© Libro N° 11967.
Lilas. Chopin,
Kate. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
Lilacs, Kate Chopin (1850-1904)
Versión Original: © Lilas. Kate Chopin
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Kate Chopin
Lilas
Kate
Chopin
Adrienne
Farival no anunciaba nunca su llegada, pero las buenas monjitas sabían muy bien
cuándo esperarla. Cuando la fragancia de las lilas en flor empezaba a impregnar
el aire. Sor Agathe se acercaba muchas veces a la ventana a lo largo del día,
con la expresión feliz y beatífica en la cara con que las almas puras y simples
esperan la llegada de aquellos a los que aman.
Mas no
fue Sor Agathe, sino Sor Marceline la que primero la descubrió cruzando el
hermoso césped que ascendía hasta el convento. Llevaba los brazos llenos de
grandes ramos de lilas que había ido recogiendo durante su paseo. Iba ataviada
toda de marrón, como uno de esos pájaros que llegan con la primavera, solían
decir las monjas. Era rellenita y grácil y caminaba con paso alegre y
optimista. El cabriolé que la había llevado hasta el convento ascendía
lentamente por el camino de gravilla que llegaba hasta la imponente entrada.
Junto al conductor estaba su modesto baulito negro, en el cual aparecían su
nombre y su dirección impresos en letras blancas: «Mme. A. Farival, París.» El
crujir de la gravilla fue lo que llamó la atención de Sor Marceline. Y a renglón
seguido empezó la conmoción.
Unas
cabezas de cofias blancas aparecieron de repente en las ventanas; ella les hizo
un saludo con el quitasol y el ramo de lilas. Sor Marceline y Sor Marie Anne
aparecieron, revueltas y expectantes en la entrada. Pero Sor Agathe, más
atrevida e impulsiva que las demás, bajó las escaleras y salió volando por el
campo de hierba para recibirla. ¡Qué abrazos, donde las lilas quedaron
estrujadas! ¡Qué besos tan ardientes! ¡Qué rubores de felicidad invadieron las
mejillas de las dos mujeres!
Una vez
dentro del convento, los dulces ojos marrones de Adrienne se humedecieron de
ternura conforme se detenían cariñosamente en los objetos familiares a su
alrededor y advertían los más nimios detalles. El entarimado blanco y desnudo
no había perdido nada de lustre. Las rígidas sillas de madera, colocadas en
fila contra las paredes del vestíbulo y del locutorio, parecían brillar ahora
más que la última vez que las había visto durante la última temporada de lilas.
Y había un cuadro nuevo del Sacre-Coeur colgado encima de la mesa del
vestíbulo. ¿Qué habrían hecho con Sta. Catherine de Sienne, que había ocupado
esa posición de honor durante tantos años? En la capilla (era inútil intentar
engañarla) comprobó a primera vista que habían embellecido el manto de San José
con una nueva capa de color azul y le habían dorado recientemente la aureola de
la cabeza. ¡Y la Virgen allí olvidada! Todavía llevaba el atuendo de la
primavera pasada, que parecía desaliñado por contraste. ¡No era justa tanta
parcialidad! La Santa Madre tenía motivos para estar celosa y para quejarse.
Mas
Adrienne no demoró el presentarse ante la Madre Superiora, cuya dignidad no le
permitía ni salir a la puerta de su aposento privado a recibir a esta antigua
pupila. La verdad es que era la dignidad personificada: grande, intransigente,
férrea. Besó a Adrienne sin afecto y habló de temas convencionales en tono
docto y prosaico durante el cuarto de hora que la joven pasó en su compañía.
Fue
entonces cuando trajeron el último regalo de Adrienne para examinarlo, pues
Adrienne siempre traía un hermoso presente para la capilla en su baúl negro. El
año anterior había sido un collar de gemas para la Virgen, que a la Santa Madre
sólo le permitían llevar en ocasiones especiales tales como las grandes fiestas
de precepto. El penúltimo año había sido un crucifijo precioso, una talla de
marfil de Cristo en una cruz de ébano cuyas extremidades estaban rematadas con
plata forjada. Esta vez era un mantel de lino bordado para el altar de una
factura tan delicada y singular que la Madre Superiora, que conocía el valor de
cosas tales, reprendió a Adrienne por la extravagancia.
—Pero,
querida Madre, usted sabe que es el mayor placer que tengo en esta vida, estar
con todas ustedes una vez al año y traer alguna insignificante muestra de mi
aprecio.
La Madre
Superiora la dejó ir con la réplica:
—Siéntete
como en casa, hija mía. Sor Thérése se encargará de lo que necesites. Ocuparás
la cama de Sor Marceline en la última habitación, encima de la capilla.
Compartirás habitación con Sor Agathe.
Siempre
se le encargaba a una de las hermanas que le hiciera compañía a Adrienne
durante sus dos semanas de estancia en el convento. Casi se había convertido en
una regla fija. Sólo estaba con todas juntas durante las horas de recreo.
Aquellas eran horas de mucho alborozo inocente bajo los árboles o en el
refectorio de las monjas.
Esta vez
era Sor Agathe la que la esperaba en la puerta de la Madre Superiora. Era más
alta y delgada que Adrienne y quizás diez años mayor. Su hermosa cara blanca
enrojecía y palidecía con cada emoción pasajera que le sobrecogía el alma. Las
dos mujeres se cogieron del brazo y salieron al aire libre.
Sor
Agathe sentía que había tanto que Adrienne debía ver. Para empezar, el corral
ampliado con sus docenas y docenas de nuevos inquilinos. Ocuparse de ellos
requería ahora todo el tiempo de una de las legas. No se habían hecho cambios
en el huerto, pero... sí que se habían hecho. Los rápidos ojos de Adrienne lo
detectaron enseguida. El año pasado el viejo Philippe había plantado coles en
un gran cuadrado a la derecha. Este año estaban dispuestas en un arriate
alargado a la izquierda. ¡Cómo se reía Sor Agathe al pensar que Adrienne se
había dado cuenta de algo tan insignificante! Y llamaron al viejo Philippe, que
se hallaba cerca clavando un enrejado roto, para contárselo.
Él no
dejaba nunca de decirle a Adrienne que estaba muy guapa y que cada año parecía
más joven. Y le encantaba recordar algunas de las travesuras que ella había
protagonizado de niña. ¡Nunca olvidaría el día que desapareció y el convento
entero se alborotó por ello, y cómo al final fue él quien la descubrió
encaramada entre las ramas más altas del árbol más elevado del jardín, adonde
se había subido por si podía llegar a vislumbrar un poquito de París! ¡Y su
posterior castigo: aprenderse de memoria la mitad del evangelio del Domingo de
Ramos!
—Podemos
reírnos de eso, mi buen Philippe, mas debemos recordar que Madame ahora es
mayor y más sensata.
—Bien sé,
Sor Agathe, que uno deja de hacer locuras tras los primeros días de juventud
—Adrienne se sintió muy impresionada por la sabiduría de Sor Agathe y del viejo
Philippe, el jardinero del convento.
Un poco
después, cuando se sentaron en un banco rústico que dominaba el sonriente
paisaje en derredor, Adrienne le decía a Sor Agathe, que le tenía cogida la
mano y se la acariciaba:
—¿Recuerda
mi primera visita hace cuatro años. Sor Agathe, y la sorpresa que les causó a
todas ustedes?
—¡Como si
pudiera olvidarlo, querida hija!
—¡Ni yo!
Recordaré siempre aquella mañana cuando caminaba por el bulevar con pesar...
¡ay! un pesar que me disgusta recordar. De repente me rozó el dulce aroma de
las lilas en flor. Una niña había pasado a mi lado con un enorme ramo. ¿Sabía
usted, Sor Agathe, que no hay nada que avive tan profundamente un recuerdo como
un perfume, un aroma?
—Creo que
estás en lo cierto, Adrienne, pues ya que lo mencionas, yo noto que el olor del
pan fresco (cuando Sor Jeanne está horneando) siempre me hace pensar en la gran
cocina de ma tante de Sierge y en Julie la tullida, que siempre se sentaba a
tejer junto a la ventana soleada. Y no oleré nunca la dulce fragancia de la
madreselva sin revivir de nuevo el bendito día de mi primera comunión.
—Bueno,
eso es lo que me ocurrió a mí, Sor Agathe, cuando de repente la fragancia de
las lilas cambió por completo el curso de mis pensamientos y mi pesar. El
bulevar, los ruidos, la multitud en marcha, se desvanecieron por completo de
mis sentidos como si los hubiesen hecho desaparecer por arte de magia. Allí
estaba con los pies hundidos en la grama verde, igual que ahora. Veía la luz
del sol desde aquel viejo muro blanco de piedra, oía las notas de los pájaros,
igual que las oímos ahora, y el zumbido de los insectos en el aire. Y, por
encima de todo, veía y olía las lilas en flor, que me saludaban incitantes
desde las tupidas ramas. A mí me parece que este año son más abundantes que
nunca, Sor Agathe. Y, sabe usted, me volví como enragée, nada podía detenerme.
Ahora no recuerdo adonde iba, pero me di la vuelta y volví sobre mis pasos
camino de casa en un estado de agitación total: «¡Sophie! ¡Mi baúl, deprisa, el
negro! ¡Tan sólo unas cuantas prendas! Me voy. No me hagas ninguna pregunta.
Volveré dentro de dos semanas.» Y cada año desde entonces es lo mismo. ¡Con el
primer olorcillo de las lilas en flor, me voy! No hay forma de detenerme.
—¡Y cómo
te espero yo, Adrienne, y observo esos arbustos de lilas! Si un año dejaras de
venir, sería como la llegada de la primavera sin el sol o sin el canto de los
pájaros.
—Pero
sabes, querida hija, que a veces he temido que en momentos de pesar como el que
acabas de describir... temo que no recurras como debieras a nuestra Santísima
Madre celestial, que siempre está dispuesta a confortar y consolar a un corazón
afligido con el precioso bálsamo de su amor y compasión.
—Puede
que no, Sor Agathe. Pero no puede usted hacerse una idea de las molestias a las
que constantemente he de enfrentarme. ¡Esa Sophie y sus detestables modales! Le
aseguro que se basta y sobra para mandarme a St. Lazare.
—En
efecto, comprendo que los padecimientos de alguien que vive en el mundo deben
ser muy grandes, Adrienne, especialmente para ti, pobre hija mía, que has
tenido que soportarlos sola, dado que el Señor Todopoderoso tuvo a bien llamar
a su lado a tu querido esposo. Mas, por otro lado, vivir la vida propia acorde
a los dictados que nuestro querido Señor nos impone a cada uno debe conllevar
resignación e incluso un cierto consuelo. Tú tienes tus deberes domésticos,
Adrienne, y tu música, a la cual, dices, sigues dedicándote. Además, siempre
hay buenas acciones que hacer: ayudar a los pobres (que siempre nos acompañan)
o confortar a los afligidos.
—¡Pero,
Sor Agathe, escuche! ¿No es La Rose la que oigo segando allí al final del
prado? Supongo que me reprocha el ser una ingrata al no haber plantado aún un
beso en esa blanca frente suya. Venga, vayamos.
Las dos
mujeres se levantaron y caminaron de nuevo, esta vez cogidas de la mano, por la
hierba cortada, cuesta abajo hasta el vasto y llano prado y el límpido arroyo
que fluía de los bosques fresco y sereno. Sor Agathe caminaba con el paso
tranquilo propio de una monja, Adrienne con un cierto contoneo y paso saltarín,
como si la tierra respondiera a sus ligeras pisadas con un sutil impulso
propio.
Se
entretuvieron largo rato en el puente peatonal sobre el estrecho arroyuelo que
separaba los terrenos del convento del prado a lo lejos. A Adrienne le
resultaba indescriptiblemente placentero estar allí conversando de forma tan
delicada y entre susurros con esta monja de rostro dulce, contemplando el
atardecer. El borboteo del agua que corría por debajo de ellas y el mugido del
ganado que se aproximaba a lo lejos eran los únicos sonidos que desgajaban la
calma, hasta que los tonos claros de la campana del ángelus repicaron en la
torre del convento. Al oírlos, ambas instintivamente se pusieron de rodillas y
se santiguaron. Sor Agathe repitió la invocación de costumbre y Adrienne
respondía en tono musical:
El ángel
del Señor anunció a María,
y
concibió por obra y gracia del Espíritu Santo...
...y así
hasta el final de la breve oración, tras la cual se levantaron y volvieron
sobre sus pasos hacia el convento.
Esa noche
Adrienne se preparó para la cama con un placer cándido y delicado. El cuarto
que compartía con Sor Agathe era inmaculadamente blanco: las paredes, de un
blanco intenso, tan sólo aliviadas por una lámina recargada que mostraba el
sueño de Jacob al pie de la escalera por la que los ángeles ascendían y
descendían; y el suelo desnudo, de color blanquiamarillo suave, con dos
pequeños parches de alfombra gris junto a cada una de las impecables camas. A
la cabecera de las camas de colchas blancas había dos bénitiers que contenían
esponjas empapadas de agua bendita.
Sor
Agathe se desvistió sin hacer ruido tras las cortinas y se deslizó en la cama
sin ni siquiera proyectar, a la tenue luz de la vela, la más mínima sombra.
Adrienne iba y venía con pasos ligeros por el cuarto. Sacudió y dobló sus
prendas con sumo cuidado, colocándolas en el respaldo de una silla como le
habían enseñado en el convento cuando era niña, lo que agradó a Sor Agathe, al
comprobar en secreto que su querida Adrienne se aferraba a los hábitos
adquiridos en su juventud.
Pero
Adrienne no podía dormir. No sentía gran deseo de hacerlo. Estas horas parecían
demasiado valiosas para arrojarlas al olvido del sueño.
—¿No
duermes, Adrienne?
—No, Sor
Agathe. Usted sabe que siempre me pasa eso la primera noche. La emoción de mi
llegada, no sé qué, me mantiene despierta.
—Di tus
«Ave Marías» una y otra vez, querida hija.
—Es lo
que he hecho. Sor Agathe, pero no sirve.
—Entonces
ponte de lado muy quieta y no pienses mas que en tu propia respiración. He oído
que tal inducción al sueño casi nunca falla.
—Lo
intentaré; buenas noches. Sor Agathe.
—Buenas
noches, querida hija. Que la Virgen te proteja.
Una hora
después Adrienne seguía tumbada con los ojos bien abiertos, escuchando la
respiración uniforme de Sor Agathe El paso del viento veloz por las copas de
los árboles o el murmullo incesante del riachuelo eran los sonidos que
tenuemente le llegaban en medio de la noche.
Los días
posteriores de la quincena fueron en esencia tranquilos y sin sobresaltos como
el primero de su llegada, exceptuando sólo que oía misa devotamente cada mañana
a una hora temprana en la capilla del convento y que los domingos cantaba en el
coro con su voz agradable y refinada, que se oía con gran deleite y se
agradecía sobremanera.
Cuando
llegó el día de su partida, a Sor Agathe no le bastó con decirle adiós en el
portal como hicieron las otras. Fue camino abajo junto al viejo y lento
cabriolé, emitiendo su última y agradable cháchara. Y luego se quedó allí, al
borde del camino, que era lo más lejos que se le permitía ir, diciendo adiós
con la mano en respuesta al revoloteo del pañuelo de Adrienne. Cuatro horas más
tarde Sor Agathe, que estaba preparando a unas niñas para la primera comunión,
alzó la vista al reloj del aula y murmuró: «Adrienne ya está en casa.»
Sí,
Adrienne ya estaba en casa. París se la había tragado.
Justo a
la misma hora en que Sor Agathe había mirado el reloj Adrienne, ataviada con un
negligé encantador, descansaba indolentemente en las profundidades de un lujoso
butacón. El luminoso cuarto estaba sumido en su habitual estado de pintoresco
desorden. Había partituras musicales desperdigadas por el piano, que estaba
abierto. Tiradas sobre los respaldos de varias sillas había un desorden de
prendas que resultaban desconcertantes y asombrosas.
En una
gran jaula dorada junto a la ventana había un torpe loro verde encaramado.
Parpadeaba tontamente delante de una chica en traje de calle que se esforzaba
en hacerle hablar.
En el
centro de la habitación estaba Sophie, la espina que su señora tenía clavada en
el corazón. Con las manos metidas en los bolsillos hondos de su delantal, la
almidonada cofia blanca meneándose con cada movimiento enérgico de su entrecana
cabeza, estaba soltando una perorata para evidente ennuí de las dos jóvenes.
Decía:
—Dios
sabe que he aguantado bastante los seis años que he estado con Mademoiselle,
¡pero nunca jamás había tenido que soportar humillaciones tales como las de las
dos últimas semanas a manos de ese hombre que se hace llamar encargado! El
primer día, y yo, que le había notificado debidamente de la partida de
Mademoiselle, llega como una fiera, ya le digo, como una fiera. Insiste en
saber el paradero de Mademoiselle. ¿Acaso puedo decirle yo algo más que la
estatua que está ahí en la plaza? ¡Y me llama mentirosa! ¡Yo, mentirosa, yo! Me
dice que esto es su ruina. Que el público no soportará a La Petite Gilberta en
el papel que Mademoiselle ha hecho tan famoso, la Petite Gilberta, que baila
como un títere y canta como la traínée de un café chantante ¡Si yo le contara
eso a La Gilberta, como bien podría hacerlo, le garantizo que los pocos pelos
desordenados que le quedan a ese miserable en la cabeza correrían un gran
riesgo!
—¿Qué
podía hacer él? ¡Tenía la obligación de informarle al público que Mademoiselle
estaba enferma y entonces comenzó mi verdadero suplicio! ¡Contestar a las
tarjetas de este y de aquel, a sus flores, a sus golosinas que llegaban en
platos cubiertos (que, debo admitir, nos ahorraron cocinar mucho a Florine y a
mí)! Y mientras tanto tenía que decirles que el médico le había aconsejado a
Mademoiselle que descansara un par de semanas en algún balneario, ¡de cuyo
nombre me había olvidado! .
Adrienne
había estado contemplando a la vieja Sophie con ojos burlones y medio cerrados
y acribillándola con rosas de invernadero que tenía en el regazo y a las que
les iba cortando los elegantes tallos para tal fin. Cada rosa le daba de lleno
a Sophie en la cara, pero ni la desconcertarban ni le ponían freno a su
torrente de voz.
—¡Ay,
Adrienne! —suplicó la chica que estaba junto a la jaula del loro— haz que se
calle; por favor, haz algo. ¿Cómo esperas que Zozo llegue a hablar? ¡Una docena
de veces ha estado a punto de decir algo! Pero, te lo aseguro, lo deja
anonadado con su parloteo.
—Mi buena
Sophie —observó Adrienne, sin cambiar de postura—, verás que ya no quedan
rosas, pero te aseguro que todo lo que esté a mano vale —mientras
descuidadamente cogía un libro de una mesa cercana—. ¿Qué es esto? ¡Monsieur
Zola! Pues te aviso, Sophie, el peso, la gravedad de Monsieur Zola son tales
que seguro que logran tumbarte; y tendrás que estar agradecida si te dejan
fuerzas para volver a ponerte en pie.
—Las
gracias de Mademoiselle están todas muy bien, pero si me van a echar por ello,
si me van a lisiar por ello, he de afirmar que creo que Mademoiselle es una
mujer sin conciencia y sin corazón. ¡Torturar a un hombre de esa manera! Qué
digo ¿un hombre? ¡No! ¡Un ángel!
—Todos
los días ha venido con el semblante triste y cabizbajo.
—¿No hay
noticias, Sophie?
—Ninguna,
Monsieur Henri.
—¿No
tienes ni idea de adonde se ha ido?
—No más
que la estatua de la plaza, Monsieur.
—¿Es
posible quizás que no vuelva más? —con la cara tan pálida como esa cortina.
—Le
aseguro que usted volvería al final de la quincena. Le suplico que tenga
paciencia —él deambula por el cuarto, desolé, coge el abanico de Mademoiselle,
sus guantes, su música y les da vueltas en las manos una y otra vez. La
zapatilla de Mademoiselle, que usted se quitó para tirármela ante la
impaciencia de su partida, y que yo dejé a posta en la cómoda donde cayó, él la
besó, le vi hacerlo, y se la metió en el bolsillo pensando que nadie le veía.
—La misma
cantinela cada día. Le ruego que coma un poco de esa sopa tan buena que he
preparado. «No puedo comer, mi querida Sophie.» La otra noche vino y pasó un
buen rato mirando a las estrellas por la ventana. Cuando se dio la vuelta se
estaba secando los ojos; los tenía rojos. Dijo que había estado cabalgando y
que se le habían irritado con el polvo. Pero yo sabía la verdad: había estado
llorando.
—Ma foi!.
De estar en su lugar yo respondería con un desprecio ante tanta crueldad. Me
iría por ahí a divertirme. ¡De qué sirve ser joven!
Adrienne
se levantó riéndose. Se dirigió a Sophie y, cogiéndola por los hombros, la
sacudió hasta que la cofia blanca le temblaba en la cabeza.
—¿De qué
sirve toda esta letanía, mi buena Sophie? ¡Año tras año lo mismo! ¿Has olvidado
que he hecho en tren un viaje largo y polvoriento y que me muero de hambre y de
sed? Tráenos una botella de Chateau Yquem y un bizcocho y mi caja de
cigarrillos —Sophie se había soltado y retrocedía hacia la puerta—. Y Sophie,
si Monsieur Henri sigue esperando, dile que suba.
Era justo
un año después. La primavera había llegado de nuevo y París estaba intoxicado
de ella.
La vieja
Sophie se hallaba sentada en la cocina disertando con una vecina que había
venido a pedirle prestado a la vieja bonnen algún insignificante utensilio de
cocina.
—Sabes,
Rosalie, empiezo a creer que es un ataque de locura que le da una vez al año.
Esto no se lo diría a cualquiera, pero sé que contigo no va a salir de tu boca.
Deberían tratárselo, debería consultar a un médico, no es bueno descuidar cosas
tales y dejar que sigan su curso.
—Le
sobrevino esta mañana como un trueno. Como que estoy aquí sentada, no se había
ni pensado ni mencionado ningún viaje. El panadero había entrado en la cocina
(ya sabes lo galante que es, siempre con una chica en mente). Puso el pan en la
mesa y, al lado, un ramo de lilas. Yo no sabía que ya habían florecido. «Para
Mam'selle Florine, con mis saludos», dijo con su absurda risa tonta.
—Ya te
puedes imaginar que yo no iba a molestar a Florine en su trabajo para
entregarle las flores del panadero. Pero, por otro lado, tampoco podía dejar
que se marchitaran. Así que me las llevé al comedor para coger un jarro de
cerámica mallorquina que yo había puesto allí en el armario, en el estante
superior, porque se le había roto el asa. Mademoiselle, que se levanta
temprano, acababa de darse su baño y estaba cruzando el vestíbulo que da al
comedor. Tal como estaba, con su peignoirlat blanco, asomó la cabeza de súbito
por la puerta del comedor, olisqueando el aire y exclamó: «¿A qué huele?»
—Descubrió
las flores que tenía en la mano y se abalanzó sobre estas como un gato sobre un
ratón. Las apretó contra sí, hundiendo la cara en ellas durante un buen rato y
sólo pronunció un prolongado «¡ah!».
—Sophie,
me voy. Saca el baúl negro y algunas de las prendas más sencillas que tengo, el
vestido marrón que aún no he estrenado.
—Pero,
Mademoiselle —protesté yo—, olvida usted que ha encargado un desayuno de cien
francos para mañana.
—¡Cállate!
—gritó, dando un zapatazo en el suelo.
—Olvida
usted que el encargado va a enojarse —insistí yo—, y a vilipendiarme a mí. Y
usted va a irse así, sin más, sin una palabra de despedida para Monsieur Paúl,
que es el ángel más bueno que jamás hubo sobre la tierra.
—Te lo
aseguro, Rosalía, echaba fuego por los ojos.
—¡Haz lo
que te digo al instante —exclamó—, o te estrangulo, con tu Monsieur Paúl, tu
encargado y tus cien francos!
—Sí —dijo
Rosalie—, eso es pura demencia. Tengo una prima que una mañana tuvo un ataque
similar cuando olió el hígado de temerá frito con cebollas. Antes de que
anocheciera hicieron falta dos hombres para sujetarla.
—Sabía
bien que era pura demencia, querida Rosalie, y no dije otra palabra más porque
temía por mi vida. Simplemente obedecí todas sus órdenes en silencio. ¡Y ahora,
puff, se ha ido! Dios sabe a donde. Pero, entre nosotras, Rosalie, (no se lo
diría a Florine), dudo que sea por algo bueno. Si yo estuviera en el lugar de
Monsieur Paúl, haría que la vigilaran. Pondría un detective sobre su pista.
Ahora voy a cerrar y a ponerle barricadas a todo el establecimiento. Monsieur
Paúl, el encargado, los visitantes, todos, todos, que toquen el timbre y llamen
y griten hasta que se queden afónicos. Estoy cansada de todo esto. ¡Que me
vilipendien y me llamen mentirosa a mi edad, Rosalie!
Adrienne
dejó su baúl en la pequeña estación de tren, pues el viejo cabriolé no estaba
disponible de momento y caminó con sumo gusto el par de millas de agradable
camino hasta el convento. ¡Cuan infinitamente tranquilo, pacífico y penetrante
era el encanto del ondulante y verdoso campo que se extendía por todos lados a
su alrededor! Caminó por el sendero claro y liso, dándole vueltas al quitasol,
tarareando una melodía alegre, cortando aquí y allá de los setos un capullo o
una hoja cerosa, y todo ello mientras inhalaba grandes bocanadas de contento y
autocomplacencia.
Se
detuvo, como siempre había hecho, a recoger lilas del camino.
Según se
acercaba al convento le pareció ver que una cara con cofia blanca se había
asomado furtivamente a una ventana, pero debía estar equivocada. Estaba claro
que no la habían visto y esta vez les iba a dar una sorpresa. Sonrió al pensar
cómo Sor Agathe daría un gritito de asombro, y en su imaginación ya sentía el
calor y la ternura del abrazo de la monja. ¡Y cómo se reirían Sor Marceline y
las demás, y cómo se divertirían con sus mangas abullonadas! Pues las mangas
abullonadas se habían puesto de moda en el último año y los caprichos de la
moda siempre le proporcionaban a las monjas un júbilo infinito. No, seguro que
no la habían visto.
Subió con
agilidad los escalones de piedra y tocó la campana. Oyó cómo el agudo sonido
metálico reverberaba por los pasillos. Antes de que la última nota se hubiera
extinguido, una lega con la mirada baja y las mejillas enrojecidas abrió la
puerta muy levemente con gran precaución. Por la estrecha apertura le pasó a
Adrienne un paquete y una carta y, en tono confuso, dijo: «De parte de la Madre
Superiora.» Después cerró la puerta a toda prisa y giró la pesada llave en la
gran cerradura.
Adrienne
se quedó atónita. No lograba entender el significado de esta singular
recepción. Las lilas se le cayeron de los brazos al suelo del pórtico de piedra
donde estaba. Les dio la vuelta mecánicamente a la nota y al paquete, intuyendo
y temiendo lo que sus contenidos pudieran revelar.
El
contorno del crucifijo se podía sentir claramente a través del envoltorio del
paquete y adivinó, aunque sin tener el valor de asegurarse, que el collar de
piedras preciosas y el mantel del altar lo acompañaban.
Apoyándose
en la pesada puerta de roble, Adrienne abrió la carta. No parecía que leyera
palabra por palabra los escasos renglones llenos de reproches amargos, los
renglones que la desterraban para siempre de este remanso de paz, donde su alma
solía venir para sentirse como nueva. Se le grabaron en la mente de una vez en
su totalidad con toda su aparente crueldad, ya que no se atrevía a decir
injusticia.
No sentía
enojo en su corazón; sin duda la embargaría más tarde, cuando su inteligencia
ágil empezara a buscar el origen de este acto de traición. Ahora, sólo tenía
espacio para las lágrimas. Apoyó la frente en el pesado panel de roble de la
puerta y lloró con el desconsuelo de una niña pequeña.
Bajó las
escaleras con paso vacilante y rezagado. Conforme se alejaba, se giró una vez a
mirar la imponente fachada del convento, esperando ver una cara familiar o,
incluso, una mano que diera débiles muestras de que un corazón fiel aún la
apreciaba. Mas sólo vio que las ventanas impolutas la miraban como si fueran
muchos ojos fríos, rutilantes y llenos de reproches.
En el
pequeño cuarto blanco encima de la capilla, una mujer estaba arrodillada junto
a la cama en la que Adrienne había dormido. Tenía la cara bien hundida en la
almohada en su intento por ahogar los sollozos que sacudían su cuerpo. Era Sor
Agathe.
Después
de un rato, una lega salió a la puerta con una escoba y barrió las lilas en
flor que Adrienne había dejado caer.
__________________________
Kate
Chopin (1850-1904)


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