© Libro N° 12042.
Los Engendros De Dagón. Kuttner,
Henry. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
The Spawn Of Dagon, Henry Kuttner (1915-1958)
Versión Original: © Los Engendros De Dagón. Henry Kuttner
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Henry Kuttner
Los
Engendros De Dagón
Henry
Kuttner
Dos
arroyos de sangre se deslizaban lentamente por el suelo áspero. Uno de ellos
emergía de una herida en la garganta de un cuerpo postrado y poderosamente
armado; el otro salía desde una hendidura de la golpeada coraza. La luz
oscilante de una lámpara colgante dibujaba sombras grotescas sobre el cadáver y
sobre los dos hombres encuclillados a su lado. Los dos estaban borrachos. Uno
de ellos, un hombre de gran estatura y extremadamente flaco, cuyo cuerpo
parecía carecer de huesos -tan suelto era-, murmuró:
—He
ganado, Lycon. La sangre tarda en correr, cosa extraña, pero el torrente que he
desencadenado llegará pronto a esta grieta.
Señaló
una separación entre dos tablas con la punta de su estoque. Los ojos como de
niño de Lycon se abrieron asombrados. Era pequeño, grueso, con cara
notablemente parecida a la de un simio sobre los amplios hombros., Templó un
poco al balbucear:
—¡Por
Ishtar! ¡La sangre sube hasta los cerros!
Se burló
Elak, el flaco:
—Después
de todo, la aloja con la que te emborrachas tanto, podía correr cerro arriba.
Bien, la cosa se ha decidido. El botín es mío.
Se
levantó y se acerco al hombre muerto. Le buscó rápidamente entre la ropa y, de
súbito, maldijo con furia.
—¡El
cerdo va tan desnudo como una vestal de Baco! No lleva bolsa.
Lycon
sonrió a toda boca y más que nunca se pareció a un mono subdesarrollado.
—Los
dioses velan por mí -dijo satisfecho.
—De todos
los millones de Atlantis, tenias que pelearte con un mendigo —rugió Elak—.
Ahora deberemos huir de San-Mu, tal como tus peleas nos obligaron a huir de
Poseidonia y de Kornak. Y esta bebida de San-Mu es la bestia de la tierra. Si
querías armar lío, ¿por qué no escogiste un usurero gordo? Por lo menos nos
habríamos resarcido por la molestia.
—Los
dioses velan por mí —repitió Lycon.
Se
inclinó hacia delante y luego se volvió a erguir, riéndose solo. Se inclinó
demasiado y cayó de nariz. Se quedó inmóvil. Algo se deslizó del seno de su
túnica y produjo un ruido metálico al caer sobre el suelo de madera. Lycon
roncaba. Elak, que sonreía de modo nada agradable, se apropió de la bolsa y
averiguó su contenido.
—Tus
dedos son más rápidos que los míos -dijo al caído Lycon-. Pero aguanto más la
bebida que tú. La próxima vez no trates de engañar a quien tiene más
inteligencia en el dedo gordo del pie que tú en todo tu cuerpo contrahecho.
¡Basura de mono! Levántate, que viene el posadero con soldados.
Se guardó
la bolsa en el cinturón y pateó sin misericordia a Lycon. Pero el pequeño
ladrón no se despertaba. Elak, lanzando toda clase de maldiciones, se puso
sobre los hombros el cuerpo del otro y avanzó hacia el fondo de la taberna. El
distante estruendo de gritos en la calle aumentó de volumen. A Elak le pareció
escuchar las quejas del posadero.
—¡Habrá
venganza, Lycon! —le prometió amargamente—. ¡Ya ajustaremos cuentas! ¡Por
Isthar, sí! Ya aprenderás...
Se abrió
paso por una cortina dorada y avanzó deprisa por un corredor, abrió una puerta
de madera y se encontró en la calle detrás de la taberna. Encima, las frías
estrellas parpadeaban como escarcha celestial; y el viento que golpeó la cara
de Elak le dejó un poco más sobrio. Lycon se estiraba y retorcía soñoliento en
sus brazos.
—¡Más
alcohol! —murmuró—. ¡Oh, dioses ¿No hay más alcohol?
Una
lágrima caliente le cayó a Elak en el cuello y se quedó un momento considerando
la nada desagradable idea de dejar abandonado a Lycon a merced de los guardias.
Los soldados de San-Mu no gozaban fama precisamente de bondadosos, y los
relatos sobre lo que hacían a sus cautivos eran molestamente explícitos. Sin
embargo, corrió por la calle enceguecido por la repentina irrupción de la
oscuridad, y se encontró de súbito con un rostro rugiente y barbudo, apenas
visible a la luz de las estrellas. Dejó caer a Lycon y cogió la espada. Ya el
soldado se precipitaba adelante blandiendo la gran espada. Entonces sucedió
aquello. Elak vio que la boca del guardia se abría de par en par, vio que los
ojos fríos se le llenaban de terror.
El rostro
del hombre era un abismo de miedo. Huyó desesperadamente. La punta de su espada
había pasado muy cerca de la cara de Elak. El soldado desapareció corriendo en
la sombra. Moviéndose como serpiente, Elak se volvió con la espada a punto.
Alcanzó a divisar un movimiento confuso. El hombre que tenía enfrente se había
llevado las manos rápidamente al rostro y las había vuelto a bajar con igual
rapidez. Pero no era un gesto amenazante. No obstante, Elak sintió un
escalofrío en la espalda, una sensación incómoda, inexplicable, al enfrentarse
con su liberador. Los soldados de San-Mu eran valientes, por más que les
faltara bondad y humanidad. ¿Qué cosa provocó el espanto del guardia?
Miró al
otro. Vio un hombre de mediana estatura, envuelto en voluminosos atavios de
color gris que le hacían casi invisible a aquellas horas. Vio un rostro de
rasgos regulares, estatuarios. Se hizo un agujero negro en la máscara blanca.
Una voz suave susurró:
—¿Ha
escapado de los guardias? No necesita más su espada. Soy amigo...
—¿Quién?
Pero no hay tiempo para conversar. Gracias y adiós.
Elak se
inclinó y volvió a ponerse a Lycon sobre los hombros. El hombrecito pestañeaba
y pedía más alcohol. El rápido crecer del ruido provocado por muchos pies
corriendo y la proximidad de varias antorchas que seguían acercándose, creó
extraño ambiente de luz, sombras y ruidos en torno a los tres hombres.
—Aquí
—susurró el hombre de las vestiduras grises—. Estaréis a salvo.
Elak notó
que en la muralla de piedra que tenía al lado se estaba abriendo un rectángulo
negro. Atraveso el portal sin vacilar. El otro le siguió y quedaron
instantáneamente en la más completa oscuridad, mientras una puerta invisible
giraba crujiendo sobre viejos goznes. Elak sintió que una mano suave le tocaba
en el hombro. ¿O no era una mano? Por un segundo, tuvo la increíble sensación
de que la carne que le había tocado no pertenecía a ningún cuerpo humano. Era
tan suave, ¡tan fría! Se le encogió la piel al sentir el contacto de la cosa.
Se separó y sintió el roce de las vestiduras grises de nuevo. Las agarró.
—¡Sigame!
Elak
avanzó silenciosamente, agarrado al vestido gris del guía y con Lycon sobre los
hombros. Elak no podía imaginarse cómo se las arreglaba el otro para caminar en
la oscuridad. Debía saber de memoria el camino. Pero el corredor -o el
pasadizo, más bien- doblaba y se torcía infinidad de veces a medida que iban
descendiendo. Hasta que Elak tuvo la sensación de que se estaba moviendo por un
espacio más amplio, por una caverna quizá. Los pasos le sonaban de manera
distinta. Y, en plena oscuridad, le llegaban susurros. Los susurros no eran en
ninguna lengua que conociera. Los murmullos sibilantes se arrastraban de modo
muy extraño; hicieron fruncir el ceño a Elak. Se llevó involuntariamente la
mano a la empuñadura de la espada.
—¿Quién
está aquí? —gruñó.
El guía
invisible gritó algo en el idioma misterioso. Inmediatamente cesaron los
murmullos.
—Está
entre amigos —le dijo suavemente una voz desde la oscuridad—. Casi hemos
llegado. Unos cuantos pasos más...
Unos
cuantos pasos más... Y las luces se encendieron. Estaban en una pequeña cámara
rectangular cavada en la roca. Las paredes nitrosas resplandecían a la luz de
la lárnpara de aceite, y un pequeño arroyo de agua atravesaba el suelo de roca
de la cueva y se perdía, entre ruidos de agua que se escurre cayendo, por un
agujero en la base de la pared. Se veían dos puertas. El hombre de las
vestiduras grises cerraba una de ellas. Una mesa desnuda y pocas sillas eran
todo el amueblado de la habitación. Elak aguzó el oído. Escuchaba algo... algo
que no debía escucharse en el interior de San-Mu. No podía equivocarse. Era el
sonido de las olas rompiendo en la distancia... De vez en cuando un golpe más
seco y rugiente: el ruido del agua al estrellarse contra la costa. Tiró sin
ceremonias a Lycon sobre una de las sillas. El hombrecito cayó adelante, sobre
la mesa, y metió la cabeza entre los brazos. Murmuró tristemente:
—¿No hay
alcohol en Atlantis? Me muero, Elak. Mi vientre es un árido desierto por el que
marchan los ejércitos de Eblis.
Gimió
tristemente unos instantes y luego se quedó dormido. Elak se sacó
ostentosamente la espada y la dejó sobre la mesa.
—Me
debeis una exphcación —dijo—. ¿Dónde estamos?
—Soy
Gesti —respondió el vestido de gris.
El rostro
lo tenía pálido como la cera, y más pálido parecía a la luz de la lámpara de
aceite. Sus ojos, hundidos profundamente, miraban de un modo muy extraño:
—Le salvé
de los guardias, ¿eh? No me va a negar eso.
—Ya se lo
agradecí —contestó Elak—. ¿Y bien?
—Necesito
la ayuda de un valiente. Y pagaré bien. Si le interesa, bueno. Si no, ya veré
el modo de que parta a salvo de San-Mu.
Elak se
quedó pensando.
—Es
verdad que tenemos muy poco dinero.
Recordó
la bolsa que tenía en el cinturón y sonrió torcidamente.
—No es lo
suficiente para que nos dure mucho, en cualquier caso. Quizá nos interesemos.
Aunque...
—¿Bien?
—Me
gustaría saber cómo se libró tan rápido del guardia que le agredió en la calle
detrás de la taberna.
—Esos
asuntos no me interesan —le susurró Gesti con su voz sibilante—. Los guardias
son supersticiosos y es fácil jugar con sus debilidades. ¡Dejemos eso!
Los fríos
ojos miraron cara a cara a Elak y éste se sintió vagamente amenazado. Esto era
peligroso. Sin embargo, el peligro rara vez le había detenido.
—¿Cuánto
pagará? —preguntó.
—Mil
monedas de oro.
—Cincuenta
mil copas de alcohol —murmuró Lycon entre sueños—. Acepta, Elak Te esperaré
aquL
La mirada
que Elak lanzó a su compañero demostraba muy poco cariño.
—No
ganarás nada —le prometió—. ¡Ni una sola moneda! —Se volvió a Gesti—. ¿Qué debe
hacerse para obtener esa recompensa?
—Matar a
Zend.
—¿A Zend?
¿Al mago de Atlantis?
—¿Tiene
miedo? —le preguntó Gesti, imperturbable.
—Por
cierto —contestó Lycon sin levantar la cabeza—. Sin embargo, si Elak no tiene,
puede matar a Zend y yo le esperaré aquí.
Sin
hacerle caso, Elak dijo:
—He oído
cosas muy raras sobre Zend. Sus poderes no son humanos. En realidad, hace más
de diez años que no se le ve por las calles de San-Mu. Dicen que es inmortal.
—Los
hombres son... locos.
Había tal
desprecio en los ojos y en la voz de Gesti, que Elak le miró fijamente. Parecía
que Gesti hacía comentarios sobre una raza ajena. El hombre del atuendo gris
continuó hablando rápidamente, como si advirtiera el curso de los pensamientos
de Elak.
—Hemos
abierto un pasaje bajo el palacio de Zend. Podemos entrar allí cualquier día.
Podríamos hacerlo esta misma noche. Te encomiendo dos tareas: matar a Zend y
hacer trizas la esfera roja.
—Esto es
enigmático. ¿De qué esfera me habla?
—Está
sobre el minarete más alto de su palacio. El poder le viene desde allí. En el
palacio hay un rico botín, Elak.. si así te llamas. Así te llamó el hombrecito.
—Elak o
zopenco o ladrón o borracho —exclamó Lycon, que se palpaba pensativamente la
túnica—. Todo eso junto. Llámele por cualquiera de esos nombres: le van bien.
¿Dónde está mi oro, Elak?
Pero, sin
esperar respuesta, se sumergió en la silla, se le cerraron los ojos y abrió la
boca para roncar. Por fin, se cayó de la silla y rodó bajo la mesa. Allí se
quedó quieto.
—¿Qué
demonios puedo hacer con él? —preguntó Elak—. No lo puedo llevar conmigo. Es...
—Déjelo
aquí —dijo Gesti.
Los fríos
ojos de Elak enfrentaron los del otro.
—¿No le
pasará nada?
—Nada en
absoluto. Nadie conoce, a excepción de nosotros, este pasaje subterráneo.
—¿Qué
grupo es este? —preguntó Elak.
Gesti no
dijo nada durante bastante tiempo. Después susurró:
—¿Necesitas
saberlo? Un grupo político reunido para derrocar al rey de San-Mu y a Zend, de
quien aquél recibe el poder. ¿Tienes más preguntas que hacer?
—No.
—Entonces
sígueme.
Gesti
condujo a Elak basta una de las puertas de madera; la abrió completamente y
avanzaron por un pasaje lateral. Elak tropezó en la oscuridad. Sintió que la
túnica de Gesti le rozaba la mano y la agarró. Ascendieron por una escalera
tallada en la roca. En plena oscuridad. A medio camino, Gesti se detuvo.
—No puedo
continuar —susurró—. El camino es estrecho. Al final de la escalera hay una
trampa de piedra. Abrela. Estarás dentro del palacio de Zend. Aquí tienes un
arma para ti —Le pasó un tubo de metal—. Simplemente tienes que apretar a los
lados y apuntar hacia Zend el extremo más pequeño. ¿Comprendido?
Elak
asintió. Y aunque Gesti dificilmente pudo ver su gesto en la oscuridad, le
susurró:
—Bien.
¡Que Dagón te guarde!
Se volvió
y se marchó. Elak sentía el roce de sus vestiduras muriendo en la distancia.
Empezó entonces a subir las escaleras. Dagón. ¿Era Gesti un sirviente suyo, un
sirviente del prohibido dios maligno del océano? Poseidón, el buen dios del
océano, tenía templos de mármol en toda la tierra. Pero el culto de Dagon hacía
siglos que se había prohibido. Existían muchas leyendas sobre otra raza cuyo
dios era Dagon, una raza que no provenía de la humana ni tenía que ver con nada
de la tierra. Elak se abrió paso hacia arriba. Apretaba la extraña arma.
Al fin se
estrelló la cabeza dolorosamente contra una piedra. Maldijo en voz baja y tentó
en la oscuridad. Era la trampa de la cual le hablara Gesti. Dos cerrojos se
deslizaron sobre bien aceitados goznes. Y la puesta se levantó fácilmente,
apenas Elak le aplicó la fuerza de sus hombros. Se encaramó en la semioscuridad
y apareció en una pequeña habitación en la que la luz se filtraba por una
estrecha ventana muy alta en la pared. Una rata chilló y huyó despavorida
apenas se irguió sobre los pies. La habitación estaba en desuso, aparentemente.
Elak avanzó poco a poco hacia la puesta. La abrió lentamente, con mano
cuidadosa. Ante él se abría un corredor. Algunas piedras brillantes, dispuestas
en el techo y los zócalos de trecho en trecho, desprendía la débil luz azul que
apenas lo iluminaba. Elak se dirigió hacia la parte alta del corredor. Gesti le
había dicho que la esfera roja estaba en el minarete más alto y cuyas
irradiaciones rojas hacían invencible a Zend.
Elak vio
la cabeza en un nicho de la pared. La impresión le dejó helado, asombrado. Era
una cabeza sin cuerpo, instalada sobre un pedestal dorado dentro de una pequeña
hendidura de la pared, con las mejillas hundidas y el cabello desordenado ¡Pero
los ojos brillaban con increible vida! ¡Esos ojos le estaban mirando!
—¡Ishtar!
—suspiró Elak—. ¿Qué brujería es esta?
Pronto lo
descubrió. Los pálidos labios del monstruo se estremecieron y torcieron y desde
ellos salió un grito de alarma.
—¡Zend!
¡Zend! Un extraño recorre tus...
Voló la
espada de Elak. Apenas hubo sangre. Sacó la espada del ojo, murmurando
plegarias a todos los dioses y diosas que pudo recordar. Se abrieron las flacas
mandíbulas y una lengua ennegrecida e hinchada se escurrió entre los dientes.
Un párpado rojo y morado cayó sobre el ojo que Elak no había traspasado. No se
escuchaba nada apane del incesante jadear de Elak. Observó la cosa monstruosa
del nicho y, seguro de que ya no era más una amenaza, reemprendió la marcha
hacia la parte alta del corredor. ¿Habría oído Zend la advertencia de su
centinela? Si era así, el peligro le debía estar rodeando por todas partes. Una
cortina plateada pendía a través del corredor. Elak la rasgó y, al observar el
otro lado, se quedó completamente frío. Un enano de no más de un metro veinte
de estatura y una cabeza desproporcionadamente grande y piel gris y arrugada se
le acercaba corriendo. Elak se imaginé que debía ser Zend. Así lo había oído
describir en las leyendas que corrían sobre él. Detrás del brujo caminaba a
grandes pasos un gigante semidesnudo que llevaba sobre los hombros la flexible
forma de una mujer joven. Elak saltó a un lado y se dio cuenta de que había
tardado demasiado. Zend cruzó la cortina de plata cuando Elak empezaba a correr
hacia la parte baja del pasadizo.
Divisó un
rectángulo negro a su lado, otro corredor que había visto de reojo al pasar
hacia arriba un momento antes. Se precipitó a esa oscuridad protectora. Cuando
pasara Zend le mataría y trataría de enfrentarse después con el gigante.
Recordó la fuerte musculatura que pudo apreciar bajo la piel blanca y como
muerta del gigante y no se dio muchas posibilidades de éxito. Se dio cuenta, en
ese instante, que el gigante le parecía conocido. Entonces recordó. Dos días
antes había visto degollar a un hombre, a un criminal en el templo de Poseidón.
No había error. El gigante era ese hombre. ¡Zend le había devuelto la vida con
su magia maligna!
—Ishtar
—susurró Elak transpirando—. Mejor haber muerto en manos de los guardias. ¿Cómo
podría matar a un hombre ya muerto?
Elak
vaciló con la espada a medio sacar. No tenía objeto evitar el problema. Se
mantendría escondido y a salvo hasta que Zend se separara de su fantasmal
sirviente. Entonces sería muy fácil poner seis pulgadas de hierro dentro de]
cuerpo del brujo. Elak nunca gustó de tomarse riesgos innecesarios y tenía
buena vista desde su escondite. Escucho un raspar de pasos y se refugió en el
corredor lateral para dejar pasar a Zend. Pero el brujo se volvió de súbito y
empezó a subir por el corredor donde se había refugiado Elak. Zend llevaba en
la mano una piedra brillante cuyo resplandor iluminaba el pasaje, aunque
débilmente. Elak huyó. El corredor era estrecho y empinado y terminaba en una
muralla que cerraba el paso. Detrás suyo crecía en la distancia el ruido de los
pasos.
Palpó
desesperadamente en la oscuridad. Si había un sitio donde esconderse, no lo
pudo encontrar en todo caso. Se le iluminó el rostro con una breve sonrisa: el
pasaje era muy estrecho. Si podía... Se apoyó con las palmas de la mano en una
pared y con los pies desnudos en la otra. Cara al suelo, rápido, con los
músculos realizando esfuerzo máximo, se elevó hasta la parte más alta. Quedó a
salvo: hasta el gigante podía pasar por debajo. Allí se quedó, mirando para
abajo. Sólo un hombre muy fuerte podía haber hecho eso. Si Elak hubiera sido un
poco más pesado, el esfuerzo le habría resultado imposible. Le dolían
espantosamente tanto los hombros como los muslos por la fuerza que debía hacer
para mantenerse en su posición.
El trío
se aproximaba. Si miraban para arriba, Elak estaba dispuesto a usar su espada o
la extraña arma que le diera Gesti. Pero, aparentemente, no le descubrieron,
escondido, como estaba, por las sombras del techo. Divisó vagamente a la
muchacha que llevaba el gigante. ¡Una hermosa ramera! Pero, por supuesto, Zend
debía escoger las doncellas más atractivas para sus brujerías y nigromancias.
—Si ese
monstruo muerto vivo no estuviera presente —gruñó—, me dejaría tentar de caer
en la cabeza de Zend. La muchacha me lo agradecería, sin duda.
Estaba
inconsciente, por el momento. La cabellera, larga y negra, le cubría las
mejillas y se le estremecían unos oscuros pendientes y los negros rizos con
cada movimiento del gigante. Zend, debajo, palpaba la muralla. Se deslizó la
suave y lisa superficie de piedra y el enano gris pasó a lo que había más allá.
El gigante le siguió y la puerta volvió a cerrarse. Elak juró silenciosamente,
aliviado, y se dejó caer con suavidad. Se sacudió las manos en la túnica de
cuero. Sangraban, y sólo la dureza de la planta evitó que le sucediera lo mismo
en los pies. Esperó un poco y tanteó la pared en la oscuridad. Encontró la
cerradura secreta. Se corrió la puerta con ruido bajo y breve.
Elak se
encontró en un corto corredor que terminaba en otra cortina plateada. Avanzó y,
aliviado, notó que la puerta permanecía abierta a sus espaldas. Detrás de la
cortina de plata había una habitación enorme, abovedada, con grandes ventanas
abiertas a través de las cuales se filtraba con fuerza el viento de la noche.
La habitación resplandecía con el brillo de las piedras azuladas que había en
el techo y en las paredes y formaban extraños arabescos. A través de una de las
ventanas, Elak alcanzó a ver la luna. Tres arcos, cada uno con una cortina,
rompían la superficie de la pared del fondo. La habitación misma, rica en
ornamentos, en sedas y cojines, estaba vacía. Elak la atravesó sin ruido y
levantó la cortina del primero de los arcos.
Le cegó
una luz blanca potentísima. Había visto antes, brevemente, tremendas fuerzas,
fuerzas ciclópeas dispuestas a destrozar cuanto se les opusiera. Ahora no veía
nada. Sólo una habitación vacía. ¡Pero él sabía que no lo estaba! Un poder
inimaginable salía por detrás de ese arco y estremecía cada átomo del cuerpo de
Elak. Su rostro se reflejaba en resplandecientes paredes de acero. Y en el
piso, en pleno centro de la habitación, vio una piedra de color fango. Eso era
todo. Pero alrededor de la piedra surgía una ola tan grande de poder, que Elak
tiró la cortina y se retiró con los ojos llenos de terror. Se fue rápidamente
hacia la otra cortina y miró temeroso a su través. Contempló una habitación
pequeña, llena de alambiques, retortas y otros instrumentos de Zend. El gigante
pálido estaba sentado silenciosamente en un rincón. La muchacha, todavía
inconsciente, yacía sobre una mesa baja. Sobre ella se movía el enano gris, con
un frasco pequeño de cristal en la mano. Lo sacudió. Cayó una gota. Elak
escuchó la voz áspera de Zend.
—Una
nueva sirviente... una nueva alma para servirme. Cuando tenga llena el alma, la
enviaré a Antares. Allí existe un planeta donde se conoce mucha magia. Quizá
pueda aprender otros secretos...
Elak se
volvió a la última habitación. La cortina cubría una escalera. Desde la cima
brillaba una luz rosa. Recordó las palabras de Gesti: «¡Destruye la esfera
roja, de allí viene su poder!»
¡Bien!
Rompería primero la esfera y después destruiría a Zend, que ya carecería de
poder y sería presa fácil. Elak saltó ágilmente y empezó a subir las escaleras.
Sintió un grito gutural por detrás.
—¡Eblis,
Ishtar y Poseidón! ¡Protegedme! —gritó Elak.
Estaba ya
en la cima de la escalera, en una habitación de alta cúpula por cuyas estrechas
ventanas penetraba la luz de la luna. Era la habitación de la esfera. La gran
esfera yacía colgando de un recipiente de plata. Brillaba con iridiscencias
rosadas y rojas, y de ella salían tubos y alambres que se perdían en las
murallas. Era casi de la mitad del tamaño de Elak. Su brillo era muy suave pero
hipnóticamente intenso. Se quedó un momento inmóvil, mirando. Detrás suyo
sintió los pasos de alguien en la escalera. Se volvió y se encontró con el
pálido gigante que subía. Una cicatriz verdosa le cruzaba el cuello. Tenía
razón, por lo tanto. Era el criminal que vio que ejecutaban, y que Zend debía
haber vuelto a la vida por obra y gracia de sus poderes mágicos. Enfrente de
peligros reales, Elak olvidaba a los dioses y recurría a la espada. Las
oraciones, había descubierto, no detenían el puñal ni las manos que querían
estrangular. Sin hacer el menor ruido, el gigante se precipitó sobre Elak que
se dobló bajo las manos poderosas, pero clavó hasta el fondo su estoque en el
pecho de su oponente. La espada se dobló peligrosamente. La retiró justo a
tiempo para evitar que se quebrara.
Quedó
vibrando sonoramente. El gigante parecía intacto. Pero la espada le había
atravesado el corazón. No sangraba absolutamente nada. La batalla no fue muy
larga y terminó en la ventana. Los dos hombres patinaban y resbalaban por la
habitación. Arrancaban multitud de alambres y tubos de sus emplazamientos. La
lucha era furiosa. Repentinamente la luz roja de la esfera disminuyó. Se
extinguió. En ese mismo instante, Elak sintió que las manos del gigante le
rodeaban la cintura. Antes de que le pudiera apretar, se dejó caer. La luna se
filtraba por una ventana exactamente a su lado. Empezó a golpear
desesperadamente al gigante en las piernas, tratando de hacerle caer. El
gigante se desplomó. Cayó tal como cae un árbol, sin intentar aminorar la
fuerza de la caída. Movió las manos como garras en busca de la garganta de Ela
Pero éste empujaba con todas sus fuerzas, frenéticamente, a la masa blanca,
fría y musculosa. Trataba de tirarla por la ventana. Se balanceó, se
derrumbó... y cayó.
No gritó.
Poco después se oyó el ruido sordo y pesado. Elak se levantó y recuperó la
espada, y dio gracias a Ishtar por su liberación. Porque, pensó, un poco de
cortesía no cuesta nada y, aunque fue mi habilidad y no la fuerza de Ishtar lo
que me libró, uno nunca sabe... También había otros peligros que enfrentar y,
si los dioses son caprichosos, mucho más lo son las diosas. Un alarido de la
parte baja le hizo correr escaleras abajo con la espada preparada. Zend corría
hacia él, con el rostro grisáceo de terror. El enano vaciló al verle.
Se
detuvo. Por detrás suyo se sentía un murmullo sordo de muchas voces. Elak le
esperó al pie de la escalera. Entró una horda de pesadilla. Por el mismo
pasadizo por donde lo hiciera Elak. A la vanguardia venía Gesti, con sus
ornamentos grises y su cara blanca tan impasible como siempre. Detrás suyo los
seres más horrorosos reptaban, saltaban y se tambaleaban. Elak recordó las
voces que oyera murmurar en la caverna subterránea y supo ahora qué clase de
criaturas eran las que así hablaban. Una raza que no provenía de seres humanos
ni terrenales...
Tenían el
rostro como peces con la mirada fija y como máscaras, picos de loro y grandes
ojos cubiertos de una película transparente. Los cuerpos eran cosas amorfas,
medio gelatinosas, medio sólidas, como los calamares. Varios tentáculos móviles
les salían irregularmente del cuerpo. Eran los engendros de un universo de
locura y se acercaban corriendo erizados y blasfemos. El estoque se movió en
vano y cayó sobre las piedras junto con Elak. Luchó inútilmente un momento,
escuchando los gritos agudos y agónicos del brujo. Los tentáculos fríos le
estaban rodeando y le cegaban con sus colas constrictoras. Repentinamente
desapareció el peso que le mantenía indefenso.
Descubrió
que le habían atado fuertemente de pies y manos con cuerdas poderosas. Luchó
por liberarse. En vano. Se quedó quieto. Descubrió que a su lado yacía,
igualmente amarrado, el brujo. los seres de pesadilla se movían en orden y con
rapidez hacia la habitación en la cual Elak sintió aquel poder tremendo que
dependía de la piedra oscura. Desaparecieron por detrás de la cortina y junto a
Elak y al brujo sólo quedó Gesti. Estaba de pie, mirándoles a los dos, con el
blanco rostro inmóvil.
—¿Qué
traición es esta? —le preguntó Elak sin muchas esperanzas?—. Déjame libre y
dame mi oro.
—No
necesitas el dinero. Morirás muy pronto —se limitó a decirle Gesti.
—¿Eh?
¿Por qué?...
—Necesitamos
sangre humana fresca. Por eso no matamos a Zend. Necesitamos vuestra sangre.
Pronto estaremos listos.
Por
detrás de la cortina de plata surgió una explosión de susurros sibilantes. Elak
le preguntó:
—¿Qué
clase de demonios son esos?
—¿Usted
se lo pregunta a él? ¿Acaso no sabía que...?
Gesti
levantó las manos enguantadas y se quitó la máscara. Elak se mordió los labios
para contener un grito. Ahora sabía por qué Gesti siempre estaba impasible.
Usaba una máscara.
Detrás de
ella estaban el pico de loro y los ojos de pez que Elak conocía tan bien. Se
quitó las vestiduras grises: los pliegues se sostenían en los tentáculos. El
susurro sibilante salió por el horrible pico del monstruo.
—Ahora ya
sabes a quién has servido.
La cosa
que se había llamado a sí misma Gesti se volvió y avanzó -no se podía llamar
caminar a su manera de moverse- hacia la cortina detrás de la cual se habían
escondido sus compañeros. Se reunió con ellos. Zend miraba a Elak.
—¿Usted
no lo sabía? ¿Les ha servido y no lo sabía?
—¡No, por
Ishtar! —juró Elak—. ¿Cree que habría dejado a... a ésos... qué son? ¿Qué es lo
que van a hacer?
—Deslícese
hasta aquí —ordenó Zend—. Quizá pueda aflojarle esos nudos.
Elak le
obedeció y las manos del brujo trabajaron todo lo que pudieron.
—Dudo que
manos humanas puedan hacer estos nudos. Pero...
—¿Qué
son? —preguntó otra vez Elak—. Digamelo pronto antes que me vuelva loco
pensándolo...
—Son los
engendros de Dagón —dijo Zend—. Viven en las grandes profundidades del océano.
¿Nunca ha oído hablar de los adoradores de Dagon?
—Sí, Pero
nunca creí que...
—Oh, hay
cierta verdad en ese relato. Hace millones de años, muchos millones, antes que
la humanidad poblara la tierra, sólo había agua. No existía la tierra. Y del
fango salió una raza de seres que vivían en las profundidades abisales del
océano, criaturas inhumanas que adoraban a Dagon, su dios. Cuando las aguas
retrocedieron y aparecieron los grandes continentes, estos seres se retiraron a
los abismos más profundos. Su poderoso imperio, que abarcaba de polo a polo
todo el globo, quedó destrozado con la aparición de las masas de tierra.
Apareció el ser humano (aunque ignoro la fecha exacta) y las civilizaciones. No
se mueva. Estos malditos nudos...
—No le
entiendo todo —respondió Elak, que se sobresaltó un poco cuando el brujo le
clavó las unas en las muñecas—, pero continúe.
—Estos
seres odian al hombre porque consideran que les arrebató su reino. Su gran
esperanza es volver a hundir los continentes para que el mar los cubra de nuevo
y no sobreviva ningún hombre. Y así su poder volvería a abarcar el mundo
entero, tal como hace tantos años. No son humanos, ya ve, y adoran a Dagon. No
quieren que se adore a ningún dios de la tierra. Ni a Ishtar, ni a Eblis, ni a
Poseidón el de los mares asoleados. Y me temo que ahora cumplirán su propósito.
—No, si
consigo liberarme —dijo Elak—. ¿Cómo van los nudos?
—Se
aguantan —gruñó el brujo, desalentado—. Pero he aflojado ya una cuerda. Me he
destrozado los dedos. ¿Ha quebrado el globo rojo?
—No
—contestó Elak—. Algunas cuerdas se soltaron mientras luchaba con su esclavo, y
se extinguió la luz.
—¡Gracias
sean dadas a los dioses! —dijo Zend fervientemente—. Si puedo reparar el daño y
volver a encender el globo, los hijos de Dagon morirán. Para eso sirve. los
rayos que emite destruyen sus cuerpos, que de otro modo son invulnerables o
casi invulnerables. Si no hubiera tenido ese globo habrían invadido mi palacio
y me habrían matado hace años.
—Tienen
un túnel bajo las bodegas —dijo Elak.
—Ya veo.
Pero no se atrevían a invadir el palacio mientras brillara el globo, porque
esos rayos de luz les habrían matado. ¡Malditos nudos! Si cumplen su
propósito...
—¿Cuál
es? —preguntó Elak
Pero ya
había adivinado la respuesta.
—¡Hundir
la Atlántida! Hace mucho que la isla-continente se habría hundido si no hubiera
utilizado mi ciencia y mi magia contra el poder de los engendros de Dagón. Son
maestros del terremoto y la Atlántida no se apoya sobre fundamentos demasiado
sólidos. Tienen poder suficiente para hundir a la Atlántida para siempre. Pero
en esa habitación hay un poder mucho más potente que el suyo. He conseguido
fuerza de las estrellas y de las fuentes cósmicas del universo. No sabe nada de
mi poder. Es suficiente, más que suficiente, para mantener la Atlántida firme
sobre sus cimientos, inexpugnable a los ataques de los hijos de Dagon. Antes de
ésta ya han destruido otras tierras.
La sangre
corría por las muñecas y las manos de Elak mientras el brujo le destrozaba las
cuerdas.
—Ah...
otras tierras. Hubo razas que vivieron en la tierra antes de la llegada del
hombre. Mis poderes me han permitido ver una isla llena de sol situada muy al
sur, una isla donde habitaba una raza de seres altos como árboles, cuya carne
era tan dura como la piedra y cuyas formas eran tan extrañas que usted apenas
las habría comprendido. Se elevaron las aguas y cubrieron esa isla y toda la
gente murió. He visto una montaña gigantesca que se abrió paso entre un montón
de aguas tormentosas, en plena juventud de la tierra. En las torres y minaretes
que coronaban su cima, vivían seres como esfinges, con cabezas de bestias y de
dioses, cuyas alas no bastaron para salvarles del cataclismo que se les vino
encima. Porque la ruina se cernió sobre la ciudad de las esfinges que se
precipitó al fondo del océano destruida por los hijos de Dagon. Y hubo...
—¡Atención!
—susurró Elak casi sin aliento e interrumpió al brujo—. ¡Nos rescatan!
Giró la
vista hasta que divisó al hombre pequeño y simiesco que se acercaba corriendo
silenciosamente con un cuchillo. Era Lycon, a quien Elak dejara dormitando en
la caverna subterránea de Gesti. Silbó el cuchillo y tanto Elak como Zend
quedaron libres. Elak le dijo rápidamente.
—A las
escaleras, brujo. Arregla tu globo mágico y trata de matar a esos monstruos.
Nos sostendremos aquí.
Sin decir
una palabra, el enano partió silenciosamente por las escaleras y desapareció.
Elak se volvió a Lycon.
—¿Cómo
diablos...?
Lycon
guiñó sus ojos azules.
—Apenas
lo sé, Elak Sólo recuerdo que cuando me llevabas borracho en brazos y el
soldado gritó y huyó, vi algo que no puedo recordar exactamente. Sólo recuerdo
que hace unos minutos estaba por allí abajo en algún sitio. Era un rostro como
de gárgola con un pico enorme y horrible y ojos como los de una serpiente. Y
recuerdo que Gesti se puso una máscara sobre el espantoso rostro poco antes de
que tu doblaras por el pasaje. Supe, por tanto, que Gesti debía ser un demonio.
—Y
subiste hasta aquí —comentó Elak en voz baja—. Bueno, has hecho, por fin, algo
útil. Yo... ¿qué sucede?
A Lycon
le brillaban los ojos.
—¿Ese es
tu demonio? —preguntó el hombrecito.
Elak se
dio la vuelta y sonrió. Frente a ellos, confundida y asustada, estaba la
muchacha con la cual Zend hacía experimentos... La doncella cuya alma estuvo a
punto de quedar esclavizada a Zend cuando llegó Elak. Ahora tenía abiertos los
ojos, suaves y oscuros, y le brillaba el cuerpo blanco contra el atavío de seda
negra que llevaba. Se había despenado, al parecer, y se había levantado de la
mesa. la mano de Elak alcanzó a advertirle que no hiciera ruido, pero el gesto
llegó demasiado tarde. La muchacha habló:
—¿Quiénes
sois? Zend me raptó. ¿Habéis venido a liberarme? ¿Dónde...?
Elak dio
un salto, la agarró con fuerza y la arrastró hacia las escaleras. Brilló el
estoque en sus manos. Le sonrió tranquilizadoramente.
—Si
salimos vivos, podrás escapar de Zend y de sus poderes mágicos —le dijo a la
muchacha.
Ya
escuchaba una explosión de silbidos y el murmullo atroz de la horda al ataque.
Pero no se volvió.
—¿Cómo te
llamas? —le preguntó.
—Coryllis
—respondió la joven.
—¡Cuidado,
Elak! —gritó Lycon.
Elak se
dio la vuelta y alcanzó a ver la rápida espada del hombrecito que cortaba en
dos un tentáculo. El pedazo cortado cayó retorciéndose y coleando, haciendo
asquerosos nudos. res horripilantes caras de los monstruos se clavaron en Elak.
Los hijos de Dagon cargaron irresistibles, con los fríos ojos destellantes, con
tentáculos tentantes, con cuerpos iridiscentes que temblaban como jalea. Elak,
Lycon y Coryllis fueron arrastrados por la espantosa ola y debieron retroceder
hacia la escalera. Lycon blandía la espada rugiendo y maldiciendo
inarticuladamente. Pero le cogieron y le arrancaron la espada de las manos.
Elak trató de cubrir a Coryllis con su cuerpo. Pero se sintió caer,
inevitablemente, oprimido por el peso de los fríos y asquerosos cuerpos que se
retorcían horriblemente vivos. Golpeó desesperadamente y sintió bajo sus manos
una superficie fría como la nieve derritiéndose. El peso que le oprimía
disminuyó lentamente. Y las cosas se empezaron a retirar, huían, corrían
tambaleándose y cayendo hacia las escalinatas, chillando enloquecidas. Se
ennegrecieron y se fundieron. Se convirtieron en una sustancia viscosa que
empezó a gotear por la escalinata...
Elak se
dio cuenta de lo que sucedía. Estaban rodeados de una luz rosada. El brujo
había reparado su globo mágico y el poder de sus rayos estaba destruyendo la
amenaza de pesadilla que subió desde las profundidades. En un instante todo
había terminado. Ya no quedaba trazo alguno de la horda que les habla atacado.
Grumos grises y viscosos. Nada más. Elak notó que estaba jurando en voz baja.
Dejó de jurar y empezó a rezar. Agradeció profundamente a Ishtar por su
liberación. Lycon recuperó la espada y pasó el estoque a Elak.
—¿Y ahora
qué? —preguntó.
—¡Ya
estamos listos! Nos llevaremos a Coryllis. No hay necesidad de que
permanezcamos más tiempo aquí. Verdad que ayudamos al brujo, pero antes le
combatimos. Quizá lo recuerde. No es preciso que averigüemos si está agradecido
o no lo está. Sería estúpido hacer tal cosa.
Tomó a
Coryllis, que se había desmayado, y siguió a Lycon por las escaleras. Se
apresuraron a atravesar la gran habitación y a penetrar en los profundos
corredores de más abajo. Cinco minutos más tarde todos descansaban bajo un
árbol de uno de los numerosos parques de San-Mu. Elak había robado un traje de
seda que colgaba de un balcón y Coryllis se lo había puesto. Las estrellas
brillaban friamente en lo alto, sin preocuparse del destino de Atlantis, las
mismas estrellas que seguirían brillando millones de años después, cuando ya no
quedara memoria alguna de la Atlántida. Elak no pensaba en eso, por supuesto.
Limpió su estoque con hierba. Lycon, que ya había limpiado su espada, se puso
de pie, se cubrió los ojos con las manos y miró a través del parque. Murmuró
algo y bajó corriendo por la colina. Elak se lo quedó mirando.
—¿Dónde
irá? Hay... ¡Por Ishtar! Va a beber. Pero si no tiene dinero. Cómo... ¡El mono
borracho! ¡Me robó la bolsa cuando me soltó en el palacio del brujo! Le...
Elak
saltó de pie y dio un paso. Le sujetaron por los pies unos brazos suaves. Miró
abajo.
—¿Eh?
—Déjale
ir —dijo Coryllis, sonriendo—. Se ha ganado su alcohol.
—Sí...
¿Pero qué haré yo? Yo...
—Déjale
ir... —murmuró Coryllis.
Y, desde
entonces, Lycon se ha preguntado qué sucedió para que Elak nunca le preguntara
por ese dinero.
Henry
Kuttner (1915-1958)


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