© Libro N° 12041.
Los Elixires Del Diablo. Hoffmann,
E. T. A. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
E. T. A. Hoffmann. Los elixires del Diablo
Versión Original: © Los Elixires Del Diablo. E. T. A. Hoffmann
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
E. T. A. Hoffmann
Los
Elixires Del Diablo
E. T. A.
Hoffmann
Ernst Theodor Amadeus Hoffmann
(1776-1822) no llegó a entrar con honores en las páginas de oro de la historia
de la música, tal como anheló toda su vida; a cambio, su nombre ha quedado
grabado para siempre, con letras de un extraño fulgor, en el libro de oro de la
literatura universal y su recuerdo quedará asociado en la memoria del lector
con el sabor agridulce de la fantasía, la alucinación, la pesadilla, la locura
y, en definitiva, con el rico universo de lo siniestro y lo numinoso. Animado
por la lectura y el éxito de El Monje de M. G. Lewis, Hoffmann madura la idea
de Los elixires del diablo, para poner sobre el papel en poco más de un mes ¿en
una suerte de trance al borde de la locura? la espeluznante historia, contada
en primera persona, de la vida del monje Medardo, que viene al mundo marcado
por el estigma de una simiente maldita, cuyo origen se remonta a un horrible e
inconfesable crimen cometido por uno de sus antepasados. Pero, a pesar de que
su atormentada conciencia le conduce poco a poco hacia el laberinto de la
locura, su futuro no está totalmente sellado, ya que siempre queda un resquicio
de libertad que, con ayuda de la gracia divina, le permite luchar para alcanzar
su salvación. Una de las cumbres de la literatura gótica.
E. T. A. Hoffmann
Los elixires del Diablo
Papeles póstumos del hermano,
Medardo, un capuchino
ePub r1.0
Blok 07.11.14
Título original: Die Elixiere des
Teufels
E. T. A. Hoffmann, 1815
Traducción e Introducción: José
Rafael Hernández Arias
Editor digital: Blok
ePub base r1.2
INTRODUCCIÓN
Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann
(1776-1822), más conocido en el mundo literario como Ernst Theodor Amadeus
(E.T.A), declinó el tan prusiano «Wilhelm» y lo sustituyó por el nombre de su
idolatrado Mozart, como si quisiera conjurar con ese hocuspocus nominal a las
escurridizas musas. Pero en vez de entrar en las páginas de oro de la música,
como en un principio pretendía y toda la vida deseó con fervor, lo hizo en las
de las letras, y como un extraño meteoro, pues su nombre se convirtió en
sinónimo de fantasía, alucinación, pesadilla, en definitiva en el paradigma de
lo siniestro y de lo numinoso. Sus obras analizan la cara oculta del ser
humano, los aspectos más inquietantes de la existencia, y lo hacen con tal
sutileza psicológica que desbordan cualquier explicación racional, aunque ésta
exista, sea experimentable y apodíctica. La novela que aquí presentamos, Los
elixires del diablo, constituye un ejemplo evidente de lo expuesto; al final
siempre queda un desasosiego, una incertidumbre que pertenece necesariamente a
la naturaleza humana, que, en cierto modo, la define. No en vano pertenece
Hoffmann a una generación de escritores englobada en el término «romanticismo
alemán», que supuso una reacción a las «luces» —que no sólo tienen la virtud de
iluminar, sino también el defecto de deslumbrar—, una resistencia a la
entronización de la Razón y al intento de aniquilar la excepción.
Pero antes de que presentemos la
obra que nos ocupa sería conveniente que intentásemos brevemente dar respuesta
a la pregunta de quién era Hoffmann, de quién era, como lo describe Rüdiger
Safranski, aquel gnomo hipernervioso, hipersensible, hiperactivo y versátil
hasta el asombro. Su nacimiento en Prusia oriental, en concreto en la ciudad
comercial y portuaria de Königsberg, aporta poco para la configuración de un
retrato psicológico, a no ser que profundicemos en el espíritu de aquella urbe
burguesa, culta y de gran importancia histórica. Sólo mencionaremos a este
respecto que otras dos figuras contemporáneas de Hoffmann nacieron y vivieron
en Königsberg, una de ellas fue Immanuel Kant, cuya obra Hoffmann apreció y, en
algunos aspectos, combatió, y la otra es la de Johann Georg Hamann, el Mago del
Norte, el testigo del Cuerpo Místico, crítico de la Ilustración, escritor
genial y críptico, desafío, como Kant, para todo traductor. El suelo, como
vemos, era fértil, pero también la época. A la generación de Hoffmann
pertenecen escritores como Schlegel, Novalis, Brentano o Tieck. En Alemania
existía un sustrato, más espiritual que material, proclive a la vida literaria,
probablemente como consecuencia del culto al genio, a la excepcionalidad.
Hoffmann participaba de este espíritu, que le impulsaba a la obtención de fama
y reconocimiento. Su sueño dorado fue dedicarse exclusivamente al arte, vivir
del arte y para el arte, pero las circunstancias pesaron drásticamente e
imposibilitaron su realización. No podemos olvidar, por consiguiente, que
Hoffmann fue casi toda su vida un ser profundamente frustrado. A ello se añade
una infancia problemática, con la ausencia del padre y el
exceso de celo de una madre
histérica.
Perteneciente a una familia de
juristas, logró concluir con escasa convicción, pero con aprovechamiento, la
carrera de Derecho, y pudo ocupar puestos de jurista en varios tribunales de la
Polonia prusiana, en concreto en Varsovia y Posen. Un golpe del destino,
encarnado en las guerras napoleónicas, le privó de su plaza, e hizo que buscara
fortuna en el mundo de la música, cubriendo una vacante de director musical en
el teatro de la ciudad de Bamberg. Su vida, sin embargo, no lograba
estabilizarse. El puesto que ocupaba le proporcionaba escasos ingresos, que
tenía que complementar con clases particulares de piano. Además, no tardaron
mucho tiempo en surgir dificultades, unas veces debido a las circunstancias,
otras debido a su carácter y actitud, que terminaron por privarle del poco
lucrativo salario. Hoffmann conoció la miseria, el hambre y la desesperación.
Se movía en las fronteras de la demencia, plagado de pesadillas, visiones,
fobias y extraños síntomas, quizá preludio de la cruel enfermedad que le llevó
a la muerte. Su diario está lleno de referencias a sus apuros económicos, que
le obligaron incluso, en alguna ocasión, a vender la ropa de abrigo. Las cartas
en que pedía dinero a los amigos son legión. Tras ocupar un puesto como
director musical de una compañía de teatro sita en Dresde y Leipzig, va a
comenzar, sin embargo, una nueva etapa que le va a proporcionar la tan ansiada
seguridad económica.
Derrotado Napoleón, al que
Hoffmann había negado el juramento de fidelidad, el Estado prusiano se recupera
y admite de nuevo a Hoffmann en sus filas. El 1 de octubre de 1814 ingresa en
el Tribunal de Berlín y el 1 de noviembre del mismo año forma parte de la Sala
de lo criminal. Su carrera como juez fue extraordinaria. Hoffmann era un
jurista excelente, y sus informes y dictámenes constituyen un modelo de
argumentación jurídica. Su competencia profesional iba pareja, además, con la
integridad de su conciencia, que se mostró diáfana en la decisión, inaudita en
aquella época, de abrir un procedimiento judicial contra uno de los jefes de la
policía real prusiana. Esta actitud fue admirada por Beethoven, que, haciendo
un juego de palabras, irreproducible en español, con el apellido del juez
poeta, exclamó: «Hoffmann — du bist kein Hof-mann», es decir, cambiando la
entonación, «Hoffmann, no eres un cortesano». Junto a su actividad profesional,
que le ocupaba las mañanas y llevaba a cabo con constancia y exactitud ejemplares,
desplegaba una intensa actividad literaria. Podemos decir con Eugen Walter,
autor de una tesis doctoral sobre el aspecto jurídico en la vida y en la obra
de Hoffmann, que fue probablemente su retomada carrera de jurista la que le
proporcionó una compensación correctora en su complicada y, en cierta manera,
psicopática vida anímica. Pero Hoffmann necesitaba de otros elementos
compensatorios que equilibrasen su compleja y alterada personalidad. Uno de
ellos era el humor, que se manifestaba primordialmente en sus caricaturas,
algunas realizadas incluso en el Tribunal, durante las vistas, pues Hoffmann
era, por añadidura, un excelente dibujante. Esta faceta le creó serios
problemas, sobre todo dentro de su gremio, pues
a veces se dedicaba a poner en
circulación dibujos y panfletos satíricos. El otro elemento compensatorio lo
constituía, sin duda, el alcohol. Hoffmann era un bebedor empedernido, capaz de
ingerir cantidades ingentes de vino sin que ello, para asombro de sus amigos,
incidiera ni en su capacidad de trabajo ni en el ritmo vital de un burgués con
responsabilidades profesionales de importancia. Lamentablemente, el final le
alcanzó en un momento en el que empezaba a saborear el tan anhelado éxito
literario. Hoffmann murió con tan sólo cuarenta y seis años de edad, víctima de
una enfermedad cruel, que le dejó completamente paralizado. Su pasión por la
literatura queda reflejada por los testigos que le visitaron en aquella época.
A pesar del dolor, seguía escribiendo, y cuando no pudo escribir más, dictó
hasta el último momento de su corta vida.
Ahora que poseemos una sucinta
imagen de la personalidad de Hoffmann, nos será más fácil presentar su novela
Los elixires del diablo y desentrañar los motivos que le indujeron a
escribirla. Una anotación en su diario con fecha 4 de marzo de 1814, cuando Hoffmann
contaba 38 años de edad, nos da la clave del origen. En ella podemos leer que
la idea fundamental de la novela ya ha madurado en la mente de Hoffmann. En
otras anotaciones de aquel periodo constatamos que, precisamente en aquellas
fechas, Hoffmann pasaba por un mal momento: su miedo a un declive anímico y a
volverse loco alcanza uno de los puntos más críticos. El 5 de marzo comienza a
escribir la novela de un modo compulsivo y absorbente, finalizando el 23 de
abril la primera parte, que aparecerá el 19 de septiembre de 1815 en Berlín. La
segunda parte, que empezó a escribir en 1815, cuando ya estaba al servicio del
Estado prusiano, se publicará con posterioridad, el 14 de mayo de 1816.
Hoffmann encontró dificultades para escribir esta segunda parte, pues, según
sus manifestaciones, había perdido la inspiración que facilitó el breve tiempo
de gestación de la primera. ¿Por qué escribió Hoffmann esta novela? ¿Qué
esperaba conseguir con ella? La razón que aduce es que Los elixires serían su
«elixir vital», es decir, que le proporcionarían una remuneración que le
sacaría de la miseria económica y cimentarían un prestigio literario que
facilitaría la publicación de obras posteriores. La segunda razón hay que
deducirla, y se puede resumir en que la novela, sobre todo la primera parte,
sirvió a Hoffmann como terapia psicológica para salir de una crisis que
amenazaba con hacerle sucumbir.
Los elixires del diablo pertenece
al género folletinesco. La elección del género por Hoffmann no fue fruto de la
improvisación, ya que su idea era escribir una novela que se vendiera, es
decir, «popular». El folletín gozaba de espléndida salud, así que Hoffmann se
esforzó por adaptar su narración al género. De este aspecto de su novela
proviene una larga discusión en la que se enfrentan estudiosos que hacen valer
sus prejuicios contra lo que se considera un «género inferior», negándole a la
novela un lugar decente en la historia de la literatura, y aquellos
especialistas que han elaborado complejas justificaciones para salvar la obra
de Hoffmann de semejantes reproches. Si bien es cierto que la estructura, los
motivos y el estilo pertenecen al folletín, no es
menos cierto que la novela
aglutina otros elementos, otros rasgos genéricos, que la dotan de una identidad
propia, que hacen de ella una auténtica «rara avis» en el mundo de la
literatura.
Los modelos literarios que
influyeron en la novela han sido rastreados sin dificultad, algunos fueron
mencionados por el propio Hoffmann. Entre ellos se encuentra la novela gótica,
sobre todo la obra de M. G. Lewis El monje (1795), de gran éxito en Inglaterra;
también las novelas cuyo tema principal es la conspiración y las sociedades
secretas, que en aquel tiempo constituían un auténtico subgénero, y que
Hoffmann había leído con pasión desde su niñez. Autores que representaban el
espíritu romántico, como Schiller, en concreto su obra El visionario, Jean Paul
Tieck, y representantes del género trágico como Adolf Müllner, Zacharias Werner
o Franz Grillparzer, constituyen asimismo puntos de referencia de la novela.
Pero, como hemos comentado, una de las virtudes y peculiaridades de la obra de
Hoffmann es la diversidad de motivos y cómo éstos se van entrelazando hasta
formar un todo complejo. Cada analista de Los Elixires ha creído descubrir su
originalidad en un aspecto distinto, ya fuese en la vertiente psicológica y
psiquiátrica, en el realismo de determinados pasajes, en la figura literaria
del doble, en la teoría criminológica, en el papel del mal o en la importancia
de la sexualidad. Sería, por consiguiente, conveniente que abordásemos
brevemente los motivos principales que trenzan la novela.
La teoría criminal
Los elixires del diablo contiene
muchos elementos del «Kriminalroman», de lo que hoy conocemos como novela
policíaca. Su trama comprende, lógicamente, el crimen y la actividad necesaria
para su esclarecimiento. Pero la obra de Hoffmann se basa en una teoría
criminológica que actúa como telón de fondo y condiciona la acción de los
personajes. Se trata de la estirpe criminal, de la transmisión hereditaria de
la culpabilidad. Esta teoría, defendida todavía en el siglo XIX por penalistas,
adaptaba el principio teológico del pecado hereditario al ámbito jurídico, como
consecuencia de la identificación entre pecado y delito. El Derecho penal se
subordinaba a la ley moral, y todo delito equivalía a una culpa en un sentido
religioso y ético. Al adoptar esta teoría, Hoffmann inserta a su protagonista,
el monje Medardo, en una existencia culpable simplemente por el hecho de haber
nacido. Su destino queda determinado de antemano, aunque no sellado, ya que
siempre queda un residuo de libertad que, con
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ayuda de la gracia divina, le
permite luchar y alcanzar la salvación. Como Lombroso, que haciendo gala de un
determinismo biológico radical creía poder prever la criminalidad interpretando
determinados rasgos y peculiaridades físicas del ser humano, Hoffmann introduce
en la trama un determinismo, pero esta vez metafísico, que obliga a Medardo a
pecar y a delinquir. Pero al coincidir la culpa subjetiva y la culpa moral, el
castigo no se puede reducir a cumplir una pena externa, por grave que ésta sea,
sino que tiene que haber un componente personal de autocastigo que logre el
restablecimiento del orden moral perturbado.
La novela nos muestra también los
vastos conocimientos criminológicos de Hoffmann, adquiridos en el ejercicio de
su profesión, y la sabia combinación con elementos psicológicos, que permite un
amplio espectro de observaciones y deducciones sorprendentes, enriqueciendo,
sin duda, el asunto de la obra. Un ejemplo de este hermanamiento entre
literatura y criminología sería la relación entre la escisión de la conciencia
y la problemática en torno a la existencia de la libertad volitiva, o la ardua
cuestión de la culpabilidad y de la irresponsabilidad penal por «amentia». Esto
nos permite hacer referencia a uno de los rasgos más alabados de la novela de
Hoffmann, que ha sido los distintos niveles de lectura que admite, lo que
también ha ayudado a mantenerla durante tantos años en el punto de mira de los
especialistas.
La psicopatía
Mucho se ha escrito acerca del
interés romántico por la enfermedad, sobre todo por los desórdenes mentales.
Novalis hablaba de la importancia de la enfermedad para el proceso de
individualización. Hoffmann llevó su interés en este terreno hasta la obsesión.
No sólo devoraba manuales psiquiátricos, sino que visitaba manicomios, como el
célebre de Bamberg, para comprobar por sí mismo síntomas y terapias. Estaba al
tanto de cualquier innovación científica, conocía perfectamente los trabajos y
experimentos del médico Friedrich Albert Magnus, estudioso del magnetismo, así
como las terapias mesmeristas e hipnóticas. De toda esta literatura utilizó
para su novela el desdoblamiento de la personalidad, la experiencia de la
pérdida del «yo», el sometimiento mental a una personalidad más fuerte, los
fundamentos para una voluntad perturbada que coloca al poder como fin y no como
medio. Uno de sus personajes, Eufemia, presa de esta demencia, emite juicios en
los que se ha creído reconocer un cierto parentesco con el concepto posterior
nietzscheano de la «voluntad
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de poder».
Los conocimientos psiquiátricos
de Hoffmann se reflejan en su lenguaje, en el realismo con que describe las
crisis psicopáticas. Hay que tener presente que el mismo Hoffmann padecía de
ataques de angustia, de fobias diversas y de la idea obsesiva de que iba a
perder la razón. Su interés por este tipo de conocimientos médicos brota, pues,
esencialmente, de un desequilibrio anímico que queda conjurado a través de la
escritura. Quizá su fobia con más trascendencia literaria fuese la del doble, a
la que nos referiremos a continuación.
El doble
Hoffmann era asaltado
frecuentemente por la obsesión de que un doble le perseguía. Esta experiencia
fue convertida con éxito en un motivo literario que disfrutó de una amplia
difusión. Dostoyevski fue uno de los clásicos que, inspirado por Hoffmann y consciente
de la gran capacidad del motivo para desencadenar situaciones angustiosas y
problemas existenciales, cultivarían con posterioridad el mismo tema. O. Rank
explicaba esta neurosis como una defensa ante la dispersión del «yo», que, a
través del doble, intenta desmentir radicalmente su declive. Constituiría, en
cierta manera, un intento desesperado de autoafirmación de la personalidad.
Freud, que dedicó un opúsculo a la obra de Hoffmann en el que lo calificaba de
maestro sin parangón de lo inquietante, explicaba el fenómeno del doble como un
regreso a fases anteriores en el desarrollo de la percepción del «yo», una
regresión a épocas de la existencia en las que el «yo» todavía no había
delimitado por completo su esfera particular respecto al mundo exterior y a los
demás. Sea cual sea la explicación psicológica, el tema del doble es uno de los
hilos que tejen el argumento de la novela, y la dotan de esa atmósfera tan
especial que despierta indefectiblemente la conciencia de la fragilidad de la
propia identidad.
Aunque el motivo del doble
alcanzó su cénit en el siglo XIX, no podemos hablar, como ha destacado Aglaja
Hildenbrock, de una invención contemporánea. La figura del doble aparece ya en
las sagas germánicas. También encontramos versiones de la misma en la mitología
griega, como el «agathos daimon», o en la romana, como el «genius». Incluso el
concepto egipcio «Ka» engloba en cierta manera el motivo del doble. Pero en
todos estos casos asistimos a una interpretación positiva de la idea, ya que la
función del sosia era antiguamente protectora y no amenazante. Un extraño
proceso tuvo que desarrollarse para que el doble se convirtiera a través de los
siglos
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en una imagen espectral y dañina.
Heinrich Heine explicaba este proceso con la teoría de que los dioses, después
de la caída de la religión que los sustentaba y daba sentido, sólo podían
sobrevivir convirtiéndose en demonios.
El mal
El esquema fundamental de Los
elixires se puede reducir a la eterna lucha entre el bien y el mal. El mismo
Hoffmann puso de manifiesto este aspecto toral al explicar el argumento de la
novela a su editor Kunz: «Se trata, ni más ni menos, que de mostrar claramente,
a través de la vida tortuosa y extraña de un hombre en el que ya desde su
nacimiento rivalizan los poderes demoníacos y celestiales, los misteriosos
lazos que unen al espíritu humano con todos los principios superiores ocultos
en la naturaleza, y que se manifiestan como relámpagos en los momentos más
inesperados…». Poderes demoníacos o espectros diabólicos constituyen fuerzas
que pueden ejercer su perversa y corruptora influencia en el Hombre, sobre todo
a través de los sueños. Hoffmann participaba de las creencias populares
alemanas, ofreciendo a alguna de ellas un soberbio marco literario a través de
sus cuentos. Pero estas fuerzas del mal, tenebrosas y astutas, obran con
método, aparecen repentinamente en los instantes más luminosos de la vida y se
apoderan del personaje, hacen de él un instrumento carente de voluntad propia,
que, a partir del instante en que ha sido contactado, se ve condenado a formar
parte de un plan siniestro. Una de las peculiaridades de la obra de Hoffmann es
que el demonio no aparece en carne y hueso, sino que figuras humanas incorporan
el principio del mal y se mueven y actúan abandonadas a la fatalidad. Éste es
el caso del monje Medardo, cuya alma se convierte en campo de batalla entre dos
principios hostiles. En este sentido, la novela de Hoffmann contiene elementos
analíticos, es decir el personaje principal analiza a lo largo de sus
vicisitudes las fuerzas oscuras que influyen en su vida hasta que logra,
primero reconocerlas, y luego dominarlas.
Entre las técnicas narrativas más
efectivas de Hoffmann se encuentra asimismo su capacidad de situar al lector,
que queda involucrado en la trama, en la perspectiva del personaje diabólico.
Hoffmann permite mirar a través del prisma del mal, intensificando de este modo
la atmósfera siniestra.
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El Catolicismo
El romanticismo alemán se va a
caracterizar por un resurgir de la confesión católica. Muchos escritores
románticos se convertirán al catolicismo considerando a la Iglesia católica
como un refugio contra el espíritu racionalista. Este fenómeno recibirá posteriormente
el nombre de «catolicismo romántico», que también tendrá una variante
político-teológica, el denominado «romanticismo político». Hoffmann, sin llegar
a la conversión, se vio influido poderosamente por el espíritu católico, sobre
todo tras la visita a monasterios y conventos en Bamberg, ciudad bávara de
fuerte raigambre católica. Basándose en estas experiencias, algunas de ellas de
fuerte contenido emocional, Hoffmann escenifica Los elixires en un marco
católico, recreándose en la descripción de ceremonias y ritos, extendiéndose a
menudo acerca de los dogmas y doctrinas. Su aproximación, como la del
romanticismo en general, se mantiene primordialmente, sin embargo, en un plano
estético y no religioso. El mundo católico ofrecía una paleta más amplia de
elementos y motivos literarios que el austero protestantismo, y otorgaba, en
definitiva, un mayor margen de acción a una narrativa fantástica, amante de lo
misterioso. En cierta manera se produce una secularización, ya que el escritor
romántico busca motivos religiosos que correspondan a experiencias
extraordinarias individuales, por ejemplo el culto al milagro es trasunto de la
creencia en la excepción. Se produce el trasvase de un contenido profano a otro
religioso y no viceversa.
El sexo
Rüdiger Safranski cree descubrir
en el papel de la sexualidad lo más original en la novela de Hoffmann, que, sin
este aspecto, se convertiría en una historia estereotipada. Según Safranski, el
lema que preside la obra sería: «Cómo debe ser destruida la sexualidad, antes
de que ella misma se torne destructiva» o «la sexualidad es el destino».
En la novela de Hoffmann la
sexualidad constituye efectivamente un elemento destructivo y perturbador del
que se sirven los poderes oscuros para causar un desorden moral y, así, cumplir
sus planes ocultos. El deseo físico aparece muchas veces, no obstante,
subordinado a la voluntad de poder, es decir se torna en cauce, para
determinados personajes, de su desmesurado y sacrílego afán de dominio.
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Aunque el motivo mantiene su
importancia, siempre actúa más como complemento y vehículo que como entidad
autónoma y autosuficiente. Freud creyó descubrir en la obra de Hoffmann,
precisamente por este tratamiento negativo de la sexualidad, un «complejo de
castración». Hoffmann se ha convertido, sin duda alguna, en una mina para
psicoanalistas de toda condición.
La novela Los elixires del diablo
gozó, poco después de su publicación, de una favorable acogida. Fue alabada por
Heinrich Heine y, posteriormente, por Friedrich Hebbel. En Inglaterra alcanzó
un gran éxito y recibió críticas muy positivas, algunas entusiastas. No
obstante, Hoffmann pasó con rapidez al olvido en Alemania. Fue en Francia,
paradójicamente, donde comenzó a crecer su fama, y se le llegó a considerar
como el máximo representante de la literatura alemana de la época junto a
Goethe. A principios del siglo XX, impulsada por el movimiento expresionista y
la fascinación por los fenómenos ocultos y paranormales, su obra resurge con
fuerza en toda Europa. Este impulso no se ha extinguido. Monografías y estudios
especializados investigan en la actualidad los aspectos más variados de la obra
y vida de Hoffmann, creando una amplia bibliografía secundaria. Hoffmann se ha
consolidado como uno de los más grandes y complejos escritores de la época
romántica.
Nota en torno al estilo de
Hoffmann
Aunque muchas de las
características estilísticas de Hoffmann son compartidas por otros escritores
del romanticismo alemán, nos encontramos ante ciertas peculiaridades que bien
pudieran proceder, como el mismo Hoffmann aseguraba, de su lugar de origen, la
Prusia oriental. La prosa de Hoffmann supone un continuo divagar, una lenta
incursión en los acontecimientos, en claro contraste con las prosas románicas,
que tienden hacia la claridad y la concisión. Hans Dahmen ha comparado
acertadamente el estilo de Hoffmann con una luz crepuscular nórdica, propia de
la fantasía germánica, en contraste con la luz meridional de las lenguas
románicas. Las oraciones son desmesuradamente largas, hay construcciones
reiterativas y las oraciones subordinadas —que no merecen tal nombre, pues
continúan el proceso mental y aportan datos esenciales para la comprensión del
texto— se van hilando hasta que prácticamente pierden su conexión con el
origen. Esta técnica narrativa posee, sin embargo, una virtud: facilita la
creación de una atmósfera determinada y envuelve al lector de tal manera en la
trama que le cuesta abandonar la lectura. Aunque obliga a un esfuerzo de
atención adicional, viene compensada por una
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experiencia literaria más
intensa.
Otra de las características de la
prosa de Hoffmann es su impresionismo. Su forma de escribir era más impulsiva
que racional. Cuántas veces tuvo que preguntar a los editores acerca de
argumentos anteriores para no caer en contradicciones y, sin embargo, sus
obras, también Los elixires, muestran incoherencias y discordancias, fruto de
la falta de sistema. Cuando Hoffmann enfermaba, algo bastante corriente,
dictaba durante horas sin parar y, prácticamente, sin corregir. Este defecto
quedaba compensado por el realismo de sus observaciones, que, en cierto modo,
cubrían con un velo de la ignorancia los posibles errores de concordancia.
La traducción que aquí ofrecemos
al público lector intenta conservar, tanto como lo permite el español, algo del
estilo de Hoffmann. Sus oraciones largas y complejas, los párrafos extensos,
cierto ritmo reiterativo —por otro lado tan propio del género folletinesco—, no
representan un mero capricho, sino una táctica del autor que, a pesar de las
dificultades que entraña, merece atención por parte del traductor, sin caer,
por supuesto, en una despreocupación por la fluidez y comprensibilidad de la
lectura en español.
José Rafael Hernández Arias
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Prólogo del editor
Gustoso te guiaría, benévolo
lector, hasta aquel oscuro plátano bajo el que, por vez primera, leí la extraña
historia del hermano Medardo. Entonces te sentarías a mi lado en el mismo banco
de piedra, que queda medio oculto entre matas fragantes y flores multicolores;
dirigirías, como yo, tu mirada nostálgica hacia las montañas azules, que se
escalonan, formando maravillosas configuraciones, tras el soleado valle que se
extiende ante nosotros, al final de la alameda. Al volverte descubrirías, a una
distancia escasa de veinte pasos, un edificio gótico, cuyo portal se halla
profusamente adornado con estatuas.
A través de las oscuras ramas de
los plátanos te contemplan las imágenes de los santos con ojos claros y
vívidos: son pinturas al fresco que resplandecen en los amplios muros. Un sol
rojo incandescente permanece sobre las montañas, el viento del atardecer
comienza a soplar, todo adquiere vida y movimiento. Voces extraordinarias
surgen, susurrantes y rumorosas, entre los árboles y la maleza, dando la
impresión, debido a sus tonos ascendentes, de tornarse en cánticos y música de
órgano, así al menos resuena desde la lejanía. Hombres de semblante serio,
ataviados con hábitos de pliegues holgados, pasean silenciosos por la arboleda
del jardín con la mirada piadosa dirigida hacia lo alto. ¿Han cobrado vida las
imágenes de santos y bajado de sus elevados pedestales? El misterioso
escalofrío de las prodigiosas tradiciones y leyendas, que allí están
representadas, te llena de estremecimiento. Todo parece como si ocurriera
realmente ante tus ojos y creerías en ello de buen grado. En este estado de
ánimo leerías la historia de Medardo y quizá estarías dispuesto a tomar las
visiones del monje por algo más que el juego anárquico de una imaginación
exaltada.
Acabas de ver, benévolo lector,
imágenes de santos, un monasterio y monjes, sólo me queda añadir que te he
guiado por el espléndido jardín del monasterio de los capuchinos de B[1].
Hace tiempo, cuando permanecí
unos días en este monasterio, su venerable prior me mostró los papeles póstumos
del hermano Medardo, que se conservaban en el archivo como una auténtica
rareza. Sólo con esfuerzo pude superar los reparos del prior para que me
hiciera partícipe del contenido de los mismos. En realidad, el anciano opinaba
que estos papeles deberían haber sido quemados. No sin cierto temor, en el caso
de que compartieras la opinión del prior, pongo en tus manos, benévolo lector,
los papeles mencionados en forma de libro. Si te decides, sin embargo, a
acompañar fielmente a Medardo a través de tenebrosos claustros y oscuras
celdas, a través del más multiforme de los mundos y también a soportar a su
lado lo horrible, pavoroso, extravagante y burlesco de su existencia, entonces
quizá te deleites con las variadas imágenes que te ofrezca la cámara oscura.
También puede ocurrir, que lo que aparece sin forma, en cuanto lo aprecies con
mirada penetrante, se
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te muestre pronto nítido y
rotundo. En este caso reconocerás el brote oculto que un destino oscuro
concibió y que, transformado en planta exuberante, se multiplica sin cesar a
través de miles de vástagos, hasta que una flor, trocada en fruto, absorbe toda
la savia vital y termina matando al mismo brote que le dio la vida.
Después de haber leído
atentamente hasta el final los papeles del capuchino Medardo —lo cual me
resultó bastante difícil, ya que el bendito había escrito con una letra monacal
pequeña y prácticamente ilegible—, me pareció como si aquello que llamamos comúnmente
sueño e imaginación fuera el conocimiento simbólico del hilo secreto que se
extiende a través de nuestra vida, trenzándola y otorgando cohesión a todas sus
fases. Se debe considerar perdido, sin embargo, al poseedor de este
conocimiento que cree haber cobrado la fuerza suficiente como para romper
violentamente el hilo y habérselas, cara a cara, con el poder oscuro que nos
domina.
Es posible, benévolo lector, que
compartas mi opinión, y así lo desearía de todo corazón por motivos
justificados.
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PRIMERA PARTE
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CAPÍTULO PRIMERO
Años de infancia y vida monacal
Nunca me dijo mi madre en qué
condiciones había vivido mi padre en el mundo; si evoco a través de la memoria,
sin embargo, todo lo que me contó en mi infancia acerca de él, debo suponer que
se trataba de un hombre experimentado, dotado de profundos conocimientos.
Precisamente por estas historias y otros comentarios esporádicos de mi madre
sobre su vida pasada, que sólo me fueron comprensibles con el paso del tiempo,
sé que mis padres cayeron de una vida cómoda, disfrutando de una considerable
riqueza, en la más amarga pobreza, y que mi padre, tentado por Satanás para
perpetrar un infame sacrilegio, cometió un pecado mortal que, años más tarde,
cuando la gracia divina le iluminó, quiso expiar mediante una peregrinación al
Sagrado Tilo[2], en la lejana y fría Prusia. Durante la fatigosa caminata mi
madre sintió, por vez primera tras varios años de matrimonio, que éste no
quedaría sin fruto, como había temido mi padre, quien, a pesar de su
indigencia, experimentó una gran alegría, ya que así podría cumplirse una
visión, según la cual San Bernardo le habría asegurado consuelo y perdón de los
pecados por mediación del nacimiento de un hijo. Mi padre enfermó en el Sagrado
Tilo, y cuanto más insistía, a pesar de su estado, en llevar a cabo los penosos
ejercicios espirituales prescritos, más se agravaba su enfermedad. Murió,
redimido y consolado, en el mismo instante de mi nacimiento.
Con el despertar de la conciencia
alborean en mí las imágenes apacibles del monasterio y de la espléndida iglesia
en el Sagrado Tilo. Todavía me rodean los murmullos del oscuro bosque, los
aromas de la exuberante hierba germinada, de las flores multicolores que me
sirvieron de cuna. Ningún animal venenoso, ningún insecto dañino habita en el
santuario de los bienaventurados. Ni el zumbido de una mosca, ni el canto del
grillo interrumpen el sagrado silencio, en el que sólo resuenan los cánticos
piadosos de los monjes que, formando largas procesiones, balancean junto con
los peregrinos los dorados incensarios, de los cuales brota hacia lo alto la
fragancia del humo consagrado. Todavía me parece estar viendo, en medio de la
iglesia, el tronco del tilo cubierto de plata, en el que los ángeles sostenían
la imagen milagrosa de la Virgen. ¡Aún me sonríen desde los muros, desde las
bóvedas de la iglesia, las policromas figuras de los ángeles, de los santos!…
Las historias de mi madre acerca del maravilloso monasterio, en el que su
profundo dolor encontró un consuelo pleno de gracia, han penetrado hasta tal
punto en mi alma que me parece haberlo visto y experimentado todo yo mismo, a
pesar de que es imposible que mi recuerdo pueda alcanzar un pasado tan lejano,
ya que mi madre abandonó año y medio más tarde aquel lugar sagrado. Así, tengo
la sensación de haber visto en la iglesia desierta, con mis propios ojos, la
figura extraordinaria de un hombre serio.
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Sólo podría tratarse del pintor
extranjero que, en tiempos remotos, acabada de construir la iglesia, apareció
misteriosamente sin que nadie pudiese entender su idioma y pintó, con mano
experta, en un periodo brevísimo, la iglesia de la manera más soberbia, para
desaparecer de nuevo nada más terminar. Del mismo modo recuerdo también a un
anciano peregrino —aunque poseo la certeza de que sólo gracias a la descripción
de mi madre pudo tomar cuerpo en mi interior su vívida imagen—, vestido de
forma extraña, con una barba larga y gris, que me llevaba a menudo en brazos de
un lado a otro, jugaba conmigo y buscaba en el bosque los más variados tipos de
piedras y plantas. Una vez trajo a un niño singular por su belleza, que tenía
mi misma edad. Nos sentábamos en la hierba, dándonos abrazos y besos. Le regalé
todas mis piedras de vivos colores, y con ellas sabía hacer todo tipo de
figuras en el suelo, aunque siempre terminaban formando una cruz. Mi madre se
sentaba a nuestro lado en un banco de piedra, y el anciano, que permanecía de
pie detrás de ella, contemplaba nuestros juegos infantiles con seriedad
indulgente. Entonces salieron algunos jóvenes de la maleza que, a juzgar por
sus ropas y su apariencia en general, habían venido al Sagrado Tilo sólo por
curiosidad y ganas de husmear. Al percatarse de nuestra presencia, gritó uno de
ellos entre risas:
—¡Mirad, una sagrada familia!
¡Algo digno de mi carpeta!
Y, sacando papel y lápiz, se
dispuso a dibujarnos. El anciano peregrino levantó la cabeza y gritó furioso:
—¡Miserable burlón, quieres ser
un artista y en tu interior jamás ha ardido la llama de la fe y del amor! ¡Tus
obras permanecerán muertas y heladas como tú! ¡Desesperarás, como un repudiado,
en un solitario vacío y perecerás en tu propia pobreza de espíritu!
Los jovenzuelos huyeron de allí
desconcertados. El anciano peregrino dijo entonces a mi madre:
—Hoy os he traído a un niño
maravilloso para que encendiese la chispa del amor en vuestro hijo, pero me lo
tengo que llevar y jamás lo volveréis a ver, como tampoco a mí. Vuestro hijo
está dotado espléndidamente de múltiples dones, sin embargo los pecados del
padre hierven y fermentan en su sangre. Es posible que pueda, pese a ello,
convertirse en un bravo campeador de la fe, dejadle que sea religioso.
Mi madre apenas podía expresar la
profunda e imborrable impresión que le causaron las palabras del peregrino.
Decidió, sin embargo, no forzar mis inclinaciones, sino aguardar tranquilamente
a lo que el destino quisiera imponerme y al camino por el que quisiera guiarme,
ya que mi madre no podía pensar en ninguna educación superior que no fuese la
que ella misma estaba en disposición de darme.
Mis recuerdos, basados claramente
en experiencias personales, comienzan cuando mi madre, en el camino de regreso
a casa, llegó a un convento cisterciense[3], donde fue recibida amigablemente
por una abadesa, portadora del título de princesa, que había
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conocido a mi padre. El periodo
de tiempo transcurrido desde aquel suceso con el anciano peregrino —suceso que
conozco a través de mi propia evocación de los hechos, de tal manera que mi
madre sólo lo ha completado respecto a los discursos del pintor y del
peregrino—, hasta el momento en que mi madre me presentó por vez primera a la
abadesa, constituye una auténtica laguna en mi memoria: ni la más mínima idea
de lo ocurrido ha quedado grabada en mi mente. Me encuentro de nuevo en el
pasado, cuando mi madre arreglaba y mejoraba, dentro de lo posible, mi ropa.
Había comprado cintas nuevas en la ciudad, me había cortado el pelo, que había
crecido de manera salvaje, y me había aseado concienzudamente, mientras me
conminaba a comportarme de forma piadosa y apropiada ante la abadesa.
Finalmente recuerdo que subí las amplias escaleras de piedra de la mano de mi
madre y penetré en la elevada y abovedada estancia, adornada con imágenes de
santos, donde se encontraba la princesa. Era una mujer de una belleza mayestática,
a quien los hábitos de la Orden dotaban de una dignidad que infundía gran
respeto. Me contempló con una mirada seria, escrutadora, y preguntó:
—¿Es vuestro hijo?
Su voz, toda su distinción, la
extraña atmósfera, la elevada sala, las imágenes, todo me afectó tanto que,
sobrecogido por un sentimiento de horror interior, empecé a llorar amargamente.
Entonces la abadesa se dirigió a mí, mientras me miraba con bondad y dulzura:
—¿Qué te sucede, pequeño? ¿Te
asustas de mí? ¿Cómo se llama vuestro hijo, querida señora?
—Franz —respondió mi madre.
La abadesa exclamó en aquel
momento con la más profunda melancolía: «¡Francisco!». Entonces me elevó y
apretó con vehemencia contra su pecho, pero en ese mismo instante sentí un
dolor repentino en el cuello que me hizo proferir un grito tan fuerte que la
abadesa, horrorizada, me soltó, y mi madre, consternada por mi comportamiento,
acudió presurosa para sacarme de la estancia. La princesa no lo permitió.
Ocurrió que la cruz de diamantes que la princesa lucía en el pecho me había
dañado hasta tal punto el cuello, al apretarme tan fuerte, que el lugar de
contacto había adquirido un color rojo intenso y mostraba vestigios de sangre.
—Pobre Franz —dijo la princesa—,
te he hecho daño, pero queremos, no obstante, ser buenos amigos.
Una hermana trajo dulces y vino
azucarado. Yo, recuperado el atrevimiento, no me hice mucho de rogar y empecé a
saborear con ánimo los dulces que aquella mujer encantadora, sentada y conmigo
en el regazo, ponía en mi boca. Cuando probé unas gotas de la bebida dulce que
me habían traído, hasta aquel momento totalmente desconocida para mí, recuperé
esa alegría de espíritu, esa vivacidad, que según testimonio materno me era
propia desde la más tierna infancia. Reí y charlé para gran placer de la
abadesa y de la hermana, que había permanecido en la habitación. Todavía me
resulta inexplicable cómo a mi madre se le ocurrió incitarme a contar a la
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princesa todas las cosas bellas y
espléndidas de mi lugar de nacimiento y cómo, aparentemente inspirado por un
poder superior, pude describir de manera tan viva las bellas imágenes del
pintor extranjero y desconocido, como si las hubiese aprehendido en lo más
profundo de mi espíritu. Luego empecé a contar detalles sobre las
extraordinarias historias de los santos, como si conociera y estuviera
familiarizado con todos los escritos de la iglesia. La princesa, incluso mi
madre, me miraban asombradas, pero cuanto más hablaba, más aumentaba mi
entusiasmo, y cuando finalmente la princesa me preguntó:
—Dime, querido niño, ¿cómo es que
sabes todo eso?
Entonces contesté, sin titubear
un instante, que el niño maravilloso que una vez trajo un peregrino extranjero
me había explicado el significado de todas las imágenes de la iglesia, que
incluso había reproducido alguna imagen con piedras multicolores, y no sólo me
había aclarado su sentido, sino que me había narrado muchas otras historias
sagradas.
Tocaron a vísperas; la hermana
había empaquetado una buena cantidad de dulces para mí, que guardé con gran
placer. La abadesa se levantó y se dirigió a mi madre:
—Querida señora, considero a
vuestro hijo mi protegido y quiero hacerme cargo de él a partir de ahora.
Mi madre no podía hablar de
emoción, besaba las manos de la princesa, derramando ardientes lágrimas.
Pretendíamos retirarnos hacia la puerta, cuando la princesa se aproximó, me
tomó de nuevo en brazos, desplazando cuidadosamente la cruz a un lado, y me estrechó,
llorando, fuertemente contra su pecho, de tal manera que sus ardientes lágrimas
bañaron mi frente; luego exclamó:
—¡Francisco, sé piadoso y bueno!
Yo me conmoví hasta lo más
profundo de mi ser y tuve también que llorar, aunque sin saber por qué.
Gracias a la protección de la
abadesa, la casa de mi madre, situada en una pequeña granja no lejos del
convento, ganó pronto en reputación. Se acabó la pobreza, yo iba mejor vestido
y recibía clases del párroco, al que servía como monaguillo cuando prestaba
servicio divino en la iglesia del convento.
Todavía me acompaña el recuerdo
de aquellos felices años de infancia, como si fuese un sueño bendito. ¡Ay!,
como un país lejano, maravilloso, donde habitan la alegría y la jovialidad sin
aflicción de un entendimiento infantil y despreocupado, yace mi hogar, ahora
tan distante, pero cuando miro hacia atrás se abre ante mí el abismo que me
separa eternamente de él. Arrebatado por un anhelo ardiente, intento evocar
reiteradamente y cada vez con mayor intensidad a mis seres queridos, que
entreveo allá, como deambulando en la luz purpúrea del amanecer; y me figuro
que percibo sus dulces voces. ¡Ay!, ¿es que existe un abismo que el amor con
alas poderosas no pudiera sobrevolar? ¡Qué es el espacio, el tiempo para el
amor!
¿No vive el tiempo en el
pensamiento y no posee el espacio medida? Pero figuras tenebrosas se alzan y,
estrechándose de manera cada vez más hermética, cercándome
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sin fisuras, obstruyen mi visión
e intimidan mis sentidos con las tribulaciones del presente. Así, el anhelo
mismo que me inundó con un dolor sin nombre, pleno de deleites, se convierte en
un tormento mortal e impío.
El párroco era la bondad en
persona. Sabía cautivar mi espíritu vivaz y sabía también adaptar las clases a
mis peculiaridades anímicas, lo que contribuyó decisivamente a que aprendiera
divirtiéndome e hiciera rápidos progresos. Yo amaba a mi madre sobre todas las
cosas, pero veneraba a la princesa como si se tratase de una santa, y
constituía para mí un auténtico día festivo cuando podía verla. Siempre me
proponía lucirme ante ella con mis conocimientos recién adquiridos, pero cuando
llegaba, cuando me hablaba amigablemente, apenas podía emitir una sola palabra.
Sólo quería contemplarla, sólo deseaba escucharla. Cada una de sus palabras
quedaba profundamente grabada en mi alma para el resto del día. Cuando yo las
pronunciaba, me encontraba en un estado de ánimo festivo, y me acompañaba su
figura en los paseos que por aquel entonces frecuentaba. Qué extraño
sentimiento se apoderaba de mí cuando, haciendo oscilar el incensario,
permanecía de pie en el altar mayor, y los sonidos del órgano se precipitaban
como una cascada desde el coro, creciendo como un raudal hirviente y
arrastrándome consigo, o cuando, durante el himno, reconocía su voz, que me
penetraba como un rayo luminoso e invadía mi interior con las visiones más
elevadas y sagradas. Pero el día más espléndido, con el que soñaba semanas
antes y en el que no podía pensar sin experimentar un júbilo íntimo, era la
fiesta de San Bernardo[4] que, en atención a su condición de santo patrón de
los cistercienses, se festejaba con gran indulgencia y de la manera más alegre.
Ya el día anterior afluía una gran muchedumbre desde las ciudades vecinas, así
como de todas las regiones circundantes, acampando en la pradera florida junto
al convento. El jovial tumulto no cesaba ni de día ni de noche. No recuerdo que
el mal tiempo, en una estación propicia (el día de San Bernardo caía en
agosto), hubiese estropeado alguna vez la fiesta. Se podían observar, en mezcla
abigarrada, sacerdotes devotos, cantando himnos y paseando por los alrededores;
mozos de campo, divirtiéndose y armando bullicio con las muchachas ataviadas
para la ocasión; clérigos que, con aire contemplativo y manos cruzadas en
actitud devota, miraban hacia el cielo; familias burguesas, acampando en la
hierba, que vaciaban las cestas repletas de comida y disfrutaban de los
manjares. ¡Cánticos alegres, cantos piadosos, fervientes suspiros de
penitentes, risas de los que estaban contentos, lamentos, gritos de júbilo,
alborozo, bromas, oraciones, todo ello llenaba el aire como un concierto
ensordecedor y maravilloso! Pero en cuanto la campana del convento tañía, se
extinguía repentinamente el bullicio. Desde donde la vista alcanzaba se
observaban entonces hileras estrechas y compactas de personas arrodilladas, que
sólo interrumpían el silencio sagrado con el murmullo apagado de sus oraciones.
Tan pronto como sonaba la última campanada, la variada multitud se mezclaba de
nuevo y se reanudaba el
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júbilo interrumpido por unos
minutos. El propio obispo, que residía en la ciudad vecina, oficiaba la Santa
Misa en el día de San Bernardo, en la iglesia del convento, asistido por el
clero bajo de la colegiata. Su orquesta ejecutaba las piezas de música en una
tribuna que se había levantado para la ocasión en uno de los laterales del
Altar Mayor, y que se había revestido con un tapiz de seda bordado de gran
singularidad y riqueza. Todavía no se han extinguido las sensaciones que en
aquel tiempo conmovieron mi pecho. Reviven con frescura juvenil siempre que mi
ánimo retorna a aquella época bendita, que desapareció demasiado deprisa.
Pienso con intensidad en un «Gloria», ejecutado varias veces, ya que la
princesa amaba especialmente esta pieza. Cuando el obispo entonaba el Gloria y
las poderosas voces del coro retumbaban: «¡Gloria in excelsis deo!», ¿no
parecía como si la gloria de los cielos se abriera sobre el altar mayor? ¿Como
si las imágenes de los querubines y serafines cobraran vida por un milagro divino
y aletearan alabando a Dios con cantos y música de cuerda? Yo me sumía en el
éxtasis de un entusiasmo contemplativo que me transportaba, a través de nubes
resplandecientes, a la lejana y conocida tierra natal, mientras en el bosque
fragante sonaban las encantadoras voces angélicas. Entonces salía a mi
encuentro, como si surgiera de un ramo de lilas, el niño maravilloso que me
preguntaba sonriente: «¿Dónde has estado todo este tiempo, Francisco? Tengo
muchas flores multicolores de gran belleza y te las quiero regalar todas, si
permaneces conmigo y me amas para siempre».
Después de la misa mayor las
monjas, precedidas por la abadesa, que lucía una mitra y portaba el báculo de
plata, emprendieron una procesión solemne por los corredores del convento y por
la iglesia. ¡Qué santidad, qué dignidad, qué grandeza ultramundana irradiaba la
mirada de aquella mujer espléndida y guiaba cada uno de sus movimientos! Era la
propia Iglesia triunfante que prometía bendición y gracia al pueblo piadoso y
creyente. Hubiera querido arrojarme al suelo ante ella, si su mirada hubiera
recaído casualmente en mí. Terminado el oficio divino, el clero y la orquesta
del obispo fueron agasajados en una gran sala del convento. Muchos amigos del
mismo, entre ellos funcionarios y comerciantes de la ciudad, participaron en la
comida, y yo también pude estar presente, ya que el director de la orquesta me
había tomado cariño y le agradaba mi compañía. Si hasta ese momento todo mi
ser, inflamado por la meditación sagrada, se había volcado hacia lo
ultraterrenal, ahora salía a mi encuentro la vida alegre que me rodeaba con sus
imágenes variopintas. Se intercambiaron toda clase de narraciones jocosas,
bromas y anécdotas entre las risas ruidosas de los invitados, que vaciaban las
botellas con diligencia, hasta que, llegada la noche, se dispusieron los
carruajes para el retorno a los lugares de origen.
Había cumplido dieciséis años
cuando el cura declaró que ya estaba preparado
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suficientemente como para iniciar
los estudios teológicos superiores en el seminario de la ciudad vecina[5]. Me
había decidido de forma concluyente por la carrera eclesiástica, y ello llenó a
mi madre de la alegría más profunda, ya que ella creyó que así quedaban
aclaradas y se cumplían las misteriosas indicaciones del peregrino que, en
cierto grado, estaban en conexión con la extraña visión de mi padre,
desconocida en lo que a mí respecta. En mi decisión creía ver la redención del
alma de mi padre y la salvación del tormento de la condena eterna. También la
princesa, a la que ya sólo podía ver en el locutorio, aprobó satisfecha mi
pretensión y repitió su promesa de apoyarme con lo necesario hasta que
obtuviera una dignidad eclesiástica. A pesar de que la ciudad estaba muy cerca
—desde el convento se distinguían las torres de la misma—, y de que sólo alguna
persona andariega y robusta escogía a partir de allí el agradable y risueño
lugar del convento para sus paseos, me fue muy difícil la despedida de mi buena
madre, de la mujer maravillosa a la que adoraba hasta en lo más profundo de mi
alma, y de mi buen maestro. ¡Qué cierto resulta que al dolor de la separación
le parecen semejantes cada instante fuera del círculo de los que amamos y la
más lejana distancia! La princesa se conmovió de manera especial; su voz tembló
de tristeza cuando, con unción, pronunciaba palabras de exhortación. Me regaló
un delicado rosario y un pequeño libro de oraciones, iluminado con esmeradas
imágenes. Luego me entregó una carta de recomendación para el prior del
monasterio capuchino en la ciudad, al que me aconsejó buscar enseguida, ya que
me ayudaría de buena gana, tanto de palabra como de obra, en todo lo que
necesitara.
No existe con certeza otro paraje
más agradable que aquél, en el que el monasterio capuchino tiene su asiento,
poco antes de llegar a la ciudad. El espléndido jardín del monasterio con vista
a las montañas me parecía resplandecer con una nueva belleza cada vez que
paseaba por sus largas avenidas, ya fuera permaneciendo en uno u otro
bosquecillo exuberante. Precisamente en este jardín encontré al prior Leonardo
la primera vez que le visité para mostrarle la carta de recomendación de la
abadesa. La alegría del ya de por sí risueño prior se vio aumentada cuando leyó
la carta, y podía contar tantas cosas interesantes acerca de la maravillosa
mujer, a la que había conocido hacía años en Roma, que desde el primer momento
me sentí atraído por él. Se hallaba rodeado por los hermanos, y se podía
reconocer de inmediato la relación que el prior mantenía con los monjes, toda
la institución monacal y la forma de vida: la serenidad y alegría espiritual,
que se mostraba claramente en el aspecto externo del prior, se extendía a todos
los hermanos. Nadie advirtió nunca una huella de displicencia o de aquella
reserva hostil y devoradora del alma que se percibe a menudo en los rostros de
los monjes. A pesar de las severas reglas de la Orden, para el prior Leonardo
constituían los ejercicios espirituales más la necesidad de un espíritu
inclinado a lo celestial que una penitencia ascética por los pecados propios de
la naturaleza enferma del hombre, y él sabía despertar este sentido meditativo
en los
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hermanos, dotando a todo lo que
tenían que hacer, en cumplimiento de las reglas, de una alegría y apacibilidad
que, en verdad, creaba una existencia superior dentro de la estrechez terrenal.
El prior Leonardo supo, incluso, establecer una cierta relación conveniente con
el mundo, que no podía ser sino saludable para los hermanos. Cuantiosas
donaciones, que llegaban al prestigioso monasterio desde los más diversos
lugares, hacían posible que se pudiera agasajar ciertos días, en el refectorio,
a los amigos y protectores del monasterio. Se colocaba y cubría entonces una
larga tabla en el centro de la sala comedor, al final de la cual el prior
Leonardo tomaba asiento con sus huéspedes. Los hermanos permanecían en la mesa
estrecha situada junto a la pared y utilizaban una vajilla modesta, conforme a
la regla, mientras la mesa de los invitados, que había sido limpiada con
esmero, se ponía con elegante servicio de porcelana y cristal. El cocinero del
monasterio sabía preparar platos de vigilia exquisitos, que gustaban
sobremanera a los invitados. Éstos se encargaban a su vez de traer el vino,
constituyendo así las comidas en el monasterio un encuentro alegre y agradable
de lo espiritual y lo profano, cuyo efecto recíproco para la vida no podía
dejar de ser útil; pues, al salir del mundo y penetrar tras los muros, aquellos
que se encontraban sumidos en la actividad mundana, donde todo contradice en el
acto los valores de la vida eclesiástica, tan opuesta a su forma de vida,
debían reconocer, exaltados por alguna chispa que tocaba sus almas, que también
a través de otros caminos muy distintos a los que ellos habían tomado se podía
encontrar sosiego y felicidad y que, quizá, el espíritu, cuanto más se eleva
por encima de lo profano, con mayor posibilidad podía deparar al ser humano una
existencia superior en esta vida terrenal. Los monjes, por el contrario,
ganaban en sabiduría y prudencia, ya que los conocimientos que adquirían de la
actividad y trajín del variado mundo fuera de los muros despertaban en ellos
toda clase de consideraciones. Sin otorgar a lo terrenal un valor falso, tenían
que reconocer la necesidad de una refracción del principio espiritual en las
distintas formas de vida determinadas por el fuero interno humano, sin las
cuales todo permanecería sin brillo y descolorido.
El prior Leonardo había
sobresalido desde siempre en lo que respecta a la preparación espiritual y
científica. Además de que se le consideraba en general un sutil erudito en
teología, lo que le permitía manejar con facilidad y profundidad las materias
más complejas, y de que los profesores del seminario le pedían consejo e
instrucción con asiduidad, estaba preparado para el mundo más de lo que se
podría suponer en un clérigo. Hablaba con perfección y elegancia el italiano y
el francés y, gracias a sus dotes diplomáticas, se le había utilizado hacía
tiempo en misiones importantes. Ya entonces, cuando le conocí, era un hombre de
avanzada edad, pero, aunque el pelo blanco era fiel testigo de su edad, sus
ojos despedían todavía un fuego juvenil, y su agradable sonrisa, apenas
esbozada por sus labios, aumentaba la expresión de bienestar interior y
tranquilidad de ánimo. La misma gracia que
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adornaba su conversación dominaba
en sus movimientos, e incluso el vulgar hábito de la Orden se adaptaba de
maravilla a su bien formado cuerpo. Entre los hermanos no había ninguno que no
hubiese entrado en el monasterio por libre elección o por la necesidad creada
por una disposición interna, pero también el infeliz que hubiera buscado un
puerto de salvación en el monasterio para escapar de la destrucción, habría
sido pronto consolado por Leonardo; su penitencia habría consistido en el corto
tránsito hacia la tranquilidad y, reconciliado con la existencia mundana, sin
reparar en su brillo, se habría elevado sobre lo terrenal, aunque permaneciendo
en el mundo. Estas tendencias inusuales en la vida monacal habían sido
concebidas por Leonardo en Italia, donde el culto, y con él toda la visión de
la vida religiosa, se caracteriza por una mayor jovialidad, en contraste con la
Alemania católica. Así como en la construcción de las iglesias se mantenían
todavía las formas clásicas, del mismo modo parecía como si un rayo procedente
de aquella época risueña y vital de la Antigüedad hubiera penetrado en la
oscuridad mística del Cristianismo, y lo hubiera alumbrado con el brillo
maravilloso que antaño había iluminado a héroes y dioses.
Leonardo me tomó cariño. Me
impartía clases en italiano y francés. Excelentes eran además los múltiples
libros que ponía en mis manos, así como sus conversaciones, que instruyeron mi
espíritu de manera especial. Casi todo el tiempo libre que me dejaban los
estudios en el seminario lo pasaba en el monasterio capuchino, y sentía cómo
crecía mi inclinación a tomar los hábitos. Le revelé al prior mi deseo y, sin
disuadirme de mi propósito, me aconsejó esperar como mínimo un par de años
para, durante ese tiempo, conocer algo mejor el mundo. Aunque no me faltaban
relaciones, que había adquirido gracias al director de orquesta del obispo, del
que recibía clases de música, me sentía en extremo cohibido en sociedad,
especialmente cuando se hallaban presentes señoritas, y ello a pesar de que mi
firme vocación de seguir la vida contemplativa parecía apoyar la decisión
interna de asumir la profesión clerical.
Una vez el prior habló conmigo
sobre muchas cosas extrañas de la vida profana. Había penetrado en las más
resbaladizas materias, que él, sin embargo, manejaba con la ligereza y amenidad
acostumbradas, de tal modo que, evitando sólo en lo mínimo lo indecente,
siempre daba en el clavo. Al final tomó mi mano, me miró de manera penetrante y
preguntó si yo todavía era inocente. Sentí cómo enrojecía, pues al preguntarme
Leonardo de manera tan capciosa, surgió en mi mente una imagen de vivos colores
que durante mucho tiempo había intentado ahuyentar de mí. El director de
orquesta tenía una hermana, que no merecía con justicia ser considerada una
belleza, pero que, sin embargo, encontrándose en la plenitud de su juventud,
resultaba ser una muchacha extraordinariamente atractiva. Estaba dotada de una
figura con la
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más pura armonía de formas; y
poseía los brazos y pechos más bellos que se hubieran podido ver. Una mañana,
cuando fui a casa del director de orquesta para recibir mi clase de música,
sorprendí a su hermana con un ligero salto de cama tan escotado que casi
mostraba su seno. Aunque se tapó rápidamente con un chal, mi mirada codiciosa
había visto ya demasiado. No podía emitir palabra alguna, sentimientos
desconocidos hasta el momento se agolpaban violentamente en mi interior,
impulsando la sangre hirviente por mis venas y haciendo audibles las mismas
pulsaciones. Mi pecho estaba oprimido y espasmódico, como si quisiera estallar.
Finalmente, un ligero suspiro me procuró algo de aire. Debido a que la muchacha
se aproximó y, del todo inocente, me tomó la mano y preguntó qué era lo que me
pasaba, retornó de nuevo el malestar. Fue una suerte que el director de
orquesta entrara en aquel momento en la habitación y me librara del tormento.
Nunca cometí tantos falsos acordes, nunca desentoné tanto como aquel día. En
ese tiempo era lo suficientemente piadoso como para considerar el suceso como
una tentación del diablo e, incluso, poco después, me consideré feliz por haber
batido al enemigo en el campo de batalla con los ejercicios ascéticos que
emprendí. Ahora, debido a la pregunta capciosa del prior, veía ante mí a la
hermana del director de orquesta con el seno descubierto. Sentía el cálido
aliento de su respiración, la presión de su mano; mi angustia fue en aumento.
Leonardo me miró con una cierta sonrisa irónica, que me hizo temblar. No pude
soportar su mirada y cerré los ojos, entonces el prior me golpeó suavemente en
las mejillas ardientes y dijo:
—Ya veo, hijo mío, que lo habéis
superado y que todavía os mantenéis bien. Que el Señor os proteja de las
tentaciones de este mundo. Los placeres que ofrece son de corta duración y se
puede afirmar que en ellos se esconde una maldición, ya que en la indescriptible
náusea, en la completa postración, en la apatía ante todo lo elevado que
engendran, perece el principio espiritual superior del ser humano.
Aunque me esforcé por olvidar la
pregunta del prior y la imagen evocada por ella, no me fue en absoluto posible.
Si bien lograba ahora permanecer sereno en presencia de la muchacha, evitaba
sin embargo más que nunca su mirada, ya que sólo pensando en ella se apoderaba
de mí un ahogo y un desasosiego interior que me parecía tanto más peligroso
cuanto que al mismo tiempo se despertaba en mí un desconocido anhelo
maravilloso y una concupiscencia seguramente pecaminosa. Una noche se decidió
este estado confuso. El director de orquesta me había invitado, como usualmente
hacía, a una velada musical que organizaba con unos amigos. Además de su
hermana estaban presentes también otras jóvenes, lo que aumentó mi timidez, que
ya ante la hermana me quedaba sin respiración. Iba vestida de manera
encantadora, me parecía más hermosa que nunca. Sentí como si un poder invisible
e irresistible me impulsara hacia ella, y así ocurrió que, sin saber cómo,
siempre me encontraba a su lado, espiaba codicioso cada una de sus palabras, de
sus miradas y me acercaba tanto a ella que obligatoriamente tenía que rozar su
vestido, lo que me procuraba un placer íntimo jamás experimentado. Ella parecía
notarlo y encontrar agrado en ello. A veces
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sentía la necesidad de
abalanzarme sobre ella, poseído de frenético amor, y estrecharla ardientemente
en mis brazos. Había estado sentada largo tiempo junto al piano, entonces se
levantó y dejó sobre la silla uno de sus guantes, que yo tomé y besé apasionadamente.
Una de las muchachas lo vio y fue donde se encontraba la hermana del director
de orquesta, murmurándole algo al oído. Ambas me miraron y entonces se rieron y
burlaron con escarnio de mí. Yo quedé como aniquilado, una corriente helada
recorrió mi interior y, aturdido, huí hacia el colegio y me refugié en mi
celda. Allí me arrojé, con desesperación furiosa, al suelo. Mis ojos derramaban
lágrimas ardientes; me maldije a mí mismo y a la muchacha; luego recé,
interrumpido con risas histéricas, como un demente. A mi alrededor y por todas
partes resonaban voces que se mofaban y burlaban de mí. Estaba dispuesto a
arrojarme por la ventana, pero por suerte los barrotes impedían que consumara
la decisión. Mi estado era en verdad desesperado. Sólo cuando amaneció
experimenté una mejoría, pero estaba firmemente resuelto a no verla nunca más y
a renunciar al mundo. Más clara que nunca aparecía ahora ante mi alma la
vocación de recogimiento en la vida monacal, de la que ya no me debería apartar
ninguna tentación. En cuanto pude salir de las acostumbradas horas lectivas, me
dirigí deprisa al monasterio capuchino, donde comuniqué al prior mi decisión de
comenzar el noviciado, y que ya había informado sobre ello a mi madre y a la
princesa. Leonardo pareció sorprendido de mi celo repentino e intentó, sin
presionarme, averiguar de una u otra manera qué es lo que me habría podido
impulsar a consagrarme, así de buenas a primeras, a la vida monacal, pues
sospechaba que un suceso especial me había empujado a ello. Una profunda
vergüenza, que no me fue posible superar, me impidió revelarle la verdad. Le
conté, por el contrario, con el fuego de la exaltación que todavía ardía en mí,
los maravillosos acontecimientos de mis años de infancia, que aludían
claramente a mi determinación por la vida monástica. Leonardo me escuchó con
tranquilidad y, sin oponer dudas a mis visiones, no parecía, sin embargo,
tomarlas especialmente en consideración. Más bien expresó que todo aquello
decía bien poco de la sinceridad de mi vocación, ya que podría tratarse de mera
ilusión. Leonardo no gustaba mucho de hablar sobre visiones de santos, ni
siquiera de los milagros del primer anunciador del Cristianismo, y hubo
instantes en que tuve la tentación de creerle un escéptico encubierto. Una vez
me propuse, para obligarle a realizar una manifestación concreta, hablarle de
los despreciadores de la fe católica y especialmente denigrar a aquellos que,
con ingenua petulancia, suprimían todo lo sobreterrenal con el insulto impío de
superstición. Sonriendo con dulzura, Leonardo dijo:
—Hijo mío, la incredulidad es la
peor de las supersticiones —y cambió de conversación, hablando sobre otros
asuntos menos problemáticos.
Sólo más tarde me fue posible
penetrar en sus espléndidos conocimientos en torno a la parte mística de
nuestra religión, que encierra la conexión misteriosa de nuestro principio
espiritual con los seres superiores, y tuve que reconocer que Leonardo reservaba
exclusivamente, con razón, todo lo sublime que podía surgir de
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su interior para la consagración
superior de sus pupilos.
Mi madre me escribió cómo ella
desde hacía tiempo había presentido que el estado secular no era suficiente
para mí y que terminaría escogiendo la vida monástica. En el día de San
Medardo[6], según me dijo, se le había aparecido el anciano peregrino del Sagrado
Tilo, que me había conducido de la mano con el hábito de la Orden de los
capuchinos[7]. También la princesa estaba del todo conforme con mi pretensión.
Pude verlas antes de la investidura, que se produjo en poco tiempo, ya que,
según mis deseos, fui dispensado de la mitad del noviciado[8].
Adopté, en consideración a la
visión de mi madre, el nombre monacal de Medardo[9].
La relación de los hermanos entre
sí, la disposición interna referente a los ejercicios espirituales y la forma
de vida en el monasterio correspondían a la idea que me había hecho desde el
primer momento. La agradable tranquilidad que reinaba vertió una paz celestial
en mi alma, como ya me había rodeado, semejante a un sueño bendito, en los años
de infancia en el monasterio del Sagrado Tilo. Durante el acto solemne de
investidura pude divisar entre los asistentes a la hermana del director de
orquesta, que parecía bastante triste. Creí entrever lágrimas en sus ojos, pero
el tiempo de la tentación ya había pasado, y quizá fue un orgullo insolente por
la victoria tan poco trabajada el que me hizo sonreír, lo que el hermano
Cirilo, que estaba a mi lado, percibió.
—¿Qué te alegra tanto, hermano
mío? —preguntó Cirilo.
—¿Por qué no voy a estar alegre,
si renuncio a este mundo vil y a todo su oropel? —respondí yo.
Pero no puedo negar que al
pronunciar estas palabras un horrible sentimiento, que estremeció
repentinamente mi alma, me desmintió. Sin embargo aquélla fue la última
veleidad de egoísmo terrenal, tras la cual vendría la paz del espíritu. ¡Si no
se hubiera apartado nunca de mí! Pero el poder del Enemigo es grande. ¿Quién
puede confiar en la eficacia de las propias armas, en su vigilancia, cuando los
poderes subterráneos están al acecho?
Mi estancia en el monasterio se
prolongaba ya cinco años, cuando, por orden del prior, el hermano Cirilo, viejo
y débil, me transmitió la custodia de la rica cámara de las reliquias. Allí se
encontraban todo tipo de huesos de santos, astillas de la Cruz del Salvador y
otros objetos sagrados, conservados en limpias vitrinas, y que en ciertos días
eran expuestos al pueblo para su edificación. El hermano Cirilo me familiarizó
con todas las piezas y con los documentos, en los que se constataba su
autenticidad y se informaba sobre los milagros que obraban. En lo que respecta
a la formación espiritual, Cirilo se encontraba al mismo nivel que nuestro
prior, así que no tuve
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reparos en expresar lo que
pugnaba violentamente por salir de mi interior. —Hermano Cirilo —le dije—, ¿son
todas estas cosas tan verdaderas y ciertas
como se presume? ¿No habrá
suplantado la codicia embaucadora algo aquí que ahora se tiene por verdadera
reliquia de éste o de aquel santo? Por ejemplo, un monasterio posee entera la
Cruz de nuestro Salvador y, sin embargo, se muestran por todas partes tantas
astillas de la misma que, como dijo uno de nosotros mismos, no sin insolente
ironía, nuestro monasterio podría calentarse durante todo un año con ellas.
—No nos corresponde a nosotros
—respondió el hermano Cirilo— someter todos estos objetos a una investigación.
Reconozco sinceramente que soy de la opinión de que, a pesar de los documentos,
muy pocas de estas cosas son por lo que se las tiene. No creo tampoco que mucho
dependa de ello. Considera, querido hermano Medardo, cómo pensamos el prior y
yo, y contemplarás nuestra religión a la luz de una nueva gloria. ¿No es
espléndido, querido hermano Medardo, cómo nuestra Iglesia intenta aprehender
todos aquellos hilos misteriosos que unen lo material con lo transcendental?
¿No es maravilloso cómo estimula de tal manera nuestro organismo, dispuesto
para la vida y existencia terrenales, que hace resaltar claramente su origen en
el principio superior espiritual, e incluso desvela su parentesco interno con
el Ser maravilloso, que penetra con su cálido hálito toda la naturaleza,
agitándose a nuestro alrededor como alas de serafines el presentimiento de una
vida superior, cuyo germen está en nuestro interior? ¿Qué representa aquel
trocito de madera, aquel huesecillo o aquel retal, se dice que arrancado de la
Cruz, tomado del cuerpo, del traje de un Santo? Pero al creyente que, sin
especular, dirige todo su espíritu hacia estas reliquias, le invade un
entusiasmo religioso que le abre el reino de la bienaventuranza, del que en
esta vida terrenal sólo puede poseer un leve presagio. De este modo, se
despierta la influencia espiritual de los santos, favorecida por la presunta
reliquia, y le es posible al ser humano recibir fuerza y fortaleza en la fe, a
la que llama desde lo más profundo de su alma para su consuelo y auxilio. Esta
fuerza espiritual superior, despertada en su interior, le ayudará incluso a
superar los sufrimientos del cuerpo. De aquí resulta que estas reliquias obren
milagros, que no pueden ser negados, ya que ocurren a menudo ante los ojos del
pueblo.
Por un instante me acordé de
ciertas insinuaciones del prior que coincidían plenamente con las palabras del
hermano Cirilo y consideré ahora las reliquias, que anteriormente sólo me
parecieron puerilidad religiosa, con verdadero respeto y devoción. Al hermano
Cirilo no le pasó desapercibido el efecto que me había causado su discurso y
continuó explicándome, con gran celo y una intensidad que hablaba al alma, toda
la colección, pieza por pieza. Finalmente sacó una cajita de un armario bien
cerrado y dijo:
—Aquí dentro, querido hermano
Medardo, se conserva la reliquia más maravillosa y misteriosa que posee nuestro
monasterio. Desde que vivo tras estos muros nadie ha tenido en sus manos esta
cajita, excepto el prior y yo. Ni siquiera el resto de los hermanos, mucho
menos gente extraña, conocen la existencia de esta
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reliquia. No puedo tocar la caja
sin experimentar un escalofrío interior. Es como si contuviera una fuerza
mágica pérfida que, si pudiera romper el encantamiento que la constriñe y la
hace inofensiva, causaría al que encontrase a su paso ruina y perdición. El
contenido de la caja procede directamente del Maligno, de aquel tiempo en el
que todavía le era posible luchar abiertamente contra la salvación del género
humano.
Contemplé atónito al hermano
Cirilo. Sin darme tiempo a replicar, continuó:
—Quiero reservarme, querido
hermano Medardo, cualquier opinión sobre esta cuestión de elevada mística y
renuncio a poner sobre la mesa la hipótesis ya insinuada, que se me ha pasado
por la cabeza. Prefiero contarte fielmente lo que contienen los documentos
acerca de la reliquia. Encontrarás los mencionados documentos en aquel armario
y podrás consultarlos según tu voluntad. La vida de San Antonio te será de
sobra conocida. Ya sabes que para apartarse de todo lo mundano y dedicarse
plenamente a lo divino, se retiró al desierto y allí consagró su vida a la
penitencia más severa y a los ejercicios espirituales. El Maligno le persiguió
y, para dificultar sus piadosos propósitos, se le cruzó a menudo en el camino.
Una vez ocurrió que San Antonio percibió durante el crepúsculo una figura
sombría que avanzaba hacia él. Desde cerca observó, para su asombro, que de los
agujeros de la rasgada capa que llevaba la figura surgían como cuellos de
botella. Era el Maligno que, sonriéndole en aquella extraña apariencia, preguntó
si no deseaba beber de los elixires que llevaba en aquellos frascos. San
Antonio[10], al que esta insinuación no podía en ningún modo afectar, ya que el
Maligno, impotente y débil, no era capaz de afrontar ninguna lucha y tenía que
limitarse a discursos irónicos, le preguntó por qué llevaba tantos frascos y de
esa forma tan especial. Entonces respondió el Maligno: «Mira, cuando me
encuentro con un ser humano, me mira maravillado y no puede evitar preguntarme
por mis bebidas, tampoco puede evitar beber de ellas por codicia. Entre tantos
elixires encuentra seguro uno que le sea grato y se sopla todo el frasco, por
lo que se embriaga y se entrega a mí y a mi reino».
»Así está consignado en todas las
leyendas. Sin embargo, según el documento especial que poseemos sobre esta
visión de San Antonio, la historia todavía continúa: el Maligno, cuando se
marchó de allí, dejó abandonados algunos de sus frascos en una pradera, que San
Antonio llevó rápidamente a su cueva y escondió por miedo a que en aquel yermo
alguna persona extraviada o alguno de sus discípulos pudiera probar el horrible
bebedizo y condenarse eternamente. Casualmente, continúa el documento, abrió
San Antonio uno de los frascos, del cual surgió un vapor extraño y embriagador,
quedando rodeado el Santo por todo tipo de imágenes infernales, horribles y
distorsionadoras de los sentidos, que buscaban tentarle sirviéndose de los más
variados trucos de seducción, hasta que, gracias a severos ayunos y persistente
oración, logró liberarse de esas visiones. En esta cajita se encuentra,
perteneciente al legado de San Antonio, uno de aquellos frascos con un elixir
del diablo, y los documentos son tan auténticos y precisos que apenas puede
quedar duda de que el frasco realmente se encontraba entre las cosas
pertenecientes al Santo, halladas
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después de su muerte. Además,
puedo asegurarte, querido hermano Medardo, que siempre que he tocado el frasco,
o siquiera la cajita donde está guardado, he experimentado un horrible
estremecimiento y me he figurado que percibía un aroma misterioso y embriagador.
Este extraño perfume lograba incluso dispersar mis pensamientos durante los
ejercicios espirituales. Sólo lograba superar ese malvado estado de ánimo, que
evidentemente procedería de la influencia de algún poder hostil, si no creyera
en la directa influencia del Maligno, con constante oración. A ti, querido
hermano Medardo, que todavía eres tan joven, que todavía puedes contemplar con
brillantes y vivos colores todo lo que se presenta por obra de la fuerza
extraña de tu fantasía exaltada, que todavía como un bravo pero inexperto
luchador —eso sí, fuerte en la lucha pero quizá demasiado atrevido— osas lo
imposible, confiando demasiado en tu fortaleza, te aconsejo que no abras jamás
la cajita o, si lo haces, que sea transcurridos algunos años. Para que la
curiosidad no te tiente, ponla fuera del alcance de la vista.
El hermano Cirilo encerró la
misteriosa caja otra vez en el armario y me encomendó el manojo de llaves, del
que también pendía el llavín de dicho armario. Toda la historia me había
producido una impresión peculiar, pero cuanto más sentía despertarse en mí la
codicia de contemplar la maravillosa reliquia, tanto más me esforzaba, tomando
en consideración la advertencia del hermano Cirilo, en dificultar el
cumplimiento de mi deseo. Cuando Cirilo me dejó solo, pasé la vista una vez más
sobre los objetos sagrados que me había encomendado, luego desprendí el llavín,
que cerraba el peligroso armario, del manojo de llaves y lo guardé bien
profundo bajo distintos papeles de mi escritorio.
Entre los profesores del
seminario se encontraba un orador excelente. Cada vez que predicaba se llenaba
completamente la iglesia. La corriente ígnea de sus palabras arrastraba
irresistiblemente consigo todo lo que opusiera resistencia, encendiendo una devoción
ferviente en el interior de los oyentes. También a mí me emocionaba su
espléndido verbo embriagador; pero, al elogiar, venturoso, al genial orador, me
ocurría como si se despertara en mí una fuerza interior que me impulsaba
poderosamente a equipararme a él. Después de haberle escuchado, predicaba en mi
celda solitaria, completamente abandonado al momento de entusiasmo, hasta que
me era posible fijar y transcribir mis ideas y palabras. El hermano que
acostumbraba a predicar en el monasterio se fue tornando por momentos más y más
débil, sus sermones se arrastraban como un arroyo semiseco, penosos y sin tono,
y la extraordinaria riqueza idiomática, generada por la carencia de ideas y
palabras, ya que hablaba sin concepto, hizo de sus discursos algo tan insoportablemente
largo que antes del Amen la mayor parte de la comunidad, como si escuchara el
monótono y banal tableteo de un molino, se había adormecido plácidamente y sólo
podía despertarla el sonido del órgano. El prior Leonardo era ciertamente un
orador
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exquisito, pero con el transcurso
del tiempo evitaba cada vez más predicar, porque con su avanzada edad le
afectaba demasiado. Aparte de él no había nadie en el monasterio que hubiese
podido sustituir al debilitado hermano. El prior habló conmigo sobre esta
inconveniencia, que reducía ostensiblemente el número de feligreses que acudían
a la iglesia. En ese momento le comuniqué con determinación que ya en el
seminario había sentido vocación por predicar y que incluso había escrito
algunos sermones. El prior me pidió que se los mostrara y quedó tan satisfecho
que me insistió en que predicara, de prueba, el próximo día festivo, y me
aseguró que no fracasaría, ya que la naturaleza me había dotado con todo lo
necesario para ser un orador sagrado, es decir con una figura agradable, un
rostro expresivo y una voz llena de matices. Respecto al aspecto externo y a la
correcta gesticulación, Leonardo determinó impartirme él mismo algunas clases.
El día festivo llegó, la iglesia estaba más llena que de costumbre y subí, no
sin sentir un estremecimiento, al púlpito. Al principio seguí con fidelidad el
texto escrito, y Leonardo me dijo después que había hablado con voz temblorosa,
lo que, sin embargo, sobre todo en relación con las consideraciones piadosas y
llenas de melancolía con las que empezaba mi sermón, prometía, y fue tomado por
la mayoría como un signo especial de la técnica efectiva del orador. Pero
pronto pareció como si refulgiera la brillante chispa del entusiasmo en mi
interior, y ya no pensé más en el texto escrito, sino que me abandoné del todo
a la inspiración del momento. Sentí cómo la sangre hervía y crepitaba en mis
venas, escuchaba mi voz reverberar en la bóveda, veía mi cabeza alzada, mis
brazos extendidos, como si fluyera a su alrededor un destello refulgente de
entusiasmo. Con una sentencia, en la que como un foco llameante resumí todo lo
santo y soberbio que había proclamado, terminé mi sermón, que causó una
impresión extraordinaria e inaudita. A mis palabras siguieron fuertes sollozos,
gritos de placer de la mayor devoción escapados involuntariamente de los
labios, rezos en voz alta. Los hermanos me tributaron su admiración, Leonardo
me abrazó y me llamó el orgullo del monasterio. Mi fama se extendió rápidamente
y, para escuchar al hermano Medardo, la clase más noble y cultivada de la
ciudad se apretaba en la iglesia del monasterio, que no era demasiado grande,
incluso una hora antes de que las campanas llamaran a misa. Con la admiración
creció en mí el celo y la preocupación por otorgar a los sermones, sobre todo
en el momento del más fuerte fuego, redondez y soltura. Cada vez lograba
fascinar más a los oyentes, y de manera pareja fue aumentando su veneración,
que se manifestaba en todos los lugares a los que iba con fuertes reacciones y
se asemejaba casi a la adoración que se posee por un santo. Una locura
religiosa se había extendido por toda la ciudad. Por cualquier causa, incluso
entre semana, fluían las gentes hacia el monasterio para ver o hablar al
hermano Medardo. Entonces brotó en mí el pensamiento de que yo era un elegido
del Cielo. Las misteriosas circunstancias de mi nacimiento en un lugar sagrado
para la redención de un padre criminal, los maravillosos acontecimientos de mi
infancia, todo indicaba que mi espíritu, en directo contacto con lo celestial,
ya aquí, en la
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tierra, se elevaba sobre todo lo
terrenal, y que yo no pertenecía al mundo, a los seres humanos, a los que como
misión en la vida debía otorgar salvación y consuelo. Creía con certeza que el
anciano peregrino en el Sagrado Tilo era San José, y el niño maravilloso el
mismísimo Niño Jesús, que en mí había saludado al santo destinado a vagar por
la tierra. Aunque todo esto permanecía vívido ante mis ojos, lo que me rodeaba
comenzó a tornarse cada vez más molesto y opresivo. Aquella tranquilidad y
alegría de espíritu que me habían acompañado, desaparecieron de mi alma por
completo; incluso las expresiones agradables de los hermanos, la amabilidad del
prior despertaban en mí una ira hostil. Deberían haber reconocido en mí al
santo, que se elevaba por encima de ellos, deberían arrodillarse en el polvo e
implorar con ruegos ante el trono de Dios. Pero, con su actitud, los
consideraba atrapados en una rigidez maligna. En mis sermones comencé a incluir
insinuaciones que indicaban cómo había comenzado una era maravillosa, igual a
una aurora resplandeciente entre rayos luminosos, en la que marcharía un
elegido de Dios, trayendo consuelo y salvación para la comunidad de creyentes.
Mi mensaje presuntuoso estaba disfrazado con imágenes místicas que, como
pronunciadas por un mago, obraban un efecto hechizante en la muchedumbre,
efecto tanto mayor cuanto ésta menos entendía. Leonardo comenzó a mostrar
frialdad ante mí. Evitaba hablar conmigo sin testigos, pero una vez, regresando
del jardín del monasterio, abandonados casualmente por todos los hermanos, no
se pudo reprimir y dijo:
—No puedo ocultarte, querido
hermano Medardo, que desde hace algún tiempo me causas un serio disgusto con tu
comportamiento. Algo ha ocurrido en tu alma que aparta tu vida de una piadosa
inocencia. En tus sermones domina una oscuridad hostil de la que no deja de
surgir algo que nos enemistaría para siempre. ¡Déjame hablarte sinceramente! En
este instante llevas en ti la culpa de nuestro origen pecaminoso, que abre las
barreras de la perdición a todo poderoso encumbramiento de nuestra fuerza
espiritual, situación en la que podemos extraviarnos fácilmente, con
irreflexivo vuelo. El éxito, la admiración idólatra que te ha tributado un
mundo frívolo y codicioso de cualquier novedad, te ha cegado y te ves a ti
mismo en una figura que no es la tuya, sino una imagen engañosa que te atrae
hacia un abismo de perdición. ¡Vuelve en ti, Medardo! ¡Huye de la locura que te
trastorna! Creo conocerla, ya se ha disipado para ti la paz de espíritu, sin la
cual no se puede encontrar la salvación en la tierra. Deja que te aconseje,
huye del Enemigo que está detrás de ti. Vuelve a ser el joven de buen ánimo que
amé con toda mi alma.
Cuando pronunciaba estas palabras
brotaban lágrimas de los ojos del prior. Había tomado mi mano y, dejándola, se
separó de mí rápidamente sin aguardar una respuesta. Pero sus palabras sólo
habían encontrado un eco hostil en mi interior; había mencionado el éxito,
incluso la admiración sin límites que había adquirido con mis talentos
extraordinarios. Me pareció evidente que sólo la mezquina envidia había
producido ese desagrado hacia mí, expresado tan descarnadamente. Durante los
encuentros con los demás monjes permanecí mudo y retraído, comido por el
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resentimiento, e, invadido por el
nuevo ser que había surgido en mí, cavilaba durante todo el día y las noches de
insomnio cómo aprehendería con brillantes palabras todo lo que había germinado
en mi alma para anunciárselo al pueblo. Cuanto más me aparté en aquel entonces
de Leonardo y los hermanos, con mayor fuerza supe atraer a la muchedumbre.
En el día de San Antonio[11] se
encontraba la iglesia tan llena que tuvieron que dejar las puertas
completamente abiertas para permitir al pueblo que pudiera escucharme desde el
exterior. Nunca había hablado con tanta fuerza, fuego y penetración. Conté, como
es usual, algo de la vida del santo y engarcé con ello profundas y piadosas
consideraciones referentes a la existencia humana. Hablé de las seducciones del
diablo, al que el pecado original le había otorgado el poder de tentar al
hombre, y el curso del sermón me llevó involuntariamente a la leyenda de los
elixires, que quería representar como una ingeniosa alegoría. Entonces recayó
mi mirada errática en un hombre alto y enjuto que, situado casi en frente de mí
y subido en uno de los bancos, se apoyaba en una columna. Llevaba echada sobre
los hombros, de manera extraña, probablemente extranjera, una capa de color
violeta oscuro, con la que también enrollaba los brazos cruzados. Su rostro
estaba pálido como el de un cadáver, pero la mirada de sus grandes y torvos
ojos negros penetró mi pecho como una puñalada. Un horrible sentimiento me
estremeció, aparté los ojos con rapidez y, reuniendo todas mis fuerzas,
continué hablando. Pero impulsado por un extraño poder mágico, me vi obligado a
mirarle una y otra vez. El hombre permanecía rígido, la mirada fantasmal
dirigida hacia mí. Su elevada frente arrugada, su boca despreciativa reflejaban
amarga ironía, odio intenso. Toda su figura tenía algo de horrible, espantoso.
¡Sí, era el pintor desconocido del Sagrado Tilo! Sentí como si puños crueles y
helados me golpearan. Gotas de sudor angustioso perlaron mi frente, empecé a
atascarme, mi sermón se volvió cada vez más confuso. En la iglesia se elevó un
murmullo, un rumor, pero el horrible extraño se apoyaba, rígido e impasible, en
la columna, dirigiendo hacia mí su hosca mirada.
Entonces grité con espanto
infernal y loca desesperación:
—¡Eh, maldito, vete de aquí!
¡Vete de aquí! ¡Yo soy San Antonio! ¡Yo soy San Antonio en persona!
Cuando recobré la conciencia, que
había perdido tras pronunciar las últimas palabras, me encontraba en mi lecho,
y el hermano Cirilo estaba sentado junto a mí, cuidándome y dándome consuelo.
La horrible imagen del desconocido permanecía viva ante mis ojos, pero,
conforme el hermano Cirilo, al que conté todo, me convencía de que sólo era una
alucinación provocada por la fantasía calenturienta de mi propio sermón, lleno
de fervor, yo sentía un mayor arrepentimiento y vergüenza sobre mi
comportamiento en el púlpito. Los oyentes habían pensado, como supe más tarde,
que una súbita locura se había apoderado de mí, para lo que mis últimas
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exclamaciones les daban justa
razón. Me sentía compungido, quebrantado de espíritu. Encerrado en mi celda, me
sometí a los ejercicios de expiación más severos y me fortalecí con fervientes
oraciones para luchar contra el Seductor, que se me había aparecido en un lugar
sagrado, tomando con descarada sorna la figura del piadoso pintor del Sagrado
Tilo. Por lo demás, nadie había visto al hombre de la capa violeta. El prior
Leonardo extendió por todas partes la noticia, fruto de su reconocida bondad de
alma, de que se había tratado de una enfermedad febril que me había atacado de
manera especialmente grave mientras predicaba y había causado el confuso
sermón. Realmente continuaba enfermo y doliente, cuando transcurridas varias
semanas reemprendí la acostumbrada vida monacal. Sin embargo, subí de nuevo al
púlpito; pero torturado por el miedo, perseguido por la horrible, pálida
figura, apenas me fue posible hablar de manera coherente y, mucho menos,
abandonarme como antes al fuego de la elocuencia. Mis sermones eran vulgares,
rígidos, fragmentados. Los oyentes lamentaban la pérdida de mi talento retórico
y me abandonaron poco a poco, mientras el anciano hermano, que había predicado
con anterioridad y que ahora predicaba de nuevo a todas luces mejor que yo, me
sustituyó en el puesto.
Transcurrido un tiempo, ocurrió
que un joven conde, en compañía de su mayordomo, con el que se encontraba de
viaje, visitó nuestro monasterio y deseó contemplar las curiosidades que en él
se conservaban. Tuve que abrir la cámara de las reliquias, y ya habíamos
penetrado cuando el prior, que nos había acompañado por el coro y la iglesia,
fue requerido para atender algún asunto, así que permanecí a solas con los
visitantes. Había mostrado y explicado cada pieza, cuando al conde le llamó la
atención el armario adornado con finas tallas de estilo alemán antiguo, en el
que se encontraba la cajita con el elixir del diablo. A pesar de que no quería
decir nada de lo que se hallaba en el armario, el conde y el mayordomo me
presionaron tanto que al final les conté la leyenda de San Antonio y del astuto
diablo, explayándome, fiel a las informaciones del hermano Cirilo, acerca del
frasco conservado como reliquia; incluso añadí la advertencia que él me hizo
respecto al peligro de abrir la cajita y mostrar el frasco. Aunque el conde era
afecto a nuestra religión, no pareció, como tampoco el mayordomo, tener en
mucha consideración la verosimilitud de la santa leyenda. Ambos se solazaron
con todo tipo de alusiones y ocurrencias graciosas sobre el extraño demonio que
portaba los seductores frascos en la capa rasgada, pero finalmente el mayordomo
esbozó un gesto serio y dijo:
—¡No se enfade con nosotros,
frívolos hombres de mundo, venerable señor! Esté seguro de que tanto yo, como
mi señor el conde, adoramos a los santos como hombres espléndidos, enardecidos
por la religión, que sacrificaron toda la alegría de la vida, incluso su propia
existencia, por la salvación de su alma, así como por la salvación de los
hombres; pero en lo que se refiere a las historias como la que usted acaba de
contar, creo que se trata de una ingeniosa alegoría discurrida por el Santo y
tomada falsamente como un hecho verídico.
Mientras decía estas palabras, el
mayordomo abrió la pestaña de la cajita y sacó el
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frasco negro, dotado de extraña
forma. Se extendió realmente, tal y como me había dicho el hermano Cirilo, un
fuerte aroma, cuyo efecto más que aturdidor era agradable y bienhechor.
—¡Vaya! —exclamó el conde—.
¡Apuesto a que el elixir del diablo no es más que auténtico y espléndido vino
de Siracusa!
—Es cierto —replicó el
mayordomo—, y si el frasco procede realmente del legado de San Antonio, tiene
usted casi más suerte, venerable señor, que el rey de Nápoles, al que la mala
costumbre de los romanos de no taponar el vino y conservarlo sólo por medio de
unas gotas de aceite echadas por encima, le llevó al placer de probar el vino
romano antiguo. Aunque este vino no será tan añejo como aquél debió de serlo,
desde luego debe de ser el más añejo que se pueda encontraren la actualidad, y
haría usted bien en utilizar la reliquia en su provecho y libar confiado del
contenido.
—Seguro —interrumpió el conde—,
este antiguo vino de Siracusa inocularía nueva fuerza en sus venas y
ahuyentaría los achaques que, según las apariencias, le afligen.
El mayordomo sacó un sacacorchos
de metal de su bolsillo y abrió el frasco sin hacer caso de mis protestas. Me
pareció como si al saltar el corcho hubiera surgido una pequeña llama azul, que
desapreció enseguida. El aroma del frasco se esparció con fuerza por toda la
habitación. El mayordomo lo probó en primer lugar y exclamó entusiasmado:
—¡Espléndido, espléndido vino de
Siracusa! En verdad que la bodega de San Antonio no era del todo mala, e hizo
del diablo su bodeguero. Las intenciones del diablo para con el Santo no eran
por tanto tan malas como se cree. ¡Probad, señor conde!
El conde bebió y confirmó lo que
el mayordomo había dicho. Ambos siguieron bromeando en torno de la reliquia:
que si con evidencia era la mejor de toda la colección, que ya querrían ellos
poseer una bodega llena de tales reliquias, etc. Todo lo escuchaba en silencio,
con la cabeza hundida y la mirada fija dirigida al suelo. La alegría de los
visitantes tenía para mi sombrío estado de ánimo algo torturante. En vano
insistieron para que probase también el vino de San Antonio. Me negué con
firmeza y encerré el frasco, bien taponado, en su receptáculo.
Los visitantes abandonaron el
monasterio, pero, mientras permanecía después sentado en mi celda, no pude
negar un cierto sentimiento de bienestar interior, una alegría de espíritu.
Estaba claro que el benéfico aroma del vino me había fortalecido. No experimenté
además ninguno de los efectos malignos de los que me habló Cirilo, mostrándose
sólo, de manera llamativa, su influencia bienhechora. Cuanto más meditaba sobre
la leyenda de San Antonio, más vivas sonaban las palabras del mayordomo en mi
interior, y se abría camino la certeza de que la explicación del mayordomo era
la correcta. Entonces me vino como rayo alumbrador el pensamiento de que en
aquel día desgraciado, cuando una visión hostil y destructiva me
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interrumpió durante el sermón,
había tenido la intención de interpretar la leyenda de la misma forma, es decir
como una ingeniosa e instructiva alegoría del Santo. A este pensamiento se
encadenó otro, que se apoderó de mí de manera tan absorbente que todo lo demás
pasó a un segundo plano. «¿Qué pasaría —pensé— si esa bebida maravillosa
fortaleciera tu interior con fuerza espiritual, si encendiera la llama apagada
para que luciera en una nueva vida? ¿Qué pasaría si se hiciera patente un
parentesco misterioso de tu espíritu con las fuerzas naturales contenidas en
aquel vino, y que el mismo aroma que aturdió al pobre Cirilo tuviera en ti un
efecto bienhechor?».
Pero cada vez que estaba decidido
a seguir el consejo de los visitantes, es decir a pasar a la acción, una
resistencia inexplicable me detenía. Ya dispuesto a abrir el armario, me
pareció como si en las tallas distinguiera el horrible rostro del pintor con
los ojos penetrantes y estáticos de un muerto en vida. Estremecido por un
terror fantasmal, huí de la cámara de las reliquias para arrepentirme de mi
imprudencia en lugar sagrado. Pero una y otra vez me asaltaba el pensamiento de
que sólo a través del goce del maravilloso vino mi espíritu podría recobrar las
fuerzas y revivir. El comportamiento del prior, de los monjes, que me trataban
como a un enfermo mental, con benévola pero rastrera indulgencia, me llevaba a
la desesperación. Cuando Leonardo me dispensó de los ejercicios espirituales
para que pudiera recuperar mis fuerzas, decidí, por fin, torturado por la
aflicción de una noche de insomnio, arriesgar todo, incluso la vida, para
recobrar mi fuerza espiritual perdida o sucumbir.
Me levanté del lecho y me deslicé
como un fantasma, llevando en la mano la lámpara que había encendido ante la
imagen de la Virgen María situada en el corredor del monasterio, por la iglesia
hasta la cámara de las reliquias. Iluminado por la claridad reverberante de la
lámpara, parecía como si las imágenes sagradas de la iglesia cobraran vida,
como si me miraran llenas de compasión. Me daba la sensación de escuchar, a
través del sordo bramido de la tormenta que se introducía en el coro por las
ventanas rotas, voces quejumbrosas que me advertían; parecía como si mi madre
llamara desde la lejanía: «¡Medardo, hijo mío, ¿qué quieres hacer?, abandona
esta peligrosa empresa!». Cuando penetré en la cámara de las reliquias todo
estaba tranquilo y silencioso. Abrí el armario y cogí la cajita, luego el
frasco. Bebí un buen trago. Fuego recorrió mis venas y me invadió un
sentimiento de profundo bienestar. Bebí otra vez y el placer de una nueva y
espléndida vida brotó en mí. Rápidamente encerré la cajita vacía en el armario,
regresé presto con el frasco bienhechor a mi celda y lo coloqué en el
escritorio. Entonces llamó mi atención el llavín que antaño, para huir de la
tentación, había desprendido del manojo de llaves y sin el que, ahora me daba
cuenta, no sólo había abierto el armario cuando los visitantes habían estado
presentes e incluso poco antes, sino también cuando saqué el frasco para
traerlo a mi celda. Busqué entre las llaves y encontré una desconocida, con la
que había abierto el armario, sin advertir por la distracción que estaba junto
a las demás. Me estremecí, pero una imagen multicolor siguió a la otra en el
espíritu inquieto como en un sueño
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profundo. No tuve tranquilidad ni
reposo hasta que amaneció y pude correr hacia el jardín del monasterio para
tomar un baño de sol, que ardiente y fogoso se alzaba sobre las montañas.
Leonardo y los hermanos percibieron mi transformación. En vez de encerrarme en
mí mismo y no decir una palabra, me torné alegre y vivaz. Como si me dirigiera
a toda la comunidad reunida, así hablaba con el fuego retórico que me había
caracterizado antes. Al permanecer a solas pon Leonardo, me miró largo tiempo,
como si quisiera penetrar en mi interior. Luego me habló, no sin que una
sonrisa irónica y silenciosa surcara su rostro:
—¿Ha recibido el hermano Medardo
por casualidad en una de sus visiones celestiales nueva fuerza y una vida
rejuvenecida?
Sentí cómo hervía de vergüenza,
pues en aquel instante me pareció mi exaltación, creada por un trago de vino
añejo, indigna y mezquina. Con ojos humillados y cabeza hundida permanecí allí,
mientras Leonardo me abandonaba a mis pensamientos. Temí que la tensión que el
vino me había proporcionado no duraría mucho tiempo, que quizá, para mi
tormento, me sumiría, tras la desaparición de su efecto, en una impotencia más
grave, pero no ocurrió así. Todo lo contrario. Sentí cómo con la fuerza
recuperada también recobraba el valor juvenil y ese infatigable afán hacia
esferas de acción superiores que el monasterio me ofrecía. Insistí en predicar
de nuevo el próximo día festivo y mi petición fue aceptada. Poco antes de subir
al púlpito bebí del vino maravilloso. Nunca hablé de manera más penetrante,
fogosa, con mayor unción. Rápidamente se extendió la voz de mi restablecimiento
y se llenó la iglesia como en los buenos tiempos, pero cuanto más éxito tenía
entre las masas, más serio y reservado se volvía Leonardo. Comencé a odiarle
por ello con toda mi alma, ya que le creía atenazado por la envidia y el
orgullo monacal.
El día de San Bernardo se
acercaba, y ansiaba con ardor poder brillar ante la princesa, por lo que pedí
al prior que me permitiera predicar ese día en el convento cisterciense. Mi
petición pareció sorprender especialmente a Leonardo. Reconoció francamente que
esta vez había pensado predicar él mismo, y que por lo tanto ya se había
dispuesto todo, por lo que mi deseo se podría satisfacer fácilmente, ya que se
disculparía por enfermedad y me enviaría a mí en su sustitución.
¡Ocurrió realmente! Vi a mí madre
y a la princesa la noche anterior. Mi ánimo estaba, sin embargo, tan
concentrado en el sermón, que debería alcanzar las más altas cotas retóricas,
que nuestro encuentro apenas me impresionó. Se había extendido por la ciudad
que yo predicaría en lugar del enfermo Leonardo, y este hecho había contribuido
quizá a que asistiera también un público instruido, que normalmente permanecía
al margen de estos acontecimientos. Sin haber escrito una palabra, sólo
organizando las partes del sermón en mi mente, contaba con el entusiasmo que
despertaría en mí la solemne misa mayor, el pueblo devoto y la espléndida
iglesia con sus elevadas bóvedas, y no me equivoqué en mi apreciación. Como un
río de fuego
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fluyeron mis palabras, que con el
recuerdo a San Bernardo contenían las imágenes más ingeniosas y los
pensamientos más piadosos, al mismo tiempo que leía en todas las miradas
dirigidas hacia mí asombro y admiración. Esperaba tenso lo que la princesa podría
decir, sus muestras de complacencia; me parecía como si ella debiera recibir al
que antaño, siendo niño, la había sorprendido tan gratamente, con imponente y
sincero respeto, reconociendo claramente el poder superior que portaba en su
interior. Cuando quise hablar con ella, mandó decir que, afectada de una
repentina indisposición, no podía hablar con nadie, ni siquiera conmigo. Esta
adversidad me enojó tanto más cuanto que mi locura orgullosa esperaba que la
abadesa tendría que sentir la necesidad de escuchar todavía más palabras
piadosas de mi boca. Mi madre parecía estar afectada de una pesadumbre íntima,
cuyo origen no osé averiguar, porque un sentimiento extraño me decía que la
culpa recaía en mi comportamiento, sin que me resultara posible resolver el enigma
de manera más clara. Me dio un pequeño billete de parte de la princesa, que
debería abrir en el monasterio. Apenas llegué a mi celda, leí con asombro lo
siguiente: «Querido hijo (pues todavía deseo llamarte así), me has entristecido
profundamente con el sermón que has pronunciado en la iglesia de nuestro
convento. Tus palabras no procedían de un alma piadosa, dedicada plenamente al
mundo celestial. Tu entusiasmo no era el que impulsa a los seres devotos con
alas seráficas y les permite contemplar extasiados el Reino de los Cielos. ¡Ah!
El orgulloso fasto de tu sermón, tu esfuerzo visible por expresar todo de forma
llamativa y brillante me ha demostrado que en vez de edificar a la comunidad y
despertar en ella piadosos pensamientos, sólo intentabas conseguir éxito a
través de la admiración vana y mundana de la muchedumbre. Has fingido
sentimientos que no se encontraban en tu interior, incluso has afectado
ostensiblemente ciertos gestos y movimientos, como un actor presumido, sólo por
amor al éxito indigno. El espíritu del fraude ha anidado en tu interior y te
corromperá si no vuelves en ti mismo y rechazas el pecado; pues pecado, un gran
pecado es tu conducta, sobre todo porque, retirado al monasterio como signo de
transformación piadosa y negación de la vanidad terrenal, tienes una obligación
con el Cielo. Ojalá te perdone San Bernardo, al que con un sermón falaz has
agraviado profundamente, con su magnanimidad celestial; que él te ilumine para
que encuentres el recto sendero del que, tentado por el diablo, te has
desviado, y pueda pedir así por la salvación de tu alma. ¡Cuídate mucho!».
Las palabras de la abadesa me
traspasaron como cien rayos y herví de ira, pues nada me era más cierto que
Leonardo, como sus múltiples insinuaciones sobre mis sermones habían mostrado,
había utilizado la beatería de la princesa y la había puesto contra mí y mi
elocuencia. Apenas podía mirarle sin temblar de furia, incluso me asaltaron
pensamientos de perderle, de los que yo mismo me horrorizaba. Los reproches de
la abadesa y del prior me resultaban tanto más insoportables cuanto que conocía
en lo más profundo de mi alma la verdad del asunto. Pero empeñado en seguir mi
camino y fortalecido con gotas de vino del frasco misterioso, continué
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adornando mis sermones con todas
las artes de la retórica y estudiando cuidadosamente mi juego fisiognómico y
gesticulación. Así incrementé mi éxito y la admiración del público.
La luz irisada del amanecer se
filtraba en la iglesia del monasterio a través de las policromas vidrieras.
Solitario y sumido en mis pensamientos, permanecía sentado en el confesionario.
Sólo los pasos del hermano lego de servicio, que limpiaba la iglesia, resonaban
en las bóvedas. Entonces escuché un rumor cerca de mí y pude ver a una mujer
alta y delgada, vestida de manera extraña y con un velo que cubría su rostro,
que se acercaba a mí para confesarse, después de haber entrado por la puerta
lateral. Se movía con gracia indescriptible; se arrodilló y dejó escapar de su
pecho un profundo suspiro. Sentí su respiración ardiente y noté como si me
envolviera una magia embelesadora, antes incluso de que hubiera comenzado a
hablar. ¿Cómo podría describir el tono de su voz, tan particular y penetrante?
Cada una de sus palabras estremeció mi pecho, cuando confesó que profesaba un
amor prohibido contra el que luchaba en vano desde hacía ya largo tiempo, y que
este amor era tanto más pecaminoso cuanto que al enamorado le ataban para
siempre vínculos sagrados. Pero en la locura de su desesperación había
maldecido ya esos vínculos. Se atragantó con un mar de lágrimas que ahogaban
prácticamente las palabras, y confesó:
—¡Medardo, tú mismo eres al que
amo de manera indecible!
Mis nervios se contrajeron como
en una convulsión mortal. Estaba fuera de mí, un sentimiento todavía no
experimentado de verla y abrazarla desgastó mi pecho. ¡Abrasado de placer y
tormento, un minuto de bienaventuranza a cambio del eterno martirio en el infierno!
Ella guardó silencio, pero la escuché respirar profundamente. Entonces se
apoderó de mí una desesperación salvaje. De lo que pude decir en aquel momento
no mantengo ningún recuerdo, pero percibí cómo ella se levantaba en silencio y
se distanciaba, mientras yo presionaba con fuerza el paño ante mis ojos y, como
aturdido e inconsciente, permanecía sentado en el confesionario.
Por suerte nadie más había
entrado en la iglesia, así que pude deslizarme de manera imperceptible hasta mi
celda. Cuán diferente me parecía ahora todo, qué necio y frívolo mi afán. Ni
siquiera había visto el rostro de la desconocida y, sin embargo, ya vivía en mi
interior, contemplándome con agraciados ojos azules perlados de lágrimas, que,
como con un fuego absorbente recaían en mi alma y encendían una llama que
ninguna oración, ninguna penitencia podrían ya apagar. Aunque esto fue
precisamente lo que intenté: me azoté con la cuerda de nudos hasta sangrar,
para escapar de la eterna condenación que me amenazaba. El fuego que la mujer
desconocida me había inoculado despertaba en mí tales deseos que no sabía qué
hacer para liberarme de aquel tormento libidinoso.
Un altar de nuestra iglesia
estaba consagrado a Santa Rosalía, cuya espléndida imagen había sido pintada
reflejando el momento de su martirio[12]. Era mi amante, la
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reconocí en el momento, incluso
llevaba un traje extraño idéntico al de la desconocida. Entonces permanecí allí
horas, como sumido en una locura de perdición, arrojado sobre los escalones del
altar y lanzando horribles alaridos de desesperación. Los monjes quedaron
horrorizados y me evitaban con recelo. En los instantes más tranquilos recorría
el jardín del monasterio de arriba abajo, en la distancia la veía pasear, salir
de la maleza, surgir de la fuente, gravitar sobre la pradera florida: ¡ella,
siempre ella, ella por todas partes! Entonces maldije mis votos, mi existencia.
Quería regresar al mundo y no parar hasta haberla encontrado y comprado con la
salvación de mi alma. Al final me fue posible mitigar las erupciones de lo que
era, para mis hermanos y el prior, inexplicable locura. Pude aparecer más
sosegado, pero la llama corruptora me laceraba con creciente intensidad. ¡Sin
dormir! ¡Sin tranquilidad! Perseguido por su imagen me revolvía en el duro
lecho, llamando a todos los santos, no para que me salvaran de la alucinación
seductora, ni para salvaguardar mi alma de la perdición eterna, sino para que
me entregaran a la mujer, para romper mi juramento, para que me regalaran la
libertad de pecar y cometer apostasía.
Decidí poner punto final a mi
tormento huyendo del monasterio. La liberación de los votos monacales me
parecía la solución necesaria para ver a la mujer en mis brazos y apagar el
deseo que me consumía. Determiné cortarme la barba y ponerme un traje mundano
para así, irreconocible, vagar por la ciudad hasta encontrarla. No pensé en lo
difícil, en lo imposible que podría resultar esta empresa, ni en que quizá, sin
nada de dinero, no podría vivir ni siquiera un solo día fuera de los muros del
monasterio.
El último día que pretendía
permanecer en el Monasterio había llegado. Por casualidad logré conseguir un
traje civil decoroso. Quería abandonar el monasterio la noche siguiente para no
regresar nunca. Ya era tarde cuando el prior mandó llamarme de manera
inesperada. Temblé, pues creía con certeza que había notado algo de mis
preparativos secretos. Leonardo me recibió con una seriedad desacostumbrada,
incluso con una dignidad imponente, ante la que me estremecí.
—Hermano Medardo —comenzó—, tu
comportamiento insensato, que yo sólo tengo por la erupción de una exaltación
espiritual que tú mismo, desde hace mucho tiempo y quizá con no muy puras
intenciones, has causado, rompe nuestra tranquila convivencia, tiene efectos
destructivos en la alegría y apacibilidad que aspiraba hasta ahora a mantener
entre los hermanos como fruto de una vida piadosa. Quizá el culpable de ello ha
sido algún acontecimiento hostil que te ha afectado. Habrías encontrado
consuelo en mí, tu amigo paternal, y habrías podido confiarme todo. Pero
callaste y no quiero apremiarte, porque no deseo ya sacrificar parte de mi
tranquilidad, que a mi edad valoro sobre todas las cosas, por tu secreto. Has
provocado a menudo, especialmente ante el altar de Santa Rosalía, con tus
horribles e indecentes discursos que parecían salir de ti como en trance, un
escándalo impío y no sólo entre los hermanos, sino también entre visitantes que
se encontraban
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casualmente en ese momento en la
iglesia. Podría por tanto castigarte duramente con el Reglamento en la mano,
pero no quiero hacerlo, ya que quizá un poder maligno, probablemente el mismo
Satanás, al que no has ofrecido la resistencia necesaria, es culpable de tu
extravío. Te recomiendo ser fuerte en la penitencia y en la oración. ¡Puedo ver
profundamente en tu alma!
¡Quieres irte de aquí!
Leonardo me contemplaba de manera
penetrante. No podía soportar su mirada.
Sollozando me arrojé al suelo,
consciente de mi insana intención.
—Te comprendo —continuó
Leonardo—, y creo que el mundo, siempre que vivas en él con piedad, podrá
salvarte de tu extravío mejor que la soledad del monasterio. Un asunto requiere
el envío de un hermano a Roma. Te he elegido para esta misión y mañana podrás
ya, provisto con los poderes e instrucciones necesarios, emprender el camino.
Eres el indicado para el cumplimiento de este cometido, ya que eres joven,
hábil en los negocios y estás sano, y además dominas el italiano. Regresa ahora
a tu celda y reza fervientemente por la salvación de tu alma; yo haré lo mismo,
pero evita cualquier mortificación de la carne, que sólo te debilitaría y te
impediría viajar.
Te esperaré aquí, en esta
habitación, cuando rompa el día.
Como un rayo del Cielo me
iluminaron las palabras del venerable Leonardo. Le había odiado, pero ahora me
atravesaba con dolor placentero el amor que antaño había sentido por él.
Derramé ardientes lágrimas, besé sus manos. Me abrazó y me pareció como si conociese
mis pensamientos más secretos y me otorgase la libertad de seguir mi destino
fatal que, tras algunos minutos de bienaventuranza, podría precipitarme en la
eterna perdición.
Ahora era la huida innecesaria.
Podía abandonar el monasterio y perseguirla, perseguirla sin encontrar reposo
ni salvación en este mundo hasta encontrarla. El viaje a Roma, la misión, me
parecían discurridos por Leonardo sólo para hacerme salir del monasterio de
manera conveniente.
Pasé la noche rezando y
preparándome para el viaje. El resto del vino misterioso lo vertí en una
damajuana, para servirme de él como medio eficaz comprobado, y coloqué el
frasco, que había contenido el elixir, en la caja.
Cuál sería mi asombro al
comprobar por las extensas instrucciones del prior que mi viaje a Roma estaba
justificado, y que el asunto que reclamaba la presencia de un hermano con
plenos poderes era de gran importancia y trascendencia. Me resultó triste haber
pensado que lo primero que haría tras mis primeros pasos fuera del monasterio
sería abandonarme a mi libertad, sin consideración al cometido del prior. Pero
el pensamiento en ella me otorgó valor y decidí permanecer fiel a mis planes.
Los hermanos se reunieron, y la
despedida, especialmente del hermano Leonardo, me llenó de profunda tristeza.
Cuando finalmente se cerró la puerta del monasterio detrás de mí, me encontré
preparado para el viaje y en plena libertad.
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CAPÍTULO SEGUNDO
La entrada en el mundo
El monasterio quedaba allá abajo,
en el valle, envuelto en una neblina azulada. El viento fresco de la mañana
soplaba y me traía los cánticos devotos de los hermanos. Involuntariamente, les
acompañé. El sol se alzó como una brasa encendida sobre la ciudad. Sus rayos
dorados reverberaron en los árboles, y las gotas de rocío caían con alegre
murmullo, como diamantes cristalinos, sobre miles de pequeños insectos
multicolores que, zumbando y susurrando, saludaban al nuevo día. Los pájaros
despertaban y revoloteaban alegres por el bosque, cantando y acariciándose con
placer. Un cortejo de mozos de campo y de muchachas vestidas de fiesta
descendía de la montaña.
—Alabado sea Jesucristo
—exclamaron al pasar por mi lado.
—Por toda la Eternidad —respondí
yo, y tuve la sensación como si entrara en mí una nueva vida, llena de placer y
libertad, con miles de posibilidades propicias.
Nunca me había sentido así, tenía
la impresión de ser otro y, como poseído y entusiasmado por una nueva fuerza,
avancé con rapidez por el bosque, bajando la montaña. Pregunté a un campesino
que encontré en el camino por el lugar donde debía pasar la noche según mi ruta
de viaje. Me describió con precisión un atajo cercano, que se desviaba del
camino principal y discurría a través de las montañas. Había avanzado ya un
buen trecho, cuando el recuerdo de la mujer desconocida del monasterio revivió
en mí, así como el fantástico plan de buscarla. Pero su imagen se había
desdibujado como por obra de un poder extraño e ignoto, de tal manera que sólo
con esfuerzo podía reconocer sus rasgos pálidos y alterados. Cuanto más
intentaba aprehender su figura en mi espíritu, más se desvanecía su imagen en
la niebla. Sólo ahora aparecía nítido ante mis ojos el licencioso
comportamiento en el monasterio con motivo de la misteriosa aparición. Me
resultaba incomprensible con cuánta indulgencia había soportado todo el prior y
cómo, en vez de aplicarme el bien merecido castigo, me había enviado al mundo.
Pronto me convencí de que la aparición de aquella dama desconocida sólo había
sido una visión, la consecuencia de un esfuerzo demasiado intenso. En vez de
haber atribuido, como habría hecho de otra suerte, aquella seductora y
corruptora imagen engañosa a la continua persecución del Maligno, la achaqué
exclusivamente a una alucinación provocada por los sentidos excitados, ya que
la circunstancia de que la extraña estuviera vestida como Santa Rosalía me
parecía demostrar que la imagen tan viva de la Santa, que realmente podía
contemplar desde el confesionario, aunque desde una distancia considerable y de
manera sesgada, había tenido parte considerable en los acontecimientos. Admiré
profundamente la sabiduría del prior, que había elegido el remedio apropiado
para mi curación, pues, encerrado en el monasterio, siempre rodeado de los
mismos objetos, siempre incubando malos sentimientos y consumiéndome por dentro
aquella visión a
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la que la soledad otorgó colores
brillantes y frescos, me habría llevado finalmente a la locura. Convencido cada
vez más de que todo había sido un sueño, no pude resistir reírme de mí mismo,
incluso bromeé, con una frivolidad que no era propia de mi naturaleza, sobre el
absurdo pensamiento de que una Santa se hubiera enamorado de mí, por lo que al
mismo tiempo pensé que yo mismo, con anterioridad, me había creído el propio
San Antonio.
Había vagado varios días por las
montañas, entre pavorosas masas de rocas que se levantaban osadas hacia el
cielo, siguiendo estrechos senderos bajo los que bramaban raudos torrentes. El
camino se fue tornando cada vez más yermo y penoso. Había llegado el mediodía,
el sol castigaba mi cabeza desprotegida, me moría de sed, sin que ningún
manantial se encontrara en las cercanías y todavía no había alcanzado el pueblo
que, según las indicaciones, debería haber encontrado ya. Me senté sin fuerzas
sobre una roca y no pude resistir la tentación de beber de la damajuana, a
pesar de que quería gastar lo menos posible del extraño bebedizo. Nueva fuerza
circuló entonces por mis venas, lo que me permitió, fresco y fortalecido,
continuar el camino para alcanzar mi meta, que ya no podía encontrarse lejos.
El bosque de abetos era cada vez más espeso. Un rumor provenía desde lo más
profundo de la espesura y, poco después, escuché el fuerte relincho de un
caballo que permanecía atado en las cercanías. Avancé unos pasos y casi quedé
paralizado del susto al comprobar que me encontraba ante un escarpado y
horrible barranco, desde el que se precipitaba siseando y bramando, entre
agudas y ásperas rocas, una cascada cuyo estruendo estentóreo había escuchado
ya desde la lejanía. Cerca, muy cerca del precipicio, en una roca que pendía
sobre el abismo, estaba sentado un joven vestido de uniforme; el sombrero con
penacho, la espada y un portafolio se encontraban a su lado. Prácticamente todo
su cuerpo permanecía suspendido en el vacío. Parecía dormido y se inclinaba
cada vez más. Su caída era inevitable. Osé acercarme hasta donde se hallaba e
intenté sujetarle, mientras gritaba:
—¡Por el amor de Dios, señor!
¡Despertad! ¡Por el amor de Dios!
Tan pronto como le toqué,
despertó del profundo sueño, pero, perdiendo el equilibrio, cayó en el abismo,
golpeándose con los salientes de las rocas y escuchándose el crujido de sus
miembros. Su penetrante alarido resonó desde la insondable profundidad del
precipicio, desde la que después se percibió un sordo lamento, que finalmente
también pereció. Permanecí exánime de horror, luego cogí el sombrero, la espada
y el portafolio y quise huir lo más rápidamente posible del fatídico lugar.
Entonces un joven, vestido como un cazador, salió a mi encuentro desde el
bosque, me miró a la cara fijamente y comenzó a reír a carcajadas, provocando
que un escalofrío helado recorriera mi cuerpo.
—Bien, señor conde —dijo
finalmente el joven—, la mascarada es en verdad espléndida y completa. Si la
señora no hubiera sido informada de antemano,
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realmente no habría reconocido a
su amado. Pero ¿dónde ha metido el señor el uniforme?
—Lo he lanzado al abismo —surgió
la respuesta, hueca y apagada, de mi interior, pues no fui yo el que pronunció
esas palabras, emitidas involuntariamente por mis labios.
Permanecí allí, pensativo,
paralizado ante el abismo y temeroso de que el cuerpo ensangrentado del conde
se alzara amenazante. Era como si lo hubiera asesinado. Todavía sujetaba,
convulso, la espada, el sombrero y el portafolio. Entonces continuó hablando el
joven:
—Bien, señor conde, cabalgaré
descendiendo por el camino hasta la villa, donde me mantendré escondido en la
casa, justo ante la puerta de la ciudad, a mano izquierda. El señor conde
bajará al mismo tiempo hasta el castillo, donde ya tienen que estar esperándole;
el sombrero y la espada los llevo conmigo.
Le ofrecí ambas cosas.
—Bueno, señor conde, ¡que le vaya
bien y mucha suerte en el castillo! —gritó el joven, y desapareció en la
espesura cantando y silbando alegremente.
Pude oír cómo soltaba al caballo,
que estaba atado no muy lejos de donde nos encontrábamos, y continuaba su
camino. Cuando me recuperé del estupor y reflexioné sobre los acontecimientos,
tuve que reconocer que había sido una mera víctima de la casualidad, que con un
empellón me había arrojado en la más extraña situación que pensarse pueda.
Resultaba claro que una gran similitud de mis rasgos faciales y de mi figura
con los del desgraciado conde habían confundido al cazador, y que el conde
debía de haber elegido el disfraz de capuchino para emprender una aventura
cualquiera en el cercano castillo. La muerte le sorprendió, y un destino
extraordinario me había puesto en su lugar en ese mismo instante. El
irresistible impulso interior de continuar representando el papel del conde,
que parecía ser alentado por dicho destino, superó cualquier duda y silenció la
voz interior que me implicaba en su muerte y en el insolente sacrilegio
derivado de la misma. Abrí el portafolio, que había conservado. Cartas y gran
cantidad de billetes cayeron en mis manos. Quise examinar los papeles uno por
uno, leer las cartas para conocer las circunstancias en que había vivido el
conde, pero el desasosiego, así como miles de ideas que hervían en mi cabeza,
me lo impidieron.
Después de caminar unos pasos, me
detuve de nuevo y me senté sobre una roca. Quería obligarme a conseguir un
estado de ánimo tranquilo. Era consciente del peligro que corría, si osaba
introducirme en un círculo extraño sin haberme preparado con anterioridad.
Entonces resonaron animados cuernos de caza en el bosque y se aproximaron voces
alegres y llenas de júbilo. El corazón me empezó a latir con fuerza, apenas
podía respirar: ¡un mundo nuevo, una nueva vida se abrían ante mí! Torcí en un
estrecho sendero que, descendiendo, me condujo a un declive. Cuando salí de la
maleza divisé ante mí, en un valle, un gran castillo bellamente construido. Era
el lugar en que debería haber tenido lugar la aventura que el conde había
querido
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emprender, y que yo ahora me
disponía a afrontar con ánimo. Pronto me encontré en los caminos del parque que
rodeaban el castillo. En una oscura alameda lateral vi a dos hombres paseando,
de los cuales uno vestía como un clérigo secular. Se acercaron al lugar donde
me encontraba, pero pasaron de largo ensimismados en profunda conversación, sin
percatarse de mi presencia. El clérigo era un joven, en cuyo rostro, de una
palidez mortal, se reflejaba una profunda preocupación que le consumía; el
otro, vestido con sencillez pero decentemente, parecía un hombre de avanzada
edad. Se sentaron en un banco de piedra, dándome la espalda, de manera que
entendí todo lo que dijeron.
—¡Hermógenes! —dijo el mayor—,
con vuestro obstinado silencio arrastráis a vuestra familia a la más completa
desesperación. Vuestra sombría melancolía aumenta cada día, vuestra fuerza
juvenil se quiebra, vuestro futuro se marchita, vuestra decisión de seguir la
vida religiosa destruye todas las esperanzas y deseos de vuestro padre. Pronto
renunciaría él a sus esperanzas si una verdadera vocación interna, una
irresistible tendencia hacia la soledad mostrada desde la juventud hubiera
fundado esa decisión. En tal caso no osaría oponerse a lo que el destino de una
vez por todas ha prescrito. La repentina transformación de todo vuestro ser
muestra claramente que algún suceso, que calláis de manera pertinaz, ha
perturbado intensamente vuestra alma y todavía continúa su trabajo destructor.
¡Erais un joven tan despreocupado y amante de la vida! ¿Qué puede haberos
distanciado así del mundo, que desesperáis de poder encontrar consuelo para
vuestra alma enferma en un pecho humano?
¿Calláis? ¿Persistís fijo en
vuestra actitud? ¿Suspiráis? ¡Hermógenes! Con anterioridad amabais a vuestro
padre con singular intensidad, pero por más que ahora os resulte imposible
abrirle vuestro corazón, al menos no le atormentéis con la ropa que lleváis
puesta, que alude a la decisión que habéis tomado y que sabéis que él rechaza
con horror. Yo os conmino, Hermógenes, a que arrojéis este traje odioso.
Creedme, en las apariencias se esconde una fuerza misteriosa. No os perjudicará
hacerlo, pues creo que me entenderéis perfectamente, si hago mención en este
instante, aunque aparentemente de forma algo chocante, de los actores que, a
menudo, cuando se enfundan en el vestuario de la representación, se sienten
sugestionados por un espíritu extraño que les permite encarnar mucho más
fácilmente al personaje. Dejadme hablar de esta cuestión con desenfado,
conforme a mi naturaleza, como en realidad convendría hacerlo. ¿No opináis que,
si este traje tan largo no entorpeciera vuestro paso y lo forzara a adoptar esa
triste gravedad, no andaríais de nuevo rápido y alegre, incluso correríais y
saltaríais como antes? El brillo de las charreteras, que antes resplandecían
sobre vuestros hombros, arrojaría de nuevo fuego juvenil a vuestras pálidas
mejillas, y el tintineo de las espuelas le sonaría como música encantadora al
brioso caballo, que relincharía y bailaría de placer, inclinando el cuello
poderoso ante su señor. ¡Arriba barón! ¡Abajo con el traje negro, que no os
conviene! ¿Debe traer Federico vuestro uniforme?
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El hombre mayor se levantó y
quiso retirarse, pero el joven se arrojó en sus brazos.
—¡Ay, cómo me atormentáis, mi
buen Reinaldo! —exclamó con voz apagada—. ¡Me atormentáis de manera indecible!
¡Ay, cuanto más os esforzáis por tocar las cuerdas de mi alma, que antes
sonaban tan armoniosas, más fuerte siento cómo el puño férreo del destino me ha
golpeado y abrumado de tal manera que, como en un laúd roto, sólo viven en mí
discordancias!
—Así os lo parece, querido barón
—terció el hombre mayor—. Habláis del destino espantoso que os ha arrebatado,
pero silenciáis en qué consiste ese destino. Sin embargo, un joven como vos,
con fuerza interior, armado de un valor fogoso y juvenil, debe ser capaz de
protegerse contra los puños férreos del destino; debe incluso elevarse, como
irradiado por una naturaleza divina, sobre su sino, y así, despertando e
inflamando al ser superior que se encuentra en su interior, remontarse por
encima de las penas de esta vida miserable. No sabría decir, barón, qué destino
podría ser capaz de destruir esta poderosa voluntad.
Hermógenes retrocedió un paso y,
clavando en el anciano su mirada sombría y llena de ira contenida, exclamó con
voz sorda y cavernosa:
—Sabed que yo mismo soy el
destino que me destruye, que un crimen horrible pesa sobre mi conciencia, una
impiedad infame que tengo que expiar con miseria y desesperación. ¡Por eso, sé
compasivo y ruega al Señor para que me deje escapar tras los muros!
—¡Barón! —interrumpió el
anciano—, os encontráis en un estado de ánimo propio de almas absolutamente
perturbadas. No debéis iros, no podéis marcharos de ninguna manera. En los
próximos días viene la baronesa con Aurelia, a la que debéis ver.
Entonces rió el joven con
escarnio y exclamó con una voz que retumbó en mi interior:
—¿Debo? ¿Debo permanecer? Sí,
verdaderamente, anciano, tienes razón, debo permanecer y mi penitencia será
aquí más horrible que tras los pesados muros.
Después de estas palabras, marchó
repentinamente entre la maleza y dejó al anciano solo que, apoyando la cabeza
inclinada en la mano, parecía abandonarse al dolor.
—¡Alabado sea Jesucristo!
—saludé, apareciendo ante el anciano, que se sobrecogió. Me miró con sorpresa,
pero pronto pareció acordarse de algo conocido al considerar mi aparición.
—¡Ah!, ¿sois vos, acaso,
venerable señor, cuya llegada nos anunció la señora baronesa para consuelo de
esta familia sumida en la tristeza?
Asentí a la pregunta, y Reinaldo
adoptó rápidamente el carácter alegre que parecía serle propio. Atravesamos el
espléndido parque y llegamos finalmente a un pequeño bosque cercano al
castillo, desde donde se disfrutaba de una vista extraordinaria hacia las
montañas. Obedeciendo a su llamada, un criado apostado en
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la entrada del castillo se
apresuró a servirnos un desayuno espléndido. Mientras vaciábamos las copas
colmadas, me pareció como si Reinaldo me observara con creciente atención, como
si intentara refrescar con esfuerzo un borroso recuerdo. Finalmente exclamó:
—¡Dios mío, venerable señor! Todo
resultaría para mí ilusorio, si vos no fuerais el padre Medardo del monasterio
capuchino en …r, pero ¿cómo podría ser posible? ¡Y, sin embargo, lo sois! ¡Con
certeza, lo sois! ¡Decid algo!
Como si me hubiera alcanzado un
rayo del cielo, temblaron, tras las palabras de Reinaldo, todos mis miembros.
Me vi desenmascarado, descubierto, culpado de asesinato, pero la desesperación
me dio fuerzas, era cuestión de vida o muerte.
—Es cierto, soy el padre Medardo
del monasterio capuchino de …r, en camino a Roma con poderes y una misión que
cumplir.
Lo dije con toda la tranquilidad
y sosiego que pude fingir.
—Entonces es quizá sólo
casualidad —dijo Reinaldo— que os encontraseis de viaje y que, extraviando el
camino principal, llegarais aquí, o ¿cómo pudo ocurrir que conocieseis a la
baronesa y os enviase aquí?
Sin apelar a la memoria,
reproduciendo ciegamente lo que una voz extraña parecía susurrarme en mi
interior, dije:
—Durante el viaje conocí al
confesor de la baronesa que me recomendó ejecutar mi comisión aquí, en la casa.
—Es verdad —interrumpió
Reinaldo—, así lo escribió la señora baronesa. Entonces, hay que dar gracias al
Cielo que os ha traído por ese camino para la salvación de esta casa, de que un
hombre piadoso y honrado como vos haya decidido retrasar su viaje para hacer
aquí el bien. Hace algunos años pasé casualmente por …r y escuché alguno de
vuestros sermones, pronunciados desde el púlpito con tanta unción y entusiasmo
celestial. Confío en vuestra devoción, en vuestra verdadera vocación de luchar
con celo ardiente por la salvación de almas perdidas, en vuestra espléndida
elocuencia, surgida de íntima inspiración, para que llevéis a cabo lo que a
nosotros nos ha resultado hasta el momento imposible. Me agrada haberos
encontrado antes de que hayáis hablado con el barón; aprovecharé así para
informaros de la situación familiar con la franqueza que debo a un venerable
señor como vos, que como un santo nos ha enviado el Cielo para nuestro
consuelo. Para encaminar bien vuestros esfuerzos y conseguir el efecto deseado debéis
conocer al menos algunos antecedentes sobre los que me gustaría callar. Todo
puede ser explicado, por lo demás, sin gastar muchas palabras. He crecido con
el barón, el mismo temple de ánimo nos hermanó, destruyendo el muro divisorio
que en caso contrario habría levantado nuestro desigual nacimiento. Nunca me
separé de él y me convertí en intendente de sus bienes, aquí en las montañas,
desde el mismo instante en que, terminados nuestros estudios académicos, tomó
posesión de ellos tras el fallecimiento de su padre. Fui su hermano y amigo más
íntimo y, como tal, conocedor de los asuntos más secretos de su casa. Su padre
había deseado la unión por
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casamiento con una familia con la
que tenía vínculos de amistad, deseo que se cumplió con alegría, ya que mi
señor encontró en su prometida un ser espléndido, ricamente dotado por la
naturaleza, por el que se sintió atraído de manera irresistible. Raras veces la
voluntad de unos padres ha podido coincidir con tanta perfección con el destino
que parecía determinar la vida de los niños en todas sus relaciones. Hermógenes
y Aurelia fueron el fruto de ese matrimonio feliz. Muchas veces pasábamos el
invierno en la capital vecina, pero desde que la baronesa enfermó, después del
nacimiento de Aurelia, permanecimos también todo el verano en la ciudad, ya que
necesitaba continuamente la presencia de médicos. Murió al llegar la primavera,
cuando una mejoría aparente llenaba al barón de alegres esperanzas. Nos
retiramos al campo y sólo el tiempo fue capaz de suavizar la aflicción profunda
y destructiva que aquejó al barón. Hermógenes creció y se convirtió en un
espléndido joven. Aurelia era la viva imagen de su madre. La cuidadosa
educación de los niños constituía nuestra tarea diaria y nuestra alegría.
Hermógenes mostró una inclinación decidida hacia la carrera militar, lo que
obligó al barón a enviarle a la ciudad, para allí, bajo el cuidado de su amigo
el gobernador, comenzar a aprender el oficio de las armas. Hace tres años el
barón permaneció con Aurelia y conmigo de nuevo todo el invierno en la ciudad,
como en los viejos tiempos, en parte para tener a su hijo cerca, en parte por
sus amigos, que habían insistido incansablemente en que viniera para volver a
verle. La sobrina del gobernador, recién llegada de la Corte, causó en aquella
época sensación general. Era huérfana y había crecido bajo la protección de su
tío, aunque de una de las alas del palacio, donde residía, hizo una casa propia
y acostumbraba a reunir en torno a sí a la mejor sociedad. Sin detenerme a
describir mejor a Eufemia, lo que resulta además innecesario, porque, venerable
señor, no tardaréis en verla, me limitaré a decir que todo lo que ella hace y dice
está animado de una gracia indescriptible, aumentando hasta lo irresistible el
atractivo de su exuberante belleza corporal. Allá donde aparece, emerge la vida
con nuevo esplendor y en todas partes se rinde homenaje a su persona con
encendido entusiasmo. Sabía despertar de tal manera el interior de los seres
más banales y sin vida, que éstos se alzaban por encima de su propia pobreza de
espíritu y gozaban encantados de los placeres de una vida interior que de otro
modo habría permanecido desconocida para ellos. No faltaban, naturalmente,
adoradores que hacían a diario la corte con fervor a su diosa. No se podía
decir con certeza que favoreciese a uno u otro, más bien sabía con traviesa
ironía que, sin ofender a ninguno, les excitaba y estimulaba como especias
fuertes y picantes, para envolver a lodos con un lazo indisoluble, de modo que
se movían, hechizados en un círculo mágico, con alegría y placer. Esta Circe
causó al barón una extraordinaria impresión. Desde su aparición le prestó una
atención que parecía surgir de un respeto infantil. En cada conversación mostró
un sentido común y unos sentimientos tan profundos que él apenas recordaba
haber encontrado en otra mujer. Con indescriptible tenacidad buscó y encontró
la amistad de Aurelia, a la que trató con tal calidez que, incluso, no desdeñó
preocuparse por sus
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pequeñas necesidades de vestuario
como lo hubiera hecho una madre. Supo apoyar de tal manera a una muchacha tan
inexperta en la más brillante sociedad, que esta ayuda en vez de llamar la
atención contribuyó a resaltar el entendimiento natural y el correcto estado de
ánimo de Aurelia, que pronto gozó de un gran respeto. El barón se deshacía en
alabanzas siempre que se hablaba de Eufemia, y aquí, quizá por vez primera en
nuestra vida, fuimos de una opinión completamente distinta. Por costumbre yo
hacía más en sociedad el papel de observador atento y no entraba directamente
en animada conversación. Así, había observado también a Eufemia, con la que
había cruzado aquí y allá un par de amigables palabras según su costumbre de no
pasarse a nadie por alto, con peculiar atención y como a una aparición de gran
interés. Tuve que reconocer que ella era la mujer más bella y espléndida de
todas, que en todo lo que hablaba se reflejaba su sentido común e inteligencia
y, sin embargo, experimenté un sentimiento inexplicable de rechazo hacia ella,
no podía evitar tener una sensación fatal que se apoderaba instantáneamente de
mí tan pronto como me miraba o empezaba a hablar conmigo. En sus ojos ardía a
menudo un fulgor especial que, cuando creía no ser observada, despedía rayos
centelleantes, como si irradiase violentamente un fuego interno y corrupto,
sólo superado con esfuerzo. Por añadidura pendía a menudo de su delicada y bien
formada boca una mueca de ironía hostil que me hacía temblar, ya que era la
cruda expresión del escarnio malicioso. Que mirase a menudo a Hermógenes de esa
manera, que se interesaba por ella muy poco o nada, me confirmaba que algo se
escondía tras su bella máscara que nadie parecía sospechar. No podía, es
cierto, oponer a las exageradas alabanzas del barón más que mis observaciones
fisiognómicas, que él no tomó en consideración; más bien tomó mi aversión
interna contra Eufemia como una extraña idiosincrasia. Me confió que Eufemia
entraría probablemente a formar parte de la familia, ya que lo iba a intentar
todo para unirla en el futuro a Hermógenes.
Éste penetró en la habitación
justo cuando hablábamos seriamente sobre el asunto y yo buscaba posibles
razones que justificasen mi opinión sobre Eufemia. El barón, acostumbrado a
actuar en todo con celeridad y abiertamente, le comunicó sus planes y deseos
respecto a Eufemia. Hermógenes escuchó con tranquilidad lo que el barón dijo
con gran entusiasmo en su loa. Pero cuando terminó el discurso laudatorio,
respondió que no se sentía en lo más mínimo atraído por Eufemia, que no podría
amarla jamás y por ello solicitaba de todo corazón que se renunciase al plan de
semejante unión. El barón quedó consternado al ver su amado proyecto destruido
sin haber pasado del primer estadio, pero tampoco se esforzó por presionar a
Hermógenes, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera conocía los
sentimientos de Eufemia al respecto. Con su acostumbrada alegría y afabilidad
bromeó pronto acerca de su infeliz propósito, y opinó que probablemente
Hermógenes compartía mi peculiar idiosincrasia, aunque no terminaba de comprender
cómo en una mujer tan bella e interesante podía albergarse un elemento tan
repulsivo. Su relación con Eufemia permaneció, evidentemente, igual. Se había
acostumbrado tanto a ella que
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no podía transcurrir un solo día
sin verla. Una vez ocurrió que, estando de muy buen humor, le dijo, bromeando,
que sólo había un hombre en su círculo que no estaba enamorado de ella, y éste
era Hermógenes; que su hijo se había negado con obstinación a establecer lazos
con ella, tal y como él había deseado de todo corazón.
»Eufemia opinó que bien podría
haber llegado el momento de exponer lo que tenía que decir acerca del vínculo
matrimonial, y que ella consideraba deseable cualquier relación cercana al
barón, pero no a través de Hermógenes, al que tenía por excesivamente serio y
caprichoso. A partir del momento en que tuvo lugar esta conversación, que el
barón me contó poco después, Eufemia redobló su atención hacia el barón y
Aurelia. Incluso dio a entender con ligeras insinuaciones que un vínculo con el
mismo barón correspondería al ideal que ella se había hecho de un matrimonio
feliz. Además, supo rebatir con decisión todo lo que se podía oponer respecto a
la diferencia de edad o a cualquier otro motivo. Lo preparó todo de manera tan
elegante y silenciosa, tan hábil, paso a paso, que el barón se veía obligado a
creer que todas las ideas y todos los deseos que Eufemia insuflaba en su
interior habían germinado realmente allí. De naturaleza fuerte y llena de vida,
no tardó el barón en ser presa de la pasión fogosa de un joven. Yo no pude
detener ya el vuelo salvaje, era demasiado tarde. En poco tiempo Eufemia era,
para el asombro de la ciudad, la esposa del barón. Me pareció como si el ser
amenazante y cruel que me había espantado desde la lejanía se hubiera
introducido en mi vida, y como si tuviera que mantenerme alerta para velar por
mi amigo y también por mí mismo. Hermógenes tomó la boda de su padre con fría
indiferencia. Aurelia, la querida e inocente niña, se deshizo en lágrimas.
Poco tiempo después de la boda
Eufemia deseó ir a las montañas. Llegó al castillo, y debo reconocer que su
comportamiento se mantuvo tan amable que despertó en mí una involuntaria
admiración. Así pasaron dos años de tranquila e ininterrumpida placidez. Los
inviernos residíamos en la ciudad, pero también aquí mostró la baronesa tanto
respeto a su esposo, tanta atención por sus deseos más nimios, que la envidia
venenosa tuvo que enmudecer, y ninguno de los jóvenes señores que había soñado
en tener campo libre para su galantería en casa de la baronesa se permitió la
más pequeña glosa. El último invierno fui también el único que, aquejado de la
vieja y apenas cicatrizada idiosincrasia, comenzó a abrigar un recelo
malicioso.
»Con anterioridad al matrimonio
del barón, el conde Victorino, un hombre joven y apuesto, comandante de la
guardia de honor, sólo de vez en cuando en la ciudad, había sido uno de los más
fervientes admiradores de Eufemia y, además, el único que se había distinguido
del resto de sus pretendientes, aunque casi de forma imperceptible. Se habló
incluso de que entre Eufemia y él podría haber existido una relación más
estrecha de lo que las apariencias querían insinuar, pero el rumor desapareció
de manera tan apagada como había surgido. El conde Victorino regresó en
invierno a la ciudad y, como es natural, frecuentó el círculo de Eufemia, pero
no
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parecía esforzarse mucho por
llamar su atención; todo lo contrario, parecía como si la evitase
intencionadamente. No obstante, yo tenía la impresión de que, cuando creían
pasar inadvertidos, sus miradas se encontraban, ardiendo en ellas como fuego
devorador el deseo y un encendido anhelo. En casa del gobernador se reunió una
noche lo mejor de la sociedad. Yo me encontraba junto a una ventana, de tal
manera que uno de los pliegues ondulados de la rica cortina casi me ocultaba
por completo. El conde Victorino se encontraba dos o tres pasos delante de mí.
Entonces Eufemia, vestida más atractiva que nunca e irradiando belleza, pasó,
rozándole, por su lado. El conde cogió con fuerza apasionada su brazo, aunque
yo fui el único que pudo percibirlo. Ella tembló visiblemente, y su
indescriptible mirada, que reflejaba el amor más ardiente, la voluptuosidad
sedienta de placer, recayó sobre él. Musitaron algunas palabras que no
comprendí. En ese instante Eufemia advirtió que la estaba mirando; se volvió
rápidamente, pero pude oír claramente estas palabras: “¡Nos observan!”.
»¡Quedé paralizado de sorpresa y
dolor! ¡Ay! ¿Cómo podría, venerable señor, describirle mis sentimientos? Piense
en mi amor, en el fiel apego que me unía al barón, en mis malignas sospechas,
que se habían cumplido, pues aquellas escasas palabras me habían convencido de
que existía una relación secreta entre la baronesa y el conde. Por de pronto me
vi obligado a guardar silencio, pero decidí vigilar a la baronesa con ojos de
Argos, para, una vez alcanzada la certeza de su delito, disolver los
vergonzosos vínculos con los que había atrapado a mi infeliz amigo. Pero ¿a
quién le es posible contrarrestar argucias diabólicas? Mis esfuerzos fueron en
vano, ¡completamente en vano, y hubiera sido ridículo comunicar al barón lo que
había visto y oído, ya que esa mujer astuta habría encontrado suficientes
salidas para hacerme quedar como un necio y absurdo visionario!
»En primavera, cuando regresamos
al campo, la nieve cubría todavía las cimas. A pesar de ello emprendí algún que
otro paseo por las montañas. En el pueblo cercano me encontré a un campesino
que tenía algo extraño en su forma de caminar y en su comportamiento. Cuando se
volvió, reconocí en él al conde Victorino, pero desapareció inmediatamente
detrás de las casas sin dejar huella. ¿Qué podría haberle llevado a disfrazarse
así, sino el entendimiento secreto con la baronesa? Incluso ahora sé, con
certeza, que se encuentra aquí de nuevo. He visto a sus cazadores pasar por los
alrededores cabalgando, aunque me resulta incomprensible por qué no se
encuentra con la baronesa en la ciudad. Hace tres meses aconteció que el
gobernador enfermó gravemente y manifestó su deseo de ver a Eufemia, que acudió
acompañada de Aurelia. Una indisposición transitoria impidió que el barón se
uniese a ellas. Entonces irrumpió la desgracia y la tristeza en nuestra casa,
pues Eufemia escribió poco después al barón que Hermógenes erraba solitario,
atacado de una repentina melancolía que le provocaba a menudo estados de furia
demencial, en los que se maldecía a sí mismo y a su destino, siendo lodos los
esfuerzos de sus amigos y de los médicos en vano. Podéis imaginaros, venerable
señor, qué impresión le causó esta noticia al barón. Como el encuentro con su
hijo en estas circunstancias hubiera sido
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perturbador, marché solo a la
ciudad. Hermógenes había sido liberado al menos, con los fuertes medicamentos
que se suelen emplear en estos casos, de los ataques salvajes de furiosa
demencia, pero se había apoderado de él una apatía melancólica que los médicos
consideraban incurable. Cuando me vio, se conmovió, y me confesó que un
desgraciado destino pesaba sobre él y le impulsaba a abandonar su actual
posición para siempre, ya que sólo como religioso en un monasterio podría
salvar su alma de la condena eterna. Le encontré ya con la ropa con que le
habéis visto hace un momento y, a pesar de su resistencia, me fue posible
finalmente traerle hasta aquí. Ahora está tranquilo, pero no abandona su idea
fija. Los esfuerzos para aclarar el suceso que le ha sumido en ese estado
resultan infructuosos, aunque quizá el descubrimiento del secreto contribuiría
de manera decisiva a encontrar algún medio para su curación.
»Hace algún tiempo la baronesa
escribió que, por consejo de su confesor, enviaría a un religioso de la Orden,
cuyo trato y exhortaciones podrían quizá ser más efectivos para Hermógenes que
cualquier otro remedio, sobre todo teniendo en cuenta que su locura había
tomado una clara tendencia religiosa. Me alegro en lo más profundo de que la
elección haya recaído en vos, venerable señor, que por una afortunada
casualidad os dirigíais a la ciudad. Podéis devolver la paz perdida a una
familia apesadumbrada si vuestros esfuerzos, que el Señor bendiga, se
concentran en un doble objetivo. Averiguad cuál es el horrible secreto de
Hermógenes, su corazón se aliviará, aunque lo revele en sagrada confesión, y la
Iglesia le devolverá a la alegre vida del mundo, a la que realmente pertenece,
en vez de encerrarle tras los muros. Pero no dejéis de aproximaros también a la
baronesa. Ya sabéis todo, estáis de acuerdo conmigo en que mis observaciones
son de tal especie que sobre ellas no se puede fundamentar una acusación contra
ella, pero tampoco constituyen una ilusión o una sospecha injusta. Compartiréis
completamente mi opinión cuando veáis a Eufemia y la conozcáis mejor. Ella es
religiosa por temperamento, quizá os sea posible penetrar profundamente en su
corazón con vuestra elocuencia y, así, conmoviéndola, se la pueda de tal manera
mejorar que cese de traicionar al amigo, lo que le está costando la bendición
eterna. Todavía debo decir, venerable señor, que en algunos momentos parece
como si el barón llevara un peso en el alma, cuyo origen no quiere revelar,
pues, además de contra la aflicción causada por Hermógenes, lucha visiblemente
contra un pensamiento que le persigue continuamente. Tengo la sospecha de que
una casualidad maligna quizá le ha mostrado una prueba, mucho más definitiva
que la que yo encontré, sobre las relaciones delictivas de la baronesa con el
indeseable conde. También os recomiendo, en consideración a esta circunstancia,
venerable Señor, el cuidado espiritual de mi amigo del alma, el barón.
Con estas palabras terminó
Reinaldo su narración de los hechos, que me había torturado de múltiples
maneras, haciendo que las más extrañas contradicciones se entrecruzaran en mi
interior. Mi propio «Yo», inmerso en un juego cruel surgido de un destino caprichoso
y diluyéndose en otras figuras extrañas, nadaba sin posibilidad
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de asirse a ninguna tabla de
salvación en un mar en el que todos los acontecimientos descritos formaban olas
rugientes que se desencadenaban sobre mí. ¡No podía encontrarme a mí mismo!
¡Evidentemente Victorino fue al que la fatalidad, que guiaba mi mano pero no mi
voluntad, despeñó en el abismo! Aparezco en su lugar, pero Reinaldo conoce al
Padre Medardo, el predicador del monasterio capuchino fan …r, y entonces soy
realmente el que soy. Pero la relación con la baronesa que mantenía Victorino
me corresponde, pues yo mismo soy Victorino. Soy lo que parezco y no parezco lo
que soy; soy un enigma inexplicable para mí mismo: ¡Mi «Yo» se ha escindido!
A pesar de la tormenta que tenía
lugar en mi interior, me fue posible simular el sosiego propio de los
sacerdotes y presentarme ante el barón. Encontré a un hombre envejecido, pero
en los rasgos apagados quedaban todavía asomos de una fuerza y plenitud extrañas.
No la edad, sino la pesadumbre había formado las profundas arrugas en su amplia
y noble frente y había encanecido su pelo. No obstante, reinaban en su
comportamiento y en todo lo que decía una alegría y apacibilidad tales que
atraían irresistiblemente a cualquiera. Cuando Reinaldo me presentó, diciendo
que mi llegada había sido anunciada por la baronesa, me contempló con una
mirada penetrante, que se fue tornando cada vez más amistosa conforme Reinaldo
le contaba cómo hacía varios años me había escuchado predicar en el monasterio
capuchino en …r y había quedado impresionado por mi talento oratorio. El barón
me extendió confiadamente la mano y, volviéndose hacia Reinaldo, dijo:
—No sé, querido Reinaldo, qué es
lo que a primera vista me ha llamado la atención de manera tan extraña en los
rasgos faciales del venerable señor; han despertado un recuerdo que en vano
pugna por salir a la luz.
Me pareció como si fuera a
recordarlo y decir: «es el conde Victorino», pues en aquel momento, poseído por
un sentimiento extraordinario, creía ser realmente Victorino. Sentí entonces
cómo la sangre hervía en mis venas y, agolpándose en la cabeza, hacía enrojecer
mis mejillas. Confié en el apoyo de Reinaldo, que me conocía como el padre
Medardo, aunque lo consideraba una mentira. Nada podía sacarme de mi estado de
confusión.
Según deseo del barón, debía
conocer inmediatamente a Hermógenes, pero no fue posible encontrarle por
ninguna parte. Se le había visto caminar hacia las montañas, lo que no
despertaba preocupación alguna, ya que varias veces se había ausentado de la
misma forma durante todo el día. El resto de la jornada lo pasé en compañía del
barón y de Reinaldo. Poco a poco cobré tal ánimo en mi interior que por la
noche me sentía henchido de valor y fuerza para afrontar con audacia todos los
acontecimientos maravillosos que parecían aguardarme. Abrí el portafolio en la
soledad nocturna y quedé completamente convencido de que había sido el conde
Victorino el que yacía destrozado en el fondo del precipicio. El contenido de
las cartas que encontré dirigidas a él eran, sin embargo, insustanciales, y
ninguna de ellas me aportó dato alguno acerca de sus relaciones sentimentales.
Sin preocuparme más de ello, decidí
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avenirme a lo que el destino
dispusiera cuando la baronesa llegara y me viera. A la mañana siguiente, la
baronesa y Aurelia llegaron de modo inesperado. Vi cómo descendían del carruaje
y eran recibidas por el barón y Reinaldo, dirigiéndose luego a la puerta del
castillo. Intranquilo, paseaba de un lado al otro de la habitación, asaltado
por extraños presentimientos, cuando fui llamado. La baronesa salió a mi
encuentro —una mujer bella y espléndida, todavía en el apogeo de su hermosura—.
Cuando me miró, pareció quedar especialmente consternada. Su voz temblaba y
apenas encontraba palabras. Su visible perplejidad me otorgó valor y la miré
directamente a los ojos, dándole la bendición según costumbre monacal.
Palideció y tuvo que tomar asiento. Reinaldo me contempló, sonriendo contento y
satisfecho. En ese instante se abrió la puerta y el barón entró con Aurelia.
Tan pronto como vi a Aurelia me
atravesó un rayo el corazón, despertando a la vida todas las secretas
emociones, el anhelo más dulce, el hechizo del amor fervoroso, todo lo que
había resonado en mi interior como un asomo lejano. Incluso la misma vida se despertó
en mí, brillante y multicolor. Todo el pasado yacía a mis espaldas muerto y
frío, como una noche triste. Ella, sí, ella misma era la que contemplé en
aquella visión del confesionario. La mirada melancólica, piadosamente infantil
de sus ojos de color azul oscuro, los labios bien formados, la nuca dulcemente
inclinada como en orante meditación, la figura alta y delgada: no era Aurelia,
sino la propia Rosalía. Incluso el chal azul, que Aurelia llevaba echado sobre
su vestido rojo oscuro, presentaba en su diseño una similitud extraordinaria
con el de la Santa en el cuadro y con el que llevaba la desconocida en la
alucinación. ¿Cómo podía compararse la belleza exuberante de la baronesa con el
encanto celestial de Aurelia? Sólo podía verla a ella, todo lo demás
desapareció. Mi conmoción no podía pasar inadvertida entre los presentes.
—¿Qué le ocurre, venerable señor?
—preguntó el barón—. Parecéis especialmente consternado.
Éstas palabras me hicieron volver
en mí mismo y sentí en ese instante cómo crecía en mi interior una fuerza
sobrehumana, un valor jamás experimentado para salir airoso de cualquier
prueba, ya que ella sería el premio de la lucha.
—¡Sois afortunado, señor barón!
—exclamé, poseído de repentino entusiasmo—. ¡Sois afortunado! Una santa se
encuentra entre estos muros, entre nosotros. Pronto se abrirá el Cielo en una
bendita claridad y la propia Santa Rosalía, rodeada de ángeles, otorgará
consuelo y bendición a los sumisos que, piadosos y creyentes, la han invocado.
¡Ya escucho los himnos de espíritus aureolados que llaman a la Santa con sus
cánticos, descendiendo de esplendorosas nubes! ¡Ya veo su cabeza radiante,
alzada hacia el coro de los Santos, en la Gloria celestial!
¡Sancta Rosalía, ora pro nobis!
Me arrodillé con la mirada
dirigida a las alturas, las manos unidas en actitud orante, y todos siguieron
mi ejemplo. Nadie me preguntó sobre lo acaecido, se atribuyó mi repentino
entusiasmo a un momento de inspiración, por lo que el barón
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decidió que se dijeran misas ante
el altar de Santa Rosalía, en la iglesia principal de la ciudad. De esta manera
espléndida me salvé de la perplejidad que me atenazaba, y cada vez estaba más
dispuesto a arriesgarlo todo por la posesión de Aurelia, para lo cual estaba
decidido incluso a vender mi vida. La baronesa parecía estar en un estado de
ánimo especial: su mirada me perseguía, pero cuando fijaba abiertamente mi
mirada en la suya, desviaba los ojos, que se tornaban erráticos. La familia
había entrado en otra estancia. Yo me apresuré hasta el jardín y vagué por los
caminos, ideando miles de planes y proyectos para mi futura vida en el
castillo, que ejecutaría trabajando y luchando. Ya había anochecido cuando
apareció Reinaldo y me dijo que la baronesa, contagiada de mi entusiasmo
piadoso, deseaba hablarme en su habitación.
Cuando entré en la habitación de
la baronesa, avanzó unos pasos hacia mí y, tomando mis brazos, me miró
fijamente a los ojos, diciendo a continuación:
—¿Es posible? ¿Es posible? ¿Eres
realmente Medardo, el monje capuchino? ¡Pero la voz, la figura, tus ojos, tu
pelo! ¡Habla o pereceré de miedo y de dudas!
—Victorino —susurré ligeramente.
Entonces me abrazó con la salvaje
vehemencia de una voluptuosidad desbordada. Una corriente de fuego recorrió mis
venas, la sangre hervía, los sentidos se deshacían en un indescriptible placer,
en un éxtasis demencial. Pero mi ánimo pecador se concentraba en Aurelia, y
sólo por ella sacrificaría la salvación de mi alma con la ruptura de los votos
Sagrados.
¡Sí! Sólo Aurelia vivía en mí,
todo mi ser estaba henchido de ella y, sin embargo, un escalofrío me recorría
cuando pensaba que volvería a verla, lo que sucedería aquella noche durante la
cena. Me parecía como si su devota mirada me fuera a incriminar de pecados
atroces o como si fuera a hundirme, desenmascarado y destruido, en el oprobio y
en la condenación. Tampoco pude decidirme a volver a ver, tras esos momentos, a
la baronesa, por lo que determiné permanecer en la habitación, poniendo de
pretexto mis ejercicios espirituales, cuando fui llamado a la mesa. Pocos días
hicieron falta para que superase toda timidez y mis prevenciones. La baronesa
era la amabilidad en persona, y conforme nuestra unión se hacía más estrecha,
más rica en placeres impíos, más atención prestaba al barón. Me confesó que mi
tonsura, mi barba natural, así como mis movimientos monacales, que ya no
mantenía con tanta severidad como anteriormente, la habían asustado de manera
terrible. Incluso mi repentina y entusiasmada invocación de Santa Rosalía la
había casi convencido de que algún error, o una casualidad hostil, había
frustrado el astuto plan que había forjado con Victorino, y un condenado
capuchino había ocupado su lugar. Admiraba mis precauciones, cómo me había
tonsurado y dejado crecer la barba, cómo había estudiado tan bien mi papel,
tanto en la actitud como en los movimientos, que a veces tenía que mirarme
directamente a los ojos para no entrar en dudas aventuradas.
El cazador de Victorino se dejaba
ver a veces, disfrazado de campesino, al final del parque, y yo no dejaba de
hablar con él en secreto y de advertirle que estuviera
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alerta por si fuera necesario
huir. El barón y Reinaldo parecían estar muy satisfechos de mí, instándome a
que me ocupara con todas mis fuerzas del pensativo Hermógenes. Todavía no me
había sido posible, sin embargo, intercambiar una sola palabra con él, pues
evitaba visiblemente toda oportunidad de encontrarse a solas conmigo. Cuando
nos hallábamos en compañía del barón o de Reinaldo me miraba de manera tan
extraña que me costaba un gran esfuerzo disimular mi evidente turbación.
Parecía penetrar profundamente en mi alma y atisbar mis pensamientos más
secretos. Un invencible e intenso disgusto, un rencor reprimido, una ira
dominada sólo con esfuerzo se dibujaban en su pálido rostro tan pronto como me
veía. Ocurrió que, en cierta ocasión, mientras paseaba placenteramente por el
parque, le encontré inesperadamente. Me pareció el momento indicado para
aclarar finalmente nuestra relación opresiva, por ello le tomé rápidamente de
la mano cuando quería escabullirse, y mi elocuencia hizo posible que hablara de
manera tan penetrante y sugestiva que pareció empezar a mostrar realmente
atención e incluso no pudo contener la emoción. Nos habíamos sentado en un
banco de piedra situado al final de un camino que conducía al castillo. Llevado
de mi habilidad retórica le dije que es pecado cuando el ser humano,
consumiéndose en su aflicción, desprecia el consuelo, la ayuda de la Iglesia
que alienta a los siervos de Dios, y de esta manera contradice con hostilidad
los fines de la vida, que el poder superior le ha asignado. Incluso el criminal
no debe dudar de la gracia celestial, ya que esta duda es precisamente la que
mata la bienaventuranza, que él, sin embargo, purificado por la penitencia y la
devoción, puede alcanzar. Le insté finalmente a confesarse en ese momento y
desahogarse ante Dios, prometiéndole la absolución de cada uno de los pecados
que hubiese cometido. Entonces se levantó, sus cejas se contrajeron, sus ojos
ardieron, su rostro, pálido como la muerte, enrojeció, para, a continuación,
exclamar con una extraña voz aguda:
—¿Estás tan libre de pecado que
pretendes, como el más puro, sí, incluso como Dios, al que escarneces, mirar en
mi interior; que osas prometerme el perdón de los pecados, tú, que lucharás en
vano por la redención, por la bendición del Cielo, que se cerrará para ti por
toda la eternidad? ¡Miserable hipócrita, pronto llegará la hora de la venganza
y, revolcándote en el polvo como un gusano venenoso, te contraerás en una
muerte ignominiosa, solicitando en vano auxilio, suplicando la liberación de un
tormento indescriptible, hasta que te condenes en la demencia y la
desesperación!
Tras decir esto se esfumó
rápidamente. Yo quedé destrozado, destruido, toda mi presencia de ánimo y mi
valor habían desaparecido. Vi a Eufemia venir desde el castillo con sombrero y
chal, como si fuera a dar un paseo. Sólo con ella podía encontrar consuelo y
ayuda. Me precipité hacia donde estaba y se asustó al contemplar mi apariencia
consternada. Me preguntó las causas de mi estado, y le conté fielmente toda la
escena que había tenido con el demente Hermógenes, añadiendo mi miedo y
preocupación de que quizá Hermógenes por una casualidad inexplicable había
descubierto nuestro secreto. Eufemia no pareció dar la más
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mínima importancia a todo lo que
había dicho. Sonrió de manera tan extraña que un escalofrío me estremeció. A
continuación dijo:
—Vayamos hacia el interior del
parque, que aquí podemos ser observados y podría llamar la atención que el
venerable padre Medardo hable conmigo con semejante vehemencia.
Nos encontrábamos en un
bosquecillo retirado, cuando Eufemia me abrazó apasionadamente. Sus besos
ardientes quemaban mis labios.
—Calma, Victorino —dijo Eufemia—,
puedes estar tranquilo sobre todo lo que te ha turbado y asustado. Incluso me
agrada que haya ocurrido lo de Hermógenes, pues así puedo y debo hablar contigo
sobre algo que silencio desde hace mucho tiempo. Tienes que reconocer que he
sabido lograr un extraño dominio espiritual sobre todo lo que concierne a mi
vida, y creo que esto le es más fácil a la mujer que a vosotros. No poco
contribuye a ello que además del indescriptible e irresistible atractivo de su
apariencia externa, con la que la ha dotado la naturaleza, en ella habite un
principio superior que funde aquel atractivo con un poder espiritual, pudiendo
dominar la fuerza resultante de esta unión a voluntad. Es la propia,
maravillosa capacidad de salir de sí misma, la que permite la contemplación del
propio «Yo» desde otro punto de vista, lo que constituye el medio ideal forjado
para una voluntad extraordinaria, dispuesta a alcanzar todas las metas
propuestas y que dan sentido a una vida superior. ¿Hay algo más deseable que
poder dominar la vida a través de la misma vida, que conjurar con un poder
mágico todas sus manifestaciones, disfrutar de sus placeres, y todo con la
voluntad propia de un ser soberano? Tú, Victorino, perteneces desde siempre a
los pocos que me han comprendido plenamente. También tú has podido colocar tu
propio punto de vista más allá de ti mismo, y no dudo por tanto en elevarte
como marido consorte sobre mi trono en el más alto de los reinos. El secreto
aumentaba el encanto de esta unión, y nuestra aparente separación sólo sirvió
para otorgar espacio a nuestro estado de ánimo fantástico, que juega hasta la
voluptuosidad con las relaciones supeditadas a la vida normal. ¿No constituye
nuestra actual convivencia una pieza maestra de inteligente osadía que, pensada
con un espíritu superior, se burla de la impotencia de la estrecha moral
convencional? Incluso por tu apariencia extraña, que no sólo proviene de tu
forma de vestir, me parece como si se sometiera lo espiritual al principio
dominante, obrando con fuerza tan maravillosa hacia el exterior que, dando una
nueva forma al cuerpo, parece adaptarse perfectamente a la pretensión previa.
Ya sabes cómo desprecio de todo corazón, con esta visión de las cosas surgida
de lo más profundo de mi ser, toda convención moral y cómo me gusta jugar con
ella. El barón se ha convertido para mí en una fastidiosa y repulsiva máquina
que, ya utilizada para mis fines, se limita a yacer muerta como un engranaje
roto. Reinaldo es demasiado limitado como para preocuparme. Aurelia es una
buena chica; sólo nos tiene que preocupar entonces Hermógenes. Debo confesarte
que Hermógenes, la primera vez que le vi, me causó muy buena impresión. Le
consideré capaz de entrar en la vida superior, vida en la que
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quise introducirle, equivocándome
por primera vez. Había algo hostil en él, que en continua y excitante
contradicción se sublevaba contra mí, incluso la magia, con la que sabía
envolver involuntariamente a los demás, fracasaba ante su rechazo. Permaneció
frío, sombrío y cerrado. Al resistirse a mis intentos con una fuerza propia
maravillosa, excitaba mi sensibilidad y aumentaba el placer de comenzar la
lucha en la que tendría que sucumbir. Decidí comenzar esta lucha cuando el
barón me dijo que le había sugerido a Hermógenes una unión matrimonial conmigo,
propuesta que él se había limitado a rechazar categóricamente. Como una chispa
divina saltó en mi mente el pensamiento de casarme con el barón, y así limpiar
de una vez por todas, de la manera más baja, las pequeñas contemplaciones
convencionales que a menudo me encorsetaban. Pero ya he hablado contigo,
Victorino, lo suficiente sobre aquel compromiso matrimonial. Refuté tus dudas
con la acción, pues me fue posible hacer del viejo un estúpido y afectuoso amante
en pocos días, teniendo que aceptar lo que yo quisiera como si fuese el
cumplimiento de sus más íntimos deseos, que apenas habría osado contar en voz
alta. Pero en mi interior permanecía todavía el pensamiento de vengarme de
Hermógenes, lo que me sería ahora mucho más fácil y satisfactorio. El golpe fue
así diferido, sólo para que resultase más letal y efectivo. Si conociera menos
tu alma, si no supiera que eres capaz de elevarte a las alturas de mis
consideraciones, tendría escrúpulos de contarte lo que ocurrió una vez. Me
propuse penetrar en el alma de Hermógenes en toda su profundidad. Me mostré en
la ciudad sombría y reservada, lo que contrastaba con el estado de ánimo de
Hermógenes, que se movía alegre y divertido en las múltiples y agitadas obligaciones
del servicio militar. La enfermedad de mi tío prohibía las reuniones brillantes
y supe evitar las visitas de mi círculo más íntimo. Hermógenes vino a verme,
probablemente sólo con el propósito de cumplir con la obligación debida a una
madre. Me encontró sumida en tristes pensamientos y, cuando preguntó,
sorprendido por mi insólita actitud, por los motivos de mis cuitas, confesé
entre lagrimas que la precaria salud del barón, que él disimulaba con esfuerzo,
me hacía temer un desenlace fatídico y que sólo la idea de perderle se volvía
horrible e insoportable. Quedó profundamente impresionado. Después, conforme le
describía con expresiones sentimentales la felicidad de mi matrimonio con el
barón, mientras con ternura dibujaba los pequeños pormenores de nuestra vida en
el campo y alababa con encarecimiento la persona del barón, de tal manera que
resaltaba mi veneración sin límites, su asombro no cesaba de aumentar. Se le
veía luchar consigo mismo, pero el poder que, como si fuese mi «Yo», había
penetrado en su interior, venció sobre el principio hostil que anteriormente se
resistía a mi influencia. Mi triunfo era cierto, cuando regresó la noche
siguiente.
»Me encontró sola, más
apesadumbrada y excitada que el día anterior. Hablé del barón y de mi
infatigable anhelo de volver a verle. Hermógenes no era el mismo, estaba tan
pendiente de mis miradas que encendió un fuego peligroso en su interior.
Mientras mi mano descansaba en la suya, que se contraía convulsivamente, dejaba
escapar profundos suspiros de su pecho. Había calculado correctamente el punto
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culminante de esta consciente
exaltación. La noche en la que debía sucumbir no desprecié valerme de aquellas
artes tan gastadas, pero que al mismo tiempo, a pesar de ser tan repetidas,
resultan del todo efectivas. ¡Funcionó! Los resultados fueron más devastadores
de lo que había pensado, aumentando el sentimiento de triunfo y permitiéndome
acreditar mi poder de manera brillante. La violencia con la que combatí el
principio hostil, que de lo contrario se habría manifestado a través de
extraños presentimientos, había roto su espíritu. La locura se apoderó de él,
como sabes, sin que hubieras conocido hasta el día de hoy el motivo real. Es
propio de dementes que, a menudo, como si estuvieran en contacto estrecho con
espíritus y sugestionados inconscientemente por el principio espiritual ajeno,
penetren en nuestros secretos más escondidos, expresándolos con misteriosas
alusiones. Así, nos parece muchas veces que la voz horrible de un segundo “yo”
nos intimida con horrible estremecimiento. Puede ser que, sobre todo respecto a
la relación que los tres mantenemos, Hermógenes haya podido de manera
misteriosa penetrar con su espíritu tu interior, por lo que muestra una actitud
hostil hacia ti. Pero esta situación no ofrece mucho peligro. Piénsalo, aunque
quisiera, impulsado por el odio, lanzarse abiertamente a la lucha, si él
dijera: “No os fiéis del monje disfrazado”, ¿quién no lo tomaría sino por una
idea surgida de su demencia, sobre todo teniendo en cuenta que Reinaldo ha
creído reconocer en ti al padre Medardo? De todas formas queda claro, como
había pensado y deseado, que no puedes influir en Hermógenes. Mi venganza le ha
cumplido. Hermógenes es para mí tan inservible como un juguete roto, y se ha
tornado tan pesado que, al tomar probablemente mi presencia como un ejercicio
de penitencia, me persigue continuamente con su mirada hosca de un muerto en
vida. ¡Se tiene que ir y he creído que podría utilizarte a ti para que
reforzaras en él la idea de ingresar en un monasterio! Así se podría ablandar
al barón y a su consejero Reinaldo para que permitan, ya que la saturación
anímica de Hermógenes lo reclama, el cumplimiento de su deseo. Hermógenes se ha
vuelto para mí bastante antipático, su presencia me estremece. ¡Tiene que irse!
La única persona a la que ve de diferente manera es a Aurelia, a la pequeña y
piadosa Aurelia. A través de su persona podrás influir en Hermógenes, y voy a
ocuparme para que entres en estrecho contacto con ella. Si encuentras un
contexto conveniente, podrías informar al barón y a Reinaldo de que Hermógenes
ha confesado un grave crimen, que tú naturalmente no puedes revelar por la
obligación de guardar silencio.
¡Pero hablaremos sobre esto más
adelante! Ahora ya lo sabes todo, Victorino, actúa y sigue siendo mío. Reina
conmigo sobre el pueril mundo de muñecas que nos rodea. La vida nos tiene que
otorgar los más espléndidos placeres, sin obligarnos a observar sus
limitaciones.
Vimos al barón en la distancia y
nos encaminamos hacia él como si estuviéramos concentrados en piadosa
conversación.
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Es probable que sólo necesitase
la explicación de Eufemia sobre la tendencia de su vida, para poder sentir por
mí mismo el poder preponderante que, como la emanación de principios
superiores, animaba mi interior. Algo sobrehumano se había introducido en mi
alma, que me elevó repentinamente hasta una perspectiva desde la que todo
parecía adquirir otro color o mostrar una relación diferente a la considerada
con anterioridad. La fuerza espiritual, el poder sobre la vida del que Eufemia
se vanagloriaba, me parecía digno de la más amarga ironía. En el instante en
que la miserable se figuraba practicaba su loco e irreflexivo juego con las
peligrosas circunstancias de la vida, en realidad se encontraba a merced de la
casualidad o del destino maligno, que mi mano dirigía. Era sólo mi fuerza,
inflamada por misteriosos poderes, la que podía obligarla a creer en la ilusión
de tener al amigo y compañero por aquel que, incorporando para su fatalidad la
apariencia externa de su amante, la tenía de tal modo, como un poder hostil, en
sus garras, que no había libertad posible. Eufemia me parecía, en su vano
egocentrismo, despreciable, y la relación con ella tanto más repulsiva, cuanto
que Aurelia vivía en mi interior y sólo ella portaba la culpa de mis pecados,
si hubiera mantenido todavía por pecados lo que en ese momento me parecía la
cumbre de todos los placeres terrenales. Decidí hacer uso completo del poder
que portaba en mí y manejar yo mismo la varita mágica para describir los
círculos, en los que deberían moverse todas las apariciones a mi alrededor en
aras de mi exclusivo placer. El barón y Reinaldo competían para hacerme la vida
en el castillo más agradable. Sus corazones no albergaban ni la más mínima
sospecha de mi relación con Eufemia. Todo lo contrario, el barón expresó a
menudo, como en un involuntario desahogo, que sólo gracias a mí había retornado
Eufemia a su lado, lo que me confirmó la veracidad de la suposición de Reinaldo
de que el barón había descubierto por casualidad las huellas de los caminos
prohibidos de Eufemia. A Hermógenes le veía poco. Me evitaba con visible miedo
y ansiedad, lo que el barón y Reinaldo atribuyeron a la timidez ante mi persona
piadosa y santa, así como ante mi fuerza espiritual, que lograba penetrar los
ánimos desquiciados. También Aurelia parecía apartar intencionadamente su
mirada de mí. Me evitaba, y cuando hablaba con ella se mostraba tan temerosa y
ansiosa como Hermógenes. Poseía casi la certeza de que el demente Hermógenes
había comunicado a Aurelia aquellas visiones horribles que me estremecieron,
aunque me parecía todavía posible combatir la mala impresión causada.
Probablemente a petición de la baronesa, que deseaba ponerme en relación con
Aurelia para influir en Hermógenes a través de ella, el barón me solicitó que
instruyera a Aurelia en los misterios de la religión. De esta manera, Eufemia
me proporcionó el medio ideal para obtener lo más espléndido que mi ardiente
imaginación había esbozado en miles de exuberantes imágenes. ¿Qué había sido
aquella visión en la iglesia, sino la promesa del poder superior que me poseía
de entregarme a la mujer, de cuya posesión esperaba el aplacamiento de la
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tormenta que, desatada en mi
interior, me arrojaba entre las olas furiosas? La mirada de Aurelia, su
proximidad, el roce de su vestido inflamaban mi ser. La sangre ardiente subía
hasta la enigmática fábrica de los pensamientos, por lo que hablaba de los maravillosos
misterios de la religión con imágenes llenas de fuego, cuyo profundo
significado residía en el voluptuoso furor de mi amor insatisfecho. Este ardor
de mi discurso debería penetrar como impulsos eléctricos en el alma de Aurelia,
que en vano podría ofrecer resistencia. Las imágenes vertidas en su interior
debían desarrollarse, sin que ella lo notara, de manera maravillosa, surgiendo,
brillantes, en su más profundo significado, para luego llenar su pecho con las
visiones de placeres desconocidos, hasta que, torturada y desgarrada por un
anhelo sin nombre, se arrojara en mis brazos. Me preparaba las clases de
Aurelia con extremado cuidado. Sabía aumentar la expresión de mi discurso, pero
la piadosa niña, pensativa, con las manos dobladas, con ojos humillados, no
traicionaba ni con un movimiento, ni siquiera con un ligero suspiro, el más
mínimo efecto profundo de mis palabras.
Mis esfuerzos no me llevaron muy
lejos. En vez de encender en Aurelia el fuego corruptor, que debería haberla
dispuesto para la seducción, el ardor que invadía mi alma se fue tornando más
torturante y destructor. Frenético de dolor y lujuria, incubé planes para la
perdición de Aurelia. Mientras simulaba ante Eufemia placer y embelesamiento,
germinaba en mi alma un odio que, en crasa contradicción con mi comportamiento
en presencia de la baronesa, poseía algo de salvaje y horrible, ante lo que
ella misma temblaba. No podía ni siquiera intuir el secreto que albergaba mi
pecho. Inconscientemente tuvo que dejar espacio al poder que, poco a poco,
empecé a usurpar y a ejercer sobre ella. A menudo se me pasó por la cabeza
terminar mi tormento mediante un golpe de fuerza, en el que Aurelia debería
sucumbir, pero tan pronto como veía a Aurelia me parecía como si un ángel
estuviera a su lado para protegerla y ofrecerle consuelo contra el poder del
Enemigo. Un escalofrío recorría entonces mis miembros y se enfriaban todas mis
perversas intenciones. Finalmente se me ocurrió rezar con ella, pues con la
oración se hace más ardiente el fuego de la devoción y se despiertan las
emociones más secretas, elevándose como olas rumorosas, extendiendo sus brazos
de pólipo para perseguir lo desconocido, que debe silenciar el innombrable
anhelo que desgarra el corazón. A lo terrenal le es entonces posible,
haciéndose pasar por lo celestial, afrontar con osadía el ánimo exaltado, y
prometer el cumplimiento, aquí en la tierra y con el máximo placer, de todo lo
infinito. La pasión inconsciente queda de este modo burlada, y la aspiración
hacia lo santo y sobrenatural queda rota en el encanto sin nombre de los
apetitos terrenales. Haciendo que repitiera oraciones redactadas por mí, creí
lograr ventajas para mis perversas intenciones. ¡Y así fue! Pues, arrodillada a
mi lado, con mirada alzada hacia el cielo y respondiendo a mis rezos, se
enrojecieron sus mejillas, y su seno, agitado, subía y bajaba por la
excitación. En ese instante, llevado del fervor de la oración, tomé sus manos y
las presioné contra mi pecho. Me encontraba tan cerca que podía sentir el calor
de su cuerpo; sus rizos sueltos caían sobre mis hombros. Me sentía
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fuera de mí, poseído por un deseo
frenético. La abracé con salvaje pasión, la besé ardientemente en la boca, en
el pecho; entonces se soltó de mis brazos con un grito penetrante. No tuve
fuerzas para detenerla. ¡Fue como si hubiese caído un rayo, aniquilándome! Huyó
rápidamente a la habitación contigua. La puerta se abrió y Hermógenes apareció
en el umbral. Permaneció de pie, mirándome fijamente con los ojos horribles y
salvajes de la demencia. Entonces logré reunir todas mis fuerzas, salí con
intrepidez a su encuentro y le grité con voz dominadora y soberbia:
—¿Qué quieres? ¡Fuera de aquí,
loco!
Pero Hermógenes extendió hacia mí
la mano derecha y dijo con voz apagada y escalofriante:
—¡Quería luchar contigo, pero no
tengo espada y tú eres el crimen en persona, pues gotas de sangre brotan de tus
ojos y se adhieren a tu barba!
Desapareció cerrando la puerta
violentamente tras de sí. Me dejó solo, rechinando los dientes de ira contra mí
mismo, porque me había dejado de tal manera llevar por la violencia del
instante que la traición amenazaba ahora con perderme. Nadie se dejó ver. Tuve
tiempo suficiente para sacar fuerzas de flaqueza, y el espíritu que habitaba en
mi interior me proporcionó rápidamente los cálculos pertinentes para evitar las
consecuencias perjudiciales de un comienzo tan negativo.
Tan pronto como fue posible fui a
ver a Eufemia, a la que conté con osada insolencia todo lo ocurrido con
Aurelia. Eufemia no pareció tomar el suceso tan a la ligera como yo había
deseado. Esta postura me era completamente comprensible, ya que, a pesar de su
afamada fortaleza de espíritu, de su elevada visión de las cosas, en ella
vivían los bajos celos. También temía que Aurelia, al quejarse de mi
comportamiento, disolviera el nimbo de santidad que me atribuían y pusiera en
peligro nuestro secreto. Por una inexplicable vergüenza, silencié la entrada de
Hermógenes, así como sus espantosas y penetrantes palabras.
Eufemia calló unos minutos y me
miró fijamente; parecía sumida en sus pensamientos.
—¿No adivinas, Victorino —dijo
finalmente—, qué espléndida idea, digna de mi espíritu, se me ha ocurrido? Pero
no, no puedes. Agita, sin embargo, tus alas, para seguir el vuelo temerario que
estoy dispuesta a emprender. Que tú, que deberías elevarte con pleno dominio de
ti mismo sobre todas las manifestaciones de la vida, no puedas arrodillarte
junto a una muchacha pasablemente bella sin abrazarla y besarla me maravilla,
sin que por ello tome a mal el deseo que te consume. Por lo que conozco de
Aurelia creo que callará el accidente llena de vergüenza y, como mucho, evitará
continuar tus clases demasiado apasionadas, poniendo un pretexto cualquiera. No
temo, por lo tanto, en lo más mínimo los molestos inconvenientes que tu
frivolidad y lascivia incontrolada hubieran podido causar. No odio a Aurelia,
pero su modestia, su tranquila devoción, tras la cual se esconde un orgullo
insufrible, me disgustan profundamente. Nunca he logrado, a pesar de que no lo
hubiera desdeñado, ganar su confianza. Siempre permaneció reservada y tímida.
Esta aversión a
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doblegarse ante mí, esta forma
orgullosa de evitarme, despierta en mi pecho los sentimientos más adversos.
Constituye un pensamiento sublime ver rota y marchita la flor que luce en su
esplendor brillantes colores con tanto orgullo. Envidio que puedas ejecutar
este pensamiento, y no te faltarán medios para alcanzar fácilmente y con
seguridad el fin propuesto. ¡Sobre Hermógenes recaerá la culpa, que le
destruirá!
Eufemia siguió hablando sobre su
plan, y con cada palabra que añadía la odiaba más, pues veía exclusivamente en
ella a una delincuente común. Cuanto más ansiaba la perdición de Aurelia, ya
que sólo así podría liberarme del tormento sin límites del amor demencial que
destrozaba mi corazón, más despreciable me resultaba la colaboración de
Eufemia. Ante su asombro, sin embargo, rechacé su propuesta, ya que estaba
decidido a llevar a cabo la empresa, para la que Eufemia quería prestarme su
ayuda, con mi propio poder.
Como la baronesa había supuesto,
Aurelia permaneció en su habitación, disculpándose con el pretexto de padecer
una indisposición y librándose así de la próxima clase. Hermógenes, contra lo
acostumbrado, frecuentaba ahora la compañía de Reinaldo y del barón. Parecía
menos encerrado en sí mismo, pero más salvaje e iracundo. Se le escuchaba a
menudo hablar en voz alta y noté que me contemplaba con rabia cada vez que la
casualidad hacía que nos cruzásemos en el camino. El comportamiento del barón y
de Reinaldo cambió de manera extraña en pocos días. Aunque sin descuidar
aparentemente lo más mínimo la atención y respeto que desde un principio me
mostraron, parecía como si, oprimidos por un sentimiento barruntador, no
pudiesen encontrar ese tono agradable que con anterioridad animaba nuestro
trato. Todo lo que hablaban conmigo era tan forzado y seco que tenía que
esforzarme seriamente, invadido por toda clase de suposiciones, por aparentar
despreocupación.
Las miradas de Eufemia, que
siempre supe interpretar correctamente, me decían que algo extraño ocurría, por
lo que se sentía especialmente excitada, pero era absolutamente imposible
hablar durante el día de manera inadvertida.
Avanzada la noche, cuando todo
dormía en el castillo desde hacía tiempo, se abrió una puerta disimulada en mi
habitación, que yo mismo desconocía, y entró Eufemia con un aspecto desolador,
como no la había visto nunca.
—Victorino —dijo—, nos amenaza la
traición; ha sido el loco de Hermógenes el que, guiado por extraños
presentimientos, ha descubierto nuestro secreto. Con todo tipo de
insinuaciones, que resaltan las horribles y estremecedoras fórmulas del poder
oscuro que nos gobierna, ha despertado en el barón una sospecha que, sin haber
sido del todo especificada, me persigue y me atormenta. Parece que todavía no
ha descubierto que el conde Victorino es quien se esconde tras las sagradas
vestiduras, sin embargo afirma que toda traición, toda felonía y toda la
corrupción que caerá sobre nosotros se debe a ti, incluso que el monje ha
entrado en esta casa como el propio Satanás y que, poseído por un poder
diabólico, incuba la traición y la condena. Esto no puede seguir así, estoy
cansada de llevar esta carga que el anciano senil me
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ha impuesto. Ahora, llevado por
sus celos enfermizos, querrá vigilar continuamente, temeroso, cada uno de mis
pasos. Quiero arrojar este juguete, que ya me aburre mortalmente, y tú,
Victorino, te acomodarás a mi deseo, así evitarás ser descubierto y que la
relación genial que nuestro espíritu concibió, degenere en una vulgar mascarada
o en una farsa matrimonial ordinaria. El fastidioso viejo debe desaparecer, y
cómo podemos alcanzar con éxito este fin, es algo que debemos discutir ahora,
pero primero escucha mi opinión. Ya sabes que el barón va solo todas las
mañanas, cuando Reinaldo está ocupado, a las montañas para recrearse en la
región a su antojo. Deslízate fuera del castillo por la mañana temprano e
intenta unirte a él a la salida del parque. No muy lejos de aquí se halla una
formación rocosa estremecedora. Cuando se asciende por ella, se abre a la
derecha del caminante un precipicio sin fondo; justo allí, sobresaliendo en el
abismo, se encuentra la denominada «silla del diablo». Se fabula que desde la profundidad
ascienden vahos venenosos que narcotizan y atraen mortalmente al vacío al que
osa mirar hacia abajo para investigar el secreto del abismo. El barón,
burlándose de la leyenda, permanece a menudo en la roca sobre el precipicio
para disfrutar de la espléndida vista. Resultaría bastante fácil instarle a que
te llevase a la zona peligrosa. Si permanece allí de pie y contempla fijamente
el panorama, un fuerte empujón nos salvaría para siempre del loco impotente.
—¡No! ¡Nunca jamás! —grité—.
¡Conozco el horrible abismo, conozco la «silla del diablo», nunca más! ¡Fuera
de aquí, tú y el crimen que me exiges!
Entonces Eufemia se levantó de un
salto. Un salvaje ardor inflamaba su mirada, su rostro estaba desfigurado por
la pasión furiosa que hervía en su interior.
—¡Miserable endeble! —exclamó—.
¿Te atreves con tu estúpida cobardía a oponerte a lo que yo determino?
¿Prefieres soportar el yugo ignominioso a dominar conmigo? Pero estás en mis
manos, ¡en vano intentarás evadirte del poder que te tiene atado a mis pies!
¡Ejecutarás mi encargo! ¡Mañana no puede seguir viviendo el que envenena mi
existencia!
Mientras Eufemia decía estas
palabras, me invadió el más profundo desprecio por sus pobres baladronadas, y
reí estridentemente con amarga sorna. Ella se estremeció y una palidez mortal
de pánico y del horror más profundo tiñó su rostro.
—¡Loca! —grité—. ¡Te crees que
dominas la vida, te crees que puedes jugar con sus circunstancias! ¡Ten
cuidado, que este juguete no se torne en tus manos en un arma afilada que
termine matándote! ¡Sabe, miserable, que yo, al que en tu impotente demencia crees
dominar, te mantengo encadenada a mi poder como el mismo destino! ¡Tu insolente
juego es sólo el convulsivo retorcerse de la fiera encerrada en la jaula!
¡Sabe, miserable, que tu amante yace destrozado en el abismo del que hablabas,
y que en vez de abrazarle a él, abrazaste al propio espíritu de la venganza!
¡Vete y desespera!
Eufemia titubeó. Estuvo a punto
de caer al suelo sacudida por temblores convulsivos. La cogí y la empujé
pasillo abajo por la puerta simulada. Me asaltó el pensamiento de matarla, pero
lo abandoné inconscientemente, pues, justo después de
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cerrar la puerta, ¡creí haber
cometido el crimen! Oí un grito penetrante y puertas que se cerraban.
Ahora me había situado en una
posición que me alejaba de la ordinaria acción humana. Ahora debía caer golpe
tras golpe, y, creyéndome el espíritu maligno de la venganza, tenía que
ejecutar mi monstruoso propósito. La perdición de Eufemia quedaba decidida: el
odio más ardiente debería unirse con el fervor superior del amor, concibiendo
el placer, sólo digno del espíritu sobrehumano que habitaba en mi interior. En
el mismo instante en que Eufemia pereciera, Aurelia debía ser mía.
Quedé asombrado de la fuerza
interna de Eufemia, que le permitió aparecer al día siguiente alegre y
despreocupada. Ella misma explicó que la noche anterior había entrado en una
especie de sonambulismo y que, después, había padecido convulsiones. El barón
pareció compadecerse, las miradas de Reinaldo reflejaban dudas y recelo.
Aurelia permaneció en su habitación. Cuanto más tiempo transcurría sin verla,
más frenética rugía la ira en mi interior. Eufemia me invitó a deslizarme a
través del pasillo de la puerta simulada hasta su habitación, cuando todo en el
castillo se hubiera tranquilizado. Escuché sus palabras con entusiasmo, pues
había llegado el instante en que se debía cumplir su fatídico destino. Escondí
un pequeño y afilado cuchillo, que desde joven llevaba siempre conmigo y con el
que sabía hacer tallas de madera, en el hábito. Así, decidido a cometer el
crimen, fui a su habitación.
—Creo —comenzó a decir Eufemia—
que ambos tuvimos ayer por la noche sueños angustiosos, en los que aparecieron
abismos tenebrosos, ¡pero ya ha pasado todo!
Ella tomó de la manera
acostumbrada mis fervorosas caricias. A mí me invadía una sorna horrible y
diabólica, ya que sólo recibía el placer que despertaba el abuso de su propia
infamia. Cuando se hallaba en mis brazos, el cuchillo se me cayó. Ella tuvo un
escalofrío, como si la hubiera invadido un pánico mortal. Recogí el cuchillo
rápidamente, postergando todavía el asesinato, ya que la ocasión me ponía otras
armas en las manos. Eufemia había dispuesto que sirvieran en la mesa vino
italiano y frutas. Cambió las copas, según pensé, de una forma bastante ruda y
grosera, y saboreé sólo aparentemente de las frutas que también me había
ofrecido, pero que yo dejé caer en mis amplias mangas. Había bebido dos o tres
copas del vino, pero de la copa que Eufemia había colocado para ella, cuando
con el pretexto de oír ruidos en el castillo me pidió que abandonase
rápidamente la habitación. ¡Según sus intenciones tenía que morir en mi
habitación! Me deslicé por los largos, mal iluminados pasillos, pasé por la
habitación de Aurelia y, como fascinado, permanecí allí de pie. La veía, era
como si estuviese suspendida en el aire, contemplándome llena de amor, como en
aquella visión en la que me hacía señas para que la siguiera. La puerta cedió
ante la presión de mi mano. Me hallaba en su habitación, la puerta del gabinete
estaba sólo entornada, un aire bochornoso, que aumentó el ardor de mi pasión y
me aturdió, se extendió a mi alrededor. Apenas podía respirar. Del gabinete
surgían profundos suspiros de angustia, probablemente provocados por pesadillas
de traiciones y
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crímenes. ¡Podía escuchar cómo
rezaba en sueños!
«Actúa, actúa, por qué titubeas,
ahora o nunca», me instaba el poder desconocido.
Había dado ya unos pasos en el
gabinete, cuando alguien gritó a mis espaldas:
—¡Infame! ¡Asesino! ¡Ahora me
perteneces!
¡Sentí cómo me agarraban con
fuerza descomunal por la espalda! Era Hermógenes. Pude desasirme de él
empleando todas mis fuerzas e intenté abrirme paso, pero de nuevo me atrapó por
detrás, ¡destrozándome la nuca con furiosos mordiscos! En vano luché largo
tiempo con él, loco de dolor y de furia; finalmente pude librarme con un fuerte
empujón. Cuando intentó atacarme de nuevo, piqué el arma. Dos cuchilladas, y su
cuerpo cayó de tal manera al suelo, ya con los estertores de la muerte, que
resonó por todo el pasillo como un ruido seco. La lucha desesperada nos había
sacado fuera de la habitación.
Tan pronto como Hermógenes cayó,
bajé corriendo las escaleras poseído de furia salvaje; entonces empezaron a
oírse voces agudas que gritaban por todo el castillo: «¡Al asesino, al
asesino!». Luces se encendían aquí y allá, pasos presurosos retumbaban por los
largos pasillos, el miedo me confundía. Me di cuenta de que había llegado a una
escalera lateral aislada. Las voces se hicieron más altas, la claridad aumentó,
cada vez estallaban con más fuerza las espantosas palabras: «¡Al asesino, al
asesino!». Distinguí las voces del barón y de Reinaldo, que hablaban
acaloradamente con el servicio. ¿Adónde huir? ¿Dónde podría esconderme? Hacía
unos instantes, cuando quería matar a Eufemia con el mismo cuchillo con el que
había matado al loco de Hermógenes, me parecía como si pudiera, confiando en mi
poder y con el cuchillo ensangrentado en la mano, salir con osadía del peligro,
ya que nadie se atrevería, atenazados todos por un pánico paralizante, a
detenerme. Ahora era yo, sin embargo, el que se encontraba paralizado de miedo.
Al fin encontré la escalera principal. El tumulto se desplazó hacia la
habitación de la baronesa. Por un momento pareció reinar algo de tranquilidad.
Con tres enérgicos saltos me planté abajo, a pocos pasos de la puerta
principal. Entonces retumbó un grito estridente a través de los pasillos, muy
similar al que oí la noche anterior. «Está muerta, asesinada con el veneno que
había preparado para mí», me dije con voz ahogada. Pero entonces tornó a salir
claridad de la habitación de Eufemia. Aurelia pidió ayuda, poseída por el
pánico. De nuevo estallaron las horribles palabras: «¡Al asesino, al asesino!».
Recogían el cadáver de Hermógenes. «¡Deprisa, tras el asesino!», escuché cómo
gritaba Reinaldo. En aquel momento reí con tanta furia que las carcajadas
resonaron por los pasillos, y grité con voz horrible:
—¡Dementes!, ¿queréis acosar al
destino, que juzga a los pecadores infames? Escucharon expectantes y
permanecieron en la escalera como petrificados. Ya no
quería huir, sino acometer a los
impíos, anunciando la venganza divina con palabras estentóreas. Pero ¡aquella
visión estremecedora! Ante mí se hallaba la figura ensangrentada de Victorino.
No yo, sino él había pronunciado las últimas palabras. El horror hizo que se me
erizara el pelo. Salí del castillo y me precipité a través del
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parque invadido por el espanto.
Pronto me hallé al aire libre; después oí trote de caballos detrás de mí y, al
reunir mis últimas fuerzas para huir de la persecución, caí al suelo al
tropezar con las raíces de un árbol. Los caballos me alcanzaron enseguida. Era
el cazador de Victorino.
—Por el amor de Dios, señor
—comenzó a hablar—, ¿qué ha ocurrido en el castillo, que gritan «¡al asesino!»?
Incluso la aldea está ya revuelta. Bueno, sea lo que sea, un espíritu bondadoso
me sugirió empacar y cabalgar desde la ciudad hasta aquí. Está todo en las
alforjas de vuestro caballo, honorable señor, pues tendremos que separarnos
provisionalmente. Es seguro que ha ocurrido algo peligroso ¿verdad?
Recobré el coraje y, subido ya en
el caballo, indiqué al cazador que regresara a la ciudad y que esperase allí
mis órdenes. Tan pronto como desapareció en las tinieblas, bajé del caballo y
lo llevé con cautela hacia el espeso bosque que se extendía ante mí.
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CAPÍTULO TERCERO
La aventura del viaje
Cuando los primeros rayos de sol
irrumpieron a través del sombrío bosque de abetos, me encontré en un arroyo
fresco y transparente que discurría sobre un fondo de guijarros resbaladizos.
El caballo, al que había conducido con esfuerzo por la espesura, permanecía
ahora tranquilo a mi lado, y como no tenía otra cosa que hacer, consideré
oportuno investigar el contenido de las alforjas que portaba. Ropa blanca,
trajes y una bolsa llena de oro cayeron en mis manos. Decidí cambiar enseguida
de aspecto. Con la ayuda de una tijera pequeña y de un peine que encontré en un
estuche, me corté la barba y me arreglé el pelo lo mejor que pude. Arrojé el
hábito, en el que todavía permanecían el pequeño y funesto cuchillo, el
portafolio de Victorino, así como la damajuana con el resto del elixir del
diablo, y cuando finalmente estuve listo, con el traje civil y el sombrero de
viaje en la cabeza, apenas pude reconocer mi imagen reflejada en el arroyo.
Pronto me encontré en la salida del bosque, y el humo que surgía en la lejanía,
así como el nítido sonido de campanas que llegaba hasta mí, me hicieron suponer
que me hallaba en las cercanías de un pueblo. Apenas había alcanzado la cima
del cerro que se elevaba ante mí, cuando pude divisar un valle hermoso y
apacible, donde efectivamente se encontraba un pueblo grande. Tomé un camino
amplio y sinuoso, y tan pronto como la pendiente se hizo menos abrupta, quise
montar el caballo para habituarme en lo posible a esta actividad tan
desacostumbrada para mí. Había escondido el hábito en un tronco hueco y con él
había conjurado en el sombrío bosque todas las apariciones hostiles del
castillo. Me sentía alegre y osado. Tenía la sensación de que sólo mi fantasía
exaltada me había mostrado la figura horrible y sangrienta de Victorino, y empecé
a creer que las últimas palabras que opuse a mis perseguidores habían surgido
inconscientemente de mi interior, fruto del entusiasmo, mostrando con toda
claridad la verdadera y secreta relación del azar que me había llevado hasta el
castillo y había sido la causa de lo acaecido con posterioridad. Yo mismo
aparecía como el destino triunfante, castigando la impiedad maligna y
purificando al pecador en su caída. Sólo la encantadora imagen de Aurelia vivía
en mí como antes y no podía pensar en ella sin que mi pecho se estrechara, sin
sentir un dolor físico y penetrante en mi interior. Pero me parecía como si la
tuviera que ver de nuevo en tierras lejanas, como si, arrebatada por un afán
irresistible y encadenada a mí por lazos indisolubles, tuviera que ser necesariamente
mía.
Noté que la gente que encontraba
a mi paso se paraba y me contemplaba con sorpresa. Hasta el posadero del pueblo
se quedó mudo de asombro ante mi presencia, lo que no me arredró. Mientras
tomaba el desayuno y alimentaban a mi caballo, se reunieron varios campesinos
en el mesón de la posada que no dejaban de murmurar, observándome de reojo con
miradas asustadizas. Cada vez se agolpaban más
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personas que, apretándose unas
contra otras, me rodeaban mirándome pasmados y con la boca abierta. Me esforcé
por permanecer tranquilo y despreocupado. Llamé al posadero con voz firme y le
ordené que hiciera ensillar mi caballo y ponerle las alforjas. Se fue,
sonriendo de manera equívoca, y regresó al poco tiempo con un hombre alto, que
se presentó ante mí con un sombrío gesto oficial y una extraña gravedad. Me
miró fijamente a los ojos y le devolví la mirada, mientras me levantaba y me
plantaba ante él. Esto pareció desconcertarle, ya que miró con timidez a los
campesinos reunidos a nuestro alrededor.
—Bien, ¿qué deseáis? —exclamé—.
Según parece queréis decirme algo. Entonces el hombre carraspeó con seriedad y,
esforzándose en poner mucho peso
en el tono de su voz, dijo:
—¡Señor! No podréis marcharos de
aquí hasta que informéis detalladamente al juez, aquí presente, de quién sois,
según todos los requerimientos, es decir cuál es vuestro lugar de nacimiento,
estado y clase. También tenéis que declarar de dónde venís y adonde vais, según
todos los requerimientos, es decir nombre del lugar, provincia, ciudad y lo que
haya que consignar. Además tenéis la obligación de mostrar un pasaporte, por
escrito, firmado y sellado según los requerimientos, como establece la ley y es
costumbre.
No había pensado que era
necesario adoptar un nombre y mucho menos se me había ocurrido que mi singular
y extraña apariencia, causada por el traje que no quería adaptarse a mi
apostura monacal, así como por las huellas de la barba mal cortada, impulsaba a
investigar mi persona, ya que era evidente que mi aspecto externo producía
auténtica perplejidad. La pregunta del juez del pueblo me resultó tan
inesperada, que en vano pensaba en darle una respuesta satisfactoria. Decidí
comprobar qué resultados podría obtener con una salida audaz, y dije con voz
firme:
—Tengo poderosas razones para
silenciar mi identidad, por consiguiente no intentéis que os muestre mi
pasaporte; por lo demás, cuidaos mucho de detener ni siquiera un instante a una
persona de mi categoría con vuestra pueril prolijidad.
—¡Ajá! —exclamó el juez, mientras
sacaba una cajita en la que, después de haber aspirado una buena porción de
rapé, se precipitaron las cinco manos de los regidores que se encontraban
detrás de él, tomando a su vez grandes dosis—. ¡Ajá, no tan brusco, honorable
señor! Su Excelencia se dignará contestar las preguntas del juez, aquí
personado, y a mostrar su pasaporte, pues a decir verdad, desde hace algún
tiempo se ven por estas montañas todo tipo de figuras extrañas que aparecen y
desaparecen en el bosque en un Amén Jesús. Se trata de una patulea de ladrones
que acechan a los viajeros y provocan toda clase de daños y perjuicios,
asesinando e incendiando, y vos, honorable señor, tenéis un aspecto tan raro
que presentáis una gran similitud con la imagen que el insigne gobierno
regional nos ha enviado, por escrito y con una descripción según todos los
requerimientos, de un ladrón y gran bergante. ¡Por lo tanto, y sin más
circunloquios ni ceremonias, el pasaporte o a la torre!
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Comprobé que por el camino
iniciado no conseguiría nada con este hombre, así que decidí intentarlo con
otra táctica.
—Señor juez —dije—, si Su Señoría
me concediese la gracia de poder hablar a solas, podría aclarar fácilmente
cualquier duda y, confiando en la inteligencia de Su Señoría, revelar el
secreto que me ha llevado a tener este aspecto que os parece tan sospechoso.
—¡Ja, Ja! ¡Revelar secretos!
—dijo el juez—, ya veo de qué se trata. Bueno, salid todos, ¡pero vigilad las
puertas y las ventanas y no dejéis entrar ni salir a nadie!
Cuando nos quedamos solos,
comencé a decir:
—Ante usía se encuentra un
desgraciado prófugo, que gracias a sus amigos le fue posible escapar de una
prisión ignominiosa y del peligro de ser encerrado para siempre en un
monasterio. Dispensadme de los detalles de mi historia, que constituye un
entramado de maldades e intrigas de una familia vengativa. El amor a una
muchacha de clase baja fue el origen de mis penas. Durante el largo encierro en
la prisión me creció la barba y ya se me había hecho la tonsura, como podéis
apreciar; también estaba obligado a vestir en la prisión donde languidecía un
hábito monacal. Sólo después de la huida, ya en el bosque, pude cambiarme,
porque si no me habrían alcanzado. Ahora podéis daros cuenta de las razones que
han causado lo llamativo de mi apariencia externa, que ha despertado vuestras
sospechas. Como podéis comprender no os puedo mostrar ningún pasaporte, pero
para apoyar la veracidad de mis afirmaciones poseo ciertas pruebas que os
convencerán de la autenticidad de lo dicho.
Con estas palabras saqué la bolsa
de dinero y dejé tres relucientes ducados en la mesa. La solemne seriedad del
juez se tornó en una sonrisa de satisfacción.
—Vuestras pruebas, señor —dijo—,
son con certeza lo suficientemente esclarecedoras, pero no me lo toméis a mal,
falta todavía un cierto equilibrio en las piezas de convicción, según todos los
requerimientos. Si queréis que tenga lo improbable por probable, tendréis que
ajustar también las pruebas.
Comprendí al pícaro y añadí otro
ducado.
—Ahora veo —dijo el juez— que he
sido injusto con mi sospecha. Continuad vuestro viaje, pero tomad, como es
vuestra costumbre, los caminos secundarios. Evitad el camino principal hasta
que os hayáis desprendido de vuestra sospechosa apariencia.
Abrió la puerta y se dirigió en
voz alta a la muchedumbre:
—La persona que está aquí
presente es un noble señor, según todos los requerimientos. Me ha revelado en
audiencia secreta su identidad. Viaja de incógnito, es decir no desea ser
identificado, de tal manera, granujas, que no necesitáis saber nada sobre él.
Bien, entonces, ¡buen viaje, honorable señor!
Cuando monté a caballo, los
campesinos descubrieron sus cabezas respetuosos y en silencio. Quería salir lo
más rápido posible por la puerta de la ciudad, pero el caballo comenzó a
encabritarse, y mi impericia e ignorancia me impedían hacerle
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avanzar un palmo de terreno. La
cabalgadura empezó entonces a girar en torno a sí misma hasta que, entre las
risotadas de los campesinos, me tiró en los brazos del juez y del posadero.
—¡Un mal caballo! —dijo el juez
conteniendo apenas la risa.
—Un mal caballo —repetí yo,
sacudiéndome el polvo.
Me ayudaron a subir de nuevo,
pero el caballo volvió a encabritarse, resoplando y resollando, siendo
imposible hacerle pasar por la puerta de la ciudad. Entonces gritó un anciano
campesino:
—¡Eh, mirad, allí sentada en la
puerta está la pordiosera, la vieja Liese, y no deja seguir al honorable señor,
gastándole una mala pasada porque no le ha dado ni un céntimo!
En ese instante reparé en una
vieja y haraposa pedigüeña, sentada en el camino que pasaba por la puerta y que
se reía de mí con mirada de loca.
—¡Que se retire esa bruja del
camino! —gritó el juez.
—¡El hermano de sangre no me ha
dado ni un céntimo! —chilló la vieja—. ¿No veis al hombre muerto que yace ante
mí? El hermano de sangre no puede saltar sobre él, porque el muerto se levanta.
Si quiere pasar, que me dé un céntimo y yo echaré al muerto hacia abajo.
El juez había cogido al caballo
de las riendas y quería, sin hacer caso de los gritos dementes de la vieja,
hacerle pasar por la puerta. Pero todo esfuerzo fue en vano, y la vieja seguía
gritando horriblemente:
—¡Hermano de sangre, hermano de
sangre, dame un céntimo, dame un céntimo! Entonces eché mano de la bolsa y
arrojé dinero en su regazo. La vieja saltó de
júbilo y gritó:
—¡Mirad qué hermosos céntimos me
ha dado el hermano de sangre! ¡Mirad qué hermosos céntimos!
Mi caballo relinchó y corveteó a
través de la puerta, soltado por el juez.
—Ahora podréis montarlo bien,
honorable señor, según todos los requerimientos —dijo el juez.
Los campesinos, que me habían
seguido hasta la puerta de la ciudad, se revolcaban de risa viéndome cómo
volaba arriba y abajo con los saltos del caballo y gritaban:
—¡Mirad, mirad, monta como un
capuchino!
El suceso en el pueblo,
especialmente las ominosas palabras de la mujer demente, me habían alterado
bastante. Las medidas más apremiantes que tenía que tomar eran, según mi
parecer, suprimir a la primera oportunidad todo lo que llamara la atención en
mi aspecto exterior y adoptar un nombre que me permitiera integrarme en la
muchedumbre sin ser notado. La vida se abría ante mí como un destino sombrío y
opaco. ¿Qué otra cosa podía hacer, como proscrito, sino dejarme llevar por las
olas de
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la corriente que me impulsaba con
fuerza? Todos los hilos que me habían unido con determinadas circunstancias de
la vida se habían roto y, por lo tanto, no había ya ninguna fuerza que pudiera
detenerme. El camino principal se fue tornando más y más animado, y todo
anunciaba la proximidad de la rica y alegre ciudad comercial a la que me
dirigía. En pocos días estuvo al alcance de mi vista. Sin que nadie me
preguntara e, incluso, sin ni siquiera haber sido observado, llegué a los
arrabales. Una gran casa con claras ventanas de cristal esmerilado, sobre cuya
puerta lucía un dorado león alado, llamó mi atención. Entraban y salían de la
misma gran cantidad de personas, carruajes llegaban y partían. En las
habitaciones inferiores se escuchaban risas y ruido de copas. Apenas había
llegado a la puerta cuando saltó diligente el criado, que tomó al caballo de
las riendas y se lo llevó en cuanto me hube bajado. Otro criado, elegantemente
vestido, llegó con un manojo de tintineantes llaves y subió, precediéndome, las
escaleras. Cuando nos encontrábamos en el segundo piso, me miró de nuevo
fugazmente y me guió al piso superior, donde abrió una habitación sobria y me
preguntó cortésmente qué es lo que ordenaba; también me dijo que a las dos se
comía en la sala número diez del primer piso, etcétera.
—¡Traed una botella de vino!
—fueron las primeras palabras que pude deslizar ante la diligencia y
obsequiosidad de esta gente.
Apenas transcurrido un instante
desde que salió el criado, llamaron a la puerta y apareció un rostro que
semejaba una extraña máscara, pero que me resultaba algo familiar. Tenía una
nariz roja y puntiaguda, dos ojos pequeños y refulgentes, una barbilla protuberante,
sobre todo ello un tupé empolvado que se elevaba como una torre y que, como
pude percibir después, surgía inesperadamente de una cabeza rapada; además
lucía una gran chorrera, un chaleco rojo brillante bajo el que asomaban dos
cadenas de reloj, pantalones, un frac que a veces quedaba demasiado estrecho,
otras demasiado grande, pero que nunca se adaptaba razonablemente a su tipo.
Semejante figura entró realizando una reverencia, que había comenzado desde la
puerta, con sombrero, tijeras y peine en la mano.
—Soy el peluquero de la casa
—dijo— y ofrezco respetuosamente mis servicios, mis humildes servicios.
La escurrida figura era tan
grotesca que apenas pude contener la risa. Pero el hombre me venía muy bien y
no tuve reparos en preguntarle si creía posible arreglarme el pelo, tan
castigado por el largo viaje y por un corte espantoso. Miró mi cabeza con ojos
de experto en arte y, mientras llevaba al pecho la mano derecha graciosamente
doblada y con los dedos extendidos, dijo:
—¿Arreglar el pelo? ¡Oh, Dios!
Pietro Belcampo, al que los despreciables envidiosos llaman Peter Schönfeld a
secas, no te han reconocido, como tampoco lo hicieron con el divino pífano y
corneta del Regimiento, Giacomo Punto, Jakob Stich[13]. ¿Pero no callas tus
méritos en vez de anunciarlos al mundo? ¿Acaso la forma de esta mano, la chispa
del genio que irradian estos ojos y que como una bella aurora iluminan la
nariz, acaso todo tu ser no debería revelar a la mirada del experto
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que en ti habita el espíritu que
aspira al ideal? ¡Arreglar el pelo! ¡Qué expresión más fría, señor mío!
Solicité al singular hombrecillo
que no se alterara tanto, ya que confiaba plenamente en su habilidad.
—¡Habilidad! —continuó en su
exasperación—. ¿Qué es habilidad? ¿Quién ha sido hábil? ¿Aquel que mide cinco
largos, salta luego treinta varas y cae en la tumba? ¿Aquel que logra hacer
pasar una lenteja por el ojo de una aguja? ¿Aquel que cuelga cinco quintales de
la espada y la balancea en la punta de la nariz seis horas, seis minutos, seis
segundos y un instante? ¡Ja! ¿Qué es habilidad? La habilidad es ajena a Pietro
Belcampo, al que le es accesible todo lo sagrado, todo el arte. ¡El arte, señor
mío, el arte! Mi fantasía vaga por la arquitectura encrespada, por la
estructura artística que el céfiro esculpe y destruye con ondas circulares.
Aquí se crea, se produce y se trabaja. Ja, hay algo divino en el arte, pues el
arte, señor mío, no es propiamente el arte del que tanto se habla, sino que se
origina a partir de todo lo que se denomina arte. Vos me comprendéis, señor,
pues me parecéis un hombre de pensamiento. Lo deduzco por el pequeño rizo que
os cae en la parte derecha de vuestra noble frente.
Le aseguré que le entendía
perfectamente y, mientras me deleitaba con la original locura del hombrecillo,
determiné, reclamando para mí su tan afamado arte, no interrumpir en lo más
mínimo ni su ardor ni su pathos.
—¿Pensáis entonces que podéis
sacar algo de mi confusa cabellera? —pregunté. —Todo lo que queráis
—respondió—. Si deseáis consejo, sin embargo, de Pietro
Belcampo, el artista, permitidme
primero que considere en toda su anchura, largura y extensión vuestra valiosa
cabeza, vuestra figura, gesticulación, vuestros andares, entonces podré deciros
si os inclináis hacia lo romántico, lo heroico, lo noble, lo ingenuo, lo
idílico, lo burlesco o lo humorístico. Luego conjuraré el espíritu de
Caracalla, de Tito, de Carlomagno, de Enrique IV, de Gustavo Adolfo o de
Virgilio, de Tasso o de Boccaccio. Animados por sus espíritus, se contraerán
los músculos de mis dedos, surgiendo la obra maestra al compás sonoro de mis
tijeras. Yo seré, señor mío, el que perfeccione la forma característica, como
debe manifestarse en la vida. Pero ahora, os suplico que andéis un par de veces
de un lado a otro de la habitación. ¡Quiero observar, percibir, advertir! ¡Por
favor!…
Quise avenirme a lo dispuesto por
el singular hombrecillo. Por lo tanto paseé de un lado a otro, como deseaba,
mientras me esforzaba por esconder la cierta apostura monacal que todavía no me
había sido posible suprimir del todo, aunque había abandonado el monasterio
hacía tiempo. El hombrecillo me observó atentamente, luego comenzó a trotar a
mi alrededor, suspirando y gimiendo. Sacó un pañuelo del bolsillo con el que se
limpiaba las gotas de sudor de la frente. Finalmente se detuvo y le pregunté si
ya había decidido la forma que le iba a dar a mi cabello. Entonces suspiró y
dijo:
—Ay, señor, ¿qué os ocurre? No os
habéis abandonado a vuestro ser natural,
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había violencia en el movimiento,
una lucha entre naturalezas contradictorias. ¡Todavía un par de pasos, señor!
Me negué en redondo a exhibirme
de nuevo y le aclaré que si no se decidía en ese momento a cortarme el pelo,
tendría que renunciar a beneficiarme de su arte.
—¡Entiérrate, Pietro! —exclamó el
hombrecillo exaltado—, pues nadie te conoce en este mundo, donde ya no se puede
encontrar lealtad ni rectitud. ¡Pero vos tenéis que admirar mi visión, que
penetra hasta lo más profundo, adorar mi genio, señor mío! En vano he intentado
acoplar todo lo que se manifestaba en vuestro ser, en vuestros movimientos. Hay
algo en vuestra forma de andar que indica un origen eclesiástico. ¡Ex profundis
clamavi ad te Domine — Oremus — Et in omnia saecula saeculorum Amen!
Las últimas palabras fueron
cantadas por el hombrecillo con voz ronca y llorosa, mientras adoptaba con
fidelidad la postura y ademanes de un monje. Se dio la vuelta como si estuviera
ante el altar, se arrodilló y luego se levantó, pero ahora asumió una apostura
orgullosa y soberbia, arrugó la frente, abrió súbitamente los ojos y dijo:
—¡Mío es el mundo! Soy más rico,
más inteligente y más prudente que todos vosotros, ciegas alimañas. ¡Inclinaos
ante mí! Vea, señor —dijo el hombrecillo—, ésos son los principales
ingredientes de vuestra apostura, y si lo deseáis quisiera mezclar, tomando en
consideración vuestros rasgos y vuestra figura, algo de Caracalla, de Abelardo
y de Boccaccio, y así, configurando en el fuego la figura y la forma, comenzar
la maravillosa arquitectura clásico romántica de rizos etéreos.
Había mucho de verdad en las
consideraciones del hombrecillo, por lo que creí conveniente darle la razón y
confesarle que efectivamente había sido clérigo y mantenía la tonsura, que
ahora deseaba ocultar todo lo posible.
Con extraños saltos, muecas y
singulares discursos, el hombrecillo se ocupaba de mi cabello. Tan pronto
semejaba sombrío y gruñón, como reía, tan pronto adoptaba una postura atlética,
como se levantaba sobre las puntas de los pies; en resumen, apenas me fue
posible reír más de lo que lo hice contra mi voluntad. Finalmente dio por
terminado su trabajo. Le solicité, antes de que continuara el torrente de
palabras que ya estaban prestas a salir de su boca, que trajera a alguien que,
al igual que él del cabello, se ocupara de mi descompuesta barba. Entonces rió
de manera extraña, se deslizó sobre las puntas de los pies hasta la puerta de
la habitación y la cerró. Luego, regresando silenciosamente con el mismo paso
hasta el centro de la habitación, dijo:
—Dorados tiempos aquéllos en los
que todavía la barba y el cabello se confundían en un todo ensortijado para
adorno del hombre, siendo objeto del dulce cuidado del artista. ¡Pero ese
tiempo se ha perdido para siempre! El hombre ha repudiado su más bello adorno,
y una clase ignominiosa se ha dedicado a suprimir la barba hasta las raíces con
instrumentos horribles.
¡Oh, indignos, infames barberos,
rapabarbas, afilad vuestras cuchillas con correas negras bañadas en aceites
malolientes para escarnio del arte, balancead la grasienta bolsa, haced ruido
con la bacía, espumead el jabón salpicando con agua caliente,
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peligrosa, y preguntad con
frescura e impiedad a vuestros pacientes si quieren que se les afeite sobre el
pulgar o sobre la oreja! ¡Hay Pietros que contrarrestan los indignos resultados
de vuestro oficio y, humillándose ante vuestra vergonzosa actividad consistente
en extirpar barbas, intentan salvar lo que emerge sobre las olas del tiempo!
¿Qué ha sido de las mil variedades de patillas, con sus rizos y bucles, que tan
pronto se adaptaban suavemente a la línea del óvalo como descendían tristes
hasta la zona inferior del cuello, que ora se alzaban osadas sobre la comisura
de los labios ora se estrechaban modestas en una línea delgada, o se
desplegaban, temerarias, con ímpetu encrespado? ¿Qué son, sino el invento de
nuestro arte en el que se desarrolla la elevada aspiración a lo bello y
sagrado? ¡Ja, Pietro! Muestra el espíritu que habita en tu interior, sí,
muestra lo que eres capaz de emprender por amor a tu arte, incluso descender al
insufrible oficio de rapabarbas.
Dichas estas palabras, el
hombrecillo sacó un estuche con todos los aperos del barbero y comenzó, con
mano experta y ligera, a liberarme de la barba. Realmente mi aspecto salió
transformado de sus manos, y sólo era necesario un traje menos llamativo para
escapar del peligro de despertar la curiosidad por mi apariencia. El
hombrecillo permanecía ante mí sonriente y satisfecho. Le dije que en la ciudad
era un desconocido y que me gustaría vestirme según las costumbres del lugar. A
continuación le puse un ducado en la mano por su esfuerzo y para animarle a
llevar a cabo mi comisión. Quedó como transfigurado, mientras inspeccionaba el
ducado en la palma de su mano.
—Apreciado protector y mecenas
—dijo—, no me ha engañado el espíritu que dirigió mi mano, reflejándose de la
manera más pura vuestro carácter en el vuelo de águila de las patillas. Tengo
un amigo, un Demonio, un Orestes[14], que perfecciona en el cuerpo lo que yo he
comenzado en la cabeza, con el mismo sentido profundo, con el mismo genio.
Habrá notado, señor, que hablo de un artista en la confección de trajes, pues
así lo denomino en vez de utilizar la expresión tan vulgar y trivial de
«sastre». Le encanta perderse en lo ideal, y así ha llenado un almacén,
componiendo formas y figuras en la fantasía, con los más variados trajes. Allí
contemplaréis a la elegancia personificada en todos sus matices, como quiera
aparecer, ya sea con atrevimiento, ya retraída, ausente, inocente, irónica,
graciosa, malhumorada, melancólica, estrafalaria, delicada o campechana. El
joven que por vez primera desea hacerse una chaqueta sin el consejo coercitivo
de la mamá o del preceptor; el cuarentón que se tiene que empolvar las canas;
el anciano vividor; el erudito, tal y como se relaciona en el mundo; el rico
comerciante; el acomodado burgués: de todo se exhibe en la tienda de mi
demonio. En unos instantes se desplegarán las obras maestras de mi amigo ante
vuestra mirada.
Salió de la habitación dando
brincos y apareció al poco rato con un hombre alto, fuerte y vestido con
decoro, que constituía la auténtica antítesis del hombrecillo, tanto en su
aspecto externo como en lo que respecta a todo su ser. Me lo presentó como su
demonio. El «demonio» me midió con la mirada y buscó luego en la caja, que un
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mozo había traído con
posterioridad, los trajes que correspondían a los deseos que mi persona le
había sugerido. A continuación pude comprobar el fino tacto del artista en la
confección de trajes, como el hombrecillo le había denominado, pues sin llamar la
atención y sin ser notado destacaba por su capacidad de observación, eligiendo
con absoluto tino, sin mostrar curiosidad por la clase social, por el oficio,
etc. Es en verdad difícil vestirse de tal manera que cierto carácter general en
el traje no saque a relucir una suposición acerca de uno u otro oficio, incluso
que nadie caiga en la cuenta de pensar en ello. El traje del ciudadano del
mundo queda condicionado sólo por lo negativo, que viene a ser lo mismo que lo
que se denomina un comportamiento educado, consistente más en dejar de hacer
que en el propio hacer. El hombrecillo se explayó con todo tipo de expresiones
grotescas y originales e, incluso, como pocos debían prestarle tanta atención
como yo, parecía entusiasmado de poder brillar con tanta intensidad. El
«demonio», un hombre serio y, según me pareció, sensato, interrumpió
repentinamente su cháchara, tomándole por el hombro y diciendo: — Schönfeld,
parece que hoy has entrado en vena y no dejas de parlotear. Apuesto que al
señor le duelen ya los oídos de todas las insensateces que no paras de decir.
Belcampo hundió la cabeza con
tristeza. A continuación cogió rápidamente el sombrero empolvado y gritó
mientras saltaba hacia la puerta:
—¡Así es como me prostituyen mis
mejores amigos!
—Es un buen pusilánime, este
Schönfeld —dijo el «demonio», volviéndose hacia mí—. Tanto leer le ha vuelto
medio loco, pero fuera de eso es un hombre bondadoso y hábil en su oficio, por
lo que le soporto. Si alguien rinde mucho en un terreno, siempre se puede
permitir que se pase de la raya en otro.
Cuando me quedé solo empecé a
ensayar la manera de andar ante el gran espejo que colgaba en la habitación. El
pequeño peluquero me había dado un consejo acertado. A los monjes les es propia
una cierta cadencia premiosa y desmañada en los andares, causada por el largo
hábito que entorpece el caminar y por el deseo de moverse con rapidez, como lo
exige el culto. Asimismo se aprecia algo tan característico en el cuerpo
inclinado hacia atrás, en la postura de los brazos, que nunca cuelgan, ya que
los monjes cuando no doblan las manos las guardan en las amplias mangas del
hábito, que no puede pasar fácilmente desapercibido. Intenté desembarazarme de
todas estas actitudes para borrar toda huella de mi estado. Sólo en ello
encontré consuelo para mi ánimo, ya que consideraba mi vida como ya vivida, es
decir como superada. Ahora entraba en un nuevo ser, como si un principio
espiritual se apoderase de la nueva figura y sentía que el recuerdo de mi
existencia precedente, tornándose más y más débil, terminaría por desaparecer
completamente. El bullicio de la gente, el continuo ruido causado por las
distintas actividades que animaban la calle, todo era nuevo para mí y al mismo
tiempo comprendía que era lo indicado para mantener el estado de ánimo alegre
en el que me había puesto el extraño hombrecillo. Con mi nuevo y decoroso traje
me atreví a entrar en los múltiples mesones. Mi timidez desapareció por
completo al percibir que nadie, ni
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siquiera mi vecino más próximo,
se tomaba el trabajo de mirarme cuando me sentaba a su lado. En el registro de
forasteros me inscribí con el nombre de Leonardo, haciendo honor al prior que
me había liberado, y aduje que estaba en la ciudad en privado, viajando por
placer. En la ciudad debía de haber muchos viajeros en la misma situación, por
lo que así evitaba la demanda de más información. Constituía una gran
satisfacción pasear por las calles y me deleité mirando los escaparates de las
lujosas tiendas, así como los cuadros y grabados que colgaban en las mismas.
Por la noche visité los paseos públicos, donde mi aislamiento en medio del gran
bullicio me llenó de amargos sentimientos. No ser reconocido por nadie, que en
ningún pecho se hallara la más mínima sospecha de quién era o del extraño y
maravilloso capricho del destino que me había arrojado en este entorno, que
nadie supiera nada de lo que mi interior encerraba tendría que haber supuesto
en mis circunstancias un factor bienhechor, sin embargo tenía para mí algo de
estremecedor, ya que aparecía como un espíritu aislado que todavía vaga por la
tierra aunque todo con lo que había estado familiarizado en la vida hacía
tiempo que había muerto. Pensaba cómo antaño todos saludaban amigables y
respetuosos al famoso predicador, cómo buscaban ansiosos su conversación,
incluso sólo un par de palabras; entonces me asaltaba una amarga desazón. Pero
aquel predicador era el monje Medardo, que yace muerto y enterrado en el abismo
de las montañas. Yo ya no lo soy, pues vivo. La vida, que me ofrece sus
placeres, acaba de comenzar de nuevo para mí. Así, cuando en sueños se repetían
los sucesos del castillo me parecía como si le hubieran ocurrido a otro y no a
mí. Este otro era, sin embargo, el capuchino, pero no yo. Sólo el pensamiento
en Aurelia unía mi ser anterior con el actual, aunque como un dolor profundo e
inextinguible mataba a menudo el placer que me invadía, arrancándome entonces
repentinamente del círculo variopinto con el que la vida me iba rodeando. No
descuidé visitar los múltiples establecimientos públicos, en los que se jugaba,
bebía, etc.; especialmente me gustaba un hotel de la ciudad, en el que se
reunía una amplia sociedad a causa del buen vino. En una mesa, situada en un
cuarto contiguo, veía siempre a las mismas personas. Su conversación era
animada e ingeniosa. Me resultó posible acercarme a aquellos hombres, que
formaban un círculo cerrado, de la siguiente manera: al principio me mantuve en
una esquina de la habitación, bebiendo mi vino, tranquilo y modesto. Cuando
buscaban en vano algún dato literario interesante que en ese momento
desconocían, intervenía yo: así me permitieron tomar asiento en su tertulia. Mi
participación fue tanto mejor recibida cuanto que mi discurso y mis múltiples
conocimientos, que ampliaba diariamente en todas las ramas del saber que me
eran todavía desconocidas, les prometían mucho. Así logré establecer unas
relaciones bienhechoras, que me fueron acostumbrando más y más a la vida en el
mundo, y que provocaron un estado de ánimo alegre y abierto. Poco a poco fui
limando las toscas aristas que me habían quedado de mi forma de vida anterior.
Desde hacía unas noches se hablaba mucho en la sociedad que frecuentaba de un
pintor desconocido que acababa de llegar y había organizado una exposición de
sus cuadros. Todos, excepto
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yo, habían visitado ya la
exposición y alabaron tanto su excelencia que decidí también visitarla. El
pintor no estaba presente cuando entré en la sala, pero un anciano hizo de
cicerone y nombró a los maestros, cuyas obras el pintor había expuesto junto a
las suyas. Eran piezas espléndidas, la mayoría originales de pintores famosos,
que me entusiasmaron. Algunos de los cuadros, a los que el anciano se refirió
fugazmente con el nombre de copias de pinturas al fresco, despertaron en mi
alma recuerdos de la niñez que fueron adquiriendo vividos colores. Era evidente
que se trataba de copias del Sagrado Tilo. Reconocí en una Sagrada Familia que
los rasgos de San José coincidían con el rostro del peregrino extranjero que me
trajo al niño maravilloso. Un sentimiento de profunda melancolía me invadió,
pero no pude evitar lanzar una exclamación cuando mi mirada reconoció en un
retrato de tamaño natural a la princesa, mi madrina. Estaba soberbia y
concebida con esa similitud, en el sentido más profundo, que Van Dyck lograba
en sus retratos, y pintada con el vestido que acostumbraba a llevar cuando
precedía a las demás monjas en la procesión el día de San Bernardo. El pintor
había inmortalizado justo el momento en que se disponía, una vez terminadas sus
oraciones, a salir de su habitación para comenzar la procesión, mientras el
pueblo aguardaba lleno de expectación en la iglesia, que se percibía en
perspectiva en segundo plano. En la mirada de la espléndida mujer se
manifestaba la expresión de un espíritu que se elevaba a lo celestial. ¡Ay,
parecía como si rogase el perdón para el pecador impío que se había desprendido
violentamente del corazón maternal! ¡Y este pecador era yo mismo! Sentimientos
olvidados desde hacía tiempo invadieron mi pecho, un anhelo indescriptible arrastró
mi ser, me encontraba de nuevo junto al buen Padre en el pueblo del convento
cisterciense, un niño alegre, despierto, despreocupado, lleno de júbilo porque
había llegado el día de San Bernardo. ¡Podía verla!
—¿Has sido bueno y piadoso,
Francisco? —preguntó con una voz cuyo timbre quedaba suavizado por el amor y
que hacía llegar hasta mí de manera encantadora y delicada—. ¿Has sido bueno y
piadoso?
¡Ay! ¿Qué podía contestar?
Impiedad tras impiedad he ido acumulando. ¡A la ruptura del voto siguió el
crimen! Desgarrado por la pesadumbre y el arrepentimiento, caí de rodillas
perdiendo casi el conocimiento y mis ojos derramaron abundantes lágrimas. Aterrado,
se acercó el anciano a donde estaba y preguntó con vehemencia:
—¿Qué os ocurre, señor? ¿Qué os
ocurre?
—La imagen de la abadesa se
parece tanto a la de mi madre, fallecida de manera tan cruel —dije con voz
apagada, e intenté mientras me levantaba recobrar en lo posible la presencia de
ánimo.
—Venid, señor —dijo el anciano—,
semejantes recuerdos son demasiado dolorosos, se pueden evitar. Aquí hay un
retrato que mi señor considera como uno de los mejores. El cuadro fue pintado
del natural y terminado hace poco. Lo hemos cubierto con un velo para que el
sol no estropee los colores, que todavía no se han
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secado del todo.
El anciano me colocó
cuidadosamente en el ángulo de luz adecuado y retiró rápidamente el velo: ¡Era
Aurelia! Un horror, que apenas podía combatir, se apoderó de mí. Reconocí la
proximidad del Enemigo, que me quería arrojar violentamente al torrente agitado
del que sería imposible salir y destruirme para siempre. Pude hacer acopio de
valor y sublevarme contra el monstruo, que se precipitaba sobre mí en la
misteriosa oscuridad.
Con ojos ávidos devoré los
encantos de Aurelia, que irradiaban del cuadro hirviente de vida. La mirada
infantil y dulce de la piadosa niña parecía acusar al infame asesino de su
hermano, pero todo sentimiento de arrepentimiento agonizó en el amargo, hostil
escarnio que, surgiendo en mi interior, me expulsó con sus venenosos aguijones
de la vida apacible. Sólo me afligía que Aurelia, en aquella noche fatal, no
hubiera sido mía. ¡La aparición de Hermógenes frustró la empresa, pero lo pagó
con su vida! ¡Aurelia vive, y eso es suficiente para mantener la esperanza de
poseerla! Sí, es seguro que será mía, pues la fatalidad, de la que no podrá
escapar, rige, y… ¿no soy yo esa fatalidad?
De esta manera estimulaba mi
impiedad, mientras contemplaba fijamente el cuadro. El anciano parecía
maravillado por mi conducta. No paraba de hablar sobre dibujo, tono, colorido,
pero no escuchaba ninguna de sus palabras. El pensamiento en Aurelia junto con
la esperanza de ejecutar la acción maligna provisionalmente aplazada me
invadían tan intensamente que salí de allí deprisa, sin preguntar siquiera por
el pintor desconocido, lo que impidió también que investigara qué
circunstancias le habían llevado a pintar los cuadros que contenían, como en un
ciclo, alusiones a mi vida entera. Para poseer a Aurelia estaba dispuesto a
todo; me parecía como si yo mismo, situado sobre las apariciones de mi vida y
penetrándolas con la mirada, nunca tuviera nada que temer, pero tampoco que
arriesgar. Incubé todo tipo de planes y proyectos para llegar a la meta
propuesta; especialmente creía poder conocer algo más a través del extraño
pintor, investigar a través de él otras relaciones que pudieran servir como
preparación para alcanzar mis fines. No tenía otra cosa en la mente que
regresar al castillo con mi nueva apariencia, y este plan no me parecía
especialmente temerario. Por la noche estuve en sociedad. Intentaba poner freno
a la creciente tensión de mi espíritu, al trabajo desbocado de mi fantasía
exaltada.
Se habló mucho de los cuadros del
pintor desconocido, especialmente de la singular expresión con que sabía dotar
a sus retratos. Coincidí en las alabanzas y con un especial brillo en mi
discurso, que sólo era el reflejo de una ironía sarcástica que ardía como fuego
en mi interior, describí el extraordinario atractivo que emanaba del rostro
piadoso y angelical de Aurelia. Uno de ellos dijo que al día siguiente por la
noche traería a la reunión al pintor, un artista muy interesante, aunque de
edad avanzada, que todavía permanecía en el lugar para completar varios
retratos ya comenzados.
Asaltado por sentimientos
extraños y por visiones desconocidas, la noche
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siguiente fui más tarde que de
costumbre a la reunión. El pintor estaba sentado a la mesa, dándome la espalda.
Cuando me senté y pude contemplarle, quedé paralizado ante los rasgos de aquel
horrible desconocido que en el día de San Antonio, apoyado en la columna, me
había llenado de pánico. Me miró un buen rato con profunda seriedad, pero el
estado de ánimo en que me encontraba, después de haber visto la imagen de
Aurelia, me dio fuerza y valor para soportar su mirada. El Enemigo había
penetrado en mi vida de manera visible, y se trataba de comenzar contra él una
lucha a muerte. Decidí esperar a que iniciase el ataque, para luego
contraatacar con las armas en las que podía confiar. El desconocido no parecía
prestarme una atención especial, sino que, desviando su mirada de la mía,
continuó con la charla artística en la que estaba enfrascado cuando entré. Se
empezó a hablar de sus cuadros y se alabó especialmente el retrato de Aurelia.
Alguien afirmó que la imagen, aunque se percibía a primera vista que se trataba
de un retrato, podría servir como estudio y ser utilizada para personificar a
alguna santa. Me preguntaron mi opinión, ya que el día anterior había descrito
el cuadro con todos sus méritos y excelencias, e involuntariamente manifesté la
idea de que no podría imaginarme a Santa Rosalía de otra manera que como en
aquel retrato. El pintor apenas pareció haber mostrado interés por mis palabras
y siguió de inmediato:
—La doncella, fielmente retratada
en el cuadro, es en verdad una santa que se dirige al Cielo en el momento de la
lucha. La he pintado cuando, en un momento de terrible angustia, encuentra
consuelo en la Religión y espera recibir ayuda de la Divina Providencia, que
reina en las alturas. La expresión de esta esperanza, que sólo puede vivir en
el alma que se eleva sobre lo terrenal, es la que he intentado captar en el
cuadro.
La conversación se desvió hacia
otros temas, y el vino, que en honor al pintor era de una calidad especial y se
bebió en mayor cantidad que otras veces, alegró los ánimos. Cada uno supo
contar algo entretenido, y el pintor, por más que sólo parecía reír interiormente,
reflejándose esta risa interna exclusivamente en sus ojos, sabía mantener todo,
a veces lanzando algunas palabras fuertes, bajo control. Cada vez que el
forastero me miraba a los ojos, no podía evitar un siniestro sentimiento de
horror, pero me fue posible ir superando poco a poco el espeluznante estado de
ánimo que me invadió al principio. Hablé del burlesco Belcampo, que todos
conocían, y supe, para el disfrute de los concurrentes, sacar de tal modo a la
luz y con todo detalle su pusilanimidad, que un grueso y acomodado comerciante,
que acostumbraba a sentarse frente a mí, me aseguró con lágrimas de risa en los
ojos que desde hacía tiempo no pasaba una noche tan divertida. Cuando las risas
comenzaron a ceder, preguntó de repente el forastero:
—¿Han visto al demonio alguna
vez, señores?
Se tomó la pregunta como la
introducción a una broma y se aseguró en general que todavía no se había tenido
el honor. Entonces continuó el desconocido:
—Bien, pues poco faltó para que
yo hubiera tenido ese honor y, en concreto, en el
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castillo del barón E, en las
montañas.
Yo temblé, pero los demás
gritaron riendo: «¡Seguid, seguid!…». —Probablemente conozcan —el pintor tomó
de nuevo la palabra—, si han
viajado por las montañas, esa
zona salvaje y estremecedora en la que, cuando el caminante sale del bosque de
abetos y entra en las elevadas masas rocosas, se abre un profundo y oscuro
abismo. Es el denominado abismo del diablo, y arriba sobresale una roca,
llamada la silla del diablo. Se dice que el conde Victorino estaba sentado
precisamente en esa roca, planeando malas empresas, cuando el diablo apareció
repentinamente, y como quería tener el gusto de ejecutar tales planes por sí
mismo, lanzó al conde al vacío. El demonio apareció en el castillo del barón
disfrazado de capuchino, y después de haber disfrutado de la baronesa la mandó
al infierno. También asesinó al hijo demente del barón, que no podía tolerar al
demonio de incógnito y anunció a gritos: «¡Es el demonio!», por lo que un alma
piadosa fue salvada de la condenación que el astuto diablo había decretado.
Después desapareció el capuchino de manera incomprensible. Se dice que huyó
cobardemente de Victorino que, ensangrentado, se había alzado de la tumba. En
todo caso les puedo asegurar que la baronesa murió envenenada, Hermógenes
asesinado a traición y el barón murió poco después de pesadumbre. Aurelia,
precisamente la piadosa santa que pinté en el castillo poco después de estos
sucesos horribles, huyó, como huérfana abandonada, a tierras lejanas, en
concreto a un convento cisterciense, cuya abadesa había tenido amistad con su
padre. Habéis tenido ocasión de contemplar la imagen de esta espléndida mujer
en mi galería. Pero todo os lo podrá contar mucho mejor y con más detalles este
señor (me señaló a mí), ya que estuvo presente en el castillo cuando se
desarrollaron los acontecimientos.
Todas las miradas se dirigieron
hacia mí llenas de asombro. Indignado, salté y grité con voz firme:
—¡Eh, señor mío! ¿Qué tengo yo
que ver con vuestras estúpidas historias de demonios y crímenes? ¡Vos no me
conocéis, no me conocéis en absoluto, y os pido que me dejéis fuera de este
juego!
Con esta excitación interna me
fue bastante difícil darle a mis palabras un asomo de indiferencia. El efecto
del misterioso discurso del pintor, así como mi apasionamiento, que en vano me
esforzaba por ocultar, resultaban demasiado visibles. El alegre ambiente
desapareció, y los concurrentes me miraban llenos de recelo y desconfianza,
acordándose ahora de cómo, siendo para todos un desconocido, me fui acercando
poco a poco hasta formar parte de la reunión.
El pintor desconocido se había
levantado y me penetraba con sus ojos ceñudos de muerto en vida, como antaño en
la iglesia de los capuchinos. No pronunciaba ninguna palabra, parecía estático
y sin vida, pero su aspecto hacía que mi pelo se erizase. Un sudor frío bañó mi
frente, todas mis fibras se estremecieron de horror.
—¡Lárgate de aquí! —grité fuera
de mí—. ¡Tú mismo eres Satanás, tú eres el criminal impío, pero sobre mí no
tienes poder alguno!
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Todos se levantaron de sus
asientos.
—¿Qué sucede, qué ocurre?
—preguntaban en la confusión del momento. Empezaron a entrar personas
atropelladamente en la sala, abandonando el juego,
asustados por el tono de mi voz.
—¡Un borracho, un loco! ¡Que lo
saquen de aquí! ¡Que se lo lleven! —gritaron algunos. Pero el pintor
desconocido permanecía sin mover un solo músculo, mirándome fijamente.
Loco de rabia y desesperación,
saqué del bolsillo el cuchillo con el que había asesinado a Hermógenes y que
siempre llevaba conmigo, arrojándome a continuación sobre el pintor, pero un
golpe me derribó. El pintor rió con sorna tan terrible que retumbó en la
habitación:
—Hermano Medardo, hermano
Medardo, tu juego es falso; vete y desespera de arrepentimiento y vergüenza.
Sentí cómo me agarraban entre
varios clientes del local; entonces saqué fuerzas de flaqueza y embestí contra
los presentes como un toro furioso. Algunos cayeron al suelo, mientras me abría
camino hasta la puerta. Atravesaba con rapidez el pasillo cuando se abrió una
puerta lateral. Alguien tiró de mí y me hallé en el interior de una tenebrosa
habitación. No me resistí, ya que oía muy cerca a mis perseguidores. Pasado el
tumulto, un desconocido me llevó por una escalera secundaria hasta un patio, y
luego por la parte trasera del edificio hasta la calle. Gracias a la claridad
de los faroles pude reconocer a mi salvador, que no era otro que el burlesco
Belcampo.
—Parece —comenzó a decir— que la
fatalidad os ha enfrentado con el pintor forastero. Bebía en la habitación
contigua un vaso de vino, cuando penetró el ruido y decidí, conociendo las
peculiaridades de la casa, salvarlo, ya que yo soy el único culpable de esta
fatalidad.
—¿Cómo es posible? —pregunté
asombrado.
—¿Quién dispone el momento?
¿Quién puede resistirse a los esfuerzos de un espíritu superior? —continuó el
hombrecillo en tono patético—. Cuando arreglé vuestro cabello, admirado señor,
surgieron en mí comme à l’ordinaire las ideas más sublimes. Me abandoné a la
erupción de una fantasía desbocada y olvidé no sólo alisar el rizo de la cólera
situado en la coronilla formando una suave ondulación, sino que dejé incluso
sobre la frente los veintisiete pelos del miedo y del horror. Éstos se
enderezaron ante la mirada fija del pintor, que en realidad es un espectro, y
se inclinaron, gimiendo, hacia el rizo de la cólera, que se dispersó siseando y
restallando. Lo he visto todo. Entonces, admirado señor, ardiendo de cólera
sacasteis un cuchillo en el que ya había huellas de sangre, pero era un
esfuerzo vano enviar al Orco al que ya pertenecía al Orco, pues el pintor es
Ashaverus, el judío errante, o Bertram de Bornis, o Mefístófeles, o Benvenuto
Cellini, o San Pedro, brevemente un despreciable espectro al que no se puede
conjurar sino con un rizo de metal ardiente que tuerza la idea que realmente
representa, o con un hábil peinado de los pensamientos, realizado con peines
eléctricos, que él debe aspirar para alimentar la
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idea. Como podéis ver, mi
admirado amigo, para mí, para el artista y fantaseador de profesión, todas
estas cosas no son más que una auténtica pomada, dicho sacado de mi oficio y
más significativo de lo que se piensa, ya que sólo la pomada contiene auténtica
esencia de clavo.
La extravagante verborrea del
hombrecillo, que mientras tanto corría conmigo por las calles, poseía en aquel
instante algo siniestro, y cuando de vez en cuando me fijaba en sus saltos
ridículos y en su cómico rostro no podía dejar de reír ruidosa y convulsivamente.
Finalmente llegamos a mi habitación. Belcampo me ayudó a empacar y pronto
estuvo todo preparado para salir de viaje. Puse en la mano del hombrecillo
algunos ducados. Saltó de alegría y exclamó:
—¡Eh, ahora tengo oro digno,
inyectado de sangre de un corazón, despidiendo rayos rojos y brillantes! Esto
ha sido una ocurrencia y, además, divertida, señor, nada más.
La añadidura final hizo que
notara mi extrañeza sobre sus exclamaciones. Me pidió otorgar al rizo de la
cólera la debida redondez, cortar los pelos del horror y poder llevarse un rizo
como recuerdo. Le dejé hacer, y él realizó todo con las actitudes y muecas más
burlescas que pensarse pueda. Por último cogió el cuchillo, que había colocado
en la mesa al cambiarme de ropa, y comenzó a dar puntadas en el aire, adoptando
la posición de un espadachín.
—¡Ahora mato a vuestro
adversario! —gritó— y como sólo es una idea, hay que matarle con una idea, la
mía que, para fortalecer la expresión, acompaño con hábiles movimientos
corporales. Apage Satanás, apage, apage, Ashaverus, allez vous en… Bueno, ya
estaría hecho —dijo, dejando el cuchillo, respirando profundamente y secándose
la frente, como alguien que ha realizado con bravura un trabajo pesado.
Quise esconder rápidamente el
cuchillo y lo introduje en la manga, como si todavía llevase el hábito, lo que
advirtió el hombrecillo, que sonrió taimado. Entonces se escuchó el silbido del
postillón ante la casa. Belmonte cambió repentinamente tono y actitud, sacó un
pequeño pañuelo, hizo como si se secara lágrimas en los ojos, se inclinó una y
otra vez obsequioso y después de besarme la mano y la levita, imploró:
—¡Dos misas por mi abuela que
murió de indigestión, cuatro misas por mi padre que murió de ayuno
involuntario, venerable señor! Pero por mí, cuando muera, una a la semana. Por
lo pronto absolución por mis numerosos pecados. Ah, venerable señor, en mi interior
se esconde un infame pecador que dice: «Peter Schönfeld, no hagas el mono y
creas que eres, pues yo soy en realidad tú, me llamo Belcampo y soy una idea
genial, y si no lo crees te abatiré con un pensamiento fino y puntiagudo como
un pelo». Este hombre hostil, llamado Belcampo, venerable señor, es capaz de
todos los vicios. Entre otras cosas duda del presente, se emborracha con
frecuencia, participa en camorras y tiene tratos lascivos con pensamientos
hermosos y vírgenes. El tal Belcampo me ha desconcertado y confundido de tal
modo a mí, a Peter Schönfeld, que salto a menudo de manera indecente y ensucio
el color de la inocencia, mientras me siento en la inmundicia con medias
blancas de seda cantando in dulci jubilo.
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¡Perdón para los dos, Pietro
Belcampo y Peter Schönfeld!
Se arrodilló ante mí e hizo como
si sollozase. La locura del hombre me resultaba ya pesada.
—Sed razonable —le dije.
El mozo entró a recoger el
equipaje. Belcampo dio un respingo y, recobrando su buen humor, ayudó al mozo a
traer todo lo que yo solicitaba por las prisas, aunque sin dejar de parlotear.
—El tipo es un auténtico
majadero. Con semejante personaje no se pueden trabar relaciones —gritó el
mozo, mientras cerraba la puerta del carruaje.
Belcampo agitó el sombrero y,
cuando le miré y coloqué significativamente el dedo sobre mis labios, exclamó:
«Hasta el último aliento de mi vida».
Cuando comenzó a amanecer, la
ciudad quedaba ya a una distancia considerable, y la figura de aquel hombre
horrible, que me perseguía cruelmente como un misterio insondable, había
desaparecido. La reiterada pregunta del cochero, «¿adónde?», me atosigaba continuamente,
ya que había renegado de todas las relaciones surgidas en mi vida. Vagabundeé
abandonado a la merced de las olas de la casualidad. ¿No me había desprendido
violentamente un poder irresistible de todo aquello con lo que había mantenido
un vínculo amigable, para que el espíritu que habitaba en mi interior pudiese
desarrollar y blandir sus armas sin fuerzas que lo frenasen? Infatigable
recorrí aquella espléndida región, pero nunca encontraba sosiego. Sentía un
impulso que me llevaba cada vez más hacia el sur, y me di cuenta de que mi ruta
de viaje hasta ahora apenas se había desviado de la que Leonardo había
designado. Así, el empujón con el que me había lanzado al mundo continuaba
dirigiéndome en la dirección correcta como una fuerza mágica.
Una noche tenebrosa viajaba a
través de un bosque espeso que, al parecer, según me dijo el administrador de
Correos, se extendía más allá del próximo lugar de parada. El cochero me
aconsejó por ello aguardar con él hasta que amaneciera, pero rechacé la propuesta
porque quería alcanzar tan rápido como fuera posible una meta que para mí, sin
embargo, constituía todavía un misterio. Nada más partir, unos relámpagos
iluminaron la lejanía y en pocos instantes el cielo se llenó de nubes cada vez
más negras, que la tormenta conglomeraba y perseguía rugiente. Los truenos
resonaron espantosos con el eco, como si tuvieran mil voces, y rayos rojos
atravesaron el horizonte hasta donde la vista podía alcanzar. Los altos abetos
crujían, sacudidos hasta las raíces. Empezó a llover torrencialmente. Corríamos
el peligro de ser aplastados por los árboles. Los caballos se encabritaron,
atemorizados por la luz de los relámpagos. Llegó un momento en que ya apenas
podíamos avanzar. Finalmente el coche quedó atrapado en el barro y se rompió la
rueda trasera. Tuvimos que
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permanecer en el lugar. Allí nos
vimos obligados a esperar hasta que la tormenta amainó y la luna apareció entre
las nubes. El postillón pudo comprobar ahora que, por causa de la oscuridad, se
había desviado del camino principal y que nos encontrábamos en un sendero del
bosque. No había otra posibilidad que seguir por ese camino costase lo que
costase, y quizá llegar a un pueblo cuando abriese el día. Aseguramos el coche
con un madero y así, paso a paso, fuimos avanzando. Al poco rato advertí en la
lejanía, ya que iba por delante, el resplandor de una luz y creí oír ladridos.
No me había equivocado, pues después de continuar por el camino unos minutos
escuché claramente a los perros. Llegamos a una casa respetable, que se
encontraba rodeada de un muro. El postillón llamó a la puerta y los perros
saltaron y ladraron, pero la casa permaneció silenciosa, como muerta. Sólo
cuando el postillón tocó el cuerno se abrió la ventana del piso superior, desde
la que brilló una luz, y una voz profunda y ronca gritó:
—¡Christian, Christian!
—Sí, respetable señor
—respondieron desde abajo.
—Alguien está llamando a la
puerta, tocan el cuerno y los perros están endemoniados. Coge la linterna, la
escopeta n° 3 y mira de una vez quién es.
Poco después oímos cómo Christian
soltaba a los perros y le vimos acercarse con la linterna. El postillón opinaba
que no había duda, en vez de seguir recto por el bosque nos habíamos desviado
por una senda lateral, y debíamos encontrarnos en la casa del guarda forestal,
a una hora de camino de la última parada. Cuando le contamos a Christian
nuestra situación, abrió las dos alas de la puerta y ayudó a meter el coche.
Los perros, ya aplacados, husmeaban moviendo los rabos a nuestro alrededor, y
el hombre que permanecía en la ventana no cesaba de gritar:
—¿Quién es? ¿Quién ha llegado?
—sin que Christian ni nosotros le diéramos noticia alguna al respecto.
Finalmente entré en la casa,
mientras Christian se ocupaba del coche y de los caballos. A mi encuentro vino
un hombre alto y fuerte, con el rostro quemado por el sol, en la cabeza un
sombrero con penacho verde y, por lo demás, en camisa, con sólo zapatillas en
los pies y un cuchillo de monte en la mano. Nada más verme gritó huraño:
—¿De dónde sois? ¿Quién es el que
turba el sueño a estas horas de la madrugada? Esto no es una posada, ni una
casa de postas. Aquí reside el guarda forestal de la comarca, y ése soy yo.
Christian es un auténtico asno por haber abierto la puerta.
Le conté desalentado mi accidente
y que sólo habíamos llegado hasta allí impulsados por la necesidad. Entonces se
tornó el hombre algo más suave y dijo:
—Bien, es cierto que la tormenta
ha sido fuerte, pero el postillón es un bribón por haber tomado el camino
erróneo y haber roto el coche. Un tipo así debería saber atravesar el bosque
con los ojos vendados, como si fuera su casa.
Me condujo hacia arriba y
mientras dejaba el cuchillo de monte, se quitaba el sombrero y se ponía por
encima la chaqueta, me suplicaba que no tomara a mal el
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rudo recibimiento, ya que en una
vivienda tan alejada había que estar alerta, sobre todo porque gentuza
desalmada vagaba por el bosque. Concretamente con los cazadores furtivos, que
ya habían intentado a menudo matarle, se encontraba casi en guerra abierta.
—Pero —continuó— esos rufianes no
pueden habérselas conmigo, pues gracias a Dios llevo a cabo mi oficio fielmente
y con rectitud, y confiando en Él y en mi escopeta les reparto consuelo.
Involuntariamente deslicé con
unción, como no podía dejar de hacer por la vieja costumbre, algunas palabras
sobre la fuerza que otorga la confianza en Dios, y el guarda forestal se volvió
más y más accesible. A pesar de mis protestas, despertó a su mujer, una matrona
entrada en años, aunque alegre y activa. No obstante haber sido despertada en
medio del sueño, dio la bienvenida amablemente al huésped y se puso a preparar
la cena por orden del marido. El postillón tenía que regresar a la parada
anterior con el coche roto, así se lo ordenó el guarda forestal como castigo, y
yo sería llevado cuando gustase por el propio guarda hasta la próxima parada.
La decisión me agradó, ya que necesitaba por lo menos un pequeño descanso. Le
expresé al guarda forestal mi deseo de permanecer allí hasta el mediodía, para
recuperarme plenamente del agotamiento causado por el constante e
ininterrumpido viajar durante varios días.
—Si me permitís daros un consejo,
señor —respondió el guarda—, permaneced aquí todo el día de mañana y esperad
hasta pasado mañana, entonces podrá llevaros mi hijo mayor, al que envío a la
Corte del Príncipe, hasta la siguiente parada.
También quedé satisfecho con esta
proposición. Además me agradaba la soledad del lugar, que consideraba
magnífico.
—Bien, señor —dijo el guarda—,
esto no es tan solitario. Probablemente llamaréis vos solitaria, según los
conceptos acostumbrados en los habitantes de las ciudades, a toda casa aislada
situada en el bosque, a pesar de que depende mucho de quién viva en ella. Si
aquí viviera, como antaño, un viejo cascarrabias, encerrado entre cuatro
paredes y sin ganas de salir al bosque o de cazar, entonces sí se podría hablar
de soledad, pero desde que el anciano murió y Su Alteza el Príncipe regente
adaptó el edificio como vivienda del guarda forestal, el lugar se ha vuelto
mucho más animado. Sin duda, vos sois también un habitante de la ciudad que
nada sabe del bosque y del placer de la caza. Así, no podéis imaginaros la vida
alegre y espléndida que nosotros, cazadores, llevamos aquí. Mis cazadores y yo
formamos una familia y, os parezca o no curioso, también incluyo a mis hábiles
e inteligentes perros. Ellos me entienden, están atentos a mis palabras, a mis
señas, y me son fieles hasta la muerte. ¿Veis la mirada comprensiva de mi
Waldmann? Sabe que hablamos de él. Además, señor, siempre hay algo que hacer en
el bosque. Por la tarde se realizan los preparativos y otras ocupaciones. Tan
pronto como aclara el día, ya estoy fuera de la cama, tocando alguna pequeña
pieza de cazador con mi cuerno. Entonces todo se despierta y cobra movimiento,
los perros ladran de júbilo, de valor, de deseos de cazar. Los mozos se
apresuran a vestirse, se echan el morral a la espalda, la escopeta
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al hombro y entran en el comedor,
donde mi vieja prepara el desayuno del cazador. Luego salimos llenos de alegría
y placer. Llegamos a los puestos, donde se esconde la caza salvaje, allí ocupa
cada uno su lugar, separado de los demás; los perros rastrean con la cabeza
pegada al suelo, y husmean, escudriñan, miran al cazador con ojos inteligentes,
humanos. El cazador permanece, conteniendo la respiración, con el dedo tenso en
el gatillo, inmóvil, como si hubiera echado raíces en la tierra. Entonces, cuando
la pieza surge de la espesura, restallan los tiros y los perros se lanzan en su
persecución. ¡Ah, Señor! En ese instante sí que late de verdad el corazón y se
es otro hombre. Y no hay partida de caza que se repita, pues siempre sucede
algo especial que nunca ha acontecido con anterioridad. Sólo por la variedad de
las piezas, mostrándose unas u otras según el momento, resulta el ejercicio de
la caza algo tan espléndido que ningún hombre en la tierra terminaría por
hartarse. Pero, señor, sólo el bosque, el bosque por sí mismo es tan animado y
está tan lleno de vida, que nunca me siento solo. Aquí conozco cada lugar y
cada árbol. Me parece realmente como si cada árbol, crecido ante mi propia
vista y ahora extendiendo su copa reluciente hacia el cielo, también me
conociera y me tuviera cariño, ya que le he cuidado y protegido, incluso creo
verdaderamente que cuando susurra de manera tan maravillosa es como si hablara
conmigo con su propia voz, aunque ello sería más bien una auténtica alabanza a
Dios Todopoderoso y una oración que no se puede expresar con palabras.
Resumiendo, un cazador justo y piadoso lleva una vida espléndida y alegre, pues
le queda todavía algo de la antigua, hermosa libertad, con la que los seres
humanos vivían de acuerdo con la naturaleza y no sabían nada de los melindres y
afectaciones de la ciudad, donde hoy se torturan entre muros de prisiones. Los
habitantes de las ciudades permanecen ajenos a todas las cosas espléndidas que
Dios ha creado para que pudieran solazarse y edificarse como hacían los hombres
libres de antaño, que vivían en amor y armonía con toda la naturaleza, como se
puede leer en las viejas historias.
Todo esto lo dijo el guarda con
un tono e intensidad que convencía plenamente de su sinceridad, y que además me
hizo sentir una envidia franca de su vida afortunada, de su estado de ánimo
profundamente tranquilo, tan distinto del mío.
El guarda me asignó un pequeño y
bien aseado aposento en la otra parte del edificio, que, según pude comprobar,
era bastante amplio. Allí encontré mi equipaje. Finalmente me abandonó,
asegurándome que el ruido mañanero no me despertaría, ya que me encontraba
aislado del resto de los habitantes, y por consiguiente podría descansar tanto
como quisiera. Dijo que cuando yo llamase se me serviría el desayuno, pero que
a él sólo podría verle durante la comida, pues se marchaba al bosque temprano
con los muchachos y no llegaba antes del mediodía. Me arrojé sobre la cama y
caí rápidamente, por causa de mi agotamiento, en un sueño profundo, pero una
horrible pesadilla me torturó. De manera asombrosa comenzó la pesadilla tomando
conciencia del sueño, así me dije a mí mismo: «Bien, es espléndido que me haya
dormido enseguida y que dormite con tanto sosiego y tranquilidad, ello me
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recuperará del cansancio. Ahora
no debo abrir los ojos».
A pesar de mi intención de
permanecer con los ojos cerrados, no lo conseguí, y sin embargo mi sueño no
quedó interrumpido. Entonces se abrió la puerta y una figura oscura penetró en
la habitación; comprobé horrorizado que era yo mismo, vestido con el hábito de
capuchino, con barba y tonsura. La figura se acercó más y más a mi cama. Quedé
inmóvil y cualquier sonido que luchaba por emitir permanecía sofocado por la
parálisis que me había sobrecogido. La figura se sentó en mi cama y rió con
sarcasmo.
—Tienes que venir ahora conmigo
—dijo—. Vamos a subir al tejado, bajo la veleta, que canta una alegre canción
de boda, porque el búho se casa. Allí lucharemos, y el que logre arrojar al
otro al vacío será rey y podrá beber sangre.
Sentí cómo la figura me agarraba
y me alzaba; entonces recobré la fuerza.
—¡Tú no eres yo, tú eres el
demonio! —grité, y arañé el rostro del amenazador fantasma como si mis manos
fuesen garras. Pero fue como si mis dedos taladrasen el vacío y se introdujeran
en profundas cuencas vacías.
El espectro rió de nuevo de
manera cortante. En ese instante desperté, como impulsado por una violenta
sacudida. Las risas, sin embargo, todavía continuaban resonando en la
habitación.
Me levanté. Los rayos luminosos
de la mañana se filtraban por la ventana y pude ver ante la mesa, de pie,
dándome la espalda, a una figura con el hábito capuchino. Quedé paralizado de
terror: el espantoso sueño se hacía realidad. El capuchino registraba mis
cosas, que se encontraban sobre la mesa. En ese momento se volvió, y yo recobré
el valor. Ante mí se encontraba un rostro extraño, con una barba negra y
salvaje, en cuyos ojos reía la demencia: algunos de sus rasgos recordaban
remotamente a Hermógenes. Decidí esperar para ver qué hacía el desconocido y
así poder contrarrestar cualquier acción dañina. Mi estilete se encontraba a
mano, por lo que, contando también con mi fuerza corporal, de la que me fiaba,
podía hacerme cargo del desconocido sin más ayuda. Parecía jugar con mis cosas
como si fuera un niño; especialmente le gustaba el portafolio rojo, que
arrojaba una y otra vez contra la ventana, saltando al mismo tiempo de forma
extraña. Finalmente encontró la damajuana con el resto del vino misterioso. La
abrió y olió el contenido; entonces empezaron a temblar todos sus miembros y
lanzó un grito horrible y ahogado que resonó por toda la habitación. Un reloj
en la casa dio las tres; inmediatamente después el desconocido emitió alaridos
salvajes, como si le estuvieran torturando, pero de repente rompió a reír como
lo había hecho anteriormente, durante mi sueño. Ahora giraba enloquecido, dando
saltos salvajes. Bebió de la damajuana y, arrojándola lejos de sí, corrió hacia
la puerta. Me levanté con rapidez y fui tras él, pero ya le había perdido de
vista. Le escuché bajar unas escaleras alejadas y al final oí un fuerte golpe,
como el de una puerta al cerrarse. Eché el cerrojo de la habitación para evitar
una segunda visita y me metí de nuevo en la cama. Estaba demasiado agotado como
para no dormirme otra vez. Presto y fortalecido, me levanté cuando el
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sol resplandecía en mi estancia.
El guarda forestal había estado, como dijo, en el bosque con sus hijos y otros
cazadores. Una muchacha amable y en la flor de la vida, la hija más joven del
guarda, me sirvió el desayuno, mientras la mayor estaba ocupaba con la madre en
la cocina. La moza sabía contar con gracia cómo vivían allí todos juntos,
felices y en paz, aunque a veces había gran tumulto de gente, cuando el
príncipe cazaba en la región y pernoctaba en la casa. Así pasaron un par de
horas y, llegado ya el mediodía, se escucharon gritos de júbilo y el sonido de
los cuernos que anunciaban el regreso del guarda. Vino con sus cuatro hijos,
jóvenes espléndidos todos ellos, entre los cuales el más joven apenas llegaría
a los quince, y tres muchachos cazadores. Me preguntó cómo había dormido y si
no me había despertado el ruido antes de tiempo. No quise contarle la aventura
superada, pues la aparición real del horrible monje se había encadenado de tal
manera a la imagen onírica que difícilmente me era posible distinguir en qué
momento el sueño había dado paso a la vida real. La mesa estaba puesta, la sopa
humeaba, el guarda se alzó la capucha para comenzar la oración de gracias y
entonces la puerta se abrió y entró el capuchino que había visto en la noche.
El aspecto demencial había desaparecido de su rostro, pero tenía una apariencia
sombría y recalcitrante.
—¡Sed bienvenido, venerable
señor! —exclamó el guarda—. Decid la oración de gracias y comed con nosotros.
Entonces miró a su alrededor con
ojos encendidos de ira y gritó con voz terrorífica:
—Que Satanás te destruya con tu
«venerable señor» y tu maldita oración. ¿No me has atraído con halagos para que
sea el decimotercero y dejar que me asesine el criminal desconocido? ¿No me has
escondido tras este hábito para que nadie reconozca al conde, tu señor y dueño?
¡Pero guárdate, maldito, de mi ira!
Dicho esto, el monje tomó una
jarra de la mesa y se la arrojó al guarda. Sólo gracias a una hábil maniobra
pudo evitar el golpe, que probablemente le habría destrozado el cráneo. La
jarra se estrelló contra la pared, rompiéndose en mil añicos. Al instante los
muchachos sujetaron firmemente al loco.
—¡Qué! —gritó el guarda—.
¡Demente, blasfemo! ¿Osas irrumpir aquí de nuevo, entre gente piadosa, con tu
actitud enfurecida? ¿Osas intentar quitarme la vida, a mí, que te saqué de unas
condiciones bestiales y te salvé de la condenación eterna? ¡Fuera de aquí! ¡A
la torre!
El monje cayó de rodillas; rogaba
misericordia lanzando alaridos, pero el guarda dijo:
—A la torre, y no podrás regresar
hasta que sepa que has renegado de Satanás, que te ha cegado, si no morirás.
Entonces el monje lanzó un gritó
de angustia, como el lamento sin consuelo de un condenado a muerte. Los
muchachos se lo llevaron y dijeron que se había quedado tranquilo tan pronto
como había entrado en la estancia de la torre. Christian, que le vigilaba,
contó también que el monje había estado dando tumbos por los pasillos
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durante toda la noche y que, en
concreto, después del amanecer, había gritado: —¡Dame más de tu vino y me daré
a ti por siempre jamás! ¡Más vino! ¡Más vino! Realmente le había parecido a
Christian como si el monje titubeara como un
borracho, aunque no comprendía
cómo había podido tener acceso a una bebida tan embriagadora. No vacilé en
contar ahora la aventura sucedida, sin olvidar la damajuana que el monje había
vaciado.
—¡Vaya! —dijo el guarda—. Eso no
es bueno, pero me parecéis un hombre piadoso y con valor, otro podría haber
muerto del susto.
Le pedí que me contara con más
detalle las circunstancias que incidían en el monje demente.
—¡Ah! —respondió el guarda—. Ésa
es una larga y accidentada historia. Algo así no le va a la comida. Ya ha sido
lo suficientemente malo que ese hombre infame nos haya turbado de tal modo con
sus impiedades, justo cuando queríamos degustar con paz y alegría lo que Dios
nos ha otorgado. Pero ahora comamos.
Se quitó la gorra, dio las
gracias al Señor, y comimos, entre alegres y divertidas conversaciones, platos
de la tierra, fuertes y sabrosos.
En honor al huésped mandó el
guarda traer buen vino, del que me hizo beber, según costumbre patriarcal, en
una bella copa. La mesa se quitó y los cazadores descolgaron algunos cuernos de
la pared, entonando a continuación una canción de caza. En el segundo
estribillo cantaban las muchachas, y con ellas repetían los hijos del cazador
en coro la última estrofa.
Mi pecho se ensanchaba de forma
maravillosa. Hacía tiempo que no me había sentido interiormente tan bien como
con estos hombres simples y piadosos. Se cantaron varias canciones agradables,
hasta que el guarda se levantó y con el grito: «¡Vivan todos los hombres buenos
que honran la caza!», vació su vaso. Todos gritamos con él, dándose con ello
por concluida la alegre comida, que en mi honor había sido enaltecida con vino
y cánticos.
El guarda me dijo a continuación:
—Bien, señor, me echo un
sueñecito de media hora, pero después iremos al bosque y le contaré cómo llegó
el monje a mi casa y qué es lo que sé de él. Después ya habrá anochecido, así
que iremos al puesto de caza, ya que, según me ha dicho Franz, hay perdices.
También vos recibiréis una buena escopeta y buscaréis vuestra suerte.
Todo esto era nuevo para mí, ya
que como seminarista alguna vez había apretado el gatillo, pero jamás había
disparado a piezas vivas. Acepté, pues, la proposición del guarda, que pareció
alegrarse de mi decisión e intentó hacerme partícipe con toda prisa y buen
ánimo de corazón, antes de dormirse, de los imprescindibles principios básicos
del arte de disparar.
Me pertrecharon de escopeta y
morral. De esta guisa me interné en el bosque con el
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guarda, que comenzó la historia
del extraño monje como sigue:
—El próximo otoño hará dos años
desde que mis muchachos oyeron en el bosque un alarido espantoso que, aunque
tenía tan poco de humano, podía provenir, como opinaba Franz, mi más joven
aprendiz en aquel tiempo, de un ser humano. Franz estaba destinado a ser
hostigado por el monstruo aullador, pues cuando iba al puesto, los alaridos que
sonaban a su lado bien fuertes ahuyentaban a los animales, e incluso pudo ver,
cuando quería disparar a una pieza, a un ser esquivo e irreconocible saltando
desde los matorrales, que le hizo precipitar el disparo. Franz tenía la cabeza
llena de todas las leyendas de caza relativas a espectros que su padre, un
viejo cazador, le había contado, y se inclinaba a tomar al extraño ser por el
propio Satanás, que le quería quitar el gusto de la caza o tentarle de alguna
manera. Los otros muchachos, incluyendo a mis hijos, se declararon conformes
con su sospecha, lo que con más razón me impulsó a seguir de cerca la pista a
este asunto, que yo tenía por astucia de los cazadores furtivos para asustar a
mis cazadores y que se fueran de los puestos. Ordené por lo tanto a mis hijos y
al muchacho que increparan a la figura en caso de que se mostrara, y si no se
detenía o daba cuenta de sí misma, que dispararan sin más según la normas del
cazador. A Franz correspondió de nuevo ser el primero en toparse con el
monstruo en el camino hacia el puesto. Le llamó, encarándole con la escopeta, y
la figura saltó entre los matorrales. Franz quiso disparar, pero la escopeta
falló; luego salió corriendo muerto de pánico hacia donde se encontraban los
demás, convencido de que había sido Satanás el que, obstinado, le ahuyentaba la
caza y le había embrujado la escopeta. Realmente, desde que se le aparecía el
monstruo no atinaba a un solo animal, tan bien como había disparado antes. El
rumor sobre el espectro del bosque se extendió, y ya se contaba en el pueblo
cómo Satanás había salido al encuentro de Franz y le había ofrecido balas
infalibles y no sé qué más historias. Decidí terminar con todo ese desenfreno y
perseguir al monstruo, que todavía no me había echado a la cara, hasta los
lugares donde acostumbraba a mostrarse. Durante mucho tiempo no tuve suerte
alguna. Finalmente, cuando en una tarde neblinosa de noviembre permanecía justo
en el puesto donde Franz lo vio por primera vez, escuché ruidos en los arbustos
cercanos. Me llevé silenciosamente la escopeta a la cara, creyendo que era un
animal, pero una figura atroz surgió con ojos rojos refulgentes, pelos negros
hirsutos y con harapos colgando del cuerpo. El monstruo me miró ceñudo,
mientras emitía horribles tonos indescifrables. ¡Señor!, fue un momento que
podría aterrar al más valiente. Me parecía como si realmente Satanás estuviera
ante mí y sentí cómo empezaba a sudar de miedo. Pero con fuertes rezos, que
pronuncié en voz alta, pude recobrar bastante el ánimo. Tan pronto como empecé
a rezar y a pronunciar el nombre de Jesucristo, el monstruo aulló con más
furia, terminando por proferir finalmente horribles maldiciones y blasfemias.
Entonces grité:
»—¡Maldito canalla, deja de
blasfemar y date por preso o disparo!
»El hombre cayó al suelo gimiendo
y suplicó misericordia. Mis muchachos
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pasaban por allí cerca, así que
atamos bien al desconocido y lo llevamos a casa, donde hice que le encerraran
en la torre del edificio contiguo. A la mañana siguiente presentaría el caso a
las autoridades. Nada más llegar a la torre quedó sumido en un estado
letárgico. Cuando fui a verle al día siguiente, estaba sentado en el lecho de
paja que había dicho que le prepararan y lloraba amargamente. Se echó a mis
pies y suplicó clemencia. Desde hacía varias semanas vivía en el bosque y no
había comido nada excepto hierbas y frutas salvajes. Dijo que era un pobre
capuchino de un monasterio lejano y que se había escapado de la prisión en la
que, por causa de su locura, había sido encerrado. El hombre se encontraba
realmente en un estado digno de misericordia. Tuve compasión e hice que le
trajeran comida y vino para fortalecerle, con lo que se recuperó visiblemente.
Me solicitó con apremio si podía quedarse en casa unos días y que le
consiguiésemos un nuevo hábito de la Orden. Después regresaría por propia voluntad
al monasterio. Cumplí sus deseos y su demencia pareció remitir, ya que los
paroxismos se volvían más espaciados y menos agudos. Durante los ataques
frenéticos lanzaba discursos horribles, y noté que cuando le hablaba con duras
expresiones, sobre todo cuando le amenazaba con la muerte, pasaba a un estado
de contrición en el que se mortificaba, e incluso apelaba a Dios y a los santos
para que le liberasen de aquel tormento infernal. Parecía como si entonces se
creyera San Antonio. Se ensoberbecía siempre en el paroxismo de los ataques de
ser un conde y señor principal, que mandaría asesinarnos en cuanto llegaran sus
sirvientes. En los momentos de lucidez me pedía por el amor de Dios que no le
expulsase, porque sentía que sólo su estancia en mi casa podría curarle. Una
vez hubo un fuerte altercado con él, cuando el príncipe cazaba en este coto y
pernoctaba en mi casa. El monje, después de ver al príncipe con todo su
brillante séquito, parecía transformado. Apareció reacio y cerrado, se alejaba
rápidamente cuando rezábamos y temblaban todos sus miembros cuando escuchaba
una palabra piadosa. Además miraba a mi hija Ana con tal lascivia que decidí
llevármelo para evitar cualquier desmán. En la noche anterior al día en que
quería ejecutar mi plan, me despertó un grito penetrante en el pasillo. Salté
de la cama y corrí rápidamente con una luz hacia la estancia donde duermen mis
hijas. El monje había escapado de la torre, donde le había encerrado toda la
noche, y había corrido con ardor animal hacia la estancia de mis hijas, cuya
puerta había destrozado de una patada. Por suerte una sed insoportable había
llevado a Franz fuera de la habitación, en la que duermen los muchachos, y
quería dirigirse justo en ese momento a la cocina para beber agua, cuando
escuchó al monje hacer ruido en el pasillo. Corrió hacia él y le cogió por
detrás en el momento en que rompía la puerta, pero el joven era demasiado débil
para dominar la furia del monje. Se pelearon en la puerta, acompañados de los
gritos de las muchachas, ya despiertas. Llegué en el instante en que el monje
había arrojado a Franz al suelo y le sujetaba a traición por el cuello. Sin
dudar agarré al monje y liberé al joven, pero de repente, sin saber cómo,
brilló un cuchillo en el puño del monje. Se abalanzó sobre mí, pero Franz, ya
levantado, cayó sobre su brazo. Entonces me fue
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posible, gracias a que soy un
hombre fuerte, presionar de tal modo al enajenado contra la pared que casi dejó
de respirar. Todos los muchachos estaban despiertos por el ruido y habían
acudido presurosos. Atamos al monje y lo arrojamos a la torre. Pero por el
camino cogí la fusta y le propiné algunos golpes como método disuasorio para
futuras fechorías de este cariz. Gemía y lloriqueaba de manera lastimosa
mientras recibía el castigo, así que le dije:
»—Miserable, es demasiado poco lo
que recibes por tu infamia al intentar seducir a mi hija y pretender quitarme
la vida: deberías morir.
»Aulló de miedo y horror, pues el
miedo a la muerte parecía destruirle. A la mañana siguiente no fue posible
llevárselo de allí. Yacía como muerto, totalmente relajado, inspirándome
auténtica compasión. Hice que le preparasen una estancia mejor y una buena cama.
Mi mujer cuidó de él, dándole fuertes sopas y sacando de la farmacia casera lo
que parecía convenirle. Ella tiene la buena costumbre, cuando está sentada a
solas, de entonar una canción piadosa, pero cuando quiere sentirse
interiormente bien, tiene que cantarle mi Ana con su voz clara una canción.
Esto mismo ocurrió ante la cama del enfermo. Entonces comenzó a suspirar
profundamente, y miraba a mi mujer y a Ana con miradas melancólicas, brotándole
lágrimas que le bañaban el rostro. A veces movía la mano y los dedos como si
quisiera bendecirlas, pero no lo conseguía y la mano caía sin fuerza. Otras
veces murmuraba, como si intentase cantar con ellas. Finalmente empezó a
recuperarse. Ahora mantenía la cruz según costumbre monacal y rezaba en voz
baja. De manera imprevista cantó canciones en latín, que con sus maravillosos
tonos sagrados llegaban a lo más profundo de los corazones de mi mujer y de mi
Ana —a pesar de no entender ni una sola palabra—, sin poder decir hasta qué
punto se sentían edificadas. El monje se recuperó de tal manera que pudo
levantarse y pasear por la casa, pero su aspecto exterior, su ser se había
transformado del todo. Sus ojos miraban con dulzura, en vez de brillar en ellos
un pérfido fuego; se desplazaba según costumbre monacal, silenciosa y
piadosamente, con las manos dobladas; toda huella de demencia había
desaparecido. Sólo comía verduras, pan y agua. Raras veces podía convencerle de
que se sentara a la mesa y degustase otros platos, así como de que bebiera un
poco de vino. Cuando lo hacía, pronunciaba la oración de gracias y nos
deleitaba con sus sermones, que sabía improvisar con gran facilidad. A menudo
paseaba solitario por el bosque, y en cierta ocasión me encontré con él y sin
pensar le pregunté si no quería regresar pronto al monasterio. Pareció
afectado, tomó mi mano y dijo:
»—Amigo mío, te debo la salud de
mi alma, me has salvado de la condenación eterna. Todavía no puedo abandonarte,
déjame permanecer en tu casa. Ah, ten compasión de mí, al que Satanás tentó, y
que se habría perdido irremediablemente si el santo al que imploraba durante
horas angustiosas no le hubiese traído enajenado hasta este bosque. Me
encontrasteis —continuó el monje tras un silencio— en un estado de profunda
degeneración y sin sospechar que antaño fui un joven ricamente dotado por la
naturaleza, al que sólo llevó al monasterio una inclinación exaltada
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hacia la soledad y los estudios.
Mis hermanos me amaban sin excepción, y vivía tan alegre como sólo se puede
vivir en un monasterio. Con devoción y un comportamiento modélico empecé a
encumbrarme, incluso se veía en mí al próximo prior. Ocurrió que uno de los
hermanos regresó de un viaje que le había llevado a tierras lejanas, y trajo al
monasterio varias reliquias que había conseguido en el camino. Entre las mismas
se encontraba un frasco cerrado, que San Antonio le habría quitado al diablo y
que supuestamente contenía un elixir tentador. También esta reliquia fue
cuidadosamente custodiada, a pesar de que todo el asunto me parecía contrario
al espíritu de la devoción, que deberían fomentar las verdaderas reliquias, así
como de mal gusto. Pero se apoderó de mí un deseo indescriptible de investigar
lo que realmente contenía el frasco. Me fue posible apartar la reliquia y la
abrí, encontrando en su interior una bebida fuerte, de espléndido aroma y dulce
sabor, que libé hasta la última gota. No puedo describir cómo se transformaron
mis sentidos, cómo sentí una sed ardiente por los placeres del mundo; cómo el
vicio, adquiriendo una figura seductora, se presentaba como la cumbre de la
vida; resumiendo, mi vida se tornó en una sucesión de crímenes infames. Cuando,
a pesar de mis diabólicas argucias fui traicionado, el prior me condenó a
prisión de por vida. Transcurridas varias semanas en la húmeda y sofocante
mazmorra, maldije mi existencia, blasfemé de Dios y de los santos; entonces
apareció ante mí Satanás con un halo rojo hirviente y me dijo que si apartaba
mi alma del Supremo y le servía a él me liberaría. Lanzando alaridos me arrojé
de rodillas al suelo y exclamé:
»—¡No es a Dios a quien sirvo. Tú
eres mi señor, de tu fuego mana el placer de la vida!
»Entonces el viento bramó como en
un huracán y los muros temblaron como estremecidos por un terremoto; un sonido
cortante silbó por las mazmorras, los barrotes de la ventana cayeron
destrozados y me encontré, proyectado por una fuerza invisible, en el claustro
del monasterio. La luna apareció clara entre las nubes y su luz hizo brillar la
estatua de San Antonio, que estaba situada en el centro del claustro, junto a
un surtidor. Un miedo indescriptible laceró mi corazón. Me arrojé contrito ante
el Santo, repudié al Maligno y supliqué misericordia, pero en ese momento
surgieron nubes negras y de nuevo bramó el huracán. Perdí el sentido y cuando
lo recobré me encontraba en el bosque, por el que vagué loco de hambre y
desesperación hasta que me salvasteis.
»Así lo contó el monje, y su
historia me causó tal impresión que transcurridos muchos años estaré de nuevo
en disposición, como hoy, de repetirla palabra por palabra. Desde entonces el
monje se comportó de forma tan piadosa y benevolente que ganó nuestro amor, por
lo que me resulta incomprensible la causa de que su demencia se haya
manifestado de nuevo la noche anterior.
—¿Sabéis acaso —interrumpí al
guarda— de qué monasterio capuchino escapó el infeliz?
—Nunca me lo ha dicho —respondió
el guarda—, y no he querido preguntarle
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acerca de ello, porque tengo casi
la certeza de que se trata del mismo desgraciado que hace no mucho tiempo
estaba en todas las conversaciones de la Corte, aunque nadie sospechaba su
cercanía. No quise por tanto expresar mis suposiciones en la Corte por el bien
del monje.
—Pero yo puedo saberlo —tercié—,
ya que soy forastero, y además prometo callar por mi conciencia y honor.
—Debéis saber —siguió el guarda—
que la hermana de nuestra princesa es la abadesa del convento cisterciense en
***. Ella aceptó al hijo de una pobre mujer, cuyo marido debió de estar en
ciertas relaciones secretas con la Corte, y contribuyó a su educación. Por
inclinación se hizo capuchino y luego se volvió bastante famoso por sus
sermones. La abadesa escribía frecuentemente a su hermana acerca de su
protegido, y hace poco tiempo manifestó la profunda tristeza que le había
causado su pérdida. Parece que el monje debió de pecar gravemente al profanar
una reliquia y fue expulsado del monasterio, del que hasta ese momento había
sido un motivo de honra. Todo esto lo sé a través de una conversación del
médico de cámara del príncipe con otro señor de la Corte que pude escuchar hace
un tiempo. Mencionaron algunas circunstancias muy extrañas que, como no conozco
todas las historias a fondo, me resultaron incomprensibles, y cayeron luego en
el olvido. Cuando el monje narra su salvación de la prisión del monasterio de otra
manera, como si hubiese sucedido a través de Satanás, creo que todo ello no es
más que pura fantasía, fruto de su demencia, y opino que el monje no puede ser
otro que el propio hermano Medardo, al que la abadesa quería educar para el
estado eclesiástico y al que el demonio tentó para cometer todo tipo de
pecados, hasta que Dios, como castigo, le sumió en un impío frenesí.
Cuando el guarda pronunció el
nombre de Medardo, un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Toda la historia me
había torturado, como si recibiera puñaladas mortales en mi interior. Bien
sabía que el monje había dicho la verdad, ya que sólo un bebedizo semejante del
diablo, que él había libado con voluptuosidad, podía haberle sumido de nuevo en
su demencia blasfema e infame. Pero yo mismo había degenerado en mero juguete
del poder misterioso y pérfido que me mantenía sometido con vínculos
indisolubles, de tal manera que, creyendo ser libre, me movía exclusivamente
dentro de la jaula en la que estaba encerrado sin salvación. Me acordé de los
consejos del piadoso Cirilo, que no seguí, de la aparición del conde y de su
frívolo mayordomo. Ahora conocía el origen de la repentina agitación en mi
alma, de la transformación de mi temperamento. Me avergoncé de mis impíos
comienzos, y esta vergüenza sustituyó en aquel instante al profundo
arrepentimiento y contrición que debería haber sentido con una penitencia
verdadera. Me había sumido en mis pensamientos y apenas escuchaba al guarda,
que hablaba otra vez de la caza, describiéndome un encuentro que había tenido
con los malvados cazadores furtivos. Estaba
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anocheciendo y habíamos llegado a
los matorrales, donde deberían encontrarse las perdices. El guarda me colocó en
mi puesto y me encareció para que no hablara ni me moviera mucho y que
escuchara cuidadosamente con el gatillo tenso. Los cazadores se deslizaron
silenciosamente hasta sus puestos; yo permanecí solo en la creciente oscuridad.
Entonces surgieron figuras de mi vida en el bosque tenebroso. Vi a mi madre y a
la abadesa, que me miraban con ojos condenatorios. Eufemia murmuraba hacia mí
con un rostro de palidez mortal y me miraba fijamente con sus negros ojos
ardientes. Levantó amenazante sus manos ensangrentadas; ¡ah!, eran gotas de
sangre manadas de las heridas mortales de Hermógenes. No pude resistir más y
grité. En ese instante algo vibró sobre mí con un fuerte aleteo. Disparé al
aire ciegamente, y dos perdices cayeron abatidas.
—¡Bravo! —gritó el mozo más
cercano a mi posición, abatiendo la tercera. Disparos estallaban ahora por
doquier. Luego se reunieron los cazadores trayendo
sus piezas. El cazador vecino
contó, no sin echarme alguna que otra mirada taimada, que había gritado como si
hubiera recibido un gran susto, ya que las perdices habían pasado bien cerca de
mi cabeza, pero que, sin ni siquiera apuntar, disparando ciegamente, había
acertado a las dos perdices. Incluso había tenido la impresión, quizá por las
tinieblas, de que había apuntado hacia la dirección opuesta. Sin embargo las
dos piezas habían caído. El guarda rió de buena gana de que me hubiera asustado
de las perdices y de que me hubiera defendido disparando a discreción.
—Por lo demás, señor —continuó
bromeando—, quiero creer que sois un honorable y piadoso cazador, y no un
cazador furtivo que, aliado con el mal, puede disparar a donde quiere sin
fallar.
Esta broma inocente del guarda me
causó un profundo desasosiego, y el afortunado disparo en aquel estado de ánimo
agitado, guiado sólo por la casualidad, me llenó de espanto. Malquistado como
nunca con mi propio ser, quedé confundido y rodeado de un horror interno que me
amenazaba con su fuerza destructiva.
Cuando regresamos a la casa,
Christian nos informó de que el monje se había comportado con tranquilidad en
la torre, no había dicho una palabra ni tomado alimento alguno.
—No puedo tenerlo aquí por mucho
más tiempo —dijo el guarda—, pues quién me puede asegurar que su incurable
demencia, como todo parece indicar, después de algún tiempo no experimente un
rebrote y origine aquí, en casa, una horrible desgracia. Mañana por la mañana
temprano Christian y Franz se lo llevarán a la ciudad. Mi informe acerca del
asunto hace tiempo que está terminado, así que lo tendrán que dejar en el
manicomio.
Cuando me encontraba a solas en
la habitación, se presentó ante mí la figura de
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Hermógenes, pero cuando quise
hacerle frente con mirada afilada, se transformó en el monje demente. Ambas
figuras se fundieron en mi interior, constituyendo la advertencia del poder
superior que ya había escuchado cuando me encontraba próximo al abismo. Reparé
en la damajuana, que todavía se encontraba en el suelo. El monje la había
vaciado hasta la última gota, así que quedaba libre de la tentación de gozar de
su contenido. Pero arrojé el propio frasco, del que todavía emanaba un aroma
embriagador, por la ventana y por encima del muro que rodeaba la casa, con el
fin de destruir de una vez por todas cualquier posible efecto del ominoso
elixir. Poco a poco me fui tranquilizando. El pensamiento de que en todo caso
tenía que ser superior en sentido espiritual a aquel monje que, tomando la
misma bebida que yo, había caído en una salvaje demencia, me otorgó valor.
Sentí cómo ese destino horrible había pasado rozándome; incluso consideré el
hecho de que el guarda tomara al monje por el infeliz Medardo, es decir por mí
mismo, como una señal del poder superior sagrado, que no quería dejar que me
hundiera en una miseria sin consuelo. ¿No parecía como si la demencia, que
siempre surgía en mi camino, pudiera entrever mi interior y me advirtiera cada
vez con más urgencia del espíritu hostil que se me presentaba, como yo creía,
como la figura amenazadora y fantasmal del pintor?
Marché a la Corte llevado por un
impulso irresistible. La hermana de mi madrina que, como recordaba, ya que
había visto muchas veces su imagen, se parecía mucho a la abadesa, podría
hacerme volver a la vida inocente y piadosa que antaño había disfrutado, pues
para ello sólo necesitaba en mi estado de ánimo su presencia y los recuerdos
que su persona despertaría en mí. Dejé a la casualidad, sin embargo, la manera
de acercarme a ella.
Apenas había amanecido cuando
pude escuchar la voz del guarda forestal. Tenía que salir temprano con sus
hijos, así que me vestí con rapidez. Cuando bajé, se hallaba ya dispuesta para
el viaje una carreta con asientos de paja ante la puerta. Trajeron al monje,
que se dejaba guiar con un rostro descompuesto y de una palidez mortal. No
respondía a ninguna pregunta; no quiso comer nada, ni siquiera parecía darse
cuenta de las personas que le rodeaban. Se le subió a la carreta y se le ató
con firmeza, ya que su estado parecía preocupante, y nadie estaba seguro de que
no sufriese un ataque repentino de furia contenida. Cuando se le ataron las
manos, torció la cara de manera convulsiva y suspiró. Su estado me conmovió
hasta lo más profundo; sentía que un parentesco nos unía, que incluso debía mi
salvación a su perdición. Christian y otro mozo se sentaron a su lado en la
carreta. Justo cuando salieron posó su mirada en mí y pareció invadido de un
repentino asombro. Mientras la carreta se alejaba (les habíamos seguido hasta
el muro), su cabeza y mirada permanecían fijas en mí.
—Veis —dijo el guarda—, cómo os
mira con fijación. Creo que vuestra presencia
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en el comedor, que él no
esperaba, ha contribuido al frenético rebrote de su enfermedad, pues incluso en
sus buenos momentos permanecía extremadamente tímido y tenía la obsesión de que
un extraño vendría y le asesinaría. Siente un pánico desmesurado ante la
muerte, y sólo con la amenaza de pegarle un tiro pude contrarrestar muchas
veces sus ataques de furia.
Ahora que el monje, cuya
aparición había reflejado mi propio «yo» con rasgos desfigurados y horribles,
se había alejado, me encontraba mucho mejor y más ligero. Me alegré de mi viaje
a la Corte, pues me parecía que allí se aliviaría la carga del pesado y sombrío
destino que me presionaba, incluso creía que en la Corte, fortalecido, me sería
posible escapar de las garras del poder hostil que determinaba mi vida.
Terminado el desayuno, trajeron el flamante carruaje del guarda, al que estaban
enganchados caballos veloces. Apenas me fue posible poder darle algo de dinero
a la mujer del guarda, que con tanta hospitalidad me había aceptado, así como
ofrecer a las bellas hijas algunos regalos galantes, que por casualidad llevaba
conmigo. Toda la familia se despidió de mí de la manera más amable, como si me
hubiesen conocido desde hace mucho tiempo. El guarda todavía bromeó sobre mi
talento de cazador. Partí de allí alegre y animado.
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CAPÍTULO CUARTO
La vida en la corte del príncipe
La ciudad en la que residía el
príncipe soberano era precisamente lo contrario de la ciudad comercial que
acababa de abandonar. De dimensiones considerablemente más reducidas, estaba
diseñada sin embargo de una manera más regular y bella, aunque sus calles
aparecían normalmente desiertas de gente. Varias avenidas, plantadas de álamos,
parecían más los anexos de un parque que una parte integrante de la ciudad.
Todo se movía con tranquilidad y solemnidad; el silencio reinante raras veces
quedaba roto por el traqueteo de un carruaje. En la misma forma de vestir y en
el decoro de los habitantes, incluso entre los hombres de más baja condición,
se dejaba traslucir una cierta elegancia, un afán por mostrar una cuidada
apariencia externa.
No se podía decir que el palacio
del Soberano fuese pequeño. Aunque su estilo arquitectónico carecía de
grandeza, en lo que respecta a la elegancia y a sus correctas proporciones
constituía, no obstante, uno de los edificios más bellos que había visto en mi
vida. Junto al palacio se extendían amenos jardines, que el liberal Soberano
abría a los habitantes para que pudieran pasear.
En la posada donde estaba
hospedado me dijeron que la familia del Soberano acostumbraba a dar un paseo
por el parque todas las tardes, y que muchos de los habitantes no perdían nunca
la ocasión de ver al bondadoso regente. Me apresuré para llegar al parque a la
hora adecuada. El Soberano salió con su esposa del palacio, rodeados de
reducido séquito. ¡Ah! ¡Pronto sólo tuve ojos para la Soberana, que tanto se
parecía a mi madrina! La misma grandeza, la misma gallardía en cada uno de sus
movimientos, la misma mirada inteligente, la misma frente amplia, la sonrisa
celestial. Si bien me parecía más alta y joven que la abadesa. Hablaba
cariñosamente con varias doncellas, que también se encontraban en la alameda,
mientras el Soberano parecía enfrascado en una interesante y vehemente
conversación con un hombre serio. Los trajes, el comportamiento de la familia
del Soberano, su séquito, todo armonizaba perfectamente. Se apreciaba cómo la
actitud decorosa, reflejada en la tranquilidad y dignidad sin pretensiones que
mantenía la ciudad, procedía de la Corte. Casualmente, me encontraba al lado de
un hombre despierto, que contestaba a todas las preguntas que le hacía y sabía
intercalar jocosas observaciones. Cuando la familia del Soberano había pasado
de largo, me propuso dar un paseo por el parque para mostrarme los bellos
parajes que se encontraban por doquier. Acepté la propuesta, y realmente
encontré que el espíritu de la dignidad y del gusto bien entendido se extendía
por todas partes, aunque me pareció que los edificios
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diseminados por el parque a
menudo reflejaban una tendencia hacia las formas clásicas que sólo toleran las
proporciones grandiosas, y que al arquitecto le habían hecho caer en algunas
mezquindades. Columnas clásicas, cuyos capiteles puede tocarlos con la mano un
hombre no muy alto, resultan ridículos. Por otro lado, y con un estilo
totalmente contrapuesto, se podían contemplar un par de edificios góticos que,
dadas sus escasas dimensiones, resultaban demasiado nimios. Creo que la
imitación de las formas góticas es casi más peligrosa que la imitación de las
clásicas. Pero es cierto, sin embargo, que las capillas pequeñas ofrecen al
arquitecto, limitado por las dimensiones del edificio y por el presupuesto,
motivos suficientes como para construir en ese estilo, aunque no se debería
abusar de los arcos ojivales, de las columnas estrafalarias o de las volutas,
imitando a una u otra iglesia, ya que sólo puede lograr algo verdadero aquel
arquitecto que se siente poseído del profundo saber que vivía en los viejos maestros.
Ellos sabían realmente armonizar de manera tan espléndida todo lo aparentemente
heterogéneo que al final lograban un conjunto pleno de significado. En pocas
palabras, al constructor gótico le debe guiar el extraordinario sentido por lo
romántico, ya que aquí no se puede hablar de líneas directivas a las que hay
que someterse, como cuando se trata de las formas clásicas. Todo esto se lo
expliqué a mi acompañante, que coincidió conmigo plenamente. Como disculpa por
aquellos pequeños desaciertos adujo que la exigida variedad en un parque, e
incluso la necesidad de construir aquí y allá edificios para resguardarse de
chaparrones repentinos o sólo para el descanso y solaz de los visitantes, eran
factores que habían contribuido casi por sí mismos a cometer semejantes
errores. Le contesté que yo, por el contrario, prefería las casitas campestres
más simples y sin pretensiones, fabricadas de madera, con techos de paja y
escondidas entre arbustos, que cumplían mucho mejor los cometidos comentados, a
todos aquellos templetes y capillitas. Si, en otro caso, se tuviera que emplear
la piedra y trabajo de carpintería, el constructor inteligente, limitado por
los costes y dimensiones de la obra, podría optar por un estilo que puede
inclinarse hacia lo clásico o lo gótico, pero que tiene como fin, lejos de
imitaciones mezquinas o pretensiones de emular los grandiosos modelos antiguos,
mostrar armonía de formas y despertar una impresión bienhechora en el ánimo
contemplativo.
—Soy enteramente de su opinión
—dijo mi acompañante—. Pero todos estos edificios, incluso la disposición del
parque, han sido idea del propio Soberano, y esta circunstancia aminora, al
menos entre nosotros, los ciudadanos, cualquier defecto. El Soberano es una de
las mejores personas que puede haber en el mundo. Siempre ha presidido su
actuación el principio verdaderamente patriótico de que los súbditos no están
aquí para servirle, sino que más bien él está aquí para servir a sus súbditos.
La libertad de expresión; los bajos impuestos y, por consiguiente, los precios
asequibles en todos los órdenes de la vida diaria; la actuación medida de la
policía, que sin ruido pone fin a la insolencia maliciosa y está muy lejos de
atormentar a los ciudadanos y forasteros con un exceso de celo profesional; la
ausencia de desenfreno militar; la
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agradable tranquilidad con la que
se hacen los negocios: todo esto que os he enumerado hará de vuestra estancia
en nuestro pequeño principado algo satisfactorio. Apuesto a que nadie os ha
preguntado hasta ahora acerca de vuestro nombre y clase social, ni siquiera el
posadero, que en otras ciudades, sin ni siquiera haber transcurrido el primer
cuarto de hora, ya se aproxima solemne con el libraco bajo el brazo, en el que
os conmina a garabatear vuestros datos personales con pluma roma y tinta
desvaída. En resumen, toda la organización de nuestro pequeño Estado, en el que
domina la verdadera sabiduría de la vida, tiene su origen en nuestro espléndido
Soberano, ya que con anterioridad, según me han dicho, los hombres eran
atormentados por la pedantería estúpida de una Corte que parecía la edición de
bolsillo de la gran Corte vecina. El Soberano ama el arte y las ciencias, por
ello es bienvenido todo artista hábil y todo sabio brillante, para el que sólo
el grado de su saber constituye la prueba de nobleza que le capacita para
aparecer en la compañía del Soberano. Pero precisamente en el arte y la ciencia
del polifacético gobernante se ha deslizado algo de la pedantería que le
inculcaron en su educación, y que ahora se manifiesta en su predilección obtusa
por algunas formas. Con aprensiva precisión, prescribió y diseñó para el
maestro constructor el más mínimo detalle de los edificios. La más pequeña
desviación del modelo expuesto, que había sacado con esfuerzo de todas las
obras clásicas posibles, le angustiaba sobremanera, así como, por ejemplo,
cuando alguien se negaba a añadir la nueva proporción, forzada por la necesidad
de reducir las dimensiones. Debido a la dependencia de determinadas formas, a
las que había tomado cariño, nuestro teatro también padece de múltiples
defectos, ya que no se desvió del estilo preestablecido, al que hubo que añadir
los elementos más heterogéneos. El Soberano cambia sus actividades favoritas,
que nunca han molestado a nadie. Cuando se diseñó el parque, era un apasionado
constructor y jardinero, luego quedó entusiasmado por el impulso musical que se
experimenta en los últimos tiempos. A ese entusiasmo hay que agradecer la
creación de una excelente orquesta. A continuación se dedicó a la pintura, en
la que ha alcanzado una pericia desacostumbrada. Incluso en los
entretenimientos diarios de la Corte tienen lugar transformaciones. Antaño se
bailaba mucho, ahora se juega al faro[15] en los días de sociedad, y el
Soberano, sin ser realmente un jugador, se divierte con las extrañas concatenaciones
del azar; pero otra novedad, introducida por cualquier iniciativa, se incluye
fácilmente en el orden del día. Este rápido cambio de inclinaciones ha alentado
el reproche de que a nuestro buen Soberano le falta la profundidad de espíritu,
en la que, como en un lago claro y soleado, se refleje sin distorsiones la
imagen multicolor de la vida. Según mi opinión, se le hace una injusticia, pues
una especial vivacidad del espíritu sólo le lleva a dedicarse con plenitud y
pasión a una actividad mientras dura el impulso, sin por ello tener que olvidar
o descuidar lo más noble. Así, podéis apreciar lo bien cuidado que está el
jardín. Su apoyo logra que nuestra orquesta y el teatro queden afianzados de la
mejor manera para el futuro, y que la colección de pintura se enriquezca en
todo lo posible. En lo que respecta a los
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cambios de divertimento en la
Corte, resulta un animado juego en la vida que nadie debería censurar, pues
sirven como descanso a un príncipe activo de los serios y a menudo complejos
asuntos de Estado.
Pasamos por espléndidas
agrupaciones de arbustos y árboles, que poseían en su distribución un profundo
sentido paisajista. Manifesté mi admiración, y mi acompañante dijo:
—Todos estos parterres, estas
plantas y agrupaciones florales son obra de la eximia Soberana. Ella es una
perfecta pintora paisajista y, además, la historia natural es su ciencia
preferida. Aquí encontraréis, por lo tanto, árboles de tierras lejanas, flores
y plantas exóticas, pero no expuestas simplemente a la vista, sino ordenadas
con un profundo sentido y repartidas de manera tan natural, como si hubieran
nacido en su suelo original sin necesidad del artificio humano. La princesa
expresó su rechazo por todas las figuras de piedra arenisca que representaban a
dioses y diosas, náyades y dríades, de las que antaño el parque se encontraba
plagado. Todas estas estatuas han sido proscritas, y encontraréis sólo algunas
buenas copias según modelos de la Antigüedad, que el Soberano, debido a bellos
recuerdos, deseaba mantener en el parque, pero que la Soberana hábilmente
—tomando la iniciativa con dulzura conforme a la voluntad del Soberano— supo
exponer de tal manera que ejercen un efecto maravilloso, incluso en aquellos
que desconocen las relaciones secretas a las que hacen referencia.
Se había hecho tarde y
abandonamos el parque. Mi acompañante aceptó la invitación para comer conmigo
en la posada, y se presentó finalmente como el inspector de la galería de
pintura del principado.
Una vez que durante la comida
habíamos ganado la suficiente confianza, le manifesté mi ferviente deseo de
entrar en contacto con la familia del Soberano. Me aseguró que nada era más
fácil de cumplir, pues cualquier forastero instruido e inteligente sería
bienvenido en el círculo de la Corte. Tendría solamente que visitar al
mayordomo mayor y solicitarle que me presentara al Soberano. Esta forma
diplomática de acceder hasta él no me gustaba en absoluto, pues apenas tenía la
esperanza de poder evadirme de ciertas preguntas comprometedoras del mayordomo
mayor, como las que afectaban a mi procedencia, clase social y carácter. Decidí
entonces confiar en el azar, que quizá me señalaría el camino más corto, como
en efecto ocurrió. Cuando una mañana paseaba placenteramente por el parque,
precisamente a la hora en que estaba desierto, me encontré con el Soberano, que
vestía un sencillo gabán. Le saludé, como si me fuera completamente
desconocido, y él se detuvo preguntándome si era forastero. Asentí a la
pregunta, añadiendo que había llegado hacía un par de días y que simplemente
pasaba por allí. Le dije que el encanto del lugar, especialmente la serenidad y
apacibilidad que reinaban por doquier, me habían impulsado a quedarme algún
tiempo más. Como era una persona independiente y vivía sólo para el arte y la
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ciencia, estaría encantado de
permanecer allí durante un largo tiempo, ya que los alrededores me atraían
sobremanera. Al Soberano pareció agradarle lo que había dicho y se ofreció a
mostrarme como cicerone las distintas zonas del parque. Me guardé mucho de
revelar que ya lo había visto todo, y me dejé guiar por todas las grutas,
templos, capillas góticas y pabellones, escuchando pacientemente los prolijos
comentarios que el Soberano creía oportuno manifestar. Nombró los modelos según
los cuales se había trabajado en cada una de las construcciones, dirigió mi
atención a la correcta ejecución de los problemas planteados, y se extendió
sobre la tendencia que había servido de principio fundamental al diseño del
parque, que, además, debería presidir la organización de todo parque. Me
preguntó mi opinión. Yo alabé la belleza del lugar, la espléndida y exuberante
vegetación, pero tampoco omití manifestarme respecto a los edificios y contra
la opinión del inspector de la galería. Me escuchó con atención. No pareció rechazar
algunos de mis juicios, pero cortó cualquier inicio de discusión sobre esta
materia alegando que quizá, en un sentido ideal, podría tener razón, pero que
parecía faltarme el conocimiento de lo práctico y de la verdadera forma en que
debía ser ejecutado un proyecto para la vida. La conversación se centró a
continuación en el arte. Me mostré buen conocedor de la pintura, y como
aficionado a la música osé contrariar algunos de sus juicios, que, inteligentes
y precisos, expresaban su convencimiento, pero que también dejaban percibir que
su educación artística, si bien superaba con mucho la que acostumbraban a
recibir los de su rango, permanecía sin embargo demasiado superficial como para
sospechar la profundidad de la que el verdadero artista hace surgir su arte, y
cómo se enciende en él la chispa divina del afán hacia la verdad. Mis
disensiones, mis puntos de vista, los tomaba como pruebas de mi diletantismo,
que, como era usual, no quedaba iluminado por las intenciones prácticas y
reales. Me adoctrinó sobre las verdaderas tendencias de la pintura y de la
música, sobre las reglas que deben regir en un cuadro, en la ópera. Me informó
sobre colorido, vestuario, agrupaciones piramidales, sobre música seria y
cómica, sobre escenas para la prima donna, sobre coros, efectos, claroscuro,
iluminación, etc. Escuché todo sin interrumpirle, ya que parecía tener placer
en la conversación. Finalmente terminó su discurso con la inesperada pregunta:
—¿Jugáis al faro?
Le respondí que no.
—Es un juego espléndido
—continuó—; en su enorme simpleza constituye en verdad un auténtico juego para
hombres inteligentes. Hace que el que interviene salga de sí mismo o, mejor
dicho, el participante se coloca en un punto de vista desde el que se pueden
contemplar las extrañas conexiones y los inesperados enlaces que el poder
secreto, al que llamamos azar, teje con hilos invisibles. Ganancia y pérdida
son los resortes gracias a los cuales se mueve la misteriosa máquina que
nosotros ponemos en marcha, y que sólo el espíritu que vive en su interior hace
que siga funcionando según su propio arbitrio. Debéis aprender el juego, yo
mismo seré
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vuestro maestro.
Le aseguré que hasta ahora jamás
había sentido interés por ningún juego, y que me habían advertido que es
extremadamente peligroso y corruptor. El príncipe sonrió y, mirándome fijamente
con sus ojos claros y vivos, continuó:
—¡Vaya! Eso sólo lo pueden
afirmar almas cándidas. Al final me vais a considerar un jugador que os quiere
hacer caer en la red. Yo soy el Príncipe Soberano. Si os gusta la ciudad,
permaneced aquí y visitad mi círculo, en el que a veces jugamos al faro, que
por ahora no ha trastornado a nadie; aunque el juego debe poseer algún
componente de importancia para llegar a resultar interesante, pues el azar se
muestra perezoso cuando sólo se le ofrecen banalidades.
Dispuesto ya a abandonar mi
compañía, se volvió todavía un momento para preguntarme:
—¿Con quién he tenido el gusto de
hablar?
Le contesté que me llamaba
Leonardo, y que era un erudito que vivía de las rentas; que de ninguna manera
pertenecía a la nobleza, y que por ello quizá no podría hacer uso de su
graciosa invitación para aparecer en su círculo de la Corte.
—¡Qué nobleza, qué nobleza!…
—repuso el príncipe con vehemencia—. Vos sois, como me he podido convencer por
mí mismo, un hombre instruido e inteligente. La ciencia os ennoblece y os
capacita para aparecer en mi entorno.
¡Adiós, señor Leonardo! ¡Hasta la
vista!
Así quedó cumplido mi deseo,
mucho más pronto y más fácil de lo que había pensado. Por primera vez en mi
vida iba a aparecer en una Corte, incluso, en cierta manera, viviría en la
Corte, lo que hizo que se me pasaran por la cabeza todas las aventuras de intrigas,
enredos y conjuras leídas en mil historias como las que maquinan escritores de
novelas ingeniosas o de comedias. Según los argumentos que dominan en estos
géneros de la literatura, el príncipe regente tenía que estar rodeado de
facinerosos de toda condición; especialmente el mayordomo mayor debía ser un
hombre vanidoso, sin gusto y orgulloso de sus antepasados; el primer ministro,
un malvado intrigante y avaricioso; los ayudas de cámara, por otro lado,
hombres laxos de costumbres y seductores de jovencitas. En cada semblante se
marcan gestos artificiales de amistad, pero en el corazón anidan la mentira y
la traición. Todos se derriten en cordialidad, en delicadeza; se inclinan, se
humillan, pero en realidad son enemigos irreconciliables. Se intenta con
astucia poner la zancadilla al otro, de tal manera que caiga sin posibilidad de
salvación para ocupar su lugar, hasta que el que empleó semejante argucia cae a
su vez víctima de su propia táctica. Las damas de la Corte serían feas,
orgullosas, intrigantes, enamoradas de sí mismas; colocarían trampas y redes,
de las cuales habría que protegerse como del fuego. Ésta era la idea de la
Corte que había arraigado en mi alma, cuando leía tanto sobre ello en el
seminario. Me parecía como si el demonio pudiera llevar a cabo en estos lugares
su juego sin estorbos de ninguna clase. A pesar de que Leonardo me había
contado cosas de las cortes en las que había estado que no querían adaptarse a
mis ideas
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preconcebidas, me quedó una
cierta timidez ante la vida cortesana que, ahora que estaba en condiciones de
visitar una Corte real, afloró y me causó cierto desasosiego. No obstante, el
deseo de ver a la Soberana y una voz interior que me decía constantemente y con
palabras oscuras que aquí se decidiría mi destino, me impulsaban
irresistiblemente a continuar con mi propósito. A la hora fijada me encontré,
no sin ansiedad, en la antesala del palacio.
Mi prolongada estancia en una
ciudad comercial como la de donde venía había servido para desterrar del todo
lo desmañado, rígido y torpe de mi comportamiento que todavía perduraba de mi
vida monacal. Mi cuerpo, por naturaleza ágil y bien formado, se había
acostumbrado fácilmente al movimiento libre y desenvuelto, propio de un hombre
de mundo. La palidez, que también altera los bellos rostros de los monjes
jóvenes, había desaparecido de mi semblante. Me encontraba en los años de
plenitud física. La fuerza enrojecía mis mejillas y relampagueaba en mis ojos.
Mis rizos castaño oscuros escondían lo que quedaba de la tonsura. Por
añadidura, llevaba un traje elegante y fino, de color negro, a la última moda,
que había traído de la ciudad comercial. Mi aparición no podía, por
consiguiente, dejar de crear una impresión agradable entre los reunidos, como
su conducta deferente dejó traslucir, y que, manteniéndose en los límites de la
cortesía más exquisita, no resultó impertinente. De acuerdo con mi teoría del
príncipe inspirada por novelas y comedias, cuando el príncipe regente me habló
en el parque y pronunció las palabras «yo soy el Soberano», tendría que haberse
desabrochado rápidamente el gabán y haber hecho brillar ante mi persona una
gran estrella. Siguiendo la misma teoría, todos los señores que rodeaban al
Soberano tendrían que lucir levitas bordadas y peinados enhiestos. Me quedé
asombrado cuando comprobé que sólo había trajes sencillos pero con gusto. Me di
cuenta de que mi idea de la vida cortesana sólo correspondía a un prejuicio
infantil, por lo que perdí mi timidez. El Soberano, que se acercó a mí, terminó
de animarme con las palabras:
—¡Mirad, aquí llega el señor
Leonardo! —y bromeó sobre mi severa mirada artística, que había pasado revista
a su parque.
Las puertas se abrieron, y la
Soberana entró en la sala, acompañada sólo por dos damas. ¡Cómo temblé ante su
presencia, cómo con el brillo de las luces se parecía más que nunca a mi
madrina! Las damas de la Corte la rodeaban. Me presentaron y me miró con
asombro, que un ligero movimiento traicionó. Susurró unas palabras, que no
comprendí, y se volvió hacia una dama de edad avanzada que le dijo algo en voz
baja, sobre lo que se intranquilizó, mirándome a continuación fijamente. Todo
ocurrió en un momento. Entonces se formaron grupos pequeños y grandes,
comenzaron conversaciones animadas, dominando un tono natural y libre, aunque
no se podía olvidar que se estaba en la Corte y en presencia del Soberano. Este
hecho, sin embargo, no oprimía la atmósfera en absoluto. No encontré ninguna
figura que
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hubiera podido coincidir con la
imagen de la Corte que había tenido con anterioridad en la mente. El mayordomo
mayor era un anciano alegre y despierto; los ayudas de cámara, animados jóvenes
que no parecían precisamente traerse ninguna perfidia entre manos. Las dos
damas parecían hermanas; eran muy jóvenes e insignificantes, por suerte
arregladas con corrección y sin pretensiones. Un hombre pequeño, de nariz
respingona, ojos brillantes y vivos, vestido de negro y la larga daga de acero
en el costado, encendía por todas partes una extraordinaria animación, ya fuera
yendo con extremada rapidez de un sitio a otro, sin permanecer mucho tiempo en
cada grupo y sin dejar a nadie decir palabra, ya contando chispeante cientos de
chistes y ocurrencias sarcásticas. Se trataba del médico personal del Soberano.
La dama de edad, con la que había hablado la Soberana, había sabido aislarme de
manera tan hábil que, antes de que me hubiera podido percatar, me encontraba
con ella a solas junto a la ventana. Entabló rápidamente una conversación
conmigo que, aunque comenzó de manera astuta, no pudo dejar de traicionar su
única meta: informarse sobre las circunstancias de mi vida. Estaba preparado
para algo semejante y, convencido de que en estos casos la historia más simple
y sencilla es la menos dañina y peligrosa, me limité a decirle que había
estudiado teología, pero que ahora, después de recibir una rica herencia tras
la muerte de mi padre, viajaba por placer. Mi lugar de nacimiento lo trasladé a
la zona polaca ocupada por Prusia, pronunciando un nombre tan bárbaro,
perjudicial para los dientes y la lengua, que herí el oído de la dama y le
quité las ganas de seguir preguntando.
—Ay, señor —dijo la dama de
edad—, poseéis un rostro que aquí podría despertar ciertos tristes recuerdos, y
sois quizá más de lo que queréis aparentar, pues vuestra distinción no
corresponde en absoluto a la de un estudiante de teología.
Después de que sirvieran algunos
refrescos, nos acercamos a la sala donde la mesa del faro ya estaba preparada.
El mayordomo mayor hacía de banquero. Según me dijeron, estaba de tal manera
conchabado con el Soberano que se quedaba con todas las ganancias, pero que el
Soberano le resarcía de las pérdidas en caso de que debilitasen la banca. Los
señores se reunieron alrededor de la mesa, excluido el médico, que nunca jugaba
y permanecía por tanto con las damas, que tampoco tomaban parte en el juego. El
Soberano me llamó. Tenía que permanecer a su lado. Después de haberme explicado
en pocas palabras la mecánica del juego, escogió mis cartas. El Soberano
perdía, y seguí sus instrucciones con tanta precisión que yo también me
encontré con pérdidas significativas, ya que un luis de oro era la apuesta
mínima. Mi saldo estaba bastante afectado, y empecé a pensar qué pasaría si
perdía el último luis de oro, por lo que consideré el juego, que podía
empobrecerme de buenas a primeras, una fatalidad. Comenzó una nueva partida, y
pedí al Soberano que me dejase jugar a mi aire, ya que parecía como si yo, como
perdedor consumado, le trajera mala suerte. El príncipe regente opinó sonriendo
que quizá habría podido recuperar lo perdido si hubiera seguido el consejo de
un jugador experimentado, pero que ahora quería ver cómo me comportaba, ya que
tanta confianza mostraba en mí
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mismo. Tomé una de mis cartas sin
verla, era una dama. Sonará ridículo decirlo, pero en el rostro pálido e inerte
de la carta creí reconocer los rasgos de Aurelia. Miré fijamente la carta,
apenas podía ocultar mi desasosiego. La llamada del banquero, preguntando si el
juego podía continuar, me despertó del embelesamiento. Sin pensar, saqué del
bolsillo los últimos cinco luises que me quedaban y los aposté por la dama.
Ganó; entonces seguí apostando una y otra vez a la dama, y cada vez una
cantidad mayor, de tal manera que las ganancias aumentaban. Cada vez que sacaba
la dama, gritaban los jugadores:
—¡No, es imposible, ahora tiene
que ser la dama infiel! —pero las cartas del resto de los jugadores caían boca
abajo.
—Esto es milagroso, algo inaudito
—resonaba por todas partes, mientras yo, tranquilo y encerrado en mí mismo, con
mi pensamiento en Aurelia, apenas prestaba atención al oro que el banquero no
dejaba de acumular ante mí.
En resumen, en las últimas cuatro
partidas había ganado la dama, y yo tenía los bolsillos llenos de oro. La
suerte con la dama me había procurado dos mil luises de oro y, aunque libre de
perplejidad, no pude evitar que me invadiera un sentimiento fatídico. Encontré
de modo maravilloso un vínculo secreto entre el disparo al azar que abatió la
pieza y mi suerte en el juego. Me resultó claro que no yo, sino el poder
extraño que había penetrado en mi interior, era el que realmente realizaba
todas estas empresas extraordinarias, y que mi persona sólo era un instrumento
del que se servía aquel poder con un fin desconocido para mí. El conocimiento
de esta disensión, que dividía mi interior de manera hostil, me otorgaba sin
embargo consuelo al anunciarme el paulatino resurgir de mi propia fuerza que,
creciendo en intensidad, podría hacer frente y luchar contra el Enemigo. El
eterno reflejo de la imagen de Aurelia no podía ser otra cosa que una impía
seducción para comenzar de nuevo el camino del mal, y precisamente esta
perversa utilización de su piadosa y amada imagen me llenaba de horror y
desprecio.
En un estado de ánimo sombrío,
paseaba por la mañana por el parque cuando el
Soberano, que también
acostumbraba a pasear a aquella hora, salió a mi encuentro:
—Bien, señor Leonardo —dijo—,
¿qué opináis del juego del faro? ¿Qué decís del humor del azar, que os dispensó
un comienzo extravagante y os arrojó oro? Afortunadamente disteis con la «carte
favorite», pero no debéis confiar siempre tan ciegamente en la «carte
favorite».
Se extendió prolijo sobre el
concepto de «carte favorite», me explicó las reglas más ingeniosas de cómo se
podía dominar el azar en los juegos de cartas, y concluyó diciendo que ahora yo
perseguiría mi suerte en el juego con mucho más ahínco. Le aseguré francamente,
por el contrario, que mi intención más firme era no volver a tocar una carta en
toda mi vida. El Soberano me miró maravillado.
—Precisamente mi suerte de ayer
—continué— me ha ayudado a tomar esta
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decisión, pues todo lo que había
oído de la peligrosidad e influencia funesta de este juego ha quedado
confirmado. Para mí hay algo horrible en el hecho de que, al tomar ciegamente
una carta cualquiera, se despertase en mí un recuerdo doloroso y desgarrador.
Fui manipulado por un poder desconocido que me dio suerte y me arrojó el dinero
como si proviniese de mi interior, como si, pensando en aquel ser que aparecía
en la carta inerte con colores brillantes, pudiera dominar al azar, descifrando
sus secretos.
—Os comprendo —me interrumpió el
Soberano—, amasteis sin fortuna, y la carta reflejó en vuestra alma la imagen
de la amada, aunque eso, si me lo permitís, me suena algo cómico, sobre todo al
imaginarme el rostro amplio, pálido y extraño de la dama de corazones que cayó
en vuestras manos. Pero vos pensasteis en vuestra amada, que os fue quizá más
fiel y bienhechora en el juego que en la vida real. Lo que pueda haber en ello
de horrible y espantoso, no lo entiendo en absoluto, más bien creo que os debe
alegrar que la suerte os acompañara. Por supuesto, si os parece siniestra la
ominosa conexión del juego de azar con vuestra amada, no es el juego el que
tiene la culpa, sino vuestro estado de ánimo.
—Puede ser, honorable señor
—respondí—, pero encuentro demasiado real que no sea sólo el peligro de entrar
en una situación penosa por pérdidas significativas lo que hace corruptor al
juego, sino más bien la audacia. En guerra abierta sucede lo mismo, pues hay
que habérselas con el poder secreto que surge brillante de la oscuridad y nos
seduce con imágenes engañosas hasta un lugar en el que nos toma y destroza con
escarnio. Precisamente la lucha contra ese poder parece ser la aventura más
atrayente que al hombre, confiando con candidez en sus fuerzas, le gusta
emprender, y que, una vez comenzada, la continúa, incluso esperando la victoria
en lucha mortal, sin poder abandonarla jamás. De aquí proviene, según mi
parecer, la pasión demencial por el juego del faro y la depravación del
espíritu que la simple pérdida de dinero no es capaz de provocar por sí sola.
Pero considerado desde un aspecto secundario, las pérdidas también pueden crear
miles de problemas, incluso el hundimiento en la pobreza, en un jugador ocasional
en el que todavía no se ha introducido ese principio hostil, ya que él juega
abandonado a las circunstancias. Puedo reconocer, honorable señor, que ayer
estuve a punto de perder todo mi dinero de viaje.
—Eso lo habría advertido
—intervino con rapidez el Soberano— y os habría cubierto las pérdidas, incluso
os habría devuelto el triple de lo perdido, pues no quiero que nadie se arruine
por causa de mi placer. En mi casa eso no puede suceder, porque conozco a mis
jugadores y no los pierdo de vista.
—Pero precisamente esa limitación
—repliqué—, suprime la libertad del juego y coloca barreras a aquellas
peculiares conexiones del azar, cuya consideración, honorable señor, os hace el
juego tan interesante. ¿Creéis vos que uno u otro de los que han sido poseídos
irresistiblemente por la pasión del juego no encontrará, para su perdición,
medios para escapar de vuestra vigilancia y cometer un error que le
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pierda? ¡Disculpad mi franqueza,
honorable señor! Creo, además, que toda limitación de la libertad, aunque se
hubiese hecho un uso impropio de la misma, le resulta al ser humano en el acto
insoportable y opresiva.
—Parece que estáis una vez más en
desacuerdo conmigo, señor Leonardo — adujo el Soberano, y se alejó rápidamente,
dirigiéndome un ligero adiós.
Apenas comprendía cómo podía
haber manifestado mi opinión tan abiertamente. Nunca había meditado lo
suficiente sobre el juego, al margen de que en la ciudad había sido espectador
de importantes partidas, para ordenar mis pensamientos con la convicción con la
que involuntariamente habían salido de mis labios. Lamenté haber perdido el
favor del Soberano y el derecho a aparecer en el círculo de la Corte, así como
la oportunidad de conocer mejor a la Soberana. Sin embargo, me había
equivocado, pues aquella misma noche recibí una invitación para un concierto en
la Corte, y el príncipe me dijo con simpatía al pasar:
—Buenas noches, señor Leonardo,
quiera el Cielo que hoy mi orquesta alcance honra y mi música os agrade más que
mi parque.
La orquesta interpretó las
distintas obras de manera bastante satisfactoria. La ejecución fue precisa,
pero la elección de las piezas me pareció desafortunada, ya que una destruía el
efecto de la otra. Especialmente una de ellas, bastante larga, que parecía
compuesta según una fórmula determinada, me aburrió sobremanera. Me guardé
mucho de expresar mi verdadera opinión, y fui afortunado por ello, ya que a
continuación me dijeron que precisamente la larga composición era del Soberano.
Sin darme cuenta, me encontré en
el círculo más íntimo de la Corte, y estaba dispuesto a participar en el juego
del faro para reconciliarme del todo con el Soberano, pero quedé asombrado al
no ver la banca preparada para el juego. En realidad se habían cambiado algunas
mesas de sitio, comenzando los presentes, sentados alrededor del Soberano, una
conversación animada e inteligente. Uno u otro encontraba algo divertido que
contar, incluso no se desdeñaron anécdotas bastante incisivas. Mi talento
oratorio me ayudó, y supe narrar de manera atractiva acontecimientos de mi
propia vida, ocultos con el velo de la poesía romántica. De este modo pude
ganar la atención y el aplauso del círculo. El Soberano gustaba más, sin
embargo, de lo humorístico, y aquí nadie superaba a su médico de cabecera, que
con sus miles de ocurrencias burlescas y juegos de palabras parecía inagotable.
Esta forma de conversar
experimentó una ampliación temática, ya que siempre había alguien que había
escrito algo que quería leer en sociedad. De esta manera todo adquirió el
aspecto de un círculo estético literario bien organizado, presidido por el
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Soberano, y en el que los
participantes abordaban la materia que creían más prometedora. Una vez nos
sorprendió un erudito, un físico profundo y acertado, con nuevos e interesantes
descubrimientos en el ámbito de su ciencia. Su conferencia gustó mucho a los
que tenían conocimientos científicos suficientes como para entender sus
palabras, pero aburrió solemnemente al grupo, al que todo le era desconocido y
ajeno. El propio Soberano no parecía encontrarse especialmente cómodo en ese
campo y esperaba el final con impaciencia. El profesor terminó, y el médico de
cabecera, especialmente entusiasmado, prorrumpió en alabanzas y palabras de
admiración, mientras añadía que a la profunda ciencia debía seguir algo que
animase el espíritu y cuya aspiración no fuese más allá de esta meta. Los
débiles, a los que había humillado la compleja ciencia, se consolaron, e
incluso se dibujó una sonrisa en el semblante del Soberano que demostraba lo
bien que le sentaba el regreso a la vida normal.
—Ya sabéis, honorable señor —se
alzó el médico, volviéndose hacia el Soberano —, que durante mis viajes jamás
he dejado de incluir fielmente en mi Diario todos los acontecimientos
divertidos que me han sucedido, tal y como se presentan en la vida, pero especialmente
los más extravagantes y cómicos. Precisamente de este Diario voy a contar algo
que, sin ser especialmente significativo, me parece bastante divertido. En el
viaje que emprendí el año pasado llegué bastante tarde en la noche a un bello
pueblo, situado a cuatro horas de B. Decidí alojarme en una posada, en la que
el vivaz dueño me recibió con gran amabilidad. Cansado, destrozado por el largo
viaje, me metí inmediatamente en la cama para poder descansar lo suficiente.
Pero debía de ser la una, cuando me despertó una flauta que alguien tocaba en
la habitación vecina. Nunca en mi vida había oído tocar de aquella manera.
Aquel hombre tenía que tener unos pulmones enormes, pues con un tono penetrante
y estridente, que destruía del todo el carácter del instrumento, tocaba siempre
el mismo pasaje con reiteración, de manera que creaba sonidos de lo más
desagradable y absurdo que pensarse pueda. Insulté y maldije al condenado loco
que me robaba el sueño y me destrozaba los oídos, pero el pasaje se repetía con
la monotonía de la maquinaria de un reloj al que se le ha dado cuerda, hasta
que finalmente escuché un golpe sordo, como si hubieran arrojado algo contra la
pared. Entonces todo quedó tranquilo y pude seguir durmiendo plácidamente.
»A la mañana siguiente escuché
una fuerte disputa en el piso inferior de la casa. Distinguí la voz del
posadero y la de un hombre que gritaba sin parar: “¡Maldita sea vuestra casa!
¡Ojalá no hubiera pasado del umbral de la puerta! ¡El demonio me ha traído
hasta esta posada, en la que ni se puede beber ni comer! ¡Todo es infame, malo
y endiabladamente caro! ¡Aquí tenéis vuestro dinero! ¡Adiós, no me volveréis a
ver más en vuestro maldito figón!”. Dicho esto, un hombre bajo, escuálido, con
una casaca marrón café y una peluca esférica de color rojo subido, sobre la que
llevaba un sombrero gris ladeado y marcial, salió rápidamente de la casa y se
dirigió al establo, del que le vi salir al poco rato cabalgando pesadamente
hacia la Corte sobre un
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jamelgo bastante entumecido.
»Naturalmente le tomé por un
forastero que se había disgustado con el posadero y que ahora partía hacia su
destino. Precisamente por ello me quedé maravillado cuando al mediodía, ya que
todavía me encontraba en la posada, vi entrar a la misma extraña figura con la
casaca marrón café y la peluca color rojo subido que había emprendido viaje por
la mañana, y que ahora, sin embargo, tomaba asiento sin ceremonias a la mesa
puesta. Era el semblante más feo y cómico con el que me he topado en mi vida.
En todo el ser de aquel hombre había algo tan chistosamente serio que al
contemplarle apenas podía aguantar la risa. Comimos el uno al lado del otro, y
sostuve una parca conversación con el posadero, sin que el forastero, que
propiamente devoraba, quisiera tomar parte en ella. A todas luces fue malicia
del posadero, según deduje después, que desviara la conversación hábilmente
hacia las distintas peculiaridades nacionales, y me preguntara con intención si
ya había conocido a irlandeses y si sabía alguno de sus bulls o chistes. “¡Por
supuesto!”, repliqué, mientras pasaban por mi cabeza una buena hilera de esos
bulls. Le hablé de aquel irlandés que a la pregunta de por qué llevaba la media
al revés, respondió ingenuo: “¡En la parte derecha tengo un agujero!”. Me
acordé también de aquel espléndido bull sobre un irlandés que tuvo que dormir
junto a un iracundo escocés y que había sacado el pie desnudo fuera de la
manta. Un inglés, que también se hallaba en la habitación, se percató de la
circunstancia y abrochó al vuelo la espuela, que había tomado de su bota, al
dedo del irlandés. Éste volvió a meter el pie dentro de la manta y, todavía
dormido, arañó al escocés, que, como consecuencia de ello, se despertó y le
propinó al irlandés una sonora bofetada. A continuación tuvo lugar la siguiente
conversación ingeniosa: “¿Qué diablos te pasa? ¿Por qué me golpeas?”. “¡Porque
me has arañado con las espuelas!”. “Pero ¿cómo es posible, si estoy en la cama
con los pies desnudos?”. “Pues así es, y si no lo crees, mira”. “¡Que el Señor
me condene, es verdad! El maldito criado me ha quitado las botas y me ha dejado
puestas las espuelas”.
»El posadero rompió en una
carcajada exagerada, pero el forastero, que ya había acabado de comer y se
había bebido una gran jarra de cerveza, me contempló con seriedad y dijo:
“Tenéis razón, los irlandeses dicen a menudo semejantes tonterías, pero el problema
no estriba en el carácter del pueblo, que es activo e inteligente, sino en que
allí sopla un viento maldito que facilita el contagio de esas excentricidades
como si se tratara de la gripe, pues, señor mío, yo mismo soy inglés, aunque
nacido y educado en Irlanda, y por tanto también víctima de la condenada
enfermedad de los bulls”.
»El posadero rió todavía más
fuerte, y yo no pude más que acompañarle involuntariamente, ya que era bastante
gracioso que el irlandés, al hablar sobre los bulls, diera una de las mejores
muestras de ellos. El forastero, muy lejos de sentirse ofendido por nuestras
risas, abrió súbitamente los ojos, puso el dedo en la nariz y dijo: “Los
irlandeses son en Inglaterra la especia más fuerte que se ha añadido a la
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sociedad para hacerla más
sabrosa. Yo mismo soy bastante parecido a Falstaff, ya que no sólo soy a menudo
gracioso, sino que despierto la gracia en los demás, lo que en estos tiempos
tan prosaicos no deja de ser una buena virtud. ¿Creeríais vos que en semejante
alma de posadero cervecero, vacía y de cuero, logra animarse algo por mi causa?
Pero este posadero es un buen posadero, él no echa mano a su escaso capital de
buenas ocurrencias, sino que toma prestada alguna aquí y allá, con elevados
intereses, de la sociedad de los ricos. Si no está seguro de los intereses,
como ahora, sí lo estará de la encuadernación del libro principal, que es su
risa exagerada, pues en esta risa va envuelta su gracia. ¡Queden con Dios,
señores!”.
»Terminado su pequeño discurso,
el original hombrecillo se dirigió hacia la puerta, y le solicité al hostelero
que me informara enseguida sobre él. “Este irlandés —dijo el posadero—, que se
llama Ewson y que por esta causa quiere hacerse pasar por inglés, ya que su
árbol genealógico tiene raíces en Inglaterra, está aquí desde hace poco tiempo,
hará ahora veintidós años. Compré esta posada cuando era joven y celebrábamos
mi matrimonio, cuando el señor Ewson, que también era joven, pero que ya
entonces llevaba su peluca color rojo subido, un sombrero gris y la casaca
marrón café del mismo corte que la que lucía ahora, pasó por aquí en camino
hacia su tierra y, seducido por la música de baile que sonaba alegremente,
decidió quedarse. Juró que sólo se entiende de bailes en los barcos, donde él
había aprendido desde su niñez, sacando para demostrarlo una corneta, que tocó
entre dientes de manera horrible. En uno de sus brincos se retorció el pie de
tal manera que tuvo que quedarse aquí para curarse. Desde entonces no ha vuelto
a abandonarme. Con sus peculiaridades encuentro resarcimiento. Todos los días,
desde hace muchos años, anda conmigo a la greña. Se queja de la forma de vida,
me reprocha que le subo los precios, que no puede vivir por más tiempo sin
roastbeef y porter, prepara sus alforjas, se coloca sus tres pelucas una encima
de otra, se despide de mí y monta en su viejo jamelgo. Pero es sólo para dar un
pequeño paseo a caballo. Al mediodía regresa por la otra puerta de la ciudad,
se sienta, como hoy habéis comprobado, tranquilamente a la mesa y engulle por
tres la bazofia que le sirvo. Todos los años sufre una extraña transformación;
entonces se despide de mí con tristeza, me llama su mejor amigo y derrama
abundantes lágrimas, por lo que a mí también se me escapan las lágrimas, pero
de resistir el ataque de risa. Después de que, sintiéndose entre la vida y la
muerte, ha redactado su última voluntad y, según dice, ha dejado a mi hija
mayor todo su patrimonio, sale cabalgando lentamente de la ciudad completamente
abatido. El tercer, o como mucho el cuarto día, ya se encuentra sin embargo
aquí de nuevo y trae dos casacas marrón café, tres pelucas color rojo subido a
cual más brillante, seis camisas, un sombrero gris nuevo y otros accesorios
para su traje. A mi hija mayor, su preferida, le trae un cucurucho de dulces
como si fuese una niña, aunque ya sobrepasa los dieciocho años de edad.
Entonces ya no vuelve a pensar ni en su estancia en la ciudad ni en el regreso
a casa. Salda su cuenta todas las noches, y el dinero del desayuno me lo arroja
iracundo todas las mañanas, cuando se va para no
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regresar nunca más. Salvo estas
peculiaridades, es la persona más bondadosa del mundo: hace regalos a mis hijos
cada vez que encuentra oportunidad y participa en obras de beneficencia para
los pobres del pueblo. Al único que no puede tolerar es al predicador, porque,
según pudo saber el señor Ewson a través del maestro, había retirado una pieza
de oro que Ewson había echado en el cepillo de las limosnas y, en su lugar,
había introducido muchos céntimos de cobre. Desde aquel momento le evita por
completo y no ha vuelto a ir a la iglesia, por lo que el predicador le tilda de
ateo. Como le he dicho, a menudo abusa de mi paciencia y amistad, ya que es
irascible y sufre de ataques de locura. Precisamente ayer por la noche, cuando
llegaba a casa, oí desde la lejanía un fuerte griterío, distinguiendo la voz de
Ewson. Al entrar en casa, le encontré en plena regañina con la sirvienta. Como
ocurre siempre que entra en cólera, había arrojado su peluca, así que
permanecía ante la sirvienta con la cabeza calva, sin casaca y en mangas de
camisa, sosteniendo un gran libro bajo las narices de la mujer, gritando y
maldiciendo mientras indicaba algo con el dedo. La sirvienta apoyaba con fuerza
sus manos en las caderas y gritaba que buscara a otra para sus grescas, que era
un hombre malo que no creía en nada, etc. Con esfuerzo logré separar a los
contendientes y llegar al fondo del asunto. El señor Ewson había reclamado que
la sirvienta le procurase una oblea para sellar una carta. La sirvienta no le
entendió en un principio, pero luego cayó y supuso que se trataba de la oblea
que se utiliza para la Sagrada Comunión, creyendo entonces que el señor Ewson
quería cometer una bufonada impía con la Sagrada Forma, ya que el Padre le
había dicho sin más que era un ateo. Ella se opuso por esta razón, y el señor
Ewson, que creía no haber hablado correctamente y por consiguiente que no le
habían entendido, fue a coger de inmediato un diccionario inglés-alemán para
demostrarle a la sirvienta, que por cierto no sabe leer una palabra, lo que quería.
Por último empezó a hablar sólo en inglés, lo que la sirvienta interpretó como
el ininteligible parloteo del diablo. Sólo mi intermediación pudo evitar que
llegaran a las manos, situación en la que el señor Ewson tal vez se hubiera
llevado la peor parte”.
»Interrumpí al posadero en su
narración acerca de aquel hombre tan gracioso, para preguntarle si quizá
también el señor Ewson había sido el que me había molestado y enfurecido la
noche anterior con su horrible música de flauta. “¡Ah!, señor —continuó el posadero—,
ésa es una de las peculiaridades del señor Ewson con la que casi ahuyenta a mis
huéspedes. Hace tres años vino mi hijo de la ciudad. El joven toca una
espléndida flauta y ensayaba diligentemente con su instrumento durante horas.
Entonces se acordó el señor Ewson de que antaño también él había tocado la
flauta, y no paró hasta que le compró a mi Fritz por una considerable suma de
dinero su flauta y una partitura que también había traído consigo. El señor
Ewson, que carece por completo de oído y de tacto para la música, comenzó a
tocar de la partitura con gran celo. Sin embargo, no pudo llegar más allá del
segundo solo del primer allegro. Aquí topó con un pasaje que no era capaz de
ejecutar, y precisamente es este pasaje el que desde hace tres años se dedica a
repetir casi cien veces al día,
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hasta que lleno de cólera arroja
contra la pared primero la flauta y luego la peluca. Como semejante trato lo
resisten sólo pocas flautas, necesita a menudo nuevas, por lo que suele tener
en su poder entre tres y cuatro. Si se rompe un tornillo o queda dañada una
llave, arroja la flauta por la ventana con un “¡Dios te maldiga, sólo en
Inglaterra fabrican instrumentos que sirven para algo!”. Lo que resulta un
espanto, es que esta obsesión con la flauta le acomete a veces por la noche,
despertando a mis huéspedes del sueño más profundo. Pero ¿crearíais vos que
aquí, en la casa, se hospeda desde hace casi tanto tiempo como el señor Ewson
un médico inglés, llamado Green, que simpatiza con él, y que es igual de
original y posee el mismo humor extraño? Ambos están continuamente a la greña
y, sin embargo, no pueden vivir el uno sin el otro. Recuerdo ahora que el señor
Ewson ha pedido un ponche para esta noche, ya que ha invitado al doctor Green y
al alcalde. Si desea permanecer el señor hasta mañana temprano, podría ser
testigo esta noche en mi casa del trébol más cómico que pueda encontrarse”.
»Podéis imaginaros, honorable
señor, que no tuve inconveniente en posponer mi viaje, pues tenía la esperanza
de ver al señor Ewson en plena forma. Entró ya anochecido en la habitación y
fue tan cortés de invitarme al ponche, mientras añadía cuánto sentía tener que
servirme el brebaje tan indigno que aquí se denomina ponche. Sólo en Inglaterra
se bebía ponche, y como volvería en corto tiempo, tenía la esperanza de que yo
alguna vez visitara Inglaterra para demostrarme cómo se prepara la exquisita
bebida. Ya sabía lo que tenía que pensar. Poco tiempo después entraron los
invitados. El alcalde era un hombrecillo redondo, extremadamente amigable, con
ojos satisfechos, chispeantes y una naricilla roja. El doctor Green era un
hombre robusto de mediana edad, con llamativo rostro nacional, vestido a la
última moda, aunque con descuido. Llevaba anteojos y sombrero. «¡Traedme
champaña, que mis ojos se pongan rojos! —gritó patético mientras avanzaba hacia
el posadero y le daba un fuerte abrazo—. ¡Granuja, Cambises[16], habla! ¿Dónde
están las princesas? ¡Huele a café y no al elixir de los dioses!». «¡Déjame, oh
héroe, retira tu fuerte puño, me estás destrozando las costillas con tu
furia!», gritó el posadero jadeante. «¡No te dejaré, cobarde debilucho
—continuó el doctor—, antes de que el dulce humo del ponche ofusque nuestros
sentidos y cosquillee nuestras narices, ya lo sabes, indigno posadero!».
Entonces Ewson cargó con furia contra el doctor: «¡Despreciable Green, lo verás
todo verde, gimotearás apesadumbrado, si no abandonas tan vergonzoso acto!».
Ahora, pensé, se desencadenará un tumulto y acabarán peleándose, pero el doctor
dijo: «¡Así me tranquilizaré, burlándome de la cobarde impotencia, y esperaré
al elixir de los dioses que has preparado, digno Ewson!». Dejó libre al
posadero, que salió corriendo y se sentó a la mesa con el gesto de un Catón.
Tomó la pipa llena de tabaco y exhaló grandes nubes de humo. «¿No os parece
como si estuviéramos en el teatro?», me comentó el amigable alcalde. «Desde que
el doctor, que nunca ha
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tomado otro libro alemán en las
manos, encontró casualmente en mi casa las obras de Shakespeare traducidas por
Schlegel, no deja de interpretar, según su expresión, antiguas y conocidas
melodías con un instrumento ajeno. Habréis notado que hasta el posadero habla
con ritmo; el doctor le ha, por decirlo así, 'yambizado'.» El posadero trajo la
fuente con el ponche humeante y, a pesar de que Ewson y Green juraron que era
imbebible, no dejaron de vaciar en sus gaznates un gran vaso tras otro de la
denostada bebida. Mantuvimos una razonable conversación. Green permaneció parco
en palabras, sólo de vez en cuando expresaba su opinión de manera extraña y
para llevar la contraria. El alcalde habló, por ejemplo, del teatro de la
ciudad. Aseguré que el primer actor era excelente. «Yo no lo encuentro así
—intervino el doctor casi al mismo tiempo—. ¿No creéis que si el hombre hubiese
actuado seis veces mejor, hubiera sido más digno de aplauso?». Tuve que
reconocerlo a la fuerza y añadí solamente que este interpretar seis veces mejor
le hacía falta al actor, que tan lastimosamente interpretaba a los padres
cariñosos. «¡Yo no lo encuentro así —repitió Green—, el hombre da todo lo que
tiene! ¿Puede acaso evitar tender a lo malo? ¡Ha logrado una gloriosa
perfección dentro de lo malo, por ello se le debe alabar!».
»El alcalde estaba sentado, con
su talento para suscitar todo tipo de locas ocurrencias y opiniones, en medio
de los dos, como el principio de sugestión. Así continuó la conversación hasta
que el fuerte ponche empezó a hacer efecto. Entonces Ewson sufrió un ataque de
buen humor turbulento: graznó canciones nacionales, arrojó casaca y peluca por
la ventana y comenzó a danzar de manera tan burlesca y con muecas tan extrañas
que cualquiera podría haberse revolcado de risa. El doctor permaneció serio,
aunque experimentaba las más extrañas visiones. Tomó la fuente del ponche por
un violín y quería a toda costa tocarlo y acompañar a Ewson con la cuchara, de
lo que sólo le pudieron apartar las firmes protestas del posadero. El alcalde
se había vuelto cada vez más silencioso, al final trastabilló en una de las
esquinas de la habitación, donde se sentó y comenzó a llorar. Comprendí la
señal del posadero y pregunté al alcalde por el motivo de su profundo dolor.
“¡Ay! ¡Ay! — sollozó—, el príncipe Eugenio fue un general tan grande, y sin
embargo semejante héroe tuvo que morir. ¡Ay!”, volvió a llorar con tanta fuerza
que las lágrimas corrían por sus mejillas.
»Intenté consolarle en lo posible
de la pérdida del valiente príncipe del pasado siglo, pero era en vano. El
doctor Green había cogido mientras tanto una gran despabiladera y se precipitó
con ella hacia la ventana abierta. Su intención no era otra que limpiar la
luna, cuya claridad resplandecía en la habitación. Ewson saltó y gritó como si
estuviera poseído por mil demonios, hasta que el sirviente, haciendo caso omiso
de la claridad de la luna, entró en la habitación con una linterna y exclamó:
“¡Aquí estoy, caballeros, ya pueden salir!”. El doctor se plantó delante de él
y, echándole el humo a la cara, le dijo: «¡Bienvenido, amigo! ¿Eres Squenz, el
que trae la luz de la luna, el perro y la zarza[17]? ¡Te he limpiado, bribón,
por eso reluces tanto! ¡Buenas noches, creo que he bebido demasiado del
despreciable bebedizo!
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¡Buenas noches, noble posadero!
¡Buenas noches, mi Pílades[18]!».
»Ewson juró que nadie debería
irse a casa sin romperse la crisma, pero nadie le prestó atención. El sirviente
cogió al doctor por un brazo y al alcalde, que no cesaba de lamentar la pérdida
del príncipe Eugenio, por otro, y así se tambalearon por la calle hasta llegar
al Ayuntamiento. Con esfuerzo pudimos llevar al loco de Ewson hasta su
habitación, donde todavía se dedicó a alborotar con la flauta hasta altas horas
de la madrugada, de tal suerte que no pude pegar ojo. Sólo al día siguiente,
durmiendo en el coche, pude recuperarme de aquella noche loca en la posada.
La narración del médico de cámara
fue interrumpida a menudo con fuertes risas, en la medida en que esto es
posible en el círculo de una Corte. El Soberano pareció haberse divertido
bastante.
—Sólo una figura —le comentó al
médico— habéis colocado en la pintura muy en segundo plano, y es la vuestra,
pues apuesto que vuestro a veces maligno humor incitó al loco de Ewson y al
patético doctor a decir mil absurdas extravagancias, y que vos erais realmente
el principio de sugestión y no el lamentable alcalde.
—Aseguro, honorable señor
—replicó el médico—, que este club compuesto de locura tan extraña, era tan
perfecto en sí que todo lo extraño habría producido una disonancia. Para
permanecer en el símil musical, los tres hombres constituían el más puro trítono,
cada uno distinto, pero sonando armónicamente. El posadero aparecía como la
séptima.
Se continuó hablando en este
mismo tenor hasta que, como era usual, el Soberano y su familia se retiraron a
sus habitaciones y la reunión se disolvió de muy buen humor. Me adentraba
animado y dichoso a vivir en un mundo nuevo. Cuanto más entraba en contacto con
la tranquila y placentera vida en la Corte, cuanto más espacio se me otorgaba
en el que podía afirmarme con honor y reconocimiento, menos pensaba en el
pasado, así como en la posibilidad de que mis actuales circunstancias pudiesen
en algún momento modificarse. Al príncipe regente parecía agradarle
especialmente mi persona, y a través de distintas insinuaciones fugaces pude
deducir que deseaba mantenerme de uno u otro modo en su proximidad. No se podía
negar que una cierta uniformidad en la educación, incluso una cierta conducta
estereotipada en la actividad científica y artística, que se extendía desde la
Corte a toda la capital, habría terminado por disgustar en un periodo corto de
tiempo a un hombre inteligente y acostumbrado a la libertad sin condiciones.
Sin embargo, esta costumbre de someterse a las formas, que al menos regulan la
vida exterior, por muy fastidiosa que se tornase debido a las limitaciones
surgidas por la estrechez de miras que dominaba en la Corte, me resultó
positiva. Mi anterior vida monacal era sin duda la que aquí surtía efecto de
manera inadvertida. No obstante, por más que el Soberano me ensalzaba y por más
que me esforzaba por atraer la atención de la Soberana, ella permanecía fría y
cerrada. Incluso parecía como si mi presencia la perturbara de una
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manera especial, pues sólo con
esfuerzo era capaz de intercambiar conmigo algunas palabras como hacía con los
demás. Con las damas que la rodeaban tenía más éxito. Mi aspecto parecía haber
causado una buena impresión y, al moverme con asiduidad en su círculo, me fue
posible adquirir la maravillosa educación mundana, denominada galantería, que
no consiste en otra cosa que en transferir la ductilidad corporal externa,
adaptada a cualquier momento y lugar, a la conversación. Consiste por lo tanto
en el talento extraordinario de charlar sobre nada utilizando palabras
importantes, para así despertar en las mujeres un cierto placer por el que,
teniendo en cuenta la manera en que se ha originado, no tienen que reprocharse
nada a sí mismas. Que esta propia y elevada galantería no tiene nada que ver
con toscas lisonjas, se deduce de lo dicho, aunque en este tipo de conversación
interesante, que suena como un himno para el halagado, todo proviene del ser
más íntimo, de tal manera que el «sí mismo» parece surgir claro y reverberar
con satisfacción en el reflejo del propio «yo». ¿Quién habría podido reconocer
en mí al monje? El único lugar que todavía consideraba peligroso era la
iglesia, en la que me fue difícil evitar aquellos ejercicios espirituales
monacales que se distinguen por un ritmo y tiempo especiales.
El médico de cámara era el único
que no había aceptado el cuño con el que todos, como si fuesen monedas, habían
sido marcados, lo que hizo que me acercara a él. También él se sintió atraído
por mi persona, ya que, como bien sabía, yo había manifestado mi oposición y
mis opiniones sin embozo, que, además, habían penetrado en el Soberano, tan
accesible a las verdades audaces, y habían logrado proscribir el odiado juego
del faro de una vez por todas.
Así ocurrió que pasábamos mucho
tiempo juntos, ya fuese hablando de arte o de ciencias, ya sobre la vida que se
abría ante nosotros. El médico veneraba a la Soberana tanto como yo, y
aseguraba que sólo era ella la que evitaba cierta insulsez del príncipe
regente, ya que sabía disipar aquella extraña forma de aburrimiento que le
llevaba superficialmente de una a otra cosa, de tal manera que a menudo y de
forma inadvertida le ponía un juguete inocente en las manos. No dejé de
quejarme, aprovechando la oportunidad, de que la Soberana experimentara ante mi
presencia un irrefrenable malestar, sin que hubiera podido averiguar a qué se
debía. El médico se levantó enseguida y sacó, ya que nos encontrábamos en su
habitación, un pequeño retrato de su escritorio. Mientras lo ponía en mis
manos, me recomendó que lo examinara atentamente. Así lo hice y quedé asombrado
al reconocer en las facciones del retratado las mías propias. Sólo el peinado y
el traje, que había sido pintado de acuerdo a una moda ya pasada, diferían. Si
se añadían las grandes patillas, obra maestra de Belcampo, se trataba de mi
mismo retrato. Lo reconocí abiertamente ante el médico.
—Y esta similitud —dijo— es la
que asusta e intranquiliza a la Soberana tantas veces como os encontráis en su
proximidad, pues vuestro rostro aviva el recuerdo de un acontecimiento horrible
que, hace años, sacudió a la Corte como un golpe demoledor. El médico anterior,
que murió hace algunos años y del que soy discípulo
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científico, me reveló el suceso
que afectó a la familia del Soberano y me dio al mismo tiempo el cuadro en el
que está retratado el, por aquel entonces, favorito del príncipe, Francesco,
retrato que, desde el punto de vista artístico, como podéis observar,
constituye una auténtica obra de arte. Proviene del maravilloso pintor
forastero que en aquel tiempo residía en la Corte y que jugó el papel principal
en la tragedia que se desencadenó.
Al contemplar el retrato
surgieron en mi mente ideas confusas, que en vano intentaba clarificar. Aquel
acontecimiento parecía albergar un secreto en el que yo mismo estaba implicado,
por lo que apremié al médico para que me confiase lo que me parecía justificar
el casual parecido con Francesco.
—Comprendo —dijo el médico— que
este suceso tan extraño despierte vuestra curiosidad y, aunque no me gusta
hablar acerca de este tema, sobre el que además, en lo que a mí concierne, pesa
todavía un velo enigmático que ya no deseo descubrir, os contaré todo lo que
sé. Han transcurrido muchos años y los protagonistas ya han desaparecido de la
escena; sólo el recuerdo es el que sigue obrando con hostilidad. Os pido que no
reveléis a nadie nada de lo que vais a oír.
Se lo prometí, y el médico
comenzó su narración como sigue:
—En el tiempo en que nuestro
Soberano contrajo matrimonio, regresó su hermano de un largo viaje, acompañado
de un hombre al que llamaba Francesco, aunque se sabía que era alemán, y de un
pintor. El príncipe era uno de los hombres más hermosos que se han visto y ya
sólo por ello destacaba ante nuestro Soberano, si no fuera porque también le
superaba en vitalidad y fuerza espiritual. También causó una extraordinaria
impresión en la joven Soberana, que en aquellos años mostraba gran alegría,
pero a la que el Soberano trataba con demasiada frialdad y formalidad. Así
ocurrió que el príncipe se sintió atraído por la bella y joven esposa del
hermano. Sin pensar en una relación pecaminosa, tuvieron que rendirse al poder
irresistible que, encendiéndose recíprocamente, condicionaba sus vidas
interiores y alimentaba la llama que fundió sus seres en uno. Sólo Francesco
podía ser comparado en todos los respectos con su amigo, y de la misma manera
que el príncipe impresionaba a la esposa de su hermano, así lo hacía Francesco
con la hermana mayor de la Soberana. Francesco se dio cuenta rápidamente de su
fortuna y la utilizó con astucia, creciendo la inclinación de la princesa hasta
convertirse en el amor más fuerte y ardiente. El Soberano estaba demasiado
convencido de la virtud de su esposa como para no despreciar todo el malicioso
chismorreo, aunque las relaciones tensas con el hermano le pesaban. Sólo a
Francesco le era posible mantenerle en una cierta calma, ya que había ganado su
amor gracias a su extraordinario espíritu y prudencia. El Soberano quería
elevarle a una de las más altas dignidades de la Corte, pero él se contentaba
con las prerrogativas secretas del preferido y con el amor de la princesa. La
Corte se movía, tan bien como podía, al compás de estas relaciones, pero sólo
las cuatro personas unidas por lazos secretos eran felices en el Eldorado del
amor que habían construido para sí, y del que quedaban excluidos los demás.
Bien podría haber
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organizado el Soberano, sin que
nadie lo supiera, la aparición con mucha pompa de una princesa italiana en la
Corte, que con anterioridad había sido considerada como posible esposa del
príncipe, y por la que él, cuando se encontraba de viaje en la Corte del padre,
había mostrado una ostensible inclinación. Ella debió de ser excepcionalmente
bella y la gracia en persona, lo que queda confirmado por el espléndido retrato
que todavía podéis contemplar en la galería. Su presencia animó la Corte
hundida en un sombrío aburrimiento, logró irradiar alegría a todos, incluso a
la Soberana y a su hermana. El comportamiento de Francesco se alteró de manera
llamativa poco después de la llegada de la italiana. Parecía como si una
enigmática aflicción consumiera la plenitud de su vida. Se tornó adusto,
cerrado, empezó a descuidar a su amante. En cuanto al príncipe, se volvió
pensativo, se sentía invadido por sentimientos que no era capaz de
contrarrestar. La llegada de la italiana supuso para la princesa una puñalada
en el corazón. Para ella, que tanto tendía al entusiasmo, toda felicidad en
este mundo había huido con el amor de Francesco. Así, los cuatro afortunados y
envidiados se sumieron en pesadumbre y tristeza. El príncipe se resarció
primero al no poder resistirse, teniendo en cuenta la severa virtud de su
cuñada, a los encantos de la seductora mujer. La relación ingenua con la
Soberana, surgida desde lo más profundo de su interior, se desmoronó en el
placer sin nombre que le prometía la italiana. Entonces ocurrió que fue víctima
de las antiguas ataduras, de las que no hacía mucho tiempo había logrado
desasirse. Cuanto más quedaba prendido el príncipe de este amor, más llamativo
se volvía el comportamiento de Francesco, al que ya apenas se le veía en la
Corte. Vagaba solitario de un lado a otro, ausentándose a menudo de la Capital
durante semanas. El pintor, por el contrario, que era extraordinariamente
tímido, se dejaba ver con mucha más asiduidad. Le encantaba trabajar en el
atelier que la italiana había hecho construir en su casa. La pintó varias veces
con una expresión incomparable. Parecía no tenerle ningún afecto a la Soberana;
evitó pintarla a toda costa, y sin embargo terminó el retrato de su hermana de
manera espléndida y con un parecido excepcional, sin que hubiese posado ni una
sola vez. La italiana concedía al pintor tantas atenciones, y él a su vez la
trataba con tal galantería y confianza que el príncipe comenzó a sentir celos.
Cuando una vez le encontró trabajando en el atelier, con la mirada fija en el rostro
de la italiana, como si estuviera hechizado, y no pareció advertir su entrada,
le dijo que hiciera el favor de no trabajar más allí y que se buscase un nuevo
estudio. El pintor dejó el pincel con tranquilidad y elegancia y, a
continuación, tomó en silencio el cuadro del caballete. Con gran despecho el
príncipe se lo arrebató de las manos con la excusa de que estaba muy conseguido
y deseaba poseerlo. El pintor, siempre con sosiego y relajado, le pidió que le
permitiera completar el cuadro con algunas pinceladas. El príncipe colocó de
nuevo el cuadro en el caballete. Transcurridos unos minutos, el pintor se lo
devolvió, sonriendo abiertamente cuando el príncipe contempló el rostro
horrible y deformado en que se había convertido el retrato. Después salió el
pintor lentamente de la sala, pero ya cerca de la puerta se volvió,
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miró al príncipe con mirada seria
y penetrante y le dijo con voz apagada y solemne:
«¡Ahora estás perdido!».
»Todo esto ocurrió cuando la
italiana ya había sido declarada oficialmente prometida del príncipe y la
solemne ceremonia iba a tener lugar en pocos días. El príncipe no volvió a
ocuparse del comportamiento del pintor, ya que éste tenía fama de ser a veces
víctima de ataques de locura. A partir de aquel suceso se contaba que
permanecía sentado en su pequeña habitación mirando todo el día un lienzo,
mientras aseguraba trabajar en cuadros espléndidos. De esta manera olvidó la
Corte y fue a su vez olvidado por ella.
»La boda del príncipe con la
italiana se celebró en la Corte de la manera más solemne. La Soberana se había
conformado con su destino y había renunciado a una inclinación insatisfactoria
y sin objeto. Su hermana se hallaba transfigurada, pues su amado Francesco
había aparecido de nuevo, más lleno de alegría de vivir que nunca. El príncipe
ocuparía con su esposa una de las alas del palacio, que había sido construida y
habilitada para este fin según propias instrucciones del Soberano. Con las
obras se encontraba en su esfera de acción; sólo se le veía rodeado de
arquitectos, pintores, tapiceros, hojeando grandes libros, desplegando planos,
bocetos, que en parte él mismo había trazado y de los cuales muchos no se
llevaron a buen término. Ni el príncipe ni su prometida podían ver la obra
concluida hasta la noche del día de la boda, en el que, conducidos por el
Soberano, serían llevados en procesión solemne hasta las lujosas estancias, que
en verdad estaban decoradas con gran ostentación y gusto. El baile en una sala
espléndida, que semejaba un jardín florido, pondría fin a la fiesta. Por la
noche surgió en el ala del príncipe un ruido sordo, que poco a poco fue
derivando en un auténtico estrépito, y que terminó por despertar al Soberano.
Intuyendo la desgracia; saltó de la cama y se apresuró, acompañado de la
guardia, hacia las alejadas estancias del príncipe. Entraba en el amplio
pasillo, cuando traían al príncipe, que había sido encontrado muerto con una
cuchillada en el cuello ante la puerta de la cámara nupcial. Os podéis imaginar
el horror del Soberano, la desesperación de la princesa italiana y la profunda,
desgarradora pena de la Soberana. Cuando el Soberano se tranquilizó empezó a
preguntarse cómo había podido ocurrir el crimen, cómo había podido huir el asesino
con los pasillos vigilados por la guardia. Se buscó en todos los posibles
escondrijos, pero en vano. El paje que servía al príncipe contó cómo había
iluminado el camino a su señor hasta la antecámara nupcial. Según dijo, al
príncipe le había invadido con anterioridad un sentimiento de angustia y había
estado intranquilo, paseando largo tiempo de un lado a otro de la habitación,
hasta que finalmente se desvistió. Al llegar a la antecámara, el príncipe tomó
la luz y le mandó de regreso. Apenas había entrado, cuando se escuchó un grito
ronco, un golpe y el tintinear de la lámpara. Regresó rápidamente y pudo ver
gracias al resplandor de una llama que todavía ardía en el suelo, al príncipe
ante la puerta de la cámara nupcial y junto a él un cuchillo pequeño ensangrentado.
Después gritó pidiendo ayuda. Según la narración de la esposa del infeliz
príncipe, él había entrado,
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una vez que se habían alejado las
damas de compañía, en la habitación con impetuosidad y sin luz. Había
permanecido con ella alrededor de media hora y luego se había alejado. Minutos
después aconteció la tragedia. Cuando todas las posibilidades acerca de la
autoría del crimen fueron tomadas en consideración y no se encontraba ningún
medio de conocer al autor del crimen, entró en escena una de las damas de
cámara de la princesa, que había sido testigo del embarazoso encuentro entre el
pintor y el príncipe (había permanecido en la habitación contigua con la puerta
abierta), contando todas las circunstancias al respecto. Nadie dudó entonces
que el pintor había sabido deslizarse hasta el palacio y había asesinado al
príncipe. El pintor tenía que ser detenido al instante; sin embargo hacía dos
días que había desaparecido de la casa y nadie sabía adonde había ido. Todas
las investigaciones acerca de su paradero resultaron infructuosas. La Corte
quedó sumida en una profunda tristeza, compartida por toda la ciudad. Sólo
Francesco, de nuevo visitante asiduo en la Corte, supo conjurar en el pequeño
círculo familiar con algunos rayos de sol las sombrías nubes.
»La princesa italiana sintió que
estaba embarazada, y como parecía evidente que el asesino de su esposo había
tomado su figura para cometer unas infamia, se trasladó a un lejano castillo
del Soberano para que el nacimiento pasase inadvertido y así el fruto de una
impiedad infernal, traicionada por la ligereza de una sirviente al contar los
acontecimientos en la cámara nupcial, permaneciera oculta al mundo y no dañase
la memoria del infeliz esposo.
»La relación de Francesco con la
hermana de la Soberana se tornó en aquellos tiempos de tristeza más fuerte y
espiritual, y también aumentó la amistad que la pareja regente sentía por él.
El Soberano conocía hacía tiempo el secreto de Francesco, y no pudo resistir
por mucho tiempo la insistencia de su esposa y de la princesa, por lo que
otorgó su consentimiento a una boda secreta. Francesco tendría que adquirir un
alto grado militar al servicio de una Corte lejana y a continuación anunciar
públicamente su matrimonio con la princesa. En aquella Corte este plan era
posible por aquellos tiempos, gracias a las relaciones que sostenía el
Soberano.
»El día de la ceremonia llegó. El
Soberano, con su esposa y dos hombres de confianza de la Corte (entre ellos mi
antecesor), eran las únicas personas presentes en la pequeña capilla del
palacio. Un paje, que conocía el secreto, vigilaba la puerta.
»La pareja estaba ante el altar,
el confesor del Soberano, un anciano sacerdote de gran dignidad, comenzó a
pronunciar las fórmulas pertinentes después de que la ceremonia hubiera
transcurrido con tranquilidad, cuando Francesco palideció y con su mirada hosca
dirigida hacia los pilares del altar mayor gritó con voz ronca: “¿Qué quieres
de mí?”. Apoyado en uno de los pilares se encontraba el pintor con un traje
extraño, la capa violeta echada sobre los hombros, penetrando a Francesco con
la mirada espectral de sus cavernosos ojos negros. La princesa estaba a punto
de desmayarse; todos temblaban invadidos por el horror; sólo el sacerdote
permaneció tranquilo y se dirigió a Francesco: “¿Por qué te espanta la
presencia de este hombre si
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tu conciencia está limpia?”.
Entonces Francesco se levantó de pronto, ya que todavía se hallaba de rodillas,
y acometió al pintor con un pequeño cuchillo en la mano, pero antes de que lo
hubiese alcanzado cayó sin sentido lanzando un sordo lamento. El pintor
desapareció tras uno de los pilares. Todos despertaron de una especie de
estupor y se lanzaron a ayudar a Francesco, que yacía como si estuviera muerto.
Para evitar cualquier escándalo, fue llevado por los dos hombres de confianza a
la habitación del Soberano. Cuando recobró el sentido, reclamó con insistencia
que se le dejase volver a su casa, sin querer responder a ninguna de las
preguntas del Soberano acerca del enigmático suceso en la iglesia. A la mañana
siguiente Francesco había huido de la ciudad con las joyas que el favor del
Soberano y del príncipe le habían procurado. El Soberano intentó por todos los
medios averiguar el secreto que se escondía tras la fantasmal aparición del
pintor. La capilla tenía sólo dos entradas, de las cuales una llevaba desde la
habitación interior del palacio hasta una zona cercana al altar mayor; la otra,
por el contrario, desde el pasillo principal hasta la nave de la capilla. Esta
entrada había sido vigilada por el paje para que ningún curioso se aproximase,
la otra estaba cerrada. Era por tanto incomprensible cómo el pintor había
aparecido y desaparecido de la capilla. Francesco había sujetado el cuchillo,
blandido contra el pintor, con tal fuerza, a pesar de estar inconsciente, que
pareció como si la mano hubiera estado rígida y atrofiada. El paje (el mismo
que en aquella desgraciada noche nupcial había ayudado a desvestir al príncipe
y que ahora había vigilado la puerta) afirmó que el cuchillo era el mismo que
había visto al lado del príncipe, ya que su empuñadura de plata brillante le
había llamado la atención. Poco después de estos acontecimientos llegaron
noticias de la princesa. El mismo día en que Francesco tenía que haberse
casado, había dado a luz un niño y había fallecido poco después del
alumbramiento. El Soberano lamentó su pérdida, aunque el secreto de la noche de
bodas pesaba en su corazón y en cierta manera despertaba quizá alguna sospecha
injusta contra ella. El hijo, el fruto de un acto impío e infame, fue educado
en tierras lejanas bajo el nombre de Victorino. La princesa (quiero decir la
hermana de la Soberana), destrozada interiormente por los horribles
acontecimientos que sobre ella se habían desencadenado en un periodo de tiempo
tan breve, eligió el convento. Ella es, como os será conocido, la abadesa del
convento cisterciense en ***. También con extraños y enigmáticos componentes,
en relación a nuestra Corte, se desarrollaron hace no mucho tiempo determinados
sucesos en el castillo del barón F., que dispersaron su familia como había
acontecido con la del Soberano. La abadesa, sintiendo compasión por la miseria
de una pobre mujer que, acompañada de un niño pequeño, regresaba de una
peregrinación al Sagrado Tilo, había…
Aquí una visita interrumpió la
narración del médico, y me fue posible disimular la tormenta que se
desencadenaba en mi interior. Ante mi alma estaba claro que Francesco era mi
padre. ¡Él había asesinado al príncipe con el mismo cuchillo con el
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que yo había matado a Hermógenes!
Decidí viajar a Italia y salir del círculo en el que el poder maligno y hostil
me había confinado. Aquella misma noche aparecí en el círculo de la Corte. Se
hablaba mucho de una señorita espléndida y bellísima, que como dama de la Corte
haría por primera vez su aparición acompañando a la Soberana, ya que había
llegado a la ciudad el día anterior.
Las puertas se abrieron, la
Soberana entró acompañada de la forastera. Reconocí a Aurelia de inmediato.
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SEGUNDA PARTE
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CAPÍTULO PRIMERO
La crisis
¡En qué vida no surge alguna vez
el enigma de un amor maravilloso, guardado en lo más profundo del corazón!
Quienquiera que seas y leas estas páginas en el futuro, evoca aquel tiempo
luminoso, contempla de nuevo aquella encantadora imagen de mujer que salió a tu
encuentro encarnando al mismo espíritu del amor. Entonces sólo creíste
reconocer en ella a tu ser superior. ¿Recuerdas todavía cómo los murmullos de
las fuentes, el susurro de los árboles, el acariciador viento de la noche te
hablaban tan nítidamente de ella, de tu amor? ¿Puedes sentir todavía cómo las
flores te miraban con sus ojos claros y amables, trayéndote saludos y besos de
tu amada? Y ella vino a ti, quiso ser tuya del todo. ¡La abrazaste lleno de
pasión ardiente y quisiste, elevándote por encima de la tierra, inflamarte en
un anhelo vehemente! Pero el misterio no llegó a consumarse. Un poder tenebroso
te atrajo fuerte y violento hacia la tierra, cuando te esforzabas por alcanzar
con ella el lejano más allá. Antes de que hubieses osado albergar esperanzas,
ya la habías perdido. Todos los sonidos, todas las voces se extinguieron, y
sólo pudo escucharse la queja desesperada del solitario, gimiendo
espantosamente a través del sombrío yermo. ¡Tú, desconocido! Si un dolor
semejante te ha destrozado alguna vez el alma, entonces comprenderás el lamento
sin consuelo del envejecido monje que, recordando en la celda tenebrosa el
tiempo luminoso de su amor, baña con sus lágrimas de sangre el duro lecho, y
cuyos suspiros de angustia resuenan en la noche tranquila por los sombríos
corredores del monasterio. Pero tú, tú que compartes los sentimientos de mi
alma, tú también crees que la mayor bendición del amor, la consumación del
misterio, llega con la muerte. Así nos lo anuncian voces oscuras y
vaticinadoras, que no provienen de ninguna dimensión temporal mensurable con
escalas terrenales. ¡Como en los Misterios que celebraban los hijos de la
naturaleza, también para nosotros la muerte significa la consagración del amor!
¡Un rayo recorrió mi interior, mi
respiración se hizo agitada, el pulso se aceleró, el corazón latía
desenfrenado, como si quisiese salirse del pecho! ¡Hacia ella, hacia ella!
¡Abrazarla con un amor loco y ardiente! «¿De qué te resistes, desventurada, del
poder que te une a mí de forma indisoluble? ¿No eres mía, mía para siempre?».
Pero esta vez pude dominar mi pasión demencial mejor que antaño, cuando vi a
Aurelia por vez primera en el castillo del barón. Además, todas las miradas
estaban fijas en ella, así que me fue posible dirigirme hacia un círculo de
personas más indiferentes, sin que nadie advirtiera nada extraño en mí o me
hablara, lo que me habría resultado insoportable, ya que sólo quería ver, oír y
sentir a Aurelia.
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Que no se diga que el vestido más
simple es el que mejor luce en una joven realmente bella. El arreglo en una
mujer ejerce un encanto misterioso que no podemos resistir fácilmente. Es
posible que radique en su profunda naturaleza, que una vez arreglada y
maquillada surja de su interior todo más bello y resplandeciente, como las
flores que sólo se muestran en su perfección cuando se abren exuberantes en
plenitud multicolor. Cuando contemplaste por primera vez a tu amada
elegantemente arreglada, ¿no te recorrió un extraño sentimiento a través de los
nervios y de las venas? Te resultó tan extraña, pero eso mismo le otorgó un
atractivo indescriptible. ¡Cómo te estremeció el placer y la concupiscencia
cuando pudiste estrechar furtivamente su mano! A Aurelia sólo la había visto
con un vestido simple; hoy aparecía, de acuerdo con la costumbre en la Corte,
en todo su esplendor. ¡Qué hermosa era! ¡Cómo me sentí agitado ante su
presencia por un innombrable encanto, por un dulce deleite! Pero entonces el
espíritu del mal surgió poderoso en mi interior y alzó su voz, a la que presté
un oído obediente. «¿Te das cuenta, Medardo —me susurraba—, te das cuenta, cómo
te domina la fatalidad, cómo el azar, sometido a tu voluntad, sólo une
hábilmente los hilos que tú mismo urdes?». Había mujeres en el círculo de la
Corte que podían ser consideradas de una belleza perfecta, pero el encanto
arrebatador de Aurelia hacía palidecer a todas como si se tratase de colores
deslucidos. Un entusiasmo especial excitó a los más pasivos, incluso a los
hombres de más edad se les escapó el hilo de la acostumbrada conversación
cortesana, en la que se trata de simples palabras que sólo cobran cierto
sentido desde el exterior, pero que de repente lo pierden. Era divertido
observar cómo cada uno luchaba con esfuerzo visible por aparecer con gesto y
palabra, conforme a la costumbre del domingo, ante la forastera. Aurelia
recibía todos estos homenajes con los ojos caídos, enrojeciendo con gracia
encantadora. Pero cuando el Soberano reunió a su alrededor a todos los hombres
de edad, y algunos jóvenes de gran belleza se acercaron tímidos y con palabras
amistosas a Aurelia, entonces se volvió visiblemente más animada y abierta.
Especialmente le fue posible a un capitán de la guardia llamar su atención, de
tal manera que pronto parecieron estar sumidos en una alegre conversación. Yo
conocía al capitán como uno de los hombres predilectos de las mujeres. Con
economía de medios, que parecían inofensivos, sabía excitar y confundir el
espíritu y los sentidos. Escuchando cualquier sonido con fino oído, hacía
vibrar rápidamente a voluntad, como un hábil jugador, todos los acordes que
armonizaban, de tal modo que la víctima sólo creía oír en los tonos ajenos su
propia música interior. No me encontraba muy lejos de Aurelia, aunque ella no
parecía haber advertido mi presencia. Quería ir hacia donde estaba, pero como
si estuviera impedido por cadenas de hierro, no me fue posible moverme del
sitio. Mirando de nuevo fijamente al capitán, me pareció de repente como si
Victorino estuviese al lado de Aurelia. En ese momento reí con un sarcasmo
feroz:
—¡Eh! ¡Eh, tú, maldito! ¿Te has
encamado ya de tal manera con el diablo que intentas levantarle encelado la
manceba al monje?
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No sé si realmente dije esas
palabras, pero me escuché a mí mismo reír y desperté como de un profundo sueño
cuando el viejo mayordomo mayor me preguntó, tomándome ligeramente de la mano:
—¿De qué os alegráis tanto,
querido señor Leonardo? Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
¿No eran ésas las mismas palabras
del piadoso hermano Cirilo, que me preguntó de la misma manera cuando advirtió
mi risa impía durante la ordenación? Apenas me fue posible balbucear algo fuera
de contexto. Sentí que Aurelia ya no estaba en mi proximidad, pero no osé
mirar. Salí corriendo a través de las salas iluminadas. Bien pudo ocurrir que
todo mi ser diese una impresión intranquilizadora, pues advertí cómo todos me
evitaban con timidez cuando me precipité, más que bajé, por las escaleras
principales.
Eludí la Corte, ya que me parecía
imposible volver a ver a Aurelia sin traicionar mi más profundo secreto.
Paseaba solo por la campiña y el bosque, pensando exclusivamente en ella. La
convicción de que una oscura fatalidad había unido su destino al mío se hizo
más y más fuerte; también que lo que a mí me parecía a veces una pecaminosa
impiedad no era más que el cumplimiento de una sentencia eterna e irrevocable.
Dándome ánimos con razonamientos de este tenor, me reí del peligro de que
Aurelia reconociera en mí al asesino de Hermógenes. Esto me pareció, además,
altamente improbable. Qué desdichados me resultaban ahora aquellos jovencitos
que, con sus frívolos impulsos, se esforzaban por atraer su atención, sin saber
que era del todo mía, que su más tenue hálito estaba condicionado por mi ser.
Qué son para mí todos esos condes, barones, gentilhombres de cámara, esos
oficiales en sus casacas multicolores, con sus brillantes órdenes, sino
pequeños insectos engalanados e impotentes, que si me llegaran a ser incómodos
destrozaría con mi fuerte puño. Apareceré ante ellos llevando el hábito, con
Aurelia vestida de novia en mis brazos, y la orgullosa princesa deberá preparar
con sus propias manos el lecho nupcial al monje victorioso que desprecia.
Sumido en semejantes pensamientos grité a menudo el nombre de Aurelia, riendo y
aullando como un demente. Pero la tormenta pasó pronto. Me tranquilicé y fui
capaz de tomar aquellas decisiones que me acercarían a Aurelia. Precisamente un
día que paseaba por el parque, cavilando si sería aconsejable acudir a la
reunión de aquella noche, que el Soberano había hecho anunciar, alguien a mis
espaldas tocó mi hombro. Me volví, y el médico se encontraba ante mí:
—Permitidme tomaros el pulso
—dijo con celeridad, y tomó mi brazo mientras me miraba fijamente.
—¿Qué significa esto? —pregunté
asombrado.
—No mucho —continuó—, aquí se
puede haber deslizado en silencio e inadvertida alguna locura que asalta a los
hombres como un bandido y coloca en la
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situación de tener que prorrumpir
en berridos, aunque a veces todo se queda en una risa demencial. Por otro lado
se puede tratar sólo de una fiebre benigna provocada por el calor y por algún
fantasma o diablo enloquecido, así que permitidme tomar vuestro pulso.
—Le aseguro, señor, que no
entiendo nada de lo que decís —fue lo único que se me ocurrió. Pero el médico
ya había tomado mi brazo y contaba con la mirada dirigida hacia el cielo:
uno-dos-tres.
Su extraño comportamiento me
parecía enigmático. Volví a instigarle para que me dijera lo que quería.
—¿No sabéis entonces, querido
señor Leonardo, que habéis sumido a toda la Corte en perplejidad y horror? La
mujer del mayordomo de palacio sufre bis dato de calambres, y el presidente del
Consistorio falta a las sesiones más importantes, ya que se le ha antojado
correr con sus pies afectados de podagra, por lo que, sentado en su butaca,
brama doliéndose considerablemente de las punzadas. Todo esto ocurrió cuando
vos, aquejado de extraña locura, salisteis de la sala después de haber reído de
tal manera y sin motivo aparente que todos quedaron horrorizados y con los
pelos de punta.
En aquel instante pensé en el
mayordomo de palacio y dije que sólo me acordaba de haberme reído en
pensamiento, y que en ese caso no podría haber provocado un efecto tan extraño,
ya que el mayordomo de palacio me preguntó sin alterarse de qué me alegraba.
—¡Eh! ¡Eh! —continuó el médico de
cabecera del príncipe—. Eso no quiere decir nada, el mayordomo de palacio es
tal homo impavidus que tiene en nada al mismísimo diablo. Permaneció en su
tranquila dolcezza, aunque el mencionado presidente del Consistorio opinaba
realmente que el demonio había reído, querido amigo, a través de vos, por lo
que nuestra bella Aurelia quedó de tal modo espantada que todos los esfuerzos
que se hicieron por tranquilizarla fueron en vano. Abandonó la reunión muy
pronto, para la desesperación de todos los señores, en los que el fuego amoroso
hacía humear los exaltados tupés. En el instante en que vos, honorable
Leonardo, reisteis tan risueño, Aurelia gritó con un tono espeluznante que
penetraba en el corazón: «¡Hermógenes!». ¿Qué puede significar? Probablemente
vos lo sabéis. Sois un hombre divertido, inteligente y amable, señor Leonardo,
y no me disgusta haberos confiado la extraña historia de Francesco, ya que será
para vos aleccionadora.
El médico continuaba sujetando
con fuerza mi brazo y me miraba fijamente a los ojos.
—No sé —respondí, soltándome
bruscamente— cómo debo interpretar vuestro discurso, señor mío, pero debo
reconocer que cuando vi a Aurelia rodeada de todos aquellos hombres acicalados
en los que, como vos habéis indicado con gracia, los exaltados tupés humeaban
de fuego amoroso, asaltó mi alma un amargo recuerdo de juventud, lo que hizo
que, poseído de horrible sarcasmo sobre el comportamiento de
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algunos hombres estúpidos, no
pudiese evitar reír abiertamente. Siento mucho que, sin quererlo, haya
originado tanta desgracia, pero expío mi culpa, ya que me he desterrado a mí
mismo voluntariamente de la Corte por un tiempo. Espero que la Soberana y Aurelia
puedan perdonarme.
—¡Eh, querido señor Leonardo!
—repuso el médico—, se tienen extraños arranques que se pueden frenar
fácilmente, siempre y cuando se sea puro de corazón.
—¿Quién puede vanagloriarse de
tener un corazón así aquí en la tierra? —me pregunté con voz ahogada.
El médico cambió repentinamente
mirada y tono de voz:
—Me dais la impresión —dijo con
suavidad y seriedad—, me dais la impresión de que estáis realmente enfermo.
Tenéis un aspecto pálido y alterado…, vuestros párpados están caídos y los ojos
arden irritados…, el pulso es febril…, habláis con voz apagada…, ¿queréis que
os recete algo?
—Veneno —contesté de forma apenas
audible.
—¡Vaya! —exclamó el médico—. ¿Así
están las cosas? Bien, bien, en vez del veneno, el deprimente remedio de una
compañía que os distraiga. También puede ser…, extraño es…, sin embargo…,
quizá…
—¡Os suplico, señor —grité
indignado—, que no me atormentéis más con vuestras expresiones entrecortadas,
sino que me digáis todo!…
—¡Alto! —me interrumpió el
médico—. Se dan los equívocos más extraños, señor Leonardo. Tengo casi la
certeza de que, basándose en una impresión momentánea, se ha construido una
hipótesis que posiblemente puede ser desmentida en pocos minutos. Allí vienen
la Soberana y Aurelia; aprovechad este encuentro casual, disculpad su
comportamiento, realmente… ¡Dios mío!, en verdad sólo habéis reído…, aunque es
cierto que de una manera bastante extraña, pero ¿qué se puede hacer para que
personas con una debilidad nerviosa no se asusten? ¡Adiós!
El médico de cámara se alejó con
la agilidad que le caracterizaba. La princesa y Aurelia bajaban por el sendero.
Temblé e intenté sobreponerme empleando todas mis fuerzas. Sentía, después de
escuchar las enigmáticas palabras del médico, que todo dependía de que supiera
afirmar mi posición. Atrevido, salí al encuentro de las paseantes. Cuando
Aurelia me vio, cayó como muerta lanzando un grito desgarrador; quise
acercarme, pero la Soberana me hizo gestos de rechazo para que me fuera
mientras gritaba pidiendo ayuda. Huí a través del parque como si fuese azotado
por furias y demonios. Me encerré en mi casa y me arrojé en el lecho,
rechinando los dientes de furia y desesperación. Llegó la noche; entonces
escuché cómo abrían la puerta de entrada. Varias voces murmuraban y susurraban;
la escalera vaciló y sentí cómo subían a tientas. Finalmente llamaron a mi
puerta y me ordenaron abrir en nombre de la autoridad. Sin poseer una clara
conciencia del peligro que corría, creí que estaba perdido. Salvarme huyendo,
pensé rápidamente, y rompí la ventana. Pude ver hombres armados ante la casa;
uno de ellos me descubrió al instante: «¿Adónde va?», me preguntó. En ese
instante derribaron la puerta de mi habitación. Entraron
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varios hombres. Por la luz de una
linterna que portaba uno de ellos pude distinguir que eran guardias. Me
mostraron la orden de detención expedida por el juez de lo criminal. Cualquier
resistencia hubiese sido una locura. Me arrojaron en el interior del coche que
permanecía delante de la casa. Cuando llegué al que parecía el lugar de
destino, pregunté dónde me hallaba y recibí esta respuesta: «en las cárceles
del castillo de la zona alta». Sabía que aquí encerraban a criminales
peligrosos durante los procesos. No transcurrió mucho tiempo hasta que trajeron
mi cama, y el vigilante preguntó si deseaba algo más para mi comodidad.
Respondí que no, quedándome por fin solo. Los pasos, que resonaban en la
lejanía, así como el abrir y cerrar de muchas puertas, me hicieron suponer que
me encontraba en uno de los calabozos más profundos de la prisión. De forma
inexplicable me había ido tranquilizando durante todo el viaje, que había sido
bastante largo, incluso había quedado sumido en una especie de aturdimiento de
los sentidos que dotaba a las imágenes que pasaban ante mí de colores pálidos,
casi diluidos. No pude conciliar el sueño, más bien caí en una inconsciencia
paralizante de los pensamientos y de la fantasía. Cuando desperté con la
claridad de la mañana, empecé a recordar poco a poco lo sucedido y a dónde
había sido llevado. El calabozo abovedado donde yacía, casi con la forma de una
celda monacal, apenas habría podido ser considerado una mazmorra, si no fuese
por la pequeña ventana provista de sólidas barras de hierro que estaba situada
a una altura que hacía imposible alcanzarla con los brazos estirados, y por la
que mucho menos me podía asomar. Sólo algunos exiguos rayos solares penetraban
a través de la pequeña abertura. Me entró curiosidad por investigar los
alrededores del lugar en el que me encontraba, así que acerqué mi cama a la
pared de la ventana y puse la mesa encima. Precisamente cuando me iba a subir,
apareció el vigilante, que se maravilló de mi proceder. Me preguntó qué hacía y
le respondí que sólo quería mirar por la ventana. Volvió entonces a poner mesa,
cama y silla en su sitio y cerró de nuevo la puerta. No había transcurrido una
hora, cuando regresó acompañado de dos hombres. Me llevaron, subiendo y bajando
escaleras, hasta una pequeña sala, donde me esperaba el juez. A su lado se
sentaba un joven, al cual dictó a continuación todas las respuestas que di a
las preguntas que me dirigió. Probablemente debía agradecer la cortesía con que
se me trató a mis relaciones y buena reputación en la Corte, que durante tanto
tiempo había disfrutado. Todo ello me hizo también pensar que sólo
presunciones, que exclusivamente podían basarse en las sospechas y vagas
suposiciones de Aurelia, constituían los motivos de mi detención. El juez
reclamó que aportara datos correctos acerca de mis condiciones de vida hasta
ese día. Le pedí que me comunicara antes el motivo de mi repentina detención.
Replicó entonces que sobre el crimen que se me imputaba habría tiempo
suficiente para hablar. Ahora sólo se trataba de conocer con exactitud toda mi
peripecia vital hasta la llegada a la capital. Me recordaba, además, que al
tribunal de lo criminal no le faltarían medios para constatar todos los datos
que aportase, hasta los más insignificantes, por lo que me conminaba a permanecer
fiel a la verdad. Esta advertencia del juez, un hombre
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pequeño y escuálido con pelos de
color rojo subido, voz lloriqueante, ronca y ridícula, cayó en terreno
sembrado. Ahora me acordaba de que en mi narración debía simplemente tomar el
hilo y seguir tejiendo en la misma dirección que había apuntado, cuando indiqué
mi nombre y lugar de nacimiento en la Corte. También sería necesario, evitando
todo lo llamativo, concentrarme en la vida cotidiana, pero intentar que ésta se
desenvolviera en lugares lejanos e inciertos, de tal modo que, en todo caso,
las averiguaciones resultasen complejas y difíciles. En ese instante recordé a
un joven polaco con el que había estudiado en el seminario de B. Decidí
apropiarme de sus sencillas circunstancias personales. Preparado de esta
manera, comencé como sigue:
—Es posible que se me inculpe de
un grave delito. Durante este tiempo he vivido ante los ojos del Soberano y de
toda la ciudad, y en el periodo de mi residencia aquí no ha sido cometido
ningún crimen por el que yo tuviera que responder ante la justicia, ya fuese
como autor o como cómplice. Debe de ser, por consiguiente, un forastero el que
me acusa de un delito cometido antes de mi llegada, y ya que me siento
completamente libre de toda culpa, puede ser que un parecido desafortunado haya
despertado la sospecha de mi culpabilidad. Teniendo en cuenta esta situación,
encuentro muy duro que por causa de presunciones vacías y prejuicios se me
trate igual que a un criminal y se me encierre en la cárcel. ¿Por qué no se
persona aquí mi frívolo y tal vez maligno acusador?… Seguro que termina por ser
un imbécil que…
—Despacio, despacio, señor
Leonardo —dijo el juez con voz chillona—, moderaos en vuestras deducciones, si
no podríais ofender de manera abyecta a personas de elevada condición, y el
forastero que os ha reconocido, señor Leonardo, o señor… —se mordió rápidamente
los labios—, no es ni frívolo ni imbécil, sino… Bien, entonces tenemos buenas
noticias de…
Nombró una región, donde se
encontraban los bienes del barón E, y todo se aclaró para mí. Era evidente que
Aurelia me había reconocido como el monje que había asesinado a su hermano.
Este monje era, sin embargo, Medardo, el famoso predicador del monasterio
capuchino en B. Como tal le había reconocido Reinaldo, y así lo había
manifestado. Que Francesco era el padre del tal Medardo, lo sabía la abadesa,
así que debió de ser mi similitud con él, que a la Soberana le resultó tan
inquietante desde un principio, la que elevó la presunción, posiblemente objeto
de correspondencia entre la princesa y la abadesa, casi a certeza. También era
posible que se hubiesen reunido informaciones en el mismo monasterio capuchino
en B., y que se hubiese seguido la pista hasta establecer mi identidad como el
monje Medardo. Todo esto lo pensé con celeridad y comprendí la seriedad de mi
situación. El juez continuaba su plática, lo que me favorecía, ya que así pude
recordar el nombre de la ciudad polaca que tanto tiempo había buscado en vano
en mi memoria, y que había indicado a la anciana dama de la Corte como mi lugar
de nacimiento. Apenas había terminado el juez su sermón con la brusca
advertencia de que contara mi vida sin desviarme del asunto, cuando comencé:
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—En realidad me llamo Leonardo
Krczynski y soy hijo único de un noble que vendió su pequeño lote de tierras
para instalarse en la ciudad de Kwiecziczewo.
—¿Qué? ¿Cómo? —exclamó el juez,
mientras se esforzaba en vano por pronunciar tanto mi supuesto nombre como el
de mi ciudad de nacimiento. El protocolante no sabía en absoluto cómo debía
escribir las palabras. Tuve que escribirlas yo mismo y continué.
—Apreciaréis, señor, lo difícil
que es para una lengua alemana pronunciar un nombre tan rico en consonantes,
aquí reside primordialmente el motivo por el que, tan pronto como llegué a
Alemania, prescindí de él y me presenté sólo con mi nombre propio, Leonardo.
Por lo demás, no hay vida más simple que la mía. Mi padre, un autodidacta,
aceptó mi vocación científica y quería enviarme a Cracovia con un eclesiástico
emparentado con la familia, Stanislaw Krczynski. Pero mi padre murió, así que
nadie se preocupó ya de mí. Vendí la casa y lo poco que teníamos, liquidé
algunas deudas y me trasladé efectivamente con el patrimonio heredado de mi
padre a Cracovia, donde estudié unos años bajo la atenta vigilancia de mi
pariente. Luego fui a Dantzig, y después a Königsberg. Finalmente, impulsado
por una fuerza irresistible, emprendí un viaje hacia el sur. Tenía la esperanza
de sobrevivir con el resto de la herencia y luego encontrar un puesto en
cualquier universidad, pero me habría ido realmente mal si no hubiese obtenido
ganancias considerables en la partida de faro del Soberano, lo que me permitió
quedarme aquí algún tiempo más con comodidad para después, como tenía planeado,
seguir viaje hacia Italia. Algo extraordinario que sea digno de contar no ha
acaecido en mi vida. Pero debo mencionar que me habría sido fácil demostrar sin
lugar a dudas la veracidad de mis datos, si no fuese por una casualidad que me
hizo perder mi cartera, en la que portaba mi pasaporte, mi ruta de viaje y
otros documentos que habrían servido para este fin.
El juez se enfureció
repentinamente de manera ostensible, me miró fijamente y preguntó con un tono
casi sarcástico qué casualidad era la que me había impedido que legitimara mi
situación, como se reclamaba.
—Hace varios meses —expliqué— me
encontraba en camino hacia aquí por las montañas próximas. El tiempo primaveral
y la región, tan espléndida y romántica, me animaron a seguir la senda a pie.
Cansado, reposaba un día en la posada de un pueblo. Mandé que me sirvieran
refrescos y tomé una hoja de papel de mi cartera para anotar algo que se me
había ocurrido. La cartera estaba ante mí, en la mesa. Poco después irrumpió un
jinete, cuyo extraño traje y aspecto salvaje llamaron mi atención. Entró en la
sala, reclamó una bebida y se sentó frente a mí, mirándome sombrío y con
timidez. Su presencia me inquietó, así que salí al aire libre. Al poco rato
salió también el jinete, pagó al posadero y se marchó con prisa, saludándome a
escape. Estaba dispuesto a seguir viaje, cuando me acordé de la cartera que
había dejado en el interior de la posada, sobre la mesa. Entré y la encontré en
el mismo sitio en que la había depositado. El día siguiente, cuando saqué de
nuevo la cartera, comprobé que no era la mía, sino que probablemente pertenecía
al extraño, que seguramente las
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había intercambiado por error. En
el interior encontré sólo algunas anotaciones para mí indescifrables y varias
cartas dirigidas a un tal conde Victorino. Esta cartera, junto con su
contenido, se puede encontrar todavía entre mis cosas. En la mía, como he
dicho, se encontraban mi pasaporte, mi ruta de viaje y, ahora que me acuerdo,
incluso mi partida de nacimiento. Todo esto perdí con aquella confusión.
El juez hizo que describiera a la
persona mencionada desde la cabeza hasta los pies, y yo no dejé de adaptar
hábilmente su aspecto con todas las peculiaridades al del conde Victorino y al
mío propio cuando huí del castillo del barón F. El juez no cesaba de
preguntarme acerca de las circunstancias de este suceso y, mientras contestaba
a todo de manera satisfactoria, la imagen se iba redondeando de tal manera en
mi interior que yo mismo empecé a creérmelo todo y así no corría ningún peligro
de incurrir en contradicciones. Con justicia puedo considerar un pensamiento
afortunado —para justificar la posesión de cartas que, efectivamente, todavía
se encontraban en el portafolio, dirigidas al conde Victorino— la introducción
en la trama de una persona fingida, que en el futuro, según lo fueran
determinando las circunstancias, podría representar al huido Medardo o al conde
Victorino. También se me ocurrió que quizá, entre los papeles de Eufemia,
podrían encontrarse cartas que incluyeran referencias al plan de Victorino,
consistente en aparecer en el castillo disfrazado de monje. De este modo
contribuirían a la confusión y oscurecimiento de toda la causa. Conforme el
juez me preguntaba, mi fantasía continuaba trabajando, surgiendo nuevos
mecanismos para protegerme de cualquier descubrimiento. Empecé a creer que
estaba asegurado contra lo peor. Ahora esperaba, ya que parecía haber dado
suficiente cuenta de mi vida, que el juez se centraría en los crímenes que me
imputaban, pero no ocurrió así. Por el contrario, me preguntó por qué había
tratado escapar de la prisión. Le aseguré que semejante empresa no se me había
pasado por la cabeza. El testimonio del vigilante, que me sorprendió trepando
hasta la ventana, parecía, sin embargo, desmentir mi afirmación. El juez me
amenazó, diciendo que si había un segundo intento de fuga me encadenarían. Fui
llevado de nuevo a la celda. Me habían quitado la cama y preparado un lecho de
paja en el suelo, la mesa había sido atornillada y, en vez de la silla,
encontré un banco demasiado bajo. Pasaron tres días sin que me preguntaran nada
más. Sólo veía el semblante hosco de un viejo carcelero que me traía la comida
y apagaba por las noches la lámpara. Entonces disminuyó la tensión que me
invadía, similar a la de afrontar una lucha a vida o muerte en la que tenía que
participar como un osado combatiente. Caí en tristes y sombrías cavilaciones;
todo me era indiferente, incluso la imagen de Aurelia había desaparecido. Pero
pronto renació de nuevo mi espíritu combativo, aunque sólo para recaer a continuación,
con más fuerza si cabe, en el sentimiento enfermizo y siniestro de estar
encerrado, que la soledad y el pesado aire de la prisión habían creado y que no
era capaz de resistir. No podía dormir. Los extraños reflejos que la luz
temblorosa y sombría de la lámpara proyectaba en las paredes y en el techo
semejaban rostros deformes. Apagué la lámpara, oculté mi rostro en los cojines
de paja, pero entonces
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sonaban, rompiendo la horrible
tranquilidad nocturna, el espantoso ruido de las cadenas y los sordos quejidos
de los presos. A veces me parecía escuchar los gritos agónicos de Eufemia y de
Victorino. «¿Soy acaso culpable de vuestra perdición? ¿No fuisteis en realidad
vosotros, impíos, los que os entregasteis a mi brazo vengador?», exclamé. Pero
luego resonó un suspiro mortal en la bóveda, y con profunda desesperación
aullé: «¡Eres tú Hermógenes!… ¡La venganza está próxima!… ¡Ya no existe
salvación!…». En la novena noche ocurrió, cuando, casi inconsciente de terror,
yacía en el frío suelo de la celda. Entonces pude oír claramente un ligero
golpeteo debajo de mí. Escuché con atención, el golpeteo continuaba, pero una
extraña risa se filtraba, entre golpe y golpe, a través del suelo. Me levanté y
me arrojé sobre el lecho de paja, pero continuaba sonando. Risas y gemidos
acompañaban al ruido funesto. Finalmente se pudo oír un grito lejano que, con
una voz balbuceante y horrible, pronunciaba: «¡Me-dar-do… Me-dar-do!». Una
corriente de hielo recorrió mis miembros. Me repuse y grité:
—¿Quién va? ¿Quién hay ahí?
Rió con más fuerza, gimió, se
lamentó, golpeó y balbuceó con un tono más ronco:
«¡Me-dar-do… Me-dar-do!». Me
levanté del lecho.
—¡Quienquiera que seas, que vagas
como un espectro, aparece ante mí para que pueda verte o cesa de reírte
cruelmente y de golpear!
Así grité en la tenebrosa
oscuridad, pero justo debajo de mis pies golpeó con más fuerza y balbuceó:
«Jijiji… Jijiji… hermanito… hermanito… Me-dar-do… estoy aquí… aquí… abre… abre…
vamos al bosque… al bosque». Ahora resonaba la voz oscura en mi interior como
antes lo había hecho en el exterior. Ya la había oído con anterioridad, pero no
tan rota y lóbrega. Con horror creía escuchar mi propia voz. Involuntariamente,
como si quisiera comprobar si en efecto era así, balbuceé:
—Me-dar-do… Me-dar-do.
Entonces volvió a reír, pero con
sarcasmo y furia: «¿Her-ma-ni-to… her-ma-ni-to… me has… me has… reconocido?
¡Abre… abre… vamos al bosque… al bosque!».
—Pobre demente —surgió de mí una
voz ronca y espantosa—, no te puedo abrir, ni salir al hermoso bosque, al
espléndido aire libre primaveral, que debe de soplar fuera. ¡Estoy encerrado en
una oscura y tenebrosa mazmorra como tú!
A continuación se oyó un quejido
sin consuelo, y el golpeteo se fue haciendo más débil e inaudible, hasta que
finalmente desapareció. Los primeros rayos de la mañana atravesaron la ventana,
se descorrieron los cerrojos y el carcelero, al que no había visto durante todo
este tiempo, entró en la celda.
—Esta noche —comenzó— se han
escuchado en vuestra celda todo tipo de ruidos y voces. ¿Qué ha ocurrido?
—Tengo la costumbre —respondí tan
tranquilo como me fue posible— de hablar con fuerza cuando duermo, y también de
conversar a solas cuando estoy despierto. Espero que esto al menos esté
permitido.
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—Probablemente os será conocido
—continuó el carcelero— que cualquier intento de huir y cualquier entendimiento
con los demás prisioneros se hace pagar caro.
Le aseguré que nada podía estar
más lejos de mis intenciones. Dos horas más tarde me llevaron ante el tribunal
de lo criminal. No fue el juez que me había interrogado con anterioridad, sino
otro bastante más joven, y según pude comprobar a simple vista muy superior en
inteligencia y perspicacia, el que salió a mi encuentro con gesto amable y me
invitó a tomar asiento. Todavía le veo ante mí. Para su edad era bastante
corpulento, apenas tenía pelo y llevaba lentes. De todo su ser se desprendía
una bondad y afabilidad que logró que me sintiera bien; precisamente por este
rasgo pocos criminales podrían resistírsele, quizá sólo los más empedernidos.
Preguntaba con ligereza, casi con el tono propio de una conversación, pero las
preguntas habían sido cuidadosamente estudiadas y las formulaba de forma tan
precisa que sólo eran posibles respuestas concretas.
—Antes que nada debo preguntaros
—así comenzó— si todo lo que habéis indicado sobre vuestra vida está realmente
fundado o si, después de haber reflexionado, no habéis recordado alguna
circunstancia que deseéis todavía mencionar.
—He dicho todo lo que sobre mi
simple vida se puede decir. —¿Habéis frecuentado la compañía de eclesiásticos…,
de monjes?
—Sí, en Cracovia… Dantzig…
Frauenburg… Königsberg. En la última ciudad con miembros del clero secular, que
ocupaban plazas de párrocos o de capellanes en la Iglesia.
—No habéis mencionado con
anterioridad que habíais estado en Frauenburg. —Porque no consideré de
importancia mencionar una corta estancia de ocho días
cuando iba en camino de Dantzig a
Königsberg. —¿Así que habéis nacido en Kwiecziczewo?
Esta pregunta la formuló el juez
repentinamente en polaco y, además, en auténtico dialecto polaco, con gran
fluidez. Permanecí un instante confuso, pero me recuperé y me acordé de un poco
de polaco que había aprendido de mi amigo Krczynski en el seminario. Respondí:
—En la pequeña finca de mi padre
en Kwiecziczewo.
—¿Cómo se llama la finca?
—Kwiecziczewo, patrimonio de mi
familia.
—Para ser de nacionalidad polaca,
no habláis el idioma con mucha soltura. Para decirlo correctamente, lo habláis
con bastante dialecto alemán. ¿Cómo es posible?
—Desde hace muchos años sólo
hablo alemán. Incluso ya en Cracovia tenía mucho trato con alemanes que querían
aprender polaco conmigo. Debí de asimilar su dialecto imperceptiblemente, tan
fácilmente como se asimila un acento regional, olvidando lo mejor y más
peculiar del mismo.
El juez me miró, una ligera
sonrisa iluminó su semblante; luego se dirigió al
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protocolante y le dictó algo en
voz baja. Distinguí claramente las palabras: «Visiblemente confuso». Quise
extenderme algo más sobre mi mal polaco, pero el juez preguntó:
—¿Habéis estado alguna vez en B.?
—¡Nunca!
—El camino que conduce de
Königsberg hasta aquí os pudo llevar hasta esa ciudad.
—Vine por otro camino.
—¿No habéis conocido nunca a un
monje del monasterio capuchino en B.? —¡No!
El juez hizo sonar una campana e
impartió una orden al ayudante del juzgado que acababa de entrar. Poco después
se abrió la puerta y temblé de espanto al ver entrar al padre Cirilo. El juez
preguntó:
—¿Conocéis a este hombre?
—¡No! Nunca lo he visto con
anterioridad.
Entonces Cirilo esforzó su vista,
dirigida fijamente hacia mí. Se acercó, juntó las manos y, mientras copiosas
lágrimas brotaban de sus ojos, gritó:
—¡Medardo, hermano Medardo!… Por
amor de Dios, cómo es posible que os encuentre como un impío criminal, seducido
por el demonio. ¡Hermano Medardo, vuelve en ti, confiesa, arrepiéntete… la
bondad de Dios es infinita!
El juez pareció mostrarse
insatisfecho con las palabras de Cirilo. Le interrumpió con la pregunta:
—¿Reconocéis a este hombre como
el monje Medardo del monasterio capuchino en B.?
—Que Dios me ayude —respondió
Cirilo—, no puedo creer otra cosa que este hombre, a pesar de vestir de
paisano, es aquel Medardo que fue novicio ante mis ojos y recibió las sagradas
órdenes en el monasterio capuchino en B. Pero Medardo tenía una señal roja en
forma de cruz en la parte izquierda del cuello, si este hombre…
—Ya veis —interrumpió el juez—
que os toman por el capuchino Medardo, del monasterio en B., y que a este
Medardo se le imputan graves crímenes. Si no sois el monje, os será fácil
demostrarlo. Como el susodicho Medardo tiene una cicatriz en el cuello, vos, si
los datos que habéis suministrado son ciertos, no podéis tenerla. Así que se os
presenta ahora la oportunidad de mostrar la veracidad de lo expuesto. Dejad
libre vuestro cuello.
—No es necesario —repliqué
sereno—, una fatalidad parece haber creado una similitud asombrosa entre el
acusado, el para mí totalmente desconocido monje Medardo, y mi persona, pues yo
también tengo una señal roja en la parte izquierda de mi cuello.
Así era realmente. Aquella herida
en el cuello que me produjo la cruz de diamantes de la abadesa había dejado una
cicatriz roja en forma de cruz, que el tiempo no había podido suprimir.
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—Dejad libre vuestro cuello
—repitió el juez. Hice lo que ordenaba. Entonces exclamó Cirilo:
—¡Virgen Santísima! ¡La pequeña
cruz, es la pequeña cruz!… Medardo… Ay, hermano Medardo, ¿has renegado de la
salvación eterna?
Llorando y casi desvanecido,
permaneció hundido en su asiento.
—¿Qué podéis replicar a la
afirmación de este venerable monje? —preguntó el juez.
En ese instante algo recorrió mi
ser como un rayo flamígero. Toda la debilidad que amenazaba hacerme sucumbir se
apartó de mí. Era el mismo Renegado, que me susurraba:
«¿Qué pretenden estos pusilánimes
contra ti, mucho más fuerte en espíritu y conciencia?…
¿Debes, acaso, renunciar a
Aurelia?». Repliqué con un tono casi salvaje e irónico: —Este monje, que yace
inconsciente en la silla, es un anciano estúpido y débil mental que me ha
tomado en su loca fantasía por un capuchino fugado de su
monasterio, con el que a lo mejor
poseo una vaga similitud.
El juez había mantenido hasta el
momento una actitud sosegada, sin cambiar el gesto ni el tono. Pero por primera
vez se tornó su semblante sombrío y adquirió un aspecto de penetrante seriedad.
Se levantó y me miró fijamente a los ojos. Debo reconocer que hasta el brillo
de sus lentes tenía para mí algo insoportable, espantoso. No pude seguir
hablando. Invadido de una furia desesperada, alcé el puño ante la frente y
grité:
—¡Aurelia!
—¿Qué queréis decir? ¿Qué
significa ese nombre? —preguntó el juez con insistencia.
—Una oscura fatalidad me condena
a una muerte vergonzosa —dije con voz ronca y apagada—, pero soy inocente,
seguro…, soy completamente inocente, dejadme ir… tened compasión. Siento cómo
la locura empieza a apoderarse de mí a través de venas y nervios.
¡Dejadme ir!
El juez, ya tranquilo del todo,
dictó al protocolante cosas que no entendí. Finalmente me leyó un acta en la
que constaba todo lo que había preguntado y lo que yo había respondido, así
como lo que Cirilo había añadido. Tuve que firmar con mi nombre; entonces el
juez me instó a escribir algo en alemán y en polaco. Así lo hice. El juez tomó
la hoja en alemán y se la entregó al padre Cirilo, que mientras tanto ya se
había recuperado, con la pregunta:
—¿Tiene esta caligrafía similitud
con la del hermano Medardo?
—Es su letra, sin duda, hasta en
las mínimas peculiaridades —repuso Cirilo, y se volvió hacia mí. Quiso
hablarme, pero una mirada del juez le recomendó silencio.
El juez examinó detenidamente la
hoja escrita por mí en polaco; luego se levantó, vino hasta mí y dijo con un
tono de voz decidido y serio:
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—Vos no sois polaco. El escrito
está lleno de errores gramaticales y ortográficos. Ningún polaco escribiría
así, aunque hubiese recibido una educación científica inferior a la que vos
habéis recibido.
—He nacido en Kwiecziczewo, por
consiguiente soy polaco. Pero incluso en el caso de que no lo fuese, de que
enigmáticas circunstancias me obligasen a silenciar condición y nombre, no por
ello tendría que ser el capuchino Medardo, que se fugó, como debo suponer, del
monasterio en B.
—Ay, hermano Medardo —terció
Cirilo—, ¿no te envió nuestro venerable prior Leonardo, confiando en tu
fidelidad y piedad, a Roma?… ¡Hermano Medardo! ¡Por el amor de Dios, no niegues
por más tiempo de manera tan impía la condición sagrada que has ostentado y de
la que intentas escapar!
—Os suplico que no nos
interrumpáis —dijo el juez, y continuó, dirigiéndose a
mí:
—Debo llamaros la atención de
cómo la declaración fidedigna de este venerable señor fortalece la presunción
de que realmente sois el hermano Medardo, por el que se os tiene. No puedo
tampoco ocultar que se os confrontará con otras personas que os han reconocido
sin lugar a dudas como el citado monje. Entre estas personas se encuentra una
que, si las suposiciones son ciertas, deberéis temer especialmente. Incluso
entre vuestras cosas se ha encontrado algo que apoya las sospechas alzadas
contra vos. Pronto llegarán noticias sobre vuestras pretendidas circunstancias
familiares, que se han solicitado al juzgado de Posen… Todo esto os lo digo de
una manera más abierta de lo que exige mi oficio, para que quedéis convencido
de lo poco que cuento con una maniobra para, si las presunciones tienen una
base, haceros confesar la verdad. Preparaos como queráis. Si sois realmente el
acusado Medardo, entonces tened por cierto que la mirada del juez terminará por
penetrar en vuestros pensamientos más ocultos. Entonces sabréis también con
precisión de qué crímenes se os acusa. Si realmente sois, por el contrario,
Leonardo de Krczynski, por el que además os tenéis, y un extraño capricho de la
naturaleza, en lo que concierne a determinados rasgos y señales, ha creado una
similitud física con el susodicho Medardo, no os será difícil encontrar pruebas
que demuestren claramente esa identidad. Me parece que os encontráis en un
estado de ánimo bastante excitado, por lo que interrumpo aquí el
interrogatorio; además quisiera otorgaros un espacio de tiempo para que podáis
reflexionar. Después de lo que ha ocurrido hoy, no creo que os falte materia
para ello.
»—¿Entonces tenéis mis datos por
enteramente falsos?… ¿Veis en mí al monje fugado, a Medardo? —pregunté
nervioso.
El juez dijo con una ligera
inclinación:
—¡Adiós, señor de Krczynski! —y
me llevaron de nuevo a mi celda.
Las palabras del juez se clavaron
en mi interior como aguijones ardientes. Todo lo
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que acababa de ocurrir me parecía
estéril y absurdo. Que la persona ante la que me deberían confrontar y que
tanto debería temer era Aurelia, me resultaba demasiado evidente. ¿Cómo podría
soportarlo? Reflexioné sobre cuál de entre mis cosas podía resultar sospechosa.
Entonces, y para dolor de mi corazón, me acordé de que todavía poseía un
anillo, proveniente precisamente de mi residencia en el castillo del barón E,
con el nombre de Eufemia, así como las alforjas de Victorino, que llevé conmigo
en mi huida, ¡y que estaban todavía atadas con el cordón del hábito capuchino!
¡Me tuve por perdido! Desesperado, recorría la celda de un lado a otro. En ese
instante ocurrió como si alguien me susurrase en el oído: «¡Imbécil! ¿Qué te
acobarda? ¿No has pensado en Victorino?
» —¡Ja! No estoy perdido, sino
ganado está el juego —exclamé en voz alta.
Mi cerebro trabajaba con ardor.
Ya desde un principio había pensado que entre los papeles de Eufemia podría
encontrarse algo que hiciese referencia al plan de Victorino de aparecer en el
castillo disfrazado de monje. Apoyándome en ello, debía pretender de algún modo
haberme encontrado con Victorino, incluso con Medardo, por el que se me tenía.
Luego contaría la aventura en el castillo, que terminó de forma tan horrible,
como si fuera un cuento de oídas y me introduciría hábilmente en la historia
jugando un papel inocente, haciendo uso de mi parecido con ambos. Había que
tener en cuenta hasta el más mínimo detalle. Decidí escribir la novela que me
salvaría. Se me concedió el material de escritura que solicité para cotejar por
escrito algunas circunstancias de mi vida aún no mencionadas. Trabajé
intensamente hasta la noche. Mientras escribía, se exaltaba mi fantasía, todo
adquiría la forma de un poema perfecto, y el tejido de infinitas mentiras que
deberían ocultar al juez la verdad se tornaba cada vez más tenso.
La campana del castillo acababa
de tocar las doce, cuando empezaron a oírse de nuevo, lejanos y ahogados, los
golpes que el día anterior tanto me habían desasosegado. No quise prestar
atención, pero los golpes, siguiendo una cadencia, se hicieron cada vez más
fuertes, y también comenzaron a oírse risas y gemidos. Golpeando fuertemente la
mesa, grité:
—¡Silencio allá abajo!
Así creí darme ánimos ante el
horror que me invadía. Sin embargo, la risa, estridente y cortante, resonó en
la bóveda con fuerza. Un balbuceo se hizo audible:
—¡Her-ma-ni-to, her-ma-ni-to…,
quiero ir contigo… contigo… abre… abre! Algo comenzó a raspar, arañar, rechinar
en el suelo, justo a mi lado, y otra vez
gemidos y risas. Los ruidos se
hicieron cada vez más fuertes, pero entremezclados con golpes que retumbaban
como el desprendimiento de pesadas rocas. Me había levantado y sostenía la
lámpara en la mano. Algo se movió entonces debajo de mi pie. Me retiré y vi
cómo en el sitio en el que había permanecido se desencajaba una piedra del
pavimento. La desplacé por completo sin esforzarme en demasía. Un tétrico
resplandor se abrió paso por la abertura; un brazo desnudo, con un cuchillo
refulgente en la mano, salió a mi encuentro. Invadido de profundo espanto, me
retiré
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tembloroso. El balbuceo,
proveniente desde abajo, se repitió:
—¡Her-ma-ni-to! ¡Her-ma-ni-to!
¡Me-dar-do está aquí… aquí! ¡Huye! ¡Huye! ¡Al bosque! ¡Al bosque!
Rápidamente pensé en la huida y
en mi salvación. Superado el horror que me paralizaba, tomé el cuchillo, que la
mano me cedió sin resistencia, y comencé a raspar infatigablemente la argamasa
que había entre las piedras del suelo. El que estaba abajo presionaba con
fuerza. Cuatro, cinco baldosas yacían a mi lado ya desprendidas. De repente se
alzó desde la profundidad un hombre desnudo hasta la cintura que me miró
fijamente, de un modo espectral. Sus ojos, como su horrible risa, eran propios
de un demente. El resplandor de la lámpara iluminó su rostro. Me reconocí a mí
mismo y pensé que mis sentidos fallaban. Un dolor intenso en los brazos me
despertó de mi estado de inconsciencia. Alrededor había claridad, el carcelero
permanecía ante mí con una lámpara cegadora; ruido de cadenas y golpes de
martillo resonaban en la bóveda. Me estaban encadenando. Además de manillas de
hierro y grillos, me sujetaron a la pared con una cadena que terminaba en un
anillo férreo alrededor del cuerpo.
—Ahora dejará probablemente el
caballero de pensar en huidas —dijo el carcelero.
—¿Qué ha hecho el tipo? —preguntó
uno de los herreros.
—¡Vaya! —respondió el carcelero—.
¿Todavía no te has enterado, Jost?… Toda la ciudad lo sabe, es un maldito
capuchino que ha asesinado a tres personas. Ya lo han descubierto todo. En
pocos días tendremos una gran gala; entonces funcionarán las ruedas.
No pude oír nada más, perdí de
nuevo el sentido y la capacidad de razonar. Sólo con esfuerzo pude recuperarme
del aturdimiento. Permanecí en tinieblas hasta que, finalmente, penetraron
algunos rayos de luz apagados en la bóveda de apenas seis pies de altura, a la
que, como ahora pude comprobar con horror, me habían traído desde mi celda. Me
moría de sed, intenté alcanzar el cántaro de agua que había a mi lado. Algo
húmedo y frío se deslizó por mi mano. Vi a un repugnante sapo salir pesadamente
del agua. Lleno de asco y repugnancia dejé caer el cántaro. «¡Aurelia!», gemí,
con el sentimiento de infinita miseria que me poseía. «¿Y para esto las
miserables negaciones y las mentiras ante el juez? ¿Todas las artes hipócritas
del embaucador diabólico? ¿Para esto, para prolongar algunas horas más una vida
atormentada y rota? ¿Qué quieres, demente? ¿Poseer a Aurelia, que sólo podría
ser tuya cometiendo un crimen infame? Pues aunque proclamases tu inocencia al
mundo, ella seguiría reconociendo en ti al impío asesino de Hermógenes y te
despreciaría profundamente. Miserable, estúpido loco, ¿dónde están ahora tus
grandes planes, la fe en tu poder sobreterrenal, con el que creías manipular el
destino a tu antojo? Ni siquiera eres capaz de matar al gusano que roe
mortalmente tu corazón. Estás perdido de manera ignominiosa en tu desconsuelo,
aunque el brazo de la justicia perdone tu vida». Así, lamentándome en voz alta,
me arrojé sobre la paja y sentí en ese instante
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una presión en el pecho, que
parecía proceder de un cuerpo duro en el bolsillo de mi chaleco. Me llevé la
mano a ese lugar y saqué un cuchillo pequeño. Nunca, desde que estaba en
prisión, había poseído un cuchillo, debía de ser, por tanto, el mismo que mi
fantasmal sosia me había dado. Me levanté con esfuerzo y sostuve el cuchillo a
la luz de uno de los fuertes rayos de sol que penetraban en la celda. Discerní
la brillante empuñadura de plata. ¡Enigma indescifrable! Era el mismo cuchillo
con el que había matado a Hermógenes y que echaba en falta desde hacía semanas.
Pero ahora renacía en mi interior, luciendo con intensidad, la esperanza de
salvación y de consuelo ante la ignominia. La extraña manera en que había
recibido el cuchillo me pareció una señal del Poder eterno de cómo tenía que
expiar mis crímenes y cómo debería con mi muerte reconciliarme con Aurelia.
Como un rayo divino de puro fuego me invadió en ese momento el amor a Aurelia,
el anhelo pecaminoso había huido de mi ser. Era como si la viera antaño, cuando
apareció en el confesionario de la iglesia del monasterio capuchino. «¡Sabes
que te amo Medardo, pero tú no me comprendiste!… ¡Mi amor es la muerte!», así
me susurraba ahora la voz de Aurelia. Decidí confesar al juez libremente la
extraña historia de mis desvaríos y luego darme muerte.
El carcelero entró y me trajo
mejor comida de la que habitualmente había recibido, así como una botella de
vino.
—Ordenado así por el Soberano en
persona —dijo, mientras ponía la mesa que uno de los ayudantes había traído y
soltaba la cadena que me mantenía sujeto a la pared.
Le solicité que le dijera al juez
que deseaba prestar declaración, ya que quería confesarle cosas que turbaban mi
conciencia. Prometió hacerlo así, pero luego esperé en vano a que me llamaran a
declarar. Nadie se dejó ver, hasta que el ayudante, cuando ya había anochecido,
entró y encendió la lámpara que pendía de la bóveda. En mi interior estaba más
tranquilo que nunca, pero me sentía completamente agotado y me hundí pronto en
un profundo sueño. Entonces fui llevado a una amplia y sombría sala abovedada
en la que pude vislumbrar una hilera de clérigos vestidos de negro talar, que
se sentaban a lo largo de la pared en sillas elevadas. Frente a ellos, ante una
mesa cubierta con un paño color rojo sangre, se sentaba el juez, y junto a él
un fraile dominico con el hábito de la Orden. «Tu caso ha sido asumido por el
tribunal eclesiástico —dijo el juez con voz majestuosa y solemne—, ya que tú,
monje impío y obstinado, has renegado de tu condición y nombre. Francisco, con
el nombre monacal de Medardo, habla: ¿qué crímenes has cometido?». Yo quería
confesar abiertamente todos los actos pecaminosos e impíos que había cometido,
pero para mi espanto lo que decía no se correspondía con lo que pensaba y
quería decir. En vez de una confesión seria y arrepentida, me perdí en
justificaciones disparatadas y fuera de contexto. Entonces habló el dominico,
que permanecía ante mí con su enorme estatura y me penetraba con su terrible y
refulgente mirada: «Al tormento contigo,
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monje contumaz y porfiado». Las
extrañas figuras sentadas alrededor se levantaron y extendieron sus largos
brazos hacia mí, gritando al unísono con voz horrible: «¡Al tormento con él!».
Saqué el cuchillo y lo dirigí
hacia mi corazón, pero el brazo tomó otra dirección sin que pudiera hacer nada
para remediarlo. Se clavó en el cuello, justo donde tenía la cicatriz en forma
de cruz, y la hoja saltó, sin herirme, como un pedazo de vidrio roto. En ese
momento me cogieron los verdugos y me empujaron hasta un profundo subterráneo
abovedado. El dominico y el juez vinieron detrás. Una vez más me conminó el
juez a que confesase. Una vez más me esforcé en hacerlo, pero entre mi
pensamiento y mis expresiones existía una desavenencia demencial. Lleno de
arrepentimiento, compungido y preso de profunda vergüenza, confesaba
absolutamente todo en mi interior, pero lo que salía de mi boca era confuso y
absurdo. Obedeciendo la señal del dominico, los verdugos me desnudaron, me
ataron las manos a la espalda y, al izarme, sentí cómo las articulaciones
extendidas crujían y amenazaban con romperse. Atenazado por un dolor furioso y
atroz, grité y me desperté. El dolor en las manos y en los pies duraba todavía.
Había sido ocasionado por las cadenas que llevaba, pero además sentía una
presión en los ojos que me impedía abrirlos. Por fin me pareció como si
repentinamente me hubieran quitado un peso de la frente. Me puse de pie con
rapidez y pude ver ante mi lecho de paja a un monje dominico. Mi sueño se hacía
realidad, la sangre se heló en mis venas. Inmóvil como una columna, con los
brazos cruzados, el monje me miraba fijamente con sus profundos ojos negros.
Reconocí al horrible pintor y caí casi inconsciente en el lecho. Quizá sólo era
una ilusión causada por la excitación del sueño. Me recuperé, me levanté, pero
no, allí estaba el monje, estático, mirándome fijamente con sus insondables
ojos negros. Entonces grité con una desesperación demencial:
—¡Ser espantoso, vete… vete de
aquí! ¡No!… ¡No eres un ser humano, eres el Renegado en persona que quiere mi
eterna perdición! ¡Vete de aquí, impío!
—¡Pobre y ciego necio, yo no soy
el que pretende atraparte con férreos lazos indestructibles, ni el que quiere
desviarte de la obra sagrada, para la que el Poder eterno te ha destinado!
¡Medardo, pobre y ciego necio! Espantoso, horrible debí de aparecer ante ti,
cuando osaste mirar irreflexivamente en la fosa abierta de la condenación
eterna. Te advertí, pero no me entendiste. ¡Levántate! ¡Acércate a mí!
El monje dijo todo esto con un
tono de voz ahogado, como una queja profunda que rompía el corazón. Su mirada,
anteriormente tan terrible, se había tornado suave y dulce, ablandando la forma
de su rostro. Una tristeza indescriptible invadía mi pecho. Como un enviado del
Poder eterno para animarme, para consolarme de mi infinita miseria, aparecía
ahora ante mí el antaño espantoso pintor. Me levanté del lecho y me acerqué a
él; no era ningún espectro, pude tocar su hábito. Me arrodillé sin pensar, y él
puso su mano sobre mi cabeza, como bendiciéndome. Entonces pude contemplar en
mi interior espléndidas imágenes de luminosos colores. ¡Ah! ¡Me hallaba en el
bosque sagrado! Era el mismo lugar en el que, durante mi infancia, el
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peregrino vestido de manera
extraña me había traído aquel niño maravilloso. Quise avanzar, entrar en la
iglesia, que podía contemplar tan cerca de mí. Allí podría (así me lo parecía),
con penitencia y arrepentimiento, recibir el perdón de mis pecados mortales.
Pero permanecí inmóvil; no podía percibir mi propio «yo», no podía
aprehenderlo. Una voz ronca y sombría dijo: «¡El pensamiento es el acto!». Los
sueños se confundían. Era el pintor el que había pronunciado esas palabras.
—Ser incomprensible, ¿eras tú
mismo?, ¿eras tú el que aquella mañana desafortunada en la iglesia del
monasterio capuchino en B. … en la ciudad comercial y ahora?…
—¡Detente! —me interrumpió el
pintor—. En efecto, era yo el que en todas partes estaba a tu lado para
salvarte de la perdición y de la ignominia, pero tus sentidos permanecieron
cerrados. La obra, para la que has sido elegido, debe ser llevada a término para
tu salvación.
—¡Ah! —grité lleno de
desesperación—. ¿Por qué no sujetaste mi brazo cuando llevado de mi impiedad…
aquel joven?…
—No me fue concedido —respondió
el pintor—. ¡No preguntes más! Resulta temerario querer anticiparse a lo que el
Poder eterno ha decidido. ¡Medardo… te diriges hacia tu fin… mañana!
Un escalofrío recorrió mi cuerpo,
pues creí haber comprendido del todo al pintor. El conocía y consentía el
suicido por el que me había decidido. Se fue lenta y silenciosamente hacia la
puerta de la mazmorra.
—¿Cuándo volveré a verte?
¿Cuándo?
—¡Al final! —gritó, volviéndose
otra vez hacia mí, y su voz, fuerte y solemne, retumbó en la bóveda.
—Entonces, ¿mañana?
La puerta se cerró con lentitud;
el pintor había desaparecido.
Tan pronto como amaneció,
apareció el carcelero con sus ayudantes, que liberaron mis manos y pies
magullados de las cadenas. Iba a ser llevado a declarar en breve, según decían.
Ensimismado en mi interior, familiarizado con el pensamiento de mi muerte inminente,
entré en la sala del tribunal. Había organizado de tal manera mi confesión que
esperaba contar hasta el más mínimo detalle, aunque todo concentrado en un
corto relato de los hechos. El juez vino con rapidez a mi encuentro. Debía de
tener un aspecto muy desfavorecido, pues al contemplarme se le borró la sonrisa
que en un principio se había dibujado en su rostro, y que fue sustituida de
inmediato por una expresión de profunda compasión. Tomó mis manos y me llevó
con cuidado hasta su sillón. Entonces me miró fijamente y anunció lentamente y
con solemnidad:
—¡Señor Von Krczynski, tengo que
daros una buena noticia! ¡Sois libre! La investigación ha sido interrumpida por
orden del príncipe regente. Se os ha confundido con otra persona. El asombroso
parecido que mostráis con ella ha sido el culpable de esta confusión. ¡Vuestra
inocencia ha sido probada con claridad! ¡Sois
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libre!
Todo zumbaba y daba vueltas a mi
alrededor. La figura del juez lanzaba destellos, multiplicada por cien, en la
tupida niebla. Todo desaparecía en brumas tenebrosas. Finalmente sentí cómo
alguien me frotaba la frente con un paño húmedo y me recuperé del estado de
inconsciencia en el que había quedado sumido. El juez me leyó un breve
protocolo, que daba fe de que me había comunicado la cancelación del proceso y
había dispuesto la liberación de la prisión. Firmé en silencio. Era incapaz de
decir una palabra. Un indescriptible y destructivo sentimiento no dejó que
experimentara la más mínima alegría. Cuando el juez me contempló con su sincera
bondad de corazón, me pareció que era el momento indicado, ya que se creía en
mi inocencia y querían liberarme, de confesar abiertamente todas las impiedades
cometidas, para luego clavarme el cuchillo en el corazón. Quería hablar, pero
el juez parecía desear mi salida. Fui hacia la puerta, él me siguió y me dijo
en voz baja:
—Ahora dejo de ser juez. Desde el
primer instante en que os vi, vuestra persona me interesó muchísimo. Tanto como
las apariencias estaban contra vos (esto lo tendréis que reconocer), así
deseaba yo que no fuerais el monje despreciable y criminal por el que se os
tenía. Ahora os puedo decir con confianza… no sois polaco. No habéis nacido en
Kwiecziczewo. No os llamáis Leonardo von Krczynski.
Respondí con serenidad, seguro de
mí mismo:
—¡No!
—¿Tampoco eclesiástico? —siguió
preguntando el juez, que cerró los ojos, probablemente para ahorrarme su mirada
inquisitorial.
Algo hervía en mi interior.
—Escuchad —empecé a decir.
—Tranquilo —me interrumpió el
juez—. Lo que desde un principio sospeché y todavía sospecho se confirma. Ya
veo que aquí rigen circunstancias enigmáticas, y que vos estáis inmiscuido en
un secreto juego del destino con ciertas personas de la Corte. No pertenece a
mi profesión penetrar más profundamente en el caso, y consideraría una
indiscreción pretenden que me revelarais algo acerca de vuestra persona o de
las, con probabilidad, especiales condiciones que determinan vuestra
existencia. Pero ¿qué opinaríais de abandonar el lugar para huir de la
tranquilidad amenazada? Después de lo que ha ocurrido, no creo que os siente
bien prolongar aquí vuestra estancia.
Tan pronto como el juez terminó
de hablar, fue como si todas las nubes tenebrosas que habían presionado todo mi
ser se dispersasen rápidamente. Había recobrado la vida, y mis arterias y
nervios recuperaron el placer de vivir. «¡Aurelia!», volví a pensar en ella. ¿Y
tendría que ausentarme del lugar, irme lejos de su presencia? Suspiré
profundamente.
—¿Y abandonarla? —dije en voz
alta.
El juez me miró asombrado y dijo
rápidamente:
—¡Ah, ahora creo comprender!
Quiera el cielo, señor Leonardo, que una visión
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maligna que acaba de aparecer
claramente ante mí no se cumpla.
Todo se había transformado en mi
interior. El arrepentimiento había desaparecido, y casi era un signo de
frivolidad impía cuando le pregunté al juez con serenidad disimulada:
—¿Y, sin embargo, vos me
consideráis todavía culpable?
—Permitidme, señor —replicó el
juez muy serio—, que guarde para mí mis convencimientos, que sólo parecen estar
basados en un fuerte instinto. Se ha constatado de la mejor manera que vos no
podéis ser el monje Medardo, ya que el susodicho Medardo se encuentra aquí; al
que, además, el padre Cirilo, que se dejó confundir por vuestro extraordinario
parecido, ha reconocido como tal, incluso él mismo no niega ser el monje
capuchino. Con ello ha ocurrido todo lo que podía ocurrir para descargaros de
toda sospecha, y así debo creer que os sentís libre de toda culpa.
Un ayudante del juzgado llamó al
juez, por lo que la conversación quedó interrumpida justo cuando comenzaba a
tornarse desagradable.
Me dirigí a mi casa, donde
encontré todo tal y como lo había dejado. Mis papeles habían sido confiscados y
ahora descansaban sellados en un paquete encima del escritorio. Sólo eché de
menos la cartera de Victorino, el anillo de Eufemia y el cordón del hábito
capuchino. Mis suposiciones en la cárcel resultaron, por tanto, ciertas. No
había transcurrido mucho tiempo, cuando apareció un servidor del Soberano, que,
junto con una nota manuscrita, me entregó una caja de oro llena de piedras
preciosas. «Se os jugado una mala pasada, señor Von Krczynski, escribía el
príncipe regente, pero ni yo ni mis tribunales hemos sido culpables de ello.
Tenéis un parecido asombroso con un hombre especialmente malvado. Ahora todo ha
sido aclarado en vuestro favor. Os envío un signo de buena voluntad y albergo
la esperanza de poder veros pronto». La gracia del Soberano me era tan
indiferente como su regalo. Una tristeza sombría, que se deslizaba por mi
interior matando mi espíritu, era la secuela necesaria de la severa estancia en
prisión. Sentía que corporalmente necesitaba ayuda, así que me alegré cuando vi
entrar al médico de cámara. Todo lo relativo al aspecto médico fue tratado con
brevedad.
—¿No creéis —comenzó el médico
entonces— que constituye un auténtico capricho del destino, que justo en el
instante en el que se tenía la convicción de que vos erais el despreciable
monje que había originado tantas desgracias en el castillo del barón F, apareciera
realmente el monje, liberando así a vuestra persona de toda sospecha?
—Debo asegurar que no he sido
informado de los pormenores que han incidido en mi liberación. Sólo me dijo en
general el juez que el capuchino Medardo, al que se perseguía y con el que se
me confundió, había sido encontrado aquí.
—No encontrado, sino traído,
atado en un carruaje y casualmente al mismo
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tiempo en que vos llegasteis a la
ciudad. Ahora me acuerdo de que, cuando os quería contar aquellos extraños
sucesos que tuvieron lugar en nuestra Corte, fui interrumpido precisamente en
el momento en que había llegado al hostil Medardo, el hijo de Francesco, y a su
crimen impío en el castillo del barón F. Por consiguiente, tomo de nuevo el
hilo de los acontecimientos donde quedó roto. La hermana de nuestra Soberana,
como sabéis abadesa en el convento cisterciense en B., recibió amigablemente a
una mujer pobre y a su hijo, que regresaban de un peregrinaje al Sagrado Tilo.
—La mujer era la viuda de
Francesco, y el hijo, Medardo. —Muy bien, pero ¿cómo habéis llegado a esta
conclusión?
—De una manera extraña me han
sido dadas a conocer las enigmáticas circunstancias del capuchino Medardo. He
sido informado con exactitud hasta el momento en el que huyó del castillo del
barón F.
—¿Pero cómo?… ¿Por quién?
—Un sueño vívido me lo ha
mostrado todo.
—¿Os burláis?
—De ninguna manera. Realmente ha
ocurrido así, como si hubiera escuchado en sueños la historia de un desgraciado
que, como un juguete en manos de poderes oscuros, ha sido impulsado de crimen
en crimen. Desde el bosque me trajo el postillón y se equivocó de camino.
Llegué a la casa del guarda forestal, y allí…
—¡Ja! Ya comprendo todo, allí
encontrasteis al monje.
—Así es, pero estaba loco.
—No parece seguir estándolo. ¿Ya
en aquel tiempo tenía momentos de lucidez y os confió todo?…
—No precisamente. Por la noche
entró en mi habitación sin haber sido informado de mi llegada. Quedó espantado
por mi parecido asombroso. Me tomó por un doble, que venía a anunciarle la
muerte. Balbuceó, tartamudeó confesiones. Sin querer, agotado por el viaje, fui
vencido por el sueño. Me parece como si el monje hubiese seguido hablando
tranquilo y contenido, y realmente no sé ni cómo ni dónde comenzó el sueño.
Creo recordar que el monje afirmó que él no había matado a Eufemia y a
Hermógenes, sino que el asesino de ambos había sido el conde Victorino.
—Extraño, muy extraño, ¿pero por
qué callasteis todo esto al juez?
—¿Cómo podía esperar que el juez
otorgase algún peso a la historia, que, además, le tendría que sonar novelesca?
¿Puede creer, acaso, un esclarecido tribunal de lo criminal en lo prodigioso?
—Por lo menos podríais haber
supuesto que se os confundía con el monje demente, y haber designado a éste
como el capuchino Medardo.
—Es cierto, y además después de
que un anciano senil, creo que se llama Cirilo, me hubiese reconocido sin lugar
a dudas como su hermano del monasterio. No se me ocurrió que el monje loco
pudiera ser Medardo y que el crimen que me confesó
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pudiera constituir la materia del
proceso. El guarda forestal me dijo que jamás le había revelado su nombre,
¿cómo se llegó pues al descubrimiento?
—De la manera más simple. Como
sabéis, el monje había vivido algún tiempo en casa del guarda forestal. Parecía
curado, pero fue preso de la locura de nuevo. Sus ataques eran tan perniciosos
que el guarda se vio obligado a traerlo a la ciudad, donde fue encerrado en el
manicomio. Allí permanecía sentado noche y día con la mirada fija, sin moverse,
como una columna. No decía una palabra y tenía que ser alimentado, ya que era
incapaz de mover una mano. Los distintos remedios que se emplearon para sacarle
de esa apatía paralizante resultaron infructuosos. Sin embargo, no se pasó a
los más fuertes por miedo a que entrara en un delirio furioso. Hace algunos
días llegó el hijo mayor del guarda a la ciudad. Fue al manicomio para visitar
al monje. Lleno de compasión por el estado en que se hallaba el infeliz, se
encontró a la salida con el padre Cirilo del monasterio capuchino en B., que
casualmente pasaba por allí. Habló con él y le pidió que visitara al
desgraciado hermano de su Orden, que se encontraba encerrado en el manicomio,
ya que posiblemente los buenos consejos y el consuelo de uno de sus hermanos
podría serle beneficioso. Cuando Cirilo vio al monje, retrocedió con espanto:
«¡Virgen Santísima! ¡Medardo, infeliz Medardo!». Así gritó Cirilo, y en ese
instante los ojos del monje cobraron vida. Se levantó y con un grito ahogado
cayó de nuevo al suelo sin fuerzas. Cirilo, junto a los demás que presenciaron
el suceso, se dirigió enseguida al tribunal de lo criminal para hablar con su
presidente y contarle todo. El juez que llevaba vuestro asunto se desplazó con
Cirilo hasta el manicomio. Encontraron al monje muy débil, pero libre de
locura. Confesó que era el monje Medardo del monasterio capuchino en B. Cirilo
aseguró a su vez que vuestro increíble parecido con Medardo le había
confundido. Ahora se daba cuenta de cómo el señor Leonardo se distinguía
apreciablemente del monje Medardo en el lenguaje, la mirada, la actitud y la
forma de caminar. Se descubrió también la significativa marca en forma de cruz
en la parte izquierda del cuello, que tanta importancia adquirió en vuestro
proceso. Luego el monje fue interrogado acerca de los acontecimientos en el
castillo del barón F. «Soy un despreciable e impío criminal —dijo con una voz
apagada y casi incomprensible
—. Lamento profundamente lo que
he hecho. ¡Ah! Me dejé engañar por egoísmo, por la inmortalidad de mi alma.
¡Tened compasión de mí! ¡Dadme tiempo… quiero confesarlo todo… todo!».
Informado el Soberano del desarrollo de los acontecimientos, ordenó cancelar de
inmediato vuestro proceso y que os soltasen. Ésta es la historia de vuestra
liberación. El monje ha sido trasladado a la cárcel.
—¿Y ha confesado todo? ¿Ha
asesinado a Eufemia y a Hermógenes? ¿Qué pasa con el conde Victorino?
—Por lo que sé, comienza el
proceso criminal contra el monje precisamente hoy. En lo que se refiere al
conde Victorino, parece como si todos los acontecimientos acaecidos y que han
estado en relación con esta Corte, debieran permanecer oscuros e incomprensibles.
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—Sinceramente no entiendo cómo
los sucesos en el castillo del barón F. pueden estar conectados con aquella
catástrofe acaecida en la Corte.
—En realidad me refería más a las
personas que al suceso en sí.
—No os comprendo.
—¿Recordáis con exactitud mi
relato acerca de la catástrofe que llevó al príncipe a la muerte?
—Sí, me acuerdo.
—¿No resultaba evidente que
Francesco amaba con pasión criminal a la italiana, que era él quien se deslizó
antes que el príncipe en la cámara nupcial y le apuñaló? Victorino es el fruto
de aquel acto impío. Él y Medardo son hijos del mismo padre. Victorino ha
desaparecido sin dejar rastro, toda investigación acerca de su paradero ha sido
en vano.
—Fue arrojado por el monje al
abismo del diablo. ¡Maldito sea el loco asesino del hermano!
Muy bajo, muy bajo comenzó,
después de haber pronunciado estas palabras con fuerza, a sonar aquel golpeteo
causado por el monstruo espectral de la cárcel. Intenté combatir el horror que
me invadía, pero fue inútil. El médico no parecía advertir ni el golpeteo, ni
mucho menos la lucha interna en la que estaba involucrado. Continuó:
—¿Qué?… ¿Os ha confesado el monje
que también Victorino cayó por su mano? —¡Sí!… Al menos eso fue lo que pude
deducir de sus expresiones entrecortadas.
Si se ponen en relación con la
desaparición de Victorino, el asunto pudo desenvolverse así.
¡Maldito sea el loco asesino del
hermano!
El golpeteo se hizo más fuerte y
se empezaron a escuchar suspiros y gemidos. Una risa ligera silbó por la
habitación, sonaba como «¡Medardo… Medardo…, a… a… ayúdame!». El médico siguió
sin notar nada:
—Un secreto especial parece pesar
todavía acerca del origen de Francesco. Muy posiblemente estaba emparentado con
la casa del príncipe. Lo que sí es seguro es que Eufemia, la hija…
La puerta se abrió con un golpe
tan terrible que hizo saltar los goznes. Una risa espectral resonó en mi
interior.
—¡Jo, jo… jo… jo, hermanito!
—grité como un demente— jo jo…, aquí… aquí, al aire libre, si quieres luchar
conmigo… el búho se casa: ahora subiremos al tejado y lucharemos. El que arroje
al otro al vacío será rey y podrá beber sangre.
El médico me tomó del brazo y
exclamó:
—¿Qué os pasa? ¿Qué os pasa?
Estáis enfermo…, verdaderamente…, gravemente enfermo. A la cama enseguida, a la
cama.
Pero yo estaba paralizado ante la
puerta abierta. Temía que entrase mi doble, pero no vi nada y pude recuperarme
del espanto salvaje que me había atrapado con garras heladas. El médico
insistió en que estaba más enfermo de lo que yo podía suponer, y explicó todo
con el tiempo pasado en la cárcel y la alteración del ánimo causada por
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el proceso. Necesitaba sus
remedios, pero más que su arte contribuyó a mi rápida mejoría el no oír más los
golpeteos, por lo que parecía que el espantoso doble me había abandonado del
todo.
Una mañana el sol de primavera
lanzó con suavidad sus rayos dorados en el interior de mi habitación. El terso
aroma de las flores penetraba por la ventana. Un infinito anhelo me impulsó a
respirar al aire libre y, desobedeciendo la prohibición del médico, salí y me
dirigí al parque. Allí saludaron, susurrando y murmurando, los árboles y las
matas al convaleciente de una enfermedad mortal. Respiré profundamente, como si
hubiera despertado de un sueño largo y pesado. Suspiros profundos fueron
palabras imaginarias de bienestar que inserté en el trinar de los pájaros, en
el alegre zumbido de los insectos.
No sólo el pasado reciente, sino
toda mi existencia desde que había abandonado el monasterio, cuando me
encontraba en uno de los senderos flanqueado de oscuros plátanos, me parecía un
sueño. Estaba en el jardín de los capuchinos en B. Sobre un arbusto lejano
destacaba la elevada cruz, en la que a menudo imploraba con profundo fervor la
fuerza necesaria para combatir cualquier tentación. La cruz parecía ser ahora
la meta a la que debía aspirar, para, arrojado en el suelo, expiar y
arrepentirme de la impiedad causada por sueños pecaminosos que me había
procurado el diablo. Avancé con las manos dobladas y elevadas hacia lo alto, la
mirada dirigida hacia la cruz. El viento sopló cada vez más fuerte. Creí
escuchar los himnos de los hermanos, pero sólo eran los sonidos maravillosos
que el viento producía al agitar los árboles del bosque. Sin respiración por
causa del viento, tuve que detenerme agotado y apoyarme en un árbol para no
caer al suelo. Pero algo me impulsaba con un poder irresistible hacia la lejana
cruz. Hice acopio de todas mis fuerzas y seguí vacilante, pero sólo pude llegar
hasta un asiento cubierto de musgo situado justo delante del arbusto. Un
agotamiento mortal aquejó a todos mis miembros, que repentinamente quedaron
paralizados. Me agaché lentamente, como un débil anciano, y con ahogados
suspiros intenté aliviar el pecho oprimido. Se oían murmullos a mi alrededor…
¡Aurelia! Tan pronto como el pensamiento cruzó mi mente, se encontraba ante mí.
Lágrimas de anhelo ferviente brotaban de sus ojos celestiales, pero a través de
las lágrimas también brillaba una luz esplendorosa. Era la expresión
indescriptible del deseo, tan ajena a Aurelia. Pero así había refulgido también
la mirada llena de amor de aquel ser enigmático en el confesionario, que había
visto tantas veces en mis sueños más dulces.
—¿Podréis perdonarme alguna vez?
—susurró Aurelia.
Me arrojé ante ella, vencido por
su indecible encanto, y tomé sus manos. —¡Aurelia… mártir por ti… muerto!
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Sentí cómo me alzaban con
delicadeza. Aurelia se inclinó sobre mi pecho. Besos ardientes inundaron mi
rostro. Asustada por un ruido cercano, se alejó finalmente de mis brazos. No
pude detenerla.
—Mi anhelo y mi esperanza se han
cumplido —dijo en voz baja.
En ese instante vi venir a la
Soberana por el sendero. Me metí en el arbusto y pude comprobar con extrañeza
que había confundido una rama seca y delgada con un crucifijo.
Ya no sentía el agotamiento. Los
besos de Aurelia me habían proporcionado una nueva fuerza vital. Me parecía
como si ahora se hubiera descubierto, de manera clara y espléndida, el secreto
de mi existencia. ¡Ah! Era el maravilloso secreto del amor, que se revelaba en
su gloria pura y esplendorosa. Me encontraba en el momento culminante de mi
vida. A partir de este instante venía el descenso para que se cumpliera el
destino que el poder superior había urdido.
En esa época de mi vida, que me
envolvía como un sueño celestial, empecé a registrar por escrito todo lo que me
aconteció tras el encuentro con Aurelia. A ti, desconocido que leerás estas
páginas algún día, te pido que evoques aquellos tiempos luminosos de tu vida,
entonces comprenderás el lamento sin consuelo del monje que encaneció con dura
penitencia y expiación y compartirás sus quejas. Ahora te pido nuevamente que
dejes que aquel tiempo irradie tu interior, y no será necesario que te diga
cómo el amor de Aurelia iluminó mi ser y todo a mi alrededor, cómo mi espíritu
contempló y tomó con mayor intensidad la vida dentro de la vida, cómo, pleno de
entusiasmo divino, me invadió una alegría celestial. Ningún pensamiento
tenebroso pasó por mi alma. El amor de Aurelia me había purificado de pecado,
incluso germinó en mí de manera maravillosa la convicción de que yo no había
sido el desalmado que en el castillo del barón F. había asesinado a Eufemia y a
Hermógenes, sino que el monje demente que encontré en la casa del guarda
forestal era el autor del crimen. Todo lo que confesé al médico de cámara no me
parecía en absoluto una mentira, por el contrario, creía que era el verdadero y
enigmático desarrollo de los acontecimientos, aunque todavía seguían siendo
para mí incomprensibles. El Soberano me había recibido como a un amigo que
creía haber perdido pero que había vuelto a encontrar. Este comportamiento daba
naturalmente el tono, que todos debían compartir; sólo la Soberana, aunque más
dulce que de costumbre, se mantuvo seria y retraída.
Aurelia se comportaba conmigo con
una naturalidad ingenua, su amor no representaba una culpa que tuviera que
esconder al mundo, y mucho menos podía yo disimular en lo más mínimo el
sentimiento gracias al que vivía. Todos notaron la relación que sostenía con
Aurelia, nadie hablaba sobre ello, porque leían en la mirada
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del Soberano que quería tolerar
en silencio, aunque no favorecer, nuestro amor. Así ocurrió que pude
encontrarme con Aurelia más a menudo, incluso sin testigos. La apretaba entre
mis brazos, ella respondía a mis besos, pero, sintiendo cómo temblaba en su
timidez virginal, no podía dar rienda suelta a mis deseos pecaminosos. Todo
pensamiento impío agonizó en el escalofrío que recorría mi interior. Ella no
parecía sospechar ningún peligro y realmente no existía ninguno, pues cuando
permanecimos sentados en una habitación solitaria uno al lado del otro, cuando
su atractivo celestial era más fuerte que nunca y un salvaje deseo empezó a
inflamar mi pecho, entonces miró al pecador arrepentido con tan indescriptible
dulzura y castidad que sentí como si el Cielo me permitiera, ya aquí en la
tierra, acercarme a los santos. No era Aurelia, sino Rosalía en persona. Me
arrojé a sus pies y exclamé:
—¡Oh, piadosa santa! ¿Puede el
amor terrenal llegar a conmover tu corazón?
Entonces me dio su mano y me dijo
con voz dulce:
—¡Ah! No soy ninguna santa, pero
soy piadosa y te quiero mucho.
Hacía varios días que no veía a
Aurelia. Se había ido con la Soberana a pasar un tiempo a un castillo de
recreo. No lo pude soportar más y corrí hacia allí. Llegué por la noche y
encontré en el jardín a una camarera que me indicó la habitación de Aurelia.
Abrí la puerta sin hacer ruido y entré. Un aire pesado y un maravilloso aroma a
flores turbó mis sentidos. ¡Los recuerdos venían a mí como oscuros sueños! ¿No
era ésa la habitación de Aurelia en el castillo del barón, donde yo?… Tan
pronto como tuve ese pensamiento, me asaltó la impresión de que una figura
espectral se alzaba a mis espaldas, y grité en mi interior: «¡Hermógenes!».
Aterrado, corrí hacia adelante, la puerta del gabinete sólo estaba entornada.
Aurelia estaba arrodillada ante un taburete sobre el que había un libro
abierto, dándome la espalda. Atenazado por el miedo miré involuntariamente
hacia atrás. No vi nada. Entonces exclamé encantado:
—¡Aurelia, Aurelia!
Se volvió enseguida, pero antes
de que hubiese podido levantarse yacía a su lado y la abrazaba con fuerza.
—¡Leonardo, amado mío! —murmuró.
Un deseo salvaje y pecaminoso
ardió en mi interior. Ella descansaba sin fuerzas en mis brazos: su pelo,
sujetado con cintas, se había soltado y los exuberantes rizos caían sobre mis
hombros; los pechos brotaban juveniles. Suspiró. ¡Ya no me conocía! La alcé con
violencia y pareció fortalecida. Sus ojos despedían un extraño fulgor. Devolvió
mis besos furiosos con fogosidad. En ese instante sonó detrás de nosotros un
poderoso portazo. Un sonido cortante, como el grito de angustia de un
moribundo, retumbó en la estancia.
—¡Hermógenes! —gritó Aurelia y
perdió el conocimiento en mis brazos. Aturdido por el horror, salí corriendo.
Encontré a la Soberana, que regresaba de dar un paseo, en el pasillo. Me miró
seria y orgullosa, mientras decía:
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—¡Me resulta sorprendente veros
aquí, señor Leonardo!
Dominando mi perplejidad al
instante, le respondí en un tono decidido que, a menudo, se lucha en vano
contra estímulos intensos, y que a veces la apariencia más impertinente puede
pasar por la más conveniente.
Cuando regresaba a la ciudad en
noche tenebrosa, me parecía como si llevase a alguien a mi lado. Una voz
parecía susurrar:
—¡Sigo… sigo… con… tigo…
herma-nito… hermanito Medardo!
Miré a mi alrededor y comprobé
que mi doble espectral era un mero producto de mi fantasía. Sin embargo, era
imposible librarme de esa espantosa imagen.
Había llegado a un estado en el
que quería hablar con él y contarle lo estúpido que había sido el dejarme
aterrorizar por el loco de Hermógenes. Santa Rosalía debía ser pronto mía, del
todo mía, pues para ello era monje y me había consagrado. Entonces mi doble rió
y gimió, como ya antes había hecho, y tartamudeó:
—Pero ra… pido… rápido.
—Ten paciencia, muchacho —dije—,
ten paciencia, todo saldrá bien. A Hermógenes no le he acertado bien, tiene una
condenada cruz en el cuello, como nosotros, pero mi reluciente cuchillito está
todavía afilado y puntiagudo.
—¡Ji, ji… acierta… acierta bien
ahora!
Así murmuraba la voz del doble en
el fragor del viento de la mañana, impulsado por el fuego púrpura que ardía en
el este.
Acababa de llegar a mi casa,
cuando fui llamado por el Soberano, que me acogió muy amigablemente.
—De hecho, señor Leonardo
—comenzó a decir—, habéis ganado mi inclinación en alto grado. No puedo
ocultaros que mi buena voluntad hacia vos se ha tornado en verdadera amistad.
No quisiera perderos y me gustaría veros feliz. Por lo demás, se os debe toda posible
indemnización por lo que habéis padecido. ¿Sabéis, señor Leonardo, quién fue el
causante único de vuestro maligno proceso? ¿Quién os acusó?
—No, honorable señor.
—¡La baronesa Aurelia!… ¿Os
sorprende? Sí, sí, la baronesa Aurelia, señor Leonardo.
¡Ella —rió en voz alta—, ella os
tomó por un capuchino! ¡Por Dios, Nuestro Señor! Si fuerais un capuchino,
seríais el monje más galante que vio ojo humano. Decid con sinceridad, señor
Leonardo, ¿sois realmente una pieza de monasterio?
—Honorable señor, no sé qué
perversa fatalidad insiste en que sea monje. —¡Bien, bien! ¡No soy ningún
inquisidor! Sería una fatalidad que algún voto os
atara. ¡Al asunto! ¿No os
gustaría tomar venganza del mal que os hizo la baronesa? —¿En qué pecho humano
puede anidar semejante pensamiento contra un ser
celestial?
—¿Amáis a Aurelia? —preguntó el
Soberano, mirándome a los ojos con
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severidad. Callé, mientras
llevaba mi mano al pecho. El príncipe regente continuó:
—Ya sé, amáis a Aurelia desde el
mismo momento en que apareció en la sala con la Soberana. Sois correspondido y,
además, con un fuego que jamás hubiera sospechado en la dulce Aurelia. Ella
vive sólo para vos, la Soberana me lo ha contado todo. ¿Podéis creer que
Aurelia, tras vuestra detención, quedó sumida en un estado de ánimo tan
desesperado que tuvo que guardar cama por enfermedad, hallándose cerca de la
muerte? Aurelia os tomaba en aquel tiempo por el asesino de su hermano, así que
para nosotros su dolor resultaba todavía más inexplicable. Ya entonces os
amaba. Bien, señor Leonardo, o mejor, señor Von Krczynski, ya que pertenecéis a
la nobleza, os mantendré fijo en la Corte de una manera que os agradará. Os
casaréis con Aurelia. Dentro de unos días celebraremos el compromiso, yo mismo
representaré al padre de la novia.
Permanecí mudo, desgarrado por
sentimientos contradictorios.
—¡Adiós, señor Leonardo! —gritó
el Soberano y desapareció de la estancia, dirigiéndome una seña amistosa.
¡Aurelia, mi mujer! ¡La mujer de
un monje criminal! ¡No! ¡Los poderes oscuros no pueden pretenderlo, cualquiera
que sea el destino que pese sobre la pobre! Este pensamiento se impuso,
venciendo contra todo lo que podía oponerse. Sentí la necesidad absoluta de
tomar una decisión al instante, pero en vano consideraba medios indoloros para
separarme de Aurelia. La idea de no volver a verla me era insoportable, pero
que pudiese llegar a ser mi esposa me llenaba de una aversión inexplicable.
Claramente se afianzaba en mí el presentimiento de que, cuando el monje asesino
permaneciese ante el altar del Señor para cometer un sacrilegio impío con los
sagrados votos, aparecería la figura del extraño pintor, pero esta vez no
consolándome con dulzura, como en la prisión, sino anunciando horriblemente
venganza y perdición, como en la boda de Francesco. Su aparición me hundiría en
una deshonra sin nombre, en una miseria eterna. Pero entonces escuché una voz
interna y oscura: «¡Aurelia debe ser tuya! ¡Estúpido necio! ¿Cómo crees poder
cambiar el destino que pesa sobre vosotros?». Luego gritó de nuevo: «¡Al suelo,
arrójate al suelo! ¡Ser cegado por la infamia! ¡Nunca será tuya! Es la misma
Santa Rosalía a la que pretendes abrazar con amor mundano». Desgarrado por la
discrepancia entre los poderes espantosos que me zarandeaban de un lado a otro,
no era capaz de pensar ni de idear qué debía hacer para escapar de la perdición
que me amenazaba por todas partes. El estado de ánimo exaltado en el que había
transcurrido toda mi vida, incluida mi enigmática estancia en el castillo del
barón F., me parecía un sueño profundo, un sentimiento desaparecido. En sombrío
desaliento, me veía ahora como un vulgar libertino y como un delincuente común.
Todo lo que le había dicho al juez, al médico de cámara, no eran nada más que
mentiras necias y mal inventadas, en ningún caso se trataba de una voz
interior, de lo que, para colmo de males, yo mismo intentaba convencerme.
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Sumido en mis pensamientos,
concentrada la atención exclusivamente en mí mismo y sin escuchar nada de lo
que ocurría en mi entorno, me deslicé por la calle. Los gritos del cochero y el
estrépito de un carruaje me despertaron. Salté rápidamente a un lado. El
carruaje de la Soberana pasó de largo. El médico hizo una ligera inclinación
tras la portezuela del coche y me dirigió una seña amistosa. Le seguí hasta su
casa. Bajó del coche de un salto y me cogió por el brazo con estas palabras:
—Vengo de ver a Aurelia. ¡Tengo
que deciros algo! Llegamos a su habitación. —¡Ay, ay, ay! —comenzó—.
¡Imprudente! ¡Impetuoso! ¿Qué habéis hecho?
Aparecisteis ante Aurelia
repentinamente como si fueseis un fantasma, y la pobre, con sus nervios tan
débiles, ha enfermado.
El médico notó cómo empalidecí.
—Bueno, bueno —continuó—, no es
tan grave. Ella pasea ya por el jardín y regresará mañana con la Soberana a la
ciudad. Aurelia habló mucho de vos, señor Leonardo. Siente gran deseo de veros
de nuevo y de disculparse. Cree haberos dado una impresión necia e infantil.
No supe, al pensar en lo que
había ocurrido en el castillo, cómo interpretar las manifestaciones de Aurelia.
El médico parecía estar informado
de los planes que albergaba el Soberano respecto a mi futuro. Me lo dio a
entender con claridad, y con su acostumbrada vitalidad, que contagiaba a todos
los que se hallaban a su alrededor, logró sacarme del estado de ánimo sombrío
en que había caído. Así, la conversación se desarrolló con amenidad. Me
describió cómo había encontrado a Aurelia que, como un niño que no ha terminado
de salir de un sueño profundo, se quejaba en la cama, con ojos sonrientes y
lagrimosos y la cabecita apoyada en la mano, de visiones enfermizas. Repitió
las palabras de Aurelia, imitando su voz tímida, interrumpida por ligeros
suspiros y supo, al representar sus quejas con tonos graciosos, elevar la
escena con una ironía tan audaz que logró que apareciera su imagen ante mí
vívida y real. A esta descripción se sumó como contraste la de la solemne
Soberana, que no me divirtió menos.
—¿Pensasteis —comenzó
finalmente—, pensasteis cuando llegasteis a la capital que os iban a ocurrir
cosas tan extraordinarias? Primero la absurda confusión que os puso en las
manos del tribunal de lo criminal, y luego la fortuna envidiable que os prepara
el Soberano.
—Debo reconocer que la recepción
amigable inicial del Soberano me satisfizo mucho, pero siento, tanto como he
ganado en respeto ante el príncipe regente y ante la Corte, que todo se lo
tengo que agradecer a la injusticia sufrida.
—No sólo a ello, sino también a
otra pequeña circunstancia que podéis fácilmente adivinar.
—En absoluto.
—En verdad se os llama, como vos
queréis, señor Leonardo, como antes, pero ahora todos saben que pertenecéis a
la nobleza, ya que las noticias llegadas de Posen
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confirman vuestros datos.
—¿Cómo puede eso influir en el
Soberano, en el respeto que gozo en el círculo de la Corte? Cuando el príncipe
regente me conoció y me invitó a formar parte de su círculo, objeté que yo era
de origen burgués. A esta objeción respondió el príncipe diciendo que la
ciencia me ennoblecía y me capacitaba para aparecer en su entorno.
—Y así lo cree realmente,
coqueteando en sentido ilustrado con la ciencia y el arte. Habréis podido
observar en la Corte algunos eruditos y artistas de origen burgués, pero los
que están dotados de un mayor tacto entre ellos, aquéllos a los que les falta
la necesaria ligereza anímica y que no pueden situarse en un punto de vista
superior, alcanzado a través de una ironía que abarque el todo, a ésos los
veréis raramente, permanecen completamente al margen. Junto con la mejor
voluntad de mostrarse libre de prejuicios, en el comportamiento de la nobleza
respecto al burgués se mezcla también «algo» que se puede interpretar como
condescendencia, tolerancia de lo indecoroso. Eso no lo soporta ningún hombre
que siente un orgullo bien entendido. En el ámbito de la nobleza, sin embargo,
es el que debe ser tolerado y perdonado por su falta de gusto y vulgaridad
espiritual. Vos mismo pertenecéis a la nobleza, señor Leonardo, pero, como
puedo escuchar, habéis recibido una excelente instrucción científica y
espiritual. Por ello es posible que seáis el primer noble en el que no he
notado nada noble, en el peor sentido del término, dentro del círculo de la
Corte. Podéis creer que, como burgués, sólo digo lugares comunes o que alguna
experiencia personal ha despertado en mí un prejuicio, pero no es así.
Pertenezco a una de las clases que, más allá de ser simplemente toleradas, son
realmente protegidas y cuidadas. Los médicos y los confesores son auténticos
regentes, señores sobre cuerpos y almas, por consiguiente, y de una vez por
todas, pertenecientes a la mejor nobleza. ¿No debería una indigestión o la
eterna condenación incomodar menos a un cortesano? En lo que respecta a los
confesores, sólo tiene validez con los católicos. Los predicadores
protestantes, al menos en este país, son sólo oficiantes de andar por casa que,
después de haber conmovido algo la conciencia de Sus Majestades, se sientan
humillados en la última esquina de la mesa para disfrutar del vino y de los
asados. Es posible que sea difícil desprenderse de un prejuicio tan arraigado,
pero muchas veces falta también la buena voluntad que haga posible que un noble
tome conciencia de que sólo por ser quien es puede mantener una posición en la
vida a la que nada ni nadie en el mundo le da derecho. El orgullo genealógico
de la nobleza constituye, en estos tiempos cada vez más intelectualizados, una
aparición que raya en lo ridículo. Tomando su origen en la caballería, en las
guerras y en el ejercicio de las armas, se forma una casta que tiene como
misión exclusiva la defensa de las demás clases, y la relación subordinada del
protegido frente al protector surge por sí misma. Ya puede el sabio elogiar su
ciencia; el artista, su arte; el comerciante, el artesano, su actividad, que el
caballero llegará y dirá: «Mirad, aquí llega un enemigo, un intruso, al que
vosotros, inexpertos en el arte de la guerra, no podéis hacer frente, pero yo,
ducho en el ejercicio de las armas, me pondré, portando mi
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espada de batalla, ante vosotros,
y lo que constituye para mí un juego y un motivo de alegría salvará vuestra
vida y propiedad». Pero la violencia feroz desaparece de la tierra y el
Espíritu es el que crea e impulsa, desplegando su fuerza dominadora. Pronto se
reconocerá que un fuerte puño, una armadura, una espada poderosamente blandida
no son suficientes para vencer lo que el Espíritu quiere. Incluso la guerra y
el ejercicio de las armas se someten al principio espiritual del tiempo. Cada
uno quedará en el futuro más y más abandonado a sí mismo, de su patrimonio
intelectual deberá sacar lo que le otorgue valor ante el mundo, aunque el
Estado pueda ofrecerle algo todavía de su brillo cegador. Precisamente en el
principio contrario se basa el orgullo de estirpe defendido por la nobleza, que
encuentra su fundamento en la frase:
«Mis antepasados eran héroes,
ergo yo soy un héroe». Cuanto más lejos se pueden remontar, mucho mejor, pues,
si se puede fácilmente alcanzar a ver de dónde le viene al abuelo el sentido
heroico y dónde se le concedió la nobleza, entonces no se confía en él con
tanta seguridad, lo mismo ocurre con todo lo maravilloso que acontece en
nuestra cercanía. Todo tiene relación de nuevo con el valor heroico y la fuerza
corporal. Padres robustos y fuertes tienen por regla general hijos de la misma
condición, y de la misma manera se heredan el valor y el espíritu bélico.
Mantener pura la casta guerrera era, por consiguiente, una necesidad de la
época caballeresca y en ningún caso suponía un pobre beneficio que una mujer de
rancio abolengo diera a luz un «Junker», al que el pobre mundo burgués rogase:
«Por favor, no nos devores, protégenos de otros hidalgos». Con el patrimonio
intelectual no ocurre lo mismo. Muchos padres sabios engendran a menudo hijos
tontos, dándose el caso, precisamente porque la época de la caballería física
ha sido desplazada por la psíquica, de que sea más temible, respecto a
demostrar una nobleza heredada, descender de Leibniz que de Amadís de Gaula o
de otro caballero de recia estirpe perteneciente a la Tabla Redonda. El
«Espíritu del Tiempo» avanza hacia adelante en la dirección determinada desde
un principio, y la situación de la nobleza orgullosa de sus antepasados empeora
ostensiblemente. De aquí proviene también su comportamiento sin tacto,
compuesto de una mezcla de reconocimiento de los méritos y de desprecio y
altivez, que se dirige fundamentalmente contra el mundo y el Estado en que
prima lo burgués. Esta actitud puede ser el producto del sentimiento oscuro y
cobarde que engendra la sospecha de que ante los ojos de los sabios el oropel anticuado
ha perdido en valor por el transcurso del tiempo, apareciendo ahora ridículo en
su desnudez y vulgaridad. Gracias sean dadas al Cielo de que muchos nobles,
hombres y mujeres, reconocen el «Espíritu del Tiempo» y se elevan a las
espléndidas alturas de la vida que les ofrecen las ciencias y el arte. Ellos
serán los conjuradores de aquella hostilidad.
La conversación del médico me
había llevado a un terreno desconocido. Nunca se me había ocurrido reflexionar
acerca de la nobleza y su relación con la burguesía. El
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médico de cámara no sospechaba
que yo antes había pertenecido a la segunda clase, a la que, según su
afirmación, no afectaba el orgullo nobiliario. ¿No había sido yo, acaso, el
confesor más venerado y respetado en las casas más nobles de B.? Continué meditando
sobre ello y reconocí cómo había influido de nuevo en mi destino al mencionar
el nombre Kwiecziczewo a aquella anciana dama de la Corte, por el que quedaba
justificado mi origen noble y que, sin duda, había influido en la idea del
Soberano de casarme con Aurelia.
La Soberana había regresado. Yo
me apresuré a encontrarme con Aurelia. Me recibió con una encantadora timidez
virginal. La estreché entre mis brazos y en ese instante creí que podría ser mi
mujer. Aurelia estaba más tierna y afectuosa que de costumbre. Sus ojos estaban
llenos de lágrimas y el tono en el que hablaba era una súplica melancólica, del
mismo modo en que la ira irrumpe en el niño mimado en el momento de cometer una
falta. Pensé en mi visita al castillo de la Soberana y la incité para que me contase
todo. Le supliqué que me confiase lo que en aquel momento la aterrorizó. Ella
calló y bajó los ojos, pero tan pronto como me poseyó el pensamiento de mi
horrible doble, grité:
—¡Aurelia, por el amor de Dios!
¿Qué espantosa figura vislumbraste a nuestras espaldas? Me miró extrañada. Su
mirada se fue volviendo más y más fija hasta que dio un salto repentino, como
si quisiese huir, pero permaneció en su sitio y sollozó, tapándose los ojos con
las manos.
—¡No, no, él no puede ser!
La tomé con dulzura y ella se
recostó agotada.
—¿Quién, quién no puede ser?
—pregunté con insistencia, presagiando lo que estaba teniendo lugar en su
interior.
—¡Ah, amigo mío, mi amado! —dijo
en voz baja y triste—, ¿me tomarías por una loca visionaria si te contase todo…
todo lo que me perturba una y otra vez en la plena felicidad del amor más puro?
Un sueño horrible se repite en mi vida y sus espantosas imágenes se
interpusieron entre los dos el día que te vi por vez primera. Sentí su hálito
frío y mortal cuando entraste de manera sorpresiva en mi habitación del
castillo de la Soberana. Como tú aquella vez, un monje loco se arrodilló antaño
a mi lado para utilizar la oración con fines impuros. ¡Cuando rondaba a mi
alrededor como un animal salvaje que acecha a su presa, asesinó a mi hermano!
¡Ah, y tú… tus rasgos! … Tu forma de hablar… tu imagen… Deja que calle… deja
que calle…
Aurelia se inclinó hacia atrás.
Recostada en la esquina del sofá, apoyaba la cabeza en la mano. Los perfiles de
su cuerpo juvenil destacaban exuberantes. Permanecía ante ella, mis ojos
concupiscentes se abandonaban al goce del deseo infinito, pero con el placer
luchaba el sarcasmo demoníaco que gritaba en mi interior: «¡Tú, infeliz,
vendida a Satanás! ¿Pretendes escapar del monje que te tentó durante la
oración? ¡Ahora eres su prometida… su prometida!». En ese instante, el amor que
sentía por
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Aurelia, que parecía haber sido
iluminado por un rayo celestial cuando la encontré en el parque después de
escapar de la muerte y de la prisión, había desaparecido de mi interior, y el
pensamiento de que su perdición constituiría el momento culminante de mi vida
me invadía por completo. Llamaron a Aurelia de parte de la Soberana. Comprendí
que la vida de Aurelia encerraba relaciones que me afectaban y que seguían
siendo desconocidas para mí. Sin embargo, no encontraba ningún camino para
descubrirlas, ya que Aurelia, a pesar de mis súplicas, no quería aclararme el
sentido último de sus expresiones. La casualidad permitió que supiera aquello
que Aurelia pretendía silenciar.
Un día me encontraba en la
habitación del funcionario de palacio que se encargaba de expedir las cartas
privadas del príncipe regente y de otros miembros de la Corte. Se encontraba
ausente, cuando la criada de Aurelia entró con una carta voluminosa, que dejó
en la mesa con las otras cartas allí acumuladas. Un fugaz vistazo me convenció
de que la dirección, escrita de puño y letra de Aurelia, era la de la abadesa,
la hermana de la Soberana. La sospecha de que todo lo que para mí permanecía
aún desconocido formaba parte del contenido, me vino a la mente como un rayo.
Antes de que hubiese regresado el funcionario, ya estaba yo fuera con la carta
de Aurelia.
Tú, monje, o ser inmerso en la
actividad mundana que buscas escarmiento y una lección en mi vida, lee las
páginas que a continuación reproduzco, lee las confesiones de una piadosa y
devota muchacha regadas con las lágrimas de un pecador arrepentido y desconsolado.
Que un alma piadosa te bendiga como un consuelo luminoso en el momento del
pecado y de la impiedad.
AURELIA A LA ABADESA DEL CONVENTO
CISTERCIENSE EN…
Querida y buena madre: Con qué
palabras puedo anunciarte que tu niña es feliz, que por fin la horrible figura
que entró en mi vida como un espectro amenazante, impidiendo cualquier
comienzo, destruyendo todas las esperanzas, ha sido conjurada por el hechizo
del amor divino. Pero ahora me pesa en el alma, considerando la memoria que
guardas de mi infeliz hermano y de mi padre, al que mató la pesadumbre, y el
consuelo que me ofreciste en mi lastimoso estado, no haberte abierto mi corazón
como en sagrada confesión. Ahora, sin embargo, me es posible revelarte el
secreto ominoso que oculto profundamente en mi pecho. Parece como si un poder
maligno y siniestro hubiese hecho coincidir de manera falaz la mayor felicidad
de mi vida con un espectro horrible. Me vi obligada a oscilar de un lado a otro
como
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llevada por un mar encrespado y
probablemente a sucumbir sin salvación posible. Pero el Cielo me ayudó, como si
fuese un milagro, justo en el instante en que mi miseria sin nombre alcanzaba
límites insuperables. Pero debo regresar a mis años de infancia para contarlo
todo, todo, pues ya en aquellos años se inoculó en mi interior el germen que
durante años creció de manera funesta. Tenía tres o cuatro años de edad cuando,
en la época más bella de la primavera, jugaba en el jardín de nuestro castillo
con Hermógenes. Recogíamos todo tipo de flores y Hermógenes se dejó convencer
para hacer guirnaldas con las que yo me adornaba. «Ahora podemos ir a ver a
nuestra madre», dije, después de haberme colocado las guirnalda alrededor de mi
cuello. Entonces Hermógenes se levantó bruscamente de un salto y exclamó con
voz salvaje: «¡Quedémonos aquí, pequeña, nuestra madre se encuentra ahora en la
salita azul hablando con el diablo!». No comprendí lo que quería decir, sin
embargo quedé paralizada de horror y terminé llorando. «Hermana tonta, ¿de qué
te lamentas? —gritó Hermógenes—. Nuestra madre habla todos los días con el
diablo. ¡Y no le hace nada!». Tuve miedo de Hermógenes, sobre todo porque miró
ante sí de manera sombría, habló con crudeza y luego calló tranquilo. Nuestra
madre estaba ya en aquella época enferma. Sufría convulsiones espantosas que
daban paso a un estado comatoso. A Hermógenes y a mí nos retiraban cuando
tenían lugar los ataques. Yo no paraba de quejarme, pero Hermógenes decía con
voz apagada: «¡El diablo se lo ha hecho!». Así se despertó en mi mente infantil
el pensamiento de que mi madre tenía relaciones con un horrible y malvado
espectro, ya que no me imaginaba al diablo de otra manera, pues todavía
desconocía la doctrina de la Iglesia. Un día me dejaron sola y empecé a
sentirme mal, angustiada, y me fue imposible poder huir por causa del miedo que
me poseyó cuando me di cuenta de que me encontraba en la salita azul, donde
según afirmaciones de Hermógenes nuestra madre hablaba con el diablo. Las puertas
se abrieron y entró nuestra madre pálida como un cadáver y se situó justo
delante de una pared vacía. Gritó con voz profunda y lastimosa: «¡Francesco,
Francesco!». Entonces se pudo escuchar un ruido detrás de la pared, que se
abrió y dejó al descubierto un retrato de tamaño natural de un hombre hermoso y
maravillosamente vestido con una capa violeta. La figura, el rostro de aquel
hombre me causaron una fuerte, indescriptible impresión. Grité de júbilo. Mi
madre, mirando a su alrededor, reparó por fin en mí y exclamó: «¿Qué haces
aquí, Aurelia? ¿Quién te ha traído?». De carácter dulce y bueno, ahora estaba
furiosa, como nunca la había visto. Creí ser culpable de ello. «Ay —balbuceé
entre lagrimas—, me han dejado aquí sola. Yo no quería quedarme». Pero cuando
comprobé que el cuadro había desaparecido, exclamé: «Ay, el cuadro tan bonito,
¿dónde está?». Mi madre me subió en brazos, me besó y abrazó, luego dijo:
«¡Eres mi niña
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buena y querida, pero nadie puede
ver el cuadro, ahora ha desaparecido para siempre!». No conté a nadie lo
sucedido, sólo le dije una vez a Hermógenes: «¡Oye, nuestra madre no habla con
el diablo, sino con un hombre hermoso, pero sólo es un cuadro que surge de la
pared cuando nuestra madre lo llama!». Hermógenes miró fijamente ante sí y
murmuró: «El diablo puede tomar la apariencia que quiere, dice nuestro señor
padre, pero a nuestra madre no le hace nada». Me invadió de nuevo el horror y
supliqué a Hermógenes que no hablase más del diablo. Fuimos a la capital, el
cuadro se desvaneció en mi memoria y ni siquiera después de la muerte de mi
madre, cuando regresamos al campo, recobró su viveza. El ala del castillo, en
la que se encontraba la salita azul, permaneció deshabitada. Allí estaban las
estancias de mi madre, que mi padre no podía pisar sin que se despertasen en él
los recuerdos más dolorosos. Reparaciones en el edificio hicieron finalmente
necesario abrir las habitaciones. Entré en la salita azul precisamente cuando
los trabajadores estaban quitando el pavimento. Tan pronto como uno de ellos
levantó una mesa situada en el centro de la habitación, algo sonó detrás de la
pared y apareció el cuadro de tamaño natural del desconocido. Se descubrió el
resorte en el suelo que, al ser presionado, ponía en funcionamiento una máquina
que desplazaba el revestimiento de la pared. En aquel instante pensé vivamente
en mis años de infancia, mi madre estaba de nuevo ante mí, derramé lágrimas
ardientes, pero no pude apartar la mirada del hombre espléndido y desconocido
que me contemplaba desde el cuadro con ojos refulgentes. Probablemente
informaron a mi padre del hallazgo poco después de que se produjo. Entró en la
habitación cuando yo todavía permanecía ante el cuadro y bastó una fugaz mirada
para que el horror le invadiera. Quedó estático y murmuró: «Francesco,
Francesco». Después se volvió hacia los trabajadores y ordenó con voz poderosa:
«Descolgad el cuadro inmediatamente de la pared, enrolladlo y dádselo a Reinaldo».
Tuve la sensación de que nunca podría volver a ver a aquel hombre hermoso que,
con su espléndido traje, aparecía ante mí como un príncipe del espíritu. Pero
una timidez insuperable me impidió rogar a mi padre que no lo hiciese destruir.
Pocos días después había desaparecido por completo la impresión que me había
causado el hallazgo del cuadro. Había cumplido ya catorce años y era todavía
una niña irreflexiva y salvaje, por lo que desentonaba con el serio y solemne
Hermógenes. Le decía a mi padre que Hermógenes parecía una niña tranquila y yo
un chico bastante travieso. Pero esto cambiaría pronto. Hermógenes comenzó a
ejercitarse en el arte de caballería con pasión y fuerza. Vivía sólo para la
lucha y la batalla y, como pronto habría guerra, le solicitó a mi padre entrar
enseguida a prestar servicio de armas. Yo quedé sumida en aquel tiempo en un
inexplicable estado de ánimo, que pronto perturbó todo mi ser. Un extraño
malestar, que parecía proceder del alma, afectaba violentamente a todos los
pulsos vitales.
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Muchas veces estuve al borde del
desmayo, luego experimentaba todo tipo de sueños e imágenes extraordinarias. Me
parecía como si pudiese contemplar un cielo radiante pleno de placer y
bendiciones, aunque mis ojos permanecían cerrados como los de un niño somnoliento.
Sin saber por qué, podía a menudo estar mortalmente afligida y, sin embargo,
alegre y desenvuelta. La más mínima causa me hacía derramar lágrimas. Un anhelo
inexplicable se tornaba tan intenso que me producía dolores corporales, de tal
modo que mis miembros se agitaban convulsos. Mi padre se dio cuenta de mi
estado, lo atribuyó a unos nervios sobreexcitados y buscó la ayuda de un médico
que recetó todo tipo de medicamentos sin resultado. Yo misma no sé cómo
ocurrió, pero repentinamente apareció en mi mente tan vívido el cuadro olvidado
del hombre desconocido que me parecía como si realmente estuviera ante mí,
dirigiéndome una mirada compasiva. «Ay, ¿debo morir acaso? ¿Qué es lo que me
atormenta de manera tan indecible?», pregunté a la fantasmagórica visión.
Entonces el desconocido rió y respondió: «Tú me amas Aurelia, ése es tu
tormento, pero ¿puedes romper el voto del consagrado?». Advertí con asombro que
el desconocido vestía el hábito de la Orden de los capuchinos. Intenté hacer
acopio de todas mis fuerzas para despertar de aquel extraño estado onírico. Lo
conseguí. Estaba firmemente convencida de que aquel monje había sido una imagen
engañosa liberada por mi fantasía, pero también me resultó demasiado evidente
que me había sido revelado el secreto del amor. ¡Sí! Amaba al desconocido con
toda la fuerza del nuevo sentimiento que experimentaba, con toda la pasión y
fervor de que es capaz un corazón juvenil. En aquellos momentos de ensueño,
cuando creía ver al desconocido, mi malestar pareció alcanzar su punto
culminante. Luego empecé a sentirme mejor al remitir mi debilidad nerviosa y
sólo la permanencia de aquella imagen, el amor fantástico hacia un ser que
vivía exclusivamente en mi interior, me otorgaba la apariencia de una soñadora.
Había enmudecido para todos. Me sentaba en sociedad sin hacer un movimiento y,
como estaba sólo pendiente de mi ideal, no prestaba atención a lo que se
hablaba, por lo que daba a menudo respuestas incoherentes. Esto se interpretó
como simpleza de carácter. En la habitación de mi hermano vi sobre la mesa un
libro extraño. Era una novela traducida del inglés: ¡El Monje! Un
estremecimiento helado acompañó al pensamiento de que mi amado desconocido era
un monje. Nunca había sospechado que el amor a un consagrado a Dios pudiera ser
pecaminoso. Recordé repentinamente las palabras que pronunció la figura
onírica: «¿Puedes romper los votos del consagrado?». Sólo ahora me hirieron
profundamente al caer con todo su peso en mi interior. Se me ocurrió que quizá
aquel libro pudiera darme alguna aclaración. Lo tomé y empecé a leerlo. La
extraña historia me entusiasmó, pero cuando tuvo lugar el primer crimen, cuando
el horrible monje comete impiedad tras impiedad hasta que finalmente
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pacta con el mal, entonces me
invadió un espanto sin nombre, pues pensé en las palabras de Hermógenes:
«¡Nuestra madre habla con el diablo!». Ahora creía, tal y como acontecía con el
monje de la novela, que el desconocido era un aliado del mal y que intentaba
seducirme. Sin embargo, me era imposible dominar el amor que sentía por el
monje que vivía en mi interior. Sólo a partir de aquel instante supe que existe
un amor impío, y mi aversión luchó con el sentimiento que henchía mi pecho.
Esta lucha me hizo irritable. A menudo, cuando me encontraba en la cercanía de
un hombre, se apoderaba de mí un sentimiento siniestro, ya que repentinamente
me asaltaba la impresión de que era el monje que quería seducirme y arrastrarme
a la perdición. Reinaldo regresó de un viaje y habló mucho de un capuchino, un
tal Medardo, que se había convertido en un famoso predicador y al que había
podido escuchar en …r con admiración. Pensé en el monje de la novela y se
apoderó de mí la extraña idea fija de que el amado y temido desconocido de mis
sueños podía ser Medardo. Este pensamiento me parecía horrible, aunque no sabía
por qué, y mi estado empeoró sensiblemente cuando creí que podía resistirlo.
Nadaba en un mar de visiones y sueños. Pero en vano intentaba desterrar la
imagen del monje de mi interior. Yo, niña infeliz, era incapaz de resistirme al
amor pecaminoso que sentía por un hombre consagrado a Dios. Un sacerdote visitó
a mi padre, como acostumbraba a hacer de vez en cuando. Se extendió acerca de
las múltiples tentaciones del diablo y una chispa cayó en mi alma al describir
el estado sin consuelo del espíritu juvenil, en el que el mal intenta abrirse
camino, encontrando sólo una débil resistencia. Mi padre añadió algo más, como
si hiciese referencia a mí. Sólo una determinación inamovible, dijo finalmente
el sacerdote, sólo una confianza ilimitada, no sólo en personas a las que nos
une una especial amistad sino también en la Religión y en sus servidores,
pueden traer salvación. Esta extraña conversación fue la que me decidió a buscar
consuelo en la Iglesia y a aligerar mi pecho arrepentido en sagrada confesión.
El día siguiente por la mañana temprano quise ir, ya que nos encontrábamos
precisamente en la Capital, a la iglesia del monasterio situado al lado de
nuestra casa. Había pasado una noche horrible y angustiosa. Imágenes impías y
repugnantes, como nunca había visto ni pensado, intentaban seducirme, y allí en
medio se encontraba el monje, ofreciéndome su mano como pidiendo salvación:
«¡Di que me amas —gritó— y quedarás libre de toda angustia!». Entonces respondí
de manera involuntaria: «¡Sí, Medardo, te amo!». Y los espíritus infernales
desaparecieron. Finalmente me levanté, me vestí y fui a la iglesia del
monasterio. La luz de la mañana penetraba en la iglesia a través de vidrieras
multicolores, un hermano lego limpiaba los corredores. No muy lejos de la
puerta lateral por la que había entrado había un altar consagrado a Santa
Rosalía. Allí recité una corta oración y me acerqué al confesionario, en el que
pude ver a un monje. ¡Que el
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Cielo me ayude! ¡Era Medardo! No
había ninguna duda, un poder superior me lo confirmó. Entonces me poseyeron un
miedo y un amor demenciales, pero comprendí que sólo un valor imperturbable
podía salvarme. Le confesé mi amor pecaminoso por un hombre consagrado a Dios.
¡Mucho más! ¡Dios misericordioso! En aquel instante me parecía como si ya
hubiese maldecido a menudo en una desesperación desconsolada los lazos sagrados
que ataban a mi amado, y también lo confesé. «Tú mismo, Medardo, tú mismo eres
a quien amo de manera indecible», fueron las últimas palabras que pude emitir,
pero ahora fluía un suave consuelo de la iglesia, como un bálsamo celestial de
los labios del monje, que, súbitamente, ya no parecía Medardo. Poco después un
anciano y venerable peregrino me tomó en brazos y me llevó con paso lento a
través de los corredores hasta la puerta principal de la iglesia. Me dijo
palabras espléndidas y santas, pero yo me adormecí como un niño que es mecido
con tonos dulces y suaves. Perdí del todo la conciencia. Cuando desperté me
hallaba vestida en el sofá de mi habitación. «¡Que Dios y todos los santos sean
loados, la crisis ha pasado, se recupera!», exclamó una voz. Era el médico, que
hablaba con mi padre. Me dijeron que me habían encontrado por la mañana en un
estado comatoso y rígido, parecido a la muerte, que temían que hubiese sufrido
una crisis nerviosa. Como ves, madre querida y piadosa, mi confesión con el
monje Medardo sólo había sido un sueño vívido producido por un estado de
excitación, pero Santa Rosalía, a la que rogaba a menudo y cuya imagen incluso
apareció en el sueño, había hecho que sucediese todo así, para que pudiese ser
salvada de la trampa tendida por las astucias del mal. El amor demencial que
había sentido por la visión con hábito monacal había desaparecido. Me recuperé
del todo y entré, alegre y desenvuelta, en la vida. Pero, Dios mío, de nuevo
tuvo que herirme mortalmente aquel monje odiado. Por aquel Medardo, con el que
me había confesado en sueños, tomé por un instante al monje que llegó a nuestro
castillo. «¡Ése es el diablo con el que hablaba nuestra madre! ¡Guárdate de él!
¡Guárdate! ¡Está detrás de ti!», gritaba el infeliz Hermógenes. Ay, no hubiera
necesitado su advertencia. Desde el primer momento en que el monje me contempló
con sus ojos brillantes de deseo y en que invocó a Santa Rosalía con un tono de
fingida cautivación, me pareció un ser horrible y espantoso. Ya conoces,
querida madre, todos los acontecimientos pavorosos que se produjeron después.
Pero debo también confesarte que el monje también resultaba peligroso en otro
sentido, ya que se despertó en mi interior un sentimiento similar al
pensamiento pecaminoso que antaño había surgido en mí y que me impulsó a luchar
contra las tentaciones del mal. Había instantes en que, cegada, confiaba en los
piadosos y seductores sermones del monje, incluso me parecía como si su
espíritu irradiase un fulgor celestial que podría encender en mí un amor puro y
sobrenatural. Pero luego intentó con impías
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astucias, incluso aprovechándose
del estado exaltado provocado por la oración, avivar un ardor que procedía del
infierno. Como a mi ángel de la guarda, me enviaron los santos, a los que
rezaba con fervor, a mi hermano. Piensa, querida madre, mi horror cuando al
aparecer por vez primera en la Corte se acercó a mí un hombre en el que a
primera vista creí reconocer al monje Medardo, a pesar de que vestía ropas
mundanas. Perdí el conocimiento al verle. Despertando en los brazos de la
princesa, grité: «Es él, el asesino de mi hermano». «Sí, es él —dijo la
princesa—, el monje Medardo disfrazado, que huyó del monasterio. La asombrosa
similitud con su padre Francesco…». Ayúdame, Dios misericordioso, mientras
escribo este nombre recorren mi cuerpo escalofríos. Aquel retrato que tenía mi
madre era de Francesco… ¡El engañoso ser en hábito monacal que me atormentaba
tenía sus rasgos! Reconocí a Medardo como aquel producto de mi imaginación que
apareció en mi sueño de la confesión. Medardo era el hijo de Francesco, Franz,
al que tú, mi buena madre, educaste de manera tan piadosa y que cayó en el
pecado y la impiedad. ¿Qué relación tenía mi madre con aquel Francesco, cuyo
retrato conservaba en secreto y ante el que parecía abandonarse al recuerdo de
una época bienaventurada? ¿Cómo es posible que Hermógenes viese en ese cuadro
al diablo, y que fuese la causa de mi singular extravío? Estoy sumida en
sospechas y dudas. ¡Dios mío! ¿Me he liberado del poder maléfico que me
mantenía en sus redes? ¡No, no puedo seguir escribiendo, me parece como si la
noche hubiese caído sobre mí y no brillase ninguna estrella de esperanza que me
mostrase el camino que debo seguir!
(UNOS DÍAS DESPUÉS).
¡No! Ninguna duda sombría debe
estropearme los días claros y soleados que están por llegar. El venerable padre
Cirilo te ha informado ya detalladamente, querida madre, del nuevo rumbo
perjudicial que tomó el proceso de Leonardo, al que mi precipitación entregó en
las manos del hostil tribunal de lo criminal. Que el Medardo real haya sido
detenido, que su demencia quizá fingida remita pronto, que haya confesado sus
crímenes, que espere su justa pena… pero para qué seguir, pues el destino
ominoso del criminal que de niño te fue tan querido heriría profundamente tu
corazón. El extraño proceso constituía el único objeto de conversación en la
Corte. Tenían a Leonardo por un criminal contumaz y obstinado, porque lo negaba
todo. ¡Dios misericordioso! Algunas charlas me parecían golpes de daga, pues
una voz me decía de manera
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maravillosa: «Es inocente, y
quedará tan claro como la luz del día». Sentí una profunda compasión por él.
Tuve que reconocer que su imagen despertaba de nuevo en mí sentimientos que no
podía malinterpretar. ¡Sí! Ya le amaba de manera indecible cuando aparecía ante
el mundo como un impío criminal. Un milagro nos tenía que salvar, pues yo
moriría en el mismo instante en que Leonardo cayese por obra del verdugo. Es
inocente, me ama y pronto será mío. Así se hará realidad, se tornará en una
espléndida vida placentera, una visión oscura que me acompaña desde mi infancia
y que un poder maligno quiso perturbar con perfidia. ¡Oh, otórgame, otorga a mi
amado tu bendición, madre piadosa! ¡Ah, si pudiera tu afortunada niña
consolarse de su placer celestial en tu corazón! Leonardo tiene un gran
parecido con aquel Francesco, pero parece más alto, también le distingue
fácilmente de Francesco y del monje Medardo un rasgo característico de su
nación (ya sabes que es polaco). Fue bastante tonto por mi parte confundir, aunque
sólo fuese un instante, al señorial, inteligente y distinguido Leonardo con el
monje dado a la fuga. Pero tan fuerte fue la espantosa impresión que sufrí
después de aquella escena brutal en nuestro castillo que, a menudo, cuando
entra Leonardo de improviso y me mira con sus ojos brillantes tan parecidos a
los de Medardo, me asalta una angustia irreprimible y corro peligro de herir a
mi amado con mi comportamiento infantil. Me parece que sólo la bendición del
sacerdote podría conjurar la oscura figura que todavía arroja con hostilidad
sombras sobre mi vida. ¡Tennos presentes, a mí y a mi amado, en tus oraciones,
madre querida! El Soberano desea que la boda se celebre pronto. Te comunicaré
el día exacto, para que puedas acordarte de tu niña en su hora más solemne y
decisiva, etcétera.
Leí una y otra vez las páginas
escritas por Aurelia. Me parecía como si el espíritu celestial, que surgía
luminoso de ellas, penetrase en mi interior y disolviese con un rayo puro todo
el ardor impío y pecaminoso. Ante la mirada de Aurelia me invadió un temor
sagrado, no osé más precipitarme sobre ella para acariciarla como antes.
Aurelia notó el cambio de comportamiento y le confesé arrepentido el robo de la
carta dirigida a la abadesa. Me disculpé aduciendo un impulso incontrolable
que, como si fuese la fuerza de un poder superior, no pude resistir. Afirmé que
precisamente aquella visión en el confesionario había tenido lugar para
mostrarme hasta qué punto nuestro vínculo correspondía a la voluntad divina.
—Sí, niña piadosa y celestial
—dije—, también yo tuve un sueño maravilloso en el que me declarabas tu amor,
pero yo era un monje desgraciado, aniquilado por la fatalidad, cuyo pecho era
destrozado por mil tormentos infernales. A ti, sólo a ti amaba con fervor
indecible, pero impío; hipócrita era mi amor, pues yo era realmente
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un monje y tú Santa Rosalía.
Aurelia me interrumpió
aterrorizada:
—¡Por Dios! —dijo—. ¡Por Dios, Nuestro
Señor, un profundo e impenetrable secreto determina nuestras vidas! Ay,
Leonardo, no toquemos el velo que lo cubre, quién sabe, podríamos encontrar
algo oculto, espantoso y horrible. Seamos piadosos y mantengámonos juntos y
fieles a nuestro amor, así podremos contrarrestar los efectos del poder oscuro
que nos amenaza. Que hayas leído mi carta, bueno, tuvo que suceder. Ay, todo te
lo tuve que haber revelado antes, ningún secreto debe existir entre los dos. Y,
sin embargo, tengo la sensación de que luchas con algo que hace tiempo penetró
en tu vida con efecto pernicioso y que no te atreves a decir por un temor
injusto. ¡Leonardo, sé sincero! ¡Ah, cómo aliviaría tu corazón e iluminaría
nuestro amor una confesión voluntaria!
Después de escuchar las palabras
de Aurelia, sentí, mortificado, cómo habitaba en mí el espíritu de la mentira y
cómo hacía sólo unos instantes había engañado impíamente a una niña tan
piadosa. Este sentimiento me dominó con más y más fuerza, y experimenté la
necesidad de descubrirle todo a Aurelia y, no obstante, ganar su amor.
—Aurelia, mi niña santa, que me
salva de…
Justo en ese momento entró la
Soberana. Su mirada, llena de escarnio y del pensamiento de mi perdición, me
arrojó repentinamente al infierno. Ahora estaba obligada a tolerarme.
Permanecía frente a ella, audaz y temerario, como el prometido de Aurelia. En
ningún caso se podía decir que estaba libre de malos pensamientos cuando me
quedaba a solas con Aurelia. Pero entonces también llegaba hasta mí la
bendición del Cielo. Sólo ahora deseaba con fuerza el matrimonio con Aurelia.
Una noche se me apareció mi madre y quise tomar su mano, pero comprobé que sólo
se trataba de una fragancia que había tomado forma. «¿Por qué un engaño tan
estúpido?», grité enfurecido. Entonces los ojos de mi madre derramaron lágrimas
cristalinas que se convirtieron en estrellas plateadas y refulgentes, de las
cuales cayeron gotas luminosas que oscilaron alrededor de mi cabeza como si
quisiesen formar un nimbo, pero un puño horrible y negro destrozaba siempre el
círculo. «Tú, que naciste puro de todo crimen —dijo mi madre con voz dulce—,
¿ha quedado tu fuerza tan debilitada que es incapaz de resistir las tentaciones
de Satanás? ¡Ahora puedo ver en tu interior, pues he sido aliviada de la carga
terrenal! ¡Levántate, Francisco! ¡Quiero adornarte con lazos y flores, ya que
el día de San Bernardo ha llegado y debes volver a ser un niño piadoso!».
Sentí la necesidad de entonar
como antaño un himno en alabanza del Santo, pero algo espantoso ocurrió entre
tanto y mi canto se tornó en un aullido salvaje. Velos negros se alzaron entre
mi madre y yo. Varios días después de esta visión me encontré con el juez en la
calle. Se acercó a mí amigablemente.
—¿Sabéis ya —comenzó—, que el
proceso del capuchino Medardo ha tomado un rumbo equívoco? La sentencia, que
muy probablemente le hubiese supuesto la
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muerte, debería haberse redactado
ya, pero ha mostrado de nuevo huellas de demencia. El tribunal de lo criminal
recibió además la noticia de la muerte de su madre. Le informé sobre ello, pero
entonces rió como un salvaje y, con una voz que hubiese atemorizado al espíritu
más firme, gritó: «¡Ja, ja, ja, la princesa de… — nombró a la esposa del
hermano asesinado de nuestro Soberano— hace tiempo que está muerta!». Ha sido
dispuesto un nuevo reconocimiento médico; se cree, sin embargo, que la locura
del monje es fingida.
Me informé sobre el día y la hora
en que se había producido el fallecimiento de mi madre. Comprobé que se me
había aparecido en el mismo instante de su muerte. Penetrando en mi alma, mi
madre, descuidada por mí durante tantos años, se había convertido en la
mediadora entre el alma celestial que iba a ser mía y yo. Me había vuelto más
sensible y sentimental. Ahora comprendía mucho mejor el amor de Aurelia y me
resistía a abandonarla, considerándola como un ángel protector. Mi ominoso
secreto me pareció que ocultaba un acontecimiento impenetrable, impuesto por
poderes superiores. El día escogido por el Soberano para celebrar la boda había
llegado. Aurelia quería contraer matrimonio por la mañana temprano ante el
altar de Santa Rosalía, en la iglesia del convento vecino. Pasé la noche
despierto y, por primera vez durante mucho tiempo, rezando con fervor. ¡Ay,
ciego de mí, no sabía que la oración con la que pretendía fortalecerme para
evitar el pecado constituía una impiedad infernal! Cuando vi a Aurelia, vino hacia
mí vestida de blanco, adornada con aromáticas rosas y con la belleza
encantadora de un ángel. Su vestido y su tocado tenían algo arcaico de gran
singularidad. Un oscuro recuerdo se despertó en mi mente y, cuando
repentinamente apareció ante mí el altar de Santa Rosalía en el que íbamos a
contraer matrimonio, sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo. El cuadro
representaba el martirio de la Santa, y precisamente estaba vestida como
Aurelia. Me fue difícil esconder la horrible impresión que sufrí. Aurelia me
dio su mano con una mirada de la que emanaba todo un cielo lleno de amor y
bendición. La llevé a mi pecho y con un beso arrebatador de pureza experimenté
de nuevo el sentimiento de que sólo a través de Aurelia podría salvar mi alma.
Un servidor del príncipe regente anunció que Su Majestad estaba ya dispuesta
para recibirnos. Aurelia se puso rápidamente el guante y yo tomé su brazo;
entonces la camarera advirtió que el peinado se había desordenado. Salió
corriendo a buscar alfileres para el pelo. Esperamos en la puerta, lo que
parecía resultarle bastante desagradable a Aurelia. En ese instante se produjo
un ruido sordo en la calle, voces huecas gritaban en la confusión y se pudo
escuchar el estrépito causado por un carruaje pesado que avanzaba con lentitud.
¡Me apresuré hasta la ventana! Pude ver ante el palacio la carreta conducida
por el verdugo, en la que iba sentado el monje. Un capuchino se encontraba ante
él, rezando en voz alta y con fervor. Su rostro estaba descompuesto, con la
palidez generada por un miedo mortal y con las barbas desgreñadas. Pero los
rasgos de mi horrible doble me eran demasiado conocidos. Tan pronto como la
carreta, impedida en su avance un instante por la aglomeración de gente, pudo
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reanudar su camino, lanzó una
mirada espantosa y bestial hacia mí, riendo y aullando:
—¡Eh, novio, novio… sube al
tejado… al tejado… allí lucharemos y el que lance
al otro al vacío será rey y
beberá sangre!
Yo grité:
—¡Ser espantoso!… ¿Qué quieres…
qué quieres de mí?
Aurelia me tomó con ambos brazos
y, apartándome violentamente de la ventana, dijo:
—¡Por el amor de Dios! ¡Virgen
Santísima… se llevan a Medardo… al asesino de mi hermano al patíbulo!
¡Leonardo! ¡Leonardo!
Los espíritus infernales se
rebelaron en ese momento en mi interior con el poder que les había sido
concedido para actuar contra el pecador impío. Cogí a Aurelia con una furia tan
terrible que se sobresaltó.
—Ja, ja, ja… mujer demente y
estúpida… yo… yo, tu galán, tu prometido, soy Medardo… soy el asesino de tu
hermano… tú, la novia del monje, ¿quieres que la perdición caiga sobre tu
prometido? ¡Ja, ja, ja… yo soy rey… beberé tu sangre!
Saqué el cuchillo, se lo clavé y
la dejé caer al suelo. Un chorro de sangre bañó mi mano. Bajé las escaleras,
atravesé la masa de gente y llegué hasta la carreta. Cogí al monje y lo arrojé
al suelo. Entonces me rodearon, pero furioso me abrí paso con el cuchillo. Pude
liberarme y salir huyendo, aunque me acosaban y sentí cómo me habían herido en
el costado. Con el cuchillo en la mano derecha y dando fuertes puñetazos pude
llegar hasta el muro que rodeaba el parque. Lo salté acompañado por un horrible
vocerío:
—¡Al asesino, al asesino!
¡Detened al asesino!
Seguí escuchando gritos a mis
espaldas. Pude oír ruido de cadenas, querían romper la puerta de la verja del
parque, que estaba cerrada. Corrí sin detenerme. Llegué a la zanja que separaba
el parque del bosque, un salto poderoso y ya estaba en el otro lado. Seguí
corriendo sin parar a través del bosque hasta que, agotado, me eché bajo un
árbol. Era noche profunda cuando desperté como de un profundo letargo. En mi
mente existía sólo el pensamiento de huir como un animal acosado. Me levanté,
pero apenas había dado unos pasos, surgió un hombre de unos matorrales y saltó
sobre mi espalda, apretándome el cuello con fuerza. En vano intenté
desembarazarme de él. Me arrojé al suelo, choqué de espaldas contra un árbol,
pero todo fue inútil. El hombre emitía una risa sarcástica. La luna apareció a
través de los oscuros abetos iluminando el entorno y el rostro horrible y
pálido del monje, del pretendido Medardo, que ahora me miraba fijamente de la
misma manera en que lo había hecho desde la carreta.
—Ji, ji, ji… hermanito…
hermanito, siempre contigo… no me dejes, no me dejes, no puedo andar… me tienes
que llevar… me tienes que llevar… vengo del patíbulo… del patíbulo… el suplicio
de la rueda… de la rueda… Ji, ji…
Así reía y aullaba el espantoso
espectro, mientras yo, fortalecido por el terror que sentía, salté como un
tigre aprisionado por una pitón. Me lancé contra árboles y rocas
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para, si no matarle, al menos
herirle gravemente y que me soltase. Pero él rió todavía más fuerte y yo me
sentí lacerado por un dolor repentino. Intenté desasirme de sus manos enlazadas
como nudos en torno a mi cuello, pero la fuerza del monstruo amenazaba con
aplastarme la garganta. Finalmente, después de una lucha furiosa, cayó
repentinamente. Sin embargo, apenas había logrado avanzar unos metros libre de
su carga, cuando lo tenía otra vez sobre mi espalda, riendo y balbuceando
palabras horribles. De nuevo hice salvajes esfuerzos, de nuevo pude liberarme,
pero al instante tenía otra vez las manos del espectro en torno a mi cuello. Me
es imposible poder decir cuánto tiempo huí por el sombrío bosque perseguido por
mi doble. Me parece como si hubieran sido meses, durante los cuales ni comí ni
bebí. Sólo me acuerdo con claridad de un instante, después me sumí en una
completa inconsciencia. Precisamente había logrado desembarazarme del doble
cuando un rayo de luz solar penetró en el bosque acompañado del tañido alegre
de las campanas de un monasterio. Distinguí una campanada que tocaba a
maitines. «¡Has asesinado a Aurelia!». Este pensamiento se apoderó de mí con
los brazos helados de la muerte, y perdí el conocimiento.
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CAPÍTULO SEGUNDO
La expiación
Un suave calor penetró en mi
interior. Sentí cómo la sangre empezaba a circular por las arterias y
borboteaba de manera extraña. La sensación se tornó en pensamiento, aunque mi
«yo» estaba escindido en cien partes. Cada una de las partes poseía su propia
conciencia de vida, y en vano intentaba la cabeza imponerse a los miembros,
que, como vasallos infieles, no querían someterse a su dominio. A continuación,
los pensamientos de las partes independientes comenzaron a girar como puntos
luminosos, cada vez más rápido, de tal modo que formaron un círculo de fuego
que se hacía más pequeño conforme aumentaba su velocidad, hasta constituir, por
último, una bola ígnea homogénea. De la misma salían despedidos rayos ardientes
que se movían como llamas coloreadas. «¡Son mis miembros, que empiezan a cobrar
vida, ahora me despierto!», pensé con claridad, pero en ese preciso instante
experimenté un dolor intenso y una serie de campanadas destrozaron mis oídos.
«¡Huir, seguir adelante! ¡Adelante! ¡Adelante!», grité. Quise sacar fuerzas de
flaqueza, pero caí de nuevo preso de la debilidad. Por fin me fue posible abrir
los ojos. Las campanadas continuaban. Creía que estaba todavía en el bosque,
pero quedé asombrado al observar los objetos que me rodeaban y al tomar
conciencia de mí mismo. Yacía en un jergón bien acolchado, situado en una
habitación simple, y estaba vestido con el hábito de capuchino. Un par de
sillas de mimbre, una mesa pequeña y la cama sencilla eran los únicos muebles
que había en la habitación. Comprendí que mi estado de inconsciencia había
durado un periodo de tiempo considerable y que, de una u otra manera, había ido
a parar a un monasterio que admitía enfermos. Mi traje debió de romperse, así
que me habían puesto provisionalmente un hábito. Me pareció que había escapado
del peligro. Esta suposición me tranquilizó del todo y decidí aguardar al
desarrollo de los acontecimientos, ya que presumía que alguien, más tarde o más
temprano, vendría a visitar al enfermo. Me sentía extenuado, aunque sin
dolores. Habían transcurrido sólo unos minutos después de haber recobrado por
completo la conciencia cuando oí pasos lejanos que se acercaban por un pasillo.
Se abrió la puerta de mi habitación y pude ver a dos hombres, de los cuales uno
vestía un traje civil y el otro llevaba el hábito de la Orden de los Hermanos
de la Caridad. Se acercaron a mí en silencio. El que iba vestido de civil me
miró fijamente a los ojos y parecía maravillado.
—Acabo de volver en mí, señor
—dije con voz fatigada—, gracias sean dadas al Cielo que me ha despertado a la
vida. Pero ¿dónde me encuentro? ¿Cómo he llegado hasta aquí?
Sin responderme, el hombre
vestido de civil se volvió hacia el monje y le dijo en italiano:
—Es realmente asombroso, la
mirada ha cambiado, su lenguaje es claro, algo
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fatigado…, ha debido de entrar en
una crisis especial.
—Me parece —replicó el clérigo—,
me parece como si recobrase la salud de manera incuestionable.
—Eso depende —dijo su
acompañante— de cómo evolucione su estado en los próximos días. ¿Entendéis
alemán lo suficiente como para hablar con él?
—Lamentablemente no —respondió el
monje.
—Yo hablo y comprendo el italiano
—interrumpí—. Díganme cómo he llegado hasta aquí y dónde estoy.
El hombre vestido de civil, como
ya había supuesto, un médico, pareció gratamente sorprendido.
—¡Ah! —exclamó—, eso está bien.
Os encontráis, honorable señor, en un lugar en el que se hará todo lo posible
por vuestra salud. Hace tres meses os trajeron aquí en un estado crítico.
Estabais muy enfermo, pero gracias a nuestros cuidados parecéis hallaros en el
buen camino para recobrar vuestra salud. Si hay suerte y lográis recuperaros
por completo, podréis seguir con tranquilidad vuestro camino, pues, según he
oído, os dirigíais a Roma.
—¿Llegué hasta aquí —pregunté—
vestido de esta manera?
—Así es —respondió el médico—,
pero dejad las preguntas, no os intranquilicéis, ya conoceréis todos los
pormenores. Lo importante es que recobréis la salud.
Me tomó el pulso. El monje había
traído mientras tanto una taza, que ahora me acercó.
—Bebed —dijo el médico— y decidme
de qué bebida se trata.
—Se trata —respondí después de
haber bebido— de un caldo de carne bastante fuerte. El médico rió satisfecho y,
volviéndose hacia el monje, exclamó:
—¡Bien, muy bien!
Ambos abandonaron la habitación.
Mi suposición era cierta, me hallaba en un hospital público. Me daban comidas
consistentes y fuertes medicamentos, así que, transcurridos tres días, ya era
capaz de levantarme. El clérigo abrió una de las ventanas. Un aire templado y
espléndido, como no lo había respirado en mi vida, penetró en la estancia. El
edificio daba a un jardín en el que proliferaban árboles exóticos floridos y de
maravilloso verdor; una parra ascendía exuberante por el muro, pero, ante todo,
la delicadeza del cielo azul oscuro me pareció digna de un mundo mágico y
lejano.
—Pero ¿dónde estoy? —exclamé
entusiasmado—. ¿Me han concedido los santos vivir en una tierra celestial?
El clérigo rió con satisfacción y
dijo:
—¡Os halláis en Italia, hermano,
en Italia!
Mi asombro aumentó hasta lo
inconcebible. Intenté que el monje me revelase las circunstancias exactas en
las que había llegado a aquella casa, pero me remitió al médico, quien por fin
me contó que hacía tres meses un hombre extraño me había traído y había pedido
que me acogiesen. Yo me encontraba ahora en un hospital
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regido por la Orden de los
Hermanos de la Caridad. Conforme me iba fortaleciendo comprobé que el médico y
el monje empezaban a entablar conmigo conversaciones, dándome la oportunidad de
hablar durante largo tiempo. Mis extensos conocimientos en todas las facetas
del saber me proporcionaban suficiente materia. El médico me propuso escribir
algo que luego leyó en mi presencia, mostrándose satisfecho del resultado. Pero
me parecía extraño que en vez de alabar mi trabajo, se limitase a decir:
«¡Bien… parece que va bien… no me he equivocado!
¡Extraordinario!
¡Extraordinario!». Sólo podía pasear por el parque a determinadas horas. Allí
contemplaba a veces a seres horriblemente desfigurados, de una palidez
cadavérica, tan escuálidos que se les notaban todas las costillas, que eran
acompañados y cuidados por hermanos caritativos. Una vez me salió al paso,
cuando ya regresaba a la habitación, un hombre macilento y flaco, envuelto en
una extraña capa de color ocre, que era sostenido por los brazos entre dos
hermanos. Cada vez que avanzaba un paso, daba un salto cómico que acompañaba
con un silbido penetrante. Quedé paralizado de asombro, pero el monje que me
acompañaba me llevó hacia adelante, mientras decía:
—¡Vamos, vamos, querido hermano
Medardo, esto no es para vos!
—¡Dios bendito! —exclamé—. ¿Cómo
sabéis mi nombre?
La vehemencia con que pregunté
pareció intranquilizar a mi acompañante. —¿Eh? —dijo—. ¿Por qué no deberíamos
conocer vuestro nombre? El hombre
que os trajo lo pronunció
expresamente y habéis sido inscrito así en el registro del hospital: Medardo,
hermano del monasterio capuchino en B.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Pero fuera quien fuese el desconocido que me había traído hasta el hospital,
debía de conocer mi secreto espantoso. No podía querer por consiguiente nada
malo, ya que me había cuidado y ahora me hallaba en libertad.
Me encontraba asomado a la
ventana, respirando profundamente el aire templado y maravilloso que, corriendo
por mis venas e inundando mi corazón, despertaba una nueva vida en mí, cuando
observé una figura pequeña y flaca, con un sombrerito puntiagudo en la cabeza y
vestido con un miserable y descolorido gabán, que penetraba en la casa trotando
y dando cortos saltitos. Cuando me divisó, agitó el sombrero en el aire y me
lanzó besos con la mano. El hombrecillo tenía algo que me resultaba familiar,
pero no podía reconocer claramente sus rasgos. Desapareció entre los árboles
antes de que pudiese acordarme de quién era. No transcurrió mucho tiempo cuando
alguien llamó a mi puerta. La misma figura que había visto en el parque entró
en la habitación.
—¡Schönfeld! —grité sorprendido—.
¡Por el amor de Dios! ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
Era el peluquero loco de la
ciudad comercial que me salvó de un grave peligro.
—¡Ay! ¡Ay! —suspiró, mientras su
rostro se contraía en un gesto lloroso—.
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¡Cómo he podido acabar aquí,
honorable señor, cómo, si no empujado por la fuerza de los acontecimientos,
arrojado por la perversa fatalidad que persigue a todo genio! Tuve que huir a
causa de un crimen…
—¿A causa de un crimen?… —le
interrumpí agitado.
—Sí, a causa de un crimen
—continuó—. Llevado por la furia, maté a la patilla izquierda del joven
consejero comercial en la ciudad y herí gravemente a la derecha.
—Os suplico —le interrumpí de
nuevo— que dejéis las poses. Sed por una vez razonable y contadme algo
coherente o abandonad la habitación.
—¡Eh, querido hermano Medardo!
—empezó a hablar ahora con repentina seriedad—. Nada más recuperarte y ya me
quieres echar, sin embargo bien que toleraste mi compañía y soportaste mi
cercanía cuando yacías enfermo. Yo era tu compañero de habitación y dormía en
esa cama.
—¿Qué queréis decir con eso?
—pregunté desconcertado—. ¿Cómo conocéis el nombre de Medardo?
—Mirad, si os place —dijo
sonriendo—, la punta derecha de vuestro hábito.
Así lo hice, y quedé paralizado
de horror y sorpresa, pues encontré cosido el nombre de Medardo.
Observando el hábito con más
detenimiento aprecié signos inequívocos de que era el mismo que había llevado
en la huida del castillo del barón F. y había escondido en un tronco hueco.
Schönfeld notó mi desasosiego y rió de manera enigmática. Me miró a los ojos
llevándose el dedo índice a la nariz y poniéndose de puntillas. Yo permanecí
mudo, entonces él comenzó a hablar en voz baja y con un tono pensativo:
—Vuestra Reverencia se extraña
visiblemente por el bello traje que le ha sido impuesto, parece quedarle
maravillosamente bien en todas partes, mucho mejor que aquel traje de color
nogal con botones indignos y mal hilados que le confeccionó mi serio y razonable
demonio. Sí, yo… yo, el desconocido y proscrito Pietro Belcampo, fui el que
cubrió vuestra desnudez con este traje. ¡Hermano Medardo! Cuando os encontré,
no os hallabais en un estado muy particular, ya que como gabán-spencer-frack
inglés, llevabais simplemente vuestra propia piel, y qué decir de vuestro hábil
peinado, ya que vos no dudasteis en inmiscuiros en mi arte y serviros del peine
de diez púas que os creció en el puño para perdición de vuestro Caracalla.
—¡Dejad de decir insensateces!
—le interrumpí—. ¡Dejad de decir insensateces, Schönfeld!
—Me llamo Pietro Belcampo —me
interrumpió a su vez lleno de ira—. Sí, Pietro Belcampo, aquí, en Italia, y
deberías saber que yo mismo represento la locura que por todas partes te
persigue para socorrer a tu razón. Quieras reconocerlo o no, sólo en la locura
encontrarás la salvación, pues tu razón es cosa bien miserable y ni siquiera
puede bastarse a sí misma. Se tambalea de un lado a otro como un niño débil,
teniendo que entrar siempre en compañía de la locura, que la ayuda y sabe
encontrar el camino adecuado hacia el hogar, que es el manicomio. Aquí estamos
los dos bien situados, hermanito Medardo.
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Se estremeció todo mi cuerpo.
Pensé en todas las figuras que había visto, en el hombre saltarín con la capa
de color ocre, y no pude dudar por más tiempo que Schönfeld, con su demencia,
me decía la verdad.
—Sí, mi hermanito Medardo
—continuó Schönfeld en voz alta y gesticulando con vehemencia—. Sí, mi querido
hermanito Medardo. La locura aparece en la tierra como la verdadera reina del
espíritu. La razón es sólo una gobernadora negligente que nunca se ocupa de lo
que ocurre más allá de las fronteras de su imperio, que sólo por aburrimiento
deja que los soldados se ejerciten en el campo de Marte, incapaces después de
disparar un tiro a derechas cuando el enemigo penetra desde el exterior. Pero
la locura, la verdadera reina del pueblo, entra acompañada de timbales y
trompetas: ¡Hurra! ¡Hurra! Detrás de ella aclamaciones, regocijo. Los vasallos
se levantan de los asientos en los que han sido recluidos por la razón y ya no
desean ni yacer, ni permanecer de pie, ni sentados, como quiete el pedante
preceptor, quien examina con atención los números y dice: «Mirad, la locura ha
girado, alterado, alocado a mis mejores estudiantes». Es sólo un juego de
palabras, hermanito Medardo, un juego de palabras es un rizo de metal ardiente
en la mano de la locura con el que retuerce pensamientos.
—Una vez más —interrumpí el
discurso del necio Schönfeld—, una vez más os suplico que ceséis en vuestra
insensata cháchara, si os es posible, y me digáis cómo he llegado hasta aquí y
qué sabéis de mí y del traje que llevo.
Mientras decía estas palabras le
había cogido con ambas manos y le había sentado en una silla. Pareció calmarse
después de bajar los ojos y respirar con profundidad.
—Yo —comenzó entonces con voz
baja y cansina— os he salvado la vida por segunda vez. Yo fui el que os ayudó
en vuestra huida de la ciudad comercial, yo fui de nuevo el que os trajo hasta
aquí.
—¡Pero por el amor de Dios, por
todos los santos! ¿Dónde me encontrasteis? — grité mientras le soltaba. Pero en
ese instante dio un salto y exclamó con ojos refulgentes:
—¡Eh, hermano Medardo! Si no te
hubiera llevado cargado sobre mis hombros, pequeño y débil como soy, yacerías
ahora con todos los miembros descoyuntados en la rueda.
Temblé y me hundí en la silla
aniquilado. La puerta se abrió y entró a toda prisa el monje que me cuidaba.
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí?
¿Quién os ha permitido entrar en esta habitación? —de este modo quiso despedir
a Belcampo, que empezó a llorar y dijo en tono suplicante:
—¡Ay, honorable señor, no he
podido resistir por más tiempo el impulso de hablar con mi amigo, al que saqué
de un peligro mortal!
Recobré el ánimo.
—Dime, querido hermano —me dirigí
al clérigo—, ¿me ha traído realmente este hombre hasta aquí?
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Quedó confundido.
—Ya sé dónde me encuentro
—continué—. Me imagino que me hallaba en un estado espantoso, pero habréis
notado que me he recuperado por completo, así que puedo conocer todo lo que
hasta ahora se me ha silenciado intencionadamente porque se me tenía por muy excitable.
—Así es —respondió el clérigo—,
este hombre fue el que os trajo a nuestro manicomio, hará aproximadamente tres
meses o un poco más. Os encontró, según nos contó, en el bosque, situado a tres
millas de aquí, que separa nuestra región de *** y os dio en un principio por
muerto. Os reconoció como el monje capuchino Medardo del monasterio en B., con
el que había tenido amistad, y que ahora se dirigía a Roma. Os encontró en un
estado de completa apatía: andabais cuando alguien os llevaba, permanecíais de
pie, si se os dejaba, y os echabais cuando se os decía. Hubo que alimentaros a
la fuerza. Sólo lograbais emitir sonidos incomprensibles, y vuestra mirada
carecía de fuerza y de brillo. Belcampo no os abandonó, sino que se convirtió
en vuestro fiel enfermero. Transcurridas cuatro semanas caísteis en un estado
de locura furiosa y fue necesario llevaros a una estancia retirada y adecuada
al caso. Os comportabais como un animal salvaje, pero no quiero seguir
describiendo una situación cuyo recuerdo os sería doloroso. Pasadas otras
cuatro semanas entrasteis de nuevo y repentinamente en el estado apático, que
derivó en una catalepsia, de la que despertasteis curado.
Schönfeld se había sentado
durante el relato del monje y apoyaba la cabeza en la mano como si estuviera
sumido en profundos pensamientos.
—Sí —comenzó—, ya sé que a veces
soy un loco extravagante, pero el aire del manicomio, fatal para la gente
razonable, me ha sentado bien. He comenzado a pensar acerca de mí mismo y ello
no es mala señal. Si sólo existo a través de mi conciencia, todo depende de que
esta conciencia quite la chaqueta de bufón a lo consciente y entonces yo mismo
aparezco como un sólido «gentleman». ¡Oh, Dios! ¿No es acaso un peluquero
genial por sí mismo un completo loco? La locura protege de toda demencia y os
puedo asegurar, honorables señores, que yo también soy capaz de distinguir en
norte noroeste entre la torre de una iglesia y un faro.
—Si realmente es así —dije—,
demostradlo contando con tranquilidad cómo me encontrasteis y trajisteis hasta
aquí.
—Eso es lo que quiero hacer
—replicó Schönfeld—, a pesar de que aquí, el señor clérigo, muestra un rostro
inquieto. Pero permíteme hermano Medardo que, al considerarte mi protegido, te
pueda hablar de tú. El pintor forastero también desapareció de manera
misteriosa, con toda su colección de cuadros, la mañana siguiente a la noche en
que huiste. Aunque el suceso causó en un principio sensación, no tardó en
diluirse en la memoria con motivo de nuevos acontecimientos. Sólo cuando se
conoció el crimen perpetrado en el castillo del barón de E, cuando fueron
cursadas por el juzgado de *** órdenes de arresto contra el monje Medardo del
monasterio capuchino en B., sólo entonces se recordó que el pintor forastero
había
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contado toda la historia en la
taberna y te había reconocido como el hermano Medardo. El dueño del hotel en el
que te habías hospedado confirmó la sospecha de que yo te había ayudado a huir.
Alguien llamó la atención sobre mí y querían meterme en la cárcel. Me fue fácil
tomar la decisión de escapar de la vida miserable que ya me oprimía desde hacía
tiempo. Decidí ir a Italia, donde hay peluqueros y abates. Pude verte en la
residencia del Soberano de ***. Se hablaba de tu matrimonio con Aurelia y de la
ejecución del monje Medardo. También vi al monje. ¡Bien! Fuera quien fuese, te
considero el verdadero Medardo. Me crucé en tu camino, pero no te diste cuenta
y abandoné la capital para continuar mi viaje. Después de haber recorrido un
largo trayecto, me dispuse a atravesar el bosque, que se presentaba ante mí
oscuro y sombrío, aprovechando las primeras horas de la madrugada. Acababan de
penetrar los primeros rayos de sol cuando pude escuchar un rumor en un arbusto
espeso y vi cómo saltaba hacia mí un ser con cabellera crespa y barba, aunque
vestido elegantemente. Su mirada era salvaje y turbia. En un instante
desapareció de mi vista. Seguí adelante, pero quedé espantado al encontrar ante
mí una figura humana desnuda que yacía en el suelo. Creí que se había cometido
un crimen, y que el fugitivo era el asesino. Me incliné sobre la persona
desnuda, te reconocí y comprobé que todavía respirabas débilmente. Justo a tu
lado se encontraba el hábito monacal que ahora llevas puesto. Con esfuerzo pude
vestirte y llevarte conmigo. Finalmente recobraste la conciencia, pero caíste
en el estado que te acaba de describir el honorable señor aquí presente.
Sacarte de allí costó bastante esfuerzo. Llegada la noche sólo había alcanzado
una venta situada en medio del bosque. Te dejé como si estuvieras ebrio en una
pradera y entré en la venta para proveerme de comida y bebida. En el interior
del establecimiento estaban sentados dragones de ***, que, según dijo la
ventera, perseguían a un monje hasta la frontera, que acababa de escapar de un
modo incomprensible cuando por causa de un grave crimen iban a ajusticiarlo en
***. Para mí resultaba un enigma cómo habías llegado desde la capital hasta el
bosque, pero la convicción de que tú eras precisamente el Medardo que buscaban
me hizo tomar todas las medidas de precaución para salvarte del peligro en el
que también me habías colocado a mí. Dando rodeos logré atravesar la frontera y
llegué finalmente contigo a esta casa, donde nos aceptaron a ambos, ya que
declaré que no quería separarme de ti. Aquí estabas seguro, porque jamás
entregarían a un enfermo a la justicia de un país extranjero. Cuando vivía
contigo en esta habitación y te cuidaba no se puede decir que tuvieras los
cinco sentidos en su sitio. Tampoco los movimientos de tus miembros destacaban
por su disciplina. Noverre y Vestris[19] te habrían despreciado profundamente,
pues tu cabeza colgaba sobre el pecho y, si alguien intentaba ponerte derecho,
te revolvías como una bola deforme. También tu talento oratorio causaba una
triste impresión. Sólo emitías condenados monosílabos, y durante horas
interminables te limitabas a repetir: «¡Hu, hu!» y «me… me…», por lo que pude
deducir que tu voluntad y tu capacidad de razonar no estaban precisamente en
armonía, llegando por un momento a creer que ambas te eran infieles
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y vagabundeaban a su antojo. Por
último tuviste un episodio graciosísimo, ya que te dio por pegar saltos
tremendos, durante los cuales berreabas de entusiasmo y te rasgabas el hábito
para liberarte de ese impedimento tan antinatural. Tu apetito…
—¡Deteneos, Schönfeld!
—interrumpí al horrible burlón—. ¡Deteneos! Ya me han informado acerca del
terrible estado en que quedé sumido. ¡Gracias sean dadas a la misericordia
infinita del Señor! ¡Gracias sean dadas a la mediación de los santos por haber
recobrado la salud!
—¡Eh, honorable señor! —terció
Schönfeld—. ¿Qué os ha quedado de ella? Quiero decir, qué os ha quedado de la
función intelectual, denominada conciencia, y que no es otra cosa que la
maldita actividad de un condenado cobrador —funcionario de impuestos—, ayudante
de controlador, que ha abierto su infame mostrador en la oficinucha de arriba y
a toda la mercancía que quiere salir le dice: «Eh… Eh… está prohibido exportar…
todo queda en tierra, en tierra». Así las joyas más hermosas se siembran como
si fuesen indignos granos de trigo y de ellas crecen como mucho remolachas
forrajeras. De exprimir un peso de mil quintales de estas remolachas se saca
sólo un cuarto de onza de azúcar maloliente… Eh… Eh… y, sin embargo, la
exportación debería fundar un tráfico comercial con la espléndida ciudad de
Dios, allá arriba, donde todo es glorioso y soberbio. ¡Dios de los Cielos!
¡Señor! ¡Habría arrojado a lo más profundo del río todos mis puder à la
Maréchal o à la Pompadour o à la reine de Golconde[20], comprados a precios tan
caros, si hubiese podido recibir, siquiera a través de comercio de tránsito, un
poquito de polvo solar procedente de un lugar tan elevado para empolvar las
pelucas de profesores altamente capacitados y compañeros de corporación, pero
antes que ninguna la mía! ¿Qué digo? Si mi Demonio os hubiese colgado encima, a
vos, al más honorable y venerable de los monjes, un abrigo de verano en vez de
aquel frac color pulga con el que los ricos y petulantes habitantes de la
ciudad de Dios van al servicio, os hubiera ido en verdad, en lo que respecta a
dignidad y decoro, de otra manera. Pero así os tomó el mundo por un vulgar
glebae adscriptus y el demonio por su cousin germain.
Schönfeld se había levantado y
caminaba, o mejor brincaba, de una esquina a otra de la habitación,
gesticulando y haciendo muecas. Estaba en vena, como de costumbre, alimentando
la locura con la locura. Le tomé de las manos y le dije:
—¿Quieres ocupar aquí mi lugar?
¿No te es posible abandonar las bufonadas por un minuto y adoptar una actitud
de seriedad razonable?
Sonrió de manera enigmática.
—Pero ¿realmente es tan necio
todo lo que digo cuando el espíritu me posee? — preguntó.
—Ahí radica precisamente la
desgracia —respondí—, en que tus sandeces albergan a menudo un sentido
profundo, pero todo lo quemas y lo desgastas hasta tal punto que un pensamiento
articulado con precisión se torna ridículo y deslucido como un traje andrajoso
y lleno de manchas. Eres como los borrachos que no pueden andar rectos sobre
una cuerda: saltas continuamente acá y acullá. ¡Tu dirección está
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torcida!
—¿Qué es «dirección»? —me
interrumpió Schönfeld, todavía riendo y con un gesto agridulce—. ¿Qué es
«dirección», venerable capuchino? Toda dirección presupone una meta que, a su
vez, constituye una referencia a través de la cual tomamos nuestra dirección.
¿Estáis seguro de vuestra meta, querido monje? ¿No teméis haber tomado hasta
ahora demasiado poco cerebro de gato y, en vez de ello, haber libado en las
posadas en exceso de lo espiritoso, por lo que ahora, como el vigilante con
vértigo apostado en una torre, divisáis dos metas, sin saber cuál de ellas es
la correcta? Además, capuchino, perdonad mi condición, ya que llevo en mí lo
burlesco como una agradable mezcla de pimienta española y coliflor. Sin ello un
artista peluquero no es más que una figura lamentable, un pobre necio que lleva
un privilegio en el bolsillo sin utilizarlo para su alegría y placer.
El clérigo nos había observado
con atención, ora a mí ora al gesticulante Schönfeld. No había entendido ni una
palabra, ya que hablábamos en alemán. En ese momento, sin embargo, interrumpió
nuestra conversación:
—Disculpen, señores míos, si mi
deber me obliga a dar por terminada una entrevista que no puede haceros bien a
ninguno de los dos. Vos, hermano mío, estáis todavía muy débil para seguir
hablando de cosas que probablemente despierten recuerdos dolorosos de vuestra
vida pasada. Ya iréis conociéndolo todo poco a poco por vuestro amigo, pues,
aunque abandonéis nuestro hospital completamente recuperado, os seguirá
acompañando. Además tenéis vos —se dirigió a Schönfeld— una manera de hablar
que resulta adecuada para describir con visos de realidad todos los
acontecimientos que contáis. En Alemania os deben de tomar por loco. Incluso
aquí os tendrían por un buen bufón. Podríais hacer sin duda carrera en el
teatro cómico.
Schönfeld miró fijamente al
clérigo con ojos desmesuradamente abiertos, luego se levantó sobre las puntas
de los pies, enlazó las manos detrás de la cabeza y exclamó en italiano:
—¡Voz del espíritu!… ¡Voz del
destino! ¡Me has hablado por boca de este venerable señor!… Belcampo…, no
puedes ignorar tu verdadera vocación. ¡Está decidido!
Dicho esto, saltó hacia la puerta
y salió. A la mañana siguiente entró en mi habitación preparado para irse de
viaje.
—Querido hermano Medardo —me
dijo—, estás completamente sano y por consiguiente ya no necesitas mi compañía.
Me marcho a donde me quiera llevar mi vocación… ¡Adiós!… Pero antes, y por
última vez, permíteme ejercitar contigo mi arte, que ahora me resulta una
actividad despreciable.
Sacó navaja, tijeras y peine.
Mientras hacía miles de muecas y contaba un sinfín de insensateces, puso orden
en mi cabello y en mi barba. El hombre me resultaba siniestro, a pesar de la
fidelidad que me había mostrado. Me alegré de que se separase de mí. El médico
me había ayudado a restablecerme con medicamentos
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fortalecedores. El color de mi
rostro era más fresco y con ayuda de largos paseos fui recuperando todas mis
fuerzas. Estaba convencido de poder soportar un viaje a pie y abandoné aquella
casa, bienhechora para los enfermos mentales, pero cruel e inquietante para los
sanos. Me habían sugerido que emprendiese una peregrinación a Roma, así que
decidí realmente hacerla y tomé el camino que llevaba allí. Aunque mi espíritu
estaba sano, era consciente de que estaba afectado de un estado apático que
arrojaba un velo sombrío sobre toda imagen que surgía en mi interior, de tal
manera que todo aparecía sin color, gris. Sin recordar claramente el pasado, me
absorbía del todo la preocupación por el presente. Contemplé la región desde la
lejanía para buscar un lugar en el que pudiese ofrecer mis servicios
confortativos, y así poder pedir a cambio comida y alojamiento. Quedé contento
cuando gente piadosa llenó mi botella de agua y mi bolsa de limosnas: en
contraprestación les recité automáticamente un par de oraciones. Había
degenerado en un estúpido y vulgar monje mendicante. Finalmente llegué al gran
monasterio capuchino, situado a pocas horas de Roma, y que yacía aislado, sólo
rodeado de edificios dedicados a la explotación agrícola. Allí tenían que
admitir a los hermanos de la Orden y pensé lavarme y arreglarme con toda
tranquilidad. Les dije que después de que hubiesen clausurado el monasterio en
el que antes me encontraba, en Alemania, había emprendido una peregrinación, y
que deseaba ser admitido en cualquier otro monasterio de la Orden. Me
hospedaron cómodamente, con la amabilidad propia de los monjes italianos. El
prior declaró que, si no me lo impedía el cumplimiento de un voto que me
obligase a seguir peregrinando, podía quedarme como forastero en el monasterio
tanto tiempo como quisiera. Era la hora de vísperas y los monjes se dirigían al
coro. Entré en la iglesia. La espléndida y osada construcción de la nave me
llenó de admiración, pero mi espíritu, inclinado hacia lo terrenal, fue incapaz
de elevarse como antaño, cuando siendo apenas un niño contemplé la iglesia del
Sagrado Tilo. Después de despachar mi oración ante el altar mayor, anduve por
las naves laterales contemplando los cuadros de los altares, los cuales, como
es costumbre, representaban los martirios de los santos a que estaban
consagrados. Finalmente penetré en una capilla lateral, cuyo altar quedaba
mágicamente iluminado por los rayos de sol que penetraban por las polícromas
vidrieras. Quise contemplar la pintura de cerca y subí unos peldaños. ¡Ay, era
Santa Rosalía, el fatídico cuadro que colgaba sobre el altar de mi monasterio!
¡Ante mí se encontraba Aurelia! Toda mi existencia, mis múltiples impiedades,
mis fechorías, el asesinato de Hermógenes, de Aurelia, todo, todo quedó
comprimido en un pensamiento espantoso, que atravesó mi cerebro como una barra
de hierro ardiente y puntiaguda. ¡Mi pecho, arterias y fibras se desgarraban
como consecuencia de la tortura más cruel, provocando un dolor salvaje!
¡Ninguna muerte benévola! Me arrojé al suelo. Destrocé mi hábito con
desesperación demencial, aullé y emití alaridos de desconsuelo que resonaron
por toda la iglesia: «¡Estoy condenado! ¡Estoy maldito! ¡No hay gracia posible,
ningún consuelo, en ningún lugar! ¡Al infierno! ¡Al infierno! ¡Que la eterna
condenación caiga sobre mí,
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impío pecador!».
Alguien me levantó. Los monjes se
hallaban en la capilla. Ante mí estaba el prior, un anciano venerable. Me miró
con una seriedad benigna indescriptible, tomó mis manos y pareció como si un
santo, lleno de compasión celestial, sostuviese en el aire al condenado sobre
las llamas en las que quería arrojarse.
—¡Estás enfermo, hermano mío!
—dijo el prior—, te llevaremos al monasterio, allí podrás descansar.
Besé sus manos, su hábito, no
podía hablar, sólo angustiosos suspiros traicionaban el estado horrible y
desgarrado en que se encontraba mi alma. Me llevaron hasta el refectorio. El
prior despidió a los demás con una seña y me quedé a solas con él.
—Hermano mío —comenzó a decir—,
parece como si en tu conciencia pesara un grave pecado, pues sólo el más
profundo arrepentimiento y desconsuelo sobre un acto espantoso puede llevar a
semejante actitud. Pero grande es la misericordia divina, fuerte la intercesión
de los santos. Ten confianza. Confiésate conmigo y la penitencia se convertirá
en el consuelo de la Iglesia.
Por un instante me pareció como
si el prior fuese aquel anciano peregrino del Sagrado Tilo, el único ser en
toda la tierra al que podría revelar mi existencia llena de pecados e impiedad.
Todavía era incapaz de pronunciar una palabra, me arrojé al suelo ante el
anciano.
—Voy a la capilla del monasterio
—dijo con tono solemne, y se alejó.
Estaba resuelto. Fui detrás de
él. Se sentó en la silla del confesionario e hice en un instante todo lo que el
espíritu me impulsaba irresistiblemente a hacer: ¡Confesé todo! ¡Todo! La
penitencia que me impuso el prior fue estremecedora. Expulsado de la iglesia,
proscrito como un leproso de las reuniones de los hermanos, yacía en la cripta,
en el osario del monasterio, sustentando apenas mi vida con hierbas insípidas
hervidas en agua, haciendo penitencia, azotándome y martirizándome con
instrumentos de tortura inventados por la crueldad más refinada. Sólo alzaba la
voz para autoinculparme, para suplicar en oración de arrepentimiento la
salvación del infierno, cuyas llamas ya sentía arder en mí. Cuando la sangre
manaba de mil heridas, cuando el dolor ardía como cien picaduras venenosas de
escorpión, entonces finalmente sucumbía la naturaleza hasta que el sueño,
protegiéndola como si fuese un niño inconsciente, la rodeaba con sus brazos.
Pero en ese instante surgían imágenes oníricas hostiles que me preparaban nuevos
tormentos mortales. Toda mi vida se manifestaba de manera horrible. Veía cómo
Eufemia se acercaba a mí con una belleza exuberante, pero yo gritaba: «¿Qué
quieres de mí, impía? No, el infierno no se apoderará de mí». A continuación se
abría el vestido y los escalofríos de la perdición invadían mi alma. Su cuerpo
aparecía consumido, como un esqueleto del que surgían incontables serpientes
que extendían hacia mí sus cabezas y lenguas de color rojo fuego. «¡Apártate de
mí!… Tus serpientes me muerden en el pecho herido… quieren cebarse con la
sangre de mi corazón… pero entonces moriré, moriré… la muerte me
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liberará de tu venganza», grité.
A continuación aulló la aparición: «¡Mis serpientes pueden alimentarse de la
sangre de tu corazón… pero no lo sentirás, pues no es ése tu tormento. Lo que
te atormenta está en tu interior y no te mata, ya que vives de ello. Tu
tormento lo constituye el pensamiento impío, que es eterno!». La figura
ensangrentada de Hermógenes se alzó y Eufemia huyó de ella. Pasó a mi lado y
señaló la herida del cuello en forma de cruz. Quise rezar, pero comenzó un
murmullo que confundía mis sentidos. Seres que antaño había visto se
presentaban ahora ante mí como figuras grotescas. Cabezas, de cuyas orejas
brotaban patas de saltamontes, se arrastraban a mi alrededor sonriéndome con
malicia; aves extrañas y cuervos con rostros humanos surcaban ruidosamente el
cielo. Reconocí al director de orquesta de B. con su hermana, que giraba en un
vals delirante, y a su hermano que tocaba en su propio pecho, convertido en
violín. Belcampo, con un rostro horrible de lagarto, sentado sobre un asqueroso
gusano alado, se dirigió hacia mí. Quería peinar mi barba con un peine de
hierro ardiente, pero no lo consiguió. El caos se tornó cada vez más delirante,
más extraño; las figuras, más atrevidas. Se podía encontrar desde la más
pequeña hormiga con pies humanos danzantes, hasta la alargada osamenta de
caballo con ojos brillantes, cuya piel se había convertido en una gualdrapa, y
que montaba un jinete con luminosa cabeza de búho. ¡Su arnés era un vaso sin
fondo; su yelmo, un embudo torcido! La diversión infernal llegó a su punto
culminante. Podía oír cómo me reía, pero la risa desgarraba mi pecho, y los
dolores se tornaban más ardientes, las heridas sangraban con mayor profusión.
¡Una figura femenina resplandeció, dispersándose la chusma! ¡Se acercó a mí!
¡Era Aurelia! «¡Vivo y soy toda tuya!», dijo. Entonces la impiedad se apoderó
de mí. Loco de deseo salvaje, la estreché entre mis brazos. Recobré la fuerza,
pero algo ardió en mi pecho, cerdas bastas desgarraron mis ojos, y Satanás rió
con un tono estridente: «¡Ahora eres del todo mío!». Desperté lanzando un grito
de espanto, y de las heridas incisas, provocadas al azotarme en mi
desesperación sin consuelo, manaba la sangre en abundancia. Aunque la impiedad
fuese fruto del sueño, cualquier pensamiento pecaminoso exigía doble
penitencia.
Finalmente transcurrió el tiempo
de severa expiación que había determinado el prior. Abandoné el osario para
realizar en el monasterio otros ejercicios prescritos, aunque en una celda
aislada y alejada del resto de los monjes. Luego, disminuyendo el grado de la
penitencia, me fue permitida la entrada en la iglesia y en el coro de los
hermanos. Pero no me satisfacía el tipo de mortificación que ahora consistía
exclusivamente en la flagelación diaria. Rechacé resuelto cualquier mejora en
la comida que me ofrecían, días enteros permanecí tumbado en el frío suelo de
mármol ante la imagen de Santa Rosalía y me martirizaba de la manera más cruel
en mi celda solitaria, pues sólo a través de tormentos externos creía poder
silenciar el espantoso tormento interior que me laceraba. Era en vano; una y
otra vez regresaban aquellas figuras engendradas por mi mente y estaba
entregado al mismo Satanás, que me torturaba con escarnio y me tentaba para
cometer pecados. La severa penitencia, así como la manera inaudita en que la
ejecutaba, llamó la atención de los monjes. Me
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observaban con un temor reverente
e incluso llegué a escuchar cómo murmuraban entre ellos: «¡Es un santo!». Estas
palabras me parecieron horribles, pues me recordaban vivamente aquel instante
espantoso en la iglesia del monasterio capuchino en B., en el que, poseído por
una locura temeraria, grité al pintor que me miraba fijamente: «¡Soy San
Antonio!».
El último periodo dedicado a la
penitencia prescrita por el prior había concluido sin dejar por ello de
torturarme, a pesar de que mi naturaleza parecía sucumbir por el continuo
castigo. Mis ojos aparecían apagados, mi magullado cuerpo semejaba un esqueleto
ensangrentado y llegué a un estado en el que, tras permanecer durante horas en
el suelo, no lograba levantarme sin la ayuda de los demás. El prior dijo que me
llevaran a su locutorio.
—¿Sientes, hermano —preguntó—, cómo
tu interior se alivia gracias a la severa penitencia? ¿Ha llegado hasta ti el
consuelo celestial?
—No, venerable señor —repliqué
desesperado y con voz ahogada.
—Al imponerte —continuó el prior
elevando el tono de voz—, al imponerte, hermano, la penitencia más severa, ya
que me habías confesado toda una serie de hechos horribles, cumplí los
preceptos de la Iglesia que determinan que el malhechor, al que el brazo de la
justicia no ha alcanzado y que confiesa arrepentido sus crímenes a un servidor
del Señor, debe manifestar también con actos externos la sinceridad de su
arrepentimiento. Así debe dirigir su espíritu exclusivamente a lo celestial y
castigar la carne, para que el martirio terrenal compense el placer demoníaco
experimentado en el momento de cometer los actos delictivos. Pero creo, y
conmigo coinciden famosos doctores de la Iglesia, que los horribles tormentos
que se infiere el penitente no reducen ni siquiera un gramo del peso de sus
pecados, ya que concentra en el sufrimiento físico toda su confianza y se cree
así digno de la Gracia del Eterno. No hay razón humana que pueda averiguar cómo
el Eterno mide nuestros actos. Perdido está aquel que, aunque puro de impiedad,
pretende con insolencia poder acceder al Cielo a través de una mera actividad
piadosa externa. El penitente que, después de realizar los ejercicios de
expiación, cree haber suprimido su impiedad, demuestra que su arrepentimiento
interno no es verdadero. Tú, querido hermano Medardo, no sientes todavía ningún
consuelo. Eso demuestra la veracidad de tu contrición. Abstente a partir de
ahora, así lo deseo, de toda disciplina de la carne, toma mejores comidas y no
rehuyas más la compañía de tus hermanos. Ten en cuenta que conozco tu
misteriosa vida, con todas sus extrañas implicaciones, mucho mejor que tú
mismo. Una fatalidad, a la que no pudiste escapar, otorgó a Satanás poder sobre
ti y, mientras pecabas, te convertías en su instrumento. Pero no te figures por
esto que apareces como menos pecador ante el Señor, pues te había sido dada la
fuerza de doblegar a Satanás en vigorosa lucha. ¿En qué corazón humano no
irrumpe el mal y opone resistencia al bien? Pero sin esa lucha no habría
virtud, pues ésta no es otra cosa que la victoria del principio del bien sobre
el mal, así como, a la inversa, se produce el surgimiento del pecado. Has de
saber, en primer lugar, que te acusas de un
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crimen que sólo ejecutaste con la
voluntad. Aurelia vive; poseído de una demencia salvaje te heriste a ti mismo.
Era la sangre de tu herida la que bañó tu mano… Aurelia vive… lo sé.
Caí de rodillas, alcé las manos
en actitud orante, profundos suspiros escaparon de mi pecho y las lágrimas
brotaron de mis ojos.
—Debes saber además —continuó el
prior— que aquel anciano pintor extranjero del que me hablaste en confesión
visita con frecuencia nuestro monasterio. Quizá lo visitará de nuevo en breve.
Me ha dado un libro en custodia que contiene diversos dibujos y, sobre todo,
una historia, a la que añade varias líneas cada vez que viene a traernos
consuelo. No me ha prohibido poner el libro en otras manos, por lo mismo, y por
considerarlo un deber sagrado, deseo confiártelo a ti. Pronto conocerás las
circunstancias que determinaron tu propio y extraño destino, que te colocaba,
ya en un mundo elevado, pleno de maravillosas visiones, ya en la más vulgar
realidad. Se dice que lo maravilloso ha desaparecido de la Tierra. Yo no lo
creo así. Siguen produciéndose maravillas, pues aunque nosotros mismos no
queremos designar con este nombre lo más maravilloso que diariamente nos rodea,
probablemente porque hemos insertado toda una serie de apariciones en el
esquema de un eterno retomo de carácter cíclico, no es menos cierto que, a
menudo, un fenómeno atraviesa este círculo y echa a perder toda nuestra
astucia. Incapaces de comprender cómo se ha podido producir, y dada nuestra
obstinación embrutecedora, no creemos en lo que hemos visto. Testarudos,
negamos al ojo interno la aparición, precisamente porque era demasiado diáfana
como para reflejarse en la superficie externa y ruda del ojo. Considero a aquel
extraño pintor como una de las apariciones extraordinarias que se burlan de
toda regla establecida. Incluso llego a dudar si su aparición corpórea coincide
con la que nosotros percibimos. Se sabe con certeza que nadie ha podido
observar en él las acostumbradas funciones vitales. Tampoco le vi escribir o
dibujar, pues en el libro sólo parecía leer. Aunque, después de cada una de sus
visitas, siempre había más páginas escritas que la vez anterior. También
resulta extraño que todo lo que contenía el libro sólo me parecía ser confusión
y esbozos indistintos de un pintor fantástico, tornándose comprensible en el
momento en que tú, querido hermano Medardo, me revelaste tu vida en confesión.
No puedo descubrirte más de lo que creo y sospecho acerca del pintor. Tú mismo
podrás averiguarlo, o quizá el secreto se desvele ante ti por sí mismo. Vete,
fortifícate y si te sientes, como creo, en pocos días edificado de espíritu,
recibirás de mis manos el extraño libro del pintor forastero.
Seguí la voluntad del prior: comí
con los hermanos, interrumpí las mortificaciones y me limité a rezar con fervor
ante los altares de los santos. Aunque todavía sangraba mi corazón herido y el
dolor que atravesaba mi interior no cedía, desaparecieron las horribles
pesadillas y, a menudo, cuando yacía muerto de cansancio e insomne en el duro
lecho, notaba cómo algo me rodeaba con alas angélicas. Entonces veía la dulce
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figura de Aurelia, todavía en
vida, que, con mirada llena de compasión celestial y derramando abundantes
lágrimas, se inclinaba hacia mí. Extendía su mano sobre mi cabeza, como si me
protegiera, y en ese instante sentía cómo se cerraban mis párpados y cómo un
sueño ligero, suave y restaurador, vertía nueva fuerza vital en mis arterias.
Cuando el prior comprobó que mi
espíritu había recobrado algo de su vigor, me entregó el libro del pintor y me
advirtió que lo leyera atentamente en su celda. Lo abrí y lo primero que vi
fueron los bocetos de las pinturas al fresco del Sagrado Tilo. No se despertó
en mí el más mínimo asombro, ni tampoco el más mínimo deseo de resolver el
enigma. ¡No! Ya no había ningún enigma para mí. Tiempo hacía que ya conocía
todo el contenido del libro del pintor. Lo que el pintor había escrito en las
últimas páginas del libro, en una letra pequeña y apenas legible, eran mis
sueños, mis visiones, pero de una manera tan clara y directa como yo no habría
sido nunca capaz de hacerlo.
NOTA INTERCALADA POR EL EDITOR
El hermano Medardo continúa aquí
su relato sin referirse más a lo que encontró en el libro del pintor,
describiendo cómo se despidió del prior, conocedor de su secreto, así como de
sus hermanos, cómo peregrinó a Roma, rezó y se arrodilló en todos los altares
de San Pedro, San Sebastián, San Lorenzo, en San Juan de Letrán y en Santa
María Mayor, etc.; cómo llamó la atención del Papa y finalmente le fue
atribuida una aureola de santidad que terminó por apartarle de Roma, ya que,
convertido realmente en un pecador arrepentido, comenzó a creer que esa aureola
era cierta. Nosotros, me refiero a ti y a mí, benévolo lector, sabemos, sin
embargo, muy poco de las visiones y de los sueños del hermano Medardo. Sin leer
lo que el pintor escribió, apenas seríamos capaces de unir los distintos hilos
dispersos de la historia de Medardo. Un símil más apropiado podría ser que nos
falta el foco del que parten los distintos rayos multicolores. El manuscrito
del bendito capuchino estaba envuelto en un viejo pergamino amarillento, y este
pergamino estaba a su vez escrito con letra pequeña y apenas legible, lo que
inducía a pensar en una mano bastante singular, despertando por esta causa mi
curiosidad. Después de un gran esfuerzo me fue posible descifrar primero letras
y, luego, palabras. Quedé asombrado al comprobar que se trataba de la historia
registrada en el libro del pintor de la que había hablado Medardo. Estaba
escrita en italiano antiguo, con un estilo aforístico, muy parecido al de las
crónicas. El tono suena en alemán bastante rudo y apagado, como un cristal
agrietado, pero era necesario interpolar aquí la traducción en aras de la
comprensión del conjunto de la obra. Eso es lo que haré después de anotar —no
sin experimentar un sentimiento de tristeza— lo siguiente: la familia
principesca, de la que procedía el frecuentemente
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citado Francesco, vive aún en
Italia, así como los descendientes del Soberano, en cuya Corte permaneció
Medardo. Resultó imposible, por consiguiente, citar los nombres. Tengo que
reconocer, por añadidura, que nadie en el mundo ha podido ser menos hábil y más
torpe a la hora de buscar nombres que el que ha puesto en tus manos, benévolo
lector, este libro, sobre todo cuando existen en la realidad y poseen un halo
romántico. El mencionado editor creyó ayudarse muy bien con «el Soberano», «el
barón» etc., pero ahora que el viejo pintor clarifica las más secretas
relaciones familiares, comprueba que con designaciones generales no es posible
hacer comprensible del todo la historia. Tendría que verse obligado a adornar y
orlar la simple «crónica coral» del pintor con todo tipo de explicaciones y
correcciones, también con fórmulas fastidiosas. En nombre del editor, te pido,
benévolo lector, que tomes en consideración lo siguiente antes de seguir
leyendo: Camilo, príncipe de R, aparece como el fundador de la estirpe de la
que desciende Francesco, el padre de Medardo. Teodoro, príncipe de W., es el
padre del príncipe Alejandro de en cuya Corte residió Medardo. Su hermano
Alberto, príncipe de W., se casó con la princesa italiana Giazinta B. La
familia del barón E, que vive en las montañas, es de sobra conocida, sólo
anotar que la baronesa de E procedía de Italia, pues era la hija del conde
Pietro S., hijo del conde Filippo S. Todo irá aclarándose, querido lector, si
conservas en la memoria estos pocos nombres y letras. Así pues, a continuación
viene:
EL PERGAMINO DEL VIEJO PINTOR
… Y
sucedió que la república de Génova, asediada duramente por los corsarios
argelinos, tuvo que recurrir al gran héroe naval Camilo, príncipe de R, para
que, con cuatro galeones bien armados y equipados, emprendiera una incursión
contra los temerarios bandidos. Camilo, sediento de hechos gloriosos, escribió
enseguida a su hijo mayor, Francesco, para que regresara y gobernase el país en
ausencia del padre. Francesco se ejercitaba en la pintura en la escuela de
Leonardo da Vinci, y el espíritu del arte se había apoderado de él hasta tal
extremo que no podía pensar en otra cosa. Por esta causa tenía al Arte en más
alta consideración que todo honor, esplendor y brillo en la tierra. Cualquier
otra actividad del Hombre le parecía un esfuerzo lamentable por una fútil
bagatela. No podía dejar el arte, ni tampoco al maestro, ya entrado en años,
por lo que contestó al padre que él sólo sabía utilizar el pincel, pero no el
cetro, y que quería permanecer junto a Leonardo. El viejo y orgulloso Camilo se
enfureció, tuvo a su hijo por un indigno insensato y envió a sus servidores
para que lo trajeran. Francesco se negó, resuelto a regresar, y declaró que un
príncipe, rodeado de toda la pompa, sólo le parecía un ser digno de compasión
en comparación con un pintor de valía, y que los hechos de guerra más grandes
sólo eran un juego cruel si se
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equiparaban con la creación de un
pintor, que representa el puro reflejo del espíritu divino que mora en su
interior. El héroe naval Camilo entró en cólera y juró que repudiaría a
Francesco y aseguraría a su hermano más joven, Zenobio, la sucesión. Francesco
se mostró plenamente satisfecho con esta decisión, incluso renunció
solemnemente, en un documento que cumplía todas las formalidades, a su derecho
a la sucesión al trono en favor de su hermano. Así ocurrió que cuando el viejo
príncipe Camilo perdió la vida en combate sangriento con los argelinos, Zenobio
subió al trono; Francesco, sin embargo, negando su clase y su nombre, se hizo
pintor y vivía pobremente de una pequeña asignación anual que le enviaba su
hermano. Por lo demás, siempre había sido un joven orgulloso y arrogante, sólo
el viejo Leonardo supo domeñar su temperamento rebelde. Cuando Francesco
renunció a sus derechos de clase, se convirtió en el hijo fiel y piadoso de
Leonardo. Ayudó al anciano a terminar alguna de sus grandes obras, y sucedió que
el discípulo, elevándose a la misma altura que el maestro, se hizo famoso y
pudo pintar diversas imágenes para altares de iglesias y monasterios. El viejo
Leonardo le apoyó lealmente con sus consejos hasta que murió después de haber
alcanzado una edad avanzada. Entonces surgió de nuevo en el joven Francesco,
como un fuego largamente reprimido, el orgullo y la arrogancia de antaño. Se
creía el pintor más grande de la época y, emparejando su perfección artística y
su clase social, se llamaba a sí mismo el «príncipe de los pintores». Comenzó a
hablar con desprecio del viejo Leonardo y creó, apartándose del estilo simple y
piadoso, una nueva manera de pintar que fascinaba a las masas con la
exuberancia de las formas y la espléndida riqueza cromática. Las exageradas
alabanzas del populacho le hicieron todavía más vanidoso y arrogante. Ocurrió
que, en Roma, frecuentó la compañía de jóvenes viciosos y disolutos. Como él
deseaba siempre ser el primero y el más señalado en todo lo que emprendía, se
convirtió pronto en el más recio navegante a través de la salvaje tormenta del
vicio. Seducido por el fasto falaz y falso del paganismo, los jóvenes formaron
una sociedad secreta, presidida por Francesco, en la que se burlaban con
impiedad del cristianismo, imitaban las costumbres de los antiguos griegos y
celebraban bacanales pecaminosas con mujeres impúdicas. Eran pintores, pero
sobre todo escultores, que pretendían saber algo del arte clásico y se mofaban
de todo lo que artistas noveles creaban y ejecutaban con esplendor, inspirados
por el cristianismo y para gloria del mismo. Francesco pintó con un entusiasmo
sacrílego muchas imágenes del mendaz mundo de las fábulas. Nadie mejor que él
podía representar de manera tan verídica la exuberancia galante de las figuras
femeninas. Se inspiraba para alcanzar semejante perfección en modelos vivos, de
los que tomaba la encarnación, mientras que la forma y el estilo procedían de
antiguas esculturas marmóreas. En vez de inspirarse, como antaño, en las obras
espléndidas ejecutadas por los antiguos y piadosos maestros, que adornaban
iglesias y monasterios, y asimilar su fervor artístico en su interior, se
dedicó a copiar infatigable las figuras de los embusteros dioses paganos. Por
ninguna otra figura estaba tan obsesionado como
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por una famosa imagen de Venus,
que siempre tenía en mente. La asignación anual que recibía de Zenobio se
retrasó, una vez, más de lo acostumbrado; así ocurrió que Francesco, que
llevaba una vida turbulenta y dilapidaba con rapidez cualquier ganancia, empezó
a tener apuros serios de dinero. Entonces recordó que, hacía tiempo, un
monasterio capuchino le había encargado por un precio elevado un cuadro de
Santa Rosalía, que no quiso pintar debido al rechazo que sentía por todos los
santos cristianos. Ahora decidió terminar rápidamente la obra para recibir el
dinero. Pensó en representar a la Santa desnuda y con el cuerpo y el rostro de
aquella imagen de Venus que tanto le obsesionaba. El boceto superó todas las
expectativas, y los jóvenes impíos alabaron sin medida la extravagante
ocurrencia de Francesco de ponerles a los monjes en su iglesia un ídolo pagano
en vez de la santa cristiana. Pero cuando Francesco comenzó a pintar, todo se
desarrolló de una manera distinta a la que había pensado. Un espíritu poderoso
subyugó al espíritu de la despreciable mentira, que le había dominado en un
principio. El rostro de un ángel procedente del Reino de los Cielos comenzó a
surgir entre la lúgubre niebla; pero Francesco, invadido súbitamente por el
miedo de herir la santidad y ser condenado por el Señor en el Juicio Final, no
osó completar el rostro y sobre el cuerpo desnudo pintó un vestido honesto con
elegantes pliegues: el traje era rojo oscuro y la capa azul celeste. Los monjes
capuchinos, en su escrito dirigido al pintor Francesco, se habían referido
exclusivamente a un cuadro de Santa Rosalía, sin especificar nada más, por
ejemplo si una historia memorable de su vida podría constituir el tema del
pintor. Precisamente por esta razón Francesco había esbozado la imagen de la
Santa ocupando el centro del lienzo; pero después comenzó a pintar, llevado de
su espíritu, todo tipo de figuras a su alrededor, que se adaptaban
perfectamente para representar el martirio de la Santa. Francesco quedó
absorbido en la ejecución del cuadro, o quizá el cuadro se había convertido en
un espíritu poderoso que le rodeaba con sus brazos y le sostenía por encima de
la vida impía y mundana que había llevado hasta ese momento. Lo que no era
capaz de terminar era el rostro de la santa, obsesión que se convirtió en un
tormento infernal, que penetraba en su ánimo como si fuesen agudas espinas. Ya
no pensaba en la imagen de Venus, pero le parecía como si viera al viejo
maestro Leonardo, que le contemplaba con gesto lleno de lástima y le decía con
voz dolorosa: «Ay, quisiera ayudarte de buen grado, pero no puedo. Tienes que
abandonar todo afán pecaminoso y rogar, con profundo arrepentimiento y
humillación, por la intercesión de la santa contra la que has blasfemado». Los
jóvenes, cuya compañía Francesco había abandonado hacía tiempo, le buscaron en
su estudio y le encontraron yaciendo en su lecho como un enfermo sin energías.
Al revelarles Francesco su situación desesperada, cómo era incapaz de terminar
el cuadro de Santa Rosalía y que tenía la impresión de que un espíritu hostil
había quebrado su fuerza, todos rieron y dijeron: «Eh, hermano, ¿cómo es que
has enfermado hasta tal punto? ¡Déjanos realizar una ofrenda de vino a
Esculapio y a la propicia Hygeia para que sanes de la debilidad que te
consume!». Se trajo vino de Siracusa, con el que los jóvenes llenaron
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las copas que vaciaron ante el
cuadro incompleto, ofrendando sus libaciones a los dioses paganos. Pero cuando
comenzaron a emborracharse y ofrecieron vino a Francesco, éste se negó a beber
y no quiso tomar parte en la bacanal de los jóvenes desenfrenados, a pesar de
que vitoreaban a la señora Venus. Entonces uno de ellos dijo: «Este pintor
necio está realmente enfermo. La enfermedad le ha afectado tanto a sus
pensamientos como a sus miembros. Traeré a un doctor». Se puso la capa, enfundó
la daga y salió por la puerta. Habían transcurrido sólo unos instantes desde
que había salido cuando volvió a entrar y dijo: «Eh, mirad, yo mismo soy el
médico que pretende curar al achacoso». El joven, que aspiraba a imitar
fielmente el paso y actitud de un médico anciano, trotaba con las rodillas
torcidas de un lado a otro, y había fruncido su rostro juvenil para forzar unas
arrugas y así aparentar ser un viejo de gran fealdad. Todos rieron y gritaron:
«¡Eh, mirad qué rostro de erudición es capaz de poner el doctor!». El doctor se
acercó a Francesco y le habló con voz grosera y ridícula: «¡Eh, tú, pobre de
espíritu, tengo que sacarte de tu debilidad melancólica! ¡Eh, alma mezquina,
cómo es que tienes ese aspecto tan pálido y enfermizo: así no agradarás a la
señora Venus! Puede ser que Doña Rosalía te acepte si logras sanar. Tú, pobre
de espíritu, bebe algunos sorbitos de mi medicina milagrosa. Como quieres
pintar santos, no te vendrá mal este bebedizo para recuperar tus fuerzas, pues
el vino procede de la bodega de San Antonio». El supuesto doctor había sacado
un fraseo del interior de su capa, que ahora abrió. Del frasco ascendió un
aroma extraño que adormeció a los presentes, que, como invadidos de una pesada
somnolencia, se hundieron en los sillones y cerraron los ojos. Pero Francesco
arrancó el frasco de las manos del doctor con furia salvaje, ofendido por haber
sido tratado como un débil impotente, y bebió de él a grandes tragos. «Que te
aproveche», gritó el joven, que había recuperado de nuevo sus rasgos juveniles
y su paso vigoroso. Entonces despertó a los otros del sueño pesado en que
habían quedado sumidos y bajaron tambaleantes las escaleras en su compañía.
Así como el Vesubio arroja con un
rugido salvaje llamas devoradoras, del mismo modo surgían corrientes de fuego
del interior de Francesco. Todas las historias paganas que había pintado hasta
ese momento aparecieron ante sus ojos como si estuvieran vivas. Al final no
pudo contenerse y gritó con voz potente: «¡También tú debes venir, amada diosa,
tienes que vivir y ser mía o me consagraré a los dioses subterráneos!». En ese
instante pudo ver a la señora Venus, que, de pie ante al cuadro, le hacía
guiños amables. Saltó del lecho y comenzó a pintar el semblante de Santa
Rosalía, ya que pensaba que ahora podría reproducir fielmente el rostro
seductor de Venus. Pero le parecía como si su firme voluntad no pudiese dominar
la mano, pues el pincel siempre se apartaba de la niebla en que la cabeza de
Santa Rosalía quedaba oculta, pintando de manera involuntaria las cabezas de
los seres bárbaros que la rodeaban. Sin embargo, el semblante celestial de la
Santa se fue haciendo más y más visible hasta que, de repente, miró a Francesco
con unos ojos tan vivos y radiantes que él cayó al suelo como si hubiese sido
tocado mortalmente por un rayo. Cuando
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recobró el conocimiento, se
levantó con esfuerzo, pero no se atrevió a contemplar el cuadro, hacia el que
ahora sentía horror, sino que se deslizó, con la cabeza hundida, hasta la mesa
en que estaba el frasco de vino del doctor, del que bebió una buena cantidad.
Después Francesco se sintió fortalecido y miró hacia el cuadro. Ante él se
elevaba la obra terminada hasta la última pincelada, pero no la faz de Santa
Rosalía, sino la amada imagen de Venus era la que le sonreía exuberante y llena
de amor. En ese momento se apoderó de Francesco una conducta impía y salvaje.
Aulló poseído de un deseo demencial, recordó al escultor pagano Pigmalión, cuya
historia había pintado, y rogó a Venus, como él había hecho, que dotara a su
cuadro de vida. Pronto comenzó a creer que la imagen empezaba a moverse, pero
cuando intentó abrazarla comprobó que no era más que un lienzo muerto. Como
consecuencia de la decepción se desgreñó el pelo y se comportó como si
estuviese poseído por Satanás. Esta actitud de Francesco duró dos días y dos
noches. Al tercer día, cuando todavía permanecía como una columna ante el
cuadro, se abrió la puerta de su estancia y se pudo oír a sus espaldas el
murmullo provocado por el vestido de una mujer. Se volvió y pudo ver a una
figura femenina que reconoció como el original de su cuadro. Estuvo a punto de
perder el sentido al contemplar ante él la imagen, creada de sus pensamientos
más íntimos según una escultura marmórea, viva y en toda su belleza, y casi se
transformó la impresión en espanto cuando contempló el cuadro, que ahora
aparecía como una reproducción exacta de la mujer. Le ocurrió lo mismo que
suele ocurrir ante la aparición de un espíritu: su lengua quedó trabada, cayó
de rodillas ante la extraña sin pronunciar un sonido y elevó las manos hacia
ella en actitud orante. Pero la mujer le levantó sonriendo y le dijo que hacía
mucho tiempo, cuando era niña, le había visto en la escuela de arte de Leonardo
da Vinci, y un amor indecible se había apoderado de ella. Había abandonado a
sus padres y parientes, y se había trasladado sola a Roma para encontrarle de
nuevo, ya que una voz interior le había dicho que él la amaba y que la había
retratado movido del deseo y del anhelo, lo que era verdad, como ahora podía
comprobar. Francesco sintió que una enigmática comprensión espiritual le unía a
aquella mujer extraña y que esta comprensión había creado al mismo tiempo el
cuadro maravilloso y su amor demencial. Abrazó a la mujer lleno de amor
ardiente y quiso llevarla a la iglesia de inmediato para que un sacerdote los
uniera para siempre con el Sagrado Sacramento del matrimonio. La muchacha
pareció espantarse ante la proposición y dijo: «Eh, mi amado Francesco, ¿no
eras un artista atrevido que no se dejaba atar por los lazos de la Iglesia
cristiana? ¿No te habías entregado en cuerpo y alma a la alegre y juvenil
antigüedad clásica, a sus dioses tan proclives a la vida? Qué les importa
nuestra unión a los tristes sacerdotes que lamentan su existencia con quejas
desesperanzadas en sombrías estancias. Celebremos la fiesta de nuestro amor de
manera alegre y brillante». Francesco quedó seducido por las palabras de la
muchacha. Así aconteció que en la misma noche celebró conforme a los ritos
paganos su fiesta de matrimonio con la mujer desconocida, acompañado de los jóvenes
poseídos de insensatez pecaminosa e impía que se llamaban sus amigos. Resultó
que
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la muchacha había traído consigo
una caja con joyas y dinero en metálico, por lo que Francesco pudo vivir con
ella largo tiempo abandonándose a los placeres y descuidando su arte. La
muchacha se sintió embarazada, y su belleza luminosa aumentó en esplendor a
partir de ese momento; parecía enteramente como si la imagen de Venus hubiese
cobrado vida. Francesco apenas podía soportar el placer exuberante de su vida.
Un quejido ahogado y angustioso despertó una noche a Francesco. Cuando se
levantó asustado y miró, con la lámpara en la mano, a su mujer, comprobó que
había dado a luz un niño. Los sirvientes tuvieron que darse prisa para traer al
médico y a la comadrona. Francesco tomó al niño del regazo de la madre, pero en
ese mismo instante la muchacha lanzó un grito horrible y penetrante que la hizo
doblarse como si hubiese sido agredida por puños violentos. La comadrona llegó
con su ayudante, poco después llegó el médico. Pero cuando quisieron ayudar a
la mujer, se apartaron estremecidos de horror, ya que aparecía con la rigidez
de la muerte, el cuello y el pecho desfigurados por manchas azules repugnantes
y, en vez del rostro bello y juvenil, sólo pudieron contemplar un semblante
deforme y arrugado con los ojos abiertos y vidriosos. Los vecinos acudieron
alarmados por los gritos de las mujeres. Sobre la mujer desconocida se habían
contado cosas muy extrañas. La lujuriosa forma de vida que llevaba con
Francesco era para todos una atrocidad. Había gente que quería denunciarlos al
tribunal eclesiástico por la convivencia sin bendición sacerdotal. Al
contemplar el aspecto espantoso de la muerta, todos tuvieron la certeza de que
había vivido en contubernio con el demonio que, ahora, se había apoderado
definitivamente de ella. Su belleza sólo había sido una ilusión mendaz
provocada por la maldita brujería. Todas las personas que llegaron escaparon de
allí horrorizadas, ninguna de ellas se atrevió a tocar a la muerta. Francesco
sabía ya muy bien con quién se las había tenido que ver y una angustia
terrorífica se apoderó de él. Toda la impiedad de los últimos tiempos aparecía
ante sus ojos, y el Juicio del Señor comenzaba ya en la tierra, pues sentía
cómo las llamas del infierno ardían en su interior.
Al día siguiente se presentó un
representante del tribunal eclesiástico, acompañado de alguaciles, que quería
prender a Francesco. Entonces recobró el valor y su orgullo, se abrió paso con
la daga y huyó. A una buena distancia de Roma encontró una gruta donde, cansado
y debilitado, se escondió. Sin ser consciente de lo que hacía, había enrollado
al niño recién nacido en una capa y lo había llevado consigo. Poseído de una
rabia incontenible, quiso arrojar contra las rocas a la criatura nacida de la
mujer demoníaca, pero al elevarlo sintió sus quejas suplicantes que le llenaron
de una profunda compasión. Dejó al niño sobre musgo blando y le dio gotas del
zumo de una naranja que había guardado. Francesco pasó varios días en la gruta
como un eremita penitente, arrepintiéndose de sus blasfemias y rezando con
fervor a los santos. Pero sobre todo pidió a Rosalía, a la Santa que tanto
había injuriado, que fuera su
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intercesora ante el trono del
Señor.
Una tarde permanecía Francesco en
el bosque, de rodillas y rezando. Contempló el sol, que se sumergía en el mar y
cuyas rojas olas de fuego rompían en la parte oeste. Tan pronto como las llamas
empalidecieron y se tornaron en una neblina nocturna, Francesco percibió un
luminoso halo rosa en el aire que no tardó en formarse del todo. Entonces vio a
Santa Rosalía rodeada de ángeles, que, arrodillándose sobre una nube, susurró
dulcemente estas palabras: «Señor, perdona a este hombre que, como consecuencia
de su debilidad, no logró resistir las tentaciones de Satanás». En ese instante
centellearon rayos en el interior del nimbo rosa y un trueno retumbó en toda la
bóveda celestial: «¡Qué pecador ha sido más impío que éste! ¡No encontrará ni
Gracia ni descanso en la tumba mientras prolifere la pecaminosa estirpe que
engendró su crimen!». Francesco se arrojó al suelo, pues sabía que su condena
había sido dictada y que una horrible fatalidad le llevaría sin consuelo de un
sitio a otro.
Huyó sin acordarse del niño, que
quedó abandonado en la gruta, y vivió en la más profunda y desesperada miseria,
ya que no volvió a ser capaz de pintar. A veces creía poder ejecutar
espléndidos cuadros para la gloria de la religión cristiana, incluso pensaba la
estructura y colorido de grandes partes de los mismos, que deberían representar
episodios de la vida de la Virgen y de Santa Rosalía. Pero cómo podría comenzar
uno solo de esos cuadros si ni tan siquiera poseía un escudo para comprar un
lienzo y colores. Apenas lograba sobrevivir lastimosamente con las exiguas
limosnas que lograba reunir ante las puertas de las iglesias. Una vez ocurrió
que, mientras se encontraba en el interior de una iglesia pintando
imaginariamente sobre un muro vacío, entraron dos mujeres cubiertas con velos,
una de las cuales se dirigió a él con voz angelical: «En la lejana Prusia se ha
construido una iglesia consagrada a la Virgen María, donde los ángeles del
Señor sostienen su imagen sobre un tilo. Sus muros todavía necesitan el adorno
de la pintura. Ve allí, que el ejercicio de tu arte sea para ti como una
oración sagrada. Tu alma desgarrada será confortada con el consuelo divino».
Cuando Francesco contempló a las mujeres, percibió cómo se desvanecían en rayos
de suave luminosidad, y cómo un aroma de lilas y rosas invadía la iglesia.
Ahora sabía Francesco quiénes eran aquellas mujeres y quiso comenzar a la
mañana siguiente su peregrinación. Pero aquella misma tarde le encontró, tras
mucho esfuerzo, uno de los servidores de Zenobio, que le pagó la asignación
correspondiente a dos años y le invitó a la Corte de su señor. Francesco no
aceptó la invitación. Sólo se quedó con una pequeña suma del dinero, el resto
lo repartió entre los pobres, y se puso en camino hacia la lejana Prusia. El
camino le llevó a través de Roma y llegó al monasterio capuchino, no muy
distante de la ciudad, para el que había pintado a Santa Rosalía. Pudo ver el
cuadro insertado en el altar, pero comprobó, tras observarlo con detenimiento,
que sólo era una copia. Los monjes, según pudo saber, no quisieron conservar el
original por causa de los rumores extraños que corrían acerca del pintor huido,
de entre cuyos bienes habían recibido el cuadro. Decidieron,
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por tanto, vender el original al
monasterio capuchino en B. y quedarse con una copia. Después de largo y
fatigoso peregrinaje, Francesco llegó al monasterio del Sagrado Tilo en Prusia
oriental y cumplió la orden que la misma Virgen María le había impartido. Pintó
la iglesia de manera tan maravillosa que comprendió que el espíritu de la
Gracia había comenzado a iluminarle. Un consuelo celestial inundó su alma.
Aconteció que el conde Filippo S.
fue sorprendido por una poderosa tormenta cuando cazaba en una zona salvaje y
apartada. El temporal aullaba a través de los precipicios y llovía
torrencialmente, como si tuvieran que sucumbir seres humanos y animales en un
nuevo diluvio. El conde Filippo encontró una gruta en la que pudo resguardarse
con los caballos, que en un principio se resistieron a entrar. Una tenebrosa
nubosidad ensombrecía de tal modo el horizonte que, sobre todo en el interior
de la gruta, reinaba una oscuridad absoluta que impedía al conde distinguir o
descubrir lo que se hallaba y hacía ruido justo a su lado. Su inquietud era
grande al sospechar que la gruta pudiera servir de cobijo a un animal salvaje,
por lo que sacó la espada para defenderse en caso de ser atacado. Cuando pasó
el temporal y los rayos de sol comenzaron a penetrar en la gruta percibió para
su sorpresa que junto a él yacía un bebé desnudo, situado sobre un lecho de
hojas, que le contemplaba con ojos claros y brillantes. A su lado había un vaso
de marfil, en el que el conde Filippo todavía pudo encontrar unas gotas de vino
aromático, que el niño tomó con codicia. El conde hizo sonar su cuerno, poco a
poco fue reuniéndose su gente, que se había ido resguardando en lugares
distintos. Ahora se esperaba la orden del conde de recoger al niño en caso de
que no se hallase al que había abandonado a la criatura en la gruta. Cuando
comenzó a hacerse de noche, dijo el conde Filippo: «No puedo abandonar al niño,
así que lo llevaré conmigo. Pero al mismo tiempo lo hago público para que los
padres o cualquiera que lo haya dejado aquí lo pueda reclamar en el futuro».
Así ocurrió; pero transcurrieron semanas, meses y años sin que nadie se
presentara. El conde hizo que lo bautizaran con el nombre de Francesco. Creció
rápidamente y se convirtió en un joven extraordinario, tanto por su, figura
como por su espíritu. El conde lo amaba por su extraño talento como si fuera
hijo suyo, ya que no tenía hijos propios, y pensó en convertirle en heredero de
todo su patrimonio. Francesco acababa de cumplir veinticinco años cuando el
conde Filippo, enamorado ardientemente y como un necio de una muchacha pobre y
bella, se casó con ella a pesar de su extremada juventud y de que él era ya un
hombre bastante entrado en años. De Francesco se apoderó rápidamente un deseo
pecaminoso por la posesión de la condesa. Aunque era piadosa y virtuosa y no
quería romper la fidelidad jurada, le fue posible, finalmente, tras dura lucha,
cautivarla con sus artes diabólicas, de tal modo que la muchacha se abandonó a
un placer impío y pagó a su benefactor con ingratitud y traición. Los dos
niños, el conde Pietro y la condesa Angiola, que el anciano Filippo apretaba
contra su pecho lleno de amor y alegría paternal, no eran sino el fruto de la
impiedad, que se mantuvo
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oculta para siempre tanto para él
como para el mundo.
Impulsado por un espíritu
interior, fui a ver a mi hermano Zenobio y le dije: «He renunciado al trono, e
incluso en el caso de que murieras sin hijos quiero permanecer como un pobre
pintor y llevar una vida dedicada a la meditación, ejercitando mi arte. Pero
nuestra tierra no debe caer en manos de un Estado enemigo. Francesco, el joven
educado por el conde Filippo S., es mi hijo. Yo fui, cuando huía
desesperadamente, el que lo abandonó en la gruta en que fue hallado más tarde
por el conde. En el vaso de marfil que se encontró junto a él estaba grabado
nuestro escudo de armas, pero seguramente es la constitución del joven la que
habla por sí misma y le designa como descendiente inequívoco de nuestra
familia. ¡Acepta, hermano Zenobio, al joven como tu hijo y que sea tu
sucesor!». Las dudas de Zenobio acerca de si el joven Francesco había sido
engendrado en el seno de un matrimonio canónico fueron despejadas por un título
de adopción sancionado por el Papa, que yo conseguí, y así sucedió que la vida
pecaminosa y delictiva de mi hijo finalizó, engendrando poco después un hijo en
matrimonio legal al que llamó Paolo Francesco. La estirpe criminal proliferó,
consecuentemente, también de un modo criminal. Pero ¿acaso no podía el
arrepentimiento de mi hijo expiar su impiedad? Yo estaba ante él como el
tribunal del Señor, pues su alma se me mostraba clara y abierta. Lo que quedaba
oculto al mundo, me lo revelaba un espíritu interior que se volvía cada vez más
poderoso y que me elevaba sobre las rugientes olas de la vida, permitiéndome
contemplar todo en profundidad, sin que esa visión me arrastrara a la muerte.
El alejamiento de Francesco llevó
a la muerte a la condesa S., pues sólo en ese instante pudo tomar conciencia
del pecado. Ya no pudo superar la lucha entre el amor al hombre que la sedujo y
el arrepentimiento del pecado cometido. El conde Filippo llegó a los noventa
años de edad y murió como un viejo senil. Su hijo presunto, Pietro, se
trasladó, junto con su hermana Angiola, a la Corte de Francesco, que había
sucedido a Zenobio. Los esponsales entre Paolo Francesco y Vittoria, princesa
de M., fueron celebrados con una espléndida fiesta, pero cuando Pietro
contempló a la novia en toda su belleza, se enamoró perdidamente de ella y, sin
atender al peligro, solicitó el favor de Vittoria. El afán de Pietro pasó
inadvertido para Paolo Francesco, pues éste, a su vez, quedó prendado de
Angiola, que rechazó fríamente todas sus insinuaciones. Vittoria se alejó de la
Corte para cumplir, según pretendía, un voto sagrado en soledad antes de la
celebración del matrimonio. Transcurrido un año regresó, la boda se iba a celebrar,
y Pietro quería regresar después del acontecimiento con su hermana Angiola a su
ciudad natal. El amor que sentía Paolo Francesco por Angiola se fue alimentando
con el rechazo firme que le oponía, degenerando finalmente en el deseo furioso
de un animal salvaje, que sólo era capaz de dominar
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pensando en el placer que le
depararía su amada. Así aconteció que, traicionando de la manera más depravada
el día nupcial, irrumpió en el dormitorio de Angiola, que no pudo despertar, ya
que durante el banquete de bodas le fue suministrado opio, y satisfizo su impío
deseo. Cuando Angiola, debido al infame suceso, se puso a las puertas de la
muerte, confesó Paolo Francesco, torturado por los remordimientos de
conciencia, haber cometido el delito. En el estallido de ira, Pietro quiso
apuñalar al traidor, pero dejó caer el brazo sin fuerza, pues pensó que su
venganza no debería anticiparse. La pequeña Jacinta, princesa de B., que pasaba
por ser la hija de la hermana de Vittoria, fue el fruto del secreto
entendimiento que Pietro había mantenido con la prometida de Paolo Francesco.
Pietro marchó con Angiola a Alemania, donde concibió un hijo, al que llamaron
Franz y al que educaron con esmero. La inocente Angiola encontró finalmente
consuelo y superó las secuelas del ultraje al que fue sometida, por lo que floreció
de nuevo en belleza y esplendor. Sucedió que el príncipe Teodoro de W. se
enamoró perdidamente de ella, amor que fue correspondido de todo corazón. Se
convirtió, transcurrido un breve periodo de tiempo, en su mujer, y el conde
Pietro se prometió con una muchacha alemana con la que engendró una hija.
Angiola, por su parte, concibió dos hijos del príncipe. La piadosa Angiola
podía sentirse ahora limpia de conciencia y, sin embargo, quedaba sumida a
menudo en un estado de sombría reflexión cuando, como si fuera en sueños,
recordaba el acto infame de Paolo Francesco, incluso le parecía como si el
pecado cometido de manera inconsciente pudiera ser objeto de un castigo y
debiera ser vengado en ella y en sus descendientes. Ni siquiera la confesión y
la completa absolución lograron tranquilizarla. Como una inspiración celestial
le vino, tras largo tormento, el pensamiento de que debía revelarle todo a su
esposo. Sin reparar en la dura lucha que supondría la confesión de la impiedad
cometida por el malvado Paolo Francesco, se prometió solemnemente a sí misma
que se atrevería a dar ese difícil paso, y mantuvo lo que había prometido. El
príncipe Teodoro escuchó con espanto la infamia cometida, su alma se estremeció
y la profunda ira contenida pareció amenazar también a la inocente esposa.
Entonces ocurrió que ella pasó algunos meses en un distante castillo. Durante
ese tiempo combatió el príncipe los amargos sentimientos que le corroían,
llegando finalmente a la decisión de no sólo ofrecerle la mano reconciliadora a
su esposa, sino también, sin que ella lo supiera, de preocuparse por la
educación de Franz. Después de la muerte del príncipe y de su esposa, sólo el
conde Pietro y el joven príncipe Alejandro de W. conocían el secreto del
nacimiento de Franz. Ninguno de los descendientes del pintor se pareció tanto
en constitución y espíritu a aquel Francesco, educado por el conde Filippo, que
Franz. Un joven extraordinario, animado de un espíritu superior, fogoso y
rápido en acto y pensamiento. ¡Ojalá no le pesen los pecados del padre y de sus
antecesores! ¡Ojalá pueda resistir las tentaciones de Satanás! Antes de que el
príncipe Teodoro muriese, sus dos hijos, Alejandro y Juan, viajaron a la bella
tierra romana, pero no fue exclusivamente la disensión abierta entre ambos,
sino sus distintas inclinaciones, las
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que causaron que los dos hermanos
se separaran en Roma. Alejandro llegó a la Corte de Paolo Francesco y se
enamoró tanto de la hija más joven que éste había engendrado con Vittoria que
pensó en casarse de inmediato. El príncipe Teodoro rechazó con tal repulsión
esta unión que a Alejandro le parecía incomprensible. Así aconteció que sólo
después de la muerte de Teodoro le fue posible al príncipe Alejandro casarse
con la hija de Paolo Francesco. El príncipe Juan había conocido en su viaje de
regreso a su hermano Franz, y encontró en este joven, cuyo parentesco cercano
no sospechaba, tal agrado, que no quería separarse de él. Franz fue el motivo
por el que el príncipe, en vez de regresar a la Corte del hermano, volvió de
nuevo a Italia. La eterna fatalidad, siempre imprevisible, quiso que ambos, el
príncipe Juan y Franz, vieran a la hija de Vittoria y Pietro, Jacinta,
despertándose inmediatamente en los dos jóvenes un amor ardiente. ¡El crimen
germina! ¡Quién osa oponerse a los poderes oscuros!
Los pecados e infamias de mi
juventud fueron horribles, pero gracias a la intercesión de los Santos,
especialmente de Santa Rosalía, he sido salvado de la condenación eterna. Me ha
sido concedido que sufra los tormentos de la pena aquí, en la tierra, hasta que
la estirpe criminal se marchite y deje para siempre de dar frutos. Dominando
sobre las fuerzas espirituales, me oprime la carga terrenal, y vaticinando el
secreto del futuro sombrío, me ciega el espléndido pero engañoso colorido de la
vida. ¡El ojo se pierde entre imágenes confusas que fluyen continuamente, sin
ser capaz de reconocer su verdadera configuración interna! Pude contemplar con
frecuencia el hilo que teje el poder oscuro y que se alzaba contra la salvación
de mi alma. Creí, necio de mí, poder asirlo y romperlo. Pero tengo que tener
paciencia y permanecer piadoso y creyente, debo soportar el castigo con la
penitencia del arrepentido, para, de este modo, expiar mis pecados. He
ahuyentado al príncipe y a Franz de Jacinta, pero Satanás pretende la perdición
de Franz, de la que no podrá escapar. Franz llegó con el príncipe al lugar
donde residía el conde Pietro con su esposa y su hija Aurelia, que por aquel
entonces tenía quince años de edad: Del mismo modo en que se había despertado
el deseo salvaje en el padre criminal, Paolo Francesco, al ver a Angiola, así
se encendió el fuego del placer prohibido en el hijo cuando contempló por vez
primera a la dulce niña Aurelia. Empleando todo tipo de diabólicas mañas, logró
seducir a la piadosa Aurelia, apenas entrada en la madurez. Ella se entregó con
toda su alma, llegando a pecar antes incluso de que la conciencia del pecado
hubiese penetrado en su interior. Cuando la situación ya no podía ocultarse por
más tiempo, Franz se arrojó, lleno de desesperación por el ultraje cometido, a
los pies de la madre y lo confesó todo. El conde Pietro, sin considerar que él
mismo estaba atrapado por el pecado y la impiedad, habría matado a Aurelia y a
Franz. La madre dejó sentir a Franz su ira justificada con la amenaza de
descubrir el acto infame al conde Pietro, y con este pretexto lo expulsó para
siempre con el fin de
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que no volviera a verla a ella ni
a la hija seducida. La condesa consiguió apartar a la hija de la mirada del
conde Pietro, concibiendo más tarde una hijita en un lugar lejano. Pero Franz
no podía abandonar a Aurelia y averiguó su residencia. Se apresuró a visitarla
y entró en la habitación precisamente en el instante en que la condesa,
abandonada por la servidumbre, estaba sentada junto a la cama de la hija y
sostenía a la niña, que tenía ocho días de vida, en el regazo. La condesa se
levantó espantada por la presencia inesperada del desalmado y le ordenó que
abandonase la habitación. «¡Vete… vete de aquí, si no estás perdido! ¡El conde
Pietro sabe lo que has hecho!», gritó para atemorizar a Franz, empujándole
hasta la puerta. Entonces se apoderó de Franz una furia demoníaca y salvaje,
arrancó al hijo de los brazos de la condesa y le pegó a ella un puñetazo en el
pecho que la tiró al suelo, para, a continuación, huir de allí. Cuando Aurelia
despertó de su estado de postración, comprobó que su madre estaba muerta, una
herida profunda en la cabeza —se había golpeado con un cofre de hierro— la
había matado. Franz tenía el propósito de matar a la niña; al anochecer la
enrolló en paños y bajó las escaleras con intención de abandonar la casa,
cuando escuchó unos gemidos ahogados que parecían venir del piso de abajo.
Permaneció quieto, escuchó de nuevo, y finalmente se deslizó hasta llegar casi
a la habitación de donde procedía el ruido. En ese instante salió una mujer,
que reconoció como a la niñera de la baronesa de S., lanzando tristes lamentos.
Franz preguntó a qué se debía tanto desconsuelo. «Ay, señor —dijo la mujer—, mi
desgracia es cierta, hace un rato que la pequeña Eufemia estaba sentada en mi
regazo y reía y daba gritos de alegría, pero repentinamente dejó caer la cabeza
y ahora está muerta. ¡Tiene manchas azules en la frente y me culparan de
haberla dejado caer!». Franz entró rápidamente en la habitación y, cuando
contempló a la niña muerta, comprendió cómo la fatalidad quería que su hija
siguiese viviendo, pues ambas mostraban un parecido asombroso y su constitución
era muy similar. La niñera, probablemente no tan inocente en la muerte de la
niña como había proclamado, y sobornada por un cuantioso regalo de Franz,
consintió en el cambio. Franz enrolló a la niña muerta en los paños y la arrojó
al río. La hija de Aurelia fue educada como la hija de la baronesa de S., con
el nombre de Eufemia, y el secreto de su nacimiento quedó oculto al mundo. La
infeliz no ingresó en el seno de la Iglesia al no recibir el sacramento del
Sagrado Bautismo, ya que la niña, cuya muerte le había dado la vida, ya estaba
bautizada. Aurelia se casó, transcurridos algunos años, con el barón de F. Dos
niños, Hermógenes y Aurelia, son el fruto de ese matrimonio.
El Poder eterno del Cielo me
concedió que, cuando el príncipe pensó en ir con Francesco —así llamaba él en
italiano a Franz— a la Corte principesca del hermano, llegase hasta ellos y
pudiera acompañarlos. Quise coger con fuerte brazo al indeciso Francesco cuando
se acercaba al abismo que se abría ante él. ¡Un comportamiento necio del
pecador impotente que todavía no había encontrado Gracia ante el trono del
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Señor! ¡Francesco asesinó al
hermano después de haber cometido con Jacinta un impío ultraje! El hijo de
Francesco es el niño desgraciado que educó el príncipe bajo el nombre de conde
Victorino. El asesino, Francesco, pensó en unirse en matrimonio con la piadosa
hermana de la Soberana, pero pude evitar tamaño desafuero precisamente en el
instante en que iba a ser llevado a cabo en lugar sagrado.
Franz necesitaba de una profunda
miseria, en la que en efecto quedó sumido después de escapar torturado por sus
pecados sin expiar, que le impulsase al arrepentimiento. Afectado de gran
pesadumbre y enfermedad, topó en su huida con un campesino que le acogió
amigablemente. La hija del campesino, una muchacha piadosa y serena, se enamoró
profundamente del forastero y le cuidó con esmero. Así aconteció que, una vez
recuperado Francesco, correspondió al amor de la muchacha y contrajeron
matrimonio canónico. Consiguió imponerse, gracias a su inteligencia y a su
sabiduría, e incrementar el patrimonio del padre, que no era escaso, de tal
modo que gozó de un gran bienestar terrenal. Pero la felicidad del pecador que
no se ha reconciliado con Dios es insegura y vana. Franz se hundió de nuevo en
la más absoluta pobreza y su miseria se tornó mortal, pues sintió cómo el
cuerpo y el alma se consumían por causa de una dolencia incurable. Su vida fue
un continuo ejercicio de penitencia. Por fin le envió el Cielo un rayo de
consuelo. Tendría que peregrinar al Sagrado Tilo, y allí el nacimiento de un
hijo le anunciaría la Gracia del Señor.
En el bosque que rodea al
monasterio del Sagrado Tilo me presenté ante la apurada madre, que lloraba ante
el niño recién nacido y ya huérfano de padre. Intenté animarla con palabras de
consuelo. La Gracia del Señor cayó, esplendorosa, sobre el niño, que nació en
el sagrario pleno de bendición de los Santos. Ocurrió con frecuencia que el
Niño Jesús se hizo visible ante él y encendió en el ánimo infantil la chispa
del amor.
La madre hizo que bautizaran al
niño con el nombre del padre, Franz. ¿Serás tú, Francisco, el que, nacido en
lugar sagrado, expíes con tu comportamiento piadoso los actos criminales de tus
antecesores y les concedas la paz en sus tumbas? Lejos del mundo y de sus
tentaciones seductoras, el niño deberá consagrarse exclusivamente a lo
Celestial. Será religioso. Así se lo anunció el hombre santo, que otorgó tanto
consuelo a mi alma, a la madre, y puede tratarse muy bien de la profecía de la
Gracia, que me ilumina con maravillosa claridad, de tal modo que creo poder ver
en mi interior una imagen vívida del futuro.
¡Veo al joven luchando en combate
mortal con el poder de las tinieblas, que intenta apoderarse de él con un arma
espantosa! ¡Caerá, pero una mujer divina alzará sobre su cabeza una corona
victoriosa! ¡Será Santa Rosalía quien le salve! Tanto tiempo como el poder
celestial eterno me lo conceda, seguiré de cerca al niño, al joven y al hombre
para protegerle, y lo haré hasta donde mis fuerzas alcancen. El será como…
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NOTA DEL EDITOR
Aquí, benévolo lector, se torna
tan indescifrable la escritura, prácticamente borrada, del viejo pintor, que
resulta imposible seguir leyendo. Volvemos, pues, al manuscrito del singular
capuchino Medardo.
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CAPÍTULO TERCERO
El regreso al monasterio
La situación llegó a tal extremo
que en todas partes en que me dejaba ver por las calles de Roma, la gente del
pueblo se paraba en silencio y con una actitud humilde y recogida solicitaba mi
bendición. Puede ser que mis severos ejercicios de penitencia, que todavía
practicaba, causaran sensación, pero lo que resultó más cierto es que mi
extraña aparición se convirtió pronto en una leyenda para los romanos, de
talante tan fantástico y vivo. Quizá, sin sospecharlo, me convertí en un héroe
de algún cuento piadoso. Con frecuencia me sacaban de mis meditaciones ante una
de las gradas del altar suspiros inquietos y oraciones apenas murmuradas,
entonces notaba cómo los devotos se habían arrodillado a mi alrededor y
parecían suplicar mi intercesión. Como antaño en el monasterio capuchino,
también aquí pude oír a mis espaldas: «¡Il Santo!»… Y dolorosas punzadas
atravesaban mi pecho. Quería abandonar Roma, pero, cuál no sería mi espanto,
cuando el prior del monasterio en que me alojaba me comunicó que el Papa deseaba
verme. Me asaltó la sombría sospecha de que quizá, de nuevo, el poder maligno
intentaba apoderarse de mí y encadenarme con su fuerza hostil; no obstante hice
acopio de valor y me presenté en el Vaticano a la hora acordada.
El Papa, un hombre muy instruido
y aún en lo mejor de la edad, me recibió sentado en un sillón ricamente
guarnecido. Dos niños bellísimos y vestidos de religiosos le servían agua
helada y abanicaban la estancia con penachos de plumas para mantener el frescor,
ya que el día era en exceso caluroso. Me acerqué a él humillado e hice la
reverencia de rigor. Me miró fijamente, aunque la mirada poseía cierta
benevolencia, y, en vez de la severa seriedad que creí percibir en su rostro
desde la distancia, una dulce sonrisa iluminaba todos sus rasgos. Me preguntó
de dónde venía y qué me había traído hasta Roma. En suma, se interesó por todo
lo acostumbrado acerca de las circunstancias personales. Luego se levantó y
dijo:
—Os he mandado llamar porque me
han hablado mucho de vuestra extraordinaria devoción. ¿Por qué, hermano
Medardo, realizas ejercicios de penitencia públicamente y en las iglesias más
visitadas? ¿Crees aparecer así como un santo del Señor, pretendes ser adorado
por el fanático populacho? Si es así, penetra en tu pecho y analiza los más
profundos pensamientos que te hacen actuar de ese modo. ¡Si no eres puro ante
el Señor y ante mí, su Representante en la Tierra, padecerás pronto, monje
Medardo, un fin ignominioso!
El Papa pronunció estas palabras
con voz fuerte y penetrante. Sus ojos brillaban como rayos. Por primera vez no
me sentí culpable del pecado que se me atribuía, así que no sólo mantuve mi
actitud, sino que también empecé a hablar con entusiasmo, siendo consciente de
que mi penitencia surgía del más verdadero e íntimo arrepentimiento:
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—A Vuestra Santidad, el Vicario
de Cristo, se le ha otorgado la fuerza de penetrar en mi alma. Bien sabéis, por
consiguiente, lo indeciblemente pesada que es la carga de mis pecados, pero
también reconoceréis la sinceridad de mi arrepentimiento. Muy lejos de mis
intenciones queda la indigna hipocresía, también toda pretensión vanidosa de
engañar al pueblo con una actitud impía. ¡Permitid al monje penitente, Santo
Padre, que os resuma su vida criminal, pero al mismo tiempo permitid también
que os descubra la vida que ha iniciado con el más profundo arrepentimiento y
contrición!
Comencé, pues, a hablar de este
modo y, sin citar nombres, resumí a continuación toda mi vida. El Papa fue
prestando una atención creciente. Se sentó en el sillón y apoyó la cabeza en la
mano. Luego miró al suelo ensimismado, pero repentinamente alzó la mirada y se
levantó. Con las manos enlazadas y adelantando el pie derecho, como si quisiera
venir hacia mí, me miró fijamente con ojos ardientes. Cuando terminé, volvió a
tomar asiento.
—Vuestra historia, monje Medardo
—comenzó—, es la más extraña que he escuchado en mi vida. ¿Creéis realmente en
la influencia visible y manifiesta de un poder maligno al que la Iglesia
denomina «demonio»?
Quise responder, pero el Papa
continuó:
—¿Creéis realmente que el vino
que robasteis de la cámara de las reliquias y bebisteis del todo os impulsó a
cometer las impiedades que habéis confesado?
—¡Como agua viciada con una
fragancia venenosa fortaleció la simiente maligna que había en mi interior, de
tal modo que pudo crecer! —repliqué.
El Papa calló unos instantes,
luego continuó con actitud seria y concentrada:
—¿Qué ocurriría si la naturaleza
siguiera también en el terreno espiritual las leyes que determinan el
funcionamiento de un organismo físico, si una simiente sólo pudiese producir
otra igual, si inclinación y voluntad —como la fuerza que, encerrada en el
núcleo del árbol, hace reverdecer sus hojas— se heredase de padres a hijos,
negando toda arbitrariedad?… Hay familias de asesinos, de ladrones… ¡Sería el
pecado original, la maldición eterna e inmutable, impermeable a cualquier forma
de expiación, de un género impío!
—Si el nacido de pecador está
obligado a su vez a pecar, entonces no existe el pecado —interrumpí al Papa.
—¡Por el contrario! —replicó—. El
Espíritu eterno ha creado un gigante que es capaz de dominar al animal ciego
que rabia en nuestro interior y mantenerlo encadenado. Ese gigante se llama
conciencia, y de su lucha con el animal surge la espontaneidad. La victoria del
gigante constituye la virtud; la del animal, el pecado.
El Papa calló un instante; a
continuación se iluminó su mirada y dijo con voz suave:
—¿Creéis, monje Medardo, que es
conveniente que el Vicario de Cristo se pierda en sutilezas con vos acerca de
la virtud y del pecado?
—Habéis honrado a vuestro humilde
servidor, Padre Santo —respondí—, al
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hacerle partícipe de vuestra
profunda visión del ser humano. Es conveniente que habléis de una lucha que
hace mucho tiempo pudisteis finalizar victorioso y lleno de gloria.
—Posees una opinión muy buena de
mí, hermano Medardo —dijo el Papa—, ¿o crees que es la tiara de laurel la que
me proclama como héroe y vencedor del mundo?
—Es algo grande ser rey y
gobernar a un pueblo. Estar en una situación tan elevada en la vida hace que
todo se concentre alrededor y que todo vínculo aparezca como inconmensurable.
Precisamente por la posición superior se desarrolla la peculiar fuerza de la
contemplación, que se manifiesta en los príncipes de nacimiento como una
elevada consagración.
—Quieres decir —interrumpió el
Papa—, que incluso en aquellos príncipes en los que se constata una voluntad y
una razón débiles reside una singular sagacidad, tenida convencionalmente por
sabiduría, que es capaz de imponer a la masa. Pero ¿cómo se puede aplicar tu
teoría a este caso?
—Yo quería —continué— hablar
sobre la consagración del príncipe, cuyo reino es de este mundo y, luego, de la
consagración sagrada y divina del Vicario de Cristo. De manera enigmática, el
Espíritu del Señor ilumina a los cardenales reunidos en cónclave. Aislados,
sumidos en profunda meditación en sus estancias individuales, el rayo celestial
alumbra el ánimo anhelante de revelación, y un nombre resplandece como un himno
pronunciado por labios entusiasmados que alaba al Poder eterno. La decisión del
Señor, que elige a su digno Representante en la Tierra, será anunciada en
lenguaje humano, y de este modo, Padre Santo, vuestra corona proclama el
misterio de Dios, del Señor de los Mundos, y constituye el laurel que os
designa como héroe y vencedor. Vuestro reino no es de este mundo, y, sin
embargo, estáis destinado a regir sobre todos los reinos de la Tierra,
reuniendo los miembros de la Iglesia invisible bajo la bandera del Señor. El
reino mundano, que os ha sido dado, es sólo vuestro trono floreciente en esplendor
celestial.
—Reconoces —me interrumpió el
Papa—, reconoces, hermano Medardo, que tengo motivos para estar satisfecho con
este modesto trono. Mi Roma resplandece celestial, eso podrás sentirlo, hermano
Medardo, pues no has apartado completamente tu mirada de lo terrenal… Pero no
lo creo… Eres un orador osado y me has hablado con sinceridad… ¡Creo que
podremos comprendernos mejor! ¡Quédate aquí! En pocos días podrías llegar a ser
prior y más tarde te podría elegir como mi confesor privado… Ahora vete y
compórtate de un modo menos extravagante en las iglesias; a santo desde luego
no llegarás, el calendario ya está lleno de ellos. Vete.
Las últimas palabras del Papa me
dejaron asombrado, así como su actitud en general, que contrastaba con la
imagen que me había forjado en mi interior del Pastor de la comunidad
cristiana, al que se le había otorgado el poder de atar y desatar. Tuve la certeza
de que había tomado todo lo que había dicho acerca de la divinidad de su
posición por mera adulación astuta y vacía. Había partido de la idea de que yo
quería perfilarme como un santo, y como quería cerrarme ese camino por motivos
especiales
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decidió otorgarme, por causas
también desconocidas, respeto e influencia de otro modo.
Decidí, sin pensar que antes de
que el Papa me llamase había querido abandonar Roma, continuar mis ejercicios
espirituales. Pero sólo en lo más profundo de mí mismo me sentía con ánimos
para dedicarme plenamente a lo Celestial. Involuntariamente pensé durante la
oración en mi vida pasada. La imagen de mis pecados había empalidecido, sólo la
brillante carrera, primero como favorito de un príncipe, luego como confesor
del Papa y más tarde quién sabe a qué altura, se mostraba luminosa ante los
ojos de mi espíritu. Así sucedió que dejé de practicar los ejercicios
espirituales, no porque el Papa lo prohibiera, sino de manera inconsciente, y
me dediqué a vagar por las calles de Roma. Cuando un día atravesaba la plaza de
España, vi a un grupo de gente alrededor de las cajas de un titiritero. Oí la
divertida cháchara de polichinela y las explosiones de carcajadas del público.
El primer acto había concluido, se preparaban para el segundo. La pequeña tapa
saltó y apareció el joven David con su honda y un saco lleno de piedras. Con
movimientos burlescos prometió que ahora vencería al descomunal Goliath y
salvaría a Israel. Se escuchó un zumbido ahogado y un gruñido. El gigante
Goliath surgió con una cabeza enorme y monstruosa. Quedé paralizado de asombro
al reconocer a primera vista en la cabeza de Goliath al alocado Belcampo. Justo
debajo de la cabeza había ensamblado por medio de un dispositivo un pequeño
cuerpo con brazos y piernas. Sus propios hombros y brazos quedaban, sin
embargo, ocultos por un cortinaje, que hacía a su vez de la capa, doblada con
amplitud, de Goliath. El gigante, haciendo extrañas muecas y agitando de forma
grotesca su cuerpo de pigmeo, lanzaba un discurso orgulloso, al que David sólo
respondía de vez en cuando con una ligera risa disimulada. El pueblo reía a
carcajadas, y yo mismo, gratamente sorprendido por la fabulosa aparición de
Belcampo, me dejé llevar por la parodia y rompí en una carcajada de placer
infantil que hacía mucho tiempo que no experimentaba. Ay, cuántas veces había
sido mi risa sólo el producto convulsivo y acalambrado de un tormento interior
desgarrador. A la lucha con el gigante precedió una larga disputa, y David
demostró sabia e inteligentemente por qué estaba destinado a matar al temible
enemigo. Belcampo hizo que todos los músculos de su rostro se contrajeran y
dieran la impresión de formar crepitantes regueros de pólvora, lanzando los
bracitos del gigante en pos del más pequeño de los pequeños, David, que
hábilmente supo escabullirse y apareció aquí y allá, incluso debajo de la capa
de Goliath. Finalmente voló la piedra en busca de la cabeza del gigante, que
cayó, y el espectáculo terminó con la bajada del telón. Todavía seguía riéndome
a carcajadas, fascinado por el genio de Belcampo, cuando alguien tocó
silenciosamente mi hombro. Un abate se encontraba ante mí.
—Me alegra —comenzó a decir— que
no hayáis perdido, venerable señor, todo el placer por lo temporal. Apenas
podía creer, sobre todo después de presenciar vuestros extraños ejercicios
espirituales, que pudieseis reír sobre semejantes necedades.
Me pareció como si el abate
hubiera dicho esto para que me avergonzase de mi
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buen humor, por lo que sin pensar
le respondí las siguientes palabras, que poco después lamenté profundamente
haber pronunciado:
—Creedme, señor abate, el que ha
sido un buen nadador en las aguas agitadas de la vida, nunca carece de fuerza
para emerger de una corriente oscura y levantar su cabeza con valor.
El abate me miró con ojos
refulgentes.
—Eh —dijo—, qué bien habéis
encontrado la imagen y qué a propósito la habéis citado. Ahora creo conoceros
del todo y os admiro desde lo más profundo de mi alma.
—No sé, señor mío, cómo un monje
penitente puede ser capaz de despertar vuestra admiración.
—¡Estupendo! ¡Magnífico! ¡Volvéis
a retomar vuestro papel! ¿Sois el preferido del Papa?
—El Santo Padre y Vicario de
Jesucristo se dignó mirarme. Le adoré sumiso como corresponde a su grandeza
como custodio de una virtud pura y celestial, concedida por el Poder eterno.
—Pues bien, tú, digno vasallo
ante el trono del tres veces coronado, harás con valor lo que es propio de tu
oficio. Pero créeme, el actual Vicario de Cristo es una alhaja de virtud en
comparación con Alejandro VI; aquí es posible que hayas errado tus cálculos.
Pero continúa representando tu papel, ya que pronto acabará la obra que comenzó
tan divertida y alegre.
¡Hasta la vista, venerabilísimo
señor!
Con risas sarcásticas y
estridentes, se alejó el abate de allí. Yo permanecí paralizado. Si unía su
última referencia al Papa con mis propias observaciones, me resultó de gran
claridad que el Pontífice no podía ser en absoluto el vencedor coronado tras dura
lucha con el animal por el que yo le había tomado. También tuve que
convencerme, aunque me resultó horrible, de que para una buena parte del
público iniciado mi penitencia constituía un simple afán hipócrita para escalar
posiciones. Herido hasta en lo más profundo de mi alma, regresé a mi monasterio
y recé con fervor en la solitaria iglesia. Entonces se me cayó la venda de los
ojos, y reconocí la tentación del poder tenebroso que había intentado de nuevo
envolverme en sus redes. Al mismo tiempo pude reconocer mi debilidad pecadora y
el castigo divino. Sólo una rápida huida podría salvarme, así que decidí partir
al día siguiente por la mañana temprano. Era prácticamente de noche cuando sonó
insistentemente la campanilla de la puerta del monasterio. A los pocos minutos
entró en mi celda el hermano que estaba de portero, y me informó de que había
un hombre vestido de manera extraña que deseaba hablar conmigo a toda costa.
Fui al locutorio y vi a Belcampo, que saltó hacía mí con su acostumbrada
actitud extravagante. Me tomó de ambos brazos y me llevó con celeridad hasta
una de las esquinas.
—Medardo —dijo en voz baja y con
prisa—, Medardo, puedes arreglártelas como quieras para perderte, la locura
está detrás de ti, en las alas del céfiro, o del viento del
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sur, o del sudsudoeste, o donde
quiera que sea. Te cogerá; saca, ahora que todavía tienes tiempo, un extremo de
tu hábito del abismo y escapa. Oh, Medardo, reconoce lo que supone la amistad,
reconócelo. ¡Reconoce de lo que es capaz el amor, cree en David y en Jonathán,
querido capuchino!
—Os he admirado en el papel de
Goliath —interrumpí el discurso del charlatán —, pero decidme con rapidez de
qué se trata. ¿Qué es lo que os ha traído hasta mí?
—¿Qué es lo que me ha traído
hasta vos? —preguntó Belcampo—. ¿Qué es lo que…? El amor loco hacia un
capuchino al que una vez salvé la cabeza, un capuchino que lanzaba a su
alrededor ducados ensangrentados, que frecuentaba la compañía de terribles
renegados, que, después de haber cometido unos cuantos crímenes de nada, quería
casarse como un burgués, o, mejor dicho, como un noble, con la mujer más bella
del mundo.
—¡Detente —grité—, detente, loco
furioso! Con gran esfuerzo he logrado expiar todo lo que me atribuyes con
descaro tan impío.
—Oh, señor —continuó Belcampo—,
¿está todavía tan sensible el lugar en que fuisteis herido por el poder hostil?
Eh, así que todavía no habéis sanado del todo. Bien, me comportaré dulcemente y
con tranquilidad, como un niño piadoso, quiero controlarme, no quiero saltar
más, ni espiritual ni corporalmente, sólo deciros, querido capuchino, que os
amo tiernamente por causa de vuestra sublime demencia y que es del todo
necesario que el principio demente viva largamente y florezca en la Tierra,
tanto como sea posible. Os salvaré de todo peligro mortal en el que os metáis.
Encerrado en la caja de mis marionetas, pude espiar una conversación que te
afecta. El Papa quiere elevarte a prior de este monasterio capuchino y
nombrarte su confesor. Huye de Roma lo más rápido que puedas, pues hay puñales
que apuntan hacia ti. Conozco al bravo que te quiere expedir al Reino
Celestial. Te has atravesado en el camino de un dominico, el actual confesor
del Papa, y de sus partidarios. Mañana no puedes seguir aquí.
Esta información complementaba
perfectamente las palabras del desconocido abate. Quedé tan afectado que apenas
noté cómo el burlesco Belcampo me abrazaba una y otra vez. Finalmente se
despidió con sus usuales muecas extrañas y respingos.
Serían las doce de la noche
pasadas cuando pude oír cómo abrían la puerta externa del monasterio y un coche
rodaba sobre el empedrado del patio. Poco después se oyó ruido en el corredor,
y alguien llamó a la puerta de mi celda. Abrí y pude ver al padre celador, al
que seguía un hombre embozado con una antorcha.
—Hermano Medardo —dijo el
celador—, un moribundo requiere vuestro auxilio espiritual y que le impartáis
los Santos Óleos. Haced lo que es vuestra obligación y seguid a este hombre,
que os llevará a donde se os necesita.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
La idea de que me querían llevar a la muerte se hizo fuerte en mi interior,
pero no me podía negar, así que seguí al embozado, que abrió la portezuela del
coche y me conminó a subir. En el coche encontré a dos hombres que me hicieron
sitio y me senté entre ambos. Pregunté a dónde me
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llevaban, quién solicitaba de mí
consuelo y los Santos Óleos. ¡No hubo respuesta! El coche, en cuyo interior
reinaba el silencio, atravesó varias calles. Creí percibir por sonidos
exteriores que ya nos encontrábamos fuera de Roma, pero luego distinguí que
pasábamos por una de las puertas de la ciudad y sobre suelo empedrado.
Finalmente el coche se detuvo. Rápidamente ataron mis manos y me pusieron una
capucha.
—No os pasará nada malo —dijo una
voz ruda—, sólo tendréis que callar acerca de todo lo que vais a ver y oír, si
no lo hacéis moriréis al instante.
Me sacaron del coche, sonaron
cerrojos y una puerta se abrió quejumbrosa al girar sobre bisagras mal
ensambladas. Me guiaron a través de largos corredores, y finalmente bajamos
unas escaleras que parecían no acabarse nunca. El eco de los pasos me convenció
de que nos encontrábamos en estancias abovedadas, cuyo destino traicionaba el
penetrante olor a muerte. Por fin nos detuvimos. Me desataron las manos y me
retiraron la capucha. Me encontraba efectivamente en una amplia estancia
abovedada, iluminada débilmente por una lámpara colgada. A mi lado se
encontraba un hombre que ocultaba su rostro con un embozo negro, probablemente
sería el mismo que me había llevado hasta allí, y a mi alrededor estaban
sentados monjes dominicos en bancos bajos. Me acordé de la pesadilla que una
vez me atormentó en el calabozo y tuve por cierta una muerte cruel. Sin embargo
mantuve la calma y recé con fervor en silencio, aunque no para salvarme, sino
para obtener un fin misericordioso. Transcurridos unos minutos de silencio sombrío
y lleno de presentimientos, entró un monje y se dirigió a mí, hablando con voz
ronca:
—Medardo, hemos juzgado a un
miembro de vuestra Orden. La sentencia tiene que ser ejecutada. De vos, un
hombre santo, espera él absolución y consuelo en la muerte. Id y haced lo que
constituye vuestro deber.
El enmascarado que estaba junto a
mí me tomó del brazo y me llevó por un estrecho pasillo hasta una estancia
pequeña. Allí yacía en un rincón, sobre un lecho de paja, un hombre pálido,
consumido, esquelético y sólo vestido con algunos harapos. El embozado dejó la
lámpara que había traído sobre una mesa de piedra en el centro de la habitación
y se alejó. Me acerqué al prisionero, que se volvió con esfuerzo hacia mí.
Quedé paralizado al reconocer los rasgos venerables del piadoso Cirilo. Una
sonrisa celestial surcó su rostro.
—Así que los horribles servidores
del infierno que aquí habitan no me habían engañado —empezó a decir con voz
extenuada—. A través de ellos supe que tú, mi querido hermano Medardo, te
encontrabas en Roma. Como sentía un fuerte anhelo de verte, ya que había
cometido una gran injusticia contra ti, me prometieron que te traerían hasta mí
en la hora de mi muerte. La hora ha llegado y han cumplido su palabra.
Me arrodillé al lado del piadoso
y venerable anciano. Le conminé ante todo a que me contara cómo había sido
posible que le encarcelaran y condenaran a muerte.
—Mi querido hermano Medardo —dijo
Cirilo—, sólo después de confesar arrepentido todo el mal que por error te
causé y después de que me hayas
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reconciliado con Dios, sólo
entonces podré hablarte de mi miseria y de mi caída. Ya sabes que tanto yo como
el monasterio te tuvimos por un pecador impío. Te creíamos el autor de los más
espantosos ultrajes, por lo que te expulsamos de la comunidad. Pero sólo fue un
instante funesto, en el que el diablo apretó el nudo en torno a tu cuello y te
alejó de los lugares sagrados para sumirte en la vida pecaminosa del mundo.
Tomando tu nombre, tu traje y tu figura, un farsante diabólico cometió aquellos
crímenes por los que estuviste a punto de morir ignominiosamente como un
asesino. El Poder eterno ha revelado de manera maravillosa que tú pecaste, es
cierto, con ligereza al intentar romper tu voto, pero que eres inocente de
aquellas funestas impiedades. Regresa a nuestro monasterio. Leonardo y los
hermanos recibirán al que creían perdido para siempre con alegría y amor. Oh,
Medardo…
El anciano perdió la consciencia,
víctima de su debilidad. Resistí la tensión que sus palabras —que parecían
anunciar un acontecimiento extraordinario— habían despertado en mí, y sólo
pensando en él, en la salvación de su alma, intenté, sin otra ayuda que un
ligero masaje en la cabeza y en el pecho, modo usual en nuestro monasterio de
reanimar a agonizantes, de hacer que la vida volviera a él. ¡Cirilo se recuperó
pronto y se confesó, él, el más piadoso, conmigo, el pecador impío! Pero me
parecía como si al absolver al anciano, cuyo mayor delito eran las dudas que
aquí y allá le habían surgido, se hubiera encendido en mi interior por obra del
Poder eterno un espíritu celestial, y como si yo fuera un mero instrumento, el
órgano corporeizado del que se servía ese Poder para hablar humanamente aquí en
la Tierra con el hombre que todavía no se había separado de su alma. Cirilo
elevó su mirada contemplativa al Cielo y dijo:
—¡Oh, hermano Medardo, cómo me
han consolado tus palabras! ¡Alegre afronto la muerte que me prepara el infame!
Caigo víctima de la más cruel falsedad y del pecado más impío que rodea al
trono del tres veces coronado.
Escuché pasos tenues, que se
aproximaban cada vez más, la llave rechinó en la cerradura de la puerta. Cirilo
se incorporó con violencia, tomó mi mano y me dijo al oído:
—Regresa a nuestro monasterio.
Leonardo está informado de todo, él sabe del modo en que muero. ¡Conjúrale a
que calle sobre mi muerte! Qué pronto me habría alcanzado si no la muerte a mí,
a un anciano acabado. ¡Adiós, hermano mío! ¡Reza por la salvación de mi alma!
Estaré con vosotros cuando celebréis mi funeral en el monasterio. ¡Prométeme
que callarás sobre todo lo que has visto y oído aquí, pues si no provocarás tu
perdición e implicarás a nuestro monasterio en mil asuntos odiosos!
Así lo hice. Hombres embozados
penetraron en la habitación, levantaron al anciano del lecho y lo arrastraron
por el corredor, ya que estaba tan consumido que era incapaz de andar, hasta la
estancia abovedada en que yo había estado con anterioridad. A una señal de los
embozados seguí también al condenado.
Los dominicos habían formado un
círculo, en cuyo centro situaron al anciano, que tuvo que arrodillarse sobre un
montoncillo de tierra que habían esparcido. Le habían
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dado un crucifijo para que lo
sostuviera en las manos. Yo también me encontraba en medio del círculo, como
era mi deber, y rezaba en voz alta. Un dominico me asió por el brazo y me echó
a un lado. En ese instante vi cómo brillaba una espada en la mano de uno de los
embozados y cómo la cabeza ensangrentada de Cirilo rodaba a mis pies. Perdí el
conocimiento. Cuando, más tarde, me recobré, me encontraba en una pequeña
habitación similar a una celda. Un dominico entró y me dijo con cierto
sarcasmo:
—Os habéis llevado un buen susto,
hermano, y en realidad deberíais haberos alegrado con justicia, ya que habéis
visto con vuestros propios ojos un bello martirio. Así deberíamos llamarlo
cuando un hermano de vuestro monasterio recibe la muerte merecida, pues ¿no
sois todos, sin excepción, santos?
—¡No somos santos —exclamé—, pero
en nuestro monasterio no fue asesinado jamás un inocente! ¡Dejadme ir, he
cumplido mi deber con alegría! ¡El Espíritu del fallecido estará a mi lado si
caigo en las manos de infames asesinos!
—No dudo en absoluto —dijo el
dominico— que el bendito hermano Cirilo permanecerá a vuestro lado en un caso
similar, pero ¿no pretenderéis, querido hermano, confundir su ejecución con un
asesinato? Cirilo había pecado gravemente contra el Vicario de Cristo, y éste
mismo fue el que ordenó su muerte. Pero el anciano os debe de haber confesado
todo, e inútil es, por tanto, hablar más del asunto. Tomad mejor algo para
fortaleceros y refrescaros, pues ofrecéis un aspecto pálido y perturbado.
Dicho esto, el dominico me acercó
una copa de cristal que contenía un vino espumoso, aromático y de color
granate. No puedo decir con certeza la sospecha que me asaltó cuando me llevé
la copa a los labios, pero es seguro que percibí el olor del mismo vino que me
escanció Eufemia en aquella noche fatídica. Inconscientemente, sin pensar con
claridad, lo derramé en la manga izquierda de mi hábito, mientras, como si me
hubiera deslumbrado la luz, mantenía la mano izquierda ante mis ojos.
—¡Que os siente bien! —exclamó el
dominico mientras me empujaba rápidamente hacia la puerta.
Me arrojaron en el coche, que,
para mi sorpresa, se encontraba vacío, y salimos de allí. La espantosa noche,
la tensión espiritual y el profundo dolor que sentía por el infeliz Cirilo me
sumieron en un estado de aturdimiento tal que no me resistí cuando me sacaron
del coche y me dejaron en el suelo de un modo no muy sutil. Amaneció y me
encontré tumbado ante la puerta del monasterio capuchino, cuya campanilla toqué
al incorporarme. El portero se asustó al ver mi aspecto pálido y descompuesto,
por lo que debió de informar posteriormente al prior, que entró en mi celda
inmediatamente después de la primera misa con actitud preocupada. A sus
preguntas sólo contesté en general que la muerte de la persona a la que tenía
que absolver había sido demasiado cruel y que me había afectado profundamente,
pero no pude seguir hablando debido a un dolor intenso que sentí en el brazo
izquierdo, que terminó por hacerme gritar. Llegó el médico del monasterio que,
al rasgar la manga del hábito firmemente pegada
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a la carne, dejó al descubierto
un brazo completamente corroído y desgarrado como por una sustancia cáustica.
—Tenía que beber vino y lo
derramé en la manga —gemí a punto de perder la conciencia por el terrible
tormento.
—En la bebida había un veneno
corrosivo —exclamó el médico, que se apresuró a aplicar remedios para, al
menos, reducir el dolor.
La habilidad del médico y el
cuidado exquisito que me procuró el prior lograron salvar el brazo, que en un
principio se pensó amputar. La carne, sin embargo, quedó corroída hasta el
hueso, por lo que la fuerza que hacía que se moviera el brazo quedó definitivamente
rota por la hostil cicuta.
—Ahora veo demasiado bien —dijo
el prior— qué es lo que se escondía tras ese encuentro que estuvo a punto de
costaros el brazo. El piadoso hermano Cirilo desapareció de nuestro monasterio
y de Roma de manera inexplicable, y vos también, querido hermano Medardo,
desapareceréis del mismo modo, si no abandonáis Roma lo más pronto posible.
Mientras permanecisteis enfermo, hubo intentos sospechosos de obtener
información acerca de vos; sólo la vigilancia, unidad y fidelidad de los
hermanos impidió que la muerte os persiguiera hasta vuestra misma celda. Así
como desde el primer momento me parecisteis un hombre absolutamente
extraordinario, envuelto por vínculos fatídicos, del mismo modo os habéis
convertido, desde que residís en Roma, si bien es cierto contra vuestra
voluntad, en un personaje demasiado extraño como para que a determinadas
personas no les fuese deseable apartaros radicalmente del camino. ¡Regresad a
vuestra patria, a vuestro monasterio! ¡Que la paz sea con vos!
Comprendí que mientras
permaneciera en Roma mi vida correría continuo peligro, pero al recuerdo
torturante de todas las impiedades cometidas, que la penitencia no había sido
capaz de suprimir, se unía ahora el dolor corporal del brazo marchito. No me
importaba, por consiguiente, llevar una existencia atormentada y doliente que
podría dejar pasar como una carga pesada, si alguien me diera una muerte
rápida. Me fui acostumbrando al pensamiento de morir de muerte violenta, e,
incluso, me parecía un martirio glorioso, ganado gracias a mi severa
penitencia. Me veía salir por la puerta del monasterio e imaginaba que una
figura siniestra me atravesaba con un cuchillo. El pueblo se reunía en torno al
cadáver ensangrentado: «¡Medardo, el piadoso y penitente Medardo ha sido
asesinado!», se oía gritar por las calles, y la gente se reunía lanzando
lamentos por el ausente. Las mujeres se postraban y secaban con sus pañuelos
las heridas de las que manaba abundante sangre. Una de ellas se fijaba en la
cruz de mi cuello y gritaba: «¡Es un mártir, un santo, mirad el signo del Señor
que lleva en el cuello!». Estas palabras hicieron que todos se arrodillaran.
¡Feliz el que pueda tocar el cuerpo del santo, el que pueda simplemente rozar
su hábito! Rápidamente traen un féretro, el cuerpo, orlado de flores, es
colocado en su interior y llevado en triunfo por jóvenes, entre cánticos y
oraciones, hasta San Pedro. Así trabajaba mi fantasía y pintaba un cuadro que
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representaba con vivos colores mi
propia glorificación en la tierra. Sin pensar ni sospechar que el espíritu
maligno del orgullo intentaba tentarme de nuevo, decidí permanecer en Roma
después de mi completa recuperación, continuar mi acostumbrada forma de vida, y
así, o morir como un héroe o, escapando de mis enemigos gracias al Papa,
alcanzar una alta dignidad en la Iglesia.
Mi fuerte constitución y mi
naturaleza vitalista me ayudaron a soportar los dolores atroces, superando
finalmente los efectos nocivos de la sustancia infernal, que desde el exterior
intentaba alcanzar y destruir mi interior. El médico me prometió un pronto
restablecimiento. En realidad, sólo experimenté caídas febriles en los
instantes de delirio que suelen preceder al sueño, y que provocaban bruscos
cambios en los que se alternaban escalofríos y accesos de calor. Precisamente
en esos momentos era cuando, pletórico ante la imagen de mi martirio, me veía a
mí mismo, lo que ocurría con frecuencia, siendo asesinado por una puñalada en
el pecho. Pero esta visión se transformó y en vez de verme, como era usual,
tendido en la plaza de España y rodeado por la masa que proclamaba mi santidad,
yacía ahora solo en una alameda del jardín del monasterio en B. En vez de
sangre manaba de la herida abierta un líquido repugnante y sin color definido.
Una voz dijo: «¿Ha sido esta sangre derramada por un mártir? ¡Pretendo aclarar
y dar color al agua impura, y luego será coronado por el fuego, que ha vencido
a la luz!». Fui yo mismo el que pronunció estas palabras, pero cuando me sentí
escindido de mi «yo» muerto, me di cuenta de que yo era el pensamiento sin
sustancia de mi «yo». Pronto me reconocí también a mí mismo como el tono rojizo
que flota en el éter. Me obligué a elevarme hasta la cúspide luminosa de la
montaña. Quería introducirme en el castillo natal por la puerta de nubes
doradas, pero rayos, convertidos de inmediato en serpientes ígneas, atravesaban
la cúpula del cielo. Caí como niebla húmeda y opaca. «Yo, yo soy — decía el
pensamiento— el que colorea vuestras flores, vuestra sangre.
¡Flores y sangre son el adorno de
boda que os preparo!». A medida que caía, podía ver el cuerpo con la herida
abierta en el pecho, de la que brotaba a borbotones aquella agua impura. Mi
aliento debía transformar el agua en sangre, pero no ocurrió nada. El cadáver
se incorporó y me miró fijamente con ojos espantosos, aullando a continuación
como el viento del norte en un abismo profundo: «¡Ciego y necio pensamiento, no
hay lucha entre la luz y el fuego, pero la luz es el bautismo de fuego a través
del tono rojo que intentaste envenenar!». El cuerpo cayó de nuevo. Todas las
flores de los campos inclinaron sus cabezas marchitas, hombres, parecidos a
pálidos espectros, se arrojaron al suelo y un lamento desconsolado provocado
por mil voces se elevó en el aire: «¡Oh, Señor, Señor! ¿Es tan inmensa la carga
de nuestros pecados que otorgas poder al enemigo para mortificar víctimas
expiatorias de nuestra sangre?». ¡La queja se hizo más y más fuerte, como la
ola rugiente de un mar! El pensamiento quería pulverizarse en el tono violento
de un lamento sin consuelo; entonces fui arrancado del sueño como por una
corriente eléctrica.
La campana de la torre del
monasterio dio las doce, una luz cegadora atravesaba
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la ventana de la iglesia y
llegaba hasta mi celda. «Los muertos se levantan de las tumbas y celebran el
servicio divino». Así habló mi alma, y comencé a rezar. Pero al poco tiempo
escuché un ligero golpeteo. Creí que era uno de los monjes que quería entrar,
pero con profundo horror comprobé que se trataba de aquella cruel risa ahogada
de mi fantasmal doble que, hostigándome con su sarcasmo, gritó: «Hermanito…
hermanito… Ya estoy otra vez contigo… la herida sangra… la herida sangra… rojo…
rojo… ¡Ven conmigo, hermanito Medardo! ¡Ven conmigo!». Quise saltar del lecho,
pero el espanto había arrojado su manto de hielo sobre mí. Cada movimiento que
intentaba hacer se convertía en un espasmo interno que despedazaba mis
músculos. Sólo una fervorosa oración permanecía en mi pensamiento: ser salvado
de los poderes oscuros que querían abalanzarse sobre mí desde las puertas
abiertas del infierno. Ocurrió que pude oír en voz alta la oración, que sólo
había sido pronunciada en mi mente, y comprobé cómo se hacía señora de los
golpes, de las risas y del siniestro parloteo del terrible doble, que
terminaron por perderse en un zumbido, como cuando el viento del sur despierta
a un enjambre de insectos hostiles que aplican sus venenosas trompas a las
semillas en germinación. El zumbido se tornó en un lamento humano, y mi alma
preguntó: «¿No es ése el sueño profético que quiere curar la herida sangrante y
consolarte?». En ese instante se abrió paso a través de la niebla sombría y
opaca la luz purpúrea del crepúsculo, pero en su interior surgía una figura:
era Cristo. De cada una de sus heridas brotaba, como una perla, una gota de
sangre. ¡El rojo fue devuelto a la tierra y el lamento humano se convirtió en
un himno de júbilo, pues el rojo representaba la Gracia del Señor! Pero la sangre
de Medardo manaba todavía incolora de la herida, y él rezó con fervor: «¿Debo
ser yo, yo solo, el que en toda la tierra permanezca abandonado sin esperanza
al eterno tormento de la condenación?». Entonces algo se movió en un arbusto.
Una flor, coloreada de ardor celestial, extendió sus pétalos y contempló a
Medardo con una sonrisa suave y angélica. Un aroma le envolvió, y este aroma
era el maravilloso resplandor del éter puro de la primavera. «No ha vencido el
fuego, no hay lucha entre la luz y el fuego. El fuego es la palabra que ilumina
a los pecadores». Era como si la rosa hubiera pronunciado estas palabras, pero
la rosa era la dulce imagen de una mujer. Salió a mi encuentro con un vestido
blanco y rosas prendidas en el pelo. «¡Aurelia!», grité despertando del sueño.
Un maravilloso aroma de rosas invadía la celda, pero la confusión de mis
sentidos excitados me hicieron creer que todavía veía la figura de Aurelia y
que me contemplaba con seriedad… figura que, con los primeros rayos de la
mañana que penetraban en mi celda, pareció desvanecerse.
Ahora reconocía claramente la
tentación del demonio y mi debilidad pecadora. Bajé deprisa y recé con fervor
ante el altar de Santa Rosalía. Ninguna flagelación, ninguna penitencia en el
sentido del monasterio, pero cuando el sol de mediodía lanzaba sus rayos
oblicuos, ya me encontraba a varias horas de Roma. No sólo la advertencia de
Cirilo, sino un anhelo irreprimible de volver a mi patria fue el que también me
impulsó a emprender el mismo sendero que había dejado atrás para venir
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a Roma. Sin quererlo había
tomado, al pretender huir de mi condición eclesiástica, el camino más directo
para alcanzar el objetivo que había determinado el prior Leonardo.
Evité la Corte del príncipe, y no
porque temiese ser reconocido y caer de nuevo en las manos del tribunal de lo
criminal. Cómo podría pisar aquel lugar, donde intenté apropiarme de manera
absurda e impía de una felicidad terrenal a la que, como un hombre consagrado a
Dios, había renunciado, sin despertar en mí un recuerdo doloroso. Cómo podía
regresar precisamente allí, donde, apartado del eterno y puro espíritu del
amor, tomé la consumación del instinto terrenal por el momento más luminoso de
la vida, en el que lo sensual y lo trascendental arden en una misma llama; allí
fue donde la plenitud de la vida, alimentada por su propia riqueza exuberante,
apareció ante mí como el principio que se debe oponer con fuerza a todo afán
por lo celestial, que, en aquel tiempo, sólo consideraba como una represión
antinatural. ¡Pero todavía más! Sentía profundamente la incapacidad, a pesar
del fortalecimiento que tendría que suponer un cambio irreprochable conseguido
a través de una dura y continua penitencia, de salir victorioso por una vez de
la lucha en la que, cuando menos me lo esperaba, me involucraba el poder oscuro
y espantoso, cuya influencia en mi existencia tantas veces había constatado con
terror. ¡Ver de nuevo a Aurelia! ¡Quizá verla resplandeciendo de belleza y
encanto! ¿Podría soportarlo sin que se apoderase de mí el espíritu del mal, que
todavía hacía hervir la sangre de mis arterias con las llamas del infierno?
¡Cuántas veces se me apareció la
figura de Aurelia, pero con qué frecuencia también se despertaron en mí al
creer verla sentimientos cuya pecaminosidad reconocí y destruí con toda la
fuerza de mi voluntad! Sólo en la conciencia de todo aquello que despertaba la
atención hacia mí y en el sentimiento de debilidad que me impedía luchar, creí
reconocer la veracidad de mi penitencia. Consolador era el convencimiento de
que, al menos, me había abandonado el espíritu infernal del orgullo, la idea
temeraria de habérmelas cara a cara con los poderes oscuros.
Pronto me encontré en las
montañas, y una mañana surgió un castillo al disiparse la niebla del valle que
tenía ante mí. Lo reconocí enseguida: me encontraba en la propiedad del barón
F. El parque estaba en una situación de abandono completo, los senderos
irreconocibles, cubiertos de maleza. En el bello césped que antaño crecía ante
el castillo, pacía ahora ganado. Las ventanas del edificio estaban rotas, la
entrada derruida. No había ni un alma humana. Permanecí en silencio y
paralizado, en cruel soledad. Un ligero gemido surgió de un bosquecillo que
todavía conservaba bastante bien su forma de antaño, y reparé en un anciano que
estaba sentado allí. No parecía haberme visto, aunque me encontraba lo
suficientemente cerca.
Cuando me aproximé un poco más,
pude oír estas palabras:
—¡Muertos, todos los que amé
están muertos! ¡Ay, Aurelia! ¡Aurelia, también tú, la última! ¡Muerta, muerta
para este mundo!
Reconocí al viejo Reinaldo. Quedé
estático, como si hubiese echado raíces.
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—¿Aurelia, muerta? No, no, te
equivocas, anciano. A ella la protegió el Poder eterno del cuchillo con que
intentó asesinarla el impío asesino.
Así hablé, pero el anciano se
incorporó, como si hubiese sido alcanzado por un rayo, y gritó:
—¿Quién está ahí? ¿Quién está
ahí? ¡Leopoldo! ¡Leopoldo! Un niño saltó a su lado. Cuando me vio, se inclinó y
saludó:
—¡Laudeatur Jesucristo!
—In omnia saecula saeculorum —le
respondí. Entonces el anciano se alzó y gritó con más fuerza:
—¿Quién está ahí? ¿Quién está
ahí?
Ahora pude comprobar que el
anciano estaba ciego.
—Un venerable señor —dijo el
niño—, un religioso de la orden de los capuchinos está aquí.
Pareció como si al anciano le
poseyera un espanto profundo.
—¡Llévame de aquí, niño, llévame
de aquí! —gritó—. ¡Llévame adentro y cierra la puerta! ¡Que Pedro vigile!
¡Vámonos de aquí!
El anciano hizo acopio de todas
las fuerzas que le quedaban para poder huir de mí como de un animal salvaje. El
niño me miraba admirado y aterrorizado, pero el anciano, en vez de dejarse
guiar por él, lo arrastró y en un instante habían desaparecido tras la puerta
que, como pude escuchar, fue cerrada a cal y canto. Huí rápidamente del
escenario de mi mayor impiedad, que había cobrado vida más que nunca con la
escena presenciada. Poco después me encontraba en lo más profundo de la
espesura. Cansado, me senté sobre musgo, al pie de un árbol. No muy lejos había
un montículo de tierra sobre el que habían puesto una cruz. Cuando desperté del
sueño propiciado por la fatiga del camino, un viejo campesino se encontraba
sentado a mi lado. Tan pronto como vio que me había espabilado, se quitó el
sombrero con respeto y con un tono de honrada benevolencia, dijo:
—Vaya, habéis debido de caminar
largo tiempo lejos de esta comarca, venerable señor, y parecéis muy cansado,
pues en otro caso no hubierais dormido tan profundamente en un lugar tan
siniestro como éste, ¿o es que a lo mejor no sabéis nada de lo ocurrido aquí?
Le aseguré que, como forastero y
como peregrino de regreso de Roma, no estaba informado de nada de lo allí
acaecido.
—Afecta muy especialmente —dijo
el campesino— a vos y a vuestros hermanos de Orden. Tengo que reconocer que
cuando os vi dormir tan tranquilo, me senté a vuestro lado para apartar
cualquier peligro que pudiese surgir. Todo apunta a que hace varios años fue
asesinado un capuchino en este lugar. Se sabe con certeza que, en aquel tiempo,
pasó un capuchino por nuestro pueblo. Después de pernoctar, se fue a las
montañas. El mismo día descendía mi vecino por el profundo sendero del valle,
situado precisamente bajo el «abismo del diablo», cuando escuchó un grito
penetrante y lejano, que resonó de una manera extraña. Pretendió haber visto
incluso —lo que
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me parece imposible— a una figura
humana despeñarse por el precipicio. Hasta aquí son hechos ciertos y en el
pueblo creímos todos, sin saber por qué, que el capuchino podría haberse caído,
así que varios de nosotros nos dirigimos hacia allí y, lo mejor que pudimos y
sin poner nuestra vida en peligro, intentamos encontrar al menos el cadáver del
infeliz. No pudimos, sin embargo, encontrar nada y nos reímos a carcajadas de
nuestro vecino cuando, regresando una vez del sendero del valle en una noche de
luna llena con un susto mortal, dijo creer haber visto a un hombre desnudo que
intentaba salir del abismo del diablo. Fue pura imaginación, pero más tarde se
supo que el capuchino, sólo Dios sabe por qué, fue asesinado por un hombre
noble y el cadáver arrojado al «abismo del diablo». Precisamente aquí, en este
sitio, debió de tener lugar el crimen, estoy convencido, pues mirad, venerable
señor, hace tiempo estaba sentado aquí y contemplaba pensativo el árbol hueco
que está junto a nosotros, cuando veo que cuelga un trozo de tela marrón oscuro
de la hendidura. Salto, voy hacia allí y saco un hábito de capuchino nuevo. Una
de las mangas presentaba restos de sangre y en uno de los extremos se podía
leer el nombre de Medardo. Pensé, pobre como soy, hacer una buena obra al
vender el hábito y, con el dinero conseguido, pedir que leyeran unas misas por
el pobre hombre asesinado, que no pudo prepararse para la muerte ni pensar en
sus cuentas pendientes. Entonces ocurrió que llevé el hábito a la ciudad, pero
ningún ropavejero quiso comprarlo; además, no había ningún monasterio capuchino
en las cercanías. Finalmente llegó un hombre, por su aspecto y traje un cazador
o un guarda forestal, que precisamente necesitaba un hábito capuchino, pagando
mi hallazgo con generosidad. Pedí a nuestro párroco que leyera una buena misa y
coloqué aquí una cruz, ya que era imposible situar una en el «abismo del
diablo», como recuerdo de la ignominiosa muerte del capuchino. Pero el bendito
señor debió de pasarse de la raya, pues vaga por aquí y no encuentra sosiego,
por lo que deduzco que la misa del párroco no fue de mucha ayuda. Por esta
causa os pido, venerable señor, que si regresáis sano y salvo de vuestro viaje,
digáis una misa por la salvación del alma de vuestro hermano de orden Medardo.
¡Me lo tenéis que prometer!
—¡Os encontráis en un error, buen
amigo! —dije—. El capuchino Medardo, que atravesó vuestro pueblo cuando iba a
Roma en un viaje que duró varios años, no ha sido asesinado. No necesita
todavía una misa de difuntos, vive y puede trabajar por su salvación eterna.
¡Yo mismo soy ese Medardo!
Con estas palabras tomé el
reverso de mi capucha y le mostré el nombre de Medardo, bordado en uno de los
extremos. Apenas había visto el campesino el nombre, palideció y me miró
fijamente lleno de espanto. A continuación dio un salto repentino y salió corriendo
hacia el bosque mientras daba fuertes gritos. Estaba claro que me había tomado
por el espectro errante del asesinado Medardo, y hubiese sido en vano intentar
demostrarle que se encontraba en un error. Lo apartado del lugar, el silencio
que me rodeaba, sólo interrumpido por el murmullo de un arroyo cercano, eran
indicados para despertar todo tipo de imágenes siniestras. Pensé en mi horrible
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doble y, contagiado por el miedo
del campesino, sentí cómo me temblaba el alma, pues me parecía como si el
fantasma fuese a surgir en cualquier momento de un matorral próximo. Seguí
adelante mientras me daba ánimos, y sólo cuando me abandonó la idea delirante
del espectro de mi «yo», pensé que ahora sabía cómo el monje demente había
conseguido el hábito capuchino que me dejó en su huida, y que yo tomé sin dudar
por el mío. El guarda forestal, en cuya casa se hospedó y al que solicitó un
hábito, se lo había comprado al campesino en la ciudad. La manera extraña en
que se produjo el suceso en el «abismo del diablo» pesó sobre mi alma, pues
bien me daba cuenta de que todas las circunstancias tuvieron que coincidir para
dar lugar a la funesta confusión con Victorino. Me pareció muy importante la
extraña visión que experimentó el temeroso vecino, y esperaba confiado una
aclaración más exacta, sin sospechar dónde y cómo la obtendría.
Por fin, tras largas y casi
ininterrumpidas caminatas que duraron semanas, me encontré próximo a mi tierra.
¡Cómo me palpitó el corazón cuando divisé ante mí las torres del convento
cisterciense! Llegué al pueblo, a la plaza situada ante la iglesia del convento.
En la lejanía resonaba un himno, cantado por voces masculinas. Pude distinguir
una cruz, detrás de la cual marchaban monjes de dos en dos, avanzando como en
procesión. Ay, reconocí a mis hermanos de Orden y al anciano Leonardo, que
encabezaba la comitiva ayudado por un joven hermano para mí desconocido.
Pasaron cantando de largo, sin reparar en mi presencia, y atravesaron las
puertas abiertas del convento. Acto seguido pasaron de la misma manera los
dominicos y franciscanos procedentes de B… También entraron en el convento
carruajes cerrados que traían a las monjas clarisas, asimismo de B… Lo que veía
me hacía suponer que iba a tener lugar una ceremonia especial. Las puertas de
la iglesia estaban abiertas de par en par. Entré y comprobé cómo todo había
sido cuidadosamente dispuesto y limpiado. El altar mayor y los altares
laterales habían sido adornados con arreglos florales. Un ayudante hablaba de
las rosas florecidas recientemente, que debían ser traídas al día siguiente lo
más temprano posible, ya que la abadesa había ordenado expresamente que el
altar mayor tenía que ser orlado de rosas. Decidido a ir enseguida en búsqueda
de mis hermanos, entré en el convento y, después de haberme fortalecido con una
oración, pregunté por el prior Leonardo. La portera me condujo hasta una sala.
Leonardo estaba sentado en un sillón, rodeado por los hermanos. Llorando y
profundamente compungido, sin poder articular una palabra, me arrojé a sus
pies.
—¡Medardo! —gritó.
Un murmullo ahogado recorrió la
hilera de monjes:
—¡Medardo, el hermano Medardo
esta aquí de nuevo!
Me levantaron del suelo. Los
hermanos me estrechaban en sus brazos. —¡Gracias al Cielo que has sido salvado
de las astucias y tentaciones del mundo!
¡Pero cuenta… cuenta, hermano!
—gritaban los monjes.
El prior se levantó y me hizo una
señal para que le siguiese a la habitación
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contigua, que le servía como
residencia cuando visitaba el convento.
—Medardo —comenzó a decir—, has
roto tu voto de manera sacrílega. Al huir vergonzosamente en vez de cumplir tus
cometidos, has estafado de modo indigno al monasterio. ¡Debería emparedarte, si
procediese según las severas normas del monasterio!
—¡Júzgame, padre venerable!
—repliqué—. ¡Júzgame como quiere la ley! ¡Ay, con alegría arrojaré la carga de
una vida miserable y llena de tormentos! ¡Sé de sobra que la severa penitencia
a la que me sometí no podía ofrecerme ningún consuelo en la tierra!
—¡Anímate! —intervino Leonardo—.
El prior ha hablado contigo, ahora hablará el padre y el amigo. Has escapado a
la muerte que te amenazaba en Roma de manera milagrosa. Sólo Cirilo cayó
víctima…
—¿Lo sabéis, pues? —pregunté
asombrado.
—Todo —respondió el prior—. Sé
que acompañaste al pobre en sus últimos momentos de vida, y que pensaron en
asesinarte con el vino envenenado que te ofrecieron como refresco.
Probablemente encontraste una oportunidad, a pesar de estar vigilado por los
ojos de Argos de los monjes, de deshacerte del vino, pues si hubieras bebido
una sola gota habrías fallecido en unos diez minutos.
—Oh, mirad —exclamé, y mostré al
prior, subiéndome la manga del hábito, mi brazo carcomido hasta el hueso.
Le expliqué cómo, sospechando el
mal que me amenazaba, derramé el vino en la manga. Leonardo retiró la mirada
ante el desagradable aspecto de mi brazo momificado y habló para sus adentros
con voz apagada:
—Expiaste tu pecado, pues fuiste
impío en todo momento. Pero Cirilo, ¡pobre anciano!
Le dije al prior que el motivo
exacto de la ejecución secreta de Cirilo seguía siendo para mí un misterio.
—Quizá —contestó el prior—
habrías compartido su mismo destino, si, como Cirilo hizo, te hubieras
presentado como plenipotenciario de nuestro monasterio. Ya sabes que nuestro
privilegio impide que el cardenal *** obtenga determinados ingresos, que él, sin
embargo, acapara para sí de forma ilegal. Éste fue el motivo por el que el
cardenal trabó repentina amistad con el confesor del Papa, que hasta ahora
había sido su enemigo, ganando así un peligroso contrincante en la orden de los
dominicos, a los que quiso oponer a Cirilo. El astuto monje encontró con
rapidez una táctica para deshacerse de Cirilo. Le condujo personalmente hasta
el Papa y supo presentar al capuchino recién llegado a la ciudad de tal manera
que el Papa le recibió como una aparición original, entrando a formar parte del
grupo de eclesiásticos de los que se rodeaba. Cirilo pudo comprobar entonces
cómo el Vicario de Cristo buscaba y encontraba su imperio en este mundo y en
sus placeres; cómo se servía para sus
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maquinaciones de un elemento
hipócrita, que, a pesar del espíritu fuerte que habitaba en su interior, sabía
elegir los medios más reprochables, confundiendo el Cielo y el Infierno. El
monje piadoso, era de esperar, se enfadó ante este comportamiento y se sintió
llamado a conmover al Papa a través de sermones fogosos, pronunciados según le
dictaba su espíritu, para así desviar al Pontífice de sus cuitas terrenales. El
Papa, como suele suceder en las personalidades afeminadas, quedó afectado por
las palabras del piadoso anciano, y, precisamente gracias a este estado
enervado, el dominico logró preparar poco a poco y con habilidad el golpe, que
debería acertar de pleno al pobre Cirilo. Éste informó al Papa de que se
trataba de una conspiración infame con la que pretendían declararle indigno de
portar la triple corona en la Iglesia. Cirilo tenía la misión de impulsarle a
emprender cualquier penitencia pública que serviría de señal entre los
cardenales para una rebelión. Pero ahora el Papa encontró fácilmente en los
sermones enfáticos de nuestro hermano una intención secreta, por lo que odió
profundamente al anciano y le soportó en su cercanía exclusivamente para evitar
dar un paso llamativo. Cuando Cirilo encontró de nuevo la oportunidad de hablar
con el Papa sin testigos, le dijo directamente que aquel que no renuncia del
todo a los placeres de este mundo, que no lleva una vida realmente santa, es un
indigno representante del Señor y una carga funesta y perjudicial para la
Iglesia, de la que hay que liberarse. Poco después, con posterioridad al
momento en que vieron salir a Cirilo de las estancias privadas del Papa, se
encontró envenenada el agua helada que el Pontífice acostumbraba a beber.
Cirilo era inocente, no cabe duda, ya conociste al anciano piadoso. En todo
caso, el Papa estaba convencido de su culpabilidad, y la orden de que los
dominicos lo ejecutaran en secreto fue la consecuencia necesaria.
»Tu aparición en Roma fue
bastante llamativa. La manera en que te expresaste ante el Papa, especialmente
la narración de tu vida, hizo que encontrara en ti un cierto parentesco
espiritual. Creyó poder elevarse contigo a una plataforma superior desde la que
poder sutilizar inmoralmente acerca de la virtud y de la religión,
fortaleciendo así su posición para, como bien puedo decir, pecar con entusiasmo
y consciente del pecado. Tus ejercicios de penitencia eran para él un afán
hipócrita y astuto para medrar y alcanzar metas superiores. Te admiraba y
gozaba con los discursos espléndidos, exaltadores de su figura, que
pronunciaste. Ocurrió que tú, antes de que el dominico pudiera darse cuenta, te
elevaste y te volviste más peligroso para la banda de lo que Cirilo podría
llegar a ser. Ya ves, Medardo, que estoy informado correctamente de tus inicios
en Roma; que sé cada palabra que hablaste con el Papa. No hay nada misterioso
en ello, pues puedo decirte que el monasterio posee un amigo en la cercanía de
Su Santidad que me informó de todo con detalle. Incluso cuando creías
encontrarte a solas con el Papa, él estaba lo suficientemente cerca como para
captar cada palabra. Cuando comenzaste en el monasterio capuchino, cuyo prior
es un pariente cercano mío, tus severos ejercicios de penitencia, tuve tu
arrepentimiento por verdadero. Seguramente fue así, pero el espíritu maligno de
un orgullo
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pecaminoso se apoderó nuevamente
de ti en Roma, el mismo orgullo del que fuiste víctima aquí, cuando te
encontrabas entre nosotros. ¿Por qué te acusaste frente al Papa de delitos que
nunca cometiste? ¿Acaso has estado alguna vez en el castillo del barón de E?
—¡Ay, venerable padre —exclamé
aniquilado por el dolor—, ése fue el escenario de mi más impío crimen! ¡Pero
también constituye la pena más dura del Poder eterno e insondable ante el que
jamás podré aparecer puro en la tierra, debido al pecado que cometí poseído de
ceguera demencial! ¿También para vos, venerable padre, soy un hipócrita
pecador?
—Ahora —respondió el prior—,
estoy casi convencido de que después de tu penitencia ya no eres capaz de
mentir, pero todavía existe un enigma, para mí inexplicable. Después de tu
huida de la Corte —el Cielo no quiso aceptar el crimen que querías cometer y
salvó a la piadosa Aurelia—, después de tu huida, repito, y después de que el
monje, que también Cirilo confundió contigo, se hubiera liberado como por
milagro, se conoció que no tú, sino el conde Victorino, disfrazado de monje
capuchino, era el que había estado en el castillo. Cartas, que se encontraron
en el legado de Eufemia, habían probado esto mismo mucho antes, pero se creyó
que la misma Eufemia estaba equivocada, ya que Reinaldo aseguró que te había
reconocido con la suficiente seguridad como para no confundirte, a pesar de tu
fiel parecido, con el conde Victorino. La ceguera de Eufemia resulta
incomprensible. Entonces surgió de repente el servidor del conde que contó como
éste, que desde hacía meses había permanecido solo en las montañas y se había
dejado crecer la barba, se le había aparecido por sorpresa en el bosque, en las
proximidades del «abismo del diablo», vestido de capuchino. Aunque no supo de
dónde había sacado el conde el disfraz, no le resultó especialmente llamativo,
pues conocía las intenciones del conde de aparecer en el castillo con el hábito
y permanecer allí un año para llevar a cabo determinadas empresas. Desde luego
había sospechado de dónde había sacado el conde el hábito de capuchino, pues el
día anterior le había contado que había visto a un capuchino en el pueblo y que
tenía la esperanza de que, cuando éste atravesara el bosque, conseguiría el
hábito de una u otra manera. Al capuchino no lo había visto, pero sí había
escuchado un grito. Poco después se extendió por el pueblo el rumor de que
habían asesinado a un capuchino en el bosque. Había conocido demasiado bien a
su señor, había hablado demasiado con él durante la huida del castillo como
para que tuviera lugar una confusión. Esta declaración del sirviente debilitaba
la opinión de Reinaldo, pero la completa desaparición de Victorino seguía
siendo incomprensible. La Soberana planteó la hipótesis de que el presunto
señor de Krczynski, procedente de Kwiecziczewo, era realmente el conde
Victorino, apoyándose en la extraña y llamativa similitud con Francesco, de
cuya culpabilidad nadie dudaba, así como en la impresión que le causaba su
presencia. Muchos se acercaron a él y creyeron descubrir en aquel aventurero,
que tomaron de manera ridícula por un monje disfrazado, un comportamiento
aristocrático.
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»El relato del guarda forestal
acerca del monje demente que habitaba en el bosque y que fue posteriormente
albergado en su casa encontró ahora su explicación en conexión con el crimen de
Victorino, siempre y cuando se tuvieran algunas de las premisas por verdaderas.
Un hermano del monasterio en el que Medardo había estado había reconocido
expresamente al monje loco como Medardo, por tanto debía serlo. Victorino lo
había despeñado por el precipicio. Por alguna casualidad, que no tendría que
ser tan inaudita, pudo salvarse.
Recobrado el conocimiento, pero
gravemente herido en la cabeza, logró arrastrarse y salir de la sima. El dolor
de las heridas, el hambre y la sed le volvieron loco, furioso. En ese estado
vagó por las montañas cubierto de harapos, quizá alimentado aquí o allá por un
campesino misericordioso, hasta que llegó a la zona donde se encuentra la casa
del guarda forestal. Dos aspectos permanecen, sin embargo, sin aclaración;
primero, cómo pudo Medardo recorrer semejante distancia por las montañas sin
ser antes detenido y, segundo, cómo, incluso en momentos de tranquilidad de
conciencia avalados por médicos, confesaba crímenes que no había cometido.
Aquellos que defienden la probabilidad de que los acontecimientos se
desarrollaron así, se dieron cuenta que no se sabe nada del destino de Medardo
a partir del momento en que se salvó del «abismo del diablo». Es posible que su
demencia se iniciara en las cercanías de la vivienda del guarda forestal,
cuando se encontraba en su peregrinaje a Roma. Pero en lo que respecta a la
autoimputación de crímenes, podemos deducir que nunca llegó a sanar del todo,
más bien permaneció demente, aunque aparentemente conservara la razón. Que él
haya cometido realmente los delitos de que se acusa, constituye una idea fija
grabada en su mente. Cuando le preguntaron al juez de lo criminal, cuya
sagacidad aclaró bastantes puntos oscuros, su opinión al respecto, contestó:
«El presunto señor de Krczynski no era polaco, tampoco conde, desde luego el
conde Victorino en ningún caso, tampoco se puede decir que era inocente. El
monje permaneció, a todos los efectos, demente e irresponsable por sus
acciones, por lo que el tribunal de lo criminal sólo pudo decantarse por su
encierro como medida de seguridad». El Soberano no quiso saber nada de esta
decisión, y fue sólo él el que, profundamente conmovido por los ominosos
acontecimientos en el castillo del barón, cambió el encierro prescrito por el
tribunal por la pena de muerte, que debería cumplirse con la espada. Pero como
todo en esta vida miserable y pasajera, en la que los acontecimientos o
sucesos, aunque en un primer instante hayan aparecido como horribles, pierden
rápidamente en color y brillo, del mismo modo ocurrió que lo que en la capital,
y especialmente en la Corte, había causado espanto y repugnancia, no tardó en
ser degradado a mero objeto de habladurías. La hipótesis de que el prometido de
Aurelia, dado a la fuga, había sido el conde Victorino, hizo que se refrescara
la historia de la italiana. Hasta los que no habían sido informados en un principio
por aquellos que ahora no creían poder callar más fueron iluminados y
cualquiera que hubiera visto a Medardo encontró natural que sus rasgos fueran
tan parecidos a los del conde Victorino, pues ambos eran hijos
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de un mismo padre. El médico de
cámara estaba convencido de que las cosas eran así, por lo que le dijo al
Soberano: «Podemos estar contentos, honorable señor, de que los dos siniestros
compañeros se hayan ido, y darnos por satisfechos con la persecución infructuosa
que hemos emprendido». Esta opinión fue compartida por el Soberano de todo
corazón, pues se daba buena cuenta de que el doble Medardo le había llevado de
desacierto en desacierto. «El asunto permanecerá secreto —dijo el Soberano—. No
vamos a tirar más del velo que un azar extraño, pero beneficioso, ha echado
sobre todo lo acaecido». Sólo Aurelia…
—Aurelia —interrumpí al prior con
excitación—, por el amor de Dios, venerable padre, decidme, ¿qué ocurrió con
Aurelia?
—¡Eh, hermano Medardo! —dijo el
prior mostrando una dulce sonrisa—. ¿Todavía no se ha apagado el peligroso
fuego en tu corazón? ¿Todavía arde la llama ante la más mínima alusión? Así que
todavía no te has liberado del impulso pecador al que te abandonaste. ¿Y debo
confiar en la veracidad de tu penitencia? ¿Debo convencerme de que el espíritu
de la mentira te ha abandonado del todo? Sabe, Medardo, que sólo reconoceré tu
arrepentimiento como verdadero cuando cometas realmente la impiedad de la que
te acusas. Pues sólo en ese caso podría creer que aquellos crímenes destrozaron
de tal manera tu alma, que, sin acordarte de mis lecciones, de todo aquello que
te he dicho acerca de la penitencia interior y exterior, te serviste de medios
engañosos para la expiación de los pecados, como el náufrago de la tabla
insegura e incierta; medios que hicieron que no sólo te pareciera un Papa
reprochable un fatuo impostor, sino también cualquier hombre piadoso y
verdadero. Dime, Medardo, ¿eran del todo inmaculados tu recogimiento y tu
exaltación ante el Poder eterno, cuando tenías que pensar en Aurelia?
Cerré los ojos, aniquilado en mi
interior.
—Eres sincero, Medardo —continuó
el prior—, tu silencio lo dice todo. Supe con el más pleno de los
convencimientos que tú fuiste el que jugaste el papel de noble polaco en la
capital y quería contraer matrimonio con la baronesa Aurelia. Había seguido el camino
que habías emprendido con bastante exactitud. Un hombre extraño —se llamaba a
sí mismo el artista peluquero Belcampo—, que viste por última vez en Roma, me
dio noticias al respecto. Yo estaba convencido de que habías asesinado de
manera infame a Hermógenes y a Eufemia, pero para mí resultaba también
monstruoso que intentaras implicar a Aurelia en aquellos vínculos diabólicos.
Te podría haber delatado, pero muy lejos de querer constituirme en instancia
vengadora, decidí abandonarte al Poder eterno del Cielo. Has sobrevivido de un
modo milagroso, eso me convenció de que todavía no se había decidido el fin de
tu destino terrenal. ¡Escucha las circunstancias extraordinarias por las que
tuve que creer más tarde que fue precisamente el conde Victorino, disfrazado de
capuchino, el que apareció en el castillo del barón de E!
»No hace mucho tiempo que el
hermano Sebastián, el portero, fue despertado por unos gemidos y lamentos muy
similares a los de un agonizante. Ya había amanecido,
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se levantó, abrió la puerta del
monasterio y encontró a un hombre que estaba acostado en la entrada,
prácticamente rígido por el frío. Con esfuerzo logró pronunciar algunas
palabras, en concreto que era Medardo, el monje huido de nuestro monasterio.
Sebastián me informó con gran susto de lo acaecido. Bajé con los hermanos y
llevamos al hombre inconsciente al refectorio. A pesar de lo desfigurado de su
rostro, creímos reconocer tus rasgos, y algunos opinaron que sólo el traje era
el que hacía aparecer tan extraño al conocido Medardo. Tenía barba y tonsura.
Llevaba un traje mundano, que estaba bastante roto y estropeado, pero en el que
todavía se podía advertir su elegancia primigenia. Gastaba medias de seda, uno
de los zapatos estaba todavía adornado con una hebilla de oro, un chaleco de
satén…
—Una casaca marrón castaño de
paño fino —intervine—, ropa interior bordada con elegancia, un anillo sencillo
de oro en el dedo.
—Es cierto —dijo Leonardo
asombrado—, pero ¿cómo puedes saber?… —¡Ay, era el traje que llevaba en aquel
funesto día de mi boda!
El doble apareció ante mis ojos.
No, no era el diablo quimérico y horrible de la demencia que corrió detrás de
mí, que se subía sobre mis hombros como una bestia que pretendía destrozar mi
alma.
Era el monje loco y huido el que
me perseguía, el que finalmente, cuando me desvanecí, robó mis ropas y me lanzó
el hábito que llevaba puesto. ¡Era él quien yacía a las puertas del monasterio,
haciéndose pasar de manera espeluznante por mí, por mí! Pedí al prior que
continuara su relato, ya que la verdad que había llevado conmigo del modo más
enigmático empezaba a mostrar su verdadero rostro.
—No transcurrió mucho tiempo
—siguió contando el prior—, hasta que empezaron a manifestarse en el hombre
signos inequívocos y claros de una demencia incurable y, a pesar, como dije, de
sus rasgos, que se parecían asombrosamente a los tuyos, a pesar de que no
cesaba de gritar: «Yo soy Medardo, el monje huido, y quiero hacer penitencia
con vosotros», pronto nos convencimos todos de que la obsesión del extraño por
asumir tu identidad constituía una idea fija. Le pusimos un hábito de
capuchino, le llevamos a la iglesia, tuvo que realizar los acostumbrados
ejercicios espirituales, y al observar cómo se esforzaba en hacerlo todo, nos
dimos cuenta de que jamás podría haber estado en un monasterio. Pero la idea se
encendió en mi mente, ¿y si fuese el monje escapado de la capital, y si fuese
Victorino? La historia que el demente le había contado al guarda forestal me
era conocida; mientras tanto encontré que todas las circunstancias, el hallazgo
y la bebida del elixir del diablo, la visión en el calabozo, en resumen su
residencia en el monasterio, podría ser el producto del espíritu enfermo creado
por tu individualidad, que ejerce un efecto psíquico extraño. Asombroso
resultaba también que el monje, en momentos de furia, siempre gritaba que era
conde y un señor de alcurnia. Decidí internar a aquel pobre hombre en el
manicomio de San Getreu[21], pues tenía la esperanza de que si una recuperación
fuese posible, sólo el director de ese establecimiento, un médico genial que
penetra toda anormalidad del organismo humano, podría conseguirlo. El
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restablecimiento del extraño
descubriría al menos algo del enigmático juego de los poderes desconocidos.
Lamentablemente no sucedió así. En la tercera noche me despertó la campanilla
que, como tú sabes, siempre me avisa cuando alguien necesita ayuda en la
enfermería. Entré y me dijeron que el desconocido reclamaba perentoriamente mi
presencia. Parecía como si le hubiese abandonado la locura por completo, es
probable que quisiera confesarse, pues estaba tan débil que seguramente no
sobreviviría aquella noche.
«Disculpad —empezó a decir,
cuando me dirigí a él con palabras piadosas—, disculpad, venerable señor, si he
intentado confundiros. No soy el monje Medardo, que huyó de vuestro monasterio.
Ante vos está el conde Victorino… Príncipe debería ser llamado, pues desciendo
de casa principesca y os aconsejo que reparéis en ello si no queréis que mi ira
os alcance». Repliqué que aunque fuese príncipe, aquí, entre nuestros muros y
en su situación, eso no tenía importancia, que mejor sería que se apartase de
lo temporal y esperase con humillación lo que el Poder eterno quisiera disponer
sobre él. Me miró fijamente, parecía como si se le fueran los sentidos y le
dieron algunas gotas para fortalecerle. Se recuperó algo y dijo: «Me parece que
voy a morir pronto y quisiera aligerar antes mi corazón. Tenéis poder sobre mí,
porque por más que queráis ocultarlo sé que sois San Antonio, y también sabéis
mejor que nadie el mal que vuestro elixir ha causado. Yo tenía algo importante
en la mente cuando decidí hacerme pasar por clérigo con una gran barba y un
hábito marrón. Pero cuando estaba meditando ocurrió como si mis más secretos
pensamientos surgieran de mi interior y formaran un ser corporal que, por
horrible que parezca, era mi “yo”. Este segundo “yo” tenía una fuerza colosal y
me arrojó al abismo cuando la princesa, blanca como la nieve, se elevaba entre
aguas espumosas y borboteantes sobre las rocas negras del precipicio.
La princesa me tomó en sus brazos
y lavó mis heridas, que ya no me causaron más dolor. Me había convertido, es
cierto, en monje, pero el “yo” de mis pensamientos era más fuerte, y me impulsó
a matar a la princesa que me había salvado y a la que amaba, así como también a
su hermano. Me arrojaron en el calabozo, pero vos mismo sabéis, San Antonio, de
qué manera me secuestrasteis por los aires, después de haber bebido del
condenado brebaje. El rey verde de los bosques me trató mal, a pesar de que
conocía mi condición principesca. El “yo” de mis pensamientos apareció en su
casa y me reprochó cosas muy malas, queriendo permanecer en mi compañía para
siempre, pues lo habíamos hecho todo juntos. Así ocurrió, pero poco más tarde,
cuando huíamos de allí porque nos querían cortar la cabeza, nos separamos. Como
el risible “yo”, mientras tanto, pretendía alimentarse de mis pensamientos para
siempre, le arrojé al suelo, le golpeé con furia y le quité su casaca. Hasta
aquí resultaba la declaración del infeliz más o menos comprensible, luego se
perdió en la más insensata y estúpida palabrería fruto de su demencia. Una hora
más tarde, cuando las campanas anunciaban la primera misa de la mañana, se
incorporó lanzando un grito y volvió a caer muerto, al menos así nos pareció.
Ordené
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que le llevaran a la cámara
mortuoria. Queríamos enterrarlo en nuestro jardín, en un lugar sagrado, pero
puedes imaginarte nuestra sorpresa y horror cuando el cuerpo, que queríamos
introducir en un ataúd, había desaparecido sin dejar huella. Todos nuestros
afanes para descubrir lo sucedido fueron en vano, y tuve que renunciar a
conocer algo más exacto y comprensible acerca de los acontecimientos
enigmáticos en que estuviste implicado con el conde. Mientras, me dediqué a
poner en relación todas las circunstancias conocidas sobre los sucesos en el
castillo con los datos confusos, hijos de la locura, que me había proporcionado
el extraño, y llegué a la conclusión de que el fallecido era realmente el conde
Victorino. El había matado, tal y como declaró su sirviente, a un capuchino
peregrino en las montañas, y le había quitado el hábito para dar un golpe en el
castillo del barón. Todo terminó, probablemente sin que lo hubiera planeado
así, con la muerte de Eufemia y de Hermógenes. Quizá ya estaba loco, como afirmó
Reinaldo, o se volvió loco durante la huida, atormentado por los remordimientos
de conciencia. El traje que llevaba y el asesinato del monje contribuyeron a
crear una idea fija, según la cual se tenía realmente por un monje y estaba
convencido de tener un “yo” escindido en dos seres hostiles. Sólo el período
entre la huida del castillo y su llegada a la casa del guarda forestal
permanece oscura, aunque también resulta inexplicable de dónde sacó la historia
de su estancia en el monasterio y la manera en que se salvó del calabozo. No se
pueden albergar dudas de que incidieran factores externos, pero es muy extraño
que esta historia se acomode de un modo tan exacto a tu destino, aunque éste
permanezca todavía con lagunas. Sólo el día de llegada del monje a la vivienda
del guarda forestal, tal y como éste señaló, no coincide con la indicación que
Reinaldo hizo del día en que Victorino huyó del castillo. Según la afirmación
del guarda, el demente Victorino tuvo que dejarse ver inmediatamente en el
bosque, después de que hubiese llegado al castillo del barón».
—Deteneos —interrumpí al prior—,
deteneos, venerable padre. Toda esperanza de alcanzar todavía bienaventuranza y
gracia en la infinita bondad del Señor, a pesar de la carga de mis pecados,
debe desaparecer de mi alma. Quiero morir en una desesperación sin consuelo,
maldiciendo mi vida, maldiciéndome a mí mismo, si no os revelo fielmente, con
profundo arrepentimiento y contrición, como lo haría en sagrada confesión, todo
lo que aconteció conmigo desde que abandoné el monasterio.
El prior se quedó asombrado
cuando le conté mi vida con todo detalle.
—Debo creerte —dijo el prior,
cuando terminé—, debo creerte, hermano Medardo, pues descubrí todos los signos
del verdadero arrepentimiento mientras hablabas. Quién podrá desvelar el
misterio engendrado por el parentesco espiritual de dos hermanos, hijos de un
padre criminal, y ellos mismos sumidos en el crimen. Es seguro que Victorino
logró salvarse milagrosamente del abismo al que le empujaste, que él era el
monje demente que acogió el guarda forestal, que te persiguió como un doble y
que murió aquí, en el monasterio. Sirvió al poder oscuro, que se inmiscuyó en
tu vida sólo por jugar. No era tu igual, sino un ser subordinado que fue puesto
en tu
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camino para que quedara oculta a
tu vista la meta luminosa que, a lo mejor, podrías haber alcanzado. ¡Ay,
hermano Medardo, todavía vaga el demonio frenético por la tierra y ofrece a los
seres humanos su elixir! Quién no ha encontrado deliciosa una u otra de sus
infernales bebidas; pero es voluntad celestial que el Hombre sea consciente del
efecto pernicioso de la imprudencia transitoria, y que de esta conciencia clara
reúna las fuerzas necesarias para contrarrestarla. Aquí se nos revela el Poder
del Señor que condiciona el principio moral del bien a través del mal, del
mismo modo que la vida de la naturaleza está condicionada por el veneno. Puedo
hablarte así, Medardo, ya que sé que no me malinterpretarás. Ve ahora con tus
hermanos.
En aquel instante me invadió un
anhelo de amor superior, como si todos los nervios se contrajeran en un
repentino dolor electrizante.
—¡Aurelia! ¡Ay, Aurelia! —exclamé
en voz alta.
El prior se levantó y habló con
un tono de gran seriedad:
—Probablemente habrás notado los
preparativos para una gran celebración en el convento. Aurelia será consagrada
mañana y recibirá el nombre conventual de Rosalía.
Quedé, ante el prior, paralizado
y sin habla.
—¡Ve con los hermanos! —gritó
casi con furia, y sin conciencia de lo que hacía bajé al refectorio donde los
hermanos estaban reunidos.
Me asediaron de nuevo con
preguntas, pero era incapaz de decir una sola palabra acerca de mi vida. Todas
las imágenes del pasado se oscurecían, y sólo la figura luminosa de Aurelia
salía, esplendorosa, a mi encuentro. Abandoné a los hermanos con el pretexto de
un ejercicio espiritual, y me dirigí a la capilla situada en el extremo más
distante del jardín del convento. Allí quería rezar, pero el ruido más pequeño,
el ligero rumor de la alameda, me sacaba de mis meditaciones piadosas. «Es
ella… viene… volveré a verla», así hablaba en mi interior, y mi corazón
temblaba de miedo y placer. Me pareció oír una conversación en voz baja. Me
incorporé, salí de la capilla y pude ver, no muy lejos de mí, a dos monjas que
paseaban lentamente y, en medio, a una novicia. Ay, seguramente era Aurelia. Me
acometió un temblor convulso, no podía respirar, quise avanzar, pero no pude
dar un paso, finalmente caí al suelo. Las monjas, y con ellas la novicia,
desaparecieron detrás de unos arbustos. ¡Qué día! ¡Qué noche! Sólo Aurelia,
siempre Aurelia, ningún otro pensamiento, ninguna otra imagen tenía cabida en
mi interior.
Tan pronto como el sol despidió
los primeros rayos matutinos, las campanas del convento empezaron a anunciar la
ceremonia en que Aurelia tomaría el velo. Poco después se reunieron los
hermanos en una gran sala. Entró la abadesa, acompañada de dos hermanas. Un
sentimiento indescriptible se apoderó de mí al volver a verla. Había amado a mi
padre con toda el alma y, a pesar de que él rompió violentamente con sus
impiedades una unión que le tenía que otorgar la mayor felicidad terrenal, la
inclinación, que había destruido su felicidad había sido transmitida al hijo.
Ella quiso
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educar a este hijo en la virtud y
en la piedad, pero, igual al padre, acumuló ultraje sobre ultraje, destruyendo
así cualquier esperanza de la devota madrina, que quería encontrar en la virtud
del hijo consuelo por la perdición del padre pecador. Con la cabeza hundida, la
mirada dirigida al suelo, escuché el corto discurso en el que la abadesa, una
vez más, anunciaba al clero reunido la entrada de Aurelia en el convento y la
exhortaba a rezar con fervor en el instante decisivo de aceptar los votos. De este
modo el Enemigo mortal no tendría poder alguno y no podría iniciar ningún juego
para confundir los sentidos y atormentar a la piadosa muchacha.
—Difíciles —dijo la abadesa—, muy
difíciles fueron las pruebas que tuvo que superar la novicia. El Enemigo quiso
seducirla para el mal, y aplicó toda la astucia del infierno para trastornarla.
Su pretensión era que pecara sin que sospechase ninguna perfidia y, luego,
despertando del sueño, que desesperase de vergüenza y desconsuelo. Pero el
Poder eterno protegió a la niña celestial, y si el Enemigo intentase hoy, una
vez más, aproximarse a ella con el objetivo de perderla, más gloriosa será su
victoria sobre él. Rezad, rezad, hermanos, no para que la novia de Cristo no
vacile, pues su decisión de darse al Cielo es firme e inalterable, sino para
que ningún accidente terrenal interrumpa la ceremonia. ¡Una inquietud, que no
puedo desterrar, se ha apoderado de mi ánimo!
Resultaba claro que la abadesa se
había referido a mí, exclusivamente a mí, al nombrar al demonio de la
tentación, ya que habría conectado mi llegada con la toma del velo de Aurelia.
Probablemente temiera que emprendiese alguna acción desesperada. El sentimiento
de la verdad de mi arrepentimiento, de mi penitencia, el convencimiento de que
mi ser se había transformado, hicieron que me incorporase. La abadesa no se
dignó mirarme. Profundamente afectado por este comportamiento, empezó a surgir
en mí un odio amargo y burlón como ya lo había experimentado en la capital,
concretamente en presencia de la Soberana. En vez de arrojarme a sus pies, como
pretendía antes de que hubiese pronunciado sus últimas palabras, quise ahora
aparecer ante ella, temerario y audaz, para decir: «¿Fuiste siempre una mujer
tan sobreterrenal, que nunca tuviste acceso a los placeres de este mundo?…
Cuando viste a mi padre, ¿te guardaste de tal manera que el pensamiento del
pecado no encontró espacio en tu mente?… Eh, di, si cuando ya te adornaban la
mitra y el báculo, la imagen de mi padre no despertó en ti, en los momentos de
soledad, una anhelo de placer terrenal… ¿Qué sentiste, orgullosa, cuando
estrechaste en tus brazos al hijo del amante y exclamaste llena de dolor el
nombre del ausente, un pecador impío? ¿Has luchado alguna vez con el poder
oscuro como yo? ¿Puedes alegrarte de una victoria verdadera cuando no ha sido
precedida de dura lucha?
¿Te sientes tan fuerte que
desprecias al que sucumbió ante el Enemigo más poderoso y que, sin embargo,
logró después alzarse con profundo arrepentimiento y dura penitencia?». La
repentina transformación de mis pensamientos, el súbito cambio del penitente en
un hombre que entra de nuevo en la vida con firmeza, orgulloso por la batalla
superada, debió de manifestarse visiblemente, ya que el
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hermano que estaba junto a mí,
dijo:
—¿Qué te pasa Medardo? ¿Por qué
arrojas miradas tan furiosas a esa mujer santa?
—Sí —contesté a media voz—, puede
que sea una mujer santa, pues siempre se situó a tal altura que lo profano
nunca pudo alcanzarla. Pero a mí me parece, antes que una monja cristiana, una
sacerdotisa pagana que se apresta a ejecutar un sacrificio humano con un
cuchillo bien afilado.
Yo mismo no sé cómo pude decir
estas palabras, que, además, no correspondían al orden lógico de mis
pensamientos, pero con ellas surgieron imágenes variadas y confusas que
terminaron por confeccionar una sola y horrible: Aurelia desaparecería para
siempre del mundo. ¿Debería ella renunciar, como yo, al mundo por un voto, que
ahora sólo me parecía el producto de la demencia religiosa? Como hacía tiempo,
cuando estaba vendido a Satanás y me imaginaba que contemplaba, sumido en el
pecado y la impiedad, el instante más luminoso y esplendoroso de la vida, así
pensaba ahora que ambos, Aurelia y yo, nos uniríamos en esta vida, aunque sólo
fuese un momento fugaz del mayor placer terrenal, para luego morir juntos,
consagrados al poder subterráneo. ¡Sí, el pensamiento del asesinato cruzó mi
alma como un horrible monstruo, como el mismo Satanás! ¡Ay, ciego de mí, que no
me percaté de que en el momento en el que interpretaba las palabras de la
abadesa como referidas a mi persona, estaba ya probablemente sometido a la prueba
más dura, ya que Satanás, con poder sobre mí, quería tentarme para cometer el
más espantoso crimen! El hermano con el que había hablado me miró horrorizado:
—¡Por el amor de Dios! ¡Virgen
Santísima! ¿Qué estáis diciendo? —reaccionó. Miré a la abadesa, que estaba a
punto de abandonar la sala. Su mirada recayó en
mí; pálida como la muerte me miró
fijamente, luego vaciló y las monjas tuvieron que sostenerla. Me pareció como
si hubiese susurrado: «¡Oh, Cielo Santo, mi sospecha!». Poco después el prior
Leonardo fue requerido. Las campanas del convento tañían una vez más, y al
mismo tiempo resonaban los acordes del órgano y los cánticos sagrados de las
hermanas reunidas en el coro. Leonardo entró de nuevo en la sala. Ahora se
dirigían los hermanos de las diferentes órdenes en solemne procesión hacia la
iglesia, que estaba casi tan repleta de público como el día de San Bernardo. En
uno de los lados del altar mayor, orlado para la ocasión con aromáticas rosas,
se habían situado asientos elevados para el clero, que así quedaba justo en
frente de la tribuna, donde la orquesta del obispo, que oficiaba la misa
personalmente, interpretaba las distintas piezas musicales. Leonardo me llamó a
su lado y advertí que me vigilaba temeroso. El más mínimo movimiento concitaba
su atención y me solicitaba continuamente rezar de mi breviario. Las monjas
clarisas se reunieron en un lugar cerrado, detrás de una verja no muy alta,
justo ante el altar mayor. Llegó el momento decisivo. Del interior del
convento, a través de una puerta en la verja situada detrás del altar, salieron
monjas cistercienses que acompañaban a Aurelia. Un rumor corrió entre la gente
cuando apareció. El órgano calló, y el sencillo himno de las monjas resonó en
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maravillosos acordes que
penetraban en lo más profundo del corazón. Todavía no me había atrevido a
mirar. Invadido por un miedo espantoso, padecí una convulsión nerviosa y el
breviario cayó al suelo. Me agaché para recogerlo, pero un mareo repentino me hubiera
hecho caer del elevado asiento, si Leonardo no me hubiera agarrado y sostenido.
—¿Qué te sucede, Medardo? —dijo
Leonardo en voz baja—. Tienes una extraña intranquilidad, resiste al Maligno
que te amenaza.
Intenté sobreponerme con todas
mis fuerzas. Miré y pude contemplar a Aurelia arrodillada ante el altar mayor.
¡Oh, Dios del Cielo, irradiaba más belleza y encanto que nunca! ¡Como una
novia! ¡Ay, vestida igual que en aquel día fatídico en que iba a ser mía!
Llevaba el pelo trenzado con mirtos floridos y rosas. El recogimiento y la
solemnidad del momento habían teñido sus mejillas de rojo, y en su mirada,
dirigida a lo alto, se observaba una expresión de placer celestial. Qué
representaban aquellos momentos, cuando vi por primera vez a Aurelia en la
Corte del Soberano, en comparación con este reencuentro. El amor, el deseo
salvaje ardían ahora en mi interior con más frenesí que antaño. «¡Oh, Dios!
¡Por todos los Santos, no dejes
que me vuelva loco! ¡No dejes que me vuelva loco! ¡Sálvame, sálvame de este
tormento infernal! ¡No permitas que caiga en la demencia, pues en ese caso
cometeré un crimen horrible y mi alma se condenará por toda la eternidad!».
Así rezaba en mi interior, ya que
sentía cómo poco a poco el espíritu maligno se iba haciendo dueño de mí. Me
parecía como si Aurelia tomara parte en la impiedad que quería cometer, como si
el voto que pensaba hacer fuese, en su pensamiento, el juramento solemne ante
el altar del Señor de que sería mía. No la novia de Cristo, sino del monje que
rompió su voto. En ella veía a una mujer perdida. «Abrazarla con todo el fervor
de un deseo furioso y luego darle muerte». Este pensamiento me invadió con una
fuerza irresistible. El espíritu maligno, más y más salvaje, me impelía a
obrar. Quería gritar: «¡Deteneos, necios! ¡No a la virgen purificada de todo
instinto terrenal, sino a la novia del monje es a la que queréis elevar a novia
celestial!». Abalanzarme sobre las monjas, apartarlas a un lado. Registré el
hábito, buscaba el cuchillo, pero la ceremonia había avanzado tanto que Aurelia
estaba a punto de prometer sus votos. Al oír su voz, fue como si el suave
resplandor de la luna surgiese entre nubes negras impulsadas por una salvaje
tormenta. La luz se hizo en mí, y reconocí al espíritu maligno contra el que
luché con toda mi energía. Cada palabra de Aurelia me otorgaba nuevas fuerzas,
saliendo victorioso del combate. Todo pensamiento impío había huido, todo deseo
terrenal había desaparecido. Aurelia era la piadosa novia celestial, cuya
oración pudo salvarme de la perdición eterna. Su voto fue mi consuelo, mi
esperanza. La alegría y luminosidad del Cielo invadieron mi ser. Leonardo, cuya
presencia advertí de nuevo, pareció percibir esa transformación anímica, pues
con voz suave dijo:
—¡Hijo mío, has resistido al
Enemigo! ¡Era la última y difícil prueba que el Poder
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eterno te había impuesto!
El voto fue prometido. Mientras
sonaba un canto alterno, entonado por las hermanas clarisas, invistieron a
Aurelia. Le retiraron las rosas y los mirtos del peinado, pero cuando se
aprestaban a cortarle los rizos que caían sobre sus hombros se originó un escándalo
en la iglesia. Vi cómo la gente se apretaba y algunos eran arrojados al suelo.
El tumulto se aproximaba cada vez más. Con gesto iracundo, con mirada horrible
y salvaje, se abría paso entre la gente un hombre medio desnudo — los harapos
de un hábito capuchino le colgaban sobre el cuerpo—. Todo lo que había a su
alrededor lo echaba abajo a puñetazos. Reconocí a mi espantoso doble, pero en
el mismo instante en que, sospechando lo peor, quise interponerme, el monstruo
demente ya había saltado la verja que rodeaba el altar mayor. Las monjas se
dispersaron gritando. La abadesa tomó a Aurelia firmemente entre sus brazos.
—¡Ja, ja, ja! —gritó el demente
furibundo y con voz chillona—. ¿Queréis quitarme a la princesa? ¡Ja, ja, ja!
¡La princesa es mi novia, mi novia!
Entonces arrebató a Aurelia de
los brazos de la abadesa y le clavó un cuchillo, que había mantenido en alto,
en el pecho y hasta la empuñadura. La sangre brotó hacia arriba como una
fuente.
—¡Viva! ¡Viva! ¡Ya tengo a mi
novia! ¡Ya he ganado a mi princesa! —gritaba el loco furioso, que saltó detrás
del altar y salió por la puerta de la verja que daba a los corredores del
convento.
Las monjas gritaban llenas de
terror.
—¡Asesinato! ¡Asesinato ante el
altar del Señor! —gritaba también la multitud, abalanzándose sobre el lugar del
crimen.
—¡Ocupad todas las salidas del
convento, que el asesino no pueda escapar! — gritó Leonardo con voz potente.
El pueblo salió precipitadamente
para impedirlo, y aquél de los monjes que era lo suficientemente recio tomó uno
de los báculos procesionales, que se encontraban en las esquinas, e inició la
persecución del monstruo por los corredores del convento. Todo ocurrió en un
instante. Poco después me arrodillaba al lado de Aurelia. Las monjas habían
vendado la herida con paños blancos, tan bien como pudieron, y permanecían al
lado de la abadesa, que había perdido el conocimiento. Una voz fuerte se oyó
junto a mí:
—Sancta Rosalía, ora pro nobis.
Y todos los que habían
permanecido en la iglesia comenzaron a gritar:
—¡Milagro, un milagro, es una
mártir!
—Sancta Rosalía, ora pro nobis.
Miré hacia arriba. El anciano
pintor se encontraba a mi lado, pero serio y dulce, como se me apareció en el
calabozo. Ni el dolor terrenal por la muerte de Aurelia, ni el espanto por la
aparición del pintor podían ya encontrar acogida en mi interior, pues en mi
alma empezaban ya a hacerse evidentes los vínculos enigmáticos que había
propiciado el poder oscuro.
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—¡Milagro! ¡Milagro! —gritaba el
pueblo sin cesar—. ¿Veis al anciano con la capa violeta? Ha descendido de uno
de los cuadros del altar mayor, lo he visto.
—¡Yo también, yo también!
—exclamaron varias voces, y todos se arrodillaron. La confusión del tumulto
empezó a disminuir y dio paso a profundos suspiros,
lloros y el ininterrumpido
murmullo de las oraciones. La abadesa recobró el conocimiento. Con un tono
doloroso que rompía el corazón, dijo:
—¡Aurelia! ¡Mi niña! ¡Mi hija
piadosa! ¡Es la voluntad de Dios!
Habían traído una camilla
acolchada y cubierta. Cuando depositaron en su interior a Aurelia, ésta suspiró
profundamente y abrió los ojos. El pintor estaba detrás de ella y colocaba su
mano en la frente de la novicia. Parecía un santo poderoso. Todos, incluida la
abadesa, parecían invadidos de una extraña y respetuosa veneración. Me
arrodillé al lado de la camilla. La mirada de Aurelia recayó en mí, entonces no
pude reprimir un lamento ante el martirio doloroso de la santa. No era capaz de
pronunciar una palabra, así que lo único que pudo salir de mi garganta fue un
grito ahogado. Aurelia me habló con dulzura y en voz baja:
—¿Por qué te lamentas y te
apiadas de la que ha recibido la dignidad del Poder eterno de separarse de este
mundo, precisamente en el instante en que reconocía la banalidad de todo lo
terrenal, cuando llenaba su pecho el anhelo por el reino de la eterna alegría y
bienaventuranza?
Me había levantado y aproximado
todo lo posible a la camilla.
—¡Aurelia! —dije—. ¡Santa mujer!
Sólo por un momento haz descender tu mirada de las altas regiones, si no tendré
que perecer con una duda que corroerá mi alma y mi espíritu.
¡Aurelia! ¿Desprecias al impío
que entró en tu vida como si fuese el mismo Enemigo? Ay, una dura penitencia ha
sufrido, pero sabe muy bien que toda la expiación del mundo no reducirá la
gravedad de sus pecados. ¡Aurelia! ¿Quieres morir reconciliada?
Aurelia sonrió y cerró los ojos
como si hubiese sido rozada por alas de serafines. —¡Oh, Redentor del mundo,
Santísima Virgen María, así permanezco aquí, sin
consuelo y dado a la
desesperación! ¡Oh, salvación! ¡Salvación de la perdición infernal! —recé con
fervor.
Aurelia abrió los ojos y dijo:
—Medardo, ¡te entregaste al poder
maligno! ¿Pero permanecí yo pura de pecado cuando creí alcanzar la felicidad
terrenal con mi amor criminal? Por una decisión del Eterno hemos sido
destinados a expiar los graves delitos de nuestra estirpe impía, y así nos unió
el vínculo del amor que sólo reina sobre las estrellas, pero que no tiene nada
en común con el placer terrenal. Al astuto Enemigo, sin embargo, le fue posible
descubrir el profundo significado de nuestro amor, incluso logró tentarnos de
un modo horrible para que sólo comprendiésemos lo Celestial a través de lo
mundano. ¡Ay! ¿No fui yo la que te descubrió su amor en el confesionario? Pero
en vez de encender en tu interior la llama del amor eterno, hice arder el
instinto infernal del
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placer, que tú, al sentirte
consumido, intentaste apagar con el crimen. ¡Ten valor, Medardo! El necio
demente, al que el Enemigo ha tentado para creer que eres tú y que tiene que
terminar de ejecutar lo que tu comenzaste, era el instrumento del Cielo, a través
del cual se cumplió su voluntad. ¡Ten valor, Medardo! Pronto, pronto…
Aurelia, que había pronunciado
las últimas palabras con los ojos cerrados y un esfuerzo considerable, perdió
el conocimiento, pero la muerte no pudo todavía apropiarse de ella.
—¿Se ha confesado con vos,
venerable señor? ¿Se ha confesado? —preguntaban las monjas con curiosidad.
—En absoluto —respondí—, no yo,
sino ella es la que ha llenado mi alma de consuelo celestial.
—¡Bien para ti, Medardo, pues
pronto llegará a su fin tu periodo de prueba! Fue el pintor el que dijo estas
palabras. Me acerqué a él y le contesté:
—Entonces no me abandones, ser
extraordinario.
Quise continuar hablando, pero,
por una razón ignota, mis sentidos quedaron embotados. Me sumí en un estado
entre el sueño y la vigilia, del que me despertaron voces altas y gritos. Ya no
vi al pintor. Civiles y soldados habían penetrado en la iglesia. Reclamaban que
se les permitiera registrar todo el convento para encontrar al asesino de
Aurelia que, según todos los indicios, todavía se hallaba en el interior del
edificio. La abadesa, temiendo con justicia que se produjeran desórdenes, negó
el permiso, aunque a pesar de su reputación no pudo apaciguar los ánimos
encendidos. Se le reprochó que por evitar un mal menor pudiera encubrir al
asesino, ya que éste era monje. El pueblo, cada vez más desenfrenado, parecía
que se aprestaba a asaltar el convento. En ese momento Leonardo subió al
púlpito y se dirigió a la multitud reunida con algunas palabras fuertes para
recordar que los lugares sagrados no podían ser profanados. También informó de
que el asesino no era un monje, sino un demente que había sido admitido en el
monasterio como enfermo. Aparentemente muerto, fue llevado, vestido con el
hábito de la Orden, a la cámara mortuoria, pero que había despertado del estado
tan parecido a la muerte en que se hallaba y había desaparecido. Si estuviera
todavía en el convento, las medidas tomadas serían suficientes para evitar una
evasión. El pueblo se tranquilizó y sólo reclamó que no trasladaran a Aurelia
al convento por los corredores, sino por el patio, en solemne procesión. Así
ocurrió. Las atemorizadas monjas portaron la camilla, que habían orlado de
rosas. También Aurelia estaba, como antes, adornada con rosas y mirtos.
Inmediatamente después de la camilla, sobre la que cuatro monjas sostenían el
baldaquino, caminaba la abadesa, sostenida por dos monjas; el resto seguía con
las clarisas. A continuación iban los hermanos de las distintas órdenes, a los
que se unía al final el pueblo llano. De esta manera fue avanzando la procesión
por la iglesia. La hermana organista debió de situarse en el coro, pues tan
pronto como la comitiva se encontraba justo en medio de la iglesia, empezaron a
sonar tonos fúnebres y profundos que procedían de allí. En ese preciso momento
Aurelia se incorporó
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lentamente y elevó las manos al
Cielo en fervorosa oración. De nuevo cayó el pueblo de rodillas y exclamó:
Sancta Rosalía, ora pro nobis. Así se cumplió lo que anuncié la primera vez que
vi a Aurelia, fingiendo con ceguera satánica e impía.
Las monjas depositaron la camilla
en la sala inferior del convento y, cuando las hermanas y los hermanos,
formando un círculo, rezaban a su alrededor, Aurelia cayó con un profundo
suspiro en los brazos de la abadesa, que se encontraba arrodillada a su lado.
¡Estaba muerta!
El pueblo permanecía a las
puertas del convento, y cuando las campanas anunciaron el óbito de aquella
piadosa joven, empezaron a extenderse los gemidos y lamentos hasta formar un
auténtico griterío. Muchos hicieron el voto de permanecer en el pueblo hasta
las exequias de Aurelia y sólo después regresar a sus lugares de procedencia.
Durante el tiempo que permanecieran allí, decidieron ayunar. El rumor del
crimen y del martirio de la novia celestial se extendió rápidamente, y así
ocurrió que las exequias, celebradas cuatro días después, se parecieron a la
ceremonia solemne de glorificación de una santa. Ya el día antes se encontraba
la pradera ante el convento, como en el día de San Bernardo, cubierta de gente
que, descansando, esperaban la mañana. Pero en vez del regocijo, sólo se
escuchaban suspiros piadosos y un murmullo apagado. El relato del crimen
cometido ante el altar mayor corría de boca en boca y, si de pronto se oía una
voz elevada, era para maldecir al asesino que había desaparecido sin dejar rastro.
Esos cuatro días, que pasé casi
todo el tiempo solo en la capilla del jardín, ejercieron un efecto mucho más
decisivo para la salvación de mi alma que la larga y severa penitencia en el
monasterio capuchino de Roma. Las últimas palabras de Aurelia me habían
revelado el enigma de mis pecados, y también reconocí que, a pesar de estar
dotado de toda la fuerza de la virtud y de la devoción, no fui capaz por mi
cobardía de resistir a Satanás, empeñado en proteger a la estirpe criminal.
Todavía no había brotado la semilla del mal depositada en mi interior, cuando
vi a la hija del director de orquesta y el orgullo impío empezó a despertar,
pero entonces me puso Satanás el elixir en las manos, que hizo fermentar mi
sangre como un maldito veneno. No atendí los consejos y advertencias del pintor
desconocido, tampoco los del prior y los de la abadesa. La aparición de Aurelia
en el confesionario me convirtió definitivamente en un criminal. Engendrado por
el veneno, surgió el pecado como una enfermedad orgánica. ¿Cómo podía quien se
había entregado a Satanás reconocer el vínculo que el Poder del Cielo había
establecido entre Aurelia y yo como símbolo del amor eterno? Satanás me unió
con malicia a un demente, en cuyo ser penetré. Del mismo modo podía él influir
espiritualmente en mí. Su muerte aparente, probablemente un artificio del
demonio, tenía que suscribírmela a mí. El crimen me familiarizó con el
pensamiento de la muerte que siguió al engaño del diablo. Así, el hermano
engendrado por el pecado representaba el principio animado por el demonio, que
me hizo cometer los ultrajes más impíos y me llevó de un lado a otro sufriendo
los tormentos más crueles. Hasta el momento en que Aurelia prometió su
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voto, siguiendo la decisión del
Poder eterno, mi alma no estaba pura de pecado. Hasta ese momento el Enemigo
tenía poder sobre mí. Pero la maravillosa tranquilidad interior, como si fuese
una serenidad irradiada de lo alto, que me invadió cuando Aurelia pronunció sus
últimas palabras, me convenció de que la muerte de Aurelia suponía el perdón de
los pecados. Cuando en el solemne réquiem el coro entonó las palabras
Confutatis maledictis flammis acribus addictis me sentí elevado, pero cuando
llegó el Voca me cum benedictis me pareció ver a Aurelia con una claridad
luminosa y celestial. Me miró desde las alturas y, luego, rodeada su cabeza por
un anillo de estrellas resplandecientes, se elevó hasta el Ser superior para
pedir la salvación eterna de mi alma. ¡Oro supplex et acclinis cor contritum
quasi cinis! Me arrojé al suelo, pero qué poco se parecía mi sentimiento, mi
súplica humillada a la apasionada contrición y a los crueles y salvajes
ejercicios de penitencia en el monasterio capuchino. Sólo ahora poseía mi
espíritu la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso. Con esta
claridad de conciencia fracasaría todo nuevo intento del demonio de someterme a
prueba. No la muerte de Aurelia, sino la forma horrible en que se produjo fue
lo que me estremeció en los primeros instantes. Pero pronto reconocí que el
favor del Poder eterno había reservado para ella lo mejor: ¡El martirio de la
inmaculada novia de Cristo! ¿Había desaparecido entonces para mí? ¡No! Sólo
ahora, cuando había abandonado este mundo lleno de penas, era para mí el puro
rayo del amor eterno que vivía en mi pecho.
¡Sí! La muerte de Aurelia fue la
consagración del amor que, como ella misma dijo, sólo reina por encima de las
estrellas y no posee nada en común con el amor terrenal. Estos pensamientos me
elevaron sobre mi «yo» temporal, y así aquellos días en el convento
cisterciense fueron los más benditos de mi vida.
Después de la inhumación, que
tuvo lugar al día siguiente, Leonardo quiso regresar con los hermanos a la
ciudad. La abadesa dijo que me llevasen hasta ella cuando estábamos a punto de
partir. La encontré sola en la habitación, muy impresionada y llorando
continuamente.
—¡Lo sé todo, todo, Medardo, hijo
mío! Sí, vuelvo a llamarte de esta manera porque has superado todas las pruebas
que a ti, infeliz y digno de misericordia, se te han impuesto. Ay, Medardo,
sólo ella, sólo ella, que será nuestra intercesora ante el Trono de Dios, está
libre de pecado ¿No me encontraba al borde del abismo cuando, poseída por el
placer terrenal, quise entregarme al asesino? ¡Y, sin embargo, hijo Medardo, he
derramado lágrimas criminales en la celda solitaria recordando a tu padre!
¡Vete, hijo mío! La duda de que quizá la culpa que me imputaba a mí misma había
creado en ti a un pecador impío ha desaparecido de mi alma.
Leonardo, que seguramente le
había revelado a la abadesa todo aquello de mi vida que todavía desconocía, me
demostró con su comportamiento que también él me había perdonado. Decidió que
había que dejar a la discreción del Altísimo la forma en que tenía que aparecer
ante su justicia. El orden del monasterio permanecía invariable, y me integré
en la vida monacal como antaño. Leonardo me dijo un día:
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—Quisiera, hermano Medardo,
imponerte todavía un ejercicio de penitencia.
Pregunté con humildad de qué se
trataba.
—Escribirás con exactitud la
historia de tu vida —respondió el prior—. No silenciarás ninguno de los
extraños acontecimientos que te han acaecido, ni siquiera los más banales,
sobre todo no omitirás los que te ocurrieron en tu periodo de vida mundana. La
fantasía te llevará de nuevo a los escenarios multicolores que has abandonado
para siempre, experimentarás otra vez todo lo cruel, placentero, doloroso,
burlesco, incluso es posible que contemples en ese momento a Aurelia de otro
modo, no como la monja Rosalía que sufrió el martirio. Pero si el espíritu del
mal te ha abandonado definitivamente, si te has apartado de todo lo mundano,
flotarás como un principio superior sobre todo lo ocurrido, y las impresiones
no dejarán ninguna huella.
Hice lo que el prior me ordenó.
¡Ay, pero ocurrió tal y como él dijo! Dolor y deleite, horror y placer, espanto
y encanto brotaron violentamente en mi interior, mientras escribía mi vida. ¡A
ti, que alguna vez leerás estas páginas, te hablo del amor de un tiempo
luminoso en el que la imagen de Aurelia aparecía ante mí llena de vida! Hay
algo superior al placer terrenal, que la mayoría de las veces sólo procura la
perdición a los seres humanos frívolos y necios. El amor espiritual es el
verdadero tiempo luminoso, cuando la amada, apartada del pensamiento del deseo
impío, enciende en tu pecho, como si fuese un rayo celestial, todo lo superior,
todo lo que desciende pleno de bendición del reino del amor. Este pensamiento
me confortó cuando, con el recuerdo en los momentos espléndidos que el mundo me
otorgó, brotaban lágrimas ardientes de mis ojos y todas las heridas hacía
tiempo cicatrizadas volvían a sangrar.
Sé que el Enemigo probablemente
tendrá todavía poder para atormentar al monje en la hora de su muerte, pero
aguardo resuelto, incluso con un anhelo ferviente, el instante en que se
acerque mi fin, pues será el instante en que se cumpla todo lo que Aurelia
—¡ah, la misma Santa Rosalía!— me prometió en su muerte. ¡Por favor, ruega por
mí, Santísima Virgen, para que en mi hora oscura el poder del infierno, al que
estuve tanto tiempo expuesto, no me someta y me arroje al lodazal de vicios de
la perdición eterna!
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APENDICE DEL PADRE SPIRIDION
BIBLIOTECARIO DEL MONASTERIO CAPUCHINO EN B.
En la noche entre el tres y el
cuatro de septiembre de 17** ocurrieron cosas extraordinarias en nuestro
monasterio. Sería medianoche cuando escuché en la celda contigua, perteneciente
al hermano Medardo, extrañas risas y un gemido ahogado y lastimero. Me pareció
oír claramente las siguientes palabras, pronunciadas por una voz horrible y
repulsiva:
«Ven conmigo, hermanito Medardo,
vamos a buscar a la novia». Me levanté y quise dirigirme a la celda de Medardo,
pero se apoderó de mí un espanto tan extraño que todos mis miembros se
estremecieron violentamente, como si hubiesen sido afectados por un escalofrío
febril. En vez de ir a ver a Medardo, fui a la celda de Leonardo al que, no sin
esfuerzo, pude despertar. Le conté todo lo que había oído. El prior se asustó
mucho, se levantó de un salto y me dijo que trajera los cirios consagrados para
ir luego los dos a la celda de Medardo. Hice lo que me ordenaron, encendí los
cirios con la lámpara que estaba ante la imagen de la Madre de Dios y subimos
las escaleras. Por mucho que escuchamos ya no pudimos oír la voz. En su lugar,
oímos un tañido de campanas, débil y armonioso. Pareció como si se extendiera
un ligero aroma a rosas. Nos acercamos más y la puerta se abrió de improviso.
Un hombre alto, con una capa violeta y una barba blanca y rizada, salió de la
celda. Yo estaba muy asustado, pues sabía muy bien que aquel hombre podía ser
perfectamente un espectro amenazante, ya que las puertas del monasterio
permanecían cerradas a cal y canto, por lo que ningún extraño podría haber
penetrado. Leonardo, sin embargo, le miró directamente y con valor, aunque sin
decir una palabra.
—La hora en que se cumpla el
destino no tardará en llegar —dijo la figura con voz solemne y baja,
desapareciendo a continuación por el oscuro corredor.
Mi inquietud aumentó tanto que mi
mano temblorosa estuvo a punto de dejar caer el cirio. El prior, que gracias a
su devoción y fortaleza en la fe, no tiene en mucho a los espectros, me tomó
del brazo y dijo:
—Ahora entraremos en la celda del
hermano Medardo.
Así lo hicimos. Encontramos al
hermano, que desde hacía tiempo se encontraba muy débil, agonizando. La muerte
le había paralizado la lengua, y sólo emitía ligeros estertores. Leonardo
permaneció a su lado mientras yo, tocando la campana y gritando: «levantaos,
levantaos, el hermano Medardo agoniza», despertaba a los demás hermanos. Se
levantaron, y no faltó ninguno cuando, con velas encendidas, nos dirigimos al
lecho de agonía de Medardo. Todos, incluso yo mismo, que había logrado superar
el miedo, nos sumimos en gran pesadumbre. Transportamos al hermano Medardo en
una camilla hasta la iglesia del monasterio y lo dejamos ante el
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altar. Entonces, ante nuestro
asombro, se recuperó algo y comenzó a hablar. El mismo Leonardo, después de una
completa confesión y de la absolución, le administró los Santos Óleos. Después,
mientras Leonardo todavía permanecía a su lado y hablaba con él, nos fuimos al
coro y entonamos los cantos fúnebres acostumbrados para pedir la salvación del
alma del hermano agonizante. Justo cuando la campana del monasterio tañía al
día siguiente por duodécima vez, es decir al mediodía del cinco de septiembre
de 17**, Medardo moría en los brazos del prior. Nos dimos cuenta de que era el
mismo día y la misma hora en que la monja Rosalía, el año anterior, de forma
horrible y después de prometer su voto, había sido asesinada. Durante el
réquiem y la inhumación sucedió todavía lo siguiente. En el réquiem se extendió
un fuerte aroma a rosas. Advertimos que ante el bello cuadro de Santa Rosalía
—que al parecer fue obra de un pintor italiano desconocido, comprado por un
precio ridículo a un monasterio capuchino, situado en la región de Roma, que se
quedó a su vez con una copia—, había un ramo de bellas rosas, muy raras en esa
época del año. El hermano portero dijo que por la mañana muy temprano un
pedigüeño de aspecto miserable, pasando inadvertido, había subido al altar y
fijado el ramo de flores en el cuadro. El mismo pedigüeño se encontraba en el
entierro y se abrió paso entre los hermanos. Quisimos rechazarle, pero después
de que el prior le mirase fijamente, nos ordenó que le tolerásemos junto a
nosotros. Posteriormente le aceptó como hermano lego en el monasterio. Le
llamábamos Pedro, ya que su nombre en el mundo había sido Pedro Schönfeld. Le
dejamos el orgulloso nombre porque era muy tranquilo y alegre de ánimo, hablaba
poco y sólo muy raras veces reía algo burlón, lo que no era en absoluto
pecaminoso y a nosotros nos gustaba. El prior Leonardo dijo una vez que la luz
de Pedro se había extinguido debido al vaho de la locura, que, en su interior,
se había transformado en la ironía de la vida. No comprendimos nada de lo que quería
decir el sabio Leonardo con estas palabras. Sin embargo pudimos percibir que
conocía al hermano lego Pedro desde hacía mucho tiempo. De este modo he
añadido, con precisión y no sin esfuerzo ad majorem Dei gloriam, a las páginas
que presumiblemente contienen la vida del hermano Medardo, que yo no he leído,
las circunstancias de su muerte. Paz y tranquilidad al hermano fallecido. Que
el Señor del Cielo le permita resucitar alegremente y le admita en el coro de
los hombres santos, ya que murió con mucha devoción.
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ERNEST THEODOR AMADEUS HOFFMANN
(Königsberg, hoy Kaliníngrado, Rusia, 1776-Berlín, 1822). Escritor y compositor
alemán. Hijo de un abogado, su tercer nombre era originalmente Wilhelm, pero
más tarde adoptó el de Amadeus en honor a Mozart. Estudió derecho en
Königsberg, y empezó en Glogau su carrera administrativa, que lo llevó a
Berlín, Poznan y Plock. De 1804 a 1807 residió en Varsovia, donde vivió una
época de intensa actividad profesional y artística: creó una orquesta, organizó
conciertos y se dedicó a la composición.
La invasión napoleónica le obligó
a regresar a Berlín, ciudad que abandonó en 1808 para trasladarse a Bamberg, en
Baviera, donde residió hasta 1813 viviendo en exclusiva de su arte: trabajó en
el teatro que dirigía su amigo Holbein y se dedicó a tareas tan diferentes como
director de orquesta y arquitecto. Fue en esta época cuando publicó sus
Fantasías a la manera de Callot (1814-1815). En 1814 aceptó el cargo de
consejero de justicia del tribunal de Berlín, sin que por ello se resintiera su
ingente producción literaria de aquellos años.
Su fama se debe más a su obra
como escritor que a sus composiciones. Adscrito al Romanticismo, donde más
destacó su gran personalidad fue en sus cuentos fantásticos, en los que se
mezclan el misterio y el horror, y que han alcanzado fama universal. En ellos
crea una atmósfera en ocasiones de pesadilla alucinante, y aborda temas como el
desdoblamiento de la personalidad, la locura y el mundo de los sueños, que
ejercieron gran influencia en escritores como Victor Hugo, Edgar Allan Poe y el
primer Dostoievski.
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Las historias de Hoffmann son
«siniestras», en el sentido que dio Freud a esta expresión: el efecto de horror
y extrañamiento que produce la repentina realización en el mundo real de los
temores supersticiosos o infantiles. Muchas de sus novelas cortas más famosas
fueron reunidas en dos volúmenes bajo el título de Piezas fantásticas
(1814-1815), que también contienen una colección de crítica musical y sus
propias ilustraciones. El cariz fantástico de la mayor parte de estas obras
atestigua la viva imaginación del autor, que se apoya en sus grandes y sutiles
dotes de observación. Sueño y realidad se confunden en el espíritu del autor
que percibe — como él mismo dejó dicho— las cosas «invisibles para los ojos
terrenos».
La rica imaginería literaria de
Hoffmann inspiró a Jacques Offenbach su ópera Cuentos de Hoffmann, tal como
Chaikovski transformó su cuento Cascanueces en un ballet en 1892 y Léo Delibes
se basó también en el escritor para la creación de su ballet Coppélia en 1870.
Del mismo modo, Kreisler, uno de los personajes de uno de sus cuentos, Las
opiniones del gato Murr sobre la vida, inspiró a Robert Schumann su obra para
piano Kreisleriana. Hoffmann escribió también numerosas piezas para piano,
música de cámara, lieder, coros, música religiosa y óperas, entre las que
destaca por su calidad Ondina (1816), ópera romántica que ejerció cierta
influencia sobre Weber. En su labor como crítico musical, fue un entusiasta de
Beethoven.
Notas
[1] B hace referencia a Bamberg. El 9 de febrero de 1812 Hoffmann
visitó, acompañado del editor Kunz, el monasterio capuchino situado en esta
ciudad, que le causó una profunda impresión. Hoy en día, tras su
secularización, ha pasado a ser el colegio Clavius. El nombre actual de la
calle, Kapuzinerstraße 29, recuerda a la Orden que rigió el monasterio. (N. del
T.). <<
[2] Se trata de un monasterio situado en Prusia Oriental, que
constituía un lugar de peregrinación. (N. del T.). <<
[3] Probablemente Hoffmann tomó como modelo el monasterio en Dorf
Ebrach, en las cercanías de Bamberg, que era de monjes cistercienses y no de
monjas. (N. del T.).
[4] 20 de agosto. (N. del T.). <<
[5] Famoso
seminario en Bamberg que todavía hoy goza de prestigio. (N. del T.).
[6] 8 de junio. (N. del T.). <<
[7] «Ordo Fratrum Minorum Capuccinorum», desde 1535 nombrados en
documentos papales como «Capucini». Voto de extrema pobreza, vida eremita. Su
actividad se concentra en el cuidado de enfermos y en trabajos artesanales.
Hábito marrón con capucha y capa pequeña, y sandalias. (N. del T.) <<
[8] El noviciado es el periodo de prueba. Normalmente dura un año, en
el que el aspirante puede abandonar por propia voluntad o ser expulsado. La
mención del noviciado se remonta al año 869; se reguló por vez primera en el
cuarto Concilio de Constantinopla. (N. del T.). <<
[9] Medardo fue obispo de Noyon y de Tournay (? - 560 o 545). Aparece
frecuentemente representado con un libro en la mano y, a su lado, un buey;
otras veces rezando para que cese la lluvia. Es patrón de los labradores. No se
sabe con certeza el motivo que indujo a Hoffmann a elegir este nombre, quizá
aparece aquí una vez más su sentido irónico: según se cuenta, un demente fue
curado inmediatamente después de que le impusieran una reliquia del santo.
Maasen cree que Hoffmann eligió a Medardo porque de él se dice que «logró
contener sus deseos carnales a una edad en la que apenas se sabe qué es lo que
significa mantener la castidad». (N. del T.). <<
[10] La historia de los frascos y de la tentación se cuenta realmente de
San Macario de Alejandría y no de San Antonio. Hoffmann pudo leerla en el libro
Sobre la soledad de J. G. Zimmermann. (N. del T.). <<
[11] (11). El 17 de enero. (N. del T.). <<
[12] Debe
de tratarse de un error de Hoffmann, ya que Santa Rosalía no murió mártir.
Santa Rosalía de Palermo protegía contra la peste. La descripción que hace
Hoffmann se adapta perfectamente al cuadro de Van Dick, «Rosalía en adoración»,
conservado en el Museo Nacional de Palermo. (N. del T.). <<
[13] Músico famoso. Su nombre real era Johann Wenzel Stich, pero lo
cambió cuando huyó de la servidumbre del conde de Thun.(N. del T.). <<
[14] Ambos nombres, tomados de la mitología griega, simbolizan la
fidelidad y la amistad. (N. del T.). <<
[15] Juego de cartas. (N. del T.). <<
[16] Hoffmann cita palabras de Falstaff en la obra Enrique IV de
Shakespeare, Primera Parte, 11,4. Cambises fue un rey persa del siglo VI a. C.,
famoso por su crueldad. (N. del T.). <<
[17] Hoffmann juega aquí de nuevo con otro verso de Shakespeare, esta vez
de su Sueño de una noche de verano. (N. del T.). <<
[18] Pílades,
amigo de Orestes, le acompañó en su huida de las Furias. (N. del T.).
[19] Bailarines del Ballet de la Ópera de París. (N. del T.). <<
[20] Polvos finos, compuestos principalmente de talco y óxido de zinc,
empleados para el cuidado del cuerpo y también con fines medicinales. (N. del
T.). <<
[21] Manicomio
en Bamberg. Su director, el Dr. A. F. Markus, era amigo de Hoffmann y tuvo una
carrera brillante. (N. del T.). <<


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