© Libro N° 12046.
«La» Filosofía Del Marxismo. Jenaro C.
Reinoso. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
«La» Filosofía Del Marxismo. Jenaro C. Reinoso
Versión Original: © «La» Filosofía Del Marxismo. Jenaro C.
Reinoso
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Jenaro C. Reinoso
«La»
Filosofía Del Marxismo
Jenaro C.
Reinoso
¿Cuál es,
realmente, el «problema»?
Pues el
«problema» es…, que son muchos «problemas» y que éstos cambian históricamente:
se transforman, desaparecen y reaparecen, se «resuelven»…, y quedan
irresueltos, se formulan y se reformulan una y otra vez, inacabadamente
siempre. Afortunadamente (y no «desgraciadamente») esto es la historia
del nunca acabar.
Y, ¿por
qué?
Pues
porque (entre otras cosas y a mi modo de ver) Marx no dejó nunca un
texto acabado, no «sentó cátedra», nunca fue «positivista», ni
«teoricista», ni «cientifista»…, ni siquiera «marxista» (y él mismo lo dijo muy
claro), aunque infinidad de veces ha sido tachado de una u otra de todas esas
calificaciones…, con razón aparente.
No. Marx
no fue nunca ninguna de esas cosas ni se le puede adjudicar definitivamente
ninguno de esos calificativos que pretenden encasillarle (el sólo hecho de que
hayan sido tantos y tan diversos demuestra que no era ni es fácil el
encasillarle).
¿Qué era,
pues, Marx? Y, ¿qué puede ser, qué puede significar hoy mismo?
A mi modo
de ver, la respuesta es sencilla (y compleja, a la vez, como era el mismo
Marx): Marx fue, simplemente, concretamente, un pensador
revolucionario y, en la medida de sus posibilidades, en la época que
le tocó vivir, un luchador activo en la tarea de la Revolución
Socialista. Pensador y hacedor, trabajador de la teoría y la práctica dela
Revolución Socialista, eso era principalmente Marx, como dijo Engels ante la
tumba de Marx, en aquel marzo de 1883.
«…Pero
Marx era, ante todo, un revolucionario. Colaborar de una u otra manera en el
derrumbamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones creadas por
ella, colaborar en la liberación del proletariado moderno al que había dado el
primero la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, tal era su
verdadera vocación…»
Estamos
completamente de acuerdo con Engels: Todas las innúmeras e intensas tareas que
Marx desarrolló a lo largo de su vida eran tareas concretas y actuales (en ese
momento) dela RevoluciónSocialista.Por eso fueron inacabadas e históricas;
abandonadas una y otra vez, eran retomadas una y otra vez; incesantemente
desarrolladas, revisadas una y otra vez, siempre, no quedaron «ultimadas»
nunca.
No. Nunca
estuvieron «acabadas» ni «ultimadas» las tareas de Marx, por la sencilla razón
de que no está «acabada» ni «ultimada» la Revolución Socialista.No está, ni
siquiera, «diseñada» (o diseñadas sus tareas concretas) de un modo
suficientemente operativo para esta práctica concreta, aquí y
ahora; porque Marx no pudo pensar esta práctica (y nunca lo
intentó, claro está).
Por eso,
el socialismo revolucionario por el que Marx trabajó y luchó
toda su vida no está «completamente definido» como pretenden algunos; tampoco
está, ni podría estar, «pronosticado» o «profetizado» por Marx, como pretenden
otros, todos ellos, unos y otros, falseando al verdadero Marx.
Por eso,
también en el «marxismo», el socialismo revolucionario, no es ni puede ser «una
filosofía», ni «una ciencia», ni «una doctrina», aunque muchos hayan
«encontrado mucho de eso» en sus escritos (depende de los ojos que leían). No.
Nunca ha sido, ni es, eso: sino que es y ha sido siempre, desde Marx, una
tarea abierta de todos y para todos (como lo era para él mismo): lo
mismo los «peones» que los «científicos»; los obreros y los técnicos; los
hombres y las mujeres; los «blancos» y los «negros», o los «cobrizos» o los
«amarillos»; los jóvenes y los viejos…todos. Porque es la nueva y vieja tarea
de la humanidad para construir un mundo mejor para todos, y no para una sola
«nueva clase dominante», o grupo «de presión» o de poder. Para todos. Y ésta es
la tarea histórica que la clase obrera aceptó como propia desde que, gracias a
Marx, adquirió conciencia de quién era, qué era y para que había nacido en la
historia.
Pero esta
tarea, a la vez que la más nueva de las tareas del hombre (novísima, en
realidad, pues muchos ni siquiera han llegado todavía a entenderla), es también
la más vieja de todas las tareas de la humanidad, la primera a la que accedió
desde su origen, aunque durante miles de años e1 hombre no fuera plenamente
consciente de ella. Es la tarea que comenzó con la construcción de la primera
hacha de sílex y que, con ello, generó el ambicioso propósito de transformar la
naturaleza para humanizarla (conferir propiedades y cualidades
humanas a las cosas naturales), más tarde la de humanizar la sociedad y la vida
y, a lo largo de toda ella, humanizar al hombre: es decir,
desarrollarlo como especie única y diferenciada de todas las demás especies.
Esta esla
Gran Tarea que el marxismo hereda o que, más bien, desentraña profundamente de
todo el largo devenir del hombre en la historia.
Esta
tarea no está acabada. En realidad está, ahora mismo, situada ante una terrible
alternativa, en una trágica encrucijada del camino. Porque al llegar a la que
podría ser la fase final (es decir: el momento de un tal
desarrollo de la ciencia y la tecnología que permitiría a la humanidad diseñar
creativamente su propio futuro), la fase en que podría no sólo
conservar sino mejorar todos los «bienes terrenales del hombre», la naturaleza
incluida en primerísimo lugar, es también el momento en que, gracias a la misma
conciencia y tecnología, puede destruirlo todo. De un solo
golpe (con la «bomba de neutrones», por ejemplo) o en un breve plazo con la
destrucción de la biosfera, amenaza que se está consumando día a día.
Y cada
vez está más claro (mañana o pasado lo estará aún más) que únicamente el cambio
radical de las estructuras sociales (la «revolución socialista» que no tiene
por qué ser «un hecho sangriento» que únicamente la clase obrera como tal
(independientemente de los cambios en su «composición social» puede llevar a
cabo. Y ésta es la tarea que el marxismo esclarece y plantea con todo rigor y
con toda crudeza. Porque también se está demostrando, día a día, cada día con
mayor fuerza, que el capitalismo ni puede entender esta tarea ni la puede
realizar, por consecuencia. Sólo hace, y sólo puede hacer, la trágica regresión
de esta tarea hacia la deshumanización del hombre.
Es así
como realmente se plantea la trágica alternativa.
Y así es
como están realmente planteadas las cosas: la clase obrera, responsabilizándose
plenamente de esta tarea que Marx esclareció, necesita, ciertamente, de LA
filosofía para llevarla a cabo; pero no de «una» filosofía particular, de un
hombre o de un grupo, ni siquiera de «una clase» como tal, sino de todo el
pensamiento filosófico de la historia de la humanidad, y del más rico y
creativo pensamiento filosófico de hoy; necesita LA ciencia y de LA tecnología,
las mejores y más avanzadas que han sido creadas a lo largo de la historia;
pero no de «una» ciencia particular ni de «una» tecnología cualquiera,
sino de todas las ciencias y tecnologías positivas o factibles
de ser usadas en sentido positivo (es decir: en beneficio del hombre y no
contra él; por ejemplo, la tecnología de armamentos); necesita de la moral y de
la ética, de aquellas que encierren los mayores y mejores valores humanos
concebibles (que, a lo mejor, hemos de desarrollar todavía a partir de lo
existente); necesita esclarecer y desarrollar una estética que ha producido las
más bellas realizaciones de la historia, siempre nuevas y siempre renovándose,
como una de las más excelsas condiciones de la superior calidad de la vida; yo
me atrevería a decir, incluso, que esa tarea quizá no pueda prescindir de ese
«sentimiento religioso» que impulsa al hombre a sentirse hermano de otros
hombres, más allá, incluso, de lo que puede dictarle cualquier «razón
científica» y que le impulsa a la búsqueda de la libertad y de la luz, incluso
donde la ciencia no tiene aún respuesta (aunque esto no exija la presencia de
«un Dios» que nos robe «una parte del alma»). La experiencia de las últimas
luchas por la libertad nos ha movido a muchos marxistas revolucionarios a
considerar realmente hermanos y camaradas a muchos de estos hombres religiosos
y también nos ha movido a considerar la religión «de otro modo». Ello hay que
agradecerles a estos hombres valientes y leales como los mejores de entre
nosotros.
Pues
bien: este hermoso proyecto, viejo como la humanidad, nuevo como los niños que
están naciendo ahora mismo (y en los cuales hemos de pensar en primerísimo
lugar, pues el nuestro es un proyecto de futuro que debe
desarrollarse desde ahora mismo), este hermoso proyecto es «eso» a lo que los
marxistas revolucionarios, los verdaderos planificadores y constructores de la
sociedad socialista, los comunistas, llamamos genéricamente marxismo, o
sea: la teoría y la práctica de la Revolución Socialista. La
práctica y la teoría de esta gigantesca tarea histórica de la clase obrera a la
cual muchos han (hemos) dedicado la vida entera. Es una tarea inacabada,
planteada todavía (en tanto subsista la sociedad capitalista) en los mismos
términos esenciales en que Marx la planteó; pero no está «diseñada como un
reglamento fijo», sino que es una tarea renovada y renovándose en cada
situación, cada momento, desarrollándose y cambiando en función de su propio
desarrollo y de los cambios reales en la sociedad. Porque tampoco es «una
teoría ya totalmente expresada., sino que es LA teoría y la práctica de esa
necesaria y drástica, radical y terminante, transformación de la
sociedad capitalista en una sociedad nueva que nosotros mismos hemos
de diseñar y construir (y rediseñar y reconstruir) incesantemente, puesto que
ninguno sabemos, ni podemos saber, cómo será la práctica de
mañana mismo; pero esa práctica será fundamental en el nuevo
diseño de la teoría, de una teoría que jamás puede separarse de la práctica,
que siempre determina a la práctica a la vez que siempre es determinada por
ella. Y es por eso que «el marxismo», entendido corno debe ser, como teoría (inacabada) y
práctica (imprevisible) de esa tarea histórica, siempre
está inacabado, nunca está definitivamente «hechos», sino que necesita «hacerse
y rehacerse», incesantemente, de nuevo modo, en cada situación y cada momento
del desarrollo histórico. Y por eso es, hoy mismo, una tarea haciéndose y
definiéndose, una tarea abierta, una tarea todavía «por hacer», siempre.
Afortunadamente
tenemos ya, para ello, extensas y profundas bases históricas, ricas
experiencias de esta larga lucha, viejos valores que todavía nos sirven…, y,
entre otras cosas, tenemos los inapreciables trabajos de Marx en este mismo
orden de ideas.
A toda
esa riqueza se sumará…, lo que nosotros hagamos…, si lo hacemos.
Y ésa es
la cuestión esencial.


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