© Libro N° 12040.
Los Devoradores Del Espacio. Belknap
Long, Frank. Emancipación. Diciembre 30 de 2023
Título original: ©
The Space-Eaters, Frank Belknap Long (1901-1994)
Versión Original: © Los Devoradores Del Espacio. Frank Belknap
Long
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Frank Belknap Long
Los
Devoradores Del Espacio
Frank
Belknap Long
El horror
llegó a Partridgeville en forma de niebla impenetrable.
Toda
aquella tarde, los espesos vapores del mar se habían arremolinado y remansado
alrededor de la granja, y la humedad flotaba en la habitación en la que
estábamos sentados. La niebla ascendía en espirales desde debajo de la puerta,
y sus largos y húmedos dedos rozaban mi pelo hasta hacerlo gotear. Las ventanas
de cuadrados cristales estaban cubiertas de una película espesa y perlada de
humedad; el aire era pesado y denso e increíblemente frío. Miré con tristeza a
mi amigo. Se había vuelto de espaldas a la ventana, y escribía furiosamente.
Era un hombre alto, delgado, algo cargado de espaldas y de hombros muy anchos.
De perfil, su cara era impresionante. Tenía una frente extremadamente ancha, la
nariz larga y la barbilla algo pronunciada; un rostro sólido, sensitivo, que
sugería una naturaleza sobremanera imaginativa, reprimida por una inteligencia
escéptica y auténticamente extraordinaria.
Mi amigo
escribía relatos cortos. Lo hacía por placer, desafiando el gusto
contemporáneo, y sus cuentos eran insólitos. Habrían encantado a Poe, y también
a Hawthorne, a Ambrose Bierce o a Villiers de l'Isle Adam. Eran bosquejos de
hombres anormales, de bestias anormales, de plantas anormales. Escribía sobre
remotas regiones de imaginación y de horror, y los colores, ruidos y olores que
se atrevía a evocar jamás se habían visto, oído ni olido bajo la cara familiar
de la luna. Proyectaba sus creaciones sobre fondos estremecedores. Caminaban
furtivas por entre los altos y solitarios bosques, subían a las agrestes
montañas, bajaban vacilantes por las escalinatas de antiguas casas y andaban
entre los bloques de los negros muelles corroídos.
Uno de
sus cuentos, La casa del gusano, había inducido a un joven estudiante de la
Universidad Midwestern a buscar refugio en un enorme edificio de ladrillo,
donde a todos pareció natural que se sentase en el suelo y gritase a voz en
cuello: Mi bienamada es más pura que todas las lilas entre las lilas del jardín
de las lilas. Otro, Los corruptores, fue la causa de que recibiera ciento diez
cartas indignadas de los lectores locales, cuando apareció en la Partridgeville
Gazette. Estaba yo mirándole todavía, cuando dejó de escribir súbitamente y
sacudió la cabeza.
—No puedo
—dijo—. Tendría que inventar un lenguaje nuevo. Y no obstante, puedo
comprenderlo emocionalmente, intuitivamente, si quieres. Si al menos pudiese
expresarlo en una frase, algo así como el extraño reptar de su espíritu
descarnado.
—¿Es
algún nuevo horror? —pregunté.
Movió la
cabeza negativamente.
—No es
nuevo para mí. Lo conozco y lo siento desde hace años: es un horror
absolutamente inconcebible para tu prosaico cerebro.
—Muchas
gracias —dije.
—Todos
los cerebros humanos son prosaicos —explicó—. No quería ofenderte. Son los
sombríos terrores que acechan detrás y por encima de ellos, lo que es
misterioso y espantoso. ¿Qué pueden saber nuestros pequeños cerebros de las
vampiresas entidades que acaso acechan en dimensiones que están por encima de
la nuestra, o más allá del universo de las estrellas? —Ahora me miraba con
fijeza.
—¡Pero no
puedes creer sinceramente en semejantes tonterías! —exclamé.
—¡Por
supuesto que no! —sacudió la cabeza y rió—. Demasiado sabes que soy
profundamente escéptico para creer en nada. He descrito meramente las
reacciones de un poeta ante el universo. Si uno desea escribir historias
espectrales y de verdad logra plasmar una sensación de horror, deberá creer en
todo... y en cualquier cosa. Por cualquier cosa entiendo el horror que
trasciende cualquier cosa, que es más terrible e imposible que nada. Debe creer
que hay seres en el espacio exterior que pueden descender y cebarse en nosotros
con una maldad capaz de destruirnos completamente: tanto corporal como
espiritualmente. Pero ¿cómo podría describir esta monstruosidad del espacio
exterior si no conoce su forma, tamaño y color? Es prácticamente imposible
hacerlo. Eso es lo que yo he intentado... y he fracasado. Quizá algún día...,
pero entonces, dudo que pueda conseguirlo. Aunque el artista puede insinuarlo,
sugerirlo...
—¿Sugerir
qué? —pregunté, un poco desconcertado.
—Sugerir
un horror que es completamente extraterreno, que se deja sentir en términos que
no tienen parangón alguno en la Tierra.
Yo aún
estaba perplejo. El sonrió cansadamente, y explicó su teoría.
—Hay algo
prosaico —dijo— aun en los mejores relatos clásicos de misterio y terror. La
vieja señora Radcliffe, con sus subterráneos secretos y sus espectros
ensangrentados; Maturin, con sus alegóricos héroes perversos del estilo de
Fausto y sus llamas surgiendo de la boca del infierno; Edgar Poe, con sus
cadáveres manchados de grumos de sangre y sus gatos negros, sus corazones
delatores y sus Valdemares en descomposición; Hawthorne, con su divertida
preocupación por los problemas y horrores derivados del mero pecado humano
(como si los pecados humanos tuviesen algún significado para la maligna
inteligencia de más allá de las estrellas).
»Luego,
los maestros modernos: Algernon Balckwood, que nos invita al festín de los
altos dioses y nos muestra a una vieja de labio leporino sentada ante un
tablero mágico manoseando unas cartas manchadas, o un absurdo nimbo de
ectoplasma emanando de algún estúpido clarividente; Bram Stoker con sus
vampiros y hombres lobos, meros mitos convencionales residuos del folklore
medieval; Wells, con sus vehículos, hombres peces del fondo del mar, damas de
la luna; y el centenar de idiotas que escriben constantemente historias de
fantasmas para revistas... ¿en qué han contribuido a la literatura de lo
espantoso? ¿No somos de carne y hueso? Es natural que nos rebelemos y
horroricemos cuando se nos muestra la carne y los huesos en estado de
corrupción y descomposición, con los gusanos pululando por debajo y por encima.
Es natural que una historia que trata de un cadáver nos haga estremecer, nos
llene de miedo y horror y repugnancia. Cualquier imbécil puede suscitar esas
emociones en nosotros.
»Poe hizo
bien poco con su lady Usher y su licuescente Valdemar. Recurrió a las simples,
naturales y comprensibles emociones, y era inevitable que sus lectores
respondiesen. ¿No somos descendientes de los bárbaros? ¿No habitamos durante un
tiempo en altos y siniestros bosques, a merced de las bestias que desgarran y
destrozan? Es inevitable que temblemos y nos rebajemos cuando tropezamos en
literatura con sombras tenebrosas de nuestro propio pasado. Harpías y vampiros
y hombres lobos... ¿qué son sino ampliaciones, distorsiones de los grandes
pájaros y murciélagos y perros feroces que hostigaban y torturaban a nuestros
antepasados? Es muy fácil suscitar el miedo manejando tales medios. Es muy
fácil asustar a los hombres con las llamas de la boca del infierno, porque son
ardientes y consumen y queman la carne, y ¿quién no comprende y tiene miedo del
fuego? Golpes que matan, fuegos que abrasan, sombras que horrorizan porque sus
sustancias acechan perversamente en los negros corredores de nuestros recuerdos
heredados... Estoy cansado de los escritores que nos aterrorizan con semejantes
elementos patéticamente fáciles y triviales.
Una
auténtica indignación fulguraba en sus ojos.
—¿Y si
existiese un horror más grande? —prosiguió—. ¿Y si seres perversos de alguna
otra parte del universo decidiesen invadir éste? ¿Y si no pudiésemos verlos? ¿Y
si no pudiésemos percibir su presencia? ¿Y si fuesen de un color desconocido en
la Tierra, o más bien, de un aspecto que careciese de color? ¿Y si tuviesen una
forma desconocida en la Tierra? ¿Y si fuesen tetradimensionales, o tuviesen
cinco o seis dimensiones? ¿Y si tuviesen cien? ¿O no tuviesen dimensiones, y
existiesen no obstante? ¿Qué haríamos? ¿No existirían para nosotros?
Existirían, si nos causaran dolor. ¿Y si no fuese el dolor del calor ni del
frío ni de nada que conozcamos, sino un dolor nuevo? ¿Y si afectasen a algo más
que a nuestros nervios y llegasen a nuestro cerebro de una manera nueva y
terrible? ¿Y si se hiciesen sentir de un modo nuevo y extraño e indecible? ¿Qué
haríamos? Tendríamos las manos atadas. No puedes defenderte de lo que está
dotado de mil dimensiones. ¡Imagina que, devorando, pudiesen esos seres abrirse
camino hacia nosotros a través del espacio!
Ahora
hablaba con una intensidad de emoción que contradecía el escepticismo que se
había atribuido un momento antes.
—Sobre
eso he intentado escribir. Quería hacer que mis lectores sintiesen y viesen a
ese ser de otro universo, de más allá del espacio. Podría insinuarlo o
sugerirlo fácilmente —cualquier idiota puede hacerlo—, pero quisiera
describirlo realmente. ¡Describir un color que no es color, una forma que es
amorfa! Un matemático podría, quizá, sugerirlo un poco más. Habría extrañas
curvas y ángulos que un inspirado matemático en pleno frenesí de cálculo podría
bosquejar vagamente. Es absurdo decir que los matemáticos no han descubierto la
cuarta dimensión. La han vislumbrado frecuentemente, se han acercado a menudo a
ella, la han intuido infinidad de veces; pero son incapaces de demostrarla.
Conozco a un matemático que jura que vio una vez la sexta dimensión en una
ascensión a los sublimes cielos de los cálculos diferenciales.
Desgraciadamente, no soy matemático. Soy tan sólo un pobre artista loco y
creador, y el ser del espacio exterior se me escapa completamente.
Alguien
aporreó sonoramente la puerta. Crucé la habitación y retiré el cerrojo.
—¿Qué
desea? —pregunté—. ¿Qué ocurre?
—Siento
molestarle, Frank —dijo una voz familiar—, pero tengo que hablar con alguien.
Reconocí
la cara flaca y blanca de mi más inmediato vecino, y me hice a un lado en
seguida.
—Pase
—dije—. Pase, no faltaba más. Howard y yo hemos estado hablando de fantasmas, y
los seres que hemos invocado no son del todo agradables. Tal vez pueda usted
conjurarlos.
Llamé
fantasmas a los horrores de Howard porque no quería impresionar a mi vecino
vulgar. Henry Wells era muy alto y corpulento, y al entrar en la habitación
pareció introducir consigo una parte de la noche. Se derrumbó en un sofá y nos
miró con ojos asustados. Howard abandonó la historia que había estado leyendo,
se quitó y limpió las gafas, y arrugó el ceño. Era relativamente tolerante con
mis bucólicos visitantes. Aguardó quizá un minuto, y luego empezamos los tres a
hablar casi al mismo tiempo.
—¡Qué
noche más horrible!
—Espantosa,
¿verdad?
—¡Aciaga!
Henry
Wells arrugó el ceño.
—Esta
noche —dijo—, me ha... me ha ocurrido un curioso incidente. Iba con «Hortense»
por Mulligan Wood...
—¿Con
«Hortense»? —interrumpió Howard.
—Su yegua
—expliqué impaciente—. Regresaba de Brewster, ¿no es así, Harry?
—De
Brewster, sí —dijo—. Marchaba entre los árboles, atento con cien ojos a las
luces deslumbrantes de los coches que surgían de la oscuridad y venían derechos
hacia mí, y escuchaba las sirenas de la bahía roncar y gemir, cuando me cayó en
la cabeza una cosa mojada. Va a llover —pensé—, espero que no se me mojen las
provisiones. Me volví para asegurarme de que iban bien cubiertas la mantequilla
y la harina, y algo blando como una esponja se elevó del fondo del carro y me
golpeó en la cara. Di una manotada y lo tomé entre los dedos. Me dio la
sensación de que tenía en las manos una especie de gelatina. La apreté, y la
cosa mojada se me escurrió muñeca abajo.
»El caso
es que no estaba tan oscuro como para no verlo. Es extraña la claridad que
encierra la niebla... parece hacer la noche más diáíana. Había una especie de
luminosidad en el ambiente. No sé, puede que no fuera la niebla, en definitiva.
Los árboles parecían apartarse. Podía verlos recortados y claros. Como iba
diciendo, miré aquello y ¿qué creerán ustedes que parecía? Pues parecía un
trozo de hígado crudo. O sesos de vaca. Ahora que me paro a pensarlo, creo que
se parecía más a unos sesos de vaca. Tenía pliegues, y los hígados no tienen
muchos pliegues. El hígado es por lo general terso como un cristal. Pasé un
momento espantoso. "Debe de haber alguien en lo alto de estos árboles
—pensé—. Debe de ser algún trampero, o algún chiflado, y ha estado comiendo
hígado.
»Mi carro
le ha asustado y lo ha dejado caer... bueno, un trozo nada más. No cabe duda.
No había ningún hígado en el carro al salir de Brewster. Miré hacia arriba.
Usted sabe lo altos que son los árboles en Mulligan Wood. No pueden verse las
copas de algunos de ellos desde el camino en un día luminoso. Y ya sabe lo
retorcidos y extraños que resultan algunos. Es curioso, pero siempre me han
parecido hombres viejos... viejos y enormemente altos, por supuesto; altos y
encorvados y perversos. Siempre los he imaginado como deseando causar algún
daño. Hay algo malsano en esos árboles que crecen tan juntos y tan retorcidos.
»Alcé los
ojos. Al principio no vi más que los corpulentos árboles, blancos y relucientes
debido a la niebla, y por encima de ellos, una bruma espesa y blancuzca que
ocultaba las estrellas. Y entonces, algo largo y blanco descendió velozmente
por el tronco de uno de ellos. Bajó tan de prisa que no pude verlo claramente.
De todos modos era tan delgado que no pude distinguirlo muy bien. Pero parecía
un brazo. Era como un brazo largo, blanco y muy delgado. ¿Quién ha visto jamás
un brazo tan largo como un árbol? No sé qué me induce a compararlo con un
brazo, porque no era más que una línea delgada... como un alambre o una cuerda.
Además, no estoy siquiera seguro de haberlo visto. Puede que lo imaginara. Ni
siquiera estoy seguro de que tuviese el grosor de una cuerda. Pero tenía mano.
¿O no?
»Cuando
pienso en eso se me ofusca la cabeza. Bueno, se movió tan de prisa que no me
dio tiempo a verlo con claridad. Pero me dio la impresión de que buscaba algo
que había caído. Por un instante, la mano pareció extenderse por encima de la
carretera, y luego se apartó del árbol y se dirigió hacia el carro. Era como
una mano enorme y blancuzca que avanzaba sobre sus dedos con un brazo
terriblemente largo unido a ella que se elevaba hasta la niebla, o quizá hasta
las estrellas. Solté un grito y fustigué a "Hortense" con las
riendas, pero el animal no necesitaba que lo apremiasen. Se puso fuera de
alcance antes de que yo tuviese tiempo de arrojar el hígado o los sesos de vaca
o lo que fuese al camino. Salió disparada a tal velocidad que casi vuelca el carro,
pero yo no tiré de las riendas. Prefería caerme en una zanja y romperme una
costilla a que una mano larga y blancuzca me cogiese por el cuello y me cortase
la respiración.
»Casi
habíamos salido del bosque y empezaba a respirar nuevamente, cuando se me heló
el cerebro. No puedo describir lo que sucedió de ningún otro modo. Sentí que el
cerebro se me quedaba frío como el hielo dentro de la cabeza. Les aseguro que
estaba asustado. No crean que no podía pensar claramente. Tenía conciencia de
todo lo que sucedía a mi alrededor, pero mi cerebro estaba tan frío que grité
de dolor. ¿Han sostenido alguna vez un trozo de hielo en la palma de la mano
durante dos o tres minutos? Quema, ¿verdad? El hielo quema más que el fuego.
Bien, sentí el cerebro como si hubiese estado en hielo durante horas y horas.
Tenía un horno dentro de la cabeza, pero era un horno de frío. Rugía de frío
violento. Tal vez debiera dar gracias de que no durara el dolor. Me desapareció
a los diez minutos, y cuando llegué a casa no se me ocurrió que hubiera sufrido
daño alguno por esta experiencia. No pensé efectivamente en eso, hasta que me
miré en el espejo. Entonces descubrí este agujero en la cabeza.
Henry
Wells se inclinó hacia adelante y se apartó el pelo de la sien derecha.
—Aquí
está la herida —dijo—. ¿Qué piensa de ello? —Se golpeó con los dedos debajo de
un pequeño orificio redondo en dicho lugar—. Es como una herida de bala
—comentó—, pero no me ha salido sangre y se puede ver que es bastante profundo.
Parece como si me llegara al centro de la cabeza. No debería estar vivo.
Howard se
había levantado y miraba fijamente a mi vecino con ojos furiosos y acusadores.
—¿Por qué
nos ha mentido? —gritó—. ¿Por qué nos ha contado esta absurda historia? ¡Una
mano larga! Usted está bebido. Borracho... y sin embargo, ha logrado lo que a
mí me habría costado sudar sangre. Si yo lograse hacer que mis lectores
pudiesen sentir ese horror, sentir por un momento ese miedo que nos ha descrito
usted de los bosques, me situaría entre los inmortales... sería más grande que
Poe, más grande que Hawthorne. Y usted... un burdo embustero borracho...
Me puse
de pie con una furiosa protesta.
—No es un
embustero —dije—. Le han disparado un tiro... alguien le ha disparado un tiro
en la cabeza. Mira esta herida. ¡Dios mío, no tienes ningún derecho a
insultarle!
La ira de
Howard se desvaneció y el fuego desapareció de sus ojos.
—Perdóneme
—dijo—. No puedes figurarte de qué manera necesitaba yo atrapar ese horror
fundamental, traspasarlo al papel; y él lo ha dicho con toda facilidad. Si me
hubiese advertido que iba a describir una cosa así habría tomado notas. Pero
naturalmente, él no sabe que es un artista. Se trata de un tour de force casual
lo que ha hecho; no podría hacerlo otra vez, estoy seguro. Siento haberme
acalorado... discúlpeme. ¿Quiere que vaya a buscarle un médico? Esa herida es
grave.
Mi vecino
negó con la cabeza.
—No
quiero médicos —dijo—. Ya he visto a uno. No tengo ninguna bala en la cabeza...
el agujero no ha sido causado por una bala. Cuando el médico no pudo
explicarlo, me reí de él. Odio a los médicos; y me tiene sin cuidado la gente
estúpida que cree que tengo por costumbre mentir. Me tiene sin cuidado la gente
que no me cree cuando digo que he visto deslizarse por un árbol una cosa larga,
blancuzca, con tanta claridad como si fuese de día.
Pero
Howard examinaba la herida pese a la indignación de mi vecino.
—Ha sido
hecha por algo redondo y afilado —dijo—. Es extraño, pero la carne no ha sido
destrozada. Un cuchillo o una bala habría desgarrado la carne, habría dejado un
borde destrozado.
Asentí, y
me incliné para examinar la herida, cuando Wells gritó, y se llevó las manos a
la cabeza.
—¡Ahhhh!
—farfulló—. Ha vuelto... el terrible, terrible frío.
Howard le
miró fijamente.
—¡No
espere de mí que crea semejante tontería! —exclamó disgustado.
Pero
Wells siguió sujetándose la cabeza y danzando por la habitación en un delirio
de agonía.
—¡No
puedo soportarlo! —gritaba—. Se me está congelando el cerebro. No es un frío
normal. ¡Oh, Dios! Es algo como no ha sentido nadie jamás. Muerde, abrasa,
despedaza. Es como el ácido.
Le puse
una mano sobre el hombro y traté de apaciguarle, pero él me apartó y se dirigió
hacia la puerta.
—Tengo
que salir de aquí —exclamó—. Ese ser necesita espacio. Mi cabeza no puede
contenerlo. Necesita la noche... la inmensidad de la noche. Quiere revolcarse
en la noche.
Abrió la
puerta y desapareció en la niebla. Howard se secó la frente con la manga de la
chaqueta y se derrumbó en la silla.
—Loco
—murmuró—. Es un caso trágico de psicosis maníaco-depresiva. ¿Quién lo habría
sospechado? La historia que nos ha contado no era en absoluto una invención
consciente. Era simplemente un producto pesadillesco concebido por el cerebro
de un lunático.
—Sí
—dije—. Pero ¿cómo explicas el agujero de su cabeza?
—¡Ah,
eso! —Howard se encogió—. Probablemente lo tiene de siempre... a lo mejor es de
nacimiento.
—Tonterías
—dije—. Ese hombre no tenía antes ningún agujero en la cabeza. Personalmente,
creo que le han pegado un tiro. Deberíamos hacer algo. Necesita atención
médica. Será mejor que telefonee al doctor Smith.
—Es
inútil intervenir —dijo Howard—. Ese agujero no ha sido causado por una bala.
Te aconsejo que lo olvides hasta mañana. Su locura puede ser temporal; puede
que se le pase, y entonces nos reprocharía el habernos entremetido. Si mañana
se encuentra todavía emocionalmente trastornado, si vuelve otra vez e intenta
armar jaleo, puedes dar parte a las autoridades correspondientes. ¿Se ha
comportado de modo extraño con anterioridad?
—No
—dije—. Siempre ha estado completamente sano. Creo que seguiré tu consejo y
esperaré. Pero quisiera poder explicarme el agujero de la cabeza.
—La
historia que ha contado me interesa más —dijo Howard—. Voy a escribirla antes
de que se me olvide. Por supuesto, no seré capaz de hacer que el horror resulte
tan real como él, pero quizá pueda reflejar un poco la impresión de extrañeza y
fascinación.
Desenroscó
el capuchón de su estilográfica y empezó a rellenar una cuartilla con extrañas
frases.
Sentí un
escalofrío y cerré la puerta. Durante varios minutos, no se oyó otro ruido en
la habitación que el del garabateo de su pluma al correr por el papel. Durante
varios minutos hubo silencio... y luego, empezaron los alaridos. ¿O eran
gemidos? Los oímos a través de la puerta cerrada, por encima del ulular de las
sirenas y el oleaje de la playa de Mulligan. Los oímos por encima de un millón
de ruidos de la noche que nos habían horrorizado y deprimido, mientras
estuvimos sentados charlando en la casa solitaria y envuelta por la niebla. Y
los oímos tan claramente que por un momento creímos que provenían de muy cerca
de la casa. Hasta que no los escuchamos una y otra vez —prolongados,
taladrantes gemidos—, no descubrimos una calidad de lejanía. Poco a poco, nos
fuimos dando cuenta de que provenían de muy lejos, muy lejos; quizá del bosque
de Mulligan.
—Es un
alma en pena —murmuró Howard—. Una pobre alma condenada, en las garras del
horror del que te he hablado... el horror que yo he conocido y sentido durante
años.
Se puso
en pie inquieto. Sus ojos centelleaban y respiraba agitadamente. Le tomé por
los hombros y lo sacudí.
—No
deberías proyectarte en tus historias de esa manera —exclamé—. Probablemente es
algún desdichado que se encuentra en apuros. No sé qué habrá pasado. Puede que
haya naufragado algún barco. Voy a ponerme un chubasquero y averiguar qué
ocurre. Me parece que nos necesitan.
—Puede
que nos necesiten —repitió Howard lentamente—. Puede que nos necesiten de
verdad. No se quedarán satisfechos con una simple víctima. Pienso en el gran
viaje a través del espacio, ¡la sed y el hambre que deben de haber pasado! ¡Es
absurdo imaginar que se contentarán con una simple víctima!
Luego, de
pronto, le sobrevino un cambio. Se apagó la luz de sus ojos y su voz perdió su
vibración. Se estremeció.
—Perdóname
—dijo—. Tengo miedo de que pienses que estoy tan loco como el patán que ha
estado aquí hace unos minutos. Pero no puedo por menos de identificarme con mis
personajes cuando escribo. He descrito algo tremendamente perverso, y esos
alaridos... bueno, son exactamente como los que daría un hombre si... si...
—Comprendo
—le interrumpí—, pero no tengo tiempo para hablar de eso ahora. Hay un pobre
hombre allá —señalé vagamente hacia la puerta—, sin duda en apuros. Está
tratando de liberarse de algo... no sé de qué. Tenemos que ayudarle.
—Por
supuesto, por supuesto —accedió él, y me siguió a la cocina.
Sin decir
palabra, bajé, cogí un chubasquero y se lo tendí. Le di también un gran
sombrero de hule.
—Póntelos
lo más pronto que puedas —dije—. Ese hombre debe de necesitar ayuda
desesperadamente.
Había
tomado yo mi propio chubasquero de la percha y forcejeaba para meter los brazos
en sus pegajosas mangas. Un momento después, nos abríamos paso a través de la
niebla.
La niebla
parecía un ser vivo. Sus largos dedos nos alcanzaban y abofeteaban
incesantemente en la cara. Se enroscaba alrededor de nuestros cuerpos y se
elevaba en enormes espirales grisáceas desde lo alto de nuestras cabezas.
Retrocedía ante nosotros, y de pronto se precipitaba sobre nosotros y nos
envolvía. A lo lejos, confusamente, vimos las luces de unas cuantas granjas
solitarias. Detrás de nosotros, palpitaba el mar y las sirenas emitían un
ulular continuo y lúgubre. El cuello del chubasquero de Howard estaba levantado
por encima de las orejas, y la humedad goteaba de su larga nariz. Había una
torva decisión en sus ojos, y tenía la mandíbula apretada.
Caminamos
durante largo rato en silencio, sin decir palabra, hasta que nos aproximamos al
bosque de Mulligan.
—Si es
preciso —dijo—, entraremos en el bosque.
—No hay
razón para que no entremos —dije—. No es un bosque muy grande.
—¿Podría
salir uno rápidamente?
—Podría
salir en seguida, sí. ¡Dios mío!, ¿has oído eso?
Los
gritos habían aumentado horriblemente.
—Ése está
sufriendo —dijo Howard—. Está sufriendo terriblemente. ¿Crees... crees que
puede ser tu amigo el chiflado?
Había
formulado una pregunta que me había estado haciendo yo mismo desde hacía un
rato.
—Es
posible —dije—. Pero tenemos que intervenir, si está loco. Me habría gustado
traer a algunos vecinos con nosotros.
—¿Y por
qué, en nombre del cielo, no lo has hecho? —exclamó Howard—. Puede que haga
falta una docena de hombres para sujetarlo.
No
apartaba la vista de los altos árboles que se elevaban ante nosotros, y no creo
que dedicara a Henry Wells un solo pensamiento.
—Ese es
el bosque de Mulligan —dije. Tragué saliva—. No es muy grande —añadí
estúpidamente.
—¡Oh,
Dios mío! —De la niebla nos llegó el sonido de una voz en la última extremidad
del dolor—. Me están devorando el cerebro. ¡Oh, Dios mío!
Yo estaba
en ese momento mortalmente asustado, a punto de volverme tan loco como el
hombre del bosque. Agarré el brazo de Howard.
—Vámonos
—grité—. Vámonos inmediatamente. Sería una insensatez entrar. Aquí no vamos a
encontrar sino la locura y el sufrimiento y quizá la muerte.
—Puede
ser —dijo Howard—, pero vamos a entrar.
Su rostro
estaba ceniciento bajo el gran sombrero goteante, y sus ojos eran dos delgadas
rendijas azules.
—Muy bien
—dije de mala gana—. Pues entremos.
Nos
internamos lentamente por entre los árboles. Estos se elevaban inmensos por
encima de nosotros, y la espesa niebla los deformaba y fundía de tal modo que
parecían avanzar con nosotros. La niebla colgaba en jirones de sus ramas
retorcidas. ¿He dicho jirones? Eran más bien serpientes de niebla, serpientes
contorsionantes de venenosa lengua y ojos hipnóticos. A través de las
alborotadas nubes de niebla, vimos los escamosos, nudosos troncos de los
árboles, y cada uno de ellos se asemejaba al cuerpo torcido de un anciano
perverso. Sólo la pequeña mancha oblonga de luz de mi linterna nos protegía
contra su malevolencia. Avanzábamos a través de los grandes bancos de niebla, y
a cada paso los gritos se hacían más audibles. No tardamos en distinguir
fragmentos de frases, gritos histéricos que se fundían en gemidos prolongados:
«Más, más, más frío... me van devorando el cerebro, ¡más frío! ¡Ahhh!
Howard me
apretó el brazo.
—Lo
encontraremos —dijo—. No podemos volver atrás ahora.
Lo
encontramos tendido de costado. Se apretaba la cabeza con las manos y tenía el
cuerpo doblado en dos con las rodillas tan encogidas que casi le tocaban el
pecho. Estaba callado. Nos inclinamos y lo sacudimos, pero no emitió sonido
alguno.
—¿Está
muerto? —pregunté con voz ahogada. Sentía desesperados deseos de dar media
vuelta y echar a correr. Los árboles estaban muy cerca de nosotros.
—No sé
—dijo Howard—. No sé. Espero que sí.
Le vi
arrodillarse y deslizar una mano bajo la camisa del pobre desdichado. Durante
un momento, su rostro fue una máscara. Luego se levantó vivamente y movió
negativamente la cabeza.
—Está
vivo —dijo—. Debemos ponerle ropas secas lo antes posible.
Le ayudé.
Entre los dos levantamos la doblada figura del suelo y la transportamos entre
los árboles. Tropezamos dos veces y estuvimos a punto de caer, y las
enredaderas nos desgarraban las ropas. Las enredaderas eran pequeñas manos
malévolas que agarraban y desgarraban según la maligna instigación de los
grandes árboles. Sin una estrella que nos guiase, sin otra luz que la pequeña
linterna de bolsillo, cada vez más débil, nos abrimos paso hasta salir del
bosque de Mulligan. El zumbido no comenzó hasta que salimos del bosque. Al
principio apenas lo oíamos; era muy bajo, como el ronroneo de aparatos
gigantescos muy dentro de la tierra. Pero lentamente, mientras caminábamos con
nuestra carga, se fue elevando hasta que ya resultó imposible ignorarlo.
—¿Qué es
eso? —murmuró Howard, y a través de los espectrales jirones de la niebla vi que
su rostro tenía un tinte verdoso.
—No sé
—murmuré—. Es algo horrible. Jamás había oído nada semejante. ¿No puedes
caminar más de prisa?
Hasta ese
momento habíamos estado luchando contra horrores familiares, pero el zumbido y
ronroneo que aumentaba detrás de nosotros no se parecía a nada de lo que
pudiera oírse en la Tierra. Preso de incontenible horror, grité:
—¡Más de
prisa, Howard, más de prisa! ¡ En nombre de Dios, salgamos de aquí!
Mientras
hablaba, el cuerpo que transportábamos se retorció, y de sus labios contraídos
brotó un torrente de palabras incoherentes:
—Yo iba
entre los árboles, mirando hacia arriba. No podía ver las copas. Miraba hacia
arriba, y luego de pronto miré hacia abajo y esa cosa aterrizó sobre mis
hombros. Era todo patas... unas patas largas y serpeantes. Se lanzaron en
seguida sobre mi cabeza. Yo quería alejarme de los árboles, pero no podía.
Estaba solo en el bosque con eso a mi espalda, en mi cabeza, y cuanto traté de
correr, los árboles me alcanzaron y me hicieron caer. Me ha hecho el agujero
para poder penetrar. Quiere mi cerebro. Me ha hecho el agujero y se me ha
metido dentro y no hace más que sorber y sorber y sorber. Es frío como el hielo
y hace un ruido como de un enorme moscardón. Pero no es un moscardón. Y no es
una mano. Me equivoqué cuando dije que era una mano. No se le puede ver. Yo no
lo hubiera visto ni sentido de no haberme hecho un agujero, de no haber entrado
dentro de mí. Cuando casi lo ves, cuando casi lo sientes, significa que se está
preparando para penetrar.
—¿Puede
caminar, Wells? ¿Puede caminar?
Howard
había soltado las piernas de Wells, y pude oír el áspero jadeo de su
respiración mientras forcejeaba por librarse de su chubasquero.
—Creo que
sí —sollozó Wells—. Pero no importa. Ahora me tiene en su poder. Déjenme y
sálvense ustedes.
—¡Tenemos
que correr! —grité yo.
—Es
nuestra única posibilidad —exclamó Howard—. Wells, síganos. Síganos, ¿entiende?
Le consumirán el cerebro si le atrapan. Hay que correr, muchacho, ¡síganos!
Se alejó
a través de la niebla. Wells se tambaleó y le siguió como un hombre en trance.
Yo sentí un horror más terrible que la muerte. El ruido era espantosamente
alto, lo sentía en mis oídos, y sin embargo, en ese momento no me fue posible
moverme. El muro de niebla se hizo más espeso.
—¡Frank
se perderá! —dijo la voz de Wells, que se elevó en un grito desesperado.
—¡Volvamos!
—fue Howard el que gritó ahora—. Será la muerte, o algo peor, pero no podemos
abandonarlo.
—Seguid
—dije en voz alta—. No me cogerán. ¡Salvaos vosotros!
En mi
ansiedad por evitar que se sacrificaran, eché a correr alocadamente. Un
instante después me había reunido con Howard y le agarraba del brazo.
—¿Qué es
eso? —exclamó—. ¿De qué tenemos que tener miedo?
El
zumbido nos envolvía ahora, pero no era más fuerte.
—¡Sigue
corriendo o estaremos perdidos! —me instó él frenéticamente—. Han derribado
todas las barreras. Ese zumbido es un aviso. Nosotros somos sensitivos... hemos
sido advertidos, pero si aumenta estaremos perdidos. Ellos son fuertes cerca
del bosque de Mulligan; es aquí donde se han hecho sentir. Están tanteando
ahora... abriéndose camino. Más tarde, cuando hayan aprendido, se extenderán.
Si pudiésemos llegar a la granja...
—¡Llegaremos!
—grité, mientras me abría paso a manotazos entre la niebla.
—¡El
cielo nos ayude si no podemos! —gimió Howard.
Iba sin
su chubasquero, y su camisa empapada se pegaba trágicamente a su cuerpo flaco.
Avanzaba en la negrura a largas y furiosas zancadas. Muy delante de nosotros
oímos los alaridos de Henry Wells. Las sirenas gemían incesantemente, e
incesantemente, la niebla se enroscaba en torno a nosotros y nos envolvía. Y el
zumbido continuaba. Parecía increíble que pudiésemos encontrar el camino de la
granja en la negrura. Pero lo logramos, y entramos precipitadamente en ella
dando gritos de alegría.
—¡Cierra
la puerta! —exclamó Howard.
Cerré la
puerta.
—Aquí
estamos a salvo, creo —dijo—. Aún no han alcanzado la granja.
—¿Qué le
habrá ocurrido a Wells? —pregunté sin aliento, y entonces vi las huellas
mojadas que conducían a la cocina.
Howard
las vio también. Sus ojos brillaron momentáneamente de alivio.
—Me
alegra ver que está a salvo —murmuró—. Temía por él.
Luego su
rostro se ensombreció. La cocina estaba a oscuras, y ningún ruido salía de
allí. Sin decir palabra, Howard cruzó la habitación y se internó en la
oscuridad del otro lado. Yo me dejé caer en una silla, me enjugué el agua de
los ojos y me eché hacia atrás el pelo que me había caído en mojados mechones
sobre la cara. Permanecí sentado un momento, respirando agitadamente, y cuando
la puerta crujió, sentí un escalofrío. Pero en seguida recordé lo que había
dicho Howard: Aquí estamos a salvo, creo. Aún no han alcanzado la granja.
En cierto
modo, yo confiaba en Howard. Él se daba cuenta de que nos amenazaba un nuevo y
desconocido horror, y de alguna oscura manera había captado sus limitaciones.
Confieso, sin embargo, que cuando oí los gritos de la cocina mi fe en mi amigo
se tambaleó ligeramente. Oí gruñidos como no creo que hayan brotado jamás de
una garganta humana, y la voz de Howard se elevó en una violenta reconvención.
—¡Apártese!
¿Está usted completamente loco? ¡Nosotros le hemos salvado! ¡No, por favor...
deje mi pierna! ¡Ahhh!
Al ver a
Howard entrar tambaleante en la habitación, corrí hacia él y le cogí en brazos.
Estaba cubierto de sangre de pies a cabeza y su rostro era de color ceniza.
—Se ha
vuelto loco, furioso —gimió—. Va a cuatro patas como un perro. Se me ha lanzado
encima y casi me mata. He logrado zafarme de él, pero me ha dado un terrible
mordisco. Le he pegado en la cara... le he dejado inconsciente. Puede que lo
haya matado. Es un animal... tenía que defenderme.
Deposité
a Howard en el sofá y me arrodillé a su lado, pero él rechazó mi ayuda.
—¡No te
preocupes por mí! —me instó—. Coge una cuerda, rápido, y átalo. Si vuelve en sí
tendremos que luchar para defender nuestras vidas.
Lo que
siguió fue una pesadilla. Recuerdo vagamente que entré en la cocina con una
cuerda y até al pobre Wells a una silla; luego lavé y vendé las heridas de
Howard, y encendí un fuego en la chimenea. Recuerdo también que telefoneé
pidiendo un médico. Pero los incidentes se confunden en mi memoria, y no tengo
una noción clara de nada, hasta la llegada de un hombre alto y grave, de ojos
afables y simpáticos, cuya presencia resultaba tan sedante como un narcótico.
Examinó a Howard, asintió con la cabeza, y explicó que las heridas no eran
graves. Después examinó a Wells, pero no asintió. Luego dijo lentamente :
—Sus
pupilas no responden a la luz. Será necesario operarle inmediatamente. Con
franqueza, no creo que podamos salvarle.
—Esa
herida de la cabeza, doctor —dije—, ¿ha sido hecha por una bala?
El médico
arrugó el ceño.
—Me tiene
perplejo —dijo—. Naturalmente, ha sido hecha por una bala, pero debería estar
parcialmente cerrada. Penetra directamente en el cerebro. Usted dice que no
sabe cómo ocurrió. Le creo, pero pienso que debería notificarlo inmediatamente
a las autoridades. Seguramente se pondrán a buscar al homicida; a menos...
—hizo una pausa—, a menos que sea él mismo quien se haya infligido la herida.
Lo que usted me cuenta es muy raro. Parece increíble que haya sido capaz de
caminar durante horas. La herida se ha curado, evidentemente. No hay sangre
coagulada en absoluto.
Paseó
arriba y abajo.
—Debemos
operarle aquí, en seguida. Existe una ligera posibilidad. Por fortuna, he
traído algunos instrumentos. Vamos a despejar esta mesa y... ¿Cree usted que
podría sostenerme una lámpara?
Asentí.
—Lo
intentaré —dije.
—¡Bien!
El médico
se ocupó de los preparativos mientras yo deliberaba en mi interior sobre si
telefonear a la policía o no.
—Estoy
convencido —dije finalmente—, de que la herida se la ha hecho él mismo. Wells
se comportaba de un modo muy extraño. Si usted no tiene inconveniente,
doctor...
—¿Sí?
—Guardaremos
silencio sobre este asunto hasta después de la operación. Si Wells vive, no
habrá necesidad de involucrar al pobre hombre en una investigación policial.
El doctor
asintió.
—Muy bien
—dijo—. Le operaremos primero y decidiremos después.
Howard se
rió en silencio desde el lecho.
—La
policía —dijo en tono de burla—. ¿De qué serviría que corriese detrás de esos
seres del bosque de Mulligan?
Había un
acento irónico y siniestro en su risa que me turbó. Los horrores que habíamos
conocido en la niebla parecían absurdos e imposibles ante la fría y científica
presencia del doctor Smith, y no quise acordarme de ellos. El doctor se apartó
de sus instrumentos y me susurró al oído:
—Su amigo
tiene un poco de fiebre, y parece que delira. Tráigame un vaso de agua y le
prepararé un sedante.
Corrí a
buscar el vaso, y un momento después Howard dormía profundamente.
—Tome
—dijo el doctor al darme la lámpara—. Debe sostenerla firmemente, y enfocarla
según le diga yo.
La blanca
e inconsciente forma de Henry Wells yacía sobre la mesa que el doctor y yo
habíamos despejado, y temblé de pies a cabeza al pensar en el panorama que
tenía delante. Tendría que estar presente y contemplar el cerebro vivo de mi
pobre amigo cuando el doctor lo dejara implacablemente al descubierto. Con
dedos rápidos y experimentados, el doctor administró el anestésico. Yo me
sentía oprimido por una espantosa sensación de que estábamos cometiendo un
crimen, de que Henry Wells habría rechazado violentamente la operación, de que
habría preferido morir. Es espantoso mutilar el cerebro de un hombre. Y no
obstante, sabía que la decisión del doctor estaba por encima de todo reproche,
y que la ética de su profesión le exigía operar.
—Ya
estamos preparados —dijo el doctor Smith—. Baje la lámpara. ¡Ahora tenga
cuidado!
Vi
moverse el bisturí entre sus dedos hábiles y competentes. Estuve mirando un
momento, y luego volví la cabeza. Lo que capté en una fugaz mirada me puso
enfermo y me mareó. Puede que fuese la imaginación, pero en el instante de
fijar los ojos en la pared tuve la impresión de que el doctor estaba a punto de
desvanecerse. No pronunció sonido alguno, pero estaba casi seguro de que había
hecho un horrible descubrimiento.
—Baje la
lámpara —dijo. Su voz fue ronca y pareció provenir de lo más profundo de su
garganta.
Bajé la
lámpara unos centímetros sin volver la cabeza. Esperé un reproche suyo, una
maldición quizá, pero permaneció tan callado como el hombre que yacía en la
mesa. Sabía, sin embargo, que sus dedos seguían trabajando, pues los oía
moverse. Podía escuchar sus manos ágiles y veloces en torno a la cabeza de
Henry Wells. De pronto, tuve conciencia de que mi mano temblaba. Tenía ganas de
dejar caer la lámpara; sentía que no podía sostenerla más.
—¿Está
terminando ya? —murmuré con desesperación.
—¡Sostenga
esa lámpara con firmeza! —me ordenó el doctor—. Si mueve la lámpara otra vez...
no... no podré terminar de coser. ¡Me importa un bledo que me ahorquen! ¡No soy
curador de demonios!
Yo no
sabía qué hacer. Apenas podía sostener la lámpara, y la amenaza del doctor me
horrorizó.
—Haga
todo lo que esté de su parte —insté histéricamente—. Déle una posibilidad de
volver a la vida. Era un hombre afable y bueno... ¡antes!
Durante
un momento hubo silencio, y yo temí que no me hubiese escuchado. Esperé durante
un rato que arrojara el escalpelo y la esponja para echar yo a correr y salir a
la niebla. Cuando oí otra vez el movimiento de dedos, supe que había decidido
dar al condenado una posibilidad. Pasada la medianoche, me dijo el doctor que
ya podía dejar la lámpara. Me volví con una exclamación de alivio, y me
encontré con un rostro que nunca olvidaré. En tres cuartos de hora, el doctor
había envejecido diez años. Tenía oscuras ojeras bajo los ojos, y su boca
estaba contraída convulsivamente.
—No
sobrevivirá —dijo—. Tardará menos de una hora en expirar. No he tocado su
cerebro. No podía hacer nada. Al ver... su estado... lo he cosido
inmediatamente.
—¿Qué ha
visto? —medio susurré.
Una
expresión de indecible terror asomó a los ojos del doctor.
—He
visto..., he visto... —su voz se quebró, y todo su cuerpo se estremeció—. He
visto... ¡Oh!, la gran vergüenza, el mal que carece de forma y de figura...
De
pronto, se enderezó y miró desorbitadamente en torno suyo.
—¡Vendrán
aquí y lo reclamarán! —exclamó—. Han dejado su marca en él, y vendrán por él.
No deben quedarse ustedes aquí. ¡Esta casa está condenada a la destrucción!
Le miré
desamparadamente mientras cogía su sombrero y su maletín y se dirigía hacia la
puerta. Con dedos blancos, temblorosos, quitó el cerrojo y por un instante su
delgada figura se recortó en el rectángulo de ondulante vapor.
—¡Recuerde
lo que le he advertido! —gritó; luego se lo tragó la niebla.
Howard se
había incorporado y se frotaba los ojos.
—¡Ha sido
una mala jugada! —murmuró—. ¡Drogarme deliberadamente! De haber sabido yo que
ese vaso de agua...
—¿Cómo te
sientes? —le pregunté, sacudiéndole violentamente por los hombros—. ¿Crees que
podrás caminar?
—¡Me
drogas, y luego me pides que camine! Frank, eres un artista muy poco razonable.
¿Qué pasa ahora?
Señalé la
muda figura de la mesa.
—El
bosque de Mulligan es más seguro que esto —dije—. ¡Este hombre les pertenece
ahora!
Howard se
puso en pie de un salto y me sacudió por el brazo.
—¿Qué
quieres decir? —exclamó—. ¿Cómo lo sabes?
—El
doctor ha visto su cerebro —expliqué—. Y ha visto también algo que no ha
querido... que no ha podido describir. Pero ha dicho que vendrían por él, y yo
le creo.
—¡Debemos
marcharnos de aquí inmediatamente! —exclamó Howard—. Tu médico tiene razón.
Corremos un peligro mortal. Hasta el bosque de Mulligan..., pero no necesitamos
regresar al bosque. ¡Tenemos tu lancha!
—¡Tenemos
la lancha! —repetí, con la esperanza despertando débilmente en mi mente.
—La
niebla será nuestra más mortal amenaza —dijo Howard con el ceño fruncido—. Pero
hasta la muerte en el mar es preferible a este horror.
El muelle
no estaba lejos, y en menos de un minuto se encontró Howard sentado a popa de
la lancha, y yo manipulando furiosamente en el motor. Las sirenas gemían
todavía, pero no se veían luces en ningún punto del puerto. No podíamos ver a
un metro de nuestras narices. Los blancos fantasmas de la niebla se hacían
vagamente visibles en la oscuridad, pero más allá de ellos se extendía la noche
interminable, oscura y cargada de terror. Howard estaba hablando.
—Siento
como si reinase la muerte ahí fuera —dijo.
—Hay algo
más que la muerte ahí —dije, poniendo el motor en marcha—. Creo que podremos
evitar las rocas. Hay muy poco viento y conozco el puerto.
—Y,
naturalmente, contaremos con las sirenas que nos guiarán —murmuró Howard—. Creo
que será mejor que salgamos a mar abierto.
Yo era
del mismo parecer.
—La
lancha no resistiría un temporal —dije—, pero no tengo el menor deseo de
permanecer en el puerto. Si llegamos a mar abierto, probablemente nos recogerá
algún barco. Sería un disparate quedarnos donde nos puedan alcanzar.
—¿Cómo
sabemos hasta dónde pueden llegar? —gimió Howard—. ¿Qué representan las
distancias de la Tierra para seres que han viajado a través del espacio?
Invadirán la Tierra. Nos destruirán a todos completamente.
—Discutiremos
eso más tarde —grité, mientras rugía el motor lleno de vida—. Nos alejaremos lo
más posible. ¡Tal vez no se hayan enterado todavía! Mientras tengan
limitaciones, podemos escapar.
Avanzábamos
lentamente por el canal, y el chapoteo del agua contra los costados de la
lancha resultaba extrañamente tranquilizador. A sugerencia mía, Howard había
tomado la rueda del timón y la movía lentamente.
—Mantente
a la vía —grité—. No hay peligro hasta que lleguemos a los estrechos.
Durante
varios minutos seguí ocupado en el motor, mientras Howard gobernaba el timón en
silencio. Luego, de pronto, se volvió hacia mí con un gesto de júbilo.
—Creo que
la niebla se está levantando —dijo.
Miré
hacia la oscuridad que tenía ante mí. Efectivamente, parecía menos opresiva, y
las blancas espirales de bruma que se habían estado elevando en ella sin cesar
se disolvían ahora en flecos inconsistentes.
—Mantente
a la vía —grité—. Estamos de suerte. Si levanta la niebla podremos ver los
estrechos. Estáte atento a ver si descubrimos el faro de Mulligan.
No es
posible describir la alegría que nos invadió cuando vimos el faro. Amarillo y
brillante, barría el agua e iluminaba vivamente las siluetas de las grandes
rocas que se alzaban a ambos lados de los estrechos.
—Déjame
la rueda —grité, y me acerqué rápidamente—. Este paso es peliagudo, pero ahora
lo cruzaremos con facilidad.
En medio
de nuestra excitación y alegría, casi habíamos olvidado el horror que habíamos
dejado atrás. Me hice cargo del timón y sonreí con confianza mientras nos
desplazábamos por las negras aguas. Las rocas se aproximaron rápidamente, hasta
que sus enormes sombras se elevaron por encima de nosotros.
—¡Lo
conseguiremos! —grité.
Pero no
obtuve respuesta de Howard. Le oí toser y respirar con dificultad.
—¿Qué
pasa? —pregunté de pronto, y al volverme, vi que estaba encogido de miedo sobre
el motor. Se hallaba de espaldas a mí, pero supe instintivamente en qué
dirección miraba.
La oscura
orilla que habíamos abandonado brillaba como un crepúsculo inflamado. El bosque
de Mulligan ardía. Unas llamas enormes se elevaban desde las crestas más altas
de los árboles, y una espesa cortina de humo negro se desplegaba lentamente
hacia el este, oscureciendo las pocas luces que quedaban en el puerto. Pero no
fueron las llamas lo que me hizo gritar de miedo y horror. Fue la forma que se
alzaba por encima de los árboles, la inmensa, amorfa silueta que se desplazaba
lentamente por el firmamento. Bien sabe Dios que traté de creer que no había
visto nada. Que traté de creer que la forma era una mera sombra que proyectaban
las llamas, y recuerdo que agarré el brazo de Howard para darle confianza.
—El
bosque quedará destruido completamente —grité—, y esos seres horribles que han
venido morirán en él.
Pero
cuando Howard se volvió y movió negativamente la cabeza, comprendí que la
oscura, informe monstruosidad que se elevaba por encima de los árboles era algo
más que una sombra.
—¡Si lo
vemos claramente, estamos perdidos! —advirtió con la voz temblorosa por el
terror—. ¡Reza por que sigamos viéndolo sin forma!
Es más
viejo que el mundo —pensé—, más viejo que toda religión. Antes del alba de la
civilización, los hombres se arrodillaron ante él para adorarle. Está presente
en todas las mitologías. Es el símbolo primordial. Quizá, en el oscuro pasado,
hace miles y miles de años, acostumbraba a... rechazar a los invasores.
Combatiré a esa sombra con un alto y terrible misterio. De pronto, me sentí
extrañamente sereno. Sabía que apenas tenía un minuto que perder, que algo más
que nuestras vidas estaba en peligro, pero dejé de temblar. Me agaché
tranquilamente bajo el motor y saqué un montón de algodón sucio de grasa.
—Howard
—dije—, enciende una cerilla. Es nuestra única esperanza. Enciende una cerilla
inmediatamente.
Durante
lo que me pareció una eternidad, Howard se me quedó mirando sin comprender.
Luego, quebró el silencio de la noche con su risa.
—¡Una
cerilla! —gritó—. ¡Una cerilla para calentar nuestros pequeños cerebros! Sí;
necesitamos una cerilla.
—¡Confía
en mí! —supliqué—. Hazlo así... es nuestra única esperanza. Enciende una
cerilla rápidamente.
—¡No
comprendo! —Howard estaba serio ahora, pero le temblaba la voz.
—Se me ha
ocurrido algo que puede salvarnos —dije—. Por favor, enciéndeme este algodón
grasiento.
Asintió
lentamente. Yo no le había dicho nada, pero sabía que había adivinado lo que me
proponía hacer. Su intuición era a veces impresionante. Con dedos desmañados,
sacó un fósforo y lo encendió.
—Ten
valor —dijo—. Demuéstrales que no tienes miedo. Haz el signo con valentía.
Cuando se
prendió el algodón, la forma que se extendía sobre los árboles cobró espantosa
claridad.
Alcé el
algodón en llamas y lo crucé en línea recta por delante de mi cuerpo desde mi
hombro izquierdo al derecho. Luego me lo puse en la frente y lo bajé hasta mis
rodillas. Seguidamente cogió Howard el tizón y repitió el signo. Hizo dos
cruces, una sobre su cuerpo y otra sobre la oscuridad, sosteniendo la antorcha
en el extremo del brazo. Cerré un instante los ojos, pero aún pude ver la forma
por encima de los árboles. Después, se fue haciendo poco a poco más borrosa,
más vasta y caótica... y cuando volví a abrirlos, había desaparecido. No se
veía nada más que el bosque en llamas y las sombras que arrojaban los
corpulentos árboles. El horror había pasado, pero no me moví. Permanecí como
una imagen de piedra contemplando el agua negra. Luego, algo pareció estallar
en mi cabeza. Mi cerebro comenzó a girar, y me di un golpe contra la borda.
Habría
caído, pero Howard me cogió por los hombros.
—¡Estamos
salvados! —gritó—. ¡Hemos vencido!
—Me
alegro —dije. Pero estaba demasiado exhausto para alegrarme realmente. Mis
piernas cedieron y mi cabeza cayó hacia adelante. Todas las visiones y ruidos
de la Tierra se sumieron en una piadosa negrura.
Howard
estaba escribiendo cuando entré en la habitación.
—¿Cómo va
la historia? —pregunté.
Por un
momento, ignoró mi pregunta. Luego, lentamente, se volvió y me miró de frente.
Tenía los ojos hundidos, y su palidez era alarmante.
—No va
bien —dijo finalmente—. No me acaba de gustar. Hay facetas que todavía se me
escapan. No he logrado plasmar todo el horror de ese ser del bosque de
Mulligan.
Me senté
y encendí un cigarrillo.
—Quiero
que me expliques ese horror —dije—. Hace semanas que estoy esperando que
hables. Sé que hay algunas cosas que me ocultas. ¿Qué fue aquella cosa húmeda y
esponjosa que le cayó en la cabeza a Wells en el bosque? ¿Por qué oímos un
zumbido cuando huíamos en la niebla? ¿Qué significaba la forma que vimos por
encima de los árboles? ¿Y por qué, en nombre del cielo, no se extendió el
horror a través de la noche como temíamos? ¿Qué lo detuvo? Howard, ¿qué crees
que le sucedió realmente al cerebro de Wells? ¿Ardió su cuerpo con la casa, o
lo... lo reclamaron? Y el otro cuerpo que encontraron en el bosque de
Mulligan... aquel horror flaco y ennegrecido de cabeza acribillada... ¿cómo lo
explicas?
(Dos días
después del fuego habían encontrado un esqueleto en el bosque de Mulligan.
Todavía había unos cuantos trozos de carne socarrada adherida a los huesos, y
le faltaba la parte superior del cráneo.)
Transcurrió
un largo rato antes de que Howard tomara la palabra. Estaba sentado con la
cabeza inclinada y manoseaba su cuaderno de notas, y su cuerpo temblaba de pies
a cabeza. Por último, alzó los ojos. Le brillaban con una luz salvaje, y sus
labios eran color ceniza.
—Sí
—dijo—. Hablemos de ese horror. La semana pasada no quise abordar el tema.
Parecía demasiado espantoso para expresarlo con palabras. Pero no descansaré en
paz hasta que lo haya tejido en un relato, hasta que haya hecho que mis
lectores sientan y vean aquel horrible inexpresable ser. Y no puedo escribir
sobre este asunto mientras no disipe por completo la sombra de una duda que me
asalta. Puede que me ayude el hablar de todo ello. Me has preguntado qué era la
cosa húmeda que le cayó a Wells en la cabeza. Bien, pues creo que era un
cerebro humano... la sustancia de un cerebro humano, extraída a través de un
agujero, o de varios, practicados en una cabeza humana. Creo que el cerebro fue
extraído gradual e imperceptiblemente y reconstruido de nuevo por el monstruo.
Creo que ese ser utilizaba cerebros humanos con algún fin personal... quizá
para aprender de ellos. O quizá jugaba meramente con ellos. ¿El cuerpo
ennegrecido y acribillado del bosque de Mulligan? Era el cuerpo de la primera
víctima, algún pobre diablo que se extravió entre los árboles. Sospecho más
bien que los árboles contribuyeron. Creo que el horror los dotó de una extraña
vida. En cualquier caso, el pobre hombre perdió su cerebro. El horror se
apoderó del cerebro, y jugó con él, y se le cayó accidentalmente. Cayó sobre la
cabeza de Wells. Wells dijo que el brazo largo, delgado, blanquísimo, que vio,
tanteaba buscando algo que se le había caído. Naturalmente, Wells no vio en
realidad el brazo, objetivamente hablando, sino que el horror que carece de
forma y color había penetrado ya en su cerebro y se revestía de pensamiento
humano. En cuanto al zumbido que oímos y la forma que creímos ver por encima
del bosque en llamas... eran el horror que trataba de hacerse sentir, que
intentaba derribar las barreras, penetrar en nuestros cerebros y revestirse de
nuestros pensamientos. Casi lo logró. De haber visto el brazo blanco, habríamos
estado perdidos.
Howard se
acercó a la ventana. Retiró las cortinas y contempló un momento el puerto
populoso y los altos y blancos edificios que se alzaban contra la luz de la
luna. Contempló el horizonte del Manhattan inferior. Exactamente debajo de él,
los acantilados de las alturas de Brooklyn se veían surgir oscuramente.
—¿Por qué
no se salieron con la suya? —exclamó—. Podían habernos destruido por completo.
Podían habernos barrido de la Tierra... toda nuestra riqueza y nuestro poderío
habrían sucumbido ante ellos.
Me
estremecí.
—Sí...
¿por qué no se extendió el horror? —pregunté.
Howard se
encogió de hombros.
—No lo
sé. Quizá descubrieron que los cerebros humanos eran demasiado triviales y
absurdos como para ocuparse de ellos. Quizá dejamos de interesarles. Puede que
se cansaran de nosotros. Pero es posible también que los destruyera el signo. O
los hiciera regresar a través del espacio. Para mí que habían venido hace ya
millones de años, y el signo les ahuyentó. Cuando vieron que no habíamos
olvidado el empleo del signo, seguramente huyeron aterrados. Desde luego, no
han dado señales de su presencia en estas tres últimas semanas. Creo que se han
ido.
—¿Y Henry
Wells? —pregunté.
—Bueno,
su cuerpo no ha sido encontrado. Supongo que se lo llevaron.
—¿Y tú te
propones honradamente incluir esta... esta obscenidad en una historia? ¡Oh,
Dios mío! Todo es tan increíble, tan inaudito, que no puedo pensar que sea
verdad. ¿No lo habremos soñado? ¿Hemos estado verdaderamente alguna vez en
Partridgeville? ¿Estuvimos en una casa vieja y hablamos de cosas horribles
mientras la niebla se enroscaba a nuestro alrededor? ¿Es cierto que nos
internamos por aquel bosque impío? ¿Estaban efectivamente vivos los árboles, y
andaba Henry Wells a cuatro patas como un lobo?
Howard se
sentó tranquilamente y se subió una manga. Extendió su brazo delgado ante mí.
—¿Puedes
rebatir la realidad de esta cicatriz? —dijo—. Es la huella del animal que me
atacó, del hombre-bestia que era Henry Wells. ¿Un sueño? Me cortaría el brazo
inmediatamente por el codo si me convencieses de que ha sido un sueño.
Me
acerqué a la ventana y me quedé contemplando Manhattan durante largo rato. «Ahí
—pensé—, hay una realidad consistente. Es absurdo imaginar que algo puede
destruirla. Es absurdo imaginar que el horror era realmente tan terrible como
nos parecía en Partridgeville. Debo persuadir a Howard para que no escriba eso.
Debemos tratar de olvidarlo.»
Me volví
hacia donde estaba sentado y le puse una mano en el hombro.
—¿Por qué
no renuncias a incluir eso en tu relato? —le pedí suavemente.
—¡Nunca!
—se puso de pie, y sus ojos llamearon—. ¿Cómo piensas que puedo dejarlo cuando
casi lo he conseguido? Escribiré una historia que penetrará hasta lo más
profundo de un horror que carece de forma y de sustancia, pero que es más
terrible que una ciudad asolada por una plaga cuando el tañido de la campana
proclama el fin de toda esperanza. Superaré a Poe. Superaré a todos los
maestros.
—Supérales,
y condénate si quieres —dije airadamente—. Por ese camino se va a la locura,
pero es inútil discutir contigo. Tu egoísmo es demasiado descomunal.
Di media
vuelta y salí de la habitación. Se me ocurrió, mientras bajaba, que había hecho
el ridículo con mis miedos; pero, con todo, miré receloso por encima del
hombro, como si temiese que cayera rodando una piedra enorme y me aplastase
contra el suelo. «Howard debería olvidar el horror —pensé—. Debería apartarlo
de su mente. Se volverá loco si se empeña en escribir sobre eso.»
Pasaron
tres días antes de que volviera a ver a Howard.
—Pase
—dijo con voz extrañamente ronca cuando llamé a su puerta.
Le
encontré en bata y zapatillas, y tan pronto como le vi comprendí que estaba
tremendamente eufórico.
—¡Lo he
conseguido, Frank! —exclamó—. ¡He reproducido la forma que es informe, la gran
vergüenza que jamás ha visto hombre alguno, la rastrera y descarnada obscenidad
que sorbe nuestros cerebros!
Antes de
que yo pudiese abrir la boca, me puso en las manos el voluminoso mazo de hojas.
—Léelo,
Frank —me ordenó—. ¡Siéntate ahora mismo y léelo!
Me dirigí
a la ventana y me senté en el diván. Estuve allí abstraído de todo cuanto no
fuera las hojas mecanografiadas que tenía delante. Confieso que me consumía la
curiosidad. Jamás había puesto en duda el poder de Howard. Sabía obrar milagros
con las palabras; de sus páginas emanaban siempre hálitos desconocidos, y a su
invocación retornaban a la Tierra criaturas del más allá. Pero ¿podría sugerir
siquiera el horror que los dos habíamos conocido?, ¿podría esbozar la
repugnante, rastrera monstruosidad que había reclamado para sí el cerebro de
Henry Wells? Leí la historia de punta a cabo. La leí lentamente, agarrado a los
cojines que tenía junto a mí en un frenesí de repugnancia. Tan pronto como la
terminé, Howard me la arrebató. Evidentemente, temía que yo pudiera romperla.
—¿Qué te
parece? —gritó rebosante de gozo.
—¡Es
terriblemente inmunda! —exclamé yo—. Viola intimidades de la mente que jamás
deberían ponerse al descubierto.
—Pero
¿concederás que he logrado plasmar el horror de manera convincente?
Asentí, y
recogí el sombrero.
—Te ha
salido tan convincente que no puedo quedarme a charlar contigo. Saldré a pasear
hasta que amanezca. Hasta que esté tan cansado que no tenga fuerzas para
preocuparme, ni pensar, ni recordar.
—¡Es un
relato muy bueno! —me gritó, pero yo bajé las escaleras y salí de la casa sin
contestar.
Eran
pasadas las doce de la noche cuando sonó el teléfono. Dejé el libro que estaba
leyendo y cogí el receptor.
—¿Sí,
diga? —pregunté.
—¡Frank,
soy Howard! —la voz era extrañamente alta—. ¡Ven lo más de prisa que puedas!
¡Han regresado! Y, Frank, el signo carece de poder. He probado a hacerlo, pero
el zumbido se hace cada vez más fuerte, y hay una forma confusa... —la voz de
Howard se apagó desdichadamente.
Grité con
sinceridad al receptor:
—¡Valor,
muchacho! No dejes que sospechen que tienes miedo. Haz el signo una y otra vez.
Iré en seguida.
La voz de
Howard llegó de nuevo, más ronca esta vez.
—La forma
se va haciendo más y más definida. ¡Y no puedo hacer nada! Frank, no tengo
poder para hacer el signo. He perdido todo derecho a la protección del signo.
Me he convertido en un sacerdote del Diablo. Esa historia... no debí haberla
escrito jamás.
—Demuéstrales
que no tienes miedo —grité.
—¡Lo
intentaré! ¡Lo intentaré! ¡Ah, Dios mío! ¡La forma está...!
No esperé
a escuchar más. Cogí frenéticamente mi sombrero y mi chaqueta, y eché a correr
escaleras abajo y salí a la calle. Cuando llegaba al bordillo de la acera sentí
vértigo. Me agarré a una farola para no caerme e hice con la mano una vaga seña
a un taxi que pasaba. Afortunadamente, el taxista me vio. Detuvo el coche y yo
bajé tambaleándome a la calzada y me metí en él.
—¡Rápido!
—grité—. ¡Lléveme al diez de Brooklyn Heights!
—Sí,
señor. Fría noche, ¿no es verdad?
—¡Fría!
—grité—. Fría será, efectivamente, cuando consigan penetrar. Fría cuando
empiecen a...
El
conductor me miró con asombro.
—Está
bien, señor —dijo—. Llegaremos en seguida a su casa, señor. ¿Ha dicho Brooklyn
Heights, señor?
—Brooklyn
Heights —gruñí, y me hundí en el asiento.
Mientras
el coche corría, traté de no pensar en el horror que me aguardaba. Me agarraba
desesperadamente a un clavo ardiendo. «Es posible —pensé— que Howard haya
perdido temporalmente el juicio. ¿Cómo podría haberle encontrado el horror
entre tantos millones de personas? No puede ser que haya ido a buscarle
expresamente a él, entre tantas multitudes. Es demasiado insignificante. Jamás
irían eligiendo a los seres humanos de un modo deliberado. Jamás irían tras los
seres humanos..., pero han ido a buscar a Henry Wells. ¿Y qué ha dicho Howard?
"Me he convertido en sacerdote del Diablo". ¿Por qué no en sacerdote
de ellos? ¿Y si Howard se ha convertido en su sacerdote en la Tierra? ¿Y si su
historia le ha valido que le eligiesen como sacerdote?»
Este
pensamiento resultaba una pesadilla para mí, así que lo deseché furiosamente.
«Tendrá valor para resistir —pensé—. Les demostraré que no tiene miedo.»
—Hemos
llegado, señor. ¿Le ayudo a entrar en la casa, señor?
El coche
se había detenido, y yo gemí al darme cuenta de que estaba a punto de entrar en
lo que podría resultar mi propia tumba. Bajé a la acera y le di al taxista todo
el dinero suelto que llevaba encima. Él me miró asombrado.
—Me ha
dado demasiado —dijo—. Tenga, señor...
Pero le
despedí con un gesto y subí la escalinata de la entrada a toda prisa. Cuando
metí la llave en la puerta, pude oírle que decía:
—¡Es el
borracho más extravagante que he visto jamás! Me da cuatro dólares por llevarle
a diez manzanas de distancia, y no quiere ni las gracias.
La
entrada estaba a oscuras. Me detuve al pie de la escalera y grité:
—¡Estoy
aquí, Howard! ¿Puedes bajar?
No hubo
respuesta. Aguardé quizá unos diez minutos, pero no se oía ruido alguno en la
habitación de arriba.
—¡Voy a
subir! —grité con desesperación, y empecé a subir las escaleras. Temblaba de
pies a cabeza. «Le han cogido —pensé—. He llegado demasiado tarde. Quizá sea
mejor que no... ¡Gran Dios!, ¿qué ha sido eso?»
Estaba
indeciblemente aterrado. Los ruidos de la habitación de arriba eran
inequívocos, alguien suplicaba y gritaba en la agonía. ¿Era la voz de Howard?
Capté confusamente algunas palabras: ¡Reptando, uf! ¡Reptando, uf! ¡Oh, ten
piedad! Frío y cla-aro. ¡Reptando, uf! ¡Dios del cielo!
Llegué al
rellano, y cuando las súplicas se elevaron en roncos alaridos caí de rodillas,
e hice sobre mi cuerpo y sobre la pared que tenía a mi lado la señal. Hice el
signo original que nos había salvado en el bosque de Mulligan, pero esta vez la
hice imperfectamente, no con fuego, sino con dedos que temblaban y se agarraban
a mi ropa, sin valor ni esperanza, confusamente, con la convicción de que nada
podría salvarme. Y entonces me levanté rápidamente y acabé de subir las
escaleras. Todo lo que pedía era que se apoderase de mí rápidamente, que mis
sufrimientos fuesen breves bajo las estrellas. La puerta de la habitación de
Howard estaba entornada. Con un tremendo esfuerzo, alargué la mano y cogí el
pomo. Lentamente, hice girar la puerta hacia dentro. Durante un instante no vi
nada, sino la forma inmóvil de Howard en el suelo. Estaba de espaldas. Tenía
las rodillas levantadas y se había llevado una mano a la cara con la palma
hacia afuera, como para tapar una visión atroz.
Al entrar
en la habitación, reduje mi campo visual intencionadamente bajando los ojos.
Sólo vi el suelo y la parte inferior de la estancia. No quise levantar la
vista. La había bajado como medida de protección, por temor a lo que pudiese
haber en la habitación. No quería levantar la vista, pero allí dentro había
poderes, que actuaron en ese momento, a los que no me fue posible resistir.
Sabía que si miraba de frente, el horror podría destruirme, pero no tenía
elección. Lenta, dolorosamente, alcé los ojos y miré de frente la habitación.
Habría sido preferible, creo, haberme arrojado inmediatamente y haberme
entregado a la monstruosidad que se alzaba en el centro. La visión de esa
terrible forma oscuramente velada se interpondrá entre mí y los placeres del mundo
mientras viva.
Desde el
techo al suelo flotaba e irradiaba una luz cegadora. Y atravesadas por las
extremidades que giraban a un lado y a otro, estaban las páginas de la historia
de Howard. En el centro de la habitación, entre el techo y el suelo, giraban
las páginas, y la luz iba quemando las hojas y los dardos espirales y
descendentes penetraban en el cerebro de mi pobre amigo. La luz fluía en una
continua corriente hacia el interior de su cabeza, y arriba, el Señor de la luz
se movía con el lento balanceo de toda su magnitud. Solté un grito y me tapé
los ojos con las manos, pero el Señor siguió moviéndose... adelante y atrás,
adelante y atrás. Y siguió irradiando su luz hacia el cerebro de mi amigo. Y
entonces brotó de la boca del Señor el más espantoso sonido... Yo había
olvidado el signo que había hecho tres veces abajo en la oscuridad. Había
olvidado el inmenso y terrible misterio ante el cual son impotentes todos los
invasores. Pero cuando lo vi formarse en la habitación, adquirir de manera
inmaculada una configuración, con una terrible integridad por encima de la luz,
supe que estaba salvado.
Sollocé y
caí de rodillas. La luz disminuyó, y el Señor se contrajo ante mis ojos. Y
entonces, desde los muros, desde el techo, desde el suelo, brotaron llamas: una
llama blanca y pura que consumía, que devoraba y destruía para siempre.
Pero mi
amigo había muerto.
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Frank
Belknap Long (1901-1994)


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