© Libro N° 11204.
La Máscara De La Muerte Roja. Poe,
Edgar Allan. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
The Masque Of The Red Death, Edgar Allan Poe (1809-1849)
Versión Original: © La Máscara De La Muerte Roja. Edgar Allan Poe
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Edgar Allan Poe
La
Máscara De La Muerte Roja
Edgar
Allan Poe
Hacía
tiempo que la Muerte Roja devastaba el país. Nunca hubo peste tan mortífera ni
tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre.
Se sentían dolores agudos y un vértigo repentino, y luego los poros exudaban
abundante sangre, hasta acabar en la muerte. Las manchas escarlatas en el
cuerpo, y sobre todo en el rostro de la víctima, eran el estigma de la peste
que le apartaban de toda ayuda y compasión de sus congéneres. En media hora se
cumplía todo el proceso: síntomas, evolución y término de la enfermedad.
Pero el
príncipe Próspero era intrépido, feliz y sagaz. Con sus dominios ya medio
despoblados, llamó un día a su presencia a un millar de amigos sanos y joviales
de entre las damas y caballeros de su corte, y con ellos se recluyó en el
apartado retiro de una de sus abadías amuralladas. Era un conjunto de edificios
amplio y magnífico, concebido por el gusto excéntrico, aunque majestuoso, del
propio príncipe. Lo rodeaba una alta y sólida muralla. La muralla tenía
portones de hierro. Una vez dentro los cortesanos, se trajeron fraguas y
enormes martillos y se soldaron los cerrojos. Decidieron que no hubiese modo
alguno de entrar o salir, si alguien de pronto se dejaba llevar por la
desesperación o la locura. Había abundancia de provisiones. Con tales precauciones
los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo de fuera se ocupase de
sí mismo. Había bufones, había trovadores, había bailarinas, había músicos,
había Belleza, había vino. Dentro había todo eso, y también seguridad.
Fuera,
estaba la Muerte Roja.
Fue hacia
el final del quinto o sexto mes de su encierro, y mientras la peste se cebaba
con furia en el exterior, cuando el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos
un baile de máscaras de rara vistosidad.
Aquel
baile fue un espectáculo voluptuoso. Pero permítaseme hablar primero de los
salones en que se celebró. Eran siete: todo un ámbito imperial. Hay muchos
palacios, sin embargo, en los que salones así ofrecen una perspectiva larga y
lineal, con puertas corredizas que se desplazan casi hasta las mismas paredes
de uno y otro lado, de modo que apenas nada interrumpe la vista en todo su
longitud. El caso era aquí muy distinto, como cabría esperar de la afición del
duque por lo extravagante. La distribución de las salas era tan irregular que
apenas se contemplaban más de una al mismo tiempo. Cada veinte o treinta metros
se producía un giro brusco, y con cada giro un efecto novedoso. A derecha e
izquierda,en medio de la pared, una ventana gótica alta y estrecha se asomaba a
un corredor cerrado que enmarcaba las sinuosidades del conjunto, con vidrieras
cuyos colores variaban de acuerdo con los tonos dominantes en la decoración del
salón al que se abrían. El del extremo oriental, por ejemplo, estaba decorado
en azul, y las vidrieras en azul vivo. La ornamentación y los tapices del
segundo eran de color púrpura, y pupúreos eran allí los cristales. El tercero
era todo él verde, lo mismo que las ventanas. Los muebles y la iluminación del
cuarto eran anaranjados; el quinto, blanco; el sexto, violeta. La séptima
estancia era un denso sudario de tapices de terciopelo negro que cubrían el
techo y las paredes, y caían en pesados plieges sobre una alfombra del mismo
tinte y textura.
Pero sólo
en esta habitación el color de las ventanas difería del decorado. Las vidrieras
eran aquí de un tono escarlata, un rojo oscuro de sangre. Ahora bien, en
ninguna de las siete cámaras había lámpara o candelabro alguno, entre la
abundancia de adornos dorados que había por todas partes o que colgaban de los
techos. No había luz ninguna que procediera de una lámpara o vela en todo el
conjunto de habitaciones. Pero en el corredor que envolvía los salones había,
frente a cada ventana, un pesado trípode con un brasero de fuego que, al
proyectar su resplandor a través de las vidrieras, inundaba de luz la estancia.
Se producía así una profusión llamativa de formas fantásticas. Pero en la
habitación negra, o de poniente, el efecto del fuego a través de los cristales
de sangre sobre los tapices negros resultaba de lo más siniestro, y daba un
aire tan irreal a los rostros de los que allí entraban que muy pocos se
atrevían a dar siquiera un paso en aquella estancia.
También
era aquí donde se encontraba, contra el muro oeste, un gigantesco reloj de
ébano. El péndulo oscilaba con un sonido grave, monótono y apagado, y cuando el
minutero había recorrido toda la esfera y llegaba el momento de marcar la hora,
de sus pulmones metálicos surgía un sonido límpido, potente, profundo y muy
musical, pero de nota y énfasis tan peculiares que, a cada hora, los músicos se
veían obligados a detenerse un momento para escucharlo, lo que obligaba a su
vez a quienes bailaban a interrumpir el vals; y se producía un breve
desconcierto en la alegría de todos; y, mientras sonaba el carillón, se veía
cómo los más frívolos palidecían y los más sosegados por los años se pasaban la
mano por la frente como perdidos en ensueños o en meditación. Aunque cuando
cesaban los últimos ecos, una risa leve se apoderaba a la vez de toda la
concurrencia; los músicos se miraban y sonreían como burlándose de sus propios
nervios y desconcierto, y se susurraban mutuas promesas de que las siguientes
campanadas no les causarían ya la misma impresión; pero luego, al cabo de
sesenta minutos (que son tres mil seiscientos segundos de Tiempo que vuela), de
nuevo sonaba el carillón, y volvía a repetirse la misma meditación, y el mismo
desconcierto y nerviosismo de antes.
Pero a
pesar de todo, era una fiesta alegre y magnífica. Los gustos del duque eran
peculiares. Tenía un buen ojo para los colores y los efectos. Desdeñaba las
convenciones de la moda. Sus planes eran atrevidos y apasionados, y un viso de
barbarie iluminaba sus proyectos. Algunos le habrían tenido por loco. Sus
seguidores no lo creían así. Pero era necesario oírle, y verle, y tocarle, para
estar seguro.
Con
ocasión de esta magna fiesta, había supervisado personalmente casi toda la
decoración de los siete salones; y había sido su propio gusto el que había
inspirado los disfraces. No os quepa duda de que eran extravagantes. Abundaba
la ostentación y el brillo, lo ilusorio y lo picante..., mucho de lo que
después se ha visto en Hernani. Había figuras arabescas, con miembros y
atuendos grotescos. Había fantasías delirantes como sólo los locos imaginan.
Había mucha belleza, mucha voluptuosidad, mucho de estrafalario, algo de
terrible, y no poco de lo que podría haber ofendido. De hecho, por las siete
estancias se paseaba majestuosamente una muchedumbre de sueños. Y estos -los
sueños- se revolvían por las habitaciones, tiñéndose del color de cada una, y
haciendo que la música desenfrenada de la orquesta pareciera el eco de sus
pasos. Y entonces suena el reloj de ébano en el salón de terciopelo. Y por un
momento todo se aquieta, todo se acalla salvo la voz del reloj. Los sueños
quedan congelados y estáticos. Pero el eco de las campanadas se apaga -na han
durado sino un instante- y una risa leve, a medias reprimida, queda flotando
tras él. Y surge de nuevo la música, y viven los sueños, y se revuelven de un
lado a otro más alegres que nunca, teñidos por las ventanas multicolores por
las que penetra el resplandor de los trípodes. Pero en el salón de poniente,
ninguno de los enmascarados se atreve ahora a entrar, porque la noche ya se
desvanece y una luz más rojiza se filtra por los cristales de color sangre; y
la negrura de los tapices espanta; y quien aventura sus pasos sobre la negra
alfombra escucha un sordo tictac, más solemne y enfático que el que llega a
oídos de quienes se entregan a la alegría en las salas más distantes.
Pero las
otras habitaciones estaban abarrotadas, y en ellas latía febrilmente el ansia
de la vida. Prosiguió así el torbellino festivo, hasta que al cabo el reloj
inició las campanadas de la medianoche. Y cesó entonces la música, como ya he
dicho; y los que bailaban interrumpieron el vals; y, como en otras ocasiones,
todo quedó desasosegadamente detenido. Pero ahora eran doce las campanadas que
tenían que sonar; y ocurrió así, quizá, que al disponer de más tiempo, más
grave se tornó la reflexión de quienes en la concurrencia ya estaban
pensativos. Y también ocurrió así, quizá, que antes de que el último eco de la
ultima campanada hubiera desaparecido en el silencio, muchos ya habían reparado
en la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado
la atención de nadie. Y de boca se extendió el rumor de esta nueva presencia, y
al poco se alzó en toda la compañía un susurro, un murmullo de desaprobación y
sorpresa, luego, por último, de terror, de horror y de asco. En una
congregación fantasmagórica como la que he pintado, bien se puede suponer que
ningún atuendo ordinario habría causado tal sensación. De hecho, esa noche la
libertad en los disfraces era prácticamente ilimitada; pero la figura en
cuestión había rizado el rizo, superando incluso los límites del gusto
permisivo del príncipe. Hay fibras aún en el corazón de los más osados que no
pueden tocarse sin que se emocionen. Hasta los casos perdidos, para quienes la
vida y la muerte son una misma broma, creen que hay ciertos asuntos con los que
no se puede bromear. En todos los asistentes, desde luego, se apreciaba ahora
la sensación intensa de que el disfraz y el porte del extraño carecían de todo
ingenio y decoro. Era una figura alta y lúgubre, amortajada de la cabeza a los
pies con el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba representaba tan
fielmente el semblante rígido de un cadáver que al observador más atento le
resultaría difícil descubrir el engaño. Aun así, todo esto lo habría soportado,
si no aprobado, aquella alocada concurrencia. Pero el enmascarado había llegado
incluso a asumir el aspecto de la Muerte Roja. La sangre le salpicaba la
vestimenta..., y su ancha frente, y todas sus facciones, aparecían moteadas por
el horror escarlata.
Cuando la
mirada del príncipe Próspero se detuvo en este espectro (que se paseaba lento y
solemne, como para dar mayor empaque a su figura), se le notó una convulsión,
en un primer momento con un fuerte estremecimiento de horror o repugnancia;
pero enseguida, el rostro se le encendió de ira.
¿Quien se
ha atrevido...? preguntó con voz ronca a los cortesanos que le acompañaban—:
¿Quién se ha atrevido a insultarnos con esta burla blasfema? ¡Cogedle y
quitarle la máscara, y así sabremos a quien hay que colgar de una almena al
amanecer!
Cuando
pronunció estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el salón azul, que
daba al oriente. Y su eco recorrió alto y claro las siete estancias, porque el
príncipe era un hombre robusto y osado, y un gesto suyo había acallado ya la
música.
Era en el
salón azul donde se hallaba el príncipe, en compañía de un grupo de pálidos
cortesanos. Al principio, cuando habló, dieron éstos un primer paso hacia el
intruso, que entonces estaba próximo a ellos, y que ahora se acercaba mas aún,
con porte deliberado y majestuoso. Pero cierto miedo indecible que la insensata
arrogancia de la máscara había inspirado a todo el grupo impidió que nadie le
pusiera la mano encima; asi que, sin estorbo alguno, pasó apenas a un metro del
príncipe; y, mientras en los salones la numerosa concurrencia, como movida por
un mismo resorte, se hacía a un lado buscando el refugio de las paredes, el
enmascarado siguió andando con el mismo paso solemne y mesurado que desde el
comienzo le había distinguido, pasando de la sala azul a la púrpura, de la
púrpura a la verde, de la verde a la de color naranja, de ésta a la blanca, e
incluso de aquí a la morada, sin que nadie hiciera el menor intento de
detenerle. Fue entonces, sin embargo, cuando el príncipe Próspero, fuera de sí
y avergonzado por su cobardía pasajera, cruzó veloz los seis salones, sin que
nadie le siguiera por el terror mortal que de todos se había apoderado. Blandía
una daga desenvainada, y se acercó impetuoso y rápido a muy poco distancia de
la figura que seguía su camino, cuando ésta, que ya había llegado al salón de
terciopelo, giró de pronto y le hizo frente. Hubo un grito agudo, y la daga
reluciente cayó en la alfombra negra sobre la que, al instante, caía postrado
por la muerte el príncipe Próspero. Después, llevados por el valor enloquecido
de la desesperación, un amplio grupo entró en avalancha en el salón negro, en
el que la alta figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del reloj de
ébano; pero al ponerle la mano encima al enmascarado, un horror innombrable les
cortó el aliento y descubrieron que la mortaja y la máscara cadavérica que
habían tratado con violenta rudeza no estaban habitadas por ninguna forma
tangible.
Y
reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la
noche. Y uno a uno fueron cayendo los presentes en los salones antes festivos,
ahora bañados en sangre, y cada uno hallaba la muerte en la desesperada postura
en que caía. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último cortesano.
Y las llamas de los trípodes se extinguieron. Y de todo se adueñó la Tiniebla,
la Corrupción y la Muerte Roja.


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