© Libro N° 12059.
Los Tres Enanitos Del Bosque. Hermanos
Grimm. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
Los Tres Enanitos Del Bosque. Hermanos Grimm
Versión Original: © Los Tres Enanitos Del Bosque. Hermanos Grimm
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hermanos Grimm
Los Tres
Enanitos Del Bosque
Hermanos
Grimm
Éranse un
hombre que había perdido a su mujer, y una mujer a quien se le había muerto el
marido. El hombre tenía una hija, y la mujer, otra. Las muchachas se conocían y
salían de paseo juntas; de vuelta solían pasar un rato en casa de la mujer. Un
día, ésta dijo a la hija del viudo:
-Di a tu padre que me gustaría casarme con él. Entonces, tú te lavarías todas
las mañanas con leche y beberías vino; en cambio, mi hija se lavaría con agua,
y agua solamente bebería.
De vuelta
a su casa, la niña repitió a su padre lo que le había dicho la mujer. Dijo el
hombre:
-¿Qué
debo hacer? El matrimonio es un gozo, pero también un tormento.
Al fin,
no sabiendo qué partido tomar, quitose un zapato y dijo:
-Coge
este zapato, que tiene un agujero en la suela. Llévalo al desván, cuélgalo del
clavo grande y échale agua dentro. Si retiene el agua, me casaré con la mujer;
pero si el agua se sale, no me casaré.
Cumplió
la muchacha lo que le había mandado su padre; pero el agua hinchó el cuero y
cerró el agujero, y la bota quedó llena hasta el borde. La niña fue a contar a
su padre lo ocurrido. Subió éste al desván, y viendo que su hija había dicho la
verdad, se dirigió a casa de la viuda para pedirla en matrimonio. Y se celebró
la boda.
A la
mañana siguiente, al levantarse las dos muchachas, la hija del hombre encontró
preparada leche para lavarse y vino para beber, mientras que la otra no tenía
sino agua para lavarse y para beber. Al día siguiente encontraron agua para
lavarse y agua para beber, tanto la hija de la mujer como la del hombre. Y a la
tercera mañana, la hija del hombre encontró agua para lavarse y para beber, y
la hija de la mujer, leche para lavarse y vino para beber; y así continuaron
las cosas en adelante. La mujer odiaba a su hijastra mortalmente e ideaba todas
las tretas para tratarla peor cada día. Además, sentía envidia de ella porque
era hermosa y amable, mientras que su hija era fea y repugnante. Un día de
invierno, en que estaban nevados el monte y el valle, la mujer confeccionó un
vestido de papel y, llamando a su hijastra, le dijo:
-Toma,
ponte este vestido y vete al bosque a llenarme este cesto de fresas, que hoy me
apetece comerlas.
-¡Santo
Dios! -exclamó la muchacha-. Pero si en invierno no hay fresas; la tierra está
helada y la nieve lo cubre todo. ¿Y por qué debo ir vestida de papel? Afuera
hace un frío que hiela el aliento; el viento se entrará por el papel, y los
espinos me lo desgarrarán.
-¿Habrase
visto descaro? -exclamó la madrastra-. ¡Sal enseguida y no vuelvas si no traes
el cesto lleno de fresas!
Y le dio
un mendrugo de pan seco, diciéndole:
-Es tu
comida de todo el día.
Pensaba
la mala bruja: "Se va a morir de frío y hambre, y jamás volveré a
verla".
La niña,
que era obediente, se puso el vestido de papel y salió al campo con la cestita.
Hasta donde alcanzaba la vista todo era nieve; no asomaba ni una brizna de
hierba. Al llegar al bosque descubrió una casita con tres enanitos que miraban
por la ventana. Les dio los buenos días y llamó discretamente a la puerta.
Ellos la invitaron a entrar, y la muchacha se sentó en el banco, al lado del
fuego, para calentarse y comer su desayuno. Los hombrecillos suplicaron:
-¡Danos
un poco!
-Con
mucho gusto -respondió ella- y, partiendo su mendrugo de pan, les ofreció la
mitad.
Preguntáronle
entonces los enanitos:
-¿Qué
buscas en el bosque, con tanto frío y con este vestido tan delgado?
-¡Ay!
-respondió ella-, tengo que llenar este cesto de fresas, y no puedo volver a
casa hasta que lo haya conseguido.
Terminado
su pedazo de pan, los enanitos le dieron una escoba, y le dijeron:
-Ve a
barrer la nieve de la puerta trasera.
Al
quedarse solos, los hombrecillos celebraron consejo:
-¿Qué
podríamos regalarle, puesto que es tan buena y juiciosa y ha repartido su pan
con nosotros?
Dijo el
primero:
-Pues yo
le concedo que sea más bella cada día.
El
segundo:
-Pues yo,
que le caiga una moneda de oro de la boca por cada palabra que pronuncie.
Y el
tercero:
-Yo haré
que venga un rey y la tome por esposa.
Mientras
tanto, la muchacha, cumpliendo el encargo de los enanitos, barría la nieve
acumulada detrás de la casa. Y, ¿qué creen que encontró? Pues unas magníficas
fresas maduras, rojas, que asomaban por entre la nieve. Muy contenta, llenó la
cestita y, después de dar las gracias a los enanitos y estrecharles la mano,
dirigiose a su casa, para llevar a su madrastra lo que le había encargado. Al
entrar y decir "buenas noches", cayéronle de la boca dos monedas de
oro. Púsose entonces a contar lo que le había sucedido en el bosque, y he aquí
que a cada palabra le iban cayendo monedas de la boca, de manera que al poco
rato todo el suelo estaba lleno de ellas.
-¡Qué
petulancia! -exclamó la hermanastra-. ¡Tirar así el dinero!
Mas por
dentro sentía una gran envidia, y quiso también salir al bosque a buscar
fresas. Su madre se oponía:
-No,
hijita, hace muy mal tiempo y podrías enfriarte.
Mas como
ella insistiera y no la dejara en paz, cedió al fin, le cosió un espléndido
abrigo de pieles y, después de proveerla de bollos con mantequilla y pasteles,
la dejó marchar.
La
muchacha se fue al bosque, encaminándose directamente a la casita. Vio a los
tres enanitos asomados a la ventana, pero ella no los saludó y, sin preocuparse
de ellos ni dirigirles la palabra siquiera, penetró en la habitación, se
acomodó junto a la lumbre y empezó a comerse sus bollos y pasteles.
-Danos un
poco -pidiéronle los enanitos-; pero ella respondió:
-No tengo
bastante para mí, ¿cómo voy a repartirlo con ustedes? Terminado que hubo de
comer, dijéronle los enanitos:
-Ahí
tienes una escoba, ve a barrer afuera, frente a la puerta de atrás.
-Barran
ustedes -replicó ella-, que yo no soy su criada.
Viendo
que no hacían ademán de regalarle nada, salió afuera, y entonces los enanitos
celebraron un nuevo consejo:
-¿Qué le
daremos, ya que es tan grosera y tiene un corazón tan codicioso que no quiere
desprenderse de nada?
Dijo el
primero:
-Yo haré
que cada día se vuelva más fea.
Y el
segundo:
-Pues yo,
que a cada palabra que pronuncie le salte un sapo de la boca.
Y el
tercero:
-Yo la
condeno a morir de mala muerte.
La
muchacha estuvo buscando fresas afuera, pero no halló ninguna y regresó
malhumorada a su casa. Al abrir la boca para contar a su madre lo que le había
ocurrido en el bosque, he aquí que a cada palabra le saltaba un sapo, por lo
que todos se apartaron de ella asqueados. Ello no hizo más que aumentar el odio
de la madrastra, quien sólo pensaba en los medios para atormentar a la hija de
su marido, cuya belleza era mayor cada día.
Finalmente,
cogió un caldero y lo puso al fuego, para cocer lino. Una vez cocido, lo colgó
del hombro de su hijastra, dio a ésta un hacha y le mandó que fuese al río
helado, abriera un agujero en el hielo y aclarase el lino. La muchacha,
obediente, dirigiose al río y se puso a golpear el hielo para agujerearlo. En
eso estaba cuando pasó por allí una espléndida carroza en la que viajaba el
Rey. Éste mandó detener el coche y preguntó:
-Hija
mía, ¿quién eres y qué haces?
-Soy una
pobre muchacha y estoy aclarando este lino.
El Rey,
compadecido y viéndola tan hermosa, le dijo:
-¿Quieres
venirte conmigo?
-¡Oh sí,
con toda mi alma! -respondió ella, contenta de librarse de su madrastra y su
hermanastra.
Montó,
pues, en la carroza, al lado del Rey, y, una vez en la Corte, celebrose la boda
con gran pompa y esplendor, tal como los enanitos del bosque habían dispuesto
para la muchacha.
Al año,
la joven reina dio a luz un hijo, y la madrastra, a cuyos oídos habían llegado
las noticias de la suerte de la niña, encaminose al palacio acompañada de su
hija, con el pretexto de hacerle una visita.
Como
fuera que el Rey había salido y nadie se hallaba presente, la malvada mujer
agarró a la Reina por la cabeza mientras su hija la cogía por los pies, y,
sacándola de la cama, la arrojaron por la ventana a un río que pasaba por
debajo. Luego, la vieja metió a su horrible hija en la cama y la cubrió hasta
la cabeza con las sábanas. Al regresar el Rey e intentar hablar con su esposa,
detúvole la vieja:
-¡Silencio,
silencio! Ahora no; está con un gran sudor, déjela tranquila por hoy.
El Rey,
no recelando nada malo, se retiró. Volvió al día siguiente y se puso a hablar a
su esposa. Al responderle la otra, a cada palabra le saltaba un sapo, cuando
antes lo que caían siempre eran monedas de oro. Al preguntar el Rey qué
significaba aquello, la madrastra dijo que era debido a lo mucho que había
sudado, y que pronto le pasaría.
Aquella
noche, empero, el pinche de cocina vio un pato que entraba nadando por el
sumidero y que decía:
"Rey,
¿qué estás haciendo?
¿Velas o estás durmiendo?"
Y, no
recibiendo respuesta alguna, prosiguió:
"¿Y
qué hace mi gente?"
A lo que
respondió el pinche de cocina:
"Duerme
profundamente".
Siguió el
otro preguntando:
"¿Y
qué hace mi hijito?"
Contestó
el cocinero:
"Está
en su cuna dormidito".
Tomando
entonces la figura de la Reina, subió a su habitación y le dio de mamar; luego
le mulló la camita y, recobrando su anterior forma de pato, marchose nuevamente
nadando por el sumidero. Las dos noches siguientes volvió a presentarse el
pato, y a la tercera dijo al pinche de cocina:
-Ve a
decir al Rey que coja la espada, salga al umbral y la blanda por tres veces
encima de mi cabeza.
Así lo
hizo el criado, y el Rey, saliendo armado con su espada, la blandió por tres
veces sobre aquel espíritu, y he aquí que a la tercera levantose ante él su
esposa, bella, viva y sana como antes.
El Rey
sintió en su corazón una gran alegría; pero guardó a la Reina oculta en un
aposento hasta el domingo, día señalado para el bautizo de su hijo. Ya
celebrada la ceremonia, preguntó:
-¿Qué se
merece una persona que saca a otra de la cama y la arroja al agua?
-Pues,
cuando menos -respondió la vieja-, que la metan en un tonel erizado de clavos
puntiagudos y, desde la cima del monte, lo echen a rodar hasta el río.
A lo que
replicó el Rey:
-Has
pronunciado tu propia sentencia -y, mandando traer un tonel como ella había
dicho, hizo meter en él a la vieja y a su hija, y, después de clavar el fondo,
lo hizo soltar por la ladera, por la que bajó rodando y dando tumbos hasta el
río.
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