© Libro N° 11209.
La Muerta. De
Maupassant, Guy. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
La Morte, Guy De Maupassant (1850-1893)
Versión Original: © La Muerta. Guy De Maupassant
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Guy De Maupassant
La Muerta
Guy De
Maupassant
¡La había
amado desesperadamente!
¿Por qué
se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento
en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un
nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las
profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite
incesantemente, que se susurra una y otra vez, en todas partes, como una
plegaria.
Voy a
contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la
misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus
brazos tan plenamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de
ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o
vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego
ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche regresó
a casa muy mojada, pues llovía intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió
durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió,
pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas,
y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus
sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me
contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo!
Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo:
«¡Ah!» ¡y yo comprendí! ¡Y yo entendí!
Me
preguntaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque
sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa,
encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
¡Ella
estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas
personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a
través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.
Ayer
regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación (nuestra habitación,
nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano
tras la muerte), me invadió tal asalto de nostalgia y de pesar, que sentí
deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya
entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la
habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de
su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y
antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo
que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la
cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía
bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve
delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces...
tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su
imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en
aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había
poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara
a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo,
ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los
hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo
lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha
sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché
sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una
cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:
Amó, fue
amada y murió.
¡Ella
está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en
el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que oscurecía,
y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé
pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y
echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y
empecé a vagar por aquella necrópolis. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta
ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no
son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos
grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que
ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las
vides, y comer pan de las llanuras.
¡Y para
todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han
precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el
olvido los borra. ¡Adiós!
Al final
del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más
antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra,
donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los
que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros
cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba
solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me
escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, aferrándome al tronco
como un náufrago se agarra a una tabla.
Cuando la
luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente
hacia aquel espacio de muertos. Caminé de un lado para otro, pero no logré
encontrar la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando
contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con
mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando
su camino. Palpé las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de
metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos
pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude
encontrarla!
No había
luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos
senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas!
A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes
había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis
rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo
más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la
impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de
cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo
permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a
morir.
Súbitamente,
tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se
estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de
levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi
claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego
apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su
encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En
la cruz pude leer:
Aquí yace
Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia,
fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.
El muerto
leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del
sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo
cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar
donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que
había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que
los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
Aquí yace
Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a
disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a
sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado
mortal.
Cuando
terminó de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar
a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos
habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes
habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos
habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas,
embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y
habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles
esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados
comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables.
Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y
sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras
estaban vivos.
Pensé que
también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre
los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella,
convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin
ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de
mármol donde poco antes había leído:
Amó, fue
amada y murió.
Ahora
leí:
Habiendo
salido un día de lluvia para engañar a su amante, enfermó de pulmonía y murió.
Parece
que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.
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Guy de
Maupassant (1850-1893)


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