© Libro N° 11965.
Sobre La Simpatía. Fernández
Tresguerres, Alfonso. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
Sobre La Simpatía. Alfonso Fernández Tresguerres
Versión Original: © Sobre La Simpatía. Alfonso Fernández
Tresguerres
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El Catoblepas • número 41 • julio 2005 • página 3: https://nodulo.org/ec/2005/n041p03.htm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Alfonso Fernández Tresguerres
Sobre La
Simpatía
Alfonso
Fernández Tresguerres
De la
simpatía y sus formas
1
No me
interesa en estos momentos hablar de la simpatía en ese sentido cósmico en
el que se la entiende a veces, como aquello que determina la ligazón o unión
entre los distintos elementos del Universo; sentido, por lo demás, que cuenta
con una larguísima tradición, y que desde los estoicos y los neoplatónicos pasa
por algunas corrientes renacentistas llegando hasta el mismo Schopenhauer.
Tampoco los usos que el término del que hablo tiene en las ciencias biológicas
o físicas, sino otros, igualmente lícitos y, al tiempo, más frecuentes en el
manejo que de ordinario hacemos del mismo, y para empezar aquél en el que la
simpatía se dice del modo de ser o del carácter de un individuo: ser simpático,
en efecto, es considerado sinónimo de resultar agradable y hallarse en posesión
de un cierto encanto que a menudo despierta el afecto de los otros y facilita
la relación con ellos. Qué sea lo que el simpático tiene de agradable o en qué
consista ese peculiar encanto del que es depositario, tiene mucho que ver,
seguramente, con el mostrarse capaz de desplegar un humor amable y ligero, que
divierte sin molestar, que contenta a todos y que a nadie hiere, porque ni hace
uso de la palabra afilada ni del doble sentido que denuncia, sin hacerlo, un
defecto o una impostura. Ser simpático es ser franco, no ocultar con lo que se
dice otra cosa distinta o punzante que el oyente deba descubrir, poniendo de
ese modo a prueba su agilidad mental o su paciencia; es hallarse, también,
dotado de un ingenio rápido y espontáneo, pero ducho sólo en percibir el
aspecto dulce de las cosas, las situaciones y las personas; un ingenio que
todos comprenden y de cuyos descubrimientos pueden participar y hacerse
cómplices, con lo que, al cabo, el simpático a todos agrada y a nadie ofende,
porque a la luz que de él se irradia no hay quien deje de verse como un tipo
inteligente y ameno, excelente contertulio y digno de estima: ser simpático, en
suma, es caer bien a todo el mundo.
Si tal
circunstancia resulta buena o deseable en sí misma es, sin embargo, otra
cuestión. Que todos nos tuvieran por no gratos sería, ciertamente, preocupante.
Que a todos resultemos agradables y a todos parezcamos encantadores, no lo es
menos. Lo primero indicaría, con toda seguridad, que somos un mal bicho; mas lo
segundo, sospecho que es señal de que somos un bicho tonto. Nadie puede agradar
a todos sino es haciendo dejación de sí, plegándose camaleónicamente al otro o
sirviéndole de espejo en el que verse como desea. Si eso es ser simpático,
abracemos la antipatía, porque más vale ser tenido por malo que por bobo, y más
por antipático que por borreguito esponjoso y juguetón.
De hecho,
no llamamos simpático al irónico o al sarcástico, y es que ni
la ironía ni el sarcasmo resultan simpáticos, sino molestos, en
tanto que la simpatía es siempre amable y jamás persigue la denuncia, sino sólo
el compadreo. La ironía y el sarcasmo irritan, porque colocan al otro ante lo
peor de sí y le fuerzan a enfrentarse a ello, y a enfrentarse, asimismo, a sus
debilidades o inconsecuencias; pero la simpatía es esencialmente acomodaticia y
cortés, y tapa con un barniz de comprensión e indulgencia las rugosidades del
carácter o los poros de los defectos. Si Sócrates hubiese sido un tipo
simpático, es muy probable que, lejos de ser condenado a muerte, se le hubiese
otorgado una pensión vitalicia a cargo de los presupuestos de Atenas. Porque el
simpático hace que nos sintamos a gusto, y eso tiene un precio; de ahí que sea
bien recibido en cualquier parte y a cualquier hora. Mas la ironía y el
sarcasmo obligan a que nos cuestionemos aquello que no podemos o no queremos
cuestionar, y, como consecuencia, suscitan enojo y repulsa. Así pues, en tanto
que el irónico es visto como un individuo molesto e hiriente (un tábano, decía
Sócrates), el simpático, en toda ocasión y circunstancia, es una bendición.
Y esto se
manifiesta, también, en las distintas formas de humor características de cada
uno de ellos. El de la simpatía es un humor fácil, que se sustenta
en lo obvio y en el que ningún significado oculto se encierra, y por eso sienta bien
y se confraterniza de inmediato con él, porque consigue que aquéllos a quienes
va dirigido se figuren inteligentes, importantes y justos, y por eso el
simpático (como se dice) se hace querer (la otra modalidad de
humor fácil, antítesis en gran medida de ésta, es la que se establece a partir
del vituperio o la grosería). El humor propio de la ironía, por el contrario,
es enormemente complejo y sutil, y se cimienta siempre sobre el doble sentido
(latente y manifiesto) de aquello que se dice (y por eso, si bien casi todo el
mundo puede ser simpático, a poco que se lo proponga de veras –y con un poco
más de esfuerzo, y contando con que la naturaleza nos haya dotado de una cierta
rapidez perceptiva y alguna agilidad mental, tampoco es muy difícil mostrarse
sarcástico–; son muy pocos, en cambio, aquéllos a quienes es dado ser
auténticamente irónicos). Si se halla ausente esa duplicidad de significados,
la ironía no es tal, sino simpatía o insulto, porque, justamente, el sentido
manifiesto de la expresión irónica (como el de la simpática) es con frecuencia
inofensivo y hasta adulador, en tanto que su sentido latente, con no menos
frecuencia, es hiriente y hasta insultante. Cuando se rompe ese dificilísimo
equilibro entre ambos sentidos que la ironía alcanza, de tal modo que el segundo
de ellos –el latente– resulte más evidente e inmediato, siendo, por tanto,
advertido con una facilidad mayor de la que la propia ironía autoriza, tenemos
el sarcasmo. Más en ambos casos, la reacción de aquél a quien va dirigida la
expresión irónica o sarcástica no es el afecto, sino el rechazo y la repulsa,
de ahí que tanto al irónico como al sarcástico, menos como amables (esto,
es dignos de ser amados) se les vea como cualquier cosa, y muy habitualmente
como odiosos, ofensivos y antipáticos.
Mas no se
piense, por lo que digo, que es mi intención proponer la antipatía como ideal a
alcanzar: sin duda que es importante saber ser simpático a veces, pero aún es
más importante saber cuándo, dónde y con quién serlo (y otro tanto cabe decir,
desde luego, de la ironía y el sarcasmo). Lo que ciertamente resultaría
inquietante es que no se dijera de nosotros otra cosa sino que somos
simpáticos, porque téngase por seguro que, en los más de los casos, tal
expresión nada significa excepto que se nos tiene por acomodaticios,
complacientes y fáciles de mangonear.
2
Los
orígenes del término «simpatía» poco tienen que ver, sin embargo, con lo que
hoy entendemos por «simpático»: «simpatía» deriva del griego syn (con)
y pathos (sufrimiento), y vendría, por tanto, a significar
algo así como «sufrir con», esto es, ser capaz de ponerse en lugar del otro
para comprender sus pesares y solidarizarse con ellos. Y este es el sentido en
el que la simpatía es utilizada por Hume (también por A. Smith, Hutcheson o
Schaftsbury) como fundamento de la moral: sólo por simpatía cabe explicar que
nos sintamos interesados en el bienestar o la desdicha de otras personas, y que
nos veamos afectadas por ellas, todo lo cual pondrá en marcha, por nuestra
parte, algún tipo de acción. El escepticismo de Hume, que le lleva a descreer
de la posibilidad de hallar un criterio moral infalible desde el que juzgar las
acciones en tanto que buenas o malas, empujándole a la sospecha de que, en el
fondo, un juicio ético es análogo a un juicio estético, no le conduce
definitivamente al puro emotivismo (según el cual la moral
sería una mera cuestión de emociones, gustos o sentimientos), merced a que Hume
entiende que, en cualquier caso, todos tenemos un sentimiento o un gusto común:
alcanzar el placer o la felicidad y evitar el dolor, y, en consecuencia,
será bueno aquello que contribuya a ese proyecto, y malo lo
que lo dificulte o entorpezca. Tal es, en esencia, el sentido del utilitarismo moral
de Hume: una acción es buena si resulta útil en orden a propiciar el bienestar
del propio individuo y el de los demás, y, en último término, el bienestar del
conjunto de la sociedad. La moral, pues, no hunde sus raíces en el juicio
derivado de la especulación, sino en la sensación producto del sentimiento, y
en la inquisición de si nuestras acciones merecerían la aprobación de quien nos
observa desinteresadamente: «La hipótesis que nosotros adoptamos –afirma Hume
en la Investigación sobre los principios de la moral– es sencilla.
Define la virtud como cualquier acción o cualidad mental que ofrece al
espectador el sentimiento placentero de aprobación; y el vicio como lo
contrario [...] La aprobación o censura que sobreviene entonces –prosigue– no
puede ser la obra del juicio, sino del corazón; y no es una afirmación o
proposición especulativa, sino una sensación o sentimiento activo». Pues bien,
tal sentimiento se establece sobre dos principios complementarios: el amor
propio (por el que anhelamos nuestra dicha) y la simpatía (que
nos induce a desear la del prójimo). En ésta –señala Hume en el Tratado–
«se produce una evidente transformación de una idea en una impresión», puesto
que los sentimientos y afecciones del prójimo, que inicialmente son para
nosotros ideas, concebidas como algo ajeno, se convierten en impresiones
actualmente sentidas merced las leyes de asociación de ideas (causalidad,
semejanza y contigüidad): «Cuando todas éstas relaciones se aúnan –escribe
Hume– llevan la impresión de nuestra propia persona –o autoconciencia– a la
idea de los sentimientos o las pasiones de los demás hombres, y nos las hacen
concebir del modo más vivo e intenso».
Similar
es el planteamiento de Adam Smith: los juicios morales se basan en el
sentimiento, y merced a la simpatía podemos hacernos cargo de lo que siente
otro, poniéndonos mentalmente en su lugar y sintiéndolo con él, aunque,
evidentemente, con una intensidad mucho menor. Y, paralelamente, evaluamos
nuestras propias acciones y motivos preguntándonos si un espectador
imparcial podría simpatizar con ellos.
Y este
modo de entender la simpatía me parece que tiene en Espinosa un importante
precedente. Partiendo del principio según el cual: «Cualquier cosa puede
ser, por accidente, causa de alegría, tristeza o deseo», concluye Espinosa
que: «A partir de aquí entendemos por qué puede suceder que amemos u odiemos
algunas cosas sin causa alguna por nosotros conocida, sino tan sólo por
simpatía (como dicen) y antipatía. Y con esto hay que relacionar también
aquellos objetos que nos afectan de alegría o de tristeza por el sólo hecho de
que poseen algo semejante a objetos que suelen afectarnos de los mismos afectos
[...] Sé sin duda –prosigue Espinosa– que los primeros autores que introdujeron
estos nombres de simpatía y antipatía quisieron
significar con ellos ciertas cualidades ocultas de las cosas; creo, sin
embargo, que me es lícito entender también con ellos ciertas cualidades
conocidas o manifiestas».
Con todo,
creo que para designar aquello a lo que se refiere la filosofía moral de corte
utilitarista (al estilo de Hume o A. Smith) acaso fuera preferible el
término empatía, entendiendo por tal la «identificación mental y
afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro» –tal como la definen
nuestros académicos–, porque las diversas acepciones que la voz simpatía tiene
en nuestra lengua se prestarían a generar una cierta confusión cuando dicho
concepto lo trasladamos al ámbito de la moralidad, dado que algunas de esas
acepciones –como sucede con la simpatía predicada del carácter de una persona,
a lo que nos hemos referido anteriormente– tienen un peso sensiblemente mayor
que el que pueda tener la simpatía entendida al modo de Hume o A. Smith. De hecho,
tampoco éste último parece acabar hallándose enteramente cómodo con el
término simpatía aplicado al mundo moral: «Lástima y compasión
–escribe A. Simth– son palabras apropiadas para significar nuestra condolencia
ante el sufrimiento ajeno. La simpatía, aunque su significado fue quizás
originalmente el mismo, puede hoy utilizarse sin mucha equivocación para
denotar nuestra compañía en el sentimiento ante cualquier pasión». Ahora bien,
la ventaja del término empatía, frente a los sugeridos por A.
Simth, estriba en que resulta neutro desde el punto de vista efectivo, y se
refiere tan sólo a la capacidad para ponerse en el lugar del otro y comprender
sus motivos, sin que tal comprensión implique necesariamente la aprobación o
desaprobación de sus actos, ni tampoco el acompañar en el sentimiento o la
lástima y compasión por lo que le sucede. Cualquiera de tales disposiciones
serán (o no serán) posteriores a la comprensión y, por tanto, a la empatía
misma. En consecuencia, sólo en la medida en que quepa conjeturar que los
filósofos morales a los que nos estamos refiriendo no le piden al término simpatía, que
ellos utilizan, más de lo que acabamos de señalar, podría éste, con acierto,
ser sustituido por empatía. Mas ello, por fuerza, debe ser así, al
menos si el espectador imparcial ha de ser realmente
imparcial, siendo, al tiempo, la imparcialidad misma condición previa del
juicio moral, que, en caso contrario, sería siempre un juicio interesado; lo
que no implica (entiéndase bien) abrazar el relativismo; relativismo que el
propio juicio moral excluye: una posición relativista únicamente desde la afasia y
la epojé puede ser sostenida. Por tanto, la imparcialidad
atañe tan sólo a la deliberación, mas el juicio moral supone una toma de
partido y por ello implica un compromiso, y con él la aprobación o
desaprobación moral de un determinado acto. Otra cosa distinta es que tal
imparcialidad sea posible o no, lo que obligaría a tener que cuestionarse la propia
idea de espectador imparcial al que apelan estas corrientes de
filosofía moral. Pero sí lo es, ninguna otra nota, además de la empatía misma,
hay que suponerle adjunta.
La
empatía, como decimos, nos permite ponernos en el lugar de otro y hace posible
que comprendamos sus sentimientos, imaginando cuáles serían los nuestros de
estar en su caso, y es, de este modo, condición inexcusable de la propia
sensibilidad moral e impulso que nos conduce a realizar o no realizar
determinadas acciones (quien carece de tal disposición es, en sentido estricto,
un imbécil moral). Es también la única fuente de la que puede
surgir la capacidad de sentir lástima o compasión, pero no equivale sin más a
éstas, porque ser capaz de ponerse en el lugar de otro no implica
inmediatamente la aprobación o la lástima, sino también (cuando hubiere motivos
para ello) la condena y la repulsa. La empatía, en suma, es una forma de
entendimiento intelectual y afectivo del otro, mas lo que haya de surgir de tal
entender es otro asunto distinto. Y tales son, creo yo, las condiciones que ha
de reunir un espectador imparcial, si verdaderamente es imparcial y
si verdaderamente es espectador del mundo moral.
Seguramente
una de las confusiones tanto del planteamiento de Hume como del de A. Smith
estriba en no separar adecuadamente la empatía (el entender y comprender a
otro) de la compasión; y la verdad es que cuando se utiliza el término simpatía se
desdibujan, al menos en nuestra lengua, tales diferencias, porque para nosotros
la simpatía indica que se ha dado un paso más allá de la comprensión misma,
apuntando, quizás, a que la comprensión se ha convertido en justificación y
solidaridad, y, por tanto, también en aprobación, en unos casos, o lástima y
compasión, en otros. Me parece que en el mismo error incurre Adler: «La
compasión –escribe– es la expresión más pura del sentimiento de comunidad.
Cuando hallamos este afecto en alguna persona, podemos estar, en general,
tranquilos acerca de su sentimiento de comunidad, pues en este aspecto se
patentiza hasta qué punto una persona es capaz de proyectarse
sentimentalmente en la situación de otra». Pero sucede, como decía,
que el proyectarse sentimentalmente en la situación de otra persona no
significa que, de modo automático, hayamos de compadecerla (o alegrarnos con
ella), sino tan sólo que somos capaces de entender sus motivos y vernos a
nosotros en su lugar; y, ciertamente, de ello resultará, en ocasiones, la compasión
o la alegría, la comprensión o la justificación de sus actos, mas en otras,
nuestro ejercicio proyectivo irá seguido del rechazo o la repulsa, porque la
proyección sentimental (la empatía) ha de ir acompañada del juicio, pero de
ningún modo, ella, por sí misma, supone una inmediata toma de partido a favor
del actor de cuyos actos somos observadores. Sin duda, no es posible
experimentar compasión sin empatía, más la empatía no se identifica sin más con
la compasión. Cuando se da tal paso es cuando propiamente la empatía se ha
convertido en simpatía. Y creo que esto lo ha visto perfectamente Kant cuando
define la syimpahtía moralis como el «alegrarse con otros y
sufrir con ellos». Y ello con independencia de que tal vez, como señala
Espinosa: «La compasión, en el hombre que vive bajo la guía de la razón, es
por sí misma mala e inútil». Mala porque es una forma de tristeza, e inútil
porque el auxilio que nos dispongamos a prestar a otro ha de nacer del sólo
dictado de la razón. Algo en lo que también está de acuerdo Kant: «En realidad
–leemos en La metafísica de las costumbres–, cuando
otro sufre y me dejo contagiar por su dolor (mediante la imaginación) no
pudiendo, sin embargo, librarle de él, sufren dos, aunque el mal propiamente
(en la naturaleza) sólo afecte a uno. Pero es imposible que sea un deber
aumentar el mal en el mundo, por tanto, también hacer el bien por compasión».
Añadiendo a ello, además, que otras veces (también según Kant) sería una forma
infame de beneficencia, en tanto que pudiera ir dirigida (benevolentemente) a
quien sea indigno de ella.
Ahora
bien, volviendo a la filosofía moral de cuño utilitarista, si la simpatía
consiste, como decíamos antes siguiendo a Kant, en alegrarse con otros y sufrir
con ellos, no me parece que haya de ser algo que quepa exigir, por principio,
al espectador imparcial: se alegrará con quien sea digno de ello y sufrirá con
quien sea merecedor de ser acompañado en el sentimiento, pero en tanto que juez
imparcial del acto moral sólo cabe pedirle capacidad de discernimiento y de
juicio, que, en cuestiones morales, son inseparables de la empatía: que a esta
le siga o no la simpatía es otro asunto diferente. Y precisamente por esto, a
saber: porque distintos espectadores que se consideren igualmente imparciales
pueden simpatizar más o menos con una determinada acción, es por lo que, a mi
juicio, tanto la ética de Hume como la de A. Smith se hallan preñadas de un
cierto relativismo. También esto ha sido percibido con toda claridad por Kant.
Según él, como es sabido, el único principio válido de la moral es la coincidencia
de nuestra acción con el dictado de la razón, tratándose, pues, de un
fundamento intelectual y con validez a priori, que no puede
hallarse en parte alguna más que en el imperativo categórico. Pues
bien, desde esa perspectiva, Kant considera que la otra posibilidad es que la
moralidad descanse sobre fundamentos empíricos, ya exteriores, como pueden ser
la educación (posición que ejemplifica en Montaigne) o el gobierno (Hobbes), ya
interiores, establecidos sobre un sentimiento físico, que no es otro que el egoísmo,
y que asume dos modalidad: la vanidad o la codicia (y cuyos exponentes serían
Epicuro, Helvetius o Mandeville), o sobre un sentimiento moral, que permite
distinguir el bien del mal, y este sería el caso de los posicionamientos
morales de Hume y A. Smith (aunque Kant se refiere a Schaftesbury y a
Hutchenson). Tras rechazar el que el principio de la moralidad se establezca
sobre el egoísmo, puesto que «la índole de las acciones que me reportan o no
placer se basan en circunstancias muy aleatorias», Kant añadirá, refiriéndose a
la segunda alternativa del fundamento empíricos interior, y que es aquélla de
la que venimos hablando en estas notas: «Basando el principio en un sentimiento
moral, en virtud del cual la acción se juzga por el placer o displacer, por la
sensación que produce o, en otras palabras, según el sentimiento del gusto,
entonces descansa también en fundamentos harto contingentes. Pues lo que a
algunos les sienta bien puede resultar aborrecibles para otros». Y otro tanto
sucede, concluirá el filósofo alemán, con los fundamentos externos,
establecidos sobre la educación o el gobierno. Cualquiera de tales fundamentos,
por otra parte, incluido aquél que hace depender la moral del sentimiento, es
visto por Kant como heterónomo, con lo que, al cabo, tampoco satisface la
segunda exigencia de la moralidad, a saber: que además de hallarse establecida
sobre principios morales con valor a priori y no relativos,
por tanto, sea, al mismo tiempo, autónoma.
Más
cercano a nosotros, también Max Scheler, aunque por razones distintas a las de
Kant, ha rechazado el concepto de «simpatía» de los filósofos ingleses. Y ante
todo, porque, según Schler, la simpatía no puede quedar relegada al mero
contagio afectivo, en el que no existe intencionalidad, siendo así
que se halla constituida por un conjunto de actos intencionales, cuyo escalón
más alto lo ocupa el amor. Por lo demás, no es necesario que se dé el contagio
para que tenga lugar la comprensión. Eso sería así –argumenta Scheler– si no
hubiera más intuiciones que las sensibles, pero es lo cierto que también
hay intuiciones puras, mediante las cuales podemos captar una
realidad sin necesidad de hallarnos en comunión afectiva con ella.
De todos
modos, permítaseme confesar que a mí las intencionalidades e intuiciones
eidéticas fenomenológicas, y no digamos las monsergas de Scheler sobre el amor,
jamás han logrado interesarme gran cosa, y si lo menciono es sólo para que no
se me acuse de supina ignorancia, puesto que es uno de los que más
detenidamente ha tratado el asunto que me ocupa (precisamente su obra Esencia
y formas de la simpatía acaba de ser reeditada, en una bella edición,
por la editorial Sígueme, de Salamanca).
Y ya que
he abierto este paréntesis a propósito de Scheler, acaso se me permita y no se
me considere en exceso impertinente proseguir con otro: de sobra sé que el
problema de la simpatía (entendida de uno u otro modo) posee una venerable
antigüedad y ha generado una vastísima producción escrita en la ya larga
historia de la filosofía. Mas no pretendo un análisis detallado de autores y
doctrinas al respecto. Ignoro si mi erudición daría para tanto, pero, desde
luego, es seguro que no lo da mi interés: deseo sólo hilvanar (o tal vez
deshilvanar) algunas reflexiones sobre el asunto, y, poner en claro, en la
medida de lo posible, mi propia forma de entenderlo. Pero no porque me guíe en
tal empresa una tan vanidosa como ridícula e imposible pretensión cartesiana de
empezar desde cero, ni tampoco porque desde una ignorancia tan insondable como
atrevida me disponga a teorizar a tontas y locas: créaseme si digo que conozco
y tengo presentes, si no todas, las más de las cosas que sobre el particular se
han dicho, y si menciono a unos y no a otros es por la única razón de que
aquéllos me han salido al paso y éstos, no. Desearía, pues, que no se me
juzgara por las ausencias o las presencias, por los nombres que están o por los
que faltan, sino sólo por lo atinado o no del discurso. Éste no es, ni quiere
ser un estudio sobre la simpatía, sino un bosquejo de la forma en que yo la veo
y la entiendo. Que estas notas tropiecen con algún lector interesado es
suficiente (y acaso más de aquello a lo que razonablemente puedo aspirar); que
la mayoría, en cambio, las encuentre perfectamente prescindibles, es algo que
cuenta con mi beneplácito y comprensión. (Y se me ocurre ahora si este mismo
prólogo y aviso no podría hacerse extensivo al conjunto de los engendros que
van conformando esta Guía de perplejos.)
3
En todo
caso, y volviendo a lo que estábamos, lo que quisiera subrayar es que la
empatía se convierte realmente en simpatía cuando, del mero entender a otro y
del simple ser capaces de ponernos en su lugar (de donde resultará la compasión
o el vituperio), se pasa a la compresión y a la solidaridad, y, con alguna
frecuencia, a la aprobación y al acuerdo (aunque, sin duda, esto último no
resulta condición indispensable para simpatizar con otro: se puede experimentar
simpatía por alguien estando en desacuerdo con él, aunque no siempre, desde
luego, porque una falta de acuerdo permanente hace imposible el establecimiento
de tal lazo afectivo). Y con esto llegamos al otro gran sentido que el término
«simpatía» tiene en nuestra lengua. Me refiero a la simpatía, no referida al
modo de ser o carácter de un individuo, sino entendida como «inclinación
afectiva entre personas». Que el referente de tal inclinación puedan ser
también animales, como quiere nuestra Academia de la Lengua, lo acepto; que
sean cosas, como también afirman nuestros académicos, se me hace más difícil de
admitir: como no sea por vía simplemente metafórica, no sé yo muy bien qué
sentido tiene designar como «simpatía» la preferencia o inclinación que siento
por un objeto. Diré que me gusta (una camisa más que otra) o que me resulta más
cómoda (esta silla que aquélla) o que me es más útil (esta agenda que la
otra)..., pero que simpatizo con ellas... Por mi mismo, lo confieso, jamás
habría llegado a descubrir que mi relación con una silla que me parece cómoda o
que me gusta podría definirla como «simpatía», como no sea, repito, a título
metafórico. Ni tampoco se me habría ocurrido jamás decir que una silla que
reúna tal condición (serme cómoda) me es, por ello, simpática, a no ser que
«simpática» sea ahora sinónimo de «graciosa», por ejemplo, atendiendo a su
diseño, pero no a su comodidad, porque sucede, además, que una silla de
gracioso diseño puede no ser cómoda (más bien, la verdad, es que suele resultar
incomodísima). Y todo esto seguramente es así porque la simpatía, como tal,
reclama reciprocidad, es, en esencia, mutua (como también admiten nuestros
académicos al referirse a la relación entre personas). Y esa reciprocidad, que,
ciertamente, es factible que se establezca con un animal (o al menos con
animales de algunas especies) no lo es, en absoluto, con un objeto. Que además
de mutua sea también espontánea (como sostienen, asimismo, nuestros maestros de
la lengua), lo tengo, en cambio, por más discutible. Incluso me atrevería a
decir que tal espontaneidad es más probable que se produzca en el trato con un
animal (si a un perro no le gustas nada más verte, no le gustarás nunca), pero
me parece que entre humanos la simpatía, por lo general, nace (o no nace) del
trato. Y aunque sin duda a todos nos ha ocurrido experimentar (o no
experimentar) tal inclinación afectiva por una persona en el preciso momento de
conocerla, todos sabemos también con cuanta frecuencia nos hemos visto
obligados a corregir esa primera impresión no bien hemos tratado a esa misma persona
tres o cuatro veces.
Ahora
bien, ¿qué es lo que provoca que sintamos simpatía por alguien? Seguramente el
que nos sintamos comprendidos y apoyados por él, el que percibamos que le
importan nuestras cosas, incluidas nuestras alegrías y nuestras desdichas. Tal
es, como señalaba antes, el genuino paso de la mera empatía a la simpatía, en
sentido estricto. También, probablemente, el que podamos aprobar las líneas
generales de su conducta o de su forma de ser: por tanto, el que también
nosotros podamos comprender sus motivos y, llegado el caso, considerarnos
plenamente autorizados para aprobarlos, sin fingimiento o traición a nosotros
mismos. En esto estriba, en definitiva, el carácter mutuo de la simpatía;
aunque somos, acaso, tan egoístas en el fondo que tal vez nos baste con que se
nos aprecie, aunque nosotros no apreciemos, o al menos no en igual medida. Mas
lo contrario, esto es, que nos parezca simpático alguien a quien nosotros
resultemos profundamente antipáticos, sería, a todas luces, un notable
ejercicio de masoquismo o de santidad.
Fuera de
eso, no alcanzo a ver en qué otros motivos podría asentarse la simpatía.
Resultaría, por ejemplo, enteramente engañoso suponer que sólo cabe simpatizar
con aquéllos que tienen intereses similares a los nuestros, o a quienes nos
ligan pensamientos o sentimientos comunes; mas no porque no pueda ser así, en
ocasiones, sino porque eso mismo suele engendrar, otras veces, rivalidad,
envidia y hasta odio (y aun cabría discutir si no es esto precisamente lo que
con más frecuencia sucede). Sólo del sentir que nuestra vida y nuestros asuntos
tienen alguna importancia para otro, hasta el punto de alegrarse con nuestro
bienestar o nuestros logros y dolerse con nuestras desdichas, nace nuestra
simpatía hacia esa persona; simpatía que, habitualmente, toma la forma de una
correspondencia, por nuestra parte, en tal apoyo y solidaridad. Me parece que
en este aspecto tiene razón Adam Smith cuando afirma que: «Si los juicios de
usted en cuestiones intelectuales, o sus sentimientos en cuestiones de gusto,
son totalmente contrarios a los míos, yo puedo tranquilamente ignorar esta
oposición; y si soy una persona mínimamente moderada podré entretenerme
conversando con usted sobre esos mismos temas. Pero si usted no tiene
conmiseración ante las adversidades que me acosan, o no la siente en proporción
a la angustia que me perturba; o si no bulle usted de indignación por el mal
que sufro, o no lo hace en proporción al rencor que me agita, entonces ya no
podremos conversar sobre esas cuestiones. Nos volveremos recíprocamente intolerables.
Se verá usted conturbado por mi vehemencia y pasión, y yo enardecido ante su
insensibilidad y carencia de afecto».
Según
esto, podría pensarse, acaso, que la simpatía es equivalente, si no sinónimo de
amistad o cariño, pero creo que no sería del todo exacto, pues siendo aquélla
condición de éstos, no se identifica sin más con ellos. No hay amistad sin
simpatía previa (sí, en cambio, amor o, por mejor decir, enamoramiento), pero
sí hay simpatías que no se desarrollan hasta llegar a la amistad (aunque, sin
duda, lo hagan en muchos casos). La amistad, si lo es, reclama el trato y la
presencia, pero la simpatía puede mantenerse de un trato mínimo y una presencia
escasa (y hasta se podría conjeturar que en eso se convierten las viejas
amistades que se van apagando con el tiempo, sin más razón que el alejamiento
físico). La amistad es necesariamente una relación; la simpatía lo es a veces,
pero no siempre. En el límite, se podría decir incluso que se puede sentir
simpatía por alguien a quien ni siquiera conocemos realmente (en persona, como
suele decirse). ¿No sería ridículo que yo dijera que soy amigo de Montaigne o
de La Rochefoucauld? No lo es, en cambio, que afirme que experimento una
profunda simpatía por ambos.
Pero
antes he sostenido que la simpatía nace del trato y que es, en esencia, mutua,
con lo que podría argüirse que, al cabo, he venido a dar en una cierta
contradicción, mas creo que no hay tal. Mi trato con los dos individuos
aludidos (y otros que podría mencionar) existe y es real: es, sencillamente, el
que tengo con ellos a través de sus obras. Mi simpatía, en consecuencia, tiene
como destinatario, es cierto, al autor y no al individuo, al que no conozco,
pero sospecho que, de haber tenido lugar tal conocimiento,
seguramente se haría extensiva a éste, y dada mi inclinación hacia él, sospecho,
igualmente (y digo que sospecho porque la verdad es que nunca me había
planteado estas cuestiones), que, de haberse dado la ocasión, también él habría
de simpatizar conmigo. Cualquier de esas dos sospechas, desde luego, no es más
que una simple conjetura, pero basta, no obstante, para mantener mi afecto;
afecto al que, en rigor, cabe calificar de «simpatía», puesto que es algo que
va más allá del simple gusto e interés por su obra, de la que, por el
contrario, sería bien ridículo y estúpido decir que me parece simpática. No hay
duda, pues, de que, como afirma A. Smith: «Simpatizamos hasta con los muertos».
Y por lo
mismo, y habida cuenta que lo mismo que acabamos de decir podría predicarse,
aunque en sentido inverso, de la antipatía, tampoco tiene nada de extraño ni
exagerado afirmar que también hay muertos que nos resultan profundamente
antipáticos.


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