© Libro N° 11941.
Socialismo Y Sociedad Industrial: Saint-Simon. Porras
Nadales, Antonio. Emancipación. Diciembre 2 de 2023
Título original: ©
Socialismo Y Sociedad Industrial:
Saint-Simon. Antonio Porras Nadales
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Saint-Simon. Antonio Porras Nadales
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
SOCIALISMO Y SOCIEDAD
INDUSTRIAL:
Saint-Simon
Antonio Porras Nadales
Socialismo
Y Sociedad Industrial: Saint-Simon
Antonio
Porras Nadales
Considerado
como gran padre espiritual de todo el impulso industrial y tecnocrático que
posibilitó el triunfo de la Revolución industrial en Francia durante la época
de Napoleón III, la personalidad y el pensamiento de Saint-Simón presentan
un poderoso atractivo ante el pensamiento social contemporáneo en cuanto
precedente teórico de las estructuras históricas que han predominado en las
sociedades industriales avanzadas: Saint-Simón fue el primero
en analizar el proceso histórico de las sociedades occidentales desde el prisma
de la «producción industrial»; destacó la decisiva importancia de la nueva
clase de los tecnócratas e intuyó las transformaciones en el poder político del
Estado contemporáneo hacia nuevas formas de poder económico y burocrático. Su pensamiento
nos enfrenta al auténtico «hecho nuevo» que ha caracterizado el desarrollo
histórico de las sociedades contemporáneas: la capacidad de producción
industrial y las transformaciones subsiguientes en el sistema social en su
conjunto.
Su
categoría de maestro pensador de las nuevas formas de dependencia y dinamismo
social características de las sociedades industriales avanzadas no ha sido, sin
embargo, suficientemente destacada. Razones no faltan: Saint-Simón murió
demasiado pronto, en 1825, mucho antes de que el capitalismo industrial francés
pudiera acceder en forma madura a los sectores claves del dominio social; sus
numerosos discípulos, enfrentados tras 1830 a las contradicciones que en la
obra del maestro apenas estaban implícitamente esbozadas, se vieron inmersos en
un cisma centrífugo, aproximándose unos a un cierto romanticismo utópico,
cayendo otros en el más prosaico tecnocratismo al servicio de sectores
específicos del capital industrial francés. La gran revisión del pensamiento
socialista llevada a cabo a partir de mediados de siglo por Carlos Marx contribuyó
a dejar en el olvido una obra genial, intuitiva y fecunda, escondida en la
confusa categoría engelsiana de «socialismo utópico».
En la
actualidad los problemas del «desarrollo económico», tras casi dos siglos de
expansión industrial, siguen revistiendo una gran importancia en el análisis de
las crisis de los sistemas sociales, con un interés que se reactualiza
constantemente al agudizarse los conflictos a largo plazo desencadenados por la
civilización occidental: la cuestión del desigual intercambio internacional y
el «círculo vicioso» del subdesarrollo, la crisis energética y ambiental, el
malestar cultural y la crisis de las instituciones democráticas, constituyen
elementos aparentemente dispersos que se ordenan unitariamente en la
perspectiva del modelo occidental de desarrollo industrial.
Históricamente,
la nueva dinámica tiene su origen en ese fenómeno de extraordinario y acelerado
crecimiento económico que conocemos con el nombre de Revolución
industrial. Antes de la Revolución industrial ese «espíritu de
progreso» hoy triunfante en todo el mundo civilizado aparecía restringido a una
minoría social, selecta e ilustrada, próxima a los sectores progresistas del
capital industrial y a las nacientes capas de científicos y técnicos, hijos del
racionalismo y el cientifismo del siglo XVIII.
El
pensamiento social popular permanecía de alguna manera al
margen de este espíritu de los tiempos modernos. Sus planteamientos teóricos se
movían entre los ideales de la igualdad, de la liquidación de la miseria, en un
contexto de «reparto de la escasez» donde el desarrollo tecnológico se aceptaba
como una mejora para el trabajo de los hombres y no como una fuente inacabable
de riquezas y progreso. Todavía en 1828 Bounarroti, el nexo de
unión entre el radicalismo revolucionario sans-culotte y el
primer socialismo de los años treinta, enfrentaba en su Conspiration
pour l’Égalité (1) ese espíritu de opulencia, común a la
aristocracia ilustrada y a la triunfante burguesía (y al que denominaba systéme
d’égoisme), frente al sisteme d’égalité defendido por
las clases populares. Para el «sistema de egoísmo», promovido por las clases
dominantes, la prosperidad de las naciones se basaría en el desarrollo de una
inmensa industria y un comercio ilimitado, la diversidad creciente de disfrutes
materiales, la aceleración en la circulación de la moneda y la multiplicidad de
necesidades. Constituía claramente una ideología de las clases dominantes hijas
de la Ilustración, para quienes el triunfo industrial suponía el fruto maduro
de todo el avance tecnológico del siglo XVIII y de la capacidad innovadora
de los capitalistas industriales; era claramente el nuevo hecho histórico que
renovaría los presupuestos para el análisis de la sociedad, permitiendo
entrever las características mínimas de una futura sociedad industrial. Por el
contrario, para Bounarroti, como en general para el pensamiento
social popular, las nuevas posibilidades históricas deberían basarse en el
triunfo inmediato de la igualdad, la garantía de la subsistencia para todos y
la reducción de la esclavitud del trabajo mediante el perfeccionamiento des
instruments et des machines.
El
impacto de la Revolución industrial inglesa a comienzos del siglo XIX y la
creación de unas condiciones más favorables al desarrollo francés (una vez
liquidadas las trabas feudales del Ancien Régime) vinculaban
así el pensamiento de Q. Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simón y
aristócrata ilustrado, a aquel espíritu de progreso del siglo de las luces,
hecho milagrosamente realidad por la esplendorosa ofensiva de los sectores más
avanzados del capital industrial.
Saint-Simón podrá
ya aspirar a revolucionar radicalmente el pensamiento social de su época al
intuir las posibilidades productivas que el nuevo dominio del hombre y la
técnica sobre la naturaleza permitían emprender. Iniciar el análisis de las
formaciones sociales a partir del estudio de los distintos sistemas de
organización de las fuerzas productivas constituye efectivamente una
auténtica «novedad» en todo el pensamiento occidental. Para Saint-Simon la
sociedad es «l’ensemble et l’union des hommes livrés á des travaux útiles»,
y la historia puede ser periodificada de acuerdo con las relaciones existentes
entre la «clase industrial» y la «clase militar» a través de los tiempos. La
liquidación del viejo régimen ha supuesto precisamente el paso de la dominación
de las «fuerzas militares» en la sociedad feudal a un nuevo
proceso en gestación en el que se va consagrando el dominio de las fuerzas
«productivas» en la futura sociedad industrial. Tal proceso,
para Saint-Simon, marca igualmente el paso de la dispersión de la
organización productiva feudal hacia la unificación de los procesos productivos
y la constitución de auténticas fuerzas colectivas: la
sociedad en su conjunto tiende a convertirse en una gran fábrica.
1.
PROPIEDAD, PRODUCCIÓN Y PODER POLÍTICO
Esta
interpretación tiene la importancia de concebir el proceso histórico
contemporáneo como una superación progresiva de unos sistemas de poder
esencialmente ajenos a la naturaleza intrínsecamente productiva del todo
social: la liquidación de ese poder «militar» característico de las formaciones
preindustriales habría de dar lugar a una paulatina integración de las
contradicciones sociales en un sistema de producción esencialmente más
racional.
Esto
suponía de algún modo la «desaparición» de los poderes políticos o, al menos,
el surgimiento de un nuevo concepto de poder. En Saint-Simón, este
punto, el estudio de la política, parece tener ciertamente una importancia
secundaria: «Nous attachons trop d’importance á la forme des gouvernements» (2).
Según él, el elemento determinante en última instancia de todo el sistema
social no puede residir en la esfera política: a partir de la deducción de la
primordialidad de la capacidad productiva y de la organización de la
producción, el análisis de Saint-Simón pasa a concebir a
la propiedad como el elemento estructural determinante de la
totalidad social. El problema, en su planteamiento, se reduce a investigar cómo
debe estar constituida la sociedad «pour le plus grand bien de la société
entiére, sous le xfouble rapport de la liberté et de la richesse». Cuestión
que Saint-Simón plantea pero no resuelve claramente: el
saintsimonismo no llega jamás a hacer una crítica de la propiedad en vida del
propio Saint-Simón; serán sus discípulos los encargados de plantear
objetivamente la posibilidad de un rechazo de la propiedad privada. Sin
embargo, como ha indicado Henri Michel, el fundador de la escuela
se limitará a hacer dos observaciones que evidentemente dejan una vía abierta a
este posible análisis crítico:
Primera. Que el
derecho de propiedad individual se basa en «Futilité commune et genérale de
l’exercice de ce droit, utilité que peut varier selon les temps».
Segunda. Que
existe la posibilidad de que el régimen de propiedad sea modificado conforme el
progreso general de las ideas y de las costumbres; dando por sentado que es
indispensable al buen orden y a la propia existencia de las sociedades que haya
un derecho de propiedad sancionado por la ley, no es necesario, sin embargo,
que «ce soit toujours invariablement telle forme de ce droit» (3).
Saint-Simón introduce,
pues, en el análisis de la propiedad, una concepción basada en su papel
de infraestructura dentro del organismo social: en su
perspectiva se trata de conseguir una ordenación racional de esa
propiedad como fuerza productiva, y para ello urge eliminar
ante todo las limitaciones supervivientes del Ancien Régime, en
el cual la propiedad —fundamentalmente la propiedad de la tierra— se basaba
precisamente en la detentación de ese poder «militar» y no en su adecuación a
las necesidades productivas de la sociedad.
2. LA
CRISIS DEL ESTADO FEUDAL
Así,
pues, el desarrollo de la capacidad industrial ha liquidado progresivamente la
ordenación social y productiva del feudalismo primitivo: la «separación» de los
procesos productivos ha dado lugar a una progresiva integración de las fuerzas
colectivas y a la quiebra de la ideología divina y metafísica a lo largo del
siglo XVIII debido al desarrollo del «espíritu científico» y al auge del
estudio de la naturaleza.
A medida
que se ha ido extendiendo la producción, los miembros de la clase industrial se
han ido haciendo más numerosos, multiplicando progresivamente sus relaciones
recíprocas. Esta extensión de las actividades productivas engendra un doble
fenómeno de adquisición de poder social por parte de les
industriéis y simultánea pérdida de poder político de
las «clases feudales». La dialéctica histórica empieza a ser concebida a partir
de ahora como un fenómeno de lucha de clases.
Sin
embargo, la contraposición de estas dos clases con intereses antagónicos pasa
por un múltiple juego de intereses y alianzas; y en último término viene
determinada por la intervención de un «tercer poder» que predomina por encima
de ambas: el del monarca absoluto.
El poder
real es concebido en su origen como una institución típicamente feudal. Pero
al no aparecer directamente vinculado a un determinado régimen de propiedad,
dispone libremente, según Saint-Simón, de la posibilidad de
adecuarse a la dinámica dominante del proceso histórico:
«La
monarquía ha sido en su origen una institución puramente feudal. Pero tras la
emancipación de las ciudades ha ido modificándose constantemente; se ha
transformado parcialmente en industrial. El carácter industrial de la monarquía
ha ido adquiriendo cada vez mayor extensión e importancia; por el contrario, el
carácter feudal la ha ido perdiendo progresivamente a medida que los progresos
de la civilización han aumentado la industria y disminuido el feudalismo; de
tal manera que el destino final de la monarquía es, por su propia naturaleza,
perder todo vestigio de feudalismo para reconstituirse y florecer para siempre
como institución puramente industrial» (4).
En su
fase primitiva, la organización política del sistema feudal se basaba en una
situación histórica caracterizada por el escaso nivel de desarrollo económico y
por la pobreza de conocimientos científicos: «Un sistema mejor no podía
establecerse en esta época, pues siendo todos los conocimientos que poseíamos
entonces vagos y superficiales, sólo la metafísica general contenía los únicos
principios que pudieran servir de guía a nuestros antepasados en la edad
media» (5).
En esta
situación el poder político feudal se ejerce en su mayor pureza como
auténtica fuerza de opresión, de violencia contra los
gobernados; la extracción de un excedente económico tiene que llevarse a cabo a
través de medios extra económicos. La organización política feudal se
correspondía, pues, con una situación de débil desarrollo económico en la que
era imposible constituir una «fuerza productora» suficiente para organizar
racionalmente la lucha contra la naturaleza. El poder se ejercía en su forma más
pura como dominio de las personas sobre las personas, y la clase detentadora de
la autoridad era lógicamente la clase feudal que disponía de un poder militar.
En
consecuencia, el estado feudal aparece como la manifestación más pura del poder
«político», en cuanto prevalece por encima de todo su carácter represivo y
arbitrario, y en cuanto se desvincula por completo de la ordenación de la
actividad social de producción: es un instrumento de dominación de clase.
Esta
concepción del estado feudal vincula el pensamiento de Saint-Simón a
la interpretación general que la ideología burguesa realiza del orden político
del Ancien Régime: la idea de un poder arbitrario, violento,
represivo, respaldado por una fuerza «militar» y no por una preponderancia
económica. La interpretación saintsimoniana enlaza el fenómeno de la muerte de
las clases feudales con la liquidación definitiva del poder «político»: ambos
procesos son estudiados conjuntamente y demostrados históricamente por la
represión de las funciones militares y el desarrollo de las relaciones sociales
del sistema industrial.
Sin
embargo, entre uno y otro orden histórico, el caso concreto de Francia viene
presidido por el gran acontecimiento de la Revolución. Teóricamente,
conforme a su dinámica, el proceso revolucionario se operaba «en faveur de
l’industrie»; sin embargo, en la práctica, los resultados fueron distintos
porque «ne furent pas les industrieux qui agitérent la question» (6);
es decir, se produjo una interposición de «elementos no industriales», de esos
hombres políticos «qui font métier de traiter les affaires
des autres et qui passionnent beaucoup moins pour des realités et pour des
choses que pour des idees et des abstractions».
En la
historia del pensamiento social occidental esta interpretación adquiere una
importancia trascendental en cuanto supone el efectivo apartamiento de Saint-Simón de
la línea revolucionaria radical que predomina en el socialismo anterior. El
«socialismo» saintsimoniano permanece mucho más cercano del enciclopedismo del
siglo de las luces que del igualitarismo radical del movimiento revolucionario
popular. La interpretación de la historia en favor de la industria y del
desarrollo productivo es evidentemente la interpretación en favor de la
burguesía propietaria y no de las masas hambrientas de la Revolución.
Precisamente
este «impacto» del proceso revolucionario obligará a Saint-Simon en L’industrie a
transigir ante la necesidad de un poder político que ponga
una barrera ante la violación indiscriminada de la propiedad privada. Según él,
en el período álgido de la Revolución «apenas se tardó en oír predicar sobre el
derecho imprescriptible de la libertad, lo que condujo por su propia dinámica a
esta conclusión fecunda en desorden: ¿por qué deliberar sobre el precio de lo
que nos pertenece? ¿Por qué pagar lo que es nuestro? ¿Por qué pedir lo que se
puede tomar?». Así, aunque hasta cierto punto la lógica histórica de las
fuerzas industriales impulsaba a la desaparición del poder político, habrá que
claudicar aceptándolo como un mal menor: «étre gouverné c’est une chose
génante…», pero «… L’absence de tout gouvernement est un mal encoré
pire, et l’experience dispense ici de toute raison». La conclusión, en
1817-18, cuando se escribe L’industrie, es bien sencilla: «Un gouvernement
est un besoin, c’est-á-dire un mal nécessaire» (7).
Sin
embargo, la superposición de un poder político tras la liquidación del régimen
feudal, el de la Monarquía restaurada, implicaba un obstáculo a la ordenación
del todo social conforme a los verdaderos intereses de la producción. En tal
fase de transición Saint-Simón se ve obligado a invocar la
alianza del poder del monarca con las clases industriales: «Le caractére
industrielde la royauté a pris de plus en plus d’extension et d’importance…»
Es evidente que esta fórmula de compromiso llevaría al monarca a desempeñar un
papel secundario en la totalidad de los asuntos públicos; funciones subalternas
o de policía, puesto que en un sistema industrial plenamente maduro la
ejecución de los proyectos racionalmente acordados tan sólo exigiría una débil
autoridad social entre sus miembros. La administración de las cosas al
sustituir al gobierno sobre las personas, daría lugar a una actividad colectiva
integrada, a un «orden» social determinado por el grado de desarrollo de las
capacidades y los conocimientos y por el grado de ordenación de las fuerzas
colectivas, y en el cual los hombres tendrían una relación de asociación y no
de obediencia.
3. HACIA
UN NUEVO TIPO DE PODER
Sin
embargo, la liquidación del poder «político» feudal no ha supuesto en ningún
momento la supresión definitiva de todo tipo de autoridad, sino
en todo caso la sustitución del entorno, los medios y los objetivos a través de
los cuales tal autoridad se ejerce.
El
nacimiento del nuevo sistema industrial no implica una radical
transformación de las estructuras productivas, sino precisamente la realización
y generalización de toda la potencialidad industrial que se ha ido
desarrollando desde la misma Edad Media. Tal generalización exige un
encauzamiento de las actividades colectivas en un sentido muy determinado: la
lucha contra la naturaleza con fines esencialmente productivos. El objetivo de
la nueva fase industrial será el aumento de la producción y el consumo, la
extensión a todas las actividades parciales de las exigencias generales de la
organización y de la racionalidad económica, la maximización de la producción y
la disminución de los costos: «El principio fundamental de una gestión
administrativa es que los intereses de los administrados deben estar
encaminados de tal modo que hagan prosperar lo más posible el capital de la
sociedad y obtengan el apoyo de la mayoría de los miembros de la sociedad» (8).
Y en tal sistema industrial, la dirección y administración de la actividad
productiva general requerirá la ordenación de toda la actividad social (con la
instrumentación coactiva que sea necesaria) en un objetivo específico: la
administración racional de las cosas.
Esta
«ordenación» de la producción social supone claramente un conflicto con el
mantenimiento de la libre iniciativa de los individuos. El tema de la libertad, radicalmente
mantenido por el pensamiento revolucionario más característico, resultaría
difícilmente encuadrable en una estructura social caracterizada por el dominio
exclusivo de la producción racionalmente planificada. Saint-Simón traslada
entonces el problema de la lucha por la libertad a una fase histórica anterior, en
la que el mantenimiento de la misma surgía ante la necesidad de oponerse a los
poderes «arbitrarios» establecidos:«El mantenimiento de la libertad tuvo que
ser un tema de primordial importancia mientras el sistema feudal y teológico
conservaba cierta fuerza, porque entonces la libertad estaba expuesta a ataques
graves y continuos» (9). Esta justificación «histórica» del rechazo de la
libertad es bien distinta de la justificación «teórica» (mediante su reducción
a una categoría meramente formal, enfrentada al Estado) a través de la famosa
duplicación de las categorías burguesas característica de la corriente kantiana
y hegeliana, que constituirá la base de crítica a la ideología capitalista del
joven Marx.
Obsérvese
cómo en este sentido Saint-Simón representa un desarrollo y un
gran paso adelante en el proceso teórico de justificación por parte del
pensamiento social occidental del predominio de la sociedad (y el Estado) sobre
la libertad del individuo, ya sea por tratarse de una categoría «formal» -que
se ejerce frente al Estado, ya sea por considerarla un fenómeno característico
de la lucha contra los poderes arbitrarios del Ancien Régime. Este
segundo supuesto, que es el que nos ocupa, representa además un traslado de la
justificación del predominio del poder frente a la libertad individual, de la
instancia política o ideológica a la instancia puramente económica: en su
interpretación es la esencialidad productiva la que exige la constitución de
ese nuevo centro de control y dirección frente al cual la lucha por la libertad
carece ya de un contenido histórico y social. Saint-Simón da
un paso adelante en el proceso de rectificación y rechazo de los famosos
ideales de la revolución, libertad e igualdad: el desarrollo racional de las
posibilidades de progreso que la nueva clase industrial traía consigo impediría
lógicamente la consecución de los viejos slogans revolucionarios.
El proceso revolucionario había cumplido ya su misión liquidando
definitivamente el Antiguo Régimen, y ahora las nuevas potencialidades
industriales eran las que marcaban el ritmo de la historia. Además, en su
análisis el desarrollo de esa capacidad industrial está necesariamente ligado a
la aplicación de la razón y la ciencia al sistema de producción.
«Productividad» y «racionalidad» constituyen los dos requisitos del nuevo
momento histórico y a la vez sus dos condicionamientos: sólo el
desencadenamiento de las primeras crisis estrictamente capitalistas permitirá
a Proudhon y a Marx enfrentarse críticamente
contra el sistema de producción capitalista.
En el
sistema industrial de Saint-Simón el concepto de libertad
sufre, pues, un proceso de «socialización», lo cual supondrá, en definitiva, su
más radical transformación: la verdadera libertad habrá de ser entendida en
relación con un mayor desarrollo de las posibilidades materiales e intelectuales,
y este desarrollo exigirá por su propia lógica el sometimiento del individuo a
las necesidades productivas y consumistas del sistema en su conjunto.
Sin
embargo, en el análisis saintsimoniano esta dinámica histórica de expansión de
las fuerzas productivas no reposa, como sucederá en Marx, en la
existencia de unas relaciones antagónicas de producción en virtud de las cuales
el desarrollo de esa nueva riqueza surge precisamente de la explotación de la
mayoría trabajadora; para Saint-Simón los enfrentamientos
entre clases son también un elemento característico de los sistemas
sociales anteriores en los que la capacidad industrial y
científica no estaban suficientemente desarrolladas, ni las fuerzas colectivas
suficientemente integradas: la extracción de un excedente económico en estos
sistemas se basaba, pues, en la existencia de un poder extraeconómico. Estas
relaciones antagónicas desaparecerán, según Saint-Simón, con el
desarrollo de la industria, extinguiéndose los poderes «políticos» y
consagrándose el predominio social de la clase «industrial».
Ahora
bien, esto no significa que en el mismo seno de la clase «industrial» no se
produzcan potenciales enfrentamientos o al menos relaciones de poder y
dependencia económica. Dentro de la clase «industrial», según la doble
interpretación del Catecismo de los industriales y de La
industria, habrían de integrarse los propietarios, los técnicos y
científicos, y los obreros. La dimensión de propietario, en su
perspectiva, hace referencia directa al capital «productivo» y no a la
propiedad muerta de nobles y burgueses, capital industrial y financiero, es
decir, aquel sector específico de la burguesía que gestiona y promueve los
sectores clave del desarrollo industrial. Junto a ella, en segundo lugar, los
detentadores de los conocimientos científicos y técnicos, «clase
social» que aparece particularmente idealizada en la obra de Saint-Simón como
corresponde, en definitiva, a sus antecedentes «ilustrados» y a la
hipervaloración de la función revolucionaria de los intelectuales que se
atribuye a todo el movimiento científico del siglo XVIII. Los sabios e
intelectuales, a pesar de la especial misión que desempeñan dentro del proceso
social de producción, constituyen, sin embargo, una «clase» carente de
capacidad productiva «autónoma», actuando siempre en situación de dependencia
frente al Gobierno o frente a la clase de los propietarios; su función
revolucionaria depende siempre de su grado de vinculación o control sobre los
medios de producción. Por último, los obreros son considerados
siempre en una situación claramente subordinada porque su función productiva
está sometida a la dirección de los industriales y técnicos, de la que son
simples ejecutores.
En su
conjunto, la organización comunitaria de la futura sociedad industrial estará
marcada, según la concepción saintsimoniana, por la preponderancia de una
determinada clase: la que posee el control efectivo de los
medios de producción y decide sobre la ordenación de los mismos en el proceso
social de producción. A nuevas formas de organización social de la producción
corresponderían nuevas formas de poder y dependencia social.
4. LA
DINÁMICA DEL PROGRESO
En
cualquiera de los casos, el auténtico «motor» de esta situación de cambio hacia
una nueva «sociedad industrial» radica en el propio desarrollo histórico que
consagra un progreso constante en el proceso de expansión de las fuerzas
productivas y en el dominio del hombre sobre la naturaleza. La dinámica
imparable del progreso es la que aporta su verdadero sentido a la nueva etapa
histórica y no, por el contrario, las simples transformaciones en las
relaciones de producción. Esta idea subyace con toda nitidez cuando Saint-Simón insiste
en la necesidad de expansión de las fuerzas industriales como condición para la
liquidación definitiva de las pervivencias señoriales de la Restauración. Si a
partir de 1789 se han generalizado en Francia unas relaciones capital-trabajo
asalariado, el desarrollo de la productividad específicamente industrial ha
sido, sin embargo, especialmente lento ante el mantenimiento de estructuras
primordialmente artesanales o campesinas, predominantes durante el Antiguo
Régimen. El desarrollo de la industria apenas si ha comenzado en Francia, y los
circuitos de producción siguen siendo sustancialmente los mismos que durante la
anterior etapa. Históricamente, la génesis de este insuficiente desarrollo se
explicaría por la intervención de los dos factores —económico e ideológico— que
determinan la marcha del progreso: el desarrollo de la industria y el
desarrollo de las luces caminan paralelos en una constante interrelación dentro
del proceso histórico; por ello, si las «capacidades» de la industria francesa
estaban ya maduras para el paso a la sociedad industrial, se trataría de
expandir el «espíritu científico» entre intelectuales, sabios y artistas y el
«espíritu productivo» dentro del propio seno de la clase de los propietarios
industriales. Precisamente la adquisición de ese «poder social» que ha de
conquistar la clase industrial con el advenimiento del nuevo sistema hay que
verlo en relación con el desarrollo de la capacidad industrial; lo contrario
supondría que las clases industriales siguen comportándose conforme a su
antigua pasividad característica de la etapa anterior, o bien utilizando el
«poder militar» propio del viejo sistema. El desarrollo de ese espíritu
industrial en la clase de los propietarios iría vinculado a la utilización
productiva y social de sus capitales, a su inversión en los sectores más
dinámicos de la producción; en definitiva, a la movilización de capitales
escasamente productivos y a la reinversión racional y productiva, de los
beneficios frente al anterior derroche consumista y suntuario. Puesto que Saint-Simón no
rechaza la distribución general de la riqueza social en la
estructura histórica contemporánea, sino la forma como esa riqueza es
invertida en la actividad de producción, se supone que está
caracterizado como un elemento esencial del sistema industrial la reproducción
a escala ampliada de la riqueza social. No se trata de aceptar o no la
propiedad privada, sino la potencialidad productiva de esa propiedad en el
conjunto de las distintas fuerzas sociales: en consecuencia, la consolidación
de la libre propiedad privada a partir de 1789 no es suficiente para el
advenimiento del nuevo sistema industrial sino a condición de que esa propiedad
sea utilizada, como un recurso productivo integrado racionalmente en el seno de
las distintas fuerzas productoras de la sociedad, lo cual, si no sucede en la
época de Saint-Simón, será debido a la persistencia de una
mentalidad ajena al espíritu del progreso, colgada de su anterior postura
pasiva, carente de un espíritu de organización científica y de maximización de
la producción.
Con Saint-Simón el
concepto de «progreso» —en su doble contenido económico e ideológico— se
polariza por fin hacia el auténtico «hecho nuevo» de los nuevos tiempos: el
desarrollo de la producción industrial. Tal concepción perfila claramente al
sistema capitalista maduro como un proceso de reproducción a escala ampliada de
la riqueza social, estableciendo los condicionamientos básicos de todos los
problemas históricos y conflictos sociales que puedan aparecer en adelante.
Si
tenemos en cuenta que en su concepción no aparecen problemas específicos sobre
el tema de la distribución de la riqueza social y que el
principio de igualdad ha sido admitido como mera relación de proporcionalidad
en las capacidades y los recursos (a cada uno según su capacidad), está
perfectamente clara la identificación de Saint-Simón con una
corriente de pensamiento defendida por los sectores más progresistas del nuevo
gran, capital: frente a la idea popular del «reparto de lo existente», que
implica una concepción del proceso productivo como reproducción a escala simple
de la riqueza social, la idea del progreso y de la reproducción a escala
ampliada como auténtica fuente de bienestar coincide con las aspiraciones
sociales de las capas más progresistas del naciente capitalismo industrial.
Será,
pues, Saint-Simón el primer «socialista» que adopte la idea
del progreso industrial como el elemento determinante y fundamental en el
dinamismo histórico de las sociedades occidentales y será también el primero en
sacrificar los ideales revolucionarios —libertad, igualdad— en pro de una
organización racional de la actividad productiva.
5.
REVOLUCIÓN BURGUESA Y REVOLUCIÓN INDUSTRIAL
El
análisis saintsimoniano adquiere así una gran importancia para el estudio de
uno de los problemas más característicos de la historiografía contemporánea: el
de la revolución burguesa y el paso del feudalismo al capitalismo. En apretada
síntesis, la polémica más actual sobre el tema es la que marca la diferencia
entre las teorías «desarrollistas» que ven el tránsito de un sistema a otro
como un proceso de crecimiento económico cuyo eje de inflexión es precisamente
lo que hoy denominamos «revolución industrial», frente a las teorías que
acentúan la esencialidad en el cambio de las relaciones de producción
(«revolución burguesa») como auténtico punto de ruptura entre uno y otro modo
de producción.
La
primera de tales corrientes está influida lógicamente por la preeminencia que
actualmente ocupa el estudio de los problemas del crecimiento económico en las
preocupaciones y el trabajo de los historiadores. Según Josep Fontana, «el
avance en este terreno del conocimiento histórico se ha producido por un doble
proceso de acumulación factual y de clarificación teórica. El primer paso de
esta clarificación se realizó al identificar y definir la ‘revolución
industrial’, esto es, el proceso de crecimiento acelerado que caracterizó el
paso de las sociedades subdesarrolladas del antiguo régimen, de base
esencialmente agraria, a una nueva etapa de crecimiento autosostenido,
esencialmente asentado sobre la producción industrial: un proceso caracterizado
por elevados índices de crecimiento que han permitido superar las limitaciones
catastróficas que frenaban el proceso de las sociedades del antiguo régimen y
han hecho posible la enorme expansión de la población y de los niveles de vida
que caracterizan la edad contemporánea.
»Hemos
llegado así a diferenciar el simple crecimiento, entendido como un proceso más
o menos continuo, aunque fluctuante, que se ha dado en todas las épocas, del
fenómeno discontinuo y revolucionario del desarrollo moderno, que ha permitido
el paso de un estadio histórico a otro cualitativamente distinto» (10).
Por el
contrario, la historiografía que parte del presupuesto teórico de que son las
relaciones de producción las que definen la anatomía de una sociedad,
caracteriza el problema de la liquidación del llamado antiguo régimen en los
términos siguientes: «tránsito (revolucionario) desde una sociedad feudal,
caracterizada por el hecho fundamental de que la apropiación del trabajo ajeno
por parte de la clase dominante se cumple de manera inmediata a través de la
dependencia jurídico-política del productor directo, el cual no se halla
separado de los medios de producción-sociedad, en la que al ser el poder
político inmediatamente constitutivo de relaciones de producción, dicho poder
se halla fragmentado, de manera que cada ‘unidad de producción o, mejor, cada unidad
de apropiación de trabajo ajeno, es al mismo tiempo un centro de poder
político; a una sociedad, la capitalista, caracterizada por el hecho de que la
apropiación de trabajo ajeno se realiza a través de mecanismos puramente
‘económicos’ mediante el intercambio entre la fuerza de trabajo y el capital,
lo que supone la previa creación de los supuestos de esta relación, o sea, la
separación del productor directo de los medios de producción y la abolición de
los lazos de dependencia, con la consiguiente monopolización del poder político
por el Estado, el cual no se presenta de manera inmediata como forma de
dominación clasista, sino como árbitro neutral de las relaciones entre
individuos libres e iguales» (11).
Aparte
otras grandes cuestiones implícitas (como la del paso revolucionario, y
no simplemente evolutivo, de un sistema de producción a otro),
la trascendencia de esta polémica toca directamente al tema de la conceptuación
misma del sistema capitalista, en el sentido de «sintetizar» el elemento
definitorio que cualifica a la sociedad capitalista en contraposición a los
sistemas sociales anteriores: en la segunda corriente el elemento esencial lo
constituía el cambio en las relaciones que enfrentan a los sujetos económicos
con la aparición generalizada de la relación típica capital-trabajo asalariado;
por el contrario, desde el primer punto de vista el elemento diferencial
reposaba en ese proceso de crecimiento acelerado que podemos denominar como
«revolución industrial».
Por
supuesto, los conceptos de revolución burguesa y revolución industrial no
pueden en ningún caso ser considerados, ni histórica ni teóricamente, como
equivalentes. Ahora bien, en el caso específico de la sociedad francesa durante
la época de Saint-Simón, y desde 1789 hasta mediado el siglo XIX,
aún dentro de una relación genérica capital-trabajo asalariado, puede hablarse
en conjunto de una predominancia marcadamente artesanal y campesina frente a la
originalidad específicamente industrial y obrera que tiene lugar a partir de la
segunda mitad de siglo. Es evidente que la ultima ratio de
esta división cronológica no proviene de la transformación en las relaciones
productivas, que en cualquier caso persisten generalizadamente en la
misma forma, sino más bien de las transformaciones en la dinámica productiva,
con todas sus implicaciones sociales, teóricas y metodológicas, que definirán
la jase industrial del capitalismo. Es en este encuadre donde
destaca la aportación específica de Saint-Simón y su escuela
en cuanto fuerza ideológica de apoyo a las nuevas perspectivas esencialmente
productivas del capitalismo, basadas en la potenciación del capital industrial.
Sobre la
base de este entorno parece lógico que el socialismo preindustrial, que analiza
el sistema capitalista en las etapas previas a la revolución industrial,
deduzca del análisis crítico de su medio histórico no sólo un rechazo de la
propiedad privada «capitalista», sino también una cierta oposición a ese
«nuevo» dinamismo histórico que se va consagrando a partir del predominio
absoluto de la burguesía y cuya génesis se intuye generalizadamente en base al
mantenimiento de unas relaciones de desigualdad entre los hombres: la
«igualdad» popular sería opuesta al «progreso» capitalista. Así, Blanqui,
por ejemplo, enfocará la crítica al incremento de la producción capitalista a
través de la teoría de las crisis (que a partir de ahora será una de las líneas
constantes de crítica al capitalismo) en cuanto éstas surgen por el desfase
creciente entre los intereses de la producción y los de los consumidores. Bounarroti,
como hemos visto en su Conspirarían pour l’Égalité, oponiendo
la opción progreso-opulencia-explotación frente al orden igualitario de las
clases trabajadoras. Y, por supuesto, con mayor intensidad, Fourier,
que subraya expresamente la violación de las «verdaderas leyes de la naturaleza
» que la civilización burguesa ha llevado a cabo; y así otros utopistas. La
excepción conocida es claramente Saint-Simón: su «socialismo» tecnocrático
incide sobre las irracionalidades del sistema productivo de la Restauración con
el objetivo de adecuar las capacidades de la producción al auténtico hecho
nuevo que ha suscitado la aparición de la industria; Saint-Simón es
el profeta de las nuevas perspectivas productivas con que se ha de enfrentar el
sistema capitalista, aunque en su obra no exista una crítica adecuada de la
propiedad privada.
Queda
claro, pues, que los puntos de partida del análisis saintsimoniano frente a los
adoptados por la historiografía contemporánea son absolutamente distintos;
recordemos que Saint-Simón es un hijo de la Ilustración apenas
recién llegado a los «nuevos tiempos» y cuyo objetivo teórico no era otro que
el de analizar el desarrollo lógico, conforme a sus capacidades productivas, de
la sociedad de su época. De su interpretación podemos deducir, sin embargo, que
aunque la génesis de todo cambio histórico radique en último extremo en el
desarrollo de las fuerzas productivas, la complejidad del fenómeno
revolucionario, del paso de un sistema social a otro, no puede ser explicada
exclusivamente por una causalidad económica: precisamente porque la sociedad de
la Restauración no se adapta a ese teórico «desarrollo lógico» de las
capacidades productivas es por lo que Saint-Simón deberá
diseccionar el análisis de la sociedad en varios estratos, con lo cual la
intervención del poder político o de los sistemas ideológicos en el paso de un
sistema social a otro puede ser absolutamente decisiva.
Es
más, Saint-Simón destaca —y su última etapa teórica lo
demuestra— a ese tercer elemento «ideológico», al sistema de las ideas, como
una pieza absolutamente esencial en la maduración histórica de un nuevo sistema
social. Ya hemos visto cómo el contenido último de su «crítica ideológica» se
concretaba en la ausencia de un espíritu productivo entre los sectores más
dinámicos de la sociedad de la Restauración: esta ausencia de un
espíritu de progreso estaría lógicamente generalizada entre las
distintas capas sociales y, por supuesto, entre la propia clase obrera no
propietaria (asalariados, artesanos, obreros). Sin embargo, cuando Saint-Simón
hace oír su llamada a las distintas clases sociales pidiendo su integración
dentro de una organización socioeconómica auténticamente industrial, acentúa su
atención sobre los sectores clave de su futura «sociedad industrial», entre
aquellos que controlan los medios de producción (técnicos y
capitalistas) y se encuentran más próximos al «sentido de progreso» del orden
social contemporáneo. Saint-Simón da por descontada la sumisión de los obreros
a las directrices productivas de sus nuevos dirigentes, y en todo caso cuenta
con la existencia de otro tipo de poder, «económico», que garantizaría el
funcionamiento racional de la producción social.
El
proceso Ancien Régime-Revolución-Restauración supondría el paso de
una fase histórica caracterizada por el control de la instancia
jurídicopolítica por los «feudales» y el desarrollo inexorable —pero aún no
dominante— del poderío económico de las clases industriales a una nueva fase en
la que el predominio generalizado de la nueva forma de propiedad
(«capitalista») no logra impedir la supervivencia feudal en el funcionamiento
de los poderes políticos y de los sistemas de pensamiento.
Podremos
entonces concluir con la hipótesis de que aunque las relaciones de producción
basadas en un enfrentamiento capital-trabajo asalariado se establecen con
carácter general a partir de la liquidación del régimen señorial, hasta que no
ha tenido lugar el desarrollo de la revolución industrial no cuaja
generalizadamente la originalidad productiva del capitalismo moderno con la
consagración definitiva del principio de apropiación de la naturaleza por el
hombre en base a la productividad industrial. El ámbito
histórico del socialismo preindustrial aparece así claramente diferenciado del
pensamiento social posterior (o contemporáneo) a la revolución industrial, no
ya como una etapa en la génesis del socialismo científico marxista, sino como
una fase histórica con plena entidad interpretada mediante una respuesta
teórica coherente.
CONCLUSIONES
La
insistencia en el desarrollo lógico de las potencialidades productivas que se
hallan inmersas en la dinámica del todo social y la marginación del estudio de
las relaciones sociales de producción —con la posible existencia de unas
relaciones de explotación y desigualdad—, aparte de constituir una clara
insuficiencia teórica al olvidar uno de los aspectos esenciales sobre el que se
monta precisamente el desarrollo de la producción industrial, aproxima
poderosamente el pensamiento de Saint-Simón a ciertos análisis
modernos sobre las sociedades industriales avanzadas en los que de una manera
más o menos explícita se deja de lado la diferenciación específica en las
relaciones de producción entre países capitalistas industrialmente
avanzados y países socialistas industrialmente avanzados, para
deducir como un denominador común las consecuencias extremas de esa
exacerbación de la capacidad de producción industrial: sometimiento de la
población a dictámenes consumistas, sumisión a las órdenes productivas de los
órganos directores-controladores de la producción social, desaparición de la
igualdad material como objetivo consciente del sistema social, consolidación de
estructuras jerárquico-autoritarias y consiguiente adulteración de las
garantías y libertades democráticas con toda su cohorte de Gulags, entidades
de manipulación, organismos fantasmas de control-represión, servicios secretos
no fiscalizados por entes representativos, etc.
Salvando
las distancias históricas, ambos tipos de análisis representan los polos
opuestos de la contemplación del fenómeno del desarrollo industrial como
elemento específico de la historia contemporánea occidental: del optimismo sin
barreras saintsimoniano que contempla el avance industrial como el acceso del
hombre a su mayoría de edad demostrada por el dominio sobre la naturaleza a
través de la tecnología, hasta el pesimismo y el negativismo de la más joven
filosofía que contempla horrorizada la liquidación de las libertades, el
triunfo de la «barbarie» y el desastre ecológico como las auténticas
consecuencias de la civilización industrial occidental.
Ciertamente,
la constatación del fenómeno de la uniformización de los sistemas sociales bajo
la premisa del desarrollo económico e industrial y de la burocratización de las
estructuras de poder constituye una derivación lógica de toda la corriente
maxweberiana. La ausencia de una preocupación por las relaciones de producción,
por la titularidad de los medios productivos, está explícita, por ejemplo,
en Talcott Parsons, cuando afirma que «en Estados Unidos, así
como en la Unión Soviética, la propiedad ha dejado de tener un significado
primordial, pues tales empresas —se refiere a la empresa típica de
gran escala— han de emplear personal técnico y directivo altamente
especializado sobre una base de ocupación y no de propiedad. Evidentemente, en
los dos países, el ‘trabajador’ medio está ‘expropiado’ de los medios de
producción, simplemente porque la empresa es una organización de gran escala
bajo una dirección unitaria y no una federación libre de trabajadores
independientes». Y continúa: «Quisiera apuntar que, en las sociedades
‘socialistas’, el hincapié en la importancia de los controles políticos en los
niveles altos de la oiganización económica es al presente… mucho más un efecto
de su proceso y de su aceleración en el desarrollo económico que de la creencia
de que tales controles políticos son los mejores, en principio, para la marcha
de una economía industrial altamente desarrollada. La justificación de la
socialización está principalmente en las condiciones de lograr un desarrollo
nuevo, rápido y efectivo, no de hacer operar de una manera efectiva, incluso en
‘interés público’, una economía industrial relativamente ‘madura’ del tipo de
la de América. Esto explica principalmente la atracción del ‘socialismo’ en los
países económicamente ‘subdesarrollados’» (12).
Así,
pues, en uno y otro caso el elemento cualificador esencial residiría en el
avance espectacular de la producción industrial y el desarrollo tecnológico,
cualquiera que sea la forma en que se organicen las relaciones productivas.
Sobre esta perspectiva está claro que el auténtico punto de diferenciación de
las sociedades industriales avanzadas frente a cualquier otro tipo de
formaciones sociales radica precisamente en esa exacerbación de la capacidad
productiva y en las consiguientes tensiones ocasionadas en el cuerpo social en
su conjunto.
Antes de
esa fase de desarrollo industrial la doctrina socialista se debatía, pues, en
dos direcciones hasta cierto punto alternativas: 1ª. La satisfacción real de
las aspiraciones revolucionarias radicales —igualdad, libertad, liquidación del
poder de clase— subordinando el desarrollo industrial a la satisfacción de los
ideales revolucionarios; o 2ª. Su realización-sumisión ante las inconcebibles
posibilidades del progreso técnico en gestión.
Así,
pues, considerando las grandes fases históricas del mundo contemporáneo como
supuestos determinantes de unas variables tomas de postura del pensamiento
social occidental, podríamos deducir una triple gradación de matices y/o
problemas dominantes que giran sobre el eje-motor de la sociedad industrial: la
diferenciación entre socialismo preindustrial y
socialismo industrial se centraría, en primer lugar, en los
presupuestos metodológicos: supondría el paso del análisis
científico-natural de la sociedad (con su creencia en unas leyes sociales
perennes y en criterios ideales de organización social) al triunfo de la dialéctica
histórica que contempla los fenómenos sociales como elementos sometidos a un
constante proceso de transformación que consagra una inexorable expansión de
las fuerzas sociales productivas: Saint-Simón representaría
ciertamente el punto de ruptura entre ambas etapas, aunque en este punto se
encuentre aún inmerso en el racionalismo del siglo de las luces (13). En
segundo lugar, el triunfo del socialismo industrial parece consagrar la
«realización-sumisión» de los ideales populares revolucionarios (libertad,
igualdad, liquidación del poder de clase) ante el fenómeno de la revolución
industrial y la realidad del progreso considerado como objetivo social
absolutamente prioritario; de ahí el rechazo, por su carácter «burgués», del
tema de las libertades individuales y derechos ciudadanos, el sacrificio de la
igualdad en pro de una racionalización de los incentivos a la producción y la
consolidación de las estructuras burocráticas del poder central que parecen
cuajar históricamente en la concepción stalinista de la dictadura del
proletariado.
Por ello,
resulta de un gran interés resaltar cómo el surgimiento de un «socialismo posindustrial» parece
hasta cierto punto retornar a ciertos puntos de partida implícitos en la fase
presaintsimoniana: así, la defensa ecológica y ambiental que moviliza en Europa
y América a todos los grupúsculos nacidos de las agitaciones estudiantiles de
los años sesenta cuestiona de una manera inmediata el carácter del desarrollo
industrial y sus excesos, sustituyendo los aspectos cuantitativos del
desarrollo por un mayor interés en el tema de la «calidad» de vida. Toma forma
paralelamente un profundo análisis de las consecuencias desigualitarias de la
expansión industrial: el «círculo vicioso» del subdesarrollo, la existencia de
un intercambio desigual entre países industrializados y subdesarrollados y
todas las derivaciones del desafío tercermundista. Resurge igualmente la
preocupación constante por la garantía de las libertades individuales (ya no
«libertades burguesas») desde ámbitos extraordinariamente diversos: eurocomunismos,
doctrina Cárter de los derechos humanos, movimientos de
disidentes soviéticos, organismos internacionales de defensa de los derechos
humanos, etc.
La
presencia de ciertas constantes «preindustriales» parece así reducir la etapa
del «socialismo industrial» a una fase histórica perfectamente delimitada; una
fase impregnada por la fe y el optimismo en el progreso, la confianza en el
carácter infinito e imperecedero de los recursos naturales, la esperanza sin
límites en el dominio del hombre sobre la naturaleza. La constatación de las
consecuencias finales de esta nueva dinámica en las sociedades posindustriales
avanzadas explicará el retorno a ciertos problemas presaintsimonianos: así,
todo el tema de la polémica sobre los límites del crecimiento y la idea de un
mejor reparto de los recursos escasos destruye el mito decimonónico del
progreso cuantitativo, despertando nuevas perspectivas que se refieren a una
mejor calidad de vida y no al aumento desenfrenado del consumo, o el ideal
marcusiano de la liberación del ocio, con todas sus resonancias fourieristas y
posfeudrianas, que supone un rechazo explícito de la esclavitud del trabajo
ensalzada por la vieja moral puritana reinante en las épocas del optimismo
industrial y el desarrollo de nuevas actitudes lúdicas y eróticas.
La
«reducción» del fenómeno del progreso industrial de las sociedades occidentales
permite, pues, al pensamiento social contemporáneo clarificar el nuevo marco
histórico al que deberá encararse la sociedad posindustrial y los nuevos
conflictos que las fuerzas sociales deberán resolver para reordenar la
actividad de producción y el entorno jurídico, político, social y urbanístico
en el sentido que marquen los nuevos criterios dominantes.
NOTAS
(1) M.
BOUNARROTI: Conspiration pour l’Egalité díte de Babeuf, Ed. Sociales, Paris,
1957, págs. 25 y sigs.
(2) «Nous
attachons trop d’importance á la forme des gouvernements. II semble que
toute la politique soit concentrée-lá, et que, une fois la división des
pouvoirs établie, tout soit organisé le mieux de monde.» «La loi qui
constitue les pouvoirs et la forme de gouvernement n’est pas aussi
importante, elle n’a pas autant d’influence sur le bonheur des nations que
celle qui constitue les propriétés et qui en regle l’exercice.» Véase Vues
sur la Propriété et la Législatkm, Ed. Rodrigues, págs. 255 y 258.
(3) Véase
HENRI MICHEL: L’idée de L’Etat, Hachette, París, 1899, págs. 182-83.
(4) Véase
SAINT-SIMÓN: Du systéme industriel, 2°, Ed. Anthropos, tomo III, pág. 4.
(5)
SAINT-SIMÓN: L’Organisateurs, Ed. Anthropos, págs. 37-38
(6)
SAINT-SIMÓN: L’industrie, Ed. Anthropos, pág. 198.
(7)
Ibid., pág. 199.
(8)
SAINT-SIMÓN: De IOrganisation Sociale, en Oeuvres, Ed. Rodrigues, tomo
V, pág. 143.
(9) Véase
Du systéme industriel, cit., pág. 15, nota.
(10)
Véase JOSEP FONTANA: La quiebra de la monarquía absoluta, Ariel,
Barcelona, 1971, págs. 19-20.
(11)
Véase F. PÉREZ ROYO: «Crítica a Josep Fontana», en Revista de
Derecho Financiero, núm. 5, Ed. Cívitas.
(12)
Véase TALCOTT PARSONS: «Estructura social y desarrollo económico», en
Estructura y proceso en las sociedades modernas, Instituto de Estudios
Políticos, Madrid, 1966, págs. 106-7.


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