© Libro N° 11968.
La Lluvia De Fuego. Lugones,
Leopoldo. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
La Lluvia De Fuego, Leopoldo Lugones (1874-1938)
Versión Original: © La Lluvia De Fuego. Leopoldo Lugones
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leopoldo Lugones
La Lluvia
De Fuego
Leopoldo
Lugones
Recuerdo
que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles
atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta. Desde mi
terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de
bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...
A eso de
las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá, partículas de cobre
semejantes a las morcellas de un pabilo; partículas de cobre incandescente que
daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez;
el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de
cantar. Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un
momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi
miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz
solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban
lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a
largos intervalos.
Debo
confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en
una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño
granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?
Acababa
de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no
caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la
brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de
mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos
que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían
siempre los temibles gránulos. En fin, aquello no había de impedirme almorzar,
pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto
miedo de las chispas.
Verdad es
que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba. ¿Me resguardaba? Alcé
los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir. En el
comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía
dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi
orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada
podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía
narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía;
y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a
los hombres.
¡Diez
años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines,
a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las
tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado
de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo. La
vasta ciudad libertina, era para mí un desierto donde se refugiaban mis
placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis
peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o
tres ataques de gota por año...
Tenía el
honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio,
dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho -lo digo sin orgullo- a
un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de
inventar un nuevo beso. Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y
de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso
frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la
servidumbre no daba muestras de notarla.
De
pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo
reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez
un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo
sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en
aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.
Bruscamente
acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la
servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había
desconcertado. Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El
suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia
aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me
sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del
fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un
vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de
los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me
dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron
más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.
Sin ser
grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de
cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego
aquella limpidez del cielo, no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante
del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la
inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el
terrible cobre, pero el firmamento permanecía impasible en su azul.
Ganábame
poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había
pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir!
¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de
estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta
años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana? ¿Huir? Y
pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto,
con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo
alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria.
Quedaba
una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el
desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de
ningún foco visible, debía ser general. No obstante el vago terror que me
alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco
enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y
después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin
embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.
En ese
momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella,
advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias,
coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta
despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta
quemaban petardos. Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido
bienestar solidario, la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo
seguía purísimo. Muchachos afanosos, recogían en escudillas la granalla de
cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de
la grande amenaza celeste.
Más
numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que
sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas
en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas.
Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en
deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón,
erguido en su carro, manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que
con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayuntamientos
de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la
delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la
autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería
bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.
Seguido
por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los
patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas
secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas. Un personaje
fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de
crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio
y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados.
Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir.
Al
anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial,
matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia y un
agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de
aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron
completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente
iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta.
En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus
balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en
proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas
pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles.
En cada
esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce.
El césped de los parques, palpitaba de parejas. Regresé temprano y rendido.
Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño. Desperté bañado en
sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia.
Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el
escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda
vibración.
Casi no
necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría. La lluvia de
cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho
sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por
fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las
puertas. Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin
follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas
de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas, se divisaba el
firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé,
llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había
ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y
cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar
hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una
tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.
Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano,
atestado de vinos. Bajé a él. conservaba toda su frescura; hasta su fondo no
llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí
una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado.
Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni
tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos
instantáneos.
Reanimado
por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la
muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí
ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una
lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí a la
terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde
allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La
crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o
explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas,
casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que
conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había
decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte
estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago
flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase
claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el
cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclabánse con ella
ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá. Mis
pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para
llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que
podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de
los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un
gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme
levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi
agua toda comunicación con el exterior.
Esa tarde
y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemaba en sus
domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña
desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una
amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como
la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías
y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por
agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el
aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por
la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras.
Empezó a
soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se
estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No
había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo
el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella
fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía
escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos
clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos
clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable
pavor de eternidad!...
Bajé a la
cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero
enteramente erizado con todo aquel horror ; y al verme de pronto en esa
obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua
subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía —estoy seguro— desde
cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me
eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin
rubor alguno.
No fue
sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió
apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos
barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad ;
no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción.
Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé
las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas
que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta
llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí
mucha agua.
De
repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el
terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi
luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde,
traerlas todas conmigo.
Las luces
decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse
con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo,
todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva. A duras
penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor
cubrían... Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya
no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en
ruinas.
El
silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes
humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había
enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias
eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía
como un verdadero cadáver. La singularidad de la situación, lo enorme del
fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos,
cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi
zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su
ápice.
No
quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial
volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un
bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía
hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen
del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran
ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol
brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda
desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre
las ruinas.
Era un
hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí. No hicimos
ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse
conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero
apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.
Asegurado
a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles,
los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos
en voz baja, no me atreví -ignoro por qué- a levantar la mía. Ofrecíle mi
bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el
vino. De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda
de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los
compatriotas; de Adama o de Seboim.
Pronto
hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como
peligroso. Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que
acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de
cataclismo. La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros
sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan
lúgubremente la catástrofe. Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos
chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio
vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que
huye, las garras pustulosas, chorreando sangre, todo aquello decía a las claras
sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras
cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban
los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente
reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que
sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto,
la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy
seguro, pusiéronse a rugir. Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni
el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera
sobre las ruinas.
Aquellos
rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de
inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la
bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si
todo estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar
¿por qué se ardían y por qué no había agua? Y careciendo de toda idea de
relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El
transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante
aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos
preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer.
Ah, esos
rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas:
cuál comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su
dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed.
Aquello
no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto,
más pesado que nunca. En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las
fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros. Llegamos a la bodega,
no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo
chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.
Mientras
mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a buen seguro—
decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de
buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que
servía para efectuar su limpieza. Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me
causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.
El agua
fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia
de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la
limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.
Oía
afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega
no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por
la puerta del sótano, el característico tufo urinoso. Llevé el pomo a mis
labios, y...
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Leopoldo
Lugones (1874-1938)



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