© Libro N° 11964.
Secretos, Misterios Y Enigmas. Bueno,
Gustavo. Emancipación. Diciembre 9 de 2023
Título original: ©
Secretos, Misterios Y Enigmas. Gustavo Bueno
Versión Original: © Secretos, Misterios Y Enigmas. Gustavo Bueno
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El Catoblepas • número 41 • julio 2005 • página 2: https://nodulo.org/ec/2005/n041p02.htm
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Gustavo Bueno
Secretos,
Misterios Y Enigmas
Gustavo
Bueno
En este
rasguño se revelan ciertos conceptos que en él se dirán
La
Naturaleza gusta de ocultarse
Heráclito de Éfeso
1. El
concepto de «secreto» es relativamente preciso; se trata de definirlo desde el
principio. El concepto de «secreto objetivo» unifica los análisis que puedan
hacerse de diversos asuntos de materia política que, sin duda, podrían ser
abordados desde otras muchas perspectivas.
En
cualquier caso, la perspectiva impuesta por una decisión de llevar adelante la
exposición de una serie de «secretos objetivos», no se agota al aplicarse a la
«materia política»; también caben desde luego exposiciones de secretos
objetivos vinculados a materias sociológicas, históricas, antropológicas,
religiosas, estéticas, biológicas, físicas, tecnológicas, incluso matemáticas
(como pudieran serlo el «secreto de la fórmula de Euler», eiπ+1=0, o
el «secreto de la fórmula de Einstein», E=mc2). En este rasguño
tomamos como referencia algunos importantes secretos objetivos de materia
política, o estrechamente relacionados con la materia política.
2. Un
«secreto», en general, podría definirse como «cualquier cosa» –un proyecto, una
historia, un proceso, una estructura– cuyo contenido o materia real, aunque
haya que suponerla conocida por algunos hombres, resulta, sin embargo, de hecho
inaccesible para la mayoría de los demás hombres, incluso para aquellos que
tienen un trato asiduo con la materia que suponemos secreta, acaso porque tiene
como oficio el «gestionarla». Secreta porque, siendo así que se supone conocida
por algunos hombres, resulta desconocida, o mal conocida, incluso por los
mismos que la gestionan.
En esto
podrían diferenciarse los secretos de los misterios, diferencia
que no es obstáculo para que, en muchas ocasiones, y por una suerte de
contagio, se aplique el nombre de misterio a lo que, en rigor, sólo es un
secreto. Porque la materia de los misterios, en su acepción religiosa más
genuina (desde los misterio eleusinos, hasta los misterios cristianos de la
Eucaristía o de la Santísima Trinidad), no la conoce ningún hombre, sino Dios.
Y, en este sentido, los misterios podrían redefinirse como una clase específica
de secretos, a saber, las materias que sólo son conocidas por Dios, los
«secretos divinos». Pero Dios no existe, por lo que esta subclase de «secretos
metafísicos» que llamamos misterios habrá que considerarla, al menos desde la
filosofía materialista, como la clase vacía. Y sin que con ello pretendamos
insinuar, siguiendo a Critias, que los misterios de la religión son sólo
secretos conocidos por algunos hombres sabios (sacerdotes, políticos) que
inventaron esos misterios para poder gobernar más fácilmente a sus súbditos.
Napoleón diría más tarde: un cura me ahorra cien gendarmes.
Los
secretos positivos habrán de ser referidos por tanto a materias que se suponen
ya conocidas por algunos hombres, precisamente aquellos que se supone «están en
el secreto». Hace medio siglo corría esta anécdota: el embajador de España en
el Vaticano, señor Ruiz Jiménez, cuya piedad era notoria, estaba arrodillado en
San Pedro de Roma; algunos cardenales, desde lo alto, se sorprendieron al ver
la actitud del orante y el largo periodo de tiempo que la mantenía. Muy pronto
le identificaron, y uno de los cardenales decidió, movido por gran curiosidad,
acercarse al embajador para preguntarle: «Perdone usted, señor embajador de
España, algunos cardenales me han encargado que le formule esta pregunta: ¿se
arrodilla realmente vuestra excelencia movido por la piedad, o está en el
secreto?»
Sin duda,
hay materias o contenidos del Mundo cuya naturaleza es desconocida para todos
los hombres; por tanto, materias que no pueden considerarse secretas, ni menos
aún misteriosas, como hemos dicho. Son los enigmas, aquellas
materias cuya naturaleza ignoramos y, acaso, como ya afirmó Du Bois-Reymond en
su famosa conferencia de 1873, ignoraremos siempre: «Ignoramus, Ignorabimus».
E. Haeckel hizo famosa, con su obra de hace ya casi un siglo y medio, la
expresión «enigmas del universo».
3. Ahora
bien: los secretos positivos –es decir, no los secretos
metafísicos o teológicos, los misterios– pueden constituirse por
dos motivos muy distintos: o bien porque quien conoce la materia ha tomado las
disposiciones necesarias para ocultarla a los demás, es decir, para hacerla
inaccesible a otras personas (y ello aunque la «materia secreta» sea trivial y
fácilmente inteligible por cualquiera), o bien porque la materia secreta (que
hay que suponer conocida por alguien), aunque en algunos casos en sí misma
carezca de complicación excesiva, necesita sin embargo, para llegar a
manifestarse, atravesar algún medio que la refracta y la oculta (como el agua
limpia de un vaso transparente refracta la rectitud secreta de una barra
sumergida en ella, ocultándola tras la apariencia de su imagen quebrada); pero
en otros casos, porque la materia secreta es ya por sí misma lo suficientemente
enrevesada para que su «intríngulis» (tricae o triculae, significan
en latín, «embrollos», «enredos») resulte ser difícilmente accesible por
cualquiera. El secreto mejor guardado es el contenido de un libro escrito en
chino y depositado en el vestíbulo de un edificio público de una ciudad en la
que nadie hable chino. Y no hace falta que un libro haya de estar escrito en
chino para resultar secreto a muchos ciudadanos: un libro de álgebra superior
escrito en español sigue siendo un secreto objetivo –pero no un enigma ni un
misterio– para todo aquel que no sepa nada de matemáticas.
4. Es
preciso distinguir, por tanto, dos clases de secretos, bien diferenciados en
principio. La clase de los secretos personales (o subjetivos),
cuya materia resulta ser inaccesible a la mayoría de los ciudadanos como
consecuencia, precisamente, de las medidas de ocultación que adopta quien «está
en el secreto», y la clase de los secretos estructurales (u
objetivos) que son aquellos cuya materia resulta inaccesible a la mayoría de
los ciudadanos, pero no a consecuencia de las medidas de ocultación de quién
«está en el secreto», porque siguen resultando secretos a pesar de los
esfuerzos que quien «está en el secreto» (por ejemplo, por pertenecer a un
gremio determinado) hace para revelarlos o divulgarlos.
Los
«secretos personales» constituyen el principal contenido de la intimidad de
los individuos o de los grupos. No existe una sociedad humana cuyos miembros
(individuos o grupos) sean plenamente transparentes. Ocurre como si la opacidad
entre las personas y los grupos, conseguida generalmente mediante la formación
de secretos personales, fuese un dispositivo necesario para la conformación de
los elementos mismos de la vida social, individual o grupal. No es este el
lugar para suscitar la cuestión de las causas de esta necesidad de creación de
«espacios personales secretos» o, sencillamente, la cuestión de las causas del
hecho de la realidad de esos espacios secretos de la vida humana (con
importantes precedentes zoológicos). Sin duda, el secretismo, o la intimidad,
no es un proceso gratuito, sino que está vinculado a la misma lucha por la
vida. Mantengo secreto el número de mi tarjeta de crédito («mi número secreto»)
para evitar que otra persona vacíe mi cuenta corriente: mi número secreto puede
ser más sagrado que cualquiera de los restantes secreta cordis que
ni siquiera Lucifer podría conocer. El Estado mantiene en secreto proyectos o
realizaciones de su política (los arcana Imperii, secretos de
Estado), para mantener a raya los intereses de sus enemigos. Los secretos
industriales, hoy, como antes los secretos de los alquimistas, o de los
constructores de catedrales, tienen un funcionalismo evidente en el terreno de
la competencia económica o social. Cabría decir que si alguien no tuviese
secretos personales, tendría que inventarlos, para que su propia vida personal
pudiese mantenerse como tal, y esto tanto en la vida individual («la esfinge
sin secreto»), como en la vida social (las «sociedades secretas» que se
constituyen, ya en los pueblos primitivos, para hacer posible la coherencia del
grupo que jura guardar el secreto, aun cuando la materia secreta sea algo tan
trivial e inocente como la presentación de una espiga, o tan trivial y
repugnante como el asesinato de un niño).
El campo
de los secretos estructurales (u objetivos) es también muy amplio. Todas
aquellas materias de contenido complejo, sobre todo, las que al proyectarse en
su entorno están acompañadas de una suerte de «mecanismo automático» de
recubrimiento, pueden considerarse como secretos objetivos, al menos, por quien
pretende haber descubierto su intríngulis. No solamente pueden constituir
secretos estructurales u objetivos multitud de contenidos estudiados por las
«ciencias de la naturaleza» (astronómicas, físicas, biológicas, etológicas o
psicológicas) sino también multitud de contenidos estudiados por las ciencias
culturales (la antropología, la economía, la lingüística o la historia del
arte).
Se habla,
de hecho, tanto de los secretos de la «herencia mendeliana», como de los
«secretos de las pirámides», de los «secretos de la bolsa», o de la «guerra
secreta entre los sexos». Uno de los campos más trillados, como consecuencia de
la revolución del psicoanálisis de Freud o de Adler, es el campo de los
«secretos del inconsciente». Por ejemplo, los secretos de los sueños (secretos,
si es que José conocía el significado de los sueños del faraón, que a pesar de
ser su agente lo desconocía, y eran, por lo tanto, secretos para él), o los
secretos de ciertas conductas anómalas cuyo significado, desconocido por sus
agentes, es descifrado por el analista. Marañón contaba un caso que llamó su
atención y que puede ser reutilizado para nuestro propósito: le intrigaba la
conducta de un probo e insignificante funcionario que, de un modo altruista,
dedicaba muchas horas a llevar la contabilidad de un hospicio. ¿Cuál era el
secreto de esa conducta altruista? ¿El amor a los niños desamparados, la
generosidad, la caridad, la solidaridad con ellos? En una fiesta de final de
curso Marañón creyó descubrir el secreto de ese funcionario cuando, al final
del banquete, fue llamado al estrado de las autoridades para que dijese unas
palabras a los niños del hospicio. En el momento de dirigirse a su infantil
auditorio, el probo funcionario adoptó el aire de un Napoleón arengando a sus
tropas: aquí estaba el secreto de su conducta altruista. Trabajar
«desinteresadamente» durante el año para, al final del curso, tener la oportunidad
de dirigirse a un auditorio al modo como un general se dirige arengando a sus
soldados.
El
secreto de este funcionario, tal y como lo describía Marañón, no era un secreto
personal, en el sentido como lo hemos definido, porque el mismo probo
funcionario no era consciente de él. Habría que clasificarlo como «secreto
estructural», inscrito en su conducta inconsciente, pero secreta, en tanto que
conocida (supuestamente) por otra persona, el analista, pero no por todas;
porque si los niños del orfanato y sus directivos hubieran tenido conocimiento
de este secreto objetivo, a título de un secreto a voces, la ceremonia de final
de curso desaparecería anegada por las carcajadas. Cabría afirmar que para que
el funcionario pudiera desarrollar su proba contribución al orfanato era
necesario el «mito» de su altruismo, de su generosidad, de su solidaridad.
5. Esta
observación nos da pie para distinguir un secreto objetivo (estructural) del
mito que puede envolver a ese secreto, impidiendo, en cierto modo, penetrar en
su estructura. Un mito que no es siempre una mera maniobra oscurecedora del
secreto, sino que puede ser una maniobra funcional para que la materia secreta
pueda ejercer su cometido. Un mito puede originarse con independencia de algún
secreto objetivo, pero puede también originarse a título de refracción del
secreto a través de un medio social, refracción que acaso le confiere cuerpo y
energía.
6.
Volviendo a nuestro asunto, el examen de los «secretos de materia política»,
habrá que decir que el examen de estos secretos no se confunde, en principio,
con la tarea de destrucción de los mitos que los secretos pueden llevar
aparejados. La destrucción de un mito puede llevar a la destrucción de un
secreto estructural; pero, en todo caso, mientras que la destrucción del mito
oscurantista tiene un sentido formalmente negativo (demoledor), la revelación
de un secreto político puede tener el sentido formalmente positivo de la
explicación de una estructura, o incluso de la justificación del mito mediante
el cual se recubre esa estructura para poder seguir actuando como tal.
7.
Supongamos que hemos descubierto el «secreto» de la democracia parlamentaria y,
por tanto, hemos reducido a la condición de mito político la idea etimológica
de la democracia como «gobierno del pueblo». El descubrimiento de ese secreto
no implica que tal secreto pueda resultar desvelado ante los demócratas
«ingenuos y sanos». El mito de la democracia mantendrá oculto, ante el pueblo,
el secreto objetivo de esta forma de gobierno. Así también el mito de la
cultura preservará a todos aquellos que viven de él (ministros de cultura,
consejeros, concejales de cultura, políticos, artistas, intelectuales) del
peligro de penetrar en el «secreto» de la cultura.
8. Una
última consideración: aquellos para quienes, en opinión del analista, sigan
siendo un secreto tantas materias secretas políticas –democracia, cultura,
religión...– a las cuales los mitos correspondientes mantienen blindados,
cerrados y bloqueados, podrán objetar que el conocimiento en función del cual
se declaran secretas esas materias es sólo una pretensión inaceptable para
ellos, que viven de la democracia, de la cultura o de la religión. En
consecuencia, considerarán inaceptable que se pretendan desvelar secretos desde
una sabiduría de los mismos que es puesta, desde el principio, en entredicho.
Esta es
la situación, y no cabe decir nada más al respecto. Quien cree vivamente en los
misterios de la religión, considerará insoportable a quien, «creyendo estar en
el secreto» trata de revelarle la estructura secreta positiva de su misterio.
Lo mismo se diga de los misterios de la democracia, de la cultura, de la
izquierda, de la paz o de la república.
Quien por
ejemplo ofrezca un libro en el que se revelen secretos objetivos de orden
político, no tiene por qué pretender tanto «hacer pedagogía», cuando no se
dirige simplemente a un público que no haya dedicado suficiente atención a la
materia (como ocurre en la mayor parte de los secretos tecnológicos –el secreto
del receptor de televisión–, o biológicos –el secreto de la herencia
mendeliana–, o matemáticos –el secreto de la fórmula de Euler–), sino a un
público que, aunque le haya dedicado atención continuada, incluso en calidad de
político profesional –diputado, senador, alcalde, concejal, ministro, jefe de
gobierno– está, sin embargo, envuelto por un mito que bloquea cualquier
posibilidad de que él penetre en el secreto. En estas condiciones, el diálogo,
polémico o pedagógico, es inútil. Un mito bien asentado impide penetrar en el
secreto a quien no está dispuesto a que ese mito se disuelva.


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