© Libro N° 11210.
La Muerte De Halpin Frayser. Bierce,
Ambrose. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
The Death Of Halpin Frayser, Ambrose Bierce (1842-1914)
Versión Original: © La Muerte De Halpin Frayser. Ambrose Bierce
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Ambrose Bierce
La Muerte
De Halpin Frayser
Ambrose
Bierce
Porque la
muerte provoca cambios más importantes de lo que comúnmente se cree. Aunque, en
general, es el espíritu el que, tras desaparecer, suele volver y es en
ocasiones contemplado por los vivos (encarnado en el mismo cuerpo que poseía en
vida), también ha ocurrido que el cuerpo haya andado errante sin el espíritu.
Quienes han sobrevivido a tales encuentros manifiestan que esas macabras
criaturas carecen de todo sentimiento natural, y de su recuerdo, a excepción
del odio. Asimismo, se sabe de algunos espíritus que, habiendo sido benignos en
vida, se transforman en malignos después de la muerte. —Hali.
Una
oscura noche de verano, un hombre que dormía en un bosque despertó de un sueño
del que no recordaba nada. Levantó la cabeza y, después de fijar la mirada
durante un rato en la oscuridad que le rodeaba, dijo:
—Catherine
Larue.
No agregó
nada más; ni siquiera sabía por qué había dicho eso.
El hombre
se llamaba Halpin Frayser. Vivía en Santa Helena, pero su paradero actual es
desconocido, pues ha muerto. Quien tiene el hábito de dormir en los bosques sin
otra cosa bajo su cuerpo que hojarasca y tierra húmeda, arropado únicamente por
las ramas de las que han caído las hojas y el cielo del que la tierra procede,
no puede esperar vivir muchos años, y Frayser ya había cumplido los treinta y
dos. Hay personas en este mundo, millones, y con mucho las mejores, que
consideran tal edad como avanzada: son los niños. Para quienes contemplan el
periplo vital desde el puerto de partida, la nave que ha recorrido una
distancia considerable parece muy próxima a la otra orilla. Con todo, no está
claro que Halpin Frayser muriera por estar a la intemperie.
Había
pasado todo el día buscando palomas y caza por el estilo en las colinas que hay
al oeste del valle de Napa. Avanzada la tarde, el cielo se cubrió y Frayser no
supo orientarse. Aunque lo más apropiado hubiera sido descender, como todo el
que se pierde sabe, la ausencia de senderos se lo impidió y la noche le
sorprendió en el bosque. Incapaz de abrirse camino en la oscuridad a través de
las matas de manzanita y otras plantas silvestres, confuso y rendido por el
cansancio, se echó debajo de un gran madroño donde el sueño le invadió
rápidamente.
Sería
horas más tarde, justo en la mitad de la noche, cuando uno de los misteriosos
mensajeros divinos que se dirigía hacia el oeste por la línea del alba,
abandonaría las filas de las nutridas huestes celestiales y pronunciaría en el
oído del durmiente la palabra que le haría incorporarse y nombrar, sin saber
por qué, a alguien que no conocía.
Halpin
Frayser no tenía mucho de filósofo ni de hombre de ciencia. El hecho de que al
despertar de un profundo sueño hubiera pronunciado un nombre desconocido, del
que apenas se acordaba, no le resultó lo bastante curioso para analizarlo. Le
pareció, eso sí, extraño y, tras un ligero escalofrío, en atención a la
extendida opinión del momento sobre la frialdad de las noches, se acurrucó de
nuevo y se volvió a dormir; pero esta vez su sueño sí iba a ser recordado.
Soñó que
iba por un camino polvoriento cuya blancura resaltaba en la oscuridad de una
noche de verano. No sabía de dónde venía aquel camino ni adónde iba, ni tampoco
por qué lo recorría, pero todo parecía de lo más normal y natural, como suele
ocurrir en los sueños: en el país que hay más allá del lecho las sorpresas no
turban y la razón descansa. Enseguida llegó a una bifurcación: del primer
camino partía otro que parecía intransitado desde hacía tiempo porque, en
opinión de Frayser, debía conducir a algún lugar maldito. Empujado por una
imperiosa necesidad, y sin la menor vacilación, lo siguió.
Según
avanzaba, llegó a la conclusión de que por allí rondaban criaturas invisibles
cuyas formas no conseguía adivinar. Unos murmullos entrecortados e
incoherentes, que a pesar de ser emitidos en una lengua extraña Frayser
comprendió en parte, surgieron de los árboles laterales. Parecían fragmentos de
una monstruosa conjura contra su cuerpo y su alma. Aunque ya estaba muy
avanzada la noche, el bosque interminable se encontraba bañado por una luz
trémula que, al no tener punto de difusión, no proyectaba sombras. Un charco
formado en la rodada de una carreta emitía un reflejo carmesí que llamó su
atención. Se agachó y hundió la mano en él. Al sacarla, sus dedos estaban
manchados.
¡Era
sangre! Sangre que, como pudo observar entonces, le rodeaba por todas partes:
los helechos que bordeaban profusamente el camino mostraban gotas y
salpicaduras sobre sus grandes hojas; la tierra seca que delimitaba las rodadas
parecía haber sido rociada por una lluvia roja. Sobre los troncos de los
árboles había grandes manchas de aquel color inconfundible, y la sangre goteaba
de sus hojas como si fuera rocío.
Frayser
contemplaba todo esto con un temor que no parecía incompatible con la
satisfacción de un deseo natural. Era como si todo aquello se debiera a la
expiación de un crimen que no podía recordar, pero de cuya culpabilidad era
consciente. Y este sentimiento acrecentaba el horror de las amenazas y
misterios que le rodeaban. Pasó revista a su vida para evocar el momento de su
pecado, pero todo fue en vano. En su cabeza se entremezclaron confusamente
imágenes de escenas y acontecimientos, pero no consiguió vislumbrar por ningún
lado lo que tan ansiosamente buscaba.
Este
fracaso aumentó su espanto; se sentía como el que asesina en la oscuridad sin
saber a quién ni por qué. Tan horrorosa era la situación —la misteriosa luz
alumbraba con un fulgor amenazador tan terrible, tan silencioso; las plantas
malignas, los árboles, a los que la tradición popular atribuye un carácter
melancólico y sombrío, se confabulaban tan abiertamente contra su sosiego; por
todas partes surgían murmullos tan sobrecogedores y lamentos de criaturas tan
manifiestamente ultraterrenas— que no la pudo soportar por más tiempo y,
haciendo un gran esfuerzo por romper el maligno hechizo que condenaba sus
facultades al silencio y la inactividad, lanzó un grito con toda la fuerza de
sus pulmones.
Su voz se
deshizo en una multitud de sonidos extraños y fue perdiéndose por los confines
del bosque hasta apagarse. Entonces todo volvió a ser como antes. Pero había
iniciado la resistencia y se sentía con ánimos para proseguirla.
—No voy a
someterme sin ser escuchado —dijo—. Puede que también haya poderes no malignos
transitando por este maldito camino. Les dejaré una nota con una súplica. Voy a
relatar los agravios y persecuciones que yo, un indefenso mortal, un penitente,
un poeta inofensivo, estoy sufriendo.
Halpin
Frayser era poeta del mismo modo que penitente, sólo en sueños.
Sacó del
bolsillo un pequeño cuaderno rojo con pastas de piel, la mitad del cual
dedicaba a anotaciones, pero se dio cuenta de que no tenía con qué escribir.
Arrancó una ramita de un arbusto y, tras mojarla en un charco de sangre,
comenzó a escribir con rapidez. Apenas había rozado el papel con la punta de la
rama, una sorda y salvaje carcajada estalló en la distancia y fue aumentando
mientras parecía acercarse; era una risa inhumana, sin alma, tétrica, como el
grito del colimbo solitario a media noche al borde de un lago; una risa que
concluyó en un aullido espantoso en sus mismos oídos y que se fue desvaneciendo
lentamente, como si el maldito ser que la había producido se hubiera retirado
de nuevo al mundo del que procedía. Pero Frayser sabía que no era así: aquella
criatura no se había movido y estaba muy cerca.
Una
extraña sensación comenzó a apoderarse lentamente tanto de su cuerpo como de su
espíritu. No podía asegurar qué sentido, de ser alguno, era el afectado; era
como una intuición, como una extraña certeza de que algo abrumador, malvado y
sobrenatural, distinto de las criaturas que le rondaban y superior a ellas en
poder, estaba presente. Sabía que era aquello lo que había lanzado esa cruel
carcajada, y ahora se aproximaba; pero desconocía por dónde y no se atrevía a
hacer conjeturas.
Sus
miedos iniciales habían desaparecido y se habían fundido con el inmenso pavor
del que era presa. A esto se añadía una única preocupación: completar su
súplica dirigida a los poderes benéficos que, al cruzar el bosque hechizado,
podrían rescatarle si se le negaba la bendición de ser aniquilado. Escribía con
una rapidez inusitada y la sangre de la improvisada pluma parecía no agotarse.
Pero en medio de una frase sus manos se negaron a continuar, sus brazos se
paralizaron y el cuaderno cayó al suelo. Impotente para moverse o gritar, se
encontró contemplando el rostro cansado y macilento de su madre que, con los
ojos de la muerte, se erguía pálida y silenciosa en su mortaja.
En su
juventud, Halpin Frayser había vivido con sus padres en Nashville, Tennessee.
Los Frayser tenían una posición acomodada en la sociedad que había sobrevivido
al desastre de la guerra civil. Sus hijos habían tenido las oportunidades
sociales y educativas propias de su época y posición, y habían desarrollado
unas formas educadas y unas mentes cultivadas. Halpin, que era el más joven y
enclenque, estaba un poquito mimado; en él se hacía patente la doble desventaja
del mimo materno y de la falta de atención paterna. Frayser père era lo que
todo sureño de buena posición debe ser: un político. Su país, o mejor dicho, su
región y su estado le llevaban tanto tiempo y le exigían una atención tan
especial que sólo podía prestar a su familia unos oídos algo sordos a causa del
clamor y del griterío, incluido el suyo, de los líderes políticos.
El joven
Halpin era un muchacho soñador, indolente y bastante sentimental, más amigo de
la literatura que de las leyes, profesión para la que había sido educado.
Aquellos parientes suyos que creían en las modernas teorías de la herencia
veían en el muchacho al difunto Myron Bayne, su bisabuelo materno, quien de ese
modo volvía a recibir los rayos de la luna, astro por cuya influencia Bayne
llegó a ser un poeta de reconocida valía en la época colonial.
Aunque no
siempre se observaba, sí era digno de observación el hecho de no considerar un
verdadero Frayser a aquél que no poseyera con orgullo una suntuosa copia de las
obras poéticas de su antecesor (editadas por la familia y retiradas hacía
tiempo de un mercado no muy favorable); sin embargo, y de forma incomprensible,
la disposición a honrar al ilustre difunto en la persona de su sucesor
espiritual era más bien escasa: Halpin era considerado la oveja negra que podía
deshonrar a todo el rebaño en cualquier momento poniéndose a balar en verso.
Los Frayser de Tennessee eran gente práctica, no en el sentido popular de
dedicarse a tareas orientadas por la ambición, sino en el de despreciar
aquellas cualidades que apartan a un hombre de la beneficiosa vocación
política.
Para
hacer justicia al joven Halpin, hay que confesar que, aunque él encarnaba
fielmente la mayoría de las características mentales y morales atribuidas por
la tradición histórica y familiar al famoso bardo colonial, sólo se le
consideraba depositario del don y arte divino por pura deducción. No sólo no
había cortejado jamás a la musa sino que, a decir verdad, habría sido incapaz
de escribir correctamente un verso para escapar a la muerte. Sin embargo nadie
sabía cuándo esa dormida facultad podría despertar y hacerle tañer la lira.
Mientras tanto, el muchacho resultaba bastante inútil. Entre él y su madre
existía una gran comprensión, pues la señora era, en secreto, una ferviente
discípula de su abuelo; pero, con un tacto digno de elogio, que algunos calumniadores
prefieren llamar astucia. Siempre había procurado ocultar su afición a todos
menos a aquél que la compartía.
Este
delito común constituía un lazo más entre ellos. Si bien es cierto que en su
infancia Halpin era un mimado de su madre, hay que decir que él había hecho
todo lo posible porque así fuera. A medida que se acercaba al grado de
virilidad característico del sureño, a quien le da igual la marcha de las
elecciones, la relación con su hermosa madre —a quien desde niño llamaba Katy—
se fue haciendo más fuerte y tierna cada año. En esas dos naturalezas
románticas se manifestaba de un modo especial un fenómeno a veces olvidado: el
predominio de la sensualidad, que refuerza, embellece y dulcifica todos los
lazos, incluso los consanguíneos. Eran tan inseparables que quienes no los
conocían, al observar su comportamiento, los tomaban a menudo por enamorados.
Un día,
Halpin Frayser entró en el tocador de su madre, la besó en la frente y, después
de jugar con un rizo de su pelo negro que había escapado de las horquillas,
dijo, intentando aparentar tranquilidad:
—¿Te
importaría mucho, Katy, si me fuera a California por unas semanas?
Era
innecesario que Katy contestara con los labios a una pregunta para la que sus
delatoras mejillas habían dado ya una respuesta inmediata. Evidentemente le
importaba y las lágrimas que brotaron de sus grandes ojos marrones así lo
indicaban.
—Hijo mío
—dijo mirándole con infinita ternura—, debería haber adivinado que esto
ocurriría. Anoche me pasé horas y horas en vela, llorando, porque el abuelo se
me apareció en sueños y, en pie, tan joven y guapo como en su retrato, señaló
al tuyo en la misma pared. Cuando lo miré, no pude ver tus facciones: tu cara
estaba cubierta con un paño como el que se pone a los muertos. Tu padre, cuando
se lo he contado, se ha reído de mí; pero, querido, tú y yo sabemos que tales
sueños no ocurren porque sí. Se veían, por debajo del paño, las marcas de unos
dedos sobre tu garganta. Perdona, pero no estamos acostumbrados a ocultarnos
tales cosas. A lo mejor tú le das otra interpretación. Quizá significa que no
debes ir a California. O tal vez que debes llevarme contigo.
Hay que
decir, a la luz de una prueba recién descubierta, que esta ingeniosa
interpretación no fue completamente aceptada por la mente, más lógica, del
joven. Por un momento tuvo el presentimiento de que aquel sueño presagiaba una
calamidad más sencilla e inmediata, aunque menos trágica, que una visita a la
costa del Pacífico: Halpin Frayser tuvo la impresión de que iba a ser
estrangulado en su patria chica.
—¿No hay
balnearios de aguas medicinales en California —continuó la señora Frayser,
antes de que él pudiera exponer el verdadero significado del sueño— en los que
puedan curarse el reumatismo y la neuralgia? Mira qué dedos tan rígidos; estoy
casi segura de que hasta durmiendo me producen dolor.
Extendió
las manos para que las viera. El cronista es incapaz de señalar cuál fue el
diagnóstico que el joven prefirió guardar para sí con una sonrisa, pero se
siente en la obligación de añadir, de su cosecha, que nunca unos dedos
parecieron menos rígidos y con menos apariencia de insensibilidad. El resultado
fue que, de estas dos personas con los mismos raros conceptos sobre el deber,
una se fue a California, tal y como demandaba su clientela, y la otra se quedó
en casa, obedeciendo así al deseo, apenas consciente, de su marido.
Una
oscura noche Halpin Frayser iba caminando por el puerto de San Francisco y, de
un modo tan repentino como sorprendente, se vio convertido en marinero. Lo que
ocurrió en realidad fue que le emborracharon y le arrastraron a bordo de un
barco enorme que zarpó con destino a un país lejano. Pero sus desventuras no
acabaron con el viaje, pues el barco encalló en una isla al sur del Pacífico y
pasaron seis años antes de que los supervivientes fueran rescatados por una
goleta mercante y devueltos a San Francisco. Aunque volvía con la bolsa vacía,
Frayser no era menos orgulloso de lo que había sido en los años anteriores, ya
tan lejanos para él. No quiso aceptar ayuda de extraños, y fue mientras vivía
con otro superviviente cerca de la ciudad de Santa Helena, en espera de
noticias y dinero de su familia, cuando se le ocurrió salir a cazar y soñar.
La
aparición del bosque —esa cosa tan parecida y, sin embargo, tan distinta a su
madre— era horrible. No despertaba ni amor ni anhelo en su corazón; tampoco le
traía recuerdos agradables de los días felices. En resumen, no le inspiraba
ningún sentimiento especial, pues cualquier emoción quedaba ahogada por el
miedo. Intentó volverse y huir pero las piernas no le obedecieron: ni siquiera
podía levantar los pies del suelo. Los brazos le colgaban inertes en los
costados; sólo conservaba el control de los ojos y no se atrevía a apartarlos
de las apagadas órbitas del espectro, del que sabía que no era un alma sin
cuerpo, sino lo más espantoso que aquel bosque hechizado podía albergar: ¡un
cuerpo sin alma!
En su
mirada vacía no había amor, piedad o inteligencia alguna, nada a lo que apelar.
«No ha lugar a apelación», pensó, rememorando absurdamente el lenguaje
profesional tiempo atrás aprendido. Pero de su ocurrencia no se dedujo ningún
alivio. La aparición continuaba frente a él, a un paso, observándole con la
torpe malevolencia de una bestia salvaje. Fue tan largo este momento que el
universo envejeció, cargado de años y culpas, y el bosque, triunfante tras
aquella monstruosa culminación de terrores, desapareció de su mente con todas
sus imágenes y sonidos. De pronto, el espectro extendió sus manos y se abalanzó
sobre él con terrible ferocidad. Halpin recuperó sus energías, pero no su
voluntad: su poderoso cuerpo y sus ágiles miembros, dotados de una vida propia,
ciega e insensata, resistieron vigorosamente, pero su mente seguía hechizada.
Por un
instante vio ese increíble enfrentamiento entre su inteligencia muerta y su
organismo vivo como un simple espectador; esto, como se sabe, suele suceder en
los sueños. Pero enseguida recobró su identidad, y dando un salto hacia su
interior, el valeroso autómata recuperó de nuevo su voluntad rectora, tan
expectante y agresiva como la de su detestable rival. Pero, ¿qué mortal puede
derrotar a una criatura hija de su propio sueño? La imaginación que crea al
enemigo está vencida de antemano; el resultado del combate es su misma causa. A
pesar de sus esfuerzos, de una fortaleza y actividad que parecían inútiles,
sintió cómo unos dedos fríos se aferraban a su garganta.
De
espaldas sobre la tierra, vio, a un palmo de distancia, aquel rostro muerto y
descarnado. Al instante todo se oscureció. Se oyó el sonido de tambores lejanos
y el murmullo de voces bulliciosas, a los que siguió un grito agudo y distante
que redujo todo al silencio. Halpin Frayser soñó que estaba muerto.
Tras una
noche templada y clara, la mañana amaneció con niebla. El día anterior, hacia
la media tarde, se había visto una cortina de vapor —el fantasma de una nube—
que se acercaba a la ladera oeste del monte Santa Helena, a sus estériles
alturas. Era una capa tan fina y translúcida, tan parecida a una fantasía hecha
realidad que uno habría exclamado: «¡Miren, miren, rápido: en un momento habrá
desaparecido.»
Pero
enseguida empezó a hacerse mayor y más densa. Mientras un extremo se adhería a
la montaña, el otro se elevaba cada vez más por encima de los cerros. Al mismo
tiempo se extendía hacia el norte y hacia el sur y se fundía con pequeños
jirones de niebla que, con la sensata intención de ser absorbidos, surgían de
las laderas. Fue creciendo y creciendo hasta hacer imposible la visión de la
cumbre desde el valle, que quedó cubierto por un dosel gris y opaco. En
Calistoga, que se extiende al pie de la montaña, donde el valle comienza,
tuvieron una noche sin estrellas y una mañana sin sol. La niebla se hundía cada
vez más y se extendía en dirección sur, cubriendo rancho tras rancho hasta
alcanzar la ciudad de Santa Helena, a nueve millas de distancia. El polvo se
había asentado sobre el camino y los pájaros estaban posados en silencio sobre
los árboles empapados. La luz de la mañana era pálida y fantasmal, sin color o
brillo alguno.
Al
despuntar el alba, dos hombres abandonaron la ciudad de Santa Helena en
dirección norte, hacia Calistoga. Aunque llevaban escopeta al hombro, nadie les
habría confundido con un par de cazadores; eran el ayudante del sheriff de Napa
y un detective de San Francisco, Holker y Jaralson, respectivamente. Su misión
era cazar a un hombre.
—¿Está
muy lejos? —preguntó Holker, mientras sus pisadas dejaban al descubierto la
tierra seca que había bajo la superficie húmeda del camino.
—¿La
iglesia blanca? Como a media milla —contestó el otro—. Por cierto —añadió—, ni
es una iglesia ni es blanca; se trata de una escuela abandonada, gris por los
años y el descuido. En otro tiempo, cuando era blanca, se realizaban en ella
servicios religiosos. Tiene un cementerio que haría las delicias de un poeta.
¿Adivina usted por qué mandé buscarle y le advertí que viniera armado?
—Oh,
nunca se me ha ocurrido preguntarle sobre esos temas. Sé que usted siempre
informa en el momento oportuno. Pero si se trata de hacer conjeturas, creo que
lo que usted quiere es que le ayude a detener a uno de los cadáveres del
cementerio.
—¿Se
acuerda usted de Branscom? —preguntó Jaralson, respondiendo al ingenio de su
compañero con la indiferencia que se merecía.
—¿El tipo
que degolló a su mujer? Ya lo creo. Me costó una semana de trabajo y un montón
de dólares. Ofrecen quinientos de recompensa, pero no hemos conseguido echarle
la vista encima. No querrá usted decir que...
—Exacto,
lo han tenido bajo sus narices todo este tiempo. Por las noches viene al viejo
cementerio de la iglesia blanca.
—¡Demonios!
Es donde está enterrada su mujer.
—Bueno,
deberían ustedes haber supuesto que algún día tendría la tentación de volver.
—Es el
último lugar que se nos habría ocurrido.
—Como ya
habían rastreado todos los demás, al conocer su fracaso, le esperé allí.
—¿Y le
encontró?
—¡Maldita
sea! Él me encontró a mí. El muy bribón me tomó la delantera: se me echó encima
y me hizo correr a gusto. Fue una suerte que no acabara conmigo. ¡Menudo
pájaro! Me contentaría con la mitad de la recompensa, si es que usted necesita
la otra mitad.
Holker se
echó a reír y dijo que sus acreedores estaban más impacientes que nunca.
—Quería
sencillamente mostrarle el terreno y preparar un plan con usted —dijo el
detective—. Creí que, aunque fuera de día, era mejor ir bien armados.
—Ese
hombre debe de estar loco —dijo el ayudante del sheriff. La recompensa es por
su captura y condena. Si está loco, no le condenarán.
El señor
Holker, profundamente afectado por tal posibilidad, se detuvo involuntariamente
un instante y reanudó la marcha con menos entusiasmo.
—Bueno,
lo parece —asintió Jaralson—. Debo admitir que nunca he visto un canalla con
peor pinta: mal afeitado, con el pelo totalmente revuelto... Reúne todo lo peor
de la vieja y honorable orden de los vagabundos. Pero he venido a por él y no
se me escapará. La gloria nos espera. Nadie más sabe que está a este lado de
las Montañas de la Luna.
—De
acuerdo —dijo Holker—. Vamos allá e inspeccionemos el terreno donde pronto
yacerás —añadió empleando las palabras que en tiempos fueran tan usadas en las
inscripciones funerarias—. Quiero decir, si es que el viejo Branscom llega a
cansarse de usted y de su impertinente intromisión. Por cierto, el otro día oí
decir que su verdadero nombre no es Branscom.
—Entonces
¿cuál es?
—No me
acuerdo. Había perdido todo interés por ese rufián y no lo grabé en la memoria.
Era algo como Pardee. La mujer a la que tuvo el mal gusto de degollar era viuda
cuando él la conoció. Había venido a California a buscar a unos parientes. Ya
sabe, hay gente que lo hace. Pero bueno, usted ya conoce esa historia.
—Naturalmente.
—Pero si
no sabía su verdadero nombre, ¿por qué feliz inspiración encontró la tumba? El
mismo que me dijo el nombre comentó que está grabado en la lápida.
—Yo no sé
dónde está esa tumba —contestó Jaralson, algo reacio a admitir su ignorancia
acerca de un detalle tan importante en el plan—. He estado inspeccionando el
lugar, nada más.
Precisamente
identificar esa tumba es una parte del trabajo que hemos de realizar esta
mañana. Aquí tenemos la iglesia blanca. El camino había estado bordeado por
campos hasta entonces. Ahora, a la izquierda, se veía un bosque de encinas y
madroños y unos abetos gigantescos cuya parte inferior era difícil de
distinguir entre la niebla. Los arbustos, bastante espesos, no llegaban a ser
impracticables. Al principio Holker no veía el edificio pero, al adentrarse en
el bosque, sus vagos contornos, que parecían enormes y distantes, aparecieron
entre la bruma.
Unos
cuantos pasos más y ahí estaba, claramente visible, oscurecido por la humedad y
de un tamaño insignificante. Era la típica escuela de aldea con un basamento de
piedra y forma de caja de embalar. Tenía el tejado cubierto de musgo, y los
cristales y marcos de las ventanas rotos. Su estado era ruinoso, pero no era
una ruina, sino uno de los típicos sucedáneos californianos de lo que las guías
extranjeras llaman monumentos del pasado. Tras un rápido vistazo a una
construcción tan poco interesante, Jaralson se dirigió hacia la parte
posterior, llena de maleza húmeda.
—Le voy a
mostrar dónde me sorprendió —dijo—. Éste es el cementerio.
Por todas
partes surgían pequeños recintos con tumbas, en ocasiones no más de una, entre
los matorrales. Unas veces se las reconocía por las piedras descoloridas y las
tablas podridas que, cuando no estaban en el suelo, descansaban sobre sus
cuatro ángulos; otras, por las estacas carcomidas que las rodeaban y, más
raramente, por un montículo de hojarasca bajo la que se podían distinguir
algunos cascotes. En muchos casos el lugar que acogía los restos de algún pobre
mortal —quien, con el paso del tiempo, había sido abandonado por el círculo de
sus afligidos amigos— no estaba indicado más que por una depresión en la
tierra, más duradera que la de sus propios deudos.
Los
senderos, si es que alguna vez los hubo, no habían dejado huella alguna. Entre
las tumbas crecían unos grandes árboles que arrancaban con sus raíces las
cercas de los recintos. Por todas partes reinaba esa atmósfera de abandono y
decadencia que en ningún otro sitio parece tan indicada y significativa como en
una aldea de muertos olvidados.
Los dos
hombres, con Jaralson a la cabeza, atravesaron los espesos matorrales; de
pronto, aquel hombre decidido se detuvo y, tras levantar la escopeta a la
altura del pecho, musitó una palabra de alerta y permaneció con la vista
clavada frente a él. Su compañero, en cuanto pudo librarse de la maleza, le
imitó y, aunque no había visto nada, se puso en guardia ante lo que pudiera
suceder. Un instante después Jaralson comenzó a avanzar cautelosamente, con
Holker tras él. Bajo las ramas de un enorme abeto yacía un cuerpo sin vida.
Los dos
hombres, en silencio junto a él, examinaron los detalles que en un primer
momento suelen llamar la atención: el rostro, la actitud, la ropa: todo aquello
que más rápidamente responde a las mudas preguntas de una curiosidad sana. El
hombre estaba boca arriba, con las piernas separadas. Tenía un brazo extendido
hacia arriba y el otro doblado en ángulo con la mano cerca de la garganta. Sus
puños estaban fuertemente apretados, en actitud de desesperada pero inútil
resistencia a... no se sabe qué.
Junto a
él había una escopeta y un morral de cazador a través de cuyas mallas se veían
plumas de pájaros muertos. A su alrededor había rastros de una lucha
encarnizada; unos pequeños brotes de encina venenosa aparecían tronchados, sin
hojas ni corteza. Alguien había acumulado con sus pies hojarasca en torno a sus
piernas. Unas huellas de rodillas humanas aparecían junto a sus caderas. La
ferocidad de la lucha era evidente con solo observar la garganta y el rostro
del cadáver. A diferencia del color blanco de su pecho y manos, aquellos tenían
un color púrpura, casi negro. Sus hombros descansaban sobre una leve
prominencia del terreno, lo que hacía que la cabeza cayera bruscamente hacia
atrás, con los ojos en dirección contraria a la de los pies.
Una
lengua, negra e hinchada, surgía de entre la espuma que llenaba su boca
abierta. Sobre la garganta había unas marcas horribles: no eran las simples
huellas de unos dedos, sino magulladuras y heridas producidas por unas manos
fuertes que debían de haberse hundido en la carne, manteniendo su terrible
tenaza hasta mucho después de producir la muerte. El pecho, la garganta y el
rostro estaban húmedos; tenía la ropa empapada y unas gotas de agua,
condensación de la niebla, salpicaban el pelo y el bigote. Los dos hombres
observaron todo esto casi de un vistazo, sin hacer ningún comentario. Después
Holker rompió el silencio.
—¡Pobre
diablo! Debió de tener un final horroroso.
Jaralson,
con la escopeta firmemente agarrada y el dedo en el gatillo, inspeccionó
atentamente el bosque con la mirada.
—Esto es
obra de un loco —dijo sin apartar la vista de la espesura—. La obra de
Branscom... Pardee.
Algo que
había en el suelo, semicubierto por las hojas, llamó la atención de Holker. Era
un cuaderno rojo con pastas de piel. Lo cogió y lo abrió. Contenía hojas en
blanco para anotaciones en la primera de las cuales estaba escrito el nombre
«Halpin Frayser». Con tinta roja y garabateadas a lo largo de varias páginas,
aparecían las siguientes líneas, que Holker leyó en voz alta, mientras su
compañero seguía vigilando los oscuros confines de aquel entorno y escuchaba
con aprensión el gotear de los árboles. Decía así:
Víctima
de algún oculto maleficio, me encontré
entre las
tinieblas crepusculares de un bosque encantado.
El ciprés
y el mirto entrelazaban sus ramas
en
simbólica y funesta hermandad.
El sauce
cavilante murmuraba al tejo;
debajo,
la mortal belladona y la ruda,
con
siemprevivas trenzadas en extrañas formas
funerarias,
crecían junto a horribles ortigas.
No había
ni cantos de pájaros ni zumbidos de abejas,
ni hojas
suavemente mecidas por la fresca brisa.
El aire
estaba estancado y el silencio era
un ser
vivo que respiraba entre los árboles.
Los
espíritus conspiradores murmuraban en las tinieblas,
de un
modo inaudible, los secretos de las tumbas.
Los
árboles sangraban y las hojas exhibían,
a la luz
embrujada, un fulgor rojizo.
¡Grité!
El hechizo, aún sin romper,
dominaba
mi espíritu y voluntad.
¡Desamparado,
sin aliento ni esperanza,
luché
contra monstruosos presagios de maldad!
Al fin,
lo invisible...
Holker se
detuvo. No había nada más. El manuscrito se interrumpía a mitad de un verso.
—Suena a
Bayne —dijo Jaralson, que, a su manera, era un hombre culto. Había dejado de
vigilar y estaba observando el cadáver.
—¿Quién
es Bayne? —preguntó Holker sin mucho interés.
—Myron
Bayne, un tipo que escribió en la época colonial, hace más de un siglo. Sus
poemas eran tremendamente tétricos. Tengo sus obras completas. Este poema, por
algún error, no aparece en ellos.
—Hace
frío —dijo Holker—. Vámonos. Debemos avisar al juez de Napa.
Sin decir
palabra, Jaralson siguió a su compañero. Al pasar junto a la elevación del
terreno sobre la que descansaban la cabeza y los hombros del muerto, su pie
tropezó con un objeto duro que había bajo la hojarasca. Era una lápida caída
sobre la que, con dificultad, se podían leer las palabras «Catherine Larue».
—¡Larue,
Larue! —exclamó Holker con excitación repentina—. Ese es el verdadero nombre de
Branscom, no Pardee. Y, ¡Dios mío!, ahora me acuerdo de todo: ¡el nombre de la
mujer asesinada era Frayser!
—Aquí hay
algo que me huele muy mal —dijo el detective Jaralson—. No me gustan nada estas
historias.
De entre
la niebla —y al parecer desde muy lejos les llegó el sonido de una risa
sofocada y desalmada, tan desprovista de alegría como la de una hiena que ronda
en la noche del desierto en busca de presa. Una risa que se elevó poco a poco y
se fue haciendo cada vez más nítida, fuerte y terrible, hasta que pareció rozar
los límites del círculo de visión de los dos hombres. Era una risa tan
sobrenatural, inhumana y diabólica que les produjo un pavor indescriptible. No
movieron sus armas, ni siquiera pensaron en ellas: la amenaza de aquel horrible
sonido no era de los que se combaten con ellas. Tras un grito culminante que
pareció sonar junto a sus oídos, comenzó a disminuir paulatinamente hasta que
sus débiles notas, tristes y mecánicas, se extinguieron en el silencio, a una
distancia enorme.
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Ambrose
Bierce (1842-1914)


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