© Libro N° 11203.
La Máscara. Chambers,
Robert W. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
The Mask, Robert W. Chambers (1865-1933)
Versión Original: © La Máscara. Robert W. Chambers
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Robert W. Chambers
La
Máscara
Robert W.
Chambers
Camilla:
Señor, deberíais quitaros la máscara.
Forastero:
¿De veras?
Cassilda:
En verdad, ya es hora. Todos nos hemos despojado de los disfraces, salvo vos.
Forastero:
No llevo mascara.
Camilla
(aterrada): ¿No lleva máscara? ¿No la lleva?
(Acto 1.
Escena 2a.)
Aunque yo
no sabía nada de química, escuchaba fascinado. El tomó un lirio de Pascua que
Geneviève había traído esa mañana de Nôtre Dame y lo dejó caer en el cuenco.
Instantáneamente el líquido perdió su cristalina claridad. Por un segundo el
lirio se vio envuelto de una espuma blanco lechosa que desapareció dejando el
fluido opalescente. Sobre la superficie jugaron cambiantes tintes anaranjados y
carmesíes y luego, lo que pareció un rayo de pura luz solar surgió desde el
fondo donde se encontraba el lirio. En el mismo instante sumergió la mano en el
cuenco y extrajo la flor.
—No hay
peligro —explicó— si se escoge el instante preciso. Ese rayo dorado es la
señal.
Me tendió
el lirio y yo lo tomé en mi mano. Se había convertido en piedra, en el más puro
mármol.
—Ya lo
ves —me dijo—, ni la menor mácula. ¿Qué escultor podría reproducirlo?
El mármol
era blanco como la nieve, pero en sus profundidades las vetas del lirio se
teñían del más leve azul celeste y un ligero arrebol se demoraba en lo profundo
de su corazón.
—No me
preguntes la razón —dijo sonriente al advertir mi asombro—, no tengo idea de
por qué se colorean las vetas y el corazón, pero siempre sucede así. Ayer hice
la prueba con el pez dorado de Geneviève: helo aquí.
El pez
parecía esculpido en mármol. Pero si se lo sostenía a la luz, la piedra estaba
hermosamente veteada de un pálido azul, y desde cierto sitio interior surgía
una luz rosada como la que dormita en el ópalo. Miré el cuenco. Una vez más
parecía lleno del más puro cristal.
—¿Si lo
tocara ahora? —pregunté.
—No lo sé
—replicó—, pero es mejor que no hagas la prueba.
—Hay una
cosa por la que siento curiosidad —dije—: ¿de dónde proviene el rayo de sol?
—Parece
un verdadero rayo de sol —dijo—. No lo sé, siempre aparece cuando sumerjo un
ser viviente. Quizá —continuó sonriente—, quiza sea la chispa vital de la
criatura que escapa de la fuente de donde vino.
Vi que se
burlaba y lo amenacé con un tiento, pero él se limitó a reír y cambió de tema.
—Quédate
a comer. Geneviève llegará en seguida.
—La vi
dirigirse a misa temprano por la mañana —dije— y lucía tan fresca y tan dulce
como ese lirio... antes que lo destruyeras.
—¿Crees
que lo he destruido? —preguntó Boris con gravedad.
—Destruido,
preservado. ¿Quién puede decirlo?
Estábamos
sentados en un rincón del estudio cerca de Los Hados, su grupo sin acabar. Se
apoyó en el respaldo del sofá dando vueltas en las manos a su sinsel y mirando
con fijeza su obra.
—Entre
paréntesis —dijo—. He dado fin a esa vieja pieza académica Ariadna y supongo
que tendré que presentarla en el Salón. Es todo lo que tengo listo este año,
pero después del buen éxito que tuve con la Madonna, me da vergüenza mandar
algo semejante.
La
Madonna, un exquisito mármol para el que había posado Geneviève, había sido la
sensación del Salón del año pasado. Miré la Ariadna. Era una magnífica pieza
desde el punto de vista técnico, pero estuve de acuerdo con Boris en que el
mundo esperaría de él algo mejor. Sin embargo, era imposible terminar a tiempo
para el Salón ese espléndido y terrible grupo, a medias amortajado en el mármol
detrás de mi. Los Hados tendrían que esperar. Estábamos orgullosos de Boris
Yvain. Le exigíamos y él nos exigía a nosotros por el hecho de haber nacido.en
América, aunque su padre era francés y su madre rusa. Todos en las Beaux Arts
lo llamábamos Boris. Y, sin embargo, él sólo a dos de nosotros se dirigía de
esa manera familiar: a Jack Scott y a mí.
Quizás el
hecho de que estuviera yo enamorado de Geneviève tuviera algo que ver con el
afecto que me profesaba. No que lo hubiéramos nunca reconocido entre nosotros.
Pero después que todo se hubo arreglado y ella me dijo con lágrimas en los ojos
que era a Boris a quien amaba, fui a su casa y lo felicité. La perfecta
cordialidad de esa entrevista no nos engañó a ninguno de los dos, siempre lo he
creído, aunque para una al menos, fue un gran consuelo. No creo que él y
Geneviève hablaran nunca del asunto, pero Boris lo sabía.
Geneviève
era adorable. La pureza de Madona de su cara podría haberse inspirado en el
Sanctus de la Misa de Gounod. Pero me alegraba siempre que abandonara ese
estado de ánimo por el que la llamábamos Maniobras de Abril. Era a menudo tan
variable como un día de abril. En la mañana grave, digna y dulce; al mediodía
riente y caprichosa; al atardecer, lo que menos uno esperara. La prefería así a
la tranquilidad de Madonna que estremecía las profundidades de mi corazón.
Estaba soñando con Geneviève cuando él volvió a hablar.
—¿Qué
piensas de mi descubrimiento, Alec?
—Creo que
es una maravilla.
—No haré
uso alguno de él, lo sabes, salvo satisfacer mi curiosidad en la medida de lo
posible, y el secreto morirá conmigo.
—Sería un
golpe para la escultura ¿no lo crees? Para nosotros los pintores la fotografía
es más pérdida que ganancia.
Boris
asintió con la cabeza mientras jugaba con el borde del sinsel.
—Este
nuevo descubrimiento maligno corrompería el mundo del arte. No, jamás confiaré
el secreto a nadie —dijo lentamente.
Sería
difícil encontrar a alguien menos informado acerca de tales fenómenos que yo;
pero por supuesto, había oído hablar de fuentes minerales tan saturadas de
sílice que las hojas y las ramillas que caían en ellas se convertían en piedra
al cabo de un tiempo. Comprendía el proceso de manera oscura: el sílice
reemplaza al tejido vegetal átomo por átomo, y el resultado era un duplicado
del objeto en piedra. Esto, lo confieso, nunca me había interesado demasiado, y
en cuanto a los fósiles antiguos producidos de esta manera, me disgustaban.
Boris, según parecía, sintiendo curiosidad en lugar de repugnancia, había
investigado el tema e indidentalmente había tropezado con una solución que
atacaba al objeto sumergido con ferocidad inaudita, en un segundo cumplía la
obra de años. Esto fue todo lo que pude comprender de la extraña historia que
acababa de contarme. Volvió a hablar al cabo de un largo silencio.
—Casi me
da miedo cuando pienso en lo que he descubierto. Los científicos enloquecerían
si se enteraran. Por lo demás, fue tan simple; se descubrió por sí mismo.
Cuando pienso en esa fórmula y el nuevo elemento precipitado en escamas
metálicas...
—¿Qué
nuevo elemento?
—Oh, no
he pensado en darle un nombre, y no creo que nunca se lo dé. Ya hay suficientes
metales preciosos en el mundo con los que cortar cuellos.
—¿Has
producido oro, Boris?
—No, algo
mejor —dijo riéndose y poniéndose en pie—. Tú y yo tenemos todo lo que
necesitamos en este mundo. ¡Ah, qué siniestro y codicioso es ya tu aspecto!
También
yo reí, y le dije que me devoraba el deseo del oro y era mejor hablar de otra
cosa; de modo que cuando llegó Geneviève poco después le habíamos dado la
espalda a la alquimia. Geneviève estaba vestida de gris plateado de la cabeza a
los pies. La luz resplandeció a lo largo de las suaves ondulaciones de su
cabello claro al volverle la mejilla a Boris; me vio y devolvió mi saludo.
Nunca antes había olvidado de enviarme un beso con la puntas de sus blancos
dedos, y yo prestamente me quejé de la omisión. Ella se sonrió y me tendió la
mano que cayó casi antes de rozar la mía; luego dijo mirando a Boris:
—Debes
invitar a Alec a que se quede a comer.
También
esto era algo nuevo. Siempre antes lo había hecho ella misma.
—Ya lo
hice —dijo Boris lacónico.
—Y tú
aceptaste, espero —dijo ella.
Se volvió
hacia mí con una encantadora sonrisa convencional. Podría haber estado dirigida
a una amistad iniciada anteayer. Le hice una reverencia.
—J'avais
bien l'honneur, madame.
Pero
ella, rehusándose a adoptar el tipo de chanza acostumbrado, murmuró un
hospitalario lugar común y desapareció. Boris y.yo nos miramos.
—Quizá
sería mejor que me marchara ¿no crees?
—¡Que me
cuelguen si lo sé! —respondió él con franqueza.
Mientras
discutíamos la conveniencia de mi partida, Geneviève reapareció en la puerta
sin sombrero. Estaba maravillosamente hermosa, pero su color era demasiado
profundo y sus bellos ojos brillaban en exceso. Vino directamente hacia mí y me
tomó del brazo.
—La
comida está pronta. ¿Me mostré malhumorada, Alec? Creí que tenía jaqueca, pero
no la tengo. Ven aquí, Boris —y deslizó su otro brazo bajo el de él—. Alec sabe
que después de ti no hay nadie a quien quiera tanto, de modo que si alguna vez
se siente desdeñado no ha de ofenderse.
—¡A la
bonheur! —exclamé—. ¿Quién dice que no hay tormentas en abril?
—¿Estáis
listos? —canturreó Boris.
—¡Sí que
lo estamos!
Y tomados
del brazo nos precipitamos corriendo al comedor con escándalo de los
sirvientes. Después de todo, no se nos podía inculpar demasiado; Geneviève
tenía dieciocho años, Boris ventitrés y yo no había cumplido todavía los
veintiuno.
Cierto
trabajo que hacía por entonces, destinado a la decoración del boudoir de
Geneviève, era causa de que estuviera constantemente en el extraño petit hotel
de la rue Sainte-Cécile. Boris y yo en esos días trabajábamos duro, pero cuando
nos venía en gana, lo cual sucedía irregularmente, de modo que los tres, junto
con Jack Scott, compartíamos el ocio. Una tranquila tarde estaba yo recorriendo
solo la casa examinando curiosidades, examinando extraños rincones, encontrando
confituras y cigarros en extravagantes escondrijos, y por fin me detuve en el
cuarto de baño. Allí estaba Boris cubierto de arcilla lavándose las manos. El
cuarto era de mármol rosado con excepción del suelo, tareceado de rosa y de
gris.
En el
centro había un estanque cuadrado por debajo del nivel del suelo; se descendía
a él por algunos escalones y pilares esculpidos sostenían un cielo raso en el
que había pintados frescos. En el extremo del cuarto, un delicioso Cupido de
mármol parecía acabar de posarse en su pedestal. Todo el interior era obra de
Boris y mía. Boris, en sus ropas de trabajo de lona blanca, se quitaba huellas
de arcilla y cera roja de modelar de sus hermosas manos, y coqueteaba por sobre
el hombro con el Cupido.
—Te veo
—insistía—, no trates de mirar a otra parte y fingir que tú no me ves a mí.
Bien sabes quién te hizo, pequeño hipócrita.
En estas
conversaciones siempre me correspondía el papel de intérprete de los
sentimientos del Cupido, y cuando me llegó el turno, respondí de manera tal que
Boris me tomó del brazo y me arrastró hacia el estanque declarando que me
echaría en él. Instantáneamente me soltó el brazo y empalideció.
—¡Dios
mío! —dijo— ¡Había olvidado que el estanque está lleno de la solución!
Tuve un
ligero estremecimiento y secamente le aconsejé recordar mejor donde almacenaba
el precioso líquido.
—¡Por
todos los cielos! ¿Cómo se te ocurre guardar precisamente aquí una laguna de
esa sustancia horripilante? —le pregunté.
—Quiero
experimentar con algo grande —replicó.
—¡Conmigo,
por ejemplo!
—¡Ah,
estuve muy cerca de hacerlo como para gastar bromas! Pero por cierto quiero
observar la acción de esa solución en un cuerpo viviente más elaboradamente
organizado; he allí ese gran conejo blanco —dijo siguiéndome al estudio.
Jack
Scott, con una chaqueta manchada de pintura, entró errante en la estancia, se
apoderó de todas las confituras orientales en las que pudo meter mano, saqueó
la caja de cigarros y finalmente, junto con Boris, fueron a visitar la galería
de Luxemburgo, donde un nuevo bronce de Rodin y un paisaje de Monet reclamaban
la exclusiva atención de la Francia artística. Yo volví al estudio y reanudé mi
trabajo. Era un biombo renacentista que Boris quería que pintara para el
boudoir de Geneviève. Pero el niñito que de mala gana posaba para él, hoy
rechazaba todo soborno que le ofrecía para que adoptara la actitud adecuada. No
se quedaba un instante en la misma posición, y en el término de cinco minutos,
tuve otros tantos esbozos del pequeño miserable.
—¿Estás
posando o estás ejecutando un baile y una canción? —inquirí.
—Lo que
plazca a monsieur —replicó con una sonrisa angelical.
Por
supuesto, lo despedí por ese día y, por supuesto, le pagué por sesión entera,
pues así es como corrompemos a nuestros modelos. Después que el diablillo se
hubo marchado, dediqué al trabajo unas pocas pinceladas rutinarias, pero estaba
de humor tan destemplado, que me llevó el resto de la tarde deshacer lo hecho,
de modo que por fin raspé la paleta, metí los pinceles en un cuenco de aguarrás
y me dirigí al cuarto de filmar. En realidad creo que, con excepción de los
apartamentos de Geneviève, ningún cuarto de la casa estaba tan despojado de
olor de tabaco como éste. Era un extraño caos de objetos diversos y tapices
gastados. Junto a la ventana había una antigua espineta de dulces tonos en buen
estado.
Había
mostradores de armas, de armaduras indias y turcas sobre la repisa de la
chimenea, dos o tres buenos cuadros y una colección de pipas. Aquí solíamos
venir en busca de nuevas sensaciones al fumar. Dudo que haya existido nunca un
tipo de pipa que no estuviera representado en esa colección. Cuando habíamos
elegido una, íbamos con ella a otro sitio y la fumábamos; porque en conjunto el
lugar era el más lóbrego y el menos acogedor de toda la casa. Pero esa tarde el
crepúsculo era tranquilizante, las alfombras y las pieles sobre el suelo lucían
pardas, suaves y somnolientas; el gran diván estaba cubierto de cojines y me
tendí allí para fumar una desacostumbrada pipa en el cuarto de fumar. Había
elegido una con largo cañón flexible y al encenderla me sumí en ensueños. Al
cabo de un rato se apagó, pero no me moví. Seguí con mis ensueños y no tardé en
quedarme dormido.
Me
despertó la música más triste que hubiera escuchado nunca. El cuarto estaba
totalmente a oscuras, no tenía idea de la hora. Un rayo de luna plateaba un
ángulo de la vieja espineta, y la madera pulida parecía exhalar los sonidos
como flota el perfume sobre una caja de madera de sándalo. Alguien se levantó
en la oscuridad y se alejó llorando quedamente, y yo fui lo bastante necio como
para exclamar:
—¡Geneviève!
Ella, al
sonido de mi voz, se desvaneció, y yo tuve tiempo de maldecirme mientras
encendía una luz y trataba de alzarla del suelo. Ella me rechazó con un
murmullo de dolor. Estaba muy quieta y pidió ver a Boris. La llevé hasta el
diván y fui en su busca, pero no se encontraba en la casa y los sirvientes
habían ido a acostarse. Perplejo y ansioso, fui de nuevo al encuentro de
Geneviève. Estaba donde la había dejado y lucía muy blanca.
—No
encuentro a Boris ni a ninguno de los sirvientes —dije.
—Lo sé
—respondió débilmente—. Boris ha ido a Ept con el señor Scott. No lo recordé
cuando te envié en su busca.
—Pero en
ese caso no puede estar de regreso antes de mañana por la tarde y... ¿te has
hecho daño? ¿Te caíste por el susto que te di? Qué estúpido soy, pero estaba
sólo despierto a medias.
—Boris
creyó que te habías marchado antes de la cena. Perdóname, por favor, por
dejarte estar aquí todo este tiempo.
—Dormí
una larga siesta —dije riendo—, tan profunda que no sabía si soñaba todavía
cuando vi una figura que avanzaba sobre mí y pronuncié tu nombre. ¿Has estado
probando la vieja espineta? Debiste de haberla tocado muy despacio.
Había
contado mil mentiras peores que aquélla por ver la mirada de alivio que percibí
en su cara. Se sonrió de un modo adorable y dijo con su voz natural:
—Alec,
tropecé en la cabeza de ese lobo y creo que me luxé el tobillo. Por favor,
llama a Marie y luego vete a casa.
Hice lo
que me pedía y la dejé allí cuando vino la doncella. Al día siguiente a
mediodía, cuando fui de visita, encontré a Boris que andaba agitado por el
estudio.
—Geneviève
duerme ahora —me dijo—, la luxación no ha sido nada, pero ¿por qué le habrá
subido tanto la fiebre? El doctor no puede explicarlo o quizá no quiera hacerlo
—musitó.
—¿Geneviève
tiene fiebre? —pregunté.
—Ya lo
creo, y por momentos anoche tuvo mareos. Vaya la idea, la alegre pequeña
Geneviève sin una sola preocupación... no deja de decir que tiene el corazón
destrozado y que quiere morir.
Mi propio
corazón se detuvo. Boris se apoyaba en la puerta del estudio con la mirada
baja, las manos en los bolsillos, sus bondadosos ojos penetrantes anublados y
una nueva línea de inquietud tendida sobre el bondadoso ángulo de la boca que
trazaba la sonrisa. La doncella tenía órdenes de llamarlo en el instante mismo
en que Geneviève abriera los ojos. Esperamos y esperamos, y Boris, inquieto,
erraba manipulando cera de modelar y arcilla roja. De pronto se dirigió al
cuarto vecino.
—Ven a
ver mi baño color rosa lleno de muerte —exclamó.
—¿De
muerte? —le pregunté para seguirle el humor.
—No
pretenderás llamarla vida, supongo —respondió. Mientras hablaba tomó a un
solitario pececillo dorado de la pecera que se retorcía y se agitaba—.
Enviaremos a éste en pos del otro... dondequiera que esté.
Había una
febril agitación en su voz. La fiebre me embotaba los miembros y el cerebro
cuando lo seguí al hermoso estanque de cristal de lados rosados; y arrojó al
animalito dentro. Al caer, sus escamas resplandecieron con un cálido brillo
anaranjado en medio de sus coléricas contorsiones; en el momento de penetrar en
el líquido, se puso rígido y se hundió pesadamente hasta el fondo. Luego se
produjo la espuma lechosa, los espléndidos matices irradiaron a la superficie y
luego el rayo de pura luz serena irrumpió desde lo que parecía una infinita
profundidad. Boris sumergió la mano y extrajo un objeto de mármol exquisito de
venas azuladas, rosado y con refulgentes gotas opalescentes.
—Un juego
de niños —murmuró, y me miró fatigado, anhelante, como si yo pudiera dar
respuesta a semejantes preguntas. Pero llegó Jack Scott y se unió al juego,
como lo llamaba con vehemencia.
No había
otro remedio que intentar el experimento con el conejo blanco allí mismo en ese
preciso instante. Deseaba que Boris se distrajera de sus preocupaciones, pero
no quería ver privado de vida a esa cálida criatura y me negué a estar
presente. Tomando un libro al azar, me senté en el estudio a leer. Había
tomado, ¡ay!, El Rey de Amarillo. Al cabo de unos instantes que parecieron
siglos, lo dejé a un lado con un estremecimiento nervioso, cuando Boris y Jack
entraron con el conejo de mármol. Boris desapareció como un rayo y en seguida
gritó:
—Jack, ve
corriendo en busca del doctor; tráelo contigo. Alec, ven aquí.
Fui a la
habitación de Geneviève y aguardé a la puerta. Una doncella asustada salió de
prisa y se alejó corriendo a buscar un remedio. La joven, sentada rígidamente
con mejillas enrojecidas y ojos brillantes balbuceaba sin cesar y oponía
resistencia a Boris, que con gentileza intentaba retenerla. Me llamó pidiéndome
ayuda. A mi primer contacto, la joven suspiró, se dejó caer de espaldas
cerrando los ojos y entonces -entonces- mientras estábamos todavía inclinados
sobre ella, volvió a abrirlos, miró a Boris directamente a la cara, la pobre
muchacha enloquecida por la fiebre, y confesó su secreto. En ese mismo
instante, nuestras tres vidas siguieron nuevos senderos; el vínculo que nos
había mantenido unidos durante tanto tiempo estalló para siempre y un nuevo
vínculo se forjó en su lugar, porque había pronunciado mi nombre y como la
fiebre la torturaba, su corazón dejó escapar el peso de su dolor oculto.
Atónito y
confundido incliné la cabeza mientras el rostro me ardía como carbón encendido
y la sangre me fluía a las orejas, dejándome estupefacto con su clamor. Incapaz
de moverme, incapaz de hablar, escuché sus febriles palabras en medio de una
agonía de vergüenza y dolor. No me era posible hacerla callar, no me era
posible mirar a Boris. Entonces sentí un brazo sobre mi hombro y Boris volvió
hacia mí una cara exangüe.
—No es tu
culpa, Alec, no te apenes si te ama...
Pero no
pudo terminar; el doctor entró de prisa a la habitación diciendo:
—¡Ah, la
fiebre!
Yo tomé
del brazo a Jack Scott y me lo llevé conmigo a la calle diciendo:
—Boris
prefiere estar solo.
Cruzamos
la calle para dirigirnos a nuestros apartamentos y esa noche, al ver que
también yo enfermaría, Jack fue nuevamente en busca del doctor. Lo último que
recuerdo haber oído con distinción fue a Jack que decía:
—¡Por
Dios, doctor! ¿Qué puede tener para que se le haya puesto así la cara?
Y yo
pensé en El Rey de Amarillo y en la Máscara Pálida.
Estuve
muy enfermo, porque la tensión que padecí durante dos años desde la mañana de
mayo en que Geneviève murmuró:
—Te amo,
pero creo que amo más a Boris.
Nunca
imaginé que podría superar mi capacidad de resistencia. Exteriormente
tranquilo, me había engañado a mí mismo. Aunque la batalla interior se libraba
furiosa noche tras noche y solo en mi cuarto me maldecía por concebir rebeldes
pensamientos desleales para con Boris e indignos de Geneviève, la mañana
siempre me traía alivio, y volvía a Geneviève y a mi querido Boris con el
corazón lavado por las tempestades de la noche. Nunca de palabra, hecho o
pensamiento había delatado mi dolor delante de ellos, ni siquiera a mí mismo.
La máscara del autoengaño no era ya una máscara para mí, era una parte de mí
mismo. La noche me la quitaba dejando al desnudo la verdad sofocada por debajo;
pero no había nadie que la viera con excepción de mí mismo, y cuando rompía el
día la máscara se me ajustaba nuevamente de manera espontánea.
Estos
pensamientos me pasaban por la mente perturbada mientras yacía enfermo, pero se
entremezclaban implacables con visiones de blancas criaturas, pesadas como la
piedra, que se arrastraban por la tina de Boris: de la cabeza de lobo sobre la
alfombra que con la boca espumante trataba de morder a Geneviève, que estaba
tendida junto a ella sonriente. También pensaba en el Rey de Amarillo envuelto
en los fantásticos colores de su capa harapienta y el amargo grito de Cassilda:
—¡No a
nosotros, oh Rey, no a nosotros!
Febrilmente
luchaba por apartarlo de mí, pero veía el lago de Hali, incoloro e inmóvil sin
onda ni ráfaga que lo agitara, y veía las torres de Carcosa tras la luna.
Aldebarán, las Hiadas, Alar, Hastur se deslizaban por entre las nubes
desgarradas que ondulaban y flameaban como los harapos bordados del Rey de
Amarillo. Entre todos estos, un pensamiento sano persistía. Jamás oscilaba, no
importa qué fuera lo que acaecía en mi mente desordenada: que la razón
fundamental de mi existencia era satisfacer algún requerimiento de Boris y
Geneviève. Nunca estuvo claro en qué consistía esta obligación; a veces parecía
protección, otras apoyo en medio de una gran crisis.
Lo que
fuere, su peso recaía todo sobre mí, y nunca me sentí tan débil o enfermo que
no estuviera dispuesto a responder con toda el alma. Siempre me rodeaba una
multitud de rostros, extraños en su mayoría, aunque a algunos los reconocía, al
de Boris entre ellos. Después me dijeron que no era posible que ocurriera, pero
sé que una vez al menos se inclinó sobre mí. Fue sólo un contacto, un eco
ligero de su voz, luego mis sentidos se anublaron nuevamente y lo perdí, pero
él estaba allí, y se inclinó sobre mi una vez al menos.
Por fin,
una mañana me desperté y la luz del sol iluminaba mi cama y Jack Scott estaba
leyendo a mi lado. No tenía fuerzas suficientes como para hablar en alta voz,
ni me era posible pensar y mucho menos recordar, pero sonreí débilmente cuando
Jack me miró. Se puso en pie de un salto y me preguntó ansioso si necesitaba
algo. Pude musitar:
—Sí, a
Boris.
Jack se
dirigió a la cabecera de mi cama y se inclinó para arreglar la almohada; no le
vi la cara, pero me contestó cordial:
—Debes
esperar, Alec, estás demasiado débil aun para ver a Boris.
Esperé y
fortalecí; en unos pocos días fui capaz de ver a quien quería, pero entretanto
había pensado y recordado. Desde el momento en que el pasado volvió a serme
claro, ni por un instante dudé de lo que haría cuando el instante llegara, y me
sentí plenamente seguro de que Boris habría adoptado las mismas medidas en lo
que a él le concernía; en cuanto a lo que a mí solo me incumbía, sabía que
vería las cosas como yo. Ya no pedí ver a nadie. Nunca pregunté por qué no me
llegaban mensajes de ellos; todavía más, durante la semana que me estuve
acostado esperando y fortaleciéndome no oí pronunciar su nombre una sola vez.
Preocupado por mi propia búsqueda del camino correcto y mi débil pero decidida
lucha contra la desesperación. sencillamente acepté la reticencia de Jack.
teniendo por seguro que no se animaba a hablar de ellos por temor de que me
volviera ingobernable e insistiera en verlos.
Entretanto
me repetía una y otra vez cómo irían las cosas cuando la vida recomenzara para
todos nosotros. Reemprenderíamos nuestras relaciones exactamente como habían
sido antes que Geneviève cayera enferma. Boris y yo nos miraríamos a los ojos,
y no habría rencor, ni cobardía, ni desconfianza en esa mirada. Estaría una
corta temporada en la querida intimidad de su hogar y luego, sin explicación
alguna, desaparecería para siempre de sus vidas. Boris sabría, Geneviève... el
único consuelo era que no lo sabría nunca. Cuando lo volví a pensar, me pareció
que había descubierto el significado de esa sensación de obligación que no me
abandonó nunca durante mi delirio, y la única respuesta que le cabía. De modo
que cuando estuve pronto, le hice señas a Jack de que se me acercara un día y
le dije:
—Jack,
quiero ver a Boris en seguida: y da mis cariñosos saludos a Geneviève.
Cuando
por fin me hizo entender que los dos habían muerto, fue tan grande la cólera
que se apoderó de mí, que mis escasas fuerzas de convalesciente quedaron
reducidas a átomos. Rabié y me maldije hasta recaer en la enfermedad, de la que
salí arrastrándome al cabo de una semana convertido en un muchacho de veintiún
años convencido de que había perdido la juventud para siempre. Parecía haber
perdido la capacidad de sufrir más todavía, y un día, cuando Jack me dio una
carta y las llaves de la casa de Boris, las tomé tembloroso y le pedí que me lo
contara todo. Era cruel de mi parte pedírselo, pero no era posible evitarlo, y
él se inclinó fatigado sobre sus delgadas manos para reabrir la herida que
nunca podría curar por completo. Empezó a hablar con plena calma.
—Alec, a
no ser que tengas una clave de la que nada sé, no podrás explicar más que yo lo
que ha sucedido. Sospecho que preferirías no escuchar estos detalles, pero
debes saberlos, de otro modo te ahorraría el relato. Dios es testigo de que
querría hacerlo. Utilizaré pocas palabras.
»Ese día
en que te dejé al cuidado del doctor y volví a lo de Boris, lo encontré
trabajando en los Hados. Geneviève, dijo, estaba dormida bajo el efecto de
sedantes. Había estado por completo fuera de sí, me dijo. Siguió trabajando sin
decir ya nada y yo me quedé observándolo. Antes que no mucho transcurriera,
advertí que la tercera figura del grupo —la que mira directamente hacia
adelante por sobre el mundo— tenía su cara; no como nunca se la viste, sino
como lucía entonces y como lució hasta el final. Me gustaría encontrar una
explicación para esto, pero no me será nunca posible.
»Bien, él
trabajaba y yo lo observaba en silencio, y así seguimos casi hasta medianoche.
Entonces oímos una puerta que se abría y se cerraba después de un golpe, y una
rápida carrera en el cuarto vecino. Boris salió disparado por la puerta y yo
fui tras él; pero llegamos demasiado tarde. Ella estaba en el fondo del
estanque con las manos cruzadas sobre el pecho. Entonces Boris se disparó un
tiro en el corazón.
Jack dejó
de hablar, tenía gotas de sudor bajo los ojos y las delgadas mejillas le
temblaban. Tras unos instantes continuó.
—Llevé a
Boris a su habitación. Luego volví y quité el infernal fluido del estanque y,
dejando correr el agua, lavé el mármol hasta la última gota. Cuando por fin me
atreví a descender los peldaños, la encontré yacente allí, blanca como la
nieve. Por último, cuando hube decidido cuál sería la mejor medida por adoptar,
fui al laboratorio, y primero vertí la solución del cuenco en el tubo de
evacuación; luego, tras ella, vertí el contenido de todas las botellas y todos
los frascos. Había leña en el hogar, de modo que hice un fuego y rompiendo el
cerrojo del gabinete de Boris, quemé todos sus papeles, las libretas de notas y
las cartas que allí había. Con un mazo que hallé en el estudio, hice pedazos
todas las botellas vacías y cargándolas en un cubo para carbón, las llevé al
sótano y las arrojé al suelo calentado al rojo del horno.
»Seis
veces repetí el viaje, y por fin ni el menor vestigio quedó de nada que pudiera
servir de ayuda para reencontrar la fórmula que Boris había descubierto.
Entonces, por fin, me atreví a llamar al doctor. Es un buen hombre y juntos
luchamos por mantener el secreto ante el público. Sin su ayuda nunca yo lo
habría logrado. Por último pagamos a los sirvientes y los enviamos al campo,
donde el viejo Rosier los mantiene tranquilos. con el cuento de los viajes de
Boris y Geneviève por tierras distantes, desde donde no retornarán en largos
años. Dimos sepultura a Boris en el pequeño cementerio de Sèvres. El doctor es
un buen hombre y sabe cuándo tener piedad de alguien a quien no le es posible
soportar ya más. Dio su certificado de una enfermedad cardíaca y no me formuló
preguntas.
Entonces,
levantando la cabeza de las manos, dijo:
—Abre la
carta, Alec; es para los dos.
Rompí el
sobre. Era el testamento de Boris fechado un año antes. Dejaba todo a
Geneviève, y en caso de que ella muriera sin tener hijos, yo debía hacerme
cargo de la casa de la rue Sainte-Cécile, y Jack Scott, de la administración en
Ept. Al morir nosotros, la propiedad debía volver a la familia de su madre en
Rusia, con excepción de los mármoles esculpidos ejecutados por él. Estos me los
dejaba a mí.
La página
se anubló ante nuestros ojos y Jack se puso de pie y se dirigió hacia la
ventana. En seguida volvió y se sentó nuevamente. Tenía miedo de oír lo que iba
a decir, pero él habló con la misma sencillez y gentileza.
—Geneviève
yace ante la Madonna en el cuarto de mármol. La Madonna se inclina tiernamente
sobre ella, y Geneviève sonríe a su vez a esa cara serena que jamás habría
existido de no haber sido por ella.
Se le
quebró la voz, pero me tomó la mano diciendo:
—Coraje,
Alec.
A la
mañana siguiente partió a Ept para cumplir el cometido de su cargo.
Esa misma
tarde tomé las llaves y me dirigí a la casa que tan bien conocía. Todo estaba
en orden, pero el silencio era terrible. Aunque fui dos veces hasta la puerta
del cuarto de mármol, no me decidí a entrar. Estaba más allá de mis fuerzas.
Fui al cuarto de fumar y me senté frente a la espineta. Sobre el teclado había
un pañuelito de encaje y me alejé ahogado por la congoja. Era evidente que no
podía quedarme allí, de modo que cerré todas las puertas, todas las ventanas y
los tres portales delanteros y traseros y partí. A la mañana siguiente Alcide
preparó mi maleta y dejándolo a cargo de mis apartamentos, tomé el expreso
Oriente en dirección de Constantinopla.
Durante
los dos años que erré por el Oriente, en un principio nunca mencionábamos a
Geneviève y a Boris en nuestras cartas, pero gradualmente sus nombres fueron
apareciendo. Recuerdo en particular un pasaje de una de las cartas de Jack en
respuesta a una de las mías.
—Lo que
me dices de que viste a Boris inclinándose sobre ti y que te tocó la cara y que
oíste su voz, por supuesto, me perturba. Lo que describes debió de haber
sucedido una semana después de haber muerto. Me digo a mí mismo que estabas
soñando, que eso formaba parte de tu delirio, pero la explicación no me
satisface, ni tampoco te satisfaría a ti.
Hacia
fines del segundo año me llegó una carta de Jack a la India tan distinta de
nada que pudiera esperarse de él, que decidí volver a París sin demora.
Escribía:
—Me
encuentro bien y vendo mis cuadros como suelen hacerlo los artistas que no
necesitan dinero. No tengo preocupaciones propias, pero me encuentro tan
inquieto como si las tuviera. Me es imposible desembarazarme de cierta ansiedad
por ti. No es aprensión, es más bien una expectativa extrema de Dios sabe qué.
Por la noche siempre sueño contigo y con Boris. No recuerdo nunca nada después,
pero me despierto a la mañana con el corazón palpitante y durante todo el día
la excitación aumenta hasta que me quedo dormido a la noche para repetir la
misma experiencia. Ello me tiene agitado, y me he decidido a terminar con tan
mórbida situación. Debo verte. ¿Iré yo a Bombay o vendrás tú a París?
Le
telegrafié diciéndole que me esperara en el próximo vapor.
Cuando
nos encontramos, lo encontré muy poco cambiado; yo, insistía él, tenía aspecto
de gozar una perfecta salud. Era bueno escuchar nuevamente su voz, y cuando nos
sentamos y conversamos acerca de lo que la vida nos tenía aún reservado,
sentimos que era hermoso estar vivos en el esplendor de la primavera. Nos
quedamos en París una semana juntos, y luego fui con él por una semana a Ept,
pero antes que nada visitamos el cementerio de Sévres donde yacía Boris.
—¿Pondremos
los Hados en el bosquecillo sobre su cuerpo? —preguntó Jack.
—Creo que
sólo la Madonna debería vigilar la tumba de Boris —le respondí.
Pero mi
regreso en nada mejoró la situación de Jack. Los sueños de los que no podía
retener ni el menor esbozo definido continuaron, y decía que en ocasiones la
sensación de expectativa intensa le resultaba sofocante.
—Ya ves
que te hago daño en lugar de bien —le dije—. Prueba un cambio de vida sin mí.
De modo
que él inició un viaje entre las Islas del Canal y yo regresé a París. No había
entrado en casa de Boris, ahora mía, desde mi retorno, pero sabía que tendría
que hacerlo. Jack la había mantenido en orden; había sirvientes en ella, de
modo que abandoné mi propio apartamento y fui a vivir allí. En lugar de la
agitación que había temido, descubrí que podía pintar allí tranquilamente.
Visité todos los cuartos... menos uno. No podía decidirme a entrar en el cuarto
de mármol donde yacía Geneviève y, sin embargo, sentía día a día crecer el
anhelo de verla la cara, de arrodillarme junto a ella.
Una tarde
de abril estaba tendido soñando en el cuarto de fumar, como lo había estado dos
años antes, y mecánicamente busqué la piel de lobo entre las atezadas alfombras
orientales. Por fin distinguí las orejas puntiagudas y la cruel cabeza
achatada, y recordé el sueño en que había visto a Geneviève reclinada junto a
ella. Los yelmos todavía colgaban sobre los raídos tapices, entre ellos el
antiguo morrión español que Geneviève se había puesto una vez cuando nos
divertíamos con las viejas armaduras. Miré nuevamente la espineta; cada una de
las teclas amarillentas parecía dar expresión a su mano acariciante, y me puse
en pie, atraído por la fuerza de la pasión de mi vida hacia la puerta sellada
del cuarto de mármol. Las pesadas puertas giraron hacia adentro bajo mis manos
temblorosas.
La luz
del sol se vertía por la ventana tiñendo de oro las alas de Cupido y se
demoraba como una aureola sobre la frente de la Madonna. Su tierna cara se
inclinaba compasiva sobre una forma de mármol tan exquisitamente pura, que me
arrodillé y me persigné. Geneviève yacía en la sombra bajo la Madonna y, sin
embargo, a través de sus blancos brazos veía la pálida vena azul, y bajo sus
manos ligeramente asidas los pliegues de su vestido estaban teñidos de rosa,
como si emanara de alguna luz apenas cálida dentro de su pecho. Inclinándome
con el corazón roto, roce con los labios los pliegues de mármol, y luego volví
a la casa silenciosa.
Vino una
doncella que me trajo una carta, y me senté en el pequeño conservatorio para
leerla; pero cuando estaba por romper el sello, al ver que la joven se
demoraba, le pregunté qué quería. Tartamudeó algo acerca de un conejo blanco
que había sido atrapado en la casa y preguntó qué debía hacerse con él. Le dije
que lo dejara libre en el jardín vallado tras la casa y abrí la carta. Era de
Jack, pero tan incoherente que pensé que habría perdido el juicio. No era más
que una serie de ruegos de que no abandonara la casa hasta que él regresara; no
podía decirme por qué, eran los sueños, decía; no le era posible explicar nada,
pero estaba seguro de que no debía abandonar la casa de la rue Sainte-Cécile.
Cuando
terminé de leer, levanté la vista y vi a la misma sirvienta a la puerta que
sostenía una pecera de cristal en la que nadaban dos pececillos dorados.
—Ponlos
de nuevo en el tanque y explícame por qué me interrumpes —le dije.
Con un
gemido a medias reprimido vació agua y peces en un acuario que había en el
extremo del conservatorio, y volviéndose hacia mí me pidió permiso para
abandonar su puesto a mi servicio. Dijo que la gente se estaba burlando de ella
evidentemente con el fin de perjudicarla; habían robado el conejo de mármol y
habían introducido otro vivo en la casa; los dos hermosos peces de mármol
habían desaparecido y acababa de encontrar otros dos vivos saltando en el suelo
del comedor. La consolé y le despedí diciéndole que yo mismo vigilaría.
Fui al
estudio; no había nada allí fuera de mis telas y algunos vaciados, con
excepción del Lirio Pascual de mármol. Lo vi sobre una mesa en el otro extremo
del cuarto. Me acerqué a él con enfado. Pero la flor que elegí de la mesa
estaba fresca y frágil y llenaba el aire con su fragancia.
Entonces
de pronto comprendí y me precipité por la puerta hacia el cuarto de mármol. Las
puertas se abrieron bruscamente, la luz del sol me dio en la cara a través de
ellas, y la Madonna sonreía mientras Geneviève levantaba su cara arrebolada de
su lecho de mármol y abría sus ojos somnolientos.
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Robert W.
Chambers (1865-1933)


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