© Libro N° 11966. Liberado. Cholmondeley, Mary. Emancipación. Diciembre 9 de
2023
Título original: ©
Let Loose, Mary Cholmondeley (1859-1925)
Versión Original: © Liberado. Mary Cholmondeley
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Mary Cholmondeley
Liberado
Mary
Cholmondeley
¡Los
muertos conviven con nosotros!
Aunque
cruda y fría,
la tierra
parezca retenerlos,
aún están
con nosotros.
Mathilde
Blind (1841-1896)
Hace
algunos años cursé arquitectura, e hice un tour a través de Holanda, estudiando
las construcciones de aquel interesante país. Entonces ignoraba que eso no era
suficiente para absorber el Arte, pues también el Arte debe absorberlo a uno.
Nunca dudé que mi peregrino entusiasmo por él sería devuelto. Pero cuando
descubrí que era un amigo severo, y que no respondería inmediatamente a mis
atenciones, las transferí a otros ámbitos sagrados. Pues hay, de hecho, otras
cosas en el mundo además del Arte.
Ahora soy
jardinero, un hacedor de paisajes. Pero en el momento del cual escribo estaba
sumergido en un violento romance con la arquitectura. Tenía un compañero en mi
expedición, quién se convirtió en uno de los arquitectos más destacados del
presente. Era un hombre delgado, determinado, lento en el discurso, de rostro
altivo, mandíbula angular, y absorbido por su tarea con una intensidad que
pronto imaginé intolerable para mi. Él estaba poseído por la seguridad de
vencer cualquier obstáculo, virtud que rara vez he visto igualada en otro
hombre. Con el tiempo se convirtió en mi cuñado. Mis padres no lo aprobaban y
se opusieron a la boda, incluso mi hermana se opuso al principio, rechazándolo
en varias ocasiones, pero eventualmente se casó con él.
Pienso
que esta fue una de las razones por las que me escogió como su compañero de
viaje; una especie de mensaje de lo que él llamaría posteriormente una alianza
con mi familia, pero en aquel período la idea nunca adquirió consistencia para
mi. Nunca conocí a un hombre más descuidado para vestirse y, sin embargo,
durante todo el calor de julio en Holanda, jamás lo vi aparecer sin su cuello
alto, almidonado, que ni la moda más rigurosa podría justificar. A menudo me
burlaba de sus espléndidos cuellos, y lo fastidiaba preguntándole por qué los
usaba, pero sin obtener respuesta. Una tarde, mientras volvíamos caminando a
nuestras habitaciones en Middleburg, lo ataqué por trigésima vez sobre la
cuestión.
—¿Por qué
demonios los lleva usted? —pregunté.
—Varias
veces, creo, me ha hecho la misma pregunta —replicó en su lenta y precisa
modulación—, pero siempre en momentos inoportunos. Ahora nos invade el ocio, de
modo que se lo diré.
Y lo
hizo.
He
tratado de reproducir fielmente sus palabras, tal y como las recuerdo.
Hace diez
años me solicitaron que lea un ensayo sobre frescos ingleses en el Instituto
Británico de Arquitectura. Estaba determinado a escribir el mejor ensayo
posible, analizando hasta el más sutil detalle, y para ello consulté todos los
libros y estudié cada fresco que pude encontrar. Mi padre, que era arquitecto,
me legó al morir todos sus cuadernos de anotaciones sobre el tema. Los estudié
con diligencia, y encontré en un uno de ellos un bosquejo leve, inacabado, de
hace casi cincuenta años, y que me interesó particularmente. Debajo había una
anotación, en su clara y diminuta caligrafía: Fresco en el muro occidental de
la cripta. Iglesia Wet Waste on the Wolds, Yorkshire.
El
bosquejo me fascinó de tal manera que decidí ir a ver el fresco en persona.
Tenía una vaga idea de su ubicación, pero ya presagiaba el éxito de mi ensayo.
Hacía calor en Londres, y me aboqué a los preparativos del viaje, no sin cierto
grado placer, y viajé con mi perro Brian, una indescriptible criatura, como mi
única compañía.
Llegué a
Pickering, en Yorkshire, durante el curso de la tarde, y comencé una serie de
estudios sobre los recorridos ferroviarios que finalmente me depositaron en una
pequeña estación campestre a unas nueve o diez millas de Wet Waste. Como no
había ningún transporte hasta allí, llevé a hombros mi maleta, y avancé por un
largo y blanco camino que se estiró en la distancia a través de un brezal
desnudo. Anduve varias horas sobre los despojos de un páramo salpicado de
hierbas, cuando un doctor pasó y me alcanzó hasta mi destino. Las millas eran
largas, y estaba bastante oscuro cuando advertí adelante el brillo tenue de las
luces que declaraban la presencia de Wet Waste.
Tuve
considerables problemas para conseguir alojamiento, hasta que persuadí al
propietario del pub local de que me rentara una habitación. Agotado, me acomodé
lo más pronto posible, temiendo que el hombre cambiase de opinión, y me dormí
escuchando el sonido de una débil corriente bajo mi ventana.
Me
levanté temprano y, tras el desayuno, me informé sobre la ubicación de la casa
del clérigo, la cuál estaba cerca. En realidad, todo en Wet Waste está cerca.
La aldea está compuesta por una fila dispersa de casas de piedra gris, hechas
con las mismas piedras que formaban los muros de los escasos cultivos acechados
por el páramo. Y al igual que los modestos puentes sobre el arroyo que corría
junto a una amplia calle, todo era gris. La iglesia, la torre baja, que podía
verse a una pequeña distancia, parecían estar construidas con la misma piedra.
También la casa parroquial, como pude verificar al pasar por allí, acompañado
por una muchedumbre de niños ásperos, groseros, que nos observaron a mi y a
Brian con una curiosidad no exenta de desafío.
El
clérigo estaba en casa y, tras una breve demora, fui recibido, dejando a Brian
a cargo de mis materiales de dibujo. Seguí al sirviente a través de un cuarto
bajo, en cuyo extremo, junto a una ventana enrejada, estaba sentado un anciano.
La luz de la mañana caía sobre su cabeza nívea, que se inclinaba sobre una mesa
atestada de papeles y libros.
—Señor…
—dijo, levantando la mirada y sosteniendo con un dedo el espacio entre las
hojas de un libro.
—Blake.
—Blake
—repitió, y luego calló.
Le
expliqué que era arquitecto, que tenía la esperanza de estudiar el fresco de la
cripta, y le solicité las llaves.
—La
cripta —dijo, acomodando sus gafas y observándome fijamente—. La cripta ha
estado cerrada durante treinta años. Desde que… —y calló nuevamente.
—Estaría
muy agradecido si me permitiese…
El
anciano sacudió la cabeza.
—No
—dijo—. Nadie puede entrar ahora.
—Es una
lástima —observé—, pues he viajado mucho con ese objeto —y le informé sobre el
ensayo que me habían encomendado leer en el instituto y los problemas que me
traía escribirlo.
Él
pareció interesado.
—Ah
—dijo, bajando su pluma y sacando el dedo del libro—, puedo entender eso. Yo
también fui joven, y uno estimulado por la ambición, debo confesar. Durante
cuarenta años he sostenido el consuelo de las almas de este lugar, y he visto
realmente poco del mundo, aunque no soy completamente desconocido en los
caminos de la literatura. Tal vez haya leído usted un panfleto escrito por mi
sobre la versión siria de las Tres Epístolas Auténticas de Ignacio.
—Señor
—dije—, me avergüenza confesar que aún no he leído ni siquiera los libros más
célebres. El único objetivo de mi vida es mi arte. Ars longa, vita brevis,
usted sabe.
—Tienes
razón, hijo mio —dijo el anciano, evidentemente decepcionado, pero con una
mirada cálida—. Hay una diversidad en los dones, y si el Señor te ha confiado
un talento es mejor atenderlo. No lo derroches en una servilleta.
Le
aseguré que no lo haría, e insistí sobre las llaves de la cripta. Esto pareció
alarmarlo, y me miró con indecisión.
—¿Y por
qué no? —murmuró—. La juventud es sana. ¡Y la superstición! ¿Qué es sino la
desconfianza en Dios?
Levantó
su mirada muy despacio. Tomó un manojo de llaves de su bolsillo, y abrió un
armario de roble en un rincón de la habitación.
—Deben
estar por aquí —refunfuñó, observando detenidamente—, pero el polvo de muchos
años engaña al ojo. Mira, hijo, si entre estos pergaminos hay dos llaves. Una
es grande, de hierro; y la otra de acero, de aspecto largo y delgado.
Con
impaciencia comencé a buscar, y en un cajón encontré dos llaves atadas juntas,
que el anciano reconoció inmediatamente.
—Son esas
—dijo—. La larga abre la primera puerta al final de la escalera que baja junto
al muro exterior de la iglesia. La segunda abre, y es difícil hacerlo, la
puerta de hierro dentro del paso que conduce a la cripta propiamente dicha. ¿Es
necesario, hijo mío, que entres allí?
Respondí
que era absolutamente necesario.
—Entonces
tómalas —dijo—, y en la tarde me las regresarás.
Le
expliqué que quizás necesite varios días para mis estudios, y le solicité que
me dejara las llaves hasta que termine mi tarea, pero sobre este punto se
mantuvo firme.
—Debes
cerrar la puerta al pie de la escalera antes de abrir la segunda —añadió— y
trabar la segunda una vez dentro. Y al salir debes cerrar la puerta de hierro
interior así como la de madera.
Le
prometí que lo haría y, después de los agradecimientos pertinentes y deleitado
por mi éxito, me retiré con las llaves. Encontré a Brian y mis materiales de
dibujo esperándome en el pórtico, y juntos eludimos la dedicada vigilancia de
los niños tomando un sendero estrecho y privado entre la casa parroquial y la
iglesia, cubierto por la sombra de unos tejos antiguos.
En si
misma la iglesia era interesante. Parecía alzarse sobre las ruinas de otro
edificio, a juzgar por el número de fragmentos de piedra que sepultaban los
rastros de una temprana talladura, ahora incorporada a los muros. Había también
cruces talladas aquí y allí, y una en especial capturó mi atención. Me tentó la
posibilidad de acercarme, y al hacerlo noté a mis pies una fila de escalones
estrechos de piedra verde, tapizados —observé— de moho y musgo. Evidentemente
era el paso a la cripta.
Inmediatamente
descendí, cuidando de no perder el equilibrio, ya que los escalones eran en
extremo húmedos y resbaladizos.
Brian me
acompañó, como si nada lo indujese a permanecer atrás. Para cuando alcancé el
final de la escalera, me encontré en una completa oscuridad, y debí encender
una vela para determinar la ubicación de la cerradura. La puerta era de madera,
y se abría hacia adentro. La acumulación de polvo y moho sobre el suelo
mostraban que no había sido usada en muchos años. Atravesé el umbral, cosa que
no fue sencilla, ya que la puerta se abrió apenas unos pocos centímetros, y
luego la cerré cuidadosamente detrás de mí, aunque hubiese preferido dejarla
abierta. No me agradaba la idea —como creo que a nadie— de encontrarme en la
desagradable situación de quedar encerrado, y más aún en el caso de necesitar
una salida repentina.
Mantuve
la vela encendida con mucha dificultad, y luego de andar casi a tientas por un
pasaje sumamente húmedo alcancé otra puerta. Un sapo se apretaba junto a ella.
Parecía estar sentado allí desde hacía siglos. Al alumbrar el suelo observó la
luz sin parpadear, y retrocedió lentamente hacia una pequeña grieta en el muro,
dejando junto a la puerta un diminuto rastro de fango.
Llegué
hasta la puerta de acero. Noté que tenía un cerrojo largo, sólido. Sin demora
encajé la segunda llave en la cerradura, y al empujar la puerta, haciendo un
esfuerzo considerable, sentí el frío aliento de la cripta sobre mi rostro. Por
un momento consideré destrabar la primera puerta, especialmente al cruzar la
segunda, pero sentí que mi deber era seguir las indicaciones del anciano. Dejé
la llave en la cerradura, levanté la vela y miré a mi alrededor. Estaba de pie
en una cámara baja con techo de piedra sólida. Era difícil saber dónde
terminaba la cripta. Barrí la estancia con aquella luz incierta pero sólo ví
varias arcadas rústicas y aperturas cortadas en la roca, que seguramente
funcionaron en su tiempo como bóvedas familiares.
Una
particularidad de la cripta de Wet Waste, que yo no había conocido en otros
sitios similares, era la elegante decoración de cráneos y huesos que se
levantaban en cada muro interior a unos cuatro pies de altura. Los cráneos se
alzaban simétricamente hasta unas pocas pulgadas de la cima de la arcada baja,
a mi izquierda, y las tibias se acomodaban del mismo modo pero a mi derecha.
¡Pero dónde estaba el fresco! Miré alrededor en vano, percibiendo al remoto
final de la cripta una arcada baja y más robusta que las otras, formando una
entrada que carecía de huesos como decorado. Pasé por debajo, y me encontré en
una segunda cámara, algo más pequeña que la anterior.
Sostuve
la vela sobre mi cabeza. Su brillo golpeó sobre el fresco, y ya en el primer
vistazo supe que era único. Deposité mis materiales sobre lo que evidentemente
había sido una mesa, con la mano temblando al rozar con los dedos la ruda
piedra, y examiné la obra de cerca. Era una especie de palimpsesto sobre lo que
probablemente fue un altar en el tiempo en que los sacerdotes fueron
proscritos. El fresco era de principios del siglo XV, y se preservaba con tanto
detalle que era posible adivinar cada día de la paciente labor sobre el yeso, a
medida que el artista allanaba el camino con sus colores. El motivo era la
Ascensión, tratada gloriosamente.
Apenas
puedo describir mi alegría al pararme frente a él y observar sus detalles,
reflexionando que aquel magnífico espécimen sería conocido en el mundo gracias
a mi. Después de un rato, abrí mi maletín, encendí todas las velas que poseía,
y me aboqué al trabajo.
Brian
caminaba a mi alrededor, y aunque me alegraba su compañía, deseé varias veces
haberlo dejado en la entrada. Parecía agitado, y aún rodeado de tantos huesos
no se alejaba más que unos pasos de mi. Finalmente, tras ordenárselo varias
veces, se acostó, vigilante, inmóvil, sobre las losas del suelo.
Debí
trabajar durante varias horas cuando finalmente hice la primera pausa para
descansar mis ojos. Recién entonces noté la intensa calma que me rodeaba. No se
escuchaba ningún sonido del exterior. El reloj de la iglesia, que oí gemir tan
poderosamente al bajar las escaleras, no emitía ahora ni el más leve suspiro de
su lengua de hierro. Todo era silencioso como una tumba. Y de hecho, era una
tumba. Aquellos que allí moraban ya se habían sumergido en el silencio.
Repetí
las palabras para mi, o quizás ellos las repitieron.
...en el
silencio.
Fui
despertado de mi ensueño por un débil sonido. Me senté y escuché.
Ocasionalmente los murciélagos frecuentan las bóvedas y otros sitios
subterráneos.
El sonido
continuó, cauteloso, desagradable. De repente escuché algo que caía, que
parecía caer, luego una pausa momentánea, y entonces oí el imperceptible y
distante tintineo de una llave.
Había
dejado la llave en la cerradura y ahora me lamentaba de haberlo hecho. Me puse
de pie, tomé una de las velas y regresé al pasillo largo. No me considero tan
impresionable como para sobresaltarme al oír un sonido indefinible, pero
honestamente en aquella ocasión lo fui. Al acercarme a la puerta de hierro se
escuchó otra cosa, un sonido apresurado, podría decirse. En mi mente se formó
la idea de una gran prisa. Cuando alcancé la puerta iluminé inmediatamente la
cerradura con la intención de extraer la llave, y percibí que la otra, aquella
que colgaba de un cordel, era sacudida, como si vibrase levemente. Con cierta
sensación de repulsión guardé ambas llaves en mi bolsillo, y decidí culminar mi
trabajo.
Al
regresar advertí sobre el suelo la razón de aquel sonido: un cráneo, que
evidentemente se había deslizado de una columna de osamentas, quizás de su
cima, había rodado casi hasta mis pies y revelado algunas pulgadas de lo que
parecía ser otra arcada detrás. Me incliné para recogerlo, pero temiendo
desplazar más cráneos al devolverlo a su sitio, y con algo de asco al pensar
que también debería recoger los dientes que se habían dispersado por la caída,
lo dejé sobre el suelo; y retorné a mi labor, tarea que pronto me absorbió
completamente. Sólo me detuve cuando las velas comenzaron a apagarse una tras
otra.
Con
pesar, ya que no estaba ni siquiera cerca de terminar, me decidí a regresar a
la superficie. El pobre Brian, que no se había reconciliado con el lugar, me
siguió con alegría. Al abrir la puerta se deslizó hacia afuera, y poco después
lo oí lloriquear y rascar la puerta de madera. Cerré la primera y me apresuré
por el pasillo. El aire cambió, parecía haber una prisa en la atmósfera delante
de mi. Brian saltaba, siempre adelante pero fuera de mi vista. Me detuve para
sacar nuevamente las llaves, y me sentí abandonado, en completo olvido. Cuando
finalmente emergí a la luz del sol me acarició una vaga sensación de libertad.
Era bien
entrada la tarde y, tras devolver las llaves a la casa parroquial, logré
persuadir al propietario del pub a unirme a la cena familiar, que fue servida
en la cocina. Los habitantes de Wet Waste son gente primitiva, con esos modos
francos e imperturbables que aún florecen en los sitios apartados,
especialmente en las regiones salvajes de Yorkshire. Yo ignoraba que en estos
días de periódicos baratos todavía subsistía tal ignorancia del mundo exterior,
aunque esta habite en los rincones más remotos de Gran Bretaña.
Senté a
una de las niñas del vecino sobre mi falda -una niña hermosa, con el cabello
más rubio que haya visto- y comencé a dibujarle algunos pájaros y bestias de
otras partes. Rápidamente se reunió un ansioso auditorio de niños, y aún de
adultos, llamándose unos a otros con un estridente acento, desconocido para mi,
y que desde entonces siempre recordaré como el Amplio Yorkshire.
A la
mañana siguiente, mientras salía de mi cuarto, percibí algo extraño en la
aldea. Un zumbido de voces me asaltó al entrar al pub, y luego un largo gemido
de dolor proveniente de la ventana abierta.
La mujer
que me trajo el desayuno lloraba. Al interrogarla me informó que la hija del
vecino, aquella niña rubia que había sentado en mi falda, había muerto durante
la noche. Sentí una enorme pena por ella, y por el dolor que la fatalidad había
desencadenado en el pueblo. Los lamentos descontrolados de la madre,
naturalmente, me quitaron el apetito.
Me
apresuré hacia la iglesia. Recogí las llaves en la casa parroquial, y descendí
a la cripta, acompañado por mi fiel Brian. Dibujé y medí obsesivamente, lo cuál
me aisló de cualquier sonido, real o imaginario. Brian, en esta ocasión,
parecía más aplacado, y hasta alegre, y pasó largo rato sentado plácidamente a
mi lado. Trabajé hasta el agotamiento y avancé considerablemente, aunque estaba
lejos de terminar. Sería necesario regresar en la mañana. De modo que tomé mis
materiales y devolví las llaves. El anciano clérigo me alcanzó en la puerta,
invitándome a tomar el té.
—¿Ha
prosperado el trabajo? —preguntó al sentarnos en el cuarto bajo, donde fui
introducido presurosamente.
Respondí
afirmativamente y le mostré mi trabajo, aún incompleto.
—Seguramente
ha visto usted el original —dije.
—Una vez
—respondió, observando mis dibujos.
Claramente
el tema lo incomodaba. Desvié la conversación para informarme sobre la
antigüedad de la iglesia.
—Aquí
todo es antiguo —dijo—. Cuándo era joven, cuarenta años atrás, y llegué aquí en
completa pobreza, cosa que lamentaba ya que deseaba casarme, me sentí oprimido
por lo añejo del lugar. Yo había escogido mi parte, por supuesto, pero este
sitio, tan alejado del mundo que añoraba, y sobre el que tenía penosos
arranques de melancolía, me forzó al conformismo. ¡Hijo mío, no te cases siendo
aún joven! Pues el amor, que en esa estación es ciertamente poderoso, aleja al
corazón del estudio, y obliga a despojarse de las ambiciones. ¡Tampoco lo hagas
de adulto! Cuando una mujer sólo se ocupa de ser esposa su conversación se
transforma en hastío y en una carga para la vejez.
Yo tenía
mis propias observaciones sobre el matrimonio. Pensaba que la compañía de una
criatura de temperamento dócil, devoto, afín a las tareas domésticas, era de
vital importancia para la vida profesional del hombre. Pero me reservé estas
opiniones y cambié de tema, preguntándole al anciano si los pueblos
circundantes eran tan viejos como Wet Waste.
—Si
—continuó—, aquí todo es antiguo. El camino pavimentado conduce a Dyke Fens. Es
un viejo sendero. Hecho en tiempo de los romanos. Dyke Fens está bastante
cerca, apenas cuatro o cinco millas, y es tan antiguo como olvidado por el
mundo. La Reforma, que llegó hasta aquí, nunca lo alcanzó. Allí todavía tienen
un sacerdote y una campana. Esto es una herejía condenable, que puntualmente
expongo ante mis fieles, enseñándoles la verdadera doctrina. Incluso he oído
que este sacerdote ha cedido ante el Maligno, predicando a su vez en mi contra.
Pero no presto oídos a semejantes falacias, y menos mis ojos a su execrable
panfleto que involucra a las Homilías Clementinas, en donde contradice mis
probadas enseñanzas sobre las palabras de Azaph.
Este era
claramente el tópico favorito del anciano, y pasó bastante tiempo hasta que
pude librarme. Al hacerlo me acompañó hasta la puerta, y sólo pude escaparme
porque lo distrajo la llamada de un sirviente de la casa parroquial.
A la
mañana siguiente pasé a recoger las llaves por tercera vez. Había decidido
abandonar el pueblo lo más pronto posible. Estaba cansado de Wet Waste. Una
nube de tribulaciones parecía cerrarse sobre el lugar, una sensación de
inminencia en el aire. El cielo, en cambio, estaba claro y brillante, aunque el
horizonte presagiaba tormentas.
Para mi
asombro, las llaves me fueron negadas. Sin embargo, me resistí. Uno de mis
axiomas es nunca quedarme con una negativa. Luego de algunas discusiones con el
sirviente, fui llevado a la habitación donde había tomado el té con el clérigo.
Lo encontré caminando de un extremo al otro del cuarto.
—Hijo mío
—dijo con vehemencia—, sé por qué has venido, pero esta vez no puedo darte las
llaves.
Respondí
que, por el contrario, esperaba recibirlas inmediatamente.
—Es
imposible —insistió—. He obrado mal, extremadamente mal. Jamás me separaré de
ellas otra vez.
—¿Por qué
no?
Vaciló, y
luego dijo quedamente.
—El viejo
clérigo, Abraham Kelly, murió anoche —hizo una pausa—. El doctor acaba de
notificármelo. El pobre hombre está absorto ante lo que considera un misterio.
No desea que la gente del pueblo se entere, y sólo me lo ha mencionado a mi. Ha
encontrado en el cuello del cadáver las señales inequívocas de la
estrangulación, al igual que en el cuerpo de la niña. Sólo él ha observado las
marcas, y ha quedado perplejo por la única explicación que acudió a su mente.
¡Una sola! ¡Una sola!
No
entendía que tenía que ver todo aquello con la cripta, pero de todos modos le
pregunté al anciano cuál era la relación que encontraba.
—Es una
larga historia y, felizmente, ante los ojos de un forastero puede sonar a
superchería. Aún así te lo contaré, aunque sospecho que ningún argumento puede
disolver la ansiedad de un joven. He dicho que la cripta estuvo cerrada durante
treinta años, y así fue. Hace treinta años un tal Sir Roger Despard se marchó
de esta vida. Aquel caballero era el Lord del señorío de Wet Waste y Dyke Fens,
y el último de su estirpe, a Dios gracias, extinguida. Era hombre de vida
disoluta, sin temor a Dios y, horrible decirlo, desconocía la compasión por la
inocencia, a pesar de que el Señor le dedicó algunos buenos tormentos,
castigándolo por sus vicios, especialmente por su inclinación a la bebida. En
una época, y hubo muchas otras, fue poseído por varios demonios, convirtiéndose
en una abominación para su casta y la raíz de todas las amarguras del pueblo.
»Finalmente
el cáliz de su iniquidad se llenó. Al acercase la muerte fui hasta su lecho,
pues había oído que el terror lo embargaba, y que lo atormentaban toda clase de
pensamientos impuros, hasta tal punto que pocos toleraban su presencia. Cuando
lo ví supe que no había en él sitio para el arrepentimiento, y se mofó de mi y
mis supersticiones, incluso estando postrado. Juró que no había ningún Dios,
ningún ángel, y que todos estaban condenados como él. Al día siguiente, hacia
la tarde, las agonías de la muerte se intensificaron, al igual que sus
delirios. Afirmaba que el Maligno lo asfixiaba.
»Sobre su
mesa de noche había un cuchillo de caza. Con sus últimas fuerzas lo tomó, lo
sostuvo, y juró que si él se quemaba en el infierno dejaría una de sus manos
sobre la Tierra, y que no hallaría paz hasta dibujar con la sangre de algún
cuello. Loco de furia, cercenó su propia mano a la altura de la muñeca. Nadie
se atrevió a detenerlo, ni siquiera a mirarlo a los ojos. La sangre fluyó por
el suelo, filtrándose por las grietas hasta la habitación de abajo.
»Entonces
murió.
»Me
llamaron en medio de la noche y me informaron sobre su juramento. Les aconsejé
a todos, pues creía que era lo mejor, que ninguno mencionara la maldición. Tomé
la mano muerta, que nadie se había aventurado a recoger, y la coloqué a su lado
en el sarcófago. Pensaba que tal vez algún día, después de muchas
tribulaciones, necesitaría de ambas manos para extenderlas al Señor en señal de
arrepentimiento. Naturalmente, la historia se esparció. La gente temía. De modo
que cuando Roger Despard fue colocado en el sepulcro familiar, y siendo él la
última huella de su estirpe, decidí cerrar para siempre la cripta,
convirtiéndome en el custodio de sus llaves. Jamás había permitido que nadie
entrase, pues aquel era un hombre ligado al mal, y su mal no ha sido completamente
sepultado, ni del todo encadenado al lago de fuego.
»Con el
tiempo la historia también murió. Treinta años es mucho tiempo. Por eso me
resistí cuando usted me pidió las llaves por primera vez. Pensé que quizás todo
era una vana superstición y, viendo que sus intenciones no eran ociosas, cedí.
El
anciano se detuvo y yo permanecí en silencio, razonando algún argumento para
conseguir las llaves.
—Seguramente,
señor —dije por fin—, alguien tan culto como usted no puede prestar oídos a
semejantes disparates.
—Ciertamente
no —contestó—, pero es extraño que desde la apertura de la cripta dos personas
hayan muerto, y con marcas evidentes en el cuello. No se encontró ningún dibujo
hecho con sangre, pero la segunda muerte fue más violenta que la de la niña. La
tercera, quizás.
—¡Superstición!
—afirmé con autoridad— ¿Qué es sino la desconfianza en Dios? Como afirmó usted
el otro día.
Adopté un
tono de fuerte presencia moral, que normalmente es eficaz con las personas
temerosas. Él estuvo de acuerdo y se acusó a sí mismo de falta de fe, pero
incluso entonces tuve severas dificultades para conseguir las llaves. Sólo
cuando finalmente argumenté que si alguna influencia maligna había sido
desatada el primer día, para bien o mal, ya estaba fuera, y que ninguna nueva
incursión a la cripta modificaría aquello. Establecí mi punto con firmeza. Yo
era joven y él viejo, y los eventos de los últimos días lo habían sacudido.
Cedió, y le arranqué las llaves.
No negaré
que bajé las escaleras con cierta indefinible repugnancia, que se acentuó al
cerrar las dos puertas detrás de mi. Recordé entonces el tintineo de las llaves
durante la primera expedición y la caída del cráneo. Fui hasta ese sitio. Ya he
dicho que las columnas de cráneos se alzaban casi hasta el techo y que detrás
se adivinaban otras arcadas, acaso porciones distantes de la cripta. El
desplazamiento del cráneo en cuestión había dejado un pequeño hueco, pero lo
suficientemente grande como para introducir mi mano. Sobre la arcada noté el
diseño de un escudo de armas y el nombre, casi borrado por la humedad, de
Despard.
Era sin
duda la bóveda de Despard. No resistí la tentación de remover algunos cráneos
para mirar el interior, al tiempo que maniobraba con la escasa luz de mi vela.
La bóveda estaba llena. Uno sobre otro, apilados, estaban los viejos ataúdes, a
medias carcomidos por el tiempo, y algunos huesos dispersos.
Atribuyo
mi actual deseo de ser cremado a la dolorosa impresión que me produjo aquel
espectáculo. El ataúd más cercano a la arcada estaba casi intacto, salvo por
una larga rajadura en la tapa. No pude conseguir que la luz caiga de lleno
sobre la placa de metal, pero supe, más allá de toda incertidumbre, que se
trataba del ataúd del perverso Sir Roger.
Coloqué
de nuevo los cráneos, incluyendo el que había dejado en el suelo el otro día.
No había estado más de una hora, pero me sentía feliz de marcharme.
Si
hubiese podido abandonar Wet Waste en ese momento, no lo habría dudado. Pues un
inexplicable apremio por marcharme comenzaba a trastornarme. Pero descubrí que
sólo pasaba un tren por día por la vieja estación del pueblo.
No
existía otra alternativa que pasar otra noche allí.
En
consecuencia, me rendí ante lo inevitable, y deambulé con Brian durante el
resto de la tarde, bosquejando y fumando. El día era opresivamente cálido, y
aún después de que el sol se puso sobre los brezales el calor persistía. No
corría ni la brisa más modesta. En el crepúsculo, harto de holgazanear por las
calles, fui hasta mi cuarto y, tras contemplar con satisfacción mi trabajo con
el fresco, me senté a escribir los primeros párrafos de mi ensayo. Por lo
general, escribo con dificultad, pero aquella tarde las palabras venían hasta
mi en alas espectrales, y con ellas la sensación ominosa de que debía
apresurarme. Escribí y escribí hasta que las lámparas vacilaron y finalmente se
extinguieron, dejándome con la luz de la pálida luna.
Tuve que
posponer mi trabajo. Era temprano para acostarse. El reloj de la iglesia recién
declaraba las diez. Me senté junto a la ventana y la abrí, buscando algo de
aire fresco. Era una noche de belleza excepcional, y aquella visión notable
relajó mis nervios. La luna era, si se me permite la licencia poética, como un
bote atravesando un mar soñoliento. Su brillo revelaba cada ínfimo detalle de
la aldea. Todo se iluminaba como si fuese de día. Observé la iglesia y sus
terrenos aledaños, sus tejos añosos, mientras los brezales chisporroteaban a lo
lejos, como hechos de papel.
Me senté
durante largo tiempo observando por la ventana. El calor todavía era intenso.
No soy, por regla general, presa fácil de las emociones, pero sentado allí
frente a la aldea solitaria en el páramo, con Brian apoyando su cabeza en mi
regazo, una gran depresión cayó sobre mi.
Mi mente
retrocedió hacia la cripta y a sus incontables habitantes. El destino de todos
los anhelos humanos, todas sus dichas y bellezas, no me había afectado hasta
ese momento, pero ahora se agitaba en el aire, pesado como el hálito de los
muertos.
—¿Cuál es
el sentido del bien —me pregunté—, el sentido del trabajo y las desdichas, del
amor y la juventud, de la locura y la mentira, del esfuerzo pausado y vigoroso,
si al final todo se viste de olvido? Todo el futuro pareció estirarse ante a
mis ojos, todos mis deseos y esperanzas, y al final de aquel camino contemplé
mi tumba. Incluso si tenía éxito, incluso si agotaba mi vida en la felicidad y
el trabajo, ¿qué me aguardaba al final? La tumba. Y tal vez mucho antes, cuando
las manos y ojos aún son fuertes para el trabajo, o más tarde, cuando la vista
se desgasta y las manos vacilan. Tarde o temprano, siempre: la tumba.
No pido
perdón por el tenor excesivamente mórbido de mis reflexiones, ya que entonces
les atribuí una causa lunar. Estaba habituado a que sus fases estimulen el lado
poético de mi naturaleza.
Desperté
finalmente de estas ensoñaciones cuando la luna, ya enfermiza, cayó sobre la
ventana. Reuní algo de voluntad y me fui a la cama.
Caí en un
sueño inmediato, pero al poco tiempo Brian me despertó. Gruñía en un tono bajo,
sordo, como el que emite cuando su nariz se obstruye. Lo llamé para callarlo,
pero como no lo hizo estiré una mano para alcanzar mis pantuflas, con la idea
de arrojárselas. La luz de la luna flotaba inmóvil en la habitación, y observé
que el animal alzaba la cabeza. Evidentemente estaba despierto. Lo amonesté y,
cuando el sueño comenzaba a vencerme de nuevo, empezó a gruñir de un modo
salvaje.
Se
sacudió con violencia y comenzó a pasearse por el cuarto, ansioso. Me senté en
la cama y lo llamé, pero no me prestó atención. Entonces lo vi detenerse bajo
la luz pálida, mostrando los dientes. Sus ojos parecían seguir alguna forma
extraña en el aire. Observé su comportamiento con creciente alarma. ¿Estaría
enloqueciendo? Sus ojos estaban muy abiertos, y su cabeza se movía
repentinamente, como si siguiese los movimientos de algún enemigo invisible. De
repente, con un gruñido furioso, comenzó a correr a toda velocidad alrededor
del cuarto, golpeándose contra los muebles en su carrera. Sus ojos rodaban,
desencajados, mientras lanzaba mordidas iracundas al aire.
Supuse
que, efectivamente, el animal había enloquecido. Me incorporé, lo alcancé y
traté de inmovilizarlo por el cuello. La luna se escondía detrás de una nube,
pero incluso en aquella oscuridad momentánea lo observé debatiéndose entre mis
brazos, buscando alcanzar mi cuello.
Con toda
la fuerza que otorga la desesperación intenté mantener mi abrazo, pero sentí
una presión ardiente en el cuello. Lo arrastré por la habitación, tratando de
golpear su cabeza contra la cama de hierro. Era mi única posibilidad. Sentí la
sangre tibia corriendo por mi cuello. Me asfixiaba. Tras un instante de lucha
espantosa, golpeé su cabeza contra una barra de la cabecera y sentí su cráneo
cediendo contra el metal.
Se
estremeció y lanzó un agudo gemido.
Entonces
perdí el conocimiento.
Cuando me
recuperé todavía yacía sobre el suelo, rodeado por la gente de la casa. Mis
manos todavía rodeaban el cuello de Brian. Alguien sostenía una lámpara hacia
mi, y una brisa lastimera la hizo temblar. Miré el cadáver. La sangre de su
cráneo triturado corría por mis manos. Sus mandíbulas presionaban sobre algo
que en aquella luz incierta no me fue posible ver.
El hombre
de la lámpara se acercó.
—¡Oh,
Dios! —aullé— ¡Allí! ¡Allí!
—Tiene su
cabeza —dijo alguien, y me desmayé de nuevo.
Estuve
convaleciente durante quince días casi sin recobrar el conocimiento. Un período
que aún hoy me cuesta recordar. Cuando finalmente me recompuse descubrí que la
gente de la casa, y aún el anciano clérigo, se habían ocupado de mi. A menudo
había oído sobre la poca hospitalidad del mundo, pero francamente sólo puedo
hablar bondades de aquella gente humilde. He recibido de ellos mucho más de lo
que puedo devolver. La gente del campo es especialmente atenta con los
enfermos.
No me fui
del pueblo hasta hablar con el doctor, y este me aseguró que podría llegar a la
fecha de la lectura de mi ensayo en completo dominio de mis facultades. La
ansiedad apremiante se diluyó cuando le confesé lo que había visto antes de
desmayarme. Me escuchó con atención, y declaró que había sido presa de una
alucinación como consecuencia del repentino ataque del perro.
—¿Pudo
ver usted el cadáver del perro? —lo interrogué.
Respondió
que sí.
Sus
mandíbulas estaban cubiertas de sangre y espuma, y sus dientes todavía se
cerraban con fuerza. El doctor opinaba que el animal había sido atacado por una
hidrofobia excepcionalmente virulenta, debido al calor intenso. Hizo que su
cuerpo fuese enterrado inmediatamente.
Mi
compañero guardó silencio a medida que llegamos a nuestras habitaciones.
Entonces, iluminándose con una lámpara, lentamente reveló su cuello.
—Todavía
tengo las marcas —dijo—, pero no temo morir de hidrofobia. Estas cicatrices no
pueden haber sido hechas por los dientes de un perro. Si las observas de cerca,
alrededor se ven las marcas de cinco dedos. Esta es la razón por las que
prefiero ocultarlas.
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Mary
Cholmondeley (1859-1925)


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