© Libro N° 11942.
Gramsci Y El Análisis De Coyuntura (Algunas Notas).
Portantiero, Juan Carlos. Emancipación. Diciembre 2 de 2023
Título original: ©
Gramsci Y El Análisis De Coyuntura (Algunas Notas). Juan Carlos
Portantiero
Versión Original: © Gramsci Y El Análisis De Coyuntura (Algunas
Notas). Juan Carlos Portantiero
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
GRAMSCI Y EL ANÁLISIS DE
COYUNTURA
(Algunas Notas)
Juan Carlos Portantiero
Gramsci Y
El Análisis De Coyuntura (Algunas Notas)
Juan
Carlos Portantiero
Buscando
una definición tendiente a especificar el carácter de su aporte fundamental al
marxismo, se ha llamado a Gramsci «teórico de las
superestructuras«. [i] Más aun: el propio Althusser,
crítico tenaz del presunto «historicismo» gramsciano,
expresa en uno de sus textos mejores (impensable, por otra parte, sin el
estimulo directo de las ideas de Gramsci) que no conoce a otro
autor sino a este capaz de haber producido (luego de Mao y Lenin)
un discurso teórico referido al tema clave de «la eficacia especifica de las
superestructuras» y de haber generado, además de «visiones absolutamente
originales» sobre el problema, conceptos nuevos como el de hegemonía, «notable
ejemplo de un esbozo de solución teórica a los problemas de la interpretación
de lo económico y lo político«.[ii]
«Teórico
de las superestructuras«; productor, en un nivel eminente, de un esbozo
sistemático acerca de la eficacia especifica con que las determinaciones
surgidas de la superestructura condicionan la determinación «en
última instancia» de la economía, para lo cual ha elaborado no solo «imágenes»
empíricas sino también el primer desarrollo de una batería de conceptos
pertinentes, ¿porqué no llamar a Gramsci, si se quiere calificar su
aporte, como principal «teórico de la coyuntura«? Pero seguramente no
estamos frente a un problema de condecoraciones. Al fin, el tema de la
oposición entre estructura y acontecimiento marca todo el debate sustantivo de
las ciencias sociales y ha sido como señala Granger «la
fuente principal de los problemas epistemológicos» en ese terreno.
Nominalismo, Realismo, Empirismo, Formalismo, Historicismo-Especulativo: ¿qué
tiene que decir el marxismo frente a esa querella secular? El marxismo, en
efecto, que ha autodefinido su voluntad de conocimiento como «el análisis
concreto de una situación concreta«. Hay en ese sentido una línea de
textos, de elaboraciones parciales, de preguntas abiertas a la posibilidad de
construir conceptos que tornen aprehensible «el episodio» por un
pensamiento estructural. Desde ese apunte genial de Marx –La
Introducción de 1857- siguiendo por los textos de Lenin sobre
la dialéctica redactados en 1914, verdadera matriz teórica de la práctica
revolucionaria de 1917[iii], y el corpus filosófico-político
de Mao[iv], hasta toda la obra -fragmentaria, dispersa, pero
absolutamente coherente- de Gramsci redactada antes de la
prisión y durante la década de martirios carcelarios. He aquí, ciertamente, las
líneas esenciales de un discurso epistemológico rico aunque no sistemático. A
su lado, conviven otros fragmentos, trozos apretados donde se entrecruza la
historia del pensamiento con la historia de las prácticas revolucionarias:
reflexiones polémicas volcadas en la correspondencia de Marx y Engels;
estudios históricos donde la complejidad del análisis de coyuntura alcanza a
ser descripta pero no teorizada ( El 18 Brumario, como ejemplo
clásico); por fin, el proceso mismo de las grandes revoluciones en las que la
realimentación de teoría y práctica da lugar a lecciones «abiertas» que
pueden ser codificadas.
Es en el
interior de este desarrollo donde revelaremos a Gramsci, par que
toda su reflexión no lleva sino al intento de colocar las bases gnoseológicas y
también sustantivas- para el estudio y la resolución de las coyunturas a través
del diseño de un «canon metodológico» (la expresión aparece reiteradamente en
los Cuadernos de la Cárcel) que permita relacionar las
estructuras con la actualidad. El análisis de una coyuntura no es otra cosa,
en Gramsci, que el examen de un haz de relaciones contradictorias (relaciones
de fuerza), en cuya combinación particular un nivel de ellas -las «económicas«-
opera como límite de variación, «o sea, permite controlar el grado de
realismo y de posibilidades de realización de las diversas ideologías que
nacieron (…) en el terreno de las contradicciones que generó durante su
desarrollo«.
Encuentro
de temporalidades especificas que desembocan en un «acontecimiento«, la
coyuntura implica el conocimiento del desarrollo desigual de las relaciones de
fuerza en cada uno de los niveles que, articuladamente componen lo
social como objeto real y como concepto. Lo social, entonces
como síntesis de muchas determinaciones, en la línea de la Introducción de
1857: «unidad de lo múltiple«. Pero estas determinaciones, que son otra
cosa que relaciones sociales, expresan el ritmo de sus historias propias, irreductibles.
Ese es el sentido que adquiere para Gramsci su definición del
materialismo histórico como «historicismo integral«, más allá de los
equívocos a que pueda dar lugar la expresión poco feliz entre «estructura»
y «acontecimiento«, la historia no es una invitada: es la condición de
posibilidad para reconstruir el modo particular de
articulación de las determinaciones; la herramienta que permite leer tanto al «acontecimiento»
como a la «estructura«, en su forma «coyuntural«, esto es, como «momento
actual» de las contradicciones sociales, como «dialéctica de la
totalidad concreta«, en la expresión de Kosik.[v] El
estudio de la coyuntura puede dejar de ser antropología ingenua, descripción de
casos o, inversamente, extrapolación de un nivel (la economía como «factor«)
al que se «dinamiza» en la política. Cabe aquí una reflexión
(pronunciada desde el marxismo y desde su oficio de historiador) por Pierre
Vilar: «Confesemos que nos falta la teoría de la articulación entre el
funcionamiento global de las sociedades y la incubación de los
acontecimientos«.[vi] Tratar de precisar lo que Gramsci aporta
como contribución al problema no implica la creencia ingenua en resolverlo.
Queda dicho que no se trata de un dilema exclusivo del marxismo sino que está
en el núcleo de la discusión en las ciencias sociales contemporáneas: «todo
debe ser construido -iba a decir inventado- en lo que concierne a la coyuntura«,
ha opinado Braudel.
Dentro
de esta limitación nos interesara ver:
1) las
líneas generales del aparato conceptual gramsciano en lo que hace a
articulación entre «base» y «superestructuras»;
2) su
posibilidad de instrumentalización para la construcción de la ciencia política.
II
En el
análisis de los elementos que conforman la aportación gramsciana a la
problemática en cuestión es posible aislar tres «temas» centrales:
1) la
preocupación, en el campo del análisis de una situación, por las condiciones
suficientes que la producen, más allá de la «determinación en
última instancia» que la contiene;
2) la
aprehensión de cada sociedad como un concreto histórico, como
un producto complejo que se condensa como sistema hegemónico y
no meramente como «modo de producción» o como «formación social»
entendida esta como «entrelazamiento de varios modos de producción«;
3) por
fin, como nota metodológica, la insistencia en lo que «weberianamente»
podríamos calificar como el desplazamiento de una problemática que busca «deducir»
los acontecimientos particulares de leyes generales hacia otra que pretende
capturar «conexiones causales concretas«, que remiten a leyes generales
pero entendidas como límites de variación posible de los fenómenos en
consideración.
En el
desarrollo de estos «temas» la producción de Gramsci -a
través de un hilo que arranca desde sus escritos de juventud hasta sus
cuadernos de la cárcel- irá tentando la elaboración de una batería de conceptos
pertinentes, aunque a menudo el grado de maduración de los mismos sea
insuficiente para articularse en un sistema de proposiciones y solo queden como
indicaciones para la investigación, como reglas heurísticas.
Si Gramsci puede
ser calificado como «teórico de la coyuntura«, el título lo deriva no
tanto de sus trabajos puntuales sobre episodios históricos (aunque en su obra
haya ejemplos notables como los textos sobre ll Risorgimento o
sobre la cuestión meridional) sino porque en el núcleo de su discurso instala
el problema de las relaciones orgánicas y también analíticas entre «estructura»
y «superestructura«. En una de las notas críticas sobre el «Manual»
de Bujarin, escribe: «No está tratado este punto fundamental:
cómo nace el movimiento histórico sobre la base de la estructura (…) Este
es, en definitiva, el punto crucial de todos los problemas en torno a la
filosofía de la praxis.[vii]
Y en
efecto, alrededor de este «punto crucial» Gramsci anuda
toda su reflexión, cuyo sentido último es la crítica al reduccionismo
economicista «no solo en la teoría de la historiografía sino también y
especialmente en la teoría y en la práctica política» (Mach. 59).
Toda la obra gramsciana, como teórico y como dirigente político no puede ser
leída sino como critica al economicismo y como fundamentación de la «primacía
de la política» en el análisis de las coyunturas. Metodológicamente ello
implica una redefinición de las relaciones entre estructura y superestructura.
«Es el problema de las relaciones entre estructura y superestructuras el que
es necesario plantear exactamente y resolver para llegar a un análisis justo de
las fuerzas que operan en la historia en un período determinado y define su
relación» (Mach. 67).
El
análisis de las coyunturas -en su lenguaje, el análisis de «las situaciones» (Mach. 65)-
como cruce de temporalidades específicas, como resultado del desigual
grado de desarrollo de las distintas «relaciones de fuerzas» es el
análisis, en el interior del «acontecimiento«, de los límites puestos
por los datos de la «estructura» combinadas con la eficacia específica
con que actúa -como aceleración o como bloqueo- la articulación compleja de las
«superestructuras«.
Frente a
una lectura posible del Prefacio de Marx a la Contribución
a la crítica de la economía política (lectura socialdemócrata o
stalinista) en que la estructura es presentada como «anatomía de la sociedad
civil» y las superestructuras como «apariencia«, Gramsci propone
alternativamente, utilizando una expresión de Sorel, el concepto
de bloque histórico para dar cuenta de la relación orgánica
que se da entre esas dos áreas de relaciones como clave para la dialéctica
social.
Hay un
rechazo expreso de algunas «metáforas» marxianas vertidas en el citado
prefacio que han sido la base metodológica del reduccionismo, incapaz de
superar la causalidad mecánica, o su retoque inadecuado: la causalidad
funcionalista de la «acción recíproca«. Dice Gramsci: «La
expresión tradicional de que la ‘anatomía’ de la sociedad está constituida por
la ‘economía’ es una simple metáfora tomada de las discusiones habidas en torno
a las ciencias naturales y a la clasificación de las especies animales, clasificaciones
que entraron en su fase ‘científica’ cuando se comenzó a partir de la anatomía
y no de caracteres secundarios y accidentales. La metáfora estaba justificada
también por su ‘popularidad’, puesto que ofrecía a un público no refinado
intelectualmente un esquema de fácil comprensión (…) Las ciencias
experimentales y naturales han sido, en cierta época, un ‘modelo’, un ‘tipo’ y
puesto que las ciencias sociales (la política y la historiografía) buscaban un
fundamento objetivo y científicamente adaptado a lograr para sí mismas la
seguridad y energía de las ciencias naturales, es fácil comprender que hayan
recurrido a estas para crearse un lenguaje» (M.S. 77). Y
en otra nota de los cuadernos, amplia sobre los efectos negativos de esta «metáfora»
aunque sin referirse esta vez explícitamente a ella: «La ley de causalidad,
la búsqueda de la regularidad, normalidad, uniformidad, sustituyen a la
dialéctica histórica. Pero ¿cómo de este modo de concebir puede deducirse la
superación, la ‘subversión’ de la praxis? El efecto, mecánicamente, no puede
jamás superar la causa o el sistema de causas; de allí que no puede tener otro
desarrollo que el chato y vulgar evolucionismo» (M.S. 138).
La
observación gramsciana coloca a su pensamiento ante la posibilidad -que no
despliega explícitamente- de redefinir de manera total una problemática teórica
que en el interior del marxismo (menos por las limitaciones de Marx que
por las de sus discípulos) ha sido motivo permanente de equívocos: desde la
postulación de un pleno economicismo, hasta los intentos confusos del
viejo Engels por «dialectizar» el larvado
sustancialismo que preside la metáfora arquitectónica («tópica», en la
expresión de Althusser de la «base» y las «superestructuras«,
presentes en sus cartas a Bloch, Schmidt y Borgius (Starkenburg).
La
propuesta de Gramsci -mucho más un programa que un desarrollo-
se inserta en cambio lógicamente en las notas metodológicas de la Introducción de
1857 a la Contribución a la crítica de la economía política (texto
marxiano que sin embargo no cita en los Cuadernos) en el que
la metáfora «espacial» no aparece y la realidad social es vista como una
«totalidad orgánica» cuyo conocimiento implica una elaboración en
espiral hacia círculos cada vez más «concretos«, esto es más complejos
de determinaciones múltiples. Es allí donde Marx -que acaba de
releer la Lógica de Hegel– plantea a propósito de
la relación entre las diversas relaciones económicas, de manera más clara su
concepción acerca de la articulación entre los distintos niveles de lo real.
Dice Marx: «El resultado al que llegamos no es que la
producción, la distribución, el intercambio y el consumo sean idénticos, sino
que constituyen las articulaciones de una totalidad, diferenciaciones dentro de
una unidad. La producción trasciende tanto más allá de sí misma en la
determinación opuesta de la producción, como más allá de los otros momentos. A
partir de ella, el proceso recomienza nuevamente. Se comprende que el cambio y
el consumo no pueden ser lo trascendente. Y lo mismo puede decirse de la
distribución en tanto que distribución de los productos. Pero como distribución
de los agentes de la producción constituye un momento de la producción. Una
producción determinada, por lo tanto, determina un consumo, una distribución,
un intercambio determinados y relaciones recíprocas determinadas de estos
diferentes momentos. A decir verdad, también la producción, bajo su forma
unilateral, está a su vez determinada por los otros momentos. Por ejemplo
cuando el mercado o sea la esfera del cambio, se extiende, la producción amplía
su ámbito y se subdivide más en profundidad. Al darse transformaciones de la
distribución se dan cambios en la producción del caso, por ejemplo, de la
concentración del capital. O de una distinta distribución de la población en la
ciudad y en el campo, etcétera. Finalmente, las necesidades del consumo
determinan la producción. Entre los diferentes momentos tiene lugar una acción
reciproca. Esto ocurre siempre en los conjuntos orgánicos».[viii]
La
tematización gramsciana de las relaciones entre «base» y «superestructura»
se instala en ese espacio. «La estructura y las superestructuras forman un
bloque histórico, o sea que el conjunto complejo, contradictorio y
discorde de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones
sociales de producción» (M.S. 48). Ambas constituyen una «unidad
orgánica» («unidad de los contrarios y de los distintos«) que solo
puede ser abstraída metodológicamente. El concepto de «bloque histórico»
aprehende plenamente esta unidad «en cuanto las fuerzas materiales son el
contenido y las ideologías la forma, siendo esta distinción de contenido y
forma puramente didascálica, puesto que las fuerzas materiales no serian
concebidas históricamente sin forma y las ideologías se dan caprichos
individuales sin la fuerza material» (M.S. 58).
Si en
tanto concepto, el bloque histórico implica la unidad (como desarrollo «interrelativo
y recíproco«, M.S. 228) entre estructura y
superestructura, cuando alude a la realidad histórica que recorta en el tiempo,
un «bloque histórico» es el resultado de un juego de relaciones de
fuerzas sociales, articulado sistemáticamente a través de la hegemonía que un
grupo social ejerce sobre el conjunto. Un bloque histórico no es, pues, un
agregado mecánico de «hechos materiales» y de «hechos de conciencia«,
sino un «sistema hegemónico«. Dentro de él, ¿qué rol juega la
estructura? Es cierto que no se hallan en sus textos desarrollos abundantes
sobre el problema. Por un lado, aparece ligada a la noción de límite que
contiene a los actas políticos: como «el elemento menos variable del
desarrollo histórico» (M.S. 165); como
conjunto de fuerzas sociales «objetiva, independiente de la voluntad de los hombres,
que puede ser medida con los sistemas de las ciencias exactas o físicas» (Mach. 71);
como indicador de si existen en la sociedad condiciones para su transformación;
en fin, como patrón para controlar el grado de realismo o de utopía de las
superestructuras. Retomando la afirmación de Marx en el
Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política, la
estructura marcaría dos restricciones al movimiento social:
1.
ninguna sociedad se propone tareas para cuya solución no existan ya las
condiciones necesarias y suficientes o no estén, al menos, en vías de aparición
y desarrollo;
2.
ninguna sociedad desaparece y puede ser sustituida si antes no desarrolla todas
las formas de vida que están implícitas en sus relaciones» (Mach. 67).
Pero esta
definición como elemento duradero, mensurable, determinador de límites, no
parece agotar la presentación que Gramsci hace del concepto.
La estructura, en la concepción marxista, no es como cree Croce un
«dios oculto«, un «noumeno» (Mach. 34). Y en
otra nota, agrega: «Si el concepto de estructura es concebido
especulativamente, se convierte por cierto en un ‘dios oculto’; pero la
verdad es que no debe ser concebido especulativamente sino históricamente, como
el conjunto de las relaciones sociales en las cuales se mueven y obran los
hombres reales, como un conjunto de condiciones objetivas que pueden y deben
ser estudiadas con los métodos de la ‘filología’ y no de la ‘especulación’”, (M.S. 190).
La estructura no es «algo inmóvil y absoluto» sino «la realidad misma
en movimiento» (M.S. 229). Y en el mismo párrafo añade: «La
afirmación de las Tesis sobre Feuerbach sobre el ‘educador que debe ser
educado’, ¿no concibe una relación necesaria de reacción activa del
hombre sobre la estructura, afirmando la unidad del proceso real?«
La
estructura, como conjunto de condiciones materiales es expresión de una
relación social y, por lo tanto, de un determinado periodo histórico. Como «cristalización
de toda la historia pasada y base de la historia presente y futura» (es) «un
documento y al mismo tiempo una fuerza activa actual de propulsión«,
pero no en el sentido «físico o metafísico» de causa (M.S. 165).
Si las «condiciones materiales» deben ser consideradas «como el
pasado, la tradición, concretamente entendidos, objetivamente comprobables y
mensurables«(M.S. 220), «condición del presente y del
porvenir»‘ ello no les otorga carácter de absoluto: su eficacia histórica
no puede estudiarse al margen de su articulación con las superestructuras.
En este
esquema, la proposición marxiana respecto de que los hombres toman conciencia
de los conflictos de la estructura en el terreno de las superestructuras «debe
ser considerada como afirmación de valor gnoseológico y no puramente
psicológico y moral» (M.S. 48). ¿Qué significa esto?
Definir para la superestructura un status de «realidad» y no de «apariencia«.
«Para la filosofía de la praxis, las superestructuras son una realidad (o se
tornan realidad cuando no son puras lucubraciones individuales) objetiva y
operante; ella afirma explícitamente que los hombres toman conciencia de su
posición social y, por tanto, de sus objetivos, en el terreno de las
ideologías, lo que no es una pequeña afirmación de realidad; la misma filosofía
de la praxis es una superestructura, es el terreno en que determinados grupos
sociales toman conciencia de su propio ser social, de sus fuerzas, de sus
objetivos, de su devenir» (M.S. 235).
La unidad
orgánica entre estructura y superestructuras, el reconocimiento de sus dos «realidades»
como una articulación que se expresa en un «bloque histórico«,
encontrara en el concepto de hegemonía su clave teórica. «El
rasgo esencial de la más moderna filosofía de la praxis consiste precisamente
en el concepto historico-politico de hegemonía«. Es alrededor de este
concepto que puede centrarse el desarrollo de los aportes de Gramsci como
principal protagonista, en el campo de la ciencia política, «de aquella
maduración del socialismo que ya se había realizado en el campo de la ciencia
económica gracias a los estudios de Marx, Lenin, Rosa
Luxemburgo, Bujarin«.[ix]
III
Lo que
interesa ahora es tratar de ver de qué modo el discurso propedéutico sobre el «bloque
histórico«, que permite plantear como unidad a lo que suele ser un
reiterado dualismo (que desemboca en «economicismo» o «ideologismo«,
según cuál extremo se enfatice), se expresa en conceptos más operacionales para
la ciencia política y para la práctica política.[x]
El punto
de arranque lógico es su conocida definición del Estado, como combinación de
coerción y consenso, como articulación entre Sociedad Civil y Sociedad
Política. El Estado no es sólo el aparato de gobierno, el conjunto de
instituciones públicas encargadas de dictar las leyes y hacerlas cumplir. El
Estado bajo el capitalismo (y solo allí es lícito hablar de Estado para
referirse al poder político) es un Estado Hegemónico, el producto de
determinadas relaciones de fuerzas sociales, «el complejo de actividades
prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no solo justifica y
mantiene su dominio sino también logra obtener el consenso activo de los
gobernados» (Mach. 108). Criticando a Croce,
señalará que la característica del marxismo «consiste en la reivindicación
del momento de la hegemonía como esencial en su concepción estatal y en la
valorización del hecho cultural (…) como necesario junto a los
meramente económicos y políticos» (M.S. 189).
En ese
sentido, integran el Estado capitalista, como «trincheras» que lo
protegen de la irrupción del elemento económico inmediato, el conjunto de
instituciones llamadas «privadas«, agrupadas en el concepto de Sociedad
Civil y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante
ejerce en la sociedad. Familia, iglesias, escuelas, sindicatos, partidos,
medios masivos de comunicación, son algunos de estos organismos definidos como
espacio en el que se estructura la hegemonía de una clase, pero también en
donde se expresa el conflicto social. Son las instituciones de la
Sociedad Civil; el escenario de la lucha política de clases.
El
razonamiento gramsciano se implanta sobre la primada de la política, no como «esencia»
sino como momento superior de la totalidad de las relaciones de fuerzas
sociales. Si para analizar las condiciones de funcionamiento de un
sistema hegemónico debe considerarse a la economía como su «determinación en
última instancia«, para operar su desestructuración el camino es inverso:
lo dominante son los conflictos en el plano de la política.
La
definición amplia de Estado virtualmente identifica a este con el concepto de
superestructura. Explícitamente Gramsci señala que «el
sistema de las superestructuras debe ser concebido como distinciones de la
política» (Mach. 34). El papel de la ciencia política en
la construcción de una ciencia social global pasa así a ser decisivo: «Es
evidente que todas las cuestiones esenciales de la sociología no son más que
cuestiones de la ciencia política» (Mach. 108). Por fin, «es
en la fase de la lucha por la hegemonía (que) se desarrolla la ciencia política» (M.S. 98).
La
vinculación de la función de hegemonía con el concepto estatal de
Sociedad Civil redimensiona los rasgos de la primera. La hegemonía aparece como
la potencialidad de un grupo social para dirigir (ideológica y
culturalmente) a otros grupos sociales aliados, pero a través de su
organización en aparatos de naturaleza predominantemente política. Esta
concepción «institucionalista» de la hegemonía aleja los esquemas
gramscianos de otros modelos de legitimidad erigidos exclusivamente sobre el
consenso ideológico. La hegemonía se expresa como existencia «real«,
histórica, a partir de aparatos hegemónicos (las instituciones de la Sociedad
Civil) que en conjunto articulan, como particularidad, a cada sociedad y a cada
una de sus etapas como «sistema hegemónico«. Ninguna situación
puede ser analizada fuera de las relaciones de fuerza al interiorde las
instituciones.
El
concepto de hegemonía tiene como espacio de constitución al campo de las
relaciones políticas: grupo hegemónico es aquel que representa los
intereses políticos del conjunto de grupos que dirige. En ese
sentido el concepto se deslinda tanto del nivel económico como del nivel
ideológico, entendido este como meramente simbólico.
Como
unidad de análisis para la teoría y la práctica políticas, una sociedad
histórica no es ni un «modo de producción» ni una «formación social»
(como articulación de modos de producción); es un sistema hegemónico, vale
decir una totalidad concreta cuyos elementos constituyentes están ordenados en
una combinación particular cuyo factor de cohesión es el poder político
(estatal en sentido amplio). Se trata, pues, de un modo particular
(irrepetible) de articulación entre estructura y superestructuras. Pero el
análisis de una coyuntura en el interior del sistema hegemónico supone un paso
más: determinar el nivel específico de desarrollo ( desigual) de las
relaciones de fuerza en los distintos niveles que componen la totalidad social.
«Un
estudio sobre la forma en que es preciso analizar las ‘situaciones’, o sea la
forma en que es preciso establecer los diversos grados de relaciones de fuerza,
puede prestarse a una exposición elemental de ciencia y arte político,
entendida como un conjunto de cánones prácticos de investigación y de
observaciones particulares, útiles para subrayar el interés por la realidad
efectiva y suscitar intuiciones políticas mas rigurosas y vigorosas» (Mach. 65).
Esta frase precede a los conocidos apuntes de Gramsci sobre
«Análisis de las situaciones». Es allí donde aparece la distinción entre los
diversos momentos o grados de las mismas:
1)
relación de fuerzas sociales ( remitidas al concepto de estructura : relaciones
de producción ; grupos sociales) ;
2)
relación de fuerzas políticas (homogeneidad y organización de los grupos), que
puede ser dividida en niveles: económico-corporativo, económico-social y
político.
Marcando
este último «el neto pasaje de la estructura a la esfera de las
superestructuras complejas«, el momento de la hegemonía.
Estos
momentos se influyen recíprocamente y se articulan a través de una doble
combinación: «horizontal» (según clases) y «vertical» (según
regiones); «cada una de estas combinaciones puede ser representada por su
propia expresión organizada, económica y política» (Mach. 72).
Por fin, estas relaciones internas al Estado-Nación se combinan con las
relaciones de fuerza internacionales en un modelo aun más complejo porque a
menudo se trata de la articulación entre secciones territoriales de Estados
diferentes.
Pero es a
partir de las relaciones sociales nacionales que debe emprenderse el
análisis. «En realidad, la relación ‘nacional’ es el resultado de una
combinación original, única (en cierto sentido) y que debe ser concebida en esa
originalidad y unicidad si se desea dominarla y dirigirla. (…) La
clase dirigente merece ese nombre sólo en cuanto interpreta exactamente esa
combinación, de la que ella misma es un componente (…). El
concepto de hegemonía es aquel en el que se anudan las exigencias de carácter
nacional…» (Mach. 148 y 149).
Articulación
compleja de relaciones sociales diversas y con temporalidades propias, una
coyuntura en el interior de un sistema hegemónico contiene, dialécticamente,
los elementos de su desestructuración. El reverso de la teoría gramsciana de la
sociedad como sistema hegemónico, es su teoría de la crisis como lucha
contrahegemónica. ¿Cuándo puede decirse que un sistema ha entrado en crisis?
Solo cuando esa crisis es social, política, «organica«. Solo, en fin,
cuando se presenta una crisis de hegemonía, «crisis del Estado en su
conjunto» (Mach. 77).
Estas
pueden o no tener como estímulo a una crisis económica; más aun, en caso que
ella se presente «solo puede crear un terreno más favorable a la difusión de
ciertas maneras de pensar, de plantear y resolver las cuestiones que hacen a
todo el desarrollo ulterior de la vida estatal» (…) «En todo caso, la
ruptura del equilibrio de fuerzas no ocurre por causas mecánicas inmediatas de
empobrecimiento del grupo social que tiene interés en romper el equilibrio y de
hecho lo rompe; ocurre por el contrario, en el cuadro de conflictos superiores
al mundo económico inmediato, vinculados al ‘prestigio’ de la clase (intereses
económicos futuros), a una exasperación del sentimiento de independencia, de
autonomía y de poder. La cuestión particular del malestar o bienestar económico
como causa de nuevas realidades históricas es un aspecto parcial de la cuestión
de las relaciones de fuerza en sus diversos grados» (Mach. 74
y 75).
Incluso
aunque la crisis sea de hegemonía, orgánica, su irrupción no garantiza una
salida revolucionaria: ello depende de las características de la relación
política de fuerzas. «Si falta este proceso de desarrollo que permite pasar
de un momento a otro (…) la situación permanece sin cambios y pueden darse
conclusiones contradictorias» (…) «El elemento decisivo de toda
situación es la fuerza permanentemente organizada y predispuesta desde hace
largo tiempo, que se puede hacer avanzar cuando se juzga que una situación es
favorable (y es favorable solo en la medida en que una tal fuerza existe y este
impregnada de ardor combativo)» (Mach. 75 y 76).
En la
medida en que el análisis de una coyuntura como predicción
política implica el estudio especifico de un haz de determinaciones
complejas que configuran una situación en cierto sentido irrepetible, para cuya
definición «lo económico» es solo un límite objetivo y las relaciones
entre los grupos sociales implican grados de desarrollo distinto en niveles de
actividad diversos (las relaciones objetivas sociales, las relaciones de fuerza
política o «sistemas hegemónicos en el interior del Estado«, las relaciones
políticas inmediatas o «potencialmente militares«, ¿no implica esa
perspectiva de análisis reales riesgos de «historicismo«?
La
consideración de este tema nos lleva a un punto central de la polémica
gramsciana contra la unilateralidad economicista: el de su actitud frente al
problema de la previsión en política y en general frente a la categoría de ley
en ciencias sociales.
«Es
cierto que prever significa solamente ver bien el presente y el pasado en
cuanto movimiento; ver bien, es decir, identificar con exactitud los elementos
fundamentales y permanentes del proceso. Pero es absurdo pensar en una
previsión puramente ‘objetiva’» (Mach. 63). Prever implica
«actuar» sobre la realidad con un programa y es este aspecto «subjetivo»
de la previsión el que la hace fuerte. Una determinada concepción del mundo (y
esto vale también para el materialismo histórico) puede identificar mejor que
otra los elementos fundamentales de la coyuntura en análisis, pero «no
contiene en sí misma un poder superior de capacidad de previsión«. «En
realidad, se puede prever ‘cientificamente’ la lucha pero no sus momentos
concretos, los cuales solo pueden ser el resultado de fuerzas contrastantes, en
continuo movimiento, jamás reductibles a cantidades fijas, puesto que en ellas
la cantidad deviene calidad» (M.S. 139). Y agrega: «Realmente se
prevé en la medida en que se obra, en que se aplica un esfuerzo voluntario y,
por tanto, se contribuye concretamente a crear el resultado ‘previsto’ «.
«Esto va contra la manera habitual de considerar la cuestión. Generalmente
se piensa que todo acto de previsión presupone la determinación de leyes de
regularidad del tipo de las leyes de las ciencias naturales. Pero como esas
leyes no existen en el sentido absoluto o mecánico, no se tiene en cuenta la
voluntad de los demás y no se ‘prevé’ su aplicación. Se construye por lo tanto
sobre una hipótesis arbitraria y no sobre la realidad» (Mach. 64).
Pero esta
intuición, que se acerca al concepto moderno de ley en ciencias
sociales,[xi] no implica «historicismo«‘ en tanto este postule la
imposibilidad de descubrir regularidades en los hechos sociales. «Ciertamente,
la filosofía de la praxis se realiza en el estudio concreto de la historia
pasada y en la actual actividad de creación de nueva historia. Pero se puede
hacer la teoría de la historia y de la política, puesto que si los hechos son
siempre individuales y mudables en el flujo del movimiento histórico, los
conceptos pueden ser teorizados. De otra manera no se podrá saber
siquiera que es el movimiento o la dialéctica y se caería en una nueva forma de
nominalismo» (M.S. 129). Se trata, nuevamente, del problema de la
unidad orgánica de lo real y de las distinciones analíticas en el pensamiento.
«La indagación de una serie de hechos para hallar sus relaciones presupone
un concepto que permita distinguir dicha serie de hechos de otras«,
señala (M.S. 160). Pero esta necesidad de fijar conceptos «sin
los cuales la realidad no podría ser comprendida«, no deja de hacer
imprescindible el recordar que «realidad en movimiento y concepto de la
realidad, si lógicamente pueden ser separados, históricamente deben ser
concebidos como unidad inseparable» (M.S. 214).
Un
análisis de coyuntura, en Gramsci, equivale a la posibilidad de formular
una «previsión». Si es posible presentar un canon metodológico para
internarse en el mismo (y Gramsci lo hace) es a condición de
considerar las situaciones como una relación entre fuerzas,
como un producto de actores sociales que se oponen y articulan
entre si y poseen distinto grado de organización y coherencia. La complejidad
de los lazos que integran una coyuntura no puede ser reducida a «expresión
inmediata de la estructura«: «la política es, de hecho, en cada ocasión
el reflejo de las tendencias de desarrollo de la estructura, tendencias
que no tienen por qué realizarse necesariamente» (M.S. 102).
Sobre el proceso en acto, solo pueden trazarse hipótesis, pero no prever la «necesariedad»
de un desenlace determinado.
En este
sentido, la apreciación de los hechos jamás puede ser «exacta«.
Ciertamente el analista debe ser capaz de distinguir, de la totalidad de los
movimientos políticos e ideológicos de los grupos que actúan en la escena
social, aquellos que son «orgánicos» de aquellos que son «ocasionales«.
El no poder encontrar la relación justa es fuente de error: sea este «un
exceso de economicismo o doctrinarismo pedante» o, a la inversa, «un
exceso de ideologismo«. «En un caso se sobreestiman las causas
mecánicas; en el otro se exalta el elemento voluntarista e individual» (Mach.68).
Para esta dilucidación no existen «reglas» específicas en la obra
gramsciana, aunque aparezcan ejemplos notables de puesta en práctica de la
distinción en su trabajo de 1926 sobre «la cuestión meridional«,
verdadero modelo de análisis marxista de una «situación«. La necesidad
de discriminar entre «orgánico» y «ocasional» en el estudio de
los comportamientos de las fuerzas queda, sobre todo, como una advertencia para
el analista: «El nexo dialectico entre los dos órdenes de movimiento y, en
consecuencia, de investigación, es difícilmente establecido con exactitud; y si
el error es grave en la historiografía, es aun más grave en el arte político,
cuando no se trata de reconstruir la historia pasada sino de construir la
presente y la futura» (Mach, 68).
En la
coyuntura intervienen también elementos aleatorios; acciones que no pueden ser
imputadas como «racionales» en términos de intereses objetivos; pueden
ser el resultado de un «error de cálculo por parte de los dirigentes de las
clases dominantes» (M.S. 102). Este «error» no es
adjudicable a la clase sino a su élite política circunstancial: a través de
crisis internas que llevan al reemplazo de la élite fracasada, el mismo es (o
puede ser) corregido y superado.
Simultáneamente,
otro elemento que interviene en la configuración de las coyunturas políticas es
la necesidad interna, organizativa, de los grupos sociales. La «racionalidad»
de sus actos, en esos casos, no se liga directamente con las relaciones
sociales objetivas, sino con sus necesidades políticas de consolidación y
coherencia. Esta, como la anterior restricción al carácter «orgánico» de
los comportamientos políticos, queda también en Gramsci como
mera indicación heurística, sobre la que pueden fundarse hipótesis durante la
marcha del proceso, pero cuya validez solo puede comprobarse ex post.
Lo
que Gramsci propone, en fin, es un marco teórico para rescatar
las relaciones entre «base» y «superestructuras» como momentos
articulados de una «totalidad orgánica«, por lo que una coyuntura
aparece como un producto complejo de múltiples determinaciones de origen
diverso, en el que las relaciones sociales objetivas adquieren, como punto de
partida, un peso mayor pero no el carácter de determinación inmediata. No existe
necesariedad aprioristica para el desenlace de una coyuntura, fuera de la
praxis histórica. «La observación más importante a plantear a propósito de
todo análisis concreto de las relaciones de fuerzas es la siguiente: que tales
análisis no pueden y no deben convertirse en fines en sí mismos (a menos que se
escriba un capitulo de historia del pasado) y que adquieren un significado solo
en cuanto sirven para justificar una acción practica, una iniciativa de
voluntad. Ellos muestran cuales son los puntos de menor resistencia donde la
fuerza de la voluntad puede ser aplicada de manera más fructífera» (Mach. 75).
NOTAS
[i]La
expresión es de Jacques Texier.
[ii]»Contradicción
y sobredeterminación», en La Revolución Teórica
de Marx, Siglo XXI, 1971, p. 94.
[iii]Sobre
el tema, ver el excelente artículo de Michael Lowy, «De la Gran Lógica de Hegel
a la estación finlandesa de Petrogrado», en Dialéctica y Revolución, Siglo XXI,
1975, pp. 117-136.
[iv]Me
refiero a los dos trabajos, «Acerca de la Práctica» y «Acerca de la
Contradicción».
[v]Karel
Kosik, Dialéctica de lo concreto, Grijalbo, 1976, especialmente capítulos 1 y
2.
[vi]»Histora
marxista, historia en construcción», en WAA, Perspectivas de la historiografia
contemporánea, SEP-SETENTAS, Mexico, 1976. p. 156.
[vii]El
materialismo histórico y la filosofía de Benedetto
Croce, Lautaro, 1958, p. 133. A partir de ahora citaré las
referencias a dicho libro en el texto como M.S., seguido
del numero de pagina. Similar
criterio adoptare para las referencias al otro libro
utilizado en estas notas, Notas sobre Maquiavelo,
sobre Política y sobre el Estado Moderno, Lautaro,
1962, a las que citare como Mach.
[viii]Karl
Marx, Introducción general a la Crítica de la
Economía Política, Cuadernos de Pasado y
Presente No. 1, 1974, p. 56.
[ix]Umberto
Cerroni, Teoría Política y Socialismo, Era,
1976, p. 149
[x]El
desarrollo siguiente utiliza de manera abundante
un texto que me pertenece, Los
usos de Gramsci, Cuadernos de Pasado
y Presente, Mexico, 1977
[xi]Sobre
el tema, un excelente desarrollo en Luciano Gallino, «Gramsci y las
ciencias sociales», en VVAA, Gramsci y las
ciencias sociales, Cuadernos de Pasado y Presente No. 19,
1974, especialmente pp. 7 a 10.


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