© Libro N° 12058.
Los Dos Hermanitos. Hermanos
Grimm. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
Los Dos Hermanitos. Hermanos Grimm
Versión Original: © Los Dos Hermanitos. Hermanos Grimm
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© Edición,
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hermanos Grimm
Los Dos
Hermanitos
Hermanos
Grimm
El
hermanito cogió de la mano a su hermanita y le habló así:
- Desde que mamá murió no hemos tenido una hora de felicidad; la madrastra nos
pega todos los días, y si nos acercamos a ella nos echa a puntapiés. Por comida
sólo tenemos los mendrugos de pan duro que sobran, y hasta el perrito que está
debajo de la mesa, lo pasa mejor que nosotros, pues alguna que otra vez le
echan un buen bocado. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Si lo viera nuestra madre!
¿Sabes qué? Ven conmigo, a correr mundo.
Y estuvieron caminando todo el día por prados, campos y pedregales, y cuando empezaba
a llover, decía la hermanita:
- ¡Es Dios y nuestros corazones que lloran juntos!
Al atardecer llegaron a un gran bosque, tan fatigados a causa del dolor, del
hambre y del largo camino recorrido, que, sentándose en el hueco de un árbol,
no tardaron en quedarse dormidos.
A la mañana siguiente, al despertar, el sol estaba ya muy alto en el cielo y
sus rayos daban de pleno en el árbol. Dijo entonces el hermanito:
- Hermanita, tengo sed; si supiera de una fuentecilla iría a beber. Me parece
que oigo el murmullo de una.
Y levantándose y cogiendo a la niña de la mano, salieron en busca de la fuente.
Pero la malvada madrastra era bruja, y no le había pasado por alto la escapada
de los niños. Deslizándose solapadamente detrás de ellos, como sólo una
hechicera sabe hacerlo, había embrujado todas las fuentes del bosque. Al llegar
ellos al borde de una, cuyas aguas saltaban escurridizas entre las piedras, el
hermanito se aprestó a beber. Pero la hermanita oyó una voz queda que
rumoreaba: "Quién beba de mí se convertirá en tigre; quien beba de mí se
convertirá en tigre". Por lo que exclamó la hermanita:
- ¡No bebas, hermanito, te lo ruego; si lo haces te convertirás en tigre y me
despedazarás!
El hermanito se aguantó la sed y no bebió, diciendo:
- Esperaré a la próxima fuente.
Cuando llegaron a la segunda, oyó también la hermanita que murmuraba:
"Quien beba de mí se transformará en lobo, quien beba de mí se
transformará en lobo".
Y exclamó la hermanita:
- ¡No bebas, hermanito, te lo ruego; si lo haces te convertirás en lobo y me
devorarás!
El niño renunció a beber, diciendo:
- Aguardaré hasta la próxima fuente; pero de ella beberé, digas tú lo que
digas, pues tengo una sed irresistible.
Cuando llegaron a la tercera fuentecilla, la hermanita oyó que, rumoreando,
decía: "Quien beba de mí se convertirá en corzo; quien beba de mí se
convertirá en corzo". Y exclamó nuevamente la niña:
- ¡Hermanito, te lo ruego, no bebas, pues si lo haces te convertirás en corzo y
huirás de mi lado!
Pero el hermanito se había arrodillado ya junto a la fuente y empezaba a beber.
Y he aquí que en cuanto las primeras gotas tocaron sus labios, quedó convertido
en un pequeño corzo.
La hermanita se echó a llorar a la vista de su embrujado hermanito, y, por su
parte, también el corzo lloraba, echado tristemente junto a la niña. Al fin
dijo ésta:
- ¡Tranquilízate, mi lindo corzo; nunca te abandonaré!
Y, desatándose una de sus ligas doradas, rodeó con ella el cuello del corzo;
luego arrancó juncos y tejió una cuerda muy blanda y suave. Con ella ató al animalito
y siguió su camino, cada vez más adentro del bosque.
Anduvieron horas y horas y, al fin, llegaron a una casita; la niña miró
adentro, y al ver que estaba desierta, pensó: "Podríamos quedarnos a vivir
aquí". Con hojas y musgo arregló un mullido lecho para el corzo, y todas
las mañanas salía a recoger raíces, frutos y nueces; para el animalito traía
hierba tierna, que él acudía a comer de su mano, jugando contento en torno a su
hermanita. Al anochecer, cuando la hermanita, cansada, había rezado sus oraciones,
reclinaba la cabeza sobre el dorso del corzo; era su almohada, y allí se
quedaba dormida dulcemente. Lástima que el hermanito no hubiese conservado su
figura humana, pues habría sido aquélla una vida muy dichosa.
Algún tiempo hacía ya que moraban solos en la selva, cuando he aquí que un día
el rey del país organizó una gran cacería. Sonaron en el bosque los cuernos de
los monteros, los ladridos de las jaurías y los alegres gritos de los
cazadores, y, al oírlos el corzo, le entraron ganas de ir a verlo.
- ¡Hermanita -dijo-, déjame ir a la cacería, no puedo contenerme más!
Y tanto porfió, que, al fin, ella le dejó partir.
- Pero -le recomendó- vuelve en cuanto anochezca. Yo cerraré la puerta para que
no entren esos cazadores tan rudos. Y para que pueda conocerte, tú llamarás, y
dirás: "¡Hermanita, déjame entrar!". Si no lo dices, no abriré.
Marchóse el corzo brincando. ¡Qué bien se encontraba en libertad!. El Rey y sus
acompañantes descubrieron el hermoso animalito y se lanzaron en su persecución;
pero no lograron darle alcance; por un momento creyeron que ya era suyo, pero
el corzo se metió entre la maleza y desapareció. Al oscurecer regresó a la
casita y llamó a la puerta.
- ¡Hermanita, déjame entrar!
Abrióse la puertecita, entró él de un salto y pasóse toda la noche durmiendo de
un tirón en su mullido lecho.
A la mañana siguiente reanudóse la cacería, y no bien el corzo oyó el cuerno y
el "¡ho, ho!" de los cazadores, entróle un gran desasosiego y dijo:
- ¡Hermanita, ábreme, quiero volver a salir!
La hermanita le abrió la puerta, recordándole:
- Tienes que regresar al oscurecer y repetir las palabras que te enseñé.
Cuando el Rey y sus cazadores vieron de nuevo el corzo del collar dorado,
pusiéronse a acosarlo todos en tropel, pero el animal era demasiado veloz para
ellos. La persecución se prolongó durante toda la jornada, y, al fin, hacia el
atardecer, lograron rodearlo, y uno de los monteros lo hirió levemente en una
pata, por lo que él tuvo que escapar cojeando y sin apenas poder correr. Un
cazador lo siguió hasta la casita y lo oyó que gritaba:
- ¡Hermanita, déjame entrar!
Vio entonces cómo se abría la puerta y volvía a cerrarse inmediatamente. El
cazador tomó buena nota y corrió a contar al Rey lo que había oído y visto; a
lo que el Rey respondió:
- ¡Mañana volveremos a la caza!
Pero la hermanita tuvo un gran susto al ver que su cervatillo venía herido. Le
restañó la sangre, le aplicó unas hierbas medicinales y le dijo:
- Acuéstate, corzo mío querido, hasta que estés curado.
Pero la herida era tan leve que a la mañana no quedaba ya rastro de ella; así
que en cuanto volvió a resonar el estrépito de la cacería, dijo:
- No puedo resistirlo; es preciso que vaya. ¡No me cogerán tan fácilmente!
La hermanita, llorando, le reconvino:
- Te matarán, y yo me quedaré sola en el bosque, abandonada del mundo entero.
¡Vaya, que no te suelto!
- Entonces me moriré aquí de pesar -respondió el corzo-. Cuando oigo el cuerno
de caza me parece como si las piernas se me fueran solas.
La hermanita, incapaz de resistir a sus ruegos, le abrió la puerta con el
corazón oprimido, y el animalito se precipitó en el bosque, completamente sano
y contento. Al verlo el Rey, dijo a sus cazadores:
- Acosadlo hasta la noche, pero que nadie le haga ningún daño.
Cuando ya el sol se hubo puesto, el Rey llamó al cazador y le
dijo:
- Ahora vas a acompañarme a la casita del bosque. Al llegar ante la puerta,
llamó con estas palabras:
- ¡Hermanita querida, déjame entrar!
Abrieron, y el Rey entró, encontrándose frente a frente con una niña tan hermosa
como jamás viera otra igual. Asustóse la niña al ver que el visitante no era el
corzo, sino un hombre que llevaba una corona de oro en la cabeza. El Rey,
empero, la miró cariñosamente y, tendiéndole la mano, dijo:
- ¿Quieres venirte conmigo a palacio y ser mi esposa?
- ¡oh, sí! -respondió la muchacha-. Pero el corzo debe venir conmigo; no quiero
abandonarlo.
- Permanecerá a tu lado mientras vivas, y nada le faltará asintió el Rey-.
Entró en esto el corzo, y la hermanita volvió a atarle la cuerda de juncos y,
cogiendo el cabo con la mano, se marcharon de la casita del bosque.
El Rey montó a la bella muchacha en su caballo y la llevó a palacio, donde a
poco se celebraron las bodas con gran magnificencia. La hermanita pasó a ser
Reina, y durante algún tiempo todos vivieron muy felices; el corzo, cuidado con
todo esmero, retozaba alegremente por el jardín del palacio. Entretanto, la
malvada madrastra, que había sido causa de que los niños huyeran de su casa,
estaba persuadida de que la hermanita había sido devorada por las fieras de la
selva, y el hermanito, transformado en corzo, muerto por los cazadores. Al
enterarse de que eran felices y lo pasaban tan bien, la envidia y el rencor
volvieron a agitarse en su corazón sin dejarle un momento de sosiego, y no pensaba
sino en el medio de volver a hacer desgraciados a los dos hermanitos.
La bruja tenía una hija tuerta y fea como la noche, que continuamente le hacía
reproches y le decía:
- ¡Ser reina! A mí debía haberme tocado esta suerte, y no a ella.
- Cálmate -le respondió la bruja, y, para tranquilizarla, agregó:
- Yo sé lo que tengo que hacer, cuando sea la hora.
Transcurrido un tiempo, la Reina dio a luz un hermoso niño. Encontrándose el
Rey de caza, la vieja bruja, adoptando la figura de la camarera, entró en la
habitación, donde estaba acostada la Reina, y le dijo:
- Vamos, el baño está preparado; os aliviará y os dará fuerzas. ¡Deprisa, antes
de que se enfríe!
Su hija estaba con ella, y entre las dos llevaron a la débil Reina al cuarto de
baño y la metieron en la bañera; cerraron la puerta y huyeron, después de
encender en el cuarto una hoguera infernal, que en pocos momentos ahogó a la
bella y joven Reina.
Realizada su fechoría, la vieja puso una cofia a su hija y la acostó en la cama
de la Reina. Prestóle también la figura y el aspecto de ella; lo único que no
pudo devolverle fue el ojo perdido; así, para que el Rey no notase el defecto,
le dijo que permaneciera echada sobre el costado de que era tuerta. Al
anochecer, al regresar el soberano y enterarse de que le había nacido un hijo,
alegróse de todo corazón y quiso acercarse al lecho de su esposa para ver cómo
seguía. Pero la vieja se apresuró a decirle:
- ¡Ni por pienso! ¡No descorráis las cortinas; la Reina no puede ver la luz y
necesita descanso!
Y el Rey se retiró, ignorando que en su cama yacía una falsa reina.
Pero he aquí que a media noche, cuando ya todo el mundo dormía, la niñera, que
velaba sola junto a la cuna en la habitación del niño, vio que se abría la
puerta y entraba la reina verdadera, que, sacando al reciennacido de la cunita,
lo cogió en brazos y le dio de mamar. Mullóle luego la almohadita y, después de
acostarlo nuevamente, lo arropó con la colcha. No se olvidó tampoco del corzo,
pues, yendo al rincón donde yacía, le acarició el lomo. Hecho esto, volvió a
salir de la habitación con todo sigilo, y, a la mañana siguiente, la niñera
preguntó a los centinelas si alguien había entrado en el palacio durante la
noche; pero ellos contestaron:
- No, no hemos visto a nadie.
La escena se repitió durante muchas noches, sin que la Reina pronunciase jamás
una sola palabra. Y si bien la niñera la veía cada vez, no se atrevía a
contárselo a nadie.
Después de un tiempo, la Reina, rompiendo su mutismo, empezó a hablar en sus
visitas nocturnas, diciendo:
"¿Qué
hace mi hijo? ¿Qué hace mi corzo?
Vendré otras dos noches, y ya nunca más".
La niñera
no le respondió; pero en cuanto hubo desaparecido corrió a comunicar al Rey
todo lo ocurrido. El Rey exclamó:
- ¡Dios mío, ¿qué significa esto?!. La próxima noche me quedaré a velar junto
al niño.
Y, al oscurecer, entró en la habitación del principito. Presentóse la Reina a
media noche y dijo:
"¿Qué
hace mi hijo? ¿Qué hace mi corzo?
Vendré otra noche, y ya nunca más".
Y después
de atender al niño como solía, desapareció nuevamente. El Rey no se atrevió a
dirigirle la palabra; pero acudió a velar también a la noche siguiente. Y dijo
la Reina:
"¿Qué
hace mi hijo? ¿Qué hace mi corzo?
Vengo esta vez, y ya nunca más".
El Rey,
sin poder ya contenerse, exclamó:
-¡No puede ser más que mi esposa querida!
A lo que respondió ella:
- Sí, soy tu esposa querida.
Y en aquel mismo instante, por merced de Dios, recobró la vida, quedando
fresca, sonrosada y sana como antes. Contó luego al Rey el crimen cometido en
ella por la malvada bruja y su hija, y el Rey mandó que ambas compareciesen
ante un tribunal. Por sentencia de éste, la hija fue conducida al bosque, donde
la destrozaron las fieras, mientras la bruja, condenada a la hoguera, expió sus
crímenes con una muerte miserable y cruel. Y al quedar reducida a cenizas, el
corzo, transformándose de nuevo, recuperó su figura humana, con lo cual el
hermanito y la hermanita vivieron juntos y felices hasta el fin de sus días.
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