© Libro N° 11202.
Historia De La Energía. Navarro,
Alejandro. Emancipación. Mayo 13 de 2023
Título original: ©
Historia De La Energía. Alejandro Navarro
Versión Original: © Historia De La Energía. Alejandro Navarro
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://www.librosmaravillosos.com/historiadelaenergia/index.html
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://i.pinimg.com/564x/f0/e0/0f/f0e00f02dc21eb40fbc93dc774e49b12.jpg
Portada
E.O. de Imagen original:
http://www.librosmaravillosos.com/historiadelaenergia/imagenes/portada.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
HISTORIA DE LA ENERGÍA
Alejandro Navarro
Historia
De La Energía
Alejandro
Navarro
CONTENIDO
Introducción
Parte I:
Las mil caras de la energía
I. El
móvil perpetuo y la conservación de la energía
II. La
vis viva, la manzana de Newton y el secreto de Star Trek
III. … Y
el universo se morirá de calor
IV. El
poder de electro
V. Todo
en la vida es química… y los sueños, química son
VI. Y
dijo Dios: «haya luz»
VII. El
corazón del átomo
VIII.
Jugando a los dados con Dios
IX. Del
Big Bang al universo oscuro
Parte II:
Nosotros y la energía
X. La
llama de la existencia
XI.
Caminando hacia las estrellas
XII. La
energía en combate
XIII. El
calentamiento global y el dilema energético
XIV. El
precio de la energía
XV.
Espíritus, fantasmas y el carburante de los platillos volantes
XVI. Un
día en tu vida
Epílogo
Bibliografía
La primera máquina de vapor, conocida como «eolípila», fue diseñada por
Herón de Alejandría en el siglo I a. C.
A mis
colegas físicos y químicos que tanto han aportado a este libro, y en particular
a Marisol Martin y Pablo Triviño.
Introducción
¿Qué es la energía?
De
pequeños, en la clase de Ciencias Naturales, a todos nos enseñan que la energía
es la capacidad para hacer un trabajo, y el profesor nos explica que ni se crea
ni se destruye, que solamente se transforma. Sin embargo, a medida que crecemos
nos damos cuenta de que la palabra adopta significados distintos según las
circunstancias. A veces, por ejemplo, alguien dice que «se queda sin energía».
Otras, los anuncios de alimentos nos hablan de «empezar el día con energía».
Atendiendo a estas afirmaciones, podría parecer que la energía es una
sustancia, algo que se adquiere y que también se puede perder. Por otro lado,
en la edad adulta aprendemos que, para disciplinas como la economía, la energía
es más bien un recurso natural que puede extraerse de algún sitio y a la que se
le puede dar un uso industrial.
¿Qué es,
por tanto, la energía? Por extraño que pueda parecer, a la humanidad le ha
costado mucho tiempo responder a esta pregunta, quizá porque se trata de una
realidad que adopta tantas formas que no ha resultado fácil establecer la
conexión entre unos fenómenos y otros. La electricidad, por ejemplo, posee unas
características y unas propiedades que parecen muy distintas a las de un cuerpo
que cae sometido a un campo gravitatorio y, sin embargo, los dos fenómenos no
son sino manifestaciones diferentes de una misma realidad. Porque de lo que no
hay duda es de que la energía es real, apareció con el mismísimo universo y es
la responsable de todos y cada uno de los cambios que se producen en él, ya sea
la desintegración de un átomo o la carrera de un atleta para batir un récord.
Al
principio, los hombres atribuían las distintas manifestaciones de la energía a
la labor de los dioses y las consideraban realidades diferentes. El fuego, por
ejemplo, era un temible poder que nos había sido entregado en la noche de los
tiempos y que nos permitía calentarnos y ver en la oscuridad, pero nuestros
antepasados no veían ninguna relación entre él y la caída de una piedra, o
entre esta última y la violencia desatada por una tempestad. Fueron los
filósofos griegos los primeros que empezaron a cuestionarse si detrás de estos
y otros muchos fenómenos no habría una realidad subyacente, una especie de
«capacidad» que tendrían las cosas para moverse de sitio o cambiar de aspecto.
Así, el filósofo griego Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) especulaba con la
existencia de la energeia, una cualidad de espectro muy amplio que
explicaba cosas tan variadas como la felicidad o el placer.
Al igual
que Aristóteles, personas de gran calado intelectual exploraron durante
milenios muchos de los misterios que más tarde se revelaron como íntimamente
asociados al moderno concepto de energía. Así, mientras los alquimistas se
afanaban por transformar la materia, otros investigadores buscaban producir el
movimiento perpetuo o explicar la naturaleza del calor, con el resultado de que
experimentos que aparentemente conducían a callejones sin salida permitieron
encontrar, aquí y allá, los primeros indicios de que detrás de los cambios que
experimentaban las cosas parecía haber alguna norma de funcionamiento de
carácter universal. Finalmente, a partir de la Revolución Científica las piezas
fueron encajando una tras otra hasta alumbrar eso que llamamos energía, una
propiedad de todos los sistemas físicos del universo que no es ni un fluido ni
una sustancia, pero que se encuentra detrás de las transformaciones y
movimientos de todo lo que nos rodea.
Este
libro no es, ni mucho menos, un tratado de física o de química, ni tampoco de
ingeniería o de economía. Simplemente cuenta la historia de ese concepto
elusivo que para muchas personas sigue significando cosas diferentes, así como
de algunas de las múltiples maneras en las que protagoniza nuestra existencia.
En él nos encontraremos a celebridades como Galileo, Newton, Franklin, Marie
Curie o Einstein, pero también a personajes mucho menos conocidos, genios
olvidados que contribuyeron con su curiosidad y su esfuerzo al esclarecimiento
de algunas de las leyes más importantes de la naturaleza. Hablaremos de sus
fascinantes vidas y de sus sensacionales descubrimientos, y veremos cómo las
viejas ideas acerca de la naturaleza del mundo, algunas profundamente
enraizadas en el acervo cultural de la humanidad, fueron evolucionando a lo
largo de los siglos de la mano de estas mentes inquietas y, a menudo, geniales,
hasta ir construyendo las conexiones necesarias que han desembocado en el siglo
XXI en un conocimiento que nos ha permitido convertirnos en muchos aspectos en
dueños de nuestra existencia y de nuestro entorno. Un dominio que, como sucede
a menudo, presenta dos caras; por un lado la cara amable de aspirantes a
dioses, capaces de surcar la tierra y el firmamento en resplandecientes
vehículos mientras construimos magníficas viviendas e instalaciones que
calentamos o enfriamos a voluntad y, por otro, la de demonios equipados con
armas de destrucción masiva que contaminan el planeta provocando la destrucción
de sus ecosistemas.
El
control de la energía, por tanto, supone para nosotros un gran poder que, a la
vez, nos exige una gran responsabilidad. Una responsabilidad que irá aumentando
a medida que profundicemos un poco más en aquellos secretos que todavía tenemos
que esclarecer, ya sea el manejo de la fusión nuclear o lo que realmente se
encuentra detrás de los conceptos de materia y energía oscuras, porque hay
pocas dudas de que esos nuevos conocimientos nos abrirán la puerta hacia nuevas
y, puede que revolucionarias, aplicaciones de la energía. Unas aplicaciones que
están haciendo incluso posible que alcancemos otros planetas y que, tal vez en
un futuro no muy lejano, podamos acercarnos a las estrellas. Habremos así
completado el largo camino que comenzamos muchos milenios atrás, cuando nos
asombrábamos ante el poder desatado de la naturaleza o nos preguntábamos qué
tipo de soplo divino se encontraba detrás de nuestra propia existencia.
La
respuesta estaba en la energía.
Parte I
Las mil caras de la energía
Portada de la edición de octubre de 1920 de la revista Popular Science,
ilustrada por Norman Rockwell y que representa a un inventor trabajando en una
máquina de movimiento perpetuo.
Capítulo
I
El móvil perpetuo y la conservación de la energía
«Perpetuum
mobile es movimiento perpetuo. Si encuentro el movimiento perpetuo, yo no veo
límites a la creación de la humanidad».
A. S. Pushkin, escritor ruso (1799-1837).
Desde la
noche de los tiempos, la humanidad venía observando con curiosidad el
movimiento sin descanso de los ríos, de las olas del mar, de las nubes o de los
astros. El Sol, por ejemplo, sale y se pone todos los días, sin excepción, una
y otra vez, sin que nada ni nadie parezca empujarlo. A los ojos de muchas de
las antiguas culturas de la Tierra, este aparente «movimiento perpetuo» parecía
ser obra de los dioses, pero algunas mentes espabiladas pronto comenzaron a
preguntarse si no habría algún tipo de mecanismo intrínseco a las cosas
naturales, una especie de fuerza inagotable capaz de impulsar aquellos
movimientos aparentemente eternos. En tal caso, tal vez fuese posible descubrir
su secreto y aplicarlo a las máquinas creadas por el hombre…
Aunque es
muy posible que se produjesen algunos intentos durante la Antigüedad, las
primeras evidencias de la búsqueda del secreto del movimiento perpetuo las
encontramos en la India, hacia el año 1150, cuando el matemático y astrónomo
Bhaskara Achariya (1114-1185), famoso por su aportación al estudio de las
ecuaciones indeterminadas, hizo la primera mención conocida de un supuesto
móvil perpetuo en su monumental obra Siddhanta Siromani. Sin embargo, los
principales desarrollos relacionados con la revolucionaria idea tuvieron lugar
en Europa a partir del siglo XIII, quizá porque el crecimiento del comercio y
la producción artesanal condujeron a que en los talleres de la Europa medieval
se mostrase un interés creciente por las máquinas y, en general, por los
avances tecnológicos que pudiesen ofrecer una ventaja competitiva. En este
sentido, la posibilidad de fabricar un dispositivo que fuese capaz de alimentar
el movimiento sin descanso era demasiado atractiva para pasarla por alto.
La nueva
fascinación que producía, incluso en los ambientes más intelectuales, la
posibilidad de construir máquinas que aliviasen para siempre los sinsabores del
trabajo humano, queda de manifiesto en este texto de Roger Bacon (1214-1292),
el peculiar escolástico franciscano a quien se le considera uno de los
precursores más tempranos del método científico:
Es que se
pueden crear grandes buques de río y oceánicos con motores y sin remeros,
gobernados por un timonel y que se desplazan a mayor velocidad que si
estuvieran repletos de remeros. Se puede crear una carroza que se desplace a
una velocidad inconcebible, sin enganchar en ella animales. Se pueden crear
aeronaves, dentro de las cuales se sentará un hombre que, girando uno u otro
aparato, obligará a las alas artificiales a aletear en el aire como los
pájaros. Se puede construir una pequeña máquina para levantar y bajar cargas
extraordinariamente grandes, una máquina de gran utilidad. Al mismo tiempo, se
pueden crear tales máquinas con ayuda de las cuales el hombre descenderá al
fondo de los ríos y los mares sin peligro para su salud.
Obviamente,
el inspirado Bacon ya visualizaba las grandes posibilidades que podían ofrecer
los motores, aunque no tuviese mucha idea de cómo demonios podrían llegar a
funcionar. Pero tampoco tenía motivos para pensar que el movimiento perpetuo
natural, que aparentemente se escondía detrás de tantas cosas, no pudiese
copiarse en una herramienta artificial. Como vemos pues, desde los líderes
religiosos del pensamiento bajomedieval hasta los artesanos más terrenales, una
utopía que hoy nos puede parecer absurda empezó a calar poco a poco en
Occidente.
Las
primeras tentativas plenamente documentadas de hacerse con un perpetuum mobile
en la Edad Media están relacionadas con Villard D’Honnecourt (ca. 1200-ca.
1250), uno de esos legendarios personajes ligados a los albores de la
tecnología moderna y al misterio de las catedrales góticas. Arquitecto,
ingeniero y maestro de obras[1], viajó
por toda Francia dejando su firma en monumentos emblemáticos como Reims, Laon o
Chartres. En la única obra que se conserva de él, el Livre de portraiture,
escrito entre 1220 y 1240, el que fuese considerado como modelo de maestría por
los masones estudia la aplicación de la geometría a las artes mayores en forma
de dibujos magistrales, hace la primera descripción que se conserva de una
sierra hidráulica y, casi como de pasada, nos regala el primer esquema conocido
de un proyecto para construir un móvil perpetuo.
El diseño
básico del maestro francés consistía en una rueda de la que colgaban o bien un
número impar de martillos o bien de recipientes de mercurio, dispuestos de
manera que hubiese un continuo exceso de peso de uno de los lados con respecto
al otro, lo cual obligaría a la rueda a girar constantemente. Por descontado,
este dispositivo, basado en una interpretación errónea de la antigua teoría de
la palanca desarrollada por Arquímedes y en una mala comprensión de la
gravedad, no puede funcionar, dado que, a menos que sigamos impulsando la rueda
de alguna manera, esta terminará parándose por causa del rozamiento. Sin
embargo, por extraño que pueda parecer hoy en día, la idea tuvo tanta
repercusión que docenas de inventores del mundo entero trabajaron durante los
siguientes seiscientos años en todas sus posibles variantes. De hecho, casi
todos los proyectos de móvil perpetuo que se generaron a lo largo de la Edad
Media tienen su origen en la «rueda sobrebalanceada» de Villard D’Honnecourt.
Boceto de Villard D’Honnecourt de perpetuum mobile (alrededor de 1230).
No
obstante, esta afirmación solo es válida para los móviles perpetuos de tipo
mecánico ya que, unas décadas después, Petrus Peregrinus de Maricourt (fl.
1269), un enigmático personaje del que se sabe muy poco, propuso en una célebre
carta —La Epístola de Magnete— un curioso móvil perpetuo basado en el
magnetismo. Maricourt tuvo que ser un hombre extraordinario, uno de esos genios
medio olvidados entre las brumas de la historia con una vida de leyenda y que
dejó un legado asombroso para la posteridad. Sabemos que participó en las
cruzadas y que militó en calidad de ingeniero en la Armada de Carlos I de
Anjou. Al parecer, un día que trasteaba con una piedra imán intuyó el concepto
de líneas de fuerza y describió por primera vez los polos magnéticos —de hecho
fue él el que introdujo el término—, dándose cuenta de que la forma en la que
los imanes se atraían dependía únicamente de la posición de estos últimos. Fue
durante el sitio de Lucerna, en agosto de 1269, cuando cristalizó estas ideas
en la famosa carta, considerada por derecho propio una de las obras cumbre de
la ciencia medieval. En ella, el primer documento existente en el que se
describen las propiedades de los imanes, Maricourt hace también la primera
discusión detallada que conservamos en Occidente de la brújula, además de
relacionar, dando muestras de una intuición extraordinaria, el magnetismo con
el globo terrestre.
El móvil
perpetuo del que una vez fuese descrito por Roger Bacon como el científico
experimental más grande de su tiempo era muy ingenioso, pero a la vez era una
muestra de hasta qué punto los pensadores medievales creían a ciegas en la
viabilidad del movimiento sin fin. En ese sentido, Mericourt veía en la
misteriosa fuerza con la que el imán atrae al hierro una similitud con las que
aparentemente obligaban a los cuerpos celestes a moverse continuamente en
órbitas circulares alrededor de la Tierra. Así, diseñó un móvil circular en el
que el juego de unos imanes provocaría la atracción alternativa de uno de ellos
colocado en un vástago, haciendo que este girase sin descanso.
Un tercer
tipo de móvil perpetuo que con el tiempo también generó mucha expectación fue
el hidráulico, basado fundamentalmente en la experiencia con los molinos de
agua medievales. En este caso, la idea consistía en combinar la fuerza que
proporcionaba la caída del agua con un instrumento tipo tornillo de Arquímedes[2] para
volver a elevarla. Según sus partidarios, el agua de un recipiente o estanque
elevado movería al caer una rueda que, a su vez, proporcionaría al tornillo la
fuerza suficiente para reponer el agua en el estanque. Esta especie de motor
hidráulico autónomo podría, por tanto, funcionar sin necesidad de estar
instalado en un río, lo cual proporcionaría a sus usuarios una enorme ventaja.
Un «tornillo de agua» ideado por Robert Fludd en 1618, máquina de movimiento
perpetuo en un grabado en madera de 1660. A pesar de que nunca funcionaría, se
ideó como un posible intento de emplear una de esas máquinas para operar
piedras de moler: el agua del tanque superior hace girar una rueda hidráulica
(abajo a la izquierda) que mueve un complejo engranaje y ejes que impulsan un
tornillo de Arquímedes (desde abajo al centro hasta arriba a la derecha) a fin
de bombear agua para rellenar el tanque.
Los
diseños pioneros de D’Honnecourt, Petrus Peregrinus y otros[3],
caracterizados por su relativa sencillez, empezaron a complicarse a finales de
la Edad Media y durante el Renacimiento como consecuencia del desarrollo
experimentado por los mecanismos de relojería, cuyos engranajes, pesos y
palancas, junto con la gran duración de su movimiento, hicieron pensar a mucha
gente que el movimiento perpetuo podía convertirse en una realidad. Por
descontado, los maestros relojeros sabían perfectamente que, por muchos
esfuerzos que hiciesen, los mecanismos terminaban siempre por pararse, lo cual
no impidió que se aprovechasen de sus conciudadanos desarrollando aparatos que
en algunos casos parecían realmente asombrosos. Tal es el caso del químico
Johann Joaquim Becher (1635-1682), quien creó un artefacto tan fascinante que
el regente de Maguncia ordenó edificar una torre para instalar un reloj que
debía funcionar para siempre con el motor del erudito alemán; o el del
aristócrata inglés Edward Sommerset, que en 1620 construyó una enorme rueda de
cuatro metros de diámetro que se probó en la Torre de Londres en presencia del
rey y de otras autoridades, al parecer con gran éxito.
Con todo,
los problemas para los partidarios del perpetuum mobile ya habían comenzado
años atrás, pues a pesar de los aparentes éxitos los pensadores renacentistas,
mucho menos imbuidos del misticismo que sus colegas medievales, empezaban a
albergar serias dudas acerca de que semejante fenómeno fuese posible. Así,
entre los incipientes círculos que podrían tacharse de precientíficos,
comenzaba a extenderse la impresión de que para generar un movimiento era
siempre necesaria la aplicación de algún tipo de fuerza, que un examen atento
mostraba que siempre surgía de alguna fuente concreta. Como consecuencia de
esto, la idea, absolutamente trascendental, de que resultaba imposible obtener
movimiento de la nada fue desarrollada paulatinamente a lo largo de los siglos
XVI y XVII, aunque, como de costumbre, el primero en tomársela en serio no fue
otro que Leonardo da Vinci (1452-1519), quien en 1515 introdujo por primera vez
la noción de «momento de una fuerza». La aplicación de la expresión matemática
de este concepto (un producto vectorial que muestra en qué medida la fuerza
puede causar la rotación de un cuerpo con respecto a un punto determinado) a
los modelos mecánicos de móvil perpetuo mostraba de inmediato que la suma total
de las fuerzas aplicadas al sistema equivalía a cero, por lo que estos aparatos
no podían moverse sin que se les aplicase una fuerza adicional externa,
parándose más o menos deprisa en cuanto dejaba de aplicarse la misma. Cualquier
dispositivo que desafiase este principio tenía que ser necesariamente
fraudulento. De hecho, Leonardo colocaba a los partidarios del móvil perpetuo
en el mismo cesto que a los alquimistas, y ello a pesar de que hay evidencias
de que él mismo concibió molinos hidráulicos conceptualmente erróneos.
Por
desgracia, en esta ocasión el genio italiano no publicó los resultados de sus
trabajos, de modo que el asunto permaneció envuelto en el misterio. El concepto
de momento de una fuerza continuó siendo objeto de estudio, pero la falta de
una teoría general sobre la aplicación de las fuerzas al movimiento permitió
que muchas personas siguiesen pensando que podían existir formas de crear un
móvil perpetuo, y la creencia perduró hasta bien entrado el siglo XVIII. Así,
durante los siguientes doscientos años fueron propuestos muchos proyectos de
este tipo, a menudo examinados con curiosidad por la comunidad científica, que
no terminaba de dar carpetazo al asunto.
Por
extraño que pueda parecer, incluso los pensadores más activos de la Iglesia
llegaron a interesarse en el tema. Por ejemplo, a mediados del siglo XVI, Juan
Tesnerius, arzobispo de Colonia, diseñó un famoso móvil perpetuo magnético y,
décadas después, el jesuita Athanasius Kircher[4] llevó
a cabo un proyecto aún más elaborado. Incluso en una época tan tardía como
principios del siglo XIX tuvieron lugar intentos reseñables, como el de un
zapatero escocés de apellido Spens, quien aparentemente cosechó un gran éxito
con dos artefactos de su invención que exhibió en Edimburgo en presencia de
varios eruditos. Al parecer, estos quedaron tan convencidos que el físico David
Brewster llegó a publicar un artículo sobre las máquinas de Spens, nada menos
que en la prestigiosa revista científica Annales de chimie et de physique, en
1818. Muchos de los proyectos tardíos de móvil perpetuo eran extremadamente
sofisticados, aunque también completamente absurdos, como es el caso de algunos
sifones imposibles en donde teóricamente se hacía fluir el agua desde el punto
más bajo al más alto y otras lindezas por el estilo.
Pero
quizá el más notorio de los modernos paladines del perpetuum mobile fuese
Johann Ernst Elias Bessler, más conocido como Orffyreus[5] (1680-1745).
De joven, el bueno de Bessler había sido instruido por parte de un alquimista
en el arte de fabricar elixires, lo que le habría llevado a convertirse en un
curandero, pero su verdadera pasión era la mecánica y, en concreto, los mecanismos
de relojería. Atractivos no debían de faltarle, ya que se casó con una mujer
adinerada, lo cual le permitió dedicarse a sus experimentos. A partir de 1712
apareció en varios lugares de Alemania presentando tres ruedas capaces de
levantar varios kilos de peso y alegando que se trataba de modelos de móvil
perpetuo que funcionaban perfectamente. Sus máquinas empezaron a atraer la
atención de la gente, con auténticas legiones de curiosos pagando por verlas en
funcionamiento. Científicos ilustres como el genial físico Gottfried Leibniz o
el matemático Johann Bernoulli quedaron impresionados por las ruedas de Bassler
y le mostraron su apoyo públicamente.
Arriba, imagen de una edición de Triumphans Perpetuum Mobile Orffyreanum.
Abajo, una imagen del interior cuya inscripción dice: «¡La máquina de
movimiento perpetuo de Mersseburg!».
En 1717,
el pintoresco relojero publicó un panfleto titulado Perpetuum Mobile Triumphans
by Orffyreus, en el que afirmaba haber conseguido que «un material muerto no
solamente se mueva a sí mismo, sino que levante peso y haga trabajo».
Impresionado por sus aparentes éxitos, el príncipe Carlos, landgrave de
Hesse-Kassel, lo contrató como consejero comercial y lo instaló en el castillo
de Weissenstein. Es allí donde Bessler obtuvo su mayor triunfo, en la forma del
que quizá sea el más enigmático de todos los intentos de construir un móvil
perpetuo.
El 12 de
noviembre de 1717, y bajo los auspicios del landgrave, nuestro mecánico
aficionado puso en movimiento una nueva rueda de cuatro metros de diámetro que
había construido y que fue encerrada en una habitación sellada. Según las
crónicas, el 26 de noviembre y posteriormente el 4 de enero de 1718, la
habitación fue abierta, encontrándose, para sorpresa de todos, que la
misteriosa rueda parecía seguir girando como al principio, a una velocidad de
veintiséis revoluciones por minuto. Orffyreus, hay que decirlo, siempre se
mostraba receloso a la hora de que la gente examinase sus engendros, alegando
que el mecanismo debía quedar oculto para que nadie le copiase el invento, pero
en esta ocasión permitió que varios científicos, como el astrónomo y matemático
holandés Willem Gravesande, trasteasen con la gigantesca rueda. Como otros
antes que él, Gravesande quedó convencido de que no había ningún fraude y, por
tanto, de que se encontraba ante un ejemplo genuino de movimiento perpetuo.
Alentado
por el interés que despertaba su invento, Bassler pidió una considerable suma a
cambio de revelar el secreto. Tanto el landgrave como otros personajes de gran
calado, incluyendo al mismísimo zar Pedro el Grande de Rusia, se mostraron
interesados en comprarlo, pero molesto por no haber sido avisado de un nuevo
examen por parte de Gravesande y acusando a este último de intentar descubrir
el secreto de la rueda sin pagar por ello, el polémico relojero entró de nuevo
en cólera, destruyendo con sus propias manos el enigmático artefacto.
De hecho,
la explicación del misterio podría ser sencilla. Como excelente relojero que
era, Orffyreus habría desarrollado un mecanismo de engranajes capaz de mantener
el movimiento durante un tiempo prolongado, algo nada extraordinario ya en
aquella época. Por descontado, si la rueda se hubiese dejado funcionar durante
el tiempo suficiente, habría terminado por pararse. Otra posibilidad nada
desdeñable es que se tratase de una superchería, ya que el hecho de que la
habitación estuviese cerrada impedía observar lo que sucedía en su interior. De
hecho, el intrépido mecánico fue acusado de fraude en muchas ocasiones,
llegando a decirse que había otras personas que operaban los instrumentos. Su
criada, por ejemplo, declaró en una ocasión que ella y Bessler se turnaban con
la esposa y el hermano del inventor para manipular las máquinas de forma
manual. En cualquier caso, Orffyreus, que había sido arrestado por este motivo
en 1733 y que había pasado los últimos años de su vida casi en el anonimato,
murió en 1745 al caerse de un molino que estaba construyendo, llevándose a la
tumba sus secretos para siempre.
A pesar
de los espectaculares resultados aparentemente obtenidos por Orffyreus, el
tiempo del móvil perpetuo, concebido como una máquina capaz de trabajar sin
descanso, estaba llegando a su fin, y el motivo no era otro que el desarrollo
paulatino de uno de los pilares más sólidos de toda la ciencia moderna, el
principio de conservación de la energía, que nos dice que la cantidad total de
energía que hay en el universo permanece siempre constante. Dicho de otro modo,
la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma. Primero el
ingeniero belga Simon Stevin[6] (1548-1620)
y hacia 1648 el clérigo inglés John Wilkins habían introducido, esta vez de
forma definitiva, el concepto de momento estático de una fuerza, que
cuestionaba de forma científica la viabilidad del movimiento perpetuo. A partir
de ahí, y tal y como veremos en el siguiente capítulo, los trabajos de
Gottfried Leibniz y otros filósofos naturales acerca de la vis viva, que
desembocaron posteriormente en el moderno concepto de energía, fueron dejando
cada vez más claro que el movimiento perpetuo no era más que una utopía y que
la fabricación de dispositivos de este tipo tenía como único interés el
continuar escudriñando las leyes de la nueva filosofía natural. De hecho,
científicos como Robert Boyle o Johann Bernoulli diseñaron sus propios modelos
de móvil perpetuo con objeto de estudiar estas leyes.
Una de
las novedades más interesantes que se introdujeron en ese sentido fue el reloj
alimentado por cambios en la temperatura o en la presión atmosférica, un
dispositivo que aparentemente permitía a las máquinas del tiempo funcionar
indefinidamente sin intervención de ningún tipo. El primero de estos modelos
fue inventado por Cornelius Drebbel (1572-1633), un polímata holandés que a
principios del siglo XVII era toda una celebridad que se rifaban las cortes de
media Europa. Pintor, grabador, cartógrafo, alquimista e ingeniero había
fabricado toda suerte de artilugios que producían asombro a propios y extraños.
Entre sus invenciones se encuentran una linterna mágica, una cámara oscura,
microscopios compuestos con lentes convexas, un horno portátil equipado con
termostato (uno de los primeros mecanismos de regulación automática de la
historia) y nada menos que tres submarinos dirigibles de madera recubiertos de
cuero, los más antiguos de los que se tenga constancia.
El reloj barométrico de Cornelis Drebbel patentado en 1598 y luego conocido
como perpetuum mobile. Hiesserle von Choda (1557-1665).
Además,
participó activamente en el desarrollo de explosivos y detonadores, así como en
el diseño y ejecución de numerosas obras públicas y de sistemas rudimentarios
de aire acondicionado.
Esta
lumbrera posrenacentista trasteaba también con precursores del termómetro y del
barómetro, por lo que contaba con buenos conocimientos de los efectos que las
diferencias de presión tienen sobre la dilatación de distintos materiales.
Aprovechando dichos efectos, Drebbel diseñó en 1610 un «reloj perpetuo» del que
se llegaron a construir dieciocho ejemplares, dos de los cuales acabaron en
manos de reyes[7] y
se hicieron famosos en todo el continente. Por descontado, los relojes de
Drebbel no violaban la ley de conservación, ya que se nutrían de las
transformaciones de energía fruto de cambios externos al sistema (solo tiene
sentido hablar de conservación de la energía en sistemas aislados[8]), pero
para un lego en la materia el efecto resultaba sorprendente. De hecho, la idea
tuvo tanto recorrido que durante la Ilustración alumbró otros célebres relojes
como el Cox, de 1760, del que sus constructores aseguraban que era una
auténtica máquina de movimiento perpetuo, o ya en el siglo XX los no menos
famosos Atmos, que funcionan durante años a través de la expansión y
condensación de una mezcla de cloroetano y de los que se han vendido cerca de
medio millón de ejemplares en todo el mundo.
El reloj
de Cox fue posiblemente el último intento con cierta repercusión de fabricar un
móvil perpetuo antes de que, en 1775, la Academia de Ciencias de París
decidiese no continuar examinando nuevos proyectos de este tipo y de que el
desarrollo de la termodinámica durante el siglo XIX enterrase el sueño para
siempre. Esto no quiere decir, sin embargo, que los intentos de fabricar la
máquina imposible terminasen. Por el contrario, y por extraño que pueda
parecer, en los últimos dos siglos y medio se ha producido un goteo de
individuos, en su mayoría auténticos farsantes, que han pretendido dar con el
secreto saltándose a la torera las bien establecidas leyes de la física. Entre
los más notorios de estos embaucadores, podríamos mencionar a Charles Redheffer,
un inventor estadounidense al que pillaron en 1813 utilizando un cómplice para
mover su máquina, y a John Keely, otro inventor de Filadelfia que en el último
cuarto del siglo XIX llegó a conseguir gran cantidad de fondos a base de
convencer a incautos inversores de que había descubierto una nueva «fuerza
etérica» que más tarde convirtió en «simpatía vibratoria» mediante la cual era
capaz de producir «éter interatómico»[9] (sean
lo que sean semejantes cosas). En cualquier caso, los intentos de esta índole,
más o menos extravagantes y casi siempre haciendo referencia a energías
misteriosas y ocultas, han continuado hasta nuestros días.
Diagrama del diseño de la máquina fraudulenta de Charles Redheffer.
Ahora
bien, ¿es en verdad inviolable el principio de conservación de la energía? Así
es, al menos en este universo. Al margen de otras consideraciones, puede
demostrarse matemáticamente que esta ley es una consecuencia de que en el mundo
que nos rodea los sistemas físicos evolucionan de la misma manera en cada
instante del tiempo. En 1915, la genial matemática alemana Emily Noether
(1882-1935) formuló el teorema que lleva su nombre y que explica que este tipo
de «simetrías» generan siempre la correspondiente ley de conservación. La vida
de Emmy es un canto a la lucha por los derechos de la mujer y un ejemplo de
hasta qué punto a principios del siglo XX las instituciones académicas estaban
impregnadas de machismo. En la Universidad de Erlangen-Núremberg, donde
estudió, era una de las dos únicas estudiantes admitidas como oyentes por un
senado que dos años antes había declarado que la coeducación podría «subvertir
todo el orden académico». Y durante los siete años que impartió clases en el
Instituto Matemático de la Universidad de Erlangen no cobró ni un solo marco,
como tampoco lo hizo en la Universidad de Gotinga hasta 1923.
Claro
que, en honor a la verdad, cuando hablamos de móvil perpetuo hay que ser un
poco más preciso, ya que las leyes de la termodinámica diferencian entre el de
«primera especie», que es aquel cuyas peripecias acabamos de describir, y el de
«segunda especie», que no viola la ley de la conservación de la energía sino el
segundo principio de la termodinámica, la famosa «segunda ley» que nos condena
a todos a una vida de esfuerzo y sudor en este inmisericorde universo.
Existen
muchas formas de formular este ominoso principio que establece la
irreversibilidad de los fenómenos físicos debido al hecho de que el «desorden»
del universo tiende a incrementarse con el tiempo. Como veremos más adelante,
esto está relacionado íntimamente con el concepto de entropía y con la teoría
de la información (ver capítulo tercero) y tiene su origen en las muy
especiales condiciones que surgieron del Big Bang (ver capítulo noveno), pero
el efecto práctico sobre la energía es que en cualquier transformación parte de
ella se «degrada», con lo cual pasa a ser «no utilizable» para el trabajo. Esto
es exactamente lo que sucede cuando se disipa como calor, una forma de energía
especialmente degradada.
Pues
bien, ante la imposibilidad de construir una máquina que funcionase a
perpetuidad, algunos intrépidos exploradores decidieron a lo largo de la
historia reciente desarrollar un dispositivo algo más modesto pero igualmente
revolucionario: uno que funcionase con un 100 % de eficiencia, sin disipación
de energía por ningún sitio. De hecho, este tipo de dispositivo ha intentado
ser diseñado con tanta frecuencia que la United States Patent and Trademark
Office (USPTO) tiene una política según la cual no se aceptan patentes de este
tipo que no vengan acompañadas de un modelo operativo, algo a todas luces
improbable. Por su parte, el manual de la United Kingdom Patent Office (UKPO),
en su sección 4.05, reza así: «Se considera que los procesos o artículos que supuestamente
operan de manera claramente contraria a las leyes físicas bien establecidas,
como las máquinas de movimiento perpetuo, no tienen aplicación industrial».
El
término «móvil perpetuo de segunda especie» fue introducido por el químico
Whilelm Ostwald en 1892 para diferenciar este tipo de dispositivos de los
móviles perpetuos «clásicos» que supuestamente violaban la conservación de la
energía, pero es difícil determinar quién fue la primera persona en diseñar un
engendro de este tipo. La idea básica consistía en «concentrar» la energía
«dispersada» para utilizarla de forma activa o, dicho de otro modo, transformar
de forma directa la energía disipada en otras formas de la misma, en flagrante
vulneración de la todopoderosa segunda ley[10]. No cabe
duda de que el concepto resultaba de lo más atrayente ya que, respetando
escrupulosamente la conservación de la energía, esta se podría utilizar para
cubrir las necesidades de la humanidad de forma que circulase eternamente en
ciclos de «dispersión» y «concentración», eliminándose así de un plumazo tanto
el esfuerzo de buscar nuevas fuentes de energía como el problema de la
contaminación del medio ambiente.
El
sentido común, que no es otra cosa que la sabiduría que nos dicta la
experiencia, nos dice que no se puede, por ejemplo, calentar espontáneamente un
cuerpo caliente con otro más frío, de lo contrario podríamos ser capaces de
hacer hervir una tetera a partir de un bloque de hielo. Semejante truco de
magia no violaría la conservación de energía, ya que el calor que saliese de un
sitio sería igual al que entraría en el otro, pero entra en flagrante
contradicción con la segunda ley. Esta ya era plenamente conocida y aceptada a
finales del siglo XIX, por lo que, a diferencia de lo que sucedió con el móvil
perpetuo de primera especie, los inventores no podían alegar desconocimiento de
las leyes de la ciencia. Y aun así, la lista de supuestas invenciones ha llegado
hasta nuestros días.
Un ejemplo de máquina de movimiento perpetuo de segundo tipo sería este
modelo de un zeromotor de John Gamgee en 1881. Este veterinario, entusiasta de
los sistemas de refrigeración, ideó una máquina en la que el amoniaco líquido
de un recipiente se evapora espontáneamente impulsando un pistón que hace que
se enfríe y condense, quedando la máquina en su estado inicial y cumpliendo así
un ciclo. Pero el amoniaco espontáneamente no se condensa y se requeriría un
aporte exterior de energía. La tecnología obtuvo el apoyo del presidente de
Estados Unidos, James Garfield, antes de ser desacreditada.
Las
primeras propuestas de un móvil de segunda especie tuvieron lugar en Estados
Unidos en la década de 1880 y, por increíble que pueda parecer, en algún caso
con tanto éxito que llamaron la atención del Ejército. Se sabe, incluso, que el
entonces presidente Garfield llegó a recibir un informe al respecto. A partir
de ahí, el goteo de propuestas se extendió por todo el mundo industrializado,
mereciendo en muchas ocasiones la consideración, e incluso la alabanza, de los
medios de comunicación. El atractivo de la idea de la energía inagotable era
tal que en las primeras décadas del siglo XX sedujo a auténticas lumbreras como
Nikola Tesla, quien pensó haber descubierto «una desviación de los métodos
conocidos —la posibilidad de un motor o máquina automática, inanimada, pero
capaz, como un ser vivo, de derivar energía del medio— la forma ideal de
obtener energía motriz».[11]
El hecho
de que cualquier propuesta de este tipo llevase necesariamente a un callejón
sin salida no parecía arredrar a los aventureros, que pasaban de trastear con
el calor al electromagnetismo o a la gravedad, intentando por todos los medios
dar con la panacea de la energía cien por cien reciclable. Cuando esta se
mostró finalmente inaccesible, los intentos pasaron a ser predominantemente
móviles fraudulentos, es decir, máquinas perfectamente viables que se
disfrazaban de móvil perpetuo, muy en línea con los «relojes perpetuos» de
Drebbel o Cox. En otros casos, los intentos fueron más pintorescos, como la
«píldora» o «polvo» que, según Guido Franch, un obrero de Illinois, era capaz
de transmutar el agua en gasolina, o David Hamel, quien en 1970 construyó un
dispositivo «antigravedad» cuyo secreto, según él, le había sido revelado
durante una abducción alienígena. Como ya hemos dicho, los intentos han llegado
hasta nuestras fechas, y a día de hoy se siguen presentando modelos del móvil
perpetuo de segunda especie.
Más allá
de la charlatanería, para muchos de nosotros resulta difícil de entender que,
en pleno siglo XXI, alguien pueda seguir creyendo en la posible existencia del
movimiento perpetuo. Sin embargo, debemos ser comprensivos con nuestros
ancestros, ya que no podemos olvidar que cosas que ahora nos resultan evidentes
no lo eran en el pasado. Así, durante siglos, personas muy inteligentes se
esforzaron por conseguir una hazaña imposible cuya consecución les habría
convertido de inmediato en grandes benefactores de la humanidad.
Paradójicamente, sus esfuerzos por desarrollar el móvil perpetuo nos
permitieron poner las bases para esclarecer los procesos fundamentales que se
encuentran detrás del funcionamiento de nuestro mundo. Un mundo en el que la
ley de conservación de la energía y la fatídica segunda ley gobiernan sin
discusión, de forma inexorable, aquí y en la galaxia más lejana que podamos
imaginar. Forman parte de la mismísima esencia de nuestro universo, se pusieron
en marcha el día de la Creación y seguirán gobernándolo hasta el del Juicio
Final.
Capítulo
II
La vis viva, la manzana de Newton y el secreto de Star Trek
«Si
suelto un martillo en un planeta con gravedad positiva, no necesito verlo caer
para saber que en efecto ha caído».
Mr. Spock, interpretado por Leonard Nimoy (1931-2015).
Los
entusiastas seguidores de la mítica serie de televisión Star Trek (popularmente
conocidos como trekkies) están muy acostumbrados al concepto de «motor de
curvatura», un poderoso dispositivo capaz de hacer avanzar una astronave a
velocidades muy superiores a las de la luz (algo teóricamente imposible —ver
capítulo seis—), lo que permite a los tripulantes de la Enterprise viajar por
gran parte de la galaxia como si estuviesen de paseo por el campo. Pero ¿es
posible una hazaña de este estilo?
Desde el
momento en que venimos al mundo, quizá lo primero que nos llama la atención es
que las cosas se mueven de un lado a otro. Ya sea al observar a las personas
que caminan, a los vehículos que se trasladan o a las cosas que se caen al
desplazarse de su sitio, desde muy pequeños aprendemos que si hay algo seguro
en este mundo es que todo cambia y nada permanece quieto para siempre. Los
antiguos griegos pensaban que la capacidad que tenían las cosas de moverse
dependía de algún tipo de sustancia subyacente. Hacia el siglo IV a. C., el
omnipresente Aristóteles acuñó para ella el término «energeia»
(ἐνέργεια, literalmente «actividad»), un concepto difuso en el cual cabía tanto
el potencial para moverse como la capacidad de ser feliz o de sentir placer[12].
Póster promocional de la serie Star Trek Discovery en el que se aprecian los
motores de curvatura.
Los
antiguos se sentían intrigados y fascinados por los distintos tipos de
movimiento que parecían animar a las cosas. Algunos, por ejemplo, siempre
aparentaban moverse con la misma velocidad, mientras que otros aceleraban o
deceleraban. En el firmamento, las estrellas permanecían fijas, pero los
planetas (del griego πλανήτης, «errante») se movían, aunque lo hacían con
lentitud. El mismísimo Sol trazaba todos los días un arco a través del cielo,
entre el amanecer y el ocaso. A nivel más terrenal, el aire o el mar a veces se
desplazaban con cierta calma, mientras que en otras ocasiones parecían
impulsados por una furia desatada que destrozaba todo a su paso.
Aristóteles,
que se metía en todo, proponía la existencia de dos tipos de movimiento, uno
natural que devuelve las cosas a su lugar y otro violento, en el que un objeto
impulsa a otro. De acuerdo con esto, una piedra caería porque regresa de forma
natural al suelo, mientras que para mover un objeto en reposo hay que ejercer
sobre él una acción. Con posterioridad, en el siglo IV se desarrollaría en
Alejandría la teoría del «ímpetu», que sostenía que la acción inicial sobre un
objeto le comunicaba un ímpetu responsable de mantener el movimiento.
Pero al
margen de estas primeras disquisiciones teóricas, y con un marcado sentido
práctico, muchas civilizaciones se interesaron por explorar las fuerzas que
pudieran encontrarse detrás del movimiento de los objetos, ya fuese el viento
que impulsaba los barcos a vela o el impulso que permitía lanzar proyectiles
sobre las ciudades del enemigo. Célebres en ese sentido son los estudios de
Arquímedes acerca de la palanca y de la polea, usando la cual se dice que «botó
con una sola mano una nave que cien hombres no hubiesen podido impulsar» y que,
a tenor de lo descrito por los cronistas romanos, le permitieron construir
durante el asedio de Siracusa imponentes máquinas de guerra capaces de levantar
y volcar las naves de los asombrados atacantes.
Arquímedes prende fuego a un barco usando el reflejo de los rayos del sol
con un espejo. Duodecim specula deum aliquando videre desideranti concinnata
(1610). [Universidad de Illinois]
Fue el
interés que despertaba la posibilidad de desarrollar dispositivos que
multiplicasen la fuerza y la velocidad de los humanos lo que, tal y como vimos
en el capítulo anterior, llevó a muchos eruditos a lo largo de la Edad Media a
explorar los secretos del movimiento con la esperanza de que hubiese alguna
forma de conseguir que fuese perpetuo. Y entre todos los tipos de movimiento,
el que más llamaba la atención de los estudiosos era la caída de los cuerpos.
En efecto, cuando se desplazaban en un plano las cosas podían moverse en todas
direcciones, pero cuando se trataba de movimientos verticales lo hacían siempre
hacia abajo, a menos que se aplicase una fuerza que los impulsase hacia arriba.
Pero incluso esa fuerza terminaba por «desgastarse» y entonces el objeto volvía
a caer. Los análisis y especulaciones sobre la naturaleza de este peculiar
movimiento comenzaron muy pronto, pues ya el omnipresente Aristóteles hablaba
de que todos los objetos tenían gravitas (peso), una tendencia natural a
dirigirse hacia un punto. En el siglo VII, el astrónomo y matemático indio
Brahmagupta sugirió que la gravedad era una fuerza atractiva, y las propuestas
continuaron cada vez con mayor frecuencia a lo largo de la Edad Media y del
Renacimiento hasta que el italiano Galileo Galilei (1564-1642) decidió
explorarlas con mayor profundidad.
Aunque su
padre quería que se dedicase a la medicina, Galileo era un enamorado de las
matemáticas que estaba convencido de que las leyes mediante las que se regían
las máquinas (y el mundo, en general) podían esclarecerse mediante las ciencias
exactas. Por supuesto, no era ni mucho menos el primero al que se le había
ocurrido esto, pero Galileo compaginaba su pasión por los números con una gran
atracción por el conocimiento experimental, una rara combinación en la época en
la que vivió que sin embargo le colocaba en una excelente posición de cara al
método científico[13]. En la
década de 1580 comenzó a experimentar con la caída de los cuerpos, la balanza y
el péndulo, y a partir de 1600 descubrió cosas importantes relativas al
movimiento. Por ejemplo, en su biografía del genio italiano, su discípulo
Vincenzo Viviani detalla cómo Galileo habría arrojado bolas del mismo material
pero de distinto tamaño desde la torre inclinada de Pisa, demostrando que el
tiempo que tardaban en llegar al suelo era el mismo, algo que entraba en
contradicción con la creencia entonces generalizada de que los objetos más
pesados caían más deprisa. Es muy posible que la historia sea más bien una
leyenda urbana[14], pero
hay pruebas de que Galileo experimentó de veras con la caída de los objetos
mediante el uso de planos inclinados. Así llegó a la conclusión de que todos
los cuerpos caían en realidad con una aceleración uniforme, siempre y cuando la
resistencia del medio (normalmente el aire) fuese despreciable. Además, calculó
que la distancia que recorrían era proporcional al cuadrado del tiempo
transcurrido[15].
Galileo Galilei. [Wellcome Collection]
Estos
hallazgos eran relevantes, pero no tanto como la trascendental idea que surgió
en la mente de Galileo con respecto al movimiento en general. Como hemos visto,
el genial italiano se había dado cuenta de que la única razón de que un cuerpo
en movimiento se parase era la resistencia que ofrecía el medio a través del
cual se movía. A partir de ahí concluyó que los objetos que se desplazaban con
una velocidad uniforme retendrían siempre esa velocidad a menos que algo lo
impidiese. Esto era justo lo contrario de lo que se pensaba, ya que desde los
tiempos de Aristóteles la creencia era que, para continuar moviéndose, las
cosas tenían que seguir siendo impulsadas por algún tipo de fuerza (esto es
cierto solo porque es preciso contrarrestar la resistencia que opone el medio,
no porque haga ninguna falta para mantener el movimiento). Además, Galileo
dedujo nada menos que el principio de inercia, o «invariancia galileana», que
viene a decir que las leyes del movimiento son las mismas para todos los
sistemas en reposo o en movimiento uniforme, de modo que no existe un marco de
referencia que sea preferible a otro. El genio de Pisa ejemplificó este
importante principio, base de toda la mecánica clásica, con un famoso
experimento mental en el que mostraba cómo el pasajero que se encontrase en el
interior de un barco que se desplazara a velocidad constante en un mar en calma
no podría decir si la nave estaba quieta o moviéndose.
Pero
Galileo, que años antes había fabricado el primer telescopio y con él había
puesto patas arriba toda la cosmología contemporánea al demostrar que Júpiter
tenía satélites y que la Luna estaba lejos de ser un cuerpo celestial perfecto
e inmutable, se estaba metiendo en terreno pantanoso. Estaba seguro de que la
Tierra giraba alrededor del Sol, y no al revés, en línea con lo que decía
Nicolás Copérnico, y eso le trajo muchos problemas con la Iglesia al final de
su vida. Su célebre Diálogo sobre los principales sistemas del mundo sentó muy
mal entre sus enemigos jesuitas y ofendió al hasta entonces condescendiente
papa Urbano VIII, quien se sintió ridiculizado[16].
Aprovechando que la doctrina copernicana era formalmente considerada como
herética, Galileo fue llamado a capítulo y procesado. Amenazado con ser
torturado en caso contrario, el anciano genio se retractó, admitiendo que
estaba equivocado y que la Tierra estaba inmóvil en el centro del universo.
Cuenta la leyenda que, acto seguido, murmuró en voz baja: «Y sin embargo, se
mueve», una frase que podía servir perfectamente de epitafio a uno de los
personajes más extraordinarios de la historia.
Galileo
sufrió el rigor de los últimos estertores de la vieja física de Aristóteles y
sus aliados religiosos, pero sus descubrimientos contribuyeron en gran medida a
abrir la puerta de lo que décadas más tarde se conocería como Revolución
Científica, un periodo cuyo máximo exponente fue sin duda el gran Isaac Newton
(1642-1727). El que sería considerado por muchos como el más grande científico
de todos los tiempos estuvo a punto de morir de parto prematuro y no tuvo una
infancia fácil, algo que sin duda influyó en que desarrollase un carácter
endemoniado. Huérfano de padre, al que no llegó a conocer, y abandonado por su
madre y su padrastro, fue criado por su abuela, a quien nunca demostró el más
mínimo afecto y que más tarde le desheredó. Durante sus estudios pronto destacó
por una inteligencia y un talento poco comunes, aunque sus notas en la
universidad fueron mediocres porque apenas asistía a clase y se pasaba el
tiempo en la biblioteca.
En 1665,
con tan solo veintidós años, el joven Isaac regresó a la granja de su familia a
causa de la gran epidemia de peste que había obligado a cerrar la universidad,
alejándose de forma temporal de la actividad académica. Sin embargo, el retiro
forzado obró sobre él un efecto milagroso, ya que en el transcurso de poco más
de año y medio, y aunque parezca increíble, descubrió la ley de la gravitación
universal y la descomposición de la luz blanca en colores, desarrolló el
cálculo diferencial y generalizó el teorema del binomio que lleva su nombre.
Nunca
nadie antes que él, había hecho tantos y tan importantes aportaciones al
conocimiento en un periodo de tiempo tan breve, y no es difícil apreciar la
magnitud de los logros de Newton durante aquellos años mágicos. Cualquiera que
tenga un cierto conocimiento de las matemáticas conoce la infinidad de
aplicaciones del cálculo diferencial en el mundo moderno. Newton prácticamente
lo inventó[17]. Y la
ley de la gravitación universal es probablemente la ley física más conocida e
influyente de la historia de la ciencia. Una ley descubierta por un chico que
era poco más que un adolescente.[18]
En los
años que siguieron, Newton desarrolló estas y otras ideas hasta el punto de
convertirse en un personaje muy famoso, adorado y detestado a partes iguales,
debido tanto a la envidia que despertaba como al carácter huraño y poco
sociable de un individuo complejo que lo mismo iluminaba la ciencia con
espléndidos descubrimientos que se echaba en brazos del misticismo de la
alquimia, una pseudociencia a la que dedicaba gran parte de su tiempo.
Sir Isaac Newton. Pintura al óleo de sir James Thornhill. [Wellcome
Collection]
Entre sus
principales enemigos se encontraban grandes filósofos naturales como Robert
Hooke[19] (1635-1703)
o Gottfried Leibniz (1646-1716), otra lumbrera que le disputaba al genio inglés
la primacía del desarrollo del cálculo diferencial y que opinaba que la ciencia
de Newton era «defectuosa».
Pero la
ciencia de Newton era maravillosa. En el prólogo de su célebre Philosophiae
naturalis principia mathematica, sin duda la obra más influyente de toda la
historia de la ciencia, con permiso de los Elementos de Euclides, enunciaba
nada menos que las leyes del movimiento, la primera de las cuales era
básicamente la del bueno de Galileo acerca de la continuidad del movimiento
uniforme, mientras que la segunda exponía cómo acelera un cuerpo cuando se le
aplica una fuerza y la tercera consistía en el célebre principio de acción y
reacción, que viene a decir que cuando aplicamos una fuerza a un objeto, este
nos responde con otra fuerza igual y de sentido contrario. Este principio es
una de las leyes más importantes de la naturaleza, ya que es la que permite que
las cosas permanezcan en equilibrio y explica fenómenos que se encuentran por
todas partes, ya sea el dolor que sentimos al golpear una mesa (porque la mesa
«nos devuelve» el golpe a nosotros con idéntica fuerza), el retroceso de los
cañones al disparar o el funcionamiento de los cohetes y aviones a reacción (el
empuje de los gases al salir de la tobera impulsa la nave en sentido
contrario).
Más
impresionante todavía resultaba la sencillez y el alcance de la ley del genial
inglés acerca de la gravedad. De un plumazo, Newton explicaba con ella el
funcionamiento de casi todos los movimientos en el universo observable,
incluyendo no solo la caída de los cuerpos sino también el tránsito de los
objetos celestes[20], y
demostraba de paso que las leyes de la física se aplican así en la tierra como
en el cielo. El logro era tan espectacular que cambiaría para siempre nuestra
percepción de la realidad, alejando cualquier residuo de pensamiento mágico en
pro de una nueva visión mecanicista del universo. No es fácil dilucidar si el
famoso episodio de la manzana cayendo del árbol es verídico o más bien apócrifo[21], pero lo
cierto es que Newton conocía los trabajos de Galileo y otros ilustres
precursores[22], y su
tercera ley del movimiento le permitía intuir con facilidad que si un cuerpo
atraía a otro lo lógico es que el segundo también atrajese al primero. De ahí a
deducir que la fuerza de atracción gravitatoria es proporcional a ambas masas
dividida por el cuadrado de la distancia que las separa solamente hay un paso[23].
Pero las
hazañas intelectuales de Newton planteaban una pregunta intrigante: si el
movimiento y la aceleración tienen que ver con la aplicación de ciertas
fuerzas, ¿qué es lo que hay en realidad detrás de esas «fuerzas»?
Dicho de
otro modo, ¿qué es lo que hace que exista algo capaz de provocar un cambio?
Recordemos
que en los tiempos de Aristóteles se había acuñado el término «energía» como un
concepto difuso que incluía, entre otras cosas, la capacidad de movimiento de
los cuerpos. Hacia 1675, Leibniz, el gran rival de Newton, sugirió que esa
«capacidad de movimiento» era una cantidad que venía definida por la masa
multiplicada por el cuadrado de la velocidad de un objeto, y bautizó como vis
viva (en latín, «fuerza viviente») lo que hoy conocemos como energía cinética.
Y como el principio de conservación que aprendimos en el capítulo anterior y
que fue consecuencia de la investigación del móvil perpetuo exige que la
energía que se transfiere a un cuerpo salga de algún sitio, en las décadas que
siguieron a Leibniz quedó claro que las fuerzas que impulsaban a las cosas para
que se moviesen procedían del mismísimo interior del cuerpo o de su entorno.
Estos «campos de fuerza» contenían una segunda forma de energía a la que
denominamos energía potencial. De esta forma, la energía potencial se
transforma en energía cinética y viceversa. En 1807, el inglés Thomas Young
cambió el término vis viva de Leibniz por el de «energía», consolidando para
siempre el concepto moderno que nos resulta tan familiar.
Dado que
la energía es la propiedad cuantitativa que se transfiere a un objeto para
moverlo una cierta distancia, o lo que es lo mismo, para realizar un trabajo, a
finales del siglo XIX se establecieron distintos sistemas de unidades para
medir la energía. El más usado hoy en día es el Sistema Internacional, según el
cual la unidad de energía —el julio, llamado así en honor de uno de los padres
de la termodinámica[24]—
equivale a la cantidad de energía que hay que transferirle a un cuerpo para
moverlo un metro contra la unidad de fuerza.[25] Más
adelante los físicos acuñaron el término «potencia» para definir cuánta energía
(o trabajo) podía suministrase por unidad de tiempo. En el Sistema
Internacional la potencia se mide en vatios, equivalentes a julios por segundo,
aunque en los países anglosajones se siguen usando mucho los «caballos de
vapor», una expresión acuñada originalmente por James Watt en 1782 para
comparar la potencia de las primeras máquinas de vapor con la de los caballos
de tiro.
La potencia de los caballos, una fuerza que ha sacado de muchos aprietos a
las máquinas más modernas. [Library Congress]
Curiosamente,
a medida que se iban descubriendo nuevas formas de energía se hizo evidente que
todas ellas no eran más que variantes o bien de la energía cinética o bien de
la energía potencial. Así, formas de energía potencial son la energía potencial
química, la energía potencial nuclear, la energía potencial eléctrica o la
energía potencial magnética. El juego de transferencias entre la energía
potencial y la energía cinética[26] es
ubicuo y define todos los cambios y movimientos que tienen lugar dentro de
nuestro universo. Cuando aplicamos una fuerza para ejercer un trabajo, en
definitiva lo único que estamos haciendo es transfiriendo energía.
La
mecánica clásica de Newton, Leibniz y muchos otros científicos que les
siguieron era tan perfecta y explicaba con tanta precisión todos los
movimientos en nuestro entorno natural habitual que a nadie se le ocurrió
preguntar si las cosas funcionarían igual en circunstancias más extremas. Así,
durante más de doscientos años nadie se cuestionó lo más mínimo las leyes del
movimiento ni la ley de la gravedad, y ello a pesar de lo incómodo que
resultaba que en el caso de esta última los objetos que la experimentaban
pareciesen estar sujetos a una especie de misteriosa «acción a distancia». Esto
sonaba raro, porque se suponía que la transferencia de energía debía darse
siempre entre cuerpos que entraran en contacto, aunque fuese a través del aire.
Por eso, cuando en 1905 Albert Einstein (1879-1955) demostró que las leyes del
movimiento de Newton no eran más que un caso particular de una teoría mucho más
general que abarcaba el movimiento de los objetos a velocidades extremas,
cercanas a la de la luz (ver capítulo seis), la pregunta inmediata fue cómo
afectarían las nuevas ideas de la física al movimiento más enigmático de todos,
el provocado por la fuerza de la gravedad.
La teoría general de la relatividad de Einstein se aleja de la definición de
gravedad como una fuerza y la explica como la curvatura del espacio-tiempo. De
este modo, cuando un objeto pequeño como el de la imagen se mueve a través del
espacio-tiempo, percibe la curvatura creada por el cuerpo masivo.
Einstein
se aproximó al estudio de la gravedad poco tiempo después de elaborar su teoría
de la relatividad especial, pero tardó casi diez años en publicar las
conclusiones de sus estudios debido a la complejidad de los cálculos
implicados. Sin embargo, la intuición fundamental de Einstein mientras
elucubraba cómo encajar la gravedad dentro de su nueva mecánica relativista fue
tan sencilla como el viejo experimento mental de Galileo acerca del tripulante
del barco. En efecto, si sustituimos la nave del italiano por un ascensor en
caída libre, veremos que el infortunado inquilino del ascensor no es capaz de
saber si está cayendo o, simplemente, si el sistema que forman él y el ascensor
se está acelerando. No hay manera de distinguir entre la aceleración y la
acción de la gravedad, lo que lleva a pensar que ambas son equivalentes.
Pero si
la gravedad no es más que una aceleración en sí misma, ¿cuál es realmente la
fuerza que la provoca? Einstein no la encontraba por ningún sitio y además
recelaba profundamente de la fantasmal acción a distancia que caracterizaba la
teoría de Newton. ¿Podría ser que detrás de la gravedad no hubiese una
auténtica fuerza, sino que se tratara de un efecto aparente, una «pseudofuerza»
que enmascarase una realidad diferente? Esta y otras consideraciones llevaron a
Einstein a concluir que en el espacio-tiempo de cuatro dimensiones de su teoría
de la relatividad, las masas eran de alguna manera capaces de curvarlo,
generando una distorsión que era la responsable de que las cosas se moviesen
como lo hacían. Hay una famosa analogía que muestra este efecto: si en una cama
elástica colocamos una bola de metal veremos como la lámina elástica se abomba
como consecuencia del peso de la bola. Si ahora lanzamos una canica sobre la
lámina en dirección a la bola, veremos como la canica «cae» hacia esta última
cuando alcanza la zona distorsionada, porque sigue la trayectoria sobre la
superficie abombada[27]. La
gravedad, por tanto, simplemente describe el efecto que produce en el
movimiento el cambio de geometría espaciotemporal que genera la materia a su
alrededor, aunque la distorsión acumula una forma de energía potencial que
puede asociarse a un campo de fuerzas gravitatorio.
Negativo del eclipse solar de 1919 tomado del informe de sir Arthur
Eddington sobre la expedición para verificar la predicción de Einstein de la
curvatura de la luz alrededor del sol. [FW Dyson, AS Eddington y C. Davidson,
«Determinación de la desviación de la luz por el campo gravitacional del sol, a
partir de observaciones realizadas en el eclipse total de 29 de mayo de 1919».]
Esta
espectacular y novedosa idea del funcionamiento de la realidad podía resultar
chocante, pero la verdad es que explicaba un montón de cosas. Además, las
predicciones desarrolladas a partir de la nueva teoría de la relatividad
general[28] coincidían
con la de la todopoderosa mecánica de Newton casi en cualquier circunstancia,
pero sin utilizar su embarazosa y fantasmal «acción a distancia». Y cuando no
coincidían, la realidad se ajustaba más a la teoría de Einstein.
La
primera y más espectacular comprobación de la relatividad general tuvo lugar
por parte del equipo de sir Arthur Eddington (1882-1944), un astrofísico
británico que en 1919 se sirvió de un eclipse total de Sol para comprobar que
la luz procedente de algunas estrellas lejanas se curvaba al pasar cerca del
astro rey, alterando su posición aparente, y a partir de esa fecha infinidad de
experimentos han demostrado la validez de una teoría que, por lo demás, da
lugar a extrañas y sorprendentes predicciones. Por ejemplo, en presencia de una
masa descomunal, el espacio-tiempo puede llegar a curvarse tanto que ninguna
trayectoria permita salir de lo que se conoce como un «agujero negro», cuyo
nombre responde al hecho de que ni siquiera deja escapar la luz[29].
Asimismo, la distorsión temporal puede comprobarse porque los relojes marcan el
tiempo más despacio cuando están situados en un entorno de gravedad elevada.
Nube de ceniza con forma de diana. Efecto creado durante la expulsión de
ceniza y gases sobrecalentados del volcán Cumbre Vieja de la isla de La Palma
similar a la forma de las ondas que se crean cuando una piedra cae sobre el
agua de un estanque. [Imagen del Observatorio de la Tierra de la NASA por
Lauren Dauphin, utilizando datos MODIS de NASA EOSDIS LANCE y GIBS / Worldview]
De hecho,
es nada menos que la colisión de dos agujeros negros el evento que ha sido
utilizado para verificar una de las predicciones de la teoría que más se ha
resistido a los investigadores, la emisión de ondas gravitacionales.[30] Estas
ondas son perturbaciones espaciotemporales que se transmiten a la velocidad de
la luz y que son producidas por los objetos masivos cuando aceleran. Sin
embargo, su amplitud se hace extremadamente pequeña a medida que se alejan de
su origen (un poco como las ondas que se forman en el agua al lanzar un
guijarro en un estanque) y por tanto resultan muy difíciles de detectar, por lo
que se requiere un evento gravitatorio de gran magnitud para poder apreciarlas.
El anuncio de su descubrimiento cien años después de que fuesen propuestas por
el genio de Ulm dice mucho de la impresionante capacidad de predicción de las
buenas teorías.
Físico húngaro Leo Szilard. [Foto DOE]
El éxito
espectacular de la teoría de la relatividad general aumentó todavía más el
prestigio de Einstein, que ya era toda una celebridad desde su famoso «año
mágico» de 1905[31]. Sin
embargo, su brillante carrera profesional y su aparentemente apacible
personalidad siempre contrastaron con una vida familiar turbulenta[32] y
con la realidad de una época de cambios que puso a prueba las convicciones
morales de toda la especie humana. Agnóstico, sentía tanto asombro por la
naturaleza como repulsión por las religiones y por las ideologías extremistas
siendo además un pacifista declarado, pero el ascenso del nazismo, su condición
de judío y el estallido de la Segunda Guerra Mundial le llevaron a implicarse
nada menos que en el desarrollo del arma atómica desde su exilio en Estados
Unidos. En 1939, y animado por su buen amigo Leo Szilard, escribió una célebre
carta al presidente Roosevelt en la que le alertaba del riesgo de que la
Alemania nazi se hiciese con la bomba antes que los aliados, lo que habría
supuesto de inmediato el final de la causa del mundo libre. Por lo demás, los
nazis siempre abominaron de Einstein, a quien consideraban un símbolo de la
«ciencia judía», e intentaron incluso desprestigiarle publicando un libro
titulado Cien autores contra Einstein, del que el genial físico de Ulm dijo:
«¿Por qué cien? Si estuviera equivocado, bastaría con uno solo».
Carta enviada al presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, el
2 de agosto de 1939, firmada por Albert Einstein pero escrita en gran parte por
Leo Szilard. [Biblioteca y Museo Presidencial Franklin D. Roosevelt]
Einstein
falleció en 1952 siendo considerado uno de los personajes más importantes e
influyentes del siglo XX, pero el alcance de su obra ha llegado mucho más allá,
alimentando, entre otras muchas cosas, gran parte de las ideas especulativas de
la ciencia-ficción en los últimos cien años, muy especialmente las que tienen
que ver con la posibilidad de viajar más rápido que la luz, algo imprescindible
para poder cruzar las enormes distancias interestelares en un plazo razonable.
En los habituales entornos de gravedad débil esto resulta completamente
imposible atendiendo a la propia naturaleza de la luz y del espacio-tiempo, tal
y como el propio Einstein se había encargado de demostrar (ver capítulo sexto).
Sin embargo, la curvatura espaciotemporal podría ofrecer una oportunidad,
puesto que si el espacio puede curvarse sobre sí mismo tal vez podría llegar a
hacerlo tanto que se formase un túnel que condujese a otro lugar muy alejado,
dando la oportunidad de cubrir una enorme distancia sin violar el límite de la velocidad
de la luz. Estos «agujeros de gusano» son, de hecho, predichos por las
ecuaciones de Einstein en determinadas circunstancias, aunque por desgracia los
cálculos apuntan a que, en caso de aparecer, serían extremadamente inestables y
colapsarían mucho antes de que una nave pudiese atravesarlos.
¿Es
imposible, por tanto, utilizar la curvatura del espacio-tiempo para viajar por
el universo? En los años sesenta del siglo XX, la serie de televisión Star Trek
introdujo una alternativa intrigante: ¿por qué no utilizar la propia curvatura
para generar «burbujas» alrededor de una nave? Si se pudiesen producir
distorsiones espaciotemporales de expansión detrás de la burbuja que la
alejasen de su origen y distorsiones de contracción delante de ella que la
aproximasen a su destino, una nave podría viajar a una velocidad varias veces
superior a la de la luz sin violar la teoría de la relatividad ya que
permanecería estática dentro de la burbuja, un poco como un surfista que se
mantiene encima de la tabla mientras esta cabalga sobre esta especie de ola
espaciotemporal. Por supuesto, el «motor de curvatura»[33] capaz
de generar semejantes distorsiones exigiría para su funcionamiento una inmensa
cantidad de energía, algo que en la serie arreglan echando mano de la reacción
entre materia y antimateria (ver capítulo siete).
¿Es
posible construir el motor de curvatura? En 1994, el físico mexicano Miguel
Alcubierre planteó una métrica que lleva su nombre como una solución a las
ecuaciones de Einstein que permite la creación de una burbuja de deformación
dentro de la cual se situaría la nave. Los navegantes no se verían afectados
por las gigantescas distorsiones en el exterior dado que dentro de la burbuja
el espacio-tiempo permanecería «plano». Sin embargo, la métrica de Alcubierre
exige operar con cosas tan especulativas como la materia exótica y la densidad
de energía negativa (ver capítulo nueve), lo que dificulta que la mayoría de
los físicos le presten mucha atención al asunto.
Campo de deformación según la métrica Alcubierre donde apreciamos dos
regiones opuestas, una contraída y otra extendida, del espacio-tiempo.
[AllenMcC.]
Es lo que
tiene la ciencia ficción: te permite trabajar con ideas inspiradoras que no
sabemos si algún día podrán hacerse realidad. Mientras tanto, disfrutemos de
ellas y viajemos en el puente de mando del Enterprise, aunque solo sea con la
imaginación, hasta lugares donde nadie ha podido llegar.
Capítulo
III
… Y el universo se morirá de calor
«La idea
de que el mundo tiende a ir peor, que sucumbe sin propósito alguno en la
corrupción, es la gran idea encarnada en la segunda ley de la termodinámica».
Peter William Atkins, químico y profesor inglés (1940- ).
Si algo
nota un ser humano cuando viene al mundo es la diferencia entre el calor y el
frío. Nadie es ajeno a los sudores veraniegos ni a los rigores invernales, como
también es muy fácil distinguir el ardor extremo del fuego del poder congelador
del hielo. Desde siempre, nuestra especie tuvo muy claro cuándo un objeto
estaba frío y cuándo estaba caliente, aunque lo curioso era que la misma cosa
podía estarlo más o menos, según las circunstancias. Por ejemplo, la comida
cocinada al fuego estaba muy caliente, pero se enfriaba rápidamente. De igual
modo, el agua fría se calentaba si se quedaba estancada bajo los rayos del sol,
el hielo al calentarse se derretía, e incluso el agua al hervir «desaparecía».
Además, cuando un objeto caliente se ponía en contacto con uno frío, este
último se calentaba mientras que el primero se enfriaba, hasta que ambos
provocaban una sensación similar al tacto.
Alegoría de Los cuatro elementos de Giuseppe Arcimboldo en 1566. [Museo de
Historia del Arte de Viena]
Esta
dinámica de caliente-frío a la que se sometían las sustancias, que llevada al
extremo provocaba, por ejemplo, los cambios de estado del agua o la fusión de
los metales, parecía evidenciar la presencia de algún tipo de «fluido» que
entraba o salía de las cosas.
Paradójicamente,
la idea de que el calor es un fluido no está para nada alejada de la realidad,
ya que en puridad el calor no se tiene, sino que se transfiere, siempre de los
cuerpos más calientes a los más fríos. Es, como veremos, una transferencia de energía,
aunque eso nuestros antepasados no podían saberlo, y por eso lo veían como algo
que fluía como el aire o como el agua del mar. Anaxímenes, el filósofo
presocrático, creía que lo caliente y lo frío eran las cualidades intrínsecas
de la materia, mientras que Aristóteles añadió dos más, la sequedad y la
humedad. Estas cuatro cualidades eran combinación de los cuatro «elementos», a
saber: tierra, aire, agua y fuego, que protagonizaban una teoría de la materia
que duraría más de dos mil años.
Durante
todo ese tiempo, mucha gente se dio cuenta de que fenómenos como la dilatación
de los sólidos dependían del calor, pero a nadie se le ocurría medir la
temperatura, más allá de apreciar que algo estaba caliente o frío. Sin embargo,
a partir del Renacimiento, el bueno de Aristóteles empezó a ser cuestionado, y
con él su famosa teoría. Poco a poco, comenzó a recuperarse el viejo atomismo
de los filósofos griegos Demócrito y Leucipo, lo que dio lugar a una nueva
hipótesis, la de que el calor era consecuencia de la presencia del «calórico»,
un fluido imponderable que estaría formado por partículas pequeñas, ligeras y
sutiles. La idea del calórico se oponía a la del flogisto, una especie de
quintaesencia[34] que
poseerían todos los cuerpos combustibles, que también explicaba muchas cosas y
parecía tener cierto soporte experimental.
El fin de
la teoría del flogisto, desacreditada por los experimentos del gran químico
francés Antoine-Laurent de Lavoisier (ver capítulo cinco), vino acompañado de
la magnífica costumbre, también consecuencia de los trabajos del afamado genio,
de medir todo escrupulosamente, lo que llevó a los físicos a empezar a utilizar
termómetros para estudiar los cambios de temperatura. El precursor del
termómetro había sido el termoscopio, inventado, como tantas otras cosas, por
Galileo[35], y
consistía en un tubo de vidrio con un extremo abierto que se sumergía boca
abajo en una mezcla de agua y alcohol que al calentarse subía por el tubo. Con
posterioridad, al instrumento se le había añadido una escala numérica, lo cual
lo convirtió en un termómetro de pleno derecho. Los primeros termómetros tenían
el inconveniente de que eran también barómetros, ya que al tener un extremo
abierto se veían afectados por la presión atmosférica; hasta que, en 1654,
Fernando II de Medici, Gran Duque de Toscana, un gobernante con espíritu
científico, inventó el primer termómetro «cerrado», independiente de la presión
del aire.
Termómetro con las dos escalas.
Una vez
adoptado el termómetro para medir la temperatura, el problema era que cada uno
era de su padre y de su madre. Es decir, no había una escala de medida común y
era, por tanto, muy difícil comparar los resultados. En 1714, el holandés
Daniel Gabriel Fahrenheit (1686-1736) inventó el primer termómetro de mercurio,
mucho más exacto que los de mezcla de alcohol y agua que había hasta entonces,
e introdujo la escala que lleva su nombre y que todavía se usa en los países
anglosajones. Treinta años más tarde, el sueco Anders Celsius (1701-1744) ponía
cierto sentido común al asunto proponiendo una escala donde el cero coincidía
con el punto de congelación del agua y el cien con su punto de ebullición, lo
que resultaba muy conveniente desde casi todos los puntos de vista. La escala
Celsius, o de grados centígrados, se convirtió rápidamente en el estándar para
medir la temperatura entre la mayor parte de la comunidad científica del
planeta.
Equipados
con los flamantes termómetros de Fahrenheit y Celsius, los físicos se lanzaron
de veras a estudiar el calor, midiendo, ahora ya con exactitud, las diferencias
de temperatura en situaciones muy diversas. Una de las primeras cosas que les
llamó la atención es que los objetos que se encontraban a distinta temperatura
tendían a alcanzar la misma cuando entraban en contacto, y esa nueva
temperatura común a ambos siempre resultaba ser un valor intermedio con
respecto a las de partida. Se confirmaba así que el calor siempre se transfería
del cuerpo más caliente al más frío, hasta que la temperatura de ambos se
equilibraba. Por el contrario, nunca sucedía al revés, aunque nadie supiese
explicar por qué. En segundo lugar, la controversia acerca de la existencia
real del calórico se vio protagonizada por mediciones cada vez más precisas,
que desembocaron en los famosos experimentos del conde de Rumford.
Hacia
1798, Benjamin Thompson (1753-1814) había tenido una vida tan agitada como uno
pudiese llegar a imaginar. Británico nacido en Norteamérica, se había casado
con una rica heredera y había participado en la guerra de la Independencia
militando en el bando lealista, en calidad de teniente coronel de los Reales
Dragones de América.
Extremadamente
inteligente, sus experimentos para medir la potencia de la pólvora mientras se
encontraba en el ejército le granjearon una gran reputación como científico.
Sir Benjamin Thompson, conde von Rumford de J. Gillray, 1800. [Wellcome
Collection]
Tras
trabajar unos años en Inglaterra, donde recibió el título de caballero, se
trasladó a Baviera contratado como ayudante de campo del príncipe elector
Carlos Teodoro, mostrándose allí como un excelente administrador público que
acabó siendo nombrado conde del Sacro Imperio Romano Germánico.
Pues
bien, durante sus ratos libres en el arsenal de Múnich, y sin duda influenciado
por su pasado militar, a Rumford le dio por estudiar el calor que se generaba
por la fricción cuando se perforaban los cañones. El aparentemente extravagante
experimento consistía en sumergir un cañón en un barril de agua y perforarlo
con un taladro. Al cabo de unas dos horas y media, el agua hervía, y el
suministro de calor por fricción parecía inagotable. Para sorpresa de muchos,
este resultado ponía patas arriba la teoría del calórico[36] y,
de hecho, casi cualquier teoría que afirmase que el calor era un fluido, ya que
lo único que se le había comunicado al barril era el movimiento del taladro.
Rumford,
que se casó en segundas nupcias con la viuda de Lavoisier y dedicó el resto de
su vida a investigar y a patrocinar la ciencia, nunca intentó cuantificar el
calor generado ni medir lo que más tarde se llamaría el «equivalente mecánico
del calor», pero su demostración de que el trabajo y el calor eran
intercambiables es considerada por muchos como el acta de fundación de la
termodinámica, la rama de la física encargada de estudiar la interacción entre
el calor y otras formas de transferencia de energía.
A
posteriori, resulta curioso comprobar cómo hubo que llegar hasta el siglo XIX
para comprender que había una equivalencia entre calor y trabajo, cuando la
relación entre la temperatura, la presión y el volumen de los gases era
conocida desde hacía ciento cincuenta años[37] y
las «máquinas atmosféricas» de Newcomen (ver capítulo decimotercero) llevaban
un siglo funcionando. Sin embargo, a partir de los experimentos del intrépido
conde la comprensión de lo que sucedía avanzó a pasos agigantados. Como muestra
de ello, en 1824 el joven ingeniero francés Sadi Carnot (1796-1832) publicaba
un extraordinario libro[38], que
entonces pasó casi totalmente desapercibido, en el que describía el
funcionamiento de una máquina térmica, relacionando matemáticamente su
rendimiento con la diferencia de temperatura entre los focos caliente y frío.
El llamado «ciclo de Carnot» explicaba perfectamente cómo y por qué funcionaban
las máquinas de vapor, poniendo ya en absoluta evidencia que el trabajo y el
calor no eran sino dos aspectos de la misma cosa. Por desgracia, el brillante
ingeniero no llegó a ver la inmensa influencia que años después tendría su
obra, ya que murió a causa de una epidemia de cólera con tan solo treinta y
seis años.
Pero si
el calor no era más que una transferencia de energía, ¿de dónde salía? La pista
fundamental para contestar esta pregunta se encontraba en el significativo
hecho de que cada sustancia parecía tener su propio «calor específico», es
decir, había que suministrarle una cantidad diferente de calor para elevar su
temperatura en la misma medida.
Ilustración del ciclo de Carnot.
Ello
apuntaba a la estructura interna de la sustancia, y dado que las primeras
teorías atómicas de la materia se estaban imponiendo claramente, la conclusión
más razonable era que la energía que se transfería tenía que proceder
forzosamente de los movimientos de las partículas que componían el objeto. Por
este motivo, y aunque el concepto de energía todavía se estaba consolidando, a
partir de mediados de siglo se asentó la idea de que cada cosa tenía una
«energía interna», integrada por la energía cinética de sus partículas en
movimiento y también por la energía potencial de las interacciones que, de
alguna manera (aún no se conocía la forma en la que las moléculas interaccionan
unas con otras), mantenían la cohesión de la materia.
Con todas
estas ideas, el concepto de calor había madurado lo suficiente como para que la
termodinámica se convirtiese en un cuerpo de conocimientos bien consolidado.
Así, a partir de mediados del siglo XIX, William Rankine, Rudolf Clausius,
James Prescott Joule, Ludwig Boltzmann, Josiah Willard Gibbs, William Thomson
(lord Kelvin) y otros físicos relevantes desarrollaron las leyes principales
que regían los intercambios de calor. Todos estos personajes fueron
verdaderamente extraordinarios. Rankine[39] (1820-1872),
por ejemplo, era un increíble polímata, un hombre del Renacimiento nacido fuera
de su tiempo que se interesó por la mayoría de las ramas de la ciencia y de la
ingeniería, siendo al mismo tiempo cantante, pianista y violoncelista aficionado.
Asimismo, lord Kelvin (1824-1907), que fue quien introdujo el término
«termodinámica» en 1854[40], tuvo
una vida fuera de lo corriente, siendo una de las principales figuras de la
ciencia en el apogeo de la época victoriana, además de un acérrimo unionista
irlandés que acumuló honores y distinciones por parte del gobierno británico.
Al final de su vida, no obstante, se mostró muy escéptico ante los grandes
avances que, como la aeronáutica, protagonizarían los albores del siglo XX. De
profundas convicciones religiosas, era creacionista, y se opuso a la teoría de
Darwin sobre la base de que, según sus cálculos —que más tarde se mostraron
erróneos— la Tierra no tenía la edad suficiente para que se hubiese producido
la evolución biológica.
Pero de
todos estos gigantes, quizá el que más influencia tuvo en el desarrollo del
moderno concepto de energía fuese el inglés James Prescott Joule (1818-1889),
cuyos experimentos con corrientes eléctricas generadas por pilas
electroquímicas que provocaban el aumento de temperatura de los conductores le
hicieron deducir que era la energía de las reacciones químicas la que se
convertía en energía eléctrica y esta, a su vez, posteriormente en calor.
Además, si en los circuitos se introducía un motor eléctrico, se originaba
también energía mecánica. No es por tanto de extrañar que fuese Joule el
primero en enunciar claramente el principio de conservación, aunque el alemán
Hermann von Helmholtz y el propio lord Kelvin también contribuyesen a él.
Una de
las consecuencias de todos estos trabajos fue el dejar meridianamente claro el
significado de conceptos hasta entonces difusos, como el de temperatura. En
efecto, la temperatura de una sustancia o de un objeto en un momento dado no es
más que la medida de aquella parte de su energía interna asociada al movimiento
de las partículas que lo componen, es decir, a la energía cinética de las
mismas. La consecuencia inmediata de esto es que, al menos en teoría, debería
haber una temperatura mínima «absoluta» en la que las partículas no se mueven
lo más mínimo. En la práctica esto es imposible y, por tanto, semejante
temperatura resulta inalcanzable[41], pero su
valor teórico puede calcularse. Este «cero absoluto» equivale a -273,15 grados
centígrados y es el punto de partida de la escala de temperatura absoluta, o
Kelvin, bautizada así en honor al célebre físico.
Modelo esquemático de un aparato para determinar el equivalente mecánico al
calor por fricción de agua.
Por el
contrario, no existe un máximo «absoluto» de temperatura, ya que las partículas
pueden agitarse tanto como quieran (solo depende de la cantidad de energía
suministrada) y, de hecho, en el corazón de las estrellas se alcanzan
temperaturas de millones de grados.
Otra de
las cuestiones fundamentales que quedaron explicadas en aquellos prodigiosos
años fue lo que sucede durante los cambios de estado. Como ya hemos dicho, la
energía interna no solo se compone de la energía cinética de las partículas,
sino también de la energía potencial asociada a las interacciones que las
mantienen más o menos unidas (ver capítulo cinco). Cuando calentamos una
sustancia, la energía suministrada se emplea en aumentar la agitación de sus
partículas hasta que dicha agitación es tan grande que es capaz de alterar esas
interacciones. Es entonces cuando se produce el cambio de estado. En los
sólidos, las partículas están fuertemente ligadas unas a otras, mientras que en
los líquidos lo están mucho menos, por no hablar de lo que sucede en los gases.
A mayor temperatura, incluso, las interacciones son tan débiles que se crea un
cuarto estado de la materia, el plasma, característico del interior de las
estrellas. La energía empleada en el cambio de estado se consume en «debilitar»
la ligazón entre las partículas y no en aumentar la energía cinética de las
mismas, y es por eso que la temperatura permanece constante durante el proceso.
Si usted hace hervir agua a nivel del mar (¡la presión también influye!) e
introduce un termómetro en el líquido elemento, verá que no se mueve de los 100
ºC hasta que se haya vaporizado la última gota.
Grabado del aparato de James Joule para medir el equivalente mecánico del
calor. La energía potencial por altitud del peso de la derecha se convierte en
calor en la izquierda, agitando el agua. [Harper's New Monthly Magazine, No.
231, August, 1869.]
Curiosamente,
el secreto de la temperatura nos explica también por qué los humanos tenemos
nuestro propio «termómetro» en la piel, ese que nos dice si una cosa está fría
o está caliente. En efecto, como la temperatura mide la agitación de las
partículas, cuando notamos que nos quemamos nuestro cerebro está simplemente
recibiendo el mensaje de que la transferencia de energía es lo suficientemente
grande como para dañar las estructuras celulares, así que lo mejor es que nos
alejemos. ¿No resulta lógico, por tanto, que la evolución nos haya dotado de
los más exquisitos sensores de temperatura?
Pero no
acaban ahí las explicaciones prácticas que nos ofrece la ciencia del calor. Por
ejemplo, sabemos que la energía térmica puede transferirse por conducción,
convección o radiación. En el primer caso, los objetos en contacto directo o el
interior de un mismo objeto transmiten el calor como consecuencia de que sus
partículas en agitación entran en contacto. En la convección, por el contrario,
es un fluido en movimiento (el aire caliente de un horno, por ejemplo) el que
transmite el calor. En el caso de la radiación, sucede que todos los cuerpos
emiten radiación electromagnética (ver capítulo cuarto), que viene acompañada
de cierta cantidad de calor.
Estas
explicaciones nos inducen a profundizar en las principales leyes que rigen
estos fenómenos, la primera y más importante de las cuales no es más que la
versión termodinámica del omnipresente principio de conservación de la energía.
Ya en 1924, el malogrado Carnot había hecho referencia a este principio, lo que
unido a los trabajos de Joule acerca del equivalente mecánico del calor condujo
a su enunciado definitivo, que de forma simplificada viene a decir que en un
sistema cerrado[42] que
pasa de un estado a otro, la suma de la energía transferida en forma de trabajo
y la energía transferida en forma de calor siempre es la misma y equivale a la
variación de la energía interna del sistema. Dicho de otro modo, la energía
total se conserva, como no podía ser de otro modo.
Rudolf Clausius en 1880. [Johann Jakob Keller, Zürich]
Aunque
aparentemente menos importante, el segundo principio de la termodinámica, sin
embargo, abrió la puerta hacia nuevas dimensiones en la física y, en general,
en nuestra percepción de la realidad. El origen de esta ley trascendental,
también explorada por Carnot y a la que ya hacíamos referencia en el capítulo
primero, se encuentra en el profundo misterio de por qué el calor pasa siempre
desde el cuerpo más caliente al más frío y por qué las máquinas térmicas nunca
funcionan a máximo rendimiento. Estos nos parecen hoy en día fenómenos
perfectamente naturales, simplemente porque estamos acostumbrados a ellos, pero
su fundamento no resulta para nada evidente. ¿Por qué, si la transferencia de
energía funciona en un sentido, no puede hacerlo al contrario? ¿Y por qué, si
suministramos una cierta cantidad de energía, no podemos obtener la misma
cantidad en forma de trabajo, tal y como parece sugerir el principio de
conservación?
Aunque
hay muchos enunciados del segundo principio (también conocido como Segunda Ley,
¡en mayúsculas!), quizá el más intuitivo es que es imposible transformar todo
el calor en trabajo, porque siempre hay cierta cantidad que se disipa en el
entorno. A ese calor desechado, Clausius lo llamó «entropía», y el segundo
principio viene a decir que en un sistema aislado, la variación de la entropía
siempre es mayor que cero. Puede que a usted no le impresione el escuchar esto,
pero se encuentra nada menos que ante una de las leyes más importantes,
omnipresentes y fundamentales de la naturaleza, una que gobierna nuestra
existencia desde la cuna hasta la tumba, sin que podamos hacer nada para
librarnos de ella. Aunque lo intuyeron, sus descubridores no llegaron a entender
del todo su omnipotencia, pero al igual que sucede con el principio de
conservación de la energía, la segunda ley es de aplicación universal, yendo
mucho más allá de las fronteras de la termodinámica.
En
efecto, el hecho de que no se pueda transformar todo el calor en trabajo,
significa que en cualquier transferencia de energía, del tipo que sea, siempre
hay una parte que se «desperdicia» en forma de calor[43]. Por
eso, el rendimiento de las máquinas es siempre inferior a uno. Por eso,
también, cuando se transporta la corriente eléctrica hay una parte que se
disipa en el entorno. Y lo mismo sucede con cualquier otro fenómeno en el que
tenga lugar una transferencia de energía, lo que equivale a decir en
absolutamente cualquier cosa que pase. La energía total se conserva, pero
siempre hay una parte que deja de ser útil y «se corrompe» en el proceso. Con
ese residuo de energía no puede hacerse absolutamente nada.
Pero ¿por
qué sucede esto? ¿Cuál es la razón de que siempre se nos obligue a hacer un
esfuerzo adicional para alcanzar cualquier objetivo, como si la segunda ley
fuese la venganza de Dios cuando expulsó a nuestros primeros padres del
paraíso? Pues por extraño que pueda parecer, resulta que la entropía es un
concepto íntimamente ligado al de información, y ello resulta crucial. En 1877,
Ludwig Boltzmann (1844-1906), que se suicidaría treinta años después deprimido
por el poco aprecio que sus ideas y descubrimientos tenían entre el
establishment académico de la época, encontró que la entropía podía describirse
perfectamente desde el punto de vista de la probabilidad, ya que tenía que ver
con el número de «microestados» posibles de un sistema[44], o dicho
de otro modo, con su grado de organización. Y resulta que las distribuciones de
partículas altamente organizadas son mucho menos probables que las más
desordenadas. Dicho de otra forma, si usted lanza un puñado de ladrillos al
aire es infinitamente más probable que caigan de cualquier manera —pues hay
muchas configuraciones diferentes en las que los ladrillos están desordenados—,
que formen una caseta, porque tan solo muy pocas configuraciones permiten eso.
En un
proceso espontáneo[45], por
tanto, cualquier sistema que podamos imaginar en un universo que se rige por
leyes matemáticas como las del nuestro siempre va a evolucionar hacia un estado
más desordenado, salvo que apliquemos un trabajo desde fuera para ordenarlo. Y
resulta que el calor es la forma de energía más «desordenada», porque
únicamente bebe de la agitación aleatoria de las partículas. De modo que en
cualquier proceso espontáneo que afecta a un sistema aislado siempre parte de
la energía se disipa en forma de calor residual, es decir, aumenta su entropía,
que es exactamente lo que dice la segunda ley. Ahora vemos por qué el calor
siempre pasa del cuerpo caliente al cuerpo frío: porque el estado en que la
temperatura de ambos está equilibrada es el más probable o, como dirían los
físicos, el que resulta compatible con un mayor número de microestados. Para
hacerlo al revés hay que hacer un trabajo con una máquina que necesita consumir
energía (un frigorífico, o un aparato de aire acondicionado, por ejemplo).
Pero, ¡un
momento! Si forzamos al sistema de esa manera, ¿no estamos reduciendo su
entropía? ¿No estamos violando la segunda ley? En realidad no. La ley nos dice
que en un sistema aislado la entropía siempre crece, pero un frigorífico no es
un sistema aislado ya que está recibiendo «ayuda» desde fuera. Pero fíjense que
si incluimos el entorno de la máquina como parte del sistema, entonces el
segundo principio se cumple perfectamente, ya que parte de la energía que
consume el frigorífico se disipa en forma de calor. ¡No hay más que subir a la
azotea para comprobar la cantidad de calor que desprende el motor de nuestro
aparato de aire acondicionado! Dicho de otro modo, podemos reducir la entropía
de un sistema, pero siempre a costa de aumentar la del universo en general.
Esto es lo mismo que decir que, en la práctica, el universo evoluciona
«desordenándose» de forma irreversible. Esta es la grandeza y la tragedia de la
ominosa segunda ley.
El nombre Demonio puede estar relacionado con un juego de cartas de
solitario conocido en Reino Unido por el que se separan las cartas rojas y
negras como se separan moléculas calientes y frías.
Ahora
bien, no todo ha de ser pesimismo. Por si no lo habían pensado, la posibilidad
de burlar la tiranía del segundo principio forzando la situación es lo que hace
que podamos existir los seres vivos, un tipo de sistemas que no paramos de
consumir energía (léase comer) para mantener nuestra estructura interna
altamente organizada. Esto supone que mantenemos nuestra entropía muy baja a
costa de «transferir el desorden» al entorno, dado que el desbarajuste que
producimos en el universo en su conjunto al consumir la comida es mucho mayor
que el orden que generamos en nuestro interior. Por eso, técnicamente se dice
que un ser vivo es una «estructura disipativa» que se mantiene «alejada del
equilibrio termodinámico». Hasta que dejamos de alimentarnos, claro, en cuyo
caso la máquina biológica se para y el organismo se muere. Es decir, se
desorganiza espontáneamente.
El caso
de los seres vivos es una versión real del «demonio de Maxwell», una criatura
imaginaria ideada en 1867 por el gran físico escocés James Clerk Maxwell[46] (1831-1879)
para ilustrar el segundo principio de la termodinámica. En esta suerte de
experimento mental, un travieso demonio de tamaño microscópico se dedica a
separar a mano las moléculas «calientes» de las moléculas «frías», consiguiendo
de esta manera disminuir la entropía, en aparente contradicción con la segunda
ley. La solución de la paradoja, claro está, estriba en que la actividad física
de un demonio real consumiría energía, al igual que también lo haría su proceso
de toma de decisiones. Se trata de otra estructura disipativa que no hace sino
disminuir la entropía localmente, a base de aumentarla a nivel global.[47]
Quizás la entropía impide los viajes en el tiempo pero qué momentos tan
divertidos nos dan el cine y la literatura. [Imagen promocional de Regreso al
futuro.]
El
segundo principio de la termodinámica tiene infinidad de aplicaciones prácticas
—impide, por ejemplo, la fabricación de un móvil perpetuo de segunda especie,
tal y como vimos en el capítulo primero— pero, por encima de todo, la relación
que establece entre las transferencias de energía y el grado de organización de
un sistema nos está diciendo algo muy profundo acerca de la naturaleza de la
realidad que conocemos. Es imposible en la práctica que se reconstruya
espontáneamente una taza que se hace trizas al caerse al suelo porque la
probabilidad de que mediante interacciones entre las partículas que lo componen
vuelva a adoptar la «configuración de taza» es infinitesimal, casi nula. Todos
los objetos y todas las sustancias envejecen, se estropean y terminan por
disgregarse porque la tendencia espontánea es que sus partículas pasen a
distribuirse de forma aleatoria. Y, a escala universal, nada en el mundo puede
detener este proceso, aunque siempre seamos capaces de construir o preservar
durante largo tiempo algunas de estas «islas de organización» a base de
desordenar todavía más el entorno.
¡Pero, si
esto es así, resulta que el segundo principio nos está dando también la clave
nada menos de por qué no podemos viajar hacia atrás en el tiempo, como si de
rebobinar una película se tratase! Y es que, aunque la mayoría de las leyes de
la física son simétricas con respecto al tiempo (funcionan igual hacia el
pasado que hacia el futuro) la segunda ley no lo es. El hecho de que la
entropía siempre deba aumentar implica que todos los procesos espontáneos que
acaecen en el universo sean irreversibles, es decir, no hay manera práctica de
que sucedan al revés. Cuando la taza se rompe, no se puede volver a reconstruir
agregándose en el suelo y saltando hacia la mesa. No hay forma, por tanto, de
que las cosas sucedan «marcha atrás». La segunda ley nos marca claramente el
sentido obligatorio desde el pasado hacia el futuro, y es la razón principal de
la existencia de lo que ha venido a llamarse la «flecha temporal».[48]
Ahora
bien, como es usted avispado, seguro que a estas alturas se pregunta lo
siguiente: ¿cómo puede el universo estarse desordenando continuamente? ¿No
exigiría eso que su punto de partida fuese un estado muy ordenado?
Efectivamente. Por extraño que pueda parecer, el espacio-tiempo, la energía y
la materia que se crearon en el Big Bang se dispusieron de una forma muy
organizada, lo que ha impulsado toda la mecánica del universo a lo largo de
miles de millones de años hasta la situación actual. De hecho, las constantes
matemáticas universales que rigen la dinámica de todo lo que existe, por
ejemplo la constante de Planck (ver capítulo octavo), la constante gravitatoria
o la carga del electrón, están tan finamente ajustadas que cualquier variación
en su valor, por pequeña que fuese, daría lugar a un universo completamente
distinto al que conocemos, sin estrellas, planetas ni nada parecido. Algunos
científicos profundamente religiosos, y también algunos teólogos aficionados a
la física, han querido ver en semejante precisión la huella evidente de la
intervención de Dios, aunque también cabe la posibilidad de que simplemente
nuestro universo sea uno más entre un enorme número de ellos, lo que haría que
el aparentemente misterioso ajuste de las constantes fundamentales no fuese más
que una casualidad.[49]
En
cualquier caso, la consecuencia de una evolución del universo sujeta a la
tiranía de la segunda ley es que cada vez hay más entropía, o dicho de otro
modo, cada vez hay más «energía degradada» en forma de calor, de la cual no se
puede recuperar trabajo. Por tanto, y aunque hay distintas hipótesis sobre el
destino del universo, una de las más plausibles es que en el fin de los tiempos
(no se preocupe mucho, ríase del tiempo transcurrido desde el Big Bang) todo en
el universo se haya quedado virtualmente «quieto», sin que sea posible ningún
movimiento, salvo la agitación uniforme de las partículas en un espacio en el
que todo se encuentra a la misma temperatura. Este deprimente escenario es lo
que se conoce como «muerte térmica del universo», y es a lo que parece
conducirnos el fatídico segundo principio de la termodinámica.
De manera
que ya sabe, tenga mucho cuidado: cuando enciende el aire acondicionado a lo
loco está usted contribuyendo en una cantidad infinitesimal a que al universo
le quede menos tiempo funcionando como Dios manda… Aunque tampoco debe
agobiarse demasiado; mucho tendrían que cambiar las leyes de la física para que
usted se volviese inmortal.
Portada del cómic número 9 de The Amazing Spider-Man, 1964, en la que
aparece Maxwell Max Dillon, personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko.
[Marvel]
Capítulo
IV
El poder de electro
«La
pregunta científica de hoy es: ¿Qué demonios es la electricidad? ¿Y a dónde va
cuando sale de la tostadora?».
Dave Barry, escritor estadounidense (1947-).
En el
universo Marvel, uno de los supervillanos más poderosos que se enfrentan a
Spider-Man es Electro, un tipo capaz de controlar la electricidad tras ser
alcanzado por un rayo mientras trabaja en una línea eléctrica. A partir de ese
momento, Electro funciona como un condensador, acumulando enormes cantidades de
energía que puede emplear a discreción para sus malvados fines. Con sus nuevos
superpoderes, está varias veces a punto de matar al héroe, que tiene que
emplearse a fondo para contrarrestar el poder desatado de su enemigo.
En gran
medida, la turbación de Spider-Man ante semejante peligro no es sino el reflejo
del temor reverencial que la humanidad ha sentido desde siempre hacia el rayo,
ese espectacular fenómeno meteorológico que ilumina el cielo, provoca
aterradores incendios y viene acompañado del profundo alarido del trueno.
Terribles y en extremo aparatosos, a nuestros antepasados los rayos les debían
parecer auténticas armas de los dioses, quizá secuelas de apocalípticas
batallas celestiales en las que, de cuando en cuando, alguno caía hacia
nosotros de forma descuidada. En ese sentido, en la mitología griega, Zeus, el
padre de los dioses, es representado en posesión del poder del rayo, con el que
es capaz de fulminar al más pintado[50].
Curiosamente,
fueron también los griegos los que comenzaron a experimentar con algunos
extraños fenómenos que, a pesar de ser conocidos desde tiempo inmemorial, nada
parecían tener en común con el rayo. En primer lugar, estaba el asunto del
ámbar, una sustancia que cuando se frotaba con lana o con la piel a veces
atraía pequeños objetos, e incluso llegaba a producir una chispa.
El pez gato eléctrico, Malapterurus electricus, posee células eléctricas
(electrocitos) capaces de producir conjuntamente un impulso de hasta 300-450
voltios.
También
era llamativa la presencia en algunos lugares, como el mismísimo río Nilo, de
algunos curiosos peces con pinta de gato que incapacitaban a sus presas con
pequeñas descargas y a los que los antiguos egipcios conocían por el nombre de
«tronadores del Nilo». Por último, en la localidad griega de Magnesia[51] había
unas extrañas piedras que, como por arte de magia, atraían el hierro y también
se atraían entre sí.
¿Existía
alguna relación entre estos hechos aparentemente misteriosos? Algunos
espabilados filósofos griegos pensaban que sí, ya que nos han llegado noticias
de que, hacia 600 a. C., Tales de Mileto (ca. 624 a. C.- ca. 546 a. C.) llegó a
la conclusión de que la fricción del ámbar dotaba a dicho material de la misma
fuerza atractiva de la que disfrutaban los minerales de Magnesia. Como luego
veremos, el genio griego no andaba desencaminado, ya que existe una íntima
relación entre la electricidad y el magnetismo, a pesar de que no sean
exactamente lo mismo. En cualquier caso, la cosa no pasó mucho de ahí, pues
aunque los árabes dedicaron tiempo a estudiar los rayos y se sabe que llegaron
a establecer algún paralelismo entre su efecto y la fricción del ámbar, las
cuestiones relacionadas con estos fenómenos no pasaron de ser meras
curiosidades, por lo menos hasta bien entrado el Renacimiento.
Pero,
hacia 1600, el interés por el magnetismo había aumentado mucho en Occidente
como consecuencia del invento de la brújula y sus importantes aplicaciones
prácticas que, como recordaremos, habían llevado al legendario Petrus
Peregrinus a escribir ya en el siglo XIII su famosa Epístola de Magnete. Fue
bebiendo de las fuentes de Peregrinus y de sus seguidores que el inglés William
Gilbert (1544-1603), un auténtico apóstata de la entonces dominante filosofía
aristotélica que llegaría a ser el médico privado de Isabel I, desempolvó los
viejos trabajos de Tales. Al respecto, a Gilbert le parecía que el magnetismo y
el efecto de atracción que se producía al frotar el ámbar eran dos fenómenos
distintos, y al segundo lo denominó electricus, del griego ἤλεκτρον, que es la
palabra griega para la famosa resina fósil.
Los
estudios de Gilbert sobre lo que ahora conocemos como electricidad estática
iniciaron un recorrido de doscientos años en el que destacaron personajes como
Otto von Guericke (1602-1686), un testigo de la guerra de los Treinta Años[52] que
terminó siendo un magnífico físico; Stephen Gray (1666-1736), el astrónomo
británico que descubrió por casualidad que la electricidad puede trasladarse a
través de determinados objetos, siendo el primero en distinguir entre
materiales «conductores» y «aislantes»; o Charles François de Cisternay du Fay
(1698-1739), un químico francés de poético nombre que distinguió entre lo que
él llamaba «electricidad vítrea» (obtenida al frotar el vidrio) y «electricidad
resinosa» (obtenida al frotar el ámbar), características de objetos que se
atraían entre sí cuando manifestaban una modalidad diferente pero que se
repelían cuando se trataba del mismo tipo de electricidad.
Sin duda,
uno de los personajes más pintorescos de aquella época heroica fue Henry
Cavendish (1731-1810), uno de los mejores científicos del siglo XVIII, conocido
sobre todo por el descubrimiento del hidrógeno y por su famoso experimento de
la balanza de torsión, con el que midió la densidad de la Tierra. Cavendish fue
también uno de los pioneros en el estudio de la electrostática, aunque gran
parte de sus trabajos en este terreno fueron ignorados durante décadas. Propuso
la ley de interacción entre las cargas eléctricas antes que Coulomb, aunque
como era muy excéntrico y no contaba con los instrumentos adecuados, medía la
fuerza de una corriente eléctrica sometiéndose a ella y calculando su
intensidad por el dolor.
La
personalidad de Cavendish era muy extraña, hasta el punto de ser considerado un
autista. Como era de familia noble, disponía de grandes recursos, pero vivía
casi solo en una enorme mansión a las afueras de Londres y su vida social era
prácticamente inexistente. Tenía un terror casi patológico al contacto humano,
hasta el punto de entrar y salir por una puerta lateral e instalar una escalera
privada por la que no permitía transitar a nadie, con objeto de no tener que
encontrarse con ninguno de sus sirvientes cara a cara. Su ama de llaves tenía
prohibido verle, recibiendo las instrucciones diarias por escrito. Dueño de una
voz de timbre desagradable, evitaba por todos los medios a las mujeres, siendo
un misógino irredento que, por supuesto, nunca se casó. En las raras ocasiones
en que salía de casa se vestía con ropas heredadas, la mayor parte pasadas de
moda desde hacía casi un siglo. Las únicas personas con las que se sentía algo
más cómodo eran otros científicos con los que formaba parte de un curioso club
denominado «Sociedad Lunar de Birmingham», cuyos miembros se tachaban a sí
mismos de «lunáticos» y se reunían, cual si de licántropos se tratase,
únicamente en las noches de luna llena.
Pero el
más carismático de los viejos exploradores de la electricidad fue sin duda
Benjamin Franklin (1706-1790), el extraordinario polímata que se convirtió por
derecho propio en uno de los padres fundadores de toda una nueva nación. El
«primer americano», como más tarde sería bautizado, era notable en todo, ya
fuese como escritor, periodista, político, activista civil, humorista,
diplomático, inventor y, por encima de todo, científico. Además, fue un
reputado masón y un gran hombre de estado, que llegó a convertirse en el primer
embajador de los Estados Unidos en Francia.
Este
fabuloso personaje, quizá uno de los más emblemáticos de la Ilustración, se
mostró fascinado por la electricidad desde muy niño. Había leído los trabajos
de Grey y du Fay, y como todos sus contemporáneos veía la electricidad como una
especie de fluido de naturaleza desconocida que se movía a través de los
materiales conductores y ejercía una extraña acción a distancia, atrayendo o
repeliendo los objetos según fuesen «vítreos» o «resinosos». Y, además, de vez
en cuando saltaban chispas. Pero, a diferencia de otros, el intuitivo Franklin
pensaba que no existían dos electricidades, sino solamente una, que se
manifestaba de una forma u otra en función de las circunstancias. Fue él quien
bautizó a la electricidad vítrea como «positiva», y a la resinosa como
«negativa», en analogía con lo que sucedía con el magnetismo.
Hacia
finales de la década de 1740, Franklin andaba trasteando con la botella de
Leyden, un dispositivo inventado unos años antes cuando se buscaba una forma de
almacenar la electricidad en un frasco.
La
botella consiste en un recipiente de vidrio que hace de aislante, recubierto
por dentro y por fuera por láminas de metal que acumulan cargas de signo
opuesto y que se conectan mediante un cable conductor.
Tarjeta de navegación de barcos clíper dedicada a Franklin. Estas tarjetas
comenzaron en 1853 y continuaron durante la guerra civil americana y
presentaban ilustraciones a todo color que enseñaban los nombres de los barcos.
[Nesbitt & Co, impresoras/ American Antiquarian Society]
El
artefacto provoca descargas muy llamativas, tal y como el genio americano tuvo
la oportunidad de comprobar cuando sus brazos quedaron completamente
entumecidos durante uno de los experimentos en los que usaba baterías de
botellas de Leyden conectadas entre sí. Franklin empleaba sus ingeniosas
baterías para electrocutar pavos y después asarlos, y afirmaba que los platos
preparados con semejante técnica estaban particularmente tiernos y suculentos.[53]
Como
vemos, Franklin podría haber pasado a la historia por inventar el primer horno
eléctrico para asar pollos, pero sus experimentos estaban destinados a logros
más relevantes. Al igual que muchos otros, a estas alturas estaba convencido de
que los rayos no eran más que descargas de electricidad estática a una escala
descomunal, y estaba decidido a demostrarlo. En 1752 llevó a cabo uno de los
experimentos más famosos de toda la historia de la ciencia, en el que utilizó
una cometa para recolectar electricidad a partir de una nube de tormenta[54], lo que
dejó definitivamente en evidencia la naturaleza eléctrica de los rayos. Además,
y como consecuencia inmediata, la demostración llevó al genio americano a
desarrollar el pararrayos, un instrumento basado en un conductor que desviaba
la descarga hacia el suelo, de manera que resultase inofensiva. El advenimiento
del pararrayos, uno de los inventos trascendentales de la humanidad, acabó con
la trágica historia de un fenómeno que durante siglos había destruido
localidades enteras, asoladas por pavorosos incendios. En cuestión de unas
décadas, la pesadilla de quedar abrasado dentro de una casa de madera golpeada
por el rayo pasó a convertirse en un riesgo marginal, prácticamente anecdótico.
Franklin,
el polímata, siguió realizando aportaciones importantes a la ciencia a lo largo
de su vida, pero su extraordinaria carrera como político y diplomático eclipsó
todo lo demás. En junio de 1776 fue uno de los miembros del célebre «Comité de
cinco» que redactó el borrador de la Declaración de Independencia y, tras sus
años de diplomático en París, acabó su carrera como gobernador de Pensilvania.
Cuando falleció, en 1790, veinte mil personas asistieron a su funeral. Sin
duda, todo un homenaje al singular padre de la patria que también lo fue de la
electricidad.
A partir
de los experimentos de Franklin, el conocimiento de la electricidad avanzó a
pasos agigantados, aunque con algunos indeseables efectos secundarios. Así,
mientras que en 1785 Charles-Augustin de Coulomb (1736-1806) establecía la ley
cuantitativa que rige la interacción entre las cargas eléctricas (Ley de
Coulomb), comenzando así el verdadero análisis sistemático del fenómeno, seis
años más tarde el italiano Luigi Galvani (1737-1798) descubría por casualidad
un extraño efecto mientras trasteaba con la pata de una rana que colgaba de un
gancho de bronce. Sin querer, el médico italiano tocó el gancho con un bisturí,
y una descarga de electricidad estática hizo que la pata se contrajese de forma
espontánea. Asombrado, repitió el experimento muchas veces, hasta que llegó a
la conclusión de que existía una «electricidad animal» detrás de la cual podría
encontrarse el secreto de la vida. Convencido de hallarse ante la mítica
«fuerza vital», buscada desde los tiempos de Aristóteles, Galvani se sumergió
en una macabra serie de experimentos en los que intentaba resucitar a la gente
mediante la aplicación de descargas, dedicándose, entre otras cosas, a hacer
bailar cadáveres humanos a los que electrocutaba.
Ciertamente,
por aquel entonces la idea de la reanimación galvánica no parecía descabellada.
La electricidad parecía un fluido en extremo misterioso y, si pequeñas
descargas eran capaces de mover unos músculos, ¿no podría una carga lo
suficientemente potente devolverle la «fuerza vital» al cuerpo entero? Aunque
no de forma explícita, esta posibilidad se encuentra detrás del argumento de
Frankenstein o el moderno Prometeo, la sensacional novela de terror gótico de
Mary Shelley. Con toda probabilidad, la autora se inspiró en los famosos y
controvertidos espectáculos públicos con cadáveres de abanderados del
galvanismo como el médico Andrew Ure o el excéntrico aficionado Andrew Crosse,
un tipo que aseguraba ser capaz de crear pequeños animales de la nada mediante
«electro-cristalización» (ver capítulo décimo quinto).
Por
descontado, todo esto no eran más que sandeces, pero la falta de un
conocimiento más profundo de la naturaleza de la electricidad hizo que las
especulaciones continuasen a lo largo de décadas. Mientras tanto,
investigadores menos esotéricos comenzaban a dar pasos de gigante en la
dirección correcta. En 1799, y profundizando en el fortuito descubrimiento de
Galvani, el también italiano Alessandro Volta (1745-1827) construía la primera
pila eléctrica de la historia[55], en la
que finas láminas de cobre y de zinc se apilaban de forma alternativa unas
encima de otras, separadas por trozos de fieltro impregnados en salmuera[56]. Lo
trascendental de la pila voltaica era que se había encontrado un dispositivo
que conectado a un cable conductor era capaz de suministrar corriente de forma
ininterrumpida durante mucho tiempo, y por eso a este tipo de suministro se le
denominó «corriente continua». Aclamado por el mismísimo Napoleón Bonaparte,
Volta acababa de demostrar que la energía eléctrica podía obtenerse a partir de
reacciones químicas, no siendo necesaria para nada la intervención de los seres
vivos. Aunque él no podía saberlo, toda la industria eléctrica del siglo XIX se
desarrollaría a partir de baterías relacionadas con su trascendental invento[57].
Utilizando
la nueva pila voltaica, los descubrimientos sobre el funcionamiento de la
electricidad se sucedieron rápidamente.
Un año
más tarde, William Nicholson y Anthony Carlisle descomponían el agua en
hidrógeno y oxígeno (electrolisis), y hacia 1820 el danés Hans Christian Ørsted
(1777-1851) demostraba por primera vez la relación directa entre la
electricidad y el magnetismo al desviar la aguja de una brújula cuando
conectaba o desconectaba una batería eléctrica próxima a ella.
El físico italiano Alessandro Volta (1745-1827) demostrando su pila a
Napoleón en París, 1801. [Le Petit Journal 1901]
Un año
después, Michael Faraday (1791-1867), un personaje con una formación matemática
limitada pero que resultó ser un soberbio científico experimental, utilizaba el
descubrimiento de Ørsted para diseñar el primer motor eléctrico de la historia,
y una década más tarde descubría el fenómeno de la inducción magnética, otro de
los hallazgos trascendentales de la humanidad. En lo que fue una demostración
impresionante del alcance que puede llegar a tener un experimento, por sencillo
que sea, Faraday simplemente enrolló un cable de hierro aislado alrededor de un
tubo de cartón, formando lo que se llama una bobina. Luego, se puso a mover un
imán a lo largo de la misma y sus instrumentos detectaron de inmediato el paso
de una corriente eléctrica.
Fotografía de izquierda a derecha: Michael Faraday, Thomas Henry Huxley,
Charles Wheatstone, David Brewster y John Tyndall.
Como la
ley de conservación de la energía ya era bien conocida para entonces, a nadie
se le escapaba que si la energía de un imán en movimiento podía transformarse
en energía eléctrica y viceversa, era solo cuestión de tiempo que la industria
empezase a desarrollar motores y generadores eléctricos de gran potencia que
llegasen a transformar toda una civilización. No terminaron ahí, sin embargo,
las maravillosas aportaciones del genial Faraday, quien con una intuición
rayana en lo sobrenatural comenzó a sospechar… ¡que la luz no era sino una
forma de electromagnetismo! Los extraordinarios experimentos de Faraday y sus
colegas se verían sustentados por una sólida teoría física cuando el escocés
James Clerk Maxwell (1831-1879), probablemente una de las personas más
inteligentes que hayan existido, desarrolló en la década de 1860 las ecuaciones
del campo electromagnético[58], que
proporcionaban el soporte matemático definitivo a la descripción del fenómeno.
Con los
conocimientos teóricos ya bien asentados y de la mano del trabajo de los
ingenieros, la electricidad pasó en cuestión de décadas de ser casi una mera
curiosidad científica a una herramienta indispensable del mundo moderno. Así, a
finales del siglo XIX, la nueva y prometedora disciplina se vio protagonizada
por personajes legendarios como Alexander Graham Bell, Thomas Edison o Nikola
Tesla que, como modernos conquistadores de un territorio hasta entonces ignoto,
desarrollaron las aplicaciones de la electricidad hasta extremos insospechados,
cambiando nuestras vidas para siempre.
Uno de
los protagonistas más peculiares de la edad de oro de la ingeniería eléctrica
fue sin duda Graham Bell (1847-1922), un escocés de origen nacionalizado
canadiense con tantas luces en su personalidad como sombras, pues tan pronto
trabajaba para ayudar a los sordos como se mostraba partidario de la eugenesia.
Inteligente y creativo, era un excelente inventor que, entre otras muchas
cosas, intentaba mejorar el telégrafo para que trasmitiese mensajes de voz. El
telégrafo había sido desarrollado en las décadas de 1830 y 1840 a partir de la
invención del electroimán, una pieza de hierro en forma de herradura envuelta
en alambre de cobre de potencia muy superior a la de un imán corriente. El
instrumento permitía enviar mensajes, por ejemplo en el nuevo código Morse, a
través de cables que podían unir estaciones situadas a largas distancias, pero
no podía transmitir la voz. En los años que siguieron, muchos investigadores
buscaron la mejor forma de hacerlo, pero Bell los aventajó a casi todos
aprovechando sus conocimientos sobre el sonido, fruto de sus trabajos sobre la
sordera. A pesar de ello, cuando en 1876 patentó el teléfono hubo de
enfrentarse a un sinnúmero de demandas que le discutían la primacía del
revolucionario instrumento.[59]
Ilustración del primer electroimán inventado en 1824 por el científico
británico William Sturgeon. Este fue su dibujo original de su artículo de 1824
para la Real Sociedad Británica de Artes, Manufacturas y Comercio.
Thomas
Alva Edison (1847-1931) también fue un tipo especial donde los hubiera. Nacido
en Ohio, a los quince años obtuvo su primer trabajo como telegrafista, un
oficio que le había enseñado un jefe de estación agradecido porque el
jovencísimo Edison había sacado a su hijo de las vías del tren. Allí empezó una
prolífica carrera de inventor plagada de incontables experimentos que le
llevaría a registrar más de mil patentes a lo largo de su vida, algunas de las
cuales se encuentran entre las más importantes de la historia de la
electricidad, como el primer sistema de alumbrado, basado en la lámpara
incandescente que perfeccionó.
Pero el
más extraordinario de los grandes exploradores de la electricidad fue sin duda
Nikola Tesla (1856-1943), quien con el tiempo se convertiría en el gran rival
de Edison. Tesla era un ingeniero de origen croata que ya llevaba algún tiempo
desarrollando patentes relacionadas con el electromagnetismo cuando se trasladó
a los Estados Unidos para trabajar en la empresa de Edison. Allí no duró
demasiado, porque pensaba que ganaba poco para lo mucho que hacía, así que se
marchó primero para ponerse por su cuenta y luego para asociarse con George
Westinghouse, otro inventor y empresario que había fundado la Westinghouse
Electric. Fue allí donde, en 1887, fabricó su famoso motor de inducción
alimentado por corriente alterna, dando comienzo a lo que se conocería como
«guerra de las corrientes» entre la Westinghouse y la Edison Electric (más
tarde General Electric). El conflicto fue una de las primeras guerras
comerciales de gran calado entre dos compañías rivales que pretendían hacerse
con el naciente y suculento negocio del suministro de electricidad, una batalla
ganada a largo plazo por el bando de Tesla y Westinghouse, dada la superior
capacidad de la corriente alterna para ser transportada a grandes distancias
con respecto a la corriente continua de Edison.[60]
Generador de CA Westinghouse. El primero del mundo. Construido por Nikola
Tesla y George Westinghouse. Planta Hidroeléctrica de Ames, Telluride,
Colorado. 1895, powerhouse. Fotografía aprox. 1900. [Everett Collection]
Pero ahí
no acabó la historia de Tesla. En 1887 el alemán Heinrich Hertz (1857-1894)
había demostrado la existencia de las ondas electromagnéticas predichas por las
ecuaciones de Maxwell (una prueba impresionante del poder de una buena teoría),
al generar experimentalmente ondas de radio en su laboratorio, un logro que
aprovecharía el italiano Guglielmo Marconi (1874-1937) para poner en marcha los
primeros emisores y receptores de radio operativos e inaugurar una nueva era en
las comunicaciones. Tesla se mostró entusiasmado por el descubrimiento y,
aprovechando el dinero ganado en la Westinghouse, volvió a ponerse por su
cuenta, experimentando tanto con la radio como con la corriente alterna. Así
empezó a trabajar en proyectos que rayaban en la ciencia-ficción, tales como
sistemas de iluminación y transmisión de corriente sin cables, herramientas de
control remoto, rayos artificiales y otras ocurrencias, pocas de las cuales
llegaron a tener utilidad práctica inmediata. También empezó a desvariar un
poco, como cuando creyó observar señales de radio inusuales en su receptor e
informó a la prensa de que estaba escuchando mensajes procedentes de Marte o de
otros planetas. A nivel más prosaico, perdió la carrera para ser el primero en
enviar una señal de radio transatlántica frente a Marconi, y los inversores
abandonaron la financiación de la Torre Wardenclyffe, su principal proyecto,
con el cual pretendía demostrar que podía transmitir energía sin cables a
cualquier distancia. A partir de ese momento, y aunque siguió haciendo
aportaciones, entró en un declive que le llevó virtualmente a la bancarrota,
mientras que la edad iba dejando huella en su privilegiado cerebro haciéndole
delirar acerca de un «motor de rayos cósmicos» y un aniquilador «rayo de la
muerte» que supuestamente habría inventado. En 1937 sufrió un serio accidente
que le dejó muchas secuelas y, finalmente, falleció en 1943 a los ochenta y
seis años de edad, solo y arruinado en la habitación de un hotel que el FBI
rastreó a conciencia en busca del inexistente rayo de la muerte que, por
supuesto, no apareció. Así acabó la vida de un genio complejo e incomparable
cuyo legado compartimos casi en cualquier momento, ya sea encendiendo la luz de
casa o conectando el televisor.
Pero,
volviendo al tema que nos ocupa, vemos que a principios del pasado siglo la
electricidad extendía ya su influencia por todas partes, algo que no dejaba de
resultar paradójico teniendo en cuenta la falta de conocimientos sobre su
verdadera naturaleza. En efecto, las aplicaciones de la nueva forma de energía
eran maravillosas, pero ¿qué había realmente detrás de una corriente eléctrica?
¿Se trataba de un fluido, tal como se venía especulando desde los tiempos de
Franklin, o era algo completamente distinto? La respuesta, curiosamente, se
encontraba a medio camino, pero hubo que esperar al esclarecimiento de la
estructura del átomo para desentrañar lo que de verdad estaba sucediendo. Y la
clave la tenían los electrones.
En un
átomo, los electrones, que son partículas con carga eléctrica negativa,
circulan alrededor del núcleo pero se mantienen asociados al mismo mientras que
no pasen cosas que les lleven a vivir su vida alegremente. Una de esas cosas
que pueden suceder es que los más externos se enlacen con los electrones de
otro átomo para formar una molécula, pero también puede ocurrir que los átomos
que forman un material estén tan empaquetados que los electrones forman una
especie de «nube», en la cual pueden moverse con bastante libertad sin
permanecer asociados a ningún núcleo atómico en concreto. En este tipo de
enlace, llamado «metálico», los electrones se desplazan con facilidad en la
misma dirección cuando se ven sometidos a un campo electromagnético, como si realmente
se comportasen como un fluido, y por eso se dice que los metales son buenos
conductores. En una pila voltaica con los polos conectados mediante un cable de
cobre, por ejemplo, lo que sucede es que se genera una corriente de electrones
que recorre el cable metálico. Algo parecido sucede con algunos líquidos y
disoluciones en los que la presencia de iones cargados eléctricamente facilita
en gran medida el paso de la corriente. En los materiales aislantes, en cambio,
la movilidad de los electrones está muy limitada y la corriente por lo general
no puede circular. A fin de cuentas, pues, nos encontramos con un nuevo juego
de energía potencial (de las partículas cargadas en un campo electromagnético)
y energía cinética (en este caso, la asociada a los electrones en movimiento).
La
comprensión paulatina del papel protagonista de los electrones en la energía
eléctrica dio paso en la primera mitad del siglo XX a incontables mejoras y a
nuevas y asombrosas aplicaciones, tales como la televisión o las computadoras.
La versatilidad que ofrecía la electricidad era extraordinaria, al tratarse de
la única forma de energía conocida cuyo suministro puede modificarse
instantáneamente mediante el empleo de interruptores. Este último aspecto, de
hecho, resulta crucial, ya que una combinación del tipo «interruptor
encendido-interruptor apagado» puede utilizarse como un código binario[61] capaz
de transmitir información. Dada la velocidad de los electrones, una disposición
adecuada de gran número de interruptores puede permitir el intercambio de una
gran cantidad de información en un periodo de tiempo muy corto. En ese sentido,
en 1937 el estadounidense Claude Shannon (1916-2001) demostraba que utilizando
relés y conmutadores eléctricos se podía construir cualquier relación
lógico-numérica, dando paso de facto al advenimiento de las modernas
computadoras electrónicas.
Sin
embargo, las herramientas electrónicas disponibles en los años treinta y
cuarenta presentaban ciertas limitaciones. Las válvulas de vacío, por ejemplo,
un componente que servía para amplificar, conmutar o modificar una señal
eléctrica mediante su control en un recipiente de cristal a muy baja presión,
habían protagonizado el desarrollo de las aplicaciones electrónicas durante
años, pero tenían el inconveniente de ser frágiles, calentarse mucho y ser
bastante aparatosas. Los aparatos que las integraban eran, por tanto,
relativamente grandes y poco manejables. Muchos científicos se dieron cuenta de
la oportunidad que presentaba la sustitución de las engorrosas válvulas, de
forma que, a finales de los años cuarenta, varios grupos de trabajo se afanaban
buscando una solución.
Uno de
los equipos más activos era el comandado por el estadounidense William Shockley
(1910-1989), que trabajaba en los laboratorios Bell (fundados en su día por
Alexander Graham Bell), en Nueva Jersey. En muchos aspectos, Shockley era un
tipo despreciable, soberbio y con marcadas ideas supremacistas que abogaba por
la eugenesia, la esterilización de los pobres y de las razas no caucásicas.
Baste con decir que llegó a fundar un banco de esperma para premios nobel con
vistas a la mejora intelectual forzosa de la especie humana. A pesar de que era
intuitivo, carecía de brillantez, de modo que su convicción de que la respuesta
al problema de las válvulas estaba en los materiales semiconductores[62], aunque
correcta conceptualmente, no venía acompañada de la capacidad científica
necesaria para llevar la idea a buen puerto.
Por
fortuna, uno de los subordinados de Shockley, John Bardeen (1908-1991), era un
genio extraordinario, además de un individuo entrañable, sencillo y de suaves
maneras. Tras años de trabajo, y junto con su colega y amigo Walter Brattain,
Bardeen dio a luz en diciembre de 1947 al primer dispositivo amplificador de
estado sólido del mundo, más conocido como transistor. Se trataba de una
herramienta pequeña, manejable, destinada a cambiar una civilización entera. El
invento, por supuesto, merecía el Premio Nobel, de modo que, a pesar de lo
limitado de su aportación, Shockley hizo todo lo posible para acaparar el
éxito, presentándose en todos partes como el líder del grupo. Además, corroído
por la envidia, terminó por echar a Bardeen de su laboratorio, lo que tuvo como
consecuencia que este abandonase la investigación sobre los semiconductores.
Pero la historia acabó bien para el bueno de Bardeen, quien en 1972 ganaría un
segundo Premio Nobel[63] que
se añadió al que le habían concedido en 1956, junto a Brattain y al oscuro
Shockley, por el descubrimiento del transistor. El afable genio de Wisconsin,
al que se le cayeron los huevos del desayuno al escuchar por la radio que le
habían concedido el primero de sus premios, dio siempre muestras de una
humildad inaudita, como demuestra el que su compañero en el club de golf donde
habitualmente jugaba tardase años en enterarse de a qué se dedicaba.
De izquierda a derecha: John Bardeen, William Shockley y Walter Brattain,
1948. Fotografía publicitaria producida por Bell Labs para el anuncio de la
invención del transistor (30 de junio de 1948). Shockley no participó en la
invención y no se incluyó en la patente pero Bell Labs decidió que debía
aparecer en el material publicitario junto con Bardeen y Brattain. Shockley fue
director de un grupo de investigación en Bell Labs en el que estaban John
Bardeen y Walter Brattain. Los tres científicos fueron galardonados
conjuntamente con el Premio Nobel de Física de 1956 por sus investigaciones
sobre semiconductores y su descubrimiento del efecto transistor.
Como dijo
un colega de Bardeen, «creo que si yo hubiese ganado dos premios Nobel me las
hubiera arreglado para sacarlo en algún momento de cualquier conversación».[64]
Durante
la segunda mitad del siglo XX, los transistores, con su maravillosa capacidad
para modificar la corriente eléctrica, han protagonizado una revolución
tecnológica sin precedentes, tal vez solo comparable a la Revolución Neolítica
y a la Revolución Industrial. Al sustituir a las válvulas, todos los aparatos y
herramientas electrónicos se han vuelto más pequeños, algo que fue llevado al
extremo apenas una década después de la invención del transistor, cuando el
ingeniero y físico estadounidense Jack Kilby (1923-2005) patentaba el primer
circuito integrado mientras trabajaba en la compañía Texas Instruments. En un
circuito de este tipo se utiliza un material semiconductor (habitualmente
silicio) para imprimir sobre él un gran número de componentes electrónicos,
principalmente transistores. Popularmente conocido como chip o microchip, un
dispositivo moderno de estas características puede medir tan solo unos
milímetros cuadrados de superficie e integrar millones de diminutos
transistores por milímetro cuadrado, lo que permite abaratar el coste y
aumentar la eficiencia hasta niveles insospechados. En 1965, Gordon Moore, el
fundador de Intel Corporation, predijo que el tamaño de un transistor se
reduciría en un 50 % cada dieciocho meses. Esta «ley de Moore», que ha llegado
a ser célebre, se ha venido cumpliendo con bastante exactitud en su forma
modificada[65] hasta
más o menos 2010, aunque últimamente el proceso se va ralentizando dada la
imposibilidad de seguir reduciendo los componentes sin que el calor disipado
por unidad de volumen —recordemos que en cualquier transferencia de energía
siempre hay «pérdidas» en forma de calor— sea tan grande que termine por
sobrecalentar el dispositivo y dañar sus componentes.
A día de
hoy, el desarrollo de las aplicaciones de la electricidad crece sin parar y la
presencia de los dispositivos electrónicos protagoniza nuestra existencia
diaria, desde los electrodomésticos y la iluminación artificial a los teléfonos
móviles, la magia de internet o la nanotecnología, hasta el punto de que es
imposible entender la civilización moderna sin el enorme alcance de la más
versátil de todas las formas de energía, esa que nos afanamos en producir
transformando todas las demás. Ya sea la energía potencial encerrada en los
saltos de agua, en los enlaces químicos o en el corazón del átomo, casi toda la
que producimos en el planeta termina siendo transformada en electricidad, un
poder que hemos pasado de temer en las noches de tormenta a manipularlo casi a
voluntad para cambiar nuestras vidas de una forma que a lo largo de la historia
jamás pudimos soñar.
Seguro
que ahora ya entienden el temor de Spider-Man hacia su contrincante: puede que
el hombre araña sea un prodigio de fuerza y flexibilidad, pero es difícil
sustraerse a la sensación de que, a la larga, nada puede superar al
irresistible poder de los electrones en movimiento.
Capítulo
V
Todo en la vida es química… y los sueños, química son
«En este
lugar ha encerrado la naturaleza todos sus tesoros, y los ha comprimido como en
un depósito propio y particular. No obstante, tener la llave de oro es saber
liberar esta cámara estanca…». Carta de Aristeo a su hijo sobre el Magisterio
Hermético.
Copia del s. XVIII de manuscrito en lengua escita (antigüedad desconocida).
Si hay
algo que tuvo una influencia esencial en el camino que nos hizo humanos fue
nuestra relación con el fuego, esa «sustancia» inaprensible, emisora de luz y
calor, que en forma de pavorosos incendios consumía todo lo que se le ponía por
delante cuando, por ejemplo, caía algún rayo. Con el tiempo aprendimos a
manejarlo, e incluso fuimos capaces de producirlo a voluntad, lo que nos
permitió cocinar nuestros alimentos y protegernos del frío y de los animales
salvajes.
Para los
hombres primitivos el fuego era algo muy misterioso. A veces se comportaba como
si estuviese vivo y parecía mantenerse a base de transformar las cosas, bien
reblandeciéndolas, cambiando sus propiedades o consumiéndolas hasta
convertirlas en carbón o en cenizas. En el caso del agua, la hacía hervir y
aparentemente desvanecerse. Este poder de transformación parecía de naturaleza
divina, y por eso en muchas mitologías antiguas el fuego tiene un papel
protagonista. En el mito de Prometeo, Zeus condena al desdichado titán a una
suerte terrible por haber cometido el pecado de entregárselo a los hombres.
Prometeo trae fuego a los humanos de Hugo Vogel. Pintura mural en el
pabellón industrial del Departamento Alemán de la Exposición Mundial de 1910 en
Bruselas.
Sin
embargo, el fuego no era la única fuente de transformación de las cosas con la
que estaban familiarizados nuestros ancestros. Por el contrario, fenómenos como
la disolución de muchas sustancias en el agua o la mismísima putrefacción que
acompañaba a la muerte eran evidencias de que la materia podía «cambiarse» en
determinadas condiciones.
Aprender
a controlar esos procesos les daba a las personas un poder del que los animales
no habían dispuesto jamás. Las civilizaciones más antiguas, por ejemplo,
aprendieron con el tiempo algunos secretos relacionados con esas
transformaciones, lo que terminó cristalizando en ese extraordinario cuerpo de
conocimientos prácticos conocido como alquimia.
Tradicionalmente,
se considera que la alquimia surgió en Alejandría, en algún momento del siglo
III a. C., como consecuencia de la confluencia del pensamiento griego acerca de
la naturaleza de la materia con las antiquísimas prácticas egipcias relacionadas
con la conservación de los cadáveres. Estas prácticas, conocidas como «arte
egipcio» o khemeia[66],
estaban dotadas de un aura de misterio, y al principio consistían en las
manipulaciones y procedimientos que se llevaban a cabo durante el
embalsamamiento, aunque posteriormente incluirían otras técnicas tales como la
fabricación de vidrio, la elaboración de tintes, la preparación de medicamentos
y la metalurgia.
Cuando
los griegos se encontraron con esto, importaron los aspectos tanto místicos
como prácticos de la khemeia y los integraron dentro de su propia filosofía. La
influencia del pensamiento griego en la «ciencia oscura» se puso de manifiesto
sobre todo en la adopción de la teoría aristotélica de los cuatro elementos
(tierra, agua, fuego y aire) como medio de explicar las transformaciones entre
los distintos materiales. Esta teoría era un poco el colofón a todos los
intentos de los filósofos griegos de escudriñar en la composición de la
materia, aunque el atomismo de Demócrito y Leucipo[67], una
increíble intuición que se acercaba mucho a la verdad, había sido erróneamente
descartado como inconsistente.
Armados
pues con toda la parafernalia de procedimientos heredados en su mayoría del
antiguo Egipto y con el sustento de las ideas de Aristóteles, los nuevos
alquimistas se lanzaron a explorar el mundo y, de hecho, durante los primeros
siglos de la era cristiana la alquimia se extendió por todo el planeta,
apareciendo en China, la India y Sudamérica. No deja de ser un enigma cómo se
llegó a producir este proceso, ya que muchos de los brotes surgieron en
apariencia de forma independiente los unos de los otros. Sea como fuere, la
ciencia oscura fue creciendo en importancia e influencia, aunque su ocultismo
característico le causase algunos problemas, como cuando el crédulo emperador
romano Diocleciano la prohibió por temor a que la producción de oro alquímico
—que no era otra cosa que un fraude de enormes proporciones— provocase el
colapso de la economía del Imperio.
El acopio
de conocimientos prácticos procedente del Mundo Antiguo fue heredado por los
árabes, que se apropiaron de la experimentación alquímica y empezaron a
desarrollar herramientas y procedimientos, muchos de los cuales se encuentran
en la base de la química moderna. No solamente perfeccionaron instrumentos
clásicos como el alambique, sino que inventaron otros nuevos, como el crisol y
la retorta, y de la mano del legendario Ŷabir ibn Hayyan (721-813), más
conocido por la cristiandad como Geber, ampliaron la vieja teoría de los cuatro
elementos. En efecto, el creciente número de sustancias descubiertas por los
alquimistas hacía improbable que fuesen el resultado de la combinación de tan
pocas esencias, de modo que Geber añadió cuatro «naturalezas» —a saber: el
calor, la humedad, la frialdad y la sequedad— y dos nuevos «elementos»: el
azufre, que explicaba la combustibilidad, y el mercurio, responsable de las
propiedades metálicas. Además, en su búsqueda de la piedra filosofal, los
alquimistas musulmanes aprendieron a purificar muchas sustancias químicas,
incluyendo el alcohol, el amoníaco, los álcalis y un buen puñado de ácidos[68].
De la
mano de los musulmanes, la alquimia se acabó extendiendo por todo el Occidente
cristiano, aunque allí terminó por convertirse en un batiburrillo de prácticas
en el que se mezclaban conocimientos útiles con extrañas ideas místicas y
flagrantes supercherías. A esas alturas estaba claro que había algo que
impulsaba a la materia a transformarse en determinadas circunstancias, pero el
oscurantismo de los alquimistas y la falta de estudios sistemáticos impedían el
auténtico progreso de la disciplina. Obcecados por la promesa de obtener
enormes riquezas, a finales de la Edad Media casi todos los adeptos de la
ciencia oscura andaban buscando oro, dando lugar a leyendas como la de Nicolás
Flamel (1330-1418), un librero y copista francés que se hizo rico en circunstancias
poco claras, hasta el punto de ser capaz de equipar de arriba abajo varias
iglesias parisinas e, incluso, según se dice, de financiar al mismísimo rey de
Francia[69].
Pero, al
calor de la fiebre alquímica, algunos estudiosos empezaron a dar pasos en la
dirección correcta. Entre ellos, quizá el caso más destacado fuese el de
Paracelso[70] (en
realidad, Theophrastus Phillippus Aureolus Bombastus von Hohenheim; 1493-1541),
uno de esos personajes fabulosos que produjo el Renacimiento. Mitad místico y
mitad filósofo, era a la vez alquimista, astrólogo, médico y cirujano, además
de un borracho empedernido y un agitador intelectual que se enfrentó a todo el
establishment académico de la época. Aunque su pensamiento estaba plagado de
extravagantes ideas, sus años como cirujano militar al servicio de Venecia le
habían convencido de la importancia de la experimentación. Excelente químico,
el que más tarde sería considerado como el «padre de la toxicología»
consideraba que muchas enfermedades podían curarse suministrando al paciente
pequeñas cantidades de ciertas sustancias, una idea que se encuentra detrás de
toda la farmacología moderna. Esta disposición pragmática no fue sin embargo
óbice para que de vez en cuando se sumergiese en el más profundo misticismo,
como cuando aseguró que podía fabricar un «homúnculo» (un ser humano minúsculo)
enterrando en estiércol de caballo durante cuarenta días una mezcla de huesos,
esperma, pelo y fragmentos de piel.
Presunto retrato de Paracelso (1493-1541) de Quentin Matsys.
Durante
sus incansables manipulaciones, el bueno de Paracelso se dio cuenta de que
había sustancias que no podía descomponer en otras más sencillas, lo que le
llevó a intuir el concepto de elemento químico. Claro está que tan singular
personaje no era el primer alquimista en darse cuenta de ello, pero sí el
primero en abandonar las viejas teorías de Aristóteles y Geber para sugerir
que, después de todo, quizá hubiese muchas más sustancias elementales que las
imaginadas por sus predecesores. Por otra parte, la metalurgia ya estaba muy
desarrollada, y sus complejos procedimientos prácticos se encontraban
totalmente libres de misticismo. Con este caldo de cultivo era solo cuestión de
tiempo que el advenimiento del método científico en el siglo XVII apartase definitivamente
a la nueva química de sus viejas raíces oscurantistas. En este sentido, los
filósofos naturales empezaron a cuestionarse en serio tanto la naturaleza de la
materia como las «fuerzas» que impulsaban su transformación. En efecto,
¿cuántos elementos había en realidad? ¿Y qué era lo que hacía que unas
sustancias se convirtiesen en otras?
Construyendo
sobre las ideas de Paracelso, y tomando como referencia las nuevas ideas de la
física, el inglés Robert Boyle (1627-1691) propuso en su célebre obra El
químico escéptico, considerada el acta de fundación de la química moderna, que
todos los fenómenos en los que la materia se transformaba eran resultado de la
interacción de partículas en movimiento. Esto no dejaba de ser un cambio
radical que, de forma paradójica, acercaba a Boyle a las viejas ideas de los
atomistas clásicos. En efecto, si el mundo estaba integrado por partículas, era
concebible que cada elemento químico no fuese en realidad más que una forma
distinta de combinarlas. Y de la misma forma, serían las mezclas de los
diferentes elementos lo que daba lugar a todos los materiales que nos rodeaban.
En línea con la nueva mecánica de Newton (ver capítulo segundo), las
interacciones entre las partículas darían el impulso necesario para las
reacciones químicas, en las que los reactivos se combinarían entre sí para dar
lugar a sustancias nuevas con propiedades muy diferentes.
Las ideas
de Boyle explicaban muchas cosas, pero la comprensión de los conceptos de
materia y energía estaba todavía en sus inicios, y eso hizo que los primeros
químicos, que todavía eran medio alquimistas, se liasen un poco. Por ejemplo,
algunas transformaciones, tales como la combustión, no eran fáciles de
justificar atendiendo a las interacciones de las partículas, por lo que se puso
de moda la teoría de que existía una especie de fluido, el flogisto, que las
sustancias perdían o ganaban cuando se producía un proceso de
oxidación-reducción[71]. El
flogisto tenía sus ventajas, ya que también podía usarse para explicar por qué
algunas sales metálicas podían ser transformadas de nuevo en los metales de
partida, un fenómeno que resultaba misterioso desde la Antigüedad y que había
fascinado a los alquimistas medievales. Sin embargo, algunos aspectos de la
teoría del flogisto no estaban nada claros, y la única forma de salir de dudas
era la experimentación. El problema era que los químicos no estaban todavía muy
acostumbrados a pesar y medir las sustancias de forma escrupulosa, pero los
tiempos estaban cambiando y la química se encontraba en una de esas
encrucijadas que parecen preparadas adrede para que aparezca un genio que
desenrede la madeja.
Y el
genio apareció, en la persona de Antoine-Laurent de Lavoisier (1743-1794), uno
de los personajes principales de la Revolución Científica. Lavoisier era un
joven con un talento descomunal que trabajaba para la Ferme générale, la odiada
firma que recaudaba los impuestos para el gobierno de Francia. A los veintiocho
años se había casado con Marie-Anne Pierrette Paulze, hija de un copropietario
de la Ferme, y con la dote había instalado y equipado uno de los mejores
laboratorios de química del mundo. Allí, y con ayuda de su mujer, que era casi
tan brillante como él, comenzó a desarrollar experimentos de vanguardia que
abrirían el camino para la verdadera comprensión de la naturaleza de la
materia.
Lavoisier
estaba convencido de que lo que le faltaba a la química para convertirse en una
auténtica ciencia no era otra cosa que el rigor, y por eso sus métodos de
trabajo se basaban en preparar los experimentos con un cuidado extremo,
midiendo todas las cantidades que intervenían con la mayor exactitud posible.
Fue de este modo como acabó con la teoría del flogisto, al demostrar que cuando
los cuerpos se quemaban no desprendían ningún fluido, sino que en realidad
ganaban peso como consecuencia de la fijación del oxígeno del aire que se
combinaba con los materiales calcinados. Sus estudios condujeron así al
esclarecimiento de fenómenos como la oxidación y la respiración animal, un
logro impresionante que cambiaría nuestra visión del mundo para siempre. Y, no
contento con eso, en su célebre Tratado elemental de química (1789), Lavoisier
establecía definitivamente el concepto de elemento, definiéndolo como una
sustancia simple que no se puede dividir mediante ningún método de análisis
químico. Además, llevó a cabo el primer análisis del agua de la historia,
demostrando que no se trataba de un elemento, tal y como se venía creyendo
desde los tiempos de Aristóteles, sino de un compuesto formado por oxígeno e
hidrógeno[72]. Por
tanto, con sus revolucionarias técnicas de medida, el genial recaudador de
impuestos terminó de un plumazo con la vieja e inmensamente influyente teoría
de los cuatro elementos.
Un ejemplo muy gráfico sería el de la vela. Cuando arde no se gana ni se
pierde masa. La masa de la vela y el oxígeno presente antes de la combustión es
igual a la masa de cera sin quemar, el CO2 y el vapor de agua procedente de la
combustión cuando se apaga la llama.
Pero, con
todo, la mayor aportación del inteligente francés a la ciencia fue su célebre
enunciado de la ley de conservación de la masa, consecuencia de los exquisitos
experimentos en los que una y otra vez se demostraba que, en una reacción
química, la cantidad de materia total siempre es la misma al comienzo y al
final. Los alquimistas medievales ya habían encontrado una buena pista sobre
esto al comprobar cómo calentando cinabrio se obtenía mercurio, un proceso que
resultaba totalmente reversible simplemente volviendo a calentar el líquido
metal en presencia de azufre (el cinabrio es básicamente sulfuro de mercurio
con algunas impurezas), pero la típica falta de precisión a la hora de medir
las cantidades les había impedido sacar buenas conclusiones.
Es
difícil subestimar el impacto de los descubrimientos de Lavoisier en el devenir
de la especie humana. De pronto, el agua y el aire dejaron de ser sustancias
simples, y resultaba que el fuego no era más que una oxidación «violenta», con
desprendimiento de luz y calor, es decir, una más entre muchas reacciones
químicas. Esto último era muy interesante, porque la absorción o liberación de
calor parecía ser un efecto concomitante en los procesos de transformación de
la materia. Como ya sabemos, el concepto de energía no estaba todavía bien
desarrollado a finales del siglo XVIII, pero si Boyle tenía razón y los cambios
de sustancia tenían que ver con las interacciones entre innumerables
partículas, ¡quizás hubiese una relación entre la vis viva de Leibniz (ver
capítulo segundo) y el intercambio de calor!
Pero, por
desgracia, el genial Antoine no llegó a ver el desarrollo de estas ideas, ya
que su viejo currículo como recaudador de impuestos causó su perdición. Durante
el denominado «Reinado del Terror» de la Revolución francesa, fue arrestado y
enviado a prisión junto con su suegro. Tanto su mujer como sus amigos lucharon
desesperadamente por la vida de ambos, pero no pudieron salvarles[73].
Lavoisier fue ejecutado en la guillotina el 8 de mayo de 1794, con tan solo
cincuenta años de edad, y el mundo perdió una cabeza que, en palabras del gran
físico y matemático Joseph-Louis Lagrange, «Francia necesitará un siglo para
que aparezca otra que se le pueda comparar».
Retrato de Lavoisier y su esposa, la química Marie-Anne Pierrette Paulze, de
Jacques-Louis David. 1788. [Museo Metropolitano de Arte]
Por
fortuna, el camino que había trazado el brillante químico francés ya no tenía
marcha atrás. Desligada por fin de su viejo lastre de misticismo y oscuridad,
la química iba a convertirse en la ciencia más importante del siglo XIX, una
que de la mano de la Revolución Industrial iba a transformar por completo
nuestra civilización. A la acumulación de descubrimientos de nuevas sustancias,
la disciplina iba a añadir la solidez del nuevo modelo atómico de John Dalton[74] (1766-1844).
Entre otras muchas cosas, los químicos llegaron a la conclusión de que los
átomos de los distintos elementos tienen pesos diferentes —los célebres «pesos
atómicos»—, y que las moléculas de un mismo compuesto siempre se forman con la
misma proporción de átomos. De hecho, era dicha proporción la que dotaba a cada
compuesto de sus propiedades características.
Pero el
sensacional desarrollo de la disciplina en la primera mitad del nuevo siglo
clamaba por una explicación más convincente de qué era lo que mantenía
«sujetos» los átomos dentro de las moléculas, y por qué en determinadas
condiciones estas últimas se rompían y reaccionaban unas con otras haciendo que
sus átomos se reorganizasen de forma distinta (¡esto podría ser una muy buena
definición de la química!). Parecía claro que las interacciones entre
partículas tenían la clave, y además era evidente que el intercambio de calor
jugaba un papel fundamental.
Como
vimos en el capítulo tercero, la termodinámica se estaba desarrollando como una
rama poderosa de la ciencia, y ya se conocían tanto la conversión entre el
trabajo mecánico y el calor como el principio de conservación de la energía.
Fue, por tanto, solo cuestión de tiempo que los científicos demostrasen la
relación que había entre el calor absorbido o desprendido en una reacción y el
balance energético entre los enlaces que se rompían y se formaban a lo largo de
la misma. Dicho de otro modo, el papel que, como en cualquier otro fenómeno que
implicase un cambio, jugaba en la química el concepto de energía. Asimismo,
durante la segunda mitad del siglo XIX, científicos como Clausius, Boltzmann,
Maxwell o Svante Arrhenius terminaron por explicar perfectamente la cinética de
las reacciones químicas. En el transcurso de unas décadas se mostró, por
ejemplo, el modo en que factores como la temperatura, la concentración de los
reactivos o la presencia de un catalizador[75] alteraban
la velocidad de una reacción (a veces de forma dramática), o el porqué se
necesitaba una cantidad de energía mínima —«energía de activación»— para que
las moléculas reaccionasen.
No
obstante, había un misterio que persistía. El principio de conservación exigía
que el despliegue de energía cinética por parte de las partículas que
interaccionaban en las reacciones procediese de algún sitio y desembocase en
alguna parte, ya que no podía aparecer y desaparecer de la nada. Para que les
cuadrasen las cuentas, los científicos hablaban de la «energía interna» de un
sistema[76], sin
saber realmente de qué se trataba, pero asumiendo con fundamento que, además de
la energía cinética de las partículas que lo componían, tenía que incluir
alguna forma de energía potencial. Lógicamente, la clave tenía que estar en la
estructura de los átomos, si es que estos existían de verdad, una estructura
que además debería dar respuesta a las otras preguntas que atormentaba a los
químicos de la época victoriana: ¿cuántos elementos químicos había en realidad?
¿Y por qué tenían esas propiedades y no otras?
Sobre
estas últimas dos cuestiones habían aparecido algunas pistas en las últimas
décadas. Hacía tiempo que se sabía que algunos elementos tenían propiedades
parecidas, y con la identificación de un número cada vez mayor los químicos
empezaron a encontrar similitudes y diferencias muy llamativas. Por ejemplo,
Johan Döbereiner (1780-1849), un catedrático alemán que le daba clases de
química a Goethe, se dio cuenta de que un nuevo elemento, el bromo, tenía
propiedades intermedias entre el cloro y el yodo. Y lo más curioso es que su
peso atómico[77] se
encontraba exactamente a medio camino entre los otros dos. Años después, el
geólogo francés Alexandre-Emile Béguyer de Chancourtois (1820-1886) publicó un
«tornillo» en donde los elementos conocidos se colocaban en los brazos en
espiral, apareciendo una curiosa similitud entre sus propiedades en
determinados intervalos. Por su parte, el joven químico inglés John Newlands
(1837-1898) descubrió que si clasificaba los elementos por su peso atómico en
columnas de a siete, los situados en la misma fila gozaban de propiedades
bastante similares. A continuación presentó su «ley de las octavas» ante los
miembros de la Chemical Society de Londres, solo para ver cómo se la tomaban a
broma e incluso le sugerían entre risas que por qué no probaba a organizar los
elementos por orden alfabético.
Tal era
la situación hacia 1869, momento en que se conocían ya sesenta y tres
elementos, sin que nadie supiera poner orden entre ellos. Hasta que apareció
Dmitri Mendeléyev (1834-1907). Este era un ruso con aspecto de druida, dotado
de una larga y descuidada barba así como de un frondoso cabello blanco que le
caía sobre los hombros porque solo se lo cortaba una vez al año, al comenzar la
primavera.
Dmitri Mendeléyev en 1897.
Era un
hombre de mal carácter, quizá como herencia de su trágica infancia, en la que,
tras quedarse ciego su padre el mismo año en el que él nació y quemarse la
fábrica familiar en un pavoroso incendio, su madre emigró a Moscú desde Siberia
junto con él y su hermana pequeña en un tremendo periplo de más de dos mil
kilómetros. La valiente mujer y su hija fallecieron poco después, dejando a
Dmitri, con tan solo quince años, completamente huérfano y con un diagnóstico
de tuberculosis.
Pero
además de ser un tipo realmente duro, nada podía parar el formidable talento de
Mendeléyev, que se convirtió en profesor de Química de la Universidad de San
Petersburgo con tan solo veintitrés años. Su vida privada siguió siendo
tormentosa, ya que se casó dos veces y tuvo que pasar por un duro divorcio,
pero a nivel académico le fue muy bien. Curiosamente, era un apóstata de la
teoría atómica, pues nunca creyó en la existencia real de los átomos, pero su
conocimiento enciclopédico de los elementos y sus propiedades le permitían ver
más allá que los demás. A principios de 1869 estaba preparando un manual de
química y no encontraba un motivo claro para escribir acerca de unos elementos
antes que de otros. En la mañana del 14 de febrero, después del desayuno,
empezó a escribir una lista de símbolos de elementos[78] en
tres filas, que cuando se colocaban una debajo de la otra parecían sugerir una
estructura subyacente. Cuenta la leyenda que al genio ruso, gran amante de los
juegos de cartas, le dio entonces por preparar sesenta y tres tarjetas con el
nombre de cada uno de los elementos, junto con su peso atómico y sus
principales propiedades, combinándolas de todas las formas posibles. Tras horas
de reflexión aparentemente infructuosas, Mendeléyev se durmió. Más tarde
escribiría:
Durante
un sueño, vi una tabla en la que todos los elementos encajaban en su lugar. Al
despertar, tomé nota de todo en un papel.
De alguna
manera, mientras soñaba, el cerebro del genial Dmitri había llegado a la
conclusión de que, cuando se les ordenaba según su peso atómico en orden
ascendente, las propiedades de los elementos químicos se repetían de forma
periódica, algo que se hacía evidente cuando se les colocaba unos debajo de
otros en filas separadas a determinados intervalos. Por eso, bautizó su
hallazgo como «tabla periódica».
Al
principio, no todo fue fácil. A pesar de la gran utilidad de la nueva
clasificación de los elementos, algunos escépticos señalaban que presentaba
anomalías, ya que algunos pesos atómicos sencillamente no encajaban.
Ni corto
ni perezoso, Mendeléyev sugirió que en esos casos su tabla estaba bien y era el
peso atómico el que estaba mal calculado. Además, cuando un elemento parecía no
encajar en un grupo, sino más bien en el siguiente, nuestro genio simplemente
lo corría un espacio y dejaba un hueco, asegurando que ahí faltaba uno por
descubrir.
Primera clasificación de los elementos, en 1869, de Mendeléyev en su
búsqueda de un sistema de elementos.
Y por si
fuera poco, incluso se atrevió a predecir las propiedades de esos elementos
ausentes que, efectivamente, fueron descubiertos años después. Era un logro
impresionante que sin embargo no fue suficiente para que Dmitri ingresase en la
Academia Rusa de Ciencias, dado que su liberalismo político molestaba bastante
en las altas esferas de la conservadora Rusia imperial. Así que, harto de la
clase política, se dedicó a viajar por el planeta hasta que falleció en 1907 en
la hermosa y fascinante ciudad de San Petersburgo, un lugar muy distinto del
que conoció en su difícil niñez.
El sueño
de Mendeléyev es sin duda uno de los más famosos de la historia de la ciencia
pero, por sorprendente que pueda parecer, no es el único. Unos años antes, otro
excelente químico, el alemán August Kekulé (1829-1896), se encontraba a la
sazón en Londres reflexionando sobre un intrigante misterio. Desde que se había
demostrado que los compuestos orgánicos, característicos de la vida, podían
sintetizarse en el laboratorio (ver capítulo décimo), se habían descubierto
cientos de sustancias diferentes integradas fundamentalmente por carbono. A
diferencia de otros elementos, que tan solo parecían capaces de generar un
puñado de compuestos, el carbono mostraba una capacidad casi infinita de
combinarse consigo mismo y con otros elementos, dando lugar a una nueva rama de
la química, la química orgánica[79].
Sello de Alemania oriental de Kekulé, descubridor de la estructura cíclica
del benceno.
Muchos
científicos se preguntaban por qué y cómo el carbono desplegaba semejante
capacidad, y en concreto Kekulé indagaba en la forma en la que los todavía
supuestos átomos de carbono se enlazan con los de hidrógeno dentro de las
moléculas orgánicas. Un día, después de una discusión con un colega, el alemán
se quedó dormido en el carruaje que lo llevaba a la pensión en la que vivía.
Entonces, y según sus propias palabras, «los átomos retozaron delante de mis
ojos» y, cuando despertó, fue capaz de desarrollar toda una teoría para la
estructura de las moléculas orgánicas. Y no acabó ahí la cosa. Años después,
mientras trabajaba en el modelo de la molécula de benceno, un compuesto formado
por seis átomos de hidrógeno y otros seis de carbono, el gran químico soñador
se quedó dormido en el sillón, delante de la chimenea. De pronto,
… largas
hileras, a veces muy bien encajadas, se emparejaban y retorcían en un
movimiento parecido a una serpiente. Pero ¡mira! ¿Qué era eso? Una de las
serpientes se había unido a su propia cola y la forma giraba con sorna ante mis
ojos. Como invadido por un destello de iluminación me desperté…
Kekulé se
despertó y describió el benceno como una molécula cíclica, en forma de
hexágono, con los átomos de hidrógeno unidos a los vértices. Fue posiblemente
la intuición más trascendental de toda la historia de la química, pues dio
lugar a una de sus ramas más fructíferas, la de los anillos de átomos de
carbono[80]. Con el
tiempo, a la célebre visión del alemán se le dio una interpretación freudiana,
con connotaciones sexuales, pues vivía entonces en un piso de soltero alejado
de su mujer. Estuviese inspirado por ella o no, lo cierto es que los sueños de
Kekulé han quedado inmortalizados para siempre.
En las
décadas que siguieron a los químicos soñadores y a la invención del sistema
periódico, los científicos encontraron por fin el secreto de por qué la química
funciona. Los átomos son reales y están formados por un núcleo rodeado de
electrones, siendo la disposición de estos la que dota a los elementos de sus
propiedades químicas. Los electrones se distribuyen alrededor del núcleo un
poco como si estuvieran ocupando «pisos», los llamados niveles energéticos. Son
capaces de saltar de un nivel a otro, pero no pueden quedarse en el medio, algo
así como si el ascensor de la casa no pudiera estropearse. En cada piso, los
electrones ocupan «viviendas» (los químicos dirían orbitales) que difieren en
forma y capacidad. Por ejemplo, los hay que pueden acomodar diez electrones
mientras que otros solo pueden ser ocupados por dos, como si tuviesen una o
varias habitaciones. Los diferentes tipos de orbitales se etiquetan con una
letra específica, s, p, d o f, de modo que, si los electrones pudiesen mandarse
correspondencia, la enviarían a una dirección del tipo «oxígeno, 2p». Aunque
cada elemento tiene un número de electrones definido, su disposición adopta una
estructura similar cada ciertos intervalos, y por eso tiene sentido agrupar a
los elementos en el sistema periódico.
Pero ¿por
qué los átomos forman moléculas? Sucede que los electrones que en un átomo
ocupan el nivel energético más elevado —los llamados «electrones de valencia»—
pueden enlazarse con los de otros átomos, algo así como si al asomarte a la
ventana de la cocina te enamoras de la vecina de enfrente. Como siempre, la
energía es la clave del asunto, ya que los átomos tienden siempre a
posicionarse en la configuración más estable posible desde el punto de vista
energético. Y ¿cuál es esa configuración más estable? Por razones relacionadas
con las características de la interacción electromagnética (ver capítulo
séptimo), que regula las relaciones entre los electrones y entre estos con el
núcleo, la configuración preferida por la mayor parte de los átomos es aquella
en la que se acomodan ocho electrones (¡sí, exactamente ocho![81]) en el
último nivel de la corteza. Por tanto, todos tienden a alcanzar esta
disposición. Cuando ya tienen ocho electrones, como los gases nobles, no suelen
reaccionar con nadie.
En 1939,
Linus Pauling (1901-1994), uno de los científicos más versátiles que hayan
existido, publicó su espléndida teoría del enlace químico, en la que exponía,
entre otras cosas, cómo en muchos casos los orbitales atómicos (las
«habitaciones» de nuestra casa) se hibridan para convertirse en los mucho más
amplios orbitales moleculares, explicando definitivamente y de forma matemática
cómo se enlazan los átomos a la hora de formar moléculas. Después, dirigió su
mirada a la bioquímica para descubrir la forma en la que se enrollaban
(literalmente) las proteínas, y estuvo cerca de descubrir la doble hélice del
ADN. Notable activista político, consiguió el Nobel de la Paz en 1962[82] por
su firme oposición a las pruebas nucleares. Por desgracia, acabó su vida
asegurando, de forma poco científica, que los suplementos de vitamina C eran la
clave para solucionar las enfermedades cardiovasculares.
La teoría
del enlace químico de Pauling nos dice que existen dos tipos principales de
enlace, el iónico y el covalente, aunque también hay formas intermedias. El
primero es un tipo de interacción electrostática entre átomos cuya corteza
electrónica presenta una gran diferencia de carga eléctrica, mientras que en el
segundo los átomos comparten físicamente los electrones, formando los orbitales
moleculares que tan detalladamente describió Pauling. Las moléculas, a su vez,
también experimentan ciertas fuerzas electrostáticas, como las llamadas de Van
der Waals[83], como
consecuencia de que su distribución de carga rara vez es homogénea. Estas
fuerzas intermoleculares son relativamente débiles en comparación con los
enlaces interatómicos, pero tienen mucha importancia a gran escala. Entre
infinidad de fenómenos, explican la adhesión a las superficies, siendo por
ejemplo la causa de que los geckos puedan andar por las paredes y por los
techos.
Una vez
quedó claro cómo interaccionaban los electrones para sustentar las reacciones
químicas, resultó evidente que el intercambio de energía correspondiente no era
otra cosa que una conversión entre la energía potencial que se acumulaba en los
enlaces y la energía cinética que se desplegaba en la reacción.
Un gecko andando por una ventana.
En
resumen, la antiquísima alquimia, rodeada de misticismo y de la más profunda
oscuridad, había llegado a convertirse, de la mano de la termodinámica y de la
mecánica cuántica, en una de las ciencias más rigurosas, más exactas y más
influyentes que el mundo haya conocido. La química forma parte de todo lo que
nos rodea, ya sean materiales de construcción, combustibles para el transporte
u objetos de la vida cotidiana. Incluso está detrás de nosotros mismos. Define
la realidad tal y como la conocemos, una realidad integrada por ciento ocho
elementos —si incluimos los artificiales— y sus innumerables combinaciones.
En
definitiva, el mundo es química, y prácticamente nada más que química. Y eso
incluye, por supuesto, al amor. Si los viejos alquimistas levantasen la cabeza,
verían que el verdadero secreto de su admirada ciencia oscura no es sino la
forma en la que esas pequeñas partículas que llamamos electrones se abrazan los
unos a los otros, en una danza interminable impulsada por la energía encerrada
en su corazón.
Capítulo
VI
Y dijo Dios: «haya luz»
«La
oscuridad no existe, la oscuridad es en realidad ausencia de luz».
Albert Einstein, físico alemán nacionalizado estadounidense (1879-1955).
En
nuestro universo, si algo parece distinguir la creación de la nada es sin duda
la luz, esa cualidad que parece oponerse a la negrura de la oscuridad. La luz
es sinónimo de belleza y de bondad, mientras que la oscuridad lo es de caos y
maldad. A lo largo de la historia, los pintores se han afanado por captar en
sus obras la luz, y los poetas y los practicantes de todas las religiones han
homenajeado durante siglos al fenómeno que más identificamos con la gloria de
los dioses.
En el
fondo, es más que natural esa querencia que tenemos por la luz. Por la noche,
cuando el sol se pone, apenas vemos nada, ya que nuestra especie no goza de un
sentido de la visión especialmente agudo. Eso nos hace vulnerables a los
depredadores, y por eso nuestra mente evolucionó hacia un absoluto rechazo a
una oscuridad que nos obligaba a buscar refugio en las cuevas. El que nos
viésemos incentivados a dominar el fuego tiene mucho que ver con la capacidad
que este nos confería de iluminar la noche con hogueras y con antorchas,
reduciendo el peligro y proporcionándonos una cierta sensación de seguridad.
En el
acervo mítico de los hombres, la luz fue durante mucho tiempo únicamente cosa
de los dioses. Incluso los primeros filósofos griegos, aunque intentando darle
un trasfondo más terrenal, veían el fenómeno con tanto asombro que no
conseguían sustraerse del todo al pensamiento mágico. Empédocles (494 a. C.-430
a. C.), por ejemplo, consideraba que la diosa Afrodita había hecho el ojo
humano a partir de los cuatro elementos, tierra, aire, agua y fuego, y que
había encendido este último dentro del ojo, siendo su brillo lo que hacía
posible la vista. Como buen filósofo que era, se había percatado no obstante de
que si la luz salía «de dentro» tendríamos que ver igual de bien de noche que
de día, y por eso afirmó que los rayos de los ojos debían interaccionar con
otros emitidos por objetos como el Sol.
Grabado de Opticae Thesaurus, una edición en latín del Libro de Óptica de
Ibn al-Haytham en el que se muestra cómo Arquímedes supuestamente prendió fuego
a barcos romanos con espejos parabólicos durante el asedio de Siracusa.
Claramente,
el Sol era el mayor objeto luminoso que nuestros antepasados tenían ante ellos,
pero no el único. Cuando abrían sus párpados de noche, veían inmediatamente las
estrellas y, dado que estas estaban a todas luces muy lejos, al gran matemático
griego Euclides (ca. 325 a. C.-ca. 265 a. C.) se le ocurrió que eso solo era
posible si los rayos que salían de los ojos viajaban en línea recta a una
velocidad infinita. Siglos más tarde, el romano Lucrecio estuvo de acuerdo con
esta idea, aunque al igual que los atomistas griegos veía la luz como una
especie de «rayo de átomos», lo mismo que los filósofos hindúes de principios
de nuestra era, que creían que la luz era un rayo de «partículas de fuego».
Aristóteles, sin embargo, era partidario de que la luz no salía del ojo, sino
que entraba en él a partir de los objetos que la emitían. En la Edad Media, el
árabe Ḥasan Ibn al-Haytham (Alhazén, 965-1040) tuvo la genialidad de combinar
ambas alternativas y con sus cuidadosos experimentos llegó a la conclusión de que,
en realidad, la visión tiene lugar cuando los rayos de luz entran en el ojo
después de reflejarse en los objetos.
Influidos
por los trabajos de Alhazén, grandes figuras de la escolástica medieval como
Robert Grosseteste o Roger Bacon comenzaron a experimentar con la reflexión y
la refracción, trasteando con lentes y con espejos. A partir de estos trabajos,
muchos estudiosos empezaron a ver la luz como una especie de sustancia o
propiedad mecánica que podía rebotar (reflejarse) o cambiar de dirección
(refractarse) según el medio que atravesase. Además, en 1609 el gran astrónomo
Johannes Kepler (1571-1630) había descubierto que la intensidad luminosa
decrecía con el cuadrado de la distancia, y todo ello llevó a René Descartes
(1596-1650) a intuir que la luz parecía comportarse como una especie de onda,
como las del sonido o las que se forman en el agua de un estanque cuando
tiramos un guijarro.
Esta
nueva visión mecanicista de la luz llevaría a mediados del siglo XVII al
comienzo de un largo y enconado debate sobre si su naturaleza era ondulatoria o
más bien corpuscular, como tantos filósofos habían creído a lo largo de los
siglos. El principal postulante de esta última opción no era otro que nuestro
viejo conocido, el gran Isaac Newton, quien argumentaba que fenómenos como la
reflexión y la refracción de la luz no podían explicarse mediante ondas porque
estas no solían transmitirse en línea recta. Además, las ondas eludían los
obstáculos «rodeándolos», algo que la luz no parecía hacer, ya que muchas veces
quedaba bloqueada. El genial inglés llevó a cabo célebres experimentos en los
que descomponía la luz blanca en los distintos colores haciéndola pasar a
través de un prisma, para luego recomponerla mediante otro. Para él, este
comportamiento solo era posible si la luz estaba formada por corpúsculos,
diferentes según los colores.
Sin
embargo, aunque la teoría corpuscular de Newton[84] explicaba
bien la reflexión, no hacía lo mismo con la refracción (por ejemplo, afirmaba
que la luz se aceleraba al pasar por un medio más denso, justo al contrario de
lo que sucede), y no podía explicar en absoluto la difracción, ese fenómeno
característico de las ondas en el que estas se desvían al encontrar un
obstáculo. Tampoco era capaz de dar una explicación satisfactoria a la razón
por la que las partículas de dos rayos de luz no parecían chocar unas con otras
cuando se cruzaban. En ese sentido, los principales adversarios de las ideas de
Newton y sus seguidores, el holandés Christiaan Huygens (1629-1695) y el inglés
Robert Hooke, aseguraban que la luz era de naturaleza ondulatoria. Hooke era un
genio extraordinario con una gama de intereses científicos impresionante,
responsable entre otras muchas cosas de la ley de la elasticidad o del
descubrimiento de las células. Sin embargo, no tenía un carácter fácil y entró
en una agria disputa con Newton sobre la primacía del desarrollo de la ley de
gravitación universal y sobre la naturaleza de la luz. Huygens, por su parte,
elaboró la teoría ondulatoria de la luz, explicando que cada punto luminoso de
un frente de ondas podía considerarse como una nueva fuente de las mismas. Para
soslayar el problema de que las ondas normalmente han de contar con un medio en
el cual propagarse, Huygens propuso la existencia de un «éter luminífero».
A pesar
de sus inconvenientes, el inmenso prestigio de Newton hizo que la hipótesis
corpuscular fuese ampliamente aceptada durante más de un siglo, hasta que hacia
1800 los experimentos de Thomas Young (1773-1829) dieron un vuelco a la
situación. Young fue un extraordinario polímata que no solo hizo grandes
aportaciones a la física sino que también fue un destacado médico y lingüista
que rivalizó con Jean-François Champollion en el desciframiento de los
jeroglíficos egipcios de la Piedra de Rosetta. En 1801 llevó a cabo su célebre
«experimento de la doble rendija», uno de los más famosos de toda la historia
de la ciencia, en el que primero hacía que la luz solar reflejada por un espejo
pasase a través de un diminuto agujero en una hoja de papel y después dividía
el rayo luminoso en dos, haciéndolo pasar por dos pequeñas rendijas paralelas
en una tarjeta perforada. El resultante «rayo dividido» golpeaba una pantalla
en la que se generaba claramente una figura de interferencia, un patrón de
bandas claras y oscuras que mostraba, más allá de toda duda, que la luz se
comportaba como una onda. En ese nuevo escenario, los distintos colores no
serían más que luz de diferentes longitudes de onda.
Imagen de la placa XXX de las Conferencias de Thomas Young, publicadas en
1807. En ella podemos apreciar el nivel de comprensión de la anatomía ocular
que tenía Young por el hecho de que, en la figura 437, la imagen está del revés
en la retina; aparecen sus experimentos con la luz (fig. 442)…
Los
incontestables experimentos de Young consiguieron que, a lo largo del siglo
XIX, la hipótesis corpuscular fuese sustituida paulatinamente por la
ondulatoria, aunque seguía sin solucionarse el misterio del supuesto éter
lumínico que las ondas de luz tenían que utilizar para propagarse. Sin embargo,
las dos teorías daban una mejor respuesta según de qué fenómeno se tratase, por
lo que era muy difícil demostrar categóricamente cuál de las dos era correcta.
Los científicos sospechaban que la velocidad de la luz, considerada infinita
durante mucho tiempo, tal vez fuese la llave para escoger definitivamente entre
ambas opciones, aunque su medida había resultado ser un asunto peliagudo.
Por un
lado, era evidente que la luz viajaba muy deprisa, pero el astrónomo danés Ole
Rømer (1644-1710) había demostrado en 1676 que lo hacía a una velocidad finita,
al darse cuenta de que el periodo que pasaba entre dos eclipses de una de las
lunas de Júpiter se acortaba cuando el planeta estaba más cerca de la Tierra,
alargándose por el contrario cuando se encontraba más lejos. Utilizando sus
datos, Huygens había estimado que la velocidad de la luz era de unos 212.000
km/s, una cifra descomunal, consistente con el hecho de que durante tanto
tiempo dicha velocidad se hubiese considerado infinita. No obstante, hubo que
esperar a 1850 para que el francés Léon Foucault (1819-1868), el mismo que
demostró la rotación de la Tierra con su famoso péndulo, obtuviese el valor de
298.000 km/s, ya lo bastante preciso como para poder utilizarlo con eficacia en
los experimentos. En la actualidad, las mejores medidas arrojan una velocidad
de 299.792,458 km/s en el vacío, una diferencia menor del 1 % con respecto a la
de Foucault.
Para que
nos hagamos una idea de la inimaginable rapidez de la que estamos hablando, un
coche que viajase a cien kilómetros por hora tardaría más de cinco meses en
llegar a la Luna, y un avión comercial unos dieciocho días. La luz tarda poco
más de un segundo. No es de extrañar, por tanto, que nuestros antepasados
pensaran que su viaje era instantáneo.
Imagen de Michael Faraday sosteniendo una barra de vidrio del tipo que usaba
para mostrar que el magnetismo afecta a la luz. Fotografía de Maull &
Polyblank. [Wellcome Collection]
Pero lo
importante para lo que nos ocupa es que poder medir la velocidad de la luz les
daba a los científicos una nueva posibilidad de discernir entre las hipótesis
ondulatoria y corpuscular, porque sus predicciones acerca de cómo se comportaba
dicha velocidad durante la refracción eran diferentes.
Y los
experimentos dieron la razón a los seguidores de Thomas Young, ya que la luz
perdía velocidad cuando pasaba por un medio más denso.
Todos
parecían estar ya de acuerdo con que la luz era una onda, pero ¿una onda de
qué? La respuesta a esta importante pregunta se encontraba en el extraño
resultado obtenido en 1845 por Michael Faraday —nuestro viejo conocido
explorador de la electricidad—, quien consiguió alterar el plano de
polarización de un rayo luminoso[85] al
someterlo a la acción de un campo magnético. ¿Sería posible que hubiese una
relación entre la luz y el recién descubierto fenómeno del electromagnetismo?
Faraday especuló con que la luz no fuese más que una «vibración» de alta
frecuencia del campo electromagnético, una idea verdaderamente adelantada a su
tiempo. En los años que siguieron, varios físicos encontraron otras
coincidencias entre ambos fenómenos hasta que, un par de décadas más tarde, el
gran James Clerk Maxwell andaba trasteando con sus ecuaciones cuando los
cálculos le indicaron que la velocidad de propagación del campo en cuestión
era… ¡casi idéntica a la de la luz!
La
conclusión más razonable de los cálculos de Maxwell era que la luz era una
forma de radiación electromagnética que se propagaba como una onda, pero
faltaba demostrar que las ondas electromagnéticas predichas por las ecuaciones
matemáticas existían de verdad. Hubo que esperar veinte años a que, tal y como
vimos en el capítulo cuatro, el alemán Heinrich Hertz fuese capaz de producir
mediante la electricidad las primeras ondas de radio de la historia, uno de
esos descubrimientos capitales que cambian para siempre el destino de una
civilización entera. En efecto, los experimentos de Hertz no solo demostraban
que las ondas electromagnéticas eran reales, sino que abrieron la puerta a
infinidad de aplicaciones en el campo de las comunicaciones, incluyendo la radio,
la televisión, la telefonía móvil y un larguísimo etcétera ya que, modulando su
emisión, las ondas de radio eran capaces de transportar una gran cantidad de
información de forma casi instantánea y a grandes distancias.
Una de
las características más relevantes de las ondas electromagnéticas predichas por
Maxwell y producidas por Hertz era que presentaban un gran abanico de
frecuencias, es decir, que dependiendo de las características de la
perturbación que las creaba el número de oscilaciones por unidad de tiempo
podía variar mucho. Esto equivalía a decir que la distancia entre cada cresta y
cada valle de la onda podía ser muy larga o muy corta. En las ondas de radio
esta «longitud de onda» resulta ser bastante larga, pudiendo medir desde
centímetros en el caso de las llamadas ondas de ultra alta frecuencia, hasta
literalmente kilómetros en las de muy baja frecuencia.
Pero, en
los años que siguieron al descubrimiento de Hertz, los físicos pronto se
percataron de que había otros tipos de ondas electromagnéticas de frecuencia
mucho más alta que la de las ondas de radio. En su día, Maxwell había propuesto
que la luz estaba constituida por ondas de una frecuencia característica y,
muchas décadas antes, científicos como Johan Wilhelm Ritter y William Herschel
ya habían hecho notar que la luz venía acompañada de unos «rayos invisibles»
que parecían provocar reacciones químicas o transportar calor según el caso.
Estos «rayos infrarrojos» y «ultravioleta» resultaron ser, al igual que la luz,
ondas electromagnéticas de lo que podríamos llamar una frecuencia media (entre
109 y 1015 ciclos por segundo, o Herzios[86]),
mientras que, en los últimos años del siglo XIX, se descubrieron las ondas
electromagnéticas de alta frecuencia, incluyendo a los famosos rayos X y a los
peligrosos rayos gamma (ver capítulo séptimo).
El
descubrimiento de los rayos X, en particular, es uno de los mejores ejemplos de
lo que ha venido a llamarse serendipia, ese fenómeno por el cual a veces se
lleva a cabo un descubrimiento particularmente importante cuando se anda
buscando una cosa completamente distinta. En 1895, el alemán Wilhelm Conrad
Röntgen (1845-1923) andaba trasteando con un tubo de Crookes[87] cuando
se dio cuenta de que una pantalla impregnada con sales de bario resplandecía, a
pesar de que el instrumento estaba en ese momento envuelto en un papel de color
negro. Como los rayos de electrones habitualmente producidos en el tubo no
podían atravesar el papel, tenía que tratarse de otra cosa. A Röntgen se le
ocurrió bloquear lo que fuese que salía del tubo echando mano de un naipe, pero
la extraña radiación parecía atravesarlo. Después lo intentó con un libro, y
casi le dio un infarto cuando observó en la pantalla la silueta de la llave que
le servía de separador de páginas. Atónito, retiró el libro y sujetó una lámina
de plomo en su lugar. Cuando la reluciente pantalla le devolvió la imagen
fantasmal de lo que, sin duda alguna, eran los huesos de su mano, el veterano
investigador no pudo contener un grito.
Los que
fuesen bautizados por Röntgen como «rayos X», se convirtieron en una
excepcional herramienta de análisis que en su tiempo revolucionó disciplinas
enteras como la medicina y la cristalografía, gracias a su fabuloso poder de
penetración. Pronto quedó claro que también se trataba de una forma de
radiación electromagnética, de modo que el «espectro» quedó completo. Las ondas
electromagnéticas eran todas de la misma naturaleza, diferenciándose unas de
otras tan solo por la frecuencia.
Un
aspecto importante de esto es que, dado que las ondas asociadas al campo
electromagnético transportan energía (ver capítulo cuarto), la luz visible
también lo hace, al igual que los rayos infrarrojos o los rayos ultravioleta.
Impresión de una de las primeras radiografías de Wilhelm Röntgen (1845-1923)
de la mano izquierda de su esposa, Anna Bertha Ludwig, y en la que se aprecia
un anillo. Fue presentado al profesor Ludwig Zehnder del Physik Institut,
Universidad de Friburgo, el 1 de enero de 1896.
A mayor
frecuencia, mayor energía, y por eso los rayos X y, sobre todo, los rayos gamma
son más penetrantes en contraste con las ondas de radio. Esto es relevante en
materia de salud, ya que a partir del rango de frecuencias del ultravioleta la
radiación es lo suficientemente «energética» como para alterar las grandes
moléculas biológicas de nuestro cuerpo, siendo capaz de provocar graves
quemaduras y hasta mutaciones en el ADN. En los últimos tiempos, personas con
escasa formación científica protestan a diario quejándose de los supuestos
perjuicios de la radiación que emiten los teléfonos móviles, sin darse cuenta
de que las frecuencias de microondas que utilizan transportan menos energía que
la luz visible, lo que los hace completamente inocuos.[88]
Ahora
bien, ¿por qué vemos únicamente la luz visible? Porque, casualmente, se
corresponde con el rango de frecuencias en el que nuestro Sol emite con mayor
intensidad, de modo que nada mejor para la supervivencia que reconocer nuestro
entorno utilizando dichas frecuencias. Algunos animales ven en un rango más
amplio que el nuestro, pero, por lo general, los ojos de todos los seres vivos
han evolucionado de forma parecida. ¡Curiosamente, esto parece indicar que los
hipotéticos seres extraterrestres que vivan en planetas que orbiten estrellas
diferentes a la nuestra, muy probablemente vean en frecuencias distintas!
Pero
volviendo a la historia que nos ocupa, a finales del siglo XIX la comunidad
científica todavía tenía que solucionar un asunto pendiente con respecto a la
luz: la espinosa cuestión de la existencia o inexistencia del elusivo «éter
luminífero». Recordemos que la idea original era «dotar» a las ondas luminosas
de algún tipo de medio en el que pudieran propagarse, pero a medida que se iban
descubriendo cosas el supuesto éter adquiría propiedades cada vez más
extravagantes. Por ejemplo, tenía que permear todo el espacio, ya que la luz se
propaga incluso en el vacío, pero a la vez tenía que ser muchas veces más
rígido que el acero para poder soportar la enorme velocidad a la que aquella
viaja. Semejantes propiedades ponían en cuestión si en realidad el éter
existía, por lo que los científicos se propusieron esclarecer el tema de una
vez por todas. Poco sospechaban en ese momento que lo que iban a encontrar
haría tambalearse no solo los cimientos de la física, sino también nuestra
propia percepción de la realidad.
Diagrama del espectro electromagnético en el que se muestra el tipo,
longitud de onda con ejemplos, frecuencia y temperatura de emisión del cuerpo
negro. [Adaptado de NASA]
En
principio, comprobar la existencia del éter no parecía difícil, ya que bastaba
con medir la velocidad de la luz en distintas direcciones para ver si existían
diferencias.
Haciendo
una analogía con un tren en movimiento que pasase delante de nosotros, si un
pasajero se levantara y caminase en la misma dirección del tren, su velocidad a
nuestros ojos sería la suma de la suya más la del tren. En cambio, si caminase
en sentido contrario al de la marcha, su velocidad con respecto a nosotros
sería la del tren menos la suya. Es decir, con respecto a nuestro sistema de
referencia, nosotros percibiríamos dos velocidades distintas. Así que si nos
sustituimos a nosotros mismos por el éter y al sistema tren-pasajero por un
rayo de luz, deberíamos notar alguna diferencia en la velocidad de esta última
dependiendo de la dirección del rayo. Y dado que supuestamente el éter estaría
«quieto» y se extendería por todo el universo… ¡tendríamos nada menos que un
sistema de referencia fijo al que referir todo movimiento!
El
problema, por descontado, era que la luz es tan rápida que detectar las
posibles diferencias en su velocidad no iba a ser nada fácil. Los físicos
tardaron mucho tiempo en encontrar un método adecuado para medirlas, pero
finalmente en 1887 Albert Michelson (1852-1931) y Edward Morley (1838-1923)
diseñaron un ingenioso dispositivo con el que podían conseguirlo. La idea era
que al moverse la Tierra por el espacio con respecto al éter, la emisión de un
pulso luminoso en distintos momentos debería delatar las diferencias de
velocidad, ya que en algunos casos la de la Tierra se sumaría a la de la luz y
en otras habría de restarse de ella, como en el ejemplo del pasajero y el tren.
El experimento, uno de los más importantes de la historia de la física, se llevó
a cabo entre los meses de abril y julio de ese año, pero para sorpresa
generalizada no se encontró ninguna diferencia en la velocidad de la luz
independientemente del momento y dirección de la emisión, ni entonces, ni en
ninguno de los experimentos que se han realizado después.
Representación del viento de éter. [Cronholm144]
¡Se
trataba de un resultado extraordinario! ¿Tal vez no existía el éter? Pero,
entonces, ¿cómo demonios se propagaban la luz y el resto de las ondas
electromagnéticas? ¿Podría ser que no necesitasen un medio para hacerlo?
Durante los quince años posteriores al experimento de Michelson-Morley, los
físicos especularon con todo tipo de posibilidades, aunque todas eran
insatisfactorias. Y entonces apareció Einstein.
Hacia
1905, nuestro viejo conocido Albert era un anónimo joven de veintiséis años que
trabajaba en una oficina de patentes de Berna para ganarse la vida. Se había
casado un par de años antes y ya era padre de un niño, lo que unido a su empleo
no parecía la mejor de las situaciones para hacer un alarde de descubrimientos.
Pero, como ya sabemos, Einstein no era un científico normal, sino un genio
extraordinario que en sus ratos libres escudriñaba los secretos más recónditos
del universo. Intrigado por el experimento de Michelson y Morley, y recogiendo
algunas ideas que se habían venido gestando desde los tiempos de Maxwell, el
más que inteligente Albert alumbró una idea revolucionaria: ¿y si el hecho de
que la velocidad de la luz en el vacío no cambiase nunca se debía a que quizá
no se trate de una velocidad en el sentido «usual» del concepto, sino de algo
más profundo, tal vez una ley fundamental de la naturaleza? Entonces, si fuese
una constante, llamémosla «c», debería tener carácter universal, ya que las leyes
de la física deben cumplirse en cualquier circunstancia. ¡Las ondas luminosas
no serían entonces más que perturbaciones del campo electromagnético que se
desplazan siempre a la misma velocidad c, simplemente porque así está
construido nuestro universo! ¡Por tanto, no hace falta un éter de ningún tipo,
de la misma forma que nunca hicieron falta el flogisto o el calórico!
La
brillante idea de Einstein esclarecía de golpe varios misterios no resueltos,
como la razón por la cual las ecuaciones de Maxwell, a pesar de su exquisita
precisión a la hora de describir el electromagnetismo, parecían incompatibles
con ciertos aspectos de la mecánica que tenían que ver con los marcos de
referencia aplicables. ¡A partir de ahora la única referencia válida para todos
los movimientos en el universo sería la constante c!
Einstein visitando al físico experimental Pieter Zeeman de Ámsterdam
(izquierda), con su amigo Paul Ehrenfest, 1920. [Rijksmuseumboerhaave]
Sin
embargo, a la vez que solucionaba algunas inconsistencias, la nueva teoría de
la relatividad especial[89] daba
lugar a un buen montón de consecuencias extrañas, ajenas a nuestra percepción
cotidiana y, por tanto, al sentido común. Por ejemplo, en el caso del tren en
movimiento, si encendemos una linterna la velocidad de la luz que percibimos ya
no es la suma o la resta de la de la luz y la del tren, sino únicamente el
valor c. Y siempre mediremos el valor c, independientemente del
observador y de su posición relativa con respecto al rayo de luz. Como hemos
dicho, esto elimina la más mínima posibilidad de que exista otro marco de
referencia que no sea el propio valor inamovible de la velocidad de la luz en
el vacío, lo que viene a significar, nada menos, que no existen ni un espacio
ni un tiempo «absolutos». De hecho, ni siquiera puede hablarse de un espacio y
un tiempo separados, sino más bien de un espacio-tiempo de cuatro dimensiones
(las tres espaciales más la temporal) que evoluciona como un todo.
Las
consecuencias de todo esto desafían a la mente humana de una forma difícil de
igualar. No olvidemos que la velocidad se calcula dividiendo el espacio
recorrido por el tiempo transcurrido durante el desplazamiento, de modo que el
hecho de que la velocidad de una onda en el vacío sea siempre constante
independientemente del movimiento del foco emisor hace que cada observador
estime un tiempo transcurrido y un espacio recorrido diferentes en función de
su movimiento relativo. Más en concreto, si observásemos una nave aproximándose
a la velocidad de la luz… ¡veríamos cómo su longitud se acorta y el tiempo en
su interior pasa más despacio! Y lo más extraño de todo es que a los
tripulantes de la nave les parecería que su tamaño es normal y su tiempo
transcurre también con normalidad, mientras que somos nosotros los que nos
«acortamos y nos retrasamos», ya que desde su punto de vista seríamos nosotros
los que nos estaríamos desplazando a una velocidad cercana a la de la luz[90]. Por
extraño que pueda parecer, estos efectos son reales y han sido observados una y
otra vez en infinidad de experimentos. La razón de que en la vida cotidiana no
los notemos es simplemente que las velocidades a las que normalmente se mueven
las cosas son tan bajas con respecto a la de la luz que los efectos
relativistas resultan imperceptibles.
En su
día, la teoría de Einstein supuso un auténtico terremoto en el mundo de la
ciencia. De pronto, la venerable física de Newton que estudiamos en el capítulo
segundo y que había reinado de forma indiscutible durante más de doscientos
cincuenta años se convertía en un caso particular de la nueva teoría de
Einstein, válido solo para describir el universo a bajas velocidades. Y eso no
era todo. De las matemáticas de la relatividad aplicadas al movimiento de los
objetos en el espacio-tiempo se deducía la equivalencia entre masa y energía,
recogida en la famosa ecuación E = mc². ¡Después
de milenios en los que la humanidad había considerado la materia y la energía
como dos realidades completamente distintas, ahora resultaba que la masa en
reposo de un cuerpo era una especie de «condensado de energía», gobernado por
el factor c! ¡Pero el valor de c es enorme, por lo que al multiplicarlo por sí
mismo y por la cantidad de masa presente, la cantidad de energía resultante
según la ecuación es literalmente gigantesca! Por ejemplo, si desintegrásemos
un gramo de materia (de cualquier materia) obtendríamos unos noventa
terajulios, una cantidad de energía suficiente para hacer lucir una bombilla de
cien vatios durante casi treinta mil años. Los físicos se dieron cuenta en
seguida de lo que esto significaba y, además, pronto pudieron comprobar a
través de fenómenos como la radiactividad que la conversión no solamente era
aplicable al electromagnetismo, sino que era válida para cualquier forma de
energía. El mundo entraba, de pleno derecho, en una nueva era, la de la energía
atómica (ver el siguiente capítulo).
Pero la
equivalencia entre masa y energía, con toda su trascendencia, conlleva otras
consecuencias al menos igual de espectaculares que esa. Un objeto en movimiento
no solo tiene el contenido de energía «condensada» necesario para formarlo,
sino también el correspondiente a la energía cinética de su movimiento. Esa
energía tiende a infinito a medida que se acelera el objeto, aproximando su
velocidad a la descomunal cifra c… ¡de manera que nunca puede
alcanzarla! ¡La velocidad de la luz en el vacío es un límite que ningún objeto
masivo puede superar, y nada ni nadie puede cambiar eso porque no se trata de
una velocidad normal, sino de una constante de la naturaleza que gobierna de
manera inflexible el espacio y el tiempo[91]!
Lamentablemente, pues, parece que nuestras limitaciones en materia de velocidad
hacen que tengamos que olvidarnos del sueño de recorrer en un futuro el
universo como si fuese el patio de nuestra casa, conformándonos tal vez con
explorar las estrellas cercanas, aunque ello nos cueste varias generaciones. Y
por el mismo motivo, parece poco probable que nos estén visitando los
habitantes de otros planetas.[92]
¿Pero,
por qué, entonces, la luz puede viajar a esa velocidad si los objetos
materiales no pueden hacerlo? Porque las ondas electromagnéticas son energía
pura, y no necesitan ser aceleradas ya que son emitidas exactamente con la
velocidad c. Digamos que, aunque también se les aplica la equivalencia entre
masa y energía, a estos efectos es como si su masa fuese nula. Por tanto, si
queremos enviar a un sitio alejado un mensaje que llegue lo más pronto posible,
nuestra mejor opción es, sin duda, emitir una onda electromagnética (de radio,
luminosa, infrarroja, etc.) que viaja a la velocidad de la luz, porque no
podremos encontrar modo alguno de enviarla más rápido. Esta forma de
comunicación es, precisamente, la clave de los proyectos SETI[93], que
buscan desde hace décadas señales de vida extraterrestre sobre la base de que
una civilización lo suficientemente avanzada siempre usará las ondas
electromagnéticas para intentar comunicarse.
El que
ninguna señal pueda viajar más rápido que la luz en el vacío tiene además una
consecuencia sorprendente: no es posible viajar al pasado, lo cual es un alivio
para el principio de causalidad y, por ende, para nuestra comprensión de la
existencia.
Vista aérea de la antena del radiotelescopio de Arecibo, Puerto Rico, que en
2020 fue desmantelado tras casi 50 años de actividad. [NASA]
En el
marco de la relatividad, puede demostrarse que si una señal fuese capaz de
superar el valor c, habría observadores para los cuales estaría viajando hacia
atrás en el tiempo, lo cual abriría la puerta a aberraciones como la célebre
paradoja del abuelo, en la que su nieto viaja al pasado, lo mata sin darse
cuenta y entonces no llega a nacer. ¡La tiranía de la velocidad de la luz es lo
que impide que pueda hacerse realidad el argumento de Terminator, así como el
de tantas y tantas otras historias de ficción!
Pero si
piensa usted que aquí se acaban las cosas raras con respecto a la luz, está
lejos de acertar. A estas alturas, podrían caber pocas dudas de que la
radiación electromagnética se transmite en forma de ondas, pero a raíz de la
observación de algunos fenómenos las cosas no terminaban de cuadrar. Este era
el caso del llamado efecto fotoeléctrico, descubierto por Hertz en 1887, a
través del cual se generaba electricidad cuando un haz de luz incidía sobre una
placa de metal. A todas luces, la energía transportada por la luz era capaz de
arrancar de su sitio a los recién descubiertos electrones (ver capítulo
cuatro), generando una corriente.
Pero
había un problema: la luz azul, por ejemplo, era mucho más eficiente a la hora
de provocar el efecto que la roja, independientemente de que esta última
incidiese con mayor intensidad. Esto era lo contrario de lo que se esperaría
del comportamiento de una onda, y más en concreto de una electromagnética, pues
ahora resultaba que la energía que transportaba la onda no parecía depender de
su intensidad, sino únicamente de su frecuencia, algo que solo podía explicarse
dentro del marco de las nuevas teorías físicas si el portador de la energía
fuese… ¡un corpúsculo! El fantasma de la vieja, desacreditada y casi enterrada
teoría corpuscular de la luz resucitaba de nuevo, planteando a principios del
siglo XX una extraña paradoja: ¿cómo era posible que, después de todo, la luz
se comportase a veces como una onda y otras como un corpúsculo?
La
respuesta a esa pregunta iba a revolucionar, una vez más, nuestra comprensión
del universo, tal y como veremos dentro de un par de capítulos. Y lo haría como
siempre de la mano de esa extraordinaria forma de energía que en tantos
aspectos protagoniza nuestro mundo y cuya historia nos ha llevado desde la
fascinación de su eterno combate contra la oscuridad a la comprensión de que
vivimos en un universo mucho más extraño de lo que durante milenios pudimos
imaginar.
Capítulo
VII
El corazón del átomo
«¡Por el
amor de Dios, Soddy, no lo llames transmutación o nos cortarán la cabeza por
alquimistas!».
Ernest Rutherford (1871-1937), físico británico nacido en Nueva Zelanda,
dirigiéndose a su colega Frederic Soddy en referencia al descubrimiento de la
transmutación nuclear.
Como
vemos, a finales del siglo XIX el debate sobre la naturaleza de la luz dominaba
el mundo de la física cuando el advenimiento de un nuevo y misterioso fenómeno
iba a dotar de una nueva dimensión a la relación de nuestra especie con la
energía. En efecto, en 1896 el físico francés Henri Becquerel (1852-1908)
estaba estudiando la fosforescencia[94] cuando
descubrió que tanto las sales de uranio como el uranio metálico impresionaban
las placas fotográficas como si estas estuviesen expuestas a la luz. Sin
embargo, pronto quedó claro que semejante radiación no tenía nada que ver con
la fosforescencia, ni tampoco con otras emisiones recién descubiertas, como los
rayos X, sino que se trataba de algo que sin duda tenía un origen más profundo,
tal vez relacionado con el mismísimo corazón del átomo.
Uno de
los científicos intrigados por las extrañas características de la nueva
radiación no era otro que Ernest Rutherford (1871-1937), el bullicioso genio de
Nueva Zelanda que se había criado en una granja de ovejas y que opinaba que los
científicos eran como niños, ya que —en sus propias palabras— «tenían
laboratorios para jugar e incontables misterios por explorar». Hacia 1898, el
enigma que más apasionaba a Rutherford era la nueva «radiación uránica» de
Becquerel y al campechano científico le dio por trastear con ella, haciendo que
atravesase láminas metálicas para ver lo que pasaba. Y lo que sucedía es que el
uranio parecía emitir dos tipos diferentes de radiación, una más penetrante y
otra menos. El genial Ernest bautizó a la segunda como «alfa», y a la primera
como «beta». Resultó que la de mayor penetración estaba integrada por
electrones, y la otra nada menos que… ¡por núcleos de átomos de helio![95].
Pero ¿qué
tipo de fenómeno podía ser responsable de la emisión de átomos enteros?
Rutherford sospechaba que la única respuesta lógica era que los átomos de
uranio de alguna forma se «desintegraban» de forma espontánea, es decir,
pasaban a convertirse en átomos de otro elemento químico más ligero mediante la
emisión de partículas.
M. Becquerel y el experimento con el imán. [Biblioteca Nacional de Medicina
de Estados Unidos]
Esto
parecía razonable, dado que el átomo de uranio es enorme, y quizá podría ser
inestable. Pero el problema para el bueno de Rutherford era que «convertirse en
otro átomo» era lo mismo que transmutarse, y la transmutación era el sueño que
los alquimistas, ahora considerados poco menos que charlatanes, habían
perseguido como posesos a lo largo de la historia[96].
Rutherford tenía que andarse, pues, con mucho cuidado si no quería ver su
reputación puesta en entredicho, ya que los químicos de la época creían a pies
juntillas que la materia era simplemente indestructible.
En esta imagen se resume de forma gráfica el famoso experimento de la lámina
de oro de Rutherford. Este consistió en la proyección de un rayo de partículas
α sobre una fina lámina de oro puro que estaba rodeada por una capa protectora
y luminescente. Constató que la mayoría de las partículas α pasaban pero una
pequeñísima parte se desviaba. Este hecho era inexplicable según el modelo de
Thompson y la explicación más plausible era que la partícula alfa (de carga
positiva) en su trayectoria chocaba contra un núcleo con carga positiva que la
repelía.
Nuestro
protagonista comenzó entonces una serie de experimentos muy meticulosos con
otro elemento químico pesado —el torio— y, en colaboración con su colega
Frederick Soddy (1877-1956), consiguió hacia 1901 demostrar que este se
desintegraba en un elemento gaseoso que también era radiactivo, y al que más
tarde se bautizaría como radón.
Los
resultados de Rutherford y Soddy causaron sensación. Sus experimentos eran de
tal calidad que no dejaban margen a la duda y, de hecho, fueron reproducidos
rápidamente por otros laboratorios sin discrepancia alguna. La materia se
desintegraba de verdad, al menos los elementos naturales más pesados, lo que
significaba que la transmutación soñada por los alquimistas era, en cierto
modo, una realidad. Además, las consecuencias del descubrimiento eran
espectaculares, pues la mera existencia de la desintegración radiactiva
resolvía de un plumazo alguno de los enigmas pendientes más acuciantes de la
ciencia. Por ejemplo, durante décadas los físicos se habían estrujado el
cerebro tratando de encontrar una explicación al hecho de que la corteza
terrestre mantuviese una constante actividad tectónica, a pesar de que el
planeta tendría que haberse enfriado por completo poco tiempo —en términos
geológicos— después de su formación. El calor emitido por la desintegración
radiactiva del uranio y de otros elementos pesados era la respuesta.
En 1908,
Rutherford recibió el Premio Nobel de Química, algo que, paradójicamente, le
disgustó bastante, pues él se consideraba un físico por encima de todo, no en
vano decía que la ciencia, «o es física, o es filatelia». Soddy, por su parte,
tuvo que esperar a 1921 para obtenerlo como consecuencia de sus trabajos sobre
los isótopos, y nunca le perdonó al establishment científico el no haberlo
compartido con su colega y amigo. Y es que ya se sabe que el que te den un
premio no garantiza que te pongas contento.
De eso
también participaría María Salomea Sklodowska-Curie (1867-1934), más conocida
como Marie Curie, la genial polaca afincada en Francia que, a la postre, se
convertiría en la única persona que ha recibido hasta la fecha dos premios
Nobel en dos disciplinas científicas distintas.[97] En
la Sorbona, la joven Marie se había licenciado de forma consecutiva en Física y
Matemáticas, alcanzando respectivamente el primer y el segundo puesto de su
promoción, lo cual, si tenemos en cuenta que a finales del siglo XIX muchas
universidades ni siquiera aceptaban mujeres como estudiantes, dice mucho del
calibre intelectual de la persona de la que estamos hablando. Casada con el
también más que inteligente Pierre Curie, y muy intrigada por el fenómeno
recientemente descubierto por Becquerel, Marie comenzó a estudiar la
radiactividad y en 1903 compartió el Premio Nobel de Física con este último y
con su marido, aunque como consecuencia del machismo de la época tuvo que
soportar como a Becquerel le correspondía la mitad del premio, como si ella no
fuese más que la colaboradora de Pierre. De hecho, la señora Curie fue la
primera en proponer que la misteriosa radiación que emanaba del uranio tenía
que proceder forzosamente del interior del átomo. Además, mientras trasteaban
con el pesado elemento, los Curie se dieron cuenta de la presencia de un
residuo extremadamente radiactivo, lo que les llevó en los años posteriores a
descubrir dos elementos químicos nuevos, el radio y el polonio[98].
Pierre
había fallecido en 1906, atropellado por un coche de caballos, de modo que en
esta ocasión el Nobel de Química de 1911 le correspondió solo a su viuda. Por
desgracia, a esas alturas Marie aparecía en los medios de comunicación más por
su vida personal que por sus cualidades profesionales, ya que había comenzado
una nueva relación sentimental con el físico Paul Langevin, quien estaba
infelizmente casado. Tras sustraer la correspondencia que su marido mantenía
con la Curie, la despechada esposa la había filtrado a la prensa, que publicó
todos los detalles. Conmocionada por el escándalo, la puritana Academia Sueca
estuvo a punto de no concederle a Marie su segundo Nobel, y en cualquier caso
le sugirió que no asistiese a la ceremonia de entrega, un consejo al que la
genial científica no hizo el más mínimo caso.
Los
hallazgos de Rutherford y de los Curie, junto con otros, pusieron los
fundamentos de lo que viene a llamarse «radiactividad natural», es decir, la
que desprenden los isótopos inestables de los elementos químicos que integran
la naturaleza. Aquellos se hacen más frecuentes a medida que los núcleos
atómicos aumentan de tamaño, de modo que, en la tabla periódica, todos los
elementos posteriores al bismuto son intrínsecamente radiactivos[99],
careciendo de isótopos estables. Estos núcleos «poco fiables» emiten tres tipos
diferentes de radiación, alfa, beta y gamma, de poder de penetración creciente.
La primera es la vieja conocida de Rutherford, la segunda es un flujo de
electrones o positrones (electrones positivos, es decir, antimateria[100]) y la
tercera es, como ya sabemos, el tipo de radiación electromagnética más
penetrante, lo que la convierte también en la más peligrosa. Como ya hemos
dicho, cuando interaccionan con las grandes moléculas biológicas que contienen
la información genética estas radiaciones pueden provocar mutaciones que
ocasionan graves enfermedades o incluso la muerte.
Por
extraño que pueda parecer, los efectos nocivos de la radiación para la salud no
quedaron del todo claros hasta 1927, como consecuencia de los trabajos de
Hermann Joseph Muller (1890-1967) sobre los rayos X. Eso ocasionó a principios
del siglo XX una auténtica «fiebre radiactiva», con docenas de empresas más o
menos serias dedicadas a sacarle partido al nuevo fenómeno, alegando sin prueba
alguna que la radiactividad era beneficiosa para la salud. Así, se recomendaba
encarecidamente el consumo de agua radiactiva, ya fuese en forma de
dispensadores de agua para beber, o simplemente en forma de balnearios donde la
gente podía bañarse. Se fabricaban tónicos capilares, lana para la canastilla
de los bebés, crema dentífrica, chocolate y bebidas, todos ellos convenientemente
provistos de su «saludable» dosis de radiactividad. La moda duró hasta bien
entrados los años treinta, cuando a consecuencia de graves accidentes las
autoridades pusieron coto a la más que insalubre práctica.
Pierre y Marie Curie trabajando en su laboratorio. [Wellcome Collection]
Pero, una
vez las bases de la radiactividad natural quedaron bien establecidas, los
científicos empezaron a preguntarse si el fenómeno no podría inducirse en el
laboratorio, tal vez creando artificialmente isótopos que, a continuación,
procediesen a desintegrarse. Se podrían conseguir así materiales nuevos con
propiedades que podrían ser interesantes. Y para que todo quedase en familia,
la persona que lideró este esfuerzo no fue otra que Iréne Joliot-Curie
(1897-1956), la hija de Marie, quien junto a su marido Frédéric consiguió la
hazaña al bombardear núcleos de boro y de aluminio con partículas alfa. Al
igual que le sucedió a su madre, la brillante Iréne moriría años más tarde de
leucemia, consecuencia de las largas horas de exposición a la radiación en una
época en la que los pioneros que trasteaban con los núcleos atómicos no
llevaban la protección adecuada.
Pero
¿cuál era la razón de que muchos de estos núcleos se volvieran inestables? En
1918 nuestro amigo Rutherford había descubierto que el núcleo del elemento
químico más ligero, el hidrógeno, estaba constituido en realidad por una única
partícula a la que denominó protón (del griego πρῶτον, «primero»).
Irène y Frédéric Joliot-Curie en su laboratorio en 1935. [BNF]
Resultaba
que los núcleos de los distintos átomos iban añadiendo protones, uno más por
cada elemento consecutivo de la tabla periódica. Así, el pesado uranio con el
que había comenzado todo este asunto contaba con noventa y dos protones en su
núcleo.
El
problema es que el protón tiene carga eléctrica positiva, así que para que una
acumulación de protones tuviese cierta estabilidad sin saltar por los aires por
culpa de la repulsión eléctrica, hacía falta algo más. En 1932, James Chadwick
(1891-1974), un físico inglés que pasó la Primera Guerra Mundial en un campo de
concentración acusado de espionaje, descubría el neutrón, una partícula sin
carga eléctrica —de ahí lo de «neutrón»—, que contribuía a estabilizar el
núcleo. Era la peculiar configuración de protones y neutrones dentro de este
último lo que hacía que unos isótopos fueran más estables que otros, tal y como
muchos años más tarde se encargaría de demostrar a través de su célebre modelo
«de la cebolla» la genial María Goeppert-Mayer[101] (1906-1972),
quien a pesar de ganar el Nobel de Física por su descubrimiento no consiguió un
trabajo remunerado hasta que cumplió… ¡los 53!
El
descubrimiento del neutrón y de su papel en la estabilidad del núcleo hizo que
los físicos comenzasen a bombardear átomos con neutrones para ver qué era lo
que pasaba. A finales de los años treinta, uno de los grupos que trabajaba en
Alemania en este tipo de experimentos estaba formado por la austriaca Lise
Meitner (1878-1968) y los alemanes Otto Hahn (1879-1968) y Fritz Strassman
(1902-1980), hasta que ella tuvo que exiliarse por ser de ascendencia judía.
Tras escapar de los nazis sobornando a los guardias fronterizos con un anillo
de oro de la madre de Hahn, se encontraba a la sazón en Estocolmo cuando
recibió los extraños resultados de sus compañeros alemanes. Hahn y Strassmann
habían encontrado isótopos de bario —un metal del grupo alcalinotérreo— como
consecuencia del bombardeo de uranio con neutrones, pero dado que el átomo de
bario tiene la mitad del tamaño que el de uranio la cosa no parecía tener
sentido. En la carta que le envió a Meitner, Hahn apuntaba «… quizá tú puedas
sugerir alguna explicación fantástica. Nosotros reconocemos que esto no puede
producir realmente bario». Intrigada, la buena de Lise se puso a discutir el
asunto con su inteligente sobrino, Otto Frisch (1904-1979), que también era
físico y que se encontraba en ese momento visitando a su tía. Cuenta la leyenda
que fue durante un paseo por el bosque cuando la genial pareja dio con la
interpretación correcta del resultado de sus colegas, que no era otra que el
átomo de uranio literalmente se partía, o como más tarde diría Frisch, se «fisionaba»[102].
Hahn y Meitner en el Instituto de Química de Emil Fischer en Berlín, c.
1909.
El
descubrimiento de la fisión nuclear abrió unas puertas totalmente
insospechadas, que muy pronto adquirieron tintes ominosos. En efecto, los
productos de la fisión contenían un poquito menos de masa que el átomo de
uranio original y, tal y como calcularon Frisch y Meitner, ¡la diferencia
obedecía exactamente a nuestra vieja amiga, la célebre ecuación de Einstein que
establecía la equivalencia entre masa y energía! Pero, además, como
consecuencia de la fisión se desprendían otros neutrones que, a su vez, podían
golpear a otros átomos, dando lugar a lo que ha venido a llamarse «reacción en
cadena». Naturalmente, a nadie se le escapaba que la fisión descontrolada de
una gran cantidad de núcleos de uranio iba a liberar casi instantáneamente una
brutal cantidad de energía en forma de luz, calor y energía cinética. Lo que se
dice una bomba, vamos. Y en 1938, todo el mundo andaba buscando alguna.
La
posibilidad de que la Alemania nazi se hiciese rápidamente con un arma terrible
capaz de aniquilar ciudades enteras comenzó a causar pesadillas en el bando
aliado, desatándose una carrera armamentística sin parangón en la historia de
los conflictos bélicos. De hecho, un puñado de destacados científicos germanos
formaron en 1939 el Uranverein (literalmente, «club del uranio»), la semilla de
un proyecto destinado a obtener el primer explosivo atómico. Sin embargo, y a
pesar de los progresos iniciales, los nazis nunca llegaron a estar realmente
cerca de obtener la bomba. Problemas de coordinación y financiación se
añadieron a las enormes dificultades técnicas, impidiendo que los alemanes
llegasen a producir una reacción en cadena sostenida. Además, el suministro de
agua pesada, la sustancia elegida por los alemanes como moderador de neutrones[103], fue
sistemáticamente saboteado por los aliados, de modo que el otrora prometedor
proyecto alemán se quedó en la acumulación de un uranio enriquecido que nunca
llegó a utilizarse.
¿Y por
qué había que «enriquecer» el uranio? Pues porque el isótopo del pesado
elemento que podía utilizarse para la fisión, el uranio-235, es mucho menos
abundante en la naturaleza que su congénere, el uranio-238.
El
enriquecimiento del uranio es un proceso muy costoso que en la época consumía
una ingente cantidad de recursos económicos que se añadían a las innumerables
dificultades técnicas para poner a punto una bomba.
Una galleta de uranio metálico después de la reducción mediante el proceso
de Ames, hacia 1943. [Laboratorio Nacional Ames]
Pero
recursos era lo que no faltaba en los Estados Unidos, el país al que muchas
lumbreras emigraron desde Europa huyendo de la guerra y de la persecución de
los nazis. Un auténtico regalo de Hitler a los aliados, que integraron a los
científicos exiliados en sus grupos de trabajo organizando un ejército que
gozaba de un enorme potencial creativo. Fue en este contexto en el que, en
1939, Albert Einstein hizo llegar al presidente Roosevelt una célebre carta en
la que insistía en la necesidad de que los aliados se adelantasen a los
alemanes en el desarrollo del arma definitiva. El presidente, que no era nada
tonto y ya había sido alertado sobre el tema tanto por sus propios asesores
como por los ingleses, firmó la orden de puesta en marcha del mundialmente famoso
Proyecto Manhattan, uno de los más caros de la historia, a través del cual el
complejo industrial estadounidense fue capaz de aglutinar los medios necesarios
para solventar todos los problemas técnicos y poner a punto la bomba en un
tiempo récord. Así, en diciembre de 1942 el equipo dirigido por el físico de
origen italiano Enrico Fermi (1901-1954) obtuvo en la Universidad de Chicago la
primera reacción en cadena sostenida de la historia, y a mediados de 1945 los
americanos habían construido dos bombas de uranio y una de plutonio, un
elemento artificial creado pocos años antes mediante un instrumento denominado
ciclotrón.[104]
La
explosión del primer artefacto de prueba en Alamogordo (Nuevo México), el 16 de
julio de 1945, inauguró de facto la era atómica, mostrando al mundo todo el
horror del fuego nuclear y colocándolo ante un futuro plagado de
incertidumbres.
Un mes
después, en una decisión muy controvertida, los estadounidenses arrojaron las
dos bombas restantes sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki,
poniendo un broche de tintes apocalípticos al final de la Segunda Guerra
Mundial.
Oppenheimer y Groves examinan los restos de una de las bases de la torre de
prueba de acero en la zona cero de la prueba atómica Trinity, cerca de
Alamogordo, Nuevo México. [Cuerpo de Ingenieros del Ejército de EE. UU.]
En
efecto, los números eran aterradores. Las dos bombas acabaron de inmediato con
la vida de más de cien mil personas, hiriendo a otras ciento treinta mil, de
las cuales muchas murieron en los meses posteriores como consecuencia de la
radiación. Las detonaciones liberaron una energía equivalente a la explosión de
dieciséis mil toneladas de TNT o, lo que es lo mismo, a sesenta y siete mil
billones (con b) de julios, una cantidad casi inimaginable por aquel entonces.
Tal y como refleja magistralmente una frase de Robert Oppenheimer (1904-1967),
el genial director del Proyecto Manhattan, en un sentido profundo los físicos
habían conocido el pecado.
Cartel de seguridad utilizado en el proyecto Manhattan durante la Segunda
Guerra Mundial. En él se advierte a los empleados de que mantuvieran cerrados
los cajones de las oficinas y que pusieran los documentos clasificados en cajas
fuertes con llave cuando no se estuvieran utilizando, para evitar el espionaje.
Con todo,
y como sucede con todas las tecnologías con una doble cara, el advenimiento de
la energía nuclear traía también una serie de promesas para la especie humana.
En efecto, la reacción en cadena sostenida podía llevarse a cabo de manera
indefinida en un reactor nuclear, con la moderación suficiente para que no
resultase explosiva.
De esta
manera, un pequeño suministro de material fisible podía liberar una importante
cantidad de energía que podía ser «recogida» y transformada, por ejemplo, en
electricidad, tal vez en grado suficiente como para satisfacer gran parte de
las necesidades de la gente. Es así como los reactores nucleares de fisión
pasaron al mundo de la ingeniería civil, a pesar de la aprensión que siempre ha
venido acompañando a la explotación industrial de la energía atómica. Estos
reactores utilizan uranio o plutonio como combustible y grafito, agua o agua
pesada como moderador de neutrones.
Desde
1945 se han construido cientos de centrales nucleares (en 2017 había operativas
un total de cuatrocientas cuarenta y dos) que en la actualidad suministran algo
más del diez por ciento de la energía total que consumimos los humanos en el
planeta. Se trata de una proporción importante que en países como Francia es
mucho mayor. Como más adelante veremos, la generación de electricidad mediante
las centrales nucleares presenta muchas ventajas, aunque siempre ha estado
acompañada de una buena dosis de controversia, dada la ominosa posibilidad de
que se produzcan accidentes que impliquen fugas radiactivas. En ese sentido,
los famosos incidentes de las centrales de Three Mile Island, Chernobyl y
Fukushima, en Estados Unidos, Rusia y Japón, respectivamente, no han ayudado
demasiado a calmar a la opinión pública. Sin embargo, el mayor problema, de
largo, de la energía nuclear con fines pacíficos, es la gestión de los residuos
radiactivos, algunos de los cuales tienen una vida media de milenios.
Pero ¿qué
es eso de la vida media? Pues no es más que una medida del promedio de duración
de una partícula antes de desintegrarse. Se trata, por tanto, de un concepto
estadístico, muy relacionado con lo que se ha venido a llamar «periodo de
semidesintegración», que es el tiempo necesario para que se desintegren la
mitad de los núcleos de la muestra de un radioisótopo. Estas cifras presentan
una variabilidad enorme, con setecientos millones de años para el uranio-235 y
tan solo unos milisegundos para determinados isótopos muy inestables. Pero lo
interesante es que para cada isótopo en particular siempre son las mismas, lo
que permite, por ejemplo, averiguar la edad de una muestra en función de cuánto
material se ha desintegrado. Este es el fundamento de los métodos de datación
arqueológica modernos, como el célebre carbono-14, un isótopo radiactivo del
carbono que es minoritario en los seres vivos, pero que nos permite estimar con
bastante precisión la antigüedad de los restos de materia orgánica.
Por otro
lado, la utilidad de los radioisótopos no se manifiesta solamente en la
exploración del pasado o en la obtención de energía.
Portada de la revista Popular Science de mayo de 1947.
En
efecto, muchos de ellos se han convertido con el tiempo en herramientas
imprescindibles de análisis en medicina, en forma de «trazadores» cuyo
seguimiento en el organismo nos facilita maravillosas imágenes de los tejidos
que, a su vez, pueden delatar la presencia y extensión de muchas enfermedades.
Además, no solo los usamos para el diagnóstico sino también para combatir
directamente algunas dolencias, notablemente los tumores, ya que aprovechamos
los efectos letales de la radiación para acabar con las células cancerosas.
Así, en una de esas insuperables paradojas que jalonan la existencia humana,
las mismas sustancias cuyo brillo mortal es capaz de arrasar poblaciones
enteras son nuestras mejores aliadas en el incesante combate contra el cáncer.
Pero la
historia de la energía encerrada en el átomo no tiene como únicos protagonistas
la desintegración y la fisión, sino también… ¡el proceso contrario, la fusión
de los núcleos! En 1920, Arthur Eddington, el físico y astrónomo británico que
un año antes había proporcionado una de las primeras confirmaciones
experimentales de la teoría de la relatividad general[105], llegó a
la extraordinaria conclusión de que la fusión de núcleos de hidrógeno para
formar helio podría ser la principal fuente de energía que sostenía a las
estrellas, un proceso que hasta la fecha estaba envuelto en el más absoluto de
los misterios. Durante los años que siguieron, y en paralelo con los avances en
la investigación de la estructura íntima del átomo, la comunidad científica
quedó convencida de que la fusión de elementos ligeros podría liberar, en
efecto, una gigantesca cantidad de energía que, una vez más, respondía
perfectamente a la famosa ecuación de Einstein. La razón estribaba en que la
entonces misteriosa fuerza responsable de sujetar a los protones y a los
neutrones dentro del núcleo parecía ser más intensa a distancias más cortas. En
los átomos más pequeños, con pocos protones, esta fuerza o interacción, más
tarde conocida como interacción fuerte (ver el siguiente capítulo),
contrarresta con facilidad la repulsión electromagnética que experimentan los
protones, un efecto que se va debilitando a medida que el tamaño y complejidad
de los átomos aumenta. Por eso, cuando los núcleos más ligeros se fusionan para
formar otros más pesados, el proceso libera el «exceso de energía» de los
primeros.
La
interacción fuerte, una de las cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza,
no fue esclarecida del todo hasta la década de los setenta, pero el
descubrimiento del neutrón en 1932 puso plenamente de manifiesto su existencia
como una fuerza atractiva de enorme intensidad a las cortísimas distancias del
interior del núcleo. Ese mismo año, el físico australiano Mark Oliphant[106] (1901-2000)
conseguía por primera vez la fusión de isótopos de hidrógeno en el laboratorio,
demostrando que el proceso se daba en la realidad, y a lo largo de la década su
colega Hans Bethe (1906-2005) puso las bases teóricas de cómo funcionaba el proceso
dentro de las estrellas.
En las
primeras etapas del universo, el hidrógeno, que formaba casi la totalidad de la
materia que surgió del Big Bang, fue aglutinándose como consecuencia de la
atracción gravitatoria, hasta que los átomos se encontraron lo suficientemente
empaquetados como para que sus colisiones superasen la repulsión
electromagnética, acercando los núcleos de modo que quedaron atrapados por la
interacción fuerte. Obligados a fusionarse, dos núcleos de hidrógeno producen
uno de helio, liberando una enorme cantidad de energía en forma de luz y calor.
La casi inimaginable cantidad de hidrógeno que hay dentro de una estrella —la
masa del Sol equivale en kilogramos a un uno seguido de treinta ceros— hace que
la estrella siga «quemando» hidrógeno en esta especie de horno nuclear durante,
literalmente, miles de millones de años. Cuando se termina el hidrógeno, en el
corazón de la estrella comienzan procesos de fusión que dan lugar a elementos
más pesados, como el nitrógeno, el oxígeno o el carbono que, al morir aquella[107], se
esparcen por todo el universo, de modo que bien puede decirse, como apuntaba el
gran divulgador científico Carl Sagan, que, a fin de cuentas, los humanos no
somos más que polvo de estrellas.
Pero,
volviendo a la Tierra, y por desgracia para la especie humana, el fenómeno de
la fusión nuclear pronto sustituyó al de la fisión en la mente de los políticos
y los militares. Sobre todo en la de Edward Teller (1908-2003), un
controvertido físico de origen húngaro que, tras emigrar a Estados Unidos,
propuso el desarrollo de una bomba de hidrógeno para ganarles la guerra a los
alemanes. Teller tenía un carácter agrio y atormentado, así como una
personalidad difícil, egocéntrica y dura —quizá como consecuencia de haber
perdido una pierna en un accidente de juventud—, pero era un científico de
primera categoría. Dándose cuenta de que el gran problema de la fusión
estribaba en la dificultad de acercar los núcleos de los átomos a una distancia
adecuada, ideó el utilizar una bomba de fisión de uranio como desencadenante de
la ignición del deuterio, el isótopo pesado del hidrógeno más conveniente para
la fusión.
En un
principio, Teller vio su propuesta postergada debido a que el diseño de la
bomba de fisión era más sencillo y estaba mucho más avanzado que la de fusión,
pero la decisión no le sentó nada bien. Desarrolló una gran animadversión
contra el director del Proyecto Manhattan, el ya mencionado Robert Oppenheimer,
del cual se vengaría años más tarde aprovechando la «caza de brujas» del
senador McCarthy para acusar a su antiguo jefe de espía comunista[108]. Pero,
en 1948, los soviéticos se hicieron también con la primera bomba atómica y el
gobierno norteamericano retomó la idea de Teller con objeto de conservar una
posición dominante en materia de capacidad de disuasión. Ya sin cortapisas y en
colaboración con su colega Stanislaw Ulam (1909-1984), el temible físico
desarrolló el proceso que lleva el nombre de ambos y que en 1952 dio lugar a la
primera prueba nuclear con una bomba de hidrógeno, que tuvo lugar, para la
eterna condenación de Teller, en el atolón de Eniwetok, en el Océano Pacífico.
La explosión de Ivy Mike —que así se llamaba el artefacto— liberó seiscientas
cincuenta veces más energía que la bomba de Hiroshima e hizo desaparecer por
completo una isla entera. En el epicentro de la explosión, la temperatura
alcanzó los quince millones de grados, lo más parecido al calor de una estrella
en la superficie de nuestro planeta. A partir de ese momento, y dentro de la
llamada estrategia de «destrucción mutua asegurada», las dos grandes potencias
han acumulado durante décadas un gigantesco arsenal de miles de ojivas
nucleares capaces de exterminar varias veces toda la vida sobre el planeta. Por
su parte, el poco amigable Teller falleció en 2003 después de recibir de las
manos del presidente George W. Bush la Medalla Presidencial de la Libertad.
Explosión de Ivy Mike, la primera bomba H probada el 31 de octubre de 1952.
Por
suerte, y al igual que sucedió con la fisión del uranio, científicos menos
oscuros que Teller llevan mucho tiempo intentando domar la fusión del hidrógeno
con el saludable objeto de obtener una fuente de energía prácticamente
ilimitada. Sin embargo, conseguir la ignición del deuterio de forma controlada,
de modo que suministre más de lo que consume, ha demostrado ser un reto técnico
gigantesco que, a pesar del largo camino recorrido y la enorme cantidad de
dinero invertida, aún no nos ha permitido disponer de la energía del Sol.
Dr. Edward Teller en la planta del reactor Clinch River Breeder en Oak
Ridge, Tennessee. [United States Department of Energy]
En las
últimas décadas, los físicos han seguido escudriñando las entrañas del núcleo
intentando comprender mejor las leyes que gobiernan tanto su estabilidad como
la energía encerrada en su seno. Durante mucho tiempo se creyó que los protones
y los neutrones eran indivisibles, pero en los sesenta y setenta se
desarrollaron las bases teóricas que llevaron al descubrimiento de los quarks[109], las
auténticas partículas fundamentales que los integran y que están ligadas
mediante gluones, los análogos a los fotones en la interacción fuerte. En
realidad, la fuerza que mantiene sujetos a los protones y los neutrones dentro
del núcleo no es más que una derivación de dicha interacción, al igual que las
fuerzas que mantienen sujetas las moléculas lo son de la interacción
electromagnética. Por otra parte, en el transcurso de sus investigaciones los
científicos también han identificado otra fuerza fundamental de la naturaleza,
la interacción débil, responsable por ejemplo de la desintegración beta e
íntimamente relacionada con aquella[110].
Como
vemos, y a fin de cuentas, la portentosa energía encerrada en el átomo no es
más que otra forma de energía potencial, consecuencia del juego de dos de las
cuatro fuerzas fundamentales de la naturaleza que operan a corta distancia.
Tanto en la desintegración radiactiva como en los fenómenos de fusión y fisión,
este potencial se transforma en energía cinética a gran escala, dando lugar a
los impresionantes efectos que han protagonizado nuestras vidas en los últimos
cien años. Unos efectos que sin duda habrían asombrado a Henri Becquerel, aquel
viejo explorador del átomo que se topó con el secreto de la mayor esperanza, y
a la vez la mayor amenaza, para el futuro de la humanidad.
Capítulo
VIII
Jugando a los dados con Dios
«Einstein,
deja de decirle a Dios lo que debe hacer»
Niels Bohr, físico danés (1885-1962).
A finales
del siglo XIX parecía que la comprensión del mundo físico se acercaba a su
final. La termodinámica, la química, la mecánica y el electromagnetismo eran
disciplinas tan bien asentadas y que funcionaban tan bien que pocos científicos
creían que quedase mucho por explorar. Ciertamente había algún fleco enojoso
por resolver, sobre todo en lo relativo al caprichoso comportamiento de la luz
y a la extraña acción a distancia que ejercía la gravedad, pero lo demás
parecía una balsa de aceite. Hasta que a los físicos les dio por estudiar la
emisión de energía en un «cuerpo negro».
Un cuerpo
negro es uno de esos objetos teóricos que no existen en la realidad pero que
permiten a los científicos elucubrar sobre las leyes de la naturaleza. En su
caso, se trata de un objeto que absorbería toda energía incidente, sin reflejar
nada (de ahí lo de «negro») y que funcionaría como un emisor ideal de radiación
electromagnética. De acuerdo con las predicciones de la física decimonónica, un
cuerpo negro en equilibrio térmico debería emitir energía en todos los rangos
de frecuencia, de modo que a mayor frecuencia, mayor energía. El problema es
que al tener en cuenta las frecuencias elevadas los cálculos arrojaban una
emisión que tendía a infinito, en flagrante violación del sacrosanto principio
de conservación al que tanto hemos hecho referencia a lo largo de los capítulos
anteriores.
Idealización de un cuerpo negro, en el que es poco probable que la luz que
entra vuelva a salir por la abertura. [AG Cesar]
Cuando
una teoría física entra en contradicción con una ley de la naturaleza bien
asentada los científicos empiezan a ponerse nerviosos, porque suele ser
sinónimo de que detrás de la teoría hay algo que anda mal, y esta «catástrofe
ultravioleta», como así fue llamada, no era ninguna excepción. La energía ni se
crea ni se destruye, así que no puede emitirse de forma infinita, de modo que
los físicos se lanzaron en pos de una explicación. Y la solución la propuso el
alemán Max Planck (1858-1947). Además de físico, Planck era un excelente
matemático, lo que le permitió darse cuenta de que si la emisión de energía no
se consideraba continua, sino integrada por cantidades discretas, los infinitos
desaparecían de unos cálculos que además se correspondían con las mediciones
reales. Así, llegó a la extraordinaria conclusión de que la radiación
electromagnética es absorbida y emitida por la materia en forma de paquetes, o
«cuantos» (del latín quantum, «cantidad»), a través de una constante universal
—bautizada como constante de Planck en honor a su descubridor— que se
multiplica por la frecuencia para obtener el valor de la energía. Lo que el
alemán acababa de descubrir era nada menos que una de las características más
importantes de la naturaleza, que la energía se transfiere «en porciones», de
forma cuantizada[111].
Planck
dio a conocer sus ideas el 14 de diciembre de 1900 en una sesión de la Sociedad
Física de la Academia de Ciencias de Berlín, por lo que puede decirse que el
advenimiento de la teoría cuántica coincidió con el inicio del siglo XX. En un
principio, la cuantización fue una propuesta muy controvertida, hasta que el
esclarecimiento del efecto fotoeléctrico por Albert Einstein en 1905 utilizando
las ideas de Planck acabó con el debate. Fue el propio Einstein quien introdujo
el término «cuanto de luz», que veinte años más tarde sería sustituido por el
de «fotón».
La
cuantización de la energía no solo eludía la famosa catástrofe ultravioleta,
sino que solucionaba también asuntos muy farragosos como la estabilidad de los
núcleos atómicos o las interacciones entre los electrones. De hecho, toda la
química pudo explicarse en las décadas que siguieron atendiendo a la teoría
cuántica, lo cual supuso para esta última un enorme espaldarazo. En 1913, el
danés Niels Bohr (1885-1962), quizá el discípulo más aventajado de Ernest
Rutherford, publicó un nuevo modelo atómico, todavía basado en la mecánica
clásica de Newton, en el que sin embargo se introducía la cuantización, si bien
de manera bastante arbitraria. El nuevo modelo explicaba cómo los electrones
podían tener órbitas estables alrededor del núcleo y por qué los átomos
presentaban espectros de emisión[112] característicos
en los que las líneas espectrales correspondían solamente a ciertas
frecuencias. Resulta que, en los átomos, los electrones solo pueden ubicarse en
correspondencia con determinados niveles de energía «permitidos» (ver capítulo
quinto), y sus «saltos» entre unos niveles y otros se producen mediante la
absorción o la emisión de fotones cuya energía coincide con la diferencia entre
un nivel y el siguiente. Bohr pasaría más tarde por un periodo de su vida
agitado coincidiendo con la Segunda Guerra Mundial, pues en 1943 tuvo que
escapar de la Dinamarca ocupada para evitar ser arrestado por los nazis.
Consiguió llegar a Estados Unidos, donde participó activamente en el Proyecto
Manhattan, aunque después de la guerra se convirtió en un apasionado defensor
del desarme nuclear.
Sin
embargo, a pesar de los prometedores éxitos de la nueva teoría, subsistía el
misterio de cómo era posible que la luz pareciera comportarse a veces como una
onda, tal y como sugerían los experimentos de la doble rendija desde los
tiempos de Tomas Young, y otras como un corpúsculo, tal y como sucedía por
ejemplo en el caso del efecto fotoeléctrico. No fue hasta 1924 cuando el
príncipe Louis-Victor Pierre Raymond de Broglie (1892-1987), que además de un
excelente físico era el séptimo duque de Broglie y par de Francia, propuso una
solución tan sencilla como sorprendente para el viejo rompecabezas: en el
contexto de la teoría cuántica, las partículas podían comportarse a veces como
tales y a veces como ondas. Esta idea de la dualidad onda-corpúsculo no era
realmente novedosa, pero la gran aportación del genial aristócrata fue sugerir
que no solo las partículas de luz —es decir, los fotones— actuaban de ese modo,
sino que todas las partículas lo hacían. En concreto, de Broglie recibió el
Premio Nobel por demostrar que los electrones también llevaban asociada una
onda y que, de hecho, ¡en ocasiones también se comportan como ondas!
La luz es
energía pura, por lo que intuitivamente parece que estamos más preparados para
aceptar que haga cosas raras, pero la idea de que un fragmento de materia, por
pequeño que sea, pueda convertirse en una onda según las circunstancias entra
en conflicto con el sentido común. Sin embargo, es exactamente lo que hace. Y
no solo el electrón, sino cualquier partícula. Semejante extravagancia ha sido
comprobada en incontables ocasiones en experimentos como el de la doble
rendija, solo que en lugar de fotones en esta ocasión se emiten electrones u
otras partículas materiales, observándose siempre el típico patrón de
interferencia característico de las ondas, incluso cuando los electrones se
envían de uno en uno. De hecho, los cuerpos compuestos por un enorme número de
partículas, como nosotros, también llevan asociada una onda, solo que de una
magnitud tan insignificante en relación a nuestro tamaño, que los objetos
macroscópicos parecemos simplemente eso, objetos.
Una vez
de Broglie hubo puesto de manifiesto la omnipresencia de la dualidad
onda-corpúsculo, a lo largo de los felices años veinte los jóvenes físicos
Erwin Schrödinger (austriaco) y Werner Heisenberg (alemán), dos de las mentes
más brillantes de su época, consiguieron formular la mecánica cuántica en dos
versiones diferentes, aunque equivalentes. La nueva mecánica describía
perfectamente el mundo subatómico y su evolución hasta el más mínimo detalle, y
los cálculos que ofrecía eran de una precisión rara vez alcanzada por una
teoría física[113]. De
hecho, nunca se ha encontrado la más mínima discrepancia entre las predicciones
de la teoría cuántica y los resultados experimentales, ya sea en el campo del
electromagnetismo, la química o cualquier otra área del conocimiento donde haya
sido de aplicación. Es la teoría de mayor éxito de toda la historia de la
ciencia, hasta el punto de que cualquier idea que entre en contradicción con
ella es casi seguramente errónea.
Y sin
embargo, las consecuencias de los desarrollos de Heisenberg y de Schrödinger
sobre nuestra comprensión de la naturaleza eran tan extraños que hacían
palidecer a las paradojas espaciotemporales de Einstein (ver capítulo sexto).
En primer lugar, como una partícula es a la vez una onda, resulta que en
realidad no está localizada en una región determinada, sino más bien extendida
por el espacio, de manera que su evolución se define en términos de
probabilidad y estadística[114]. En
segundo lugar, las propiedades de una partícula tienen atribuidos distintos
valores con una cierta probabilidad que se encuentran en una especie de
superposición, lo que implica que haya parejas de propiedades como la posición
y el momento lineal (el producto de la masa por la velocidad de la partícula)
que no se pueden determinar simultáneamente y con precisión arbitraria. Dicho
de otro modo, cuando «forzamos» el valor de una propiedad al medirla con
exactitud la indeterminación de la otra («conjugada») aumenta de forma
irremediable[115]. Lo
mismo sucede con la pareja energía-tiempo, dos magnitudes hermanadas debido a
su íntima relación con los cambios. Y para colmo, las partículas pueden
entrelazarse de manera que no pueden definirse como partículas individuales, y
ello independientemente de la distancia a la que se encuentren, lo que permite
fijar el valor de las propiedades de una partícula… ¡midiendo la otra!
Durante
años, las extravagantes características de la mecánica cuántica perturbaron
profundamente a sus primeros exploradores. La realidad tal y como la conocemos,
con sus objetos bien definidos, parecía difuminarse en la escala subatómica
dando lugar a un extraño mundo de incertidumbre, donde todo estaba sujeto a
probabilidades y donde nada parecía del todo real. Erwin Schrödinger
(1887-1961) ejemplificó el estupor que producía en los científicos la por otro
lado exitosa teoría con un famoso experimento mental en el que exponía las
dificultades que planteaban la superposición de estados y el problema de llevar
a cabo sobre ellos una medida. En la paradoja conocida como «el gato de
Schrödinger», una caja cerrada contiene en su interior un gato, una botella de
gas venenoso y un dispositivo con una partícula radiactiva que tiene una
probabilidad del cincuenta por ciento de desintegrarse en un cierto periodo de
tiempo. Pero como la partícula está en una superposición de estados
(desintegrándose o no al cincuenta por ciento), el gato estará a la vez vivo y
muerto hasta que abramos la caja, momento en el que nuestra «medida» hará que
la función de onda[116] del
sistema colapse a uno de los dos estados definidos.
John Bell en el CERN, junio de 1982. [CERN]
Problemas
como este llevaron a los físicos a discutir largo y tendido sobre la teoría
cuántica y sus implicaciones acerca de la naturaleza de la realidad. Einstein,
por ejemplo, se encontraba profundamente incómodo con ella, a pesar de haber
contribuido decisivamente a su desarrollo, y en otro famoso experimento mental,
la célebre paradoja EPR[117] describía
cómo el entrelazamiento cuántico parecía dar lugar a una de esas fantasmales
acciones a distancia que tanto le molestaban. Resumía su disconformidad con la
incertidumbre intrínseca a la teoría en su famosa frase: «Dios no juega a los
dados». Al igual que otros físicos, como el polifacético David Bohm
(1917-1992), el genio de Ulm pensaba que la mecánica cuántica era en realidad
una teoría superficial e incompleta que funcionaba bien en la práctica pero que
ocultaba la realidad objetiva subyacente.
Sin
embargo, a medida que progresaban los experimentos quedaba cada vez más claro
que la teoría cuántica describía con precisión inigualable el comportamiento de
las partículas en la realidad. El entrelazamiento cuántico, por ejemplo, existe
de verdad, y de hecho es la base de asombrosas tecnologías en fase de
desarrollo, tales como la computación y la criptografía cuánticas[118]. En
1964, el físico irlandés John S. Bell (1928-1990) demostraba matemáticamente
que en los experimentos con partículas entrelazadas los resultados arrojados
por la mecánica cuántica siempre serán algo distintos de los que podría
predecir cualquier teoría de «variables ocultas» (la realidad objetiva
subyacente en la que creían Bohm y Einstein). Pues bien, en los experimentos
llevados a cabo desde entonces los resultados siempre coinciden con los
predichos por la mecánica cuántica. Ante semejante panorama, a lo largo del
tiempo se han venido desarrollando varias interpretaciones del auténtico
significado de la sorprendente teoría, algunas tan sugestivas como la de «los
universos múltiples», propuesta por el físico estadounidense Hugh Everett III
(1930-1982) en 1957, según la cual cada vez que se hace una medida nuestro
universo se «desdobla» en dos diferentes, cada uno de los cuales sigue su
camino. ¡Según esto, habría un universo donde el gato de Schrödinger está vivo
y otro donde está muerto!
Interpretación gráfica de los universos paralelos de Hugh Everett con la
paradoja del gato de Schrödinger. El universo se separa debido a la existencia
de los estados mecanocuánticos entrelazados y superpuestos, el gato vivo y el
gato muerto. Cada ramificación es igualmente real pero no pueden interactuar
entre ambos. [Ilustración: Christian Schirm]
Hoy en
día, la solución más aceptada para el problema de la medida es que el estado de
un sistema cuántico entrelazado evoluciona por interacción con el entorno, sin
que sea necesaria la presencia de un observador externo, tal y como muchos
físicos pensaron en su momento, hacia un estado no entrelazado interpretable en
los familiares términos clásicos (el gato está vivo o muerto, no las dos cosas
a la vez, y no hace falta mirar dentro de la caja para que sea así). Este
proceso, conocido como decoherencia cuántica, es de carácter irreversible y
amplía la entropía del sistema y de su entorno, en perfecta sintonía con lo que
dice la termodinámica. Por tanto, no es que la realidad subatómica sea ilógica
e inaprehensible, simplemente sigue unas reglas a las que no estamos
acostumbrados porque los seres humanos hemos evolucionado en un nivel en el
que, por causa de la decoherencia, los objetos no están entrelazados, un mundo
donde hay que protegerse de cosas como los leones o los cocodrilos, demasiado
complejos como para que percibamos el fenómeno de la superposición de estados
típica del mundo cuántico.
Pero ¿qué
fue de los protagonistas de esta historia? Como sabemos, Einstein salió
escopetado de Alemania cuando vio venir el ascenso del nazismo, y Schrödinger
hizo exactamente lo mismo, llevándose su función de onda y su gato al Reino
Unido. Los alemanes que se quedaron en la madre patria, por el contrario,
vivieron una vida más turbulenta. Planck, por ejemplo, sufrió terriblemente las
consecuencias de la guerra. A pesar de sus desesperadas peticiones de indulto y
clemencia, en 1945 los nazis asesinaron a su hijo Erwin por oponerse al
régimen, y su casa, que contenía una magnífica biblioteca científica que
incluía sus manuscritos, fue completamente destruida en un bombardeo. Moriría
dos años después, en 1947. Por su parte, Werner Heisenberg (1901-1976), que no
era exactamente nazi pero tampoco demócrata, tuvo una destacada participación
en el fracasado proyecto atómico alemán, hasta el punto de que un comando
aliado intentó atentar contra su vida durante una conferencia que dio en
Zúrich, en 1944.
Modelo estándar de las partículas elementales: los 12 fermiones
fundamentales y los 5 bosones fundamentales (las masas de determinadas
partículas están sujetas a reevaluaciones periódicas). [MissMJ / Cush]
Capturado
al final de la guerra, se pasó media vida tratando de evadir cuestiones
peliagudas, mostrándose muy ambiguo al respecto e incluso haciendo creer a
muchos que había retrasado a propósito el desarrollo del proyecto, algo sobre
lo que subsisten dudas más que razonables.
Sin
embargo, centrarnos en las vidas de las grandes figuras que desarrollaron la
teoría cuántica en su origen podría hacernos pensar que no hubo protagonistas
posteriores que resultasen notorios, y nada más lejos de la realidad. Richard
Feynman (1918-1988), por ejemplo, fue un fabuloso físico estadounidense que
también trabajó en el programa del arma atómica y que después de la guerra
llevó a cabo desarrollos sensacionales, incluyendo los diagramas que llevan su
nombre y la maravillosamente precisa teoría de la electrodinámica cuántica, por
la que compartió el Premio Nobel en 1965. Feynman se convirtió en una auténtica
leyenda entre los científicos, que veían en él a un tipo casi tan brillante
como Einstein que a la vez era capaz de pasar su tiempo libre tocando la samba
con instrumentos de percusión y dando consejos acerca de cómo ligar con las
chicas en un bar. Como vemos, la mecánica cuántica fue construida por
individuos tan polifacéticos como las propias partículas que estudiaban.
Finalizado
el conflicto, el estudio del mundo subatómico continuó, con los físicos
enfrascados ahora en desarrollar aspectos específicos de la teoría cuántica así
como en entender lo que parecía ser cada vez más un zoológico de nuevas
partículas. En efecto, aunque hacía tiempo que se sabía que los átomos estaban
aparentemente constituidos por protones, neutrones y electrones, así como la
radiación electromagnética por «paquetes» de energía denominados fotones, la
utilización de los aceleradores de partículas y el estudio de los rayos
cósmicos fue desvelando un número mucho mayor de partículas elementales, la
mayoría de las cuales eran inestables. Una de las sorpresas fue detectar que
los protones y los neutrones no eran en realidad partículas elementales, sino
que se componían de otras mucho más pequeñas denominadas quarks. El estudio y
clasificación del «zoo» de partículas a lo largo de la segunda mitad del siglo
XX dio lugar al llamado modelo estándar, que agrupa todas las partículas
conocidas en función de sus características y propiedades.
De forma
muy simplificada, podemos decir que hay que distinguir entre las partículas que
componen la materia que nos rodea («fermiones») y las que son responsables de
las interacciones entre ellas («bosones»). Las primeras obedecen al llamado
principio de exclusión de Pauli[119], según
el cual dos fermiones no pueden ocupar el mismo estado cuántico dentro de un
sistema, mientras que los bosones sí que pueden hacerlo, una propiedad que
permite la existencia, por ejemplo, de los láseres[120]. Además
de ser directamente responsable de que la materia sea tal como la conocemos, el
principio de exclusión de Pauli es la última «barrera» para impedir la
formación de un agujero negro, aunque si la gravedad es lo suficientemente
intensa, no hay nada que hacer. Los fermiones se dividen a su vez en los ya
mencionados quarks, que experimentan la llamada «interacción fuerte» que
mantiene unidos los núcleos atómicos, y en los leptones, partículas que, como
el electrón, no responden a dicha interacción[121]. Los
quarks no solo forman protones y neutrones, sino también un buen número de
partículas materiales habitualmente de vida corta que se producen en niveles de
energía elevados[122].
Sin
embargo, a efectos de la energía y su transferencia son más relevantes los
bosones, que como hemos dicho son los responsables de las interacciones entre
el resto de las partículas. Tras la Segunda Guerra Mundial los científicos
escudriñaron estas interacciones, llegando a la conclusión de que existen
cuatro de ellas que son fundamentales, base de toda la transferencia de energía
de la naturaleza. Dos de ellas, el electromagnetismo y la gravedad, nos son muy
familiares en la vida diaria, mientras que las otras dos determinan el
comportamiento de los núcleos de los átomos. Responsable de la estabilidad de
los núcleos, la interacción fuerte se encuentra detrás de lo que conocemos como
energía nuclear, mientras que la llamada interacción débil, denominada así por
ser mucho menos intensa que la anterior, es la responsable de fenómenos como la
desintegración radiactiva beta. Cada una de estas «fuerzas» lleva asociado un
«campo» de acción y uno o varios bosones, a saber: el fotón en la interacción
electromagnética, el gluón en la interacción fuerte, los bosones W y Z en la
interacción débil y el gravitón en la interacción gravitatoria, aunque este
último es todavía especulativo y se desconoce si existe en realidad[123]. La
guinda del pastel la pone el bosón de Higgs, recientemente descubierto
experimentalmente y cuya interacción con los fermiones les atribuye su masa[124].
¿Y por
qué cuatro fuerzas? Bueno, en realidad no son cuatro. A medida que se aumentan
los niveles de energía, la interacción electromagnética y la interacción débil
se convierten en una misma cosa[125], y se
sospecha que a niveles aún más elevados pasa lo mismo con la interacción
fuerte, aunque para comprobarlo habrá que esperar a que alguien detecte la
desintegración espontánea de un protón, algo difícil ya que se estima que la
vida media de esta partícula es de 10³¹ años (un uno seguido de treinta y un
ceros). La unificación de estas tres fuerzas con la gravedad, como veremos, es
un asunto más espinoso, pero es muy posible que en el Big Bang las cuatro
interacciones no fuesen en realidad más que una, solo que a medida que el
universo se enfriaba se fueron diferenciando unas de otras en un proceso
denominado rotura de la simetría.
Pero eso
no es todo. Las partículas con carga eléctrica, que son todas las que, como el
protón o el electrón, están sujetas a la interacción electromagnética, cuentan
con una «antipartícula», una especie de imagen especular con el tipo de carga
al revés. El positrón o «antielectrón», por ejemplo, la primera de ellas en ser
descubierta, es exactamente igual al electrón salvo porque su carga es
positiva, en vez de negativa. Predicho a nivel teórico en 1928 por el inglés
Paul Dirac (1902-1984), uno de los padres de la mecánica cuántica, el positrón
fue descubierto cuatro años más tarde por el físico estadounidense Carl David
Anderson (1905-1991) al fotografiar las huellas de los rayos cósmicos en una
cámara de niebla, un dispositivo empleado para detectar partículas de
radiación. Las antipartículas forman la antimateria[126], una
forma de materia infrecuente en nuestro universo pero detectada continuamente
en las transformaciones nucleares. El positrón, por ejemplo, se utiliza
ampliamente hoy en día en medicina nuclear, en la famosa PET (tomografía por
emisión de positrones). ¡Cuando una partícula se encuentra con su antipartícula
ambas se aniquilan mutuamente, dando lugar a la emisión de una gran cantidad de
fotones de alta energía!
Pero la
continua formación de antimateria en procesos naturales da lugar a una
intrigante cuestión: ¿por qué en el universo hay aparentemente muchísima más
materia que antimateria? Si la única diferencia entre ambas es el signo de la
carga eléctrica, ¿qué fue lo que marcó la diferencia? La pregunta no es baladí,
ya que a su interés teórico se une el hecho de que la antimateria es
actualmente la sustancia más cara del mundo, con un coste estimado de unos
sesenta y dos mil millones de dólares el miligramo. Ante la falta de evidencias
acerca de la posible existencia de galaxias, o incluso de regiones enteras del
universo compuestas de antimateria, la idea más extendida es que, por alguna
razón, durante el Big Bang pudo producirse un pequeño exceso de materia con
respecto a la antimateria, quizás de una partícula por cada diez mil millones.
La posterior aniquilación de los pares partícula-antipartícula dejó para la
posteridad la materia superviviente, que es la que vemos a nuestro alrededor.
Otra posibilidad es que, después de todo, tal vez la materia y la antimateria
no tengan exactamente las mismas propiedades, algo hacia lo que algunos
experimentos parecen apuntar.
Sea como
fuere, ¿es el modelo estándar la explicación definitiva de cómo está
constituido el mundo a nivel cuántico? La verdad es que podría ser que no. El
modelo funciona muy bien en muchos aspectos, siendo perfectamente compatible
tanto con la teoría cuántica como con la relatividad, pero introduce un buen
número de parámetros arbitrarios cuyo origen no está bien explicado y mantiene
varias cuestiones fundamentales sin resolver, muy en particular el papel de la
gravedad. Y es que hasta el momento ninguna teoría cuántica ha sido capaz de
integrar la gravedad con el resto de las fuerzas de la naturaleza. ¿Por qué?
Porque cuando intentamos hacerlo sobre distancias extremadamente pequeñas y
niveles de energía extremadamente grandes (el Big Bang es un buen ejemplo), las
formidablemente exitosas matemáticas de la mecánica cuántica dejan de
funcionar. Dicho de otro modo, la teoría cuántica es capaz de predecir la
relatividad general en condiciones normales, pero todavía no en condiciones
extremas, de modo que, por ejemplo, somos incapaces de decir qué pasó en el Big
Bang[127] o
qué sucede en el interior de un agujero negro. Einstein pasó mucho tiempo
buscando sin éxito la elusiva «teoría del todo», y con posterioridad se han
hecho un buen número de intentos para unificar las cuatro fuerzas de la
naturaleza (supercuerdas, supergravedad, teoría M), algunos de los cuales
parecen prometedores pero carecen todavía de sustento experimental.
En cuanto
al espacio-tiempo en sí, no solamente hemos sido capaces de cuantizarlo, sino
que a la luz de la teoría más exitosa que el mundo haya conocido adquiere un
carácter de objeto físico real. En efecto, en mecánica cuántica no puede
hablarse de un vacío absoluto, sino de un estado de energía mínima («energía
del punto cero») que debido al principio de incertidumbre contiene ondas
electromagnéticas fluctuantes y partículas que, literalmente, y por si no
hubiesen visto ustedes ya bastantes cosas raras, ¡saltan dentro y fuera de la
existencia![128].
La
hermosa y extraña teoría cuántica nos enseña que en la escala de lo
inimaginablemente diminuto la realidad es muy diferente a la que experimentamos
en nuestra vida cotidiana, con objetos y escenarios difusos donde las
partículas son a la vez ondas, donde la energía no se intercambia de manera
continua y donde el funcionamiento del mundo puede describirse mediante un
puñado de interacciones que en el fondo son la misma y que impulsan la danza de
un zoológico de minúsculas entidades materiales cuya superposición de posibles
estados se desvanece a medida que interaccionan con el entorno. Una realidad
que fue desvelándose a lo largo del siglo XX a menudo contra la voluntad de sus
exploradores, a los que los experimentos obligaban a aceptar unas características
que chocaban con sus creencias y con el sentido común. Aún hoy en día mucha
gente duda de la realidad del universo cuántico, a pesar de que los cálculos y
predicciones de la teoría que lo describe se encuentran detrás de toda la
tecnología moderna, desde la televisión a los teléfonos móviles, pasando por la
medicina nuclear, la nanotecnología o la magia de internet. Nunca una visión
del mundo resultó tan extraña y a la vez tan sorprendentemente real.
Quién
sabe, como dijo Stephen Hawking[129], ese
genio con un cuerpo enfermo acompañado de una mente descomunal, tal vez Dios no
solo juegue a los dados, sino que en realidad sea un jugador empedernido.
Capítulo
IX
Del Big Bang al universo oscuro
«En este
momento tengo la sospecha personal de que el universo no solo es más extraño de
lo que suponemos, sino más extraño incluso de lo que somos capaces de suponer».
J.B.S. Haldane, biólogo británico (1892-1964).
A estas
alturas del libro ya sabemos muchas cosas acerca de la energía. Por ejemplo,
sabemos que es una propiedad de los sistemas físicos de la que hay una cantidad
constante (recordemos, ni se crea ni se destruye) integrada en el
espacio-tiempo transfiriéndose de un sitio a otro en «paquetitos» que adoptan
formas diferentes, todas ellas derivadas de las cuatro interacciones
fundamentales de la naturaleza, y que esas transferencias son responsables de
todo cambio y movimiento que se produce en el universo. También sabemos que no
todos los tipos de energía son equivalentes, ya que hay formas más degradadas
de las que no se puede extraer un trabajo útil, e incluso tenemos claro que las
transferencias de energía no pueden producirse a mayor velocidad que la de la
luz, así como que existe una equivalencia entre la masa de un objeto y la
cantidad de energía que contiene.
Estos
conocimientos se han acumulado durante siglos, de la mano de algunos de los
cerebros más brillantes de la historia y, sin embargo, aún no hemos respondido
a preguntas fundamentales acerca del origen y evolución del universo. Por
ejemplo, ¿cómo sabemos que todo, la energía inclusive, se originó en eso que
llamamos el Big Bang? O dicho de otro modo, ¿cómo y cuándo surgió este
espectacular universo que nos rodea y al que pertenecemos?
Durante
milenios, la humanidad se ha esforzado en encontrar la respuesta a esta
pregunta, casi siempre dentro del marco de cualquiera de los innumerables
planteamientos míticos o religiosos que se han producido a lo largo de la
historia. En la tradición medieval occidental, basada en las Sagradas
Escrituras y en el influjo de la antigua filosofía griega, la Creación era un
escenario inmutable creado por Dios al principio de los tiempos. En el centro
de todo se encontraba la Tierra inmóvil, rodeada de la esfera de las estrellas
fijas, mientras que el Sol, la Luna y los planetas se encontraban en un espacio
intermedio, moviéndose alrededor de nuestro mundo siguiendo las complicadas
trayectorias diseñadas por Ptolomeo (100-170) a comienzos de la era cristiana.
Pero incluso estos movimientos aceptados por el pensamiento clásico y medieval
adoptaban una pauta monótona y sin cambios, en cierto modo intemporal. Los
cuerpos celestes estaban inmaculados, como correspondía a la magnificencia del
Creador, y solo la Tierra, hogar de las criaturas mortales, experimentaba
continuamente el cambio y el deterioro que nos son tan familiares.
Sin
embargo, durante el Renacimiento, el advenimiento de la teoría heliocéntrica,
de la mano de Nicolás Copérnico, Johannes Kepler y nuestro viejo conocido
Galileo, junto con el desarrollo del telescopio, revolucionaron totalmente la
cosmología al demostrar que la Tierra no era el centro del universo, que los
planetas también podían tener cuerpos girando a su alrededor y que, con sus
cráteres, la Luna distaba mucho de ser un cuerpo inmaculado. Después, el
paulatino perfeccionamiento de los instrumentos de observación hizo que el
tamaño observable del universo aumentase a nuestros ojos de manera
extraordinaria, hasta el punto de que nuestra sistema planetario pasó a ser tan
solo uno de tantos, ubicado en un apartado rincón de una gigantesca galaxia que
contiene entre doscientos mil y cuatrocientos mil millones de estrellas (!);
una descomunal isla en el firmamento que a su vez no es más que una de entre
los miles de millones que pueden observarse con los telescopios de campo
profundo. Al mismo tiempo, fue quedando meridianamente claro que, lejos de
estar inmóviles, todos estos objetos se mueven y evolucionan constantemente,
sujetos tanto a la interacción gravitatoria como a los procesos que tienen
lugar en el corazón de las estrellas, así como a otros muchos más. Era evidente
que se estaba produciendo un continuo proceso de cambio que obligaba a
preguntarse cuál había sido su punto de partida, si es que había habido uno, y
cuál podría ser su posible final.
La
primera pista para encontrar la respuesta llegó de la termodinámica, que a
finales del siglo XIX había puesto de manifiesto la evidente tendencia de todas
las cosas a dirigirse hacia un estado cada vez más desordenado (ver capítulo
tercero), algo que, recordemos, parecía indicar que el universo se encontraba
en unas condiciones muy particulares en su estado inicial. Por otra parte, el
estudio de las ecuaciones de Einstein apuntaba hacia la posibilidad de que el
universo hubiese evolucionado a partir de un tamaño y unas condiciones muy
diferentes a las que observamos en la actualidad. Finalmente, hacia 1929, Edwin
Hubble (1889-1953), el famoso astrónomo estadounidense que cinco años antes
había demostrado que la nebulosa de Andrómeda era en realidad una enorme
galaxia similar a la nuestra, publicó los resultados de sus análisis de la
velocidad radial de varias nebulosas con respecto a la Tierra, concluyendo que
todas se alejan unas de otras a una velocidad… ¡que es mayor cuanto más
separadas están entre ellas!
Todo el
mundo ha experimentado alguna vez en una estación ferroviaria la diferencia en
la frecuencia del sonido emitido por un tren dependiendo de si se está
acercando o alejando de nosotros, como consecuencia de la composición de las
velocidades del sonido y del tren. Con la luz sucede algo parecido. Si la
fuente luminosa se dirige hacia nosotros la frecuencia de la luz aumenta,
desplazándose hacia la zona azul del espectro. Por el contrario, si la fuente
se aleja, la frecuencia de la luz disminuye, produciéndose el llamado
«corrimiento hacia el rojo». Cuanto más veloz sea la fuente, más acusado es
este «efecto Doppler» —llamado así en honor al físico austriaco Christian
Andreas Doppler (1803-1853)—. Pues bien, lo que Hubble descubrió es que la luz
procedente de todas las galaxias está desplazada hacia el rojo, tanto más
cuanto más alejadas estén. Y lo único que puede explicar semejante
comportamiento es que el universo se está expandiendo como un globo, a partir
de un tamaño de partida muy inferior.
Efecto Doppler.
En
realidad, el astrónomo estadounidense, con cuyo nombre se bautizó a un famoso
telescopio orbital, no fue el primero en observar el fenómeno, ya que ese honor
corresponde nada menos que a un sacerdote, el legendario Georges Lemaître
(1894-1966). Nacido en Bélgica, este extraordinario personaje, capaz de
doctorarse en Física a la vez que ingresaba en el seminario, veía en la
expansión del universo una manera de hacer compatibles, por primera vez en
mucho tiempo, las creencias religiosas acerca de la Creación con los últimos
descubrimientos científicos[130].
Convencido de que las ecuaciones de la relatividad general de Einstein
predecían un escenario que no era estático, calculó por su cuenta lo que hoy se
conoce como constante de Hubble y concluyó que el corrimiento hacia el rojo de
las galaxias se debía precisamente a que el universo se encontraba en
expansión. Publicó un informe en 1927, dos años antes que Hubble, pero lo hizo
en francés y en una revista de poco prestigio, de modo que casi todo el mérito
se lo llevó el estadounidense. Sin embargo, Lemaître fue mucho más allá que
Hubble, y en 1931 propuso abiertamente la idea de que el universo se originó en
la explosión de una especie de «átomo primigenio», o «huevo cósmico», ya que si
el universo está en expansión, no veía otra alternativa lógica a que en el
pasado ocupase un espacio cada vez más pequeño, hasta concentrarse en un punto
diminuto.
Hoy en
día, todos estamos familiarizados con el concepto de que nuestro universo se
expande, pero en su momento el hallazgo constituyó una auténtica sensación,
hasta el punto de ser recibido con hostilidad.
La
condición de sacerdote de Lemaître no ayudaba, ya que muchos científicos
pensaban que sus ideas exhalaban cierto tufillo a misticismo religioso, algo
que era anatema en ciencia al menos desde los tiempos de Newton.
Georges Lemaître y Albert Einstein en el Instituto de Tecnología de
California, enero de 1933.
Además,
el hecho de que en menos de diez años el universo hubiese pasado de tener una
sola galaxia (la nuestra) a contar con miles de ellas había desequilibrado
totalmente las creencias establecidas entre físicos y astrónomos, por no hablar
del público en general. Einstein, por ejemplo, siempre fue partidario de un
universo estático, y se encontraba profundamente perturbado tanto por los
últimos hallazgos como por la interpretación de sus propias ecuaciones, hasta
el punto de que introdujo en ellas una «constante cosmológica» para forzar la
inexistencia de la expansión. En cuanto a Lemaître, le dijo una vez a la cara
que sus cálculos eran correctos pero su física «abominable». Con el tiempo, sin
embargo, y ante la acumulación de evidencias que apoyaban las ideas del
singular astrónomo-sacerdote, el mayor genio del siglo XX modificó su postura,
confesando que la constante cosmológica había sido quizá el mayor error de su
vida.
Una vez
aceptada la expansión, surgieron como hongos teorías que pudiesen explicar
tanto su origen como sus consecuencias. Muchos científicos creían, por ejemplo,
que la densidad del universo no podía haber superado cierto límite, a partir
del cual «rebotaría» sobre sí mismo. Los partidarios de la teoría del estado
estacionario, por su parte, argumentaban que la expansión no suponía
necesariamente que el universo estuviese cambiando con el tiempo. Según ellos,
la disminución de la densidad consecuencia de la expansión se compensaba con
una creación continua de materia, de manera que el universo ni cambiaría su
apariencia con el tiempo ni tendría principio ni fin. El principal defensor de
esta idea fue el astrónomo británico Fred Hoyle (1915-2001), paradójicamente
responsable de acuñar el término Big Bang durante una emisión radiofónica en la
BBC en la que tenía la intención de desacreditar la hipótesis que rivalizaba
con la suya.
La teoría
del estado estacionario estaba bien fundamentada y explicaba bastantes cosas,
pero pronto se enfrentó a observaciones astronómicas incompatibles con la idea
de un universo que no estuviese cambiando. Descubiertos a finales de los años
cincuenta, los cuásares, gigantescos emisores de energía que resultaron ser
consecuencia de la presencia de agujeros negros supermasivos, estaban situados
únicamente en el centro de galaxias lejanas, y en ningún caso cerca de
nosotros, lo que dada la tardanza de la luz en llegar hasta la Tierra desde
semejantes distancias indicaba claramente que estos fenómenos habían sido más
frecuentes en un remoto pasado.
Pero la
confirmación definitiva de la realidad del Big Bang llegaría años más tarde de
un modo totalmente inesperado. En línea con los cálculos de Lemaître, en 1948
George Gamow, Ralph Alpher y Robert Herman[131] presentaron
una argumentación detallada sobre la presencia de un universo primitivo
extremadamente denso y caliente, cuya expansión habría tenido lugar,
efectivamente, como consecuencia de una especie de explosión. Además, dedujeron
que un fenómeno de este tipo tenía que haber dejado algún tipo de radiación
electromagnética residual que habría ido enfriándose con el tiempo, por lo cual
debía mostrar una temperatura muy baja y encontrase muy atenuada, con una
frecuencia probablemente correspondiente a la región de las microondas.
Pues
bien, en 1964 dos investigadores de los laboratorios Bell, Arnold Penzias
(1933-) y Robert Wilson (1936-), estaban atareados estudiando potenciales
fuentes astronómicas de radio de baja frecuencia mediante una antena reflectora
de alta sensibilidad que había sido utilizada tiempo atrás para captar señales
del Echo I, uno de los primeros satélites de comunicaciones del mundo, cuando
detectaron de repente una débil radiación persistente, una especie de molesto
ruido de fondo del que no conseguían librarse. La señal se parecía al sonido
estático de un receptor de onda media, pero con la peculiaridad de que su
intensidad y frecuencia no parecían alterarse bajo ninguna circunstancia. Y lo
más extraño de todo es que un cambio en la orientación de la antena no la hacía
desaparecer, ya que parecía proceder de todas las direcciones del cielo.
Tras
comprobar a fondo el instrumento, Penzias y Wilson descartaron sucesivamente la
posibilidad de que se tratase de tormentas atmosféricas o de interferencias.
Incluso llegaron a limpiar los excrementos de unas palomas que habían hecho su
nido en el interior de la antena, por si acaso tuviesen algo que ver con el
problema, procediendo de paso a «eliminar» a las palomas[132].
Entonces, y ante la persistencia de la misteriosa señal, los dos investigadores
decidieron estudiarla más a fondo, comprobando que el ruido correspondía a una
temperatura de unos 3K (finalmente quedaría fijada en 2,7K), así como que era
monótono, isótropo, no mostraba variación alguna y no se veía alterado por el
ritmo de las estaciones. Desconcertados, se pusieron en contacto con un
radioastrónomo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), Bernard Burke,
quien a su vez avisó a los astrofísicos Robert Dicke y James Peebles, de la
Universidad de Princeton. Dicke, en concreto, llevaba década y media buscando
la fantasmal radiación predicha por el equipo de Gamow, y fue invitado por
Penzias a inspeccionar la antena y a escuchar el ruido de fondo. Una vez allí,
Dicke apenas pudo contener la emoción. La elusiva radiación fósil con la que
había estado especulando durante más de quince años estaba ante sus oídos,
llenando el universo a toda hora y en todas direcciones.
Resumen gráfico de la historia de la radiación de fondo. Penzias y Wilson
descubrieron el resplandor remanente del Big Bang y recibieron el Premio Nobel
por su descubrimiento. COBE descubrió por primera vez los patrones en el
resplandor crepuscular. La sonda de anisotropía de microondas Wilkinson (WMAP),
lanzada en 2001 y activa hasta 2010, mapeó los patrones con una resolución
mucho más alta para revelar nueva información sobre la historia y el destino
del universo. En 2009 se inició la tercera misión con el lanzamiento del
Planck, que duró hasta 2013. [Texto e imagen: NASA]
Más de
medio siglo después de su descubrimiento, la radiación de fondo sigue siendo la
prueba directa más impresionante de la existencia del Big Bang, además de
haberse convertido, por derecho propio, en otro de los mejores ejemplos de eso
que llamamos serendipia, el hallazgo fortuito de algo sensacional mientras se
está buscando una cosa completamente distinta.
Ahora
bien, ¿qué pasó en el universo después del Big Bang y qué podemos decir del
futuro que nos espera? Como vimos en el capítulo anterior, las limitaciones de
las teorías físicas actuales no nos permiten saber cómo fue exactamente la Gran
Explosión[133], pero
describen con bastante precisión lo que sucedió inmediatamente después. Los
cálculos indican que el origen de todo tuvo lugar hace unos trece mil
ochocientos millones de años, lo que en verdad es mucho tiempo. Tanto, que si
el universo se hubiese originado hace un año, los cinco mil de historia humana
habrían ocupado apenas unos segundos.
Sin
embargo, somos capaces de explicar lo sucedido a partir de un tiempo tan
pequeño como 10-43 segundos después del Big Bang. Tras esa
minúscula brizna de tiempo, el universo primordial estaba extraordinariamente
caliente, lleno de una energía muy densa con propiedades homogéneas. Pero según
se iba expandiendo, se enfriaba, experimentando cambios de fase que recuerdan a
lo que sucede cuando se condensa el vapor o se congela el agua, solo que con
respecto a las partículas elementales. Así, cuando habían transcurrido 10-35
segundos, uno de esos cambios de fase provocó una expansión exponencial del
universo, lo que ha venido a llamarse la «inflación cósmica». Al terminar esta,
la temperatura siguió descendiendo, formando primero una especie de plasma de
partículas subatómicas que, siguiendo procesos no del todo bien conocidos, se
terminaron combinando en bariones tales como el protón y el neutrón, al mismo
tiempo que de alguna manera se producía la asimetría entre la materia y la
antimateria.
A medida
que la temperatura seguía descendiendo, tuvieron lugar nuevos cambios de fase
que desembocaron en el aspecto actual de las cuatro fuerzas fundamentales y del
resto de las partículas elementales, lo cual condujo a su vez a que los
protones y neutrones se combinasen para formar núcleos de hidrógeno y de helio.
Finalmente, la temperatura del universo descendió hasta el punto de que la
gravedad asociada a su densidad de energía comenzó a dominar sobre la
interacción electromagnética. La consecuencia de ello es que, unos trescientos
mil años después del Big Bang, los electrones y los núcleos empezaron a
combinarse, formando sobre todo átomos de hidrógeno, mientras que la radiación
electromagnética se desacoplaba de los átomos y continuaba su viaje por el
espacio. Y sí, lo ha adivinado usted, esa es la radiación de fondo que captaron
los buenos de Penzias y Wilson.
A partir
de este punto, el resto le resultará familiar. Una vez la gravedad se hubo
convertido en la fuerza dominante del universo, era solo cuestión de tiempo que
la materia terminara arremolinándose para formar estrellas y galaxias. La
primera generación de estrellas se formó entre quinientos y seiscientos
millones de años después del Big Bang cuando, al compactarse lo suficiente, el
hidrógeno se calentó lo bastante como para encender los «hornos solares» (ver
capítulo séptimo) y la evolución estelar[134] hizo
el resto. Los diferentes elementos químicos fueron formándose en las reacciones
nucleares dentro de las estrellas, así como en las explosiones de supernovas[135] y
otros objetos, quedando esparcidos por el universo y, al menos en el caso de la
Tierra, dando lugar a la vida.
Hasta
aquí, la historia de lo sucedido. Pero ¿qué hay del futuro? ¿Podemos predecir
hacia dónde se dirige este extraordinario escenario en el que nos encontramos?
La respuesta a esta pregunta se encuentra en parámetros que todavía no
conocemos bien y, en concreto, en si la densidad del universo es lo
suficientemente grande como para que la fuerza de la gravedad detenga la
expansión. Lo que me lleva a hablarles del «universo oscuro».
De entre
todos los interrogantes abiertos en el panorama de la ciencia actual, quizás el
más intrigante sea la probable existencia de unos misteriosos componentes de la
naturaleza, denominados energía y materia oscuras, a los que a menudo se mezcla
de modo incorrecto en algunos medios de comunicación, cuando en realidad se
trata de dos conceptos muy distintos relacionados únicamente por el hecho de
que se sospecha de su existencia como consecuencia de las anomalías detectadas
en el funcionamiento de la gravedad. En el caso de la materia oscura, el
misterio tiene que ver con la insuficiencia de la materia «convencional» para
explicar tanto la formación original de estructuras en el universo temprano
como el comportamiento de las galaxias, mientras que el concepto de energía
oscura está relacionado con que el universo parece expandirse de forma
acelerada, algo difícil de explicar si la fuerza de atracción gravitatoria
fuese la única interacción que operase a gran escala.
Esta
historia comienza en 1933, cuando el astrofísico suizo Fritz Zwicky
(1898-1074), que estaba intentando medir la masa total de un cúmulo de
galaxias, se llevó una buena sorpresa al descubrir que la masa estimada
necesaria para explicar los movimientos de las galaxias cercanas al borde del
cúmulo era mucho mayor que la que se obtenía en función del número de galaxias
observables y de su brillo total. Como solución, Zwicky propuso la existencia
de algún tipo de masa no visible, responsable de la diferencia. Tanto el
hallazgo del suizo como su propuesta pasaron bastante desapercibidos durante
décadas, pero con el tiempo se han acumulado muchas pruebas de la existencia de
algo que tiene el efecto de una «materia oscura» a través del estudio de la
distribución de temperaturas y de los movimientos de las galaxias. Por ejemplo,
las velocidades angulares de estrellas que se encuentran a diferentes
distancias del centro no pueden explicarse mediante la masa detectable de las
galaxias a las que pertenecen. Estas estructuras parecen, por tanto, estar
compuestas principalmente de un gigantesco halo de «materia oscura», con la
materia ordinaria situada en el centro. Recientes estudios que utilizan el
efecto de «lente gravitacional» parecen confirmar este modelo.[136] Además,
la existencia de una gran cantidad de materia adicional todavía no detectada
puede deducirse también del estudio de las irregularidades del fondo de
microondas, del análisis de la estructura a gran escala del universo y de la
distribución y evolución de las galaxias.
El ciclo de vida estelar. A Fritz Zwicky se le atribuye el descubrimiento de
las estrellas de neutrones (es el resultado del colapso gravitacional de una
estrella supergigante masiva tras agotar el combustible en su núcleo y explotar
como una supernova).
Pero, si
existe la materia oscura, ¿de qué está hecha? Si no la vemos es porque
interactúa muy poco, o nada en absoluto, con la radiación electromagnética, y
esto es un problema porque entonces no podemos detectarla con los medios
habituales. Por eso, suponemos que parte de la materia oscura no es otra cosa
que materia convencional de difícil detección, como las denominadas «enanas
marrones», un tipo de estrellas relativamente frías que emiten poca radiación
electromagnética. Este tipo de cuerpos celestes reciben el pintoresco nombre de
MACHO (Massive Astrophysical Compact Halo Object), e incluirían también objetos
tales como agujeros negros, estrellas de neutrones[137],
planetas errantes y otras estrellas de baja intensidad luminosa, además de
partículas elementales poco o nada sensibles a la interacción electromagnética,
como los neutrinos[138], y
también filamentos gaseosos de baja luminosidad que están extendidos por todo
el universo.
Sin
embargo, todos los cálculos apuntan a que esto está lejos de ser suficiente y
que, de hecho, toda esta «materia oscura bariónica» (es decir, formada por
componentes hechos de materia convencional), supone tan solo una pequeña
fracción del total. Para justificar el resto, se especula con un auténtico
batiburrillo de partículas hipotéticas que incluye axiones, «neutrinos
estériles», WIMPs, gravitinos, fotinos o partículas supersimétricas, entre
otras. Muchos experimentos han intentado detectar estas nuevas partículas, pero
aún no hay resultados concluyentes y algunos de los modelos ya han sido
descartados.
Por
supuesto, dado lo complicado de identificar la materia oscura, podría
argumentarse que a lo mejor no existe, y que lo que sucede es que nuestra
comprensión de la gravedad es incompleta. De hecho, se han propuesto variantes
de la teoría de la relatividad general y de la mecánica newtoniana que podrían
dar cuenta de algunos de los efectos atribuidos a la materia oscura, aunque no
de todos. Además, y en general, el problema principal de estas propuestas
alternativas es que no explican las desigualdades del fondo cósmico de
microondas que, en cambio, sí son compatibles con la existencia de grandes
cantidades de materia no convencional.
Pero si
la materia oscura parece rara, resulta casi trivial comparada con su fantasmal
colega, la llamada «energía oscura», cuya existencia fue propuesta en 1998 como
consecuencia del descubrimiento de que la expansión del universo se está
acelerando. Con anterioridad, los científicos calculaban que, sin ningún tipo
de fuerza que la contrarrestase, la atracción gravitatoria resultante del
conjunto de materia y energía presente en el universo sería suficiente para
frenar la expansión y, con el tiempo, invertirla. Sin embargo, las medidas
realizadas sobre el brillo de las supernovas, la radiación de fondo, las lentes
gravitacionales y la distribución de materia en el universo han demostrado que,
en realidad, sucede lo contrario. La expansión del universo se está acelerando
y su nivel de curvatura es muy bajo, lo que pone en evidencia que aparentemente
hay algo que contrarresta la fuerza de la gravedad y obliga a encontrar una
explicación.
Este diagrama revela cambios en la tasa de expansión desde el nacimiento del
universo hace 15 mil millones de años. Cuanto menos profunda sea la curva, más
rápida será la tasa de expansión. La curva cambia notablemente hace unos 7500
millones de años, cuando los objetos del universo comenzaron a separarse a un
ritmo más rápido. Los astrónomos teorizan que la tasa de expansión más rápida
se debe a una misteriosa fuerza oscura que está separando las galaxias. [Texto
e imagen: NASA / STSci / Ann Feild]
De hecho,
el que el universo sea casi «plano» exige de entrada una densidad de masa y
energía que la materia, tanto ordinaria como oscura, solo justifica en un
treinta y uno por ciento. Por tanto, falta el responsable del restante sesenta
y nueve por ciento. Y lo más extraño de todo es que, sea lo que sea la energía
oscura, debe contrarrestar con ventaja la acción de la gravedad, porque si no
la expansión del universo no se estaría acelerando. Eso quiere decir que, dado
que la gravedad tiene un efecto atractivo acumulativo, la energía oscura ha de
ejercer una fuerza repulsiva, denominada «presión negativa», que, salvando las
distancias, es conceptualmente similar a la tensión que se opone al intento de
estirar cualquier objeto. Además, esta elusiva energía debe llenar de manera
uniforme la totalidad del espacio.
¿Cuál
puede ser la naturaleza de la energía oscura? Al igual que sucede con su prima,
la materia oscura, el problema es que hasta la fecha está resultando muy
difícil de detectar, ya que tampoco parece interaccionar con nada que no sea la
fuerza de la gravedad. Sin embargo, la explicación más sencilla es que el
espacio-tiempo contenga algún tipo de energía intrínseca que se opone a la
distorsión gravitatoria. A esta «energía del vacío», que ya nos encontramos en
el capítulo anterior cuando repasábamos el mundo cuántico, también se la
denomina «constante cosmológica» ya que, paradójicamente, se parece mucho al
concepto que introdujo Einstein para abogar por un universo estático y del que,
como decíamos, terminó arrepintiéndose amargamente. Aunque presenta algunos
problemas de índole teórica, la constante cosmológica explica muchas cosas y
parece la mejor solución al problema de la energía oscura, por lo que
actualmente forma parte del modelo estándar en cosmología (modelo Lambda-CDM).
La
alternativa más consistente a la constante cosmológica es el modelo conocido
como «quintaesencia», una especie de campo dinámico de poético nombre, que a
diferencia de la primera carece de homogeneidad, es decir, puede tener una
densidad diferente en distintos puntos del espacio-tiempo. Como consecuencia,
predice una velocidad de aceleración ligeramente inferior, por lo que medidas
más precisas sobre dicha velocidad podrían permitirnos discernir cuál de las
dos explicaciones es la correcta. Todos los demás intentos de explicación que
se han desarrollado hasta la fecha tienen menos solidez que la constante
cosmológica y la quintaesencia, y no están respaldados por datos
experimentales, a pesar de lo cual debemos ser muy cautelosos, no en vano la
historia de la ciencia ha estado jalonada de conceptos aparentemente sólidos
que a la postre resultaron ser un fiasco, tales como nuestros viejos conocidos
el flogisto y el éter lumínico.
En
cualquier caso, una de las consecuencias más directas de la energía oscura es
que el universo es mucho más antiguo de lo que antes se creía. Utilizando la
constante de Hubble, en un principio los cálculos de los científicos arrojaban
una antigüedad de unos diez mil millones de años, lo cual contrastaba
llamativamente con el hecho de que algunas estrellas de los viejos cúmulos
globulares parecían más antiguas. Se trate de lo que se trate, el efecto de la
energía oscura resuelve la paradoja, ya que retrasa la edad del universo hasta
los trece mil setecientos ochenta y siete millones de años, de acuerdo con las
medidas más precisas de las que disponemos hasta la fecha.
Por otra
parte, la presencia de la energía oscura nos ofrece algunas pistas para
responder a la pregunta de hacia dónde vamos. Al provocar que el grado de
curvatura del universo sea tan bajo, la expansión podría mantenerse, en un
principio, de forma indefinida, en lugar de contraerse por la acción de la
gravedad. De esta forma, los habitantes del futuro podrían eludir que el
espacio y el tiempo se colapsaran en lo que, por analogía con el Big Bang, ha
venido a llamarse el «Big Crunch», un escenario para el fin del universo en el
que toda la materia y energía vuelven a concentrarse en una singularidad,
precisamente la posibilidad que tanto aterraba a Einstein. Sin embargo, esta
perspectiva relativamente apacible (decimos relativamente porque, como vimos en
el capítulo tercero, incluso en este escenario las cosas acabarían mal como
consecuencia de la «muerte por el calor») no es segura del todo, pues en
algunos modelos de la quintaesencia la densidad de la energía oscura aumenta
con el tiempo, provocando una aceleración tan rápida que acaba desgarrando
literalmente el espacio-tiempo, en lo que se conoce como «Big Rip». Además,
ciertas incertidumbres conducen a modelos donde la gravedad acaba venciendo a
la energía oscura, de manera que volveríamos a encontrarnos con un universo que
a la larga se colapsa, tal vez renaciendo de forma cíclica. Claro está que todo
esto resulta muy especulativo, y únicamente medidas cada vez más precisas
podrán terminar discriminando entre los distintos escenarios.
Cualquiera
que sea el futuro que nos aguarda, la materia y la energía oscura parecen
desempeñar un papel crucial. El esclarecimiento de si verdaderamente existen o
no, y en su caso cuál es su naturaleza es, sin duda, uno de los mayores
desafíos de la ciencia del siglo XXI. Pero lo realmente aleccionador es que
este tipo de misterios simbolizan el avance mismo del conocimiento.
Observaciones inesperadas, que no encajan en los esquemas comúnmente aceptados,
destapan enigmas aparentemente insondables que obligan a los científicos a
lanzarse sobre ellos con nuevas ideas que al final son puestas a prueba por los
experimentos. Es la combinación de observación, hipótesis y comprobación
experimental lo que paulatinamente va desentrañando los secretos de la naturaleza,
un método inapelable a través del cual los científicos siempre acaban ganando,
aunque solo sea para comprobar que cada misterio resuelto desvela de forma
inexorable la presencia de muchos más.
Parte II
Nosotros y la energía
Capítulo
X
La llama de la existencia
«Sólo el
azar está en el origen de toda innovación, de toda creación en la biosfera. El
puro azar, la sola posibilidad, la libertad absoluta, absolutamente libre pero
ciega, está en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución…».
Jacques Monod, bioquímico francés (1910-1976).
¿Cuál es
el papel de la energía en los seres vivos? Es evidente que cualquiera de
nosotros se mueve, por lo que, salvo que postulemos que nuestro funcionamiento
está al margen de las leyes de la física, debemos consumir —o, mejor dicho,
transformar— algún tipo de energía. De hecho, para sobrevivir tenemos que
alimentarnos, lo que es señal inequívoca de que lo hacemos. Sin embargo,
tenemos que pensar que el concepto de energía apenas tiene doscientos años, y
que hasta principios del siglo XIX no había ninguna prueba de que los seres
vivos empleásemos las mismas sustancias químicas que las que encontramos en el
mundo inanimado. La materia orgánica, en efecto, parecía muy distinta a la de
los minerales, quizá fruto de la intervención divina a la hora de ordenar las
cosas. Los científicos ya sabían transformar unas sustancias en otras, pero no
podían obtener moléculas biológicas que no procediesen directamente de un ser
vivo.
El biólogo Xavier Bichat (1771-1802) fue una de las figuras más destacadas
del vitalismo, teoría que explica que los organismos vivos se caracterizan por
tener una «fuerza o impulso vital» a diferencia de los seres inertes que no
está sujeta a las leyes fisicoquímicas generales. [Liografía dey N. E. Maurin.
Wellcome Collection]
Por
tanto, y profundamente enraizada en el concepto místico y religioso de la vida
que había acompañado a la humanidad desde sus comienzos, la existencia
indudable de algún tipo de «soplo», o «fuerza vital» detrás de las criaturas de
la Creación había sido la idea dominante en todos los estamentos de la
sociedad, incluidos los círculos más eruditos, por lo menos desde los tiempos
de Aristóteles.
Ya fuesen
humanos o árboles, los seres animados nacían y crecían bajo el influjo de esa
poderosa fuerza de naturaleza divina que escapaba de todos nosotros en el
momento de la muerte.
Curiosamente,
la llegada de la ciencia moderna no cambió esta creencia de inmediato, sino
que, por el contrario, hubieron de transcurrir siglos para que fuese abandonada
de forma mayoritaria.[139] De
hecho, a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, quizá como una reacción
a la creciente omnipresencia de la nueva y brillante ciencia «mecanicista» que
había surgido en Occidente, un grupo de pensadores, incluyendo a bastantes
médicos e incluso a unos cuantos químicos, puso de moda la doctrina del
vitalismo, que abogaba por la presencia de una fuerza inmaterial, distinta de
las energías estudiadas por la física, que, actuando sobre la materia, daría
como resultado la vida y sin la cual sería imposible su existencia.
Por
extraño que pueda parecer, la doctrina del vitalismo, hoy completamente
superada, es el germen de muchas de las modernas pseudociencias que pululan por
los ambientes más o menos esotéricos del planeta, incluidos la homeopatía y el
reiki, y que pretenden que detrás de los seres vivos hay «fuerzas» no descritas
todavía por la ciencia, pero que pueden ser objeto de manipulación. Y ello a
pesar de que, en 1828, el químico alemán Friedrich Wöhler (1800-1882)
sintetizaba la urea a partir de compuestos inorgánicos[140],
demostrando así que la química de la vida no se diferenciaba en lo básico de la
que gobernaba el resto de la naturaleza y acabando para siempre con el dominio
del vitalismo. La demostración de que el romanticismo de la «fuerza viva» debía
dejar paso al inexorable gobierno de las leyes de la física y la química no
dejó de hacer mella en el espíritu del propio Wöhler, quien en una ocasión
declaró que había sido testigo de «una gran tragedia de la ciencia, la muerte
de una bella hipótesis por un hecho feo».
Sello postal impreso en Alemania en 1982 que muestra la molécula de urea y
la fórmula de síntesis de urea en el centenario de la muerte del químico
Friedrich Wöhler (1800-1882).
O dicho
de forma menos poética, el fin del vitalismo a manos de una humilde placa llena
de cristales de urea.
Y el caso
es que, en cierto modo, es verdad que desde el punto de vista «energético» la
química de los seres vivos es muy diferente de la del resto de la naturaleza.
La principal distinción radica en la presencia de las enzimas, esas grandes
moléculas biológicas formadas en ocasiones por cientos de átomos[141] que
tienen como misión acelerar las reacciones químicas que se producen en el
interior de las células. Como vimos en el capítulo quinto, los catalizadores
son fundamentales para reducir la energía de activación de las reacciones,
facilitando procesos que de lo contrario tardarían mucho en producirse. En ese
sentido, la mayoría de las reacciones que tienen lugar dentro de un organismo
vivo necesitan a las enzimas, que actúan según un mecanismo semejante al de una
llave y una cerradura que facilita mucho el que las moléculas reaccionen. En el
fondo, una enzima es una especie de alcahueta biológica; se encarga de
organizar la cita para que los amantes hagan el resto.
La
principal característica de las enzimas es su exquisita especificidad. Cada una
de ellas actúa sobre determinadas moléculas (muchas veces únicamente sobre una
en concreto) y solamente sobre esas. Así que, como pueden imaginarse, en una
célula humana existen miles de enzimas diferentes, de cada una de las cuales
puede haber hasta un millón de ejemplares. Todas estas diminutas máquinas
protagonizan un espectacular despliegue de nanotecnología a través del cual
catalizan en cada instante cientos de reacciones químicas diferentes, muchas de
ellas encadenadas unas con otras, necesarias para mantener con vida a las
células. La actividad de las enzimas es a su vez modulada por otras sustancias
en función de la situación y de las necesidades, todo lo cual da lugar a la
increíble orgía de transformaciones moleculares que se encuentra detrás de cada
minuto de la existencia de cualquiera de los seres vivos, ya sean amebas o
seres humanos.
El cómo
se ha llegado a un estado de semejante complejidad tiene que ver con los miles
de millones de años que lleva la vida evolucionando, pues cada pequeño paso,
cada nueva enzima, ha ido dotando a las criaturas que pueblan el planeta con
una mayor capacidad de supervivencia, una característica muy relacionada con la
eficiencia de sus procesos internos. Y es que la eficacia de las enzimas es
diabólica. En ocasiones, aceleran una reacción millones de veces con respecto
al proceso no catalizado y, además, recuperan su estado automáticamente después
de actuar, de modo que pueden funcionar a buen ritmo indefinidamente. Son una
auténtica maravilla de la naturaleza, un fantástico regalo de la evolución que
protagoniza todas y cada una de nuestras acciones, de nuestros movimientos y de
nuestros pensamientos.
¿Cuál es
la relación de las enzimas con la energía? Al tratarse de catalizadores, no
alteran el equilibrio de las reacciones, sino únicamente su velocidad.
Diagrama que ilustra el modelo de ajuste inducido de la actividad
enzimática.
Dicho de
otro modo, en presencia de una enzima la reacción avanza en la misma dirección
en la que lo haría en su ausencia, solo que más rápido. Su trabajo consiste en
habilitar para las moléculas que van a reaccionar («sustratos») un ambiente
óptimo que facilite el proceso —de ahí la analogía con la alcahueta— pero no
pueden modificar el balance energético de la reacción. Sin embargo, eso no hace
ninguna falta, ya que su extraordinaria capacidad para acoplar unas reacciones
con otras permite que se puedan facilitar muchas que por sí mismas resultan
«energéticamente desfavorables»[142].
Ahora
bien, curiosamente, aunque el número de reacciones químicas que se producen en
una célula es muy grande, resulta que los procesos clave, aquellos que
verdaderamente protagonizan los intercambios de energía en nuestro organismo y
que hacen funcionar todo lo demás, son apenas unos pocos. Un puñado de
reacciones inventadas por la evolución en la noche de los tiempos, cuyo papel
es tan trascendente que se han conservado prácticamente intactas a lo largo de
eones, a través de un incontable número de criaturas.
La
principal de las rutas metabólicas[143] de
este tipo en los organismos que consumimos oxígeno es el llamado ciclo de Krebs
— también llamado ciclo del ácido cítrico— una especie de círculo virtuoso al
que van a parar la mayor parte de las moléculas procedentes de los alimentos y
de las que obtenemos energía, ya sean azúcares, grasas o proteínas, y que lleva
el nombre de su descubridor, Hans Adolf Krebs (1900-1981), un bioquímico alemán
que en 1931 tuvo la excelente idea de emigrar a Inglaterra antes de que las
cosas se complicasen en su país. Dentro de una célula, el ciclo de Krebs tiene
lugar en las mitocondrias, esa especie de centrales energéticas en miniatura, y
opera a través de varias reacciones encadenadas cuyo efecto es el
desprendimiento de dióxido de carbono y de una buena cantidad de energía que se
acumula en forma de una especie de moneda universal de intercambio, el famoso
ATP[144].
El ATP es
para la bioquímica lo que el dólar o el euro para la economía. Cada vez que se
produce una transacción (léase reacción), se utiliza esta ubicua molécula como
medio de pago/cobro (léase absorción/emisión de energía). En el ATP, tres de
sus enlaces químicos almacenan una gran cantidad de energía potencial —algo así
como si tienes un billete de quinientos euros, pero con mejor salida— y es por
eso que la vida lo escogió para impulsar sus trapicheos. Además de en el ciclo
de Krebs, el ATP se forma en toda la cadena de transformación del alimento que
recibe una célula[145], de
manera que el procesado de una sola molécula de glucosa da lugar a entre
treinta y treinta y ocho moléculas de ATP, listas para participar en todos los
procesos del organismo que requieran energía, desde la contracción muscular a
la síntesis de proteínas.
Esquema del ciclo de Krebs.
En la
fotosíntesis de las plantas, es también el ATP la molécula en la que termina
almacenándose la energía de la luz solar, una prueba impresionante del carácter
universal de esta humilde molécula, elegida hace cientos de millones de años
por las fuerzas ciegas de la evolución para dar impulso a nuestras vidas.
Como
vemos, en el fondo, un organismo vivo en general y un cuerpo humano en
particular no son más que eficientes máquinas biológicas que queman compuestos
de carbono para almacenar la energía que luego necesitan para moverse, lo mismo
que si se tratase de máquinas de vapor o de automóviles. La energía contenida
en los enlaces químicos, que como vimos en el capítulo quinto no es sino una
forma de energía potencial, resulta ideal para la tarea porque a través del ATP
podemos manejarla a gusto del consumidor, de modo que solo tenemos que quemar
los alimentos que consumimos para disponer de un buen montón de «dinero» con el
que pagar todas nuestras facturas.
Ahora
bien, esta quema de alimentos dentro de las células utiliza oxígeno como
oxidante, y es por eso que necesitamos respirarlo para que el proceso tenga
lugar. Sin embargo, eso no significa que todos los seres vivos estemos
condenados a vivir a su costa, dado que existen muchas reacciones químicas que
liberan energía y en las que el agresivo elemento no forma parte de la
ecuación. Simplemente, la obtención de energía mediante la oxidación de los
compuestos de carbono con oxígeno es la manera más eficaz que ha encontrado la
naturaleza para hacerlo, algo que puede entenderse si tenemos en cuenta las
propiedades de este último elemento y la necesidad imperiosa de utilizar las
moléculas orgánicas como sustrato.
Durante
mucho tiempo, el fenómeno de la respiración estuvo envuelto en el más completo
de los misterios. Los antiguos griegos le echaban la culpa, una vez más, a la
consabida «fuerza vital» insuflada por los dioses, que supuestamente la ponía
en marcha durante el nacimiento. Algunos sabios del mundo clásico se dieron
cuenta de que la respiración estaba relacionada de algún modo con la sangre,
pero fue el descubrimiento de la circulación sanguínea lo que puso de
manifiesto la existencia de ciertos intercambios entre la roja sustancia y el
aire. Finalmente, los experimentos llevados a cabo en las últimas décadas del
Siglo de las Luces determinaron que era el oxígeno molecular el que la sangre
absorbía, ya fuese en los pulmones o en las branquias, expulsando a cambio
dióxido de carbono, algo que ponía en evidencia que la respiración no era otra
cosa que una manifestación externa de la combustión controlada de los
alimentos. De hecho, el mecanismo detallado de cómo la sangre transporta el
oxígeno hasta las células y recoge el dióxido de carbono de desecho quedó
plenamente esclarecido en el transcurso de los dos siglos que siguieron. Aunque
hoy en día todo esto nos resulte familiar, en su día estos descubrimientos
supusieron un golpe muy duro para los que pensaban que la vida solo podía
explicarse mediante la intervención de Dios.
Sin
embargo, y por extraño que pueda parecer, el invento de respirar oxígeno es
relativamente reciente, ya que hubo un periodo de tiempo inimaginablemente
largo en el que los organismos primitivos obtenían su energía de una forma muy
distinta. De hecho, para dichos organismos «anaerobios» el oxígeno funcionaba
como un terrible veneno, capaz de acabar con el individuo más resistente.
Creemos que el evento que cambió las cosas tuvo lugar hace unos dos mil
cuatrocientos millones de años, cuando el oxígeno que las algas microscópicas
expulsaban a la atmósfera como consecuencia de la fotosíntesis alcanzó el nivel
suficiente para que algunos organismos evolucionasen para aprovecharlo. Resultó
que el oxígeno proporcionaba energía a los nuevos seres vivos con una eficiencia
muy superior a la de los sistemas anaeróbicos, por lo que en poco tiempo (en
términos geológicos) los organismos que lo utilizaban adquirieron tal ventaja
competitiva que terminaron extendiéndose por todo el planeta.
Por
descontado, el hecho de que los organismos aerobios sean mucho más eficientes
no significa que la obtención de energía en base a otros mecanismos
desapareciese por completo, ni muchísimo menos. Simplemente quedó relegada a
seres de menor complejidad, por lo general unicelulares, cuyos requisitos de
energía eran muy inferiores. De hecho, la variedad de mecanismos existente hoy
en día es sorprendente, con bacterias que en lugar de oxígeno utilizan desde
compuestos de azufre o iones de hierro a cosas de lo más exótico, como los
iones de manganeso o las sales de arsénico. En ocasiones, el proceso de
obtención de energía no es una verdadera respiración[146], sino
más bien una fermentación, de la que podemos encontrar un ejemplo en la
fermentación láctica que se produce en el tejido muscular cuando, a causa de
una actividad física intensa, no se produce una aportación adecuada de oxígeno,
viéndose las células obligadas a buscar la energía por otro lado.
Este
último aspecto nos acerca a una dimensión diferente de la dinámica energética
del organismo, más allá del metabolismo celular. En efecto, si pasamos de
examinar los mecanismos moleculares de transferencia de energía al ser vivo en
su conjunto, podemos hacernos muchas preguntas que tienen que ver con su
funcionamiento global. Por ejemplo, ¿cuánta energía consume en realidad un
cuerpo humano?
Para
responder a esa cuestión debemos tener presente que no es lo mismo el consumo
en reposo, también conocido como «tasa metabólica basal» (TMB), que se
corresponde con la cantidad básica de energía que necesita el organismo para
vivir y que incluye todos los intrincados procesos metabólicos a nivel celular
que acabamos de describir, que el consumo ocasionado por la actividad física o
el calor que se genera como consecuencia del procesado de los alimentos. Así,
en un adulto sedentario, la TMB supone entre el sesenta y el setenta por ciento
del consumo energético total. Por el contrario, una persona que esté
desarrollando una actividad física intensa puede emplear hasta el setenta y
cinco por ciento del total de su consumo de energía en dicha actividad. En este
sentido, la práctica de algunos deportes implica un gasto energético muy
superior al de otros. Una persona de setenta y cinco kilos de peso que
practique el aerobic, por ejemplo, solo consume entre setenta y noventa
kilocalorías[147] en
media hora, mientras que si corre a buen ritmo o juega al fútbol puede llegar a
consumir más de cuatrocientas.
Por otra
parte, los requerimientos energéticos básicos difieren mucho de unos organismos
a otros, incluso dentro de la misma especie, no siendo los mismos para un
hombre, una mujer, un niño o un anciano. En el caso de los varones, por
ejemplo, las necesidades de energía en promedio alcanzan un máximo de unas 2800
kilocalorías diarias durante la adolescencia y luego van decayendo con la edad,
mientras que las mujeres adolescentes apenas precisan el ochenta por ciento de
esa cifra, y sin embargo sus necesidades casi alcanzan a las de los varones
jóvenes durante el embarazo y, sobre todo, la lactancia.
Ni que
decir tiene que gran parte del consumo de nuestro cuerpo corresponde a los
músculos, que utilizan la energía encerrada en los enlaces químicos para
realizar todos los trabajos diarios, desde mover objetos hasta desplazarnos de
un sitio a otro, pero resulta sorprendente comprobar cómo el cerebro, un órgano
cuyo peso no excede del dos por ciento del total de un adulto de setenta y
cinco kilos, consume cerca del veinte por ciento del oxígeno y casi el
cincuenta por ciento de la glucosa[148] que
obtenemos de la alimentación. De hecho, al transformarse la energía durante la
actividad cerebral, la máquina más fascinante del universo emite de forma
permanente calor con una potencia equivalente a unos quince vatios. Hay algo
poético en pensar que tanto las tareas de coordinación del sistema nervioso
como los mismísimos fenómenos mentales que se encuentran detrás de una
partitura genial o de un trascendental descubrimiento científico gastan a
diario lo mismo que una pequeña bombilla, algo que además dice mucho de la
espectacular eficiencia energética alcanzada por los seres vivos después de
miles de millones de años de evolución.
Pero,
además, semejante consumo de energía también nos indica otra cosa. Y se trata
de algo importante. En efecto, el hecho de que la actividad cerebral, que por
sí misma no constituye un trabajo pesado (no andamos moviendo el cerebro de un
sitio a otro), conlleve una parte muy importante del gasto energético de
nuestro cuerpo, es un claro indicio de que la entidad que conocemos como mente
humana consume energía y, por tanto, se trata, más que probablemente, de un
fenómeno que sigue exactamente las mismas leyes que el resto de la realidad, lo
cual dificulta mucho la existencia de un «alma humana», entendida esta como
algo que se rige por reglas diferentes, ajenas al mundo material. Tanto es así
que aquellos que abogan por la existencia de una vida después de la muerte
deberían preguntarse qué procesos de transferencia de energía serían
responsables de sostener el equivalente a una consciencia humana fuera del
cerebro.
Pero,
volviendo a la alimentación, ¿por qué cuando dejamos de comer no se «para»
nuestro cuerpo? Sencillamente, no es que no se pare, es que tarda bastante en
hacerlo. Al igual que muchas supuestas máquinas de movimiento perpetuo seguían
funcionando aparentemente sin aporte de energía porque los mecanismos de
relojería que contenían hacían que la cuerda que se les había dado durase mucho
rato, en el caso de nuestro cuerpo parte de la energía que obtenemos de los
alimentos se acumula en forma de grasa, un tipo de moléculas capaces de
almacenarla en gran cantidad. De esta manera, disponemos de una reserva de la
que podemos tirar cuando las cosas se ponen feas. Se trata obviamente de un
mecanismo utilísimo, y no hay más que pensar en lo que podía costarle a un
cazador de la Edad de Piedra conseguir comida abundante para entender hasta qué
punto resultaba conveniente guardar parte de la energía obtenida durante algún
tiempo, por si acaso no se podía volver a comer hasta dentro de tres o cuatro
días. Por descontado, si el periodo de ayuno se prolonga demasiado, el cuerpo
primero adelgaza, luego desfallece y finalmente agota su energía de reserva,
pudiendo llegar a morir de inanición, pero el hecho de que la resistencia se
prolongue a veces durante semanas habla a gritos de la espectacular eficiencia
del proceso.
Pero,
¡ay!, lo que funcionaba de maravilla hasta no hace mucho tiempo, cuando comer a
diario era un lujo, a menudo es ahora un problema. En las modernas sociedades
opulentas, conseguir alimentos nutritivos y baratos es tan fácil que
prácticamente no necesitaríamos almacenar nada. Sin embargo, la evolución tarda
mucho tiempo en adaptar un organismo a una nueva realidad, de manera que el
sistema de acumulación de energía «por si las moscas» sigue funcionando
exactamente igual que cuando no había comida disponible, lo que implica que la
gente pueda engordar hasta extremos insospechados. En el momento en el que se
escribe este libro, la nueva epidemia del sobrepeso afecta a cuatro de cada
diez adultos del planeta, con más de uno de cada diez manifestando obesidad,
una proporción que resulta todavía mayor en los países desarrollados.[149] La
razón de que el sobrepeso sea considerado un problema tiene que ver, una vez
más, con la falta de adaptación del cuerpo humano a la acumulación permanente
de grasa. En este sentido, la obesidad está vinculada a una mayor frecuencia de
dolencias importantes, incluyendo la diabetes, las enfermedades
cardiovasculares y determinados tipos de cáncer. Se calcula que cada año
fallecen cerca de tres millones de personas en el mundo como consecuencia del
sobrepeso, y casi la mitad de los casos de diabetes son imputables a esta nueva
plaga que afecta a la humanidad.[150]
¿Cómo
puede combatirse el sobrepeso? Como sería de esperar, la clave reside en el
balance de calorías que entran y salen del organismo, lo cual apunta
evidentemente a comer menos y hacer más ejercicio. Aquí es importante resaltar
la conjunción «y», ya que una de las dos cosas por separado tal vez no sea
suficiente. Por ejemplo, si reducimos la ingesta de calorías pero nos pasamos
el día tumbados enfrente del televisor, nuestros esfuerzos podrían no resultar
muy eficaces, lo mismo que si frecuentamos el gimnasio pero luego nos
atiborramos de hamburguesas. Esto, que es de sentido común, podría parecer
fácil de ejecutar, pero en la práctica cuesta mucho, quizá porque, tal y como
ya hemos comentado, nuestro organismo está preparado justo para hacer lo
contrario. De este modo, y debido a la falta de motivación, muchas personas se
echan en brazos de las llamadas «dietas milagro», un conjunto de sandeces y
supercherías diseñadas por individuos espabilados para sacarle los cuartos al
prójimo que resultan completamente inútiles, cuando no peligrosas. La clave del
innegable éxito de muchas de estas estafas radica en prometerle a la gente que
va a adelgazar sin hacer ejercicio y sin renunciar a comer lo que les gusta.
Las dietas bajas en carbohidratos buscan alcanzar estados de cetosis. En
este estado de falta de carbohidratos la obtención de energía se logra mediante
el por catabolismo de los ácidos grasos generando cuerpos cetónicos que
descomponen la grasa almacenada.
Entre las
supuestas dietas surgidas en los últimos tiempos para aprovecharse del
sobrepeso generalizado, las más perjudiciales para la salud son las que abogan
por suprimir ciertos tipos de nutrientes en beneficio de otros. La dieta
Atkins, por ejemplo, recomienda reducir la ingesta de carbohidratos al mínimo,
permitiendo sin embargo ponerse las botas a base de grasas y proteínas. El
desequilibrio resultante puede aumentar los niveles de colesterol y dañar los
riñones. En otros casos, lo que se pretende es fomentar el ayuno a corto plazo,
obviando la facilidad con la que el peso se recupera una vez el «tratamiento»
ha terminado. En realidad, la única forma de adelgazar con garantías es
compaginar una reducción ligera pero permanente en la ingesta de calorías con
un aumento sostenido del nivel de ejercicio físico.
Y el caso
es que existen evidencias de que un ayuno extremo y prolongado puede tener
consecuencias beneficiosas para el organismo, al menos en animales de
laboratorio. Este misterioso efecto fue descubierto en 1934, cuando
investigadores de la Universidad Cornell descubrieron que las ratas alimentadas
con una dieta muy baja en calorías, pero con todos los nutrientes necesarios,
vivían considerablemente más que sus congéneres. Con el tiempo, se ha
comprobado que a muchas otras especies les pasa lo mismo, ya sean arañas,
moscas o gusanos. Naturalmente, la pregunta inmediata es por qué la restricción
calórica severa aumenta la longevidad en organismos que están muy alejados
entre sí en el árbol de la vida. De momento no sabemos la respuesta, aunque
quizá lo más plausible sea que estemos ante un mecanismo ancestral de defensa
destinado a proteger a los animales del estrés y relacionado con un bajo
consumo de energía. De todas formas, conviene ser muy cautos al respecto y
buscar alternativas, ya que aunque la restricción calórica funcionase bien en
humanos parece poco atractivo pasarse la vida muertos de hambre. Como dicen los
científicos con sorna, no sabemos si un método semejante puede alargarnos la
vida, pero es seguro que hará que no merezca la pena.
Ahora
bien, llegados a este punto, ¿no parece como si el fenómeno de la vida
estuviese violando flagrantemente las leyes de la termodinámica que examinamos
en el capítulo tercero? ¿No debería ser imposible que estructuras tan
complicadas se construyan de forma casi espontánea, a partir de sencilla
materia inanimada? ¿Cómo pudo surgir la vida a partir de un entorno tan
desorganizado como el que debió caracterizar el planeta hace cuatro mil
millones de años? ¿No es esto una prueba de que detrás de los seres animados
hay «algo más»?
La
respuesta, como pueden imaginarse, es que no. Como vimos al hablar de
termodinámica, las leyes del universo no prohíben que las cosas se organicen
para construir estructuras complejas, únicamente exigen que el «desorden» que
esparcen a su alrededor sea mayor que el «orden» localizado que crean. Además,
las leyes hacen referencia al universo en su conjunto, no a regiones concretas.
En este sentido, el «desorden» que provocamos cuando digerimos un alimento es
muy superior al «orden» que generamos al mantener nuestras estructuras
celulares, en línea con la inexorable y ominosa segunda ley. Por este motivo, a
los seres vivos también se les conoce a veces a nivel especializado como
«estructuras disipativas»[151]. Es como
si la vida fuese una isla, o una «cola de complejidad», como dicen los
científicos, en un universo que tiende a simplificarse en su conjunto.
Entonces,
¿qué es lo que sucedió en nuestro planeta? Por lo que sabemos, la vida requiere
de la presencia de agua líquida, de un conjunto de moléculas precursoras que
puedan servir de «ladrillos» y de una o varias fuentes de energía. Nada de eso
faltaba en la tierra primitiva, ya fuese en charcas en las que se acumulaban
moléculas de diferentes tipos o en las fumarolas del lecho oceánico.
Literalmente, nuestro hogar era un auténtico laboratorio químico que dispuso de
cientos de millones de años para experimentar. Ya en la década de los veinte
del pasado siglo el bioquímico ruso Aleksander Oparin (1894-1980) propuso que
la acción de los rayos ultravioleta y de las descargas eléctricas sobre los
gases de la atmósfera habría podido formar moléculas relativamente complejas,
tales como los aminoácidos que componen las proteínas. De hecho, en un famoso
experimento llevado a cabo en 1952, el químico estadounidense Stanley L. Miller
(1930-2007), entonces un brillante estudiante de la Universidad de California,
demostró que sometiendo a continuas descargas eléctricas una mezcla de vapor de
agua, metano, amoníaco e hidrógeno, al cabo de varios días se obtenía una
mezcla de sustancias orgánicas que incluían a cuatro de los aminoácidos que
contienen las proteínas de todos los seres vivos.
Con el
tiempo se ha descubierto que la atmósfera primordial no era realmente como se
creía en tiempos de Miller, pero las correspondientes variantes de su
experimento han arrojado también buenos resultados. El «caldo primordial» bien
pudo ser una realidad, como lo es también la compleja química que se produce en
el entorno de las fumarolas. A partir de estos ambientes pudieron surgir
moléculas relativamente complejas que tenían propiedades catalíticas, y algunas
reacciones importantes pudieron también ser catalizadas por las propias
superficies en las que las sustancias se acumulaban. Así, y aunque estamos
todavía lejos de esclarecer todos los detalles del proceso, podemos afirmar que
las aparentemente improbables máquinas biológicas[152] surgieron
en su día porque el acoplamiento de las reacciones químicas en entornos muy
concretos permitía construir aquellas sin violar ni la conservación de la
energía ni la segunda ley, y se perpetuaron porque las leyes de la evolución
son tan universales como las de la termodinámica, a pesar de que solo pueden
sostenerse a base de un consumo energético continuado. Los asombrosos
mecanismos bioquímicos seleccionados por la evolución a lo largo de auténticos
abismos de tiempo permiten que ese consumo presente una exquisita eficiencia,
pero no deja de ser un consumo, al fin y al cabo.
Experimento de Miller-Urey. [Carny]
Por eso,
los organismos no son eternos, ya que no dejan de ser máquinas que, como todas,
terminan por estropearse. Cada especie tiene una longevidad determinada,
establecida por las fuerzas ciegas de la evolución con la vista puesta en la
reproducción, pasada la cual no existe ninguna presión que impulse a la
naturaleza a proteger del deterioro a individuos tan caros de mantener. Cuando
el individuo es joven tiene un organismo casi perfecto, porque los que no lo
son mueren antes de reproducirse, pero a partir de ese momento los defectos en
la maquinaria se van acumulando más o menos deprisa, hasta que el organismo
termina por colapsarse y morir, y no hay nada en el mundo que pueda volver a
poner en marcha (léase «resucitar») una estructura tan compleja sin pasar por
el minucioso y detalladísimo plan de construcción, desarrollado a lo largo de
miles de millones de años, que se pone en marcha durante la fecundación.[153]
Por lo
demás, y aunque supiésemos imitarlo, que no sabemos, hacerlo sería
económicamente prohibitivo, porque tendríamos que gastar una enorme cantidad de
energía en combatir la tiranía de la fatídica segunda ley. Por eso, no se haga
usted mala sangre. En este universo nada es gratuito, y cuando la máquina es
vieja es mejor tirarla y construir otra nueva, ya sea en forma de un hijo o de
un nieto suyo.[154]
Capítulo
XI
Caminando hacia las estrellas
«El
automóvil es por el momento solo un lujo reservado a los ricos, pero aunque en
el futuro su precio disminuya, nunca llegará a ser un medio de transporte tan
popular como la bicicleta».
The Literary Digest, 1899.
Una de
las cosas que sin duda más nos dan la sensación de ser una especie físicamente
limitada es observar la velocidad de la carrera de los felinos o el majestuoso
vuelo de las aves. Un caballo de competición alcanza los setenta kilómetros por
hora al galope, un guepardo puede alcanzar los ciento quince y el halcón
peregrino, una de las aves más rápidas del mundo, los trescientos ochenta y
nueve. En comparación, la plusmarca de los cien metros lisos la tiene desde
2009 el atleta jamaicano Usain Bolt, que corrió la distancia en nueve segundos
y cincuenta y ocho centésimas, lo que equivale a decir que lo hizo a un
promedio de velocidad de treinta y siete kilómetros y medio por hora, es decir,
aproximadamente la mitad que el caballo, tres veces menos que el guepardo y
diez menos que el halcón. No es de extrañar, pues, que los hombres buscásemos
en seguida el medio de multiplicar nuestra capacidad de movimiento.
Naturalmente,
la primera opción no fue otra que aprovecharse de animales como el caballo,
sobre todo a partir de la invención de la rueda, uno de los inventos más
trascendentales de toda la historia de la humanidad. La rueda es una
herramienta extraordinariamente eficaz a la hora de evitar todo lo posible la
disipación de la energía, ya que al apoyarse continuamente en un solo punto de
la superficie minimiza las pérdidas por rozamiento. Basta con comparar el
esfuerzo que hay que hacer para arrastrar un bloque de piedra con respecto a
transportarlo sobre ruedas para entender de lo que estamos hablando. Es muy
probable que la rueda se inventase en el quinto milenio antes de Cristo en
Mesopotamia, en un principio para facilitar el trabajo de los alfareros, pero
creemos que un milenio después[155] ya
estaba plenamente implantada en todo el Creciente Fértil como máquina integrada
en los carros de transporte. Las primeras ruedas eran discos de madera con un
agujero en el centro para insertarlas en un eje, pero durante el segundo
milenio se desarrolló en el Asia Central la rueda con radios, que permitía la
construcción de vehículos más rápidos y ligeros. En tanto en cuanto la
tecnología de la rueda permitía transportar personas y mercancías por tierra a
mayor velocidad de la que podía habitualmente permitirse el ser humano, en el
agua eran el empuje de los remos y la fuerza del viento las alternativas a una
travesía a nado o a bordo de una balsa empujada por la corriente. En el colmo
de su potencia, una quinquerreme romana o cartaginesa medía unos cuarenta y
cinco metros de eslora, desplazaba unas cien toneladas y transportaba unas
cuatrocientos personas a bordo, lo que no está nada mal.
Antiguo artefacto sumerio conocido como Estandarte de Ur (2500 a. C.) del
que sacamos un extracto de un carro tirado por un onagro.
Durante
muchos siglos apenas se produjeron cambios en la tecnología del transporte,
básicamente porque ni el tiro de los animales ni las velas de los barcos daban
más de sí. Quizá el ejemplo más avanzado de un transporte impulsado por el
viento fuesen los rápidos clipers del siglo XIX, navíos largos y estrechos que
conseguían competir con los primeros barcos de vapor, al ser capaces de
recorrer miles de millas sin tener que hacer escalas para recargar carbón. Pero
lo cierto es que el advenimiento de la máquina de vapor cambiaría el transporte
para siempre. El primer intento de introducir el vapor para aumentar la
velocidad de los vehículos tuvo que ver con el ferrocarril, a principios del
siglo XIX. En aquella época, se empleaban caballerías para arrastrar vagones de
madera sobre rieles de hierro fundido durante trayectos cortos, sobre todo
desde las minas a los embarcaderos de los canales, hasta que en 1804 el
ingeniero inglés Richard Trevithick (1771-1833) diseñó la primera locomotora de
vapor que podía funcionar. En ella, el vapor proporcionaba una potencia
extraordinariamente superior a la de los animales, transmitiendo la energía a
las ruedas a través de engranajes. Sin embargo, aunque la locomotora de
Trevithick era realmente revolucionaria, aún tardaría años en ser operativa
debido a que los raíles no soportaban el peso de la máquina. La introducción de
la cremallera en 1811 y de los raíles de hierro forjado en 1820 comenzó a
solucionar el problema, de manera que cinco años después George Stephenson (1781-1848)
construía la primera línea férrea pública del mundo entre las localidades de
Stockton y Darlington. La vida de Stephenson es un ejemplo de cómo el talento
innato de una persona puede ayudarle a salir adelante contra viento y marea.
Hijo de un humilde minero, en su infancia cuidaba de las vacas y no aprendió a
leer hasta los dieciocho años. A los veintitrés entró a trabajar en la mina
sustituyendo a su padre, que se había quedado ciego, y no fue casi hasta los
treinta cuando un agricultor le enseñó nociones de matemáticas y de mecánica.
Sin embargo, ya durante su estancia en la mina no paraba de inventar cosas muy
prácticas, entre ellas una de las primeras lámparas de seguridad del mundo, un
simple ensayo de lo que más tarde lograría con el ferrocarril.
Dibujo de la locomotora de Trevithick de 1802.
De la
mano de gente como Trevithick y Stevenson, y tras incontables milenios, por
primera vez en la historia de la humanidad se transportaba algo a gran escala
sin tener que echar mano de la fuerza de los músculos, de las corrientes de
agua o del viento[156]; así
que, como no podía ser de otra manera, el ferrocarril se extendió por todo el
mundo en cuestión de pocas décadas. Además, el poder del vapor fue aplicado
también a la navegación casi al mismo tiempo que a los trenes. Ya en una fecha
tan temprana como 1783, Claude François Dorothée (1751-1832), marqués de
Jouffroy d’Abbans, había desarrollado un primitivo barco de vapor de cuarenta y
cinco metros de eslora que no prosperó debido a que su noble creador se vio
obligado a emigrar al estallar la Revolución francesa. Pero en 1807, el
estadounidense Robert Fulton (1765-1815) botaba con éxito en el río Hudson un
barco de vapor con ruedas de paletas a ambos lados del casco que pronto
establecería el primer servicio regular. El diseño de paletas se hizo muy popular
en la navegación fluvial a lo largo del siglo XIX porque los buques necesitaban
poco calado. Con el tiempo, la mejora en la potencia de las máquinas y la mayor
eficiencia de los motores hizo que los vapores se hicieran con casi todas las
rutas comerciales, abandonándose definitivamente las veteranas velas, que
habían dominado la navegación durante siete mil años.
Sin
embargo, los impresionantes avances científicos y tecnológicos hicieron que el
reinado del transporte de vapor fuese mucho más breve que el de sus
predecesores. En efecto, las locomotoras de los ferrocarriles y las turbinas de
los barcos eran pesadas y farragosas de operar, además de muy caras de
mantener. Ya en el cenit de la época del vapor se desarrollaron en paralelo las
locomotoras con motor eléctrico y, aprovechando el gran desarrollo que venían
experimentando tanto la química como la termodinámica, algunos ingenieros
comenzaban a trastear con la idea de un motor de combustión interna, en el que
la energía mecánica se obtiene directamente de la quema de un combustible que
arde dentro de una cámara de combustión.
Más allá
de algunos intentos que no llegaron a buen puerto, la invención del nuevo motor
puede atribuirse a los diseños de 1853 de los ingenieros italianos Felice
Matteucci y Eugenio Barsanti, quien además era sacerdote escolapio.
Recorte de una pintura de Nassau de Robert Fulton, el primer barco de vapor
que realizó un servicio regular entre Manhattan y Brooklyn.
Siguiendo
su estela, en 1860 el belga Jean Joseph Étienne Lenoir (1822-1900) creaba un
motor de dos tiempos con el que equipó un rudimentario automóvil. Estos
prototipos carecían de la fase de compresión, lo que provocaba que el motor no
fuese muy eficiente. El automóvil de Lenoir, por ejemplo, pesaba veinte
toneladas y tardaba tres horas en recorrer seis kilómetros, lo que equivale a
decir que podía ser adelantado fácilmente por una persona que caminase con
normalidad. Pero dos años más tarde, Alphonse Beau de Rochas (1815-1893), un
modesto inventor francés que llegó a vivir en una chabola y que casi siempre se
trasladaba a pie porque no podía pagarse el billete del coche de caballos,
presentaba la patente del primer motor de cuatro tiempos, patente que en
seguida pasó a dominio público porque Alphonse no podía sufragar su coste
anual. Fue aprovechando los pasos dados por Lenoir y Beau de Rochas que el
ingeniero alemán Nicolaus Otto (1832-1891) creaba en 1876 el célebre motor de
cuatro tiempos cuyo funcionamiento aprendemos en la escuela y que se
convertiría en el prototipo de todos los motores de combustión interna
posteriores.
El motor
de Otto y sus derivados tuvieron un éxito inmediato y comenzaron a reemplazar a
los motores de vapor en los trenes y en los barcos, ya que desarrollaban una
potencia igual o mayor ocupando mucho menos espacio y requiriendo menos
mantenimiento. En particular, a partir de la invención en 1894 del motor diesel
—un tipo de motor de combustión interna que no necesita que se provoque la
ignición con una chispa— muchos de los vehículos pesados del siglo XX pasaron a
ser equipados con el nuevo sistema de locomoción. Pero, además, el motor de
cuatro tiempos anunciaría el advenimiento de los automóviles, el primero de los
cuales equipado con un motor de Otto fue construido por Karl Friedrich Benz
(1844-1929) en 1886[157]. Dos
años más tarde, su mujer Bertha realizaría, sin decírselo a su marido y sin el
permiso de las autoridades, el primer viaje largo en automóvil de la historia,
recorriendo los ciento cinco kilómetros de distancia entre las localidades de
Mannheim y Pforzheim entre el amanecer y el crepúsculo[158]. El
extraordinario viaje resultó un completo éxito, llamando de forma masiva la
atención de la prensa y de la opinión pública. Fue el principio del predominio
absoluto de un instrumento fundamental de nuestra civilización, no en vano se
calcula que en 2020 circulan, incluyendo camiones y autobuses, alrededor de mil
cuatrocientos millones de automóviles por todo el mundo, es decir, uno por cada
cinco habitantes del planeta.
Atendiendo
a semejante cifra es fácil advertir el impacto que el motor de combustión
interna ha tenido en nuestra civilización; y el caso es que los primeros
automóviles también fueron de vapor, aunque tuvieron mucho menos éxito que sus
primos del ferrocarril y la navegación marítima. El primero es nada menos que
de 1769[159],
construido por el inventor francés Nicolás-Joseph Cugnot (1725-1804), y era tan
difícil de manejar que uno de los prototipos acabó chocando con una pared que
se derrumbó, en lo que sin duda se trató del primer accidente automovilístico
de la historia. Los automóviles de vapor se desarrollaron en paralelo a los de
combustión interna, pero en general tenían un rendimiento peor y tardaban en
ponerse en marcha. Las continuas mejoras en los motores de cuatro tiempos,
acompañadas de la ayuda de la electricidad a través del motor de arranque[160],
terminaron por imponer la gasolina y el gasóleo como combustibles de
preferencia en lugar del vapor. Además, en 1908 el empresario estadounidense
Henry Ford (1863-1947) sustituía el proceso artesanal que hasta entonces
requería la construcción de un automóvil por las primeras cadenas de montaje,
que en el caso del famoso Ford modelo T le permitieron alcanzar cifras de
fabricación impensables con anterioridad. Así, en Estados Unidos los
automóviles reemplazaron rápidamente a los vehículos de tracción animal, que
pasaron a convertirse en otro recuerdo para el baúl de la historia.
Ilustración de un motor Otto de combustión interna de fabricación
estadounidense, 1880-1881. [Popular Science]
Por lo
demás, en uno de esos periodos especiales que se caracterizan por el
advenimiento de nuevas tecnologías que confluyen en el momento y lugar
oportunos, el motor de combustión interna iba a ser el aliado perfecto para que
el hombre culminase uno de sus mayores anhelos, que no es otro que ser capaz de
surcar los cielos y volar. Durante mucho tiempo, la humanidad había intentado
remedar el vuelo de los pájaros, una tarea imposible para nosotros debido a que
nuestro físico no cuenta con las características adecuadas para ello.
Flota de automóviles Ford en filas, listos para su entrega. [Library
Congress, Caufield & Shook, 1925]
Combatir
la atracción gravitatoria con pura fuerza muscular conlleva un gran consumo de
energía, y en ese sentido las aves han evolucionado liberándose de mucho peso.
Sus huesos, por ejemplo, están huecos. Además, tanto la forma aerodinámica de
sus cuerpos como la configuración de sus alas y de su musculatura pectoral
facilita el empuje del aire hacia abajo. Los intentos de los humanos por seguir
la senda de los pájaros nunca llegaron a buen puerto y muchos pioneros se
dejaron la vida en ello, aunque algunos diseños como el «helicóptero» de
Leonardo da Vinci resultaban interesantes. El problema era obviamente cómo
conseguir la sustentación, algo que no podía resolverse aplicando solamente la
fuerza muscular.
Una
alternativa interesante surgió con el desarrollo de los globos aerostáticos,
que aprovechan que el aire caliente tiene menos densidad que el frío (dicho de
otra manera, a igualdad de volumen pesa menos) para ascender. En 1709, el
sacerdote brasileño Bartolomeu de Gusmão (1685-1724) había hecho la primera
demostración pública con un globo no tripulado, pero fue ridiculizado por la
Iglesia y difamado y perseguido por la Inquisición. Hubieron de transcurrir
casi tres cuartos de siglo hasta que los hermanos Montgolfier[161] impresionaran
a la corte francesa y a otros ciento treinta mil espectadores en los jardines
de Versalles haciendo elevarse un globo de tela y de papel tripulado por un
gallo, una oveja y un pato.
Pero el
globo era un instrumento de capacidades limitadas y difícil de controlar, al
igual que los planeadores. Era necesario encontrar una forma de proporcionar a
los aparatos el suficiente empuje como para que pudiesen avanzar por el aire a
la vez que el desplazamiento de este hacia abajo servía de «colchón» de
sustentación. La máquina de vapor parecía prometedora a este respecto y por eso
a lo largo del siglo XIX se desarrollaron varios prototipos de vehículos más
pesados que el aire, equipados con uno o varios motores de vapor. Estos
intentos no llegaron a funcionar bien, pero permitieron a los pioneros de la
aviación estudiar a fondo los problemas que había que tener en cuenta, de
manera que a finales de siglo todo estaba preparado para que un motor con la
suficiente potencia alumbrase el primer avión. Y el motor no podía ser otro que
el de combustión interna de Otto.
Foto del Hindenburg en Lakehurst, Nueva Jersey, 1936. [Associated Press /
The Oregonian]
Así, el
17 de diciembre de 1903, en la localidad de Kitty Hawk, en Carolina del Norte,
el ingeniero e inventor estadounidense Orville Wright (1871-1948) se convertía
en la primera persona en volar sobre una aeronave más pesada que el aire
propulsada por medios propios. El Flyer, que así se llamaba, era un biplano de
doble hélice que recorrió treinta y siete metros en doce segundos. Siete años
más tarde, él y su hermano Wilbur llevaban a cabo el primer vuelo comercial de
la historia, en el que recorrieron cien kilómetros a una velocidad media de 97
km/h.
Una vez
inventados, los aviones de hélice evolucionaron con enorme rapidez, aunque
durante algún tiempo tuvieron que competir con los dirigibles, globos
aerostáticos autopropulsados mediante motores, primero de vapor y luego
eléctricos, que se habían venido desarrollando en paralelo. Los dirigibles
tenían la ventaja de poder transportar mucho más cargamento que los aviones,
pero eran caros de fabricar y sufrían frecuentes accidentes, el más famoso de
los cuales fue el desastre del Hindenburg en 1937[162]. A
partir de ese incidente, se hizo evidente que los aviones habían ganado la
partida, y los dirigibles quedaron arrinconados.
Así,
cuando estalló la Segunda Guerra Mundial tan solo parte del ferrocarril seguía
funcionando con motores de vapor, mientras que tanto los automóviles como los
barcos y los aviones lo hacían en casi todos los casos con motores de
combustión interna que quemaban hidrocarburos. Sin embargo, de la mano del
advenimiento de los reactores, los cohetes y el combustible nuclear, el gran
conflicto armado supondría un antes y un después en el desarrollo del
transporte, hasta el punto de que puede decirse que la tecnología para
trasladarse de un sitio a otro cambió más en aquellos seis años que en casi
todo el resto de la historia. Y la mayor parte del progreso tuvo que ver, como
no podía ser de otra manera, con las nuevas formas de aprovechar y transformar
la energía.
Los
reactores, por ejemplo, supusieron un avance asombroso para la aviación. En
poco más de una generación, las aeronaves más rápidas habían pasado de los cien
kilómetros por hora que alcanzaban los primeros biplanos impulsados por un
motor de hélice a los novecientos kilómetros por hora del avión de combate
alemán Messerchmitt-262, equipado con un turborreactor Junkers Jumo. Lo curioso
del caso es que el principio básico del motor a reacción no es otro que nuestra
vieja conocida, la tercera ley de Newton (ver capítulo segundo). Aunque hay
muchos tipos de reactores, la idea general consiste en utilizar una turbina de
gas —una máquina que funciona de manera parecida a la máquina de vapor— para
producir un chorro de gases a gran velocidad que genera un empuje en sentido
contrario. La gran ventaja del motor a reacción con respecto al de combustión
interna es que el rendimiento de este último alcanza su máximo en un avión
cuando la velocidad a la que giran las palas de la hélice se aproxima a la del
sonido, mientras que en el caso del primero este límite no existe. Un moderno
estatorreactor[163] de
combustión supersónica —más conocido como scramjet— puede alcanzar una
velocidad de Mach 17, lo que quiere decir que viaja diecisiete veces más rápido
que el sonido.
Un tipo
especialmente poderoso de motor a reacción es el motor cohete, que expulsa un
gas generado por la combustión de propelentes (también llamados propergoles)
sólidos o líquidos en una cámara a alta presión. Los primeros funcionaban con
pólvora y fueron desarrollados en China a modo de fuegos artificiales para
ceremonias religiosas, pasando con el tiempo a formar parte del arsenal
militar. Posteriormente, los mongoles los introdujeron en Europa y los
británicos los llegaron a desarrollar bastante durante el siglo XIX después de
sufrirlos en sus carnes de la mano de las tropas del sultán de Mysore. Sin
embargo, la historia de los cohetes modernos comienza en 1903, año en el que el
profesor ruso de Matemáticas de secundaria Konstantín Tsiolkovski (1857-1935),
un tipo brillante y soñador que llevaba años proponiendo soluciones para que la
humanidad pudiese colonizar el espacio, publicaba la ecuación clásica del
cohete, abriendo así de par en par las puertas de la astronáutica.
La obra
del maestro ruso pasó desapercibida en Occidente durante años, pero fue la base
de muchos de los desarrollos posteriores, al igual que lo fue en 1926 la
invención del estadounidense Robbert Goddard (1882-1945) de la tobera
supersónica, un dispositivo que transformaba el gas caliente procedente de la
cámara de combustión en un chorro de gas más frío que doblaba el empuje y
multiplicaba por treinta la eficiencia del cohete. Como muchos pioneros,
Goddard no lo tuvo demasiado fácil, faltándole el más mínimo apoyo por parte de
su gobierno y siendo ridiculizado a menudo por la prensa. La falta de visión
estadounidense con respecto a las posibilidades que ofrecían los cohetes estuvo
a punto de acarrear graves consecuencias para la causa aliada durante la Segunda
Guerra Mundial, dado que los alemanes se mostraron mucho más activos en este
aspecto.
Boceto de Von Braun de una estación espacial basada en la conversión de una
fase del Saturno V S-II en 1964. [NASA]
En
efecto, a partir de 1938, en el centro de investigación del ejército en
Peenemünde, lumbreras como Hermann Oberth (1894-1989) y Wernher von Braun
(1912-1977) ponían a punto el impreciso pero letal V2, el primer cohete
verdaderamente operativo de la historia[164], base
del posterior programa espacial de soviéticos y americanos, así como del
desarrollo de los misiles intercontinentales.
Una vez
la tecnología de los cohetes de combustible líquido se hubo consolidado, era
solo cuestión de tiempo que nuestra especie alcanzase el espacio, aunque solo
fuera para colocar satélites artificiales en órbita alrededor del planeta. Los
cohetes eran capaces de desplegar la energía necesaria para contrarrestar la
atracción gravitatoria alcanzando la velocidad de escape, que en el caso de la
Tierra es de 11,2 m/s[165]. Algunos
de los artefactos construidos en los años sesenta eran descomunales, como el
gigantesco Saturno V, responsable del programa Apolo que nos llevó a la Luna,
un monstruo de ciento diez metros de altura —el tamaño de un pequeño
rascacielos— y casi tres mil toneladas de peso que utilizaba la enorme energía
que se desprende al combinar el hidrógeno y oxígeno líquidos para poner en
órbita un cargamento de casi ciento veinte toneladas.
Pero la
última y más poderosa de las tecnologías de transporte dispuestas a raíz de la
Segunda Guerra Mundial no fue otra que la nuclear, un efecto colateral positivo
del desarrollo de los reactores de fisión necesarios para construir las
primeras bombas atómicas. Como ya sabemos, los reactores nucleares son capaces
de suministrar energía durante un periodo de tiempo muy prolongado, ya que
aprovechan la que se libera como consecuencia de la desintegración de los
átomos. Tanto los soviéticos como los estadounidenses vieron inmediatamente la
utilidad de semejante propiedad para equipar con reactores, por ejemplo, navíos
capaces de pasar décadas sin tener que repostar. Es el caso de los portaaviones
nucleares estadounidenses, que se tiran la friolera de entre quince y veinte
años sin tener que reponer el combustible, o de los submarinos nucleares,
algunos de los cuales no necesitan repostar ni una sola vez a lo largo de toda
su vida útil de servicio.
Ahora
bien, hay que decir que, si bien es cierto que la tecnología del transporte se
desarrolló de forma exponencial durante el célebre conflicto, no lo es menos
que en las últimas décadas han aparecido toda una gama de nuevos métodos de
aprovechar la energía con la mayor eficacia posible. En primer lugar, hay que
mencionar los esfuerzos llevados a cabo, a partir de la crisis del petróleo de
los años setenta, por reducir el consumo de los vehículos, sobre todo de los
automóviles. Por poner un ejemplo, un coche estadounidense medio recorría en el
año 2000 unos diez kilómetros por cada litro de gasolina consumido, mientras
que en 2015 recorre unos quince, es decir, un cincuenta por ciento más. Las
medidas de eficiencia energética en el transporte son fundamentales para
reducir el impacto del calentamiento global, algo que, como veremos en el
capítulo decimotercero, puede tener gravísimas consecuencias para nosotros a
largo plazo. En el caso de los automóviles, estas medidas se ven acompañadas
por el estímulo a la utilización de vehículos equipados con motores eléctricos,
así como por la investigación dirigida al desarrollo de las pilas de hidrógeno.
Curiosamente,
la historia de los coches eléctricos es casi tan antigua como la de aquellos
equipados con motores de combustión interna, pues los primeros vehículos
funcionales fueron desarrollados en la década de 1880[166], una
época en la que también fue creado, por ejemplo, el motor fuera borda. A
finales del siglo XIX, en ciudades como Londres se introdujeron las primeras
flotas de estos vehículos, que parecían destinados a ganarles la partida a los
que quemaban hidrocarburos. En efecto, los coches eléctricos presentaban varias
ventajas con respecto a sus competidores de gasolina, pues hacían menos ruido,
olían mejor y eran más fáciles de arrancar. Así, a principios del siglo XX casi
el cuarenta por ciento de los automóviles eran eléctricos, frente a un
veintidós por ciento de gasolina y el resto de vapor. Sin embargo, a partir de
1910 la escasa potencia y la limitada autonomía de los vehículos eléctricos les
hizo perder atractivo frente a los cada vez más potentes y rápidos coches de
gasolina, capaces de recorrer largas distancias con un combustible que se fue
abaratando como consecuencia del descubrimiento de grandes reservas de
petróleo. La investigación en cuanto a los coches eléctricos virtualmente se
detuvo, hasta que la necesidad de combatir la contaminación y buscar
alternativas a los hidrocarburos a largo plazo resucitó el interés por ellos a
finales del siglo pasado. Hoy en día, los vehículos eléctricos equipados con
modernas baterías de ion litio son serios competidores de los coches de
gasolina, alcanzando velocidades comparables a las de muchos de ellos y con una
autonomía de cientos de kilómetros[167].
En cuanto
a la pila de combustible, es un dispositivo de conversión de energía similar a
una batería, con la diferencia de que está diseñada para permitir el
abastecimiento continuo de los reactivos. Hay muchos tipos de células de
combustible, aunque la más habitual es la que consume hidrógeno o metanol y
oxígeno del aire. Aunque de momento su comercialización es muy limitada, la
principal ventaja de los vehículos equipados con este dispositivo es que solo
producen agua, lo que los convierte en ideales para reducir la contaminación[168].
Pero si
el automóvil flirtea ya abiertamente con la electricidad, el ferrocarril lo
hace también con su primo el magnetismo, a través del fenómeno conocido como
levitación magnética, un sistema de transporte que utiliza un gran número de
imanes para la sustentación y propulsión de los trenes. Los trenes impulsados
con este método no son mucho más rápidos que los trenes convencionales de alta
velocidad, pero tienen la ventaja de ser más suaves y silenciosos, ya que la
ausencia de contacto con los raíles hace que la única fricción sea con el aire.
Sin embargo, aunque existen actualmente varias líneas en funcionamiento, la
utilización comercial del tren de levitación magnética se ve todavía limitada
por el coste de la infraestructura y el elevado consumo de energía.
Ahora
bien, la larga carrera por desplazarnos cada vez más rápido y más lejos nos ha
llevado, como ya vimos al hablar de los cohetes, a la incipiente conquista del
espacio. Por supuesto, esta no es una frontera cualquiera, sino un territorio
inimaginablemente inmenso en el que, por poner un ejemplo, un avión comercial
tardaría siete años en llegar a un planeta tan cercano como Marte. Es evidente,
pues, que los sistemas de propulsión convencionales son insuficientes para
explorar el sistema solar, por no hablar de alcanzar otras estrellas. Entonces,
la pregunta es si hay nuevas formas de transformar la energía que puedan
ayudarnos a llevar a cabo semejante hazaña.
En honor
a la verdad, hay que decir que en las últimas décadas se han hecho avances
considerables en ese sentido. De hecho, algunas de las sondas más famosas
enviadas al espacio con el fin de estudiar los planetas exteriores, incluyendo
las Pioneer 10 y 11, Voyager 1 y 2, Galileo, Ulysses, Cassini y New Horizons,
han sido equipadas con un generador termoeléctrico de radioisótopos que obtiene
energía eléctrica a partir de la desintegración de elementos radiactivos como
el plutonio-238[169]. Una vez
las sondas han sido aceleradas aprovechando el campo gravitatorio de los
planetas, pueden seguir su curso durante muchos años sin necesidad de repostar.
Así, por ejemplo, el 25 de agosto de 2012, y tras treinta y cinco años de
viaje, la Voyager-1 se convertía oficialmente en el primer objeto fabricado por
el hombre que se adentraba en el espacio interestelar, más allá de la
influencia de nuestro Sol. A día de hoy la legendaria sonda, que contiene un
disco de oro con información acerca de nuestra especie, se encuentra a más de
veinte mil millones de kilómetros de la Tierra, y continúa surcando el
firmamento como una solitaria botella en el inmenso océano cósmico a la
respetable velocidad de diecisiete kilómetros por segundo (más de sesenta mil
kilómetros por hora).
Cosa
distinta sería enviar una nave espacial a otra estrella. Para llegar en un
tiempo razonable al sistema Alfa Centauri, el más cercano a nosotros, haría
falta que la nave viajase a una fracción considerable de la velocidad de la luz
y, como ya sabemos, eso supone un inimaginable consumo de energía. Acelerar una
cosmonave de una tonelada a una décima parte del valor c requiere al menos 4,5
×1017 julios, eso sin incluir las inevitables pérdidas del
mecanismo de propulsión. En la actualidad no disponemos de ningún método para
proporcionar semejante cantidad de energía a una nave, aunque se está
trabajando en el empleo de velas solares y propulsión nuclear de pulso. En el
primer caso, se trata de lanzar la nave al espacio mediante un cohete
convencional y, a continuación, desplegar una o varias láminas reflectantes
capaces de aprovechar la presión de la radiación solar (velas de fotones) o
mallas que intercepten el plasma del viento solar (velas de plasma). La
aceleración de las velas es muy lenta, pero como el empuje se aplica de forma
ininterrumpida y la nave no transporta ni motores ni combustible, es posible
alcanzar velocidades muy superiores a las que proporcionan los motores a
reacción[170]. Aun
así, se calcula que una pequeña nave impulsada de esta forma tardaría al menos
mil años en alcanzar Alfa Centauri, lo cual no parece demasiado práctico.
Nuestras
esperanzas están puestas, por tanto, en sistemas de propulsión más poderosos.
Dejando al margen métodos que ahora mismo pertenecen al terreno de la
ciencia-ficción, tales como el empleo de antimateria, por no hablar de las
supuestas formas de superar la velocidad de la luz (ver capítulo sexto), los
sistemas experimentales más avanzados son las naves espaciales impulsadas por
propulsión nuclear de pulso, un método que utiliza pequeñas explosiones
nucleares para generar el impulso y que, en teoría, debería permitirnos
alcanzar las estrellas más cercanas en cuestión de décadas, en lugar de
milenios. Por desgracia, las investigaciones todavía están en mantillas debido
a la necesidad de desarrollar la fusión por confinamiento inercial, una
tecnología que, tal y como vimos en el capítulo XX, todavía no está disponible.
A todas
luces, nuestra especie ha recorrido, valga la redundancia, un largo camino
desde la época en la que lo único que sabíamos hacer para trasladarnos era
andar, correr o nadar. Ahora navegamos en fuera borda, recorremos miles de
kilómetros en vehículos rápidos como el viento e incluso nos atrevemos a
acercarnos a otros mundos de la mano de espectaculares ingenios que parecen
sacados de una novela de ciencia ficción. Sin duda todo un homenaje a nuestro
ingenio y a lo mucho que hemos aprendido acerca de la energía, ese aliado
omnipresente que se encuentra detrás de cualquier movimiento con el que seamos
capaces de soñar.
Capítulo
XII
La energía en combate
«No sé
qué armas podrían usarse en la Tercera Guerra Mundial. Pero no hay ninguna duda
de qué armas se usarán en la Cuarta: Lanzas de piedra».
Atribuido a Albert Einstein, físico alemán nacionalizado estadounidense
(1879-1955).
Entre
todas las actividades acometidas por el Homo sapiens desde sus orígenes, una de
las que más influencia ha tenido en el estudio de la energía ha sido, por
desgracia, la guerra. En efecto, la victoria en un combate siempre ha tenido
que ver fundamentalmente con la potencia relativa de las tropas enfrentadas, y
por eso los humanos hemos buscado afanosamente la forma de incrementar esa
potencia para beneficio, a ser posible exclusivo, de nuestro bando.
Al
principio, desde el punto de vista energético la guerra era una actividad muy
simple, ya que lo único que se utilizaba era la fuerza de la musculatura, ya
fuese en el combate cuerpo a cuerpo o mediante el empleo de armas arrojadizas,
como lanzas o flechas. Estas últimas suponían un primer desarrollo del concepto
aplicado a la guerra, puesto que, aunque no tenían forma de saberlo, lo que
hacían los arqueros era concentrar una buena cantidad de energía cinética en el
punto donde golpeaba la flecha, lo que facilitaba el atravesar las defensas del
enemigo.
Este
juego de transformación de la energía química obtenida de los alimentos en la
energía mecánica empleada por el guerrero fue el fundamento de los combates
durante muchos siglos, aunque poco a poco se fueron desarrollando armas más
sofisticadas para ayudar en el esfuerzo de guerra. Los caballos, por ejemplo,
eran mucho más fuertes que los hombres y, aunque resultaban caros de mantener,
proporcionaban a menudo una gran ventaja. Por eso, casi todos los ejércitos del
mundo, hasta bien entrado el siglo XX, han contado con importantes recursos
ecuestres. Durante gran parte de la Edad Media, por ejemplo, las cargas de
caballería resultaban prácticamente irresistibles, debido a la enorme cantidad
de energía desplegada por las cabalgaduras al galope. Además, los caballos y
otros animales de tiro podían utilizarse para transportar equipo y armas
pesadas, sobre todo combinados con vehículos de ruedas[171] que
también podían utilizarse como carros de guerra. Estos carros fueron muy
populares entre los ejércitos de Oriente Medio del segundo milenio antes de
Cristo, alcanzando su cenit durante la célebre batalla de Qadesh, librada entre
los egipcios y los hititas hacia 1274 a. C. y en la que se cree que llegaron a
participar entre cinco mil y seis mil carros. En la antigua India, por el
contrario, se utilizaban elefantes a modo de vehículos de combate, una
costumbre adoptada también por los monarcas helenísticos a partir de la batalla
del Hidaspes (326 a. C.), en la que Alejandro Magno tuvo muchas dificultades
para vencer al ejército del rey Poros. Los elefantes, sin embargo, eran a
menudo un arma de doble filo, ya que cuando se descontrolaban podían causar tanto
destrozo en el bando propio como en el contrario.
Batalla entre Alejandro Magno y el rey Poro en Livre des conquestes et faits
d'Alexandre le Grand de Jean Wauquelin, siglo XV.
Dos de
los aspectos de la guerra que llevaron a los estrategas militares a interesarse
más por las innovaciones técnicas fueron los combates navales y los asedios de
fortalezas, cuyo asalto requería en muchas ocasiones de maquinaria
especializada. En la Antigüedad se desarrollaron mucho los espolones para las
naves de guerra y los arietes para el asalto a las ciudades, dos formas de
concentrar la energía mecánica en los puntos más débiles de las defensas del
enemigo. Con el tiempo, se inventaron también artefactos que aumentaban mucho
la potencia de las armas arrojadizas, tales como el arco compuesto, los
escorpiones romanos, las ballestas o las catapultas, todos los cuales
acumulaban grandes cantidades de energía potencial. El colmo de este tipo de
máquinas fue el trabuquete, que aprovechaba para su funcionamiento la gravedad
terrestre. En él, se soltaba un contrapeso previamente izado mediante cuerdas
que, al ser más pesado que el proyectil, lo lanzaba a gran velocidad hacia la
muralla, con resultados a menudo espectaculares.
Todo esto
no significa, sin embargo, que la única forma de energía empleada con fines
bélicos fuese siempre la mecánica. El fuego era utilizado innumerables veces, y
la anécdota más difundida de la vida de Arquímedes (ca. 287 a. C.-ca. 212 a.
C.) es la supuesta utilización de espejos ustorios para incendiar las naves
romanas durante el asedio de Siracusa. En este caso nos encontraríamos ante un
auténtico intento de utilizar directamente la energía solar para derrotar al
enemigo, aunque a lo largo de los siglos ha existido un encendido debate acerca
de si el incidente tuvo lugar en realidad. Por un lado, es perfectamente
posible quemar objetos grandes de madera concentrando sobre ellos la luz del
Sol, ya sea mediante espejos o por otros medios, y además la anécdota es
relatada como verídica por escritores del mundo clásico de la talla de Galeno o
Luciano de Samosata. Sin embargo, resulta llamativo que las primeras
referencias conocidas al asunto sean del siglo II, más de trescientos años
después del sitio de Siracusa, así como que los mejores historiadores romanos
no lo mencionasen, ni siquiera Polibio, quien nació tan solo unos años después
del asedio. Por su parte, Plutarco, en su crónica del conflicto, describe con
detalle los artilugios utilizados por Arquímedes en la defensa de la ciudad,
incluyendo postes, pesos, «manos de hierro» y «picos de grulla», pero no habla
de ningún espejo. Además, los experimentos llevados a cabo apuntan hacia la
necesidad de que el objetivo se mantenga quieto en una situación de cielo
despejado, siendo bastante improbable que los romanos anclasen sus barcos o que
concentrasen en el llamado Puerto Grande de Siracusa un número de ellos tan
elevado que restringiese mucho su movilidad. Por último, el lanzamiento de
proyectiles en llamas parece un método mucho más simple de incendiar los barcos
que se acerquen a unas murallas.
Sea como
fuere, el empleo de sustancias incendiarias capaces de desplegar gran cantidad
de energía térmica está bien documentado a lo largo de la Antigüedad, por lo
menos desde los tiempos del Imperio asirio. Los historiadores del mundo
greco-romano Tucídides y Julio el Africano describen a su vez con detalle el
uso de mezclas incendiarias, que en la mayoría de los casos contenían azufre,
petróleo y sustancias bituminosas, y existen evidencias de que a partir de
finales del siglo VII el Imperio bizantino comenzó a utilizar el famoso «fuego
griego». El origen de esta peligrosa mezcla no está del todo claro, aunque el
cronista Teófanes el Confesor se lo atribuye a un tal Calínico, un arquitecto
fenicio que habría escapado de la conquista musulmana. Es muy probable, sin
embargo, que la receta ya existiese años antes y que Calínico simplemente la
mejorase. La eficacia del fuego griego, que continuaba ardiendo incluso en el
agua, se tornó legendaria cuando su empleo se mostró fundamental para rechazar
los dos primeros asedios de Constantinopla por parte de los musulmanes. Debido
a que se trataba de un secreto celosamente guardado, desconocemos la
composición exacta de la mezcla, aunque lo más probable es que se preparase a
base de petróleo crudo mezclado con resinas y otras sustancias.
El
temible fuego griego fue utilizado en la zona durante siglos, convirtiéndose en
un precursor de la pólvora, la sustancia que cambiaría para siempre el arte de
la guerra. La pólvora es una mezcla de salitre (nitrato potásico), carbón y
azufre que inventaron los chinos y que fue introducida en Europa por árabes y
bizantinos a principios del siglo XIII. Cuando se prende, los gases que se
forman se expanden en fracciones de segundo, transformando la energía química
en una dosis de energía mecánica capaz de lanzar un proyectil a una velocidad
muy superior a la de cualquier sistema inventado con anterioridad. Como
ejemplo, una flecha puede viajar, como mucho, a unos trescientos cincuenta
kilómetros por hora si es lanzada por un arco o a no más de setecientos kilómetros
por hora si lo es por una ballesta, mientras que la bala más lenta supera con
holgura los mil kilómetros por hora.
Aunque
los chinos aprovecharon la pólvora para fabricar una amplia variedad de
lanzallamas, cohetes, bombas y minas terrestres, al principio la pólvora solo
se usaba en Occidente para disparar metralla mediante tubos de madera, de forma
parecida a lo que se hace hoy en día con los fuegos artificiales. Estos
artilugios eran muy imprecisos y surtían un efecto poco relevante, más allá del
ruido y la pirotecnia. Entonces, según la tradición alemana, Bertoldo el Negro
(Bertholdus Niger o Berthold Schwarz), un monje teutón que practicaba la
alquimia, habría conseguido adaptar el uso de la pólvora a armas de mayor
calibre y potencia, dando el paso decisivo para el desarrollo de la artillería.
No obstante, la autoría del belicoso monje no está demostrada (hay muchos que
piensan que se trata de un personaje ficticio), ya que los anales de la ciudad
de Gante mencionan el empleo de armas de fuego de cierta precisión en Alemania
ya en 1313, y los andalusíes la documentan desde mediados del siglo XIV,
habiendo quien sugiere que hay indicios de su presencia desde finales del siglo
anterior, concretamente en la defensa de la fortaleza de Niebla, en Huelva. Es,
por tanto, muy probable que la introducción de la artillería en Europa fuese en
realidad cosa de los árabes.
Desde
finales del siglo XV, el desarrollo de las armas de fuego desterró para siempre
las prácticas que habían dominado el escenario militar durante milenios. Las
corazas eran incapaces de detener los proyectiles, las murallas se derrumbaban
cuando disparaban los cañones y los barcos de madera saltaban en pedazos ante
el irresistible poder de la artillería. En 1453, Constantinopla, la capital del
Imperio bizantino que había resistido los ataques musulmanes durante siglos,
cayó finalmente en manos turcas como consecuencia, entre otras cosas, del
impacto de los proyectiles lanzados desde grandes cañones sobre las hasta
entonces impenetrables murallas. Y en 1503, el empleo masivo de los arcabuces[172] en
la batalla de Ceriñola por parte del Gran Capitán demostró que las armas de
fuego eran perfectamente capaces de anular a la caballería. Como consecuencia
de batallas como esta, en las primeras décadas del siglo XVI todos los
ejércitos adoptaron el nuevo tipo de armamento, que ya no tuvo rival
prácticamente hasta nuestros días.
Sin
embargo, y a pesar de las continuas mejoras introducidas en la pólvora, a
mediados del siglo XIX los gobiernos de las grandes potencias comenzaron a
buscar explosivos más potentes. En 1847, el químico italiano Ascanio Sobrero
(1812-1888) descubría la nitroglicerina, una sustancia que al detonar producía
gases que ocupaban instantáneamente un volumen mil doscientas veces mayor que
el original, liberando el calor suficiente para elevar la temperatura hasta los
cinco mil grados centígrados[173]. El
poder de la nitroglicerina como explosivo era muy superior al de la pólvora
negra, pero se trataba de un compuesto muy inestable cuyo traslado a menudo
provocaba graves accidentes. No fue hasta 1867 cuando el sueco Alfred Nobel
(1833-1896), que había perdido a un hermano suyo tres años antes en una
explosión de la temible sustancia en su fábrica de armamento de Heleneborg,
patentaba la fórmula de la dinamita, originariamente una mezcla de
nitroglicerina con tierra de diatomeas mucho más estable y que permitía
disponer de un explosivo de alta potencia, versátil y relativamente seguro de
transportar y almacenar.
Nobel
multiplicó la riqueza de su familia con la dinamita y fue su mala conciencia, o
quizá su malestar al verse tachado de «mercader de la muerte» por la prensa[174], lo que
le hizo dedicar la mayor parte de su dinero a fundar los célebres premios que
llevan su nombre. Por otra parte, la carrera por desarrollar mejores explosivos
continuó durante el resto del siglo, culminando en 1891 con el desarrollo de la
cordita, también llamada «pólvora sin humo», una mezcla de nitrocelulosa
(«algodón pólvora»), nitroglicerina y vaselina. La nitrocelulosa había sido
descubierta en 1845, cuando el químico germano-suizo Cristian Friedrich
Schönbein (1799-1868), el descubridor de la pila de combustible, intentó
limpiar el ácido nítrico que se había derramado accidentalmente en la cocina de
su casa con el delantal de su mujer, que era de algodón. Al intentar secar el
delantal sobre la estufa, el algodón se inflamó inmediatamente, ya que se había
transformado en nitrocelulosa. El nuevo compuesto era mucho más limpio que la
pólvora, produciendo un humo mucho menos denso, pero su molesta tendencia a
explosionar espontáneamente hizo que su uso militar se retrasase varias
décadas, hasta que James Dewar y Frederick Augustus Abel consiguieron una
mezcla más estable que podía prensarse en forma de cuerdas, de ahí el nombre de
cordita.
El Huolongjing o Manual del Dragón es un tratado militar chino del siglo
XIV, durante la dinastía Ming, en el que, a modo de guía, se recopilan armas de
fuego con pólvora desde 1280. En él se incluyen flechas de fuego, bombas,
cohetes, minas, lanzas de fuego, cañones de mano y cañones montados sobre
ruedas.
Como
vemos, los explosivos de nitrógeno estaban llamados a reemplazar a la pólvora,
y no solo en la guerra sino también en las grandes obras públicas. De entre las
muchas variedades inventadas, uno de los más interesantes es el trinitrotolueno
(TNT), fabricado por primera vez en 1863 por el químico alemán Julius Bernhard
Friedrich Adolph Wilbrand (1839-1906) y adoptado por el ejército alemán en 1902
como explosivo preferido para rellenar los proyectiles de artillería. Utilizado
en munición antiblindaje, el TNT tenía la ventaja de que explotaba después de
que los proyectiles penetrasen en el interior de los buques de guerra enemigos,
mientras que los proyectiles rellenos con otros explosivos tendían a hacerlo
cuando el proyectil chocaba contra el blindaje, malgastando gran parte de la
energía en el exterior.
Un
aspecto inesperado e interesante de la evolución del armamento desde el punto
de vista energético se produjo a finales del siglo XIX y comienzos del XX como
consecuencia del creciente calibre de las piezas de artillería. En efecto, el
calor desprendido por la gran cantidad de explosivo necesaria para impulsar
proyectiles cada vez más grandes y pesados terminaba por dañar los cañones,
hasta el punto de volverlos inservibles. El problema se agudizó durante la
Primera Guerra Mundial con el empleo de monstruos como el alemán «Gran Berta»,
un gigantesco cañón cuyos obuses pesaban una tonelada. Para minimizar el
problema, los propios alemanes empezaron a tratar el acero con otros metales
como el molibdeno, que se funde a más de 2600 ºC y tiene la propiedad de
cohesionar los átomos de hierro, dando lugar a un tipo de acero mucho más
resistente al calor.
That liberty shall not perish from the earth, «Esta libertad no desaparecerá
de la tierra», fue el lema del cartel de la cuarta campaña de bonos de guerra
de 1918 del gobierno estadounidense creado por Joseph Penell. En la ilustración
aparecía la ciudad de Nueva York bombardeada y envuelta en una tormenta de
fuego. Una imagen profética ya que en esa época todavía no había armamento que
pudiese provocar tal efecto. [Library Congress]
Otro de
los aspectos más relevantes para la tecnología bélica en las primeras décadas
del siglo XX fue la incorporación de los nuevos motores de combustión interna,
que tuvieron un papel fundamental durante la Gran Guerra. Los aliados, en
concreto, gozaron de la ventaja de contar con un buen número de camiones a
gasolina, más rápidos que los caballos y mucho más flexibles que el ferrocarril
a la hora de trasladar tropas y suministros al frente. Los británicos, además,
desarrollaron el tanque, un revolucionario vehículo destinado a dominar en el
futuro los campos de batalla debido a su capacidad para cruzar las líneas
defensivas, aunque estuviesen protegidas con trincheras o alambre de espino.
Los motores de combustión interna permitieron también el diseño y fabricación
de aviones, de modo que, por primera vez en la historia, la guerra se libraba
en el aire. En el mar, las viejas calderas de vapor también se vieron
sustituidas por los modernos motores. En una famosa cena de la Conferencia
Interaliada sobre el Petróleo celebrada en Londres en 1918, el presidente lord
Curzon declaró que «la causa aliada se ha deslizado hasta la victoria sobre una
ola de petróleo».
El colmo
del empleo de los explosivos convencionales en los conflictos bélicos tuvo
lugar durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el desarrollo de bombas y
proyectiles alcanzó su máxima expresión. Las bombas incendiarias, por ejemplo,
que acompañaban el explosivo con sustancias como el fósforo blanco, fueron
utilizadas con profusión y fueron responsables de las auténticas «tormentas de
fuego» que se produjeron en varias ciudades alemanas bombardeadas a partir de
1942. Los alemanes, por su parte, en 1944 pusieron en funcionamiento la V1, el
primer misil de crucero del mundo, y la célebre V2[175], el
primer misil balístico de la historia. Estas armas iban equipadas
respectivamente con ochocientos cincuenta y novecientos ochenta kilos de amatol
(mezcla de TNT con nitrato de amonio) y golpeaban el objetivo con una velocidad
que, en el caso de la V2, alcanzaba los ochocientos metros por segundo. Con
semejante velocidad no había defensa alguna contra la V2, como no la habría
contra ningún otro misil balístico hasta que se desarrollaron los modernos
sistemas antimisiles durante la Guerra Fría. Aunque estas armas no pudieron
cambiar el curso de la guerra, el interés que despertaron entre los antiguos
aliados hizo que, acabada la contienda, los rusos y los estadounidenses
rivalizasen por hacerse con los servicios de los técnicos y científicos nazis
que trabajaron en el proyecto, el más famoso de los cuales fue el célebre
Wernher von Braun (1912-1977), que terminaría siendo fundamental en el
desarrollo del proyecto Apolo y del cohete Saturno V que llevaron al hombre a
la Luna.
Von Braun
fue un personaje muy controvertido. Aunque dudó en hacerlo, se enroló en las SS
para continuar con su trabajo, y en las instalaciones de Peenemünde trabajaban
prisioneros de los campos de concentración en condiciones de esclavitud, de los
que se estima que murieron unos veinte mil. Por otra parte, tuvo problemas con
la Gestapo al decir públicamente que los objetivos de Hitler le importaban un
pimiento. A él solo le interesaban los viajes interplanetarios. Al final de la
guerra consiguió eludir a los soviéticos, que estuvieron a punto de capturarlo,
para entregarse a los americanos, que le ofrecieron perdonarle su pasado nazi a
cambio de sus servicios. Años después, el brillante ingeniero obtuvo la
nacionalidad estadounidense y se convirtió en todo un héroe cuando sus padrinos
adoptivos consiguieron llegar a la Luna. Le habían perdonado todo, desde la V2
a los esclavos.
Ahora
bien, hasta ahora solamente hemos hablado de la relación de la energía con las
armas ofensivas, sin detenernos demasiado en aquellas empleadas en la defensa,
que a efectos bélicos resultan casi igual de importantes. En ese sentido, los
antiguos escudos y corazas proporcionaban cierta protección frente a las armas
blancas, ya que disipaban con eficacia la relativamente escasa energía cinética
de los golpes, pero nada podían hacer contra las armas de fuego, cuyo poder de
penetración es muy superior. Aunque durante la Edad Moderna y las dos guerras
mundiales ha habido intentos para mejorar la protección de los soldados con
corazas de metal, capas de algodón, seda[176] o
plástico, ha habido que esperar a 1972 para que apareciesen los chalecos
antibalas de Kevlar, una poliamida sintética cuyas fibras son ligeras, a la par
que extremadamente resistentes.
La
estructura del Kevlar, cuyas cadenas moleculares están dispuestas en dirección
del eje de las fibras y enlazadas entre ellas mediante gran cantidad de puentes
de hidrógeno[177], explica
su excepcional tenacidad, no en vano es capaz de absorber alrededor de
cincuenta megajulios por metro cúbico antes de romperse, lo que equivale a
decir que es ocho veces más tenaz que el acero. Los chalecos de Kevlar, cuyas
fibras a veces se complementan con placas metálicas o de cerámica, son
empleados de forma rutinaria por las fuerzas armadas y de seguridad de casi
todas las naciones del mundo, a pesar de que no pueden detener las balas de un
fusil de alta velocidad ni la munición antiblindaje. Esta última es también muy
eficaz contra los carros de combate, pues los proyectiles puntiagudos
revestidos de una aleación de wolframio o de uranio empobrecido son capaces de
atravesar hasta ochocientos milímetros de acero a más de dos kilómetros de distancia.
En estos casos, el secreto está, una vez más, en concentrar una enorme cantidad
de energía cinética en un punto concreto, convirtiendo en insuficiente el
efecto disipador del blindaje.
Anuncio de chaleco antibalas para soldados en 1862. [Harper's Weekly]
Como ven,
los principios básicos son muchas veces los mismos que los de miles de años
atrás.
Pero la
historia de la relación entre la energía y la guerra no termina ni mucho menos
con las armas de fuego y los explosivos convencionales. La primera mitad del
siglo XX fue sin duda la época de la historia en la que más rápido cambió la
tecnología militar, dado que el empleo generalizado de los motores de
combustión interna permitió, como ya hemos dicho, la aparición de aviones,
carros de combate y otros vehículos, además de navíos mucho más potentes; pero
es que, además, tuvo lugar el advenimiento de las armas químicas y de la
energía nuclear.
En honor
a la verdad, la guerra química tampoco era una novedad, ya que existen pruebas
de la utilización de sustancias ponzoñosas para hacerle la pascua al enemigo ya
desde la Antigüedad. Sin embargo, en el sentido moderno de la expresión, el
empleo de sustancias tóxicas en combate comenzó en 1915, en plena Primera
Guerra Mundial, con simpáticos venenos como el fosgeno o el gas mostaza[178].
Posteriormente, los alemanes desarrollaron en los años treinta los primeros
agentes nerviosos, cuyos sucesores equipan hoy en día los más o menos
inconfesables arsenales químicos que hay en el planeta. Catalogados como armas
de destrucción masiva, han sido empleados en algunos conflictos recientes,
sobre todo en Oriente Medio[179], y su
control constituye una pesadilla para los servicios antiterroristas de todo el
mundo debido a que los componentes con los que se fabrican están disponibles
comercialmente. La relación de estos venenos —también conocidos como
organofosforados, debido a que son moléculas orgánicas que contienen átomos de
fósforo— con la energía es curiosa, ya que matan a sus víctimas bloqueando las
señales eléctricas del impulso nervioso que activan los músculos, al inhibir la
enzima conocida como acetilcolinesterasa[180].
Nube atómica sobre Nagasaki vista desde un B-29 en 1945. [US Gov.]
Sin
embargo, la reina de las modernas armas de destrucción masiva no es otra que la
energía nuclear. En todos los explosivos, los agentes destructivos inmediatos
son siempre la energía cinética y la energía térmica desplegadas, pero en
sustancias como la pólvora o la nitroglicerina el verdadero origen de su poder
está en la energía almacenada en los enlaces químicos de las moléculas. En
cambio, en los explosivos atómicos se trata de otro tipo de energía potencial,
en este caso la encerrada dentro del núcleo de determinados átomos, como el de
uranio-235 o el de plutonio-239. La gran «ventaja» de las armas nucleares con
respecto a las de sustrato químico es que su capacidad destructiva es
incomparablemente superior, debido a la gigantesca cantidad de energía que se
genera en la aniquilación de una pequeña porción de materia[181]. De
hecho, su potencia se mide habitualmente en millones de toneladas equivalentes
de TNT, o megatones. Por ejemplo, la bomba atómica de Hiroshima, la primera de
la historia empleada en un conflicto bélico, contenía sesenta y cuatro kilos de
uranio que explosionaron con una potencia de 0,016 megatones, es decir, nada
menos que el equivalente a dieciséis mil toneladas de TNT. Y las bombas de
hidrógeno más potentes equivalen a varias decenas de millones de toneladas.
Además, los explosivos nucleares esparcen radiactividad, lo que multiplica su
letalidad.
La
historia de las armas nucleares comenzó en 1905, año en el que el gran Albert
Einstein definió la equivalencia entre masa y energía, y se desarrolló
fundamentalmente a partir de 1938, cuando los alemanes Otto Hahn y Fritz
Strassman descubrieron la fisión nuclear, tal y como expusimos en el capítulo
seis. A pesar de todas las pruebas realizadas con posterioridad, las bombas
atómicas solamente han sido utilizadas en dos ocasiones, al final de la Segunda
Guerra Mundial, y es probable que la sensatez de los gobernantes impida que
vuelvan a serlo. Hasta ahora, la mayor explosión de este tipo, que de hecho ha
sido la mayor provocada por el hombre por cualquier método, tuvo lugar en 1961,
cuando la Unión Soviética hizo detonar la llamada «Bomba del Zar», una bomba de
hidrógeno de tres etapas que con sus cincuenta megatones alcanzó una potencia
equivalente al 1,38 % de la radiada por el Sol, liberando una energía que viene
a ser una cuarta parte de la asociada con la erupción del volcán Krakatoa[182]. Para
que se hagan una idea de lo que estamos diciendo, la explosión pudo ser vista a
mil kilómetros de distancia, la onda de choque fue capaz de romper cristales
gruesos a más de novecientos y el calor desprendido podría haber ocasionado
quemaduras de tercer grado a una persona que se hubiese encontrado a unos cien.
La Bomba
del Zar era tan descomunal que en realidad carecía de aplicación práctica, de
modo que sus fines eran más propagandísticos que bélicos, pero nos muestra el
enorme poder que han alcanzado este tipo de armas, una sola de las cuales puede
destruir una zona urbana tan grande como la de Nueva York o Tokio. De los dos
tipos de explosivos nucleares desarrollados, los más potentes son los de
fusión, que aprovechan la energía liberada cuando se forma helio a partir del
hidrógeno, frente a los de fisión, más antiguos y basados en la desintegración
del uranio o del plutonio. De hecho, la gran cantidad de energía necesaria para
la ignición de una bomba de fusión requiere de la explosión de una pequeña
bomba de fisión que dé lugar a la nueva reacción nuclear.
Pero lo
peor de los explosivos nucleares es que no solo tienen esa capacidad de
destrucción inmediata, sino que además desparraman radiactividad, de forma que
sus efectos sobre animales y seres humanos se prolongan a veces durante
décadas. De hecho, sería posible construir bombas revestidas de cobalto-59, que
al explosionar liberarían cobalto-60, un peligroso isótopo de este elemento
químico con una vida media superior a cinco años que al desintegrarse emite
radiación gamma de alta intensidad. En 1950, el físico de origen húngaro Leo
Szilárd (1898-1964), uno de esos personajes poco conocidos que sin embargo
tuvieron un papel crucial en la primera mitad del siglo XX[183], alertó
en un programa de radio acerca de la posibilidad de que el empleo generalizado
de bombas de este tipo pudiese acabar con toda la vida sobre la Tierra, y el
gobierno estadounidense llegó a tomárselo en serio durante una temporada. Por
fortuna, la temible bomba de cobalto no ha sido construida jamás, salvo en la
famosa película de 1964 Dr. Strangelove (en España, ¿Teléfono rojo? Volamos
hacia Moscú), en la que los rusos desarrollan la «bomba del Juicio Final». De
momento, el cobalto-60 solamente lo utilizamos para machacar el cáncer en las
unidades de quimioterapia, y es de esperar que no lo usemos nunca para nada
más.
Por
desgracia, hay otros dispositivos poco menos destructivos que el arma del
Juicio Final que sí han sido puestos en funcionamiento. Es el caso de la
llamada «bomba de neutrones», una derivación de la bomba de hidrógeno
desarrollada por Estados Unidos en los años sesenta del siglo pasado y
desplegada en forma de ojivas para misiles en las décadas de los setenta y
ochenta, principalmente. Una bomba de este tipo presenta un bajo rendimiento
explosivo, por lo que su impacto sobre edificios e infraestructuras es mínimo,
pero emite radiactividad (rayos X y gamma, fundamentalmente) en una proporción
varias veces superior a la de una bomba de hidrógeno. La radiación es de corta
duración pero elevada intensidad, lo que se traduce en graves daños para los
seres vivos, aunque se encuentren dentro de vehículos o instalaciones
blindadas. Además, su efecto puede trasmutar el hierro de los tanques
convirtiéndolo en el temido cobalto-60. Por todo ello se considera a estas
bombas como armas tácticas ideales, destinadas principalmente al campo de
batalla.
Desde un
punto de vista energético, ¿cómo funciona una bomba de este tipo? En estas
armas se elimina cualquier material que pueda absorber los neutrones que
típicamente se desprenden en una explosión nuclear, a costa de reducir la
potencia explosiva.
Así, se
produce el máximo número de neutrones posible, reduciéndose a la vez la onda
expansiva, el calor emitido y la duración de las emisiones radiactivas, algo
que permite a las tropas del propio bando ocupar el terreno posteriormente sin
demasiado peligro.
Póster promocional de la película ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.
[Columbia Pictures, Hawk Films]
Estas
bombas contienen grandes cantidades de deuterio y, sobre todo, de tritio, dos
isótopos del hidrógeno que entran en una proporción del 28,5 % y el 71,5 %,
respectivamente. La detonación de una bomba de un kilotón de potencia puede
matar a la tripulación de un carro de combate pesado a ochocientos metros de
distancia. También se pueden usar para equipar misiles antibalísticos dada la
capacidad de la lluvia de neutrones para inutilizar los misiles enemigos.
Pero
¿cuántas armas atómicas hay en el mundo? Pues demasiadas. La doctrina de
disuasión aplicada por la Unión Soviética y Estados Unidos a partir de los años
cincuenta, sobre la base de que una guerra nuclear aseguraría la destrucción
mutua e impediría de esta manera que ninguno de los dos la comenzase, provocó
una carrera de armamento que desembocó en la fabricación de miles de ellas.
Así, y aunque el deshielo político a partir de la década de los setenta dio
lugar a una reducción parcial de los arsenales, a día de hoy tanto los rusos
como los estadounidenses cuentan con más de seis mil cabezas nucleares, de las
que ambos tienen desplegadas unas mil setecientas. Además otros países también
disponen de algunas, aunque el noventa por ciento de ellas pertenece a los dos
viejos rivales. En total, en 2020 había en el mundo trece mil ochocientas
sesenta y cinco de estas ominosas armas, un número suficiente como para
eliminar varias veces toda la vida sobre el planeta.
Como
vemos, la humanidad ha llegado a un punto en el que dispone de herramientas de
destrucción con la potencia suficiente como para desaparecer como especie, sin
duda un gran cambio desde la época en la que utilizábamos quijadas de burro
para combatir a los que considerábamos nuestros enemigos. Y, sin embargo,
seguimos todavía buscando armas cada vez más sofisticadas y que utilizan las
formas de energía más variadas[184], algo
que en el fondo solo sirve para mostrar una de las paradojas inherentes al ser
humano: que seamos capaces de empeñar todo nuestro ingenio en desperdiciar
inútilmente grandes cantidades de energía para ayudarnos a morir.
Capítulo
XIII
El calentamiento global y el dilema energético
«Las
revoluciones verdaderamente importantes de la historia se producen cuando una
nueva tecnología de comunicación se funde con un régimen energético emergente
para crear un paradigma completamente nuevo».
Jeremy Rifkin, sociólogo y economista estadounidense (1945-).
Como
hemos visto a lo largo de este libro, la relación de nuestra especie con la
energía siempre ha estado impulsada por la búsqueda de más y mejores fuentes de
la misma, con objeto de que ello facilitase paulatinamente la difícil y a veces
atormentada existencia de unos individuos que, por primera vez en la historia
de la evolución, eran conscientes de sus limitaciones.
De entre
todas las fuentes de energía con las que nos encontramos tras aparecer en un
lejano rincón de África, la única que aprendimos relativamente pronto a
manipular de forma masiva fue el fuego, ya que no teníamos forma de controlar
cosas como el rayo, el viento, los saltos de agua o la mismísima luz solar
salvo en aplicaciones puntuales. Dado que el fuego se producía fundamentalmente
al quemarse la madera, puede decirse que la primera fuente de energía «no
muscular» utilizada por la humanidad a gran escala fue la encerrada en los
enlaces de carbono[185]. Así, y
durante milenios, la combustión de la madera fue casi el único proceso
relevante que pudimos utilizar para calentarnos, cocinar nuestros alimentos o
fundir los metales con vistas a fabricar armas y herramientas.
Con el
tiempo, algunas personas de talento excepcional fueron capaces de encontrar
soluciones para controlar el poder del agua y del viento, de modo que los
molinos tanto eólicos como hidráulicos fueron empleados aquí y allá para llevar
a cabo trabajos tales como moler el grano a gran escala. En nuestros días,
todavía es posible contemplar algunos asombrosos ejemplos del genio de nuestros
antepasados como el sistema de molinos de viento de Nashtifan, en Irán, que
lleva en funcionamiento desde hace más de mil años, o el complejo hidráulico
romano de Barbegal, en el sur de Francia, definido en alguna ocasión como «la
mayor concentración conocida de energía mecánica en el mundo antiguo». Sin
embargo, el rol protagonista de la madera como medio fundamental para la
obtención de energía no se vio eclipsado hasta finales del Siglo de las Luces,
cuando el vapor generado calentando agua pasó a convertirse paulatinamente en
el nuevo estándar de las modernas sociedades industriales.
Curiosamente,
la idea de usar el vapor como medio para mover cosas era muy antigua, tanto que
hay que remontarse a la Roma del siglo I a. C., en la que sabemos que Vitruvio,
el famoso polímata, hace referencia a lo que él llama eolípila, una bola
metálica hueca y llena de agua que al calentarse expele vapor. El concepto
sería desarrollado y puesto en práctica décadas más tarde por Herón de
Alejandría (?-ca. 65), uno de esos personajes fabulosos que surgieron al amparo
de la gran urbe ptolemaica. Posiblemente el mayor genio de la Antigüedad junto
con Arquímedes, Herón fue un portentoso ingeniero del siglo I que escribió
sobre geometría, mecánica, ingeniería, armamento militar, óptica, métrica,
agrimensura y construcción de autómatas. Además, se convirtió en todo un
experto en hidráulica, siendo diseñador de maravillosos mecanismos automáticos
que servían tanto para abrir las pesadas puertas de un templo como para dotar
de melodiosos sonidos a una fuente o, incluso, accionar un complicado teatro
mecánico. Entre sus muchas genialidades, Herón convirtió la eolípila en una
caldera conectada a una esfera giratoria de la cual salían a su vez dos tubos
huecos en sentidos opuestos. Cuando se calentaba agua en la caldera, el vapor
entraba en la esfera y salía disparado por los tubos orientados de forma
tangencial, lo que hacía que la esfera girase a gran velocidad. Se trataba nada
menos que de una rudimentaria turbina de vapor. Por desgracia, Herón veía el
dispositivo como un juguete, y nunca pensó en continuar desarrollando la idea
subyacente[186]. Como
ven, puede que la desidia del, por otra parte, asombroso inventor hiciera que
el mundo perdiese la oportunidad de entrar en la era industrial mucho antes de
la época moderna.
A pesar
de algunas disquisiciones teóricas, el poder del vapor no fue realmente tomado
en serio hasta el siglo XVII[187], a
finales del cual el francés Denis Papin (1647-1712), otro inventor
extraordinario que desarrolló todo tipo de diseños y que se había trasladado a
Inglaterra para escapar de la creciente persecución religiosa que en su país
sufrían los protestantes, presentó ante la Royal Society la primera olla a
presión de la historia, que incorporaba una válvula de seguridad para controlar
la fuerza del vapor. La olla de Papin bien podría haberse quedado en otra mera
curiosidad, pero los tiempos habían cambiado. En Inglaterra, por ejemplo, había
mucha gente preocupada por el problema de las aguas subterráneas, que
dificultaba enormemente la minería. Las bombas existentes no tenían la potencia
suficiente como para sacar el agua de las minas, y eso llevó a otro inventor,
el inglés Thomas Savery (1650-1715), a la ocurrencia de condensar vapor para
que el vacío resultante «tirase» del agua sacándola del fondo de la mina[188]. Hay que
decir que semejante idea bebía de las fuentes de los estudiosos de la época
sobre el concepto de presión atmosférica[189], unos
conocimientos que el bueno de Herón de Alejandría nunca tuvo disponibles. El
caso es que Savery se asoció con otro inventor, Thomas Newcomen (1663-1729),
que mejoró el diseño de su tocayo incorporando también algunas de las ideas de
Papin, hasta convertirlo en una máquina realmente útil.
Dibujo lineal del motor de bombeo atmosférico de Newcomen a partir de un
dibujo de 1826. [Museos de Victoria, Australia]
A partir
de 1712, las máquinas de Newcomen, también llamadas «máquinas de fuego» o
«máquinas atmosféricas», se extendieron por toda Inglaterra, sembrando la
semilla de lo que hoy en día conocemos como Revolución Industrial. La
transformación tecnológica y social más importante desde el Neolítico iba a ser
fruto de la primera transición energética de la historia de la humanidad, que
pasaba de quemar madera a producir vapor a destajo. Naturalmente, el vapor se
formaba calentando agua, pero la industria comenzó a sustituir la madera por el
propio carbón que se extraía de las minas, cuya capacidad calorífica es muy
superior a la de aquella.[190] Fue
la pescadilla que se muerde la cola. La máquina de Newcomen permitía extraer el
carbón de las minas con eficacia y ese mismo carbón se quemaba para producir el
vapor que hacía funcionar la máquina.
La
máquina de Newcomen era mejorable, sobre todo porque consumía mucho combustible
calentando y enfriando continuamente el cilindro donde se producía la expansión
del vapor que movía el artefacto, y eso es lo que unos cincuenta años más tarde
solucionaría el escocés James Watt (1736-1819) acoplándole un condensador
separado. Watt estuvo a punto de arruinarse, pero al final encontró la
financiación necesaria para construir en 1774 la primera auténtica máquina de
vapor por derecho propio. De la mano del invento del escocés y de sus
posteriores perfeccionamientos, la Revolución Industrial se extendió a lo largo
del siglo XIX desde Gran Bretaña al resto de Europa, llenando el continente de
ferrocarriles, altos hornos y una pléyade de industrias boyantes que cambiaron
por completo las condiciones de vida de nuestra especie.
Dependiendo
del lugar, la transición del viejo protagonismo omnipresente de la madera a la
combinación carbón-vapor tardó entre noventa y cinco y ciento sesenta años en
producirse.[191] Hoy
en día este proceso puede parecernos sorprendentemente lento, pero en su
momento resultó vertiginoso. En 1900, el mundo había pasado de la economía
eminentemente rural y agrícola en la que los campesinos trabajaban de sol a sol
y que había durado milenios, a una sociedad industrial y urbana en la que las
chimeneas de las fábricas dominaban el paisaje y donde legiones de trabajadores
con sueldos de miseria se apelotonaban en los suburbios de las grandes
ciudades. Un extraterrestre que hubiese visitado la civilización terrícola en
1800 y hubiese regresado cien años más tarde, sencillamente no la habría
reconocido.
Pero el
reinado del carbón y el vapor, fruto de esta primera transición energética, iba
a durar mucho menos que el largo dominio de la madera. En efecto, la propia
inercia de la industrialización llevaba a explorar mecanismos más eficientes
que las aparatosas máquinas de vapor, caras de mantener y farragosas de
manejar, de las que las locomotoras de la época eran un buen ejemplo. Quizá por
eso el mundo empezó a buscar sustitutos más limpios, cómodos y seguros,
echándose pronto en brazos de la electricidad. Como hemos visto en el capítulo
cuatro, esta proporcionaba al usuario una versatilidad que se encontraba a años
luz de la que podía ofrecer el vapor, y los motores eléctricos eran por lo
general más limpios y seguros que sus desfasados colegas.
Por
descontado, la electricidad había que obtenerla de algún sitio, y la vía más
fácil seguía siendo quemar carbón. Sin embargo, pronto aparecería un nuevo
reservorio de energía que en unas décadas sustituiría a la negra sustancia como
combustible de preferencia. Ese nuevo candidato, el petróleo (del griego
πετρέλαιον, «aceite de roca»), no era del todo desconocido para la humanidad ya
que, de forma natural, aquí y allá venían apareciendo depósitos de
hidrocarburos, como el asfalto o el alquitrán, que las antiguas civilizaciones
habían empleado para engrasar pieles, calafatear embarcaciones, en la
construcción o incluso como sustituto del aceite vegetal en las lámparas.
Durante la Edad Media, los musulmanes explotaron los campos petrolíferos de lo
que hoy es Azerbaijan para llevar a cabo en sus alambiques las primeras
destilaciones que producían queroseno para las lámparas y sustancias
inflamables de uso militar, alguna de las cuales, como el famoso fuego griego,
llegaron a hacerse legendarias.[192]
Las
alusiones al «aceite de roca» y sus muchas aplicaciones se hicieron más
frecuentes durante la Edad Moderna, hasta que en 1847 el químico James Young
(1811-1883) —otro escocés— descubrió una filtración de petróleo en una mina de
carbón a partir de la cual destiló dos tipos de aceite, uno más ligero que se
podía usar en las lámparas, y otro más apropiado para lubricar maquinaria. Tras
muchas vicisitudes, Young y sus socios fundaron en 1851 la primera refinería de
petróleo privada del mundo, que comenzó a producir nafta y aceites lubricantes.
Al mismo tiempo, el médico y geólogo canadiense Abraham Gesner (1797-1864), que
algunos años antes había conseguido destilar keroseno a partir del carbón de
hulla, comenzó a obtenerlo del petróleo y a comercializarlo como sustituto del
aceite de ballena y los aceites vegetales que se utilizaban por aquel entonces
en el alumbrado. El keroseno era un combustible mucho mejor y más barato, lo
que impulsó la construcción de los primeros pozos petrolíferos en Norteamérica
y en Europa del Este[193].
El
petróleo comenzó también a quemarse para producir electricidad, pero el evento
que lo convirtió en el nuevo rey de la energía fue la invención del motor de
combustión interna (ver capítulo undécimo), que de la mano del así llamado «oro
negro» revolucionaría el transporte de mercancías y de seres humanos. Los
derivados del petróleo como la gasolina o el gasóleo se convirtieron
rápidamente en el combustible por excelencia de todos los medios de transporte,
ya fuesen automóviles, barcos o aviones. En el año 2016 el petróleo
suministraba el 31,3 % de toda la energía consumida por el mundo, frente a un
28,6 % procedente del carbón[194] y
un 21,2 % del gas natural[195].
Lo
curioso es que, como mezcla de hidrocarburos, tanto el petróleo como el gas
natural tienen un origen muy similar al del carbón, a saber, la transformación
de materia orgánica procedente de antiguas plantas y animales en descomposición
que se vio sometida al efecto del calor y la presión, en muchos casos hace
cientos de millones de años. De modo que, cuando quemamos estos «combustibles
fósiles», en el fondo estamos haciendo lo mismo que cuando consumimos madera,
es decir, seguimos aprovechando la liberación de la energía potencial encerrada
en los enlaces del carbono.
Pero,
¡ay!, por desgracia, resulta que la combustión a gran escala de los
hidrocarburos, ya sea para calentarnos, transportarnos o para generar
electricidad, tiene efectos muy poco deseables para el medio ambiente. Ya en el
siglo XIX se alzaron muchas voces que criticaban la enorme suciedad que
esparcían las calderas de carbón, pero ha sido en el siglo XX cuando el asunto
se ha ido convirtiendo en un verdadero problema a escala global. Los
combustibles de los automóviles, por ejemplo, tienen una larga historia de
conflictividad en materia de salud ambiental, tal y como demuestra la historia
de Thomas Midgley Jr. (1889-1994).
Midgley
era un ingeniero nativo de Pennsylvania que había empezado a trabajar para la
General Motors en 1916. Cinco años más tarde descubrió que si se añadía un
compuesto llamado tetraetilo de plomo a la gasolina, se acababa con los
molestos «golpes» que se notaban en los motores de combustión interna como
consecuencia de la relativamente frecuente ignición espontánea del combustible.
Su compañía comercializó rápidamente el nuevo aditivo, que en cuestión de poco
tiempo se convirtió en un estándar de la industria, hasta el punto de que a
partir de 1930 el noventa por ciento de los vehículos que circulaban por el
planeta lo utilizaban. Pero el problema es que el plomo es un metal tóxico. Las
empresas lo sabían e intentaban ocultar su presencia en la medida de lo
posible, hasta que la incomodidad por las preguntas llevó a la General Motors a
pedirle a Midgley que se prestase a un numerito consistente en una rueda de
prensa durante la que el brillante y controvertido químico roció sus manos con
el aditivo y respiró los vapores durante un rato, declarando cínicamente que
podría hacer lo mismo a diario sin envenenarse, cuando de hecho estaba en
tratamiento por culpa de haberse intoxicado. Sea como fuere, la opinión pública
se calmó, y las partículas de plomo arrastradas por los gases de escape de los
automóviles contaminaron el aire de las ciudades durante décadas, hasta que la
acumulación de informes acerca de los efectos del metal sobre el crecimiento y
desarrollo infantiles y la introducción de los convertidores catalíticos en los
coches (sobre todo esto último), obligaron a eliminar el plomo de la gasolina.
Entretanto, el bueno de Midgley se cambió de industria y pasó a desarrollar los
compuestos clorofluorocarbonados como refrigerantes inocuos para la especie humana,
cuando en realidad resultan devastadores para la capa de ozono. No en vano el
historiador John McNeill dijo de Midgley que «tuvo más impacto en la atmósfera
que cualquier otro organismo en la historia de la Tierra».
Pero, con
ser bastante serios, los problemas asociados a la quema de combustibles fósiles
van mucho más allá de los aditivos y de la contaminación asociada a los gases
de escape[196] o a
las chimeneas de las calderas —el célebre smog—. En efecto, algunos de los
gases emitidos en la combustión de estas sustancias, principalmente del dióxido
de carbono (CO2), son los principales responsables del llamado
«efecto invernadero», un proceso que en las últimas décadas está llevando a
nuestro mundo hacia el calentamiento global.
Para
entender en qué consiste el problema tenemos que volver a hablar de la energía.
En un principio, y dejando al margen el calor provocado por la desintegración
de los elementos radiactivos, que mantiene caliente el corazón del planeta,
toda la energía que nos llega procede de un modo u otro del Sol. De hecho, y
como ya sabemos, es la radiación solar la que las plantas utilizan durante la
fotosíntesis para construir sus estructuras biológicas, lo que quiere decir que
la energía encerrada en los enlaces de carbono de los combustibles fósiles que
consumimos también procede de nuestra familiar estrella. Para que nos hagamos
una idea, el Sol nos inunda cada segundo con 1,74×1017 julios
(mil setecientos cuarenta billones, con b, de julios), medidos en lo alto de la
atmósfera, pero gran parte de la radiación es reflejada. Algunas superficies
reflejan más que otras, como la nieve fresca, que devuelve entre el ochenta y
el noventa y cinco por ciento de lo que recibe. A esto se le llama albedo y,
como pueden figurarse, un albedo elevado hace que el planeta se enfríe. De
hecho, el enfriamiento puede realimentarse hasta el punto de que el planeta se
convierta en una auténtica bola de hielo. La razón de que no lo haga tiene que
ver con algunos de los gases de la atmósfera, como el CO2, que
«atrapan» el calor reflejado por la superficie y contribuyen a calentarla. Es
lo que se conoce como efecto invernadero, muy en línea con lo que sucede en ese
tipo de instalación.
El
proceso de calentamiento-enfriamiento global experimenta muchas variaciones a
lo largo del tiempo.
Expulsión de gases de una antigua fábrica de acero.
De hecho,
la superficie de la Tierra ha pasado ya por varios periodos muy fríos
—glaciaciones— seguidos de otros con temperaturas mucho más elevadas. Estos
cambios suelen ser lentos, dándole a los seres vivos la posibilidad de
adaptarse. Pero desde que quemamos combustibles fósiles a mansalva, la
concentración de CO2 en la atmósfera no para de aumentar. Y
esto es un problema, porque si los niveles del gas aumentan deprisa y
significativamente, el planeta comienza a calentarse, tal vez demasiado rápido
para que la biosfera se pueda acomodar. A día de hoy, la concentración de
dióxido de carbono en la atmósfera supera las cuatrocientas partes por millón[197], casi un
ciento cincuenta por ciento por encima de los niveles preindustriales, una
cifra que literalmente no se alcanzaba desde hace millones de años.
¿Y cuál
es el problema de que el mundo se caliente deprisa? Pues que entramos en un
círculo vicioso. Al aumentar la temperatura, el hielo permanente se derrite, el
albedo disminuye y el planeta se calienta todavía más, hasta el punto de que
las estimaciones más pesimistas auguran un futuro plagado de fenómenos
meteorológicos extremos, acompañados de una subida del nivel del mar suficiente
como para anegar gran parte de las costas del planeta. Las sequías, los
incendios, las inundaciones y otros desastres asociados pueden dar lugar a un
nuevo tipo de refugiados, los llamados «refugiados climáticos». A pesar del
esfuerzo de algunos colectivos en negar el calentamiento global —habitualmente
por intereses económicos—, los datos nos dicen que la temperatura media de la
superficie de la Tierra ha subido cerca de un grado tan solo desde 1970, y las
consecuencias ya se están experimentando en muchas regiones a lo largo y ancho
del planeta.[198]
La
combinación del peligro del cambio climático con la evidencia de que los
combustibles fósiles tarde o temprano terminarán por acabarse[199] ha
llevado al mundo a plantearse en las últimas décadas cómo podemos sustituirlos
para seguir alimentando a una civilización cada vez más sedienta de energía. Y
el asunto no es fácil. Hay que tener en cuenta que, aunque fuésemos capaces de
encontrar un reemplazo adecuado, gran parte de la infraestructura de producción
y consumo de energía del planeta, así como las redes de suministro y el
transporte, están adaptadas al carbón y, sobre todo, al petróleo, y cambiar eso
no solo lleva tiempo sino que cuesta muchísimo dinero.
Dejando
al margen soluciones locales, las posibles alternativas generalizables al uso
de combustibles fósiles incluyen la energía nuclear y las llamadas energías
renovables, las más importantes de las cuales son las que se obtienen de la
biomasa, la hidroeléctrica, la eólica y la solar, ya sea en su versión térmica
o fotovoltaica. Muchas de estas fuentes «renovables» ya son económicamente
competitivas con respecto al petróleo o al carbón en muchas aplicaciones y,
sobre todo, en aquellos lugares hasta donde la distribución de combustibles
fósiles llega con dificultad, o sencillamente, no llega. El problema es que
algunas de estas fuentes presentan limitaciones obvias en cuanto a su potencial
de crecimiento (caso de la hidroeléctrica, por ejemplo), no ofrecen un cien por
cien de fiabilidad en cuanto al suministro (solar y eólica), o resultan una
solución en cierto modo cuestionable (biomasa)[200].
Las
energías renovables que ofrecen más potencial de crecimiento y desarrollo son
la eólica y la solar, dada la naturaleza prácticamente inagotable del
suministro. De hecho, en un país como España los aerogeneradores —los herederos
modernos de aquellos viejos molinos de viento que la humanidad usaba para moler
el grano— producían en 2017 el dieciocho por ciento de toda la energía
consumida, lo que ya es una proporción muy significativa. En cuanto a la
energía solar térmica, su versatilidad permite desde simplemente calentar agua
hasta producir grandes cantidades de energía eléctrica en turbinas de vapor o
de gas mediante colectores de alta temperatura que concentran la luz solar
usando espejos o lentes, un poco al modo que según la leyenda utilizaba Arquímedes
para incendiar las naves romanas que asediaban Siracusa (ver capítulo
anterior).
Pero de
entre todas las fuentes de energía renovable, quizá la más sofisticada sea la
solar fotovoltaica, que aprovecha el llamado efecto fotoeléctrico, descubierto
por nuestro viejo conocido Heinrich Hertz en 1885 y explicado por Albert
Einstein en 1905. Cuando la gente habla de la genialidad de Einstein, en muchos
casos no es consciente de hasta qué punto el físico alemán gozaba de un
intelecto casi sobrenatural. Baste decir que en el mismo año que describió el
efecto fotoeléctrico, el brillante Albert enviaba a la prestigiosa revista Der
Annalen der Physik otros tres increíbles artículos, cualquiera de los cuales
era merecedor del Premio Nobel por sí solo[201].
El efecto
fotoeléctrico consiste en la emisión de electrones por determinados materiales
cuando la luz incide sobre ellos, lo que permite aprovecharlo para multitud de
aplicaciones, desde las células fotoeléctricas para el cierre automático de las
puertas hasta sus primas, las células fotovoltaicas[202], en las
que los electrones emitidos pueden suministrar una corriente eléctrica. Las
células solares pueden ser de varios materiales, aunque el más habitual es el
silicio, y el único inconveniente es que la conversión de luz solar en energía
eléctrica en los dispositivos actuales tiene una eficiencia que apenas se
acerca al treinta por ciento, en el mejor de los casos[203]. En la
actualidad se está investigando el desarrollo de células fotovoltaicas «de
tercera generación», con materiales combinados y niveles de eficiencia muy superiores,
lo que unido a la robustez y versatilidad de los paneles solares hace que esta
nueva fuente de energía tenga un brillante futuro por delante.
Como
hemos dicho, el principal inconveniente de las energías renovables es la falta
de continuidad en el suministro, lo que lleva a preguntarnos si no hay alguna
alternativa más fiable. Eso nos lleva a dirigir la mirada hacia la energía
nuclear, cuya fascinante historia ya hemos repasado en el capítulo séptimo. En
efecto, parte del calor que se desprende en la desintegración de los isótopos
radiactivos puede convertirse en energía eléctrica mediante el empleo de
turbinas, y eso es exactamente lo que se hace en las centrales nucleares.
Durante la Segunda Guerra Mundial, mientras las potencias en conflicto se
apresuraban a poner a punto el arma atómica, a nadie se le escapaba que si
fuera posible controlar la emisión de partículas mediante sustancias que las
absorbiesen en parte, impidiendo de esta forma una reacción en cadena
descontrolada, se podría construir un reactor que suministrase energía de forma
continua y moderada, en lugar de hacerlo de la forma instantánea y explosiva
característica de las bombas.
Puestos
manos a la obra, los antiguos aliados tardaron alrededor de una década en
construir las primeras centrales nucleares del mundo, en Óbninks (Rusia, 1954),
Calder Hall (Reino Unido, 1956) y Shippingport (EE. UU., 1957). A partir de
ahí, otros países se adhirieron a la idea, y la crisis del petróleo de los años
setenta, que disparó los precios del crudo poniendo contra las cuerdas a casi
todas las economías del planeta, llevó a la consolidación de las centrales
nucleares como una alternativa real al omnipresente oro negro. Sin embargo, el
aumento de los costes y el activismo antinuclear consecuencia de algunos
notorios incidentes (fundamentalmente los ya mencionados accidentes de las
centrales nucleares de Three Mile Island en EE. UU. y de Chernobyl, en
Ucrania), supusieron la práctica congelación de los programas de inauguración
de nuevas centrales. En TMI, una desafortunada concatenación de errores humanos
y fallos en los equipos de control provocaron un importante escape de radiación
(la limpieza duró catorce años y costó casi mil millones de dólares), mientras
que en Chernobyl la falta de un edificio de contención para ahorrar costes hizo
que un grave accidente ocasionado por un experimento mal diseñado se
convirtiese en el peor desastre nuclear de la historia, que llevó a la
evacuación de más de cien mil personas y a que una enorme nube radiactiva se
extendiese por Europa y América del Norte.
Y el caso
es que, en el fondo, la suspicacia generalizada acerca de la seguridad de las
centrales nucleares no está muy justificada, ya que los incidentes realmente
graves son extremadamente escasos, debido a las cada vez más estrictas normas
de seguridad. En realidad, el único inconveniente objetivo del empleo de la
energía de fisión es la generación de ciertos residuos radiactivos cuyo periodo
de semidesintegración es largo, por lo que deben ser almacenados en
instalaciones especiales, algunas de ellas a gran profundidad.
Como
vemos, entre los problemas de fiabilidad en el suministro por parte de las
principales energías renovables, la tradicional desconfianza hacia la energía
nuclear y las dificultades económicas para reemplazar toda la infraestructura
existente, el mundo no termina de dar carpetazo a los combustibles fósiles, que
siguen contribuyendo en cerca del ochenta y cinco por ciento al consumo de
energía global. Además, las medidas de eficiencia energética adoptadas en las
últimas décadas son claramente insuficientes para compensar la creciente
demanda, por lo que el problema se acrecienta cada año. Algunas tecnologías que
se vienen desarrollando desde hace tiempo, tales como las pilas de combustible[204] o
los motores eléctricos para automóviles no contribuyen mucho a solucionar las
cosas, ya que la producción de electricidad para los segundos y la de hidrógeno
para las primeras sigue dependiendo, en su mayor parte, de la combustión de
carbón y petróleo en las centrales térmicas.
¿No hay
solución entonces? Sin duda que la hay, ya que una combinación adecuada de
energías renovables y energía nuclear podría en teoría reemplazar al petróleo y
al carbón de forma progresiva (de hecho, poco a poco la eólica y la
fotovoltaica van ganando terreno), siendo más una cuestión de voluntad política
el doblegar los múltiples intereses creados alrededor del mercado de los
combustibles fósiles. En el fondo, se trata de sustituir una economía basada en
el carbono por una economía basada en el hidrógeno, un combustible mucho más
limpio y abundante que puede solucionar todos nuestros problemas de suministro
de energía.
Por otro
lado, la transición a la economía del hidrógeno podría estar mucho más cerca de
lo que parece, sobre todo si en las próximas décadas llegase a cristalizar una
nueva, y en teoría inagotable, fuente de energía, nada menos que la que se
encuentra detrás del funcionamiento de la mayor central energética que
conocemos, el mismísimo Sol. Como vimos con anterioridad, la gigantesca
cantidad de energía que produce el astro rey —unos inimaginables trescientos
ochenta y seis mil billones de gigavatios— provienen de la fusión nuclear del
hidrógeno, tal y como corresponde a una estrella en la secuencia principal. Un
proceso como ese, a escala industrial terrestre, podría suministrar toda la
energía que pudiésemos necesitar en el futuro, sin ningún peligro de agotar
nuestros recursos naturales.
Ahora
bien, recordemos que el problema está en el proceso de ignición, que requiere
por sí mismo un considerable suministro de energía. En el Sol, el
«aplastamiento» producido por la fuerza de la gravedad es suficiente como para
que los núcleos atómicos lleguen a fusionarse, pero en la primera bomba de
hidrógeno hizo falta hacer explotar previamente nada menos que una bomba de
plutonio para que la fusión pudiera tener lugar. Por eso, y a pesar de las
décadas de investigación transcurridas, todavía no hemos dado con la fórmula
para conseguir un reactor de fisión que produzca más energía de la que consume.
Es verdad que los métodos de confinamiento del combustible son cada vez más
prometedores, pero no está previsto que el reactor experimental ITER (el tercer
proyecto científico más caro de la historia en cualquier campo del conocimiento[205]), que
intenta producir un plasma de fusión que emita diez veces más potencia térmica
que la necesaria para calentarlo, esté plenamente operativo antes de 2025.
Si
finalmente se demostrase la viabilidad del proceso, la tercera y tal vez
definitiva transición energética sería cuestión de muy poco tiempo, pues
finalmente habríamos sido capaces de aprovechar la energía encerrada en el
corazón del hidrógeno de modo que se transformase en electricidad a nuestro
antojo, olvidándonos para siempre de la vieja costumbre de quemar los
compuestos de carbono. La sociedad entraría en una nueva era, en la que el
calentamiento global dejaría de ser un problema y el abaratamiento de los
costes de la energía causaría una revolución económica casi sin precedentes en
la historia.
Mientras
tanto, habrá que seguir presionando a los gobiernos para que sustituyan el
carbón y el petróleo por una combinación sensata de energía atómica y energías
renovables, en la confianza de que entiendan que a largo plazo a la humanidad
siempre le saldrá más caro tener que arreglar los desaguisados del más que
probable cambio climático que sustituir un modelo energético obsoleto y
condenado a la extinción.
Capítulo
XIV
El precio de la energía
«Siempre
he tratado de convertir un desastre en una oportunidad».
Atribuido a John D. Rockefeller (1839-1937), empresario e industrial
estadounidense.
¿Cuál es
la relación entre la energía y la economía? El sentido común nos dice que tiene
que ser muy íntima, dado que la economía se basa en el trabajo y, como sabemos,
para hacer un trabajo hay que consumir energía. De hecho, algunos de los
fundadores del capitalismo, notablemente el escocés Adam Smith (1723-1790) y el
francés Jean-Baptiste Say (1767-1832), se inspiraron en la mecánica clásica, y
más en concreto en la tercera ley de Newton, para comparar el mercado con un
mecanismo de tipo acción-reacción en el que la oferta y la demanda se ajustaban
constantemente entre sí.
Pero la
relación entre energía y economía va mucho más lejos de una simple analogía,
pues puede decirse que el desarrollo de nuestra cultura ha marchado en paralelo
con el aumento de nuestro consumo de energía, hasta el punto de que puede
establecerse una correlación directa entre el nivel de este último y el grado
de complejidad de una civilización. En efecto, durante el larguísimo periodo en
que los humanos fuimos cazadores-recolectores tan solo nos dedicábamos a
recoger la energía química almacenada en los animales y en las plantas, lo cual
nos permitía sobrevivir sin más. En este entorno primitivo, las relaciones
sociales se limitaban al entorno familiar y tribal, normalmente basadas en el
parentesco, sin que existiese una jerarquía acusada. Desde el punto de vista
energético, nuestro consumo no era muy elevado, pues un pequeño grupo de
cazadores de este tipo generaba menos de cuarenta vatios de potencia por cabeza
en un año.
Fue
durante la Revolución Neolítica cuando todo cambió. Los cultivos y la
sedentarización aseguraron a nuestros antepasados un suministro continuo y
fiable de alimentos, pero también los primeros excedentes de energía, capaces
de permitir el aumento de la población y, con el tiempo, la fundación de reinos
y de imperios. Los excedentes agrarios liberaron a algunas personas de las
tareas del campo, dando lugar a la división del trabajo y a las jerarquías
sociales. Pocos milenios después de comenzar el cultivo de los cereales,
surgieron en lugares como China, Egipto y Mesopotamia grandes civilizaciones
que utilizaban los excedentes en construir grandes infraestructuras y en
desarrollar nuevas tecnologías como las matemáticas o la escritura, que a su
vez generaban avances que permitían mejorar la producción y el flujo de
energía. En pocos milenios, la humanidad había aprendido a captar la radiación
solar de forma intensiva a través del cultivo de las plantas, y ese primer
«abaratamiento» de la energía le había permitido dar un salto de calidad.
Pero la
extensión de los cultivos es siempre limitada y las élites a menudo solo se
motivan aumentando su poder y riqueza, de manera que para seguir creciendo hay
que pensar en expandirse. El problema es que casi siempre hay alguien al lado.
Durante esta época, el desarrollo de la metalurgia permitió a las clases
dirigentes armar ejércitos con los que arrebatarle tierras de cultivo a sus
vecinos y, lo que es más importante, conseguir esclavos. Los esclavos son una
forma de obtener energía mecánica abundante y barata, hasta el punto de que
sociedades enteras, como la romana, basaron gran parte de su economía en ellos.
Hoy en día tendemos a ver la esclavitud como una aberración, pero el trasfondo
de la idea no era en realidad la de despojar de derechos a la gente (aunque se
desarrollasen ideologías enteras para justificarlo), sino obtener energía para
las élites con poco esfuerzo. No es de extrañar que, incluso en una época tan
tardía como el siglo XIX, una región tan teóricamente avanzada como era el
sureste de los Estados Unidos desarrollase una economía casi puramente
esclavista. Para el viejo sur, la abolición de la esclavitud significaba, lisa
y llanamente, renunciar a su principal suministro de energía y arruinarse.
Hombres y mujeres afroamericanos cavan y aran la tierra mientras otros
cortan montones de batatas para plantar. 1862, plantación de James Hopkinson.
[Library Congress]
El
Imperio romano es un ejemplo interesante de cómo una cultura crece y se
desarrolla explotando sus fuentes de energía hasta que la falta de alternativas
provoca el estancamiento y el colapso. Además, en muchos aspectos, el estilo de
vida y la organización económica y social de Roma están más cerca del mundo
moderno de lo que creemos, por lo que muchas conclusiones son de aplicación hoy
en día. Roma construyó su civilización a base de apropiarse durante siglos de
tierras de cultivo, esclavos y riquezas ajenas, mediante su implacable y
extremadamente bien organizado ejército. Tras derrotar a Cartago en la segunda
guerra púnica y ocupar gran parte de Hispania, en el año 197 a. C. los romanos
conquistaron Macedonia, un reino muy rico que hizo crecer el tesoro republicano
hasta el punto de que el gobierno decretó la exención de impuestos a los
ciudadanos. Años más tarde, la anexión de Pérgamo simplemente duplicó el tamaño
del presupuesto romano, y la conquista de Siria y la Galia, seguidas de la
anexión de Egipto, catapultaron la economía romana hasta extremos
insospechados.
Sin
embargo, la transición al imperio vino acompañada de un vuelco en la situación.
La época de las conquistas había terminado, con lo que el hasta entonces
siempre creciente flujo de energía se cortó de repente. Roma entró en una fase
de consolidación en la que obtenía la energía casi únicamente de la producción
agrícola interna, un suministro continuo pero a la larga insuficiente para
mantener al enorme ejército que defendía las fronteras y a la gran cantidad de
infraestructuras distribuidas por todo el imperio[206]. Además,
una parte muy importante de la población no producía absolutamente nada y
dependía de las generosas subvenciones públicas que se habían instaurado en la
época de bonanza[207].
Pero sin
grandes avances tecnológicos, la agricultura daba para lo que daba, mientras
que el mantenimiento de la extensa y compleja civilización consumía cada vez
más recursos. La explotación abusiva de los suelos comenzó a dejarse notar, y
su rendimiento neto en términos energéticos se volvió cada vez más bajo. Así,
por ejemplo, el coste para Roma de mantenerse en zonas alejadas del epicentro
del imperio, tales como las Islas Británicas, era superior a las rentas
obtenidas explotándolo. Es evidente que influyeron otros factores, pero la
historia de la decadencia del Imperio romano se escribió sobre el lento e
inexorable agotamiento de su único recurso energético disponible, con suelos
cada vez menos fértiles y una agricultura progresivamente menos productiva,
todo ello consecuencia de la implacable tiranía de la segunda ley y su
protagonista absoluto, la entropía. La única alternativa para poder sostener a
largo plazo una sociedad tan compleja como la romana hubiese sido haber llevado
a cabo la Revolución Industrial, pero los romanos nunca llegaron a conjugar el
pensamiento filosófico que habían importado de los griegos con los
conocimientos de carácter práctico herencia de las antiguas civilizaciones del
Creciente Fértil, y eso impidió que innovaciones como las de Herón de
Alejandría (ver capítulo anterior) llegasen a cuajar. Además, al igual que les
sucediese a los confederados, los romanos no consiguieron sacudirse la trampa
de la esclavitud. De este modo, cuando la presión de los pueblos bárbaros se incrementó,
el Imperio de Occidente se deshizo ante la imposibilidad de mantener un
ejército lo suficientemente grande y potente como para garantizar el control de
las fronteras.
El caso
del Imperio romano ejemplifica a la perfección el papel protagonista de los
flujos de energía en el devenir de las culturas humanas. Muchos historiadores
ilustres, como Joseph A. Tainter (1949-), han venido sosteniendo que la
historia de una civilización está determinada por su búsqueda de energía libre
para el consumo, y que el colapso se produce cuando la cultura se ve forzada a
dedicar una proporción cada vez mayor de sus reservas a mantener su compleja
estructura, al tiempo que disminuye de forma progresiva el rendimiento de la
energía consumida por habitante.
Tras la
caída del Imperio romano, Occidente no volvió a ver un intento semejante de
construir una civilización tan compleja hasta el Renacimiento, si bien la Edad
Media se caracterizó por un paulatino incremento en la explotación de la
madera. En el Mediterráneo, los romanos habían acabado prácticamente con la
cubierta forestal, en gran medida por su creciente necesidad de ampliar las
tierras de cultivo, pero el centro y el norte de Europa permanecían cubiertos
de bosques impenetrables. Esa espesa capa de árboles parecía ser una fuente
inagotable de combustible, y los europeos se echaron en brazos de ella. Sin
embargo, con el tiempo los problemas no fueron muy distintos de los que se
habían experimentado en los últimos siglos de la antigua historia de Roma.
En
efecto, a partir del siglo X las mejoras en la tecnología y prácticas agrícolas
propiciaron un considerable aumento de la población que, a su vez, incrementó
la presión sobre los bosques, tanto para obtener directamente energía de ellos
como para talarlos y sustituirlos por nuevas tierras de cultivo. La
consecuencia de ello fue que la población consumía los recursos en menos tiempo
del que empleaba la naturaleza en reponerlos, lo que llevó a una nueva crisis
energética. La creciente escasez de madera, un recurso tan importante para la
sociedad de la Baja Edad Media como lo es el petróleo para nosotros, llegó a
agudizarse tanto durante los dos siglos siguientes que hacia 1630 era en
promedio dos veces y media más cara que a principios del siglo XV.
Sin
embargo, en esta ocasión la tecnología y la incipiente filosofía natural habían
avanzado lo suficiente como para ofrecer nuevas alternativas. Al principio, la
expansión de potencias como España o Portugal se produjo un poco al modo de la
República romana, es decir, mediante la conquista de nuevos territorios —en
este caso inmensos— que proporcionaban un importante flujo de recursos, pero lo
que supuso un nuevo cambio radical fue el advenimiento de la nueva tecnología
del vapor. En el transcurso de unas décadas, la energía se abarató tanto que se
hizo posible la construcción de una nueva cultura caracterizada por el
desarrollo de la industria, que inundó los mercados con bienes y servicios y
que tuvo como consecuencia un importantísimo aumento de la población[208]. El foco
de la economía, que durante milenios había estado en la agricultura, se
trasladó a un nuevo sector económico (el llamado sector secundario) que con su
maquinaria e instalaciones se caracterizaba por unos requisitos de capital y
energía mucho más intensivos. Con posterioridad, el testigo del vapor lo
recogieron los combustibles fósiles, que permitieron seguir alimentando el
crecimiento a base de extraer energía de manera intensiva a partir de un nuevo
recurso, en este caso la energía potencial de los enlaces de carbono que, tal y
como vimos en el capítulo anterior, la naturaleza ha acumulado durante eones.
De entre
todos los combustibles fósiles, el rey indiscutible es el petróleo, que a
principios del siglo pasado ya se había hecho con la parte del león del
suministro de energía. La gran ventaja del petróleo con respecto al carbón, por
ejemplo, es la posibilidad de obtener por destilación fraccionada un gran
número de sustancias de múltiple utilidad desde el punto de vista energético,
incluyendo metano, etano, propano, butano, nafta, gasolina, queroseno, gasóleo,
fuelóleo, aceites lubricantes, asfalto y alquitrán. Prácticamente ningún otro
recurso natural ofrece tantas posibilidades. De un barril de crudo (algo menos
de ciento sesenta litros) pueden extraerse cinco mil quinientos millones de
julios de energía, una auténtica barbaridad. En contraprestación, la energía
que hay que emplear desde su extracción al punto de suministro ronda el
veinticinco por ciento de esa cifra, lo cual quiere decir que se aprovechan las
tres cuartas partes de esa cifra descomunal. Esta es la razón de que la energía
nos resulte tan barata y, de paso, que la industria petrolera sea un buen
negocio, lo que obviamente dificulta cualquier transición de modelo energético
debido a los intereses creados.
Edwin L. Drake, a la derecha, y el pozo Drake al fondo, en Titusville,
Pensilvania, donde se perforó el primer pozo comercial en 1859 para encontrar
petróleo. [Library Congress]
De hecho,
al calor de la fiebre del nuevo oro, a lo largo de los últimos ciento cincuenta
años se han amasado fortunas considerables, como la de John D. Rockefeller
(1839-1937), quien llegaría a convertirse en el hombre más rico de todos los
tiempos. Rockefeller era hijo de una familia de clase media descendiente de
inmigrantes alemanes que pronto mostró gran habilidad para los negocios. A los
dieciocho años ya había fundado su primera empresa, y hacia 1863 dirigió sus
miradas al refinado del petróleo crudo, un negocio muy prometedor y rentable.
La pequeña refinería que montó con sus socios en Cleveland pronto se convirtió
en una de las más eficientes del país, y al cabo de cuatro años en la más
grande del mundo. Rockefeller, que se mostraba como un depredador despiadado
con respecto a la competencia, firmó un acuerdo secreto con las compañías de
ferrocarriles y en 1870 fundó la célebre Standard Oil, que empezó a convertir
el hasta entonces elitista keroseno[209] en
un combustible asequible para toda la población. El magnate contaba ahora con
una vasta red de refinerías, había desarrollado su propia red de oleoductos y
controlaba el 95 % de la capacidad de refino del país. No contento con ello, y
para evitar las incipientes leyes antimonopolio en su país, creó el primer
conglomerado de empresas (trust) que abarcaba toda la industria petrolera
estadounidense y gran parte de la del extranjero. En el cenit de su poder, el
inteligente Rockefeller vio como la competencia aumentaba en Asia y el keroseno
empezaba a dar paso a la electricidad, de modo que aprovechó el advenimiento
del motor de combustión interna para pasar a forrarse suministrando gasolina,
hasta entonces un producto de desecho. Finalmente, y tras años de litigios con
el gobierno, en 1899 los tribunales le obligaron a disolver su monopolio y a
desmantelar la gigantesca Standard Oil, que fue sustituida por treinta y siete
compañías distintas, algunas de las cuales se cuentan todavía entre las mayores
petroleras del planeta. Sin llegar a los extremos de Rockefeller, a lo largo
del siglo XX muchas personas han hecho fortuna en el negocio del petróleo o en
sectores que dependen íntimamente de él, razón por la cual la colección de
intereses creados a su alrededor es verdaderamente imponente.
Una de
las características asociadas a la dependencia del petróleo es que, al igual
que ha sucedido a lo largo de la historia con todos los recursos energéticos,
el acceso al mismo ha planteado y plantea un montón de conflictos geopolíticos.
Ya durante la Primera Guerra Mundial, la sustitución del carbón por el petróleo
en los barcos de la marina británica se combinó con el miedo a que los alemanes
se apoderasen de las empresas que controlaban el suministro en Europa para
hacer que el Reino Unido invirtiese en el Golfo Pérsico con la creación de la
compañía Anglo-Persian. De igual forma, durante la Segunda Guerra Mundial
Hitler aceleró la a la postre desastrosa invasión de la Unión Soviética con la
esperanza de hacerse con el petróleo del Cáucaso, y el arriesgadísimo ataque
japonés a la base naval de Pearl Harbor tuvo lugar por la necesidad imperiosa
que tenía el Imperio del Sol Naciente de librarse de la amenaza que suponía la
flota norteamericana del Pacífico para poder apoderarse del petróleo de Insulindia.
En las últimas décadas, casi todos los problemas acaecidos en Oriente Medio han
tenido que ver de una forma u otra con el petróleo, y la crisis energética
mundial desatada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo en 1973[210] no
fue más que un aviso de lo que puede sucederle al mundo si de repente se
cortase el suministro del «oro negro». De hecho, la llamada «segunda crisis del
petróleo», desencadenada en 1979 por los efectos conjugados de la revolución
iraní y de la guerra entre Irán e Irak, hizo que el precio del petróleo se
multiplicase en tres años por un factor de 2,7.
Ahora
bien, ¿cuál es en la actualidad la situación de ese suministro y, en general,
del precio de la energía en nuestra civilización? ¿No nos estará pasando como a
los romanos, y tras décadas de un consumo descontrolado estemos cerca de llegar
al punto en el que comience la decadencia? Por desgracia, la respuesta está
lejos de ser negativa, y parte de la responsabilidad la tenemos los
economistas. Ya hemos comentado que los padres del capitalismo se inspiraron en
la mecánica de Newton para elaborar las leyes de la oferta y la demanda, al
igual que los economistas de finales del siglo XIX abrazaron (y a menudo
tergiversaron) la teoría de la evolución de Darwin[211], pero
sus sucesores ignoraron abiertamente las aportaciones de la termodinámica. Para
ellos, la entropía, si es que se le llegaba a prestar atención, no era más que
una externalidad de la actividad económica, que se desarrollaba sobre una base
de recursos considerada como inagotable. Por eso, los costes medioambientales
tardaron mucho en ser contemplados de forma adecuada y, de hecho, todavía no lo
han sido del todo. La consecuencia de ello fue el desarrollo de sectores
enteros de actividad a la larga falsamente competitivos y que casi nunca
pagaban por el desaguisado que organizaban en el medio ambiente.
Pero
ignorar las leyes de la termodinámica no sirve de nada, porque estas siguen
allí. Y lo que nos dicen es que, desde su punto de vista, la actividad
económica se puede definir simplemente como la sustracción de energía útil del
entorno para transformarla en bienes y servicios de baja entropía, a costa
naturalmente de aumentar mucho más la del sistema en general (ver capítulo
tercero). Cuando ese sistema incluye el ambiente en el que vives, termina
pasándote como a los romanos, a no ser que seas capaz de encontrar otros
recursos alternativos. Además, los bienes y servicios producidos tienen un
carácter temporal, así que elevar a los altares el incremento del Producto
Interior Bruto (PIB) como la mejor medida del aumento de la riqueza es lo mismo
que asegurar que esta se incrementa a costa de disminuir las reservas de
energía disponibles y aumentar cada vez más la entropía del entorno, lo cual es
sin duda un contrasentido. Desde hace algún tiempo, muchos economistas empiezan
a cuestionarse que el crecimiento del PIB tal vez no sea por sí mismo el mejor
de los indicadores del progreso, sobre todo si tenemos en cuenta las posibles
consecuencias a largo plazo.
Pues
bien, eso es exactamente a lo que se enfrenta nuestra civilización desde hace
unas décadas. Cuando a finales del siglo XIX se disparó la extracción de
petróleo (la producción en Estados Unidos pasó de dos mil barriles en 1859 a
casi ciento veintiséis millones y medio en 1906), el precio de la energía
volvió a abaratarse hasta el punto de permitir la construcción masiva de
infraestructuras y productos basados en el nuevo modelo energético, pero es
obvio que las reservas de crudo acumuladas por el planeta son limitadas, y
décadas de consumo desaforado han agotado muchos de los yacimientos más fáciles
de explotar. De hecho, en los últimos tiempos cada vez hay que ir a buscar el
petróleo a lugares más recónditos e intentar explotar recursos de peor calidad,
como el esquisto bituminoso y las arenas de alquitrán. Parece, pues, que nos
estamos adentrando en el terreno de los rendimientos marginales decrecientes.
¿Le suena?
El
consumo actual de energía de la civilización global es gigantesco, muchas veces
superior al del Imperio romano, como corresponde a una sociedad
incomparablemente más compleja y con infraestructuras más elaboradas. El
norteamericano medio, por ejemplo, consume una cantidad de energía equivalente
a disponer de casi sesenta esclavos trabajando sin parar todo el día, algo que
pocos patricios romanos podían permitirse. El precio de esta energía sigue
siendo muy barato (si hubiese que pagar a diez euros la hora el trabajo de esas
personas, el día nos costaría casi quince mil euros, frente a los cincuenta
dólares que cuesta a finales de 2020 un barril de crudo Brent), pero con el
tiempo no hará más que aumentar, sin que las medidas de eficiencia energética
puedan parar el golpe. Por otra parte, el desarrollo de los métodos de síntesis
del amoniaco[212] y
la llamada «revolución verde»[213] han
contribuido a sostener una población planetaria cinco veces superior a la que
había en 1900, lo cual no hace sino meterle más presión al modelo energético
actual.
Ahora
mismo, en el mundo se comercializan unos ochenta y cinco billones de kilovatios
hora de energía, más del ochenta por ciento de los cuales se obtienen, como ya
dijimos con anterioridad, a base de quemar petróleo, carbón o gas natural. Si
dejásemos de utilizar de repente los combustibles fósiles, nuestra civilización
industrial simplemente dejaría de existir, no en vano nos alimentamos,
calentamos, transportamos, iluminamos y operamos nuestras fábricas con energía
que deriva de una u otra forma de ellos. Además, el mantenimiento de nuestras
infraestructuras se lleva también una porción muy significativa de la «tarta
energética de los combustibles fósiles», en parte porque las necesarias para
extraerlos y explotarlos resultan francamente caras.
En este
sentido, hay que tener en cuenta que, a la hora de obtener energía, siempre se
empieza por los recursos que resultan más fácilmente accesibles. Los
cazadores-recolectores que vagabundearon por el mundo durante milenios tardaron
mucho en inventar la agricultura simplemente porque disponían a su alrededor de
plantas y de animales en abundancia. Es mucho más fácil coger la fruta de un
árbol silvestre que molestarse en cultivarlo. De igual modo, la madera de los
bosques resultaba mucho más accesible que el carbón pues, una vez agotadas las
reservas de este último más cercanas a la superficie, los mineros se veían
obligados a buscarlo a mayor profundidad, donde la presencia de las capas
freáticas convertía el drenaje en un problema muy serio. Por eso hubo que
esperar a la invención de la bomba de vapor para que mereciese la pena extraer
el negro mineral en cantidades significativas. De igual modo, el carbón es un
recurso tecnológicamente más accesible que el petróleo y el gas natural. De
hecho, solo algunas de las mayores compañías del mundo tienen los recursos
económicos suficientes como para extraer el crudo, transportarlo, refinarlo y
distribuirlo en los cinco continentes. La industria de la energía emplea
infraestructuras y tecnologías más variadas y sofisticadas que cualquier otra,
incluyendo, entre otras cosas, satélites artificiales, instrumentos y
herramientas de última generación, plataformas petrolíferas capaces de resistir
huracanes, oleoductos que cruzan miles de kilómetros y barcos de cientos de
miles de toneladas.
La
consecuencia de todo ello es que nuestro modelo de extracción y explotación de
la energía es extremadamente complejo, con una estructura de gestión y control
muy centralizada, lo que a la vez supone que sea más frágil y vulnerable que
cualquier modelo anterior. En la actualidad existen incontables sistemas que
deben coordinarse para asegurar el flujo de energía de nuestra civilización,
eso sin contar con la vulnerabilidad que supone asegurar el suministro continuo
para una población que se apelotona mayoritariamente en gigantescas ciudades
con millones de habitantes. Al calor de los combustibles fósiles, el mundo ha
multiplicado su población urbana de forma impresionante durante los últimos
doscientos años. Si en 1820 Londres se convertía en la primera ciudad moderna
en superar el millón de habitantes[214], en 1950
ya había en el mundo setenta y cinco ciudades que superaban esa cifra y en 1976
casi doscientas. Hoy en día, algunas zonas urbanas como Tokyo, Nueva York o
Shanghái mantienen poblaciones que superan los veinte millones de habitantes.
Una ciudad de un millón de habitantes consume a diario casi nueve mil toneladas
de combustible. Algunos «apagones» famosos, como el de 1965 en la costa este de
Estados Unidos, que dejó a más de treinta millones de personas sin electricidad
durante doce horas, incluyendo los ascensores con gente atrapada dentro, nos
advierten del peligro que corren estas megaciudades si se les corta el
suministro y, al mismo tiempo, nos recuerdan lo débiles que somos cuando nos
falta la energía.
Por otro
lado, al igual que sucedía en la época del Imperio romano, existe un importante
despilfarro en cosas como mantener un ejército planetario imponente, aunque en
este caso los enemigos no sean los bárbaros, sino nosotros mismos. En 2019, el
gasto militar global alcanzaba el 2,02 % del Producto Interior Bruto mundial,
lo cual equivale a billones (con b) de dólares tirados literalmente a la
basura. Además, la producción agrícola, como ya dijimos, se ha disparado desde
mediados del siglo XX, pero la mejora se ha llevado a cabo a costa de
multiplicar el consumo de energía procedente de los hidrocarburos. Por cada
caloría producida por un moderno granjero ultratecnificado se consumen diez
para mantener en funcionamiento la maquinaria necesaria para el cultivo, así
como para pagar los fertilizantes y pesticidas. Por tanto, y paradójicamente,
puede decirse que, desde el punto de vista termodinámico, la agricultura
moderna es la menos productiva de la historia.
Como
vimos en el capítulo anterior, la presión sobre el medio ambiente ocasionada
por más de siete mil seiscientos millones de personas sedientas de energía se
está volviendo insostenible y es muy probable que nuestra civilización esté
llegando a un momento crítico de su existencia. O cambiamos el modelo
sustentado en la explotación de los combustibles fósiles, o el precio de la
energía se disparará en paralelo con la progresiva escasez de estos recursos y
el empobrecimiento generalizado de la biosfera.
Plantas de generación fotovoltaica sobre suelo.
Desde el
punto de vista económico se hace, por tanto, preciso encontrar alternativas al
petróleo que puedan sustituirlo a medio plazo y a gran escala. ¿Es posible
conseguirlo?
Como
vimos en el capítulo anterior, en eso estamos, pero la cosa no resulta fácil. A
diferencia de culturas anteriores, la nuestra tiene la ventaja de que sus
conocimientos científicos, acumulados durante siglos, le permiten vislumbrar
fuentes de energía alternativas de muy largo recorrido, como la solar, la
eólica o la nuclear. Los precios de las energías renovables de las que
hablábamos en el capítulo anterior ya resultan competitivos en muchas
aplicaciones y en muchos lugares del planeta, y la energía nuclear de fisión
proporciona más del diez por ciento del suministro energético total. Por tanto,
la tecnología para llevar a cabo la transición energética está disponible.
Utilizando
la energía fotovoltaica, por ejemplo, puede generarse la electricidad necesaria
para obtener, a través de la electrolisis del agua, el hidrógeno que puede
cambiar nuestra economía sin tener que utilizar para ello el gas natural[215]. Un
suministro de hidrógeno suficiente y duradero liberaría el transporte global de
su dependencia del petróleo, porque las pilas de combustible son dos veces y
media más eficientes que los motores de combustión interna, y además solo
arrojan calor y agua como subproductos. A su vez, la solar fotovoltaica permite
una gestión mucho más descentralizada de la energía, dado que cualquier
consumidor puede instalar con facilidad un pequeño generador eléctrico
conectado a un sistema de paneles solares. En cuanto a la energía nuclear de
fisión, resulta claramente competitiva frente al petróleo y, de hecho,
experimentó una gran expansión tras la Segunda Guerra Mundial, pero el
incremento de los costes de instalación y mantenimiento y la gran suspicacia
que suscita entre amplias capas de la opinión pública hacen que la mayoría de
los gobiernos sean reacios a ampliar su porción en la tarta energética. Sin
embargo, puede ser el complemento perfecto de las renovables, y tal vez no
tarde demasiado tiempo en volver a despegar.
En
cualquier caso, los motivos del retraso en sustituir los combustibles fósiles
tienen que ver con la enorme inversión necesaria para reemplazar las
infraestructuras, pero también con la falta de voluntad política por parte de
las élites que controlan el suministro de energía (léase grandes petroleras,
compañías eléctricas y fabricantes de automóviles), cuyos intereses creados
hacen que se aproximen al nuevo modelo energético solo en la medida en que
puedan controlarlo. Eso significa que todavía tardaremos varias décadas en
efectuar la transición hacia la economía del hidrógeno y que lo haremos además
a un ritmo sosegado, por lo menos en tanto en cuanto los problemas ambientales
no obliguen a los políticos a ir más rápido.
Pero ¿de
cuánto tiempo estamos hablando? Al margen de la mayor o menor inercia asociada
a las dificultades, si nos atenemos a las lecciones que nos enseña la historia
da la sensación de que las transiciones energéticas que experimenta la sociedad
humana siguen una progresión acelerada. En efecto, nuestra especie tardó
literalmente decenas de miles de años en inventar el modelo
«agricultura-madera», pero menos de diez mil en cambiarlo por el del vapor y el
carbón y, tal y como ya comentamos en el capítulo anterior, tan solo unos
ciento cincuenta en sustituirlo por el del petróleo y la electricidad. Este
último lleva dominando alrededor de un siglo, pero la irrupción de la energía
nuclear y las renovables indica que, muy probablemente, ya nos encontremos inmersos
en la próxima transición.
En cuanto
a la solución definitiva, las leyes de la física nos dicen que probablemente
reside en la anhelada fusión nuclear, una fuente prácticamente inagotable que
pondría en nuestras manos un suministro de energía tan barato que transformaría
nuestra economía y nuestra sociedad quizá para siempre. Extraído por
electrolisis a partir de las enormes reservas de agua de la Tierra, el
hidrógeno acabaría virtualmente con el impacto negativo del transporte sobre el
medio ambiente, mientras que la energía procedente de la fusión nuclear del
ligero elemento convertiría en trivial el suministro de electricidad a gran
escala.
Claro
que, la otra alternativa que tenemos a largo plazo es salir de nuestro planeta
y colonizar otros mundos, siguiendo la estela de aquella República romana que
obtenía su energía a base de conquistar.
Capítulo
XV
Espíritus, fantasmas y el carburante de los platillos volantes
«Cada
segundo nace un idiota». Atribuido (apócrifamente) a P.T. Barnum, empresario y
showman norteamericano (1810-1891).
Desde la
noche de los tiempos, la maravillosa capacidad del mundo para cambiar
continuamente fascinó a nuestros antepasados, que siempre achacaron semejante
mecanismo al poder y a la voluntad de los dioses. Sin embargo, con el tiempo, y
a medida que el conocimiento iba avanzando, fue quedando claro que era la
energía lo que se encontraba detrás de todos nuestros movimientos, acciones y
pensamientos. La ciencia iba desvelando progresivamente nuevas formas de la
misma, algunas de ellas enigmáticas y poderosas. Por supuesto, las
investigaciones fueron puliendo poco a poco el concepto, mostrando tanto su
realidad como sus limitaciones.
Sin
embargo, nunca ha habido una palabra que haya sido tan utilizada por los
charlatanes de toda índole y pelaje para embaucar al prójimo, siempre sobre la
base de que «la ciencia no lo sabe todo» y de que, en cualquier momento dado,
podrían aparecer nuevas formas de energía por explorar. Fuera de los círculos
científicos, la propia palabra «energía» es utilizada muchas veces de forma
incorrecta en la cultura popular para referirse a algo sobrenatural, de
connotaciones mágicas, una especie de fluido que puede recogerse en
determinados lugares o cerca de ciertos objetos y que puede proporcionarnos
salud y mejorar nuestras capacidades. En ocasiones, estas «energías ocultas»
dan la cara a través de la ejecución de rituales cuidadosamente diseñados,
mientras que en otros casos basta la capacidad innata del charlatán para
desencadenarlas.
El modus
operandi de los avispados promotores de las energías ocultas siempre es el
mismo. Basta con inventarse que tal o cual forma de energía existe, y que
simplemente la ciencia «oficial» no ha dado todavía con su secreto, a pesar de
lo cual es muy poderosa y puede solucionar fácilmente tus problemas. La falta
de pensamiento crítico y la necesidad —a veces desesperación— de encontrar un
remedio a algo que nos atormenta son manipuladas sin piedad por los
embaucadores, que se llenan los bolsillos a base de timar al prójimo.
Por
supuesto, en la trayectoria del propio conocimiento de la naturaleza pueden
encontrarse muchos ejemplos de errores en la comprensión de la energía (véase
por ejemplo, la historia del flogisto o del inexistente éter luminífero), pero
el rigor del método científico permite descartarlos tarde o temprano, algo que
los charlatanes se cuidan de permitir utilizando el viejo método de retar a los
científicos a que demuestren una proposición negativa, algo que desde el punto
de vista de la lógica resulta imposible. Así, y ante la falta de evidencias al
respecto de tal o cual «energía», siempre cabe recurrir al socorrido «¿puede
usted demostrar que no existe?», obviando que la carga de la prueba descansa
sobre los hombros del que hace la afirmación, no del que duda de ella. Por
extraño que pueda parecer, este pueril subterfugio les funciona de maravilla a
los charlatanes, siendo incontable el número de personas que caen en semejante
trampa, convirtiéndose en devotas irreductibles de la misteriosa energía en cuestión.
En
puridad, no puede hablarse de pseudociencias en relación con la energía antes
de que se desarrollasen plenamente tanto el método científico como el propio
concepto, algo que como ya hemos visto no sucedió del todo hasta finales de la
época de la Ilustración. Por eso, se considera el siglo XIX como la edad de oro
de las pseudociencias en general, y de las relacionadas con la energía en
particular. En aquella época, el nivel cultural de la población era en general
muy bajo, lo que hacía que fuese muy fácil para un charlatán presentar una
superchería como un auténtico fenómeno de la naturaleza. La ciencia descubría
constantemente nuevos fenómenos y nuevas y poderosas energías, como la
electricidad, por lo que no parecía haber límite para las maravillas que podían
ponerse de manifiesto. Los propios científicos llevaban a cabo a menudo
espectaculares demostraciones de sus descubrimientos, lo que daba a los
embaucadores la oportunidad de organizar cuidadosos fraudes que satisfacían el
ansia de las masas.
De hecho,
fueron la electricidad y el magnetismo las primeras formas de energía que
fueron utilizadas con fines pseudocientíficos, ya que su potencia y origen
misterioso (chispas que aparecían de repente, descargas aparentemente surgidas
de la nada) resultaban ideales para llevar a cabo trucos espectaculares. Por
ejemplo, los experimentos llevados a cabo por Luigi Galvani, en los que
provocaba contracciones musculares en animales muertos mediante la aplicación
de corrientes eléctricas (ver capítulo cuarto), llevaron a muchos a preguntarse
si tal vez el secreto de la vida pudiese radicar en la electricidad, algo que
animó a unos cuantos charlatanes a realizar su agosto. Así, y aprovechando las
ideas de Johann Wilhelm Ritter (1776-1810), un seguidor de Galvani para el que
la vida no era más que electricidad de origen orgánico, individuos de todo
pelaje presentaron famosos y más que controvertidos espectáculos públicos en
los que se experimentaba y se llevaban a cabo trucos con cadáveres. La macabra
moda llegó a estar extraordinariamente extendida, no en vano incluso
científicos como el médico escocés Andrew Ure (1778-1857) o el inglés Andrew
Crosse (1784-1855) dieron muestras de una gran credulidad. En el caso del
primero, a partir de experimentos realizados con el cadáver de un criminal
ajusticiado afirmaba que la estimulación de uno de los nervios del cuello con
electricidad permitía resucitar a un muerto en casos de asfixia o
estrangulamiento. Crosse, por su parte, protagonizó en 1836 un pintoresco
incidente en el que, tras contarle a unos amigos que habían «aparecido»
insectos durante uno de sus experimentos de electrocristalización, vio como la
prensa europea tachaba el asunto de «experimento extraordinario», dando la
impresión de que Crosse había creado los insectos de la nada, lo que le llevó a
recibir amenazas de muerte por blasfemo y por haber intentado suplantar a Dios.
La
electricidad, con todo, podía «verse», pero el magnetismo no, lo cual lo
convertía en una forma de energía todavía más enigmática y proclive a todo tipo
de ocurrencias, a cual más disparatada. El caso más sonado al respecto fue, sin
duda, el de Franz Anton Mesmer (1734-1815), un médico alemán que decía ser
capaz de manipular el «flujo magnético» que según él se encontraba en todos los
seres vivos, y muy en particular en los humanos. Lo más grave es que Mesmer
afirmaba que sus habilidades le permitían curar casi todas las enfermedades
mediante su método favorito, que consistía en inducir en sus pacientes una
especie de trance para que le obedeciesen de forma inconsciente. Al principio
experimentó con imanes, pero pronto decidió que él mismo disponía de suficiente
flujo magnético como para controlar a voluntad los supuestos «canales de
energía» de otras personas. Primero se afincó en Viena, ciudad de la que tuvo
que salir corriendo después de varios fracasos resonantes, para más tarde
trasladarse a París, en donde se dedicó a realizar espectaculares
demostraciones delante de asombradas multitudes. Durante estas sesiones, muchas
personas, entre las que se encontraban miembros de clase alta, sobre todo
mujeres, entraban aparentemente en trance y experimentaban convulsiones. La
fama de Mesmer y sus espectáculos llamó la atención del mismísimo Luis XVI
quien, en parte intrigado y en parte escandalizado, organizó una comisión en la
que participaron, entre otros, nuestros viejos conocidos Benjamin Franklin y
Antoine Lavoisier. Como era de esperar, la comisión demostró que el supuesto
«magnetismo animal» no existía, y que los pretendidos éxitos del médico alemán
eran únicamente efecto de la sugestión, lo que obligó al atribulado Mesmer a
abandonar París.
Una gran reunión de pacientes que reciben la terapia de magnetismo animal
del Dr. F. Mesmer. Aguafuerte coloreada según CL. Desrais. [Wellcome
collection]
Es
posible que al principio el avispado Franz Anton estuviese convencido de que su
teoría era verosímil, pero es evidente que con el tiempo se fue convirtiendo en
el practicante de una infumable superchería. Sin embargo, y de forma
sorprendente, el mesmerismo ganó rápidamente adeptos por toda Europa y no
decayó hasta mediados del siglo XIX, cuando dio paso al concepto de inducción
hipnótica.
La
electricidad y el magnetismo dieron mucho juego durante algunas décadas, pero
poco a poco la gente se fue convenciendo de que, portentosas como podían llegar
a resultar, estas formas de energía tenían poco que ver con la supuesta
curación de enfermedades o con la recuperación de la vitalidad, lo que las
convirtió en cada vez menos interesantes a los ojos de los embaucadores
profesionales.
Portada del Libro de los espíritus, edición de 1860.
Era
preciso encontrar alguna energía nueva y desconocida que consiguiera cautivar
al gran público, y ¿qué mejor que algo tan etéreo y a la vez tan sobrecogedor
como la «energía espiritual»?
Eso mismo
debió pensar el profesor francés Hippolyte Léon Denizard Rivail (1804-1869),
más conocido por su seudónimo, Allan Kardec, adoptado por él supuestamente al
recordar una «vida anterior» en la que ese habría sido su nombre. En 1857,
Kardec se convirtió en el fundador oficial del espiritismo al publicar El libro
de los espíritus, una obra inmensamente influyente en la que afirmaba que
existía una dimensión sobrenatural donde habitaban las almas de los difuntos,
con los cuales era posible comunicarse a través de la «energía espiritual» que
cruzaba el umbral entre los dos mundos. La comunicación debía verse facilitada
por los «médium», unas personas caracterizadas por una sensibilidad especial
para captar este tipo de energía. Con posterioridad, Kardec escribió otros
cuatro libros sobre el mismo tema, todos los cuales se convirtieron en
best-sellers de la época.
Y el caso
es que, en honor a la verdad, hay que decir que al igual que Mesmer creía en el
magnetismo animal, Kardec estaba convencido de la existencia de la energía
espiritual y de los fantasmas, no en vano sus escritos eran en realidad una
recopilación de experiencias relatadas por otras personas. De hecho, la
creencia en la existencia de los espíritus y en la posibilidad de comunicarse
con ellos ha existido desde tiempo inmemorial, de modo que el verdadero mérito
de Kardec fue proporcionar una estructura aparentemente rigurosa a un
batiburrillo de supersticiones, dotándolo de cierto aire académico.
En los
años que siguieron, el legado de Kardec se convirtió, por derecho propio, en la
pseudociencia por antonomasia. Los más de seiscientos mil militares muertos
como consecuencia de la guerra de Secesión llevaron a muchas personas a abrazar
las prácticas del «más allá» con el anhelo de volver a contactar con sus seres
queridos, contribuyendo a la difusión de las ideas de Kardec por medio planeta.
En ese sentido, uno de los personajes más espabilados que aprovecharon el tirón
del espiritismo en los Estados Unidos de posguerra fue William H. Mumler
(1832-1884), un aficionado a la fotografía que en 1861 descubrió por casualidad
el célebre método de la doble exposición —consistente en disparar dos fotos
seguidas, una detrás de la otra, sin pasar el carrete— con el que hacía
aparecer figuras fantasmales, a menudo con resultados verdaderamente
impresionantes. Mumler se instaló primero en Boston y luego en Nueva York,
dedicándose a fotografiar a gente potentada en compañía de los espíritus de sus
seres queridos con un éxito arrollador, convirtiéndole en un «experto fotógrafo
del más allá» que cobraba a sus clientes cinco veces el precio de una
fotografía normal. En 1869 fue detenido y acusado de fraude, aunque resultó
absuelto por falta de pruebas y siguió haciendo fotos de espectros, algunas de
ellas tan célebres como la que le hizo a la viuda de Lincoln con el supuesto
fantasma de su marido.
Caricatura del físico británico sir William Crookes (1832-1919). Fue el
inventor del tubo Crookes, que era una especie de tubo de vacío experimental
que producía pantallas de luz de colores. El título decía ubi Crookes ibi lux o
Donde hay Crookes, hay luz. [Sir Leslie Ward / Vanity fair ]
En las
últimas décadas del siglo, muchísimas personas abrazaron el espiritismo,
creándose miles de asociaciones de practicantes. Incluso personajes de la talla
de Arthur Conan Doyle, el célebre autor de los relatos de Sherlock Holmes, o de
William Crookes (1832-1919), un famoso científico responsable de identificar el
plasma como el cuarto estado de la materia e inventar el tubo que lleva su
nombre para el estudio de los rayos catódicos, se mostraron abiertamente a
favor del espiritismo y apoyaron las investigaciones al respecto.
Crookes,
en concreto, fue un auténtico pionero en la exploración de supuestos fenómenos
psíquicos relacionados con la comunicación con los fantasmas. Convencido de las
facultades especiales de algunos famosos médiums de la época, intentó estudiar
el fenómeno con rigor, tratando de encontrarle una explicación a la luz de la
ciencia moderna. A lo largo de los años participó en un gran número de
supuestas experiencias paranormales en las que pudo ser engañado de buena fe,
entre otras cosas porque no utilizó gafas hasta la década de 1890, a pesar de
ser completamente miope. Además, se sospecha con fundamento que tuvo una
aventura sentimental con Florence Cook, una famosa médium denunciada varias
veces por fraude. Su deseo de creer le llevó a tragarse las argucias de los
canalizadores de la «energía espiritual», convirtiéndose en un ejemplo
paradigmático de cómo un brillante científico puede caer en la más absurda de
las pseudociencias[216]. Por
extraño que pueda parecer, Crookes, uno de los mejores investigadores
experimentales de finales del siglo XIX, terminó su vida como miembro de la
Sociedad Teosófica, así como presidente de la Sociedad para la Investigación
Psíquica y del Club de los Fantasmas.
Los casos
de Crookes, Conan Doyle y otros no eran en absoluto una excepción, hasta el
punto de que llegó a haber universidades que se plantearon seriamente el
incluir el espiritismo como parte de su oferta académica. El fenómeno alcanzó
un auge extraordinario a principios del siglo XX, una época en la que en todos
los salones de la alta sociedad de ciudades como París o Londres tenían lugar
sesiones de espiritismo de forma rutinaria, mientras que al mismo tiempo los
médiums de renombre se convertían en auténticas celebridades. No fue sino ya
bien entrado el siglo cuando el interés por el espiritismo empezó a decaer, en
parte como consecuencia de los continuos escándalos relacionados con fraudes y
en parte porque las investigaciones rigurosas llevadas a cabo jamás encontraron
indicio alguno de que el extravagante fenómeno fuese mínimamente real. Con
posterioridad, las prácticas para conectar con el más allá a través del
aprovechamiento de la supuesta energía espiritual han continuado, pero nunca
han recuperado el prestigio y popularidad del que gozaron durante sus días de
gloria.
En la
misma época en la que el espiritismo despegaba, otros embaucadores se dedicaban
a promocionar cosas más prosaicas. Por ejemplo, aprovechando el tirón de los
últimos descubrimientos de la física, John Ernst Worrell Keely (1837-1898), un
aventurero que, entre otras muchas cosas, había trabajado como mecánico, pintor
y actor de teatro se inventó en 1872 una máquina que funcionaba con una energía
desconocida, que se obtendría haciendo vibrar el éter lumínico con diapasones.
El hecho de que ahora sepamos que el éter en realidad no existe pone en
evidencia que se trataba de otro timo, pero en aquella época Keely, al que ya
mencionamos al hablar del móvil perpetuo, fue capaz de fabricar un «generador
etérico» a base de aire y de agua que parecía producir una fuerza considerable.
A partir
de 1875, Keely se hizo rápidamente rico y fundó una empresa a la que le llovía
la financiación. La prensa lo ensalzaba y mujeres adineradas le mostraban su
apoyo. Además, entró en contacto con el entonces boyante mundo del espiritismo,
y durante algún tiempo le fue muy bien. Sin embargo, llegó un momento en el que
el oscurantismo de su trabajo —no permitía a nadie examinar la máquina y no
patentaba el procedimiento— despertaron suspicacias. Su fama decayó, aunque
continuó desplumando a millonarios incautos que creían estar financiando el
desarrollo de una versión mejorada del milagroso motor. No fue hasta después de
su muerte, en 1899, cuando se descubrió que el avispado Kelly había aprovechado
sus conocimientos de mecánica para instalar en el sótano de su casa una esfera
que insuflaba aire comprimido a su motor. El generador etérico era un fraude y
el éter lumínico un fiasco como supuesta forma de energía.
Pero en
el mundo de la pseudociencia, el espiritismo y el éter pronto serían
sustituidos por la llamada «moda radiactiva», una creencia mucho más peligrosa
que el intentar hablar con los muertos, según la cual la recién descubierta
radiactividad (ver capítulo séptimo) podía ser utilizada con éxito para curar
casi cualquier tipo de dolencia. La idea básica surgió a partir de los
fantásticos descubrimientos de Becquerel y los Curie, así como de la manía de
los medios de comunicación sensacionalistas de considerar como milagrosa
cualquier nueva forma de energía, algo que, como hemos visto, ya había sucedido
con la electricidad. Los todavía escasos conocimientos de los efectos de la
radiación sobre el cuerpo humano y la falta de control de las autoridades hicieron
el resto. Así, a partir de 1910 se comenzó a desarrollar, sobre todo en Francia
y en Estados Unidos, una auténtica industria de productos radiactivos tan
inútiles como peligrosos. Aunque parezca increíble, la pintoresca lista incluía
desde dentífricos, jabón, cremas de belleza y perfumes hasta prendas de vestir,
pendientes o servilletas, pasando por preservativos, supositorios, canastillas
de bebé, pintura, chocolate, cerveza, cigarrillos y, sobre todo, agua
irradiada.
El caso
del agua irradiada merece un capítulo aparte. Sobre la base de que la que
consumimos normalmente carece de la cantidad adecuada de radiactividad natural[217], los
avispados emprendedores tenían a bien informar a sus clientes de que
añadiéndole radio el agua recuperaba sin duda el poder sanador característico
de algunos manantiales. Hasta tal punto llegó la cosa que llegaron a fundarse
grandes balnearios, como el célebre Radium Palace Hotel, inaugurado en 1912 en
lo que hoy es la República Checa. La propaganda del establecimiento aseguraba
que sus huéspedes iban a experimentar «el efecto curativo de las aguas ricas en
radón que fluyen a gran profundidad bajo la superficie de la Tierra».
A partir
de 1910, los despropósitos alcanzaron proporciones preocupantes, llegando a
involucrar incluso a instituciones teóricamente serias y de prestigio. En
Francia, el país donde Marie Curie había realizado sus trascendentales
descubrimientos, las farmacias francesas vendían un tónico radiactivo que
llevaba su nombre para frenar la caída del cabello. El propio Instituto del
Radio, el centro de investigación de vanguardia que la genial polaca había
contribuido a fundar, fabricaba dispensadores de radiación para el agua de la
bañera y para hacer bebidas efervescentes. En Estados Unidos, una revista
especializada aparentemente seria como el American Journal of Clinical
Medicine, incluía la publicidad de un tal Dr. Davis, quien afirmaba que «la
radioactividad previene la locura, despierta nobles emociones, retrasa el
envejecimiento y da lugar a una vida espléndida, juvenil y dichosa».
La
industria, por su parte, hacía su agosto vendiendo productos cada vez más
peligrosos, con cantidades de radiactividad considerables. Ejemplos destacados
fueron el «Radioendocrinator», un dispositivo que supuestamente mejoraba el
vigor sexual masculino y que se colocaba encima del escroto, o el «Revigator»,
un dispensador de agua irradiada cuyo prospecto recomendaba el ingerir seis o
más vasos diarios. Pero el colmo llegó con el «Radithor», un tónico
intensamente radiactivo inventado por el charlatán William J.A. Bailey que
llegó a ser muy popular entre la clase pudiente americana de los años treinta y
que era anunciado como «una cura para los muertos vivientes». La moda
radiactiva recibió su primer duro golpe precisamente por causa de este
infumable preparado que en 1932 provocó la muerte del famoso deportista y
millonario Eben Byers, quien tenía la costumbre de beberse unas cuantas
botellas al día. El consiguiente escándalo obligó a las autoridades a tomar
medidas, y la popularidad del radio, ya muy puesto en cuestión por la
acumulación de evidencias acerca de sus terribles efectos, decayó. El temor que
despertaron las armas nucleares a partir de 1945 hizo el resto, y ya a nadie se
le ocurrió volver a vender productos radiactivos. El uso medicinal y para
diagnóstico de los isótopos radiactivos se encuentra ahora confinado en el
entorno hospitalario, el lugar del que nunca debió salir.
¿Significa
esto que a partir de la Segunda Guerra Mundial ya nadie cree en energías
ocultas y supuestamente milagrosas? Nada más lejos de la realidad. Dejando al
margen las aparentes propiedades curativas de la imposición de manos por parte
de los santos del catolicismo y otras religiones, tanto la segunda mitad del
siglo XX como lo que llevamos del XXI se han convertido en el paraíso de la
pseudociencia, sobre todo a partir del advenimiento de internet. En efecto,
puede decirse que nunca ha habido un acceso tan sencillo a la mejor y más
contrastada de las informaciones y, a la vez, a toda suerte de estupideces
destinadas a embaucar a la ciudadanía. En concreto, y en materia de energías
milagrosas, hay que destacar las referencias a las que utilizan los extraterrestres,
así como las relacionadas con la terapia cuántica (sea lo que sea semejante
cosa).
En honor
a la verdad, el origen de los rumores acerca de las energías desconocidas y
avanzadísimas que permitirían a los seres de otro mundo desplazarse grandes
distancias es bastante anterior a la Segunda Guerra, pues ya a principios del
siglo pasado algunos autores heterodoxos apuntaron a que en el Mahabarata, el
célebre poema épico del antiguo subcontinente indio, se hace referencia a la
existencia, en una remota antigüedad, de unas astronaves denominadas vimanas,
que se desplazarían utilizando un extraño combustible a base de mercurio. Por
descontado, esta descripción esotérica de los vimanas —que en realidad son
descritos en la literatura clásica hindú como palacios volantes de los dioses,
provistos de ruedas y tirados por animales—, y de su supuesto sistema de
propulsión, no procede de fuentes académicas, sino de un libro, el
Vymaanika-Shaastra, supuestamente escrito en 1918 por un autor al que, según
él, el texto le fue revelado por un espíritu. A pesar de lo cual copias de
copias de la traducción inglesa de 1952 dan interminables vueltas por las redes
sociales.
Sin
embargo, el verdadero rey de los combustibles extraterrestres es bastante más
reciente, y no es otro que Bob Lazar (1959-), el pintoresco ufólogo y
conferenciante que a finales de la década de los ochenta aseguraba haber sido
testigo de cómo los militares estudiaban platillos volantes capturados en una
zona del desierto de Nevada en la que habría trabajado como físico entre 1988 y
1989. Según Lazar, las naves procedían del sistema Zeta Reticuli[218] y
funcionaban mediante un sistema que distorsionaba el espacio-tiempo emitiendo
«ondas de antigravedad». La energía necesaria se obtendría a partir de una
ingente cantidad de antimateria, resultado de la desintegración del entonces
desconocido elemento químico 115, hoy conocido como moscovio, en honor a la
capital de Rusia. Por desgracia para Lazar, sus explosivas declaraciones
tuvieron poco recorrido. Las dos universidades donde dijo haber estudiado no
guardaban registro alguno de su estancia (algo que el bueno de Bob achacó a los
esfuerzos del gobierno por borrar su rastro[219]) y el
elemento 115, creado en 2003 por investigadores rusos del Instituto Conjunto
para la Investigación Nuclear en Dubna, resultó ser extremadamente inestable,
con isótopos cuya vida media oscila entre dieciséis y doscientos veinte
milisegundos, y al desintegrarse no emite nada de antimateria.
Pero si
las divagaciones sobre las energías que propulsan a los OVNI carecen de todo
fundamento, qué decir de la omnipresente «terapia cuántica», el concepto
probablemente más ridículo, y a la vez más difundido, de toda la pseudociencia
del siglo XXI. En efecto, basta con teclear las dos palabras en cualquier
buscador de internet para encontrar decenas de miles de entradas que nos
aseguran que se trata de «una terapia alternativa muy poderosa que genera un
gran equilibrio vibracional (¿?) en el ser humano», o que consiste en «la
lectura de la frecuencia electromagnética que estimula la capacidad de
autocuración del cuerpo», como si semejante frecuencia existiera. En otras
ocasiones, se nos explica que se trata de identificar «las resonancias
patológicas de cada enfermedad y realizar una aplicación adecuada de fotones»,
con lo que todas las células «se unifican en un mismo eje de vibración», y toda
la estructura física «resuena armónicamente como si fuese una totalidad
unificada».
No sé si
usted habrá entendido algo, aunque me imagino que no, ya que juntar palabras
aparentemente sacadas de la jerga científica no quiere decir que se tenga la
más mínima idea de mecánica cuántica, una teoría de la que, por descontado, no
entienden nada los charlatanes del supuesto método de sanación. Hablar de que
todo en el universo se relaciona a través de una «red de energía y vibración»,
que existe la «coherencia vibratoria», o que cada célula «vibra» con una
frecuencia diferente, no son más que sandeces a las que se intenta dar una
cierta pátina de seriedad aludiendo vagamente a conceptos que mucha gente no
entiende. Además, el hecho de que las definiciones de la terapia cuántica sean
confusas y casi siempre diferentes indica que simplemente se trata de una
superchería que cada cual puede manipular como le plazca.
Mikao Usui.
Existen
otras pseudoterapias que sin referirse al término «cuántico» presentan
características muy similares. Es el caso del reiki, una supuesta «energía
vital universal» que a través de una técnica llamada «imposición» o «toque» se
transfiere desde las palmas de las manos del practicante hacia el paciente para
facilitar la curación física o emocional de este último. El concepto es muy
parecido a la vieja imposición de manos que durante siglos se ha practicado en
muchas religiones, y también tiene reminiscencias del magnetismo animal de
Mesmer. Cien años después de haber sido inventado por el budista japonés Mikao
Usui, el reiki cuenta con decenas de miles de practicantes, habiéndose
extendido por todo el planeta, incluyendo, por increíble que pueda parecer, a
algunos hospitales.
La gran
ventaja del reiki es su simplicidad y evidente inocuidad, lo que sin duda ha
influido en que se haya expandido rápidamente. Aunque existen distintas
modalidades, la idea es que la fuerza vital ki es accionada por un emisor, o
canal, que bien usando sus manos u otros métodos, según el nivel, transfiere la
energía al receptor. Se ha llegado a establecer incluso un relativamente
detallado manual de uso hospitalario, con contraindicaciones durante las
operaciones o en traumatología. Sin embargo, se trata de una pseudociencia
infumable, cuyos eventuales efectos beneficiosos únicamente pueden deberse a la
evolución natural de la enfermedad o a la sugestión. Al afirmar sin más la
existencia de una energía mística, que no puede ser medida ni detectada por método
alguno, el reiki se coloca a la altura de pseudoterapias como la homeopatía o
las llamadas «flores de Bach»[220], cuyo
verdadero peligro radica en que los pacientes abandonen los tratamientos
convencionales para echarse en brazos de una superchería.
En 1996
tuvo lugar una famosa anécdota al respecto cuando Emily Rosa, una niña de nueve
años, demostró con un experimento muy simple que los practicantes de una
variante del reiki que se había introducido nada menos que en el sistema
sanitario de Estados Unidos eran completamente incapaces de detectar la
supuesta «energía universal» que aseguraban manipular. Las veintiuna personas
que se sometieron a la prueba afirmaban que curaban las enfermedades mediante
pases de manos a poca distancia del cuerpo y la niña se propuso descubrir si
había algún tipo de energía involucrada en realidad. Para ello, se sentaba
enfrente del «sanador» de turno separada de él por un biombo de cartón con dos
agujeros en la base, a través de los cuales el sujeto introducía sus manos con
las palmas hacia arriba. Entonces Emily lanzaba una moneda al aire para decidir
sobre cuál de las manos del practicante iba a poner una de las suyas y le
preguntaba acto seguido en qué mano estaba detectando la elusiva «energía
vital». Como es natural, los pseudoterapeutas acertaron en casi la mitad de las
ocasiones, justamente lo que era de esperar puramente por azar.
La última
pseudociencia a la que haremos referencia es la homeopatía, no directamente
relacionada con ningún tipo de energía oculta, pero sí con ciertas capacidades
misteriosas del agua, en concreto una supuesta «memoria» química que
«recordaría» las propiedades de las sustancias con las que ha entrado en
contacto. La aberrante idea (imagínense si el agua conservase las propiedades
de las heces o de los residuos tóxicos a los que ha estado expuesta a lo largo
de su existencia) ha surgido en tiempos modernos para intentar explicar cómo es
posible que los preparados homeopáticos, caracterizados por diluciones
extremas, tengan algún efecto sobre el que los consume, cuando en muchos casos
es completamente imposible que quede ni siquiera una molécula de la sustancia
que supuestamente produce el efecto beneficioso. En efecto, al fundador de la
homeopatía, el médico alemán Samuel Hahneman (1755-1843), se le ocurrió la
peregrina idea, basada vagamente en las ideas de Paracelso, de que cuanto más
diluido estuviese un preparado más potente sería, justo lo contrario de lo que
sucede en realidad. Hahneman además opinaba que para activar las disoluciones
era preciso golpearlas con un cuerpo elástico, cosa que hacía a menudo con un
libro encuadernado en cuero.
Hahneman
vivió en una época en la que la química se estaba desarrollando y mantenía
muchas cuestiones pendientes, pero ya en el siglo XX resultaba muy difícil
sostener semejante sarta de estupideces. Por eso, sus seguidores se inventaron
la «memoria del agua», un concepto que, cómo no, asocian con ese cajón de
sastre de las pseudociencias que es la teoría cuántica, afirmando que el
disolvente es «activado» de alguna manera por la sustancia original, que
adquiere así unas propiedades curativas ausentes en el «agua inerte». Ni que
decir tiene que la memoria del agua no existe, pues al desaparecer el soluto
también lo hace cualquier estructura que el agua haya podido formar a su
alrededor como consecuencia de las débiles interacciones intermoleculares (ver
capítulo quinto).
Por
extraño que pueda parecer, en pleno siglo XXI el mundo está impregnado de
creencias falsas y supersticiones, en una época donde los bulos y las
supercherías de toda índole viajan a velocidad de vértigo por internet. Por
eso, es preciso profundizar en la educación científica del gran público, así
como mantener firme la llama del pensamiento crítico para advertir a los
incautos que la palabra «energía» esconde muchas veces un intento deliberado de
sacarles los cuartos sin compasión. La energía es una maravillosa realidad que
protagoniza nuestra vida pero, por suerte o por desgracia, no todas las formas
de esta que se reivindican existen de verdad.
Capítulo
XVI
Un día en tu vida
«Empieza
el día con energía».
Antiguo eslogan de una conocida marca de alimentación.
¿Se ha
preguntado alguna vez hasta qué punto la energía condiciona toda su existencia?
Es obvio que sabe usted que está vivo gracias a que come y que se transporta de
un sitio a otro pedaleando o quemando gasolina. También, que sus aparatos
electrodomésticos funcionan enchufándolos a la red eléctrica, y eso incluye al
teléfono móvil y al ordenador con los que se conecta a internet. Pero tal vez
algunas de las cosas que la energía hace por usted pasen más desapercibidas.
Un
ejemplo de esto es la manera en la que cocina usted los alimentos, o la forma
en la que se los sirven en el restaurante. Y es que una cocina es una especie
de central de transferencia de energía, prácticamente en todas sus formas. Por
ejemplo, cuando se hace usted un lenguado a la plancha está convirtiendo la
electricidad que pasa por el enchufe en calor, un calor que se transmite a la
pieza mediante el contacto con la plancha metálica, que lo conduce con
facilidad. Una vez dentro del pescado, la energía térmica agita las grandes
moléculas orgánicas hasta llegar a desnaturalizarlas. Eso quiere decir que
cambian de conformación tridimensional, y por eso ahora la carne del animal
tiene un aspecto distinto y más seco, ya que el calor también evapora parte del
agua que contiene el alimento. Sin embargo, si hierve usted el lenguado, el
calor que calienta el agua y que se transmite por convección al alimento
procede a menudo del quemador de gas natural o de gas butano, es decir, de la
energía química encerrada en los enlaces de las moléculas de estos
hidrocarburos, una energía que se transforma en térmica cuando prenden.
Curiosamente, al hervir el pescado el exterior no queda «tostado», cosa que sí
sucede en la plancha, y el motivo no es otro que el agua no puede pasar de cien
grados centígrados hasta que se transforma totalmente en vapor, una temperatura
insuficiente para que tengan lugar las reacciones químicas —reacciones de
Maillard— que pardean los alimentos.
Pero si
le da a usted por calentar el lenguado al microondas, ahora no está utilizando
el calor procedente de los enlaces químicos ni de la conducción procedente de
la electricidad, sino que ha transformado esta última en radiación
electromagnética, que agita las moléculas de agua que integran el 70 % del
pescado. Y si lo hace usted al horno entonces lo está calentando mediante tres
procesos diferentes: la conducción a través del soporte metálico, la convección
por parte del aire precalentado y la radiación emitida por el horno. Además, lo
suyo es que el lenguado vaya acompañado de una buena guarnición de verduras
asadas, unas verduras que usted ha cortado previamente en pedacitos utilizando
la energía mecánica de sus músculos.
Si es
usted observador, el trasteo culinario le dará la oportunidad de comprobar como
todas las formas de energía son equivalentes. Por ejemplo, usted podría
preparar una mayonesa batiendo la mezcla con una batidora que funciona con
electricidad, pero también podría hacerlo a mano, utilizando una energía
mecánica que a su vez procede de la quema de los alimentos dentro de su
organismo, y el resultado sería exactamente el mismo (¡siempre que usted bata
la mezcla con brío!). Como ve, su cocina es un auténtico laboratorio de
transferencia de energía en donde entran en juego muchas de las modalidades que
hemos estudiado a lo largo de este libro.
Pero es
que además de cocinar, a usted le gusta hacer deporte. Es muy probable que
juegue al pádel o al tenis, o que sea miembro de un equipo de fútbol sala. En
ese caso, su relación con la energía mecánica es francamente intensa, y se ve
usted sometido a toda suerte de procesos de transferencia de energía. Así,
supongamos que juega al fútbol y es usted de corta estatura, pero cuenta con
una buena musculatura en las piernas. Tal vez su disparo a balón parado sea
irresistible, ya que si la pierna describe un arco adecuado el balón podría
salir con una velocidad cercana a los ciento treinta kilómetros por hora.
Vamos, que si el portero no está muy atento y usted apunta bien, la pelota
acabará probablemente en el fondo de la red. Claro que la cosa puede depender
de algunos trucos. No es lo mismo golpear el balón con los dedos, que se
deforman casi como un muelle, que con una parte más rígida del pie, como el
empeine. En cambio, si es usted el portero, más vale que el lanzamiento le
pille confesado, ya que va a ver venir una esfera de casi medio kilo de peso
volando a más de 100 km/h que gira como una peonza. En ese caso, y en
prevención de lo que pueda suceder, colocará usted su barrera en el llamado
«palo corto», es decir, la zona de la portería donde el esférico va a tardar
menos tiempo en llegar, y por tanto va a ser más difícil de parar. Y ojo, que
si el estadio está a buena altura sobre el nivel del mar, tal y como sucede en
algunas capitales sudamericanas, el rozamiento del aire será menor y se
disipará menos energía durante el vuelo del balón, lo que hará que llegue más
rápido y sea más peligroso.
Ahora
bien, si juega usted de centrocampista o de delantero tiene que prestar
atención a su gasto energético, en el primer caso porque recorrerá más
distancia (entre seis y ocho kilómetros) y en el segundo porque aunque correrá
menos, tendrá que hacerlo esprintando, lo que puede suponer que sus músculos no
puedan quemar el ATP lo suficientemente rápido (ver capítulo décimo), tengan
que obtener energía de forma anaeróbica y acabe usted cosido a calambres. En
cualquier caso, si el partido es medianamente serio va a gastar usted entre mil
quinientas y dos mil calorías, lo suficiente como para perder unos dos o tres
kilos, eso jugando a una temperatura normal. Dado que esa energía procede de la
quema de la glucosa que transporta su sangre y del glucógeno que fabrica su
hígado, le conviene alimentarse unas horas antes del partido con una buena
ración de hidratos de carbono, los que contiene un generoso plato de pasta, por
ejemplo. Al final del encuentro se encontrará usted cubierto de sudor, no en
vano su cuerpo se esfuerza en proteger las preciosas proteínas, para que no les
pase lo mismo que a las del lenguado. Es decir, intenta evitar calentarse
demasiado ya que, como puede suponer, la segunda ley de la termodinámica hace
que irremisiblemente parte de la energía química se transforme en calor. En esa
tarea, las pequeñas gotitas de agua salada que salen a través de los poros de
la piel son muy eficientes, pues el calor específico del agua es bastante
elevado.
Una vez
fuera del campo, coge su coche para llegar a tiempo a la clínica, en la que
tiene hora para hacerse una resonancia magnética nuclear (RMN). En la recepción
del servicio le piden que se desprenda de todos los objetos metálicos y le
preguntan si lleva usted algún tipo de implante, tras lo cual tiene que
tumbarse en una camilla que los técnicos introducen en una especie de rosquilla
gigante que hace un ruido espantoso. Más allá de lo molesto del intenso sonido,
usted no nota nada, y eso que se encuentra dentro de uno de los campos
magnéticos más poderosos del planeta, en concreto unas cien mil veces más
intenso que el de la Tierra. ¿Los responsables? Unos imanes hechos de una
aleación superconductora de niobio-titanio, enfriada con helio líquido, capaces
de convertir en un proyectil mortal cualquier objeto metálico que se acerque a
la rosquilla. Ahora ya queda claro lo de los implantes, pero se preguntará
usted por qué se utiliza un campo magnético tan potente.
La
respuesta está como casi siempre en los átomos, en este caso los de su cuerpo.
Un protón es como una peonza eléctricamente cargada que gira sobre sí misma a
gran velocidad, lo que la convierte en un pequeño imán. Cada protón hace un
poco lo que le da la gana, pero el poderoso campo de la rosquilla obliga a un
buen número de ellos a alinearse en su dirección. Otros imanes menos poderosos
con los que también está equipado el aparato modulan el giro de forma distinta
según la parte del cuerpo de que se trate y eso permite fotografiarlo en
rodajas. ¿Y cómo se obtiene la imagen? Mediante pulsos de ondas de radio cuya
frecuencia coincide con la del campo magnético (frecuencia de resonancia[221]). Cuando
los alcanzan las ondas, los protones absorben primero la energía y luego la
devuelven, de forma que el aparato interpreta la señal y la transforma en una
imagen.
A usted
le preocupa estar siendo sometido a algo parecido a los rayos X porque la
radiación de alta frecuencia siempre resulta peligrosa, pero no debe
inquietarse porque lo que le bombardea en este caso son inocentes ondas de
radio. Distinto sería si le hubiesen hecho una tomografía computerizada, más
conocida como escáner, una sofisticada radiografía donde le bañarían
literalmente con los dichosos rayos mediante los movimientos de rotación del
aparato. Mientras descansa todavía dentro de la rosquilla, piensa en otro tipo
de radiación, el láser con el que su mujer va a operarse dentro de unas semanas
para corregir su miopía congénita. En ese caso, lo que su pareja va a
experimentar es cómo un poderoso haz de luz coherente directamente enfocado a
su córnea la corta y la pulimenta con la facilidad del cuchillo más afilado y
la precisión de la herramienta de un joyero. También se acuerda del marcapasos
que lleva su padre, un extraordinario instrumento que emite las pequeñas
descargas eléctricas que necesita el tejido muscular de su fatigado corazón
para latir al ritmo adecuado. El marcapasos lo que hace es literalmente
suplantar al sistema nervioso, enviando al músculo cardíaco las señales que
desencadenan la cascada electroquímica mediatizada por el omnipresente ATP, que
fuerza a las fibras formadas por dos proteínas, la actina y la miosina, a
deslizarse las unas con respecto a las otras dando lugar a los consiguientes
movimientos de contracción y relajación.
Al salir
de la clínica, mientras reflexiona sobre las maravillas de la medicina moderna,
se acuerda de que le había prometido a su hijo llevarlo al parque de
atracciones, otro de esos lugares que parecen ferias de demostración de la
energía mecánica en acción. Así que regresa a casa, lo recoge y se dirige al
parque sin dilación, no sin tener que soportar las quejas por su tardanza.
Lleva usted un buen coche, un utilitario con motor de gasolina que consume
relativamente poco, aunque lleva algunos meses pensando en sustituirlo por uno
eléctrico. El principal problema de los coches eléctricos es la autonomía,
aunque ya hay muchos modelos que pueden recorrer más de setecientos kilómetros
en carretera sin repostar. En el interior de su automóvil tiene lugar una
auténtica orgía de transferencias de energía, del motor a las ruedas a través
del cigüeñal y de las ruedas a la dinamo que produce la electricidad de la que
se alimentan casi todos los dispositivos del vehículo, incluyendo el cierre
centralizado, los elevalunas eléctricos, el ordenador de a bordo y, por
supuesto, los faros, en los que la energía eléctrica se transforma en luz.
Ya dentro
del parque de atracciones, su hijo se dirige a la atracción que más le gusta,
que no es otra que la lanzadera, en la que experimenta una caída libre de más
de cincuenta metros en un par de segundos, una muestra impresionante de la
transformación de la energía potencial asociada al campo gravitatorio terrestre
en energía cinética. Por fortuna, el freno que se activa en los últimos cinco
metros de bajada disipa la energía de modo que su hijo «aterriza» sano y salvo.
A continuación, y no contento del todo con la experiencia, se sube al barco
pirata, que oscila de un lado a otro hasta adoptar un ángulo de 75º,
intercambiando en cada oscilación la energía cinética y la energía potencial
como si se tratase de un péndulo, obviamente con la ayuda de la electricidad
que activa el motor de setenta y cinco kilovatios hora de potencia, necesario
para compensar las pérdidas de energía útil que son consecuencia de la
omnipresente segunda ley.
Ahora su
hijo ya tiene bastante, y le propone ir al cine a ver esa película de
superhéroes que también le prometió. Una vez en el cine, convenientemente
pertrechado con su bebida y sus palomitas, se dispone usted a ver la película,
en la que la mitad de los personajes violan de una forma u otra el principio de
conservación de la energía. Sale Superman, por ejemplo, cuya superfuerza
requiere un consumo de alimentos muchas veces superior al que podría llegar a
ingerir comiendo todo el día, y cuya piel tiene que ser verdaderamente de acero
(o de Kevlar — ver capítulo diez—) para poder disipar la energía de las balas y
los golpes que recibe[222]. El hijo
de Krypton, además, parece tener visión de rayos X, algo que exige que sus ojos
estén adaptados precisamente a esa longitud de onda, lo que en principio
debería suponer que esté ciego en el rango de la luz visible y no pueda ver
absolutamente nada más.
Otro de
los héroes que salen en la película es Flash, un chaval que, según de qué Flash
estemos hablando (a lo largo de la historia del cómic ha habido hasta veinte
superhéroes con este nombre), puede correr a una velocidad mayor que la del
sonido o, incluso, que la de la luz. Lo segundo es imposible, aunque tal vez
pudiese llegar al 99,999 % de dicha cifra, eso sí, pasando a pesar unos
dieciocho mil kilos como consecuencia de la célebre equivalencia entre masa y
energía[223], pero lo
primero es físicamente viable, siempre y cuando nuestro rapidísimo joven
consiga ingerir las más de cien mil calorías necesarias para correr varias
horas a semejante velocidad. Teniendo en cuenta que una persona normal haciendo
ejercicio intenso gasta unas mil doscientas a la hora, es difícil imaginar cómo
serán las comilonas de Flash.
Al salir
del cine, le pregunta usted a su hijo cuál es su supervillano favorito y le
contesta que Magneto, el antagonista de los X-Men capaz de controlar el
magnetismo a su antojo. El hecho de que Magneto sea imparable en casi cualquier
circunstancia, haya comido o no, lo convierte en una verdadera máquina de
movimiento perpetuo, algo que como sabemos es imposible. Por suerte, parece que
no se ha dado cuenta de que si sus poderes fuesen reales podría anular el campo
magnético del planeta, lo que nos condenaría a todos a muerte al desaparecer
nuestra barrera de defensa contra las tormentas solares. En cuanto a su heroína
favorita, sin duda se tratará de Susan Storm, la guapísima miembro de los 4
Fantásticos que puede volverse invisible. En este caso, sin embargo, las
hazañas de Susan no distan mucho de hacerse realidad, si atendemos a las más
recientes investigaciones en metamateriales[224] cuya
estructura de componentes de tamaño inferior a trescientos nanómetros consiguen
que la luz no se refleje, lo que impide ver cualquier objeto que se encuentre
detrás. No puede decirse lo mismo de su hermano, la Antorcha Humana, dado que
aún no se han inventado ni la piel ignífuga ni la sangre que no hierva a más de
cien grados.
La
película ha sido entretenida y tanto usted como su hijo salen contentos. Es el
mes de diciembre, así que cuando llega usted a su casa experimenta esa
agradable sensación que proporciona un recinto bien caldeado, en este caso por
la caldera que consume gas natural. En su día le ofrecieron instalar una bomba
de calor reversible[225], más
económica que la combinación de instalaciones separadas de calefacción y aire
acondicionado, pero usted descartó la idea porque al salir el aire caliente por
una tobera tiene tendencia a ascender, dejando sin calentar apropiadamente la
parte inferior de la vivienda. Además, llega cansado, porque el ascensor no
funciona debido a que se ha estropeado la célula fotoeléctrica, imprescindible
para que la puerta no atrape a los vecinos cuando tardan en entrar. Lo que
seguro que no se le ha pasado por la cabeza es que el efecto fotoeléctrico
mediante el que opera la célula fue uno de los primeros fenómenos asociados con
el misterioso mundo cuántico, explicado hace ya más de un siglo por el famoso
Albert Einstein (ver capítulo octavo).
Tras
saludar alborozado a su madre, su hijo se dispone a jugar con un cochecito a
pilas, en el que la energía química de la pila se transforma en energía
eléctrica, que a su vez se convierte en energía mecánica a través del pequeño
motor eléctrico que contiene.
La recarga de baterías de coches eléctricos en la calle, cada día más usual.
Recuerde
que lo que suministra la pila es una corriente continua, a diferencia de los
enchufes de la casa, que suministran corriente alterna[226] que
después se convierte en continua en los transformadores que equipan sus
electrodomésticos. El cochecito de su hijo puede llegar a funcionar durante
muchas horas porque va equipado con una moderna pila de litio que dura siete
veces más que una alcalina normal, acumulando suficiente energía química como
para que no tenga usted que cambiarla en muchas semanas.
En cuanto
a usted, arrellanado en el sofá se dispone a consultar el teléfono móvil, ese
dispositivo que recibe y envía ondas electromagnéticas con información
codificada digitalmente. Si envía mensajes a través de las redes sociales desde
su casa, lo estará haciendo probablemente a través de la wifi, y tal vez sienta
un poco de aprensión porque el otro día su cuñado le dijo que daba cáncer. Pero
no debe preocuparse. La wifi opera en el rango de frecuencias de las
microondas, igual que el horno de su cocina, pero a diferencia de este las
ondas electromagnéticas son emitidas con una intensidad muy baja, así que no
hay peligro de que se calienten las moléculas de agua de su cuerpo. Por lo
demás, la wifi es completamente inocua, no en vano las microondas tienen menor
frecuencia que la luz visible. Y si esta no le da cáncer difícilmente va a
poderlo hacerlo una radiación de longitud de onda más larga. Recuerde que por
debajo del ultravioleta, la radiación electromagnética no puede ionizar las
grandes moléculas biológicas porque la onda es demasiado larga como para
«chocar» con ellas. Así que digamos que las «rodea», de modo parecido a lo que
hacen las ondas de radio con las montañas. De todas formas, usted ya lo sabía
porque lleva desde pequeño viendo la televisión y escuchando la radio y nunca
ha tenido problemas. Así que ya sabe lo que tiene que contestarle a su cuñado.
Por
cierto, ya que hablamos de la radio es muy probable que usted se haya
preguntado qué diferencia hay entre las emisoras AM y las FM. Pues bien, en las
primeras, que son las más antiguas, la información se transmite modulando la
amplitud de la señal —de ahí lo de Amplitud Modulada—. En este caso el tamaño
de las ondas es mayor y por tanto tienen mayor alcance, y por eso las emisoras
AM pueden escucharse en lugares donde no se pueden sintonizar las de FM que no
estén lo bastante cerca. Por el contrario, la calidad del sonido FM (Frecuencia
Modulada) es mucho mejor, porque el mayor ancho de banda[227] permite
transmitir veinte veces más información. Por eso casi todas las emisoras de
música y las que operan en centros urbanos emiten en FM, frente a las emisoras
rurales y regionales que utilizan preferentemente la AM.
Va
cayendo la noche, y mientras sigue a lo suyo con el teléfono le parece escuchar
cómo empieza a caer la lluvia. A usted siempre le ha gustado escuchar llover,
sobre todo en verano, cuando la lluvia refresca las tardes calurosas de forma
considerable, no olvide lo que hemos comentado acerca del calor específico del
agua. Lo que no le gusta demasiado son las tormentas, con su despliegue de
aparato eléctrico en forma de rayos acompañado del estruendoso sonido de los
truenos, generados cuando la onda de choque causada por el brutal aumento de
volumen del aire calentado a cerca de veintiocho mil grados por los rayos se
mezcla con el aire frío del entorno. Sin embargo, los truenos pueden ser muy
útiles, ya que estimando el tiempo que transcurre entre el relámpago, que vemos
de forma instantánea (recuerde que la luz viaja a unos trescientos mil
kilómetros por segundo) y el ruido del trueno, que viaja a la velocidad del
sonido (ondas provocadas por las variaciones en la presión del aire que se
trasladan a unos trescientos cuarenta metros por segundo), podemos calcular
fácilmente a qué distancia está la tormenta. Así, cada tres segundos de retraso
entre el segundo fenómeno y el primero equivalen a un kilómetro de distancia.
Sin saber nada acerca de la naturaleza de la luz ni del sonido, nuestros
antepasados usaban esta técnica para intentar protegerse de las tormentas, que
a menudo provocaban graves inundaciones o pavorosos incendios.
El colmo
de las tormentas son los ciclones tropicales, más conocidos como tifones en el
Pacífico Occidental y como huracanes en el Atlántico, el Caribe y el Pacífico
Oriental. Si vive usted en una zona costera susceptible de experimentar una
tormenta de estas su familia corre un peligro real, ya que son de una
intensidad descomunal, hasta el punto de que la energía mecánica desplegada
como consecuencia de las gigantescas transferencias de calor en la atmósfera da
lugar a vientos que pueden superar los doscientos cincuenta kilómetros por hora
en el caso de un ciclón de categoría cinco —la más alta— en la escala
Saffir-Simpson. En diez minutos, un huracán de este tipo puede concentrar más
energía que todas las armas nucleares del planeta y liberar durante su
trayectoria una cantidad suficiente como para abastecer las necesidades
energéticas de todo el mundo durante un año. Por desgracia, los devastadores
ciclones de categoría cuatro y cinco son cada vez más frecuentes, como
consecuencia del calentamiento global.
Pero la
tormenta de esta noche es relativamente benigna, de forma que nada le impide
bajar la basura después de cenar. Cuando recoge las bolsas de los cubos de la
cocina no puede evitar una mueca de fastidio, ya que la basura está mezclada en
lugar de estar cada cosa en su sitio. Para usted, el reciclaje es importante
para cuidar el planeta y, sin embargo, no consigue que el resto de su familia
se lo tome muy en serio. Por fortuna, desconoce hasta qué punto reciclar
convenientemente la basura tiene impacto sobre el consumo de energía, de lo
contrario se habría cogido un berrinche. El vidrio de las botellas, por
ejemplo, puede ser reciclado prácticamente sin límite, una y otra vez, con un
ahorro de energía equivalente al treinta por ciento con respecto al vidrio
nuevo y sin perder un ápice de sus propiedades. El papel reciclado, por su
parte, supone un ahorro de energía de entre el cuarenta y el sesenta y cinco
por ciento en comparación con el papel hecho con pasta no reciclada. En cuanto
al aluminio, la fabricación de una lata de cerveza o de refresco con metal
reciclado consume… ¡un noventa y cinco por ciento menos de energía que la lata
original! Y en el caso de las pilas del cochecito de juguete de su hijo, su
reciclaje es incluso más importante, ya que las pilas contienen metales pesados
y productos químicos tóxicos que envenenan el medio ambiente. Además, muchos
desperdicios aparentemente sin utilidad alguna pueden ser destinados a obtener
energía. Por ejemplo, los huesos de las aceitunas del aperitivo que tanto le
gustan, de las que en un país como España se producen más de cuatrocientas
cincuenta mil toneladas al año, son un combustible excelente para las calderas
de biomasa, debido a su densidad y a su alto poder calorífico.
Las
bondades del reciclaje, del que es usted un auténtico fan, le hacen reflexionar
sobre el consumo de energía que hay en su casa y en qué medida resulta
eficiente. En este sentido, tal vez se haya preguntado cuáles son los
electrodomésticos que menos gastan. Pero la pregunta tiene truco. Hay aparatos
que no consumen demasiado pero que al estar enchufados todo el rato incrementan
mucho el gasto de energía, como es el caso del frigorífico[228],
responsable de casi un tercio de todo lo que consumen sus electrodomésticos en
un día. El horno o la lavadora consumen menos, un ocho y un doce por ciento
respectivamente, pero hay que tener en cuenta que solo están conectados durante
un periodo limitado. En cuanto a la televisión, llega a consumir en promedio
otro doce por ciento, una cantidad que puede multiplicarse si comete usted el
error de dejarlo en standby. El ordenador consume menos, alrededor del 7,7 %, a
no ser que lo suyo sea el teletrabajo, en cuyo caso la cifra puede dispararse.
En cualquier caso, a la hora de comprar un electrodoméstico es importante
fijarse en su nivel de consumo. En la Unión Europea de 2020, la etiqueta
energética es obligatoria en frigoríficos, congeladores, lavadoras, secadoras,
lavavajillas, fuentes de luz, hornos eléctricos y aires acondicionados. Un
aparato etiquetado con una A, por ejemplo, consume tres veces menos que uno
etiquetado con una G, la peor clasificación de todas.
Pero si
hay que tener cuidado con los electrodomésticos para que la factura de la luz
no se vaya por las nubes, ¿qué decir de la iluminación? El alumbrado de los
hogares ha pasado por muchas vicisitudes, desde los tiempos en que se
utilizaban velas de cera o lámparas de aceite (los humanos siempre quemando
compuestos de carbono), hasta las célebres bombillas incandescentes que inventó
Thomas Alva Edison (ver capítulo cuatro), pasando por la luz de gas de finales
del siglo XIX. El dominio de las bombillas fue absoluto durante la práctica
totalidad del siglo XX, aunque en las oficinas y en otras instalaciones a
partir de los años cuarenta se adoptaron con preferencia los tubos
fluorescentes[229], que
consumían cinco veces menos. Luego llegaron las lámparas halógenas, potentes
pero todavía derrochonas, hasta que finalmente la tecnología y el sentido común
alumbraron, nunca mejor dicho, las bombillas de bajo consumo de tipo
fluorescente y LED[230].
Todas las
bombillas de su casa son LED, algo de lo que está usted particularmente
orgulloso. En estos pequeños dispositivos, el movimiento de los electrones a
través de la unión de dos cristales de un material semiconductor (normalmente
silicio) libera energía en forma de fotones, un efecto llamado
electroluminiscencia. La luz de los primeros ledes era de baja intensidad, como
la que emite el mando a distancia de su televisor, pero la de los de hoy en día
es potente y económica. Una bombilla LED cuesta el doble que una incandescente,
pero es casi siete veces más eficiente y dura unas cuarenta veces más, lo que
al final se traduce en un ahorro importante si las instalamos en toda la casa.
En términos de consumo energético, podemos estar hablando de un ochenta y cinco
por ciento menos que cuando equipaba su vivienda con la clásica iluminación
incandescente, lo que no está nada mal.
Esquema de un led. [Wikifisica2016]
Pero a la
hora de ahorrar energía, lo que más aporta a la casa es el excelente
aislamiento con el que fue construida, complementada por la instalación de
doble acristalamiento que ordenó pocos meses después de comprarla. El doble
acristalamiento no solo elimina la mayor parte de los ruidos de la calle, ya
que las ondas de sonido tienen el doble de dificultad para atravesar el vidrio,
sino que la capa de aire que se encuentra entre ambos cristales impide que se
escape el calor y rebaja la factura de la calefacción de forma considerable.
Además, reduce la penetración de rayos ultravioleta en su domicilio hasta en un
noventa y uno por ciento. Definitivamente, merece la pena gastarse un poco más
al principio y equipar la casa con bombillas LED y doble acristalamiento.
Pero ya
son las doce de la noche y usted tiene sueño. El día ha sido intenso y mañana
trabaja, así que tiene que levantarse temprano. Se acuesta, le da un beso a su
pareja y cierra los ojos. Poco a poco, le invade el sopor y se queda dormido.
Aunque usted no lo sabe, esa extraordinaria máquina que es su organismo está
entrando en standby, algo que ya hemos dicho que no es conveniente en el caso
del televisor, pero que resulta ineludible en el suyo, ya que apagarse del todo
sería sinónimo de morirse. La señal de «hibernación» la emite el cerebro, que
modifica los impulsos eléctricos dando lugar a una serie de patrones diferentes
a los de la vigilia. Estas diferencias desencadenan una cascada de efectos a
nivel fisiológico, el más evidente de los cuales es la desconexión de gran
parte de la consciencia. La tasa metabólica cerebral disminuye, al igual que lo
hacen el ritmo cardíaco, la presión arterial y el tono muscular. La temperatura
del cuerpo, sin embargo, no varía mucho, lo que demuestra que las centrales de
energía de sus células —las mitocondrias— continúan casi a pleno rendimiento.
Su cuerpo se ha convertido en una factoría en la que se apagan las luces y baja
a mínimos la producción, pero en la que los sistemas básicos siguen funcionando
perfectamente. Curiosamente, durante la fase de sueño REM (Rapid Eye Movement)[231],
caracterizada por sueños a menudo muy vívidos, las ondas cerebrales se vuelven
más parecidas durante un rato a las de la fase de vigilia, como corresponde a
un nivel de consciencia más elevado. Las fases del sueño se van alternando
hasta que finalmente la actividad eléctrica del cerebro va recuperando los
patrones de vigilia, y sus neuronas parecen encenderse como si fuesen
bombillas, aquí y allá, hasta que finalmente se despierta.
Como ve,
la energía hace por usted mucho más de lo que a menudo suele pensar. De hecho,
condiciona toda su existencia desde que se levanta hasta que se acuesta, y nada
de lo que haga o piense puede funcionar sin ella. Puede parecerle que si hay
algo en el mundo con un toque divino somos nosotros, pero tiene que darse
cuenta de que en realidad no somos más que centrales energéticas ambulantes,
organizadas hasta el punto de llegar a asombrarse de sí mismas.
Epílogo
Hasta el infinito y más allá
«… To
boldly go where no man has gone before!».
Star Trek (1966-1969).
Amable
lector, estamos llegando al final de nuestro pequeño viaje. A lo largo de este
libro hemos recorrido en compañía de nuestros antepasados el largo camino de
nuestra especie hacia la comprensión y el dominio de ese elusivo concepto al
que denominamos energía, una realidad que condiciona nuestras vidas como
ninguna otra cosa lo hace. Con la curiosidad, el ingenio y la perseverancia de
incontables personajes a lo largo de la historia se ha ido construyendo, paso a
paso, un conocimiento científico que se encuentra detrás del desarrollo de una
civilización paradójica, caracterizada por resplandecientes ciudades y
brillantes automóviles en convivencia estrecha con el calentamiento global y
con aterradores arsenales nucleares.
¿Qué nos
depara el futuro y cómo podría evolucionar nuestra relación con la energía? Sin
lugar a dudas, y como ya hemos dicho en un par de ocasiones, la consecución
definitiva de la fusión nuclear controlada, un logro que llevamos décadas
persiguiendo, nos permitiría disponer de una fuente de energía prácticamente
inagotable que podría hacernos dejar atrás definitivamente la era de los
combustibles fósiles, ayudándonos a superar la ominosa amenaza del cambio
climático. Esa misma fuente de energía podría permitirnos equipar astronaves
mucho más rápidas, quizá convirtiendo en rutinaria la exploración del resto del
sistema solar. Del mismo modo, aunque de forma más especulativa, es muy posible
que el advenimiento de una futura «teoría del todo», es decir, una comprensión
en profundidad de la relación entre la gravedad y el mundo cuántico, nos ayude
a desarrollar nuevas e innovadoras maneras de jugar con la energía. Por último,
el esclarecimiento del misterio de la materia y la energía oscuras podría
abrirnos la puerta a un mundo de posibilidades insospechadas.
Proyecciones en la escala de Kardashov de la civilización humana, desde los
años 1900 a 2030, basados en los datos de la Agencia Internacional de Energía
World Energy Outlook.
En
cualquier caso, parece claro que nuestro afán por aprovechar la transformación
de la energía en sus múltiples formas de un modo cada vez más intensivo no va a
parar, sobre todo si atendemos a la evolución de nuestro consumo hasta la
fecha. Para que se hagan una idea, según los últimos cálculos, durante los
últimos setenta años la humanidad ha consumido en total unos veintidós
zettajulios[232] de
energía, una cifra un cincuenta por ciento más elevada que los catorce y medio
que se estima fueron consumidos entre el final de la Edad del Hielo, hace unos
once mil setecientos años, y 1950. ¿Es posible mantener este tipo de
crecimiento exponencial?
En 1964,
el astrofísico ruso Nikolái Kardashov (1932-2019) propuso medir el grado de
evolución de una civilización en base a la cantidad de energía que fuese capaz
de utilizar a partir de su entorno. Kardashov estableció una escala de tres
categorías, del Tipo I al Tipo III, que también estarían relacionadas con el
grado de colonización del espacio. En términos generales, podría decirse que
una civilización de Tipo I sería la que ha logrado dominar todos los recursos
energéticos de su planeta de origen, mientras que la de Tipo II aprovecharía
todos los de su sistema planetario y la de Tipo III todos los de su galaxia. En
la actualidad, nuestra civilización humana habría alcanzado un valor aproximado
de 0,725 en la escala Kardashov, por lo que quizá pudiese convertirse en un
ejemplar del Tipo I en los próximos cien o doscientos años. Se supone que las
civilizaciones del Tipo III son totalmente hipotéticas, comparables a la
federación de planetas de la serie de ciencia ficción Star Trek o al imperio
galáctico de Star Wars, pero las de Tipo II podrían resultar teóricamente
viables. ¿Cómo? Tal vez mediante la construcción de una «esfera de Dyson».
Esquema de una esfera de Dyson. [Lucien leGrey]
Una
esfera de Dyson es una megaestructura hipotética, originalmente propuesta por
el gran físico inglés Freeman Dyson (1923-2020), consistente en un enjambre o
una burbuja de colectores de energía solar que rodearían a una estrella para
capturar la mayor parte de su energía. El desafío tecnológico y económico para
construir semejante artefacto sería descomunal, casi inimaginable, pero, al
menos sobre el papel, teóricamente posible. Hasta hace poco, las esferas de
Dyson aparecían solamente en obras de ciencia ficción, como la célebre
Ringworld (Mundo Anillo) de Larry Niven. Sin embargo, en 2015 comenzó a
especularse con que las extrañas anomalías observadas en la luminosidad de KIC
8462852, una estrella algo más grande que el Sol situada a unos mil quinientos
años luz de la Tierra, pudieran deberse a un dispositivo de este tipo. Por
descontado, lo más probable es que el peculiar comportamiento de este astro se
deba a algún tipo de fenómeno natural aún por determinar y, de hecho, las
últimas evidencias parecen ser incompatibles con la presencia de
megaestructuras, pero no es descartable que con el tiempo la humanidad se
aventure a construir gigantescos colectores para aprovechar a mayor escala la
energía del Sol.
Y
después, ¿qué? ¿Podría la humanidad llegar a colonizar toda la galaxia? Por
sorprendente que pueda parecer, la respuesta es afirmativa, sin que haga falta
en absoluto superar el límite de la velocidad de la luz para lograr semejante
hazaña. De hecho, lo único que se requiere es tiempo. Tal y como comentamos en
el último capítulo, las cosmonaves equipadas, por ejemplo, con propulsión
nuclear de pulso, podrían llevarnos a las estrellas más cercanas en cuestión de
décadas. Una vez en ellas, podríamos colonizar el o los planetas más adecuados
y después continuar el proceso, llevando a cabo la exploración y colonización
de nuevos sistemas estelares al cabo de unas generaciones. A medida que el
número de colonias creciese, la colonización se extendería de forma
exponencial, hasta el punto de que en un millón de años toda la galaxia podría
estar ocupada[233]. La
especie humana se estaría acercando a una civilización del Tipo III en la
escala Kardashov.
Si
llegásemos a hacer realidad un escenario como ese, la humanidad habría
completado su largo camino, entrando en un estado de la evolución muy
diferente, y la Vía Láctea brillaría como uno de los escasos faros de
resplandeciente consciencia en ese gigantesco océano que llamamos universo. De
la mano, como no, de la energía, el principio y el final de todo.
Bibliografía
El móvil
perpetuo y la conservación de la energía
·
Angrist, Stanley (1968). Perpetual Motion Machines.
Scientific American. 218 (1): 115-122.
·
Barrow, John D. (1998). Impossibility: The Limits
of Science and the Science of Limits. Oxford University Press.
·
Bechmann, Roland (1991) - Villard de Honnecourt. La
pensée technique au XIIIe siècle et sa communication - Picard Éditeur.
·
Brodianski, V.M. (1990) Móvil perpetuo, antes y
ahora. Ed. Mir.
·
Dircks, Henry. (1870). Perpetuum Mobile: Or, A
History of the Search for Self-Motive Power, from the 13th to the 19th Century
with an Introductory Essay. Second Series. London. W. Clowes and Sons.
·
Gould, Rupert T. (1944). La rueda de Orffyreus, en
Oddities: A Book of Unexplained Facts, ed. rev., Geoffrey Bles, pp. 89-116.
Reimpreso por Kessinger Pub Co., 2003.
·
Jenkins, Alejandro (2013). The mechanical career of
Councillor Orffyreus, confidence man. American Journal of Physics. 81 (6):
421-427.
·
Ord-Hume, Arthur W. J. G. (1977). Perpetual Motion:
The History of an Obsession. St. Martin’s Press.
·
Scaffer, Simon (June 1995). The Show that Never
Ends: Perpetual Motion in the Early Eighteenth Century. The British Journal for
the History of Science. 28 (2): 157-189.
·
Thomson, Ron B. (2005) Peter Peregrinus, Medieval
Science, Technology and Medicine. An Encyclopedia, ed. Thomas Glick et al.
(Routledge), pp. 388-389.
·
Verance, Percy. (1916). Perpetual Motion:
Comprising a History of the Efforts to Attain Self-Motive Mechanism with a
Classified, Illustrated Collection and Explanation of the Devices Whereby it
Has Been Sought and Why They Failed, and Comprising Also a Revision and
Re-Arrangement of the Information Afforded by «Search for Self -Motive Power
During The 17th, 18th and 19th Centuries», London, 1861, and A History of the
Search for Self-Motive Power from the 13th to the 19th Century, London, 1870,
by Henry Dircks, C. E., LL. D., etc. 20th Century Enlightenment Specialty Co.
·
Zenner, Marie-Thérèse, ed. (2004) Villard’s Legacy:
Studies in Medieval Technology, Science, and Art in Memory of Jean Gimpel.
Aldershot, Hants., and Burlington, Vt.
La Vis
Viva, la manzana de Newton y el secreto de Star Trek
·
Bechler, Z. (1991). Newton’s Physics and the
Conceptual Structure of the Scientific Revolution. Springer.
·
Carroll, S.M. (2004), Spacetime and Geometry: An
Introduction to General Relativity. Addison-Wesley.
·
Grøn, Ø.; Hervik, S. (2007), Einstein’s General
Theory of Relativity. Springer.
·
Casini, P. (1988). Newton’s Principia and the
Philosophers of the Enlightenment. Notes and Records of the Royal Society of
London 42 (1): 35-52.
·
Cheng, T. (2005). Relativity, Gravitation and
Cosmology: A Basic Introduction. Oxford University Press.
·
Christianson, G.E. (1996). Isaac Newton and the
Scientific Revolution. Oxford University Press.
·
Clavelin, M. (1974). The Natural Philosophy of
Galileo. MIT Press.
·
Cohen, I. B. (1980). The Newtonian Revolution.
Cambridge University Press.
·
Ford, L. H. and Roman, T. A. (1996). Quantum field
theory constrains traversable wormhole geometries. Physical Review D: 5496.
·
Gleick, J. (2003). Isaac Newton. Alfred A. Knopf.
·
Goldstein, H.; Poole, C.; Safko, J. (2002).
Classical Mechanics. Addison Wesley. pp. 589-598.
·
Grant, E. (1996). The Foundations of Modern Science
in the Middle Ages: Their Religious, Institutional, and Intellectual Contexts.
Cambridge: Cambridge University Press.
·
Hannam, J. (2009). God’s Philosophers: How the
Medieval World Laid the Foundations of Modern Science. Icon Books Ltd.
·
Hellingman, C. (1992). Newton’s Third Law
Revisited. Phys. Educ. 27 (2): 112-115.
·
Hilliam, R. (2005). Galileo Galilei: Father of
Modern Science. The Rosen Publishing Group.
·
Heilbron, J. L. (2010). Galileo. New York: Oxford
University Press.
·
Lindberg, D. (2008). Galileo, the Church, and the
Cosmos. In Lindberg, D.; Numbers, R. (eds.). When Christianity and Science
Meet. University of Chicago Press.
·
Losee, J. (1966). Drake, Galileo, and the Law of
Inertia. American Journal of Physics. 34 (5): 430-432.
·
Robinson, A. (2010). Einstein; Cien años de
relatividad. Blume.
·
Sharratt, M. (1994). Galileo: Decisive Innovator.
Cambridge University Press.
·
Taylor, E. F.; Wheeler, J. A. (2000), Exploring
Black Holes: Introduction to General Relativity, Addison Wesley.
·
Thorne, Kip; Hawking, Stephen (1994). Black Holes
and Time Warps: Einstein’s Outrageous Legacy. W. W. Norton.
·
Weinberg, S. (1972) Gravitation and Cosmology:
Principles and Applications of the General Theory of Relativity, Wiley.
·
White, M. (1997). Isaac Newton: The Last Sorcerer.
Fourth Estate Limited.
Y el
universo se morirá de calor…
·
Atkins P. (2007). Four Laws that Drive the
Universe. OUP Oxford.
·
Cardwell, D.S.L. (1971). From Watt to Clausius: The
Rise of Thermodynamics in the Early Industrial Age. Heinemann.
·
Goldstein, M. and Inge F. (1993). The Refrigerator
and the Universe. Harvard Univ. Press.
·
Halliwell, J.J. (1994). Physical Origins of Time
Asymmetry. Cambridge.
·
Hiebert, E.N. (1981). Historical Roots of the
Principle of Conservation of Energy. Madison, Wis.: Ayer Co Pub.
·
Kline, S.J. (1999). The Low-Down on Entropy and
Interpretive Thermodynamics, DCW Industries.
·
Leff, H.S. & Rex, A.F. (eds) (1990). Maxwell’s
Demon: Entropy, Information and Computing. Bristol: Adam Hilger.
·
Rao, Y. V. C. (2004). An Introduction to
Thermodynamics. Universities Press.
·
Rosenberg, R. M. (2010). From Joule to Caratheodory
and Born: A Conceptual Evolution of the First Law of Thermodynamics. J. Chem.
Educ. 87 (7): 691-693.
·
Roy, B.N. (2002). Fundamentals of Classical and
Statistical Thermodynamics. John Wiley & Sons.
·
Sharlin, H.I. (1979). Lord Kelvin: The Dynamic
Victorian. Pennsylvania State University Press.
·
Sidharth, BG (2008). The Thermodynamic Universe.
World Scientific.
·
Smith, C. (1998). The Science of Energy: Cultural
History of Energy Physics in Victorian Britain. Heinemann.
·
Sutherland, H. B. (1973). Rankine: His Life and
Times. Londres: The Institution of Civil Engineers.
·
Truesdell, C. A. (1980). The Tragicomical History
of Thermodynamics, 1822-1854, Springer.
El poder
de electro
·
Baigrie, B. (2006). Electricity and Magnetism: A
Historical Perspective, Greenwood Press.
·
Berkson, W. (1974) Fields of force: the development
of a world view from Faraday to Einstein. Routledge.
·
Carlson, W. B. (2013). Tesla: Inventor of the
Electrical Age. Princeton University Press.
·
Cheney, M. (2001). Tesla: Man Out of Time.
Touchstone.
·
James F.A.J.L. (2010). Michael Faraday: A Very
Short Introduction. Oxford University Press.
·
Guarnieri, M. (2013). The Beginning of Electric
Energy Transmission IEEE Industrial Electronics Magazine. 7 (1): 57-60 / 7 (2):
52-59.
·
Hughes, T.P. (1993). Networks of Power:
Electrification in Western Society, 1880-1930. John Hopkins University Press.
·
Jones, D. A. (1991). Electrical engineering: the
backbone of society. Proceedings of the IEE: Science, Measurement and
Technology 138 (1): 1-10.
·
Jonnes, J. (2003). Empires of Light: Edison, Tesla,
Westinghouse, and the Race to Electrify the World. Random House.
·
Leo Lemay, J. A. (2006). The Life of Benjamin
Franklin. University of Pennsylvania Press.
·
Mahon, B. (2003). The Man Who Changed Everything –
the Life of James Clerk Maxwell. Wiley.
·
Pancaldi, G. (2003). Volta: Science and Culture in
the Age of Enlightenment. Princeton University Press.
·
Saslow, W. (2002). Electricity, Magnetism, and
Light. Thomson Learning.
·
Seifer, M.J. (2001). Wizard: the Life and Times of
Nikola Tesla: biography of a genius. Citadel.
·
Srodes, J. (2002). Franklin: The Essential Founding
Father, Regnery Publishing.
Todo en
la vida es química… y los sueños química son
·
Asimov, I. (1980) Breve historia de la química.
Alianza Editorial.
·
Brock, W. H. (1992). The Fontana History of
Chemistry. Fontana Press.
·
Conant, J.B. ed. (1950). The Overthrow of
Phlogiston Theory: The Chemical Revolution of 1775-1789. Harvard University
Press.
·
Donovan, A. (1993). Antoine Lavoisier: Science,
Administration, and Revolution. Cambridge University Press.
·
Grey, V. (1982). The Chemist Who Lost His Head: The
Story of Antoine Lavoisier. Coward, McCann & Geoghegan, Inc.
·
Jackson, J. (2005). A World on Fire: A Heretic, an
Aristocrat and the Race to Discover Oxygen. Viking.
·
Kim, M. G. (2003). Affinity, That Elusive Dream: A
Genealogy of the Chemical Revolution. MIT Press.
·
Linden, S. J. (2003). The Alchemy Reader: from
Hermes Trismegistus to Isaac Newton. Cambridge University Press.
·
Lindsay, J. (1970). The Origins of Alchemy in
Graeco-Roman Egypt. Barnes & Noble.
·
Newman, W.R. (2006). Atoms and Alchemy: Chemistry
and the Experimental Origins of the Scientific Revolution. University of
Chicago Press.
·
Partington, J. R. (1989). A Short History of
Chemistry. Dover Publications, Inc.
·
Riviere, P. (2001). Paracelso. Editorial De Vecchi.
·
Rocke, A.J. (2010). Image and Reality: Kekulé,
Kopp, and the Scientific Imagination. University of Chicago Press.
·
Scerri, E. (2007). The Periodic Table: Its Story
and Its Significance. Oxford University Press.
·
Smartt Bell, M. (2005). Lavoisier in the Year One:
The Birth of a New Science in an Age of Revolution. Atlas Books, W.W. Norton.
·
Strathern, Paul. (2000). El sueño de Mendeléiev. De
la alquimia a la química. Siglo Veintiuno de España Editorial.
Y dijo
Dios: «Haya luz»
·
Aspect, A. (2017). From Huygens’ waves to
Einstein’s photons: Weird light. Comptes Rendus Physique. 18 (9-10): 498-503.
·
Cassidy, D (2002). Understanding Physics. Springer
Verlag New York.
·
Consoli, M.; Pluchino, A. (2018). Michelson-Morley
Experiments: An Enigma for Physics & The History of Science. World
Scientific. pp. 118-119.
·
Dijksterhuis, F.J. (2004). Lenses and Waves:
Christiaan Huygens and the Mathematical Science of Optics in the 17th Century,
Kluwer Academic Publishers.
·
Ellis, GFR; Uzan, J-P (2005). ‘c’ is the speed of
light, isn’t it? American Journal of Physics. 73 (3): 240-27.
·
Galison, P (2003). Einstein’s Clocks, Poincaré’s
Maps: Empires of Time. W.W. Norton.
·
Guarnieri, M. (2015). Two Millennia of Light: The
Long Path to Maxwell’s Waves. IEEE Industrial Electronics Magazine. 9 (2):
54-56, 60.
·
Guillen, M. (1999). Five Equations That Changed the
World. Abacus.
·
Kaku, M. (2005). El Universo de Einstein: cómo la
visión de Albert Einstein transformó nuestra comprensión del espacio y el
tiempo. Antoni Bosch editor.
·
Liberati, S; Sonego, S; Visser, M (2002).
Faster-than-c signals, special relativity, and causality. Annals of Physics.
298 (1): 167-85.
·
Mendelson, KS (2006). The story of c. American
Journal of Physics. 74 (11): 995-97.
·
Pais, A (1982). Subtle is the Lord: The Science and
the Life of Albert Einstein. Oxford University Press.
·
Robinson, A. (2006). The Last Man Who Knew
Everything: Thomas Young, the Anonymous Polymath Who Proved Newton Wrong,
Explained How We See, Cured the Sick and Deciphered the Rosetta Stone. Pi
Press.
·
Schwinger, Julian (1986): Einstein’s Legacy: The
Unity of Space and Time. Scientific American Library.
·
Wood, A. (2011). Thomas Young: Natural Philosopher
1773-1829. Cambridge University Press.
·
Zhang, YZ (1997). Special Relativity and Its
Experimental Foundations. Advanced Series on Theoretical Physical Science. 4.
World Scientific. pp. 172-73
El
corazón del átomo
·
Armstrong, R. C.; Wolfram, C.; Gross, R.; Lewis, N.
S.; and Ramana M.V. et al. (2016). The Frontiers of Energy, Nature Energy, Vol
1, 11.
·
Bernstein, J. (2001). Hitler’s Uranium Club: The
Secret Recordings at Farm Hall. Copernicus.
·
Bodanis, D. (2002) E=mc2. La biografía de la
ecuación más famosa del mundo. Ed. Planeta, S.A.
·
Cooke, S. (2009). In Mortal Hands: A Cautionary
History of the Nuclear Age, Black Inc.
·
Cravens, G. (2007). Power to Save the World: The
Truth about Nuclear Energy. Knopf.
·
Curie, E. (2001). Madame Curie: A Biography. Da
Capo Press.
·
Gosling, F. G. (1994). The Manhattan Project:
Making the Atomic Bomb. United States Department of Energy, History Division.
·
Hamacher T. & Bradshaw A. M. (2001). Fusion as
a Future Power Source: Recent Achievements and Prospects. World Energy Council.
·
Hansen, C. (1995). US Nuclear Weapons Histories.
Swords of Armageddon: US Nuclear Weapons Development since 1945. Chukelea
Publications.
·
Heilbron, J. L. (2003). Ernest Rutherford and the
Explosion of Atoms. Oxford University Press.
·
Herbst, A. M. and Hopley, G. W. (2007). Nuclear
Energy Now: Why the Time has come for the World’s Most Misunderstood Energy
Source, Wiley.
·
L’Annunziata, M. F. (2007). Radioactivity:
Introduction and History. Amsterdam, Netherlands: Elsevier Science.
·
Lewin Sime, Ruth (1996). Lise Meitner, A Life in
Physics. University of California Press.
·
Loveland, W.; Morrissey, D.; Seaborg, G.T. (2006).
Modern Nuclear Chemistry. Wiley-Interscience.
·
Mahaffey, J. (2015). Atomic accidents: a history of
nuclear meltdowns and disasters: from the Ozark Mountains to Fukushima. Pegasus
Books.
·
Mould, R. F. (1998). The discovery of radium in
1898 by Maria Sklodowska-Curie (1867-1934) and Pierre Curie (1859-1906) with
commentary on their life and times. The British Journal of Radiology. 71 (852):
1229-54.
·
Pasachoff, N. (1996). Marie Curie and the Science
of Radioactivity. Oxford University Press.
·
Patel, S.B. (2000). Nuclear physics: an
introduction. New Age International.
·
Reeves, R. (2008). A Force of Nature: The Frontier
Genius of Ernest Rutherford. W. W. Norton.
·
Rhodes, R. (1986). The Making of the Atomic Bomb.
Simon & Schuster.
·
Shea, W. R. (1983). Otto Hahn and the Rise of
Nuclear Physics. Springer Science & Business Media.
·
Strathern, P. (2006). Oppenheimer y la bomba
atómica. Siglo XXI de España Editores, S.A.
·
Weart, S. R. (2012). The Rise of Nuclear Fear.
Harvard University Press.
Jugando a
los dados con Dios
·
Aczel, A. D. (2003) Entanglement. Penguin.
·
Ali, A.; Kramer, G. (2011). JETS and QCD: A
Historical Review of the Discovery of the Quark and Gluon Jets and Its Impact
on QCD. European Physical Journal H. 36 (2): 245.
·
Auyang, S. (1995) How is Quantum Field Theory
Possible?, Oxford University Press.
·
Baker, F. Todd (2015). Atoms and Photons and
Quanta, Oh My!: Ask the physicist about atomic, nuclear, and quantum physics.
Morgan & Claypool Publishers.
·
Cassidy, D. C. (1992). Uncertainty: The Life and
Science of Werner Heisenberg. Freeman.
·
Cassidy, D. C. (2009). Beyond Uncertainty:
Heisenberg, Quantum Physics, and the Bomb. Bellevue Literary Press.
·
Cox, B.; Forshaw, J. (2011). The Quantum Universe:
Everything That Can Happen Does Happen. Allen Lane.
·
Cramer, JG (2015). The Quantum Handshake:
Entanglement, Nonlocality and Transactions. Springer Verlag.
·
Evans, James; Thorndike, Alan S. (2007). Quantum
Mechanics at the Crossroads: New Perspectives from History, Philosophy and
Physics. Springer.
·
Fine, Arthur (1982). Hidden Variables, Joint
Probability, and the Bell Inequalities. Physical Review Letters. 48 (5):
291-295.
·
Feynman, R.P. (1985) QED: The Strange Theory of
Light and Matter. Princeton University Press.
·
Fine, A. (1996). The Shaky Game: Einstein, Realism
and the Quantum Theory. 2nd ed. Univ. of Chicago Press.
·
Gribbin, J. (2012). Erwin Schrödinger and the
Quantum Revolution. Transworld.
·
Gribbin, J. (1984). In Search of Schrödinger’s Cat.
Black Swan.
·
Griffiths, D.J. (2008). Introduction to Elementary
Particles. Wiley-VCH.
·
Hawking. S. (2011). The Dreams that Stuff is Made
of. Running Press.
·
Mehra, J. (2001). Louis de Broglie and the Phase
Waves Associated with Matter (The Golden Age of Theoretical Physics ed.). World
Scientific: 546-570.
·
Mehra, J. and Rechenberg, H. (1987). Erwin
Schrödinger and the Rise of Wave Mechanics. Springer.
·
Mizuki, M. (2001). A classical interpretation of
Bell’s inequality. Annales de la Fondation Louis de Broglie 26 683.
·
Oerter, R. (2005). The Theory of Almost Everything:
The Standard Model, the Unsung Triumph of Modern Physics. Pi Press.
·
Peres, A. (2005). Einstein, Podolsky, Rosen, and
Shannon. Foundations of Physics. 35 (3): 511-514.
·
Selleri, F. (1988). Quantum Mechanics Versus Local
Realism: The Einstein-Podolsky-Rosen Paradox. Plenum Press.
·
Schumm, B.A. (2004). Deep Down Things: The
Breathtaking Beauty of Particle Physics. Johns Hopkins University Press.
·
Wimmel, H. (1992). Quantum physics & observed
reality: a critical interpretation of quantum mechanics. World Scientific. p.
2.
·
Wojciech H. Z. (1991) Decoherence and the
transition from quantum to classical, Physics Today, 44, pp. 36-44.
Del Big
Bang al universo oscuro
·
Alpher, R. A.; Herman, R. (1988). Reflections on
Early Work on ‘Big Bang’ Cosmology. Physics Today. 41 (8): 24-34.
·
Bergstrom, L. (2000). Non-baryonic dark matter:
Observational evidence and detection methods. Reports on Progress in Physics.
63 (5): 793-841.
·
Chow, T. L. (2008). Gravity, Black Holes, and the
Very Early Universe: An Introduction to General Relativity and Cosmology. New
York: Springer.
·
Christianson, G. E. (1995). Edwin Hubble: Mariner
of the Nebulae. Farrar, Straus and Giroux.
·
Clifton, T.; Ferreira, P. (2009). Does Dark Energy
Really Exist? Scientific American. 300 (4): 48-55.
·
de Swart, J.G.; Bertone, G.; van Dongen, J. (2017).
How dark matter came to matter. Nature Astronomy. 1 (59): 0059.
·
Durrer, R. (2011). What do we really know about
dark energy? Philosophical Transactions of the Royal Society A. 369 (1957):
5102–5114.
·
Farrell, J. (2005). The Day Without Yesterday:
Lemaître, Einstein, and the Birth of Modern Cosmology. Thunder’s Mouth Press.
·
Gray, M.; Merrifield, M.; Copeland, E. (2010).
Haran, Brady (ed.). Dark Matter. Sixty Symbols. University of Nottingham.
·
Guth, A. H. (1998). The Inflationary Universe:
Quest for a New Theory of Cosmic Origins. Vintage Books.
·
Hawking, S. W. (1988). A Brief History of Time:
From the Big Bang to Black Holes. Bantam Dell Publishing Group.
·
Mannheim, P. D. (2006). Alternatives to Dark Matter
and Dark Energy. Progress in Particle and Nuclear Physics. 56 (2): 340-445.
·
Mather, J. C.; Boslough, J. (1996). The Very First
Light: The True Inside Story of the Scientific Journey Back to the Dawn of the
Universe. Basic Books.
·
Mitton, S. (2011). Fred Hoyle: A Life in Science.
Cambridge University Press.
·
Riordan, M.; Zajc, W. A. (2006). The First Few
Microseconds. Scientific American. Vol. 294 no. 5. pp. 34-41.
·
Singh, S. (2004). Big Bang: The Origin of the
Universe. Bibcode.
·
Woolfson, M. (2013). Time, Space, Stars & Man:
The Story of Big Bang. Imperial College Press.
·
Wright, E. L. (2004). Theoretical Overview of
Cosmic Microwave Background Anisotropy. In Freedman, Wendy L. (ed.). Measuring
and Modeling the Universe. Carnegie Observatories Astrophysics Series. 2.
Cambridge University Press. p. 291.
·
La llama de la existencia
·
Berg JM, Tymoczko JL, Stryer L (2002). The Citric
Acid Cycle. Biochemistry. W H Freeman.
·
Bleich S, Cutler D, Murray C, Adams A (2008). Why
is the developed world obese? Annual Review of Public Health. 29: 273-95.
·
Davies KJ (1995). Oxidative stress: the paradox of
aerobic life. Biochem. Soc. Symp. 61: 1-31.
·
Drewnowski A, Specter SE (2004). Poverty and
obesity: the role of energy density and energy costs. The American Journal of
Clinical Nutrition. 79 (1): 6-16
·
Frayn K.N. (2013). Chapter 11: Energy Balance and
Body Weight Regulation. In Metabolic Regulation: A Human Perspective. John
Wiley & Sons.
·
Green D. E., Zande H. D. (1981). Universal energy
principle of biological systems and the unity of bioenergetics. Proc. Natl.
Acad. Sci. U.S.A. 78 (9): 5344-7.
·
Haynie D. (2001). Biological Thermodynamics.
Cambridge University Press.
·
Lane N (2004). Oxygen: The Molecule that Made the
World. Oxford University Press.
·
Lane N (2006). Power, Sex, Suicide: Mitochondria
and the Meaning of Life. Oxford University Press.
·
Leys D, Scrutton N.S. (2004). Electrical circuitry
in biology: emerging principles from protein structure. Curr. Opin. Struct.
Biol. 14 (6): 642-7.
·
Nicholls, D. G.; Ferguson, S. J. (2002).
Bioenergetics. Academic Press.
·
Price N, Stevens L (1999). Fundamentals of
Enzymology: Cell and Molecular Biology of Catalytic Proteins. Oxford University
Press.
·
Sahlin, K.; Tonkonogi, M.; Soderlund, K. (1998).
Energy supply and muscle fatigue in humans. Acta Physiologica Scandinavica. 162
(3): 261-6.
·
Schneider E.D; Sagan D (2006). Into the Cool:
Energy Flow, Thermodynamics and Life. University of Chicago Press.
·
Schmidt-Rohr, K. (2020). Oxygen Is the High-Energy
Molecule Powering Complex Multicellular Life: Fundamental Corrections to
Traditional Bioenergetics. ACS Omega 5: 2221-2233.
·
Wagner, A. (2014). Arrival of the Fittest. Penguin.
·
Wikstrom, M. (Ed) (2005). Biophysical and
Structural Aspects of Bioenergetics. Royal Society of Chemistry.
Caminando
hacia las estrellas
·
Anderson, J. D. (2004). Inventing Flight: The
Wright Brothers and Their Predecessors. Johns Hopkins University Press.
·
Andrews, J. T. (2009). Red Cosmos: K.E.
Tsiolkovskii, Grandfather of Soviet Rocketry, Texas A&M University Press.
·
Black, E. (2006). Internal Combustion: How
Corporations and Governments Addicted the World to Oil and Derailed the
Alternatives. St. Martin’s Press.
·
Clary, D. A. (2003). Rocket Man: Robert H. Goddard
and the Birth of the Space Age. Hyperion.
·
Crouch, T. (2004), Wings: A History of Aviation
from Kites to the Space Age. W.W. Norton & Co.
·
Davies, H. (2004). George Stephenson: The
Remarkable Life of the Founder of Railways. Stroud: Sutton Publishing.
·
Elis, A. (2010): My dream is longer than the night.
How Bertha Benz drove her husband to worldwide fame. Hoffmann und Campe.
·
Freeman, M. (1993). How we got to the Moon: The
Story of the German Space Pioneers. 21st Century Science Associates.
·
Lay, M. G. (1992). Ways of the World: A History of
the World’s Roads and of the Vehicles That Used Them. Rutgers University Press.
·
Long, K. (2012). Deep Space Propulsion: A Roadmap
to Interstellar Flight. Springer.
·
Philip, C. O. (2003). Robert Fulton: A Biography.
iUniverse.
·
Schivelbusch, W. (2014) The railway journey: the
industrialization of time and space in the nineteenth century. Univ. of
California Press.
·
Tobin, J. (2004) To Conquer the Air: The Wright
Brothers and the Great Race for Flight. Simon & Schuster.
·
Wakefield, E. H. (1994). History of the Electric
Automobile. Society of Automotive Engineers.
·
White, J. H., Jr. (1997). American Locomotives, an
Engineering History 1830-1880, Revised and Expanded Edition. Johns Hopkins
Press.
·
Woodward, J. (2013). Making Starships and
Stargates: The Science of Interstellar Transport and Absurdly Benign Wormholes.
Springer.
La
energía en combate
·
Andrade, T. (2016), The Gunpowder Age: China,
Military Innovation, and the Rise of the West in World History, Princeton
University Press.
·
Chase, K. (2003), Firearms: A Global History to
1700, Cambridge University Press.
·
Croddy, E.; Wirtz, J.J. (2005). Weapons of Mass
Destruction: An Encyclopedia of Worldwide Policy, Technology, and History.
ABC-CLIO.
·
Crosby, A. W. (2002). Throwing Fire: Projectile
Technology Through History. Cambridge University Press.
·
Keegan, J. (1993). A History of Warfare. Pimlico.
·
Keen, M (1999). Medieval Warfare: A History. Oxford
University Press.
·
Kelly, J. (2004), Gunpowder: Alchemy, Bombards,
& Pyrotechnics: The History of the Explosive that Changed the World. Basic
Books.
·
Partington, J. R. (1999). A History of Greek Fire
and Gunpowder. JHU Press.
·
Phillips, H. P. (2016), The History and Chronology
of Gunpowder and Gunpowder Weapons (c. 1000 to 1850), Notion Press.
·
Piszkiewicz, D. (1995). The Nazi Rocketeers: Dreams
of Space and Crimes of War. Westport, Conn.: Praeger.
·
Pry, P. (1999). War Scare: Russia and America on
the Nuclear Brink. Praeger.
·
Ramsey, S. (2016). Tools of War: History of Weapons
in Modern Times. Vij Books India Pvt Ltd.
·
Tanner, D.; Fitzgerald, J.A.; Phillips, B.R.
(1989). The Kevlar Story – an Advanced Materials Case Study. Angewandte Chemie
International Edition in English. 28 (5): 649-654.
El
calentamiento global y el dilema energético
·
Aitken, D. W. (2010). Transitioning to a Renewable
Energy Future, International Solar Energy Society.
·
Armaroli, N.; Balzani, V. (2011) Energy for a
Sustainable World – From the Oil Age to a Sun-Powered Future, Wiley-VCH.
·
Bui, M.; Adjiman, C.; Bardow, A.; Anthony, E. J.;
et al. (2018). Carbon capture and storage (CCS): the way forward. Energy &
Environmental Science. 11 (5): 1062-1176.
·
Cook, J.; Oreskes, N.; Doran, P. T.; Anderegg, W.
R. L.; et al. (2016). Consensus on consensus: a synthesis of consensus
estimates on human-caused global warming. Environmental Research Letters. 11
(4).
·
Demirbas, A. (2009). Political, economic and
environmental impacts of biofuels: A review. Applied Energy. 86: S108-S117.
·
Eberhart, M.E. (2007): Feeding the Fire: the Lost
History and Uncertain Future of Mankind’s Energy. Harmony Books.
·
Kennedy, J. J.; Thorne, W. P.; Peterson, T. C.;
Ruedy, R. A.; et al. (2010). Arndt, D. S.; Baringer, M. O.; Johnson, M. R.
(eds.). How do we know the world has warmed? Special supplement: State of the
Climate in 2009. Bulletin of the American Meteorological Society. 91 (7).
S26-S27.
·
Hansen, J.; Sato, M.; Hearty, P.; Ruedy, R.; et al.
(2016). Ice melt, sea level rise and superstorms: evidence from paleoclimate
data, climate modeling, and modern observations that 2 °C global warming could
be dangerous. Atmospheric Chemistry and Physics. 16 (6): 3761-3812.
·
Hawkins, E.; Ortega, P.; Suckling, E.; Schurer, A.;
et al. (2017). Estimating Changes in Global Temperature since the Preindustrial
Period. Bulletin of the American Meteorological Society. 98 (9): 1841-1856.
·
IPCC (2011), Edenhofer, O.; Pichs-Madruga, P.;
Sokona, Y.; Seyboth, K.; Matschoss, P.; Kadner, S.; Zwickel, T.; Eickemeier,
P.; Hansen, G.; Schlömer, S.; von Stechow, C. (eds.), Special Report on
Renewable Energy Sources and Climate Change Mitigation, Cambridge University
Press.
·
Matthews, H. D.; Gillett, N. P.; Stott, P. A.;
Zickfeld, K. (2009). The proportionality of global warming to cumulative carbon
emissions. Nature. 459 (7248): 829-832.
·
Overland, I. (2019). The geopolitics of renewable
energy: Debunking four emerging myths. Energy Research & Social Science.
49: 36-40.
·
Quaschning, V. (2016). Understanding Renewable
Energy Systems. Earthscan.
·
Rolt, L.T.C.; Allen, John S. (2007). The Steam
Engines of Thomas Newcomen. Landmark Publishing.
·
Rosen, W. (2010). The Most Powerful Idea in the
World: a Story of Steam, Industry, and Invention. Random House.
·
Stroeve, J.; Holland, Marika M.; Meier, Walt;
Scambos, Ted; et al. (2007). Arctic sea ice decline: Faster than forecast.
Geophysical Research Letters. 34 (9).
El precio
de la energía
·
Annila A.; Salthe, S. (2009) Economies Evolve by
Energy Dispersal. Entropy, 11, 606-633.
·
Borbely, A-M y Kreider, J.F. (2001) Distributed
Generation: The Power Paradigm for the New Millennium. CRC Press.
·
Bullis, K. (2012). In the Developing World, Solar
Is Cheaper than Fossil Fuels. Technology Review.
·
Burley, P.; Foster, J. (1994). Economics and
Thermodynamics: New Perspectives on Economic Analysis. Springer.
·
Deffeyes, K.S. (2001). Hubbert’s Peak: The
Impending World Oil Shortage. Princeton University Press.
·
Economides, M.; Oligney, R. (2000). The Color of
Oil: The History, the Money and the Politics of the World’s Biggest Business.
Round Oak Publishing.
·
Hoffmann, P. (2001) Tomorrow’s Energy: Hydrogen,
Fuel Cells and the Prospect for a Cleaner Planet. MIT Press.
·
Hohmeyer, O.; Bohm, S. (2015). Trends toward 100%
renewable electricity supply in Germany and Europe: a paradigm shift in energy
policies. Wiley Interdisciplinary Reviews: Energy and Environment. 4: 74-97.
·
Jones, A.H.M. (1974) The Roman Economy: Studies in
Ancient Economic and Administrative History. Basil Blackwell.
·
Lovins, A. (2011). Reinventing Fire: Bold Business
Solutions for the New Energy Era, Chelsea Green Publishing.
·
National Renewable Energy Laboratory (2006).
Non-technical Barriers to Solar Energy Use: Review of Recent Literature.
Technical Report, NREL/TP-520-40116.
·
Ponting, C. (1991) A Green History of the World:
The Environment and the Collapse of Great Civilizations. Penguin Books.
·
Rifkin, J. (2002) La economía del hidrógeno.
Paidós.
·
Segall, G. (2001). John D. Rockefeller: Anointed
with Oil. Oxford University Press.
·
Smil, V. (2017) Energy and Civilization: A History.
The MIT Press.
·
Tainter, J. (1988) The Collapse of Complex
Societies. Cambridge University Press.
Espíritus,
fantasmas y el carburante de los platillos volantes
·
Baran GR, Kiana MF, Samuel SP (2014). Science, Pseudoscience,
and Not Science: How Do They Differ? Healthcare and Biomedical Technology in
the 21st Century. Springer.
·
Buckland R. (2005). The Spirit Book: The
Encyclopedia of Clairvoyance, Channeling, and Spirit Communication. Visible Ink
Press.
·
Canter, P. H. (2013). Vitalism and Other
Pseudoscience in Alternative Medicine: The Retreat from Science. In Ernst,
Edzard (ed.). Healing, Hype or Harm?: A Critical Analysis of Complementary or
Alternative Medicine. Andrews UK Limited.
·
Forrest, D. (2002). Mesmer. The International
Journal of Clinical and Experimental Hypnosis. 50 (4): 295-308.
·
Franklin, B., Majault, M. J., Le Roy, J. B.,
Sallin, C. L., Bailly, J-S., d’Arcet, J., de Bory, G., Guillotin, J-I., and
Lavoisier, A., (2002). Report of the Commissioners charged by the King with the
Examination of Animal Magnetism, International Journal of Clinical and
Experimental Hypnosis, Vol. 50, No. 4, pp. 332-63.
·
Francis, M. R. (2014). Quantum and Consciousness
Often Mean Nonsense. Slate.
·
Frercksa, J., Weberb, H. and Wiesenfeldt, G,
(2009). Reception and discovery: the nature of Johann Wilhelm Ritter’s
invisible rays. Studies in History and Philosophy of Science Part A, Vol. 40,
No. 2, pp 143-156.
·
Gorski, DH; Novella, SP (2014). Clinical trials of
integrative medicine: Testing whether magic works? Trends in Molecular
Medicine. 20 (9): 473-76.
·
Gray, T. (2004). For That Healthy Glow, Drink
Radiation! Popular Science. Bonnier Corporation. 265 (2): 28.
·
Grimes, D.R. (2012). Proposed mechanisms for
homeopathy are physically impossible. Focus on Alternative and Complementary
Therapies. 17 (3): 149-55.
·
Haining, P. (1979). The Man Who Was Frankenstein.
TBS The Book Service Ltd.
·
Harvie, D. I. (2005). Deadly Sunshine: The History
and Fatal Legacy of Radium. Tempus Publishing Limited.
·
Jorgensen, T. J. (2016). When ‘energy’ drinks
actually contained radioactive energy. The Conversation US.
·
Kaplan, L. (2008). The Strange Case of William
Mumler, Spirit Photographer. University of Minnesota Press.
·
Lilienfeld, S. O.; Lynn, S. J.; Lohr, J. M. (2014).
Science and Pseudoscience in Clinical Psychology. Guilford Press.
·
Loudon, I. (2006). A brief history of homeopathy.
Journal of the Royal Society of Medicine. 99 (12): 607-610.
·
Manseau, P. (2017) The Apparitionists: A Tale of
Phantoms, Fraud, Photography, and the Man Who Captured Lincoln’s
·
Ghost. Houghton Mifflin Harcourt.
·
Navarro, A. (2017). Los vikingos de Marte y otras
historias sobre la búsqueda de vida extraterrestre. Guadalmazán.
·
Park, R.L. (2008). Superstition: Belief in the Age
of Science. Princeton University Press.
·
Sharp, Tim (2016). Facts About Moscovium (Element
115). Live Science.
·
Smith K (2012). Homeopathy is Unscientific and
Unethical. Bioethics. 26 (9): 508-12.
·
Spence, L. (2003). Encyclopedia of Occultism and
Parapsychology. Kessinger Publishing.
Un día en
tu vida
·
Artusi, P. (2003) Science in the Kitchen and the
Art of Eating Well, University of Toronto Press.
·
Filler, A. (2009). The History, Development and
Impact of Computed Imaging in Neurological Diagnosis and Neurosurgery: CT, MRI,
and DTI. Nature Precedings.
·
Flanagan, O. (2000) Dreaming Souls: Sleep, Dreams,
and the Evolution of the Conscious Mind. Oxford University Press.
·
Frank, W.M. (1977). The structure and energetics of
the tropical cyclone I. Storm structure. Monthly Weather Review. 105 (9):
1119-1135.
·
Garrett, W.E.Jr. and Kirkendall, D.T. (1999).
Exercise and Sports Science. Lippincott Williams and Wilkins.
·
Henderson-Sellers, A.; Zhang, H.; Berz, G.;
Emanuel, K.; Gray, W.; Landsea, C.; Holland, G.; Lighthill, J.; Shieh, S.L.;
Webster, P.; McGuffie, K. (1998). Tropical Cyclones and Global Climate Change:
A Post-IPCC Assessment. Bulletin of the American Meteorological Society. 79
(1): 19-38.
·
Keeler, J. (2005). Understanding NMR Spectroscopy.
John Wiley & Sons.
·
McArdle, W.D.; Katch, V.L. (2006) Exercise
Physiology: Energy, Nutrition, and Human Performance. Lippincott Williams and
Wilkins.
·
McGee, Harold. (2004). On Food and Cooking: The
Science and Lore of the Kitchen. Scribner.
·
Nakamura, S.; Fasol, G.; Pearton, S.J. (2000). The
Blue Laser Diode: The Complete Story. Springer Verlag.
·
Scaliter, J. (2011). La ciencia de los superhéroes.
Ediciones Robinbook, S.L.
·
·
Schubert, E. F.; Kim, J.K. (2005). Solid-State
Light Sources Getting Smart. Science. 308 (5726): 1274-1278.
Notas:
[1] Como
buen precursor de los sabios renacentistas, D´Honnecourt le daba absolutamente
a todo, incluida… ¡la manera de amaestrar leones!
[2] Un
tornillo de Arquímedes, o tornillo sin fin, es una máquina helicoidal inventada
en el siglo III a. C. por el sabio del mismo nombre, aunque existen indicios de
que podría ser anterior. Se trata de un tornillo que, impulsado por una fuerza,
gira dentro de un cilindro hueco colocado sobre un plano inclinado, lo que
permite elevar casi cualquier cosa, desde líquidos a materiales de
construcción.
[3] En
1518, Marco Antonio Zimara (1460?-1523?) llegó a proponer la fuerza del viento
como posible mecanismo alternativo para un perpetuum mobile.
[4] Athanasius
Kircher (1601/2-1680) fue un heterodoxo jesuita interesado por todos los
misterios que le rodeaban. Estudió todo tipo de cosas, desde los jeroglíficos
egipcios hasta los microorganismos, siendo uno de los primeros en proponerlos
como la causa de algunas enfermedades. También fue un excelente inventor que
desarrolló, entre otras cosas, varios instrumentos musicales.
[5] Bessler
dijo haber ideado el nombre de «Orffyreus» escribiendo las letras
del alfabeto en un círculo y seleccionando aquellas diametralmente opuestas a
las de su apellido, obteniendo la palabra Orffyre, que después
latinizó convirtiéndola en Orffyreus.
[6] Stevin
fue otro de esos individuos extraordinarios alumbrados durante el Renacimiento.
Es famoso por haber inventado, entre otras muchas cosas, un «yate»
terrestre impulsado por velas capaz de transportar a dos docenas de personas a
casi ochenta kilómetros por hora. El príncipe de Nassau, Mauricio de Orange,
prohibió su fabricación sobre la base de que el sistema arruinaría el
transporte basado en los caballos…
[7] En
concreto a Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia y a Rodolfo II de Bohemia.
[8] Un
sistema aislado es aquel que no intercambia materia ni energía con el exterior.
Obviamente, si el sistema no es aislado puede recibir un aporte externo de
energía, por lo que en ese caso no se aplica la ley de conservación.
[9] En
la época en la que vivió Keely existía un fuerte debate acerca de la posible
existencia de un éter luminífero, o simplemente éter, que permearía todo el
espacio y serviría como medio de propagación de la luz. Como veremos en el
capítulo seis, en 1887 el experimento de Michelson-Morley asestó un golpe
mortal a la hipótesis del éter.
[10] Aquí,
«concentrada» se refiere a formas de energía como la eléctrica o la química, y
«dispersada», a otras como el calor. Por descontado, no se trata realmente del
grado de concentración de la energía, sino del grado de ordenación del
movimiento de las partículas, tal y como veremos en el capítulo tres.
[11] Tesla,
N. (2018). The Problem of Increasing Human Energy: with Special
References to the Harnessing of the Sun´s Energy. Charles River Editors.
ISBN 978-1-50801717-2.
[12] En
el fondo, las cosas no han cambiado tanto desde los tiempos de Aristóteles.
Basta con escucharnos cuando decimos que nos sentimos «felices y llenos de
energía».
[13] El
secreto del método científico, lo que verdaderamente le proporciona toda su
potencia y alcance, es la combinación de desarrollos matemáticos que permiten
cuantificar la realidad con los experimentos que posibilitan contrastar esos
cálculos con lo que verdaderamente sucede. A los hombres nos llevó milenios
darnos cuenta de que esta era la forma adecuada de desentrañar los mecanismos
ocultos de la naturaleza.
[14] En
cualquier caso, un experimento similar ya había sido llevado a cabo por el
flamenco Simon Stevin desde lo alto del campanario de la iglesia de Delft, en
1586.
[15] Es
curioso señalar como, tres siglos antes, el extraordinario filósofo francés
Nicolas de Oresme, un adelantado a su época que abominaba de pseudociencias
como la astrología, había llegado a una conclusión parecida.
[16] Se
sospecha con cierto fundamento que fueron dos jesuitas enemistados con Galileo,
Christoph Scheiner y Orazio Grassi, los que hicieron circular el rumor de que
Simplicio, el mediocre personaje defensor de las teorías aristotélicas que
aparece en el Diálogo, no sería otro que el papa Urbano, un hombre muy celoso
de su autoestima.
[17] En
realidad, el gran matemático alemán Gottfried Leibniz también lo desarrolló en
paralelo de forma totalmente independiente, y de hecho lo publicó antes. Con el
tiempo, se impuso la notación matemática de Leibniz para el cálculo
diferencial, que es la que hoy en día aprendemos en la escuela.
[18] Es
curioso comprobar como dos siglos y medio después y con una edad muy similar
(veintiséis años), otro personaje incomparable, Albert Einstein, experimentó
una explosión de genio parecida en el año prodigioso de 1905, en el que desveló
varios espectaculares descubrimientos, cada uno de los cuales era merecedor por
sí solo del Premio Nobel.
[19] La
relación de Newton con Hooke fue particularmente turbulenta, pues ambos
científicos se disputaban la primacía tanto de la ley de la gravedad como de
algunos descubrimientos de óptica. El que Isaac fuese un genio pero no
necesariamente una buena persona fue puesto de manifiesto a partir de 1703,
cuando Newton se convirtió en el presidente de la omnipotente Royal Society y
se dedicó a borrar escrupulosamente cualquier huella que pudiese haber de las
muchas contribuciones de Hooke a la ciencia.
[20] Las
tres leyes que describen el movimiento de los planetas alrededor del Sol,
enunciadas a principios del siglo XVII por el astrónomo alemán Johannes Kepler,
son consecuencia directa de la ley de gravitación universal de Newton.
[21] Newton
nunca mencionó en sus escritos el famoso episodio, aunque otros autores
contemporáneos, incluido el que fuese su asistente personal, John Conduitt, sí
que hacen referencia al mismo.
[22] Poca
gente sabe que, en 1551, el fraile dominico Domingo de Soto, confesor de Carlos
V, fue el primero en establecer que un cuerpo en caída libre experimenta una
aceleración constante.
[23] La
disminución de la intensidad de una fuerza con el cuadrado de la distancia es
un fenómeno universal que no solo es de aplicación para la gravedad, sino
también, por ejemplo, para la interacción electromagnética, y es consecuencia
directa de que vivamos en un universo con tres dimensiones espaciales.
[24] Ver
capítulo siguiente.
[25] La
unidad de fuerza en el Sistema Internacional es el newton, en honor al célebre
«padre de la ciencia moderna», y equivale a la fuerza que hay que aplicar a un
kilo de masa para acelerarlo un metro por segundo cada segundo.
[26] No
hay que confundir la llamada energía mecánica con la suma de la energía
cinética y la energía potencial, ya que es preciso añadir también las llamadas
«fuerzas disipativas», como el calor que se produce por causa del rozamiento.
Para entender el papel del calor ver el próximo capítulo.
[27] ¡Si
hacemos que la canica gire alrededor de la bola de metal en el borde de la
distorsión, estaremos imitando a los planetas cuando giran alrededor de una
estrella… sin llegar a caer del todo!
[28] Para
distinguirla de la «relatividad especial» (ver capítulo sexto), que no incluía
la gravedad ni el efecto distorsionador de la materia sobre la geometría del
espacio-tiempo.
[29] Un
agujero negro es una región del espacio en cuyo interior existe una
concentración de masa tal que genera un campo gravitatorio del que ninguna
partícula puede escapar. La casi completa ausencia de información nos impide
saber qué sucede realmente en su interior.
[30] La
detección fue llevada a cabo el 14 de septiembre de 2015 por los detectores del
observatorio LIGO (Láser Interferometer Gravitational-Wave Observatory) sobre
el evento que tuvo lugar… ¡hace mil trescientos millones de años!
[31] En
1921 le fue concedido el Premio Nobel de Física por el esclarecimiento del
efecto fotoeléctrico (ver capítulo octavo) y no por su teoría de la relatividad
general, porque el comité evaluador no la entendía y tenía miedo de que con el
tiempo se mostrase que era errónea.
[32] Albert
estuvo casado dos veces, primero con la inteligente matemática Mileva Marić,
quien tuvo que abandonar su incipiente carrera al quedarse embarazada, y luego
con su prima, Elsa Löwenthal, con quien mantuvo una relación cuando todavía no
se había divorciado. De los tres hijos que tuvo con Mileva, la primera falleció
al poco de nacer y después de ser dada en adopción debido a las dificultades
económicas de la pareja, energía cinética y la energía potencial, ya que es
preciso añadir también las llamadas «fuerzas disipativas», como el calor que se
produce por causa del rozamiento. Para entender el papel del calor ver el
próximo capítulo.
[33] No
hay que confundir el motor de curvatura con los «saltos en el hiperespacio»,
otra idea muy querida en sagas de ciencia ficción como Star Wars. En este
último caso, no se trata de jugar con la geometría del espacio-tiempo sino de,
literalmente… ¡salir del mismo a través de otra dimensión para regresar por
otro sitio!
[34] La
quinta esencia fue un concepto medieval, un hipotético quinto elemento de la
materia que se añadía a los cuatro elementos aristotélicos.
[35] En
realidad, Galileo no hizo sino retomar las viejas ideas y trabajos de Herón de
Alejandría, el fabuloso ingeniero e inventor del siglo I de nuestra era (ver
capítulo decimotercero).
[36] Una
prueba de lo arraigadas que llegan a estar algunas ideas es que, a pesar de
tener casi todas las evidencias en contra, la teoría del calórico no fuese
totalmente abandonada hasta el último cuarto del siglo XIX. Incluso a algunos
de los padres de la termodinámica, como el mismísimo lord Kelvin, les costó un
mundo descartarla por completo.
[37] En
1662, Robert Boyle había enunciado la ley que lleva su nombre (posteriormente
conocida por ley de Boyle-Mariotte), y que viene a decir que, para una masa
dada de gas, el producto de la presión por el volumen es constante, siempre que
la temperatura no varíe.
[38] Reflexiones
sobre la potencia motriz del fuego y sobre las máquinas adecuadas para
desarrollar esta potencia.
[39] Rankine
desarrolló una teoría completa acerca del funcionamiento de todos los motores
térmicos y sus manuales fueron empleados durante décadas después de su muerte.
[40] Thomson,
W. 1854 On the Dynamical Theory of Heat. Transactions of the Royal Society of
Edinburgh, 21-part I.
[41] En
junio de 2015, científicos del MIT consiguieron medir una temperatura de 500
nanokelvin (5·10−7 K) enfriando un gas en un campo magnético. Hasta la fecha,
es lo más que nos hemos acercado al cero absoluto.
[42] En
física, un «sistema cerrado» es aquel que no intercambia masa con el exterior,
aunque puede intercambiar energía. Eso le diferencia de un «sistema aislado»,
que no intercambia ninguna de las dos cosas.
[43] Piense
que el calor es una forma más de energía y, según el principio de conservación,
todas son equivalentes. De ahí se desprende que la imposibilidad de transformar
todo el calor en trabajo se aplica a cualquier forma de energía, ya sea
eléctrica, mecánica, nuclear, etc.
[44] En
física, los microestados son cada una de las configuraciones microscópicas de
un sistema.
[45] En
termodinámica, un proceso espontáneo es la evolución de un sistema en la cual
se libera energía, usualmente en forma de calor, hasta alcanzar un estado
energético más estable.
[46] Maxwell
es una de las mayores figuras de la física de todos los tiempos. Como veremos
en el siguiente capítulo, entre otras cosas le debemos las ecuaciones del campo
electromagnético, una de las formulaciones teóricas más importantes de la
ciencia.
[47] Otro
ejemplo real del demonio de Maxwell lo tenemos en la nanotecnología, en la que
diminutas máquinas «arreglan» cosas disminuyendo su entropía. Por desgracia, y
como no podía ser de otra manera, el consumo de energía de las nanomáquinas
aumenta mucho más la entropía del entorno…
[48] Pueden
describirse varias «flechas del tiempo» pero casi todas están relacionadas de
una u otra forma con la flecha termodinámica.
[49] Esta
es una versión del llamado principio antrópico débil: ¡las cosas son así
simplemente porque si fuesen de otra manera no estaríamos aquí para contarlo!
[50] En
nuestro planeta caen unos doscientos rayos por segundo que matan al año a cerca
de mil personas. Sin embargo, el gran peligro son los incendios, de los que se
producen decenas de miles anualmente.
[51] De
donde proceden las palabras «magnetita» y «magnetismo».
[52] El
joven von Guericke era un superviviente nato que escapó por los pelos al brutal
saqueo de Magdeburgo, su ciudad natal, en el que en mayo de 1631 fueron
masacradas las cuatro quintas partes de la población, antes de convertirse en
diplomático y burgomaestre, además de científico.
[53] Franklin,
Benjamin (1749). Letter to Peter Collinson. Franklin Papers.
[54] Franklin
no realizó el experimento de la manera que a menudo se cree, esperando a que la
cometa fuese alcanzada por un rayo, ya que eso habría sido muy peligroso. De
hecho, otros investigadores resultaron electrocutados intentando repetir el
experimento.
[55] En
las últimas décadas ha existido bastante controversia debido al descubrimiento
de la llamada «pila de Bagdad», un pequeño jarrón de barro que contiene en su
interior un cilindro de cobre y una varilla de hierro que presenta muestras
evidentes de corrosión. El extraño artefacto, datado entre los años 248 a. C. y
226 d. C., cuando el actual Irak formaba parte del reino de los partos, es
capaz de generar una pequeña corriente empleando zumo de uva. Sin embargo, la
ausencia de restos de un conductor que cerrase el circuito y del electrólito
original prácticamente descarta que la misteriosa vasija haya sido empleada
como pila.
[56] La
salmuera funciona aquí como «electrólito», es decir, como una disolución
conductora de la corriente. A los dos extremos de la pila a los que se conecta
el cable conductor se les denomina «polos» (positivo y negativo), en analogía
con los polos magnéticos.
[57] En
honor a Volta, se otorgó su nombre al voltio, la unidad del Sistema
Internacional para medir la diferencia de potencial eléctrico, también llamada
tensión o voltaje, una importante magnitud que se define como el trabajo
requerido para mover la unidad de carga entre dos puntos específicos sometidos
a la acción de un campo eléctrico.
[58] En
física, un «campo» representa la distribución en el espacio y el tiempo de una
magnitud determinada. El campo electromagnético es producido por elementos
cargados de electricidad y afecta por tanto únicamente a las partículas con
carga eléctrica.
[59] En
2002, el Boletín Oficial de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos
publicó la Resolución n.º 269, en la que se reconoce que la primacía del
célebre invento no fue de Graham Bell, sino del inventor italo-estadounidense
Antonio Meucci (1808-1889).
[60] A
diferencia de la corriente continua, en la que la electricidad viaja en una
sola dirección, en la corriente alterna un campo magnético rotatorio hace que
la electricidad viaje en ambos sentidos, «alternando» entre uno y otro. Además
de permitir conectar un dispositivo sin que importe dónde están el polo
positivo y el polo negativo del enchufe, en la corriente alterna puede
manipularse la tensión (una magnitud que mide el trabajo por unidad de carga
que hace el campo eléctrico para desplazar una partícula cargada de un punto a
otro) con mucha mayor facilidad que en el caso de la corriente continua. Esto
permite minimizar las pérdidas de energía durante el transporte mediante el
empleo de líneas de «alta tensión» que reducen la intensidad de corriente necesaria.
[61] El
sistema binario es un sistema de numeración en el que los números se
representan utilizando solamente dos cifras: cero (0) y uno (1). El sistema
puede usarse también para representar textos.
[62] Los
semiconductores son materiales que conducen la electricidad peor que los
metales pero mejor que los aislantes. Cuando contienen impurezas, se forman en
su interior interfases cristalinas microscópicas que modifican la corriente
eléctrica.
[63] Por
sus trabajos acerca de la superconductividad, un fenómeno que hace que, en
determinadas condiciones, los materiales pierdan virtualmente toda resistencia
al paso de la corriente eléctrica.
[64] John
Bardeen comparte el honor de haber sido premiado dos veces con Marie Curie,
Linus Pauling y Frederick Sanger, pero es la única persona que ha ganado dos
Premios Nobel de Física.
[65] En
los años setenta, Moore moderó ligeramente el optimismo de su predicción,
pasando de dieciocho meses a dos años.
[66] En
egipcio antiguo, khemt significa «negro» y es el nombre con el que los egipcios
denominaban a su país debido a la presencia de la fértil tierra negra
característica de la ribera del Nilo. Egipto sería, pues, el «país de la tierra
negra» y la al-quimia la «ciencia oscura», tanto en atención a su origen como a
su carácter de saber oculto.
[67] Según
los atomistas de los siglos V y IV a. C., los átomos son unas partículas
materiales indestructibles que solo se distinguen entre sí por su forma y
dimensión, y cuyas combinaciones forman los diferentes cuerpos.
[68] La
etimología de estos vocablos tan familiares nos habla del inmenso legado que la
química le debe al mundo árabe. El alcohol, por ejemplo, procede del
árabe الكحول, al-kukhūl o «el espíritu»; y álcali tiene su origen
en la voz القلي , al-qaly o «ceniza».
[69] La
misteriosa fortuna de Flamel, famoso por las referencias que se hacen a él en
la saga Harry Potter, se debió probablemente a su profesión, enormemente
lucrativa en una época en la que los individuos letrados escaseaban.
[70] Aulo
Cornelio Celso fue un médico romano contemporáneo de Cristo. El nombre
latinizado «Paracelso» indicaría que von Hohenheim se encontraba «al margen de
Celso», es decir, en oposición al tipo de medicina que enseñaban los textos
clásicos.
[71] En
una reacción rédox lo que se produce en realidad es una transferencia de
electrones entre el agente que los recibe (oxidante) y el que los cede
(reductor), pero los científicos del siglo XVIII no tenían forma de saberlo.
Veían en el fenómeno algo parecido al movimiento de un fluido, tal y como les
sucedería algo más tarde con la electricidad.
[72] Aunque,
estrictamente hablando, Lavoisier no fue el descubridor de estos dos elementos,
fue el primero en identificarlos como tales. Y, de paso, los bautizó.
[73] Según
la tradición, el argumento de la gran aportación que Lavoisier estaba haciendo
a la ciencia fue contestado por Jean-Baptiste Coffinhal, presidente del
Tribunal Revolucionario, de la siguiente manera: «La República no necesita
sabios ni químicos…»; una actitud sorprendentemente habitual por parte de los
regímenes autoritarios a lo largo de la historia.
[74] Dalton
tenía un defecto de nacimiento que le hacía insensible al color rojo, y de ahí
el nombre del trastorno correspondiente, el daltonismo, o ceguera de color.
[75] Un
catalizador es una sustancia que disminuye la energía de activación necesaria
para iniciar la reacción química, habitualmente «acercando» los reactivos de
manera que les sea más fácil interaccionar.
[76] El
«juego energético» de cualquier reacción química incluye la variación de la
energía interna en el sistema formado por los reactivos y los productos, junto
con la variación de la entropía y el intercambio de calor que tienen lugar
durante la reacción.
[77] El
peso atómico no medía obviamente el peso real de los átomos, ya que nadie sabía
cómo hacer eso, sino que establecía una escala comparativa con el átomo de
hidrógeno, a todas luces el elemento más ligero, al cual se le asignaba
arbitrariamente la unidad. La genialidad del sistema estriba en que para
estudiar las reacciones químicas no necesitamos saber cuánto pesa
verdaderamente un átomo.
[78] ¡En
el dorso de una carta que aún conservamos!
[79] La
denominación «orgánica» quedó como reminiscencia de la vieja idea de que los
compuestos orgánicos solo podían aparecer en los seres vivos como consecuencia
de algún tipo de «fuerza vital». En realidad, la denominación correcta debería
ser «química del carbono».
[80] Kekulé
postuló también las célebres estructuras alternantes para el benceno,
características de los hidrocarburos aromáticos, en las que los electrones se
encuentran deslocalizados entre toda la estructura.
[81] Naturalmente,
todo tiene sus excepciones. El hidrógeno, por ejemplo, obtiene la configuración
más estable únicamente con dos electrones.
[82] Al
haber obtenido también el Premio Nobel de Química en 1962, Pauling se convirtió
en una de las cuatro personas que, hasta la fecha, han sido galardonadas con
dos.
[83] En
honor al físico neerlandés Johannes Diderik van der Waals.
[84] En
realidad, Newton había desarrollado su teoría a partir de las ideas del
filósofo, clérigo, astrónomo y matemático francés Pierre Gassendi, uno de los
primeros empiristas.
[85] En
contraste con las llamadas ondas longitudinales, en las que la dirección de la
oscilación es la misma que la del avance de la onda, en las ondas transversales
esta dirección es perpendicular, y según el ángulo que adopte se dice que está
«polarizada» en ese sentido.
[86] En
honor a Hertz, como no podía ser de otra manera. La relación entre frecuencia y
longitud de onda resulta evidente: la una es la inversa de la otra. A mayor
frecuencia, menor longitud de onda, y viceversa.
[87] Se
trata de un tubo de vidrio lleno de gases que al aplicarles electricidad
adquieren fluorescencia, algo que utilizó el químico inglés William Crookes
para demostrar la presencia de los electrones en los átomos.
[88] Una
prueba impresionante de que la radiación electromagnética transporta energía la
tenemos en el horno microondas, en el que la intensidad de la emisión es
suficiente como para calentar el agua.
[89] Se
la llamó «especial» para diferenciarla de la relatividad «general», una teoría
más amplia que como ya vimos fue también desarrollada más tarde por Einstein, y
que contempla los efectos gravitatorios sobre el movimiento.
[90] Esta
aparente paradoja, conocida como «de los gemelos» (uno estaría en la Tierra y
otro en la nave), no lo es en realidad, ya que en el contexto de la relatividad
puede demostrarse matemáticamente que al tener en cuenta la aceleración y
desaceleración de la nave, así como el efecto de la gravedad, son los
tripulantes que se acercan a la velocidad de la luz los que realmente envejecen
más despacio.
[91] Hay
que matizar que la mecánica relativista describe la velocidad de la luz en el
vacío más bien como una «frontera» que no puede atravesarse, pero no impide que
haya partículas que viajen SIEMPRE a mayor velocidad que la luz. De hecho, se
especula desde hace décadas con la posible existencia de dichas partículas
«superlumínicas», conocidas como taquiones.
[92] Como
ejemplo, Próxima Centauri, la estrella más cercana a nuestro Sol, se encuentra
a 4,22 años luz, lo que quiere decir que la luz tarda en llegarnos desde ella
más de cuatro años. Viajando, digamos, a la décima parte de la velocidad de la
luz, ¡una nave tardaría unos 42 años en alcanzarla desde la Tierra! Parece que
tendremos que dejar los viajes por los abismos interestelares a las películas y
novelas de ciencia ficción.
[93] Siglas
del inglés Search for Extra Terrestrial Intelligence.
[94] La
fosforescencia es el fenómeno por el cual ciertas sustancias tienen la
propiedad de absorber energía y almacenarla para emitirla después en forma de
radiación.
[95] El
núcleo del isótopo más corriente del átomo de helio está compuesto por dos
protones y dos neutrones, lo que lo convierte en una partícula bastante
voluminosa. Este tipo de radiación resulta poco penetrante porque las
partículas alfa se desvían con facilidad o incluso «rebotan» al tropezar con
los átomos de las placas metálicas, perdiendo mucha energía.
[96] Se
dice que Rutherford, aterrado por la perspectiva, le espetó a su colega: «¡Por
Dios, Soddy, no lo llames transmutación o nos condenarán por alquimistas!».
[97] Hay
otras tres personas que han recibido dos veces el Nobel, pero o bien se les ha
concedido en la misma disciplina (Física en el caso de John Bardeen y Química
en el de Frederick Sanger), o bien una de las dos disciplinas no estaba
relacionada con la ciencia (caso de Linus Pauling, que recibió el de Química y
el de la Paz).
[98] La
historia de este descubrimiento es bastante pintoresca, con los Curie
trabajando a modo de alquimistas con un enorme «caldero» cuyo contenido
removían con una barra de metal mientras separaban sus componentes, hasta
obtener apenas un par de gramos de las dos nuevas sustancias.
[99] En
puridad debería decirse posteriores al plomo, ya que el isótopo «estable» del
bismuto tampoco lo es. Pero como su vida media de desintegración es un billón
(con «b») de veces superior a la del universo, ¡podemos considerarlo como
estable a todos los efectos!
[100] Ver
capítulo octavo.
[101] De
acuerdo con la brillante idea de Goeppert-Mayer, los protones y neutrones se
disponen en el núcleo formando capas. Y en un alarde de machismo, un periódico
de San Diego, la localidad en la que residía, publicó el siguiente titular:
«Madre de La Jolla gana el Premio Nobel»…
[102] Frisch
le preguntó a un biólogo del laboratorio cómo se llamaba el proceso por el que
una célula se dividía en dos y adoptó el nombre para el caso del átomo.
[103] El
agua pesada es agua en la que el hidrógeno corriente ha sido sustituido por
deuterio, un isótopo del hidrógeno cuyo núcleo contiene dos neutrones en lugar
de uno (de ahí lo de «pesada»). Los moderadores de neutrones son sustancias que
se utilizan para controlar la reacción en cadena, disminuyendo la velocidad de
los neutrones que transfieren parte de su energía cinética al chocar contra las
partículas del moderador.
[104] El
ciclotrón fue el primer acelerador de partículas, un instrumento que permitió
golpear los núcleos atómicos con partículas de alta energía. Fue diseñado por
el genial químico Ernest O. Lawrence (1901-1958), quien, según cuenta la
leyenda, diseñó el aparato en una hoja de papel en la biblioteca de la
Universidad de California cuando tan solo contaba con 27 años.
[105] Recordemos
que Eddington utilizó el eclipse solar del 29 de mayo de 1919, el más largo
desde el siglo XV, para demostrar que la luz procedente de las estrellas
efectivamente se curvaba como consecuencia de la gravedad del Sol.
[106] Oliphant
fue uno de los principales, y a la vez menos conocidos, protagonistas del
proceso que llevó a los Estados Unidos al desarrollo del arma atómica. Como
miembro del MAUD, el comité inglés para el estudio de la energía nuclear que
llevaba el nombre de una conocida del físico danés Niels Bohr que había
aparecido en un telegrama y había sido interpretado como una contraseña, fue el
encargado de convencer al gobierno norteamericano de la viabilidad del
proyecto.
[107] Por
ejemplo, en forma de la explosión de una supernova (ver capítulo noveno). Todos
los elementos con número atómico mayor que el hierro se producen en eventos
cataclísmicos debido a la enorme cantidad de energía requerida para la
formación de sus núcleos atómicos.
[108] La
acusación era falsa porque, si bien es cierto que en su juventud Oppenheimer
simpatizó con el comunismo de la mano de su novia, nunca llegó a afiliarse al
partido ni mucho menos espió para la URSS.
[109] La
palabra quark es un término sin sentido propuesto por el físico Murray
Gell-Mann (1929-2019) a partir del texto de James Joyce en Finnegans Wake:
«Three quarks for Muster Mark!».
[110] De
hecho, con el tiempo se ha demostrado que en circunstancias extremas ambas
interacciones no son sino «versiones» de una misma interacción, la llamada
interacción «electrodébil» (ver capítulo octavo).
[111] Se
trata de la famosa fórmula E= ħ ν. El valor de la constante de Planck (h) en
unidades del Sistema Internacional es extremadamente pequeño, aproximadamente
6.63 × 10-34 J.s. Esta es la razón, por ejemplo… ¡de que no
haya átomos estables del tamaño de estrellas!
[112] El
espectro de emisión de un elemento o de un compuesto químico es el espectro de
frecuencias de radiación electromagnética emitida cuando los átomos o las
moléculas pasan de un estado de mayor a otro de menor energía. El espectro de
emisión de cada elemento es único, y por tanto puede utilizarse para
identificarlo en una muestra de composición desconocida. La disciplina que se
ocupa de ello es la espectroscopía.
[113] La
electrodinámica cuántica, o teoría cuántica del campo electromagnético de
Shin’ichirō Tomonaga, Julian Schwinger y Richard Feynman, hace predicciones de
ciertas magnitudes físicas hasta con veinte cifras decimales de precisión.
[114] De
acuerdo con la célebre función de onda de Schrödinger, el equivalente a las
leyes de Newton y el principio de conservación de la energía en el mundo
cuántico.
[115] Para
comprender de forma intuitiva este «principio de incertidumbre de Heisenberg»
—una de las leyes más importantes de la naturaleza—, pensemos en hacer pasar
una partícula a través de una rendija. Cuanto más estrecha sea esta, más
localizada estará la partícula, pero como la partícula es a la vez una onda, si
la anchura de la rendija es comparable con la longitud de la onda esta se
difracta y el momento lineal se modifica. Cuanto mejor «localices» la
partícula, mayor será la difracción de la onda asociada y, por tanto, la
incertidumbre en su velocidad.
[116] La
función de onda es una forma matemática de representar el estado físico de un
sistema de partículas.
[117] El
experimento fue propuesto por Albert Einstein, Boris Podolsky y Nathan Rosen en
1935 (de ahí lo de EPR). En él, dos observadores separados por una distancia
arbitraria reciben una partícula que está entrelazada con la del otro. Si uno
de ellos mide la posición de su partícula, gracias al entrelazamiento cuántico
puede saber instantáneamente cuál es la posición de la otra partícula, lo que
según los autores contradice el sentido común.
[118] Se
ha argumentado que el entrelazamiento violaría la teoría de la relatividad al
permitir enviar una señal más rápido que la luz, pero eso no es cierto, ya que
no podemos saber qué valor va a adoptar una propiedad hasta que hagamos una
medición. En ese momento, la otra partícula «fija» también su propio valor de
la propiedad medida, pero eso es parecido a lo que sucede cuando tenemos una
bola blanca y una roja en dos bolsas separadas. Si sacamos la roja sabemos
instantáneamente que en la otra hay una bola blanca, sin que en ese proceso
haya habido transmisión de información alguna.
[119] En
honor a su formulador, Wolfgang Ernest Pauli (1900-1958), otra de las lumbreras
que emigró a Estados Unidos cuando los nazis subieron al poder. Pauli era
famoso por las extrañas averías que sufrían los equipos experimentales
simplemente porque él estuviese cerca. De hecho, hoy en día dichas
coincidencias se conocen humorísticamente en todos los laboratorios del mundo
como «efecto Pauli».
[120] Un
láser (del acrónimo inglés LASER, Light Amplification by Stimulated Emission of
Radiation, amplificación de luz por emisión estimulada de radiación) es un
dispositivo que genera un haz de luz coherente en el que todas las ondas
conservan una relación de fase constante. Esto permite emitir un haz de luz que
se mantiene «concentrado» incluso a grandes distancias. Por otra parte, a
temperaturas cercanas al cero absoluto los bosones son capaces de agregarse en
una especie de quinto estado de la materia llamado «condensado de
Bose-Einstein», en el que se comportan… ¡como si fuesen una sola partícula!
[121] Junto
al electrón, la familia de los leptones la forman el muon, el leptón tau y tres
neutrinos diferentes.
[122] Además
de masa, espín (del inglés spin —giro, girar—, una importante propiedad física
de las partículas elementales que las dota de un momento angular intrínseco) y
carga eléctrica, los quarks tienen otras propiedades, como el «color» o el
«sabor», a las que se les ha dado ese nombre como se les podría haber dado
cualquier otro, y que son responsables de la interacción nuclear fuerte y
débil, respectivamente.
[123] Se
estima que un detector con la masa de Júpiter, colocado en la órbita de una
estrella de neutrones, observaría un solo gravitón cada diez años, incluso en
las condiciones más favorables.
[124] Recordemos
que, de acuerdo con la célebre ecuación de Einstein, la masa es en cierto modo
una forma de energía concentrada. Se ha dicho que el bosón de Higgs actúa como
una persona poderosa y atractiva que entrase en una fiesta, y alrededor de la cual
se arremolinaran los asistentes. Pues bien, ese «empaquetamiento» sería el
mecanismo que dota a los fermiones de masa.
[125] Tal
y como postularon en la década de los sesenta Sheldon Lee Glashow, Abdus Salam
y Steven Weinberg. La demostración experimental llegaría en 1973 y el merecido
Nobel de Física compartido, en 1979.
[126] En
1965 se creó por primera vez en un laboratorio un antideuterón, es decir, el
antiátomo de un isótopo del hidrógeno.
[127] Las
teorías actuales se acercan hasta 10-44 segundos del comienzo del Big Bang,
pero a partir de este límite las ecuaciones se desbocan y los cálculos carecen
de sentido. Sin embargo, esto no significa, como se ha dicho a veces, que la
relatividad y la mecánica cuántica sean incompatibles, sino que, al igual que
sucedía con la mecánica de Newton con respecto a la primera, es probable que
sean más bien casos particulares de una teoría más general.
[128] Al
no poder establecerse con precisión la cantidad de energía que hay en un punto
del universo en un momento dado (recordemos que la energía y el tiempo son
magnitudes conjugadas), eso significa literalmente que nunca puede asegurarse
que en ese momento no haya absolutamente nada.
[129] La
mayor aportación de Hawking (1942-2018) a la ciencia es haber propuesto la
llamada «radiación de Hawking», una emisión de partículas por parte de los
agujeros negros en rotación que es consecuencia del principio de incertidumbre
de Heisenberg. Esta radiación reduce la masa y la energía de los agujeros
negros que, por tanto, y siempre que no incorporen nuevas cantidades de
materia, terminan por «evaporarse» y desaparecer. Los agujeros pequeños
desaparecen más rápidamente.
[130] De
hecho, la Iglesia católica acepta de buen grado el Big Bang como una
descripción válida del origen del universo, por supuesto de la mano de Dios.
[131] Dado
que Hermann rechazó firmar el artículo utilizando como seudónimo «Delter», y
dando muestras de su peculiar sentido del humor, Gamow se puso en contacto con
otro científico, Hans Bethe, al que pidió que añadiera su nombre al de ellos a
pesar de no haber tenido nada que ver con la investigación. Así, el artículo
apareció firmado por Alpher, Bethe y Gamow, apellidos que se corresponden con
las tres primeras letras del alfabeto griego. ¡Una firma realmente apropiada
para una de las comunicaciones científicas fundamentales sobre el origen del
universo!
[132] Más
de medio siglo después siguen sin conocerse los detalles de este singular
episodio. Cuando se les pregunta, Penzias y Wilson se echan mutuamente la culpa
del «crimen», consecuencia de la necesidad de evitar que continuase la
contaminación con aquel «material dieléctrico blando» (sic).
[133] Recordemos
que a medida que retrocedemos en el tiempo, el universo se hace cada vez más
pequeño pero mantiene toda su materia y energía (la energía ni se crea ni se
destruye), con lo que va a aumentando de densidad. Tanto, que en la
«singularidad» de la Gran Explosión los cálculos arrojan valores infinitos de
densidad. Dicho de otro modo, nuestras teorías actuales fracasan ante semejante
escenario. Por tanto, habrá que esperar a la tan buscada «gravedad cuántica»
para intentar describir correctamente lo sucedido durante el Big Bang.
[134] En
astronomía, se denomina evolución estelar al conjunto de cambios que suceden en
una estrella a lo largo de su existencia. Aunque hay muchos tipos de estrellas
que experimentan diferentes cambios, la fase más importante (y en la que las
estrellas permanecen más tiempo) es la llamada secuencia principal, en la que
la estrella quema el hidrógeno que la integra mediante fusión nuclear.
[135] Una
supernova es una explosión estelar consecuencia de varios mecanismos, entre los
que destaca el que una estrella masiva que ha agotado su combustible nuclear
sea incapaz de contrarrestar la fuerza de la gravedad y colapse. La energía
liberada en este cataclismo cósmico es del orden de 1044 julios
(1 foe), una cantidad tan enorme que una supernova lo suficientemente cercana
puede llegar a ser observada a simple vista desde la Tierra.
[136] Se
denomina «lente gravitacional» o «gravitatoria» al efecto que se produce cuando
la luz procedente de un objeto distante se curva al pasar cerca de otro objeto
masivo situado delante del observador.
[137] Una
estrella de neutrones es, por así decirlo, el paso previo a un agujero negro.
Su nombre indica que la gravedad es tan intensa que ha superado la repulsión
electromagnética de las cortezas electrónicas, aplastando los electrones contra
los protones del núcleo, de modo que la estrella está formada mayoritariamente
por neutrones. Sin embargo, la presión de la gravedad no es tan fuerte que
pueda vencer al principio de exclusión de Pauli.
[138] Los
neutrinos («pequeños neutrones»), son partículas subatómicas de tipo
fermiónico, sin carga y con una masa muy pequeña, inferior a una milmillonésima
parte de la de un átomo de hidrógeno. Por este motivo prácticamente no
interaccionan con el resto de las partículas, siendo capaces de atravesar la
materia ordinaria sin apenas perturbarla.
[139] Pero
nunca del todo. Debido a sus profundas raíces religiosas, la idea subsiste en
forma de expresiones como el «alma humana» o los «espíritus», que hacen
referencia a conceptos al margen de la ciencia que siguen teniendo un gran
número de adeptos.
[140] En
química, se considera como compuestos «orgánicos» a casi todos los que
contienen carbono, mientras que los demás son clasificados como «inorgánicos».
Como vimos en el capítulo cinco, el hecho de que a la química del carbono se le
llame química orgánica no es más que una reminiscencia de los orígenes de esta
ciencia, cuando se consideraba que la química de los seres vivos era muy
diferente de la del resto.
[141] La
mayoría de las enzimas son proteínas, aunque también hay algunos casos en los
que se trata de un ácido nucleico, el RNA.
[142] Siguiendo
con el juego de analogías, las reacciones bioquímicas pueden apoyarse las unas
en las otras de la misma forma que una persona débil puede llegar a saltar una
valla aprovechando el empuje de otra mucho más fuerte.
[143] Una
ruta metabólica es una sucesión de reacciones químicas encadenadas.
[144] Siglas
en inglés de trifosfato de adenosina.
[145] Incluyendo
la glicólisis y la fosforilación oxidativa, la «cadena de transporte de
electrones» que produce el 90 % del ATP.
[146] La
respiración de una célula implica la existencia de una cadena de transporte de
electrones hasta un aceptor final, que en nuestro caso es el oxígeno y en el de
los organismos anaerobios cualquiera de las especies descritas.
[147] La
caloría es una vieja unidad de energía surgida como consecuencia de la teoría
del calórico. En su definición más exacta se trata de la cantidad de calor
necesaria para incrementar 1 °C la temperatura de un gramo de agua desde 14,5
ºC hasta 15,5 ºC. Equivale a 4,184 julios. A pesar de estar obsoleta, sigue
siendo utilizada fundamentalmente en nutrición y medicina.
[148] Dentro
del mundo de las sustancias químicas, la glucosa es la preferida por la mayoría
de los seres vivos como fuente de energía. De hecho, una de las vías
metabólicas fundamentales de casi todos los habitantes del mundo es la
glicólisis, una cadena de reacciones químicas que transforma el azúcar en
moléculas más sencillas que después se incorporan al ciclo de Krebs, y que
permite también acumular parte de la energía desprendida en forma del
omnipresente ATP.
[149] En
Estados Unidos se estima que dos tercios de los adultos tienen sobrepeso.
[150] Aunque
se trata de un indicador algo controvertido y que debe ajustarse con factores
como la edad, el grado de sobrepeso se mide con el llamado Índice de Masa
Corporal, una medida que relaciona el peso de una persona con su estatura. Así,
y según la Organización Mundial de la Salud, un IMC superior a treinta es
indicativo de obesidad.
[151] Las
estructuras disipativas son estructuras coherentes, autoorganizadas en sistemas
alejados del equilibrio termodinámico, que solo pueden existir absorbiendo
energía del entorno. El concepto fue propuesto por el Premio Nobel de Química,
Ilya Prigogine.
[152] Jacques
Monod (1910-1976), el biólogo y bioquímico francés que compartió el Premio
Nobel de Medicina y Fisiología en 1965, consideraba que el surgimiento de la
vida en la Tierra era un fenómeno tan improbable —una especie de «accidente
químico»— que es prácticamente seguro que estemos solos en el universo. Sin
embargo, la mayor parte de la comunidad científica no comparte su visión, ya
que los descubrimientos acumulados con el paso de los años apuntan hacia un
proceso de evolución prebiótica mucho más probable de lo que parece.
[153] Por
eso, también es imposible que existan los zombis, dado que ninguna ley física
permite obtener energía a cuerpos en descomposición en los que la maquinaria
molecular necesaria para procesarla ha desaparecido en gran medida.
[154] Una
posibilidad sería poder transferir nuestra mente a algún tipo de artefacto
mucho más simple que nuestro cerebro que pudiese contenerla, una idea muy
utilizada en cientos de relatos de ciencia-ficción. Sin embargo, nuestro casi
nulo conocimiento de cómo funciona la consciencia nos impide predecir si algo
así podría llegar a resultar viable algún día.
[155] En
2003, en unos pantanos al sur de la capital de Eslovenia, Liubliana, se
encontró una rueda de madera de fresno que data de entre 3350 a. C. y 3100 a.
C. Es la más antigua conocida hasta la fecha.
[156] La
diferencia de velocidad entre el ferrocarril y los viejos medios era
sencillamente impresionante. Antes de 1850, el viaje de Nueva York a Chicago
podía durar tres semanas. En 1857, algunos trenes tardaban setenta y dos horas.
[157] Se
trata de la célebre patente n.º ٣٧٤٣٥ concedida por el gobierno alemán. Todo un
documento para la historia.
[158] El
viaje de Bertha fue francamente rocambolesco. El escaso carburante que llevaba
el vehículo le hizo detenerse en una farmacia para repostar, mientras sus
hijos, que iban de pasajeros, le echaban agua al motor cada dos por tres para
enfriarlo, además de ayudarle a empujar el coche en las cuestas. Además, Bertha
tuvo que usar una pinza del pelo para reparar el sistema de ignición, una de
sus ligas para revestir un cable eléctrico pelado y un alfiler de su sombrero
para limpiar una tubería de combustible.
[159] Hacia
1672, el célebre misionero jesuita flamenco Ferdinand Verbiest (1623-1688),
quien se convirtió en una figura fundamental en la corte del emperador chino
Kangxi, diseñó un juguete propulsado por vapor del que puede decirse que muy
posiblemente fuese el primer automóvil de la historia.
[160] Un
motor de arranque es un motor eléctrico de corriente continua que se emplea
para facilitar el encendido de los motores de combustión interna.
[161] La
afición de Joseph-Michel Montgolfier (1740 - 1810) y Jacques-Étienne
Montgolfier (1745 - 1799) por los globos aerostáticos les vino de pequeños,
cuando, jugando un día con las bolsas de papel que fabricaba su padre,
descubrieron que subían hasta el techo si se las colocaba invertidas sobre el
fuego.
[162] El
6 de mayo de 1937 el dirigible de pasajeros alemán LZ 129 Hindenburg se
incendió cuando intentaba aterrizar en la Estación de Aire Naval Lakehurst en
New Jersey en Estados Unidos. Fallecieron treinta y seis personas. Hoy en día
los dirigibles se utilizan fundamentalmente para tareas de publicidad.
[163] Un
estatorreactor es un tipo de motor a reacción que no necesita turbina de gas,
en el que la compresión tiene lugar gracias a la alta velocidad de
funcionamiento.
[164] Al
margen de su historial militar, el V2 fue el primer artefacto creado por el
hombre capaz de hacer un vuelo suborbital (a más de cien kilómetros de altura).
[165] Como
es lógico, la velocidad de escape es característica de cada uno de los cuerpos
celestes en función de su masa. En el caso de la Luna, por ejemplo, es
únicamente de 2,4 m/s, mientras que en Júpiter alcanzaría los 59,5 m/s.
[166] En
1828, el monje benedictino húngaro Ányos Jedlik (1800-1895) inventó uno de los
primeros motores eléctricos y lo instaló en un pequeño modelo de automóvil. Por
desgracia, el invento no tuvo entonces mayor recorrido.
[167] A
finales de 2018 había más de cinco millones de vehículos eléctricos o híbridos
(con un motor eléctrico y otro de gasolina) circulando por las carreteras del
planeta, y su número viene experimentando un fuerte crecimiento en los últimos
años.
[168] Claro
está que para valorar el balance real hay que tener en cuenta el método de
obtención del hidrógeno, porque si para producirlo hace falta quemar
hidrocarburos, entonces estamos haciendo un pan con unas tortas…
[169] Otras
sondas menos ambiciosas emplean motores iónicos en los que, como su propio
nombre indica, determinados iones son acelerados mediante campos eléctricos.
Estos iones presentan velocidades de salida elevadas, del orden de treinta
kilómetros por segundo, pero la mayor parte de la energía se pierde en seguida,
por lo que el empuje es limitado. Los motores iónicos son útiles para misiones
de corto recorrido o para mantener los satélites en órbita.
[170] Las
velas podrían ser impulsadas también por un poderoso láser disparado desde la
Tierra.
[171] Y
ya desde una época muy temprana. Por ejemplo, en la «Cara de la Guerra» del
Estandarte de Ur, una de las representaciones más antiguas que conservamos de
un ejército en marcha, se muestran carros de guerra de cuatro ruedas macizas
tirados por recuas de asnos.
[172] El
arcabuz era un arma que se cargaba por la boca del cañón (avancarga), cuyo uso
estuvo extendido entre los siglos XV al XVII. Era de corto alcance pero letal,
ya que los proyectiles que disparaba podían perforar armaduras. Su fácil manejo
hizo que tanto el arco largo como la ballesta desapareciesen.
[173] Sobrero,
cuya cara había quedado llena de cicatrices como consecuencia de la explosión
en un tubo de ensayo, consideraba que la nitroglicerina era demasiado peligrosa
y confesó que llegó a sentirse avergonzado por su descubrimiento.
[174] En
1888, varios periódicos confundieron la muerte de uno de sus hermanos con la
suya, y publicaron obituarios que hacían referencia a que Nobel se había
enriquecido con la venta de armamento, lo que le produjo una gran consternación
al darse cuenta de que podría ser recordado así para la posteridad.
[175] Del
alemán Vergeltungswaffe 2, («arma de represalia 2»).
[176] El
polaco Casimir Zeglen desarrolló a finales del siglo XIX un carísimo chaleco de
seda capaz de proteger contra las balas disparadas con armas que utilizaban
pólvora negra. El archiduque Francisco Fernando de Austria llevaba un chaleco
de este tipo en el atentado que sufrió el 28 de junio de 1914, aunque en esta
ocasión no le protegió. Otro chaleco similar, en cambio, salvó la vida del rey
español Alfonso XIII en 1901.
[177] Un
puente de hidrógeno es una fuerza electrostática atractiva entre un átomo con
carga negativa y un átomo de hidrógeno unido por enlace covalente a otro átomo
con carga negativa.
[178] El
fosgeno, u oxicloruro de carbono, es un agente químico industrial que en
contacto con el agua de las mucosas produce ácido clorhídrico, que en los
alveolos pulmonares daña el endotelio y puede ocasionar la muerte por asfixia.
El gas mostaza, por su parte, es un agente vesicante que causa ampollas en la
piel y las membranas mucosas.
[179] Más
en concreto por los dictadores de Irak y de Siria, Saddam Hussein y Bashar
al-Ásad, respectivamente.
[180] La
inhibición de la acetilcolinesterasa, una enzima encargada de metabolizar el
neurotransmisor conocido como acetilcolina, hace que este se acumule hasta el
punto de bloquear totalmente el impulso nervioso. Las neurotoxinas de este tipo
son extremadamente letales; por ejemplo, bastan diez miligramos de agente VX
para matar a una persona adulta.
[181] De
acuerdo con la ecuación de Einstein, E = mc2, un solo
gramo de materia (de cualquier materia) libera nada menos que 1013 julios
(un uno seguido de trece ceros), debido al elevado valor de la constante c.
[182] El
27 de agosto de 1883, una serie de gigantescas explosiones asociadas a la
erupción del volcán hizo que gran parte de la isla, situada en el estrecho de
Sonda, entre Java y Sumatra, saltase literalmente por los aires. El estruendo
se escuchó a cinco mil kilómetros de distancia y la ceniza ascendió hasta los
ochenta kilómetros de altura. Fallecieron más de treinta y seis mil personas.
[183] Szilárd
fue la persona que convenció a Einstein para que enviase la famosa carta al
presidente Roosevelt que supuso el pistoletazo de salida del Proyecto
Manhattan. Más tarde llegó a arrepentirse de su papel en el desarrollo del arma
nuclear, sobre todo cuando fue testigo de las explosiones de Hiroshima y
Nagasaki.
[184] Un
ejemplo de ello son las armas de electrochoque, o pistolas eléctricas,
herramientas incapacitantes basadas en la aplicación de corrientes eléctricas
de alto voltaje, aunque normalmente de baja intensidad, o los elementos de
tecnología láser empleados para cegar sistemas de detección.
[185] En
honor a la verdad, la humanidad utilizaba de forma masiva la energía de los
enlaces de carbono desde mucho antes, ya que la alimentación no es, tal y como
hemos visto, más que una transformación de energía química en calor y energía
mecánica.
[186] Muchos
historiadores piensan que en el mundo romano, con su extensiva utilización de
la esclavitud, no existía en general la motivación suficiente para explorar
formar distintas de llevar a cabo el trabajo.
[187] En
el Archivo de Simancas hay un documento de 1695 según el cual Blasco de Garay,
marino e inventor español en la época del emperador Carlos, diseñó un barco con
ruedas de palas impulsadas por una especie de máquina de vapor.
[188] En
realidad, Savery fue precedido por gente como Papin o Edward Somerset, segundo
marqués de Worcester, un noble muy interesante que compaginaba la política y la
milicia con la ciencia. Sin embargo, fue el primero que intuyó el impacto de la
máquina de vapor en la minería de la época.
[189] A
esas alturas, el francés Blaise Pascal y el italiano Evangelista Torricelli ya
habían aclarado los conceptos de vacío y presión atmosférica, entendiéndose
esta última como el peso del aire por unidad de superficie.
[190] Una
tonelada de carbón vegetal proporciona tanta energía como toda la leña de media
hectárea de bosque talado. El calor desprendido por el carbón oscila entre
29.000 y 35.000 kJ/kg, frente a los 12.000-21.000 kJ/kg de la madera.
[191] Sovacool,
Benjamin (2016). «How long will it take? Conceptualizing the temporal dynamics
of energy transitions». Energy Research & Social Science, pp. 1-14.
[192] Ver
capítulo anterior. Aunque desconocemos su composición exacta, el fuego griego
era una mezcla incendiaria con la que el Imperio bizantino consiguió varias
victorias resonantes, sobre todo durante los asedios musulmanes de
Constantinopla. Durante las cruzadas produjo tal impresión que con el tiempo
pasó a denominarse así cualquier sustancia que tuviese un efecto parecido.
[193] En
1861, Baku, hoy la capital de Azerbaiyán, producía el noventa por ciento de
todo el petróleo del mundo.
[194] Incluyendo
la turba y el esquisto.
[195] El
gas natural es una mezcla de hidrocarburos ligeros, principalmente metano.
[196] Además
de dióxido de carbono y vapor de agua, los motores de gasolina emiten
cantidades apreciables de monóxido de carbono (CO), hidrocarburos no quemados
(HC), óxidos de nitrógeno (NOx) y óxidos de azufre (SOx). Los diésel, por su
parte, añaden a la lista micropartículas de hollín. Además, la reacción del
dióxido de nitrógeno con los hidrocarburos en presencia de la luz solar genera
ozono, que a nivel del suelo puede provocar serios problemas de salud.
[197] Es
decir, de cada millón de moléculas que hay en la atmósfera, más de
cuatrocientas son de CO². Antes de la Revolución Industrial, la cifra estaba
muy por debajo de las trescientas.
[198] Por
poner un ejemplo, se calcula que si se cumplen las previsiones más pesimistas
acerca de la subida del nivel del mar, territorios como las islas Maldivas
podrían tornarse inhabitables hacia 2050, y tal vez desaparecer bajo las aguas
para finales de siglo.
[199] Las
reservas de petróleo conocidas eran doscientos sesenta y dos billones de litros
a mediados de la pasada década, que al ritmo de consumo actual se agotarían en
unos cincuenta años. Cada año se descubren nuevas reservas, pero cada vez en
lugares menos accesibles y con una materia prima de peor calidad. Sin duda,
dice poco de la sensatez de la especie humana el que vayamos a tardar apenas
doscientos años en liquidar un valioso recurso que a la naturaleza le ha
llevado eones producir…
[200] Dejando
al margen el hecho de que quemar biomasa para producir energía es lo mismo que
quemar madera —una forma de biomasa—, en muchas ocasiones la obtención de este
recurso supone dedicarle amplias zonas forestales, incluyendo la selva
tropical, lo que provoca la destrucción de hábitats de gran valor ecológico.
[201] El
segundo versaba sobre el denominado «movimiento browniano», y constituía la
demostración definitiva de la existencia real de los átomos. El tercero
describía la teoría de la relatividad especial, que cambiaría para siempre
nuestra visión del universo y de la naturaleza de la realidad. Además, unos
meses más tarde Einstein enviaría a la misma revista una pequeña nota en la que
esbozaba la que llegaría a ser la ecuación más famosa de la historia; E
= mc2.
[202] Curiosamente,
las primeras células fotovoltaicas son anteriores al esclarecimiento del efecto
fotoeléctrico, ya que la primera fue fabricada por el físico francés Edmond
Becquerel en 1849.
[203] Las
células de silicio monocristalino alcanzan un rendimiento máximo del veintidós
por ciento, mientras que las de arseniuro de galio se acercan al treinta y uno
por ciento, que es el límite teórico de eficiencia en la conversión para un
solo material.
[204] Aunque
las hay de muchos tipos, la más típica es aquella en la que un suministro de
hidrógeno reacciona con el oxígeno del aire, desprendiendo energía y entregando
como subproducto únicamente agua.
[205] El
más caro hasta la fecha ha sido el montaje de la Estación Espacial
Internacional, seguido del mencionado Proyecto Manhattan para la puesta a punto
de la bomba atómica.
[206] Ya
el primer emperador, Augusto, tuvo que establecer un primer impuesto del 5 %
sobre las herencias para pagar las pensiones de los militares retirados. La
medida fue extremadamente impopular, ya que los romanos llevaban casi dos
siglos sin pagar impuestos…
[207] Como
ejemplo, entre los años 41 y 54 d. C. el Imperio repartió trigo de forma
gratuita a más de doscientas mil familias. Una proporción enorme de las
personas que gozaban del estatus de ciudadano romano recibía algún tipo de
subvención.
[208] Entre
los años 1800 y 1900 la población del mundo pasó de menos de mil a más de mil
seiscientos millones de habitantes. En Europa literalmente se duplicó, llegando
a superar los cuatrocientos millones.
[209] El
empleo del keroseno para la iluminación surgió como alternativa al aceite de
ballena, un recurso energético limitado y de escaso recorrido. También un buen
ejemplo de cómo el agotamiento de un recurso muy demandado puede forzar a una
sociedad a explorar nuevas fuentes de energía.
[210] La
crisis se desencadenó el 16 de octubre de 1973, cuando los miembros de la OPEP,
junto con Egipto, Siria y Túnez, decidieron suspender las exportaciones de
petróleo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom
Kipur. La medida incluía a Estados Unidos y gran parte de Europa Occidental.
[211] Y,
en este caso, también a la inversa. En su trascendental libro, El origen de las
especies, Charles Darwin (1809-1882) emplea términos como «competencia por la
supervivencia», «división del trabajo» o «especialización de funciones»,
sacados directamente de la ciencia económica.
[212] En
la moderna síntesis de amoníaco, o proceso de Haber-Bosch, se combina el
nitrógeno del aire con hidrógeno para producir la base de los fertilizantes
que, utilizados para la agricultura, sostienen aproximadamente a un tercio de
la población mundial. En este proceso se emplea más de un ocho por ciento del
consumo de energía total anual por parte de nuestra especie.
[213] De
la mano del ingeniero estadounidense Norman Borlaug (1914-2009), «el hombre que
salvó mil millones de vidas», la Revolución verde supuso un importante
incremento de la productividad agrícola entre 1960 y 1980, primero en Estados
Unidos y luego en muchos países. Consistió en una pequeña revolución
tecnológica que incluía la siembra de variedades de cereal más resistentes a
las plagas y al clima, así como nuevos métodos de cultivo y el uso de
fertilizantes y plaguicidas.
[214] Con
anterioridad, y a lo largo de la historia, se cree que tan solo un par de
ciudades en China, así como la Roma imperial, llegaron a alcanzar e, incluso a
superar, el millón de habitantes.
[215] En
la actualidad, la mayor parte del hidrógeno comercial se produce mediante el
reformado catalítico de gas natural o de hidrocarburos líquidos, lo cual no
ayuda demasiado a terminar con la dependencia de los combustibles fósiles.
[216] Crookes
llegó incluso a dejarse engañar por un truco tan sencillo como el método
fotográfico de la doble exposición. En 1906, el falso médium William Hope le
mostró una supuesta fotografía del fantasma de su esposa que en realidad era
una copia de una foto de su aniversario de boda.
[217] Cuando
se quiere timar a alguien con algún supuesto producto beneficioso para la
salud, la palabra clave es «natural», como si todo lo natural fuese bueno
(piensen en las bacterias patógenas, por ejemplo) y lo artificial fuese malo…
[218] Estrella
binaria de la constelación de Reticulum, situada a 39,5 años luz del sistema
solar.
[219] Algunos
extraños detalles de la biografía de Lazar, en concreto la curiosa falta de
referencias acerca de sus actividades de juventud y la mención de un periodista
de haber hallado un artículo de 1982 en el que se hacía referencia a él como un
físico de un centro de investigación en física de partículas, han hecho pensar
a muchos que no toda la historia es una superchería.
[220] Las
flores de Bach son un conjunto de preparados de brandy con agua que contienen
material floral muy diluido, originalmente procedente de Gales e Inglaterra.
Fueron inventadas en la década de los treinta del siglo pasado por el homeópata
inglés Edward Bach (1886-1936), quien afirmaba que el rocío que hay sobre los
pétalos de las flores contiene las supuestas propiedades curativas de la
planta.
[221] La
frecuencia de resonancia de un sistema es aquella en la que este alcanza un
nivel de oscilación máximo, ya que la tasa de absorción de energía es la más
alta posible. Por ejemplo, una soprano puede hacer estallar una copa de cristal
emitiendo una nota especialmente aguda que coincida con la frecuencia de
resonancia de la copa.
[222] La
alternativa sería que contase debajo de la piel con una capa de treinta
centímetros de grasa que tuviese una densidad aproximada de un gramo por
centímetro cúbico. En otras palabras, el hombre de acero tendría que pesar unos
seiscientos kilos.
[223] Recordemos
que E = mc2. Un cuerpo que aumenta mucho su energía
cinética E obliga asimismo a aumentar mucho su masa…
[224] Un
metamaterial es un material artificial con propiedades electromagnéticas
inusuales que proceden del diseño de su estructura interna, no de su
composición.
[225] Una
bomba de calor reversible es una máquina térmica en la que se instala una
válvula inversora conectada a un conmutador invierno-verano. Al accionar la
válvula se cambia el sentido de circulación del fluido frigorífico, de forma
que el evaporador se transforma en condensador y a la inversa. Esto permite
utilizarla para suministrar calefacción o aire acondicionado según el caso.
[226] Recuerde
que la electricidad llega a los domicilios en forma de corriente alterna, entre
otras razones porque las pérdidas de energía útil durante el transporte son muy
inferiores a las que experimentaría una distribución de corriente continua.
[227] Para
señales analógicas, el ancho de banda es la extensión de frecuencias en la que
se concentra la potencia de la señal.
[228] Datos
de consumo de energía eléctrica de los electrodomésticos en España,
suministrados por el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía
(IDAE).
[229] Se
trata de un tubo de vidrio revestido por dentro con compuestos químicos que
emiten luz visible cuando reciben radiación ultravioleta. El interior contiene
vapor de mercurio y un gas noble a baja presión que se ionizan cuando se
calienta al rojo un filamento colocado en el extremo del tubo.
[230] De
Light-Emitting Diode, diodo emisor de luz.
[231] Esta
fase del sueño se observa principalmente en los mamíferos, aunque también en
algunas aves y otros animales, y se caracteriza por movimientos oculares
rápidos, tono muscular reducido y sueños intensos que se viven como
experiencias reales.
[232] Es
decir, veintiún mil trillones de julios…
[233] La
viabilidad de este proceso es lo que hace dudar a muchos de la existencia de
civilizaciones extraterrestres avanzadas en nuestra galaxia, sobre la base de
que una cultura que contase con cientos de miles de años de antigüedad habría
tenido tiempo más que suficiente para hacer que su presencia fuese para
nosotros evidente. Es lo que se conoce como paradoja de Fermi. Salvo que
admitamos, claro está, que los extraterrestres ya nos están visitando, algo
que, parafraseando al gran divulgador científico Carl Sagan, requiere de
pruebas extraordinarias.


Publicar un comentario