© Libro N° 11208.
La Metamúsica. Lugones,
Leopoldo. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
La Metamúsica, Leopoldo Lugones (1874-1938)
Versión Original: © La Metamúsica. Leopoldo Lugones
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Leopoldo Lugones
La
Metamúsica
Leopoldo
Lugones
Como
hiciera varias semanas que no lo veía, al encontrarlo le pregunté:
-¿Estás
enfermo?
-No;
mejor que nunca y alegre como unas pascuas. ¡Si supieras lo que me ha tenido
absorto durante estos dos meses de encierro!
Pues
hacía efectivamente dos meses que se lo extrañaba en su círculo literario, en
los cafés familiares y hasta en el paraíso de la ópera, su predilección. El
pobre Juan tenía una debilidad: la música. En sus buenos tiempos, cuando el
padre opulento y respetado compraba palco, Juan podía entregarse a su pasión
favorita con toda comodidad. Después acaeció el derrumbe; títulos bajos,
hipotecas, remates... El viejo murió de disgusto y Juan se encontró solo en esa
singular autonomía de la orfandad, que toca por un extremo al tugurio y por el
otro a la fonda de dos platos, sin vino. Por no ser huésped de cárcel, se hizo
empleado que cuesta más y produce menos; pero hay seres timoratos en medio de
su fuerza, que temen a la vida lo bastante para respetarla, acabando por
acostarse con sus legítimas después de haber pensado veinte aventuras. La
existencia de Juan volvióse entonces acabadamente monótona. Su oficina, sus
libros y su banqueta del paraíso fueron para él la obligación y el regalo.
Estudió mucho, convirtiéndose en un teorizador formidable. Analogías de
condición y de opiniones nos acercaron, nos amistaron y concluyeron por unirnos
en sincera afección. Lo único que nos separaba era la música, pues jamás
entendí una palabra de sus disertaciones, o mejor dicho nunca pude conmoverme
con ellas, pareciéndome falso en la práctica lo que por raciocinio encontraba
evidente; y como en arte la comprensión está íntimamente ligada a la emoción
sentida, al no sentir yo nada con la música, claro está que no la entendía.
Esto
desesperaba a mi amigo, cuya elocuencia crecía en proporción a mi incapacidad
para gozar con lo que, siendo para él emoción superior, sólo me resultaba
confusa algarabía. Conservaba de su pasado bienestar un piano, magnífico
instrumento cuyos acordes solían comentar sus ideas cuando mi rebelde emoción
fracasaba en la prueba.
-Concedo
que la palabra no alcance a expresarlo -decía-, pero escucha; abre bien las
puertas de tu espíritu; es imposible que dejes de entender.
Y sus
dedos recorrían el teclado en una especie de mística exaltación. Así
discutíamos los sábados por la noche, alternando las disertaciones líricas con
temas científicos en los que Juan era muy fuerte, y recitando versos. Las tres
de la mañana siguiente eran la hora habitual de despedirnos. Júzguese si
nuestra conversación sería prolongada después de ocho semanas de separación.
-¿Y la
música, Juan?
-Querido,
he hecho descubrimientos importantes.
Su
fisonomía tomó tal carácter de seriedad, que le creí acto continuo. Pero una
idea me ocurrió de pronto.
-¿Compones?.
Los ojos
le fulguraron.
-Mejor
que eso, mucho mejor que eso. Tú eres un amigo del alma y puedes saberlo. El
sábado por la noche, como siempre, ya sabes; en casa; pero no lo digas a nadie,
¿eh? ¡A nadie! -añadió casi terrible.
Calló un
instante; luego me pellizcó confidencialmente la punta de la oreja, mientras
una sonrisa maliciosa entreabría sus labios febriles.
-Allá
comprenderás por fin, allá veras. Hasta el sábado, ¿eh?... Y como lo mirara
interrogativo, añadió lanzándose a un tranvía, pero de modo que sólo yo pudiese
oírlo:
-... ¡Los
colores de la música!...
Era un
miércoles. Me era menester esperar tres días para conocer el sentido de aquella
frase. ¡Los colores de la música!, me decía. ¿Será un fenómeno de audición
coloreada? ¡Imposible! Juan es un muchacho muy equilibrado para caer en eso.
Parece excitado, pero nada revela una alucinación en sus facultades. Después de
todo, ¿por qué no ha de ser verdad su descubrimiento?... Sabe mucho, es
ingenioso, perseverante, inteligente... La música no le impide cultivar a fondo
las matemáticas, y éstas son la sal del espíritu. En fin, aguardemos. Pero, no
obstante mi resignación, una intensa curiosidad me embargaba; y el pretexto
ingenuamente hipócrita de este género de situaciones, no tardó en presentarse.
Juan está enfermo, a no dudarlo, me dije. Abandonarlo en tal situación, sería
poco discreto. Lo mejor es verlo, hablarle, hacer cuanto pueda para impedir
algo peor. Iré esta noche. Y esa misma noche fui, aunque reconociendo en mi
intento más curiosidad de lo que hubiese querido.
Daban las
nueve cuando llegué a la casa. La puerta estaba cerrada. Una sirvienta
desconocida vino a abrirme. Pensé que sería mejor darme por amigo de confianza,
y después de expresar las buenas noches con mi entonación más confidencial:
-¿Está
Juan? -pregunté.
-No,
señor; ha salido.
-¿Volverá
pronto?
-No ha
dicho nada.
-Porque
si volviera pronto -añadí insistiendo- le pediría permiso para esperarlo en su
cuarto. Soy, su amigo íntimo y tengo algo urgente que comunicarle.
-A veces
no vuelve en toda la noche.
Esta
evasiva me reveló que se trataba de una consigna, y decidí retirarme sin
insistir. Volví el jueves, el viernes, con igual resultado. Juan no quería
recibirme; y esto, francamente, me exasperaba. El sábado me tendría fuerte,
vencería mi curiosidad, no iría. El sábado a las nueve de la noche había
dominado aquella puerilidad. Juan en persona me abrió.
-Perdona;
sé que me has buscado; no estaba; tenía que salir todas las noches.
-Sí; te
has convertido en personaje misterioso.
-Veo que
mi descubrimiento te interesa de veras.
-No
mucho, mira; pero, francamente, al oírte hablar de los colores de la música,
temí lo que hay que temer, y ahí tienes la causa de mi insistencia.
-Gracias,
quiero creerte, y me apresuro a asegurarte que no estoy loco. Tu duda lastima
mi amor propio de inventor, pero somos demasiado amigos para no prometerte una
venganza.
Mientras,
habíamos atravesado un patio lleno de plantas. Pasamos un zaguán, doblamos a la
derecha, y Juan abriendo una puerta dijo:
-Entra;
voy a pedir el café.
Era el
cuarto habitual, con su escritorio, su ropero, su armario de libros, su catre
de hierro. Noté que faltaba el piano. Juan volvía en ese momento.
-¿Y el
piano?
-Está en
la pieza inmediata. Ahora soy rico; tengo dos "salones".
-¡Qué
opulencia!
Y esto
nos endilgó en el asunto. Juan, que paladeaba con deleite su café, empezó
tranquilamente:
-Hablemos
en serio. Vas a ver una cosa interesante. Vas a ver, óyelo bien. No se trata de
teorías. Las notas poseen cada cual su color, no arbitrario, sino real.
Alucinaciones y chifladuras nada tienen que ver con esto. Los aparatos no
mienten, y mi aparato hace perceptibles los colores de la música. Tres años
antes de conocerte, emprendí las experiencias coronadas hoy por el éxito. Nadie
lo sabía en casa, donde, por otra parte, la independencia era grande, como
recordarás. Casa de viudo con hijos mayores... Dicho esto en forma de disculpa
por mi reserva, que espero no atribuyas a desconfianza, quiero hacerte una
descripción de mis procedimientos, antes de empezar mi pequeña fiesta
científica.
Encendidos
los cigarrillos y Juan continuó:
-Sabemos
por la teoría de la unidad de la fuerza, que el movimiento es, según los casos,
luz, calor, sonido, etc; dependiendo estas diferencias -que esencialmente no
existen, pues son únicamente modos de percepción de nuestro sistema nervioso-
del mayor o menor número de vibraciones de la onda etérea.
-Así,
pues, en todo sonido hay luz, calor, electricidad latentes, como en toda luz
hay a su vez electricidad, calor y sonido. El ultra violeta del espectro,
señala el límite de la luz y es ya calor, que cuando llegue a cierto grado se
convertirá en luz... Y la electricidad igualmente. ¿Por qué no ocurriría lo
mismo con el sonido? me dije; y desde aquel momento quedó planteada mi
problema. La escala musical está representada por una serie de números cuya
proporción, tomando al do como unidad, es bien conocida, pues la armonía se
halla constituida por proporciones de número, o en otros términos se compone de
la relación de las vibraciones aéreas por un acorde de movimientos
desemejantes. En todas las músicas sucede lo mismo, cualquiera que sea su
desarrollo. Los griegos que no conocían sino tres de las consonancias de la
escala, llegaban a idénticas proporciones: 1 a 2, 3 a 2, 4 a 3. Es, como
observas, matemático. Entre las ondulaciones de la luz tiene que haber una
relación igual, y es ya vieja la comparación. El 1 del do, está representado
por las vibraciones de 369 millonésimas de milímetro que engendran el violáceo,
y el 2 de la octava por el duplo; es decir, por las de 738 que producen el
rojo. Las demás notas, corresponden cada una a un color. Ahora bien, mi
raciocinio se efectuaba de este modo: Cuando oímos un sonido, no vemos la luz,
no palpamos el calor, no sentimos la electricidad que produce, porque las ondas
caloríficas, luminosas y eléctricas, son imperceptibles por su propia amplitud.
Por la misma razón no oímos cantar la luz, aunque la luz canta real y verdaderamente,
cuando sus vibraciones que constituyen lós colores, forman proporciones
armónicas. Cada percepción tiene un límite de intensidad, pasado el cual se
convierte en impercepción para nosotros. Estos límites no coinciden en la
mayoría de los casos, lo cual obedece al progresivo trabajo de diferenciación
efectuado por los sentidos en los organismos superiores; de tal modo que si al
producirse una vibración, no percibimos más que uno de los movimientos
engendrados, es porque los otros, o han pasado el límite máximo, o no han
alcanzado el límite mínimo de la percepción. A veces se consigue, sin embargo,
la simultaneidad. Así, vemos el color de una luz, palpamos su calor y medimos
su electricidad...
Todo esto
era lógico; pero en cuanto al sonido, tenía una objeción muy sencilla que hacer
y la hice:
-Es
claro; y si con el sonido no sucede así, es porque se trata de una vibración
aérea, mientras que las otras son vibraciones etéreas.
-Perfectamente;
pero la onda aérea provoca vibraciones etéreas, puesto que al propagarse
conmueve el éter intermedio entre molécula y molécula de aire. ¿Qué es esta
segunda vibración? Yo he llegado a demostrar que es luz. ¿Quién sabe si mañana
un termómetro ultrasensible no averiguará las temperaturas del sonido? Un sabio
injustamente olvidado, Louis Lucas, dice lo que voy a leer, en su Chim¡e
Nouvelle: Si se estudia con cuidado las propiedades del monocordio, se nota que
en toda jerarquía sonora no existen, en realidad, más que tres puntos de
primera importancia: la tónica, la quinta y la tercia, siendo la octava
reproducción de ellas a diversa altura, y permaneciendo en las tres resonancias
la tónica como punto de apoyo; la quinta es su antagonista y la tercia un punto
indiferente, pronto a seguir a aquel de los dos contrarios que adquiera
superioridad. Esto es también lo que hallamos en tres cuerpos simples, cuya
importancia relativa no hay necesidad de recordar: el hidrógeno, el ázoe y el
oxígeno. El primero, por su negativismo absoluto en presencia de los otros
metaloides, por sus propiedades esencialmente básicas, toma el sitio de la
tónica, o reposo relativo; el oxígeno, por sus propiedades antagónicas, ocupa
el lugar de la quinta; y por fin, la indiferencia bien conocida del ázoe, le
asigna el puesto de la tercia. Ya ves que no estoy solo en mis conjeturas, y
que ni siquiera voy tan lejos; mas, lleguemos cuanto antes a la narración de la
experiencia. Ante todo, tenía tres caminos: o colar el sonido a través de algún
cuerpo que lo absorbiera, no dejando pasar sino las ondas luminosas: algo
semejante al carbón animal para los colorantes químicos; o construir cuerdas
tan poderosas, que sus vibraciones pudieran contarse, no por miles sino por
millones de millones en cada segundo, para transformar mi música en luz; o
reducir la expansión de la onda luminosa, invisible en el sonido, contenerla en
su marcha, reflejarla, reforzarla hasta hacerla alcanzar un límite de
percepción y verla sobre una pantalla convenientemente dispuesta.
De los
tres métodos probables, excuso decirte que he adoptado el último; pues los dos
primeros requerirían un descubrimiento previo cada uno, mientras que el tercero
es una aplicación de aparatos conocidos.
-¡Age
dum! -prosiguió evocando su latín, mientras abría la puerta del segundo
aposento-. Aquí tienes mi aparato -añadió, al paso que me enseñaba sobre un
caballete una caja como de dos metros de largo, enteramente parecida a un
féretro. Por uno de sus extremos sobresalía el pabellón paraboloide de una
especie de clarín. En la tapa, cerca de la otra extremidad, resaltaba un trozo
de cristal que me pareció la faceta de un prisma. Una pantalla blanca coronaba
el misterioso cajón, sobre un soporte de metal colocado hacia la mitad de la
tapa.
Juan se
apoyó sobre el aparato y yo me senté en la banqueta del piano.
-Oye con
atención.
-Ya te
imaginas.
-El
pabellón que aquí ves, recoge las ondas sonoras. Este pabellón toca al extremo
de un tubo de vidrio negro, de dobles paredes, en el cual se ha llevado el
vacío a una millonésima de atmósfera. La doble pared del tubo está destinada a
contener una capa de agua. El sonido muere en él y en el denso almohadillado
que lo rodea. Queda sólo la onda luminosa cuya expansión debo reducir para que
no alcance la amplitud suprasensible. El vidrio negro lo consigue; y ayudado
por la refracción del agua, se llega a una reducción casi completa. Además el
agua tiene por objeto absorber el calor que resulta.
-¿Y por
qué el vidrio negro?
-Porque
la luz negra tiene una vibración superior a la de todas las otras; y como por
consiguiente el espacio entre movimiento y movimiento se restringe, las demás
no pueden pasar por los intersticios y se reflejan. Es exactamente análogo a
una trinchera de trompos que bailan conservando distancias proporcionales a su
tamaño. Un trompo mayor, aunque animado de menor velocidad, intenta pasar; pero
se produce un choque que lo obliga a volver sobre sí mismo.
-Y los
otros, ¿no retroceden también?
-Ese es
el percance que el agua está encargada de prevenir. -Muy bien; continúa.
-Reducida
la onda luminosa, se encuentra al extremo del tubo con un disco de mercurio
engarzado a aquél; disco que la detiene en su marcha.
-Ah, el
inevitable mercurio.
-Sí, el
mercurio. Cuando el profesor Lippmann lo empleó para corregir las
interferencias de la onda luminosa en su descubrimiento de la fotografía de los
colores, aproveché el dato; y el éxito no tardó en coronar mis previsiones.
Así, pues, mi disco de mercurio contiene la onda en marcha por el tubo, y la
refleja hacia arriba por medio de otro, acodado. En este segundo tubo, hay
dispuestos tres prismas infrang¡bles, que refuerzan la onda luminosa hasta el
grado requerido para percibirla como sensación óptica. El número de prismas
está determinado por tanteo, a ojo, y el último de ellos, cerrando el extremo
del tubo, es el que ves sobresalir aquí. Tenemos, pues, suprimida la vibración
sonora, reducida la amplitud de la onda luminosa, contenida su marcha y reforzada
su acción. No nos queda más que verla.
-¿Y se
ve?
-Se ve,
querido; se ve sobre esta pantalla; pero falta algo aún.
Este algo
es mi piano cuyo teclado he debido transformar en series de siete blancas y
siete negras, para conservar la relación verdadera de las transposiciones de
una nota tónica a otra; relación que se establece multiplicando la nota por el
intervalo del semitono menor. Mi piano queda convertido, así, en un instrumento
exacto, bien que de dominio mucho más difícil. Los pianos comunes, construidos
sobre el principio de la gama temperada que luego recordaré, suprimen la
diferencia entre los tonos y los semitonos mayores y menores, de suerte que
todos los sones de la octava se reducen a doce, cuando son catorce en realidad.
El mío es un instrumento exacto y completo. Ahora bien, esta reforma, equivale
a -abolir la gama temperada de uso corriente, aunque sea, como dije, inexacta,
y a la cual se debe en justicia el enorme progreso alcanzado por la música
instrumental desde Sebastián Bach, quien le consagró cuarenta y ocho
composiciones. Es claro, ¿no?
-¡Qué sé
yo de todo eso! Lo que estoy viendo es que me has elegido como se elige una
pared para rebotar la pelota.
-Creo
inútil recordarte que uno no se apoya sino sobre lo que resiste.
Callamos
sonriendo, hasta que Juan me dijo:
-¿Sigues
creyendo, entonces, que la música no expresa nada?
Ante esta
insólita pregunta que desviaba a mil leguas el argumento de la conversación, le
pregunté a mi vez:
-¿Has
leído a Hanslick?
-Sí, ¿por
qué?
-Porque
Hanslick, cuya competencia crítica no me negarás, sostiene que la música no
expresa nada, que sólo evoca sentimientos.
-¿Eso
dice Hanslick? Pues bien, yo sostengo, sin ser ningún crítico alemán, que la
música es la expresión matemática del alma. -Palabras...
-No,
hechos perfectamente demostrables. Si multiplicas el semidiámetro del mundo por
36, obtienes las cinco escalas musicales de Platón, correspondientes a los
cinco sentidos.
-¿Y por
qué 36?
-Hay dos
razones: una matemática, la otra psíquica. Según la primera, se necesitan
treinta y seis números para llenar los intervalos de las octavas, las cuartas y
las quintas hasta 27, con números armónicos.
-¿Y por
qué 27?
-Porque
27 es la suma de los números cubos 1 y 8; de los lineales 2 y 3; y de los
planos 4 y 9; es decir, de las bases matemáticas del universo. La razón
psíquica consiste en que ese número 36, total de los números armónicos,
representa, además, el de las emociones humanas.
-¡Cómo!
-El
veneciano Gozzi, Goethe y Schiller, afirmaban que no deben existir sino treinta
y seis emociones dramáticas. Un erudito, J. Polti, demostró el año 94, si no me
equivoco, que la cantidad era exacta y que el número de emociones humanas no
pasaba de treinta y seis.
-¡Es
curioso!
-En
efecto; y más curioso si se tiene en cuenta mis propias observaciones. La suma
o valor absoluto de las cifras de 36, es 9, número irreductible; pues todos sus
múltiplos lo repiten si se efectúa con ellos la misma operación. El 1 y el 9
son los únicos números absolutos o permanentes; y de este modo, tanto 27 como
36, iguales a 9 por el valor absoluto de sus cifras, son números de la misma
categoría. Esto da origen, además, a una proporción. 27, o sea el total de las
bases geométricas, es a 36, total de las emociones humanas, como x, el alma, es
al absoluto 9. Practicada la operación, se averigua que el término desconocido
es 6. Seis, fíjate bien: el doble ternario que en la simbología sagrada de los
antiguos, significaba el equilibrio del universo. ¿Qué me dices?
Su mirada
se había puesto luminosa y extraña.
-El
universo es música -prosiguió animándose-. Pitágoras tenía razón, y desde Timeo
hasta Keplen, todos los pensadores han presentido esta armonía. Eratóstenes
llegó a determinar la escala celeste, los tonos y semitonos entre astro y
astro. ¡Yo creo tener algo mejor; pues habiendo dado con las notas
fundamentales de la música de las esferas, reproduzco en colores
geométricamente combinados, el esquema del Cosmos!...
¿Qué
estaba diciendo aquel alucinado? ¿Qué torbellino de extravagancias se revolvía
en su cerebro...? Casi no tuve tiempo de advertirlo, cuando el piano empezó a
sonar.
Juan
volvió a ser el inspirado de otro tiempo, en cuanto sus dedos acariciaron las
teclas.
-Mi
música -iba diciendo-, se halla formada por los acordes de tercia menor
introducidos en el siglo XVII y que Mozart mismo consideraba imperfectos, a
pesar de que es todo lo contrario; pero su recurso fundamental está constituido
por aquellos acordes inversos que hicieron calificar de melodía de los ángeles
la música de Palestrina...
En
verdad, hasta mi naturaleza refractaria se conmovía con aquellos sones. Nada
tenían de común con las armonías habituales, y aun podía decirse que no eran
música en realidad; pero lo cierto es que sumergían el espíritu en un éxtasis
sereno, como quien dice formado de antigüedad y de distancia.
Juan
continuaba:
-Observa
en la pantalla la distribución de colores que acompaña a la emisión musical. Lo
que estás escuchando es una armonía en la cual entran las notas específicas de
cada planeta del sistema; y este sencillo conjunto termina con la sublime
octava del sol, que nunca me he atrevido a tocar, pues temo producir
influencias excesivamente poderosas. ¿No sientes algo extraño?
Sentía,
en efecto, como si la atmósfera de la habitación estuviese conmovida por
presencias invisibles. Ráfagas sordas cruzaban su ámbito. Y entre la beatitud
que me regalaba la grave dulzura de aquella armonía, una especie de aura
eléctrica iba helándome de pavor. Pero no distinguía sobre la pantalla otra
cosa que una vaga fosforescencia y como esbozos de figuras... De pronto
comprendí. En la común exaltación, habíasenos olvidado apagar la lámpara. Iba a
hacerlo, cuando Juan gritó enteramente arrebatado, entre un son estupendo del
instrumento:
-¡Mira
ahora!
Yo
también lancé un grito, pues acababa de suceder algo terrible. Una llama
deslumbradora brotó del foco de la pantalla. Juan, con el pelo erizado, se puso
de pie, espantoso. Sus ojos acababan de evaporarse como dos gotas de agua bajo
aquel haz de dardos flamígeros, y él, insensible al dolor, radiante de locura,
exclamaba tendiéndome los brazos:
-¡La
octava del sol, muchacho, la octava del sol!
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Leopoldo
Lugones (1874-1938)


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