© Libro N° 12060.
Las Tres Hilanderas. Hermanos
Grimm. Emancipación. Enero 6 de 2024
Título original: ©
Las Tres Hilanderas. Hermanos Grimm
Versión Original: © Las Tres Hilanderas. Hermanos Grimm
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/las_tres_hilanderas
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del
texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/48/bd/35/48bd351d28df3feab1e2fc901b2cd4b8.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
https://static.wikia.nocookie.net/biblioteca-virtual-de-literatura/images/9/92/Las_tres_hilanderas.jpg/revision/latest/scale-to-width-down/1000?cb=20180718222758&path-prefix=es
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hermanos Grimm
Las Tres
Hilanderas
Hermanos
Grimm
Érase una
niña muy holgazana que no quería hilar. Ya podía desgañitarse su madre, no
había modo de obligarla. Hasta que la buena mujer perdió la paciencia de tal
forma, que la emprendió a bofetadas, y la chica se puso a llorar a voz en
grito. Acertaba a pasar en aquel momento la Reina, y, al oír los lamentos, hizo
parar la carroza, entró en la casa y preguntó a la madre por qué pegaba a su
hija de aquella manera, pues sus gritos se oían desde la calle. Avergonzada la
mujer de tener que pregonar la holgazanería de su hija, respondió a la Reina:
- No puedo sacarla de la rueca; todo el tiempo se estaría hilando; pero soy
pobre y no puedo comprar tanto lino.
Dijo entonces la Reina:
- No hay nada que me guste tanto como oír hilar; me encanta el zumbar de los
tornos. Dejad venir a vuestra hija a palacio conmigo. Tengo lino en abundancia
y podrá hilar cuanto guste.
La madre asintió a ello muy contenta, y la Reina se llevó a la muchacha.
Llegadas a palacio, condújola a tres aposentos del piso alto, que estaban
llenos hasta el techo de magnífico lino.
- Vas a hilarme este lino -le dijo-, y cuando hayas terminado te daré por
esposo a mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre; una joven hacendosa
lleva consigo su propia dote.
La muchacha sintió en su interior una gran congoja, pues aquel lino no había
quien lo hilara, aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde
la mañana a la noche.
Al quedarse sola, se echó a llorar y así se estuvo tres días sin mover una
mano. Al tercer día presentóse la Reina, y extrañóse al ver que nada tenía
hecho aún; pero la moza se excusó diciendo que no había podido empezar todavía
por la mucha pena que le daba el estar separada de su madre. Contentóse la
Reina con esta excusa, pero le dijo:
- Mañana tienes que empezar el trabajo.
Nuevamente sola, la muchacha, sin saber qué hacer ni cómo salir de apuros,
asomóse en su desazón, a la ventana y vio que se acercaban tres mujeres: la
primera tenía uno de los pies muy ancho y plano; la segunda un labio inferior
enorme, que le caía sobre la barbilla; y la tercera, un dedo pulgar
abultadísimo. Las tres se detuvieron ante la ventana y, levantando la mirada,
preguntaron a la niña qué le ocurría. Contóles ella su cuita, y las mujeres le
brindaron su ayuda:
- Si te avienes a invitarnos a la boda, sin avergonzarte de nosotras, nos
llamas primas y nos sientas a tu mesa, hilaremos para ti todo este lino en un
santiamén.
- Con toda el alma os lo prometo -respondió la muchacha-. Entrad y podéis
empezar ahora mismo.
Hizo entrar, pues, a las tres extrañas mujeres, y en la primera habitación
desalojó un espacio donde pudieran instalarse.
Inmediatamente pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra y hacía
girar la rueda con el pie; la segunda, humedecía el hilo, la tercera lo
retorcía, aplicándolo contra la mesa con el dedo, y a cada golpe de pulgar caía
al suelo un montón de hilo de lo más fino. Cada vez que venía la Reina, la
muchacha escondía a las hilanderas y le mostraba el lino hilado; la Reina se
admiraba, deshaciéndose en alabanzas de la moza. Cuando estuvo terminado el
lino de la primera habitación, pasaron a la segunda, y después a la tercera, y
no tardó en quedar lista toda la labor. Despidiéronse entonces las tres
mujeres, diciendo a la muchacha:
- No olvides tu promesa; es por tu bien.
Cuando la doncella mostró a la Reina los cuartos vacíos y la grandísima
cantidad de lino hilado, se fijó enseguida el día para la boda. El novio estaba
encantado de tener una esposa tan hábil y laboriosa, y no cesaba de ponderarla.
- Tengo tres primas -dijo la muchacha-, a quienes debo grandes favores, y no
quiero olvidarme de ellas en la hora de mi dicha. Permitidme, pues, que las
invite a la boda y las siente a nuestra mesa.
A lo cual respondieron la Reina y su hijo:
- ¿Y por qué no habríamos de invitarlas?
Así, el día de la fiesta se presentaron las tres mujeres, magníficamente
ataviadas, y la novia salió a recibirlas diciéndoles:
- ¡Bienvenidas, queridas primas!
- ¡Uf! -exclamó el novio-. ¡Cuidado que son feas tus parientas!
Y, dirigiéndose a la del enorme pie plano, le preguntó:
- ¿Cómo tenéis este pie tan grande?
- De hacer girar el torno -dijo ella-, de hacer girar el torno.
Pasó entonces el príncipe a la segunda:
- ¿Y por qué os cuelga tanto este labio?
- De tanto lamer la hebra -contestó la mujer-, de tanto lamer la hebra.
Y a la tercera
- ¿Y cómo tenéis este pulgar tan achatado?
- De tanto torcer el hilo -replicó ella-, de tanto torcer el hilo.
Asustado, exclamó el hijo de la Reina:
- Jamás mi linda esposa tocará una rueca.
Y con esto se terminó la pesadilla del hilado.
* * * *
*


Publicar un comentario