contra mí? -dijo, riéndose-. ¿Y harás causa común con Raymond para, arrastrando a un pobre visionario desde las nubes que le rodean, plantarlo entre los fuegos artificiales y los destellos de la grandeza terrenal, apartándolo así de los rayos y los aires celestes? Creía que me conocías mejor.

 

-Te conozco lo bastante -apostillé- como para saber que no serías muy feliz en tal situación. Pero el bien que harías a los demás podría inducirte a aceptar, pues seguramente ha llegado el momento de que pongas en práctica tus teorías y propicies la reforma y los cambios que han de conducir a la consecución del sistema de gobierno perfecto que tanto te gusta esbozar.

 

-Hablas de un sueño casi olvidado -dijo Adrian, el gesto algo velado por la tristeza-. Las visiones de mi infancia se han desvanecido hace tiempo a la luz de la realidad. Ahora sé que no soy un hombre capacitado para gobernar naciones. Bastante tengo con mantener íntegro el pequeño reino de mi propia moral.

 

»¿Es que no comprendes, Lionel, la intención de nuestro noble amigo? Una intención que tal vez ni él mismo conoce, pero que a mis ojos resulta evidente. Lord Raymond no nació nunca para ser zángano en un panal, ni para hallar contento en nuestra vida pastoral. Él cree que debe conformarse con ésta. Imagina que su situación presente impide sus posibilidades de engrandecimiento. Y por tanto, ni siquiera en lo más profundo de su corazón piensa en cambiar. Pero ¿no ves que, tras la idea de exaltarme a mí, está dibujando una nueva senda para sí mismo? ¿Una senda de acción de la que lleva mucho tiempo apartado?

 

»Acudamos en su ayuda. Él, el noble, el guerrero, el más grande en todas las cualidades que adornan la mente y el cuerpo de un hombre... Él está capacitado para ser el Protector de Inglaterra. Si yo, es decir, si nosotros lo proponemos para el cargo, sin duda saldrá electo, y hallará, en el desempeño del cargo, terreno para ejercer los crecientes poderes de su ingenio. Incluso Perdita se alegrará. Perdita, en cuya ambición anidaba un fuego acallado hasta que se casó con Raymond, evento que durante un tiempo colmó todas sus esperanzas... Perdita se alegrará de la gloria y el ascenso de su señor y, tímida y bella, no rechazará la parte que le corresponda. Entretanto nosotros, los sabios del campo, regresaremos a nuestro castillo y, como Cincinato, nos ocuparemos de nuestras tareas ordinarias hasta que nuestro amigo requiera nuestra presencia y ayuda aquí.

 

Cuanto más razonaba Adrian en relación con ese plan, más factible me parecía. La terquedad con que defendía su no participación en la vida pública era inexpugnable, y su delicado estado de salud parecía suficiente argumento a favor de tal decisión. Su siguiente paso era lograr que Raymond confesara sus deseos secretos de reconocimiento y fama. Éste se presentó ante nosotros mientras nos hallábamos conversando. El modo en que Adrian había recibido su plan de proponerlo como candidato al Protectorado, así como sus propias respuestas, habían logrado que despertara ya en su mente el tema que ahora debatíamos. Su semblante y sus gestos delataban indecisión y nerviosismo. Pero éste surgía del temor a que no secundáramos o a que no tuviera éxito nuestra idea; y aquélla lo hacía de una duda, la de si debíamos arriesgarnos a una derrota. Unas pocas palabras nuestras bastaron para que tomara la decisión, y la esperanza y la alegría brillaron en sus ojos. La idea de iniciar una carrera tan acorde con sus primeros hábitos y más recónditos deseos hizo aflorar su naturaleza más briosa y atrevida. Conversamos sobre sus posibilidades de ganar, sobre los méritos de los demás candidatos y sobre la predisposición de los votantes.

 

Pero habíamos errado en el cálculo. Raymond había perdido gran parte de su popularidad, y sus peculiares partidarios habían desertado de él. Su ausencia de la escena pública había propiciado el olvido de la gente. Sus anteriores apoyos parlamentarios eran sobre todo de realistas que, cuando se había tratado de presentarse como heredero del condado de Windsor, se mostraron dispuestos a convertirlo en su ídolo, pero que en realidad le profesaron indiferencia cuando se presentó ante ellos sin más atributos ni distinciones que los que ellos, en su opinión, también compartían. Con todo, conservaba muchos amigos, admiradores de sus conocidos talentos. Su presencia, elocuencia, aplomo e imponente belleza se combinaban para producir un efecto electrizante. También Adrian, a pesar de sus hábitos solitarios y sus teorías, tan contrarias al espíritu de partido, contaba con muchos amigos, a los que sería fácil convencer para que votaran al candidato que él proclamara.

 

El duque de ..., así como el señor Ryland, viejo antagonista de Raymond, eran los otros candidatos. Al duque lo apoyaban todos los aristócratas de la república, que lo consideraban su representante natural. Ryland era el candidato popular. Cuando, en un primer momento, el nombre de lord Raymond se añadió a la lista, sus posibilidades parecían escasas. Abandonamos el debate que siguió a su nominación: nosotros, sus postulantes, mortificados, y él desanimado en exceso. Perdita nos regañó duramente. Habíamos alentado exageradamente sus expectativas. En su momento, ella no sólo no se había opuesto a nuestros planes, sino que se había mostrado claramente complacida por ellos. Pero el evidente fracaso de éstos había modificado el curso de sus ideas. Creía que, una vez despertado, Raymond ya

 

no regresaría de buen grado a Windsor. Excitados sus viejos hábitos, su mente inquieta desvelada de su sopor, la ambición sería ya su compañera de por vida. Y si no alcanzaba el éxito en aquel primer intento, preveía que la infelicidad y un descontento incurable se apoderarían de él. Tal vez su propia decepción añadía dolor a sus pensamientos y palabras. No se calló nada, y nuestras propias ideas no hacían sino empeorar nuestra zozobra.

 

Debíamos promocionar a nuestro candidato, persuadir a Raymond para que se presentara ante los electores la tarde siguiente. Él se mantuvo obstinado largo rato. Se montaría en un globo; navegaría hasta un confín lejano del mundo, donde su nombre y su humillación no se conocieran. Pero todo fue inútil. Su candidatura ya se había registrado; su propósito, dado a conocer al mundo. Su vergüenza jamás se borraría del recuerdo de los hombres. Era preferible fracasar tras someterse al combate que huir ahora, al inicio de su empresa.

 

Desde que adoptó esa idea, todo en él cambió. Se esfumaron de un plumazo el desánimo y el nerviosismo. Pasó a ser pura vida y actividad. La sonrisa de triunfo brillaba de nuevo en su rostro. Decidido a perseguir su objetivo hasta el fin, sus gestos y expresiones parecían presagiar el logro de sus deseos. No era ése el caso de Perdita. La excitación de su esposo la asustaba, pues temía que, al final, se tornara en una decepción mayor. Si a nosotros su alegría nos infundía esperanza, en ella sólo alentaba la zozobra de su mente. Le daba miedo perderlo, aunque no se atrevía a decir nada sobre los cambios que observaba en su carácter. Lo escuchaba atentamente, pero no se sustraía de dar a sus palabras un significado distinto del que tenían, lo que minaba aún más sus expectativas. No tendría valor para presenciar la contienda y permanecería en casa, presa de aquella doble preocupación. Lloraría con su hijita en brazos. Su mirada, sus palabras, demostraban que temía el advenimiento de una horrible calamidad. Los efectos de su agitación incontrolable la llevaban a enloquecer.

 

Lord Raymond se presentó en la cámara con absoluta confianza y maneras seductoras. Una vez el duque de ... y el señor Ryland hubieron concluido sus parlamentos, comenzó su intervención. Sin duda, no la llevaba preparada y al principio vaciló, deteniéndose para meditar sus ideas y escoger las expresiones que consideraba más adecuadas. Gradualmente adquirió soltura. Sus palabras brotaban con fluidez, llenas de vigor, y su voz ganaba en persuasión. Se refirió a su vida pasada, a sus éxitos en Grecia, al favor de que había gozado en su país. ¿Por qué había de perderlo, ahora que los años transcurridos, la prudencia acumulada y los votos que, con su matrimonio, había contraído con su país, lejos de mermar su confianza, no hacían sino aumentarla? Habló del estado de Inglaterra. De las medidas que era necesario adoptar para garantizar su seguridad y potenciar su prosperidad. Trazó un retrato muy vívido de su

 

situación presente. A medida que hablaba, los asistentes enmudecían y seguían sus palabras con absoluta atención. Su elocuencia encadenaba los sentidos de los allí congregados. En cierto modo, él era el hombre adecuado para unir a las diversas facciones. Por su nacimiento complacía a la aristocracia. Y ser el candidato propuesto por Adrian, un hombre íntimamente ligado al partido popular, hacía que muchos, que no se sentían especialmente representados por el duque ni por Ryland, se alinearan con él.

 

El debate fue intenso e igualado. Ni Adrian ni yo mismo nos habríamos mostrado más inquietos si nuestro propio éxito hubiera dependido de nuestro esfuerzo. Pero habíamos empujado a nuestro amigo a la empresa, y nos correspondía a nosotros asegurar su triunfo. Idris, que tenía en gran aprecio sus habilidades, se mostraba muy interesada en el desarrollo de los acontecimientos. Y mi pobre hermana, que no se atrevía a esperar nada, y a quien el miedo sumía en un estado lamentable, parecía presa de una inquietud febril.

 

Transcurrían los días. Planeábamos qué hacer por las noches, que ocupábamos en debates en los que no alcanzábamos conclusión alguna. Por fin llegó el momento crítico: la noche en que el Parlamento, que ya había demorado en exceso la elección, debía decidirse: cuando dieran las doce y llegara el nuevo día, habría de disolverse, según la Constitución, su poder extinto.

 

Convocamos a nuestros partidarios en casa de Raymond. A las cinco y media nos dirigimos al Parlamento. Idris se esforzaba por calmar a Perdita, pero la agitación de la pobre niña era tal que no lograba controlarse. Caminaba de un lado a otro de la sala, contemplaba con ojos desbocados a cualquiera que entrara, imaginando que tal vez le trajera la noticia de su condena. Para hacer justicia a mi dulce hermana, diré que no era por ella por quien agonizaba. Sólo ella sabía la importancia que Raymond otorgaba a su propio éxito. Fingía tanta alegría y esperanza, y las fingía tan bien, que nosotros no adivinábamos las secretas preocupaciones de su mente. A veces un temblor nervioso, una breve disonancia en la voz, o cierta abstracción pasajera revelaban a Perdita la violencia que ejercía contra sí mismo. Pero nosotros, concentrados en nuestros planes, observábamos sólo su risa siempre presta, las bromas que nos dedicaba a la menor ocasión, la marea alta de su buen humor, que parecía no retirarse nunca. Perdita, en cambio, seguía a su lado cuando se retiraba. Ella era testigo del cambio de humor que llegaba tras su hilaridad. Sabía que le costaba dormir, que se mostraba irritable... En una ocasión lo descubrió llorando. Desde entonces, desde que fue testigo de aquel llanto causado por su orgullo herido, un orgullo que sin embargo era incapaz de desterrar, las lágrimas de ella apenas dejaban de asomar a sus ojos. No era de extrañar, entonces, que sus sentimientos hubieran alcanzado aquellos extremos. Al menos yo trataba de

 

explicarme así su estado de agitación. Pero eso no era todo, y el desenlace nos reveló otra causa.

 

Antes de partir nos demoramos un poco para despedirnos de nuestras amadas niñas. Yo albergaba pocas esperanzas de éxito, y rogué a Idris que se ocupara de mi hermana. Al acercarme a Perdita, ella me tomó de la mano y me llevó a otra estancia de la casa. Allí se arrojó en mis brazos y lloró largo rato, amargamente. Yo traté de calmarla. Apelé a su esperanza. Le pregunté qué era aquello tan tremendo que temía, incluso en el caso de que fracasáramos en nuestros planes.

 

-¡Hermano mío! -exclamó ella-. ¡Protector de mi infancia, mi querido Lionel, mi destino pende de un hilo! Ahora os tengo a todos a mi lado, a ti, compañero de mi infancia, a Adrian, al que quiero como si me unieran a él lazos de sangre. A Idris, hermana de mi corazón, y a su adorado retoño. Esta... esta puede ser la última vez que os tenga a todos conmigo.

 

Entonces se detuvo de pronto y dijo:

 

-¿Qué es lo que he dicho? ¡Qué necia y qué falsa soy!

 

Me miró con ojos desbocados y, serenándose de pronto, se disculpó por lo que definió como palabras sin sentido, diciendo que debía de estar loca pues, mientras Raymond viviera, ella sería feliz. Y acto seguido, aunque no dejaba de sollozar, me aseguró que podía irme tranquilo. Cuando Raymond se despidió de ella apenas le sostuvo la mano y le dedicó una mirada intensa. Ella le respondió sin palabras, asintiendo, comprensiva.

 

¡Pobre muchacha! ¡Cuánto debió de haber sufrido! Nunca perdonaré del todo a Raymond las pruebas que le impuso, ocasionadas, como lo estaban, por unos sentimientos egoístas. Había planeado, si fracasaba en el empeño que le ocupaba, embarcarse para Grecia sin despedirse de ninguno de nosotros y no regresar jamás a Inglaterra. Perdita había accedido a sus deseos, pues complacerlo era la sola meta de su vida, el colmo de su dicha. Pero abandonar a todos sus compañeros, a las personas amadas con las que había compartido sus años más felices y, mientras llegaba el momento, ocultar aquella temible decisión, era una misión que casi consumió toda su fuerza mental. Llevaba un tiempo preparando su partida. Le había prometido a Raymond, durante aquella tarde decisiva, que aprovecharía nuestra ausencia para avanzarse en su primera etapa del viaje. Él, tras su derrota, se ausentaría de nuestro lado y se uniría a ella.

 

Aunque al tener conocimiento de semejante plan me sentí ofendido en gran manera por lo poco que Raymond había tenido en cuenta los sentimientos de mi hermana, pasado el tiempo reflexioné y pensé que en realidad había actuado bajo el peso de tal excitación que no pensaba en lo que hacía y que,

 

por tanto, debía quedar exento del peso de la culpa. Si nos hubiera permitido ser testigos de su agitación, se habría hallado más bajo la guía de la razón; pero su empeño en mantener la compostura actuaba con tal violencia sobre sus nervios que destruía su capacidad de autodominio. Estoy convencido de que, en el peor de los casos, habría regresado desde la costa para despedirse de nosotros y hacernos partícipes de sus planes. Pero la tarea que impuso a Perdita no era menos dolorosa. Había obtenido de ella promesa de mantener el secreto, y su papel en el drama, que debía representar sola, debía de causarle una agonía inimaginable. Pero debo regresar a mi relato.

 

Los debates, hasta el momento, habían sido largos y acalorados, en ocasiones dilatados con el único objeto de retrasar la decisión. Pero ahora todo el mundo parecía temer que el momento fatal llegara sin que la elección se hubiera consumado. Un silencio atípico reinaba en la cámara, cuyos miembros hablaban en susurros. Los procedimientos habituales se zanjaban sin revuelo y con premura. Durante la primera etapa de la elección, el duque de ... había quedado eliminado, de modo que la decisión estaba entre lord Raymond y el señor Ryland. Éste se había mostrado seguro de la victoria hasta la aparición en escena de lord Raymond. Pero desde que el nombre de éste se había añadido a las candidaturas, aquél se había dedicado a una intensa campaña para la obtención de apoyos. Aparecía todas las noches, la impaciencia y la ira dibujadas en su gesto, censurándonos desde el otro extremo de Saint Stephen, como si fruncir el ceño le bastara para eclipsar nuestras esperanzas.

 

Todo en la Constitución inglesa se había redactado pensando en el mantenimiento de la paz. Así, el último día sólo se permitía que quedaran dos candidatos en liza. Además, para evitar en lo posible la lucha final entre ellos, se ofrecía un soborno a aquel de los dos que renunciara voluntariamente a sus pretensiones. Se le reservaba un cargo que le reportaba honor y pingües ingresos, y el éxito garantizado en una futura elección. Con todo, por curioso que parezca, ese caso no se había dado nunca hasta el momento y la ley había quedado obsoleta (nosotros ni siquiera la habíamos tenido en cuenta en el curso de nuestras conversaciones). Por tanto, supuso para todos una sorpresa mayúscula que, una vez se nos hubo pedido que nos constituyéramos en comité para la elección del Lord Protector, el miembro que había nominado a Ryland se alzara y nos informara de que su candidato había renunciado a sus pretensiones. En un primer momento aquella noticia fue recibida con el silencio. A éste le siguió un murmullo confuso que, cuando el presidente declaró a lord Raymond oficialmente electo, se convirtió en aplauso y ovación de victoria. Parecía que, si ignorando todo temor a la derrota el propio señor Ryland no hubiera presentado su renuncia, todas las voces se habrían unido igualmente a favor de nuestro candidato. De hecho, una vez la idea de la competición se hubo disipado, los corazones regresaron al respeto y la admiración anteriores para con nuestro amigo. Todo el mundo sentía que

 

Inglaterra no había contado jamás con un Protector tan capaz de cumplir con los responsabilidades de su alto cargo. Una sola voz, hecha de muchas voces, resonó en toda la cámara, gritando el nombre de Raymond.

 

El aludido hizo entonces acto de presencia. Yo me hallaba en uno de los escaños más elevados y le vi recorrer el pasillo en dirección al estrado. La discreción natural de su carácter se imponía sobre su alegría por el triunfo. Miró tímidamente a su alrededor. Una tenue neblina parecía velar sus ojos. Adrian, que se hallaba junto a mí, se apresuró a reunirse con él y, saltando entre los bancos, no tardó nada en llegar a su lado. Su presencia animó a nuestro amigo. Y cuando le llegó el turno de hablar y actuar, desvanecidas ya sus vacilaciones, brilló, supremo en su majestad y en su victoria. El anterior Protector le tomó juramento y le impuso la insignia del cargo, en cumplimiento de la ceremonia de traspaso de poderes. El Parlamento quedó disuelto. Los más altos dignatarios del Estado se congregaron alrededor del nuevo gobernante y lo condujeron al palacio del Protectorado. De pronto Adrian se esfumó y, cuando los partidarios de Raymond ya no eran más que unos pocos amigos íntimos, regresó en compañía de Idris, que quería felicitar a su amigo por el éxito obtenido.

 

Pero, ¿dónde estaba Perdita? Concentrado en asegurarse una pronta y discreta retirada en caso de fracaso, Raymond había olvidado organizar el modo de que su esposa pudiera enterarse de su éxito. Y a ella, demasiado alterada, también le había pasado por alto aquella circunstancia. Cuando Idris fue a hablarle, hasta tal punto se hallaba él fuera de sí que le preguntó por mi hermana. Un solo comentario, que le informó de su misteriosa desaparición, le hizo recordarlo todo. Adrian, cierto es, había acudido ya en busca de la fugitiva, imaginando que su indomable angustia la habría conducido a las inmediaciones del Parlamento, y que algún contratiempo la había retenido. Pero Raymond, sin darnos explicación alguna, se ausentó de pronto, y al instante oímos el galope de su caballo por las calles, a pesar del viento y la lluvia que la tormenta esparcía sobre la tierra. Como desconocíamos adónde se dirigía y cuánto tardaría en regresar, abandonamos el lugar, suponiendo que tarde o temprano regresaría con Perdita, y que no lamentarían verse solos.

 

Mi hermana, entretanto, había llegado con su hija a Dartford, llorando desconsoladamente. Ordenó que todo se dispusiera para poder proseguir viaje y, acostando a su pequeña en una cama, pasó varias horas de agudo sufrimiento. A veces observaba la violencia con que descargaban los elementos y pensaba que la atacaban a ella. Oía el golpeteo de la insistente lluvia, que la sumía en la tristeza y la desesperación. En ocasiones sostenía a su hija en brazos, buscándole parecidos con su padre, temerosa de que más adelante demostrara también las mismas pasiones e impulsos incontrolables que tan infeliz la hacían. Pero volvía a constatar con una mezcla de orgullo y

 

delicia que al rostro de su pequeña asomaba la misma sonrisa hermosa que con frecuencia iluminaba el semblante de Raymond. Su visión la aliviaba. Pensaba en el tesoro que poseía al contar con el afecto de su señor; en sus hazañas, que superaban todas las de sus coetáneos, en su genio, en su devoción por ella. Y se le ocurrió que renunciaría de buen grado a todo lo que poseía en el mundo, salvo a él, como ofrenda propiciatoria que le asegurara el bien supremo que con él conservaba. Y no tardó en imaginar que el destino exigía de ella ese sacrificio como prueba de que vivía entregada a Raymond, y que debía hacerlo con alegría. Se imaginó su vida en la isla griega que él había escogido para su retiro, y donde ella trataría de aliviar su dolor. Imaginó que allí cuidaría de su hermosa hija Clara, que allí cabalgarían juntos, que allí se dedicaría a consolarlo. Y la imagen se formó ante ella con colores tan vivos que empezó a temer precisamente lo contrario, la vida de magnificencia y poder en Londres, donde Raymond ya no sería sólo suyo ni ella la única fuente de felicidad para él. Por lo que a ella respectaba, empezó a desear que su esposo saliera derrotado. Sólo teniéndolo en cuenta a él sus sentimientos vacilaron cuando oyó el galope de su caballo en el patio de la posada. Que acudiera a su encuentro a solas, empapado por la lluvia, pensando sólo en el modo de llegar antes, ¿qué podía significar sino que, derrotado y solitario, debía emprender la marcha de su Inglaterra natal, el escenario de su vergüenza, y ocultarse junto a ella entre los mirtos de las islas griegas?

 

De pronto se hallaba en sus brazos. El conocimiento de su éxito había impregnado su ser hasta tal punto, que a Raymond no le pareció necesario transmitir la noticia a su amada. Ella sólo sintió en su abrazo la seguridad de que, mientras él la poseyera, no desesperaría.

 

-Qué bueno eres -exclamó ella-. Qué noble, mi amado. No temas la desgracia ni los reveses de la fortuna mientras estés con tu Perdita. No temas la tristeza mientras nuestra hija viva y sonría. Vayamos donde tú quieras. El amor que nos acompaña ahuyentará nuestros pesares.

 

Rodeada por sus brazos habló de ese modo, y echó hacia atrás la cabeza en busca de un asentimiento a sus palabras en los ojos de su esposo. Y vio que éstos lanzaban destellos de alegría.

 

-¿Cómo decís, pequeña Protectora? -preguntó él, burlón-. ¿Qué es lo que habláis? ¿Qué oscuros planes de exilios y tinieblas has urdido, cuando una tela más brillante, tejida con hilos de oro, es la que, en verdad, deberías estar contemplando?

 

Raymond le besó la frente, pero ella, lamentando a medias su triunfo, agitada por tantos cambios súbitos en su pensamiento, ocultó el rostro en su pecho y lloró. Él la consoló al momento, le transmitió sus propias esperanzas y deseos, y el rostro de Perdita no tardó en iluminarse. ¡Qué felices fueron esa

 

noche! ¡Cómo rebosaba su alegría!

 

 

 

 

CAPÍTULO VII

 

 

Tras dejar a nuestro amigo instalado en su nuevo puesto, volvimos los ojos hacia Windsor. Su cercanía de Londres atenuaba el dolor de tener que separarnos de Raymond y Perdita. Nos despedimos de ellos en el palacio del Protectorado. Me impresionó bastante ver a mi hermana tratando de interpretar su papel, intentando ocupar su nuevo cargo con su acostumbrada dignidad. Su orgullo interior y su sencillez de modales se hallaban, más que nunca, en guerra. Su timidez no era un rasgo artificial, surgía del temor a no ser lo bastante apreciada, de cierta conciencia de la indiferencia con que la trataba el mundo, que también caracterizaba a Raymond. Pero ella pensaba en los demás con más insistencia que él, y parte de su retraimiento nacía del deseo de extraer de quienes la rodeaban un sentimiento de inferioridad, un sentimiento que a ella no se le pasaba por la cabeza. A causa de su cuna y de su educación, Idris hubiera estado mejor capacitada para las actividades ceremoniales, pero la naturalidad con que ella acompañaba tales acciones, surgida del hábito, se las hacía tediosas, mientras que, a pesar de todas las dificultades, no había duda de que Perdita disfrutaba de su posición. Estaba demasiado llena de nuevas ideas como para sentir pesar cuando nos dijimos adiós. Se despidió de nosotros afectuosamente y prometió acudir a visitarnos pronto. Pero no lamentaba las circunstancias causantes de nuestra separación. Raymond se mostraba exultante: no sabía qué hacer con el poder recién adquirido. Mil planes bullían en su mente, aunque todavía no había decidido poner ninguno en práctica. Con todo, se prometía a sí mismo, y prometía a sus amigos y al mundo entero, que su Protectorado estaría marcado por algún acto de inigualable gloria. Así, menguados en número, conversando sobre ello, regresamos al castillo de Windsor. Nos alegraba enormemente alejarnos del tumulto político que dejábamos atrás, y anhelábamos volver a nuestras soledades con energías redobladas. No echábamos de menos las ocupaciones. En mi caso, mis intereses se centraban exclusivamente en el ejercicio intelectual. Había descubierto que el estudio serio era una excelente medicina para curar las fiebres del espíritu que, de haberme mantenido indolente, sin duda me hubieran asaltado. Perdita nos había permitido llevarnos a Clara al castillo, y ella y mis dos preciosos hijos eran motivo de interés y distracción permanentes.

 

La única circunstancia que perturbaba nuestra paz era la salud de Adrian. Su deterioro era claro, aunque ninguno de sus síntomas nos llevaba a adivinar la enfermedad que padecía. Pero algo en el brillo de sus ojos, en su expresión

 

arrebatada, en el color de sus mejillas, nos hacía temer que estuviera consumiéndose. Con todo, nuestro amigo no sentía dolor ni miedo alguno. Se entregaba con ardor a la lectura y descansaba del estudio en compañía de sus seres más queridos, su hermana y yo. A veces se acercaba a Londres para reunirse con Raymond y ser testigo del desarrollo de los acontecimientos. Solía llevarse a Clara en aquellas visitas, en parte para que pudiera ver a sus padres y en parte porque a Adrian le fascinaban el parloteo y el gesto inteligente de aquella niña encantadora.

 

Entretanto, en la capital todo marchaba bien. Las nuevas elecciones se habían celebrado. El Parlamento se reunía y Raymond vivía ocupado en mil planes de mejora. Se proyectaban canales, acueductos, puentes, edificios estatales, así como varias instalaciones de utilidad pública. Siempre estaba rodeado de proyectistas y proyectos destinados a hacer de Inglaterra escenario de fertilidad y magnificencia. La pobreza iba a ser erradicada. Los hombres se trasladarían de un lugar a otro casi con la misma facilidad que los príncipes Hussein, Alí y Ahmed en Las mil y una noches. El estado físico del hombre pronto dejaría de depender de la benevolencia de los ángeles. La enfermedad sería abolida y de los trabajos se suprimirían las cargas más pesadas. Nada de todo ello parecía extravagante. Las artes de la vida y los descubrimientos de la ciencia, habían aumentado en una proporción que hacía imprevisible todo cálculo. Los alimentos, por así decirlo, brotaban espontáneamente; existían máquinas que suministraban fácilmente todo lo que la población necesitaba. Pero la tendencia al mal sobrevivía y los hombres no eran felices, no porque no pudieran, sino porque no se alzaban para superar los obstáculos que ellos mismos habían creado. Raymond había de inspirarlos con su voluntad benéfica, y el engranaje de la sociedad, una vez sistematizado según reglas precisas, ya nunca sucumbiría al desorden. Para el logro de tales esperanzas había abandonado la ambición que durante tan largo tiempo había alimentado: pasar a los anales de las naciones como un guerrero victorioso. Renunciando a la espada, la paz y sus glorias duraderas se convirtieron en su meta, y el título al que ahora aspiraba era el de benefactor de su país.

 

Entre las obras de arte que promovía se encontraba la construcción de una Galería Nacional dedicada a la escultura y la pintura. Él mismo poseía muchas obras, que planeaba ceder a la República. Y, como el edificio estaba llamado a convertirse en la perla de su Protectorado, se mostraba muy puntilloso en cuanto al diseño de su construcción. Se le presentaron cientos de planes, que rechazaba sin excepción. Llegó a enviar a dibujantes a Italia y Grecia para que realizaran bocetos. Pero como la Galería debía caracterizarse por la originalidad, además de por la perfección de su belleza, durante cierto tiempo sus esfuerzos no hallaron recompensa. Al fin le enviaron un dibujo anónimo, aunque con una dirección de contacto. El diseño resultaba nuevo y elegante, aunque contenía defectos. Tantos que, aunque los trazos eran hermosos y

 

elegantes, resultaba evidente que no era obra de un arquitecto. Raymond lo contempló encantado. Cuanto más le gustaba, más complacido se sentía, a pesar de que a cada inspección los errores se multiplicaban. Escribió a la dirección indicada expresando su deseo de reunirse con el dibujante para proponerle cambios, unos cambios que se le sugerirían en el transcurso del encuentro.

 

Llegó un griego. Se trataba de un hombre de mediana edad y físico tan ordinario que Raymond dudaba de que pudiera tratarse de un proyectista, a pesar de su expresión inteligente. Él mismo reconoció no ser arquitecto, pero la idea de aquel edificio se había apoderado de él y había decidido enviarla sin esperanza alguna de que fuera aceptada. Era hombre de pocas palabras. Raymond le formulaba preguntas, pero la parquedad de sus respuestas le llevó a concentrarse en el dibujo. Le señaló los errores y los cambios que deseaba introducir. Ofreció al griego un lápiz para que pudiera realizar los cambios allí mismo, pero el visitante rehusó, asegurando que había comprendido perfectamente lo que le solicitaba y que prefería trabajar en casa. Finalmente Raymond le dejó marchar. Regresó al día siguiente con el boceto modificado. Pero seguían apareciendo muchos defectos y había malinterpretado algunas de las instrucciones.

 

-Vamos -dijo Raymond-. Ayer cedí a su petición. Hoy le conmino a que acepte mi propuesta. Tome este lápiz. -El griego obedeció, pero su manera de sostenerlo delataba que no era artista.

 

-Le confieso, señor -admitió al cabo-, que yo no soy el autor de los bocetos. Pero es imposible que vea al verdadero dibujante. Sus instrucciones debo transmitírselas yo. Le ruego, pues, que sea paciente con mi ignorancia y me exponga a mí sus deseos. Estoy seguro de que, con el tiempo, se sentirá satisfecho.

 

Raymond le interrogó en vano. El misterioso griego no reveló nada más. ¿El artista aceptaría recibir la visita de un arquitecto? También se negaba a ello. Raymond reiteró sus instrucciones y el visitante se ausentó. A pesar de todo, nuestro amigo se negaba a renunciar a su deseo. Sospechaba que la causa del misterio estaba en una pobreza extrema, y que el artista no deseaba que nadie fuera testigo de la miseria de sus ropas y de su morada. Todo aquello no hacía sino excitar la curiosidad de Raymond por descubrir de quién se trataba. Espoleado por el interés que sentía por los talentos ocultos, ordenó a alguien experto en tales menesteres que siguiera al griego la próxima vez que le visitase y observara la casa en que entrara. Su emisario lo hizo así y volvió para transmitirle la información. Había seguido al hombre hasta una de las calles más destartaladas de la metrópoli. A Raymond no le extrañaba que, en aquella situación, el artista prefiriera mantenerse en el anonimato, pero el dato no le llevó a cambiar de opinión.

 

Aquella misma tarde se presentó sólo en la dirección indicada. La pobreza, la suciedad y la miseria caracterizaban el lugar. «¡Ah! -pensó-. Me queda tanto por hacer antes de que Inglaterra se convierta en un paraíso...» Llamó a la puerta, que se abrió cuando alguien, desde arriba, tiró de una cuerda. La escalera cochambrosa y decrépita apareció ante él, pero nadie salió a recibirlo. Volvió a llamar, en vano, e impaciente por el retraso, decidió subir a oscuras el primer tramo de peldaños rotos. Su principal deseo, sobre todo después de haber visto con sus propios ojos el estado de abyección en que se encontraba la morada del artista, era ayudar a alguien que, dotado de talento, carecía de todo lo demás. Se representó en la imaginación a un joven de ojos brillantes, revestido de genio pero menguado por el hambre. Temía que su visita no le agradara, pero confiaba en saber administrar su generosa bondad con delicadeza, para no despertar rechazo en él. ¿Qué corazón humano se cierra del todo a la amabilidad? Y aunque la pobreza, cuando es excesiva, puede volver a quien la padece incapaz de aceptar la supuesta degradación de un beneficio, el celo de su benefactor ha de lograr al fin que muestre agradecimiento. Aquellos pensamientos alentaron a Raymond, que se hallaba ya frente a la puerta del último piso del edificio. Tras intentar sin éxito acceder a las otras habitaciones de la planta, percibió, justo en el rellano de ésta, unas babuchas turcas. La puerta estaba entreabierta, pero tras ella reinaba el silencio. Era probable que el inquilino se hubiera ausentado, pero seguro de haber dado con la dirección correcta, nuestro intrépido Protector sintió la tentación de entrar para dejar una bolsa de monedas sobre la mesa antes de abandonar discretamente la estancia. Resuelto a hacerlo así, empujó despacio la puerta y al momento descubrió que el cuarto estaba habitado.

 

Raymond no había visitado nunca las viviendas de los más necesitados, y la visión que se presentó ante él le causó un fuerte impacto: el suelo estaba hundido en varios lugares, las paredes desconchadas y desnudas, el techo manchado de humedad. En un rincón vio una cama destartalada. Sólo había dos sillas en el cuarto, además de una mesa vieja y rota, sobre la que reposaba una palmatoria de hojalata con una vela encendida. Y sin embargo, en medio de toda aquella siniestra y abrumadora miseria asomaba un aire de orden y limpieza que le sorprendió. Aquel fue un pensamiento fugaz, pues su atención se desvió al momento hacia la habitante de aquella triste morada. Se trataba de una mujer que, sentada a la mesa, se protegía con una mano los ojos de la luz de la vela. Con la otra sostenía un lápiz. Observaba fijamente el boceto que tenía delante, y que Raymond reconoció al momento como el mismo que le habían presentado el día anterior. El aspecto de aquella joven despertaba su más vivo interés. Llevaba los cabellos morenos peinados en gruesas trenzas, como en un tocado de estatua griega. Vestía con modestia, pero su actitud la convertía en modelo de gracia. Raymond recordaba vagamente haber visto a alguien parecido. Se acercó a ella, que no alzó la vista del papel y se limitó a

 

preguntarle, en romaico, quién era.

 

-Un amigo -respondió Raymond en el mismo dialecto. Ella alzó la cabeza entonces, sorprendida, y él descubrió que se trataba de Evadne Zaimi. Evadne, en otro tiempo ídolo de los afectos de Adrian y que, por causa del visitante que ahora llegaba, había desdeñado al noble joven y luego, rechazada por el objeto de su amor, con las esperanzas rotas y atenazada por el dolor punzante de la desgracia, había regresado a su Grecia natal. ¿Qué revolución de la fortuna la había llevado de vuelta a Inglaterra y la había instalado en semejante cuartucho?

 

Cuando Raymond la reconoció, sus maneras pasaron de la amable benevolencia a las más cálidas manifestaciones de amabilidad y comprensión. Viéndola en aquella situación sentía su alma atravesada por una flecha. Se sentó junto a ella, le tomó la mano y le dijo mil cosas, movido por la compasión y el afecto. Evadne no respondía. Sin alzar los ojos oscuros en ningún momento, finalmente una lágrima asomó a sus pestañas.

 

-La amabilidad logra así -exclamó- lo que la necesidad y la miseria jamás han conseguido: que me deshaga en llanto.

 

Vertió entonces muchas lágrimas, y sin saber qué hacía apoyó la cabeza en el hombro de Raymond. Él le tomó la mano y le besó la mejilla hundida y húmeda. Le aseguró que sus sufrimientos habían terminado. Nadie era mejor que él en las artes del consuelo, pues no razonaba ni peroraba, sino que se limitaba a mirar con ojos comprensivos. Recreaba imágenes agradables que plantaba en la mente de quien sufría. Sus caricias no despertaban desconfianza, pues nacían del mismo sentimiento que lleva a la madre a besar a su hijo herido: un deseo de demostrar de todos los modos posibles la verdad de sus emociones, una necesidad de verter bálsamo en la mente lacerada del infortunado.

 

Cuando Evadne recobró la compostura, Raymond empezó a mostrarse casi alegre. Algo le decía que no eran los males de la pobreza los que oprimían su corazón, sino más bien la bajeza y la desgracia consecuencia de aquélla. Mientras conversaban, él fue despojándola de ambas. A veces le hablaba de su fortaleza con grandes elogios. En otras ocasiones, aludiendo a su estado anterior, la llamaba «princesa camuflada». Le ofreció su ayuda sincera. Ella estaba demasiado ocupada con otros pensamientos como para aceptarla o rechazarla. Al cabo Raymond se fue, no sin prometerle que volvería a visitarla al día siguiente. Y regresó a casa lleno de sentimientos contradictorios, del dolor que la desgracia de Evadne le despertaba y del placer ante la idea de poder aliviarla. Alguna razón que ni siquiera él lograba explicarse le llevó a ocultarle lo sucedido a Perdita.

 

Al día siguiente se cubrió con una capa para pasar desapercibido y volvió a

 

visitar a Evadne. De camino compró una cesta de frutas caras, como las que se cultivaban en su país y, decorándola con flores, la llevó personalmente hasta el miserable desván de su amiga.

 

-Mire -le dijo al entrar- qué alimento de pájaros he traído para la golondrina del tejado.

 

Ese día Evadne le relató la historia de sus infortunios. Su padre, a pesar de su origen aristocrático, había dilapidado su fortuna e incluso acabado con su reputación e influencia a causa de su vida disoluta. Su salud se resintió sin remedio, y antes de morir expresó su más ferviente deseo de mantener a su hija alejada de la pobreza que la acecharía cuando quedara huérfana. De modo que aceptó la propuesta de matrimonio de un rico mercader griego instalado en Constantinopla y la conminó a ella a aceptarla a su vez. Abandonó entonces su Grecia natal. Su padre falleció. Ella gradualmente fue perdiendo el contacto y los lazos con sus compañías de juventud.

 

La guerra, que hacía un año había estallado entre Grecia y Turquía, supuso grandes reveses de fortuna. Su esposo se arruinó y posteriormente, durante un tumulto y entre amenazas de masacre proferidas por los turcos, se vieron obligados a huir a medianoche, y montados en un bote alcanzaron un buque inglés que los condujo a la isla. Las pocas joyas que habían logrado conservar les sirvieron para sobrevivir un tiempo. Evadne dedicaba toda su fortaleza de espíritu a animar a su esposo, cada vez más abatido por el desánimo. La pérdida de sus propiedades, la desesperanza sobre su futuro, la ociosidad a que la pobreza lo condenaba, se aliaron para reducirlo a un estado rayano en la locura. Cinco meses después de su llegada a Inglaterra, el hombre se quitó la vida.

 

-Me preguntará en qué me he ocupado desde entonces -prosiguió Evadne-. Por qué no he pedido auxilio a los griegos acaudalados que viven aquí. Por qué no he regresado a mi Grecia natal. Mi respuesta a estas preguntas ha de parecerle sin duda insatisfactoria, pero a mí me ha bastado para soportar día a día todos los reveses que he sufrido, en lugar de obtener ayuda por tales medios. ¿Acaso la hija del noble aunque pródigo Zaimi, ha de aparecer como una mendiga ante sus iguales o inferiores, pues superiores a ella no tenía? ¿Debo inclinar la cabeza en su presencia y, con gesto servil, vender mi nobleza para siempre? Si tuviera un hijo, o algún vínculo que me atara a la existencia, tal vez me rebajara a ello pero en mi caso el mundo ha sido para mí como una madrastra avara. Gustosa abandonaría yo la morada que ella parece reclamarme, y en la tumba olvidaría mi orgullo, mis luchas, mi desesperación. El momento no tardará. El pesar y el hambre ya han minado los cimientos de mi ser. En breve habré fallecido. Limpio de la mancha de la autodestrucción, libre del recuerdo de la degradación, mi espíritu se librará del su mísero envoltorio y hallará la recompensa que merecen la fortaleza y la resignación.

 

Tal vez a usted le parezca locura, y sin embargo también usted siente orgullo y resolución. No se asombre, pues si en mí aquél es indomable y ésta inalterable.

 

Tras completar su relato, tras explicar lo que estimó oportuno de su historia, de los motivos que la habían llevado a abstenerse de pedir ayuda a sus paisanos, Evadne hizo una pausa, aunque parecía tener más que decir, algo que no era capaz de expresar con palabras. Entretanto era Raymond el que se mostraba elocuente. Le animaba el deseo de devolver a su amiga al rango social al que pertenecía, así como sus propiedades perdidas, y se sentía lleno de energía, con todos sus deseos e intenciones concentrados en la resolución de ese asunto. Pero se sentía atado: Evadne le había hecho prometer que ocultaría a todos sus amigos su estancia en Inglaterra.

 

-Los familiares del conde de Windsor -dijo altiva- creen sin duda que le causé una herida. Tal vez el conde mismo sería el primero en perdonarme, pero seguramente no merezco el perdón. Actué entonces, como siempre, movida por el impulso. Quizás al menos esta penosa morada sea la prueba que demuestre el desinterés que ha impulsado mi conducta. No importa. No deseo defender mi causa ante ninguno de ellos, ni siquiera ante su señoría, si no me hubiera descubierto. El tenor de mis acciones demostrará que prefería morir a convertirme en blanco de burlas: «¡Mirad todos a la orgullosa Evadne vestida con harapos! ¡Mirad a la princesa mendiga!» La mera idea está cargada de veneno de áspid. Prométame que no violará mi secreto.

 

Raymond así lo hizo. Y acto seguido se enzarzaron de nuevo en la conversación. Evadne requería de él otro compromiso: que no aceptara ningún beneficio para ella sin su consentimiento y que no le ofreciera ningún alivio a su situación.

 

-No me degrade ante mis propios ojos -dijo-. La miseria ha sido mi nodriza durante largo tiempo. Su rostro es duro, pero es honesta. Si el deshonor, o lo que yo entiendo como deshonor, se acerca a mí, estoy perdida.

 

Raymond trató de disuadirla recurriendo a su poder de convicción y a mil argumentos, sin éxito. Y acalorada por el rumbo del debate, en el que participaba con pasión y vehemencia, Evadne prometió solemnemente que huiría y se ocultaría donde él no pudiera encontrarla, donde el hambre no tardara en acabar con su vida y sus pesares, si él insistía en sus pretensiones. Según dijo, podía mantenerse por sí misma. Y mostrándole varios dibujos y pinturas, le contó que así era como se ganaba el pan. Raymond cedió de momento. Estaba seguro de que cuando llevara un tiempo animándola y alentándola, la amistad y la razón acabarían ganando la partida.

 

Pero los sentimientos que movían a Evadne estaban anclados en lo más profundo de su ser y eran de tal naturaleza que él no podía entenderlos. Evadne amaba a Raymond. Él era el héroe de su imaginación, la imagen que el

 

amor había grabado en la fibra inalterada de su corazón. Hacía siete años, en la cima de su juventud, se había sentido unida a él, que había servido a su país contra los turcos. En tierra griega había adquirido aquella gloria militar que tan querida resultaba a los helenos, pues todavía se veían obligados a luchar palmo a palmo por su seguridad. Y sin embargo, cuando regresó a su país y se dio a conocer públicamente en Inglaterra, el amor que sentía por él no le fue correspondido, pues Raymond vacilaba entre Perdita y la corona. Mientras se hallaba en aquella indecisión ella abandonó Inglaterra. En Atenas recibió la noticia de su boda, y sus esperanzas, capullos de flor mal regados, se marchitaron y cayeron. La gloria de la vida se esfumó para ella. El halo rosado del amor, que había teñido con sus tonos todos los objetos, desapareció. Se conformaba con tomarse la vida tal como se le presentaba, con sacar el mejor partido de una realidad pintada de gris. Se casó y, trasladando a otros escenarios la infatigable energía de su carácter, concentró sus pensamientos en la ambición de lograr el título de princesa de Valaquia, así como la autoridad que de él emanaba. Satisfacía sus sentimientos patrióticos pensando en el bien que podría hacer a su país cuando su esposo gobernara el principado. Pero la experiencia le demostró que sus ambiciones eran una ilusión tan vana como el amor. Sus intrigas con Rusia para la consecución de su meta excitaron los celos del gobierno otomano, así como la animosidad del griego. Ambos la consideraron culpable de traición, a lo que siguió la ruina de su esposo. Evitaron la muerte sólo porque huyeron a tiempo, y ella cayó de las alturas de sus deseos a la penuria en Inglaterra. Gran parte de ese relato se lo ocultó a Raymond. Tampoco le confesó que la repulsa y la negación, como las que se arrojan sobre un criminal acusado del peor de los delitos, el de traer la hoz del despotismo extranjero para erradicar las nuevas libertades que afloraban por todo el país, habrían seguido a todo intento suyo de ponerse en contacto con sus compatriotas.

 

Sabía que ella era la causante de la ruina absoluta de su esposo y se esforzaba por asumir las consecuencias: los reproches que en su agonía le hacía o, peor aún, la depresión incurable y no combatida que sumía su mente en el sopor y que no resultaba menos dolorosa por presentarse callada e inmóvil. Ella se reprochaba a sí misma el crimen de su muerte. La culpa y sus castigos parecían acecharla; en vano trataba de aplacar los remordimientos con el recuerdo de su integridad; el resto del mundo, incluida ella misma, juzgaba sus acciones por las consecuencias de éstas. Rezaba por el alma de su esposo, rogaba al Altísimo que la culpara a ella del crimen de su suicidio, y prometía vivir para expiar su pecado.

 

En medio de toda aquella zozobra, que no habría tardado en consumirla por completo, sólo en una idea hallaba consuelo. Vivía en el mismo país, respiraba el mismo aire que Raymond. Su nombre, una vez proclamado Protector, estaba en boca de todos. Sus logros, sus proyectos y su

 

magnificencia eran el tema de todas las conversaciones. Nada es tan precioso al corazón de una mujer como la gloria y la excelencia del hombre al que ama. Así, ante todos sus horrores, Evadne se regocijaba en la fama y la prosperidad de Raymond. Mientras su esposo vivía, ella se avergonzaba de aquellos sentimientos, los reprimía, se arrepentía de ellos. Cuando murió, la marea de su amor recobró su antiguo vaivén, le inundó el alma con sus olas tumultuosas y la convirtió en presa de su incontrolable fuerza.

 

Pero nunca, nunca consentiría que la viera en aquel estado de degradación en que se encontraba. Él no había de presenciar jamás la caída desde el orgullo de su belleza hasta aquel desván miserable que ocupaba, con un nombre que, en su propia alma, se había convertido en reproche y en sinónimo de pesada culpa. Pero, aunque invisible a ojos del Protector, el cargo público de éste le permitía a ella estar al corriente de sus actividades, de su vida cotidiana, incluso de sus conversaciones. Evadne se permitía un solo lujo: leía los periódicos todos los días y celebraba enormemente las alabanzas que recibía Raymond, así como sus actos, aunque su alegría no estuviera exenta del correspondiente pesar. El nombre de Perdita iba siempre unido al suyo. Su felicidad conyugal la celebraba incluso el testimonio auténtico de los hechos. Estaban siempre juntos, y la desdichada Evadne no podía leer el nombre de Raymond sin que simultáneamente se le presentara la imagen de ella, compañera fiel de todos sus esfuerzos y placeres. Ellos, «Sus Excelencias», aparecían en todas las líneas que leían, conformando una pócima maligna que envenenaba su sangre.

 

Fue precisamente en el periódico donde halló la convocatoria del concurso para la Galería Nacional. Combinando su gusto personal con el recuerdo de los edificios que había admirado en Levante, y gracias a su esfuerzo creador, que los dotó de unidad de diseño, ejecutó los planos que había hecho llegar al Protector. Se regocijaba en la idea de proporcionar, desconocida y olvidada, un beneficio al hombre a quien amaba. Y con entusiasmo y orgullo aguardaba impaciente la construcción de una obra suya que, inmortalizada en piedra, pasaría a la posteridad unida al nombre de Raymond. Aguardó inquieta a que regresara el mensajero que había enviado a palacio. Escuchó con avidez el relato que éste le refirió de todas y cada una de las palabras del Protector, de cada uno de sus gestos. Se sentía dichosa comunicándose así con su amado, aunque él no supiera a quién enviaba sus instrucciones. El propio boceto se convirtió para ella en un objeto estimadísimo. Él lo había visto y lo había ensalzado. Y luego ella lo retocó, y cada trazo de su lápiz era como el acorde de una música encantada, que le hablaba de la idea de erigir un templo para celebrar la emoción más profunda y más impronunciable de su alma. En aquellas meditaciones se hallaba cuando la voz de Raymond llegó por sorpresa hasta sus oídos, aquella voz que, una vez percibida, no podía olvidarse. Dominando el torrente de sentimientos que la atenazaban, le dio la bienvenida

 

con sosegada amabilidad.

 

Su orgullo y su ternura libraban una batalla que acabó en tablas. Aceptaría ver a Raymond porque el destino lo había guiado hasta ella y porque su propia constancia y devoción merecían su amistad. Pero sus derechos respecto a él y el mantenimiento de su independencia, no debían mancharse con la idea del interés ni con la intervención de unos sentimientos complejos basados en las obligaciones pecuniarias, ni con la posición dispar que ocupaban benefactor y beneficiaria. La mente de Evadne mostraba una fortaleza poco común. Era capaz de someter sus necesidades emocionales y sus deseos mentales, y de sufrir frío, hambre y miseria, por no dar la razón a la fortuna en su reñido combate. ¡Ah! ¡Qué lástima que, en la naturaleza humana, semejante muestra de disciplina mental, de desprecio altivo a la naturaleza misma, no se acompañara de excelencia moral! Pero la resolución que le permitía soportar el dolor de las privaciones nacía de la desbordante energía de sus pasiones: y la fortaleza de espíritu de que hacía gala, y que era una de las manifestaciones de aquélla, estaba destinada a destruir incluso a su ídolo, para la preservación de cuyo respeto se entregaría a tal nivel de miseria.

 

Su relación continuó. Evadne fue relatando a su amigo los pormenores de su historia, la mancha que su nombre había recibido en Grecia, el peso del pecado a que se había hecho acreedora con la muerte de su esposo. Cuando Raymond se ofreció a limpiar su reputación y a demostrar al mundo entero su sincero patriotismo, ella declaró que era sólo a través de su sufrimiento como esperaba aliviar en algo los embates de su conciencia; que, en su estado mental, por más perturbada que a él le pareciera, la necesidad de entregarse a una ocupación era una medicina saludable. Acabó arrancándole la promesa de que, por espacio de un mes, él se abstendría de hablar a nadie de sus intereses, y ella, por su parte, se comprometió, transcurrido ese tiempo, a plegarse parcialmente a sus deseos. No podía ocultarse a sí misma que cualquier cambio que se produjera la separaría de él. De momento lo veía todos los días. Él nunca le hablaba de su relación con Adrian y Perdita. Para ella él era un meteoro, una estrella solitaria, que a la hora convenida se alzaba en su hemisferio y cuya presencia le aportaba felicidad, y que, aunque se ocultara, no se eclipsaba jamás. Acudía todos los días a su morada de penurias y su presencia la transformaba en un templo impregnado de dulzura, iluminado por la luz del propio cielo. Él participaba de su delirio: «Construyeron un muro entre ellos y el mundo». Fuera revoloteaban mil arpías, el remordimiento y la miseria, aguardando el momento propicio para abalanzarse sobre ella; dentro reinaba una paz como de inocencia, una ceguera despreocupada, una dicha engañosa, una esperanza cuya serena ancla reposaba en aguas plácidas pero inconstantes.

 

Y así, mientras Raymond se hallaba envuelto en visiones de poder y fama,

 

mientras ansiaba dominar por completo los elementos y las mentes de los hombres, el territorio de su propio corazón escapaba a su control. Y de aquella fuente imprevista surgiría el poderoso torrente que dominaría su voluntad y arrastraría hasta el mar inmenso la fama, la esperanza y la felicidad.

 

 

 

 

CAPÍTULO VIII

 

 

¿Qué hacía entretanto Perdita?

 

Durante los primeros meses de Protectorado, Raymond y ella habían sido inseparables. Él le pedía opinión sobre todos los proyectos y todos los planes debían ser aprobados por ella. Jamás vi a nadie más feliz que mi dulce hermana. Sus ojos expresivos eran dos estrellas, y su amor, los destellos que emitían. La esperanza y la despreocupación se dibujaban en su frente despejada. A veces incluso se le saltaban lágrimas de alegría al ensalzar la gloria de su señor. Su existencia toda era un sacrificio en su honor, y si en la humildad de su corazón sentía cierta auto- complacencia, ésta nacía de pensar que había hecho suyo al héroe absoluto de su tiempo, y que lo había conservado durante años, incluso después de que el tiempo hubiera apartado del amor su alimento más común. Ella, por su parte, seguía sintiendo exactamente lo mismo que al principio. Cinco años no habían bastado para destruir la deslumbrante irrealidad de su pasión. La mayoría de los hombres rasgaban despiadadamente el velo sagrado de que se reviste el corazón femenino para adornar el ídolo de sus afectos. No así Raymond. Él era un ser encantador, y su reinado jamás menguaba; un rey cuyo poder nunca se suspendía. Aunque se le siguiera por los senderos de la vida cotidiana, el mismo encanto de su gracia y su majestad los adornaba. Tampoco se despojaba jamás de la deificación innata con que la naturaleza lo había investido. Perdita ganaba en belleza y excelencia bajo su mirada. Yo apenas reconocía ya a la hermana abstraída y reservada en la fascinante y abierta esposa de Raymond. Al genio que iluminaba su rostro se sumaba ahora una expresión de benevolencia que confería una perfección divina a su hermosura.

 

La felicidad es, en su grado máximo, hermana de la bondad. El sufrimiento y la amabilidad pueden ir de la mano, y a los escritores les encanta representar tal conjunción; existe una armonía enternecedora y humana en esa representación. Pero la felicidad perfecta es un atributo de los ángeles. Y quien la posee parece un ser angelical. Se ha dicho que el miedo es pariente de la religión, e incluso que la religión es su generadora, la que conduce a sus fieles a sacrificar víctimas humanas en sus altares. Pero la religión que nace de la felicidad es de una clase mejor: la religión que nos hace exclamar fervorosos

 

agradecimientos y nos hace derramar el excedente del alma ante el creador de nuestro ser; la que es progenitora de la imaginación y alimento de su poesía; la que otorga una inteligencia benévola a los mecanismos visibles del mundo y convierte la tierra en un templo cuyo pináculo es el cielo; esa felicidad, esa bondad y esa religión habitaban en la mente de Perdita.

 

Durante los cinco años que habíamos pasado juntos, en la comunión de nuestra dicha, la suerte que había tenido en la vida era tema recurrente de conversación para mi hermana. La costumbre y el afecto natural la llevaban a preferirme a mí, más que a Adrian o a Idris, como interlocutor en aquellas muestras desbordantes de alegría. Tal vez, aunque en apariencia fuéramos tan distintos, algún punto secreto de similitud, consecuencia de la consanguinidad, inducía su preferencia. Con frecuencia, cuando anochecía, paseaba con ella por los senderos umbríos del bosque, y la escuchaba alegre y comprensivo. La seguridad confería dignidad a sus pasiones, la certeza de una correspondencia plena no dejaba lugar en ella para deseos insatisfechos. El nacimiento de su hija, reproducción exacta de Raymond, supuso el colmo de su dicha y creó un vínculo sagrado e indisoluble entre ellos. A veces se sentía orgullosa de que la hubiera preferido a ella a las esperanzas de una corona. En ocasiones recordaba que había experimentado gran angustia cuando él se mostró vacilante en su elección. Pero el recuerdo de aquella desazón no hacía sino subrayar su alegría presente. Lo que había obtenido con esfuerzo le resultaba, una vez alcanzado, doblemente encomiable. Lo observaba desde lejos con el mismo arrobamiento («Oh, no, con un arrobamiento mucho más intenso») que podría sentir alguien que, vencidos los peligros de una tempestad, se viera frente al puerto deseado. Avanzaba a toda prisa hacia él para sentir con más certidumbre, entre sus brazos, la realidad de su dicha. La calidez del afecto de Raymond, sumada a lo profundo de la comprensión de Perdita y a la brillantez de su imaginación la convertían, más allá de las palabras, en un ser adorado por su esposo.

 

Si alguna insatisfacción la visitaba alguna vez, ésta nacía de la idea de que él pudiera no ser feliz del todo. No en vano la característica de su juventud había sido el deseo de fama y la ambición presuntuosa. Aquélla la había adquirido en Grecia, y ésta la había sacrificado en aras del amor. Su intelecto hallaba suficiente campo para ejercitarse en su círculo doméstico, cuyos miembros, todos ellos adornados por el refinamiento y la literatura, también se distinguían, o al menos muchos de ellos, por su genio. Con todo, la vida activa era el abono para sus virtudes, y en ocasiones sufría el tedio de la monotonía con que se sucedían los hechos en nuestro retiro. El orgullo le impedía quejarse, y la gratitud y el afecto que sentía por Perdita solían actuar como adormidera contra todos sus deseos salvo el de ser digno de su amor. Todos nos percatábamos de que le asaltaban aquellos sentimientos, y nadie los lamentaba más que Perdita. Su vida, que consagraba a él, era un sacrificio

 

menor comparado con la decisión que él había tomado, pero aquello no era suficiente. ¿Acaso necesitaba él alguna gratificación que ella no podía darle? Ésa era la única nube en el cielo azul de su felicidad.

 

Su acceso al poder estuvo lleno de dolor para ambos, aunque, él, al menos, satisfacía así sus deseos, cumplía con aquello para lo que la naturaleza parecía haberlo moldeado. Su actividad se veía colmada por completo, sin que se produjeran cansancio ni saciedad. Su gusto y su genio hallaban expresión plena en todos y cada uno de los modos que los seres humanos han inventado para captar y manifestar el espíritu de la belleza. La bondad de su corazón nunca se cansaba de procurar el bienestar de su prójimo. Su alma generosa y sus aspiraciones de conseguir el respeto y el amor de la humanidad daban al fin sus frutos. Cierto; su exaltación era temporal. Tal vez fuera mejor así. El hábito no adormecería su disfrute del poder, y las luchas, decepciones y derrotas no le aguardarían al final de todo lo que expirase al alcanzar su madurez. Estaba decidido a extraer y condensar toda la gloria, todo el poder, todos los logros que pudieran conseguirse en un reinado largo, y ejecutarlos en los tres años que durara su Protectorado.

 

Raymond era un ser eminentemente social. Todo aquello de lo que ahora disfrutaba habría estado exento de placer para él si no hubiera podido compartirlo con otros. Pero en Perdita poseía todo lo que su corazón deseaba. Del amor que ella le profesaba nacía la comprensión; la inteligencia que demostraba la llevaba a entenderlo sin necesidad de que entre ellos mediaran las palabras. Durante los primeros años de su unión, sus cambios de humor, matizados por la contención que aplacaba su carácter, habían supuesto en Raymond cierto freno a la plenitud de sus sentimientos. Pero ahora que su serenidad inalterable y su conformismo tranquilo se sumaban a sus demás cualidades, el respeto que sentía por ella era tanto como su amor. Los años transcurridos favorecían la solidez de su unión. Ya no debían adivinar, avanzar a tientas tratando de intuir el mejor modo de complacer al otro, esperando que su dicha se prolongara, y a la vez temiendo que terminara. Cinco años aportaban sobria certeza a sus emociones sin privarlos por ello de lo etéreo de su emoción. Habían tenido un hijo, lo que no había hecho menguar en absoluto el atractivo personal de mi hermana. Su timidez, que en ella casi había equivalido a incomodidad, se convirtió en aplomo sutil, y la franqueza sustituyó a la reserva como característica destacada de su fisonomía. Su voz iba adquiriendo un tono suave, interesante. Acababa de cumplir los veintitrés, y el orgullo de su feminidad llenaba sus preciosos deberes de esposa y madre y le otorgaba todo lo que su corazón siempre había deseado. Raymond era diez años mayor. A su belleza, dignidad y aspecto noble, añadía ahora gentil benevolencia, irresistible ternura y una atención delicada y franca a los deseos de los demás.

 

El primer secreto que existió entre ellos fueron las visitas de Raymond a Evadne. La fortaleza y la hermosura de la infortunada griega le habían causado asombro. Al descubrir que ella demostraba por él un aprecio inquebrantable, él le preguntó, sorprendido, por cuál de sus actos merecía ser objeto de su amor apasionado y no correspondido. Así, Evadne se convirtió, durante un tiempo, en el objeto único de sus ensoñaciones. Y Perdita se dio cuenta de que los pensamientos y el tiempo de su amado se ocupaban en asuntos de los que ella no participaba. Mi hermana era por naturaleza ajena a los celos angustiados e infundados. El tesoro que poseía en el afecto de Raymond le era más necesario que la sangre que corría por sus venas, y con más motivo que Otelo podría haber afirmado:

 

Estar dudoso una vez

 

es decidirse una vez.

 

En aquella ocasión no sospechó ninguna alienación de sus afectos, y más bien creía que el misterio se debía a alguna circunstancia relacionada con el alto cargo que ocupaba. Se sentía desconcertada y dolida. Empezó a contar los largos días, y los meses, y los años que habrían de transcurrir hasta que él regresara a la esfera de lo privado y se entregara de nuevo a ella sin reservas. Pero no se acostumbraba a que él le ocultara nada, y con frecuencia se lamentaba. Con todo, mantenía inalterada la convicción de que era la única que ocupaba un lugar en sus afectos.

 

Y cuando estaban juntos, libre de temores, abría su corazón a la más completa dicha.

 

El tiempo pasaba. Raymond, en plena carrera, se detuvo a reflexionar sobre las consecuencias de sus actos. Y, contemplando así el futuro, ante él aparecieron dos conclusiones: que debía mantener en secreto su relación con Evadne, y que si no lo hacía así Perdita acabaría por enterarse. La precaria situación de su amiga le impedía plantearse la posibilidad de alejarse de ella. Desde el primer momento había renunciado a mantener una conversación franca con la compañera de su vida, franqueza con que habría podido ganarse su complicidad. Ahora, el velo debía ser más grueso que el inventado por los celos turcos, y el muro más alto que el del torreón inexpugnable de Vathek, para ocultarle las cuitas de su corazón y los secretos de sus acciones. Pero la idea le resultaba dolorosa hasta lo intolerable. La franqueza y la participación de lo social constituían la esencia de la naturaleza de Raymond. Sin ellas, sus cualidades desaparecían y, sin sus cualidades, la gloria que prodigaba en su relación con Perdita se esfumaría, y su decisión de renunciar a un trono por su amor se convertiría en algo tan débil y vacío como los colores del arco iris, que desaparecen cuando se oculta el sol. Sin embargo, no había remedio. Ni el genio, ni la devoción ni el coraje, que eran los adornos de su mente, ejercidos

 

al unísono y con el mayor de sus esfuerzos, bastarían para hacer retroceder un ápice las ruedas del carro del tiempo. Lo que había sido estaba escrito con la pluma diamantina de la realidad en el volumen eterno del pasado. Y no había agonía ni lágrimas suficientes para borrar una sola coma del acto consumado.

 

Pero ése era el mejor aspecto de la cuestión. ¿Qué sucedería si las circunstancias llevaran a Perdita a sospechar, y a zanjar la sospecha? Todas las fibras de su cuerpo cedieron y un sudor frío le cubrió la frente al pensarlo. Muchos hombres se burlarían de ese temor. Pero él leía el futuro, y la paz de Perdita le importaba demasiado, aunque la agonía muda resultara demasiado cierta, demasiado temible como para no alterarlo. No tardó en decidirse: si sucedía lo peor, si ella descubría la verdad, no soportaría sus reproches ni sería testigo de su expresión de dolor. La abandonaría, dejaría atrás Inglaterra, a sus amigos, los escenarios de su juventud, las esperanzas del porvenir, e iría en busca de otro país, y en otros escenarios empezaría a vivir de nuevo. Cuando lo hubo decidido, se sintió más sosegado. Pensaba conducir con prudencia los corceles del destino por la senda tortuosa que había escogido, y pondría todo su empeño en ocultar lo que no era capaz de alterar.

 

La confianza absoluta que seguía existiendo entre Perdita y él hacía que lo compartieran todo. Uno abría las cartas de la otra pues, incluso entonces, sus corazones no se ocultaban mutua-mente ni sus pliegues más recónditos. Así, un día llegó una carta inesperada y Perdita la abrió. De haber contenido la confirmación, ella habría quedado aniquilada. Pero la misiva no era tan explícita y ella, temblorosa, fría y pálida, fue en busca de Raymond, que se encontraba solo, estudiando unas peticiones presentadas últimamente al gobierno. Entró sin hacer ruido, se sentó en un sofá, frente a él, y lo observó con tal expresión de desesperación que los gritos más estridentes y los lamentos más descarnados habrían sido desvaídas demostraciones de dolor comparadas con la encarnación viva de éste que mostraba ella.

 

En un primer momento, él no levantó la vista de los documentos. Pero cuando lo hizo, le asustó la zozobra dibujada en sus mejillas y, olvidando por un instante sus propios actos y temores, le preguntó, consternado:

 

-¿Qué ocurre, querida? ¿Qué te sucede?

 

-Nada -respondió ella al momento-. Aunque en realidad sí... -Pronunciaba sus palabras cada vez más atropelladamente-. Tienes secretos, Raymond. ¿Dónde has estado últimamente? ¿A quién has visto, qué me ocultas? ¿Por qué ya no gozo de tu confianza? Pero no es esto lo que... No pretendo acorralarte con preguntas. Una me basta... ¿Tan mala soy?

 

Con mano temblorosa le alargó la carta y volvió a sentarse, pálida e inmóvil, observándolo mientras él la leía. Raymond reconoció al instante la letra de Evadne y se ruborizó. A gran velocidad imaginó el contenido de la

 

carta. Ahora todo pendía de un hilo. La falsedad y el artificio eran minucias comparadas con su inminente ruina. Debía disipar de un plumazo las sospechas de Perdita o abandonarla para siempre.

 

-Querida niña -dijo-, soy culpable, pero debes perdonarme. No debí iniciar este engaño, pero lo hice para ahorrarte sufrimientos, y cada día se me hacía más difícil alterar mi plan. Además, la infortunada autora de estas pocas líneas me inspiraba discreción.

 

Perdita ahogó un grito.

 

-¡Continúa! -exclamó-. ¡Continúa!

 

-Eso es todo... esta carta lo dice todo. Me encuentro en la más difícil de las circunstancias. He obrado lo mejor que he sabido, y aun así tal vez he obrado mal. Mi amor por ti se mantiene inviolado.

 

Perdita negó con la cabeza, vacilante.

 

-No puede ser -dijo-. Sé que no es así. Tú quieres engañarme, pero yo no me dejaré engañar. Te he perdido, me he perdido, he perdido mi vida.

 

-¿No me crees? -le preguntó Raymond, altivo.

 

-Para creerte -exclamó ella-, renunciaría a todo y moriría feliz, para sentir, después de muerta, que lo que dices es cierto. Pero no puede ser.

 

-Perdita -prosiguió Raymond-. No ves el precipicio frente al que te hallas. Tal vez creas que no accedí a la línea de conducta que he seguido recientemente sin vacilaciones ni dolor. Sabía que era posible que despertara tus sospechas. Pero confiaba en que mi sola palabra bastara para disiparlas. Construí mi esperanza sobre tu confianza. ¿Crees que aceptaré ser interrogado y que mis respuestas se rechacen sin más? ¿Crees que aceptaré que se sospeche de mí, que tal vez se me vigile, que se me someta a escrutinio y que se desconfíe de mi testimonio? Todavía no he caído tan bajo. Mi honor no está aún tan manchado. Tú me has amado. Yo te he adorado. Pero todos los sentimientos humanos llegan a su fin. Dejemos que expire nuestro afecto, pero no consintamos en convertirlo en desconfianza y recriminación. Hasta ahora hemos sido amigos, amantes; no nos convirtamos en enemigos, en espías mutuos. No puedo vivir siendo objeto de sospecha, y tú no puedes creerme. ¡Separémonos entonces!

 

-¡Exacto! -exclamó Perdita-. ¡Sabía que acabaría así! ¿Acaso ya no estamos separados? ¿Acaso entre nosotros no se abre un río tan ancho como el mar, tan hondo como una sima?

 

Raymond se puso en pie y, con voz entrecortada, los rasgos tensos, el gesto sereno, como el del aire antes de un temblor de tierra, respondió:

 

-Me alegro de que te tomes mi decisión tan filosóficamente. Sin duda representarás admirablemente el papel de esposa ultrajada. A veces te asaltará la sensación de que te has equivocado conmigo, pero la condolencia de tus familiares, la lástima del mundo, el bienestar que la conciencia de tu propia inocencia inmaculada te concederá, será un bálsamo excelente... ¡A mí no volverás a verme!

 

Raymond se acercó a la puerta. Olvidó que todas y cada una de las palabras que había pronunciado eran falsas. Representaba su inocencia con tal convicción que a sí mismo se engañaba. ¿No lloran los actores cuando actúan sus pasiones imaginarias? Un sentimiento más intenso que la realidad de la ficción se apoderaba de él. Hablaba con orgullo. Se sentía herido. Perdita alzó la vista y vio la ira en su mirada. Raymond apoyaba la mano en el tirador de la puerta. Se puso en pie y se arrojó a su cuello sollozando, gimoteando. Él le tomó la mano, la condujo hasta el sofá y se sentó a su lado. Ella le apoyó la cabeza en el hombro, temblorosa, mientras ráfagas abrasadoras y heladas recorrían alternativamente su ser. Observando su emoción, Raymond le habló con tono pausado.

 

-El golpe se ha asestado. No me alejaré de ti sintiendo este disgusto. Te debo demasiado. Te debo seis años se felicidad sin fisuras. Pero esos años ya han terminado. No viviré bajo sospecha, siendo objeto de los celos. Te amo demasiado. En nuestra separación eterna sólo podemos esperar dignidad y rectitud de acción. Por tanto, no nos degradarán nuestros verdaderos personajes. La fe y la devoción han sido hasta hoy la esencia de nuestra relación. Perdidas ambas, no nos aferremos al caparazón estéril de la vida, al grano sin semilla. Tú tienes a la niña, a tu hermano, a Idris, a Adrian...

 

-¡Y tú -exclamó Perdita- a la autora de esta carta!

 

Un rayo de indignación incontrolable recorrió la mirada de Raymond.

 

Sabía que, al menos esa acusación, era falsa.

 

-Alimenta esa creencia -dijo-, mécela en tu corazón, conviértela en almohada donde repose tu cabeza, en opio para tus ojos. Yo me conformo. Pero, por el Dios que me creó, el infierno no es más falso que las palabras que acabas de pronunciar.

 

A Perdita le impresionó la seriedad impávida de sus afirmaciones.

 

-No me niego a creerte, Raymond -respondió, sincera-; al contrario. Prometo demostrar una fe implícita en tu mera palabra. Asegúrame sólo que no has violado nunca tu amor y tu fe por mí. Y la sospecha, la duda y los celos se disiparán al momento. Seguiremos como siempre, un solo corazón, una sola esperanza, una sola vida.

 

-Ya te he asegurado mi fidelidad -dijo Raymond con frialdad desdeñosa-.

 

Una triple afirmación no vale de nada cuando se desprecia a alguien. No diré más, pues nada puedo añadir a lo que ya he dicho, y que tú despectivamente has puesto en duda. Esta disputa es indigna de los dos, y confieso estar cansado de tener que responder a unos cargos que son a la vez infundados y crueles.

 

Perdita trató de leer en su rostro, que él apartó, airado. Había tanta verdad y naturalidad en su resentimiento que sus dudas se disiparon. El gesto de ella, que durante años no había expresado más que emociones ligadas al afecto, volvió a mostrarse radiante y satisfecho. Con todo, no le resultó nada fácil ablandar y apaciguar a Raymond. En un primer momento él se negó a quedarse para escucharla. Pero no hubo modo de disuadirla. Segura de su amor inalterado, estaba dispuesta a entregarse a cualquier esfuerzo, a usar cualquier artimaña, para apartarlo de su enfado. Finalmente él accedió a escucharla y se sentó en silencio, altivo. Primero ella le aseguró que sentía una confianza ilimitada en él. Eso debía saberlo bien, pues de no ser así no pretendería retenerlo. Enumeró entonces sus años de felicidad. Recreó para él escenas pasadas de intimidad y dicha. Imaginó en voz alta su vida futura, mencionó a su hijita y las lágrimas, inoportunas, inundaron sus ojos. Trató de contenerlas sin éxito y un sollozo quebró su voz. Hasta ese momento no había llorado. Raymond no pudo soportar aquellas muestras de dolor. Se sentía tal vez algo avergonzado del papel de hombre ultrajado que representaba, cuando en realidad era él el causante del ultraje. Y en ese instante sintió un amor absoluto por Perdita. La curva de su nuca, los rizos resplandecientes, el ángulo de su cuerpo eran para él motivo de profunda ternura y admiración. Mientras hablaba, su voz melodiosa se apoderaba de su alma, y no tardó en compadecerse de ella, en consolarla y acariciarla, tratando de convencerse a sí mismo de que jamás la había engañado.

 

Raymond abandonó el despacho tambaleante, como quien acaba de ser sometido a tortura y aguarda impaciente que vuelvan a infligírsela. Había pecado contra su propio honor afirmando, jurando algo que era, sencillamente, falso. Cierto que había engañado a una mujer, lo que tal vez pudiera considerarse menos vil... para otros, no para él. Pues, ¿a quién había engañado? A Perdita, la mujer que confiaba en él, que lo adoraba, que con su fe generosa lo hería doblemente cada vez que recordaba la exhibición de inocencia que había desplegado ante él. La mente de Raymond no era tan dura, ni las circunstancias de la vida lo habían tratado con tanta crudeza como para volverlo inmune a tales consideraciones. Al contrario, sentía los nervios destrozados, y el espíritu en llamas que menguaban y se disipaban al contagiarse de los vaivenes de un ambiente viciado. Pero ahora ese contagio se había incorporado a su esencia y el cambio resultaba más doloroso. La verdad y la falsedad, el amor y el odio, habían perdido sus fronteras eternas, el cielo se aprestaba a mezclarse con el infierno. Y mientras, su mente sensible, en

 

medio del campo de batalla, sintió el aguijonazo de la locura. Se despreciaba profundamente a sí mismo, estaba enfadado con Perdita, y la idea de Evadne se acompañaba de todo lo que resultaba odioso y cruel. Sus pasiones, que siempre lo habían dominado, hacían acopio de nuevas fuerzas desde el largo sueño en que el amor las había acunado, y el peso inminente del destino lo abatía; se sentía lanceado, torturado, en extremo impaciente por la irrupción de la peor de las desgracias: el remordimiento. Ese estado de congoja le llevó, gradualmente, a una animosidad taciturna primero, y luego al desánimo. Sus inferiores, e incluso sus iguales, si es que en el cargo que ocupaba tenía alguno, se sorprendieron al hallar ira, amargura y sarcasmo en quien antes destacaba por su dulzura y benevolencia. Se ocupaba de los asuntos públicos con desagrado y se refugiaba en cuanto podía en una soledad que era a la vez su desgracia y su alivio. Montaba un caballo brioso, el mismo que le había llevado a la victoria en Grecia. Se fatigaba practicando ejercicios extenuantes, procurando olvidar los zarpazos de una mente angustiada mediante la entrega a sensaciones animales.

 

Fue recuperándose lentamente y, al fin, como si de vencer los efectos de un veneno se tratara, alzó la cabeza por sobre los vapores de la fiebre y la pasión y alcanzó la atmósfera serena de la reflexión sosegada. Meditó sobre qué era lo mejor que podía hacer. En primer lugar le sorprendió constatar el tiempo que había transcurrido desde que la locura, más que cualquier impulso razonable, se había erigido en árbitro de sus acciones. Había pasado un mes, y durante todo ese tiempo no había visto a Evadne. La fortaleza de la joven griega, vinculada a algunas de las emociones duraderas del corazón de Raymond, había decaído en gran medida. Él ya no era su esclavo, ya no era su amante. Ya no volvería a verla más y, por lo absoluto de su enmienda, merecía recuperar la confianza de Perdita.

 

Y sin embargo, a pesar de su determinación, en su fantasía imaginaba la miserable morada de la griega. Una morada que, movida por sus nobles y elevados principios, se negaba a cambiar por otra más lujosa. Pensaba en la gracia que irradiaba su aspecto la primera vez que la vio; fantaseaba con su vida en Constantinopla, rodeada de magnificencia oriental en toda circunstancia, pensaba en su penuria presente, en sus trabajos cotidianos, en su penoso estado, en sus mejillas pálidas y hundidas por el hambre. La compasión le henchía el pecho. Volvería a verla una vez más, una sola. Idearía un plan para restituirla a la sociedad y lograr que volviera a disfrutar de todo lo que era propio de su rango. Y una vez lo hubiera hecho, de manera inevitable, se produciría la separación.

 

También pensó en que, durante ese mes, había evitado a Perdita, apartándose de ella como de los aguijones de su propia conciencia. Pero ahora había despertado y debía poner remedio a aquella situación. Con su devoción

 

futura borraría aquella mancha única en la serenidad de su vida. Al pensar en ello se sintió más animado, y con seriedad y resolución fue trazando la línea de conducta que habría de adoptar. Recordó que había prometido a Perdita asistir esa misma noche (diecinueve de octubre, aniversario de su elección como Protector) a la fiesta que se organizaba en su honor, una fiesta que había de ser un buen augurio de los años de felicidad futura. Pero antes se ocuparía de Evadne. No se quedaría con ella, pero le debía una explicación, una compensación por su larga e inesperada ausencia. Y después regresaría a Perdita, al mundo olvidado, a los deberes de la sociedad, al esplendor del rango, al disfrute del poder.

 

Tras la escena descrita en las páginas precedentes, Perdita había asistido a un cambio radical en las maneras y la conducta de su esposo. Ella esperaba volver a la libertad de comunicación y al afecto en su relación, un afecto que había constituido la delicia de su vida. Pero Raymond no se había unido a ella en sus advocaciones. Se ocupaba de sus asuntos cotidianos lejos de ella, se ausentaba de casa y ella no sabía adónde iba. El dolor infligido por aquella decepción era intenso y le daba tormento. Ella lo veía como un sueño engañoso y trataba de apartarlo de su conciencia. Pero como la camisa de Neso, se aferraba a su carne y ávidamente consumía su principio vital. Poseía aquello (aunque tal afirmación pueda parecer una paradoja) que pertenece sólo a unos pocos, la capacidad de ser feliz. Su delicada estructura y su imaginación creativa la hacían especialmente susceptible de sentir emociones placenteras. La calidez desbordante de su corazón, que convertía el amor en una planta de raíces profundas y majestuoso crecimiento, había dispuesto su alma toda para la recepción de la felicidad, y entonces había encontrado en Raymond todo lo que podía adornar el amor y satisfacer su imaginación. Pero si el sentimiento sobre el que se apoyaba el tejido de su existencia se volvía algo manido por culpa de la participación, de la interminable sucesión de atenciones y acciones benéficas depositadas en otros -el universo de amor de Raymond arrancado de ella-, entonces la felicidad se ausentaba de ella y se convertía en su contrario. Las mismas peculiaridades de su carácter convertían sus penas en agonías; su imaginación las magnificaba, su sensibilidad la dejaba siempre expuesta a la misma impresión renovada; el amor envenenaba el aguijón que se clavaba en el corazón. No había sumisión, paciencia ni entrega en su dolor. Ella lo combatía, luchaba contra él, y con su resistencia volvía más duros los zarpazos. La idea de que él amaba a otra regresaba a ella una y otra vez. Para hacerle justicia, admitía que Raymond sentía por ella un tierno afecto, pero conceder un premio menor a alguien que, en la lotería de la vida futura, ha soñado con poseer decenas de miles, es causarle una decepción mayor que si no ganara nada. El afecto y la amistad de él podía resultar inestimable, pero, más allá de ese afecto, más profundo que la amistad, se ocultaba el tesoro indivisible del amor. La suma completa era de tal magnitud

 

que ningún aritmético sería capaz de calcular su valor. Y si se sustraía de ella la porción más pequeña, si se daba nombre a sus partes, si se separaba por grados y secciones, como la moneda del mago, como el oro falso de la mina, se convertía en la sustancia más vil. El ojo del amor encierra un significado; existe una cadencia en su voz, una irradiación en su sonrisa, el talismán cuyo encantamiento sólo uno puede poseer. Su espíritu es elemental, su esencia, simple, su divinidad, unitaria. El corazón y el alma misma de Raymond y Perdita se habían fundido, como dos arroyos de montaña que se unen en su descenso y murmuran y discurren sobre los guijarros resplandecientes, junto a flores que son como estrellas. Pero si uno de los dos abandona su carrera esencial, o queda retenido por algún obstáculo, el otro ve menguar su caudal. Perdita sentía aquella disminución de la marea que alimentaba su vida. Incapaz de soportar el lento marchitarse de sus esperanzas, se le ocurrió un plan con el que pensaba poner fin a ese periodo de tristeza y recobrar la felicidad tras los recientes y desastrosos acontecimientos.

 

Estaba a punto de cumplirse un año del nombramiento de Raymond como Protector. Era costumbre celebrar ese día con una fiesta espléndida. Eran varios los sentimientos que impulsaban a Perdita a duplicar la magnificencia del evento. Y sin embargo, mientras se preparaba para la velada, se preguntaba por qué se tomaba tantas molestias en celebrar tan suntuosamente un hecho que, a sus ojos, marcaba el inicio de sus sufrimientos. La desgracia se cernió sobre aquel día, pensó, la desgracia, las lágrimas y los lamentos cayeron sobre la hora en que Raymond albergó más esperanzas que la esperanza del amor, más deseos que el deseo de mi devoción. Y tres veces dichoso será el momento en que me será devuelto. Dios sabe que deposito mi confianza en sus promesas, y creo en la fe que ha proclamado, y sin embargo, de ser así, no perseguiría lo que estoy resuelta a conseguir. ¿Deben transcurrir dos años más de este modo, nuestra alienación aumentando día a día, cada acto convertido en una piedra que sirve para levantar el muro que nos separa? No, Raymond mío, mi único amado, sola posesión de Perdita. Esta noche, durante la espléndida recepción, en estas suntuosas estancias, en compañía de tu llorosa niña nos reuniremos todos para celebrar tu abdicación. Por mí, en una ocasión, renunciaste a la corona. Fue en los días primeros de nuestro amor, cuando no podía estar segura de nuestra felicidad y me alimentaba sólo de esperanzas. Ahora ya conoces por experiencia todo lo que puedo darte, la devoción de mi alma, el amor inmaculado, mi sumisión inquebrantable a ti. Debes escoger entre todo ello y tu Protectorado. Ésta, noble orgulloso, es tu última noche. Perdita ha puesto en ella todo lo magnífico y deslumbrante que tu corazón más ama, pero cuando salga el sol deberás alejarte de estos espléndidos aposentos, de la asistencia de los notables, del poder y la elevación, para regresar a nuestra morada del campo. Yo no aceptaría una inmortalidad de dicha si para lograrla hubiera de soportar aquí una semana más.

 

Meditando su plan, dispuesta a proponérselo, llegada la hora, y decidida a insistir en que él lo aceptara, segura de que la complacería, el corazón de Perdita se sintió liberado de su carga, exaltado. El color volvió a sus mejillas con la emoción de la espera. Sus ojos brillaban con la promesa del triunfo en la batalla. Habiéndose jugado el destino a una sola carta, y con la seguridad de ganar la partida, ella, de quien he escrito que llevaba el sello de reina de naciones en la frente, se alzó entonces por encima de la humanidad y, revestida de un poder sereno, pareció detener con un solo dedo la rueda de los hados. Nunca como en ese instante fue tan encantadora, tan divina.

 

Nosotros, los pastores arcadios del relato, habíamos manifestado nuestra intención de asistir a la fiesta, pero Perdita nos escribió para pedirnos que no lo hiciéramos y que nos ausentáramos de Windsor, pues ella (que no nos reveló sus planes) pensaba regresar a nuestro querido refugio a la mañana siguiente, para retomar el curso de una vida en la que había hallado la felicidad completa. Más tarde, aquella noche entró en los aposentos dispuestos para la celebración. Raymond había abandonado el palacio la noche anterior con la promesa de acudir a la velada, pero todavía no había regresado. Sin embargo, ella estaba segura de que finalmente llegaría. Y cuanto más parecía abrirse la brecha de la crisis, más segura estaba ella de que lograría cerrarla para siempre.

 

Era, como he dicho, diecinueve de octubre, bien entrado el lúgubre otoño. El viento ululaba, los árboles medio desnudos se despojaban del recuerdo de su ornato estival. El aire, que inducía a la agonía de la vegetación, aparecía hostil a toda alegría y esperanza. La decisión que había tomado Raymond le había alegrado el ánimo, pero a medida que moría el día, su humor se ensombrecía. Primero debía visitar a Evadne, y después dirigirse deprisa al palacio del Protectorado. Mientras caminaba por las callejuelas del barrio donde vivía la desdichada griega, su corazón se le encogía al pensar en lo mal que se había portado con ella. En primer lugar, había consentido que permaneciera en aquel estado de degradación; y después, tras una breve ensoñación desbocada, la había abandonado a su triste soledad, su ansiosa conjetura, su amarga, insatisfecha esperanza. ¿Qué habría hecho ella mientras tanto? ¿Cómo habría resistido su ausencia y abandono? La luz se extinguía en aquellos callejones, y cuando se abrió la puerta que tan bien conocía, la escalera apareció envuelta en tinieblas. Subió por ella a tientas, entró en el desván y encontró a Evadne tendida en el lecho, muda, casi sin vida. Llamó a voces a los vecinos, pero éstos no supieron decirle nada, salvo que nada sabían. Para él su historia estaba clara, clara y diáfana como el remordimiento y el horror que clavaba en él sus zarpas. Cuando se vio desamparada por él, perdió las ganas de recurrir a sus advocaciones más frecuentes. El orgullo le impedía pedirle ayuda a él. Dio la bienvenida al hambre, que para ella era la custodia de las puertas de la muerte, entre cuyos pliegues, sin pecado, no

 

tardaría en hallar reposo. Nadie acudía a verla mientras sus fuerzas flaqueaban.

 

Si moría, ¿dónde se hallaría constancia de un asesinato que pudiera compararse, en su crueldad, al que él habría cometido? ¿Qué ser abyecto más cruel en su maldad, qué alma condenada más merecedora de la perdición eterna? Mandó buscar a un médico. Pasaban las horas, que la incertidumbre convertía en siglos. A la oscuridad de la larga noche otoñal siguió el día, y sólo entonces su vida pareció a salvo. Entonces ordenó su traslado a un lugar más cómodo y permaneció a su lado para asegurarse de que seguía reponiéndose.

 

Cuando se hallaba así atenazado por la zozobra y el miedo, había recordado la fiesta que Perdita había organizado en su honor. En su honor, mientras la desgracia y la muerte se iban grabando, indelebles, sobre su nombre, en su honor, cuando por sus crímenes merecía el cadalso. Aquella era la peor de las burlas. Y sin embargo Perdita lo esperaba. Escribió unas líneas inconexas en un pedazo de papel en las que le informaba de que se encontraba bien, y ordenó a la casera que lo llevara a palacio y lo pusiera en manos de la esposa del Protector. La mujer, que no lo había reconocido, le preguntó desdeñosa cómo creía que iba a recibirla la primera dama, nada menos que el día en que tenía lugar una celebración. Raymond le entregó su anillo para asegurarle el crédito de los sirvientes. Así, mientras Perdita se ocupaba de los invitados y aguardaba impaciente la llegada de su señor, un mayordomo le hizo llegar la alianza y le informó de que una mujer pobre traía una nota que debía entregarle en mano.

 

La misión que le había sido encomendada azuzó la vanidad de la vieja chismosa, a pesar de no comprender su alcance pues, en realidad, seguía sin sospechar que el visitante de Evadne fuera lord Raymond. Perdita temía que se hubiera caído del caballo o que hubiera sufrido algún otro accidente, hasta que las respuestas de la mujer despertaron en ella otros miedos. Recreándose en un engaño ejercido a ciegas, la mensajera entrometida, si no maligna, no le habló de la enfermedad de Evadne. Pero sí le hizo un relato detallado de las frecuentes visitas de Raymond, salpicando su narración de unos detalles que, además de llevar a Perdita a convencerse de su veracidad, acentuaban la crueldad y la perfidia de Raymond. Y lo peor del caso era que su ausencia de la fiesta, que en su mensaje ni siquiera mencionaba, le parecía, a partir de las desgraciadas insinuaciones de aquella mujer, el más mortífero de los insultos. Observó de nuevo el anillo, con un pequeño rubí engarzado cuya forma se asemejaba a un corazón, y que ella misma le había regalado. Observó la letra del mensaje, que le resultaba inconfundible, y repitió sus palabras para sus adentros: «Te ordeno, te ruego, que no permitas que los invitados se extrañen de mi ausencia.» Mientras, la vieja arpía seguía hablando y le llenaba la

 

cabeza de una mezcla rara de verdades y mentiras. Finalmente Perdita le pidió que se retirara.

 

La pobre muchacha regresó a la reunión, donde su ausencia no había sido advertida. Buscó refugio en un rincón algo apartado, y apoyándose en una columna decorativa trató de recobrar la compostura. Se sentía paralizada. Posó la vista en las flores de un jarrón tallado. Ella misma las había dispuesto allí por la mañana, flores preciosas y exóticas. Incluso ahora, abrumada como estaba, observaba sus colores brillantes, sus formas angulosas.

 

-¡Divina encarnación del espíritu de la belleza! -exclamó-. No os marchitéis ni os lamentéis. Que la desesperanza que oprime mi corazón no se os contagie. ¿Por qué no seré yo partícipe de vuestra insensibilidad, de vuestro sosiego?

 

Se detuvo. «Y ahora, a mis tareas -prosiguió mentalmente-. Mis invitados no deben percatarse de la verdad, ni en lo que concierne a él ni en lo que concierne a mí. Obedezco. Nadie sabrá nada, aunque caiga muerta apenas el último de los asistentes abandone el palacio. Ellos contemplarán los antípodas de lo que es real, pues yo, ante ellos, apareceré viva, cuando en verdad estoy...

 

muerta.» Tuvo que hacer acopio de toda su presencia de ánimo para reprimir las lágrimas que aquella idea le provocaba. Lo logró tras mucho esfuerzo, y se volvió para reunirse con los demás.

 

Todo su empeño se concentraba ahora en camuflar su conflicto interior. Debía representar el papel de la anfitriona atenta; departir con todos los presentes; brillar como llama de alegría y gracia. Debía hacerlo aunque en su profunda aflicción ansiaba verse sola, y habría cambiado gustosamente los salones atestados por los recodos más umbríos de algún bosque, por un lúgubre monte engullido por las tinieblas. A pesar de ello, se mostraba alegre. No podía mantenerse en el término medio ni aparecer, como era su costumbre, como una joven plácida y conformada. Todo el mundo comentaba lo exaltado de su ánimo, y como toda acción de los más encumbrados por el rango se ve con buenos ojos, sus invitados elogiaban su felicidad aparente, aunque su risa sonara forzada y sus comentarios ingeniosos resultaran algo bruscos, cosas ambas que habrían bastado a un observador atento para desvelar su secreto. Ella mantenía la farsa, sintiendo que si se detenía un instante, las aguas represadas de su tristeza le inundarían el alma, que sus esperanzas rotas se elevarían en lamentos feroces, y que todos los que ahora ensalzaban su dicha se alejarían, temerosos, en presencia de las convulsiones de su desesperación. Sólo le proporcionaba consuelo, mientras contravenía con tal violencia su estado natural, la observación de un reloj iluminado, que le servía para contar el tiempo que había de transcurrir hasta que volviera a estar sola.

 

Finalmente los salones empezaron a vaciarse. Burlándose de sus propios

 

deseos, regañaba a los invitados que se ausentaban temprano. Uno a uno, todos acabaron por marcharse, y llegó el momento de estrechar la mano del último.

 

-¡Qué mano más húmeda y más fría! -le dijo su amigo-. Está demasiado fatigada. Acuéstese pronto.

 

Perdita esbozó una sonrisa vaga. El último invitado se marchó. El traqueteo del carruaje, que se perdía en la calle, confirmaba que al fin estaba sola. Entonces, como si algún enemigo quisiera darle alcance, como si tuviera alas en los pies, corrió hasta sus aposentos, ordenó a los criados que se retiraran, cerró las puertas y se tendió en el suelo. Mordiéndose los labios para sofocar los gritos, permaneció largo rato presa del buitre de la desesperación, esforzándose por no pensar, pero un remolino de ideas hacía nido en su corazón. Unas ideas, horrendas como furias, crueles como víboras, que pasaban por él tan vertiginosamente que parecían empujarse y herirse unas a otras, transportándola a ella a la locura.

 

Transcurrido largo rato se puso en pie, ya más entera, no menos triste. Se acercó a un gran espejo y observó su imagen en él reflejada. El vestido etéreo y elegante; las piedras preciosas que adornaban sus cabellos, rodeaban sus brazos y su cuello; sus pequeños pies, revestidos de satén; el tocado, brillante e intrincado; todo aparecía ante su semblante descompuesto y desgraciado como el hermoso marco que abrazara la pintura de una tempestad. «Soy un jarrón -pensó-, un jarrón rebosante de la esencia más amarga del desconsuelo. Adiós, adiós, Perdita, pobre niña. Ya nunca volverás a verte así. El lujo y las riquezas ya no son tuyos. En el exceso de su pobreza envidiarás al mendigo sin techo. Yo, más que él, carezco de hogar. Habito un desierto baldío que, ancho e infinito, no da ni flor ni fruto. En su centro se alza una roca solitaria a la que tú, Perdita, estás encadenada, y ves su extensión temible perderse en la lejanía.»

 

Abrió de par en par la ventana que daba al jardín del palacio. La luz libraba un combate con la oscuridad, y unas franjas de oro y rosa pálido teñían el cielo por el este. Solo una estrella titilaba en las profundidades de la atmósfera apenas encendida. El aire de la mañana sopló, fresco, sobre las hojas cubiertas de rocío y penetró en la estancia caldeada. «Todo sigue su curso -pensó Perdita-. Todo avanza, se marchita y muere. Cuando el mediodía termina y el día, fatigado, conduce sus bueyes hasta los establos de poniente, los fuegos del cielo se alzan por oriente y siguen su sendero acostumbrado, ascendiendo y descendiendo por las colinas celestes. Cuando completan su ciclo, la esfera empieza a proyectar por el oeste una sombra incierta: los párpados del día se abren y las aves y las flores, la vegetación desconcertada, la brisa fresca, despiertan. El sol aparece al fin, y en majestuosa procesión asciende hasta el capitolio del cielo. Todo sigue su curso, cambia y muere, excepto la tristeza

 

que siento en mi corazón doliente.

 

»Ah, todo avanza y cambia. ¿Puede sorprender entonces que el amor se dirija hacia su ocaso y que el señor de mi vida haya variado? Decimos que son fijas las estrellas del firmamento, y sin embargo vagan por llanuras lejanas, y si volviera a mirar donde miraba hace una hora, hallaría alterado el eterno rostro celestial. La luna voluble y los planetas inconstantes modifican todas las noches su errática danza; el propio sol, soberano de las alturas, abandona a diario su trono y deja sus dominios a la noche y el invierno. La naturaleza envejece y tiembla sobre sus miembros gastados. ¡La creación se arruina! ¿Puede sorprender, entonces, que el eclipse y la muerte hayan traído destrucción a la luz de tu vida, oh, Perdita?»

 

 

 

 

CAPÍTULO IX

 

 

Así de tristes y desordenados eran los pensamientos de mi pobre hermana cuando en ella se disipó toda duda de la infidelidad de Raymond. Sus virtudes y sus defectos se aliaron para que el golpe recibido fuera incurable. El afecto que profesaba por mí, su hermano, por Adrian y por Idris estaba sujeto, en realidad, a la pasión que dominaba su corazón: incluso su ternura maternal tomaba prestada la mitad de sus fuerzas de la dicha que sentía al recrear los rasgos y la expresión de Raymond en el semblante de su hija. Durante su infancia había sido reservada e incluso seria, pero el amor había suavizado las asperezas de su carácter, y su unión con Raymond había hecho que afloraran sus talentos y afectos. Ahora, traicionados unos y perdidos los otros, en cierto sentido retornó a su disposición anterior. El orgullo concentrado de su naturaleza, olvidado durante su sueño de felicidad, salió de su letargo, y con él lo hicieron los colmillos viperinos que llevaba clavados en el corazón. La humildad de su espíritu potenciaba la fuerza del veneno; la estima que sentía por sí misma aumentó mientras se vio distinguida con el amor de su hombre; pero ¿qué valía ahora que él la había apartado de sus preferencias? Se había ufanado de haberlo ganado para sí, y de mantenerlo, pero ahora otra se lo había arrebatado, y su confianza en sí misma se había enfriado más que un carbón empapado de agua.

 

Nosotros, en nuestro retiro, nos mantuvimos durante largo tiempo ignorantes de su desgracia. Poco después de la fiesta pidió que le mandaran a su hijita, y luego pareció olvidarnos. Adrian observó un cambio en ella durante una visita posterior. Pero no supo concretar su alcance ni adivinar sus causas. Marido y mujer seguían apareciendo juntos en público y vivían bajo el mismo techo. Raymond se mostraba cortés, como siempre, aunque en ocasiones

 

aflorara una altivez repentina o cierta brusquedad en sus maneras, que desconcertó a su buen amigo. Nada parecía nublar su frente, pero una vaga desidia habitaba sus labios y cierta aspereza asomaba a su voz. Perdita era todo amabilidad y atenciones para con su señor, pero apenas hablaba y se mostraba triste. Había adelgazado, se la veía pálida y con frecuencia los ojos se le llenaban de lágrimas. A veces observaba a Raymond como diciéndole: «¿Por qué tiene que ser así?» En otras ocasiones su semblante expresaba: «Seguiré haciendo todo lo que esté en mi mano para hacerte feliz». Pero Adrian leía a ciegas el carácter reflejado en su rostro, y podía equivocarse. Clara siempre la acompañaba, y parecía sentirse más cómoda cuando, en algún rincón apartado, podía sentarse sosteniendo la mano de su hija, callada y solitaria. A pesar de todo, Adrian no fue capaz de adivinar la verdad. Les invitó a visitarlos en Windsor, y ellos prometieron hacerlo durante el mes siguiente.

 

A su llegada se adelantó el mes de mayo, que pobló de hojas los árboles del bosque y los senderos de miles de flores. Supimos de su visita con un día de antelación, y a la mañana siguiente, muy temprano, Perdita llegó acompañada de su hija. Raymond no tardaría en reunirse con ellos, nos dijo; algunos asuntos lo habían retenido. Por lo que Adrian nos había explicado esperaba hallarla triste, pero, por el contrario, llegó con el mejor de los ánimos. Era cierto que había perdido peso, y que su mirada parecía algo perdida, y sus mejillas algo más hundidas, aunque teñidas de un resplandor brillante. Se mostró encantada de vernos. Acarició a nuestros hijos y se maravilló ante lo mucho que habían crecido y aprendido. Clara también se alegró de encontrarse de nuevo con su joven amigo, Alfred. Jugamos a mil cosas con ellos, y Perdita participó de buena gana. Nos transmitía su alegría, y mientras nos divertíamos en la terraza del castillo, se habría dicho que no era posible reunir grupo más alegre.

 

-Esto es mucho mejor, mamá -dijo Clara- que vivir en ese horrible Londres, donde tantas veces lloras, donde nunca ríes como ahora...

 

-Calla, tontita -replicó su madre-, y recuerda que todo el que mencione Londres será castigado con una hora en Coventry.

 

Raymond llegó poco después. No se sumó, como de costumbre, a nuestro espíritu festivo, y trabó conversación con Adrian y conmigo; gradualmente fuimos separándonos de nuestras compañeras. Finalmente, sólo Idris y Perdita se quedaron con los niños. Raymond nos habló de sus nuevos edificios, de su plan para mejorar la educación de los pobres. Como de costumbre, Adrian y yo empezamos a discutir, y el tiempo fue transcurriendo sin que nos diéramos cuenta.

 

Volvimos a reunirnos por la tarde. Perdita insistió en que tocáramos algo

 

de música. Dijo que quería ofrecernos una muestra de sus nuevos talentos, pues desde que vivía en Londres se había aplicado en su estudio, y cantaba, no con gran potencia, pero sí con dulzura. No nos permitió que seleccionáramos para ella melodías que no fueran alegres. De modo que recurrimos a todas las óperas de Mozart, de las que escogimos las arias más divertidas. Entre muchos otros atributos, la música de Mozart posee, más que ninguna otra, la apariencia de nacer del corazón; accedes a las pasiones que él expresa y te transporta hasta el dolor, la dicha, la ira o la confusión, de acuerdo con lo que él, maestro de nuestra alma, decida inspirarnos. Por un tiempo el espíritu de la hilaridad se mantuvo en lo más alto. Pero al fin Perdita se retiró del piano, pues Raymond se había sumado al trío de «Taci ingiusto core», de Don Giovanni, cuya condescendiente súplica él suavizó hasta hacerla tierna, y llenó su corazón de los recuerdos de un pasado que ya no existía. Era la misma voz, el mismo tono, los mismos sonidos y palabras que tantas veces, antes, él le había dedicado como homenaje de amor por ella. Pero ya no era así. Y la armonía del sonido, en discordancia con lo que expresaba, la llenó de pesar y desesperación. Poco después, Idris, que tocaba el arpa, atacó la apasionada y triste aria de Fígaro «Porgi, amor, qualche ristoro», en que la condesa, abandonada, lamenta el cambio del infiel Almaviva. En ella se expresa un alma tierna, doliente, y la dulce voz de Idris, sostenida sobre los acordes sentimentales de su instrumento, añadía emoción a las palabras. Durante la súplica con que, llena de patetismo, ésta concluye, un sollozo ahogado nos hizo volver la vista hacia Perdita. Los últimos compases la hicieron volver en sí, y abandonó a toda prisa la sala.

 

Fui tras ella. En un primer momento pareció que quería estar sola, pero ante mi insistencia sincera, acabó cediendo, se arrojó a mis brazos y exclamó:

 

-Una vez más, una vez más sobre tu pecho amigo, mi amado hermano, puede Perdita, la perdida, verter sus penas. Me he impuesto a mí misma la ley del silencio, y la he mantenido durante meses. Ahora mismo me equivoco al llorar, y me equivoco aún más al poner palabras a mi dolor. ¡No hablaré! Ha de bastarte con saber que soy desgraciada, ha de bastarte con saber que el velo de vida que llevo pintado es falso, que me hallo siempre envuelta en oscuridad y tinieblas, que soy hermana de la pena, y compañera del lamento.

 

Traté de consolarla. No le pregunté nada más y me limité a acariciarla, a transmitirle el más profundo de mis afectos y mi más sincero interés por los cambios de su fortuna.

 

-Palabras amables -exclamó ella entre lágrimas-, expresiones de amor que regresan a mis oídos como los sonidos de una música olvidada que en otro tiempo amé. Sé que son inútiles, inútiles del todo en su intento de aliviarme o consolarme. Querido Lionel: no puedes imaginar lo mucho que he sufrido en estos largos meses. Por mis lecturas he sabido de las plañideras de la

 

antigüedad, que se cubrían con tela de saco, se arrojaban polvo sobre la cabeza, comían el pan mezclado con cenizas y moraban en lo alto de montañas desoladas, reprochando al cielo y a la tierra sus desgracias. Pues ése es el único lujo de la pena, poder ir de día en día acumulando extravagancias, recrearse en la parafernalia de las miserias, unirse a todos los complementos de la desesperación. ¡Ah! Debo ocultar para siempre la desdicha que me consume. Debo tejer un velo de cegadora falsedad para ocultar mi pena a ojos vulgares, serenar el gesto, pintarme los labios con sonrisas engañosas... Ni siquiera estando sola me atrevo a pensar en lo extraviada que me hallo, por miedo a enloquecer y delatarme.

 

Las lágrimas y la agitación de mi pobre hermana hacían imposible que volviera con el resto, de modo que la convencí para que me dejara llevarla a los jardines. Mientras paseábamos por ellos, la persuadí para que me relatara su desgracia, con el argumento de que así aliviaría algo su pesada carga y de que, si existía algún remedio para su mal, podríamos encontrarlo y administrárselo.

 

Habían transcurrido varias semanas desde la fiesta de aniversario y ella no había logrado serenar su mente ni someter sus pensamientos al curso normal. En ocasiones se reprochaba a sí misma tomarse tan a pecho lo que muchos considerarían un mal imaginario. Pero aquel asunto no correspondía a la razón e, ignorante como era de los motivos y de la verdadera conducta de Raymond, las cosas para ella adquirían un aspecto aún peor que el que la realidad le mostraba. Su esposo apenas permanecía en palacio, y sólo lo hacía cuando el cumplimiento de sus deberes públicos le aseguraba que no habría de quedarse a solas con Perdita. Casi nunca se dirigían la palabra, evitando darse explicaciones, temiendo ambos cualquier justificación del otro. Sin embargo, de pronto las maneras de Raymond cambiaron. Parecía propiciar ocasiones para mostrarse de nuevo amable, y buscaba recobrar la intimidad. Su amor por ella parecía volver a fluir. No conseguía olvidar la devoción que había sentido por la mujer a la que había convertido en santuario y depósito en el que guardaba todas sus ideas, todos sus sentimientos. La vergüenza parecía retenerlo, y sin embargo era evidente que deseaba renovar su confianza y afecto. Desde que Perdita se había recuperado lo bastante como para trazar un plan de acción, ideó uno que entonces se dispuso a poner en práctica. Recibía amablemente aquellas muestras de amor y no rehuía su compañía. Pero se empeñaba en alzar una barrera que impedía una relación familiar o una discusión dolorosa, y Raymond, avergonzado y orgulloso a partes iguales, no lograba vencerla. Gradualmente él empezó a dar muestras de ira e impaciencia, y Perdita comprendió que no podía mantener el sistema que había adoptado. Debía darle alguna explicación, y como no reunía el valor para hablarle, le escribió esto:

 

Te ruego que leas esta carta con paciencia. No contiene ningún reproche. Pues sin duda el reproche es una palabra vana. ¿Qué habría de reprocharte?

 

Permíteme que trate de explicarte algo de mis sentimientos, pues si no lo hago, los dos avanzamos a tientas en la oscuridad, confundiéndonos, errando en el sendero que tal vez conduzca a uno de nosotros, al menos, hacia un modo de vida más deseable que el que ambos hemos seguido en estas últimas semanas.

 

Te he amado -te amo-, y ni la ira ni el orgullo me dictan estas líneas, sino un sentimiento que va más allá de ellos, que es más profundo y más inalterable que ellos. Mis afectos están heridos y veo imposible su curación. Cesa en tu vano empeño, si es a eso a lo que tiende. ¡El perdón! ¡El regreso! ¡Palabras vanas! Perdono el dolor que sufro, pero el sendero recorrido no puede volver a recorrerse.

 

El afecto común puede haberse satisfecho con los usos comunes. Yo creía que tú sabías leer en mi corazón y que sabías de su devoción, de su inalienable fidelidad hacia ti. Nunca he amado a ningún otro hombre. Tu llegaste a mí convertido en la personificación de mis sueños más deseados. El elogio de los hombres, el poder y las más altas aspiraciones te aguardaban en tu carrera. El amor que sentía por ti bañaba mi mundo de luces encantadas. Ya no caminaba sobre la tierra, la madre tierra común, que sólo proporciona la repetición manida y rancia de objetos y circunstancias que son viejas y gastadas. Yo vivía en un templo glorificado por la más intensa sensación de devoción y entrega. Como un ser consagrado caminaba contemplando sólo tu poder, tu excelencia.

 

Pues, oh, como mi juventud, te hallabas junto a mí transformando mi realidad en sueño revistiendo lo palpable y familiar

 

con el dorado aliento del alba.

 

«Mi vida se ha marchitado», no existe día en esta noche perpetua. Al sol poniente de este amor no le sigue sol naciente. En aquellos días el resto del mundo no era nada para mí. Jamás consideré a los demás hombres, ni me fijé en lo que eran. Ni te veía como a uno de ellos. Separado de ellos, exaltado en mi corazón, poseedor único de mis afectos, objeto exclusivo de mis esperanzas, la mejor mitad de mí misma.

 

¡Ah, Raymond! ¿No éramos felices? ¿Brillaba el sol sobre alguien que gozara de su luz con dicha más pura y más intensa? No fue, no es, de una infidelidad ordinaria de lo que me lamento. Es de la desunión de un todo que no tenía partes. Es de la despreocupación con que te has despojado del manto de divinidad con que a mis ojos te hallabas investido, y te has convertido en

 

uno entre tantos. No sueñes siquiera con alterar esto. ¿Acaso no es el amor una divinidad, pues es inmortal? ¿Acaso no me veía yo santificada, incluso ante mí misma, porque este amor había escogido mi corazón por templo? Yo te he contemplado mientras dormías, me he emocionado hasta las lágrimas al pensar que todo lo que poseía yacía acurrucado en aquellos rasgos idealizados pero mortales que aparecían ante mí. E incluso entonces reprimía mis crecientes temores con una idea: no he de temer la muerte, pues las emociones que nos unen deben ser inmortales.

 

Y ahora no temo la muerte. Cerraré con gusto los ojos y no volveré a abrirlos más. Más sí la temo, como siento temor de todo, pues en cualquier estado del ser encadenado a este recuerdo, la felicidad no ha de regresar. Incluso en el paraíso debo sentir que tu amor era menos duradero que los latidos mortales de mi frágil corazón, cuyos mazazos golpean con fuerza.

 

La nota fúnebre del amor

 

bien enterrado, sin resurrección.

 

No, no, miserable de mí. ¡Para el amor extinto no hay resurrección! Y sin embargo te amo. Y sin embargo, y por siempre, contribuiré con todo lo que tengo para lograr tu bien. Por las habladurías. Por el bien de mi... de nuestra hija, me quedaría a tu lado, Raymond, compartiría tu suerte, formaría parte de tu consejo. ¿Ha de ser así? Ya no somos amantes, ni puedo considerarme amiga tuya ni de nadie pues, perdida como estoy, no tengo tiempo más que para mi desgracia. Pero me complacerá verte todos los días. Oír que la voz pública te alaba, ser testigo del amor paternal que prodigas a nuestra niña, oír tu voz, saber que me hallo cerca de ti, aunque ya no seas mío.

 

Si deseas romper las cadenas que nos unen, dilo y así se hará. Yo cargaré con las culpas de la insensibilidad y la crueldad a ojos del mundo.

 

Pero, como ya he dicho, hallaré placer, al menos por el momento, viviendo contigo bajo el mismo techo. Cuando la fiebre de mi juventud se apague, cuando la edad plácida aplaque al buitre que me devora, tal vez regrese la amistad, ya muertos el amor y la esperanza. ¿Podrá ser cierto? ¿Podrá mi alma, inextricablemente unida a este cuerpo perecedero, aletargarse y enfriarse a medida que este mecanismo sensible pierda su elasticidad juvenil? Entonces, con ojos apagados, canas en el pelo y la frente arrugada, aunque ahora las palabras suenen huecas y carentes de sentido, entonces, tambaleándome al borde de mi tumba tal vez vuelva a ser... tu amiga sincera y cariñosa.

 

Perdita

 

La respuesta de Raymond fue breve. ¿Qué respuesta podía dar a sus quejas, a los lamentos en los que celosamente se recreaba, excluyendo toda posibilidad de reparación? «A pesar de tu amarga carta -le escribió-, pues así

 

debo llamarla, eres la persona más importante de mi estimación, y es tu felicidad la que principalmente me mueve. Haz lo que estimes mejor para ti. Y si recibes más gratificación con un modo de vida que con otro, no permitas que yo suponga ningún obstáculo. Preveo que el plan que describes en tu carta no durará mucho. Pero eres dueña de ti misma, y es mi más sincero deseo contribuir, hasta donde tú me permitas, a tu felicidad.»

 

-Raymond ha sido buen profeta -dijo Perdita-, pues ah, así ha de ser. La vida que llevamos no puede durar mucho, aunque no seré yo la que proponga alterarla. Él ve en mí a alguien a quien ha herido de muerte. Y yo no extraigo ninguna esperanza de su amabilidad. Ni la mejor de sus intenciones bastaría para hacer posible un cambio. Así como Cleopatra se hubiera podido adornar con el vinagre que contenía su perla en él disuelta, así yo me conformaré con el amor que Raymond puede ofrecerme.

 

Admito que yo no veía su infortunio con sus mismos ojos. Creía firmemente que la herida podía sanar y que, si seguían juntos, así acabaría siendo. Por tanto, traté de aliviar y suavizar su mente, aunque tras múltiples intentos desistí de esa tarea imposible. Perdita me escuchó con impaciencia y me respondió con cierta aspereza.

 

-¿Crees que alguno de tus argumentos me es nuevo? ¿O que mis fervientes deseos y mi intensa angustia no me los han sugerido todos mil veces, con más convicción y sutileza de las que tú puedes poner en ellos? Lionel, tú no puedes entender qué es el amor de una mujer. En los días felices me repetía con frecuencia, con corazón agradecido y espíritu exaltado, que Raymond lo había sacrificado todo por mí. Yo era una muchacha pobre, sin educación, sin amigos, una montañesa a la que él había sacado de la nada. Todos los lujos de la vida que poseía, los poseía gracias a él. Él me dio un nombre ilustre y una noble posición. El respeto que me tenía el mundo nacía de su gloria. Y todo ello, sumado a su amor infatigable, me inspiraba por él unas sensaciones tan intensas como las que sentimos por quien nos ha dado la vida. Yo sólo le daba amor. Me entregué a él con devoción. Imperfecta como era, me esforcé en la tarea de llegar a ser digna de él. Moderé mi humor cambiante, controlé la impaciencia de mi carácter, eduqué mis pensamientos egocéntricos, formándome hasta alcanzar la mayor perfección de que era capaz, para que el fruto de mis esfuerzos le hiciera feliz. No me atribuyo ningún mérito en ello, pues todo el mérito es suyo; todo el esfuerzo, toda la devoción, todo el sacrificio. Yo habría escalado unos inescalables Alpes para coger una flor que le gustara; estaba dispuesta a abandonaros a todos vosotros, mis amados y excepcionales compañeros, y a vivir por y para él. No podía ser de otro modo, aunque yo misma lo hubiera querido, porque si se afirma que tenemos dos almas, él era la mejor de las dos que yo poseía, y la otra era su eterna esclava. Sólo una cosa me debía, a cambio. Una fidelidad recíproca. Me la había

 

ganado, la merecía. Por haber nacido en las montañas, sin relación con los nobles y los ricos, ¿cree que puede pagarme degradando mi nombre y condición? Que se quede ambas, pues sin su amor no son nada para mí. A mis ojos, su único valor era que le pertenecían.

 

Perdita siguió hablando con la misma pasión. Cuando planteé su posible separación definitiva, ella respondió:

 

-¡Que así sea! Algún día llegará ese momento. Lo sé, lo siento. Pero en esto soy cobarde. Esta relación imperfecta, esta farsa que es nuestra unión, me resulta extrañamente querida. Admito que me resulta dolorosa, destructiva, impracticable. Contagia mis venas de una fiebre constante; hurga en mi herida incurable; destila veneno. Y sin embargo debo aferrarme a ella. Tal vez me mate pronto, y así me brinde un último servicio.

 

Entretanto Raymond se había quedado con Adrian e Idris. Su franqueza natural, unida a lo prolongado de mi ausencia y la de Perdita, le llevaron a buscar alivio a la tensión de los últimos meses en la confidencia compartida con sus dos amigos. Les relató la situación en que había hallado a Evadne. Al principio, por consideración hacia Adrian, les ocultó su nombre, que de todos modos reveló en el transcurso de su relato. Quien fue su enamorado escuchó con gran agitación la historia de sus sufrimientos. En su día, Idris había compartido con Perdita su mala opinión sobre la griega. Pero las explicaciones de Raymond la suavizaron, y se interesó por su suerte. La constancia de Evadne, su fortaleza, incluso su amor no correspondido, eran motivo de admiración y lástima. Y más cuando, según lo sucedido el diecinueve de octubre, parecía claro que la joven prefería el sufrimiento y la muerte a la degradación que, a sus ojos, le supondría recurrir a la conmiseración y la ayuda de su amado. Su comportamiento posterior no podía sino causar un aumento de ese interés por su persona. Al principio, liberada del hambre y de la muerte, cuidada por Raymond con gran tesón y dulzura, imbuida de esa sensación de serenidad que da la convalecencia, Evadne se dejó arrastrar por el amor y el agradecimiento extático. Pero con la salud regresó el juicio: le preguntó por los motivos que habían causado su prolongada ausencia. Planteaba sus dudas con sutileza griega y llegó a sus conclusiones con la decisión y la firmeza que eran propias de su carácter. No imaginaba que la brecha que había abierto entre Raymond y Perdita era ya insalvable, pero sabía que, si las cosas seguían como estaban, se ensancharía cada vez más, y que la felicidad de su amado se destruiría, desgarrada por las zarpas del remordimiento. Desde el instante mismo en que vislumbró el camino correcto que debía seguir, decidió emprenderlo y alejarse de Raymond para siempre. Sus pasiones conflictivas, su amor largamente esperado, la decepción que ella misma se infligía, le hacían contemplar la muerte como el único refugio contra sus desdichas. Pero los mismos sentimientos y opiniones que antes la habían

 

reprimido, actuaban ahora con fuerza redoblada. Pues sabía que la conciencia de que había sido él el causante de su muerte le perseguiría toda la vida, envenenando toda alegría, nublando toda posibilidad de futuro. Además, aunque la intensidad de su angustia le hacía odiar la vida, todavía no había causado en ella esa sensación monótona, letárgica, de tristeza perpetua que es la que, en gran medida, lleva al suicidio. Su presencia de ánimo la empujaba a seguir combatiendo contra los infortunios de la vida, e incluso los relativos al amor no correspondido se presentaban más como adversario a batir que como victorias a las que debía someterse. Además contaba con el recuerdo de muestras de ternura, sonrisas, palabras e incluso lágrimas con las que consolarse, pues aunque las recordaría con pena y dolor, las prefería al olvido con que las cubriría la tumba. Era imposible adivinar qué planeaba. La carta que escribió a Raymond no revelaba nada al respecto; en ella le aseguraba que no tenía intención de abandonar este mundo y le prometía perseverar para, tal vez, algún día presentarse ante él en un estado más digno de ella. Y concluía, recurriendo a la elocuencia de la desesperación y el amor inalterable, despidiéndose de él para siempre.

 

Ahora Adrian e Idris quedaban al corriente de todas aquellas circunstancias. Raymond lamentaba el inconsciente daño que había infligido a Perdita. Y declaró que, a pesar de la dureza, de la frialdad de su esposa, seguía queriéndola. Ya en una ocasión se había mostrado dispuesto, con la humildad de un penitente, con el deber de un vasallo, a rendirse a ella, a abandonar el alma misma a su tutela, a convertirse en su pupilo, su esclavo, su lacayo. Ella había rechazado aquellas aproximaciones, y el tiempo de aquella absoluta sumisión, que debe basarse en el amor y alimentarse de él, había pasado. A pesar de ello, sus deseos y esfuerzos los orientaba a que ella alcanzara la paz, y su principal inquietud nacía de sentir que se empeñaba en vano. Si ella seguía manteniéndose inflexible en el comportamiento que demostraba, deberían separarse. La combinaciones y posibilidades de la absurda relación que mantenían lo estaban llevando a la locura. Con todo, no pensaba proponer él la separación. Lo atormentaba el miedo de causar la muerte a cualquiera de las personas implicadas en aquellos hechos; y no se decidía a dirigir el curso de los acontecimientos, no fuera a suceder que, ignorante de la tierra que atravesaba, condujera a la ruina a quienes le acompañaban en el viaje.

 

Tras aquellas explicaciones, que se demoraron durante varias horas, se despidió de sus amigos y regresó a la ciudad, pues no deseaba reunirse con Perdita en nuestra presencia, consciente, como nosotros, de las ideas que ocuparían las mentes de ambos. Perdita se mostró dispuesta a seguirle, acompañada de su hija. Idris trató de convencerla para que se quedara. Mi pobre hermana observaba con aprensión a su consejera. Sabía que Raymond había conversado con ella. ¿Le habría instigado él a hacer aquella petición? ¿Iba a ser aquél el preludio de su separación definitiva? Ya he escrito que los

 

defectos de su carácter despertaron y adquirieron nuevo vigor a causa de la posición nada natural en que se encontraba. La invitación de Idris suscitaba sus sospechas. Me abrazó, como si también estuviera a punto de verse privada de mi afecto. Diciéndome que yo era algo más que su hermano, que era su único amigo, su última esperanza, me rogó con gran patetismo que no dejara de quererla, y con creciente angustia partió hacia Londres, el escenario y la causa de todas sus desgracias.

 

Las escenas que siguieron la convencieron de que no había alcanzado aún el fondo del abismo insondable en que había caído. Su infelicidad adoptaba nuevas formas cada día. Y cada día algún hecho inesperado parecía culminar la sucesión de calamidades que se cernían sobre ella, aunque éstas en realidad seguían produciéndose.

 

La pasión más destacada del alma de Raymond era la ambición. La rapidez de su talento, su capacidad para adivinar y encabezar las disposiciones de los hombres, el deseo sincero de destacar eran instigador y alimento de aquella ambición. Pero otros ingredientes se mezclaban con éstos, y le impedían convertirse en la persona calculadora y decidida que conforma al héroe de éxito. Era obstinado sin ser firme; benevolente en sus primeros pasos; duro e implacable cuando se lo provocaba. Y sobre todo carecía de remordimientos y no cedía en la persecución de cualquier objeto de su deseo, aunque fuera indigno. El amor por el placer y los estímulos voluptuosos de la naturaleza constituían una parte prominente de su carácter y conquistaban al conquistador, reteniéndolo en el momento mismo en que había de alcanzar su objetivo, retirándole la red de su ambición, haciéndole olvidar el esfuerzo de semanas por culpa de un momento de indulgencia, de entrega al nuevo objeto de sus deseos. Obedeciendo a esos impulsos se había casado con Perdita; alimentándose de ellos, se había visto convertido en amante de Evadne. Y ahora las había perdido a las dos. Carecía del consuelo que proporciona la renuncia asumida y que nace de la constancia, y también de la sensación voluptuosa de entrega a la pasión prohibida pero embriagadora. Su corazón había quedado exhausto tras los recientes acontecimientos, y sentía destruido su goce de la vida por el resentimiento de Perdita y la huida de Evadne. La inflexibilidad de aquélla grabó el último sello sobre la aniquilación de sus esperanzas. Mientras su desunión se había mantenido en secreto, albergaba el sueño de despertar de nuevo la antigua ternura en su pecho. Pero ahora que todos estábamos al corriente de lo sucedido y de que Perdita, tras declarar sus intenciones a otros, en cierto modo se comprometía a mantenerlas, renunció a la idea de la reconciliación y persiguió sólo -ya que era incapaz de persuadirla para que cambiara- conformarse con el mantenimiento de aquel estado de cosas. Hizo votos contra el amor y su sucesión de luchas, desengaños y remordimientos, y en el mero goce sensual buscó el remedio a los caminos injuriosos de la pasión.

 

El embrutecimiento del carácter es la consecuencia de tales tendencias. Y sin embargo, en su caso no habría sobresalido con tanta inmediatez si Raymond hubiera seguido aplicándose en la ejecución de sus planes para el beneficio público y en cumplimiento de sus deberes de Protector. Pero, extremo en todo, entregado a las impresiones más inmediatas, se zambulló con ahínco en su nueva búsqueda de placeres y se entregó a las incongruentes intimidades ocasionadas por ella sin previsión ni reflexión alguna. La cámara del consejo quedó desierta; las multitudes que acudían a él en tanto que agentes de sus varios proyectos eran ignoradas. Las fiestas, e incluso el libertinaje, estaban a la orden del día.

 

Perdita asistía con espanto al creciente desorden. Durante un tiempo le pareció que podría detener el torrente, que Raymond atendería a sus razones. ¡Vana esperanza! Los tiempos de su influencia habían quedado atrás. La escuchó con altivez, le replicó desdeñoso y, si en algo logró despertar su conciencia, fue precisamente para empujarlo más aún al desorden con que trataba de olvidar los zarpazos del remordimiento. Con su determinación natural, Perdita trató entonces de suplantar su puesto. Su unión aparente había de permitirle hacer mucho. Pero a fin de cuentas ninguna mujer podía aportar el remedio a la creciente negligencia del Protector, un protector que, al parecer sumido en un paroxismo de demencia, despreciaba toda ceremonia, todo orden, todo deber, y se entregaba a la vida licenciosa.

 

Noticias de aquel proceder extraño llegaron a nuestros oídos, y dudábamos sobre qué método adoptar para devolver a nuestro amigo a sí mismo y al país cuando Perdita vino a vernos. Nos detalló el deterioro de su conducta y nos suplicó a Adrian y a mí que nos trasladáramos a Londres y tratáramos de poner remedio al creciente mal.

 

-Decidle -nos rogó- decidle a lord Raymond que mi presencia no le molestará más. Que no debe entregarse más a esa disipación destructiva para causarme disgusto y conseguir que lo abandone. Ha logrado su propósito: no volverá a verme más. Pero dejadme, es lo último que os pido, dejadme que busque justificar la decisión que tomé en mi juventud en las alabanzas de sus conciudadanos y en la prosperidad de Inglaterra.

 

Mientras nos dirigíamos a la ciudad, Adrian y yo conversamos y discutimos sobre la conducta de Raymond, sobre su abandono de las esperanzas de excelencia permanente que había mantenido, y que nos había llevado a compartir. Mi amigo y yo nos habíamos educado en la misma escuela o, mejor dicho, yo había sido alumno suyo en la opinión de que la adhesión inquebrantable a los principios era el único camino hacia el honor; que una estricta observancia de las leyes de utilidad general constituía la única meta razonada de la ambición humana. Pero aunque los dos compartíamos esas ideas, diferíamos en su aplicación. El resentimiento se añadía, en mi caso,

 

a mi censura, y reprobaba la conducta de Raymond en términos severos. Adrian se mostraba más benévolo, más considerado. Admitía que los principios que yo defendía eran los mejores, pero negaba que fueran los únicos. Recurriendo a una cita del Libro: «En la casa de mi padre muchas moradas hay», insistía en que los modos de llegar a ser bueno, o grande, variaban tanto como las disposiciones de los hombres, de quienes podía decirse que, como las hojas de los árboles del bosque, no había dos iguales.

 

Llegamos a Londres sobre las once de la noche. A pesar de lo que habíamos oído, creíamos que lo hallaríamos en Saint Stephen, y allí nos dirigimos. La cámara estaba llena, pero del Protector no había ni rastro, y en los semblantes de los dirigentes asomaba un contenido malestar que, combinado con los susurros y los comentarios quedos de sus inferiores, no hacían presagiar nada bueno. Nos dirigimos con presteza al palacio del Protectorado, donde hallamos a Raymond con otras seis personas. Las botellas circulaban alegremente y su contenido ya había logrado entorpecer el entendimiento de una o dos de ellas. El que había tomado asiento junto a Raymond contaba una historia que causaba las risotadas convulsas de los demás.

 

Aunque Raymond se hallaba sentado entre ellos y participaba de la animación de la velada, no desertaba de su natural dignidad. Podía mostrarse alegre, jocoso, encantador, pero no iba más allá del decoro natural ni del respeto que se debía a sí mismo, por más atrevidos que fueran sus agudos comentarios. Sin embargo reconozco que, teniendo en cuenta la tarea que había asumido al convertirse en Protector de Inglaterra, y las obligaciones que le correspondía atender, sentí una creciente consternación al observar a las personas indignas con las que malgastaba su tiempo, así como su espíritu jovial, por no decir ebrio, que parecía a punto de despojarlo de lo mejor de sí mismo. Permanecí de pie, contemplando la escena, mientras Adrian avanzaba como una sombra entre los presentes y, con una sola palabra y una mirada sobria, trataba de restaurar el orden en la reunión. Raymond se mostró encantado de verlo y lo invitó a sumarse a la velada festiva.

 

La reacción de Adrian me enfureció, pues aceptó sentarse a la misma mesa que los compañeros de Raymond, hombres de carácter débil, o carentes por completo de él, deshechos de alta cuna, deshonra de su país.

 

-Permítanme instar a Adrian -exclamé- a que no acepte, y a que se una a mi intento de apartar a lord Raymond de este escenario y devolverlo a otras compañías.

 

-Querido camarada -dijo Raymond-. Este no es momento ni lugar para pronunciar una lección de moral. Deberá bastarte mi palabra si te aseguro que mis diversiones y mis compañías no son tan malas como imaginas. Nosotros

 

no somos hipócritas ni necios. En cuanto a los demás, «¿crees acaso que, por ser tú virtuoso, no ha de haber más pasteles ni cerveza?»

 

Aparté la vista de él, airado.

 

-Verney -dijo Adrian-, te muestras muy cínico, siéntate. O no lo hagas, pues, como no eres un visitante asiduo, tal vez lord Raymond te complazca y, tal como habíamos acordado ya, nos acompañe al Parlamento. -Raymond lo miró fijamente; sólo veía bondad en sus dulces rasgos. Se volvió hacia mí, observando burlón mi gesto adusto y serio-. Vamos -prosiguió Adrian-. Me he comprometido por ti, así que permíteme cumplir mi palabra. Ven con nosotros.

 

Raymond se revolvió en su silla, incomodado.

 

-¡No iré! -fue su respuesta.

 

Entretanto el grupo se había dispersado. Unos miraban las pinturas que colgaban de las paredes, otros se trasladaban a otros aposentos, sugerían una partida de billar... Uno a uno fueron desapareciendo. Raymond caminaba por la estancia de un lado a otro, enfurecido. Yo estaba dispuesto a soportar sus reproches y a devolvérselos. Adrian se apoyó en la pared.

 

-Esto es del todo ridículo -exclamó-. Ni siendo colegiales podríais comportaros de modo más absurdo. No comprendéis -prosiguió- que esto forma parte de un sistema, de un plan de tiranía al que no me someteré nunca. ¿Acaso por ser el Protector de Inglaterra debo ser el único esclavo del imperio? ¿Mi privacidad ha de verse invadida? ¿Mis acciones censuradas, mis amigos insultados? Pero pienso librarme de todo esto. Vosotros seréis testigos -se arrancó del pecho la estrella, insignia de su cargo, y la arrojó sobre la mesa-. Renuncio a mi cargo, abdico de mi poder... ¡Que lo asuma quien quiera!

 

-Deja que lo asuma -declaró Adrian- aquél que se pronuncie superior a ti o aquél a quien el mundo así lo pronuncie. No existe hombre en Inglaterra con semejante presunción. Conócete a ti mismo, Raymond, y tu indignación cesará, y tu complacencia regresará. Hace unos meses, cuando rezábamos por la prosperidad de nuestro país, de nosotros mismos, rezábamos al mismo tiempo por la vida y la salud del Protector, que estaba indisolublemente unido a aquélla. Dedicabas tus días a nuestro beneficio, tu ambición era obtener nuestra aprobación. Embellecías nuestras ciudades con edificios, nos entregabas establecimientos útiles, sembrabas nuestro suelo de fertilidad y abundancia. Los poderosos y los injustos se acobardaban ante los pasos de tu buen juicio, y los pobres y los oprimidos se alzaban como flores matutinas bajo el sol de tu protección. ¿Te sorprende que nos sintamos todos horrorizados y tristes al constatar que todo parece haber cambiado? Pero ven, este arrebato tuyo ya ha pasado. Retoma tus funciones. Tus partidarios lo

 

celebrarán. Tus detractores guardarán silencio. Volveremos a manifestarte nuestro amor, honor y deber. Domínate a ti mismo, Raymond, y el mundo se someterá a ti.

 

-Todo lo que dices sería muy sensato si lo hubieras dicho de otro -replicó Raymond-. Aplícate a ti mismo la lección, y tú, primer noble del país, podrás convertirte en soberano. Tú, el bueno, el sabio, el justo, gobernarás todos los corazones. Ahora me percato, demasiado pronto para mi propia felicidad, demasiado tarde para el bien de Inglaterra, de que asumí una tarea que me supera. No sé ni gobernarme a mí mismo. Me dominan mis pasiones, mi más pequeño impulso es mi tirano. ¿Crees que renunciaría al Protectorado, y he renunciado a él, en un arrebato de ira? Como hay Dios juro que no volveré a lucir esta insignia. No volveré a cargar sobre mis espaldas el peso de la preocupación y la desgracia de la que esa estrella es signo visible. En otro tiempo deseé ser rey. Fue en el cénit de mi juventud, en el orgullo de mi locura infantil. Me conocía cuando renuncié a serlo. Mi renuncia me trajo una ganancia, no importa cuál, pues ahora también la he perdido. Durante muchos meses me he entregado a esta farsa de majestad, a esta bufonada solemne. Pero basta de necedades. Seré libre.

 

»He perdido lo que adornaba y confería dignidad a mi existencia, lo que me unía a los otros hombres. Vuelvo a ser un solitario. Y volveré a ser, como en mis primeros años, un viajero, un soldado de la fortuna. Amigos míos, pues a ti, Verney, te siento amigo, no tratéis de disuadirme. Perdita, casada con una quimera, inconsciente de lo que se oculta tras el velo, con un carácter en verdad imperfecto y vil, ha renunciado a mí. Con ella me bastaba para representar el papel de soberano. Y en los recodos de vuestro bosque amado jugábamos a las máscaras y nos creíamos pastores de la Arcadia, entregándonos a la imaginación momentánea. De modo que acepté, más por Perdita que por mí mismo, asumir el personaje de uno de los grandes de la tierra, conducirla a los escenarios de la grandeza, alterar su vida con un acto breve de magnificencia y poder. Con él pondríamos el color; el amor y la confianza, por su parte, serían la sustancia de nuestra vida. Pero debemos vivir nuestras vidas, no representarlas. Siguiendo una sombra, perdí la realidad. Ahora renuncio a ambas.

 

»Adrian, me dispongo a regresar a Grecia, a convertirme de nuevo en soldado, tal vez en conquistador. ¿Me acompañarás? Contemplarás nuevos paisajes, conocerás a otras gentes, serás testigo de la poderosa lucha que allí libran la civilización y la barbarie, presenciarás, y tal vez dirigirás los esfuerzos de una población joven y vigorosa por alcanzar la libertad y el orden. Ven conmigo. Te esperaba. Esperaba este momento, todo está dispuesto. ¿Me acompañarás?

 

-Lo haré -respondió Adrian.

 

-¿Inmediatamente?

 

-Mañana mismo, si así lo deseas.

 

-¡Reflexionad! -exclamé yo.

 

-¿Para qué? -preguntó Raymond-. Mi querido amigo, llevo todo el verano reflexionando sobre este asunto. Y no dudes de que Adrian ha condensado una era de reflexión en este breve instante. No hables de reflexión: a partir de este momento, reniego de ella. Este es mi único momento de felicidad en mucho tiempo. Debo ir, Lionel, los dioses me lo ordenan, y debo hacerlo. No trates de privarme de mi compañero, de mi amigo desheredado.

 

»Una palabra más sobre la cruel e injusta Perdita. Durante un tiempo pensé que, observando obediencia durante un momento, alimentando las cenizas aún calientes, podría devolverle el fuego del amor. Pero hay más frío en ella que en una hoguera abandonada por los gitanos en invierno, cuyos carbones apagados yacen bajo una pirámide de nieve. Luego, tratando de ir en contra de mi naturaleza, no logré sino empeorar las cosas. Con todo, sigo pensando que el tiempo, e incluso la ausencia, me la devolverá. Recuerda que sigo amándola, que mi mayor esperanza es que vuelva a ser mía. Aunque ella lo ignora, yo sí sé cuán falso es el velo con que ha cubierto la realidad. No trates de rasgar esa capa de engaño, mas retírala lentamente. Ponla frente a un espejo para que pueda conocerse. Y cuando sea ducha en esa ciencia necesaria pero difícil, se preguntará por el error que ahora comete, y se aprestará a devolverme lo que por derecho me pertenece, su perdón, sus buenos pensamientos, su amor.

 

 

 

 

CAPÍTULO X

 

 

Tras aquellos acontecimientos, tardamos largo tiempo en recobrar cierto grado de compostura. Una tempestad moral había hundido nuestra pesada barca y nosotros, supervivientes de una menguada tripulación, nos sentíamos aterrorizados por las pérdidas y los cambios que habíamos vivido. Idris amaba apasionadamente a su hermano, y mal podía tolerar una ausencia de duración incierta. A mí mismo, su querida compañía me hacía mucha falta; había iniciado con gusto una ocupación literaria bajo su tutela y asistencia; la tolerancia de sus planteamientos, sus razonamientos sólidos y la amistad entusiasta que prodigaba lo convertían en el mejor ingrediente, en el espíritu exaltado de nuestro círculo. Incluso los niños lamentaron la pérdida de su bondadoso compañero de juegos. Perdita se hallaba sumida en una pena aún más profunda. A pesar de su resentimiento, ni de día ni de noche dejaba de imaginar las fatigas y los peligros de los viajeros. Raymond ausente, luchando

 

contra las dificultades, perdido el poder y el rango que le otorgaba el Protectorado, expuesto a los avatares de la guerra, se había convertido en objeto de su zozobra e interés. No es que deseara su regreso, si por regreso se entendía una vuelta a su anterior unión, pues tal escenario le resultaba inconcebible. Así, mientras eso creía, y lamentaba angustiada que las cosas hubieran llegado hasta ese punto, no dejaba de sentir ira e impaciencia por el causante de sus desgracias. Aquellas perplejidades y lamentaciones la llevaban a empapar la almohada con lágrimas nocturnas y a convertir su persona y su mente en vaga sombra de lo que había sido. Procuraba estar sola y nos evitaba cuando, alegres y derrochando afecto, nos reuníamos en familia. Sus únicos pasatiempos eran la reflexión solitaria, los largos paseos y la música solemne. Incluso descuidaba a su hija; cerrando su corazón a toda ternura, se mostraba reservada conmigo, su mejor y más entregado amigo.

 

Yo no podía verla de ese modo sin tratar de remediar su mal, que no tenía remedio, lo sabía, a menos que lograra reconciliarla con Raymond. Antes de la partida de éste recurrí a todos los argumentos, a todas las persuasiones, para inducirla a que impidiera aquel viaje. Ella respondía a éstas con un torrente de lágrimas, asegurándome que la vida y los bienes de la vida no bastaban para persuadirla. No era voluntad lo que le faltaba, sino capacidad; declaraba una y otra vez que resultaría más fácil encadenar el mar, poner riendas a las ráfagas invisibles del viento, que hacerle tomar por verdad la falsedad, por sinceridad el engaño, por amor fiel y verdadero la unión cruel. A mis razonamientos replicaba con mayor brevedad, declarando, desdeñosa, que la razón era suya; y que hasta que pudiera convencerla de que el pasado podía deshacerse, de que la madurez podía retroceder hasta la cuna y de que todo lo que era podía tornarse en lo que no había sido nunca, resultaría inútil que le asegurara que en su destino no había tenido lugar ningún cambio. Y así, con terco orgullo consintió que se fuera, aunque las fibras mismas de su corazón se rasgaron cuando se consumó la partida, que alejaba de su vida todo lo que estimaba valioso.

 

Para que se aireara, y para que nosotros también cambiáramos de aires, cubiertos como estaban por la nube que se había posado sobre nuestras cabezas, convencí a las dos compañeras que me restaban que sería mejor que nosotros también nos ausentáramos por un tiempo de Windsor. Visitamos el norte de Inglaterra, mi Ullswater natal, y nos recreamos en unos paisajes que despertaban mis recuerdos. Proseguimos viaje hasta Escocia para conocer los lagos Katrine y Lomond. Desde allí nos dirigimos a Irlanda, donde, en la vecindad de Killarney, nos instalamos durante varias semanas. El cambio de escenario operó en gran medida las modificaciones que esperaba. Tras un año de ausencia, Perdita volvió a mostrarse más amable y más dócil que en Windsor. Pero el regreso la alteró de nuevo por un tiempo. Allí todos los lugares parecían cargados de unos recuerdos que se habían vuelto amargos

 

para ella. Los claros del bosque, los helechos, las lomas cubiertas de hierba, el paisaje cultivado y alegre que se extendía junto al camino plateado del Támesis, todo le hablaba al unísono inspirado por la memoria, cargado de pesares y lamentos.

 

Pero mi intento de devolverla a una percepción más lúcida de sí misma no se detuvo ahí. Perdita seguía siendo, en gran medida, una persona sin formación. Cuando abandonó su vida campesina y pasó a residir con la culta y elegante Evadne, el único arte en el que alcanzó cierta perfección fue el de la pintura, para el que poseía unas aptitudes rayanas en la genialidad. Con ella se había entretenido en su casa solitaria, cuando abandonó la protección de su amiga griega. Pero ahora paleta y caballete permanecían olvidados; cuando trataba de pintar los recuerdos la atormentaban, la mano le temblaba y los ojos se le anegaban en llanto. Junto con aquella ocupación, había renunciado también a casi todas las demás. Y su mente se reconcomía en sí misma hasta conducirla casi a la locura.

 

Yo, por mi parte, desde los tiempos en que Adrian abandonó mi remota morada en busca de su propio paraíso de orden y belleza, me había empapado de literatura. Estaba convencido de que, por más que las cosas hubieran sido de otro modo en épocas remotas, en el presente estadio del mundo las facultades del hombre no podían desarrollare, los principios morales del hombre no podían progresar, sin que existiera un contacto continuado con los libros. Para mí éstos equivalían a una carrera activa, a la ambición, así como a otras emociones palpables que resultan necesarias para la mayoría. La asimilación de opiniones filosóficas, el estudio de hechos históricos, la adquisición de lenguas, se convirtieron a la vez en mi pasatiempo y en la meta más seria de mi vida. Yo mismo me convertí en escritor, aunque mis creaciones fueran poco pretenciosas. Se limitaban a biografías de mis personajes históricos favoritos, en especial de aquéllos a los que creía que no se había hecho justicia, o ante los que alzaba un telón de oscuridad y duda.

 

A medida que mi creación literaria progresaba, iba adquiriendo nuevos intereses y placeres. Hallaba otro eslabón valioso que me unía a mi prójimo; mi punto de vista se ensanchaba, y las inclinaciones y capacidades de todos los seres humanos iban resultándome cada vez más interesantes. Se ha llamado a los reyes «padres de su pueblo». Y yo, de pronto, me sentía como si fuera el padre de toda la humanidad. La posteridad se convirtió en mi heredera. Mis pensamientos eran piedras preciosas con las que enriquecer el tesoro de las posesiones intelectuales del hombre. Cada sentimiento era un regalo valioso que le entregaba. Mis aspiraciones no deben atribuirse a la vanidad. No se expresaban en palabras ni adoptaban forma definida en mi propia mente, aunque sin duda henchían mi alma y exaltaban mis pensamientos, iluminándome con su resplandor, conduciéndome por la calzada oscura por la

 

que hasta entonces había caminado y llevándome hacia la senda despejada de la humanidad, bañada de luz, que me convertía en ciudadano del mundo, candidato a honores inmortales, aspirante ávido del elogio y la comprensión de mis iguales.

 

Nadie gozaba tanto como yo de los placeres de la creación. Si abandonaba los bosques, la música solemne de las ramas mecidas por la brisa, el templo majestuoso de la naturaleza, buscaba refugio en los vastos salones del castillo, y desde ellos contemplaba la extensa y fértil Inglaterra, que se extendía bajo nuestra regia colina, mientras escuchaba incitadores pasajes musicales. En aquellas ocasiones las solemnes armonías de unas arias que elevaban el espíritu daban alas a mis pensamientos confinados, permitiéndoles, creía yo, traspasar el último velo de la naturaleza y de su Dios, y mostrar la más elevada belleza en una expresión visible a la comprensión del hombre. Mientras proseguía la música, mis ideas parecían abandonar su morada mortal; se liberaban de sus engranajes y emprendían el vuelo, navegando por las plácidas corrientes del pensamiento, llenando la creación de nueva gloria, avivando imaginaciones sublimes que de otro modo hubieran permanecido adormecidas, mudas. Y entonces me precipitaba sobre la mesa y tejía la tela mental recién hallada con textura firme y colores vivos, dejando para un momento de mayor sosiego la ordenación de aquellos materiales.

 

Pero este relato, que tanto podría pertenecer a un periodo anterior de mi vida como al momento presente, me lleva demasiado lejos. Fue el placer que obtenía con la literatura, la disciplina mental que veía surgir de ella, lo que me incitaba a lograr que Perdita se aventurara por el mismo camino. Empecé con mano ligera y sutil fascinación, excitando primero su curiosidad y luego satisfaciéndola de manera que, además de hacerle olvidar sus penas dándole una ocupación, llegara a encontrar en las horas siguientes un revulsivo de bondad y tolerancia.

 

Aunque no orientada hacia los libros, la actividad intelectual había formado siempre parte de la naturaleza de mi hermana. Se había manifestado de manera temprana en su vida, conduciéndola a la reflexión solitaria en sus montañas natales, lo que a su vez la había llevado a formarse incontables combinaciones a partir de los objetos cotidianos, y había conferido fuerza a sus percepciones y rapidez a su juicio. El amor llegó, como la vara de un profeta, y acabó con todos sus defectos menores. El amor duplicó todas sus excelencias y tocó su genio con una diadema. ¿Iba entonces a dejar de amar? Sería tan difícil apartar a Perdita del amor como extraer los colores y los perfumes de las rosas, como convertir en hiel y veneno el dulce alimento de la leche materna. Lloraba la pérdida de Raymond con una congoja que exiliaba toda sonrisa de sus labios y surcaba su hermosa frente con arrugas de tristeza. Y sin embargo el paso de los días parecía alterar la naturaleza de su

 

sufrimiento, y las horas transcurridas la obligaban a alterar (si así puede decirse) el vestido de luto que cubría su alma. Durante un tiempo la música pareció saciar el apetito de su mente y las ideas melancólicas se renovaban con cada nuevo acorde, se alteraban con cada cambio de ritmo. La formación intelectual que le propuse la acercó a los libros, y si la música había sido alimento de su pena, las obras de los sabios se convirtieron en su medicina.

 

El aprendizaje de nuevas lenguas resultaba una ocupación demasiado tediosa para quien refería toda expresión a su universo interior y no leía, como hacen muchos, meramente para pasar el rato, sino que seguía interrogándose a sí misma y al autor, modelando cada idea de mil modos, deseosa de descubrir una verdad en cada frase. Ella perseguía mejorar su comprensión. Y así, de manera automática, bajo aquella beneficiosa disciplina, su corazón y sus disposiciones se suavizaron y se dulcificaron. Con el tiempo descubrió que, entre todos sus conocimientos recién adquiridos, su propio carácter, que hasta entonces creía conocer en profundidad, pasó a ocupar el lugar más preeminente entre todas sus terrae incognitae, se convirtió en la selva más impenetrable de un país no cartografiado. Errática, extrañamente, inició la tarea de examinarse y juzgarse a sí misma. Y de nuevo adquirió conciencia de sus propias excelencias y empezó a equilibrar mejor la balanza de lo bueno y lo malo que había en ella. Yo, que ansiaba en grado sumo devolverle la felicidad que aún le quedaba por disfrutar, observaba con impaciencia el resultado de sus procesos internos.

 

Pero el hombre es un animal raro. No pueden medirse sus fuerzas como si de una máquina se tratara. Y aunque un impulso actúe con una fuerza de cuarenta caballos sobre lo que parece dispuesto a plegarse a uno, el movimiento, depreciando todo cálculo, no llega a producirse. Así, ni el dolor, ni la filosofía ni el amor lograron que Perdita suavizara su opinión sobre el descuido de Raymond. Volvía a gustar de mi compañía, y por Idris sentía y demostraba de nuevo total aprecio. Una vez más derramaba sobre su hija gran ternura y permanentes cuidados. Pero en sus comentarios yo detectaba un profundo resentimiento contra Raymond, una inextinguible sensación de herida sin cicatrizar que me alejaba de toda esperanza cuando más cerca me creía de materializarla. Entre otras dolorosas restricciones, había convertido en ley de obligado cumplimiento entre nosotros el que jamás mencionáramos el nombre de Raymond en su presencia. Se negaba a leer cualquier noticia procedente de Grecia y me había pedido que me limitara a mencionarle si llegaba alguna, y si los viajeros se encontraban bien. Resultaba curioso que incluso Clara acatara esa ley impuesta por su madre. La encantadora niña tenía casi nueve años. Había sido siempre una pequeña feliz, fantasiosa, alegre e infantil, pero tras la marcha de su padre su gesto quedó marcado por la seriedad. Los niños, poco hábiles en el uso del lenguaje, no suelen hallar palabras para expresar sus pensamientos, y ninguno de nosotros sabía decir de

 

qué modo se habían grabado en su mente los últimos acontecimientos. Pero sin duda habría realizado observaciones profundas mientras se daba cuenta de los cambios que se sucedían a su alrededor. Nunca mencionaba a su padre en presencia de Perdita, parecía algo asustada cuando me hablaba a mí de él, y aunque yo trataba de tranquilizarla en relación con el tema, disuadiéndola de los temores que teñían las ideas que manifestaba en relación con él, no lo lograba. Aun así, esperaba con impaciencia la llegada de sus cartas, distinguía a la perfección los timbres griegos y no me quitaba los ojos de encima mientras yo las leía. Con frecuencia la descubría leyendo en el periódico artículos sobre el país heleno.

 

No hay visión más dolorosa que la de un niño prematuramente preocupado, más aún, como resultaba evidente en el caso que nos ocupa, cuando esa preocupación aparece en el ánimo de alguien que hasta ese momento se ha mostrado alegre. Y a pesar de todo Clara derrochaba una dulzura y docilidad que movían a la admiración. Y si es cierto que la pureza de alma pinta las mejillas de belleza y dota de gracia los movimientos, no había duda de que sus visiones debían de ser celestiales, pues su semblante era el colmo del encanto y sus movimientos resultaban más armónicos que los elegantes saltos de los cervatillos de su bosque natal. A veces yo abordaba con Perdita el tema de su reserva, pero ella rechazaba mis consejos, por más que la sensibilidad de su hija le suscitara una ternura más apasionada aún que la mía.

 

Transcurrido más de un año, Adrian regresó de Grecia.

 

Cuando nuestros dos exiliados llegaron a aquel país, turcos y griegos respetaban una tregua, una tregua que era como el sueño para el cuerpo, preludio de una actividad renovada tras el despertar. Con los numerosos soldados de Asia, con todos los arsenales militares, los barcos y las máquinas bélicas de que el poder y el dinero podían hacer acopio, los turcos decidieron aplastar sin dilación a un enemigo que, avanzando paso a paso desde su plaza fuerte de Morea, había conquistado Tracia y Macedonia y había conducido a sus ejércitos hasta las puertas mismas de Constantinopla. Las activas relaciones comerciales de los griegos con las naciones europeas hacían que éstas contemplaran su éxito con gran interés. Grecia se preparó para mantener una vigorosa resistencia y se alzó como un solo hombre. Las mujeres, sacrificando sus valiosos ornamentos, armaron a sus hijos para la guerra instándolos, con el espíritu de madres espartanas, a vencer o morir. Los talentos y el coraje de Raymond eran altamente estimados por los griegos. Nacido en Atenas, la ciudad lo reclamaba como hijo propio y le había concedido el mando de su división en el ejército. Sólo el comandante en jefe poseía más poder que él. Considerado uno de sus ciudadanos, su nombre se añadió a la lista de héroes griegos. Su buen juicio, su capacidad de acción, su consumada valentía justificaban la decisión. El conde de Windsor, por su

 

parte, se convirtió en voluntario a las órdenes de su amigo.

 

-Bien está -dijo Adrian- hablar de guerra bajo estas sombras plácidas, y con gran profusión de palabras convertirlo en espectáculo, pues muchos miles de congéneres nuestros abandonan con dolor este aire dulce y su tierra natal. No soy sospechoso de ir en contra de la causa griega; sé y siento su necesidad. Es, más que ninguna otra, una buena causa, que he defendido con mi espada. Estaba dispuesto a morir en su defensa. La libertad vale más que la vida, y los griegos hacen bien en defender su privilegio hasta la muerte. Pero no nos engañemos. Los turcos son hombres. Todas sus fibras, todos sus miembros sienten igual que los nuestros, y tanto turcos como griegos sienten, en su corazón o en su cerebro, los espasmos mentales o físicos con la misma intensidad. La última acción que presencié fue la toma de ... Los turcos resistieron hasta el fin, la guarnición pereció en las murallas y nosotros entramos al asalto. Todas las criaturas que aún respiraban intramuros fueron masacradas. ¿Creéis que, entre los gritos de la inocencia violada y la infancia desesperada, no oía yo, con todos mis sentidos, el llanto de mi prójimo? Antes que mahometanos, quienes así sufrían eran hombres y mujeres, y cuando se levanten, sin turbante, de la tumba, ¿en qué, excepto en sus acciones, buenas o malas, serán mejores o peores que nosotros? Dos soldados peleaban por una muchacha, cuya gran belleza y ricos ropajes excitaban los bajos instintos de aquellos malhechores, tal vez buenos hombres en familia, a quienes la furia del momento había convertido en encarnación del demonio. Un viejo de barba plateada, decrépito y calvo, que tal vez fuera su abuelo, se interpuso entre ellos y la joven para salvar a ésta, y el hacha de guerra de uno de los dos se hundió en su cráneo. Yo acudí en su defensa, pero la ira los cegaba y los volvía sordos. No repararon en mi atuendo cristiano ni escucharon mis voces. Las palabras eran armas sin filo entonces, pues mientras la guerra gritaba «destrucción», y el asesinato cumplía sus órdenes, ¿cómo podía yo

 

revertir la marea de los males, aliviando el error

 

con leve ofrecimiento de elocuencia balsámica?

 

Uno de los dos tipos, indignado por mi intromisión, me golpeó en el costado con su bayoneta y caí al suelo, inconsciente.

 

-Esta herida tal vez acorte mi vida, pues ha sacudido mi cuerpo, ya de por sí frágil. Pero acato la muerte. En Grecia he aprendido que un hombre más o menos importa poco mientras queden cuerpos humanos para reemplazar las filas menguantes de la soldadesca. Y he aprendido también que la identidad de un individuo puede ignorarse, siempre y cuando el pelotón siga completo. Todo esto tuvo un efecto distinto sobre Raymond. Él es capaz de tener en cuenta el ideal de la guerra, mientras que yo soy sensible sólo a sus realidades. Él es soldado, general. Ejerce influencia sobre las alimañas de la guerra

 

sedientas de sangre, mientras que yo me resisto en vano a sus impulsos. La razón es sencilla. Burke ha afirmado que «en todos los cuerpos, aquellos que ordenan deben, en no poca medida, obedecer». Y yo no puedo obedecer, pues no simpatizo con sus sueños de masacre y gloria... Obedecer y ordenar en semejante carrera está en la naturaleza de la mente de Raymond. Siempre triunfa, y parece probable que, al tiempo que adquiere honores y cargos para sí, asegure la libertad de los griegos, y tal vez un imperio extenso.

 

La mente de Perdita no se serenó al oír aquel relato, pues pensó que Raymond podía ser feliz y grande sin ella. «¡Ojalá yo también tuviera una carrera! ¡Ojalá yo también pudiera fletar un barco nuevo con todas mis esperanzas, energías y deseos, y lanzarlo al océano de la vida, dirigirme con él a algún punto alcanzable, con la ambición o el placer por timón! Pero vientos adversos me retienen en la orilla. Como Ulises, me siento al borde del agua y derramo lágrimas. Pero mis manos inertes no son capaces de talar árboles ni de cortar tablones.» Influida por aquellos pensamientos melancólicos, se enamoró más que nunca de la desdicha. Con todo, la presencia de Adrian le hizo algún bien, pues al instante el recién llegado rompió la ley del silencio que pesaba sobre Raymond. Al principio se sobresaltó al oír su desusado nombre, pero no tardó en acostumbrarse a él, en amarlo, y escuchaba con avidez el relato de sus logros. Clara también se libró de su recato; Adrian y él habían sido compañeros de juegos, y ahora, mientras caminaban o cabalgaban juntos, él cedía a sus sinceras súplicas y le repetía por enésima vez ésta o aquélla descripción del acto de coraje, munificencia o justicia de su padre.

 

Entretanto, todos los buques llegaban portadores de noticias emocionantes sobre Grecia. La presencia de un amigo en sus ejércitos y su gobierno nos llevaba a seguir con entusiasmo la evolución de los acontecimientos. Y en alguna carta breve que nos enviaba en contadas ocasiones, Raymond nos relataba lo inmerso que se hallaba en los intereses de su país de adopción. El comercio era de gran relevancia para los griegos, y se habrían conformado con sus posesiones territoriales si los turcos no los hubieran invadido. Pero los patriotas, que obtuvieron victorias, se impregnaron del espíritu de conquista hasta el punto de ver ya Constantinopla como suya. La estimación que profesaban por Raymond no dejaba de crecer. Pero en el ejército había un hombre que mandaba más que él. Era célebre por su conducta y por haber elegido una posición determinada en una batalla librada en las llanuras de Tracia, a orillas del Hebrus, que había de decidir el destino del islam. Los mahometanos fueron derrotados y expulsados enteramente del territorio que quedaba al oeste del río. La batalla fue sanguinaria, la pérdida de los turcos, al parecer, irreparable. Los griegos, por el contrario, perdieron a un solo hombre, pero ello les bastó para olvidarse de la multitud anónima esparcida sobre el campo ensangrentado, y renunciaron a celebrar una victoria que les supuso perder a... Raymond.

 

En la batalla de Makri, éste había dirigido la carga de caballería y persiguió a los fugitivos hasta orillas del Hebrus. Tras el combate hallaron a su caballo favorito paciendo en la ribera del manso río. No se supo si había caído entre los soldados desconocidos. Pero no se encontraron ornamentos rotos ni arreos manchados que revelaran cuál había sido su suerte. Se sospechaba que los turcos, hallándose en posesión de tan ilustre cautivo, decidieron satisfacer su crueldad más que su avaricia, y temerosos de la intervención de Inglaterra, optaron por ocultar para siempre el asesinato a sangre fría del soldado más odiado y temido de los escuadrones enemigos.

 

Raymond no fue olvidado en Inglaterra. Su abdicación del Protectorado había causado una consternación sin precedentes.

 

Y cuando sus planes magníficos y bien ideados se contrastaron con la estrechez de miras de los políticos que le sucedieron, el periodo de su mandato empezó a recordarse con nostalgia. La constante mención de su nombre, unida a los testimonios honrosos que llenaban las gacetas griegas, mantenían despierto el interés que había despertado. Parecía el hijo predilecto de la fortuna, y su prematura pérdida eclipsó al mundo y dejó al resto de la humanidad huérfana de brillo. La gente se aferraba a la esperanza de que siguiera con vida. Se instó al representante consular en Constantinopla a realizar las averiguaciones pertinentes y, en caso de que pudiera verificarse que no había muerto, exigiera su liberación. Cabía esperar que sus esfuerzos dieran fruto y que, aunque prisionero, blanco de crueldad y odio, pudiera ser rescatado del peligro y devuelto a la felicidad, el poder y el honor que merecía.

 

El efecto que causó la noticia en mi hermana fue asombroso. En ningún momento dio crédito a la historia de su muerte. Resolvió al instante trasladarse a Grecia. Tratamos de razonar con ella, de disuadirla, pero Perdita no consintió que ningún impedimento, ningún retraso, se interpusiera en su decisión. En honor a la verdad debe decirse que si los argumentos y las súplicas logran apartar a alguien de un propósito desesperado cuyos motivos y fin se basan exclusivamente en la intensidad de las emociones, entonces está bien que así sea, pues tal renuncia demuestra que ni el motivo ni el fin eran lo bastante fuertes para resistir los obstáculos que se interpusieran en su consecución. Si, por el contrario, resisten los intentos disuasorios, esa misma terquedad presagia ya el éxito; y se convierte en deber de aquéllos que aman a ese alguien contribuir a allanar los impedimentos que surjan en su camino. Con esos sentimientos actuamos en nuestro pequeño grupo. Comprendiendo que Perdita se mantendría insobornable, nos dedicamos a proporcionarle los mejores medios para alcanzar su propósito. No podía ir sola a un país donde carecía de amigos, donde tal vez, apenas llegara, confirmaría la temible noticia, que sin duda la sumiría en el más hondo de los pesares y los remordimientos. Adrian, cuya salud siempre había sido frágil, se resentía,

 

además, del agravio de su reciente herida. Idris se veía incapaz de abandonarlo en ese estado, y no era adecuado que nos ausentáramos los dos, ni que nos lleváramos a nuestros hijos en un viaje de aquella naturaleza. Finalmente decidí que sólo yo acompañaría a mi hermana. La separación de mi Idris me resultó muy dolorosa, pero la necesidad nos consolaba en cierto modo. La necesidad y la esperanza de salvar a Raymond, de devolverle la felicidad, de devolvérselo a Perdita. No había tiempo que perder. Dos días después de tomada la decisión llegamos a Portsmouth y embarcamos. Era el mes de mayo y no se preveían tormentas. Se nos prometió un viaje próspero. Albergando las más fervientes esperanzas, adentrándonos en el vasto mar, observamos maravillados alejarse las costas de Inglaterra, y en las alas del deseo desplegamos las velas, henchidas de viento, rumbo al sur. Nos impulsaban las olas livianas, y el viejo océano sonreía con el peso del amor y la esperanza puestos a su recaudo; amansando con delicadas caricias sus llanuras tempestuosas, el sendero se allanaba apara nosotros. De día y de noche, el viento de popa impulsaba constante nuestra quilla, y ni galerna rugiente ni arena traidora ni peñasco destructor interpusieron obstáculo alguno entre mi hermana y la tierra en la que iba a entregarse de nuevo a su primer amor, al confesor amado de su corazón, al corazón que latía dentro de su corazón.

 

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