© Libro N° 11969.
Lo Innombrable. Lovecraft,
H.P. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
The Unnamable, H.P. Lovecraft (1890-1937)
Versión Original: © Lo Innombrable. H.P. Lovecraft
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
H.P. Lovecraft
Lo
Innombrable
H.P.
Lovecraft
Estábamos
sentados en una ruinosa tumba del siglo XVI, a avanzada hora de la tarde de un
día de otoño, en el viejo cementerio de Arkham, y divagábamos sobre lo
innombrable. Mirando hacia el sauce gigantesco del cementerio, cuyo tronco casi
había hundido la antigua y casi ilegible losa, y había hecho un comentario
fantástico sobre el alimento espectral e incalificable que sus colosales raíces
succionaban sin duda de aquella tierra vetusta y macabra; mi amigo me amonestó
por decir esas tonterías, y añadió que puesto que no se habían efectuado
enterramientos desde hacía más de un siglo, probablemente el árbol no recibía
otro alimento que el ordinario.
Añadió
además que mi constante alusión a lo «innombrable» y lo «incalificable» eran un
recurso pueril, muy en consonancia con mi escasa categoría como escritor. Yo
era muy aficionado a terminar mis relatos con suspiros o ruidos que paralizaban
las facultades de mis héroes y les dejaban sin valor, sin palabras y sin
recuerdos para decir qué habían experimentado. Conocemos las cosas, decía él,
sólo a través de nuestros cinco sentidos o nuestras intuiciones religiosas; por
tanto, es completamente imposible hacer referencia a ningún objeto o visión que
no pueda describirse claramente mediante las sólidas definiciones empíricas o
las correctas doctrinas teológicas, preferentemente congregacionalistas, con
las modificaciones que la tradición o sir Arthur Conan Doyle puedan aportar.
Con este
amigo, Joel Manton, discutía a menudo lánguidamente. Era director de la East
High School, nacido y criado en Boston, y participaba de esa sordera
autocomplaciente de Nueva Inglaterra para las delicadas insinuaciones de la
vida. Su opinión era que sólo nuestras experiencias normales y objetivas poseen
importancia estética, y que lo que incumbe al artista es no tanto suscitar una
fuerte emoción mediante la acción, el éxtasis y el asombro, como mantener un
plácido interés y apreciación con detalladas y precisas transcripciones de lo
cotidiano. En particular, era contrario a mi preocupación por lo místico y lo
inexplicable; porque aunque creía en lo sobrenatural mucho más que yo, no
admitía que fuera tema suficientemente común para abordarlo en literatura.
Para un
intelecto claro, práctico y lógico, era increíble que una mente pudiese
encontrar su mayor placer en la evasión respecto de la rutina diaria, y en las
combinaciones originales y dramáticas de imágenes normalmente reservadas por el
hábito y el cansancio a las trilladas formas de la existencia real. Según él,
todas las cosas y sentimientos tenían dimensiones, propiedades, causas y
efectos fijos; y aunque sabía vagamente que el entendimiento tiene a veces
visiones y sensaciones de naturaleza bastante menos geométrica, clasificable y
manejable, se creía justificado para trazar una línea arbitraria, y desestimar
todo aquello que no puede ser experimentado y comprendido por el ciudadano
ordinario. Además, estaba casi seguro de que no puede existir nada que sea
«innombrable». No era razonable, según él.
Aunque me
daba cuenta de que era inútil aducir argumentos imaginativos y metafísicos
frente a la autosatisfacción de un ortodoxo de la vida diurna, había algo en el
escenario de este coloquio vespertino que me incitaba a discutir más que de
costumbre. Las gastadas losas de pizarra, los árboles patriarcales, los
centenarios tejados holandeses de la vieja ciudad embrujada que se extendía
alrededor; todo contribuía a enardecerme el espíritu en defensa de mi obra; y
no tardé en llevar mis ataques al terreno mismo de mi enemigo.
En
efecto, no me fue difícil iniciar el contraataque, ya que sabía que Joel Manton
seguía medio aferrado a muchas de las supersticiones de que las gentes
cultivadas habían abandonado ya; creencias en apariciones de personas a punto
de morir en lugares distantes, o impresiones dejadas por antiguos rostros en
las ventanas, a las que se habían asomado en vida. Dar crédito a estas consejas
de vieja campesina, insistía yo, presuponía una fe en la existencia de
sustancias espectrales en la tierra, separadas de sus duplicados materiales y
consiguientes a ellos. Implicaba, además, una capacidad para creer en fenómenos
que estaban más allá de todas las nociones normales; pues si un muerto puede
transmitir su imagen visible o tangible a la distancia de medio mundo o
desplazarse a lo largo de siglos, ¿por qué iba a ser absurdo suponer que las
casas deshabitadas están llenas de extrañas entidades sensibles, o que los
viejos cementerios rebosan de terribles e incorpóreas generaciones de
inteligencias?
Y dado
que el espíritu, para efectuar las manifestaciones que se le atribuyen, no
puede sufrir limitación alguna de las leyes de la materia, ¿por qué es una
extravagancia imaginar que los seres muertos perviven psíquicamente en formas
—o en ausencias de formas— que para el observador humano resultan absoluta y
espantosamente «innombrables»? El sentido común, al reflexionar sobre estos
temas, le aseguré a mi amigo con calor, no es sino uña estúpida falta de
imaginación y de flexibilidad mental.
Había
empezado a oscurecer, pero a ninguno de los dos nos apetecía dejar la
conversación. Manton no parecía impresionado por mis argumentos, y estaba
deseoso de refutarlos Con esa confianza en sus propias opiniones que tanto
éxito le daba como profesor, mientras que yo me sentía demasiado seguro en mi
terreno para temer una derrota. Cayó la noche, y las luces brillaron débilmente
en algunas de las ventanas distantes; pero no nos movimos.
Nuestro
asiento —un sepulcro— era bastante cómodo, y yo sabía que a mi prosaico amigo
no le inquietaba la cavernosa grieta que se abría en la antigua obra de
ladrillos, maltratada por las raíces, justo detrás de nosotros, ni la total
negrura del lugar que proyectaba la ruinosa y deshabitada casa del siglo XVII
que se interponía entre nosotros y la calle iluminada. Allí, sentados en la
oscuridad, junto a la hendida tumba próxima a la casa deshabitada,
conversábamos sobre lo «innombrable»; y cuando mi amigo dejó de burlarse, le
hablé de la espantosa prueba que había detrás del relato mío del que más se
había burlado él.
El relato
se titulaba La ventana del ático y había aparecido en el número de Whispers
correspondiente a enero de 1922. En muchos lugares, especialmente en el sur y
en la costa del Pacífico, retiraron la revista de los kioscos a causa de las
quejas de los estúpidos pusilánimes; pero en Nueva Inglaterra no causó ninguna
emoción, y las gentes se encogieron de hombros ante mis extravagancias. Era
impensable, dijeron, que nadie se sobresaltase con aquel ser biológicamente
imposible; no era sino una conseja más, una habladuría que Cotton Mather había
hecho lo bastante creíble como para incluirla en su caótica Magnalia Christi
Americana, y se hallaba tan pobremente autentificada que ni siquiera se había
atrevido a citar el nombre de la localidad donde había tenido lugar el horror.
Y en
cuanto a la ampliación que yo hacía de la breve nota del viejo místico... ¡era
completamente imposible, y típica de un plumífero frívolo y fantasioso! Mather
había dicho efectivamente que había nacido semejante ser; pero nadie, salvo un
sensacionalista barato, podría pensar que se hubiese desarrollado, se fuese
asomando a las ventanas de las gentes por las noches, y se ocultara en el ático
de una casa, en cuerpo y alma, hasta que alguien lo descubrió siglos después en
la ventana, aunque no pudo describir qué fue lo que le volvió grises los
cabellos. Todo esto no era más que descarada mediocridad, cosa en la que no
paraba de insistir mi amigo Manton.
Entonces
le hablé de lo que había descubierto en un viejo diario redactado entre 1706 y
1723, desenterrado de entre los papeles de la familia, a menos de una milla de
donde estábamos sentados; de eso, y de la verdad irrefutable de las cicatrices
que mi antepasado tenía en el pecho y la espalda, que el diario describía. Le
hablé también de los temores que abrigaban otras gentes de esa región, y de lo
que se murmuró durante generaciones, y de cómo se demostró que no era fingida
la locura que le sobrevino al niño que entró en 1793 en una casa abandonada
para examinar determinadas huellas que se decía que había.
Fue sin
duda un ser horrible... no es de extrañar que los estudiosos se estremezcan al
abordar la época puritana de Massachussetts. Se conoce muy poca cosa de lo que
ocurrió bajo la superficie, aunque a veces supura horriblemente con un burbujeo
putrescente. El terror a la brujería es un destello de luz de lo que bullía en
los estrujados cerebros de los hombres; pero incluso eso es una pequeñez. No
había belleza, no había libertad... como puede comprobarse en los restos
arquitectónicos y domésticos, y los sermones envenenados de los rigurosos
teólogos. Y dentro de esa herrumbrosa camisa de fuerza, se ocultaban
farfullantes la atrocidad, la perversión y el satanismo. Esta era,
verdaderamente, la apoteosis de lo innombrable.
Cotton
Mather, en ese demoníaco sexto libro que nadie debe leer de noche, no se anda
con rodeos al lanzar sus anatemas. Severo como un profeta judío, y
lacónicamente imperturbable como nadie hasta entonces, habla de la bestia que
dio a luz un ser superior a las bestias, aunque inferior al hombre, el ser del
ojo manchado, y del desdichado y vociferante borracho al que ahorcaron por
tener un ojo así. De todo esto se atreve a hablar, aunque no cuenta lo que
ocurrió después. Quizá no llegó a saberlo; o quizá sí, y no se decidió a
contarlo. Hay quien sí que se enteró, aunque no llegó a decir nada.
Tampoco
se dio explicación pública de por qué se hablaba con temor de la cerradura de
la puerta que había al pie de la escalera de cierto ático donde vivía un viejo
solitario, amargado y decrépito, el cual se había atrevido a levantar la losa
de determinada sepultura anónima, sobre la cual, sin embargo, existen numerosas
leyendas capaces de helarle la sangre a cualquiera.
Todo está
en ese diario ancestral que encontré: las secretas alusiones e historias
susurradas sobre seres con un ojo manchado que andaban asomándose a las
ventanas por la noche o eran vistos por los prados desiertos, cerca de los
bosques. Mi antepasado vio a un ser así en una carretera sombría que corría por
un valle, el cual le dejó señales de cuernos en el pecho y de garras en la
espalda; y cuando buscaron sus pisadas en el polvo, encontraron huellas
mezcladas de pezuñas hendidas y zarpas vagamente antropoides. En una ocasión,
un jinete del servicio de correo contó que había visto a la luz de la luna,
unas horas antes del amanecer, a un viejo corriendo y llamando a una criatura
espantosa que andaba a zancadas por Meadow Hill, y muchos le creyeron.
Desde
luego, corrió una extraña historia una noche de 1710, cuando el viejo solitario
y decrépito fue enterrado en una cripta que había detrás de su propia casa,
cerca de la losa de pizarra sin inscripción. Nadie abrió la puerta que daba
acceso a la escalera del ático, sino que dejaron la casa como estaba, pavorosa
y desierta. Cuando se oían ruidos en ella, la gente murmuraba y se estremecía,
confiando en que fuese bastante sólido el cerrojo de la puerta del ático. Más
tarde, esta confianza se vio frustrada cuando el horror se presentó en la casa
parroquial y no dejó una sola alma viva o entera. Con el paso de los años, las
leyendas adoptan un carácter espectral... pero supongo que aquel ser debió de
morir, si era una criatura viva. Su recuerdo sigue siendo espantoso... tanto
más espantoso cuanto que ha sido secreto.
Durante
esta narración, mi amigo Manton se había ido quedando en silencio, y observé
que mis palabras le habían impresionado. No se rió al callarme yo, sino que me
preguntó muy serio sobre el niño que enloqueció en 1793, y qué parecía ser el
héroe de mi historia. Le dije que el chico había ido a aquella casa encantada y
desierta, seguramente movido por la curiosidad, ya que creía que las ventanas
conservan latente la imagen de quienes habían estado sentados junto a ellas. El
chico fue a examinar las ventanas de aquel horrible ático a causa de las
historias sobre los seres que se habían visto detrás de ellas, y regresó
gritando frenéticamente.
Cuando
acabé de hablar, Manton se quedó pensativo; pero poco a poco volvió a su
actitud analítica. Concedió que quizá había existido realmente un monstruo
espantoso; pero me recordó que ni siquiera la más morbosa aberración de la
naturaleza tiene por qué ser innombrable ni científicamente indescriptible.
Admiré su claridad y persistencia; pero añadí nuevas revelaciones que había
recogido entre la gente de edad. Leyendas espectrales, aclaré, relacionadas con
apariciones monstruosas más horribles que cuantas entidades orgánicas podían
existir; apariciones de formas bestiales y gigantescas, visibles a veces, y a
veces sólo tangibles, que flotaban en las noches sin luna y rondaban por la
vieja casa; la cripta que había detrás, y el sepulcro junto a cuya losa ilegible
había brotado un árbol.
Tanto si
tales apariciones habían matado o no personas a cornadas o sofocándolas, como
se decía en algunas tradiciones no comprobadas, habían causado una tremenda
impresión; y aún eran secretamente temidas por los más viejos de la región,
aunque las nuevas generaciones casi las habían olvidado... Quizá
desaparecieran, si se dejaba de pensar en ellas. Es más, en lo que se refería a
la estética, si las emanaciones psíquicas de las criaturas humanas consistían
en distorsiones grotescas, ¿qué representación coherente podría expresar o
reflejar una nebulosidad gibosa e infame como aquel espectro de maligna y
caótica perversión, aquella blasfemia morbosa de la naturaleza? Modelado por el
cerebro de una pesadilla híbrida, ¿no constituirá semejante horror vaporoso,
con todo su nauseabunda verdad, lo intensa, escalofriantemente innombrable?
Sin duda
se había hecho muy tarde. Un murciélago singularmente silencioso me tozó al
pasar, y creo que a Manton también, porque aunque no podía verle, noté que
levantaba el brazo. Luego dijo:
—Pero,
¿sigue en pie y deshabitada esa casa de la ventana del ático?
—Si
—contesté---. Yo la he visto.
—¿Y
encontraste algo... en el ático o en algún otro lugar?
—Unos
cuantos huesos bajo el alero. Quizá fue eso lo que vio el niño; si era muy
sensible, no necesitó ver nada en el cristal de la ventana para perder la
razón. Si pertenecían al mismo ser, debió de tratarse de una monstruosidad
histérica y delirante. Habría sido blasfemo dejar tales huesos en el mundo; así
que los metí en un saco y los llevé a la tumba que hay detrás de la casa. Había
una abertura por donde los pude arrojar al interior. No pienses que fue una
tontería por mi parte... Quisiera que hubieses visto el cráneo. Tenía unos
cuernos de unas cuatro pulgadas; en cambio, la cara y la mandíbula eran igual
que la tuya o la mía.
Al fin
pude notar que Manton, ahora muy cerca de mí, experimentaba un auténtico
escalofrío. Pero su curiosidad no se dejó intimidar.
—¿Y los
cristales de las ventanas?
—Habían
desaparecido todos. Una de las ventanas había perdido completamente el marcó;
en las demás, no había rastro de cristales en las pequeñas aberturas
romboidales. Eran de esa clase de ventanas de celosía que cayeron en desuso
antes de 1700. Supongo que llevaban un siglo o más sin cristales... quizá los
rompiera el niño, si es que llegó hasta allí; la leyenda no lo dice.
Manton se
quedó pensativo otra vez.
—Me
gustaría ver la casa, Carter. ¿Dónde está? Tanto si tiene cristales como si no,
quisiera echarle una ojeada. Y también a la tumba donde pusiste aquellos
huesos, y la otra sepultura sin inscripción... todo eso debe de ser un poco
terrible.
—La has
estado viendo... hasta que se ha hecho de noche.
Mi amigo
se puso más nervioso de lo que yo me esperaba; porque ante este golpe de
inocente teatralidad, se apartó de mí neuróticamente y dejó escapar un grito,
con una especie de atragantamiento que liberó su tensión contenida. Fue un
grito singular, y tanto mas terrible cuanto que fue contestado. Pues aún
resonaba, cuando oí un crujido en la tenebrosa negrura, y comprendí que se
abría una ventana de celosía en aquella casa vieja y maldita que teníamos allí
cerca. Y dado que todos los demás marcos de ventana hacía tiempo que habían
desaparecido, comprendí que se trataba del marco espantoso de aquella ventana
demoníaca del ático.
Luego nos
llegó una ráfaga de aire fétido y glacial procedente de la misma espantosa
dirección, seguida de un alarido penetrante que brotó junto a mí, de aquella
tumba agrietada de hombre y monstruo. Un instante después, fui derribado del
horrible banco donde estaba sentado por el impulso infernal de una entidad
invisible de tamaño gigantesco, aunque de naturaleza indeterminada. Caí cuan
largo era en el moho trenzado de raíces de ese horrendo cementerio, mientras de
la tumba salía un rugido jadeante y un aleteo, y mi fantasía se valía de ellos
para poblar la oscuridad con legiones de seres semejantes a los deformes
condenados de Milton. Se formó un vórtice de viento helado y devastador, y
luego hubo un tableteo de ladrillos y cascotes sueltos; pero, misericordiosamente,
me desvanecí antes de comprender lo que ocurría.
Manton,
aunque más bajo que yo, es más resistente; porque abrimos los ojos casi al
mismo tiempo, a pesar de que sus heridas eran más graves. Nuestras camas
estaban juntas, y en pocos segundos nos enteramos de que estábamos en el
hospital de St. Mary. Las enfermeras se habían congregado a nuestro alrededor,
en tensa curiosidad, ansiosas por ayudar a nuestra memoria, contándonos cómo
habíamos llegado allí; y no tardamos en saber que un granjero nos había
encontrado a mediodía en un campo solitario al otro lado de Meadow Hill, a una
milla del viejo cementerio, en un lugar donde se dice que hubo en otro tiempo
un matadero.
Manton
tenía dos serias heridas en el pecho, así como algunos cortes o arañazos menos
graves en la espalda. Yo no estaba malherido; pero tenía el cuerpo cubierto de
morados y contusiones de lo más desconcertantes, y hasta una huella de pezuña
hendida. Era evidente que Manton sabía más que yo, pero no dijo nada a los
perplejos e interesados médicos, hasta que le explicaron cual era la naturaleza
de nuestras heridas. Entonces dijo que habíamos sido victimas de un toro
resabiado... aunque resultó difícil explicar e identificar al animal.
Cuando
las enfermeras y los médicos nos dejaron, le susurré una pregunta sobrecogida:
—¡Dios
mío, Manton, ¿qué ha pasado? Esas señales... ¿ha sido eso?
Pero yo
estaba demasiado perplejo para alegrarme, cuando me contestó en voz baja algo
que yo medio me esperaba:
—No... no
ha sido eso ni mucho menos. Estaba en todas partes... era una gelatina... un
limo.., sin embargo, tenía formas, mil formas espantosas imposibles de
recordar. Tenía ojos... uno de ellos manchado. Era el abismo, el maelstrom, la
abominación final. Carter, ¡era lo innombrable!
____________________________
H.P.
Lovecraft (1890-1937)

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