© Libro N° 11205.
La Máscara De Plata. Walpole. Hugh.
Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
La Máscara De Plata. Hugh Walpole
Versión Original: © La Máscara De Plata. Hugh Walpole
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Portada
E.O. de Imagen original:
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Hugh Walpole
La
Máscara De Plata
Hugh
Walpole
Hugh
Walpole: La máscara de plata
Sinopsis: «La
máscara de plata» (The Silver Mask) es un cuento del escritor británico Hugh
Walpole, publicado por primera vez en marzo de 1932 en Harper’s Bazaar y
más tarde incluido en la colección All Souls’ Night (1933). La
historia comienza una noche fría en Londres, cuando Miss Sonia Herries, una
mujer solitaria de cincuenta años, se topa con un joven mendigo
extraordinariamente apuesto que le ruega ayuda para su familia hambrienta.
Movida por un impulso compasivo, Sonia lo invita a su casa, sin sospechar que
ese gesto la arrastrará a una situación extraña y perturbadora, donde la
vulnerabilidad emocional se convierte en su mayor debilidad.
La Máscara
De Plata
Hugh
Walpole
Al volver
a su casa luego de cenar con los Weston, Miss Sonia Herries
escuchó una voz tras sus espaldas.
—Por
favor, solo un minuto…
Como el
departamento de los Weston estaba apenas a tres calles de su casa, había vuelto
a pie y se hallaba, en esos momentos, a algunos pasos de su puerta; mas ya era
tarde, no se veía transeúnte alguno y los ruidos de King’s Road llegaban
ahogados y lejanos.
—Temo no
poder… —comenzó a decir. Hacía frío y el viento le hacía arder las mejillas.
—Si tan
solo quisiera… —prosiguió la voz.
Ella se
volvió y vio al joven más hermoso que imaginarse pueda. Era el joven hermoso de
los cuentos románticos, alto, moreno, pálido, delgado, distinguido —¡Oh! ¡Lo
tenía todo!—, vestía un desteñido traje azul y, como correspondía, temblaba de
frío.
—Temo no
poder… —repitió ella, prosiguiendo su marcha.
—¡Oh, lo
sé! —la interrumpió vivamente—. Todos dicen lo mismo; es natural. Yo también lo
diría si nuestra situación fuese a la inversa. Pero tengo que insistir. No
puedo volver con las manos vacías junto a mi mujer y a mi bebé. No tenemos
fuego ni alimento; solo el techo bajo el cual nos cobijamos. Y todo por mi
culpa. No reclamo su piedad; me veo obligado a atacar su bienestar.
Temblaba.
Se estremecía, como a punto de caer. Involuntariamente ella extendió la mano
para sostenerlo. Tocó su brazo y lo sintió tiritar bajo el género liviano.
—No es
nada… —murmuró él—. Tengo hambre… nada puedo contra eso.
Ella
había comido en abundancia. Había bebido quizá lo suficiente como para
arriesgarse… Sea como fuera, sin pensarlo dos veces, le abrió la puerta pintada
de azul de ultramar. ¡Pura locura de su parte! No porque fuese demasiado joven
para desconfiar, pues tenía bien cumplidos los cincuenta y, aparte de una
pequeña inestabilidad cardíaca, era fuerte y resistente como un toro. Pero a
pesar de su inteligencia padecía terriblemente de una impulsiva bondad. Así fue
toda su vida. Los errores que cometiera, que eran muchos, provenían de la
victoria de su corazón sobre su mente. Ella lo sabía— ¡oh, si lo sabía! —y sus
amigos no cesaban de repetírselo. El día que cumpliera los cincuenta se dijo
para sí: “En fin, ya soy muy vieja para hacer locuras”. ¡Y ahora hacía entrar a
su casa a un joven totalmente desconocido y, según todas las probabilidades, de
la peor calaña!
Pronto
estuvo él sentado en el sofá rosa, comiendo sándwiches y bebiendo un whisky con
soda. Parecía totalmente cautivado por la belleza de lo que lo rodeaba. “Si
finge, es un excelente actor” se dijo ella. Pero evidentemente tenía buen gusto
y conocimientos.
Sabía por
ejemplo que el Utrillo era un trabajo de juventud; que los dos hombres
platicando bajo una ventana pertenecían al período “italiano intermedio” de
Sickert; reconoció la cabeza de Dobson y el maravilloso salto de bronce de Carl
Milles.
—Usted es
artista —dijo ella—. ¿Pinta?
—No, soy
mendigo, ladrón, todo lo que usted quiera de malo —respondió hoscamente.
—Y ahora
debo irme —añadió levantándose del sofá.
Ciertamente
parecía remozado. Le costaba creer que fuera el mismo joven que apenas media
hora antes tuvo que apoyarse en su brazo para caminar. Y era un gentleman.
Eso era indudable. Y sorprendentemente hermoso, al estilo del siglo pasado; un
joven Byron, un joven Shelley.
¡Y bien!
Era mejor que se marchase, y ella esperaba (por él más que por ella) que no le
pidiese dinero ni la amenazase con escenas. Después de todo, con sus canas, su
ancha mandíbula, su cuerpo robusto, no parecía ella alguien a quién se pudiese
amenazar. Aparentemente él no tenía la menor intención de hacerlo. Avanzó hacia
la puerta.
—¡Oh!
—murmuró él con un pequeño sobresalto de admiración.
Se había
detenido ante uno de los objetos más bellos que poseía, una máscara de plata
representando una cabeza de payaso, de payaso sonriente, alegre, dichoso, que
no evocaba la perpetua tristeza que tradicionalmente se supone en los payasos.
Era una de las más felices creaciones de Sorat, el gran maestro de máscaras
vivientes.
—Sí, es
encantadora, ¿verdad? —dijo ella—. Es una de las primeras máscaras de Sorat y
creo también que una de las mejores.
—La plata
es el material que más se adaptaba a este payaso —dijo él.
—Sí, yo
pienso lo mismo —aprobó ella.
Se dio
cuenta de que no le había preguntado nada acerca de sus problemas, de su pobre
mujer y su bebé, de su pasado. Tal vez fuera mejor así.
—Usted me
salvó la vida —le dijo él en la puerta.
Ella
tenía en la mano un billete de una libra.
—A decir
verdad —replicó ella alegremente— fue una locura dejar entrar a un extraño en
mi casa, a estas horas de la noche… Pero ¿qué peligro corre una vieja como yo?
—Podría
haberle cortado la cabeza —dijo muy seriamente.
—En
efecto —admitió, ella—, pero con terribles consecuencias para usted
—¡Oh, no!
No en estas épocas. La policía es incapaz de detener a nadie.
—Bien,
buenas noches. Tome esto. Le procurará al menos algo de calor.
—Gracias
—dijo él como al descuido. Luego, ya en el umbral, declaró:
—Esa
máscara… Nunca he visto nada tan bello.
Cuando la
puerta se cerró, ella volvió a su saloncito suspirando: “¡Qué hermoso joven!”
Vio
entonces que su más valiosa cigarrera, la de jade blanco, había desaparecido.
La había colocado sobre la mesita, cerca del diván. La vio antes de ir a la
antecocina a preparar los sándwiches. La había robado. Miró por todas partes.
No, sin lugar a dudas la había robado.
“¡Qué
hermoso joven!”, pensó todavía al subir a acostarse.
Sonia
Herries, exteriormente cínica y destructiva e interiormente un ser necesitado
de estima y afecto era, en eso, una mujer de su época. Ya que, pese a sus
cincuenta años y a sus canas, era aparentemente joven, activa, podía comer y
dormir poco, bailar indefinidamente, beber cocktails y jugar
al bridge.
Pero
interiormente no le importaban ni los cocktails ni el bridge.
Era, por sobre todo, maternal, tenía un débil corazón… no solo en el terreno
espiritual, sino en el físico. Cuando se sentía atacada tomaba sus gotas,
permanecía en su habitación, y no permitía que nadie la visitara. Como las
demás mujeres de su época y su medio, tenía un valor digno de mejor causa. Era
una heroína sin sentido.
Por lo
menos dos veces habría podido casarse de haber amado lo suficiente, pero el
hombre del que realmente estuvo enamorada no la amó… eso fue veinticinco años
atrás; a causa de ello pretendía detestar el matrimonio. Si hubiese tenido un
hijo, su naturaleza se habría sentido totalmente satisfecha; al carecer de esa
posibilidad, fue maternal, aparentando una cínica indiferencia, para con mucha
gente que se aprovechó y se rio de ella y que nunca la quiso de verdad.
Todos la
consideraban una “muchacha valiente” y “muy franca” que agradaba a sus amigos.
Sus relaciones, los Rockage, los Card y los Newmark, la invitaban para no ser
trece a la mesa o para que los acompañara a hacer sus compras en Londres; la
utilizaban como confidente cuando tenían problemas o sinsabores. Era una mujer
solitaria.
Unos
quince días después volvió a ver a su joven ladrón. Una noche, cuando se estaba
vistiendo para una cena que ofrecía a sus amigos, él vino a golpear a su
puerta.
—Hay un
joven que desea verla —dijo Rosa, su mucama.
—¿Un
joven? ¿Quién? Pero ella sabía bien quién era.
—No lo
sé, Miss Sonia. No quiso dar su nombre.
Bajó y lo
encontró en el vestíbulo, con la cigarrera en la mano. Llevaba un traje
decente, pero aún parecía hambriento, temeroso, desesperado, y siempre tan
increíblemente hermoso. Lo condujo al saloncito. Él le tendió la cigarrera.
—La había
empeñado —dijo, con los ojos puestos en la máscara de plata.
—¡Qué
vergüenza! —dijo ella—. ¿Qué es lo que va a robar ahora?
—Mi mujer
ganó algo de dinero la semana pasada —dijo—. Eso nos permitirá vivir un poco.
—Entonces
¿usted no trabaja nunca? —le preguntó ella.
—Yo pinto
—respondió—. Pero a nadie le gustan mis cuadros. No son lo bastante modernos.
—Tendrá
que mostrármelos —dijo ella dándose cuenta de lo débil que era.
El poder
que el joven ejercía sobre ella no provenía de su belleza, sino de su aspecto
desvalido y desconfiado a la vez, cual niño vicioso que detesta a su madre mas
vuelve siempre a ella en busca de protección.
—Tengo
algunos aquí —dijo él mientras iba hacia el vestíbulo y volvía con varias
telas. Se las mostró. Eran malas… paisajes sin gracia y afectados personajes.
—Son muy
malos —dijo ella.
—Lo sé.
Pero usted no puede negar que tengo muy buen gusto estético. En arte solo
aprecio las cosas muy bellas, como su cigarrera, esta máscara, el Utrillo. Pero
no puedo pintar más que esto. Es realmente exasperante.
Él le
sonrió.
—¿No me
comprará uno? —preguntó.
—¡Oh!
¡Pero no me gusta ninguno! —respondió ella—. Tendría que ocultarlo.
Se daba
cuenta de que sus invitados comenzarían a llegar dentro de diez minutos.
—¡Oh,
cómpreme uno!
—No, por
supuesto que no…
—Sí, se
lo ruego.
Se acercó
a ella y miró su ancho y amistoso rostro como lo hubiera hecho un niño
pedigüeño.
—Bueno…
¿cuál es el precio?
—Este…
veinte libras. Aquel veinticinco.
—¡Pero es
absurdo! ¡No valen nada…!
—Tal vez
algún día valgan algo. Nunca se sabe, con los cuadros modernos.
—En
cuanto a estos, estoy bien segura de lo que digo.
—Por
favor, cómpreme uno. Este, con las vacas, no es tan malo.
Ella se
sentó y extendió un cheque.
—Soy una
idiota. Tome esto, y sepa que no quiero verlo más. ¡Nunca más! No lo dejarán
entrar. Será inútil que me dirija la palabra en la calle. Si me molesta se lo
diré a la policía.
Él tomó
el cheque con tranquila satisfacción y le estrechó suavemente la mano.
—Colóquelo
bajo una buena luz y no será tan malo…
—Necesita
zapatos nuevos —dijo ella—. Esos están desastrosos.
—Ahora
podré comprarlos —dijo él y se marchó.
Durante
la velada, mientras escuchaba la chispeante y agria ironía de sus amigos, pensó
en el joven. No conocía su nombre. Sabía únicamente que era un pillo, por
propia confesión, y que tenía a su cargo a una pobre y joven esposa y a un niño
muertos de hambre. La imagen de ese trío la obsesionaba.
En cierto
sentido había sido honesto de su parte devolverle la cigarrera. Pero él sabía,
por supuesto, que si no lo hacía no podría volver a verla… Desde un principio
había comprendido que ella era una espléndida fuente de recursos, y ahora que
le había comprado uno de sus horribles adefesios…
Sin
embargo no podía ser del todo malo. Alguien que amaba con tanta pasión las
cosas bellas no era un canalla de verdad. ¡Esa manera de ir directamente hacia
la máscara de plata en cuanto entró a la habitación y de contemplarla con el
alma en los ojos…!
Y,
sentada a la mesa, emitiendo durante la comida las opiniones más cínicas, era
toda dulzura cuando fijaba sus ojos en la clara pared donde estaba colgada la
máscara de plata. Creía encontrar algo del joven en ese objeto que brillaba
alegremente. ¿Pero qué? Las mejillas del payaso eran redondas, su boca ancha,
sus labios gruesos, y, sin embargo, sin embargo…
Durante
los días siguientes, al caminar por las calles de Londres, miraba
involuntariamente a los transeúntes tratando de encontrarlo. Pronto se dio
cuenta de una cosa: él era mucho más hermoso que todos los individuos que
cruzaba en su camino. Mas no era su hermosura lo que la obsesionaba, sino el
hecho de que él buscase su bondad ¡y ella necesitaba tanto ser buena con
alguien!
Tenía la
impresión de que la máscara de plata se iba transformando, que sus redondeces
se afinaban, que un nuevo resplandor surgía de sus ojos vacíos. Era realmente
un magnífico objeto.
Luego,
tan de improviso como las veces anteriores, él reapareció. Una noche en que al
volver del teatro ella fumaba un último cigarrillo antes de subir a acostarse,
golpearon a la puerta. Por supuesto todo el mundo utilizaba el timbre… nadie
usaba el antiguo llamador en forma de búho que comprara en una tienda de
curiosidades un día en que vagabundeaba por la ciudad.
Rosa ya
se había acostado, así que abrió ella misma la puerta. Estaba allí, con una
joven y un bebé. Entraron a la sala y permanecieron torpemente junto al fuego.
Fue entonces, al verlos a los tres ante el hogar, cuando sintió por vez primera
un vivo temor.
Lo
comprendió en la debilidad que la embargaba —sentía como si se derritiera al
mirarlos— ella, Sonia Herries, de cincuenta años de edad, independiente y
fuerte, de no ser por su pequeña molestia cardíaca; ¡sí, se derretía
literalmente! Tuvo miedo, como si acabaran de susurrarle una advertencia al
oído.
La mujer
era extraordinaria, con su pelo rojo y su rostro blanco; una criatura delgada y
graciosa. El bebé, envuelto en una mantilla, dormía profundamente. Les sirvió
de beber y trajo los restos de los sándwiches que le habían preparado para
ella. El joven la miró, con sonrisa encantadora.
—Esta vez
no hemos venido a sacarle nada —dijo—. Quería presentarle a mi mujer y que ella
viera sus objetos de arte.
—Bueno
—dijo vivamente ella—. Pero solo podrán quedarse uno o dos minutos. Es tarde.
Me iba a acostar. Además, le pedí que no volviese aquí.
—Fue Ada
quien me hizo volver —dijo él señalando a su mujer—. ¡Deseaba tanto conocerla!
La mujer
no dijo una palabra, contentándose con mirar ante sí con aire huraño.
—Bien,
pero se marcharán enseguida. En realidad, usted nunca me dijo su nombre.
—Enrique
Abbott. Y esta es Ada. El bebé se llama también Enrique.
—Perfecto.
¿Cómo lo han pasado desde la última vez que nos vimos?
—¡Oh, muy
bien! Como príncipes.
Pero
pronto se sumió en el mutismo… y la mujer seguía sin decir palabra.
Luego de
una pausa intolerable, Sonia Herries les sugirió marcharse. No se movieron.
Media
hora más tarde volvió a insistir. Se pusieron de pie. Mas al llegar junto a la
puerta, Enrique mostró con la cabeza el escritorio.
—¿Quién
le escribe su correspondencia?
—Nadie,
la escribo yo misma.
—Le haría
falta alguien. Eso le ahorraría muchas molestias. Yo podría hacerlo, si usted
quiere.
—¡Oh, no,
gracias! ¡No es posible! Bien… ¡Buenas noches! ¡Buenas noches!
—Pero sí,
yo escribiré sus cartas. No tendrá que pagarme. Y yo ocuparé mi tiempo.
—Absurdo…
¡Buenas noches! ¡Buenas noches! Les cerró la puerta en la cara. Pero no pudo
dormir. Pensaba en él. Se sentía conmovida, en parte por una ternura maternal
hacia ellos que daba calor a su cuerpo… ¡la joven y el bebé le parecieron tan
desvalidos!… y en parte por un estremecimiento de aprensión que helaba la
sangre en sus venas.
De todos
modos esperaba no volver a verlos jamás. Pero ¿lo esperaba realmente? Al día
siguiente, cuando caminara por Sloane Street, ¿no iría examinando a cada
transeúnte, con la esperanza de volverlo a ver?
Tres días
después, se presentó por la mañana.
Llovía, y
ella había decidido dedicar el tiempo a ordenar sus cuentas. Estaba sentada
ante su escritorio cuando Rosa lo hizo pasar.
—Vine a
hacer su correspondencia —dijo él.
—¡Nada de
eso! —dijo ella duramente—. Ahora, Enrique Abbott, retírese usted. Ya me ha
cansado, y…
—No, no
—rio él tomando asiento ante el escritorio.
Se
avergonzaría de ello por el resto de sus días, pero media hora más tarde, ella
estaba sentada en la punta del sofá diciéndole lo que había que escribir. Sin
querer confesárselo, a ella le agradaba verle allí. Era una compañía y, fuese
cual fuere el estado de degradación a que hubiese llegado, era sin lugar a
dudas un gentleman. Esa mañana se comportó con toda corrección.
Escribía extraordinariamente bien. Parecía adivinar lo que había que decir.
A la
semana siguiente le decía, riendo, a Amy Weston:
—¿Me
creerás, querida, si te digo que me he visto obligada a tomar un secretario? Un
joven muy hermoso… Pero no frunzas el ceño. Sabes bien que los jóvenes bellos
no significan nada para mi ¡y me ahorra tanto trabajo
fastidioso!
Durante
tres semanas se comportó correctamente, llegando con toda puntualidad, sin
molestarla en nada, haciendo todo lo que ella sugería.
Un día de
la cuarta semana, llegó su mujer a la una menos cuarto. En esta ocasión le
pareció asombrosamente joven… tal vez de dieciséis años. Llevaba un abrigo de
algodón gris, muy sencillo. Su pelo rojo y ondulado vibraba alrededor de su
pálido rostro.
El joven
sabía que Miss Herries almorzaba siempre sola. Había visto
poner la mesa, sin ceremonia, para una sola persona. Resultaba difícil no
decirles que se quedaran. Así lo hizo ella, aunque sin demasiadas ganas.
El
almuerzo no fue un éxito. Cuando estaban juntos ambos jóvenes resultaban
fastidiosos, ya que él no decía casi nada en presencia de su mujer y esta no
hablaba en absoluto. En suma, la pareja que formaban era bastante siniestra.
Los
despidió después de la comida. Se marcharon sin protestar. Pero por la tarde,
al hacer sus compras, decidió que tenía que desembarazarse de ellos de una vez
por todas. Admitía que fue agradable tener al joven en su casa; su sonrisa, sus
reflexiones alegres y sarcásticas, la idea de que se trataba de un chicuelo
descarriado que atacaba a todo el mundo, menos a ella porque la estimaba… todo
eso le atraía; pero lo que realmente la preocupaba era que no le hubiese pedido
dinero en esas cuatro semanas. ¿No habría concebido algún terrible plan para
amedrentarla algún día con él?
Durante
un instante, bajo el brillante sol, entre el bullicio del tránsito y el
murmullo del follaje, se vio bajo un aspecto sorprendente. Se estaba
comportando con una asombrosa debilidad. Su cuerpo sólido, erguido y
desenvuelto, su rostro alegre y sonrosado, su abundante cabello cano… todo
desaparecía dando paso a una viejecita timorata, de ojos azorados y rodillas
temblorosas, aferrándose por poco a la verja del parque para no caer.
¿Qué era
lo que temía? No había hecho nada malo. La policía estaba al alcance de su
mano. Nunca fue cobarde. Sin embargo, volvió con un extraño deseo de dejar su
confortable casita de Walpole Street para ir a esconderse donde nadie la
descubriera.
Esa noche
aparecieron nuevamente: marido, mujer y bebé.
Se había
acomodado para pasar una apacible velada con un libro, antes de ir a acostarse
temprano. Fue entonces cuando golpearon a la puerta de calle.
En esa
oportunidad hizo gala de singular firmeza ante ellos. Cuando los tuvo frente a
sí, se incorporó y les dijo:
—Aquí
tienen cinco libras. Terminemos de una vez. Si alguno de ustedes se presenta
nuevamente ante mi puerta, llamaré a la policía, Ahora, ¡márchense!
La joven
lanzó un suspiro convulsivo y cayó desvanecida a sus pies. Era un desmayo
absolutamente auténtico. Llamaron a Rosa. Se hizo todo lo que debía hacerse.
—Lo que
pasa es que no ha comido bastante; esto es todo —dijo Enrique Abbott.
Finalmente,
como el desmayo se prolongaba, se puso a Ada Abbott en la cama del cuarto de
huéspedes y se llamó a un médico. Luego de examinarla este declaró que
necesitaba descanso y buena alimentación.
Tal vez
ese fue el momento crítico de toda la historia. Si en ese instante de crisis
Sonia Herries se hubiese decidido a arrojar a la familia Abbott —con desmayo o
sin él— a la calle fría e inhóspita, quizás ahora sería una robusta dama que
habría continuado jugando al bridge con sus amigas. Pero
nuevamente su temperamento maternal pudo más que su razón.
La pobre
criatura, con sus ojos cerrados estaba agotada, sus mejillas eran casi tan
blancas como las sábanas. El bebé, el bebé más tranquilo del mundo, reposaba en
una cuna, cerca del lecho. En la planta baja, Enrique Abbott escribía cartas
dictadas por ella. Una vez, al mirar la máscara de plata, Sonia Herries creyó
ver en el payaso una sonrisa fina y amarga, casi burlona… que le heló la
sangre.
Tres días
después del desmayo de Ada Abbott, llegaron su tío y su tía, el señor y la
señora Edwards. Mr. Edwards era un hombre alto y rubicundo, de alegres modales
y chaleco multicolor. Mrs. Edwards era una mujer delgada, de nariz puntiaguda y
voz de contralto. Era muy, muy delgada y ostentaba, sobre su pecho chato pero
sensible, un enorme broche pasado de moda.
Sentados
uno junto al otro en el diván, explicaron que habían venido a interesarse por
la salud de Ada, su sobrina predilecta. Mrs. Edwards lloró; Mr. Edwards se
mostró amistoso y confianzudo.
Por
desgracia, Mrs. Weston y una amiga llegaron en ese preciso momento. No
estuvieron mucho. Decididamente quedaron estupefactos ante el matrimonio
Edwards y profundamente disgustadas por la familiaridad que se permitía Enrique
Abbott. Sonia Herries pudo darse cuenta de que sacaban las peores conclusiones
del enojoso asunto.
Después
de una semana, Ada Abbott continuaba en cama en la pieza de arriba. Era
imposible sacarla de allí. Los Edwards la visitaban constantemente.
Un día
trajeron con ellos a otra pareja: el señor y la señora Harper con su hija Inés.
Pidieron mil disculpas, pero Miss Herries debía comprender que
dado el interés que sentían por Ada les era imposible permanecer indiferentes.
Se amontonaron todos en la pieza de huéspedes, contemplando con piedad el
pequeño rostro pálido, de ojos cerrados.
Luego
ocurrieron dos acontecimientos simultáneos: Rose se marchó y Mrs. Weston vino a
hablar francamente con su amiga. Comenzó con este preámbulo siniestro:
—Creo que
es necesario que sepas, querida, lo que todo el mundo comenta…
Lo que
todo el mundo comentaba era que Sonia Herries vivía con un muchacho descarriado
de los bajos fondos, lo suficientemente joven como para ser su hijo.
—Tienes
que desembarazarte inmediatamente de ellos —dijo Mrs. Weston—, de lo contrario,
querida, no te quedará un solo amigo en todo Londres.
Cuando
quedó sola, Sonia Herries hizo algo que no hacía desde mucho tiempo atrás: se
echó a llorar. ¿Qué le pasaba? No solo su voluntad y su decisión habían
desaparecido, sino que se sentía realmente mal. Su corazón le molestaba
nuevamente; no podía dormir; y la casa también se resentía. Había polvo en
todas partes. ¿Cómo podría reemplazar a Rose?
Vivía en
una especie de espantosa pesadilla. Ese terrible y hermoso joven parecía
dominarla. Sin embargo, no la amenazaba: se contentaba con sonreír. Tampoco era
cuestión de pensar que estuviese enamorada de él. Había que terminar con esto,
de lo contrario estaba perdida.
Dos días
después, a la hora del té, se presentó la ocasión. El señor y la señora Edwards
habían venido para ver a Ada; esta había bajado al fin, pálida y muy débil.
También estaban presentes Enrique Abbott y el bebé. Aunque se sentía muy mal,
Sonia Herries les habló con energía. Se dirigió especialmente a la señora
Edwards, la de la larga nariz.
—Tienen
que comprenderme —dijo—. No quisiera ser desagradable, pero tengo que pensar en
mi vida privada. Soy una mujer muy ocupada y esta situación me ha sido
totalmente impuesta. No quiero parecerles brusca. Me siento feliz de haber
podido serles útil, pero pienso que Mrs. Abbott se encuentra ya suficientemente
restablecida como para volver a su casa. Por lo tanto les deseo a todos muy
buenas noches.
—Estoy
convencida —respondió Mrs. Edwards, sentada en el sofá— que usted ha sido la
amabilidad en persona, Miss Herries. Ada sí lo reconoce de
seguro. Pero trasladarla ahora sería matarla; ese es el punto. El menor
movimiento, y caería a sus pies.
—No
sabemos adónde ir —dijo Enrique Abbott.
—Pero
Mrs. Edwards… —dijo Miss Herries que comenzaba a enfadarse.
—Solo
tenemos dos cuartos —respondió tranquilamente Mrs. Edwards—. Lo lamento, pero
con mi marido que tose toda la noche…
—¡Oh!
¡Pero es monstruoso! —exclamó Miss Herries—. Ya basta. He sido
generosa hasta cierto punto.
—¿Y mi
sueldo de las semanas pasadas? —dijo Enrique.
—¡Sueldo!
Pero, por supuesto… —comenzó Miss Herries. Luego calló.
Se dio
cuenta de varias cosas: de que estaba sola en la casa, ya que la cocinera se
había marchado al mediodía; de que ninguno de ellos se había movido; de que sus
objetos de valor —el Sickert, el Utrillo, el sofá— casi adquirían vida con el
miedo.
Se sintió
espantada ante su silencio, ante su inmovilidad. Dio un paso hacia su
escritorio, su corazón dejó de latir, quedó vacío; una terrible agonía recorrió
su cuerpo.
—Por
favor —dijo hipando—. En el cajón… el frasquito verde ¡Oh, rápido! ¡Por favor!
Lo último
que vio fue el hermoso rostro de Enrique Abbott inclinado sobre ella.
Cuando
Mrs. Weston se presentó a la semana siguiente, fue la joven Ada Abbott quien le
abrió la puerta.
—Vengo a
ver qué pasa con Miss Herries —dijo—. Hace mucho que no la
veo. He llamado varias veces por teléfono sin obtener respuesta.
—Miss
Herries está muy enferma.
—¡Oh,
¡cuánto lo siento! ¿Puedo verla?
El tono
calmo y suave de Ada Abbott la tranquilizó.
—El
doctor desea que nadie la vea, por el momento. ¿Puede darme su dirección? Le
avisaré en cuanto esté suficientemente restablecida como para recibirla.
Mrs.
Weston se marchó. Contó a sus amistades lo ocurrido.
—¡Pobre
Sonia! Está bastante mal. Pero parece que la cuidan bien. En cuanto mejore
iremos a verla.
El ritmo
de la vida de Londres es muy agitado, y Sonia Herries nunca fue importante para
nadie. Sus relaciones se interesaron por ella y recibieron una esquela muy
cortés asegurándole que en cuanto Miss Herries estuviese
mejor…
Sonia
Herries estaba en cama, pero no en su propia habitación. Ocupaba la pequeña
bohardilla, la que antes fuera de Rosa, la criada. Al principio permaneció en
una extraña apatía. Estaba muy enferma. Dormía, se despertaba, luego volvía a
dormirse.
Ada
Abbott, a veces Mrs. Edwards o una señora que ella no conocía, la atendía.
Todas eran muy amables. ¿Necesitaba a un doctor? No, por supuesto, no
necesitaba a un doctor —le aseguraba—. Ellas estaban allí.
Poco a
poco fue volviendo a la vida. ¿Por qué se hallaba en ese cuarto? ¿Dónde estaban
sus amigos? ¿Qué era esa comida infecta que le daban? ¿Qué hacían allí esas
mujeres?
Tuvo una
escena terrible con Ada Abbott. Intentó salir de la cama. La joven se lo
impidió… sin mayor dificultad, ya que todas sus fuerzas parecían haberla
abandonado. Protestó; se mostró tan furiosa como su debilidad lo permitía,
luego lloró. Lloró muy amargamente.
Al día
siguiente, al encontrarse sola, se arrastró fuera de su cama; la puerta estaba
cerrada con llave; comenzó a golpearla con el puño. No se oyó más ruido que sus
golpes. Su corazón latió nuevamente con esa espantosa irregularidad…
Volvió
arrastrándose al lecho. Allí permaneció inerte, llorando quedamente. Cuando
llegó Ada con la sopa, el pan y el agua, le exigió que quitara el cerrojo de la
puerta, que la dejara levantarse, tomar su baño y bajar a su habitación del
piso inferior.
—Usted no
está del todo bien —dijo suavemente Ada.
—¡Oh, sí,
estoy perfectamente! Cuando salga la haré arrestar por este…
—No se
altere, se lo ruego. Eso es malo para su corazón.
Mrs.
Edwards y Ada la higienizaban. No comía suficientemente. Siempre tenía hambre.
Llegó el
verano. Mrs. Weston se marchó a Etretat.
Todo el
mundo se fue de la ciudad.
“¿Qué es
de la vida de Sonia Herries? —escribía Mabel Newmark a Agatha Benson—. Hace
siglos que no la veo…”
Pero
nadie tenía tiempo para informarle. ¡Había tanto que hacer! Sonia era una
excelente muchacha, pero nadie la quería de verdad…
Un día
vino a verla Enrique Abbott.
—Siento
en el alma que no esté mejor —dijo sonriendo—. Hacemos todo lo que podemos por
usted. Es una suerte que hayamos estado aquí cuando usted se descompuso. Firme,
pues, estos papeles. Alguien tiene que ocuparse de sus cosas hasta que se
restablezca. Estará en condiciones de bajar dentro de una o dos semanas.
Mirándolo
con ojos aterrorizados, Sonia Herries firmó los papeles.
Las
primeras lluvias de otoño azotaron las calles. En el salón, el tocadiscos
giraba. Ada bailaba con el joven Mr. Jackson, Maggie Trent con el alto Harry
Bennett. Los muebles estaban alineados contra las paredes. Mr. Edwards bebía su
cerveza; Mrs. Edwards calentaba al fuego los dedos gordos de sus pies.
Enrique
Abbott entró. Acababa de vender el Utrillo.
Su
llegada fue recibida con aplausos.
Descolgó
la máscara de plata de la pared y se dirigió a la escalera. Subió a lo más alto
de la casa, entró, encendió la desnuda lamparilla.
—¡Oh!
¿Quién… qué…? —dijo una voz aterrorizada, desde la cama.
—Todo
marcha bien —dijo con tono tranquilizador. —Ada va a traerle el té dentro de un
rato.
Tenía un
clavo y un martillo, y suspendió la máscara de plata sobre el papel manchado
del muro, en un lugar donde Miss Harries pudiera verla.
—Sé que
usted le tiene cariño —dijo—. Pensé que le agradaría mirarla.
Ella no
pudo hacer más que clavar en él sus ojos.
—Necesita
algo que mirar —continuó él—. Está demasiado enferma, según temo, como para
dejar alguna vez el cuarto. Por lo tanto, esto le causará placer. Algo que
mirar.
Salió
cerrando suavemente la puerta tras de sí.
FIN
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Autor: Hugh Walpole
·
Título: La máscara de plata
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Título Original: The Silver Mask
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Publicado en: Harper’s Bazaar, marzo de
1932
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Aparece en: All Souls’ Night (1933)
·
Traducción: Amanda Forns de Gioia


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